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La espada negra: destino del Clan

El Gran Clan de la Estepa se ve obligado a abandonar sus tierras del norte debido a una amenaza desconocida. Mabeloc, el anciano jefe del consejo, relata cómo la sacerdotisa Atalam le llevó a la cueva sagrada dentro de la montaña Sila, donde recibió una visión que presagiaba un gran peligro para el clan, forzándolos a emprender un éxodo.
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La espada negra: destino del Clan

El Gran Clan de la Estepa se ve obligado a abandonar sus tierras del norte debido a una amenaza desconocida. Mabeloc, el anciano jefe del consejo, relata cómo la sacerdotisa Atalam le llevó a la cueva sagrada dentro de la montaña Sila, donde recibió una visión que presagiaba un gran peligro para el clan, forzándolos a emprender un éxodo.
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Los

miembros del Gran Clan de las Estepas se ven condenados a renunciar a


todo su sistema de vida y deambular constantemente. Una espada negra se
alza contra ellos. Sólo el día que ésta desaparezca podrán vivir en paz.
Blanca Álvarez, escritora y periodista, desarrolla una historia fantástica en la
que lo misterioso y simbólico desempeñan un papel relevante.

Página 2
Blanca Álvarez

La espada negra
Ala Delta: Serie Marrón - 192

ePub r1.0
Titivillus 22.01.2023

Página 3
Título original: La espada negra
Blanca Álvarez, 1995
Ilustraciones: Karin Schubert
Diseño de cubierta: José Antonio Velasco

Editor digital: Titivillus
ePub base r2.1

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Índice de contenido

Cubierta

La espada negra

Prefacio

Última asamblea lunar

Los primeros muertos

Un camino de fuego hacia el sur

Anwen

La gran batalla

Tiempo de muerte

La princesa Musgo

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Cuentan las viejas leyendas de los pueblos de Irlanda
y Galicia que los manzanos eran árboles sagrados creados por
los dioses para proteger a las mujeres. Bajo ellos, las mujeres
decidían quién había de convertirse en su marido o quién
podía ser perdonado de sus errores.
Los hombres miraban con respeto a los sagrados
árboles de las mujeres y acataban siempre sus decisiones.

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Última asamblea lunar
A veces, los hombres tienen que emprender caminos desconocidos sin
saber la causa de su destierro.

A nunca volveremos a ser inocentes!


— ¡Y Han pasado lunas, inviernos, miedos y promesas, pero aún
puedo rememorar la primera vez que Atalam pronunció la frase y sentir en
mis carnes el mismo estremecimiento ante lo que habría de venir. Cada
hombre, si quiere mantener el honor, ha de cumplir la misión encomendada,
por muy dura que ésta sea. ¡Ojalá ninguno vuelva a tener que cumplir una
semejante a la mía!
Mi nombre es Mabeloc. Aún ahora, soy quien preside el Consejo de
Ancianos del Clan. Algunos me han visto siempre como un mago, por el
poder de mis hierbas y los sagrados signos de la escritura; sin embargo, la
magia está en el corazón de todo hombre que se atreve a reconocerla. Soy
demasiado viejo; los años y los fríos parecen acumularse en estas
articulaciones que apenas me sostienen y crujen como astillas quebradas. Me
resulta difícil recordar cómo era la tierra de mi remota infancia, la tierra dura
donde yacen enterrados y olvidados todos los antepasados de nuestro pueblo.
Nunca volveremos al norte.

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La pócima secreta que guardo colgada de mi cuello y encerrada en la
concha milenaria de un molusco ha dado más años y memoria a mi vida de lo
que hubiera deseado. Es tiempo de ceder mi sitio y caminar por los mares del
olvido donde sueñan los amigos de otro tiempo. Antes he de cumplir con mi
doloroso oficio: transmitir a los que me siguen, a los que seguirán a éstos y
aun a los otros, la historia de un pueblo —el nuestro— condenado a
abandonar sus tierras, su pasado y su inocencia para siempre. Mis manos
tiemblan e invoco la memoria de Atalam, la sacerdotisa que se dejó morir
cuando Rhoming volvía de aquel largo, larguísimo viaje, cuando ya no
quedaban esperanzas…
—Atalam, pronto me reuniré con tu memoria y caminaremos juntos en el
silencio infinito de otro reino, por entre los secretos insondables que no han
de ser desvelados a los mortales. Nosotros no volveremos a ser inocentes,
como tú afirmaste un lejano día, pero debemos guardar la inocencia de
quienes no vivieron nuestro horror.
Los niños juegan en las plazas sin conocer el tiempo en que los cielos nos
negaron su luz y la risa era una bendición olvidada. Antes de morir debo dejar
constancia de todo lo que pasó, para evitar la sangre y el fuego.
Tomaré el último sorbo de esta pócima que ya nadie volverá a preparar
con el aceite de un monstruo marino que sólo llegaba a nuestras costas y con
las hojas maceradas de la flor que sólo vivía una noche en medio de las
nieves… Nuestros hijos nunca podrán conocer los prodigios de aquellas
tierras.
Quisiera que estas páginas sirvieran para enseñar a los más jóvenes que el
hombre nace puro e inocente y que sólo de su voluntad depende recuperar esa
inocencia perdida con los años para mirar, con ojos de niño, el nacimiento de
las flores y cada nuevo amanecer. Eso aprendimos todos de nuestro joven
Rhoming.
Fuimos, durante muchas generaciones, el Gran Clan de la Estepa.
Vivíamos en las interminables estepas del Norte, cuyos límites eran un mar
embravecido contra el que luchaban nuestros barcos de madera guiados por
cabezas de dragones y las cordilleras nevadas, que ponían fronteras a un reino
contenido en el abrazo de grandes montañas que se extendían de este a oeste,
cerrándonos sobre el mar. Ése era el único mundo conocido por las gentes del
Gran Clan.
Los inviernos era rigurosos, y se aprovechaban los escasos meses del
verano para cazar y pescar. Mientras duraban las nieves, vivíamos de la carne
salada o ahumada; las pieles de la caza constituían nuestro cobijo y el aceite

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de los grandes mamíferos marinos, nuestra luz en el invierno. Nunca
necesitamos defender nuestras tierras, nunca necesitamos buscar nuevos
territorios más allá de nuestros límites: la vida resultaba dura, pero nuestros
corazones se sentían venturosos. Teníamos un jefe, Thorm, que organizaba las
cacerías y decidía la posición de cada cazador; en supuestos de emergencia
civil, también se encargaba de tomar las decisiones que afectasen al Clan.
Entre nosotros había herreros que preparaban nuestras espadas, flechas y
arpones. Teníamos sacerdotisas, que por entonces guiaba Atalam, y un
Consejo de Ancianos, presidido por mí, para nuestras leyes. El pasado era
recordado por nuestros bardos, que recitaban largas y hermosas historias en
los días de invierno y en las fiestas. También teníamos a Sila, la montaña que
guardaba nuestra cueva sagrada y a la cual sólo tenían acceso Atalam o
alguna de sus doncellas.
Habíamos oído historias de otros pueblos, de otros hombres de más allá
de la Gran Cordillera, y habríamos sido hospitalarios con quienes llegasen a
nuestras casas de madera y tierra: no habría faltado para el viajero un cuenco
de vino caliente con miel, ni un trozo de carne salada, ni una danza en su
honor. La muerte era un misterio que deparaba la vida, pero que no
provocábamos con nuestras armas o nuestras manos. El Gran Clan de la
Estepa era, en definitiva, un pueblo inocente que amaba el mar embravecido,
la tierra dura y los pequeños caballos peludos capaces de resistir hambre, frío
y largas cabalgaduras; un pueblo que guardaba las viejas enseñanzas recibidas
y respetaba el designio incomprensible de los dioses.
Un día, uno de esos que no debieron amanecer nunca, cuando ya las
nieves de un nuevo invierno, adelantadas en semanas, amenazaban nuestras
cacerías, y por tanto nuestras reservas para el invierno, Atalam vino hasta mi
choza de pieles.
—Mabeloc, debes acompañarme a la cueva.
Ésa sólo podía ser la cueva que Sila guardaba en sus entrañas, y ningún
hombre había profanado jamás su misterio. No quise dejar visible el temblor
que me produjeron sus palabras. Como jefe del consejo, tenido por mago y
sabio, era lógico que mantuviera la calma. La cueva sólo se utilizaba al
comienzo de la primavera, para preparar la ceremonia de los nuevos
cazadores; allí se consagraba el vino que se oficiaba al sol y que los jóvenes
debían beber el primer día de luna nueva de la primavera para ser recibidos
como cazadores del Clan. Además de ese día señalado, tan sólo en momentos
de gran peligro Atalam buscaba en su interior las respuestas al destino. No
quise preguntar.

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Sila, la vieja montaña, abría sus entrañas a través de un estrecho pasadizo
cuya entrada sólo podía vencer Atalam. Sila guardaba silencio: permitía mi
entrada. La sacerdotisa llevaba puesto el manto azul que distinguía su rango y
un corto velo blanco cubría sus cabellos. Yo apretaba los labios para no
preguntar.
—Mabeloc —dijo Atalam, parándose cuando dimos la vuelta al primer
recodo del largo camino—, no es grato lo que ha de comunicarnos la
montaña. Yo misma tiemblo viendo los signos.
—¿Qué señales te llevaron a buscar la respuesta de la tierra?
—Tú sabes que todos los años, cuando las nieves presagian el largo
invierno, subo a buscar, sobre la cima de Sila, la flor que sólo vive una noche,
la primera noche de luna menguante que anuncia las nieves, y cuyas hojas
maceradas sirven para nuestras pócimas.
—Lo sé —dije tocando mi vieja concha y sintiendo la fuerza de su
líquido.
—La noche señalada era la de ayer. Después de purificar el puñal con
que habría de cortarla, subí recitando las viejas oraciones que agradecen a los
dioses la vida. La Luna se cortaba en el cielo como una sonrisa de madre…
La túnica azul del Atalam temblaba movida por un miedo negro y
profundo, por el miedo de lo presentido, y la media luna tatuada en su frente
desde que cumpliera quince años parecía estremecerse como el mango
plateado de su puñal sagrado.
—La flor nunca llegó a nacer.
—¿No habrás equivocado la noche?
—Mabeloc, estoy vieja, deseando ceder mi puesto a la sacerdotisa que
habrá de sucederme, pero mi corazón no me engaña, ni a ti los años te
impiden saber que ya venció el plazo en que había de florecer la flor sagrada.
—Tal vez…

Una nube negra se posó sobre mi alma y desde aquel día me persigue,
aplastándome. Muchos años atrás, cuando ni Atalam ni yo mismo habíamos
nacido, dejaron escrito en el Libro del Clan, ese que yo sigo emborronando a
las puertas de mi cercana muerte, que esa misma ausencia se había producido
en una ocasión y que el Gran Clan estuvo a punto de desaparecer bajo los
efectos de una peste que hinchaba las lenguas de todos los seres vivos hasta
morir reventados de sed. La peste duró todo un año, y sólo unas decenas de
nuestros antepasados lograron sobrevivir. ¿Qué nueva desgracia se cernía
sobre nosotros?

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—Atalam, ¿contra quién hemos pecado?
—Los hombres olvidan sus pecados antes de que el destino tome justicia.
Ahora debemos seguir bajando.
Continuamos descendiendo los pasadizos estrechos, donde el aire se
volvía cada vez más pesado y hasta la luz de nuestras antorchas parecía
extinguirse. El silencio podía rasgarse con nuestras manos. Sabíamos que
caminábamos hacia el corazón de la Madre Tierra y que podíamos ser
rechazados por ella si no nos consideraba dignos de conocer sus designios.
Muchos intentaron profanarla y ninguno había vuelto para contarlo. Ni en
sueños imaginé que habría de descender hasta donde sólo las mujeres
consagradas tenían permiso de la gran Madre. Si alguien entraba con el
corazón manchado por el odio, quedaba sepultado en algún torbellino de
arena que, de golpe, se abría bajo sus pies. Las sacerdotisas autorizadas eran
elegidas desde niñas: cuando cumplían quince años se les grababa una media
luna en la frente y se les entregaba el puñal sagrado. Aprendían la forma de
curar el cuerpo y el alma, el nombre de las raíces, el ciclo solar y el lunar, los
nombres de las estrellas y hasta el canto de los pájaros. Ningún hombre
conocía los ritos de las mujeres en el interior de la montaña.
A veces, las paredes parecían brazos dispuestos a estrangular mi
garganta; diríase que, por momentos, lanzaban puñales húmedos desde las
alturas invisibles para nuestras antorchas. Trataba de no gritar cuando
aparecían extraños signos dibujados en los muros, o cuando mis pies pisaban
algo similar a un lodo espeso y quemante. Atalam conocía el camino, lo había
recorrido docenas de veces, pero yo hubiera deseado no haber emprendido
aquel descenso que parecía no tener fin por entre el lodazal silencioso,
semejante a una enorme garganta de ballena. Seguía su túnica azulada y me
guiaba por los destellos plateados de su puñal en la cintura.
Nunca podré decir por cuánto tiempo caminamos aquel laberinto de
descensos hasta que vi que Atalam alzaba la mano frenando mis pasos. Quedé
pegado a uno de los muros rojos con vetas brillantes y negras, como ojo de
animal. Si cerraba los ojos, sentía que algo tiraba de mis pies hacia el abismo;
si los mantenía abiertos, aquellas vetas negras parecían escudriñar el centro de
mis entrañas.
—Mabeloc, a partir de ahora, veas lo que veas, oigas lo que oigas, no
debes dejar escapar un solo sonido de tu garganta. Si la voz de un hombre
profanase las entrañas de la Madre Tierra, nos dejaría sepultados para
siempre.

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Notaba gotas de sudor frío resbalando por mi rostro como lluvia. Apenas
diez pasos más, y llegamos a un círculo del que partían siete rutas similares a
la que habíamos atravesado. Perderse en una errónea significaría el fin. Era
como si cada camino llevase a un abismo del que nunca se pudiera regresar.
En el centro había una piedra negra de cuyas fisuras manaba agua en silencio,
y se perdía en el suelo de arena dorada sin dejar rastro, a su izquierda
dormitaba una serpiente verde y brillante. Mi corazón casi deja de latir ante su
resplandor.
Atalam se agachó para recoger con sus manos aquella agua mientras
murmuraba palabras de una lengua más vieja que la de nuestro pueblo: el
idioma secreto de las sacerdotisas. Después lavó el puñal curvo y la serpiente,
verde como una purísima esmeralda, inició la marcha hacia uno de los
pasillos. Era la serpiente más larga que humano alguno pudiera haber soñado.
Mi garganta permanecía dura como una roca, y mis labios, agrietados y
heridos por mis propios dientes, seguían sellados. Realmente existen reinos
donde sólo pueden moverse las mujeres; ellas conocen el misterio de la vida,
y sólo a ellas les es otorgado el don de continuarla.
Cuando la interminable serpiente hubo al fin desaparecido por entre la
oscuridad del camino señalado, Atalam la siguió, llevando en su mano el
puñal curvo con mango de luna menguante; lo llevaba tan apretado que su
mano estaba blanca como nieve reciente. Fue entonces cuando me di cuenta
de mis manos sangrantes: había clavado en las palmas mis uñas con la misma
fuerza que ella apretaba su puñal.
El tiempo pareció detenerse. Podíamos llevar días o tan sólo minutos.
Todo permanecía inalterable. Aquel pasadizo en forma de garganta nos
sumergió en lo atemporal y oprimía mi corazón. Había seguido a Atalam
hasta que llegamos a un minúsculo hueco que parecía tener fulgor propio,
porque ninguna grieta dejaba pasar luz de otros lugares, ni siquiera de
nuestras antorchas, que habían quedado en la sala de la piedra negra que
manaba agua. Pensé que en el corazón de la tierra debía existir un sol propio.
Aquel recinto tenía el suelo de finísima arena dorada, el techo de un blanco
rosado y tan bajo que apenas podíamos permanecer en cuclillas.
—La vida es tan sólo el inicio de la muerte —la voz de la sacerdotisa
parecía haber recuperado la juventud del agua—, y todo lo que muere da vida
a lo no nacido.
Me pareció que Atalam volvía a ser la adolescente de quince años que yo
viera por primera vez con la señal de la media luna en su frente. Siguió
recitando versos, pero ya en la vieja lengua que sólo ellas conocen. Mientras,

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con inmenso cuidado, iba desenterrando extraños objetos de un material
desconocido para mí y tan blancos que podían quemar la pupila con sólo
mirarlos. Ella los iba colocando con mimo sobre las doradas arenas del
minúsculo habitáculo, y recitando sus versos incomprensibles. De vez en
cuando, alguno de aquellos versos recobraba el lenguaje conocido y sonaba
extraño entre aquellas paredes, como si éstas devolvieran un eco diferente de
cada una de ellas.

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«Todo aquello que camina sobre la tierra espera volver a las entrañas…
La tierra regala el latido del corazón…
La Luna, hermana de las mujeres, acaricia el denso vientre de todo lo
vivo…
Del mar trae memorias remotas…».
Yo creía estar escuchando algo similar a un canto que penetraba los
gruesos muros de la montaña sagrada, mientras un rumor, parecido a las olas,
rompía los versos como si fueran su playa.
«Por las mujeres que entierran su sangre lunar en las entrañas cada ciclo,
por el canto de las ballenas,
por el perfume de las flores…».
Ahora entendía. Llegaban hasta mí los ritos de las mujeres que, siguiendo
una vieja tradición, enterraban los corazones de todos los animales cazados;
lo hacían fuera del poblado y volvían con las manos limpias: trataban de
devolver a la madre de todas las criaturas parte de lo robado, mientras
agradecían su generosidad con cantos. Todo nos era prestado y de todo había
que rendir cuentas. Ninguna pieza de caza era probada o comenzaba a ser
tratada para la salazón antes de que ellas volvieran de la ceremonia de
gratitud.
«Y todo habrá de volver por los mismos caminos».
Por fin había terminado de desenterrar todas las extrañas figuras
luminosas. Se volvió y vendó mis ojos con el pañuelo de su cintura. Había
secretos que ni en silencio debían ser vistos.
Permanecí en tinieblas, escuchando el entrechocar de aquellas piezas
luminosas y las oraciones de Atalam. El tiempo debía de medirse de distinta
forma; todo mi cuerpo parecía flotar. Cuando retiró el vendaje de mis ojos,
señaló un círculo formado por aquellas piezas frente a nosotros. Lo que vi
paralizó mi sangre.
Sobre las arenas doradas, como una herida negra y sin fondo, se abría una
espada grabada a fuego. Los símbolos que Atalam había desenterrado
permanecían en torno a la siniestra figura, sin orden y sin brillo; algo había
roto su corazón luminoso.
—Nunca había aparecido en esta cueva algo similar —dijo Atalam con
voz temblorosa.
Todo a nuestro alrededor parecía muerto, y el aire enrarecido. Del fondo
de aquella herida con forma de espada nos llegaba un viento fétido capaz de
envenenarnos el espíritu.

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—¿Por qué hasta nuestras manos? —murmuró Atalam con la más triste
de las voces.
Pasó su mano sobre el hueco negro de la espada, dibujó tres círculos con
la palma extendida, y las arenas cubrieron aquel hueco sin fondo. Atalam
colocó su palma mirando hacia el techo: la herida con forma de espada
atravesaba toda su mano.
La ocultó con un pañuelo negro que no había de quitarse hasta el día de
su muerte.
El terror me tenía paralizado; vivía una pesadilla que no acababa de
creer; ni siquiera las lágrimas asomaron a mis ojos para consolarme. Si la
vieja sacerdotisa no hubiera tomado mi mano y guiado mis pasos hacia la
salida, me habría convertido en una estatua de polvo.

