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Episcopado y Presbiterado: Diferencias Clave

Este documento discute la diferencia entre el episcopado y el presbiterado según el Concilio Vaticano II. Resume que el Concilio ve a los obispos como sucesores directos de los Apóstoles, habiendo recibido la plenitud del sacramento del orden y la función apostólica a través de la consagración episcopal. Los presbíteros participan en esta función apostólica y en el sacerdocio de Cristo a través de la ordenación, pero en un grado diferente al de los obispos. Así, el episcop

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Episcopado y Presbiterado: Diferencias Clave

Este documento discute la diferencia entre el episcopado y el presbiterado según el Concilio Vaticano II. Resume que el Concilio ve a los obispos como sucesores directos de los Apóstoles, habiendo recibido la plenitud del sacramento del orden y la función apostólica a través de la consagración episcopal. Los presbíteros participan en esta función apostólica y en el sacerdocio de Cristo a través de la ordenación, pero en un grado diferente al de los obispos. Así, el episcop

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UN UNICO SACERDOCIO EN DOS GRADOS DIVERSOS: EPISCOPADO Y


PRESBITERADO

I. El problema si la consagración episcopal es sacramental o no está estrechamente conectado con el


problema de la diferencia entre episcopado y presbiterado.
II. Históricamente, desde los inicios del Medioevo se van configurando dos posiciones
contrapuestas.
1. Según s. Jerónimo, la distinción entre episcopado y presbiterado en los inicios no existía, sino
que fue posteriormente introducida por exigencias disciplinares, a causa de las herejías y de los
cismas.
2. Tal igualdad en Jerónimo es comprobada por el testimonio que da de la elección y entronización
del patriarca de Alejandría de Egipto, en los primeros tres siglos, de parte del colegio de presbíteros,
sin la intervención de otros obispos.
3. Dionisio el Areopagita tiene la posición contraria, partiendo, por influjo de la filosofía
neoplatónica, de su visión general de las cosas según las cuales todo lo existente está organizado en
modo jerárquico según órdenes triádicos, para el cual la tríada obispos, presbíteros y ministros es de
institución divina y así la diferencia entre episcopado y presbiterado.
4. Graciano y los primeros decretistas, Pedro Lombardo, Buenaventura, Alberto Magno, Tomás de
Aquino, siguen la doctrina de s. Jerónimo.
5. Doctrina de santo Tomás. El episcopado no es un orden nuevo y propio respecto al presbiterado,
en el sentido que no da al obispo un carácter que el presbítero no tenga; aunque en relación a
algunos sacramentos da una cierta potestad, sin embargo en relación al Cuerpo del Señor, la
Eucaristía, que es el sumo de los sacramentos, el episcopado no da mayor potestad respecto al
presbiterado; con todo, se puede decir que constituya cierto orden superior al presbítero, por cuanto
se refiere al actuar sobre el Cuerpo Místico, la Iglesia.
6. Según la doctrina de santo Tomás, la diferencia se pone en relación a la potestad de jurisdicción
sobre el Cuerpo místico, que comporta la reserva de conferir algunos sacramentos (confirmación y
orden sagrado) o celebrar algunos sacramentales (algunas bendiciones).
7. En este sentido, el obispo no tiene solo una potestad de jurisdicción superior a los presbíteros,
sino también una potestad de orden; esto porque el obispo tiene principaliter la cura pastoral del
pueblo que le ha sido confiado y no el presbítero. Dicho esto, se puede entender en qué sentido
Tomás diga que el episcopado puede considerarse un orden en el sentido que es un oficio (quoddam
officium) en relación no solo a los actos de gobierno, sino también a algunas acciones sagradas.
8. En relación a la Eucaristía, no constituye un orden diverso del presbítero. La consagración
episcopal hace al obispo hábil para ejercer plenamente lo que ha recibido en la ordenación
sacerdotal. El sacerdocio, considerado en relación a la Eucaristía, es igual en el obispo y en el
presbítero; pero en relación a los fieles, entendido como orden jerárquico, es diverso.
9. Al fin del Medioevo, era sentencia común de los canonistas que el episcopado era un sacramento,
mientras los teólogos pensaban lo contrario, y por tanto la diferencia entre episcopado y
presbiterado era solo de derecho eclesiástico.
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10. En Trento el problema no se trató directamente; sin embargo, fue tocado en algunos puntos. El
can. 7 del Decr. De sacram. Ordinis dice: “Si quis dixerit, episcopos non ese presbyteris superiores;
vel non habere potestatem confirmandi et ordinandi, vel eam, quam habent, illis esse cum
presbyteris communem… a.s.).
11. Ciertamente, el Concilio afirma la superioridad del episcopado sobre el presbiterado, pero deja
abierta la cuestión si tal superioridad es de derecho divino o no.
12. Después de Trento, la sentencia de la sacramentalidad del episcopado se hace común aún entre
los teólogos.
