En la primera parte del díptico vemos a Cristo, Crucificado y Resucitado, revestido con
las vestiduras sacerdotales. Tenemos un sumo sacerdote que toma parte de nuestras
debilidades y que a través del sacrificio de sí mismo une la humanidad con Dios Padre.
(cf. Heb 4, 15; 9, 12-14.26).
Sobre Él aparece la mano del Padre que lo acoge en el santuario celeste. Gracias a
Jesús, conocemos las obras del Padre y sabemos que su mano es una mano que da y
que no retiene nada para sí. “Él, que no se reservó a su propio hijo, sino que lo entregó
por todos nosotros, ¿cómo no nos dará todo con Él?”.
En su donarse a la humanidad entera, Cristo derriba el muro que en el templo
separaba el pueblo elegido de los paganos. “Él es nuestra paz: el que de los dos
pueblos ha hecho uno, derribando en su cuerpo de carne el muro que los separaba: la
enemistad.” (Ef 2, 14). La separación no existe más y para todos se abre la posibilidad
de caminar sobre el camino de la vida nueva.
Junto a Cristo, o mejor como parte de Él, de su Cuerpo, está la Madre de Dios, figura
de la Iglesia que recoge el agua y la sangre que brotan del costado abierto del Hijo,
símbolo de los sacramentos. Dentro del cáliz se esconde una paloma símbolo del
Espíritu que aleteaba sobre el Hijo de Dios en el agua bautismal y que ahora aletea
sobre los sacramentos. Estamos frente al don del Espíritu Santo que nos hace
partícipes de la vida de Dios mismo, la vida filial, la vida de comunión.
María- Iglesia, unida a Cristo, entrega el cáliz al centurión, un “pagano” que en
realidad es el primer creyente, el primero en reconocer en Cristo Crucificado al Hijo de
Dios. “Jesús, dando un fuerte grito, expiró. El velo del templo se rasgó en dos de arriba
abajo. El centurión, que se encontraba frente a él, habiéndolo visto morir de aquel
modo dijo: verdaderamente este hombre era Hijo de Dios.” (Mc 15, 37-39).
El velo del santuario se rasgó con su muerte en la cruz, abriendo a todos la posibilidad
de encontrar a Dios (cf. Heb 10, 19-20). Contemplando el costado abierto de Jesús el
centurión se abre al don del Espíritu Santo. Ninguno puede decir que Jesús es el Señor
si no bajo la acción del Espíritu Santo (cf. 1 Cor 12,3). Detrás de él vendrá una multitud
de personas que, gracias a su testimonio, llegarán a la fe y serán a su vez revestidos de
Cristo (Gal 3, 27), más aún, incorporados al Cuerpo de Cristo, gracias al bautismo como
“hijos en el Hijo”, que reciben la vida divina bebiendo del Cáliz.
La estola sacerdotal nos recuerda que asumiendo la naturaleza humana Cristo ha
abierto a todos los hombres la posibilidad de llegar a ser hijos y de vivir la vida como
comunión, como paz, como reconciliación. Mediante su muerte, con la cual nos ha
unido en el cuerpo de su carne (cf. Col 1,22) podemos acceder como hijos libres al
Padre.
Gracias a este don del Hijo de Dios en la cruz y su ascensión al Padre, el Espíritu Santo
puede descender sobre la humanidad entera. La Iglesia es llamada a manifestar que
“Dios no hace acepción de personas” ( Hch 10, 34), porque Cristo ha derribado
cualquier muro.
Es aquí, en el corazón de Cristo, donde tiene origen la sinodalidad.
La segunda parte del díptico nos sitúa delante de un Pentecostés perenne donde, en
torno a una mesa, encontramos a los apóstoles con Pedro en el centro y a su derecha
Cornelio, otro centurión, con su familia.
De la mano de Dios Padre fluyen las llamaradas del Espíritu Santo, iluminando a todos
y donándoles la vida filial de modo que puedan vivir como hijos y por tanto como
hermanos y hermanas. La comprensión recíproca, la colaboración, la comunión de los
hombres, la unidad de la humanidad no es una realidad solo horizontal, sino un don
que viene de Dios Padre y que viene acogido. Este don es el amor de Dios que nos ha
sido revelado por la Pascua de Cristo.
