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Recuerdos de un hermano ausente

Las cajas de cerillos tienen 4 caras y un pequeño cajoncito que se desliza para entrar y salir. Tienen también en por lo menos un lado, una tira de lija que permite encender los cerillos dentro del cajoncito que se desliza para entrar y salir. No se por que siento la necesidad de explicarlos si de cualquier modo todos han visto las cajas de cerillos con su cajoncito que se desliza para entrar y salir, pero es que a mi me gustan mucho las cajitas de cerillos. Me gusta que tienen distintas pintura
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Recuerdos de un hermano ausente

Las cajas de cerillos tienen 4 caras y un pequeño cajoncito que se desliza para entrar y salir. Tienen también en por lo menos un lado, una tira de lija que permite encender los cerillos dentro del cajoncito que se desliza para entrar y salir. No se por que siento la necesidad de explicarlos si de cualquier modo todos han visto las cajas de cerillos con su cajoncito que se desliza para entrar y salir, pero es que a mi me gustan mucho las cajitas de cerillos. Me gusta que tienen distintas pintura
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Dedicatoria:

Me gustaría poder decir que a pesar


de todo te recuperé, o gritar al viento
que eres mi mejor amigo, me gustaría
incluso echarte en cara aquella vez que
me quedé dormida a las 4 de la mañana
después de que mi cabeza no parase de
bombardearme con los recuerdos crudos.
Quizá lo haces a propósito, quizá lo
haces porque yo nunca te respondí los
te amo o te dí abrazos largos, intenté
disculparme por todo tantas veces
que me pesa la cabeza contándolas;
pero... tu nunca leíste mis mensa-
jes. Así que escribí este relato con
verdades alteradas y saturado de
mentiras que igual, tampoco vas
a leer.

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Me gustaba mucho
entrar al cuarto de mi hermano mayor,
incluso cuando el me lo prohibió, su
habitación era el lugar más interesante
de toda mi casa, a diferencia del resto,
su cuarto tenía muchas cosas y siempre olía raro,
pasaba mucho tiempo ahí, a veces
pasaban meses sin que pudiese
entrar por que el no salía de la
habitación, no sé por qué él siempre

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tenía ojeras, quizá ese raro olor no lo dejaba dormir.
Recuerdo que en mi cumpleaños número ocho lo
convencí de prepararme panqueques, cuando salió de
su habitación me colé dentro mientras que él cocinaba,
había muchas cosas diferentes y había más cosas sucias,
quizá él era como un troll, le gustaba acumular basura,
observe alrededor de su cuarto, sabía que no estaría
aquí de nuevo pronto, así que quería tomar algo que
me recordase a él. Luego de un rato vagando en su
escritorio, me puse en mis rodillas
solo para ver debajo de su cama,
quizá había un monstruo
debajo de su cama y por eso
no dormía bien; fue entonces
cuando la encontré, una
pequeña cajita de cerillos,
era de color amarillo, tenía
un gallito rosa en la parte
de enfrente; la conservé,
esperando que nunca lo notase.
Ese día más tarde, me escondí en el closet de mi
habitación con la cajita en un bolsillo de mi pijama

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y encendí una linterna. Sabía que robar y jugar con
fuego estaba mal, pero no pude evitarlo, había algo
en esos fósforos que me atraía demasiado, conté los
cerillos restantes en la caja, veinticuatro, eran muy
delgados, con la cabeza de color azul, los mire por
mucho tiempo, como si quisiese que me contaran un
secreto, los metí en su cajoncito de nuevo y lo deslice
hacia adentro, inspeccione todos los lados de la cajita,
tiene cuatro caras y un pequeño cajoncito que se desliza
para entrar y salir, saque uno y lo encendí esperando a
que quemara ligeramente las yemas de mis dedos para
apagarlo.

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Mi cumpleaños
número nueve llegó,
recuerdo que de regalo le
supliqué a mi madre por me-
ses que me llevase a comer pizza
con mis amigos del colegio, tam-
bién quería ver a mi hermano mayor
ahí, pero mi hermano pasaba cada vez
menos tiempo en casa, era como si ahora ya
no viviera conmigo, no estoy segura de cuan-

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do fue la
última vez
que lo ví,
mucho me-
nos que estu-
vo conmigo. Qui-
zá se enfadó tanto
cuando le robé esos
fósforos de cabeza
azul que decidió nunca
verme de nuevo y por eso ya
no volvió mientras estaba yo. Claro
que en ese tiempo encontraba mucho más
fácil entrar en su habitación para ver sus cosas
por todas partes; los calcetines en piso y la cama
sin hacer, el tiempo no avanzaba en el cuarto de mi
hermano mayor, siempre estaba todo en el mismo lu-
gar, pero sentí como si estuviese desapareciendo, como
si mi hermano se desvaneciese en el aire.
Ese día, cuando me levantó mi madre para ir al colegio
no pude evitarlo, lo primero que hice fue tomar un ce-
rillo, esconderme bajo la cama y encenderlo, amaba ver

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la chispa que causaba ignición del fósforo hasta que el
fuego tocaba mis dedos, con el humo de combustión,
comenzaba un nuevo año, ahora era más grande, pron-
to no tendría que ocultar más mis cerillos; recogí el
pedacito de cerillo que sobrevivió y lo devolví a la caja
junto con el pedacito del año pasado y los otros ceri-
llos, realmente esperaba ver a mi hermano mayor ese
día; sin embargo cuando lo busque en su habitación,
él ya no estaba, supuse lo vería más tarde.
En mi fiesta de cumpleaños cuando le pregunté a
mamá por él me dijo que ya estaba muy grande para
imaginar cosas, que no me metiese a su habitación
más.
Esa noche dormí en la cama de mi hermano mayor y
sentí en algún momento de la noche su peso acompa-
ñado por la tibia recibida de cómo me abrazaba, me
deseo un feliz cumpleaños antes de darme un beso en
la frente y dormir, mi hermano mayor olía raro, pero
quizá mi hermano mayor no me odiaba.

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Escribo esta carta sentada en tu cama con diez años
y estoy sentada en tu cama a pesar de que me dijiste ayer que
me fuera de aquí cuando me cole porque tuve pesadillas de
nuevo, te extraño ¿por qué no me dejas verte? Es como si solo
pudiésemos estar juntos cuando está muy oscuro o mis ojos
se han cerrado, de cualquier modo, es mejor que no saber de
ti, como el año pasado que ha pasado y se ha ido rápido, te
quiero mucho hermano mayor, espero que este año si puedas
estar cuando sople las velas en mi pastel.
Posdata: Las chicas de mi escuela no me creen que tengo un

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hermano mayor, vuelve por favor

Dejé la nota sobre su cama con uno de mis preciados


cerillitos de cabeza azul y abandoné el cuarto de mi
hermano mayor.
Ese año no prendí un cerillito por mi cumpleaños.
Ese año mi hermano tampoco estuvo cuando partí mi
pastel.
Ese año cuando intenté entrar a la habitación de mi
hermano mayor en la noche, la puerta estaba con el
pestillo puesto.
¿Hice enojar a mi hermano mayor con mi carta?

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Ese día por la mañana vi a
mi hermano mayor fumando en la
azotea, cuando le pregunté a mi mamá por qué las
personas fumaban me explicó que fumar es
malo ¿por qué mi hermano mayor fuma
entonces? ¿Acaso no sabe que es malo
para su salud?
— Mamá dijo que fumar es malo —
— Mamá tiene razón —
— Entonces ¿por qué lo haces? Te vas a enfermar,

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¡O morir! —
— Porque yo soy malo, tu no lo hagas — me miró un
momento — tomaste mis cerillos —
— No, no fui yo —
— Tranquila, no me molesta, préstame uno, sé que
los llevas contigo — extendió su palma hacia mí y le
entregué uno — Estos cerillos son mágicos —
— Ya no soy una niña —
— Escucha, cuando crezcas, si me necesitas,
enciende uno — encendió el cerillo y
acerco su dedo a la flama, lo mire enojada, ese
era mi cerillo de cumpleaños — el fuego de los
cerillos es como una mascota y yo vivo aquí,
pero si lo usas mal — alejo su mano de mi cara
rápido y lo introdujo en su boca — Lastima —
— ¿Por qué me dices eso? —
— Oye, hoy es tu cumpleaños, ve a partir tu
pastel —
— ¿Vendrás? —

