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Poemas de amor y tristeza en verso

La princesa se encuentra triste en su palacio de oro ya que desea libertad. Sus flores también están tristes por la tristeza de la princesa. El hada madrina le dice que un caballero valiente viene a rescatarla de su prisión dorada.

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Poemas de amor y tristeza en verso

La princesa se encuentra triste en su palacio de oro ya que desea libertad. Sus flores también están tristes por la tristeza de la princesa. El hada madrina le dice que un caballero valiente viene a rescatarla de su prisión dorada.

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RUBEN DARIO Ya no quiere el palacio, ni la rueca de plata,

Sonatina ni el halcón encantado, ni el bufón escarlata,

ni los cisnes unánimes en el lago de azur.

La princesa está triste… ¿qué tendrá la princesa? Y están tristes las flores por la flor de la corte;

Los suspiros se escapan de su boca de fresa, los jazmines de Oriente, los nulumbos del Norte,

que ha perdido la risa, que ha perdido el color. de Occidente las dalias y las rosas del Sur.

La princesa está pálida en su silla de oro,

está mudo el teclado de su clave de oro; ¡Pobrecita princesa de los ojos azules!

y en un vaso olvidado se desmaya una flor. Está presa en sus oros, está presa en sus tules,

en la jaula de mármol del palacio real,

El jardín puebla el triunfo de los pavos-reales. el palacio soberbio que vigilan los guardas,

Parlanchina, la dueña dice cosas banales, que custodian cien negros con sus cien alabardas,

y, vestido de rojo, piruetea el bufón. un lebrel que no duerme y un dragón colosal.

La princesa no ríe, la princesa no siente;

la princesa persigue por el cielo de Oriente ¡Oh quién fuera hipsipila que dejó la crisálida!

la libélula vaga de una vaga ilusión. La princesa está triste. La princesa está pálida…

¡Oh visión adorada de oro, rosa y marfil!

¿Piensa acaso en el príncipe del Golconsa o de China, ¡Quién volara a la tierra donde un príncipe existe

o en el que ha detenido su carroza argentina La princesa está pálida. La princesa está triste…

para ver de sus ojos la dulzura de luz? más brillante que el alba, más hermoso que abril!

¿O en el rey de las Islas de las Rosas fragantes,

o en el que es soberano de los claros diamantes, ¡Calla, calla, princesa dice el hada madrina,

o en el dueño orgulloso de las perlas de Ormuz? en caballo con alas, hacia acá se encamina,

en el cinto la espada y en la mano el azor,

¡Ay! La pobre princesa de la boca de rosa el feliz caballero que te adora sin verte,

quiere ser golondrina, quiere ser mariposa, y que llega de lejos, vencedor de la Muerte ,

tener alas ligeras, bajo el cielo volar, a encenderte los labios con su beso de amor!

ir al sol por la escala luminosa de un rayo,

saludar a los lirios con los versos de mayo,

o perderse en el viento sobre el trueno del mar.


CESAR VALLEJO

Amor prohibido

Subes centelleante de labios y de ojeras!

Por tus venas subo, como un can herido

que busca el refugio de blandas aceras.

Amor, en el mundo tú eres un pecado!

Mi beso en la punta chispeante del cuerno

del diablo; mi beso que es credo sagrado!

Espíritu en el horópter que pasa

¡puro en su blasfemia!

¡el corazón que engendra al cerebro!

que pasa hacia el tuyo, por mi barro triste.

¡Platónico estambre

que existe en el cáliz donde tu alma existe!

¿Algún penitente silencio siniestro?

¿Tú acaso lo escuchas? Inocente flor!

… Y saber que donde no hay un Padrenuestro,

el Amor es un Cristo pecador!


PABLO NERUDA El aire de la tarde cimbra las ramas altas.

Ebrio, mi corazón. bajo Dios, tambalea.


Amiga, no te mueras
El río desatado rompe a llorar y a veces
Amiga, no te mueras.
se adelgaza su voz y se hace pura y trémula.