El centro de la imagen es por eso el Cordero pascual (cf. Ap 5,6), inmolado pero vivo,
erguido y radicalmente orientado al Padre. Su herida resume lo que hemos
contemplado en la primera imagen y sigue recordándonos que la sinodalidad es un
don que nace del corazón de Cristo. La sinodalidad es el modo de ser en comunión y
de caminar juntos que a la luz del Espíritu Santo y por la fuerza de la Pascua del Hijo
nos orienta al Padre y nos hace discernir su voluntad.
Sobre la mesa está preparado el mantel con varios animales, el mismo que delante de
Pedro, le hizo comprender que ningún hombre es indigno a los ojos de Dios (cf. Hch
10, 28-29). Pedro está viviendo una verdadera conversión, provocada por el Espíritu
que le ha hablado a través de la visión del mantel con los animales y lo ha conducido al
encuentro con Cornelio. Bajo la cruz María reconoce en el centurión pagano al primer
creyente. En el encuentro con Cornelio, también centurión pagano, Pedro comprende
también que aquellos a los que llamaba paganos Dios quiere que sean su pueblo. Y
cuando Pedro anuncia el kerigma, es decir el contenido de la primer parte del díptico,
el Espíritu Santo se infunde sobre todos los presentes ( cf. Hch 10, 37-44).
Este episodio, antecedente de aquel “concilio” de Jerusalén que constituye una
referencia crucial para una Iglesia sinodal, nos transmite la experiencia del Espíritu por
la que Pedro y la comunidad primitiva reconocen que no pueden poner límites a la fe
compartida.
Otra figura que vemos emerger en el grupo es la mujer Cananea (cf. Mt 15, 21-28),
aquella que, pidiendo con humildad de la gracia de la curación de su hija, recordó al
Señor que también los perrillos se alimentan de las migajas que caen de la mesa.
Su presencia en la mesa de los redimidos manifiesta como el espíritu Santo en la Iglesia
congrega a la humanidad donando todo lo necesario de modo que pueda vivir como
redimida.
Observando las miradas podemos captar la presencia del Espíritu en todos. Todos son
iluminados por el Espíritu, todos se convierten en templo del Espíritu. Hay quien mira
hacia lo alto, porque el Espíritu nos enseña a invocar “Abba, Padre” (cf. Rom 8, 15-16).
Hay quien mira hacia del Cordero, símbolo del amor de Dios derramado en nuestros
corazones por medio del Espíritu Santo(cf. Rom 5,5).Otras miradas se cruzan, porque
quien ha acogido el anuncio de Pedro se llena del Espíritu Santo.
Otros en cambio miran hacia nosotros.
El Espíritu de hecho desciende también sobre todos nosotros y nos introduce, como a
la Cananea, en una actitud de humildad, de escucha, haciéndonos así pasar de una
religión que con sus ritos nos ata, a la confianza, a la fe en el amor que Dios tiene por
todos y que nos libera de todo condicionamiento cultural y étnico. También para
nosotros cristianos existe riesgo de que la fe que es vida nueva, de comunión, eclesial,
se convierta en una religión, esto es, en una estructura con prescripciones, doctrinas y
costumbres que debemos observar para ser conformes a lo que pensamos sea el “ideal
religioso”.
Este díptico “sinodal” es una llamada a superar las divisiones y a disponernos a aquella
actitud gracias a la cual podamos estar unos a la escucha de los otros y todos a la
escucha del Espíritu Santo el “Espíritu de la verdad” ( Jn 14, 17) y así participar en el
modo en el que Dios guía la historia, el del Cordero pascual, es decir del don de uno
mismo.
***
Todo el díptico “sinodal” está creado sobre la relación rojo-azul esto es, sobre la divina
humanidad de Cristo y de la Iglesia.
El rojo señala a Dios porque es el color del fuego, del calor y de la luz y también de la
sangre y por eso de la vida que tiene su fuente en Dios.
El azul señala al hombre porque el hombre es la única criatura que mira el cielo,
mientras todas las otras criaturas si miran hacia la tierra.
Hay diversos azules por las diversas personas, porque cada persona es única.