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Rolando Rojas - Los Años de Velasco (1968-1975)

Este documento presenta un libro titulado "Los años de Velasco (1968-1975)" que analiza el periodo del gobierno militar de Juan Velasco Alvarado en Perú. El libro explora temas como el golpe de Estado de 1968 que depuso a Fernando Belaunde, la nacionalización del petróleo, la reforma agraria, la política de desarrollo industrial y educativa, los movimientos sociales, la política exterior y el nacionalismo cultural promovido por el régimen. Finalmente, también analiza la enfermedad de Velasco, las contradiccion

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Rolando Rojas - Los Años de Velasco (1968-1975)

Este documento presenta un libro titulado "Los años de Velasco (1968-1975)" que analiza el periodo del gobierno militar de Juan Velasco Alvarado en Perú. El libro explora temas como el golpe de Estado de 1968 que depuso a Fernando Belaunde, la nacionalización del petróleo, la reforma agraria, la política de desarrollo industrial y educativa, los movimientos sociales, la política exterior y el nacionalismo cultural promovido por el régimen. Finalmente, también analiza la enfermedad de Velasco, las contradiccion

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HISTORIAS MÍNIMAS REPUBLICANAS

IEP
NSiiiUTO DE
ESTUDIOS
PERUANOS
HISTORIAS M(NIMAS REIT Fil .ICANAS
1.0S AÑOS DE VELASCO (1968- 1975)
HISTORIAS MINIMAS REPUBLICANAS

LOS AÑOS DE VELASCO


[1968-1975]
ROLANDO ROJAS ROJAS

iSTTTUTO
STUDIOS
PERUANOS
Serie: Estudios Históricos, 88
Colección Historias Mínimas Republicanas, 2
ISBN de la colección: 978-612-326-125-2

IEP INSTITUTO DE ESTUDIOS PERUANOS


Horacio Urteaga 694, Lima 15072
Telf : (51-1) 200-8500
Correo-e: libreria@[Link]
[Link]
ISBN del volumen: 978-612-326-127-6
ISSN: 1019-4533
Impreso en Perú
Primera edición: Lima, septiembre de 2021
Tiraje: 1500 ejemplares
Hecho el depósito legal
en la Biblioteca Nacional del Perú: 2021-09841
Registro del proyecto editorial
en la Biblioteca Nacional del Perú: 31501132100457

Diseño de carátula
e interiores: Apollo Studio
Composición de carátula: Gino Becerra
Asistente de edición: Yisleny López
Diagramación: Silvana Lizarbe
Corrección: Daniel Soria
Cuidado de edición: Odín del Pozo

Queda prohibida la reproducción del contenido por cualquier medio mecánico


o digital sin permiso del Instituto de Estudios Peruanos.
Los editores agradecen a los propietarios de los derechos de autor de los textos
citados y de las imágenes por colaborar en esta publicación. Asimismo declaramos
haber hecho todo lo posible para identificar a los autores y propietarios
de los derechos de las imágenes que se reproducen en este libro, cualquier omisión es
involuntaria. Agradeceremos toda información que permita rectificar
cualquier crédito para futuras ediciones.

Rojas Rojas, Rolando


Los años de Velasco 1968-1975). Lima, IEP, 2021. (Estudios Históricos, 88)
(Colección Historias Mínimas Republicanas, 2)
1. VELASCO ALVARADO, JUAN, 1910-1977; 2. HISTORIA; 3. POLÍTICA;
4. GOBIERNO MILITAR; 5. NACIONALISMO; 6. FUERZAS ARMADAS;
7. REFORMA AGRARIA; 8. SIGLO XX; 9. PERÚ
W/01.04.03/HM/2
Índice

PREFACIO 9

INTRODUCCIÓN 13

AGRADECIMIENTOS 21

1. Los militares y el golpe 23

2. La nacionalización del petróleo 43

3. La reforma agraria 59

4. La política de desarrollo industrial 87

5. La reforma educativa y los maestros 107

6. El Sinamos y los movimientos sociales 129


7. Los partidos políticos ante el régimen 151

8. La política exterior 171

9. El nacionalismo cultural 185

10. La enfermedad de Velasco 205

11. Las contradicciones del modelo 223

12. La estatización de la prensa 239

13. La huelga policial y la caída 257

EPÍLOGO: SIGNIFICADO Y HERENCIA


DEL VELASQUISMo 271

COMENTARIO BIBLIOGRÁFICO 279


Prefacio

urante las últimas dos décadas, la producción de


D trabajos sobre historia del Perú se ha incrementado
de manera exponencial. Lejos están los tiempos en que
cada nuevo libro era noticia para celebrar con alborozo.
Cada año son decenas los textos que se publican sobre
el pasado prehispánico y las épocas colonial y republica-
na, ya sea en español o en otros idiomas. Su calidad es
diversa, así como sus contenidos, pero todos ellos suma-
dos suponen un caudal de conocimiento muy superior al
que estaba disponible a comienzos de este siglo.
Esta proliferación de trabajos sobre el pasado pe-
ruano forma parte de una tendencia global. En todo el
planeta, a medida que nuestro mundo cambia a veloci-
dad acelerada, se multiplica la curiosidad por el pasado.
Queremos leer y conocer sobre esos mundos que senti-
mos que se desvanecen debido a la transformación de
nuestras pautas sociales y culturales. Pero el renovado
interés por la historia peruana también tiene que ver
con procesos locales. Es el resultado de la masificación
de la enseñanza universitaria, de los mayores recursos
disponibles para la investigación, del incremento de

9
profesionales que realizan posgrados en el Perú o en el
extranjero y de la puesta a disposición de los especialistas
de nuevos y más sofisticados archivos. Como resultado
se han multiplicado los temas de interés, las perspecti-
vas y los enfoques teóricos con los que los profesiona-
les abordan el estudio de la historia peruana. Tenemos
nuevos temas, nuevos argumentos y nuevas fuentes de
información.
Consecuencia positiva de esta multiplicación de tra-
bajos es que ahora poseemos un conocimiento mucho
más completo, complejo y matizado de nuestro pasado.
Un efecto negativo, en cambio, es el aumento de la bre-
cha entre el saber especializado y las versiones de la his-
toria peruana que llegan a las escuelas y al gran público.
Son tantos los artículos, tesis y libros que salen cada año
que es dificil estar al tanto. La actualización parece ser
un reto solo al alcance de especialistas y profesionales.
La colección Historias Mínimas Republicanas que
ahora inicia el Instituto de Estudios Peruanos (IEP)
apunta a cerrar esta brecha. Nuestro objetivo es poner
a disposición de un lector inquieto y curioso, pero no
necesariamente especializado, los conocimientos ge-
nerados por los historiadores profesionales peruanos y
extranjeros durante los últimos años, con un lenguaje
ameno y sencillo, pero sin rehuir ni la complejidad ni
la controversia. Trataremos tanto aquellos aspectos en
los que los conocedores están de acuerdo como aquellos
otros en los que aún discuten y sobre los que tienen ver-
siones diferentes. Nos acercaremos a la historia global, a
los grandes acontecimientos planetarios, pero también a
la historia regional y local; a los sucesos políticos y a las

10
transformaciones sociales y culturales ocurridas desde el
inicio de la república.
Trataremos de hacerlo sin caer en el triunfalismo
ni el derrotismo, balanceando los aspectos positivos y
negativos de nuestra historia. Si algo nos ha enseñado la
acumulación de trabajos recientes es precisamente que
ni todo fueron éxitos ni todo fueron fracasos. Analizare-
mos las singularidades de la historia peruana, pero tam-
bién sus vínculos latinoamericanos y globales. Veremos
que no somos copia de nadie, pero tampoco somos tan
diferentes de nuestros vecinos.
Cada volumen se centrará en un periodo concreto
de nuestra historia, un evento o un personaje clave. No
aspiramos, sin embargo, a ser exhaustivos ni a abarcar
todos las etapas de la historia republicana. Nos centrare-
mos, por el contrario, en momentos clave donde, como
resultado de la confluencia de elementos políticos, eco-
nómicos, sociales y culturales, los resortes de la repúbli-
ca parecen chirriar y comenzar a girar. Los autores serán
en todos los casos historiados profesionales, que de esta
manera nos acercarán a las complejidades de nuestro
acontecer colectivo.
Con esta iniciativa, el IEP pretende contribuir a
los debates sobre la realidad peruana en este inicio de
nuestro tercer siglo de vida independiente, tal como lo
venimos haciendo desde la fundación del Instituto hace
casi sesenta años. Lo haremos con rigor académico y vo-
cación de debate. Esta es nuestra misión como centro de
investigación independiente que agrupa a profesionales
de ciencias sociales de diferentes tendencias de enfoques

11
teóricos y disciplinas: contrastar ideas y discutir sobre el
Perú, sus retos y perspectivas del futuro.
El lector está invitado a acompañarnos en esta ruta;
a discutir y debatir consigo mismo, con sus conocimien-
tos adquiridos y con la complejidad, los desencuentros,
las decepciones y los éxitos de nuestra propia historia.
Los EDITORES

12
Introducción

ice la leyenda que el presidente fue sorprendido en


D piyama. La madrugada del 3 de octubre de 1968,
varias unidades de rangers del Ejército irrumpieron en
Palacio de Gobierno, depusieron a Fernando Belaunde
y lo conminaron a abordar un avión con destino a la
Argentina.
Fue una operación rápida. Cuando por la mañana
se conoció la noticia, el desconcierto reinó entre los sec-
tores políticos, los empresarios nacionales y la opinión
pública. Nadie podía decir con certeza cuál sería el ca-
rácter del nuevo gobierno militar. Solo se sabía que al
frente del golpe estaba Juan Velasco Alvarado, un gene-
ral que pocos meses antes había asumido la comandan-
cia general del Ejército y la presidencia del Comando
Conjunto de las Fuerzas Armadas. Por los antecedentes
de otros gobiernos militares, la mayoría de los analis-
tas esperaban un régimen conservador. Sin embargo, las
dudas se despejaron pronto. El 9 de octubre se produjo
la nacionalización de la International Petroleum Com-
pany (IPC), empresa norteamericana que mantenía
una larga controversia legal con el Estado peruano, y el

13
panorama comenzó a aclararse: el gobierno de Velasco
Alvarado no iba repetir el libreto tradicional de los mi-
litares golpistas.
Visto en perspectiva, el golpe de Velasco parece casi
la culminación natural de la acumulación de intentos
de reforma bloqueados por la resistencia de los grupos
oligárquicos y de los sectores conservadores de las Fuer-
zas Armadas. Los militares habían sido la roca contra
la que se estrellaban los esfuerzos revolucionarios y las
aspiraciones reformistas. Sin embargo, fueron esos mis-
mos militares, dentro de los cuales se había formado un
"sector progresista", de ideas cercanas al reformismo de
la Democracia Cristiana y al Movimiento Social Pro-
gresista, los que irrumpieron en la escena política para
realizar las frustradas reformas sociales que en ese mo-
mento contaban con consenso de la opinión pública.
El sociólogo francés Francois Bourricaud fue uno de
los pocos que percibió que algo así podía ocurrir. Dos
años antes del golpe, tras un largo trabajo de campo en
Puno y otras regiones del país, había escrito que el esce-
nario nacional estaba atravesado por una contradicción
principal: sectores sociales y políticos movilizados que
demandaban reformas frente a un régimen oligárquico
que no podía o no quería procesar dichas demandas. El
Perú hervía de movimientos campesinos y populares-
barriales que invadían tierras y presionaban por servicios
públicos, sin que los gobiernos supieran cómo atender
sus reclamos. En el breve periodo de la Junta Militar
de 1962-1963 y algunas medidas reformistas llevadas a
cabo por dicha Junta, advirtió Bourricaud la aparición
de una tendencia progresista en el interior del Ejército.

14
La necesidad de reformas, sobre todo de una refor-
ma agraria, fue un consenso compartido por amplios
sectores sociales y políticos. La redistribución de la tierra
había sido planteada por intelectuales como José Carlos
Mariátegui y Víctor Raúl Haya de la Torre a finales de
la década de 1920. En los decenios siguientes, conforme
los movimientos campesinos y las tomas de tierras sa-
cudían a la sociedad oligárquica, líderes políticos como
José Luis Bustamante y Rivero y Fernando Belaunde
plantearon una reforma agraria gradualista y la coloni-
zación de la selva amazónica. Ampliar la frontera agríco-
la y distribuir las nuevas tierras entre los campesinos sin
tierra de la sierra y la costa era, desde su punto de vista,
una alternativa a la expropiación de las grandes propie-
dades. Manuel Prado, perteneciente a una familia de
banqueros y empresarios, creó durante su segundo pe-
riodo presidencial (1956-1962) el Instituto de Reforma
Agraria y Vivienda, presidido por el economista liberal y
antiguo director de La Prensa Pedro Beltrán Espantoso.
Pero prácticamente no se produjeron expropiaciones, y
las cuestiones de fondo se quedaron sin resolver: las in-
justicias económicas y sociales derivadas de la desigual
distribución de la tierra en la mayor parte del país.
Cuando el arquitecto Fernando Belaunde asumió
la presidencia en julio de 1963, el Perú se encontraba
en este ciclo de tibias e insuficientes reformas. Belaunde
había sido un destacado diputado durante el gobierno
de Luis Bustamante y Rivero (1945-1948) y se hizo po-
pular por su defensa de la vivienda popular. Tenía un
perfil moderado y parecía el hombre adecuado para di-
rigir la modernización del Perú. Durante su campaña

15
presidencial prometió realizar la ansiada reforma agraria,
así como solucionar la larga contienda entre el Estado
y la International Petroleum Company, compañía que
mantenía por décadas una controversia con el Estado
relativa al pago de impuestos y derechos de explotación
del petróleo. Estas medidas, junto a la promesa de aten-
der las demandas de las decenas de miles de peruanos
que vivían en los nuevos barrios marginales que rodea-
ban las ciudades, hicieron que el arquitecto comenzara
su mandato con grandes expectativas y con el apoyo de
buena parte la población, incluyendo los sectores pro-
gresistas de las Fuerzas Armadas.
No obstante, los proyectos de Belaunde encallaron
muy pronto. El Congreso, dominado por una extraña
coalición entre los seguidores del antiguo dictador Ma-
nuel Odría y los partidarios del líder del APRA, Víctor
Raul Haya de la Torre (a quienes Odría había perse-
guido, encarcelado y torturado ferozmente pocos años
antes), hizo una oposición sin tregua a las reformas. Be-
launde, Odría y Haya se habían enfrentado en una dura
contienda electoral en 1962, que terminó en un golpe
de Estado encabezado por el general Ricardo Pérez Go-
doy. Entre los tres había, por tanto, cuentas pendientes.
La oposición aprista-odriista desbarató cuanta propues-
ta envió Belaunde al Congreso: bloqueó las reformas
tributarias, censuró ministros y gabinetes, e hizo cuanto
pudo por desestabilizar al gobierno.
En los últimos meses de su gestión, Belaunde llegó
a un acuerdo con la IPC, que permitía que los disputa-
dos yacimientos de La Brea y Pariñas, en el desierto de
Talara, en Piura, pasaran a ser propiedad del Estado. El

16
acuerdo, sin embargo, no reconocía la deuda por im-
puestos atrasados que el Estado reclamaba a la compa-
ñía. Contemplaba además otras cláusulas que permitían
que la IPC siguiera teniendo un papel central en el mer-
cado de la refinación. Estas concesiones, interpretadas
como una claudicación del Gobierno peruano, causaron
un gran escándalo y terminaron por agriar el panorama
político. Los militares, que al principio habían visto con
simpatía la llegada al poder de Belaunde, comenzaron
a diseñar un plan de intervención en la convicción de
que sin ellos las reformas que el país necesitaba nunca se
iban a llevar a cabo.
Según algunas versiones, existió una propuesta de
instaurar un régimen político-militar comandado por el
propio Belaunde para llevar adelante dichas reformas.
Este, empero, rechazó tajantemente dicha posibilidad,
lo que dejó vía libre al proyecto de golpe de Estado.
Para los militares, las reformas eran imprescindibles
para evitar que las tomas de tierras y la movilización
social desbordaran hacia un proceso revolucionario. El
referente era lo que poco antes había ocurrido en el valle
de La Convención, en la zona de ceja de selva de Cuz-
co, donde la suma de movilización campesina y brotes
guerrilleros obligó a las juntas militares presididas por
Pérez Godoy y por su sucesor Nicolás Lindley a realizar
una reforma agraria de alcance provincial. Ello, en la
práctica, legitimó las tomas de tierra realizadas por los
campesinos mediante la entrega de títulos de propiedad
y un programa de pequeñas inversiones en desarrollo
agrícola.

17
La intervención militar apuntaba a la transforma-
ción del régimen oligárquico mediante una reforma
desde arriba, que recuperara la iniciativa del Estado e
impidiera un desborde desde abajo. El hecho de que los
militares denominaran a su gobierno "revolucionario" y
de que sus partidarios se refirieran a las reformas como
la "revolución peruana" da cuenta de la conciencia de
estar llevando a cabo un proceso de transformación ra-
dical. No obstante, como se mostrará en los siguientes
capítulos, el velasquismo fue una revolución antioligár-
quica y nacionalista, muy lejos del carácter comunista o
socialista que le adjudicaron los sectores de la derecha
política y económica peruanas.
En ningún momento, los militares perdieron el
control de la "revolución", ni estuvieron cerca de hacer-
lo. Esto no quiere decir, sin embargo, que la realizaran
solos. Por el contrario, a la experiencia velasquista se
sumó un amplio elenco de actores, provenientes no solo
de la izquierda, sino también de la Democracia Cristia-
na, del Movimiento Social Progresista e incluso entre los
sectores juveniles del APRA y de Acción Popular. Esta
diversidad de apoyos dice mucho sobre la urgencia de
las reformas y el consenso que existía en amplios secto-
res de la sociedad peruana. Adicionalmente, una vez que
los militares llegaron al poder, alentaron la participación
de los sectores urbano-populares y campesinos, aunque
siempre a través de los férreos canales institucionales es-
tablecidos por el Gobierno.
Casi desde el ascenso al poder de los militares se
produjo un debate sobre la naturaleza del nuevo régi-
men. El velasquismo llamó la atención de especialistas

18
peruanos y extranjeros, a muchos de los cuales sedujo,
y se convirtió durante varios años en uno de los puntos
calientes del debate académico internacional. Mientras
que algunos (erróneamente) consideraban que se trataba
de una revolución socialista, otros lo identificaban con
experiencias de modernización autoritaria que se habían
dado o se estaban dando en paralelo en otros lugares del
mundo, como en Egipto, donde el general Abdel Nasser
lideró un gobierno reformista y nacionalista. Este deba-
te continúa en la actualidad, y en buena medida explica
las memorias contradictorias e incluso enfrentadas que
el velasquismo suscita en gran parte de los peruanos.
El gobierno de Velasco duró siete años de trans-
formaciones estructurales. Como veremos en su mo-
mento, el general piurano emprendió de manera casi
simultánea la reforma agraria, la nacionalización del
petróleo y de las compañías mineras, la estatización de
la banca, la creación de las comunidades industriales, la
reforma de la educación y el impulso a las industrias.
Estas medidas, que alteraron radicalmente a la sociedad
oligárquica, apuntaban a la formación de una sociedad
"nacional", en la que el Estado cumpliera el papel regu-
lador y garante del equilibrio social. Velasco imaginaba
un sector empresarial moderno, volcado a la industria y
creador de riqueza, junto con una clase trabajadora sin-
dicalizada capaz de defender sus derechos. Para lograr
este equilibrio, introdujo nuevas formas de propiedad
y desplegó una intervención estatal en economía como
no se había visto hasta ese momento. Su objetivo era
limitar el poder de los grupos económicos y evitar que
actuaran como los "dueños del Perú".
19
Las reformas reorganizaron la sociedad peruana so-
bre nuevas bases socioeconómicas. Hubo así sectores so-
ciales que resultaron beneficiados, como los campesinos
sin tierra, los obreros y los empresarios industriales, y
otros que vieron disminuir su importancia económica,
relevancia social y poder político, particularmente los
propietarios de las haciendas de agroexportación de la
costa norte y las compañías extranjeras que dominaban
la extracción del petróleo y la minería. Es la radicalidad
de estas transformaciones, muchas de las cuales solo se
percibieron décadas después, lo que explica que en la
actualidad el velasquismo siga siendo un tema de apa-
sionado debate en la sociedad peruana.

20
Agradecimientos

E ste libro ha sido posible gracias a la confianza de


mis colegas y amigos del IEP, Raúl Asensio, coordi-
nador de la Colección de Historias Republicanas, y de
Ludwig Huber, por entonces director de Publicaciones.
En su confección, colaboraron conmigo Carolina Luna
Uchuya en la búsqueda de información en la prensa de
la época y Celina Porras Machado en la recopilación
de las imágenes que ilustran este libro. Yenisa Guizado
transcribió las entrevistas que logré realizar antes de que
la pandemia cortara mis esfuerzos de indagar en la me-
moria de los actores políticos. Aquí quiero agradecer los
testimonios que me brindaron Héctor Béjar, Gustavo
Espinoza, Franscisco Guerra García, Antonio Aragón
Gallegos y Carlos Fernández Chacón. Ademas de la lec-
tura y supervisión de Raúl Asensio, el manuscrito de
este libro fue leído y comentado críticamente por Carlos
Contreras. Espero haber subsanado las observaciones
que agudamente realizó. Este libro se empezó a escribir
antes de la pandemia, en los ambientes físicos del Insti-
tuto de Estudios Peruanos, y se continuó en sus pasillos
espirituales gracias a la constante comunicación con mis

21
colegas iepinos. El IEP, casa a la que tengo la fortuna y
el privilegio de pertenecer, es la institución donde he
llevado a cabo mis más importantes aprendizajes y don-
de he ganado la fraternidad de colegas sin los cuales las
labores de investigación y reflexión serían mucho más
difíciles. Por eso, no puedo dejar de mencionar a Nata-
lia González, Tania Vásquez, Ramón Pajuelo, Mariana
Eguren, Carolina de Belaunde, Carmen Yon, Úrsula
Aldana y Marcos Garfias. Por último, pero no menos
importante, debo reconocer el gran apoyo que mi fami-
lia cumple en mi carrera de historiador, particularmente
mi madre, Leonor Rojas, quien como muchas miles de
mujeres llegó en 1971 a los arenales de Villa El Salvador
para fundar una ciudad en medio del desierto. A to-
dos los mencionados mi sincera gratitud. Este libro está
dedicado a Betty Rivera Caro, con cariño y gratitud.
Los errores o equívocos son responsabilidad exclusiva
del autor.

22
CAPÍTULO 1

Los militares y el golpe

E 1 golpe del 3 de octubre se presentó ante la opinión


pública como un "golpe institucional", es decir, un
pronunciamiento conjunto de las tres ramas de las Fuer-
zas Armadas; sin embargo, esto era una verdad a medias.
La planificación del golpe estuvo a cargo de un
grupo muy pequeño de militares: Velasco, los genera-
les Edgardo Mercado Jarrín, Ernesto Montagne, Alber-
to Maldonado Yáñez y Alfredo Arisueño, así como los
coroneles Enrique Gallegos, Leonidas Figueroa, Jorge
Fernández Maldonado y Rafael Hoyos. Velasco dirigió
personalmente, desde el Centro de Instrucción Militar
del Perú (CIMP), la operación para deponer a Belaunde.
Cuerpos del Ejército ocuparon de manera simultánea
las instalaciones del Congreso, del Ministerio Público y
de la radio nacional. Solo una vez que el éxito del golpe
estuvo asegurado, Velasco invitó a la Marina y a la Fuer-
za Aérea a incorporarse a la Junta Militar. Ni aun enton-
ces consiguió unanimidad. El comandante general de
la Marina, Mario Castro de Mendoza, solicitó en señal
de disconformidad su pase al retiro, y fue reemplazado
por Raúl Ríos Pardo de Zela. Solo en horas de la tarde,
después de ásperas negociaciones, ambas ramas de las
Fuerzas Armadas aceptaron integrar la Junta.

23
Imagen 1.1. El
general Juan Velasco
Alvarado y el pre-
sidente Fernando
Belaunde Terry días
antes del golpe de
Estado de 1968.
Fuente: Wikipedia.

Sumar a la Marina y a la Fuerza Aérea fue una ju-


gada inteligente, pues neutralizó la oposición dentro del
estamento militar. Adquiría así el golpe organizado por
un grupo de militares reformistas el carácter de un "gol-
pe institucional". Velasco encargó varios ministerios a los
altos mandos de las tres ramas, que de esa manera que-
daban comprometidas con el desempeño del nuevo régi-
men. Si bien la Marina y la Fuerza Aérea fueron forzadas
a integrarse a la Junta de Gobierno, esta se presentó a la
opinión pública como un gobierno "institucional" de las
Fuerzas Armadas, que tenía a Velasco y al grupo de ge-
nerales y coroneles progresistas que lo rodeaban como el
verdadero motor y centro de decisiones. Hasta la enfer-
medad de Velasco, este carácter "institucional" permitió

24
la cohesión de los militares y restringió el margen de ac-
ción de la oposición política dentro del régimen.
La noticia del golpe no suscitó grandes resistencias
por parte de los sectores civiles. El líder aprista Arman-
do Villanueva organizó una concentración en las afueras
del local de su partido y se dispuso a pronunciar un dis-
curso, pero los asistentes fueron disueltos rápidamente
por la policía. Haya de la Torre, quien tenía la esperanza
de ganar las elecciones del año siguiente, entró en un
compás de espera; tal vez temía una deportación que lo
apartara del desenvolvimiento de los acontecimientos.
El gabinete de ministros de Belaunde intentó sesionar
en el Ministerio de Relaciones Exteriores, pero sus inte-
grantes fueron arrestados y conducidos a la Prefectura.
Fuera de esto, los partidos políticos se mostraron
inactivos. Lo más pintoresco, señala el investigador ho-
landés Dirk Kruijt, uno de los estudiosos más impor-
tantes del periodo militar, fue el arresto de los hijos del
presidente de la Corte Suprema y cuñado de Belaunde,
Domingo García Rada. Los hermanos Víctor Andrés y
José Antonio García Belaunde, quienes se enfrentaron a
la policía cuando protestaban en el frontis del local de
Acción Popular, fueron llevados a la Prefectura, adonde
acudió su padre para reclamar airadamente ante el coro-
nel José Graham Hurtado. Después de una reprimenda
verbal, fueron liberados.
Por la noche, ya dueño de la situación, Velasco se
trasladó en helicóptero a Palacio de Gobierno para asu-
mir la presidencia y juramentar a su gabinete de minis-
tros, todos ellos altos mandos de las Fuerzas Armadas.
En paralelo designó un Comité de Asesoramiento a la
25
Imagen 1.2. El presidente del Consejo de Ministros Miguel Mujica Gallo y
el ministro de Aeronáutica José Gagliardi, siendo desalojados del Ministe-
rio de Relaciones Exteriores. Fuente: Revista Gente.

Presidencia, compuesto por el grupo de coroneles que


habían preparado el golpe; en los días siguientes se su-
maron otros coroneles con perfiles tecnocráticos y afines
a las reformas. El COAP, como pronto fue conocido, fue
formalizado en enero de 1969, y se convirtió rápidamen-
te en el principal soporte de las reformas velasquistas.
¿Cómo explicar el surgimiento del reformismo
militar en un país en el que hasta entonces el estamento
armado se había caracterizado casi siempre por un
predicamento conservador? La generación de militares

26
General Leonidas Rodríguez Figueroa

Fue uno de los generales más populares e influyentes


del proceso de reformas en el gobierno de Velasco. Na-
ció en el Cuzco, en 1921. Aprendió el quechua al mis-
mo tiempo que el español y conoció personalmente la
realidad campesina. En 1940 viajó a Lima para reali-
zar su servicio militar, después de lo cual se presentó a
la escuela de oficiales de Chorrillos. En su calidad de
cadete tuvo a Velasco como instructor militar. Egre-
só de subteniente en 1945 y prosiguió su carrera en
el Ejército hasta adquirir el grado de coronel, cuando
fue destacado como subdirector de inteligencia en el
Estado Mayor del Ejército, cuya jefatura la tenía Ve-
lasco. Fue allí, entre conversaciones cotidianas, que
coincidieron en la urgencia de las reformas y en su
decepción con el gobierno de Belaunde. En abril de
1968, Rodríguez se incorporó al equipo que redactó
el Plan Inca y después del golpe integró el Comité de
Asesores de la Presidencia.
En 1971, cuando se creó el Sinamos, fue designado
como jefe institucional. Dada la presencia de las ofici-
nas del Sinamos en todas las regiones del país, Rodrí-
guez Figueroa se vinculó con numerosas organizaciones
sindicales, sociales y campesinas, en particular con las
ligas agrarias que dieron vida a la Confederación Na-
cional Agraria (CNA), convirtiéndose en una de las fi-
guras más populares del régimen militar. Después de su
pase al retiro, la CNA demandó a Morales-Bermúdez
su reincorporación al Gobierno, pero este no lo aceptó.

27
En noviembre de 1976, Rodríguez y otros milita-
res y civiles que trabajaron para el gobierno de Velasco
fundaron el Partido Socialista Revolucionario. Por sus
actividades políticas, fue deportado, con otros dirigen-
tes del Partido Socialista Revolucionario (PSR), a Mé-
xico en enero del año siguiente. En 1978 resultó electo
miembro de la Asamblea Constituyente y participó de
los debates para la redacción de la Constitución de
1979. En las elecciones de 1980 postuló a la presi-
dencia por Unidad de Izquierda, un frente conforma-
do por el PSR, el PCP-Unidad y otras organizaciones
menores. Más tarde, el PSR formó parte de Izquierda
Unida, hasta la división de 1989, cuando el PSR apo-
yó a Alfonso Barrantes en un nuevo frente electoral,
el Acuerdo Socialista. Rodríguez Figueroa falleció en
Lima en 1997.

que protagonizó el golpe era muy diferente de las


anteriores. En buena medida, era resultado de un amplio
proceso de profesionalización de las Fuerzas Armadas,
que abarcó las escuelas de oficiales, la creación de los
servicios de inteligencia y particularmente del Centro
de Altos Estudios Militares (CAEM), fundado por el ge-
neral José del Carmen Marín en la década de 1950. Esta
institución, a cuyo creador se le vinculó con la fracasada
revolución aprista de 1948, supuso un cambio radical
en el pensamiento militar, y tuvo una gran influencia
en el surgimiento de una corriente nacionalista-refor-
mista entre los oficiales del Ejército, muchos de ellos

28
provenientes de sectores populares y de los estratos de
la clase media. Con el asesoramiento de miembros de la
Comisión Económica para América Latina y el Caribe
(Cepal) y del religioso francés y exoficial de la Marina
Louis-Joseph, los militares adquirieron una formación
que iba más allá de lo estrictamente castrense, que in-
corporó conceptos y teorías sociales modernizadoras.
Por el CAEM desfilaron numerosos profesionales
y académicos, entre ellos varios intelectuales reformis-
tas vinculados al Movimiento Social Progresista y a la
Democracia Cristiana: el ingeniero y estudioso de la
realidad peruana Jorge Bravo Bresani, el antropólogo
José Matos Mar, el filósofo Augusto Salazar Bondy, el
abogado y político Alberto Ruiz Eldredge, el filósofo y
educador Leopoldo Chiappo y el líder de la Democracia
Cristiana Héctor Cornejo Chávez. Gracias a esta aper-
tura intelectual, la doctrina de la seguridad nacional,
central en la formación de los militares, adquirió ma-
yor complejidad y pasó a identificarse cada vez más con
los problemas del subdesarrollo, particularmente con la
situación de la población indígena rural. Un país con
grandes desigualdades sociales, con una abultada pobla-
ción analfabeta, sin acceso a servicios educativos y de
salud, sometida a los abusos de los grandes propietarios,
se consideraba como terreno propicio para una insu-
rrección comunista, o, en caso de producirse un conflic-
to externo, se repetiría una terrible derrota como había
ocurrido con ocasión de la guerra con Chile.
La apertura a nuevos enfoques doctrinarios y la ex-
pansión intelectual de los militares estuvieron acompa-
ñadas de un cambio en la propia composición de las
29
Fuerzas Armadas, especialmente en el Ejército, que in-
corporó un numeroso contingente de oficiales que pro-
venían, como dijimos, de las clases medias y populares.
Muchos de ellos habían nacido fuera de Lima y cono-
cían la realidad del interior del país, del campesinado
pobre y de las situaciones de explotación y abuso que
sufrían. En cambio, la Marina, cuyos oficiales recibían
influencia de la Marina británica, y la Fuerza Aérea, con
influencia norteamericana, mantuvieron en mayor me-
dida su perfil elitista, vinculado a las clases altas capi-
talinas, lo que hizo que en estas ramas predominaran
enfoques conservadores, no siempre bien avenidos con
las ideas progresistas de los nuevos oficiales del Ejército.
En el CAEM y los servicios de inteligencia, un
sector de los oficiales del Ejército adquirió una nueva
comprensión de la realidad peruana y se convenció de la
necesidad de implementar profundas reformas socioe-
conómicas que desarrollaran y modernizaran el Perú,
con el propósito de evitar una revolución desde abajo
y conducida por la izquierda marxista. Hay que preci-
sar, no obstante, que si bien los militares asumieron una
retórica nacionalista y revolucionaria, ni Velasco ni su
entorno más íntimo eran socialistas. Por el contrario,
disponían de su propia visión del país y de su propia
agenda de reformas, distante tanto de la izquierda revo-
lucionaria como de la derecha tradicional y oligárquica.
Es un error identificar al velasquismo como un
gobierno de izquierda y menos con uno socialista o
comunista. Los militares habían visto con simpatía
al gobierno reformista de Belaunde, pero de ninguna
manera habrían permitido un gobierno socialista o

30
comunista. La transformación que pretendían llevar a
cabo era de una naturaleza completamente diferente a
la que se proponían los movimientos revolucionarios
en la región o como la que había realizado Fidel Cas-
tro en Cuba. Así, cuando las guerrillas del Movimiento
de Izquierda Revolucionaria (MIR) entraron en acción
en 1965, los militares no dudaron en sofocarla violen-
tamente. De hecho, varios de los oficiales que partici-
paron en el gobierno de Velasco dirigieron la represión
de las guerrillas lideradas por Luis de la Puente Uceda,
Guillermo Lobatón y Máximo Velando.
Sin embargo, los militares de la generación del
CAEM tampoco veían con agrado un gobierno de la
derecha tradicional que retrasara las reformas que de-
mandaban los sectores populares y particularmente los
campesinos movilizados por una redistribución de la
tierra. El golpe de julio de 1962, liderado por el general
Ricardo Pérez Godoy, tuvo precisamente el propósito de
evitar que la alianza conservadora de Manuel Odría y el
APRA en el Congreso —en vista de que ninguno de los
candidatos obtuvo el tercio más uno de los votos exigi-
dos por la Constitución— eligiera a Odría como presi-
dente y se postergaran las reformas. Si bien aún persistía
el veto militar contra Haya de la Torre, para entonces el
APRA había virado a posiciones de derecha, y la coali-
ción APRA-UNO representaba la continuación del go-
bierno oligárquico de los periodos de Prado y Odría.
Teniendo en cuenta estos antecedentes, se entiende
por qué el COAP, instancia en la que se concentraron los
oficiales reformistas, fue el soporte político-institucional

31
del gobierno de Velasco. Fue aquí, más que en el Conse-
jo de Ministros, donde se diseñaron las reformas y donde
se redactaron los principales decretos gubernamentales.
Los miembros más destacados del COAP fueron, entre
otros, los entonces coroneles Aníbal Meza Cuadra, Jor-
ge Fernández Maldonado, Enrique Gallegos, Leonidas
Rodríguez y José Graham Hurtado (este último fue su
presidente desde abril de 1969). Varios de ellos habían
participado en la redacción de la sección política del Plan
Inca, el documento director del gobierno militar, donde
se plasmaban las líneas generales de las reformas. El Plan
Inca, dice Fernández Maldonado, se mantuvo en reserva
para no advertir a los sectores que serían afectados, por
lo que solo fue publicado años después.
Por otro lado, debemos considerar también la pro-
pia personalidad de Velasco. Las reformas militares no
habrían sido posibles sin su decisivo liderazgo o habrían
sido mucho más moderadas. Juan Velasco Alvarado na-
ció en 1910, en el seno de una familia de condición
modesta, en el pueblo de Castilla, cerca de la ciudad
de Piura. Estudió la secundaria en el colegio San Mi-
guel, después de lo cual viajó a Lima, en 1929, en un
barco carguero para postular a la escuela de oficiales del
Ejército. Era la primera vez que estaba en la capital, y,
debido a que llegó cuando el examen de oficiales había
concluido, se inscribió como soldado raso. Después de
su servicio militar, se presentó a la escuela de oficiales
y obtuvo el decimoctavo puesto de veinte postulantes.
No obstante, al concluir los estudios logró el primer lu-
gar de su promoción, aunque no la espada de honor.
Quienes lo conocieron lo recuerdan como un oficial

32
Imagen 1.3. Jorge Fernández Maldonado, ministro de
Energía y Minas, uno de los hombres fuertes del gobierno
de Juan Velasco. Fuente Galería PCM.

disciplinado y exigente. Buena parte de su carrera mili-


tar transcurrió como instructor militar y como conduc-
tor de tropas. La mayoría de los generales y coroneles

33
que lo acompañaron en su gobierno habían estado en
algún momento de sus carreras bajo su mando o cono-
cían de esta trayectoria.
Resulta difícil rastrear la formación del pensamien-
to político de Velasco. Fue siempre muy reservado, y
su carrera militar lo muestra como un hombre vincula-
do a las escuelas de instrucción militar, primero como
instructor y luego como director de ellas. Estuvo des-
tacado en dos oportunidades en la selva y fue agregado
militar en París, en 1962, donde observó el auge de los
Estados de bienestar, pero desconocemos cómo impactó
en él la experiencia en Francia. Empezó a manifestar su
pensamiento reformista tardíamente, cuando fue nom-
brado jefe del Estado Mayor, y a muy pocos hombres
de confianza. Como no dejó escritos políticos, debemos
conformarnos con la manifestación de sus actos para
hacernos una imagen de su pensamiento.
Velasco y el grupo de militares que planificó el gol-
pe diseñaron un régimen que se apoyaba en una triple
institucionalidad: una Junta de Gobierno constituida
por los jefes de las tres ramas militares, un Consejo de
Ministros presidido por el ministro de Guerra —car-
go que siempre recaía en un general del Ejército— y
el mencionado COAP, que funcionaba como un con-
sejo de asesores. El ejercicio del poder estaba regulado
por un Estatuto Militar y las reformas gubernamentales
por el denominado Plan Inca. De acuerdo con Kruijt,
el liderazgo de Velasco fue crucial en los primeros meses
de gobierno, cuando en el Consejo de Ministros pre-
dominaban los sectores conservadores de la Marina y la
Fuerza Aérea, e inclusive del propio Ejército.

34
La primera crisis que encaró Velasco ocurrió ape-
nas dos días después del golpe de Estado. El motivo fue
la nacionalización de la International Petroleum Com-
pany, que Velasco puso en debate como medida inau-
gural de su gobierno. La mayoría de los ministros se
mostraron en desacuerdo con la medida, de modo que
el Consejo acordó suspenderla por dos semanas. A nadie
escapaba que el aplazamiento equivalía a poner el tema
en la congeladora para probablemente descartarlo en las
semanas siguientes.
El sector más reformista del gobierno militar temía
que este paso atrás marcara el tono del régimen que ape-
nas comenzaba. De modo que los coroneles más jóve-
nes que integraban el COAP amenazaron con dimitir
en bloque si la nacionalización de la IPC no se llevaba a
cabo. Esta medida habría proyectado una imagen de di-
visión interna ante la opinión pública, y era casi un acto
que rozaba la insubordinación, ya que suponía que los
coroneles desafiaban la decisión de los generales miem-
bros del Consejo de Ministros, pero tuvo un efecto po-
sitivo para sus promotores, pues obligó al Consejo, con
la presión de Velasco, a aprobar la nacionalización para
que se llevara a cabo cuatro días después.
Tras esta primera victoria, el COAP se fortaleció,
pues había quedado claro que los coroneles contaban
con el respaldo de Velasco, por encima incluso de los
altos mandos convertidos en ministros. Estos últimos
asimilaron la lección y comenzaron a pedir a sus funcio-
narios que antes de presentar una propuesta al Consejo
de Ministros coordinaran con el COAP.

35
En los siguientes meses, Velasco siguió dando pa-
sos para consolidar su autoridad. El primer objetivo era
remodelar la Junta de Gobierno, donde se sentaban los
máximos responsables de las tres ramas de las Fuerzas
Armadas, incluidos los conservadores jefes de la Mari-
na y la Fuerza Aérea. Alberto López Causillas, el res-
ponsable de la Fuerza Aérea, era quien más se oponía a
las reformas. Tras conminarlo para que renunciara, en
nombre de la unidad de las Fuerzas Armadas, Velasco
convocó una reunión con los integrantes del Estado
Mayor del Ministerio de Aeronáutica, a quienes soli-
citó que nombraran a su reemplazante en la Junta. Por
indicación de Velasco, la designación recayó en Rolan-
do Gilardi Rodríguez, quien fue ascendido al grado de
teniente coronel. A diferencia de su antecesor, se trata-
ba de un oficial favorable a las reformas, y fue uno de
los hombres más leales a Velasco durante el tiempo que
duró el régimen. Con el apoyo de Gilardi, Velasco neu-
tralizó a la Junta Militar y evitó cualquier tentación de
reemplazarlo como cabeza de gobierno.
Este último no era un temor gratuito. Por cuestio-
nes de tiempo de servicio, a finales de enero de 1969,
Velasco debía pasar al retiro. Los generales del Ejército
se reunieron para analizar el tema de la sucesión, y pro-
pusieron que el general Ernesto Montagne, miembro de
la Junta Militar en representación de la rama terrestre,
fuera su sustituto, ya que según el estatuto militar le
correspondía por antigüedad. Sin embargo, fortalecido
por la popularidad de la nacionalización de la IPC y con
el apoyo del COAP, Velasco decidió continuar como jefe
de Estado.

36
Imagen 1.4. El general Juan Velasco Alvarado instalado en
Palacio de Gobierno.
Fuente: Wikipedia.

Montagne contaba con el apoyo del almirante


Navarro, designado comandante de la Marina tras la
muerte por infarto de Pardo de Zela en diciembre de
1968. Ambos representaban a los sectores más conser-
vadores de las Fuerzas Armadas. La sesión de la Junta

37
para analizar el relevo de Velasco fue un momento de
alta tensión. Montagne y Navarro se pronunciaron por
el relevo, pero cuando Velasco solicitó el parecer de Gi-
lardi, como era de esperar, este se mostró a favor de la
permanencia de Velasco, quien, apelando a la falta de
unanimidad de la Junta, dirimió en favor de su propia
continuidad. El Consejo de Ministros recibió la noticia
con muestras de desagrado por parte de los integran-
tes más conservadores. No obstante, Velasco consiguió
que su continuidad se ratificara tras apelar una vez más
a la necesidad de mantener la unidad de las Fuerzas
Armadas.
Después de estas maniobras, tanto la Junta Militar
como el Consejo de Ministros acabaron subordinados
a la autoridad de Velasco y relativamente relegados del
gobierno efectivo. En los años siguientes, Velasco hizo
valer su influencia para conseguir que los miembros
del COAP ascendieran a generales y se incorporaran
al Consejo de Ministros, con lo que fortaleció todavía
más su posición. Por algún tiempo, el almirante Luis E.
Vargas Caballero emergió como el oponente ideológico
de Velasco dentro del gabinete. Sus posiciones críticas
alentaban a los opositores al régimen, que veían en él
un posible sustituto de Velasco. Sin embargo, como ve-
remos más adelante, el mandatario sabría sobreponerse
también a este desafío.
A fines de diciembre de 1969, un nuevo decreto
transfirió a Velasco la presidencia del Comando Con-
junto de las Fuerzas Armadas. Con esta medida, acu-
mulaba ya todo el poder institucional, tanto político

38
como militar. El COAP pasó así a tener asiento y voz en
el Consejo de Ministros. La importancia del COAP era
tal que, como señala Kruijt, se convirtió en una suerte
de superministerio de planificación y supervisión de las
reformas. Por orden de Velasco, tenía a su cargo traducir
el Plan Inca a directivas con medidas concretas que se
enviaban a los ministerios y a los responsables de los
órganos de línea para su implementación. En el COAP,
con el apoyo de asesores civiles, se debatió entre otras
medidas la reforma agraria, la reforma educativa y la ley
de comunidades industriales, así como se diseñaron los
planes de ejecución y los decretos que normaron sus al-
cances; lo mismo ocurrió con las demás reformas que
Velasco impulsó durante su estancia en el poder.
Sobre todo durante el periodo anterior a su enfer-
medad, Velasco presidía y participaba en los debates del
COAP, comité que era lo más parecido a un organismo
tecnocrático militar, hasta el punto de que muchos mi-
nistros habían pasado por el COAP, a modo de entre-
namiento sobre el funcionamiento del Estado, antes de
asumir sus responsabilidades ministeriales. Velasco tenía
una gran confianza en la capacidad técnica del COAP.
Se trataba de una herramienta política útil y versátil,
que permitía soslayar las diferencias entre reformistas y
conservadores que existían en el interior del Consejo de
Ministros y de las Fuerzas Armadas, apartando del po-
der real a estos últimos y asegurando que las reformas
salieran adelante.
El cuadro de los apoyos de Velasco se completaba
con un grupo de asesores civiles cuyo poder e influencia

39
han sido objeto de múltiples especulaciones, desde
quienes veían en ellos a los verdaderos artífices de las
reformas hasta quienes limitaban su influencia a un pa-
pel poco menos que testimonial. El más influyente era
Carlos Delgado, un destacado cuadro exaprista, antiguo
secretario del líder aprista Haya de la Torre. Delgado
lideraba un equipo de asesores civiles que trabajaban en
el Sistema Nacional de Movilización Social, conocido
con el acrónimo de Sinamos, de evidentes resonancias
reivindicativas (sin-amos), el organismo creado por Ve-
lasco para encuadrar el apoyo popular a las políticas del
Gobierno. Desde esa posición fue uno de los principales
ideólogos del régimen. Fue Delgado quien contribuyó
más a la construcción de un discurso ideológico-revo-
lucionario que confiriera sustento teórico al velasquis-
mo y a las reformas militares. Delgado construyó, en
este sentido, la tesis de la "democracia de participación
plena", concepto con el que pretendía diferenciar a Ve-
lasco de la oleada de regímenes militares reaccionarios
que en aquellos años se expandía por toda la región.
En esta misión acompañaban a Delgado intelectuales y
activistas que provenían de las canteras de la izquierda
peruana, como Carlos Franco y Héctor Béjar, ambos ex-
miembros de la Juventud Comunista.
Velasco también contaba con el apoyo de un sector
de la Democracia Cristiana, dirigido por el abogado y
político Héctor Cornejo Chávez, con quien el gober-
nante sentía una fuerte identificación ideológica. De
hecho, las propuestas de la Democracia Cristiana apa-
recen recogidas en el Plan Inca y otros documentos del

40
régimen. Cornejo mantuvo una relación personal con
Velasco y se convirtió en el asesor jurídico del Gobierno;
más adelante ocupó otros puestos clave a medida que se
profundizaban las reformas.
La existencia de estos grupos civiles de apoyo no
debe llevar, sin embargo, a engaño. El velasquismo fue
en esencia un régimen militar. Ni el mandatario ni el
COAP estaban dispuestos a ceder cuotas de poder a los
civiles. Entre ambos grupos hubo siempre una relación
de carácter instrumental. Los civiles eran escuchados y
sus ideas se aceptaban siempre y cuando coincidieran
con los parámetros del pensamiento reformista mili-
tar. Velasco tuvo siempre la última palabra al momento
de iniciar una reforma o definir la orientación política
de su gobierno. La influencia de los civiles, la retórica
revolucionaria y los mecanismos de participación po-
pular tenían como límite la voluntad del gobernante y
de los coroneles del COAP. El reformismo militar tuvo
siempre un carácter autoritario y vertical, tal como se
iban a encargar de demostrarlo las primeras medidas
tomadas por Velasco, así como las relaciones que esta-
bleció con los partidos de izquierda y las organizaciones
sindicales-populares.

