Roberto Pineda Camacho
Profesor de la Universidad Nacional de Colombia y de la Universidad de los
Andes
El territorio del Caquetá y sus habitantes en 1850
La región amazónica había resistido exitosamente a los intentos de integración de
la economía colonial. Esta situación era palpable a mediados del siglo pasado.
Para 1849, los inexactos censos de la época estimaban la población total del
territorio del Caquetá (conformado por las antiguas jurisdicciones de Mocoa y
Andakí) en 16.791 habitantes, de los cuales 254 eran blancos, entre ellos dos
sacerdotes (en Sibundoy y Aguarico) (Cuervo, 1894).
En el mismo año, la vieja población de Mocoa albergaba 370 personas, incluidos
40 colonos. Entonces desempeñaba un precario rol de epicentro regional y de
eslabón del comercio entre Pasto y Belérri del Pará. En 1858, por ejemplo, un
diligente prefecto utilizaba aquel poblado como base de operaciones para
negociar grandes cantidades de cacao y cera de abejas con Pasto, y oro,
zarzaparrilla y quina con Belém. Al tiempo, en esta última ciudad se
aprovisionaba de ropa y otras mercancías que vendía a los nativos de aquella
región, así como a los vecinos de Popayán y Pasto.
Los Siona eran los indígenas más numerosos del alto Putumayo. Su idioma había
sido popularizado por los misioneros franciscanos durante el sigloXVIII, ya que
había sido tomado como lengua franca de las misiones de la zona. Su territorio se
extendía desde el río Orito hasta las riberas del río Caucayá; vivían dispersos en
diversas localidades (San Diego, San José, Montepa, Concepción), en las cuales
la capilla central y otros aspectos del asentamiento recordaban la presencia
frustrada de los misioneros (Obando, 1980).
Los pueblos tenían un carácter inestable; cuando el jefe o un personaje
importante fallecía (entre ellos un hombre blanco que supiese leer y escribir) la
localidad se abandonaba. En estos casos se dispersaban sus habitantes por otras
poblaciones, o establecían una nueva aldea.
Estos indígenas eran por lo menos de derecho monógamos. La autoridad local la
compartían el cabildo y los chamanes, quienes constituían el verdadero poder
regional.
Los Siona se dedicaban a la agricultura, la caza y la pesca, y abastecían a Mocoa
con productos de estas dos últimas actividades; para fortuna de los viajeros,
tenían grandes habilidades como bogas.
Su presentación personal no podía ser más hermosa. Lucían tocados de plumas y
se pintaban el rostro y los pies con colores rojos. Los hombres lucían en el cuello
multitud de sartas, algunas de semillas de olor penetrante y de vistosas chaquiras
multicolores y, atadas a los brazos, plantas de fuerte olor aromático. Las mujeres
usaban collares de chaquiras y una corta enagua. Todos vestían una cushma al
estilo andino, aunque con la desaparición de las misiones se vieron obligados a
fabricarlas de cortezas de árboles (Ibid).
En la antigua región de los Andaki vivían, entre otros, los Makaguaje, Koreguaje,
Tama y Karihona, establecidos en múltiples localidades dispersas en la selva y en
las orillas de los ríos. Los Makaguaje habitaban, por ejemplo, las partes altas de
los ríos Mecaya, Senseya y Caucaya. Ambos sexos vestían una túnica de corteza
vegetal de color morado, llevaban las cejas depiladas y las orejas, narices y labios
horadados, colocándose allí plumas y chaquiras. Cultivaban yuca amarga,
recolectaban hormigas, capturaban tortugas. Aunque gustaban mucho del arroz
con mantequilla, sus platos preferidos eran el 11 casaramano" y el gusano
"mojojoy". Comerciaban en particular con cera, hamacas, curare, peines, etc. a
cambio de herramientas y chaquiras que recibían de los pastusos (Friede, 1945).
Los Koreguaje también vestían bellamente. Fabricaban sus collares y coronas
con plumas de garza o de guacamayo, chaquiras y conchas de madre perla.
Llevaban ceñidos los brazos y las piernas con una cuerda muy apretada.
Cuando un hombre Koreguaje moría le pintaban todo el cuerpo, posteriormente
lo colgaban en un árbol para que "se lo coman los gusanos y queden los huesos
limpios". Al cabo de una cuarentena sus restos eran incinerados, y las cenizas
consumidas por sus parientes más próximos durante una fiesta ritual.
Cultivaban yuca, plátano, caña de azúcar y maíz, entre otros productos. Se
dedicaban también a la extracción de cera para intercambiarla por mercancías. A
este respecto los Karíhona eran, de acuerdo con el misionero Albis (1934), bien
precavidos. Así, si un hacha importada por los pastusos se rompía, la devolvían
con este discurso: "Toma tu hacha que no sirvió; no vuelvas con herramienta
floja, porque te molestas con el tan largo camino y pierdes tu trabajo".
En aquel entonces la localidad de Solano, sobre el río Caquetá, constituía la
avanzada de la colonización, aunque allí residían solamente 32 blancos y un total
de 223 nativos. El pueblo estaba formado por unas pocas casas de paja, y se
hallaba comunicado con el valle de Neiva mediante un camino de herradura
(Figueroa, 1986).
La comarca de Araracuara y el "rescate" de indígenas
El sector del río Caquetá comprendido entre los raudales de Araracuara y Cupatí
(La Pedrera) y el curso inferior del Putumayo colombiano. permanecía aún más
aislado de la acción del naciente Estado. Sus habitantes se encontraban
vinculados fundamentalmente con el Amazonas brasileño, e incluso con la región
del Río Negro.
Entre Araracuara y los chorros de La Pedrera existía una densa población
indígena que había logrado aislarse, en parte por la protección natural que
dispensaban los raudales. Asimismo, en las áreas aldedañas a los ríos Igara
Paraná y Cara Paraná vivía una población aborigen numerosa.
Los viajeros de comienzos del presente siglo dan cuenta de una alta
concentración demográfica y de la existencia de diversos grupos indígenas (Bora,
Andoke, Witoto, Muinane, Resiguero, Okaina, etc.) en los bajos ríos Caquetá y
Putumayo. Estas gentes estaban divididas en diversos linajes locales, los cuales
generalmente residían en una o más malocas, o casas colectivas. Cada maloca
estaba presidida por un jefe o "capitán cuya función fundamental era la
promoción de la actividad ritual. Los miembros de una maloca se dividían en
diferentes rangos sociales y rituales, según su pertenencia al grupo de los 11
propios" de la maloca o al de los "trabajadores".
La economía local se basaba en la agricultura de 11 roza y quema", con siembra
de productos como la yuca brava, el ñame, la piña, el chontaduro y algunas
plantas psicotrópicas, así como en la caza, la pesca y la recolección de productos
silvestres.
En el área de los ríos Miriti Paraná y Apaporis se concentraban, por otra parte,
varios grupos indígenas (Yukuna, Tanimuka, Matapí, Letuama, Koeruna, etc.),
hablantes de lenguas de las familias Arawak y Tukano. Habitaban en grandes
malocas y poseían instrumentos rituales similares, en parte, a los de los indígenas
del río Caquetá. Los grupos domésticos estaban jerarquizados en "propios" y
Ciertas sociedades del área practicaban el ritual de Yuruparí, típico de las
comunidades ribereñas de los ríos Vaupés e Isana.
La colonización brasileña de las márgenes del bajo río Caquetá (Japurá) era
también muy limitada. Así, en 1850, en esta región existían sólo una feligresía y
una aldea: Maripí y San Matías. Maripí albergaba 400 indígenas, en su mayor
parte Baré, Makú, Mariarana, Passé y Xorríana, si bien había sido inicialmente
fundada con el desplazamiento de indios Yuri y Koeruna del Apaporis y del
Caquetá. San Matías se componía fundamentalmente de 50 indios Yukuría y
Anianá traídos del Miriti Paraná.
Los habitantes de estas localidades se dedicaban a la agricultura, la caza, la
pesca, la obtención de manteca de peixe boi (manatí o vaca marina, Triche chus
inunguís) y de tortuga o "charapa" (Podocnemis expansa), así como a la
extracción de otros recursos silvestres.
En la desembocadura del Putumayo los portugueses construyeron a San Fernando
de Icá. La población de Ega o Tefé, situada sobre el río Amazonas (Solimóes),
frente a la desembocadura del Caquetá, articulaba la vida económica de estos dos
ríos. Según Bates (1962), en 1850 Tefé estaba básicamente habitada por
aborígenes de 16 agrupaciones diferentes, muchos de los cuales habían sido
vendidos cuando niños por los jefes indígenas de las zonas ribereñas del Caquetá,
el Amazonas y el Putumayo.
La actividad económica de Tefé se fundaba, sobre todo, en la utilización servil de
la mano de obra nativa. Los indígenas se comunicaban en lengua Geral. Variaban
sus actividades según la época estacional Cuando ocurría la bajante del río
Amazonas capturaban tortugas, recolectaban sus huevos y preparaban aceite con
ellos, y pescaban pirarucú; en otras temporadas extraían ciertos productos como
el cacao y la zarzaparrilla. En determinadas fechas celebraban algunas fiestas
católicas combinadas con bailes indígenas, como era el caso del ritual de las
frutas de los Yuri del Caquetá.
En 1865, Tavares Bastos encontró numerosos Miraña del río Cahuinarí en Tefé,
Coarí, Tonantins y Saó Paulo de Olivenga, a donde habían sido llevados
intercambiados por herramientas y otras mercancías. Centenares de ellos
fallecieron como consecuencia de las enfermedades, la depresión inicial causada
por el desplazamiento y el maltrato recibido. En el Solimóes se conocía a ¡os
indios traídos del Caquetá con el nombre genérico de caboclos Miraña, lo que
equivalía a calificarlos de salvajes",en oposición a los indios civilizados de las
regiones más próximas (Arnaud, 1981).
Posiblemente el fomento de la navegación de vapor, a partir de 1850, permitió
que los comerciantes locales incrementaran su actividad o "regatón" por los ríos
amazónicos. Esto debió aumentar la trata de esclavos y el desplazamiento hacia
el Solimóes de indígenas del Caquetá colombiano.
La tradición oral de los aborígenes de esta región da cuenta aún de aspectos de
tales acontecimientos. Según la antropóloga M. Guyot (1979), los Bora, por
ejemplo, describen minuciosamente el "Marde la Danta" (como denominan al río
Caquetá), desde Tefé, donde estabael gusano de yuca que parecía gusano divino,
boa del comercio de la danta" hasta Araracuara, donde se localiza el "hueco del
Guacamayo" , "pieza de brujería".
Probablemente, la mayor parte de los indígenas objeto de la trata ocupaban una
posición subordinada huérfanos, prisioneros de guerra, gente de bajo rango ritual
en el contexto de las culturas locales. Algunos grupos se desplazaban
voluntariamente hacia los asentamientos brasileños, en lanchas que ascendían el
río. Los comerciantes fluviales fueron simbolizados por la figura del bufeo. Los
indígenas Andoke cuentan que algunos de los linajes que habitaban en las riberas
del río Caquetá desaparecieron durante el siglo XIX, "engañados" por los
delfines que "simulaban" ser comerciantes. Otros testimonios enfatizan en las
epidemias acaecidas en ese tiempo, vinculadas al tráfico de esclavos y al
comercio, (Pineda C., 1985).