13. El CIC17, can. 949, no resuelve la cuestión, sino que parece más bien estar en la línea de la no
sacramentalidad del episcopado, en cuanto entre las órdenes mayores no menciona el episcopado y
entre ellos comprende también el subdiaconado, que ciertamente es de derecho humano.
14. Antes del Concilio Vaticano II, la sacramentalidad de la consagración episcopal era sostenida en
base a los libros litúrgicos.
III. ¿Según el Concilio, en qué consiste la diferencia entre el orden de los obispos y el orden de los
presbíteros?
1. El Concilio sigue un esquema descendente. Se ve en la sucesión de los números del cap. III de
LG: el n. 19 habla de los Apóstoles, el n. 20 de los obispos, sucesores de los Apóstoles, el n. 21 de
la sacramentalidad del episcopado, los nn. 22 y 23 de la colegialidad, los nn. 24-27 del ministerio de
los obispos y de sus tres funciones, el n. 28 de los presbíteros y el n. 29 de los diáconos.
Sintéticamente se halla todo esto en el n. 28.
2. Los Apóstoles han sido colmados por Cristo de una especial efusión del Espíritu Santo para
cumplir la función (“munus”) de su ministerio apostólico. Tal don espiritual fue por ellos
transmitido a sus colaboradores. Solo los Apóstoles tuvieron la plenitud de tal función, a la cual hoy
lo obispos y los presbíteros participan en diverso grado, en cuanto diverso es en la Iglesia el oficio
de los obispos y el de los presbíteros.
3. La función del ministerio apostólico (“munus ministerii apostolici”), como don espiritual, ha sido
transmitida hasta nosotros a través de la consagración episcopal, a fin que los obispos fuesen los
sucesores de los Apóstoles. Por tanto, la afirmación que por la imposición de las manos y por las
palabras de la consagración viene conferida una gracia especial del Espíritu Santo e impreso el
sagrado carácter, significa que tal consagración constituye perenemente en la plenitud del
sacramento del orden, en el sumo sacerdocio, en la suma del sagrado ministerio; por tanto, en la
plenitud de la sucesión apostólica (LG 21b).
4. El oficio de los obispos como singulares es el de ser visible principio y fundamento de unidad en
las Iglesias particulares (LG 23ª), mientras tomados en su conjunto como Colegio, unidos a su
Cabeza, el Romano Pontífice, es el de representar la Iglesia universal (LG 22b).
5. Sobre la misma línea descendente de los Apóstoles, se hallan los presbíteros. Cristo hace
partícipes de su consagración y de su misión, por medio de los Apóstoles, a los obispos, los cuales
confían en diverso grado la función de su ministerio (“munus ministerii sui”) a varios sujetos.
6. En la ordenación, los presbíteros, por la unción del Espíritu Santo, son marcados por un especial
carácter (PO 2c), reciben los tres “munera” (PO 7ª), participan en el sacerdocio de Cristo (PO 10ª) y
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en la misión y en la función apostólica (PO 2b.d. 10ª). Los presbíteros entran así, aunque no en
plenitud, en la sucesión apostólica.
7. Los presbíteros, pues, participan en el mismo “munus ministerii” del obispo, a través del
sacramento del orden y la misión canónica (PO 2b; 7b). Por ende, los presbíteros, aunque no poseen
el ápice del sacerdocio y dependen de los obispos en el ejercicio de su ministerio, son verdaderos
sacerdotes del NT (CD 15ª).
8. Todo esto une así estrechamente a los presbíteros y a los obispos, que los presbíteros son
colaboradores de todo el orden episcopal, al cual están asociados en comunión jerárquica, y, junto
con el obispo, constituyen un único presbiterio (LG 28b; PO 2b; 7ª; 8ª). Este es el oficio propio de
los presbíteros en la Iglesia.
9. En los documentos conciliares, los presbíteros jamás son definidos como sacerdotes de segundo
orden. Esto que se dice en la nt. 64 al n. 28ª, reportando la carta Ad Decentium de Inocencio I (19 de
marzo 416): “Presbyteri, licet secundi sint sacerdotes, pontificatus apicem non habent”, está en
relación a la afirmación contenida en el texto conciliar: “Presbyteri, quamvis pontificatus apicem
non habeant et in exercenda sua potestate ab Episcopis pendeant, cum eis tamen sacerdotali honore
coniuncti sunt”. En esta carta el Papa Inocencio I usa esta fórmula para probar la reserva, que
ciertamente no es de derecho divino, de la administración del sacramento de la confirmación a los
obispos. Tal reserva no toca la diferencia entre episcopado y presbiterado sobre el plano ontológico.
Por tanto, el texto conciliar quiere afirmar la índole sacerdotal del presbiterado, la unión de los
presbíteros con los obispos y al mismo tiempo su subordinación a los mismos, que se expresa en la
comunión jerárquica (PO 7ª).
10. Una incongruencia se halla en LG 28ª. Si todos, obispos y presbíteros, participan en la misma
dimensión de mediación del único sacerdocio de Cristo, también los presbíteros que hallan la única
y propia fuente de su ministerio en Cristo, deben participar directamente en la vida y misión
(“munus”) de Cristo, como dicho en la misma LG 28ª (“Muneris unici Mediatoris Christi (1Tim
2,5) participes in suo gradu ministerii”), y no en la función del ministerio del obispo (“munus