41
CAPÍTULO 2

La nacionalización del petróleo

E 1 hecho que marcó el talante del gobierno de Ve-


lasco fue la nacionalización de la International Pe-
troleum Company (IPC) apenas seis días después de la
toma del poder. El Perú mantenía una larga controversia
con esta compañía norteamericana, que se rehusaba a
pagar los derechos de explotación de los yacimientos de
petróleo de La Brea y Pariñas, situados en la provincia
de Talara, en el extremo norte del país. Para la opinión
pública, la disputa se había convertido en una cuestión
de "dignidad nacional". Partidos de izquierda, sectores
del Ejército e incluso el diario El Comercio demandaban
la nacionalización de dichos yacimientos. Otros, más
moderados, se conformaban con algún tipo de acuerdo
que acabara con la controversia y reconociera los dere-
chos del Estado peruano sobre los beneficios de la ex-
plotación de los hidrocarburos.
Los antecedentes del conflicto con la IPC eran muy
antiguos, pues se remontaban a 1890, cuando la Lon-
don & Pacific Petroleum Company arrendó e inició la
explotación de petróleo en los territorios de una antigua
mina conocida como La Brea. Esta mina fue explotada

43
en la época colonial, pero el Estado la vendió en 1826 a
José Antonio de la Quintana como compensación por
unos préstamos que este había realizado al Gobierno. Al
tratarse de una "venta" y no de una concesión, la extrac-
ción de la brea no estaba gravada con impuestos, como
ocurría con otras actividades mineras. Los problemas
comenzaron cuando, tras descubrirse petróleo en 1873,
el Gobierno estableció un régimen de concesiones para
la explotación de este recurso. Entre tanto, Quintana
vendió La Brea y Pariñas a Genaro Helguero. El Gobier-
no reconoció al nuevo propietario, pero no quedaba cla-
ro si la compra incluía los derechos de explotación del
subsuelo, ya que Helguero únicamente pagaba el im-
puesto de superficie, como cualquier concesión minera.
Mientras la mina se limitaba a explotar brea, el
Gobierno toleró que Helguero actuara como si tam-
bién fuera dueño del subsuelo, pero la situación cambió
cuando en la zona objeto de controversia empezó a ex-
traerse el petróleo. La política gubernamental consistía
en otorgar concesiones y cobrar derechos a la extracción
de mineral o petróleo, pero Helguero reclamaba ser pro-
pietario de la mina, y no un concesionario. Según alega-
ba, así se lo había reconocido el Gobierno al propietario
anterior, y en esas condiciones la había adquirido él.
Esta situación contrariaba la legislación nacional sobre
hidrocarburos, por lo que la controversia quedó en el
aire. Ni el Gobierno impuso su autoridad, ni Helguero
logró el reconocimiento de la propiedad del subsuelo.
En estas circunstancias, la mina fue vendida al in-
glés Herbert Tweddle, quien, como Helguero, pese a que
el Estado no reconocía explícitamente la propiedad del

44
subsuelo, asumió que le pertenecía. En 1890, la empresa
inglesa London & Pacific Petroleum arrendó La Brea y
Pariñas, y empezó a explotarla sin pagar los derechos co-
rrespondientes por la extracción de petróleo. En el Con-
greso, esta situación generó enconadas polémicas entre
los parlamentarios, quienes demandaron la acción guber-
namental. En 1911, el Gobierno ordenó que se midiera
el área de explotación de La Brea y Pariñas, que ante-
riormente se había estimado en 10 "pertenencias", cada
una de 40.000 m2. La nueva medición elevó el número
de pertenencias a 41.614, por lo que el monto de los
impuestos se incrementó de 300 soles a casi 1,3 millones.
La diferencia era enorme, por lo que resultaba evi-
dente que los funcionarios que habían hecho la primera
medición incurrieron en irregularidades. La dispari-
dad de criterios generó malestar en la opinión pública
y en algunos sectores políticos, que consideraban que
la empresa se aprovechaba de un recurso de la nación
y defraudaba al Estado. Adicionalmente, el embajador
británico envió una nota diplomática a la Cancillería
nacional, en la que señaló en tono poco diplomático
que el Gobierno peruano debía ver "la manera de anular
el decreto del 15 de marzo". Esta nota no tuvo efecto,
pues el Gobierno no anuló la nueva medición de las
"pertenencias", aunque su filtración a la opinión públi-
ca elevó el sentimiento de ultraje a la nación y atizó el
nacionalismo en torno al petróleo.
Poco después, en 1914, la situación se complicó
cuando la empresa norteamericana International Petro-
leum Company, subsidiaria de la Standard Oil de Nue-
va Jersey, subarrendó La Brea y Pariñas a la London &
45
Imagen 2.1. Refinería de Talara, expropiada por el gobierno de Juan
Velasco a la International Petroleum Company el 9 de octubre de
1968.
Fuente: PetroPerú.

Pacific. La IPC asumió una actitud de franco desacato,


dejó de pagar el impuesto a la superficie y adquirió en
los hechos un estatus distinto al de otras empresas mi-
neras que sí pagaban los derechos estipulados en la ley
de minería. Para solucionar la controversia, el Congreso
autorizó, a fines de 1918, al gobierno de José Pardo a
someter el caso a un arbitraje internacional. Tres años
después, el fallo del arbitraje, conocido como el Laudo
de París, dictaminó que la IPC debía pagar por cincuen-
ta años un impuesto de treinta libras peruanas por cada
una de las 41.614 pertenencias, así como el adeudo acu-
mulado de un millón de dólares.
El laudo solo gravaba el pago de la superficie y los
derechos de exportación que regían legalmente, pero
no a la extracción del petróleo. Es decir, en los hechos

46
reconocía que este pertenecía a la IPC. El Congreso pe-
ruano consideró que el laudo dañaba los intereses nacio-
nales, y se rehusó a ratificarlo, por lo que nuevamente la
controversia se mantuvo en el aire. En 1932, durante el
gobierno de Luis M. Sánchez Cerro, el Congreso apro-
bó una ley que autorizaba al Ejecutivo a revisar el laudo
arbitral para declararlo nulo, y desde entonces la con-
troversia permaneció como un tema pendiente de las
relaciones entre el Gobierno y la IPC. Mientras tanto,
en 1924, la IPC compró La Brea y Pariñas a su anterior
dueño, pasando de la condición de subarrendataria a la
de propietaria.
La controversia de la IPC se mantuvo irresuelta por
varias décadas. Si bien esta situación permitió a la em-
presa norteamericana seguir acumulando ganancias, es-
timuló también el nacionalismo de los sectores políticos,
de los militares y de la opinión pública. De acuerdo con
el Laudo de París, la concesión debía terminar en 1971,
por lo que la empresa intentó durante el gobierno de
Manuel Prado negociar su adecuación al marco jurídico
establecido por la Ley de Petróleo n.° 11780, dada por
el gobierno de Manuel Odría, de modo que asegurara
su control de La Brea y Pariñas. En 1959, el premier
Pedro Beltrán firmó un decreto que elevó el precio del
petróleo, medida que favorecía a la IPC, al tiempo que
permitía la adecuación de la empresa a la mencionada
ley. Las bancadas de Acción Popular y de la Democracia
Cristiana interpelaron a Beltrán y rechazaron el decreto.
El director de El Comercio, Luis Miró Quesada, publi-
có columnas que cuestionaban esta medida, y, en gene-
ral, la opinión pública era opuesta a la medida porque

47
significaba aceptar los años que la IPC no había pagado
los derechos de extracción de petróleo.
Poco a poco el Perú comenzó a desarrollar su pro-
pia industria petrolera. En 1962, el gobierno del general
Ricardo Pérez Godoy fundó la Empresa Petrolera Fiscal
(EPF), que luego Belaunde impulsó para acabar con el
monopolio de la IPC en materia de refinería. La cons-
trucción de la refinería La Pampilla, administrada por la
EPF, y el ingreso de la Belco Petroleum diversificaron la
explotación y la comercialización de los combustibles.
Cuando Belaunde ganó las elecciones, prometió que
arreglaría la controversia con la IPC en noventa días.
Envío entonces al Congreso un proyecto de ley para de-
clarar nulo el Laudo de París y para que La Brea y Pa-
riñas pasaran a administración de la EPF. El Congreso
aprobó, en noviembre de 1963, la nulidad del laudo,
pero no se pronunció sobre el segundo punto porque
significaba la expropiación de la IPC.
Recién en 1967, el Congreso otorgó facultades ex-
traordinarias al Gobierno para reivindicar los yacimien-
tos de La Brea y Pariñas contra los adeudos de la IPC. Las
negociaciones finales entre los directivos de la empresa
y el Gobierno se realizaron en los meses de junio y julio
de 1968. La IPC exigió a cambio de La Brea y Pariñas la
entrega de un millón de hectáreas de tierra en la selva y
que la EPF acogiera a un número elevado de sus traba-
jadores, pero la amenaza de expropiación de Belaunde
propició que el 13 de agosto se llegara a un acuerdo sin
aceptar las peticiones de la IPC. Los yacimientos de La
Brea y Pariñas retornaban finalmente al control del Es-
tado, aunque se dejaba sin efecto el reclamo de la deuda

48
acumulada durante cincuenta arios de explotación. Adi-
cionalmente, la IPC mantenía la refinería de Talara, la
parte más rentable del negocio del petróleo, y ampliaba
su capacidad de 50.000 a 80.000 barriles diarios. La ju-
gada aumentaba el control de IPC sobre el mercado de
crudo refinado y disminuía la participación de la Em-
presa Peruana Fiscal. Al parecer, la larga controversia lle-
gaba a su fin. Belaunde y una comitiva gubernamental
asistieron a la ceremonia de entrega de los yacimientos
de petróleo. Sin embargo, cuando trascendió a la prensa
los detalles del acuerdo, la impresión general fue que
el Gobierno había hecho demasiadas concesiones a la
empresa norteamericana.
Peor aún fue la polémica alrededor del precio del
barril de petróleo que la IPC debía comprar a la EPF.
Dicha polémica provino de la denuncia que hizo ante
las cámaras de televisión el presidente de la EPF, el in-
geniero Carlos Loret de Mola. Según aseguró, la última
página del acuerdo, la número 11, había desaparecido.
Allí estaba la fórmula que establecía el precio del petró-
leo, precio por debajo del mercado y perjudicial para los
intereses de la nación. Lo sabía, afirmó, porque él mis-
mo la había escrito. Un pronunciamiento firmado por
Juan Velasco Alvarado reconocía que era positivo que el
Estado hubiera recuperado los yacimientos de La Brea y
Pariñas, pero lamentaba los perjuicios económicos para
la nación. El escándalo mediático y político precipitó
la caída del gabinete liderado por el médico Oswaldo
Hercelles, quien también ocupaba la cartera de Rela-
ciones Exteriores. La noche del 2 de octubre juramentó
un nuevo gabinete, presidido por Miguel Mujica Gallo,
49
empresario y miembro de una de las familias más acau-
daladas del país, pero el golpe ya estaba organizado. El
objetivo de Velasco y los militares que lo acompañaron
era evitar que asumieran plenamente sus funciones. En
horas de la madrugada del 3 se produjo la defenestra-
ción de Belaunde.
Días después, la tarde del 9 de octubre, Velasco
anunció en un mensaje televisivo a la nación que el Ejér-
cito había ingresado pocos minutos antes en la refinería
de la IPC en Talara: cerca de trescientos soldados ocu-
paron las oficinas y tomaron el control de las instalacio-
nes. El general Fermín Málaga Prado fue el encargado
de dirigir la operación y leer el decreto de expropiación
al gerente de operaciones de la IPC, James Wible. Lo
acompañaba un equipo de funcionarios y técnicos de
la EPF, de la Superintendencia de Contribuciones y de
la Facultad de Ingeniería de Petróleo de la Universidad
Nacional de Ingeniería, quienes inmediatamente redac-
taron un acta e iniciaron la transferencia de la empresa
al Estado. La EPF asumió la administración de las insta-
laciones, bienes y activos de la IPC. La medida fue acla-
mada por la opinión pública, los sectores nacionalistas
y las organizaciones sociales. En Piura y algunas otras
ciudades, grupos de ciudadanos salieron a las calles a
celebrar el acontecimiento. El Gobierno bautizó la jor-
nada como el "Día de la Dignidad".
La reacción de los Estados Unidos fue inmediata.
Pocos días después, llegaron a la Cancillería peruana los
primeros reclamos de indemnización y compensación
económica por la nacionalización. Estas pretensiones
fueron rechazadas con rotundas declaraciones tanto por

50
14 I, PE I Kul.c Lo Ltd

Imagen 2.2. Ocupación de fuerzas del ejército de las instalaciones


de la IPC en Talara, Piura, e19 de octubre de 1968.
Fuente: Wikipedia.
51
la Cancillería como por el propio Velasco, a razón de
la deuda que el Perú reclamaba a la IPC por derechos
impagos por la explotación del petróleo. Pendía sobre el
Perú la enmienda Hickenlooper, que consistía en cance-
lar los créditos, suspender el comercio y la ayuda técnica
a los países que afectaban a las empresas norteameri-
canas sin una compensación económica. De aplicarse,
Perú podría convertirse en un paria financiero, pues Es-
tados Unidos influenciaría en los organismos de crédito
internacionales. La enmienda afectaba particularmente
las cuotas de azúcar peruana en el mercado norteameri-
cano, que tan importantes eran para la economía nacio-
nal, las que se verían recortadas o eliminadas. Aun así,
Velasco contaba con el respaldo de la opinión pública, y
se dispuso a resistir las presiones norteamericanas.
Para reforzar la posición peruana, el general Edgar-
do Mercado Jarrín, ministro de Relaciones Exteriores,
exploró en las Cancillerías latinoamericanas posibles de-
claraciones de solidaridad, por si se ponían en marcha
sanciones contra el Perú. El Gobierno creía que era po-
sible que en América Latina la enmienda Hickenlooper
desatara sentimientos antinorteamericanos. En ese pun-
to, el presidente Nixon envió un representante personal
para poner fin a la controversia. Se trataba del abogado
y diplomático John N. Irwin. Las reuniones entre el
comité encabezado por Irwin y Velasco, acompañado
siempre de ministros y asesores, empezaron en marzo
de 1969. La posición del gobierno militar era que la
tasación de los bienes expropiados a la IPC ascendía a 54
millones de dólares, mientras que la tasación realizada

52
por la propia empresa era de 120 millones. Para saldar
la controversia, una tasación independiente, ordenada
por el Gobierno, arrojó la cifra de 71 millones. El equi-
valente de este monto en soles fue depositado en el Ban-
co de la Nación a nombre de la IPC e inmediatamente
embargado como parte del pago de 690 millones que
el Perú reclamaba a la empresa norteamericana por los
años en que no pagó los derechos de explotación de La
Brea y Pariñas.
Esta no fue la única expropiación que el Gobierno
llevó a cabo en aquellos meses. Para asegurar la provi-
sión de combustible, en enero de 1969, expropió la par-
ticipación de la IPC en la empresa Concesiones Lima y
su red de distribución de gasolina y derivados de diésel.
El objetivo era resarcir los adeudos pendientes. Para no
ser percibidos como contrarios a los intereses naciona-
les, los diversos sectores políticos y de la prensa tuvieron
que sumarse a la posición del Gobierno apoyando las
expropiaciones y la posición de fuerza frente a las de-
mandas norteamericanas. Las tensiones propias de las
negociaciones se agudizaron cuando se produjo la cap-
tura de dos barcos atuneros de empresarios de Estados
Unidos que incursionaron en las 200 millas que el Perú
sostenía que eran parte de su soberanía marítima. Afor-
tunadamente, el incidente terminó en un intercambio
de notas diplomáticas.
Velasco mantuvo siempre una posición firme, aun-
que el periodista y asesor presidencial Augusto Zimmer-
mann señala que existía un plan de contingencia por si
Estados Unidos aplicaba la enmienda. Este plan consistía

53
en explorar nuevos mercados para la caña de azúcar, re-
convertir los cultivos de la costa norte, refinanciar los
créditos con Europa occidental y acercar el Perú a los
países socialistas con fines comerciales y de ayuda técni-
ca. Los Estados Unidos temían que la enmienda desen-
cadenara una campaña antinorteamericana en América
Latina, y que, alentado por esta ola, eventualmente el
gobierno militar podía afectar los intereses de otras em-
presas. El hecho de que una sanción contra el Perú lo
empujara a los brazos de la Unión Soviética pesaba tam-
bién en las negociaciones. Los militares eran conscientes
de ello y aprovecharon esa carta. Ni a los Estados Unidos
ni al Perú les convenía la ruptura de relaciones, por lo
que la situación quedó al final en punto muerto: los Es-
tados Unidos no aplicaron la enmienda Hickenlooper,
pero tampoco abandonaron sus pretensiones de obtener,
aunque fuera simbólicamente, una reparación por la ex-
propiación de la IPC.
En los años siguientes, otras empresas norteame-
ricanas fueron nacionalizadas por el régimen militar,
pero, dado que no tenían reclamos de deudas impagas
como la IPC, se acordó abonar un precio por ellas. Las
negociaciones se llevaron a cabo al más alto nivel, hasta
que en agosto de 1973 se firmó el acuerdo Mercado-
Greene, que establecía un pago conjunto de 76 millones
de dólares que el Gobierno estadounidense se encargaría
de distribuir entre las empresas que reclamaban com-
pensaciones económicas por las expropiaciones. Para fi-
nanciar este pago, los Estados Unidos otorgaron al Perú
un crédito de 80 millones de dólares, gracias al cual el

54
Imagen 2.3. El compositor Sixto Chulli Taboada, autor de la mar-
cha "9 de octubre", entregando la letra de la canción que conme-
moró la nacionalización de la IPC. La foto corresponde a 1969.
Fuente: Mark Lozada.

Gobierno peruano evitaba hacer desembolsos inmedia-


tos de su propia caja. Por su parte, los Estados Unidos
aceptaron esta solución porque de esta manera evitaban
que se creara en la región un antecedente de expropia-
ción de empresas norteamericanas sin compensación.
Aunque el Perú seguía negándose a reconocer cual-
quier pago a la IPC, el Gobierno de los Estados Unidos
decidió destinar a esta compañía 23 millones del montó
del acuerdo global de los 76 millones. En el acuerdo sus-
crito por el Perú se señaló expresamente que la IPC que-
daba excluida de las compensaciones, pero el Gobierno
estadounidense realizó una interpretación flexible de
dicho acuerdo y pagó a la IPC. Algunos sectores de la

55
oposición criticaron esta medida, que consideraban un
pago por debajo la mesa. Para ese momento, la luna de
miel con el gobierno militar ya había terminado, y el
velasquismo comenzaba a tener problemas desde varios
flancos. Con todo, el arreglo evitó que el mercado nor-
teamericano del azúcar se cerrara para los exportadores
peruanos, por lo que fue evaluado positivamente por la
mayoría de los sectores de la opinión pública.
Tras la nacionalización del petróleo y la populari-
dad de la media, el gobierno militar entró en un compás
de espera mientras se consolidaba el grupo de expertos
militares y civiles organizado en torno a Velasco. Aun-
que en febrero de 1969 se promulgó la Ley Universita-
ria, que mereció el rechazo del movimiento estudiantil,
fue con la Ley de Reforma Agraria cuando se reiniciaron
las reformas estructurales que eran la razón principal del
régimen militar. Así como había ocurrido con la expro-
piación de la refinería de Talara, la atención a la conflic-
tiva situación del mundo rural peruano iba a ser otro
de los ejes centrales del nuevo gobierno. Por fin iban a
iniciarse las reformas estructurales.

El radicalismo universitario y los militares

Cuando se produjo el golpe de 1968, las universida-


des públicas atravesaban un periodo de masificación
y radicalización política. Sectores provenientes de las
capas medias provincianas y populares encontraron

56
en el maoísmo su marco de referencia para construir
sus identidades políticas y aproximarse a la compren-
sión de la realidad peruana. En Lima, la Federación
Universitaria de San Marcos rechazó el golpe militar,
posición que no varió ni con la nacionalización de la
IPC ni con la reforma agraria, que fueron vistas como
parte de un proyecto de "corporativizar" a la sociedad
peruana.
Por el contrario, como señala Nicolás Lynch, la
suspicacia sanmarquina contra el régimen pareció
confirmarse en febrero de 1969, cuando se promulgó
el Decreto Ley n.° 17437, que restringió la participa-
ción estudiantil en el gobierno de las universidades,
eliminó los gremios estudiantiles, prohibió las activi-
dades políticas e instauró un ciclo inicial básico. El
movimiento universitario, que un mes antes había
provocado la renuncia del rector Luis Alberto Sán-
chez, resistió la intervención estatal, movilizó a los es-
tudiantes, tomó las instalaciones y organizó protestas
callejeras.
La respuesta del Gobierno fue la represión policial
y el encarcelamiento de dirigentes estudiantiles, lo
que alimentó aún más la radicalidad de los universi-
tarios. El Frente Estudiantil Revolucionario (FER), de
enorme influencia en aquella época, definió el velas-
quismo como un régimen militar fascista, por lo que
asumió en el movimiento universitario el nombre de
FER-Antifascista.
Junto con el PCP-Patria Roja y el Partido Comu-
nista Revolucionario, el FER-Antifascista organizó la

57
oposición a la intervención estatal y logró paralizar la
reforma universitaria. Los estudiantes rechazaban el
"ciclo básico", una medida que elevaba la exigencia
académica y retardaba la conclusión de los estudios
universitarios. Con esto, el movimiento universitario
le infringió una temprana derrota al régimen mili-
tar, aunque a costa de incrementar el aislamiento de
la universidad de los procesos de transformación en
curso. Por su parte, el régimen militar perdió la cola-
boración de una importante institución, fundamental
en cualquier proceso de desarrollo económico y social.
En adelante, no solo no podría contar con la colabo-
ración de las universidades, sino que estas se convirtie-
ron en los principales espacios de oposición política.

58
CAPÍTULO 3

La reforma agraria

a reforma agraria fue una de las medidas más com-


L plejas del régimen militar. Por su radicalidad, so-
cavó las bases de la sociedad oligárquica y se convirtió
en un parteaguas de la historia del Perú, por entonces
todavía un país con una población rural del 40%. Lejos
de ser una medida improvisada, la reforma agraria fue la
culminación de un largo proceso de maduración. Mu-
cho antes de la llegada al poder de los militares, el tema
ya estaba sobre la mesa.
La distribución de la tierra fue uno de los temas cen-
trales en los programas del Partido Socialista Peruano de
José Carlos Mariátegui y en el del APRA de Víctor Raúl
Haya de la Torre. Por algún tiempo, fue básicamente un
postulado de la izquierda peruana, aunque progresiva-
mente se sumaron a la demanda nuevos sectores políti-
cos, como la Democracia Cristiana y Acción Popular. El
expresidente José Luis Bustamante y Rivero consideraba
que era una medida necesaria para solucionar el proble-
ma agrario, lo mismo que Fernando Belaunde, quien
incluyó la propuesta de una reforma agraria tanto en
sus libros doctrinales como en el programa político de

59
Acción Popular. En el plano internacional, las reformas
agrarias eran alentadas por el programa Alianza para
el Progreso, lanzado por los Estados Unidos, como un
camino para modernizar las economías latinoamerica-
nas. En 1961, la Organización de Estados Americanos
(OEA), que precisamente debatió la implementación de
la Alianza para el Progreso, asumió también la reforma
agraria como parte de su programa en una reunión cele-
brada en Punta del Este, Uruguay.
Aunque la necesidad de la reforma agraria era prác-
ticamente un consenso en el Perú, había fuertes discre-
pancias sobre sus alcances y los mecanismos para llevarla
a cabo. Para los grupos de la izquierda radical, la redis-
tribución de la tierra era una pieza de sus proyectos de
transformación revolucionaria de la sociedad peruana;
es decir, esta debía ser consecuencia de las luchas por la
tierra. Para algunos, la tierra debía colectivizarse, mien-
tras que otros defendían que se entregara a los campesi-
nos en forma de minifundio o a las comunidades. Los
sectores más moderados, como el Partido Comunista
Peruano, demandaban una ley de reforma agraria que
al menos acabase con los latifundios. Esta fue la bande-
ra de varios postulantes comunistas al Congreso en los
comicios de 1962.
Los partidos reformistas, como Acción Popular y
la Democracia Cristiana, planteaban que la reforma
agraria debía concentrarse en las haciendas de la sierra,
que se caracterizaban por su baja productividad, por
emplear fuerza de trabajo gratuita y por mantener las
peores formas de explotación y abuso de la población
indígena. Alentaban también la colonización de la selva,

60
así como proyectos de irrigación en la costa para am-
pliar la frontera agrícola y entregarlas a campesinos in-
dependientes en forma de minifundios. Los sectores de
la derecha, si bien sobre el papel aceptaban una reforma
agraria en la sierra, en la práctica trataban de contro-
lar el proceso para bloquearlo, ya fuera porque estaban
comprometidos con los propietarios o porque percibían
que la reforma agraria podía erosionar las bases sociales
de la sociedad oligárquica.
Durante el gobierno de Manuel Prado se creó una
Comisión de Reforma Agraria y Vivienda (CRAV), pre-
sidida nada menos que por Pedro Beltrán Espantoso,
antiguo presidente de la Sociedad Nacional Agraria y
director de La Prensa. En su informe final, entregado en
1960, sugería crear un impuesto que gravara a las tierras
improductivas, dirigido sobre todo a las haciendas de la
sierra peruana, que concentraban grandes extensiones
de tierra sin cultivar. Este impuesto debía empujar a los
hacendados a tecnificarse y modernizar la producción o,
caso contrario, a vender las tierras sin trabajar a agricul-
tores independientes.
El informe (firmado por Ernesto Alayza Grundy,
uno de los fundadores de la Democracia Cristiana, que
poco antes había sustituido a Beltrán) sugería también
un proceso de expropiación controlada, a realizarse por
fases, de acuerdo con la disponibilidad del presupuesto
nacional, de modo que se garantizara la productividad
y la provisión de capitales. De todas estas medidas que-
daban fuera las grandes haciendas de la costa central y
norte. Estas eran explotaciones bastante tecnificadas,
que empleaban fuerza de trabajo asalariada y generaban
61
texto Ur1C
concontido del decreto
r 17716 y *posiciones
mentadas conexas

Imagen 3.1. Portada de la Ley de Reforma Agraria y su reglamento,


documento que se difundió entre las organizaciones campesinas y
la opinión pública.
Fuente: Wikipedia.

62
divisas gracias a la venta internacional del azúcar y el al-
godón. En su interior existían sindicatos de trabajadores
influidos por el ADRA que realizaban huelgas y acciones
de protesta para mejorar las remuneraciones y las con-
diciones de trabajo. Al contrario que las haciendas de la
sierra, que casi todos consideraban que debían desapa-
recer por ser instituciones arcaicas, sectores de la dere-
cha pensaban que las haciendas capitalistas de la costa
debían quedar al margen de la reforma o que merecían
un tratamiento especial.
Según el informe de la CRAV, el primer año de-
bían expropiarse 5000 hectáreas en la costa, junto con
30.000 hectáreas agrícolas y 300.000 de pastos en la
sierra. Un fondo de crédito ayudaría a los pequeños
y medianos productores a hacerse cargo de las nuevas
parcelas. Bourricaud sostiene que la reforma defendida
por Beltrán tenía un carácter "técnico", ya que debía
realizarse privilegiando la capacidad de gasto del Estado
(solo el primer año se calculaba que harían falta 300
millones de soles del presupuesto público) y cuidando
de no afectar la eficiencia de la agricultura mediante la
garantización de créditos y asesoría técnica.
La reforma agraria propuesta por la CRAV, en par-
te por problemas presupuestarios, no produjo mayores
cambios en el agro, y el problema siguió sin resolverse.
No obstante, las transformaciones rurales no se dete-
nían. En Junín, Cerro de Pasco y Cuzco se produje-
ron diversos conflictos por la tierra entre campesinos
y hacendados que agudizaron las contradicciones en la
sociedad rural. Entre 1959 y 1963, en el valle de La
Convención, situado en la ceja de selva de Cuzco, los
63
campesinos organizados en sindicatos agrarios promo-
vieron huelgas y paros para protestar contra los abusos
de los hacendados. Pronto el movimiento derivó en to-
mas de tierras. Liderados por el joven trotskista Hugo
Blanco, los sindicatos decretaron e implementaron una
reforma agraria desde abajo, expulsaron a los hacenda-
dos y se enfrentaron a la policía.
El movimiento campesino de La Convención lo-
gró el apoyo de la opinión pública cuzqueña, incluida la
Cámara de Comercio local, que publicó un comunica-
do en el que solicitaba al Gobierno la implementación
de la reforma agraria. La respuesta fue inesperadamente
positiva. Aunque Hugo Blanco y los líderes campesinos
se habían preparado para una represión gubernamental
y convertir las luchas por la tierra en una revolución, el
gobierno del general Ricardo Pérez Godoy, quien de-
rrocó a Manuel Prado en julio de 1962, aprobó una re-
forma agraria que se aplicaría solo en La Convención.
Esta legalizó la redistribución de la tierra realizada por
los sindicatos campesinos y, al mismo tiempo, apaciguó
la agitación agraria. Adicionalmente, Pérez Godoy tam-
bién creó el Instituto de Reforma Agraria y Coloniza-
ción para promover la modernización de la agricultura
y la puesta en explotación de nuevas tierras.
Esta fue la primera reforma agraria peruana. Aun-
que su alcance geográfico fue muy limitado, mostró que
cada vez más sectores políticos y sociales entendían que
era necesario poner fin al modelo injusto de distribución
de la tierra heredada de las décadas anteriores. La refor-
ma agraria en La Convención supuso para los militares
un aprendizaje que resultaría crucial en los siguientes

64
años: si la reforma agraria no se realizaba desde el Esta-
do de manera controlada, sería impulsada desde abajo,
por los propios campesinos, con desenlaces imprevisi-
bles debido a la agitación de los partidos de la izquierda
revolucionaria. La entrega de títulos de propiedad a los
campesinos estuvo acompañada de un paquete de inver-
siones en escuelas, postas médicas, carreteras y canales
de regadío, que buscó reinstalar la autoridad estatal en
La Convención.
Cuando en 1963 Fernando Belaunde ganó las elec-
ciones presidenciales, la reforma agraria fue una de sus
principales promesas. La victoria belaundista alentó a
los campesinos de las comunidades del Cuzco, Cerro
de Pasco y Junín a "recuperar" las tierras que los ha-
cendados les habían arrebatado en el pasado. Cientos
de campesinos con la bandera peruana invadieron las
haciendas y se enfrentaron a las fuerzas del orden. En
Cerro de Pasco y Junín, las tomas adquirieron un matiz
nacionalista, pues su principal objetivo era la compañía
norteamericana Cerro de Pasco Corporation, empresa
minera que había ampliado sus inversiones a la ganade-
ría y la producción de lácteos. En la sierra del Cuzco, las
tomas de tierras fueron irreversibles gracias al apoyo de
la Federación de Trabajadores y de la población urbana,
que se sumó a los mítines campesinos que paralizaron la
ciudad durante largas jornadas.
En Cerro de Pasco y Junín, el Gobierno logró dete-
ner parcialmente las ocupaciones de tierras, pero a nadie
escapaba que era urgente continuar con la reforma agra-
ria iniciada por el gobierno de Pérez Godoy. Sin embar-
go, a diferencia del régimen militar, Belaunde no podía
65
actuar de manera unilateral, sino que tenía que contar
con el respaldo del Congreso, donde la oposición le era
contraria. El proyecto de ley de reforma agraria que Be-
launde envió al Congreso encalló en un largo debate
parlamentario, que permitió al bloque aprista-odriista
recortar la norma hasta practicante hacerla inútil. Así, la
Ley de Reforma Agraria promulgada en mayo de 1964
dejaba al margen a los grandes complejos agroindustria-
les y a las estancias ganaderas de la sierra central. En
las filas odriistas había varios representantes de este sec-
tor, que se habían encargado de proteger sus intereses
añadiendo numerosas excepciones que permitieron a
los hacendados salvaguardar sus propiedades. En con-
secuencia, la reforma agraria belaundista resultó un fra-
caso, pues exceptuó a la gran propiedad, lo que provocó
la decepción de los campesinos y postergó la solución
del problema agrario. Hasta que Velasco se hizo con el
poder.
Los militares sabían que la reforma agraria iba a ser
una de las grandes transformaciones que llevaría a cabo
el régimen. De ahí que desde muy temprano comen-
zaran las negociaciones en el interior del COAP para
formular una ley de reforma agraria que fuera mucho
más allá de lo que Pérez Godoy y Belaunde habían plan-
teado. Entre octubre de 1968 y junio de 1969, Velasco
maniobró para recomponer el Consejo de Ministros,
cesando entre otros al general José Benavides, ministro
de Agricultura, de quien desconfiaba por su perfil con-
servador, de modo que la reforma agraria se lanzara sin
oposiciones internas. La Ley de Reforma Agraria se pro-
mulgó finalmente el 24 de junio 1969, fecha simbólica,

66
Imagen 3.2. Hacienda Casa Grande, en La Libertad. Perteneció a
la familia de origen alemán Gildemeister. Fue expropiada en 1969.
Colección del autor.

pues en el Perú se celebraba el Día del Indio. Siguiendo


el estilo militarista que tan exitoso había sido en Talara,
al mismo tiempo que se producía el anuncio público,
el Ejército ocupaba 18 complejos azucareros en la costa
norte. Haciendas como Casa Grande, Roma y Laredo,
de la familia Gildemeister, o las haciendas Cartavio y
Paramonga, pertenecientes a la empresa norteamericana
Grace, fueron ocupadas por equipos de funcionarios y
técnicos de la reforma agraria que iniciaron su conver-
sión en cooperativas agrícolas.
En las semanas siguientes, equipos similares se mo-
vilizaron por las haciendas de la sierra. Esta era la medida
más radical de reforma agraria que hasta ese momento

67
se había puesto en marcha en el Perú. La inclusión en
la ley de las haciendas azucareras, que producían para el
mercado internacional, iba mucho más allá del "consen-
so reformista" generalizado en los arios anteriores. Era
una medida que situaba al gobierno militar claramente
dentro del espectro progresista o izquierdista de la polí-
tica nacional.
¿Por qué Velasco decidió iniciar su reforma agraria
por las empresas agroexportadoras? Hubo dos razones
que explicaban esta decisión. Por un lado, se trataba
sin duda de una decisión política. El régimen militar
consideraba que la oligarquía se sostenía en los latifun-
dios azucareros y en la banca, sus dos grandes pilares, de
modo que al expropiar estas haciendas eliminaba una
de las bases de su poder. El propio Velasco se refirió a
la reforma agraria como un acontecimiento pensado
para quebrar el espinazo de la oligarquía. Modernizar
la sociedad peruana requería acabar con los poderes tra-
dicionales opuestos al proceso "revolucionario" que los
militares pretendían llevar a cabo.
Por otro lado, las haciendas azucareras tenían la
ventaja de que funcionaban relativamente bien, y, por
esa razón, eran el lugar ideal para avanzar en el tipo
de reforma agraria que Velasco y los militares tenían
en la cabeza, que no consistía en entregar la tierra di-
rectamente a los campesinos, sino en crear empresas
cooperativas modernas de las que los campesinos fue-
ran socios y trabajadores. En la época, las cooperativas
eran consideradas como una organización más eficien-
te que el minifundio. Los militares pensaban que esta

68
Imagen 3.3. Ferrocarril de la hacienda Paramonga, perteneciente
a la compañía Grace, expropiada durante el gobierno de Velasco.
Cortesía de Raúl Flores.

transformación tendría más posibilidades de salir bien


si el nuevo modelo comenzaba a aplicarse en la costa, de
manera que pudiera servir de ejemplo al resto del país.
Más allá de las consideraciones económicas y polí-
ticas, la reforma agraria tuvo también un fuerte conte-
nido social. Los militares sabían perfectamente que la
concentración de la tierra en pocas manos daba lugar a
un régimen de dominación y explotación sobre la po-
blación indígena rural, que se expresaba en el trabajo
gratuito o la servidumbre, así como en la negativa de los
hacendados a implementar escuelas dentro de sus pro-
piedades y favorecer la ciudadanización de los campesi-
nos. Es decir, en ciertos aspectos el régimen de haciendas
prevaleciente funcionaba como una esfera autónoma a

69
Imagen 3.4. Trabajadores del ingenio azucare-
ro Paramonga, en Lima. La hacienda perteneció
a la compañía Grace y fue expropiada en 1969.
Colección del autor.

la legalidad y al Estado. Por esto, la reforma agraria era


parte de un proceso de integración de la sociedad perua-
na sobre nuevas bases sociales, entre ellas la expansión
de la propiedad en los sectores rurales e indígenas, así

70
como la depuración de los poderes regionales y locales
que habían hecho de la sociedad oligárquica una socie-
dad de privilegios.
Velasco se imaginaba el campo pletórico de coope-
rativas o empresas agrarias, modernas y mecanizadas,
que organizaran más eficientemente la producción.
Además de incrementar la justicia social y de convertir
a los campesinos en trabajadores-socios, el campo de-
bía proporcionar alimentos baratos a las ciudades con
el fin de asegurar la paz social que la revolución necesi-
taba. Para lograrlo era imprescindible la modernización
y el incremento de la eficiencia del sector rural. Sobre
el papel, las cooperativas debían asegurar la provisión
de capitales, maquinaria, recursos, tecnología y asesoría
técnica a los campesinos, así como facilitar la comercia-
lización de los productos en términos más justos. Para
esto último, el gobierno militar creó empresas estatales
de comercialización agrícola con el objetivo de sustituir
a las empresas comercializadoras privadas.
La expropiación y adjudicación de tierras estuvo a
cargo de la Dirección General de Reforma Agraria del
Ministerio de Agricultura. Al principio, la norma esta-
bleció un límite no expropiable de 150 hectáreas, aun-
que un decreto posterior permitió que en las haciendas
que no pagaban salario a sus trabajadores se procediera
a la expropiación incluso por debajo de esa superficie.
El proceso se llevó a cabo por etapas, sumando suce-
sivamente provincias y territorios, según la capacidad
operativa de la Dirección General de Reforma Agraria.
Esta estrategia permitió que parte de los propietarios
se anticipasen a la expropiación. Algunos vendieron las
71
maquinarias y el ganado, mientras que otros parcelaron
sus tierras y las transfirieron a familiares o las vendieron
a sus colonos. Aunque por lo general obtenían precios
por debajo del mercado, esta opción era para ellos mejor
que esperar la expropiación. Cuando llegaban los fun-
cionarios de la reforma agraria se encontraban con que
muchas haciendas estaban descapitalizadas, sus cultivos
abandonados o habían sido fraccionadas.
En Cajamarca, Piura y Andahuaylas se produjeron
movimientos de protesta por parte de los campesinos,
que querían acelerar el ritmo de la reforma para evitar
que estas prácticas continuaran. El caso más célebre fue
el de Andahuaylas, donde en 1974 la federación pro-
vincial de campesinos, influenciada por el partido Van-
guardia Revolucionaria y liderada por Lino Quintanilla
y Julio César Mezzich, impulsó tomas de tierras y su
distribución entre los campesinos, y obligó a la inter-
vención de los funcionarios de la reforma agraria. En
estas regiones, dichos funcionarios se aliaron con las or-
ganizaciones campesinas, pues estaban en contra de las
ventas que realizaban los hacendados. Muchos de estos
funcionarios eran cercanos a los partidos de izquierda,
y veían a los campesinos como aliados naturales. Sin
embargo, las relaciones no siempre fueron sencillas.
Los campesinos tenían como referente la organización
comunal, y deseaban que se les transfiriera la tierra de
manera directa, sea para reconstruir sus comunidades o
para ser agricultores independientes.
La idea de convertir las haciendas en empresas
cooperativas no era el tipo de reforma agraria que ellos

72
Imagen 3.5. Plantaciones de caña de azúcar de la hacienda Larco,
La Libertad, Perú, principios del siglo XX.
Fuente: Wikipedia.

esperaban. Como resultado, en varios lugares, los fun-


cionarios velasquistas tuvieron que hacer concesiones
sobre el terreno, negociando formas híbridas de organi-
zación empresarial que no se ajustaban exactamente al
modelo diseñado por los militares y sus asesores desde
Lima. El caso de la comunidad de Catacaos, Piura, es-
tudiado por la antropóloga Mari Burneo, ilustra dicho
proceso. Allí, los comuneros se movilizaron para recla-
mar la restitución de las tierras que consideraban que
se las habían arrebatado los hacendados, de modo que
cuando llegaron los funcionarios de la reforma agraria
para organizar una cooperativa se opusieron decidida-
mente. Funcionarios y dirigentes tuvieron que negociar
y transar una salida: las cooperativas "comunales" de

73
producción. Como en Catacaos, la reforma agraria tuvo
que amoldarse a los procesos existentes en las regiones,
particularmente cuando existían sectores del campesi-
nado movilizados.
En las haciendas de provincias y distritos de la sie-
rra, donde existía una menor tradición de lucha campe-
sina, los funcionarios velasquistas marcaron la pauta y
definieron el tipo de organización al que debían adap-
tarse los adjudicatarios. Fue en estas regiones donde el
Sinamos tuvo mayor influencia política, pues procedió a
organizar a los colonos indígenas, a los que brindó cur-
sos de capacitación y educación política. Fue también
ahí donde los campesinos respaldaron mayoritariamen-
te al régimen militar.
Más allá de los objetivos iniciales del Gobierno, el
proceso de reforma agraria tuvo muchos matices loca-
les y regionales. Aunque en general encontró muy poca
resistencia de los propietarios, hubo que hacer frente
al problema de las compensaciones económicas. La ley
contemplaba que los dueños de los predios expropiados
debían recibir un justiprecio por su propiedad, ajusta-
do al valor del registro predial. Los investigadores del
Instituto de Estudios Peruanos José Matos Mar y José
Manuel Mejía definieron esta práctica como una "venta
forzosa". Una parte del valor se pagaba al contado y el
resto en bonos a 20, 25 y 30 años. Los propietarios que
deseaban invertir en el sector industrial podían hacer
efectivo inmediatamente el valor total de la indemniza-
ción si a cambio se comprometían a poner de su parte
una inversión de monto similar. Este mecanismo tenía

74
como objetivo impulsar una industria nacional median-
te la transferencia de capitales desde el sector agrario
hacia el industrial. Eran un incentivo para convertir a
los antiguos hacendados oligarcas en una burguesía in-
dustrial. Entre quienes siguieron este camino se encon-
traban empresarios en la actualidad tan representativos
como Dionisio Romero, antiguo propietario de hacien-
das de algodón en Piura.
En la costa, la reforma agraria comenzó con los lati-
fundios azucareros, mientras que en la sierra se inició en
las grandes haciendas ganaderas de Cuzco y Pasco, don-
de las comunidades campesinas estaban movilizadas,
incluso antes del ascenso al poder de Velasco, y llevaban
a cabo invasiones de tierras. En todos los casos se pre-
tendía evitar el riesgo de dividirlas en parcelas demasia-
do pequeñas, por lo que se pusieron en marcha diversas
estrategias para asegurar una organización asociativa de
las propiedades. Fueron muy pocos los campesinos que
recibieron directamente la propiedad de la tierra desde
el primer momento. Esto solo ocurrió en zonas como La
Convención, donde los campesinos estaban moviliza-
dos e hicieron prevalecer sus intereses de convertirse en
propietarios independientes, y el Gobierno cedió ante el
temor de perder el control de los acontecimientos.
Las Cooperativas Agrarias de Producción (CAP)
fueron el modelo de organización destinado principal-
mente para la costa central y norte, donde estaban las
haciendas más modernas, con infraestructura indus-
trial y vinculadas a los mercados internacionales. En las
CAP, el Estado retenía la propiedad de la tierra y los

75
Imagen 3.6 Juan Velasco Alvarado entregando diplomas en una
ceremonia pública. La foto corresponde al año 1971.
Colección del autor.

campesinos adquirían la calidad de socios-trabajadores.


Solo cuando culminara el pago de la deuda agraria, es
decir, la indemnización que debían recibir los antiguos
dueños, los campesinos-socios pasarían a ser propieta-
rios. Este modelo confería un gran poder al Gobierno,
que en la práctica imponía el personal gerencial, admi-
nistrativo y técnico de las cooperativas. La producción
seguía las pautas que marcaban los funcionarios, a los
que se subordinaba la participación y las demandas de
los campesinos. Las cooperativas contaban con una
asamblea general de delegados, un consejo de admi-
nistración y un consejo de vigilancia. El Gobierno se

76
reservaba el derecho de nombrar a los delegados, lo que
aseguraba el control estatal de una CAP.
La gestión de las CAP fue desde un inicio compleja y
conflictiva. La mayoría de los trabajadores permanentes
de las haciendas tenían parcelas adjudicadas como com-
pensación por los bajos salarios que recibían, por lo cual
al momento de formarse las cooperativas adquirieron el
doble papel de "socios" y de "parceleros". Como socios
exigían el aumento de salarios y la mejora de las condi-
ciones laborales, pero como esto era inviable debido a
la incorporación de nuevos socios (por lo común traba-
jadores temporales de las exhaciendas) y al aumento de
los costos de producción, tendieron a reducir el tiempo
dedicado a las tierras de la cooperativa para dedicarlas al
trabajo de sus parcelas. A estos problemas internos debe
añadirse el asedio de las comunidades campesinas que
reclamaban como tierras comunales parte de los terre-
nos sobre las cuales se habían constituido las CAP. Un
caso representativo es el que refiere el sociólogo e inves-
tigador del desarrollo rural Giovanni Bonfiglio sobre la
CAP Viduque, que poseía 1576 hectáreas, pero después
de la invasión de la comunidad de Catacaos, en el Bajo
Piura, se redujo a 600 hectáreas.
La complejidad de la administración de las hacien-
das agroindustriales colocaba a los antiguos trabajadores
agrícolas, inexpertos y carentes de formación empresa-
rial, en una situación de desventaja. Por su parte, los
funcionarios nombrados por el Gobierno reprodu-
cían con frecuencia las relaciones autoritarias y pater-
nalistas de los antiguos hacendados, lo que hacía que

77
Avelino Mar Arias y la CNA

Fue uno de los dirigentes campesinos más populares


vinculados al régimen velasquista. Nació en 1935 en
la hacienda Huayopata, provincia de La Convención,
Cuzco. Sus padres fueron arrendires de la hacienda de
Benjamín La Torre, un célebre terrateniente que pro-
ducía té y caña de azúcar. Avelino Mar estudió en el
Cuzco, lejos de la vigilancia del hacendado. Al con-
cluir su etapa escolar, ingresó a la carrera de agronomía
en la Universidad Nacional de San Antonio Abad del
Cuzco, pero dos años después abandonó los estudios
para dedicarse a la organización de sindicatos cam-
pesinos. Fue uno de los fundadores de la Federación
Provincial de Campesinos de La Convención y Lares;
en 1965 fue electo secretario de prensa y propaganda.
Al instalarse las guerrillas del MIR en Mesa Pelada, co-
mandadas por Luis de la Puente Uceda, fue tentado
para incorporarse a sus filas, pero solo aceptó apoyar a
los guerrilleros con provisiones. Por esto, fue detenido
por la policía y procesado hasta que en 1971 resultó
amnistiado por Velasco.
Al salir de prisión, Mar retornó a La Convención,
donde reanudó sus labores de dirigente campesino y se
ocupó del predio familiar. Organizó numerosas ligas
agrarias que dieron origen a la poderosa Federación
Agraria Revolucionaria Túpac Amaru, la principal
base de la Confederación Nacional Agraria. En estas
tareas se vinculó con el Sinamos y el régimen mili-
tar. A la caída de Velasco, la CNA pasó a la oposición

78
del régimen de Morales-Bermúdez. En 1977, Avelino
Mar ocupó la presidencia de la CNA.
Un año antes se había incorporado al Partido
Socialista Revolucionario liderado por Leonidas Ro-
dríguez. Desde esa posición fue una de las grandes
figuras nacionales del movimiento campesino que lu-
chó contra las políticas económicas del gobierno de
Morales-Bermúdez. Pasó a la clandestinidad cuando el
régimen declaró ilegal a la CNA e inició la persecución
de sus dirigentes. En 1978, aún en la clandestinidad,
fue electo miembro de la Asamblea Constituyente y
participó de los debates para la redacción de la Cons-
titución de 1979. Tras su experiencia parlamentaria
regresó a su predio en Huayopata, donde retomó sus
actividades de dirigente agrario vinculado a la CNA.
Avelino Mar nunca interrumpió sus vínculos con el
movimiento campesino de La Convención. Murió en
2015, en un hospital de Lima.

la conflictividad con los campesinos fuera constante.