Según un relato Nonuya, los "dueños de las malocas" descendían centenares de
kilómetros por el río Caquetá hasta los raudales de Cupatí, para adquirir cierta
clase de hachas de acero encargadas a los luso brasileños. De regreso a sus
moradas las decoraban y cuidaban con esmero. El primer 11 capitán" Nonuya
que consiguió un hacha la estimaba tanto que la tomó, por lo menos inicialmente,
como sustituto del banco, y permanecía sentado en ella; esta figura revela el
poder simbólico atribuido a la herramienta de acero. La distribución de los
utensilios podía desencadenar serios conflictos en el seno de una comunidad;
algunos hombres influyentes "brujeaban" al mismo "dueño de la maloca" cuando
no eran satisfechas sus aspiraciones, con fórmulas tales como "que te coma el
tigre del hacha". (Ibíd.)
En el Río Negro
El gran Vaupés colombiano inmenso territorio comprendido entre los ríos
Guaviare y Caquetá, constituido actualmente por las comisarías del Guainía, del
Guaviare y del Vaupés forma parte del complejo sistema del alto Orinoco Río
Negro. El río Guainía constituye la porción superior de este último, el cual tiene
un curso de 1.700 kilómetros de longitud hasta desembocar en el Amazonas.
En las márgenes del Río Negro se presentaba, en 1850, una multiplicidad de
situaciones étnicas y sociales. La cultura de los pobladores de su curso inferior y
medio hacía parte de la cultura regional amazónica que por más de dos siglos se
había desarrollado, lentamente, con la fusión de formas sociales indígenas,
portuguesas y aún afroamericanas. La cultura de los caboclos del Río Negro
articulaba los sistemas económicos tradicionales indígenas con formas de
comercio de "regatón" , y creencias nativas con festividades católicas; existían
numerosas prácticas curativas y cognoscitivas tradicionales.
Por esta época se mantenía todavía en vigor el uso de la lengua Geral aún entre
pobladores blancos a pesar de los esfuerzos que el gobierno luso brasileño había
desplegado desde la segunda mitad del siglo XVIII por erradicarla. Aquella había
sido difundida por los misioneros jesuitas portugueses como lengua franca en
toda la Amazonia, desde la segunda mitad del siglo XVI. La "Fala Boa o
Nheengatu se basaba en la lengua de los indígenas Tupí del litoral brasileño; fue
dotada de escritura desde el mismo siglo XVI, con base en los patrones de la
gramática latina. Posteriormente su estructura y léxico fueron cambiando, como
consecuencia del contacto con el portugués y otras lenguas nativas. En 1720 se
había convertido en el vehículo de comunicación social y oficial regional, y había
sido adoptada para la enseñanza en las escuelas y talleres organizados por los
misioneros (Bessa, 1983).
Los misioneros identificaron al héroe cultura¡ Tupí, denominado Tupán ( espíritu
del Trueno cuya morada está en el cielo ), con Cristo. Fomentaron el culto de
numerosos santos patronos de las diversas aldeas; algunos de ellos, como San
Antonio, fueron venerados por grandes sectores de la región del Río Negro y el
¡sana. Al lado de estas prácticas susbsistían los temores hacia el Curupira (o
"espíritu maligno M bosque ) y otros seres del agua y de la selva. Pero la
curación de ciertas enfermedades o estados como el "panema", provocado por la
aparición del bicho visagento, situación en la cual se perdía hasta la propia
sombra (Matta,. 1967) o la violación de numerosas prescripciones, y la inmersión
en estados de contaminación, debía estar a cargo de los chamanes o payés
tradicionales.
Algunos censos estimaban en 31 el total de poblados blancos o mestizos
existentes en 1840 en las márgenes del Río Negro. Para ese año se calculaba su
población total en 28.793 habitantes, de los cuales 14.899 correspondían a la
parte baja y 13.894 a los asentamientos nucleados de sus sectores altos,
controlados en alguna medida por el imperio del Brasil. La vida de este río tenía
como epicentro la ciudad de Manaos, que para entonces estaba poblada por 8.500
habitantes, de los cuales aproximadamente 900 eran blancos. Las localidades del
alto Río Negro albergaban indígenas de diversos grupos étnicos (Baré, Baniwa,
Makú, Vaupés y Coeuana). Se trataba de pequeños asentamientos cuya población
oscilaba entre unas cuantas decenas hasta unos pocos centenares de moradores;
sólo excepcionalmente se encontraban poblados que rebasaran estas cifras.
Los pobladores del alto Río Negro, como en general los de toda la Amazonia, se
dedicaban a la extracción de ciertos recursos silvestres o a la fabricación de
algunos objetos artesanales que intercambiaban por mercancías. En 1840
solamente existía una población nucleada en el río Vaupés, localizada en su
desembocadura: Coané, con 250 habitantes, indígenas Tukano del mismo río, y
Coeuana (Kubeo). Los pobladores de Coané extraían brea, cayarurú y
zarzaparrilla.
En la parte superior del alto Río Negro vale decir en el Guainía, Isana, Vaupés,
Tiquié, etc los indígenas se encontraban mucho más libres del control portugués,
posiblemente por la existencia de numerosos raudales que dificultaban el
desplazamiento de las embarcaciones de remo o de vela, y que hacían casi
imposible el ascenso de los buques de vapor. Alfred Russell Wallace constató,
según lo relatara en su famoso libro A narrative of travels on the Amazon and
Río Negro, un contraste entre la situación del Vaupés y del Isana.
Las comunidades Baniwa del río Isana tenían un estilo de asentamiento caboclo,
con pequeñas casas de techos pajizos y paredes de barro, habitadas por familias
nucleares. Al contrario, las sociedades del Vaupés vivían, sobre todo a partir del
río Cuduyarí, en grandes malocas y casas colectivas, donde celebraban sus
rituales tradicionales. Wallace habría encontrado también asentamientos
tradicionales en el ¡sana si hubiese ascendido aún más el río o penetrado en
ciertos de sus afluentes.
Mesianismo y opresión social en los ríos Isana y Vaupés
En 1850 51, Tenheiro Aranha, primer presidente de la provincia del Amazonas
(en el Brasil), inició la puesta en práctica de diversas políticas oficiales
destinadas a "reactivar" económicamente la región del Río Negro y a incorporar a
la vida "útil" a sus habitantes indígenas, particularmente a los llamados
"Gentios", o sea aquellos que todavía mantenían su independencia de las
autoridades del imperio brasileño y se hallaban marginados de la actividad
comercial. Su estrategia se basaba en el reforzamiento militar de los puestos
fronterizos y en el fomento de las misiones (Wright, 1981).
Jefes del área fronteriza como aquel, junto con algunos comerciantes,
intensificaron la explotación económica de la fuerza de trabajo nativa, pues
obligaron a los indios a movilizarse a ciertas áreas del bosque con el fin de
recolectar productos forestales, entre ellos zarzaparrilla, para pagar sus deudas, o
acaparaban su producción de faríña, bancos, cerámica, hamacas, etc.
Durante el decenio de 1850 se incrementó notablemente el tráfico de esclavos
indígenas con la complicidad de las mismas autoridades de Manaos y de Belérri
del Pará, quienes requerían a los comerciantes la traída de aborígenes
(generalmente niños) de la zona en mención o de las áreas aledañas. Además, el
gobierno local estimuló el desplazamiento compulsivo de los indios para trabajar
en obras públicas como fue el caso de la construcción del fuerte del Cocuy o de
Cucuhy en condiciones pre carias para su supervivencia. Simultáneamente se
presentaron diversas epidemias de viruela y "fiebres malignas" que asolaron los
poblados. Como consecuencia de esta situación, los indígenas optaron por
abandonar los asentamientos ribereños y se refugiaron en el interior del bosque.
En este contexto surgieron diversos movimientos mesiánicos en los ríos ¡sana y
Vaupés. En 1857, un mestizo llamado Venancio, que había sufrido los vejámenes
del "endeude", organizó un movimiento y se proclamó como "El Santo",
"ElCristo?" y, por último, "Dios". Sus seguidores más próximos le llamaron
"Padre Santo", "Santa María" y "San Lorenzo". Venancio predicaba, bautizaba,
perdonaba las deudas, casaba y curaba. Sus ceremonias religiosas se organizaban
en torno de una cruz, mientras que los participantes entonaban diversas letanías.
Solía presentar algunos síntomas catalépticos, y argüía que durante los mismos se
comunicaba con Dios.
Este mesías no solamente perdonaba las deudas, con el consiguiente escándalo
entre los comerciantes, sino que aseveraba que Dios le había comunicado la
inminencia de un cataclismo universal, un incendio del cual solamente se
salvarían sus seguidores del ¡sana. De otra parte predicaba la liberación del
trabajo ya que, según él, en el paraíso no se necesitaría hacerlo ni poseer chagras.
Esto afectaba particularmente a los blancos, que dependían del trabajo del indio y
de las demandas de mercancías. Como ha sido señalado por los antropólogos
Robin Wright (198 1) y Egon Schaden (1983 84), el movimiento mesiánico de
Venancio articulaba patrones religiosos cristianos con temas propios de la
religión Baniwa.
Las autoridades civiles y eclesiásticas respondieron violentamente. La iglesia del
¡sana fue perseguida por las guarniciones locales; algunos de los líderes fueron
encarcelados. Venancio se vio obligado a huir al alto Río Negro venezolano. los
indígenas se desbandaron temerosos de las masacres y atropellos, como los que
recientemente se habían produ cido.
En 1858 se señaló la existencia de otro movimiento rebelde en el Vaupés. Este
agrupaba indios Baniwa y Tukano. Alejandro, el "Cristo del Vaupés", también
bautizaba, casaba y curaba, a sus reuniones asistía hasta un millar de personas,
haciendo temer a los blancos una rebelión india generalizada contra ellos. Según
un misionero, se llegó a atentar contra la vida de un sacerdote que visitaba el área
de las cachiveras de San Jerónimo.
Alejandro proclamaba que el orden social del mundo sería invertido,
"transformándose" los indios en blancos, adquiriendo su poder y su riqueza. Los
blancos pasarían a ser subordinados o trabajadores. Los propios indios serían
sacerdotes, por lo que no tendrían necesidad de recurrir a padres extranjeros.
Este movimiento fue también severamente perseguido, aunque Alejandro
conociendo lo acontecido con algunos seguidores de Venancio prudentemente
cambiaba de lugar, y jamás pudo ser capturado por los brasileños. Apenas había
pasado el clímax de su movimiento en el Vaupés, cuando nuevos fenómenos
mesiánicos aparecieron al norte de la región, en el río Xié.
Se inicia el ciclo del caucho
La creciente demanda internacional de caucho natural y la revolución en los
transportes, con la introducción de la navegación de vapor, modificaron, a partir
de la mitad del siglo XIX, el panorama regional. La Amazonia se constituyó en el
centro de febriles actividades extractivas que estuvieron acompañadas de una
bonanza sin precedentes para ciertos grupos dominantes, así como de un régimen
de trabajo oprobioso para la mayor parte de los siringueiros.
El nombre del caucho proviene de la lengua de los indígenas Maina, de la selva
amazónica peruana (su etimología es: caa=madera, árbol, y ochu = chorrear, que
llora). Se trata como se sabe, del látex de diversos árboles, particularmente
especies del género Hevea, que se extrae rayando o cortando superficialmente sus
troncos.
