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Juan Eslava Galán
Antonio Piñero TIERRA SANTA
Dos amigos jubilados, Bonoso y Antonio, viajan a Tierra
Santa, Turquía y Grecia para indagar los orígenes del cris-
Antonio Piñero
VIAJE A
tianismo y, de paso, observar la variedad del mundo, las
peculiares costumbres de aquellas tierras y de sus gastrono-
mías. Desde el monte Sinaí, donde Moisés vio a Yahvé en una
zarza ardiente, la peregrinación en busca de la verdad los
VIAJE A
TIERRA SANTA
llevará a seguir las huellas de Jesús y de la densa historia de
aquellos disputados territorios en los que arraigaron reli-
giones, pueblos y pintorescas sectas.
Durante este largo periplo por los lugares clave de las Escri-
turas, los dos amigos reflexionan sobre la veracidad de los
distintos episodios bíblicos, discuten acerca de conceptos
universales como la muerte o la resurrección y arrojan luz
Juan Eslava Galán
sobre temas tan candentes como el conflicto entre Israel y
Palestina.
A través de Bonoso y Antonio,
Juan Eslava Galán y Antonio Piñero
nos embarcan en un recorrido apasionante
por los escenarios más célebres de Tierra Santa
en una obra que combina con maestría
el rigor histórico y el entretenimiento
de un relato de viajes.
HISTORIA P.V.P. 13,95 € 10296421
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Juan Eslava Galán
Antonio Piñero
Viaje a Tierra Santa
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© Juan Eslava Galán, 2022
© Antonio Piñero Sáenz, 2022
Autores representados por Silvia Bastos, S. L., Agencia Literaria
© Editorial Planeta, S. A., 2022
Avinguda Diagonal, 662, 6.ª planta. 08034 Barcelona (España)
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© de los mapas, los planos y las ilustraciones: © Salomart
Iconografía: Grupo Planeta
Diseño de la cubierta: Booket / Área Editorial Grupo Planeta
Ilustración de la cubierta: © Bridgeman Images / ACI
Primera edición en Colección Booket: mayo de 2022
Depósito legal: B. 6.470-2022
ISBN: 978-84-08-25750-9
Composición: Moelmo, SCP
Impresión y encuadernación: Rodesa, S. L.
Printed in Spain - Impreso en España
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Índice
1. Volando voy 13
2. Trepidante aventura en El Cairo 19
3. Dios en la zarza ardiente 28
4. El ascenso a la montaña de Yahvé 36
5. El monasterio del Sinaí 47
6. De cardenales de Roma y hematomas de Israel 51
7. En la tierra reiteradamente prometida 63
8. El imperio que nunca existió 67
9. Jerusalén adorada 80
10. Lamentaciones en el muro 97
11. En el que se habla del Mesías y de los sefarditas 115
12. Tras los pasos de Jesús en coche alquilado 124
13. De feminismos y socialismos en la tierra
de Jesús 129
14. Donde el ángel se anunció a María 136
15. Sobre bellezas terrenales que perpetuamente
testimonian la piedad y la omnipotencia
divina 148
16. El prodigio divino de la Virgen preñada 155
17. Siguiendo los pasos de Jesús cuando hizo
las maletas 161
18. Del fin del mundo, ángeles e infiernos 168
19. De cruzadas, templarios y el malvado Châtillon 174
20. El lago de los milagros 184
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21. Navegando en la «fe» 189
22. La sinagoga donde predicaba Jesús 195
23. Bautismo en el Jordán 202
24. Juan el Bautista revelado 208
25. La cábala 218
26. El jardín de las delicias 230
27. Subida al monte Carmelo 244
28. Por la llanura de Sharon 248
29. Jesús en la encrucijada 258
30. Memorias y sobresaltos 265
31. Novelando la pasión 271
32. Jerusalén de nuevo 277
33. Vía Dolorosa 281
34. El santo y disputado sepulcro 287
35. Cera, aceite, lágrimas y bajsish 296
36. Eutarquio Angarilla, doctor forense 303
37. ¿Resucitó el difunto? 312
38. El resucitado se aparece a mansalva antes
de unirse al padre 322
39. Viaje a Belén 331
40. Tres igual a uno: el enigma matemático
de la Trinidad 341
41. El carajal del paleocristianismo 347
42. Cristianos a la gresca 354
43. El mito de Constantino 373
44. Pablo en Atenas 376
45. Los misterios de Eleusis 378
46. Corinto, la pecadora 389
47. Raki en Éfeso 396
48. Los acuerdos de Nicea 409
49. Los visigodos españoles que siguieron a Arrio 419
50. Donde se intenta explicar qué significa
el Espíritu Santo 422
51. El pecado original 424
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52. Comerse a Dios y beberse su sangre
no es metáfora 428
53. Sobrevolando la católica España 439
Bibliografía 445
Índice onomástico 449
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CAPÍTULO 1
Volando voy
El vuelo IB3350 de Madrid a El Cairo sobrevuela un Mediterráneo lu-
minoso y tranquilo. Falta un cuarto para las cinco horas de vuelo, pero
con viento de cola el Airbus A-340 se adelanta casi veinte minutos.