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El año que cumplí 12 entre a la secundaria,
recuerdo muy bien tener pesadillas al respecto y tam-
bién recuerdo que volví el estómago la noche anterior
a mi primer día de clases, me fuí a la cama frustrada
y enfada; no quería ir, no me gustaba la escuela, me
enojaba mucho hacer tareas. Esa noche mi hermano
mayor se acostó en mi cama y me dijo que no sea terca,
que obedezca a mamá.
Unos meses después casi como premonición, las chicas
de mi escuela me molestaban, dicen que soy diferente

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de ellas, que no merezco estar ahí (y ojalá no estuviese)
aun así tengo algunos amigos con los que pude hacer
amena mi muy obligatoria estancia educativa.
Mi cumpleaños llegó, recuerdo que en la mañana tomé
mi preciada cajita de fósforos con su cajoncito que se
desliza para entrar y salir, tiré de él, luego, lo regresé
a su lugar como si me quisiese asegurar de que estaba
funcionando, luego deslice la cajita en el bolsillo de
mi uniforme.
Mis amigos me felicitaron por mi cum-
pleaños, pero eso no me importó,
hoy no vi a mi hermano mayor al
despertar, no me felicitó por mi cum-
pleaños ¿Por qué nunca está para mi
cumpleaños? En el descanso de-
cidí meterme al baño para en-
cender un cerillo escondida en
un cubículo; me senté sobre la
letrina ¿por qué existe la escue-
la? Eso pensaba mientras dejaba
el cerillo consumirse en mis de-
dos.

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No sabía que en los baños había detector de incendios.
Nadie nunca supo que activo la alarma.
Ojalá hubiese sido como las chicas en mi escuela.
Yo me pregunté si ser diferente es algo malo o
simplemente no seguir un patrón de acciones te
vuelve un completo fenómeno, un peligro ante la
sociedad.

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Había pasado casi un año desde su partida, se
había ido de casa sin dejar rastro. De vez en cuando
amaba colarme en la habitación de mi hermano mayor
y recorrerla de nuevo una y otra vez, como si fuese un
museo, como si fuese encontrarlo a él de nuevo entre
las sábanas de su cama o las colillas de cigarro en el
piso ¡¿Y si había muerto por fumar tanto?! No sabía
nada sobre él y siempre que intentaba hablar lo con
mamá ella gritaba y lloraba.
En mi cumpleaños número trece, recuerdo esconder
uno de mis cerillos dentro de mi bolsillo, así lo usaría

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para encender las velas de
cumpleaños, quizá eso
lo haría volver, quizá
lo que más deseaba
es que mi hermano
mayor volviese; no
era fuerte
como el, yo
no me sentí
fuerte, nunca
lo fui y creí que
nunca lo sería.
Mi madre no me dejo mantener la flamita
encendida hasta que quemó las yemas de mis dedos,
me arrebató mi preciado cerillo y lo apagó, la magia no
funcionaría, el no volvería como lo prometió porque
ahora mamá arruinó todo. Cuando le dije a mi madre
que deseaba a mi hermano mayor de regreso comenzó
a llorar, no entiendo por qué tiene que ser así.

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La secundaria es muy extraña ¿le doy asco a la gente? Casi
ninguno de mis amigos tiene tiempo que pasar
conmigo, es como si todos tuviesen amistades
muchos más importantes, quizá cuando las
chicas que me molestan por ser diferente tienen razón, debería
ser más como ellas, incluso cuando veo las películas, las
chicas que salen ahí y son diferentes al resto, se parecen más
a las chicas que me molestan que a mí.
Escribo este correo porque encontré tu correo
escrito en un papel en tu cuarto y quiero
saber si por fin podrás venir a mi cumpleaños, vamos,

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todavía tienes una hora, si alcanzas a llegar. Te extraño
mucho, aun enciendo un cerillito al año, el año pasado
mamá lo apagó por mí, pero te juro que no se repetirá,
son en realidad las once de la noche, hoy mi
cumpleaños fue un desastre, nadie llegó, pero yo
solo te esperaba a ti, pero ya no quiero esperarte,
después de mandar este correo, encenderé un cerillito y
te esperaré en tu cuarto hasta las tres de la mañana.
Por favor ven, te lo ruego, te necesito.
Encendí el cerillito, no supe porque lo hice, pero
sin pensarlo el cerillito se dirigió hacia mi pierna,
cuando la llama tocó las yemas de mis
dedos lo apagué contra mi pierna.
Mi hermano mayor no llegó, tampoco
respondió a mi correo.

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Han pasado dos años desde su partida,
desperté una vez más acostada en su cama con algo de
su ropa puesta, pero ahora con quince años, sabía que
en un rato debía ir a la escuela, no era una idea que me
apasionara pero finalmente no tuve opción, supe que
debo ir, es lo que mi hermano me diría, además me
prometí a mí misma que no lo extrañaría más, menos
en mi cumpleaños, mis amigos prometieron el día
anterior que celebraríamos mi cumpleaños, esperaba
que me distrajera de todo este torbellino, mamá no
pasaría por primera vez mi cumpleaños conmigo, dijo

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que tenía una junta muy importante en el
trabajo y que volvería en la noche, prometió
un regalo de cualquier modo.
Esos días, a decir verdad, diario me
sentía triste; me habían dicho que tener
emociones muy fuertes es muy común
entre adolescentes, espero que sea verdad,
no quise creer
que me estaba
volviendo loca
con nada, quizá
solo necesitaba
divertirme.
Creía también después de
terminar la secundaria, haber
conservado algunos amigos de la
secundaria, sin embargo, nadie me habló
más, ni hablemos de aquellos que conocí
en la primaria porque estos quedaron
completamente olvidados, en la prepa
tuve algunos amigos de todos modos, eran
suficientes, supongo, mis amigos sugirieron

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que no entráramos a clase, creo que realmente a nadie
le importaba mucho la escuela así que querían que
fuésemos a mi casa en su lugar, la verdad me asustaba
un poco la idea, nunca había hecho algo así, pero por
otro lado nunca había ingerido alcohol o hecho algo
así de divertido, no mentiré, quise sentirme cool, tenía
mucho tiempo desde que recordaba sentirme feliz, así
que al final, lo hice.
Esa noche bastante ebria, luego de que mis amigos
se fueran de casa, subí y me metí en la
cama de mi hermano mayor, mamá no
llegaría pronto, nunca lo hizo, solo uno
más no hará daño, pensé acariciando los
bordes en mi brazo, ojalá mi hermano
volviese, encendí un cerillo, quizá más
por costumbre que por esperanza, quizá
había algún atisbo de anhelo todavía en aquella
flamita que bailaba al ritmo de música que yo
no era capaz de escuchar, quizá bailaba al
ritmo de la música que tocaba mi hermano.
Deje a la pequeña braza que restaba del
fósforo estrellarse contra mi piel.

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Que extraña fue esa sensación de estar cansada, de no
encajar, de ser tan distinto que si está mal, de inhalar
y que quemen los pulmones ese dolor en el pecho
y la falta de aire, esa sensación de que haber estado
haciéndo mucho daño, a mí y a los demás pero no
puedo parar, no quiero parar, no sé cómo decirle a
nadie ¿cómo es que pude hacer tanto tan rápido?
Cogí la cajita que escondía en la cajonera de mi
hermano tal como la había encontrado, a este punto
pasaba más tiempo en el cuarto de mi hermano que en
el mío, solo uno más pensé. Soy lo que me he hecho
a mí misma, soy las cicatrices en mi piel y nada más.
¿Si te prometo ya no estar triste volverías?

