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Lo Personal es Político: Análisis Feminista

Este largo artículo defiende el concepto de que "lo personal es político", originalmente acuñado por la feminista Kate Millet. Argumenta que los sufrimientos individuales como la violencia doméstica, la falta de acceso a la salud y la vivienda, y la pérdida del empleo son en realidad problemas políticos causados por decisiones de los gobiernos y el patriarcado. Rechaza la idea de que la lucha feminista distrae de otras luchas políticas, y sostiene que en realidad inspira a otros movim

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Lo Personal es Político: Análisis Feminista

Este largo artículo defiende el concepto de que "lo personal es político", originalmente acuñado por la feminista Kate Millet. Argumenta que los sufrimientos individuales como la violencia doméstica, la falta de acceso a la salud y la vivienda, y la pérdida del empleo son en realidad problemas políticos causados por decisiones de los gobiernos y el patriarcado. Rechaza la idea de que la lucha feminista distrae de otras luchas políticas, y sostiene que en realidad inspira a otros movim

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LO PERSONAL ES POLITICO: PAGINA 12 ARTICULO

Quizá el malentendido surja de asimilar lo “personal” con lo


“individual”. Quizá la brecha enorme entre esas dos palabras haya
sido obstruida por lo vertiginoso de los tiempos que corren, que no
nos dan respiro. Hay sectores que han empezado a impugnar el concepto
de que “lo personal es político”, mientras arrecia la ola de
antifeminismo, aquí y en muchos otros países, a cargo de grupos
religiosos, ONGs y gobiernos de derecha. Los regímenes totalitarios
de nueva generación, con su entramado de dispositivos de noticias
falsas, más el discurso oficial que multiplican los medios
convencionales y que contiene afirmaciones mentirosas, cínicas,
psicopáticas, apuntan claramente a generar poblaciones sumidas en la
confusión. El sentido común por el que batallan está tejido con esas
falacias, lo que da por resultado la sensación de irrealidad en la
que viven sectores fanatizados. A la falta de contraargumento se le
contesta con fanatismo. Desde hace un tiempo, desde la derecha brotan
cuestionamientos ácidos sobre el concepto que le debemos a Kate
Millet, una feminista de la segunda ola. Ese concepto, “lo personal
es político”, no resta fuerza política a la posición de las mujeres,
sino que permitió terminar con la idea de “dramas de puertas
cerradas”. Durante siglos, el sufrimiento y la violencia que
padecieron muchas mujeres en sus vínculos presuntamente afectivos y
familiares fueron considerados un problema de esos en los que mejor
era no meterse, porque “cada pareja es un mundo” y porque “si se
queda es porque quiere”. Pero sobre todo sirvió para que las propias
mujeres que atravesaban una situación de violencia advirtieran que
“no se lo habían buscado”, y que la libertad en la que vivían era
presunta, falaz, llena de paradojas y laberintos. Quienes confunden
lo “personal” con lo “individual” y creen que la lucha feminista
retrae la lucha política y es un factor distractivo más de los que
nos impone el régimen, efectivamente evocan, cuando argumentan su
rechazo, lo “individual”, no lo “personal”. Por el contrario, en
el extremo opuesto del individualismo, aparece el reclamo hermanado
de mujeres de todas las latitudes del mundo que, por esos enigmas de
la época, han roto el hechizo al mismo tiempo y han roto el velo que
las mantenía sujetas a una idea de mujer que se pensaba sola, y era
invitada a abnegarse. Es colectivamente y a partir de la certeza que
en cualquier lucha colectiva se origina en los bajos vientres, en los
corazones, en la sangre, en los humores, en fin, en el cuerpo de
todxs, que nace el impulso poderoso de transformar la realidad en
algo más justo. “Lo personal es político” tuvo efectivamente una
primera interpretación feminista, pero a lo largo de las últimas
décadas del siglo pasado y la primera de éste, ese concepto fue
perfectamente aplicable a padeceres y frustraciones que exceden
largamente a las mujeres. Esa idea está hoy a disposición de todos
los condenados de la tierra, prescindentemente de sus opciones e
identidades sexuales, para comprender que aquello que tenemos en el
