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Jirones - Daisy Reed

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JIRONES

Daisy Reed
© 2013-2015 Deisy Rubí Ayala M acías. Todos los derechos reservados. JIRONES. Nº 3-01.- 22.08.15

Todos los derechos están reservados, incluidos los de reproducción, total o parcial. Todas las situaciones y personajes de este libro son ficticios. Cualquier
parecido con alguna persona viva o muerta es pura coincidencia.

Edición y maquetación: Ediciones Dream

Diseño de cubierta: Deisy Rubí Ayala M acías.

Imagen: Pixabay

Fotógrafo: Tummen
Capítulo Uno
JUNIO

Orden 743 del día, los tacones le lastimaban los pies, el dedo índice y el medio de la mano derecha le dolían por estar tecleando todo el día. Sería la última vez
que doblaba turno, se lo prometió.
— Dan, una hamburguesa con papas, para la mesa veintidós.
El joven cocinero asomó la cabeza por la ventanilla que lo comunicaba hacia la caja del restaurante de comida rápida, tomó el papelillo que colgaba de un pincho
y le dirigió una sonrisa a Ruby, recordándole implícitamente que ella debía tener esa sonrisa para atender a los clientes. Pero después de catorce horas de estar parada
sonriendo, ya estaba cansada.
Y apenas eran las ocho de la noche, quedaba lo más pesado, las próximas dos horas el restaurante se llenaría.
M iró a su jefe que venía entrando al lugar, era un hombre de mediana edad, un poco calvo y algo gordo. Se acababa de casar hacía solo algunos meses, con una
chica lo bastante atractiva como para no haberse casado por puro amor.
— Ruby, ¿Cómo ha estado la tarde?
¿Qué cómo había estado la tarde? Igual de espantosa que todas las tardes.
Había tenido un problema con uno de los proveedores, no había llegado la mercancía que se suponía tendrían que haber llevado desde temprano. Un niño
berrinchudo, de esos que sus mamás no les enseñan buenos modales, le había echado encima de su uniforme la salsa cátsup que resbaló hasta el suelo. Ella había tenido
que limpiar el piso, por que cuando buscó a Rachel para que lo hiciera, no la encontró por ningún lado.
La silla que se supone le habían llevado para que se sentara, misteriosamente había desaparecido en la mañana mientras ella limpiaba.
La sobrinita de su jefe había estado en la tienda a media mañana, ésa que insistía para que jugara con ella, a pesar de que a Ruby la regañaban si dejaba su puesto
de trabajo por más de cinco minutos.
La hora que le dieron a mediodía para salir a comer, se le había ido toda en trasladarse a su casa para cambiarse de uniforme, porque estaba toda embarrada de
salsa, aun así no alcanzó a bañarse y seguía oliendo a tomate.
Su frugal comida había consistido en un pedazo de pan que había encontrado en la alacena y que tuvo que ir devorando por la calle mientras franqueaba a la gente
que caminaba mirando las tiendas.
Tenía tres horas con ganas de ir al baño y no podía quitarse de la caja, porque no había nadie que la cubriera mientras se iba. Solo estaba Dan con ella, pero él no
debía salir de la cocina para ponerse a cobrar, porque para variar no encontraba ni a Rachel, ni a John. Y lo peor de todo era que, el día aun no terminaba.
Pero no, no le iba a decir todo eso. Simplemente sonrió.
— Igual que todas las tardes —omitió lo espantosa que eran siempre las tardes en ese lugar y todo lo que había pasado en el día. No tenía caso que se quejara
con su jefe, por cosas que él no podía cambiar.
— Bien —el hombre solo dijo eso y abrió la caja registradora, se paró a un lado de Ruby y empezó a sacar el dinero.
Cuando Ruby miró que el hombre se alejaba hacia la cocina, sin preguntarle si ella necesitaba algo, porque realmente ella necesitaba ir al baño, Ruby le habló de
nuevo.
— Señor, me preguntaba si puedo ir al baño.
— Claro —dijo el hombre—, cuando regrese de la cocina, yo me pongo a cobrar por ti, para que vayas.
Ese hombre tenía la misma sensibilidad que una piedra, ¿Qué pensaba? ¿Qué podía irse y dejar que Ruby se retorciera de ganas de orinar, mientras lo esperaba?
Debía de tener valor por una vez en la vida y agarrar su bolso e irse a casa. Aunque de sobra sabía que no lo haría, necesitaba el dinero.

Orden 744
Una hamburguesa triple con papas, aros de cebolla, y un refresco de dieta, por que la señora Carter estaba cuidando su figura.
Veinte minutos después, el jefe volvía de la cocina. Nada más verlo, Ruby tomó sus llaves y corrió hacia el baño de empleados, que para hacerla sufrir más,
estaba lo suficientemente alejado de la caja como para hacerla correr el último tramo. Ni siquiera volteó atrás a fijarse si su jefe se había quedado cobrando.
Se quedó exageradamente cinco minutos encerrada en el baño. Se lavó la cara, se puso un poco de labial y trató de acomodarse el cabello, su pelo crespo rizado,
no se quedaba quieto en la coleta, necesitaba un poco de laca para el pelo, pero eso podía esperar. Se lo humedeció un poco para tratar de amoldarlo, pero sabía de sobra
que ese solo sería un remedio temporal, después de unos minutos su cabello volvería a encresparse.
Salió un poco más relajada del baño. Cuando volvió a su puesto de trabajo había una fila de más de diez personas esperando que se les atendiera, ¿qué acaso su
jefe no se había puesto a cobrar y entregar las órdenes al cocinero?
Empezó a cobrar aprisa, pero parecía que por cada persona que atendía, dos más se formaban en la fila.
Al cabo de una hora, tomó la silla más cercana, la acomodó a un lado de ella y subió una pierna arriba porque si se sentaba, la caja registradora le iba a quedar
muy por encima.
Parecía que la fiesta del colegio que estaba a dos cuadras ya había terminado y todos esos estudiantes cansados de bailar habían decidido ir a cenar a M r.
Burguer. Si, Ruby sabía que era un nombre estúpido, pero era el único lugar donde le habían dado trabajo.
Y en ese instante, lo miró. Emmanuel Oldfield.
Un metro ochenta y dos centímetros de estatura de estatura, cabello castaño oscuro, ojos grandes marrones, incluso debía de seguir pesando los setenta y ocho
kilos que le presumió la última vez que estuvo a su lado. Solo el cabello lo tenía un poco más largo y rizado de cómo lo recordaba.
Conforme avanzaba la fila, ella se iba poniendo más nerviosa, las manos le sudaban, los ojos le ardían, la garganta le tenía seca, y no sabía qué hacer o decir. La
última vez que había visto a Emmanuel no habían quedado en muy buenos términos.
Aun faltaban algunas quince personas para que él llegara hasta estar frente a ella, eso lo ponía a él a unos cinco metros de distancia de Ruby, mucho más lejos
que la última vez que se vieron.
Ella cobraba sin poner atención, hamburguesa con queso, hamburguesa con queso, hamburguesa con queso, hamburguesa con queso, ponía en todas las órdenes.
Los nervios podía palparlos cada vez que cerraba los puños para tomar el dinero que le extendían.
De pronto el aire se hizo espeso y los pulmones no podían respirarlo. Una chica de pelo obviamente teñido de rubio, se había acercado a Emmanuel y se le había
colgado del brazo, le dijo algo, le dio un beso en la mejilla y ella volvió a retirarse por donde había llegado, hacia el bullicioso grupo de estudiantes que esperaban
mientras llegaba la comida.
Si era cierto lo que ella estaba pensando, Emmanuel estaba cometiendo un delito, esa chica debía tener máximo dieciséis años y él ya rondaba los veintiocho. Que
si lo sabría ella, que ya casi tenía veintiséis.
Luego reparó en su piel, estaba un poco más bronceada, pero después de cinco años, era obvio que tenía que haber cambiado algo. En todo el tiempo que
Emmanuel estuvo formado en la fila, nunca miró hacia Ruby. Paseaba la vista, si, pero nunca la miró directamente a ella, solo miraba su reloj y cambiaba el peso de su
cuerpo de un pie a otro.
Casi estaba enfrente de ella, solo los separaban tres personas, entonces la rubia teñida, que por cierto tenía un tinte parecido a ella, se acercó a Emmanuel le
volvió a sonreír y fue ella la que se quedó en la fila, él se fue a sentar con el grupo de jovencitos ruidosos.
Orden 876.
Ruby tomó una gran bocanada de aire, se alisó la blusa, en la cual ponía su nombre y tomó la orden de la jovencita, seis malteadas de fresa y una de chocolate,
con sus respectivas hamburguesas con queso, una de ellas sin mostaza, la otra con extra mayonesa, una más con papas a la francesa, dos con aros de cebolla, una con
carne de pollo y, la última, doble con tocino, sin cebolla y sin lechuga, con mayonesa solo en la tapa de arriba y doble queso en cada piso. Sonrió. Había una persona
que conocía que comía las hamburguesas así. Y no era Emmanuel.
Sebastian, su hermano. Su pequeño hermano menor.
Fue hasta entonces que reparó en que "Emmanuel" se veía mucho más joven, como si los años no hubieran pasado por él. Pero claro que habían pasado, de ser
un niño larguirucho de doce años, se había vuelto un jovencito de diecisiete bastante atractivo, casi igual a su hermano.
Estaba distraída viéndolo, cuando la jovencita con cara interrogante y de pocos amigos, carraspeó para hacerse notar. Ruby se disculpó y tomó el dinero que ella
le extendía. Se fue a sentar con los demás del grupito, pero antes de voltearse, dirigió una última mirada a Ruby, solo para comprobar que la cajera aun seguía mirando a
su novio. Le dio un sonoro beso en la boca, como para dejar claro que Sebastian solo era de ella.
Ruby rió, esta vez sinceramente. Cuando la orden estuvo lista, Rachel la llevó a la mesa.

Casi eran las diez de la noche, cuando los jovencitos se fueron. Entre ellos iba Sebastian, su cuñado favorito, como le decía Ruby en antaño. A las diez en punto
el local cerró, Dan se despidió de ella mientras Ruby colgaba la boina que los obligaban usar, Rachel y John ya se habían ido, pocos minutos antes.
Estaba bajando la cortina de metal cuando la voz llorosa de una jovencita la asustó.
— ¿Quién es usted? —Ruby se dio la media vuelta y se encontró con los ojos pardos llorosos de la jovencita teñida de rubia que suponía era la novia de
Sebastian.
— Niña, me has dado un gran susto.
— Le repito la pregunta ¿quién es usted? O mejor ¿por qué veía con tanta insistencia a mi novio?
— Lo confundí —dijo sinceramente Ruby, no se iba a poner a dar explicaciones, había sido un día demasiado largo y lo único que quería era ponerse a dormir,
después de cenar algo caliente, que no fuera una hamburguesa—. Pensé que era alguien más.
— ¿Segura?
— Claro. El joven con que lo confundí, probablemente es diez años mayor que él. Lamento si los incomodé —Ruby se volvió y terminó de bajar la cortina de
metal—, el parecido es mucho. O por lo menos se parece a cuando yo lo recordaba. Hace años que no veo al chico que creí que era.
— Ah, ya. Se parecen.
— Sí, claro —Ruby se agachó para poner en su lugar los candados del portón—. Y ahora si me disculpas...
Se puso en pie y se sacudió las manos en los lados de la falda azul marino. Le sonrió a la chica y se encaminó a su casa. Lo único que quería era dormir y cenar,
no importaba el orden. Dejó a la rubia teñida, como ella, parada en la puerta cerrada del local. Cuando bajó de la acera para cruzar la calle, Ruby volteó. Y si, la jovencita
seguía ahí parada, viéndola como si no la hubiera creído.

Ruby estaba terminando de cepillar su cabello, después de haberse duchado, sintiendo que algo andaba mal. Se recostó suavemente en la cama, se cubrió con las
sábanas y miró directamente al techo. Había algo que la inquietaba, pero su cerebro no alcanzaba a discernir que era.
Al cabo de un rato se quedó dormida.
Pero no por mucho. De repente despertó con la conciencia claramente definida de que era lo que la perturbaba. Algo en lo que no había reparado. Tal vez el
cansancio, el hambre o los nervios de creer que volvería a ver a Emmanuel habían nublado su mente, impidiendo que se diera cuenta desde el principio.
Ahí, sentada a las tres de la mañana en su cama, descubrió que, si Sebastian estaba en la ciudad, era porque Emmanuel y su familia habían vuelto.
Y por tonto que pareciera sabía que tarde o temprano se encontrarían, ya no podría huir, ni esconderse de él, como lo había hecho años atrás. Esta vez no podría
escapar de Emmanuel si él se enteraba en donde encontrarla.
Y no sabía qué era lo que más miedo le daba. Si saber que volvería a ver a Emmanuel, con todo lo que eso implicaba, o si saber que ella tal vez no sería lo
suficientemente fuerte como para poder soportarlo, otra vez.
Solo esperaba que Sebastian no la hubiera reconocido. Y con ese firme pensamiento, se quedó dormida de nuevo. Esta vez más intranquila y con muchas
pesadillas.
Capítulo 2

Los días siguieron su transcurso normal, el trabajo seguía siendo la misma pesadilla de siempre. No era un trabajo que disfrutara, incluso ni le apetecía estar ahí,
pero sabía de sobra que no lo dejaría. Lo había intentado muchas veces, por Dios que sí, pero al final regresaba con la cola entre las patas.
El día anterior había sido su descanso y ni siquiera lo había disfrutado. Todo se lo llevó en limpiar. Su hermana la visitaría y el departamento estaba hecho un
desastre.
Habían pasado tres días y no había vuelto a saber nada de Sebastian, ni de su novia, era mejor así. Sus miedos se estaban desvaneciendo poco a poco. Sabía que
Emmanuel no la buscaría. Habían pasado ya más de cinco años. Si no la buscó antes, no tenía por qué hacerlo ahora.
Terminó de maquillarse y se puso la blusa roja del uniforme, se agarró el cabello en una coleta y cerró la puerta del departamento. A las dos tenía que entrar a
trabajar y ya eran las dos menos quince.
Tomó el camino de la calle 74 y dobló en Saint M ary Avenue, faltaban dos minutos para las dos de la tarde cuando llegó.
Agarró la boina y se la acomodó en la cabeza. Se despidió de Helen, que era la cajera que había estado en la mañana y tomó su lugar de trabajo.

A las cinco de la tarde, todo pintaba que sería un día muuuuy aburrido, casi no había clientes. Bueno, casi, por que la señora Carter estaba en ese momento en
una de las mesas que daban hacia la calle, comiéndose su hamburguesa doble. La mismísima señora Carter le había dicho a Ruby que tenía una dieta alta en calorías, por
eso debía de comer así, eso sí, sin olvidar su refresco de dieta, porque no quería engordar más, al señor Carter le fascinaban las llantitas que a ella se le formaban, y no
quería, ni disminuirlas, ni aumentarlas.
Ruby se puso a acomodar un poco, Dan se quitó el delantal y se sentó a un lado de ella.
— Ruby, ¿Qué harás el sábado por la noche?
— Voy a dormir.
— Si, pero antes.
— No lo sé aun. —Ella dejó encima de la mesa el trapo sucio que tenía en las manos y se sentó a un lado de Dan, si el jefe los veía, lo más probable era que los
regañara.
— Es que Helen y Julia irán a ver unas películas a mi casa, y como tú nunca vas...
— Lo sé. Soy una aguafiestas. Nunca tengo tiempo de nada. Pero te prometo que iré. Aunque aún no se me olvida que me quedé esperándote en la fiesta de mi
cumpleaños el año pasado. Nunca llegaron ni tú, ni Helen a mi fiesta.
Dan rompió a reír.
— Tienes razón. Aun no se te ha olvidado.
— Es que casi nadie asistió. Por eso este año no haré nada. M e quedaré tirada en la cama comiendo helados y quejándome de la injusta que es la vida. ¿Por qué
Dios que es tan justo y misericordioso no me dio una vida de rica y famosa?
— La verdad —interrumpió Dan— es que yo no sé qué estás haciendo aquí. Con tu cerebro y tu cara, es para que ya fueras rica y famosa.
— No me adules, que de todas maneras no te voy a perdonar. Además no soy tan bonita.
— Pues al menos no eres fea —Dan se puso de pie cuando la señora Carter se levantó de la mesa y Ruby le imitó. La señora Carter salió de M r. Burguer con lo
que había dejado de sobras, para llevar. Había dicho que se lo quería dar a su mascota, pero Dan y Ruby sabían que ella no tenía mascota.
Terminaban de levantar los platos sucios cuando Dan levantó la cara y se le quedó mirando a Ruby.
— Tu cumpleaños es el próximo jueves —dijo como si hubiera hecho el descubrimiento del siglo.
— Lo sé, y la verdad es que me siento fracasada. M e estoy volviendo más vieja y ni siquiera tengo novio. No sé qué va a ser de mi vida.
Dan y Ruby llevaban casi toda la vida de conocerse, aunque antes no eran tan amigos como pudieron haberlo sido, la vida los había llevado a trabajar juntos y
convivir a diario. Así que ahora eran un poco más que amigos y poco menos que hermanos. Dan conocía algunos detalles de la vida íntima de Ruby, sabía de Emmanuel
y de la boda fracasada de ambos, por eso casi se le salían los ojos de sus órbitas cuando reconoció a Emmanuel, quien justo en ese momento, estaba empujando la puerta
de cristal para introducirse al local.
— Creo que tu suerte está por cambiar —Dan le hizo una seña a Ruby para que se volviera, ella así lo hizo y dirigió su mirada al umbral del restaurante.
Ahí parado como si nada, estaba Emmanuel. El de verdad.
A Ruby se le secó la boca nada más verlo. Estaba mucho más atractivo que años atrás. Seguía teniendo la misma boca apetecible de siempre. Incluso hasta podía
sentir el sabor de sus labios si cerraba los ojos. Ese sabor a melocotón dulce que ella tan bien recordaba.
Pero en esencia, era mucho lo que él había cambiado. Estaba más hombre, si es que se podía. Los años en él habían sido benévolos. Se le antojaba más guapo,
mas viril, incluso se veía con mas masa muscular, de la que de por sí ya tenía antes. Ahora ese cuerpo, que antes había sido atlético y que solo ella había admirado en
privado, se podía ver marcado a través de la camiseta de algodón negro que llevaba puesta. Parecía uno de esos modelos que ella veía en revistas, o mejor aún, parecía
uno de esos protagonistas de novelas rosa con las que ella fantaseaba.
Pareció eterno el tiempo en que ella se le quedó mirando, ahí parada como una estatua sin saber que decir o sin moverse. Pero solo pasaron unos segundos.
Podría ser una casualidad, podría ser que Sebastian no la había reconocido y no le había dicho nada a su hermano. Pero ¿a quien quería engañar? Era obvio que
Emmanuel estaba ahí por ella. ¿O no?
Ruby se alisó la blusa, se acomodó el cabello dentro de la boina y dejó los platos sucios en manos de Dan, que entendió perfectamente la indirecta y se fue hacia
la cocina sin hacer un solo ruido.
Orden 503 del día.
— Buenas tardes.
— Buenas tardes —la voz de él seguía siendo tan profunda y gutural que siempre—. Quiero llevar tres hamburguesas, por favor.
¿Eh? Después de cinco años sin verse, solo eso le diría. Sabía bien que ella ya no se miraba como la chica de quince que fue su novia por seis años. O como la de
veinte cuando se vieron la última vez. Sabía que habían pasado cinco más sin verse. Pero... ¿Acaso se veía tan mal como para que él no la recociera?
Si, era cierto, ella había subido unos cuantos kilos, se había cortado el cabello y se lo había teñido, incluso podía entender que no se viera bien con los frenos de
ortodoncia que traía. Pero no había cambiado tanto como para que él no la reconociera.
Sin embargo, pudo más el orgullo de Ruby, no le dijo nada. Tomó la orden y le cobró, él se sentó en la mesa que estaba a un lado de la que había desocupado la
señora Carter y no volvió a verla otra vez. Ruby mejor se metió en la cocina, al fin y al cabo, Emmanuel era el único que estaba en el restaurante.
Era el día libre de Rachel, así que tuvo que ser Ruby la que le llevó la orden a Emmanuel cuando estuvo lista.
Sentía un dolor en el pecho, ella jamás había dejado de amarlo. Incluso muchas veces soñó con que él regresaba, la tomaba en sus brazos y la besaba tan
apasionadamente, que la hacía olvidar todos los malos recuerdos que tenía. Fantaseó tanto con eso, que inclusive, en algún momento, se convenció que sería realidad
algún día.
— Gracias, señorita. —La frase seca la sacó de sus ensoñaciones.
— De nada, vuelva pronto.
Y se quedó ahí parada, mirando como el amor de su vida se alejaba a grandes zancadas de donde estaba ella.
Y no sabía por qué, pero tenía el presentimiento que aquello no había sido una mera casualidad.
Se dio la vuelta y se dirigió a sentarse en la caja cuando dejó de ver la espalda ancha de Emmanuel alejarse de su vida.
— ¿Era quien creo que era? —Dan sacó la cabeza por la ventanilla que lo comunicada hacia el restaurante.
— Si.
— ¿Y?
— Como que ¿y? Pues nada. ¿Acaso no viste que me ignoró?
Y Ruby tomó de nuevo el trapo y empezó a limpiar las mesas, otra vez. No por que estuvieran sucias, si no porque no quería platicar con Dan de Emmanuel.
Ella estaba con la mente confusa. Pensó que sería un shock volver a verlo, pero él ni se inmutó. Simplemente, la ignoró. Y eso no era nada bueno.
Se quedó parada viendo los cristales de la ventana, cuando sintió que su visión estaba borrosa. Veía como si el agua corriera a través de los cristales, que tontería,
todo el mundo sabía que en Junio no llovía. Se llevó las manos a los ojos, pensó que era un espejismo, fue cuando se dio cuenta, que el agua que veía que escurría por los
vidrios, no era tal. Eran sus lágrimas las que salían de sus ojos y corrían por sus mejillas.
Capítulo Tres

Su cumpleaños no había sido como lo tenía planeado. Ruby se había comprado 4 litros 450 mililitros de helado de vainilla con ribete de fresa, con el firme
pensamiento de tirarse en su sofá, prender el televisor y ponerse a comer y llorar, disfrutando de unas cuantas comedias románticas que tenía en la mira.
Pero no sucedió así.
Primero fue Dan. Llegó con una tarta y platos de plásticos. Después, Esme, la hermana mayor de Ruby, se apareció con un par de pizzas y refrescos de cola. A
los quince minutos, llegaron casi todos sus compañeros de trabajo. Luego, un par de amigos más, y unas cuantas de sus amigas.
Ruby no supo en qué momento alguien sacó una botella de vodka y la vació en el bowl donde había puesto dos litros de agua de piña, por que los sodas que
llevaba su hermana no habían alcanzado.
El caso era que se habían desvelado, y para colmo, Ruby no sabía beber, así que a casi 24 horas de haberse bebido casi un litro de agua de piña con su respectivo
medio litro de vodka, no soportaba la resaca.
Todo el día había sido un infierno. El calor estaba insoportable, el restaurante estaba a rebosar, había tenido que trabajar sola casi todo el día. Se jefe estaba de un
genio, insufrible. Y para colmo, Emmanuel.
No dejaba de pensar en él.
Ruby llevaba quince minutos encerrada en el baño. Cinco de los cuales los había pasado con la cara metida en el lavamanos. Unos golpecitos en la puerta la
hicieron levantar la cara.
— ¿Estás bien?—la voz de Dan atravesó la puerta de madera para llegar hasta sus oídos.
— Algo. —Últimamente a Ruby le costaba contestar con más de dos silabas.
— Es que ya nos vamos —le comunicó él— ¿tu vas a cerrar?
Un día más, un día menos. Qué más daba.
— Sí, yo cierro. —Respondió Ruby.
— Bien, nos vemos mañana.
Treinta segundos después, ya no se escuchaba ningún sonido en el lugar, aunque las luces continuaban encendidas. Ruby se miró al espejo. Si que se veía mal.
Pero es que casi no había comido en todo el día, y oler la grasa de las hamburguesas le revolvía el estómago.
Se secó la cara con una toalla de mano y fue al frente del local. Últimamente ella era la que cerraba el restaurante. Hacia las cuentas, dejaba el dinero en la caja
fuerte de la oficina de su jefe, ponía un fondo base en la caja registradora, desechaba los papeles inútiles, guardaba las órdenes que se necesitaban, en fin, hacia un trabajo
extra por el cual no le pagaban ni un centavo.
Tomó su bolso del mostrador y agarró los candados. O eso creyó. Uno de los candados cayó estrepitosamente bajo el mostrador.
— Genial —dijo con amargura.
Se agachó para recogerlo y fue cuando miró que a alguien se le había olvidado una caja de pan fuera del frigorífico. Podría dejarlo ahí, pero para el día siguiente ya
no serviría. Seguro culparían a Dan o a John.
Pudo más su conciencia.
Dejó el bolso donde estaba, recogió el candado que yacía en el piso de hormigón y, junto al que sostenía en la mano, los depositó junto a su bolso. Se acuclilló y
tomó la caja de pan.
Cuando abrió el frigorífico, comprobó que estaba lleno. Pensó en sacar las hogazas del empaque, y así buscarles un huequito, pero desechó la idea, seguro se
pondrían duras.
Estaba a punto de darse por vencida, cuando en la esquina superior derecha vislumbro un punto en el que cabría perfecto el cartón entero. El único problema era
que estaba demasiado lejos del piso. Con su poco más de metro y medio de estatura, no lo alcanzaría jamás. Tomó una de las sillas y se trepó en ella como pudo.
Le dio vértigo al agacharse para tomar la caja de pan. ¡Dios! Como odiaba los zapatos de tacón que la obligaban a usar.

