Pasaje
(...) sólo puede haber inexactitud
en la imperfección del contemplador.
PESSOA, Libro del desasosiego.
(...) a la precisión del enfoque
corresponde un temblor del nombre;
la propiedad del deseo no puede producir
sino una impropiedad del enunciado.
BARTHES, Fragmentos de un discurso amoroso
Underneath my being is a road that disappeared.
VEDDER, Guaranteed
Oscurecer esta oscuridad, he ahí la puerta de toda maravilla.
TAO, Tao Te King
Análogos a los pasos de Montaigne encamino los míos, viandantes contentos, comenzando lo
escrito con el velo que apenas me ha sido dado, o bien, con el velo propio con que percibo las
cosas. Los ojos del intelecto, por desgracia para ellos, no tienen oculista. Ven apenas eso que
nacieron para ver.1 Y los míos se arrojan nuevos hacia el mundo, que de tan nuevos y claros sé
cuánto de ellos ha sido sometido por el pensamiento. Es por eso que ahora no encuentro más
remedio que sustraerme de la razón para alcanzar a verlo todo. ¿Adónde habré de llegar? Si
sucede una respuesta en el camino, es porque no hice más que razonar sobre lo recorrido. Por
eso, en lugar de reincidir una y otra vez en la misma pregunta, me resuelvo por esta segunda:
¿cómo habré de llegar? Del mismo modo que se comienza: caminando.
1
The eyes of the intellect ―alas for them!― have no oculist. They see as they are born to see. Fragmento del cuento
ortónimo de Fernando Pessoa, The door, [«La puerta»].
De cómo el caminar deshace la mente que ha aprendido todo cuanto ha visto.
Desde hace un tiempo, las visiones sobre la naturaleza —que Thoreau y Emerson
reanudan con insistencia— me arrojaron a la perplejidad del vivir sobre una tierra de la que sólo
me ha bastado recorrerla. Es en ella en donde, desprovisto de la gravedad del pensamiento, he
dejado redoblar mi imaginación y he logrado fundirme en los intersticios de la contemplación. El
sosiego que sólo pertenece al campo reaparece en sus sonidos inmensurables, cuyas entonaciones
parecieran proceder del infinito. ¿Cuántos cantos y aromas habré invadido de mismidad, de un
fingido asombro, en el pasado? Todo fue una ceguera persuasiva que tanto había practicado, que
había hecho de todo a mi alrededor la misma cosa pensada de siempre, visión con la que alguna
vez colmé todo de normalidad.
Es extraño que
las gotas de lluvia plateadas
caigan de las nubes negras.
Es extraño que
los gusanos de seda se vuelvan blancos
cuando comen las hojas verdes de la morera.
Es extraño que
las flores de luna se abran solas
sin que nadie las cuide.
Es extraño que
la gente a la que le pregunto se ría y diga:
«Simplemente es así».2
Me conmueve advertir mi pasado ―como paisaje a nuestras espaldas―, que apenas
conservo mi instante al acabar de irme.
2
Poema Fushigi, [«Es extraño»], de Kaneko Misuzu (1903).
Los sentidos son para sí mismos, y lo sensitivo [tal vez «sensitivo» no es la palabra],
responde a cada uno de ellos, [pero soy consciente de la limitación del enunciado] porque el
andar —y la inmensidad de la vida— se construye por medio de correspondencias:
Las aguas van a parar al mar, el tacto a la piel, los olores a la nariz, los sabores a la lengua, las
imágenes al ojo, los sonidos al oído, los pensamientos a la mente, la sabiduría al corazón, el
trabajo a las manos, los placeres del sexo a sus órganos, los excrementos al ano, los viajes a los
pies.3
Si el pensamiento corresponde a la razón, ¿por qué dividimos las arboledas en
pensamientos?
(...) tendríamos que aprender a comprender la naturaleza desde nosotros mismos, más que
intentar comprendernos a partir de la naturaleza. Lo que nos es conocido inmediatamente debe
dar explicación de cuanto sólo conocemos mediatamente, y no al revés.4
Me siento sobre la banca fabricada por quienes nos han enseñado el buen uso del asiento,
por eso me levanto y sigo caminando. Me enseñaron a arrodillar mi sensibilidad ante el
pensamiento, que no es sino un sentido más y el filtro más frágil con que observo la vida: nuestro
velo quebrado por mano obediente de acuerdo a la conveniencia del mundo. «Las cosas son
como son», dicen quienes saben del mundo sólo a través del microcosmos del pensar enajenado.
Ver las cosas como son —como se extienden por el vía crucis de los caminos transitorios—
debería tratarse de una letanía a la intuición. Mi tentativa es pensar como quien se deja sentir,
como si fuera lo que siempre ha sido: un sentido más, propio, intocable e imperturbable. Un
pensamiento ortónimo, con mayúscula y caligrafía inviolable. Eso es libertad.
