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Blanqui: Traición y Revolución Proletaria

1) El documento critica a los líderes burgueses que traicionaron la revolución de 1848 y entregaron el poder a la reacción. 2) Llama a los trabajadores a no confiar en esos líderes burgueses traidores de nuevo y a armarse para defender la revolución. 3) Argumenta que cualquier gobierno surgido de la insurrección debe desarmar inmediatamente a la burguesía y armar al proletariado para garantizar la seguridad del pueblo.
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Blanqui: Traición y Revolución Proletaria

1) El documento critica a los líderes burgueses que traicionaron la revolución de 1848 y entregaron el poder a la reacción. 2) Llama a los trabajadores a no confiar en esos líderes burgueses traidores de nuevo y a armarse para defender la revolución. 3) Argumenta que cualquier gobierno surgido de la insurrección debe desarmar inmediatamente a la burguesía y armar al proletariado para garantizar la seguridad del pueblo.
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MANIFIESTO AL PROLETARIADO (BLANQUI)

¿Qué roca es la que amenaza la próxima revolución? La misma contra la que se ha


estrellado la revolución anterior: la deplorable popularidad de los burgueses
disfrazados de tribunos del pueblo.

Los Ledru-Rollin, los Louis Blanc, los Lamartine, los Crémieux, los Elocon, los Marie, los
Garnier-Pages, los Albert Dupont, los Arago, los Marrast.

¡Lista fúnebre! ¡Nombres siniestros! ¡Nombres todos que están escritos con letras de
sangre en todos los pavimentos de la Europa democrática!

El gobierno provisional ha estrangulado la revolución. Es sobre su cabeza que debe


caer  la responsabilidad íntegra de todos los desastres, de todos los actos funestos, la
sangre de tantas miles de víctimas.

Cuando la reacción liquida a la democracia no hace más que cumplir con su oficio. Los
criminales son los traidores a los que el pueblo confiado había entregado la dirección,
y que han entregado al pueblo engañado y maniatado a la reacción.

¡MISERABLE GOBIERNO!

Que pese a todas las advertencias, que pese a todas las súplicas, implanta el impuesto
de los 45 céntimos que levanta contra él a las masas campesinas presas de la
desesperación… ¡TRAIDORES!

Que mantiene en vigor al alto mando militar de la monarquía, que mantiene los
tribunales monárquicos y las leyes monárquicas… ¡TRAIDORES!

Que persigue a los obreros de París el 6 de abril, que el 26 mete en prisión a los de
Limoges, que el 27 ametralla a los de Rouen. Que lanza contra ellos a todos los
verdugos, que los acosa y difama, que calumnia a los verdaderos republicanos…
¡TRAIDORES! ¡TRAIDORES!

Ellos, y sólo ellos, son los únicos culpables, entre todos los culpables los más culpables,
ellos en los que el pueblo engañado veía su espada y su escudo, aquellos a los que en
su entusiasmo entregó su destino, ellos, y sólo ellos, son los responsables de toda esta
catástrofe que ha determinado la caída de la república.

¡Ay de nosotros si el día de nuestro próximo triunfo la indulgencia olvidadiza de las


masas dejara subir al poder a esos hombres que no han hecho más que traicionar el
mandato que les concediera la revolución! Otra vez la revolución volvería a estrellarse.

Que los trabajadores no pierdan jamás de vista ésta lista de nombres malditos. Y si
alguno de ellos, uno sólo, vuelve a aparecer en un gobierno surgido de la insurrección,
que griten todos a la vez: ¡TRAICIÓN! ¡TRAICIÓN!
Los discursos, las promesas, los programas, serían otra vez trampas, mentiras,
falsedades. Los mismos tramposos volverían para ejecutar las mismas maniobras.
Volverían a ser el primer anillo de una nueva cadena de reacción aún más furibunda.
¡Que la maldición y la venganza caigan sobre sus cabezas si se atreven a volver a
levantarlas!  ¡Y que caiga también la vergüenza y el desprecio sobre la muchedumbre
que vuelva a escucharlos!

No basta con rechazar para siempre a los estafadores de Febrero es necesario


prevenirse contra los nuevos traidores.

Traidores serían todos los gobiernos que, levantados sobre los hombros del
proletariado, no procedan de manera inmediata a implantar las siguientes medidas:

1. El desarme de las guardias burguesas.


2. El armamento y la organización de milicias nacionales, formadas por todos los
obreros.

Está claro que éstas no son las únicas medidas a tomar, pero sí son indispensables
como primera garantía y salvaguardia de seguridad para el pueblo.