Cuando salimos, el día no era día y aún no había llegado la noche. Un


manto de nubes oscuras cubría el cielo y tan sólo un pálido y blanquecino Sol
asomaba por entre sus filamentos. Reinaba un silencio de tumbas. A medida
que nos acercamos al poblado constatamos que todos, incluidos los niños, se
mostraban atenazados por el mismo mutismo, ese que produce un mal
desconocido e invisible. Las madres no tenían que llamar a los pequeños
porque éstos se agarraban con fuerza a sus faldas, sin llorar; los niños de
pecho dejaron de mamar y permanecían con los ojos abiertos, como si
acabaran de descubrir el miedo. Hasta los caballos parecían ausentes,
inmóviles, con los cuellos inclinados hacia el suelo.
Supe entonces que habían comenzado los tiempos de sombra para el
Gran Clan de la Estepa.
Thorm, el jefe del Clan, aquel que disponía los puestos de los cazadores,
nos miró comprendiendo que pronto habrían de tomarse decisiones para
todos. Junto a él, Rhoming, un adolescente que había sido iniciado aquella
misma primavera y que habría de sucederle en el mando, trataba de no
mostrar el miedo y tensaba los músculos como un guerrero. Mucho habríamos
de necesitar en el futuro de su fortaleza y generosidad.
Atalam se retiró a la casa de las sacerdotisas, donde todas permanecieron
encerradas y ayunando durante tres días. Los demás, impotentes y
angustiados, esperábamos ser convocados por ellas para conocer los designios
de la Madre Tierra.
En la tercera noche, cuando la Luna trataba de romper el cerco de nubes
que ya no habrían de abandonarnos, Atalam, vestida con las galas del
sacerdocio, había cambiado su túnica azul de un solo paño por otra bordada

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con hilos de plata, sobre la que llevaba una clámide blanquísima ceñida por el
cinturón de plata que cerraba con una serpiente y que había sido labrado
siglos atrás por las primeras sacerdotisas; prendida del lazo izquierdo,
centelleaba la daga curva. La media luna grabada en su frente parecía haber
cobrado vida propia. Su mano permanecía oculta por el negro vendaje que se
colocara en la cueva. Tan sólo ella y yo conocíamos la marca que aquella
espada había dejado en su palma.
—Demando reunión extraordinaria del Consejo de Ancianos —dijo
nuestra sacerdotisa con voz firme—. Han de estar, además, Thorm y su hijo
Rhoming.
—¿El muchacho? —preguntó asombrado nuestro jefe.
—Desconozco las razones, pero su presencia se exige en los signos —
Atalam miró con piedad a Thorm, antes de añadir—: No siempre entendemos
aquello que se nos pide.
—Pero apenas es un muchacho —manifestó Thorm, bajando la cabeza.
—Tal vez tenga que madurar en meses lo que otros en años.
En aquel momento sentí compasión por Rhoming, ante la responsabilidad
que Atalam o los dioses colocaban sobre sus hombros, pero siempre son ellos,
los más jóvenes, quienes mantienen viva la esperanza.

Aquella misma noche prendimos una hoguera con grandes troncos a los
que perfumamos con muérdago y tomillo, en torno a la cual habríamos de
conocer nuestra condena y tendríamos que decidir cómo evitar males mayores
en el futuro. Fuera del círculo reservado, el resto del Clan permanecía en
silenciosa espera. Los hombres afilaban sus espadas y limpiaban sus hachas.
Las mujeres acunaban a sus hijos pequeños, pulían sus flechas y reparaban las
cintas de los carcajs, pues siempre fueron las mejores arqueras. El manejo del
arco era un arte reservado para ellas, cuyo aprendizaje pasaba de madres a
hijas sin que ningún hombre compitiese. Eran además tan buenas jinetes que
igualaban a los hombres en resistencia, capaces de cabalgar días y noches
amamantando a sus hijos pequeños sin descender del caballo. Los niños
miraban a los adultos sin atreverse a romper el silencio con preguntas, y los
más jóvenes cazadores deseaban conocer y temían lo que habría de ocurrir.
Ninguno de nosotros había utilizado jamás las armas para otro fin que la
caza o los juegos de destreza.

¿Qué ley había sido rota para merecer aquel castigo que pesaba sobre
nosotros como las negras nubes que cubrían el cielo? ¿Seríamos expulsados

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de la única tierra conocida durante generaciones? ¿Qué había más allá de la
cordillera que nos cercaba y nos protegía?
En torno a la hoguera, todos estábamos pendientes de Atalam, atentos a
sus palabras, esperando una imposible tregua conciliadora. Además de Thorm
y Rhoming, invitados esta vez de manera expresa, nos sentábamos los tres
miembros del Consejo de Ancianos: Moebius, viejo y sabio; Andrax, narrador
y guardián de nuestras leyendas; y yo, Mabeloc. Thorm había solicitado la
presencia de Jorhan, nuestro héroe en los combates que entrenaban a los
cazadores, e instructor de los más jóvenes. No era extraño que el Consejo de
Ancianos desease escuchar las voces de otros miembros del Clan más
jóvenes, porque la experiencia sin la generosidad y el vigor de ellos puede
resultar estéril.
Yo, único testigo de la cueva, trataba inútilmente de mantener una calma
y una confianza esperada de mi rango pero que estaba lejos de sentir.
—Atalam —habló Thorm—, tú y todas las sacerdotisas habéis estado tres
días y sus noches reunidas y ayunando. Las nieves parecen adelantarse este
año y, desde hace días, el cielo parece ocultarse tras un manto de nubes que
nunca habían sido vistas. ¿Qué dice la gran Madre oculta en Sila?
—Extraños son, ciertamente, los signos que a nadie se ocultan —dije yo,
para evitar el silencio.
—Tú lo has dicho, Mabeloc —Atalam parecía haber aumentado su figura
iluminada por la hoguera—. Sin que sepamos las causas, hemos provocado la
ira de la Tierra…
Un rumor generalizado acalló sus palabras, pero cesó ante un gesto de la
sacerdotisa, que siguió hablando.
—Las desgracias podían haber llegado sin aviso, pero se nos ha
concedido una oportunidad antes de lo que habrá de venir.
Sólo Rhoming se atrevió a mirar el rostro hierático de Atalam. Los demás
tratábamos de esquivar el fuego de sus pupilas.
—Atalam, ¿acaso hemos de abandonar estas tierras donde reposan
nuestros antepasados… —Moebius no parecía dispuesto a creer lo que todos,
y él también, oíamos—, esta tierra donde han nacido nuestros hijos?
—Siempre hemos guardado las leyes —Andrax, el narrador de las
leyendas, habló con reposo—. No hemos permitido que ningún animal sea
tocado antes de enterrar su corazón; ningún hombre ha herido a otro con sus
armas, ninguna mujer ha dejado a sus vástagos abandonados en las lindes del
bosque. Nosotros hemos cuidado de que todo permaneciera en orden.

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—Cierto, Andrax —aseguró Atalam con voz firme—. Pero no todos los
secretos son conocidos por los hombres. Existen leyes que ni nos toca juzgar,
ni siquiera entender, tan sólo atacar.
—Atalam —sentí que, de algún modo, como jefe del consejo, estaba
obligado a intervenir—, no nos queda mucho tiempo. Tú has visto los signos
y escuchado los consejos de la cueva.
—Cierto, Mabeloc —se guardó de añadir que yo también había visto las
señales, la espada negra grabada en el interior de la cueva, la misma que
ocultaba bajo el vendaje negro en su mano.
—Esperamos oírlo —dije, para no alargar la espera.
—Nada puede ser más duro que esta incertidumbre —intervino Jorhan,
gran cazador, hombre de cuerpo tan impresionante como tierno era su
corazón, y tan encendido como su melena y barba pelirrojas.
—¡Ojalá, Jorhan, estuvieras en lo cierto y ésta fuera la peor noche que
habríamos de pasar! —exclamó Atalam, con enorme tristeza.
Thorm miraba, ahora con angustia, la delgada figura de la vieja
sacerdotisa, el brillo de sus ojos y de los hilos de plata de su túnica; la miraba
implorando piedad para un pueblo al que habría de dirigir hacia lo
desconocido. También Rhoming clavaba en ella sus ojos de miel, limpios aún
de dolor.
Moebius trataba de encontrar otra salida imposible:
—Somos hijos de la tierra, de ella dependemos, a ella debemos el
alimento, el vestido y la vida. Tal vez hayamos olvidado algún ritual o sea
necesario un sacrificio para purificar nuestras debilidades.
—Mi viejo amigo —la sacerdotisa lo miró con la lástima de una madre
que ve malherido a su hijo—, nadie puede acusar al Gran Clan de la Estepa de
no haber sido riguroso y respetuoso. Nunca hemos derramado sangre de
nuestros hermanos, no hemos disputado los beneficios de la tierra a ningún
extranjero; nunca hemos destruido o cazado por diversión, hemos devuelto a
la tierra lo que era suyo y recogido lo justo para nuestra supervivencia. No
hay rito que hayamos olvidado, ni sacrificio que debamos realizar…
Nos sentíamos impotentes, diminutos ante lo desconocido.
—Pero los ciclos acaban —continuó—. Las tierras vuelven al mar, los
hielos ocupan nuevos lugares, los ríos escogen cursos diferentes, nuevas
montañas surgen de los abismos del océano…
Atalam se inclinó para coger un puñado de tierra, y lo levantó hacia
nosotros antes de proseguir:

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—Durante generaciones que se pierden en la noche de los tiempos hemos
vivido en la Estepa; no conocemos otras tierras, ni otras gentes; ignoramos
qué existe tras la Gran Cordillera. Aquí hemos encontrado cobijo y alimento,
hemos seguido las estaciones, aguardado la primavera y el verano como un
regalo, pero… éste no será un invierno más. Será el último.
Se escuchó un rumor apagado. Todos se miraban tratando de saber si
habían oído bien las palabras de Atalam. En ese momento, yo, que hubiera
deseado ser el mago que otros veían en mí, comprendí por qué la flor que vive
sólo una noche, la primera que anuncia las nieves, no había llegado a nacer:
ya no encontraría simiente para despertar una noche más, no volverían a
existir las estaciones, no habría nuevas primaveras, el tiempo quedaría
estancado en un largo invierno. El pensamiento de aquella desgracia me
causaba pavor.
Todo sería nieve, y nuestra Estepa desaparecería durante cientos de años
bajo un manto blanco. Moriríamos si permaneciésemos en el único lugar
conocido. Como si hubiera leído el discurso de mis pensamientos, la
sacerdotisa habló dirigiéndose a mí.
—Sí, Mabeloc, debemos marchar —su voz temblaba y yo sabía del dolor
de su corazón.
—Pero ¿adónde? —preguntó Andrax, haciendo suya la pregunta que
todos ocultábamos en nuestras gargantas—. ¿Acaso tú conoces lo que nos
aguarda más allá de la Gran Cordillera? —quiso saber nuestro bardo, que no
recordaba ninguna leyenda antigua que lo mencionase.
El silencio nos cubrió de nuevo a todos. Tan sólo el crepitar de la
hoguera y nuestras respiraciones podían escucharse.
—Nunca la he cruzado. Ignoro qué existe tras ella.
—¿Y cómo pretendes que lleve a nuestro pueblo hacia lo desconocido,
tal vez hacia la muerte? —repuso Thorm—. Soy el jefe elegido por el Gran
Clan y siempre he tratado de probar con mis propias fuerzas todo aquello que
habría de hacer mi gente; jamás he dado una orden que yo mismo no pudiera
o no me atreviera a ejecutar, como es justo que haga un jefe. ¿He de pedirles
ahora que hagan algo que yo no me atrevo a hacer?
No era habitual que el jefe del Clan hablara directamente con la
sacerdotisa cuando se reunía el Consejo de Ancianos, pero nadie reparó en
esta irregularidad. Atalam miró el vendaje negro de su mano, yo sentí que el
frío me invadía. Como si buscase en lo más profundo de sí misma, sin
temblarle la voz, dijo:

Página 22
—Si permanecemos aquí, sólo la muerte será nuestro futuro; una muerte
lenta que iremos viendo llegar cuando nuestros hijos pidan alimentos que no
podremos darles. Tenemos las reservas necesarias para un invierno normal,
pero no volverá la primavera.
Thorm bajó la cabeza y apretó la empuñadura de su espada ante la mirada
brillante de su hijo.
—En algún lugar del sur, de ese sur desconocido y extraño, el Sol brilla
olvidado de las nieves, y hasta los inviernos son tan benignos que podríamos
confundirlos con nuestras primaveras. Yo no puedo indicarte el camino, tan
sólo se me ha dicho que existe un lugar para nosotros, que hemos de buscarlo
y correr los riesgos de lo desconocido, porque la vida es sagrada y no
debemos esperar la muerte sin combate.
—¿Combatir? ¿Contra quién? —preguntó Jorhan de la barba roja.
—Contra el viento, contra el frío, contra el hambre… Pero, sobre todo,
contra el miedo de los muchos días sin futuro que nos aguardan, contra la
incertidumbre que planeará sobre nuestras cabezas como estas nubes negras,
sin abandonarnos.
Todos tiritábamos pese al calor de la hoguera. La noche más absoluta
cubrió nuestros espíritus. Aquélla fue la noche de la última asamblea lunar,
que no pudo presidir la Luna porque las nubes se lo impidieron.
Aún ahora puedo sentir el terror de aquella noche.
Pasados unos minutos largos como horas, en un tiempo que ya no se
regía por las señales normales, Thorm se levantó y caminó hacia el resto del
poblado, que esperaba, sin moverse, el resultado de aquella larga asamblea.
Ahora le tocaba a él dirigir nuestros pasos y procurar un nuevo hogar para
todos. Hubiera querido poner en su corazón toda la fuerza de nuestros
antepasados, y recé, sin voz, una vieja oración de súplica a nuestros dioses:
«Haced mío aquello que merezca;
arrancad de mí el deseo de ira, de venganza;
dejad que mis pies busquen los caminos de flores
y que mis manos recojan las flores sin espinas…».

Sin darme cuenta, había tomado entre las mías la mano de Rhoming,
como si a partir de aquella noche los dioses lo hubieran colocado bajo mi
manto y tuviera que encontrar la magia que protegiera sus pasos entre todas
las fórmulas aprendidas durante años. Él habría de ser nuestro salvador;
perdida la esperanza, la inocencia y la fe, él habría de ser nuestra fuerza,
nuestros ojos y nuestro corazón… Pero eso es parte de otra historia, de una
larga y dura historia.

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Moebius y Andrax removían las cenizas de la hoguera y se miraban
tratando de encontrar una fuerza que su cuerpo les negaba. Habían soñado con
ser enterrados entre los suyos, y sus cuerpos quedarían rotos en el camino.
Thorm se dirigió al resto del Clan, que permanecía al otro lado de la
hoguera; Jorhan se mantenía a su lado, apostando su corpachón tras las
espaldas de nuestro buen jefe. Había llegado el momento de comunicarles la
dura decisión tomada.
—Me habéis nombrado vuestro jefe y, mientras lo he sido —notábamos
el esfuerzo de sus palabras—, he tratado de ser justo y velar por el bien de
todos. He vivido, tal y como me enseñaron, al servicio del Clan. Así había de
ser. Siempre habéis obedecido mis órdenes y me habéis seguido sin dudar…
Las mujeres apretaban a sus hijos contra sus pechos y encajaban el carcaj
lleno de flechas contra su espalda. Thorm no vaciló.
—Antes de pediros lo que he de pedir, quiero que sepáis que pongo mi
mandato en vuestras manos y que obedeceré y respetaré a aquel que designéis
como nuevo jefe.
Todos lo miraban sin entender, sin querer saber. Fue Jorhan quien, dando
un paso al frente, habló con su voz tronante:
—Has sido bueno en los buenos tiempos, cuando es más fácil dejarse
llevar. Tú no has elegido el destino que ha de seguirse. Tus palabras te
honran, pero todos queremos que sigas siendo el jefe del Gran Clan.
Las caras de todos afirmaron con un gesto.
—Después será demasiado tarde y exigiré que todos seamos una sola
voluntad en los días venideros. Será duro y yo habré de ser tan duro como el
acero de nuestras espadas, tan veloz en la decisión como una de nuestras
flechas…
—Sigues siendo nuestro jefe —repitió Jorhan, mientras apoyaba su gran
mano sobre el hombro de Thorm.
Siempre habíamos sido gente sencilla; gente que sólo aspiraba a vivir en
paz, a ver crecer a sus hijos, a escuchar las historias de Andrax, a reír en
primavera y a esperar la muerte con la aceptación de la vida. Thorm había
sido un buen cazador, el primero en arriesgar su vida ante los grandes
mamíferos peludos, o en la pesca de los monstruos marinos de buena carne y
aceite medicinal; era el primero en afrontar el peligro para evitar el riesgo de
otros cazadores, y el último en elegir la parte de la caza. Siempre había sido
justo, de corazón generoso y entendimiento claro. Bien es cierto que nunca
había tenido que tomar decisiones excepcionales, pero ¿quién de nosotros se
había visto en parecida situación?

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Si alguien podía ser un buen jefe para los malos momentos, ése era
Thorm, y Jorhan fue justo y desinteresado al apoyar su mandato. Nadie alzó la
mano o dio un paso para oponerse. Yo sentía entre mis manos sarmentosas las
del joven Rhoming, apenas encallecidas por las primeras cacerías. Rogué
nuevamente por su vida, por la de todos nosotros.
—Hemos de abandonar nuestras tierras…
—Aquí están nuestros antepasados —dijo alguien.
—No conocemos otros lugares —gimió una mujer, apretando aún más a
su hijo.
—¿Cuál ha sido nuestra culpa? —preguntaba otro.
—¡Basta! —Thorm levantó una espada que no pudo lanzar ningún
destello, pues la Luna no mostraba su blanco rostro—. ¡No es tiempo de
preguntas, ni de lamentos! —Su voz sonó como el metal al añadir—: Aquí
nos espera la muerte, la nuestra y la de nuestros hijos… El invierno que
comienza será para muchos años, tantos que no podremos contarlos con
nuestra memoria. No habrá pasto para nuestros caballos, ni caza, ni
primavera… Hasta las aguas serán un inmenso bloque de hielo.
Sin que yo me diera cuenta, Rhoming se había soltado de mi mano y
estaba al lado de su padre. Los tres, Thorm, Jorhan y Rhoming, significaban
la única esperanza para todos nosotros en aquella triste y larga noche que no
tendría alba. No, Atalam no se había equivocado. Cuando necesitásemos de
su coraje y su generosidad, podríamos contar con él.
—Ninguno de nosotros ha traspasado ni el horizonte del mar ni las
montañas que ponen frontera al sur —Thorm respiró hondo antes de continuar
—. El sur será nuestro camino, el camino en busca de un Sol que aquí no
volverá a nacer.
—¿Cuándo habremos de partir? —preguntó una de las mujeres jóvenes,
en cuyo regazo dormitaba un bebé de pocos meses.
—Apenas contamos con el tiempo de preparar las carretas, ensillar los
caballos y recoger las provisiones almacenadas para el próximo invierno.

Andrax, el guardián de las historias de nuestro pasado, acompañado de su


alumno Anafonte, quien le sucedería en su deber, hizo sonar el tambor hueco
y oblongo, atravesado por seis hierros con abrazadera de bronce rematada en
forma de cabeza de caballo. Ésa pareció ser la señal para que todos
comenzáramos a preparar el largo viaje hacia lo desconocido, unidos por un
destino común y una desgracia que no había hecho más que iniciarse.

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Yo recogí con cuidado todos los remedios, el libro de fórmulas y el Gran
Libro de nuestra historia en el que ahora escribo mis últimas palabras.
Comenzaba la marcha hacia el sur, hacia la Gran Cordillera escarpada
que durante generaciones nos había servido de protección y ahora era un reto
para nuestros carromatos, nuestros caballos y nuestra propia fe.

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En poco tiempo, las carretas, cubiertas con pieles, estuvieron preparadas.
Los ancianos y los niños viajaban en ellas, junto con nuestras provisiones,
mientras todos los adultos jóvenes y fuertes montaban nuestros fieles y
peludos caballos. Las mujeres se reservaron los flancos de la caravana, prestas
a defenderla con sus flechas; los cazadores vigilaban la vanguardia y la
retaguardia.
El tambor hueco y oblongo de Andrax, y su voz gutural, nos
acompañaban y trataban de dar fuerzas a nuestros corazones asustados.
Coloqué mi caballo tras el de Rhoming; ya estaba claro que había de ser
su sombra desde entonces. No quise volver mis ojos hacia las tierras que no
serían ya de nuestros hijos ni de los hijos de nuestros hijos. Atrás dejábamos
un pasado tranquilo y feliz, nuestros muertos y nuestra historia. Atrás quedaba
también Sila, la montaña sagrada que guardaba la cueva donde fuimos
avisados.
Comenzaban los largos días, los meses y aun años de duro camino.
Comenzaba la marcha hacia el desconocido sur.

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Los primeros muertos
El corazón de un hombre lleva los latidos de todos los corazones; cuando
se regala para que otro siga latiendo, es como si evitase su propia muerte.

ALIMOS inocentes de una tierra que había sido nuestro hogar desde
S siempre. Sabíamos que podíamos morir en el camino. Ignorábamos que
eso no era lo peor que podía sucedernos.
Nuestra vida nunca había sido fácil: estábamos acostumbrados a
sobrevivir sin abundancias, y todos los miembros del Clan aprendimos que la
vida de cada uno dependía del otro. Contábamos con nuestra fuerza, nuestra
experiencia de cazadores, nuestra solidaridad de clan y nuestros caballos, que
habrían de demostrar en los meses siguientes cuán importantes serían para
nuestra supervivencia.
Abandonamos el poblado entre el ruido de las carretas, los cascos de los
caballos y el sonido incansable del tambor de Andrax, a cuya diestra iba
Anafonte y en cuya frente se dibujaban ya las primeras arrugas. A él
deberíamos la salvación de una vida que fue definitiva, la de aquella
muchacha que Rhoming… Pero eso ocurrió mucho más tarde.
Nos pusimos igual que cuando la caza escaseaba y cambiábamos de
poblado, algo que repetíamos cada cinco años. Delante iba Thorm, a su
diestra Rhoming, por quien yo musitaba oraciones a los dioses y a quien iba
preparando, sin que él llegase a notarlo, para lo que habría de venir. De otro
lado iba Jorhan con la barba roja al frío viento. Tras nosotros, el grueso de los
guerreros. Nunca fuimos un pueblo numeroso, y en total, incluyendo a los
más jóvenes, sumábamos unos tres mil. En las carretas iban las provisiones,
los ancianos y los niños; en la última viajaba Atalam, con el negro vendaje de
su mano y la marca lunar de su frente apenas distinguible, como si la luz de su
alma se hubiera apagado. Las mujeres, montadas a caballo, y muchas de ellas
llevando contra su pecho a los más pequeños, flanqueaban la marcha
preparadas para defender las carretas con sus arcos. Además de buenas
arqueras, era los mejores vigilantes, capaces de distinguir una sombra en
medio de la noche.

