Amanecer
Despertó repetidas veces esa noche, como suele ocurrir cuando
aguardamos un día cargado de acontecimientos importantes, en cuya
espera nuestros nervios actúan con su máxima sensibilidad y
prontitud.
Después de todo, en su caso ello era explicable, o, si se quiere, lo
normal dentro de lo insólito. En efecto, tras largo tiempo de abrigar
tal ilusión, por fin había recibido la autorización de sus padres para
participar en el paseo de término de curso, a varios kilómetros del
pueblo.
Hasta entonces, reiterada y comprensiblemente, se había invocado
en cada oportunidad, para dilatar el permiso, los riesgos de las
bruscas variaciones climáticas, del vado de los ríos, de las
imprudencias e inexperiencia propias de su edad.
Esta vez como homenaje a sus recién cumplidos doce años, se hacía
fe en una mayor fortaleza y madurez de su parte para enfrentar los
desafíos de la aventura.
La tensión, en verdad, había comenzado varios días antes. Había que
preocuparse minuciosamente de abastecimientos y de otros
preparativos. Nada podía quedar entregado al azar o a la
inadvertencia, y todo, si se trataba de ser ya “grande”, debía ser
cuidadosamente previsto y atendido de modo personal, sin que la
empresa constituyera una carga para otros.
Así fue naciendo, y luego estirándose más y más, una lista de
heterogéneos elementos indispensables: mochila y botas, guantes y
gorro, linterna y cortaplumas, casaca y fósforos, leche y cantimplora,
huevos duros y frutas, leche y pan. Y había sido preciso rebuscar su
semi olvidada presencia en algún rincón de la casa, o pedirlos
prestados, o adquirir lo necesario para prepararlos y llevarlos, hasta
experimentar la satisfacción de que ningún detalle quedaba pendiente
o desatendido.