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Engaño - Brianne Miller

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Prólogo

Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Epílogo
Prólogo
 
 
 
 
 
 
 
De todos los nobles que llenaban el salón de baile en el cumpleaños
del conde de Grey, Anderson Thomas Canning, tercer barón Lattimer, era
considerado, indiscutiblemente, el hombre más deseado de la siguiente
temporada, tanto por las damas casaderas como por sus madres. Anderson
no solo tenía una inmensa fortuna, unos modales impecables y unas
conexiones dignas de envidiar, sino que también era uno de los hombres
más apuestos de Londres… y más peligroso también. Con más de metro
ochenta de altura, tenía el cabello negro como la noche y los ojos azules
como témpanos de hielo, por no hablar de su físico perfeccionado gracias al
ejercicio. Era conocida su destreza con la espada y las pistolas, y además
era un experto pugilista. En los salones de baile las damas suspiraban por
ser elegidas como pareja de tan experimentado bailarín y todas ellas
soñaban con ser la futura esposa del hombre, que no tenía por el momento
ningún deseo de casarse. Sí, definitivamente Anderson Canning era, sin
duda alguna, el mejor partido de la próxima temporada.
Para el barón, sin embargo, la temporada social era la mayor tortura
impuesta a la fuerza por la reina. Bailes todas las noches, veladas diurnas y
hacer desfilar a jóvenes que aún no habían madurado delante de lobos con
piel de cordero, cuyos intereses se centraban más en la posición social y la
fortuna que en el bienestar de la dama en cuestión. Y en cuanto a los
hombres solteros, debían tener extremo cuidado de que alguna matrona
desesperada por casar a su hija no les tendiera una trampa que les obligara a
pasar el resto de su vida con una mujer que quizás ni conocían. Anderson
prefería quedarse en casa, tomándose una copa de bourbon sentado junto al
fuego de su biblioteca mientras leía un buen libro, en vez de pasar las
noches en vela yendo de baile en baile y teniendo que aguantar el acoso
incesante de las matronas y las conversaciones insulsas de sus hijas.
—¿Te diviertes?
Andy se volvió hacia John, que le miraba con una sonrisa apoyado
en una columna mientras hacía girar el champán en su copa de cristal de
bohemia.
—Por supuesto, estoy disfrutando enormemente viendo cómo
esquivas a las futuras debutantes como si fueran la peste —respondió—. Tu
madre se ha superado esta vez.
—Me dijo que solo sería una reunión de amigos, pero ha
congregado aquí a todas las jóvenes que se presentarán en sociedad en
primavera —suspiró—. Ahora le ha entrado la necesidad de tener nietos y
no deja de importunarme con que me case antes de que termine la
temporada. Incluso ha hecho una lista con las damas más adecuadas para
mí, con todos sus defectos y virtudes. Empieza a darme miedo.
—No entiendo por qué no le das el capricho, hay muchas damas
hermosas por aquí. Tal vez la señorita Arabella Seymour sea la indicada.
—La señorita Seymour no puede ser más insulsa —protestó su
amigo poniendo los ojos en blanco al recordar a la dama del año anterior—.
Lo único que sabe hacer es reírse de cualquier cosa que se le diga. Toda su
belleza desaparece debido a su parca conversación.
—Vamos… Todos los jóvenes recién salidos de la escuela hablan
maravillas ella y tú tienes la oportunidad de conquistarla...
—No, gracias. Para hablar conmigo mismo prefiero permanecer
soltero.
—Si no es ella habrá otra que se amolde a tus intereses —bromeó
Andy—. Estás siendo obtuso y lo sabes.
—Al parecer tú eres un partido mucho más interesante que yo, así
que quien debería pensar en matrimonio eres tú. De todas formas, tus hijos
serían como nietos para mi madre, pues te considera un hijo más.
—El baile es en tu honor, no en el mío.
—Pero las matronas solo hablan de ti.
—Esas diabólicas mujeres deberían entender de una buena vez que
aún no estoy interesado en el matrimonio —protestó Andy—. No dejan de
atosigarme desde que he pisado el salón y he dicho ya hasta el hartazgo que
no estoy buscando esposa. Tal vez no entienden el inglés…
—Eso es porque eres demasiado atractivo, amigo mío… No solo
tienes una muy buena fortuna, sino que además eres considerado un Adonis.
—¿Adonis? —rio él.
—Es lo que ha dicho de ti la señorita Kenward. Hay quien incluso
dice que fuiste engendrado por los mismos ángeles.
—Mi padre no tenía nada de ángel y lo sabes —bufó el barón—.
Ahora tiene que estar retorciéndose entre las llamas del Infierno por todos
los pecados que cometió.
El anterior barón no había sido lo que se dice un dechado de
virtudes. Perdió a su esposa de unas fiebres cuando Andy apenas tenía diez
años, y desde entonces el ahora barón tuvo que vivir bajo el yugo de un
padre déspota y estricto al que no le temblaba el pulso para infringir un
castigo si las cosas no se hacían como él quería, incluyendo a sus dos hijos.
—¿Te quedarás mucho tiempo por Londres? —preguntó Grey.
—No, solo quería estar aquí para tu cumpleaños. Me marcho esta
misma noche.
—¿Por qué tan pronto?
—Me han informado de que un nuevo cargamento de especias
llegará a las costas de España desde la India y quiero interceptarlo.
—Será un buen botín.
—Conseguiré una buena suma de dinero y con suerte habrá alguna
mujer dispuesta a abrir sus piernas para mí —respondió sonriente.
—Si tantas ganas de mujer tienes, búscate una esposa de una buena
vez —bromeó Grey—. Tienes innumerables voluntarias donde elegir aquí
mismo.
—Quiero una mujer de sangre caliente que me satisfaga en la cama,
no una heredera fría como témpano de hielo a la que consentir todos los
caprichos.
—Siempre puedes instruirla en las artes amatorias para amoldarla a
tus gustos en la cama.
—Tendría que dedicarle demasiado tiempo y esfuerzo. Creo que
ahora me conformaré con…
—¿Lord Lattimer?
Andy apretó la mandíbula ante la falta de educación de la mujer que
se acercaba a paso rápido seguida de sus dos hijas envueltas en tafetán.
Conocía a lady Lacre, pero no porque les hubieran presentado, sino porque
su hermano tuvo que lidiar con ella y su ardid para obligarlo a casarse con
una de sus hijas. Por suerte, su cuñada intervino a tiempo y todo quedó en
un susto. Andy puso los ojos en blanco y se volvió hacia ella con una
sonrisa forzada mientras Grey disimulaba un ataque de risa.
—¿Nos conocemos, milady? —preguntó amablemente.
—Oh, no… aún no —respondió la dama—. Soy Rebecah Falcon,
viuda del barón Lacre. Su padre y mi esposo fueron buenos amigos.
—Me temo que no tuve el placer de conocer a los amigos de mi
padre. ¿Puedo ayudarla en algo, lady Lacre?
—¡Oh! Quería presentarle a mis dos encantadoras hijas. Ella es la
señorita Emma Falcon y ella…
—Lo lamento, lady Lacre, pero no estoy interesado en conseguir
una esposa —la interrumpió.
—Lo siento, milord, no pretendía…
—Creo que sí lo hacía, puesto que intentó envolver a mi hermano en
una situación comprometedora con una de sus hijas la temporada pasada.
—¡Eso es una blasfemia! —exclamó la mujer.
—En cualquier caso, no tengo ningún interés en conocer a sus hijas,
puesto que no tengo intención de casarme con ninguna de ellas, ni ahora ni
nunca. Y ahora, si me disculpa, debo continuar con nuestro anfitrión la
importante conversación que no ha dudado usted en interrumpir.
Andy observó a la mujer recogerse las faldas y alejarse enfurecida
seguida de sus dos insoportables hijas, y se volvió hacia su amigo, que
intentaba por todos los medios aguantar las ganas de reír.
—¿Te divierte? —protestó— Si llego a saber lo divertido que te
parece que esa mujer intente endilgarme a sus insípidas hijas le habría
sugerido hablar con tu madre…
—Has sido muy descortés, Andy. Corrijo, has sido muy
desagradable.
—Yo no he sido quien ha interrumpido a dos caballeros que
mantenían una conversación privada para presentarle a mis hijas a alguien a
quien ni siquiera yo conozco.
—Cierto, lady Lacre carece de modales.
—Debería llamarse lady Lacra… Es la mujer más insoportable que
he conocido en la vida.
—¿Qué ocurrió con Jeremy?
—Intentó encerrarle en una habitación a solas con una de sus hijas
para obligarle a casarse con ella. Le mintió diciendo que era yo quien le
esperaba y cuando llegó se encontró con la puerta cerrada por fuera y a la
hija semidesnuda tumbada en el sofá.
—¿Y cómo demonios se libró de esa?
—Meredith le salvó. La casa era de una de sus amigas y sacaron a
mi hermano por una puerta secreta. Cuando lady Lacre abrió la habitación
más tarde solo encontró a su hija hecha un mar de lágrimas por algo que mi
cuñada le había dicho.
—¿Sabes qué fue?
—Ni siquiera Jer lo sabe. Su amiga se lo llevó del salón antes de
escuchar lo que Meredith habló.
—Y como no pudo conseguir a tu hermano, ahora lo intenta contigo.
¿Pensaba de veras que Jeremy no te lo iba a contar?
—Qué quieres que te diga… La fortuna de los Lattimer es bien
conocida y hay quienes no tienen escrúpulos cuando se trata de dinero.
—¿Cómo se encuentran Jer y Mer? Desde que se fueron a España
no he vuelto a verlos.
—Ese es otro de los motivos por los que me marcho esta noche.
Esta mañana me ha llegado una carta de mi hermano, Meredith acaba de dar
a luz.
—Así que no regresarán a Londres por una buena temporada…
—Así es. Por ahora están viviendo con la abuela materna de Mer, en
Cádiz.
—¿Por qué en la con la abuela de Mer? Tienes tu propia casa allí.
—Solo es un piso de soltero, no es lugar para un matrimonio.
Además, la anciana está muy enferma y decidieron quedarse con ella para
poder cuidarla. Mi cuñada es su única heredera, y al parecer los demás se
han desentendido de ella.
—Dales saludos de mi parte entonces cuando llegues allí. Si pudiera
me iría contigo para pasar tiempo lejos de mi madre y de toda esta locura.
Va a terminar por volverme loco.
—Eres consciente de que no voy de paseo, ¿verdad? —rio Lattimer.
—Por supuesto que lo sé, pero será divertido hacer tu trabajo solo
por una vez.
—No se trata solo del pillaje, John. También trabajo en el barco al
mismo ritmo que mis hombres. Tú no estás preparado para llenar de callos
esas delicadas manos de conde.
—Sabes de sobra que no me asusta el trabajo duro.
—Mi trabajo es adictivo… Quien lo prueba siempre repite.
—Creo que me iría mucho mejor siendo pirata que siendo conde,
¿no crees?
—Si llevaras el pelo un poco más largo y te dejaras crecer la barba
tal vez…
Mucho más tarde, en la tranquilidad y la seguridad de su casa, Andy
extendió un mapa sobre el escritorio de roble y empezó a dibujar la ruta de
su próxima aventura. Conocía la travesía del barco de especias por su
contacto en el puerto de Cádiz, y no se tendría que desviar demasiado de su
rumbo para abordarlo. Sonrió y se dejó caer en su silla cuando tuvo el mapa
listo para su viaje. Se convirtió en el barón Lattimer por obligación, pero su
pasión eran el mar… y los tesoros que este le pudiera proporcionar.
Capítulo 1
 
 
 
 
 
 
 
Elisa Bennet se sentía americana aunque hubiera nacido al otro lado
del océano. Su padre, el segundo hijo del conde de Chester, había decidido
viajar a América para buscar fortuna cuando ella cumplió dos años, y desde
entonces habían vivido en Virginia. Sin más dinero que el de la herencia de
su abuelo materno, pues su abuelo desheredó a su hijo menor debido a su
decisión de abandonar Londres, Joseph Bennet se hizo con su propia
hectárea de terreno que cultivar. Había necesitado años de esfuerzo, errores
y dedicación, y ahora que Elisa cumplía diecisiete años se había convertido
en uno de los terratenientes más importantes y ricos de la localidad.
Ese era uno de los motivos por los que los jóvenes bebían los
vientos por ella, todos los jóvenes querían formar parte de la familia Bennet
para progresar más fácilmente en el mundo del algodón. El otro motivo por
el que Elisa era continuamente agasajada era su innegable belleza, con el
cabello del color del ébano y los ojos de un tono de ámbar tan claro que
cuando reflejaban la luz del sol parecían dorados. Nariz pequeña, labios
llenos y un pequeño lunar en el pómulo izquierdo que llamaba la atención
de todos cuantos la pretendían. Pero Elisa aún no se había interesado en
ninguno de ellos, ninguno de los jóvenes había llamado su atención lo
suficiente como para cautivarla. Además de ello, pensaba que aún era
demasiado joven para plantearse el matrimonio y prefería pasar el tiempo
con sus amigas de la escuela y escuchar las historias de amor que ellas le
contaban. Ely soñaba con casarse por amor, encontrar algún día a un
hombre que la amara, con el que casarse y formar una familia, dirigir una
plantación juntos y ser feliz por el resto de su vida de la misma forma que
lo eran sus padres.
Anna, su madre, protestó cuando salió al porche y divisó a su única
hija paseando entre las plantas de algodón sin sombrero mientras los
últimos rayos de la tarde aún calentaban su piel.
—¡Elisa, ven aquí! —la llamó— Te he dicho mil veces que no debes
exponer tu piel de esa manera al sol, puedes tostarte.
—¿Y qué más da? Todas mis amigas tienen un bonito tono dorado y
nadie les dice nada.
—Eso es porque ellas no tienen conexiones en la nobleza inglesa
como tú, jovencita.
—¿Conexiones? —bufó ella— Tío Andrew ni siquiera recuerda que
tiene un hermano menor.
—Tu tío está muy ocupado con sus obligaciones, no es que no se
acuerde de tu padre.
—¿Ni siquiera tiene tiempo para escribirle una triste carta? Desde
que tengo uso de razón no hemos recibido noticias suyas.
—Tu abuelo le prohibió ponerse en contacto con nosotros, Ely. No
seas tan dura con él.
—Hace años que ese hombre odioso murió, mamá. El hermano de
papá ha tenido tiempo de sobra para enmendar su error.
Andrew Bennet, quinto conde de Chester, no se había puesto en
contacto con su hermano menor desde que este decidió dejarlo todo para
empezar una nueva vida en otro continente. Aunque antes de su marcha los
dos hermanos habían sido uña y carne, y aunque cuando su padre desheredó
a su hijo menor intercedió por él todo lo que pudo, una vez este abandonó el
país a bordo de un barco no había dado señales de vida. Por más cartas que
su padre había enviado a su hermano mayor no había obtenido respuesta, y
aunque su madre intentaba mediar a favor del conde, Elisa no podía
perdonar su indiferencia. ¡Eran familia! ¿Cómo podía seguir los designios
de su padre fallecido y continuar sin dirigirle la palabra a su único
hermano? Si Elisa tuviera una hermana jamás dejaría de hablar con ella, ni
siquiera aunque tomara una decisión que ella misma no compartiera.
—Las cosas no son tan sencillas como pareces creer, Elisa —dijo su
madre—. Las normas sociales londinenses son demasiado estrictas y tu tío
es una persona muy importante. Debe acatar las normas, aunque a él no le
gusten.
—Pertenece a la Cámara de los Lores, ya lo sé, pero esto no tiene
nada que ver con las normas sociales, sino con la familia. —Suspiró—. Por
suerte nunca volveremos a ese odioso país, no soportaría ver cómo
desprecian a papá por haber elegido forjar su propio camino para ser feliz.
Divisaron a su padre acercándose por el camino a trote en su caballo
y Elisa se apresuró a entrar en la casa para servirle un gran vaso de
limonada fresca, que el hombre aceptó con una leve sonrisa dejando caer su
sombrero en la hamaca del porche.
—¿Qué te pasa, Joseph? —preguntó Anna al ver el gesto de
preocupación de su esposo— ¿Ha ocurrido algo malo?
—Entremos adentro, está anocheciendo.
—Me estás preocupando. ¿qué ocurre?
—Nuestros temores se han cumplido, Anna. Finalmente ha estallado
la guerra —confesó una vez en la seguridad de su hogar—. Los
confederados han atacado Fort Sumter. Es cuestión de tiempo que tengamos
que dejar nuestra casa si queremos permanecer a salvo.
—¿Y qué vamos a hacer? —preguntó Anna— Podríamos ir al norte.
Podríamos instalarnos en alguno de los estados de la Unión y…
—Creo que lo más acertado sería volver a Inglaterra lo antes posible
—la interrumpió su esposo—. No podemos arriesgarnos a que la situación
empeore, no sabemos qué puede ocurrir en el futuro.
—¡Papá, no! —exclamó Elisa—. Podemos esperar, podemos…
—Es lo mejor para nosotros, hija —la interrumpió su progenitor—.
Si la contienda llega hasta aquí estaremos en grave peligro, y si huimos al
norte los soldados podrían atraparnos en el camino. Si nos quedamos tendré
que ir al frente y tu madre y tú quedaréis sin protección. No voy a quedarme
de brazos cruzados esperando a que eso ocurra.
—Si tienes que ir a la guerra podemos protegernos nosotras mismas.
Sé utilizar un rifle tan bien como tú, puedo defender a mamá.
—¿En serio crees que eso es suficiente, Elisa? El ejército se vuelve
irracional en la guerra. Los soldados destruyen todo lo que encuentran a su
paso, violan a mujeres y matan a niños inocentes. ¿Realmente prefieres
arriesgarte a ser una de esas mujeres en vez de volver a nuestro país natal?
—No… por supuesto que no —susurró.
—Ya he hablado con nuestros vecinos y están dispuestos a
comprarme la plantación por una buena suma de dinero —continuó su
progenitor—. Es mucho menos de su valor, pero es lo mejor que
encontraremos dadas las circunstancias.
—¿Y qué haremos una vez lleguemos a Londres? —preguntó Anna.
—Compraremos una pequeña casa y montaré un nuevo negocio con
ese dinero. Si todo va bien podremos vivir bien, aunque sin muchas de las
comodidades que tenemos aquí.
—¿Y si no funciona? —preguntó Elisa— No sabemos cómo serán
las cosas allí, papá. No conocemos a nadie y…
—Puede que tú no conozcas a nadie, hija, pero yo llevo muchos
años haciendo negocios con comerciantes ingleses, eso sin contar que soy el
hermano del conde de Chester —la interrumpió Joseph—. Tengo muchos
contactos que me ayudarán, estoy seguro.
—No sabré vivir allí —se quejó—. Todo es diferente, hay
demasiadas normas sociales y…
—No digas bobadas —respondió su madre—. Te has preparado para
tu regreso a Inglaterra desde el día en que naciste. Me he encargado
personalmente de enseñarte cada norma social, cada baile y cada
comportamiento que deberás mostrar estando en sociedad.
—Pero…
—El año pasado protestaste cuando nos negamos a que tía Camille
te llevara a Londres —la interrumpió su madre—. ¿Qué ha cambiado
ahora?
—El año pasado solo era un viaje. Pensé que viajaría a Londres, me
divertiría siendo presentada en sociedad durante unos meses y volvería de
nuevo a casa cuando terminara la temporada.
—Pues ahora tendrás que verlo como tu nueva forma de vida —dijo
su madre—. Cuando estemos asentados hablaré con tía Camille para que te
presente en sociedad y encontrarás a un buen hombre con quien casarte y
formar una familia.
—¡Pero aún no quiero casarme! ¡Solo tengo diecisiete años!
—¿Qué tontería es esa, Ely? —protestó su padre— A tu edad tu
madre estaba disfrutando su segunda temporada y ya estábamos
comprometidos. Si viviéramos en Londres tal vez estarías preparando tu
boda a estas alturas.
—¿Tengo que casarme este año, papá? ¿No puedo esperar un poco
más?
—Sabes que allí las cosas son diferentes, Elisa —protestó su madre
—. Si esperas demasiado te convertirás en una solterona y tu vida no
contará con tantas comodidades como si te casas con un buen partido.
—Pero soy americana y…
—Eres inglesa —la interrumpió Joseph—. Eres sobrina del conde
de Chester, nada menos. Debes comportarte de acuerdo a tu estatus, Ely.
Por eso te presentarás en sociedad en cuanto nos asentemos. Tienes tres
temporadas para elegir esposo, esa es toda la concesión que puedo darte.
Elisa asintió y se dirigió a su habitación para digerir la nueva
situación. Tendría que vivir en un país que no conocía y que no le gustaba
demasiado, en el que tampoco conocía a nadie y en donde las normas
sociales eran completamente distintas a las del país en el que se había
criado. Por si no fuera bastante, esas normas dictaban que debía casarse en
los próximos tres años si no quería convertirse en una solterona, y aunque
no quisiera casarse tan pronto, Elisa quería hacerlo, quería tener esposo e
hijos. Y después estaban todas esas cosas que en Virginia eran tan normales
y que en Inglaterra se consideraban una falta de decoro. Tenía miedo de
hacer algo que para ella no fuera un problema y terminar deshonrando a sus
padres, a los que amaba tanto. Se dejó caer en la cama con un gemido y
cubrió su rostro con la almohada para ahogar en ella toda la frustración que
sentía por la situación en la que la maldita guerra les había puesto.
—¿Puedo pasar?
Ely se sentó en la cama, se arregló el cabello despeinado y asintió
hacia su madre, que se sentó junto a ella y tomó sus manos entre las suyas.
—¿Estás bien, cielo? —preguntó.
—¿Cómo puedo estarlo? No quiero irme, aunque sé que papá tiene
razón y es lo mejor para nosotros. No quiero ser una dama, no quiero
casarme con un hombre al que no amo solo porque se me terminan las
oportunidades de casarme, pero sé que no tengo opción si vivimos en
Inglaterra. Y, sobre todo, no quiero hacer algo que yo considere inocente
pero sea una deshonra a los ojos de la sociedad, y terminar perjudicándoos
con mis actos a papá y a ti.
—Entiendo tu preocupación, tesoro, pero no tienes nada que temer.
Eres una mujercita muy inteligente y sabrás desenvolverte con soltura en la
maldita sociedad inglesa.
—¿Y si pasan los tres años y no he conseguido un hombre con el
que casarme?
—Eres muy hermosa y estoy segura de que habrá muchos caballeros
interesados en ti en cuanto te presentes en sociedad.
—¿Aunque venga de América?
—Aunque hayas vivido toda tu vida en América eres inglesa, y la
sobrina del conde de Chester, no lo olvides.
—El conde no quiere tener nada que ver con nosotros —bufó la
joven—. Que sea su sobrina no me beneficiará demasiado.
—También tienes a tía Camille, que te quiere con locura y es una de
las damas más influyentes de la sociedad.
—Tía Camille es la única que nos ayudará —asintió Ely—. Es la
única que nos quiere en Inglaterra.
—Tía Camille te asignará una buena dote y se ocupará de tu
guardarropa para presentarte en sociedad. Conociéndola, insistirá en hacerlo
esta misma temporada aunque tengan que confeccionarte los vestidos a toda
prisa. Te presentará caballeros de buena familia y con buena fortuna para
que elijas y no tengas que preocuparte por el dinero nunca más.
—No me preocupa el dinero, me preocupa el amor.
—El amor llegará con el tiempo, hija. No serías la única joven que
se casa con un desconocido y termina enamorada de él… y él de ella, por
supuesto.
—¿Y qué hay de papá y de ti? ¿Qué pasará con vosotros?
—El negocio de papá será fructífero y viviremos cómodamente en
la casa que compremos al llegar. Ya sabes que no necesitamos muchos lujos
para ser felices, ¿verdad? Cuando llegamos a Virginia no teníamos mucho y
fuimos realmente dichosos.
—No necesitamos los lujos, pero insistes en que yo los tenga… Eso
es tan contradictorio, mamá…
—Quiero que tengas todos los lujos posibles porque eres mi adorada
hija y solo quiero lo mejor para ti.
—¿En serio crees que tía Camille nos ayudará? Se marchó muy
enfadada cuando vino la última vez…
—Por supuesto que lo hará. Está enfadada con papá, no contigo, y
eres la niña de sus ojos, ¿recuerdas?
Elisa sonrió al recordar a la anciana. La tía excéntrica de su madre
era el único miembro de la familia que se había preocupado por ellos desde
que Elisa tenía uso de razón. Había ido a visitarlos todos los años al
finalizar la temporada social, trayendo infinidad de regalos para su querida
sobrina nieta y contándole todos los chismes que habían ocurrido ese año.
También escribía a menudo cartas llenas de cotilleos sobre la alta sociedad
que la divertían mucho. Elisa le tenía mucho aprecio, y saber que estaría a
su lado la dejaba mucho más tranquila.
—¿Te encuentras mejor ahora? —preguntó su madre.
—Gracias, mamá. Siempre sabes cómo calmarme.
—Por supuesto, cielo. Te llevé dentro de mi vientre durante nueve
meses… Nadie puede conocerte mejor que yo. Intenta dormir, nos esperan
unas semanas algo ajetreadas de ahora en adelante.
Debido a la guerra, su padre pensó que sería mucho más seguro
viajar en un barco pesquero que zarpó en mitad de la noche dos días
después, poniendo a salvo a varias familias más que huían como ellos de la
guerra, al que accedieron desde una pequeña barca que abordaron en la
playa. El barco se dirigía a las costas de España, pero una vez allí buscarían
otro barco que los llevara cómodamente hasta Inglaterra. Sería un viaje más
largo y tedioso, pero al menos escaparían sin problemas de la terrible
situación que atravesaba el país lo antes posible y de manera segura, pues
corrían rumores de que los puertos iban a ser cerrados muy pronto. Durante
la travesía, Anna se encargaba de las comidas con otras cuatro mujeres
mientras su esposo ayudaba en las labores cotidianas de los marineros y
Elisa se dedicaba a remendar sus ropas o a fregar los platos. Los primeros
días fueron apacibles, el mar estaba en calma y las cuatro familias se habían
amoldado bien unas a otras, pero al sexto día de viaje atravesaron una
tormenta feroz que destruyó por completo el pesquero. Ninguno de los
tripulantes de la embarcación logró salir de la tormenta con vida, excepto
ellos. Elisa y sus padres lograron sobrevivir en uno de los pequeños botes
salvavidas que se libró de milagro de la furia del mar, pero lo habían
perdido absolutamente todo. Sin agua ni comida, lo único que les quedaba
por hacer era rezar porque algún barco los encontrara y pudiera llevarlos a
su destino.
 
Andy cambió el traje de gala que había utilizado para la fiesta de
cumpleaños de su mejor amigo por ropas sencillas de color negro. Se cubrió
con un abrigo del mismo color y se encaminó a las caballerizas, donde
Sombra, su purasangre negro como la noche, le dio la bienvenida con un
roce del hocico en el cuello. Ensilló al equino y se adentró montado en su
grupa en la oscuridad de la noche, serpenteando por calles desiertas hasta
llegar al puerto. Roger, uno de sus más fieles hombres y amigo, le esperaba
en la entrada de la cantina en la que se encontraban antes de cualquier
travesía con su desfigurada sonrisa y una pinta de cerveza bien fría en la
mano.
—¿Está todo listo? —preguntó Andy sentándose a su lado en la
mesa de madera.
—Todo listo, capitán —respondió el otro ofreciéndole una jarra—.
Los hombres y Lucky nos esperan ya en el barco y las provisiones se
encuentran en la bodega a buen recaudo.
—En ese caso pongámonos en marcha cuanto antes. Debemos
alejarnos de la costa antes de que amanezca, no quiero que ojos
desafortunados vean algo que no deberían haber visto.
—Bébete primero una pinta, Andy. El trabajo siempre sabe mejor
con una de esas en el estómago.
—He bebido suficiente por esta noche, Roger —dijo el barón
apartándola de su lado.
—Cierto, hoy es el cumpleaños de Grey.
Roger cogió la jarra desechada por su amigo y la vació de un trago
en su propia garganta antes de ponerse de pie.
—Por desgracia, así ha sido —suspiró el barón siguiéndole hombro
con hombro—. Hoy he tenido que rechazar a una madre insoportable con
sus dos estiradas hijas. Ni siquiera me conoce, pero ha tenido la desfachatez
de interrumpir mi conversación para presentármelas.
—Ya sabes que la única solución para evitar que eso te ocurra es
precisamente el matrimonio, amigo mío —bromeó su compañero.
—¿Qué dama que se precie soportaría que su esposo fuera un pirata
y desapareciera durante semanas de casa?
—Ninguna que esté cuerda, eso seguro.
—Exactamente.
—Pero eso puede arreglarse dejando de lado el mar una vez te cases.
Andy le miró como si le hubieran crecido cuernos y rabo, y Roger
rompió a reír a carcajadas.
—Vale, queda claro que lo último que harías en la vida sería dejar el
mar —dijo con los brazos en alto.
—No por mí, sino por todos vosotros. No puedo desentenderme de
mi tripulación como si nada, Roger. Yo fui quien os metió en esto, a fin de
cuentas.
—¿Acaso crees que somos idiotas? Hemos invertido el dinero que
hemos ganado durante estos años en nuestros propios negocios, capitán. El
día que decidas dejarlo tendremos esperándonos una forma honrada de
ganarnos la vida. Ya hiciste suficiente por nosotros al sacarnos de la terrible
situación en la que estábamos.
Y es que la tripulación del North Wolf, su preciado bergantín, no era
lo que se dice un dechado de virtudes. Ladronzuelos de poca monta,
vagabundos que ahogaban su desgracia en alcohol y marineros desechados
por otros navíos habían terminado trabajando para el barón, que les dio un
voto de confianza y repartió las ganancias de cada uno de sus botines de
manera justa con ellos. Por ese motivo se había ganado el respeto de todos
ellos, que no dudarían ni un segundo en proteger a su benefactor si este se
encontrase en peligro.
Andy y Roger se dirigieron hacia una ensenada oculta en el
acantilado a la que solo se podía acceder a través de las rocas, en la que les
esperaba una barca que los llevaría hasta el barco. Andy acarició la cabeza
de Sombra y con un silbido el equino se puso en marcha en dirección a su
casa, donde uno de sus lacayos le esperaría para desensillarlo y llevarlo a su
cuadra. Tony, otro de sus hombres, empujó la barca hacia el agua una vez
hubieron montado en ella, poniendo rumbo a la cueva secreta donde les
esperaba el North Wolf.
Lucky, un perro de tamaño medio de ninguna raza en particular,
saltó a los brazos de Andy en cuanto subió al navío, cayendo de bruces al
suelo con una carcajada mientras el can lamía su rostro lleno de felicidad.
—Yo también te he echado de menos, muchacho —susurró
acariciándole detrás de las orejas—. Has sido un buen chico, ¿no es así?
—Bienvenido, capitán —le saludó Bobbie, el joven grumete.
—Gracias, Bobbie. ¿Has cuidado bien de mi chico en mi ausencia?
—Por supuesto, capitán. Mientras estábamos en tierra hemos
paseado por los prados y ha perseguido las ovejas de mi abuelo como todo
un pastor.
Andy encontró a Lucky un día lluvioso abandonado en la calle.
Muerto de hambre y de frío, en cuanto se arrodilló a su lado y le ofreció un
trozo de pan el can se aferró a él y terminó por llevárselo a casa. Pero
Londres no era una ciudad donde un perro como Lucky viviera feliz, y
Bobbie, el sobrino de Roger, se encariñó tanto con el animal en su primer
viaje que le permitió desde entonces llevarle con él cuando estaban en tierra
firme al pueblo donde vivía su familia, lugar en el que Lucky podía correr
en libertad por los prados sin las restricciones de la ciudad.
—Bien… es hora de irnos. ¡Levad anclas! —gritó mientras se
colocaba al timón de la nave— ¡Soltad amarres! ¡Izad velas! ¡Giro a babor!
El viento fresco de la noche hinchó las velas en cuanto el barco salió
de la gruta y puso al fin rumbo a España.
—Dios… Cómo echaba de menos navegar —susurró Andy con una
sonrisa mientras el viento salado rozaba su rostro.
—Solo has estado en tierra dos meses —bufó Roger—. No es para
tanto.
—Se han sentido como dos años. Londres agota a cualquiera, y
cuando empiece la temporada será mucho peor.
—Es tu castigo por ser el barón Lattimer —bromeó su amigo.
—Lo dices en broma, pero para mí a veces en serio es un castigo.
Debería haber renunciado y haberle dejado el título a Jeremy.
—Tu hermano no está hecho para ello y lo sabes.
—Tienes razón, Jeremy es demasiado buena persona para ser yo.
Además, los recuerdos del pasado aún le atormentan y evita Londres tanto
como puede.
—¿Aún tiene pesadillas?
—Él lo niega, pero Meredith me ha confesado que a veces se
despierta sudando y jadeante en mitad de la noche. No sé cómo ayudarle.
—No puedes ayudarle, tiene que superarlo por él mismo.
—Debí protegerle mejor.
—¿Cómo ibas a hacerlo? No eras más que un niño.
—Supongo que tienes razón.
—Si mantenemos el rumbo y el viento no disminuye llegaremos a
nuestro destino según lo programado —añadió Roger cambiando de tema,
pues sabía que era doloroso para su amigo hablar del pasado—. Deberías ir a
descansar, el camino a España es largo y has estado acudiendo a esos
estúpidos bailes todas las noches.
—Sabes que es mi obligación, no puedo evitarlo.
—Es por eso que te pido que vayas a descansar. Yo me ocupo del
timón mientras lo haces.
—De acuerdo… despiértame al amanecer. No hay nada como ver
salir el sol con el horizonte de fondo.
Andy bajó a su camarote, se deshizo de su ropa y se tumbó sobre el
camastro con un suspiro. Su segundo al mando y amigo tenía razón, estaba
tan cansado que casi se le hacía imposible mantener los ojos abiertos. Con
un suspiro, se volvió hacia la pared dispuesto a dormir… pero la tormenta
les sorprendió y el sueño se esfumó.
Capítulo 2
 
 
 
 
 
 
 
La tormenta, que había durado seis interminables horas, había sido
feroz, pero por fortuna no había dejado daños irreparables en el barco del
barón Lattimer. Algunos cabos partidos y velas hechas jirones que podrían
arreglar sin problema en las costas de España una vez hubieran llevado a
cabo su misión, que no se vería afectada por el estado del barco. Mientras
sus marineros se encargaban de reparar los desperfectos menos graves y
cambiar las velas, Andy se dirigió a su camarote para cambiarse de ropa,
evaluar los daños y el dinero que le costaría todo el arreglo.
—Poseidón estaba enfurecido —bromeó Roger entrando al
habitáculo para quitarse la ropa mojada y servirse una copa de whisky.
—Nos hemos librado de su ira de puro milagro. Los daños no son
demasiado grandes, pero me van a costar una importante suma de dinero.
—¿Tienes ya comprador para el botín?
—Por supuesto. Contacté a Antonio en cuanto tuve noticias del
cargamento. Estará esperando nuestra llegada en el puerto de Cádiz como
de costumbre y nos llevará hasta él.
—Descuenta los arreglos del barco de las ganancias antes de repartir
el dinero y asunto arreglado.
—Ni hablar, no vais a pagar vosotros los arreglos de mi barco. Yo
me encargaré.
—Este barco nos da de comer a todos, capitán. Lo justo es que los
arreglos salgan del botín.
—He dicho que yo me encargaré de los gastos y es mi última
palabra.
—Allá tú.
—Sírveme una copa, ¿quieres? Tengo los huesos helados.
Su amigo hizo lo que le pidió y se sentó en un sillón frente al
escritorio del capitán, que se repantigó en su asiento y dio un buen trajo a su
bebida.
—Creo que deberías pensar seriamente en retirarte del mar, Andy —
susurró Roger de repente, diciendo por primera vez en mucho tiempo su
nombre de pila.
—¿A qué viene eso ahora?
—A que tienes ya treinta años, no eres ningún niño y deberías
pensar en el matrimonio de una buena vez.
—¿Qué mosca te ha picado ahora? ¿La tormenta ha afectado a tu
cordura?
—Eres el barón Lattimer, necesitas un heredero para el título.
¿Cuándo vas a pensar en sentar cabeza, a los cuarenta?
—Ya tengo un heredero: mi hermano. No necesito casarme para eso.
—¿No tienes ganas de asentarte y formar una familia?
—En absoluto. ¿Las tienes tú?
—Dios, sí… Por supuesto que sí. Tengo ganas de llegar a casa del
trabajo y que mi esposa esté esperándome con un buen guiso caliente y una
sonrisa. Quiero que mis hijos vengan a darme las buenas noches y que
incluso me pidan que les cuente un cuento antes de irse a dormir. Desde
luego que quiero asentarme de una buena vez.
—¿Y a qué esperas para hacerlo?
—Estoy ahorrando para comprar una casa en una zona decente de la
ciudad. La imprenta empieza a ir bien, creo que en menos de un año estaré
en condiciones de casarme.
—¿Y tienes a alguien en mente? ¿Has conocido a una mujer en este
tiempo y no me has dicho nada?
—Aún no he conocido a la mujer adecuada, pero cuando sea el
momento buscaré a una que me ame y me acepte con esta horrenda cicatriz.
—La cicatriz no es tan horrenda como dices. Solo es una fina línea
sobre tu labio, a nadie le importará.
—Tal vez me case con una institutriz. O una dama de compañía
soltera con una bonita sonrisa.
—Tienes suerte, tú puedes casarte por amor. Yo, en cambio…
—¡Naufragio a estribor!
El grito del vigía levantó a los dos hombres en el acto de sus
asientos y corrieron hacia la cubierta. Bobbie se apresuró a entregarle a
Andy su catalejo, por el que pudo divisar una pequeña embarcación a la
deriva en la que solo se distinguía un trozo de vestido hecho jirones
colgando por uno de los laterales.
—¡Gira a estribor, Roger! —ordenó— ¡Creo que hay una dama en
esa barca!
—¡Entendido, capitán!
Andy corrió hacia su camarote para ponerse el pañuelo y el
sombrero con los que solía cubrir su cabello y volvió de nuevo a cubierta.
En poco tiempo estuvieron a la altura de la embarcación, y el mismo Andy
encabezó el rescate de dos damas y un caballero, posiblemente padres e
hija, que debían encontrarse dormidos y se despertaron al escuchar el
sonido de los remos romper la superficie del agua. Se encontraban
completamente empapados, y seguramente estarían agotados y sedientos
después de varias horas a la deriva. En cuanto la barca de rescate llegó a la
pequeña embarcación, el hombre se apresuró a ayudar a las damas a
cambiar de bote y se sujetó de la mano de Andy para hacer lo mismo. El
hombre y una de las mujeres debían rondar los cuarenta, y la otra mujer era
bastante joven, tal vez en edad casadera. Uno de los marineros que
acompañaba a Anderson les dio agua y los cubrió con una manta hasta que
pudieran quitarse las ropas mojadas.
—¡Gracias a Dios! —exclamó el hombre cuando terminó de beber
— Pensé que terminaríamos muriendo a la deriva.
—¿Se encuentran todos bien?
—Estamos todos bien, por suerte solo llevamos algunas horas en la
barca.
—Los llevaremos a mi barco, allí podrán asearse, comer y
descansar.
—Se lo agradezco mucho, capitán.
Una vez en el North Wolf, les proveyó de agua caliente para que
pudieran asearse mientras el cocinero les preparaba una comida decente.
Media hora después, el hombre entró en el camarote privado de Andy
seguido por su mujer y su hija, que a falta de ropas de mujer iban ataviadas
con ropa de marinero.
—Espero que el camarote que les he asignado sea de su agrado —
dijo Andy invitándoles a compartir su mesa—. Lamento solo poder
ofrecerles uno, pero no contábamos con encontrarles en alta mar.
—Por supuesto, capitán —dijo el hombre—. Estamos muy
agradecidos por su hospitalidad y la habitación es más que suficiente.
—Me alegro de oír eso.
El cocinero entró en ese momento y dejó sobre la mesa una olla de
guiso caliente. Sirvió un buen plato a cada uno y se marchó cerrando la
puerta con suavidad. Andy comió en silencio sin apartar la vista de la joven,
que era la mujer más bella que había visto en su vida. Con la ropa de
hombre no era necesario adivinar sus curvas, que se concentraban en los
lugares adecuados. Su cabello era largo, sedoso y negro como la noche, y
sus ojos de un tono entre miel y dorado, adornados por largas y espesas
pestañas negras. Su boca era grande, de labios gruesos y jugosos, y la curva
de su cuello de cisne se perdía por la abertura de la camisa, tentándole a
probar la piel cremosa que se había tostado ligeramente por pasar varias
horas a la deriva. Sí, definitivamente la joven era toda una belleza.
Cuando tuvieron los estómagos saciados, Andy sirvió una copa de
bourbon para el hombre y vino de especias para las damas.
—¿Hacia dónde se dirigían antes de la tormenta? —preguntó.
—Nos dirigíamos a España desde América —respondió el hombre
—, aunque nuestro destino final es Inglaterra. La situación en nuestro país
se está volviendo insostenible y quería poner a mi esposa y a mi hija a salvo
en mi país natal, pero ahora lo he perdido todo y no tengo nada que
ofrecerles.
—¿Sabe si ha habido más supervivientes?
—Se lanzaron cinco barcas al mar, pero pudimos ver cómo las olas
hundían tres de ellas. A la cuarta la perdimos de vista en el temporal.
—¿Tiene usted familia a la que poder acudir una vez llegue allí?
—Supongo que la tía de mi esposa estará encantada de ayudarnos, y
mi hermano es una persona importante, así que puedo recurrir a él.
—En ese caso no se preocupe. Me ocuparé de que lleguen sanos y
salvos a la casa de su familia.
—Se lo agradezco mucho, capitán —respondió la dama más adulta
—. Esta vida no será suficiente para agradecerle todo lo que está haciendo
por nosotros.
—No es necesario exagerar, señora. Cualquiera en mi situación
habría hecho lo mismo.
Dio un sorbo a su copa y observó que la joven no probaba el licor
que le había servido.
—¿No le gusta el vino especiado, milady? —preguntó.
—Nunca lo he probado —respondió ella.
—Pruébelo, es dulce. Le gustará y calentará sus huesos helados.
Vio con satisfacción cómo la muchacha daba un pequeño sorbo y
sonreía al notar el sabor de la naranja y el azúcar.
—¿Le gusta? —inquirió.
—Es delicioso, gracias.
—Deben disculparme, pero aún no me han dicho sus nombres.
—Bennet —respondió el hombre—. Yo soy Joseph Bennet, y ellas
son mi esposa Anna y mi hija Elisa.
A Andy se le erizó el vello de la nuca al escuchar el apellido. Era un
apellido muy conocido para él, el conde de Chester poseía el mismo
apellido y solían cruzarse a menudo en el club cuando estaba en Londres.
Seguramente el hombre sentado frente a él fuera el hermano menor de este,
que por lo que había oído había sido desheredado por su padre por no seguir
los designios de este. Tragó saliva y puso una sonrisa en sus labios.
—Es un placer conocerlos, señor Bennet —dijo—. Ahora les dejaré
que vuelvan a su camarote a descansar. Una buena cura de sueño logrará
que se recuperen del mal momento por el que han pasado.
—Tiene usted razón, una comida caliente y una cama siempre son la
mejor medicina.
—Y no se preocupe por nada, señor Bennet. Encontraremos una
solución a su situación.
—Una vez más, capitán… gracias por salvarnos la vida.
—No ha sido nada.
Cuando sus nuevos viajeros se hubieron marchado, Andy se
repantigó en su silla mientras observaba por la ventana el cielo despejado.
De todas las personas que podía haberse encontrado en su travesía tenía que
ser alguien cercano a uno de sus conocidos… Por suerte se había cubierto el
cabello antes de rescatarlos y entre eso y la barba de una semana que cubría
su rostro era difícil que le reconocieran en tierra firme.
—Ya estás poniendo otra vez esa cara —protestó Roger, que se
había instalado con él en su camarote para cederle el suyo a los Bennet—.
¿Qué ocurre?
—Conozco al hermano de ese hombre. Es el hermano del conde de
Chester.
—¿El hombre con el que sueles jugar a las cartas en White’s?
—Ese mismo.
—¿Y qué demonios hacía un noble a la deriva en medio del mar?
—Huían de la guerra americana y la tormenta hundió el barco en el
que viajaban.
—¿Vivían en América?
—Eso parece. Por lo que tengo entendido, se marchó para buscar su
propio camino a pesar de que su padre no estaba de acuerdo, así que lo
desheredó. Desde entonces no se le ha vuelto a ver por Londres.
—¿Y qué vamos a hacer?
—Viajaban a España para volver a Londres y empezar una nueva
vida allí, así que los llevaremos con nosotros hasta Cádiz y me ocuparé de
su regreso a casa.
—¿Y cómo se las apañarán sin dinero una vez en Londres?
—Su padre murió hace años. Chester siempre habló muy bien de su
hermano, por lo que antes de su marcha debían llevarse bastante bien.
Supongo que él se encargará de todo.
—¿Le has dicho tu nombre a Bennet? —preguntó su amigo.
—¿Crees que estoy loco? Por supuesto que no se lo he dicho —rio
el capitán—. Y tampoco pienso decírselo en lo que resta de travesía.
—¿Y qué haremos con nuestro trabajo?
—Llevarlo a cabo, por supuesto. Que tengamos pasajeros a bordo
no afectará nuestro cometido.
—¿Has perdido la cabeza, Andy? ¿Y qué pasará si os encontráis en
Inglaterra y te reconoce?
—No me reconocerían, Roger. No voy a quitarme el pañuelo en lo
que resta de travesía.
—Como si el maldito pañuelo fuera mágico —protestó su amigo.
—También está la barba, que sabes que me afeito en cuanto llego a
casa.
—Te reconocerán y terminarás en la cárcel.
—No lo harán.
—Estás muy seguro de ello, ¿no?
—Lo estoy. Y en todo caso, no es como si fuera a abordar el otro
barco con ellos mirando.
—¿Entonces qué vas a hacer?
—Les encerraremos en el camarote hasta que hayamos terminado y
les haremos creer que era el otro barco el que nos atacaba a nosotros.
—¿Y crees que funcionará?
—¿Por qué no iba a funcionar? Les he salvado la vida, creerán lo
que sea que les diga.
—Supongo que en ese caso no tienes de qué preocuparte —bufó su
amigo.
—Supones bien.
 
Los siguientes dos días pasaron en relativa calma. Las damas apenas
salían del camarote, pero Bennet se mezcló rápidamente con los marineros
y ayudó en todo lo que pudo, poniendo en práctica lo que había aprendido
en el barco en el que viajaban a España. Era evidente que el hombre estaba
acostumbrado al trabajo duro y no vacilaba a la hora de echar una mano a
los demás, cosa que sus hombres agradecían. Su esposa, por otro lado,
había pedido permiso la noche de su llegada para utilizar la cocina y
preparar un guiso realmente delicioso como agradecimiento por la ayuda
recibida. Tras el éxito rotundo que tuvo su deliciosa comida casera, había
ayudado en la cocina desde entonces, brindándoles la mejor comida que sus
hombres habían probado nunca. Sin embargo, la joven hija de los Bennet no
había salido del camarote desde que llegó al barco. Hacía sus comidas en el
camarote, con la única compañía de su madre, y se entretenía remendando
la ropa de los marineros y las velas destrozadas por la tormenta sin salir del
pequeño habitáculo.
Andy estaba apoyado esa noche en la balaustrada de proa,
disfrutando el aire fresco mientras observaba la enorme luna que se
dibujaba en el horizonte. Siempre que podía le gustaba tener un momento
de paz a solas con el mar, el sonido de las olas en el silencio de la noche
calmaba su mente y también su alma. Un aleteo de color blanco a su
derecha llamó su atención, y sonrió sorprendido al ver acercarse a la
señorita Bennet ataviada con un pantalón de Bobbie y una camisa que le
llegaba por las rodillas, aunque no podía negar que aun vestida de aquella
manera era realmente hermosa.
—Debería estar descansando, señorita Bennet —le dijo—. Es muy
tarde.
—Lo que necesito es aire fresco, capitán. Voy a terminar por
asfixiarme si continúo encerrada en esa habitación, y solo puedo salir
cuando mis padres están descansando.
—Creí que era usted la que no quería salir.
—¿Bromea? Es mi madre quien me mantiene encerrada porque
teme que alguno de sus marineros se sobrepase conmigo.
—Si alguno de ellos lo hiciera le convertiría en alimento de
tiburones sin titubear —dijo él con una sonrisa—. Mis hombres respetan a
las mujeres, señorita Bennet. Puede pasear por la borda tranquilamente
cuando le apetezca, está segura en mi barco.
—Agradecería que le dijera esas mismas palabras a mi madre,
capitán —suspiró la dama—. Últimamente me sobreprotege demasiado.
—Es su única hija, es normal que lo haga.
—Me siento como a un ave al que le han cortado las alas —
reconoció.
—¿Cómo es eso?
—Quiere que me case con un noble en cuanto nos asentemos.
Quiere que sea una dama respetada y que forme una familia, pero yo
preferiría esperar un poco para contraer matrimonio.
Dio un trago a la copa que tenía en la mano y volvió su mirada a la
joven. Dios… qué bella era. Andy era muy consciente de que la mujer que
tenía delante era toda una belleza digna de admirar. Con el cabello suelto
aleteando alrededor de su rostro, Elisa Bennet era aún más hermosa.
Lástima que él aún no estuviera decidido a casarse, porque de lo contrario
se ofrecería voluntario para ser quien le propusiera matrimonio.
—¿No es eso lo que todas las madres desean para sus hijas? —
continuó con un carraspeo— ¿Que se casen con un hombre respetable y
formen una familia?
—Pero yo no lo deseo aún… aunque me temo que no tendré opción.
—¿A qué se refiere?
—Lo hemos perdido todo en el naufragio, capitán. Mi padre llevaba
en ese barco todo el dinero que había conseguido de la venta de su
plantación de algodón con el objetivo de empezar de nuevo. Ahora no nos
queda nada.
—Pero su padre cuenta con la ayuda de su tío.
—Mi tío no ha querido saber nada de nosotros desde que mi padre
decidió asentarse en América. ¿Qué le hace pensar que querrá ayudarnos?
—La situación es distinta, señorita Bennet. Cuando alguien de tu
familia está en problemas se olvidan las discusiones. Además, contarán con
otros familiares que los ayuden a salir adelante, ¿no es así?
—También está la tía abuela de mi madre, pero dudo mucho que
quiera ayudar a mi padre cuando en su última visita discutieron por mi
culpa.
—¿Por qué por su culpa?
—Tía Camille quería llevarme con ella para presentarme en
sociedad y mi padre se negó en redondo.
—Entiendo… Así que por eso usted va a sacrificarse por ellos
casándose lo antes posible, para respaldar a sus padres con la fortuna de su
esposo.
—Exacto. Estoy tan furiosa con mi padre en este momento… Si nos
hubiéramos quedado en Virginia ahora estaríamos en una mejor situación.
Podríamos haber mantenido nuestra casa y…
—Si se hubieran quedado en Virginia su situación sería mucho peor,
créame, señorita Bennet —la interrumpió—. La guerra ha comenzado y los
soldados pierden la razón cuando están en el frente. Su padre habría tenido
que alistarse en el ejército y dos mujeres solas corren el peligro de ser
violadas salvajemente antes de terminar siendo cruelmente asesinadas.
—Veo que está usted al tanto de la situación de mi país.
—No siempre estoy en el mar. Paso la mayor parte del tiempo en
tierra firme y suelo leer los periódicos a diario.
—¿A qué se dedica cuando está en tierra firme, capitán?
—Vendo mi mercancía y paso tiempo con mi familia, supongo que
como cualquier capitán de barco.
—Así que está usted casado.
—No ese tipo de familia. Tengo un hermano menor, una cuñada y
un sobrino recién nacido viviendo en Cádiz. Iré a pasar una temporada con
ellos en cuanto pisemos tierra firme.
—Debió ser increíble tener un hermano cuando era pequeño. Yo soy
hija única y siempre quise tener una hermana con la que jugar y compartir
los secretos.
—Créame… Mi hermano era más un incordio que un compañero de
juegos la mayor parte del tiempo. —Sonrió—. Siempre quería andar
colgando de mi camisa, persiguiéndonos a mis amigos y a mí, y nos
metimos en muchos problemas por ello.
—Sin embargo, habla de él con mucho cariño.
—Porque le quiero más que a mi vida. Él y su esposa son la única
familia que tengo y daría mi vida por ellos sin dudarlo. Pero eso no quita
que Jeremy fuera un tostón siendo niño. Debería entrar —dijo apurando su
copa—. La noche es fría y esa ropa es demasiado ligera, podría enfermarse.
—Sé que tiene razón, pero se está tan bien aquí afuera… Temo que
esta sea la única vez que pueda disfrutar de la brisa marina, capitán.
—Si gusta, hablaré con su madre mañana en el desayuno para que le
permita salir a dar un paseo por la borda, me ofreceré a acompañarla si eso
la deja más tranquila.
—No quiero acaparar su tiempo, sé que debe estar muy ocupado y
no quiero ser una molestia.
—No se preocupe, no será ninguna molestia acompañarla. Tengo
hombres muy competentes que pueden hacer el trabajo por mí durante un
par de horas y siempre es un placer pasear en compañía de una dama.
—En ese caso se lo agradezco. Buenas noches, capitán.
—Buenas noches, señorita Bennet.
Andy vio cómo la mujer se alejaba por la cubierta, pero esta se
detuvo en seco y volvió hacia donde él se encontraba.
—¿Ocurre algo, señorita Bennet? —preguntó.
—Es solo que no sé su nombre, capitán.
—No creo que…
—No estoy pidiendo tutearle —rio ella—, conozco bien las normas
sociales de esta parte del mundo. Solo quiero saber el nombre del hombre
con el que voy a pasear mañana.
—Cualquiera que la escuche creería que vamos a pasear por la Plaza
Mayor de Madrid —respondió él con una sonrisa.
—Nunca he paseado por ella, pero le aseguro que después de dos
días de encierro para mí será igual de refrescante la cubierta de este barco.
Andy lo pensó por un momento. ¿Qué mal podría hacerle que la
mujer supiera su nombre? Seguramente solo se verían de lejos en los
salones de baile y posiblemente ella no le reconociera.
—Anderson —respondió finalmente—, mi nombre es Anderson.
—Es un placer conocerle, señor Anderson. Y ahora sí, buenas
noches.
Andy permaneció mirando la curva de la espalda baja de la mujer,
dibujada a través de la camisa por la luz de la luna, hasta que al fin la perdió
de vista. Si la situación fuera diferente y él fuera un pirata de verdad, si
tuviera una conciencia menos limpia y un sentido del honor menor, ahora
mismo la alcanzaría en dos zancadas, se la echaría al hombro y la tumbaría
en su cama para saborear esa misma curva de seda… y el resto de sus
curvas también. Pero era un caballero, un lord inglés con un gran sentido
del honor, así que debía conformarse con verla en la distancia… y pasear
con ella por la cubierta a la mañana siguiente.
Capítulo 3
 
 
 
 
 
 
 
A la hora del desayuno, los nuevos pasajeros del North Wolf se
sentaron a la mesa del capitán a petición de este, incluida la señorita
Bennet, en la que habían servido un copioso desayuno. Las mujeres habían
vuelto a utilizar los vestidos que traían en el naufragio y la señorita Bennet
se había recogido el pelo que la noche anterior llevaba suelto en un sencillo
moño que dejaba caer alrededor de su cara algunos mechones de pelo. Si la
noche anterior a Andy le había parecido preciosa, ahora le resultaba
absolutamente deslumbrante. Retiró la silla de la dama como todo un
caballero y se sentó en la cabecera de la mesa mientras Bobbie se encargaba
de servir el té.
—Es un placer volver a verla, señorita Bennet —dijo cortando la
comida de su plato—. Espero que su encierro no se debiera a un problema
de salud.
  —En absoluto, capitán. Me encuentro perfectamente —respondió
ella con una sonrisa.
—¿Por qué permanece entonces en el camarote? El aire fresco del
mar le sienta bien a cualquiera.
—Pensé que sería mejor que mi hija no anduviera importunando a
sus hombres, capitán —reconoció la madre—. No queríamos ser un estorbo
para ellos.
—Le agradezco el gesto, señora Bennet, pero su pobre hija debe
estar asfixiada de encontrarse encerrada todo el día en ese pequeño
habitáculo. ¿Me equivoco, señorita Bennet?
—No lo hace, capitán —suspiró Elisa—. A pesar de que el portillo
permanece abierto la mayor parte del tiempo, no es suficiente para respirar
aire fresco.
—Si le apetece, puedo acompañarla mientras estira las piernas y
respira aire fresco en la cubierta —se ofreció él sin levantar la mirada de su
plato—. Con el previo permiso de sus padres, por supuesto.
—No queremos molestarle —se disculpó Anna Bennet.
—No es ninguna molestia, milady. Al contrario, disfrutaría mucho
de la compañía y la conversación de tan bella dama.
—En ese caso está bien, puedes ir —le dijo a su hija—. Pero no
entorpezcas el trabajo del capitán.
—Gracias, mamá.
A partir de ese momento la joven tomó su desayuno con mucho
mejor ánimo. Su madre incluso tuvo que reprenderla por comer demasiado
deprisa, cosa que divirtió a Andy, que tuvo que disimular su sonrisa detrás
de la taza de té. Terminado el desayuno, ofreció el brazo a la joven para
llevarla por la cubierta hasta el timón, respondiendo a todas sus preguntas
sobre el barco, y la hizo sentar en un cajón de madera lleno de arreos que
hacía las veces de asiento.
—Gracias por intervenir frente a mi madre en mi nombre —dijo ella
con la cara vuelta hacia el sol, los ojos cerrados y una sonrisa en los labios
—. De no ser por usted me habría mantenido encerrada en el camarote
durante toda la travesía.
—Siempre es un placer disfrutar de la compañía de una dama —
respondió él—. Si gusta, puedo pedir que le traigan algo que le sirva de
parasol. No querría que su piel se dañe con el sol.
—Oh, no se moleste, capitán. En realidad, disfruto mucho del calor
de los rayos del sol. Solo me falta un buen libro para ser totalmente feliz.
—En mi camarote tengo algunos libros de aventura. Podría dejarle
algunos durante el viaje.
—Me encantaría.
Elisa se apartó el cabello de la cara y permaneció largo rato con una
sonrisa en los labios y los ojos cerrados, como si deseara ser besada por el
astro rey. Andy se fijó en el pequeño lunar de su pómulo, bajó la mirada
hasta su boca y tuvo que refrenar el repentino deseo de acercarse a ella y
robarle un beso, porque esos labios rosados y llenos no dejaban de tentarle.
En vez de hacerlo, tomó el timón con ambas manos y las apretó con fuerza
contra la madera para evitar el fuerte impulso de hacerlo.
—¿Hacia dónde se dirige su barco, capitán? —preguntó la mujer.
—A Cádiz, donde vive mi hermano —respondió con un carraspeo.
—Es cierto, anoche me comentó que iba a visitar a su familia. ¿Sus
marineros también tienen familia en Cádiz o la tienen en su lugar de
procedencia?
—Algunos tienen familia, otros no tienen más familia que esta.
—¿Y a usted no le espera ninguna dama en casa con la que quiera
casarse?
—¿Por qué? ¿Se está ofreciendo voluntaria, señorita Bennet? —
bromeó.
—¡Por supuesto que no! —exclamó ella alterada— No pretendía
darle a entender tal cosa, capitán. Es solo que mi curiosidad me lleva a
hacer preguntas que no debería, mis disculpas.
—No se disculpe, solo bromeaba —respondió él—. Al igual que
usted, considero que aún es muy pronto para eso.
—¿Cuántos años tiene?
—Treinta.
—Tiene suerte de ser hombre, a esa edad yo sería considerada una
solterona.
—¿Cuántos años tiene usted?
—Acabo de cumplir diecisiete… y voy a tener que casarme cuanto
antes —suspiró.
—Su matrimonio no puede ser la única solución para su familia,
señorita Bennet. Hable con su padre y busquen otra salida.
—No es mi padre quien me pide que lo haga, capitán. Él confía
plenamente en que su hermano lo ayudará.
—¿Y por qué no espera entonces a ver lo que ocurre? Tal vez su
familia les ayude y no tenga usted que sacrificarse.
—Porque dudo mucho que mi tío se digne a brindarnos su ayuda.
Mi abuelo le prohibió comunicarse con mi padre, pero hace años que ha
muerto y sin embargo no lo ha intentado tras su muerte.
—Pero ahora que están de regreso tal vez las cosas cambien. Tal vez
cuando su padre y su hermano se encuentren arreglen sus diferencias.
—Espero que tenga usted razón.
—Además, me dijo que tiene usted otro familiar. Una tía abuela, ¿no
es así?
—Tía Camille, así es. Pero papá y ella se detestan la mayor parte del
tiempo, vivir con ambos bajo el mismo techo sería como estar en un campo
de batalla. Papá dijo cuando decidimos mudarnos que debía casarme en tres
temporadas para no convertirme en una solterona, pero si lo hago cuanto
antes podré salvar a mi familia de la ruina y evitarle a papá el mal trago de
tener que vivir de la caridad de los demás.
—Tenga mucho cuidado entonces, señorita Bennet. Hay muchos
caballeros que podrían llegar a engañarla si la ven tan desesperada por
encontrar un esposo.
—Es que estoy desesperada, capitán.
—Debe fingir que no lo está. No tiene dote, por lo que el atractivo
del dinero no atraerá a cazafortunas, pero podría toparse con algún
sinvergüenza que tome su inocencia y luego la desheche.
—¿Qué me aconseja entonces que haga, capitán?
—Finja que no tiene ningún interés en el matrimonio, haga que la
cortejen durante un tiempo y sobre todo investigue exhaustivamente a sus
pretendientes antes de aceptar ninguna proposición. No creo que quiera
terminar casada con un hombre que la trate como si fuera un trofeo y
pretenda moldearla a su antojo mediante golpes.
—Tiene muchos consejos que dar sobre la sociedad inglesa para ser
solo un capitán de barco.
—Eso es porque leo mucho, señorita Bennet —mintió.
La conversación fue interrumpida por Roger, que tras decir algo en
el oído de Andy se puso al timón, saludando a la dama con una leve
inclinación de cabeza.
—Me temo que nuestra breve reunión debe llegar a su fin —dijo
Andy ofreciéndole el brazo—. Tengo asuntos de suma importancia que
atender y necesito llevarla con sus padres.
—¿Ocurre algo, capitán?
—Nada que no pueda solucionar, señorita Bennet.
La acompañó hasta el camarote donde dormía con sus progenitores,
que ya se encontraban allí. Elisa se volvió hacia el capitán con una ceja
arqueada, pero él se limitó a salir de la habitación y cerrar la puerta con
suavidad, asegurándose de echar la llave.
—¿Ocurre algo, papá? —preguntó sentándose junto a su madre—
¿Por qué nos han encerrado aquí?
—Nos han ordenado no salir de la habitación bajo ningún concepto
hasta que vengan a buscarnos, hija —explicó su madre—. Tal vez hayan
divisado algún peligro y pretenden mantenernos a salvo.
Elisa corrió hacia el portillo para intentar mirar hacia afuera, pero
estaba demasiado alto y no logró alcanzarlo.
—¿Qué intentas, Ely? —preguntó su madre.
—Intento ver si es un barco pirata.
—¿Qué tontería es esa? Tal vez sea una nueva tormenta.
—El cielo está completamente despejado, mamá.
—A nosotros no nos importa lo que esté pasando ahí afuera —la
reprendió su padre—. El capitán ha tenido la amabilidad de acogernos en su
barco y lo menos que podemos hacer es estar agradecidos y cumplir sus
órdenes sin rechistar.
—Solo estoy curioseando, papá —respondió ella—. No voy a
desobedecer al capitán.
El sonido del disparo de un cañón les inmovilizó. Elisa corrió al
lado de su madre y se refugió entre sus brazos temblando como una hoja.
La idea de un barco pirata era muy buena en su cabeza, pero cuando se
volvía realidad la aterrorizaba. ¿Qué pasaría si los piratas conseguían
abordar el barco? ¿Matarían a toda la tripulación, incluidos ellos? ¿O tal vez
los venderían como esclavos? Los gritos de los marineros resonaron en el
aire, y Elisa comenzó a sollozar presa del pánico. Su madre la abrazó con
mayor fuerza, pero ella estaba tan asustada como su hija. La incertidumbre
duró cerca de una hora, cuando el hombre que había tomado el timón
mientras Elisa estaba con el capitán abrió la puerta del camarote.
—Ya pueden salir, pero sugiero que descansen un poco, deben
haberse llevado un buen susto —dijo—. Sentimos que hayan pasado un
momento difícil, pero todo ha terminado.
Dicho esto, se marchó cerrando la puerta con suavidad a su espalda,
y los tres Bennet se miraron entre sí con mil preguntas en su mente.
—Hagamos lo que nos ha dicho y descansemos —sugirió Joseph—.
Lo que haya pasado ahí fuera no tiene nada que ver con nosotros.
—Supongo que el capitán nos lo explicará todo a la hora de la cena
—dijo Elisa metiéndose en su camastro.
—No tiene que hacerlo, y no preguntaremos absolutamente nada —
ordenó aprisa su padre—. Lo ocurrido no nos incumbe, ¿entendido, Elisa?
La joven miró a su padre con sorpresa, porque jamás le había
hablado con un tono tan severo, incluso aunque hubiera hecho una trastada
enorme, pero asintió y se recostó en la cama dispuesta a dormir. Lo que la
mujer no sabía es que horas antes su padre había descubierto la bandera
pirata mientras ayudaba a los marineros con sus quehaceres, y no iba a
permitir que la curiosidad de su hija les pusiera en grave peligro. Pirata o
no, el capitán les había rescatado y se había ofrecido a hacerle un préstamo
para que pudieran llegar a su hogar, sin hacer preguntas y sin cuestionarle.
Le debían demasiado como para meter las narices en sus asuntos.
En su mente se creó un nuevo pensamiento. ¿Cómo pensaba el
capitán recuperar su dinero? Él era un hombre honrado y tenía toda la
intención de devolverlo, pero dada su situación actual no tenía ni idea de
cómo proceder. La mejor solución sería devolverlo lo antes posible, pero
para eso tendría que pedírselo prestado a su hermano, con quien no había
vuelto a hablar desde que se marchó, o lo que era peor, pedírselo a la tía de
su esposa, con quien no se llevaba demasiado bien debido al fuerte carácter
de la excéntrica anciana. Su última discusión vino cuando el año anterior
viajó a Virginia con la intención de llevarse a Elisa con ella y presentarla en
sociedad en Londres. Por ese entonces Joseph no tenía ninguna intención de
permitir que su única hija se casara con un noble inglés y fuera infeliz toda
su vida, quería que encontrase a un buen terrateniente americano que la
amara y viviera feliz sin las estrictas normas de la sociedad londinense.
Ahora pensaba que debería haber permitido ese viaje, de ser así su hija
estaría en ese momento a salvo en Londres y no tendría que preocuparse por
su seguridad y su futuro.
 