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Pronto dejaríamos atrás la Estepa conocida. En nuestros corazones se
posó la tristeza de los desterrados. Eramos expulsados sin conocer la causa de
nuestro exilio. El silencio de todos fue nuestro compañero de viaje las
primeras jornadas. El silencio y el miedo al mundo desconocido que acechaba
tras la cordillera.
Los caballos iban dejando huellas en la temprana nieve que cubría de
blanco y dormía nuestra tierra. A medida que avanzábamos se iban borrando
los rastros de nuestros pasos, como si la tierra tuviese prisa por quedar vacía
incluso de nuestro recuerdo. También nosotros comenzábamos a sentir la
urgencia de la huida. Los ríos eran espejo de hielo que reflejaba la desolación.
El día se confundía con la noche; hacíamos alto apenas unas horas, para
reponer fuerzas; comíamos sobre nuestros caballos la carne salada y los frutos
macerados; incluso racionábamos las hierbas medicinales. Yo apretaba la
concha que pendía de mi cuello cuando miraba el rostro severo y el cuerpo
joven de Rhoming. Recordaba los consejos que yo mismo le diera el día de su
iniciación como cazador del Clan, apenas unos meses atrás, aunque me
parecieran siglos.

—Ahora eres uno más. Buscarás el alimento para el Clan y defenderás la


vida de todos con tu propia vida si fuera preciso. Éste será tu privilegio y tu
honor…
Pintaba su cuerpo con tierra roja y sangre de caballo, grababa sobre su
corazón la marca del Clan con un punzón de plata y tejía sus primeras trenzas
de hombre.
—Tu honor es hacerte merecedor de la fe que todos depositamos en ti. Si
un día lo pierdes, yo mismo arrancaré de tus manos la espada que ahora te
entrego y te expulsaré para siempre del Gran Clan.
—Ese honor será mi vida y con ella responderé.
Coloqué alrededor de su frente la cinta de cuero con la herradura de
caballo grabada en ella, la misma que dibujé sobre su corazón, y el signo que
le había dado el día de su nacimiento y que yo buscaba en las estrellas y en
mis conjuros. Cada miembro del Clan tenía el suyo. Rhoming había nacido
bajo el símbolo del águila, algo nada frecuente entre nosotros. Ahora
comenzaba a entender por qué su tótem era un animal solitario y orgulloso,
alguien que vuela solo sobre las cumbres más altas y se refugia donde puede
encontrar su nido.
Recordaba aquella escena sabiendo que algún día necesitaríamos su
soledad y su vuelo alto para encontrar el nido de todos nosotros.

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Presentimientos, presentimientos… El viaje había llenado de presagios
mis pensamientos.

Llegamos a la falda de la Gran Cordillera. Todos respiramos hondo, sin


dejar traslucirse la impotencia frente a la empinada marcha que, como un reto,
debíamos afrontar por caminos desconocidos. Iniciamos la escalada
soportando las primeras tormentas, que retrasaban nuestro galope. Los
caballos tenían que tirar de las carretas y los jinetes caminaban, casi todos, sin
montura. Los más débiles comenzaban a dar muestras de fatiga: varios niños
enfermaron y los ancianos iban quedando apagados como si hubieran dejado
el alma en la Estepa. Dos de ellos murieron en silencio y tuvimos que lanzar
sus cuerpos al vacío, sin más ceremonia que nuestras oraciones apresuradas.
También hubo algunos nacimientos, lo cual podía ser visto como un buen
augurio. Sin embargo, lo que siempre había sido motivo de fiesta, venía ahora
entre la esperanza y el temor por los más indefensos. ¿Qué les daríamos a
esos niños que ya nacían sin tierra y sin festejos?
Las carretas se acondicionaron para el reposo de los más débiles, y ni en
los peores momentos nos cruzó la idea de abandonarlos a su suerte.
Una semana después de haber iniciado el ascenso tuvimos que
deshacernos de una de las carretas, quebrada en una falla de la que no
pudimos rescatarla. Otras dos fueron abandonadas porque su remolque
restaba fuerzas a las mujeres y a los cazadores, que tenían que ayudar a los
caballos en el arrastre. Por fortuna, nuestros caballos demostraron todo su
valor al aguantar la difícil subida sin una baja.
Cuando ya habíamos perdido la cuenta de los días, que eran como
noches, cuando nuestros cuerpos aguantaban tormentas más duras sin apenas
descanso, encontramos el primer dilema mortal de nuestra marcha.
La montaña parecía rota por un extraño desfiladero que comunicaba con
el siguiente paso, imprescindible para llegar a la cima. Era como un puente
dividido en dos, cubiertos de hielo, que pendían sobre un precipicio negro y
abismal donde nuestras voces rebotaban como si llegaran a los infiernos y
cuyo fondo no llegamos a conocer, pues no se escuchaba el chasquido de las
piedras lanzadas para averiguar su profundidad. Podíamos intentar
trasladarnos por los dos dividiendo el grupo, aunque sólo uno de ellos era
suficientemente ancho para que nuestras carretas pudieran atravesarlo.
Eso íbamos a hacer cuando Atalam salió de su carreta, pálida como la
nieve, tan frágil como un témpano de hielo y se escuchó su voz, apagada y
enferma.

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—Uno de los pasos no resistía el peso de un hombre. Se quebrará en un
punto próximo al final.
—¿Cuál? —preguntó Thorm.
—Eso no lo sé.
—Entonces yo pasaré por uno de ellos. Si soporta mi peso, ése habremos
de seguir; si no, el otro —dijo nuestro jefe subiéndose al caballo.
Atalam frenó su partida con los ojos llenos de fiebre y retuvo su caballo,
que ya iniciaba la prueba.
—¡Tú no! ¡Necesitamos un jefe, pero vivo!
—Precisamente por serlo he de correr primero el riesgo.
—Yo lo haré.
Todos guardamos silencio ante la figura de Andrax, que, sin vacilar,
había llegado hasta el círculo donde Atalam, Thorm, Jorhan, Rhoming y yo
mismo asistíamos al enfrentamiento de nuestro jefe con la sacerdotisa.
—¿Por qué habrías de ser tú, nuestro narrador, el guardián de nuestras
historias? —preguntó Thorm.
—Porque a mí me queda poca vida —alzó su mano para evitar nuevas
interrupciones—. Atalam tiene razón: el Clan necesita un jefe como tú, y lo
necesita con vida. Anafonte conoce ya todas las historias, aquellas que aún le
faltaban se las he estado repitiendo incansablemente desde que iniciamos la
marcha, y he comprobado que las retenía en su memoria. Él podrá sustituirme
si no acierto con el camino adecuado.
Nadie rebatió un discurso lleno de la fuerza que ya le faltaba a su cuerpo
sarmentoso. Rhoming le ofreció su propio caballo, pero Andrax lo rechazó
acariciándole la cabeza.
—Un caballo es demasiado valioso. Recuerda, mucho: algún día tendrás
el destino del Clan en tus manos. No vaciles.
—No lo haré.
Lo despedimos con un abrazo. Se descolgó el tambor oblongo, lo puso en
manos de Anafonte y le susurró al oído palabras que sólo ellos supieron. Nos
quedamos suspendidos en una nueva angustia. Por suerte, la solidaridad que
siempre nos había regido seguía viva entre nosotros.
Vimos avanzar al viejo bardo por el camino elegido, y a cada paso
apretábamos los puños como si nosotros pudiéramos evitar el peligro. Ya
creíamos haber acertado, que no se rompería con el peso de un hombre,
cuando sonó un quejido que el eco devolvió y aumentó como un trueno mil
veces repetido. El camino se abrió bajo los pies de Andrax, y aquel viejo
generoso y sabio se perdió en la inmensidad del abismo.

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—Thorm —ordenó Atalam—, que avancen antes de que el pánico nos
paralice para siempre.
La muerte del viejo Andrax ya se conocía en el último extremo de la
caravana, y todos avanzaban conteniendo las lágrimas. También en este paso
tuvimos que prescindir de tres carretas, las que sobrepasaban el estrecho
límite colocado sobre el abismo. Tan sólo nos quedaban cuarenta, y muchos
de los niños, al no poder avanzar por sus propios medios, fueron a parar a las
espaldas de los cazadores.
Aún tardamos varios días en llegar a la cima de aquella montaña elegida
para atravesar la Gran Cordillera. Todos esperábamos ansiosos ver qué nos
aguardaba tras la penosa subida. No pudimos ver nada. La niebla no dejaba
atisbar ni siquiera el camino para descender. Atalam seguía sumida en
profunda meditación; tras la muerte de Andrax, todos sus esfuerzos se
centraban en seguir manteniéndose viva, pese a la falta de deseos de seguir
adelante. El luto de su mano parecía mayor ante el aumento de su palidez.
—A veces vivimos sólo porque otros nos necesitan —recuerdo que le
dije cuando entré en su carromato.
—Siento como si la espada negra que vimos en la cueva presidiera
nuestra marcha.
—Nadie debe saber que la llevas grabada en tu mano. Tampoco yo
consigo borrarla de mis pensamientos —no encontraba el modo de continuar
—. Desde que tú señalaste a Rhoming, me parece que es el único no marcado
por ella.
—Sabía que te darías cuenta.
Antes de iniciar el descenso, hicimos un breve descanso arropados en un
refugio natural de la montaña. Necesitábamos reponer fuerzas y buscar
ánimos para comenzar un camino quizá aún más duro que aquel ascenso.
Thorm se acercó al carromato donde Atalam y yo hablábamos; lo
acompañaba Jorhan.
—Atalam —dijo después de sentarse a nuestro lado—, he tragado mi
miedo como una espesa saliva cuando iniciamos la subida. Creí perder las
fuerzas cuando Andrax… —Guardó silencio y su mirada se perdió en el
recuerdo—… Creí que desde la cima podríamos ver algo que orientase
nuestros pasos hacia ese hogar buscado. Nada se ve. Tú que ves lo que
nosotros no alcanzamos, ¿sabes qué nos aguarda tras el descenso?
—Yo sólo sé aquello que los dioses quieren mostrar, y no siempre hablan
claramente de nuestro futuro.
—Nos dejaron la incertidumbre —manifestó Jorhan, apenas sin voz.

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—Jorhan —esta vez, yo tomé la palabra—, Atalam no es inmune a
nuestro sufrimiento; tal vez sufra más por ver más. No es justo atormentarla
con nuestros temores.
—Tienes razón. Te ruego aceptes mis disculpas, Atalam.
—Debemos seguir —aseguró ella, mientras levantaba la vista hacia el
cielo negro y sin señales.
Thorm bajó la cabeza como si tuviera sobre sus hombros todo el peso de
las montañas, de aquellas montañas en cuya cima tratábamos de otear un
futuro propicio. Ajustó la correa que sostenía el hacha de doble filo y apretó
la empuñadura brillante de su pesada espada.
—Thorm, espera —Atalam pareció recordar algo de pronto—. Dile a tu
hijo Rhoming que venga a vernos, a Mabeloc y a mí.
A todos nos sorprendió la petición. Guardamos silencio; ya no era tiempo
de sopesar qué estaba dentro de los límites de nuestras antiguas costumbres y
a qué nuevos designios habríamos de someternos. Nos dejaron solos y al poco
tiempo apareció el muchacho sobre el que iba a caer tan gran responsabilidad.
Llegaba sin temor y con la audacia de los jóvenes que desconocen aún el
miedo y la muerte.
—Mi padre dijo que deseabais verme.
—Sobre todo, deseaba mirarte, Rhoming; comprobar con mis cansados
ojos el aura que te distingue y que te ha marcado para salvarnos.
—¿Yo? —preguntó tocándose el pecho—. ¿Acaso no tiene el Clan más
avezados cazadores?
—Pero no tan inocentes. Tú conservas la inocencia que todos hemos ido
despeñando por esta escarpada cordillera. Nosotros dudamos en cada paso, y
esas dudas ponen una dura coraza en nuestros corazones. Avanzamos sin fe y,
por tanto, sin inocencia.
Me sorprendí pensando justamente lo mismo. Los ojos color miel del
muchacho parecían retener en su brillo la quietud de un niño. El destino no se
equivoca, podemos torcerlo, pero al final siempre vuelve al cauce de sus
orígenes. El vendaje negro de la mano parecía ir consumiendo con su negrura
toda la fuerza de nuestra sacerdotisa.
—Las tierras señaladas para nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos
no están cercanas, ni nos serán abiertas con alegría las puertas del valle…
Estoy seguro de que el muchacho se preguntaba la causa de aquella falta
de hospitalidad; nadie en las estepas sería mal recibido por nosotros. Claro
que aún no sabía en qué nos acabaríamos convirtiendo.

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—Cuando yo era niña —continuó Atalam—, los más viejos de entre los
viejos contaban que un día sus mayores habían traspasado esta cima donde
hoy aguardamos todos. En aquel tiempo eran sólo una docena de cazadores
que buscaban mejores reservas para el invierno del Clan… Sólo uno de ellos
volvió, y tan herido que no pudo contar qué peligros habían acabado con la
expedición. Habían ido a buscar caza y encontraron la muerte.
Recordaba, vagamente, haber oído una historia similar siendo niño, pero
mi memoria se había bloqueado por protegerme del miedo y la incertidumbre.
Atalam no olvidaba nada.
—Lucharemos si hemos de hacerlo —afirmó Rhoming, levantando su
frente virgen de sangre y guerras.
—Muchacho, tal vez lo peor sobrevenga después de todas las batallas.
El muchacho nos miraba preguntándose por qué todo aquello era contado
precisamente para sus oídos. El Clan tenía un jefe, su padre; tenía un Consejo
de Ancianos que yo mismo presidía, además de llevar con honor el título de
guardián del Libro. Él sólo era un cazador recién estrenado en su hombría,
aunque le correspondiera suceder a su padre si sus méritos lo hacían
merecedor de tal dignidad; sin embargo, era a él a quien Atalam destilaba los
vaticinios que todos los demás desconocían. En realidad, nosotros tres
seríamos los únicos portadores del secreto sobre el futuro del Gran Clan, o al
menos de los jirones que la niebla nos dejara vislumbrar.
—Te lo cuento a ti —continuó Atalam como si hubiera leído su muda
pregunta—, por dos razones. Primera: porque la cueva te señaló a ti como
nuestra única posibilidad de sobrevivir, aun cuando yo misma desconozca las
razones. Segunda: porque tienes la fuerza de una inocencia leal que te hará
guardar silencio para evitar un pánico capaz de acelerar las desgracias.
—Rhoming, yo —añadí— siempre estaré a tu lado. Todos mis
conocimientos estarán a tu servicio, y me gusten o no tus decisiones en el
futuro, sabré aceptarlas, porque una fuerza superior a nosotros te ha elegido
como guía en nuestra ceguera.
—¿Por qué yo? —repitió el muchacho—. ¿Acaso no tenemos hombres
más sabios, más preparados?
Atalam enmudecía como si las palabras no encontrasen modo de salir por
su boca. Hubiera querido ser yo quien las encontrara para librarla del cáliz
amargo de aquellos momentos, pero sólo el viento frío parecía acompañarnos.
Al fin escuchamos de nuevo su voz.
—Rhoming, a veces el destino no busca la fuerza, ni siquiera la
inteligencia es capaz de afrontarlo, tan sólo la inocencia que se busca tras

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haberla perdido es capaz de cambiar el destino. Eso es lo que habrás de
conservar: tu inocencia. Veas lo que veas, hagas lo que hagas, y serán muchas
las cosas que no entiendas, las que nublarán tus ojos con lágrimas, habrás de
mantener la fe…
—¿La fe en qué?
—En que todo hombre guarda un resto de bondad y pureza en el más
oscuro de los corazones; en que el verdugo es su propia víctima y el más cruel
de los mortales lleva en sus entrañas un niño que llora… Habrás de ser
generoso con tus gentes y con los desconocidos, sabio para ver más allá de lo
inmediato y descubrir el fondo de plata que cada cual guarda dentro de sí
como un resto de luna. Si pierdes la generosidad de la inocencia que hoy
inunda tu corazón y tus pensamientos, desapareceremos para siempre y sólo
habremos sembrado terribles desgracias.
Atalam se levantó, posó su mano sobre la cabeza del joven cazador como
si tratase de borrar la sombra negra que sólo ella veía, y colocó unos instantes
su puñal curvo con mango de luna menguante sobre el acelerado corazón del
muchacho. Yo miraba la escena calculando cuántos sacrificios, renuncias y
dolores había tenido que vencer nuestra sacerdotisa para acceder a ese grado
de sabiduría bondadosa derramada ahora sobre la frente del joven Rhoming.
—Y ahora vete. Guarda silencio y espera tu momento.

Una feroz tormenta se desató sobre nosotros. Ya nos creíamos


abandonados de todos nuestros dioses. Durante días permanecimos
agazapados, acorralados tras los escasos carromatos y dándonos calor unos a
otros. Si hubiera durado un día más, habríamos muerto sobre aquella cima y
nuestros huesos habrían sido los únicos testigos de nuestra existencia. Cuando
ya veíamos próxima nuestra muerte, el Sol amaneció blanca y blanca apareció
frente a nosotros, posibilitándonos el descenso.

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Un camino de fuego hacia el sur
Cuando el hombre pierde la inocencia, el horror y la locura lo convierten
en su peor enemigo.

ARECÍAMOS fantasmas, tristes sombras de lo que habíamos sido. Aún


P hoy ignoro de dónde sacamos energía para levantarnos. La vida debe de
tener una fuerza impresionante para imponerse, para hacer que nos
levantásemos, desalojásemos las carreteras que se hundían en la nieve blanda,
repartiésemos la carga entre todos, e iniciásemos un descenso que habría de
ser, cuando menos, tan penoso como la subida.
Anafonte cogió el tambor de Andrax y comenzó a tocarlo repitiendo
algunas de las viejas canciones que hablaban de nuestras gestas. Eso caldeó
algo nuestros ateridos corazones. Aún éramos el Gran Clan.
Durante días descendimos riscos que no tenían fin, sin hallar un hueco
para el descenso, mientras las manos se iban agarrotando por el frío y los pies
se nos llenaban de llagas que, sin detenernos, tratábamos de calmar con
nuestras hierbas medicinales. Se sucedieron escenas terribles que nos iban
endureciendo y nos hacían temer por nuestro destino. Una de las mujeres
jóvenes, mientras amamantaba a su hijo, tal vez por mirar el rostro inocente
del bebé, pisó en falso por el estrecho sendero y se precipitó a un fondo sin
retorno. Ni siquiera llegamos a escuchar el golpe de una caída que parecía
prolongarse hasta los infiernos. Quedamos varados en la impotencia de no
poder hacer nada.

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—Que nadie intente ayudar a otro si se cae —la voz de Thorm nos hizo
volver a la realidad; ya nos había anunciado que sus órdenes podían ser
crueles—. Sólo conseguiríamos que la muerte se lleve a otros.
Habíamos recibido los primeros embates, esos que nos convertirían en
rocas insensibles. En nombre de la necesidad se nos obligaba a olvidar los
sagrados preceptos que habían sido nuestras leyes desde siempre. Imaginé que
Atalam caminaba al final de la caravana, la imaginé con su mano vendada y
sentí todo el peso de sus profecías sobre mí, sobre todos nosotros.
¿Cuántas cosas sagradas habríamos de olvidar en el largo viaje?
¿Podríamos reconocer lo que ahora éramos en lo que seríamos?
Muchas veces cruzó mi mente el negro pensamiento de que hubiera sido
preferible la muerte lenta, como en un sueño, por hambre y frío, en nuestra
perdida Estepa.
Miré a Rhoming y, en la nieve, como una sombra a los pies de su caballo,
creí ver la señal de la espada negra que se dibujó en las entrañas de la cueva.
Otros muchachos habrían de caer desde los escarpados salientes por que
nos deslizábamos al intentar un descenso que parecía no tener fin.
Cuando llegamos a un recodo menos angosto, Moebius, que no había
dado señales de vida hasta entonces, se acercó a Anafonte y le pidió que
entonase la vieja canción de los muertos.
—Muchos hermanos nos han abandonado. No hemos podido enterrarlos
ni honrarlos como era debido; cantemos al menos para que sus espíritus sepan
de nuestro dolor por su pérdida.
Aquello era una sabia manera de aferrarnos desesperadamente a nuestra
identidad como grupo. La música del tambor y la canción nos confortarían y
se llevarían algo del peso que nos atenazaba. Y allí, en medio de la soledad,
suspendidos en un mundo del que nada sabíamos, con un cielo grisáceo por
techo y el abismo a nuestros pies, volvimos a escuchar la música que nos
devolvía a nuestra estepa y a lo que deseábamos seguir siendo.
Caminaré los pasos del ciervo,
seguiré los vuelos del águila hasta donde el Sol pueda bañarme,
llevaré a todos los que amé en este viaje
por los nuevos caminos de mi partida.
Estaré siempre en la memoria,
cerca de mi pueblo
aguardaré la primavera como un cálido presente
para los días de invierno
con la dulce voz de vuestra visita.