medio del pecho cuando vomitamos la bilis de un despido o la falta de
trabajo, de una enfermedad nerviosa, del dolor de no poder acceder al
medicamento que necesita un ser querido, de la desgracia de no tener
un techo, en fin, de todas las pestes “personales” que han venido a
traernos estos nuevos regímenes autoritarios, no son personales, sino
políticas.
La fuerza enorme de esa idea debe germinar sin miedo, como sin miedo
y sí con alborozo deberían nuestras sociedades recibir los
multitudinarios despertares femeninos. Porque las mujeres no somos
una minoría de las que algunos acusan a otros de privilegiar en
desmedro de las mayorías. La sola idea de seguir colocando a las
mujeres en los casilleros de las minorías nos habla de una falta de
conciencia de lo real, que es lo que siempre ha hecho el poder. Sólo
gracias al sentido de irrealidad es que Macri puede, cuando visita a
Bolsonaro, decirle “queridísimo” antes de acometer con un discurso
pret a porter, que no le pertenece a él sino al bloque del orden
mundial en el que está inserto, la sarta de acusaciones a Nicolás
Maduro, cuyo objetivo es ir justificando una acción armada contra un
gobierno constitucional. La perorata incluyó la acusación de que
Maduro “encarcela opositores”. Sólo gracias a ese sentido de
irrealidad puede un presidente que cada día suma un preso político
más, sin pruebas, sin condena, sin sentencia, decir lo que dijo
Macri. Uno de los principales ejes de la lucha política que tenemos
por delante es precisamente la lucha contra la naturalización de lo
que el poder del régimen nos presenta como “personal”. No son
fracasados los que cursan en escuelas nocturnas, no son poco
competitivos los dueños de las pymes que cierran, no son depresivos
los que no pueden dormir porque sus proyectos de vida han sido
abortados de pronto, como si realmente estuviéramos atravesando un
cataclismo o un accidente meteorológico, aunque incluso la
meteorología debería empezar a narrarse como lo que es: el producto
político de un sistema que desprecia por igual lo natural y lo
humano. El patriarcado, es cierto, circula por un andarivel
políticamente transversal, porque lleva más siglos entre nosotros que
cualquier otra construcción cultural. La imposibilidad de muchos de
ver en la lucha feminista una oportunidad para otros grandes
despertares populares tiene, me temo, mucha cola de paja. Porque de
derecha a izquierda hay ideas fosilizadas sobre las mujeres que no
han logrado todavía ser ablandadas y deshechas. Hay closets. Pero ya
no los que cobijaban homosexuales no asumidos. Hay closets de
machistas que no se autoperciben como tales y que se sienten
afrentados. Hay confusión y autodefensa cuando se escucha hablar de
machismo, como si esa palabra designara al género masculino. No es
así. Siempre hubo y hay varones sensitivos y liberadores que han
sabido despertarse de la irrealidad patriarcal y han gozado y hecho
gozar de la complementaridad, de las diferencias. Pero otra vez: esa
otredad que no se comprende del todo, y que por lo tanto no está bajo
control, excede también largamente a las mujeres. Vivimos un tiempo
en el que toda diferencia intenta ser aplastada y todo intento de
refutación es acribillado por las mentiras a repetición de los
dispositivos distópicos de los nuevos totalitarismos tienen a su
servicio. Pueden invertirse los términos y tendremos otra idea-
fuerza: lo político es personal. Son decisiones políticas las que
desde el diseño de un país provocan, por ejemplo, el cierre de una
pyme y luego el llanto de un varón o una mujer que no saben cómo
seguirá la vida, y que naufragan en esa incertidumbre en la que
Esteban Bullrich supo decir que debíamos acostumbrarnos a vivir. Y le
decimos que no. Que no nos acostumbraremos nunca. Que no entraremos
al sentido de irrealidad al que nos conducen como si fuera un
shopping de desgracias. Que no. Que no creeremos nunca que somos poca
cosa, ni que el fracaso es nuestro, ni que no hemos hecho los méritos
suficientes para merecernos nuestra parte de felicidad. Porque lo
personal es político y lo político es personal, y tenemos por delante
un único camino de lucidez posible, que es pensar y sentir el dolor
de los otros como si fuera nuestro, sabiendo que la reciprocidad es
el mecanismo, que la política es la herramienta y que la organización
es el modo. .

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