Elisa permanecía despierta mucho después de que su padre la
mandara a descansar. Miraba el techo del camarote creando en su mente
infinidad de situaciones por las que el capitán se hubiera visto obligado a
disparar sus cañones, pero la curiosidad innata que poseía no le permitía
conciliar el sueño. Dio una vuelta más en la cama antes de sentarse con un
suspiro. No debería desobedecer a su padre, sobre todo después de la
seriedad con la que le había advertido, pero no entendía el recelo de su
progenitor hacia la situación que habían sufrido. Estaba segura de que el
capitán les explicaría amablemente lo que había ocurrido, pero por alguna
razón su padre prefería mantenerse en la ignorancia. En vistas de que no era
capaz de dormir de nuevo, y dado que el hombre de confianza del capitán
les había dado permiso para salir del camarote cuando quisieran, se calzó
las botas que había conseguido del joven Bobbie y salió cerrando la puerta a
su espalda con suavidad. Tal vez un poco de aire fresco era lo que
necesitaba.
Los hombres que permanecían en cubierta hacían sus tareas como
de costumbre y la saludaron con educación cuando pasó en dirección al
camarote del capitán. Nada estaba fuera de lugar, no había daños visibles en
el barco a pesar de los cañones escuchados horas antes, y tampoco parecía
haber heridos, así que probablemente el asalto del barco pirata había
fracasado. Decidió sentarse en la caja de arreos en la que se había sentado
en la mañana para disfrutar del cálido sol de primeras horas de la tarde, y
recordó que el capitán le había ofrecido sus libros de aventuras para que los
leyera, así que se dirigió al camarote de este para pedir uno prestado. La
puerta estaba entreabierta y, cuando se acercó a ella para llamar con los
nudillos, se quedó congelada en el sitio al escuchar la conversación de los
dos hombres que había dentro.
—Esta vez hemos conseguido un buen botín —decía el ayudante del
capitán—. Podremos sacar una pequeña fortuna con él.
—Pensé que con la guerra americana las mercancías se verían
mermadas, pero no ha sido así —respondió el otro hombre—. La bodega
estaba hasta arriba de provisiones.
—Por suerte los hombres del barco se rindieron fácilmente, no hay
heridos que lamentar.
—Sí, prefiero que las cosas sean sencillas. Ya sabes que no me gusta
llevar muertes sobre mi espalda.
—Ni siquiera sé cómo puedes llamarte pirata —bromeó Roger—.
Eres demasiado blando, este corte en el brazo podría haberte matado si llega
a alcanzar el lugar al que iba destinado.
—Ese hombre solo se estaba defendiendo, Roger. Le hemos
arrebatado su sustento y estaba aterrado pensando en lo que podríamos
hacer con su vida, no puedes culparlo por intentar defenderse de nosotros.
—Listo, la herida ya está cosida —dijo Roger dando la última
puntada.
—Gracias.
—La vendaré para que no se infecte.
—No es necesario, puedo…
—No protestes, el vendaje también servirá para evitar preguntas
innecesarias de los Bennet.
—¿Alguno de ellos ha salido del camarote?
—Les dije que descansaran un poco para reponerse del susto y el
padre insistió en lo mismo, así que no lo creo.
—¿Crees que sospecha algo?
—No… estará demasiado asustado por el ataque del barco pirata
como para salir a cubierta. ¿Piensas que preguntarán?
—Si lo hacen nos atendremos al plan original, los piratas eran ellos
y…
Andy se detuvo en seco cuando vio por el rabillo del ojo una sombra
tras la puerta. Se levantó sigilosamente y atrapó a Elisa por el brazo, que
jadeó e intentó escaparse con todas sus fuerzas, pero fue inútil. Tras cerrar
la puerta con llave la llevó a uno de los sillones y la hizo sentarse en él,
quedando de pie frente a ella con los brazos cruzados.
—Parece que tenemos a una damita demasiado curiosa por aquí —
suspiró—. ¿Cuánto ha escuchado, señorita Bennet?
—No he escuchado nada, acabo de llegar —mintió la mujer.
—Miente muy mal, señorita Bennet —protestó Roger—. Está
demasiado asustada para no haber escuchado toda nuestra conversación.
—¿Qué van a hacerme? —preguntó asustada.
—Eso depende de usted —respondió Andy.
—¿De mí?
—Sí, de usted. Si promete mantener la boca cerrada y actuar delante
de sus padres como si nada hubiera pasado, le prometo que no le ocurrirá
nada malo. Cuando lleguemos a puerto le entregaré a su padre una suma de
dinero suficiente para llegar a casa de sus parientes como habíamos
acordado en un principio y los dejaré marchar.
—¿Así, sin más?
—Así, sin más.
—¿Cómo puedo fiarme de su palabra?
—Como supongo que habrá escuchado hace un momento, soy una
buena persona y no me gusta dañar a los demás sin motivo, mucho menos si
se trata de una dama hermosa.
—El sonido de los cañones no fue nada bondadoso —bufó ella.
—Eso es diferente. Si se siente más tranquila, le aseguro que nadie
excepto yo salió herido en nuestra incursión y los tripulantes del otro barco
habrán vuelto a casa sanos y salvos, aunque sin mercancía.
—Y lo dice usted con tanto orgullo…
—Me enorgullezco de mi trabajo, que da de comer a mis hombres y
a sus familias. ¿Mantendrá usted el secreto, señorita Bennet? O…
—No hablaré —se apresuró a responder ella—. Le doy mi palabra
de que nada de lo que he visto ni oído saldrá de mis labios jamás.
—Buena chica —susurró Roger.
—Me alegra que sea consciente de la situación, señorita Bennet —
añadió Andy sirviéndole a la dama una copa de vino especiado—. Y espero
que no me juzgue por mi profesión, cada quien hace lo necesario para
sobrevivir.
—Hay trabajos mucho más honrados para ganarse la vida, capitán
—protestó ella.
—Es cierto… Pero ninguno de ellos es tan divertido como este.
Beba esto, la calmará.
—¿Puedo fiarme de que no está envenenado?
—Me ha dado su palabra de que no contará nada. ¿Por qué habría de
envenenarla? Solo intento que se tranquilice un poco.
Andy observó a la mujer dar un par de pequeños sorbos a la bebida.
Suspiró y se sentó frente a ella con los codos apoyados en las rodillas.
—¿Por qué ha venido a mi camarote en primer lugar? —preguntó.
—Oh… No podía dormir y pretendía leer un libro en cubierta.
—Entiendo… Sírvase usted misma —dijo señalando la estantería
repleta de libros que había junto al escritorio—, puede elegir el libro que
desee.
La mujer se acercó al mueble y tomó el primer libro que estuvo a su
alcance sin siquiera mirarlo, y corrió a toda prisa hasta la puerta, que Roger
había abierto para ella.
—¿Piensas que hablará? —preguntó.
—No lo creo —respondió Andy—. Tiene demasiado miedo de
nosotros como para arriesgarse a hacerlo.
—Debes mantenerte lo más alejado posible de los Bennet una vez
regreses a Londres, Andy. Pueden ponerte en peligro.
—No es mi intención acercarme a ellos intencionadamente, Roger.
Ya sabes que evito los bailes de sociedad tanto como puedo, y cuando asista
este año la única dama que tendrá toda mi atención será la pequeña Olivia.
—Es cierto, este año será presentada en sociedad.
—Estoy deseando ser testigo de cómo mi pequeña hermana vuelve
loco a John —rio—. Conociéndola seguro que le da muchos dolores de
cabeza.
—Tal vez encuentre un caballero que le guste y se comprometa con
él sin rechistar.
—Créeme, si algo caracteriza a Olivia es que no hace nada sin dar
problemas… y la temporada no será la excepción.
Capítulo 4
 
 
 
 
 
 
 
Desde aquel fatídico encuentro entre la dama y el capitán, el ambiente
relajado en el barco cambió. A partir de ese momento Elisa se volvió
distante con el capitán y la tripulación. Evitaba pasear con Andy cada vez
que este se ofrecía a acompañarla y en las comidas procuraba mantenerse
en silencio a no ser que le hicieran alguna pregunta directamente a ella.
Incluso su madre se dio cuenta de que algo le ocurría, pero Elisa mintió y
achacó su cambio de actitud a llevar demasiados días en el mar. Andy había
intentado entablar una conversación con ella una vez que la encontró
sentada en la cubierta, pero la joven alegó sentir un tremendo dolor de
cabeza y se marchó a su camarote dejándole con la palabra en la boca. A él
le divertía mucho el miedo ridículo de la joven, pero estaba empezando a
cansarse de su comportamiento, pues de seguir así sus padres terminarían
por descubrir que algo había ocurrido entre ellos y empezarían a hacer
preguntas que no podrían obtener respuesta. Por ese motivo Andy la mandó
llamar a su camarote, y por suerte Elisa acudió sin la compañía de su
madre, como acostumbraba a hacer últimamente.
—¿Me buscaba, capitán? —preguntó de pie frente a él, sujetándose
las manos con fuerza.
—Siéntese, por favor —ordenó el barón—. Tenemos que hablar.
Ella hizo lo que le pidió sin vacilar y esperó pacientemente a que el
barón comenzara la charla. Definitivamente no le estaba poniendo las cosas
fáciles, no señor.
—He notado que rehúsa usted mi compañía en cada ocasión que se
presenta —dijo poniendo una copa de vino especiado delante de ella—.
¿Puede decirme por qué?
—No le rehúyo, capitán, solo soy precavida.
—¿Me tiene miedo, señorita Bennet?
—Obviamente sí, capitán. Cualquiera en su sano juicio se lo tendría.
—Pero le di mi palabra de que no le haría daño. ¿Por qué me teme
entonces?
—¿Puedo fiarme de la palabra de un pirata?
—Touché, señorita Bennet. Pero, verá… El problema es que su
comportamiento hacia mí me está perjudicando.
—¿Cómo puede ser eso?
—Su padre empieza a hacer preguntas —mintió—. Preguntas que
no puedo responderle, y si las cosas siguen así me veré obligado a hacer
algo que no quiero hacer.
—Simplemente dígale que no es usted de mi agrado, si quiere yo
misma se lo diré.
—¿Y la creerá después de verla pasear feliz junto a mí la mañana
del asalto?
—Si va a amenazarme, hágalo ya, capitán. Desearía poder retirarme
a mi camarote lo antes posible.
—¡No voy a amenazarla, maldición! —exclamó Andy frustrado—
No tengo el más mínimo interés en amenazarla o atemorizarla, ya se lo he
dicho.
—¿Entonces para qué me ha mandado llamar?
—Para pedirle un favor.
Ella le miró como si le hubieran crecido dos cabezas más, y Andy se
limitó a apoyar la barbilla en sus manos unidas y sonreír.
—¿Qué favor es ese? —preguntó ella.
—Aparente soportarme hasta que lleguemos a la costa. No tendrá
que hacerlo durante demasiado tiempo, solo una semana más. No tiene que
pasar tiempo en mi compañía si no quiere, pero en las ocasiones en las que
nos veamos forzados a soportarnos, como por ejemplo las comidas, ¿podría
ser un poco más amable conmigo?
—De acuerdo, lo intentaré.
—Y ya que está aquí, puede echar un vistazo a mi pequeña
biblioteca. Supongo que el libro que le presté hace días ya lo ha terminado,
pensé que le gustaría cambiarlo por otro. Es mi manera de firmar una tregua
con usted.
—Yo lo llamaría chantaje, capitán —intentó bromear ella.
—Totalmente —respondió él guiñándole un ojo.
Desde aquel momento las cosas volvieron a mejorar en el barco.
Elisa no paseaba con el capitán, pero sí pasaba tiempo junto al timón
sentada en la caja de arreos leyendo mientras él manejaba el barco. No
comenzaba una conversación con él, pero si sus padres lo hacían intentaba
participar activamente en ella, ganándose de vez en cuando una sonrisa de
ese rostro tan peligroso como su dueño. Porque Elisa debía reconocer que el
capitán era el hombre más apuesto que había visto jamás. Sus ojos azules
brillaban como dos gotas cristalinas cuando se encontraba a pleno sol, y en
sus mejillas se dibujaban dos hoyuelos cada vez que sonreía a pesar de la
barba que las cubría. Si en vez de ser un pirata sinvergüenza se tratara de un
noble inglés, si en vez de conocerse a bordo de un barco pirata lo hubieran
hecho en un salón de baile, a Elisa no le importaría contraer matrimonio
con él tan pronto como llegaran a puerto. Pero para su pesar la realidad era
muy distinta, el hombre no era para nada perfecto y debía dejarlo lo más
lejos posible de su vida en cuanto tuviera oportunidad.
 
Cuando llegaron al puerto de Cádiz, el capitán los llevó hasta una
taberna bastante decente, donde Elisa al fin pudo tomar un baño caliente y
lavarse con jabón de olor a rosas. Una muchacha de su edad llegó poco
después con un par de vestidos elegantes para ella y su madre, y pudieron
deshacerse de los andrajos que habían llevado hasta entonces. El capitán les
esperaba después de descansar un poco en un salón privado para cenar.
Aunque Elisa alegó que se saltaría la cena porque estaba muy cansada, su
padre la obligó a bajar en agradecimiento al granuja que les había rescatado,
así que se vio sentada al lado del pirata mientras la dueña de la taberna les
servía un estofado de res que olía de maravilla.
—¿Vino, señorita Bennet? —preguntó el capitán levantando la jarra.
—Gracias, pero prefiero un poco de agua, capitán. Estoy demasiado
cansada para lidiar con el vino ahora.
Andy sonrió alcanzando la jarra de agua fresca que había junto a
ella y le sirvió un vaso. La observó mientras la tabernera servía en el plato
de la joven un buen cucharón de estofado, y se dio cuenta de que su cuerpo
tembló cuando sus miradas se encontraron. ¿En serio aún le temía o era
algo más? Incluso pudo notarla dar un respingo cuando su mano rozó la
manga de su chaqueta al tomar la cuchara.
—¿La sigo poniendo nerviosa, señorita Bennet? —susurró
aprovechando que los padres prestaban atención a la tabernera.
—Tengo frío —mintió ella descaradamente.
—Puedo prestarle mi chaqueta, si gusta.
—No es necesario, gracias.
—Oh… pero un caballero cubriría sus hombros para que no pase
frío, milady.
—El calor de la chimenea es más que suficiente, capitán. Y ambos
sabemos que usted no es ningún caballero.
—Cierto, pero acaba de decirme que tiene frío. ¿O es que acaso le
pone nerviosa mi cercanía?
La conversación fue interrumpida cuando la tabernera se acercó a
Andy para llenar su plato.
—Si necesitan algo más mi hija María se encargará —dijo saliendo
de la habitación.
Andy puso sobre la mesa un paquete y lo deslizó hacia el señor
Bennet, que lo abrió y comprobó que contenía una buena suma de dinero.
—Esto es demasiado, capitán —protestó el hombre intentando
devolverlo—. No puedo aceptarlo.
—No sea estúpido, Bennet —bufó Andy llevándose una cucharada
de estofado a la boca—. Necesitará dinero para comprar una casa y empezar
su negocio cuando consiga asentarse.
—Puedo pedírselo a mi familia. No es necesario que…
—Acéptelo, hombre —le interrumpió Andy—. Será más fácil para
usted empezar de cero así y no tendrá que deber favores innecesarios.
—No sé cuándo podré devolvérselo. Yo…
—No tiene que devolverme nada. Considérelo en agradecimiento
por haber amenizado mi viaje.
—¡Eso es absurdo señor! —protestó Anna— Deberíamos ser
nosotros quienes le pagáramos por su ayuda, no al revés.
—En ese caso, devuélvanmelo si algún día nos encontramos de
nuevo atendiéndome bien en su negocio.
—Muchas gracias por toda la ayuda que nos ha prestado, capitán —
susurró el señor Bennet carraspeando—. Le estaré eternamente agradecido
por ello.
Terminada la cena, Andy se despidió de sus pasajeros y tomó el
caballo que había alquilado para llegar a la casa de su hermano. El
mayordomo le hizo pasar al patio en cuanto llegó, donde se encontró a
Jeremy con el bebé en los brazos y una mirada llena de amor en su rostro.
Andy permaneció un momento mirándolos apoyado en el dintel de la
puerta, satisfecho con la felicidad que se podía adivinar en el rostro de su
hermano pequeño. Cuando este al fin se percató de su presencia, sonrió de
oreja a oreja, se levantó con cuidado de su asiento para no despertar al
pequeño mientras le colocaba en su cuna y se acercó en dos zancadas a su
hermano para abrazarlo con fuerza.
—¿Por qué no me avisaste de que vendrías, Andy? —protestó—
Habría ido a recibirte al puerto yo mismo.
—¿Y perderme la bella imagen que me he encontrado al llegar?
Quería sorprenderos.
—Y vaya si lo has hecho, creía que llegarías en un par de semanas.
Verás cuando Meredith te vea, se pondrá loca de contenta.
—¿Cómo se encuentra después del parto?
—Está llena de energía a pesar de que fue un parto complicado. El
doctor le ha aconsejado que descanse unas semanas, pero ella ya está dando
órdenes a los sirvientes como de costumbre.
—¿Dónde está ahora?
—Ha ido a preparar el café. Ya sabes que le gusta prepararlo ella
misma porque dice que nadie sabe darle el equilibrio exacto entre sabor y
cuerpo.
—Bien, en ese caso preséntame a mi heredero.
—¿Heredero? —rio Jeremy— Siento decepcionarte, hermano, pero
aún tendrás que casarte para tener a tu heredero. Lo que tenemos aquí es
una preciosa y adorable mujercita.
—Aún me quedas tú para heredar el título, así que no me importa.
Será la princesa consentida del tío Andy —susurró pasando un dedo por la
suave y nívea piel de la mejilla infantil.
La pequeña abrió en ese momento los ojos, azules como los de su
padre, y Andy se enamoró perdida e irremediablemente de una mujer por
primera vez en su vida. La tomó suavemente en sus brazos y la pequeña se
metió el pulgar en la boca y se acurrucó para seguir durmiendo.
—Es demasiado perfecta, Jer —susurró embelesado.
—Lo sé —respondió su hermano con una sonrisa satisfecha.
—Tendrás que espantar a los pretendientes a punta de pistola cuando
tenga edad de ser presentada en sociedad.
—No me lo recuerdes… Por suerte aún es muy pequeña y falta
mucho para ello.
—Tiene los ojos de los Canning —dijo Andy con orgullo.
—Por supuesto que los tiene, y también ha nacido con tu mancha de
nacimiento.
El barón poseía una mancha de nacimiento en forma de racimo de
uvas en la parte trasera de su muslo derecho, bastante pequeña, en realidad,
pero su niñera siempre decía que era un antojo de su madre.
—¿Quién ha lle… ¡Dios mío, Andy!
El grito de la mujer le hizo darse la vuelta justo a tiempo de
entregarle la niña a su hermano para atraparla entre sus brazos y hacerla dar
vueltas alrededor. Su cuñada le abrazó con fuerza y sonrió cuando al fin la
colocó en el suelo.
—¿Por qué no nos dijiste que vendrías? —protestó— Habría
mandado a preparar tu comida favorita.
—Porque habría arruinado la sorpresa.
—Me alegra tanto que estés aquí… ¿Has conocido ya a la pequeña
Sarah?
—Es una obra de arte, Mer. Habéis hecho un gran trabajo con ella.
—Por supuesto que lo hemos hecho —canturreó tomando a la
pequeña entre sus brazos—. Mamá se esforzó mucho para que la pequeña
Sarah fuera perfecta. Es la cosa más bonita del mundo, ¿verdad?
—¿Volverse loca venía incluido en convertirse en mamá? —bromeó
Andy preguntándole a su hermano.
—También viene incluido en ser papá —rio este—, pero me estoy
conteniendo delante de ti para que no te burles durante meses.
—Voy a quedarme aquí una temporada, así que terminarás por
desenmascararte, ya lo verás.
—¿Cuánto tiempo te quedarás? —preguntó Jer.
—Un par de semanas, tal vez más.
—¿Has vuelto a las andadas, Anderson? —protestó su cuñada
mirándole con severidad al ver el pañuelo que cubría su cabeza— Esta vez
ni siquiera te has quitado esa cosa horrible de la cabeza antes de venir a
vernos.
—Sabes que es mi trabajo, Mer —se defendió quitándoselo.
—Tu trabajo es ser barón, no un vil ladrón de barcos.
—¡Yo no soy vil! —protestó él cruzándose de brazos— Yo he sido
el único herido en mi asalto.
—Te lo tienes bien merecido. Deberías ser un barón respetable, no
un pirata de pacotilla.
—Ser pirata me gusta más. Y traigo increíbles regalos para vosotros
siempre que vengo a veros.
—Regalos robados, querrás decir.
—Vamos… sabes que hacerlo me alegra la vida.
—Si te atrapan, te mataré con mis propias manos desnudas.
—¡Y después soy yo el vil!
—Andy, hablo en serio…
—No me van a atrapar, Mer —insistió con voz melosa—. Te
recuerdo que siempre extremo el cuidado cuando salgo al mar.
—¿Por eso vienes a esconderte aquí como una rata durante un mes?
—preguntó su hermano con una ceja arqueada.
—No me estoy escondiendo, voy a pasar tiempo aquí porque os
echaba de menos. Y también porque me sentía agobiado de solo pensar en
la temporada, aún no ha empezado y ya está siendo un tormento.
—¿Demasiadas matronas exponiendo a sus hijas antes de tiempo?
—bromeó Meredith.
—Incluida lady Lacre —asintió el barón.
—Dios libre a todos los hombres de las garras de Rebecah Falcon y
sus hijas —suspiró su cuñada.
—Lo que decía, te escondes en mi casa como una rata cobarde,
hermano —continuó Jeremy la broma.
—Lo que tú digas... Necesitaré un barbero, por cierto. Quiero
deshacerme de la barba lo antes posible, ya empieza a ser un incordio.
—Mandaré a un sirviente a buscarlo —dijo Meredith sirviendo el
café.
—Dejadme tomar de nuevo a la princesa de esta familia —pidió
acercándose a su hermano—. Vosotros podéis tenerla siempre que queráis y
yo solo puedo disfrutarla unas semanas.
Andy tomó en sus brazos a su primera sobrina, que abrió sus ojitos
en cuanto la tuvo acunada en la curva de su brazo y le dedicó un amago de
sonrisa (o eso pensó él). Sintió una ternura inmensa recorrer su cuerpo, y
por un momento deseó casarse cuanto antes para vivir de primera mano lo
que era ser padre. Pero solo por un momento. Cuando la pequeña empezó a
llorar repentinamente, se asustó y se la entregó a su cuñada lo más deprisa
que pudo, provocando las carcajadas de ambos.
—Definitivamente aún no estoy preparado para esto —sentándose
junto a su hermano para beber su taza de café caliente con pastas cuando su
cuñada entró con la niña en la casa.
—Pues deberías ir planteándotelo.
—Me ha dado un miedo mortal escuchar a tu hija llorar, ¿qué te
hace pensar que voy a planteármelo? Deja que pasen dos o tres años y ya
veremos.
—¿Cómo ha ido el viaje? —preguntó su hermano— He sabido que
hubo una tormenta hace unas semanas. ¿Ha habido muchos daños en el
barco?
—Nada que no sea reparable en el tiempo que estaré aquí, solo las
velas y algunos cabos rotos.
—Menos mal.
—Mis hombres han insistido en que pague los arreglos de sus
beneficios, pero no voy a hacer eso. Quiero que ahorren lo suficiente para
cuando decida retirarme.
—De todas formas, a ti no te hace falta el dinero que sacas de ello.
—Así es. También rescatamos a una familia de un naufragio.
Encontramos una barca a la deriva tras la tormenta y los trajimos con
nosotros a tierra firme.
—Dime que fue después de terminar tu trabajo.
—Fue mucho antes, casi al principio del viaje. Huían de la guerra
americana y el barco en el que viajaban colapsó en una tormenta. Fueron
los únicos supervivientes y de milagro, debo decir. Si hubieran tardado unos
días más en encontrarlos no lo habrían contado.
—¿Se encuentran todos bien?
—Sí, solo estaban mojados y muertos de frío. Nada que una buena
comida caliente, un buen baño y una noche de sueño no pueda solucionar.
—¿Y cómo te las has arreglado para conseguir tu botín sin que ellos
descubran nada?
—Los hice creer que nosotros fuimos los atacados, no al revés.
—¿Y funcionó?
—En realidad… La hija descubrió la verdad.
—Maldita sea, Andy…
—No ocurrirá nada, la joven me dio su palabra de que no hablaría si
ayudaba a su familia a llegar hasta su destino. Hice más que eso, de hecho.
Le di al padre una suma de dinero suficiente como para poder montar un
negocio y salir adelante sin la ayuda de su familia, con la que no habla
desde hace años.
—Como si eso fuera garantía de que lo hará… ¿Sabes al menos su
nombre?
—Elisa Bennet.
—¿Bennet? ¿Elisa Bennet? ¡Maldita sea, Andy! ¡Son ingleses!
—Ya lo sé.
—El padre no será Joseph Bennet…
—El mismo, sí.
—¿Te das cuenta de que son familia de Chester?
—Por supuesto que me doy cuenta, no soy imbécil.
—¿Y cómo demonios puedes estar tan tranquilo?
—Porque no me reconocerán aunque nos crucemos en un salón de
baile.
—Eso no puedes saberlo.
—No me he quitado el pañuelo en todo el tiempo que han estado en
el barco y tengo la cara cubierta de pelo. Ella es solo una debutante, no me
reconocerá.
—¿Y qué me dices de sus padres?
—No pueden demostrar que sea yo quien les recogió en mi barco.
Nadie en Inglaterra sabe que poseo un bergantín, todos creen que vengo a
verte en un barco de pasajeros. Puedo hacerle creer que solo me parezco a
su salvador si se llegara a dar el caso.
—Dios mío, Andy… Si esa muchacha habla estarás perdido. ¿Eres
consciente de ello?
—He dicho que no me reconocerá. Además, si lo hiciera no me
delatará. Sus padres me deben suficiente como para guardar silencio, de
todas formas.
—Eso no es ninguna garantía y lo sabes.
—¿Y qué querías que hiciera? ¿Dejarlos morir a la deriva?
—¡Por supuesto que no! Pero deberías haberte limitado a venir a
casa y dejar tu pillaje para la siguiente ocasión. No es como si te hiciera
falta el dinero, de todas formas.
—¡Era una mercancía excelente, Jer! Pocas veces tengo a mano un
cargamento de sedas y especias tan excepcional como ese. ¿Cómo podía
dejarlo pasar?
—¡Pasando de largo, maldita sea! ¿Son más importantes esas
estúpidas cosas que tu vida?
—¡El dinero que consigo de esas cosas le está dando una
oportunidad a mis hombres de tener una mejor vida!
—¡Pues que se arriesguen ellos, maldición! ¡No es su sangre la que
corre por mis venas!
—¿Se puede saber qué os pasa a vosotros dos? —protestó Meredith
desde la puerta— Vais a terminar despertando de nuevo a la niña con
vuestros gritos.
—Que mi hermano es estúpido, eso pasa —bufó su esposo.
—¿Qué has hecho ya, Anderson?
—¿Quieres dejar de llamarme así? —protestó el barón— Solo lo
haces cuando estás enfadada y sabes no me gusta.
—Tengo la sensación de que voy a volver a estarlo muy pronto.
Respóndeme, ¿qué has hecho, Andy?
—No he hecho nada, tu esposo está exagerando.
—¿Exagerando? Puedes ser expuesto en cualquier momento, ¿y
dices que estoy exagerando?
—Siempre puedo escapar de Londres y venirme a vivir aquí con
vosotros.
—Esto no es una maldita broma, Andy —insistió Jeremy—. Estoy
muy preocupado por tu seguridad y tú te lo tomas a broma.
—Deja de preocuparte, no va a pasar nada.
—¿Me vais a contar de una buena vez qué es lo que ha ocurrido? —
protestó Meredith.
—Mi querido hermano ha rescatado de un naufragio a Joseph
Bennet y a su familia —informó Jer.
—¿Joseph Bennet? ¿No es ese el hermano de Chester?
—El mismo. Y al inteligentísimo barón Lattimer se le ha ocurrido
abordar un maldito barco estando ellos a bordo.
—Les mantuve encerrados en su habitación durante la incursión y
les hice creer que nosotros éramos los atacados —protestó Andy con los
brazos cruzados.
—¿De qué te sirvió? La hija ha descubierto la verdad —bufó
Jeremy.
—Pero no sabe quién soy y no me reconocerán cuando cambie de
aspecto.
—Andy, si te descubren no se te ocurra venir a refugiarte en esta
casa, porque te juro por Dios que te mataré con mis propias manos si
apareces —respondió su cuñada entrando en la casa dando un portazo.
—¿Ves? Ya la has enfadado —protestó Andy.
—Has sido tú quien lo ha hecho.
—¿Y para qué le cuentas nada? Soy perfectamente capaz de
manejar la situación, así que no os preocupéis por mí.
—¿Que no nos preocupemos por ti? ¡Somos tu maldita familia!
¿Quién se preocupará por ti si no lo hacemos?
—Soy adulto y perfectamente capaz de cuidarme por mí mismo.
—Ha quedado demostrado con tu atroz metedura de pata con los
Bennet —se burló el menor.
—He dicho que no me van a reconocer. ¿Quieres calmarte?
—Me calmaré cuando vea con mis propios ojos que esa mujer está
frente a ti en la misma habitación y no sale corriendo hacia Scotland Yard
para delatarte.
 
Capítulo 5
 
 
 
 
 
 
 
La familia Bennet llegó a Londres con los últimos rayos del sol.
Alquilaron un carruaje en el puerto y se dirigieron a la mansión familiar con
la esperanza de que el conde de Chester les acogiera hasta que fueran
capaces de empezar de nuevo. Joseph se detuvo en el umbral, con la mano
en alto a punto de llamar a la puerta, pero volvió a bajarla sin hacerlo.
—¿Qué ocurre, querido? —preguntó su esposa.
—De repente he perdido todo el valor. ¿Y si no quiere verme,
Anna? ¿Y si no le importa lo que ocurra con nosotros?
—Todo saldrá bien, ya lo verás —le animó ella—. Estoy segura de
que en cuanto te vea y habléis todo se solucionará.
El hombre asintió y golpeó la puerta con la enorme aldaba de color
dorado. Cuando el mayordomo vio a Joseph de pie tras el umbral abrió los
ojos como platos, como si tuviera delante de sí a un fantasma.
—¿Lord Bennet? —preguntó con evidente sorpresa— ¿De verdad
es usted?
—Me alegro de verte, Christopher. Ha pasado mucho tiempo desde
la última vez.
—Yo también me alegro de tenerle de vuelta, milord. Le hemos
echado de menos, sobre todo su hermano.
—¿Cómo está?
—Estará mucho mejor en cuanto le vea. Lady Bennet, disculpe mi
descortesía, es un placer verla de nuevo.
—¿Cómo han estado todos, Christopher?
—Todos están muy bien. Greta se jubiló hace unos años y ahora
vive en una casita junto al mar con su hija.
—Me alegra oír eso. Mándele saludos de mi parte.
—Por supuesto. Veo que la pequeña Elisa es ya toda una dama
hermosa.
—Es un placer conocerle —dijo Elisa con una reverencia.
—Pero por favor, pasen… Está empezando a hacer frío.
Los tres visitantes entraron en el recibidor, donde el viejo
mayordomo les ayudó a deshacerse de sus abrigos y los guio hasta el
pequeño salón que antes pertenecía a su madre, en donde ya ardía un cálido
fuego en la chimenea.
—Siéntense, por favor —pidió el mayordomo—. Haré que les
sirvan un poco de té mientras aviso a su hermano de su llegada.
—¿Andrew está en casa? —preguntó Joseph.
—Lo está, milord. Ha estado enfermo y el médico le ha aconsejado
que durante las próximas semanas salga lo menos posible, así que se salta
su visita al club para quedarse leyendo en casa.
—¿Mi hermano está enfermo?
—Solo fue un enfriamiento, no se preocupe.
Joseph asintió y vio al mayordomo salir por la puerta, cerrándola
con suavidad tras de sí. Elisa, que hasta el momento había permanecido
sentada con toda la elegancia y el decoro que su madre le había enseñado,
suspiró apoyando la espalda sobre el respaldo.
—Siéntate erguida, Ely —la regañó Anna—. No sabemos cuánto
tardará en llegar tu tío.
—Es agotador ser una dama —protestó ella—. Solo llevo unos
minutos siéndolo y ya tengo dolor de espalda.
—Eso es porque no estás acostumbrada a sentarte con propiedad —
continuó su madre—. Siempre te has sentado como si fueras un saco de
patatas, así que ahora pagarás las consecuencias.
 Una joven sirvienta entró en el saloncito portando una bandeja de
plata con un juego de té y un plato de pastelitos de canela. Sirvió el té para
todos y con una reverencia se retiró del salón. Poco después las puertas
dobles de la habitación se abrieron de par en par y un hombre alto, elegante,
con los mismos ojos de su padre y algunas canas salpicadas sobre las sienes
entró a toda prisa, deteniéndose en seco al ver quiénes eran sus invitados
repentinos. La cara de estupefacción del tío Andrew al ver a su hermano de
pie junto a la ventana del salón habría hecho reír a Elisa si no estuviera tan
sumamente resentida con él por su indiferencia durante tantos años.
—Padre te dijo que no volvieras a cruzar esa puerta cuando
decidiste marcharte —fue lo que dijo.
—Pero padre no está y ahora mismo necesito con urgencia la ayuda
de mi hermano —respondió su padre.
—¿Ahora soy tu hermano? ¿Cuando necesitas mi ayuda? ¿Y qué fui
para ti durante todos los años que has estado sin comunicarte conmigo,
Joseph? ¿Qué me dices de la infinidad de cartas que te envié y que no
obtuvieron respuesta?
—¡Fui yo quien te escribió sin descanso! —exclamó su padre—
¡Fuiste tú quien no me respondió ni una sola vez!
—¿De qué demonios estás hablando? ¡Aquí no llegó una sola carta
tuya!
—Joseph —interrumpió Anna posando su mano en el brazo de su
marido—. Estáis dando un espectáculo.
Elisa vio cómo su tío apretaba los puños y apartaba la mirada, pero
pudo ver un dolor profundo en los ojos azules idénticos a los de su padre.
Ahora que sabía la verdadera razón de por qué nunca se había puesto en
contacto con ellos el odio que sentía por él fue sustituido por empatía.
—Tienes razón, Anna —dijo Andrew—. Perdona mi descortesía.
Vamos a mi despacho, allí podremos hablar tranquilamente.
Elisa se agarró al brazo de su madre mientras subían la escalera
hacia un enorme pasillo con suelos de mármol y las fotos de los diferentes
condes de Chester colgadas en enrevesados marcos dorados sobre las
paredes. Su tío los guio hasta una puerta doble de roble, tras la cual se
encontraba un despacho caldeado por el fuego de la chimenea.
—¿De verdad me escribiste? —susurró el conde con la vista puesta
en la botella de licor de la que servía varias copas.
—¡Por supuesto que lo hice! —exclamó Joseph con vehemencia—.
Cada maldito día durante cinco largos años.
—No recibí ninguna de tus cartas. Ni una sola.
—Yo tampoco recibí ninguna carta. Siempre que te escribía rogaba
tu perdón, pero me cansé de esperar que te dignaras a responderme.
—¡Nunca he tenido nada que perdonarte, Joseph! Elegiste ser feliz
con la mujer que amas lejos de esta ridícula sociedad y te admiré mucho por
ello. Los pensamientos de padre nunca fueron los míos, Joseph, y tú de
entre todas las personas deberías haberlo sabido. Deberías haberme
conocido mejor, hermano.
—Tal vez mi abuelo ocultó las cartas de ambos a propósito para
evitar que os pusierais en contacto —sugirió Elisa, atrayendo la atención de
ambos.
—Me encargué de encomendarle el envío a un hombre de mi plena
confianza —susurró el conde—, no creo que…
—Podría haberte traicionado si el abuelo le hubiera ofrecido una
recompensa mejor que la tuya —le interrumpió Elisa.
El conde miró a su hermano y sonrió por primera vez desde que
llegaron a la mansión.
—Mi sobrina es una jovencita muy inteligente —dijo—. Nunca me
paré a pensar en esa posibilidad.
—Si te soy sincero, yo tampoco lo hice.
—Me alegro mucho de tenerte al fin de vuelta, hermano —suspiró
el conde abrazando por fin a Joseph, que le devolvió el abrazo con fuerza.
—Yo también me alegro de estar de vuelta —susurró el otro.
Elisa miraba la escena con los ojos anegados en lágrimas, abrazada
a su madre que lloraba en silencio. Se sentía culpable por haber juzgado a
su tío sin haber conocido antes toda la historia, debería haber pensado antes
en la posibilidad de que su abuelo hubiera manipulado a los dos hermanos
en vez de dar por sentado que su tío era un canalla sin corazón como él.
—Supongo que tu regreso se debe a la guerra —dijo su tío tiempo
más tarde, cuando los ánimos se habían calmado y todos habían tomado
asiento.
—Así es. No quería poner en riesgo a mi familia y vendí todo lo que
tenía para regresar y asentarme aquí, pero no contaba con que una tormenta
me hiciera perderlo todo.
—No te preocupes por nada, me encargaré de todos los gastos.
—No he venido aquí a pedirte dinero, Andrew. Un amigo me prestó
suficiente para poder empezar mi propio negocio, solo necesito que nos
acojas bajo tu techo hasta que consiga asentarme.
—Supongo que tendrás que devolvérselo. Yo me encargaré.
—En realidad no sé cómo ni a quién debo devolvérselo —reconoció
Joseph bebiendo de su copa—. El hombre que nos salvó nunca nos dijo su
nombre. Solo sé que iba a visitar a su familia en Cádiz.
—Mandaré a alguien a investigarle, entonces. En cuanto a quedarte
aquí, no tienes ni que preguntarlo. Esta siempre ha sido también tu casa,
Joseph. Podéis quedaros aquí todo el tiempo que necesitéis.
Andrew dirigió su mirada hacia Elisa, que se encogió un poco en su
asiento ante la mirada escudriñadora de su tío.
—Te pareces mucho a tu madre —dijo acercándose a ella para
examinarla con detenimiento—. Debes tener diecisiete, ¿me equivoco?
—No se equivoca, milord —respondió ella—. Los cumplí hace dos
meses.
—Eso quiere decir que esta será tu primera temporada, lo que
implica un considerable gasto en vestidos y fruslerías para presentarte en
sociedad.
—Mi tía Camille se ocupará de ello, Andrew —se apresuró a
responder su madre—. El año pasado nos visitó con la intención de hacerlo,
estoy segura de que aceptará encantada ser su madrina.
—Tonterías… Elisa es mi sobrina, yo me ocuparé de todos los
gastos. Estoy seguro de que Marion estará encantada de llevarte a la
modista.
—¿Tu esposa? —preguntó Joseph alzando una ceja.
—Mi prometida —le corrigió el conde—. Mi primera esposa
falleció en el parto de nuestro único hijo varón, Robert, que cumplirá seis
años en breve.
—Lo siento muchísimo, Andrew —dijo Joseph—. No sabíamos
nada.
—¿Y has criado al pequeño tú solo durante todo este tiempo? —
preguntó su cuñada.
—Con la ayuda de mi hija mayor, que se casó al final de la
temporada pasada. Seguro que Gaby y tú os llevaréis muy bien, Elisa, sois
casi de la misma edad.
—Estoy deseando conocerla —respondió ella.
—Volverá de su viaje por Italia muy pronto.
—¿Y cómo es tu prometida, tío Andrew? —preguntó Elisa.
—Marion es una mujer dulce y amable que trata al pequeño Mathew
con mucho cariño. También es inteligente, hermosa… y yo estoy loco por
ella.
—¿Cuándo será la boda? —preguntó Anna.
—Cuando termine la próxima temporada. No queremos causar
demasiado revuelo, ya no somos unos niños y queremos que sea una
celebración familiar.
—En ese caso nos iremos antes de que contraigas matrimonio —
dijo la dama—. Así tendréis la intimidad que necesitáis después de la boda.
—No es necesario. Estoy seguro de que Marion estará encantada de
teneros con nosotros y seréis muy buenas amigas. La conoceréis durante la
cena.
Elisa bostezó, ganándose una sonrisa llena de ternura del conde.
—Debéis estar cansados del viaje —dijo el hombre levantándose—.
Le he dicho a Christopher que os prepare las habitaciones para que podáis
descansar un poco antes de la cena. Elisa, tú dormirás en la habitación que
pertenecía a tu prima Gaby. Josh, para Anna y para ti he mandado preparar
tu antigua habitación.
—Gracias, Andrew —agradeció su hermano.
—Mañana mandaré llamar a una modista para que se encargue del
guardarropa de Elisa. La temporada está a punto de empezar y necesitará
vestidos y fruslerías para ser presentada en sociedad.
—Gracias, tío Andrew.
—La cena se servirá en breve, os mandaré avisar.
El conde se levantó y los acompañó a las que a partir de ese
momento serían sus habitaciones. La que ocuparía Elisa era enorme, con
una cama con dosel y ropa de cama en tonos beige, muebles de palo de
rosa, un pequeño vestidor en el que ya estaba colgada la poca ropa que
había traído desde Cádiz y un cuarto de baño anexo que contaba con una
bañera que ya la esperaba llena de agua caliente. Una joven varios años
mayor que ella entró en el cuarto de baño portando toallas limpias, que dejó
sobre un pequeño banco de madera junto a la bañera.
—Buenas noches, señorita Bennet. Soy Marie, y a partir de hoy seré
su doncella —se presentó haciendo una reverencia.
—Encantada de conocerte, Marie —respondió con una sonrisa.
—Pensé que le gustaría tomar un baño antes de la cena, después de
tan largo viaje debe estar usted agotada. Puedo ayudarla a lavar su cabello si
lo desea.
—Te lo agradezco, es muy largo y siempre lo he hecho con la ayuda
de mi madre.
—Métase en el agua, señorita —pidió cuando terminó de deshacer
los lazos de su vestido—. Mientras tanto elegiré un vestido para usted.
—Me temo que no hay mucho donde elegir, Marie. Solo he traído
conmigo tres vestidos, y no creo que alguno de ellos sea adecuado para la
cena de esta noche.
—En ese caso elegiré el más bonito de los tres y lo adornaré un
poco en lo que usted toma su baño.
Marie la ayudó a meterse en la bañera y Elisa cerró los ojos ante el
placer de sumergirse en el agua caliente, que olía a rosas. Ni siquiera fue
consciente del regreso de la doncella hasta que sintió sus manos
deshaciéndose de las horquillas que sujetaban su sencillo peinado.
—¿Está el agua a su gusto, señorita Bennet? —preguntó Marie, que
se apresuró a tomar el vestido desechado en suelo para llevárselo más tarde
y lavarlo.
—Está perfecta, gracias. Ya no me acuerdo de la última vez que
tomé un buen baño.
Lo recordaba, por supuesto, pero eligió olvidar esa parte de su vida
para no romper su promesa con el pirata. Desde su baño en la posada de
Cádiz a su llegada a España no había tenido la oportunidad de tomar otro
tan agradable, pues se embarcaron en un barco al día siguiente, ya que su
padre dijo que necesitaban llegar cuanto antes a Londres. Durante ese
tiempo Elisa había estado confinada en su habitación la mayor parte del
tiempo, había tenido que asearse lo más deprisa posible y realmente había
necesitado poder pasar tiempo sumergida en agua caliente para relajarse.
Marie comenzó a empapar su cabellera con agua de la tina y
masajeó su cabello con los dedos mientras hacía espuma con el jabón de
rosas. Lo enjuagó con agua limpia y lo perfumó con extracto de lirios del
valle. La ayudó a secarse con las suaves toallas y a ponerse el vestido
limpio que había estado arreglando mientras ella se relajaba. La hizo
después sentarse en una silla junto al fuego para peinar su cabello hasta que
estuvo completamente seco, y lo recogió en su coronilla con un sencillo
moño que adornó con un lazo del mismo color que el vestido.
—Listo, señorita. Está usted preciosa —dijo mirando orgullosa su
trabajo.
Elisa se miró en el espejo de cuerpo entero y se sorprendió del
cambio que había logrado la doncella con tan solo un simple peinado y
algunos adornos sobre su atuendo. El sencillo vestido azul había sido
adornado con algunas perlas, había cosido encaje en los puños y en el
escote y había adornado la cintura con un lazo de raso igual que el de su
peinado, dándole una apariencia totalmente diferente.
—¡Tu trabajo es increíble, Marie! —exclamó dando una vuelta
completa delante del espejo— ¡El vestido es totalmente diferente!
—Gracias, señorita. Me tomé el atrevimiento de utilizar algunas
fruslerías que su prima me regaló cuando se casó. Pensé que su vestido era
demasiado sencillo para una dama de la alta sociedad.
—Eres muy amable, te lo agradezco de veras y te devolveré todos
los adornos más tarde.
—¡No tiene nada que agradecer! —exclamó la sirvienta negando—
Y puede quedarse los adornos, señorita Bennet. Nunca podré llegar a usar
esos adornos tan delicados, es bueno que alguien más sea capaz de lucirlos
en una reunión como la de hoy.
—Pensé que era una cena en familia, Marie.
—Oh, pero su tío tiene invitados esta noche —confesó la doncella
—. Vendrán a cenar su prometida y el hermano de esta, y también algunos
amigos del conde.
—¿Mi futura tía tiene un hermano?
—Sí, la señorita Sefton es hermana del barón de Camoys.
—No conozco a nadie aquí, así que no sé de quién me hablas. ¿Es el
barón un hombre agradable?
—¡Dios, no! El barón es de la peor calaña. Si me permite un
consejo, señorita… manténgase lo más alejada posible de él. Tiene fama de
ser un mujeriego que ha desflorado a más de una debutante. Dicen que se ha
enfrentado ya a tres duelos y que en todos ha salido ileso.
—Es una buena pieza, entonces…
—No sé cómo semejante canalla puede ser familia de una dama tan
dulce como la futura señora de esta casa.
—¿Cómo es la prometida de mi tío?
—Es un ángel, señorita. Tiene una linda sonrisa que ilumina su
rostro y una voz suave y armoniosa. Nos trata a todos con amabilidad y
respeto, ama al conde y quiere al pequeño Math como si fuera su propio
hijo. Será una buena señora para esta casa.
—Me alegro de que sea así. ¿Dónde está el pequeño Math? Me
gustaría conocerlo antes de la cena.
—Estará en su habitación tomando un baño. Hoy la señorita Sefton
lo ha llevado a pasear por Hyde Park con los perros de su hermano. El
pequeño pillo ha regresado lleno de barro y hojas, pero la enorme sonrisa en
su rostro mientras le contaba con ilusión sus aventuras a su padre impidió
que este le reprendiera.
—¿Y cómo es mi tío? Hemos vivido toda mi vida en América y no
sé nada de él. Y como supongo que sabrás, mi abuelo impidió que ambos
hermanos estuvieran en contacto.
—Su abuelo era un demonio, señorita Bennet. Mi madre trabajaba
aquí cuando su padre se marchó y fue testigo de lo mal que se lo hizo pasar
al conde después de eso. Su tío, sin embargo, es todo lo contrario. Es un
hombre serio, pero amable. Justo con el servicio, y también un buen padre
para sus hijos. Fue una lástima que su anterior esposa muriera. Él la amaba
mucho.
—¿Se casaron por amor como mis padres?
—Oh, no… El suyo fue un matrimonio de conveniencia, pero con el
tiempo terminaron muy enamorados el uno del otro. Por suerte el amor ha
vuelto a sonreírle con la señorita Sefton y se ha borrado la tristeza de sus
ojos. Todos estamos muy contentos por la futura boda.
Elisa aún seguía pensando en las palabras de la doncella cuando
bajó al salón principal a cenar. Si su tío había terminado enamorándose de
su primera esposa, con quien tuvo un matrimonio concertado, tal vez ella
podría encontrar el amor en su matrimonio arreglado con el paso del
tiempo, ¿verdad? Solo necesitaba encontrar a un hombre adecuado, uno que
no contara con habladurías sobre sus hombros y que fuera noble y educado.
Estaba tan sumida en sus pensamientos que no se percató del pequeño que
corría por el pasillo y se estampó de bruces contra sus piernas, haciéndola
trastabillar.
—¡Mathew! —gritó una sirvienta desde el otro extremo del pasillo
— Pequeño diablillo…
—¡Quiero ir con papá! —protestó el niño cruzándose de brazos.
—Ya te he dicho que no puedes, tu papá tiene esta noche invitados.
El niño agachó la cabeza y Elisa se percató de que su labio inferior
comenzó a temblar, así que se puso en cuclillas a su lado y le levantó la
barbilla para que la mirase a la cara.
—Hola —dijo con una dulce sonrisa—. Tú debes ser el pequeño
Math.
—Lo soy, milady. ¿Quién es usted? —preguntó el niño mirándola
con curiosidad— ¿Una princesa?
—¿Por qué piensas que soy una princesa? —rio Elisa—No llevo
una corona.
—En los cuentos que me lee la nana Joan para dormir dicen que las
princesas son hermosas, como tú.
—Entonces tú debes ser un príncipe, porque eres muy guapo.
—¿Has oído, nana? ¡Soy un príncipe!
—Me temo que yo no soy una princesa —dijo Elisa fingiendo un
puchero—. Soy tu prima Elisa.
—¿Mi prima? —exclamó el niño tapándose la boca con sorpresa—
No sabía que tengo una prima...
—Eso es porque era una sorpresa.
—¡Me encantan las sorpresas!
—Tengo muchas sorpresas más para ti, pero si las quieres debes ir
con nana Joan a dormir.
—Pero quiero darle un beso de buenas noches a mi papá —dijo el
pequeño con un puchero.
—Tu padre tiene una cena importante, Mathew —dijo la niñera con
suavidad—. Sabes que no puedes interrumpirle.
—Pero no le he dado aún el beso de buenas noches y si no lo hago
no podrá dormir…
—Te llevaré a dárselo si prometes que irás a dormir en cuanto lo
hagas —intervino Elisa al volver a ver el labio del niño temblar.
—¡Lo prometo!
—Señorita, no creo que sea buena idea.
—No te preocupes, Joan, yo me responsabilizaré de todo. Soy
americana, nadie se tomará a mal que me salte algunas normas esta noche.
—¿Vienes de América? —preguntó el niño.
—Así es. Mi papá tenía una enorme plantación de algodón en la que
podías correr todo el día si querías.
—¡Quiero ir!
—Me temo que no es posible, Mathy. La vendimos cuando nos
mudamos aquí.
—No te preocupes, prima Elisa —dijo el niño sujetando sus mejillas
entre sus regordetas manos—. En Chester Hall también podrás correr todo
el día. Le diremos a papá que te lleve.
Elisa tomó al niño en brazos aguantando las ganas de reír y se
dirigió a donde el mayordomo le había indicado que estaba el comedor
principal. Sus padres ya se encontraban allí, hablando con una dama
preciosa de pelo rubio y una encantadora sonrisa. En cuanto su tío vio al
pequeño en los brazos de su sobrina se acercó en dos grandes zancadas y lo
alzó en los suyos para mirarle con severidad fingida.
—¿Por qué has molestado a la prima Elisa? —preguntó— Te dije
que te fueras a dormir después de tu cena.
—Yo… quería darte las buenas noches, papá —susurró el pequeño
mirando al suelo.
—Sabes que siempre subo a tu cuarto para hacerlo, Math.
—Pero yo… quería ver también a mami Marion.
La mujer que hablaba con los padres de Elisa sonrió con cariño al
escuchar las palabras de Mathew y se acercó para acariciar la cabeza del
pequeño.
—Nos hemos visto hace apenas un rato, oso meloso, ¿y ya me echas
de menos? —preguntó.
—¡Sí! —dijo el niño besándola en la mejilla.
—Bien, ya has dado las buenas noches. Ahora debes cumplir tu
promesa, Mathew —dijo Elisa acercándose.
—¡Tengo que darle las buenas noches también a tus papás! —
exclamó el niño.
—Ni siquiera los conoces —bufó el conde.
Su madre se acercó al pequeño e hizo una reverencia que le hizo
reír.
—Encantada de conocerle, milord. Soy su tía Anna —dijo.
—Es un placer, tía —dijo el niño mostrando sus impecables
modales.
—El futuro conde de Chester tiene muy buenos modales —dijo el
padre de Elisa.
—Tú eres tío Joseph, ¿a que sí?
—Pero qué niño más inteligente. ¿Cómo lo has sabido?
—¡Eres igual que papá! —rio el niño.
Elisa se percató de que el niño no mostró ninguna intención de
saludar al hermano de la señorita Sefton, que permaneció alejado de todos
mientras hablaba con otros dos caballeros.
—Bien, ya has saludado a tus tíos, ahora a la cama —ordenó el
conde.
—Le llevaré a su habitación, tío Andrew.
—Gracias, Elisa —agradeció su tío—. Subiré a verte cuando
termine la cena, ¿de acuerdo, pequeño?
—De acuerdo, papá. No tienes que llevarme a dormir, prima Elisa.
Soy mayor y puedo ir yo solito.
El niño reptó por el cuerpo de su padre hasta el suelo, y haciendo
una graciosa reverencia a todos los presentes salió a correr hasta la puerta,
donde la niñera le esperaba con la mano extendida. Elisa permaneció
mirando al pequeño hasta que se perdió por las escaleras, pero su atención
fue reclamada cuando su tío le presentó a todos los presentes. Marie había
estado en lo cierto, no era una cena familiar con tan solo su prometida y su
cuñado… En el comedor había al menos media docena de desconocidos a
los que Elisa tuvo que conocer uno por uno. Esa iba a ser una noche muy
larga… y ella solo quería meterse en la cama como Mathew.
Capítulo 6
 
 
 
 
 
 
 
Un mes más tarde, Andy se encontraba sentado en el patio de la casa
de su hermano disfrutando de un buen vino de Jerez y de los rayos del sol
de primera hora de la tarde. Habían sido días de paz y tranquilidad y de
buena gana se quedaría otro mes con su familia, pero sus obligaciones como
barón le apremiaban a regresar a Londres aunque no quisiera hacerlo.
Llevaba mucho tiempo desaparecido y la temporada estaba a punto de
comenzar, así que debería ir pensando en emprender el viaje de vuelta a
casa en los próximos días. Jeremy se acercó y puso sobre la mesa un plato
de torrijas, que Andy probó de buena gana.
—Vuestra cocinera es excepcional, Jer —suspiró saboreando el
postre—. Estoy tentado de robártela cuando vuelva a Londres.
—Será sobre mi cadáver, hermano. Esa mujer es el amor de mi
vida… después de mi esposa y mi hija, por supuesto.
—Debo reconocer que mi cocinera actual es algo aburrida. Siempre
hace los mismos platos y termino yendo a comer al club para variar un
poco.
—¿Y qué pasó con Hellen?
—Era hora de dejarla descansar. Ahora vive con su hija y su yerno
en una casita en el campo. Me recomendó a Susan, mi actual cocinera.
Cocina bien, pero solo sabe preparar diez platos.
—Solo tienes que despedirla y contratar a otra.
—Demasiado trabajo.
—Entonces búscate una esposa que lo haga por ti —bromeó su
hermano.
—Mucho más trabajo —rio el barón.
—¿Cuándo vas a volver a Londres?
—Debo hacerlo en los próximos días, aunque me encantaría
quedarme aquí con vosotros. Voy a echar mucho de menos a la princesa de
la familia.
—Cuando tenga edad suficiente para viajar iremos a hacerte una
visita. Tal vez para entonces ya estés casado y puedas presentarme a tu
nueva esposa.
—¿Te has propuesto enfurecerme esta tarde, Jer?
—Sí, es muy divertido.
—Mer y tú me daréis los sobrinos suficientes como para nombrar a
mi heredero, así que no tengo que preocuparme demasiado por casarme.
—Tienes que hacerlo tarde o temprano.
—Lo sé, pero puedo esperar un poco más para hacerlo.
—¿No quieres formar tu propia familia después de conocer a la
princesa?
—Puedo venir a pasar tiempo con ella siempre que me apetezca.
—No es solo eso, Andy. Es agradable tener a alguien que comparta
las cargas contigo, que te abrace en las frías noches de invierno y te dé la
alegría de crear juntos a un nuevo ser.
—Desconocía esa vena romántica tuya, hermano.
—Qué quieres que te diga… Estoy locamente enamorado de mi
mujer.
—Tienes mucha suerte, yo no puedo tener ese privilegio.
—¿Quién lo dice? Como bien has dicho, uno de mis hijos puede ser
tu heredero y tienes una fortuna considerable, por lo que no necesitas que tu
esposa tenga una buena dote. Puedes casarte por amor.
—Mi matrimonio también debe basarse en las conexiones, Jeremy.
No puedo darme el lujo de olvidar que antes de ser Andy Canning soy el
barón Lattimer.
—Siempre puedes renunciar al título, vender tus propiedades
personales en Londres y venirte a vivir aquí.
—Si renuncio al título serías tú quien lo heredara.
—Renunciaría también y el título recaería en el primo Edward.
—Es una idea realmente tentadora… Pero si lo hago estaría dándole
la razón a nuestro padre.
El antiguo barón nunca vio en su hijo a un hombre digno de heredar
el título, siempre había dicho que terminaría renunciando a él porque era
demasiado débil para llevar ese peso sobre sus hombros… y él no pensaba
darle ese gusto. Prefería dejar el mar y ahogarse en la aburrida vida de la
ciudad para llevar el título hasta el día de su muerte que cedérselo al
sobrino preferido de su padre… un sinvergüenza sin escrúpulos como él.
—Olvídate de una vez de nuestro padre, Andy —dijo Jeremy—. Él
nunca se preocupó por nosotros, su opinión sobre ti no cuenta.
—Lo sé, pero una pequeña parte de mí siempre ha querido llevarle
la contraria para hacer que se retuerza en la tumba por el daño que nos hizo.
—Ahora mismo estará en el Infierno expiando todos sus pecados,
Andy. Debes dejar atrás su recuerdo y todo lo que nos hizo.
—¿Tú has podido hacerlo?
—No del todo, pero mi familia me ayuda a hacerlo día a día.
—¿Sigues teniendo pesadillas?
—Muy de vez en cuando. Pero cuando despierto y veo a mi esposa a
mi lado olvido todo lo malo que hemos pasado.
—Tienes mucha suerte, Mer es la mujer adecuada para ti. No tuve
ninguna duda cuando me la presentaste y es evidente que no me equivoqué
al aceptar tu matrimonio con ella.
—Es la mujer de mi vida, no sé qué sería de mí sin ella.
—Serías un petimetre sin oficio ni beneficio y te dedicarías a ir de
baile en baile bebiendo champán e intentando meterte entre las faldas de
cualquier mujer.
—¡Yo nunca he sido así! —protestó Jeremy molesto.
—Te metiste debajo de las mías, canalla —respondió su esposa
desde la puerta.
—¡Por supuesto que lo hice! —exclamó Jeremy alargando el brazo
para acercarla a él— Había decidido quedarme contigo, estaba en pleno
derecho de hacerlo.
—Si mi padre se entera de esto pediría tu cabeza para servirla en
bandeja de plata —bromeó ella.
—Ya tengo un as bajo la manga para amenazarte cuando no hagas lo
que quiero… —bromeó Anderson.
—No te olvides de que conozco también tu oscuro y vergonzoso
secreto…
—¿Cómo olvidarlo? Me lo recuerdas cada vez que nos vemos —
bufó.
En realidad, ese oscuro y vergonzoso secreto no era tan secreto… ni
tan oscuro. Cuando eran dos hombres recién salidos de Oxford Anderson se
prendó de una joven dama. Estaba dispuesto a conquistarla, hasta el punto
de colarse en su casa en plena noche para flirtear con ella al verla sentada
en un banco del jardín leyendo un libro. Con lo que no contó es con que la
familia contase con dos enormes mastines negros como la noche que lo
persiguieron durante más de media hora y terminaron dejando su pantalón
hecho jirones cuando intentó volver a saltar la valla. Jeremy se rio hasta que
le dolió el estómago, y la joven le contó la vergonzosa historia a su círculo
de amigos, que por desgracia contenía alguno que otro en común con el
círculo de amigos de él.
—Me habría gustado haber visto el espectáculo —rio Mer al
recordar la historia, que conocía de boca de los dos hermanos.
—Te habría dolido el estómago durante días —respondió Jeremy—.
Creí que esos dos demonios dejarían a mi hermano sin nalgas.
Meredith se sentó sobre las piernas de su esposo, que la besó
suavemente en los labios. Ella se ruborizó y protestó, pero era más que
evidente que estaba encantada con las muestras de cariño de su marido.
—¿La princesa ya se durmió? —preguntó el barón dando un sorbo
de su vino.
—Sí, estaba exhausta —respondió su cuñada—. Deberías quedarte
para ser nuestra niñera, es increíble la adoración que siente por ti. Siempre
deja de llorar cuando la coges en brazos.
—Eso es porque soy su tío favorito —dijo él con orgullo.
—No es por quitarte la ilusión, hermano… pero eres el único tío que
tiene.
—Por eso soy el favorito, no tiene más donde elegir. Debería irme a
la cama —suspiró levantándose—. Mañana debo ir al puerto a buscar un
barco que me lleve de vuelta a casa.
—¿Ya te marchas? —preguntó su cuñada con tristeza— ¿Tan
pronto?
—Debo volver a Londres ya, Mer. Las obligaciones no van a
esperarme eternamente.
—La temporada no va a suspenderse porque tú no estés en la
ciudad.
—Pero no quiero enfadar a la reina. Tengo que hacer mi aparición
en sociedad como todos los años.
—Bailes y fiestas… Paseos y reuniones. Qué aburrido —bufó ella.
—Tu opinión no cuenta, mi amor —rio Jeremy—. Nunca te han
gustado los encuentros sociales.
—A Andy tampoco le gustan. ¿No es cierto?
—Lo es, pero tengo que hacer honor a mi título. Además, también
tengo mi trabajo en la Cámara de los Lores, eso sin contar mi otra
ocupación.
—¿Vas a volver a salir al mar? —exclamó enfadada— Acabas de
hacer un viaje, Andy.
—Esperaré hasta el final de la temporada. No quiero levantar
sospechas, mucho menos ahora que sé que mis pasajeros inesperados son
familia del conde de Chester.
—Cierto. ¿Qué harás si te reconocen? —preguntó su hermano.
—No van a reconocerme.
—¿Estás seguro de que no lo harán? —bufó su hermano— Puede
que los padres tal vez no, pero la hija…
—Tiene demasiado miedo como para delatarme aunque lo haga.
Cuando descubrió que soy un pirata no fue capaz de mirarme a los ojos
durante días, y la última vez que nos vimos tembló solo por el roce de la
manga de mi chaqueta en su brazo.
—Aun así, ten mucho cuidado, ¿me oyes? —insistió Meredith— No
quiero tener que ir a visitarte al calabozo.
—No te preocupes, lo tendré. No me dejaré atrapar al menos hasta
que baile el primer vals con mi sobrina, lo prometo —bromeó.
A la mañana siguiente, el barón se encaminó al puerto de Cádiz,
donde encontró un barco de pasajeros que zarparía rumbo a Londres cinco
días más tarde. Tendría tiempo suficiente para hacer su equipaje y disfrutar
un poco más de su familia, así que antes de volver a casa de su hermano ya
había comprado su pasaje. Pensó de nuevo en los Bennet. ¿Qué sería de
ellos? ¿Habrían llegado a salvo a su destino? ¿Les habría acogido el conde
en su casa mientras ponían en orden su vida? La imagen de Elisa Bennet
llenó su mente por un momento. ¿Encontraría un pretendiente adecuado
durante la temporada? Tal vez no, la muchacha era todo lo contrario a lo
que se esperaba de una dama de buena cuna, y sin contar con una suculenta
dote no cabía la posibilidad de que algún petimetre terminara fijándose en
ella. Sería divertido seguir de cerca los avances de la señorita Bennet en la
tarea que ella misma se había autoimpuesto… y estaba deseando ser testigo
de cada uno de sus movimientos.
 