Algunos lloraban sin ocultar sus lágrimas. Rhoming trataba de vislumbrar


entre las nubes que nos cubrían algo similar a la esperanza.

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Aún nos quedaban largas jornadas de descenso, y aquella canción
propiciada por Moebius había reconfortado, en parte, las fuerzas del Clan.

Diezmados y ateridos, cierto día llegamos a la falda de la cordillera.


Habíamos logrado lo imposible. Si alguno creyó haber encontrado ya la tierra
en que viviríamos, se equivocaba. Ante nosotros se abría una vasta extensión
de tierras pedregosas, donde apenas unas matas de dura vegetación sirvieron
de alivio al hambre de nuestros resistentes caballos. Por ese desierto de
piedras caminamos dos jornadas, hasta que llegamos al primer riachuelo, en
cuyas márgenes una frágil vegetación ablandaba la aridez del paisaje gris.
Aquello fue una fiesta, especialmente para los niños.
Apreté mi talismán tratando de dar gracias por el leve consuelo. Atalam
permanecía ensombrecida y silenciosa, encerrada en su carreta, quizá
reparando en los daños más graves que habíamos sufrido desde nuestra
partida.
Todo parecía igual, pero ya todo era diferente.
Me acerqué a Thorm porque sabía que necesitaba, quizá más que todos
nosotros, apoyo en su soledad de jefe.
—Thorm, la orden que diste cuando colgábamos de los riscos era
necesaria. Tratar de evitar lo imposible nos habría llevado a un desastre de
muertes en cadena.
—Una orden como ésa supone abandonar al hermano a merced de una
muerte terrible y contravenir nuestras propias leyes.
—Has sido elegido jefe por muchas razones.
—Mabeloc, buen amigo, ahora más que nunca cedería mi mando a
cualquier otro.
—Tu hijo será nuestro futuro.
—Temo por él y por todos los jóvenes.
Era un desasosiego compartido. En las desgracias son los jóvenes quienes
más pierden, por las consecuencias que los recuerdos tendrán en su futuro.
Aquella prueba les estaba robando el tiempo que el hombre dedica al
descubrimiento del amor, de la amistad y de los secretos de la vida.

Dos largas semanas nos llevó atravesar aquel desierto pedregoso. Por
fortuna éramos un pueblo acostumbrado a las circunstancias difíciles. Aún
así, la fatiga dejaba huellas en nuestro cuerpo y nuestro corazón sufría la
incertidumbre como si una gigantesca mano lo apretara.

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Una mañana divisamos una especie de fortaleza de la que salía humo. ¡Al
fin seres humanos! Grandes gritos de júbilo llenaron nuestras gargantas.
¡Cuán difícil me resulta relatar aquel extraño momento en que las
estrellas se olvidaron de nosotros! Un golpe de terror paralizó los gritos de
alegría. Nos acercábamos con el corazón acallado, con las armas en alto, en
señal de buena voluntad, y en grave silencio. Tal vez nuestras armas
centelleasen a la luz de la mañana como una amenaza, tal vez nuestro silencio
fuese peor que un grito de guerra, tal vez ellos temieron tanto como nosotros,
tal vez…
De pronto se abrieron las puertas de madera y una lluvia de flechas atacó
nuestra comitiva; tras ellas, un grupo de hombres se abalanzó sobre nosotros
con una furia que debía provenir de memorias guerreras desconocidas por
nuestro pueblo…
Quedamos paralizados, pero reaccionamos de inmediato. Nos
defendimos como lo habríamos hecho frente a una manada de animales
enfurecidos. Las mujeres hicieron buen uso de sus flechas: primero contra
quienes se abalanzaban sobre nosotros; después, impregnadas de fuego,
contra la fortaleza, de la que salía un sinfín de guerreros. Los hombres
blandían sus espadas y lanzaban sus hachas contra los desconocidos… ¡Fue
espantoso!
Caía la tarde, y bajo el Sol anaranjado pudimos ver, aturdidos, todo un
pueblo reducido a la muerte y convertido en cenizas lo que un día fue su
hogar.
No habíamos querido. Nosotros no buscamos la guerra. Sin embargo, tras
enterrar apresuradamente a nuestros muertos y recoger todo lo que podía
sernos útil, sentí, tal que si fuera una herida en mi alma, cómo se había
instalado, para siempre entre nosotros, el germen de un batallar continuo.
Ya no creeríamos en más bondad ni remedio que nuestras armas, no
esperaríamos nada que no proviniera de nuestra propia fuerza, no volveríamos
a levantar nuestras armas en señal de buena voluntad.
Atalam tenía razón: la inocencia había dejado paso a la desesperación
más brutal. No profané entonces su silencio y su aislamiento en la carreta de
las sacerdotisas, ni en los largos meses que siguieron. No volvimos a ver la
media luna de su frente hasta que llegamos a… Pero para eso aún nos faltaban
durísimos meses y años de sufrimiento.
Decidí que más que nunca debía convertirme en la sombra de Rhoming,
y, en los breves momentos de descanso o durante las acampadas nocturnas,
opuse a su obstinado mutismo todas mis antiguas enseñanzas.

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Le hablé de la compasión necesaria, de las hierbas que curan o matan, de
las ceremonias que consagran el nacimiento y la muerte, del dulce consuelo
del amor…

Todos evitábamos mirarnos. El sentimiento de culpa hacía que nos


avergonzásemos de nosotros mismos. Anafonte acercó un día su cabalgadura
a la mía, tal vez para repetirse en voz alta lo que gritaba su espíritu
atormentado.
—Mabeloc, dudo que abandonar nuestras tierras haya sido una solución
acertada. Hemos ganado una vida sin dignidad.
—Evitar la muerte es un precepto sagrado —noté que Rhoming
escuchaba con atención.
—Hay cosas peores que la muerte. La muerte es algo para lo que
nacemos, algo para lo que debemos prepararnos; es el otro rostro necesario de
la vida, cada muerte garantiza el aire a quien nos sucederá. Ahora estamos
ciegos de sangre y caminamos hacia nuestra destrucción mientras devastamos
todo cuanto sale a nuestro paso. Nos hemos convertido en la muerte misma, y
eso es algo que no compete a los hombres, sino a los dioses.
—Defendemos nuestras vidas.
—Hasta el exterminio, no lo olvides. Nuestros corazones aprendieron a
respetar las crías de los animales aun cuando la caza no fuera abundante,
porque serían el alimento de años venideros. Ahora no dejamos tras nuestro
paso sino aire enrarecido.

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—Anafonte, tan sólo en el fondo de la copa está el secreto, sea buen vino
o veneno, y es menester consumir hasta las últimas gotas para encontrar
nuestro rostro reflejado.
—En la desolación.
—O en la esperanza.
Yo sabía que Anafonte tenía razón. Mis palabras iban dirigidas al joven
Rhoming más que a rebatir los desesperados razonamientos de nuestro bardo.
Sin embargo, algo era cierto sin duda: el camino que se inicia ha de recorrerse
hasta el final.

Después de aquella masacre, no esperábamos hasta comprobar cómo


seríamos recibidos. Oteábamos en el horizonte y nos lanzábamos, por
sorpresa y despiadadamente, sobre todos los poblados que nos íbamos
tropezando. Apenas sí notábamos el cambio del paisaje. Sin darnos cuenta,
habíamos dejado atrás el desierto pedregoso, atravesado llanuras de alta
hierba y cazado veloces animales cuadrúpedos mucho más pequeños que los
que conocíamos, hasta llegar a una zona de bosques, húmeda y a menudo
pantanosa. Tal vez muchos de aquellos lugares nos hubieran servido como
hogar, pero continuábamos ciegos, cabalgando y destruyendo, sin mirar atrás,
sin saber qué buscábamos, como si toda nuestra vida hubiera sido un continuo
guerrear.
De nuestro paso, tal como dijera Anafonte, hablaba un paisaje de muerte
y desolación que no nos atrevíamos a contemplar.

Pronto debió de correr la voz de que unos jinetes embravecidos, tal vez
hechizados, a lomos de pequeños y peludos caballos, recorrían los mundos a
golpe de sangre y fuego. Nuestra fama nos precedía y casi nunca volvimos a
encontrar seres vivientes a nuestro paso, tan sólo algunos viejos que preferían
morir entre sus recuerdos. Todo era vacío, abandono y huidas precipitadas
que dejaban los hogares aún humeantes y las despensas sin desalojar.
Nos acostumbramos a recoger lo que quedaba en los graneros, en los
silos; todo lo que podía servirnos de alimento; todo lo que, en la precipitación
o ante la imposibilidad de transportarlo, era abandonado. Al marchar
prendíamos fuego a cuanto quedaba en pie y nos acompañaba el olor de las
hogueras, y las cenizas que arrastraba el viento como despedida, como una
maldición.
Yo vigilaba, con esperanza y angustia, los gestos de Rhoming. Era un
bravo guerrero cuando algún poblado nos hacía frente; nunca abandonaba a su

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padre; y eran éste, el muchacho y Jorhan quienes encabezaban la lucha. El
resto seguía sus órdenes, apenas necesarias, de manera ciega. Sí pude
observar cómo, a veces, miraba los restos a nuestras espaldas y sus ojos
brillaban con lágrimas que no dejaba escapar. Jamás participó en las hogueras
finales ni mató a nadie que no levantase la espada contra él, mientras se
lamentaba y luchaba en su interior. Su corazón mantenía la inocencia.
Había encontrado la primera prueba en las batallas. Pronto habría de
encontrar la segunda parte de su destino: el amor.

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Anwen
Sólo el amor dulcifica y amansa los corazones.

ABÍAMOS olvidado la causa de nuestro viaje. Nuestros niños nacían a


H lomos de los caballos, entre sangre y fuego, sin más ceremonia que la
guerra para recibirlos. Eramos huérfanos de nosotros mismos.
Un día, uno de esos que señala el destino con una estela, en el poblado
abandonado no quedaba el viejo que aguardaba la muerte, o el corro de
moribundos que preferían dejar su sangre en la aldea de su nacimiento; lo que
encontramos fue una muchacha. Allí, en el centro del poblado, de pie,
impasible al ruido de nuestros cascos, sin mostrar temor en aquellos ojos
verdes como un lago del bosque. Su joven cuerpo no temblaba; podría decirse
que nos esperaba tranquila.
Todos quedamos paralizados, sin saber qué hacer. Rhoming adelantó su
caballo hasta ella, le descabalgó sin perder aquella sonrisa de niño grande, la
tomó por la cintura y la subió a su propia montura. Thorm hizo un gesto para
romper el hechizo que la joven nos había provocado; apenas tuve tiempo de
reaccionar, Anafonte se acercó a la extraña pareja y puso sus manos sobre la
frente de la muchacha. Con ese gesto le evitó la muerte.

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—Gracias —dijo Rhoming.
Nadie hizo nada. Aquella aldea en medio del bosque fue la única
respetada por nuestro fuego, como si la muchacha hubiera pagado con su
presencia el tributo de la inmunidad. Cuando dejamos el poblado a nuestras
espaldas, acerqué mi cabalgadura a la del joven cazador.
—¿Por qué lo has hecho?
—¿Acaso está mal salvar a un inocente? —respondió poniéndose a la
defensiva.
—No —mi corazón sonrió—, y cualquiera de nosotros lo habría hecho en
los tiempos de la Estepa.
—La Estepa desapareció, pero nosotros deberíamos seguir siendo los
mismos. Eramos hombres buenos, Mabeloc; matábamos animales para
sobrevivir y ofrecíamos tributos a la tierra por su generosidad. No he
desobedecido ninguna orden de mi padre. Sólo espero escapar de esta locura
que nos ha vuelto alimañas.
—Así sea —dijo, mientras mi corazón latía alegre por sus respuestas.
Las esperanzas de Atalam estaban en lo cierto: Rhoming mantenía la
pureza en medio del desastre.
A partir de aquel momento, el joven hijo de nuestro jefe dedicó su tiempo
a cuidar de la muchacha cuyo nombre no llegamos a oír. Le ofrecía su propia
comida, le hablaba como si ella pudiera entender su lengua, llegó incluso a
alimentarla con sus propias manos cuando ella permanecía impasible ante la
comida. Me pidió medicinas para curar los rasguños de sus pies, y de sus
alforjas sacó las mejores pieles para protegerla del frío.
Con el paso de los días, el recelo del Clan hacia la extranjera iba
desapareciendo. Rhoming parecía transformado. Aprovechaba cualquier alto
en el camino para cuidarla, para lavar sus cabellos en los ríos, para cambiar
los emplastos que cubrían sus pies… Parecía inmerso en una burbuja de
cristal de la que ni la guerra lograba sacarlo. Anafonte, al salvarla con su
imposición de manos, había impedido las posibles quejas, y la felicidad en el
rostro de Rhoming acabó con los últimos recelos.
Yo escuchaba las palabras que el joven iba desgranando para la
desconocida como si ella pudiera entenderlo, y en mi corazón de viejo
renacían sentimientos que creía olvidados.
—Tienes en tus ojos el verde que algunas mañanas de primavera
inundaba el mar de las tierras donde nací —decía para ella, su mejor oyente
—. Deberías haber conocido la Estepa: sentir la primavera con los olores de
aquellas flores pequeñas que acariciaban el trote de mi caballo, ver el mar

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embravecido rompiendo contra sus enormes acantilados… Te habría gustado
nuestra tierra, y nuestra gente también… Si te hubiéramos conocido entonces,
te habríamos recibido con vino y miel, te habríamos ofrecido nuestras casas,
nuestras vidas, nuestras canciones y nuestras leyendas…
Ella lo miraba como si entendiese. Tal vez con los días se había
acostumbrado al sonido de nuestras voces, y hasta es posible que entendiera
algunas de nuestras palabras, esas que Rhoming le iba enseñando mientras
señalaba con un dedo el cielo, el Sol, el caballo… Aquellos seres parecían
iluminados por otra luz, parecían haber encontrado un mundo para ellos dos.
Aún quedaba la esperanza, con ella y con la muchacha de ojos verdes
como un bosque recorrimos los meses y los años.

Atalam continuaba en su encierro. Algunos días temía su muerte y que


las sacerdotisas enterraran en secreto su cuerpo para no alterar aquella carrera
enloquecida hacia un lugar que ignorábamos. Tal vez hubiéramos perdido la
posibilidad de aquella promesa y nuestros hijos no encontrasen reposo en un
valle del sur… El sur.

Rhoming se fue convirtiendo en un hombre a medida que proseguíamos


nuestra dura marcha. No volvimos a escuchar los cantos de Anafonte;
Moebius parecía haber enfermado de melancolía; el resto parecíamos
fantasmas asustados a lomos de sus caballos, mientras las carretas crujían por
desconocidos caminos. Hacía más de un año que no nacía ningún niño.
¿Habríamos perdido también nuestra capacidad para dar vida?

Habían pasado cuatro años desde que abandonamos nuestras estepas,


ahora dormidas bajo un manto de nieve. Se habrían borrado nuestras huellas,
cualquier rastro de nuestra presencia. Imaginaba que Sila, nuestra montaña
sagrada, permanecería firme, guardando nuestra cueva. Nunca volveríamos a
verla, se convertiría en una leyenda que nuestros nietos escucharían con
asombro.
Rhoming había puesto nombre a la muchacha cuyos ojos como un lago
del bosque eran capaces de iluminar, desde la distancia, nuestras vidas. Nunca
escuchamos su voz, pero su silencio encerraba todo un lenguaje de esperanza,
esa que transmitía con una sonrisa a nuestro joven guerrero. La llamó Anwen,
en recuerdo de su madre muerta cuando él era un niño, y ella parecía sentirse
feliz con su nuevo nombre. Todos acabaron aceptando su presencia; ella
inventaba hermosísimos peinados para las niñas, que se reían contentas de

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estar en su regazo. Anwen era como una de aquellas hadas benignas de las
que se hablaba en nuestras canciones.
Hadas de luz que acunan a los niños sin palabras,
que tienen, tejido en los cabellos, el perfume sagrado de la tierra,
y cuyas manos son poderosa medicina contra la tristeza.

Anwen y Rhoming formaban una isla de paz y esperanza en medio del


desánimo, y yo, pobre viejo, buscaba el consuelo de su presencia como se
busca el calor de una hoguera en las noches de invierno.
—Ellos parecen felices —me sorprendió la voz de Thorm, envejecida y
cansada.
—¡Ojalá nos sirviera para serlo nosotros!
—Algunos estamos obligados a pagar el precio de tanta sangre
derramada y a preparar el camino para que otros lleven nuestra felicidad
perdida.
—Desearía que todo ese peso recayera sólo en mis hombros.
Seguía siendo un hombre generoso, tal vez todos siguiéramos siendo los
buenos cazadores de la Estepa, obligados a peregrinar como sombras,
obedeciendo una orden misteriosa que nos iba hundiendo, cada vez más, en la
desolación. ¿Hasta cuándo habríamos de seguir cabalgando? Atalam guardaba
silencio, y ésa era la señal de que aún no habíamos llegado.

Fue poco después de aquella breve conversación con Thorm cuando


sucedió algo que nos sumió en un terror nuevo. Aquella noche habíamos
acampado en el claro de un bosque tan frondoso y húmedo que parecía no
tener final. No había señales de presencia humana, ni siquiera emanaba ese
acogedor latido vegetal de los bosques que conocíamos. La noche se alargó
más allá de nuestro sueño, pasaban las horas y el Sol había desaparecido entre
las copas de los árboles. Estábamos inmersos en una vigilia pegajosa, verde,
sin principio, sin final, sin Luna. Todo era noche que nos envolvía y nos
obligaba a cabalgar con antorchas. Nos sentíamos agotados, con los sentidos
irritados por aquella oscuridad entre el verdor tenebroso y húmedo; nos
rodeaba un frío de tumba. La marcha se hacía lenta y penosa. Avanzar
comenzó a carecer de sentido para todos nosotros.

Una de las sacerdotisas vino a buscarme. Atalam quería hablar conmigo.


Subí a la carreta con alguna esperanza. Necesitaba comprobar su media luna
en la frente; escuchar, después de aquellos años, su voz. Estaba al fondo de la
carreta, cubierta con pieles, sin más iluminación que dos velas azules y

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sagradas cercando un espejo de plata. Me pareció que había reducido su
tamaño hasta volver a tener el cuerpo de una niña; sus cabellos blancos como
hilos de plata la cubrían enteramente y en su frente quedaba la marca, ahora
sin esplendor, de la media luna tatuada.
—Atalam, soy Mabeloc.
—Lo sé. Siéntate a mi lado, amigo, y no te asustes por esta presencia que
de día en día parece ir desvaneciéndose en la nada.
Su voz era clara, tan clara como la que había escuchado en la cueva, y su
finísima piel parecía guardar la transparencia del cristal. Su rostro ya no tenía
edad.
—Estamos rodeados por una noche verde e infinita. Parece que
hubiéramos caído en una trampa de oscuridad —dije, olvidando que ella
podía ver con otros ojos.
—Lo sé, pero aún no hemos llegado a nuestro destino.
—¿Es que aún lo tenemos? —me sorprendí reflejando en mi voz el
naufragio de toda esperanza.
—Ya casi hemos llegado.
—¿Adónde?
—A las tierras que nos fueron señaladas en la cueva.
—¿Aquellas que señalaba la espada negra? —Sin darme cuenta, mis ojos
fueron hasta el vendaje negro de su mano—. ¿No crees que debemos
decírselo a nuestra gente? La desesperanza apaga sus vidas; hace más de un
año que no nace ningún niño… Estamos muertos de fatiga y desaliento.
—Aún no hemos vivido lo peor.
—Si estos años no han sido lo peor, dudo que podamos resistir nuevas
pruebas.
—El corazón del hombre es insondable, y desconocemos su capacidad.
Pensé en mí mismo y en cómo hubiera deseado quedarme refugiado en
un túmulo funerario de nuestras tierras. Pero estaba allí; pese a todo, había
soportado la dureza de las tierras, del permanente cabalgar, del frío, del
hambre, y de algo mucho peor: aquella marcha de sangre y fuego que rompía
con todo lo que habíamos sido, con todo lo que habíamos recibido de nuestros
mayores.
—Viejo amigo, no ha llegado el momento de Rhoming —dijo Atalam
rompiendo mis pensamientos.
—Atalam, se ha convertido en un hombre y no ha perdido su inocencia;
yo diría que incluso ha ganado en una extraña bondad que parece entenderlo
todo.

