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Preparativos para un Paseo Escolar

El niño de 12 años se despertó repetidamente la noche anterior a un paseo escolar de varios kilómetros fuera del pueblo, al que finalmente recibió permiso de sus padres de asistir. Había estado ansioso por este paseo por mucho tiempo, pero sus padres habían dilatado su permiso debido a los riesgos. Ahora confiaban en que tenía la fortaleza y madurez suficientes. Los días previos se ocupó cuidadosamente de preparar los suministros y equipo necesarios para el viaje.

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Preparativos para un Paseo Escolar

El niño de 12 años se despertó repetidamente la noche anterior a un paseo escolar de varios kilómetros fuera del pueblo, al que finalmente recibió permiso de sus padres de asistir. Había estado ansioso por este paseo por mucho tiempo, pero sus padres habían dilatado su permiso debido a los riesgos. Ahora confiaban en que tenía la fortaleza y madurez suficientes. Los días previos se ocupó cuidadosamente de preparar los suministros y equipo necesarios para el viaje.

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Amanecer

Despertó repetidas veces esa noche, como suele ocurrir cuando


aguardamos un día cargado de acontecimientos importantes, en cuya
espera nuestros nervios actúan con su máxima sensibilidad y
prontitud.

Después de todo, en su caso ello era explicable, o, si se quiere, lo


normal dentro de lo insólito. En efecto, tras largo tiempo de abrigar
tal ilusión, por fin había recibido la autorización de sus padres para
participar en el paseo de término de curso, a varios kilómetros del
pueblo.

Hasta entonces, reiterada y comprensiblemente, se había invocado


en cada oportunidad, para dilatar el permiso, los riesgos de las
bruscas variaciones climáticas, del vado de los ríos, de las
imprudencias e inexperiencia propias de su edad.

Esta vez como homenaje a sus recién cumplidos doce años, se hacía
fe en una mayor fortaleza y madurez de su parte para enfrentar los
desafíos de la aventura.

La tensión, en verdad, había comenzado varios días antes. Había que


preocuparse minuciosamente de abastecimientos y de otros
preparativos. Nada podía quedar entregado al azar o a la
inadvertencia, y todo, si se trataba de ser ya “grande”, debía ser
cuidadosamente previsto y atendido de modo personal, sin que la
empresa constituyera una carga para otros.

Así fue naciendo, y luego estirándose más y más, una lista de


heterogéneos elementos indispensables: mochila y botas, guantes y
gorro, linterna y cortaplumas, casaca y fósforos, leche y cantimplora,
huevos duros y frutas, leche y pan. Y había sido preciso rebuscar su
semi olvidada presencia en algún rincón de la casa, o pedirlos
prestados, o adquirir lo necesario para prepararlos y llevarlos, hasta
experimentar la satisfacción de que ningún detalle quedaba pendiente
o desatendido.

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