* * *

Las luces del lugar seguían encendidas, pero el restaurante estaba desierto. Emmanuel tocó la puerta antes de aventurarse a girar la perilla. Nadie contestó y como
la perilla giró, decidió entrar. Seguro a alguien se le había olvidado el lugar abierto.
M iró un par de candados en el mostrador, junto a un bolso femenino, entonces el lugar no estaba solo. Estaba a punto de llamar, tocando una campanilla, como
las que tienen en las recepciones de los hoteles, cuando un quejido lo interrumpió.
Seguro alguien estaba en apuros. Cruzó la puerta de la cocina, y ahí, trepada en una silla, con unos tacones de miedo, estaba la dueña de unas portentosas
piernas.
— ¿Necesitas ayuda?—preguntó inocentemente él.
Ella giró sobre la silla al escuchar que alguien había hablado, el simple movimiento la había hecho perder el equilibrio. La caja de pan se estrelló en el suelo y
Ruby habría parado en el mismo lugar de no ser por Emmanuel.
¡Emmanuel!
Él apenas tuvo el tiempo justo para atraparla, cayó en sus brazos y por un segundo fue como viajar a través del tiempo. Al pasado, para ser exactos.
Y algo pasó en Emmanuel también, por primera vez desde que había vuelto a Brownwood, había visto de verdad. Tantas veces había visto en otras chicas a
Ruby que ya no confiaba en lo que sus ojos veían. Cada vez que miraba a una chica de cabello castaño y largo, creía ver a Ruby Andrews en ella.
Pero ahora Ruby lucía diferente. Jamás lo había considerado. Emmanuel había creído que cuando volviesen a encontrarse, Ruby seguiría siendo la misma. La
jovencita de cabello oscuro, largo y rizado y que siempre vestía con vaqueros y camisas de algodón a cuadros.
— ¿Pero que tenemos aquí? Ruby ¿eres tú?
Ella no necesitó más. Se soltó de sus brazos como pudo y salió corriendo. Al pasar cerca del mostrador solo atinó a tomar su bolso y salir como bólido de ahí.
No le importó nada. Ni dejar a Emmanuel solo en el restaurante, ni dejar el restaurante abierto. Su instinto de supervivencia le decía que saliera huyendo de ahí, y
precisamente era eso lo que iba a hacer.
Capítulo Cuatro

Ruby había corrido, como alma que llevaba el diablo, nada más alcanzar la puerta de M r. Burguer. Pero, inteligentemente, corrió hacia el lado opuesto de donde
se encontraba su departamento. Eso la había hecho tener un recorrido de treinta y cinco minutos, cuando la realidad era que tomaba menos de quince llegar a casa.
Pero con Emmanuel, las precauciones nunca eran demasiadas.
Llegó a su departamento de la calle 13 jadeante y sudada, con el pelo revuelto y la falda del uniforme casi en el cuello. Se le había subido por las piernas en su
atropellada carrera y, como era de suponerse, no iba a detener su huida por una simpleza como acomodarse la falda.
Entró al apartamento y cerró con llave, encendió la luz y marcó el número telefónico de Dan.
— ¿Dan?
— Al habla —contestó él reconociendo a Ruby de inmediato.
— Se que es tarde, pero necesito un favor —la voz de ella aun se escuchaba agitada— ¿estás muy ocupado?
— Pues… estaba terminando de cenar ¿de qué se trata?
— M e urge que vayas al restaurante a cerrarlo.
— ¿Queeeé? ¿Dejaste el local abierto? — Dan dio una mordida a un emparedado y el sonido de la lechuga al crujir llegó hasta Ruby— Ahora sí, el jefe te va a
matar.
—Ya lo sé, pero ocurrió algo… inesperado —el tono de voz de Ruby cambio notablemente y no pasó desapercibido para Dan.
— Suelta la sopa ¿Qué pasó?
— ¿Quieres que te lo cuente ahora?
— Si quieres podemos esperar a mañana, digo si el jefe no te corta la cabeza por dejar M r. Burguer abierto.
— Vamos, Dan…—quiso suplicar Ruby, pero de antemano sabía que sería inútil— Estoy cansada.
— Yo igual, pero aun así iré a cerrar el local.
— Pero…
— Se trata de tu ex, ¿verdad?
Ruby pensaba que Dan a veces era psíquico.
— Si, fue por Emmanuel.
— Bien —Ruby casi podía ver unas ruedas de engranaje girando dentro de la cabeza de Dan— Hagamos esto: si prometes contarme todo, TODO, con lujo de
detalle, voy a cerrar el local ya mismo y no diré nada de lo que ha pasado. ¿Es un trato?
— ¿Tengo otra opción? Vale, mañana te cuento todo.
— TOOODO.
— Bien, será TOOODO.
Ruby casi pudo ver la sonrisa de Dan antes de colgar el auricular. Desde que Ruby había dejado a Emmanuel plantado, prácticamente en la puerta de la iglesia,
Dan había querido saber por qué. Y Ruby sospechaba que eso era el “TOOODO” a lo que él se refería.

Quince minutos después, cuando Ruby estaba frente a un vaso de leche que no se decidía a beber, sonó su teléfono.
— Soy yo —Dan estaba al otro lado de la línea.
— ¿Y bien? ¿No te encontraste con… nadie?
— No. Esto está desierto. De hecho el local está cerrado y las llaves estaban bajo el tapete de la entrada.
— ¿De verdad?
— ¿Por qué habría de mentirte? Solo te llamo para que no estés preocupada —Ruby suspiró aliviada—. Incluso las luces estaban apagadas, he abierto el local y
parece que todo está en orden. No falta nada.
— M uchas gracias, Dan. Esto no se me olvidara jamás.
— A mi tampoco. Recuerda que has prometido contarme todo.
— Lo sé. M añana.
— Cuídate, hasta mañana.
Con un click se cortó la comunicación y Ruby descansó notablemente. No es que pensara que Emmanuel pudiera saquear el restaurante, pero si le preocupaba
que quedara abierto.
No se dio cuenta que se había bebido la leche de un trago. No tenía hambre, pero sabía que no era bueno dormirse con el estómago vacío. Su abuela decía que se
tenían pesadillas.
Se acostó y apagó la luz, pensó que tardaría en dormirse, pero no fue así. Se quedó dormida casi de inmediato. No reparó en que la resaca de su cumpleaños ya
había pasado. Tal vez por la impresión del momento, tal vez porque ya había pasado el tiempo suficiente.
Si tan solo se hubiera asomado un segundo por la ventana, habría notado que un hombre vigilaba su apartamento oculto gracias a la oscuridad de la noche. Un
hombre vestido con vaqueros desgastados, camiseta blanca y cazadora negra. Un hombre que no pretendía hacerle ningún daño. Pero que con su sola presencia, podía
destruir todo su universo.
Un hombre, al que una vez tiempo atrás, Ruby le había entregado más que su corazón.
Emmanuel.
Capítulo Cinco

Sabía que el interrogatorio iba a ser feroz. Así que lo que hizo fue facilitarle las cosas a Dan.
Resultaba que ese día era libre para Dan. Ruby lo sabía y había planeado tener un día más de descanso antes de que Dan la hiciera recordar el tan doloroso
pasado que Ruby tanto se había empeñado en enterrar.
Pero daba la casualidad que Dan se había pasado por el restaurante a eso de las cinco de la tarde. Ambos sabían que era la hora cuando casi ningún cliente había.
Y, ambos sabían, Dan iba con toda la intención de enterarse del “chisme del siglo” como le llamaban –los compañeros de trabajo– al tormentoso pasado de Ruby.
Pues ella no tuvo más remedio que contarle lo sucedido. Se sentaron en el pequeño espacio que les servía de comedor, en la parte de atrás del restaurante, más
allá de la cocina y cerca de la última salida de emergencia.
Ruby no sabía cómo iniciar la plática, pero una vez puesta en marcha, su lengua no pudo parar. En algún momento de la conversación, en el punto en que desde
que le había dado el anillo de compromiso y el pleito que habían tenido un mes antes de su rompimiento, Ruby se dio cuenta que necesitaba sacar todo lo que llevaba
dentro.
Una urgencia, casi morbosa, la hizo continuar casi hasta el final. Pronto ya no estaba hablando con Dan, tenía la mirada perdida y en un segundo ya no estaba
ahí, ni era el mismo tiempo. Había retrocedido cinco años atrás.
Caminaba a las diez de la noche, con su hermana al lado, por las desiertas calles. Sentía un poco de miedo, pero la adrenalina no la dejaba pensar.
— ¿Estás segura? —Preguntó Esme— ¿Deseas continuar?
Ruby no contestó, pero apresuró el paso. Fue cuando la vio. Aparcada a unos cien metros estaba la camioneta S10 de Emmanuel, rojo quemado, con manchas
verdes en el cofre y en el techo, Ruby la hubiera reconocido en la noche más oscura y con los ojos cerrados. Y un dolor en el pecho se apoderó de ella.
Había deseado dar la vuelta, seguir en la candidez de la ignorancia pero, no supo que la hizo continuar. Camino más aprisa, hasta estar a escasos diez metros de
la vieja camioneta. Justo antes de verlo cerró los ojos y rogó a Dios porque no fuera él. Esme se había quedado un poco atrás, como temiendo la reacción de Ruby, ella
también lo había mirado. Ruby no quiso saber más, se giró en redondo, pero la voz sorprendida de él la hizo volverse de nuevo.
— Ruby, ¿Qué haces aquí? —El muy cínico…
Una fuerza descomunal la invadió, había deseado atravesarle la cara de una bofetada, pero ella valía más que eso. No se iba a rebajar.
— No tienes vergüenza —dijo ella con un hilo de voz, no porque no tuviera fuerza para hablar, sino porque tenía miedo de sí misma y de lo que pudiera ser
capaz de hacer. No iba a hacer un escándalo mayor poniéndose a gritar. Aunque era eso precisamente lo que más anhelaba.
De un tirón Ruby se arrancó la delgada cadenilla de oro que pendía de su cuello, en ella estaba enganchado como colgante el anillo de compromiso que Emmanuel
le había regalado el día de san Valentín y se lo arrojó a la cara.
— No vuelvas a buscarme —le espetó ella y se giró, Esme ya la estaba esperando para marcharse a toda prisa de ahí. Ninguna dijo nada en todo el trayecto a
casa. Pero ambas sabían que Ruby deseaba con toda el alma que Emmanuel fuera en su búsqueda. Que la detuviera y la obligara a darse cuenta que todo era un mal
entendido.
Pero no fue así. Emmanuel no la siguió ni en ese momento ni después.
Se detuvo justo antes de revelar ese pequeño detalle que solo ella conocía. Ese detalle que jamás compartiría con nadie, ni siquiera con Emmanuel. Dan estaba en
silencio, totalmente conmocionado con la revelación. No había imaginado la intensidad del dolor de Ruby, ni la amargura con la que describía el pasado.
Ruby terminó el relato casi como si hubiera recitado el menú del restaurante. Se puso en pie, se despidió de Dan y se marchó del lugar. No avisó a nadie. No
pidió permiso. No dijo nada. Se fue en silencio, como autómata. Algo dentro de ella había muerto una vez más.
Sentía un hueco en su interior y un ardor en la garganta. Pero no pudo llorar. Tarde se había dado cuenta de que estaba vacía. Emmanuel era el único hombre al
que había amado y al que siempre amaría. Y seguiría así si él no llenaba ese vacío y aliviaba ese dolor.
Pero era algo casi imposible. Emmanuel no la amaba. Jamás la había amado.
Siguió sin rumbo hasta llegar al pequeño parque donde Emmanuel y ella solían pasar las tardes del domingo, tirados juntos en el césped, imaginando con un
futuro.
Se sentó en un columpio y empezó a mecerse, mientras los fantasmas del pasado llenaban su cabeza de dolorosos recuerdos.
Después de haber llegado a casa Ruby tomó las tijeras y se cortó el cabello, de tenerlo en la espalda baja quedó poco abajo de las orejas. Agarró una bolsa para la
basura y lo echó allí, junto a unos peluches, rosas secas, tarjetas y el vestido de novia que ya casi estaba terminado.
Tomó todo, y en un nuevo arrebato, a las doce de la noche, sola y con la cara manchada del rímel corrido por el llanto, salió a hurtadillas de su casa. Esme la
había dejado sola para que se tranquilizara, pero no había podido. En vez de eso, casi se había vuelto loca imaginando mil cosas.
Así que hizo lo único que a su parecer, y en ese estado de conmoción, era lo correcto, fue a casa de Emmanuel a tirarle en la puerta sus regalos y los planes de
boda. Pero ¿a quien quería engañar? Había ido con la esperanza de encontrarlo y que él la hiciera cambiar de opinión.
Grande fue su sorpresa al no encontrarlo. El rencor se apoderó de ella una vez más. Dejó todo en la entrada de la casa, junto a una amarga carta donde explicaba
lo que sentía y las razones por las que hacia lo que estaba haciendo.
Se fue a su casa, hizo una pequeña maleta, tomó sus ahorros. Despertó a sus padres y se despidió. Se fue a casa de sus abuelos por seis meses. En ese tiempo no
tuvo contacto con nadie en Brownwood, el lugar de donde había huido.
Por eso cuando había regresado fue una sorpresa enterarse de que Emmanuel ya no estaba viviendo en la ciudad. Él y toda su familia se habían mudado de ahí y
nadie sabía para donde.
Lo primero que hizo Ruby al regresar era encerrarse en su habitación. El haber regresado la había sumido en una depresión. Y no ayudó el hecho de que sobre su
cama se encontraba la bolsa de “basura” que ella le había ido a dejar a Emmanuel. La única diferencia era la carta sobre la almohada.
No era la que ella le había dejado a él. Era una que Emmanuel le había escrito a ella. Sus palabras estaban grabadas en su memoria. Ya no le hacía falta leer el
papel arrugado. Cada línea, cada trazo, cada letra, estaba en su mente y en su alma.

“No sé qué ha pasado, vine a buscarte en cuanto mi madre me entregó todas las cosas que dejaste en la puerta de la casa. No sé que hice mal. Perdóname.
Si necesitas tiempo para pensar, adelante. Si no estás lista para el matrimonio, puedo esperar.
Si estás segura de tu decisión, la respeto. Siempre ha sido así, lo sabes.
Si no quieres verme nunca más, ya no te buscaré. Tendrás que ser tú la que vengas a mí.”

Y el orgullo pudo más. Ella no lo buscó y él se había marchado. Tal vez eso era lo que el destino les deparaba. Y contra eso no se puede luchar.
Volvió en si al escuchar el timbre estridente de su teléfono móvil.
— ¿Hola? —Atendió ella.
— No sé quién te crees —la voz de su jefe se escuchaba histérica—, pero será mejor que estés aquí en menos de cinco minutos, o no te gustará lo que va a pasar.
Sin dejarla decir nada, cortó la comunicación. Eso era demasiado. Ruby había aguantado mucho y no se merecía ese trato. Aun cuando había abandonado el
trabajo sin decir nada.
Pero ¡se acabó! Estaba harta. Ese hombre iba a saber lo que era conocer a Ruby enojada.
Capítulo Seis

Llegó al restaurante mucho después que cinco minutos, ni siquiera había notado que había caminado casi cinco kilómetros. Cuando Ruby volvió, estaba fatigada
emocional y físicamente.
Entró decidida a renunciar, y esa determinación se reforzó al ver que en la caja estaba una señorita muy linda cobrando, torpemente, algunas órdenes. La chica de
cabello largo y castaño, muy parecido al que ella tenis antes, le sonrió al verla pasar al lado. Ruby le devolvió la sonrisa un poco desconcertada, nunca antes la había
visto.
Había supuesto, en los quince minutos que hizo en volver al trabajo, que Julia o Helen habían ido a cubrirla. Pero ninguna de sus compañeras estaba.
John la miró con cara de “te metiste en un lío” cuando atravesó el pasillo que separaba la cocina de la seudo-oficina de su jefe. Tocó tres veces la puerta antes de
que le invitaran a pasar.
El hombrecillo estaba sentado tras el escritorio contando una faja de billetes que se llevó al bolsillo. Ruby supuso que lo llevaría a depositar al banco, pues el
señor Donaldson, el dueño de la cadena de restaurantes, tenía casi siete meses que no se paraba por esa sucursal.
Su jefe levantó la vista sobre las gafas y la miró con cara de pocos amigos. No le dijo nada, pero le señaló una silla con la mano para que Ruby se sentara. Ella así
lo hizo, aunque deseaba seguir de pie, para no sentirse en desventaja.
— ¿Y bien? —dijo él quitándose las gafas de los ojos y tallándoselos con el dedo gordo e índice.
— Yo siempre lo he respetado, señor, pero…
— De eso no me cabe la menor duda, solo quiero una explicación convincente, a menos que quieras que te descuente el día completo.
— Yo siempre lo he respetado señor —inició de nuevo ella—, pero mi paciencia tiene un límite. Y ese límite lo he alcanzado hoy.
— ¿Qué quieres decir con eso?
— Que no va a ser necesario que me descuente el día. Quiero mi liquidación… estoy renunciando. —Agregó al ver que él no la seguía.
Al hombre le cambió la cara en un segundo. Paso de verla en un tono de reprimenda a una actitud conciliadora.
— No hay que apresurarse —El hombre la miraba directo a los ojos, tratando de intimidarla, supuso Ruby—. ¿Por qué quieres renunciar?
— Creo que es bastante obvio —Ruby no entendía el cambio de actitud de su jefe, hasta poco antes, pensó que la despedirían—. No soy buena empleada: le he
exigido que me respete el día de descanso, le he insistido en que me devuelva mi horario de trabajo, últimamente me he quejado por tener que salir más tarde que los
demás y hacer las cuentas, atender a proveedores, hacer la limpieza, en fin… tantas cosas y lo que es peor, hoy me he ido sin pedir permiso ni avisar por una cuestión
de índole personal.
Todo, exceptuando lo último, lo dijo con sarcasmo, aunque su jefe no se dio por aludido.
— Se que tienes razón en las cosas que dices —Ruby sonrió con ironía, casi le parecía cómico lo que estaba escuchando—. Pero, como ya te dije, no hay que
precipitarse. Tomate el día libre, descansa y mañana hablamos. No voy a descontarte el día de tu sueldo, anda, ve y descansa.
— Señor…
— No digas nada. Descansa. Piénsalo y luego hablamos. Sé que podemos llegar a un acuerdo favorable para ambos.
No hacía falta ser un genio para darse cuenta lo que su jefe estaba haciendo. No se le iba a ir una tonta como Ruby tan fácilmente. Ella hacia su trabajo, el de él y
prácticamente el de otros dos empleados más, sin quejarse y sin recibir ninguna gratificación extra. Pero no tenía ganas de discutir.
Se levantó y se marchó sin despedirse. Al pasar por la caja, se quitó la boina y la dejó en uno de los cajones. La chica que estaba cobrando en lugar de ella, se
acercó.
— Hola, soy Vivian —al ver que Ruby no le dijo nada y la miraba con cierto desconcierto la chica le volvió a sonreír—, soy la hermana de Laura, la esposa del
señor M acLean… el jefe…
— Claro —reaccionó Ruby, eran muy parecidas, solo que la otra, quien era la mayor, era rubia—. Nos vemos luego Vivian.
Se dio la vuelta y se marchó. Ruby no regresó a casa. Se quedó en el parque, pensando y recordando. Y trataba de imaginar que hubiera pasado con ella, si esa
noche no hubiera encontrado a Emmanuel. El destino solía ser cruel.
Quien iba a decir, que había decidido acompañar a su hermana por que estaban buscando a Bryan, el novio de ésta y en el camino se habían topado con
Emmanuel.
La vida tenía formas muy crueles de encararnos con el destino, y eso era lo que a ella le había pasado. M il veces pensó que hubiera sido mejor no haber salido
esa noche. Pero otras mil le recordaban que era mejor vivir desengañada, a estar atrapada en una vida falsa, llena de traición y engaños.
Casi al oscurecer se fue a casa. Repentinamente tenía enormes deseos de ver a Emmanuel, hablar con él y perdonarlo. Para así poder perdonarse a sí misma y
seguir adelante con su vida.
Estaba decidido. Nada mas desayunar al día siguiente, iría a buscarlo. Ya estaba bueno de andar huyendo. No era una niña. Además, ella no había hecho nada
malo. Solo deseaba que todo se aclarara para seguir adelante con su vida. Y respecto al trabajo… quien sabe, tal vez no debía renunciar. Al menos no aun, todavía no
recibía las utilidades de ese año. Estaban retrasadas desde mayo y necesitaba el trabajo.
Aunque todo eso lo decidiría en la mañana. Realmente necesitaba dormir.
Capítulo Siete

Una semana entera y aun no se había atrevido a buscar a Emmanuel.


Primero porque no había renunciado, ya que la actitud de su jefe había cambiado por completo para con ella. Era como al principio, como cuando había entrado a
trabajar dos años antes. Y aunque sabía que no podía dejar ese asunto aplazado por más tiempo y se había prometido buscarlo en su día libre, tampoco había sido
posible. Y segundo, porque, en su muy peculiar cabeza, se había instalado la idea de que, Emmanuel ya conocía donde trabajaba ella, y si él quería verla, iría a buscarla.
Con esa idea se le pasó toda una semana. Después recapacitó, y se dio cuenta de dos detalles: primero, era ella la que quería hablar con él para aclarar las cosas;
y segundo, Emmanuel había dejado muy en claro que tendría que ser ella la que lo buscara.
Así que, después de sacar la basura al callejón y lavarse las manos, se despidió de su jefe. Eran las 9:45 de la noche y ya había hecho corte de caja. Esperaba que
la situación siguiera así. Toda la semana el señor M acLean había ido al restaurante a recibir pedidos, atender proveedores, hacer las cuentas, y, lo más importante, cerrar
el negocio a tiempo.
Por ese motivo, Ruby se iba a casa quince minutos antes de la hora estipulada en el contrato. Hacía años que debía haber comprado un auto, pero el no saber
conducir la limitaba mucho. Entonces tendría que ir a buscar a Emmanuel sola, en la noche y caminando. Esta vez al llegar a la esquina, en lugar de seguir de frente una
cuadra más para girar a la derecha, giró a la izquierda.
No tenía ni idea de donde podría estar Emmanuel y su familia. Pero lo único que podía hacer en esa circunstancia era ir a la antigua casa de Emmanuel.
Irónicamente, llevaba años evitando pasar por ahí.
Pronto dejó atrás las transitadas calles céntricas y fue avanzando a la zona residencial, muy distinta del distrito donde ella tenía su apartamento. Si bien, la
familia de Emmanuel no era adinerada, si vivían acomodadamente desahogados.
Conforme avanzaba por la oscura calle, iluminada a cada cien metros por un tenue farol, sentía el nerviosismo fluirle por las venas. El algún momento sintió
como si alguien la observara, como si la siguieran, pero desechó la idea aun antes de haberse formado en su totalidad.
Esa era una mala costumbre en ella. M ientras se tratara de Emmanuel, no importaba si llovía, nevaba o era de medianoche, ella no sentía el peligro. En cualquier
otra circunstancia, jamás caminaría de noche y sola, por calles que llevaba años sin pisar. Pero en ese momento ni siquiera se daba cuenta. Una vez que ponía su mente
en Emmanuel, seguía adelante. Siempre había sido así y tristemente, no había cambiado en cinco años.
Llegó a la avenida Durham y dobló a la derecha, justo en la mitad de la cuadra, se erigía la casa de una sola planta. Ruby sintió como el corazón se le fue hasta la
garganta y sus pulmones se negaban a recibir oxigeno. Estuvo tentada a girar en redondo y huir una vez más. Pero algo dentro de ella, la impulso a seguir adelante.
Tal vez la sensación de que no se encontraría con Emmanuel. Por lo menos, no esa noche. La casa se veía, a pesar de la oscuridad, claramente deteriorada. Los
años habían hecho estragos en la casa, al igual que en el corazón de Ruby. Sonrió amargamente, esa fachada fue lo último de Emmanuel con lo que tuvo contacto.
La casa estaba a oscuras y colgaban telarañas del pórtico. Aun así, llamó a la puerta, no quería irse sin asegurarse que nadie estaba ahí.

Llamó tres veces y nadie contestó. Se giró para marcharse y, recargado en la puerta de la cerca de madera, estaba Emmanuel. No podía ver claramente su rostro,
pero la poca luz de la luna le iluminaba una parte de la cara. Y Ruby casi pudo ver algo en su rostro. ¿Esperanza, quizás?