Como las cooperativas nunca fueron efectivamente
controladas por los campesinos, estos las percibieron
como cuerpos extraños a su forma de vida. En junio de
1972, una ola de protestas y huelgas obligó al Gobierno
a permitir elecciones abiertas de delegados en Tumán.
Aun así, incluso en los casos en los que los trabajadores
lograban elegir a sus representantes en los directorios
de las cooperativas, los funcionarios del Ministerio de
Agricultura y del Sinamos continuaron imponiendo su

79
Imagen 3.7. Avelino Mar (sentado), líder campesino y dirigente de la
Confederación Nacional Agraria, por entonces miembro de la Asam-
blea Constituyente de 1978.
Cortesía de Archivo MMCC/Juan Mendoza.

influencia, decidiendo los cultivos y nombrando a los


gerentes y administradores.
El segundo tipo de organización empresarial im-
pulsado por el régimen militar fueron las Sociedades
Agrícolas de Interés Social (SAIS). Las SAIS estaban pen-
sadas particularmente para las haciendas ganaderas de la
sierra peruana. Su objetivo era evitar que los antiguos
latifundios, así como su infraestructura y su maquina-
ria, se disgregaran y perdieran capacidad productiva.
En este sentido, su creación reflejaba el paradigma pre-
dominante en la época, que privilegiaba las economías
de gran escala, consideradas más rentables y eficientes

80
que los minifundios, pues permitían optimizar el uso
de tecnologías modernas y dotarlas de una organización
empresarial. Durante el proceso de reformas se crearon
alrededor de sesenta SAIS. Entre las más célebres están
las SAIS Cahuide y Túpac Amaru, ambas en el depar-
tamento de Junín. La primera reunió varias haciendas,
como Laive y Ranatullo, que conformaban la Sociedad
Ganadera del Centro y cerca de 29 comunidades cam-
pesinas. La segunda se formó sobre la base de los terre-
nos pertenecientes a la Cerro de Pasco Corporation, y
agrupó a 16 comunidades campesinas. Esta última SAIS
existe hasta la actualidad, dedicada principalmente a la
ganadería y producción de lácteos.
El problema era que esta no era la reforma agraria
que los campesinos habían esperado. Buena parte de
las tierras de las haciendas habían sido en el pasado tie-
rras de las comunidades, y los campesinos creían tener
derecho a ellas. Su objetivo era que se las adjudicaran
directamente a ellos y no a las SAIS. La respuesta del
Gobierno consistió en diseñar un modelo complejo, en
el que coexistían en el interior de las SAIS cooperativas
de servicios conformadas por los antiguos trabajadores
de las haciendas y las propias comunidades campesinas
con la categoría de socias, pero con sus propias estruc-
turas comunales y formas colectivistas de organizar la
producción. El resultado era una institución muy difícil
de gestionar, con intereses divergentes en su interior, en
la que convivían lógicas de funcionamiento contradic-
torias. Casi desde el principio comenzaron los proble-
mas y las tensiones. Las comunidades pugnaban por

81
desmantelar las SAIS y lograr la adjudicación directa de
las tierras, mientras que las cooperativas de antiguos tra-
bajadores (muchos de los cuales no estaban adscritos a
ninguna comunidad) temían perder sus medios de vida
si esta adjudicación se producía.
Además de las CAP y las SAIS, el Gobierno puso en
marcha una serie de instituciones adicionales dirigidas a
aumentar las capacidades técnicas de los trabajadores de
las cooperativas agrarias. Eran los casos del Centro de
Investigación y Capacitación para la Reforma Agraria y
del Sistema de Asesoramiento y Fiscalización de las Coo-
perativas Agrarias de Producción. Asimismo, se confor-
maron empresas estatales como la Empresa Nacional de
Comercialización de Insumos, la Empresa Comerciali-
zadora de Arroz, entre otras, para procurar articular a las
haciendas de la costa con el mercado interno. Estas ins-
tituciones buscaban facilitar la transición hacia el nuevo
sistema de propiedad. Los grandes hacendados habían
tenido acceso al crédito privado y público, pues mu-
chos de ellos eran también accionistas de los bancos. La
agroexportación funcionaba gracias a esta confluencia,
que permitía generosos créditos bancarios. La clave para
que la reforma agraria tuviera éxito era evitar que el flujo
de crédito se cortara. De ahí que el régimen militar for-
taleciera al Banco de Fomento Agropecuario, que poco
después se convirtió en el Banco Agrario, con la misión
de suministrar crédito público a las empresas agrícolas
producto de la reforma.
Más que de los propios hacendados, la oposición
a la reforma agraria provino de un sector de partidos y

82
movimientos de izquierda, que consideraban que el mo-
delo velasquista era insuficiente e inadecuado para sus
proyectos revolucionarios. Descontentos con la estrate-
gia de avance progresivo, apoyaron o incluso impulsa-
ron tomas de tierras, que pretendían iniciar una reforma
agraria "desde abajo", en competencia con la reforma
impulsada por el gobierno militar. Estas controversias
llevaron a que con el tiempo se hicieran ajustes en la ley.
Por ejemplo, los campesinos de la hacienda Huando,
propiedad de la familia Graña, se declararon en huelga
para que el Gobierno la interviniera y se evitara que las
tierras fueran transferidas a miembros y allegados de di-
cha familia, como de hecho estaba ocurriendo.
Presionado por la escalada de tensión, el régimen
derogó el capítulo IX de la Ley de Reforma Agraria, que
permitía la parcelación por iniciativa privada. Sobre el
papel esta norma estaba dirigida a promover que la par-
celación se hiciera entre los campesinos, pero muchas
veces era empleada por los hacendados para transferir
su propiedad entre su parentela o a testaferros, y de ese
modo continuar controlando al menos una parte de las
tierras. Otro ejemplo de ajuste en la ley fue la inclusión
de los fundos menores de 150 hectáreas, como resultado
de las movilizaciones de los campesinos de los valles de
Supe, Barranca y Pativilca, donde predominaba la me-
diana y la pequeña propiedad. En Piura y Andahuaylas,
como se mencionó, los movimientos campesinos y los
partidos de izquierda procedieron a organizar tomas de
tierras, lo que obligó al Gobierno a declararlas antes de
lo previsto zonas afectas por la reforma agraria. Estos

83
ejemplos muestran que, si bien la reforma agraria fue
un proceso desde arriba, hubo numerosos casos en los
que los campesinos influyeron en el ritmo de las expro-
piaciones e, inclusive, en las formas de organización
empresarial.
Entre 1969 y 1975, se expropiaron y adjudicaron
en total casi seis millones de hectáreas. Matos y Mejía
señalan que el crecimiento anual promedio del produc-
to bruto agrícola en esos años fue del 2,1%. Esto signi-
fica que la producción agraria no cayó con la reforma
agraria. Es cierto que pudo crecer más, pero el limitado
incremento se debió sobre todo a la contradictoria posi-
ción del Gobierno, que, por un lado, empujaba a través
de sus funcionarios la siembra de cultivos alimenticios
en el 40% de las tierras y, por otro, subsidiaba los ali-
mentos importados, particularmente al trigo, el arroz,
el maíz y las carnes para la población urbana. En con-
secuencia, concluyen Matos y Mejía, Velasco hizo una
reforma de la propiedad que revolucionó la sociedad ru-
ral, pero no propició una revolución productiva, ya que
sus políticas no incrementaron sustancialmente el valor
de la producción agraria.
Mucho más significativos fueron los efectos sociales
de la reforma. La clase terrateniente y el sistema de po-
der, privilegios y abusos que había organizado alrededor
del monopolio de la tierra desaparecieron. Fue el tér-
mino de la servidumbre indígena en las haciendas de la
sierra. A finales de la década de 1970, el mundo rural
peruano había dejado de estar dominado por las rela-
ciones hacendado-campesino indígena para convertirse

84
progresivamente en un mundo en el que prepondera-
ban las CAP y SAIS, así como sectores de pequeños y
medianos propietarios. En la década de 1980, sin em-
bargo, factores externos como la recesión internacional,
la escasez de crédito, el retraimiento de la ayuda técnica
del Estado e incluso fenómenos naturales como El Niño
afectaron profundamente al agro peruano. Las coopera-
tivas de la costa norte se descapitalizaron, entraron en
crisis económica y organizativa, y los campesinos opta-
ron por sembrar cultivos alimenticios para sustentar a
sus familias. En los hechos, dejaron de funcionar como
una organización empresarial.
Años después, varias de estas cooperativas empeza-
ron sus procesos de disolución. Lo paradójico es que
esto fue un resultado inesperado de la reforma agraria.
Velasco quería mejorar el nivel de vida de los campesi-
nos y liberarlos del sistema de abusos que soportaban
en las haciendas, pero no pretendió convertirlos en pro-
pietarios, sino en una suerte de proletariado rural bien
remunerado y con derecho a participar en la gestión
de las nuevas empresas cooperativas. El objetivo de los
militares era sustituir las haciendas por grandes coope-
rativas supervisadas y dirigidas por el Estado, no distri-
buir la tierra entre los campesinos. No obstante, tanto
las CAP como las SAIS fracasaron, y con el tiempo los
campesinos de la sierra procedieron a la parcelación de
las SAIS, como ocurrió en Puno, y lograron su objetivo
de controlar directamente las tierras, sea a la manera de
minifundios o porque las tierras de las SAIS pasaron a
poder de las comunidades campesinas.

85
Más allá de estos matices, lo cierto es que la refor-
ma agraria peruana fue una de las transformaciones más
radicales de la estructura de la propiedad rural experi-
mentadas en América Latina. Visto en perspectiva, fue
el principal cambio impulsado por el régimen militar.
Un mérito adicional fue el hecho de que, a diferencia
de México, Bolivia o Cuba, donde la reforma agraria
se realizó en medio de procesos revolucionarios, la re-
forma agraria peruana fue bastante pacífica, sin costos
de sangre. El hecho de que la realizara un gobierno mi-
litar que controlaba los recursos coercitivos, así como la
conciencia generalizada de la necesidad de acabar con
el anticuado e injusto mundo rural previo a la reforma,
garantizó que esta se impusiera sin resistencias colecti-
vas organizadas por parte de los antiguos propietarios.
No ocurriría lo mismo con otras reformas del gobierno
militar.

86
CAPÍTULO 4

La política de desarrollo industrial

centras que la reforma agraria convertía a los


M campesinos indígenas en pequeños propieta-
rios o socios de las cooperativas y elevaba su capacidad
de consumo, la política industrial debía modernizar la
economía, consolidar al sector empresarial industrial y
fortalecer a una clase trabajadora estable, con derechos
sociales reconocidos por el Gobierno. Para el régimen
militar, ambas cosas iban de la mano: la reforma agraria
convertía a campesinos en consumidores y la promo-
ción de las industrias tenía en ellos a su mercado natural.
Eran estos los dos pilares claves de la gran transforma-
ción socioeconómica en marcha.
Cuando Velasco asumió el poder, la idea de que el
desarrollo industrial debía ser conducido por el Esta-
do era un sentido común compartido en muchos paí-
ses latinoamericanos. En las décadas de 1940 y 1950,
el economista y teórico argentino Raúl Prebisch y la
Comisión Económica para América Latina y el Caribe
(Cepal) habían publicado numerosos estudios e infor-
mes con recomendaciones en esa línea, que se traduje-
ron en políticas desarrollistas basadas en la noción de la

87
industrialización por sustitución de importaciones. Es-
tos estudios señalaban que América Latina se encontra-
ba en una situación de desventaja frente a los países del
Primer Mundo porque se limitaba a exportar materias
primas, para a cambio importar productos industriales
de más alto valor. La única manera de salir de esta espiral
de dependencia y subdesarrollo consistía en fomentar
una industria nacional, que sustituyera gradualmente
las importaciones y diversificara el aparato productivo
local. Para ello era imprescindible que el Estado asu-
miera un papel conductor, ya que de otra manera era
imposible reunir los capitales necesarios para desarrollar
la industria. El Estado debía además asegurar mediante
estrategias proteccionistas que las empresas nacionales
encontraran un ambiente propicio para consolidarse.
El Perú había sido hasta entonces una excepción
relativa a esta ola industrializadora en América Latina.
Durante los gobiernos de Manuel Odría y Manuel Pra-
do, la política económica se había basado en los sectores
tradicionales: la agricultura de la caña de azúcar y del al-
godón, y la exportación de minerales, como cobre, cinc
y plata, junto con un intenso programa de obras públi-
cas por todo el país para satisfacer la creciente demanda
de empleo. Si bien este último sector estaba en manos
nacionales y había ayudado a consolidar un tenue teji-
do empresarial, la dependencia de la economía respecto
de la exportación de productos primarios seguía siendo
muy alta.
No obstante, desde la década de 1950, la econo-
mía peruana venía experimentado la expansión de un
incipiente sector industrial, tanto por las inversiones

88
directas de compañías extranjeras (ensamblaje de autos
y electrodomésticos) como por la aparición de nuevas
empresas nacionales. El espectacular crecimiento de la
economía internacional después de la Segunda Guerra
Mundial, así como el incremento de la población urba-
na y la demanda de bienes y servicios, estimuló el desa-
rrollo de un moderno aunque pequeño sector fabril que
producía bienes de consumo no duraderos: alimentos,
bebidas, textiles, calzado, papel, etc. Impulsados por
este auge, los industriales empezaron a demandar una
política específica para su sector, lo que llevó en 1959
a la aprobación de la Ley de Promoción Industrial, que
establecía un marco de protección para esta rama de la
economía nacional.
Siguiendo las recomendaciones de la Cepal, la
norma contemplaba protecciones arancelarias y exone-
raciones para la importación de bienes de capital, equi-
pamiento y materias primas necesarias para la industria.
Con el amparo estatal, el sector industrial nacional ex-
perimentó una relativa expansión. Sin embargo, se trató
de un auge efímero, pues al asumir Pedro Beltrán como
ministro de Economía volvió a reducir los aranceles,
ante la oposición de la Sociedad Nacional de Industrias
(SNI), gremio que desde la revista Industria Peruana re-
clamaba mantener la política de protección arancelaria.
La polémica se mantuvo durante el gobierno de
Belaunde, quien apostó tibiamente por la promoción
de la industria nacional. Con todo, el resultado fue la
consolidación de un pequeño sector de empresarios
industriales, a quienes los militares percibirán como
interlocutores y aliados naturales para su proyecto de
89
Imagen 4.1. El general Juan Velasco en una ceremonia oficial de
Fiestas Patrias.
Fuente: Archivo del Instituto de Estudios Peruanos.

desarrollo económico e industrial. En efecto, para Velas-


co, a diferencia de la oligarquía agraria, la industria na-
cional era un vector de modernización de la economía
y de la sociedad peruanas. No era un sector a erradicar
sino a expandir. Así, la política industrial de Velasco iba
a tratar de recuperar el tiempo perdido, incorporando
al Perú a la tendencia latinoamericana de "crecimiento
hacia adentro".
La política industrial fue una de las grandes espe-
ranzas del régimen para la transformación del país. Perú
debía desarrollar una industria nacional que permitie-
ra afianzar la soberanía económica frente a las poten-
cias industrializadas y la autonomía de sus gobernantes

90
respecto a las opresiones foráneas. Para lograrlo, en ju-
lio de 1970, el Gobierno Revolucionario de la Fuerza
Armada promulgó la Ley General de Industrias, que
contemplaba un ambicioso programa de rápida indus-
trialización de la economía peruana. La ley establecía
diferentes tipos de propiedad industrial: pública, priva-
da y lo que llamaba "propiedad social". Definía además
cuatro categorías, según la prioridad e importancia que,
desde la perspectiva del régimen, tenía cada industria
para el desarrollo nacional
La primera categoría era la más importante, e incluía
las industrias básicas, las industrias específicas producto-
ras de bienes de capital y las productoras de tecnología
industrial. Un escalón más abajo, la segunda categoría in-
cluía las industrias de apoyo social (alimenticias, textiles,
farmacéuticas, transporte y culturales) y las industrias de
apoyo productivo (bienes intermedios no esenciales para
la producción). La tercera prioridad eran las actividades
complementarias, consideradas no esenciales para el de-
sarrollo social y productivo del país. La cuarta eran las no
prioritarias, que producían bienes de lujo, considerados
innecesarios para el desarrollo del país.
Evidentemente, la primera y segunda categorías
eran las claves. Esta clasificación era importante porque
la Dirección General de Industrias otorgaba una cons-
tancia de prioridad, mediante resolución directoral, que
determinaba el tipo de incentivos a los que podía ac-
ceder cada empresa. Para este efecto, las empresas que
producían manufacturas en el país estaban inscritas en
el Registro Nacional de Manufacturas. Las iniciativas
industriales que se desarrollaban en el interior del país

91
gozaban de ventajas adicionales, lo que significaba una
enorme transferencia de recursos del erario público al
sector industrial.
La Ley de Industrias reservaba al Estado un papel
central en las denominadas "industrias básicas", ca-
tegoría que incluía la producción de papel, industrias
química y petroquímica, fertilizantes, cemento, siderur-
gia e industria metalúrgica. Las empresas privadas que
operaban en estas ramas pasaron a ser expropiadas. Los
militares consideraban que estas industrias eran impres-
cindibles para sentar las bases del desarrollo industrial
peruano, por lo que debían someterse a una planifica-
da intervención estatal, acompañada de la inyección de
fondos públicos. Probablemente, también creían que
el sector privado tenía un compromiso limitado con
el proyecto de construcción nacional. Los empresarios
podían participar en estas industrias, pero a condición
de asociarse con el Estado mediante contratos de con-
cesión. Concluido el periodo de concesión, la norma
establecía que la actividad revertía al Estado, que de esta
manera se convertía en el motor del desarrollo de las
industrias básicas.
Siguiendo los fundamentos nacionalistas que la
inspiraban, la Ley de Industria estableció que los fon-
dos extranjeros no podían representar más del 49% del
capital social de las empresas. Esto obligó a transferir
las acciones que sobrepasaran este límite a empresarios
nacionales. Las compañías extranjeras que desearan es-
tablecerse en el país debían asociarse con empresarios
peruanos. Esta medida, como es evidente, pretendía
fortalecer al empresariado nacional, que los militares

92
consideraban que debía asumir mayores responsabilida-
des para el desarrollo del país
Al amparo de esta ley, la participación del Estado en
la propiedad de las empresas industriales aumentó, sea
por procesos de estatización o por creación de aquellas
que se consideraron fundamentales para el desarrollo na-
cional. Pero también la ley fue aprovechada por empre-
sarios nacionales que invirtieron en diversas iniciativas
industriales que, gracias a los subsidios y la protección
del mercado, aseguraban su rentabilidad. Fueron estos
años la época del auge de la industria peruana. En parte
como resultado de estas medidas, el sector industrial al-
canzó en 1974 el 21% del producto bruto interno. Sin
embargo, este auge no supuso el final de la dependencia
de las importaciones de bienes de capital y de insumos.
La balanza de pagos no cambió significativamente y el
flujo de capitales al exterior continuó. El eslabonamien-
to de la industria con los otros sectores de la producción
era apenas incipiente, pues estos procesos requieren de
un periodo de largo plazo para su consolidación.
El problema de fondo era que la mayoría de la pro-
ducción peruana no era competitiva en los mercados
internacionales. Aunque el gobierno militar tenía la es-
peranza de que el recién creado Grupo Andino sirviera
para establecer una red regional de relaciones comercia-
les con los países vecinos, esta articulación regional no
pasó de ser un proyecto trunco. La industria peruana
resultaba sumamente cara en comparación con la indus-
tria de otros países, que disponía de mayor experiencia o
de economías de escala más grandes. En consecuencia,

93
fue una apuesta de alto nivel y muy costosa para el era-
rio nacional.
El régimen militar consideraba que, dado que los
empresarios industriales eran los principales beneficia-
rios de la nueva política económica, estos debían in-
volucrarse con mayor empeño en la construcción de la
nación. Para esto se acercó y buscó relaciones con los
representantes del gremio industrial. Los primeros pa-
sos se dieron cuando Velasco fue invitado, en febrero
de 1969, al II Congreso de Industriales y nombrado
presidente honorario, y cuando a finales de ario el Go-
bierno nombró a Eduardo Dibós, hasta entonces pre-
sidente de la Sociedad Nacional de Industrias, como
alcalde de Lima. Dibós y otros empresarios aceptaron
colaborar con Velasco. Estos eran, sin embargo, apoyos
individuales, pues en el interior de la SNI predomina-
ban los grupos tradicionales que veían con desconfianza
las reformas militares, el discurso nacionalista del régi-
men y el crecimiento político del sindicalismo obrero.
Aunque hubo varias coyunturas de colaboración, nun-
ca se concretó la deseada alianza entre el régimen y los
industriales.
El principal escollo que impidió que los empresa-
rios se sintieran cómodos con el gobierno militar eran
las denominadas "comunidades industriales'', un nue-
vo modelo de organización de la propiedad industrial,
instituido por el velasquismo como complemento de la
Ley General de Industrias. Era aquí donde los intereses
del gobierno militar y los empresarios colisionaron.
Las comunidades industriales fueron creadas por
decreto ley en septiembre de 1970. Eran importantes

94
Imagen 4.2. La CGTP fue la principal organización sindical que
brindó apoyo a las reformas militares.
Fuente: Gilberto Hume/Archivo MMCC/Juan Mendoza.

porque en ellas el régimen militar cristalizaba su con-


cepción de las relaciones entre empresarios y trabajado-
res, así como el modelo de sociedad que pretendía forjar.
Hasta entonces, el Estado había tendido a favorecer a los
dueños de las empresas contra las demandas laborales de
los trabajadores. La legislación y las sentencias del Poder
Judicial solían ser favorables al empresariado y predomi-
naba la represión policial de huelgas y movilizaciones.
Por el contrario, las comunidades industriales replan-
tearon esta situación, promoviendo una comunidad de
intereses entre empresarios y trabajadores. La ley esta-
blecía que los trabajadores debían participar del 10%
de los beneficios de las empresas y que 15% adicional
debía reinvertirse en la misma empresa para aumentar

95
su capital, en forma de acciones a nombre de la comu-
nidad industrial.
El objetivo era que estas reinversiones elevaran poco
a poco la participación de las comunidades industriales
en el capital de la empresa, hasta alcanzar el 50% de las
acciones. De esa manera, a mediano plazo las empresas
serían una propiedad compartida entre los empresarios
y los trabajadores. Para asegurar que el proceso se lle-
vaba a cabo con transparencia, un representante de las
comunidades industriales debía sumarse de inmediato a
los directorios de las empresas, cantidad que aumentaría
a medida que se incrementara el volumen de acciones
en manos de las comunidades.
Los sindicatos tenían opiniones divididas sobre la
idoneidad de las comunidades industriales. Para la Con-
federación de Trabajadores del Perú (CTP), cercana al
APRA, eran un avance, pero también un riesgo, ya que
su existencia disminuía la importancia de los sindica-
tos. La Confederación General Trabajadores del Perú
(CGTP), por el contrario, estaba claramente a favor,
pues consideraba que ambas instancias, lejos de con-
tradecirse, eran complementarias. Desde su punto de
vista, las comunidades industriales eran un avance en
las luchas obreras para elevar la calidad de vida de los
trabajadores.
La creación de comunidades industriales, que había
comenzado lentamente, se aceleró a partir del segundo
año de vigencia de la norma, cuando el Gobierno creó
tres comisiones que recorrieron el país, fábrica por fá-
brica, para promover su conformación. A fines de 1970,
un total de 550 comunidades industriales lograron el

96
reconocimiento oficial tras vencer diversos obstáculos
que anteponían los propietarios. Para mayor solem-
nidad, el acto de creación de las nuevas comunidades
industriales se realizó en el Ministerio de Trabajo, en
ceremonias en las que los funcionarios entregaban los
certificados de reconocimiento a los dirigentes de los
trabajadores y pronunciaban discursos que resaltaban
las ventajas de la propiedad social de las empresas.
Como era de esperar, las comunidades industriales
rápidamente se convirtieron en bases de apoyo al régi-
men militar. Las autoridades promovían esta identifi-
cación mediante encuentros nacionales, en donde los
representantes de las nuevas instituciones debatían sus
logros y transmitían a las autoridades sus inquietudes.
Para 1974 se contaban ya 3535 comunidades industria-
les en todo el país, con 199.070 trabajadores y 229.537
beneficiarios. Estas cifras equivalían a casi el 6% de la
población económicamente activa. Ese mismo año las
comunidades industriales controlaban casi el 13% del
capital de las empresas.
La creación de las comunidades industriales se inser-
taba dentro de un esquema de "pluralismo económico",
entendido como la coexistencia de varias modalidades
empresariales. Desde el punto de vista de los militares,
la empresa privada tradicional, la empresa de interés
social, las empresas autogestionarias y las cooperativas
de trabajadores debían convivir, sin que ningún modelo
se impusiera sobre los demás. El régimen quería traba-
jar junto con el empresariado industrial nacional, pero
también deseaba evitar que este sector se convirtiera en

97
Imagen 4.3. Juan Velasco Alvarado durante una ceremonia proto-
colar en Palacio de Gobierno, 1972.
Colección del autor.

98
un grupo económico extremadamente poderoso, que
dominara al resto de la sociedad. El objetivo era amor-
tiguar los antagonismos de clase y sustituirlos por una
suerte de comunidad nacional interclasista, unida por
intereses compartidos.
En la visión de los militares, el Estado debía colo-
carse por encima de las clases en conflicto, regulando
las relaciones en procura de armonía. Empresarios y
trabajadores compartirían los beneficios y coexistirían
en favor de la prosperidad de la nación. Al sentar a em-
presarios y delegados obreros en el directorio de la em-
presa, se esperaba que resolvieran sus antagonismos, que
llegaran a un nivel de entendimiento y, con el tiempo,
desarrollaran pautas de colaboración sobre la base del
beneficio mutuo. Mientras que los empresarios aporta-
ban capitales, capacidades gerenciales y conocimientos
sobre el mercado, los trabajadores aportaban fuerza de
trabajo y compromiso con la empresa, sobre la base del
reconocimiento de sus derechos y de su papel como
generadores de riqueza. Este esquema debía incentivar
relaciones armónicas entre el empresariado y los traba-
jadores, ya que a estos últimos también les convenía el
éxito de la empresa.
El hecho de que el Estado se colocara en una po-
sición equidistante entre empresarios y trabajadores le
confería un carácter nacional. Por primera vez, desde
el punto de vista de los militares, el Estado perdía su
carácter de superestructura de dominación de clase.
Los discursos oficiales describían a los trabajadores
que integraban las comunidades industriales como co-
propietarios. Tenían derechos sobre la empresa, pero
99
también debían asumir mayores responsabilidades. La
colaboración debía redundar en la estabilidad y el cre-
cimiento general de la economía nacional. Se esperaba
que el trabajador fuera consciente del funcionamiento y
los vaivenes de la empresa, de modo que asumiera una
actitud más propositiva y menos ideologizada. Decre-
tos legislativos posteriores definieron otros aspectos del
funcionamiento de las comunidades industriales, como
el derecho de los trabajadores a contratar especialistas
que revisaran los libros de contabilidad para asegurarse
de que las cuentas presentadas en los directorios fueran
correctas.
Por supuesto, la mayoría de los empresarios recha-
zaron las comunidades industriales. Apenas se conoció
la ley, la SNI criticó la norma señalando problemas eco-
nómicos que, en su opinión, generaba el nuevo régi-
men. Según afirmaban, la reforma afectaba al derecho
a la propiedad privada y a la libertad de empresa, lo
que desincentivaría las inversiones. Tampoco ayudaba a
los trabajadores, que al retirarse de la empresa perdían
automáticamente sus derechos como accionistas. A la
posición de la SNI contraria a las comunidades indus-
triales se sumaron la Sociedad de Minería, los gremios
empresariales y los sectores políticos opuestos a las re-
formas velasquistas. Contrariamente a lo que pensaban
los promotores de la reforma, los industriales no estaban
dispuestos a compartir la riqueza generada por las em-
presas, incluso cuando esto supusiera recibir incentivos
arancelarios, terminar con las huelgas y aumentar la
productividad.

100
Luis Bambarén, el obispo de los pobres

Fue una de las figuras de la Iglesia católica que apo-


yó las reformas militares, aunque también criticó el
autoritarismo de algunos sectores del régimen. Bam-
barén, nacido en 1928, siguió estudios de filosofía y
teología en España, donde se ordenó como sacerdote.
De regreso al Perú, ejerció la docencia en varias insti-
tuciones religiosas y fue rector del colegio San Ignacio
de Loyola de Piura. En 1968, fue nombrado obispo
auxiliar de Lima en la parroquia de San Martín de Po-
rres, cargo desde el que se vinculó con los "pueblos
jóvenes", como denominaba el régimen de Velasco a
las barriadas. En 1970, al producirse el terremoto de
Yungay, de donde era originario, el Gobierno designó
a Bambarén miembro del comité de reconstrucción.
Bambarén también fue representante de la Iglesia
en la Oficina Nacional de Desarrollo de Pueblos Jó-
venes. Sus relaciones con el ministro del Interior, el
general Armando Artola, se tensaron después de que
criticara el reparto que hizo dicho ministerio de pa-
netones y ropa. Cuando en mayo de 1971 se produjo
la invasión de Pamplona, Bambarén ofreció una misa
de solidaridad contra la represión policial, que causó
la muerte de uno de los "invasores" e hirió a varios.
El ministro Artola tomó este gesto como un ataque
personal y ordenó el arresto de Bambarén, a quien ca-
lificó de "agitador con sotana". La situación derivó en
un conflicto entre el Gobierno y la Iglesia muy publi-
citado por la prensa, que se resolvió cuando Velasco

101
ordenó liberar al obispo. Días después Artola renunció
al Ministerio.
Los "invasores" de Pamplona fueron trasladados a
los arenales de la Tablada de Lurín, donde se formó
Villa El Salvador, distrito al que Bambarén, ya conver-
tido en una figura nacional, siempre estuvo vinculado,
ganándose el apelativo de "Obispo de los pobres".

No obstante, el régimen persistió en llegar a un


entendimiento con los industriales. En la Conferencia
Anual de Ejecutivos de noviembre de 1970, Velasco des-
tacó las posibilidades económicas que se derivaban de
las reformas. Tras reseñar los incentivos para las indus-
trias nacionales, resaltó que la reforma agraria creaba un
vasto mercado de consumidores y nuevos propietarios
donde antes solo había campesinos sin salario. Velasco
llamó a los empresarios a integrar un "frente contra el
subdesarrollo" que permitiera coordinar las políticas es-
tatales y los emprendimientos industriales. Pero los re-
sultados fueron escasos. Si bien una delegación de 1500
industriales, encabezados por Alfredo Ostoja, presiden-
te de la SNI, llegó días después hasta Palacio de Gobier-
no para manifestar a Velasco su apoyo a este proyecto, la
colaboración nunca se concretó.
Los sectores contrarios al Gobierno prevalecieron
en la SNI, que se negó a asistir a las reuniones del frente
contra el subdesarrollo. Poco después, la institución rei-
teró, junto a otros gremios empresariales, su oposición a

102
las comunidades industriales. Buena parte del malestar
de los empresarios se debía a que consideraban que el
Gobierno diseñaba la política industrial sin escuchar-
los y mucho menos incorporarlos en las deliberaciones.
Para el régimen, por el contrario, aceptar a los represen-
tantes de la SNI en el diseño de las políticas de Estado
era una línea que no deseaban cruzar, ya que desde su
punto de vista esto suponía replicar las prácticas de su-
misión de los gobiernos anteriores a los intereses de los
grupos de poder económico. El Estado debía colocar-
se por encima de las clases en pugna, y, por tanto, los
delegados empresariales no podían tener una silla en el
equipo ministerial que elaboraba la política industrial.
Las posiciones de los empresarios se endurecieron
en los siguientes años. Si bien la SNI apoyaba pública-
mente las medidas del Gobierno que favorecían a los
empresarios industriales tales como el seguro de crédi-
to a la exportación aprobado en octubre de 1972, re-
chazaba el núcleo duro de la política industrial. Como
muestra de esta tensión, a finales de 1973, Raimundo
Duharte, presidente del gremio, fue impedido de ingre-
sar al Perú a su regreso de un viaje de negocios.
El creciente desencuentro con la SNI corrió en pa-
ralelo a los esfuerzos del gobierno militar por fortalecer
las comunidades industriales. Ministros, intelectuales
y expertos participaron en diversos seminarios con los
integrantes de estas organizaciones. En un inicio, los
encuentros tenían un claro sesgo político-doctrinario,
pero poco a poco se convirtieron en espacios de capaci-
tación sobre el funcionamiento empresarial, cuestiones

103
administrativas y de contabilidad para fortalecer la par-
ticipación de los trabajadores. Aun así, estos eventos en
ocasiones no estaban exentos de tensión. En octubre
de 1972, los delegados de las comunidades industriales
aprovecharon un seminario con directivos de las empre-
sas para plantear sus reclamos al ministro de Trabajo.
Los empresarios, por su parte, se defendieron resaltan-
do la politización de los trabajadores. Poco después, el
comité organizador del Primer Congreso Nacional de
Comunidades Industriales declaró a Raimundo Duhar-
te persona non grata. Evidentemente, la participación
de los empresarios en los seminarios organizados por
el Gobierno decayó de manera sensible. Así, lejos de
armonizar a empresarios y trabajadores, las comunida-
des industriales se convirtieron en un espacio más de
confrontación.
Ahora bien, las protestas de los integrantes de las
comunidades industriales no eran gratuitas. Como ocu-
rría con las haciendas rurales, para evitar el reparto de
utilidades los empresarios subdividían sus empresas y
entorpecían la revisión de los libros contables por par-
te de los especialistas contratados por los trabajadores.
Cuando los integrantes de las comunidades denuncia-
ban estos hechos ante el Ministerio de Industria, era
poco lo que las autoridades hacían. De manera algo in-
genua, el Gobierno esperaba que los empresarios actua-
ran de acuerdo con la ley y se desprendieran de parte de
sus ganancias con la promesa de mayores rentabilidades
en el futuro. Mientras tanto, el Comité de Exportadores
de la SNI, a quienes el investigador italiano radicado en

104
el Perú Giorgio Alberti consideraba como el sector más
moderno del empresariado, se autonomizó y conformó
la Asociación de Exportadores (ADEX) en marzo de
1973. A diferencia de otros empresarios, este sector veía
con simpatía la política industrial, y sí estaba dispuesto
a aprovechar las oportunidades que implementaba el ré-
gimen militar.
La reforma industrial se profundizó en 1974 con la
promulgación de la Ley de las Empresas de Propiedad
Social (EPS), que fomentó la participación de los tra-
bajadores en la gestión y la propiedad de las empresas.
Estas instituciones constituían para el gobierno militar
un sector prioritario, del que dependía el futuro de la es-
tructura económica del país, por lo que la nueva norma
las favorecía mediante políticas arancelarias y compras
directas. La SNI consideraba por el contrario que se tra-
taba de un ataque, que redoblaba la amenazaba contra la
propiedad privada. Este era uno los múltiples aspectos
en el que las reformas se encontraban con la oposición
de los sectores tradicionales que se resistían al avance
del proyecto de transformación radical de la sociedad
peruana trazado por Velasco. Por esto, las comunidades
industriales no lograron consolidarse, fueron siempre
un motivo de conflictos y decayeron poco después de
que Velasco fuera defenestrado por Morales-Bermúdez.
No era, sin embargo, el único escenario de conflicto.

105
CAPÍTULO 5

La reforma educativa y los maestros

L a reforma educativa fue concebida como una pieza


fundamental dentro del paquete de reformas es-
tructurales que debía cimentar las bases de una sociedad
nueva, "ni capitalista ni comunista", según el eslogan
del régimen. El discurso oficial señalaba que, a diferen-
cia de esfuerzos anteriores, la reforma educativa de los
militares era radicalmente distinta. Hasta ese momento,
sostenían, las reformas educativas se habían realizado de
manera aislada, sin estar acompañadas de cambios en las
estructuras socioeconómicas que bloqueaban la expan-
sión de la educación en los sectores pobres, urbanos y
rurales. En cambio, la reforma educativa velasquista era
parte del conjunto de transformaciones que el régimen
estaba implementando en el país.
Los orígenes de la reforma educativa se ubican en
octubre de 1969, cuando el ministro de Educación, el
general Alfredo Arrisueño, designó una Comisión de
Reforma presidida por el educador sanmaquino Emilio
Barrantes, en la que participaron más de un centenar
de especialistas. Esta comisión elaboró un informe pu-
blicado en 1970, conocido como el Libro azul por el

107
color de su cubierta. En él se expusieron los fundamen-
tos doctrinarios de la reforma educativa, un diagnóstico
de la misma, los principales problemas que debía enca-
rar el Gobierno y los lineamientos generales de dicha
reforma. La publicación del Libro azul dio lugar a un
intenso debate tanto en los sectores políticos como en
los vinculados al sector Educación, hasta que en 1972 el
Gobierno promulgó la Ley General de Educación, y la
reforma comenzó a dar sus primeros pasos.
En la medida que las reformas estructurales estaban
forjando un nuevo modelo socioeconómico, a la refor-
ma de la educación se le asignó la tarea de levantar un
aparato ideológico-cultural, una conciencia social acor-
de con las reformas velasquistas y la sociedad emergente.
Así, la reforma educativa pretendía generar una suerte
de "manto ideológico" que propiciara la identificación
de la población con las reformas y el régimen. En su
mensaje a la nación del 28 de julio de 1970, Velasco re-
saltó la importancia de dicha reforma educativa. Señaló
que sin una transformación efectiva, profunda y perma-
nente de la educación peruana era imposible garantizar
el éxito y la continuidad de las demás reformas en las
que el gobierno militar estaba embarcado. Las reformas
estructurales requerían de una "conciencia revoluciona-
ria", como la entendían los militares, para generar apoyo
y legitimidad en la sociedad. La reforma educativa tenía
este propósito fundamental, aunque no era el único.
Los lineamientos doctrinarios de la reforma fueron
formulados por el filósofo sanmarquino Augusto Sala-
zar Bondy, vicepresidente de la Comisión, ideólogo de
la reforma y hombre cercano al régimen. La educación,

108
desde su perspectiva, debía liberar o, más precisamente,
promover la autoliberación de los individuos de la alie-
nación y los mitos distorsionantes de la realidad. La es-
cuela, en ese sentido, no era neutral. Antes había servido
para aceptar la dominación de los grupos de poder eco-
nómico, pero ahora debía contribuir a la formación del
nuevo hombre, uno consciente de sus derechos sociales
y de su papel protagónico en la creación de la nueva
sociedad. El nuevo hombre que aparece en los escritos
de Salazar Bondy poseía una conciencia crítica de la rea-
lidad y era capaz de actuar para cambiar el statu quo en
procura de un mundo sin dominación.
La educación debía también revalorar la diversidad
cultural, regional y lingüística de la nación. Tanto en
el Libro azul como en los planes educativos se señalaba
que hasta ese momento la educación había privilegiado
la puesta en valor de la cultura urbano-criolla y de las
visiones extranjerizantes. Salazar Bondy recogió en este
punto los aportes del pensamiento indigenista, y plan-
teó que había que superar la "castellanización violenta"
y el menosprecio de las lenguas aborígenes mediante la
alfabetización bilingüe. Dicho enfoque se expresó en la
Ley de Educación, que promovía la educación en len-
gua nativa como una forma de revalorar la diversidad
lingüístico-cultural de la nación. La educación, enton-
ces, debía reafirmar su carácter andino-regional-popu-
lar, en el que se reconocieran los sectores históricamente
postergados de la sociedad.
Por otro lado, la Ley de Educación reorganizaba el
sistema educativo, que pasaba de la división tradicio-
nal en cuatro niveles (preprimaria, primaria, secundaria

109
y superior) a un esquema de tres niveles: inicial, bási-
co y superior. El nivel inicial correspondía a los niños
menores de seis años, mientras que el segundo nivel se
dividía en Educación Básica Regular (que correspondía
a la educación tradicional de primaria y secundaria) y
Educación Básica Laboral (EBL), destinada a los estu-
diantes de más de quince años. La EBL combinaba ma-
terias escolares (ciencias sociales, matemáticas, etc.) y
materias técnicas o de oficios: mecánica automotriz, tra-
bajos de construcción, carpintería mecánica y de made-
ra, electrónica, agricultura, etc. Esta innovación partía
del diagnóstico de que existía una carencia de trabaja-
dores calificados que limitaba el esfuerzo del régimen
para modernizar la economía. La escuela, se sostenía,
debía contribuir con los proyectos para desarrollar una
industria nacional fuerte, autónoma y enraizada en los
sectores populares.
En el nivel superior, las innovaciones se orientaban
a diversificar la oferta educativa, que hasta entonces pri-
vilegiaba de manera casi exclusiva las carreras universi-
tarias. En este sentido, se crearon las Escuelas Superiores
de Educación Profesional (ESEP) sobre la base de un
proyecto diseñado por Walter Peñaloza. Las ESEP esta-
ban bajo jurisdicción del Ministerio de Educación, y se
orientaban a formar profesionales en campos especial-
mente sensibles para el gobierno militar, como el magis-
terio, industria, agricultura, comercio, servicios sociales,
paramédicos, etc. Después de tres o cuatro años de es-
tudio, los egresados obtenían un título profesional que
les permitía incorporarse en las actividades económicas

110
o ingresar a la universidad mediante la convalidación de
cursos. Otra institución surgida con la reforma educati-
va fueron los Centros Educativos de Calificación Profe-
sional Extraordinaria (Cecape), que impartían cursos y
talleres de capacitación de acuerdo con las necesidades
de las diversas regiones y localidades del país: trabajos
de bordado y tejido, crianza de ganado, agricultura, sil-
vicultura, economía doméstica, construcción civil, en-
tre otros. Estos cursos eran, por lo general, coordinados
por el Ministerio de Educación y organizados por los de
Agricultura, Trabajo y Comercio, y atendían a la reali-
dad local, con el propósito de elevar la productividad de
los agentes económicos.
Las ESEP y los Cecape se ubicaban en las principales
ciudades del país y en numerosas provincias. Durante el
gobierno de Velasco, fueron equipadas con maquinaria,
profesores especialistas en cada oficio y se adecuaron
amplios locales. Para incentivar la producción en los ta-
lleres de las ESEP y los Cecape, el Ejército y algunos or-
ganismos gubernamentales les encargaron la confección
de productos, como artículos de uso militar o mobilia-
rio para las escuelas. Dos ejemplos ilustrativos fueron el
Cecape y la ESEP de Villa El Salvador, en Lima, al que
asistieron los jóvenes de ese distrito, y donde el Sinamos
y los funcionarios del Gobierno desarrollaron nume-
rosas intervenciones de apoyo. Los funcionarios de la
reforma educativa imaginaban que cuando estas inno-
vaciones se consolidaran generarían ejércitos de técnicos
y trabajadores calificados que elevarían la producción y
el valor agregado, contribuyendo a la modernización e

111
industrialización del aparato productivo peruano. Los
Cecape y las ESEP vivieron una pequeña época de es-
plendor durante el velasquismo y se mantuvieron en la
década de 1980, pero como estaban ligadas a los pro-
yectos de crecimiento del sector industrial, entraron en
declive en los años noventa. Los amplios terrenos que
tuvieron en Villa El Salvador fueron posteriormente re-
utilizados para albergar a la actual Universidad Tecnoló-
gica de Lima Sur.
Dentro del esquema de participación popular del
régimen, la Comisión de Reforma incluía también la
denominada "nuclearización" de la educación. El Nú-
cleo Educativo Comunal (NEC) tenía como anteceden-
te los Núcleos Educativos Campesinos creados por Luis
E. Valcárcel durante su etapa como ministro de Educa-
ción del gobierno de José Bustamante y Rivero, con el
objetivo de acelerar la expansión de la educación en los
ámbitos rurales. Para los miembros de la Comisión de
Reforma, los NEC debían "abrir" la escuela a la comuni-
dad, incorporando a los pobladores rurales en la gestión
de la escuela, de modo que orientaran la educación a las
necesidades y realidad locales.
Los NEC consistían en una escuela núcleo o base
que debía coordinar y alimentar el trabajo de las es-
cuelas periféricas de su ámbito geográfico. Los NEC
canalizarían colectivamente y optimizarían el uso de
las infraestructuras y equipamientos educativos de su
ámbito geográfico. Por ejemplo, los escasos materiales
audiovisuales y los equipos de laboratorio podían cir-
cular por turnos en las escuelas. Este sistema implicaba
una red educativa que fomentaba la cooperación y la

112
retroalimentación entre todas las partes implicadas: co-
munidad magisterial, padres de familia, representantes
y autoridades de los sectores e instituciones de carácter
social, cultural y profesional. Solo estaban excluidos los
partidos políticos.
En los NEC se concretaba la política participativa
del Gobierno. Los representantes de la comunidad de-
bían plantear sus problemas y necesidades e involucrarse
en el diseño de la gestión de las escuelas. Era, para los
funcionarios de la Comisión, una manera de transfe-
rir a la comunidad el poder sobre la educación. Cada
NEC tenía un Consejo Educativo Comunal (Conse-
com) integrado por entre diez y veinte representantes
de la comunidad educativa. El 40% eran docentes, el
30% padres de familia y el otro 30% representantes de
la comunidad (sindicatos, cooperativas, etc.). Además
de proponer al director del NEC y asesorarlo, el Conse-
com coordinaba y supervisaba la ejecución de los planes
educativos.
El NEC regulaba la vida educativa de los niveles ini-
cial y básico. Este sistema debía acabar con el carácter de
"enclave" de las escuelas, particularmente en las zonas
rurales y urbano-marginales. Se esperaba que la partici-
pación en las NEC canalizara las energías y los recursos
de la comunidad local para que los representantes de
las familias y las instituciones sociales contribuyeran a
solventar los requerimientos económicos de las escue-
las. Los NEC debían implementarse progresivamente en
todo el territorio nacional, pero su consolidación fue
un proceso bastante difícil. Funcionó mejor en los sec-
tores urbanos pobres, donde las familias se organizaron
113
para construir escuelas y equipar aulas, esperando que
el Estado brindara la dotación de maestros requeridos.
Sin embargo, cuando este problema no existía, los inte-
grantes de las NEC se reunían por cuestiones formales,
sin asumir plenamente la gestión de las escuelas. Por
un lado, los directores y maestros se resistían a la inter-
vención de los padres de familia en las decisiones; por
otro lado, los representantes de la comunidad no siem-
pre estaban preparados en cuestiones pedagógicas, y con
frecuencia asumían una actitud pasiva.
Todos estos cambios significaban una mayor inter-
vención del Estado en las escuelas, por lo que la reforma
de la educación despertó la oposición de diversos secto-
res. Los colegios privados, en buena medida controlados
por órdenes religiosas, rechazaban los contenidos nacio-
nalistas, campesinitas y el lenguaje antiimperialista de
los textos educativos. Los padres de familia, apelando
a su derecho a decidir en la educación de sus hijos, cri-
ticaron los alcances de la reforma educativa. Los curas
a cargo de las escuelas recelaban de la pretensión de
retirar el curso de religión del currículo escolar. Estas
tensiones se agudizaron cuando el Gobierno estableció
diversos controles sobre las escuelas privadas, como la
suspensión del alza de pensiones y la creación de escalas
para diversificar la procedencia social de los alumnos
y de becas para estudiantes de bajos recursos. Aunque
estas medidas apuntaban a que los colegios privados se
abrieran a sectores medios e incluso populares, los pro-
pietarios y los religiosos interpretaron que el régimen
buscaba ahogar económicamente a los colegios privados
para proceder a su estatización.

114
En realidad, estas medidas partían del diagnóstico
de que las escuelas privadas reproducían las desigualda-
des en el mundo educativo; funcionaban como un apar-
theid que confinaba a los hijos de las élites en colegios
exclusivos, mientras que los sectores populares se veían
segregados en los colegios públicos precarios. Los cole-
gios privados, que eran como una isla de instituciones
privilegiadas con infraestructuras modernas y docentes
extranjeros, debían integrarse en un sistema educativo
estandarizado y relativamente igualitario. Las medidas
que obligaban a que el 70% de los profesores fueran pe-
ruanos, que las clases se dictaran en español y la prohibi-
ción del uso de textos importados tenían el propósito de
deselitizar y peruanizar a dichas instituciones privadas.
Lo mismo ocurría con el uniforme escolar. La antropó-
loga e historiadora Leonor Lamas, quien ha estudiado
este proceso, señala que a la par que se impuso el uni-
forme gris o "color rata", que reglamentó el tipo de tela
y las formas de la camisa, se prohibió el uso de los sacos
y corbatas que caracterizaban a los alumnos de escuelas
y colegios privados. Así, simbólicamente, el uniforme
gris igualaba a los escolares de escuelas públicas como
privadas; generaba una suerte de imagen de comunidad
nacional. Las asociaciones católicas se pronunciaron en
contra de los aspectos de la reforma que afectaban a los
colegios privados, y se inició así una larga controversia
en la prensa sobre la libertad de los padres y de las aso-
ciaciones educativas privadas para establecer sus propios
criterios de funcionamiento.
Fue, no obstante, la oposición de los sindicatos ma-
gisteriales lo que convirtió a la reforma educativa en un
115
Imagen 5.1. El uniforme escolar que se difundió con el gobierno de
Velasco. La foto corresponde a los alumnos del colegio Pachacútec
del segundo año de primaria, en Villa El Salvador (1975).
Cortesía de Moisés Salvatierra.

verdadero campo de batalla. En un contexto en el que


los sindicatos de profesores estaban en ascenso y en un
proceso de centralización organizativa, el régimen esta-
ba obligado a negociar y llegar a un entendimiento a
la hora de implementar los planes de reforma. Aunque
sobre el papel el Gobierno consideraba que sin los maes-
tros no era posible ninguna reforma, no se incluyó en la
Comisión de Reforma a ningún representante del ma-
gisterio. En las subcomisiones sí hubo participación de
docentes y otros especialistas. Esta ausencia de represen-
tantes del magisterio en la máxima instancia respondía
al estilo vertical con el que régimen implementaba las
reformas, pero también a que los militares subestima-
ban la idoneidad de los maestros debido a la radicalidad

116
política de algunos sectores de ellos. En una entrevista,
el ministro Arrisuerio declaró provocadoramente que
había pocos maestros con calidad para participar en la
Comisión de Reforma.
Un problema adicional residía en la política sala-
rial del régimen militar. Los sindicatos magisteriales
tuvieron una experiencia positiva con el expresidente
Fernando Belaunde, quien les prometió duplicar sus
salarios, aunque solo cumplió con aumentarles el 50%
debido a la crisis de 1965. Los maestros esperaban que
un gobierno nacionalista y "revolucionario" les otorga-
ra un aumento similar o mayor. Con esta expectativa,
representantes del magisterio, entre los que estuvo el
presidente de la Federación Nacional de Educadores
del Perú (Fenep), Julio Pedro Armacanqui, asistieron a
una reunión con Velasco y los ministros de Educación y
Economía y llevaron su pliego de reclamos. No obstan-
te, el Gobierno no estaba dispuesto a conceder aumen-
tos significativos a los docentes. Los recursos estaban
comprometidos en las reformas que simultáneamente
estaba llevando a cabo: desarrollo del sector industrial,
reforma agraria, entre otras. En realidad, el presupues-
to educativo no experimentó un aumento acorde con
un proyecto de reforma global de la educación. El gasto
educativo en 1968 fue de 2,35 millones de soles, una
cantidad inferior a la de 1966 (3,04 millones) y 1967
(3,014 millones). Recién en 1972, el gasto en educación
superó ligeramente a los presupuestos de la época de Be-
launde (3,125 millones), pero de ninguna manera hubo
un shock de inversiones para una reforma tan profunda

117
Imagen 5.2. Dirigentes del magisterio. De izquierda a derecha: Julio
Pedro Armacanqui, César Barrera y Horacio Zeballos.
Fuente: Archivos para la Historia de Patria Roja, cortesía de Mario
Cruz.

como pretendía el régimen militar. En los siguientes


arios continuaron estos aumentos ligeros del presupues-
to hasta 1977, cuando la tendencia se revirtió.
Estos incrementos estaban muy lejos de lo que re-
quería la reforma educativa. La Comisión reconocía la
precariedad económica que caracterizaba al magisterio,
por lo que planteó algunas medidas para mejorar las
condiciones salariales y laborales: creación de una esca-
la salarial, seguridad social y bonos laborales y cultura-
les. Sin embargo, el Gobierno estaba en un callejón sin
salida. Los recursos eran escasos y debían dedicarse de
manera preferente al fomento de las industrias, en las
que el régimen tenía grandes esperanzas. Debido a la
caída de la inversión privada y al recorte de los créditos
internacionales, la situación presupuestal era estrecha.