A Bonoso Cotrufes García, pasajero del asiento B de la fila 16, le
parece un buen augurio de que el asunto que lo lleva a tierra de in-
fieles va a salir bien.
¿Qué negocio lo lleva por esos lares? La elucidación del origen
del cristianismo. Nada menos.
Bonoso no es creyente, sino agnóstico militante, pero como dam-
nificado del nacionalcatolicismo y profesor de Historia, ha decidi-
do interesarse por el tema, ahora que está jubilado y dispone de más
tiempo.
—Bonoso, ¿para qué vas a meterte en indagaciones si tú nunca
has tenido preocupaciones religiosas? —objetó su mujer, Isabel, una
mártir, cuando supo lo que planeaba.
—No me gusta el fútbol, no tengo WhatsApp, no veo la tele, ¿en
qué quieres que me entretenga? Pues en Dios —razonó él.
Ella no terminaba de verlo claro. Lo tentó con las ocupaciones
placenteras que corresponden a un septuagenario.
—Pues reúnete con los amigos a jugar al dominó, vuelve a colec-
cionar sellos o vete a mirar obras municipales o a echarles miguitas
a las palomas del Retiro.
—No me basta, Isabel —insistió pertinaz—. Soy un Homo reli-
giosus, busco el conocimiento, la trascendencia y la inmanencia.
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—Y la impertinencia, me temo —añadió Isabel, resignada.
—Como busca el ciervo corrientes de agua, así, Dios mío, te busca
todo mi ser —recitó Bonoso de memoria—. Tengo sed de Dios, del
Dios vivo, como dice el salmo 41, si no ando muy errado.
—Además —insistió ella—, con la que tienen liada los palesti-
nos, aquello es peligroso.
—Donde está el cuerpo está el peligro —filosofó Bonoso—.
Como dice el libro santo: «No se mueve una hoja de un árbol sin la
voluntad del Altísimo».
—¿Eso dice la Biblia?
—No, lo dice el Quijote. El libro más santo de todos los santos.
Insistía Isabel: que ya no tienes edad, que qué se te ha perdido
allí, que olvidarás tomarte las pastillas, que quién te va a decir qué
camisa ponerte...
Bonoso recurrió de nuevo a la autoridad de la Biblia:
—La mujer aprenda en silencio y sometimiento completo; no ense-
ñe al hombre ni ejerza autoridad sobre él, sino manténgase callada
(1 Tim. 2, 11).
—Eso suena un poquito machista —advirtió Isabel.
—Que la mujer aprenda sin protestar y con gran respeto, dice san
Pablo o, como dicen los modernos, un discípulo suyo. No se con-
sienta que enseñe ni domine al marido, sino que sea discreta (1 Tim. 2,
11-15).
—¿Sabes que me estás tocando las narices? —se encaró la parienta.
—No te enojes, porque el enojo anida en el seno de los necios, dice
el Eclesiastés (7, 9).
Al final, Bonoso se salió con la suya.
—Voy a seguir las huellas de Moisés, de Cristo, de san Pablo, de
quien haga falta. Quiero indagar sobre el origen de nuestras creen-
cias. ¡A pie de obra! ¡Voy en busca de la verdad!
—¿Y si al final descubres que Dios existe? —inquirió, con algo
de sorna, la santa.
—Le pediré que me aclare algunas dudas. Por ejemplo, ¿por qué
ha nombrado su vicario en la Tierra a un peronista demagogo?