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En realidad sí tenía amigos en la prepa,
estaban ahí, eran buenos, me apoyaban, ese
año hice un nuevo amigo y creí que en unos
meses ya era mi mejor amigo, podría pasar
todo el día con él sin aburrirme, estoy segura,
solía hablar con él largas horas sin aburrirme,
ojalá todos fuesen tan cercanos con alguien;
además, no era mi único amigo, hubo mucha gente

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con la que
pudimos
platicar y llevarnos
bien, era casi como
si fuésemos los populares de los no populares,
definitivamente los malos ratos pasan, nada es
eternamente malo, ya casi no pensaba en mi hermano
mayor, entendí que se ha ido y claro que lo extrañé
porque al final del día fue mi mejor amigo, la persona
más cercana a mí, cuido de mí
incluso cuando no tenía
por qué hacerlo, pero debo
avanzar, mi vida seguía y la
suya también lo hizo, quise creer.
Ese año mi cumpleaños fue diferente, mis amigos
compraron un pastel y lo decoraron para mí, incluso
me cantaron y estuvimos comiendo, en la mañana mi
mamá me mando un desayuno y me beso la frente
para que me fuese a la escuela, fue uno de
esos días en los que parece que por
una vez en la vida todo
va a estar bien, que el

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aire por fin se pondrá en paz.
En la noche, cuando ya estaba por irme a dormir
comenzó a llover, fuerte, había pasado mucho tiempo
desde que no llovía así, las gordas gotas de lluvia
aterrizaron pesadas y el aire azotaba las ventanas justo
como un pensamiento lo hizo en mi cabeza... “¿Y el
cómo está?” pasé tanto tiempo preocupada por lo
mucho que lo extrañé y lo mucho que me hizo falta,
pero, el… de el nadie estaba cuidando, que tal si le
hicieron daño o estuvo solo, con frío o hambre.
Me colé en su habitación como no lo había hecho en
casi un año, todo seguía igual; tomé mi teléfono, es solo
mi cabeza jugándome una mala pasada, pensé; con las
manos temblorosas intenté marcar a mi mejor amigo,
pero nadie contestó, intenté marcar a otra amiga y de
nuevo nadie contestó, afuera la lluvia tomaba fuerza.
Miré mis cerillos, había pasado algo de tiempo sin
pensar en ellos, miré la cajita y tiré de su cajoncito que
se desliza para abrir y cerrar, recordé cuando me dijo
que él vivía en ellos, saqué un cerillo de su cajoncito,
observando lo, analizando lo, sabía que no debería
hacer esto, pero quizá él vivía en el humo luego de que

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el cerillo se extinga, quizá podría
extender la vida del humo pensé
tomando un cigarrillo de la cajetilla
en su buró, era extraño tomar uno de estos, sentía
que le estaba arrebatando algo, pero no me
importó, encendí un fósforo, dejé que
quemase, que ardiese su pequeña flama
bailando con el aire que entraba por la
ventana, luego, con el último respiro de su
fuego encendí el cigarro... dejé el
humo entrar a mis pulmones,
colarse por mi cuerpo, el
humo es mi hermano y lo deje tomar vida de mí, (o
de eso me convencí) como esperando que le diese
fuerza, como mandando un mensaje.
Esa noche dejé que la lluvia me mojase, no debí
haber fumado, sabía que no estaba bien, quería
que la lluvia se llevase el pecado que acabo de
cometer, quería limpiarme.
Tal vez es cierto; lo había ocultado tanto
tiempo, obligándome a mí y al universo que
me rodea para convencerme de que no es así,

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pero dolío mentirme de esta manera.
Estaba sola, siempre lo estuve y tal vez siempre lo estaré,
me sentí mal, triste, cansada y vacía cada vez que me
mentí para estar apacible en soledad, me mentí porque
quise estar bien, pero creí que no podría estar hasta
conocer los brazos que me abrazarían para sanarme,
o los ojos que me distraerían del mundo en el que no
quiero vivir.
Es verdad, estuve sola llorando contra la almohada
húmeda por mi pelo mojado y mis lágrimas, tal
vez escribí esto desesperada y exagerando un poco
mis sentimientos, pero justo ahora solo quiero un
abrazo, escuchar un ritmo cardíaco relajado, que
jueguen con mi pelo aún húmedo de la
ducha o me digan a suspiros
que me quieren, tal vez,
solo tal vez; Necesito
sentirme apreciada por
una vez en la vida.

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Lentamente mis recuerdos se convirtieron
en el testamento de cuanto extrañaba a mi hermano
mayor, me dí cuenta incluso como en las situaciones
más simples terminaba obligándome a pensar qué
sería de mi si mi hermano estuviese ahí, que habría
pensado o que me habría dicho, quizá atinando las
palabras más apropiadas para mi o diciendo me una
verdad que yo no quería escuchar, tenía 17 años y ese
día no pensé en mi hermano mayor, pensé en ti, joven
y torpe como yo, pero tan seguro de ti mismo que me

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convencias de ser una mejor version de nuestra edad,
de nosotros, incluso me convenciste de que eras tan
maduro que podrías haberme enseñado a ser como tú,
tú que te apropiaste de una fecha que no era tuya y
me empujaste a pensar nada más en eso, me robaste
un momento que era mío y de mi hermano; sin
vergüenza, irreverente, torpe, tonto, como cuando te
conocí, terco, eras mi mejor amigo, ya teníamos casi
dos años de conocernos y nada te importó.
Ese cumpleaños la primera cosa que hice al salir de
casa en la mañana fue encender un cigarrillo con mi
cerillo de cumpleaños, ni siquiera esperé a que la llama
tocase mis dedos cuando lo arroje contra el pavimento
y lo pise, esta ceremonia se estaba convirtiendo en
una pesada tradición que no estaba segura si quería
arrastrar un año más.

En ese punto ni siquiera estaba segura de por qué me


molesté en llegar hasta la escuela si igual no íbamos a
entrar.

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Pero
es que
esa noche era mía,
de mi dolor, mi luto, el cumpleaños era mío y aun
que ese no era mi automovil, tampoco te pertenecio;
tampoco debíamos estar solos en la parte de atrás, no
era nuestro momento, y aun así me besaste, lo hiciste
como si mis labios te pertenecieran, me besaste como
si yo te hubiese rogado que lo hicieses y lo peor es que
estaba tan ebria que me gustó y tu estabas tan ebrio

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que cuando percibí como tu boca estaba impregnada
con el olor del alcohol barato que haíamos consumido,
me enoje porque probablemente solo lo hiciste porque
estabas ebrio.
Era extraño como el recuerdo siguió repitiendose en
mi cabeza, una y otra vez como en cámara lenta y luego
rápida un momento todo es oscuridad, miró el asiento
del conductor y al siguiente humedad en mis labios
no estaba segura de cómo pasó, solo supe que, sin que
entendiera exactamente qué pasaba, alguien sujetaba
mi cuello para asegurarse de que no me movería y
luego insistía en alargar el viaje para seguir besándome.
—Ya puedes parar. — dijiste la mañana siguiente a mi
cumpleaños
—¿Parar qué? No sé de qué hablas—
—Ya se fueron, puedes parar, deja de fingir que estás
bien— tan altanero como siempre, egoísta, ególatra,
seguro de lo que decías, de conocerme mejor que
nadie, como te atreves a proclamarte como si fueses
lo mejor que me ha pasado, como si no supieses lo
que hiciste, culpándome a mí de un crimen que tu
cometiste.

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—Espera ¿No tienes ganas de hablar? — miles de frases
atravesaron mi cabeza, cientos acariciaron mis cuerdas
vocales, decenas escaparon en el aire que salió de mi
antes de que un único “no” hiciera eco entre los dos.
—Estás siendo demasiado inmadura y exagerada, pero
como quieras.— dijiste — Quizá sea un buen momento
para pensar por que las personas terminan alejandose
de tí, huyendo, quizá despúes de todo si sabemos por
que tu hermano mayor se fue, es posible que tu seas el
problema, algunas veces te molestas sin sentido y todos
terminan alejándose de ti, no hablo solo de mí, lo
digo en general.— vaciaste tus palabras sobre mi como
un balde de agua fría, atravesando me con los ojos,
consciente de cada palabra que escupiste, tu ego era
tan grande porque tenías la razón, me conocías mejor
que nadie y sabías herirme mucho mejor que nadie.
—Sobreviví un antes de este modo, antes de conocerte
y puedo sobrevivir de nuevo— fue lo único que pude
pronunciar, sin pensarlo dos veces, sin contenerlo
dentro de mí, sin darle la oportunidad de rebotar una
sola vez en mi cabeza; fue lo único que mi aliento se
atrevió a decir antes de que mis pies me arrastraran

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casi en contra de mi voluntad lejos de ti, quizá después
de todo, la ególatra soy yo.
Una camiseta de manga larga y mis boxers eran todo lo
que me cubría mientras miraba mi desastre sentada a
la orilla de la cama con un poco de sangre en los dedos
y los pies descalzos, “¿Que he hecho?” Es la única
pregunta que rondaba por mi cabeza haciendo rebotes
infinitamente.
Se sintío bien, pero siempre dolió tanto que lo hiciera,
ojalá pudiese hacerlo solo un poco más sin remordi-
miento, pero a estas alturas sé que es imposible, ni si-
quiera mis ojos hinchados o las lágrimas que ensucian
mi rostro podía hacerme entender todo el daño que
me hice esa noche.
Me dejaste con las ganas de decirte tantas cosas.