Óyeme estas palabras que me salen ardiendo, Retumba, atardecida, la queja azul del agua.

y que nadie diría si yo no las dijera. Amiga, no te mueras!

Amiga, no te mueras. Yo soy el que te espera en la estrellada noche,

Yo soy el que te espera en la estrellada noche. sobre las playas áureas, sobre las rubias eras.

El que bajo el sangriento sol poniente te espera. El que cortó jacintos para tu lecho, y rosas.

Miro caer los frutos en la tierra sombría. Tendido entre las hierbas yo soy el que te espera!

Miro bailar las gotas del rocío en las hierbas.

En la noche al espeso perfume de las rosas,

cuando danza la ronda de las sombras inmensas.


CESAR VALLEJO
Bajo el cielo del Sur, el que te espera cuando
De todo esto yo soy el único que parte.
el aire de la tarde como una boca besa. De este banco me voy, de mis calzones,
de mi gran situación, de mis acciones,
Amiga, no te mueras. de mi número hendido parte a parte,
de todo esto yo soy el único que parte.
Yo soy el que cortó las guirnaldas rebeldes
De los Campos Elíseos o al dar vuelta
para el lecho selvático fragante a sol y a selva. la extraña callejuela de la Luna,
mi defunción se va, parte mi cuna,
El que trajo en los brazos jacintos amarillos. y, rodeada de gente, sola, suelta,
mi semejanza humana dase vuelta
Y rosas desgarradas. Y amapolas sangrientas. y despacha sus sombras una a una.

El que cruzó los brazos por esperarte, ahora. Y me alejo de todo, porque todo
se queda para hacer la coartada:
El que quebró sus arcos. El que dobló sus flechas. mi zapato, su ojal, también su lodo
y hasta el doblez del codo
Yo soy el que en los labios guarda sabor de uvas. de mi propia camisa abotonada.

Racimos refregados. Mordeduras bermejas.

El que te llama desde las llanuras brotadas.

Yo soy el que en la hora del amor te desea.


PABLO NERUDA todo lo que te queremos:
es como un montón de estrellas
Aquí te amo… todo lo que te queremos.
Aquí te amo.
En los oscuros pinos se desenreda el viento. Si tú no volvieras nunca,
Fosforece la luna sobre las aguas errantes. más vale que yo me muera…;
Andan días iguales persiguiéndose. pero siento que no quieres,
Se desciñe la niebla en danzantes figuras. no quieres que yo me muera.
Una gaviota de plata se descuelga del ocaso.
A veces una vela. Altas, altas estrellas. Bien querida que te fuiste,
O la cruz negra de un barco. ¿no es cierto que volverás?
Solo. para que no estemos tristes
A veces amanezco, y hasta mi alma está húmeda. ¿no es cierto que volverás?
Suena, resuena el mar lejano.
Este es un puerto.
Aquí te amo.
Aquí te amo y en vano te oculta el horizonte.
Te estoy amando aún entre estas frías cosas.
A veces van mis besos en esos barcos graves,
que corren por el mar hacia donde no llegan.
Ya me veo olvidado como estas viejas anclas.
Son más tristes los muelles cuando atraca la tarde.
Se fatiga mi vida inútilmente hambrienta.
Amo lo que no tengo. Estás tú tan distante.
Mi hastío forcejea con los lentos crepúsculos.
Pero la noche llega y comienza a cantarme.
La luna hace girar su rodaje de sueño.
Me miran con tus ojos las estrellas más grandes.
Y como yo te amo, los pinos en el viento,
quieren cantar tu nombre con sus hojas de alambre.

ENRIQUE BANCH

Balbuceo
Triste está la casa nuestra,
triste, desde que te has ido.
Todavía queda un poco
de tu calor en el nido.

Yo también estoy un poco


triste desde que te has ido;
pero sé que alguna tarde
llegarás de nuevo al nido.

¡Si supieras cuánto, cuánto


la casa y yo te queremos!
Algún día cuando vuelvas
verás cuánto te queremos.