118
Era posible recurrir al endeudamiento externo, pero los
aumentos salariales requerían de fondos regulares. Así,
la ambiciosa reforma educativa tuvo la paradoja de im-
plementarse sin grandes recursos extraordinarios. Esta
fue una de sus limitaciones estructurales. A diferencia
de los anteriores proyectos educativos, no contempló un
incremento significativo en el presupuesto educativo ni
en el alza salarial de los maestros.
La alternativa del gobierno militar fue apelar a los
recursos materiales y las energías de los padres de familia
y las élites de las comunidades locales. Esta estrategia
funcionó en el gobierno de Belaunde, cuando Coopera-
ción Popular logró canalizar el trabajo y los recursos de
los pueblos de provincia para construir locales escolares,
abrir carreteras y mantener los caminos. El mecanismo
para canalizar los aportes materiales y de fuerza de tra-
bajo de la comunidad organizada, como se dijo, fueron
los NEC. De esta manera, el exiguo presupuesto educa-
tivo podía compensarse con las contribuciones locales
en materiales de construcción, equipamiento escolar y
otros. Es probable que parte importante de la amplia-
ción de la matrícula escolar que ocurrió en estos años
en los sectores populares, urbanos y rurales, haya sido
financiada por los propios padres de familia, moviliza-
dos por el Sinamos. En el caso del distrito de Villa El
Salvador, donde el Sinamos cumplió un papel clave en
la construcción de la organización vecinal, está bastante
bien documentado el aporte de la comunidad a la cons-
trucción de escuelas, la confección de mobiliario escolar
e incluso en el pago de los salarios de los maestros.

119
Ahora bien, durante el gobierno de Velasco au-
mentó la matrícula de estudiantes, la contratación de
maestros y la apertura de escuelas. Como el presupuesto
se amplió muy ligeramente, este incremento de la co-
bertura educativa se realizó a costa de la precarización
de la infraestructura, del desempeño del sector y de la
situación salarial de los docentes. Como era de esperar,
los maestros tomaron varias medidas de fuerza para pre-
sionar al Gobierno con el fin de revertir esta situación,
ajustando sus salarios a las alzas inflacionarias. La re-
puesta gubernamental fue la represión indiscriminada
y el apresamiento y deportación de los dirigentes ma-
gisteriales, algunos incluso al terrible penal del Sepa, en
medio de la selva de Ucayali, creado durante el gobier-
no del Manuel Odría. Como consecuencia de esto, los
sindicatos fueron radicalizándose hasta que aprobaron
en agosto de 1971 una huelga general indefinida, que
implicó suspensión de clases, toma de colegios y mar-
chas de sacrificio en las calles. Gracias a que los maestros
consiguieron el apoyo de las asociaciones de padres de
familia de las escuelas, la huelga tuvo un amplio apoyo
popular y colocó al Gobierno contra las cuerdas.
Los maestros estaban organizados pero fragmen-
tados, pues ninguna fuerza política había logrado la
hegemonía interna. Existían numerosos sindicatos re-
gionales, por nivel educativo (primario y secundario),
por especialidad (técnica y educación física) y por re-
giones, que conformaban la Federación Nacional de
Educadores del Perú (Fenep), influenciada por el Par-
tido Comunista Peruano (PCP-Unidad), que otorgó un
"apoyo crítico" al régimen militar. La Fenep tenía una

120
dirigencia colegiada, cuyos cargos rotaban entre los diri-
gentes regionales. En 1971,1e correspondió la presiden-
cia al profesor huancavelicano Julio Pedro Armacanqui,
dirigente de la Federación Regional de Trabajadores de
la Educación-Tercera Región (Sirpesco III), quien asu-
mió el liderazgo de la huelga indefinida y fue clave en el
proceso de centralización de las organizaciones gremia-
les que acabó en la fundación del Sindicato Unitario de
Trabajadores en la Educación del Perú, Sutep.
Ante el apoyo del PCP-Unidad al Gobierno, surgió
en los sindicatos magisteriales una corriente de rechazo
a la dirección comunista que se autodenominó como
"clasista". Este fue el comienzo de una reformulación
radical del movimiento de trabajadores docentes desde
sus bases. Las corrientes alternativas al PCP-Unidad se
consolidaron cuando en diciembre de 1969 ganaron el
Comité Ejecutivo Regional del Sirpesco II (el poderoso
sindicato regional de profesores de educación secunda-
ria que comprendía Lima Metropolitana, Ica, Áncash y
Huancavelica). Al año siguiente, en octubre de 1970,
se formó el Comité Magisterial de Unificación y Lu-
cha (Comal), que agrupaba a las heterogéneas bases
contrarias al PCP-Unidad. En la Primera Convención
Nacional de dirigentes provinciales, departamentales
y regionales de la Fenep, realizada en agosto de 1971,
los maestros aprobaron la mencionada huelga indefini-
da que empezó el 1 de septiembre. Esta fue una huelga
prolongada, con numerosos episodios violentos.
Algunos dirigentes, como Julio Pedro Armacanqui
y Horacio Zeballos, fueron enviados a la prisión del
Sepa y otros muchos fueron perseguidos, detenidos,
121
deportados y despedidos para intimidar a los maestros
que se plegaban a las huelgas. La represión gubernamen-
tal empujó a los maestros a la radicalización, cambiando
la correlación de fuerzas en el interior del magisterio.
Las posiciones "clasistas" se incrementaron y desplaza-
ron a los sectores influenciados por el PCP-Unidad, la
Democracia Cristiana, Acción Popular y el APRA. Des-
pués de la huelga de 1971 y como resultado de la efer-
vescencia sindical de las bases, los dirigentes convocaron
a un Congreso Magisterial en el Cuzco en julio de 1972,
donde la Fenep fue reemplazada por el Sindicato Uni-
tario de Trabajadores en la Educación del Perú (Sutep),
que acabó con la influencia del PCP-Unidad, y eligió a
Horacio Zeballos, un maestro de orientación maoísta,
como secretario general.
El giro en el interior del movimiento magisterial
constituyó una derrota para el Gobierno. No solo fra-
casó en doblegar a los maestros, sino que la represión
contra sus dirigentes unificó a las corrientes críticas al
régimen. En cierto modo, la represión contribuyó a la
formación de la que fue su principal oposición en las
calles. El Sutep fue en los años setenta el sindicato más
poderoso de la escena política. Dado su enraizamiento
social y nacional, las huelgas eran apoyadas por los pa-
dres de familia, quienes se sumaban a las tomas de los
centros educativos y se solidarizaron con sus demandas
salariales porque durante los años iniciales de la creación
de nuevas escuelas los maestros no recibían sueldos, sino
cuotas de los padres de familia. La paralización de las
clases fue una derrota para el Gobierno, que no pudo
recuperar el control de las escuelas.

122
Imagen 5.3. Al centro, César Barrera Bazán, dirigente del Sutep.
Fuente: Archivos para la Historia de Patria Roja, cortesía de Mario
Cruz.

Para contrarrestar al Sutep, el régimen creó en 1974


el Sindicato de Educadores de la Revolución Peruana
(SERP), organización que contó con el financiamiento
del Ministerio del Interior y se presentó como una alter-
nativa al Sutep. Pero esta maniobra constituyó un nuevo
fracaso. Los dirigentes del SERP carecían del enraiza-
miento y de la legitimidad de los maestros sutepistas,
quienes denunciaron las maniobras gubernamentales
para dividirlos y la "compra" de dirigentes. El SERP lo-
gró muy pocos afiliados, y fue rechazado por la amplia
mayoría de los maestros. En las elecciones de las coope-
rativas magisteriales, los representantes del Sutep obtu-
vieron victoria tras victoria, demostrando que el SERP

123
La Iglesia católica y la reforma educativa

El golpe de Velasco coincidió con un ciclo de impor-


tantes cambios en el interior de la Iglesia católica. Las
declaraciones del Concilio Vaticano II y en particular
de la Conferencia del Episcopado Latinoamericano en
Medellín, en 1968, a la que asistió el padre Gustavo
Gutiérrez en calidad de asesor de la delegación perua-
na, influyeron decisivamente en el crecimiento de los
sectores progresistas católicos. Las autoridades de la
Iglesia asumieron los postulados de la justicia social y
los diagnósticos críticos sobre la desigualdad y la po-
breza. Al producirse la nacionalización de la IPC, el
cardenal Landázuri y otras autoridades religiosas apo-
yaron la medida. Hubo también pronunciamientos de
respaldo a la reforma agraria, a la Ley de Comunida-
des Industriales y a la reforma educativa.
El régimen militar, por su parte, buscó entablar
relaciones de cooperación con la Iglesia porque com-
prendía que su respaldo era importante para la imagen
de pluralidad que deseaba proyectar. De ahí que alen-
tara su participación en la comisión de reforma educa-
tiva. Los obispos eligieron al jesuita Ricardo Morales
Basadre, quien también se incorporó al Consejo Su-
perior de la Educación en calidad de vicepresidente.
El también jesuita Romeo Luna Victoria se convirtió
en asesor del Ministerio de Educación, y viajó por di-
versas provincias para difundir la reforma. Aunque la
reforma educativa generó controversias con el Con-
sorcio de Centros Educativos Católicos, afectados por

124
medidas como el congelamiento de las pensiones y la
obligación de asignar becas a los estudiantes pobres,
las relaciones de colaboración de sectores de la Iglesia
católica con el régimen velasquista se mantuvieron.
El sacerdote e investigador de la historia de la igle-
sia Jeffrey Klaiber señala que recién en 1974, como
consecuencia de la estatización de la prensa y el endu-
recimiento del régimen, la posición de las autorida-
des católicas se hizo más crítica con los militares y se
distanciaron.

carecía de representatividad en las bases magisteriales.


Después de la caída de Velasco, el SERP entró en un
rápido declive, y fue desactivado en 1980.
No obstante, pese a su supremacía como sindicato
magisterial, el Sutep no logró formular una alternativa
pedagógica a la reforma educativa. Su oposición a esta
era ideológica y economicista antes que pedagógica, lo
que lo llevó a convertirse en un sindicato marcadamente
gremialista, cuya principal bandera consistía en el incre-
mento salarial y en tachar al régimen de "fascistoide".
De ahí que fracasara, pese a las medidas de boicot con-
tra las jornadas pedagógicas llevadas a cabo por la Co-
misión, en detener los avances de la reforma educativa.
Hubo sí un intento, en octubre de 1974, de levantar una
alternativa a la reforma velasquista. En aquella ocasión,
el Sutep convocó al Primer Congreso Pedagógico Na-
cional, que, sin embargo, acabó en acuerdos generales

125
y consignas radicales, sin presentar ninguna propuesta
comparable a la reforma educativa velasquista. El co-
municado final del Sutep insistió en denunciar, desen-
mascarar y combatir la reforma educativa, y se ahondó
el enfrentamiento verbal con el régimen.
Por supuesto, el Gobierno careció de una política
de diálogo con los maestros. Dado el carácter princi-
palmente económico de las demandas del Sutep, la ca-
pacidad de negociación del Ministerio de Educación
resultaba bastante limitada. A diferencia de la CGTP,
que rápidamente tendió puentes con el Gobierno, no
fue posible un entendimiento con los gremios magis-
teriales. La confrontación se impuso a la colaboración.
Los continuos paros, huelgas, tomas de colegios y míti-
nes del Sutep colocaron al Gobierno a la defensiva. En
una declaración de Velasco a la prensa, señaló que en
el Sutep había "extremistas de la peor especie", y que
debían atenerse a las consecuencias por conspirar contra
el Gobierno. El conflicto no tuvo grandes ganadores. Si
bien el Estado monopolizó la iniciativa en política edu-
cativa, no obtuvo la colaboración magisterial, clave para
el éxito y la continuidad de cualquier reforma en este
sector. En buena medida, la posición del Sutep fue re-
activa, pues priorizó el tema salarial por sobre cualquier
propuesta pedagógica.
La reforma educativa, debido a la caída de Velasco,
no tuvo tiempo para consolidarse. Por sus propias ca-
racterísticas demandaba, por lo menos, un proceso de
mediano plazo. La Comisión previó su implementación
en ocho años, pero luego en los planes de educación del

126
sector se empezó a hablar como meta del ario 1980. Si
la crisis económica de 1973 puso límites al avance de la
reforma (el porcentaje del sector Educación en el presu-
puesto nacional inició su tendencia a la baja), el ascenso
al poder de Francisco Morales-Bermúdez significó su
paralización. Como consecuencia de las presiones de la
[ derecha militar y civil, así como con el pretexto de la
I
infiltración del comunismo, varios aspectos de la refor-
ma fueron desactivados, particularmente en cuanto a los
contenidos de los textos escolares, y se inició el retorno
a la situación anterior.

127
CAPÍTULO 6

El Sinamos y los movimientos sociales

L os militares fueron renuentes a la creación de un


partido que organizara el apoyo de la población,
particularmente de los beneficiarios de la reforma agra-
ria. Excepto por algunos, como los coroneles Leonidas
Rodríguez, Jorge Fernández Maldonado o Aníbal Meza
Cuadra, la mayoría percibía que fundar un partido obli-
gaba a realizar concesiones y compartir el poder con los
líderes civiles que emergieran de dicha estructura parti-
daria. Formados en la cultura de la cadena de mandos
y el acatamiento irrestricto a la autoridad, los militares,
y particularmente Velasco, sopesaron que eran mayo-
res los costos que las ganancias si se creaba un partido
velasquista. El hecho fue que prevaleció la tesis del "no
partido" para evitar compartir el control del proceso
revolucionario.
Esto no quiere decir que el tema no se debatiera in-
tensamente entre los partidarios civiles y militares del ré-
gimen. Héctor Béjar señala que era frecuente escuchar a
dirigentes campesinos, beneficiarios de la reforma agra-
ria y de las comunidades industriales, demandando la
organización de un partido que defendiera el proceso de

129
reformas. Los militares escuchaban a sus asesores civiles,
a quienes valoraban por sus ideas y propuestas de refor-
ma, pero se reservaron la última decisión. De modo que
cuando se discutió entre Velasco, los militares y el grupo
de asesores civiles (entre los cuales las posiciones estaban
divididas) la creación de un partido velasquista se im-
puso la tesis del "no partido". Carlos Delgado, el asesor
civil más ingenioso (provenía del APRA y había sido se-
cretario de Haya de la Torre), formuló la idea de la "de-
mocracia social de participación plena". Con esto quería
decir que los partidos no eran aparatos indispensables
para establecer vínculos orgánicos entre el Gobierno y
la sociedad con el fin de canalizar las demandas de los
diversos sectores sociales. Delgado creía que dichos vín-
culos podían realizarse a través de las organizaciones de
"nuevo tipo" que emergían del propio proceso de trans-
formaciones que llevaba a cabo la revolución militar.
Así, los lazos entre el régimen y los sectores populares
debían ser directos, sin la intermediación de aparatos
partidarios que se apropiaran de la representación de los
sectores beneficiarios de las reformas.
De manera que el enraizamiento del Estado velas-
quista y la institucionalización de las reformas implica-
ba el fomento de las organizaciones de la sociedad. En
numerosas declaraciones, Velasco y su entorno militar
señalaron que el régimen no transferiría el poder a los
partidos, sino a la sociedad organizada. Delgado y Car-
los Franco, este último psicólogo social de profesión y
exmilitante de la Juventud Comunista, consideraban
seriamente que en el futuro los militares realizarían di-
cha transferencia, por lo que se volcaron a la tarea de

130
Imagen 6.1. Carlos Delgado,
director superior del Sinamos.
Fuente: Archivo del Instituto de
Estudios Peruanos.

pensar y promover la construcción de instituciones so-


ciales que empoderaran a los sectores populares urbanos
y rurales indígenas. Desde sus perspectivas, la moviliza-
ción popular que generaba el proceso de reformas debía
institucionalizarse para que la población participara or-
ganizadamente de ellas, de las que en el mediano plazo
debían apropiarse para contrabalancear el poder de los
gremios empresariales. Este fue el propósito de la crea-
ción en junio de 1971 del Sistema Nacional de Apoyo
a la Movilización Social (Sinamos), cuya jefatura fue
encargada al influyente general cuzqueño Leonidas Ro-
dríguez, y donde Carlos Delgado tuvo el alto cargo de
director. Este organismo se convirtió en la maquinaria
político-social del gobierno militar, el sucedáneo de un
partido velasquista aglutinador del apoyo ciudadano al
régimen.
El propio nombre de Sinamos había sido pensado
para expresar la idea principal que el régimen velasquista

131
Carlos Delgado Olivera

Considerado como el ideólogo del régimen, fue el ase-


sor civil más influyente del gobierno militar. Nació en
Chiclayo, en 1926, en el seno de una familia de clase
media provinciana. Estudió en el Colegio Nacional
de San José, y se hizo militante aprista a la tempra-
na edad de quince años. Sus hermanos también eran
apristas; uno de ellos estuvo varios años en prisión.
En Lambayeque, Delgado fue dirigente juvenil hasta
que en 1945 viajó a Lima para estudiar Educación en
la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. En la
capital, trabajó cerca de Haya de la Torre hasta que el
líder aprista marchó al destierro tras la caída del pre-
sidente José Luis Bustamante y Rivero. Delgado es-
tuvo un tiempo en Guatemala y luego en los Estados
Unidos, donde terminó sus estudios de Educación en
1954 e Historia en 1956, año en que regresó al Perú
para participar en la campaña electoral. En 1960 fue
a la Universidad de Cornell para seguir estudios de
antropología social. Poco después se apartó del APRA,
cuando este partido se alió con el odriismo.
Delgado ejercía la docencia universitaria en Chile
cuando se produjo el golpe de 1968. Regresó al Perú
en enero del año siguiente para trabajar en el Instituto
Nacional de Planificación. Poco después, se convirtió
en asesor de Velasco y fue nombrado director superior
del Sinamos, donde reunió a un grupo de intelectuales
y profesionales provenientes de la izquierda y sectores
progresistas.

132
Delgado fue un intelectual imaginativo, autor de
planteamientos como la "democracia de participación
plena", que confirieron al régimen militar una identi-
dad propia, distante del comunismo y del capitalismo.
La apuesta por el "participacionismo" propició que
no existiera un partido político velasquista y permitió
encubrir las prácticas populistas que marcaban la rela-
ción entre el Gobierno y las organizaciones nacidas al
calor de las reformas. Delgado fue también un activo
polemista con los intelectuales de la izquierda críti-
cos del régimen, labor para la cual escribió numerosos
artículos y dio incontables entrevistas. Al producirse
el golpe de Morales-Bermúdez, dejaron de convocarlo
como asesor del Consejo de Ministros, por lo que re-
nunció inmediatamente y marchó al extranjero. Mu-
rió en 1980.

quería transmitir: una sociedad "sin amos". Gracias al


activismo de sus integrantes, se crearon numerosas or-
ganizaciones sociales, sindicales, campesinas, barriales,
juveniles, de mujeres y culturales, y se impulsaron pe-
queños y medianos proyectos de desarrollo rural y local.
Su sede estaba en el edificio del Centro Cívico de Lima y
tenía rango ministerial, dependiente del presidente de la
República. Al crearse absorbió diversos organismos gu-
bernamentales, como la Oficina Nacional de Desarrollo
de Pueblos Jóvenes o la Dirección de Organizaciones
Campesinas, asumiendo funciones variadas que iban
desde la promoción de nuevas organizaciones sociales

133
y capacitaciones a dirigentes populares hasta la imple-
mentación, en coordinación con los ministerios respec-
tivos, de proyectos y obras de impacto provincial y local.
El Sinamos unificó ocho oficinas gubernamentales
con un total de cuatro mil funcionarios. El sociólogo
Francisco Guerra García, funcionario de dicho organis-
mo, señala que cerca de mil de estos funcionarios fue-
ron trasladados a otras oficinas para incorporar a nuevos
profesionales y técnicos. En varios departamentos y lo-
calidades se abrieron Oficinas Regionales de Apoyo a
la Movilización social (Onams) y Oficinas Zonales de
Apoyo a la Movilización Social (Ozams), desde las cua-
les se procedió a promover la organización de la pobla-
ción rural y urbano-marginal. Aunque también había
civiles, nueve de las once Onams que se abrieron fueron
dirigidas por militares. Nació así un enorme aparato
gubernamental que fue creciendo y complejizando sus
actividades en los meses siguientes. El Sinamos movilizó
a un verdadero ejército de varios miles de promotores,
técnicos, educadores y voluntarios que llevaron la pre-
sencia del Estado y el discurso reformista del régimen a
amplios sectores de la población. Los sectores críticos del
régimen se referían al Sinamos como "la aplanadora".
El nuevo organismo concentraba a los asesores y fun-
cionarios civiles más a la izquierda del régimen. En parte
por la influencia de Carlos Delgado y en parte porque
las funciones del Sinamos se orientaban a la capacita-
ción de líderes populares, a la creación de organizaciones
sociales y al establecimiento de relaciones entre el régi-
men y la población, numerosos militantes de los partidos

134
de izquierda, del social progresismo, de la democracia
cristiana y de sectores juveniles del APRA llenaron las
oficinas nacionales, regionales y locales de la nueva insti-
tución. Estos funcionarios expandieron un discurso de-
sarrollista comunitario que tuvo enorme acogida en los
sectores populares que recibieron apoyo para sus locali-
dades, y cuyos dirigentes empezaron a ser recibidos en
las oficinas ministeriales, particularmente el de Vivienda
y Agricultura, ministerios que antes les habían cerrado
las puertas. Los dirigentes locales, hombres y mujeres,
que se formaron en los programas de capacitación o que
manifestaban su simpatía con el régimen, fueron llama-
dos "sinamistas" por los dirigentes vinculados a los parti-
dos de izquierda o críticos al gobierno.
Los ámbitos de acción del Sinamos fueron bastante
extensos, y aunque debía trabajar coordinadamente con
las demás oficinas estatales, a veces sus acciones se su-
perponían a los organismos vinculados a los ministerios
de Vivienda, de Trabajo o de Agricultura. Por ejemplo,
los funcionarios del Sinamos fueron los encargados de
los cursos de capacitación de los campesinos beneficia-
rios de la reforma agraria, mientras que la Dirección de
la Reforma Agraria procedía a las tareas de expropiación
y transferencia de la tierra. Si bien los funcionarios del
Sinamos realizaban los talleres donde se explicaban los
objetivos y el alcance de dicha reforma, y promovían la
asociatividad y la identificación de los campesinos con
las reformas emprendidas por el Gobierno, no siempre
la visión de los sinamistas coincidía con la de los funcio-
narios de la reforma agraria, colectivo conformado por

135
Imagen 62. El general Leonidas Rodríguez, jefe del Sinamos,
en uno de sus discursos ante los representantes de los gremios
campesinos.
Fuente: Archivo familia Rodríguez.

ingenieros, técnicos y otros profesionales, muchos de


ellos sin compromiso político con el proceso de reforma.
Por otro lado, como el Sinamos intervenía en la for-
mación de las Cooperativas Agrarias de Producción, de
las Sociedades Agrarias de Interés Social y de las Comu-
nidades Industriales, se duplicaban los interlocutores es-
tatales con quienes los campesinos y los obreros debían
ponerse de acuerdo para el funcionamiento de sus res-
pectivas organizaciones. Debido a esta situación, entre
los beneficiarios de la reforma agraria y de las comunida-
des industriales se percibió un exceso de burocratismo.

136
Algo parecido ocurrió con la creación de las organiza-
ciones sociales y vecinales de los denominados "pueblos
jóvenes", que demandaban servicios de educación, salud
y vivienda al Gobierno. De todos modos, durante es-
tos años, los promotores del Sinamos se convirtieron en
personajes habituales del mundo popular urbano y ru-
ral, en agentes del régimen militar presente en todos los
rincones del país, a veces recibidos con simpatía y otras
veces rechazados por la población influenciada por los
partidos de izquierda y los sectores políticos opuestos a
los militares.
Ahora bien, la acción del nuevo organismo no se li-
mitaba a la promoción de la asociatividad popular, sino
que también desarrolló numerosos proyectos de desa-
rrollo comunal gracias al apoyo gubernamental, que
otorgaba fondos para pequeñas obras de servicio local.
Por lo general, el Sinamos era el organismo que gestio-
naba en el ministerio correspondiente el fondo para la
realización de un proyecto, pero su protagonismo ha-
cía que apareciera como el otorgante de estos fondos.
Así, el Sinamos funcionaba como correa de transmisión
entre las demandas de las organizaciones rurales y ur-
banas que el propio organismo generaba y el Estado. Y
este papel lo cumplió intensamente. Como nunca an-
tes, las oficinas públicas y los ministerios abrieron sus
puertas a los dirigentes formados en los programas de
capacitación sinamistas, a quienes se les entregaba un
carné de identificación. Esto otorgó ventajas relativas a
las organizaciones nacidas con el auspicio del Sinamos
frente a las organizaciones influenciadas por los partidos

137
de izquierda y el APRA, que reivindicaban su autonomía
ante el gobierno militar.
En el marco de la denominada "democracia de par-
ticipación plena", las organizaciones surgidas al amparo
del Sinamos permitieron que el régimen contara con
bases de apoyo popular o, por lo menos, amortiguar el
avance de los partidos de la izquierda radical en la mo-
vilización de los sectores urbanos y rurales. Era común
que las organizaciones creadas por el Sinamos, a las que
se sumaban la CGTP, fueran movilizadas en las mani-
festaciones y mítines políticos del régimen. Por esto,
la izquierda percibió al Sinamos como un competidor
ventajista y denunció la cooptación de dirigentes popu-
lares y el paralelismo de las organizaciones sociales. Por
su parte, los sectores de la derecha también denuncia-
ron esta cooptación, pero señalaron que era resultado
de la infiltración comunista en el régimen, infiltración
que pretendía empujar a los militares a posiciones más
radicales o a los brazos del bloque soviético. Así, desde
sectores de la izquierda como desde la derecha, hubo
una convergencia opositora contra el Sinamos.
Desde el punto de vista del régimen, la capacidad
organizativa que desarrollaba el Sinamos apuntaba a
fortalecer la posición de los trabajadores y sectores po-
pulares, lo que era una manera de contrapesar el poder
tradicional de los empresarios y las élites económicas.
Por otro lado, la participación popular debía crear las
condiciones para que en el futuro la sociedad organiza-
da se apropiara del proceso de reformas. En los escritos
de Carlos Delgado y Carlos Franco, la creación de orga-
nizaciones sociales tenía como objetivo último preparar

138
Imagen 63. El general Leonidas Rodríguez, jefe del Sinamos, en
una ceremonia con los campesinos de la sierra peruana.
Fuente: Archivo familia Rodríguez.

a la población para la transferencia del poder a los sec-


tores organizados. De ahí que este sector del Sinamos
procurara empujar la participación popular más allá del
discurso reformista.
Entre las numerosas organizaciones que el Sinamos
impulsó, probablemente fue la Confederación Nacio-
nal Agraria (CNA) la más representativa, la que logró
enraizarse en numerosas y extensas bases campesinas.
Fundada el 3 de octubre de 1974, agrupó a los cam-
pesinos beneficiarios de la reforma agraria organizados
en cooperativas y en las SAIS, a las comunidades cam-
pesinas y a los campesinos independientes. La CNA fue
resultado de un largo y paciente trabajo de base. Los

139
funcionarios sinamistas y los líderes campesinos afines
al Gobierno organizaron cerca de 150 ligas agrarias, con
arraigo provincial o de valle, que, después de 120 asam-
bleas provinciales y 2000 convenciones locales, conflu-
yeron en 20 federaciones departamentales. No obstante,
la CNA se construyó sin tener en cuenta a las organiza-
ciones campesinas ya existentes, por lo que en la prácti-
ca entró en competencia con la poderosa Confederación
Campesina del Perú (CCP), influida por Vanguardia
Revolucionaria.
La CNA se fundó simbólicamente en el local de la
Cámara de Diputados. Se quiso significar con esto que
nacía como expresión de la nueva realidad política, pero
también que se constituía como un nuevo poder en la
sociedad posoligárquica. El Gobierno cedió a la CNA
los bienes y predios de la desactivada Sociedad Nacional
Agraria, institución que había agrupado a los principa-
les hacendados y propietarios agrícolas del Perú. Los di-
rigentes de la CNA, entre los que destacaba el dirigente
campesino cuzqueño Avelino Mar, apoyaron las refor-
mas militares, y eran considerados por los dirigentes de
la CCP como velasquistas (Mar fue luego miembro del
Partido Socialista Revolucionario, formado por milita-
res y civiles que colaboraron con Velasco, y electo a la
Asamblea Constituyente de 1978). Evidentemente, la
creación de la CNA desde un aparato gubernamental y
con recursos estatales despertó la crítica de los sectores
políticos, y el régimen militar recibió de parte de los sec-
tores de la izquierda el calificativo de "corporativista".
Pese a esta acusación, lo cierto es que la CNA
supo crear sus propios canales de toma de decisiones

140
Imagen 64. Reunión de campesinos en la costa norte del Perú or-
ganizada por el Sinamos.
Cortesía de Francisco Vallejo Berríos.

(congresos, asambleas, convenciones, etc.), lo que blo-


queó los intentos de los sectores autoritarios del régi-
men de convertirla en una institución digitada desde
el Gobierno. Por el contrario, mantuvo una relativa
autonomía institucional, y llegó a establecer canales de
coordinación con la CCP. Así, a diferencia de otras or-
ganizaciones generadas por otros sectores del régimen
velasquista, la CNA mantuvo una autonomía relativa
y una importante representatividad en el mundo del
campesinado y sus organizaciones. Inclusive, después de
la caída de Velasco, en una muestra de independencia
frente a Morales-Bermúdez, nombró asesor a Leonidas
Rodríguez, quien poco después del cambio de régimen
había sido pasado al retiro. Más adelante, la CNA pasó

141
a la oposición política conforme Morales-Bermúdez fue
virando hacia posiciones conservadores. Mantuvo luego
una importante vida institucional durante la década de
1980 y decayó en los años noventa.
En el ámbito urbano, como vimos, el Gobierno
creó las comunidades industriales, con lo cual este sector
de trabajadores quedó relativamente institucionalizado.
Pero el mundo urbano-popular era más complejo. Des-
de la década de 1940, las oleadas de migraciones provin-
cianas a las ciudades habían producido el fenómeno de
las barriadas y un nuevo actor social: el poblador urbano
que demandaba un conjunto de servicios inexistentes
en las tierras baldías o en los arenales en los que habían
construido sus precarias viviendas: conexiones eléctri-
cas, redes de agua y alcantarillado, asfaltado, escuelas
y postas médicas. Así, desde las barriadas emergieron
movilizaciones vecinales o de pobladores que marcha-
ban a Palacio de Gobierno y al Ministerio de Vivienda
para presentar sus demandas. Manuel Prado y Manuel
Odría establecieron políticas clientelistas con estos sec-
tores, pero esto cambió cuando los partidos de izquierda
empezaron a tener presencia política en las barriadas y
promovieron la movilización popular. El gobierno de
Velasco, por su parte, estableció relaciones relativamen-
te institucionales con estos sectores urbano-marginales.
La Oficina Nacional de Desarrollo de Pueblos Jó-
venes (Ondepjov) era la institución que se encargaba
de la atención gubernamental a los bautizados por el
régimen militar como "pueblos jóvenes", por considerar
que el término "barriada" resultaba peyorativo. Luego,

142
n
flarom M I r

Imagen G.S. Leonidas Rodríguez, jefe del Sinamos, durante mitin


en el distrito de Villa María del Triunfo.
Fuente: Archivo familia Rodríguez.

la Ondepjov fue absorbida por el Sinamos, organismo


que desarrolló un intenso trabajo de promoción comu-
nal y que auspició uno de los proyectos autogestionarios
más ambiciosos de la época. En mayo de 1971, dos-
cientas familias "invadieron" los cerros de Pamplona, en
los alrededores de la Panamericana Sur, pero en los días
siguientes se sumaron varios miles más, lo que destapó
la acuciante necesidad de viviendas y una crisis política
debido al reclamo de los propietarios afectados, entre
ellos los religiosos del colegio La Inmaculada. Después
de un fracasado intento de desalojo, el Gobierno de-
cidió trasladar a las familias a los arenales de Tablada

143
de Lurín, en el distrito de Villa María del Triunfo, y
lanzó una convocatoria para que se inscribieran las fa-
milias que carecían de vivienda y quisieran recibir allí
un lote. En los días siguientes, con la ayuda de camio-
nes del Ejército, se trasladaron varias decenas de miles
de familias para posesionarse de un terreno. Enseguida,
los promotores del Sinamos organizaron a la población
en comités vecinales para las tareas de la ocupación y la
gestión de servicios públicos.
Adicionalmente, un sector del Sinamos apoyó la
formación de una organización comunitaria, la Co-
munidad Urbana Autogestionaria de Villa El Salvador
(Cuaves), que culminó con la creación de un Consejo
Ejecutivo Comunal (CEC) en representación de más de
100.000 familias. A través de esta organización se ca-
nalizaron los contratos para el servicio eléctrico con la
empresa estatal ElectroPerú, y de agua y desagüe con
Sedapal. También a través de la Cuaves se implementó
una red de postas médicas y de construcción de escuelas,
con apoyo de la comunidad en trabajo y materiales. El
Sinamos respaldó igualmente la creación de "empresas
comunales" administradas por el CEC, que pretendían
ser una alternativa a las empresas privadas y una fuente
de trabajo para los pobladores. La Cuaves fue la expe-
riencia de autogestión y autogobierno más radical que
promovió el Sinamos y, en particular, un sector de fun-
cionarios civiles que provenían de la izquierda. Vamos a
entrar en algunos detalles porque se trata de un proceso
de construcción de un nuevo tipo de sociedad y mues-
tra hasta dónde podía llegar una de las tendencias más
progresistas del gobierno militar.

144
Imagen 66 Apolinario Rojas, hablando con el megáfono, y Antonio
Aragón, dirigentes de la Comunidad Urbana Autogestionaria de Villa
El Salvador, fundada en 1973.
Cortesía de Asociación Amigos de Villa.

Aunque al parecer la autogestión se inspiró en la ex-


periencia yugoslava, su formulación fue resultado de las
negociaciones entre los funcionarios velasquistas y los lí-
deres locales como Antonio Aragón y Apolinario Rojas,
quienes tenían una larga experiencia de lucha sindical y
política que venía de la década de 1950. En la forma-
ción de las empresas comunales, el Gobierno aportaba
pequeños fondos u otorgaba préstamos para el impul-
so inicial. La Caja Comunal de Villa El Salvador, una
suerte de banco administrado por los propios dirigentes
vecinales, fue posible gracias a un fondo otorgado por el
Gobierno y a la asesoría del Banco Popular del Perú, que
para entonces había sido estatizado por Velasco. Una vez
puesta en marcha, la Caja Comunal centralizó las cuotas

145
de las familias para pagar los contratos de electrificación
y agua potable. Parte de los capitales recaudados se pres-
taban a los pequeños empresarios y comerciantes locales
a un interés moderado. Con esta estrategia, la Caja tuvo
algunos altibajos, pero ante la ausencia de la banca for-
mal cumplió su labor de facilitar el ahorro familiar.
La otra experiencia importante fueron los grifos de
kerosene comunales, combustible doméstico que fue
objeto de la especulación de los pequeños comerciantes.
Villa El Salvador tuvo seis grifos, colocados estratégi-
camente, que permitieron acabar con la especulación
y mantener estables los precios. Los dirigentes organi-
zaban el transporte y la distribución mediante camio-
nes cisterna que traían el kerosene desde la refinería La
Pampilla, en el Callao. Esta fue la empresa comunal
más exitosa, pues permitió financiar o subvencionar
otras iniciativas, como la farmacia comunal, la ferretería
y la fábrica de vidrio soplado. Así, con el concurso del
Gobierno, emergió una compleja organización vecinal
que, además de organizar la ocupación del espacio y
participar en la adjudicación de los lotes de vivienda,
desarrolló numerosos proyectos de autogestión que le
otorgaron una gran capacidad de movilización social.
No obstante, si bien el "modelo" de Villa El Salvador
fue promocionado por el régimen y Velasco solía visi-
tar la zona, la experiencia no fue replicada, por lo que
quedó asociada a un sector de funcionarios del Sinamos
antes que al conjunto del gobierno militar.
El Sinamos no fue el único órgano que promovió la
creación de organizaciones sociales. Desde varios secto-
res del régimen hubo intentos por generar organizaciones

146
paralelas a las existentes, incluso en competencia con las
influenciadas por partidos aliados, como el PCP-Unidad.
Esto ocurrió con el mencionado Sindicato de Educadores
de la Revolución Peruana (SERP), que nació para contra-
rrestar al Sutep. Francisco Guerra García señala que el
SERP se formó con desconocimiento del Sinamos, y que
la responsabilidad recayó exclusivamente en los servicios
de inteligencia y del Ministerio del Interior, quienes pro-
cedieron a cooptar a dirigentes magisteriales y a otorgar-
les rápidamente reconocimiento legal. Otro ejemplo en
la misma línea fue la Central de Trabajadores de la Re-
volución Peruana (CTRP), creada en los primeros meses
de 1972 con las federaciones de pescadores y de choferes.
Estas instituciones carecían de legitimidad y vida propia,
pues no estaban enraizadas en las dinámicas populares,
sino en la cooptación de dirigentes y en subvenciones
financieras. Esta situación respondía, como veremos más
adelante, a que el régimen estaba conformado por va-
rias tendencias que pugnaban por imponerse sobre las
demás, en un contexto en el que solo la autoridad de
Velasco mantenía un relativo equilibrio.
Más allá de esto, los esfuerzos del régimen por crear
una base social propia despertaban el recelo tanto de
la izquierda como de la derecha. Los sectores conser-
vadores dentro y fuera del régimen veían la autonomía
con la que el Sinamos se conducía como una amenaza
en potencia, particularmente porque ahí estaba concen-
trado un grupo de civiles que provenía de la izquierda
o que, como el caso de Héctor Béjar, habían participa-
do en las guerrillas de 1965. De ahí que estos sectores

147
Imagen 67. Héctor Béjar,
exguerrillero del Ejército
de Liberación Nacional
y funcionario del Sinamos
durante el gobierno
de Velasco.
Fuente: Archivo del Insti-
tuto de Estudios Peruanos.

denunciaran al Sinamos como un nido de comunistas


y promovieran el desmantelamiento de dicho organis-
mo. La presión de las facciones conservadoras contra
el Sinamos tuvo éxito en 1974, cuando, en medio de
los conflictos internos del régimen, Leonidas Rodríguez
fue removido de la dirección. Francisco Guerra García
señala que, después de la salida del carismático general
cuzqueño, la facción autoritaria del Gobierno desplazó
a los sectores izquierdistas y reorientó el Sinamos para
convertirlo en un mero instrumento de cooptación de
las organizaciones sociales. La izquierda, por su parte,
rechazaba al Sinamos, ya que en el mundo popular ur-
bano y rural competía con sus propios esfuerzos para
conformar sindicatos de trabajadores, federaciones cam-
pesinas y organizaciones barriales. La búsqueda de una

148
"autonomía popular" frente al velasquismo era el eje de
un enfrentamiento por la hegemonía en los movimien-
tos sociales.
La nueva dirección del Sinamos, bajo jefatura del
general Sala Orozco, quien pertenecía a una tendencia
dentro del régimen liderada por Javier Tantaleán, proce-
dió a promover a dirigentes afines a su facción y a des-
prenderse de los cuadros que provenían de la izquierda.
La reorientación del Sinamos se expresó en el operati-
vo conjunto con los ministerios de Trabajo, Interior e
Industrias para desconocer al Comité Directivo de la
Confederación de Comunidades Industriales (Conaci).
La Conaci fue organizada por el sector progresista del
régimen, y el comité apoyaba a Velasco, pero la facción
de Tantaleán deseaba dirigentes incondicionales. Die-
cisiete federaciones apoyaron la maniobra, y lograron
que se convocara un Congreso Nacional Extraordinario,
como resultado de lo cual la Conaci se dividió en dos
facciones: el Comité Directivo y una "comisión orga-
nizadora", controlada por la burocracia del Sinamos y
del Ministerio. de Industrias. Esto puso en evidencia las
pugnas dentro del régimen, las cuales se agudizaron en
los dos últimos años del gobierno velasquista. Y si bien
poco después ambas facciones se reunificaron, resultó
evidente la manipulación gubernamental, y la Conaci
quedó seriamente desprestigiada. Eran los últimos años
del gobierno de Velasco, y anunciaba su debacle.

149
CAPÍTULO 7

Los partidos políticos ante el régimen

L a instauración del Gobierno Revolucionario de la


Fuerza Armada reordenó el juego político. Al cerrar
el Congreso y cancelar las elecciones de 1969, Velasco
dejó sin espacio a los partidos que dominaban la escena
política y electoral, particularmente al APRA.
La Unión Nacional Odriista entró en declive y fue
disuelta por el propio Odría en 1974. Lo mismo ocurrió
con lo que quedaba del pradismo, ya bastante golpeado
por la muerte del expresidente Manuel Prado dos años
antes. Más compleja fue la situación de Acción Popular
(AP). Belaunde intentó influir desde la Argentina en los
acontecimientos, pero poco después se marchó a los Es-
tados Unidos para enseñar en la Universidad de Miami.
Si bien los dirigentes de AP fueron los más activos en
organizar manifestaciones de rechazo al golpe, fueron
rápidamente controlados por la policía, y sus protestas
se concentraron en los medios de prensa, a través de en-
trevistas y columnas de opinión. No obstante, la nacio-
nalización de la IPC y la popularidad que esto le confirió
a Velasco hizo que las críticas al régimen se percibieran
como revanchismo.

151
Sin capacidad para organizar una oposición en las
calles, los acciopopulistas se refugiaron en la política de
salón, a la espera de una coyuntura favorable para actuar.
En los años siguientes, varios exministros y dirigentes de
AP fueron deportados debido a sus constantes declara-
ciones para demandar que el gobierno militar convocara
a elecciones o por sus críticas frontales a las reformas. En
las actas de la Presidencia del Consejo de Ministros se
registró que los ministros de Hacienda e Interior realiza-
ron investigaciones sobre contrabando relacionado con
varios excongresistas, particularmente contra Javier Alva
Orlandini. Pero sin Belaunde, la oposición de AP no
representaba ningún peligro, y estas investigaciones se
abandonaron. Más bien, algunos grupos de jóvenes del
ala izquierdista de AP, agrupados alrededor de Edgardo
Seoane, primer vicepresidente de Belaunde y hermano
del líder aprista Manuel Seoane, vieron con simpatía las
reformas, y se incorporaron al régimen militar en dis-
tintos organismos gubernamentales. Este hecho fue un
golpe moral para una disminuida AP.
Por su parte, el Partido Popular Cristiano (PPC),
agrupación del flanco derecho del espectro político que
se había desprendido de la Democracia Cristiana a fi-
nes de 1966, asumió un discurso conservador-consti-
tucionalista frente a las reformas militares. Luis Bedoya
Reyes, su figura principal, era alcalde de Lima cuando
se produjo el golpe militar, y tenía cierta relación de
amistad con Velasco y su esposa Consuelo, hermana
por parte de padre del dirigente aprista Luis Gonzales
Posada. Bedoya continuó como alcalde de la capital, y

152
Imagen 7.1. Sepelio de Rafael Belaunde, padre del presidente Fer-
nando Belaunde Terry, a quien se le permitió asistir al entierro. La
foto corresponde a 1972.
Fuente: Repositorio USIL.

no realizó mayores críticas al régimen hasta la inaugu-


ración en 1969 del monumento a Ramón Castilla en el
parque del mismo nombre. Con ocasión de ese evento,
para acallar las críticas que los jóvenes pepecistas realiza-
ban sobre su silencio, pronunció un discurso conocido
como "Castilla, soldado de la ley", donde destacó el de-
ber de las Fuerzas Armadas de defender la legalidad y la
Constitución, en clara alusión a la arbitrariedad del ré-
gimen militar. Velasco estuvo presente en la ceremonia,

153
y, según Bedoya, le dijo desde unos metros de distancia:
"Me has jodido. Pero has estado brillante, carajo".
La crítica de AP y el PPC se enfocó en el carácter
inconstitucional del régimen y la demanda constante de
elecciones. A través de la prensa, el PPC se pronunció
sobre las diversas medidas gubernamentales, cuestio-
nando sobre todo la manera en que se realizaba la refor-
ma agraria, la creación de las comunidades industriales
y la reforma educativa. El argumento básico era que la
reforma agraria afectaba a la propiedad privada y desin-
centivaba la inversión. Si bien era necesaria en la sierra,
las haciendas de la costa eran distintas porque tenían
una economía tecnificada, con trabajadores asalariados
y orientada a la exportación, es decir, generaban divi-
sas. Al eliminar la administración privada de las hacien-
das azucareras, se debilitaba la producción agraria. En
cuanto a las comunidades industriales, como ya vimos,
creían que retraerían las inversiones y entorpecerían el
funcionamiento empresarial de las industrias. La refor-
ma educativa mereció duras críticas por considerar que
adoctrinaba a los estudiantes y fomentaba una concien-
cia socialista y autoritaria. Se trataba, desde el punto de
vista de los partidos conservadores, de la política de la
manipulación y la conversión ideológica.
La oposición del PPC y de AP a las reformas mi-
litares contrastaba con el apoyo popular a la reforma
agraria. Dichos partidos estaban lejos de sintonizar con
el clima de cambios que se vivía el país, y al que sectores
juveniles de diversas procedencias políticas sumaban su
apoyo. Replegados a la conspiración en sus salones, los

154
dirigentes conservadores tenían pocas posibilidades de
propiciar la caída del régimen. La casa de Luis Bedoya
Reyes, ante las sospechas de conspirar con sectores de la
Marina, fue allanada en varias ocasiones. La principal
esperanza de estos partidos era el almirante Luis Vargas
Caballero, el principal opositor de Velasco entre los mi-
litares. De hecho, desde la Marina se produjeron varios
intentos de insurrección, como el protagonizado por un
grupo de oficiales en diciembre de 1974, en vísperas de
la conmemoración de la batalla de Ayacucho. Sin em-
bargo, este levantamiento fracasó porque el capitán del
crucero Miguel Grau (probablemente se trate de Geró-
nimo Cafferata) se negó a plegarse al movimiento, rin-
dió su espada y fue detenido.
Por su parte, el APRA se había desplazado en el
decenio previo hacia la derecha, y en los últimos años
se había convertido en aliado del exdictador Manuel
Odría. Esto le significó algunas crisis, como la ruptura
de un grupo de jóvenes liderados por Luis de la Puen-
te Uceda, que formó el APRA Rebelde, pero mantuvo
sus bases populares y sindicales, por lo que era la única
fuerza con capacidad para movilizar una oposición en
las calles. Cuando se produjo el golpe, los jóvenes de la
Universidad Nacional Federico Villarreal salieron a pro-
testar en el Centro de Lima, y algunos dirigentes apristas
intentaron organizar manifestaciones, pero fueron rápi-
damente controlados. Con la mayoría de sus líderes ave-
jentados, esta vez no hubo ningún intento insurgente de
escala importante, al contrario de lo ocurrido durante
los regímenes militares anteriores. Así, a los pocos meses

155
del golpe, el APRA se refugió en sus cuarteles de invier-
no, también a la espera del agotamiento del régimen.
Esta actitud evitó que el Gobierno organizara una
represión contra el "Partido del Pueblo", que por su par-
te se cuidó de no provocar a los militares. Por el con-
trario, como vimos, las reformas atrajeron a numerosos
cuadros apristas juveniles que veían en ellas la concre-
ción de algunos elementos del programa que Víctor
Raúl Haya de la Torre había defendido en su juventud:
la nacionalización del petróleo y de los recursos natura-
les, la reforma agraria, entre otros. De cierta manera, las
reformas militares contrapusieron al APRA derechista de
los años sesenta, aliado del pradismo y del odriismo, con
el APRA auroral de la década de 1930, reformista y anti-
imperialista. Las reformas de Velasco colocaron a Haya
de la Torre como un líder desconectado con su época y
un desleal con sus propuestas juveniles, lo que confirmó
los cuestionamientos que había suscitado la "conviven-
cia" con el pradismo y la alianza con el odriismo.
La reacción personal de Haya de la Torre consis-
tió en reclamar la paternidad intelectual de las reformas
para de alguna manera empalmar con el nuevo escena-
rio. Según Nelson Manrique, el dirigente aprista per-
maneció en el Perú durante todo el gobierno de Velasco
realizando un paciente trabajo de formación de cua-
dros jóvenes para evitar que sus militantes más valiosos
fueran absorbidos por el régimen militar. No obstan-
te, los dirigentes de la Confederación de Trabajadores
del Perú (CTP), controlada por el APRA, buscaron un
acercamiento con el régimen. Asimismo, para contener
el desbande de sus bases sindicales y juveniles, el viejo

156
Haya tuvo que redescubrir al joven Haya y editó por
primera vez en el Perú, en 1971, El antimperialismo y
el APRA. El libro había sido editado en 1936 en Chile,
y era raro encontrarlo en el país. Los jóvenes del APRA
Rebelde, luego convertidos en Movimiento de Izquier-
da Revolucionaria, editaron una versión a mimeógrafo,
no oficial para reivindicar el carácter revolucionario del
partido. Ahora era el propio Haya quien se veía obli-
gado a imprimirlo para mantenerse actual y conectado
con el tiempo reformista que experimentaba el Perú.
Estas medidas tuvieron un éxito limitado. Durante
el velasquismo, el partido aprista experimentó no solo
un periodo de aislamiento político, sino también la
pérdida de su enraizamiento sindical. Al principio del
régimen, las protestas organizadas por jóvenes apristas
propiciaron que los militares allanaran el local partida-
rio y clausuraran La Tribuna en abril de 1970. Pero en
general el APRA se mantuvo a la espera de la evolución
de los acontecimientos porque Haya temía que un en-
frentamiento con el régimen provocara la persecución
del partido y el exilio de sus dirigentes, como había
ocurrido con Benavides y Odría. En el campo sindical-
popular, el APRA fue lentamente desplazado por los
partidos de izquierda, que, alentados por las reformas
y el discurso revolucionario del régimen, se volcaban a
crear organizaciones obreras y campesinas que sustraían
al APRA de sus antiguas bases sindical-populares. Los
sindicatos textiles, tradicionalmente contralados por di-
rigentes apristas, fueron conquistados por los numero-
sos partidos de la izquierda que experimentaron un auge
durante los años del gobierno militar.