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¿Cuántas veces han pensado en los pliegues de
sus labios? Yo la verdad, nunca lo había hecho, hasta
que los descubrí, recuerdo que estaba mirándome al
espejo fijamente, tocando mi cara, haciendo muecas,
estirando mi piel, analizando cada mínimo detalle
en mi cara, como si no la conociera, ese día no me
sentía yo en mi piel, por mas que me viese era como
si mi cara no fuera mía. Toque y mallugue tanto mi
cara que mis labios secos al estirarlos regresaron a su
lugar pero ahora tenían nuevos pliegues, como arrugas

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que estoy segura que no estaban ahí; estire mis labios
lo mas que pude y aparecieron nuevas, me chupe los
labios, como retandolos, mis labios volvieron a su
forma original casi instantáneamente frente a mis ojos,
pero por alguna razón eso me enojó y volví a estirarlos
insaciablemente hasta que mi labio inferior se rompió
y comenzó a sangrar, necesitaba parar.
Parar, parar era mi palabra favorita al cumplir dieciocho
años, no se si quería parar de crecer, parar el mundo o
parar de pensar, quizá lo que quería era parar de parar
las cosas, pero es que esos días todo era demasiado;
el día que cumplí dieciocho años me
gustaría que fuese comparable con los
años anteriores, pero por primera vez mi
vida paró, cuando cumplí dieciocho
años, era un domingo, mamá estaba
de viaje, había dejado antes de irse
un sobre con dinero y una tarjeta de
cumpleaños. Ya no tenía amigos,
parece que cuando te fuiste tú
todos se fueron contigo, sin
embargo, cuando me mandaste

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mensaje en la mañana admito que se me aceleró el
corazón, no soy siquiera un susurro en tu mente y
tu eres gritos en la mía, ni siquiera puedo
decirte que pasó cuando tocaste mi puerta.
Mi sensación favorita era cuando me arrancabas
los labios con besos por qué yo sentí que te
pertenecían.
Tal vez fueron minutos, horas o segundos,
nunca supe en qué momento terminé
encontrando pliegues en tus labios,
recelosamente me prengunté si
también tú pensabas en ellos.
Esa noche encendí un cerillo sin
tener idea de la hora y tu observasté
conmigo a la flama bailar, no dijiste
nada al respecto, solo me dejaste
terminar mi ritual con un acuerdo
mutuo silencioso.
Deseé que el tiempo nunca avanzara, deseé
todos los días fuesen como ese.

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Diecinueve, casi no podía decir el número sin
enredarme d i e c i n u e v e, el discurso rencoroso de
cómo el tiempo vuela después de los quince años no
falló aunque lo juzgué tantas veces. Habían pasado casi
siete años desde la partida de mi hermano mayor, creí
que definitivamente el aire lo evaporó o se volvió humo
como me dijo, quizá era nostalgia lo que se asentó en
mis caderas ese día cuando pesadamente empujé mi
cuerpo hasta su cuarto, no recuerdaba la última vez
que estuve ahí, habían pasado quizá un par de años; es

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extraño por que si que recuerdo no poder salir de ahí
en días durante algún momento del pasado.
Entré torpemente tropezando con la ropa que seguía
en el piso, todo siguía igual, la ventana abierta quince
centímetros, los cigarros en la mesa de noche, la
sudadera azul en la pared y la ropa regada en el piso;
contar todos los detalles de esa habitación sería una
tarea de semanas. Respiré un poco de auto lastima
solo pensando en el tiempo y las lágrimas que hube
gastado ahí ¿a dónde es que mi hermano se había ido?
Realmente me gustaba creer que no
se fue, que el siguía ahí.
Me escabullí debajo de su cama
una vez más, en ese espacio
que quedaba entre la
pared y su cama,
deslizandome
en medio
de un par
de jeans y
zapatos;
encendí

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un fósforo, el fósforo número doce de mi preciada
cajita, lo acerqué a la base de madera y leí una vez más
las palabras que probablemente escribió en alguna
madrugada, repasé las letras con mis dedos, algunas
estaban talladas, otras escritas con algún marcador,
quise sentir lo que él sintió escribiendo eso.
Tomé una foto de mi frase favorita
justo antes de que el cerillo se
rindiese para morir apagado
entre las yemas de mis dedos
You are hurt, not bad se leía en la
foto que tomó mi celular, dieciseis letras talladas en la
madera, cinco palabras, parecía una frase tan sencilla
pero me hizo pensar muchas noches en lo que esaba
pasando cuando la grabó permanentemente a su
cama; me gustaría tener una traducción exacta de eso,
pero, Estás herido, no eres malo es lo mejor que puedo
hacer. Miré la foto varios minutos como si quisiese
adivinar qué es lo que debía hacer despúes con ella,
probablemente lo más sano sería haberla borrado irme
de ahí... En su lugar, la puse en un correo electrónico
que luego enviaría, Hoy es mi cumpleaños 19 escribí en

50
el asunto, Ven a comer pastel la descripción y lo envié a
esa dirección de correo electrónico que me obligué a
memorizar años atrás incluso aunque nunca respondió
uno solo de mis correos, me pregunto si al menos los
leería.
Nunca supe cuánto tiempo pasé ahí debajo, en la misma
posición. Me quedé quieta, en silencio, respirando el
polvo y la nostalgia, dejé que mi cuerpo se fundiese
entre los cigarrillos y calcetines que habían ahí hasta
que llegaste tu y me sacaste por la fuerza, jalaste de
mis tobillos y me obligaste a darte un abrazo ¿Estuve
llorando todo ese tiempo?
Sentir tus dedos desenredando mi pelo siempre me
dio calma “Estoy triste” dije “Tonta, tú siempre estás
triste” respondiste besando mi frente.
Las lágrimas aun salían a borbotones de mis ojos, yo
no entendía por qué me castigaría mi hermano mayor
con el peor castigo de todos, El abandono.

51
52
De vez en cuando aún colecciono cosas que me
recuerdan a él, tal vez para asegurarme de que nunca
abandonará mi memoria y sea un espacio que le guste,
o tal vez solo lo hago para aferrarme a su recuerdo
recelosamente ya que no pude aferrarme yo a él.
Cuando cumplí 20 años mi cabeza y mi cuerpo
estaban un poco por todas partes, había llegado a una
conclusión: odiaba a mi hermano mayor, ¿por qué?
Pues ¿por qué no? ¿Qué hizo bien para merecer que lo
extrañe tanto? ¿Qué hizo para merecer que yo esté como
estúpida las tres de la mañana mirando al techo con su

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recuerdo grabado en mi cabeza como si fuese lo mejor
que me había pasado en la vida? Esa noche encendí un
cerillo mirando mi bandeja de correos electrónicos,
tantos correos enviados, ninguno tuvo
respuesta ¿soy mala? El cerillo
quemó las yemas de mis dedos y
lo dejé estrellarse contra la alfombra quemando apenas
unas fibras de esta y muriendo en el proceso, encendí
otro fósforo, esta tradición comenzó a parecerme tan
estúpida... los fosforos ni siquiera tienen un valor
económico serio por bastoncito y permití por muchos
años que reinasen mi vida. Creí en ese momento de
desasociego que la única forma en que
dejaría de darles ese poder era acabar con
la tradición de raíz. Encendí
un cigarrillo con
el nuevo
fósforo y lo
apagué al mismo tiempo
que soltaba el humo de mi cigarro
¿porqué solo regresaba a mi en destellos?
Pareció cierto que solo regresó a mi como humo, hasta

54
ese momento
lo único que
me hizo, fue daño,
como el humo;
hace presencia,
pero nunca suficiente
para consolarme solo aparecía para
asfixiarme y luego perderse en el
aire, como si quisiese torturarme.
—vete— susurré pensando en voz alta.
—vete— mis manos temblaban, no se
si suplicando cariño o de ansiedad —
veteveteveteveveteVETE— nunca aprendí
a encontrar paz, la paz es estar silencio
en medio de una tormenta, sin embargo, a
esa fecha ya lloré ocho años, no había
tormenta que aplastará esa angustia
—¡Vete!— grité, exigí, pero seguía ahí, mi hermano
mayor estaba en el humo, en el aire de esa
habitación, en los recuerdos de mi cabeza, encendí
otro fósforo solo para lanzarlo inmediatamente al
aire. Estaba en los fósforos que encendí tercamente