Nunca podría decirte


No culpes a nadie
Nunca te quejes de nadie, ni de nada, sin eliminarlos morirán.

porque fundamentalmente tú has hecho Aprende a nacer desde el dolor y a ser

lo que querías en tu vida. más grande que el más grande de los obstáculos,

Acepta la dificultad de edificarte a ti mírate en el espejo de ti mismo

mismo y el valor de empezar corrigiéndote. y serás libre y fuerte y dejarás de ser un

El triunfo del verdadero hombre surge de títere de las circunstancias porque tú

las cenizas de su error. mismo eres tu destino.

Nunca te quejes de tu soledad o de tu suerte, Levántate y mira el sol por las mañanas

enfréntala con valor y acéptala. y respira la luz del amanecer.

De una manera u otra es el resultado de Tú eres parte de la fuerza de tu vida,

tus actos y prueba que tu siempre ahora despiértate, lucha, camina,

has de ganar.. decídete y triunfarás en la vida;

No te amargues de tu propio fracaso ni nunca pienses en la suerte,

se lo cargues a otro, acéptate ahora o porque la suerte es:

seguirás justificándote como un niño. el pretexto de los fracasados…

Recuerda que cualquier momento es Pablo Neruda

bueno para comenzar y que ninguno es

tan terrible para claudicar.

No olvides que la causa de tu presente

es tu pasado así como la causa de tu

futuro será tu presente.

Aprende de los audaces, de los fuertes,

de quien no acepta situaciones,

de quien vivirá a pesar de todo,

piensa menos en tus problemas

y más en tu trabajo y tus problemas


El mar
Necesito el mar porque me enseña: substituyó el recinto en que crecían

no sé si aprendo música o conciencia: tristeza terca, amontonando olvido,

no sé si es ola sola o ser profundo y cambió bruscamente mi existencia:

o sólo ronca voz o deslumbrante di mi adhesión al puro movimiento.

suposición de peces y navíos. Pablo Neruda

El hecho es que hasta cuando estoy dormido

de algún modo magnético circulo

en la universidad del oleaje.


PARA ENTONCES
No son sólo las conchas trituradas
Quiero morir cuando decline el día,
en alta mar y con la cara al cielo;
como si algún planeta tembloroso
donde parezca sueño la agonía,
y el alma, un ave que remonta el vuelo.
participara paulatina muerte,
No escuchar en los últimos instantes,
no, del fragmento reconstruyo el día,
ya con el cielo y con el mar a solas,
más voces ni plegarias sollozantes
de una racha de sal la estalactita
que el majestuoso tumbo de las olas.
y de una cucharada el dios inmenso.
Morir cuando la luz, triste, retira
sus áureas redes de la onda verde,
Lo que antes me enseñó lo guardo! Es aire,
y ser como ese sol que lento expira:
algo muy luminoso que se pierde.
incesante viento, agua y arena.
Morir, y joven: antes que destruya
Parece poco para el hombre joven
el tiempo aleve la gentil corona;
cuando la vida dice aún: «soy tuya»,
que aquí llegó a vivir con sus incendios,
aunque sepamos bien que nos traiciona.
y sin embargo el pulso que subía
Autor del poema: Manuel Gutiérrez Nájera
y bajaba a su abismo,

el frío del azul que crepitaba,

el desmoronamiento de la estrella,

el tierno desplegarse de la ola

despilfarrando nieve con la espuma,

el poder quieto, allí, determinado

como un trono de piedra en lo profundo,


5.- ¡Aleluya!

A Manuel Machado

Rosas rosadas y blancas, ramas verdes,


corolas frescas y frescos
ramos, ¡Alegría!

Nidos en los tibios árboles,


huevos en los tibios nidos,
dulzura. ¡Alegría!

El beso de esa muchacha


rubia, y el de esa morena
y el de esa negra, ¡Alegría!

Y el vientre de esa pequeña


de quince años, y sus brazos
armoniosos, ¡Alegría!