ministerii sui”), como dicho al inicio de LG 28ª, de otra manera parecería afirmarse que participan
en el sacerdocio del obispo y no de Cristo. La incongruencia puede ser resuelta solo si se aplica
analógicamente la relación Apóstoles-obispos a la relación obispos-presbíteros.
11. Solos los Apóstoles han recibido en plenitud y totalidad la función (“munus”) del ministerio por
directa participación en la consagración y misión de Cristo y las prerrogativas y potestades
extraordinarias, a fin de cumplir la misión propia de fundamento de la Iglesia.
12. Esta función del ministerio apostólico es transmitida a los obispos sucesores de los Apóstoles
(LG 18b; 19; 28ª), pero no en la misma plenitud y con las mismas prerrogativas y potestades
extraordinarias (NEP 1°), porque diverso es el oficio que hoy los obispos deben desarrollar en la
Iglesia respecto al de los Apóstoles.
13. Es siempre la misma función del ministerio apostólico que los obispos transmiten a los
presbíteros en grado subordinado, pero se trata de transmisión, porque, en virtud de su ordenación
los presbíteros participan en la misión y ministerio de Cristo (LG 28ª: “Muneris unici mediatoris
Christi participes”) y por tanto en la misión y en el ministerio de los Apóstoles (PO 1ª; 2b; 7ª).
14. Como los obispos tiene la plenitud del sacramento del orden, el sumo sacerdocio, la suma del
sagrado ministerio y la función del ministerio apostólico en plenitud para desarrollar su misión
propia en la Iglesia actual, pero en la medida y grado limitados respecto a los Apóstoles, así los
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presbíteros reciben la misma función del ministerio (“munus ministerii”), que propiamente es el de
los Apóstoles, pero que es como depositado en el orden episcopal, en grado subordinado, porque la
misión que ellos deben cumplir en la Iglesia es limitada respecto a la de los obispos.
15. Entre los obispos y los presbíteros, por tanto, hay una diferencia de plenitud del munus
ministerii apostolici, pero no de la potestad sacramental de orden. En tal diferente plenitud
consiste la diferencia de grado y no de esencia que, sobre la base de la doctrina conciliar,
podemos decir que existe desde el punto de vista sacramental entre el episcopado y el
presbiterado.
Fundamentalmente, la afirmación de la sacramentalidad de la consagración episcopal es la base
teológica por dos puntos doctrinales:
1) La colegialidad, en cuanto “Membrum Corporis episcopalis aliquis constituitur vi
sacramentalis consecrationis et hierarchica communione cum Colegii Capite atque
membris” (LG 2; can. 336), donde la consagración episcopal es de considerar como la
causa eficiente y la comunión jerárquica la condicio sine qua non para que uno sea
miembro del Colegio episcopal;
2) El conferimiento al obispo de la consagración no solo del “munus santificandi”, sino
también de los “munera docendi et regendi”, los cuales, sin embargo, “natura sua nonnisi in
hierarchica communione cum Collegii Capite et membris exerceri possunt” (LG 21b; can.
375, §2);
3) Por una parte, existe una estrecha relación y unidad en los tres munera y por otra el
conferimiento de la potestad de enseñar y de gobernar es colocado en relación con la
consagración episcopal, porque ésta confiere la habilitas para recibir el oficio con el cual es
conferida tal potestad.
16. En estrecha dependencia de la diferencia que existe entre el episcopado y presbiterado sobre el
plano sacramental, se pone aquella sobre el plano jurisdiccional.
17. La Comisión doctrinal del Concilio no quiso entrar en la definición de la cuestión de la
diferencia entre el episcopado y presbiterado y del origen inmediato por vía sacramental o mediata
por vía jerárquica de la potestad de jurisdicción. Fue trabajoso discernir la cuestión del origen de la
potestad de los obispos: si de Cristo a través de la consagración episcopal o mediatamente a través
de la comunión jerárquica, expresada por la misión canónica dada por el Romano <Pontífice o en
otro modo legítimo.
18. De todo el iter de formación de los textos se puede con certeza afirmar una cosa: el Concilio no
ha querido resolver la cuestión; por tanto, no se puede hacer depender de la afirmación de la
sacramentalidad del episcopado la cuestión del origen de la potestad de los obispos de la
consagración misma.
19. Los tres munera son de origen sacramental y en su unidad, como único munus pastorale
apostólico, indican la asimilación a Cristo Mediador y Cabeza de la Iglesia. Esos se deben distinguir
de la potestas de enseñar y gobernar, como capacidad y derecho a ejercer actos específicos de tales
munera; potestas que viene recibida con el conferimiento del oficio trámite la misión canónica (can.
381, 1; PG 43, 9, 56).
20. Finalmente, al presbítero, que debe estar en comunión jerárquica con el orden de los obispos
(PO 7ª), en fuerza del oficio que se le confiere, por medio de la misión canónica se le transmite por
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la legítima autoridad la potestad de gobierno en modo congruente al oficio que debe desarrollar en
la Iglesia particular y en la local.