Mientras tanto, en Londres, Elisa permanecía sentada en uno de los
cómodos sillones que su tío Andrew había dispuesto a lo largo del salón de
baile mientras en la pista las parejas bailaban un vals. El baile era en su
honor, pero casualmente era la única dama que no había pisado aún la pista
de baile. Y no le importaba demasiado, porque de todos los caballeros
presentes no había ninguno que le llamara la atención lo suficiente como
para considerar ser su esposa. Esposa… una palabra que cada vez pesaba
más sobre sus hombros. Aunque entre el dinero que el pirata le había dado a
su padre y la ayuda de tío Andrew no era necesario que ella se casara
inmediatamente, Tía Camille había convencido a su madre de que Elisa
debía casarse a la fuerza en su primera temporada, que siendo americana
sus posibilidades de encontrar un matrimonio ventajoso disminuían
estrepitosamente conforme pasaban los años y que corría peligro de
quedarse solterona si no atrapaba un buen partido ese mismo año. Ella
quería complacerlas a ambas, de verdad que lo hacía, pero cuando vio la
clase de hombres que llenaban el salón de baile esa noche empezó a
plantearse la posibilidad de no casarse nunca. No había ninguno que ella
pudiera considerar apuesto, ninguno que llamara la atención de la joven
como lo habían hecho los hombres de Virginia… o el pirata Anderson. Sí,
aunque su opinión sobre ese hombre seguía siendo la misma, aunque
considerase que su trabajo era detestable y que tendría que ir a la cárcel por
los delitos que cometía, no podía negar que era un hombre increíblemente
apuesto y viril. Su cabeza cubierta por un sencillo pañuelo negro y su barba
bien cuidada le daban un aspecto salvaje… pero destacaban sus ojos azules
enmarcados por espesas pestañas negras y los labios gruesos que se
afinaban en una hermosa sonrisa. Sí, definitivamente le gustaría encontrar a
un caballero que se asemejara a ese tipo de hombre con el que poder
casarse.
¿Qué habría sido de él? Probablemente estaría viviendo feliz con su
familia en Cádiz, sin preocupaciones y sin recordarla ni una sola vez.
Después de una larga travesía en su barco lo único que sabía Elisa sobre el
pirata era su nombre: Anderson. No sabía su apellido, ni dónde vivía…
nada. Seguramente lo hizo para que no pudieran delatarle en el caso de que
se animaran a hacerlo, pero lo que el hombre no sabía era que estaba tan
sumamente agradecida por la ayuda que le había prestado a su familia que
jamás se atrevería a hacer semejante cosa. A pesar de ser un ladrón había
demostrado ser una buena persona. A pesar de haber abordado un barco
estando ella a bordo del suyo había ayudado a su padre sin preguntas, sin
pedir el dinero de vuelta, y ella solo podía sentir gratitud hacia el canalla.
Porque todos los piratas eran unos canallas, de eso no cabía duda.
Volvió a poner su atención en el salón. La pieza parecía haber
terminado y las parejas se esparcieron por la estancia. Se levantó de su
asiento y se dirigió a las puertas que daban al jardín, donde se encontró con
su madre, que hablaba animadamente con su futura tía y algunas amigas de
estas. Desde que llegaron a Londres las cosas habían cambiado mucho, para
bien, en su familia. Su padre y su tío empezaron a conocerse nuevamente, y
el tío Andrew había estado ayudando mucho a su padre con la formación de
su empresa, había mandado hacer un guardarropa completo para ella y su
madre de las más finas y delicadas telas e incluso había proporcionado una
cuantiosa dote para que su única sobrina fuera presentada en sociedad.
También le había entregado la parte de las joyas de su abuela que le
pertenecían a ella, y había añadido algunas más para que pudiera lucirlas en
los bailes.
En cuanto al pequeño Mathew, se había encariñado mucho con su
prima y la mayor parte de las noches su niñera tenía que llevarlo dormido
desde la habitación de la joven a la del pequeño, que insistía en quedarse a
dormir con ella. Había conocido a su prima Gaby cuando regresó de su luna
de miel, y aunque había vuelto a viajar para conocer a la familia de su
esposo en Francia las dos habían congeniado muy bien y la echaba
terriblemente de menos. La prometida de su tío, como su doncella le había
dicho, era una mujer dulce y delicada que amaba realmente al conde y a su
hijo, y ese amor se extendió a sus padres y a ella. Elisa esperaba de corazón
que su vida fuera feliz una vez contrajeran matrimonio.
—¿Te diviertes, tesoro? —preguntó Anna acariciando el brazo de su
hija, que estaba tan perdida en sus pensamientos que no se había percatado
de que su madre le hablaba.
—No demasiado, la verdad —suspiró—. Aún no he podido bailar ni
una sola vez, me he limitado a beber ponche sentada en uno de los sillones.
—¿Cómo es eso posible? —exclamó Marion— Eres la dama más
hermosa del baile, no sé dónde tienen los ojos los chicos de hoy en día.
—Tal vez ya se han enterado que vengo de América, tía Marion —
dijo ella—. He oído que a los ingleses no le gustan demasiado los
americanos.
—Eso es una estupidez, eres la sobrina del conde de Chester, tienes
sangre inglesa —protestó Marion.
—Naciste en esta misma casa —puntualizó su madre—. Que hayas
vivido en Virginia no quita que seas una dama inglesa. Además, con la dote
que te ha otorgado tu tío seguro que pelearán por tus atenciones.
—No te preocupes, querida —la calmó Marion apoyando una mano
en su antebrazo—. Cuando empiece la temporada me encargaré de
encontrarte caballeros de sobra con los que bailar.
Su tío se acercó a ellas con una sonrisa y tras saludar a su prometida
y a su cuñada le ofreció a el brazo para sacarla a bailar, cosa que ella
agradeció.
—¿Por qué no te he visto aún en la pista de baile? —preguntó con
suavidad— Se supone que este baile es en tu honor.
—Nadie me ha sacado aún a bailar, tío Andrew —suspiró ella—. Al
parecer no les agrado demasiado.
—¿Qué tonterías son esas? Eres una dama preciosa e inteligente,
Ely. Seguramente les intimidas con tu belleza, por eso no se acercan a ti.
—¿Tú crees?
—Desde luego que lo creo, te pareces a mí —dijo con orgullo.
—Me parezco a papá —respondió ella con una risa.
—Y tu padre se parece a mí, ¿o no es así?
—¿Siempre tienes que salirte con la tuya?
—Siempre, más aún cuando siento que mi querida sobrina está
pasando un mal rato. ¿Me equivoco?
—No, no te equivocas. Quiero casarme cuanto antes y si esto es lo
que me espera cuando empiece la temporada dentro de unas semanas no
voy a poder hacerlo.
—¿A qué viene tanta prisa?
—Tía Camille dice que debo casarme en mi primera temporada o
terminaré siendo una solterona.
—Eso es absurdo.
—Pienso lo mismo, pero ha convencido a mamá de que es así y ella
está insistiendo hasta agobiarme.
—¿Qué quieres hacer tú?
—Preferiría no casarme aún. Me gustaría hacerlo dentro de cuatro o
cinco años, pero sé que en Inglaterra eso es impensable.
—Tal vez cinco años no, pero sí es posible esperar a la siguiente
temporada si en esta no encuentras a alguien que te agrade.
—Tía Camille no me lo permitirá. Convencerá a mamá para que me
case con el hombre que a ella le parezca adecuado.
—Lady Cowper debería meterse de vez en cuando en sus propios
asuntos. Eres mi sobrina, estás bajo mi cuidado, y yo decido lo que está
bien para ti. Debería tener unas palabras con ella, no voy a consentir que
haga lo que quiera contigo.
—No pelees con ella, tío Andrew. Ahora que la familia está unida
no quiero que vuelva a separarse por mi culpa.
—De acuerdo, mantendré la boca cerrada, pero si después de
empezar esta temporada decides que quieres esperar a la siguiente para
casarte debes hacerlo. Te apoyaré y hablaré con tu madre a tu favor si esa
vieja arpía la convence de oponerse.
—Te lo agradezco, tío. Solo quiero que tía Camille deje de
presentarme candidatos cada vez que salimos de casa como si esto fuera
una feria de ganado. Tiemblo solo de pensar en lo que hará cuando
empiecen los bailes oficiales.
—Y apuesto a que los candidatos de lady Cowper no son para nada
tu gusto. ¿Me equivoco?
—En absoluto —suspiró ella—. Digamos que sus gustos con los
hombres son totalmente opuestos a los míos. Ayer fuimos al museo, donde
me presentó a lord Kinghorne, que me reprendió por tener una opinión
lógica sobre la venta del algodón. He vivido toda mi vida en una plantación,
¿cómo quiere que no conozca el negocio a la perfección?
—Tu tía es una vieja amargada que pretende convertirte en una
mujer florero como ella lo fue —bufó su tío—. Te presentaré yo mismo a
algunos caballeros que pueden ser de tu interés, seguro que tengo mejor
gusto que ella.
—Gracias tío, eres el mejor.
La canción terminó y el conde la llevó colgada del brazo hasta un
grupo de jóvenes, entre los que se encontraba el vizconde Middleton, un
hombre varios años mayor que ella y bastante apuesto, de cabello leonado y
fría mirada de color gris. Era más alto que su tío, a quien ella llegaba por la
barbilla, y tenía un porte elegante y varonil. Elisa se vio considerando que
tal vez ese era el tipo de caballero que a ella le interesaba.
Capítulo 7
 
 
 
 
 
 
 
Un mes más tarde, Elisa se encontraba en el salón de Almack’s a la
espera de que algún caballero se dignara a sacarla a bailar. Desde que había
comenzado la temporada un par de semanas atrás, algunos jóvenes habían
mostrado interés en ella, pero ese interés se esfumaba en cuanto Elisa
comentaba cualquier aspecto referente a su vida en Virginia. Era evidente
que los nobles londinenses no estaban interesados en conseguir por esposa a
una americana, y Elisa estaba perdiendo el interés y la esperanza de
encontrar un esposo antes de que finalizara la temporada. Sin embargo, la
personalidad risueña y juvenil de la joven había atraído a dos damas de su
misma edad que ahora eran sus más preciadas amigas: lady Anette
Chattoway, hija del marqués de Downshire, y lady Olivia Irving, hermana
del conde de Grey.
Observó el salón a través de su abanico en busca de algo que la
entretuviera mientras sus amigas terminaban sus respectivos bailes, y al no
encontrarlo se levantó con un suspiro y se dirigió a la mesa de refrigerios
para servirse un vaso de limonada con la intención de estirar un poco las
piernas. Observó a Olivia dirigiéndose hacia ella y se apresuró a llenar un
vaso también para ella, que seguro estaba sedienta después de la cuadrilla.
Aún no había terminado de llenar los vasos cuando unos murmullos mal
disimulados empezaron a crearse a su alrededor. Levantó la mirada de su
tarea para encontrar el origen del revuelo y casi deja resbalar el cristal entre
sus dedos al ver entrar por la puerta principal al pirata canalla que los había
rescatado de morir en el mar… hablando animadamente con el hermano de
Olivia. El pirata había cambiado su aspecto desaliñado y salvaje por uno
mucho más elegante y sofisticado. El pelo que durante el viaje había
llevado oculto por un pañuelo ahora estaba pulcramente cortado y peinado,
y la barba que cubría su rostro había desaparecido para dejar a la vista un
rostro varonil de mandíbula cuadrada y nariz aguileña. Pero sus ojos, esos
ojos azules rodeados de negras y espesas pestañas, esos no habían cambiado
ni un ápice en todo ese tiempo. Sí, definitivamente se trataba del pirata
Anderson, no cabía duda. Para ser sincera le gustaba más su versión de
pirata, pero era innegable que su versión de lord inglés tampoco estaba nada
mal. Era, sin lugar a duda, el hombre más apuesto de los que pisaban en ese
momento el salón de baile, y todas las damas presentes habían puesto su
atención en él.
—¡Oh! —exclamó Olivia llegando a su lado— Lattimer ha vuelto al
fin de su viaje.
—¿Lattimer? —preguntó ella intentando encontrar su voz, pues la
garganta se le había secado de repente.
—El varón Lattimer es el mejor amigo de mi hermano —explicó
Olivia señalando al pirata.
—Ha pasado un mes en España visitando a su hermano y su cuñada,
que acaban de ser padres —continuó Anette, que acababa de unirse a ellas.
—Es bueno tenerle al fin de vuelta —suspiró Olivia—. Eso significa
que le tendremos a menudo de visita en casa y que contaré con al menos un
buen bailarín en mi carnet de baile, eso sin contar los regalos que suele
traerme de sus viajes.
—Espero que me invites a menudo a tomar el té —suspiró Anette
—. Serías muy mala amiga si te guardaras la diversión toda para ti.
—Sabes que no tiene intención de casarse.
—Eso no tiene nada que ver con disfrutar de su compañía… y de las
vistas.
Así que el pirata canalla no solo la había hecho creer que vivía en
España cuando no era así, sino que además era barón… y amigo del conde
de Grey, el hermano de su amiga. Un noble con fortuna que se dedicaba a
robar en el mar, obviamente más por diversión que por necesidad. Un pirata
al que le había dado su palabra de que no revelaría jamás su secreto… y con
el que tendría que encontrarse tan a menudo que a Elisa empezaron a
temblarle las rodillas. Quería saber más, mucho más de aquel hombre
misterioso. Quería conocer al caballero, a la otra versión de él, y se volvió
hacia sus amigas con la intención de hacer más preguntas.
—¿Qué sabéis de él? —preguntó.
—Oh… Se crio sin madre y su padre fue un verdadero canalla con
él y su hermano —explicó Olivia—. Es algo reservado, no suele dar fiestas
en su propia casa y acude a contados bailes durante la temporada, en los que
baila con muy pocas damas, entre las que por suerte me encuentro.
—Es un bailarín excelente —suspiró Anette—. Solo he tenido el
placer de bailar con él una sola vez, pero te aseguro que te hace sentir como
si flotaras sobre las nubes.
—Su hermano se casó por amor y se mudó a España hace un año
debido a problemas de salud de la abuela de su esposa, por lo que el barón a
menudo está de viaje —continuó Olivia—. Como he dicho antes, es el
mejor amigo de John. Cuando está en Londres es normal verle deambular
por casa casi a diario, para mi madre es como un hijo más pues acogió a los
dos hermanos bajo su ala cuando aún iban a la escuela. Y yo soy como una
hermana pequeña para él… por desgracia para mí.
—¿Te gusta? —preguntó Elisa.
—¿A quién lo le gustaría? —suspiró Anette— Mírale… Es el
caballero más apuesto de Londres.
—Solo bromeo, para mí él también es como un hermano y jamás
podría verle de esa manera. ¿A ti te gusta, Ely? —inquirió Olivia mirándola
con una pícara sonrisa.
—He de reconocer que es verdaderamente apuesto, pero aún no le
conozco para saber si me gusta o no. Pero desde luego ha llamado mi
atención, es imposible no fijarse en esos ojos tan bellos.
—Pierdes tu tiempo con él, Ely —respondió Anette—. Lattimer no
está interesado en el matrimonio, lo ha dicho innumerables veces.
—Tal vez haya cambiado de parecer.
—Lo dudo mucho —dijo Anette—. Justo antes de su último viaje
informó a Lady Lacre de ello cuando intentó endilgarle a su hija mayor. Fue
bochornoso, por cierto. Se acercó a él y se presentó ella misma, todo un
atrevimiento por su parte.
—Esa mujer está decidida a ser familia de los Lattimer a toda costa
—protestó Olivia—. Recuerdo que intentó un ardid con su hermano Jeremy
cuando ya estaba comprometido con su esposa, y siempre que se fija un
objetivo se dedica a acosarlo en cada baile al que acude, seguida de sus dos
insoportables hijas.
Elisa rio al imaginar a la oronda lady Lacre atosigando al pobre
barón, y casi se atraganta con un bocado de su torta glaseada. Olivia se
apresuró a darle palmaditas en la espalda mientras Anette le acercaba el
vaso de limonada a los labios, y ella vio con horror que el conde de Grey se
acercaba a ellas seguido del hombre en cuestión.
—¡Oh, Dios mío! ¡Vienen hacia aquí! —exclamó Anette al seguir su
mirada horrorizada.
—Cálmate, ¿quieres? —susurró Olivia— Es evidente que iban a
acercarse, yo estoy aquí y he venido con mi hermano.
—Pero tartamudearé…. Me pongo tan nerviosa cuando tu hermano
se acerca que…
—¿Tartamudeas? —preguntó Elisa— ¿Por qué?
—Está locamente enamorada de mi hermano desde que tiene uso de
razón —explicó Olivia—. Cuando éramos niñas la salvó de caerse de un
árbol de nuestro jardín y desde entonces no tiene ojos para nadie más que
él.
—¿Qué hago? No quiero que piense que soy idiota —protestó
Anette.
—Entonces no hables —la interrumpió Elisa aguantando las ganas
de reír—. Si tartamudeas al hablar con Grey no abras la boca y asunto
arreglado.
—¡No bromees, Ely! —lloriqueó su amiga— ¿Qué debo hacer para
que no me vea como a una tonta?
—Solo tienes que verlo como lo que es, el hermano insoportable de
tu mejor amiga —dijo Olivia—. Estoy segura de que, si le ves así después
de todo lo que os he contado sobre él, tu nerviosismo desaparecerá como
por arte de magia y dejarás de tartamudear.
 
Andy no tenía ninguna intención de acudir a Almack’s esa noche,
había llegado a Londres por la mañana y pensaba acostarse temprano y
descansar, pero John debía hacer de carabina de su hermana menor y había
terminado arrastrándole con él. A quién quería engañar… Estaba allí por la
pequeña Olivia, a quien veía y amaba como a una hermana menor. No tenía
ganas de ser acosado como cada temporada por las matronas desesperadas
por casar a sus hijas con él, pero se sentía con el deber de proteger a la
joven de los sinvergüenzas como si fueran de la misma sangre. Porque los
Irving habían sido su familia desde que los conoció. Lady Irving había
acogido bajo su techo a Andy y a su hermano cuando los conoció una tarde
de lluvia en la que se escaparon de casa después de una paliza de su odioso
padre. Andy no sabía a dónde ir y se dirigió a casa de su mejor amigo. Su
intención era dormir allí esa noche sin que nadie lo supiera y volver a su
casa por la mañana, cuando a su padre se le hubiera pasado la borrachera y
se le hubiera olvidado que debía castigar a sus hijos por el simple hecho de
respirar. Ese día la dama les hizo darse un baño caliente, les dio ropas
limpias, una buena cena caliente y les asignó una habitación para que la
usaran siempre que su padre se encontrara en estado de embriaguez. Era
como una segunda madre para ellos y Andy no tendría suficiente tiempo en
esa vida para pagar todo lo que la dama había hecho por ellos.
Encontró a su amigo nada más entrar, pues estaba siendo atosigado
por un grupo de matronas junto a la puerta de entrada. Dispuesto a salvarle
del asalto, se dirigió hacia él con paso decidido, tomando dos copas de la
bandeja de un sirviente que pasó por su lado, y se detuvo al lado del conde
echando mano de todo su encanto varonil.
—Lamento interrumpir su charla con el conde, señoras, pero Grey y
yo tenemos asuntos de suma importancia que tratar esta noche —dijo con
una de sus encantadoras sonrisas— Si nos disculpan...
Las damas asintieron ruborizándose y le permitieron que arrastrara a
su mejor amigo hasta un lugar más apartado, donde John vació la copa que
le había dado de un solo trago.
—Has llegado justo a tiempo, como siempre —suspiró Grey—. Creí
que esas mujeres terminarían llevándome amordazado frente al altar.
—Es un placer salvarte cada vez, ya lo sabes. ¿Dónde has dejado a
tu madre? Creí que estaría por aquí intentando encontrarte una esposa.
—No se encuentra demasiado bien, así que se ha quedado en cama
para suerte de ambos.
—Iré a visitarla mañana. Le he traído unos regalos de España,
seguro que eso la animará.
—Hazla olvidar el tema de ser abuela, si puedes. No es solo a mí a
quien está acosando con el matrimonio. A Olivia también la está atosigando
con que consiga pronto un marido.
—Olivia es demasiado joven aún para casarse —bufó Andy—. Esta
es su primera temporada y acaba de empezar, debería dejarla que la disfrute
un poco.
—Es lo que le he dicho yo hasta el hartazgo.
—¿Cómo está la pequeña? Hace mucho que no la veo.
—La pequeña ya es toda una mujer, y sabes que odia que la llames
así.
—Siempre será mi pequeña. ¿Dónde está ahora?
—Allí la tienes, charlando con sus amigas.
Grey señaló hacia el lugar donde se encontraba su hermana, y Andy
casi se atraganta con el champán que estaba bebiendo al ver a su lado a
Elisa Bennet, quien reía de algo que Olivia había dicho. ¡No creía lo que
veían sus ojos! De todas las jóvenes de Londres, ¿por qué Olivia tenía que
hacerse amiga precisamente de ella?
—¡Maldición! —exclamó dándose la vuelta para evitar ser visto.
—¿Qué ocurre? —preguntó su amigo.
—¿Recuerdas que te comenté esta tarde que había rescatado a una
familia en mi viaje a España?
—Lo recuerdo, sí.
—Lo que no te conté es que se trataba de Joseph Bennet y su
familia.
—¡Maldita sea, Andy! ¿Atacaste a otro barco con la familia de
Chester a bordo?
—Por esto no te lo había dicho, sabía que pondrías el grito en el
cielo.
—¿No le preguntaste antes su nombre?
—Lo hice, pero la mercancía era demasiado buena como para
dejarla escapar.
—Elisa Bennet es la mejor amiga de mi hermana, Andy. ¿Eres
consciente de que vais a encontraros demasiado a menudo?
—Acabo de darme cuenta, sí.
—¿Y si te reconoce? O peor aún, ¿y si te delata?
—Espero que no me reconozca. Y si lo hace, espero que su
agradecimiento sea mayor que su sentido del honor. No solo les salvé la
vida, les di dinero suficiente para que pudieran salir adelante en el caso de
que Chester les diera la espalda.
—Eso no te da ninguna garantía de que no vaya a delatarte y lo
sabes. Tenemos que saber cuanto antes si la señorita Bennet te reconoce, y
si es así debemos saber qué pide a cambio de su silencio.
—Yo creo que lo mejor sería mantenerme lo más alejado posible de
ella para evitar que me reconozca.
—¿Y cómo pretendes hacerlo si viene a menudo a casa? ¿Dejarás de
venir tú? Te aseguro que mi madre te matará si lo haces, ya no digamos
Olivia.
—¿Y qué quieres que haga? ¿Que me acerque a ella y le pregunte si
me recuerda como si tal cosa?
—Deberíamos empezar por acercarnos a ellas y presentaros. Si la
señorita Bennet te recuerda seguro que se refleja en su cara el temor o la
sorpresa.
—Eso es igual de arriesgado que ir directamente a Scotland Yard a
que me pongan los grilletes —bufó el barón.
—No seas dramático, esa joven tiene unos modales impecables y no
formará un escándalo en medio de Almack’s. Si te recuerda tendremos
tiempo suficiente para convencerla de que no te delate.
—Para ti es muy sencillo, no es tu cuello el que está en juego, sino
el mío.
—¿Quién lo puso en juego en primer lugar?
—¿No eras tú el que decía que le gustaría estar en mi lugar no hace
mucho?
—Yo no habría sido tan estúpido de atacar otro barco llevando a
ingleses a bordo del mío.
—Era un gran botín y a mis hombres les vendrá muy bien el dinero.
Y no pienso acercarme a esa mujer como si nada. No quiero terminar en
Newgate.
—Si no te gusta mi plan, entonces dime tú qué debemos hacer.
Andy se quedó mirando a Elisa Bennet a través del gentío. Había
olvidado que era una mujer muy bella, mucho más ahora que había
arreglado su aspecto acorde con la ocasión. Con su pelo recogido en un
sencillo moño adornado con perlas, que dejaba caer algunos tirabuzones
alrededor de sus mejillas sonrosadas, y ese vestido de color verde pastel que
acariciaba con suavidad sus curvas, estaba seguro de que cualquier
caballero estaría encantado de tenerla como esposa.
—Háblame de ella —susurró.
—¿No dices que la conoces?
—Conozco a la mujer que recogí del mar, no a la hermosa dama que
tengo delante ahora.
—La señorita Bennet es una mujer divertida con una mente
brillante. Es capaz de hablar de cualquier tema sin vacilar, tiene sentido del
humor y además es toda una belleza. Baila como los ángeles, toca a la
perfección el pianoforte y el violín y su voz es dulce y armoniosa cuando
canta. Si estuviera interesado en el matrimonio definitivamente la tendría en
consideración, porque es la viva imagen de la definición de esposa perfecta.
Suelo bailar con ella cada vez que coincidimos en un baile con la excusa de
que no son muchos los caballeros que la invitan a hacerlo, aunque en
realidad lo hago porque disfruto mucho de su compañía.
—¿No son muchos los caballeros que la invitan a bailar? ¿Cómo es
eso posible? Mírala… es una auténtica belleza.
—Una auténtica belleza, sí, pero las hermanas Falcon se encargaron
de anunciar a bombo y platillo que se ha criado en América. Y ya sabes
cómo es la sociedad para esas cosas. Todos alaban sus impecables modales
y su belleza, pero nadie la considera aceptable para el matrimonio por no
ser inglesa.
—Pero es que sí es inglesa. Por lo que tengo entendido nació en
Londres.
—Pero se crio en Virginia, así que…
—¿Le han asignado una dote?
—Una muy jugosa, de hecho. Su tío se ha encargado de hacerle ver
a todo el mundo que es su querida sobrina y que la tiene en muy alta estima.
Le ha proporcionado un guardarropa digno de una princesa y le ha asignado
una cuantiosa dote que solo atrae a crápulas que su tío no duda en espantar.
—Así que finalmente se solucionaron los problemas entre los dos
hermanos…
—¿De qué problemas hablas?
—Cuando estaban a bordo de mi barco, la señorita Bennet me contó
que su tío no había dado señales de vida desde que su hermano decidió
mudarse a Virginia.
—Pues cualquiera lo diría… Chester suele acudir al White’s en
compañía de su hermano bastante a menudo y se ve a simple vista que están
muy unidos.
—¿Y no hay ningún caballero adecuado que esté interesado en la
joven? ¿Ni uno solo?
—Ninguno que yo sepa, Olivia me lo habría comentado. ¿Por qué?
¿Lo estás tú?
—¿Bromeas? Ya te he dicho que no estoy interesado por ahora en el
matrimonio.
—Entonces, ¿a qué viene ese repentino interés en la señorita
Bennet? No has dejado de hacerme preguntas desde que la viste.
—Estoy intentando conocer mejor a mi enemigo, eso es todo.
—Tu enemigo… —dijo John sin demasiada convicción.
—Vamos, terminemos con esto lo antes posible. Cuanto antes sepa
si me reconoce antes podré relajarme.
—¿Ahora sí te gusta mi idea de presentaros?
—Sigue sin gustarme, pero es la única que tenemos.
Andy siguió a su amigo hacia la mesa de refrigerios, donde se
encontraban las dos mujeres acompañadas de lady Anette Chattoway, la hija
del marqués de Downshire. En cuanto Olivia lo vio, se acercó a él y apretó
su brazo con una radiante sonrisa en los labios.
—Si estuviéramos en casa te daría un fuerte abrazo —susurró.
—Si estuviéramos en casa te haría volar por los aires como cuando
eras pequeña —respondió Andy.
—Te he echado mucho de menos.
—Solo he estado fuera un mes —rio él.
—Es demasiado tiempo.
—¿Se divierten, señoritas? —preguntó John sonriendo a las amigas
de su hermana, que habían sido relegadas al olvido por la llegada de su
amigo.
—A mí me duelen mucho los pies —protestó Olivia con un puchero
—. Estos zapatos nuevos me están matando.
—Te dije que no hicieras caso a madre y te pusieras otros más
cómodos.
—No tenía ganas de soportar otro de sus berrinches.
—Señorita Bennet, lamento la descortesía de mi hermana —dijo el
conde—. Permítame presentarle a mi mejor amigo, el barón Lattimer.
Lattimer, ella es la señorita Elisa Bennet. A la señorita Chattoway ya la
conoces.
—Por supuesto. Es un placer verla de nuevo, señorita Chattoway.
Señorita Bennet, es un honor conocerla.
—He oído hablar mucho de usted, lord Lattimer —le sorprendió
diciendo Elisa tras hacer una impecable reverencia—. Son muchas las
damas que suspiraban a mi alrededor por usted cuando ha hecho su
aparición en el salón de baile.
—Entonces es una lástima que yo no esté interesado en el
matrimonio, pesará en mi corazón haber roto los de ellas.
—Tal vez alguien le haga cambiar de opinión durante la temporada
sobre su decisión de no casarse, ¿no lo cree?
—Nunca nadie me ha hecho cambiar de opinión, señorita Bennet.
No creo que nadie lo consiga hacer ahora.
—Nunca diga nunca, lord Lattimer. No sabe lo que le puede deparar
el futuro.
El pulso de Andy se aceleró. ¿Le había reconocido? Y si así era, no
se atrevería a chantajearlo para que se casara con ella… ¿o sí? Si mal no
recordaba, Elisa estaba dispuesta a casarse para salvar a su familia de la
quiebra. ¿Qué tal si lo elegía a él? No… por lo que John le había contado su
padre y el conde estaban en buenos términos. Ahora que habían hecho las
paces no había necesidad de que la muchacha se apresurase en buscar un
matrimonio, y por lo que ella le comentó en el barco no se sentía preparada
para casarse. Seguramente solo estaba intentando entablar una conversación
cordial, ¿verdad?
—No la he visto bailar aún, señorita Bennet —comentó Grey
sacando a Lattimer de su ensimismamiento.
—Ya sabe que usted es el único valiente que se atreve a bailar
conmigo, milord —bromeó ella con una sonrisa—. Al parecer hoy se ha
extendido el rumor de que pisé accidentalmente a lord Rutland el otro día.
—Oh, pero eso no fue culpa tuya, Ely —protestó lady Anette—. Ese
hombre tiene dos pies izquierdos, todas las damas lo saben.
—Es una pena que ese dato no esté en conocimiento todos los
caballeros también —suspiró ella.
—Estoy seguro de que mi amigo no hará caso de las habladurías,
¿no es así, Lattimer?
Andy dio un respingo al darse cuenta de que su amigo le había
puesto entre la espada y la pared, pero dibujó inmediatamente una sonrisa
forzada en sus labios y la dirigió a la dama.
—En absoluto —respondió—. En la vida prefiero guiarme por mi
propia experiencia, así que si me permite...
Extendió la mano para tomar la cartilla de baile de la señorita
Bennet y apuntó su nombre en la próxima cuadrilla. El siguiente baile
comenzó y la joven se excusó para ir al encuentro de su tío, que la miró con
suma ternura antes de guiarla hacia la pista de baile.
—Deberías aprender de Chester, hermano —protestó Olivia.
—¿Por qué? A ti no te faltan los candidatos a compañero de baile.
—Eso no significa que no quiera bailar con mi propio hermano, ¿lo
sabías?
—Tu cartilla de baile está completa, Oly —dijo él tomándola en la
mano—. No has dejado ni un solo hueco para mí.
—Eso es porque nunca bailas conmigo.
—Creo que tu próxima pareja se acerca —dijo el conde al ver a un
joven acercarse a ellos—. Será mejor que pongas una de tus encantadoras
sonrisas, tu ceño fruncido lo espantará.
—Mi ceño fruncido es adorable y lo sabes —respondió ella
sonriendo al caballero que le ofrecía el brazo—. Asegúrese de reservarme
un baile la próxima vez, lord Lattimer. Me alegro de tenerle de vuelta, la
ciudad estaba volviéndose demasiado aburrida sin usted.
—Será un vals, lo prometo —respondió Andy sonriendo con cariño
a la mujer.
Observaron a la joven alejarse hacia la pista de baile cuando los
primeros acordes de la música empezaron a sonar.
—¿Qué opinas? —preguntó Grey.
—Es demasiado simple para ella. Tu hermana se lo comerá para
desayunar antes del primer año de matrimonio.
—No, hombre, no… Me refiero a la señorita Bennet. ¿Crees que te
ha reconocido?
—No tengo ni idea. Si lo ha hecho ha disimulado muy bien, porque
su gesto no se ha alterado en lo más mínimo.
—Supongo que lo averiguarás cuando bailes con ella.
—Eso espero.
Capítulo 8
 
 
 
 
 
 
 
El tiempo pasó demasiado despacio para Andy mientras esperaba su
baile con Elisa Bennet. O más bien su conversación. Necesitaba con
urgencia averiguar si la joven lo recordaba, y de ser así las condiciones que
ella le impondría para mantener su silencio. Si su hermano y su cuñada
supieran que él mismo se estaba poniendo a merced de una joven de
diecisiete años por ser un imprudente, estarían reprendiéndole durante
semanas. O tal vez durante meses. ¿En qué demonios estaba pensando
cuando dio la orden de abordar el Saint Mary? Se dejó llevar por su
intuición como cada vez que se embarcaba en una nueva aventura, pero esta
vez el tiro le había salido por la culata. Porque solo él se había metido en
ese embrollo, debería haber dejado pasar la oportunidad en vez de, no solo
abordar un barco con pasajeros en el suyo, sino que además fue tan
imprudente de dejar la puerta abierta de su camarote cuando hablaba con
Roger.
Los últimos acordes del vals terminaron y tras dejar a lady Wittock
junto a su esposo se dirigió hacia la mujer que inundaba su mente, aunque
desgraciadamente no por el motivo que a él le gustaría. Se encontraba
sentada junto a los ventanales que daban al jardín y Oliver Sackville, hijo
del duque de Dorset, la aburría hablándole seguramente sobre momias y
arqueología.
—Creo que esta es nuestra pieza, señorita Bennet —dijo con una
inclinación de cabeza al llegar hasta ellos—. Sackville…
—¡Oh, Lattimer! —exclamó el hombre— Me alegra que hayas
vuelto. ¿Dónde has estado todo este tiempo? No te he visto desde el
cumpleaños de Grey.
—Me he dedicado a pasar tiempo con mi familia y a disfrutar de mi
nueva sobrina.
—Así que el joven Jeremy ha sido padre… Mi enhorabuena.
—Gracias, se lo haré saber. Y ahora, si me permite, tengo un baile
pendiente con esta encantadora dama.
—¡Por supuesto, por supuesto! Es una lástima que una dama tan
hermosa pierda su tiempo aquí sentada con un estudioso como yo pudiendo
disfrutar de la pista de baile. Adelante… Adelante.
—Espero verle pronto en el club, milord —se despidió—. Me han
hablado de los hallazgos de la última expedición a El Cairo.
—¡Oh! Me encantaría conocer los detalles, milord. Nos veremos en
el White’s entonces.
Andy guio a Elisa hacia la pista de baile y se colocó frente a ella con
la mano apoyada en su cintura. La joven se sobresaltó igual que la última
vez que se vieron, cuando la rozó accidentalmente con la manga de su
chaqueta, y no pudo evitar sonreír complacido por ello. Los primeros
acordes de la melodía empezaron a sonar y la pareja comenzó a dar vueltas
por el salón.
—Jamás habría imaginado que el famoso barón Lattimer terminaría
siendo el pirata que nos rescató del mar —comentó ella como si nada.
Andy a punto estuvo de trastabillar, pero consiguió recuperarse de la
impresión a tiempo y sonrió.
—Así que a pesar de los cambios me ha reconocido…
—Siempre he sido buena con los rostros de la gente, milord. Hacer
desaparecer una barba no es suficiente para esconderse de mí, mucho más
cuando pasamos semanas juntos en el mar. Me hizo creer que vivía en
Cádiz —le espetó.
—Oh… eso lo dedujo usted misma, señorita Bennet. Yo no dije ni
media palabra sobre mi destino.
—Es cierto, milord, pero no me rectificó.
—Como comprenderá, era muy conveniente para mí que pensase tal
cosa.
—Para conservar su anonimato, por supuesto.
—Por supuesto. Pero ahora que resulta ser amiga de Olivia y vamos
a vernos bastante a menudo, me veo pensando en la manera más apropiada
de hacerla guardar silencio sobre mi actividad secreta.
—¿Va a tirarme por la borda si no lo hago, capitán? —bromeó ella.
—Ya le dije que no soy un mal hombre, milady. Solo quiero
averiguar qué pide a cambio de su silencio.
—¿Haría cualquier cosa por conseguirlo, milord?
—Siempre que esté dentro de mis posibilidades, por supuesto.
—¿Y si le pido que se case conmigo? ¿Lo haría?
—Sería muy ruin de su parte pedirme eso cuando sabe que no estoy
interesado en el matrimonio, señorita Bennet.
—Pero aun así lo aceptaría sin vacilar.
—No tendría más opción que hacerlo, pero le aseguro que me
encargaría de convertir su vida en un infierno por atreverse a ir demasiado
lejos.
—Por suerte para ambos, no tengo pensado pedirle tal cosa. No soy
tan desalmada como para chantajear a la persona por la que mi familia y yo
estamos hoy a salvo.
—Ni tan tonta como para ponerse en una situación espantosa a
conciencia, por lo que veo.
—Por supuesto que no, milord. Mi padre me enseñó que hay que
tener a los amigos cerca, pero a los enemigos mucho más.
—¿Me considera su enemigo?
—En absoluto. Nos salvó de morir en el mar y le prestó a mi padre
dinero suficiente como para empezar de nuevo. Gracias a usted volvimos a
Londres, mi padre y mi tío aclararon los malentendidos que mi odioso
abuelo creó entre ellos y estoy disfrutando de mi primera temporada. No
tengo más que gratitud hacia usted, aunque no apruebe su… afición.
—Le agradezco entonces su silencio.
—Mis labios están sellados, milord. Puede confiar en mí.
—¿Tuvieron alguna dificultad para volver a Londres desde Cádiz?
—Ninguna, gracias a Dios. Mi padre reservó pasajes en un barco,
esta vez bastante decente, y llegamos a puerto sin ningún contratiempo. Una
vez aquí fuimos a casa de mi tío, que nos acogió incluso antes de saber la
verdad.
—¿El malentendido?
—Así es. Resultó que mi tío no se había puesto en contacto con mi
padre porque mi abuelo no entregó las cartas que ambos se escribieron, e
hizo creer a tío Andrew que era mi padre quien no quería saber nada de la
familia.
—¿Qué podría ganar él con eso?
—A mi abuelo no le gustó que mi padre decidiera mudarse a
Virginia para forjar allí su vida. Pensaba que todo había sido idea de mi
madre y le desheredó, afirmando que ya no formaba parte de la familia.
Estaba tan resentido con mi padre que no quería que su otro hijo tuviera
contacto con él.
—Por suerte todo se ha solucionado, y para bien.
—Así es.
—Eso quiere decir que no tiene prisa por casarse y puede elegir a un
candidato adecuado, ¿me equivoco?
—Me temo que no es tan sencillo —suspiró la joven—. Aunque es
cierto que ya no hay prisa por encontrar un esposo, parece que mi madre ha
sido demasiado influenciada por mi tía abuela, lady Cowper.
—A ver si adivino… Quiere que se case usted cuanto antes.
—Por desgracia, sí. Quería casarme con alguien de mi agrado, llegar
a conocer a un caballero amable con el que me pueda llevar bien, pero
lamentablemente son muy pocos los que se me acercan y, créame, ninguno
es adecuado para mí.
—Es usted una de las damas más bellas del salón, de buena cuna
además de inteligente, y posee una dote más que considerable por lo que me
ha comentado Grey. ¿Cómo es posible que ningún caballero apropiado esté
interesado en usted?
—Mi crianza en Virginia se interpone entre nosotros.
—Eso es una soberana estupidez. Si yo estuviera buscando una
esposa lo que menos me preocuparía es el lugar en el que ha sido criada.
Hay cosas mucho más importantes que esa por las que preocuparse.
Una idea se formó en la cabeza de Elisa, que miró al barón con una
radiante sonrisa en los labios
—Tal vez sí le pida algo después de todo… pero no para guardar su
secreto, puede negarse si quiere —dijo—. Se lo pido como amigos que
somos, milord.
—Así que me considera su amigo…
—Por supuesto. Cualquiera que haya ayudado a mi familia puede
considerarse mi amigo.
—En ese caso, dígame. Haré lo que esté en mi mano para ayudarla
una vez más.
—Quiero que me corteje.
—¿Perdón?
—No se asuste, no es lo que usted cree —rio ella.
—Tenga la bondad de explicarse, entonces. Casi me mata usted de
un susto.
—Sería un cortejo falso, por supuesto. Pienso que, si usted muestra
interés en mí, el resto de los caballeros eventualmente también lo
mostrarán.
—Siento decepcionarla, pero no soy tan influyente como parece
usted creer.
—He oído que rara vez baila en los eventos sociales, a no ser que
sea con Olivia, mujeres casadas o algún miembro de su familia.
—En efecto, no lo hago. Así evito darles alas a matronas
desesperadas por casar a sus hijas.
—¿No cree que la gente se preguntará por qué de repente está
interesado en bailar con una americana como yo?
—¿Mi ayuda se limitaría a sacarla a bailar en cada baile en el que
nos encontremos?
—También le agradecería que me presentara a caballeros que usted
crea adecuados para mí, o que me aconseje sobre mis posibles
pretendientes, si es que alguna vez los tengo.
—En resumen, espera que sea su consejero matrimonial. Una
alcahueta, por así decirlo.
—Dicho así suena ridículo.
—Porque es ridículo, señorita Bennet. Cualquiera que me conozca
sabe bien que no estoy interesado en el matrimonio y que tengo la intención
de legar mi título a mi futuro sobrino. Nadie se creería que de la noche a la
mañana estoy interesado en usted y en el matrimonio.
—Nadie dice que tenga que ser de la noche a la mañana. Es usted el
mejor amigo de Grey, y casualmente yo soy la mejor amiga de su hermana.
Será lógico que nos encontremos con asiduidad debido a ello y, por
consiguiente, que empecemos a conocernos mejor.
—Hay una pequeña falla en su lógica, milady. Si empiezo a mostrar
interés en usted, las demás debutantes pensarán que estoy buscando esposa
y empezarán a acosarme.
—Contaba con ello, y por eso yo me ofrezco a ocuparme de ellas
por usted.
—¿Cómo piensa hacer eso?
—Aún no lo he pensado, pero algo se me ocurrirá.
—Sé que su mentalidad es brillante, milady, pero su plan tiene fallas
por doquier.
—Necesito su ayuda, lord Lattimer —confesó ella—. Mi tía va a
terminar por volverme loca si no consigo distraer su atención de alguna
forma, y usted es la única persona que puede ayudarme.
—Déjeme pensarlo. Su plan es cuanto menos bastante loco, y lo
mire por donde lo mire creo que podría perjudicarnos más que
beneficiarnos.
El baile llegó a su fin y Andy le ofreció el brazo para llevarla junto a
lady Cowper, la tía abuela de la joven, que los observaba desde la distancia.
—Tía Camille está mirándonos con ojo avizor, milord —susurró ella
—. Me temo que pronto estará creando rumores sobre nosotros.
—Eso ayudaría a su cometido, ¿no es cierto?
—Indiscutiblemente, lord Lattimer. Pero aún no ha accedido a
ayudarme y no quiero causarle problemas innecesarios.
Lattimer permaneció en silencio un segundo barajando las
posibilidades. Sería asediado por las matronas de todos modos, y sentía que
la sociedad estaba siendo injusto con una dama tan bella y con tan buena
formación.
—Si se corre la voz de que nos conocimos en España y volví de mi
viaje con la única intención de cortejarla tal vez pueda esquivar la tormenta
—susurró.
—¿Usted cree? No quiero ponerle en una situación incómoda, me
han dicho que lady Lacre está muy interesada en tenerle por yerno y sé lo
odiosa que puede llegar a ser esa mujer.
Andy suspiró. Esta última idea verdaderamente podría funcionar
para ambas partes, y tan pronto como ella tuviera un prometido, él tendría la
excusa perfecta para abandonar Londres y regresar con su familia, pues la
reina no tendría en cuenta su ausencia al pensar que se debía a un corazón
roto.
—Muy bien, la ayudaré entonces a encontrar marido —dijo al fin.
—¿De veras lo hará? —exclamó ella con sorpresa.
—Siempre que mi idea funcione, por supuesto. Haré circular el
rumor de que nos conocimos en España, la cortejaré y le presentaré a
algunos caballeros adecuados para usted. Prefiero fingir ser su pretendiente
enamorado durante lo que dure la temporada que correr el riesgo de ser
raptado para obligarme a pasar por la vicaría.
—Gracias. Una vez más acude a salvarme, capitán.
—¿No se lo había dicho? Mi pasatiempo favorito es salvar a
damiselas en apuros… —bromeó.
—Le aseguro que esta damisela en concreto le estará eternamente
agradecida.
Lattimer dejó a Elisa a buen recaudo junto a sus parientes y se alejó
en dirección opuesta. Tía Camille miró a su sobrina con una sonrisa de
complicidad que la hizo poner los ojos en blanco.
—No empieces, tía, por favor —advirtió la joven.
—No iba a decir nada.
—¿Quieres que te crea cuando se te ha iluminado toda la cara?
—¿Cómo quieres que no se me ilumine si has conseguido la
atención de semejante partido?
—No he conseguido la atención de nadie.
—Entonces, ¿cómo has conseguido que Lattimer baile contigo,
querida? —preguntó— No suele bailar con nadie aparte de la señorita
Irving y las esposas de caballeros cercanos a él.
—No ha sido cosa mía, Grey le puso en un compromiso y él se vio
en la obligación de pedirme un baile. No es como si lo hubiera hecho de
buen grado.
—Lattimer se caracteriza por no hacer nada que no quiera hacer. No
habría bailado contigo de no haber querido.
—Solo se apiadó de mí por ser amiga de Olivia, tía Camille.
—Lattimer es uno de los caballeros más codiciados por las
debutantes cada temporada. Es joven y apuesto, tiene una cuantiosa fortuna
e impecables modales —continuó diciendo la anciana sin prestar atención a
las palabras de la joven.
“Fortuna que consiguió mediante el pillaje” pensó Elisa.
—No estoy interesada en él, tía —respondió—. Ya nos conocíamos
y no es para nada mi tipo.
—¿Os conocíais?
—Así es. Tuvimos un encuentro durante los días que pasamos en
Cádiz.
—Tu madre no me dijo nada.
—Eso es porque mi madre no lo sabe. Nos cruzamos en las
escaleras de la posada en la que nos hospedábamos cuando bajaba a cenar
con mis padres —mintió.
—Solo digo que, aunque no te agrade, Lattimer es un muy buen
partido. No quiero atosigarte, querida, pero necesitas tener en cuenta
cualquier opción que se te presente.
—Lo sé.
—Aún no puedo creerlo… Primero Grey y ahora Lattimer. Los dos
hombres más deseados de Londres esta temporada se han fijado en ti.
¿Afectará eso a su amistad?
—Acabo de decirte que ninguno de ellos está interesado en mí, tía
Camille —insistió Elisa.
—¿Y por qué bailan contigo si no?
—Grey baila conmigo porque soy la mejor amiga de su hermana,
nada más. Y en cuanto a Lattimer, lo ha hecho porque el conde lo ha puesto
entre la espada y la pared, como te acabo de decir.
—Estoy segura de que ambos están interesados en ti, querida. Eres
demasiado hermosa y no eres capaz de verlo, pero esos dos caballeros
tienen ojos en la cara.
—Y yo estoy segura de que has leído demasiadas novelas de amor,
tía —rio Elisa—. Ves romances donde solo ha habido cortesía.
—No dudes de mi intuición, jovencita —la regañó la anciana—.
Nunca me ha fallado hasta ahora y no va a empezar a hacerlo contigo.
—Lo que tú digas, tía Camille. ¿Dónde está mamá?
—Ha ido a traerme un vaso de limonada, estoy sedienta.
—¿Podemos irnos a casa cuando vuelva, tía? —preguntó zanjando
el tema.
—¿A qué viene tanta prisa?
—Anoche no pude dormir demasiado bien y estoy muy cansada.
—Debes hacerlo para tener una piel radiante, Elisa. Nos iremos en
cuanto tu madre regrese para que puedas descansar apropiadamente.
Mucho más tarde, en la soledad de su habitación y acogida por las
suaves sábanas de su cama, Elisa repasó los acontecimientos de la noche.
¿Había tomado la mejor decisión al no delatar a Lattimer? Probablemente
no. Ahora mismo sería considerada cómplice de un pirata y si los atraparan
terminaría en la cárcel al igual que él, pero había sido tanto lo que ese
hombre había hecho por su familia que no se sentía capaz de poner por
encima de eso su sentido del honor. Ahora eran amigos, debían protegerse y
apoyarse. Tal vez con el tiempo podría convencerle de que dejara de lado su
vida de pillaje y lo llevaría por el buen camino, por lo que ese oscuro
secreto quedaría para siempre entre los dos. Por otro lado, debía asegurarse
de que sus padres se encontrasen con él lo menos posible. Aunque el
cambio que había sufrido Lattimer era suficiente como para que sus
progenitores no llegaran a reconocerle, era preferible no arriesgarse a que lo
hicieran. Si tenía suerte pronto conocería a un buen hombre con el que
poder casarse y podría al fin descansar tranquila.
 
Aún en Almack’s, Andy se servía un vaso de limonada a la espera
de que John volviera de su pequeño affaire en el jardín con la viuda de
Ramsay. Hacía mucho tiempo que su mejor amigo y la voluptuosa mujer
eran amantes, y al parecer John debía reconciliarse con ella después de una
pelea que tuvieron días antes. Cuando el conde apareció por las puertas
dobles que daban al jardín, Andy puso los ojos en blanco ante su corbatín
torcido y su cuello lleno de carmín.
—Podrías adecentarte un poco antes de hacer tu aparición, John —
protestó—. Si Olivia te ve de esa guisa se enfurecerá, contigo por meterte
en líos y conmigo por cubrirte la espalda.
—Mi hermana debe entender que soy un hombre y que tengo
necesidades que satisfacer.
—Y tú deberías entender que con tu comportamiento lo único que
haces es poner a Olivia en ridículo. ¿Qué pensarían de ella si se descubriera
que su hermano tiene un affaire en los jardines de Almack’s estando su
hermana en el salón de baile?
—Pareces más su hermano que yo.
—Y eso debería preocuparte.
—¿Has conseguido hablar ya con la señorita Bennet? —preguntó su
amigo arreglando su aspecto desaliñado.
—Lo he hecho, sí. Me ha reconocido, pero no dirá nada. Por suerte
su agradecimiento es mayor que su sentido del honor, como predije.
—Me alegra oír eso.
—Sin embargo, me ha pedido un favor.
—¿De qué se trata?
—Al parecer su madre y su tía la está atosigando con el matrimonio
y quiere que la ayude a encontrar un buen candidato.
—¿Vas a ser su casamentero? —rio su amigo.
—Algo así. Piensa que debido a mi falta de interés en las debutantes
de la temporada puedo contribuir con mi interés en ella a que otros
caballeros la encuentren interesante.
—¿Estás seguro de que lo que quiere no es cazarte a ti? Debes
reconocer que sería la excusa perfecta…
—Sabe que no estoy interesado en el matrimonio.
—Lady Lacre también lo sabe y eso no la detiene de intentarlo una y
otra vez.
—Elisa no es así. Ella no me tenderá una trampa.
—¿Tan seguro estás de eso?
—Lo estoy. Durante el viaje conseguí conocerla un poco y sé que es
una mujer leal y sincera. Si ha dicho que solo quiere que la ayude a
encontrar un esposo es que así es.
—¿Y qué harás con las matronas? Te atosigarán si se enteran de que
estás interesado en el matrimonio.
—Ahí es donde entras tú.
—¿Yo? ¿Qué tiene tu embrollo que ver conmigo?
—Necesito de dejes caer aquí y allá que la señorita Bennet y yo nos
conocimos en España y que mi vuelta se debe a mi interés en cortejarla. Si
creen que mi único interés en el matrimonio es por ella tal vez me dejen en
paz.
—Ni tú mismo crees eso —bufó John intentando no reírse.
—Al menos debo intentarlo. Sabes que no puedo negarme a ayudar
a una dama en apuros.
—¿De qué apuros me hablas? La señorita Bennet está en una muy
buena posición.
—Su tía es lady Cowper.
—Oh, Dios mío.
—Exacto. Sabes que esa excéntrica mujer puede volver loco a
cualquiera, no digamos ya su sobrina. Ha convencido a su madre de que por
venir de América solo tiene una oportunidad para encontrar marido, y lady
Bennet se ha dejado influenciar por ella.
—Esa mujer no da puntada sin hilo. Seguro que tiene algún plan
maquiavélico bajo la manga y la señorita Bennet es su peón.
—La última vez pretendió casar a la hija de lord Camden con su
sobrino. No me extrañaría que esta vez ocurra algo semejante.
—¿Te has parado a pensar que tal vez eres tú el objetivo de lady
Cowper y te estás metiendo de cabeza en la boca del lobo?
—Dudo que sea yo su objetivo. Acabo de regresar a la ciudad,
¿recuerdas? Lady Cowper no podía saberlo.
—Si tú lo dices… Solo espero que todo esto no termine
explotándote en la cara, amigo, porque tengo la sensación de que acudiré a
tu boda mucho antes de que llegue Navidad.
 
Capítulo 9
 
 
 
 
 
 
 
Elisa se encontraba en un serio dilema mientras Marie la ayudaba a
arreglarse para el baile de los duques de Sheford. El plan con Lattimer iba
de maravilla, había conseguido llamar la atención de varios caballeros
después de que se corriera la voz del interés del barón en ella, pero había
algo que se interponía en su conciencia: su mejor amiga. Olivia había sido
la primera persona que se atrevió a acercarse a ella para entablar una
conversación cuando llegó a Londres y quien la defendió de la lengua
viperina de las hermanas Falcon cuando intentaron ridiculizarla por ser
americana. No tenían secretos entre ellas, Olivia le había contado sus más
oscuros secretos y ella había hecho lo mismo, incluyendo su viaje en un
barco pirata, pero la situación ahora era muy distinta.
El día que se conocieron, Elisa se encontraba en una esquina del
salón de baile bebiendo ponche mientras veía a las parejas bailar, como
cada noche. Había visto que las dos hermanas habían estado mirándola
mientras se reían, pero ella eligió no prestarles atención para no poner en
evidencia a su familia. Ya era bastante vergonzoso ser la única que no
pisaba la pista de baile a no ser que fuera con su padre o su tío, así que no
iba a añadir más vergüenza a la lista. Fijó su atención en las puertas abiertas
de la terraza y deseó poder escapar al jardín para no tener que seguir de pie
en esa esquina cuando Sarah Falcon, la menor de las hermanas, pasó por su
lado y chocó intencionadamente con ella, vertiendo el líquido de su copa
sobre su vestido de seda.
—¡Oh, perdona! No te había visto —se disculpó, aunque reía.
—No te disculpes, Sarah. Estamos tan acostumbradas a ver a la
señorita Bennet por las esquinas que has podido confundirla con una
columna —se burló Emma, la hermana mayor.
—Es cierto —continuó Sarah—. Debería haberse quedado en
América, nuestros hombres no quieren a una extranjera por esposa.
—Bueno, tampoco quieren a una Falcon —se escuchó una voz
detrás de ellas—. Tres temporadas y aún seguís solteras, no creo que seáis
las más indicadas para criticar a mi amiga.
—¿Cómo te atreves a inmiscuirte en lo que no te importa? —
exclamó Emma Falcon.
—Me importa —dijo Olivia dando un paso adelante y colocándose
junto a Elisa— porque estás molestando a mi amiga.
—Tú…
—En cuanto a que los hombres ingleses no quieren a una extranjera
por esposa… Deberías pensar mejor antes de hablar, porque mi hermano
está muy interesado en cortejarla.
—¡No es cierto! —chilló Emma— ¡Lord Grey no puede…
—¡Oh, desde luego que puede! —la interrumpió Olivia— ¿Quieres
preguntárselo tú misma?
Tras desairar a las hermanas, Olivia enlazó el brazo con el de Elisa y
la llevó a un saloncito privado, donde la ayudó a limpiar el desastre en el
que se había convertido su vestido, le entregó un pañuelo para que secara
las lágrimas que amenazaban con aparecer muy pronto y se sentó a su lado
para darle palmaditas en la mano.
—Vamos, ya puedes llorar —le dijo—. Aquí nadie te verá.
—Tú me verás hacerlo —sollozó ella.
—Oh… te prometo que no lo contaré.
—No estoy triste —respondió Elisa sorbiendo su nariz—. Solo
estoy furiosa porque no puedo responder como se merecen.
—¿Por qué no? Tienes derecho a defenderte.
—Si lo hiciera solo les daría la razón. No soy capaz de controlar mi
temperamento cuando estoy furiosa y temo que si les hubiera respondido
habría quedado en evidencia.
—Por suerte ahora me tienes a mí, que puedo responder en tu lugar.
Me llamo Olivia Irving, ¿y tú?
—Yo soy Elisa Bennet.
—Es un nombre precioso. Desprende ternura y seguridad al mismo
tiempo.
—¿Eso crees? —respondió ella con una sonrisa.
—Acabo de inventarlo, pero te he sacado una sonrisa, que era lo que
pretendía. ¿Te encuentras mejor?
—Mucho mejor, gracias.
—Las hermanas Falcon se creen mejores que cualquiera de
nosotras, pero la verdad es que son tan odiosas que no hay un solo caballero
que se interese por ellas. Cuando consigas llamar la atención de un guapo
pretendiente seguro que se mueren de la envidia. Le diré a mi hermano que
te corteje solo para enfurecerlas, seguro que lo hace en cuanto le cuente el
motivo.
—¿Quién es tu hermano?
—El conde de Grey, ¿le conoces?
—No he tenido el gusto, pero tía Camille lo tiene en su lista de
partidos de primera clase —bromeó Elisa.
—Sin duda lo es. No solo es alto y fuerte, sino también muy guapo.
Y también rico. No es porque sea mi hermano, pero serías muy afortunada
de tenerle por pretendiente.
—Agradezco el ofrecimiento, pero prefiero que quien me pretenda
lo haga por su propia voluntad. No me sentiría bien si obligaras a tu
hermano a pasar tiempo conmigo.
—Al menos te lo presentaré. ¿Y cómo era vivir en Virginia?
—Muy diferente de hacerlo aquí. Allí tenía mucha más libertad,
podía correr por la plantación de algodón de mi padre y jugar con las chicas
de mi edad que trabajaban allí. Me gustaba mucho sentarme bajo la sombra
de un gran árbol a leer un libro mientras el sol calentaba mis pies. Ahora ya
no puedo hacer esas cosas.
—Supongo que estará siendo difícil para ti adaptarte a la vida social
de Londres.
—No te imaginas cuánto. Echo mucho de menos mi hogar y todas
esas normas sociales son abrumadoras.
—Pero tengo entendido que ha estallado una guerra en América. No
estarías a salvo si continuaras viviendo allí.
—Es por eso que volvimos a Inglaterra. Mi padre es hermano del
conde de Chester.
—Oh… Mi hermano y él suelen jugar a las cartas en el club a
menudo.
—Entonces también conocerá a mi padre. Desde que vuelven a
hablarse suelen ir juntos al White’s.
—¿Tu tío y tu padre no se hablaban?
—Es una larga historia.
—Estás de suerte… porque me encantan las largas historias y no
hay nada interesante en el salón de baile que me haga volver a él.
Y así fue como Elisa disfrutó de una velada en sociedad por primera
vez desde que llegó a Londres. Elisa le contó a su nueva amiga todo sobre
su vida, desde la forma en la que huyeron de Virginia hasta su rescate por el
barco pirata y el atractivo bucanero que lo capitaneaba. En vez de bailar en
el salón de baile, las dos mujeres pasaron la noche sentadas en el sillón de
brocado contándose historias interesantes sobre la vida de ambas que les
permitieron conocerse mucho mejor, y ahora Elisa sentía que debía contarle
la verdad sobre el amigo de su hermano. Pero ¿y si Olivia no la creía y
terminaba enfadándose con ella? Seguramente su amiga no tendría ni idea
de las actividades ilícitas que llevaba a cabo su querido lord Lattimer
cuando todos creían que estaba visitando a su familia. Tal vez ni siquiera
lord Grey lo supiera, y ella no quería ser quien descubriera el secreto del
hombre que se había ofrecido a ayudarla nuevamente.
—¿Qué le ocurre, milady? —preguntó Marie sacándola de sus
pensamientos— La noto muy distraída esta noche.
—Me encuentro en un dilema, Marie. ¿Podrías ayudarme?
—¿Cómo podría ayudarla yo, milady? Solo soy una sirvienta.
—Verás… Conozco el mayor secreto de un caballero que es muy
cercano a mi mejor amiga. Si mantengo silencio seré desleal con ella, pero
si se lo cuento traicionaré al caballero en cuestión, que ha sido muy amable
conmigo desde que nos conocemos. ¿Qué puedo hacer?
—No creo que sea desleal con su amiga si guarda el secreto del
caballero. ¿Ese secreto concierne a su amiga?
—Supongo que no… No, no lo creo.
—En ese caso no se lo cuente. Si a ella no le afecta continuar en la
ignorancia debería ser leal al hombre y no contar nada. Supongo que no
querrá decepcionar a alguien que la ha tratado con amabilidad, ¿no?
—Claro que no, pero si mi amiga descubre ese secreto y averigua
que yo lo conocía y no se lo dije puede enfadarse conmigo.
—Su amiga entenderá la situación si se la explica, milady, y si es
una amiga de verdad no se enfadará.
—¿Tú crees?
—Si yo fuera su amiga no me enfadaría.
—Gracias por escucharme, Marie. Estoy segura de que tienes
mejores cosas que hacer que escuchar a una tonta joven como yo.
—No se preocupe, señorita Bennet. Escucharla a usted es mucho
más divertido que limpiar la plata, créame.
Al bajar las escaleras, Elisa se sorprendió al ver allí a su amiga
acompañada de su hermano y de Lattimer, pues habían concretado
encontrarse en el baile. Tía Camille la miraba desde el inicio de la escalera
con complicidad rodeada de seda y plumas, y sus padres miraban a los dos
caballeros como si hubieran visto a un fantasma. Oh, no… ¿Habrían
reconocido a Lattimer?
—¡Olivia! —exclamó abrazando a su amiga— ¿Por qué estáis aquí?
Creí que nos veríamos en el baile.
—Ese era el plan inicial, pero fuimos a recoger a Lattimer y pensé
que tal vez te gustaría venir con nosotros en el carruaje —explicó Olivia—.
Lady Cowper y tu madre pueden seguirnos en su propio carruaje.
Elisa miró a su padre, que no apartaba la mirada de Lattimer. La
situación se volvía tensa por momentos. ¿Y si se atrevía a acusarlo delante
de todos?
—¿Puedo, papá? —preguntó llamando su atención.
—Si me disculpan, debo hablar con mi hija un momento en privado
—dijo su progenitor tirando de su mano enguantada hasta el despacho de su
tío.
Su madre les siguió de cerca, y cuando cerraron la puerta tras de
ellos su padre empezó a andar sin sentido por la habitación.
—¿Qué ocurre, querido? —preguntó Anna.
—Conozco a ese hombre, pero mentiría si dijera que sé de qué.
A Elisa el pulso se le aceleró. Si su padre descubría que Lattimer era
el pirata que los rescató en el mar seguramente no le permitiría acercarse a
él, así que pensó rápidamente la forma de desviar su atención del barón.
—Lattimer es el mejor amigo de Grey, papá —dijo intentando
ocultar su nerviosismo—. Posiblemente te hayas encontrado con él en el
club.
—¡Cierto! Hace unos días jugamos una partida de cartas con ellos.
Sabía que le conocía.
—¿Y por qué está aquí? —preguntó su madre— ¿Tiene algún
interés en ti, Elisa?
—¡Por supuesto que no! —exclamó ella— Seguramente Olivia le
arrastró junto a su hermano, ya sabes cómo es.
—¿Está interesado en ella entonces?
—Claro que no, mamá —rio ella—. Se conocen desde siempre y
son como hermanos. Olivia me contó que su hermano y él iban a la misma
escuela.
—¿Tú le conocías? —preguntó su padre.
—Grey me lo presentó en el último baile de Almack’s, sí.
—Mi tía me habló de ello —asintió Anna—. Piensa que es muy
buen partido y que sería un acierto si despertaras su interés.
—Pero él no está interesado aún en el matrimonio, mamá. Olivia y
Anette me lo dijeron.
—Los hombres no están interesados en el matrimonio hasta que la
dama adecuada aparece delante de ellos, hija. Estoy segura de que si te
esfuerzas un poco lograrás que se fije en ti.
—¿Y qué te hace pensar que yo soy esa dama adecuada? —rio Elisa
— En realidad, no puedo ser más inadecuada para él.
—¡Por supuesto que eres adecuada para un barón! —protestó su
padre— Eres hermosa, inteligente y vivaz, cualquier hombre con dos dedos
de frente estaría interesado en ti.
—Entonces me temo que los caballeros londinenses no tienen frente
alguna, papá. Hasta ahora ninguno se ha fijado en mí.
—Lattimer parece haberlo hecho —insistió su madre—. Y Grey
también.
—Grey solo baila conmigo para hacer feliz a su hermana, y Lattimer
lo hace por el mismo motivo. Creo que Olivia tiene más posibilidades que
yo de convertirse en lady Lattimer, mamá, así que no te hagas ilusiones.
—Tonterías.
—Entonces, ¿puedo ir con ellos, papá? —preguntó Elisa cambiando
de tema.
—No tengo que recordarte que debes ser extremadamente cautelosa
cuando se trata de los hombres, ¿verdad? —preguntó Joseph.
—Claro que no, papá. Jamás se me ocurriría quedarme a solas con
un hombre. Te recuerdo que Olivia también va en el carruaje, y Grey está
haciendo hoy de carabina.
—Otra debutante no es ninguna garantía.
—¿Lo es mi buen sentido común entonces?
—Tal vez —respondió Joseph sonriendo—. Está bien, puedes ir…
pero solo por esta vez.
Elisa salió del despacho mucho más tranquila. Gracias a Dios sus
padres no habían reconocido a Lattimer, así que aún podría contar con su
ayuda para encontrar un marido que cumpliera la extensa lista de exigencias
de su tía Camille.
—¿Nos vamos? —dijo tomando su abrigo de la mano del
mayordomo.
—¿Ocurre algo? —susurró Olivia.
—No, solo quería darme el sermón sobre el peligro de los caballeros
cuando están a solas con las damas. Se pone muy sobreprotector cuando ni
tío Andrew ni él acuden a los bailes conmigo.
—Pero sí lo hacen Lady Cowper y tu madre.
—Lo sé, pero no vienen en el mismo carruaje que nosotros.
—¿Cree que mi hermano intentará sobrepasarse contigo estando yo
delante? —rio su amiga.
—Peor… cree que será Lattimer quien lo haga. ¿No es una locura?
Cuando llegaron a la casa de los duques de Sheford, Olivia se vio
rápidamente rodeada por una horda de caballeros en busca de un baile. Elisa
puso los ojos en blanco y se volvió hacia Grey y Lattimer.
—Supongo que esta noche tendré que conformarme con el placer de
su compañía, caballeros —bromeó—. Me temo que mi amiga ha acaparado
la atención de todos los demás.
—Tal vez debería pensármelo… —le continuó la broma Grey,
aunque ya tenía en su mano la cartilla de baile de la joven y apuntaba su
nombre en una contradanza.
—Le aseguro que sé bailar perfectamente a pesar de las habladurías,
milord. Sus pies están a salvo conmigo.
—En ese caso yo también tentaré a mi suerte —dijo Lattimer con un
guiño—. Y a lo grande, debo decir. Me atreveré con el vals esta vez.
—Te gusta el peligro, Andy —rio Grey—. Las habladurías
empezarán de inmediato.
—Cuento con ello.
—Le recuerdo que le debe un vals a Olivia, milord —le recordó
Elisa.
—Cierto, pero en vistas de que mi querida amiga está ocupada
siendo agasajada, tendrá que esperarse al segundo.
—Si me disculpáis, he visto a alguien conocido —se disculpó Grey
alejándose.
—¿Su amante, tal vez? —preguntó Elisa.
—¿Cómo lo sabe?
—Olivia me lo contó. El conde no es lo que se dice discreto en lo
referente a sus affaires.
—No, no lo es —suspiró Lattimer—, pero aún tenía la esperanza de
que Olivia permaneciera en la ignorancia.
—Olivia no es una niña, milord.
—Empiezo a darme cuenta de ello. Supongo que nadie quiere ver
cómo su hermana pequeña se hace mayor.
—¿Cómo se conocieron Grey y usted?
—En el colegio. Tenemos la misma edad y asistíamos a la misma
clase. Al principio no nos llevábamos demasiado bien, nuestras
personalidades son bien distintas, como sabe.
—Doy fe de ello —rio ella—. Son ustedes como la noche y el día,
milord.
—Mi padre no fue lo que se dice un dechado de virtudes. Cuando
mi madre murió se volcó en la bebida y decidió que la mejor manera de
educarnos a mi hermano y a mí era a golpes.
—¡Dios santo! ¡Qué hombre tan horrible!
—Un día, al volver a casa, encontré a mi padre pegando a mi
hermano por alguna trastada que había hecho. Intercedí, pues solo era un
niño, y me llevé la paliza en su lugar. Siempre que bebía procurábamos
marcharnos de casa hasta que la borrachera le hiciera dormir, y ese día John
nos encontró sentados en un banco del parque.
—Y le ayudó.
—Así es. Taponó mi nariz sangrante con su pañuelo de seda y nos
llevó a su casa para que su madre pudiera curar mis heridas. Desde aquel
entonces su casa se convirtió en nuestro puerto seguro, a donde huíamos
cuando nuestro padre estaba de mal humor. Su madre nos acogió bajo su ala
como si fuéramos sus auténticos hijos y nos dio el cariño y el amor que nos
faltó en nuestra propia casa.
—La condesa viuda parece una mujer excepcional.
—Lo es. Cuando quedó embarazada de Olivia nos incluyó en todos
los acontecimientos y cuando nació Oly nos trató como a dos hermanos
mayores más. La adoro, y quiero que su matrimonio la haga completamente
feliz.
—Por eso la escolta cada vez que acude un baile.
—Por eso y porque John me suplica que le acompañe —bromeó—.
Tiene terror a las matronas.
—Es uno de los mejores partidos de la temporada, es lógico que las
matronas quieran llamar su atención sobre sus hijas.
—Es por eso que la condesa viuda finge estar enferma… ¿O acaso
cree que una mujer que ha criado a cuatro hijos es tan débil de salud?
—Oh… Así que solo es una treta…
—Se le ha metido en la cabeza que quiere tener nietos de una vez y
utilizará cualquier artimaña que esté en su mano para casarnos a alguno de
los dos —reconoció con un guiño— ¿Le apetece una copa de ponche?
—Se lo agradecería.
Andy le ofreció el brazo a Elisa, que lo tomó con una sonrisa, y se
dirigieron juntos a la mesa de refrigerios.
—Lord Lattimer… ¿Puedo preguntarle algo? —preguntó Elisa.
—Adelante.
—¿Olivia y su hermano conocen su secreto?
—Grey lo conoce desde el principio, pero Olivia no sabe nada y
espero que continúe sin saberlo.
—Debo confesar que esta tarde me sentía en una encrucijada debido
precisamente a eso —confesó.
—¿Por qué?
—Por un lado, quiero ser leal a mi querida amiga, y por otro le debo
lealtad a usted. No sabía cómo actuar, pero por suerte mi doncella me aclaró
el dilema.
—Confío que manteniendo su silencio.
—Exactamente así. Su dedicación privada no tiene nada que ver con
Olivia, a ella no le afecta en lo más mínimo, así que no le hará daño
continuar sin saberlo. Solo espero que si algún día ella descubre que he
guardado su secreto usted se ponga de mi parte para que su enfado
desaparezca.
—Le doy mi palabra. Y ahora que todo está lo suficientemente
claro, milady… ¿Qué tal si empezamos a hacer que las matronas hablen de
nosotros? —preguntó con una reverencia ante los primeros acordes del vals.
—Creo que es una gran idea, lord Lattimer.
 
