Ningún arma implica tanta
premeditación como el veneno. Y la Historia ofrece memorables y múltiples
ejemplos de envenenamientos y envenenadores célebres.
En la Grecia clásica, el veneno era un arma de ejecución de la pena capital. La
cicuta es el veneno oficial del Estado, la llamada ‘muerte fría’. En Roma, el veneno
se convierte en el arma de los más poderosos; emperadores y patricios tienen sus
propios envenenadores profesionales como parte del servicio doméstico. Tanto se
abusó de los tóxicos como arma criminal que el gobierno se vio obligado a dictar la
Ley de Lucio Cornelio -más conocida como Lex Cornelia-, que castigaba con la
muerte el envenenamiento. Y mucho tiempo después, en la Inglaterra victoriana de
Jack el Destripador, se publicó el Decreto sobre Arsénico para evitar el fácil acceso
a esta sustancia y que obligaba a los fabricantes a mezclarlo con hollín para que se
volviera negro y fuera más difícil su ‘camuflaje’ en cualquier comida o bebida.
Es en la Italia renacentista, la Italia de Brunelleschi, Miguel Ángel o Botticelli,
donde el envenenamiento adquiere proporciones monstruosas. Y es que también es
la Italia de las ambiciones de los Borgia y las confabulaciones de los Medici. Se
crean pócimas y compuestos de venenos cada vez más sofisticados, que se camuflan
en perfumes, flores, guantes o en las clásicas copas de licor. Compuestos venenosos
como el Acqua di Toffana (con arsénico blanco) o el Acqua di Peruzzia son tan
conocidos como mortíferos. Ahora ya no sólo hay envenenadores profesionales sino
también catavenenos profesionales, unos desgraciados cuyo trabajo consiste en
probar primero lo que van a comer o beber en las cortes de los poderosos.
El arsénico blanco llega a ser conocido como ‘poudre de succession’ (polvos de
sucesión) por su extendido uso entre las clases políticas y nobles para quitarse
obstáculos de en medio. Todos sabían que era una sustancia sin olor y sin sabor,
fácilmente miscible en bebidas y comidas. Además, los efectos de su
envenenamiento apenas se distinguían de los que producía una de las
enfermedades más comunes de la época: el cholera nostras.
El veneno no sólo es hasta este momento un arma o instrumento en manos de
nobles, sino que ya se puede extraer una conclusión que hoy en día es conocida y
aceptada por cuantos se dedican a investigar el crimen en cualquiera de sus
aspectos, y es el hecho de que el veneno es arma preferida por mujeres.
En el siglo XVIII, el conocimiento de los tóxicos y su empleo como venenos se
extiende a todas las clases sociales. A fines de ese siglo existen aún supersticiones
que aseguran que el fuego no puede destruir el corazón de un muerto por
envenenamiento y hasta los profesores de Medicina Legal confunden en sus
estudios determinados fenómenos de putrefacción del cadáver con signos de
envenenamiento.
Los nombres de los envenenadores famosos son muchos a lo largo de los años:
Catalina, reina de Francia; la marquesa de Brinvillers, ajusticiada en 1679; La
Voisin, implicada en un intento de envenenamiento a Luis XIV; el Papa asesino
Alejandro VI, de los Borgia, una familia conocida precisamente por su afición a
envenenar a todo aquel que le molestara.
Hay muchos más, y de ellos destaca Madame Lafarge, cuyo caso marcó, en 1842, un
hito judicial en la Toxicología al darla a conocer como una ciencia.
En este caso se planteó que no era prueba suficiente el hallazgo de la sustancia
tóxica en un cadáver, sino que también era preciso cuantificar ese veneno. El
médico menorquín Mateo Buenaventura Orfila, considerado el padre de la
Toxicología y rector de la facultad de Medicina de París, era perito de la acusación.
Encontró arsénico en el cadáver de la víctima de Lafarge, y, utilizando los más
modernos avances de la ciencia, logró probar que había arsénico en los órganos
cuya presencia no podía explicarse sino con un envenenamiento; hay arsénico
natural en el cuerpo humano, pero sólo cierta cantidad mínima es justificable así.
Lo más importante es que la disputa científica quedó planteada -el proceso, de
hecho, se conoció como ‘la batalla del arsénico’- y la Toxicología se dio a conocer a
través de las crónicas del juicio.