* * *

Emmanuel llevaba una semana vigilando a Ruby. Se sentía mal por ello, pero no podía evitar sentir la necesidad de verla. Aunque fuera de lejos. Sabía que no
estaba bien pero, temía que si la enfrentaba directamente, ella volviera a huir. Parecía que era una costumbre que se le había arraigado con los años.
Todos los días ella hacia exactamente lo mismo. Toda la mañana la pasaba en su apartamento; poco antes de las dos de la tarde salía aprisa hasta el restaurante.
El cual Emmanuel ya había comprobado, era el trabajo de Ruby. Se la pasaba el resto del día ahí, limpiaba mesas, limpiaba vidrios, barría, cobraba y ocasionalmente
atendía mesas. Cuando la noche llegaba, caminaba sola las pocas cuadras que la separaban de su casa.
Prendía la luz, abría las cortinas de la ventana para que entrara un poco de frescor de afuera, suponía él, y la veía caminar de cuarto a cuarto. Durante diez
minutos, o poco mas, no se veía por ningún lado. Después reaparecía con el cabello mojado y cruzaba hasta la otra habitación. Con un plato en la mano, Ruby se iba a
acostar.
Y así era todos los días.
Por eso le pareció sospechoso, cuando esa noche, en lugar de seguir el camino acostumbrado a casa, había girado a la derecha en la esquina del restaurante de
hamburguesas.
En todo el tiempo que la estuvo siguiendo, nunca estuvo tan justificado su comportamiento como en ese momento. Algo grave debía haber pasado para que
Ruby hiciera tal tontería, como caminar por las desiertas calles a oscuras. Cualquier cosa podría pasarle. Desde un automovilista ebrio hasta un intento de asalto. Esas
calles ya no eran seguras como antes. Y una mujer sola y hermosa, corría mucho peligro.
La estuvo siguiendo a una distancia prudente, para que ella no notara que estaba tras ella.
Cuando giró a en la avenida Durham, supo a donde se dirigía ella. Desde que la había visto unos días atrás, la noche que salió corriendo, se había estado
preguntando si ella lo había buscado, o si ahora lo buscaría. Y viéndola dirigirse a su antigua casa, supo que ella había decidido ir a buscarlo.
No supo definir qué era lo que había sentido al enfrentarse a ese descubrimiento. Nunca había sido bueno en lo que a sentimientos se refería. Así que no sabía
que sintió.
La vio dudar antes de llegar al cercado de madera que bordeaba la casa. Pero solo fue por un segundo, siguió adelante. Cruzó la portezuela y llamó a la puerta.
Obviamente no recibió respuesta. Esa casa llevaba años vacía y ya no vivían en ella.
Cuatro meses antes, en la semana de pascua, habían regresado a Brownwood, porque su abuela, la madre de su padre, había enfermado y, él y Sebastian estaban
con ella. Primero había sido Sebastian el que había llegado, se suponía que solo serian las vacaciones de Semana Santa. Pero se había enamoriscado de una vecina de la
casa de su abuela y no había querido regresar a San Antonio, una ciudad a más de trescientos kilómetros de Brownwood. Lo suficientemente lejos como para olvidarse
completamente de Ruby. Así que Emmanuel no había tenido otro remedio que dejar el trabajo y sus ocupaciones para ir a por Sebastian, ya que su madre estaba
desesperada por que su hijo regresara a casa. No quería que estuviera en Brownwood. Ahí estaba la familia de aquellos que habían matado a su padre.
Tristemente había sido unos días después de que Ruby rompiera su compromiso. Por eso no había podido ir a buscarla. Ahora, viéndola ahí parada, en la
oscuridad y bajo las telarañas del pórtico, se preguntaba si había sido un error o un acierto.
No tuvo tiempo de responderse a esa pregunta. Justo entonces Ruby se giró y lo observó con un gesto de sorpresa. Casi pudo verla sosteniendo el aliento. Lo
que tanto tiempo había esperado se estaba cumpliendo.
Ahí estaban ellos dos, frente a frente. Y no había lugar a donde huir.
Capítulo Ocho

Lo vio acercarse y fue como en antaño. Dicen que cuando uno va a morir, toda su vida pasa por delante de los ojos. Seguramente la relación fallida, de Ruby y
Emmanuel, iba a morir, pues en cuestión de segundos, los cinco años que habían pasado juntos estallaron en imágenes dentro de su cabeza.
Y, para mala suerte de Emmanuel, los recuerdos se detuvieron justo en la cumbre del dolor: cinco años atrás.
Una furia ciega llenó a Ruby al punto de tener que apretar las manos para que dejaran de temblarle. Ruby no se esperaba una reacción tan violenta de sí misma.
Si le hubieran preguntado quince días antes que haría si se volviese a encontrar con Emmanuel, hubiese contestado que lo habría ignorado.
Pero, no sucedió eso ni cuando la atrapó en el aire dentro del restaurante ni en este momento. Emmanuel se detuvo antes de subir el primero de los tres peldaños
que separaban el pórtico del suelo. Eso le dio ventaja a ella respecto de la estatura de él. Emmanuel le salía por lo menos con veinticinco centímetros.
— Tanto tiempo —dijo él y Ruby sintió como si fuera una ofensa.
No sabía qué actitud traía él, pero definitivamente si sabía con qué actitud le iba a responder ella.
— M e debes algo —comentó ella obviando el comentario anterior.
— No creo deberte nada —él se recargó en el pasamanos de la exigua escalera con los brazos cruzados—. Creo, mas bien, que eres tu quien debe explicaciones.
Antes de siquiera pensar en lo que estaba haciendo, Ruby levantó la mano derecha y con el dorso le estampó tremenda bofetada en la mejilla. El sonido
estridente duró retumbando en sus oídos mucho tiempo después de eso. Emmanuel ni siquiera se inmutó, solo ladeó la cara mitigando la violenta velocidad del golpe.
— ¡Dame otra! —Fue lo que él dijo al recomponer la postura.
No se lo dijo dos veces. Esta vez le cruzó la otra mejilla con la palma de la mano. La cara de estupefacción de Emmanuel, le confirmó a Ruby que no esperaba
que ella le tomara la palabra.
— Es la única vez que te permito que hagas esto. —Lentamente se tocó las dos mejillas con una sola mano.
Un segundo después, Ruby se arrepintió. Pero no había marcha atrás, lo había golpeado. Ni siquiera podía mirarlo a la cara. No supo por qué lo hizo… bueno,
sí. Llevaba años de frustración y dolor. Primero, el saberse traicionada le había roto el corazón. Después, durante los seis meses siguientes a la ruptura, ella esperaba que
él la buscara. No había que ser un genio para imaginarse a donde había ido a refugiarse Ruby.
Posteriormente a eso, el despecho de comprender que Emmanuel, había preferido tirar a la basura todo lo que habían vivido. Ni siquiera se tomó la molestia de
tratar de hacerla cambiar de opinión.
Y luego, su tremenda imaginación. Ya lo había visto, mentalmente, mil veces con aquella morena de labios pintados de rojo brillante. Seguro había tenido
suficiente tiempo estando con esa, como para tratar de aclarar las cosas con ella. Tal vez, hasta Ruby al dejarlo, les había hecho un favor.
Como lo odiaba. Sentía el rencor resumirle por la garganta hasta los ojos. Le ardieron, pero no se permitió llorar. Ya había llorado demasiado. Lloró hasta
quedarse afónica. Lloró hasta que los ojos le ardieron. Lloró hasta quedarse sin lágrimas. Y después de eso… siguió llorando.
Pero el tiempo pasó y aunque no sanó las heridas si las anestesió. O por lo menos en eso había creído Ruby.
Al ver que él subió al segundo escalón, Ruby trato de huir de ahí. Pero Emmanuel fue más rápido.
— No, señorita —él la detuvo de un brazo, ejerciendo mas fuerza de la necesaria, Ruby sintió que la tela de su blusa roja se enterraba en su piel tras la presión
—. Esta vez no vas a salir corriendo. Tú ya te cobraste lo que hayas creído que yo te debía, ahora es mi turno.
Si Ruby creyó que la tomaría entre sus brazos y la besaría a la fuerza, haciéndola desear más y abandonarse a sus caricias para hacerla recapacitar… No pudo
estar más equivocada.
La arrojó con desprecio al polvoriento piso. Cayó sin gracia, como lo haría un pedazo de pan duro. Una nube de polvo la envolvió mientras levantaba las manos
para limpiárselas. Ruby no cabía de indignación ¡como se atrevía ese salvaje! Tristemente se dio cuenta de que ni siquiera podía articular palabra. Lo intentó pero nada
salió de su boca.
— Yo venía en son de paz —le aclaró él—, pero acabas de declararme la guerra. Sabes lo que odio la violencia, y… por Dios, si que golpeas fuerte.
Era una ventaja estar en la oscuridad. Ruby sentía el rubor quemarle el rostro. No podía pensar en otra cosa que no fuera Emmanuel devolviéndole las bofetadas.
Dijo que iba a cobrarse ¿no?
— ¿Quieres golpearme? Anda, no voy a meter las manos —dijo ella con la poca dignidad que le quedaba.
— De sobra sabes que jamás lo haría. Yo si tengo educación.
Una bofetada con guante blanco. La vergüenza se esfumó como por arte de magia y el coraje volvió a latir en las venas de Ruby.
— Pues recuerdo bien que, en el pasado, mi falta de educación no te molestaba mucho que digamos.
— Exactamente, en el pasado, ya lo dijiste tú.
Qué bueno era para hacerla polvo con las palabras.
— Estoy cansada y quiero dormir. Así que si te vas a cobrar algo, hazlo de una vez. No tengo tiempo para ti.
— ¿Ah no? Porque pensé que habías venido a buscarme.
M aldita sea, la había pillado. Pero primero muerta, antes de confesar que había ido con la idea de hacer las paces y “perdonarse” mutuamente.
— Solo vine a pedirte que me dejes en paz —la cara de él no pudo haber proyectado mas sorpresa—, ya te olvidé y quiero vivir mi vida como antes. No sé a
qué demonios has regresado.
— Así que ya me olvidaste —por la cara de él pareció que no la había creído— mira, pequeña arrogante come–corazones de incautos, no sé qué te has creído,
pero no regresé por ti.
“Arrogante come–corazones” eso lo iba a pagar. Emmanuel iba a saber lo que era la artillería pesada.
— Pues preferible ser arrogante y come–corazones que falso, embustero y mal amante. —Si algo sabía Ruby que le dolía a Emmanuel, era el orgullo. Y si se
refería a lo sexual, mucho peor.
Emmanuel enmudeció por varios segundos.
— Ni siquiera voy a responder a eso. Eso me pasa por tratar de ser caballero y no dejarte aquí, en la noche, sabiendo que no hay nadie en la casa —se dio la
vuelta y bajó los escalones a trompicones, casi al llegar a la verja él se devolvió—. Una cosa más, creo que mejor si respondo: no es que yo sea mal amante, el problema
eres tú. No tengo la culpa de que seas frígida y no sepas disfrutar.
Dicho esto, se marcho a toda prisa, sin dar tiempo a Ruby de formular una contestación ingeniosa, que dejara por los suelos la pedantería de Emmanuel. Ella no
era frígida, y en la primera oportunidad lo iba hacer tragarse sus palabras.

* * *

M aldita mujer. Siempre sabía cómo sacar lo peor de él. Pero esta vez había llegado demasiado lejos.
Emmanuel caminaba enojado, casi echaba humo por las orejas. Ni siquiera sabía por qué seguía obsesionado con ella. Hacía demasiado que se había convencido a
si mismo que olvidarla era lo mejor. Pero no podía. Siempre se preguntó por que ella había roto su compromiso, y por qué no lo buscó cuando le regresó las cosas y
llevó la carta.
Todavía meses después, esperó a que devolviera alguna de las llamadas y los miles de mensajes de texto que había enviado a su móvil.
Pero se cansó de esperar. Además su madre ya no quería seguir viviendo ahí, después de lo ocurrido con su papá. No quería que si los asesinos de su padre
salían de la cárcel, ellos estuvieran cerca.
Así que la que tenía la culpa de lo ocurrido cinco años atrás, era ella. Ella había tirado por la borda todo lo que tenían juntos. Y además se atrevía a decir que era
mal amante ¡Já! Seguro que después de él, Ruby jamás tuvo uno tan bueno.
Se paró en seco. No quería pensar que Ruby había estado con otros después de él. Sacudió la cabeza y siguió su marcha.
Para colmo de males, tenía que caminar de regreso a donde había dejado estacionada su Land Rover. Siguió andando hasta llegar a la camioneta. No debería
haberla dejado sola, pero en estas circunstancias dudaba mucho que lo dejara acompañarla.
Se avergonzaba de haberla dejado caer en el piso del pórtico. No había sido su intención lastimarla al soltarla. Simplemente ella se había jaloneado cuando él la
tenía sujeta del brazo, y la inercia y la misma gravedad hicieron el resto del trabajo.
Pero casi le daba un paro cardiaco cuando ella dijo que la dejara en paz en su trabajo. ¿Acaso lo había visto espiándola? Esperaba que no.
Prendió la marcha y salió como alma que llevaba el diablo. Ya no la buscaría, por Dios que no. Además ella había dicho que lo había olvidado.
Aunque la idea de hacerla tragar sus palabras en la primera oportunidad, lo seducía demasiado.
Sonrió para sí mismo mientras empuñaba el volante del coche. Estaba decidido, le iba a enseñar que no era ningún mal amante. La iba hacer arrepentirse de haber
dicho esas palabras ¡Eso seguro!
Capítulo Nueve
JULIO

Todo el día había estado triste. Era esa clase de días que por que una mosca vuele te dan ganas de llorar.
Sabía que día era, y no quería pensar en el pasado. Ruby pasó el trapo para limpiar una de las mesas. Últimamente estaba muy melancólica. Llevaba más de un
mes sin saber de Emmanuel. Pero, irónicamente, no había dejado de pensar en él en todo ese tiempo.
Lo amaba y lo odiaba en la misma medida. Empezaba el día pensando en él, no se concentraba pensando en él, se dormía con él en el pensamiento y soñaba toda
la noche con él.
Ya no podía seguir así. Ya no podía seguir viviendo en ese drama. Sentía que su vida no tenía sentido. Y a menos que aclarase las cosas con Emmanuel, ya no
podría seguir en paz.
Incluso llevaba ese tiempo pensando seriamente en que se estaba volviendo loca. ¿Cómo era posible amar y odiar a la misma persona al mismo tiempo? Era
ilógico. Un día no quería volver a verlo nunca más, otro día deseaba verlo suplicando perdón a sus pies y al día siguiente, solo quería volver a besarlo, que las cosas
estuvieran como antes. Como cuando iban a casarse.
Cerraba los ojos y podía sentir la tersa piel de su espalda, su respiración ahogada contra el cuello de ella, el cosquilleo en la punta de los dedos al acariciar su
nuca, el roce de su incipiente barba contra su mejilla, el peso de su pectoral contra sus senos desnudos, el vaivén de sus cuerpos alcanzando la gloria.
Era como oler el paraíso y no poder entrar en él. Emmanuel y ella siempre fueron el uno para el otro y al hacer el amor era lo que desprendían del cuerpo. No era
solo sexo o simple química, era la necesidad de estar tan fundidos el uno en el otro que no se supiera donde empezaba ella y donde terminaba él. Era una conexión más
allá que física, donde no se necesitan palabras, solo simples susurros de amor al oído.
¡Como lo amaba! Ni un ápice había cambiado en ella. Y se arrepentía, ¡oh claro que se arrepentía! Se arrepentía de haberlo abofeteado el mes pasado y se
arrepentía de haberse marchado cinco años atrás.
Ruby estaba marcada a fuego por la piel de Emmanuel. Ningún otro podría hacerla sentir lo que él. Por eso no entendía que la hubiese llamado frígida. Ella sentía
y ¡cómo sentía! Era cuando se daba cuenta de cómo lo amaba.
Pero tres minutos después, recordaba lo que había pasado. Fueron tantas cosas, pequeños detalles, que se fueron juntando y que hicieron que la confianza de ella
en él se esfumara.
Las constantes desapariciones, las llamadas a deshoras de mujeres que ella no conocía, que últimamente él estuviera bebiendo demasiado, que la dejara plantada
en los compromisos que ella tenía y que lo había invitado, que por últimas fechas ya no se veían como antes.
Ruby se lo achacó a los nervios de la boda. Pero la noche que rompieron, Emmanuel estaba en el auto con otra mujer, ella se bajó del coche acomodándose los
senos bajo la blusa. Ruby se giró y caminó unos pasos, fue cuando escuchó la voz de Emmanuel llamándola, al voltear la morena había desaparecido.
Y había creído que lo que había visto era mentira, sino fuese por que, días atrás, había encontrado un video en su móvil. El video había sido grabado por la mano
de Emmanuel, en el se veía a una desnudista bailando frente a él y a otros cuatro chicos.
Ruby se convenció de no enfrentarlo, se obligó a pensar que era la despedida de soltero y que, aunque había encontrado el video por error, seguro Emmanuel se
molestaría si pensaba que ella lo estaba espiando.
Así que no dijo nada del video. Pero lo de la mujer y en plena calle, aun cuando estuviese oscuro, era por demás humillante y doloroso. Significaba que para él,
ella no era lo mismo que él para ella. Él no la amaba. Y así, no tenía caso continuar.
Era cuando lo odiaba.
Luego recordaba los días de llanto, los meses de espera y los años de soledad y sufrimiento, y era cuando lo quería de rodillas suplicando perdón.
Pero luego recordaba su mirada al pedirle matrimonio y su aliento sobre sus labios al susurrarle:
— Di que sí.
Y sentía que lo volvía a amar. Era masoquista, lo sabía. Era como si Emmanuel fuese dos hombres distintos. Uno, aquel que era durante cinco años de noviazgo,
dulce, encantador, capaz de esperarla hasta las nueve de la noche en la escalera fuera del colegio para acompañarla a casa y otro, aquel que la había destrozado unos
pocos meses antes de la boda.
Y no sabía cuál era el real. Si el real era el infiel mentiroso o el encantador amante que la hacía vibrar.
Una lágrima cayó sobre la mesa. 31 de Julio, habrían cumplido once años juntos. Pasó el trapo lo más rápido que pudo y en un tirón la gota había desaparecido
bajo la tela de algodón.
— Ruby —le interrumpió Dan—, no quiero interrumpir la novela de tu vida, pero el jefe nos llama a la oficina a todos.
Ruby hizo caso omiso al comentario de Dan, no supo si lo había dicho en tono de broma o reprimenda, pero le daba igual. Sabía que Dan no le contaría nadie lo
confiado por ella.
— Voy en un segundo —dijo tallándose los lagrimales para desaparecer cualquier rastro de humedad de sus ojos.
Vio como Dan puso el letrero de “cerrado” en el local y ella se acomodó el pelo bajo la boina. Llegó antes que él a la oficina del señor M acLean.
Estaban presentes todos los del turno y dos chicas mas, una era la hermana de la esposa del señor M acLean, Ruby no recordaba el nombre y la otra, era una más
joven, muy parecida a ella, así que debía ser la otra hermana.
— Algunos ya conocerán a Vivían —dijo el jefe, señalando a la joven que saludo con un movimiento de mano—, es hermana de Laura, mi esposa y ella es Renne,
también es su hermana. A partir de mañana, ambas trabajaran aquí.
Todos se quedaron de piedra, Ruby ni siquiera sabía que estaban necesitando personal, pero nadie dijo nada al respecto.
— Pueden volver a sus labores, solo quería que estuvieran informados de que ellas estarán aquí. — despidió a los presentes moviendo la mano.
— Ruby —el jefe le habló y ella detuvo su marcha— no te vayas, necesito hablar contigo.
— ¿Sucede algo?
— Nosotras nos vamos, cuñado —dijo Renne, la más joven de las hermanas y ambas se despidieron del jefe con un beso en la mejilla.
— ¿Para qué me necesita? —Volvió a preguntar Ruby.
— Se que me habías pedido cambiar de turno con Julia para iniciar clases en agosto. Pero no voy a poder darte el cambio.
— ¿Por qué no? —Ruby frunció el ceño visiblemente, hacia meses que había pedido el cambio al turno de la mañana para poder ir a clases, deseaba retomar sus
estudios y había pensado empezar ese mismo ciclo escolar.
— Sabes que Julia tiene una niña pequeña y necesita trabajar en la mañana, apenas ayer me pidió salir un poco más temprano, pues la señora que recoge a su
hijita en el preescolar no iba a poder pasar por ella.
— Entiendo —dijo Ruby, aunque la verdad era que no lo entendía.
— Espero que no te molestes.
— No pasa nada —pero pasaba, y mucho.
El jefe debió notar su malestar, por que cuando Ruby estaba a punto de alcanzar el pomo de la puerta para salir de la oficina, la detuvo nuevamente.
— ¿Sabes? Podrías hablar con ella, seguro llegan a un acuerdo.
— Si. Seguro.
Ruby salió de ahí. M ás indignada que molesta. Al día siguiente, lo primero que haría sería tomar el periódico y buscar un nuevo empleo. Estaba harta del trabajo
y de su jefe.
Y el día estaba por empeorar.
Sentado en una de las mesas, junto a una castaña despampanante estaba Emmanuel, riendo de lo lindo, tomándole la mano y dejando que ella le acariciara la nuca,
¡era un gesto que ella le hacía a él!
Seguro la venganza por haberlo llamado mal amante estaba iniciando. Ruby deseaba creer eso, pero verlo ahí, tan alegre y quitado de la pena, en un día que era
especial para ella, la lastimó de verdad.
Emmanuel no tenía corazón.
Capítulo Diez

Aunque le doliera el pecho como si se lo hubieran atravesado con un arpón, Ruby no pensaba demostrarlo.
Caminó erguida hacia su puesto de trabajo, no pensaba darle el gusto a Emmanuel de verla huir de nuevo. No señor, esos días se habían acabado en ese instante.
Pasó a un lado de ellos y les sonrió, como si fueran cualquier otra pareja que pasa a comerse una hamburguesa. ¡Ojalá engordaran!
Emmanuel pareció sorprendido al verla, seguro no se esperaba esa reacción de ella. En el pasado, y no muy lejano por cierto, Ruby hubiera ido a enfrentarlos.
Tal vez incluso les hubiera hecho correr del lugar.
Pero parecía haber exorcizado sus demonios. Sonreía de una manera dulce, aunque un tanto melancólica.
Ella se sentó tras la caja registradora y se puso a acomodar cosas. El temblor en sus manos la delató. Seguro se estaba muriendo de coraje. A Emmanuel le daba
gusto su reacción, significaba que él no le era tan indiferente como ella quería hacerle creer.
Era la quinta vez que Ruby acomodaba los servilleteros, cuando Dan se le acercó, llevaba la orden de Emmanuel y su acompañante en las manos.
— Lo siento —le dijo—, estabas en la oficina cuando llegaron y no pude prevenirte.
— Déjalo. M e suponía una reacción así de él. Sigue siendo un niño.
— ¿Quieres que…?
Dan no pudo terminar la pregunta por qué Emmanuel lo interrumpió. Ruby estaba tan concentrada mirando una mancha en el mostrador, intentando ocultar su
mirada, que no lo notó pararse y dirigirse hacia donde estaban ellos.
— Supongo que es mi orden —obviando que él y su acompañante eran los únicos en el lugar.
— Así es —contestó Dan— puede pagar la orden a la señorita.
Dan fue hacia la mesa y dejó la charola frente a la chica. M ientras Emmanuel sacaba un par de billetes y los ponía en la mano de Ruby. Intencionadamente le
sostuvo la mano demasiado tiempo, pronto el contacto se convirtió en una caricia.
Ruby tardó en reaccionar, disfrutaba del tacto de Emmanuel, aunque fuese efímero. Pero cuando cayó en cuenta que la chica que lo acompañaba los observaba,
retiró de golpe la mano, casi como si le quemara.
— Necesitamos hablar —dijo él.
— Ya lo hemos hecho. ¿Lo olvidas?
— No, pero necesitamos hablar, sin golpes ni insultos.
Ruby sonrió triste y el gesto desapercibido para ella, hizo que un pinchazo le diera a Emmanuel en el corazón.
— Yo creo que ya no tiene caso hablar. Cualquier cosa que teníamos por decir ya lo hemos dicho. Y lo que no se dijo, ya se lo llevó el tiempo.
Hasta hace unos minutos, Ruby deseaba con toda su alma hablar con él. Llegar a un tipo de acuerdo. Así que lo que salía de su boca, no era realmente lo que
sentía. Tal vez lo hacía por querer verlo suplicar. O tal vez lo retenía platicando para encelar a la castaña, que los veía por demás intrigada.
Intrigada, más no celosa.
— Te equivocas Ruby, hay mucho que tengo por decirte, y también tengo tanto que quiero saber de ti. —Él trató de tomarle la mano de nuevo, pero ella no se lo
permitió— Si realmente ya me olvidaste, no te importará ayudarme a hacer lo mismo.
En ese instante Ruby no entendió la magnitud de las palabras de él. Estaba más ocupada mirando intermitentemente y de soslayo a la chica que los observaba
con un muy mal fingido desinterés.
— No lo sé.
— Sabes que no te voy a suplicar. Necesito que me ayudes a entender muchas cosas. Pero si no quieres no te obligaré.
— Está bien —Aceptó ella con un sonoro suspiro, aunque muy en el fondo de si, ella sabía que no podía decirle que no— el próximo jueves es mi día libre. Nos
vemos en el parque donde solíamos ir a pasear.
— ¿A qué hora te viene bien?
— A las… cinco. —Ruby ni siquiera lo pensó, estaba muy concentrada viendo como la chica castaña, totalmente opuesta a ella se ponía en pie para dirigirse a
con ellos.
— Disculpe —interrumpió la mujer—, nos podría poner esto para llevar, creo que se está enfriando.
— Claro —respondió Ruby y puso las hamburguesas en un contenedor de plástico—, que tenga un buen día.
Emmanuel ya no habló, pero sonreía. Solo Dios sabía que cosas pasaban por la cabeza de él. Pero era obvio que cualquier cosa que estuviera pasando, a la
castaña no le gustó. Pues se lo llevó de ahí antes de que ellos terminaran la conversación y él no hizo ningún esfuerzo por oponerse.
Cuando la pareja hubo cerrado la puerta al salir, Ruby soltó el aire que aun contenía en los pulmones. Le dolía respirar y sentía que algo caliente le corría desde la
garganta hasta el vientre.
No quería hacerse ilusiones, seguro Emmanuel solo quería aclarar las cosas para dejarla ir, como ella misma ya había pensado antes.
Y seguro la castaña le tenía atrapado hasta con los dientes. La vio sonreírle, repegarse un poco a su brazo derecho y tomarle de la mano.
Él ya había rehecho su vida. ¿Qué esperaba ella? ¿Que aun estuviera esperándola, después de cinco años? Que tonta, era lo que ella llevaba haciendo.
Capítulo Once
AGOSTO