Y el aliento de la selva virgen


y el de las vírgenes hembras,
y las dulces rimas de la Aurora,

¡Alegría, Alegría, Alegría!

RUBEN DARIO
RAMON LOPEZ Superstición, consérvame el radioso
Día trece vértigo del minuto perdurable
en que su traje negro devoraba
Mi corazón retrógrado la luz desprevenida del cenit,
ama desde hoy la temerosa fecha y en que su falda lúgubre era un bólido
en que surgiste con aquel vestido por un cielo de hollín sobrecogido
de luto y aquel rostro de ebriedad.

Día trece en que el filo de tu rostro


llevaba la embriaguez como un relámpago
y en que tus lúgubres arreos daban
una luz que cegaba al sol de agosto,
así como se nubla el sol ficticio
en las decoraciones
de los calvarios de los Viernes Santos.

Por enlutada y ebria simulaste,


en la superstición de aquel domingo,
una fúlgida cuenta de abalorio
humedecida en un licor letárgico.

¿En qué embriaguez bogaban tus pupilas


para que así pudiesen
narcotizarlo todo?
Tu tiniebla
guiaba mis latidos, cual guiaba
la columna de fuego al israelita.

Adivinaba mi acucioso espíritu


tus blancas y fulmíneas paradojas:
el centelleo de tus zapatillas,
la llamarada de tu falda lúgubre,
el látigo incisivo de tus cejas
y el negro luminar de tus cabellos.

Desde la fecha de superstición


en que colmaste el vaso de mi júbilo,
mi corazón obscurantista clama
a la buena bondad del mal agüero;
que si mi sal se riega, irán sus granos
trazando en el mantel tus iniciales;
y si estalla mi espejo en un gemido,
fenecerá diminutivamente
como la desinencia de tu nombre.
4.- Venus RUBEN DARIO

En la tranquila noche, mis nostalgias amargas


sufría.
En busca de quietud, bajé al fresco y callado
jardín.
En el oscuro cielo, Venus bella temblando lucía,
como incrustado en ébano un dorado y divino
jazmín.

A mi alma enamorada, una reina oriental parecía,


que esperaba a su amante, bajo el techo de su
camarín,
o que, llevada en hombros, la profunda extensión
recorría,
triunfante y luminosa, recostada sobre un
palanquín.

«¡Oh reina rubia! -dije-, mi alma quiere dejar su


crisálida
y volar hacia ti, y tus labios de fuego besar;
y flotar en el nimbo que derrama en tu frente luz
pálida,

y en siderales éxtasis no dejarte un momento de


amar.»
El aire de la noche, refrescaba la atmósfera cálida.
Venus, desde el abismo, me miraba con triste
mirar.
RAMÓN LOPEZ VELARDE el sollozante oficio de difuntos;
y ¡oh infinita bondad la de los padres!
COSES EN DULCE PAZ los ojos muertos de tu faz piadosa
Coses en dulce paz, y son divinos que me vieron por último con lástima
tus mirares y plácido tu gesto, en las orillas de la negra fosa.
cuando escuchas la rima que he compuesto
para tus dedos ágiles y finos. Supe después lo enormemente triste
que es la trsiteza del hogar vacío
La candidez sin mancha de los linos y lloré con la marcha de la madre
nieva y decora tu regazo honesto, para tierras del norte. Mas confío
y en grato ir y venir tocan el cesto que te he de ver, oh Padre, para siempre
las yemas de tus dedos marfilinos. con mis pupilas de resucitado.