UN MINISTERIO SAGRADO, NO SACERDOTAL: EL DIACONADO

1. LG29 ofrece elementos que tocan a la naturaleza del diaconado:


1) es un grado inferior de la jerarquía;
2) no es “ad sacerdotium, sed ad ministerium”;
3) comunica una gracia sacramental para ejercer la “diaconía” de la liturgia, de la palabra y de la
caridad.
2. En LG 29ª el diaconado no viene definido en relación a Cristo; ni siquiera definido en relación al
triple munus de santificar, enseñar y gobernar, como se dice de Cristo mismo (LG 21b), de los
Apóstoles (LG 19), de los obispos (LG 21b), de los presbíteros (L 28ª) y de los laicos (LG 31ª).
3. LG 41d, en el contexto de la vocación universal a la santidad y del multiforme ejercicio de ésta,
dice: “Missionis autem et gratiae supremi Sacerdotis peculiari modo participes sunt inferiores
quoque ordinis ministri, imprimis diaconi, qui mysteriis Christi et Ecclesiae servientes”. Los
diáconos vienen comprendidos entre los otros ministros, de orden inferior, distinguiéndolos
claramente, desde un punto de vista substancial, de los presbíteros y de los obispos, de los cuales se
habla aparte.
4. Para dilucidar si tal grado inferior se debe considerar sacramento o no, se debe considerar el
hecho que en LG 29ª se dice: “Gratia etenim sacramentali roborati” y en AG 16f: “Iuvat enim viros,
qui ministerio vere diaconali fungantur… per impositionem manuum inde ab Apostolis traditam
corroborari et altari arctius coniungi, ut ministerium suum per gratiam sacramentalem diaconatus
efficacius expleant”.
5. Por ende, lo que distingue al diácono de un laico no son las funciones que puede ejercer, porque
esas las puede ejercitar también un laico, sino el hecho que por la imposición de las manos el
diácono recibe la gracia sacramental.
6. Se habla de gracia sacramental, pero no expresamente de sacramentalidad del diaconado o de
ordenación sacramental.
N.B. No solo autores recientes mueven dudas sobre la índole sacramental del diaconado, que por
una parte está fundada en la tradición y en el magisterio. Ya en otro tiempo, Durando, Cayetano, de
Vitoria la negaban expresamente; Alfonso de Liguori afirmaba no improbable la no
sacramentalidad, mientras Bellarmino la consideraba “assertio certissima”.
7. En ningún texto del Vaticano II se dice que los diáconos, con la ordenación, reciben una potestas
sacra, porque todas sus funciones pueden ser ejercidas también por un laico; ni se afirma que con la
imposición de las manos reciben el carácter.
8. Del carácter, hace mención Pablo VI en Sacrum diaconatus ordinem; en la introducción,
haciendo referencia al texto de Ad gentes 16f dice: “qui non tamquam merus ad sacerdotium gradus
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est existimandus sed indelebili suo charactere ad praecipua sua gratia insignis ita locupletatur, ut qui
ad ipsum vocentur, in mysteriis Christi et Ecclesiae stabiliter inservire possint”.
9. El carácter y la gracia que reciben, según Pablo VI, revelan la naturaleza de este orden. En esta
línea, el Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1570, dice: “eos signat sigillo (“charactere”) quod
nemo delere potest et quod eos configurat Christo qui factus est “diaconus”, id est omnium
minister”.
10. Ad pascendum lo considera “orden intermedio” (“medius ordo”), entre la jerarquía superior y el
resto del pueblo de Dios, como “signum vel sacramentum ipsius Christi Domini, qui non venit
ministrari, sed ministrare”.
11. El c. 1008 afirma el carácter indeleble para todos los que por institución divina son constituidos
ministros sagrados con el sacramento del orden.