55
año tras año, en mis inseguridades, en la ausencia,
me cuestiné tantas cosas: ¿por qué no se podía ir de
verdad? ¿Por qué tenía que volver a torturarme todo
el tiempo? No fue más que un kamikaze perdido
en la guerra ¿por qué siguió apareciendo entonces?
—¿¡Porqué!?— ¿por qué sigo echándole la culpa de un
daño que me estoy haciendo sola? ¿por qué lo
culpo de envenenarme mientras sigo bebiendo
de la copa?
¿Qué tengo que hacer para dejarlo ir? ¿por qué
sigo buscando respuestas que igual no quiero
escuchar? Quería poder asegurar que iba a estar
mejor, que ya nada me haría daño después de
eso, encendí otro cerillo, pero… nada fue sido
seguro en mi vida hasta ese momento.
Me hubiese gustado tanto entender el mundo
como mi hermano mayor lo hacía solo para saber si
encontrarlo así había sido más fácil.
—Por favor vete— sollocé cansada encendiendo otro
cerillo que murió en la alfombra.

56
Hay muchas cosas que muchas veces me quedé
sin decir, hay palabras que nunca llegaron a salir de
mis labios y mensajes que nunca llegaron a ser
leídos.
Por qué cuando cumplí veintiuno sentí que yo ya
grité y nadie me escuchó.
Pero no era un mártir idealizado, ni una víctima que
merezca pena o admiración alguna, respirar cuando el
aire era venenoso fue algo que tuve que aprender a
hacer sola, como todo, lo resolví sola, y eso está muy

57
bien, por qué se resolvió, pero admito, que sé que
fui cabrona con suerte, no todos han tenido mi
suerte en sus vidas, sé que no todos lo han podido
resolver solos y por eso espero que nadie nunca jamás
tenga que volver a resolverlo solo.
He perdido la cuenta infinita e interminable de
cartas que escribí a mi familia o amigos tratando
de pedir ayuda en el momento que la necesitaba,
sin embargo, mi cabeza me aseguro un millón de
veces que a nadie le importaba y de hecho, molestaba a
todos. Muy tarde aprendí que lo mismo que me hacía
querer morir me decía que a todos les aburría o no les
interesaba lo que hiciese al respecto.
Sin embargo, las razones siempre se quedan
pendientes, las razones para abandonar a alguien,
las razones para traicionar, para romper una
promesa, las razones para ignorar cómo se siente
la otra persona: pensaba que no es que no sientan
empatía alguna, más bien, su pena es mucho más
grande que aquella que ven en otros y por eso no
pueden detenerse a pensar en cómo se sienten los
otros, quizá están tan heridos que no pueden dejar

58
de ver su propia llaga... Sí, me gustó pensar
que no lo hacen por pura crueldad.
Me dí cuenta que había pasado toda mi vida
como un fantasma, flotando, sin respuestas,
con muchos sentimientos, pero sin sentir ninguno,
llorando de despecho sin entender el despecho,
gritando de angustia, rogando por amor pero sin
saber qué es lo que tanto buscaba, sin entender
cómo salir adelante, fuí una ausencia por encima
de una presencia, la ausencia de lo que pude ser
destruyeó la presencia de quién era y no porque lo
decidí yo, si no, porque lo dicen ellos. Todos los
que me miranron con pena, la niña que perdió
y nunca encontró, la niña que siempre estuvo sola, la
niña abandonada, la que renunció a todo lo que pudo
tener para buscar algo que probablemente nunca le
perteneció.

59
60
Hubieron
muchas cosas
que odié; las
cajas fueron
una, sobre todo
las que estan
hechas de ese clásico
y feo color cartón,
como marrón pero
claro, marrón al que no le han

61
puesto suficiente tinta, marrón como del color que
me imagino un árbol flaco y
enfermo, palideado luego
de no fumar bien, y sin
embargo el color cartón,
era aquel predominante
entre todos los colores
que mis pupilas tuvieron
el placer de presenciar las
últimas semanas antes de mi
cumpleaños número veintidos.
Y bueno ¿quién no ha odiado las cajas? Son los prismas
rectangulares más tontos acarreadores de malas noticias
que hay, mudanzas, despidos, una carga que inventariar
en la bodega, nido de ratones, arañas, polillas y otras
alimañas, lo único bueno que alguna vez saldrá de una
caja es un gatito; ni me mencionen sus
pedidos por internet porque,
primero que nada: casi siempre
llegan en bolsas, sobres o cajas
serigrafiadas y segundo, cuando
pides un paquete y aparece el

62
cartero en tu puerta con una caja apática de cartón sin
serigrafias, de inmediato te invade el pánico, “ya me
estafaron”… Odio las cajas de cartón.
Encerré mi vida en cubitos de papel duro, como si
uno pudiese agarrar lo que siente y ponerlo en esos
odiosos armables de pulpa que antes fue propiedad
de algún pobre árbol condenado; ni si quiera son
buenas para el medio ambiente. Recogí y acomodé mis
pertenencias en cajas que les quedaban chicas, trataba
de sellarlas con cinta y la esperanza de que sellaba
también un ciclo... Tonterías, uno no puede acarrear
cosas mientras intenta alejarse del pasado, pasado al
que tercamente aun me aferro “¿no te das
cuenta de que te estás haciendo daño”
dijo mi madre como tres semanas
antes “sí,
me doy
cuenta, es
masoquismo
voluntario”
le resondí
como si fuese

63
64
65
muy gracioso que me comporte como una imbécil
criticona mientras mantenía una mini cajita de cartón
en los bolsillos, hipócrita, ese día me quejé tanto
de las pobre cajas y llevaba catorce años sin poder
deshacerme de una, llorándole miles
de noches y abrazándole en
busca de consuelo, las
cajas no tuvieron la culpa
de tus traumas,
desquiciada
inconsciente,
imagína que en
secreto estén
vivas y cuando
escucharon
mis quejas
decidieron armar
una revolución.
Pero es que mirar alrededor de las cuatro
paredes donde viví veintidos años, tapizadas por el
cartón de las cajas que estaba guardando una vida; me
hizo sentir como si yo misma estuvierse dentro de una

66
caja, como los gatos, buscando confort en cualquier
rinconcito que me diese calor, rogába a las paredes de
cartón que guardasen bien mis secretos.
Me atreví a ver desde lejos esa puerta que ya no
quiero abrir más, no, me despedí de esa habitación,
cuando deje la casa de mi madre la semana siguiente,
esquivé ese pasillo exitosamente por 6 meses, me
obligué a tomar mis baños en el baño feo
de la primera planta, todo por sujetar
de la manera más débil posible mi
voluntad para partir, no podía
esperar ahí toda la vida como
una niña que se esconde detrás
de la pared en navidad para
ver a santa, la decepción ya
me la llevé a temprana edad
cuando me quede dormida
en noche buena y desperté
muy tarde para saludarle,
maldito viejo quisquilloso
“no me gustan las galletas
que huelen a clavo” decía aquella

67
nota…
Las cajas tuvieron entonces más control sobre mi
vida del que yo alguna vez hube si quiera anhelado
en mi imaginación, desde la caja del cereal o la de las
compresas, hasta mi cajetilla de cigarros y los tontos
fósforos de mi hermano.
Absurdo, soy absurda, pensé
aquel día mientras apilaba las
cajas desarmadas para formar
una casita, habría estado
magnifico que alguien
apareciese en la puerta
de la habitación y me
hubiese viera ahí, sentada
dentro de mi casita de cartón
con las rodillas contra el
pecho en mi cumpleaños
contemplando la
idea de encender
un cerillo más… Solo
por la tradición ¿no? A nadie
le hace daño establecer costumbres que

68
cimentan cualquier tipo de estabilidad emocional;
algo así me dijo el terapeuta; Pero mientras parloteaba
en mi cabeza decidiendo si ordenar comida china o
encender un fósforo, mi casita de cartón se derrumbó.
Yo no pertenezco ahí.
Yo no pertenezco a ningún lado siendo realistas,
Acababa de rentar el departamento amueblado que
habito ahora, ubicado en el centro de la ciudad y
por un costo exorbitante que probablemente me ha
oblidado a decidir entre pagar la renta
o comer , entonces lo hice solo para
sentir que algo me pertenecía a
mí, que fue mi desición y aun
así mi mente caviló si yo
pertenecía en él.
Ese año ni siquiera
quería llorar, aborrecí
la idea de necesitar
un pañuelo de la caja
de pañuelos puesta a
un metro de mí.
Aún con las ruinas