3
Anónimo, Upaniṣad, «Brhadāranyaka upaniṣad», Girona, Atalanta, 2021, p. 105
4
Arthur Schopenhauer, El mundo como voluntad y representación, Ciudad de México, FCE, 2016, p. 219.
Pensar una flor es verla y olerla
y comer una fruta es probar su sentido.5
Advertir en los rumores de la alborada los símbolos que quiero recorrer. La vida es un
símbolo que no puede enseñarse: llega a quien se entrega por completo, como la verdad.
—¿Qué es la verdad?
Un símbolo tras otro —que se consagran en un camino tras otro— originan, en conjunto,
una mitología sin semejanza, y el rito que la envuelve me lleva a escuchar el mar entre las hojas,
a ver historias entre las fuentes, a convivir con el piar dialógico —pero inadvertido— del alado
cantar entre las ramas. Qué grato hallar sosiego en donde todos parecen ignorarlo. Observa las
ramificaciones sacudidas por el viento y vive atento al oleaje de sus hojas superpuestas: la vida
nace en una conversación que se responde a sí misma durante los pasos que la surcan.
Quiero dejar de caminar con los sentidos oscuros, manoseando la basta pared del
intelecto, que no es sino una capa más de las cosas —¿o acaso dejé inscrito en ellas mi velo?—.
Quiero ver la voluntad de lo existente y no lo que de mí veo en él. No hay caminantes en
derredor ni voluntades ajenas, sólo las sombras de los árboles que pasan, inquietados, al
moverme.
5
Pensar uma flor é vê-la e cheirá-la/ e comer um fruto é saber-lhe o sentido. Versos pertenecientes al poema IX de
la obra O Guardador de Rebanhos, [«El Guardador de Rebaños], de Alberto Caeiro (1889).
Paseamos a la sombra de árboles mitológicos
silenciosos y vacíos pensando
cómo de ningún lugar donde estuvimos
alguna vez regresamos.6
—He naturally feels the run —pensé en el solar del extranjero.
Pues cada cuerpo ha de ser visto como fenómeno de una voluntad, pero la voluntad se presenta
necesariamente como una tendencia; así el estado originario de cualquier astro conglobado en
una esfera no puede ser el reposo, sino el movimiento, la tendencia hacia delante en el espacio
infinito sin descanso ni objetivo algunos.7
Cuando quitamos el velo que descansa sobre la realidad, o bien, en el momento en que
aniquilamos el interés que es propio de quien duerme en ella, nos entregamos a toda la nada en
su vacua plenitud. El mundo se nos ofrece como un enigma colmado de tormento, pero cuando
nos asumimos en su misterio y en su pasaje, notamos que, tras esa fuente de imágenes (e
imaginarios) que emergen sin sospecha previa, habita la mismísima nada, o bien la felicidad
eterna que concede el desinterés a los vivos. (Recordé que el enigma es connatural a nuestro
andar y que la vieja vestidura —aquel velo—, tan sólo se trata de la mente y sus despliegues.
Vuelvo a ella y a sus andares, pero si me deambulo, sólo encuentro indicios.)8 Si es acaso mi
elección, procuro envolver con una dorada transparencia las superficies —y las
superficialidades— a mi alrededor: mi diario semblante es la escogencia con que el entorno se
reviste y, sólo así, los pasajes insospechados no pueden sino entreverse a través de dorados
relieves de contento desconocido.
6
Fragmento perteneciente al poema Pérgamo, escrito por José Tolentino Mendonça (1965).
7
Arthur Schopenhauer, El mundo como voluntad y representación, Ciudad de México, FCE, 2016, p. 239
8
Fragmento del poema Casi, escrito por Mario de Sá-Carneiro (1890).
Los pasos de lo escrito, el ensayo del caminar: recordar que mi hogar sucede en mis pies
endurecidos por la costumbre del camino, pero avanzan, ligeros, desconociendo el esfuerzo
aparente. Incluso ante la anestesia que supone la repetición, sé que aún me conservo en la tierra
irrepetible e inagotable: sé que aún sigo conversando entre sus venas de verdores.
Muy enfermo de tanto caminar —
un sueño, el seco erial
anda errante.9
Deseo —qué neurótica añoranza— que en mis pies no estalle ninguna tempestad, porque
en la tierra no hay cirros que recorrer ni cúmulos del pensar. Quiero acaso los colores que el cielo
no aprendió de la tierra, así se fundan, en mi sensación confundida, al mirarlos. La estoy
contemplando, viviendo, releyendo, recordando, o bien, haberla olvidado para volver a
pensarla… Como un pasaje de lo escrito.
Esta llama empedrada,
pálida y pudiente
se recorre descalzo,
y que su almizcle
perfume los pies
con el color del viajero.10
En un breve instante de indecisión nocturna, decidí adentrarme en el eco de uno de los
templos que se levantaron a mi alrededor. Si bien es cierto que el alma puede alcanzar su
sublimado refugio durante la andanza de un distraído deambular, también es cierto que gusta de
subyugarse ante el deleite que evocan los colores del ícono o ante las mudanzas de los santos o
ante las biografías beatificadas. Pasaje tras pasaje, concreto el rezo fingido sobre esta madera
penitente, luego de que el alma se hubiera perdido entre las puertas del mundo. En silencio,
congregando las palmas —por fin quieto, pero inapetente— cerré mis ojos y sobre el negro
9
Matsuo Bashô, Sarumino ― Das Affenmäntelchen, editado y traducido de japonés por G. S. Dombrady, Mainz,
1994.