La ansiada espera por ver a Emmanuel era agotadora. Ella misma había puesto la fecha. No se paró a recapacitar que, siendo ella como es, estaría obsesionada
con ese pensamiento hasta estar frente a él.
Un día pensaba en despedirse de Emmanuel, otro día pensaba que era mejor quedar como amigos, y los demás días, no podía reprimir el deseo de volver a
retomar su relación.
Tal vez no donde la habían dejado, pero si en un punto donde ambos estuvieran cómodos. Ella tenía que volver a creer en él y él tenía que amarla.
Así que si la castaña “amiga” de Emmanuel era más que su amiga, ese último pensamiento sería imposible.
Un carraspeo recurrente la sacó de sus cada vez más extensas ensoñaciones. Últimamente su trabajo dejaba mucho que desear, pero es que realmente no podía
concentrarse pensando en Emmanuel. No podía evitar anhelar volver a estar entre sus brazos. Seguro todo lo pasado tenía una explicación. M enuda hora para llegar a
esa conclusión.
Ruby debió haber llegado a ella cinco años, cuatro meses y diecisiete días antes. Pero lo único que no tenía remedio en ésta vida era la muerte. Así que seguro
Ruby sería más feliz después de aclarar todo con Emmanuel.
— Hola —dijo Vivian—, ¿No vas a trabajar todavía?
— Aún no empieza mi turno. —Se defendió Ruby.
Ella sintió la pregunta de la chica como un ataque. Desde el fin de semana pasado las cuñadas de su jefe se la llevaban a todas horas en el local del restaurante. Ni
a Ruby ni a los demás trabajadores les quedaba muy claro para qué habían sido contratadas.
No ayudaban en prácticamente nada y lo que era peor, Ruby había tenido que quedarse los últimos cuatro días a esperar que su jefe llevara a sus cuñadas a casa.
Pocos minutos antes de cerrar le decía a Ruby que tenía que llevarlas, vivían lejos y era demasiado tarde para que se fueran solas. Así que en lugar de terminar de hacer
las cuentas y luego llevarlas, a su jefe se le hacía más práctico llevarlas primero y dejar a Ruby sola en el restaurante. Encerrada.
Así se quedaba ella, esperándolo a que llegara para hacer el corte de caja, la entrega de las ganancias del día y poner el fondo de dinero para la cajera del turno de
la mañana. Desde que Ruby había dicho que quería renunciar, ya no la dejaba hacer las cuentas a ella sola, su jefe tenía que estar presente. No es que Ruby le
incomodara, de hecho le parecía mejor. Pero no podía evitar tener el pensamiento de que algo no marchaba bien.
Realmente para Ruby, más que una ayuda ese par de chicas era un incordio. Pero su educación le prohibía portarse grosera con ellas. Además, seguramente solo
estaban siguiendo órdenes. Y Ruby sospechaba que era órdenes de la señora M acLean y no del señor M acLean.
— Entonces… —carraspeó de nuevo Vivian para hacerse notar una vez más— ¿No es hora ya de que empieces a trabajar?
Ruby miró el reloj que colgaba de la pared, justo debajo de la puerta, lo hizo intencionadamente lento.
— Es la una con cincuenta y dos minutos. M i turno empieza a las dos de la tarde.
— ¡Pues qué bien! —Exclamó la joven— así tenemos unos minutos para charlar.
Como si no tuviera suficiente ¿de qué querría hablar ella? Si ni siquiera eran amigas, o conocidas al menos.
— Pues… te escucho. —Le dijo Ruby sentándose en una de las mesas frente al ventanal.
— No tengo ningún tema de conversación en especifico —no sabía por qué, pero Ruby no le creía—, solo era para hacer menos larga la espera.
— Ah, y ¿Cómo de que hablaríamos tú y yo?
— No sé. De lo que quieras.
— ¿Te has dado cuenta de que la salsa cátsup viene más espesa que antes? —Ruby lo hizo con toda la intención de hacerla desatinar— Digo, antes era más
líquida.
Un respingo de fastidio le avisó a Ruby que había dado en el clavo con esa chica. Se traía algo entre manos.
— Pues no. No lo había notado.
Vivian giró un poco la cabeza y miró hacia la caja registradora. Su cuñado y Julia hacían las cuentas para pasarle la caja a Ruby. M ientras Helen seguía cobrando
en una nueva caja que habían instalado dos días antes. Ruby había pensado al principio que sería para que las cuñadas cobraran, incluso se había hecho ilusiones de salir
más temprano. Pero no fue así. Solo era para agilizar el corte de caja y que la clientela que asistía a esa hora al restaurante, no esperara demasiado para pagar.
— ¿Sabes que si he notado?
— No, ¿Qué?
— Creo que Julia usa la falda demasiado corta. ¿No te parece?
Así que por ahí iba la cosa.
— La verdad, no. Siempre la ha usado igual, desde que entré a trabajar aquí. Ni más larga ni más corta.
— ¿No le molestará a su novio? Digo, si es que tiene.
— La verdad, tampoco sé. No acostumbro a meterme en las vidas ajenas. Y si me disculpas…
Ruby no terminó la frase, con una sonrisa fingida se levantó de la silla y se encaminó hacia la caja, Julia le había hecho una seña para que se acercara. Ya habían
terminado el corte y Ruby debía trabajar.
Trató de hacer un esfuerzo por concentrarse en su trabajo. Pero todo el turno, se la pasó pensando en Emmanuel.
Ya prácticamente se había convencido de que todo se arreglaría, cuando llegó la chica que había acompañado a Emmanuel días atrás.
La castaña despampanante, con ojos grises, cabello largo liso, un metro ochenta de estatura, con una cinturita entallada en unos pantalones ajustados y una boca
de corazón pintada de un rojo traslúcido. La hacía verse como una muñequita delicada, a pesar de su estatura.
Se paseó contoneándose por el ancho del restaurante, se paró justo frente a Ruby, puso un bolso rosa a juego con sus zapatillas, sobre el mostrador y le sonrió
tan dulcemente que ha Ruby se le retorcieron las tripas.
Era tan hermosa y, seguro era culta e inteligente. Dios, Ruby si sentía celos.
Capítulo Doce

Ruby se sentía temblar como una hoja al viento. Por fin, el día había llegado. Años, meses, días, y bastantes horas, tarde. Pero, como alguien alguna vez dijo: No
hay día que no se llegue ni plazo que no se cumpla.
Tomó la barra de lápiz labial y lo pasó tres veces sobre sus labios antes de ponerle la tapa de nuevo. El rímel lo había aplicado cinco veces antes de decidir que
era demasiado, se lavó los ojos y los volvió a maquillar. El polvillo del colorete tenía reflejos luminosos que destellaban en sus mejillas reflejando la luz del sol que se
colaba por la ventana.
M iró el reloj en su muñeca y vio que eran pasadas las cuatro. Aun quedaba poco menos de una hora, y el camino al parque le tomaría por lo menos veinte
minutos. Se echó un último vistazo al espejo y sonrió.
Una última pasada del cepillo no le haría daño, así que lo tomó y lo hizo. Un último brochazo de colorete tampoco. Así que lo abrió de nuevo, al hacerlo, el
polvillo suelto cayó al piso, pero se desvaneció en el aire antes de tocar suelo.
Se aseguró de no parecer un payaso antes de salir, y comprobó que no. El maquillaje no resultaba recargado, a pesar de haberse puesto varias capas y llevar más
de una hora en ello.
Quería verse linda, glamorosa y elegante. Como Anna, la “amiguita” de Emmanuel. Recordaba lo que ésta le había dicho cuatro días antes y no podía evitar que
se le retorciera el estómago.
La mujer solo había ido para dejarle en claro que Emmanuel ya no era el joven soñador que ella algún día conoció.
— Ha madurado, —le dijo Anna— y tiene un futuro prometedor. Tu solo… como decirlo sin ofender… le estorbarías en el camino.
Ruby tuvo que tragar grueso y apretar los puños para no abofetearla a ella también. Sintió un nudo en la garganta, dolor, decepción y humillación. Anna la
consideraba poca cosa para él.
— Eso lo decidiremos él y yo. —Había contestado Ruby cuando la voz volvió a su garganta.
Y de una manera demasiado educada como para no ser sarcástica, Ruby había invitado a Anna a que se retirara de su lugar de trabajo. La mujer así lo hizo.
— No olvides todo lo que te he dicho —dijo Anna antes de tomar su bolso del mostrador, se acercó a Ruby y se despidió de ella dándole un beso en la mejilla—.
Seguro que si lo piensas, llegas a la misma conclusión que yo. Y si aun quieres a Emmanuel, harás lo mejor para él.
Un truco demasiado viejo como para caer en él. Pero las palabras de la mujer habían calado hondo en Ruby. Y aunque no quisiera, el resto del día la había
perseguido, hasta volverse en una dolorosa verdad, dentro de su atormentada cabeza.
Esa noche Ruby había llorado hasta quedarse dormida. Pero a la mañana siguiente había despertado con la firme convicción de que lo que esa mujer quería, era
que Emmanuel y ella no arreglaran las cosas. Y lo más seguro es que Emmanuel ni siquiera pensara lo que ella había dicho.
Así que el resto de los días que faltaban para su cita, los había pasado convenciéndose de que Anna la había intentado manipular para que ella y Emmanuel
siguieran distanciados.
Pero no lo iba a lograr. Ruby se había puesto su mejor vestido, se había arreglado lo mejor que había podido y estaba radiante. Convencida de que todo iría bien.
Tomó un taxi para llegar a su encuentro, no pensaba caminar con tremendos tacones que llevaba puestos, y tampoco quería sufrir ningún tipo de accidente si
tomaba el transporte público.
Llegó faltando unos minutos para las cinco. Sentado en uno de los columpios donde él solía mecerla, estaba esperándola Emmanuel. Vestía un pantalón color
beige de pinzas y una camisa vaquera a cuadros marrones y beiges. Se parecía más al muchacho del que se enamoró. Ya no vestía de negro, como las últimas tres veces
que lo había visto.
Se acercó lentamente a él, mientras sentía como el rubor subía por sus mejillas. ¡Diablos! No debió de haberse puesto tanto colorete, seguro ahora se vería
exagerado.
Emmanuel estaba cabizbajo y Ruby pudo notar como movía los labios, ¿estaría hablando con alguien? Cuando se hubo acercado más sin que él la viera, notó que
practicaba lo que, seguro, hablaría con ella.
Eso la hizo sonreír y calmó su nerviosismo un poco. A pesar de todo, la distancia, la separación y los años, él también estaba nervioso. Eso, seguro, era una
buena señal. Las mariposas en su estómago, la transportaron al pasado. Nunca más, con nadie, había experimentado ese cosquilleo en su interior. Solo con Emmanuel.
M iles de mariposas revoloteando en su interior, intentando subir por su tráquea para alcanzar la boca y lograr ser libres. Solo que las mariposas nunca salían de
su cuerpo. Se quedaban atrapadas dentro de su corazón.
Estuvo observándolo unos minutos sin que él se diera cuenta, se escudó tras de un árbol, seguro Emmanuel pensaba que Ruby llegaría tarde. Era una costumbre
que ella tenía cuando salían, pero que con los años había desarraigado.
Lo vio tan frágil, tan humano, tan inseguro, y Ruby se preguntó cómo fue posible haber dudado de él. Seguro todo tenía una explicación. Y se reprochaba no
haberla escuchado antes. Y se culpaba por haber dejado las cosas como lo había hecho. Y esperaba que Emmanuel pudiera perdonarla.
Como añoraba recuperar el pasado.
Él debió de sentir la intensidad de su mirada, porque volteó a verla directamente y le sonrió, cuando la descubrió recargada, abrazando el tronco de un árbol, y
mirándolo con ojos de ensoñación.
Ruby ni siquiera notó que la había pillado, se perdió en la belleza de su sonrisa y supo, dentro de sí, que todo estaría bien. El sufrimiento había acabado.

Emmanuel sintió claramente como si lo estuvieran observando, buscó con la mirada a su alrededor pero no notó a nadie. Así que siguió planeando la conversión
con Ruby. No quería que saliera nada mal. Tenía la ligera sospecha de que ella aun sentía algo por él y no quería romper la magia.
Si todo salía bien, seguro podrían seguir viéndose, como amigos. Y quien sabe, tal vez mas adelante las cosas marcharan tan bien, que quizás Ruby aceptara
retomar su relación nuevamente. Él la seguía amando, por Dios que si, y quería creer que ella aun no lo había olvidado. Aunque ella ya le hubiese dicho lo contrario.
Aun no sabía que iba a decirle, y ni siquiera imaginaba que podría decir ella. Pero lo que si era seguro era que no iba a bombardearla con preguntas, o a acosarla
hasta que ella confesara que todo lo que había dicho días atrás era mentira.
No. No iba a hacer eso. Iba a dejar que las cosas fueran lentas, sutiles, y cuando ella tuviera las defensas bajas, entonces actuaría. No antes. No quería hacerla
huir de nuevo.
Llevaba poco tiempo practicando hacia donde quería que derivara la plática, cuando algo, muy dentro de él, lo hizo girarse. Al volver la cabeza completamente,
miró a Ruby recargaba de un árbol, sujetándolo como si lo abrazara.
Su mirada perdida en él, le confirmó que llevaba tiempo observándolo. Y por su expresión, seguro que le gustaba lo que veía.
Ya no lo miró con miedo como la vez que la descubrió en el restaurante, trepada en una silla. Ni con la ira de la noche que se encontraron en su antigua casa.
Tampoco había la tristeza de la semana anterior, cuando concertaron la cita. Esta vez había algo en su mirada que lo hizo recordar los días felices. Aquellos que vivieron
mucho antes de que la duda, el orgullo y la desconfianza rompieran su relación.
Ella se dio cuenta que él la miraba y Emmanuel le sonrió. Ruby se soltó del tronco del árbol como si se acabara de dar cuenta que estaba abrazándolo y caminó
hacia Emmanuel. Él se puso de pie, mientras el columpio se balanceaba de un lado a otro. Sentía un nudo en la garganta y, por un segundo, tuvo miedo de no poder
hablar.
Ella lucía hermosa. Traía puesto un vestido veraniego, muy acorde al calor de la temporada, de rayas verticales naranjas y guindas, con pequeñas florecitas
blancas, verdes y azules. A esa distancia no podía ver las flores, pero si sabía cómo eran, era porque él le había obsequiado ese mismo vestido a ella. Lo había visto en
un aparador y no había podido resistirse a comprarlo. Ruby lo usó solo un par de veces antes de que rompieran su compromiso. Le alegraba que ella aun lo conservara.
Haciendo memoria, ese vestido no estaba entre las cosas que Ruby le había devuelto. Por alguna razón ella lo había guardado, y a él eso le parecía adorable.
— Hola —dijo ella con voz trémula.
Emmanuel no contestó, le siguió sonriendo mientras le tomaba la mano y le depositaba un beso en el dorso de la misma. Ruby no pudo evitar sonreír, la había
tomado por sorpresa.
— Te ves hermosa.
— Tú también te ves muy bien. —Ambos seguían tomados de la mano, y al parecer ninguno quería romper el contacto— M e recuerdas al antiguo Emmanuel,
aquel que solía cantar con una guitarra acústica.
— Aun soy él, aunque no lo parezca —sonreían como dos tontos—. Aun sigo tocando, aunque ya no por las mismas razones. ¿Quieres sentarte?
— No, prefiero que caminemos, hace mucho que no disfruto de una tarde como ésta —contestó Ruby—. Parece que ya no hará tanto calor.
— Ojalá, a mediodía siempre termino empapado en sudor —ambos comenzaron a caminar tomados de la mano—. ¿Crees que vaya a llover?
— No sé. El calor no es tan húmedo como antes. Hace mucho que no llueve. Creo que la última vez que llovió fue…
Ella calló antes de terminar la frase.
— ¿Fue cuando aun éramos novios? —Aunque Emmanuel no lo sabía, intuyó la respuesta.
— No lo sé a ciencia cierta, pero lo supongo. Estuve seis meses en casa de mis abuelos en Lake Brownwood después de que terminamos. Cuando regresé ya no
era temporada de lluvias, y el siguiente año ya no llovió, ni el siguiente, y así ha sido desde entonces.
— Háblame de eso —pidió él.
— ¿Hablarte de eso? ¿De qué en concreto? ¿De la lluvia?
— No, de cuando te fuiste a casa de tus abuelos.
Ruby enmudeció y se sonrojó hasta la raíz del pelo. Sabía que la plática derivaría tarde o temprano hacia aquellos terrenos, pero no pensó que tan rápido.
— No hay mucho que contar—contestó ella con la vista clavada al suelo—, yo necesitaba alejarme y mis abuelos mayores necesitaban un par me manos más
para las labores del lugar. Sabes que es un terreno muy grande y necesita cuidados.
— Si, lo sé. ¿Aun existe el huerto de naranjas?
— Si, la última vez que lo vi estaba casi el doble de grande que cuando lo visitamos juntos.
— Extraño esas naranjas, son las más dulces que he probado en mi vida.
Ruby sonrió, visiblemente relajada. Agradecía en silencio a Emmanuel por no forzarla a hablar. Eso despertó un deseo enorme en ella de desahogarse, de
confesarle a Emmanuel todo aquello que llevaba años atormentándola en un valle de soledad.
— Sentémonos. —Le pidió Ruby, la altura de él respecto a la de ella, la hacía sentirse diminuta.
Emmanuel quitó unas cuantas hojas secas del asiento de una banca blanca de hierro forjado, había decenas de ella alrededor del parque.
— Sentémonos aquí —dijo él y ella se soltó de su mano.
— Se que le hemos estado dando muchas vueltas al asunto, pero creo que ha llegado la hora de aclarar las cosas.
— Lo sé —confesó él—, pero si no te sientes lista, puedo esperar. Llevo mucho haciéndolo.
Una vez más Ruby sonrió, pero esta vez la sonrisa fue tan melancólica que a Emmanuel le dolió el corazón.
— Estoy preparada, pero creo que sería más fácil si tú me preguntaras lo que quisieras saber a que si me suelto con un monologo que no sé por dónde empezar.
— Bien. —Emmanuel le tomó las manos, ambas, con sus dos manos— Quiero saber por qué te fuiste.
— Porque si me quedaba, sabía que tú me convencerías de seguir adelante con la boda. Y después de lo que pasó esa noche, yo ya no estaba segura de querer
casarme contigo. —Ella bajó la mirada, observando concienzudamente como Emmanuel masajeaba su dorso con los pulgares— No. Creo más bien que estaba segura de
ya no querer casarme contigo.
— ¿Por qué? Si todo iba tan bien.
— Tal vez para ti. Pero para mí, hacia mucho que las cosas ya no marchaban como antes.
— ¿Por qué no lo hablaste conmigo?
— Lo intenté, varias veces. Pero siempre parecías estar ocupado con otras cosas. Ya casi no te veía.
— Por Dios, Ruby, si tú eras mi vida. —La voz de él revelaba demasiado, así que se contuvo un poco— No entiendo esa reacción tan extremista de tu parte.
Romper con todo, devolverme los obsequios que te hice, cortarte el pelo…
Esto último lo dijo soltándole la mano y tomando uno de los rizos de Ruby entre los dedos. Acarició el trozo de cabello disfrutando su suavidad.
— Sabías que me encantaba tu pelo largo. Fue un shock para mí abrir la bolsa y encontrarlo ahí. Casi me iba de espaldas.
Ruby no tenía una respuesta para eso. Ni siquiera ella misma sabía bien por qué lo había hecho. Solo podía pensar en que en el momento en que las tiras de
cabello caían al suelo, ella se sentía libre. Se había sentido atrapada por mucho tiempo y esa simple acción le había devuelto la seguridad de que ella podía tomar sus
propias decisiones. Pero no podía decirle eso.
Puesto que hacía mucho que esa sensación de libertad se había vuelto una seguridad de vacío. Y no quería verse más tonta de lo que ya era.
— Quisiera hacerte una pregunta.
— Adelante —accedió él.
— Si yo era tu vida, ¿Por qué estabas esa noche en esa casa y con… esas personas?
Emmanuel pensó la respuesta por unos segundos. Sabía que de esa contestación dependía demasiado. Y no quería que ella malinterpretara lo que él dijera. Pero,
al final, optó por ser lo más sincero que podía. Decidió no ocultarle nada. En antaño, habría estado reacio a compartir con ella o con cualquier otro, sus sentimientos.
— Podría decirte cualquier cosa, incluso mentirte, pero no, la verdad es que había bebido. Sé que no es una excusa, pero uno no piensa cuando ingiere alcohol. Si
hubiera sabido que esa pequeña mala decisión desencadenaría todo esto, jamás me hubiera acercado a una botella de alcohol. Pero ya pasó…
— Si, ya pasó, y no hay como devolver el tiempo. —Aquella confesión rompía el corazón de Ruby en trozos aun más pequeños, esperaba que Emmanuel le
dijera que ella había visto mal. Pero no lo hizo. En lugar de ello, lo aceptó— La chica, aquella con la que estabas esa noche, ¿aun la frecuentas?
Emmanuel tardó unos segundos en responder. No recordaba a la chica a la que Ruby se refería.
— Ni siquiera la recuerdo. Supongo que estaba demasiado ebrio.
— Entonces no fue importante.
— No, y no sé qué tiene que ver ella en todo esto.
— Fue por ella por quien me marché.
— ¿Por ella? ¿Por qué?
Las imágenes volvieron a la cabeza de Ruby en un remolino de emociones, y las palabras salieron de su boca aun antes de pensar en cómo decirlas. Pero ya no
había motivo para seguir callando. Él había sido honesto con ella, era hora de hacer lo mismo.
— La miré, Emmanuel. Vi lo que hacia dentro de tu camioneta —un sollozo la hizo llevarse las manos a la boca— y no lo pude asimilar, por eso huí.
— No lo sabía. —Emmanuel se llevó una mano a la cabeza, mientras que con la otra sostenía aun más fuerte la mano de Ruby— No sé qué decir. Excepto que
fui un tonto. Pero perderte fue demasiado castigo.
Ruby no entendía lo que escuchaba, ¿Cómo decía eso Emmanuel? ¿Le había sido infiel y había pensado en seguir adelante como si nada? Definitivamente, había
demasiadas cosas que ella aun desconocía de él. Ahora ya no consideraba una estupidez el haber roto el compromiso. Emmanuel no era lo que ella pensaba y no lo seria
nunca.
— Y también te miré a ti —ella ya no pudo decir más, la voz se le quebró y prefirió callar antes de que él lo notara.
Emmanuel regresó mentalmente al pasado. Ella lo miró, con razón había tirado todo por la borda. Seguramente la moralidad de ella no le había permitido seguir
adelante. Ojalá pudiera regresar el tiempo y borrar aquel día. M ejor aún, no haber ido a aquel maldito lugar nunca.
— ¿Te he decepcionado, verdad? … no, no mientas, tu expresión lo dice todo.
— A decir verdad —contestó ella— no esperaba esto. Pensé que lo que yo había visto esa noche, había sido un malentendido y mucha imaginación de mi parte.
Ahora que me dices que lo vi fue cierto, no sé como asimilarlo. Y tampoco sé cuánto tiempo tarde en hacerlo.
— Lo arruiné ¿cierto?
— No, no. Te agradezco la sinceridad. —Ruby sentía que algo caliente le quemaba el pecho y sentía dificultad para respirar— Pero creo que ya es hora de que
me marche.
— ¿Volveremos a vernos?
— Probablemente si —dijo ella poniéndose de pie—, sabes donde trabajo.
Él se puso de pie y empezaron a caminar en silencio, esta vez no se tomaron de la mano, aun cuando Emmanuel quería hacerlo. Ruby llevaba ambas manos al
frente, sosteniéndose una con la otra, y Emmanuel supuso que no querría que él la sujetara de la mano.
Ninguno de los dos sabía que más hacer o decir. Ya todo estaba dicho y para Ruby era difícil aceptar lo que él le había confesado. Tal vez si no se hubiese hecho
tantas ilusiones, no se sentiría tan decepcionada.
Al llegar a la parada de taxis, él le sostuvo suavemente del brazo, para hacerla detenerse. Y con un movimiento suave, deslizó su mano hasta toparse con la de
ella. La sostuvo durante unos segundos antes de hablar. Los ojos de ella se notaban acuosos, aunque la serenidad en su rostro era lo que más preocupaba a Emmanuel.
Ruby era demasiado explosiva como para estar tan callada.
— Siento que esta vez te estoy perdiendo de verdad. —Confesó él.
Ella le acarició la mano con la que la sostenía.
— No pienses eso, imagina que ahora si podremos ser amigos — Ruby sonrió débilmente— hace unos días eras mi peor enemigo.
Emmanuel sonrió con los ojos llenos de lágrimas y desvió la mirada para que ella no lo notara. Carraspeó antes de poder continuar hablando.
— Entonces te veré luego.
— Claro —dijo ella, aunque en el fondo sabía que eso de ser amigos sería muy difícil.
Ella le dio un apretón de manos y antes de darse cuenta, Emmanuel la atrajo hacia sí y la envolvió entre sus brazos. Cerró los ojos, recargó la barbilla en su
cabeza y aspiró el aroma fragante de su cabello.
Ruby se quedó estática, no supo si abrazarlo también, pero una sensación cálidamente agradable la invadió de pronto y los cinco años de dolor y sufrimiento se
borraron de un plumazo. Lamentablemente, en el momento en que el abrazo terminara, esa seguridad y bienestar se iría con él.
Al final Ruby optó por abrazarlo también y Emmanuel la apretujó contra su pecho, no deseaba soltarla jamás. Pero tuvo que hacerlo. Ya ninguno dijo nada más.
Ella se subió al auto amarillo y se despidió con la mano. Al ver marchar el vehículo, Emmanuel tuvo nuevamente esa sensación de pérdida. Pero cuando el auto
se había alejado y ella volteó a verlo por la ventana trasera, supo que no todo estaba perdido.
Capítulo Trece