69
de mi casita de cartón encima marqué el número
de la comida china, necesitaba comer antes de
que la disyuntiva comida/renta se hiciese
vigente.
Lo único vigente en esa fecha realmente
fue que parece que siempre paso mis
cumpleaños sola, mamá estaba fuera
de la ciudad como ya se le había hecho
costumbre y yo me quedé sola arreglando mi
habitación, empacando; mamá dijo que volvería en
siete días más... Parecía mucho, una semana parecía
menos, a veces, no me gustan las divisiones del
tiempo, decir que cumplí veintidós años suena a
mucho menos que pensar en que son dos décadas,
las décadas debería ser unicamente para esos videos
recopilatorios de cualquier tipo de historia.
En mi cabeza surgieron y se amontonaron un
montón de ideas sobre qué es lo que debería hacer
a continuación, DEBERÍA seguir empacando,
pero me dolía la cabeza, los músculos y los
dedos de solo pensar en empacar un triste
alfiler más, la idea de preparar té surgió

70
suavemente primero en mi
nariz y luego en mi paladar,
me levanté dispuesta
preparar alguno, por fin
permitiéndome retirar
los escombros de la casita
cartónica que aún se posaban
sobre mis hombros, el té de pronto
se volvió una urgencia con signo de
admiración, hasta que abrí la alacena y la cajita con los
sobres de té me miro de regreso, triunfante, con una
sonrisa de sorna yendo de arista a arista.
Estaba realmente afligida ¿qué haría si las cajas me
vencían de nuevo? Sentada en el piso con las piernas
extendidas me saqué el móvil del bolsillo, las cajas
seguro que no podrían arruinar el internet, claro, hasta
que tuve la caja de mensajes saturada o la chica del
video te pidió que no olvide “escribir tu opinión en la
cajita de comentarios sobre el articulo cuyo enlace está
en la cajita de descripción”.
Recuerdo darme cuenta de que las cajas estan en
todas partes, me invadieron, ganaban la guerra

71
silenciosamente y el mundo no abrió los ojos,
necesitamba hacer algo, quizá si empezaba a remplazar
la idea de cajas por cubetas, cestas o sobres recuperaría
terreno antes de que se den cuenta, seguro que
podría seguir empacando en costales para moverme
lentamente, nadie tenía por qué saber
qué es lo que estaba haciendo, era la
conspiración perfecta, incluso
fue maravilloso echarle un
vistazo a la señora mofeta
del primer piso en el
edificio departamental
cuando llegó el camión de
mudanza repleto de sacos,
acarreando sacos de un
lado para otro, fuí mejor
que papá Noel; el sería mi
imagen publicitaria para
atraer a los niños “Santa
no carga los regalos en
una cajota de regalos por
algo, sus regalos vienen

72
en cajas porque son
inferiores al saco
de San Nicolas, has
justicia por mano
propia, exige a tus
papás que ahora te
entreguen los regalos
en sacos y bolsas.”
Con los adultos por
otro lado, sería más
complicado, algo
pude inventar, quizá
si decía que la pasta
de dientes sería más
barata si el dentífrico
no viniera en una caja y que las cajas de los zapatos
podrían ser sencillamente remplazadas por una
mochililla reutilizable... ¡Sí! Eso era, las zapatillas
deportivas ya no tendrían que vender maletas por
separado, compras tus zapatillas y te las entregan
de inmediato con su mochila de estas con
cuerdas, más barato y más fácil de

73
cargar, todos saldrían triunfantes del mercado con sus
bolsillas y sacos, las puntas filosas de las cajas ya no
rasgarían las bolsas. Estaba segura de que con el tiempo,
invadiría otros mercados, tés en frascos de vidrio que
puedes comprar una vez y rellenar o comprar muchos
frascos que luego podrías usar como taza para beber
el té, las películas ahora vendrán en sobres o algún
tipo de carpeta con solapa, “ahorra espacio y dinero,
derroca el imperio de las cajas” nadie necesitaba de
las cajas c l a r a m e n t e, era todo una mentira de
las grandes mentes que nos controlan, somos parte
de una corporación enorme y los gatitos
en realidad son espías programados
para hacernos creer que las cajas
son adorables.
— ¡JAJA, eureka! He desbloqueado
el mayor secreto del capitalismo—
reí frenética segura de que
acababa de darle en la madre a
todas las grandes corporaciones
y que a continuación derrocaría
imperios.

74
“¡Claro
siempre
estuvo frente
a mis ojos y no lo
podía ver!” pensé. Las
antiguas civilizaciones trataron
de decírlo todo el tiempo, ¿porque es
nada más en la contemporaneidad que nos
aferramos a vivir en casas cuadradas con forma de caja?
Pirámides, bóvedas, iglúes, torres redondas, conos
y cabañas con forma de prisma triangular, desde los
vikingos hasta los sumerios. “¿Qué debía hacer ahora
con esta información?” Por que claro que me creó un
gran sentido de responsabilidad. “¡Todos necesitan

75
saber!” argumenté en mi mente
Me levanté como resorte del piso en el que yacía
hace ya un rato y puse mi plan en marcha, necesitaba
llamar a mamá, “madre, no traigas la caja de
rosquillas azucaradas que te pedí, en su lugar pídeles
que las pongan en una bolsa de papel” sonreí como
tonta alimaginar su reacción su reacción, pense que
obviamente primero se negaría al cambio (obviamente)
y rechazará mi innovativa con evasivas (por favor), con
el tiempo creí que la convencería y entendería, sentí
que lo haría.
En sus caras, formas del demonio, ya no pueden vencerme.
Exclamé quizá demasiado orgullosa de mi episodio
Necesitaba decirle a todos, periódicos, las revistas,
noticieros de todo el mundo, la radio, el cine, consideré
que me conocerían en todo el mundo y sería aclamada
como la gran mujer que redacto el brillante Manifiesto
Contracaja. Es más empecé en ese mismo intante;
subí las escaleras corriendo y encendí el portátil, pero
antes que nada, un poco de inspiración, siempre me
arrepentiré de haberle dado reproducción aleatoria
a mi música “Heart shaped box” de Nirvana escapó

76
tan sarcástica, rápida y
ruidosamente como
pudo de mi bocina,
burlándose de mí, de
lo patética que estaba
siendo. Quité la
música, estaba bien
aun así, podría
hacerlo sin ruido,
me concentraría
más, la inspiración
ya estaba en mí,
solo necesitaba
un archivo
de texto en
la portátil y
todo estaría
bien, me aseguré,
una hoja blanca tamaño se desplego frente a mi y
entonces la realidad me golpeó de nuevo: ¿cómo se
redacta un manifiesto?.. Bueno, empezaría con algo
que si se hacer, escoger la tipografía apropiada ¡toda la

77
seriedad del movimiento podría verse afectada
por algo así de simple! (estaba segura de que era
muy serio). Debía de ser prudente, sería,
pero moderno, innovador sin perderse
en vulgaridades, no podría redactar el
documento que cambiará al mundo en comic
sans, me dije a mi misma.
Con las manos sobre el teclado y la vista clavada en
el monitor me di cuenta (por fin) de que en realidad
había perdido la cabeza, ni si quiera tenía un grupo
de seguidores que avalen mi teoría (por que
claro que ese era el problema), necesitaría
encontrar gente que quiera ayudar a fundar
el movimiento, estuve haciendo todo un
lío por unos fósforos patéticos, pensé
al fin, solo es una punta de fósforo
colocada al borde de un bastoncillo hecho con madera
dispuesto horizontalmente junto a sus colegas en aquel
confinado cajoncito de cartón que se desliza para
entrar y salir de su verdugo, la cajita con cuatro
caras de las cuales dos sirven para acabar con la vida
de un cerillito.