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—La del amor, Mabeloc. ¿Eres tan viejo como para no reconocerlo?
—¡Anwen!
—La muchacha con los ojos verdes como nuestras estepas al atardecer.
Debí suponer que Atalam tenía mil ojos y mil modos de saber qué
sucedía en cada momento a cada uno de nosotros. Ser sacerdotisa supone
dejar de ser uno para estar en el corazón de todos los demás.
—¿Acaso la conoces?
—Si lo que preguntas es si yo la puse en nuestro camino, te diré que no.
Alguien quiso protegernos con esa muchacha, tal vez ella sea la única mano
que el destino nos tienda. No descifro todos los misterios y respeto las señales
que no alcanzo a comprender.
—Eso quiere decir que aún no hemos sido abandonados —miré su rostro
pálido y sentí piedad—. Temí tantas veces no volver a verte, no escuchar los
designios en tu propia voz…
—No importa quién transmita el significado de los signos, Mabeloc.
Pero, por si te sirve de consuelo, no ha llegado la hora del reposo para mis
pobres huesos.
—¡Qué dura vida, Atalam! Ahora sí que hemos ofendido gravemente a
nuestros dioses. De nada nos servirá decir que fue el miedo quien nos arrojó a
la barbarie.
—El miedo forma parte de nosotros; no se puede huir hacia otros mundos
tratando de esquivarlo, nos seguirá siempre.
—¿Cómo lograremos salir de esta noche constante en la que resulta
difícil hasta respirar?
—Anwen nos sacará de ella.
—¿Anwen? —Era la única respuesta que no esperaba—. ¿Acaso es ella
una sacerdotisa, una maga…?
—En cierto modo, aunque no es algo que debamos conocer ahora. Habla
con Rhoming y dile que ella nos conducirá. Debemos seguirla sin vacilar, sin
dudar de sus ojos. Ella debe colocarse al frente de la caravana.
—¿Y Thorm?
—No se opondrá; piensa que él carga no sólo con su miedo, sino también
con el de todos nosotros. Ahora déjame sola de nuevo, por favor. ¡Ah,
Mabeloc!, procura no perder tú la esperanza.
No pude evitar ver con tristeza la mano cubierta con el negro vendaje.
Sentí un infinito respeto por su dolor, porque nada hay más terrible que
conocer el futuro sin poder evitarlo.

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Las antorchas iluminaban la noche, pero hasta ellas parecían carecer de
fuerza. Fui primero a ver a Thorm. Todos esperaban saber qué mensaje tenía
que transmitirnos Atalam. Hablamos brevemente, guardó silencio, y me
acompañó hasta donde esperaban los jóvenes.
—Rhoming —dijo nuestro jefe—, debes pedir a Anwen que nos
conduzca hasta los límites de este bosque, más allá de su verde oscuridad.
—¿Ella? —se sorprendió el muchacho, temblando por la joven.
Pero aquella extraña muchacha de ojos hechiceros que desde hacía meses
se había convertido en la sombra de Rhoming pareció entender nuestras
palabras. No esperó oírlas de labios de su joven amigo, era como si conociera
la misión que la llevó hasta nosotros. Subió a lomos del caballo que compartía
con el muchacho y le tendió la mano para subirlo tras ella. Tal vez sus ojos
pudieran ver el camino. Decidimos seguirla ignorando hacia dónde nos
dirigíamos. Pero pensábamos que nada podía ser peor que lo ya vivido. Tal
vez aquella muchacha nos hubiera perdonado y traspasara parte de su amor al
Clan.

El bosque parecía de piedra. Ni siquiera nos atrevíamos a tocar las ramas


de los árboles, que no parecían reales; incluso los caballos evitaban
mordisquear las hierbas. Caminábamos escuchando los cascos de nuestras
cabalgaduras y el crujir de nuestras carretas como un eco que nos sobrecogía.
Ni los niños encontraban fuerzas para el llanto. Aquella extraña noche tenía
sonidos propios; transitábamos un lugar vacío sin entrada y, tal vez, sin salida.
Al menos Atalam continuaba viva y lúcida encerrada en su carreta; eso
tranquilizaba en parte mi espíritu atormentado. Y ella confiaba en Anwen.
—Los dioses han enviado un mensajero.
Me sorprendió escuchar la voz de Anafonte y descubrir su calma entre
tanta desolación. Uno olvida, en su propio tormento, que los otros padecen de
igual modo.
—¿Te refieres a la muchacha? —pregunté.
—¿Es que no has visto sus ojos? Son como los de las primeras diosas que
cantan nuestros versos más antiguos, ¿recuerdas?
Entonces, en voz baja, como si lo hiciera sólo para su corazón, recitó:
Cuando lo creas todo perdido,
cuando la noche anide en ti
y tu voz no pueda arañar el aire,
entonces
volveremos para recordarte
la buena caricia de tus primeras diosas.

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Anwen había despertado de la memoria aquellos versos que hacían feliz a
nuestro bardo, mientras todos teníamos las gargantas rotas por los gritos que
no nos atrevíamos a vociferar. Si hubiera aparecido cualquier cosa viva ante
nosotros, nos habríamos lanzado a ella con todo el coraje de nuestro miedo.
La muerte parecía mejor que aquel deambular sin ver ni nuestras sombras.
Eramos fantasmas condenados a una eternidad agobiante. Tan sólo tres
miembros del Clan estaban a salvo, y los había salvado el amor: Anwen,
Rhoming y Anafonte, secretamente enamorado de la extranjera.
Pensé que ninguna culpa merecía un castigo tan cruel.
De pronto, cuando una especie de sopor semejante al sueño nos invadía y
cabalgábamos medio tumbados sobre nuestros animales, pareció abrirse una
brecha de bruma ilimitada y vimos cómo el caballo de los dos jóvenes,
envueltos en una luz azulada, se dirigía hacia esa salida del infierno.
Comenzaron a oírse murmullos en el grupo, un soplo de esperanza nos
despertó aun cuando no nos atrevíamos a creer en aquella salida del laberinto
verde y pegajoso. Nos asustamos de la alegría que invadió nuestros corazones
abatidos. Hubiera querido ver el rostro de Atalam, pero era necesario respetar
su voluntario retiro.
Acerqué mi caballo al de los jóvenes que se abrazaban en la misma
montura. La extraña muchacha cuya voz no conocíamos mantenía la mirada
fija en aquel hueco luminoso que, poco a poco, se iba agrandando como si
una gigantesca hacha hubiera cortado el aire quieto para liberarnos.
—Gracias, Anwen —dije sin poder contener la emoción.
Apenas las últimas ramas rozaron nuestras cabezas, todo pareció
cambiar. Era como si el aire fuera aire por primera vez en todos los tiempos,
como si nuestros pulmones, esponjados, ayudasen a diluir los negros
presentimientos que nos atormentaban. Todos contemplamos el cielo
luminoso desde el que un Sol radiante bañaba nuestros cuerpos y dejaba al
descubierto olores y colores recobrados.
Anafonte inició una hermosa canción acompañado de su tambor oblongo,
mientras miraba las nubes blancas y difusas como si fuera el amado rostro de
Anwen.
Thorm se acercó a los jóvenes y, en un gesto inesperado, tomó entre las
suyas las manos blancas de nuestra salvadora.
—Tus ojos nos han guiado. El Clan te debe la vida y defenderá la tuya
con su propia sangre si es preciso.
La muchacha sonrió dulcemente, pero no dejó escapar un sonido de su
boca. Bajó del caballo y se tendió en la hierba para dejarse abrazar por su

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frescor mullido. Muchos la imitaron, sobre todo los niños, que recobraban sus
risas tanto tiempo olvidadas.
Reunidas las carretas, descargados los caballos de sus bagajes, y con
apetito de vida en todos, miramos el bosque abandonado como un muro
negro. Cualquier entrada parecía imposible. Era como haber despertado de
una pesadilla.
Decidimos celebrar el fin de lo que todos creían la última prueba para el
Clan. Atalam y yo mismo sabíamos que aún faltaba lo peor, pero convenía
mantener la unión de quienes habían sobrevivido aquellos años, celebrar que
estábamos vivos con una fiesta donde no faltaran las canciones, ni las
historias, ni la vieja miel de nuestras estepas, ni las tortas, ni las viejas recetas
de agasajo.
Preparamos una hoguera, pues, pese al calor, nuestro Clan seguía sin
concebir una celebración que no fuera frente a las llamas de un buen fuego.
Cubrimos el verde con nuestras mejores alfombras de colores y dispusimos lo
mejor de nuestras alforjas. Anafonte continuaba cantando alegres canciones
seguido por unos cuantos niños que inventaban bailes para tanta felicidad.
Abren las flores su rostro,
el nuestro, el de todos; flores.
Se disponen el vino y el corazón,
estamos y estaremos juntos.

Todos estábamos de fiesta. Olvidadas las hachas y las flechas. Por un


momento creí que aquél era el primer día de primavera allá en la perdida
Estepa de nuestro pasado.
—¿Acaso no te alegras del fin de nuestros males? —me preguntó Jorhan.
—Es buena la alegría. Los corazones no soportan períodos tan largos de
desesperación y necesitan el bálsamo de los cantos.
—Pero tú —el viejo Moebius, a quien había olvidado durante semanas,
estaba a nuestro lado—, sabio Mabeloc, no crees que éste sea el fin de
nuestros males.
Sería absurdo creer que aquel hombre, bondadosamente sabio, no había
reparado en la ausencia de Atalam. Si hubieran querido verlo, todos habrían
notado esa falta en la fiesta, pero los hombres necesitamos engañarnos para
sobrevivir.
—Yo no veo el futuro, Moebius.
—Pero, al igual que yo, lo presientes.
—Vamos, amigos, no dejéis que los años amarguen vuestras palabras —
intervino Jorhan, tratando de romper el mal aire—. Deberíamos dar gracias a

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Rhoming por haber salvado a la muchacha en aquel poblado.
—Me avergüenza confesar —dijo Moebius bajando la cabeza— que
llegué a dudar de ella cuando cabalgábamos por entre aquella negrura.
—No te lamentes de tus dudas —dije—. Todos hemos perdido hace
tiempo la inocencia.
—También creí que habíamos perdido la alegría, Mabeloc, y he aquí que
el hombre siempre encuentra resortes para seguir amando la vida en lo más
profundo de sí mismo.
—Y para celebrarlo —cortó Jorhan—, yo mismo os traeré una buena
jarra de vino especiado.
Era bueno creer en un cercano final, dar una pausa al dolor. Me alegró
comprobar que el viejo Moebius permanecía vivo y lúcido. Volví los ojos a la
carreta de Atalam. ¿Por qué nos privaba de su presencia? ¿Acaso ella no
necesitaba, como nosotros, el alimento de la alegría?
Pensé en cómo, a veces, sufrimos heridas que nos van consumiendo sin
que nada, sino la muerte, pueda curarnos de su dolor. Ella permanecía con la
venda en la palma de la mano y aquella herida parecía cercenarle, lentamente,
el alma.
—Moebius, ¿no te acercas a la hoguera?
—Claro, Rhoming. Sucede que mis huesos se han vuelto torpes y
perezosos para desplazarse cuando encuentran acomodo, como ahora sobre
esta fresca hierba.
Traté de sonreír, de que no adivinara en mí los negros presagios que
volvían como una losa sobre mis espaldas. Él tenía que mantener la esperanza
y aquel día era feliz como nunca lo había sido, como un hombre enamorado.
Frente a nosotros se inclinaba una pendiente de suave hierba y parecían
remotos los tiempos duros.
—En realidad, tú nos has salvado.
—El mérito, maestro Mabeloc, es de Anwen.
—A quien tú salvaste contra la opinión de todos.
—Anafonte me ayudó. ¿Acaso nuestro Clan no fue siempre generoso y
bueno? Tus enseñanzas, allá en la Estepa, repetían que sólo la bondad
dignifica a los hombres.
—No es fácil vivir en las buenas normas.
—Pero intentarlo nos hace humanos.
Aquel muchacho, que ya debía de rondar los veinte años, había madurado
en el largo camino. Su mente y sus músculos se habían fortalecido sin que la
acritud hubiera endurecido su corazón o enturbiado sus mejores sentimientos.

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Todos debíamos aprender de aquel joven que acataba las órdenes de su padre
y defendía al Clan con su vida y con su espada pero no olvidaba algo tan
importante como la bondad, la piedad y la generosidad, que lo llevaron a
afrontar las posibles iras de su padre y del resto del Clan cuando avanzó hacia
la muchacha desvalida y la subió a su caballo. Atalam había hecho bien en
poner, de alguna manera, nuestro futuro en sus manos. Estaba convencido de
que sólo él superaría la gran prueba por venir.
¿Adónde nos llevaría aquel hermoso valle verde y floreado cuyo final no
podía distinguirse en el horizonte?
Thorm permitió que la fiesta se prolongara hasta la noche, para que el
mejor de los sueños reparase nuestro cansancio. Lo único que todos
parecíamos tener claro era la necesidad de seguir avanzando hacia el sur,
como si una fuerza extraña nos rigiera y nos impulsara a cabalgar en busca de
algún territorio soñado por nuestros antepasados, en el sur, siempre en el sur.

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La gran batalla
Y todo el dolor causado girará sobre vosotros y marcará vuestro
presente impidiendo el futuro.

ASÉ la noche recordando viejas oraciones y conjuros favorables. Nada se


P oía tras las pieles que guardaban la carreta de Atalam, únicamente podía
distinguirse la débil luz de las velas que siempre permanecían encendidas.
Excepto la guardia turnándose cada tres horas, nada se movía en el
campamento improvisado. Por primera vez desde que salimos de nuestro
viejo hogar, todos lograban dormir tranquilos. Anwen apoyaba su cabeza de
largos cabellos oscuros en el hombro de Rhoming, y una gran paz parecía
rodear a los dos jóvenes. Yo sabía del silencioso dolor de Anafonte, y pensaba
que la misma felicidad nunca es posible para todos.
En el firmamento se dibujaban las estrellas y yo iba repasando sus
nombres para acallar el presentimiento de algo horrible y tan cercano que mis
sentidos casi podían tocarlo.
Con las primeras luces del día levantamos el campamento y comenzamos
un agradable descenso entre la suave hierba que nuestros caballos recibieran
con alborozo tras los duros matojos y zarzas con que habían tenido que
alimentarse. El sol se volvía más cálido al avanzar el día, y nuestros ánimos
mejoraban con su caricia sobre la piel. Los hombres hablaban desde los
caballos, los niños correteaban entre nosotros y las mujeres reían con los
niños que aún portaban en su pecho. La felicidad parecía inundarnos a todos.
¿Lo estaría viendo Atalam?
Rhoming hablaba con Anwen, siempre silenciosa pero ya sonriente y
confiada; recordaba para ella pasajes de su infancia en las estepas.
—Espiábamos las manadas y vigilábamos hasta averiguar cuál de ellos
era el jefe; eso es lo más importante: distinguir a quién sigue la manada y
esperar a que uno de los jóvenes se aleje momentáneamente del grupo o
tender una trampa a los rezagados… A mí me gustaba, sobre todas las cosas,
pescar, preparar las grandes redes, colocarlas entre las rocas aguantando las
embestidas del mar… ¡Ah, el mar! Es como tus ojos en la tarde, Anwen, y

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parece guardar el mismo misterio. Tú no conoces ese sabor violento y amargo
del mar, ni el roce en tus mejillas de su espuma blanquísima. Tampoco has
visto los peces, brillantes, de fuertes colores, atrapados en las redes. Algunos
se aventuraban a capturar al gran monstruo marino que echaba humo sobre su
lomo. Era algo demasiado peligroso y sólo los más expertos lo intentaban…
Algún día yo habría ido con ellos… Los peces son de plata y rosados, como
tus labios, otros son negros como la noche y tienen barba de viejos; bueno, no
barba exactamente…
Mientras Rhoming hablaba de nuestra tierra, yo podía ver entre sus
palabras cómo se dibujaba toda mi vida pasada, toda nuestra historia. En
aquel lugar perdido estaban nuestras raíces, nuestros dioses y nuestra
montaña. ¡Sila! La vieja montaña que nunca volveríamos a ver. Pero los
hombres tienen que aceptar designios que no entienden y la melancolía no es
óptima consejera.
Era bueno para Anwen conocer nuestro pasado, como era buena para
nosotros su presencia.

Casi sin darnos cuenta, llegamos al final de aquel valle. Habían sido tres
días de paz, una tregua de sosiego antes de lo que habría de venir. El valle
terminaba en una especie de atalaya, de unos cien metros, bajo la cual se
extendía un inmenso mundo nuevo y desconocido. Todos frenamos los
caballos y esperamos la decisión de Thorm.
Interminables extensiones de pequeños árboles se abrían ante nosotros.
No era un bosque caprichoso, nacido al azar de la naturaleza, aquellos árboles
parecían dispuestos en una geometría calculada, inteligente, humana.
¿Quién habría plantado aquellos árboles pequeños y de retorcidos
troncos, que jamás habíamos visto?
Thorm ordenó la bajada de aquellos cien metros, pero las carretas se
quedarían en el borde del valle. Allí también dejaríamos a Atalam con sus
sacerdotisas y a los niños. Anwen bajó del caballo, Rhoming no la forzó a
seguirnos. Cuando llegamos al comienzo de aquella simetría arbórea pude ver
cómo, desde lo alto, nos contemplaba Atalam. Apoyaba su cuerpo sobre el
hombro de Anwen.
Aquella imagen de mujeres que no se conocían, que se presentían entre
silencios y pasados diferentes, quietas, con las vestiduras al viento y mirando,
tal vez con llanto, nuestra marcha, hizo temblar mi corazón: habíamos llegado
a lo peor. Toda aquella belleza, toda aquella paz, era el preámbulo.

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¿Lo sabían? ¿Podían haberlo evitado? Tal vez ellas sólo pudieran
remendar con sus artes el desastre que vendría.
—Ella decidió quedarse —dijo Rhoming siguiendo mi mirada.
—Es justo. Nada de lo que suceda debe mancharla.
Entonces ocurrió algo imprevisto que cambiaría el destino del Clan,
aunque eso lo supiésemos semanas más tarde. Rhoming frenó su caballo,
entregó su hacha y su espada al jinete más próximo y dio la vuelta en
dirección a las carretas. Todos quedamos sorprendidos; nadie ponía en duda
su valor, mil veces demostrado, tan sólo nos asustaba aquella inesperada
decisión. Thorm hizo amago de ir en su busca, pero yo había visto que
Atalam nos alzaba la mano en señal de asentimiento a la decisión de
Rhoming, y busqué una excusa que librara al muchacho de lo que vendría.
—Thorm —dije apretando su brazo—, la carreta de las sacerdotisas
necesitará protección.
—Pero ha abandonado sus armas. ¿Cómo…?
—Déjalo en manos de Atalam.

No veíamos hombres, mujeres o niños, pero todo delataba su presencia.


Al pie de aquellos árboles había unos cestos tejidos con paja dura llenos de
unas pequeñas bolas negras. Más tarde, mucho más tarde, sabríamos el valor
que encerraban aquellos brillantes frutos.

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Al final de las hileras de árboles se abrió ante nosotros lo que pareció un
océano ambarino, tan alto como nuestros caballos. Eran frágiles tallos
amarillos cargados de unos granos que tampoco conocíamos. Por entre aquel
inmenso ondular dorado, cientos de pequeñas flores rojas, muy rojas, parecían
romper con su violento color la monotonía. Tarde, muy tarde, supimos lo que
aquellas flores significaban.
Los cascos de nuestros caballos iban dejando un reguero de tallos
destruidos y flores pisoteadas. Sentía cómo se iba encogiendo mi corazón.
Algo importante estábamos profanando. Me consolaba saber que Rhoming no
estaría cometiendo el mismo pecado.
La última sorpresa fue descubrir un poblado que parecía cegar al propio
Sol con la blancura de sus paredes. Cientos de pequeñas casas blanquísimas
moteadas de colores brillantes, azules y verdes, se apiñaban en torno a una
impotente fortaleza, tan alta como una montaña a cuya sombra parecían
sentirse seguras.
Quedamos paralizados. Durante minutos nadie interrumpió el canto de
los pájaros. Todo parecía depender de un gesto que nadie quería iniciar.
Cualquier movimiento podría desencadenar una tragedia imparable.
¿Seríamos de nuevo esclavos de nuestro miedo?
¿Saldrían de aquella enorme fortaleza para atacarnos?
¿Nos acogerían entre los suyos con vino y miel?
Deseaba que aquel bosque como un muro negro hubiera sido una barrera
de nuestra fama guerrera y que jamás hubieran oído de aquellos jinetes que
todo lo arrasaban, de las amazonas que lanzaban certeras flechas mientras
cargaban con sus hijos pequeños. Apreté los dientes rogando para que
aquellas gentes no supieran de nosotros.