Habían pasado un par de días desde el encuentro con Emmanuel en el parque, cuando el móvil de Ruby empezó a sonar sobre el buró que estaba a la derecha de
su cama. Aun con los ojos cerrados, lo tomó y contestó sin verificar de quien era la llamada, aunque tenía la esperanza de que fuese Emmanuel.
Unos angustiosos y lastimeros sollozos llegaron a sus oídos nada más ponerse el auricular en ellos.
— ¿Si? —preguntó sin saber aun quien era.
La mujer al otro lado de la línea intentaba hablar, pero el llanto no la dejaba. M il ideas cruzaron por la mente de Ruby en un segundo. Nadie la llamaba a ese
teléfono, excepto su familia y sus escasos amigos.
Pero cuando al fin, la voz llorosa del teléfono se dio a entender, Ruby se sorprendió demasiado. M as que sorprendida, estaba extrañada. La llamada era de Julia.
Seguro algo había pasado en el trabajo.
— Ruby —dijo aun llorando—, que bueno que contestas, le hablé a Dan, pero no pude localizarlo y necesito un favor.
— Dime, si en algo puedo ayudarte, lo haré con gusto.
Ruby escuchó claramente como Julia se sonaba la nariz, quiso pensar que con un pañuelo. Eso sirvió para que hablara un poco más claro, pero la voz se le
escuchaba ronca, seguro llevaba mucho llorando.
— Dejé unas cosas mías en el entrepaño bajo la caja registradora, en el trabajo —continuó Julia— y no quiero regresar por ellas, ¿podrías recogerlas por mi y
guardármelas? M ás tarde... o mañana, paso por ellas.
— Claro que si —algo grave había pasado, seguro—, no es que quiera entrometerme, pero ¿sucedió algo?
Ruby supo que había cometido un error al hacer la pregunta, cuando Julia rompió a llorar de nuevo. Luego de un rato de sollozos y quejidos, Julia se aclaró la
garganta y contestó.
— M e han despedido Ruby. Y ni siquiera me han liquidado. No sé qué hacer, tengo a mi nena en el preescolar, son gastos diarios, y no sé cuando pueda
conseguir empleo de nuevo.
Ruby se quedó atónita. Nunca se hubiera imaginado eso. Julia era de las empleadas más antiguas, algo muy delicado debió haber ocurrido, para que la
despidieran. Y aun mas, si no la habían liquidado.
— No te preocupes, yo recojo tus cosas y te las entrego después. Sabes que no hay problema.
Después de un agradecimiento, Julia se despidió y quince segundos después el celular volvió a sonar. Esta vez la llamada era de M r. Burguer.
— ¿Ruby? —Era su jefe al habla— Necesito que te presentes antes de tu turno.
— Claro, jefe.
— Serán solo unos minutos, necesito hablar con todo el personal.
— Allí estaré.
Ruby colgó y durante las siguientes horas la curiosidad la carcomía. Estuvo a punto de llamar a Dan para preguntar, pero después recordó que Julia le había
dicho que no lo había localizado. Seguro él no tampoco sabía que estaba sucediendo.
Pero esperó impaciente y una hora antes de su entrada, llegó al trabajo perfectamente uniformada. Aun no entraba al local, cuando una mano en su hombro la
sorprendió.
— ¿Cómo te fue con él? —Ruby conocía la falta de delicadeza de Dan y, también sabía, que se refería a Emmanuel.
— Tonto, me has asustado. —Le confesó— No me fue tan bien como yo creía. Y quería.
Ruby pensó que lo único bueno de la situación, de ese suspenso de lo que sucedía con Julia y el trabajo, era que había dejado de pensar obsesivamente en
Emmanuel. Pero solo a ratos, porque siempre estaba presente para ella. Cada vez que volteaba, esperaba verlo frente a ella.
— No te preocupes, seguro las cosas no pueden ir peor que antes.
En eso él tenía razón. Le sonrió y estaba a punto de decir algo, pero las palabras murieron en sus labios cuando miró a su jefe dirigirse hacia ellos.
— Veo que han llegado temprano, bien, así salimos de esto cuanto antes. —El hombre calvo miró alrededor, solo unos cuantos clientes ya estaban comiendo en
las mesas— Pasen a la cocina, allá están los demás trabajadores.
Así lo hicieron Ruby y Dan, mientras se miraban mutuamente con curiosidad. Ruby ya no estaba segura que todo eso tuviera que ver con Julia. Tal vez también
a ellos iban a despedirlos, a Dan por cotilla y a ella por distraída.
Pero sus dudas se disiparon cuando su jefe empezó a hablar. Al parecer todos se habían sentido curiosos respecto al tema, pues todos los empleados estaban
presentes. Todos, excepto Julia.
— Cómo habrán notado, Julia no está presente. Y eso es porque ella fue despedida, anoche mismo, al término de su jornada laboral —un murmullo de voces
débiles inundó el lugar, pero pronto dieron paso al silencio.
— Su desempeño laboral nada tiene que ver con eso —continuó el jefe—, el despido fue por motivos puramente personales. Sé que esto va a levantar algunos
comentarios entre ustedes, así que prefiero dejar zanjado el asunto. M i esposa, a la que algunos conocen, y Julia tuvieron un problema personal, que afectó tanto el
trabajo de Julia como el mío, así que lo más sano fue recortarla del personal. Espero que esto disipe sus dudas y no quiero oír ningún comentario al respecto. Este tema
se terminó aquí.
Nadie osó hablar. Pero todos coincidían en que en lugar de disipar dudas, semejante comunicado despertaba aun más.
— Ah, una cosa más, —el hombre se giró a verlos a un paso de salir de la cocina— Vivian tomará el lugar de Julia. Así que a partir de hoy, como habrán notado
quienes trabajaron el turno de la mañana, Vivian se encargará de la caja, auxiliada por Helen y Ruby se quedará en las tardes auxiliada por Renne.
Un suspiro sonoro escapó inconscientemente de la boca de Ruby. No sabía si eso era una buena noticia o una mala. Por un lado, ella no conocía a Renne y no
sabía cómo sería trabajar al lado de ella, pero por el otro, a Helen le encantaba perder el tiempo. Siempre que Ruby trabajaba con Helen terminaba más cansada que si
trabajara sola.
En fin, había que darle una oportunidad a Renne.
Todos los que no eran cocineros, salieron de la cocina. Ruby miró el reloj colgado en la entrada, faltaban más de cuarenta minutos para su hora de entrada. Seguro
le daba tiempo de recoger las cosas de Julia y entregárselas.
Vivian estaba en la caja cuando Ruby le pidió las cosas.
— ¿Son tuyas? —quiso saber la joven.
— No. Julia me dijo que las había olvidado ayer y me pidió que las recogiera por ella.
— Ah. —Vivian no dijo nada más, le dio un bolso, un suéter y par de cosas, todo ello con una sonrisa.
Se veía amable, otras veces no tanto. Así que Ruby no sabía si hacerse un juicio de ella. Prefirió no decir nada y se despidió.
— En unos minutos vuelvo —dijo Ruby.
— Que te vaya bien —contestó la otra chica.
Unos minutos después, luego de que Ruby le llamara, Julia se encontró con ella a unas cuadras del local. Ya no estaba llorosa. Pero tenía los ojos hinchados y
enrojecidos.
Ruby le entregó sus cosas y le dijo que el jefe había hecho público su despido. Así como la causa de éste.
— Que pena —dijo muy seria Julia—, te juro que de lo que me acusan no es cierto.
— No tienes que darme explicaciones —Ruby la tomó del hombro en un intento de reconfortarla.
— Pero es que es ofensivo de lo que me acusan, ¿puedes creer que la mujer del jefe asegura que yo me le insinúo? Y que uso mi uniforme demasiado corto para
provocarlo. Entre otras cosas.
— Vaya — Ruby no daba crédito a lo que oía, aunque ya lo intuía.
— Pero no me he quedado callada, lo he negado todo. Y le he advertido al jefe que esa mujer va a ser su ruina. Está trastornada.
— Yo no la conozco lo suficiente. Siempre ha sido amable conmigo.
— Pues ten cuidado. Así era conmigo y ya ves. Seguro más adelante te acusan de lo mismo a ti, o de algo peor. M uchas gracias por las cosas, nos vemos
después.
Julia se despidió y se fue. Había caminado unos cuantos pasos cuando se detuvo.
— ¡Ah!, y Ruby, cuídate de ellas. De todas.
Ruby se quedó parada analizando lo sucedido. Era cierto que muchas cosas extrañas sucedían. Lo mejor sería pedir la renuncia antes de que la corrieran sin
liquidar. Prefería no tener que llevarse un chasco, al igual que Julia.
Capítulo Catorce

No había sabido nada de Emmanuel en casi una semana y a Ruby aun le seguía doliendo, demasiado. M uchas veces se preguntaba si todo lo vivido con
Emmanuel había sido un error, pero le daba miedo contestarse a sí misma.
Recordó un evento en su pasado, el momento crucial de esa relación. Ruby iba a salir de viaje, pero su salida se retrasó, así que se quedó en casa de sus padres
más de lo debido. De haberse ido a tiempo, jamás se habría encontrado con Emmanuel y jamás habría sucedido todo lo acontecido.
Quizás en ese momento ella tuviera otra vida. Quizás incluso estuviera casada. Pero, después de haber conocido a Emmanuel, ya no podía ver a otros hombres.
Él los opacaba.
— ¿Otra vez soñando despierta? —Vivian la interrumpió tan abruptamente que Ruby pegó un brinquito en su asiento.
— Supongo que tengo ese hábito —Ruby ya se estaba acostumbrando a que las cuñadas de su jefe la cuestionaran por todo, pero no por mucho, estaba
esperando a que la llamaran de un par de lugares en los que había solicitado empleo.
— Pues no es muy recomendable, digo, en horarios de trabajo.
— ¿Si, verdad? Qué bueno que aun no entro.
Y dicho esto Ruby se alejó de la joven. Aun no podía creer lo que Dan le había confiado. Pero, a veces, con comentarios como el anterior, no le parecía tan
descabellada la idea. Que todo el lío armado con Julia había sido para irlos sacando poco a poco a todos ellos.
Primero había sido Julia, porque era la más obvia, había sucedido que el señor M acLean había estado enamorado de ella tiempo atrás, y seguro a su esposa no le
había hecho gracia en caso de haberlo averiguado.
Pero ¿Por qué? ¿Qué ganaban ellas con hacer que los despidieran? Dan había llegado a la conclusión que era para poder poner a toda la familia en los puestos de
trabajo.
—No dudes que sigamos nosotros. —Había dicho Dan.
— Pues, la verdad, me harían un favor. Yo ya quiero irme de aquí. —Había respondido Ruby.
Aunque todavía no estaba segura de querer marcharse. No tenía los ahorros suficientes. Aun así, Ruby no quería verse envuelta en ese lío. Bastante tenía con los
propios.
Había creído que olvidar a Emmanuel sería fácil. Gran error. Él era inolvidable. Cada canción que escuchaba, cada bocado de la comida que a ambos les gustaba,
cada vez que pasaba por el parque, cada hombre con la marca de perfume que él usaba, se lo recordaban.
Se había planteado ir a buscarlo. Decirle que no importaba el pasado, que ella aun lo amaba. Pero la idea de él, con otra, la enfermaba. Una vez infiel, siempre
seria infiel. Y por más que lo amara, ese hecho no iba a cambiar nunca.
Así que lo mejor sería tratar de dejar de pensar en él. Aunque eso solo sería posible si no volvía a verlo nunca. Y ella misma había dejado la puerta de la
posibilidad abierta, al decirle que eran amigos y que volverían a verse.
Y no sabía que le hacía más daño, si no verlo o si volverlo a ver. Era confuso, hasta para ella, pero así era el corazón. En él no se mandaba. Por más que quisiera
apretujarlo hasta exprimir cada recuerdo, cada sensación, cada sentimiento que Emmanuel había grabado en ella.
Seguía paseando como autómata por el restaurante, absorta en sus pensamientos, hasta que por fin le hablaron para ocupar su puesto. El calor afuera estaba
infernal y lo único bueno de trabajar ahí era el aire acondicionado. Se acomodó una ventila hacia ella y se dispuso a cobrar. Puso su mejor sonrisa y trató de olvidar, los
clientes no tenían por qué enterarse de su vida amorosa. Por más sangrante que su corazón estuviera.
El día fue largo, aun con la ayuda de Renne. La joven intentaba hacer su trabajo, aunque era bastante lenta y Ruby trataba de apoyarla. Lo bueno era que por
esas fechas la gente no salía de su casa hasta entrada la tarde y la mayoría de las ventas eran para entregas a domicilio, de las cuales se encargaba John. Así Renne y ella
no tenían que estar cobrando bajo presión.
Al hacer el corte de caja, su jefe decidió que Renne sería primero, obviamente para que saliera más temprano que Ruby. Pero a ella no le importó, a pesar de
tener adoloridas las manos y el cuello. Y no le importó por qué recargado en el marco de la puerta con llave, estaba Emmanuel.
Parecía recién bañado, con su pelo aun húmedo. Llevaba un pantalón vaquero azul desgastado y una camiseta verde militar. Se asomó dentro del local y saludó
con un gesto a Ruby. Ella no pudo evitar sonreír, “recuerda que es un infiel” se repitió mil veces en la mente.
Pero su vocecilla interna no dejaba de repetirle que aquel gesto era muy romántico. Había ido por ella, como cuando estaban en el colegio y se le hacía tarde.
Si cerraba los ojos casi podía verlo. Él le hacia una seña de lejos, para que ella se percatara de que había llegado y cuando ella salía de clases, corría a su
encuentro, tirando la mochila al piso y brincando hacia él. Emmanuel la atrapaba al vuelo y mientras ella aprisionaba la cintura de él con las piernas, él la besaba
tiernamente. Era un ritual demasiado erótico como para ser infantil, pero era su ritual.
Claro que ahora ya no lo harían, por más que ella lo deseara.
“Es un infiel, no lo olvides” decía su cerebro, “Que hermoso sonríe”, contestaba su corazón. Era una lucha entre ambos pensamientos y no había lugar a término
medio.
—… Ruby ¿te parece bien? —inquirió su jefe, pero ella estaba a kilómetros de distancia y años de lejanía de ahí.
— ¿Perdón? —Preguntó ella desviando la mirada clavada en Emmanuel y dirigiéndola a su jefe que esperaba respuesta a una pregunta obviamente ignorada por
Ruby.
— Te preguntó si no te importa quedarte en el local mientras llevo a Renne a casa, ya sabes que vive lejos y no me gustaría mandarla sola.
— Sabe que yo hago lo que usted me pida… en lo referente al trabajo —aclaró antes de que el comentario fuese malinterpretado por Renne, no quería terminar
igual que Julia.
— Creo que será mejor que termines las cuentas con Ruby de una vez —dijo la joven mirando significativamente a Emmanuel, quien se había sentado en la acera
frente a la puerta, dando la espalda hacia el local—, yo espero, y ya que terminen nos vamos.
Para Ruby no pasó desapercibida la mirada que Renne le echó a Emmanuel, pero tampoco supo cómo interpretarla. Seguro era la primera vez que se veían y no
distinguió algún tipo de interés romántico en ella. M ás bien lo miró con desconfianza.
Pero a Ruby eso no le importaba. Terminaron las cuentas y de los tres, fue ella la primera en salir. Se quitó la boina, la sostuvo en la mano y se atusó el cabello
para no verse desaliñada.
Afuera Emmanuel se puso en pie al verla cruzar la puerta de salida. Le sonrió y le tendió la mano para saludarla. Ella no pudo evitar sentir el cosquilleo en el
estómago y devolverle la sonrisa.
Si quería olvidarlo, hacer eso no era lo más cuerdo. Pero en ese único segundo, el corazón le estaba ganando al cerebro.
Capítulo Quince

Ruby intentó ponerse seria. No quería que Emmanuel se diera cuenta lo feliz que la hacía verlo ahí. No hasta estar segura si estaba dispuesta a perdonar el
pasado. No a Emmanuel o a ella misma, simplemente al pasado.
— Hola —saludó él—, supuse que saldrías tarde y como quería hablar contigo, pensé en que aun te encontraría aquí.
Emmanuel había pensado en ir a su casa, esa misma mañana, antes de que ella fuera al trabajo, pero pensó que no sería buena idea que Ruby supiera que la había
seguido. Porque ella no estaba al tanto de que él conocía su domicilio.
¿Hablar con ella? ¿De qué? ¿Había sucedido algo? Seguro se trababa de la tal Anna. Ruby no dijo nada, así que Emmanuel siguió hablando, cada vez más
nervioso.
— No me has dado tu número de teléfono. Así que no sabía cómo localizarte, espero que no te moleste que haya venido.
— No, para nada. No me molesta. M i número de teléfono es el mismo que hace cinco años —confesó ella—. No he cambiado mi móvil.
A Emmanuel le sorprendió. Había supuesto que ella no tenía su celular, pues le había enviado decenas de mensaje de texto y nunca habían sido contestados.
Quiso echárselo en cara, pero recapacitó. Ya no tenía caso seguirle escarbando al pasado.
M ientras, Ruby rezaba porque Emmanuel no se diera cuenta de que ella no había cambiado el número para que, si él regresaba algún día, pudiera localizarla. Pero
al parecer no se percató del detalle.
— Bien, y ¿Para qué me querías? —preguntó.
— ¿Tienes auto? —Quiso saber Emmanuel— se está haciendo más tarde y no quiero hacerte perder mucho tiempo.
— No tengo auto. Siempre me voy a casa caminando. No está lejos.
Eso lo sabía él, pero tampoco podía confesarlo, Ruby vivía a unas cuadras del lugar. Aunque eso no le quitaba que pudiera ser peligroso.
— ¿Quieres que te acompañe? ¿O prefieres que te lleve en mi auto? —Emmanuel notó que el hombre y la jovencita uniformada igual a Ruby, estaban bastante
pendientes de la plática que sostenían, así que decidió que debían seguir la charla en otro lugar.
— Prefiero que caminemos. —Algo le decía a Ruby que no era buena idea estar dentro del auto de Emmanuel. Aun recordaba los besos apasionados que se
daban dentro de la vieja S10 de él.
Empezaron a andar despacio, él miraba hacia el frente, mientras Ruby miraba hacia el piso. Sería muy vergonzoso que ella terminara en el suelo si sus zapatos de
tacón derrapaban en el piso húmedo por las goteras de los aires acondicionados.
Cuando llegaron a la esquina, Ruby se atrevió a continuar la conversación. Estaba cansada de que siempre se presentaran esos silencios incómodos, además de
que la estaba matando la curiosidad por saber si la tal Anna tenía algo que ver con que él hubiera ido a buscarla al trabajo tan tarde.
¿Acaso ya sabría que Anna la había buscado unos días antes de su cita en el parque? Tal vez Emmanuel no quería que ellas hablaran, tal vez era cierto todo lo
que ella había dicho. ¿Y si estaba ahí para disculparse por que otra vez lo había atrapado siendo infiel? Aunque esta vez “la otra” era ella.
— Aun no me has respondido, ¿De qué querías hablarme?
— Lo que pasa, es que supuse que mañana sería tu día libre, y recordé que tu cumpleaños fue hace unas semanas, así que… había pensado en invitarte a comer,
—la cara de ella no pudo haber reflejado mayor sorpresa, así que él decidió probar otra táctica— aunque tal vez solo quieras ir a comer un helado a la plaza ¿Aún son
tus favoritos los helados de vainilla con duraznos y uvas?
Ruby sintió un nudo en la garganta. Emmanuel aún recordaba cual era su helado favorito. Tardó unos segundos en contestar.
— Si.
— ¿Si?, ¿Si vas conmigo a por un helado o, si es tu favorito?
— Si a las dos preguntas. —Ruby levantó la vista y se le quedó mirando a su perfil, estaba tan guapo aunque se le notaba que llevaba algunos días sin afeitarse
— M e encantaría un helado.
— Que bien. Porque aun hay muchas cosas que quiero saber de ti. Como por ejemplo ¿Cómo terminaste trabajando en un lugar como ese? La última vez que nos
vimos, estudiabas el sexto semestre de contabilidad.
Ruby entornó los ojos.
— Es una historia demasiado larga como para contarla ahora —dijo vislumbrando la esquina donde tenía que torcer a la derecha, en pocos minutos llegarían a su
casa.
— Bien, pero mañana me la contarás ¿Cierto?
— Claro. —Un suspiro salió de su boca sin poder evitarlo, ese era otro tema sensible para Ruby, uno que aun la tenía alejada de su mamá y prácticamente
renegada por su papá— Yo también quiero saber de ti, de tu familia, de lo que has hecho este tiempo, en fin…
— De acuerdo, entonces hasta mañana —Emmanuel le dio un beso en la frente y se despidió con la mano.
Fue cuando Ruby notó que ya habían llegado a su departamento. Cosa que le extrañó, porque ella creía que Emmanuel no sabía donde vivía, ¿Acaso se lo había
dicho sin darse cuenta? En fin, era otra pregunta que hacerle.
Pero lo haría mañana. Subió las escaleras hasta el tercer piso, con una sonrisa en los labios. Repentinamente tenía unas inmensas ganas de cantar. Aunque sabía
que eso era algo a Emmanuel no le agradaba sobremanera. Ruby era buena escribiendo, no cantando, y Emmanuel tenía un oído musical muy sensible.