 
Capítulo 10
 
 
 
 
 
 
 
Los próximos días fueron para Elisa un remolino de bailes, cenas y
salidas al teatro, siempre acompañada por sus amigas Olivia y Anette, el
conde de Grey y por supuesto también de Lattimer. El pirata se había
convertido en su pretendiente número uno desde que accedió a ayudarla a
buscar esposo, y como Elisa predijo otros caballeros estaban empezando a
mostrar interés en ella. Por desgracia, ninguno de los interesados había sido
capaz de despertar el suyo, así que seguía como al principio… en busca de
un marido y atosigada por tía Camille.
Esa noche se dirigía a la casa de los Vane junto con su madre. Su tía
se encontraría con ellas allí, pero por desgracia tío Andrew no había podido
acompañarlas. Él era su escudo cuando su tía se ponía demasiado intensa
intentando emparejarla con algún caballero, pero esa noche había
acompañado a su prometida a una velada musical. Elisa había elegido
ponerse para la ocasión un vestido de raso blanco adornado con pedrería, y
su pelo había sido recogido en un sencillo moño alto adornado con una tiara
de plata y diamantes que tía Camille le había regalado como parte de su
ajuar. Hacía frío, así que se cubrió con una capa con cuello de armiño y
dentro del carruaje encontraron una cálida manta con la que cubrirse hasta
llegar al baile.
—¿Has conocido a algún caballero agradable hasta ahora, Elisa? —
preguntó su madre.
—Si te refieres a si alguno de los hombres que me cortejan ha
despertado mi interés, la respuesta es no, mamá.
—Sin embargo, siempre te veo sonriendo cuando estás acompañada
de Grey y Lattimer.
—Eso es porque somos amigos.
—Tonterías. ¿Desde cuándo los caballeros son amigos de las
damas?
—¿Y por qué no pueden serlo?
—Estamos en plena temporada social, tesoro. El único motivo por el
que los hombres se acercan a las mujeres es para buscar una esposa. No
pierden el tiempo con “amigas” —dijo enfatizando la palabra— que puedan
espantarle su oportunidad de conseguir un buen matrimonio.
—Lattimer solo me está ayudando a encontrar un pretendiente
adecuado —confesó.
—¿Cómo es eso?
—Le dije que tía Camille y tú me estáis apresurando para conseguir
un esposo y él me está aconsejando sobre los caballeros de la temporada.
—¿Desde cuándo un lord hace de casamentera, Elisa?
—Desde que yo se lo pedí.
—Que tú… ¡Por Dios santo, Olivia! ¿Cómo se te ocurre hacer
semejante barbaridad?
—No es gran cosa, mamá. Lattimer se asegura de que no se acerque
a mí ningún sinvergüenza. Ya que tengo que casarme lo antes posible, no
pienso hacerlo con promiscuos, borrachos o jugadores.
—Estoy de acuerdo en que debes casarte con un buen hombre, pero
¿qué saca Lattimer de todo esto?
—Al mostrar un aparente interés en mí se asegura de que las
matronas no lo anden persiguiendo para sus hijas. Ambos nos estamos
ayudando mutuamente, mamá.
—¿Y qué pasará cuando decidas casarte con otro que no sea él?
¿Has pensado en que la gente podría hablar?
—Es perfectamente posible estar interesada en un caballero y
cambiar de opinión cuando el hombre adecuado aparece delante de tus ojos.
—Cariño, sé que piensas que casarse por amor es lo más
maravilloso del mundo, pero créeme, es muy poco probable que conozcas a
alguien así en tu primera temporada.
—Eres tú quien insiste en que me case lo antes posible. Yo no tengo
ningún problema en esperar.
—Tú no puedes darte el lujo de esperar, Elisa. Aunque hayas nacido
en Londres y seas sobrina de un conde, siempre serás considerada
americana. Aunque tengas modales impecables siempre se fijarán en el más
mínimo desperfecto en tu conducta para justificar su sesgo hacia ti. Si no
consigues casarte en esta temporada me temo que no lo lograrás tampoco en
las dos siguientes, tesoro.
—¿Y eso sería tan espantoso?
—Me temo que sí. Una mujer no es nada sin un marido, cielo. En
esta sociedad ser la esposa de un noble te abre un abanico de comodidades
que no tendrás siendo una mujer soltera. Las demás damas se reirán de ti
y…
—Ya lo hacen —susurró.
—¿Qué has dicho?
—He dicho que ya lo hacen, mamá. Las hermanas Falcon se burlan
de mí siempre que quieren y ya no me importa que lo hagan.
—Créeme, Elisa, es mejor conseguir un marido al que no amas a
convertirte en una solterona.
—Pero…
—Además —la interrumpió su madre—, hay muchos matrimonios
que terminan amándose con el tiempo. Mira al tío Andrew, se casó con su
primera esposa por conveniencia y terminó amándola mucho, ¿no es así?
—Lo sé.
—No te obceques en la idea del matrimonio por amor, no quiero que
termines siendo desdichada.
—Está bien, mamá… Si el final de la temporada se acerca y no
logro encontrar a alguien a quien amar, consideraré otros candidatos. Pero
por ahora déjame elegir por mí misma, ¿de acuerdo?
—De acuerdo, pero ¿tendrás en cuenta las elecciones de tía
Camille?
—¿Tengo que hacerlo?
—Son buenos partidos, Elisa.
—Muy bien, lo haré —suspiró la joven.
Cuando llegaron al salón de baile, descubrieron a tía Camille
acompañada de Olivia y de su madre, a quien Elisa aún no había tenido el
gusto de conocer.
—¡Oh, al fin habéis llegado! —exclamó la anciana en cuanto las
divisó— Clara, déjame presentarte a mi sobrina, lady Bennet, y a mi
sobrina nieta, la señorita Bennet.
—Lady Grey, es un placer conocerla al fin —dijo Elisa con una
reverencia.
—Oh, querida… Tus modales son exquisitos como me había
comentado mi querida Olivia —respondió la madre de su amiga.
—Gracias, milady.
—He oído que has vivido mucho tiempo en Virginia. ¿Te ha costado
adaptarte a nuestra sociedad?
—Un poco, pero por suerte mi madre me enseñó todo lo que debía
saber sobre etiqueta y decoro. Eso me hizo la adaptación mucho más
sencilla.
—Eres adorable, estoy segura de que encontrarás esposo muy
pronto. Hablando de esposo… ¿A dónde ha ido tu hermano, querida?
Olivia puso los ojos en blanco, haciendo que su amiga tuviera que
ahogar la risa detrás de su abanico.
—Pierdes tu tiempo nuevamente, madre —protestó—. John y Elisa
se conocen desde hace tiempo y solo son buenos amigos.
—Los amigos terminan casándose la mayor parte de las veces, hija
—respondió lady Grey.
—Mamá… mi hermano no tiene intención de casarse aún. Déjale
que lo haga cuando considere oportuno, ¿sí?
—No quiero morir sin tener en mis brazos al heredero de la familia
Grey, Olivia.
—Eres tan exagerada como siempre, Clara —protestó tía Camille—.
Aún eres joven para ser abuela. Pero tienes razón, pienso que tu hijo sería el
esposo ideal para mi querida Elisa.
—¡Tiempo de marcharnos! —susurró Olivia.
Cogió del brazo a su amiga para llevarla hasta el rincón de los
refrigerios, donde ambas jóvenes se sirvieron ponche y tomaron algunos
bocaditos de pepino.
—Me temo que si mi madre y tu tía se alían terminarás
comprometida con mi hermano antes de que termine el baile —bromeó
Olivia mordisqueando un trozo de pan tostado.
—No sería tan terrible… —bromeó ella— ¿O acaso no te agrado
como cuñada?
—¿Bromeas? Serías la hermana perfecta para mí.
—Tu hermano es un gran partido y me encantaría ser tu hermana…
pero prefiero que continuemos siendo todos amigos.
—Tal vez no sea mala idea después de todo que confabulen en
vuestra contra… Si me uno a ellas temo que no tendréis escapatoria. Te
servirán en bandeja para la cena de John.
—¿Mi cena? —preguntó el aludido a su espalda, sobresaltándolas.
—¡Dios santo! —exclamó Olivia— ¿Por qué no avisas de que estás
aquí?
—Porque acabo de llegar. ¿Qué hablabais sobre mi cena?
—Mamá se está aliando con lady Cowper para convertirte en el
esposo de Elisa.
El horror en los ojos del conde logró arrancar una carcajada de los
labios de la aludida.
—No se lo tome a mal, señorita Bennet —se intentó disculpar Grey
—. Sería usted la esposa más adecuada de las que llenan el salón, pero
como bien sabe, el matrimonio me produce urticaria.
—Soy consciente de ello, lord Grey. Pero agradezco que al menos
me considere adecuada.
—¿Bromea? Si tengo que elegir entre usted y esas damas tontas sin
nada en la cabeza más que joyas y flores, ¿con quién cree usted que me
quedaría?
—Con la americana inteligente y divertida, por supuesto —bromeó
ella.
—Exacto. Así que si es usted capaz de esperarme… digamos…
cinco años más, estaría muy honrado de casarme con usted.
—Para entonces será considerada una solterona, canalla —dijo
Lattimer acercándose a ellos—. Y puede que yo decida casarme con ella
antes que tú.
—Eso será si la señorita Bennet te prefiere…
—Por supuesto que me prefiere a mí. Soy más guapo que tú.
—Haya paz, señores… No peleen por mí —rio Elisa—. Temo
decepcionarles, pero no estoy interesada en ninguno de los dos.
Elisa centró su atención en un caballero que se acercaba entre los
bailarines que danzaban en la pista de baile. Era bastante alto, con el cabello
oscuro peinado pulcramente a la moda y un traje de color ópalo que se
ceñía perfectamente a su espalda ancha y sus grandes brazos. Sus ojos, de
un tono similar al de su ropa, estaban rodeados de espesas pestañas oscuras
y su sonrisa lograba dibujar dos hoyuelos perfectos en sus mejillas. Un
hombre realmente apuesto, sin duda alguna. Cuando llegó a su altura la
miró con una sonrisa antes de desviar su atención a los caballeros que la
acompañaban.
—Grey, Lattimer —saludó con una reverencia.
—Portland… —saludaron ambos.
—No tengo el placer de conocer a las damas. ¿Son tan amables de
presentarnos?
—Ellas son la señorita Olivia Irving, mi hermana, y la señorita Elisa
Bennet —accedió Grey.
—Es un placer conocerlas, señoras. Señorita Bennet, me preguntaba
si…
—No le he visto últimamente por el club, Portland —interrumpió
Lattimer sin apartar la mirada ni un momento de él.
—Oh… he pasado un tiempo en Bath para relajarme —respondió el
otro sin alterarse lo más mínimo.
—¿En serio? —preguntó Andy— Sin embargo, tengo entendido que
el motivo de su desaparición es el saldo sin pagar en el club debido a sus
malas apuestas.
—No tengo ni idea de lo que me habla.
—Curioso, le diré a Lord Alvanley que ha vuelto a la ciudad, estoy
seguro de que se alegrará de saberlo.
—No hay necesidad de llegar tan lejos, Lattimer —protestó Portland
—. Han quedado más que evidentes sus intenciones.
—Efectivamente, milord.
Portland hizo un gesto con la boca y tras una inclinación de cabeza
se marchó. Elisa se volvió hacia Lattimer con el ceño fruncido. Quería
saber por qué su amigo había sido tan descortés con el primer caballero que
realmente despertaba su interés.
—Creo que ha sido un poco grosero, Lattimer —dijo.
—En absoluto.
—Portland está completamente arruinado debido a sus deudas de
juego, señorita Bennet —explicó Grey—. Seguramente ya había oído hablar
de usted cuando se acercó a nosotros.
—Oh… Así que buscaba mi dote.
—Exacto —afirmó el conde.
—Pero lo que has hecho, Andy… —susurró Olivia.
—Lo sé.
—¿Qué ha hecho? —preguntó Elisa, que no se enteraba de nada.
—Acaba de darle a entender que usted le pertenece, señorita Bennet
—respondió el conde—. Posiblemente mañana todo el mundo crea que
Lattimer tiene intención de casarse con usted.
—Eso es terrible… —susurró ella.
—¿Por qué habría de serlo? Es beneficioso para nuestro acuerdo,
señorita Bennet.
—Cortejar a una dama es una cosa, lo que has hecho da a entender
que prácticamente estáis comprometidos —dijo Grey.
—Tal vez si todos piensan que tengo intención de pedirle
matrimonio a la señorita Bennet otros se apresuren a darse a conocer.
—Pero no quiero perjudicarle, milord.
—No se preocupe, señorita Bennet, no lo hará. Creo que esta es
nuestra pieza, ¿me acompaña?
Andy le extendió el brazo a Elisa y la guio hasta la pista de baile,
donde empezaban a sonar los primeros acordes del vals. Debería haber
mantenido la boca cerrada y haber aconsejado a Elisa sobre Portland mucho
más tarde, pero fue terriblemente consciente de la mirada que la joven le
dedicó al canalla mientras se acercaba con su falsa sonrisa. Era innegable
que el marqués había logrado captar su atención, y Andy le conocía lo
suficiente como para saber que era más que capaz de convencer a una dama
inocente como ella de caer en sus redes con algunas palabras azucaradas.
—¿En qué piensas? —preguntó Elisa mirándole con curiosidad.
—Perdona, estaba distraído.
—Tienes el ceño fruncido, cualquiera que nos vea pensará que
bailas conmigo a disgusto.
—Elisa… —susurró en su oído, produciéndole un escalofrío— de
todas las damas con las que tengo que bailar esta noche tú eres, sin lugar a
dudas, la única con la que lo hago de buena gana.
—Entonces borra ese ceño y háblame de Portland.
—¿Por qué quieres que te hable de él? —protestó malhumorado—
Ya te he dicho que ese caballero en cuestión no te conviene.
—Oh… No estoy interesada en él.
—¿Entonces por qué preguntas por él?
—Porque tengo la sensación de que intentará abordarme
nuevamente cuando tú no estés presente y quiero estar preparada.
—Chica inteligente.
—Por supuesto.
—Veamos… Es el menor de cinco hermanos y el único varón. Sus
padres pensaron que no podrían concebir un heredero, por lo que lo
mimaron en exceso durante toda su vida. Es rara la noche que no vuelve a
casa arrastrado por aquellos que dicen ser sus amigos, que lo único que
hacen es vivir a su costa.
—Toda una joya…
—No he terminado —sonrió el barón—. Tiene una deuda bastante
importante en el club y se dice que también le debe dinero a gente
peligrosa, motivo por el que desapareció durante un tiempo.
—Su estancia en Bath —asintió ella.
—Estancia ficticia. Por lo que he oído sus padres lo enviaron a
Francia para evitar que terminara en la cárcel de acreedores.
—Supongo que si ha vuelto habrán pagado su deuda.
—Se negaron a hacerlo, así que o bien la ha pagado él mismo o ha
prometido pagarla con la dote de su esposa. Y no sé si lo sabes, pero tu dote
es de las más jugosas de la temporada.
—Me alegro de haberte pedido ayuda, de no ser así no habría tenido
manera de saber sus muchos defectos y posiblemente habría cedido a sus
encantos.
—Seguramente tu tío o lady Cowper conocen sus muchos defectos.
Portland es un hombre muy peligroso, Elisa. Está desesperado por
conseguir dinero y te ha elegido a ti como su víctima. Ten mucho cuidado.
—¿Piensas que es capaz de hacerme daño?
—Creo que es capaz de colocarte en una posición deshonrosa para
que te veas obligada a casarte con él.
—Solo de pensarlo me dan escalofríos —protestó ella fingiendo
uno.
—Me dio la sensación hace un momento de que te agradaba.
—Es innegable que es muy apuesto, pero toda esa belleza es inútil si
no es más que un sinvergüenza.
—¿Eso quiere decir que yo tampoco te agrado? —bromeó él.
—Tú eres distinto.
—¿Cómo es eso?
—Él es un sinvergüenza, tú solo eres un ladrón.
Capítulo 11
 
 
 
 
 
 
 
Dos semanas más tarde, Elisa acudió al baile de los duques de York.
Se celebraría en su casa de campo, en Hertford, por lo que pasarían el fin de
semana en la mansión y volverían el domingo por la tarde. Los duques no
habían escatimado en gastos para celebrar el compromiso de su primogénito
con una joven bonita y elegante a quien Elisa no conocía, y habían
organizado un sinnúmero de actividades para entretener a sus invitados
durante el fin de semana. Por suerte para la muchacha, entre los muchos
invitados al evento se encontraban sus amigos, así que los vería más tarde,
cuando se hubieran refrescado y descansado un poco. A su llegada a la casa,
un mayordomo elegantemente uniformado las llevó a la que sería su
habitación, decorada en tonos añil y dorado, para que pudieran descansar
hasta la hora del té.
—Esta es una gran oportunidad para conocer a un pretendiente
adecuado, Elisa —dijo su madre mientras Marie deshacía el trenzado de su
peinado—. Confío en que pases menos tiempo con Lattimer y te relaciones
con los demás caballeros. No es bueno para ti ser monopolizada por el
barón.
—No estoy todo el tiempo con Lattimer, mamá —protestó ella—.
También paso tiempo con otras personas.
—Olivia y su hermano no cuentan, hija.
—Pero los demás me menosprecian por ser americana.
—Te he dicho más de mil veces que no eres americana, sino inglesa
—insistió su madre.
—Es a ellos a quienes hay que recordárselo, no a mí.
—Esta es la ocasión perfecta para hacerles ver que eres una dama
inocente y adecuada, ¿no es así?
—Si tú lo dices…
Su madre se sentó junto a ella y le tomó la mano entre las suyas.
—Entiendo que te sientas cómoda con tus amigos y que prefieras su
compañía a la de los posibles partidos, tesoro, pero debes pensar en tu
futuro —susurró.
—Lo sé, pero he llegado a la conclusión de que no tengo suerte
alguna.
—¿Cómo es eso posible?
—Encuentro aburridos a la mayor parte de los hombres que se
acercan a mí, y el único que logró llamar mi atención resultó ser un
sinvergüenza que solo quería mi dote.
—¿Quién ha conseguido llamar tu atención, Elisa?
—Lord Portland.
—Totalmente inapropiado, es cierto, aunque he de reconocer que
tiene el rostro de un Dios griego —asintió Anna—. Entiendo que lograra
interesarte.
—Si no hubiera sido porque Lattimer estaba conmigo habría caído
como una tonta en sus ardides.
—Bien por él, recuérdame agradecérselo más tarde.
—¿Y si no encuentro a un hombre honrado que se interese por mí y
logre interesarme también? ¿Sería tan terrible esperar otra temporada para
casarme?
—Ya te expliqué el motivo por el que no puedes permitirte ese lujo,
hija. Me gustaría que pudieras tener tantas oportunidades como las demás,
pero no es así.
——Ojalá no hubiera estallado la guerra. En Virginia podría haber
elegido un buen esposo sin tanta presión.
—En Virginia habrías sido la muchacha más deseada de todas —
respondió su madre con un abrazo—. Los hombres habrían hecho cola en
nuestra puerta para cortejarte y habrías podido darte el lujo de elegir a
alguien que te gustara. Siento que papá y yo te hayamos puesto en esta
situación, Elisa. A ambos nos hubiera gustado que fueras libre y feliz.
—Lo sé.
—No te estoy pidiendo que dejes de lado a tus amigos, solo que
intentes administrar tu tiempo para pasar tiempo con otros caballeros
también.
—Lo intentaré.
A la hora del té, los duques servirían un pequeño refrigerio en el
jardín, donde habían habilitado algunas mesas con manteles blancos y sillas
de forja con mullidos cojines. Algunos jóvenes jugaban al croquet mientras
otros se relajaban en mantas extendidas en el césped. Lady Bennet se acercó
a un grupo de matronas a las que conocía, entre las que por desgracia se
encontraba lady Lacre. Sabía por boca de Olivia lo que sus hijas le habían
hecho a Elisa, y temía que la madre fuera igual de desagradable que ellas.
Su hija realizó una exquisita reverencia al llegar, ganándose una sonrisa de
aprobación de las demás damas sentadas alrededor de una bandeja de
pastas.
—Veo que tu hija se ha convertido en una mujercita preciosa, Anna
—dijo una de ellas.
—Gracias, Amanda —respondió su madre con una sonrisa.
—Estoy segura de que a estas alturas de la temporada ya debería
tener algún pretendiente que piense en pedirle matrimonio —dijo la otra
con un guiño.
—Sin embargo, tengo entendido que no hay ningún caballero que la
encuentre adecuada —respondió lady Lacre con una sonrisa mordaz.
—Elisa se lo está tomando con calma —respondió su madre
enderezando la espalda—. Esta es su primera temporada, a fin de cuentas.
Sin embargo, tengo entendido que tus hijas ya van por la tercera. ¿Cómo les
va?
—Hay varios caballeros interesados en ellas. Tenemos la casa llena
todos los días a la hora del té.
—A mi prima no le hace falta tener toda la casa llena de caballeros,
lady Lacre —respondió Gabrielle, que había escuchado toda la
conversación, poniendo sus enguantadas manos en los hombros de su prima
—. Con los dos solteros más deseados de la temporada buscando su favor
es más que suficiente. ¿No lo cree?
—¡Gaby! —exclamó Elisa abrazándola con cariño—. ¿Cuándo has
regresado?
—Esta misma mañana, quería darte una sorpresa.
—Me alegro de que estés aquí. Te he echado de menos.
—Yo también a ti. Ven, vamos a dar un paseo —dijo Gabrielle.
—¿Podemos, mamá? —preguntó Elisa.
—Por supuesto que puedes, tendréis que poneros al día después de
varias semanas.
Gabrielle enlazó su brazo con el de su prima y se alejaron de la zona
de picnic, caminando por un sendero bordeado de grandes árboles por el
que paseaban varias parejas.
—Gracias por salvarme —dijo Elisa—. Lady Lacre me pone
nerviosa.
—Lady Lacre es una envidiosa de cuidado, no le hagas caso.
—¿Dónde has dejado a tu esposo?
—Seguramente esté con el hijo del conde tomando una copa de
oporto en el despacho. Son buenos amigos desde el colegio.
—¿Cómo ha ido tu viaje?
—Ha sido maravilloso. Francia es un país encantador y la familia de
Louie me ha acogido con gran calidez.
—Me alegro mucho por ti. ¿Viviréis en París?
—Viviremos entre las dos ciudades, Louie no quiere que eche de
menos a mi familia.
—Es evidente que te adora.
—Dejemos de hablar de mí, tú eres quien me preocupa ahora. Me ha
dicho papá que aún no has hecho ningún avance con ningún caballero. ¿Qué
ocurre?
—Ojalá lo supiera —suspiró Elisa—. Son pocos los caballeros que
se fijan en mí, y los que lo hacen no me atraen lo más mínimo.
—¿Y qué hay de Lattimer?
—Solo somos amigos.
—Ajá…
—¡Hablo en serio! —rio ella—Nos conocimos a través de Olivia y
hemos congeniado muy bien, eso es todo.
—Hay rumores de que tiene intención de pedirte matrimonio.
—Eso no pasará. Esos rumores surgieron porque me defendió de las
malas intenciones de un canalla.
—¿Alguna vez te he dicho que la amistad es la mejor base para un
matrimonio? Mírame a mí, conozco a Louie desde hace tres años y por
ahora soy inmensamente feliz a su lado.
—¿Cómo os conocisteis?
—Por casualidad. Sus tíos eran nuestros vecinos y él vino a pasar la
temporada con ellos un año antes de mi debut. Cuando volvió a Francia nos
escribimos a menudo y procuró volver a Londres al año siguiente.
—Y os enamorasteis.
—Yo sí lo estoy, y sé que él llegará a amarme muy pronto.
—No hace falta ser muy listo para darse cuenta de ello. ¿Por qué te
pidió matrimonio si no?
—Porque su padre le apremió para contraer matrimonio. Louie
consideró que yo era la mejor candidata para ser su esposa, ya que éramos
amigos y nos llevábamos muy bien. Su madre siempre le había dicho que la
amistad entre un hombre y su esposa era esencial para llevarse bien en el
matrimonio y él le hizo caso, por suerte para mí.
—¿Y cómo fue? ¿Fue romántico?
—Oh… Louie es romántico a su manera, aunque te aseguro que fue
la petición de mano menos romántica de la historia. Expuso una a una todas
las ventajas de casarnos como si estuviera leyendo una especia de contrato,
sin tomar aire ni una sola vez y sin mirarme a los ojos, y cuando le rechacé
casi se muere del susto.
—¿Le rechazaste? —rio Elisa.
—¡Por supuesto que lo hice! ¡Parecía que estaba comprando una
vaca! Le dije que no me casaría jamás con un hombre que me propusiera
matrimonio como si se tratara de un contrato de negocios. Así que dos días
más tarde volvió con un enorme ramo de girasoles, mis flores favoritas,
atadas con un lazo de mi color preferido. Me dijo que de todas las damas
que había conocido en su vida no había ninguna más adecuada para ser su
esposa, y que estaría realmente honrado si le concediera el honor de
aceptarle en matrimonio. Estaba tan guapo vestido con su traje verde oliva y
tan nervioso que le dije que sí.
—Eso fue verdaderamente romántico.
—También lo es su forma de cuidarme. Aunque aparente estar
hablando con el resto de personas asistentes a una reunión siempre está
pendiente de si me encuentro muy cansada o incómoda, no necesito decir
que tengo frío para que él cubra mis hombros con su chaqueta, y cuando
llegamos a casa siempre masajea mis pies maltratados por los zapatos de
baile.
—Tal vez no te ama, pero es indudable de que eres muy importante
para él.
—Pero dejemos de hablar de mí… ¿Qué ha pasado en Londres
desde que yo no estoy?
—¿Sedienta de cotilleos sociales, querida prima? —bromeó Elisa.
—Por supuesto, no hay nada mejor que un buen cotilleo para
empezar bien el día.
—Los marqueses de Donegall van a divorciarse —susurró—. Olivia
me ha contado que lady Donegall ha pedido el divorcio debido a la
impotencia de su esposo.
—¡Por Dios santo, Ely! —rio la marquesa— ¿Esas son las cosas de
las que hablas con Olivia?
—También hablamos de arte, de comida y de vestidos —bromeó la
aludida—. Pero siempre que escucha a su hermano y a su madre hablar de
un jugoso cotilleo tiene la bondad de compartirlo conmigo.
—Desde luego ese cotilleo es bien jugoso.
—Se dice que la marquesa aún es virgen —susurró— y que se
divorcia porque está cansada de esperar que su esposo la toque.
—Si tía Anna se enterase de las cosas que hablas con Olivia te
prohibiría relacionarte con ella.
—Nunca haría tal cosa… Tía Camille está demasiado interesada en
casarme con Grey como para consentir que mamá me prohíba ser amiga de
su hermana.
—¿Aún sigue tu tía metiéndose donde nadie la llama?
—Eso me temo —suspiró—, pero voy evitándola por el momento.
Ayer me presentó a lord Zouche.
—No le conozco.
—Creo que nadie le conoce. Al parecer es un noble de Cricklade
que ha venido a Londres en busca de esposa. Tía Camille consideró que
como me gusta el campo estaría bien casada con él —protestó con fastidio
—. Lo que no tuvo en cuenta es que tiene la edad de mi padre y que tiene
dos hijos de casi mi edad.
—Tu tía está completamente loca.
—Quiere organizar una boda a toda costa y hará lo que sea
necesario para conseguir lo que quiere.
—La culpa es de tu tío, por consentirla tanto durante su matrimonio.
Tío Morgan y tía Camille nunca habían podido tener hijos. Es por
ello que el esposo de lady Cowper compensó la falta consintiendo a su
esposa todos los caprichos, y desde que murió hacía ya diez años la anciana
se había dedicado a organizar las bodas de todos los jóvenes solteros de la
familia. Al parecer, Elisa era la única soltera casadera de la familia de la
anciana esa temporada, por lo que todos los esfuerzos de la excéntrica
mujer estaban puestos en ella.
Elisa desvió la mirada hacia el camino y comprobó que Portland se
acercaba a ellas con una sonrisa.
—¡Oh, no! —susurró.
—¿Qué ocurre?
—Portland viene hacia aquí.
—¿Portland?
—¡No mires! —exclamó al ver que su prima miraba directamente al
marqués.
—No me digas que Portland se ha fijado en ti.
—Lo ha hecho. Grey me dijo que tiene serias deudas de juego y al
parecer mi dote es muy atrayente para él.
—Canalla…
—Lattimer le ahuyentó, pero me advirtió de que aprovecharía
cualquier oportunidad para acercarse a mí cuando ellos no estuvieran
presentes.
—Busquemos a mi esposo —explicó su prima—. Ya que tus
guardianes no están por ninguna parte tendremos que conformarnos con él.
No tuvieron tiempo de buscar a Louie porque el marqués llegó hasta
donde ellas se encontraban justo cuando intentaron desviarse de su camino.
—Señorita Bennet … es un placer encontrarla de nuevo —dijo con
una reverencia.
—Lord Portland… Permítame presentarle a mi prima, la marquesa
de Lacroix.
—Es un placer, milady. No la acompañan hoy Grey y Lattimer, por
lo que veo.
—Llegarán en cualquier momento —respondió ella, rezando por
tener razón—. Si necesita hablar con ellos sobre algún asunto puedo
decirles que le busquen más tarde.
—Preferiría aprovechar este momento para hablar con usted, milady.
La cuidan con tanto celo que me es imposible hacerlo con ellos
revoloteando a su alrededor.
—Nosotros no revoloteamos alrededor de la señorita Bennet,
Portland —dijo Grey desde su espalda—, disfrutamos del placer de su
compañía, lo que es completamente distinto.
Elisa sintió un alivio inmenso recorrer todo su cuerpo al escuchar la
voz de barítono que tan bien conocía, y se volvió para encontrarse ante sus
ojos con el pecho Grey, que le guiñó el ojo con una sonrisa. A su lado,
Lattimer miraba a Portland con tal severidad que ella se estremeció. Por
suerte para todos, el marqués tuvo el buen atino de marcharse, con lo que
Elisa pudo respirar tranquila.
—Señorita Bennet, lady Lacroix —saludó Lattimer con una
reverencia—. Es un placer verlas de nuevo.
—Lord Lattimer… —contestó Gabrielle— Hacía mucho tiempo que
no le veía. ¿Desde el final de la temporada pasada, tal vez?
—Así es, milady. Mi hermano y mi cuñada fueron padres y fui a
pasar una temporada en España con ellos.
—Mi enhorabuena, entonces.
—Soy yo quien debe felicitarla por sus nupcias. Lamento no haber
podido asistir al enlace, pero mi familia requería mi atención.
—Queda perdonado, milord. La familia siempre es lo primero.
—¿Dónde se encuentra Olivia? —preguntó Elisa.
—Está en su habitación, refrescándose y descansando —explicó
Grey—. Me pidió que me disculpara con usted en su nombre y que le dijera
que espera acudir juntas esta noche a la cena.
—Por supuesto, estoy deseando verla.
—Si nos disculpan, caballeros, mi prima y yo queremos continuar
nuestra conversación privada —interrumpió Gaby—. Con permiso…
—Por supuesto, lady Lacroix —respondió Grey—. Espero verlas a
ambas en la cena.
—Lady Lacroix, señorita Bennet … —se despidió Lattimer.
Cuando las dos mujeres se alejaron de los caballeros Gabrielle
suspiró mirando al cielo.
—¿Cómo eres capaz de estar acompañada de dos caballeros tan
apuestos y no caer rendida a los pies de ninguno? —preguntó sacando su
abanico— Si no amara tanto a Louie te juro que estaría más que dispuesta
de aceptar las atenciones de ambos.
—Ninguno de ellos busca el matrimonio, así que no los veo como
posibles candidatos a marido —respondió Elisa—. Solo somos amigos, es
todo.
—¿No te gustan? ¿Ni un poquito?
—Es evidente que son agradables a la vista, y además de eso son
muy buenos conversadores. Me divierto mucho cuando estoy con ellos y
me gusta bailar con ellos también. Si estuvieran en el mercado matrimonial
desde luego que estaría interesada en ellos, como lo están todas las damas
de la temporada.
—¿Y alguno de ellos te gusta más que el otro?
—No, pero tengo más confianza con Lattimer. Paso más tiempo en
su compañía y he llegado a conocerle mejor. Cuando estoy con él me siento
a salvo, como si nada malo pudiera pasarme.
—¿Y se te acelera el corazón cuando le miras a los ojos?
—¡Gaby! —exclamó Elisa riendo— Claro que no… ¿En qué estás
pensando?
—Pienso que Lattimer te gusta.
—No digas bobadas.
—¿Te resulta atractivo?
—Tengo ojos en la cara para ver que es uno de los caballeros más
atractivos de Londres, como el resto de debutantes.
—Todas las debutantes le ven atractivo, pero tú eres la única que
tiene la suerte de estar cerca de él. ¿Por qué no aprovechas la oportunidad?
—Olivia es mucho más cercana a él que yo —rio.
—La señorita Irving es para él como una hermana. Todo el mundo
sabe que desde que Grey y él se conocieron en el colegio la familia del
conde los acogió a su hermano y a él como dos hijos más. Dudo mucho que
alguna vez considerara a Olivia como una posible prometida.
—Ya te he dicho que Lattimer y yo solo somos amigos. No creo que
pudiera enamorarme de él.
—Querida prima, cuando un hombre atractivo como Lattimer te
besa hasta perder el aliento, te acaricia como si fueras la flor más delicada
del mundo y te hace el amor hasta perder el sentido, una dama termina loca
de amor por él.
—Si mamá te escuchara decir esas cosas me prohibiría volver a
acercarme a ti —la reprendió Elisa ruborizándose.
—Tía Anna no está aquí, no puede oírnos.
—Gracias a Dios no está aquí, me volvería loca con sus sermones
sobre la prisa por encontrar marido.
—¿Qué tontería es esa? Es tu primera temporada, no tienes prisa
ninguna.
—Pero tía Camille sí la tiene.
—¿Y tu madre le hace caso?
—Por desgracia para mí.
—¡Pero eso es absurdo! Son muchas las damas que esperan a su
segunda o tercera temporada para casarse. Yo me casé con Louie en la
tercera y soy muy feliz.
—Tío Andrew ha dicho que hablará con mamá para convencerla de
que no le haga caso. De todas formas, aunque quisiera casarme esta
temporada no creo que pudiera hacerlo. Hasta ahora solo unos pocos
caballeros se han interesado en mí, y te aseguro que ninguno de ellos ha
logrado llamar mi atención.
—¿No eran apuestos?
—No eran divertidos. Uno de ellos se quedaba en blanco cada vez
que bailábamos y no había posibilidad de conversación, otro de ellos era tan
narcisista que solo hablaba de él mismo, y el peor de todos me confundió
con una yegua de cría a la que debía mirarle los dientes y las caderas para
saber si tendría buenos potros.
Gabrielle rompió a reír a carcajadas ante la descripción que su prima
le estaba dando.
—Ríete cuanto quieras —protestó Elisa—, pero si esas son las
opciones que tengo como marido, prefiero convertirme en una solterona.
Podría ser la institutriz de tus hijas y dedicarme a presentar en sociedad a
jóvenes casaderas.
—Si termina la temporada y no logras encontrar marido, el año que
viene te llevaré conmigo a Francia. Estoy segura de que allí encontrarás un
caballero apuesto con el que casarte.
—Si me buscas un pretendiente tan atento como tu marido estoy
más que dispuesta a esperar a la próxima temporada.
—Por ahora centrémonos en los caballeros ingleses. Tengo la
sensación de que si te alejo demasiado de mis tíos terminarán odiándome
por el resto de sus vidas.
Capítulo 12
 
 
 
 
 
 
 
El sábado por la mañana todos los caballeros irían a caballo hasta la
zona de caza de York, donde el duque había organizado algunas actividades
deportivas, desde el tiro con arco hasta un improvisado ring para practicar
boxeo. Por supuesto, primero desayunarían acompañados de las damas, que
más tarde aprovecharían el tiempo en el invernadero de la duquesa
admirando las muchas especies de orquídeas que había coleccionado a lo
largo de los años. Andy encontró a John en la entrada del comedor hablando
con York animadamente. El duque había sido buen amigo del padre de su
amigo y se conocían desde hacía tiempo.
—Grey, excelencia… —dijo con una reverencia— Buenos días.
—Lattimer, me alegro de que hayas podido venir —dijo el duque.
—No me perdería la velada por nada del mundo, excelencia.
—Sobre todo cuando también he invitado a la dama que acapara
toda tu atención esta temporada, ¿no es así?
—Así es.
—Creí que habías dicho que no tenías interés en casarte. ¿A qué
viene ese cambio repentino?
—Cuando encuentras a la persona adecuada con la que compartir tu
vida no tiene sentido esperar, ¿no es cierto?
—Muy cierto, muchacho. ¿Cómo se encuentra tu hermano? Me
comentaba Grey que has pasado una temporada con él en España.
—Está muy bien, excelencia. Acaba de ser padre de una hermosa
niña que hace las delicias de todos.
—¿Volverá pronto a Inglaterra?
—No por el momento. La abuela de mi cuñada se encuentra mal de
salud y ella se encarga de sus cuidados. Pero cuando la pequeña princesa
sea capaz de viajar vendrán a hacerme una visita.
—Espero que no se demore demasiado esa visita entonces, siempre
es bueno tener cerca a la familia. ¿Entramos?
Ambos caballeros siguieron al duque dentro del comedor principal,
donde habían servido la comida en bandejas de plata en una mesa colocada
junto a las ventanas para que los invitados se sirvieran. Tomó en su plato
algo de salchichas, huevo y ensalada y se dirigió con su amigo a un hueco
libre de la mesa, desde donde veían perfectamente a Olivia y sus amigas,
que desayunaban charlando animadamente junto a lady Bennet y lady Grey.
—¿Por qué has dicho eso? —preguntó Grey.
—¿Por qué he dicho qué?
—“Cuando encuentras a la persona adecuada con la que compartir
tu vida no tiene sentido esperar” —dijo el conde con voz de falsete—. ¿Te
has vuelto loco?
—Lo he hecho adrede.
—¿Vas a buscar definitivamente una esposa? —bromeó su amigo.
—No, John. Estoy esperando a acudir primero a tu boda —le
continuó la broma.
—Te recuerdo que la señorita Bennet quiere casarse esta
temporada…
—Y yo te recuerdo que tu madre quiere nietos y siempre escucha lo
que le digo…
—No te atrevas… Está aquí por petición de lady Cowper.
—No me digas que finalmente se han aliado para casarte con la
señorita Bennet —rio Andy.
—Lo han hecho, sí. Te juro que estoy tentado a pedirle matrimonio,
sería una buena esposa y me ahorraría muchos dolores de cabeza.
—No lo harás —sentenció el barón mirándole con severidad.
John se quedó mirando a su amigo con sorpresa ante la vehemencia
de sus palabras. ¿Qué demonios le pasaba a Andy? Solo estaba bromeando.
—¿Acaso piensas que no soy bueno para ella? —protestó.
—Yo no he dicho eso.
—¿Entonces por qué demonios no puedo ser yo quien se case con la
señorita Bennet? ¿Vas a hacerlo tú?
—Ya te he dicho que no.
—Pues por tu reacción a mis palabras diría que estás celoso.
—¿Celoso? No digas tonterías.
—¿Entonces qué te pasa?
Andy no sabía qué contestar. La afirmación de su amigo había
removido algo en sus entrañas, pero que el diablo se lo llevara si sabía qué.
—De todos los caballeros que hay en Londres acabo de encontrar al
que menos esperaba ver en una celebración de este tipo —dijo una voz a su
espalda.
Andy se volvió agradecido con la interrupción y se encontró con
Baldwin Harley, quinto vizconde de Hereford. Andy, John y él habían sido
amigos inseparables en la universidad, pero el vizconde había tenido que
mudarse a Bath hacía ya dos años debido a la delicada salud de su padre y
no había regresado hasta hacía unos meses, cuando este falleció.
—Vaya, vaya… Hereford en persona… —susurró Andy dándole un
caluroso abrazo— Me alegra verte de vuelta, amigo.
—Me alegro de haber vuelto. Ya estaba aborreciendo la tranquilidad
de Bath.
—He oído que tenemos que felicitarte —dijo Grey.
—¿Me he perdido algo? —preguntó Andy.
—Nuestro querido amigo se ha comprometido con la hija pequeña
de Carlisle —respondió John.
—¿Tú, comprometido?
—Así es, le pedí matrimonio hace dos semanas y ella dijo que sí —
contestó Baldwin.
—Vaya… y yo que creía que serías el penúltimo en casarte… —
bromeó Andy— Eras incluso más reacio que yo a hacerlo.
—Cuando veáis a mi futura esposa lo entenderéis.
—¿Y cuándo iremos de boda? —preguntó Grey.
—Queremos esperar al final de la temporada. Bella quiere casarse
cuando todo el revuelo social esté llegando a su fin. Mirad, aquí viene.
La prometida de Hereford entró en el salón seguida de sus padres.
Desde luego era una auténtica belleza: una mujer menuda de cabellos
dorados, ojos azules y una dulce y cálida sonrisa. Cuando vio a Hereford su
sonrisa se ensanchó convirtiendo sus ojos en dos medias lunas y dos
hoyuelos se dibujaron en sus mejillas sonrosadas.
—Ciertamente es toda una belleza —susurró Grey.
—Te lo dije, tengo mucha suerte de que aceptara ser mi esposa —
respondió Hereford con orgullo—. ¿Y qué es de vuestra vida? He pasado
tanto tiempo en Bath que estoy totalmente desconectado de los cotilleos de
Londres.
—Oh… por mi parte nada nuevo —respondió John—. Mi madre
sigue empeñada en casarme y yo me dedico a buscarle un buen marido a mi
hermana para desviar su atención.
—¿Cómo se encuentra la pequeña Olivia? Hace tanto que no la veo
que de seguro no la reconocería.
—Está allí sentada… La joven del vestido color lavanda.
Baldwin miró en la dirección que su amigo le decía y sonrió con
aprobación al ver la hermosa mujer en la que se había convertido la
hermana de Grey.
—Sin duda se ha convertido en una mujer verdaderamente hermosa
—dijo—. No creo que tarde mucho en recibir alguna proposición de
matrimonio.
—Cuatro —bufó Grey, haciendo reír a Lattimer—. Ya ha rechazado
cuatro proposiciones de matrimonio en lo que va de temporada. Como siga
así no tendré una boda con la que entretener a mi madre y terminará por
casarme a mí.
—No seas tan duro con ella, John —dijo Baldwin—. Tal vez los
caballeros en cuestión no eran de su agrado.
—Se le ha metido en la cabeza que un matrimonio debe ser por
amor y no considera a ningún caballero que no la haga sentir mariposas en
el estómago, palabras textuales de mi querida hermana.
—¿Y quién es la joven sentada a su lado? No creo conocerla.
—Es la señorita Elisa Bennet, sobrina del conde de Chester —
explicó Lattimer.
—Oh… Esa es la mujer en la que estás interesado. ¿No es así,
Andy?
—¿No decías que estabas desconectado de los cotilleos? —rio John.
—Ese cotilleo en particular llegó a mis oídos en cuanto llegué
anoche. Se había formado un revuelo porque has espantado a Portland dos
veces.
—Eso es porque ese canalla solo quiere su dote. Pero en realidad
solo somos amigos.
John se atragantó intentando ahogar una carcajada. Desde luego la
reacción de su amigo cuando dijo que se casaría con la dama no era de un
amigo.
—Tal vez me case con ella para que mi madre me deje en paz —
volvió a decir mirando de reojo a Andy.
—Ya te he dicho que no vas a hacerlo —bufó—. Si te atreves a
pedirle matrimonio te mataré.
Baldwin miró a John sin comprender, y este se encogió de hombros.
—¿Acaso la dama es inapropiada para él? —preguntó Baldwin.
—Él es inapropiado para ella.
—¿Por qué? —insistió Hereford.
—Porque yo lo digo.
—Creo que la señorita Bennet debería tener algo que decir al
respecto, ¿no crees? —dijo John.
—¿Vas a dejarlo ya?
—Deberías evitar enfurecerle, se vengará en cuanto tenga
oportunidad —aconsejó su otro amigo—. ¿Vais a acudir a las actividades
que ha organizado el duque?
—Por supuesto —respondió Lattimer—. Ha llegado a mis oídos que
ha montado un ring de boxeo, tengo ganas de poner a prueba mis puños,
hace mucho que no peleo y creo que me estoy oxidando. Tal vez los ponga
a practicar con el rostro de John, por idiota.
—Sigue soñando —rio Grey levantando los brazos en alto—. Valoro
mucho mi rostro como para que me lo desfigures de un puñetazo, me
alejaré de ese cuadrilátero tanto como pueda.
—¿Y qué me dices de ti, Baldwin? —preguntó el barón— ¿Te
animas?
—Yo no puedo aparecer con un ojo morado en el baile de esta noche
—replicó Hereford—, mi encantadora prometida se preocuparía y odiaría
causarle un mal momento.
—No sois más que un par de cobardes —bromeó—. Tendré que
buscarme a alguien más.
—Tal vez tengas suerte y Portland esté disponible —respondió
Grey.
—No le des ideas, seguro que se venga de él por haberse atrevido a
mirar a su señorita Bennet.
Ya en el claro, los tres amigos se divirtieron un rato con el tiro con
arco. Abundaba la comida y la bebida, y pronto empezaron las peleas en el
ring. Lattimer observó detenidamente a sus posibles oponentes, y cuando
York se acercó a él con una ceja arqueada sonrió.
—Me conoce demasiado bien, excelencia, pero temo que mis
amigos temen desfigurar sus apuestos rostros si se enfrentan conmigo —
dijo.
—No es problema, buscaremos a algún valiente que se rete con
usted. ¿Alguien de los presentes está interesado en pelear contra Lattimer
en el ring, caballeros? —exclamó.
—Valoro mucho mi vida como para hacerlo —dijo uno, haciendo
reír a los demás.
—Yo me atrevo —dijo Portland acercándose, ya sin chaqueta.
—¿Estás seguro, muchacho? —preguntó Lacroix, que había
escuchado sobre las habilidades pugilísticas del barón.
—Por supuesto que lo estoy, el barón y yo tenemos un asunto
pendiente —respondió Portland—. ¿No es así, milord?
—¿Deberíamos interferir? —susurró Baldwin a John.
—Deja que luchen —respondió el conde—. Tal vez si le rompe la
nariz desista de cortejar a la señorita Bennet.
—Supongo que la dama tiene una jugosa dote, he oído que tiene
serias deudas de juego.
—Una de las mejores dotes de la temporada.
Andy solo sonrió a sus amigos y entró en el ring seguido de
Portland. Si el joven quería un escarmiento, él estaría más que encantado de
proporcionárselo.
—Hagamos una apuesta, milord —dijo el marqués.
—No me gusta apostar.
—Vamos… es una apuesta inocente. ¿O es que acaso tiene miedo de
perder?
—De acuerdo, apostemos. ¿Y bien?
—Si gano esta pelea no se interpondrá nuevamente en mi intención
de cortejar a la señorita Bennet.
Andy sonrió. No iba a perder, pero si lo hacía sabía que Elisa no
caería jamás en las redes de un sinvergüenza como el marqués ahora que
sabía el tipo de hombre que era. Ganara o perdiera, el canalla no lograría
jamás su propósito.
—¿Y qué gano yo si pierde, Portland? —preguntó.
—Si gana… no volveré a acercarme a su querida dama nunca más.
Tiene mi palabra.
La verdad es que era una oferta tentadora… Dejar de preocuparse
por los intentos de Portland de comprometer a Elisa sería muy beneficioso,
y había demasiados testigos presentes como para que el marqués rompiera
su palabra. Asintió e hizo un ademán al duque de York para que empezara
la pelea. Sorprendentemente Portland era un gran pugilista, pero por suerte
no tanto como él, y a pesar de haber terminado con el rostro marcado por un
par de moretones y un corte en la comisura de los labios Andy ganó la
lucha. Ayudó a su oponente a ponerse de pie una vez proclamado campeón
y este le sonrió.
—He perdido mi oportunidad con la señorita Bennet, pero he de
reconocer que ha sido una buena pelea —dijo el marqués.
—Cierto, pocas veces encuentro oponentes que estén a mi altura. Le
felicito por la pelea, ha sido refrescante.
—Lo mismo digo.
Andy observó a Portland marcharse y se volvió hacia sus amigos
con una sonrisa triunfal.
—Te ha dejado hecho unos zorros —silbó John.
—Nada que no se solucione con un poco de ungüento —le restó
importancia.
—¿De qué iba eso? —preguntó Baldwin— ¿No habías dicho que no
estabas interesado en la sobrina de Chester?
—Y no lo estoy, solo somos amigos —replicó Andy.
—Los amigos no se meten en peleas para librar a las damas de
sinvergüenzas, Andy.
—La señorita Bennet y yo tenemos un trato, Baldwin. Finjo tener
interés en ella para ayudarla a encontrar un marido adecuado.
—Yo soy un marido adecuado —insistió John.
—Lo siento, amigo mío, pero no vas a enfurecerme con tus
patrañas. Estoy demasiado feliz por haberle dado su merecido a Portland
como para que me afecten tus tonterías.
Andy subió a asearse y curarse la herida de la boca, que le dolía una
barbaridad. Vio a lo lejos a Olivia, a la señorita Bennet y a la señorita
Chattoway regresar del invernadero con una pequeña orquídea cada una, así
que se apresuró a subir las escaleras para evitar que le vieran con ese
aspecto. Tom, que hacía las veces de ayuda de cámara cuando estaban en
tierra firme, le miró con sorpresa al ver su cara maltratada.
—¡Diantres, capitán! —exclamó— ¿Qué demonios le ha pasado?
—Lord Lattimer —le corrigió Andy—. El duque ha improvisado un
ring de boxeo y he participado en una pelea.
—Espero que su oponente haya quedado peor que usted…
—¿Lo dudas? —sonrió el barón— Trae agua para que pueda
lavarme, lo último que necesito es que Olivia me vea así.
—Si la señorita Olivia le viera aparecer con esa cara le daría un
buen tirón de orejas, sí —rio el marinero.
—¿Has traído tu ungüento milagroso, Tommy?
—Nunca voy a ninguna parte sin él, milord. Lo traeré en seguida.
El marinero desapareció por la puerta que conectaba con el cuarto
de baño y trajo una palangana de agua caliente, toallas limpias y el bote de
ungüento. Olía a rayos, pero era milagroso contra pequeños cortes y
moretones como los que el barón se había ganado en la pelea.
—Parece que su oponente le tenía ganas, milord —bromeó Tom
cuando el barón se quejó por su toque.
—He fastidiado su plan para saldar sus deudas, así que puede
decirse que sí.
—¿Cazafortunas?
—Con el ojo puesto en la señorita Bennet.
—¿Cómo va su trato con la muchacha?
—Por ahora a la perfección. A este paso lograré mantenerme a salvo
de las matronas toda la temporada.
—¿Volveremos al mar entonces?
—He pensado que tal vez lo hagamos cuando mi querida cómplice
encuentre a un pretendiente de su agrado. Mi corazón roto será la excusa
perfecta para huir de Londres. Empiezo a sentirme asfixiado de la atmósfera
de la ciudad.
Tras asearse y curar sus heridas, Andy bajó al comedor donde se
serviría la comida. Grey ya se encontraba allí acompañado de Olivia, Elisa
y las madres de ambos.
—¡Por Dios santo, Anderson! —exclamó lady Grey— ¿Qué le ha
pasado a tu rostro?
—No te preocupes, madre —intervino John—. Su oponente ha
quedado mucho peor que él.
—El duque ha improvisado un ring de boxeo y hemos estado
practicando —explicó Andy—. Parece más de lo que es, lady Grey, lo
prometo.
—Pasa luego por mi habitación, querido. Pondré un poco de
ungüento en esa herida.
—Andy ya no es un niño, mamá —rio Olivia—. Creo que es capaz
de curar sus heridas por sí mismo.
—Pero nunca se es demasiado adulto para disfrutar de los cuidados
de una madre —se burló Andy sacándole la lengua a la joven.
—Me alegra que hayas venido, querido —dijo lady Grey
cogiéndose de su brazo—. Espero que seas la voz de la razón para estos dos
hijos míos.
—¿Se han metido en algún lío?
—Peor… Los dos se niegan a darme nietos.
—Tal vez deberías encontrarle una esposa a Andy, madre —dijo
Grey con una sonrisa—. Se dice por ahí que mi querido amigo está
interesado en el matrimonio.
—¡Oh! ¿Es eso cierto? Encontraré a una dama que sea de tu agrado
y…
—No se moleste, lady Grey —la interrumpió Lattimer—. Su hijo
solo me está incordiando por haberle vencido en los juegos del duque.
—¡Sois todos insufribles! —suspiró la dama— ¿Conoces ya a lady
Bennet?
—Por supuesto. Es un placer verla de nuevo, milady —dijo.
—Lord Lattimer… —respondió la aludida.
—¿Cómo está su esposo? —preguntó el barón— Me comentó la
señorita Bennet que está comenzando un negocio de especias.
—Avanza lento, me temo. El local se encuentra en una zona
estratégica de la ciudad, pero estaba en muy mal estado. Las reformas están
tardando más de lo que a mi esposo le gustaría.
—Se dedicará a la venta de especias, ¿no es así?
—Principalmente, pero está barajando otras opciones también.
—Si lo necesita, puedo ponerle en contacto con algunos
comerciantes que conozco. Viajar tanto a España me ha servido para tener
muy buenos contactos.
—Le estaríamos eternamente agradecidos, milord.
—Dígale entonces que me busque en el club. Hablaremos más
calmadamente del asunto.
—Lo haré. Y ahora, si nos disculpan, iremos a reunirnos con las
damas de nuestra edad. Ustedes los jóvenes estarán más a gusto si unas
viejas como nosotras los dejan a solas.
—Usted no es vieja, lady Bennet —protestó Grey—. Mi madre sí lo
es, pero usted solo es una adorable mujer madura.
—Esta vieja aún es capaz de darte unos buenos azotes, conde de
pacotilla —amenazó la condesa viuda.
—No pierda su galantería conmigo y búsquese una esposa, lord
Grey —rio Anna—. Debería hacer feliz a su madre.
—Por ahora prefiero dedicarme en cuerpo y alma a la búsqueda de
un buen partido para mi hermana, lady Bennet. Mi matrimonio puede
esperar a la próxima temporada.
Capítulo 13
 
 
 
 
 
 
 
Elisa había pasado toda la mañana disfrutando de los jardines y el
invernadero de la duquesa, donde crecían todo tipo de flores preciosas,
desde rosas hasta orquídeas, y la dama había obsequiado con una de estas
últimas a todas las damas asistentes a la fiesta. Estaba deseando llegar a
casa para plantar la bella flor en los parterres de flores que su tío le había
cedido para su cuidado cuando se enteró de que le encantaba la jardinería.
Elisa esperaba poder tener un jardín tan bonito como el de la duquesa
cuando encontrara a un caballero con el que casarse… eso si lo encontraba.
Desde que llegaron a la casa de campo de los York la tarde anterior, su
madre y tía Camille la habían estado atosigando presentándole un caballero
tras otro, todos muy buenos partidos para ellas, pero desde luego ninguno
era lo suficientemente interesante como para llamar la atención de Elisa.
Ella quería casarse con un hombre con el que pudiera hablar de cualquier
cosa, que no la tratara como si fuera su última adquisición y que no la viera
como a una potra de cría cuyo único propósito en la vida era tener niños. Y
por desgracia, los únicos hombres que conocía así no tenían ningún interés
en el matrimonio.
Tras la visita al invernadero, las damas se reunieron en la sala de la
duquesa para una sesión de adivinación. La adivina llevaba un sinnúmero
de collares y anillos, y cubría su cabello con un turbante de tela de seda de
vivos colores. Tenía sobre la mesa una bola de cristal y una extraña baraja
de cartas, y pasaba de una mano a otra unas piedras blancas con extraños
símbolos escritos en ellas. A Elisa y sus amigas no les interesaba demasiado
la adivinación, así que se sentaron lo más alejadas posible de la mesa de la
adivina, para poder hablar en voz baja sin ser reprendidas.
—Esto es tan aburrido… —suspiró Anette.
—Habría preferido alguna actividad al aire libre —asintió Olivia.
—Al menos estamos juntas —dijo Elisa.
—Es cierto, al menos por unas horas podré deshacerme de la
insistencia de mi madre en que me decida pronto por un caballero —
protestó Olivia.
—¿Sigue insistiendo en que te cases lo antes posible? —preguntó
Anette.
—Mi hermano le ha dicho que no va a buscar esposa hasta que no
deje mi matrimonio perfectamente arreglado y no deja de hostigarme
porque he rechazado algunas peticiones de matrimonio.
—Has rechazado a cuatro caballeros, Oly —rio Anette.
—No han sido tantos —protestó la aludida.
—Veamos… —empezó a enumerar Elisa— Lord Warrington, lord
Dudley, lord Zetland y lord…
—Monteagle —terminó Anette—. También a Monteagle.
—¿Vosotras los habríais aceptado? —bufó Olivia.
—¡Dios no! —rio Elisa.
—Por supuesto que no —asintió Anette—. Solo de pensarlo siento
escalofríos.
—Lord Zetland acumula saliva en la comisura de su boca, es
repugnante —apuntó Elisa con cara de desagrado.
—A Monteagle le huelen los pies —añadió Anette—. Se me
revuelve el estómago cada vez que me veo obligada a bailar con él.
—Entonces no podéis culparme por haberlos rechazado, ¿Verdad?
—Suspiró—. Empiezo a pensar que los únicos caballeros apuestos de esta
temporada son mi hermano y Andy, que es como un hermano para mí.
Estoy condenada al fracaso.
—Eso es porque eres demasiado exigente —bromeó Anette—. Hay
muchos caballeros interesados en ti que son agradables a la vista y
seguramente del agrado de tu hermano.
—¿Y qué me dices de ti, Ann? —protestó Olivia— Tampoco has
elegido a nadie a estas alturas.
—La temporada acaba de empezar, aún tengo tiempo para elegir un
marido. Y por suerte, yo no tengo una madre insistente que me urge a
comprometerme como vosotras.
—Creo que las tres terminaremos disfrutando una nueva temporada
solteras —suspiró Olivia—. Tal vez el año que viene haya caballeros más
interesantes entre los que elegir.
—Yo me iré a Francia para la próxima temporada con Gaby —
respondió Elisa—. Quiero encontrar un marido como el primo Louie.
—Nosotras iremos contigo —propuso Anette—. Las tres nos
casaremos con apuestos caballeros franceses y viviremos juntas en París.
—Es una idea muy tentadora… pero me temo que mi madre no me
lo permitirá —lloriqueó Olivia—. No consentirá que sus nietos se críen
lejos de ella.
—Les traeremos entonces a Londres con nosotras —rio Anette—.
Tendré que empezar a perfeccionar mi francés.
Tras la sesión de adivinación, Elisa subió a su habitación a
cambiarse para el almuerzo. Se puso un vestido de color crema con flores y
mariposas bordadas y Marie le recogió el cabello en un sencillo moño bajo
adornado con flores frescas. Por suerte para ella, en cuanto llegaron al
comedor la atención de tía Camille fue requerida por un grupo de damas y
Elisa no tuvo que aguantar un nuevo informe sobre los solteros presentes en
la sala.
—Han acudido muchos caballeros apuestos a la fiesta. ¿No crees,
hija? —comentó su madre.
—Eso parece.
—Tal vez encuentres a alguien de tu gusto, me ha dicho tía Camille
que son jóvenes de Bath y de Somerset. Durante el baile te presentará a
algunos de ellos.
—Espero que esos jóvenes tengan mejor conversación que los que
me ha presentado hasta ahora.
—¿Demasiado aburridos? —sonrió su madre.
—De veras, mamá, aprecio mucho la ayuda de tía Camille, pero sus
gustos en lo que se refiere a hombres no se parece en nada al mío.
—¿Qué es lo que buscas tú en un hombre, Elisa?
—Principalmente que no me vea como si fuera una yegua de cría —
protestó, haciendo reír a su madre—. Quiero que sea agradable a la vista,
que tenga buena conversación y que no sea un borracho ni un mujeriego.
No creo pedir demasiado.
—Me temo que la mayoría de los hombres de Inglaterra tiene alguna
deficiencia entonces. Es imposible encontrar un hombre así, hija. Y los
pocos que existen ya están casados.
—Papá no cuenta —bromeó Elisa.
—Papá no es tan perfecto como crees.
—Es muy apuesto.
—Cierto.
—Y puedo tener con él una conversación amena sin problema.
—También es verdad.
—No suele beber y te ama tanto que no creo que se le pase siquiera
por la cabeza tener una amante.
—Esos no son los únicos defectos insoportables en un marido, Elisa.
—¿Hay más?
—Muchos más. Por ejemplo, tu padre ronca. Ronca tanto que es
casi imposible dormir a su lado.
—Pero duermes en la misma habitación que él desde siempre —rio
su hija.
—Eso es porque le exijo que se mantenga despierto hasta que yo
logre conciliar el sueño. Así no me entero de sus ronquidos y puedo dormir
tranquila.
—Ese defecto se puede solucionar fácilmente entonces.
—También tiene la fea costumbre de dejar la ropa tirada por el suelo
cuando se va a dormir. Odio entrar en nuestra habitación y ver su ropa
desperdigada por ahí.
—Supongo que mi futuro esposo tendrá un ayuda de cámara que se
ocupe de ello, mamá.
—Odio el olor de su tabaco —continuó su madre—. Se queda
impregnado en la ropa y lo detesto.
—Mamá… Eso son nimiedades que se pueden solucionar
fácilmente —protestó Elisa.
—Cierto, pero son suficientes para bajarle del pedestal en el que lo
has puesto durante toda la vida —bromeó su madre.
—No estoy buscando un hombre como papá.
—Está bien si buscas un hombre como él, Elisa. Pero para saber si
es así tendrás que darles una oportunidad. Estoy de acuerdo contigo en que
los hombres elegidos por tía Camille no son lo que yo elegiría para ti. A
partir de ahora me implicaré más para buscar a alguien mucho más apuesto,
¿de acuerdo?
—Te lo agradezco.
Tras la comida, Anette y Olivia subieron a dormir un poco antes del
baile de esa noche, pero Elisa no tenía nada de sueño, así que fue a dar un
paseo por el lago acompañada de Lattimer y los marqueses Lacroix.
Gabrielle se había ofrecido a ser la carabina de la muchacha para librarla un
poco del escrutinio de su madre y su tía abuela, y paseaba algo más atrás
cogida del brazo de su esposo.
—¿Te duele mucho? —preguntó la joven mirando por enésima vez
el rostro maltratado del barón.
—Ya te he dicho que no es más que un rasguño, no te preocupes.
—¿Vas a decirme quién te hizo eso?
—Ya te lo he contado, Elisa. El duque montó un ring improvisado y
luché con algunos caballeros. Si te sirve de consuelo, ellos quedaron peor
que yo.
—No me creo ni una palabra de lo que dices. Apostaría mi dote a
que me estás ocultando algo.
—La perderías, porque es exactamente lo que pasó.
—¿Estás seguro de que no terminaste a golpes con Portland por lo
de esta mañana? —preguntó con una ceja arqueada.
—Él fue uno de los contrincantes, sí —reconoció.
—¡Lo sabía! Espero que al menos él quedara mucho peor que tú.
—¿Dudas de mis habilidades pugilísticas? Hicimos una apuesta que
no podía perder.
—Dime que yo no era la apuesta.
—¿Cómo va tu búsqueda de esposo? —preguntó el barón
cambiando de tema.
—Andy…
—¿Qué querías que hiciera? Me retó delante de todos y se supone
que estoy interesado en ti, el honor me obligaba a aceptarla.
—No vuelvas a hacerlo, no quiero que te hagan daño por mi culpa.
—No seas exagerada, no me duele tanto como crees. ¿Y bien?
—Mi búsqueda de esposo no puede ir peor —protestó—. Los
caballeros que elige mi tía no son el tipo de hombre que yo elegiría y
empieza a volverme loca.
—Lady Cowper siempre se ha caracterizado por tener un gusto
bastante excéntrico, seguramente también sea así en lo que a hombres se
refiere. Veamos… Debe ser apuesto y con fortuna, por supuesto. Con una
buena conversación, que no beba y tampoco tenga una amante. Me lo pone
usted terriblemente difícil, milady —bromeó.
—Que beba moderadamente entonces y piense en abandonar a su
amante cuando se case. ¿Mejor así?
—Infinitamente mejor. Puedo presentarte a varios… Allí tenemos a
lord Richmond. —Señaló a un caballero que montaba a caballo cerca de allí
—. Tiene una gran fortuna y ha hecho algunas buenas inversiones, por lo
que no estará interesado en su dinero.
—¿No es algo mayor?
—Treinta y cinco. Practica esgrima y equitación, así que está
bastante en forma. Tiene dos hijas, de seis y doce años, por lo que casarse
con su excelencia implicaría convertirse en madre también.
—No creo estar preparada para eso —susurró Elisa.
—También tenemos al vizconde Mountevans —continuó Andy
señalando a un alto caballero de tez cremosa y ojos azules—. Fuimos juntos
al colegio. Es un hombre honorable, tiene una fortuna considerable y le
gusta vivir en el campo. Es aficionado de las carreras de caballos y suele
acudir al White’s dos o tres veces a la semana cuando está en Londres. No
se le conoce amante alguna, y si la tiene es bastante discreto al respecto.
—Le tendré en cuenta, parece agradable.
—Allí, el caballero del traje esmeralda —siguió Andy señalando a
un grupo de personas que charlaban junto a la orilla del lago—. Lord
Thomas Fensby. Heredará el título de conde de Shrewsbury tras la muerte
de su padre. Tiene cinco hermanas, por lo que entiende muy bien a las
mujeres. Es de carácter tranquilo, creo que harían buena pareja.
—Empecemos por ellos tres, entonces.
—Se los presentaré en el baile de esta noche.
—Se lo agradezco mucho.
—¿Se está divirtiendo este fin de semana?
—Mucho. He descubierto que prefiero las reuniones en el campo a
los ajetreados bailes de Londres. Son mucho más amenas y relajadas.
—Cuando se case podrá vivir en la casa de campo de su esposo y
volver a Londres únicamente para la temporada. Su vida será mucho más
tranquila y parecida a la que llevaba en Virginia.
—Ese es uno de los motivos por los que echo de menos mi vida allí,
la tranquilidad. Acudíamos a reuniones con los vecinos a menudo, pero eran
más tranquilas que un baile de sociedad. Me gustaba pasear por los campos
de algodón y sentarme bajo la sombra de un gran árbol a leer un libro en las
tardes de verano, y en invierno tomábamos chocolate caliente junto al fuego
viendo la nieve caer. Me gusta mucho la vida tranquila.
Andy la imaginó sentada en un sillón junto a la chimenea, con una
taza humeante en una mano y un libro en la otra. Tenía una dulce sonrisa en
los labios, y su vientre estaba abultado debido al embarazo. Fue plenamente
consciente en ese momento de que aquella imagen le gustaba más de lo que
quería admitir, pero la enterró en el fondo de su mente y la ocultó con una
sonrisa. Llegaron a la mansión para la hora del té. Los duques habían
dispuesto en la terraza varias mesas de forja en las que se servían pastelillos
y pastas, té y limonada. Gabrielle y Louie se alejaron para saludar a un
grupo de amigos y ellos se dirigieron a una mesa libre. Elisa se sentó con
una sonrisa cuando Lattimer le apartó la silla y tomó una tartaleta de limón
de la bandeja, que mordisqueó mientras buscaba a su amiga con la mirada.
—Olivia no bajará a tomar el té —dijo Lattimer adivinando sus
pensamientos—. Su madre suele hacerla descansar hasta bien entrada la
tarde para que no bostece durante el baile.
—Supongo que si fuera por tía Camille yo también estaría en la
cama ahora mismo —bromeó ella.
—Su tía es algo excéntrica, pero es evidente que la quiere a usted
mucho.
—Desde que era pequeña ha venido a visitarnos a casa todos los
veranos, justo después de que terminara la temporada. Traía regalos para
todos y solía contarme todos los cotilleos de Londres mientras paseábamos
por los campos. Hasta que volvimos a Londres fue la única familia que
tuvimos.
—Disimule, pero me temo que su tía viene hacia aquí —dijo
Lattimer dedicándole una sonrisa a la anciana, que se apoyaba en su bastón
luciendo su vestido con elegancia.
—Buenas tardes, lord Lattimer —dijo—. Por lo que veo sigue
monopolizando el tiempo de mi adorada sobrina.
—La señorita Bennet me ha honrado con el honor de su compañía,
en efecto —respondió él con una reverencia.
—Si va a hacer una propuesta le aconsejo que se dé prisa, o me
temo que perderá su oportunidad.
—¡Tía Camille! —exclamó Elisa abochornada.
—No se preocupe, lady Cowper —respondió Andy aguantándose la
risa—. Haré mi propuesta cuando sea el momento adecuado.
—Querida, me gustaría presentarte a unos caballeros. ¿Me
acompañas?
Elisa puso los ojos en blanco dispuesta a levantarse de la mesa, pero
su madre la salvó de tener que aguantar a los pretendientes de su tía.
—Elisa estará cansada, tía —dijo poniendo sus manos sobre los
hombros de su hija—. Creo que sería conveniente que suba a descansar.
¿No crees?
—Ahora que lo dices pareces cansada, Elisa. Haz caso a tu madre y
sube a dormir una siesta. No queremos que esta noche tengas bolsas debajo
de los ojos, ¿verdad?
—Por supuesto que no, tía. Lord Lattimer, ha sido un placer
disfrutar de su compañía durante el paseo.
—Lo mismo digo, señorita Bennet. La veré esta noche, espero que
me reserve un baile.
—Por supuesto, milord.
—Si nos disculpa, Lattimer… —dijo Anna.
—Lady Bennet, lady Cowper… Las veré también esta noche.
 