Los europeos tuvieron noticia del caucho desde el segundo viaje de Colón. No
obstante, su interés por el mismo creció cuando La Condamine, comisionado por
la Academia de Ciencias de París para medir el arco del meridiano del Ecuador,
envió a aquella una comunicación y muestras de este exudado vegetal (que los
indígenas llamaban también "heve" o 'jebe", nombre que aún se usa en la
Amazonia peruana y sectores adyacentes a la colombiana para especies del
género Hevea. Esta última denominación botánica fue propuesta originalmente
por el medico y botánico francés Fusée Aublet, en 1775, como una versión latina
del fitónimo indígena). Las comunicaciones de Fresneau, naturalista francés que
trabajaba en Cayena, también contribuyeron en el incremento de las expectativas
sobre este nuevo producto.
El caucho se destaca por su notable elasticidad e impermeabilidad. Aunque a
principios del siglo XIX esta materia tenía ya algunas aplicaciones industriales de
escala reducida (botas, capas, mangueras, etc.), su utilización se hallaba
restringida por su gran sensibilidad a los cambios de temperatura, los que
alteraban notablemente la calidad del producto. La invención de los procesos de
masticación, por Hancock en 1819, y de vulcanización, por Good Year en 1839,
abrieron el campo a su explotación industrial en gran escala ya que permitieron
superar aquel y otros problemas.
En 1845, William Thorrison diseñó la fabricación de neumáticos con caucho;
pero sólo en 1888 el veterinario irlandés Dunlop reinicia el uso de tales
neumáticos instalándolos en la bicicleta de su hijo. Como la industria de estos
vehículos estaba en su apogeo, aquel desarrollo técnico fue sistemáticamente
utilizado a partir de entonces. Su futuro quedó asegurado cuando se consolidó, a
principios del siglo XX, la industria automotriz, con la consiguiente demanda de
la goma para las llantas y otras piezas para los vehículos.
Desde 1825 se produce el crecimiento de la explotación del caucho natural a
nivel mundial; en ese año se extraían solamente 30 toneladas; en 1860 son ya
2.670; esta cifra ascendería a 50.000 y 94.000 en 1900 y 1910, respectivamente.
La mayor parte del caucho se extraía del área amazónica, particularmente del
Brasil (Le Bras, 1961).
El caucho amazónico adquirió un lugar destacado en las economías del Brasil y
del Perú. En 1830 se explotaban en el primer país, 156 toneladas; tal cifra
ascendió en 1850 a 1.447 y en 1890 a 23.650 (Santos, 1980). Años más tarde, en
1912, llegó a las 37.178 toneladas. En este país el caucho fue el segundo renglón
de exportación después del café. Para el Perú la actividad cauchera en el
Amazonas también tuvo considerable significación. En 1862 apenas se extrajeron
2 toneladas, pero ya en 1900 la cantidad se elevó a 2.247; tal volumen asciende
aún más considerablemente años después.
El ciclo de la quina y del caucho negro en el alto Caquetá
y Putumayo
El tránsito al ciclo del caucho estuvo precedido, en el piedemonte amazónico
colombiano, por la búsqueda de la quina. Los asentamientos que se establecieron
entonces, y las actividades que se dieron en la vertiente oriental de la cordillera
en esta etapa, tuvieron más relación con el comercio del producto, y con los
lugares de acceso a donde se lo encontraba pisos térmicos templado y frío de los
Andes , que con las tareas de la extracción propiamente dicha.
Los primeros quineros aparecieron en el territorio del Caquetá durante el decenio
de 1870. El valle del Suaza, en el alto Magdalena, se convirtió en la sede de las
nuevas corrientes migratorias, que se instalaron en Santa Librada (Suaza) y La
Concepción (antigua La Ceja). Los buscadores de la corteza vegetal, que se
utilizaba para la producción de drogas antimaláricas, se internaban también por el
río Orteguaza y otras áreas aledañas y comerciaban el producto a través de Neiva.
Un proceso similar se daba en el alto Putumayo. La tranquila Mocoa se convirtió
en centro de actividades quineras, se conformó allí una élite local y la actividad
mercantil se incrementá notablemente. Una embarcación movida por vapor
navegaba el Putumayo y abastecía regularmente a los extractores.
En 1875 inició operaciones la Casa Elías Reyes y Hnos. La empresa se proyectó
por el río Putumayo y fundó en sus riberas diversos establecimientos de acopio.
Y obtuvo de parte del emperador del Brasil, don Pedro ll, el privilegio de
comerciar entre el Amazonas y Puerto Sofía, sobre el Putumayo. En 1876 la Casa
Reyes inauguró, con el "Tundama 11 , la navegación de vapores de bandera
colombiana por este río; posteriormente adquirió nuevas embarcaciones para el
transporte de quina, caucho y tagua al Brasil, desde donde importaba también,
hacia la región, variadas mercancías (Reyes, 1902).
Diversas empresas caucheras se fundaron sobre los ríos Caquetá, Putumayo,
Orteguaza y Caguán, utilizando la fuerza de trabajo nativa y la de algunos
trabajadores de] interior.
El caucho negro (Castilla elastica) que se daba en algunas de estas zonas tiene
cualidades y rendimientos inferiores a los de las especies brasilIensis y Hevea
guianensis, que son las más apreciadas por la calidad de su látex. Por este motivo
los caucheros derribaban los árboles, provocando en pocos años su extinción en
grandes regiones. A estas dificultades se agregaban los problemas de su acarreo a
través de la cordillera hacia los centros clel interior, especialmente a Neiva. El
caucho negro del Caquetá era transportado únicamente por hombres, que debían
transitar por peligrosos senderos. Cuando se llevaba por el río, a Manaos o a
Iquitos, se elevaban considerablemente los costos del producto.
Los caucheros de) Caquetá apoyados en algunas ocasiones por el mismo prefecto
se negaban a seguir las indicaciones oficiales destinadas a evitar el
aniquilamiento de los árboles, ya que, alegaban, no había otra forma de hacer
rentable el producto. Algunos de ellos argüían, además, que si se retiraban del
área, el mismo espacio sería ocupado por caucheros de los países limítrofes, con
gran perjuicio para el suyo propio.
La Guerra de los Míl Días (1899 1902) precipitó la crisis de la explotación de la
Castilla elástica. Los dueños de las caucherías dependían, para su
aprovisionamiento, de las casas comerciales establecidas en Neiva. Estas daban a
crédito las mercancías y los elementos indispensables para la extracción del látex,
y se constituían en los compradores y exportadores de la goma. Los caucheros
adelantaban bienes a sus trabajadores, quienes se veían comprometidos, al cabo
de un período fijo (generalmente un "fabrico", o temporada de trabajo del
caucho), a pagarlos con látex.
Los comerciantes de Neiva consideraron que los riesgos económicos de sus
operaciones se habían elevado, ya que sus productos podían ser confiscados o
destruidos al ser conducidos por el río Magdalena; la guerra había concentrado el
capital comercial en pocos grupos, lo que les permitía monopolizar el mercadeo
del caucho e imponer los precios de otras mercancías. En otros términos, llegaron
a vender caro sus mercancías y a comprar a un menor precio relativo la goma.
Los caucheros se defendieron trasladando, naturalmente, los nuevos costos a sus
trabajadores. Así que, a finales del siglo XIX, la extracción se paralizó; los
barracones se encontraban atestados de trabajadores ociosos, ocupados en juegos
de azar, dedicados a la bebida y a las mujeres (lo que técnicamente se llama
consumo "conspicuo y ostentoso ), sin asomo de motivación para el trabajo, pero
endeudándose aceleradamente.
La razón de esta paradoja es más o menos comprensible, porque ¿qué incentivo
había para seguir trabajando, si cada vez eran más escasos los árboles de caucho
negro y había que alejarse más del campamento principal y recorrer un número
mayor de trochas o picas para ganar menos, pues la paga por kilo había
descendido? Todos los patrones, los trabajadores y la clientela anexa (prostitutas,
comerciantes, etc.) estaban atrapados en la "ley M endeude : unos le debían cada
vez más a otros, pero a su vez estos le debían más a terceros, que residían en los
centros. Y ¿quién podía desatar el lío si no se justificaba trabajar tan duro, no
obstante que el precio del caucho seguía en vertiginoso ascenso en el mercado
internacional?
La explotación del caucho y el sistema del "endeude"
El caucho puede ser extraído de especies de diversos géneros. La Hevea
brasiliensis (verdadero caucho, borracha o siringa) se localiza en las zonas de
bajos del río Amazonas, particularmente en los sectores medio y bajo de su
curso. De acuerdo con el geógrafo C. Domínguez (1985), en la Amazonía
colombiana solamente se encuentran si se exceptúa el Trapecio, que posee Hevea
brasiliensis las especies Hevea guianensis (en la "tierra firme" de la selva
oriental, incluido el Trapecio y descontando el piedemonte) y Hevea
benthamiana (en los bajos de las cuencas del Río Negro y del Vaupés). La
Castilla elástica predomina en el piedemonte; hay otras gomas de inferior calidad
distribuidas en todo el territorio. Si bien existen concentraciones relativas, los
árboles se encuentran dispersos en grandes áreas, como toda la flora amazónica.
Debido a esta distribución de los árboles, para la extracción de la goma el
siringueiro o cauchero varios debe abrir diversas trochas o estradas de
kilómetros. Las primeras horas de la mañana se aprovechan para hacer diversas
incisiones en cada corteza, para que fluya el látex. Se coloca un recipiente que
recibe la leche" al pie del tronco, mientras que se rayan los demás árboles de la
jornada. El cauchero está de regreso al mediodía; entonces, sólo o acompañado
por su mujer u otros familiares, procede a recoger la "leche" acumulada en los
diversos recipientes.
El látex se mezclaba en el campamento con ciertos ácidos (en la actualidad ácido
fórmico) con el objeto de coagularlo; posteriormente se le daba la forma
definitiva y se secaba al sol o con humo. Los detalles de las técnicas de
extracción pueden haber variado en algunos de sus procedimientos, pero en
términos generales se mantienen.
El proceso relativamente simple para su extracción, contrasta con el alto nivel
tecnológico de la transformación del caucho y sus derivados en los países
importadores de la materia prima.
El trabajo del caucho se basaba, fundamentalmente, en una cadena de créditos
que involucraba a diversas casas con funciones diferentes y con una compleja
estructura de comercialización. En Belém del Pará, por ejemplo, algunas firmas
monopolizaban la comercialización exterior de la goma, mientras que otras se
especializaban en la importación de las mercancías y objetos destinados a los
siringales.
Los bancos mantenían relación principalmente con las empresas exportadoras e
importadoras. De estas dependían, a su vez, las casas "aviadoras de un nivel
intermedio, que financiaban las operaciones de otros caucheros. En el nivel más
bajo de la cadena se encontraba el cauchero extractor, quien, solo o con su
familia, debía entregar determinadas cantidades de goma a cambio de las
provisiones y demás bienes que necesitaba para su subsistencia y para el proceso
de trabajo.
Aunque el caucho o los bienes suministrados a los siringueiros rasos se valoraban
en dinero, éste se hallaba ausente de las diversas operaciones económicas. Un
testimonio de la época, citado por Barbara Winstein (1983), historiadora
especialista en el tema, ha expresado lo anterior en estos términos:
"El Amazonas es la tierra del crédito. No hay capital; el siringueiro debe al
patrón: el patrón debe a la 'casa aviadora', la 'casa aviadora' debe al extranjero, y
así sucesivamente".