* * *

Emmanuel dejó a Ruby en la entrada del edificio donde ésta tenía su apartamento. Esperaba poder hablar con ella ya no del pasado, sino del presente. Quería
creer que aun podían tener un futuro, juntos.
Pero para ello, tenía que saber si Ruby estaba dispuesta a cambiar totalmente con su estilo de vida. De ser así, seguro insistiría hasta hacerla volver con él. Ya
Ruby lo había confesado, él tenía el poder de hacerla cambiar de opinión, aun cuando no lo quisiera. Y Emmanuel tenía el don de hacerla olvidar cualquier enojo que
sintiera contra él. Y pensaba usarlo a su favor.
Todo sería perfecto si consiguiera que Ruby le perdonara el pasado y volviera con él. El único detalle era Anna.
Así que haría lo posible por que ella no se enterara de Ruby. Y esperaba que Anna no hiciera conjeturas de la vez que lo acompañó a M r. Burguer por la
hamburguesa. Se le había escapado en una conversación que iría para allá y Anna se le había pegado como una lapa.
Emmanuel no tuvo más remedio que llevarla. De haberse negado, ella hubiera sido capaz de seguirlo. Estaba seguro que Anna no renunciaría a él sin pelear con
uñas y dientes.
Capítulo Dieciséis

Un rayo de sol se colaba por la ventana y le daba justo en la cara a Ruby. Había terminado tan cansada que la noche anterior había quitado el despertador. Pero
ahora le parecía mala idea. Antes de quedar a tomar el helado con Emmanuel, ella ya había hecho planes.
Tenía pensado en ir a ver un par de empleos que le gustaban. Uno era en un café Internet y el otro en una biblioteca. Rezaba por poder conseguir el segundo.
Sería un sueño trabajar en una biblioteca amando a los libros tanto como los amaba.
Había dejado solicitudes en otros cinco lugares, cuatro días antes, pero no le habían llamado de ninguno. Solo esperaba poder conseguir algo antes de que el mes
terminara. Ya no quería seguir en M r. Burguer.
Así que, como ya era tarde, se desayunó un cereal y se duchó antes de marcharse. Tenía pensado caminar mucho, por eso se puso zapatos negros de piso, a
juego con el pantalón de vestir y una blusa de corte princesa en color beige. Era un atuendo, lo suficiente formal, para cualquiera de los empleos. Se recogió el pelo en
una coleta y salió a la calle tatareando una canción. La vida era bella.
Y, exceptuando su trabajo, era el mejor momento de su vida, por lo menos de los últimos cinco años.
Aun no llegaba a ninguna de las entrevistas de trabajo, cuando su móvil sonó. Era Emmanuel.
— Hola —dijo él— ¿sabes de qué me di cuenta?
— No. ¿De qué? —contestó Ruby.
— De que no hemos acordado una hora para vernos.
— En este momento estoy en el centro, si quieres cuando me desocupe te aviso. Te puedo esperar en la plaza.
— ¿En la banca que está frente a la heladería? —Sugirió Emmanuel con un dejo de emoción en la voz.
— M e parece estupendo —contestó ella—, ahora te dejo, porque estoy a punto a llegar a un lugar donde me harán una entrevista de trabajo. Nos vemos
después.
Dicho esto, Ruby cortó la comunicación, dejando a Emmanuel con la duda ¿Cómo es que tenía una entrevista de trabajo? Si apenas anoche seguía laborando en
M r. Burguer, ¿acaso había sucedido algo? Seguro Ruby le contaría mas tarde.
Ruby entró en la biblioteca tan emocionada, que casi choca con una mesa llena de libros. Una mujer, detrás de un mostrador, con gafas de pasta negra, se le
quedó mirando como si Ruby hubiera cometido un delito.
— Perdón —dijo ella en un tono de voz bajo, mientras la mujer la miraba de arriba abajo con expresión adusta—. Vengo a ver lo del anuncio del periódico. Dice
que hay una vacante.
La mujer se acomodó las gafas sobre el puente de la nariz.
— Eres muy joven, ¿Qué edad tienes?
— Acabo de cumplir veintiséis.
La mujer se levantó de la silla tras el mostrador y la hizo pasar a un cubículo apartado.
— Es para no molestar a los lectores —abrió una puerta y le señaló una silla forrada en negro y gris— ahora vendrá el encargado a hacerte la entrevista.
Dicho esto, la mujer salió cerrando la puerta por fuera.
Veinte minutos después, Ruby salía un tanto decepcionada. Al parecer, el hecho de trabajar en un lugar donde se vendía hamburguesas, no era una buena
referencia para el encargado. Y menos si no tenía terminada la escuela, o si no estaba estudiando.
— Queremos una persona que esté familiarizada con todos los géneros literarios, así como con el manejo de volúmenes y que sepa manipular la base de datos en
la computadora. Necesitamos a alguien que oriente a los lectores. —Había dicho el hombre.
Ruby pensó que había sido mala idea decirle que le gustaba el género romántico, pues a partir de entonces la entrevista había decaído. Era como si el hombre la
considerara poco apta solo por el hecho de que le gustase el romance.
— De cualquier forma, te avisaremos si encontramos algo para ti —el hombre se había puesto de pie, dando por terminada la entrevista— deje sus datos con
M arge.
M arge era la mujer mal encarada de la recepción. Después de eso ya no se le hizo tan buena idea trabajar en ese lugar.
La entrevista en el ciber–café fue peor. El tipo había estado coqueteando con ella, y cuando sin descaro le tocó la pierna a Ruby y esta le dio un manotón,
prácticamente la corrió del lugar.
Pero no iba a desistir, en algún momento encontraría un trabajo y abandonaría M r. Burguer. Por suerte, tenía algo ahorrado y no pasaría penurias como cuando
se puso a trabajar en el restaurante.
Caminaba por la acera balanceando el bolso negro de cuero en una mano y en la otra, las carpetas con los curriculum vitae. Se le había olvidado hablarle a
Emmanuel. Pero no importaba, seguro no pasaba nada si le hablaba en ese momento.
Oprimió la tecla de remarcado automático, el número de Emmanuel apareció en la pantalla y tras unos segundos, empezó a timbrar.
Le pareció escuchar la voz de Emmanuel a lo lejos. Le contestó por el móvil y justo en ese momento, cuando Ruby levantó la vista, lo descubrió sentado en la
banca haciéndole señas con el aparato en su mano. Ruby colgó y se apresuró a llegar a su encuentro.
Cuando estuvo parada junto a él, Emmanuel se puso en pie y le dio un beso en la mejilla. En cada mano, Emmanuel sostenía un barquillo con dos enormes bolas
de helado. El de él era de fresas con chocolate encima y el de ella, por supuesto, era de vainilla con duraznos y uvas.
— ¿Los has comprado ya? —dijo ella sosteniendo el suyo y llevándoselo a la boca, no quería que lo que se estaba derritiendo cayera al suelo.
— Te vi venir, y los compré. Supuse que me llamarías hasta que llegaras aquí, y preferí esperarte.
Ruby sonrió, cuando Emmanuel quería era realmente encantador. Pero el helado se estaba derritiendo a una velocidad vertiginosa.
— Iré por unas servilletas de papel. —Se ofreció Emmanuel, al ver que el helado de Ruby ya corría por su muñeca.
No esperó respuesta, Emmanuel se encaminó hacia dentro de la heladería y cuando Ruby quiso girar para ir junto a él, terminó estampando su helado en la
camisa azul a cuadros del hombre con el que chocó.
Ruby se sintió apenadísima, pues la camisa seguro se había estropeado. Pero terminó más que sorprendida cuando reconoció al joven que trataba de quitarse en
vano el helado de encima.
— ¿Angel? ¡Cuánto tiempo sin verte!
— ¿Ruby?
Ella afirmó con un movimiento de cabeza, y antes de que alguien dijera algo, ante la mirada atónita de Emmanuel, Angel la abrazó y levantándola en el aire,
empezó a girar con ella.
Emmanuel los miraba desde la puerta de la heladería, estrujando con una mano las servilletas de papel y con la otra, destrozando el barquillo de helado que
terminó en el suelo.
Era la primera vez que Emmanuel sentía celos, y por vida de Dios que era como bajar al infierno descalzo. ¿Quién era ese imbécil? Y ¿Quién se creía para tratar
con tal confianza a Ruby?
Capítulo Diecisiete

Angel soltó a Ruby cuando cayó en cuenta de que la había ensuciado de helado. Pero a Ruby no le importó. Angel era un viejo amigo que llevaba años sin ver.
Un tiempo, hacía mucho, Ruby creyó estar enamorada de él, pero después conoció a Emmanuel y supo lo que era el amor de verdad.
Sin embargo, y a pesar de que Emmanuel estaba a solo unos pasos de ellos, ni Ruby podía quitarle los ojos de encima a Angel ni Angel a ella.
— Estás tan cambiada —dijo el joven sosteniéndola aun con ambas manos.
— Han pasado muchos años —contestó ella soltándose de una mano y acomodándose el pelo, sin notar que lo llevaba en una coleta.
— M jú —un sonido proveniente de la garganta de Emmanuel hizo que se separaran totalmente— aquí están las servilletas.
Emmanuel le entregó un puñado de servilletas a Ruby y fue cuando Angel miró a Emmanuel. Lo conocía de tiempo atrás, pero Emmanuel no lo reconoció. Sin
embargo, para Angel era imposible olvidar al hombre que le quitó a Ruby, su mejor amiga y confidente.
— Hola —dijo Angel— ¿Eres M anuel, el novio de Ruby, no?
— Soy Emmanuel —contestó éste.
— Y ya no es mi novio —recalcó Ruby.
Emmanuel levantó una ceja en signo de desaprobación y aunque Angel lo notó, no dijo nada. Ruby se veía contenta de ver a Angel, pero a Emmanuel se le
estaban deshaciendo las tripas por culpa de los celos. M as por que el tipejo que miraba con devoción a Ruby lo conocía a él, y Emmanuel no podía decir lo mismo.
— ¿No recuerdas a Angel? —Preguntó Ruby limpiándole la camisa a éste con las servilletas de papel que Emmanuel le había dado— Es un viejo amigo.
“Carajo” pensó Emmanuel, de haber sabido que las servilletas servirían para que Ruby prácticamente acariciara al tal Angel, nunca se las hubiera dado. Pero
Ruby tenía razón, ellos hacia mucho que no eran nada y no podía armarle una escena de celos.
— Lo siento mucho, Angel, te estropeé la camisa.
— No pasa nada —dijo él sosteniéndole la mano sobre su pecho embadurnado— ¿Entonces… están casados?
Ruby sonrió irónica, le habría encantado decir que sí, pero…
— No, solo somos amigos.
Ese “solo somos amigos” le caló a Emmanuel en lo más hondo y fue justo en ese momento en que decidió que no dejaría a Ruby escapar. La haría rogar por sus
besos, por su amor. Y cuando la tuviera a su merced, le daría tanto placer que Ruby jamás volvería a ver a otro hombre.
— Voy por mas servilletas —comentó Emmanuel, sintiéndose relegado, se sentía fuera de la conversación que los dos “viejos amigos” sostenían—, parece que
las que traje no fueron suficientes.
Ruby estaba casi igual de sucia que Angel, cuando la abrazó le llenó de helado también y la blusa beige, se había vuelto casi transparente, dejando vislumbrar el
encaje de su sujetador. Pero ella estaba tan absorta tonteando con Angel que ni siquiera lo había notado.
Pero cuando Emmanuel trajera las servilletas, no se las iba a dar a Ruby, pensaba limpiarla él mismo, con la misma devoción que Ruby había limpiado a Angel,
pero con más caricias y más lentitud.
Cuando Emmanuel se hubo metido dentro de la heladería, Angel abrazó de nuevo a Ruby.
— Vaya, muñequita —le dijo al oído— estás mucho más guapa que hace… ¿Diez años?
— Once — corrigió ella.
— Se que no debo de ser tan directo, pero… ¿todavía sales con este tipo?
— Solo como amigos, acaba de regresar a la ciudad después de muchos años y decidimos salir para ponernos al día con nuestras vidas.
— ¡Qué casualidad!—Angel la orilló para ayudarla a sentarse justo en la banca que minutos antes Emmanuel había usado para esperarla— yo también acabo de
regresar a la ciudad y me gustaría ponernos al día con nuestras vidas.
— Claro, cuando quieras —respondió ella, mientras él sacaba una pequeña tarjeta de papel blanco de uno de sus bolsillos.
— Toma, llámame cuando estés libre.
— Lo haré —dijo ella.
Él se levantó y le dio un beso en la mejilla.
— Tengo que irme, me esperan para almorzar.
— Angel…
— ¿Si?
— M e guardas el recibo de la tintorería.
— Ya veremos —contestó él y se despidió agitando la mano en el aire.
Toda la escena había sido observada con mirada de lince por Emmanuel. ¿Qué se creía ese tipo? ¿Qué podía aparecer de buenas a primeras y robarle a Ruby?
Eso si él lo permitía.
— Aquí están las servilletas —Emmanuel se las extendió para dárselas, lo que había pensado hacer con ella anteriormente, no sería bien visto en público y Ruby
no podía pasar la tarde sucia de la crema del helado.
— Ya no son necesarias —dijo Ruby mirando con una sonrisa hacia donde Angel desaparecía entre la muchedumbre que empezaba a abarrotar las calles del
centro—, Angel se ha ido.
— No eran para él —contestó Emmanuel señalando con la mirada la blusa de Ruby— son para ti.
Fue cuando ella se percató que su sujetador de encaje blanco, quedaba prácticamente visible a todos.
— Toma —dijo Emmanuel—, ponte mi chaqueta.
Hacía un calor de los mil diablos, pero ponerse la chaqueta era mejor que estar así en plena calle.
— ¿Quieres que compremos otro helado? —preguntó él al ver que ella aun sonreía.
Eso le hacía querer agarrar al tal Angel por el cuello.
Desde que había vuelto a ver a Ruby, ella no sonreía de esa forma. Con una facilidad y alegría que llevaba años sin verle. Hubiera dado lo que fuera por que ella
lo hubiera abrazado de esa forma cuando se reencontraron, pero en lugar de eso había salido huyendo.
Ella aceptó otro helado de buena gana y estuvieron charlando durante horas, tan amena era la plática, que se les olvidó que no había almorzado. Hablaron de todo
y de nada. De lo que había sido sus vidas después de su separación, de por qué Ruby dejó la escuela y terminó peleada con su padre. De cómo él ahora tenía un futuro
como compositor y que pronto su música estaría sonando en la radio, cantada por él mismo.
Ruby rió con ganas cuando le platicó que él no quería cantar en público, y cuando lo hizo por primera vez, casi les vomitó encima a los asistentes de primera fila
de lo nervioso que se sentía.
Y se sorprendió demasiado cuando supo que muchas de las canciones que ella escuchaba, habían sido compuestas por Emmanuel. Solo que otras personas las
cantaban.
Y aunque Emmanuel agradeció que ella estuviera de tan buen humor y platicara de lo más animada, sentía un dejo de tristeza. Pues sabía que no era por él.
Sabía que ese cambio de actitud era por Angel. Y aunque no estaba seguro de que ella sintiera algo por él, realmente le afectó la velocidad con la que Ruby le
contestó a su “viejo amigo” que ellos “solo eran amigos”. ¿Cómo podía ella decir eso, después de todo lo que habían vivido juntos?
Y lo que les faltaba por vivir. Porque estaba más seguro que antes de que no la dejaría escapar. Le bajaría el cielo y las estrellas de ser necesario y le compensaría
cada minuto de tristeza con una hora de alegría. Por Dios que la haría lo más feliz que pudiera.
Y esos años de abandono se los pagaría con creces. Si alguna vez dudó del amor que se tenían, en ese momento estaba seguro que era lo más fuerte. Porque en
todo ese tiempo, su amor por ella no disminuyó, al contrario.
Solo tenía que hacerla creer en él. Y convencerla de que su destino era estar juntos.

* * *

Casi a las cuatro de la tarde, cuando el estómago de Ruby sonaba de hambre, se despidió de Emmanuel, pero él insistió en llevarla a casa.
Cuando se hubo estacionado en la acera y Ruby no supo qué hacer, él se desabrochó el cinturón de seguridad y se bajó del auto, le abrió la puerta y le dio un
beso en la mejilla, tan cerca de la comisura de la boca que Ruby sintió el tibio aliento de Emmanuel en los labios.
— ¿Quieres pasar? —preguntó ella antes de pensar en lo que decía.
Emmanuel puso el seguro a las puertas del auto con el mando a control y subieron hasta la tercera planta del edificio donde Ruby tenía su apartamento.
— ¿Tienes hambre? —volvió a preguntar ella, un tanto nerviosa. Se dirigió hacia el refrigerador, dándose cuenta de que tenía más de una semana que no iba de
compras y por eso estaba casi vacío
— Podemos pedir una pizza o comida china… ¿todavía te gusta el pollo cantonés?
— Claro, y arroz frito —completó ella.
— ¿Recuerdas la vez que comimos sushi y terminaste vomitando? —Emmanuel sonrió recordando la escena.
— Já–já, lo bueno es que no estaba arriba de un escenario intentando cantar.
— Touché.
Y esta vez Ruby sonrió sinceramente para él. Tomó el teléfono de su bolso y marcó el número de su restaurante de comida china predilecto.
En algún momento algo sucedió. La alegría se borró del rostro de Ruby y se le notaba tensa y casi preocupada.
— Ven, siéntate —pidió Emmanuel que ya estaba sentado en el sofá de dos plazas del pequeño apartamento de Ruby—. ¿Sucede algo?
— No, ¿Qué habría de suceder? —contestó ella dejándose caer a un lado de él.
— No lo sé —Emmanuel la tomó suavemente el cabello con los dedos— dímelo tú.
Si. Sucedía algo. Ruby no podía dejar de pensar en Anna. Esa situación era la misma que cinco años atrás, pero a la inversa.
Emmanuel soltó su pelo, deslizando la mano a través de su mejilla y deteniéndose en el hueco de la nuca. El ambiente se tornó tenso en un segundo y la
respiración de Ruby se ralentizó. M iró como los ojos de Emmanuel se cerraban poco a poco y pudo intuir el beso que se venía.
Ruby se humedeció los labios y antes de que pudiera decir algo, Emmanuel ya tenía los labios sobre los suyos. La sujetó suavemente de la nuca, mientras el beso
era apenas un roce. Los labios de él eran dulces y carnosos, y tenía un ligero sabor a melocotones.
Antes de que el beso se profundizara, Ruby se separó bruscamente de él. Emmanuel se quedó unos segundos más con los ojos cerrados, queriendo atrapar el
aliento de Ruby que aun flotaba entre ambos, pero al final los abrió para encontrarse con la cara perpleja de Ruby y unos ojos llenos de lágrimas.
Capítulo Dieciocho

— No puedo hacer esto —le soltó Ruby.


Se puso en pie, se llevó las manos a la cara y respiró hondo, tres veces. Cuando se aseguró de haber disipado cualquier rastro de aquellas lágrimas que se
avecinaban por llegar, se giró mirando directamente a Emmanuel.
Él no se había movido ni un centímetro.
— Creo que será mejor que te marches —dijo Ruby abriendo la puerta de entrada para que se fuera.
— No sé qué pasa contigo, Ruby. —Emmanuel se puso en pie y tomó la chaqueta que momentos antes Ruby dejara en el respaldo del sillón— Pensé que esto
era lo que querías. Una segunda oportunidad para ambos.
— No así.
— ¿No así? ¿Entonces cómo? —Quiso saber él — Tienes que ser más directa conmigo Ruby, porque yo no sé leer la mente.
— ¡Eres un cínico! —Explotó ella— aun cuando yo puedo perdonar y olvidar el pasado, no puedo aceptar el presente.
— ¿Qué presente Ruby? Tienes que ser mas especifica. Cuando estoy contigo siento que estoy en un tornado, girando a tu alrededor, sin saber cómo va a
terminar.
Ruby no podía creer lo cara dura de Emmanuel. Cerró la boca cuando se dio cuenta de que la tenía abierta.
— ¿Quieres hablar? Pues vamos a hablar. —Ruby cerró la puerta dando un golpazo tan fuerte que seguramente se escuchó en todo el edificio. Si hacía unos
momentos la tristeza la invadía, ahora era la ira la que le hacía hablar— Háblame de Anna.
Emmanuel tragó hondo. Su cara cambió de color a un tono blanco amarillento. Señal suficiente para Ruby de que lo que él escondía iba mucho más allá.
— ¿Anna? ¿Qué Anna?
— No te hagas el idiota. Sabes perfectamente que Anna. La Anna que llevaste hace unos días a M r. Burguer.
— ¿Qué sabes de ella?
— Lo suficiente como para no querer estar en este teatrito. —Ruby, que seguía parada a un lado de la puerta, la abrió de nuevo y le mostró la salida con la mano
— No vuelvas a buscarme a menos de que arregles las cosas con ella. Ella fue al trabajo para conversar conmigo…es una chica horrible, pero no se merece que la uses.
— Ruby… —Él estiró la mano para tratar de tocarle el brazo, pero ella lo esquivó.
— No, Emmanuel. La Ruby que hacia lo que tú querías, se acabó. Hace mucho tiempo. Ahora vete —ella agachó la vista— y ya sabes la condición para que
podamos tratar de arreglar esto.
Emmanuel no podía creer que Ruby y Anna hubiesen hablado, y ¿De qué? ¿Qué le habría dicho de él?
— ¿Qué fue lo que ella te dijo?
— No vale la pena mencionarlo. Fueron muchas cosas, todas ellas más desagradables que la anterior. Pero estuvo bien. —Ruby levantó la cara y lo miró
directamente a los ojos— Tal vez si yo hubiera hecho lo mismo, hace cinco años, nuestra historia sería diferente. Ahora, márchate.
Emmanuel tragó saliva y antes de cruzar la puerta la miró fijamente a los ojos, pero Ruby ni se inmutó. Se puso la chaqueta y se fue. Ruby cerró despacio, se
recargó de espalda en la puerta y cerró los ojos. Quiso llorar, pero no pudo. Esperaba estar haciendo lo correcto.
Si Emmanuel decidía quedarse con Anna, Ruby podría olvidarlo para siempre. Pero si decidía quedarse con ella, Ruby quería que fuera sin secretos, sin engaños,
sin infidelidades y perdonándose de corazón.
Pero Anna… ¿Qué culpa tenía ella?
Sonó el timbre de la puerta, y Ruby que seguía recargada en ella, se sobresaltó. ¿Habría olvidado algo Emmanuel? Abrió con los dedos temblorosos. Pero no, no
era Emmanuel.
Era el repartidor de la comida china. Que llevaba almuerzo para dos, aunque Ruby ya no tenía apetito. Buscó su cartera y pensó que no importaba, siempre
podía regalarles la comida a los vecinos.