Capítulo 14
 
 
 
 
 
 
 
El salón de baile de la casa de campo de los duques de York podría
ser descrito con una sola palabra: opulencia. Candelabros de oro, cortinas
de damasco y suelos de mármol de la India daban la bienvenida a los
invitados a la fiesta tras la deliciosa cena de diez platos que se sirvió en el
comedor principal. Los músicos hacían sonar sus instrumentos en la galería
superior vestidos con costosos uniformes y los sirvientes se paseaban por la
estancia portando bandejas de plata en las que ofrecían copas de champán y
limonada.
Andy se paseaba por el salón de baile esperando la llegada de Grey,
que lo haría acompañado de su hermana. Tenía una misión que llevar a cabo
esa noche en relación a la señorita Bennet. Sin embargo, algo molesto
rondaba su mente debido a ello, algo que no sabía descifrar pero que le
hacía mostrarse reacio a presentarle a la dama a los caballeros que él mismo
le había sugerido aquella misma tarde. Los tres eran considerados grandes
partidos entre las madres, tenían una buena fortuna y su reputación era
intachable. Entonces, ¿qué era eso que le molestaba? Descartó ese
pensamiento cuando vio a su amigo Baldwin acompañado de su prometida,
que charlaba animadamente con los padres de la joven mientras bebía una
copa de champán. Se dirigió a él tomando en el camino una copa para sí
mismo con la intención de conocer a la mujer que había robado el corazón
de su amigo.
—Hereford… —saludó.
—¡Lattimer! —exclamó su amigo con una sonrisa— Precisamente
estábamos hablando de ti. Déjame presentarte a mi prometida, la señorita
Isabella Carlisle.
—Es un placer conocerla, señorita Carlisle.
—El placer es mío, milord —respondió ella con una reverencia
impecable—. Baldwin me ha contado muchas de sus andanzas cuando
estaban en la universidad, es como si le conociera de hace años.
—Espero que se saltara las vergonzosas —bromeó.
—Me temo que sí —suspiró ella—. Pero si está dispuesto a
contármelas soy toda oídos.
—Preferiría que quedaran relegadas para siempre al olvido —
respondió Andy, haciéndola reír—. Son demasiado vergonzosas para un
hombre de mi edad. Pero si gusta, puedo contarle las de su prometido, le
prometo diversión asegurada.
—Sobre mi cadáver, canalla —rio Baldwin—. Mi prometida tiene
una imagen intachable de mí y pienso conservarla así.
—Me ha dicho Hereford que suele viajar con asiduidad, Lattimer —
comentó Carlisle.
—Así es, milord. Mi hermano y mi cuñada se mudaron a España y
voy a visitarlos bastante a menudo.
—¿Dónde te has dejado a Grey? —preguntó Baldwin.
—Vendrá en un momento acompañado de su hermana.
—Oh… Tengo muchas ganas de ver de nuevo a la pequeña Olivia.
La última vez que la vi no levantaba más de tres palmos del suelo.
—Sabes que odio ser tan bajita, canalla —dijo la aludida a su
espalda—. Me alegro de que esté de vuelta, milord. Me ha tenido
demasiado tiempo abandonada.
—Sabe usted que no ha sido adrede, milady. Jamás podría
abandonar a la mujer de mi corazón.
—¿Cómo se te ocurre decir eso delante de tu prometida? —susurró
Olivia con fastidio.
—¿He dicho algo que no sea cierto? —continuó bromeando
Baldwin.
—No le haga caso, milady —dijo Olivia sonriendo a la prometida
de Hereford—. Su prometido y yo somos como hermanos, solo está
bromeando.
—No se preocupe, señorita Irving. Baldwin me ha hablado mucho
de usted.
—Oh, perdona mi descortesía, querida —se disculpó el aludido—.
Ella es mi prometida, la señorita Isabella Carlisle. Bella, ellos son lord Grey
y su hermana, la señorita Irving.
—Es un placer conocerla, señorita Carlisle —respondió Olivia.
—Por favor, llámame Bella. Somos de la misma edad.
—Tienes razón, Bella —sonrió Olivia—. ¿Ha llegado ya Elisa,
Andy?
—Aún no la he visto —respondió el aludido—. Supongo que vendrá
con su madre y su tía.
—Ahí está —dijo Grey.
A Lattimer le dio un vuelco el estómago cuando vio a Elisa cruzar
las puertas del salón de baile acompañada de su prima y su madre. Había
elegido para la ocasión un vestido de muselina de color naranja que se
amoldaba perfectamente a su figura, adornado con encaje y pedrería. Su
peinado era sencillo, un moño alto adornado con una tiara de plata y
cornalina a juego con la gargantilla, los pendientes y la pulsera que
abrazaba una de sus muñecas cubiertas por los guantes. Sabía por boca de la
joven que lady Sefton, la prometida de su tío, había insistido en regalarle
varios vestidos aprovechando que su modista acudía a la mansión para
confeccionar su propio vestido de novia, pero jamás se imaginó que la
joven se viera tan deliciosamente tentadora con uno de ellos. De pronto
sintió mayor aversión a presentarle a Fensby y Mountevans.
—Lady Bennet, lady Lacroix —saludó a las damas con una
reverencia—. Está usted deslumbrante esta noche, señorita Bennet. Ese
vestido es realmente favorecedor.
—Coincido con Lattimer, señorita Bennet —asintió Grey—.
Causará usted furor esta noche.
—Déjeme presentarle a mi amigo, el vizconde Hereford, y su
encantadora prometida, la señorita Carlisle —añadió Andy.
—Bella —se apresuró a decir la aludida—. Puedes llamarme Bella.
—Es un placer, Bella. Tú puedes llamarme Ely.
—He visto a tía Camille acercándose con otro de sus pretendientes,
así que intentaré entretenerla para que os perdáis de su vista —dijo la madre
de la joven alejándose del grupo.
—¿Aún no ha llegado Anette? —preguntó Elisa.
—He ido a buscarla antes de bajar y su madre me ha dicho que se
encuentra indispuesta. Volverán a Londres a primera hora de la mañana.
—Ya le advertí que no comiera tantos pasteles esta mañana —
protestó Elisa.
—¿Puedes culparla? —rio Olivia— Esos pasteles de fresas eran
realmente deliciosos.
—Los de limón también eran deliciosos —suspiró Bella—. Me
habría comido una docena si mi madre me lo hubiera permitido.
—Eres de Bath, ¿verdad? —preguntó Olivia.
—Así es, pero cuando Baldwin y yo nos casemos me mudaré a
Londres con él. Me alegrará contar con amigas llegado el momento.
—Cuenta con ello —dijo Elisa cogiéndola del brazo para alejarse de
los caballeros—. Vayamos a por un vaso de ponche para ponernos al día,
¿Te parece?
—Creo que es una idea estupenda.
Los tres caballeros observaron a las damas alejarse hacia la mesa de
refrigerios mientras charlaban animadamente, y Baldwin suspiró dando un
sorbo a su copa de champán.
—Es un alivio que Bella se lleve bien con Oly y sus amigas —
comentó—. Me preocupaba que, debido a su tímido carácter, se sintiera sola
tras nuestra boda.
—Olivia no lo permitiría —dijo John.
—Confío en que todos acudiréis a la celebración.
—¿Bromeas? —rio Andy— No me lo perdería por nada del mundo.
Te recuerdo que nos debes una pequeña fortuna por haber caído en las redes
del amor, amigo mío.
—Fortuna que pagaré con gusto. —Sonrió—. Nunca pensé que
terminaría enamorándome como un tonto de una mujer tan dulce como ella.
Al otro lado del salón, las tres jóvenes se sentaron en unos mullidos
sillones colocados en hilera contra la pared.
—¿Cómo conociste a Baldwin? —preguntó Olivia.
—Fue de casualidad —respondió Bella con una sonrisa—. Iba
distraída y al cruzar la calle casi soy atropellada por un carruaje, pero él me
salvó justo a tiempo. Cuando levanté la mirada y vi ese rostro tan hermoso
me quedé muda de la impresión… y él creyó que era tonta.
—¿En serio? —rio Ely.
—¡Sí! Me llevó hasta donde mi doncella daba gritos sin control y se
marchó como alma que lleva el diablo de allí. Semanas más tardes nos
encontramos en la cena de un amigo de mis padres. Al principio fue algo
hosco conmigo, pero poco a poco conseguí deshacer el armazón que había
creado alrededor de su corazón. Un día me sorprendió con un ramo de rosas
y al día siguiente estaba pidiéndole mi mano a mi padre.
—Típico de él —rio Olivia—. Nunca se ha caracterizado por ser
paciente. Recuerdo una vez que fuimos al río a jugar con una fragata que
habían construido ellos mismos con ayuda de mi padre. La corriente la
arrastró demasiado rápido y terminó cayendo por la cascada. Andy y John
salieron a correr con la intención de esperarla en la poza que se formaba al
final del riachuelo, pero él no tuvo paciencia y se lanzó de cabeza para
perseguirla. Pescó un buen resfriado y se ganó una buena reprimenda de sus
padres.
—Le pedí esperar al final de la temporada para casarnos —confesó
Bella—. ¿Creéis que estoy actuando bien?
—Claro que sí —dijo Elisa sujetando la mano de Bella entre las
suyas—. Si te casaras antes te perderías los bailes y las fiestas porque
tendrías que irte de luna de miel.
—Cierto, así podrás disfrutar ambas cosas.
—¿Por eso has rechazado a cuatro caballeros? —protestó su
hermano a su espalda.
—Los he rechazado porque todos ellos eran insoportables —
respondió su hermana—. Si tanto quieres una boda, cásate tú mismo.
—Si no te casas, mamá no dejará de atosigarme —se quejó el
duque.
—¿Y no es lo normal? Eres el mayor, después de todo.
—Niños, haya paz —bromeó Andy—. Señorita Bennet, ¿le apetece
dar un paseo? Me han dicho que los jardines del duque han sido iluminados
con antorchas y su aspecto es realmente asombroso.
Andy vio la intención de negarse de la joven, así que señaló
disimuladamente hacia Mountevans, que estaba cerca de la puerta de la
terraza.
—Me gustaría mucho, lord Lattimer —respondió con una radiante
sonrisa.
Andy le ofreció el brazo y la guio rodeando la pista de baile hasta
toparse con el caballero en cuestión. Lord Mountevans era un hombre alto,
robusto, de cabello leonado y ojos marrones que llamó la atención de Elisa
en cuanto le vio de cerca. Algo se removió en el estómago de Andy, pero lo
desechó en cuanto estuvo a la altura del vizconde.
—Mountevans, hacía mucho que no te veía —dijo con una
reverencia.
—Lattimer, veo que has vuelto de tus viajes. ¿Cómo se encuentra
Jeremy?
—Encantado de ser padre —sonrió—. Mi cuñada acaba de dar a luz
a una niña preciosa que es su debilidad y la mía, por supuesto.
—Mi enhorabuena, entonces.
—¿Conoce ya a la señorita Bennet? —preguntó.
—No tengo el gusto —dijo el aludido centrando su atención en ella
y haciendo una reverencia—. Es un placer conocerla, señorita Bennet.
—Lo mismo digo, milord.
—Si me disculpan, voy a buscar una bebida para la señorita. Cuídela
bien, Mountevans. Es una amiga muy querida para mí.
Se alejó hasta la mesa de las bebidas, desde donde podía estar
pendiente de Elisa sin interrumpir el posible cortejo. Pero algo en su interior
se revolvía causándole desasosiego, logrando que apretara con fuerza el pie
de su copa de champán mientras fijaba su mirada en ella, que reía ante algo
que el vizconde le decía.
—¿Dónde has dejado a la señorita Bennet? —preguntó Grey,
sobresaltándole.
—Está hablando con Mountevans.
—Buen partido. ¿Los has presentado tú? —El barón solo asintió—.
¿Qué ocurre?
—Nada.
—Por tu gesto no parece así. ¿Ha hecho algo Mountevans para
molestarte?
—Claro que no, sabes que nos llevamos bien.
—¿La señorita Bennet, entonces?
—He dicho que no me pasa nada. Solo estoy esperando a que
terminen de hablar.
—Es la segunda vez que reaccionas de manera exagerada en
referencia a ella, Andy. Deberías preguntarte por qué.
 
Elisa empezó a ponerse nerviosa en cuanto Lattimer se alejó de su
lado. ¿Cómo había podido dejarla sola ante el peligro? No sabía qué decir,
ni qué hacer sin él a su lado. El vizconde Mountevans era un hombre muy
apuesto, tan apuesto como sus amigos, y ahora entendía perfectamente a
Anette cuando decía que no podía evitar tartamudear. ¡No sabía qué tema
abordar! Por suerte el vizconde pareció darse cuenta de su malestar y fue él
quien comenzó la conversación.
—¿Se está divirtiendo este fin de semana, señorita Bennet? —
preguntó mirándola con calidez.
—Mucho, milord. Las actividades que ha preparado la duquesa para
las damas esta mañana han sido muy entretenidas, y el baile es magnífico.
—Tengo entendido que ha vivido usted toda su vida en Virginia. ¿Le
ha sido difícil adaptarse a la vida de Londres?
—Un poco al principio. Pero mi madre se preocupó de educarme
para que fuera presentada en sociedad algún día, así que ya me he
acostumbrado al ajetreo social.
—Me alegra oír eso. Es sorprendente que no me haya percatado de
su presencia en cuanto ha hecho su aparición en el salón de baile, milady.
Una dama con su belleza no puede pasar desapercibida.
—Eso es porque suelo disfrutar de los bailes en la periferia a no ser
que esté bailando con Lattimer o Grey.
—¿No le gusta bailar?
—Me encanta hacerlo, pero mi procedencia parece espantar a la
mayoría de los caballeros.
—Eso es absurdo, su procedencia no tiene nada que ver con quien es
usted. ¿Puedo hacerle una pregunta?
—Por supuesto, milord.
—¿Tienen Grey o Lattimer algún interés en usted?
—Oh, no… Solo somos amigos. Los conocí a través de la hermana
del conde y desde entonces suelen servirme de pareja de baile.
—En ese caso, sería un honor para mí que a partir de ahora me
tuviera en cuenta como una pareja de baile más, milady. Quiero seguir
disfrutando del pacer de su compañía, si no le importa.
—Será un placer, milord.
—¿Le parece que empecemos esta noche?
—Con gusto, milord —respondió ella extendiendo su tarjeta de
baile con una sonrisa.
El vizconde apuntó su nombre en la tarjeta de Elisa justo cuando
Lattimer regresaba con su bebida para llevarla hacia donde se encontraba su
madre acompañada de su prima. Elisa miró a su amigo con agradecimiento
y dio un sorbo de ponche para aclarar su garganta, que se había quedado
repentinamente seca después de su encuentro con Mountevans.
Definitivamente el vizconde parecía un caballero muy adecuado y parecía
tener interés en ella. Quería conocerle mejor para saber si llegaría a tener
sentimientos por él con el tiempo. Tal vez sí tendría una boda esa temporada
después de todo.
—¿Cómo ha ido? —preguntó el barón.
—Es bastante agradable. No recuerda haberme visto antes, pero me
ha pedido un baile.
—Suponía que lo haría. Más tarde te presentaré a Fensby. Es mejor
partido que el vizconde en cuanto a título, pero la fortuna de Mountevans es
considerablemente mayor.
—La fortuna no me interesa demasiado, ya lo sabes. Solo quiero
sentirme a gusto con mi futuro esposo.
—Que no sea bebedor y que no tenga amante durante el
matrimonio, lo recuerdo. He oído a algunas damas hablando en la mesa de
bebidas. Se dice que Mountevans ha dejado entrever que tiene intención de
casarse pronto, por lo que es adecuado para ti.
—Por ahora solo me ha pedido un baile —dijo Elisa mirando su
carnet—, una cuadrilla.
—Por supuesto no se atrevería con un vals la primera vez, sería
demasiado evidente.
—¿Crees que le haya interesado?
—Si no lo has hecho es que es un necio. Ahora es el momento de
captar su atención. Al vizconde no le gustan las mujeres sin cerebro, algo
que juega a tu favor. Le gustan los caballos, la literatura y el teatro. Odia los
juegos de cartas y desde que le conozco rara vez le he visto beber de más.
Espero que toda esa información te sea de ayuda.
—Gracias por su ayuda, milord —susurró Elisa cuando la dejó al
lado de su madre—. Le estaré eternamente agradecida.
Andy se alejó hacia las puertas que daban al jardín. Sentía una rara
opresión en el pecho que le impedía respirar, y pensó que un poco de aire
fresco la ayudaría. Pero la soledad y el silencio de la noche solo le hizo
pensar de nuevo en Elisa. Había sido más que evidente la mirada
aprobatoria que Mountevans le había dirigido, tendría que ser ciego para no
ver que Elisa Bennet era la mujer perfecta para el matrimonio. Si los
rumores que había oído sobre él eran ciertos, cortejaría a Elisa el tiempo
suficiente para que los rumores sobre su propio interés por ella se disiparan
y le pediría matrimonio. Él debería estar feliz por ello, habría cumplido a la
perfección su parte del trato y tendría la excusa perfecta para marcharse de
Londres y volver con su familia, pero algo le molestaba, algo que
serpenteaba dentro de su estómago y que iba creciendo por momentos.
Debería volver al salón, pero no tenía ninguna intención de ver a la señorita
Bennet bailar con Nicholas Gastrell por mucho que hubiera sido él quien le
dejara el camino libre al vizconde. Se sentó en una de las mesas de forja
que habían quedado abandonadas en la terraza y encendió un cigarro para
disfrutar de un momento de tranquilidad.
—¿Qué haces aquí solo? —preguntó John, que le miraba apoyado
en el dintel de la puerta— ¿Huyendo de alguna debutante insistente?
—¿Por qué no estás vigilando a Olivia?
—Está a buen recaudo con mi madre. ¿Y bien?
—El aire está viciado ahí dentro. Necesitaba respirar un poco de aire
fresco, volveré en un momento.
Su amigo se sentó en la silla frente a él y le arrebató el cigarro de la
mano para darle una calada.
—He visto que le has presentado a Mountevans a la señorita Bennet
—comentó.
—Es un buen partido para ella.
—Cierto. Es rico, tiene buen porte y su reputación está intacta. Creo
que es un gran partido para cualquier dama que se precie.
—He oído que está buscando esposa y Elisa parece interesarle.
—¿Y qué hay de ella?
—Mountevans le parece agradable, creo que también puede estar
interesada.
—Entonces es el candidato perfecto para ella.
—¿Y por qué siento que se me revuelve el estómago cada vez que
pienso en ello? —protestó levantándose y dirigiéndose hacia la balaustrada.
John se quedó mirando a su amigo con los ojos como platos. Jamás
se habría esperado escuchar esas palabras salir de la boca de Andy. Después
de la reacción que tuvo cuando bromeó diciendo que se casaría con ella
sospechaba que los sentimientos del barón por la dama no eran de simple
aprecio, pero lo que acababa de confesar le había sorprendido realmente.
—He sido yo quien le ha sugerido a Mountevans —continuó
diciendo el barón—, pensé que harían buena pareja y que al fin me podría
marchar a España con mi familia.
—Y así es. Mountevans está buscando esposa, es muy probable que
terminen comprometidos antes de que finalice la temporada.
—Debería sentirme feliz por librarme de mi promesa, ¿verdad?
—Eso creo.
—Pero cuando la he visto hablando con él y sonriéndole se me han
removido las entrañas.
—A mí también me sonríe y no te pones así.
—No es lo mismo y lo sabes.
—¿Por qué demonios no?
—Porque tú no estás interesado en ella.
—¿Quién lo dice?
—Te conozco desde que teníamos diez años, John. Sé cuándo una
mujer te interesa de verdad. Ahora mismo debe estar bailando con
Mountevans y soy incapaz de entrar en el salón porque prefiero morirme de
frío aquí sentado antes que ver ese espectáculo. ¿Qué demonios me está
pasando?
—¿En serio no lo sabes? —susurró su amigo.
—Si lo supiera no te lo preguntaría.
—Dios mío, Andy… Has estado tan entretenido jugando a ser pirata
que no tienes ni idea de los asuntos del corazón.
—¿De qué corazón estás hablando?
—Del tuyo, ¿de cuál más?
—Yo no siento nada por la señorita Bennet.
—Por supuesto que sí.
—Amistad, desde luego. Aprecio, por supuesto. Pero nada más que
eso.
—Entonces, ¿por qué te sientes así?
—Tal vez porque paso demasiado tiempo con ella, eso es. Me he
acostumbrado a su compañía y me fastidia tener que prescindir de ella.
—Yo también paso mucho tiempo con ella y me alegraré si
Mountevans se decide a proponerle matrimonio.
—¿Crees que yo no lo haré? ¿Crees que no me alegraré por ella si
recibe una proposición del vizconde?
—Definitivamente no lo creo. Creo que más bien retarías a duelo a
Mountevans si pudieras por atreverse a tener en cuenta a Elisa como futura
esposa.
—Creo que has bebido demasiado champán, John. Estás
desvariando.
—¿Alguna vez te has enamorado, Andy?
—Por supuesto que sí.
—Tu sobrina no cuenta —rio John—. ¿Te has enamorado de una
mujer de verdad alguna vez?
—¿Qué tiene de especial el amor? —preguntó a la defensiva.
—Debería avergonzarte decir eso cuando tu hermano está
felizmente casado con la mujer a la que ama.
—El caso de mi hermano es extremadamente raro y lo sabes tan
bien como yo.
—Tal vez, pero con tu fortuna puedes darte el lujo de elegir a una
mujer a la que amas para contraer matrimonio.
—Lo dice el hombre que huye de las debutantes como de la quema
—bufó el barón.
—Eso es porque aún no me he enamorado, idiota. El día que
encuentre a una dama que me haga perder la cabeza por ella te aseguro que
pediré una licencia especial para casarme lo antes posible.
—Dudo que la encuentres si evitas a todas las debutantes temporada
tras temporada.
—No estamos hablando de mí, ¿recuerdas?
—Ya te he dicho que no estoy enamorado de Elisa.
—¿Seguro?
—Completamente.
—En ese caso, solo será una indigestión.
—Tienes razón. Seguramente el salmón servido en la cena me ha
sentado mal.
—Posiblemente estaba pasado. ¿Volvemos al salón?
—Creo que mejor me retiro por esta noche, no soy muy buena
compañía ahora mismo. Tal vez si descanso mañana me encuentre mucho
mejor.
—Muy bien —suspiró John levantándose.
—¿Puedo pedirte un favor? —preguntó Andy al verle dirigirse a la
fiesta.
—Claro. ¿Qué necesitas?
—Le prometí a Elisa presentarle también a lord Fensby. ¿Lo harás
por mí?
—¿Estás seguro?
—Se lo he prometido —respondió levantándose—. Nos vemos
mañana, John. Cuida bien de Olivia.
—¿Quieres que mande llamar al médico?
—No es necesario. Unas horas de sueño serán suficiente. Te veo por
la mañana.
John se quedó mirando la espalda de su amigo, apoyado en la
balaustrada, preguntándose si sería tan estúpido como para ignorar los
sentimientos que empezaba a sentir por la pequeña dama americana.
 
Capítulo 15
 
 
 
 
 
 
 
Elisa terminó su baile con Mountevans teniendo una muy buena
impresión de él. Había sido un gran bailarín, su conversación era
entretenida y desde luego era apuesto, casi tanto como Lattimer o Grey. Y
lo más importante de todo: parecía estar realmente interesado en ella. Le
había pedido un paseo matutino por los alrededores del lago a la mañana
siguiente, y había insistido de nuevo en que le considerase una pareja
habitual de baile a partir de ese momento. Elisa había escuchado de boca de
Lattimer que el vizconde estaba buscando esposa, lo que aumentaba sus
posibilidades de ser la elegida por él.
—No le he visto en los bailes desde que llegué de Virginia, milord
—dijo cuando la acompañaba al lado de su madre.
—Eso es porque acabo de llegar a la ciudad —respondió el vizconde
—. Mi hermana vive en Escocia con su esposo y he pasado una temporada
con ella.
—¿Tiene muchos hermanos, milord?
—Cinco, para mi desgracia. Todos terminan dándome algún que
otro dolor de cabeza cada temporada, pero por suerte solo quedan dos
solteros aparte de mí. ¿Tiene usted hermanos, señorita Bennet?
—Soy hija única. Mi madre no pudo tener más hijos después de mí,
aunque me hubiera gustado tener hermanos.
—Créame, si estuviera en mi lugar se arrepentiría de esas palabras
—bromeó él guiñándole un ojo.
—Tal vez fuera así. Mi amiga Olivia me dice lo mismo que usted.
—¿La señorita Irving?
—La misma. Siempre se está quejando de su hermano mayor,
aunque realmente Grey es un hombre atento y divertido.
—Créame, todos nos quejamos de nuestros hermanos al menos una
vez al día. ¿Y qué le gusta hacer en su tiempo libre? Intuyo que lo suyo no
es hacer bordados.
—No se equivoca, milord. Odio pasar horas sentadas delante del
bastidor, es aburrido.
—¿Y qué prefiere hacer entonces?
—Me gusta mucho la lectura. Disfruto enormemente con un buen
libro, puedo pasar horas enfrascada en una buena historia.
—Entonces tenemos intereses en común, yo también disfruto de la
lectura. Mi escritor favorito es Dickens.
—Oh… Yo prefiero las historias de las hermanas Brontë.
—Así que es usted toda una romántica…
—Se podría decir así.
Vio a Grey entrar solo en el salón desde los jardines. Poco antes de
dirigirse a la pista de baile el conde le había comentado que iba a buscar a
Lattimer, pero el barón no aparecía por ninguna parte.
—¿Se encuentra bien, señorita Bennet? —preguntó Mountevans.
—Por supuesto, disculpe.
—Decía que estuve el año pasado en Virginia, visitando las
plantaciones de algodón de un socio de mi padre.
—¡Oh! ¿De veras? ¿Y qué le parecieron?
—Fue un paisaje encantador. El algodón acababa de florecer y
parecía que ante mí se extendían jardines de nubes.
—Exactamente así —sonrió ella—. Me encantaba sentarme bajo
una vieja encina en los terrenos de mi padre y leer un libro con los campos
de fondo.
—Espero que Londres no le parezca demasiado aburrido en
comparación.
—Londres es demasiado ajetreado, a decir verdad. Es divertido
acudir a los bailes, pero a veces creo que las personas viven a contrarreloj.
—Posiblemente sea así —respondió el vizconde—. Pero le prometo
que todo cambia una vez ha terminado la temporada. La sociedad se
tranquiliza, la mayor parte de ella se muda al campo y la tranquilidad
inunda la ciudad.
—¿Prefiere usted la ciudad o el campo, milord?
—Indiscutiblemente prefiero el campo. Suelo mudarme a mi casa en
Cornualles en cuanto termina la temporada y no regreso a Londres hasta la
siguiente si no es estrictamente necesario.
Llegaron a donde se encontraban su madre y su prima y se despidió
del vizconde con una reverencia.
—Ha sido un placer bailar con usted, señorita Bennet —dijo él—.
Espero poder repetir muy pronto, y la veré mañana para nuestro paseo.
—Por supuesto, milord. Guardaré a partir de ahora un hueco en mi
cartilla de baile para usted, lo prometo.
—Lady Bennet, lady Lacroix…
En cuanto el vizconde se dio la vuelta, Elisa se disculpó con ambas
mujeres, a pesar de las protestas de su madre, que quería saber más sobre su
encuentro con el caballero, y se adentró entre el gentío hasta encontrar a
Grey, que charlaba animadamente con algunos caballeros. En cuanto la vio,
centró toda su atención en la dama, como era habitual en él.
—¿Ocurre algo, señorita Bennet? —preguntó.
—¿Sabe dónde se ha metido Lattimer? No logro encontrarlo por
ninguna parte y estoy preocupada.
—Le dejé en el jardín, pero pidió que le disculpara. Subirá a su
habitación porque no se encuentra bien.
—¿Está enfermo?
—Algo así —respondió el conde sonriendo.
—¿Qué le ocurre? ¿Ha mandado llamar al médico?
—No se preocupe, señorita Bennet, no es nada grave. Una noche de
descanso lo solucionará.
—¿Usted cree?
—Estoy seguro. Me encomendó presentarle a lord Fensby, pero
ahora está bailando con la señorita Longhurst. Vaya a divertirse con mi
hermana, que lleva un buen rato haciendo aspavientos desde la mesa de
refrigerios para llamar nuestra atención. —Sonrió cómplice—. Iré a
buscarla en un rato.
Elisa aprovechó que los caballeros con los que se encontraba el
conde volvieron a llamar su atención para encaminarse en dirección
contraria a Olivia, hacia el jardín. Esperaba ver a Lattimer cerca de las
puertas acristaladas para asegurarse que el barón no necesitaba un médico,
y bufó cuando no le encontró allí. Ya iba a volver de nuevo al baile cuando
un movimiento entre los setos llamó su atención. Lattimer se dirigía hacia la
pérgola, aquella por la que habían pasado ella y sus amigas al volver del
invernadero, y sin pensarlo siquiera se recogió las faldas y salió a correr
hacia él.
 
Andy inspiró profundamente disfrutando del aire fresco del campo,
pero no podía quitarse de la cabeza las palabras de su amigo. ¿Tenía él
sentimientos por Elisa Bennet? Tonterías. La conocía desde hacía tiempo y
jamás había sentido nada por ella. Era innegable que su belleza eclipsaba a
la mayoría de las damas del salón de baile y que admiraba su inteligencia, y
también lo era que cuando la vio por primera vez ataviada con un vestido de
fiesta pensó que si tuviera intención de casarse ella sería verdaderamente
adecuada, pero durante el tiempo que había estado ayudándola en su
empeño por encontrar esposo nunca había sentido absolutamente nada por
ella. Hasta esa noche.
Desde que había empezado a simular cortejarla habían sido algunos
los caballeros más que aceptables que se habían atrevido a interesarse en la
mujer, pero en cada ocasión supo desde el primer momento que ninguno de
ellos tendría oportunidad de conquistarla. Elisa era demasiado inteligente,
demasiado vivaz como para conformarse con los petimetres aburridos que
se le habían acercado baile tras baile en busca de su favor… Pero
Mountevans era totalmente distinto a ellos. El vizconde poseía una de las
mayores fortunas de la ciudad, era uno de los solteros más deseados cada
temporada… y se había interesado genuinamente en Elisa en cuanto se la
presentó. Andy fue mortalmente consciente de ello en cuanto vio su mirada
aprobatoria recorrer a la dama de pies a cabeza, y cuando le pidió un baile a
pesar de que eran contadas las ocasiones en las que bailaba con debutantes.
Y también había visto el interés en el rostro de ella, un interés que no había
visto en ellos hasta ahora.
Pero todo lo que sentía se debía al simple hecho de haber pasado
demasiado tiempo en compañía de la dama, eso era. Debía reconocer que
esa temporada era la primera vez en la que se divertía realmente asistiendo
a los bailes, en la que acudía a los eventos sociales de buena gana y en la
que casi sin darse cuenta empezó a desear que llegase pronto la siguiente
velada en la que se encontraría con sus amigos… y con ella. ¿Significaba
eso que le gustaba? Por supuesto que Elisa le gustaba, pero no como mujer,
sino como amiga. Ella era un soplo de aire fresco en su aburrida vida en
Londres, llenaba sus días de luz y color y amenizaba las veladas con su
refrescante conversación… y su radiante sonrisa. Aunque se negara a
reconocerlo, desde que se había convertido en su pretendiente falso no
había deseado volver al mar… ni una sola vez. Atesoraba las veladas
musicales en las que podían hablar en susurros durante horas, comentando
el último libro que habían leído o simplemente disfrutando de la compañía
del otro mientras escuchaban a las demás debutantes graznar creyendo que
cantaban como los ángeles. Y empezaba a molestarle la certeza de que su
amigo se había acercado más a la verdad de lo que él querría admitir.
Oyó unos pasos rápidos a su espalda, y apenas le dio tiempo a
girarse cuando un cuerpo envuelto en tafetán se estampó contra el suyo,
dejándole sin aliento. No se sorprendió en absoluto al bajar la mirada y ver
que se trataba de Elisa, que maldecía mientras intentaba inútilmente
devolver la tiara de su peinado a su lugar.
—Malditas piedras… —protestó— Si no llegas a estar aquí hubiera
terminado en el suelo. ¿Estás bien?
Andy la miró como si la viera por primera vez. Sus ojos de color
ámbar brillaban debido a la luz de la luna llena que reinaba en el cielo, y sus
labios rosados pedían a gritos ser besados. Su pecho subía y bajaba,
amenazando con salir del confinamiento de la tela cada vez que ella se
inclinaba para atusar la tela de su falda, y el lunar de su mejilla se había
vuelto irremediablemente tentador. De pronto el barón sintió un deseo
irrefrenable de borrar la preocupación que se adivinaba en su rostro a besos,
pero carraspeó y usó toda su fuerza de voluntad para alejarla unos pasos de
él.
—¿Se puede saber qué demonios haces aquí sola? —la regañó.
—Te estaba buscando —respondió ella jadeando.
—¿A mí? ¿Por qué?
—Grey me dijo que no te encontrabas bien. ¿Te sientes enfermo?
¿Quieres que llame al médico o…
—¡Por todos los santos, Ely!
Andy se volvió para intentar recuperar la compostura. Inspiró un par
de veces con fuerza y cerró los ojos para recomponerse. Sentir el cuerpo
voluptuoso de Elisa chocar contra el suyo logró que su miembro se
endureciera, y había sido incapaz de apartar la mirada del escote de su
vestido mientras sus pechos subían y bajaban debido a la carrera. El deseo
le había azotado con tanta fuerza que se sentía mareado, y debía recuperar
la calma antes de cometer alguna tontería.
—¿Andy?
Maldición… ¿Por qué había tenido que decir su nombre de una
manera tan seductora? Susurrado, nada menos. Hacía semanas que se
tuteaban cuando no estaban rodeados de gente, pero nunca su nombre en los
labios femeninos había sonado tan sensual como en ese momento. El suave
susurro había logrado inundar su mente con escenas de ellos dos en la
cama, o sobre el escritorio de caoba de su despacho, o sobre cualquier
superficie plana en la que pudiera tumbarla para saborearla desde ese moño
alto adornado con la dichosa diadema hasta la punta de los pies envueltos
en medias de seda. Que Dios le ayudara… Deseaba a Elisa Bennet con
todas sus fuerzas. La deseaba con tal intensidad que era incapaz de pensar, y
tenía que echar mano a todo su autocontrol para no cometer una locura,
pero ella no debía saberlo nunca.
—Estoy bien, Elisa —dijo con voz ronca—. Deberías volver a la
fiesta, tu madre te estará buscando.
—No puedo dejarte solo, Andy. Es evidente que no estás bien.
—¿Puedes dejar de decir mi nombre de pila? Alguien podría salir al
jardín y escucharte, y estaríamos en serios problemas.
—Te ayudaré antes a subir a tu habitación y…
—¡Por amor de Dios, Elisa! —exclamó dándose la vuelta hacia ella
— ¿Se puede saber en qué demonios pensabas para adentrarte sola en unos
jardines a oscuras?
—No están a oscuras, la luz de la luna llena los ilumina a la
perfección y te he visto desde la puerta del salón de baile.
—¿Me has visto? ¿En un jardín sin más iluminación que la de la
luna? Me impresiona lo excelente que es su visión, milady.
—No te burles. No te he visto perfectamente, pero por el porte y el
color de tu ropa he sabido que eras tú.
—¡Dime! ¿Qué habrías hecho si se hubiera tratado de otro caballero
con el mismo color de ropa? ¿Qué habría pasado si te encuentras con otro
hombre en la soledad de un maldito jardín a oscuras, Elisa?
—Me habría disculpado y habría vuelto corriendo al baile.
—Me asombra que a estas alturas sigas siendo tan ingenua. ¿Quieres
saber lo que habría pasado si otro hombre se hubiera encontrado contigo?
¿Quieres que te muestre lo que hubiera pasado si hubiera sido un maldito
bastardo como Portland?
Dio un paso hacia ella, intentando intimidarla, pero Elisa no le tenía
ningún miedo y se quedó mirándole con una ceja arqueada.
—Ahora mismo estarías deshonrada —dijo—. Ese maldito
desgraciado te habría sujetado a la fuerza y habría roto tu vestido para poder
tomarte, aunque opusieras resistencia con todas tus fuerzas. Te habría
violado, Elisa. Y por si eso no fuera suficiente, te habrías visto obligada a
casarte con él.
—Pero eras tú, no Portland. Sé que estoy a salvo contigo.
—Sigues sin entenderlo, ¿verdad? Incluso si soy yo y estás a salvo
conmigo corres un terrible peligro. ¡Y yo también, maldita sea!
—Nadie nos ha visto, no pasará nada.
—¿En serio? ¿Tienes idea de lo que pasaría si tu tía te hubiera
seguido y nos encontrara ahora mismo? ¡Nos obligaría a casarnos mediante
una licencia especial! ¡Sabes tan bien como yo que está deseando que te
proponga matrimonio!
Elisa lo miró con los ojos como platos, y Andy pudo ver el dolor
que sus palabras le habían causado, pero Elisa se puso rápidamente una
máscara de indiferencia y se alejó unos pasos de él.
—Siento haberle puesto en una situación delicada, milord —dijo—.
No era mi intención hacerlo.
—Elisa…
—Lo que me trajo aquí fue mi sincera preocupación por la salud de
mi amigo —dijo recalcando esto último—. No pensé más que en su
bienestar, no en el mío.
—Elisa, yo…
—Terminemos nuestro acuerdo aquí —le interrumpió alzando una
mano enguantada—. No me había percatado de que su aversión por el
matrimonio hace que le resulte difícil hacerse pasar por mi pretendiente. Y
ahora, si me disculpa, volveré a la fiesta.
Ella se dio la vuelta para alejarse, pero Andy la tomó de la muñeca y
la arrastró hasta la pérgola. El pequeño habitáculo contaba con dos bancos
adornados con elegantes cojines y mantas y una mesa de forja. Lattimer
soltó a Elisa y empezó a pasearse por la habitación.
—Has dicho lo que has querido hace un momento, pero ahora me
vas a escuchar —sentenció.
—No tiene que decir nada, milord. Todo ha quedado claro como el
agua.
—¡Deja de llamarme milord! —gritó, sobresaltándola.
—¡Hace un momento me has dicho que no te llame por tu nombre!
Andy inspiró con fuerza intentando calmarse, la guio hacia uno de
los sillones y se sentó a su lado, aunque su mirada estaba en el camino por
si algún curioso se acercaba a ellos.
—Elisa, nunca he dicho que me incomode hacerme pasar por tu
pretendiente —dijo—. Sabes bien que disfruto mucho de tu compañía y en
ningún momento he pretendido que creas lo contrario.
—Entonces lo que te aterra es convertirme en tu esposa. Lo
entiendo.
—¡No es porque seas tú, maldita sea! ¡No quiero casarme ni contigo
ni con nadie!
—¿Puedes dejar de gritarme? Me reprendes por salir sola al jardín,
pero eres tú quien va a terminar llamando la atención de todos en el baile
con tus gritos.
—¡Me siento frustrado! Te has puesto en peligro adrede, ni siquiera
te has parado a pensar en el peligro que corrías, ¡y lo único que te preocupa
es si yo quiero o no casarme contigo!
—¡No corría ningún peligro porque nadie se ha percatado de que he
salido del salón! —gritó ella levantándose del sillón, más frustrada aún que
él.
—Saliste en busca de un hombre soltero, ¿y dices que estás a salvo?
—Salí a buscarte a ti, no tenía nada que temer porque eras tú.
Andy se levantó también, se pasó la mano por la barbilla desnuda y
apretó la mandíbula acercándose lentamente a ella.
—¿Eso es lo que crees, Ely? —dijo con voz suave— ¿Crees que
porque somos amigos y te estoy ayudando a buscar esposo no corres peligro
conmigo?
—Sé que no corro peligro contigo porque te conozco. Me lo
demostraste cuando viajábamos en tu barco y me lo has demostrado día tras
día desde que nos conocimos.
—Pareces olvidar que yo también soy un hombre.
—Un buen hombre —le corrigió ella—. Un ladrón, es verdad, pero
un buen hombre.
Andy sonrió sin querer. ¿Cómo era posible que esta mujer tuviera
una fe tan ciega en él si sabía a lo que se dedicaba cuando decía estar
visitando a su familia?
—Un pirata —puntualizó—. No te olvides de que soy un maldito
pirata, Elisa.
Siguió acercándose lentamente a ella. Elisa daba pasos atrás
conforme él se iba acercando, hasta que quedó atrapada entre su cuerpo y el
arco de la pérgola.
—Un pirata no tiene escrúpulos en tomar lo que se le ofrece tan
libremente como lo estás haciendo tú ahora —dijo con voz ronca—.
Debería desvestirte y hacerte mía para que veas qué tan peligroso puedo
llegar a ser. ¿Qué dices?
Observó con satisfacción que la respiración de la joven se volvió
jadeante cuando apoyó la mano en la columna a su espalda, a la altura de su
cabeza, pero Andy cometió el error de fijar de nuevo sus ojos en esos
pechos turgentes, a punto de escapar del confinamiento del vestido,
moviéndose al compás de la respiración de Elisa. Su pulso se aceleró, su
miembro dio un doloroso tirón dentro de sus pantalones y tuvo que apretar
la mano libre en un puño para no tocarla.
—Sé que intentas darme miedo, pero no me asustas en lo más
mínimo —espetó ella levantando su naricilla respingona en un intento de
mostrar valor.
—Debería dártelo, Ely —susurró acercando su boca a la de ella—.
Crees ciegamente que conmigo estás a salvo, pero que Dios me asista, para
ti soy el hombre más peligroso de los que llenan hoy el salón.
Sin más, bajó la cabeza hasta que su boca rozó la de Elisa. Su
intención había sido darle un escarmiento, hacerla entender que ningún
caballero era lo suficientemente honorable como para arriesgarse a estar a
solas con él, pero el deseo serpenteó desde el lugar donde sus labios se
tocaban hasta su estómago, dejándole mareado y aturdido, y antes de darse
cuenta tenía a Elisa rodeada con sus brazos y apretada contra su cuerpo. Al
principio se conformó con rozar levemente una y otra vez los labios
femeninos, carnosos y suaves, pero no era suficiente y acarició el labio
inferior con la lengua instándola a abrir la boca. El jadeo de la mujer fue
suficiente para adentrarla lentamente, saboreando el ponche que ella había
bebido hacía un momento en la calidez de su lengua. Elisa permaneció
inmóvil, y Andy se habría detenido ahí pensando que la había asustado si
ella no hubiera dejado escapar un gemido, hubiera subido lentamente las
manos enguantadas por su pecho y las hubiera enredado en su cuello,
hundiendo los dedos en su cabello.
Necesitaba parar, sabía que era imperioso hacerlo, pero que Dios le
perdonara, era incapaz de apartarse de ella. Sus manos acariciaron la
espalda de Elisa con suavidad mientras profundizaba el beso, la devoraba,
se bebía sus gemidos quedos, y apretaron el redondeado trasero de la joven
para acercarla más a él y que sintiera el bulto de su erección. Elisa le
devolvía el beso con la avidez propia de la inocencia, con el ansia de
explorar lo desconocido, pero cuando Andy la apretó contra él y sintió en la
unión de sus piernas el deseo del barón, se petrificó. Fue entonces cuando él
se dio cuenta de lo que realmente había hecho, de lo lejos que había
llegado, y se apartó de ella como si le hubiera quemado. La observó llevarse
la mano a los labios hinchados mientras lo miraba con asombro, y se
maldijo a sí mismo por haber permitido que sus instintos dominaran la
situación.
La observó recomponer inútilmente su peinado, y dio un paso hacia
ella con la intención de ayudarla y llevarla sana y salva hacia el salón de
baile, pero en cuanto lo hizo ella se recogió las faldas y echó a correr lejos
de él. La observó hasta que estuvo segura dentro de la casa y con una
maldición se dirigió a la puerta principal para subir a su habitación sin ser
visto.
—Es mejor así —se dijo—. Si nos hubieran visto volver juntos del
jardín habría sido peor.
Pero en su interior sentía que su relación con Elisa Bennet había
dado un giro de ciento ochenta grados desde el momento en que la vio en el
jardín. Mejor dicho, desde el momento en que la probó. Porque ahora sabía
con total certeza cómo era tenerla entre sus brazos, cuál era el sabor de su
boca y cómo se escuchaban sus gemidos. Porque ahora era plenamente
consciente de lo bien que se amoldaba el cuerpo de la dama al suyo y de lo
mucho que deseaba enterrarse en ella para siempre. Porque Elisa Bennet era
la mujer que deseaba más que a nada en el mundo, la única que podría
calmar su deseo de volver al mar, y la que le entendía mejor que nadie.
Porque Elisa Bennet era una dama respetable y él solo quería poseerla, y de
la única forma que podría hacerlo sería casándose con ella… cosa que
estaba totalmente fuera de cuestión.
Capítulo 16
 
 
 
 
 
 
 
A Elisa aún le temblaban las rodillas cuando cruzó las puertas
dobles del salón de baile. Aún sentía las manos del barón sobre su cuerpo,
aún le hormigueaban los labios por sus besos y podía saborear el brandy de
su lengua en la boca. De todos los hombres que había en Londres, jamás
habría pensado que sería Lattimer quien le robara su primer beso. Lo había
hecho para darle un escarmiento, estaba segura, pero eso no quitaba que a
ella le hubiera afectado hasta que el corazón casi se le escapa del pecho. Él
estaba furioso con ella por atreverse a adentrarse sola en el jardín y había
querido asustarla de una manera práctica y efectiva. ¡Y vaya si lo había
logrado! Ahora mismo no podía dejar de temblar, ni siquiera vio a Olivia
cuando la interceptó en su carrera por escapar de la fiesta hasta su
habitación.
—¡Ely! —exclamó Olivia— ¿Se puede saber a dónde vas con tanta
prisa?
—Necesito salir de aquí.
—¿Qué ha pasado?
—Te lo explicaré todo más tarde, pero hora necesito irme de aquí.
Olivia, por favor… sácame de aquí.
—De acuerdo, hablaré con tu madre y…
—¡No! —la interrumpió— No quiero que mi madre me vea así. No
podría explicarle nada.
—Está bien, entonces hablaré con mi hermano. Le pediré que nos dé
quince minutos antes de hablar con ella y que le diga que yo te he
acompañado a descansar porque no te encontrabas bien. ¿Está eso bien para
ti?
—Sí, está bien así.
Olivia fue hacia donde el conde se encontraba reunido con varios
caballeros, pero en cuanto tuvo dos palabras con él, Grey se acercó a Elisa
con gesto de preocupación.
—¿Qué le ocurre, señorita Bennet? —preguntó— Está usted muy
pálida. ¿Ha ocurrido algo?
—¡No! No, solo me encuentro algo cansada, lord Grey.
—¿Está diciéndome la verdad? Si algún caballero ha hecho algo que
la haya afectado…
—No ha sido así, de verdad —dijo con una sonrisa forzada—. Solo
estoy cansada y necesito descansar.
—La llevaré a su habitación y me quedaré con ella —sugirió Olivia
—. ¿Avisas a su madre por mí?
—Por supuesto.
—¿Puede esperar un rato? —preguntó Elisa— Me gustaría hablar
tranquilamente con Olivia y si ella sube inmediatamente me enviará a
dormir.
—Cosa que debería hacer, si me permite decirlo.
—Por favor…
Tras un momento de duda, el conde asintió.
—Pero si viene a preguntarme por su paradero antes de ese tiempo
le diré la verdad —amenazó.
—Muchas gracias, milord.
Ambas amigas se escabulleron por la puerta del salón para subir a
las habitaciones de los invitados. Marie se alarmó al verla llegar con su
amiga, pero Elisa la tranquilizó y le pidió que las dejara a solas hasta que su
madre la mandase llamar. Una vez la doncella salió de la habitación
cerrando la puerta tras de sí, Elisa se dejó caer en la cama con un gemido,
cubriendo su rostro con ambas manos, y empezó a temblar.
—¿Vas a decirme qué te pasa? —protestó Olivia— Empiezas a
preocuparme.
—Dame un minuto para calmarme. Ahora mismo estoy demasiado
alterada.
—¿Algún caballero ha intentado propasarse contigo, Ely? ¿Portland
ha intentado comprometerte?
—No es nada de eso.
—¿Entonces por qué has huido del baile como si el salón hubiera
empezado a arder?
—Soy yo la que está ardiendo —susurró.
—No entiendo nada de lo que me dices.
—Lattimer me ha besado —confesó al fin mirando a su amiga a
través de la separación de sus dedos.
—¿Que Andy ha hecho qué? Voy a matarlo, lo juro. Le estrangularé
con mis propias manos si es necesario.
—No harás tal cosa porque todo ha sido culpa mía.
—¿Cómo puede ser culpa tuya? Él es quien debería haber
mantenido sus labios lejos de los tuyos. Es un caballero, es tu amigo y se
supone que debe protegerte, y en vez de eso…
—Lo ha hecho para darme un escarmiento —la interrumpió ella—.
Se ha enfadado conmigo y ha querido darme una lección.
—¿Besándote?
—Demostrándome que no estoy a salvo con ningún hombre.
—Cuéntame qué ha pasado.
—Después de presentarme a Mountevans he perdido a Lattimer de
vista, así que cuando he terminado de bailar con el vizconde he empezado a
buscarle. Lo primero que se me ha ocurrido es preguntarle a tu hermano por
él, y me ha dicho que se encontraba mal y que estaba tomando aire fresco
en el jardín.
—Deduzco que has ido a buscarle —adivinó su amiga.
—Sí, he salido al jardín para ver si necesitaba algo. ¡Debería
haberme quedado dentro y haberle preguntado mañana! Pero estaba
demasiado preocupada por él, quería saber si necesitaba un médico. ¡Como
si él no fuera lo suficientemente inteligente como para hacerlo llamar si lo
necesita! A veces puedo ser demasiado tonta.
—No desvaríes, Ely. Has salido al jardín, ¿y luego qué?
—Creí que estaría sentado en las mesas de la terraza, pero no estaba
por ninguna parte. Iba a volver a dentro cuando le he visto caminar a lo
lejos, así que he ido a buscarle. ¿Por qué he tenido que seguirle, Oly?
¡Estoy completamente loca! Él tiene razón, podría haber sido cualquiera
porque no le veía bien y…
—Vuelve a centrarte, Ely. Le has seguido. ¿Qué ha pasado después?
—Cuando le he alcanzado me ha reprendido por haber salido sola al
jardín. Era de suponerse, puesto que es extremadamente peligroso hacerlo y
yo debería haberlo sabido. Pero yo le he dicho que no corría peligro porque
era él, y me ha dicho que tía Camille podría habernos seguido y nos
obligaría a casarnos, y quien se ha enfadado entonces he sido yo.
—¡Por amor de Dios, Ely! —exclamó su amiga, sobresaltándola—
¡Dime qué ha pasado para que te bese de una buena vez!
—Al verme tan enfadada por su comentario me ha llevado a la
pérgola para explicarse. Luego ha seguido riñéndome porque he salido sola
al jardín, pero he seguido diciendo que estaba a salvo porque era él.
Entonces me ha dicho que él también es un hombre y que, por lo tanto,
también es peligroso para una dama como yo. Yo le he dicho que no le
tengo miedo, porque sé que es un hombre honorable, y él me ha besado
para demostrar que no lo es —confesó ella sin respirar.
—¡Pero Andy jamás haría algo como eso!
—Pues lo ha hecho, créeme.
—Debía estar muy furioso para llegar a hacer algo así.
—Mucho. En algún momento me pareció que se le abrían los
agujeros de la nariz al inspirar con fuerza.
—Pero conmigo también se ha enfadado mucho y nunca se le ha
ocurrido besarme —susurró Olivia pensativa—. Es extraño que haya
reaccionado así.
—No lo es. Me conoce lo suficiente como para saber que cuando
algo se me mete en la cabeza no hay quien pueda hacerme entender que
estoy equivocada, así que ha decidido demostrármelo directamente.
Intentaba asustarme y lo ha logrado.
—¿Te has asustado por un beso? —preguntó su amiga sorprendida.
—Me he asustado de lo que ese beso me ha hecho sentir.
Olivia la miró sin decir nada, porque no tenía ni idea de a lo que se
refería su amiga. Había tenido muchos pretendientes a lo largo de la
temporada, pero nunca la habían besado. Por otra parte, ¿qué demonio del
Averno había poseído a su amigo para hacer semejante barbaridad? Jamás
habría imaginado que un hombre como Lattimer hubiera sido capaz de
perder los estribos de esa manera con una dama. Siempre había sido un
hombre racional, jamás respondía a una provocación y siempre era la voz
de la razón cuando su hermano perdía los estribos. Tendría que tener una
seria conversación con él para llegar al fondo de todo este asunto, porque
había mucho más de lo que parecía a primera vista.
—Sentía que ardía por dentro, Oly —susurró su amiga sacándola de
sus pensamientos—. Cuando sus labios han rozado los míos ha sido como si
una lengua de fuego hubiera bajado por mi estómago hasta el centro de mi
ser. Y cuando me ha tocado…
—¿También te ha tocado? Definitivamente le mataré.
—Solo me ha abrazado, pero se ha sentido tan íntimo el calor de su
cuerpo contra el mío que he comenzado a temblar. Mis piernas se han
vuelto débiles como mantequilla y he tenido que sujetarme a sus hombros
para no terminar cayendo.
—Dios santo…
—Aún soy capaz de sentir sus labios sobre los míos. Aún siento el
sabor de su lengua en mi boca y el calor de sus manos atravesando la tela de
mi vestido. ¿Qué voy a hacer ahora?
—Nada —respondió su amiga con determinación—. No vas a hacer
absolutamente nada. Andy tiene que estar completamente borracho para
haber cometido tal imprudencia, de lo contrario jamás se habría atrevido a
hacer semejante barbaridad. Si os hubiera visto alguien habría sido tu ruina,
Elisa. Te habrían obligado a casarte con él, pero te habrías convertido en
una paria y nadie querría volver a relacionarse contigo.
—¿Y cómo voy a ser capaz de ser la misma de siempre? No voy a
poder volver a mirarle a la cara sin recordar esta noche y lo que me ha
hecho sentir.
—Digo que podrás hacerlo y lo harás. Pondrás todo tu esfuerzo en
ello. Como has dicho hace un momento, Andy solo pretendía castigarte.
Solo Dios sabe por qué ha sido tan temerario para hacerlo, pero solo era un
castigo y deberías sentirte furiosa porque haya llegado demasiado lejos.
—Creo que tengo sentimientos por él, Olivia —confesó en un
susurro—. Creo que soy una tonta y que casi sin darme cuenta he terminado
sintiendo algo por él.
—¡Ely, no! Sabes que él no tiene ninguna intención de casarse. ¿Por
qué tendrías sentimientos por él? Solo estás confundida, eso es. Es tu
primer beso y lo que has sentido te ha confundido, pero en cuanto lo olvides
estoy segura de que…
—¿Cuando lo olvide? Dime, ¿cómo se puede olvidar lo único que te
ha hecho sentir viva en mucho tiempo? ¿Cómo puedo olvidar ese beso si
aún siento cosquillear mi estómago?
—Debes hacerlo, no tienes otra opción. Andy no va a proponerte
matrimonio, lo sabes, y tu madre insiste en que te cases durante esta
temporada.
—Tienes razón —suspiró Elisa.
—Lo mejor es que mañana, cuando os encontréis a la hora del
desayuno, hables con él como si no hubiera pasado nada. Has dicho que has
bailado con Mountevans, ¿no es así?
—Sí, antes de lo que ha pasado.
—El vizconde es un hombre muy atractivo, de buena familia y con
una gran fortuna. Además, está buscando esposa y su atención se ha
centrado en ti. He escuchado a otras jóvenes decir que siempre evita bailar
con debutantes, así que con ese baile ha dado a entender que has captado su
atención. Deberías centrarte también en él y olvidarte de Andy y de su beso
de castigo.
—Debería hacerlo, sí. El vizconde parece ser adecuado para mí, es
encantador y tenemos muchos intereses en común también. Andy me ha
dicho que no se le conoce amante alguna y que no suele beber demasiado.
Es el marido perfecto y debo centrarme en él. Pero ¿qué haré si no consigo
olvidar el beso de Andy, Olivia?
—Permite que el vizconde te bese si no es así.
—Eso sería muy atrevido y lo sabes.
—Si le dejas ver que el interés es mutuo eventualmente te besará.
—¿Y si no me siento igual?
—Si no lo haces, acepta su petición de matrimonio cuando la haga y
olvídate de Andy y de lo que sientes por él. Creo que con el tiempo lo
conseguirás.
—Si es que el vizconde hace una proposición… Por ahora solo
hemos bailado una vez.
—¿Por qué no iba a hacerla? Eres la dama más bonita de la
temporada y compartís gustos en común. Estoy segura de que seguirá
cortejándote un tiempo y después te lo pedirá.
—Ojalá tengas razón…
—Y ahora deberías acostarte, si tu madre llega y nos ve charlando
descubrirá que todo ha sido una treta para escapar del baile. Llamaré a tu
doncella para que te ayude a desvestirte.
Mucho tiempo después, en la soledad de su cama, Elisa seguía
pensando en el beso de Lattimer. No podía evitar cerrar los ojos y sentir el
calor del cuerpo del hombre pegado al suyo, el tacto de sus cálidas manos
bajando por su espalda hasta sujetarla por las nalgas y la protuberancia que
sintió entre sus piernas cuando la apretó contra él. Sabía perfectamente lo
que era, no era tan ilusa como para no saberlo y su madre la había instruido
bien respecto a la noche de bodas, pero sentirlo en carne propia, darse
cuenta de que un solo beso había logrado excitar al hombre de aquella
manera, era demasiado que asimilar. Se dio la vuelta en la cama y suspiró
centrando la mirada en la luna llena que se veía a través de la ventana. Se
veía tan grande en el excepcionalmente despejado cielo inglés como el
recuerdo de su momento a solas con el barón. Una ínfima parte de ella
deseaba haber sido descubierta en esa situación, pero el resto se reprendía
por pensar tal cosa. No quería casarse con Andy por obligación, sino porque
existieran sentimientos mutuos entre ellos. Si su tía Camille les hubiera
atrapado como Andy había dicho, ella se habría negado rotundamente a
casarse, porque no tenía corazón para condenar a su amigo a un matrimonio
no deseado.
Sacudió la cabeza para deshacerse del recuerdo del importuno
momento de una vez por todas. No debía recordarlo más, debería poder
olvidar algo así, solo necesitaba centrar su atención en algo más. Se centró
en recordar las palabras exactas de Lattimer poco antes de que la arrastrara
hacia la pérgola, las palabras que la hicieron enfurecer. “¿Tienes idea de lo
que pasaría si tu tía te hubiera seguido y nos encontrara ahora mismo?
¡Nos obligaría a casarnos, maldita sea! ¡Sabes tan bien como yo que está
deseando que te proponga matrimonio!”. Y lo peor había sido ver en su
rostro iluminado por la luna el desagrado que le producía la sola idea de
terminar casado con ella. Pareciera como si casarse con Elisa fuera la cosa
más horrible del mundo, lo último que el barón deseara hacer en la vida.
Ella conocía su aversión por el matrimonio desde que lo conoció, pero
¿acaso no sería ella mejor opción que cualquier insípida dama de la
sociedad? Creía que eran más que amigos, creía que ella le agradaba
realmente, pero era evidente que el barón sentía por ella el mismo aprecio
que pudiera sentir por Olivia.
De repente se sintió miserable, sintió un dolor indescriptible en el
pecho y los ojos se le llenaron de lágrimas. Había sido una tonta al pensar
que el aprecio de Andy por ella era más que una simple amistad. Al igual
que Grey, la veía solo a una jovencita a la que proteger de sí misma. Se
levantó de la cama, se puso una bata y salió al balcón. El aire fresco de la
noche secó los rastros de lágrimas de sus mejillas, y ella tomo una
determinación: a partir de ese momento se centraría en hombres como
Mountevans, hombres interesados en cortejarla, y no en el sinvergüenza con
el que había pasado la mayor parte de la temporada.
 