Tenía la certeza de que éramos observados. Alguien nos vigilaba desde


aquella enorme fortaleza. Tal vez nos esperasen. Era muy extraño no haber
encontrado a nadie laborando los campos, todos parecían haber abandonado
los cultivos para agazaparse tras los muros inexpugnables.
Nosotros, descontadas las sacerdotisas y los niños, sumábamos unos tres
mil, tantos como habíamos iniciado la marcha, pues, si unos murieron, otros
se hicieron hombres en el camino. Poca resistencia podíamos ofrecer, pero la
desesperación podía hacernos temibles guerreros. Contábamos con nuestro
terror, con nuestra probada osadía y con la fama que debió de extenderse
incluso a este remoto paraíso. Un aura de inmortales e invencibles caminaba
delante de nuestros caballos.

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De pronto, bajando de la fortaleza que lo parecía dominar todo, entre
polvo y brillantes banderas, vimos cómo descendían a galope de esbeltos
caballos cientos de guerreros. Desconocíamos sus intenciones; tal vez si
hubiéramos mostrado algún gesto de paz… Eramos intrusos, guerreros
afamados… Thorm no dio ninguna orden. No fue necesario.
Giré la vista hacia el alto donde había quedado Atalam apoyada en
Anwen, donde había decidido permanecer Rhoming. No podía distinguirlos.
Los otros seguían avanzando velozmente hacia el centro de aquel mar
amarillo donde esperábamos una señal, una orden. Nada dijeron los dioses.
Ninguna señal hubo en el cielo o la tierra que nos aconsejase.
Sin embargo, hoy puedo asegurar que, por unos segundos, una enorme
espada negra, como la dibujada en las arenas de la cueva, se perfiló en el más
puro azul del cielo, y su sombra nos cubrió brevemente, quizá para indicarnos
que aquél era el lugar de nuestra última prueba.
Cuando los tuvimos a menos de cien metros, casi deslumbrados por sus
brillantes vestidos y sus flamantes banderas, por sus lanzas y sus cascos
dorados, cuando ya nada quedaba por hacer, entonces escuchamos el grito
ronco y estepario de Thorm llamando a la batalla.
La suerte estaba echada. Una vez más nos aguardaba la muerte. Ni
siquiera la paz de aquellos campos evitó la batalla.

Nos cegamos de sangre, gritos y quejidos. Sólo recuerdo el Sol dando


vueltas en mi cabeza, los cuerpos rotos de uno y otro bando. Inferiores en
número, nuestro miedo parecía ser mayor que el suyo, pero las bajas se
equilibraban en ambos bandos. Las horas iban pasando sin que notáramos el
cansancio, sin que nuestras gargantas dejaran de gritar para ahuyentar nuestro
propio espanto. El tiempo de las batallas se rige por minutos propios.
Algunos iniciaban la retirada hacia las casas blancas, entre el desorden,
tal vez pensando en organizar allí una mejor defensa ante quienes, como
nosotros, no cedían un palmo de terreno. Pude ver cómo unos cuantos jinetes
se dirigían al lugar donde dejamos a los niños y las sacerdotisas. El corazón
me saltó en el pecho. No pude llegar hasta Thorm para dar aviso. Alguien más
había visto la escapada de aquellos guerreros: Anafonte.
Nadie pareció darse cuenta. Los dos cabalgamos, desesperados,
siguiendo los pasos de quienes parecían buscar nuestras carretas. Hubiéramos
necesitado las flechas de nuestras mujeres.
Llegamos cuando buscaban a los nuestros, escondidos en la carreta de la
sacerdotisa. Anafonte y yo mismo combatimos con quienes nos presentaron

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cara, pero dos de ellos se lanzaron contra la carreta y el recitador de historias
no pensó en otra cosa que en salvar a la joven de extraños ojos.
La salvó a costa de su vida. Murió en el regazo de Anwen, que dejaba
deslizarse las lágrimas en silencio. Anafonte había dado la mayor prueba de
amor, también sin palabras, ofreciendo su vida para que la de ella siguiera el
curso que tuviera previsto el destino.
Rhoming no pudo enterarse del ataque, ni del sacrificio de nuestro bardo;
Atalam lo había dormido con hierbas para que su corazón no se sintiese
tentado de ayudarnos, manchándose esta vez con nueva sangre. Él había
tomado la decisión de retirarse, ella sólo lo ayudaba a mantenerla.
Creí que no cabía un gramo más de horror. Me equivocaba. Cabalgué
entre los cuerpos tendidos que hacían senda hasta donde habíamos dejado la
batalla. Aquellos hombres, asustados por la fiereza de nuestra gente, habían
decidido volver a la fortaleza. Nuestros hombres y mujeres los persiguieron
lanzando gritos. Se ensañaban con ellos mientras huían a cobijarse en las
casas: los siguieron hasta la fortaleza, los persiguieron calle por calle…
Cuando logré alcanzarlos, todo era fuego y destrucción. Rodeados de locura,
el humo cegaba nuestros ojos y los cascos de los caballos resbalaban entre
regueros de sangre.
No pude continuar entre aquel infierno carente de sentido. Volví donde
Atalam y los niños aguardaban. Anwen me miró con todas las preguntas en
sus ojos.
—No puedo continuar. Quisiera no haber nacido para ver esto —dije, con
el alma derrotada.

Esperamos el regreso de los nuestros con el corazón roto por el


abatimiento. Los esperamos durante siete largos días. Siete fueron los días
que duró aquella destrucción sistemática de todo lo que hallaron a su paso.
Aun cuando ya no encontraron resistencia, nuestros hombres y nuestras
mujeres seguían matando y quemando como si ninguna otra cosa les
importara.
No dejaron ni los cimientos de aquellas hermosas casas. Lo que
probablemente había sido un pueblo pacífico y feliz quedó reducido a cenizas,
al exterminio. Miles de cuerpos quebrados daban testimonio de la masacre.
Un silencio terrible, roto por el crepitar de los fuegos aún prendidos y por los
cascos de los caballos que difícilmente podían sostenerse, lo inundó todo. Una
enorme humareda nos impedía distinguir si era día o noche. De nuevo
habitábamos en las tinieblas.

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Prisioneros del terror propio, los nuestros volvían a las carretas. Nada
había quedado a su paso: ni las casas, ni la fortaleza, ni aquel océano amarillo
salpicado de flores rojas, ni los árboles de troncos retorcidos… ¡Todo fue
pasto de las llamas!
Hasta donde nos alcanzaba la vista desde aquel alto, parecía borrado por
una aureola nauseabunda. Habíamos sido derrotados por nuestro propio
horror. Casi todos evitábamos mirar, sentíamos vergüenza de nuestros propios
actos y de nuestros propios cuerpos.
Atalam y Anwen, juntas y alejadas del resto del Clan, miraban el infinito
gris que se abría a nuestros pies.
—Anwen —murmuró Rhoming, entre el sopor del sueño y la certeza de
lo que había ocurrido—, ya nunca podré mirarte con felicidad.
—Sólo queda esperar lo que ha de venir.
La voz de Atalam nos sorprendió. Sonó como aquella vez en las entrañas
de la montaña, era de nuevo joven y cristalina. La miré tratando de encontrar
a la joven mujer que conocí en otros tiempos, pero el vendaje de su mano
había consumido su cuerpo y parecía a punto de desvanecerse.

Aquella noche sin estrellas, sin Luna, sin futuro, comenzó a caer sobre
nosotros una lluvia de barro gris. El agua nos devolvía las cenizas revueltas
entre sus nubes formando ríos de lodo. Llovió durante días que ni siquiera
contamos. Ninguno de nosotros parecía sentir la necesidad del sueño.
Manteníamos los ojos vidriosos y abiertos, como si una fuerza mayor que la
voluntad así lo dispusiera.

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Tiempo de muerte
Los niños quisieran dormir; no encuentran el regazo de las madres.

A muerte de Anafonte había sido el último destello de generosidad que


L yo, viejo mago de fórmulas olvidadas, había visto en aquellos días, más
terribles que todos los anteriores. El humo aún nos escocía las pupilas. Cada
vez que intentaba mirar un cielo que no volvería a ser azul en muchos meses,
veía la sombra de una espada negra dibujada entre las nubes. La espada
anunciada en la cueva. Mi corazón latía despacio, avergonzado de continuar
en un valle lleno de cenizas y muerte.
Aquella espada, o el destino, o nuestro propio galopar sin sentido, nos
llevaron al lugar indicado por los dioses; habíamos llegado y, después de
incontables penalidades, con nuestro miedo lo convertimos en un absoluto
infierno.
Una cierta rutina volvió a instalarse en nuestras vidas. Pero esta vez no
montaríamos en nuestros caballos para buscar nuevas tierras. Tratábamos de
seguir vivos entre la destrucción. Apenas nos quedaban reservas de comida, y
nada había quedado de cuanto encerraban las casas blancas o la fortaleza,
pues, ávidos de aniquilarlo todo, ni siquiera dimos tiempo para el saqueo. El
agua de los ríos parecía envenenada por el manto de lodo pegajoso y gris que
los cubría.
Al principio no quisimos darnos cuenta, o tal vez no reparamos en ello,
embebidos como estábamos en el dolor, horrorizados de nosotros mismos. El
propio Rhoming deambulaba como un fantasma abandonado a su suerte desde
que Anwen se encerrara en el carromato de las sacerdotisas. Era como si
dormitásemos suspendidos entre un pasado que no queríamos recordar y un
futuro al que temíamos.
Con el paso de los días comenzamos a darnos cuenta de que todos
padecíamos una extraña enfermedad: insomnio. Desde el mismo momento en
que comenzó la última batalla del Gran Clan, ninguno de nosotros volvió a
tener siquiera una hora de sueño. Nadie, ni los niños, hallaron el reposo en él.

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Habíamos sido hechos prisioneros de una realidad sin fisuras, una
realidad de la que ni por un minuto podíamos escapar. Dormir supondría
olvidar, al menos por unas horas, la destrucción que nos rodeaba y que nos
retenía en aquel lugar como a fantasmas que deben expiar las culpas
cometidas. Estábamos paralizados, toda nuestra capacidad de extrañeza y
destrucción había llegado a su fin, no quedaba nada dentro de nosotros.
Tratábamos de refugiarnos bajo las pieles, y aguardar al sueño con los
ojos apretados, pero él se había olvidado de nosotros. Probamos con las
hierbas somníferas, tampoco dieron resultado; ni las oraciones, ni los poemas
recitados sin apenas voz. Nuestros ojos permanecían vidriosos, dolorosamente
abiertos.

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—Mabeloc —Thorm parecía haber envejecido cien años en unos días—,
deberíamos convocar un nuevo consejo, una nueva asamblea, como la última,
allá en la Estepa. Yo soy incapaz de abarcar lo imposible.
—De los viejos que formábamos el consejo tan sólo sobrevivimos
Moebius y yo mismo. Además, ¿a qué dioses podemos preguntar si todos
parecen habernos olvidado?
—¿Y Atalam?
Esa misma pregunta me la había formulado yo cientos de veces, a cada
hora de aquellos días convertidos en noche permanente. Ella saldría de su
carromato cuando debiera salir. Mientras, traté de sobreponerme a la
desesperanza de mis últimas palabras, de alentar a aquel buen jefe que se
hacía responsable de todo lo sucedido y que habría dado hasta la última gota
de su sangre por evitarlo. Thorm se veía, una y otra vez, dando una orden
ciega que todos obedecimos. No era bueno que el auto desprecio se
convirtiera en la sombra de quien seguía siendo nuestro jefe.
—Thorm, tú pusiste la jefatura a disposición de todos cuando, hace ya
años, tuvimos que abandonar las tierras conocidas. Nadie dudó de ti en los
años de duras decisiones y peligros. Nadie te reprocha nada y todos sabemos
que la mayor carga de dolor la llevas sobre tus espaldas.
—¡Pero fui yo quien primero levantó la espada!
—Estabas obligado a salvarnos.
—¿De qué? —Su pregunta quedó flotando en el aire espeso como la duda
que ninguno de nosotros se atrevía a formular—. No veo más que cuerpos
inocentes ensangrentados a mis pies. Tenía que salvar a mi gente y la he
conducido a la peor de las muertes, a la desolación.
—Los dioses deben de tener designios que no entienden los hombres —
dije.
—Tal vez —guardó silencio antes de añadir—: ¿Y el consejo?
—Esperemos a que Atalam nos hable.
Busqué a Rhoming. Necesitaba saber, volver a ver sus ojos y comprobar
que seguían estando limpios. No logré encontrarlo, escondía su insomnio y la
pérdida de Anwen como si se tratara de un delito. Atalam había dicho que él
era nuestra esperanza. Me preguntaba cómo podría aquel muchacho despejar
los cielos y devolver a las tierras su esplendor.

Transcurrieron tres semanas. Las ojeras cubrían nuestros rostros. Ni una


risa, ni un llanto… Nada que no fuera la imposibilidad de descansar, de
encontrar unas horas de olvido. Apenas hablábamos, ni comíamos, ni

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encontrábamos motivo para levantar nuestros cuerpos del rincón donde
habían caído la última vez. Había llegado el tiempo en que Atalam consultase
de nuevo al destino. Nuestros pensamientos debieron de coincidir, porque,
apenas había formulado el deseo de acercarme hasta su carromato, una de las
sacerdotisas vino en mi busca. Arrastré mis pies hasta su escondite. Temía el
encuentro tanto como lo deseaba.
—Pasa, Mabeloc. Olvida los cumplidos de otros tiempos.
Continuaba pálida, con el signo de su frente apenas visible, con la mano
vendada y paralizada sobre su regazo como si un gran dolor le impidiera el
movimiento. La luz de las velas la convertía en una figura de cera, en una
débil sombra de lo que fue, en un ser evanescente. A su lado estaba Anwen,
con los ojos cercados por unas violentas ojeras moradas, acompañándola en
las duras horas. La muchacha cuya voz nunca se había escuchado permanecía
con la frente baja y la larga cabellera cubriéndola como un manto de luto.
—Tus ojos, querido mago, tampoco han encontrado el reposo del sueño,
¿verdad?
—Nada escapa a tu sabiduría. Nadie en el Clan ha encontrado, desde
hace semanas, ese consuelo.
—Al fin hemos llegado al lugar designado para quedarnos.
—¿Esto? —mi asombro le hizo sonreír—. No sé si no sería preferible la
muerte entre las nieves de nuestra Estepa.
No lograba entender aquella calma expectante de Atalam. Todo nos
amenazaba y ella, frágil, casi consumida por el dolor, por el ayuno y el
insomnio, mantenía serena la voz, con el espíritu sosegado de quienes
cumplen su misión hasta el final.
—¿Has perdido la fe?
—La fe y muchas más cosas, Atalam. Cada día me pregunto para qué
sigue mi sangre recorriendo mi cuerpo.
—Tendrás que escribirlo todo. Algún día habrás de volver a las páginas
del Libro y relatar para el futuro todo lo sucedido.
Guardé silencio, más por respeto a la vieja sacerdotisa que por creer lo
que decía. Durante aquellos años había olvidado el Libro, sus páginas debían
de estar cubiertas por el moho de la desidia. ¿Qué sentido tendría relatar
nuestra historia? ¿Quiénes la leerían en ese improbable futuro? Atalam
desenfundó el puñal de plata que pendía de su cintura, para dibujar extraños
signos sobre un trozo de cuero seco.
—Ahora habrá de ser Rhoming quien nos salve.

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—¡Pobre muchacho! —Mis ojos se posaron en Anwen, cuyas mejillas
enrojecieron al oír su nombre—. Él también es víctima de esta rara
enfermedad que nos acabará matando.
—Ciertamente no disponemos de mucho tiempo —hizo nuevos dibujos
sobre el cuero antes de continuar—: Es el único del Clan que puede llegar al
País Imposible, donde, tal vez por piedad hacia nosotros o por los méritos del
muchacho, nos den la única solución posible.
—¿Cuál?
—Yo la desconozco, Mabeloc.
—¿Y qué país es ése?
—Ni yo misma lo sé. Durante semanas he tratado de encontrar su rastro
en la memoria del destino, pero todo está confuso. Tan sólo estos signos que
ni yo misma entiendo llegan hasta mí como si de un mapa se tratara, él debe ir
descifrándolos a lo largo del camino. Ese país existe, como existe un velo de
misterio que lo oculta de cualquier mortal, y sólo se consigue llegar si la
princesa que lo gobierna consiente en admitir a quien desea postrarse a sus
pies. Sólo ella abre las puertas de su reino.
—Es decir, pretendes que Rhoming inicie un viaje sin destino,
orientándose únicamente por su propia intuición, y sin saber si quien gobierna
ese lugar lo encontrará digno de llegar.
—¿Recuerdas que a él le iba a tocar la parte más difícil?
—Nunca creí que fuera en estas circunstancias y sin compañía.
—Nuestras oraciones lo acompañarán. Tan sólo sé que debe caminar
hacia el oeste y hacia el norte, siempre hacia el noroeste.
—Caminará en dirección opuesta a nuestra perdida Estepa —¡cuánto me
dolía ahora recordarla!
—Ambos mundos en el norte: al este el nuestro, perdido para siempre; al
oeste, más allá de los últimos abismos, donde se abre el mar y comienza la
tierra de los muertos, el otro, el de nuestra esperanza.
—Pero, si está el mar, ¿dónde está el reino?
—Lo ignoro.
Pensé en cuán difícil sería el camino, en los largos días y penosas noches
de Rhoming, en un destino que, con suerte, lo llevaría a la desconocida tierra
de los muertos, allá donde termina toda posibilidad de suelo firme y reposan
entre las aguas marinas las almas de todos los muertos. Cuando era niño oí
hablar de él como del reino del misterio y de la paz, y una leyenda que, en
aquellos momentos, no lograba recordar.
—¿No puedo acompañarlo?