78
Puse mi propio verdugo inanimado sobre la palma
de mi mano analizándolo, esperando, quizá aun
había algún ángulo que todavía no había analizado a
profundidad, la odiaba tanto como la amaba, a veces
solo quería extirpar le uno de sus fósforos y usarlo para
acabar con ella de una vez por todas, sin embargo,
cada vez que le tomaba, con las manos temblorosas y
todo el oxígeno del cosmos en mi esófago las lágrimas
que no había llorado aún me daban bofetadas desde
adentro, no podría hacerlo, pasaría otros catorce años
odiándome por haberlo hecho.
— No puedo creer que enserio voy a hacer esto—
susurré con el pulgar y el dedo anular apoyados en las
lijas de la cajita le despoje de sus entrañas arrancando
una vez más el cajoncito que tan plácidamente se
acomodaba en su interior, adentro del cajoncito,
ordenados, acostados impacientes por provocar caos,
los cerillitos me miraban expectantes por mi próximo
movimiento, ambos sabíamos que debía ocurrir ahora,
ambos le habíamos esperado por muchísimo tiempo.
Hurté un bastoncillo ignitivo más del cajoncito. Con
el alma colgando de un hilo, como si fuese la primera

79
vez, como si tuviese ocho y estuviese escondida en el
closet, nerviosa, ansiosa, preocupada de ser atrapada
en la peor travesura de mi vida, la mandíbula tensa
sin dame cuenta, los dedos fríos, las palmas sudando,
las plantas de mis pies hormigueando esforzándose al
límite con mis rodillas temblorosas para mantenerme
de pie en lo que me decidía a dejar de pensar en mi
boca seca para encender el maldito cerillo de una vez
por todas.
—Bastardo, ni que fuese el velatorio de mi madre—
proclamé con la voz más débil jamás utilizada, acerque
el cerillo al papel lija al lado de la cajita… Ya había
llegado hasta aquí, tenía que hacerlo, era lo obvio, lo
que debía pasar; no es un apocalipsis tranquilízate por
la santa madre.
Tras una respiración profunda deslice con fuerza el tan
problemático utensilio y se partió por la mitad.
Encabronada junté los dos trozos y los avente al
cenicero, todo este drama para nada… A mí nadie me
deja así, con un encendedor encendí el cadáver del
cerillito; gané, pensé sonriendo con autosuficiencia

80
mientras le observaba arder, mientras la llamita bailaba
quemando un poco de la ceniza ahí presente.
Escuché sonar las campanillas del timbre.
¡La comida china! Claro, que mejor que celebrar esa
victoria con un festín, corrí escalera abajo descalza
tropezándome con todo en mi camino, de pronto
tenía muchísima hambre.
—¡Voy! — Grite irritada al insistente llamado de la
puerta mientras pateaba algunas cajas perdedoras en
busca de mi monedero.
Tratando de contener mi jubilo, abrí la puerta del
recibidor más feliz y motivada de lo que había
estado en mucho tiempo ¡Qué gran día
para librarse de los traumas del
pasado!

La comida china venía


en una cajita.

81
82
Yo tampoco me soporto, estoy cansada de convivir
conmigo misma, sin embargo, estoy cansada de llenar esa
necesidad rebuscando cariño en alguien más, solo soy un ser
fastidiado, no estoy ahogándome en alcohol sola perdida por
algún bar 7 tragos después de que vomité por primera vez en
el baño a consecuencia de que estoy satisfecha con mi vida,
claro que la celebración de mi cumpleaños es la mejor excusa
que existe para no estar consiente aunque sea un rato.
¿Sabes? A veces todavía me duermo pensando en cómo te

83
cuidaría si de pronto aparecieras en mi puerta de regreso,
si un día llegarás borracho de la nada. Todavía reviso el
refrigerador buscando chiles para bajar te la borrachera y
mi closet buscando una camiseta que te quede por si llegas
manchado, aún me aseguro de conservar un sofacama para
que puedas dormir y café para prepararte en la mañana. Y
no te odio por eso, lo que me sorprende más después de tantas
noches llorando por ti es que aún no te odio, me odio a mí
por seguirte esperando. Estoy cansada, cansada de esperar,
de esperar te a ti, a mi hermano, un futuro feliz, una calma,
cansada de los “que tal sí” cansada de imaginar y no ser, ya
ni siquiera me siento humana.
Yo sé que hablo demasiado de ti, pero te extraño y me está
matando saber que ya no tendremos cosas de las cuales
hablar, no soy quien quería ser para ti.
A veces yo desearía poder hacer algo por mí misma, algo, no
sé, como tomar una píldora o ir a una terapia que me alivie
el dolor que dejaste insertado en mi como una daga que aún
no puedo remover de mi pecho, pero después de todos estos
años, después de el anhelo, las citas al psicólogo, el círculo de
ayuda, los antidepresivos, las borracheras y los ligues, empiezo

84
a creer que probablemente nunca podré deshacerme de esto.

Salud por eso.

PD. ¿Cómo me voy a ir yo si en este problema YO soy la


puerta de salida?

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86
87
Nada

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M a m á
siempre dijo que el
odio no produce nada
bueno, solo bilis, o ulceras.
No me gusta odiar, ni la tediosa
pesadez de caer de nuevo
pensando en aquello que
pretendo dejar de odiar,
respirar pegajosamente

89
alejando de mi nubosa mente el odio de la causa es un
ejercicio supremo de control mental.
A veces me permito sumergir los pies en agua caliente
con sal, mamá siempre dijo que servía
para deshincharse pero a mí me gustó
la timidez confortante que me invitó
a ver mis memorias con ojos menos
arbitrarios; como la memoria feliz
en ese verano tibio lanzándonos
globos de colores con agua en el
patio de la casa de mi madre, corriendo
sobre el cesped, feliz como si el mundo o
las preocupaciones no exitiesen, como si el mundo
no doliese, la ropa empapada y pegada al cuerpo
peleando con el sol por secarse y las risas retumbando
en todos los timpanos
que se acercasen a esa
escena casi recortada
de una pelicula. O mi
hermano llevándome
a juntar sapos al
otro lado de la

90
ciudad, cazandolos en frascos cerca del estanque,
desenterrando troncos y enjuagando piedras bonitas
sobre el rio, juntando en mi bolsa un monton de
naturaleza robada que luego mi hermano ofrecería a
mamá regresar a devolver solo para tener una excusa
y conducir su auto nuevo, bueno, nuevo para él, era
un carro usado y sabía que caería pronto a pedazos;
incluso ese presente aterciopelado que me sonríó
cuando levanté la frente de la negatividad en que me
gusta sumergirla; como esa persona con voz suave en
el café que consiguió sacarme plática sin hacerlo raro
o el intermitente hormigueo en los pies entumidos
luego de recorrer la ciudad repartiendo solicitudes
y curriculums fotocopiados consiguiendo empleo,
tentadoramente vacilando en caminar un poco de más
rebuscando la excusa para sumergir los pies en agua
caliente con sal cuando la noche caiga…
O prender la estufa solo esa noche, para calentar el
agua con sal, en mi cumpleaños, con los fósforos más
problemáticos del mundo.

91
Me acuerdo cuando creí que
sentir las manos
zumbando
después de beber
demasiado era como
evolucionar, como adquirir el
superpoder de que ahora nada me
importaba... en la adolescencia,
ahora y quizá en el futuro, serán
de las mejores sensaciones que
recuerda mi cuerpo, no es que glorifique el

92
alcoholismo, de hecho, me irrita que una memoria
tan dulce o calmante esté ligada a la dependencia de
alcohol que exprimenté, pero aun recuerdo con cariño
a la preconciencia que adquirí cuando iba a tomar.
de saber que en unos minutos, nada me importaría,
quizá en unas horas, como una pausa, una adictiva
y lamentable, pero una pausa... Bueno, tampoco es
como que planease vivir muchos años,
siempre me oxidé en el pensamiento
de que acabaría en una muerte joven,
nunca pensé la razón realmente,
simplemente me gustó asumir eso
para no tragedizar la vida después de
los 25, como una tarea menos de la
cual no me encargaría yo, sin pensar
en la supuesta victoria de la carrera
laboral y la indirecta mirada de lado
con la que juzgaba una vida de adulto,
pensar en hijos, parejas, viajes y propiedades.
Los años anteriores, parecen escritos
como tragedía, exageración caprichosa,
demasiado, sin duda, entre el corazón roto

93
de una turbulento amor adolescente y la desaparición
incógnita de mi hermano mayor, adquirí carácter de
signo de interrogación, no estoy segura de la
persona que soy por separado de estas dos
situaciones, no sé por qué di cada paso
que di, no sé cuántas de mis decisiones
fueron tomadas desde el rencor y tampoco
sé que es lo que quiero hacer ahora, como si
cada paso consiente que dí desde los 26 años
estuvo dado sobre una cuerda floja que me consta
es imaginaria, consiente de que en caso de tropezar
solo caería en un colchón colocado estratégicamente
apenas a unos centímetros de mis pies, aun que al
mismo tiempo insistentemente me permití aferrarme
a la idea de que flotaba por encima del edificio más
alto en mi ciudad buscando en intentando aferrarme
a una vida lo más tranquila posible ahora, paz incluso
si requiriese encontrar esa paz en absoluta soledad, paz
por que estaba tan cansada del sube y baja emocional,
de rodearme con personas que aun que me quieran y
me llenan de cariño o amor, son las mismas personas
a las que debo dar explicaciones.