Andy daba vueltas en su habitación como un lobo enjaulado desde
que había llegado hacía más de una hora. Aún no podía creer la estupidez
que había cometido un momento antes en el jardín. ¿En qué demonios había
estado pensando para actuar de esa manera? ¿Qué demonios había
pretendido demostrar besando a Elisa de esa forma? ¿Acaso se había vuelto
completamente loco? La había reñido por ponerse en peligro un momento
antes, y poco después casi la compromete en todo el sentido de la palabra.
Porque tuvo que hacer acopio de toda su fuerza de voluntad para no
desnudarla allí mismo y tomarla. Hasta el final, hasta hundirse en lo más
profundo de ella, saborear cada centímetro de su piel y hacerla gemir de
placer. Hasta que no hubiera más solución para ellos que el matrimonio. Y
que Dios se apiadara de él, porque en el fondo de su alma sabía que esa no
era tan mala idea como intentaba convencerse a sí mismo de que era.
Se sirvió una copa de bourbon y se repantigó en el sillón delante de
la chimenea con el chaleco desabrochado, el pañuelo colgando del cuello y
la camisa medio abierta. Había tenido que desnudarse a medias al llegar a
su habitación para paliar el deseo intenso que rugía por sus venas, ansioso
por tomar a la mujer que había huido a toda prisa de sus brazos. Y por más
que lo intentaba, por más que intentaba convencerse de que había hecho lo
correcto al apartarse de ella y dejarla ir, no era capaz de borrar de su
memoria la sensación de tenerla entre sus brazos, el sabor de su cálida boca
o el sonido de sus dulces gemidos recorriendo su piel. Elisa había
demostrado ser una mujer ardiente, de eso no cabía duda, y aunque su verga
intentara convencerle de reclamarla como suya, sabía que no tenía derecho
a hacerlo, porque pertenecería a otro hombre antes de que terminara la
temporada. Porque así debía ser. Porque él no estaba interesado en el
matrimonio. Porque ella tenía prisa por casarse. Y porque él no estaba
enamorado de ella.
Amor… qué palabra tan canalla. Se metía en su mente como un
parásito y revivía los momentos vividos con Elisa una y otra vez,
mostrándole lo mucho que disfrutaba de su compañía. Enseñándole lo poco
que había necesitado volver al mar y lo mucho que ansiaba que llegara la
hora de encontrarse con ella. Pero Andy era tan necio que no quería darse
cuenta de la realidad: que su corazón ya tenía dueña, y no era otra persona
que la señorita Elisa Bennet. Llamó a Tommy y volvió a arreglarse la ropa
con determinación. Solo había una solución para la situación en la que él
solo se había metido: alejarse de ella. Si era necesario huiría de Londres,
huiría de ella y de todo lo que le había hecho sentir esa noche, porque no se
creía capaz de volver a estar frente de Elisa sin desearla, sin querer meterla
en su cama. Seguro que si volvía al mar lo antes posible su mente se
aclararía y toda aquella ridícula fantasía del amor quedaría olvidada. Pero
había un pequeño problema: el North Wolf aún tenía que ser reparado.
—¿Ocurre algo, capitán? —preguntó su hombre al entrar en la
habitación.
—Nos marchamos ahora mismo.
—¿Ahora? ¿En mitad de la noche?
—En cuanto termine de hacer el equipaje —dijo lanzando toda la
ropa que había colgada en el armario a la cama.
—¿Ha ocurrido algo?
—Que estoy perdiendo la cabeza, eso ocurre.
—¿Tiene que ver con la señorita Bennet?
—¿Con quién si no? Esa mujer va a volverme completamente loco
antes de que pueda marcharme de Londres.
—Me encargaré de su equipaje de inmediato, capitán.
Antes del amanecer ya se encontraba a salvo de Elisa y de lo que la
muchacha le hacía sentir en su casa de Mayfair. Subió las escaleras de dos
en dos y se dejó caer sin desvestir en la cama. No había dejado de pensar
durante todo el viaje en la forma de mantener las distancias con Elisa hasta
que su barco estuviera arreglado sin parecer desconsiderado, porque a fin de
cuentas ella era inocente en todo lo que había pasado. Dios santo… había
comprometido a Elisa de todas las maneras posibles. Habían estado a solas
en un jardín a oscuras y la había besado como un hombre besa a una mujer,
había acariciado partes prohibidas de su cuerpo sin reprimirse y casi la
deshonra en un triste sillón de jardín.
Debería comportarse como un hombre, presentarse en la casa de
Chester a primera hora de la mañana y pedir la mano de Elisa como
correspondía, pero solo de pensarlo se le erizaba el bello de la nuca. Ella no
tenía nada de malo, sino al contrario. Si tuviera intención de casarse, Elisa
Bennet sería la mujer elegida para hacerlo sin ninguna duda, pero no podía
evitar la aversión que la palabra matrimonio le provocaba. La única
solución para la situación en la que ambos se encontraban era buscarle un
pretendiente adecuado a Elisa cuanto antes y marcharse de Londres en
cuanto su barco estuviera listo. Y por lo que había visto antes de marcharse
del baile, antes de que ocurriera la catástrofe, Mountevans ya había volcado
su interés en ella. Debía mantenerse al margen, evitar los bailes a los que
ellos acudieran y dejarle el camino libre al vizconde para que conquistara a
Elisa. Era lo mejor para los dos, él regresaría al mar y a España con su
familia y ella lograría lo que llevaba deseando durante toda la temporada.
Pero en el fondo de su corazón sabía que la tarea que se había autoimpuesto
sería la más difícil que llevaría a cabo en toda su vida. Porque entregarle la
mujer que se desea a otro hombre es la mayor estupidez que un caballero
puede cometer.
 
Capítulo 17
 
 
 
 
 
 
 
A Elisa no le sorprendió enterarse a la mañana siguiente de que
Lattimer había regresado a la ciudad. De hecho, se lo esperaba después de
lo ocurrido la noche anterior. Si de ella hubiera dependido, también habría
huido de la fiesta para refugiarse en Londres, pero por desgracia tuvo que
esperar a que su madre y su tía decidieran marcharse. No se creía capaz de
volver a mirarle a la cara después de aquello, mucho menos de actuar
delante de toda la sociedad como si fueran los mismos de siempre. Porque
era innegable que ya no lo eran, la noche anterior había cambiado su
relación para siempre, aunque ella quisiera aparentar que no era así. Elisa
jamás podría volver a mirar a Lattimer con los mismos ojos de antes, no
podría bromear con él como hasta el día anterior ni mantener una
conversación animada sin sentirse terriblemente nerviosa. No después de
todo lo que el caballero la había hecho sentir con tan solo un beso y unas
pocas caricias.
Con lo que ella no contaba era que su regreso a Londres trajera
consigo la desaparición de Lattimer del mundo social. La estaba evitando,
no le cabía la menor duda de ello. Cuando le preguntaba a Grey por el
paradero de su escurridizo amigo el conde siempre respondía con evasivas,
y Elisa empezaba a cansarse de escuchar cómo las hermanas Falcon se
jactaban de que el barón se había cansado ya de ella. Lo último que
necesitaban sus ya desquiciados nervios era tener que aguantar las
impertinencias de las dos malvadas hermanas, aunque por suerte siempre
estaban Olivia o su prima Gabrielle para defenderla de ellas. Tenía que
hablar con Lattimer para arreglar las cosas entre ellos, y tenía que hacerlo lo
antes posible.
Cambió su semblante serio por una sonrisa cuando vio a Olivia
acercarse en el salón de baile de los marqueses de Cornwall, una semana
más tarde de su regreso a Londres. Su amiga se encontraba entre la espada y
la pared en este asunto y Elisa pretendía implicarla lo menos posible, por lo
que debía hacerle creer que había olvidado por completo lo pasado en el
baile de los York y que no tenía ninguna preocupación que la atormentara.
Comprobó que el conde de Grey la seguía de cerca, privado, como de
costumbre en los últimos días, de la compañía de su escurridizo amigo.
—Creí que no acudirías al baile —le dijo a Olivia cuando llegó
hasta ella—. ¿No me dijiste que tu madre pensaba llevarte a la velada
musical de lady Whipple esta noche?
—Como iba a acompañarme John no fue difícil convencerle de
cambiar la invitación, sabes que mi hermano odia las veladas musicales
tanto como nosotras.
—¿Y por qué no te acompaña tu madre? ¿Se vuelve a encontrar
mal?
—Está perfectamente, pero John la convenció para que descansara
esta noche y así librarnos a ambos de su escrutinio. Por suerte ya no tiene la
energía de antes y acudir a cuatro bailes consecutivos esta semana le ha
pasado factura. ¿Y tu madre?
—Hoy he venido con Gaby. Ahora que mi prima ha regresado a la
ciudad insiste en ser ella quien me acompañe todas las noches, y la verdad
es que se lo agradezco mucho. Así no tengo que escuchar las exigencias de
tía Camille sobre los hombres y el matrimonio, Gaby la silencia antes de
que pueda decir una palabra.
—Tu tía es de lo peor… Está tan aburrida que quiere tener una boda
a toda costa.
—Y por desgracia yo soy la única oportunidad de celebrarla que
tiene —suspiró Elisa.
Gabrielle terminó el baile con su esposo y ambos se acercaron a las
dos jóvenes. El marqués hizo una reverencia a Olivia, que le respondió con
una sonrisa.
—¿Ha venido con su hermano, señorita Irving? —preguntó el
marqués.
—Así es, milord. Ahora mismo debe estar huyendo de las matronas
que lo han asediado en cuanto ha pisado el salón. Si lo busca en la sala de
juegos le encontrará.
—Iré a buscarle, mon cher —dijo a su esposa—. ¿Estaréis bien sin
mí?
—Por supuesto, no te preocupes por nosotras. Iremos a buscar una
copa de ponche y pasearemos un rato por ahí —asintió Gaby.
—Si me necesitas manda a un sirviente a buscarme, volveré en
seguida.
Cuando el marqués se alejó, la marquesa tomó a ambas jóvenes del
brazo y se dirigieron a la mesa de refrigerios rodeando la pista de baile,
donde se sirvieron un plato con algunos aperitivos y un vaso de ponche.
—Contadme… ¿Algún pretendiente interesante en ciernes para
alguna de las dos? —preguntó Gaby con una sonrisa pícara.
—Todos son demasiado aburridos —suspiró Olivia—. Creo que esta
temporada los únicos partidos aceptables no tienen interés en el
matrimonio, así que esperaré a la siguiente temporada.
—¿Y tú, Elisa? ¿Hay algún hombre que te interese?
—Nadie hasta ahora.
—¿Y qué me dices de Mountevans? —le recordó Olivia— Parece
interesado en ti y es muy apuesto. Ha estado pasando mucho tiempo contigo
desde que volvimos del baile de los duques de York.
—Es cierto —dijo ella sonriendo—. Hemos ido al teatro, a veladas
musicales y a ver los fuegos artificiales de Vauxhall. Ayer vino a casa a
tomar el té y me trajo unas flores preciosas.
—¿El vizconde Mountevans? —preguntó Gabrielle— Le conozco,
es muy buen partido.
—Y está buscando esposa —susurró Olivia.
—¿De veras?
—Eso dice todo el mundo —asintió Elisa—, pero…
—¿Qué ocurre?
—No es nada, es solo que no siento que sea el indicado para mí.
—¿Cómo es eso posible, Ely? —protestó la marquesa— Es apuesto,
educado, con buena fortuna y divertido. Tiene todo lo necesario para que
cualquier mujer caiga rendida a sus pies.
—Cualquier mujer menos yo —suspiró Elisa.
—Eso es porque Andy te besó y…
Olivia se tapó la boca con ambas manos abriendo los ojos como
platos al darse cuenta de lo que acababa de confesar delante de la prima de
Elisa. Gabrielle miró a ambas damas con sorpresa y acto seguido las
arrastró hacia los jardines, donde buscó un lugar para hablar con ellas con
algo de intimidad.
—¿Qué es eso de que Lattimer se ha atrevido a besarte? —espetó
con los brazos en jarras— ¿Y dónde está que aún no ha ido a hablar con tu
padre para pedir tu mano?
—¿Por un simple beso? No exageres —bufó su prima.
—Elisa, parece que no entiendes la gravedad del asunto.
—No es lo que crees, Gaby… De verdad —se disculpó Elisa.
—¿Entonces qué fue? Cuéntamelo —ordenó con voz severa—.
Inmediatamente.
—No es nada, lo prometo. Solo fue una tontería
—¿Que un caballero te bese no es nada? Elisa… Habla o te juro que
iré a encontrar las respuestas yo misma, y créeme que no te gustarán las
consecuencias.
—Lattimer se enfadó conmigo porque me adentré en los jardines de
noche y sin compañía y quiso darme una lección, eso es todo —confesó
ella.
—¿Cómo que una lección?
—Intentaba demostrarme que ningún caballero es honorable, ni
siquiera él.
—¿Hizo algo más que besarte?
—¡Por supuesto que no! —exclamó Elisa— Discutimos, me besó y
me marché. No le he visto desde entonces.
Gabrielle se quedó callada por un momento, analizando la expresión
de su prima con cuidado. Aunque la joven no quisiera admitirlo, era
evidente que ese beso había significado para su inocente prima más de lo
que quería admitir, pero no sería ella la que intercediera. Era conocido por
todos que el barón no estaba interesado en el compromiso y no quería ver
sufrir a Elisa por culpa de él, así que, si solo se había tratado de un beso y
nadie les había descubierto, ella mantendría el secreto.
—¿Os vio alguien? —preguntó.
—Estábamos solos en el jardín, es imposible que nos vieran —
respondió Elisa—. Después de eso volví a salón y me retiré a mi habitación
con Olivia.
—Si ese es el caso, es mejor que olvides lo ocurrido —dijo,
sorprendiéndola—. Creo que su ausencia hace más que evidente que su
interés por ti ha desaparecido, así que debes olvidarte de todo.
—Lo sé —susurró agachando la cabeza.
—Mountevans es un caballero muy apuesto —continuó Gaby—,
tiene una buena fortuna y una posición muy importante en la alta sociedad.
Será un partido muy adecuado para ti, así que céntrate en sus atenciones y
olvídate de Lattimer.
—Pero, ¿llegaré a amar a Mountevans algún día?
—Es bastante probable que sea así, y apostaría mi collar de
esmeraldas a que él también terminará enamorado de ti. Debes darle una
oportunidad.
—Pero…
—¿Prefieres a los insulsos caballeros que te presenta lady Cowper?
—¡Dios, no! —rio ella— Definitivamente Mountevans es mucho
mejor partido.
—En ese caso, olvídate de quien desapareció después de besarte y
céntrate en el caballero que está mostrándose interesado en ti en este
momento. Apuesto a que ahora mismo está buscándote por todo el salón
para pedirte un baile.
—No ha llegado aún, lady Lacroix —dijo Olivia—. Tengo
entendido que acudiría a la velada musical de lady Whipple primero.
Estuvo hablando con mi hermano sobre ello ayer mismo.
—¡Dios santo! El pobre terminará con dolor de cabeza.
—Aquí estás… —dijo Grey desde la puerta— Lady Lacroix, es un
placer verla de nuevo.
—Grey… Estaba tomando el aire con estas dos encantadoras
jovencitas, espero que no le moleste que monopolizara a su hermana de esta
manera.
—En absoluto, pero me hubiera gustado que mi adorable hermana
se hubiera dignado a avisarme de dónde se encontraba —protestó—. Me
preocupé por ella sin necesidad.
—Lo siento, John… estaba distraída con la conversación y se me
olvidó hacerlo —se disculpó Olivia.
—Creo que es el momento de que volvamos a la fiesta —dijo Gaby
levantándose—. Debemos buscar compañeros de baile adecuados para estas
dos preciosas jovencitas.
—Nos dices jovencitas, pero tú no eres mucho mayor que nosotras
—protestó Elisa.
—Pero yo ya estoy casada, lo que me convierte en una respetable
dama a los ojos de todos.
—Olivia, lord Prescott estaba buscándote hace un momento —dijo
Grey—. Parece que le prometiste un baile.
—¡Dios santo, lo olvidé! —exclamó Olivia— Debo darme prisa
para no hacerlo esperar más, no sería propio de una dama.
Olivia y Grey se alejaron, y Gaby enlazó el brazo con el de su prima
para hacer lo mismo.
—Tengo algo que contarte —dijo Gabrielle con una sonrisa—, pero
debes prometerme que no se lo contarás a nadie.
—Lo prometo, ¿qué es?
—Creo que estoy embarazada.
—¡Dios mío, Gaby! Me alegro tanto por ti…
—Aún no es seguro, pero mi periodo se ha retrasado y siento mi
cuerpo diferente. Mañana vendrá el doctor para asegurarse, pero tu madre
piensa que es un bebé.
—Eso quiere decir que dejarás de acompañarme —susurró la joven
con tristeza.
—Nada de eso. No empezará a notarse hasta dentro de unos meses,
y la temporada ya habrá llegado a su fin.
—Pero el año que viene no podrás acompañarme… Dijiste que
iríamos a Francia juntas.
—Aún podemos ir, Ely. Mi cuñada se encargará de llevarte a los
bailes en mi lugar, es una mujer adorable y seguro que no le importará.
—Nunca me has hablado de la familia del primo Louie.
—Oh… Sus padres aún viven, pero el anterior marqués decidió
renunciar al título para disfrutar una vida tranquila en el campo junto a su
esposa. Louie tiene tres hermanos: Beatrice, André y Beau, en ese orden.
Beatrice está casada y tiene dos hijos de ocho y diez años. André se casará
en Navidad y Beau aún está en el colegio, solo tiene dieciséis años.
—La infancia del primo Louie debió ser muy divertida.
—Eso dice él. A veces me hubiera gustado que el pequeño Mathy
hubiera nacido antes. Así habría tenido un compañero de juegos en mis
aburridos veranos en Chester Hall.
—Si mis padres no se hubieran marchado habríamos crecido juntas
—suspiró Elisa—. Aunque yo tuve la suerte de tener a los hijos de los
trabajadores de la plantación para jugar.
—¿Cómo fue tu vida en Virginia?
—Cuando era pequeña solíamos ir al lago a cazar ranas o a hacer
saltar una piedra sobre la superficie del agua. Construimos una cabaña con
hierbas y palos y nos refugiábamos en ella cuando no queríamos volver a
casa. —Sonrió—. Pero crecimos, y la diversión se acabó.
—¿Tus amigos se marcharon?
—Siguieron allí, pero tuvieron que empezar a trabajar para ayudar a
sus familias. Cuando terminaban la jornada estaban demasiado cansados
para entretener a la hija de su patrón.
—Debió ser difícil.
—Un poco al principio, pero con el tiempo me acostumbré a estar
sola y disfrutar de mi soledad. Solía leer a la sombra de un gran árbol en las
tardes de verano, y en invierno me envolvía en una manta junto a la
chimenea para disfrutar de ver la lluvia caer.
—Envidio la libertad que tenías entonces. Yo tuve que dedicar todo
mi tiempo a entrenarme para ser la dama perfecta.
—Yo también lo hice —rio Elisa—, pero mamá es algo más
indulgente que las institutrices. Olivia me ha contado las torturas a las que
fue sometida y solo de pensarlo me entran temblores —bromeó.
Entraban por la puerta doble de cristal cuando Mountevans cruzó la
entrada del salón. Elisa debía reconocer que el traje de gala de color azul
oscuro le sentaba realmente bien. Mirándole detenidamente, el vizconde era
tan apuesto como Grey o Lattimer. Llevaba el cabello leonado pulcramente
peinado y sus ojos resplandecían a la luz de las velas. La ropa se ajustaba a
sus musculosos brazos y a sus piernas largas y fornidas, dándole un aspecto
realmente increíble. Cuando la vio en la distancia, una preciosa sonrisa se
dibujó en sus labios y sus ojos se afinaron provocándole unas adorables
arrugas.
—Mountevans ha llegado y viene hacia aquí —susurró Gaby, como
si ella no fuera plenamente consciente de las miradas que se fijaban en él—.
Míralo… Es demasiado apuesto para mi casada vista.
—Cállate, terminarás haciéndome reír —protestó ella intentando
aguantar la risa.
—¿Cómo eres capaz de resistirte a semejante espécimen? Si yo
estuviera soltera me habría abalanzado sobre él antes de que pusiera sus
ojos en alguien más.
—Entiendo el punto, Gaby. Cállate o me veré obligada a delatarte.
No creo que a tu marido le guste saber que su esposa está babeando por otro
caballero…
—No lo quiero para mí, sino para ti.
Elisa no pudo contestar porque el caballero en cuestión se detuvo
frente a ellas, haciendo una reverencia.
—Lady Lacroix, señorita Bennet… —saludó el vizconde— Está
usted impresionante, como de costumbre.
—Gracias, milord —respondió Elisa ruborizándose un poco.
—Me preguntaba si querría bailar conmigo. El siguiente vals, tal
vez.
—Por supuesto, lord Mountevans. Aún no lo tengo comprometido.
—En ese caso, si nos disculpa, lady Lacroix…
Tomó la mano de Elisa y la guio hacia la pista de baile, donde los
demás bailarines tomaban posición para comenzar la danza. En cuanto los
primeros acordes de la melodía comenzaron a sonar, Mountevans la hizo
girar con la mano apoyada en su cintura. El vizconde era un bailarín experto
y Elisa se sentía flotar mientras giraban al compás de la música. Su mano se
sentía cálida en la base de su espalda, y levantó la mirada para fijarla en los
ojos castaños que la observaban con algo cálido que no supo descifrar.
—¿Se está divirtiendo esta noche, señorita Bennet? —preguntó el
vizconde.
—Reconozco que un poco más ahora que ha llegado, milord. Le he
echado en falta.
—Disculpe la tardanza, pero lady Whipple me retuvo en su velada
musical más de lo que me gustaría. Sus hijas cantan horrible, pero el deber
me obliga a acudir cada año.
—¿Son parientes?
—Lejanos, pero eso me temo.
—Lo siento entonces por usted. Tuve la desdicha de escucharlas
cantar hace unas semanas y terminé con dolor de cabeza.
—Tal vez el año que viene cumplir mi obligación sea mucho menos
tedioso.
—¿Por qué lo dice?
—Porque espero acudir acompañado de mi esposa.
La mirada en sus ojos evidenciaba que el vizconde se refería a ella,
pero Elisa se limitó a sonreír.
—¿Está buscando esposa, milord? —preguntó.
—Así es, señorita Bennet. No me diga que no ha oído hablar al
respecto. Los cotilleos se extienden con facilidad.
—Algo he oído, sí, pero no suelo prestar atención a los cotilleos. La
mayor parte de las veces han sido adornados en exceso.
—Pues este cotilleo en especial es cierto.
—Sin embargo, no le he visto bailar con muchas debutantes desde
que le conozco. ¿Cómo pretende encontrar una esposa?
—Eso es porque la única debutante que me interesa es usted.
Elisa sintió el calor subir hasta sus mejillas, y agachó la cabeza
sonrojada por la sinceridad del vizconde. Era evidente su interés en ella,
pero oírlo de sus propios labios era diferente.
—Mañana es día de carreras —continuó diciendo Mountevans—.
Me preguntaba si acudirá usted, señorita Bennet.
—Es muy posible que lo haga. A mi tío le gustan mucho los
caballos, y si se lo pido me llevará con él.
—En ese caso, espero verla de nuevo allí mañana. Seguro que
tenerla a mi lado me trae suerte.
—¿Suele usted apostar?
—No demasiado a menudo, pero me gusta hacerlo cuando creo que
tengo todas las de ganar.
—Dudo que mi presencia le haga ganar, milord, pero le aseguro que
allí estaré.
La pieza llegó a su fin, y tras llevarla junto a su prima, el vizconde
se alejó hacia un grupo de caballeros. Elisa notó que no bailó con nadie más
en toda la noche, cosa que empezó a despertar los murmullos a su alrededor
como cada vez que lo hacía con ella. Pero todos aquellos susurros
desaparecieron para Elisa cuando vio a Lattimer de pie en el umbral. Sus
ojos azules se clavaron en ella como estacas de hielo en cuanto la vio y le
provocaron un escalofrío. Pero tan pronto como alguien llamó la atención
del barón esa mirada se desvaneció.
—¿Qué ocurre? —preguntó Gaby— Te has puesto pálida de
repente.
—Lattimer ha aparecido al fin.
Su prima miró en la misma dirección que ella y observó al barón
con detenimiento. Aunque aparentaba indiferencia hacia Elisa, era más que
evidente que su atención estaba total y absolutamente puesta en ella. Y su
prima no podía apartar los ojos del barón, de eso no había duda. La
respiración de la joven se aceleró y Gaby observó divertida cómo
jugueteaba con su abanico.
—Eres demasiado obvia, Elisa —la regañó—. Todo el mundo va a
notar que habéis discutido.
—Parece que soy indiferente para él —protestó la dama—. Ni
siquiera se digna a mirarme.
—Ve a hablar con él —sugirió.
—No voy a ser tan desvergonzada de buscarle. Si quiere hablar
conmigo que sea él quien se acerque a mí.
—Pues parece que quiere hacerlo… porque viene directamente
hacia aquí.
Elisa comprobó horrorizada que Lattimer se acercaba a donde ellas
se encontraban, esquivando educadamente a quienquiera que intentara
captar su atención. Empezó a respirar con dificultad, consciente de los
rasgos cincelados del hombre, de esos ojos azules que tantas veces la habían
mirado con calidez y de esa boca pecaminosa que le había permitido probar
las delicias de los besos robados.
—Lady Lacroix, señorita Bennet… —saludó— Están preciosas esta
noche.
—Lattimer… ¿Está coqueteando con una mujer casada? —bromeó
Gaby.
—En absoluto, milady. Valoro mucho mi vida como para atreverme
a semejante atrevimiento.
—Es usted inteligente, milord. Mi esposo posee mayores
habilidades con las pistolas que usted.
—Me preguntaba si la señorita Elisa querría bailar conmigo la
próxima cuadrilla.
Tenían que hablar, Elisa lo sabía. Y también sabía que esa era la
intención de Lattimer, lo tenía escrito en cada centímetro de su hermoso
rostro. Pero la próxima danza haría imposible hacerlo, por lo que pensó que
un paseo sería mejor.
—Preferiría pasear por el salón, si no le importa —dijo con una
sonrisa—. Los zapatos son nuevos y empiezan a dolerme los pies.
El barón le ofreció el brazo y se alejaron en dirección a la mesa de
bebidas, desde donde su prima los vería sin problemas y podrían hablar con
tranquilidad.
 
Andy no tenía ni idea de por qué se había presentado esa noche en el
baile de los Cornwall. Había decidido no volver a acercarse a Elisa Bennet
en lo que restaba de temporada, pero al día siguiente se marchaba de nuevo
a España y no quería hacerlo sin arreglar las cosas con ella. Porque había
cosas que debía arreglar, de eso no cabía duda. Para empezar, Elisa se
merecía una disculpa. Que ella hubiera sido tan imprudente como para
adentrarse en un jardín oscuro sin carabina no le daba a él derecho a besarla
como había hecho, mucho menos a tomarse las libertades que se había
tomado. Porque se suponía que Andy era su amigo, y su deber como tal era
protegerla, no ponerla en una situación como aquella. La vio en cuanto
entró en el salón de baile. Era inevitable hacerlo, pues era la única que
resaltaba entre las debutantes de esa temporada por su increíble belleza.
Sonreía a su prima con cariño, y por un momento Andy deseó que esa
sonrisa le perteneciera solo a él. Pero no iba a casarse por el momento y ella
quería hacerlo esta temporada, así que tendría que descartarla antes incluso
de haberla considerado como esposa.
—Buenas noches, Lattimer.
Se volvió hacia la voz de Baldwin, que se acercaba a él con su
prometida del brazo.
—Señorita Carlisle, Hereford…
—Creí que tampoco te vería esta noche, has estado desaparecido
desde que volviste de la casa de campo del duque.
—He estado muy ocupado —respondió—. Me ha llegado una nota
de mi hermano y tengo que partir de inmediato.
Era mentira, por supuesto, pero Jeremy siempre era la excusa
perfecta para justificar siempre sus viajes.
—Nada grave, espero —dijo Baldwin.
—El bautizo de mi sobrina. Debido a la enfermedad de la abuela de
mi cuñada lo han adelantado y yo soy el padrino.
—Entiendo… Será una pena perderte de vista.
—No dramatices, volveré en un par de semanas.
—Tal vez cuando vuelvas tu señorita Bennet esté comprometida con
otro.
La alusión de Elisa comprometida con otro hombre le revolvió el
estómago. Apretó la mandíbula antes de dibujar una falsa sonrisa en sus
labios.
—La señorita Bennet no es mía, Hereford —dijo—. Solo somos
amigos.
—No es eso lo que dicen.
—¿Y qué dicen?
—Que has estado cortejándola y que te has retirado porque sabes
que no podrás ganar ante Mountevans.
Andy rompió a reír a carcajadas. No había mayor ridiculez que
aquella, lo sabía bien. Porque si él se interesara genuinamente por Elisa
estaba seguro de que ni Mountevans ni el príncipe de Gales serían capaces
de arrebatarle a la muchacha.
—Fui yo quien los presentó, Baldwin —dijo cuando pudo calmarse
—. ¿En serio crees que lo habría hecho de tener algún interés romántico en
ella?
 
Capítulo 18
 
 
 
 
 
 
 
El corazón de Elisa latía con fuerza mientras se alejaba del lugar
donde se encontraba su prima cogida del brazo de Lattimer. Él no había
dicho aún ni una sola palabra, pero sabía que la intención del caballero era
hablar sobre lo que pasó en la casa de campo de los duques de York. Sintió
su mano sudar dentro del guante de raso, pero permaneció estoica junto a su
acompañante hasta que se encontraron junto a un enorme jarrón, a la vista
de todos, pero lejos de oídos indeseados.
—¿A qué se debe el milagro de tu presencia en el mismo salón de
baile que yo? —protestó ella— No te he visto desde el baile de los duques
de York.
—He estado muy ocupado —se excusó—. Mi barco sufrió serios
daños y he tenido que repararlos.
—No sabía que se arreglaban los navíos por las noches.
—¿Estás enfadada?
—Decepcionada, más bien. Creía que éramos amigos, pero al
parecer era yo la única que lo pensaba.
—Lo somos, Elisa —susurró Lattimer—. Te aseguro que lo somos.
Escuchar su nombre susurrado en los labios del barón instaló un
calor agradable en su estómago. Aquel día también susurró su nombre, y se
había sentido tan bien a pesar de que había sido para reprenderla…
—Si lo somos, ¿por qué has desaparecido durante estas semanas? —
preguntó— Y no me digas que ha sido por los arreglos de tu barco, porque
no me creo una palabra.
—Mountevans está realmente interesado en ti, solo pretendía darle
espacio para cortejarte.
—¿Y qué hay de mí, Andy? ¿Sabes lo mal que me he sentido
pensando que te alejabas por lo ocurrido en el jardín aquella noche?
—Debo disculparme por eso. No debí tomarme tales libertades
contigo, aunque me enfureciera tu imprudencia. Somos amigos y debí
protegerte, no ponerte en mayor peligro del que ya te encontrabas. Lo siento
mucho.
—Pero no hay nada que lamentar, nadie nos vio.
—Pero podrían haberlo hecho y nos habríamos visto obligados a
casarnos.
—¿Tan horrible te parece la idea de casarte con una amiga? —
preguntó ella visiblemente molesta por sus palabras.
—¿De qué demonios estás hablando?
—Desde aquella noche parece que te repugna la idea de casarte
conmigo.
—¿De dónde sacas esa estúpida idea?
—De la cara que pusiste al pensar que mi tía podría obligarnos a
casarnos.
—¡Por Dios santo, Elisa! —suspiró Andy— ¿En serio eso es lo que
realmente te preocupa?
—Me molesta, sí.
—No puse esa cara porque fueras tú, sino porque me desagrada la
idea del matrimonio en general. ¿Por qué te lo tomas como algo personal si
me conoces y sabes lo que pienso?
—Porque tú lo hiciste sonar así. Lo hiciste sonar como si yo fuera la
que te desagradaba.
—Me disculpo también por eso, entonces. No era mi intención
hacerte sentir mal, estaba muy enfadado y no medí mis palabras.
—Acepto tus disculpas. Sé que ese día dije que nuestro acuerdo
había terminado, pero…
—Me marcho a España al amanecer —la interrumpió él.
Elisa se quedó mirándole con los ojos como platos y un profundo
dolor se instaló en su pecho. No podía estar hablando en serio, ¿o sí?
—Mi hermano va a adelantar el bautizo de mi sobrina debido a la
delicada salud de la abuela de mi cuñada, y yo soy el padrino —continuó el
barón al ver que ella no decía nada.
—¿Es eso o vuelve a las andadas, capitán? —preguntó, intentando
ocultar el temblor de su voz.
—Aprovecharé el viaje, por supuesto. Ese es mi trabajo.
—Trabajo que, permíteme decirlo, no necesitas.
—Pero me hace feliz.
—¿Cómo puede hacerte feliz poner tu vida en peligro? —susurró
ella— Podrían atraparte y terminarías colgando de la horca.
—Terminaría en la cárcel, a lo sumo, Elisa. No seas melodramática.
—¿Y qué pasaría con tu hermano? ¿Acaso no te importa?
—¿Qué tiene que ver mi hermano con esto? Él vive en España.
—Temporalmente, como bien dijiste. Si te atrapan no podrá volver a
su país natal.
—No creo que eso sea tan terrible para él —dijo el barón
encogiéndose de hombros—. Es muy feliz viviendo en España.
—¿Seguirás con tus dudosos negocios cuando decidas formar una
familia, Andy?
—La verdad… no he pensado demasiado en ello.
—Eres insufrible.
—Hasta hace unos días te caía bien.
—Porque había olvidado que eras un ladrón y un canalla. ¿Cuándo
volverás?
—No lo sé, tal vez cuando termine la temporada. Así me aseguraré
de que Mountevans te propone matrimonio antes de mi regreso.
—¿Por qué tienes que reducirlo todo a Mountevans? Ni siquiera me
has preguntado si yo quiero casarme con él.
—Te he visto bailar con él, Elisa. Sé que el vizconde ha despertado
tu interés.
—Muy bien, márchate —protestó ella volviendo la cara para evitar
que él viera las lágrimas que estaban a punto de caer por sus mejillas—. No
voy a echarte de menos.
—Mentirosa… sí que lo harás.
—¿Acaso te importa?
—Elisa… ¿Vamos a separarnos de esta manera?
—Es tu culpa que nos separemos así. Desapareces durante semanas
y cuando vuelves a aparecer lo haces para decirme que me abandonas.
—No te estoy abandonando.
—¿No? Tenemos un trato, milord. Usted me ayudaría a encontrar un
esposo, pero aún no tengo una proposición de matrimonio.
—Elisa, por favor…
Andy se maldijo al ver empañarse los ojos femeninos. Se moría de
ganas de estrecharla entre sus brazos y borrar a besos el rastro salado de sus
lágrimas, pero debía mantener la compostura, debía ser un caballero y
soportar el deseo que empezaba a despertar en su interior para salvaguardar
la honra de su amiga. Pero no podía marcharse dejándola así, la apreciaba
demasiado como para hacer semejante canallada. Miró a ambos lados,
asegurándose de que nadie los veía, y la tomó de la mano para salir
corriendo hasta el jardín. La guio por el laberinto de setos hasta un lateral
de la casa, donde, cubierta por enredaderas cuajadas de flores, se
encontraba oculta una pequeña puerta.
—¿Te has vuelto loco? —exclamó ella— ¿A dónde me llevas?
—Es una sorpresa.
—¡Vamos a perdernos!
—No te preocupes, conozco bien esta casa. Jugué con el hijo del
conde cuando éramos niños.
—¿Y qué te hace pensar que quiero ir contigo a alguna parte?
—Una última vez, Elisa —susurró el barón—. Permíteme ser tu
amigo una última vez. Si no quieres volver a verme después de esta noche
te doy mi palabra de que no volveré a cruzarme en tu camino.
Subieron una escalera de caracol casi a oscuras, iluminados
únicamente por la luz de la luna que entraba por las ventanas. Al final de la
escalera encontraron una puerta que daba a una extensa terraza, desde la
que se divisaba toda la ciudad y el cielo cuajado de estrellas.
—Increíble —susurró ella admirando la vista.
—Solíamos venir a escondernos aquí cuando la niñera nos buscaba.
Es una vista increíble que solo unos pocos privilegiados hemos tenido la
suerte de admirar.
—Gracias. Me gusta muchísimo.
Allí, bañada por la luz de la luna, con el rostro elevado al cielo, los
ojos cerrados y una triste sonrisa en los labios, Andy pensó que Elisa era la
mujer más increíble y hermosa que pisaba la faz de la tierra. El hombre que
tuviera la suerte de convertirla en su esposa sería el más afortunado del
planeta, y que Dios le ayudara, pero no se veía capaz de presenciar cómo
Mountevans se quedaba con ella. Recordó su conversación con John aquella
misma tarde, cuando le dijo que Mountevans le había dicho que pediría la
mano de Elisa dos semanas más tarde, durante el baile que su tía Camille
había organizado en honor de la joven. Sabía que la intención de su amigo
al decírselo era avivar sus celos, pero Andy sabía que el vizconde era la
mejor opción para ella.
—Mountevans tiene intención de pedir tu mano en el baile de lady
Cowper —confesó con voz ronca.
—Acabamos de conocernos, es muy pronto para que lo haga.
—Está decidido a casarse y piensa que eres la indicada, no quiere
esperar más. Él es un partido muy adecuado, Elisa. Deberías aceptarlo.
—¿Y qué opinas tú? —preguntó ella de pronto.
—¿Qué opino yo? —preguntó sin comprender a qué se refería—
Acabo de decírtelo.
—Ahora mismo está hablando tu parte racional, Andy. ¿Qué opina
la otra parte?
—No sé a qué te refieres.
—Me refiero a esa parte de ti que te hizo besarme de esa forma el
otro día en la pérgola. ¿También esa parte opina que debo casarme con
Mountevans?
Andy tragó saliva. Quería gritar que no, atraparla entre sus brazos y
besarla de nuevo hasta hacerla perder el sentido. Quería llevarla a la
primera habitación que encontrase para demostrarle lo que realmente esa
parte, su parte visceral, quería hacer con ella. Pero eso significaría pasar por
la vicaría, y aún no se sentía preparado para dar un paso tan importante.
Porque, aunque a ella le hubiera dicho lo contrario, sabía que tendría que
dejar sus actividades ilícitas cuando decidiera buscar una esposa. Y aún
quería… no, necesitaba embarcarse en el North Wolf muchas veces más. El
mar le daba vida, le aportaba una calma y una paz que nada más había
logrado aportarle, y no estaba listo para prescindir de una parte tan esencial
de su vida.
—Así es —susurró—. Esa parte también lo cree.
Elisa sonrió, pero su sonrisa estaba tan llena de tristeza que Andy se
acercó a ella y, tomándola de las mejillas, unió su boca a la de la mujer. Esta
vez no fue un beso apasionado, esta vez no reclamó nada que no le
perteneciera. Se limitó a rozar los labios femeninos con los suyos, a grabar
en su memoria el sabor a ponche mezclado con ella, a despedirse de un
deseo loco que jamás iba a poder ser. Después de eso la guio de nuevo hasta
el salón de baile, asegurándose de que nadie se hubiera dado cuenta de su
desaparición, y la dejó a buen recaudo junto a Olivia, marchándose del baile
sin mirar atrás.
 
Elisa estaba tan aturdida que ni siquiera se percató de que el barón
se había marchado. Aquel beso le supo a despedida y no estaba equivocada.
Lattimer acababa de salir del salón, pero también de su vida. Prácticamente
la había lanzado a los brazos de Mountevans sin titubear, y eso a Elisa le
dolía. Le habría gustado que en la terraza las cosas hubieran sido distintas.
Que su parte sentimental se hubiera negado a dejarla en los brazos de otro
hombre, que los sentimientos por ella hubieran sido mayores que su
aversión al matrimonio. Pero lo cierto era que el único sentimiento del
barón hacia ella era afecto, el mismo afecto que pudiera sentir por Olivia.
—¿Qué ha pasado? —susurró Olivia, que se percató
inmediatamente del estado de su amiga.
—Se marcha —respondió ella sin apartar la mirada de la puerta por
la que había desaparecido Lattimer.
—¿Otra vez? ¿A dónde esta vez?
—A España, al bautizo de su sobrina. Me ha dicho que debo
casarme con Mountevans.
—Oh, Elisa…
—¿Por qué me duele tanto, Oly? ¿Por qué siento que me duele el
pecho por sus palabras?
—Porque te has enamorado de él.
—No debería amarle, no se lo merece.
—No puedes controlar lo que siente tu corazón, Ely. Aunque la
razón te diga lo contrario, él ha elegido a Lattimer y no hay nada que
puedas hacer.
—Pero a él no le importo… No le importa si soy de otro hombre.
—Lo siento, Ely, no sé qué decirte.
Elisa se giró y buscó a su prima entre el gentío. La encontró colgada
del brazo de su esposo charlando animadamente con un grupo de personas,
y se apresuró a llegar a su lado.
—Quiero irme —dijo al borde del llanto—. Gaby, por favor,
vámonos a casa.
A la marquesa le preocupó el estado en el que se encontraba su
prima, así que la tomó del brazo mientras su esposo se despedía de sus
anfitriones y la llevó hasta la puerta. Elisa estaba pálida y sus ojos estaban
llenos de lágrimas, pero no le preguntaría nada hasta que estuvieran en casa.
—¿Te sientes enferma, cher? —preguntó preocupado el marqués al
subir al carruaje y ver su expresión.
—Debe haberle sentado mal la cena —respondió Gaby en su lugar
—. En cuanto estemos en casa de papá la llevaré a su cuarto para que pueda
descansar.
—Deberíamos llamar al doctor.
—No creo que sea necesario, querido. Unas cuantas horas de sueño
serán más que suficientes para ella.
Por suerte a esa hora todos en la casa dormían, y Gaby pudo llevar a
Elisa hasta su habitación sin que nadie las viera. Despidió a Marie y se
encargó ella misma de desvestirla, le puso un camisón limpio y la tumbó en
la cama, acostándose a su lado.
—Ha pasado algo con Lattimer, ¿no es así? —susurró.
—¿Cómo lo sabes?
—Intuición femenina.
—Se ha marchado. O lo hará en las próximas horas.
—¿Se ha marchado? ¿A dónde?
—A España, con su familia. Ahora que Mountevans está interesado
en mí no tiene ningún motivo para quedarse.
—Entiendo.
—Una parte de mí… una muy pequeña parte, esperaba que el beso
que me dio en la pérgola significara algo para él, pero no es así.
—¿Y eso te molesta?
—Me duele, Gaby. Me duele tanto el corazón que no sé qué hacer.
Las lágrimas empezaron a rodar por sus mejillas, y Gabrielle la
abrazó con fuerza. La marquesa sabía qué era ese sentimiento, y lamentaba
que no hubiera sido correspondido por el caballero. Permanecieron así hasta
que Elisa logró calmarse, y Gaby limpió los rastros salados de sus mejillas
mirándola con una sonrisa.
—Dejará de doler pronto, ya lo verás —dijo—. Si su aversión al
matrimonio ha sido mayor que su afecto hacia ti, no merecía tu amor.
—No quería enamorarme de él. Sabía que sería un amor no
correspondido desde el principio, y aun así…
—Deja de atormentarte con eso. Permanece unos días en casa,
olvídate de los bailes y dedícate a hacer algo que te guste. Y cuando vuelvas
a pisar un salón de baile que sea con toda la fuerza, con toda la
determinación que tenías el día que te conocí.
—No sé si pueda hacerlo, Gaby. Me siento tan mal…
—Podrás, porque eres una Bennet. Mountevans es un gran partido,
apuesto, además. Céntrate en su cortejo e intenta olvidar a Lattimer, y si el
vizconde te pide matrimonio, acéptale.
—Lattimer me ha dicho que lo hará en el baile de tía Camille —dijo
ella con una sonrisa triste—. ¿No es demasiado pronto?
—Si el vizconde está seguro de que eres la mujer adecuada no tiene
por qué serlo. ¿O es que acaso no quieres casarte con él?
—Ahora mismo solo quiero casarme con Lattimer.
—Tal vez deberías olvidarte de todo el asunto del matrimonio
durante esta temporada. Aún te quedan dos más, después de todo.
—¿Crees que mamá me permitirá hacerlo?
—Hablaré con ella para que lo haga. Y si no logro convencerla le
pediré a papá que lo haga, seguro que a él no se atreve a contradecirle.
—Gracias, Gaby.
—Solo quiero que lo hagas por ti. Tengo la sensación que quieres
esperar para ver si el barón decide casarse y te elige a ti como esposa.
—Cabe la posibilidad.
—Y también cabe la posibilidad de que no sea así y no solo pierdas
una gran oportunidad, sino que termines nuevamente con el corazón roto.
Gabrielle se levantó de la cama, cerró las cortinas de terciopelo azul
y se dirigió hacia la puerta.
—Tómate unos días para pensar bien en lo que realmente quieres
hacer —dijo—. No tienes que responderle a Mountevans inmediatamente,
puedes pedirle unos días para pensarlo si no estás segura de querer
aceptarle. Sea lo que sea que decidas, yo te apoyaré y me pondré de tu lado
frente a tía Anna. Pero, no lo hagas por Lattimer, sino por ti misma. Ha
huido porque no tiene ningún interés romántico en ti, Ely.
—Supongo que tienes razón —susurró.
—La tengo. Porque si un hombre encuentra a la mujer adecuada, si
un hombre se enamora de una mujer, no importa que su intención fuera no
casarse esta temporada, la habría desposado sin pestañear.
Gabrielle cerró la puerta tras de sí, sumiendo la habitación en
penumbra. En la cama, cubierta por las cálidas mantas, Elisa dejó caer de
nuevo las lágrimas. Gabrielle tenía razón: si Lattimer hubiera estado
interesado en ella, se habría quedado y luchado por su amor, no habría
huido como solo lo haría un cobarde.
Capítulo 19
 
 
 
 
 
 
 
Andy pensó que una vez se embarcase en el North Wolf se olvidaría
de Elisa Bennet y todo lo que esa mujer le hacía sentir. Craso error.
Conforme se alejaban de la costa, su mente volvía una y otra vez a ella, al
sonido de su risa, al tono suave de su voz, al tacto de su mano enguantada
en la suya y, lo que era peor, al sabor de sus dulces labios al besarla. Porque
era incapaz de olvidar ese ínfimo detalle por más que lo intentaba. En sus
treinta años de vida había besado a infinidad de mujeres, había mantenido
relaciones con algunas de ellas, pero ninguna había sido capaz de poner su
mundo del revés como esa pequeña debutante. Por eso se embarcó rumbo a
España, rumbo a su familia, su puerto seguro, porque pensaba que estar en
compañía de los suyos le ayudaría a olvidar a esa dichosa mujer.
No se había dado cuenta hasta entonces de que, desde que Jeremy y
Meredith se habían mudado a Cádiz, se había sentido completamente solo
en Londres. Ese era uno de los motivos por los que tan a menudo se lanzaba
al mar, últimamente tal vez el motivo más importante. Necesitaba el calor
de su familia, necesitaba el consejo de su hermano (aunque fuera el menor
de los dos) y necesitaba escuchar la voz de la razón que era para él su
cuñada. Necesitaba que ellos le dijeran que alejarse de Londres era lo mejor
que podía haber hecho dada la situación, que debía mantenerse lo más
alejado posible de Elisa y que Mountevans era el pretendiente perfecto para
ella.
Apretó los puños cuando la imagen de Elisa siendo cortejada por el
vizconde apareció en su mente. Apretó los dientes al ver la radiante sonrisa
de la joven, que hasta entonces solo le había pertenecido a él, dedicada a
otro hombre. Maldijo al pensar que cuando volviera de España
posiblemente Elisa estaría felizmente casada con Nicholas Gastrell y él
habría perdido toda oportunidad de tenerla como esposa. Pero había sido él
mismo quien lo había decidido así. Había alejado a Elisa sin dilaciones y
había construido un muro entre los dos cuando los sentimientos por ella le
desbordaron y le asustaron hasta la muerte. Porque debía reconocerlo: la
miríada de sensaciones que le hizo sentir ese maldito beso prohibido le
había causado tanto pavor que fue incapaz de aparecer delante de Elisa
hasta que fue imposible postponer más el encuentro.
—¿Se encuentra bien, capitán? —preguntó Roger, a quien ni
siquiera había notado acercarse al timón.
—Lo estoy.
—Nadie lo diría… Anda distraído desde que nos embarcamos hace
una semana.
—He dicho que estoy perfectamente.
—¿Ha ocurrido algo en Londres que le haya hecho huir? ¿Esa mujer
terminó por entregarle a Scotland Yard?
—La señorita Bennet ha mantenido su palabra. Nadie me ha
descubierto, vuestro trabajo sigue a salvo.
—¿Entonces por qué está de tan mal humor?
—Echo de menos a mi familia, es todo.
—No hace ni tres meses que les dejó.
—Supongo que me estoy haciendo viejo.
Su amigo bufó, le sustituyó en el timón y le mandó a descansar un
rato. Andy pensó que sería una gran idea, porque desde que se embarcaron
no había dormido demasiado, pero en cuanto se tumbó en su camastro las
imágenes de Elisa desnuda en su cama se hicieron más vívidas que nunca.
Una Elisa desnuda, intentando ocultar sus curvas con la manta mientras le
mirada avergonzada. Con el cabello ondulado esparcido por la almohada,
los labios sonrosados e hinchados por sus besos y las pupilas dilatadas
debido al deseo. Gimió cuando el bulto de su erección hizo acto de
presencia, cuando el calor tan conocido para él calentó su cuerpo y el deseo
serpenteó por su espalda como una cobra a punto de morderle en la yugular
para envenenarlo. ¿Por qué, de todas las mujeres, tenía que ser Elisa a quien
deseara con tanta desesperación? Debería buscarse una amante. Llevaba
tanto tiempo sin una que su cuerpo reaccionaba al más mínimo estímulo,
eso era.
Se alivió a sí mismo pensando en hacer el amor de mil maneras
distintas con su némesis, en saborear cada centímetro de su piel cremosa
bañada por la luna y en beberse cada suspiro y cada gemido que sus caricias
le provocaran. Y cuando se tumbó de nuevo en la cama, saciado y jadeante,
se sintió el ser más despreciable sobre la faz de la tierra por haber tenido
pensamientos impuros con una dama tan inocente y pura como ella. Era un
bastardo, un canalla, y no merecía los sentimientos que Elisa tenía por él.
Porque no era idiota, se había dado cuenta de que la joven había empezado
a sentir más que afecto por él, lo había visto en sus ojos mucho antes de su
affaire en el jardín. Y debería haberse alejado de ella en ese entonces,
debería haber sido un caballero y haber puesto distancia entre ellos antes de
que la cosa se le fuera de las manos, pero disfrutaba tanto de su compañía
que había sido lo suficientemente egoísta como para no hacerlo.
Las cosas no mejoraron a lo largo del viaje a Cádiz, ni muchísimo
menos. En vez de sentir la paz que solía sentir cada vez que estaba en alta
mar, solo sintió hastío, desesperación y ansiedad. Y cuando dio la orden de
no atacar el buque Reina Cristina ante la asombrada mirada de sus
hombres, se dio cuenta de que el Anderson de antes, el que disfrutaba con el
pillaje y la recompensa, había desaparecido por completo. No reconocía el
Anderson que era ahora, el hombre que le miraba desde el pequeño espejo
de su camarote no era ni la sombra del hombre que fue. Necesitaba una
distracción, y la mejor de todas sería su familia. Por eso se dirigió a casa en
cuanto desembarcó en el puerto de Cádiz. Alquiló un caballo en la posada
en la que solía descansar antes de visitar a su familia y llegó a su destino
bien entrada la madrugada.
—¿Andy? —se sorprendió Meredith al verle cruzar el umbral—
¿Qué ha ocurrido? ¿Te han descubierto?
—¿Por qué todos tenéis que dar por sentado que me han
descubierto? —protestó él— Echaba de menos a mi familia, maldición.
—¿Has bebido?
Sí, lo había hecho. Había bebido hasta caer inconsciente la noche
anterior para olvidar a Elisa Bennet, y había estado bebiendo por el mismo
motivo desde aquella mañana. Pero ni siquiera el alcohol era suficiente para
borrar de su mente a esa maldita mujer.
—Vamos, te ayudaré a llegar a tu habitación —suspiró su cuñada.
—¿Dónde está mi hermano?
—En la cama, donde deberías estar tú.
—Quiero hablar con él.
—Lo harás por la mañana.
—No me digas lo que tengo que hacer, mujer. Soy el barón Lattimer
y…
—Aquí solo eres mi cuñado, y te aseguro que como no te calles esa
bocaza que tienes y despiertes a la niña te voy a dar tal paliza que vas a
estar adolorido una semana.
—Eres pequeña —rio él con un hipido—. No podrás conmigo.
—Ponme a prueba.
A la mañana siguiente se despertó con un dolor horrible de cabeza.
Recordaba haber sido reprendido por Meredith y desvestido por uno de los
sirvientes, y cuando hizo el intento de levantarse de la cama para
disculparse con su cuñada, una punzada de dolor le atravesó el cráneo,
haciéndole gemir.
—Te lo tienes merecido por idiota —dijo Meredith, a quien no había
notado entrar en la habitación.
La mujer le ofreció un vaso con un líquido de color amarillento que
él miró con desconfianza.
—Bébetelo —ordenó ella.
—No lo haré. Intentas envenenarme por lo de anoche, ¿verdad?
—No seas tonto, de lo de anoche me vengaré más adelante. Ahora
tómate la infusión, te hará sentir mejor.
—¿Qué demonios es esto?
—Infusión de menta, manzanilla y cardo mariano. Ayudará a asentar
tu estómago y aliviará el dolor de cabeza.
El barón tomó la infusión a pequeños sorbos, dejó el vaso sobre la
mesilla y volvió a acostarse con un suspiro. En algo sí había tenido razón su
cuñada: las náuseas se habían esfumado, pero la cabeza seguía doliéndole
como el demonio.
—Un poco de descanso te sentará bien, te avisaré a la hora de la
comida —aconsejó Meredith.
—Lo siento —se disculpó.
—Sé que lo sientes.
—No recuerdo muy bien lo que pasó, pero si dije algo que no debía,
yo…
—No dijiste nada fuera de lugar —le interrumpió—. No sé lo que ha
hecho que llegaras de madrugada y en ese estado, Andy, pero me dejaste
muy preocupada.
—No es nada, no tienes que preocuparte.
—Confío en que me lo contarás cuando te sientas preparado para
hacerlo —suspiró ella—. Duerme un poco, te sentirás mejor.
Anderson asintió y volvió a tumbarse en la cama. Meredith cerró las
gruesas cortinas para evitar que entrara la luz de la mañana y cerró la puerta
con suavidad. El barón suspiró e intentó volver a conciliar el sueño, pero el
dolor de cabeza era tan espantoso que le fue imposible hacerlo. Permaneció
en la cama hasta que este remitió, a eso del mediodía. Se vistió y bajó al
salón principal, donde encontró a su hermano leyendo el periódico y a la
pequeña Sarah, que gorjeaba tumbada a su lado mientras intentaba comerse
uno de sus propios calcetinitos de color lavanda.
—Veo que has regresado al mundo de los vivos —se burló Jeremy
al verlo dejarse caer al lado de la pequeña.
—Sí, bueno… Algo así —respondió jugando con su sobrina.
—¿Qué ha ocurrido para que vuelvas tan pronto a casa?
—Os echaba de menos. —Se sentó junto a la pequeña y empezó a
jugar con su minúscula mano—. Echaba mucho de menos a mi princesa.
—¿Eso o huyes de alguna matrona insistente?
—Me he librado de todas las matronas esta temporada.
—¿Cómo es eso?
—Llegué a un acuerdo con la señorita Bennet.
—¿La señorita Bennet? ¿La misma señorita Bennet que podía
delatarte?
—Cosa que no ha hecho, ni hará, en agradecimiento a lo que hice
por su familia.
—Es bueno saberlo. Pero, ¿esa mujer es de fiar?
—Lo es.
—¿Y bien? ¿Qué trato es ese que hiciste con ella?
—Yo aparentaba tener interés en ella para que los demás caballeros
lo hicieran y ella me espantaba a las matronas.
—¿Tan poco agraciada es que necesita esos ardides para conseguir
marido?
—Es la mujer más hermosa que he visto en mi vida —susurró—.
Pero viene de América, y ya sabes cómo son los ingleses con esas cosas.
—Entiendo. Así que vuestro acuerdo ha ido bien, por lo que veo.
—Eso creo.
—¿Eso crees?
—Me marché cuando Mountevans me confesó su intención de
pedirle matrimonio.
—Porque nos echabas de menos… —repitió su hermano con
escepticismo.
—¿Por qué más?
—Dímelo tú.
—No hay nada más —mintió—. Aproveché la oportunidad para
marcharme con la excusa de un corazón roto y poder venir a veros antes de
que la temporada termine.
—Ajá.
—¿Quieres dejarlo ya? No hay ninguna razón oculta en mi regreso.
—Si tú lo dices…
—Lo digo yo, sí.
—Deberíamos ir a comer —dijo Jeremy levantándose—. Llamaré a
María para que se haga cargo de Sarah, Mer está preparándolo todo en el
patio.
—No creo que pueda comer nada. Aún tengo el estómago revuelto.
—Te he preparado un poco de sopa —dijo Meredith entrando en el
salón—. Creo que eso lo tolerarás. ¿Te ha dicho ya por qué ha vuelto tan
pronto? —preguntó a su esposo.
—Dice que nos echaba de menos —respondió Jeremy encogiéndose
de hombros.
—La misma estupidez de anoche.
—¿Acaso no tengo permitido extrañaros? —protestó él.
—Por supuesto que sí —dijo Jeremy—, pero te conozco lo
suficiente como para saber que ese no es el motivo de tu regreso, y no me
detendré hasta averiguarlo.
Andy puso los ojos en blanco y tomó a la pequeña en brazos para
salir al cálido sol de la tarde, que brillaba en todo su esplendor. Se sentó en
una de las hamacas y jugueteó con la pequeña hasta que la niñera llegó para
llevarla a dormir su siesta. Su hermano permanecía sentado a la mesa,
mirándole divertido con la barbilla apoyada en las manos, y Meredith puso
un tazón de sopa de verduras delante de él y se sentó a comer sin tan
siquiera mirarle.
—¿Por qué estás molesta ahora? —protestó— Te he dicho la
verdad.
—¿Cómo han ido las cosas en Londres desde que te marchaste,
Andy? —preguntó su hermano para evitar un enfrentamiento entre ellos.
—No han estado demasiado mal. Tengo que reconocer que me he
divertido mucho haciendo de pretendiente abnegado.
Meredith dejó caer la cuchara en el plato con demasiada fuerza y le
miró como si hubiera visto un fantasma.
—¿Divertido? ¿Pretendiente abnegado? —preguntó— ¿Qué me he
perdido aquí?
—Me hice pasar por pretendiente de una debutante —confesó.
—La señorita Bennet —puntualizó Jeremy.
—¿La joven que rescató del mar?
—La misma.
—¿Te chantajeó? ¿Te reconoció y te obligó a cortejarla a cambio de
tu silencio?
—No, no lo hizo. Me dio su palabra de que no diría nada y la ha
mantenido.
—¿Entonces?
—Es una historia muy larga.
—Tenemos todo el tiempo del mundo —insistió Meredith mirándole
con atención.
—Resultó ser la mejor amiga de Olivia. John sugirió que me
acercara a ella para averiguar si me reconocería, y la invité a bailar.
—Y obviamente te reconoció —adivinó su hermano.
—Sí, lo hizo, y también me dio su palabra de que no diría nada en
agradecimiento por todo lo que he hecho por su familia, como ya os he
dicho varias veces.
—Ajá. ¿Y cómo llegamos a la parte en la que la cortejas? —
preguntó Meredith.
—Su madre y lady Cowper, la tía de esta, la estaban presionando
mucho para que se casara esta temporada, pero al ser americana no eran
demasiados los que se interesaban en ella.
—Y los que lo hacían eran cazafortunas —adivinó ella.
—Exacto, entre ellos Portland.
—Odioso. Continúa.
—Me pidió que le prestara atención para que otros caballeros se
fijaran en ella a cambio de que ella espantara a las matronas que intentaran
endilgarme a sus hijas. Me pareció buena idea, pues así aprovechaba la
oportunidad para deshacerme de lady Lacre, así que acepté.
—¿Funcionó?
—Lo hizo, por supuesto. Ahora mismo debe estar felizmente
comprometida con Mountevans.
—¿Debe estar? —preguntó Meredith— ¿No te quedaste hasta el
final?
—¿Para qué? —respondió Andy encogiéndose de hombros—
Mountevans ha proclamado a los cuatro vientos su intención de buscar
esposa y las últimas semanas ha centrado su atención exclusivamente en la
señorita Bennet. Me dijo que se lo propondría en el baile que su tía celebró
en su honor hace dos semanas, a estas alturas deben estar comprometidos.
—¿Y por qué no te quedaste hasta asegurarte de que lo hacía, Andy?
—preguntó Jeremy con suavidad— No es normal que rompas tu palabra.
—Créeme, Elisa está mejor sin mí —susurró.
Meredith y Jeremy se miraron al notar el sufrimiento en la voz del
barón, pero tuvieron el atino de no decir nada más sobre el tema.
—¿Y cómo está la pequeña Olivia? —preguntó Meredith
cambiando de tema.
—Preciosa —sonrió él—. Este año ha sido presentada en sociedad y
trae a John de cabeza.
—¿Demasiados pretendientes?
—Demasiadas proposiciones rechazadas —rio él—. Antes de mi
marcha eran ya cuatro los jóvenes rechazados.
—¿Tantos? —exclamó Meredith.
—Dice que quiere casarse por amor. Lady Irving está desesperada
por tener un nieto y ninguno de sus hijos colabora lo más mínimo —rio.
—Pobre John… —rio Jer.
—Él ha declarado que no se casará hasta que su hermana no esté
debidamente casada, así que la condesa viuda está que se sube por las
paredes.
—¿Y cómo llegaron tu señorita Bennet y ella a ser amigas?
—Por lo que me contó John, Olivia la salvó de la lengua viperina de
las hermanas Falcon. La señorita Chattoway, Olivia y ella siempre están
juntas, en cualquier evento al que asistan. Eso ha hecho mucho más
llevadera la temporada para la señorita Bennet, quien solo pisaba la pista de
baile en compañía de su tío o de John hasta que yo aparecí.
—Pobre… —suspiró Meredith—. Debe ser horrible ser la
marginada del baile.
—Por suerte la cosa cambió después de nuestro acuerdo. —Se
levantó de la mesa dispuesto a marcharse—. Debería subir a descansar, aún
no se me ha pasado por completo el dolor de cabeza.
—Te subiré otra infusión en un momento.
Andy subió las escaleras y se dejó caer en la cama con un suspiro.
Lo que no le había dicho a su familia era que el tiempo que había pasado
con Elisa había sido el mejor de toda su vida. Tampoco les había dicho que
la había besado, ni que había huido como un cobarde debido a lo que esa
mujer le hacía sentir. No… todo eso debía guardárselo para él mismo, o de
lo contrario su hermano le haría volver a Londres a punta de pistola.
 