Mirándote coser, tan envidiosa Aquel buen ángel que guardó el sepulcro
de tu aguja está el alma, que quisiera de Jesucristo, y que miró extasiado
tener, en la existencia fastidiosa, la tierra redimida, y a las santas
mujeres que buscaban al Amado,
la suerte de la aguja afortunada, las consoló, verá concluir su oficio
por quedar un momento prisionera cuando el último Adán encuentre abiertos
entre los dedos de la bien amada. los eternos lugares de victoria
y no haya quien pregunte por sus muertos.
Autor del poema: Ramón López Velarde
Autor del poema: Ramon Lopez Velarde

A MI PADRE
Nunca, señor, pensé que el verso mío CESAR VALLEJO
cuando te hablara en él por vez primera
la música filial de los veinte años, LOS HERALDOS NEGROS
del huérfano infelice la voz fuera.

Nada valió la familiar plegaria; Hay golpes en la vida, tan fuertes... ¡Yo no sé!
moriste en plena vida, y ¡qué contraste Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
tocóles a los tuyos, muerto amado, la resaca de todo lo sufrido
en la noche fatal que agonizaste! se empozara en el alma... ¡Yo no sé!

Noche con paz de luna; también fuiste Son pocos; pero son... Abren zanjas oscuras
noche más que ninguna tormentosa; en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.
tus horas de martirio florecieron Serán tal vez los potros de bárbaros Atilas;
en mi jardín, como sangrienta rosa. o los heraldos negros que nos manda la Muerte.

Todo lo evoco, Padre: tus quejidos; Son las caídas hondas de los Cristos del alma
tus palabras postreras; la voz triste de alguna fe adorable que el Destino blasfema.
con que te habló tu hermano sacerdote; Esos golpes sangrientos son las crepitaciones
la mañana de otoño en que moriste; de algún pan que en la puerta del horno se nos
los cirios —compañeros de velada—; quema.
la madre y los hermanos, todos juntos;
el ataúd que sale de la casa;
Y el hombre... Pobre... ¡pobre! Vuelve los ojos, ni mayor pesadumbre que la vida consciente.
como
cuando por sobre el hombro nos llama una Ser y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,
palmada; y el temor de haber sido y un futuro terror...
vuelve los ojos locos, y todo lo vivido Y el espanto seguro de estar mañana muerto,
se empoza, como charco de culpa, en la mirada. y sufrir por la vida y por la sombra y por

Hay golpes en la vida, tan fuertes... ¡Yo no sé! lo que no conocemos y apenas sospechamos,
y la carne que tienta con sus frescos racimos,
Autor del poema: César Vallejo y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos,
¡y no saber adónde vamos,
ni de dónde venimos!...

SIENTO A DIOS QUE CAMINA... Autor del poema: Rubén Darío

Siento a Dios que camina


tan en mí, con la tarde y con el mar.
Con él nos vamos juntos. Anochece. LA PRINCESA ESTÁ TRISTE
Con él anochecemos. Orfandad...
La princesa está triste... ¿Qué tendrá la princesa?
Pero yo siento a Dios. Y hasta parece Los suspiros se escapan de su boca de fresa,
que él me dicta no sé qué buen color. que ha perdido la risa, que ha perdido el color.
Como un hospitalario, es bueno y triste; La princesa está pálida en su silla de oro,
mustia un dulce desdén de enamorado: está mudo el teclado de su clave sonoro,
debe dolerle mucho el corazón. y en un vaso, olvidada, se desmaya una flor.

Oh, Dios mío, recién a ti me llego, El jardín puebla el triunfo de los pavos reales.
hoy que amo tanto en esta tarde; hoy Parlanchina, la dueña dice cosas banales,
que en la falsa balanza de unos senos, y vestido de rojo piruetea el bufón.
mido y lloro una frágil Creación. La princesa no ríe, la princesa no siente;
la princesa persigue por el cielo de Oriente
Y tú, cuál llorarás... tú, enamorado la libélula vaga de una vaga ilusión.
de tanto enorme seno girador...
Yo te consagro Dios, porque amas tanto; ¿Piensa, acaso, en el príncipe de Golconda o de
porque jamás sonríes; porque siempre China,
debe dolerte mucho el corazón. o en el que ha detenido su carroza argentina
para ver de sus ojos la dulzura de luz?
Autor del poema: César Vallejo ¿O en el rey de las islas de las rosas fragantes,
o en el que es soberano de los claros diamantes,
o en el dueño orgulloso de las perlas de Ormuz?