157
En realidad, en un inicio los partidos de izquierda se
vieron sorprendidos por el golpe, y reinó el desconcierto
cuando se produjeron las primeras reformas, lo que ge-
neró intensos debates sobre el carácter del régimen. La
mayoría creyó que los militares seguirían el libreto tra-
dicional de los gobiernos conservadores. El semanario
Unidad del PCP calificó el golpe militar como fascista.
Sin embargo, cuando se produjo la nacionalización de
la IPC, que ocurrió acompañada de un fuerte discurso
antiimperialista, los dirigentes comunistas debatieron
sobre la orientación del régimen militar, reconsideraron
su opinión inicial y buscaron un acercamiento. Ante la
expropiación, a inicios de noviembre, de las haciendas
ganaderas de la Cerro de Pasco Corporation y el anun-
cio de una reforma agraria, el comité político sesionó
sobre la posición que asumirían, y se aprobó la tesis del
"apoyo crítico", bajo la perspectiva de que con el empuje
del movimiento sindical-popular podían llevar las refor-
mas a su profundización.
Poco después descubrieron que esta estrategia era
inviable porque los militares no estaban dispuestos a
compartir el poder, ni a consensuar las decisiones con
sus "aliados". Aun así, mantuvieron su apoyo porque
entendieron que las reformas favorecían a amplios sec-
tores de los trabajadores urbanos y del campesinado.
Dicho apoyo se tradujo en la colaboración de la pode-
rosa Confederación General de Trabajadores del Perú
(CGTP), que se había reconstituido poco antes del gol-
pe, en junio de 1968. La movilización de los sindicatos
afiliados a la CGTP confirió a los militares una imagen

158
Imagen 7.2. Los dirigentes de la CGTP Gustavo Espinoza e Isidoro
Gamarra durante saludo a Velasco.
Cortesía de Gustavo Espinoza, archivo personal.

popular, aunque también agudizó las diferencias con los


partidos de la izquierda radical, que ya eran muy críticos
con el PCP. En la primera celebración del golpe, el 3 de
octubre de 1970, la participación de los trabajadores la
aportó principalmente la CGTP.
Las relaciones entre el gobierno y la CGTP estaban
lejos de ser idílicas, por lo menos en un inicio. El minis-
tro de Trabajo, Jorge Chamott Biggs, se rehusaba a reci-
bir a los dirigentes, situación que solo cambió en enero
de 1971, ya bajo la gestión del general Pedro Sala Oroz-
co. A medida que el Gobierno reconocía a numerosos
sindicatos y decretaba alzas de salarios, los trabajadores
percibieron una ventana de oportunidad y se incremen-
taron las huelgas. La Ley de Estabilidad Laboral amplió

159
el margen de maniobra de los sindicatos, aunque la
CGTP debía procurar que las movilizaciones no se des-
bordaran. El objetivo era llegar a acuerdos directos con
el Ministerio de Trabajo, que actuaba como árbitro en
los conflictos entre empresarios y trabajadores, de modo
que no se generara inestabilidad para el régimen. Se es-
tablecieron entonces fluidas relaciones de cooperación
entre la CGTP y el Ministerio de Trabajo, y se llegó a
otorgar la Orden del Trabajo en grado de comendador
a los dirigentes comunistas Isidoro Gamarra y Gustavo
Espinoza.
Si bien el PCP-Unidad fue el único partido que apo-
yó institucionalmente a Velasco, hubo numerosos gru-
pos e individuos que se sumaron al régimen. Muchos de
ellos entendieron que las reformas militares habían sido
banderas de la izquierda, y abrían un proceso de cam-
bios en el que había que participar. Tal vez, como los
dirigentes del PCP-Unidad, algunos tuvieron la ilusión
de que podían influenciar en el proceso iniciado por los
militares y apropiarse de él desde los movimientos socia-
les. Por otro lado, colocarse en la oposición los alinea-
ba con la derecha conservadora que protestaba contra
la reforma agraria, las comunidades industriales y los
derechos laborales reconocidos por Velasco. Un sector
significativo, por su procedencia, que se incorporó al
gobierno militar fueron los exguerrilleros amnistiados y
liberados en enero de 1971. Por ejemplo, Héctor Béjar,
líder del Ejército de Liberación Nacional que participó
en las guerrillas de 1965, salió de prisión, se entrevistó
con Velasco en Palacio y aceptó trabajar en el Sinamos.

160
Imagen 7.3. Gustavo Espinoza, dirigente del Partido Comunista
Peruano y de la CGTP, en el 6.° Congreso Nacional del PCP.
Cortesía de Gustavo Espinoza, archivo personal.

Béjar fue una figura importante del velasquismo,


aunque tuvo que enfrentarse con las acusaciones de
traición de varios sectores de la izquierda. Por su par-
te, Walter Palacios, un destacado dirigente estudiantil
en Trujillo y miembro de la dirección del MIR, aceptó
trabajar en las cooperativas de producción agraria en el
norte del país, donde desarrolló labores de organización
y promoción social. Elio Portocarrero, también miem-
bro de la dirección del MIR y dirigente de Frente Gue-
rrillero del Norte, se incorporó al Ministerio de Energía
y Minas, a cargo de Jorge Fernández Maldonado, donde
se desempeñó como asesor en la Oficina de Asesoría La-
boral. Posteriormente, formó parte del Partido Socialista

161
Revolucionario, organización formada por exmilitares y
civiles que apoyaron a Velasco.
El líder campesino y dirigente trotskista Hugo
Blanco, también amnistiado por Velasco, fue invitado a
trabajar en la reforma agraria, pero rechazó la propuesta;
fue deportado meses después, cuando participó en una
manifestación campesina en Cerro de Paseo. En cam-
bio, Antonio Aragón, trotskista como Blanco y también
miembro del Frente de Izquierda Revolucionaria, se in-
corporó al Sinamos, y fue un actor importante en la
experiencia autogestionaria de Villa El Salvador. Miem-
bros de otras facciones trotskistas también se sumaron al
régimen, como el periodista Ismael Frías, quien aceptó
colaborar como director de Última Hora y fue hombre
cercano a la facción del general Javier Tantaleán. Junto
a Frías se incorporaron otros trotskistas, entre ellos Fé-
lix Zevallos, dirigente obrero y fundador de la primera
organización trotskista en el Perú, el Partido Obrero
Revolucionario. Para muchos militantes o intelectua-
les de izquierda, el velasquismo actuó como un polo de
atracción porque brindaba la oportunidad de participar
en la liquidación de la sociedad oligárquica y porque se
identificaban con las reformas.
Una posición más compleja la adoptó Vanguardia
Revolucionaria (VR), partido que con el MIR, el PCP-
Patria Roja y las organizaciones trotskistas conformaban
la denominada Nueva Izquierda, organizaciones políti-
cas integradas por generaciones jóvenes y críticas del
"reformismo" del PCP-Unidad. VR se fundó en 1960,
y tuvo como cabezas visibles a Ricardo Letts, Edmundo

162
Antonio Aragón Gallegos

Fue un reconocido político de izquierda que se vincu-


ló al Sinamos y contribuyó a la formación de la expe-
riencia autogestionaria de Villa El Salvador. Nació en
el Cuzco y estudió en el Colegio Nacional de Ciencias,
junto con el futuro líder campesino Hugo Blanco. En
la década de 1950, se incorporó al Partido Obrero Re-
volucionario, organización trotskista afiliada a la IV
Internacional, y conformó sindicatos de trabajadores
en Lima y Vitarte. Cuando Hugo Blanco regresó al
Perú y se convirtió en líder del movimiento campesino
de La Convención, Aragón se trasladó al Cuzco para
hacerse cargo del aparato de propaganda. Fue dete-
nido en 1962 y procesado por dar refugio a los mi-
litantes trotskistas que asaltaron el Banco de Crédito
en Lima. Estuvo en prisión hasta que Velasco lo am-
nistió en enero de 1971. Poco después, se incorporó
al Sinamos.
Aragón tuvo un papel protagónico en la formación
de la Comunidad Autogestionaria de Villa El Salvador,
donde impulsó numerosos proyectos autogestionarios
a los que se denominó "empresas comunales". Fue el
enlace entre el Gobierno y la organización vecinal que
emergió de ese proceso, así como uno de los más tena-
ces defensores de la autogestión. Para Aragón, las "em-
presas autogestionarias" incrementaban el poder de las
organizaciones sociales porque estas podían regular la
economía local en beneficio de la población, como
sucedió con los grifos de kerosene que permitieron

163
controlar la especulación de dicho combustible. Asi-
mismo, consideraba que estas empresas podían cons-
tituirse en las bases socioeconómicas que sostuvieran
las organizaciones de autogobierno que nacían en los
"pueblos jóvenes". Sin embargo, los proyectos auto-
gestionarios del Sinamos se concentraron en Villa El
Salvador, y hubo poco desarrollo de dichos proyectos
en otros distritos.
Después de la caída de Velasco, Aragón se incorpo-
ró al Partido Socialista Revolucionario. Morales-Ber-
múdez lo deportó a Panamá, pero retornó tras obtener
una curul en la Asamblea Constituyente de 1978. Al
ario siguiente, estuvo en el grupo que formó el Partido
Socialista Revolucionario-Marxista Leninista, un des-
prendimiento del PSR velasquista liderado por Leoni-
das Rodríguez. Aragón murió en 2018.

Murrugarra y Ricardo Napurí, este último de filiación


trotskista. Los militantes de VR provenían de las capas
medias e intelectuales, y reivindicaban la revolución
armada, asumiendo una estrategia de acumulación de
fuerzas con la perspectiva de una insurgencia popular.
Percibían al PCP-Unidad como un partido que había
abandonado el programa revolucionario de José Carlos
Mariátegui, al que se debía disputar las bases sindicales y
populares. VR era un partido semiclandestino que, por
un lado, destacaba militantes a las universidades, sindi-
catos urbanos, los centros mineros y las organizaciones

164
campesinas, donde construían sus bases sociales; y, por
otro lado, se preparaban internamente para militarizar
a sus cuadros en la perspectiva de una revolución arma-
da (esta tendencia no prosperó en algunos grupos). Las
reformas militares obligaron entonces a un replantea-
miento de sus posiciones.
La primera lectura del golpe militar fue que se
trataba de una medida restauradora del orden oligár-
quico, de una contención al reformismo moderado de
Belaunde, pero la nacionalización de la IPC y la refor-
ma agraria modificaron estas apreciaciones iniciales. El
análisis predominante fue la caracterización del régimen
como "reformismo burgués". Desde esta perspectiva,
los militares representaban a la fracción moderna de
la burguesía, interesada en transformar las estructuras
tradicionales, económicas y sociales para profundizar el
capitalismo. Ricardo Letts, uno de los líderes represen-
tativos, postuló la tesis de "alianza y lucha", que consistía
en apoyar aquellas reformas que liquidaran las bases so-
cioeconómicas de la sociedad oligárquica, promovieran
la recuperación de los recursos naturales o fortalecieran
al movimiento sindical-popular. En cambio, cuando el
régimen implementaba procesos que se consideraban
contrarrevolucionarios, como la cooptación de las or-
ganizaciones sociales y sus líderes, había que oponer-
se y luchar contra dichas pretensiones. En ese sentido,
Letts criticaba a las comunidades industriales o la crea-
ción de sindicatos adictos al régimen, ya que creía que
ellas adormecían las tendencias revolucionarias de los
trabajadores.

165
Por su parte, Edmundo Murrugarra planteaba una
posición más confrontacional con el régimen. Como
encargado del trabajo en las universidades, su percep-
ción era más ideologizada, con mayor razón cuando
el Gobierno decretó la Ley Universitaria de marzo de
1969, que afectó negativamente a la representación
estudiantil. Murrugarra era consciente de la necesidad
de diferenciarse del reformismo militar para mantener
vigente el proyecto de una insurgencia armada y prote-
ger a su partido frente a las críticas de los grupos uni-
versitarios maoístas, totalmente opuestos al Gobierno.
No obstante las diferencias internas en VR, la mayo-
ría coincidió en afianzar la autonomía del movimiento
sindical-popular, tanto frente al régimen como ante el
revisionismo del PCP-Unidad y de la CGTP. De esta
manera, sostenían, se salvaguardaba la revolución. Y, en
efecto, VR organizó y movilizó numerosas bases sindi-
cales para reivindicar los derechos de los trabajadores,
marcando una diferencia clara con el sindicalismo del
PCP-Unidad.
Por otro lado, VR construyó importantes bases
campesinas y promovió la reorganización de la Con-
federación Campesina del Perú (CCP), la que estaba
bajo control del abogado Saturnino Paredes, dirigente
maoísta del PCP-Bandera Roja. En Andahuaylas, don-
de las comunidades campesinas estaban en conflicto
con los hacendados locales, VR tenía destacados a Lino
Quintanilla, Julio César Mezzich y Félix Loayza, quie-
nes promovieron la creación de la Federación Provincial
de Campesinos de Andahuaylas (Fepca). La provincia

166
había sido declarada zona de afectación de la reforma
agraria en 1970, pero tras la expropiación de la hacienda
Toxama, el proceso se paralizó. La agitación entre los
campesinos creció cuando se hizo evidente que los ha-
cendados estaban aprovechando la demora para vender
parte de los equipos agrícolas y el ganado, así como para
parcelar la tierra y enajenarla, evitando de ese modo su
entrega a los beneficiarios. Finalmente, entre julio y oc-
tubre de 1974, los campesinos dirigidos por la Fepca
organizaron la toma de tierra más importante por fuera
de la Dirección de la Reforma Agraria: ingresaron en la
madrugada a 68 haciendas de la provincia y procedieron
a distribuir la tierra y los bienes, así como a organizar
la producción. La toma de tierras de Andahuaylas fue
conocida como la "reforma dentro de la reformá', una
medida para acelerar la intervención estatal, pero tam-
bién para colocar a los campesinos como conductores
del proceso. De esta manera, en medio del clima refor-
mista, VR se diferenciaba de otros partidos de izquierda
y reafirmaba la autonomía de las organizaciones popu-
lares frente al gobierno militar.
Más radical fue la posición del PCP-Patria Roja,
una organización maoísta nacida en 1968 de un des-
prendimiento del PCP-Bandera Roja, también de ten-
dencia maoísta. Patria Roja estaba compuesta por una
generación de jóvenes radicales que, pese a su discur-
so campesinista, tenían una importante presencia en
las universidades y en los gremios magisteriales. Como
VR, reivindicaba la revolución armada y era un partido
semiclandestino, con perspectivas de su militarización.
Sin embargo, a diferencia de otros partidos de izquierda,
167
cuando Velasco expropió la IPC y decretó la reforma
agraria, Patria Roja no dejó de considerar al régimen
como un instrumento "fascistoide" del imperialismo y
de la burguesía industrial y financiera. Desde su punto
de vista, como señala la historiadora quebequense Gen-
viéve Dorais, el verdadero objetivo de la reforma agraria
era ampliar el mercado interno peruano para permitir la
venta de los excedentes de producción industrial de los
Estados Unidos. También creían que con estas y otras
medidas se pretendía aplacar las tendencias revolucio-
narias de los movimientos campesinos y los sindicatos
obreros.
Patria Roja sostuvo durante todo el periodo mi-
litar una oposición frontal al velasquismo. Dado que
sus bases estaban principalmente entre los maestros del
Sutep y los estudiantes universitarios, su principal me-
dio de acción eran las huelgas magisteriales y la toma
de universidades y escuelas. La represión gubernamental
obligó a varios de sus dirigentes a pasar a la clandes-
tinidad, y algunos como el dirigente de la Federación
de Estudiantes del Perú, Rolando Breña Pantoja, fueron
deportados, lo que a su vez acentuó el discurso revo-
lucionario de los jóvenes maoístas. Por muchos años,
su principal dirigente, Hernán Gotardo Rojas, adop-
tó el seudónimo de Alberto Moreno, y no salió de la
clandestinidad hasta los años noventa, conservando su
seudónimo como nombre oficial. Su semanario Patria
Roja adoptó como lema una de las más famosas frases
de Mao: "El poder nace del fusil". En esta línea, fueron
los que más reivindicaron la revolución armada como

168
Imagen 7.4. Rolando Breña,
presidente de la Federación
de Estudiantes del Perú.
Fue deportado en 1971.
La foto corresponde
a su estancia en París.
Cortesía de Rolando Breña,
archivo personal.

camino al socialismo, y, por tanto, demostaron el apoyo


del PCP-Unidad al gobierno militar.
Aunque pequeño por aquel entonces, el PCP-Sen-
dero Luminoso también consideraba que el régimen
velasquista era fascista. Como Patria Roja, se oponía al
Gobierno, e incluso a la reforma agraria. Sus bases polí-
ticas y sociales estaban concentradas en Ayacucho, aun-
que algunos grupos menores existían en Huancavelica
y Lima. Desde Ayacucho, Sendero Luminoso participó
en las protestas contra la Ley de Educación que obligaba
a pagar una pensión a los estudiantes que repitieran el
año escolar. Esta medida fue rechazada por la mayoría
de familias ayacuchanas, que tenían que hacer grandes
sacrificios económicos para enviar a sus hijos a la escue-
la. Las organizaciones campesinas y estudiantiles se mo-
vilizaron como pocas veces antes y tomaron las ciudades

169
de Huamanga y Huanta en junio de 1969. En respues-
ta, a esta última ciudad llegaron los sinchis, un grupo es-
pecial de policías especializados en lucha antisubversiva,
con sede en Mazamari, Junín. Poco preparados para el
control de masas, su intervención produjo una masacre
que costó la vida de decenas de campesinos y estudian-
tes. Después de estos hechos, los senderistas se concen-
traron en la preparación de un alzamiento armado, y no
salieron al escenario público hasta 1980.
Así, el grueso del espectro de organizaciones políti-
cas, unas con mayor radicalidad que otras, se opusieron
a Velasco ya fuera desde la izquierda o desde la derecha;
estas últimas apoyando las conspiraciones de los mili-
tares conservadores. Unas reivindicaban la libertad de
empresa y de la propiedad privada, y otras demandaban
la revolución popular y la autonomía de los movimien-
tos sociales. El régimen tuvo que navegar sobre cons-
tantes olas de protestas y movilizaciones sin un aparato
partidario que organizara el apoyo de los sectores que
simpatizaban o se beneficiaban de las reformas. Quienes
temían que la inestabilidad del Gobierno y la caída de
Velasco dieran paso a un régimen conservador vivían en
constante zozobra, ya que a las complicaciones internas
se sumaba además un conjunto cada vez más significati-
vo de presiones internacionales contra el régimen.

170
CAPÍTULO 8

La política exterior

P rácticamente, el régimen velasquista se inició con


una pugna internacional: la nacionalización de la
IPC. Los militares tenían plena conciencia de que dicha
nacionalización tensaría las relaciones con los Estados
Unidos, pero también captaron el clima nacionalista
que experimentaba el Perú, que los favorecía. Nunca
pensaron en desistir de su negativa a pagar una com-
pensación económica por La Brea y Paririas. De ahí que
una de las cuestiones centrales de la política exterior del
velasquismo fuera evitar el aislamiento y reforzar las re-
laciones con sus pares latinoamericanos, así como con
los foros del Tercer Mundo.
El contexto regional era relativamente favorable
para esta política. La Revolución cubana, la emergencia
de Gobiernos desarrollistas y de movimientos populares
cuestionaban la tradicional hegemonía norteamericana
en la región. Los militares peruanos, con su discurso
nacionalista y antiimperialista, se sumaron a esas voces
críticas. Gracias a los detallados informes que la CIA ela-
boraba, sabemos que a los norteamericanos les preocu-
paba Velasco no tanto por considerarlo comunista, sino

171
porque creían que las reformas y las expropiaciones de
las compañías norteamericanas alentaban la autonomía
política y el crecimiento de la izquierda y de los sectores
nacionalistas tanto en el Perú como en los países veci-
nos. Se temía la influencia de Velasco antes que al pro-
pio régimen. Y es que las reformas militares despertaron
la expectativa de la comunidad internacional y de los
Gobiernos progresistas latinoamericanos. La prensa y
los analistas académicos denominaron el "experimento
peruano" a este intento de organizar la economía desde
el Estado e industrializar el país sin adscribirse a la órbi-
ta de la URSS ni a la de los Estados Unidos.
La pronta apertura de relaciones comerciales y di-
plomáticas con los países socialistas incrementó los
temores de Washington. Esta apertura, sin embargo,
respondía a la orientación "multilateral" de la política
exterior de los militares antes que a un acercamiento
ideológico con el comunismo soviético. Cuando la som-
bra de la enmienda Hinckenlooper apareció en el hori-
zonte, el Gobierno de Checoslovaquia ofreció comprar
el azúcar peruano. No obstante, el Perú tenía una cuota
con los Estados Unidos con precios preferenciales, por
encima de lo que pagaban los países europeos, por lo
que a los militares no les convenía un rompimiento que
los dejara sin la cuota y retrajera los créditos pendientes
y las inversiones. Al mismo tiempo, los Estados Unidos
nunca pretendieron cortar relaciones con el Perú porque
temían que esto empujara al país a fortalecer sus víncu-
los con el bloque soviético. Mantener las relaciones a
pesar de la tensión era una estrategia beneficiosa para
ambos. Perú tenía acceso al mercado norteamericano y

172
a los créditos de los organismos internacionales, y los
Estados Unidos mantenían su presencia en el Perú, y
eventualmente podían conspirar y apoyar a la oposición
política para derrocar a Velasco.
En las actas conservadas del Consejo de Ministros
existen varias referencias a la conveniencia de iniciar
conversaciones con los países socialistas, pero debemos
tener en claro que los militares se movieron con pru-
dencia, pues si bien buscaban una mayor autonomía
ante la política exterior de los Estados Unidos, de nin-
guna manera deseaban entrar a la órbita de la URSS.
El progresivo acercamiento del Perú a China, los países
socialistas y Cuba respondía más bien tanto al mencio-
nado enfoque multilateral de política exterior como a la
prevención de sanciones comerciales de Norteamérica.
En ese sentido, las relaciones comerciales y de coope-
ración técnica con Checoslovaquia y Yugoslavia debían
contrapesar la influencia de los Estados Unidos y mar-
car un giro en relación con gobiernos anteriores, como
el de Manuel Prado, quien había alineado al Perú con
la política exterior norteamericana, y que, por ejemplo,
había decidido pese a la opinión contraria del canciller
e historiador Raúl Porras Barrenechea la expulsión de
Cuba de la OEA.
Ahora bien, cuando Velasco llegó al poder, la comu-
nidad internacional experimentaba el auge del tercer-
mundismo, corriente ideológica aparecida a la sombra
de la Guerra Fría, con la cual la política exterior de los
militares se entroncó rápidamente. El tercermundis-
mo planteaba que los países subdesarrollados tenían
una agenda propia, diferente de la de las potencias
173
capitalistas como de la de los países comunistas. Este
discurso impactó en las naciones de África y Asia, re-
cientemente descolonizados, así como en las élites po-
líticas de América Latina, a las que confirió una cierta
identidad y un horizonte alternativo ante los polos que
antagonizaban la política internacional. La idea de que
los países del Tercer Mundo tenían que actuar como un
bloque para maximizar su influencia en las relaciones
internacionales se convirtió en un objetivo prioritario
de estos países. Para ello impulsaron la conformación
del Grupo de los 77 dentro de la asamblea de la Orga-
nización de las Naciones Unidas (ONU). Dicho grupo
reunía a las naciones en vías de desarrollo que se or-
ganizaron alrededor de la Conferencia de las Naciones
Unidas sobre Comercio y Desarrollo (Unctad).
La conferencia de la Unctad de 1964 fue el mayor
esfuerzo por revertir los desequilibrios del comercio in-
ternacional, cuestión que constituía, según un informe
preparado por Raúl Prebisch, un problema crucial, pues
relegaba al subdesarrollo a los países del Tercer Mun-
do. Este economista argentino, nombrado poco des-
pués presidente de la Unctad, sostenía que el comercio
internacional tendía a reforzar la especialización de los
países del Tercer Mundo como meros exportadores de
materias primas y productos agrícolas, y que esto se de-
bía a la posición de dominio de los países industriali-
zados en el comercio internacional. Para revertir dicha
situación propuso estabilizar el precio de los productos
básicos (que tendían a bajar, contrariamente a los pro-
ductos manufacturados), otorgar créditos preferenciales

174
a las empresas nacionales, incentivar la transferencia tec-
nológica y promover el desarrollo industrial del Tercer
Mundo. Como contraparte, los países favorecidos de-
bían implementar reformas institucionales y económi-
cas para modernizar sus aparatos productivos y elevar su
eficiencia y productividad.
Prebisch señalaba que, a mediano y largo plazo, el
desarrollo del Tercer Mundo favorecería a las potencias
industrializadas porque aumentaría la capacidad de
consumo mundial que conduciría a un boom económi-
co global. Reducidos los desequilibrios comerciales y
económicos, el crecimiento mundial sería más estable.
Creía así que el aporte económico y financiero de los
países desarrollados a la modernización económica del
Tercer Mundo tendría una recompensa no solo moral,
sino también material. Desde este punto de vista, con el
desarrollo del Tercer Mundo todos salían ganando.
Belaunde incorporó al Perú en el G-77, aunque
con un perfil moderado. Esta situación cambió cuando
Velasco percibió que el grupo podía convertirse en una
plataforma para proyectar la imagen del régimen militar
y su proceso de reformas en la comunidad internacio-
nal. Como foro desarrollista que era, el G-77 compartía
un lenguaje similar al de la Revolución peruana, como
los militares denominaban a las transformaciones que
llevaban a cabo. De hecho, las delegaciones del gobierno
velasquista fueron calurosamente recibidas por la ma-
yoría de los integrantes del G-77, que veían el proceso
peruano como un ejemplo para el Tercer Mundo. Según
el historiador chileno Germán Albuquerque, Velasco as-
piraba a que el Perú se convirtiera en uno de los países

175
líderes del G-77. Y, en efecto, la presencia del Perú en
los foros internacionales se agigantó en esta época.
En el marco de la Comisión Especial de Coordi-
nación Latinoamericana, la instancia en la que se con-
sensuaba la posición regional previa a las reuniones del
G-77, el Perú promovió en mayo de 1969 el llamado
Consenso de Viña del Mar, que planteaba la necesidad
de revisar las relaciones interamericanas y defendía re-
formas similares a las promovidas por la Unctad. Poco
después, el ministro de Relaciones Exteriores, Edgar-
do Mercado Jarrín, solicitó y obtuvo para Lima la sede
de la asamblea de octubre de 1971. Este fue tal vez el
momento de mayor reconocimiento internacional del
régimen. La prensa y los analistas de todo el mundo
dirigieron sus reflectores sobre el Perú y, en particular,
sobre el proceso de reformas. Las figuras de Velasco y la
del propio Mercado Jarrín, quien ya era un especialista
en temas geopolíticos antes del golpe, se proyectaron
como líderes latinoamericanos.
El Perú también fue protagonista de la tercera reu-
nión de la Unctad, llevada a cabo en Santiago de Chile
en 1972. De la Flor, quien había reemplazado a Mer-
cado Jarrín, fue elegido vicepresidente de la asamblea.
Fortalecido por este reconocimiento internacional, el
Gobierno profundizó sus críticas a la influencia de los
Estados Unidos en América Latina y demandó una ma-
yor autonomía económica y política. En la misma lí-
nea, durante la Conferencia de los Comandantes de los
Ejércitos Americanos celebrada en septiembre de 1973,
Mercado Jarrín cuestionó el Tratado Interamericano
de Asistencia Recíproca firmado en Río de Janeiro en

176
Imagen 8.1. El gene-
ral Edgardo Mercado
Jarrín en el Día de la
Bandera (1975).
Fuente: diario
Última Hora.

1947, en cuyo marco se establecieron misiones de ase-


soría militar estadounidense en los países latinoamerica-
nos. Como vimos, el Perú enfrentaba en ese momento
las presiones de los Estados Unidos para compensar a la
IPC, situación que exacerbaba el nacionalismo militar.
En parte, el liderazgo del Perú en los foros del Tercer
Mundo provenía precisamente de esta actitud cuestio-
nadora hacia los Estados Unidos.
Conforme el Perú se distanciaba de la esfera de
influencia norteamericana, las relaciones con el mun-
do socialista se hacían más intensas. En 1971, Merca-
do Jarrín anunció en la ONU el restablecimiento de
relaciones con la República Popular China. A fines de
ese mismo año, Velasco se entrevistó con Fidel Castro,
cuando el avión del presidente cubano se detuvo en

177
Lima después su famosa visita a Chile, donde gober-
naba el primer presidente socialista, Salvador Allende,
que había llegado al poder por la vía electoral. Castro
se mostró favorable a las reformas militares, y ambos
Gobiernos compartían un discurso antiimperialista.
Al año siguiente, la Cancillería peruana solicitó que la
OEA autorizara a los países miembros a restablecer rela-
ciones con Cuba. En junio de 1972, el propio Velasco
anunció que Perú había iniciado conversaciones en esta
línea, y restablecidas las relaciones diplomáticas, se hizo
frecuente que autoridades y ministros peruanos, como
Jorge Fernández Maldonado, Leonidas Rodríguez o el
propio Francisco Morales-Bermúdez, visitaran la isla.
El otro gran órgano de expresión del tercermundis-
mo en el que participó el gobierno militar fue el Movi-
miento de Países No Alineados (MPNA). Impulsado por
los presidentes Gamal Abdel Nasser (Egipto), Jawahar-
lal Nehru (India) y Josep Broz Tito (Yugoslavia), nació
en Belgrado en 1961, y agrupaba a la mayoría de las
naciones de África, Asia y Oceanía. Aunque al princi-
pio el único país latinoamericano que lo integraba era
Cuba, en los años setenta se sumaron el Perú, Chile y
Bolivia. A diferencia del G-77, que surgió en el marco
de la ONU para respaldar los esfuerzos de la Unctad,
el MPNA era un foro político de marcado tono anti-
colonialista que buscaba fomentar la solidaridad de las
naciones del Tercer Mundo, emitía comunicados sobre
temas internacionales y buscaba la cooperación en fa-
vor del desarrollo económico. En 1970, el Perú asistió
como observador a la asamblea de Lusaka (Zambia), y
tres arios después se integró como miembro de pleno

178
Imagen 8,2. El general Velasco con Fidel Castro en el Aeropuerto
Internacional Jorge Chávez, el 4 de diciembre de 1971.
Fuente: diario Granma.

derecho en la reunión celebrada en Argel. En esa oca-


sión se aprobó también la llamada Declaración de Ar-
gel, que asumía los planteamientos de la Unctad sobre el
comercio preferencial para el Tercer Mundo.
El G-77 y el MPNA vivieron una edad de oro en
las décadas de 1960 y 1970 gracias a la confluencia de
los procesos de descolonización de África y Asia, y al
auge del desarrollismo en América Latina. Pero la con-
solidación de ambas coaliciones dependía del éxito de
la Unctad para revertir las desigualdades del comercio
internacional y desarrollar las economías del Tercer
Mundo. El problema era la resistencia de los países in-
dustrializados a un esquema que los obligaba a pagar

179
mayores precios por los productos agrícolas, otorgar cré-
ditos baratos y transferir tecnología. Sin embargo, en la
reunión de Nueva Delhi de 1968, donde se debían acor-
dar medidas comerciales sobre "productos básicos", los
resultados estuvieron bastante por debajo de lo esperado
por Prebisch y su equipo. Sin el concurso de las poten-
cias occidentales, los acuerdos promovidos por el G-77
y la Unctad se convirtieron en mensajes declarativos, sin
consecuencias concretas, lo que a medio plazo marcó el
declive de los foros tercermundistas.
En paralelo a estos esfuerzos internacionales, el go-
bierno militar se adhirió a los esfuerzos de integración
comercial y económica de los países latinoamericanos.
En 1960, con el impulso de la Cepal se creó la Aso-
ciación Latinoamericana de Libre Comercio (Alalc) con
el propósito de integrar económica y comercialmente a
la región. El reto era enorme, ya que implicaba unifor-
mizar aranceles aduaneros, reforzar las comunicaciones
terrestres y establecer cuotas de exportación, entre otros
temas. Colombia, Chile y Perú habían iniciado también
conversaciones para avanzar hacia una integración su-
bregional que compensara su menor peso industrial y
económico frente a Argentina, Brasil y México. Estas
tratativas se concretaron en el Acuerdo de Cartagena,
también conocido como Pacto Andino o Tratado de In-
tegración Subregional de 1969.
El esquema del Pacto Andino no era menos com-
plejo que el Alalc. Por un lado, apostaba por la especia-
lización productiva de cada país, de acuerdo tanto con
las ventajas comparativas como con el estado de desa-
rrollo industrial. El propósito era que los tres países no

180
Imagen 8.3. Salvador Allende durante visita oficial al Perú junto a
Juan Velasco y el canciller Clodomiro Almeyda.
Fuente: Wikipedia.

compitieran entre sí, sino que sus economías se comple-


mentaran en un régimen de mercado común. Algunos
productos agrícolas e industriales peruanos se venderían
con aranceles rebajados en Colombia, y en contrapar-
tida el Perú haría lo propio con algunos productos de
exportación colombianos. El Pacto Andino también im-
plicaba la reconfiguración de las relaciones comerciales
con los Estados Unidos y Europa, de donde provenían
buena parte de las importaciones de América Latina.
El propósito era levantar barreras arancelarias comunes
para hacer posible un mercado andino que abarcara a
los tres países. Los Estados Unidos no veían con buenas
expectativas el éxito del Pacto Andino, pues significaba
restricciones para sus manufacturas. Los acuerdos entre
los socios andinos eran complicados porque, siguiendo

181
las directrices de la propia Cepal, los tres deseaban im-
pulsar su sector manufacturero. Los países con menor
desarrollo industrial temían que el desequilibrio del
comercio global se reprodujera a escala regional y los
acuerdos reforzaran su condición de meros exportadores
de productos agrícolas.
Pese a todo, los militares tenían grandes esperan-
zas en el Pacto Andino. El Gobierno consideraba que,
además de la integración comercial y económica, el
Pacto era un avance hacia la convergencia política de
los países miembros. En 1970, la elección por parte del
Congreso de Salvador Allende en Chile, con quien el
régimen militar tuvo excelentes relaciones, y el ascenso
al poder del general nacionalista Juan José Torres en Bo-
livia dotó al Pacto Andino de un rostro innegablemente
izquierdista. Tal vez fue el mejor año para este esfuerzo
de integración. Sin embargo, poco después, en 1971, el
general derechista Hugo Bánzer derrocó a Torres y en
1973 Augusto Pinochet depuso a Allende mediante un
sangriento golpe militar. Con el apoyo de los Estados
Unidos, el nuevo gobernante chileno aplicó un progra-
ma de reformas neoliberales que alejaron a su país del
Pacto Andino e iniciaron una ruptura con las tendencias
desarrollistas de América Latina. En 1974, Chile desco-
noció la Decisión 24 sobre el arancel externo común y
dos años después se retiró del Pacto Andino. Estos vai-
venes políticos supusieron un golpe del que la alianza,
que tantas expectativas había generado en los sectores
progresistas, nunca se recuperó.

182
En realidad, las condiciones no estaban maduras.
Tal vez la principal razón fue que las políticas de inte-
gración latinoamericana no tuvieron la continuidad que
requiere esta compleja operación. Si bien en los años se-
senta e inicios de los setenta los países latinoamericanos
experimentaron cierto desarrollo industrial, la situación
era desigual. La falta de comunicaciones terrestres gene-
raba desventajas en unos y ventajas en otros. Aunque se
había previsto un trato especial para Ecuador y Bolivia,
debido a su menor empuje industrial, existía el temor de
que los países más fuertes acabaran sometiendo a los me-
nos desarrollados. Pero, más allá de estos desencuentros,
probablemente el contexto económico internacional se
convirtió en el principal problema para este proyecto
de integración. Desde 1973, la subida espectacular del
precio del petróleo inició un periodo crítico que años
después cristalizó en una enorme recesión internacional.
El proceso de integración debió enfrentar un contexto
de contracción económica y no de prosperidad, en un
mercado ya de por sí pequeño.
Para el Perú, la caída de Velasco significó un giro en
la política económica e internacional. Con el gobierno
del general Francisco Morales-Bermúdez y con la con-
ducción de Luis Barúa en el Ministerio de Economía y
Finanzas, las políticas económicas fueron desplazándose
del desarrollismo a medidas de ajuste ortodoxo, en un
contexto de desaceleración de la economía mundial. El
Fondo Monetario Internacional (FMI) recuperó su in-
fluencia en la política económica peruana y pasaron a
un segundo plano los esfuerzos de integración del Pacto
Andino.

183
CAPÍTULO 9

El nacionalismo cultural

E 1 gobierno velasquista supuso una revolución cul-


tural e identitaria. Si bien no hubo un aparato cen-
tralizado y coherente de propaganda político-cultural,
el régimen militar desarrolló un fuerte discurso nacio-
nalista y campesinista que reivindicó el legado andino
y popular como el componente central de la nación pe-
ruana. Desde inicios del siglo XX, el indigenismo actuó
como una fuerza renovadora entre los sectores medios,
académicos y culturales del país. Uno de sus principales
representantes, el historiador y etnólogo moqueguano
Luis E. Valcárcel, fue un gran estudioso y difusor de la
historia y cultura andinas, y, en su época de ministro
de Educación entre 1945 y 1947, impulsó los mencio-
nados Núcleos Escolares Campesinos para difundir la
educación en las zonas rurales.
El propio Belaunde apelaba a figuras retóricas sobre
el Tawantinsuyo, el Perú milenario, la geografía andi-
na y el trabajo colectivo para señalar que su doctrina se
sustentaba, a diferencia de otras corrientes políticas, en
la historia y la sabiduría de los pueblos peruanos. Decía
que Cooperación Popular, una oficina gubernamental

185
que promovía el trabajo comunitario para la construc-
ción de escuelas y caminos, se inspiraba en la experiencia
ancestral del hombre andino: el ayni y la minka. Para di-
ferenciarse del aprismo y del comunismo, solía recurrir
a la metáfora del "Perú como doctrina", recalcando así
que su pensamiento filosófico y político no se inspiraba
en ideologías extranjeras, sino en los legados culturales
de la civilización andina.
En el gobierno militar estas tendencias se exacer-
baron. Los discursos nacionalistas y las expresiones
culturales andino-populares conocieron un verdadero
esplendor y se integraron masivamente dentro de los
mítines y los eventos culturales oficiales. Este auge era
en cierta forma paradójico. Los militares no tenían una
visión elaborada sobre la cultura andina. En las entrevis-
tas que brindaron a la periodista María del Pilar Tello,
se representan como provenientes de las capas medias
bajas. Muchos de ellos reivindicaban su procedencia
provinciana, pero en su vida cotidiana se comportaban
como criollos urbanos. En las reuniones en la casa de
Velasco se bebía whisky, se ingerían comidas criollas y
se escuchaban valses. Simpatizaban, eso sí, con los dis-
cursos indigenistas, pues consideraban que la deuda his-
tórica del Perú era principalmente con los campesinos
indígenas.
De modo que no tuvieron problemas para incor-
porar a su nacionalismo y su discurso antiimperialista
la reivindicación cultural del campesinado y del mundo
andino-popular. En realidad, el discurso cultural se orga-
nizó básicamente en torno a la reforma agraria, a la que
Velasco consideraba como su creación más importante.

186
Así, los promotores culturales, profesionales y artistas
incorporados al Gobierno expresaron en sus actividades
y producciones culturales la identificación de las refor-
mas militares con las reivindicaciones históricas de los
sectores indígenas. Esto significó una ruptura con los
discursos oficiales previos, que priorizaban a personajes
criollos y urbanos como figuras representativas de la na-
ción. De este modo, pese a las contradicciones internas
del régimen, se forjaron los contornos de una retórica
acerca de la nación que exaltó la herencia andina y po-
pular sobre lo criollo e hispano.
Velasco realizó numerosos gestos para identificar
a su gobierno con el campesinado andino. El óleo del
conquistador español Francisco Pizarro, que adornaba
un salón de Palacio de Gobierno, fue reemplazado por
el del rebelde cuzqueño Túpac Amaru II. Velasco solía
recibir en Palacio a delegaciones campesinas, así como a
sus líderes y varayoc. Recibió y se fotografió con Satur-
nino Huillca, un campesino quechuhablante de la sierra
cuzqueña que había organizado sindicatos para luchar
por la tierra. Muchos dirigentes campesinos y popula-
res se esforzaron por llegar a Velasco. En una ocasión,
el líder del sindicato de la hacienda Huando, Zózimo
Torres, asistió a una ceremonia en Palacio de Gobierno,
y le gritó a Velasco, quien saludaba a los concurrentes
desde un estrado: "Presidente, soy de Huando". Velasco,
quien conocía que dicha hacienda estaba siendo frag-
mentada entre los miembros de la familia Graña, se de-
tuvo y ordenó que lo dejaran subir. Escuchó a Torres y
poco después Huando fue intervenida por la Dirección
de la Reforma Agraria.

187
Ahora bien, el primer núcleo de propaganda rela-
tivamente organizado fue la Dirección de Difusión de
la Reforma Agraria (DDRA), ubicado en el antiguo edi-
ficio del Ministerio de Agricultura. La DDRA estuvo a
cargo de Efraín Ruiz Caro, un periodista cuzqueño y
político de gran protagonismo en los años anteriores.
Fundador del diario Ultima Hora, del Movimiento So-
cial Progresista y exdiputado por el Cuzco, Ruiz Caro
era un experto en la propaganda de masas. Desde su
cargo reclutó a numerosos profesionales, periodistas,
artistas y dibujantes para diseñar la propaganda de la
reforma agraria. Entre ellos destacaron los artistas plás-
ticos Jesús Ruiz Durand y José Bracamonte, el poeta y
periodista Mirko Lauer y el escritor José Adolph. Fue
un equipo pequeño, pero de gran nivel y trascendencia
artística.
La DDRA fue lo más parecido a un aparato de pro-
paganda cultural del régimen militar. Según las narra-
ciones posteriores de Ruiz Durand y Mirko Lauer, los
militares carecían de ideas definidas para difundir las vir-
tudes de la reforma agraria entre el campesinado, por lo
que el equipo de la DDRA contó con un amplio margen
de maniobra. Ruiz Caro y su equipo debían interpretar
el pensamiento de los militares o bien convencerlos para
evitar que vetaran sus propuestas. Fue en esta oficina
donde Ruiz Durand dibujó la imagen de Túpac Amaru
que se convirtió en el símbolo de la reforma agraria, del
Sinamos y del propio régimen. Reproducido innume-
rables veces en afiches, retratos, carteles y banderolas, la
reivindicación de este personaje no fue una invención
del régimen. Como lo ha estudiado el historiador Raúl

188
Asensio, Túpac Amaru era una imagen de culto de sec-
tores intelectuales provincianos, indigenistas y maestros
del Cuzco y del sur andino, que desde la década de 1950
habían convertido al cacique de Tungasuca en un héroe
cultural que simbolizaba diversas reivindicaciones regio-
nales. El mérito del gobierno militar consistió en elevar
a Túpac Amaru a la categoría de ícono nacional.
Durante la implementación de la reforma agraria
se realizaron numerosas intervenciones para capacitar
y difundir los alcances del proyecto. Cursos, talleres,
teatro, títeres y documentales aterrizaron en el mundo
rural con el objetivo de comunicar a la población rural
las transformaciones en curso y promover su apoyo a
estas. Sin embargo, el recurso propagandístico que des-
tacó entre todos fue el afiche. Christabelle Roca-Rey,
quien ha estudiado la propaganda política velasquista,
señala que el afiche resultaba barato, fácil de transportar
y adecuado porque estaba destinado a la población ru-
ral, en su mayoría todavía analfabeta y sin electricidad.
En la época, eran escasos los televisores en las zonas ru-
rales, por lo que el afiche resultó el medio más eficiente
para transmitir el mensaje gubernamental. La produc-
ción de los afiches fue verdaderamente masiva; por cada
versión se imprimía entre cien y ciento cincuenta mil.
Entre los artistas que diseñaron los afiches, sobresalió el
mencionado Jesús Ruiz Durand, un artista huancave-
licano egresado de la Escuela de Bellas Artes de Lima,
quien optó por usar las técnicas del arte óptico en sus
creaciones.
Aunque se han cuestionado las técnicas abstractas
de los afiches de Ruiz Durand y su inteligibilidad entre
189
La Ley del Cine

La Ley de la Industria Cinematográfica, promulgada


en 1972, fue un esfuerzo por promover un cine nacio-
nal. La norma estableció la obligatoriedad de la exhi-
bición de películas nacionales en las salas de cines, así
como incentivos tributarios que eran transferidos a las
empresas productoras para que recuperaran su inver-
sión y se desarrollara una industria cinematográfica.
Años antes, había aparecido una joven generación de
cineastas: Armando Robles Godoy en Lima o Manuel
Chambi en el Cuzco, que impulsaron películas de re-
lativa popularidad.
Eran filmes "nacionales" en el sentido de que sus
historias y personajes expresaban las tensiones socia-
les de la época, los conflictos por la tierra o los pro-
blemas culturales que confrontaban a hacendados y
campesinos. En 1967, cineastas, críticos y estudiantes
de cine formaron la Sociedad Peruana de Cinemato-
grafía, bajo la presidencia de Armando Robles Godoy,
quien presentó un proyecto de ley al Congreso de la
República. El golpe de 1968 interrumpió los debates
de dicha ley, pero la Sociedad insistiría en la promul-
gación de una ley para el cine nacional.
De acuerdo con el historiador Fernando Contreras,
en la formulación de la ley y su adscripción al sector
Industrias jugó un papel importante Robles Godoy.
Sin embargo, las relaciones entre el régimen militar y
los cineastas fueron tensas, pues con la norma también
nació la Comisión de Promoción Cinematográfica,

190
integrada mayormente por militares, que otorgaba los
incentivos de la ley al mismo tiempo que censuraba
las películas con contenido considerado inmoral o
contrarias a los objetivos educativos y culturales del
nacionalismo militar. Dicha censura se impuso sin
discriminaciones, como ocurrió con el filme De nue-
vo a la vida, de Leonidas Zegarra, que abordaba los
conflictos por la tierra, pero tenía escenas sexuales que
disgustaron a los militares.
Un problema adicional a la censura militar fue
la incomprensión del lenguaje cinematográfico y las
apuestas estéticas de cineastas como el cuzqueño Jorge
Vignati, autor del cortometraje Danzantes de tijeras,
filmado en 1972 en Ayacucho. El corto recibió buenas
críticas de los especialistas, pero fue censurado en los
cines comerciales, y tuvo que exhibirse en salas alter-
nativas y centros culturales. Más aún, cuando Vignati
asistió como invitado al Festival Internacional de Mi-
lán, descubrió a su regreso que había sido multado con
diez mil soles por exhibir un documental sin permiso
gubernamental.
Así, si bien el régimen militar favoreció a las empre-
sas productoras con un marco legal e incentivos econó-
micos, a cambio estableció un sistema de censura que
coartó las libertades creativas de los jóvenes cineastas.

los campesinos, debemos tener en cuenta que eran una


parte de un despliegue mayor. Su distribución se reali-
zaba en un contexto que les confería sentido, sin el cual
su diseño nos puede parecer ahora poco relevante. Los

191
afiches llegaban a los pueblos y comunidades de la costa
y la sierra de mano de las cuadrillas de promotores del
Sinamos, de los funcionarios de la reforma agraria y de
los técnicos que expropiaban y entregaban las tierras a
los campesinos. Los afiches fueron parte de campañas
de sensibilización, organización social y promoción cul-
tural que buscaban que los beneficiaros de la reforma
agraria, además de recibir la tierra, se identificaran con
las acciones del Gobierno y generaran una conciencia
social sobre el proceso de transformaciones que el país
atravesaba. Los afiches se colocaban en locales comuna-
les, escuelas y oficinas públicas donde se reunía la po-
blación en asambleas, pero también servían para enlucir
las viviendas y los muros de las casas de los campesinos
y sus dirigentes.
En 1971, la DDRA fue absorbida por el Sinamos.
Este hecho significó un giro en la propaganda política
oficial, pues la libertad de los artistas se vio restringida.
Ruiz Durand, quien colaboraba con la revista de oposi-
ción Sociedad y Política, dirigida por el sociólogo Aníbal
Quijano, se apartó del Gobierno, aunque sus dibujos si-
guieron siendo parte de la propaganda gubernamental.
Mirko Lauer, también cercano a Quijano, viajó a Europa,
y cuando retornó se incorporó a la actividad periodísti-
ca. El Sinamos era una verdadera maquinaria burocráti-
ca, cuya capacidad de llegada a los sectores populares y
urbanos no tenía antecedentes, pero también estableció
mayores controles sobre los creadores de la propaganda
político-cultural. Los nuevos productos comunicaciona-
les privilegiaban el mensaje antes que los diseños o la

192
TUPAC AMARU
LO PROMETIO

VELASCO
LO CUMPLID
Imagen 9.1. Afiche de propaganda, comparando a Velasco con
Túpac Amaru.
Fuente: International Institute of Social History, Amsterdam.