La operación tenía de por sí sus riesgos ya que dependía de las "promesas" de los
involucrados. El sistema funcionaba mediante unas reglas de juego de honor, si
bien no faltaba la intervención de la policía. Un cauchero podría desplazarse a
otras áreas, pero, a no ser que otro patrón lo recibiese, era difícil para el "aviador"
reponer el valor M adelanto. El cauchero extractor mantenía cierto control sobre
su propia producción, aunque la dispersión del personal trabajador propio de la
explotación cauchera les inhibía acciones colectivas.
Según la ética del trabajo local, no se debía vender el caucho a patrón distinto del
propio; las deudas de un trabajador podían ser lícitamente transferidas, en
términos de la legalidad local, a otros caucheros; pero ¿cómo podía ser de otro
modo, si no había prácticamente circulante que permitiera a un cauchero pagar a
otro en dinero la deuda de un trabajador? En algunas regiones se implantaron
redes típicamente clientelistas entre el cauchero proveedor y sus trabajadores ,
esto amarraba aún más la fuerza de trabajo a los patrones.
El sistema del "endeude" era, en realidad, una relación de carácter social más
amplia, que fundamentaba la existencia de toda la sociedad amazónica de ese
entonces, como en parte lo sigue haciendo. Con frecuencia los caucheros
patrones eran compadres de sus trabajadores y por lo tanto debían esperar
reciprocidad de sus socios",así como los trabajadores tenían la expectativa de
recibir protección y ayuda de aquellos. En casos extremos, cuando no pudo
establecerse una relación de clientela, se conformó una sociedad prácticamente
esclavista, en la que la fuerza de trabajo no tuvo siquiera la posibilidad de
reproducirse demográfica y socialmente. El carácter no monetario de la economía
condicionaba la existencia de otras formas de intercambio tradicional e impedía
la formación de un cálculo "racional", en términos de la economía formal.
Los indios y trabajadores, en general, quedaron al arbitrio de los "dueños" de la
escritura, de la aritmética y de las pesas. Estos podían manipular los libros de
cuentas a su antojo, sin que nunca el endeudado tuviese la posibilidad de
redimirse en su vida, o incluso en la de sus hijos- del "endeude".
La formación de la Casa Arana en el Putumayo
Ante la desaparición del caucho negro y la voracidad de algunos de sus socios de
Neiva, los caucheros del alto Caquetá no tuvieron otra alternativa que desplazarse
hacia el oriente, o sea a las porciones altas de los ríos Caquetá, Putumayo y
Vaupés. Algunos fundaron "colonias en las riberas del Caquetá, entre La Tagua y
los chorros de Araracuara; otros más audaces penetraron a las cabeceras de los
ríos Igara Paraná y Cara Paraná.
En 1901 existían 22 colonias en los bajos Caquetá y Putumayo, particularmente
sobre los ríos Igara Paraná, Cara Paraná y alto Cahuinarí; estas colonias eran en
su mayor parte de propiedad de caucheros colombianos y se hallaban sostenidas
básicamente por mano de obra de grupos Witoto (Figueroa, 1986).
Tal cantidad de centros de extracción era considerable; un par de años antes los
caucheros apenas conocían estas regiones, y la mayor parte de la gente nativa
sabía de los "blancos" únicamente por referencias de la historia tradicional, pero
no de manera directa. Los caucheros tuvieron la fortuna de encontrarse en una
región densamente poblada por numerosos grupos indígenas, aunque el látex
local era de baja calidad ("sernambi" o "Jebe débil").
Los pobladores aborígenes estaban interesados en conseguir mercancías; con
entusiasmo (a pesar de las reservas de algunos "capitanes" o jefes) recibieron
hachas y otros instrumentos que debían cancelar de manera diferida, con goma.
Los caucheros incrementaron la circulación de ciertos objetos que hasta entonces
eran escasos y que debían pagarse, como se expuso con anterioridad, a un costo
humano y social muy alto.
Ahora las hachas de acero circularon, posiblemente, entre grupos subalternos o
personas que antes no tenían acceso a ellas. Las monedas, tan valoradas para
collares y tan apetecidas por las; mujeres, fueron probablemente más "fáciles" de
conseguir. Pero el uso del término "masificación" para referirse a la difusión de
la propiedad sobre estos y otros artículos tal vez no corresponda con la realidad,
ya que los caucheros dosificaron la entrega de sus mercancías. Aquellas gentes
indígenas que carecían. de estos bienes se veían a sí mismas como 11 pobres y
apenas adquirían una cantidad limitada de ellos.
La dinámica del barracón de Indiana (colonia cauchera en el alto Igara Paraná) da
cuenta de la forma como se aceleró la historia en el proceso de la explotación
cauchera. Indiana, (actualmente La Chorrera), había sido fundada en 1900 por
Benjamín Larrañaga. En 1902, Julio César Arana, transportador peruano, se
asoció con aquel y se convirtió en copropietario del siringal que incluía
campamentos anexos en los ríos Igara Paraná y Cahuinarí, y algunos de sus
afluentes. Esta compañía disponía ya de 12.000 indígenas inscritos en sus libros
de cuentas sólo dos años después de fundada.
Para entonces la situación no era nada fácil para los aborígenes, porque algunos
patrones comenzaron a obligarlos a trabajar forzadamente en la extracción del
caucho. Según Joaquín Rocha (1905), quien visitó la región a principios de siglo,
en la terminología de la época se llamaba "conquistadora aquel individuo que
lograra "entrar en negocios con los indios de esa tribu y conseguir que le trabajen
en extracción de caucho y que le hagan sementera y casa, en la cual se queda a
vivir en medio de ellos". Estos indígenas eran llamados entonces "civilizados", y
en algunos casos el mismo cauchero asumía las funciones de "civilizador".
Pero cuando los indígenas se resistían no había la menor vacilación en acudir a la
violencia, calificándolos de "antropófagos" o "salvajes", o en inventarse
"rebeliones" que legitimaran su exterminio. Cuando un grupo se oponía a
"civilizarse" se adoptaban diversas tácticas, entre ellas asaltar la maloca y
mantener como rehenes a mujeres y niños hasta que el jefe y los demás entraran
"en razón". En algunas ocasiones el cauchero desposaba a una mupr indígena, y
así sus parientes (cuñados) nativos se vinculaban al trabajo del blanco (Taussig,
1986).
De los caucheros del Putumayo, el gran "triunfador" fue Julio César Arana, quien
en pocos años logró implantar una de las casas explotadoras más poderosas del
alto Amazonas. Arana era natural de Rioja (Perú); tuvo su primer contacto con el
Putumayo como dueño de ¡ancha. Conocía ya otras regiones del Amazonas,
había adelantado algunos negocios y establecido un centro cauchero. Al visitar la
región del Putumayo posiblemente se percató de su perspectiva; es decir, de la
existencia de una abundante fuerza de trabajo "barata", en una coyuntura
económica que se caracterizaba por la creciente escasez de la misma (lo que
impedía la expansión de la economía cauchera de] Perú).
La posición privilegiada de Arana como comerciante se fundamentaba en la
dependencia que existía entre los centros caucheros del Putumayo e Iquitos. En el
viaje del Cara Paraná a Iquitos se podían gastar hasta 15 días; la distancia entre el
Cara Paraná y Manaos era menor, pero en esta última ciudad los precios de las
mercancías eran más altos, por lo menos en 1903. Además, si los bienes se
importaban de Manaos debían pagar un doble impuesto en las aduanas brasileña
y peruana ya que Colombia no tenía ningún convenio al respecto con el Brasil, y
el Perú consideraba como suyo el Putumayo.
En 1903 se fundó la Casa Arana Hermanos. En ese entonces el geógrafo francés
F. Robuchon constató la existencia de casi medio centenar de barracones en los
ríos Cara Paraná e Igara Paraná, dependientes de la compañía. En dicho año, los
centros de explotación del caucho estaban fortificados; los caucheros
permanecían constantemente armados temiendo rebeliones o ataques de los
indígenas. Para la época ya se habían establecido los métodos violentos que
caracterizarían la explotación de esta región por la Casa Arana.
En 1909, la compañía tomó posesión de parte de las riberas del Cara Paraná,
asociándose con el cauchero G. Calderón; no obstante, para la fecha existían
numerosos caucheros colombianos con sucursales en aquel río. En los años
siguientes Arana tomó el control absoluto de la fuerza de trabajo indígena y de
todo el territorio situado entre los ríos Caquetá y Putumayo, y desde el río Cara
Paraná hasta la desembocadura del Cahuinarí en el Caquetá.
Por diversos medios, y con la ayuda de las fuerzas armadas del Perú, en 1907
desalojó violentamente a los caucheros colombianos que se resistían a venderle
sus fundos. Su posición se reforzó con la firma de un modus vívendi entre
Colombia y el Perú en el Putumayo, ya que por medio de ese acuerdo los
peruanos consolidaron de facto el control de la navegación por el río. Esto
provocó el desconcierto de los caucheros colombianos, que no entendían la
indolencia del gobierno del general Reyes ante los numerosos atropellos y
vejámenes que sufrían.
En 1907, la Casa Arana se transformó en la Peruvian Amazon Company, con
sede en Londres, y expidió acciones por un total de un millón de libras esterlinas,
si bien la familia Arana conservaba el control de la compañía.
Un régimen esclavista
La Casa Arana había dividido sus operaciones en dos grandes distritos",cuyas
sedes principales se encontraban en El Encanto, sobre el río CaraParan?á, y La
Chorrera, en el Igara Paraná. Allí se acopiaba el caucho extraído de las diferentes
sucursales y se embarcaba hacia lquitos. Cada sucursal tenía bajo su jurisdicción
un número considerable de indígenas; estos pertenecían a diversos linajes, pero
casi siempre hablaban una misma lengua. En ciertas áreas se difundió el Witoto
como lengua franca.
A la cabeza de cada barracón se encontraba un capataz; sus utilidades guardaban
relación directa con la cantidad total de caucho extraído. Generalmente existía
una comisión de 15 a 20 hombres armados que se encargaban de amedrentar a la
población nativa, neutralizar una eventual rebelión, perseguir a los indígenas
fugitivos, castigar a los que no cumplían las tareas de producción acordadas o,
incluso, enganchar compulsivamente nueva fuerza de trabajo.
Entre el personal de las comisiones se destacaban los "muchachos" (boys), o sea
jóvenes criados por los caucheros, armados con fusiles, cuya función en el
control de la población indígena era fundamental ya que conocían las lenguas
nativas, los hábitos y costumbres de sus paisanos.
La fuerza de trabajo estaba conformada por los nativos hombres, mujeres y
niños , quienes debían laborar prácticamente todo el año en los "fábricos" para
redimir una deuda que jamás se pagaría. Además, debían sostenerse a si mismos
y cultivar, cazar y pescar para los patrones.
A cada jefe de grupo doméstico, o linaje local, se le asignaba una cuota de
caucho. Según algunos estimativos, cada familia debía aportar 40 arrobas
mensuales; si la balanza no señalaba el peso acordado, los indígenas, sin
distinción de edad ni sexo, eran azotados, torturados, mutilados o asesinados a
sangre fría. Así mismo podían ser condenados a morir de hambre, o simplemente
ser "aperreados" por los grandes mastines de los patrones.
Con frecuencia los indígena! eran asesinados por diversión, como ocurría durante
ciertas fiestas, religiosas. Se estima que en el primer decenio del presente siglo
murieron aproximadamente 40.000 de ellos; posiblemente un poco más de la
mitad de la población aborigen total de la región en aquel momento (Foreign
Office, 1912).