No debe quedar ni un solo fusil en manos de la burguesía. Sin esto no hay salvación.

Las doctrinas que hoy pugnan por conquistar el favor del pueblo sólo podrán mejorar
su bienestar, que proponen y prometen, si no dejan que se pierda lo conquistado por
una quimera. Esas doctrinas desaparecerán si el pueblo olvida el único factor práctico
de la victoria: la fuerza.

Las armas y la organización son el elemento decisivo del progreso, el único medio serio
de terminar con la miseria.

Quien tiene el hierro tiene el pan.

El poder se arrodilla frente a las bayonetas, las masas desarmadas son barridas.
Francia erizada de trabajadores armados es el socialismo. Frente al proletariado
armado, todos los obstáculos, todas las dificultades, todas las resistencias, se reducen
a nada.

Pero si los proletarios no saben más que divertirse en manifestaciones callejeras,


plantando “arboles de la libertad”, escuchando discursos de abogados, ya se sabe la
suerte que les espera: primero, el agua bendita, después los insultos, y por último, la
metralla.

La miseria siempre.

¡Que el pueblo elija!

Auguste Blanqui, febrero 1851.


Neue Rheinische Zeitung (Nueva Gaceta del Rin)*

La derrota de junio de 1848


El último resto oficial de la revolución de Febrero, la Comisión Ejecutiva, se ha disipado
como un fantasma ante la seriedad de los acontecimientos. Los fuegos artificiales de
Lamartine se han convertido en las granadas incendiarias de Cavaignac. La fraternité, la
hermandad de las clases antagónicas, una de las cuales explota a la otra, esta
fraternidad proclamada en Febrero y escrita con grandes caracteres en la frente de
París, en cada cárcel y en cada cuartel, tiene como verdadera, auténtica y prosaica
expresión la guerra civil; la guerra civil bajo su forma más espantosa, la guerra entre el
trabajo y el capital. Esta fraternidad resplandecía delante de todas las ventanas de
París en la noche del 25 de junio, cuando el París de la burguesía encendía sus
iluminaciones, mientras el París del proletariado ardía, gemía y se desangraba. La
fraternidad existió precisamente el tiempo durante el cual el interés de la burguesía
estuvo hermanado con el del proletariado.

Pedantes de las viejas tradiciones revolucionarias de 1793, doctrinarios socialistas que


mendigaban a la burguesía para el pueblo y a los que se permitió echar largos
sermones y desprestigiarse mientras fue necesario arrullar el sueño del león proletario,
republicanos que reclamaban todo el viejo orden burgués con excepción de la testa
coronada, hombres de la oposición dinástica a quienes el azar envió en vez de un
cambio de ministerio el derrumbamiento de una dinastía, legitimistas que no querían
dejar la librea, sino solamente cambiar su corte: tales fueron los aliados con los que el
pueblo llevó a cabo su Febrero...

La revolución de Febrero fue la hermosa revolución, la revolución de las simpatías


generales, porque los antagonismos que en ella estallaron contra la monarquía
dormitaban incipientes todavía, bien avenidos unos con otros, porque la lucha social
que era su fondo sólo había cobrado una existencia aérea, la existencia de la frase, de
la palabra. La revolución de Junio es la revolución fea, la revolución repelente, porque
el hecho ha ocupado el puesto de la frase, porque la república puso al desnudo la
cabeza del propio monstruo, al echar por tierra la corona que la cubría y le servía de
pantalla. ¡Orden!, era el grito de guerra de Guizot. ¡Orden!, gritaba Sebastiani, el
guizotista, cuando Varsovia fue tomada por los rusos. ¡Orden!, grita Cavaignac, eco
brutal de la Asamblea Nacional francesa y de la burguesía republicana. ¡Orden!,
tronaban sus proyectiles, cuando desgarraban el cuerpo del proletariado. Ninguna de
las numerosas revoluciones de la burguesía francesa, desde 1789, había sido un
atentado contra el orden, pues todas dejaban en pie la dominación de clase, todas
dejaban en pie la esclavitud de los obreros, todas dejaban subsistente el orden
burgués, por mucha que fuese la frecuencia con que cambiase la forma política de esta
dominación y de esta esclavitud. Pero Junio ha atentado contra este orden. ¡Ay de
Junio! ("Neue Rheinische Zeitung", 29 de junio de 1848)

*
La "Neue Rheinische Zeitung. Organ der Demokratie (Nueva Gaceta del Rin. Órgano de la Democracia)
salía todos los días en Colonia desde el 1 de junio de 1848 hasta el 19 de mayo de 1849; la dirigía Marx,
y en el consejo de redacción figuraba Engels.

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