 
Capítulo 20
 
 
 
 
 
 
 
Desde que Lattimer anunció su partida hacía ya una semana, Elisa
se había intentado centrar en las atenciones de Mountevans. Había aceptado
pasear con él por Hyde Park, acudir a los jardines de Vauxhall e incluso ser
su acompañante de la suerte en las carreras. Había bailado cada noche el
primer vals con él y había observado con satisfacción que ella era la única
con la que lo hacía, y había aceptado cada ramo de rosas que había llegado
a su casa desde que Lattimer los presentara aquel fatídico día. Pero por más
que ella lo intentaba no podía olvidar al barón, no podía hacer desaparecer
de su mente la infinidad de veladas juntos, las conversaciones sobre sus
intereses en común o los bailes que la hacían sentir que flotaba entre las
nubes. Y mucho menos había podido olvidarse de ese beso robado. Sabía
que ese momento no había significado nada para él, que había sido
únicamente un castigo para ella, pero le dolía tanto pensarlo que apretó
inconscientemente los puños sobre su falda de satén y cerró los ojos para no
derramar sus lágrimas.
—¿Se encuentra bien, señorita Bennet? —susurró el vizconde a su
lado.
Elisa abrió los ojos dándose cuenta repentinamente del lugar en el
que se encontraban y le dedicó a su acompañante una sonrisa de disculpa
que no llegó a sus ojos.
—Perfectamente, milord —respondió con voz dulce—. ¿Por qué lo
pregunta?
—Por un momento me ha parecido ver en su rostro un breve gesto
de dolor.
—Oh… Eso es por la obra —mintió—. Me emociono mucho con
las obras de teatro de amor, como esta.
—En ese caso me quedo más tranquilo.
Elisa volvió a centrar su atención en la obra que se desarrollaba en
el escenario. Había sido muy descortés por su parte no hacerlo desde que se
abrió el telón, puesto que el vizconde las había invitado a su palco privado,
y se sintió un poco culpable de estar dolida con otro hombre cuando el que
la acompañaba esa noche era el pretendiente perfecto que toda debutante
desearía tener. Mountevans no solo era terriblemente apuesto, poseía una
fortuna envidiable y lo que era más importante, unos modales exquisitos.
Elisa había oído de boca de Olivia que el vizconde tenía por amante a una
viuda, pero habían sido impecablemente discretos en sus affaires y los
pocos que conocían la relación eran sus amigos más cercanos. ¿Cómo lo
sabía su amiga? Sencillamente había puesto a su hermano a indagar sobre el
vizconde para asegurarse de que no escondía ningún sucio secreto que
pudiera salir a la luz más adelante. Y por suerte para ella, carecía de ellos.
—¿Te sientes bien, Ely? —susurró su madre en su oído al verla de
nuevo distraída.
—Estoy perfectamente, mamá.
—Si te sientes mal nos disculparemos con el vizconde y…
—No hay necesidad de eso, te lo prometo.
Anna miró a su hija con desconfianza, pero no insistió más en el
tema. Se había dado cuenta de que, desde la ausencia de Lattimer, su hija se
había vuelto más introvertida, más pensativa… y lo que era peor, más triste.
Sabía que esto pasaría, sabía que el trato al que había llegado con el barón
iba a costarle caro a Elisa y no se había equivocado en lo más mínimo.
Porque al parecer el hombre se había marchado de regreso a España, con su
familia, sin titubear ni un solo minuto. Se la había servido en bandeja al
vizconde y se había retirado de la sociedad para que Mountevans tuviera
libertad de cortejar a Elisa y conquistarla. Pero el problema era que Elisa ya
había sido conquistada… y eso era algo que ella no podía remediar aunque
quisiera.
Al terminar la obra, Anna se disculpó con Mountevans alegando
sentir dolor de cabeza y se cogió del brazo de su hija para dirigirse hacia su
carruaje. Elisa la miraba con preocupación, colocando de vez en cuando su
mano enguantada en la frente de su madre para comprobar que no tuviera
fiebre.
—Estoy bien, deja de preocuparte —dijo Anna con una sonrisa.
—Te encuentras mal, ¿cómo no voy a preocuparme? Tú nunca te
enfermas.
—Solo estoy cansada. El ritmo de Londres es agotador para
cualquiera, y yo había olvidado lo que es.
—Lo siento, mamá. Deberíamos rechazar las invitaciones para un
par de días y descansar en casa.
—Es una gran idea. Sé que a ti también te hace falta descansar un
poco. Te he notado distraída en el teatro.
—La obra no era demasiado de mi agrado —reconoció torciendo el
gesto.
—¿Seguro que solo es eso?
—Seguro, mamá.
—¿No tiene nada que ver con la partida de Lattimer?
—¿Qué tendría eso que ver?
—Se marchó abruptamente.
—Fue por el bautizo de su sobrina.
—Pero teníais un trato, ¿me equivoco?
—Y lo cumplió antes de irse. Me dijo que Mountevans le había
confesado que me propondrá matrimonio en el baile de tía Camille.
—¿Y es eso lo que tú quieres?
—¿A qué te refieres?
—Tengo la sensación de que el vizconde no te agrada demasiado.
—No es que no me agrade, mamá. Simplemente no le conozco lo
suficiente y considero que se está precipitando.
—En ese caso no insistiré más en el tema. Pero tesoro, si sientes que
no es el hombre para ti, no te fuerces a aceptarlo. Puedes esperar a la
próxima temporada para casarte.
—Dijiste que no podía permitirme ese lujo.
—Sé lo que dije, pero empiezo a arrepentirme de haberlo hecho.
—¿A qué se debe el cambio?
—Creo que me he dejado guiar demasiado por las opiniones
arcaicas de tía Camille. Yo siempre he querido que tengas un matrimonio
por amor, como el mío con tu padre, y lo único que he hecho desde que
llegamos es insistirte para que te cases con alguien a quien no conoces.
—Ahora estamos en Londres y se supone que eso es lo que debo
hacer.
—Pero no debería ser así. No deberías tener que casarte a la fuerza
antes de los veintiún años solo porque unas estúpidas normas sociales lo
dictan.
—¿Y qué puedo hacer? Si no lo hago terminaré convirtiéndome en
una solterona, y tú misma me dijiste que es mejor estar casada.
—Eres la dama más bonita de todas, Elisa. Eres dulce, educada,
tienes unos modales impecables y una dote muy jugosa. Es imposible que te
conviertas en una solterona.
—Pero si mi tercera temporada llega a su fin tendré que
conformarme con cualquiera, aunque sea un cazafortunas.
—Tomémonos unos días de descanso por el momento. Tu tío
Andrew va a pasar el fin de semana en el campo con Marion y Mathew,
vayámonos con ellos. Cuando regresemos tal vez veas las cosas de mejor
color.
—¿Y qué pasa con el baile de tía Camille?
—Regresaremos a tiempo del baile, no te preocupes por eso.
Esa noche Elisa pudo dormir mucho mejor. Un viaje al campo era lo
mejor que podía pasarle en ese momento de dudas, tensión y presión.
Quería pensar detenidamente en lo que quería hacer, en si casarse con
Mountevans era una decisión acertada o si sería mejor esperar a la siguiente
temporada. Una pequeña parte de ella la animaba a la última opción con la
esperanza de que Lattimer volviera con la intención de casarse y ella tuviera
la oportunidad de ser la elegida. Pero esa parte era tan ínfima que apenas la
escuchó mientras sus ojos se cerraban debido al cansancio y se quedaba
completamente dormida.
Los gritos de tía Camille la despertaron a la mañana siguiente. La
anciana gritaba como una histérica mientras las voces de tío Andrew y su
madre se escuchaban mucho más calmadas. Se puso la bata y las zapatillas
y bajó la escalera para encontrarlos en el despacho del conde. Tía Camille
se paseaba por la habitación como un león enjaulado mientras tío Andrew la
miraba con fastidio apoyado en el escritorio con los brazos cruzados y sus
padres observaban la discusión desde el sofá de cuero.
—¡Si te la llevas ahora perderá una magnífica oportunidad con el
vizconde! —gritaba tía Camille.
—No sería tan magnífica si la pierde por descansar un fin de semana
—protestó el conde.
—La temporada está en pleno auge, todo el mundo conoce la
intención de Mountevans de casarse y si ella se ausenta habrá muchas
debutantes que intenten aprovechar la oportunidad.
—Lattimer le dijo a Elisa que el vizconde confesó su intención de
proponerle matrimonio en tu baile, tía —dijo su madre con voz cansada.
—¡Si ella desaparece ahora puede que se arrepienta!
—Si el vizconde está realmente interesado en Elisa esperará a su
regreso —insistía tío Andrew—. Ella está agotada y necesita un descanso.
—¡Necesita un marido! Es mi sobrina nieta y…
—Olvidas que yo soy su tío —la interrumpió tío Andrew—, está
bajo mi cuidado y soy yo quien decidirá lo que es mejor para ella, no tú.
—Sus padres no han muerto.
—Sé que no lo han hecho, pero mi hermano me encomendó a mí
cuidar de su hija, no a usted.
—Mi sobrina está de mi lado. ¡Díselo, Anna!
—Esta vez no lo estoy, tía, perdóname —reconoció su madre
agachando la cabeza—. Elisa está totalmente agotada, anoche casi se
desvanece en el teatro y tuvimos que disimular para traerla a casa en cuanto
terminó la obra.
—Si hoy duerme hasta la tarde se le pasará —insistió la anciana
haciendo un ademán con la mano.
—Elisa no está acostumbrada al ajetreo de Londres y no voy a
arriesgarme a que enferme por su obstinación, lady Cowper —dijo tío
Andrew.
—El doctor dijo que podría morir de agotamiento —mintió Anna.
Elisa sonrió al descubrir la faceta mentirosa de su madre. Jamás
habría pensado que sería capaz de mentir tan bien cuando siempre le había
enseñado a ella que las mentiras se descubren muy pronto. Se mantuvo
oculta en el pasillo para evitar interponerse en la discusión. Tía Camille se
había quedado muda ante las palabras de su madre, y tío Andrew se levantó
de la mesa y se dirigió al mueble para servirse un vaso de bourbon.
—Mañana viajaremos a Chester Hall y volveremos el miércoles por
la mañana para que Elisa pueda acudir a su baile, es la única concesión que
le daré —dijo dando un buen sorbo a su bebida.
—¡Pero eso son cuatro días! —gritó tía Camille— ¡No puedes
llevártela tanto tiempo!
—Puedo y lo haré.
—¡La modista tiene que hacerle a su vestido los últimos arreglos!
—Puede tomar uno de los muchos vestidos que componen su
guardarropa como patrón.
—Pero…
—No insista más, lady Cowper —la interrumpió el conde—. Para
mí lo más importante es la salud de mi sobrina, si ese hombre no es capaz
de esperarla cuatro malditos días tal vez es mejor que no haga su estúpida
proposición.
—Me parece ridículo que ahora parezcas tan preocupado por ella
cuando en diecisiete años no has ido a visitarla ni una sola vez.
—¡Tía Camille! —exclamó su madre.
—¿Acaso estoy mintiendo?
—¿Realmente cree que me amilanaré por ese golpe bajo, lady
Cowper? —sonrió Andrew— Debería conocerme mejor que eso.
—No es un golpe bajo, milord. Solo estoy diciendo la verdad.
—Si no lo hice fue por culpa de mi padre, lo sabe bien. Y de usted,
ya que estamos.
—¿Mi culpa? ¿Qué tengo yo que ver con su padre?
—Usted sabía que mi hermano me había escrito y no se dignó a
venir para descubrir qué ocurría, lady Cowper. Usted conocía la estrecha
relación que yo tenía con Joseph, ¿y no le extrañó ni un poco que no
quisiera contactarle?
—¡Pensé que tu padre te había lavado el cerebro!
—Y aun así utiliza eso en mi contra. No la creí tan mezquina,
milady.
—Yo… yo…
—Me llevaré a Elisa al campo para que descanse del ajetreo de la
temporada y es mi última palabra —sentenció el conde—. Si Mountevans
está realmente interesado en ella la esperará, y si no lo hace será evidente
que no era el hombre adecuado para ella.
—Pero la temporada está terminando y…
—Es su primera temporada, aún le quedan dos más —la interrumpió
—. Y ahora, si nos disculpa, debemos hacer el equipaje.
Elisa corrió escaleras arriba cuando su tío despachó a su tía de esa
manera, y permaneció oculta hasta que vio a la anciana salir por la puerta
principal despotricando contra el conde. Volvió al despacho y encontró a su
madre llorando, a su padre dándole palmaditas en la mano para calmarla y a
su tío sirviendo una copa de borgoña para ella.
—Oh, Elisa —dijo el conde al verla—. Te hemos despertado con el
escándalo, ¿verdad? Lo siento mucho.
—No importa, tío Andrew. Supongo que tía Camille no está muy
contenta con nuestro viaje de mañana.
—Esa vieja arpía no está de acuerdo con nada que se salga de sus
planes —bufó el conde—. Pero no te preocupes, mañana a primera hora
saldremos para Chester Hall y podrás descansar unos días.
—Estoy deseando conocer esa casa.
—Te encantará, está rodeada de naturaleza y hay un enorme prado
en la parte de atrás donde podrás montar a caballo. Tu prima Gaby también
vendrá, le ha encantado la idea de tomarse un descanso.
—Gracias, tío.
—¿Por qué no me dijiste que estabas cansada? —preguntó
acariciando con cariño su cabeza— Habría planeado este viaje mucho antes.
—No me di cuenta de que lo estaba hasta que anoche hablé con
mamá —reconoció.
—Todo ha sido culpa mía, Andrew —se disculpó su madre—. Me
dejé llevar en exceso por las opiniones de mi tía y la presioné demasiado
con el matrimonio.
—Perdona que lo diga, Anna, pero tu tía puede acabar con la
paciencia de un santo.
—Lo sé —sonrió ella—. Ese es uno de los motivos por los que no
cuestionaba sus decisiones demasiado. No quería discutir con ella, como
has visto es una fuerza de la naturaleza cuando se enfada.
—Por suerte para Elisa, yo no me dejo amedrentar por una anciana
como ella —respondió el conde pasando el brazo por los hombros de su
sobrina—. Verás que unos días de descanso te sentarán muy bien, Ely.
—Ve a decirle a Marie que prepare tu equipaje —ordenó su madre
—. Partiremos a primera hora de la mañana.
Elisa asintió y subió corriendo las escaleras con una sonrisa. Se topó
con el pequeño Math sentado en su cama con los pies colgando mientras
jugaba con un caballo de madera.
—¿Por qué corres, prima Elisa? —preguntó el pequeño.
—Debo hacer el equipaje.
El pequeño se puso de pie de un salto en la cama y la miró con los
ojos como platos y la cara llena de ilusión.
—¿Vienes con nosotros al campo? —preguntó.
—Así es. ¿Estás contento?
—¡Sí! ¿Vendrás conmigo a darle de comer a los caballos? Y
podemos ir a coger flores, y a cazar ranas y…
—Tu prima es una dama, jovencito —le reprendió su niñera desde la
puerta—. No puede ir a cazar ranas.
—Oh… —susurró Math con tristeza.
—Pero puedo ir a darle de comer a los caballos y a coger flores, y
podemos jugar a la caza del tesoro pirata. ¿Quieres?
—¡Sí! Le pediremos a papá que esconda el tesoro y nos dibuje un
mapa.
—De acuerdo, pero ahora debes ir a dar tus clases. No hagas esperar
demasiado a la señora Normon.
El pequeño saltó de la cama y salió a correr de la habitación. La
niñera hizo una reverencia y lo siguió tan rápido como pudo por el pasillo
ante la divertida mirada de Elisa y Marie.
—Ese pequeño diablillo va a acabar con la señora Normon —dijo
Marie sacando un vestido de día del armario para Elisa.
—Es un niño fantástico.
—¿Irá hoy a alguna parte con lord Mountevans?
—Pasearé con él por Hyde Park como estaba acordado. Debo
informarle de que me marcharé de la ciudad unos días y esta noche no
coincidiremos. Por cierto, prepara mi equipaje, saldremos hacia Chester
Hall a primera hora de la mañana.
—Gracias a Dios un poco de paz y tranquilidad.
—Sí, no me había dado cuenta de que necesitaba tanto un descanso.
—Pero el baile de su tía es en cuatro días…
—Estaremos aquí a tiempo para el baile, volveremos ese mismo día
por la mañana.
—Ya verá, señorita Bennet. Chester Hall es el paraíso, todo rodeado
de campo y tranquilidad. Le irá muy bien para reponer fuerzas… Es un
lugar muy agradable.
Elisa pensaba dedicar esos días de paz a decidir qué hacer con su
futuro. Necesitaba olvidar a Lattimer, pensar seriamente si Mountevans era
el hombre adecuado para ella y decidir si aceptar o no su propuesta de
matrimonio en el momento en que la hiciera.
Capítulo 21
 
 
 
 
 
 
 
Elisa caminaba junto al vizconde en silencio mientras sus padres se
mantenían unos pasos detrás de ellos. Mountevans había elegido para la
ocasión un traje de color chocolate que le sentaba a la perfección,
ajustándose a sus musculosos brazos y realzando su fornido cuerpo.
Además de todo eso, era increíblemente apuesto y atento… y estaba
realmente interesado en ella. ¿Por qué no podía simplemente enamorarse de
él y olvidar a Lattimer? ¿Por qué su corazón había elegido al canalla antes
que al caballero? Un suspiro escapó sin querer de sus labios, lo que atrajo la
atención del vizconde.
—¿Se encuentra bien, señorita Bennet? —preguntó— La noto
distraída esta tarde.
—Lo siento, no quería ser descortés.
—Oh, no lo sienta. Si hay algo en lo que pueda ayudarla…
“Ojalá pudieras” pensó, pero en cambio le regaló una sonrisa y
jugueteó con la rosa que poco antes le había regalado.
—Hay algo de lo que quiero hablar con usted, milord —dijo—. Pero
no sé cómo empezar.
—¿Qué tal si lo hace por el principio? —bromeó él— Suele ser la
forma más sencilla de empezar.
—En ese caso, lo primero sería disculparme con usted, milord. No
podré asistir con usted al teatro mañana por la noche.
—¿Por qué motivo?
—Es solo que todo el ajetreo de la ciudad nos está pasando factura a
mi madre y a mí. Reconozco que no estoy acostumbrada a todo este trajín y
me siento agotada, así que mi tío ha decidido que pasemos unos días en el
campo para descansar y reponer fuerzas.
—En América la vida es mucho más tranquila, entiendo que no esté
acostumbrada a tanta actividad. ¿Se marcharán por mucho tiempo?
—Solo nos iremos cuatro días. Volveremos el miércoles por la
mañana para acudir al baile de tía Camille.
—No es mucho tiempo, entonces. Creo que seré capaz de sobrevivir
unos días sin usted —bromeó.
—No sé si debo alegrarme o preocuparme por eso, milord.
—Alegrarse, desde luego. Que pueda sobrevivir sin usted no
significa que quiera hacerlo.
Elisa sonrió avergonzada y comenzó a juguetear una vez más con
los pétalos de la rosa.
—¿Me concederá un favor el miércoles? —preguntó el vizconde
complacido con la reacción de Elisa.
—Si está en mi mano hacerlo…
—Me gustaría que me reservara usted dos bailes esa noche, señorita
Bennet.
—¿No es esa una petición muy osada?
—Lo es, pero es necesario que me la conceda.
—¿Y qué bailes serían esos, milord?
—El primer vals, al que me he aficionado si es con usted, y
cualquiera del que pueda prescindir. Hay algo de lo que quiero hablar con
usted.
—¿Debería preocuparme?
—Eso depende de usted. Creo que sabe perfectamente de lo que
quiero hablarle, ¿me equivoco?
—Será un honor concederle ese favor, milord —dijo sin
responderle.
Mountevans simplemente sonrió y continuó su paseo por la orilla
del lago. Un grupo de cisnes nadaban mientras unos niños les lanzaban
migajas de pan, y Elisa se detuvo para observar el espectáculo.
—¿Cuándo se marcharán al campo? —preguntó Mountevans.
—Mañana a primera hora, por lo que esta noche no acudiré al baile
de los marqueses de Downshire como tenía previsto.
—Es una pena. Los marqueses tienen fama por sus espectáculos de
fuegos artificiales. Se perderá usted una gran velada.
—Siempre puedo disfrutar de ella el año que viene.
—Es cierto… y entonces será como mujer casada.
—Lo dudo mucho, milord —rio ella—. No hay demasiados
caballeros interesados en mí.
—Yo estoy interesado en usted.
Era la primera vez que el vizconde le confesaba directamente su
interés en ella. Elisa se ruborizó y comenzó a jugar con el asa de su ridículo.
—¿La he escandalizado? —preguntó el caballero.
—Claro que no —se apresuró a decir ella—. Es solo que no
esperaba que fuera tan directo, milord.
—¿Puedo hacerle una pregunta?
—Por supuesto.
—¿Está usted esperando a alguien, señorita Bennet?
—En absoluto. ¿Por qué lo pregunta?
—No puedo evitar pensar que la marcha de Lattimer ha sido cuanto
menos repentina. Usted y el barón eran muy cercanos y me preguntaba si su
partida tiene algo que ver con usted.
—Lattimer y yo solo somos amigos, milord —le cortó ella—. Su
marcha no tiene nada que ver conmigo, sino con su familia. La abuela de su
cuñada está muy enferma y van a adelantar el bautizo de su sobrina para
que la anciana pueda acudir, es todo.
—Oh… Me dio la impresión de que Lattimer la estaba cortejando
antes de conocernos y pensé...
—No lo hizo —le interrumpió ella—. Lo que empezó siendo un
baile por lástima nos hizo darnos cuenta de que tenemos intereses en común
y disfrutábamos compartiéndolos, pero eso era todo.
—Me alegra oír eso. No me gustaría tener por rival a alguien como
Lattimer.
—Lattimer nunca ha sido rival para usted. Él nunca ha tenido un
interés romántico en mí.
—¿Y qué me dice de usted? ¿Tiene algún interés en Lattimer?
—Como le he dicho, solo somos amigos.
—Tal vez solo sean amigos, pero cuando se encuentra con el barón
tiene un brillo en la mirada que aún no he logrado ver en sus preciosos ojos
cuando se encuentra conmigo.
Las palabras de Mountevans dejaron a Elisa congelada, pero logró
recomponerse a tiempo para desestimar sus palabras con una sonrisa.
Aunque no pudo olvidarse de ellas durante el resto del paseo, ni tampoco
aquella noche durante la cena. Tampoco pudo hacerlo cuando intentaba
dormir, y vio con frustración que la noche se hacía día y no había podido
pegar ojo. Cuando Marie descorrió las cortinas de su cama a la mañana
siguiente jadeó por la sorpresa de ver dos enormes bolsas debajo de los ojos
de Elisa.
—¡Dios santo, milady! —exclamó— ¿Acaso no ha dormido usted
nada?
—No he podido —gimió Elisa—. He estado toda la noche dándole
vueltas a algo y no he logrado conciliar el sueño.
—Por suerte nos marchamos temprano al campo y no tendrá que
acudir a ningún evento social, porque no creo que pueda hacer desaparecer
esas manchas oscuras bajo sus ojos con paños de té.
—Estoy muerta de sueño —gimió Elisa.
—Podrá usted dormir cuando llegue a Chester Hall. El viaje solo
dura una hora y antes de lo que imagina estará bajo las suaves mantas de su
cama.
—¿Se han levantado ya todos?
—Su prima aún no lo ha hecho, pero es comprensible dado que es
una recién casada.
—¿Estar casada le dio insomnio? —bromeó ella.
—Le dio un marido, que es mucho peor que el insomnio.
Entre risas, Marie la ayudó a vestirse. El traje de viaje color borgoña
era cálido y en la solapa de la chaquetilla tenía bordadas pequeñas flores de
color negro que le daban un aspecto muy elegante. Marie recogió su cabello
en un moño trenzado y lo adornó con algunas flores secas.
—Listo, milady —dijo la doncella admirando su trabajo—. Hemos
logrado disimular las bolsas de sus ojos, lo que es toda una hazaña.
—Eres la mejor. ¿Mi equipaje está listo?
—Y cargado en el carruaje desde anoche, señorita Bennet. Debería
bajar a desayunar, no es bueno viajar con el estómago vacío.
—¿Me acompañarás a Chester Hall?
—Por supuesto, me marcho en un momento con el resto del
servicio. Cuando usted llegue ya habré preparado su habitación para que
pueda dormir un poco.
—Te lo agradezco.
Elisa bajó al salón del desayuno, donde se encontraban ya sus
padres y su tío, que desayunaban charlando animadamente sobre sus planes
para el viaje. Tras dar los buenos días, se sentó junto a su madre con una
sonrisa y el mayordomo sirvió en su plato su desayuno.
—¿Lista para un descanso, Elisa? —preguntó su tío.
—Más que lista, tío Andrew. Realmente necesito este descanso, no
me había dado cuenta de cuán cansada me siento.
—¿Has dormido algo? —preguntó su madre— Pareces realmente
agotada.
—La verdad es que no he dormido demasiado. He estado pensando
en la conversación que tuve ayer con Mountevans.
—No me habías dicho nada —protestó su madre—. ¿Te hizo al fin
su proposición?
—No es nada de eso. Es solo que fue la primera vez que me dice
directamente que está interesado en mí. Me sorprendió.
—¿Y tú estás interesada en él? —preguntó su tío desde la cabecera
de la mesa.
—No lo sé —suspiró—. Es agradable y me siento a gusto con él,
pero no estoy segura de si me interesa o no.
—Tendrás tiempo para pensar en ello en este viaje.
—¿Cómo es que Mat no está despierto aún? —preguntó cambiando
de tema.
—Lo está desde antes de que amanezca —protestó el conde—. La
señora Normon le ha castigado desayunando en su habitación para que
aprenda a ser paciente. Me ha despertado saltando en mi cama mucho antes
del amanecer.
—Me recuerda mucho a ti, Ely —rio su madre—. Cuando eras niña
eras tan inquieta como él.
—¡No es verdad! —protestó ella, aunque sonreía.
—Te aseguro que lo eras —añadió su padre—. Un día tuvimos que
bajarte de uno de los árboles de casa porque te habías empeñado en ver un
nido de pájaros y luego no sabías bajar. Estuviste llorando durante horas.
—Otra vez casi te ahogas porque quisiste atrapar un renacuajo en el
río como los hijos de los trabajadores —dijo su madre—. De no ser por el
pequeño Jimmy no habrías logrado sobrevivir.
—Eso sí que lo recuerdo —reconoció ella avergonzada—. No
pensaba entrar en el río, solo atraparlos desde la orilla, pero tropecé con una
piedra y me caí al agua.
—Menudo susto le diste a tu padre —la riñó su madre.
—Pero crecí y me volví una dama obediente.
—¿De veras? —preguntó su padre con voz melosa— ¿Y qué hay de
las veces que montabas a horcajadas aunque tu madre de lo prohibiera? ¿O
las veces que paseabas a pleno sol sin un sombrero? ¿O cuando…
—Vale, papá… me estás avergonzando —le interrumpió.
—Creo que exageras, Joseph —intervino el conde—. Elisa es el
ejemplo perfecto del buen estar y los buenos modales, es imposible que
fuera un diablillo.
—Debe ser el aire de Londres —protestó su madre.
—O tal vez es el amor.
Elisa miró con fastidio a Gabrielle, que entraba en ese momento en
el salón del brazo de Louie, pero su prima se limitó a sacarle la lengua
mientras tomaba asiento frente a ella.
—No estoy enamorada —protestó.
—Si tú lo dices…
—Deberías dejar de portarte como una niña ahora que vas a ser
madre —se burló Elisa—. Debes darle ejemplo a tu futuro hijo o hija.
—Mi bebé es aún demasiado pequeño, Ely. Dudo mucho que tenga
orejas para escuchar lo que tengo que decir.
—Eso no lo sabes. Tal vez es lo primero que se desarrolla.
—¿Un diminuto bebé orejón? —rio Gaby— No creo que eso sea
posible.
—Como puedes ver, ser un trasto se lleva en la sangre de los Bennet
—bufó el conde a su hermano, que rompió a reír a carcajadas.
—¿Qué te dijo el doctor, Gaby? —preguntó Anna cambiando de
tema.
—Todo está bien, tía. Aún estoy en los primeros meses de
embarazo, así que tengo que ser cuidadosa con lo que hago, pero por ahora
todo parece ir de maravilla.
—Cuánto me alegra oír eso. Cuando regresemos a Londres
empezaré a hacer su canastilla.
—No es necesario, tía.
—Tonterías, me servirá como entretenimiento. A Elisa le hice toda
la ropa yo misma y era la bebé más hermosa de toda la ciudad.
—En ese caso te ayudaré —dijo Gaby—. No sé mucho de costura,
pero puedo aprender.
Elisa logró dormir un poco en el carruaje que compartía con sus
primos y Louie. El pequeño Mat cayó fulminado sobre su regazo en cuanto
el carruaje empezó la marcha, y ella no tardó demasiado en imitarle.
Chester Hall era una enorme mansión construida en ladrillo rojo con
pañales de ladrillo azul y aderezos de arenisca roja. Poseía cuatro
chimeneas de ladrillo con decoración de estilo Tudor y ventanales
inclinados de dos pisos. Era sencilla pero igualmente impresionante.
Una hilera de sirvientes uniformados los esperaba en la entrada, y su
padre les saludó uno a uno con cariño.
—Vamos, te mostraré tu habitación —dijo Gabrielle enlazando su
brazo con el de ella—. Era mi habitación cuando era soltera, te encantará.
—¿Y dónde dormirás tú?
—Con mi esposo, por supuesto —bromeó la marquesa—. No te
preocupes por mí, papá nos asignó una habitación más grande cuando nos
casamos.
La habitación era una auténtica maravilla. Con un balcón frente a la
puerta a la izquierda de la enorme cama con dosel, una enorme chimenea a
los pies de esta y un sofá de orejas en el que Elisa podría pasar horas
enteras leyendo. A ambos lados de la chimenea había dos puertas que la
comunicaban con el cuarto de baño y el vestidor, y junto a la puerta de
entrada había un enorme tocador en el que Marie había dispuesto ya sus
peines y adornos del pelo. Los muebles eran de madera de cedro y los
cortinajes y la ropa de cama eran de un tono verde azulado muy suave.
—Como sabes, odio el rosa —susurró Gabriel a su espalda—. ¿Te
gusta?
—Muchísimo. Siento mucha paz aquí.
—Es lo que necesitas. Aprovecha el tiempo para descansar y pensar
bien en tu futuro. ¿Has tomado una decisión respecto a Mountevans?
—Aún no —suspiró—. Ayer me dijo claramente que está interesado
en mí y me pidió dos bailes el miércoles porque quiere hablar conmigo.
—Ya lo sabías.
—Sí, pero… Me siento mal por no saber qué responder si me pide
que me case con él.
—Elisa… Lo que sea que decidas estará bien. Si sientes que no es el
hombre indicado, recházale de manera educada y sigue adelante. No tienes
obligación de aceptar su proposición solo porque hayas accedido a hablar
con él.
—Pero tía Camille se enfurecerá si no le acepto.
—Estoy segura de que mi padre no le permitirá entrometerse. Ya me
he enterado de la pelea que tuvieron ayer en la mañana debido al viaje.
—Realmente me gustaría esperar otra temporada —reconoció—.
Creo que sería lo mejor para mí.
—¿Es por Lattimer?
—No es solo por él, también por mí misma. No voy a negar que una
parte de mí espera que si rechazo a Mountevans y espero hasta el próximo
año aún tengo una oportunidad de que Lattimer cambie de parecer respecto
al matrimonio. Pero también quiero esperar porque estoy completamente
agotada de todo esto.
—¿De la temporada?
—Sí. En solo unos meses mi vida ha sufrido tantos cambios que
apenas he sido capaz de ser yo misma. Mi vida se ha reducido a comer,
dormir y acudir a eventos sociales, y en todo lo que pienso es en qué
postura debo tener en la mesa, cuál es la distancia correcta en un baile o
cuánta cantidad de asado tengo permitido comer. Quiero que, aunque sea
por las semanas que aún quedan de temporada, mi única preocupación sea
divertirme con mis amigas en vez de pensar en qué hombre será el
adecuado para mí.
—Me alegra que lo hagas por ti, pero Lattimer…
—Sé que debo olvidarme de él —la interrumpió—. Sé que es un
amor no correspondido y que debería sacarle de mi cabeza, pero no puedo
hacerlo por más que lo intento.
—Sé que es difícil hacerlo, pero debes ser fuerte.
—¡Es que me confunde tanto, Gaby! Me besa con tanta pasión y
después desaparece durante toda una semana. Me dice que me case con
Mountevans, pero vuelve a besarme sin sentir remordimiento alguno.
—Espera… detente ahí —protestó Gabrielle—. ¿Qué es eso de que
volvió a besarte?
—El día que me dijo que se marchaba a España me enfadé con él y
me llevó hasta una terraza apartada para convencerme de que aceptara la
proposición del vizconde. Entonces le pregunté si el Lattimer que me besó
aquel día opinaba lo mismo, dijo que sí… pero me besó.
—¿Te has vuelto loca, Ely? ¿Qué hubiera pasado si alguien os
hubiera visto?
—Nadie nos vio.
—Que volviera a besarte solo confirma que ese hombre es un
canalla. No se conformó con ponerte en peligro una vez, sino que lo hizo
dos veces para después huir como un cobarde.
—¡Ya lo sé! —sollozó— Estoy enamorada de un hombre que no
tiene ningún interés en mí y no soy capaz de tener sentimientos por el
hombre que sí los tiene. ¡Voy a volverme loca!
—Cálmate, todo tiene solución.
—¿Qué solución puede tener esto? Lattimer se ha marchado a
España y estoy segura de que no volverá hasta que la temporada termine,
eso si regresa. Y Mountevans me propondrá matrimonio durante el baile de
tía Camille y no puedo aceptarle.
—Él es consciente de que cabe la posibilidad de que le rechaces,
Elisa.
—¡Pero no quiero desilusionarle! El vizconde siempre ha sido
bueno conmigo y no creo que sea justo hacerle daño.
—Dile que te deje pensarlo, que le responderás cuando la temporada
esté llegando a su fin. Tendrás más tiempo para aclarar tus sentimientos.
—¿Y tú crees que aceptará?
—Quiere que seas su esposa, por supuesto que lo hará. Y mientras
espera, se desvivirá por hacerte ver que él es el hombre adecuado para ti.
Tal vez termines sintiendo afecto por él.
—¿Y será el afecto suficiente?
—Eso depende de ti, Ely. Pero esperar a un hombre que no tiene
intención de casarse contigo no creo que sea la mejor elección.
La duquesa se puso de pie y acarició con cariño la mejilla pálida de
su prima.
—Como acabo de decir, decidas lo que decidas estaré a tu lado
apoyándote, pero piensa muy bien durante estos cuatro días lo que
realmente quieres hacer.
—Gracias por estar a mi lado, Gaby. Si no fuera por ti me habría
sentido muy sola. Tengo a mis amigas, es cierto, pero ellas no pueden
aconsejarme de la misma forma que tú.
—Ya no volverás a sentirte sola, lo prometo. Ahora que nuestros
padres han aclarado todos los malentendidos siempre me tendrás a mí.
Gabrielle se marchó de la habitación dejándola sola con sus
pensamientos. Su prima tenía razón: si esperaba al final de la temporada
para darle su respuesta a Mountevans pasarían más tiempo juntos y tendría
la oportunidad de olvidarse de Lattimer y empezar a mostrar sentimientos
por el vizconde. Y si no era ese el caso, podría rechazarle y esperar a la
próxima temporada a que su corazón sanase de su desengaño y estuviera de
nuevo listo para el amor. Perdería su oportunidad con Mountevans, por
supuesto, pero tal vez al año siguiente conociera a un caballero que la
enamorase igual que había hecho Lattimer… y que a diferencia del barón
estuviera preparado para el matrimonio.
Capítulo 22
 
 
 
 
 
 
 
Andy llevaba ya una semana en Cádiz y aún no había podido
sacarse a Elisa Bennet de la cabeza. Los primeros días se dedicó a ahogar
sus recuerdos con ella en alcohol, acostándose de madrugada y durmiendo
hasta el mediodía, pero en vez de olvidarse de la mujer recordaba aún más
el pequeño affaire que mantuvieron en la pérgola del jardín de los duques de
York, eso sin contar con la terrible resaca con la que tenía que lidiar cuando
se despertaba. Al ver que el alcohol era inútil, fue a la ciudad y buscó un
burdel medio decente en el que encontrar una cortesana a la que llevarse a
la cama, pero fue incapaz de sentir nada y terminó volviendo a casa con la
misma mujer en la cabeza y menos dinero en el bolsillo. Por eso estaba en
ese momento trabajando codo con codo con los jornaleros de su hermano,
recogiendo la fruta de los árboles para ver si el trabajo duro le cansaba lo
suficiente como para caer en la cama fulminado sin pensar en su némesis
personal.
Jeremy sabía que algo grave debía haberle ocurrido a su hermano en
Londres para que volviera a casa de forma tan repentina, e intuía que tenía
que ver con la joven que había rescatado del mar. Por lo poco que Andy le
había contado había que ser muy ciego para no darse cuenta de que el barón
se había enamorado perdidamente de la muchacha, pero al parecer su
hermano no era capaz de ver más allá de su nariz. Y debía reconocer que a
él le divertía mucho ver cómo ponía todo su esfuerzo en olvidarse de lo que
sea que había ocurrido con la señorita Bennet, como aquella tarde, en la que
le observó divertido mientras se encaramaba a los frutales como todo un
experto jornalero mientras el sudor empapaba su costosa camisa hecha a
medida. Se acercó a caballo por el camino y se colocó a su lado, mirándole
con una ceja arqueada.
—¿Ocurre algo? —preguntó Andy.
—Mis hombres se quejan de que mi hermano les está dejando sin
trabajo —bromeó.
—Solo les estoy echando una mano —respondió Andy
encogiéndose de hombros.
—Les incomodas —insistió Jeremy—. No están acostumbrados a
que su patrón venga a molestarles mientras trabajan.
—No soy su patrón, lo eres tú.
—Eres mi hermano, para ellos es lo mismo.
—¿Qué quieres realmente, Jer?
—Quiero saber qué demonios te pasa. Desde que llegaste no eres tú
mismo y estoy muy preocupado por ti. Ambos lo estamos.
—No me pasa nada, ya te lo he dicho mil veces.
—¡Y un cuerno no te pasa nada! —exclamó Jeremy enfadado,
sorprendiendo a Andy— Bebes todas las noches hasta desfallecer, trabajas
como un mulo o te vas al primer prostíbulo que encuentras, ¿e intentas
convencerme de que no te pasa nada?
—¿Cómo demonios sabes lo del prostíbulo?
—Llevo viviendo aquí más de un año y la gente habla de ti.
—La gente debería aprender a mantener la maldita boca cerrada —
protestó el barón.
—¿Vas a contarme qué demonios ocurrió en Londres para que hayas
vuelto así o voy a tener que sacártelo a golpes?
—¿Crees que me das miedo? —preguntó Andy sonriendo.
—No te golpearía yo, sino Mer.
—Ya te lo conté todo cuando llegué. ¿Qué más quieres que te
cuente?
—Sé que hay algo que te estás guardando para ti, Andy. Sé que algo
te está reconcomiendo por dentro y tienes que dejarlo salir o vas a terminar
volviéndote loco.
Andy suspiró, se limpió las manos con un paño y de un salto subió a
la grupa del caballo, detrás de su hermano.
—Vamos a casa, te lo contaré todo con una copa de bourbon —dijo.
—¿No crees que podrías prescindir del licor? Ya has bebido
suficiente para toda una vida.
—Créeme, para hablar de ello es completamente necesario que me
tome al menos una copa antes.
Sin más, Jeremy puso el caballo al trote hasta llegar a la casa. Dejó
el animal al cuidado de su mozo de cuadra y subió las escaleras de dos en
dos seguido de su hermano, que se dejó caer en el sofá del despacho en
cuanto cerraron la puerta tras ellos.
—Antes de hablar debes prometerme que no le contarás nada a Mer
—advirtió—. Me matará si se entera de todo esto.
—Mi esposa te va a matar de todas formas si sigues como hasta
ahora —respondió Jeremy encogiéndose de hombros.
—Prométemelo, Jer.
—Muy bien, lo prometo. Y ahora habla.
—He deshonrado a Elisa Bennet.
—¿Que has hecho qué?
—Bueno, técnicamente lo he hecho, pero por suerte nadie nos
descubrió.
—¿Te has vuelto completamente loco? ¿Cómo se te ocurre hacer
algo así y huir como un cobarde?
—No le robé su virtud, si es lo que piensas. No soy tan canalla.
—¿Entonces qué hiciste?
—Estábamos en el baile de los duques de York. Decidí presentarle a
Mountevans, e inmediatamente él mostró interés en ella. Me molestó, solo
Dios sabrá por qué, pero me molestó que lo hiciera, así que salí al jardín
para tomar un poco de aire fresco y lograr calmarme.
—¿En serio no sabes por qué te molestó?
—Supongo que porque pasaba mucho tiempo con ella, o tal vez fue
una indigestión. El caso es que después de hablar con John un rato decidí
irme a dormir y le pedí que me despidiera de ella. Pensé en dar un paseo por
los jardines antes de subir a mi habitación para ver si se me pasaba un poco
el malestar y Elisa salió a buscarme.
—Entiendo.
—Me puse furioso. Le había dicho infinidad de veces que tuviera
cuidado, que no se quedara sola en sitios donde cualquier cazafortunas
pudiera tenderle una trampa, y la muy tonta salió a correr detrás de mí.
—Pero eras tú.
—¡Pero ella no podía saberlo! Estaba en medio de la oscuridad,
¿cómo podía saber que se trataba de mí? Era el baile del duque, había
cientos de personas y cualquiera podría haber vestido del mismo color que
yo y haber tenido la misma complexión.
—¿Y qué paso entonces?
—Discutimos, pero ella no lograba entender por qué me enfadé. Se
limitaba a decir que no importaba porque a fin de cuentas había sido yo,
como si yo fuera un maldito santo y ella estuviera segura de que nunca
haría nada que la perjudicara. Así que le demostré que estaba equivocada.
—¿Cómo lo hiciste, Andy?
—La besé. Al principio solo quería darle un escarmiento, rozar sus
labios brevemente con los míos para meterle el miedo en el cuerpo. Pero no
sé qué demonio del Averno me poseyó para ahondar más el beso. La toqué,
Jer… La toqué como solo su esposo debería haberlo hecho, se asustó como
pretendía y huyó.
—Por mucho menos que eso la gente es obligada a casarse.
—Lo sé… Maldita sea, ya lo sé.
—¿La seguiste al menos?
—No, pero me aseguré de vigilar que llegara a salvo al salón de
baile. Me marché a Londres esa misma noche y no volví a hablar con ella
hasta el día antes de mi partida.
—Actuaste como un maldito cobarde.
—¡Ya lo sé, maldición!
—Deberías haberla seguido al salón de baile para asegurarte de que
se encontraba bien y haber hablado con su padre inmediatamente. Deberías
haberte casado con ella.
—No quiero casarme con nadie.
—Es evidente que a ella la deseas.
—¿Y de qué sirve el deseo, Jeremy? No quiero convertirme en una
copia de nuestro padre cuando el deseo desaparezca.
—Aún sigues sin entenderlo, ¿verdad? —sonrió Jeremy.
—¿Qué es lo que tengo que entender?
—Si en vez de ser la señorita Bennet hubiera sido Olivia, ¿qué
habrías hecho?
—Reprenderla igualmente, tal vez darle unos buenos azotes.
—¿La habrías besado?
—¿Cómo se te ocurre? Es como una hermana para mí.
—Y Elisa es tu amiga, como dijiste el día que llegaste.
—No es lo mismo.
—¿Por qué no lo es?
—¡No lo sé! Simplemente no lo es.
—Dices que volviste a encontrarte con ella antes de marcharte.
¿Qué ocurrió?
—La llevé a ver las estrellas como una especie de disculpa.
—Oh… Te disculpaste con ella poniéndola de nuevo en una
situación comprometedora… Interesante. Volviste a besarla, supongo.
—¿Por qué tienes que suponer nada?
—¿Me equivoco?
—No —susurró agachando la mirada—. Pero esa vez fue diferente.
—Tal vez para ti fue diferente, pero si alguien os hubiera encontrado
el resultado habría sido el mismo.
—Tampoco es que tú seas un santo —bufó—. Te recuerdo que te
atrapé con la mano dentro del corpiño de Meredith poco después de
conoceros.
—La diferencia es que yo tenía pensado casarme con ella y lo hice.
Tú, sin embargo, has huido de tu responsabilidad.
—Mountevans va a casarse con ella y nadie nos descubrió. Me dijo
que le pediría matrimonio en el baile que lady Cowper daría en honor de
Elisa.
—¿Y estás bien con que el vizconde se quede con ella?
—No es asunto mío quién se quede con ella.
—¿De veras? Entonces supongo que tampoco lo será saber que a
estas alturas ya estarán comprometidos, puede incluso que ya la haya
besado.
—Cállate.
—Me atrevería a decir que lo más seguro es que a estas alturas ya la
haya hecho suya, aún sin estar casados. Por lo que dices Elisa es una mujer
preciosa, dudo que haya resistido la tentación.
—He dicho que te calles —insistió el barón con los dientes
apretados.
—¿Por qué debo callarme? ¿No acabas de decir que no es asunto
tuyo lo que el vizconde haga con ella? Piénsalo. Besaste a esa mujer, quien
posiblemente se hizo ilusiones después de eso, y después de desaparecer
durante días la abandonaste como si fuera un trapo viejo. Estaba triste por
tu abandono y Mountevans estaba justo ahí para consolarla. Estoy cien por
cien seguro de que a estas alturas deben estar casados.
—Bien por ellos, entonces.
—Sigue engañándote a ti mismo, Andy —suspiró su hermano
levantándose de su asiento—. Mientras no seas capaz de aceptar la verdad
no hay nada que pueda hacer para ayudarte.
—¿Y qué verdad es esa?
—Que estás total y absolutamente enamorado de esa mujer, lord
idiota.
Jeremy salió del despacho cerrando suavemente la puerta tras de sí
para dejar a su hermano digerir todo lo que habían estado hablando. No le
sorprendió en absoluto encontrar a su esposa paseándose por el pasillo
frente a la puerta, mordiendo sus uñas debido a los nervios.
—Las damas no escuchan a escondidas, milady —bromeó
enlazándola por la cintura.
—Esta dama en particular lo hace, sobre todo cuando está
mortalmente preocupada por su hermano. ¿Te ha dicho al fin qué es lo que
le pasa?
—Lo que ambos pensábamos. Está enamorado de esa joven y no
quiere reconocerlo.
—¿Se lo has dicho?
—Lo he hecho, pero hasta que él mismo se dé cuenta no hay nada
que podamos hacer.
—Pero…
—Esposa —la interrumpió—, mi hermano necesita pensar en lo que
hemos hablado en compañía de sí mismo, y yo te necesito a ti.
—¡Es más de mediodía! —rio ella mientras su esposo la alzaba en
sus brazos.
—Mucho más excitante.
—¡Jeremy! ¡Suéltame!
—Lo haré… cuando te tenga desnuda y en la cama.
 
Anderson se sirvió una copa de bourbon y se dejó caer en el sillón
de orejas que había junto a la ventana del despacho. Lo que su hermano le
había dicho era ridículo, ¿verdad? Él no se había enamorado de Elisa, tan
solo estaba confundido. Habían pasado tanto tiempo juntos que se había
acostumbrado a disfrutar de su compañía, y pensar que podría perder ese
placer le había llevado a hacer lo que hizo. Pensó detenidamente en la
pregunta que le había hecho su hermano un momento antes. ¿Habría hecho
lo mismo si se hubiera tratado de otra mujer? ¿La habría besado y
acariciado de la misma manera si no la hubiera conocido? La respuesta era
clara: en absoluto. Habría huido de allí como alma que lleva el diablo para
no terminar envuelto en un escándalo. Entonces, ¿por qué había tentado
tanto a la suerte estando a solas con Elisa? ¿Por qué había llevado con ella
las cosas tan lejos, y no una, sino dos veces? Porque subirla a la terraza de
los Cornwall fue una auténtica locura, y eso fue únicamente culpa suya.
¿Qué lo había llevado a hacerlo? Ni él mismo lo sabía, solo sabía que había
sentido una intensa necesidad de estar a solas con ella, de atesorar un
momento íntimo de los dos una vez que Elisa perteneciera a otro hombre. Y
ahí estaba otra vez ese malestar en el estómago, el mismo malestar que
sintió cuando Mountevans la miró con interés aquel fin de semana.
Pensó en su aversión al matrimonio. ¿Por qué odiaba realmente la
idea de casarse? No había tenido más que buenas referencias a su alrededor,
primero con los padres de John y más tarde con el matrimonio de su
hermano. Sabía que existían los matrimonios por amor y también los que
terminaban encariñándose el uno con el otro. Sabía que la vida marital
podía ser feliz, divertida, tranquila y pacífica si encontrabas a la persona
adecuada. ¿A qué demonios le tenía tanta aversión? Quizás su
subconsciente recordaba con nitidez la parte de su infancia que había
olvidado, la época en la que su madre vivía y en la que aparentemente eran
felices. Tal vez no lo habían sido tanto, tal vez su padre había sido un
desgraciado toda la vida y había tratado a su esposa como si fuera un objeto
de decoración. No lo sabía, y no tenía forma de saberlo.
Cerró los ojos por un momento e intentó imaginarse una vida casado
con Elisa. El día de su boda, el embarazo de su primer hijo, el nacimiento
de su primer nieto… La imagen de una Elisa sonriente vestida de novia
inundó su cabeza, una Elisa radiante que le miraba con amor en los ojos, y
se dio cuenta de que su hermano tenía razón: estaba completamente loco
por ella. Salió de la habitación a todo correr y llamó a su hermano a gritos.
Este salió de su habitación jadeante, a medio vestir y con la mirada llena de
terror, y Andy tuvo que romper a reír al deducir lo que había interrumpido.
—Lo siento —dijo entre risas—. Vuelve a lo que estabas haciendo,
lo mío puede esperar.
—¿Crees en serio que puedo terminar lo que había empezado
después del susto que nos has dado? —protestó Jeremy— Dime qué
demonios te pasa.
—Tenías razón, estoy loco por ella.
—¡Gracias a Dios se ha dado cuenta! —exclamó Meredith saliendo
al pasillo envuelta en una bata— Aunque podías haberlo hecho media hora
más tarde…
—De veras lo siento, no pensé que estuvierais… Maldita sea, ¡es
mediodía!
—Te lo he dicho —protestó Meredith golpeando a su marido en el
brazo.
—Cuando estás enamorado cualquier hora es buena —se defendió
Jeremy.
—¿Y qué piensas hacer ahora? —preguntó Mer.
—Volver cuanto antes. Ya le he dejado demasiada ventaja a
Mountevans como para retrasarme.
—¿Y si ya está comprometida con él? —preguntó su hermano— O
peor que eso, casada.
—Recemos para que no lo esté.
—¿Vas a casarte tú con ella? —inquirió su cuñada.
—Esa es la idea. Si ella me acepta, por supuesto.
—Sabes que lo tienes difícil, ¿verdad? —advirtió Jer.
—¿Por qué lo tiene difícil?
—Porque la abandonó.
—Tampoco es para tanto. Rompió su promesa de ayudarla a
encontrar esposo, sí, pero…
—No ese tipo de abandono.
—¡Anderson Thomas Canning! —gritó Meredith— ¡Dime que no la
has deshonrado!
—Define deshonrado…
—¡Andy! ¿Te has acostado con ella?
—Soy un ladrón, no un canalla. Solo le he robado un beso.
—Dos —rectificó Jeremy.
—Cierto, dos.
—A solas —puntualizó su hermano.
—¿Tú de qué lado estás? —protestó el barón.
—Del de mi esposa, por supuesto.
—Tal vez te deje por esto sin asignación.
—Aún tenemos el dinero de mi esposa. ¿Recuerdas que su abuela la
nombró como su única heredera?
—¿Queréis callaros los dos? —bufó Meredith— Vais a despertar a
la niña.
—Y yo tengo que darme prisa —dijo Andy escapando de su cuñada
—. Aún tengo que preparar el equipaje.
—¡No he acabado contigo!
—¡Voy a casarme con ella! ¿Qué más da lo que ocurrió?
—¡Eso si Mountevans no se te ha adelantado! —insistió su hermano
para molestarle.
—Si lo ha hecho le retaré a duelo. O mejor, raptaré a Elisa y la
llevaré a Gretna Green.
—Como se te ocurra hacer eso, Andy, ¡te juro que me las pagarás!
—advirtió Meredith—. ¡Quiero asistir a tu boda!
—Entonces deberíais empezar a preparar vuestro regreso a Londres,
porque no pienso esperar demasiado para convertirla en mi esposa.
 
Capítulo 23
 
 
 
 
 
 
 
Elisa se dejó caer en la manta que había colocado bajo la sombra de
un gran roble después de corretear con el pequeño Math durante más de
media hora. Estaba agotada, pero se alegraba de pasar tiempo con el
pequeño. Desde que llegó a Chester Hall hacía ya tres días, se había
dedicado a disfrutar de la naturaleza como cuando estaba en Virginia, y eso
había ayudado a que todas las preocupaciones de su cabeza encontrasen
solución. La idea inicial de esa tarde era sentarse a leer un libro en la
tranquilidad del prado, pero su pequeño primo le había rogado que le
acompañara a coger ranas y no había podido negarse. Ella no se había
metido en el río, por supuesto, pero sí se atrevió a coger una en las manos
cuando nadie miraba. Math tenía demasiada energía ahora que estaban en el
campo, y Elisa se divertía mucho viéndole correr y reír a su alrededor. Al
final había conseguido centrar la atención del niño en los perros de la finca,
cuatro beagles que perseguían el trozo de carne seca que el niño llevaba en
la mano mientras Mathy reía a carcajadas.
—¡Prima Elisa! —la llamó al cabo de un rato— ¡Mira lo que he
encontrado, corre!
Elisa se levantó sonriendo y se acercó a donde se encontraba el niño,
y le encontró protegiendo de los perros un pequeño nido de pájaros tirado
en el suelo con los polluelos piando a pleno pulmón.
—Son bebés… —susurró el niño.
—Oh… deben haberse caído del árbol —dijo.
—¿Y qué haremos?
—Deberíamos avisar a algún sirviente para que lo ponga en su
lugar.
—¡Pero tardarán demasiado!
—No pasa nada… Los pollitos estarán bien. Quédate aquí vigilando
que ningún animal se los coma mientras me llevo a los perros y voy a
buscar ayuda, ¿de acuerdo?
El niño asintió solemne y Elisa corrió hasta la casa, desde donde
arrastró a uno de los lacayos para que se encargara de subir el nido a su
lugar. Hace tiempo lo habría hecho ella misma, era muy buena escaladora y
el árbol en cuestión era bastante accesible, pero ahora era una dama y tenía
que comportarse como tal. Una vez los pollitos fueron devueltos a su lugar,
tomó al niño de la mano y volvieron juntos a la casa.
—No quiero volver aún —protestó el pequeño.
—Lo sé, pero es tarde y tenemos que lavarnos para comer.
—Mañana tenemos que volver a Londres —se quejó—. No me
gusta Londres, prima Elisa. No quiero volver.
—¿Y eso por qué?
—En Londres apenas veo a papá y a Gaby. Siempre están acudiendo
a fiestas y yo me quedo solo en casa.
—No te quedas solo, te quedas con la señora Normon.
—Pero yo quiero estar con papá.
—Eres un niño muy inteligente, debes entender que tío Andrew y
Gaby deben acudir a las fiestas. No lo hacen porque les guste, sino por
obligación.
—¿Como si fuera un trabajo?
—Como si fuera un trabajo —asintió ella—. Pronto terminará la
temporada y volveremos todos a Chester Hall y no tendremos que volver a
Londres hasta febrero.
—Y papá se casará con mami Marion, ¿verdad?
—Así es.
—¿Y vivirá con nosotros también?
—Claro que sí.
—¡Bien! Odio cuando no puedo verla todos los días.
—La quieres mucho, ¿no es así?
—Sí —asintió efusivamente con la cabeza—. Al principio no la
quería nada, pero ella me dijo que mi mamá del cielo la había enviado para
cuidarme. Me contó que mamá era muy feliz allí, pero que sería más feliz si
yo era feliz. Y me prometió llevarme a llevarle flores en cada cumpleaños.
—Tía Marion te quiere mucho también.
—Lo sé. Me dice oso meloso —rio—. Papá le dice que no me llame
así, que soy un hombrecito, pero a mí me gusta que lo haga.
Llegaron a la mansión y Elisa se marchó a su habitación para
asearse y arreglarse para la comida. A ella también le entristecía volver a
Londres, había estado tan en paz en esa casa que no veía la hora de regresar.
El baile de la noche siguiente sería una dura prueba para ella, afrontar a tía
Camille sería como afrontar un huracán, y aún dudaba que su madre
estuviera de acuerdo con la decisión que había tomado. Tras mucho pensar
en ello, había llegado a una conclusión: rechazaría a Mountevans. Era un
gran hombre, sería el mejor de los esposos, pero Elisa sabía que su corazón
siempre pertenecería a otro hombre. Porque por más que lo había intentado
no había podido olvidar a Lattimer y todo lo que el barón la había hecho
sentir. Tenía grabado a fuego el sabor de sus labios, el calor de sus manos
sobre su piel y el olor almizclado de su piel. Y sabía que debía olvidarse de
ese amor, sabía que él nunca le propondría matrimonio, pero si esperaba a la
siguiente temporada habría tenido tiempo de sanar las heridas de su corazón
y estaría dispuesta a aceptar las atenciones de los demás caballeros.
Gaby se había convertido en esos días en una auténtica hermana
mayor para ella. Habían pasado la noche anterior en vela, sentadas en la
cama mientras se trenzaban el pelo y comían macedonia de frutas. La había
escuchado durante horas sin decir una sola palabra, había secado sus
lágrimas, la había abrazado y la había aconsejado cuando había logrado
calmarse. Después de desahogarse con ella, Elisa había visto todo mucho
más claro, y la marquesa se había ofrecido a actuar de escudo cuando le
diera a su madre la noticia. Y debía hacerlo ese mismo día, ya que al día
siguiente el vizconde le pediría matrimonio. Volvió a su mente casi sin
pretenderlo el último encuentro con Lattimer. La había llevado a un lugar
apartado y la había besado, pero a pesar de ello la había lanzado a los
brazos de otro hombre sin vacilar. ¿Quién lo entendía? Sus acciones
contradecían sus palabras, pero Elisa no iba a ser tan tonta de ilusionarse
por ello. Según Gabrielle, todos los hombres eran igual de contradictorios,
incluido Louie, que a ojos de Elisa era todo un santo.
Unos golpes en la puerta anunciaron la llegada de la marquesa.
Gaby asomó la cabeza por la abertura y sonrió cuando vio que Elisa se
paseaba de un lado a otro del dormitorio.
—¿Estás lista? —preguntó.
—Eso creo. ¿Está bien mi vestido?
—Vamos a cenar con la familia, Ely. Cualquier vestido servirá.
—Tienes razón, qué tonta…
—¿Estás muy nerviosa?
—Más bien estoy aterrada de lo que pueda decir mamá.
—Estaré contigo en todo momento, cálmate.
—¿En serio crees que mamá aceptará mi decisión? Ha insistido
tanto en que debo casarme esta temporada que…
—Te ama, por supuesto que lo hará —la interrumpió—. No olvides
que ha sido influenciada por tu tía y hace días que se ha dado cuenta de su
error.
—Aun así, cualquiera en su sano juicio pensaría que me he vuelto
loca por no aceptar una proposición del vizconde.
—Puede que tu madre proteste al principio e intente hacerte cambiar
de opinión, pero terminará por aceptarla. Tu tía es otro cantar, pero ya lo
abordaremos cuando lleguemos a Londres mañana.
—Estoy haciendo lo correcto, ¿verdad?
—Claro que sí. Si no te sientes preparada para casarte este año no
tienes por qué hacerlo, ya te lo he dicho.
—Lo siento mucho por Mountevans. Ha invertido tanto esfuerzo en
mí que…
—Si Mountevans realmente quiere que seas su esposa esperará a la
próxima temporada. Tiene dinero y herederos suficientes como para
permitirse esperar un año más.
—¿Tú crees?
—Creo que sí. Pero debes ser sincera con él, Elisa. No le des falsas
esperanzas si no sabes si el año próximo le podrás aceptar.
—Por supuesto que no, no quiero que espere en vano.
—Si te esperase…
—Si me esperase creo que sería muy tonta si le dejase escapar por
segunda vez, ¿verdad?
—En cuanto a Lattimer…
—Sé que no tengo nada que hacer con él —la interrumpió—. No
voy a dejar pasar esta temporada para esperarle, sino para recuperarme por
completo de este amor unilateral, ya te lo he dicho.
—¿Estás segura de eso, Ely?
—Completamente. Aunque sus acciones contradijeran sus actos es
innegable que prácticamente me ha lanzado a los brazos de otro hombre. Si
tuviera el más mínimo sentimiento por mí no lo habría hecho. Quiero
esperar para superarle, lo prometo.
—Eso es todo lo que quería oír. ¿Bajamos ya?
Elisa asintió y enlazó su brazo con el de Gaby para hacerle frente de
una vez por todas a su madre. Todos estaban ya reunidos en el comedor,
charlando y riendo. Vaciló, porque no quería arruinar el ánimo, pero un
apretón en el brazo de parte de su prima le dio la valentía necesaria para
avanzar. Sin embargo, esperó pacientemente a los postres para abordar el
tema.
—Mamá, tengo algo que decirte —susurró.
—¿Qué ocurre, Ely? —preguntó su madre.
—¿Sería demasiado terrible si dejase pasar la temporada?
Tras un momento de silencio que a ella se le hizo eterno, su madre
dio un sorbo a su copa de agua y la miró.
—Me dijiste que Mountevans va a hacerte mañana su proposición
—dijo con voz calmada.
—Así es.
—Es un gran partido, lo sabes. Tal vez podrías pedirle un poco más
de tiempo para…
—Es un gran partido —interrumpió Elisa—, pero yo no le amo.
—¿Y a quién amas? ¿A Lattimer?
—Eso creo.
—Elisa, no creo que sea buena idea esperar a un hombre que no ha
mostrado interés alguno en ti. Tal vez…
—Mi decisión no tiene nada que ver con eso, mamá. Sé que el barón
no está interesado en mí.
—¿Entonces?
—Siento que antes de pensar en el matrimonio debo recuperarme de
este amor no correspondido. Pienso que si espero a la próxima temporada
mi corazón habrá sanado y estaré lista para encontrar a un hombre
adecuado.
—Creo que es una excelente idea —añadió tío Andrew—. Esta es tu
primera temporada, no hay necesidad de apresurarse.
—Pero perderás a Mountevans —continuó diciendo su madre sin
prestarle atención a su cuñado.
—Lo sé, pero prefiero perderle a condenarnos a ambos a un
matrimonio sin amor.
—¿Estás segura de que no lo haces porque esperas que Lattimer
cambie de parecer?
—Él mismo me aconsejó que aceptara a Mountevans antes de
marcharse, mamá. Créeme, sé perfectamente que no tengo ninguna
oportunidad con él.
—En ese caso, esperaremos a la siguiente temporada —respondió su
madre con una cálida sonrisa.
—¿De verdad? ¿No te enfadas?
—Claro que no, Ely. Yo solo quiero tu felicidad, y si estás segura de
que no la conseguirás al lado del vizconde apoyo tu decisión. Sé que me
dejé llevar al principio por las opiniones de tía Camille, pero no estoy de
acuerdo con su idea arcaica de que hay que atrapar al mejor partido a como
dé lugar.
—Además, si Mountevans está realmente interesado en ti creo que
será capaz de esperar una temporada para volver a proponerte matrimonio
—dijo tío Andrew—. No hay motivos que le apresuren a casarse, después
de todo. Es más rico que Creso y tiene varios hermanos y sobrinos para
heredar el título.
—De todas formas, no le voy a pedir que me espere —dijo Elisa—.
No soy tan egoísta como para darle esperanzas cuando ni yo misma sé si el
año que viene podré corresponder a sus atenciones.
—Creo que sería conveniente volver esta misma tarde a Londres en
vez de hacerlo mañana por la mañana —sugirió Marion—. Si tenéis que
enfrentaros a lady Cowper sería conveniente hacerlo con tiempo.
—Ni siquiera sé cómo abordar el tema —suspiró Anna—. Mi tía es
tan terca que es capaz de organizar la boda por su cuenta.
—Yo me ocuparé de lady Cowper —protestó el conde—. No pienso
permitir que esa vieja bruja manipule a mi sobrina a su antojo.
A primera hora de la mañana del día siguiente tía Camille se
presentó en la casa del conde, como decía la nota que este había enviado la
noche anterior en cuanto llegaron a la ciudad. Vino acompañada de la
modista, que traía consigo un hermoso vestido de tul, de color verde menta,
con mangas abullonadas y volantes en la falda. Estaba decorado con flores
de satén de varios colores y un par de lazos de un suave tono de rosa en las
mangas.
—¿Elisa aún duerme? —protestó— Anna, ve a despertarla, aún hay
mucho que preparar para esta noche y…
—Primero debemos hablar, tía —la interrumpió su sobrina.
—¿Qué ocurre? Nada puede ser más importante que el baile de esta
noche. Se rumorea que Mountevans va a proponerle matrimonio y…
—Elisa no va a casarse con Mountevans —sentenció tío Andrew
desde la puerta.
—¿Cómo dices? ¿Qué estupidez es esa?
—No es ninguna estupidez, lady Cowper. Elisa no quiere casarse
con él y no tiene por qué hacerlo.
—¡Bobadas! Seguramente se siente abrumada por los
acontecimientos, pero en cuanto tenga unas palabras con ella…
—Usted no va a hablar con mi sobrina, se lo advierto. No pienso
consentir que la condicione para hacer algo que no desea hacer.
—¡También es mi sobrina!
—Ese es el único motivo por el que he tenido la consideración de
reunirme con usted hoy para informarla de que Elisa dejará pasar esta
temporada.
—¿Se ha vuelto usted loco, Chester? —gritó tía Camille poniéndose
de pie de golpe— ¡No puede perder una oportunidad como esta!
—Puede y lo hará. Es su primera temporada, no tiene prisa.
—¡Mountevans es un excelente partido! ¡No puede desaprovechar la
oportunidad de…
—Pero yo no quiero casarme con él, tía —susurró Elisa, que llevaba
un rato apoyada en el quicio de la puerta sin ser vista—. No quiero ser la
esposa del vizconde.
—Tesoro… —susurró la anciana acercándose a ella— Sé que ahora
mismo debes estar abrumada por…
—No estoy abrumada, tía —la interrumpió—. He pensado muy bien
en todo esto y creo que lo mejor para mí será esperar al año próximo.
—Ya te he explicado muchas veces que tú no puedes permitirte ese
lujo. Eres americana y…
—¿Qué tontería es esa? —bramó el conde— Elisa es inglesa, una
Bennet, nada menos.
—Si tu hermano no se hubiera visto obligado a marcharse de la
ciudad por culpa de tu padre ahora esto no estaría pasando.
—¿Es necesario hablar del pasado, lady Cowper? —protestó el
aludido— El pasado no se puede arreglar, así que dejémoslo estar.
—¿Vas a permitir que tu hermano dirija la vida de tu hija? —gritó
ella.
—Mi hermano solo está informándola sobre la decisión que mi hija
ha tomado por sí misma.
—¡Elisa solo es una niña! ¡No puede saber lo que es mejor para ella!
—Lo sabe —interfirió Anna—. Tiene diecisiete años, no es ninguna
niña y sabe perfectamente lo que le conviene.
—Pero Mountevans…
—Mountevans esperará a la próxima temporada si su interés por
Elisa es genuino —insistió su madre.
—¿Aceptarás a Mountevans si te espera, Elisa? —preguntó la
anciana.
—No puedo saberlo, tía. Aún falta mucho para eso.
—Estás cometiendo un grave error, Elisa. Te arrepentirás de no
hacer lo que te digo.
—Tía, te pido que cejes en tu empeño de casar a Elisa con
Mountevans —susurró Anna—. Andrew no va a dirigir la vida de mi hija, y
desde luego tú tampoco.
—¡Solo me preocupo por su bienestar!
—¿Bienestar? —rio el conde— ¡Lo único que te preocupa es
destacar sobre los demás! ¿Acaso crees que no sé que insistes tanto en la
boda de Elisa para poder presumir con tus amigas en Bath?
—¡Cómo te atreves a calumniarme así! ¡Solo quiero lo mejor para
ella!
—Si quieres lo mejor para mí, tía, acepta mi decisión —dijo Elisa
—. No estoy preparada para el matrimonio. La vida en Londres me ha
sobrepasado y no puedo dormir, solo quiero volver a Chester Hall y
descansar.
—Ya falta poco para que termine la temporada, podrás descansar
todo lo que quieras entonces.
—Has dicho que te preocupas por mi bienestar, pero si me caso con
Mountevans seré desdichada toda la vida. ¿Es eso lo que quieres?
—No es lo que quiero, pero no puedes saber si serás desdichada con
él si no lo intentas.
—Lo he intentado. Lo he intentado durante semanas y mis
sentimientos hacia él no han cambiado. No hay manera de que pueda
enamorarme de él.
—El amor no es para la alta sociedad, Elisa. Nosotros debemos
anteponer las conexiones a todo lo demás.
—¡Pues no debería ser así! ¿De qué sirven las conexiones si odias tu
vida? ¿Para qué sirve el prestigio si cuando vuelves a casa te espera una
vida gris y vacía?
—¿Todo esto es por Lattimer? —preguntó la anciana— ¿Te has
encaprichado de él y piensas esperarle?
—¡Tiene que ver conmigo misma, tía Camille! ¿Acaso no lo
entiendes? Quiero casarme con un hombre al que ame, con el que pueda
volver a casa y sentirme libre, con el que compartir mi día a día sintiendo
que al fin estoy completa. Y ese hombre nunca será Mountevans.
—Bien, haz lo que quieras —suspiró la anciana levantándose—,
pero cuando te quedes para vestir santos no digas que no te lo advertí.
—¡No va a quedarse soltera, por amor de Dios! —protestó su padre
— Mi hija es lo suficientemente hermosa como para conseguirse un marido
cuando quiera.
—Dudo que lo haga si le sigues permitiendo ser caprichosa. Ve a
probarte el vestido para esta noche, la modista espera.
—Gracias, tía Camille —agradeció Elisa besando a la anciana en la
mejilla.
—Es un vestido demasiado hermoso como para desperdiciarlo, no
podemos guardarlo para la próxima temporada.
Capítulo 24
 