En los primeros años de la "violencia de los peruanos" como se refieren los
mismos indígenas a estos acontecimientos algunos grupos intentaron rebelarse o
huir hacia otros lugares. La superioridad bélica de los caucheros y el temor de los
indios a una violencia generalizada, impidieron una resistencia exitosa, pese a ser
los primeros muy inferiores numéricamente.
Tal régimen desencadenó un conflicto social de grandes proporciones: un
"capitán de la tribu Resigero organizó, según relata el explorador inglés Thomas
Whiffen (191 S), un grupo para combatir a los caucheros y a aquellos indígenas
de su propia tribu que colaboraban en la explotación. Si le damos crédito a
Whiffen, toda la gente Resigero fue víctima de sus ataques, porque "nada en su
opinión (del jefe indígena) podía salvar a las tribus".
En ocasiones los indígenas intentaban utilizar medios simbólicos, como la
brujería, para expulsara los blancos. Y hubo hechos como el que relata César
Uribe Piedrahíta en su novela Toá: un grupo del Cara Paraná intentó
"barbasquear" el río con el fin de matar los peces y forzar la emigración de los
"blancos" por física hambre.
La acción defensiva de los indígenas frente a quien llamaban el "capitán" rana,
así como frente a su organización, se dificultó por la carencia de unidad política
entre los diferentes linajes. Los caucheros fomentaron cuidadosamente las
rivalidades y conflictos entre aquellos, los cuales posiblemente se habían
incrementado por la presencia de brotes epidémicos que los nativos interpretaron
como brujería provocada por otros indígenas.
La Casa Arana optó por eliminar sistemáticamente a los "capitanes" y a los
ancianos peligrosos que pudieran liderar alguna forma de resistencia. A los indios
se les confiscaban con frecuencia sus armas, aunque sus escopetas de fisto, que
tantos meses de trabajo les costaban, tenían un poder menor que los Winchester
de los caucheros. Estos contaban, además, con el apoyo directo del ejército
peruano, que había instalado algunas guarniciones en el Putumayo. Los indios no
tuvieron otra alternativa que someterse para sobrevivir.
Escándalo mundial en torno al 'Taraíso del diablo"
Las barbaridades de la Casa Arana ya habían llegado a conocimiento público y
de los gobiernos del Perú y de Colombia durante los primeros lustros de este
siglo, no obstante la censura de la prensa impuesta por la dictadura de Rafael
Reyes. Los caucheros colombianos se habían quejado pública y oficialmente sin
que el gobierno tomara provisiones adecuadas, a no ser el modus vívendi
mencionado que entregó el control del Putumayo a los peruanos. Se dice que el
general Reyes, al ser consultado acerca de tales problemas, argüía que se trataba
de cosas de caucheros", para descalificar ciertas situaciones de orden público en
la Amazonia. No deja de haber misterio en esta actitud del gobierno, sobre todo
cuando en la jefatura del Estado se encontraba un antiguo cauchero que conocía
personalmente la región y sus problemas.
El gobierno peruano estaba interesado en propiciar la expansión de la compañía
de Arana, ya que de esa forma podía alegar posesión de facto sobre parte de un
territorio que estaba en disputa con Colombia.
Algunos periódicos de Lima y Manaos, pero sobre todo La Sanción y La Felpa
de Iquitos, dirigidos por el valeroso periodista Saldaña Rocca, iniciaron y
mantuvieron una campaña de denuncia de lo que acontecía en el Putumayo,
aunque sin obtener resultados concretos.
En 1907, W E. Hardenburg (1912), un ingeniero norteamericano de paso por el
Putumayo, fue testigo y víctima de los atropellos peruanos contra los barracones
de colombianos en el río Cara Paraná. Su condición de ciudadano norteamericano
le otorgó cierta inmunidad frente a las acciones del ejército del Perú, de manera
que pudo salir bien librado del incidente, a pesar de haber sido acusado de agente
al servicio de Colombia.
Dos años más tarde, en 1909, la prensa inglesa publicó profusamente su
testimonio sobre lo que acontecía en el Putumayo bajo la jurisdicción de la
compañía británica Feruvian Amazon Company. Estas denuncias, y la labor de la
Sociedad Antiesclavista de Londres, desencadenaron un escándalo de grandes
proporciones en Inglaterra y en el mundo, que todavía tenían en la memoria los
acontecimientos terroríficos vinculados con la explotación del caucho en el
Congo. Con el pretexto de que la Peruvian tenía entre su personal súbditos
ingleses (negros de Barbados que habían sido traídos años atrás) el gobierno
británico envió al cónsul inglés en Rio de Janeiro, Sir Roger Casement, para que
investigara la veracidad de los cargos. Al cabo de varios meses de inspección en
el Putumayo, Casement concluyó:
"Los crímenes de los que se acusa a muchos hombres ahora al servicio de la
Peruvian Amazon Company son del género más atroz, incluyendo asesinatos,
violaciones y fiagelaciones constantes. La naturaleza de los hechos es
enteramente oprobiosa, y confirma totalmente las peores acusaciones formuladas
contra agentes de la Peruvian Amazon Company y sus métodos de
administración en el Putumayo". (Foreign Office, 1912. T del e.)
El cónsul inglés consideraba improbable que Arana y los otros miembros del
directorio de la compañía no estuviesen al tanto de lo que acontecía; pero a éstos
las denuncias no los intimidaron, ni tampoco al gobierno peruano. Al año
siguiente (191 l), ambos, el gobierno con la ayuda de la Casa Arana, se tomaron
por la fuerza la localidad de La Pedrera, donde Colombia había establecido una
pequeña guarnición militar. Con esta toma los peruanos intentaron consolidar su
dominio sobre el río Caquetá, al controlar el raudal de Cupatí; así podían
estrangular a los caucheros colombianos establecidos en los ríos Miriti Paraná y
Apaporis, un área que se había convertido en refugio para los indígenas del sur
del Caquetá que huían del régimen de la Peruvian, aunque los caucheros de esta
zona no eran ni mucho menos unos ángeles.
Con el asalto a La Pedrera y el escándalo internacional, la opinión pública del
país tomó conciencia de lo que sucedía en el Putumayo. Una gran incógnita
flotaba en el ambiente: ¿por qué razón durante tantos años las autoridades del
país, particularmente el gobierno de Reyes, se habían mostrado negligentes, por
decir lo mínimo, con esta situación? Se rumoraba que círculos de la sociedad
bogotana, y algunos ministros y altos funcionarios, estaban interesados
directamente en que no se conociera la realidad de los hechos acaecidos en el
decenio anterior.
En el estado actual de la investigación, resulta aventurado hacer juicios de
responsabilidad histórica a Reyes y a su gobierno. Pero los acuciosos
investigadores Jorge Villegas y Fernando Botero (1979) tal vez han encontrado la
"conexión" del Putumayo al señalar los aparentes lazos de parentesco entre uno
de los principales socios de Arana, el señor Vega, ex cónsul de Colombia en
Iquitos, y un ministro de Relaciones Exteriores durante el gobierno de Reyes.
Manaos, los barones del caucho y el "coronel" Funes
Manaos se había convertido en el epicentro de toda la actividad económica de la
extensa región del alto Amazonas. Su población había pasado, entre 1850 y 1903,
de 8.500 a 50.000 habitantes.
La población era, en palabras del famoso etnólogo alemán Koch Grünberg
(1967),"la ciudad industrial más importante de la cuenca interior del Amazonas y
el puerto de embarque de las enormes cantidades de caucho que producen
anualmente". Contaba con grandes avenidas, alumbrado eléctrico, modistos
franceses, ingenieros de Liverpool, sociedades literarias, un teatro para la ópera
donde se presentaban famosos cantantes de la época, hipódromo, etc.
A pesar de las fiebres malignas que azotaban la ciudad, con gran número de
víctimas, la gente se divertía, cada una a su manera según su rango social. En la
avenida Eduardo Ribeiro se regocijaba la sociedad de Manaos, que reunida en
pequeñas mesas consumía un helado "chop", un whisky con soda o un simple
refresco. Los domingos sus habitantes paseaban en tren eléctrico por la selva
aledaña a la ciudad; cada semana, o en los días festivos, la banda mulata de la
policía interpretaba música de Wagner, aunque sin duda tampoco faltaban los
aires populares ya que "cuando se encienden los ánimos se recuerda que se está
viviendo prácticamente al borde de la civilización (Ibid.). Entre los visitantes de
la ciudad había numerosos indígenas de las regiones aledañas, quienes vestidos a
la moda europea la recorrían en fila, unos tras de otros.
Gran parte de la población de Manaos era indígena 0 cabocla; ésta hacía los
trabajos domésticos, o se ganaba el casabe (y el pan) vendiendo el producto de su
caza o de su pesca en el mercado local.
La ciudad de principios de siglo era una digna" sede para los barones del caucho:
Nicolás Suárez, Julio César Arana, Luis Silva Gómez, Manuel Vicente Carioca,
Joaquín González Gómez Araújo y Germino Garrido y Otero. El Río Negro
estaba dominado por los dos últimos. Don Germino, oriundo de España, vivía
con sus hüos mayores en San Felipe, en el alto curso de aquel río, adonde había
llegado en 1880. Según Koch Grünberg, era "un hombre excepcional por todos
los aspectos, que conservaba la mentalidad y el carácter europeos Tenía una gran
erudición, pues en medio de la selva estaba al tanto del " peligro amarillo", o de
los problemas del "equilibrio europeo" y del premio Nobel. Se hallaba suscrito a
los más prestigiosos periódicos y poseía una selecta biblioteca.
Los siringales de la empresa de Garrido estaban localizados en las márgenes del
río ¡sana y en el alto Río Negro, adyacentes a la frontera venezolana. Parte de sus
traba adores eran indios Baniwa (o Kurrij pako); éstos se hallaban sometidos al
sistema del "endeude", de manera tal que estaban obligados a pagar en caucho o
fariña, o cazando o pescando en el fundo del patrón. Además de Garrido, había
otros caucheros de menor jerarquía, que mantenían una relación similar con la
fuerza de trabajo nativa.
En el alto río Vaupés, el cauchero Gregorio Calderón había fundado el poblado
de Calamarí. La localidad estuvo conformada en sus primeros años por un grupo
de trabajadores Kubeo, en 1910 estos fueron reemplazados por indígenas Witoto
y Karihona. Algunos caucheros se proyectaron sobre el río Isana y el Vaupés,
buscando reclutar compulsivamente fuerza de trabajo indígena. Este último río,
en particular, fue constantemente recorrido desde el salto de Yuruparí hasta la
desembocadura del Cuduyarí. En el primer decenio del siglo, estos caucheros
competían con la Casa Garrido y algunos empresarios menores. Como resultado
de la lucha por la consecución de la fuerza de trabajo, las comunidades indígenas
abandonaban con frecuencia sus asentamientos tradicionales y buscaban refugio
en zonas de difícil acceso.
