Había una vez una joven doncella que vivía en una gran casa con su padre, un noble
importante y su madre una mujer encantadora que se desvivía por su familia. En su
hogar había reinado siempre la felicidad hasta que un buen día su madre enfermó sin
remedio para su mal.
En su lecho de muerte la madre le dijo a la bella doncella: “Hija mía, se piadosa y
buena. Dios te protegerá y yo te cuidaré desde el cielo. Nunca me apartaré de tu
lado. Cuida a tu padre”.
La niña quedó destrozada por la muerte de su madre y acudía todos los días a
llorarla al cementerio. Sin embargo, se esforzó por cumplir la promesa que le había
hecho a su madre.
Al cabo del tiempo, su padre conoció a otra mujer y contrajo matrimonio con ella.
La esposa de su padre aportó al matrimonio dos hijas muy hermosas, pero con un
corazón cruel. La joven doncella, para contentar a su padre, acogió de buen grado a
la esposa y las hijas de su padre. Sin embargo, el recibimiento no fue mutuo.
Sus hermanastras eran muy despiadadas, la trataban muy mal y le quitaban sus
vestidos nuevos. Empezaron a tratarla como si fuese una criada y se burlaban de ella
cada vez que tenían ocasión. La doncella, que había prometido a su madre ser buena,
aceptaba resignada todo el trabajo que le encargaban sus hermanastras y se pasaba el
día limpiando y haciendo tareas del hogar. Cuando terminaba el trabajo duro, la
pobre muchacha no podía ni acostarse puesto que le habían quitado la cama. Como
siempre estaba llena de ceniza y de polvo la llamaban Cenicienta.
Un buen día, su padre les informó de que tenía que ausentarse para asistir a una feria
y les preguntó a sus hijastras y a Cenicienta que querían que les trajese como regalo.
Las hijastras pidieron caros vestidos y sortijas con piedras preciosas y Cenicienta sin
embargo, le pidió a su padre una rama que encontrara a su paso. Su padre regresó y
cumplió el deseo de sus hijas. Cenicienta, nada más recibir la rama, acudió al
sepulcro de su madre, plantó la rama y lloró tanto que sus lagrimas regaron la rama
y esta no tardó en germinar dando lugar a un hermoso árbol. Ella acudía siempre a
descansar al sepulcro de su madre, porque allí se encontraba segura.
Un buen día, el rey organizó una fiesta e invitó a todas las jóvenes del país para
buscar esposa para su hijo el príncipe. Al enterarse las hijastras exigieron a
Cenicienta que les limpiara los zapatos. Cenicienta quería asistir a la fiesta y lo
suplicó a su madrastra. Ésta finalmente ante tanta insistencia, le prometió que podría
acompañarlas a ella y sus hijastras si recogía todas las lentejas que habían caído
sobre la chimenea en menos de dos horas. Cenicienta salió al jardín y llamó a
palomas y pájaros para que le ayudaran a recoger. Éstas acudieron a su llamada y a
la hora ya habían sido recogidas todas las
lentejas.
Cuando Cenicienta informó a su madrastra, ésta le dijo que no podía asistir porque
no tenía vestidos y zapatos para la ocasión, tampoco sabía bailar y les haría hacer el
ridículo. La madrastra y las hijastras se fueron rumbo a palacio.
Cenicienta desolada acudió al sepulcro de su madre a llorar y debajo del árbol
comenzó a decir: “Arbolito pequeño dame un vestido; que sea de oro y plata, muy
bien tejido”.
Un pájaro mágico, que la observaba desde hacía tiempo, hizo su deseo realidad y le
dio un bonito vestido y unos lindos zapatos. Cenicienta se vistió y acudió a Palacio.
Sus hermanastras y su madrastra no la reconocieron y el príncipe al verla se quedó
prendado de ella y la invitó a bailar.
Bailaron hasta el amanecer y llegó la hora de volver a casa. El príncipe se ofreció
para acompañarla, pero Cenicienta se escapó.
Al día siguiente, el príncipe organizó otra celebración y Cenicienta volvió a acudir al
árbol para solicitar otro vestido para el baile. Acudió de nuevo a la fiesta y una vez
más el príncipe no permitió que bailara con otros en toda la noche. Al acabar el
baile, Cenicienta volvió a escabullirse para asombro del príncipe, pero consiguió
seguirla hasta su casa uno de sus vasallos, donde la perdió de vista.
Otro día más, Cenicienta visitó el árbol para pedir otro vestido y acudió al palacio
real posteriormente para bailar con el príncipe sin el conocimiento de su familia. El
príncipe, que ya estaba completamente enamorado de aquella muchacha a la que
apenas conocía, mandó untar pegamento en la escalera y la tercera noche tras el
baile, cuando Cenicienta salió corriendo para volver a casa, perdió un zapato que
quedó pegado en la escalera.
El príncipe se propuso encontrar a aquella muchacha propietaria del zapato para
casarse con ella y acudió a casa de Cenicienta donde sabía por su vasallo que residía.
Habló con su padre y éste mandó a llamar a una de sus hijastras para que se probara
el zapato. Como no le entraba, su madre le pidió que se cortara los dedos. La hijastra
lo hizo, el zapato entró y el príncipe se montó en la carroza con ella rumbo a palacio
para casarse.
De camino, la carroza del príncipe pasó por al lado del sepulcro de la madre de
Cenicienta y dos palomas le comenzaron a decir:
“No sigas más adelante, detente a ver un instante, que el zapato es muy pequeño y
esa novia no es su dueño. El príncipe miró los pies de la hijastra y los vio sangrando
y decidió volver a casa de Cenicienta en su caballo.
Cuando el príncipe llegó, le dijo al padre de Cenicienta que esa no era la hija que
buscaba, que se probara el zapato la otra hermana. Y así se hizo. Como la otra
hijastra tampoco le cabía el zapato, se cortó el talón pero la sangre y la información
de las palomas volvieron a delatarla.
El príncipe preguntó por la tercera hija, pero el padre de Cenicienta no quiso
enseñarla diciéndole: “Tengo otra pobre hija de mi primera mujer, que siempre está
en la cocina, pero esa no puede ser la novia que buscáis”. El príncipe insistió en
verla y Cenicienta se lavó un poco y acudió a la llamada del apuesto galán.
El príncipe le probó el zapato que encajaba a la perfección y al mirarla a la cara
reconoció a la hermosa doncella que había bailado con él y le dijo al padre de
Cenicienta: “Esta es la verdadera novia que busco, la tomaré como esposa.
El padre aceptó ante la presencia pálida de la madrastra y las hijas de ésta que no
podían creer lo que estaba ocurriendo.
Cenicienta se montó en el caballo con el príncipe y cuando pasaron por delante del
sepulcro de la madre de la joven, las palomas comenzaron a decir: “Sigue príncipe,
sigue adelante, sin parar un solo instante, pues ya encontraste la dueña del zapatito
pequeño”. Tras esas palabras alzaron el vuelo y se posaron sobre los hombros de la
joven doncella.
El día de la boda, las palomas acompañaron a Cenicienta y al príncipe a la iglesia.
Al ver a las hijastras que eran hipócritas y envidiosas, las palomas dieron un
escarmiento a las hermanas. Cenicienta y el príncipe vivieron felices.