* * *

Emmanuel salió del departamento de Ruby con sentimientos encontrados. Estaba triste por lo acontecido, perplejo por que no sabía que Anna y Ruby hubiesen
hablado, atónito por que jamás pensó que Anna buscaría a Ruby y tremendamente furioso. Con Anna.
Llegó a la camioneta y se sentó en el asiento del conductor. Respiró hondo para tratar de relajarse, pero no lo consiguió. Golpeó el volante con los puños, tantas
veces, que le dolieron. Estaba en un estado en que no sería recomendable conducir. Pero realmente tenía que aclarar las cosas con Anna.
Tomó el móvil y marcó el número.
— ¿Anna? ¿Dónde estás? —Ella le respondió— quédate ahí, voy para allá.
— ¿Qué pasa, Emmanuel?.. ¿Emmanuel?... —pero él ya había cortado la comunicación.
Hacía tiempo que Emmanuel quería deshacerse de ella, y no sabía cómo. Pero esta vez tenía el motivo perfecto. Todos le habían dicho que era una arpía, y aun
así Emmanuel le había dado una oportunidad.
Pero se acabó. Si había algo sagrado para Emmanuel, esa era Ruby. Y no iba a permitirle a Anna que se interpusiera entre ellos.
Capítulo Diecinueve

Ruby había pensado que Emmanuel tardaría algunos días en actuar, ya fuera para contactarla a ella o a Anna. Pero no fue así.
Al día siguiente, sentada dentro del restaurante y con una mirada adusta, estaba Anna. Era lógico pensar que Emmanuel ya había hablado con la chica. La duda
era, que sería lo que él le había contado.
Ruby pasó de largo, saludándola de lejos con una mirada. Anna hizo lo mismo.
Pasados unos minutos, luego de que Ruby se acomodara en su sitio y de que las ordenes de comida cesaran, Anna se puso en pie y se dirigió hacia la caja
registradora.
Unos segundos antes de que la joven abriera la boca, mil ideas surcaron la mente de Ruby. Desde que Anna la golpearía, hasta que había ido para decirle que le
dejaba a Emmanuel para ella solita. Pero no. Ni una cosa, ni la otra. Tampoco las otras novecientas noventa y ocho.
El rostro de Anna era como un mascara pétrea, se quitó las gafas de sol solo para que Ruby pudiera apreciar de primera mano lo que pensaba de ella. Que era
muy poquita cosa para Emmanuel, y que si de ella dependía, Emmanuel no iba a estar con Ruby nunca.
— Sé que no es muy profesional venir a buscarte a tu trabajo —empezó Anna— pero, dado que no conozco tu dirección, he tenido que tomarme esta libertad.
— No creo que haya problema —contestó Ruby, sospechando que Anna no iba en son de paz—. Si quieres, puedo pedir unos minutos, para salir a charlar
fuera…
— No —se apresuró a interrumpir Anna— lo que vengo a decirte no tomará demasiado tiempo.
— Te escucho entonces.
— Pensé mucho antes de venir a hablar contigo, y me decidí a hacerlo siendo lo más honesta posible. Ayer habló conmigo Emmanuel, balbuceaba algo acerca de
que por mi culpa tú no estabas con él. M írate, compáranos, ¿realmente crees que estar contigo le conviene más que estar conmigo? ¿Realmente piensas que lo harás
feliz? Cuando lo conocí era un guiñapo, alcohólico, sin futuro, sin metas. Yo lo hice lo que es. Yo creí y confié en él. Lo saqué adelante, en cambio tú lo abandonaste. Y
puede que no lo creas, y puede que tal vez él tampoco, pero lo quiero. Lo quiero de verdad. Quiero su bienestar y sé que contigo no lo tendrá. Puedo parecer fría y
superficial, pero no es así. De verdad creo que el amor que ustedes se tenían, o se tienen, es nocivo, no le hace bien a ninguno de los dos. Y sé, al igual que tú, que están
mejor separados. No sé qué pasaría con ustedes en antaño, pero si no funcionó entonces, no funcionará ahora.
Ruby había imaginado todo, menos eso. Le dolió tanto escuchar en boca de una extraña lo que ella misma había pensado, que no supo que contestar. Se levantó
sin decirle nada y fue a encerrarse en el baño. Ahí lloró una vez más. Por Emmanuel y por ella. Por su amor nocivo que solo destruía. Y, por que supo que Anna tenía
razón. Estaban mejor separados.
Después de llorar por poco más de diez minutos salió dispuesta a responderle a la mujercita. Le diría que Emmanuel y ella, serían los que decidirían que era lo
mejor para ambos. Pero ya no pudo. Anna se había ido.
Y al parecer nadie había notado su ausencia. El resto del día estuvo más distraída que de costumbre, confundió pedidos, dio mal algunas direcciones e incluso se
había equivocado a la hora de cobrar. A un chico le había cobrado de más y a otros dos de menos. Suerte que los tres se dieron cuenta y se lo hicieron saber.
A la hora de salida no se quedó a hacer las cuentas, su jefe las hizo solo. Tal vez la miró en tan mal estado anímico que por eso la dejó marchar a casa justo detrás
del último cliente. Caminó a casa pensando en el pasado, Anna tenía razón. La relación de Emmanuel y ella solo acarreaba sufrimiento y autodestrucción. Pero dolía.
¡Qué caray! ¡Claro que dolía! La estaba matando.
Al doblar en la esquina distinguió a una persona parada frente a la puerta de su edificio, no fue necesario verle el rostro, sabía que era Emmanuel.
— Hola —dijo él al ir a su encuentro.
— Hola —respondió secamente ella.
— Aun sigues molesta por lo de ayer, ya hablé con Anna y te juro que…
— Emmanuel, no es necesario. No quiero ninguna explicación. Te creo. Te creo si me dices que a la que quieres es a mí.
Emmanuel sonrió, visiblemente satisfecho. Había esperado tanto para escuchar de los labios de Ruby aquello, que creía estar soñando. La estrechó entre sus
brazos y la besó lentamente, pero no hubo respuesta. Era como besar a un bloque de hielo.
— ¿Qué sucede? Si es por Anna, ya te dije que…
— No, no es ella. Ni siquiera eres tú.
— ¿Entonces?
— Soy yo quien ya no siente lo mismo por ti. Lo siento Emmanuel, pero el tiempo pasó y estoy segura de que ya te olvidé.
Fue una puñalada en el corazón de Emmanuel. Ya la había perdido una vez y había sufrido lo indecible. Pero había sido un amor inmaduro. Esta vez el golpe
dolía más. Pues ahora estaba seguro que ella era la única mujer a la que siempre amaría.
El cuerpo de él reflejó lo que estaba pasando por su mente. Se puso pálido, abrió ligeramente los labios y la apretó sutilmente de los hombros para sostenerse. A
Ruby también le dolió. Pero se convenció de que era lo mejor.
— ¿Estás segura? ¿No hay ninguna posibilidad para mí en tu vida? —preguntó él en un murmullo.
— Esa misma pregunta me he estado haciendo desde ayer, y la respuesta es no. Creo que hay que dejarnos ir, para poder seguir adelante. Fuiste mi primer amor,
y siempre tendrás un lugar en mi corazón, pero no nos veo envejeciendo juntos. —Era la mentira más dolorosa que había dicho en su vida— Tú tomaste tu rumbo y yo
el mío, y desgraciadamente, no convergen.
— Solo dime una cosa, es por el tal Angel ¿verdad?
Ruby tardó unos segundos en asimilarlo.
— ¿Angel? ¿Qué Angel?
— El tipo que nos encontramos ayer en la plaza.
— No Emmanuel, no es por él. No te confundas. Es por mí. Ya no siento lo mismo — y en cierta manera era verdad. Ya no lo amaba como antes. Lo amaba aun
más.
— De acuerdo, si lo que dices es cierto, dame una última oportunidad. Déjame enamorarte de nuevo, si no lo logro, prometo no volver a molestarte jamás. M e iré
de la ciudad y no volverás a verme.
Para Ruby sería un tormento tener que fingir indiferencia ante los intentos de seducción de Emmanuel, ansiaba decirle que lo anterior era una broma, que lo
amaba más que nunca y que no quería que se separaran. Pero no había vuelta atrás. Era obvio, no podían estar juntos sin hacerse daño.
Tenían que dejarse ir para poder olvidarse, y si Emmanuel necesitaba un par de días más para hacerse a la idea, ella no se los negaría. Aunque al final la
despedida fuese más dura.
— Está bien, pero no creo que me hagas cambiar de parecer. Ya viví todo lo que pude haber vivido contigo y eso no me hizo amarte más o amarte menos. Pero si
insistes, adelante. Sé que no voy a hacerte cambiar de opinión.
Capítulo Veinte

Ruby lo conocía demasiado bien. Sabía que Emmanuel desplegaría todo su encanto y dulzura para hacer que ella se enamorara de él. Lo que Emmanuel no sabía
era que ella ya lo estaba, y que la estaba pasando realmente mal al portarse fría y desdeñosa con él. Pero no había de otra.
Ruby sabía perfectamente que en cuanto la racha del enamoramiento pasara, empezarían los problemas. Las discusiones, los malos ratos, la desconfianza. Lo
había vivido demasiadas veces en el pasado. Y aunque las reconciliaciones eran muy buenas, el dolor se iba acumulando poco a poco, hasta reventar una vez más.
Era un ciclo de nunca acabar.
Justo estaba pensando eso, cuando lo vio acercarse a la puerta de su trabajo, venia con una rosa roja en la mano. A Ruby le encantaban las rosas y él lo sabía. Era
la cuarta vez en la semana que él iba por ella al trabajo y que le llevaba un obsequio.
El primer día, fue un pequeño mono de peluche que decía “I Love You” cuando lo comprimías del estómago. El segundo día una tarjeta con un poema, que el
abrirla sonaba la canción “For Elise” de Beethoven. Y el tercer día, una caja de chocolates con relleno de rompope.
Y ahora, una rosa. Todos en el trabajo le tatareaban la marcha nupcial al ver a Emmanuel acercarse a los ventanales, todos reían cuando ella se sonrojaba. Pero lo
que nadie notaba, es que Ruby, más que lucir contenta, parecía desolada. Emmanuel, para no incomodarla más, siempre la esperaba a un lado de la puerta.
Aun faltaban unos minutos para que el restaurante cerrara cuando un último cliente llegó. Emmanuel se hizo a un lado para que el tipo pasara. Olía a tabaco y
suciedad, y la manera en la que caminaba, hizo que Emmanuel le prestara más atención de lo debido.
Ruby estaba semi–inclinada, guardando su móvil en el bolso, cuando el tipo se acercó a la caja registradora.
Orden 918 del día.
Al sentir la presencia Ruby levantó el rostro y le sonrió al hombre.
Pero su sonrisa se le congeló en el rostro, al ver como el sujeto le ponía un arma a la altura del pecho. Era una .357 M ágnum, Ruby las había visto algunas veces
en el noticiero de tv, eran las que usaban los delincuentes dedicados al narcotráfico. Y sabía que si una bala se le salía al tipo, la haría picadillo a ella.
— Ponga todo el dinero en la bolsa —masculló el asaltante, extendiéndole una bolsa de plástico transparente.
Pero Ruby no pudo reaccionar se había quedado paralizada mientras los demás trabajadores corrían a esconderse dentro de la cocina. Ella pudo verlos a través de
los reflejos en los vidrios.
— ¿No me escuchó? Ponga todo el dinero de la caja en la bolsa y no se quiera pasar de lista.
Sin darse cuenta de que hacía, y con dedos temblorosos, Ruby sacó la llave de un cajón bajo la caja registradora y la abrió. Automáticamente empezó a arrojar los
billetes dentro de la bolsa.
Cuando los hubo metido todos, el hombre tomó la parte móvil de la caja, donde se acomodan las monedas y las vació dentro de la bolsa.
Todo ocurrió en un par de segundos. Pero para Ruby había sido una eternidad.
No supo en qué momento Emmanuel había arrojado la rosa al suelo y se había introducido al local. Tampoco miró como forcejeó con el tipo, pues ella ya había
cerrado los ojos. Pero en el momento en que escuchó el disparo, supo que el blanco había sido Emmanuel.
Cuando abrió los ojos, miró a Emmanuel tirado en el piso, en un charco de sangre, mientras el asaltante se alejaba del lugar corriendo por la acera, perdiéndose en
la oscuridad.
Alguien había dado aviso a la policía, pero llegaron demasiado tarde. Las torretas de las patrullas se entremezclaban con las sirenas de la ambulancia, y ahí en
medio de la confusión, no supo como terminó trepada en la ambulancia, sosteniendo la mano del amor de su vida, mientras lo conectaban a aparatos que ella nunca había
visto y le ponían una mascarilla de oxígeno.
Emmanuel lucía mal. Pálido y sin moverse, con los ojos cerrados y los labios resecos. Y en ese preciso instante Ruby supo que si Emmanuel moría, ella moriría
también.
Capítulo Veintiuno

No la habían dejado pasar más allá de la sala de urgencias. A Emmanuel lo habían metido al quirófano. Llevaba ahí dentro poco más de dos horas y nadie salía a
decirle nada.
Preguntaba por él, desesperada, a cuanta persona vestida de blanco miraba. Pero nadie sabía que responder. La mandaban a sentarse y esperar.
Esperar. Esperar. Como si pudiera hacer algo más.
Ruby se sentó por quincuagésima vez en las sillas de policarbonato azul, estaba inclinada sobre sí misma con las manos en el rostro, cuando Anna llegó.
— ¿Qué ha pasado? —la mujer se veía realmente preocupada, estaba sin maquillaje y despeinada. Parecía que había estado durmiendo y se había levantado de un
brinco de la cama.
— Hubo un asalto en mi trabajo, y no sé como Emmanuel terminó herido.
— ¡Dios santo! ¿Y qué te han dicho?
— Nada, que está en cirugía y hay que esperar.
— Anna se sentó a su lado, con la misma preocupación que ella.
— ¿Sabes si ya le avisaron a su familia? —preguntó Anna sin verla, tenía la mirada fija en algún punto en la pared.
— No lo sé, ¿Tú como te enteraste?
— El hospital llamó a mi número telefónico. Soy el contacto de Emmanuel en caso de emergencia.
Esa información dolió a Ruby. Anna era tan importante para Emmanuel, que era su contacto en emergencias. Eso quería decir que era como de su familia.
— Veré si los puedo contactar —dijo Anna poniéndose de pie y acercándose a uno de los helechos que decoraban la sala de espera del hospital.
Tras unos minutos, un médico con overol desechable azul cielo, salió por la puerta que habían metido a Emmanuel. Al ver que Ruby se ponía en pie de un salto,
Anna se acercó
— ¿Son los familiares de Emmanuel Oldfield?
— Sí —contestaron al unísono.
— El señor está estable, la bala no hizo mucho daño, pero perdió demasiada sangre. Fue un rozón en el hombro. Se salvará. Hace unos minutos despertó y pide
hablar con alguien llamada Ruby.
Ruby se emocionó a más no poder.
— Pero solo unos minutos, está muy débil.
— Lo tendré en cuenta —dijo ella.
— Ruby, espera —Anna la detuvo sosteniéndola del antebrazo—. Piensa muy bien qué es lo que vas a decirle.
— ¿A qué te refieres?
— Yo no he hablado con él desde que discutimos por tu causa, pero sé que han estado viéndose.
— ¿Y eso que tiene que ver?
— Que si hubieses tomado en cuenta lo que te dije hace unos días, nada de esto estaría pasando. Si Emmanuel no hubiese ido a tu trabajo no estaría herido, ni
hubiese estado en peligro de muerte. A lo que voy es a lo mismo del otro día, tú y él no pueden estar juntos. Tú no eres para él.
Ruby no dijo nada, se zafó de la mano de Anna y se dirigió hacia donde el médico le había indicado. Sabía que Anna tenía razón. Si ella se hubiese negado a la
propuesta de Emmanuel, aun cuando el asalto hubiese ocurrido, Emmanuel no estaría en esa situación. Todo era culpa de ella.
Abrió lentamente la puerta, Emmanuel estaba acostado sobre una cama de tamaño normal que le venía pequeña a él. Estaba pálido y ojeroso. Intentó sonreír al
verla entrar pero el gesto fue solo una mueca.
— Ruby…
— Shtt, no te esfuerces, el médico ha dicho que debes descansar.
— Lo que tengo que decir es importante. Sé que no es el mejor momento ni el mejor lugar pero…
— No, Emmanuel. No lo hagas —Ruby tenía ganas de llorar y gritar al mismo tiempo, por eso se sorprendió al darse cuenta de la serenidad con la que hablaba—
ni estos días, ni esta situación han cambiado mi forma de pensar. No siento lo mismo por ti. El amor que sentí en el pasado, ya no existe.
Esa confesión dolió a Emmanuel más que el mismo balazo. Seguramente Ruby había adivinado que le propondría matrimonio, y lo estaba rechazando aun antes
de escuchar la propuesta.
— Estoy aquí contigo —continuó ella— porque me mandaste llamar y porque de cierta manera me siento responsable de lo que te ocurrió. Pero allá afuera esta
Anna, me he dado cuenta de que ella te aprecia de verdad, seguramente tu madre, tus hermanos y tu demás familia vienen en camino.
— Ruby… cof cof… por favor… cof cof…
— No, Emmanuel, tú prometiste algo. Dijiste que si no me enamorabas de nuevo, desaparecerías de mi vida. Y por mucho que duela, eso es lo que tienes que
hacer.
Ruby se puso en pie, se acercó a Emmanuel y le dio un beso en la mejilla, su aliento cálido quedó grabado en la piel de él, podía sentir sus labios aun después de
que ella había cerrado la puerta tras de sí.
Emmanuel sintió recorrerle una amargura por el pecho hasta llegar a su garganta. Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero no se permitió llorar. Ruby ya había
tomado su decisión, y por más que le doliera, debía respetarla. No pudo evitar pensar en la cadenilla de oro, de la cual colgaba el anillo de compromiso de Ruby, que aún
conservaba en el bolsillo delantero de su pantalón. Había pensado volver a pedirle que se casara con él y darle ese mismo anillo. Pero incluso así, Ruby seguramente no
habría aceptado.
Ruby no se permitió llorar hasta haberse alejado lo suficiente como para que él no la escuchara. Al salir al pasillo, miró como la familia de Emmanuel llegaba casi
corriendo en medio de un barullo. Reconoció a la abuela de Emmanuel, acompañado de Sebastian. No miró a Alice, la madre de Emmanuel ni a David. Seguramente
llegarían más tarde. Hacía mucho que no conversaba con Sebastian ni con la abuela, pero no quiso no quiso acercarse, ni darles ninguna explicación, dejaría que Anna y el
mismo médico lo hicieran.
Así que pasó por detrás de ellos, junto a los helechos y salió sin ser vista. Era lo mejor.
Capítulo Veintidós

El señor M acLean estaba hecho una furia. La había llamado muy temprano esa mañana, para decirle que la quería de inmediato en el restaurante.
M edia hora después, Ruby estaba sentada frente a él en su oficina. Dentro de lo poco que pudo entender, gracias a que vociferaba, fue que la culpaba a ella de lo
que el asaltante se llevara. Después de hacer las cuentas, había un faltante de siete mil dólares.
— Eso es imposible —dijo Ruby— si acaso había mil quinientos en la caja y se me hace mucho.
— ¿Estás dudando de lo que te digo? Porque si es así, debiste de haberte quedado, aquí en el trabajo, donde era tu lugar. En vez de irte en la ambulancia con
quien sabe quién.
— Señor, pero…
— No Ruby, si te digo que eso falta, eso falta. Y tú sabes muy bien que no debe de haber más de ochocientos dólares en la caja, ¿Cómo es posible que se te haya
pasado el tope por tanto?
— Señor… no sé qué decir…
— Pero yo si —terció la esposa de su jefe, quien iba entrando a la oficina justo en ese momento—, la única explicación es que hayas estado coludida con el
asaltante.
La información tardó unos segundos en ser procesada por el cerebro de Ruby, pero cuando lo hizo fue como si la golpearan con la mano extendida en el rostro.
¿Cómo se atrevía siquiera a pensar eso, esa mujer? En que cabeza cabía que ella se iba a prestar a tremenda situación.
— Tu actitud, estas últimas semanas, ha sido de lo más sospechosa —continuó la mujer— y el hecho de que no te quedaras a rendir cuentas a la policía y
ponerte a la orden de lo que se ofreciera, solo confirma esas sospechas.
El rostro de Ruby pasó de la incredulidad a la furia.
— No puedo creer lo que estoy escuchando señor M acLean ¿Usted piensa lo mismo? —el silencio del hombre solo lo confirmó— pues si así están las cosas, no
tengo más que hacer aquí, me voy.
— No tan rápido —dijo la mujer— ¿crees que te vas a ir así como así? Anda Edmund, dile lo demás. Lo que descubriste.
El hombre se había quedado mudo. Pero tras unos segundos de ver al rostro a su esposa, se puso de pie, y dándoles la espalda a las dos mujeres dijo:
— Lo más grave no es el asalto de ayer. Hemos descubierto que ha estado faltando dinero de la caja, y puesto que tu eres la única empleada que tiene la
combinación de la caja fuerte, y manejas los libros, pues…
Parecía que había golpeado a Ruby con un ladrillo en el rostro. No solo la culpaban del asalto, sino que además de haber estado alterando los libros para robarle
al restaurante. Ruby se reiría, sino tuviera ganas de llorar. ¿Cómo podían poner en tela de juicio su honorabilidad?
— Si no lo estuviera escuchando de usted, señor M acLean, no lo creería. Nos conocemos de toda la vida, hemos sido vecinos siempre y compañeros de trabajo
desde hace años. Pensé que me conocía.
— Ruby…
— Llame a la policía, quiero que abran una investigación, que hagan una auditoria o lo que sea necesario.
— Ruby… no se trata de eso.
— ¿No? ¿Entonces de qué? ¿De pisotearme y culparme de cosas de las que usted sabe que yo no sería capaz? No lo entiendo señor.
— M ira —interrumpió una vez más Laura M acLean— no se trata de mandarte a la cárcel, así no recuperaríamos nada. Lo que hemos pensado, es en darte la
oportunidad de que repongas el dinero.
— ¿Están locos? Ni aunque fuera un centavo. Yo no repondré nada, simplemente porque no he hecho nada. Yo no tomo ni una moneda que no sea mía.
Ruby pasó de largo a la mujer y salió de la oficina dando un portazo, antes de llegar a la puerta de salida del restaurante el jefe la alcanzó.
— Lo siento Ruby, pero tendré que retenerte el sueldo que se te adeuda y los próximos para cubrir parte del faltante.
— Ruby meneó la cabeza, negándose a creer lo que estaba pasando.
— Haga lo que crea conveniente, quédese con todo mi sueldo, pero yo ya no vuelvo aquí. Usted sabe que es una injusticia. Sabe que yo no he tomado nada.
— Ruby…
— No diga más. Renuncio.
Y salió de allí sin voltear atrás. Llegó a su casa y lloró tirada en la cama. Por su trabajo, por su honor herido, por Emmanuel, por haber perdido tanto tiempo en
ese lugar, por no ser feliz.
Pero no iba a tirarse a la depresión. Cuando más oscura esta la noche, es cuando a punto esta de amanecer. Eso lo decía su abuela, y era muy cierto.
De ahora en adelante, solo le quedaba tratar de mejorar su vida.
Capítulo Veintitrés
SEPTIEMBRE

Hacía poco más de una semana que Ruby había regresado a su casa. Había retornado el apartamento que tenía alquilado en el centro de Brownwood y ahora
estaba de vuelta con sus padres.
Tuvo que armarse de valor para enfrentar a su padre y decirle exactamente qué era lo que ella quería para su vida.
Le dejó muy en claro que si había regresado era porque quería estudiar y había renunciado a su empleo en el restaurante de comida rápida. Que ella lo amaba
mucho y esos años alejada de él y de su madre habían sido muy duros, pero no por que regresara con “el rabo entre las patas”, como coloquialmente se decía, quería
decir que seguiría en la carrera de contabilidad y finanzas.
Esta vez ella quería elegir lo que quería hacer de su vida y ser contadora no era lo que la satisfacía. De hecho, después de tener a cargo los libros de contabilidad
de M r. Burguer, estaba completamente convencida que eso no era lo suyo.
Y aunque el semestre había iniciado dos semanas atrás, ahí estaba ella, en la Universidad, agradeciendo a Dios que su padre la hubiera comprendido y que su
madre la estuviera apoyando, ahora más que nunca.
Entró al salón de clases y por primera vez en mucho tiempo se sintió satisfecha con ella misma.
— Buenos días, jóvenes —el profesor dejó caer un grueso tomo sobre el escritorio— recordarán el proyecto que les encargué la semana pasada.
— ¿Quién es? —preguntó en un susurro Ruby a una jovencita de rostro pecoso que debía rondar los dieciocho años y que estaba sentada al lado.
— Es el profesor Stevens —explicó la joven—, este semestre nos da la clase de poesía.
“Poesía” dijo Ruby para sus adentros, a ella le encantaba la poesía.
— Recuerden que el poemario debe contener por lo menos treinta poesías, y les tengo una sorpresa —continuó el profesor, sacando una hoja de papel de entre
las páginas del libro y colocándola con alfileres sobre el mural que estaba en la pared del salón— este año, además de servir para su calificación semestral, el poemario
más sobresaliente será considerado para ser publicado por la Universidad.
Ruby sonrió era lo que más deseaba en el mundo.

A las cuatro de la tarde, cuando las clases ya habían terminado y ella estaba sentada frente al escritorio en la habitación que siempre había sido suya, no pudo
evitar que sus pensamientos volaran hacía Emmanuel. Buscó el bolso de mano, sabiendo que ahí encontraría la tarjeta de amor que un par de semanas antes le
obsequiara, la abrió y escuchó las suaves notas musicales.
Cerró los ojos y recordó el momento en el hospital, cuando intuyó que Emmanuel le propondría matrimonio por segunda vez, y lloró.
Lloró una vez más a pesar de que había prometido hacía mucho no volver a llorar, y en medio de las lágrimas, sonrió irónicamente. Desde que Emmanuel había
regresado a su vida, había vuelto a llorar, y en demasía.
Se limpió el rostro con las manos. Ya había decidido alejarse de él y por mucho que doliera tenía que olvidarlo. Otra vez.
Buscó los obsequios que Emmanuel le diera la semana que estuvo empeñado en volver a conquistarla, los metió en una caja de cartón y la subió a la parte más
alta de su armario.
Ahí se quedarían para siempre. No tenía corazón para tirarlos o devolverlos. Cuando tomó el bolso para colgarlo del perchero que había a un lado de la puerta,
una tarjeta cayó al suelo. Ruby la levantó para ponerla en su lugar y fue cuando recordó a Angel.
Angel le había dado esa tarjeta la tarde que salió a la plaza a tomar un helado con Emmanuel. Y en un impulso marcó el número telefónico impreso en el pedazo
de papel. Necesitaba hablar con un amigo, y con uno que no fuera tan cotilla como Dan.
— ¿Hola? —se oyó la voz de Angel al otro lado.
— ¿Angel? Soy yo —dijo Ruby.
— ¿Ruby? ¿Cómo estás? Estaba por creer que te habías olvidado de mi, otra vez.
— No, como crees. Necesito hablar con alguien ¿Tienes tiempo para tomarnos un café?
— Por supuesto, ¿A dónde paso por ti, o donde te veo?
— Estoy en casa de mis padres, pero preferiría que conversáramos en otro lado.
— Por supuesto en menos de cinco minutos estoy contigo.