193
calidad artística. Lo afiches siguieron produciéndose,
aunque aumentó la edición masiva de folletos didácticos,
historietas y cartillas. Como vimos, el Sinamos realizaba
intensas campañas con los sectores urbano-populares y
campesinos, que requerían manuales prácticos, guías de
orientación política y folletos informativos para las es-
cuelas de formación de dirigentes locales.
En paralelo a la reforma agraria, el otro gran
foco de desarrollo del discurso nacionalista mili-
tar fue la celebración del 150.° aniversario de la
independencia, denominado en la terminología oficial
"sesquicentenario". Esta efeméride permitió articular
una campaña patriótica de alto perfil, que buscaba
proyectar un discurso positivo y optimista sobre el Perú
durante el proceso de reformas. Sin embargo, la inter-
pretación que se hizo de la independencia fue objeto de
una fuerte polémica por parte de intelectuales e histo-
riadores. En septiembre de 1969, el Gobierno nombró
la Comisión Nacional del Sesquicentenario de la Inde-
pendencia del Perú (CNSIP), presidida por el general
Juan Mendoza Rodríguez e integrada por importantes
personalidades académicas como Aurelio Miró Quesa-
da, los historiadores José de la Puente y Candamo, César
Pacheco Vélez, entre otros. El mandato de la Comisión
contemplaba actividades clásicas de las conmemoracio-
nes nacionalistas, como la construcción de monumentos
y bustos, y la organización de eventos conmemorativos.
Pero su legado más perdurable fue la monumental Co-
lección documental de la independencia del Perú, una serie
de 86 volúmenes con inmensa información procedente

194
de los archivos nacionales y extranjeros sobre el proceso
de emancipación, que aborda los avatares colectivos de
aquellos años, los aportes de los próceres, el papel del
ejército y las instituciones militares, así como el de los
grupos populares e indígenas.
El historiador Carlos Aguirre señala que la Co-
misión estuvo integrada sobre todo por historiadores
conservadores, pero paradójicamente contribuyó a con-
solidar un discurso histórico nacionalista, que enfatiza-
ba la convergencia de los sectores populares, indígenas,
mestizos y criollos en la gesta emancipadora. Así, por
ejemplo, para Agustín de la Puente Candamo, la uni-
ficación de los diversos sectores de la sociedad colonial
contra España ponía de manifiesto una nación embrio-
naria. Desde su punto de vista, en el acto de la indepen-
dencia cristalizó una incipiente nación conducida por
una facción militar complementada por ciudadanos de
todas las condiciones sociales. Esta visión contradecía
la interpretación tradicional, que centraba el relato de
la independencia en las intervenciones de José de San
Martín y Simón Bolívar, y reducía a los peruanos a un
papel pasivo o secundario.
La Comisión "nacionalizó" el relato de la indepen-
dencia peruana y le atribuyó raíces populares y regiona-
les, al introducir una nueva categoría de próceres, que
desde inicios del siglo XX se convirtieron en el eje del
relato nacionalista peruano: los precursores. Se trataba
de un conjunto de líderes indígenas y criollos ilustrados
de finales del siglo XVII y del XVIII cuyos proyectos po-
líticos y sociales se interpretaron en clave protonacional.

195
Era el caso de Túpac Amaru en la interpretación de Luis
Durand Flórez, quien presentaba al movimiento tupa-
camarista como un factor integrador de indios, mes-
tizos y criollos, cuyo desenlace no podía ser otro que
la independencia de España. Por otro lado, estaban los
ilustrados criollos como Juan Pablo Viscardo y Guzmán
y Toribio Rodríguez de Mendoza, que a su manera cues-
tionaron el sistema de dominación hispano, plantearon
reformas modernizadoras y difundieron doctrinas libe-
rales que abrieron el camino para la independencia na-
cional. Todos ellos eran ahora vistos como antecedentes
del proceso de emancipación.
Los precursores permitieron que los peruanos con-
taran por fin con héroes "nativos" para conmemorar su
independencia. En su honor se erigieron monumentos,
se celebraron homenajes y se pronunciaron inumerables
discursos. Una de las acciones más significativas fue la
inauguración el 27 de julio de 1971 del Monumento
a los Precursores, en el actual distrito de Jesús María,
Lima, un imponente conjunto que efigies de cuerpo
completo de Túpac Amaru, Juan Pablo Viscardo y Guz-
mán, Toribio Rodríguez de Mendoza y Francisco de
Vidal. Cuatro días después se inauguró también un mo-
numento a Túpac Amaru en el distrito de Magdalena, en
Lima, acto al que asistieron los presuntos descendientes
del cacique de Tinta, Marcos y Leoncia Condorcahua,
llegados especialmente desde Sicuani.
Entre todos los precursores, Túpac Amaru era el que
tenía mayor predicamento entre los militares. Sus haza-
ñas anticoloniales condensaban la imagen provinciana,
transformadora y guerrera con la que aquellos mismos

196
Imagen 9.2. Velasco durante un mitin de conmemoración del golpe
del 3 de octubre de 1968.
Fuente: Wikipedia.

querían identificarse. La revolución militar era, según


este argumento, una suerte de continuación contem-
poránea del gran levantamiento indígena de 1780. Por
esto, los historiadores de la Comisión, y particularmente
la historiadora Ella Dunbar Temple, se esforzaron en re-
construir y documentar la participación de los pueblos
indígenas en las montoneras, guerrillas y milicias popu-
lares que apoyaron al ejército patriota. De esta manera,
se presentaba al ejército rodeado de un amplio respaldo
popular en la creación de la república. Esto fue apro-
vechado por los militares para equiparar ese momento
histórico con las reformas velasquistas, en especial con la
recuperación del petróleo y la reforma agraria.

197
Así, la interpretación de la Comisión entroncaba
con las necesidades políticas del gobierno velasquista,
que deseaba dotar a las reformas de una legitimidad
histórica. Ellas atendían por fin a las demandas más
antiguas y sentidas de los sectores excluidos de la socie-
dad oligárquica. Esta idea se complementaba con otra
igualmente importante para el discurso militar: si bien
la independencia fue un proceso genuinamente nacio-
nal, se limitó a los aspectos estrictamente políticos. El
Perú se había constituido como Estado separado de las
potencias coloniales, pero faltaba culminar las transfor-
maciones sociales y económicas imprescindibles para
constituirnos como una verdadera nación. La indepen-
dencia había sido traicionada por una oligarquía que se
hizo con el poder en alianzas con las potencias extran-
jeras para aprovecharse en su exclusivo beneficio de las
riquezas peruanas. Las reformas militares apuntaban a
revertir esta traición. De ahí que se presentara explícita-
mente como una "segunda y verdadera independencia".
Esta visión nacionalista de la independencia perua-
na no convenció a todos los historiadores. En 1972, el
historiador peruano Heraclio Bonilla en compañía de la
historiadora norteamericana Karen Spalding publicó un
ensayo en el que se sostenía la tesis de una independen-
cia "concedida", según la cual la mayoría de los sectores
sociales no había apostado por el proyecto independen-
tista, ya fuera por falta de conciencia social o porque
se encontraban relativamente cómodos en un proyec-
to colonial que concedía a Lima un papel protagónico
en el comercio de ultramar. De ahí que la mayoría de

198
las élites peruanas se mostraran hasta el final leales al
Gobierno español. La independencia solo habría sido
posible como resultado de la concurrencia de los ejér-
citos grancolombiano y rioplatense, que vencieron a las
fuerzas hispano-peruanas en las batallas de Junín y Aya-
cucho, sellando así una independencia casi a la fuerza.
Estos planteamientos provocaron una fuerte con-
troversia con el gobierno militar. En los siguientes me-
ses, varios miembros de la Comisión y personalidades
militares publicaron artículos en los medios oficiales
que denostaban las interpretaciones de Bonilla y Spal-
ding. Estas acciones eran parte de un estilo autoritario
propio del velasquismo que no toleraba las voces críti-
cas, provinieran estas de los sectores de la izquierda o la
derecha política.
Por otro lado, la narrativa de la segunda indepen-
dencia estuvo acompañada de un discurso campesinista
que presentaba al indígena como un hombre que ha-
cía producir la tierra y alimentaba a la nación. Y, sin
embargo, este campesino fue históricamente oprimido,
excluido de los derechos políticos y culturalmente dis-
criminado. Había pues una enorme deuda moral con
él, deuda que, si bien saldaba la reforma agraria en la
cuestión de la tierra, requería una reivindicación de su
dignidad social y cultural. Por eso, las "comunidades
indígenas", reconocidas como tales desde el gobierno
de Augusto B. Leguía, fueron rebautizadas como "co-
munidades campesinas", por considerar que el término
tenía una carga discriminatoria. Este giro campesinis-
ta no se extendió hacia la selva, donde las poblaciones

199
locales siguieron siendo consideradas indígenas antes
que campesinas, y sus comunidades denominadas como
"nativas".
Aunque ocurrió al final del gobierno velasquista, un
hito importante de la reivindicación cultural se produjo
el 25 de mayo de 1975, cuando después de largos deba-
tes, el quechua, la lengua hablada por millones de habi-
tantes de la sierra y la costa, y que había sobrevivido a las
políticas de castellanización republicana, se convirtió en
lengua oficial. El decreto emitido por el gobierno militar
establecía que dicha lengua era un legado ancestral de la
cultura peruana y que el Estado tenía el deber de preser-
varla. Desde abril de 1976 sería obligatoria su enseñanza
en todos los niveles escolares, por lo que el Ministerio de
Educación debía implementar el currículo y diseñar los
materiales necesarios para su enseñanza. Sin embargo, la
caída de Velasco y los cambios ministeriales frustraron la
aplicación de dicho decreto. El Ministerio de Educación
encargó cuatro libros de gramática para cada una de las
variantes dialectales del idioma de los incas (Cuzco-Co-
llao, Ayacucho-Chanca, Áncash-Huaylas y Cañaris-Ca-
jamarca), que quedaron como testimonio de un proceso
trunco. Lo mismo ocurrió con la parte del decreto que
establecía que en enero de 1977 el Poder Judicial debía
estar preparado para conducir procesos en quechua.
La oficialización del quechua era parte de un esfuer-
zo más amplio por reivindicar la cultura popular andina.
Se puede decir que, en los últimos dos años del régimen
militar, se intensificó un discurso cultural indigenista,
algo que no existió en los primeros años. En 1971, se
creó el Instituto Nacional de Cultura (INC) como un

200
organismo descentralizado del Ministerio de Educa-
ción, cuya dirección general recayó al año siguiente en
la lingüista Martha Hildebrandt, quien permaneció en
el cargo hasta 1976. El INC desarrolló una intensa acti-
vidad de promoción del patrimonio cultural, la investi-
gación arqueológica, el arte popular andino, la música
regional y la producción literaria. La evolución de la
política cultural del régimen se expresó en 1975, cuan-
do el Premio Nacional de Cultura, en categoría de arte,
recayó en el retablista ayacuchano Joaquín López Antay.
Fue la primera vez que el premio se concedió a un artista
ajeno a las industrias culturales tradicionales: escritores,
pintores, músicos y otros. López Antay fue descubierto
al gran público por el etnólogo y escritor indigenista
José María Arguedas, quien organizó exposiciones de su
obra en la peña Pancho Fierro; y el historiador Pablo
Macera le dedicó varios estudios y publicaciones.
El premio produjo una gran controversia entre los
sectores del arte y la cultura de Lima, pues López An-
tay se impuso sobre artistas plásticos reconocidos como
Carlos Quízpez Asín y Teodoro Núñez Ureta, y sobre
el músico Rodolfo Holzmann. Varios personajes desta-
cados de las artes se pronunciaron en contra de la dis-
tinción al retablista ayacuchano. El pintor Fernando de
Szyszlo afirmó que, si bien un Ferrari era tan digno de
valoración como un caballo de raza, no cabía mezclar-
los porque ambos pertenecían a mundos ajenos. Hubo
también quienes defendieron a López Antay y cuestio-
naron la concepción tradicional de la cultura que tenían
los artistas limeños. Estas controversias no hicieron re-
troceder al gobierno militar. El 7 de enero de 1976, en
201
una concurrida ceremonia, el ministro de Educación,
general Ramón Miranda Ampuero, entregó la distin-
ción a López Antay.
Como contrapartida al discurso campesinista, el
régimen asumió un discurso crítico de la influencia
cultural norteamericana. Restringió así la importación
de cómics, revistas y publicaciones que consideró alie-
nantes. Un incidente de 1971 con el cantante Carlos
Santana y su banda de rock muestra el autoritarismo
del régimen en cuestiones culturales, aunque también
se trata de un episodio que tiene mucho de leyenda.
Santana debía presentarse en el estadio de la Universi-
dad Nacional Mayor de San Marcos, evento al que se
opuso la Federación de Estudiantes, influenciada por
grupos maoístas. Se emitieron varios comunicados que
fueron recogidos por el diario Expreso, bajo control gu-
bernamental. Una noche antes del concierto, según el
relato de Luis Jochamowitz, ardió una caseta de sonido
preparada para el espectáculo. La llegada de Santana y
su banda recibió los reflectores de la prensa. Al bajar
del avión, el rockero se quitó la camisa, hecho que el
sensacionalismo periodístico convirtió en un desnudo.
Corrió el rumor de que los rockeros estaban drogados.
Esto era demasiado para el régimen. Después de una
visita protocolar a la municipalidad de Lima, Santana y
su banda fueron detenidos por orden del ministro del
Interior, Pedro Richter, y llevados a la Prefectura. Horas
después fueron expulsados del país con destino a Mia-
mi. La expulsión de Santana estuvo precedida de una
campaña mediática de sectores conservadores limeños

202
contra los representantes del hz'ppismo, así como por el re-
chazo de grupos radicales de estudiantes sanmarquinos.
En general, en cuanto a política cultural, el régimen
militar no realizó innovaciones importantes. Existían en
el Perú numerosos movimientos, colectivos y esfuerzos
de reivindicación de la cultura indígena y popular, que
Velasco incorporó a su gobierno porque se enmarcaban
dentro del discurso nacionalista de los militares. El in-
digenismo tuvo un periodo oficial en la época en que
fue ministro Luis E. Valcárcel, y también gracias a la
labor de José María Arguedas como investigador del
folclor en el Ministerio de Educación y como director
del Instituto de Estudios Etnológicos. Este indigenismo
oficial, aunque heterogéneo, incrementó su relevancia
en medio de las reformas militares, particularmente
debido a la reforma agraria. Algunas demandas del in-
digenismo se convirtieron en política pública, como la
oficialización del quechua, y parecía que el régimen se
definía en dirección a una política más profundamente
indigenista, pero este proceso quedó trunco con la caída
de Velasco.

203
CAPÍTULO 10

La enfermedad de Velasco

V elasco cayó enfermo el 22 de febrero de 1973. El


mal se manifestó repentinamente, a mitad de la
noche. De acuerdo con el testimonio del general José
Graham, el gobernante había asistido a una misa por
las bodas de oro de los padres del general Rafael Hoyos,
cuando le sobrevinieron fuertes dolores. Graham lo es-
peraba en la boda de la hija de Héctor Cornejo Chávez,
donde también debía asistir Velasco, pero a la mediano-
che se marchó a su casa. Allí recibió Graham la llama-
da del edecán de Palacio. "Mi general, el presidente se
muere", le comunicó. Salió para Palacio; encontró a Ve-
lasco acompañado de su hijo, quien le frotaba los pies, y
de varios médicos que recomendaron no moverlo hasta
que le subiera un poco la presión.
Pasadas las dos de la mañana fue trasladado al Hos-
pital Militar. Los médicos le suministraron calmantes
que lo pusieron a dormir. Una hora más tarde llegó su
esposa, proveniente de Cuba. La junta de galenos no
consiguió determinar que se trataba de un aneurisma.
Velasco tenía un médico norteamericano que lo aten-
día con frecuencia, pero fue imposible ubicarlo por

205
teléfono. Casi al amanecer llegaron los ministros Pe-
dro Richter, Mercado Jarrín, Rolando Gilardi, Vargas
Caballero y otros. Al mediodía Velasco entró en crisis,
por lo que los médicos decidieron operar. El doctor
Mario Molina, quien desconocía los antecedentes del
paciente, fue convocado de emergencia para dirigir la
operación. Aunque lograron salvarle la vida, una de las
piernas estuvo muchas horas sin irrigación sanguínea y
procedieron a extraerle los músculos necrosados para
evitar su amputación. No obstante, la infección siguió
progresando, por lo cual días después (9 de marzo) fue
operado nuevamente para amputarle la pierna.
La hospitalización de Velasco planteó un dilema
para los miembros de la Junta Militar y del Consejo de
Ministros. La situación no estaba prevista en el Estatuto
Militar, y el gobierno no podía permanecer sin cabeza
mientras Velasco se recuperaba. El Estatuto regulaba el
relevo presidencial, pero no existía la figura de un pre-
sidente provisional en caso ocurrieran eventualidades
como esta. Los ministros se reunieron en una sala del
hospital para deliberar, colocándose sobre la mesa la
cuestión de la sucesión. El sector de los progresistas te-
mía que, sin Velasco, la revolución militar se interrum-
piera. La tendencia mayoritaria se inclinaba a que el
relevo recayera en el premier Mercado Jarrín, un militar
con prestigio intelectual y respetado por los oficiales,
pero sin las convicciones "revolucionarias" de Velasco.
Fueron días tensos en los que la opinión pública seguía
expectante el curso de los acontecimientos.
Corrió el rumor de un relevo presidencial, y posible-
mente los militares conservadores movieron sus fichas

206
en ese sentido. Sin embargo, el sector progresista nunca
dudó en respaldar la continuidad de Velasco, y sin aquel
cualquier intento de desplazarlo habría significado una
seria ruptura interna. De ahí que la Junta Militar auto-
rizó únicamente a Mercado Jarrín el encargo de firmar
los decretos y documentos administrativos de manera
provisional. Velasco aceptó los términos de dicho acuer-
do. Sin embargo, dos días después se publicó un decreto
firmado por Velasco que señalaba que la autorización
a Mercado tenía como fecha de vencimiento el 31 de
marzo. Con esto el general piurano, quien fue siempre
muy desconfiado, impuso un plazo a las atribuciones de
Mercado y aseguró su retorno al sillón presidencial para
el 1 de abril.
En medio de la incertidumbre de la enfermedad de
Velasco, el diario Expreso, vinculado a la CGTP, convo-
có una manifestación de respaldo. A esta convocatoria
se sumaron la Democracia Cristiana y el Partido Co-
munista Peruano. Los sectores civiles temían que los
militares aprovecharan de esta crisis para apartarlos del
Gobierno. El tema se analizó en el Consejo de Minis-
tros. Prevaleció entonces el apoyo a la manifestación y se
abrió la convocatoria a todos los sectores que desearan
sumarse. El PCP y la CGTP organizaron la movilización
disciplinada de sus bases y atrajeron a numerosos secto-
res que simpatizaban con Velasco. Según cálculos de la
época, unas 300.000 personas se concentraron en la pla-
za Dos de Mayo, desde donde desfilaron por la avenida
Alfonso Ugarte y siguieron por la avenida Brasil con di-
rección al Hospital Militar, en cuya entrada se impro-
visó un mitin. Consuelo, la esposa de Velasco, salió a
207
Imagen 10.1. Juan Velasco Alvarado y su esposa Consuelo Gonzales
Posada junto al mandatario de Rumania, Nicolae Ceausescu, en
visita oficial de 1973.
Fuente: Wikipedia.

saludar y tomó la palabra para agradecer a la multitud.


Mercado Jarrín, en nombre del Gobierno, también de-
dicó unas palabras a los concurrentes.
En abril y mayo, entre terapias de rehabilitación y
reposos en Paracas o Chaclacayo, Velasco retomó par-
cialmente la conducción del Gobierno. Sin embargo,
ya nunca fue el mismo. Le confeccionaron una pierna
ortopédica a la que jamás pudo adaptarse, y solo la usa-
ba en entrevistas con la prensa o en ceremonias públi-
cas. Para un militar que siempre se mostró orgulloso de
su estado físico, la pérdida de su pierna debió afectarlo

208
emocionalmente. Sus colaboradores más cercanos coin-
ciden en señalar que su capacidad de trabajo disminuyó
significativamente. Dejó de asistir a las reuniones de la
COAP (que como dijimos era la correa de transmisión
con los ministerios y organismos gubernamentales),
disminuyó la atención a las delegaciones provincianas
y se acabaron las inspecciones inopinadas que realizaba
a algún proyecto de infraestructura rural o para verifi-
car el funcionamiento de alguna cooperativa azucarera.
La pérdida de la pierna aisló a Velasco en su despacho
presidencial y redujo su entorno personal de colabora-
dores, que le proporcionaba información variada sobre
la situación del país en las provincias.
Los testimonios de los militares progresistas señalan
que despúés de la enfermedad Velasco se volvió irasci-
ble. El problema era que su autoridad derivaba del papel
de árbitro que cumplía en los Consejos de Ministros,
escuchando las posiciones, sopesando los argumentos y
decidiendo medidas más o menos intermedias, con lo
cual se colocaba por encima de las facciones. Pero esto
cambió en la etapa posterior a su enfermedad. Estallaba
en cólera ante cualquier discrepancia y acusaba de con-
trarrevolucionarios a los militares progresistas que junto
a él habían planificado el golpe y lo acompañaban desde
el inicio de las reformas. Velasco, que como dijimos era
muy desconfiado, empezó a percibir conspiraciones en
cada señal de opinión discrepante. También es probable
que su impaciencia para acelerar las reformas, particu-
larmente el proceso de estatizaciones, respondiera a la
urgencia de culminar su obra. Es lo que sugiere Antonio

209
Las empresas de propiedad social, EPS

Las EPS se formaron en el marco de las políticas de


democracia de participación plena, sistematizadas por
una ley de 1974. El Gobierno las consideró como el
sector prioritario, y destinó para su fomento una lí-
nea de crédito administrada por el Fondo Nacional de
Propiedad Social y Cofide. El plan fue bastante ambi-
cioso, pues contemplaba, además de la adquisición de
bienes de capital, un programa de capacitación empre-
sarial para los trabajadores, así como de organización
corporativa y conciencia política. Para su concreción,
se creó la Comisión Nacional de Apoyo a la Propie-
dad Social (Conap), cuya Junta estaba integrada por
representantes de doce ministerios y delegados de los
trabajadores. El presidente de la Junta tenía rango mi-
nisterial y dependía directamente del presidente de la
República. La Conap dirigió la creación de numerosas
EPS, y sus funcionarios asumieron temporalmente la
dirección de dichas empresas.
De acuerdo con el investigador Mario Tueros, en
los años 1974-1975 se emprendieron 307 proyec-
tos de EPS, aunque no todos se implementaron. La
mayoría, el 54%, estaba dentro del rubro industrial,
sector fundamental para el régimen. Las primeras EPS
en constituirse fueron Nor Metal, sobre la base de los
obreros despedidos de SiderPerú, y Depovent, cons-
tituida también con los trabajadores despedidos de
dicha empresa. Un segundo rubro de las EPS fue el
de servicios, que representó el 29%, y empezó con la

210
(

unificación, en Lima, de 27 excooperativas de trans-


porte con dificultades financieras. El 17% restante
correspondió al sector extractivo, principalmente re-
ferido a actividades agrícolas. Como las EPS fueron
creadas con crédito estatal, los trabajadores tuvieron
un reducido margen de decisión en la cogestión de las
empresas. Pese al empeño de directivos y trabajadores,
varias EPS no pudieron implementarse y otras no pa-
saron de la fase formativa porque nacieron en años de
desaceleración económica.
Con el cambio de gobierno, Morales-Bermúdez les
retiró el carácter de prioritario y restringió los recursos
destinados a dicho sector. A inicios de los años ochen-
ta, solo 62 EPS habían superado la etapa formativa, la
mayoría de ellas dedicadas a la agricultura. En los años
siguientes, sin el apoyo gubernamental y en medio de la
recesión económica, las EPS entraron en declive y fue-
ron desapareciendo del panorama empresarial del país.

Zapata: el general presentía que no le quedaba mucho


tiempo, y deseaba apresurar el paso.
No sabemos en qué momento los militares progre-
sistas empezaron a percibir a Velasco como un problema
para el proceso de reformas. Mientras estuvo bien físi-
camente, nadie cuestionó la continuidad de su manda-
to, ni siquiera los militares más conservadores. Pero su
progresivo deterioro físico y su distanciamiento de los
progresistas alentaron a la derecha militar, concentrada
en la Marina de Guerra, a intensificar sus campañas de

211
oposición. El vicealmirante Luis Vargas Caballero emer-
gió en este periodo como cabeza de una facción abier-
tamente contraria a Velasco en el interior de las Fuerzas
Armadas, resquebrajando así la imagen unitaria que
resultaba clave para la estabilidad del régimen. En una
controvertida declaración a la prensa, el vicealmirante
afirmó que el régimen no se apartaría de la tradición
occidental y cristiana, con lo que aludía a la propiedad
privada y la libertad de expresión.
Inmediatamente, los sectores conservadores se
agruparon en torno a Vargas Caballero. La prensa opo-
sitora lo entrevistó reiteradamente y reprodujo sus de-
claraciones para evidenciar las divisiones en el interior
del régimen. Los enfrentamientos entre Velasco y Vargas
Caballero a través de la prensa fueron numerosos y ele-
varon la tensión política. En cierto momento, El Comer-
cio y La Prensa destacaron la respuesta del vicealmirante
a un pronunciamiento de Velasco en torno a las decla-
raciones del exministro Manuel Ulloa al diario O Esta-
do de Brasil. Ulloa respaldaba las palabras del dirigente
acciopopulista Javier Arias Stella, quien había sugerido
que era tiempo de dar la voz a la población mediante la
convocatoria a elecciones. Velasco salió rápidamente a
criticar a Ulloa y Arias Stella, y a denunciarlos de con-
trarrevolucionarios, con lo cual dejaba claro que quienes
apoyaran esas posiciones caían en la misma categoría.
Vargas Caballero, por su parte, declaró en una entrevista
a la prensa local que las críticas al régimen no necesaria-
mente implicaban una conducta contrarrevolucionaria.
La respuesta de Velasco fue inmediata y elevó las
tensiones internas. En una conferencia de prensa del

212
28 de mayo de 1974, señaló que Vargas Caballero, en
tanto ministro de Marina, no estaba autorizado a brin-
dar declaraciones políticas, pues estas se reservaban al
presidente y al primer ministro. Los ministros, señaló,
solo podían declarar sobre temas de su sector, y aquel
que deseara intervenir en política debía renunciar. La
invitación a dimitir estaba extendida, pero un pronun-
ciamiento de oficiales de la Marina respaldó a Vargas
Caballero, y señaló que, como miembro de la Junta Mi-
litar, estaba facultado a opinar sobre temas políticos. Así,
la Marina en bloque manifestó su respaldo y el derecho
a la libertad de opinión de su vicealmirante. Paralela-
mente, hubo movimiento en los buques de la Armada
en preparación de motines de resistencia. Solo la presen-
cia del comandante general de navíos Guillermo Faura,
quien se negó a moverse de su puesto, desactivó el le-
vantamiento. Finalmente, Vargas Caballero renunció el
30 de mayo.
Velasco había anulado a Vargas Caballero y cortado
la controversia, pero esto no cambiaría la posición gene-
ral de la Marina. En realidad, debemos entender la su-
blevación verbal de Vargas Caballero, quien antes había
ocupado los ministerios de Justicia y Vivienda, como el
inicio de una lucha sin retorno de la Marina contra el
régimen velasquista, lucha que aprovechaba la enferme-
dad de Velasco y los problemas que se derivarían de ella.
La designación del vicealmirante José Arce Larco, quien
cumplía funciones de agregado militar en Washington
como ministro de Marina, creó un aparente retorno a la
calma. Cuando el nuevo ministro asumió sus funciones
comprendió la magnitud de la situación: se le informó
213
que en uno de los pisos del Centro Cívico funcionaba
una oficina de espionaje compuesta por personal de la
Marina y de la embajada de los Estados Unidos. Todos
los teléfonos de Palacio de Gobierno estaban intercepta-
dos; es decir, conocían las conversaciones de Velasco, de
los ministros y de los militares de la COAP. Las relacio-
nes entre la Marina y la CIA se trasparentaron, pero Arce
Larco quiso evitar que el caso trascendiera a la prensa
y se produjera un incidente internacional. Después de
retirar a los oficiales peruanos, llamó al embajador para
informarle que si no salían los espías estadounidenses
esa misma noche, serían arrestados. Al día siguiente, el
ministro le contó los sucesos a Velasco. Al parecer, este
habría preferido revelar el caso a la opinión pública y
denunciar a los conspiradores, pues le replicó indigna-
do: "Teníamos la oportunidad, y la has desperdiciado".
La caída de Vargas Caballero no resolvió el proble-
ma de la oposición de los sectores conservadores de la
Marina, a quienes se los responsabilizó de varios actos
de terrorismo y atentados contra los ministros velasquis-
tas para generar caos y desestabilizar al régimen. El 17
de agosto de 1974, fueron abaleadas las embajadas de
Cuba y de la URSS. Con este último país, el Perú había
negociado la concesión de licencias de pesca y la com-
pra de armas y equipo militar para las Fuerzas Armadas.
Los militares conservadores vieron en estos acuerdos un
acercamiento peligroso del Perú a la órbita soviética. La
influencia cubana se puso de manifiesto con el envío de
médicos con ocasión de la enfermedad de Velasco, así
como en las buenas relaciones entre este y Fidel. De he-
cho, este último había expresado su simpatía y respaldo

214
Imagen 10.2. Juan Velasco Alvarado y su esposa Consuelo
Gonzales Posada, después de dejar el poder.
Fuente: Archivo del Instituto de Estudios Peruanos.

al proceso de reformas. Las relaciones entre Perú y Cuba


se intensificaron: los militares progresistas solían asistir
a las recepciones de la embajada o visitar La Habana
para reuniones protocolares, como el aniversario de la

215
Revolución u algún evento de representantes latinoame-
ricanos. Los atentados contra las sedes diplomáticas rusa
y cubana eran un evidente mensaje de rechazo tanto a la
tendencia progresista del régimen como a sus relaciones
con el comunismo internacional.
Por otro lado, los atentados demostraban que la
oposición al régimen había pasado a la ofensiva violenta.
En noviembre de 1974, explotaron bombas en el local
de La Prensa y frente a la casa de Fernández Maldona-
do. Al mes siguiente, se produjo el sonado ataque a los
ministros Mercado Jarrín y Javier Tantaleán, y al general
Guillermo Arbulú, quienes fueron interceptados por un
camión cuando se retiraban de un restaurante. Desde
un auto Toyota dispararon contra ellos e hirieron a Tan-
taleán y Arbulú; ambos fueron trasladados al hospital
militar. El Gobierno atribuyó los hechos a la CIA, aun-
que internamente se sospechó de agentes de inteligen-
cia de la Marina. Las investigaciones no esclarecieron
quiénes fueron los autores materiales ni intelectuales del
ataque. El auto desde el que se realizaron los disparos,
un Toyota amarillo, nunca fue encontrado, por lo que la
investigación no pudo prosperar.
Guillermo Faura, exministro de Marina, señaló al
capitán de corbeta Óscar Brain como responsable de co-
locar el explosivo en su casa a inicios de 1975. Después
de la huelga policial del 5 de febrero, en la que Brain
estuvo involucrado, fue dado de baja y sometido a la
justicia naval. Se le internó en el hospital de la Marina
con el diagnóstico de desequilibrio mental, al parecer
para protegerlo. Escapó del hospital y se asiló en la em-
bajada de Colombia. Tiempo después, ya en el gobierno

216
Imagen 10.3. El general Juan Velasco Alvarado en su casa, cuando
ya había dejado el poder.
Fuente: Archivo del Instituto de Estudios Peruanos.

de Morales-Bermúdez, regresó al Perú y fue reintegra-


do a la Marina. De acuerdo con Faura, el propósito de
estos atentados era generar un clima de desgobierno y
presentar a Velasco como un presidente sin control de
las Fuerzas Armadas y del país. Es decir, estos actos de
terrorismo eran parte de un conjunto de acciones des-
tinado a debilitar el gobierno de Velasco y abonar el ca-
mino de su derrocamiento.
Por otro lado, la separación de Vargas Caballero
marcó el endurecimiento en la manera en que Velasco
conducía el Gobierno. El general piurano se hizo más in-
tolerante a las opiniones discrepantes de los progresistas
y de la oposición conservadora, así como de los sectores

217
de la prensa y de la derecha política que, coincidente-
mente, arreciaron sus críticas contra el régimen. Fue en
estas circunstancias que Velasco comenzó a apoyarse en
un grupo de militares que la prensa denominó como La
Misión, una facción que propició un mayor control del
Estado sobre la economía, promovió la deportación de
periodistas y políticos opositores, y pretendió la coopta-
ción de organizaciones y dirigentes populares para evitar
los reclamos y huelgas de los trabajadores.
La Misión tuvo como cabeza visible al ministro de
Pesquería, Javier Tantaleán, un hombre cercano a Ve-
lasco desde su época de cadete. Era uno de los pocos
a quienes Velasco invitaba a almorzar a su casa los do-
mingos. La esposa de Tantaleán era íntima amiga de
Consuelo, y ambas solían visitarse. El general Graham
describe a La Misión como un grupo de incondicionales
a Velasco, identificados no con las reformas, sino con
la figura presidencial. Por su parte, el grupo progresista
tenía su propia apreciación del proceso revolucionario,
que no siempre estaba de acuerdo con Velasco, pero le
guardaba lealtad mientras este asegurara la continuidad
de las reformas. La confianza que Velasco depositó en
Tantaleán le otorgó una creciente influencia en las deci-
siones de gobierno en detrimento de las otras facciones,
particularmente de los progresistas, que desde el inicio
habían sido el principal sostén de Velasco entre los mili-
tares. Fue La Misión la que alentó la mano dura contra
la oposición para asegurar la estabilidad política.
La Misión, señala el historiador Antonio Zapata,
carecía del control de las regiones del Ejército, pero te-
nía los ministerios del Interior y de Trabajo; es decir,

218
Imagen 10.4. Juan Velasco Alvarado en una reunión familiar, en los
últimos años de su vida.
Fuente: Archivo del Instituto de Estudios Peruanos.

su influencia estaba en el Ejecutivo. Tantaleán formó


el Movimiento Laboral Revolucionario (MLR), desde
el cual procuró, aunque sin suerte, construir bases de
apoyo entre los trabajadores. El MLR nació entre los sin-
dicatos de estibadores pesqueros de Chimbote, donde
se impuso empleando la violencia contra los dirigentes
tanto comunistas como de la izquierda opositora. El
apaleamiento de sindicalistas críticos del régimen, así
como el asalto de asambleas y locales gremiales se con-
virtieron en sus prácticas comunes. Desde Chimbote,
estas prácticas se expandieron a los sindicatos de Lima
y otras regiones, y desataron la protesta de los partidos
de izquierda y de los sectores del velasquismo que no

219
participaron en su gestación. Los diarios Expreso y Extra
criticaron la violencia del MLR, que se convirtió en el
principal argumento de quienes sostenían que el velas-
quismo era un régimen fascista.
No obstante, Velasco respaldó al MLR en diversas
declaraciones a la prensa. Según señalaba, el régimen no
podía renegar de sus aliados. Este apoyo fue un balde de
agua fría para los sectores progresistas y de la izquierda
civil. A pesar de que Velasco había rechazado constituir
un partido oficialista, en la práctica el MLR funcionaba
como tal, aunque no como un partido del régimen, sino
del grupo La Misión. Esto contradecía los discursos,
como el de Carlos Delgado, de convertir el régimen en
una "democracia de participación plena" que permitie-
ra transferir el poder a la sociedad organizada. El MLR
fue una más de las inconsistencias que se multiplicaron
después de la enfermedad de Velasco y que despertaron
la preocupación tanto de los militares progresistas como
de los sectores civiles que apoyaban al régimen.
Las contradicciones que generaba La Misión au-
mentaron cuando Leonidas Rodríguez fue reemplazado
en el Sinamos por Rudecindo Zavaleta, un militar del
entorno de Tantaleán que, poco después de asumir el
cargo, declaró ante la prensa la existencia de elementos
contrarrevolucionarios en el interior de dicho organis-
mo. Este mensaje estaba dirigido contra los civiles de
izquierda que trabajaban en el Gobierno como fun-
cionarios, asesores y técnicos vinculados a los militares
progresistas.
El respaldo de Velasco a La Misión generó una ri-
validad dentro del régimen, y lo distanció del grupo de

220
militares con los que planificó el golpe, que resultaban
fundamentales para mantenerlo en el poder. En cierto
momento, Leonidas Rodríguez, José Graham y Jorge
Fernández Maldonado, entre otros, perdieron el con-
tacto directo y fluido que habían tenido con Velasco
durante los primeros años. Para estos militares, la coop-
tación de Velasco por La Misión indicaba que había per-
dido el papel de árbitro de las facciones políticas dentro
del régimen. Es decir, al apoyarse en un solo sector, en
este caso La Misión, Velasco se estaba convirtiendo en
un problema para la estabilidad del régimen y la conti-
nuidad de las reformas. El alejamiento de Velasco del
grupo de militares progresistas habría de ser crucial para
su caída.

221
CAPÍTULO 11

Las contradicciones del modelo

E 1 modelo de crecimiento del régimen, como se ha


señalado, tenía una orientación industrialista. Los
militares pusieron grandes esperanzas en una alianza
con el empresariado manufacturero, y realizaron deno-
dados esfuerzos para atraer a este sector, al que brin-
daron protección arancelaria, subsidios, exoneraciones
a las importaciones de bienes de capital, un régimen
cambiarlo especial y reinversiones de hasta el 60% de
las rentas libres de impuestos. Sin embargo, se trató de
un amor no correspondido. Los industriales apoyaron la
política económica con gestos declarativos e invirtieron
controladamente cuando veían que la rentabilidad era
buena, pero nunca aceptaron convertirse en aliados del
régimen ni realizaron las grandes inversiones que Velas-
co esperaba. La Ley de Comunidades Industriales, los
temores ideológicos ante el intervencionismo militar
y las presiones de la derecha política bloquearon cual-
quier entendimiento con el Gobierno. Al no perfilarse
un empresariado "nacionalista", el Estado, que ya había
asumido por la Ley de Industrias un papel importante
en las "industrias básicas", incrementó su participación

223
en la economía, expropiando empresas y creando aque-
llas que consideraba necesarias para el desarrollo de las
manufacturas.
El problema de esta situación era que en ese mo-
mento solo un sector de la economía tenía real eficiencia
productiva: la industria extranjera radicada en el Perú,
que tenía el inconveniente de repatriar sus ganancias.
De acuerdo con el economista Máximo Vega Centeno,
buena parte de la industria generada a partir de la po-
lítica de incentivos simplemente lucraba de las facilida-
des brindadas por el Estado sin desarrollar tecnologías
o innovaciones en los procesos de producción. En ese
sentido, el empresariado actuó mirando el corto plazo.
Pero para que el proceso de industrialización se conso-
lidara no solo eran necesarias mayores inversiones, sino
también el desarrollo de tecnología propia. En 1969, el
Gobierno intentó intervenir en las universidades para
adecuarlas a las políticas de desarrollo industrial y con-
vertirlas en polos generadores de innovaciones tecnoló-
gicas, pero los estudiantes radicalizados se opusieron a
la Ley Universitaria y convirtieron a las universidades en
focos de oposición al régimen. Se perdió así la colabora-
ción de una institución fundamental para el desarrollo
manufacturero.
Es decir, por un lado, la industria que nació con
el amparo militar prolongó la dependencia de las im-
portaciones de bienes de capital, insumos y materias
primas necesarias para la producción manufacturera. Y,
por otro lado, se trataba de industrias artificiales nacidas
de las barreras arancelarias y de subsidios que represen-
taban forados en el erario nacional, y que cuando se les

224
retiraba el apoyo estatal entraban en declive. Mientras el
PBI creciera esto no representaba mayor problema por-
que el Estado podía seguir subvencionándolas, con la
esperanza de que articularan las otras ramas de la pro-
ducción. Pero no era este el propósito del régimen mi-
litar. La expectativa gubernamental consistía en erigir
al Estado en un polo aglutinante de los sectores mo-
dernizantes y progresistas del empresariado para iniciar
un proceso de desarrollo industrial y modernización del
aparato productivo. A diferencia de los terratenientes y
de las compañías extranjeras, los militares consideraban
que los industriales tenían un puesto en el desarrollo
nacional. Cuando los empresarios rechazaron plegarse
al proyecto de modernización velasquista, el régimen
se vio obligado a asumir, prácticamente en soledad, la
industrialización de la economía en una suerte de "capi-
talismo de Estado", como lo denominó, entre otros, el
economista Edmund Valpy Knox Fitzgerald.
La renuencia de los industriales a cooperar con las
políticas de desarrollo del régimen fue una limitación
importante para los planes de modernización econó-
mica. Los esfuerzos del Gobierno para consolidar una
burguesía empresarial nativa, obligando a los accionistas
extranjeros a traspasar parte de sus acciones en bancos y
compañías a empresarios nacionales, fueron constantes
entre 1969 y 1973. Pero después de la enfermedad de
Velasco, el régimen perdió coherencia y se tomaron de-
cisiones incongruentes con la política de fortalecimien-
to del empresariado industrial, como la estatización
de las empresas pesqueras. La industria de la harina de
pescado había experimentado un boom exportador en la
225
década de 1950, y alrededor de ella emergió un pujan-
te conglomerado de empresarios nacionales, entre los
que destacaba Luis Banchero Rossi, hijo de inmigrantes
italianos radicados en Tacna. En pocos años, recurrien-
do al endeudamiento con los bancos, Banchero amplió
y modernizó la flota pesquera, construyó un astillero y
levantó plantas de procesamiento de anchoveta. Ban-
chero y los empresarios pesqueros tenían conexiones
en el mercado internacional, y se perfilaron como un
sector "moderno", en el sentido de que buena parte de
sus integrantes no provenía de las familias tradicionales,
sino de las capas medias provincianas, como el propio
Banchero.
Pero en 1972 el fenómeno El Niño y la depreda-
ción de la biomasa de anchovetas provocaron una crisis
de insolvencia generalizada. El ministro de Pesquería,
Javier Tantaleán, advirtió en esta crisis la oportunidad
para ampliar las bases de su poder y planteó estatizar
las empresas endeudadas, que evidentemente pasarían
a depender de su sector. La propuesta suscitó un am-
plio debate en el Consejo de Ministros, pues se trata-
ba de empresarios nacionales y de un sector altamente
endeudado, por lo que a una parte de los ministros les
parecía un mal negocio. El régimen, que había creado
el Ministerio de Pesquería a fines de 1969, ya ejercía un
importante control de las actividades pesqueras: limi-
tó la participación de compañías extranjeras y creó una
empresa para la comercialización de conservas para el
consumo humano. Gracias a la influencia de Tantaleán,
el MLR logró imponerse en los sindicatos pesqueros que

226
Luis Banchero Rossi

Este empresario pesquero emergió en el boom de la


exportación de harina de pescado en la década de
1950. Fue popular porque provenía de la clase media
y representaba el empuje de un novísimo empresaria-
do industrial. De familia genovesa, nació en Tacna en
1929, donde su padre poseía una pequeña hacienda
de vid. Al concluir la secundaria, viajó a Trujillo para
estudiar química en la universidad nacional de dicha
ciudad. Paralelamente, incursionó en el comercio de
vinos, maquinaria agrícola, autos y aceite de motor.
Fundó junto al empresario trujillano Carlos Mannucci
una compañía de importaciones de forraje y alimentos
para ganado. En 1955 compró con los capitales acu-
mulados su primera fábrica de conservas, Florida, e
inició su carrera en la industria pesquera en Chimbo-
te. Banchero amplió sus operaciones a la exportación
de harina de pescado, y, en pocos años, se convirtió en
uno de los hombres más ricos del país, dueño 10 de
fábricas pesqueras y 320 embarcaciones.
Banchero también fundó los diarios Correo y Ojo,
este último en 1968, los que asumieron una posición
moderada ante el régimen militar. Por su parte, este
veía con expectativa la formación de un empresaria-
do nacional, en el que destacaba Banchero, que crecía
constantemente, construyendo astilleros, moderni-
zando la flota pesquera y generando empleo. De modo
que las relaciones entre el empresario pesquero y los
militares fueron cordiales. Además, Banchero estrechó

227
numerosos lazos sociales con el mundo popular, que
lo diferenciaban de sectores del empresariado de la de-
recha, encapsulados en su propio grupo social: hacía
concesiones a los sindicatos pesqueros, realizaba dona-
ciones a las organizaciones sociales y apadrinaba a los
hijos de sus trabajadores.
Banchero tuvo amigos entre los estibadores y tra-
bajadores pesqueros, algunos de los cuales fueron sus
guardaespaldas. De modo que cuando el 1 de enero
de 1972 el país despertó con la noticia de que Ban-
chero había muerto apuñalado, la opinión pública
quedó profundamente conmocionada. Su asesinato
coincidió con la crisis de la industria pesquera. Los
empresarios habían invertido en modernizar sus em-
barcaciones, pero la pesca fue bastante mala ese año
debido a la excesiva explotación de los años 1970
y 1971, así como por el fenómeno de El Niño. Las
empresas no pudieron cumplir con los créditos a los
bancos, lo que las colocó al borde la bancarrota. En
esa situación, las empresas pesqueras, incluidas las de
Banchero, fueron estatizadas por el régimen en 1973.

constituían una fuerza de choque del régimen en el mo-


vimiento sindical de Chimbote.
Finalmente, en mayo de 1973, con un Velasco to-
davía en recuperación, se aprobó la estatización de las
empresas pesqueras con la oposición de Luis Vargas Ca-
ballero y los ministros de Marina. Los empresarios re-
cibieron compensaciones generosas para una actividad

228
en crisis, que en 1973 había reducido la captura de an-
choveta a casi la octava parte de la del año anterior. De
modo que, pese a que la crisis de la industria pesquera
era en cierto modo su responsabilidad, pues se trataba
del encargado del sector, Tantaleán resultó premiado
con mayores poderes. Con esta medida, el régimen no
solo se echó a las espaldas un problema económico, sino
que liquidó a un sector del empresariado moderno al
que supuestamente deseaba fortalecer. La estatización
de la industria pesquera, además de despertar las críticas
de los empresarios nacionales y la alarma por próximas
estatizaciones, puso de manifiesto la desorientación eco-
nómica del momento y el ascendiente poder de Tanta-
leán dentro del régimen.
Por otro lado, el impulso de las industrias requería
constantes inyecciones de capital, para lo cual se recu-
rrió al endeudamiento externo y al control progresivo
de las compañías mineras, las principales generadoras
de divisas. Al régimen le interesaba impulsar las acti-
vidades mineras porque aportaban impuestos y porque
deseaba despejar las imputaciones de que las reformas y
expropiaciones ahuyentaban a las inversiones. No obs-
tante, la única inversión importante en el sector minero
fue la del yacimiento Cuajone, en el departamento de
Moquegua, a cargo de la Southern Peru Copper Corpo-
ration, cuyo inicio de operaciones se produjo recién en
el gobierno de Morales-Bermúdez.
Para incentivar las inversiones mineras, se promulgó
en 1970 la Ley de Minería, que estipuló que las conce-
siones sin explotar revertirían al Estado, lo que efecti-
vamente ocurrió en algunos casos. La medida buscaba
229
Imagen 11.1. Luis Var-
gas Caballero, almirante
de la Marina que enca-
bezó la oposición a Ve-
lasco desde el interior de
las Fuerzas Armadas.
Fuente: Archivo del
Instituto de Estudios
Peruanos.

presionar para que las empresas concesionarias cumplie-


ran con sus compromisos de inversión e iniciaran la fase
productiva, pero el resultado fue que las concesiones
retornaron al Estado, que, falto de capitales, no pudo
ponerlas en producción.
Dos años después, en 1972, se expropiaron los ya-
cimientos de cobre de la Southern Peru Cooper Cor-
poration para crear MineroPerú, empresa que pasó a
monopolizar el refinamiento del cobre, y MineroPerú
Comercial, que tenía la exclusividad de la venta de mine-
rales en el mercado internacional. En 1971, el régimen
nacionalizó la Siderúrgica de Chimbote, que se convirtió
en SiderPerú; y en 1974 ocurrió lo mismo con la Cerro
de Pasco Corporation, que se convirtió en Centromín.
Estas empresas generaban ingresos constantes porque los

230
Imagen 11.2. La construcción del oleoducto norperuano en la sel-
va, durante el gobierno de Velasco.
Colección del autor.

precios de los minerales estaban en alza. Sin embargo, la


estatización también significó que los conflictos laborales
entre las empresas mineras y los trabajadores pasaron a
dirigirse al Estado, propietario ahora de dichas empresas.
En efecto, en los campamentos mineros se habían
formado sindicatos, influidos por Vanguardia Revolucio-
naria, el MIR y el PCP-Patria Roja, que endurecieron la
posición de los trabajadores. Las huelgas y las consecuen-
tes pérdidas económicas impacientaron al régimen, que
muchas veces recurrió a una dura represión, con conse-
cuencias fatales entre los trabajadores. Así, las empresas
mineras se convirtieron en una fuente de conflictos la-
borales. Sobre el papel, en 1969 se formó la Federación
Nacional de Trabajadores Mineros, Metalúrgicos y Side-
rúrgicos del Perú, cuya secretaría general recaía en Víctor
231
Cuadros, miembro del PCP-Unidad. Sin embargo, en
la práctica los sindicatos, bajo influencia de partidos de
izquierda de oposición, actuaban con autonomía de la
Federación empujando las reivindicaciones de los traba-
jadores a posiciones más radicales. Con el Estado como
propietario de las minas, la posibilidad de obtener con-
cesiones salariales era mayor. Cuadros recibía constante-
mente presiones de las bases sindicales para radicalizar
las demandas y confrontar al régimen.
En la práctica, los campamentos mineros funciona-
ron como campos de batalla política que desbordaban
la influencia de la CGTP. Los sindicatos tenían en las
huelgas una importante arma de presión, pues la para-
lización de las actividades generaba enormes pérdidas a
las empresas, ya fueran privadas o públicas. En 1971, la
toma del campamento de Cobriza de Huancavelica, per-
teneciente a la Cerro de Pasco Corporation, acabó en la
muerte de varios trabajadores. Casos similares se dieron
también en otros campamentos mineros influenciados
por los partidos opositores al PCP-Unidad. Cada vez más
las huelgas de los mineros y los enfrentamientos con la
policía se tiñeron de violencia. Cristóbal Espinola, un
dirigente de SiderPerú, resultó herido en un choque con
la Guardia Republicana, y murió días después en el hos-
pital. Casos como este se hicieron más frecuentes.
Por otro lado, pese a los logros de la reforma agra-
ria, el campo también era escenario de agitación social.
La reforma había cumplido con democratizar el acceso
a la tierra y liquidar a los terratenientes que sometían a
la población indígena a la servidumbre, y había incor-
porado a los campesinos indígenas al mercado, pero el

232
Imagen 11.3. Francisco
Morales-Bermúdez,
ministro de Hacienda y
premier durante el go-
bierno de Velasco.
Fuente: Galería PCM.

régimen también impuso controles de precio a los pro-


ductos agrícolas, lo que limitó la obtención de renta y
la capitalización de los campesinos. En cierto modo, el
campo subvencionaba a las ciudades.
Aunque la producción agraria, según el economis-
ta Luis Felipe Zegarra, creció a una tasa de 3% anual,
quedó claro que la redistribución de la tierra era insufi-
ciente para el desarrollo de la agricultura. La capacita-
ción técnica, la adquisición de tecnología y los créditos
que los hacendados obtenían gracias a la concentración
de la tierra ahora resultaban difíciles de conseguir por
los propios campesinos. El Gobierno, sin embargo,
no acabó de comprender este punto. Delegaciones de
campesinos llegaban frecuentemente a Palacio de Go-
bierno para exponer sus peticiones sobre ayuda técnica,

233
mejores precios para sus productos, apertura de caminos
y otras demandas. En una ocasión en que le anunciaron
a Velasco que varios dirigentes campesinos esperaban
audiencia para presentar un memorial, este exclamó:
"Pero ya les hemos dado la tierra".
Esta situación, cargada de conflictos en varios fren-
tes, se agravó con la crisis internacional del petróleo de
septiembre de 1973, la que provocó la desaceleración de
la economía internacional. Entre 1969 y 1973, el PBI
había crecido a un promedio del 5% anual, mientras
que la inflación se mantenía controlada en tasas de al-
rededor del 10%. Según Francisco Morales-Bermúdez,
ministro de Hacienda en ese periodo, el porcentaje des-
tinado a subsidios de alimentos y combustibles era de
apenas el 0,2% del PBI, mientras que el déficit fiscal
se limitaba al 2%. Pero en 1974 la crisis internacional
disparó la inflación al 17%. El endeudamiento externo
para financiar el déficit fiscal y la compra de armamento
militar a la URSS también creció. El margen de manio-
bra del régimen para satisfacer las crecientes expectativas
que el discurso revolucionario velasquista había desper-
tado entre los sectores populares y campesinos, ahora
organizados y politizados, se redujo exponencialmente.
Si bien el Gobierno concedió incrementos salariales, re-
conoció a los sindicatos e impulsó la participación de
los trabajadores en las comunidades industriales, secto-
res del movimiento sindical-popular, bajo influencia de
partidos radicales, presionaban para obtener mayores
avances sobre un Gobierno ya debilitado.
El primer estallido social vinculado a la crisis del pe-
tróleo ocurrió en noviembre de 1973 en Arequipa. El

234
Los movimientos feministas

En las décadas de 1960 y 1970 emergieron en el Perú,


y particularmente en Lima, diversas asociaciones fe-
ministas vinculadas a los partidos de izquierda. La
participación de las mujeres en los partidos, en el mo-
vimiento universitario y en las organizaciones sociales
se había incrementado desde inicios del siglo XX, pero
el giro que se produce en esta época es la aparición
de una agenda particular feminista, crítica tanto del
carácter patriarcal como del dominio oligárquico de la
sociedad peruana.
Por su parte, el gobierno de Velasco intentó ca-
nalizar la participación de las mujeres y, en tal senti-
do, creó la Comisión Nacional de la Mujer Peruana
(Conamup), órgano presidido por Consuelo Gonzales
de Velasco. La Conamup realizó numerosos estudios
e informes sobre los derechos de las mujeres, el pro-
blema del empleo femenino y la situación de la pros-
titución. Estas publicaciones se difundieron entre las
organizaciones sociales e intensificaron los debates so-
bre las desigualdades de género.
Aunque algunas feministas se vincularon con la
Conamup, la mayoría de ellas creó sus propias insti-
tuciones feministas, como el Grupo de Trabajo Flora
Tristán, la Acción para la Liberación de la Mujer Pe-
ruana y el Movimiento Promoción de la Mujer. Estas
asociaciones realizaron numerosos talleres y eventos
para debatir la situación de los derechos de las mujeres,
incluido el derecho al aborto, entre las organizaciones

235
Imagen 11.4. Taller de las organizaciones feministas con
motivo del Día Internacional de la Mujer.
Cortesía de Silvia Beatriz Suárez Moncada.

populares. Gran parte de las feministas militaban en


los partidos de izquierda, pero reconocían que estos
no incorporaban cabalmente sus propuestas ni supe-
raban en sus aparatos políticos la representación igua-
litaria entre hombres y mujeres.
Los grupos feministas impulsaron numerosas orga-
nizaciones populares de mujeres, fomentaron el lide-
razgo sindical femenino y los debates sobre la igualdad
de género en el movimiento social-popular. Asimis-
mo, realizaron concentraciones y manifestaciones para
llamar la atención de la opinión pública sobre sus pro-
puestas. Una de las protestas más recordadas fue la que
se organizó frente al Hotel Sheraton contra el concur-
so "Señorita Verano 1973", en la que se denunció ante
la prensa que estos eventos reforzaban los estereotipos
de mujer-objeto. La prostitución y la trata de perso-
nas fue otra de las cuestiones que abordaron y sobre la

236
cual tomaron acción, denunciando la explotación de
los propietarios de los prostíbulos y promoviendo en
1976 la "huelga del Trocadero", con el propósito de
mejorar las condiciones de las trabajadoras sexuales.
Así, desde diversos frentes, tanto en eventos de
promoción social como de manifestaciones públicas,
la situación de los derechos de las mujeres adquirió un
renovado impulso y el tema fue colocado en la agenda
político nacional.