 
 
 
 
 
 
  La casa de lady Cowper había sido convertida en la suntuosidad
misma: cortinajes de costoso terciopelo, jarrones repletos de flores frescas y
cuadros de pintores reconocidos llenaban el salón de baile; vajilla de
porcelana, copas de cristal de bohemia y cubertería de plata para la
ostentosa cena, compuesta por doce platos; y una mesa de refrigerios
situada junto a las puertas que daban al jardín, donde había dispuesto
elegantes mesas para que los invitados pudieran sentarse y descansar.
Elisa apenas fue consciente de la llegada de los invitados. Se alegró
enormemente de ver allí a Olivia, que había llegado acompañada de su
madre. Saludó a la dama y enlazó su brazo con el de su amiga para alejarse
hasta las puertas abiertas del jardín.
—Tu tía se ha excedido un poco con la decoración —comentó
Olivia mirando las pinturas que decoraban las paredes.
—Eso no es lo importante ahora.
—¿Qué te ocurre?
—Mountevans va a proponerme matrimonio…
—Oh…
—Y voy a rechazarlo.
—¿Quieres que te dé clases de cómo rechazar a un caballero con
estilo? Porque según mi hermano me he vuelto una experta en el arte…
—Me vendrían bien algunos consejos, sí —bromeó Elisa riendo.
—Ayer rechacé a lord Milford —reconoció Elisa.
—¿Qué tiene él de malo?
—Realmente nada, pero fue la primera vez que cruzamos unas
palabras. ¿Puedes creerlo? Nuestro primer baile y ya me está proponiendo
matrimonio.
—Parece desesperado.
—¡Exacto! John dice que no tiene deudas, que tiene una buena
fortuna y que no hay escándalos en su pasado, pero ¿qué hombre en su sano
juicio le pide matrimonio a una dama el primer día?
—Tal vez te ame con locura —bromeó Elisa—. Quizás el pobre
tuvo que reunir todo el valor para bailar contigo, y al ver que no le había
sobrado ni un poquito para la próxima vez te propuso matrimonio.
—Muy graciosa. ¿Y qué te ha hecho decidirte a rechazar a
Mountevans?
—No le amo. No le amo y sé que no lograré amarle a menos que
olvide a Andy del todo.
—Andy es un idiota.
—Coincido en eso.
—Solo tienes que ser sincera con él, Ely. Mountevans entenderá tus
motivos para rechazarle.
—Pero no quiero que sufra por mi culpa. Inconscientemente le di
esperanzas y…
—No le has dado esperanzas por bailar con él.
—No ha sido solo eso, Olivia.
—Lo intentaste. Intentaste olvidar tus sentimientos por Andy y darle
una oportunidad a él, pero fracasaste. Tú no tienes la culpa de que tu
corazón haya decidido por ti.
—¿Por qué tengo que saber de antemano que me propondrá
matrimonio? —suspiró— Si hubiese vivido en la ignorancia tal vez me
hubiera resultado más sencillo rechazarle.
—Te conozco, Ely. Si no lo hubieras sabido habrías aceptado su
proposición y te habrías arrepentido toda la vida. Créeme, es mejor así.
Andy te hizo un último favor al decírtelo antes de marcharse.
—Por cierto, ¿has visto a Anette?
—Aún no ha llegado.
—Necesito el apoyo de mis dos mejores amigas para sobrellevar
esta maldita noche.
—Tampoco es para tanto, solo tienes que rechazar a Mountevans.
—Y aguantar los berrinches de tía Camille. ¿Te has percatado de
que no se ha dignado a mirarme ni una sola vez desde que he llegado?
—Ahora que lo dices…
—Eso es porque está enfadada porque he decidido que voy a esperar
a la próxima temporada para encontrar marido.
—Yo también. Tal vez el año que viene haya caballeros mucho más
apuestos para nosotras.
—Y seguramente mi corazón habrá sanado —asintió Elisa—. Todos
en mi familia piensan que es la mejor decisión… excepto ella.
—Tenía la ilusión de organizar una gran boda este año y la has
despertado de su sueño, es normal que esté enfadada.
—Esta mañana pensé que ardería la casa. Cuando se ha enterado ha
puesto el grito en el cielo y se ha marchado dando un portazo.
—Por suerte tu tío no se deja amedrentar por ella.
—Esta vez mamá tampoco. Ni papá, ya que estamos. Pero eso no
quita que me sienta mal por ella. Siempre ha sido muy buena conmigo y me
siento culpable por hacerla enfadar.
—No puedes pagar su bondad con tu felicidad, Ely.
—Lo sé.
—¿Por qué no pruebas a hablar con ella? Tal vez si le cuentas la
verdad…
—Si le cuento la verdad estoy segura de que estará organizando mi
boda con Lattimer pasado mañana —rio—. Es mejor que se mantenga en la
ignorancia, pero tienes razón, debo hablar con ella.
Elisa se acercó a la anciana, que estaba junto a la puerta observando
detenidamente el salón. Hizo el amago de marcharse cuando la vio venir,
pero pareció pensárselo mejor en el último momento y la miró con una ceja
arqueada.
—¿Qué quieres? —preguntó.
—Me preguntaba si te apetecería dar un paseo con tu sobrina
favorita.
—Mi desagradecida sobrina favorita, querrás decir.
—Por favor, tía…
La anciana solo se colgó del brazo de Elisa y se alejaron hasta un
pequeño saloncito en el que algunas damas se habían reunido a charlar.
—Todo esto es precioso, gracias por organizarlo para mí —susurró.
—Pensé que celebraríamos un compromiso, de haberlo sabido
habría organizado algo mucho menos ostentoso.
—¿Sigues enfadada conmigo?
—No estoy enfadada contigo, me siento frustrada.
—Sé que querías que me casara con Mountevans, pero…
—Yo no quiero que te cases con Mountevans, Elisa. Bueno, por
supuesto que sí, pero no es eso lo que me frustra.
—¿Entonces qué es?
—Cuando mi difunto esposo murió, yo estaba embarazada. Creí que
viviría gracias a ese bebé, que la pena por perder a mi esposo se vería
eclipsada por mi amor hacia mi hijo, pero Dios decidió quitármelo a él
también. cuando estaba de siete meses sufrí un aborto espontáneo, el bebé
estaba muerto en mi vientre y yo no me había dado cuenta.
—Tía Camille, lo siento tanto…
—Cuando tú naciste sentí tanto amor por ti que pensé que me
desbordaría. Eras tan pequeña y suave, tan dulce, que prometí que haría
todo lo posible para que fueras una mujer feliz.
—Soy muy feliz, tía.
—Pero no he sido capaz de conseguir para ti al hombre al que amas.
—¿A qué te refieres?
—Soy vieja, pero no ciega, Elisa. Sé que te has enamorado de
Lattimer y que ese es el motivo por el que no puedes aceptar a Mountevans.
—Nadie podía hacer nada, tía Camille. Lattimer no me ama.
—¿Eso crees? —sonrió la anciana.
—Se ha marchado aun sabiendo que el vizconde me propondría
matrimonio hoy. No es culpa tuya si mi amor es unilateral, tía.
—Pero el caso es que creo que no es unilateral, sino correspondido.
Las miradas no se pueden fingir, y lo que yo vi en la suya cuando te miraba
a ti solo podía ser amor.
—¿Intentas darme esperanzas?
—¡Claro que no! Lo que intento decir es que mi insistencia en que
aceptaras al vizconde no era más que mi último intento de lograr que fueras
feliz. He visto que te diviertes con él, estás a gusto en su compañía y pensé
que eso podía ser suficiente para ti.
—Pero no lo es.
—Me duele que hayas pensado que mi insistencia se debía a mi afán
de protagonismo. No era así, solo intentaba cumplir la promesa que me hice
a mí misma.
—Pero aún puedes ayudarme a ser feliz el año que viene.
—No quiero ser pesimista, pero mira a las hermanas Falcon. Van a
terminar su tercera temporada y no han conseguido marido. No quiero que
eso te ocurra a ti, es todo.
—Pero tía… Las Falcon no consiguen marido porque no hay
caballero en su sano juicio que se atreva a casarse con ellas. Son odiosas y
todo el mundo lo sabe. Yo no soy así.
—Lo sé, pero al ver que al empezar la temporada ningún caballero
se fijaba en ti me temí lo peor. ¿Podrás perdonarme por haber sido una tía
espantosa?
—Tú nunca podrás ser una tía espantosa, no tengo nada que
perdonarte.
—Dile a ese tío déspota tuyo que el año próximo me toca a mí
ocuparme de tu temporada. Que no vaya a pensar que tendrá el privilegio
por segunda vez consecutiva.
—¿Me permitirás elegir por mí misma? No es por ofender, pero los
caballeros que me has presentado este año no son lo que se dice de mi
agrado.
—¿Y por qué no me lo dijiste? Pensé que estaba haciendo un buen
trabajo.
—Tía, tus gustos con los hombres dejan mucho que desear —rio
Elisa.
—¿Qué puedes esperar de una anciana? Anda, ve a divertirte, no
será un baile de compromiso, pero bien puede ser tu baile de liberación.
—Te quiero mucho, ¿lo sabes?
—Vamos, márchate ya.
Mountevans llegó poco después. Había elegido para la ocasión un
traje de color negro, austero pero elegante. Elisa declinó el baile para ir a
hablar a las mesas de la terraza, no quería darle más esperanzas de las
necesarias y necesitaba terminar con todo aquello lo antes posible.
—¿Se encuentra cansada? —preguntó el vizconde.
—Verá, yo… No puedo casarme con usted.
—Aún no se lo he pedido —dijo sonriendo.
—Pero ambos sabemos que iba a hacerlo.
—Lattimer se lo contó, por lo que veo.
—Antes de marcharse, sí.
—¿Y puedo saber el motivo de su rechazo?
—Estoy enamorada de otro hombre. Es un amor unilateral, por
supuesto, pero siento que no sería justo para ninguno de los dos casarme
con usted ahora.
—Supongo entonces que esperará a la siguiente temporada para
hacerlo.
—Así es, quiero sanar antes de pensar en el matrimonio.
—¿Y si yo la esperase? ¿Se casaría conmigo entonces?
—No puedo responder a eso, milord. No sé lo que ocurrirá en el
futuro.
—Bueno… —suspiró el vizconde repantigándose en su silla— He
esperado treinta años para casarme, bien puedo esperar uno más.
—No puedo garantizarle que el año que viene le aceptaré, milord.
No sería justo que me esperase para nada.
—Lo sé, pero la temporada está a punto de terminar y solo me he
dedicado a cortejarla a usted. No hay ninguna otra dama a la que quiera por
esposa, de hecho. Tal vez yo también tenga que esperar para sanar mi
corazón.
—Lo siento mucho, milord. No era mi intención…
—Lo sé, señorita Bennet, solo bromeaba. Soy consciente de que a
pesar de su amor unilateral ha intentado responder a mis atenciones, y se lo
agradezco. Me hubiera gustado que el resultado fuera distinto, por supuesto,
pero nada se puede hacer cuando el corazón está de por medio.
—Eso es cierto.
—Y dígame una cosa, ¿Lattimer lo sabe?
—¿Por qué da por sentado que es Lattimer?
—Usted solo se relaciona con Lattimer y Grey, y desde luego su
relación con ambos es completamente distinta. No pretenda hacerme creer
que es el conde, sé que no es así.
—Lattimer no conoce mis sentimientos, pero se marchó cuando
usted declaró su intención de pedirme matrimonio.
—Para ser sincero, se lo confesé en un intento desesperado de
quedarme con usted. Pensé que, si hacía desaparecer a Lattimer de la
ecuación, la solución para mí sería la deseada, pero me equivoqué.
—Aunque no lo hubiera hecho el resultado habría sido el mismo.
—Confío en que su negativa a casarse conmigo no implique que
dejemos de vernos. Disfruto mucho de su compañía y sería una lástima
prescindir de ella. A fin de cuentas, nadie sabe de mi intento fallido de
proposición excepto nuestras familias y Lattimer.
—Podemos seguir siendo amigos, por supuesto.
—En ese caso, ¿me concederá el próximo baile, milady? Nos hemos
perdido el vals, pero bien podemos atrevernos con una cuadrilla.
—Será un honor, milord.
Mucho más tarde, ya en la tranquilidad de la noche, Elisa por fin
pudo respirar tranquila. Había rechazado al vizconde sin perder su amistad,
había hecho las paces con tía Camille y se había divertido a lo grande con
sus amigas. Mucho más que eso, había logrado deshacerse del peso que
llevaba sobre los hombros desde que llegó a Londres, y aunque quedara
poco para que terminase la temporada, estaba segura de que ahora la
disfrutaría mucho más que antes. Se quedó dormida en cuanto su cabeza
tocó la almohada, y se despertó casi al mediodía. Había quedado en acudir a
casa de Olivia a tomar el té, así que se puso la bata y abrió su armario para
elegir un vestido para esa tarde.
—¿Busca algo en concreto, señorita Bennet? —preguntó Marie
desde la puerta.
—Estoy buscando un vestido para ir a tomar el té a casa de Olivia.
—Tiene usted algunos muy hermosos que aún no ha estrenado.
Déjeme ver…
Marie sacó tres vestidos del armario. Uno era de raso en tonos
rosados con encaje y lazos en el escote, el segundo de raso y tul en un tono
dorado, y el último de todos de raso estampado adornado con volantes, en
color verde pastel. Tras examinarlos detenidamente se decantó por el
dorado, y tras ponerse un vestido de día bajó al salón a desayunar con la
familia.
—Buenos días, Elisa —saludó su tío—. ¿Todo fue bien anoche?
—Muy bien, tío Andrew. Quedé en buenos términos con
Mountevans a pesar de mi rechazo y logré que tía Camille aceptara mi
decisión.
—Esa vieja arpía debe estar retorciéndose por no haber logrado lo
que quería.
—Me explicó los motivos de su insistencia y los entiendo, tío. Ha
aceptado que espere al año que viene, pero me ha pedido que te informe de
que se encargará ella misma de todo. Sus palabras exactas fueron “el año
que viene me toca a mí”.
—Mientras no se entrometa en tus decisiones puede hacer lo que
quiera. Lo único que le exijo es que no repita sus errores de este año y te
presione hasta que no puedas más.
—No lo hará, tío. Ya lo verás.
—Me alegro de que todo haya ido como esperabas. Ahora solo
tienes que dedicarte a disfrutar de lo que resta de temporada. ¿Tienes algún
plan para hoy?
—Mamá y yo hemos sido invitadas a tomar el té con lady Grey.
Enviará un coche a buscarnos a las cuatro.
—Estupendo. Gabrielle dice que las fiestas del té son las mejores,
estoy seguro de que te divertirás.
—Cuento con ello.
Capítulo 25
 
 
 
 
 
 
 
La vuelta a Londres de Lattimer estuvo cargada de nuevas
decisiones. La primera y más importante era averiguar si Elisa había
aceptado la proposición de Mountevans y, de ser así, intentar convencerla
de que se casara con él y no con el vizconde. La segunda de ellas era dejar
el mar. Tras pensarlo detenidamente había decidido ceder el barco a sus
hombres si querían continuar con la piratería, nombrando a Roger capitán.
Había llegado la hora de madurar y dedicarse por completo a sus
obligaciones como par del reino, pero no por eso iba a privar a los hombres
con los que tantas aventuras había vivido de su medio principal de sustento.
Lucky entró en su camarote ladrando como un loco y comenzó a
corretear entre sus piernas. Andy sonrió y se puso en cuclillas para
acariciarlo detrás de las orejas, lo que hizo que el can se relajara y se
tumbara tranquilo. Bobbie entró a toda prisa poco después y se puso en
jarras al ver al animal tumbado panza arriba.
—Aquí estás… —suspiró— Lo siento, capitán. Parece ser que se ha
acostumbrado demasiado a correr por el campo y el barco se le queda
pequeño.
—Ven aquí —ordenó Andy, a lo que el joven obedeció—. ¿Has
tenido problemas con tu abuelo por llevar al perro contigo?
—Al contrario, capitán. Está encantado con el perro, se lo lleva con
él siempre que lleva a pastar a las ovejas. Ha resultado ser un excelente
perro pastor.
—En ese caso creo que deberías quedarte con él.
—¿Lo dice en serio?
Andy sonrió al ver la ilusión brillar en los ojos del joven, y asintió.
—Es evidente que será mucho más feliz contigo en el campo que
conmigo en Londres. No podré llevarlo a correr por los prados todo el
tiempo, y tendrá que quedarse en casa la mayor parte del día. Contigo, en
cambio, tiene libertad y sé que estará bien cuidado.
—Se lo agradezco mucho, capitán. Le prometo que lo traeré cada
vez que salgamos al mar para que pase tiempo con él.
Andy no dijo nada. Aún no había informado a la tripulación de sus
decisiones, quería hablar primero con Roger para saber su opinión. Tras
coger al perro en brazos, el escuálido joven salió del camarote y el barón se
sirvió una copa de bourbon para repantigarse en su sillón y disfrutar por
última vez de la puesta de sol en alta mar.
—¿En qué piensas? —preguntó Roger, que se sirvió otra copa y se
dejó caer en un sillón frente a él.
—En el futuro.
—¿Sigues pensando en la joven que dejaste en Londres?
—Así es.
—Eres consciente de que a estas alturas puede estar ya prometida. O
lo que es peor, casada incluso.
—Si está casada será mi castigo por todos los errores que he
cometido con ella. Un compromiso tiene solución.
—Eso será si ella quiere casarse contigo… Después de la manera en
la que la trataste dudo mucho que quiera hacerlo.
—Si no quiere hacerlo la convenceré de que lo haga. Si el amor que
vi en sus ojos el día antes de mi marcha se ha apagado volveré a encenderlo
con el mío. Haré lo que sea necesario para que perdone mi estupidez.
—Te deseo mucha suerte, amigo. La vas a necesitar.
—También he estado pensando en dejar el mar.
—Una gran decisión, debo decir.
—¿Qué te parecería ocupar mi lugar?
—¿A qué te refieres?
—Quedarte con el barco y guiar a los hombres a partir de ahora.
—Es un gran honor para mí que me hayas elegido como tu sucesor,
pero debo declinar tu oferta. Mi imprenta va cada vez mejor, y con el dinero
que he podido ahorrar durante todos estos años tengo suficiente para vivir
bien. Como ya te dije, quiero asentarme y formar una familia.
—¿Y por qué no lo has dejado antes?
—Porque entré en este negocio contigo y decidí marcharme contigo
también. No solo has sido un capitán excelente, sino también un gran
amigo, y te estaré eternamente agradecido por la oportunidad que me
brindaste aquel día cuando me salvaste de morir desangrado —dijo
señalando la cicatriz de su rostro—. Al menos te debía eso.
—Has pagado mi ayuda de ese día con creces y lo sabes, no me
debes nada.
—Creo que deberías proponérselo a Tommy. Sé que trabaja como tu
ayuda de cámara en tierra firme, pero a él le gusta mucho el mar… creo que
aceptará.
—Me quedaré sin ayuda de cámara —bromeó—. Tendré que buscar
a alguien más.
—Eres el barón Lattimer, seguro que no te cuesta mucho
encontrarlo.
Como Roger supuso, Tommy estuvo más que dispuesto a sustituirle
en el North Wolf, y prometió que se encargaría de buscarle un ayuda de
cámara antes de embarcarse de nuevo. La tripulación no se sorprendió
demasiado de su marcha, habían sido testigos de los últimos viajes y sabían
que el barón pirata tenía los días contados. Ya en la oscuridad de la noche,
Andy salió a cubierta y se apoyó en la barandilla del barco para mirar la
luna, una luna llena enorme, brillante y clara que tal vez también estuviera
disfrutando Elisa. La imaginó en camisón, apoyada en la balaustrada de su
balcón con el rostro elevado al cielo, con sus mejillas sonrosadas y sus
carnosos labios en una leve sonrisa.
—Solo pido que aún no estés casada —susurró—. Me esforzaré
como nunca lo he hecho para demostrarte que eres la mujer con la que
quiero pasar el resto de mi vida.
Llegaron a Londres al atardecer del día siguiente. Desembarcó por
última vez del North Wolf, el barco que tantas alegrías y satisfacciones le
había dado a través de los años, y se despidió de todos sus hombres, aunque
estaba más que seguro de que les volvería a ver de vez en cuando. Sus lazos
eran mucho más fuertes que esa despedida, y rio cuando vio a Bobbie
derramar algunas lágrimas.
—¿Por qué lloras, muchacho? —rio— ¿Acaso tu abuelo no te ha
enseñado que los hombres no lloran?
—Mi abuelo me dijo que solo lloran cuando es necesario —protestó.
—Solo he dejado de navegar con vosotros, no me he muerto.
—Pero no le volveremos a ver.
—¿Quién lo dice?
—Su esposa no le permitirá embarcarse y lo sabe.
—Mi casa siempre tendrá las puertas abiertas para vosotros. Si
tenéis algún problema no dudéis en acudir a mí.
—Ha sido un honor trabajar para usted, capitán —dijo Bobbie
reponiéndose—. Trabajaré duro para poder dejar algún día el mar, igual que
ha hecho usted.
—Haz caso a Jimmy, él también será un buen capitán.
Tras la despedida, se dirigió a la posada que acostumbraba a
frecuentar con sus hombres. Pidió papel y pluma para enviar una nota a
John, pues necesitaba que alguien le recogiera, ya que no había dado aviso
de su regreso como de costumbre. Lo que no esperaba es que su mejor
amigo apareciera en la taberna en persona.
—Tu aspecto llama demasiado la atención en esta parte de la ciudad
—protestó—. Me extraña que no te hayan atracado en el trayecto desde el
coche.
—Quería comprobar por mí mismo que el hijo pródigo había vuelto
a casa en tan poco tiempo.
—Vivo en Londres, ¿recuerdas?
—Lo sé, pero pensé que tardarías más en volver.
—¿Se ha casado?
—¿Olivia? Para mi pesar no lo ha hecho. Rechazó a otros dos
caballeros después de tu marcha y decidió esperar una temporada más para
elegir marido.
—Sabes de sobra que no me refería a ella.
—Lo sé, pero no pienso decirte nada. Si quieres saberlo deberás
preguntarle por ti mismo.
—Mal amigo…
—Te lo tienes merecido por haberte marchado como lo hiciste.
Subieron en el coche con el emblema del conde y pusieron rumbo a
casa del barón.
—Te he dicho expresamente que vinieras en un coche de alquiler —
protestó Andy.
—¿Por qué hacerlo si tengo mi propio coche?
—Tal vez porque esta zona de la ciudad es muy peligrosa. Vas
pidiendo a gritos que te atraquen.
—No lo han hecho, así que deja de preocuparte.
—Pura suerte.
—¿Por qué has vuelto tan repentinamente? Normalmente te quedas
en España al menos un par de meses.
—Porque me estaba volviendo loco sin ella.
—Al fin te has dado cuenta…
—¿Ni siquiera me vas a preguntar por quién?
—¿En serio crees que es necesario? Tú eras el único idiota que no se
había dado cuenta de que has terminado enamorándote de la señorita
Bennet.
—Gracias a Dios sigue siendo señorita.
—Tal vez la he llamado por su nombre de soltera solo para
confundirte.
—No harías tal cosa.
—¿Quién lo dice?
—Tu mejor amigo, que te conoce como si fueras un hermano más
para él.
—Touché. No, no está casada con Mountevans… aún.
—Entonces aún tengo una oportunidad.
—Satisface mi curiosidad. ¿Qué te ha hecho ver la luz?
—Al principio pensé que embarcándome lograría sacármela de la
cabeza. No fue así. Me dediqué a emborracharme durante casi toda la
travesía, hasta el punto de no recordar haber llegado a casa de mi hermano.
Tuve la mala suerte de que fue Meredith quien me abrió la puerta…
Imaginarás el resultado.
—Debió caerte una buena reprimenda.
—De las mejores. Después de eso intenté distraerme con mi sobrina,
pero lo único que hacía era pensar en lo guapos que serían nuestros hijos
juntos, y volví a refugiarme en el alcohol. Como no funcionó acudí al
primer prostíbulo decente que encontré para ver si una mujer lograba saciar
mis ganas de Elisa.
—Y obviamente no fue así.
—Ni siquiera pude hacer más que besarla unos minutos. Le pagué
una pequeña fortuna y no fui capaz ni de quitarme los pantalones.
—Eso es ser muy patético —rio su amigo.
—Ante mi fracaso me refugié en el trabajo duro. Iba a los campos
con los jornaleros de mi hermano y trabajé codo con codo con ellos hasta
casi desfallecer. Fue efectivo… al principio. Pero los hombres se quejaron a
mi hermano y tuve que dejarles en paz.
—¿Por eso volviste?
—Debo reconocer que, aunque me avergüence, mi hermano menor
tuvo que abrirme los ojos. Ni siquiera sé por qué tenía tal aversión al
matrimonio, John. Tal vez porque no quería enamorarme de mi esposa y
convertirme en una copia de mi padre si ella llegase a morir antes que yo.
—Hay un pequeño dato que debes tener en cuenta: tú no eres tu
padre. No vas a cometer sus mismos errores porque los has vivido en carne
propia, así que no tienes que preocuparte por eso. Además, Elisa es una
mujer sana y fuerte, estoy seguro de que te sobrevivirá.
—¿Se ha comprometido con Mountevans? —volvió a preguntar.
—No, aunque son buenos amigos. Mountevans fue muy discreto al
hacer su propuesta y nadie sabe que ya ha sido rechazado.
—¿Sabes por qué le rechazó?
—Eso deberás preguntárselo a ella misma. Yo he intentado que
Olivia me lo diga, pero no hay forma de hacerla abrir la boca. Debo
advertirte, ya que estamos, que ahora mismo no eres santo de la devoción
de mi hermana.
—Es obvio, le he hecho daño a su amiga.
—Creo que antes de presentarte en ninguna reunión deberías ir a
casa a hablar con ella. De lo contrario creo que en cuanto te viera aparecer
te fulminaría con su mirada furiosa antes de darte un buen tirón de orejas.
—Tengo pensado ir a hablar con ella mañana. Debo ganarme su
perdón para que sea mi cómplice en mi lucha contra el corazón de Elisa.
—Creo que tendrás que esperar a Navidad. Ella y toda su familia se
marchó a la casa de campo de Chester en cuanto la temporada terminó.
—No voy a esperar tanto. Debo encontrar la manera de acercarme a
ella lo antes posible. No quiero arriesgarme a que el amor que siente por mí
muera debido a la separación.
Cuando su amigo se marchó, Andy se fue directamente a la cama,
aunque con un peso menos sobre su corazón. Elisa había rechazado al
vizconde, lo que significaba que aún estaba soltera y que él tenía una
oportunidad. Necesitaba averiguar cómo acercarse de nuevo a ella, cómo
hacer que lo vivido las últimas semanas antes de su marcha se borrara de su
mente y cómo lograr que su amor por él siguiera intacto, y aunque tenía
todo un año para lograrlo Andy no estaba dispuesto a esperar, no pensaba
arriesgarse a que otro hombre lograra enamorarla y arrancarla de su lado.
A la mañana siguiente se presentó en casa de los Grey con regalos
para lady Grey y Olivia. Aún no había entrado por la puerta cuando la voz
de la mujer más joven resonó en sus oídos.
—Mi hermano me dijo que habías regresado y no le creí —dijo
desde lo alto de la escalera—. Aunque yo en tu lugar me hubiera mantenido
a distancia, estoy muy enfadada contigo.
—¿Sirve de algo si te digo que te he echado mucho de menos?
—En nada.
—¿Y si te digo que he sido un imbécil y que estoy aquí para arreglar
las cosas con Elisa?
—Eso cambia el resultado, sí. Aunque tendrás que decirme más, no
estoy muy segura de la sinceridad de tus palabras.
—La amo —confesó—. La amo tanto que no soy capaz de concebir
mi vida sin ella. La amo tanto que he olvidado por completo mi aversión al
matrimonio porque lo único que quiero es casarme con ella. La amo tanto
que he dejado mi vida de viajes constantes para dedicarme en cuerpo y alma
a hacerla feliz. ¿Es eso suficiente?
—Ya es tarde, está casada con Mountevans.
—Sé que eso no es cierto. Sé que le rechazó.
—John debería aprender a mantener la boca cerrada, te mereces
sufrir un poco creyendo que no tienes oportunidad de recuperarla.
—Créeme, Oly… He sufrido un infierno en mi viaje de vuelta
pensando precisamente eso.
—Está en Chester Hall. Tendrás que esperar a que regrese a Londres
por Navidad.
—Mi intención es casarme con ella justo en esa fecha, así que debo
encontrar la forma de arreglar el desastre que yo solo he creado mucho
antes.
—Te deseo suerte, entonces… La vas a necesitar.
—¿No piensas ayudarme?
—Debería no hacerlo para darte una lección… Pero eres mi querido
hermano y te quiero, así que lo haré.
—Puedes empezar por bajar aquí y darme un abrazo… Voy a
terminar con dolor de cuello por mirar hacia arriba.
Olivia sonrió y bajó al fin las escaleras para abrazar a su amigo… y
darle de camino el tirón de orejas que deseaba darle desde que se enteró de
que se había marchado.
—Como vuelvas a marcharte sin avisar juro por Dios que te buscaré
para asesinarte —amenazó.
—El único viaje que pienso hacer en un futuro cercano es mi luna
de miel… te lo prometo.
—Elisa está muy dolida, Andy. Pero aún te ama.
—¿Te lo ha dicho?
—Sí. Ha decidido esperar a la próxima temporada porque no cree
que sea justo para nadie que se case con otro hombre estando enamorada de
ti. Por eso Mountevans la está esperando.
—¿Mountevans conoce sus sentimientos por mí?
—Así es, y está muy dispuesto a hacer que Elisa se enamore de él.
De hecho, ahora mismo debe estar en su casa de campo, que casualmente
está a solo media hora a caballo de Chester Hall.
—Eso será sobre mi cadáver —masculló con los dientes apretados
—. Haré lo que sea necesario para que Elisa siga amándome, incluso
lanzarme a mí mismo a los tiburones.
—¿De qué demonios estás hablando?
Andy solo sonrió. La casa de campo de su familia no estaba cerca de
la del conde, pero eso se podía cambiar muy pronto con mucho dinero… y
gracias al pillaje él lo tenía a montones.
Capítulo 26
 
 
 
 
 
 
 
Al final Andy pudo conseguir alquilar una casa cerca de Chester
Hall, pero solo podría contar con ella durante una semana. Ese era el tiempo
que tenía para convencer a Elisa para que se casara con él, así que debía
aprovecharlo tanto como pudiera. Pero primero quería hacer las cosas bien.
Quería hablar con sus padres para pedir su mano como correspondía antes
de confesarle sus sentimientos a ella. Ese era el motivo principal por el que
se encontraba por segundo día consecutivo acechándola tras unos arbustos
mientras ella leía tranquilamente sentada bajo un gran árbol. El día anterior
su primo pequeño la acompañaba, y Andy se había entretenido tanto
viéndola reír mientras jugaba con él que cuando quiso darse cuenta la joven
ya volvía hacia la casa y él había perdido la oportunidad de hablar con sus
padres. Pero ese día no ocurriría lo mismo. La observó una vez más y se
dirigió hacia su caballo para llegar a Chester Hall por la puerta principal,
sin ser visto por ella. Un mayordomo con cara de pocos amigos le hizo
pasar al despacho del conde, donde la espera se le hizo interminable hasta
tener frente a frente a lord Chester.
—Cuando mi mayordomo me ha informado de que el propio
Lattimer en persona me esperaba en mi despacho no lo podía creer —dijo el
conde—. Debo decir que me sorprende enormemente su visita, milord.
—Siento presentarme aquí sin avisar, lord Chester, pero tengo algo
de suma importancia que hablar con lord Bennet.
—¿Con mi hermano?
—Así es, milord. Se trata de su sobrina.
El conde simplemente asintió y se acercó a la puerta de roble para
susurrar algo al oído de un lacayo. Después de eso, cerró de nuevo la puerta
y se acercó al aparador para servir dos copas.
—¿Whisky o bourbon, milord? —preguntó.
—Bourbon, gracias. El whisky es demasiado fuerte para mí a esta
hora de la tarde.
—¿Se encuentra bien su familia? Nos comentó mi sobrina que había
viajado para el bautizo de su sobrina.
—Se encuentran todos bien, milord. De hecho, están planeando
volver unos días a Londres muy pronto.
—Siempre es bueno tener a la familia cerca. Lo digo por
experiencia, ya que tuve que prescindir de mi hermano durante demasiado
tiempo por culpa de un malentendido.
—Malentendido que por fortuna se ha aclarado.
—Así es. Es por eso que valoro mucho a todos los miembros de mi
familia, incluida mi sobrina, a la que amo como si fuera mi propia hija.
—Lo sé, ella misma me lo dijo.
—Erais muy amigos, ¿me equivoco?
—Quiero pensar que aún lo somos, milord. Ambos disfrutamos
mucho de pasar tiempo juntos.
—Aun así, no vaciló cuando decidió marcharse a España.
—Debía volver.
—Eso no es cierto, Lattimer. Casualmente tengo contactos en Cádiz
que me han informado de que aún no se ha celebrado el bautizo de su
sobrina. ¿Por qué se marchó realmente?
La llegada de los padres de Elisa evitó que Lattimer respondiera. La
sorpresa en el rostro de lady Bennet fue sustituida por una mirada de
desagrado en cuanto le vio, lo que significaba que Elisa había hablado con
su madre respecto a sus sentimientos.
—¿Qué le trae por aquí, lord Lattimer? —preguntó lord Bennet—
Pensé que había regresado a España con su familia.
—Y así fue, milord. Pero ahora estoy de regreso.
—¿Sobre qué quería hablar conmigo?
—Sobre su hija.
—Es un poco tarde para hablar sobre mi hija ahora, ¿no cree,
milord? —protestó lady Bennet— Debería haberlo hecho hace semanas.
—No creo que sea tarde si no está comprometida con nadie más, y
por lo que sé, rechazó la proposición de Mountevans.
—¿Quiere eso decir que viene a pedir la mano de mi hija, Lattimer?
—preguntó lord Bennet.
—En efecto, quiero casarme con ella.
—Por lo que mi hija me ha contado, usted se marchó a España
aconsejándole que aceptara a Mountevans como esposo. ¿No es eso un
poco contradictorio?
—Sé que lo es, milord. Fui tan estúpido de servírsela a otro hombre
en bandeja de plata en vez de reclamarla para mí mismo.
—¿Y qué le hace pensar que ahora ella le aceptará? —inquirió el
conde.
—Sé que no será fácil conseguir que lo haga, pero le aseguro que
pondré todo mi esfuerzo en reparar el daño que le he causado.
—¿Ama a mi hija, Lattimer? —preguntó lady Bennet.
—Con toda mi alma, milady. Es la única mujer con la que puedo
imaginarme toda una vida juntos.
—¿Y por qué se marchó entonces? Y no me diga que fue por sus
obligaciones familiares, milord. Tengo ya mis años y no me creo ni una
palabra.
—Para empezar, siempre he tenido aversión al matrimonio debido a
lo vivido con mi padre. No quería casarme, y me aterraba la idea de
convertirme en una copia de él. Pero, sobre todo, no entendía mis
sentimientos hacia su hija.
—¿A qué se refiere?
—Nunca antes me he enamorado. Esta es la primera vez que siento
un hormigueo en el estómago cuando veo a una mujer, o que disfruto tanto
de su compañía que no me percato de lo que hay a nuestro alrededor. Es la
primera vez que siento celos porque otro hombre la hace sonreír, o que
siento la necesidad de monopolizar y atesorar a una mujer como cada vez
que estoy con su hija. No me avergüenza reconocer que fue mi hermano
menor quien me abrió los ojos al respecto y me hizo darme cuenta de que
todos esos sentimientos eran fruto del amor.
—¿Y qué hubiera pasado si Elisa hubiera aceptado la proposición de
Mountevans, Lattimer? —protestó el conde.
—Que habría vivido en la oscuridad de mi soledad por el resto de
mis días. Si ella fuera la esposa de otro hombre mi vida carecería de
sentido.
—Deberías haber permanecido a su lado y haber luchado por ella,
no huir como un cobarde —espetó Chester.
—Es por eso que estoy aquí, milord. Quiero reparar el daño cuanto
antes. Debo confesarle a Elisa mis sentimientos, no quiero que siga
pensando que los suyos no son correspondidos.
—Tiene usted razón, milord —dijo lady Bennet—. Mi hija le
amaba, pero después de todo este tiempo no sé si sus sentimientos seguirán
siendo los mismos —dijo lady Bennet.
—El amor no desaparece de la noche a la mañana, milady.
—Lo hace si el corazón se ha roto, milord. Y el de mi hija lo ha
hecho.
—Es por eso necesito su bendición, milady. Quiero sanar todas las
heridas que haya podido causarle y pedirle que se convierta en mi esposa.
—Tal vez sea demasiado tarde para enmendar el error.
—Tal vez lo sea, pero haré lo que haga falta para conseguir su
perdón. Me pondré de rodillas si es necesario.
—Es innegable que mi hija le amaba cuando se marchó, y yo solo
quiero lo mejor para ella —dijo lord Bennet levantándose de su sillón con
un suspiro—. Siempre he deseado que su matrimonio fuera por amor, como
el nuestro, y quiero que ese deseo se cumpla. Tiene mi bendición para
cortejar a Elisa, Lattimer, pero depende de ella si le acepta o no.
—Se lo agradezco, milord.
—Solo voy a hacerle una advertencia, Lattimer —añadió el conde
—. Si hace llorar a mi sobrina, aunque sea una vez, juro por Dios que
acabaré con usted.
—Las únicas lágrimas que tengo pensado hacerle derramar son de
felicidad, le doy mi palabra.
—Elisa está junto al lago —dijo lady Bennet—. Le gusta sentarse
bajo un árbol a leer un libro.
—Lo sé —respondió el barón con una sonrisa—. La vi antes de
venir aquí.
—Vaya a buscarla y cerciórese de hacerla feliz.
—Lo haré, se lo prometo.
 
Elisa llevaba un buen rato sentada en una manta a la orilla del lago
leyendo su nueva novela romántica. Estiró los brazos por encima de la
cabeza y se puso de pie para estirar también las piernas, pues le
hormigueaban debido a mantenerlas demasiado tiempo en la misma
posición. Escuchó el trotar de un caballo acercándose por el prado, y se
volvió para recibir con una sonrisa a Mountevans, con quien se había
encontrado un par de veces desde que terminó la temporada, pero se quedó
de piedra cuando la silueta sobre el caballo comenzó a hacerse más nítida y
vio el rostro de Lattimer. Inspiró con fuerza para evitar que una lágrima
traicionera escapara de sus ojos. Le había echado tanto de menos que
apenas era capaz de creer que realmente fuera el barón quien desmontaba a
pocos metros de ella y se volvía a mirarla con una sonrisa.
—Sigues siendo tan hermosa como recordaba —susurró
acercándose lentamente.
—Pensé que seguías en Cádiz —fue lo único que atinó a decir.
—Ahora estoy de regreso. He oído que rechazaste a Mountevans.
—Lo hice, sí.
—¿Por qué?
—He decidido esperar a la próxima temporada para casarme.
—No has respondido a mi pregunta, Elisa.
—Acabo de hacerlo.
—Ese no es el motivo y lo sabes. Contéstame.
—Porque no le amo. Porque no podía concebir vivir con un hombre
por el que siento menos afecto del que siento por lord Grey, por ejemplo.
—Pensaba que tu madre y tu tía insistían en que debías casarte este
mismo año.
—Así era, pero mi madre se dio cuenta de que me estaban
presionando demasiado y me apoyó cuando le comuniqué mi decisión de
esperar un año más.
—Te he echado mucho de menos, Ely.
—Mentiroso —susurró, aguantando a duras penas las ganas de
correr a sus brazos.
—Desde que me marché no he hecho otra cosa que pensar en ti. No
podía sacarte de mi cabeza, pensando qué estarías haciendo y con quién.
Pasaba las noches en vela imaginándote en los brazos de Mountevans y
sintiendo retorcerse mis entrañas, tuve que recurrir al alcohol para intentar
olvidarte, y ni siquiera eso me sirvió.
—No te creo —respondió con voz temblorosa.
—He revivido nuestro momento en la glorieta tantas veces que me
he aprendido de memoria cada lunar de tu rostro, cada pequeño cambio en
el iris de tus ojos y cada pequeño jadeo que escapó de tus labios. He
deseado poder volver a saborear tus besos tantas veces, Ely…
—No me llames así.
—¿Acaso tú no me has echado de menos?
—¿Sabes cómo me sentí aquel día en la terraza cuando me
aconsejaste que aceptara a Mountevans, Andy? ¿Sabes lo que se siente
cuando tu corazón se rompe en mil pedazos y la única persona capaz de
repararlo se ha marchado de tu vida, tal vez para siempre?
—Pero ahora estoy aquí.
—¿Hasta cuándo? ¿Hasta que vuelva a picarte el gusanillo del mar y
decidas embarcarte de nuevo?
—He dejado el mar.
—No te creo.
—Puedes preguntarle a Grey si no me crees. Le he vendido el barco
a Tommy y he terminado con mi vida delictiva, lo juro. ¿Quieres saber por
qué? Porque desde que me marché de tu lado el mar no lograba llenarme
como lo hacía antes. En vez de excitación y emoción, embarcarme me
provocó hastío. Porque desde que te conocí eres lo único que necesito,
Elisa.
—Es demasiado tarde.
—No es verdad —susurró él acercándose un paso.
—Lo es. He conocido a alguien y he dejado de amarte.
Por un segundo Andy sintió una opresión en el pecho que le impidió
respirar, pero una sola mirada al rostro de Elisa le dijo que mentía. Tenía los
ojos anegados en lágrimas, se mordía el labio como cada vez que se ponía
nerviosa y sus pequeñas orejas estaban rojas como cada vez que mentía. El
alivio le inundó y una enorme sonrisa se dibujó en sus labios.
—Sigues amándome —dijo—. No puedes engañarme.
—¿Quién lo dice?
—Tus orejas. Se han puesto rojas, Ely. Estás mintiendo.
—Bien, sí, estoy mintiendo.
Andy la atrapó por la cintura para impedir que se alejara y unió su
frente con la de la muchacha, dejando sus bocas a tan solo un par de
centímetros.
—Yo también te amo —susurró—. Te amo tanto que no soy capaz
de vivir sin ti, Ely. Quiero que te cases conmigo.
—No pienso hacerlo —protestó ella, ya sin fuerzas—. No pienso
casarme con un canalla.
—Bien, si ese es el caso volveré a la casa de tu tío y le contaré a tus
padres nuestro pequeño encuentro en la pérgola. Ellos te obligarán a casarte
conmigo.
—No harías tal cosa, te conozco bien.
—Lo haré si me obligas a hacerlo, Elisa.
—Dijiste que no querías casarte. Dijiste que lo peor que podía
pasarnos aquella noche era ser encontrados a solas en el jardín.
—Fui un idiota —respondió él—. Tenía miedo de terminar siendo
como mi padre si me casaba, perdóname.
—¿De verdad me amas?
Andy sonrió y unió su boca a la de ella como llevaba queriendo
hacer tanto tiempo. En cuanto sus labios se tocaron sintió el sabor salado de
las lágrimas de Elisa, sintió cómo poco a poco ella se rendía al beso y cómo
sus brazos rodeaban lentamente su cuello. Su boca sabía a miel y canela, el
calor de su cuerpo atravesó las capas de ropa e inundó su corazón al darse
cuenta de que casi había logrado su perdón.
—Te amo —susurró— ¿Me perdonas por ser un idiota?
—No puedo estar demasiado tiempo enfadada contigo.
—¿Te casarás conmigo entonces? —preguntó.
—Solo si mi padre te lo permite. Cosa que dudo, después de todo lo
que he sufrido por tu culpa.
—Entonces estoy de suerte, porque acabo de hablar con tu padre y
me ha dado su bendición para cortejarte.
—Oh… En ese caso cortéjeme, lord Lattimer —dijo ella
separándose varios pasos de él—. Cortéjeme y me pensaré si casarme o no
con usted.
En cuanto vio la sonrisa en los labios del barón, Elisa se recogió las
faldas y salió a correr por el prado, seguida de cerca por Andy. Se sentía tan
feliz que temía despertar y darse cuenta de que todo era un sueño, que nada
de aquello era real, pero cuando Lattimer la alcanzó y la envolvió en sus
brazos para besarla de nuevo supo que nada de aquello era una ilusión.
Andy estaba justo allí, con ella, y la amaba lo suficiente como para querer
casarse con ella. Debería haberle rechazado, haberle hecho sufrir un poco
después de todas las lágrimas que había derramado por su culpa, pero le
amaba demasiado como para privarse del placer de sus besos solo por darle
una lección.
—Te amo —susurró de nuevo Lattimer cuando el beso terminó—.
Voy a asegurarme de decírtelo a diario para compensar todo el daño que te
he hecho, te doy mi palabra.
—Yo también te amo.
—Quiero que nos casemos lo antes posible, Ely. Pediría una licencia
especial mañana mismo, pero quiero que tengas la boda que te mereces.
Casémonos en Navidad.
—¿Por qué en Navidad? Apenas queda tiempo para organizar una
boda.
—Estoy seguro de que tu tía se encargará de organizar la boda del
año encantada, aunque cuente con tan poco tiempo. Sabes que formo parte
de su lista especial —bromeó guiñándole un ojo.
—¿Tú crees?
—Estoy seguro de que será así. No quiero esperar demasiado, Ely.
Ya hemos desperdiciado demasiado tiempo por mi culpa.
—De acuerdo, hablaré con tía Camille y nos casaremos en Navidad.
Andy volvió a besarla, un beso cargado de promesas y amor. Era un
hombre con suerte, de eso no cabía duda, y se encargaría de demostrarle a la
mujer con la que pensaba compartir su vida que darle otra oportunidad
había sido la mejor elección de su vida… porque desde luego ella era la
mejor elección de la suya.
Epílogo
 
 
 
 
 
 
 
La boda de Andy y Elisa se celebró un fin de semana antes de
Navidad en la iglesia de St Martin, en Trafalgar Square. La basílica fue
adornada con orquídeas blancas y lilas, y Elisa eligió un vestido color
crema de gasa y encaje con el corpiño bordado con flores. Tía Camille no
había reparado en gastos para la boda de su querida sobrina, y tras la
ceremonia se celebró una cena y un baile en la mansión de la anciana, que
decoró con esmero cada sala. Los recién casados celebrarían la Navidad con
la familia y se marcharían de viaje de novios a Italia después de las fiestas,
aprovechando que Jeremy y Meredith habían viajado para las nupcias y no
regresarían a España hasta Año Nuevo.
Antes de la ceremonia, Elisa se encontraba en su habitación con
Olivia y Anette. Aún seguía en ropa interior después del baño, y Marie se
encargaba de formar tirabuzones en su pelo mientras las tres muchachas
charlaban.
—Vas a estar increíble con este vestido —dijo Anette acariciando
los bordados del vestido de novia.
—Tía Camille lo mandó hacer especialmente para mí.
—En hombres su gusto será espantoso, pero hay que reconocer que
en moda tiene un gusto exquisito —bromeó Olivia—. ¿Qué joyas usarás?
—Tío Andrew me regaló un conjunto de perlas que pertenecía a mi
abuela —respondió Elisa—. Creo que será lo más indicado para este día,
¿no creéis?
—Ni lo sueñes —protestó su prima Gabrielle desde la puerta—.
Trae mala suerte llevar perlas en tu boda. Serás una esposa desdichada.
—No sabía que eras tan supersticiosa —se burló su prima.
—No suelo serlo, pero el día de nuestra boda toda precaución es
poca. Creo que esto es más adecuado para ti.
Elisa tomó la caja de terciopelo que le entregó su prima, dentro de la
que encontró una sencilla cadena de plata de la que colgaba un precioso
colgante de diamantes en forma de lágrima, a juego con unos pendientes y
una pulsera.
—Es precioso… —susurró.
—Cuando lo vi hace unos meses en una joyería pensé que sería
perfecto para el día de tu boda, así que no me pude resistir a comprarlo para
ti.
—Me encanta, Gaby… Gracias.
Gaby sonrió y se sentó en la cama, arrastrando a su prima con ella.
Limpió una lágrima solitaria que había abandonado sus ojos y suspiró.
—Supongo que tía Anna tendrá contigo esta conversación —dijo—,
pero pienso que tal vez omita algunas partes y quería asegurarme de que vas
a tu noche de bodas sin miedo alguno.
Olivia y Anette se apresuraron a sentarse en la alfombra frente a
ellas, y Gabrielle sonrió.
—Creo que esta conversación no debería tenerla con vosotras
delante —bromeó.
—¡Por favor! —rogó Anette— Mi madre es tan anticuada que dudo
mucho que me aconseje el día de mi propia boda.
—Necesitamos saber de primera mano qué debemos esperar de
nuestra primera noche con nuestro esposo —añadió Olivia.
—Es cierto —asintió Anette—. Eres la única que puedes despejar
todas nuestras dudas.
—Muy bien… —suspiró la marquesa— Pero si vuestras madres
descubren lo que sabéis negaré rotundamente haberos contado nada.
—¡Lo prometemos! —dijeron las jóvenes al unísono.
—Mamá habló conmigo de eso hace mucho tiempo —dijo Elisa
sonriendo—, aunque no me contó gran cosa.
—¿Y qué te contó?
—Que no es doloroso como pueden hacerme creer y que debo
relajarme y disfrutarlo.
—Lady Cowper nos dijo hace unos días que el deber de una esposa
es complacer al esposo y que debemos quedarnos quietas y soportar el
momento —dijo Olivia— ¿Eso es cierto?
—¡Por supuesto que no! —rio Gaby— En primer lugar, no hay que
soportar nada. Hacer el amor con tu esposo debe ser placentero para ambos,
no solo para él. No es doloroso en absoluto si os relajáis y no tenéis miedo,
realmente puede ser muy excitante.
—¿Y qué debo hacer? —preguntó Elisa— ¿Quedarme quieta como
dice tía Camille?
—¡Dios, no! Dudo mucho que complazca a Lattimer tener a una
muñeca en la cama. Tócale, acaricia su espalda o su nuca y enreda los
dedos en su pelo, para empezar. Aprenderéis juntos qué caricias le
provocarán al otro más placer, qué zonas de su cuerpo son más sensibles a
tus caricias, pero eso llevará tiempo.
—¿Debo desnudarme?
—Por supuesto —respondió la marquesa—. Y deja de lado tu
vergüenza, Lattimer te desea y tu cuerpo será perfecto para él. Permítele
acariciarte, pues las caricias previas son esenciales para que más tarde no
haya ningún dolor.
—No sé si seré capaz de quedarme desnuda delante de él —protestó
Elisa totalmente abochornada.
—Créeme, Elisa, él se ocupará de todo por ti. Sabe que eres
inexperta, no espera que seas la amante perfecta la primera vez. Entrégate a
sus besos y déjale hacer, verás que todo sale de maravilla.
Gabrielle bajó la mirada hacia las amigas de su prima, que tenían el
mismo tono de rojo en sus mejillas que la novia.
—¿Os he escandalizado? —preguntó riendo— Vosotras habéis
querido quedaros.
—Y agradecemos de verdad la lección, pero debo reconocer que es
bastante bochornoso hablar de estos temas.
—Pensad que yo solo tengo dos años más que vosotras, no estáis
hablando con una matrona.
—Eso es cierto —coincidió Anette—. Gracias por los consejos, lady
Lacroix.
—Os he dicho mil veces que me llaméis Gaby. Sois las queridas
amigas de mi prima y os aprecio mucho por ello.
La ceremonia se celebró a primera hora de la tarde. Cuando Andy
vio aparecer a Elisa por el pasillo de la iglesia vestida de novia supo que
definitivamente esa era la mujer perfecta para él. Sintió su corazón dar un
vuelco cuando la mirada de su futura esposa se fijó en él y una sonrisa se
dibujó en sus labios sonrosados.
—Está realmente preciosa —susurró Grey a su lado.
—Tienes mucha suerte, hermano —dijo Jeremy palmeando su
hombro—. Cuida bien de ella.
—Créeme, dedicaré cada día de mi vida a hacerlo.
Conforme se acercaba al altar, Andy se fijó en los pequeños detalles
de su atuendo. La forma en que el vestido se amoldaba a su cintura, las
sencillas joyas elegidas para la ocasión y el ramo de orquídeas que la
duquesa de York había enviado como regalo exclusivo para ella. Bajó los
dos escalones que lo separaban de ella y tomó la mano de su novia,
entregada por su padre.
—No haga que me arrepienta de entregársela, Lattimer —advirtió.
—Le doy mi palabra.
Tras la celebración posterior, tras una copiosa cena y algunos bailes
en la sala de baile, los novios se escabulleron de la celebración para ir por
fin a su hogar. Andy tomó en brazos a su esposa y cruzó el dintel entre
risas, como marcaba la tradición, pero no se detuvo en el recibidor, sino que
subió la escalera hasta la nueva habitación de Elisa. Había elegido
minuciosamente el mobiliario y la decoración para que todo estuviera a su
gusto, y sonrió satisfecho cuando en los labios de su mujer se dibujó una
sonrisa.
—¿Te gusta? —susurró.
—Me encanta. Todo es perfecto…
Paseó la mano enguantada por la superficie de su tocador de madera
de palo de rosa y dio una vuelta completa antes de acariciar con los dedos
un hermoso cuadro de unos campos de algodón que colgaba sobre el
cabecero de la cama con dosel.
—Pensé que te gustaría tener un trocito de la ciudad en la que te
criaste contigo —explicó Andy.
Elisa se acercó a su marido y, poniéndose de puntillas, depositó un
leve beso en sus labios.
—Gracias —susurró.
—Llamaré a Marie para que te ayude a cambiarte —explicó Andy
—. Volveré en un momento.
Elisa asintió y le observó salir por la puerta lateral que seguramente
daba a su habitación. Se deshizo de las joyas mientras esperaba a su
doncella, que apareció poco después portando en sus manos un camisón de
seda de color blanco y una bata a juego, que dejó sobre la cama. Elisa se dio
un baño con jabón de rosas y secó su cabello frente a la chimenea mientras
esperaba a su esposo. Poco después Andy entró en la habitación vestido con
un pantalón y una bata de seda color azul oscuro, le quitó el cepillo de las
manos y se colocó a su espalda para cepillar su cabello hasta tenerlo
completamente seco.
—Ya está —susurró.
Apartó el pelo de su cuello y empezó a cubrirlo de leves besos, que
le provocaron escalofríos. Elisa ladeó la cabeza para dejarle mejor acceso y
el barón bajó desde su oreja hasta el hueco de su clavícula, donde dejó
pequeños mordiscos que lograron que un gemido quedo escapara de los
labios femeninos.
—Te deseo tanto… —susurró justo antes de apresar el lóbulo de su
oreja con los labios— Desde aquel día en la pérgola no he podido dejar de
pensar en ti.
Le dio la vuelta y desabrochó el cinturón de la bata hasta dejarla
caer al suelo. Resiguió el borde del escote del camisón con el índice hasta
llegar a la clavícula, y deslizó el tirante por el brazo femenino hasta que uno
de sus pechos escapó de su confinamiento. Pasó ese mismo dedo por la
curva cremosa, rodeando la pequeña cresta rosada levemente antes de hacer
lo mismo con el otro tirante. Se sentó a los pies de la cama y tiró de Elisa
hasta que quedó encajada entre sus piernas, de tal forma que su boca quedó
a la altura de sus pechos, y succionó uno de los pezones con suavidad. Elisa
jadeó, arqueó la espalda y se sujetó con fuerza a sus hombros, pues sus
piernas flaquearon debido al latigazo de placer que cruzó su estómago hasta
el centro mismo de su sexo. Andy lamió, mordisqueó la pequeña
protuberancia, besó la piel suave que lo rodeaba y le dedicó la misma
atención a su hermano gemelo, que brotó en cuanto la cálida lengua pasó un
par de veces por encima.
Elisa se sentía arder, jamás habría imaginado que las caricias de
Lattimer fueran tan placenteras. Las manos del barón subieron por la
espalda de Elisa hasta sus omóplatos, la apretó con fuerza contra su boca,
como si quisiera tragársela entera, y bajó sus besos hasta el camisón
enrollado en su estómago, hundiendo la lengua en su ombligo con suavidad.
—Creo que esto nos estorba —dijo con voz suave—. ¿No te parece?
Elisa solo pudo asentir, estaba tan envuelta en la vorágine de placer
que no era capaz de formar una sola palabra, y observó las manos de Andy
acariciar sus caderas arrastrando la prenda con ellas hasta que solo quedó
un charco de raso a sus pies. La observó detenidamente, de pies a cabeza, y
Elisa resistió el impulso de cubrirse ante su atenta mirada, cargada de deseo
y necesidad.
—Dios… eres perfecta —dijo con voz ronca.
Se levantó para llevarla hasta la cama, apartó las mantas y la ayudó
a tumbarse sobre las cálidas sábanas. Se deshizo de su bata, dejando su
pecho esculpido al descubierto, y se tumbó a su lado, entrelazando sus
piernas con las de ella. La besó lenta, muy lentamente, mientras sus manos
expertas recorrían cada centímetro de piel expuesta. Bajaron por sus
costados hasta sus muslos, se pasearon por sus rodillas y recorrieron la cara
interna hasta casi llegar a su sexo, pero siempre se detenía para volver a
empezar el recorrido de nuevo. Elisa creía estar en llamas, le ardía la piel
por donde las manos de Andy tocaban, sentía un hormigueo en los dedos
por las ganas de tocarle, pero se limitó a enredar los dedos en su cabello
como tiempo atrás había hecho en la glorieta.
Andy no podía más, acariciar a Elisa estaba matándolo. Su miembro
presionaba con firmeza la parte delantera de su pantalón y necesitaba
hundirse en ella con urgencia, pero Elisa era virgen y debía tomarse las
cosas con calma. La acarició por todas partes, dejando después un reguero
de besos desde su pecho hasta el tobillo, subiendo de nuevo por su pierna de
nuevo hasta cubrir la boca femenina con la suya. Se moría de ganas de
enterrar la cara entre sus muslos, de lamerla hasta lograr que llegara al
orgasmo, pero temía asustarla si sus caricias eran demasiado intensas para
ella. Se conformó con hundir sus dedos entre los sedosos rizos castaños y
encontrar el pequeño botón rosado, que se inflamó en cuanto lo acarició
unas cuantas veces. Elisa arqueó la espalda con un jadeo, y Andy vio con
satisfacción cómo sus ojos se velaban por el deseo y su boca jadeante se
abría en busca de aire. Bajó hasta su abertura y hundió lentamente un dedo
en ella, llegando hasta el nudillo sin observar en el rostro que tanto amaba
ni un ápice de incomodidad o dolor. Lo movió despacio, dentro y fuera, y
cuando tuvo de nuevo a Elisa gimiendo en su oído añadió un segundo dedo,
cubriendo con sus labios el quejido que le provocó.
—Shh… ya está… —susurró dejando infinidad de pequeños besos
sobre su mejilla— Solo será un momento, lo prometo.
Siguió moviendo sus dedos despacio, curvándolos hasta encontrar
ese punto sensible que hizo que Elisa olvidara la pequeña incomodidad y se
entregara de nuevo al placer. La sintió tensarse entre sus brazos, y cuando el
orgasmo la alcanzó observó con satisfacción que en su rostro había una
sonrisa de felicidad… y unos ojos adormilados. Se puso de pie y sin apartar
la mirada de ella deslizó sus pantalones hasta los tobillos, quedando
totalmente desnudo delante de su esposa.
—Tócame —susurró.
Elisa se colocó de rodillas en la cama y paseó las manos por el
pecho de su marido, notando cada músculo cincelado, e imitó los
movimientos de las manos masculinas en sus pechos, sonriendo cuando
Andy inspiró con fuerza. Siguió bajando por su estómago, pero se detuvo
cuando su muñeca rozó la vara caliente entre sus piernas. Andy tomo la
mano de Elisa en la suya y la guio hacia su erección, mostrándole cómo
darle placer, cómo acariciarlo. La volvió a tumbar sobre la cama y se tumbó
entre sus piernas, guiando su miembro hasta la entrada femenina,
introduciéndose apenas en la cálida humedad de su esposa, examinando
detenidamente cada gesto en el rostro que tanto amaba.
—¿Te duele? —susurró.
Elisa negó y paseó las manos por sus antebrazos para enredarlas en
su cuello, elevando la cabeza para recibir un beso, y Andy se hundió en ella
por completo mientras su lengua jugaba con la de ella. Empezó a moverse
despacio, saliendo casi por completo de ella para volver a enterrarse
después, bebiéndose los gemidos, sintiendo hundirse sus uñas en la piel de
su espalda, deseando que ese momento no terminara jamás. Después de
tanto tiempo al fin Elisa era completamente suya, la mujer que tanto amaba
le pertenecía al igual que él le pertenecía a ella. Se sentía completo. Se
sentía eufórico. Las paredes de Elisa empezaron a convulsionarse a su
alrededor debido al orgasmo femenino y se dejó ir, vaciándose por
completo en ella.
Mucho tiempo después, Elisa permanecía tumbada sobre el pecho
de su esposo haciendo círculos sobre la piel de su pecho. Andy acariciaba
su espalda, y de vez en cuando dejaba un pequeño beso sobre su cabeza,
mostrando que seguía despierto.
—¿Cómo te encuentras? —susurró su esposo.
—Soñolienta.
—¿Estás dolorida?
—No especialmente. Al principio ha sido incómodo, pero no he
sentido realmente dolor.
—Me alegro. Así podremos repetir… por la mañana —bromeó
Andy.
—Eres insaciable —rio ella.
—Cuando se trata de ti… totalmente. Llevo queriendo hacer el amor
contigo desde aquel día en la glorieta, cariño. ¿Creías que una única vez iba
a ser suficiente?
—Ojalá que no…
—Desvergonzada…
—Tal vez haya quedado embarazada.
—Espero que no…
—¿No quieres tener hijos? —preguntó ella alzando el rostro.
—Por supuesto que quiero, pero primero quiero disfrutarte un poco
en exclusividad.
Elisa sonrió y se tumbó de nuevo sobre su pecho.
—¿Cuántos? —preguntó.
—Muchos. Tal vez diez o doce.
—¡Esos son demasiados! —rio.
—Pienso hacerte el amor muchas veces, Ely.
—No vas a mantenerme embarazada toda la vida, Andy.
—Una vez al año, entonces —bromeó él.
—Una vez cada tres años. Es mi última oferta.
—Hablando en serio, no me importa cuántos hijos tengamos, solo
quiero que estés a mi lado.
—Ahora soy su esposa, milord. Me temo que sus más temidas
pesadillas se han convertido en realidad.
—Soy un hombre con suerte, entonces.
—¿Echas de menos el mar?
—En absoluto. Desde que te conocí el mar perdió todo el atractivo,
cariño. Y ahora basta de hablar. Debes estar cansada, durmamos un poco.
—No creo que pueda dormir ahora.
—¿Y eso por qué?
—Porque por primera vez en mucho tiempo, la realidad es mejor
que los sueños.
Andy besó a Elisa de nuevo, sintiéndose afortunado por estar casado
con una mujer increíble como ella. Ahora sabía lo que era un matrimonio
feliz de primera mano. Aunque apenas llevaran unas horas casados,
entendía las palabras que un día su amigo Roger le dijo. Porque ahora
también él estaba deseando regresar a casa y encontrar a una esposa
sonriente que le recibiera con una sonrisa. Una esposa que, a pesar de
acabar de decir que no podría conciliar el sueño, dormía plácidamente entre
sus brazos. Sí, definitivamente ahora tenía un hogar, y tenía la intención de
atesorarlo.
 
 
 

Fin
 

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