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—No, Mabeloc. Nadie puede.
Anwen se estremeció al oír las últimas palabras de Atalam. Seguía
amando a Rhoming, lo cual era un consuelo. El muchacho tendría que
saberlo.
—Atalam, supongo que no tendrá tiempo para preparar el viaje, ni para
reunir al consejo, ni…
—No hay tiempo. Hemos preparado con hojas de acebo, mirto y otras
flores secas de nuestra Estepa una infusión que podrá mantenernos en una
especie de vigilia inconsciente durante nueve días. Ni uno más. Nueve días
son el plazo máximo de que Rhoming dispone para encontrar ese reino,
conseguir el remedio y volver.
—Yo mismo traeré al muchacho.
—Lo amas mucho, ¿verdad?
—No soy el único —miré a Anwen, su boca temblaba levemente—.
Ahora más que nunca necesita saber que no ha perdido nuestro cariño.
—El amor es algo que debe ganarse, sólo podemos recoger las flores de
su fruto cuando las merezcamos.
Anwen permaneció en silencio. Salí del carromato en busca de Thorm,
quien más que un hombre maduro parecía uno de los ancianos. No hicieron
falta palabras: él mismo tomó mi brazo y me condujo al lugar donde su hijo
permanecía sentado, con los ojos apagados y absorto en un punto del cielo
gris.
—Rhoming, hijo, ha llegado tu hora.
—¿Mi hora, padre?
—Atalam quiere verte —dije, y, sin saber por qué, añadí—: Anwen está
con ella.
—Eso está bien —dijo Thorm.
—Thorm —sentía seca mi boca—, antes de que vaya debes saber que a
tu hijo se le pedirá algo imposible, que tal vez no volvamos a verlo…
—Todos nos encontraremos en los valles de la muerte —opinó aquel
buen jefe envejecido.
—Tu hijo debe partir.
—¿Adónde, Mabeloc? —preguntó el muchacho.
—Al País Imposible. Las mujeres te esperan.
—Nunca he oído hablar de ese país, ni siquiera en las viejas canciones de
Andrax o de Anafonte. ¿Sabes tú algo de él?
—No forma parte de nuestra memoria. Es un recuerdo de memorias
anteriores, cuando el mundo estaba exento de guerras, antes de que los

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abuelos de nuestros abuelos habitasen las estepas, en el tiempo en que todos
los pueblos eran uno solo y los dioses hablaban a las mujeres bajo unos
extraños árboles, llamados manzanos, que nosotros no hemos visto nunca —
de pronto, la leyenda de aquella isla de las Manzanas retornó a mi mente—.
Ahora se oculta tras el acantilado donde terminan las tierras y comienza el
mar de los muertos.
—¿Atalam conoce el camino?
—Ni ella ni ninguno de nosotros.
—¿Y cómo voy a encontrarlo?
—Tendrás un extraño mapa que irás entendiendo a lo largo del camino, si
no pierdes la esperanza. Lo encontrarás si la princesa de aquel país te ve
digno de llegar hasta ella.
—¿Una princesa?
—Existe un país que se ocultó en la bruma cuando los pueblos se
dispersaron y dejaron de ser uno —de nuevo volvían retazos nítidos y claros
hasta mí—. Es una princesa tan antigua como el mundo. Ella conoce los
secretos de la tierra. Tan sólo sabemos que la llaman Musgo y que en su
manto nacen y mueren, constantemente, todas las plantas, las flores y los
frutos que existen en el mundo.
—¿Y cómo sabremos si Rhoming será recibido? —preguntó Thorm.
—Lo sabremos si vuelve. Y ha de hacerlo en nueve días.
—¿Nueve días? —preguntaron los dos al unísono.
—Son los días que Atalam nos concede con sus hierbas para sobrevivir.
Ni uno más.
—¿Cómo sabré que seré digno a sus ojos?
—No lo sabrás, Rhoming.
—Y si no, será la muerte; la muerte para mí en esos acantilados, la
muerte para todos si no regreso.
Los tres sabíamos que aquella búsqueda podía terminar con la vida del
joven y que las nuestras estaban en sus manos. Nueve días.
—Mabeloc —dijo Thorm—, imagino que él habrá de aceptar
voluntariamente.
—Nadie puede obligarlo.
Sólo la voluntad de asumir los riesgos hasta el final podía llevarlo al
viaje. Ése era el primer paso del camino.
—Rhoming, cuando pasaste el rito de nuestro Clan para convertirte en un
cazador, yo mismo te dije que desde entonces estabas obligado a defender la
vida de todos incluso a riesgo de la tuya, que tu honor consistiría en valorar

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primero las necesidades y el bien del grupo —¡qué duras sonaban mis
palabras!—. Ahora quiero decirte que ningún juramento te obliga a ir más allá
de tus fuerzas. Has demostrado ser fiel a tu promesa en todos estos años; ésta
no es una misión de cazadores, sino más bien de titanes. No menoscabarías tu
honor si no aceptases.
—Iré.
Su voz ya no era la de un muchacho; era un hombre el que contestó, el
que aceptó el reto y cargó sobre sus espaldas con la responsabilidad. Atalam
había acertado al confiar nuestro destino a Rhoming. Tal vez por cumplir tan
alta misión no quiso mancharse con la última sangre vertida por nuestras
armas. Miré sus ojos azules: a pesar de las violentas ojeras, continuaban
teniendo el brillo del cielo en primavera; había dolor en ellos, pero
continuaban siendo puros. Su corazón estaba a salvo.
—¿Podré despedirme de Anwen?
Recé a los dioses para que un día los dos jóvenes encontraran el tiempo
propicio a su amor. Atalam dijo que el amor había que merecerlo, y yo estaba
convencido de que ellos ganarían también esa batalla.
—Te espera en el carromato.
Hubiera dado mi vida, y seguro que Thorm también, por evitarle al
muchacho lo que sucedería.
—Nuestro corazón —dijo el padre— irá contigo, hijo mío. Sé fuerte para
soportar las culpas que no son tuyas.
—Padre, todos somos responsables de nuestros actos. Podía haberme
negado o haber escogido la muerte en las nieves de la Estepa. Yo formo parte
de la culpa, padre mío.
—Pero yo di las órdenes. Además, no participaste en el final.
—Ninguna orden ha de obedecerse si se considera injusta; tú mismo lo
has repetido siempre. Has soportado la responsabilidad de todos nosotros; nos
hemos ocultado bajo tu mano y, cada uno a su modo, te hemos dejado solo
con un pecado que nos pesaba demasiado. En realidad, más que tus órdenes,
seguíamos el impulso de nuestro propio miedo.
Resultaba asombroso escuchar aquellas palabras de consuelo en boca de
un muchacho que podía defender su inocencia con más méritos que todos
nosotros. Rhoming era generoso, calmaba el dolor de su padre olvidando el
propio. Pensé que habría de ser un buen jefe si lograba volver con vida y con
el remedio para el Clan.
Rhoming pasó horas en la carreta de la sacerdotisa. Supuse que al menos
su corazón recibiría la alegría de saber que el amor de Anwen permanecía

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intacto en la muchacha. Ignoro qué ocurrió. Todos estábamos pendientes de
verlo salir, incluso su caballo cabeceaba inquieto, como si presintiera el largo
viaje.
Caía la tarde cuando lo vimos aparecer. Llevaba sobre sus hombros el
manto azul de Atalam y, brillando en su cintura, el puñal curvo de plata. No
llevaba ninguna otra arma —las que le pertenecían quedaban bajo la custodia
de las sacerdotisas—, tan sólo un zurrón de cuero con provisiones y una
alforja para el agua.
Subió al caballo sin mirar atrás, tal vez para evitar las lágrimas. Las dos
mujeres estaban de pie junto a la carreta: Atalam con su vendaje en la mano,
Anwen con la melena como un manto de luto sobre sus hombros.
Nadie lo siguió excepto yo, o al menos eso creí. Atravesó el campamento
donde los supervivientes parecían fantasmas, sombras de lo que habían sido, y
ni siquiera los niños corretearon a despedir a quien se llevaba nuestras últimas
esperanzas. Lo seguí durante un largo trecho, hasta que el muro de aquel
bosque negro se abrió frente a él, entonces paré mi caballo y murmuré una
vieja despedida:
«Que tu corazón reciba el agua de la lluvia limpia,
que tu espíritu comprenda las palabras de la tierra,
que nuestra fuerza sea tu fuerza,
que nuestra esperanza alimente tu esperanza».

De pronto vi cómo se acercaba la figura de una mujer, a pie, sin miedo en


sus pasos, cubierta por un manto negro.
—¡Anwen!
Intenté detenerla; Atalam había dicho que Rhoming debía ir solo y ella lo
sabía.
—Déjala, Mabeloc. Las mujeres conocen misterios que nosotros
ignoramos y sólo ellas pueden saltarse sus propias normas.
Moebius me había seguido, tal vez había recitado en su corazón la vieja
despedida que murmuré. Ocupado en seguir los pasos del joven, no sentí los
suyos tras de mí. Contuvo mi brazo y me hizo volver al campamento.
Las mujeres tenían privilegios para saltarse sus propias normas. Moebius
tenía razón.

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La princesa Musgo
El corazón es capaz de ver lo que nuestros ojos no pueden.

TRA vez volvía a nuestras vidas el muro negro de aquel bosque que a
O punto había estado de sepultarnos a todos en su trampa. Rhoming no
pudo evitar pensar en Anwen. De nuevo aquel silencio de piedra y aquella
noche sin día. Su caballo pareció frenar antes de cruzar la sombra de piedra.
Ahora no se pedía la fuerza de su brazo en la batalla, sino su coraje sin armas;
no se trataba de destruir sino de salvar. Espoleó suavemente a su caballo,
decidido a seguir hasta donde sus fuerzas le permitiesen.
—Cierra los ojos y no mires atrás.
¿De dónde llegaba aquella voz desconocida? Rhoming no la había
escuchado nunca, estaba seguro; tenía las propiedades de un bálsamo y la
transparencia de un manantial. Por puro instinto, más allá del miedo, cerró los
ojos confiando en la voz como lo haría un niño que escucha la llamada
conocida de su madre. Sintió que alguien subía a su caballo, agarraba con su
mano su cintura y con la otra le cubría los ojos.
—¡Anwen!
—No hables. La mancha negra del mapa es este bosque; sólo si confías
en mis ojos podrás salir de él. Debes guardar silencio. Quienes lo custodian
no han de saber que ya has estado; si reconocieran tu voz, esta vez no te
dejarían escapar, quedarías encantado para siempre y serías una más de sus
sombras.
Rhoming sintió un escalofrío imaginando las almas condenadas a la
eternidad en aquel bosque, imaginando que podría ser uno más de los
encantados.
—Hay otra cosa que debes saber —continuó Anwen, con voz suave pero
firme—: a partir de este momento entras en un tiempo sin medida. No te
regirás por los días o las horas de quienes quedaron en el campamento. Estás
en el reino de la magia. Yo te guiaré; tú sólo debes confiar y no descansar
hasta que lleguemos ante la princesa Musgo.

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Cientos de palabras se agolpaban en el pecho de Rhoming. La alegría de
sentir a la muchacha cerca, unida al temor por su preciada vida al desobedecer
las órdenes de Atalam, lo llenaron de un confusa mezcla de sentimientos. Su
voz, aquella voz más hermosa que todas, más hermosa que un sueño, le
hablaba y calmaba sus dudas. Anwen tenía voz. Le hubiera gustado decirle
miles de cosas, pero obedeció y guardó silencio.
Los cascos de su caballo resonaban como si estuvieran cabalgando al
borde de un acantilado de piedra. Sintió vértigo y tuvo que concentrar todas
sus fuerzas para vencer aquel miedo a caer en el vacío. Los brazos de Anwen
lo encerraban en un escudo protector, eso le daba fuerzas; sus ojos, verdes
como el mar de las estepas, veían donde él no podría distinguir otra cosa que
oscuridad. Se dejó llevar en aquel laberinto interminable.
Durante lo que le parecieron horas pesadas y sofocantes, sólo escuchó los
cascos de su caballo mientras sentía toda la pesadez del bosque negro y
petrificado. Rhoming cargaba sobre sus espaldas todo el peso del Clan. Los
ojos le ardían al recordar las imágenes vividas desde el día que abandonaron
la Estepa: la Gran Cordillera, que dividía su mundo; los primeros muertos en
aquellos desfiladeros sin fondo; la primera vez que un hacha se hundió en el
cuerpo de otro hombre; la sangre; el fuego, el fuego que lo destruía todo y
dejaba a los hombres sin memoria.
También el día que descubrió a Anwen, sola en medio del poblado
abandonado; Anwen, que tenía voz y lo había seguido, que había decidido
acompañarlo en los riesgos de aquel viaje hacia el oeste, siempre hacia el
noroeste, Anwen.
El tiempo se había detenido, convertido en losa como aquel extraño
bosque que parecía dividir el mundo, al igual que la Gran Cordillera. Pasaron
horas, tal vez días, tal vez sólo unos minutos. Anwen volvió a hablar.
—Voy a retirar mis manos de tus ojos.
Rhoming vio un rayo luminoso que le abría un paisaje diferente. Era un
desierto de piedras y matorrales enanos.
—Anwen, yo…
Miró a la muchacha, pero ésta no dejó oír de nuevo su voz, sólo sus ojos
parecían hablar y llevar toda la ternura acumulada en aquel verde de lago, de
mar en tarde. Rhoming respetó su silencio.
Cabalgaban sin detenerse, en un mundo donde la naturaleza parecía
torturada y el cielo, encapotado, apenas dejaba pasar unos rayos de Sol. En
aquel lugar, la vida parecía sostenerse entre desgarros. El aire era espeso, el
calor, fuego que penetraba en los huesos.

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Al fondo de aquel pedregal monótono se divisaba la silueta de tres
árboles retorcidos que formaban un acogedor hueco, idóneo para hacer un alto
y descansar. Eso hicieron cuando llegaron, no tanto por ellos como por el
caballo, cuyo cuello y ancas sudaban por el esfuerzo y por el intenso calor que
emanaba del interior de aquella tierra árida y quebrada.
—Debemos reponer fuerzas —dijo el muchacho, ofreciendo un trozo de
carne seca y agua a su compañera.
Ella negó el alimento con la cabeza, sólo bebió un sorbo de agua, y
Rhoming decidió acompañarla en el ayuno. Bebió menos de lo que hubiera
necesitado, pero no podía despilfarrar líquido en un lugar donde tal vez
tardasen días en hallar un riachuelo. No sentía hambre, tan sólo el vacío que
produce no saber a qué debemos enfrentarnos.
Lentamente, el día pasó del gris a la noche. Los jóvenes durmieron
abrazados, tranquilos al oírse respirar el uno junto al otro, lejos de la
maldición del valle. Apenas habían cruzado la frontera del sueño, por primera
vez en tantos días, cuando sintieron que algo más fuerte que sus brazos los
envolvía. Abrieron los ojos e intentaron librarse de aquellas ramas secas que
se habían prolongado desde los tres árboles hasta encerrarlos en un abrazo
que les impedía moverse y que a punto estaba de cortarles la respiración. El
pequeño caballo coceaba inquieto, fuera del abrazo vegetal, intentando liberar
a su dueño sin conseguirlo. Rhoming pretendía dar alcance a su espada,
olvidando que había salido del campamento sin más arma que el puñal curvo
de Atalam. Todo parecía perdido cuando escucharon una extraña voz ronca.

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—Uno de vosotros ha de quedarse como tributo por atravesar nuestras
tierras.
La voz parecía proceder de cada parte del árbol: de sus raíces, de sus
ramas, de su tronco, era como si hablase por cada uno de sus poros.
—Nosotros no sabíamos que estas tierras perteneciesen a alguien; de lo
contrario, habríamos pedido permiso.
—¿Ah, sí? —Aquella voz parecía realmente enfadada—. ¿Y desde
cuándo tú y los tuyos pedís permiso para arrasarlo todo?
Rhoming pensó que nunca podrían librarse de las atrocidades cometidas,
que sus pecados los perseguirían hasta el último aliento del último
superviviente.
—Hemos sido castigados por ello.
—Aún no lo suficiente. ¿Acaso habéis devuelto a la tierra el tributo
debido por cada vida cercenada?
—No —respondió el muchacho, sintiendo en su pecho toda la culpa del
Clan.
—¿Qué buscas, guerrero, nuevas víctimas?
—Nunca he sido guerrero. Busco vida, no muerte.
—¡Ja, ja, ja! —Aquella carcajada resonó en la noche como si todos los
truenos se hubieran dado cita—. ¡No, claro que no eres un guerrero! Los
guerreros luchan para defenderse, y vosotros matabais sin dar oportunidades.
Eso mismo había pensado él cuando decidió no intervenir en la última
prueba. Se avergonzaba de lo que eran y se había retirado de la batalla
esperando que uno de aquellos hombres desconocidos llegase hasta él con su
espada en alto para no defenderse. Jamás empuñaría un arma, ni siquiera para
defender su vida, lo juró aquel día y lo mantendría siempre.
—¿Qué quieres de mí? —preguntó Rhoming con un hilo de voz.
—¡Quiero mi tributo! Soy más generoso que vosotros; te doy a elegir: o
ella o tú.
Rhoming miró a Anwen, cuyos ojos brillaban en la oscuridad. Por su
mente desfilaron mil ideas en los pocos segundos que tardó en responder: si
se quedaba él como tributo, nunca llegaría al País Imposible y todos los suyos
morirían, pero Anwen era inocente, lo había seguido para ayudarlo, para
ayudarlos a todos.
—Me quedo yo.
—¡Bravo, muchacho! Y dime, ¿cómo piensas liberar a los tuyos si eres
quien se convierte en nuestro prisionero?

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—Tal vez su destino sea morir por la falta de sueño. Las culpas son
nuestras; ella es inocente, no ha de pagar por algo que no hizo. Yo me quedo
en pago del tributo.
—Piensa que nunca más saldrás de aquí.
—¡Dejadla libre!
—¿Estás seguro? Has de saber que te condeno a este desierto pedregoso,
a permanecer unido a mí como una más de mis ramas, a sentir que la vida
sigue sin que puedas vivirla, y eso durante años y años, tantos que te
parecerán eternos.
—¿Qué más pruebas quieres? Haz de mí lo que gustes.
Rhoming miraba los ojos de Anwen y le decía cosas dulces al oído
mientras besaba su frente para despedirse.
—No temas, no te importe lo que a mí me suceda. No se puede luchar
contra lo imposible. Los errores son nuestros. Te amo, Anwen, pero te dejo
libre incluso de mi amor. Procura encontrar un lugar amable donde te espere
un amor que realmente te merezca —la besó de nuevo con infinita ternura
antes de añadir—: Olvídame pronto.
Cerró los ojos para sentir aquel cuerpo frágil contra el suyo. No le
importaba morir, pero no soportaría la idea de perderla a ella, de dejar una
víctima más en el camino. Pensó en el juramento del Clan, después se
desmayó.
Cuando abrió los ojos, la mañana era luminosa, los árboles volvían a
estar en su posición inicial, nadie los retenía.
—¡Anwen! —El muchacho parecía desconcertado y feliz—. ¡Nos han
dejado libres! Debió de ser una pesadilla.
La joven lo miró con tristeza y gratitud mientras sonreía. Las mujeres
conocen secretos que nunca llegaremos a imaginar.
En el mapa que dibujara Atalam, aquel lugar era el señalado con dos
aspas cruzadas y terminadas en largos filamentos. El camino continuaba
según lo previsto.

Felices por primera vez en mucho tiempo, decidieron reponer fuerzas y


volver a cabalgar hacia el oeste, siempre hacia el noroeste. Poco a poco, el
paisaje fue cambiando hasta hacerse verde; el caballo disfrutaba sintiendo
bajo sus patas el frescor de la hierba. El camino se volvía amable. Sólo las
nubes se enmarañaban y amenazaban lluvia. Minutos después caía agua como
si se hubiera desbordado un río del firmamento. Resultaba difícil ver nada
entre aquella cortina interminable. Empapados hasta los huesos, cansados de

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cabalgar por el barro, e incluso de caminar, pues Rhoming pensó que su
caballo no resistiría el peso de los dos mientras tuviese que avanzar por aquel
lodazal y decidió desmontarlo, pasaron horas, horas de penuria, hasta que
vieron una cabaña de cuya chimenea salía una estela de humo.
—Mira, Anwen. Pediremos ayuda. Tal vez nos la ofrezcan.
Llegaron hasta la puerta de la cabaña cuando las fuerzas estaban a punto
de abandonarlos. A su llamada respondió una anciana envuelta en lutos que
los dejó pasar sin preguntar.
—Señora, nos hemos perdido, no sabemos dónde estamos. Ni siquiera
podremos pagar su hospitalidad, pero ella podría caer enferma de permanecer
bajo la lluvia; a mí no me importa que me deje fuera.
La enlutada anciana no dijo ni una palabra. Salió a recoger el caballo y lo
guardó en un pequeño establo adosado a la vivienda; luego, volvió, preparó
leche caliente y se la ofreció a los dos jóvenes, que permanecían junto al
hogar encendido de la humilde cabaña.
—Muchas gracias. Mi compañera no puede hablar; me llamo Rhoming.
—Lo sé.
—¿Me conoce?
—¿Quién no conoce a los guerreros que sólo dejan muerte a su paso?
Rhoming se sintió de nuevo acorralado por una memoria que jamás se
borraría. Los recordaban, no olvidaban su paso de sangre y fuego; sin
embargo, aquella mujer que tal vez había perdido a toda su familia bajo las
espadas de los suyos les ofrecía su casa, el calor de su hogar y un cuenco de
leche caliente. Contuvo a duras penas las lágrimas y no encontró palabras
para explicarle que aquellos guerreros recordados con odio por sus atrocidad,
en otro tiempo, en el lejano mundo en que habitaban, habrían sido tan
hospitalarios como ella, y jamás habrían levantado sus armas para otra cosa
que la caza.
Le pesaban los días, los meses, los años en que no habían sabido ser otra
cosa que esclavos de su propio terror sembrando la muerte y el miedo. Se
quedó quieto mirando las llamas del hogar, mientras Anwen dormitaba a su
lado y la vieja había desaparecido en alguna esquina de la cabaña.
Recordaba los cantos de los cazadores preparando su espíritu para
enfrentarse a los grandes mamíferos de las estepas, las ceremonias de las
sacerdotisas que devolvían el corazón del animal a la tierra, el baño
purificador tras la cacería… ¿Dónde habrían de bañarse ahora para limpiar
sus pecados?

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De pronto, las llamas del hogar parecieron avivarse: se volvieron azules y
blancas, y Rhoming pudo ver, con asombro, cómo dibujaban a un muchacho
que, a lomos de su caballo, blandía la espada y la levantaba llena de sangre.
—¡Por todos los dioses, soy yo!
Quiso borrar con sus manos las imágenes, apagar aquellas escenas en las
que podía verse pero no reconocerse. Era él aquel muchacho con el rostro
deformado; era su rostro salpicado por la sangre de otros; era su brazo el que
agitaba su hacha describiendo círculos, para que nada escapase a su filo… No
era lo mismo imaginarlo que estar viéndolo sin poder escapar. Quemó sus
manos en las llamas intentando borrar inútilmente su imagen.
Lloraba como un niño pidiendo clemencia para los suyos, ofreciéndose él
como sacrificio para que el Clan alcanzara el perdón. Años más tarde,
Rhoming descubriría que los hombres nacen inocentes, con la vida van
perdiendo esa inocencia y sólo los mejores tienen valor un día para revivir los
pecados de odio, pedir perdón y ganar el derecho a recuperar la inocencia
perdida. Nuestro joven era uno de esos hombres especiales.
—¿A quién? ¿Dónde? —repetía entre lágrimas.
Como una respuesta a sus preguntas, de las llamas surgió la vieja que les
había abierto las puertas de su cabaña. Ahora no estaba encorvada ni enlutada:
vestía una túnica roja, tan roja como el color de su piel y sus cabellos.
—¿Morirías para salvarlos? —preguntó.
—La muerte también me salvaría a mí.
—¿Renunciarías al amor de la muchacha?
—Mi amor podría dañarla, no merezco que ella me ame.
—¿Levantarás de nuevo tu espada contra otro hombre?
—Si me condenas a vivir, fundiré mi espada, mi hacha y mi escudo para
forjar collares y aljorcas.
—Vivirás, Rhoming. Y tu castigo será no olvidar nada de lo vivido.
Al igual que una llama que se apaga, desapareció la figura de la mujer
roja, sin dejar ni siquiera cenizas de su paso.
Cuando Anwen lo abrazó para evitar que siguiese dañándose con el puñal
curvo de la sacerdotisa, Rhoming tenía las manos rojas de su propia sangre y
heridas por todo su cuerpo, y entre fiebre y llanto, con la voz enronquecida,
seguía repitiendo como un loco:
—No quiero mis manos, han matado, han privado del privilegio de la
vida, y los ojos sólo me han servido para ver enemigos en cualquier otro…
¡No merezco vivir, no puedo seguir viviendo después de lo que he hecho!