Aunque los recursos violentos no eran ajenos a la Casa Garrido, don Germino
había adoptado otras estrategias de reclutamiento de la fuerza de trabajo. Se dice,
por ejemplo, que contaba con un ejército de 400 hombres para proteger sus
dominios, pero gran parte de la tropa estaba conformada por sus propios hijos o
descendientes. Al parecer había tenido una vida muy prolífica en vástagos de
madre indígena lo cual le permitía ser algo más que un patrón frente a las
comunidades locales. Era un padrino que brindaba protección frente a abusos de
terceros. A veces redimía la deuda de algún indígena, ya fuera por su avanzada
edad u otro motivo. En algunas oportunidades se enfrentó con las mismas
autoridades brasileñas, ya que éstas explotaban excesivamente a los indios. Sus
relaciones con los nativos se daban, según R. Collier (1981), con 11 severidad
patriarcal al tiempo que con bondad como lo haría un padre con su hüo".
En el alto Orinoco se había conformado otro gran "imperio", famoso en la
literatura colombiana gracias a la La Vorágine, obra de José Eustasio Rivera,
publicada en 1924.
El despegue de Tomás Funes, uno de los terribles personajes a que se alude en la
novela, se inició un poco antes del 8 de mayo de 1913. cuando aceptó encabezar
una rebelión de caucheros y comerciantes del alto Orinoco y Ciudad Bolívar
contra el general Roberto Pulido, gobernador del Territorio Federal del
Amazonas, en Venezuela. Según el escritor Rafael Gómez Picón (1953), Pulido
se aprovechaba de su situación para arruinar a los otros comerciantes o para
hacerse a sus ganancias. Por esa época, por ejemplo, ordenó que el caucho del
alto Orinoco debía pagar el impuesto directamente en San Fernando de Atabapo;
anteriormente este impuesto se hacía efectivo en Ciudad Bolívar con órdenes a
cargo de las casas comerciales de aquella ciudad. Como los caucheros carecían
de dinero en efectivo por el carácter estructural del sistema del "endeude" a que
se ha hecho mención se veían obligados a vender el látex a precios inferiores a su
valor real a los agentes de la Casa Pulido, compañía de propiedad del
gobernador. Este otorgó, además, a un pariente cercano, los derechos de
navegación de vapor por el alto Orinoco y el monopolio para el desplazamiento
de automóviles, y de carga, en la zona de los temibles raudales de Atures y
Maipures. La situación planteada ocasionó la ruina de numerosas empresas y la
quiebra de no pocos barracones y de sus trabajadores.
El alzamiento tuvo éxito; Tomás Funes, apodado desde entonces el "coronel"
Funes, se constituyó en líder de un movimiento social más amplio, que abarcó
numerosas localidades. Al cabo del tiempo, se convirtió en el hombre fuerte de la
región, desafiando incluso al poder central del dictador Juan Vicente Gómez.
Simultáneamente, Funes aprovechaba su posición para transformarse en patrón
indiscutido del alto Orinoco, en cuyos inmensos siringales trabajaban miles de
indígenas sometidos al sistema del "endeude".
El gobierno venezolano pensó que resultaba más político ganar a Funes que
combatirlo; éste fue nombrado gobernador, responsable de la región. Entonces se
convirtió en un dictador regional, dando lugar a las historias de terror y de
violencia que narra justamente Rivera.
11 ¿ Cuál podrá ser la suerte de los caucheros de San Fernando? (se interroga el
autor de La Vorágine).Causa pavor considerarla. Pasado el primer acto de
tragedia, palidecieron, pero el caudillo que improvisaron ya tenía fuerzas, ya
tenía nombre. Le dieron a probar sangre n tiene sed. Venga acá la gobernación.
El ó como comerciante, como gomero, sólo por i- mir la competencia; mas como
le quedan competidores en los siringales y en las barracas, ha resuelto
exterminarlos con igual fin y por eso va asesinando a sus mismos cómplices".
El 30 de enero de 1921 el "coronel" fue fusilado por las tropas del general Emilio
Arévalo, quien había tomado por asalto su cuartel del río Atabapo, dando fin a su
imperio.
Una élite regional en crisis, cuestionada pero poderosa
Con ocasión del escándalo del Putumayo", la clase dominante de Iquitos y del
Departamento de Loreto, en el Perú, rodeó a Arana y expresó en múltiples
formas su solidaridad con las "víctimas". Pablo Zumaeta, gerente de la Casa
Arana en Iquitos y uno de los principales sindicados, fue elegido, después dé las
acusaciones, como vice alcalde de la ciudad, vice presidente de la Cámara de
Comercio local, presidente de la Sociedad de Benefactores, etc. Los periódicos
locales apenas difundían algunos de los informes internacionales, y con
frecuencia se acusaba de mala prensa o como exageraciones a los testimonios y
publicaciones extranjeras.
De acuerdo con Stuart Fuller, cónsul norteamericano de la época en Iquitos, esta
solidaridad y este silencio se debían no solamente al poder económico y político
de la Casa Arana "ue sin duda era considerable," sino también a una actitud
secular de las élites dominantes frente al indio y al sistema de peonaje por medio
del cual se garantizaba la apropiación de una fuerza de trabajo relativamente
escasa y fundamental para el funcionamiento del orden social.
La clase dominante de lquitos temía que una crítica de los excesos del Putumayo
llevara a un cuestionamiento del sistema del "endeude" ,provocando una crisis
del sistema de trabajo regional y de la cadena de créditos. De ello podrían resultar
no solamente elevadas pérdidas, prácticamente irrecuperables, sino también un
incremento en los costos de la mano de obra, en una coyuntura de depresión del
precio del caucho amazónico que erosionaba la Iquitos tenía en ese momento
aproximadamente 15.000 habitantes y dependía básicamente de la explotación
del caucho silvestre. Hacía tres años Julio de 1909 enero de 1910) que la goma
había alcanzado su cotización más alta en el mercado internacional, pero ahora su
valor bajaba cada vez más y se vislumbraba una parálisis del negocio ¿Cómo
aceptar, entonces, un cuestionamiento al régimen de trabajo sobre el cual se
sostenía semejante urdimbre económica? .
La crisis de la compañía coincide con la caída del precio internacional del caucho
amazónico, debida ésta a la competencia de las plantaciones inglesas en Malasia
y Ceilán; estos cultivos se habían desarrollado a partir de semillas sacadas
furtivamente del Brasil por Wickhan en las últimas décadas del siglo XIX.
Camilo Domínguez (1976) opina que ello puede explicar, en parte, la disposición
del gobierno británico para provocar el colapso de la compañía angloperuana y
ordenar su disolución en 1912, así como su decisión de publicar el Libro Azul del
Putumayo (en el cual se detallaban las investigaciones de Casement) como
respuesta a la negligencia de las autoridades de Lima para tomar las medidas
correctivas adecuadas.
Por otra parte, un gran número de familias de Iquitos había adoptado indígenas
de diversas regiones, entre ellos muchos del Putumayo, que llegaban a la ciudad
como resultado de un tráfico humano. Si bien los adoptados no tenían ningún
salario, recibían alimento y vestido y algunos se hallaban incorporados a la vida
familiar. Se había constituido, así, una unidad socio afectiva entre patrón e
indígena difícil de deshacer. La reestructuración de esta relación de peonaje
suponía un verdadero traumatismo social.
Además, el gobierno de Lima tenía que ser cuidadoso, porque los loretanos
estaban relativamente aislados de los centros de poder de la Costa y coqueteaban,
de vez en cuando, con proyectos separatistas.
Teniendo en cuenta estas circunstancias regionales, era difícil que se produjeran
cambios radicales en la situación de los indígenas del Putumayo. De hecho, como
lo constató el cónsul norteamericano citado, en la región del Putumayo los
funcionarios del Estado (militares, jueces de paz, comisarios, etc. combinaban
sus labores oficiales con cargos directamente ligados a la explotación del caucho,
o como empleados de la Casa Arana.
Los intentos reformistas no tenían ninguna perspectiva porque, al fin y al cabo,
Arana podía decir "El Estado soy yo". De ahí que, una vez pasado el huracán del
escándalo, y con la atención mundial centrada en los acontecimientos de la
Primera Guerra Mundial, la situación social continuara más o menos similar a la
existente en la década anterior, aunque tal vez Arana y sus secuaces aprendieron
a 1 cuidar más su mano de obra, porque después del colapso del mercado del
caucho, era lo único que les quedaba.
Rebeldes nativos contra el barracón
Los indígenas respondieron de diversas formas a los métodos compulsivos de los
caucheros. Como vimos, con frecuencia se desplazaron o huyeron hacia otra
áreas buscando refugio. Esta estrategia "cimarrona" recreó probablemente todo el
panorama interétnico regional, fusionó grupos y generó una nueva dinámica
sociocultural. Pero no siempre los indígenas huían: en muchos casos organizaron
sus propios movimientos de resistencia y de lucha contra los caucheros.
En el Isana y en el Vaupés resurgieron los movimientos mesiánicos. Anizeto
Salvador, del ¡sana, había conformado un movimiento hacia 1875. Se
autoproclamó como el "Mesías" o el "segundo Cristosegún el etnólogo alemán
Koch Grünberg (1967):
En curaba enfermos exhalando su aliento sobre ellos o colocándoles las manos
sobre el cuerpo y visitaba las poblaciones en medio de enorme boato. Les decía a
sus discípulos que no debían trabajar más en las plantaciones, porque estaban con
su bendición para que los sembrados crecieran por sí solos, Las gentes venían
desde muy lejos para consultarle, le traían cuanto tenían y celebraban fiestas sin
fin, con baile que se prolongaba día y noche sin interrupción".
En 1880, en el área del río Vaupés apareció otro mesías.
"Decía llamarse Vicente Cristo e invocaba a los espíritus de los muertos y a
Tupana, el Dios de los cristianos. Hacía bailar a sus seguidores alrededor de la
cruz y afirmaba ser el representante de Tupana y el padre de los misioneros que
habían sido enviados al Caiary Vaupés únicamente debido a que él
personalmente le había rogado a Dios que los enviara. Por la fuerza de su
personalidad, despertó el fanatismo de los indios a todo lo largo del río y atrajo
gran número de adeptos; sin embargo, al poco tiempo abusó de su poder: les
aconsejó a los indios que echaran al río a los blancos porque los estaban
explotando. Esto provocó pánico en toda la región, donde ya se preveía un
levantamiento indígena..." (Ibid.).
La reacción de los caucheros y de las autoridades fue rápida y brutal. Anizeto fue
encarcelado y enviado durante un año a trabajos forzados en Manaos, donde tuvo
el "honor" de participar en la construcción de la catedral. El "Cristo del Vaupés"
fue apaleado y encarcelado varios días en Barcellos. Se argumentaba en todos
estos casos que los "sediciosos" abandonaban el trabajo y se dedicaban a la
holgazanería.
Pero los rebeldes no se limitaron a estos nombres ni a aquella zona. Koch
Grünberg insiste en la existencia de muchos otros líderes cuyos movimientos se
fundaban en tradiciones religiosas propias (particularmente Arawak) con
simbolismos católicos.
Al sur, en el Trapecio Amazónico, los Tikuna respondían de manera más o
menos similar a la opresión de los caucheros de otros sectores. A comienzos del
siglo, dos jóvenes tuvieron diversas visiones proféticas y agruparon numerosos
adeptos. A uno de ellos, los indígenas le construyeron una casa aparte para que
continuara conversando con los espíritus. Ninguno de los dos fue soportado por
los caucheros blancos, y fueron atacados; uno de ellos, con el pretexto de que no
pagaba impuestos.