Gobierno había restringido la venta de carne a quince


días al mes y establecido turnos para la circulación de
los vehículos públicos y privados, que eran controlados
con calcomanías de colores. Estas medidas tenían el pro-
pósito de ahorrar el consumo de combustible, ya que
los precios internacionales se triplicaron. Bajo la influen-
cia del PCP-Patria Roja, se formó el Frente de Defensa
del Fuero Sindical, que decretó una huelga en la ciudad.
De acuerdo con el testimonio del dirigente de la CGTP
Gustavo Espinoza, la huelga fue apoyada por los comités
apristas y adquirió rasgos violentos: piquetes de manifes-
tantes atacaron el local del Sinamos, incendiaron locales
públicos y lanzaron petardos de dinamita para generar
caos. La paralización de las actividades laborales ocurrió
sobre todo en el transporte, las escuelas, el comercio y
el servicio de ferrocarril. Los sindicatos afiliados a la Fe-
deración Departamental de Trabajadores de Arequipa
(FDTA), afiliada a la CGTP, no acataron la huelga.

237
Espinoza señala que algunos agitadores alentaron a
los trabajadores a sumarse a los disturbios, en una clara
maniobra para incrementar la inestabilidad. El Gobier-
no declaró el Estado de emergencia y militarizó la ciu-
dad para reprimir las manifestaciones. La CGTP envió
una delegación desde Lima, que convocó a una asam-
blea de la FDTA en la que se declaró la huelga general.
Con esta medida, los comunistas tomaron el control
de las protestas, desplazaron al Frente de Defensa del
Fuero Sindical y elaboraron un pliego de reclamos para
negociar con el Gobierno en Lima. Días después, los
dirigentes de la FDTA y de la CGTP anunciaron las con-
cesiones realizadas por el régimen y lograron desactivar
los motines.
Así, después de la enfermedad de Velasco, el régi-
men aparece bajo un fuego cruzado: la derecha presio-
nando desde la prensa, la Marina conspirando desde el
interior del régimen y los sindicatos influidos por la iz-
quierda radical paralizando las actividades económicas
y promoviendo la inestabilidad en las calles. El régimen
no solo había fracasado en su intento de convertirse en
un polo aglutinador de las fuerzas modernizadoras de la
sociedad peruana, tanto de las élites como de los secto-
res populares, sino que parecía haber provocado la con-
vergencia de los sectores de la derecha y de la izquierda
opositora. Es en esta situación de debilidad que Velasco
endurece su posición, se apoya cada vez más en el sec-
tor conocido como La Misión, incrementa la represión
contra los partidos de izquierda y decreta la estatización
de la prensa.

238
CAPÍTULO 12

La estatización de la prensa

uando se produjo el golpe del 3 de octubre, los


C diarios más influyentes eran El Comercio y La
Prensa. El primero, fundado en el siglo XIX, estaba en
poder de una antigua familia limeña, los Miró Quesada,
que, como vimos, asumió una posición nacionalista con
respecto a la IPC y fue muy crítica de las negociaciones
realizadas por el gobierno belaundista. La Prensa estaba
en manos de Pedro Beltrán Espantoso, un economista
liberal y expresidente de la Sociedad Nacional Agraria,
el gremio que reunía a los principales propietarios de las
haciendas en el Perú. La Prensa defendía a los agroex-
portadores y promovía una irrestricta economía de libre
mercado. Beltrán también era dueño de Última Hora,
el primer tabloide nacional que empleó un lenguaje po-
pular y tuvo una gran difusión. Los periódicos Correo y
Ojo pertenecían al empresario pesquero Luis Banchero
Rossi, un magnate que dominaba la exportación de la
anchoveta. Por último, estaban Expreso y Extra, de pro-
piedad de Manuel Ulloa, el exministro de Hacienda de
Belaunde.

239
Aunque con ocasión de la nacionalización de la IPC
la prensa escrita y los sectores políticos celebraron la me-
dida, conforme Velasco fue consolidándose en el poder
y mostró su rostro reformista, los grupos políticos y los
medios empezaron a cuestionar al régimen. Según Juan
Gargurevich, Expreso fue el más beligerante mediante
la denuncia de una infiltración comunista en las Fuer-
zas Armadas para hacerse del control del país. En reali-
dad, dada la incapacidad de los partidos de derecha para
movilizar a la población y el repliegue del APRA para
evitar una persecución política, la prensa se convirtió
en el principal medio de combate de los sectores afecta-
dos por las reformas. Para el gobierno militar, la prensa
fue una piedra en el zapato que encaró con medidas de
control gradualistas, hasta la estatización de 1974. A
las críticas de Expreso, el Gobierno respondió con una
clausura temporal en noviembre de 1968, que incluyó a
Extra. También cerraron la revista Caretas, dirigida por
Enrique Zileri, y radio Continente, de filiación apris-
ta. Si bien al poco tiempo estos medios reanudaron sus
actividades, dichas medidas iniciaron una relación con-
flictiva entre el régimen militar y los medios de prensa.
Por otro lado, el régimen puso la puntería en ciertos
periodistas, varios de los cuales fueron enviados al exi-
lio. Uno de los primeros en ser deportados fue Eudocio
Ravines, un antiguo comunista que cambió de bando
para convertirse en un furibundo crítico a todo lo que
oliera a izquierdismo. Ravines había sido reclutado por
Pedro Beltrán, y lo convirtió en su mano derecha en La
Prensa y su sustituto en la dirección del diario cuando

240
estaba fuera del país. Al producirse el golpe, Ravines
conducía el programa Vanguardia en Televisión, desde el
cual lanzó duros cuestionamientos a las negociaciones
del Gobierno con la IPC respecto de las compensaciones
económicas. Junto a otros doce periodistas, fue acusado
por el ministro del Interior, Armando Artola, de recibir
dinero de la IPC para desprestigiar al régimen. Al no re-
tractarse, se ordenó su deportación en febrero de 1969.
Lo acompañó en el avión, entre otros, José María de la
Jara y Ureta, dirigente de Acción Popular, igualmente
acusado de sabotear la nacionalización de la IPC. Desde
entonces, Ravines vivió en México hasta que murió mis-
teriosamente atropellado por un camión.
Para contrarrestar los cuestionamientos de la opo-
sición política y de los periodistas, Velasco y sus minis-
tros convocaban regularmente a conferencias de prensa,
una práctica que por entonces era novedosa en el Perú,
y sentaban su posición sobre los temas de controver-
sia. Pero paralelamente un grupo de civiles cercanos al
Gobierno preparaba un Estatuto de Prensa, que se pro-
mulgó en diciembre de 1969, y constituyó la primera
regulación gubernamental para intervenir en los me-
dios. El Estatuto marcó la ruptura de El Comercio con
el Gobierno y provocó ásperos editoriales de La Prensa
y Expreso. La norma estableció que los accionistas de las
empresas periodísticas tenían que ser peruanos y residir
al menos seis meses continuos al año en el Perú. Esto
último estaba pensado para Manuel Ulloa, quien estaba
en el exilio, y se aplicó a Beltrán en 1971, quien fue
obligado a delegar la dirección del diario a su sobrino,
Pedro Beltrán Bailén.
241
Imagen 12.1. Diario Expreso durante la expropiación que realizó el
gobierno de Velasco.
Fuente: Diario Expreso.

Por otro lado, el Estatuto estableció que la nómi-


na de los accionistas y su porcentaje de participación
en las empresas debían hacerse públicos. Asimismo, los
avisos y las cartas en los diarios solo podían publicarse
después de identificar a los anunciantes o autores. La
rectificación debía ser gratuita cuando afectaba el ho-
nor de personas naturales o jurídicas. Por último, se fi-
jaron sanciones a los reportajes que pusieran en riesgo la

242
seguridad nacional, aunque no se definió qué se enten-
día por esto. Días después, el reglamento del Estatuto
dispuso la obligatoriedad de publicar los comunicados
oficiales del Gobierno en los diarios de circulación na-
cional. Como era de esperar, los gremios de periodistas
rechazaron estas medidas, que consideraron un atentado
contra la libertad de expresión. La Federación de Perio-
distas del Perú, influenciada por el APRA, y la Asocia-
ción Nacional de Periodistas se pronunciaron en contra
e interpusieron una demanda ante la Corte Suprema.
Días después, el 2 de enero de 1970, se produjo el em-
bargo y cierre del periódico aprista La Tribuna, que te-
nía una abultada deuda con el Banco de la Nación.
El Estatuto marcó el inicio de la intromisión estatal
en los medios de prensa, a los que el régimen consi-
deraba instrumentos políticos de los sectores afectados
por las reformas, y a quienes denunciaba constantemen-
te como contrarrevolucionarios. Un paso más adelante
en la intervención estatal fue la promulgación en febre-
ro de 1970 de la Ley del Periodista, que, entre otras
cosas, sancionaba la estabilidad laboral fortaleciendo
la posición de los periodistas frente a los propietarios,
quienes por supuesto protestaron contra la medida. Un
mes después, el 4 de marzo, se produjo la expropiación
de Expreso y Extra, propiedad del mencionado Manuel
Ulloa. En ambos diarios existían conflictos entre los di-
rectivos y los trabajadores, por lo que la intervención
gubernamental se realizó con el beneplácito del Frente
Único de Trabajadores de Expreso y Extra, que nombró
al periodista Hernando Aguirre Gamio, un exmilitante

243
trotskista, como director de Expreso; poco después fue
elegido Efraín Ruiz Caro.
El decreto que legalizó la expropiación de Expreso
otorgó nominalmente la administración a los sindica-
tos, quienes debían organizarse en cooperativas para
adquirir la propiedad definitiva. Con esta fórmula, el
Gobierno evitaba asumir la administración de los dia-
rios, que formalmente quedaban en manos de sus tra-
bajadores. Expreso y Extra se convirtieron en fervorosos
defensores del Gobierno, y a ellos se refirió alguna vez
Velasco como los mastines del régimen. No obstante,
la propiedad de estos diarios nunca se transfirió a los
trabajadores, y, por el contrario, fueron incluidos en la
expropiación de 1974. Según Juan Gargurevich, ambos
diarios fueron considerados como empresas privadas.
Si bien se trató de las primeras expropiaciones, no
fueron las únicas que pasaron al control directo o in-
directo del Gobierno. En junio de 1970, a raíz de la
quiebra del Banco Popular del Perú, las acciones que la
familia del expresidente Manuel Prado tenía en varias
empresas pasaron a manos del Estado. De esta mane-
ra, el diario La Crónica, muy popular por su sección
policial, y su subsidiaria La Tercera fueron incorpora-
das a Editora Perú, empresa estatal que administraba el
diario oficial El Peruano. Como en el caso de Expreso
y Extra, La Crónica y La Tercera defendieron las polí-
ticas oficialistas y atacaron constantemente a la oposi-
ción, incluyendo a los otros medios de prensa. En 1974,
se designó como director de La Crónica al periodista y
escritor Guillermo Thorndike, quien publicó por unos

244
Imagen 12.2. El Sindicato Único de Trabajadores del diario El Co-
mercio, expropiado durante el gobierno de Velasco.
Fuente: Plaza Francia Antiques.

meses una versión del diario en quechua que se llamó


Cronicawan.
Otro sector afectado por las presiones del Gobierno
fueron las revistas ilustradas que en décadas anteriores
habían aparecido tanto en el Perú como en toda Améri-
ca Latina y cobrado un auge importante. La puntería fue
puesta en la revista Caretas y en su codirector Enrique
Zileri, quien fue detenido e interrogado luego de que
apareciera en la portada de la revista el rostro del minis-
tro del Interior, Armando Artola, con la frase "Mamita,
Artola". Mientras Zileri estaba en la Prefectura, las ins-
talaciones de la revista fueron allanadas por la policía.

245
Aunque las presiones continuaron, Zileri persistió en su
autonomía crítica, por lo que fue deportado a mediados
de 1969. Se le permitió regresar después de varios me-
ses, pero las intimidaciones no cesaron; en diciembre de
1970 se le condenó a seis meses de prisión suspendida.
La condena fue una advertencia para el resto de perio-
distas opositores al Gobierno. Tal vez más embarazoso
fue el caso del periodista Manuel D'Ornellas, hijo de
padre peruano y madre española, conocido por su co-
lumna "Voz y voto" en el diario Expreso, quien fue de-
portado y despojado de la nacionalidad peruana. Otros
periodistas que marcharon al exilio fueron el columnista
de "La torre de papel" en La Prensa, Luis Rey de Castro,
a inicios de 1973, deportado a España. Y en septiem-
bre ocurrió lo mismo con Luis Felipe Angell, conocido
como Sofocleto, un controvertido periodista, humorista
y político.
Entre tanto, el Gobierno preparaba una norma le-
gal para intervenir en la radio y la televisión, preparativo
que trascendió a la prensa y mereció el pronunciamien-
to de la Asociación Nacional de Radioemisoras del Perú.
Con todo, una noche de noviembre de 1971, el minis-
tro de Transporte, Aníbal Meza Cuadra, anunció por
televisión la nueva Ley General de Telecomunicaciones,
al mismo tiempo que se tomaban los canales. La norma
estableció que el 51% de las acciones de las empresas
de televisión debían pertenecer al Estado. En la prác-
tica, esta medida puso a dichos medios bajo el control
del Gobierno. En el caso de las empresas de radiodi-
fusión, el Estado se reservaba el 25% de las acciones.
El periodista y también investigador de la historia de

246
la televisión Fernando Vivas señala que, a diferencia de
la prensa escrita, el régimen no entendía cómo funcio-
naban las empresas televisivas, y carecía de un proyecto
coherente. De modo que el control que impuso a di-
chos medios se dirigió principalmente a los noticieros
y programas periodísticos. Y si bien hizo aumentar los
programas de contenidos culturales y educativos, la pro-
ducción de telenovelas y la importación de "enlatados"
continuó como antes de la intervención estatal.
En realidad, el empresario Genaro Delgado Par-
ker se había anticipado a la expropiación separando de
Panamericana Televisión, la principal casa televisiva, la
producción de contenidos en la compañía Panamericana
Producciones, el manejo de los programas informativos
en la Agencia Peruana de Noticias, e incluso el edifi-
cio del canal pertenecía a la Inmobiliaria Panamericana.
Así, en este caso, la expropiación recayó sobre la antena,
el transmisor y los equipos. El competidor de Paname-
ricana era América Televisión, canal 4, cuyos dueños
eran los empresarios Nicanor González y Antonio Um-
bert (este último murió en 1972 debido a una dolencia
cardiaca). Militares, funcionarios estatales, directivos y
gerentes tuvieron que convivir por un tiempo, aunque
progresivamente los gerentes ganaron libertad de acción
en cuestiones de venta de publicidad, de producciones
locales y de programación televisiva. Hubo sí una desig-
nación de horas para programas educativos y culturales
que se encargó al Instituto Nacional de Cultura.
El Gobierno otorgó estabilidad laboral a los trabaja-
dores de los canales y se organizaron comunidades labo-
rales, con el correspondiente acceso de un representante

247
al directorio de la empresa y a la repartición de utili-
dades. Fernando Vivas señala que, excepto por unos
pocos, las relaciones entre el Gobierno y las empresas
televisivas fueron de colaboración o adaptación a las cir-
cunstancias. Una de las excepciones fue Tulio Loza, un
exitoso actor y cómico nacional que tenía un personaje
irreverente, llamado "Camotillo", que criticaba burlo-
namente a las autoridades políticas. En una ocasión en
que se mofó de Velasco, fue deportado a la Argentina,
donde permaneció varios años participando en películas
y comedias. En cambio, el animador Augusto Ferrando,
quien lanzaba arengas nacionalistas y tuteaba al "Chi-
no" Velasco durante las ediciones de su programa Tram-
polín a la fama, fue un personaje intocable.
La televisión experimentó en esta época destellos
de nacionalismo. Para congraciarse con el régimen, los
directivos programaron horas para la música criolla, do-
cumentales y reportajes dedicados a las reformas mili-
tares; inclusive Panamericana lanzó el microprograma
Pensamiento revolucionario y América llamó a Rafael
Roncagliolo para el programa de debates Quipu. No
obstante, en 1974, se decretó la estatización del 49% de
acciones de los canales, con lo cual el régimen asumió
la propiedad total de las televisoras. Esta expropiación
complementaria vino con la creación de Telecentro, una
compleja entidad estatal que fusionó Panamericana y
América Televisión para producir programas con crite-
rios nacionalistas y culturales. Inicialmente, los militares
nombraron a Delgado Parker como gerente, pero meses
después fue cambiado por el coronel Jorge Ferreyros.

248
Imagen 12.3. El general Juan Velasco y el actor cómico Tulio Loza
en un almuerzo campestre. Al final de su gobierno, el actor sería
deportado a la Argentina.
Colección del autor.

Por otro lado, el Gobierno, acosado desde varios


frentes por la oposición militar y por la derecha y la
izquierda políticas, fue endureciendo su relación con los
medios de prensa. La expresión de dicho endurecimien-
to se expresó en la promulgación de un nuevo Estatuto
de Prensa (julio de 1974) que expropió el resto de los
diarios que todavía permanecían en manos privadas. En
el interior del régimen no todos los sectores estaban de
acuerdo con la medida. La Marina estaba en completo
descuerdo y los militares progresistas dudaban. El sector
que empujó la medida fue La Misión, por su vocación
estatista y su incondicionalidad a Velasco. A los mili-
tares progresistas les disgustaban las campañas antigu-
bernamentales que realizaban los diarios, pero también
249
comprendían las repercusiones políticas de dicha me-
dida y la situación de debilidad del régimen. Por otro
lado, la estatización de los diarios no resolvía el proble-
ma de la oposición de los civiles, que, como había ocu-
rrido con la Marina, podían radicalizarse y manifestarse
de otras maneras. No obstante, Velasco estaba decidido,
e impuso su aprobación en el Consejo de Ministros.
Paradójicamente, entre los firmantes del decreto que
aprobaba el Estatuto de Prensa se encontraba Fernan-
do Miró Quesada, ministro de Salud y miembro de la
familia propietaria de El Comercio. Además de este, fue-
ron estatizados La Prensa, Correo, Ojo y Última Hora.
En teoría, los diarios serían transferidos a la socie-
dad organizada, de modo que la expropiación se pre-
sentaba como parte de los procesos de socialización de
la propiedad. De esta manera, se deseaba evitar que la
medida apareciera como una simple estatización. Así,
El Comercio pasó a manos de las comunidades campe-
sinas representadas por la CNA, La Prensa a las comu-
nidades industriales, Correo a los sectores profesionales
y así el resto de diarios. Desde el punto de vista del
régimen, los medios se convertirían en voceros de los
sectores organizados de la sociedad en lugar de simples
representantes de los intereses de los grupos de poder
económico. Sin embargo, el Gobierno se reservó, como
una suerte de periodo de transición, el derecho a nom-
brar a los directores y gerentes por un año. Es decir, el
control efectivo permaneció en sus manos.
El antiguo político demócrata cristiano Héctor
Cornejo Chávez fue designado director de El Comercio.
Walter Peñaloza, exembajador en Alemania occidental

250
Imagen 12.4. Ismael Frías, periodista, dirigente trotskista
y director de Última Hora, diario expropiado por el go-
bierno de Velasco.
Fuente: Archivo del Instituto de Estudios Peruanos.

durante el gobierno de Belaunde, ocupó la dirección de


La Prensa. El antiguo militante trotskista y hombre cer-
cano a Tantaleán, Ismael Frías, fue designado como di-
rector de Última Hora. El historiador y periodista Hugo

251
Efraín Ruiz Caro

Fue un reconocido periodista y político que se incor-


poró al régimen militar como asesor de la Oficina de
Difusión de la Reforma Agraria y como director de los
diarios Extra y Expreso. Nacido en el Cuzco en 1929,
viajó a Lima para estudiar ingeniería, pero su vocación
de periodista lo llevó a incorporarse a Última Hora, dia-
rio fundado por Pedro Beltrán, que resultó un éxito de
ventas al incorporar el habla popular en los titulares y
crónicas periodísticas. Luego de una exitosa carrera en
el periodismo, Ruiz Caro obtuvo una diputación por el
Cuzco en la lista del Frente Nacional de Juventudes De-
mocráticas que postuló a Fernando Belaunde en 1956.
Ruiz Caro tenía simpatías con la izquierda, y fue uno
de los fundadores, junto a José Matos Mar, los herma-
nos Augusto y Sebastián Salazar Bondy, entre otros, del
Movimiento Social Progresista que postuló a Alberto
Ruiz Eldregde en las elecciones presidenciales de 1962.
A los pocos meses de producirse el golpe de 1968,
Ruiz Caro fue convocado para asesorar al gobierno
militar. Sus destrezas en la comunicación de masas
fueron puestas al servicio de la Oficina de Difusión
de la Reforma Agraria, adonde convocó a un grupo de
intelectuales y artistas que trabajaron para la reforma
agraria. A Ruiz Caro se le atribuye la frase: "Campesi-
no, el patrón ya no comerá más de tu pobreza", con la
que finalizó Velasco el discurso que anunció la Ley de
Reforma Agraria. Cuando fueron expropiados Expreso
y Extra, los sindicatos de trabajadores de dichos diarios

252
lo eligieron como director, y se convirtió en una de las
personalidades del régimen militar. Ruiz Caro realizó
diversas reformas en estos diarios, convocando a jó-
venes intelectuales y escritores para innovar sus con-
tenidos. De acuerdo con Juan Gargurevich, después
de la estatización de la prensa de 1974, Ruiz Caro se
apartó del Gobierno y fue designado como delegado
de América Latina en la Organización Internacional
de Periodistas, con sede en Praga.
Posteriormente, en la década de 1980, fue director
de los diarios El Observador y La Voz, en los cuales
cumplió una enorme labor de promoción de jóvenes
periodistas. Murió en 2007.

Neira quedó a cargo de Correo, mientras que a Augusto


Rázuri se le encargó Ojo. En todos los casos se trataba
de personajes reconocidos y con prestigio académico y
profesional. Según señala Antonio Zapata, estos direc-
tores convocaron a jóvenes periodistas que renovaron la
calidad de los contenidos y de la información cultural.
Pero como era de esperar, al cabo de un ario, el Gobier-
no extendió el plazo de la facultad de nombrar a los
directores y gerentes de los medios. Los diarios expro-
piados fueran bautizados como "prensa parametrada",
pues en la práctica se convirtieron en los voceros de las
diferentes facciones del régimen militar.
La estatización de la prensa coincidió con la visita
al Perú de Raúl Castro, hermano del gobernante revolu-
cionario cubano, cuya presencia caldeó los ánimos de la

253
Imagen 12.5. Efraín Ruiz
Caro, periodista y cola-
borador del gobierno de
Velasco en la difusión de
las reformas militares.
Fuente: Archivo del
Instituto de Estudios
Peruanos.

oposición. Se produjeron protestas en varios lugares de


Lima, además de la resistencia de los periodistas a entre-
gar las instalaciones. Una manifestación convocada en
Miraflores reunió a grupos de jóvenes que protestaron
contra la expropiación de los diarios y apedrearon las
embajadas de la URSS y Cuba. Decenas de estos jóvenes
fueron detenidos por la policía y llevados a la Prefectura.
Aunque el Estatuto estableció un régimen de control,
permitió la fundación de publicaciones periódicas con
ciertos requisitos, y así apareció Opinión Libre, que tam-
bién fue clausurada al cabo de un mes por cuestionar el
contrato firmado entre el Gobierno y una empresa japo-
nesa para construir el oleoducto norperuano. La revista
Oiga fue igualmente clausurada y su director Francisco
Igartúa fue deportado por protestar contra la estatiza-
ción de los diarios.

254
Imagen 12.6 Raúl Castro y su esposa Vilma Es-
pín, en Machu Picchu, durante la visita oficial
que realizaron al Perú (1974).
Fuente: diario Granma.

La estatización de la prensa fue una señal de debi-


lidad del régimen, pues se trataba de un sector relati-
vamente pequeño que no representaba un peligro real
para la estabilidad gubernamental; el régimen, además,
contaba con sus propios medios o sus "mastines" para
responderles. Lo que produjo la medida fue dejar sin

255
medios de expresión a los sectores de la derecha; fue tam-
bién una señal de la influencia que adquirió La Misión
en el periodo posterior a la enfermedad de Velasco. La es-
tatización de la prensa ocurrió en un momento de decli-
ve del régimen, acosado por las fracturas internas de las
Fuerzas Armadas, el estancamiento económico derivado
de la crisis del petróleo y por el alza de las huelgas de los
sindicatos de oposición. Velasco, carente de respuesta a
los problemas de fondo, acalló a la prensa como quien
desea borrar una realidad que no puede controlar.

256
CAPÍTULO 13

La huelga policial y la caída

M esar del deterioro de su salud física y de las seriales


e que facciones internas actuaban contra él, Ve-
lasco nunca se decidió a organizar su sucesión. Proba-
blemente, desconfiaba de que sus sucesores continuaran
con sus reformas, y en esto no le faltaron razones. El
régimen poseía una fuerte estructura piramidal, con él
en la cúspide, por lo que la suerte del régimen era inse-
parable de la figura de Velasco.
Difícilmente los generales progresistas Leonidas
Rodríguez o Jorge Fernández Maldonado hubieran
mantenido la unidad de las Fuerzas Armadas, bastante
cuestionada por la acción de la Marina. El sector pro-
gresista sabía perfectamente que Velasco era la garantía
de la continuidad de las reformas, pero también per-
cibió que su salud se deterioraba, que experimentaba
un desgaste político y que los atentados de la Marina
podían evolucionar en una fractura de las Fuerzas Ar-
madas, en un enfrentamiento armado con el Ejército.
La Marina nunca dejó de socavar la posición de Velasco:
el día que el vicealmirante Guillermo Faura asumió el
Ministerio de Marina, un explosivo fue colocado en su

257
casa. Poco después, un nuevo motín en la Armada de-
mandó su dimisión. Velasco lo aceptó para calmar la si-
tuación, pero no percibió que el apartamiento de Faura
resultaría clave para su caída, pues él había desactivado
varias revueltas, y era el hombre de contención de los
conspiradores en la Armada. Sin Faura, la Marina podía
actuar con completa libertad.
Por otro lado, a fines de enero, el general Mercado
Jarrín pasó al retiro, y fue reemplazado por Francisco
Morales-Bermúdez en el doble cargo de premier y mi-
nistro de Guerra. Morales-Bermúdez, quien había sido
ministro de Hacienda de Belaunde y de Velasco, era re-
conocido como un militar "institucionalista", con pres-
tigio de tecnócrata en temas económico-financieros. El
hombre que iba a derrocar a Velasco había llegado al
puesto indicado. Varios testimonios señalan que Velasco
afirmó que aquel sería su sucesor, pero lo mismo había
dicho de Mercado Jarrín, por lo que es posible que se
tratara de una salida para tranquilizar a quienes mani-
festaban su preocupación ante la crisis o la salud delica-
da del presidente.
Para entonces, el aislamiento de Velasco se incre-
mentó. Su distanciamiento del sector de militares pro-
gresistas y el respaldo a La Misión parecen indicar que
había perdido los reflejos políticos. El sector progresis-
ta era clave porque controlaba puestos con mando de
tropas y era el sostén de Velasco ante los embates de
los militares conservadores. Mientras ellos respaldaran
a Velasco, ninguna conspiración tendría éxito, de modo
que la estrategia de Morales-Bermúdez consistió en ga-
narse a este sector asumiendo un discurso revolucionario

258
Imagen 13.1. Protestas de estudiantes de la Universidad Nacional
Federico Villarreal contra el gobierno, febrero de 1975.
Fuente Giancarlo Bigolin.

259
e inclusive una retórica socialista. Es decir, se presentó
como el hombre que otorgaría un rostro fresco al régi-
men y, al mismo tiempo, como quien aseguraba la con-
tinuidad del proceso revolucionario.
Los militares progresistas no confiaban en Morales-
Bermúdez, quien de pronto había abandonado su perfil
moderado para convertirse en un reformista radical. Lo
que les hizo aceptarlo fue el temor al poder que adquirió
Tantaleán y La Misión, grupo que funcionó como un
anillo alrededor de Velasco. Sin proponérselo, al auspi-
ciar a La Misión, Velasco había fragmentando aún más
al Ejercito. La facción de Tantaleán agudizó las contra-
dicciones internas, particularmente porque actuaba con
violencia para crear sus propias bases sociales desplazan-
do a los aliados civiles de los progresistas. Así, en ene-
ro de 1975, el MLR asaltó el local del sindicato de la
minera norteamericana Marcona Corporation, ubicada
en el desierto de Ica, y que operaba la más grande con-
cesión de hierro del Perú. Tras la toma se creó una jun-
ta provisional para reemplazar al secretario general de
este sindicato, Manuel Orrego, de filiación comunista.
Este hecho derivó en un enfrentamiento entre el MLR
y la CGTP, que apoyaba a Orrego. Con una medida de
fuerza, los comunistas consiguieron recuperar el local
sindical, pero la policía intervino y se lo entregó al diri-
gente Rolando Calle, un líder sindical auspiciado por el
Ministerio de Trabajo. Una vez consolidado en la diri-
gencia, Calle retiró al sindicato de la CGTP y lo afilió a
la CTRP. Aunque el PCP-Unidad no rompió la alianza
con el Gobierno, este episodio llevó a los comunistas a
reconsiderar su visión del régimen.

260
Las tensiones y los desajustes en el interior del ré-
gimen salieron a luz pública cuando a principios de fe-
brero de 1975 estalló una huelga dentro del estamento
policial. La protesta se originó por un incidente entre
el general Enrique Ibáñez, jefe de la Casa Militar, y un
guardia civil asignado a Palacio de Gobierno. Kruijt se-
ñala que Ibáñez maltrató con algunas bofetadas a un
guardia civil porque este había permitido que los perio-
distas abordaran intempestivamente a Velasco. Chirinos
Soto afirma que el incidente se originó por un lugar en
el estacionamiento en Palacio. Sea como fuere, entre la
policía y las Fuerzas Armadas existían tensiones no re-
sueltas, de modo que lo que era un hecho menor escaló
en pocos días en un asunto institucional. La policía es-
taba excluida del gobierno, el ministro del Interior era el
general del ejército Richter y los reclamos por aumento
de salarios eran constantemente desoídos. La situación
se agudizó con el arresto del guardia, como consecuen-
cia de una llamada de Ibáñez a su hermano, quien era
comandante de la Guardia Civil.
En los predios policiales circularon cartas de protes-
ta y de solidaridad con el detenido. La ofensa al guardia
civil acabó asumiéndose como un agravio a la institución
policial. Los pronunciamientos reclamaron la dimisión
de Ibáñez, un aumento de sueldos y un lugar para la
policía en el gabinete ministerial. Antonio Zapata con-
sidera que debido a este último punto el movimiento
policial no estaba dirigido contra el régimen, sino que,
por el contrario, aspiraba a participar en el reparto del
poder. No obstante, el Gobierno rechazó las demandas
y los policías, ya muy descontentos, se declararon en
261
huelga. La paralización se inició el domingo 3 de fe-
brero en las comisarías 29.° y 41.°, y se generalizó al día
siguiente en el resto de comisarías. Aquel día la ciudad
amaneció desguarnecida. Los policías de la capital se
acuartelaron en el local de Radio Patrulla de la avenida
28 de julio, en un barrio de La Victoria, y allí esperaron
el curso de los acontecimientos.
El Gobierno no estaba dispuesto a ceder a la medida
de presión policial, y ordenó que el Ejército desalojara a
los policías acuartelados. La II Región Militar, dirigida
por Leonidas Rodríguez, fue la encargada de recuperar
las instalaciones de Radio Patrulla y desalojar a los huel-
guistas. Un tanque tumbó la puerta del establecimiento
y se hicieron numerosos disparos. Se detuvo a quinien-
tos guardias y se abrieron los correspondientes procesos.
Aunque los policías se rindieron inmediatamente, los
rumores e historias sobre una masacre de guardias civiles
recorrieron Lima y la sensación de una crisis dentro del
Gobierno se apoderó del imaginario popular.
Mientras tanto, para sorpresa de los observadores,
la ciudad continuaba desguarnecida. La policía había
sido reprimida, pero no se dispuso que los soldados pa-
trullaran las calles. Las versiones de por qué la II Región
Militar no salió a preservar el orden público son confu-
sas. Lo cierto es que Lima quedó a merced de quienes
se propusieran perturbar la paz, como así ocurrió. Al
mediodía se desplazaron turbas por el Centro de Lima
que iniciaron los saqueos en diversos comercios, sobre
todo en las tiendas de la plaza Manco Cápac, en las
galerías de la plaza San Martín y en el Mercado Cen-
tral. Los fotógrafos registraron a la gente rompiendo las

262
vitrinas, forzando las puertas metálicas y llevándose te-
levisores, electrodomésticos y ropas. El Casino Militar
frente a la plaza San Martín fue incendiado y su mo-
biliario sacado a la calle y convertido en una hoguera.
Una turba compuesta por estudiantes de la Universidad
Federico Villarreal, vinculada a la juventud universitaria
aprista, se dirigió a la avenida Wilson, donde incendió
los diarios Correo y Ojo. Los locales de Expreso y Extra
también fueron atacados, pero los trabajadores estaban
preparados para defenderse gracias a la previsión de la
CGTP, que envió contingentes de la guardia obrera para
protegerlos. El local del Sinamos, en el Centro Cívico,
así como el Hotel Sheraton fueron atacados y sufrieron
diversos daños; la tienda estatal Superepsa de la avenida
Washington fue saqueada e incendiada.
Por varias horas, las turbas dominaron el centro de
Lima, a las que se sumaron oleadas de pobladores de
La Victoria, Barrios Altos y el Rímac. La delincuencia
aprovechó las circunstancias para colocarse como van-
guardia de los saqueadores. En la tarde, el Ejército sacó
los tanques y los soldados reprimieron a los revoltosos.
Se autorizó a disparar a los que se resistieran, y hubo
numerosas víctimas. Oficialmente los muertos fueron
algunas decenas, pero las versiones extraoficiales señalan
más de doscientos. Nunca se aclaró por qué la ciudad
estuvo desprotegida. Morales-Bermúdez afirma que el
general Óscar Vargas Prieto, presidente del Comando
Conjunto, quiso procesar a Leonidas Rodríguez, a cargo
de la II Región Militar con jurisdicción en Lima, pero
en su calidad de Premier intervino para que la situación
no llegara a mayores.
263
Tal vez se trató de una cadena de omisiones invo-
luntarias, pero los incidentes de la huelga policial me-
llaron la imagen presidencial. Si bien la calma retornó
en los días posteriores, resultó evidente que Velasco ha-
bía perdido, aunque sea por unas horas, el control de
la capital. Se había mostrado impotente, sin capacidad
de previsión. La sensación de desgobierno cundió en la
opinión pública y arreciaron los rumores de pugnas en
las entrañas del régimen. La prensa oficial responsabi-
lizó al APRA, y exhibió fotografías de jóvenes apristas
en las turbas. El estudiante aprista Juan Enciso se asi-
ló en la embajada de Argentina. Armando Villanueva
y Haya de la Torre no rechazaron la participación de los
universitarios apristas, aunque negaron que el partido
hubiera ordenado el incendio de los diarios. También se
habló de la participación de la CIA, lo que fue negado
por la embajada de los Estados Unidos. Si bien se de-
nunció que la huelga policial y los saqueos fueron parte
de una conspiración para derrocar a Velasco, su caída,
poco después, se debió principalmente a las fracturas en
el propio Ejército.
A comienzos de marzo, Velasco sufrió un derrame
cerebral que lo debilitó aún más. Las reuniones del Con-
sejo de Ministros se redujeron, y las pocas que hubo se
realizaron en lugares de reposo, como en Paracas o Cha-
clacayo. Posteriormente, sus actividades se suspendían a
las cuatro de la tarde para asistir a las terapias de reha-
bilitación. Fue por estas fechas que los militares progre-
sistas se decidieron por el relevo de Velasco. Además del
deterioro de su salud, sopesaron el papel perturbador
de La Misión y la crisis originada por la huelga policial.

264
Se pensó en un relevo pactado, que colocara a Velasco
como una figura tutelar, influyente en el régimen, pero
sin manejo del Estado. Por su lado, Morales-Bermúdez,
por quien la mayoría de progresistas se inclinaba, los
tranquilizó reforzando su retórica revolucionaria. Según
el general José Graham, en una de las reuniones en las
que se trató del relevo presidencial, Morales-Bermúdez
les mostró unas cartas que le había enviado Fidel Castro
en las que le manifestaba su confianza como sucesor de
Velasco.
En las semanas siguientes, las reuniones para anali-
zar el relevo presidencial continuaron. Los altos mandos
se resistían a fijar una fecha con la esperanza de que fue-
ra Velasco quien tomara la iniciativa, pero el general se
limitaba a manifestar su deseo de entregar la conducción
del proceso a Morales-Bermúdez, pero sin concretar
ningún plazo. Los progresistas esperaban con paciencia,
pues consideraban indigno deponer a un hombre enfer-
mo. Sería una ingratitud para con quien había iniciado
la revolución militar. Fueron semanas tensas porque a
Velasco le llegaron las noticias de las reuniones de cons-
piraciones para sacarlo del poder, y en varias ocasiones
confrontó a los generales que participaron en ellas. La
confrontación más áspera fue con Leonidas Rodríguez,
después de la cual se produjo un distanciamiento.
En realidad, en todo Lima se hablaba de la inminen-
te caída de Velasco y de conspiraciones militares y civi-
les. Trascendió que en abril un grupo de oficiales de la
Fuerza Aérea se había amotinado y que se había enviado
al Ejército para develar el alzamiento. Afortunadamente,

265
los sublevados desistieron, y se evitó un enfrentamien-
to armado. En los cuarteles hubo otros movimientos
que tampoco prosperaron. Hubo sospechas de que el
APRA se reunía con mandos militares para conspirar. Y
el dirigente pepecista Luis Bedoya Reyes señala en sus
memorias que la Marina solía convocarlo a reuniones
para que respaldara un golpe contra Velasco; a estas reu-
niones asistían tanto dirigentes de Acción Popular como
del APRA. En respuesta, el Gobierno ordenó a inicios de
agosto la deportación de un grupo de civiles, entre ellos
los dirigentes apristas Armando Villanueva y Carlos En-
rique Ferreyros, los dirigentes sindicales Víctor Cuadros
y César Barrera Bazán, y los periodistas César Lévano y
Mirko Lauer.
Para entonces, el régimen se estaba desmoronando.
Alarmados, los sectores civiles que apoyaban al Gobier-
no trataron de fortalecer a Velasco. A través de Expreso,
lanzaron una convocatoria firmada, entre otros, por Al-
berto Ruiz Eldredge, Guillermo Thorndike y Otoniel
Velasco, con el propósito de organizar un Movimiento
de la Revolución Peruana (MRP). La iniciativa tuvo el
respaldo de la CNA, la CTRP, el CR-Conaci y la CGTP.
Sin embargo, el propio Velasco desautorizó la convoca-
toria señalando que la conducción política la ejercía ex-
clusivamente el Gobierno. La organización no pasó de
las primeras reuniones. En su reemplazo, el 1 de agosto,
se anunció la creación de un comité provisorio de la
Organización Política de la Revolución Peruana. Pero
era demasiado tarde.
Finalmente, el acuerdo para relevar a Velasco tuvo
fecha. Según el relato del general José Graham, se fijó

266
para el 13 de septiembre, después de que Rolando Gi-
lardi, miembro de la Junta Militar y hombre leal a Velas-
co, pasara al retiro. Sin embargo, Morales-Bermúdez se
adelantó. El 29 de agosto, mientras asistía a un aniver-
sario más de la reincorporación de Tacna al Perú, emi-
tió un pronunciamiento con el apoyo de la III Región
Militar. En las horas siguientes, las otras regiones mi-
litares, incluida la II Región que comandaba Leonidas
Rodríguez, se adhirieron al pronunciamiento. Cuando
Velasco se enteró de los hechos, convocó de emergencia
a un Consejo de Ministros. Desde Palacio fueron leyen-
do las adhesiones de las principales unidades militares
del Ejército, la Marina y la Fuerza Aérea. Después de
constatar que había perdido el control de las Fuerzas Ar-
madas, Velasco aceptó dimitir. Lo que había empezado
como un golpe militar acabó de la misma manera.
A las pocas horas y a insistencia de Graham, Mo-
rales-Bermúdez se trasladó a Lima para clausurar la V
Conferencia Ministerial de Países No Alineados, que
Velasco había inaugurado unos días antes. Algunos de-
legados se refugiaron en sus embajadas temiendo un
giro en el Gobierno y acciones represivas. En su discur-
so, Morales-Bermúdez aseguró a los presentes que, pese
al relevo presidencial, la misma revolución que los había
recibido era la que los despedía.
En los días siguientes, Morales-Bermúdez reorgani-
zó el gabinete ministerial cesando al general Javier Tan-
taleán y desplazando a los miembros de La Misión de
los puestos claves que habían tenido con Velasco. Por
esta razón, el periodista Francisco Moncloa señala que

267
el golpe de Morales y el apoyo de los progresistas tuvie-
ron como uno de sus propósitos la eliminación de dicha
facción. Pero Morales no era Velasco. Si bien había desa-
parecido la facción de Tantaleán, el conflicto se trasladó
y opuso a los progresistas y los institucionalistas, estos
últimos fortalecidos porque Morales era su cabeza. El
sector institucionalista percibía que las reformas, a las
que se oponía violentamente la Marina, estaban llevan-
do a la fractura de las Fuerzas Armadas, y había que
detenerlas para reconciliar al Ejército con las otras ra-
mas militares. De modo que, pese a su proclama de pro-
fundizar el proceso revolucionario, Morales-Bermúdez
cumplió el papel de ralentizar las reformas y menosca-
bar la influencia del sector progresista, quien deseaba
que las reformas continuaran.
Así, cuando empezaron a producirse las disputas
internas entre progresistas e institucionalistas, Morales-
Bermúdez inclinó la balanza a favor de estos últimos.
En noviembre, después de un incidente con el presi-
dente del Comando Conjunto, Óscar Vargas Prieto,
pasó al retiro el general Leonidas Figueroa, exjefe del
Sinamos, y tal vez el militar progresista más popular
después de Velasco. Con él fue cesado el general José
Graham, expresidente de la COAP y mano derecha de
Velasco. Con esto, el sector progresista resultó seriamen-
te debilitado. Morales-Bermúdez cambió el equilibrio
de poder dentro del Ejército y fue introduciendo cam-
bios, como el nombramiento de un civil, el economista
Luis Barúa, como ministro de Economía, personaje que
reorientó la política económica a posiciones ortodoxas.

268
Al año siguiente, julio de 1976, con el pase al retiro de
Fernández Maldonado, Miguel Ángel de la Flor y En-
rique Gallegos, el sector progresista resultó purgado del
Gobierno. En el lapso de un año, Morales-Bermúdez
se había desconvertido del socialismo y abandonado su
discurso revolucionario. El giro final ocurrió en mayo
de 1977, cuando nombró como ministro de Economía
a Walter Piazza, un economista y empresario que imple-
mentó políticas de ajuste económico promovidas por el
FMI. La época de las reformas había terminado.