RUBÉN DARIO ¡Ay!, la pobre princesa de la boca de rosa


quiere ser golondrina, quiere ser mariposa,
tener alas ligeras, bajo el cielo volar;
Dichoso el árbol, que es apenas sensitivo, ir al sol por la escala luminosa de un rayo,
y más la piedra dura porque esa ya no siente, saludar a los lirios con los versos de mayo
pues no hay dolor más grande que el dolor de ser o perderse en el viento sobre el trueno del mar.
vivo,
Ya no quiere el palacio, ni la rueca de plata,
ni el halcón encantado, ni el bufón escarlata, cuando danza la ronda de las sombras inmensas.
ni los cisnes unánimes en el lago de azur.
Y están tristes las flores por la flor de la corte, Bajo el cielo del Sur, el que te espera cuando
los jazmines de Oriente, los nelumbos del Norte,
de Occidente las dalias y las rosas del Sur. el aire de la tarde como una boca besa.

¡Pobrecita princesa de los ojos azules! Amiga, no te mueras.


Está presa en sus oros, está presa en sus tules,
en la jaula de mármol del palacio real; Yo soy el que cortó las guirnaldas rebeldes
el palacio soberbio que vigilan los guardas,
que custodian cien negros con sus cien alabardas, para el lecho selvático fragante a sol y a selva.
un lebrel que no duerme y un dragón colosal.
El que trajo en los brazos jacintos amarillos.
¡Oh, quién fuera hipsipila que dejó la crisálida!
(La princesa está triste, la princesa está pálida) Y rosas desgarradas. Y amapolas sangrientas.
¡Oh visión adorada de oro, rosa y marfil!
¡Quién volara a la tierra donde un príncipe existe, El que cruzó los brazos por esperarte, ahora.
—la princesa está pálida, la princesa está triste—,
más brillante que el alba, más hermoso que abril! El que quebró sus arcos. El que dobló sus flechas.

—«Calla, calla, princesa —dice el hada madrina—; Yo soy el que en los labios guarda sabor de uvas.
en caballo, con alas, hacia acá se encamina,
en el cinto la espada y en la mano el azor, Racimos refregados. Mordeduras bermejas.
el feliz caballero que te adora sin verte,
y que llega de lejos, vencedor de la Muerte, El que te llama desde las llanuras brotadas.
a encenderte los labios con un beso de amor».
Yo soy el que en la hora del amor te desea.
Autor del poema: Rubén Darío
El aire de la tarde cimbra las ramas altas.

PABLO NERUDA Ebrio, mi corazón. bajo Dios, tambalea.


Amiga, no te mueras
Amiga, no te mueras. El río desatado rompe a llorar y a veces
Óyeme estas palabras que me salen ardiendo,
y que nadie diría si yo no las dijera. se adelgaza su voz y se hace pura y trémula.

Amiga, no te mueras. Retumba, atardecida, la queja azul del agua.

Yo soy el que te espera en la estrellada noche. Amiga, no te mueras!

El que bajo el sangriento sol poniente te espera. Yo soy el que te espera en la estrellada noche,

Miro caer los frutos en la tierra sombría. sobre las playas áureas, sobre las rubias eras.

Miro bailar las gotas del rocío en las hierbas. El que cortó jacintos para tu lecho, y rosas.