En los bajos río Caquetá y Putumayo hubo con frecuencia movimientos de
resistencia. Según el antropólogo Horacio Calle (1982), el jefe Witoto Nofurema
combatía en el río Cara Paraná a los caucheros blancos y a sus colaboradores
nativos. En 1903 una comunidad aborigen Andoke, según algunas fuentes tendió
una celada a un grupo de caucheros que pretendía incorporar indígenas a la
explotación de la siringa. Sus cabezas fueron cortadas y exhibidas sobre los
manguarés; sus brazos y piernas se conservaron en agua para atemorizar a los
invasores.
En 1903 y 1904, lfé, un cacique Witoto, se rebeló con su gente, pero fue
capturado y muerto por Miguel Loaiza, capataz de la Casa Arana en El Encanto.
Los relatos orales de los Muinane dan cuenta de la existencia del "capitán" bora
Makapaamine, quien atacaba con tácticas de guerra de guerrillas las lanchas de la
compañía. Se dice que era un antiguo boy, criado en lquitos y entrenado por los
peruanos, cuyos propósitos eran los de expulsar a todos los blancos de sus
territorios.
La región del Apaporis y del Miriti Paraná fue también escenario de luchas entre
indios y caucheros. En 1908, por ejemplo, el patrón Braulio Borrero fue muerto
por los Yukuna. En 19 10 Cecilio Plata quiso instalarse en el Miriti Paraná
utilizando métodos violentos. Al poco tiempo, sin embargo, fue ajusticiado junto
con su hijo, por un indio Letuama. Y tres hombres que vinieron a vengarlos
cayeron en manos de los Yukuna. Posteriormente, cuenta el antropólogo Martin
von Hildebrand, los blancos perpetraron una matanza como represalia (Corry,
1976).
El alzamiento de Yarocamena es el movimiento más célebre de toda la región.
Posiblemente ocurrió en 1917; enfrentó a los Witoto, bajo el liderazgo de aquel
jefe, con caucheros y tropas del ejército regular del Perú. Después de matar
algunos caucheros, los rebeldes se refugiaron en la maloca de la localidad de
Atenas, en el alto Igara Paraná. Allí fueron sitiados por sus enemigos; al cabo de
algunos días, la maloca fue incendiada y masacrados la mayor parte de sus
ocupantes, hombres, mujeres y niños (Yepes & Pineda C., 1985).
Las formas de resistencia social se expresaban también en acciones menos
dramáticas pero que afectaban de todas maneras al cauchero. Se mezclaba la
goma con piedras y otros objetos; en otras ocasiones ciertos grupos optaron por
talar los árboles de caucho, pensando que de esta forma alejarían a los "blancos".
Las misiones a comienzos del siglo XX
Aunque a mediados del siglo pasado algunos misioneros se establecieron en ¡as
márgenes del Río Negro, su labor no tuvo mayor impacto, en parte debido a los
acontecimientos de esa época ya reseñados. En 1880, los padres franciscanos se
instalaron en el Vaupés y fundaron diversos pueblos de misión. Se estima en 22
el total de aldeas misioneras establecidas y habitadas por indígenas de los grupos
Desano, Tariano, Tukano, Wanano, Piratapuyo, Baniwa, Kubeo y Makú, entre
otros. Los pueblos de Taracuá (San Francisco) e Ipanoré (San Jerónimo Jesús y
José), por ejemplo, tenían 245 y 330 habitantes, respectivamente. Tukano (Santa
Isabel) y Uirapoco, sobre el río Tiquié, albergaban 173 y 250 almas, en su orden.
En Ipanoré se construyó una iglesia, y en una de sus paredes se pintó comenta el
etnólogo Hugh Jones (1981) "una imagen de Yuruparí ardiendo en el infierno".
En 1883 los padres profanaron en este pueblo algunos objetos rituales. Esto
provocó un levantamiento de los Tariano, por lo cual los misioneros se vieron
obligados a retirarse del área; posiblemente las maquinaciones de los caucheros
hayan influido en la rebelión, porque los religiosos eran un obstáculo a su
"política laboral". lo cierto es que un misionero intentó desacralizar el ritual de
Yuruparí, mostrando durante una misa concurrida las máscaras secretas
(makakarua, o máscaras elaboradas con pelos de mono); Koch Grünberg describe
así esta profanación:
"El domingo cuando había mucha gente en la iglesia, especialmente mujeres, el
padre Mateo, quien celebraba la misa, les mostró súbitamente el Yuruparí, para
demostrarles que no debían temer a los demonios y derrotar así, de una sola vez,
el paganismo. Un terrible tumulto fue la respuesta a esta mala jugada. Las
mujeres se tiraron al suelo y escondieron llenas de miedo el rostro, los hombres
trataron de huir, pero encontraron todas las puertas cerradas y al padre José como
centinela. Los hombres se lanzaron con bastones y otras armas sobre el padre
Mateo ......
Y de no haber sido por un crucifDo de bronce y la intervención de un jefe
indígena, los misioneros hubieran salido mal heridos. Los payés ordenaron
entonces un ayuno general; durante un mes ejecutaron diversos rituales de
purificación; y en los días siguientes Yuruparí apareció en varias oportunidades,
hecho que dió lugar a diferentes interpretaciones. Según un chamán, venía a pedir
que los indígenas se subordinaran a los misioneros; otros sostenían que tenía ira
contra ellos (Wright, 1981).
Esta profanación obligó a los misioneros, de tal manera, a abandonar los pueblos;
la mayor parte de estos desapareció, y los indígenas regresaron a sus patrones de
asentamiento tradicional.
Para efectos M trabajo misional, a partir de 1910 el Vaupés fue dividido entre los
salesianos, bajo el auspicio del Brasil, y los padres monfortianos, delegados por
Colombia. Los salesianos restablecieron las misiones en Saó Gabriel (1920),
Taracuá (1923) y Yavaraté (1929), entre otras. En 1914 los monfortianos se
instalaron en el río Papurí, donde fundaron el poblado de Monfort, con indígenas
Tukano. Posteriormente crearon otros centros de misión en el mismo río.
En vez de fomentar desde un principio grandes aldeas, como habían hecho sus
predecesores, la estrategia de los nuevos misioneros consistió en levantar
"internados" o centros de escolarización para niños indígenas, donde se les
retenía durante gran parte del año; así pensaban inculcarles la religión católica, y
transmitirles valores, técnicas y conocimientos del mundo blanco". Con los
internados se pretendía también aglutinar paulatinamente a los adultos, atraídos
por la venta de mercancías que allí se realizaba, así como por ser lugar de compra
de algunos de sus productos.
A los niños se les prohibía el uso de sus lenguas vernáculas, a no ser el Tukano,
que las misiones tomaron como lengua franca. Los misioneros entendían que
debían aculturar a los indígenas, y fomentaban en los menores, según Myriam
Jimeno (1979), el aprendizaje del uso de las matemáticas, el valor de la moneda,
y otros conceptos de la economía de mercado.
En el plano ideológico, los religiosos prohibieron realizar los rituales de Yuruparí
y otras festividades de intercambio. Los viejos incineraron y enterraron los
objetos rituales: plumas, collares, flautas. Los padres propiciaron la desaparición
de las malocas, estimulando la construcción de casas individuales con
características derivadas de la cultura occidental.
Simultáneamente, los misioneros capuchinos penetraban en el sector del alto
Putumayo. En 1912 fundaron Puerto Asís y Puerto Umbría, centros de
interacción de indígenas y colonos; posteriormente establecieron Alvernia, con
un grupo de colonos antioqueños. Las misiones fomentaron la colonización del
Putumayo, aunque en parte este proceso venía ocurriendo espontáneamente desde
años atrás. Los religiosos tuvieron también un rol destacado en la construcción de
obras de infraestructura, como el camino de Pasto a Puerto Asís y el puente
"Monclar" sobre el río Mocoa, entre otras.
Las misiones desempeñaron algunas funciones administrativas y civiles,
delegadas por el Estado. Sus objetivos se concentraban en evangelizar y acultural
a los indígenas, fomentar la colonización e integrar la región del Putumayo a la
economía nacional. Sin duda lograron parte de sus propósitos. En 1923, el
Putumayo tenía un panorama étnico y demográfico diferente al de medio siglo
antes. En Mocoa, Puerto Asís, Santa Rosa y Umbría, entre otros lugares, habitaba
una numerosa población "blanca", con propósitos de colonización y asentamiento
definitivo. Pero, de otra parte, el incremento de la colonización posiblemente fue
causante de numerosas epidemias que diezmaron a ciertas comunidades
indígenas como los Siona, entre otros.
Los capuchinos tuvieron también una visión etnocéntrica hacia los indígenas,
típica de su época; consideraban muchas de las prácticas y costumbres nativas
como pecaminosas o "salvajes"; utilizaron métodos pedagógicos severos y
etnocidas. En el valle de Sibundo y establecieron grandes haciendas con base en
el trabajo indígena; su evolución y los métodos allí aplicados, han sido
estudiados por Víctor Daniel Bonilla (1969).
Las misiones fueron, sin duda, la punta de lanza oficial para la incorporación de
las regiones amazónicas al resto del país.
Regionalismo y conflicto colombo peruano
El área comprendida entre los ríos Caquetá y Putumayo, al este del río Caucayá,
permaneció bajo el control de la Casa Arana a pesar del escándalo internacional
referido y del colapso del mercado del caucho silvestre amazónico. En las
márgenes de sus diferentes ríos se localizaban, por otra parte, algunos puestos
militares del Perú.
Posiblemente debido a la inminencia de un acuerdo con Colombia, el gobierno
peruano se adelantó a reconocer a Arana, mediante resolución de agosto de 192
1, la propiedad de los territorios y los campamentos de la Casa a ambos lados del
Putumayo, con una extensión de 5´774.000 hectáreas; esta decisión fue tomada
sin tenerse en cuenta los derechos de los miles de indígenas que allí vivían, ni los
derechos que Colombia reclamaba. Unos meses más tarde, en marzo de 1922, se
firmó el Tratado Lozano Salomón que estableció las fronteras amazónicas entre
las Repúblicas de Colombia y del Perú. De acuerdo con el documento suscrito, el
río Putumayo constituía el límite entre las dos naciones, correspondiendo a
Colombia la banda norte. Así mismo, se reconocía la soberanía de nuestro país
sobre un área entre el río Putumayo y el Amazonas, con una zona de 115
kilómetros sobre las riberas de este último río, entre Leticia y Atacuarí. A
cambio, Colombia reconocía al Perú la inmensa franja de selva situada entre el
Putumayo, el Napo y un amplio sector del curso del Amazonas.
Este arreglo internacional generó una verdadera colisión de intereses entre la
clase dominante de Iquitos particularmente su senador Julio César Arana y el
gobierno central peruano. ¡Y ello no obstante que el 5 de agosto siguiente el
gobierno de su país titulase a Arana el predio citado, incluidas 3.553.600
hectáreas de la banda norte del Putumayo, en un territorio bajo la soberanía de
ColombiaL? En Iquitos había también descontento por el reconocimiento del área
del Trapecio Amazónico una petición en la que Colombia había permanecido
inflexible para llegar a cualquier acuerdo , y ello pesea que el Tratado
garantizaba los derechos adquiridos de sus moradores.
De espaldas a lo establecido por los dos países, la Casa Arana continuó
expandiéndose en la región, proyectándose fuera de sus dominios hacia áreas
contiguas, en busca de balata o enganchando por la fuerza nueva gente indígena.