12. El Catecismo de la Iglesia Católica, n. 875, así se expresa: “De Él los obispos y los presbíteros
reciben la misión y la facultad (el "poder sagrado") de actuar in persona Christi Capitis, los
diáconos las fuerzas para servir al pueblo de Dios en la "diaconía" de la liturgia, de la palabra y de
la caridad, en comunión con el obispo y su presbiterio”. En base a esto, Benedicto XVI ha cambiado
el texto, mp. Omnium in mentem, 26 octubre 2009, y ha introducido el par. 3.
13. Sin duda, la ordenación diaconal tiene naturaleza sacramental (cf. Pío XII. Const. ap.
Sacramentum ordinis, 30 nov. 1947, que establecía para el futuro la materia y la forma del
sacramento del orden en los tres grados.
14. Por otra parte, se debe explicar por qué el diácono no recibe la imposición de las manos para el
sacerdocio y si se puede decir que con el diaconado se tiene una cierta participación en el
sacerdocio ministerial.
15. En ningún lugar del Vaticano II los diáconos son llamados sacerdotes.
16. El diaconado no forma parte del sacerdocio, porque no confiere algún poder de consagrar el
Cuerpo y la Sangre del Señor y de remitir los pecados. Sin embargo aunque esto no viene
explícitamente afirmado en ningún lugar del Vaticano II, se puede decir que justo porque los
diáconos reciben la imposición de las manos “ad ministerium (Episcopi)”, al servicio del obispo
y también del presbiterio, la ordenación confiere una participación al munus del ministerio
apostólico en un grado que comunica un poder de santificación, nuevo respecto al ya recibido
en virtud del bautismo, no en orden a los sacramentos, que tocan solo a quienes están en el
grado del presbiterado y del episcopado (confirmación, Eucaristía, penitencia, orden sagrado,
unción de los enfermos), sino en orden a los sacramentales de los cuales pueden ser ministros
(c. 1168).
17. Además, la ordenación confiere a diácono una participación en el munus del ministerio
apostólico también en orden al anuncio de la palabra y de la predicación (cann. 757; 767,1)).
18. Se puede, por tanto, afirmar que el diácono, sea permanente que transeúnte, no permanece en el
sacerdocio común, sino que tiene una cierra participación, aunque en un grado muy estrecho, en el
sacerdocio ministerial o jerárquico. Por esto se halla en el primer gado del sacramento del orden y
forma parte de la jerarquía eclesiástica. Sin embargo, es cierto que no por esto el diácono entra en la
sucesión apostólica y está constituido pastor en la Iglesia, en cuanto no actúa in persona de Cristo
Cabeza.
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19. El Dir. Diaconatus originem del 22 de febrero de 1998 de la Congregación para el Clero, en el
n. 41, afirma que el diácono permanente tiene siempre la precedencia sobre los fieles no ordenados.
20. Se puede concluir que el munus del ministerio apostólico es uno y viene participado en grados
diversos por los obispos, presbíteros y diáconos. El munus no indica simplemente las funciones que
son propias de tal ministerio, sino la participación ontológica en la consagración y misión de Cristo.
21. Hemos considerado la diversa gradualidad de transmisión del munus del ministerio
apostólico de los Apóstoles a los obispos y de éstos a los presbíteros. En la misma lógica, se
puede decir que el obispo, transmitiendo con la ordenación al diácono el munus de su
ministerio para el oficio que debe ejercer en la Iglesia, transmite una limitada participación al
munus del ministerio apostólico, en orden al anuncio del Evangelio y a la celebración de los
sacramentales.

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