En la noche al espeso perfume de las rosas, Tendido entre las hierbas yo soy el que te espera!
PABLO NERUDA
¡Aprovecha el minuto y el instante!
Aquí te amo… Hoy te ofrece rendida la hermosura
Aquí te amo. de sus hechizos el gentil tesoro,
En los oscuros pinos se desenreda el viento.
y llamándote ufana en la espesura,
Fosforece la luna sobre las aguas errantes.
suelta Pomona sus cabellos de oro.
Andan días iguales persiguiéndose.
Se desciñe la niebla en danzantes figuras.
Una gaviota de plata se descuelga del ocaso. En la popa del barco empavesado
A veces una vela. Altas, altas estrellas. que navega veloz rumbo a Citeres,
O la cruz negra de un barco. de los amigos del clamor te nombra
Solo. mientras, tendidas en la egipcia alfombra,
A veces amanezco, y hasta mi alma está húmeda. sus crótalos agitan las mujeres.
Suena, resuena el mar lejano.
Este es un puerto. Deja, por fin, la solitaria playa,
Aquí te amo. y coronado de fragantes flores
Aquí te amo y en vano te oculta el horizonte. descansa en la barquilla de las diosas.
Te estoy amando aún entre estas frías cosas.
¿Qué importa lo fugaz de los amores?
A veces van mis besos en esos barcos graves,
que corren por el mar hacia donde no llegan. ¡También expiran jóvenes las rosas!
Ya me veo olvidado como estas viejas anclas.
Son más tristes los muelles cuando atraca la tarde. Autor del poema: Manuel Gutiérrez Nájera
Se fatiga mi vida inútilmente hambrienta.
Amo lo que no tengo. Estás tú tan distante.
Mi hastío forcejea con los lentos crepúsculos. LA NOCHE
Pero la noche llega y comienza a cantarme. La noche no desciende de los cielos,
La luna hace girar su rodaje de sueño. Es marea profunda y tenebrosa
Me miran con tus ojos las estrellas más grandes. Que sube de los astros: mirad cómo
Y como yo te amo, los pinos en el viento, Aduéñase primero del abismo
quieren cantar tu nombre con sus hojas de alambre.
Y se retuerce en sus verdosas aguas.
Sube, en seguida, a los rientes valles,
Y cuando ya domina la planicie,
El sol, convulso, brilla todavía
MANUEL GUTIERREZ NAJERA
En la torre del alto campanario
Y en la copa del cedro, en la alquería
A UN TRISTE
Y en la cresta del monte solitario.

Es náufraga la luz: terrible y lenta


¿Por qué de amor la barca voladora
Surge la sombra: amedrentada sube
con ágil mano detener no quieres,
La triste claridad a los tejados,
y esquivo menosprecias los placeres
Al árbol, a los picos elevados,
de Venus, la impasible vencedora?
A la montaña enhiesta y a la nube.
Y cuando, al fin, airosa la tiniebla
A no volver los años juveniles
La arroja de sus límites postreros,
huyen como saetas disparadas
En pedazos, la luz el cielo puebla
por mano de invisible Sagitario;
De soles, de planetas y luceros.
triste vejez, como ladrón nocturno,
sorpréndenos sin guarda ni defensa,
Y con ella se van la paz amiga,
y con la extremidad de su arma inmensa,
La dulce confianza, el noble brío
la copa del placer vuelca Saturno.
De quien alegre con vigor trabaja;
Y para consolamos, mudo y frío,
Con sus alas de bronce el sueño baja.
Entonces todo tímido se oculta:
En el establo los pesados bueyes,
En el aprisco el balador ganado,
En la cuna pequeña la inocencia,
En su tranquilo hogar el hombre honrado,
Y el recuerdo impasible en la conciencia.

Mil temores informes y confusos


Del hombre y de los brutos se apoderan;
En la orilla del nido, vigilante,
El ave guarda el sueño de su cría
Y esconde la cabeza bajo el ala;
El noble perro con mirada grave
Interroga la sombra y ver procura;
Los caballos, piafando, se encabritan
Y con pavor o sobresalto evitan
Los altos montes y la selva obscura.

Si en la extensa llanada le sorprende


Con su cortejo fúnebre la noche,
El potro joven a su hermano busca
Y en su lomo descansa la cabeza.
Todo tiende a juntarse en esta hora.
Todo en la vasta soledad se hermana,
Hasta que alegre la triunfal diana
En el áureo clarín toca la Aurora.

Autor del poema: Manuel Gutiérrez Nájera

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