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Durante el vuelo, a la altura de la isla de Lampedusa, el mar que
cruzan las lanchas neumáticas plenas de suprasaharianos y subsaha-
rianos camino a Europa con el regalo de su presencia multicultural
y plurirreligiosa, Bonoso hojea la revista de a bordo.
Entre los anuncios de relojes S. T. Dupont («Be exceptional»), de
perfumes de Louis Vuitton, de Kolumbus premium cigars, de suc-
cionadores de clítoris Satisfyer Luxury Prêt-à-porter y otros símbo-
los de estatus reservados a los que buscan el paraíso en este mundo
y se despreocupan de la vida ultraterrena, nuestro hombre encuen-
tra una entrevista a un famoso paleoantropólogo de los que excavan
en el yacimiento de Atapuerca.
«¿Cuándo nacen las ideas religiosas?», le preguntan.
«Los datos apuntan a que ya existían hace unos 200.000 años.»
«¿Cómo lo sabemos?»
«Los enterramientos rituales sugieren la creencia en entes supe-
riores y en otra vida después del valle de lágrimas.»
«Así nace la religión —reflexiona Bonoso apartando la mirada de
la revista para posarla en las nubes algodonosas que aparecen por la
ventanilla—. El hombre es el único animal consciente de su propia
muerte, una consecuencia negativa del desarrollo de la inteligencia.
Por eso se inventó una vida ultraterrena.»
El hombre primitivo se angustiaba. No se resignaba a morir sin
más, a ser tan frágil, tan finito.
Eso fue antes de la Revelación, amigo lector.
Para la humanidad hay un antes y un después de la Revelación.
¿En qué consistió la Revelación? La propia palabra lo dice: algo
que estaba oculto se reveló; el hombre, que andaba caviloso y preo-
cupado por esas dudas metafísicas acerca del sentido de su existen-
cia, obtuvo de pronto las respuestas y pudo respirar tranquilo.
Sobre este asunto de la Revelación hay dos teorías: la de los ateos,
agnósticos y demás ralea, y la de los creyentes (o crédulos).
¿Qué sostienen los agnósticos y los ateos? «La Revelación es una
estafa, es el invento del sacerdote, del brujo, del chamán, del como
queramos llamarlo...; un vivales que llevaba tiempo cavilando la ma-
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nera de no dar golpe y vivir a costa del trabajo de los demás, sus pró-
jimos.»
El futuro sacerdote, todavía simple seminarista desde nuestra óp-
tica cristiana, se dirigió al hombre angustiado y le dijo:
—No temas a la muerte, hijo mío. Existe otra vida mejor que
esta... Uno no muere, solamente se transforma en otra cosa. Parece
que muere, pero en realidad va a otro mundo, a otra dimensión.
—¿Ah, sí? —replicó el hombre.
—Sí, créeme —respondió el sacerdote—. Ahora bien: si quieres
merecer esa otra vida, procura que a mí no me falte de nada y que
viva con desahogo y comodidad. De este modo podré dedicarme
a intermediar entre Dios y tú.
—¿Ah, sí? —repitió el hombre.
—Sí, hijo mío: yo soy el que administra el tránsito hacia el Más
Allá..., y el que te ilumina sobre su contenido.
—¿Cómo es eso? —vuelve a preguntarse Bonoso como atribula-
do mortal.
—Es porque en el Más Allá existe un Dios, una criatura supe-
rior, que ha creado el mundo y todo lo que ves.
—Ya, ya... ¿Así que ese Dios, que vive en el cielo, te ha confiado
la administración de sus propiedades en la Tierra?
—Así es. Tú no te preocupes por nada. Entrégame parte de tus
bienes, para que yo viva sin dar un palo al agua y mantenido con la
dignidad que como vicario de Dios merezco, que yo rezaré y velaré
para que tu alma, la mismidad tuya misma, pueda gozar de toda
clase de comodidades en el Más Allá.
En ese instante Bonoso detiene su diálogo interior y vuelve a mi-
rar por la ventanilla. Nubes y más nubes. El avión flotando en una
nada aparente. Las pasajeras de los asientos de atrás, dos señoras de
mediana edad, hablan tan alto que puede seguir su conversación sin
aguzar el oído:
—Yo, si volviera a nacer, sería puta de soldados antes que volver-
me a casar —dice una.
La otra es de diferente opinión:
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—Yo no quiero que se muera, entiéndeme, pero a un par de añi-
tos o tres de viuda tampoco le haría ascos.