M edia hora después, sentada frente a Angel y con dos tazas de café en medio, Ruby no sabía cómo iniciar la conversación.
Angel era muy parecido físicamente a Emmanuel, tenían la misma edad, casi la misma estatura y el color de cabello y de piel eran parecidos. Solo que Emmanuel
se afeitaba y Angel se dejaba barba y bigote. Además de que Angel debía pesar algunos diez kilos menos que Emmanuel, haciéndolo ver flacucho en comparación.
— ¿Se trata de Emmanuel, cierto? —quiso saber Angel dando un sorbo al café caliente.
— Sí —Angel tenía una facilidad para saber lo que ella pensaba antes de que lo dijera.
— ¿Está molestándote? Porque si es así…
— No, no está molestándome. Al contrario. Él ya no figura en mi vida.
Una ligera sonrisa surgió del rostro de Angel.
— Creo que esa es una buena noticia, —le confesó Angel— tu sabes que él jamás fue de mi agrado, cuando estábamos en el colegio y me di cuenta que te estabas
alejando de mi, a causa de él, creo que empecé a odiarlo.
Angel sonrió pero el comentario no le causó gracia a Ruby. Ella aun amaba a Emmanuel, lo había amado antes y lo seguía haciendo ahora.
— Cuando me fui a la universidad —prosiguió Angel— quise despedirme de ti, pero no me atreví a causa de él. Sin embargo, venos, aquí estamos diez años
después y seguimos siendo amigos. Y Emmanuel no está.
Once años, pensó Ruby, sintiendo un dolor en el pecho, el comentario lo había sentido como si le echaran un puño de sal en una herida abierta.
— Pero lo sigo amando —soltó Ruby— sin embargo he decidido que él y yo no podemos estar juntos. Si he quedado para platicar contigo es porque deseo
alejarme de Emmanuel y pensé que podías ayudarme a distraerme. Yo ya no quiero hablar de él, quiero olvidarlo. En la época en la que estabas en la universidad y él y
yo rompimos, me hiciste mucha falta. Necesitaba a alguien con quien hablar.
— El problema aquí —dijo ángel acariciándole a Ruby el dorso de la mano que tenía sobre la mesa— es que solo has estado con él. Es el único novio que has
tenido y no te has dado la oportunidad de conocer a alguien más, estoy seguro que…
— No dudo que tengas razón en lo que dices —interrumpió Ruby quitando lentamente la mano—, pero en este momento, no necesito ni quiero una relación
amorosa. Solo quiero olvidarlo. Estoy iniciando una nueva etapa en mi vida y él ya no forma parte de ella.
— Entiendo —respondió él— entonces habrá que organizar actividades para que dejes de pensar en él, y tengo un par de ideas muy buenas.
Angel sonrió, le agradaba pensar que la antigua Ruby había vuelto.
La Ruby que no estaba con Emmanuel.
Capítulo Veinticuatro
NOVIEMBRE

Las últimas semanas, Ruby y Angel las habían pasado juntos. Habían festejado Halloween en casa de unos amigos de Angel. Ruby se había disfrazado de Alicia
en el País de de las M aravillas y Angel había insistido en que él sería el conejo blanco.
Además de asistir juntos a otras fiestas, salían a comer, a pasear, iban al cine, y platicaban de muchas cosas, excepto de Emmanuel. Ya no habían tocado ese
tema.
Sin embargo, aun no podía dejar de pensar en él. Sobre todo por el proyecto del profesor Stevens. Cada vez que se sentía inspirada para escribir un poema, no
podía dejar de pensar en Emmanuel.
Así que todos los días pensaba en Emmanuel. Angel se esforzaba para ayudarla a no recordarlo, como ese día que la había invitado a ver una película en el cine.
Ruby había mencionado la semana anterior, que tenía ganas de verla. Era una película romántica que definitivamente a Angel no le gustaría. Pero había decidido
invitarla por que Ruby quería verla.
Ruby ya estaba sentada en una butaca de las últimas filas, cuando llegó Angel con palomitas de maíz y dos refrescos grandes. Se sentó a un lado de Ruby cuando
estaba por iniciar la película. Al cabo de un rato, y cuando las palomitas se hubieron terminado, lentamente Angel se recargó en el hombro de Ruby.
Ésta se sobresaltó en un principio, pero cuando se dio cuenta de que Angel estaba dormido, no hizo ningún movimiento para no despertarlo. Ruby sonrió,
seguro a él las películas románticas históricas, basadas en libros que ella leía, seguro no le parecían muy entretenidas. Y no lo despertó para que se quitara porque ya
faltaban algunos minutos para que terminara la película.
Poco antes de que la película diera, fin Ruby intentó despertar a Angel. Debían moverse para dejar pasar a las demás personas.
— Angel —le dijo Ruby al oído, moviéndolo ligeramente del hombro con la mano.
Angel hizo un ruido de fastidio y se acomodó un poco más. Entonces Ruby lo empujó ligeramente.
— Despierta —dijo un poco más fuerte— la película ya casi acaba.
Cuando Angel abrió los ojos, le sonrió y sin previo aviso la tomó por la nuca y la acercó hacia su rostro. Ruby jamás se lo hubiera esperado, no vio venir el beso
que posesivamente le dio Angel.
En un principio la caricia la dejó estática, Ruby no pudo reaccionar, así que mientras ella tenía los ojos enormes por la sorpresa, Angel luchaba contra sus labios
para que ella los entreabriera y poder introducir su lengua.
Ruby no podía negar que el beso fuera agradable, puesto que Angel era bueno besando, y en algún punto de su adolescencia, ella siempre había imaginado como
sería un beso de Angel.
Pero transcurridos unos segundos, Ruby lo separó violentamente de un tirón, se puso en pie y sin decir nada salió de la sala de cine que aun estaba a oscuras. Y
sintiéndose una tonta sin saber por qué, empezó a llorar.
M uy en fondo sentía que le estaba siendo infiel a Emmanuel.
— Ruby, —la alcanzó Angel— discúlpame si te he ofendido. Yo…
Angel dejó la frase a medio camino cuando notó que ella estaba llorando.
— Yo creí que tú y yo… —siguió él.
— No —interrumpió ella—, discúlpame tú si te he dado un falsa impresión. Creo que todo esto, querer retomar nuestra antigua amistad ha sido un error. Ya no
somos los chicos de trece años que compartían el almuerzo en el colegio. Y nunca lo volveremos a ser.
— Ruby… —Angel la intentó acercar para abrazarla, pero ella se zafó.
— Será mejor que dejemos esto aquí —dijo ella tajantemente.
Y se alejó, como siempre hacia cuando intentaba esconderse de algo que la asustaba.
Angel se quedó parado a la puerta de salida de la sala del cine, confuso. Intentando entender que era lo que estaba pasando por la cabeza de Ruby. Entonces lo
comprendió, ella era mujer de un solo hombre y ese hombre no era él.

Ruby aun sentía los labios húmedos de Angel sobre los suyos. Y, mientras se los tocaba con dedos temblorosos, acostada sobre su cama, reflexionaba si no había
sido un error.
Tal vez debería darse una oportunidad con Angel. No era Emmanuel, pero era un hombre bueno, atractivo y que además conocía de toda la vida.
Estar con él seria tranquilo. No estaría en una montaña rusa de emociones como con Emmanuel y seguro sus padres saltarían de gusto al enterarse. Pues Angel
les agradaba, cosa que no podía decirse de Emmanuel.
Pero muy en el fondo de su corazón, sabía que eso no la haría feliz. Y apenas unas semanas atrás se había prometido no volver a tomar decisiones pensando en
los demás. Se había prometido ser feliz.
Y lo que en ese momento la hacía feliz, era estudiar. Se enfocaría en eso y trataría, una vez más, de olvidar a Emmanuel y también alejarse de Angel.
Si pasados unos meses, o años, se sentía lista para tener una relación con Angel, y este todavía estaba dispuesto, lo intentaría.
Pero primero necesitaba resolver el caos en el que estaba sumergida emocionalmente.
Capítulo Veinticinco
FEBRERO

Alejarse de Emmanuel y de Angel le había servido para clarificar su mente. Ahora, después de seis meses de aquel incidente en M r. Burguer, donde una bala en
Emmanuel le había cambiado la vida, y después de tres meses de haberse alejado de Angel y darse cuenta de que había otros hombres además de Emmanuel, su vida
había mejorado en todos los sentidos.
Sin embargo, había algo que aun la inquietaba y no la dejaba estar completamente tranquila. No podía olvidar a Emmanuel. Su Emmanuel. Lo veía en todas
partes. Hacía no mucho, había seguido a un joven en el centro comercial. De espaldas se parecía muchísimo a él, pero cuando el joven se giró, no era Emmanuel.
Por eso no tardó demasiado en decidirse. Iría a buscarlo. Le daría una copia de su poemario, donde todos y cada uno de los cincuenta poemas eran inspirados en
él. En sus ojos, en su sonrisa, en sus manos, en lo que la hacía sentir cuando la acariciaba, y en lo vacía que era su vida desde que él no la compartía con la de ella.
Fue el ver el poemario terminado y darse cuenta de que Emmanuel era la inspiración para escribirlo, cuando se dio cuenta que su vida seguiría girando en torno a
él, sino hacia algo para remediarlo. Así que por eso necesitaba ir a verlo.
Ese acto tal vez le sirviera para alguna de las dos cosas que había estado pensando. Por un lado, podría ser que Emmanuel aun la amara y pudieran arreglar lo
sucedido. O, por otro lado, tal vez sirviera para por fin dejar ir todo el pasado tormentoso con Emmanuel y poder darse una oportunidad con Angel.
Angel. También pensaba en él de vez en cuando. Pero la verdad, era que no le dolía haber roto su amistad, tanto como le dolía estar separada de Emmanuel. Por
eso estaba segura. Emmanuel era el único amor de su vida. Pero si no funcionaba con él y Angel aun así estaba dispuesto a tener una relación con ella, estaba dispuesta a
darle una oportunidad.
Aunque primero tenía que ver a Emmanuel. Había tardado casi un mes en encontrarlo, pero cuando había descubierto que estaba a una distancia de tres horas en
coche, se había alegrado tanto que había empezado con sus clases para aprender a conducir.
Claro que por carretera, se iría en autobús. Esa mañana salió temprano, después de haber besado a su madre en la mejilla y a su padre en la cabeza, Ruby tomó
su bolso de viaje y se encaminó a la estación de autobuses.
Eran casi las once de la mañana cuando el autobús llegó a San Antonio, su destino. Se bajó en la terminal y tomó un taxi, veinte minutos después, estaba frente a
la casa de la madre de Emmanuel.
El chofer la miraba por el retrovisor, pero ella aun no se decidía a bajar.
— Señorita —le dijo él— ¿Quiere que me baje a preguntar si aquí vive la persona que busca?
— No es necesario, gracias. Ya lo hago yo —contestó con una sonrisa, tratando de ocultar el temor que sentía.
Ruby abrió la puerta y bajó del vehículo.
— Señorita, ¿no quiere llevarse mi sombrilla? Creo que va a llover.
— No, gracias. Así está bien.
Ruby se acercó y tocó el timbre. La casa era muy lujosa y, al tocar, alguien le preguntó a que iba a través de un intercomunicador empotrado en uno de los
pilares del enrejado de la calle. Ella contestó que buscaba a Emmanuel Oldfield y las rejas blancas automáticamente se abrieron.
Cuando ella entró, el taxi arrancó. Ruby no se había percatado de que el chofer se había quedado cuidándola, y no se había marchado hasta que ella estuvo
dentro.
Recorrió un camino de piedras incrustadas en el césped más verde que ella jamás había visto, después de unos metros y a punto de tocar la aldaba de la puerta,
un hombre vestido de negro le abrió.
— Los señores están en la sala, por aquí por favor.
El hombre le mostró el camino, mientras a lo lejos se empezaba a distinguir música de cuerdas, parecía que había una fiesta. Ella traía puesto un vestido
veraniego manga corta de algodón, a flores azules y blancas y a un lado de la oreja, recogiéndole el pelo, una flor blanca de tela. Se sentía tan desentonada con el lugar,
que le dio pena estar vestida así.
Y su pena se volvió mayor al ver que, efectivamente, había una fiesta y todos vestían elegantemente. El hombre no la anunció, parada en el quicio de la puerta,
ella se quedó mirando lo que sucedía.
Había alrededor de unas veinte personas, charlando y comiendo bocadillos. Ruby no conocía a nadie, excepto a los que estaban en medio del saloncito, justo
frente a ella.
Estaba Anna, abrazada a un tipo alto como ella y guapo, como ella, y en su dedo una sortija que debía valer más que la casa de sus padres. También estaban la
mamá de Emmanuel y los hermanos de éste, sonriendo y charlando animadamente. Y justo en el centro abrazado a una morena, estaba Emmanuel.
La mujer se le hizo conocida, pero tardó unos segundos en reconocerla por completo, un gemido de asombro salió de su boca al saber con toda certeza de quien
se trataba. Era la morena con la que había encontrado a Emmanuel años atrás.
Se sintió estúpida por ir a buscarlo. Porque siempre creyó que lo de Emmanuel y ella se arreglaría, Angel solo había sido una pantalla de humo, y en este
momento, ya ni siquiera era un recuerdo en ella. Emmanuel era quien siempre había sido dueño de su corazón y pensamientos.
Y se sentía más tonta aun, porque siempre creyó que era Anna la mujer con la que Emmanuel trataría de olvidarla, pero jamás pensó en esa tipa. Seguramente
Emmanuel y la morena habían seguido tratándose durante todo ese tiempo, mientras ella seguía pensando que las cosas entre ellos podrían arreglarse.
Cuando el bolso de viaje se le cayó del hombro al suelo, haciendo un estrepitoso ruido en las baldosas blancas, Ruby se volvió el centro de atención.
Pero ella solo podía ver a Emmanuel. La incredulidad mezclada con la confusión dio paso a la culpa en el rostro de él. Soltó de entre sus brazos a la morena, solo
para ver como Ruby salía corriendo a toda velocidad hacia la calle.
Para cuando ella llegó a la verja de la casa, estaba toda empapada. Como había dicho el chofer del taxi, estaba lloviendo. Emmanuel la alcanzó antes de que los
guardias de seguridad le abrieran el enrejado.
— ¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó él.
— ¿Qué crees que hago aquí? —Preguntó ella a su vez— vine a ver como estaba el clima.
Los pezones de ella se endurecieron bajo la tela por el agua fría que caía a cantaros, Emmanuel también estaba empapado.
— Vaya —él la soltó— pensé que habías venido a buscarme.
— ¿Eres un tonto? Claro que vine a buscarte. Pero me he dado cuenta que ya es muy tarde.
— ¿M uy tarde?
— Si, al verte abrazado a esa chica comprendí que yo no soy nada en tu vida. Que tal vez nunca lo fui —Ruby terminó la frase en un murmullo.
— ¿Por qué dices eso?
— No es obvio. La morena esa, que se te colgaba como una lapa, es la misma por la que rompí nuestro compromiso hace años.
— ¿Kendra? ¿Qué tiene ella que ver en todo esto?
— No lo niegues, es la mujer con la que te vi haciendo el amor en tu vieja camioneta S10.
Emmanuel enmudeció por unos minutos, tomándose su tiempo, como si no estuvieran bajo una torrencial lluvia helada.
— Así que fue por eso —dijo él al fin.
— Claro, ¿pues qué creías? ¿Que no me había dado cuenta, o que era demasiado liberal como para pasarlo por alto? Sabes que a mí, lo mío, me gusta para mí.
— Lo sé. Y yo soy tuyo, siempre lo he sido —dijo acercándose un poco más a ella, quería creer que había ido a buscarlo para decirle que lo amaba, pero
necesitaba escucharlo de los labios de Ruby para poder convencerse de que era cierto— Necesito escucharlo, dime ¿A qué viniste?
— A decirte que te amo. Pero… ya es muy tarde ¿Verdad?
— Déjame preguntarte algo antes de responderte ¿En todo el tiempo que estuvimos juntos nunca me escuchaste? Siempre te dije que tú eras lo más importante
en mi vida y que yo siempre te iba a amar. No, no es tarde. Esa noche, en el auto, no era yo. Era mi hermano David. Precisamente, estamos festejando la fiesta de
compromiso de David y Kendra.
Ruby se llevó una mano al pecho mientras con la otra se quitaba de la cara los churretes de pelo mojado que le tapaban el rostro.
— ¿No eras tú? —Preguntó en medio de sollozos, mientras él negaba con un movimiento de cabeza— Entonces hace unos meses, en el parque cuando me dijiste
que…
— No me refería a ella, me refería a que esa noche, yo estaba fumando… marihuana. Pensé que eso era lo que habías visto. No me enorgullece lo que hice, pero
ya es cosa del pasado. Solo fue esa vez y me he arrepentido cada minuto de cada día, desde que no estoy contigo.
— ¡Oh, Emmanuel! —Ruby se arrojó a sus brazos y Emmanuel la estrechó contra su pecho— Un momento… M e dijiste que no sabías quien era ella. Que no
tenías contacto con ella, y según yo, ni siquiera sabías como se llamaba… ¿M e mentiste?
— Creo que si te mentí. Pero en mi defensa he de decir que la verdad no recuerdo mucho de esa noche. Por eso cuando me preguntaste por ella, no supe que
contestar. Pero lo que dije es cierto, estaba tan ebrio esa noche que bien mi hermano pudo haber subido a mi camioneta a la Reina de Inglaterra, y yo ni lo hubiera
notado.
Ruby sonrió, quitó de en medio de los dos cuerpos, sus manos, que separaban el torso de Emmanuel de su pecho. Entrecerró los ojos, saboreando el momento
que se avecinaba.
Cuando estaban a punto de besarse una nueva pregunta salió de los labios de Ruby.
— Espera… ¿y Anna?
— ¿Qué pasa con ella?
— Yo creí que tu y ella...
Emmanuel soltó una risa gutural e incrédula.
— No que va, ella está comprometida con otro. Anna es mi representante, solo tenemos una relación laboral. Pero si tú quieres la despido ahora mismo.
Ruby no escuchó la última frase.
— ¿Representante?
— Si, ¿no sabes que voy a lanzar un disco acústico con canciones y música de mi autoría?
— No, no lo sabía.
— Bueno, pues después te platico de eso.
— ¿Después? ¿Por qué después?
— Porque a partir de este momento, voy a tener muy ocupada la boca.
Y no, Emmanuel no mintió. Ahí bajo la lluvia la tomó delicadamente de la cintura con la mano derecha, mientras que con la izquierda sostuvo su nuca. Ella se
aferró a su cintura. Cuando sus labios se unieron, fue como si nunca se hubiesen separado, todos esos años alejados se borraron con la delicadeza de la caricia
compartida.
— Un momento —interrumpió Ruby una vez más— sigo molesta contigo… ¿De verdad piensas que soy frígida y no se disfrutar?
Emmanuel volvió a reír, esta vez más fuerte.
— Solo si tú piensas que soy mal amante.
La cara de picardía de ella y la sonrisa de culpabilidad, le confirmaron a Emmanuel que efectivamente, era cierto lo que él había pensado en un principio, Ruby le
había mentido cuando dijo que él era mal amante.
Ésta vez fue Ruby quien lo atrajo hacia sí, dispuesta a besarlo, pero con la clara intención de secuestrarlo de la fiesta de compromiso de su hermano y llevarlo a
algún lugar solitario y apartado, para demostrarle encarecidamente lo “mal amante” que ella creía que era él, y a la vez, demostrarle que no era ninguna frígida. Después
de todo, ella había prometido hacerle tragar sus palabras.
Sonrieron en medio del beso, ambos se amaban y, después de haber vivido todo lo anterior, Ruby y Emmanuel estaban completamente seguros que su amor sería
para siempre.
Epílogo.
JUNIO
(Otra vez)

Emmanuel se había encargado de poner una sonrisa en el rostro de Ruby por cada lágrima que ella había derramado en antaño.
Y, aunque junto a él todos los días eran especiales, no podía haber un festejo de aniversario –de reencuentro– más perfecto.
Habían estado paseando todo el día, y justo en ese momento, se dirigían a la zona céntrica a buscar un buen restaurante en cual almorzar.
Emmanuel se detuvo en medio de la acera y la tomó de la mano. Como disfrutaba tener entre sus dedos la delicada mano de ella.
— ¿Te apetece ir a la hamburguesería donde trabajaste? —preguntó Emmanuel en tono inocente, escondiendo media sonrisa.
— ¿Estás de broma? Yo no vuelvo a ese lugar ni aunque me supliquen. Ya te conté como me trataron.
— Claro que es broma—dijo dándole un beso en la sien—, solo quería ver que contestabas, ¿aun no los perdonas?
— No. Y no creo que lo haga pronto —contestó retomando la marcha—. Creo que tengo ganas de comida mediterránea.
— M e parece perfecto —Emmanuel soltó su mano y la abrazó por la espalda— el Cantabria está a unas cuadras de aquí. ¿Te parece bien?
— Si. —Ruby empezó a hacer ruiditos de risa, mientras el dejaba caminitos de besos por su nuca.
— Estate quieto.
— Oh, déjame. M e gusta mucho tu nuca.
Estaban enfrascados en una pequeña discusión de si era inmoral o no que Emmanuel le besara la nuca en vía pública, cuando una persona del otro lado de la calle,
en la acera de enfrente, levantó una mano. Agitándola y gritando el nombre de Ruby, intentaba llamar su atención.
— ¿Dan? ¡Dan! —gritó Ruby zafándose del abrazo besucón de Emmanuel.
El aludido cruzó la calle corriendo y antes de fijarse en Emmanuel, abrazó a Ruby con todas sus fuerzas.
— No tienes idea de cómo te he extrañado —dijo él al soltarla.
— He estado fuera de la ciudad por casi un año, desde que renuncié al trabajo en M r. Burguer. Solo he regresado porque Emmanuel —dijo señalándolo a un lado
de ella— y yo, vamos a casarnos en la Iglesia de St. Joseph y vinimos por las amonestaciones.
— No lo sabía, ¡Que gusto me da por ti! —Dan no pudo evitar buscar con la mirada el dedo anular de la mano izquierda de Ruby— por ambos.
— Yo los dejó —intervino Emmanuel— para que platiquen cómodamente, me adelantaré al restaurante para ver si hay lugar.
Le dio un beso en la mejilla, y antes de irse, Emmanuel le dijo algo al oído que hizo que Ruby se sonrojara de pies a cabeza.
Aun sonreía picaronamente cuando dobló la esquina.
— Que bien que van a casarse —Dan tomó la mano de Ruby para analizar con ojo crítico el anillo— ¡ya era hora!
— Si, y dime ¿Tú que has hecho?
— Hace cuatro meses abrí mi propio restaurante. Algo sencillo, para empezar.
— ¿Dejaste M r. Burguer?
— Si, después que te marcharas, todo era un infierno. ¿No supiste que el señor M acLean estaba desfalcando el lugar? Al parecer el tren de vida de su mujer
estaba haciendo estragos en su economía familiar. Cuando todo salió a la luz, el “jefe” no tuvo de otra que aceptar su responsabilidad y pagar sus culpas.
— ¿Qué fue de él? No me digas que está en la cárcel.
— No, mucho peor.
— ¿Qué puede ser peor?
— Le tocó quedarse con el restaurante. Él, su mujer y toda su parentela lo están trabajando. Gratis. Hasta que repongan lo que se gastaron.
— No puedo decir que me alegra, pero tampoco me da pena.
— Pues yo sí. A mí sí me alegra. A ver si así se les quita lo abusivos. No creas que no supe lo que te hicieron. Después que te marcharas, decían a todas voces
que tú eras una ladrona, y quien sabe cuántas cosas más. Pero ya ves, cae más rápido un hablador que un cojo.
Dan miró su reloj.
— No puedo creer que ya vayan a ser las dos de la tarde. Te dejo —dijo él dándole un beso en la mejilla—, pero espero tu invitación para la boda.
— Claro que si —contestó Ruby—, el 31 de julio nos casamos, unas semanas antes tendrás la invitación en tu casa.
Y Dan se fue casi corriendo. No esperaba esas noticias de su exjefe. Era cierto que no la alegraban las penas ajenas. Tal vez si se pasara por el restaurante,
después de todo, solo para saludar y decir que no había rencores.
Después de lo feliz que era, no podía vivir enojada con ellos, ni con su exjefe ni con su esposa. A pesar de todo lo que la hicieron llorar. Iba tan absorta
pensando, que no se dio cuenta en qué momento llegó al restaurant Cantabria.
— ¿Todo bien? —preguntó Emmanuel cuando ella se sentó en la silla de enfrente.
— Sí.
— Te noto diferente ¿Qué te dijo tu amigo?
— No mucho, abrió su restaurante y se descubrió que quien robaba era el jefe y al parecer su esposa.
— Yo ya lo sabía —dijo Emmanuel dejando el menú en la mesa— pero no dije nada porque tu no querías saber nada de ese lugar.
Ruby lo miró fijamente hasta que Emmanuel soltó una risa gutural que la estremeció.
— No me mires así —dijo bajando la voz y acariciándole la mano por encima de la mesa—. Sabes que me excita.
Ruby volvió a sonrojarse, y el volvió a reír. Ella no pudo evitar reír también, aun cuando trató de hacerlo.
— No puedo creer que últimamente somos puras risas —dijo ella tomando el menú.
Emmanuel se puso serio tras el comentario.
— Es lo menos que te mereces —dijo mirándola a los ojos— quisiera borrar todas las lágrimas que derramaste por mi culpa. Pero sé que no se puede. Así que en
compensación, me comprometo a darte una vida de risas, gozo y placer, de aquí hasta que la muerte nos reclame. Y si Dios me deja, seguiré haciéndote feliz aun más allá
de la tumba.
Ruby dejó de reír y una lágrima rodó por su mejilla.
— No cariño, no llores —dijo él encontrando con su dedo la lágrima que aun no dejaba el rostro de Ruby—. Lo único que quiero es hacerte feliz.
— Y lo soy. Son lágrimas de felicidad. Emmanuel te amo. Gracias por todo.
— Y yo te amo a ti, cariño, ven acá.
Ella se acercó y Emmanuel le tomó la barbilla con la mano. Le dio un beso tan tierno que Ruby sintió ganas de llorar de nuevo. Pero no lo hizo. Porque supo que
la vida de felicidad que Emmanuel le prometía, estaba sucediendo ya.
Y sabía que su amor si iba a ser para siempre.

FIN.

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