10
Fragmento de un poema propio.
fondo de los párpados sellados surgió una plegaria que se fundió en la mirada de un santo sin
nombre. Me replegué hacia mí, encerrado voluntariamente, en aquel resguardo temporal, templo
de barro nunca inmaculado, de piedra sin bautizar, sobre cuyo alto portón se esconde la
inscripción de alguna planta nativa, secreto indígena, y tras cuya entrada reaparece el blanco eco
de quien le reza al peregrino: oración a los pasos, proteicos todos ellos, de nubes sin rumbo, de
oleaje que olvida su camino y opta por otro; altisonantes por el crujir de algunas hojas con forma
de mano plateada; ascendentes, menguantes y montañosos. (Me falta caminar sobre las aguas y
habré sufrido, en mi andar, por todos los amores de este mundo.)
Rodeado de memoriosos íconos y reiterados mitos, recuerdo la remembranza del camino,
que uno tras otro se desvanece para lucir uno nuevo, a pesar de que creamos —sí, creamos,
tullidos de templo— que nuestra fe andante agota los mismos pasos que hemos dado y que
nuestro Dios se cerca con la aureola del pasado.
No bastó mucho tiempo para volver a mis ojos, regresando al arrodilladero. Y en la
inmediatez del tiempo que transcurre desprovisto de nosotros, la naturaleza se fugó de sus
altares, visitando este que habito, y anunció su llegada con el canto de un ave oscura, de plumaje
impenetrable, de quebranto acústico, de sosiego que se entrega a esta espiritualidad postiza. El
mensaje entró en su templo:
A mensagem entrou no seu templo
E aí foi professado
Seu suave canto
Entre as colunas
Se estende o voo do seu remanso
A crença foi alada
E ao meu lado existiu
A mensagem partiu e seu canto
Foi o dourado símbolo
Da noite da minha cruzada.11
Envuelto de santa noche, me afirmo en la cruzada de los paisajes, abdicando cualquier
ascensión, precipitándome —abandonado a la intuición divina— hacia los caminos de cruces sin
fin, cargando, día tras día, al único muerto que es mi ayer:
A morte é a curva da estrada,
Morrer é só não ser visto.
Se escuto, eu te oiço a passada
Existir como eu existo.
A terra é feita de céu.
A mentira não tem ninho.
Nunca ninguém se perdeu.
Tudo é verdade e caminho.12
Quebrar los escalones en donde todos los ojos se han posado: no hay altura ni bajeza,
sólo un horizonte en que se funden los ademanes sin sacrilegio ni insulto mundano. Lo sagrado y
lo que convive ante nuestros ojos, este mundo, son una falsa diferencia, un invento de las
escaleras, en que los ojos rezan hacia arriba, donde descansan los ideales, y señalan hacia abajo,
donde duermen animales y cercas de madera. No hay aureola ni muralla. Así, dios caminé ayer e,
indistintamente, hoy arrastro las hojas con este pie que pudo haber sido brisa entre la fuente; con
estos pasos que son el Euneo y todos sus hermanos los ríos. Aquello que soñamos puede
consagrarse dios, pero también mora en nuestra palma: el templo de nuestros santos es análogo al
hogar que de nosotros levantamos.
Santiago Guatame Hernández
11
Poema propio.
12
Fernando Pessoa, Noventa poemas últimos, Madrid, EDICIONES HIPERIÓN, 2009, p. 92.
BIBLIOGRAFÍA:
ANÓNIMO, Upaniṣad ― Edición y traducción del sánscrito de Juan Arnau, Girona,
Atalanta, 2021.
BASHÔ, MATSUO, Sarumino ― Das Affenmäntelchen, editado y traducido de japonés por
G. S. Dombrady, Mainz, 1994.
CAEIRO, ALBERTO, Poesía 1. Los poemas de Alberto Caeiro 1, Madrid, Abada Editores,
2011.
DE SÁ-CARNEIRO, MARIO, Un poco más de azul, Ciudad de México, Fondo de Cultura
Económica, 2018.
MISUZU, KANEKO, El alma de las flores, Gijón, Satori, 2021.
PESSOA, FERNANDO, Noventa poemas últimos, Madrid, Ediciones Hiperión, 2009.
PESSOA, FERNANDO, La hora del Diablo y otros cuentos, Medellín, Tragaluz editores,
2016.
SCHOPENHAUER, ARTHUR, El mundo como voluntad y representación, Ciudad de México,
FCE, 2016.
TOLENTINO M., JOSÉ, Escuela del silencio, Medellín, Tragaluz editores, 2016.