Bonoso vuelve su atención a la revista y a las respuestas del pa-
leontólogo.
Así nacieron las religiones... hace quizá unos 70.000 años —exis-
ten muchísimas teorías, sobre las que no es momento de detener-
se—, y así nacieron los sacerdotes que las administran.
Los sacerdotes. Los elementos más listos del rebaño o de la hor-
da original. Ellos ideaban una explicación sobrenatural para todo lo
que sus feligreses no entendían.
Al principio casi todo entraba en el lote: el día y la noche, la
Luna y el Sol, las estrellas que lucen en el firmamento, los planetas,
la influencia de las fases lunares (en las mareas, en la floración, en el
ciclo menstrual de las mujeres), el grano que se pudre y la espiga que
germina, la sucesión de las estaciones, ahora calor, ahora frío, ahora
viento y lluvia...
Todo en la naturaleza era un puro misterio, por eso las primeras
religiones fueron astronómicas y agrícolas.
Mira Bonoso a su alrededor. Casi todos los pasajeros dormitan,
aparentemente felices, ajenos a los pensamientos que ahora le aco-
san. La azafata rubia lleva tiempo sin aparecer por la cabina. La ima-
gina en su reservado, sentadita, tan feliz, pensando quizá en una cita
galante en El Cairo con un arqueólogo rubio y pavonado del sol,
recién regresado de las pirámides.
«El mundo sigue su rutina. ¿Quién se preocupa por la otra vida,
si la hubiera? La gente va a lo suyo. Bueno, a mí sí me interesa saber
por qué alguna gente cree en cosas increíbles debido al miedo o a la
esperanza en otra vida.»
Reanuda Bonoso la lectura:
«Luego, en la medida en que la humanidad ha ido evolucionando
y ha encontrado una explicación lógica para todos esos fenómenos
naturales, la religión ha ido cediendo terreno hasta quedar prácti-
camente reducida a las primeras y esenciales preguntas: ¿De dónde
vengo, cuánto tiempo me queda, que será de mí cuando muera...?».
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Sobre todo eso, la duda metafísica: ¿existe vida después de la
muerte?
La ciencia no responde a estas cuestiones, ni creo que pueda
hacerlo nunca. Por consiguiente, necesitamos de la religión. Que-
da religión para rato. ¡Que no sufran los intermediarios, el clero, los
astrólogos, los echadores de cartas, los magos, los adivinos, los char-
latanes y, en general, los que viven del cuento! Su negocio no peli-
gra, su subsistencia está asegurada. Vendemos humo, como recono-
ció ante sus cardenales cierto papa.
Las primitivas religiones se basaban en los ciclos de la naturaleza
y en los acontecimientos astronómicos relacionados con ellas (los
solsticios de primavera y de invierno).1
Bonoso levanta la mirada de la lectura y recuerda a Yahvé, dios
especializado en los fenómenos atmosféricos. La cosa encaja.
Deja de leer y medita de nuevo. ¡El tinglado de las creencias! Lo
que ha originado las miles de religiones que existen en el mundo,
aunque más de media humanidad profesa tres, judaísmo, cristianis-
mo e islamismo, que se basan en un mismo libro, la Biblia. Y es claro
que esta se fundamenta a su vez en las presuntas revelaciones que un
dios llamado Yahvé le hizo a un pastor llamado Moisés en una mon-
taña del desierto del Sinaí.
Y allí es donde Bonoso se dirige con el ansia de inmanencia o tras-
cendencia que supone poner los pies en el mismito escenario donde
ocurrió el prodigio.
A husmear en busca de la verdad, como el jabalí, ese cochino que
busca su trufa en el bosque removiendo la tierra con el hocico.
1. El animismo consiste en la creencia religiosa que atribuye a todos los seres,
objetos y fenómenos de la naturaleza un alma o principio vital. Siendo así también
el ser humano, tiene alma. Afirma además que existen almas superiores, las de los
dioses, que controlan aquello que el ser humano no puede dominar, por ejemplo,
las tormentas, rayos, seísmos y otros desastres naturales. Todo consiste en negociar
con esos dioses: les das lo que quieren —sacrificios u ofrendas— y ellos te protegen
de los desastres. Do ut des («te doy para que me des»), como dicen los que saben del
tema.
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