El entierro de Velasco

Después de una penosa enfermedad y varias operacio-


nes en los Estados Unidos, Velasco murió de septice-
mia en el Hospital Militar el 24 de diciembre de 1977.
La noticia se difundió rápidamente y, al día siguien-
te, los diarios anunciaron que el entierro se llevaría a
cabo el mediodía del 26, luego de una misa de cuerpo
presente en la catedral de Lima. El Gobierno anunció
un protocolo estrictamente militar. Sin embargo, a la
plaza de Armas llegó una multitud de más de 300.000
personas que desfiló ante el ataúd para despedirse del
general piurano. La gente continuaba llegando cuando
la guardia militar inició el trayecto hacia del cemente-
rio El Ángel. Morales-Bermúdez no se hizo presente
en ningún acto del velatorio.
Aunque el entierro se planificó como un acto mi-
litar, la multitud rompió los cordones de seguridad

269
y rodearon el ataúd lanzando vivas a Velasco y gritos
contra Morales-Bermúdez. Al llegar a la avenida Aban-
cay, la carroza fúnebre fue detenida y prácticamente
arrebatada por las miles de personas que rodeaban el
ataúd. El entierro entonces, señala Alfredo Filomeno,
se convirtió en un acto de masas. Los analistas resal-
taron después que fue una manifestación contra Mo-
rales-Bermúdez, quien había implementado políticas
económicas ortodoxas contra las cuales se había orga-
nizado el exitoso paro nacional del 19 de julio de 1977.
En el trayecto fueron sumándose miles de personas
más, en lo que se consideró el entierro más concu-
rrido de todos los expresidentes de la República. Los
dirigentes de la CGTP, de la CNA y otros gremios que
apoyaron a Velasco organizaron el relevo de la gente
para cargar el ataúd. Según varios testimonios, cuando
la multitud llegó al cementerio, todavía había gente
en la plaza de Armas esperando en una fila ordenada.
Ante la tumba de Velasco, se pronunciaron nume-
rosos discursos. Entre ellos tomó la palabra Héctor
Cornejo Chávez, líder de la Democracia Cristiana,
el premier Guillermo Arbulú Galliani a nombre del
Gobierno y el exministro Aníbal Meza Cuadra, uno
de sus hombres más leales. En los días siguientes, las
agencias de noticias señalaron que los concurrentes al
entierro bordearon las 500.000 personas.

270
Epílogo:
significado y herencia del velasquismo

V elasco cambió la historia del Perú. Las reformas


militares trastocaron profundamente a la sociedad
peruana, y fue imposible un retorno al estado anterior.
El reformismo velasquista fue posible porque a media-
dos del siglo XX emergió un "consenso reformista", en el
sentido de que diversos sectores sociales —campesinos,
trabajadores urbanos, clases medias, empresarios in-
dustriales, élites modernizadoras y partidos políticos—
aceptaban la necesidad de reformar el orden oligárquico
y democratizar a la sociedad peruana. Ciertamente, la
naturaleza y el alcance de las reformas diferían de un
sector a otro, aunque todos coincidían en lo inevitable
de una reforma agraria y la nacionalización del petróleo.
Quien había expresado muy bien este "consenso refor-
mista", y fue uno de sus impulsores, fue el APRA y su
programa de reformas de inicios de la década de 1930.
Sin embargo, su mala performance política en el gobier-
no de José Luis Bustamante y Rivero (1945-1948) aca-
bó en un golpe de Manuel Odría, y el partido retornó a
la ilegalidad, cerrándose de este modo la posibilidad de

271
que dichas reformas fueran procesadas por los poderes
públicos.
Al final de la dictadura de Manuel Odría, en las
elecciones de 1956, el APRA no pudo presentar candi-
datos, pero aceptó, a cambio de recuperar la legalidad,
apoyar la candidatura de Manuel Prado, uno de los más
poderosos representantes de la oligarquía. Esto supuso
la postergación de las reformas y el desplazamiento del
APRA a la derecha del espectro político, pues actuó como
un aliado del pradismo en la perspectiva de sostener al
régimen y participar en las elecciones de 1962. De esta
forma, en el proceso electoral de 1956 apareció la figura
del arquitecto Fernando Belaunde, quien, en virtud de
un discurso reformista moderado, obtuvo el 36% de los
votos. Belaunde, cuyo programa de reformas tenía un
perfil de centro-izquierda, ganó las elecciones de 1963.
Como vimos, la peculiar alianza aprista-odriista en el
Congreso bloqueó y desnaturalizó los proyectos de re-
forma que presentó el Ejecutivo, entre ellos la reforma
agraria. Así, a la frustración de la opinión pública por
una nueva postergación de las reformas se añadió la de-
cepción en relación con los partidos políticos presentes
en el Congreso, incluido Acción Popular. Sobre esta ola,
compuesta por el consenso reformista y el descontento
hacia los partidos, llegó Velasco.
Es decir, parte de las medidas que implementó Ve-
lasco, como la nacionalización del petróleo, la reforma
agraria, el desarrollo de las industrias y la ampliación de
los derechos laborales, contaban con un respaldo previo
y relativamente amplio. Lo particular del régimen mili-
tar no fueron las medidas en sí mismas, sino la "manera

272
velasquista" de llevarlas a cabo, sobre todo en los casos
de la reforma agraria y la nacionalización del petróleo.
Esta manera velasquista, que podemos definirla como
vertical y radical, se caracterizó porque las reformas
eran parte de un intento audaz de construir un nuevo
tipo de sociedad. La concepción de sociedad que tenían
los militares nunca fue coherente y clara. En el plano
económico buscaron una alianza con el empresariado
industrial que, como vimos, no prosperó, y fomenta-
ron diversas formas de propiedad como las Empresas de
Propiedad Social, las cooperativas de trabajadores y las
empresas autogestionarias, que requerían para su madu-
ración de procesos de largo plazo.
En el plano político, el régimen levantó la idea de
una "democracia de participación plena" y la entrega del
poder a la sociedad organizada. Esto suponía la cons-
trucción de instituciones sociales que fortalecieran el
poder de los sectores para contrabalancear la supremacía
de las élites empresariales; pero las instituciones que na-
cieron con el auspicio del Sinamos, como la Confedera-
ción Nacional Agraria, devinieron en bases de apoyo del
régimen, y nunca estuvo claro el lugar que ocuparían en
el régimen velasquista o de qué manera serían integra-
das en el esquema de toma de decisiones. El sociólogo
y estudioso de la realidad peruana Julio Cotler señaló
en su momento que estas instituciones le conferían al
régimen un carácter corporativo. Como Velasco nunca
puso una fecha para la supuesta transferencia del poder
a la sociedad organizada y ni siquiera la de su relevo
presidencial, debió pensar que el régimen militar había
de durar muchos años.
273
A pesar de cierta opacidad en la definición de un
modelo alternativo al capitalismo y al comunismo, como
señalaba la propaganda gubernamental, lo que sí resulta
nítido es la liquidación de la vieja sociedad oligárquica.
El significado profundo y el carácter "revolucionario"
del gobierno militar, si admitimos dicho término, reside
en la cancelación del orden oligárquico, orden que como
vimos era cuestionado desde varios flancos. Después de
siete años de reformas estructurales el Perú resultaba
irreconocible para cualquier observador, y así debieron
percibirlo sus contemporáneos, como una época de
transformaciones o de revolución. El régimen no dejó
nada en su sitio, aunque, por supuesto, fue una trans-
formación desigual. El mayor impacto de las reformas
ocurrió en la sociedad rural. El mundo de hacendados
y siervos indígenas desapareció del panorama social. La
hacienda como organización económica y como ámbito
social en el que se reproducían relaciones de opresión y
abuso fue reemplazada por las cooperativas, las SAIS y
la pequeña propiedad campesina. La clase terrateniente
fue disuelta, aunque pervivirá por mucho tiempo aún el
imaginario señorial asociada a ella.
Probablemente, quien mejor entendió el sentido de
las reformas velasquistas fue Julio Cotler, cuando definió
la experiencia militar como un proceso de democratiza-
ción social por la vía autoritaria. Las reformas, señaló
Cotler, apuntaban a la constitución de una "sociedad
nacional", donde el Estado cumplía un papel regulador
del equilibro social, estructurador de las relaciones so-
ciales e integrador de los sectores excluidos por el orden

274
oligárquico. En ese sentido, por ejemplo, la disolución
de las haciendas tenía el propósito de acabar con los po-
deres extralegales que derivaban de ella y bloqueaban la
integración del campesinado indígena a la economía de
mercado y a la participación de la propiedad. Asimismo,
la prioridad que el régimen le otorgó a las Empresas de
Propiedad Social, aunque no contaron con el tiempo
para madurar ni con los recursos para consolidarse, bus-
caba ampliar la participación de los trabajadores en la
gestión de las empresas y acabar con el monopolio de las
élites empresariales. El derrocamiento de Velasco cortó
el desarrollo de estas formas de integración social mar-
cadas por el papel central del Estado.
A pesar de que fue un proceso inacabado, las con-
secuencias de las reformas se prolongaron, como una
suerte de herencia velasquista, hasta la década de 1980.
De una parte, el Estado había acumulado un conjun-
to de empresas con abultadas burocracias, que abarca-
ban la producción industrial, la explotación petrolera
y minera, la pesca, la banca y los servicios financieros,
así como la comercialización de insumos y productos
variados, lo que lo convirtió en el principal agente eco-
nómico. El pequeño empresariado industrial autónomo
que tenía el país dependía de la protección arancelaria,
de los subsidios y de un régimen especial de moneda
extranjera. Mientras el PBI creció, las empresas públicas
no supusieron grandes problemas de manejo económi-
co, pero tras la crisis internacional de 1973 muchas de
ellas se convirtieron en un peso muerto para el Estado
y agudizaron los déficits fiscales. En la década de 1980,

275
cuando la economía internacional entró en un nuevo
periodo de recesión, los gobiernos de Belaunde y par-
ticularmente de Alan García utilizaron estas empresas
como agencias de empleo para colocar a sus militantes y
agudizaron la crisis hasta extremos irreversibles.
Por otro lado, al amparo del régimen militar emer-
gieron numerosos sindicatos de trabajadores, organiza-
ciones agrarias y del movimiento popular-barrial que
con el tiempo se constituyeron en actores influyentes
de la política nacional. Al organizar sus propias bases
de apoyo, los militares abrieron las compuertas para el
crecimiento de la movilización popular. Los ideólogos
del régimen, que veían en este incremento de la asocia-
tividad una vía para contrarrestar el peso de los gremios
empresariales en la sociedad, reconocieron a numerosas
federaciones y sindicatos de trabajadores, fueran o no
afines al Gobierno. El incremento de la movilización
popular fue la segunda herencia velasquista para los
gobiernos posteriores. Así, cuando Morales-Bermúdez
giró a la derecha y aplicó medidas de ajuste económico,
tuvo que enfrentarse a un movimiento sindical-popular
fortalecido, al que se sumaron las organizaciones auspi-
ciadas por el Sinamos, entre ellas la CNA. Las grandes
movilizaciones de fines de la década de 1970 adquirie-
ron tal relevancia en la política peruana que fue común
en los predios de la izquierda y en los debates académi-
cos hablar del "ascenso de la movilización de masas". La
influencia de los movimientos sociales en la política na-
cional fue menguando en la segunda mitad de la década
de 1980, pero funcionó como contención de cualquier
intento de restauración oligárquica.

276
Evidentemente, este ascenso de la movilización po-
pular estuvo asociado con el crecimiento de la izquier-
da peruana, que también se vio favorecida por el clima
reformista y el lenguaje revolucionario del régimen
militar. Si bien varias organizaciones de izquierda bus-
caron diferenciarse del discurso velasquista, compartían
visiones críticas de la realidad peruana y una retórica
reformista-revolucionaria. Tanto los que buscaron dife-
renciarse como los que apoyaron al régimen crecieron
impulsados por la movilización popular que activó el
proceso de reformas. Esta fue la tercera herencia del
velasquismo: un conjunto diverso de organizaciones
de izquierda que crecieron en torno a la movilización
popular, urbana y rural. Las diferencias entre los secto-
res que apoyaron al régimen y los que lo criticaron se
acortaron en el gobierno de Morales-Bermúdez, cuando
convergieron en la oposición contra las políticas de ajus-
te económico. Al respecto, es ilustrativo el caso del Par-
tido Socialista Revolucionario, fundado por militares y
civiles que habían integrado el gobierno de Velasco, que
participó en las elecciones a la Asamblea Constituyente
de 1978, y luego se incorporaron a la Izquierda Unida
en la década de 1980, compartiendo la mesa directiva
con representantes del PCP-Patria Roja.
La herencia velasquista se desvaneció con las re-
formas neoliberales de Alberto Fujimori, reformas que
acabaron con el papel central del Estado en la econo-
mía, debilitaron la sindicalización, incrementaron la
informalidad y cooptaron a las organizaciones vincu-
ladas a los programas de ayuda social. Como ocurrió
con Velasco, las reformas de Fujimori reestructuraron
277
a la sociedad peruana, cancelaron un ciclo histórico y
abrieron uno nuevo, basado en la desregulación de los
mercados. Pero a medida que el ciclo neoliberal ha en-
trado en su fase de agotamiento y estamos en un escena-
rio proclive a reformas que diversifiquen la economía y
modernicen el Estado, el fantasma de Velasco aparece y
recorre los debates políticos actuales.

278
Comentario bibliográfico

ste libro se ha beneficiado de la abundante pro-


F d ducción bibliográfica sobre el régimen militar que
presidió Juan Velasco Alvarado entre 1968 y 1975. Se
trata de estudios, tesis especializadas, ensayos y artículos
escritos por investigadores académicos, así como testi-
monios de los actores, entrevistas compiladas y docu-
mentos diversos. Los estudios sobre el régimen militar
aparecieron tempranamente, en medio del proceso de
reformas, y se prolongaron hasta años después del retor-
no a la democracia. En los últimos tiempos, sin embar-
go, viene produciéndose un pequeño boom bibliográfico
y de tesis sobre el velasquismo, que plantean una re-
lectura de las reformas militares, y, en muchos casos,
abordan aspectos no explorados en las décadas previas,
como son el cine, el arte, el deporte o el uso del unifor-
me único escolar. Todo esto nos indica la actualidad que
tiene el velasquismo como tema de reflexión histórica y
académica.
Comencemos por señalar los estudios que plantea-
ron una visión global del régimen militar, que de algún
modo constituyen los puntos de partida para entender

279
las coordenadas de interpretación que guiaron a muchos
investigadores. Así tenemos el temprano libro de Aníbal
Quijano, Nacionalismo, neoimperialismo y militarismo
en el Perú (Buenos Aires: Ediciones Periferia, 1971);
probablemente, el estudio más meditado corresponde
a Julio Cotler, Democracia e integración nacional (Lima:
Instituto de Estudios Peruanos, 1980); también véase
de Henry Pease, El ocaso del poder oligárquico: la lucha
política en la escena oficial, 1968-1975 (Lima: Centro de
Estudios y Promoción del Desarrollo-DESCO, 1979); y
Alfred Stepan, The State and Society. Peru in Compara-
tive Perspective (New Jersey: Princeton University Press,
1978). Desde una perspectiva de analista y actor de los
acontecimientos, véase de Francisco Guerra García,
Velasco. Del Estado oligárquico al capitalismo de Estado
(Lima: Centro de Estudios para el Desarrollo y la Parti-
cipación, 1983).
Para el capítulo "El golpe y los militares", debo reco-
nocer mi deuda con el libro de Dirk Kruijt, La revolución
por decreto: el Perú durante el gobierno militar (Lima: Ins-
tituto de Defensa Legal, 2008). Probablemente, quien
más escribió sobre la experiencia militar, desde dentro
y con un talante narrativo, fue el periodista y asesor de
Velasco Augusto Zimmerman, que publicó El Plan Inca.
Objetivo: Revolución Peruana (Lima: Empresa Editora
El Peruano, 1974). Desde una perspectiva crítica, véase
de Enrique Chirinos Soto y Guido Chirinos Lizares, El
septenato, 1968-1975 (Lima: Alfa, 1977). La periodista
María del Pilar Tello recogió los importantes testimo-
nios de los generales José Graham, Leonidas Rodríguez,
Jorge Fernández Maldonado, Edgardo Mercado Jarrín y

280
otros en ¿Golpe o revolución? Hablan los militares del 68
(Lima: Sagsa, 1983); véase también de Francisco Mo-
rales-Bermúdez, Mi última palabra. Testamento político
del general Francisco Morales-Bermúdez en conversaciones
con Federico Prieto Celi (Lima: Penguin Random House,
2018). Para comprender la transformación de la cultura
política militar véase de Víctor Villanueva, El CAEM y
la revolución de la Fuerza Armada (Lima: Campodónico
Ediciones, Instituto de Estudios Peruanos, 1972); Jorge
Rodríguez Beruff, Los militares y el poder: un ensayo sobre
la doctrina militar en el Perú, 1948-1968 (Lima: Mosca
Azul Editores, 1983); Lourdes Hurtado, "Velasco, retó-
rica nacionalista y cultura militar en el Perú", y de Geor-
ge Philip, "Velasco y los militares: la política del declive,
1973-1975", ambos en Carlos Aguirre y Paulo Drinot
(eds.), La revolución peculiar. Repensando el gobierno mi-
litar de Velasco (Lima: Instituto de Estudios Peruanos,
2018), pp. 231-261 y 263-279, respectivamente.
La nacionalización de la IPC ha merecido numero-
sos estudios, desde abordajes económicos, políticos y ju-
rídicos. El más documentado sigue siendo el de Augusto
Zimmerman, Historia secreta del petróleo (Lima: Edito-
rial Gráfica Labor, 1968). Para la época previa al golpe,
véase de Pedro Pablo Kuczynski, Democracia bajo presión
económica: el primer gobierno de Belaunde, 1963-1968
(Lima: Mosca Azul Editores, 1980), cap. 5. Véase tam-
bién de Fernando Noriega Calmet, La Brea y Pariñas y la
integración del Perú (Lima: Movimiento Cívico Distrital,
1940); Luis Echechopar García, Informe jurídico sobre el
caso de La Brea y Pariñas (Lima: s. e., 1960). Humberto
Campodónico presenta un cuadro del manejo de este
281
sector en La política petrolera, 1970-1985. El Estado, los
contratistas y PetroPerú (Lima: Centro de Estudios y Pro-
moción del Desarrollo-DESCO, 1986); véase también
de Juana Kuramoto y Manuel Glave, "Extractivismo
y crecimiento económico en el Perú, 1930-1980", en
Compendio de historia económica del Perú V la economía
peruana entre la gran depresión y el reformismo militar,
1930-1980 (Lima: Banco Central de Reserva del Perú,
Instituto de Estudios Peruanos, 2014), pp. 105-158.
La bibliografía sobre la reforma agraria, por su
abundancia, constituye un verdadero subcampo de
estudio del régimen velasquista. Aquí los trabajos son
más ricos, pues abordan aspectos económicos, sociales y
hasta culturales. Probablemente quienes estudiaron más
detenidamente este proceso fueron José Matos Mar y
José Manuel Mejía, La reforma agraria en el Perú (Lima:
Instituto de Estudios Peruanos, 1980); José Matos Mar
y José Manuel Mejía, Reforma agraria: logros y contradic-
ciones, 1969-1979 (Lima: Instituto de Estudios Perua-
nos, 1980); José Matos Mar, Yanaconaje y reforma agraria
en el Perú: el caso del valle de Chancay (Lima: Instituto
de Estudios Peruanos, 1976); véase también de José
María Caballero, Economía agraria de la sierra peruana:
antes de la reforma agraria (Lima: Instituto de Estudios
Peruanos, 1981); y José María Caballero, Agricultura,
reforma agraria y pobreza campesina (Lima: Instituto de
Estudios Peruanos, 1984). Desde una perspectiva de
los movimientos campesinos y las luchas por la tierra,
véase de Aníbal Quijano, Problema agrario y movimien-
tos campesinos (Lima: Mosca Azul Editores, 1979); Ro-
drigo Montoya, Luchas por la tierra, reformas agrarias

282
y capitalismo en el Perú del siglo )0( (Lima: Mosca Azul
Editores, 1989); Diego García-Sayán, Tomas de tierras
en el Perú (Lima: Centro de Estudios y Promoción del
Desarrollo-DESCO, 1982); Rodrigo Sánchez, Toma de
tierras y conciencia política campesina: las lecciones de An-
dahuaylas (Lima: Instituto de Estudios Peruanos, 1981);
Nelson Manrique, "Historia de la agricultura peruana",
en Compendio de historia económica del Perú 'V: la econo-
mía peruana entre la gran depresión y el reformismo mi-
litar, 1930-1980 (Lima: Banco Central de Reserva del
Perú, Instituto de Estudios Peruanos, 2014), pp. 159-
215. Para una visión sobre el papel de las organizaciones
campesinas, véase de Jaymie Patricia Heilman, "A fuego
y sangre. La Confederación Campesina del Perú y el ré-
gimen de Velasco", en Carlos Aguirre y Paulo Drinot
(eds.), La revolución peculiar. Repensando el gobierno mi-
litar de Velasco (Lima: Instituto de Estudios Peruanos,
2018), pp. 201-230. María Luisa Burneo reconstruye
la complejidad del proceso de reforma agraria como un
conflicto/negociación entre los funcionarios y los diri-
gentes campesinos en "La reforma agraria desde abajo:
luchas por la tierra, excooperativistas y parcelación entre
los comuneros de Catacaos, Piura", en Revista Argumen-
tos, año 2, n.° 13, septiembre de 2019. Los libros tes-
timoniales son una importante fuente de información
cualitativa; véase de Enrique Mayer, Cuentos feos de la
reforma agraria (Lima: Centro Peruano de Estudios So-
ciales, Instituto de Estudios Peruanos, 2009); Charlot-
te Burenius, Testimonio de un fracaso: Huando. Habla
el sindicalista Zózimo Torres (Lima: Instituto de Estu-
dios Peruanos, 2019); Lino Quinatanilla, Andahuaylas.
283
La lucha por la tierra: testimonio de un militante (Lima:
Mosca Azul Editores, 1981); Arturo Chávez Macedo,
Mi testimonio en el proceso de la reforma agraria peruana
(Lima: Instituto del Perú, 2018); y Rolando Rojas Ro-
jas, La revolución de los arrendires. Una historia personal
de la reforma agraria (Lima: Instituto de Estudios Pe-
ruanos, 2019). Para una relectura de los aspectos em-
presariales de la reforma agraria, de Giovanni Bonfiglio,
véase Las empresas de la reforma agraria: 40 años después
(Lima: Instituto del Perú, 2019).
A diferencia de la reforma agraria, los estudios so-
bre la política y la reforma industrial han sido menores,
probablemente porque en la actualidad la economía pe-
ruana está casi prácticamente desindustrializada. Para
comprender la experiencia de las comunidades indus-
triales, véase de Giorgio Alberti, "Estado, clase empre-
sarial y comunidad industrial"; de Jorge Santistevan, "El
Estado y los comuneros industriales"; y de Luis Pásara,
"Comunidad industrial y sindicatos", los tres estudios en
Estado y clase: la comunidad industrial en el Perú (Lima:
Instituto de Estudios Peruanos, 1977), pp. 31-104,
105-188 y 189-240, respectivamente. Véase también,
de Luis Cueva Sánchez y Efraín Salas, "La comunidad
laboral", en Carlos Franco (comp.), El Perú de Velasco,
tomo III (Lima: Centro de Estudios para el Desarrollo y
la Participación, 1983), pp. 741-766; y David Llarena,
Ricardo Trovarelli y Manuel Rodríguez, La comunidad
industrial. Naturaleza económica de la empresa industrial
en el Perú (Lima: Universidad Nacional Federico Villa-
rreal, 1972). Para una visión más global de la política in-
dustrial, véase los estudios de Félix Portocarrero Maisch

284
y Juan Nunura Chully, Industria y crisis. La década de
los 70 (Lima: Centro de Estudios y Promoción del De-
sarrollo-DESCO, 1984); de Francisco Durand, El poder
incierto. Trayectoria económica y política del empresaria-
do peruano (Lima: Fondo Editorial del Congreso de la
República, 2004), cap. 2: "Militares revolucionarios e
industriales"; y de Máximo Vega-Centeno, Crecimien-
to, industrialización y cambio técnico, Perú 1955-1980
(Lima: Pontificia Universidad Católica del Perú, 1983).
Recientemente, la reforma educativa velasquista
ha cobrado interés en la investigación histórica y las re-
flexiones sobre los procesos educativos. Para el capítulo
correspondiente, véase Reforma de la educación: informe
general (Lima: Ministerio de Educación, 1970). Dos ac-
tores importantes de la reforma dejaron su testimonio y
análisis: Emilio Barrantes, Crónica de una reforma (Lima:
Inpet, 1990); y Augusto Salazar Bondy, La educación
del hombre nuevo. La reforma educativa peruana (Buenos
Aires: Paidós, s. f.). Desde una perspectiva externa a los
actores, véase de Teresa Tovar, Reforma de la educación:
balance y perspectivas (Lima: Centro de Estudios y Pro-
moción del Desarrollo-DESCO, 1985); Kenneth Del-
gado, Reforma educativa: ¿qué pasó? (Lima: Ediciones
Sagsa, 1981); Norman Gall, La reforma educativa pe-
ruana (Lima: Mosca Azul Editores, 1976); José Rivero,
"La reforma educativa", en Carlos Franco (comp.), El
Perú de Velasco, tomo III (Lima: Centro de Estudios para
el Desarrollo y la Participación, 1983), pp. 809-841.
Estudios más recientes son los de Patricia Oliart, Edu-
car en tiempo de cambios. Colección Pensamiento Educa-
tivo Peruano, Volumen VI (Lima: Derrama Magisterial,
285
2014); y "Politizando la educación: la reforma del año
1972 en Perú", en Carlos Aguirre y Paulo Drinot (eds.),
La revolución peculiar. Repensando el gobierno militar de
Velasco (Lima: Instituto de Estudios Peruanos, 2018),
pp. 167-200. La antropóloga Leonor Lamas ha escrito
una valiosa historia social sobre la introducción del uni-
forme único escolar: Borrando jerarquías y disciplinan-
do cuerpos: la introducción del uniforme escolar único
y la reforma educativa de Velasco, 1968-1975 (tesis de
maestría, Pontificia Universidad católica del Perú). So-
bre los conflictos entre el régimen militar y los maes-
tros, véase de Rolando Rojas Rojas, "Velasco, la reforma
educativa y los maestros", en Revista Argumentos, n.° 2,
año 13, septiembre de 2019; y sobre el papel de la Igle-
sia en la reforma educativa véase de Jeffrey Klaiber, La
iglesia en el Perú. Su historia social desde la independencia
(Lima: Pontificia Universidad Católica del Perú, 1996),
cap. IX.
Para la comprensión del papel cumplido por el Si-
namos en el proceso de reformas y su relación con el
movimiento social fueron importantes los trabajos de
Francisco Guerra García, "Sinamos y la promoción de
la participación", en Carlos Franco (comp.), El Perú de
Velasco, tomo III (Lima: Centro de Estudios para el De-
sarrollo y la Participación, 1983), pp. 681-708; Carlos
Delgado, El proceso revolucionario peruano: testimonio de
lucha (Ciudad de México: Siglo XXI, 1976); Revolución
peruana: autonomía y deslindes (Lima: Universo, 1975);
Carlos Delgado, Revolución y participación (Lima: Edi-
ciones del Centro, 1974); y Carlos Franco, La revolu-
ción participatoria (Lima: Mosca Azul Editores, 1975).

286
Para una visión sobre las relaciones entre el Sinamos y
los pueblos jóvenes, véase de David Collier, Barriadas
y élites: de Odría a Velasco (Lima: Instituto de Estudios
Peruanos, 1978); Henry Dietz, Pobreza y participación
política bajo un régimen militar (Lima: Centro de Inves-
tigación de la Universidad del Pacífico, 1986); también
de Teresa Tovar, Velasquismo y movimiento popular: otra
historia prohibida (Lima: Centro de Estudios y Promo-
ción del Desarrollo-DESCO, 1985). Sobre el papel del
Sinamos en los procesos de reforma agraria, véase de
Ana Cant, "Impulsando la revolución: Sinamos en tres
regiones del Perú", en Carlos Aguirre y Paulo Drinot
(eds.), La revolución peculiar. Repensando el gobierno mi-
litar de Velasco (Lima: Instituto de Estudios Peruanos,
2018), pp. 283-317.
No existen estudios específicos sobre los partidos po-
líticos durante el velasquismo. Esa relación fue recons-
truida a partir de la historia política. Para la posición del
APRA frente al régimen militar, véase de Nelson Manri-
que, ¡Usted fue aprista! Bases para una historia crítica del
Apra (Lima: Pontificia Universidad Católica del Perú,
2009), pp. 367-412; Nicolás Lynch, "El APRA y la dicta-
dura militar, 1968-1978", en Mariano Valderrama, Jor-
ge Chuflé, Nicolás Lynch y Carlos Malpica, El APRA: un
camino de esperanzas y frustraciones (Lima: Ediciones El
Gallo Rojo, 1980), pp. 165-227. Para la posición de los
partidos de izquierda frente al velasquismo véase de Ricar-
do Letts, La izquierda peruana: organización y tendencias
(Lima: Mosca Azul Editores, 1981); Alberto Adrianzén
(ed.), Apogeo y crisis de la izquierda peruana: hablan sus
protagonistas (Lima: Idea Internacional, 2011); Gustavo
287
Espinoza, Con la esperanza viva. Memorias de un comu-
nista peruano (Lima: edición del autor, 2019); y Nicolás
Lynch, Los jóvenes rojos de San Marcos (Lima: Universidad
Nacional Mayor de San Marcos, 1990). Para la posición
del Partido Popular Cristiano, véase de Harold Forsyth,
La palabra del Tucdn. Conversaciones con Luis Bedoya Reyes
(Lima: Planeta, 2016); Luis Bedoya Reyes, Gradualidad
en el cambio. Textos esenciales (Lima: Fondo del Congreso
de la República, 2012); Luis Bedoya Reyes, Joven cente-
nario. Realidades de una vida (Lima: Fondo Editorial del
Congreso del Perú, 2018); y Pedro Beltrán, La verdadera
realidad peruana (Madrid: San Martín, 1976). Una visión
general sobre los partidos políticos y el régimen militar en
Francisco Moncloa, Perú: ¿qué pasó? 1968-1976 (Lima:
Horizonte, 1977); y Antonio Zapata, La caída de Velasco.
Lucha política y crisis de régimen (Lima: Taurus, 2018).
La política exterior del régimen militar fue ana-
lizada como parte de las corrientes tercermundistas y
del Movimiento de Países No Alineados. Al respecto,
destacan Germán Alburquerque, "No alineamiento,
tercermundismo y seguridad en Perú: la política exte-
rior del gobierno de Juan Velasco Alvarado", en América
Latina Hoy, n.° 75, 2017, pp. 149-166; Hélan Jaworski,
"La identidad de la política exterior", en Carlos Franco
(comp.), El Perú de Velasco, tomo II (Lima: Centro de
Estudios para el Desarrollo y la Participación, 1983),
pp. 575-612; Ernani Contipelli, "La Comunidad Andi-
na de Naciones y la evolución del proceso de integración
socioeconómica en Latinoamérica", en Estudios de Deus-
to, vol. 64, n.° 1, enero-junio de 2016, pp. 261-280; y
"Javier Alcalde y Gonzalo Romero, "La política exterior
288
del gobierno revolucionario peruano y los cambios en
el orden internacional, 1968-1975", en Agenda Inter-
nacional, año 25, n.° 36, 2018, pp. 257-301. Para los
aspectos económicos de las relaciones internacionales,
véase de Barbara Stallings, "El capitalismo internacio-
nal y el gobierno militar peruano" y Laura Guasti, "El
bobierno militar peruano y las corporaciones interna-
cionales", ambos en Cynthia MacClintock y Abraham
E Lowenthal, El gobierno militar. Una experiencia pe-
ruana, 1968-1980 (Lima: Instituto de Estudios Perua-
nos, 1985), pp. 171-206 y 207-230, respectivamente;
Alejandro Santistevan, Entre el nacionalismo y el peso
del dólar: Perú y Estados Unidos durante el gobierno de
Juan Velasco, 1968-1975 (tesis de licenciatura, Pontifi-
cia Universidad Católica del Perú, 2018).
Los estudios sobre los aspectos culturales del régi-
men militar, antes un tema marginal, están experimen-
tando un auge importante en los últimos años. Para una
visión sobre el discurso histórico del régimen militar,
véase de Carlos Aguirre, "¿La segunda liberación? El na-
cionalismo militar y la conmemoración del sesquicen-
tenario de la independencia peruana" y Charles Walker,
"El general y su héroe: Juan Velasco Alvarado y la rein-
vención de Túpac Amaru II", ambos en Carlos Aguirre y
Paulo Drinot (eds.), La revolución peculiar. Repensando el
gobierno militar de Velasco (Lima: Instituto de Estudios
Peruanos, 2018), pp. 41-70 y 71-103, respectivamente;
Raúl Asensio, El apóstol de los Andes: el culto a Túpac
Amaru en Cusco durante la revolución velasquista, 1968-
1975 (Lima: Instituto de Estudios Peruanos, 2017); y
Leopoldo Lituma, El verdadero rostro de Túpac Amaru,
289
Perú 1969-1975 (Lima: Pakarina, 2011). Una valiosa
contribución sobre el papel de los artistas y sus creacio-
nes para promocionar la reforma agraria en Christabelle
Roca-Rey, La propaganda visual durante el gobierno de
Juan Velasco Alvarado, 1968-1975 (Lima: Instituto de
Estudios Peruanos, Instituto Francés de Estudios Andi-
nos, Biblioteca Nacional del Perú, 2016); Miguel Sán-
chez Flores, Más allá del pop achorado. Una propuesta
de relectura de los afiches de Jesús Ruiz Durand para la
reforma agraria del gobierno de Juan Velasco Alvarado
(tesis de maestría, Pontificia Universidad Católica del
Perú, 2016). Para la política del régimen militar con el
cine y la televisión, véase de Ricardo Bedoya, 100 años
de cine en el Perú: una historia crítica (Lima: Universi-
dad de Lima, Instituto de Cooperación Iberoamericana,
1992), cap. IV; Moisés Fernando Contreras, Constru-
yendo un cine nacional. Los cineastas y críticos de cine
en la década de 1960, el gobierno de Juan Velasco Al-
varado y la Ley de Cine N.° 19327, 1960-1975 (tesis
de maestría, Pontificia Universidad Católica del Perú,
2018); y Fernando Vivas, En vivo y en directo. Una histo-
ria de la televisión peruana (Lima: Universidad de Lima,
2008), cap. 3. Las relaciones del régimen militar con la
prensa están relatadas en Juan Gargurevich, Historia de
la prensa peruana, 1594-1990 (Lima: La Voz, 1991). El
caso de la cancelación del concierto de rock está con-
tado en Alejandro Santistevan, "¿Por qué se canceló el
concierto de Santana en Lima?", en Miguel Sánchez
Flores (ed.), Mitologías velasquistas. Industrias culturales
y la revolución peruana (1968-1975) (Lima: Pontificia

290
Universidad Católica del Perú, 2020); también véase
de Luis Jochamowitz, "El episodio Santana", en Care-
tas, octubre de 2018 (consultado en <[Link]
archivo-expiatorio/el-episodio-santana/>).
La bibliografía que analiza la política económica del
régimen militar es bastante crítica, aunque basada casi
exclusivamente en los indicadores macroeconómicos:
balanza de pagos, grado de inversión privada o produc-
tividad. En este aspecto debemos resaltar a Daniel M.
Schydlowsky y Juan Wicht, "Anatomía de un fracaso
económico", en Cynthia MacClintock y Abraham E
Lowenthal, El gobierno militar. Una experiencia perua-
na, 1968-1980 (Lima: Instituto de Estudios Peruanos,
1985), pp. 119-170; Richard Webb y Adolfo Figueroa,
Distribución del ingreso en el Perú (Lima: Instituto de Es-
tudios Peruanos, 2017); Miguel Jaramillo y Rosa Hua-
mán, "Los sectores no primarios y el mercado interno,
1930-1980"; Gonzalo Pastor, "Perú: políticas moneta-
rias y cambiarias, 1930-1980", y Luis Ponce, "Política
fiscal del Perú, 1920-1980", en Compendio de historia
económica del Perú V: la economía peruana entre la gran
depresión y el reformismo militar, 1930-1980 (Lima: Ban-
co Central de Reserva del Perú, Instituto de Estudios
Peruanos, 2014), pp. 217-264, 265-343 y 345-414,
respectivamente; y Carlos Parodi, Perú 1960-200. Polí-
ticas económicas y sociales en contornos cambiantes (Lima:
Centro de Investigación de la Universidad del Pacífico,
2014). Una visión sobre los aspectos desarrollistas de la
política económica la ofrece E. V. K. Fitzgerald, La eco-
nomía política del Perú, 1956-1978. Desarrollo económico
y restructuración del capital (Lima: Instituto de Estudios
291
Peruanos, 1981); y Daniel Carbonetto, "La opción de
un nuevo modelo de acumulación: sus límites", en Car-
los Franco (comp.), El Perú de Velasco, tomo II (Lima:
Centro de Estudios para el Desarrollo y la Participación,
1983), pp. 423-545. Para una visión sobre la política de
endeudamiento externo, véase de Óscar Ugarteche, Mo-
dernización reformista y deuda externa en el Perú, 1963-
1976 (Lima: Instituto de Estudios Peruanos, 2019).
La crisis del régimen militar y los sucesos que aca-
baron en el derrocamiento de Velasco están relatados
y analizados en varios textos de la bibliografía ya cita-
da. Sin embargo, debemos mencionar algunos trabajos
que tratan de explicar por qué cayó Velasco. Desde una
perspectiva de analista y actor, véase de Héctor Béjar,
La revolución en la trampa (Lima: Socialismo y Partici-
pación, 1976); y los libros de Augusto Zimmermann,
La Revolución Peruana. Camino al socialismo (Lima:
Editora Humboldt, 1976) y Los últimos días del general
Velasco. ¿Quién recoge la bandera? (Lima: edición del au-
tor, 1978). Para un análisis de los significados del mul-
titudinario entierro de Velasco, véase de Adrián Lerner,
"¿Quién enterró la revolución? El funeral de Juan Velas-
co Alvarado"; y para una revisión de las memorias sobre
el velasquismo, véase de Paulo Drinot, "Recordando a
Velasco: las memorias en conflicto del Gobierno Re-
volucionario de las Fuerza Armada", ambos en Carlos
Aguirre y Paulo Drinot (eds.), La revolución peculiar. Re-
pensando el gobierno militar de Velasco (Lima: Instituto
de Estudios Peruanos, 2018), pp. 105-133 y 135-164,
respectivamente.

292
Se terminó de imprimir en los talleres gráficos de
Tarea Asociación Gráfica Educativa
Pasaje María Auxiliadora 156 - Breña
Correo e.: tareagrafica@[Link]
Página web: [Link]
Teléf. 424-8104 / 424-3411
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La colección Historias Mínimas Republicanas que
ahora inicia el Instituto de Estudios Peruanos pone a
disposición del lector los conocimientos generados por
los historiadores profesionales peruanos y extranjeros
durante los últimos años, con un lenguaje ameno y sencillo,
pero sin rehuir ni la complejidad ni la controversia.

El gobierno de Velasco duró siete años en los cuales se


emprendieron de manera casi simultánea la reforma agraria,
la nacionalización del petróleo y de las compañías mineras,
la estatización de la banca, la creación de las comunidades
industriales, la reforma de la educación y el impulso a las
industrias nacionales.

La radicalidad de estas trasformaciones, muchas de la cuales


solo se percibieron décadas después, es lo que explica que
en la actualidad el velasquismo siga siendo un tema de
apasionado debate en la sociedad peruana.

INSTMJTO DE
ESTUDIOS
PERUANOS

Common questions

Con tecnología de IA

La relación entre el gobierno militar de Velasco y el sector industrial fue complicada. A pesar de los intentos del régimen por fomentar la industria nacional mediante protecciones arancelarias y alentar inversiones, los industriales nunca se convirtieron en verdaderos aliados del gobierno. La Sociedad Nacional de Industrias (SNI) y otros gremios vieron con desconfianza las reformas, sobre todo las "comunidades industriales", que promovían la participación de los trabajadores en la propiedad de las empresas hasta un 50% . Las comunidades industriales, creadas por ley en 1970, buscaban compartir los beneficios empresariales con los trabajadores, un cambio radical de la tradicional protección a los propietarios . Sin embargo, los empresarios las rechazaron, temiendo que afectaran la propiedad privada y la libertad de empresa, lo que obstaculizó cualquier entendimiento real con el gobierno velasquista . Estas comunidades, aunque vieron un rápido crecimiento inicial, se convirtieron en focos de confrontación y su importancia decayó tras la caída de Velasco, no logrando el objetivo de armonizar las relaciones entre empresarios y trabajadores .

El proceso de nacionalización de la International Petroleum Company (IPC) en Perú se caracterizó por ser una acción audaz del gobierno militar de Juan Velasco Alvarado, que expropió las instalaciones de la IPC en Talara el 9 de octubre de 1968, medida que fue ampliamente aclamada por la opinión pública, sectores nacionalistas y organizaciones sociales, al considerarse un acto de "dignidad nacional" . Esta nacionalización puso fin a décadas de disputas sobre los derechos de explotación en los yacimientos de La Brea y Pariñas, los cuales la IPC había explotado sin pagar las debidas regalías al Estado peruano . Económicamente, la nacionalización permitió al Estado peruano recuperar control sobre los importantes yacimientos petroleros, pero también dejó a la IPC con la refinería de Talara, aumentando su control sobre el mercado de crudo refinado, lo que generó críticas sobre las concesiones otorgadas . En el ámbito diplomático, la nacionalización provocó tensiones entre Perú y Estados Unidos, que incluyeron amenazas de sanciones económicas bajo la Enmienda Hickenlooper, aunque estas no se materializaron por el temor de EE.UU. a fomentar sentimientos antinorteamericanos en América Latina y por el potencial del Perú de acercarse a países socialistas . El conflicto fue parcialmente resuelto cuando se negoció un acuerdo que involucraba un pago de compensación a la IPC, facilitado indirectamente por un crédito otorgado a Perú por los Estados Unidos .

La intervención estatal en la prensa durante el régimen de Velasco reflejó una situación política crítica hacia el final de su gobierno, caracterizada por la debilidad frente a las fuerzas opositoras y las fracturas internas en las Fuerzas Armadas. La estatización de la prensa en 1974 fue una medida de control que intentaba silenciar a los medios opositores, especialmente en un contexto donde el gobierno enfrentaba presiones tanto de la derecha como de la izquierda . Esta estrategia demostró la incapacidad del régimen para manejar sus problemas internos y externos, pues no logró resolver el problema de la oposición civil y mostró el poder e influencia de La Misión, una facción incondicional al presidente . Además, las tensiones entre diferentes facciones en el régimen, y las campañas antigubernamentales de la prensa, complicaron aún más la situación, evidenciando un régimen en declive . La estatización, aunque diseñada para parecer un proceso de transferencia a la sociedad organizada, dejó efectivamente al gobierno con el control, lo que acentuó el autoritarismo del régimen en sus últimos años .

El gobierno militar de Velasco enfrentó las tensiones económicas derivadas de las expropiaciones y políticas de nacionalización principalmente a través de la implementación de reformas estructurales y la creación de entidades como el COAP y Conap que supervisaban y ejecutaban estas políticas . La expropiación de la International Petroleum Company (IPC) fue una medida emblemática que causó tensiones internas pero que Velasco logró implementar con apoyo de sectores reformistas dentro del Ejército . Además, el régimen promovió la creación de Empresas de Propiedad Social (EPS) para fomentar la participación de trabajadores en la economía, aunque estos intentos encontraron resistencia debido a desaceleración económica y falta de recursos . Las reformas también incluyeron la redistribución de tierras mediante SAIS y CAP, aunque estas políticas generaron conflictos internos y requerían una gestión compleja del crédito agrícola para mantenerse . Las reacciones de sectores conservadores e industriales fueron generalmente de resistencia frente a estos cambios, lo cual añadió un nivel de complejidad a la gestión económica del gobierno .

Velasco consolidó el apoyo de las Fuerzas Armadas a su régimen mediante el control y la neutralización de la Junta Militar. Designó a oficiales leales como Rolando Gilardi, quien apoyó su permanencia en el poder, y ascendió a miembros del COAP a posiciones de generales y ministros . Velasco también asumió la presidencia del Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas, estableciendo un control casi total del poder político y militar . Sin embargo, su enfermedad debilitó su control y capacidad de trabajo, disminuyendo su influencia y la frecuencia de sus participaciones en el COAP, lo que deterioró las relaciones con los militares progresistas y llevó a su aislamiento, afectando su capacidad de arbitraje . La enfermedad también exacerbó tensiones internas y desconectó a Velasco de los militares progresistas y sectores que lo sostenían, facilitando su pérdida de control .

La reforma agraria implementada por el gobierno de Velasco no logró una revolución productiva debido a varios factores. Primordialmente, aunque la producción agraria no se redujo sustancialmente, el crecimiento anual promedio del producto bruto agrícola fue solamente del 2,1%, lo cual no representó una mejora significativa en la productividad . El modelo de cooperativas (CAP y SAIS) establecido estaba basado en un enfoque centralizado y tecnocrático, que no resultó ser eficiente. Estas cooperativas enfrentaron problemas organizativos y económicos, especialmente en la década de 1980, cuando factores externos como la recesión, la escasez de crédito y la retirada de la ayuda técnica estatal dificultaron las operaciones . Además, las tensiones internas dentro de las SAIS y la divergencia de intereses añadieron complejidad al sistema, y el modelo cooperativo no logró fomentar una cultura productiva eficaz . La reforma priorizó el impacto social al cambiar la estructura de poder en el campo, eliminando la servidumbre indígena y el sistema de privilegios de los antiguos terratenientes , pero no estuvo acompañada de mecanismos adecuados para impulsar realmente la producción agrícola a largo plazo.

Las organizaciones campesinas jugaron un papel crucial en las reformas agrarias durante el gobierno de Velasco, expresando sus demandas principalmente a través de movilizaciones y presiones que obligaron al régimen a ajustar y expandir el alcance de las expropiaciones agrarias. Los campesinos, en ocasiones aliados con partidos de izquierda, organizaron tomas de tierras y se declararon en huelga, como ocurrió en la hacienda Huando, impulsando al gobierno a cambiar leyes que favorecían a antiguos propietarios . Además, el movimiento campesino de La Convención fue clave al mostrar la necesidad de una reforma desde el Estado para evitar movilizaciones más radicales desde abajo . Estos movimientos lograron incidencia sobre el ritmo y las formas de la reforma agraria, afectando tanto al tipo de tierras incluidas como al modelo de organización resultante, obligando al gobierno a implementar complejas estructuras como las SAIS con participación comunal .

El gobierno peruano, liderado por Velasco, manejó las presiones internacionales tras la nacionalización del petróleo manteniendo una postura firme ante las demandas de compensación de Estados Unidos, argumentando que la IPC tenía deudas por derechos de explotación impagos . Para evitar sanciones económicas, como la enmienda Hickenlooper, que amenazaban con recortar las cuotas de azúcar en el mercado estadounidense, Perú se preparó mediante un plan de contingencia que incluía explorar nuevos mercados de azúcar, refinar cultivos y fortalecer relaciones comerciales con países socialistas . La administración de Velasco también buscó apoyo diplomático en América Latina y mostró apertura a negociar, lo que involucró a diplomáticos como John Irwin para encontrar una solución aceptable con Estados Unidos . Finalmente, se llegó a un acuerdo donde, aunque la IPC no recibió compensación directa del Perú, Estados Unidos facilitó un crédito y gestionó un pago a la compañía, evitando así la aplicación de la enmienda .

El derrocamiento de Velasco se debió a múltiples factores tanto internos como externos al régimen. Internamente, Velasco perdió el apoyo crucial de los sectores militares progresistas que inicialmente le respaldaban. Su alejamiento de figuras clave y su acercamiento a "La Misión" fragmentaron aún más a las Fuerzas Armadas, debilitando su posición frente a los militares conservadores . Externamente, su apoyo a ciertos sectores como el MLR generó tensiones con los progresistas y sectores civiles aliadas inicialmente al gobierno . También influyó el proceso de acumulación de poder por Francisco Morales-Bermúdez, quien ganó influencia prometiendo continuar con las reformas de manera más institucional, lo que llevó a que figuras progresistas terminaran apoyándolo debido a su retórica reformista . Las fuerzas militares jugaron un papel decisivo en el derrocamiento. Aunque Velasco consolidó poder al principio con reformas y la creación de organismos como el COAP para implementar su visión, su control se debilitó cuando perdió el respaldo de las fuerzas armadas progresistas y fue incapaz de prever y contrarrestar las conspiraciones dentro del ejército . La intervención directa de Morales-Bermúdez, un militar con prestigio tecnócrata, en medio de la crisis, fue determinante, pues logró movilizar a los sectores del ejército que estaban descontentos con Velasco para finalmente reemplazarlo .

Las principales diferencias en la visión de la reforma agraria entre los grupos políticos peruanos antes y durante el gobierno de Velasco se centraron en el alcance, los mecanismos y los objetivos. Antes de Velasco, durante el gobierno de Fernando Belaúnde, la reforma agraria se planteó de manera más limitada, enfocándose en las haciendas de la sierra y evitando alterar los complejos agroindustriales modernos de la costa . Esta visión estaba alineada con sectores más moderados que buscaban acabar con los latifundios pero preservando sostenibilidad económica, es decir, mantenían cierta protección hacia la propiedad grande y tecnificada . Sin embargo, esta reforma naufragó debido a la obstrucción legislativa y la influencia de la oposición en el Congreso, especialmente de sectores comprometidos con los intereses de los hacendados . En contraste, la reforma agraria de Velasco fue mucho más radical y ambiciosa. Velasco y su gobierno militar emprendieron expropiaciones masivas que incluyeron los grandes complejos agroindustriales de la costa, como los ingenios azucareros, que fueron transformados en cooperativas agrícolas . Esta medida no solo buscaba resolver problemas sociales agrarios sino también debilitar la estructura de poder de la oligarquía, pues estas propiedades eran vistas como bastiones de poder de la élite . La reforma de Velasco, al contrario de las propuestas previas, fue impulsada de manera unilateral por el Estado sin necesidad de consenso parlamentario, reflejando una visión más progresista y revolucionaria . En términos sociales, también se buscaba la integración y modernización de las comunidades indígenas rurales mediante la eliminación de estructuras de poder antiguo . Así, mientras Belaúnde optó por una reforma consensuada y limitada, Velasco ejecutó un cambio estructural profundo desde el Estado.

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