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Lo repetía como una letanía, hasta que se fue durmiendo en los brazos de
la muchacha, vencido por primera vez en todas las batallas: el muchacho
enamorado había vencido al guerrero.
Abrió los ojos, lentamente; aún le pesaban los párpados por la fiebre
pasada. No llovía, a través del ventanuco de la cabaña podía verse un día casi
luminoso; Anwen permanecía a su lado, sonriendo, mirándolo con sus ojos de
mar; las heridas de su cuerpo habían sido restañadas y unas vendas cubrían
sus manos. Junto al fogón, la vieja que los recibiera preparaba un cocimiento
de hierbas que después ofreció al muchacho.
—¿Qué ha pasado?
La anciana, de nuevo con sus lutos y el cuerpo encorvado por los años, se
limitó a sonreír.
—¿Cuánto tiempo ha pasado? ¡Por todos los dioses, no nos queda tiempo
para salvar al Clan!
Se levantó sintiendo doloridos todos sus huesos. Anwen lo siguió hasta el
caballo, que lo recibió con un relincho de alegría. La mujer de la cabaña no
salió a despedirlos. Cuando volvieron la vista atrás, la humilde choza no
estaba, había desaparecido.
En el mapa de Atalam, el lugar estaba señalado por una mano cortada.
Caminaron por lugares desconocidos, sin detenerse a descansar sino lo
imprescindible para que el caballo recuperase fuerzas. Las heridas fueron
curando sin dejar apenas cicatriz, tan sólo en su mano derecha quedó algo
parecido a un rayo blanco cruzándola. Vieron paisajes nunca vistos, bosques
de árboles con frutos rojos, suaves colinas rodeadas de ríos, valles y campos.
Marchaban hacia el oeste, siempre hacia el noroeste, sin preguntarse
cuánto tardarían en llegar, sin dudar del camino elegido, sobreponiéndose al
cansancio y a la desesperanza. El tiempo transcurría en dimensiones
diferentes.
El Clan permanecía adormilado, sin sentir el día o la noche.

De golpe, el paisaje se rompió. Los valles, las colinas, todo quedaba


cortado al borde de un acantilado inmenso. Podía escucharse el potente rugido
del mar al fondo, tan al fondo que era imposible distinguirlo. El caballo y sus
jóvenes jinetes se hallaban suspendidos entre el pasado y el vacío.
—¡Dios mío, Anwen! Hemos llegado a los confines y no conseguimos
ver el País Imposible.
Escudriñaba el horizonte sin que sus ojos percibieran otra cosa que un
mar sin límites, sin escuchar otra cosa que aquel bramido marino, sintiendo

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una brisa fría que agitaba sus ropas y cabellos. Rhoming bajó la frente y lloró
por todos los amigos que esperaban un remedio para no morir.
—¡Les he fallado, no he sido digno de la princesa!
—Huele a manzanas.
—¿Qué?
No supo qué le sorprendió más, si escuchar de nuevo la voz de Anwen o
su extraña frase. ¿Qué eran manzanas? Entonces volvió a su memoria el relato
que Mabeloc le contara al comunicarle su misión: «Cuando el mundo estaba
exento de guerras, antes de que los abuelos de nuestros abuelos habitasen las
estepas, en el tiempo en que todos los pueblos eran uno solo y los dioses
hablaban a las mujeres bajo unos extraños árboles llamados manzanos…».
No tuvo tiempo de preguntar nada: la bruma del mar desapareció como se
descorren unas enormes cortinas, y un Sol tan luminoso como jamás lo había
visto abrió frente a ellos, a su misma altura, como si el acantilado ya no
existiera, un trozo de tierra, una isla que parecía invitarlos a pasar, a pisar su
hierba verde y brillante, a reposar bajo aquellos árboles frondosos cubiertos
de frutos cuyo olor les llegaba ahora con toda claridad.
—¡Manzanas! —exclamó Rhoming, que jamás había visto algo
semejante.
Supo que habían llegado. La princesa lo encontró digno de llegar a su
reino y escucharía su petición de clemencia.
Un grupo de mariposas brillantes y con todos los colores del arco iris se
acercó, rodeándolos, empujándolos suavemente a penetrar en aquel misterio
de tierra aparecido tras la bruma, de la nada. Las mariposas parecían
reconocer a Anwen y formaban lazos de mil colores sobre su larga melena,
mientras ella extendía las palmas de sus manos para recibirlas.
Rhoming estaba asustado por pisar aquel trozo de paraíso, pero,
lentamente, fueron avanzando entre el intenso perfume de las manzanas. Al
muchacho le pareció escuchar murmullos y risas entrecortadas de mujeres. Se
sentía vigilado por cientos de ojos invisibles, aunque esta vez aquella
vigilancia no le producía temor, pues cada uno de aquellos ojos escrutadores
lo acariciaba y sosegaba su espíritu. Anwen parecía haber llegado a un lugar
conocido, a ese lugar al que se pertenece.
Caminaron hasta llegar a algo muy parecido a una enorme cueva en
cuyas lindes crecían todas las flores imaginables.
—Pasad, pasad…
Voces amables los invitaban a desmontar y a entrar en aquella cueva de
aspecto acogedor. Desmontaron y el pequeño caballo, dichoso como el primer

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día de su vida, se puso a trotar por entre tantas flores, a mordisquear el pasto
más jugoso que su memoria equina recordara. Relinchaba feliz, olvidado de
sus dueños, y se dejaba acariciar el lomo por las mariposas mientras su hocico
acariciaba dulcemente la hierba antes de mordisquearla.
El suelo de la cueva era una alfombra de musgo y, a medida que se
adentraban en ella, en lugar de oscurecerse refulgía; los rayos luminosos
llegaban hasta ellos desde todos los rincones de las paredes, como si éstas
fueran espejos que multiplicaran la luz haciendo juegos de colores azules y
naranjas. Rhoming y Anwen caminaban de la mano: él, asombrado ante la
maravilla de plantas conocidas y desconocidas que los rodeaban; ella, como
quien recorre un camino familiar. Dos muchachas rubias como el Sol salieron
a su encuentro, les pusieron guirnaldas en el cuello y, dándoles la mano, los
llevaron a una enorme sala circular donde el perfume de las manzanas era aún
más intenso. Anwen se retiró con las muchachas; dejó solo a Rhoming, pues a
solas habría de hacer su petición. Todo estaba tan lleno de luz que no pudo
distinguir a quién pertenecía aquella voz grave y dulce.
—¡Bienvenido a mi reino!
Abrió y cerró los ojos varias veces hasta acostumbrarlos a tanto colorido.
Frente al muchacho, en un trono de musgo, una mujer sin edad lo
contemplaba tranquila y le tendía las manos en son de paz. Toda la naturaleza
parecía rodearla, y vestía un manto tan brillante que tardó en darse cuenta de
que los colores de aquella enorme prenda que cubría casi la totalidad del suelo
eran cientos de flores y frutos que se encendían y apagaban sin cesar.
—¿Te sorprende mi manto? —sonrió la princesa, y la cueva pareció
iluminarse un poco más—. Son todos los frutos de la tierra, todas sus flores,
todo lo vegetal que vive en ella. Cuando nacen brotan en mi manto, cuando
mueren se apagan.
Era tan majestuosa en su sencillez que, frente a ella, nadie habría dudado
de su condición de reina.
—¿Ves este enorme hueco negro de mi manto?
El hijo de Thorm siguió con la mirada la mano de la princesa. Todo un
lado de aquel gigantesco manto parecía muerto, vacío, sin nada que
apareciese o se borrase en él. Rhoming sintió una enorme vergüenza. Sin
saber muy bien por qué, se sentía responsable de aquella mancha oscura en el
manto de la princesa.
—Son las tierras que vosotros habéis quemado —no había ira en su voz,
tan sólo un fondo de tristeza—. Nada ha vuelto a crecer en ellas.

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Por uno de los laterales del trono apareció Anwen; se acercó a la
princesa, que parecía conocerla de otros tiempos, de otros lugares, o quizá de
haberla visto el día anterior.
—Princesa Musgo —Rhoming volvió a sorprenderse escuchando la voz
de la muchacha—, vos nunca decretasteis la muerte, ni aun de los culpables…
—Tan sólo he dejado que los hechos cobraran sus frutos, Anwen.
¡La conocía, incluso por su nombre! Ya nada podía sorprender al joven
hijo de Thorm: estaba en el reino de una princesa desconocida, en la isla de
las Manzanas de que hablaba la leyenda, y había llegado en el tiempo de la
magia.

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—Él llegó hasta tu reino, fue digno de estar ahora ante ti; yo tan sólo lo
ayudé a salir del Bosque de Piedra; no le indiqué el camino, fue su corazón
quien lo guió.
—Lo sé, Anwen. Tú quisiste salir de nuestra isla para buscar al Clan de la
Estepa; tus sentimientos tenían razón y eras su última esperanza. Te prohibí
intervenir más allá de lo necesario y cumpliste tu palabra. Fui yo quien lo dejó
llegar.
Rhoming no acababa de creer lo que escuchaba; Anwen vivía en la isla,
en aquella isla que se ocultaba tras la bruma del confín de las tierras, había
arriesgado su vida para llegar a esto: que él y los suyos encontraran una
posibilidad de perdón. Mientras, había tenido que vivir los horrores del Clan,
esperar un gramo de clemencia para que sus espadas no se levantasen contra
ella… Se sintió indigno de amarla. Como si leyera sus pensamientos, la
princesa Musgo se dirigió a él.
—Anwen es mi hija muy amada. Era libre para elegir y te eligió a ti.
La muchacha sonrió y sus mejillas se sonrojaron; se arrodilló a los pies
de la princesa y apoyó su cabeza en el generoso regazo.
—Prefirió ser mortal por amor a ti. Si confirma su decisión, ya no podrá
vivir en la isla, permanecerá a tu lado, envejecerá y morirá.
—¿Ella lo quiso? —preguntó el muchacho.
—Naturalmente. Dentro de muchos años su alma se convertirá en
mariposa y volverá —miró con amor a la joven cobijada en su regaño—. Pero
no es de ella de quien tenemos que hablar ahora —guardó una pausa antes de
proseguir—: Rhoming, te puse pruebas en el camino. Primero te dejaste guiar
por Anwen, de quien apenas sabías nada; cuando cerró tus ojos para atravesar
el Bosque de Piedra, todo lo vivido no te hizo perder el don de la confianza en
los demás. Después ganó tu generosidad: ofreciste tu vida y aún la del Clan
por salvar a un inocente, Anwen en este caso, cuando los tres árboles del
desierto te pidieron un tributo.
Rhoming miraba el rostro blanco de la princesa y seguía sin sentirse
digno de toda aquella bondad. Otras jóvenes, tan hermosas como Anwen, se
habían ido sentando en los bordes del círculo y escuchaban atentas la
audiencia de su soberana.
—Después te viste a ti mismo en el espejo del pasado. Te sentiste
horrorizado al reconocerte y, en lugar de maldecir al destino, asumiste tu
propia culpa y renunciaste a todo. Podías haberte perdonado a ti mismo
justificando tus actos; en lugar de eso, rogaste perdón…

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—Mi pueblo, señora —el joven no encontraba las palabras—; mi
pueblo…
—Tu pueblo, joven cazador —Rhoming alzó los ojos esperanzado, lo
llamaba cazador y no guerrero—, vive el destino de todos los pueblos que se
creen superiores a aquello que destruyen.
—Fue el miedo…
—Eso no sirve para justificar nuestros actos.
Anwen permanecía apoyada en la princesa y el joven la miraba
esperando que sus ojos se alzasen hasta él para encontrar en su mirada las
palabras.
—Lo sé —Rhoming avanzó un paso, tomó el puñal curvo de Atalam y lo
puso en la palma de sus manos extendidas—. Te ofrezco mi vida, aquí, sobre
el manto donde nada nace porque nosotros lo hemos destruido. Toma mi
corazón, arráncalo como tributo por todo el mal cometido, pero libera a mi
pueblo.
No se arrepintió de lo dicho; sin embargo, le dolieron las dos lágrimas
que brillaron en el rostro de Anwen.
—No quiero más muertes.
La princesa hizo un gesto y las muchachas se levantaron y llevaron al
joven fuera del salón de audiencias. Rhoming pudo ver cómo Anwen y la
princesa se miraban y hablaban en un idioma incomprensible para él.
El resto del día lo pasó rodeado de las otras jóvenes; ellas le fueron
mostrando los secretos de la isla de las Manzanas. Conoció los ríos claros, los
bosques vírgenes, las plantas y los árboles desconocidos, que parecían
moverse siguiendo los pasos y las risas de las doncellas. Probó las manzanas
y sintió que una felicidad nueva lo inundaba.
Bañado en aquellas aguas purísimas, perfumado por los pétalos de
cientos de flores, vestido con una hermosa túnica blanca sobre la que colocó
el manto de Atalam, que parecía haber cobrado un azul celeste más intenso
que nunca, alimentado por las frutas que aliviaban no sólo el hambre de su
cuerpo sino también la de su espíritu, Rhoming pasó la primera noche de
verdadero descanso desde que saliera de la Estepa.
Al día siguiente lo condujeron de nuevo al salón de audiencias. La
princesa estaba sentada en el trono de musgo y Anwen, de pie junto a ella,
parecía despedir una luz radiante de su piel blanquísima. Ambas le sonrieron,
y él se hincó a sus pies.
Transcurridos unos minutos de silencio, la princesa se levantó y buscó en
un cofre de plata que reposaba a la derecha de su trono. Sacó una pequeña

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bolsa de cuero y la colocó sobre las manos de Rhoming, al tiempo que le
quitaba su puñal curvo.
—Este puñal será mi único precio. A partir de ahora nunca volveréis a
utilizar armas si no es para la caza o la recolección. Las fundiréis de nuevo y
las consagraréis a la vida.
Su voz llenaba la estancia como un río en calma, como si cada una de sus
palabras fuera un bálsamo.
—Lleva a tu pueblo esta bolsa; en ella hay semillas de trigo —Rhoming
la miró sin entender, ella sonrió—. ¿Recuerdas aquel mar amarillo que
encontrasteis en el valle? Era trigo. Con él aprenderéis a fabricar el pan, y
siempre que lo hagáis lo bendeciréis con vuestra gratitud. En todos los
campos de trigo crecen amapolas, esas flores rojas, orgullosas y solitarias que
acompañan a las espigas y alegran los trigales —el muchacho recordaba
aquellas flores de rojo intenso en medio del mar amarillo—; ellas os
devolverán el sueño.
—¿Estamos perdonados? —Rhoming no salía de su asombro.
—Lo estáis. Y mientras los campos se recuperan para su siembra, llévate
manzanas de mi reino: os devolverán la vida y de sus semillas crecerán
árboles para que vuestros hijos estén más cerca de la felicidad. Las manzanas
son el fruto de las mujeres y donde exista un manzano existirá siempre una
sombra de paz. Enseña a tus hijos el valor de las cosas y el respeto por todo lo
vivo. Es el precio de mi ayuda.
—Señora, yo… —Pero no encontró las palabras adecuadas.
—Ahora puedes irte. Llegarás a tiempo para salvar al Clan; recorrerás un
camino diferente, deja que tu caballo te guíe.
Rhoming miró agradecido a la soberana de la isla de las Manzanas,
recogió la bolsa de las semillas, pero no consiguió mover un solo músculo en
dirección a la salida.
—¿A qué esperas?
—Anwen… yo, yo quisiera despedirme.
La soberana sonrió entendiendo mucho más de lo que el joven creía. Se
levantó y acercó a la muchacha hasta él.
—Ella decidirá, aún está a tiempo. Puede quedarse en nuestra isla, seguir
siendo mi hija y una de las doncellas de los manzanos, o acompañarte para
seguir el curso y las leyes de los mortales.
¿Qué haría? El joven hubiera querido besar sus párpados. No podía
pedirle que volviera al valle donde una larga tarea de años los aguardaba y
hacer que renunciase a su mundo.

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—Seguiré tu destino, Rhoming. Seré tan mortal como tú y tendré hijos
que merezcan el futuro que habremos de construir.
—Tenéis mis bendiciones —dijo la princesa Musgo—. Y ahora debéis
partir, la isla tiene que volver a la bruma del olvido.
Cuando salieron vieron a su caballo cargado con dos cestos de manzanas.
Iniciaron el camino de vuelta con la felicidad recuperada y en paz. Nunca
dejarían que su pueblo se convirtiera en esclavo del terror. Se enfrentarían a la
dura tarea de reconstruir lo destruido con paciencia y generosidad.

Volvieron. Para nosotros sólo habían transcurrido siete días. Atalam los
vio llegar antes que nosotros y supo que su misión había terminado. Se quitó
el vendaje negro de su mano, ya no quedaba rastro de aquella espada negra
con la que cargara durante años como una maldición. No deseaba entristecer
al Clan con su despedida; se acercó a mí, me miró y supe que había llegado su
hora. Al morir, la media luna de su frente recuperó su brillo.
—Ella me sustituirá, Mabeloc. No estés triste, me muero en paz porque
he cumplido la misión que el destino me encomendó. Nuestro pueblo está a
salvo.
—¿Y yo, Atalam?
—Aún no ha llegado tu hora. Debes esperar unos años, ayudar a
Rhoming y escribir en el Libro todo lo sucedido para que nuestros hijos y los
hijos de nuestros hijos no repitan nuestros errores. Escribe, mago amigo, hasta
que te alcancen las fuerzas.

Fueron muy duros aquellos primeros años. Tuvimos que aprender a vivir
con el peso de los recuerdos. Habíamos llegado a la tierra en que nacerían
nuestros hijos y debíamos aprender nuevas formas de vida. Ya no
volveríamos a ser los cazadores de la Estepa.
Lo primero que hicimos fue fundir todas las armas. Teníamos que
entrenarnos para la paz, nunca volveríamos a ser guerreros, nuestros hijos no
conocerían la utilidad de aquellas armas que significaron nuestro castigo.
Después celebramos nuestra primera fiesta con la boda de Anwen y Rhoming:
ellos eran el pilar de nuestro futuro. Pensé en todos los que no podrían
participar de nuestra alegría y recé para que, desde algún lugar del universo,
también ellos nos acompañaran.
Reconstruimos las casas y las pintamos de blanco, como bandera
permanente de buena voluntad. No edificamos ninguna fortaleza, ningún
muro para defendernos; nuestras puertas estarían siempre abiertas.

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Nunca habíamos trabajado la tierra, desconocíamos sus secretos, los
ciclos de las cosechas, todo lo que significaba ser un pueblo sedentario, pero
teníamos fe y sabíamos que en la isla de las Manzanas una princesa vigilaba
nuestra felicidad. Aprendimos a hornear pan y a bendecirlo antes de comerlo.
Lentamente nos fuimos convirtiendo en el Clan de los Trigales. Con los
años, las semillas de las manzanas se convirtieron en árboles bajo los cuales
enseñábamos a nuestros niños, reposábamos de nuestro cansancio y nos
refrescábamos los días de calor. El olor de las manzanas se convirtió para
nosotros en el perfume de la felicidad. El Clan de la Estepa pasó a ser parte de
nuestras leyendas.
Nunca olvidamos las sabias palabras de la princesa: «Ningún pueblo es
superior a aquello que destruye».

Han pasado quince años desde el día en que regresaron nuestros


salvadores y Atalam nos dejó. Los tres hijos de Rhoming y Anwen juegan en
mis rodillas y se divierten con mi barba. Océanos de trigo nos rodean y
cuidamos de que nadie arranque ni una sola amapola para que el sueño nos
llegue todas las noches. Aprendimos a vivir con la inocencia perdida, pero
logramos que nuestros niños pudieran vivir en un mundo donde la alegría y la
paz hacen posible la inocencia.
Hoy ha terminado mi misión, otro debe continuar como guardián del
Libro. Esta noche, cuando la luna blanca entre por la ventana de mi cuarto,
podré, al fin, reunirme con Atalam.

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