94
El siguiente paso más lógico para dar a continuaión,
desde hace unos meses fue irme, incluso a pesar de
que creyese que solo era un repicoteo curioso en mi
cabeza, no asumo que haya sido por que quisiese
huir de nuevo o porque creyese que no podría
adquirir carácter de persona en aquel sitio, mas
bien, a condición o consecuencia de que no tengo
algo aquí que se refiera a mí por encima de los dos
eventos mencionados anteriormente, (y claro que no
quería seguirme aferrando a personas, lugares, cosas
así como situaciones que están fuera de mi misma)
incluso creí que sería como aceptar que tengo los
pies en el pavimento y solo me faltaba levantar la cara
para comenzar a dar pasos, pese a que aun sentía las
piernas flácidas, a despecho de que aún me duelan los
huesos y tenga las caderas suaves, no supe qué quise,
que necesité o porque, no supe cómo respiraría en el
futuro o si quería hacerlo, solo quise que al levantarme
una mañana sabiendo que no obstante el aire frio en
mis pulmones acompañado de la tos fastidiosa después
de fumar por años o el cabello enredado en nudos
imposibles por que hubieron pasado días en los que

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no me importó peinarlo, deseé creer que tenía algo
que hacer porque es lo que decido hacer y no por qué
es lo que se supone que haga, quise mas que aspirar a
un proposito, anhelé una voluntad.
Era ya bastante tarde, mi cumpleaños había empezado,
no hubo notificaciones zumbando el móvil y tampoco
habría pastel en la mesada más tarde, solo tengo me
aferré a el tibio calor de mi portátil sobre mis piernas,
portatil que iluminó mi rostro con su delicado brillo
en medio de la madrugada, sentada en el jardincito,
casi como personaje femenino de ficción en medio de
una crisis de edad, en ese momento ya nada me pesó,
como si mi propia redención hubiese llegado con la
luna fría que azotó mis pulmones afligidos…
No es así como me hubiese gustado que fuese, pero,
siempre terminaba escribiendo sobre mi hermano
mayor, sobre resentimiento y soledad a las 2:14 cuando
el aire es más frío, el mundo se detiene y no hay nada
que yo pudiese hacer al respecto.
Encendí un fosforo más para tratar de consolarme,
para refugiarme en su calor, insegura de como me
haría sentir cuando se haya acabado la madera del

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bastoncito. Con la mano temblorosa
angustiada por el momento en que se
extinguiría el fuego, de lo que tendría que
hacer después, sosteniendo la pesada
respiración tratando de asegurarme
que una exhalación no le asesinaría por
accidente, inmersa en una espiral tibia
con el onduleo suave y petulante de la
flamita que me hacía interrogar lo que
tendría que pasar después de que haya
sido extinguida, la persona que tendría
que ser ahora, la persona que tendría
que mirar en el espejo, la esperanza de que
quede un poco de esta flama grabada en
mi mirada, ese fuego que se consumió tan
lento.

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Otra vez no puedo dormir, pero no te
preocupes, yo también estoy pensando en ti, en él y en
el pasado; ni siquiera las paredes limpias ni las cajas al
fondo del closet o el mapa de un departamento que
aún no conozco bien me permiten ignorar los hechos
de los que me quería alejar, aun me falta mi hermano
y aun eres un imbécil, esta carta de sentimientos
apretujados será la peor tarea de mi terapeuta cuando
tenga que repasar cada agridulce sentimiento teñido
de rencor.
Era tarde, las 3:59 de la mañana y yo no podía dejar

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de pensar en nosotros, las últimas semanas no había
podido conciliar el sueño, castigada por mi propia
mente me quedaba despierta por horas mirando al
vacío, a veces intentaba escuchar música, ver videos, ver
una película, leer un libro o incluso seguir trabajando
para al menos aprovechar el tiempo en el que mis
cienes dolían tanto, mi mandíbula se tensaba y mis
ojos picaban.
Extrañaba, de una manera enferma, de una manera
en que pienso que incluso si el destino me reune de
nuevo con la vida inconclusa que aún no entiendo,
no podré hacer más que darle un cachetada tan fuerte
que quizá le haga sentir una milésima parte de todo
el dolor que se acumuló en mis dientes, todos los
“te odio” que reprimí y las veces que suplique perdón,
no podría ni mirarte a los ojos sin que las lágrimas
se acumulen en mis párpados como agujas filosas que
me hacen daño, no quiero ser débil, no por ti, no
después de todas las heridas que me causaste y todas
las promesas que rompiste, nunca volviste.
No le deseo odio, la muerte o un castigo, porque estoy
harta de desearle, pensarle y soñarle; ya sea que vuelva,

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me quiera o le apuñale lentamente, solo quiero que
deje mi cabeza, solo quiero dejar de pensar en lo mucho
que perdí cuando se fuiste, solo quiero dejar de pensar
en que cada persona con la que sentí el más mínimo
atisbo de confianza y de ternura solo para verles partir,
en us propios caminos que siempre tenían carretera
de salida fuera de mi vida, muy seguido incluso
coincidián en partir exactamente 3 meses después de
que confesase quererles, quizá por eso ahora le digo “te
quiero” a lo estúpido, a cualquier persona que atraviese
mi vida, como retando a el destino, el universo, dios o
lo que sea que está imponiendome estas situaciones a
sacarles de mi vida incluso antes de poder encariñarme
realmente, porque si se los digo desde antes de hacerlo
enserio sé que cuando lo haga y lo diga quizá esta
maldita coincidencia deje de arrebatarme todo lo que
amo.
Y mi herida de abandono sangra, sangra y supura
toda la pus podrida que deje adentro cuando la cerré
por la fuerza con banditas infectados, cauterizada por
cerillos frágiles. Y por qué quiero sanarme, hoy sangra
de nuevo por qué necesito dejar ir.

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Sangro con los chorros de arrepentimiento colándose
con fuerza fuera de mi misma mientras me desvanezco
en los espacios más diminutos que los agujeros negros
a mi alrededor generan, me refugio en lo apretado
para no sentir la anchura de mi vacío y de mi soledad
aferrándome torpemente a una manta como si esta me
fuera a dar el calor humano que nunca entendí.
Tan tonta, tan crédula, como si en verdad fuese alguna
vez a tener una relación afectiva donde no sintiese que
en cualquier momento la persona se evaporaría de mi
vida como cuando olvido la olla en la estufa, hirviendo
gozosa a borbotones ruidosos de burbujas fuertemente
hasta que se vaya por completo en una nube o las
burbujas de ebullición truenen tan fuerte que rebosen
la olla y terminen por apagar la hornilla.
Ojalá mi afección se fuera como el vapor, como los
charcos que terminan evaporándose del pavimento
algún tiempo después de la tromba, lástima que
de manera necia me aferro a esta tormenta que me
destruye la casa escombro a escombro tortuosamente
riendo mientras me aferro a algún mueble que flote
para fumar sobre este; rendida ante la idea de que no

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tengo control absoluto sobre mi vida.
No puedo querer a nadie hasta que no me quiera a
mí misma, hasta que no me perdone mis errores y me
reconozca en el espejo, hasta que las sombras de mi
pasado se separen de la mía y sus ojeras se vayan de
mi cara, sangre de mi sangre, mentiroso
impostor de mierda, no merecías nada,
nada de nada, ni el oxígeno que respiras
si es que aun vives insufriblemente
aferrado a este contexto de existencia,
ni la tierra que cubre tu cuerpo si
abandonaste este plano terrenal.
Es valido volver a llorar por heridas
que creías sanadas, y por eso hoy me
permito encender uno más...

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