La acusada fue condenada a trabajos forzados de por vida y a la exposición pública
en una plaza de Tulle, pero el hecho de ser pariente lejana del rey Luis Felipe
(Alejandro Dumas explica esta relación en ‘Historia de Luis Felipe’) permitió que se
librara de lo segundo y que lo primero se transformara en una simple pena de
cárcel. Tras diez años de reclusión, enferma de tuberculosis, fue trasladada a un
centro de salud. Napoleón III le concedió la gracia en mayo de 1852 y pocos meses
después murió jurando que era inocente.
Marie Lafarge inició el envenenamiento paulatino de su marido, Charles Lafarge,
con un pastel de arsénico. La primera toma no lo mató, pero siguió
administrándole el veneno en diferentes comidas hasta que el hombre estuvo
irremisiblemente enfermo y en cama. El médico pensó que se trataba de cólera. La
mujer, mientras, y de forma sorprendente, pedía recetas para comprar arsénico
supuestamente para acabar con las [Link] día, Marie intentó administrar el
arsénico en polvo en un vaso de vino con agua. Una amiga de la familia lo observó y
sospechó, así que, antes de que el enfermo lo tomara, cogió el vaso y observó unos
grumos blancos mal disueltos flotando en el líquido. Lo mostró al médico, pero
éste, inocente, pensó que podía tratarse de trozos de cal que se hubieran
desprendido del techo. La vecina no pensaba lo mismo y avisó a la familia, que
intentó evitar que Marie siguiera dando de comer a Charles. Un segundo médico
constató que los síntomas del enfermo podían ser los de un envenenamiento con
arsénico y, por si acaso, le administró peróxido de hierro como antídoto. Ya era
tarde para salvarle.
El 16 de enero de 1840, el juez de instrucción ordenó buscar el arsénico que pudo
haber matado a Charles Lafarge. Los cinco doctores encargados de hallar el tóxico
señalaron en su informe que en muestras de leche, sopa de pan y agua azucarada
habían descubierto una considerable cantidad de la sustancia que buscaban.
Afirmaron que los jugos estomacales y el estómago contenían ácido arsénico. Pero
ni rastro del tóxico en la pasta que Marie colocaba para las ratas; sólo tenía
carbonato de sodio.
Orfila se convirtió en protagonista del juicio, después de que tres expertos
analizaran de nuevo los líquidos del estómago de la víctima y otros restos y
declararan que, con los medios de comprobación más recientes, no podía probarse
que hubiera arsénico ni para envenenar a un roedor. Nada.
Orfila, sin embargo, calificó de negligentes a esos expertos porque parecían haberse
olvidado de un método que en esos momentos era casi revolucionario y demostró
que había arsénico en el cuerpo de Lafarge y que no podía proceder de los reactivos
utilizados ni de la tierra que rodeaba el féretro; el descubrimiento de que la tierra
de los cementerios podía tener la sustancia provocó dudas sobre no pocas condenas
anteriores en casos de cadáveres exhumados para la autopsia. El químico
menorquín se hizo famoso por usar el método de James Marsh, uno de los que
posteriormente serán más usados a lo largo de la historia de la Medicina forense
para detectar arsénico de modo irrebatible. Marie Lafarge, Cappelle de soltera, fue
declarada culpable.
El fiscal destacó, durante su alegato, que, “por fortuna, la investigación de los casos
de envenenamiento ha contado en los últimos tiempos con la revolucionaria ayuda
de la Química. Tal vez la acusada no estaría ante este tribunal si la ciencia, casi
milagrosamente, no hubiese dado con la posibilidad de descubrir el veneno en
lugares hasta hoy ocultos para nosotros: en las mismas víctimas, en los cadáveres”.
Quizás, esta frase refleja mejor que ninguna otra cosa la relación existente entre la
investigación criminal y la Química o los avances científicos, que en esa época
empezaba a hacerse patente.
El juicio Lafarge inició el siglo de la Toxicología forense y consiguió que París se
llenara de químicos aficionados que acudían con la intención de ser discípulos de
Orfila o de los otros toxicólogos que participaron en el proceso.
(las imágenes con Orfila, Lafarge y el método de extracción de arsénico son del
libro ‘El siglo de la investigación criminal’ de Jürgen Thorwald, y el texto es un
avance del libro ‘El arma del crimen)
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