En 1924 José Eustasio Rivera informó, en El Tíempo de Bogotá, acerca de la
penetración de dicha empresa al norte M río Caquetá y de la permanencia de un
régimen esclavista en sus operaciones. Los pobladores de Florencia y áreas
aledañas temían un posible asalto peruano, ya que se rumoraban movimientos de
tropas de dicha nacionalidad. Sin embargo, el gobierno colombiano desmentía las
versiones y declaraba que todo estaba en orden. Las voces de alerta de Rivera y
de otros colombianos calaron en la opinión pública. En el mismo año, por
ejemplo, se produjeron manifestaciones en Medellín para denunciar "la invasión
de los peruanos" y los atropellos cometidos contra indios, caucheros y colonos
del área usurpada.
A pesar de sus esfuerzos, Arana no logró detener la ratificación de[ Tratado por
el Congreso del Perú, en 1928.
Sus actividades no habían pasado desapercibidas en nuestro país, como tampoco
lo había sido la paradójica decisión del Perú al titular seis años antes un predio
que no le pertenecía porque su propiedad estaba "viciada de nulidad desde su
origen". El 22 de diciembre de 1928, un periódico de Bogotá informaba
a¡ respecto, de acuerdo con la antropóloga Mary Figueroa (1986):
"Quedó definitiva y ruidosamente vencida la orientación política de la Casa
Arana en relación con el Tratado de límites con Colombia. El día de ayer el
Congreso Peruano aprobó el Tratado fírmado en 1922 por el Senador Lozano,
Ministro Plenipotenciario de Colombia y el señor Salomón, Ministro de
Relaciones Exteriores del Perú, sin modificaciones de ninguna especie, por 102
votos afirmativos contra siete negativos; dentro de los cuales se contaba el dado
por el señor Arana".
Ante el fracaso de su iniciativa, Arana optó por desplazar compulsivamente los
miles de indígenas que estaban bajo su poder, hacia la banda sur del Putumayo, el
río Ampiyacú y las riberas del Napo.
En 1928, un funcionario enviado por el gobierno colombiano para censar las
poblaciones del río Caquetá encontró la mayor parte de las localidades sujetas a
la Casa Arana totalmente desocupadas, la población indígena deportada y no
pocos indios huyendo hacia el norte, al Orteguaza o al MiritiParan?á, para
escapar de la diáspora (Mora, 1975).
Muchos indígenas de la Amazonia todavía cuentan cómo fueron conducidos bajo
diversos pretextos a La Chorrera y embarcados en ]anchas hacia la margen
peruana del Putumayo. En ese entonces centenares de ellos fallecieron víctimas
de las enfermedades, el hambre y el trauma causado por el proceso de
desplazamiento rápido, masivo y compulsivo. El antaño pobladísimo territorio de
la actual Comisaría del Amazonas quedó prácticamente desolado, con unos pocos
fugitivos y refugiados en la selva.
En 1930 se organizó una expedición civil y milítar al Putumayo y al Trapecio
Amazónico con el fin de tomar posesión de las localidades bajo soberanía
colombiana y fomentar colonias militares, entre otros propósitos. Después de un
penoso viaje por el camino de herradura que unía a Pasto con Puerto Asís, la
comisión llegó al río Putumayo.
La mayor parte de los asentamientos que hallaron eran pequeños caseríos, con
viviendas de yaripa y palma. La expedición reorganizó algunos de los principales
núcleos humanos, como Caucayá (hoy Puerto Leguízamo), instalando
autoridades civiles y dotándolos de servicios mínimos y alguna infraestructura, y
también estableció la navegación permanente por el río Putumayo. Un año antes
se había iniciado la construcción de la trocha Caucayá La Tagua, un tramo
estratégico de 25 kilómetros que comunica los ríos Caquetá y Putumayo.
En el curso de su viaje hasta Manaos los comisionados visitaron las localidades
de El Encanto y Tarapacá. En El Encanto fueron "amablemente" recibidos nada
menos que por Loaiza y Seminario, agentes de la Casa Arana y copartícipes en el
genocidio contra los indígenas.
El 8 de agosto, después de visitar Manaos e lquitos, la comisión llegó a la
Hacienda La Victoria (que luego sería rebautizada "Francisco José de Caldas)",
contigua a la localidad de Leticia. Una semana más tarde tomaban posesión de la
zona según los términos del canje.
Leticia era entonces un pequeño caserío que incluía un resguardo de aduana
peruano. Había sido fundada por ciudadanos de ese país en 1867, y apenas había
logrado crecer demográfica mente. A unos 20 kilómetros se encontraba la citada
hacienda, propiedad de un influyente hombre de lquitos; ésta poseía unas 800
hectáreas desmontadas, dedicadas al cultivo de la caña de azúcar, con la cual se
fabricaba alcohol principalmente utilizado como combustible para ¡a navegación
fluvial , aunque también se negociaba con madera fina.
No hubo incidentes durante el canje y la población peruana no manifestó
inconformidad alguna. Con excepción de una fría indiferencia de los habitantes
de lquitos, con ocasión del desembarco de los comisionados en dicha ciudad,
todo resultaba normal.
El 22 de agosto de 1930 un golpe militar depuso al presidente Leguía y el
comandante Sánchez Cerro asumió el poder en el Perú. Los opositores de Leguía
aducían que éste había entregado el Putumayo a Colombia; y el mismo Sánchez
Cerro había declarado que el presidente había "vendido" esa región a Colombia.
Nuestros comisionados tuvieron una primera sorpresa cuando, dos semanas
después del canje, volvió a Leticia el prefecto de Loreto en un barco de guerra,
pero en condición de asilado político porque había sido desterrado de su patria
acusado de alta traición por los loretanos.
Mientras en el Perú la oposición al Tratado aumentaba, nuestro gobierno tomó
algunas medidas para salvaguardar la seguridad de Leticia, que empezaba a dar
los primeros pasos para su desarrollo. A mediados de 1931, la guarnición fue
reforzada con 35 hombres adicionales; esta era una cifra más bien simbólica ya
que el Perú disponía en la Amazonia de una fuerza con creces más poderosa.
En febrero de 1932 la guarnición colombiana fue retirada hacia El Encanto ya
que carecía de suficiente capacidad defensiva; con razón el comisario del
Amazonas, Alfredo Villamil, la describía como 11 un incentivo poderoso para un
triunfo fácil", algo que podía llevar a la repetición de lo ocurrido en La Pedrera
dos decenios atrás.
Diversos factores, llenos de significados en cuanto a intereses personales,
rivalidades políticas, ambiciones económicas, o sentimientos de odio, propiciaron
que el proyecto de usurpación fraguado por dos hombres de la Hacienda La
Victoria, fuera secundado por las guarniciones militares y la población de la
Amazonia peruana e, incluso, por el pueblo de Lima y sus dirigentes. Entre
aquellos factores convergentes se apreciaban: el descontento de los loretanos
pudientes ante el Tratado; las conveniencias políticas de Sánchez Cerro y de los
enemigos de Leguía: el interés de un candidato a la presidencia del Perú, el
general Ordóñez, por captar el apoyo regional de Loreto, del cual había sido
prefecto; el desafío que representaba para Iquitos el nombramiento de Alfredo
Villamil como primer comisario de Leticia ya que con anterioridad se había
desempeñado en el consulado de Colombia en aquella ciudad peruana .
Así, pues, el lo. de septiembre de 1932 el conflicto colombo peruano por los
territorios amazónicos quedaba planteado con la toma de Leticia por los
peruanos. Los acontecimientos que siguen son conocidos. El ejército colombiano,
conformado por distinguidos oficiales, por soldados de diversos lugares del
interior, pero también por indígenas del oriente colombiano, y auxiliado por
misioneros capuchinos como capellanes militares, derrotaron a los peruanos en
Tarapacá y Güepí.
La labor de la diplomacia colombiana fue exitosa, y se logró un arreglo bajo el
auspicio de la Sociedad de Naciones. Fue necesario que ocurriera una guerra para
garantizar los derechos de Colombia en la Amazonia y para erradicar un sistema
social profundamente injusto en el Putumayo, aún cuando el gobierno no fuese
plenamente consciente de la significación socio histórica de estos hechos.
Algunos historiadores consideran útil preguntarse sobre qué hubiera pasado si en
vez de hacerse lo que se hizo se hubiera actuado de otra manera. Con la debida
dispensa, preguntémonos: ¿Hubiera logrado Colombia hacer avanzar sus tropas
hacia Iquitos como lo pedía un líder político conservador y modificar con el
eventual triunfo de las armas, los términos del Tratado? ¿El acuerdo logrado
consistió, como lo afirmaba Silvio Villegas, en "mutilar una victoria militar"?
Poco probable, porque el comportamiento loretano correspondía al de una
sociedad regional relativamente consolidada; a la postre, aquella habría logrado
imponerse, aunque quizás no en su punto más débil: el Putumayo. Aquí, sin
duda, había perdido la batalla moral 20 años atrás, cuando por complicidad con
Arana contribuyó a mantener un orden social genocida.
Epílogo: la historia presente
En 1939 el gobierno de Colombia entró en negociaciones directas con Julio César
Arana; a pesar de todo, y como haciendo tabla rasa del pasado, reconoció pagarle
US$ 200.000 por el Predio Putumayo y sus mejoras. El Banco Agrícola
Hipotecario de Colombia, obrando a nombre de nuestra República, le canceló a
Arana en ese tiempo la suma de US$ 40.000.
Veinticinco años más tarde, en 1964, durante el gobierno del presidente
Guillermo León Valencia, la Caja Agraria pagó la suma restante a Víctor Israel,
causahabiente de la Peruvian Amazon Company, que aparentemente había sido
liquidada, y a herederos de Arana, cerrándose así ¡a negociación. Con esto
quedaba supuestamente sellada la triste historia de la Casa Arana en Colombia.
En 1975, el Instituto Colombiano de la Reforma Agraria, INCORA, estableció
varias reservas en el río Caquetá, beneficiando a numerosos indígenas Witoto,
Muinane y Andoke. En 1982, se proponía hacer algo similar, constituyendo un
gran resguardo en el río Igara Paraná, en cuyas riberas se encuentran diversas
localidades habitadas por Witoto, Bora y Okaina, sobrevivientes de la hecatombe
cauchera.
Para sorpresa de todo el mundo, la Caja de Crédito Agrario, Industrial y Minero,
descubrió entre sus activos el Predio Putumayo, y demandó suspender todo
reconocimiento de los derechos de los indígenas puesto que alegaba ser la
propietaria de tales tierras; basaba su alegato en el papel de intermediación
desempeñado 40 años atrás. El Predio Putumayo es un territorio de
aproximadamente 5´000.000 de hectáreas (según levantamiento realizado
recientemente por el INCORA) que abarca una gran par te de la Comisaría del
Amazonas, desde el Caquetá hasta el Putumayo, de norte a sur, y desde el río
Pupuña hasta cerca de Puerto Leguízamo.
Como un nuevo capítulo de una lúgubre epopeya que pudiera calificarse como
"La vorágine del caucho", una entidad del Estado se arroga el derecho de
disputarle las tierras a las comunidades indígenas que las han habitado por
milenios. Olvida esta entidad los legítimos derechos de los reales dueños de tales
territorios, víctimas del genocidio de la casa cauchera y, a su vez, fuente del
"derecho" de la misma Caja Agraria. Cuando se escribe una historia, quien
testimonia tiene la seria dificultad de determinar cuándo empezar y dónde
terminar. En el caso de la historia que nos ocupa, no cabe duda de que el capítulo
aún no está cerrado.