La Lingüística: Ciencia del Lenguaje
La Lingüística: Ciencia del Lenguaje
A. “Para caracterizar a nuestra especie, los investigadores han propuesto denominaciones como
Homo sapiens (“que conoce”), Homo faber (“que fabrica y utiliza instrumentos”), Homo pictor (“que
representa realidades”) … Todas ellas reflejan aspectos importantes de la naturaleza humana, pero la
que mejor nos define es la de Homo loquens (“que habla”): la posesión del lenguaje es la capacidad
que nos hace humanos.
Desde un punto de vista intuitivo solemos establecer una correlación entre la naturaleza humana y
la posesión del lenguaje: el primer rasgo de personificación que atribuimos a los animales o incluso a
los seres no animados es precisamente el habla. Framklin y Rodman (1998) indican que para algunos
pueblos africanos los recién nacidos no se clasifican como personas (muntu), sino como cosas (kuntu),
precisamente porque todavía no son capaces de hablar. Una idea similar está presente en la
denominación latina INFANS (literalmente, ‘el que no habla’), de la que proceden derivados como
infantil” […] Así pues, hay muchos datos que demuestran que el lenguaje está en la base de buena
parte de nuestras capacidades específicas: es difícil concebir un conocimiento estructurado sin la
posesión del lenguaje; sin este no podría entenderse la construcción y el manejo de herramientas
complejas, ni la conquista de un territorio tan amplio como el hombre ocupa en la actualidad. El nivel
de complejidad de todos estos logros humanos es tan alto que resulta impensable sin las capacidades
que derivan del lenguaje. (Mª V. Escandell y otros, El lenguaje humano, Madrid, UNED, págs. 3-4).
B. “La evolución llegó a su fin cuando la criatura humana desarrolló el habla, tan pronto como se
convirtió no en Homo sapiens, ‘hombre que razona’, sino en Homo loquax, ¡’hombre que habla!’ El
habla le proporcionó a la criatura humana mucho más que una herramienta ingeniosa: ¡el habla fue una
verdadera bomba atómica! Le dio los poderes de la razón, de la memoria compleja y de la
planificación a largo plazo” (Tom Wolfe, “The human beast”,
[Link]
C. Fue Ferdinand de Saussure, a principios del siglo XX, quien sostuvo que el lenguaje tiene la
propiedad de ser ‘heteróclito’. Este extraño término gramatical aludía al hecho de que el lenguaje está
ligado a una enorme variedad de ámbitos de experiencia y de estudio y, por así decirlo, tiene lugar
gracias a numerosos fenómenos que no son lingüísticos en sentido estricto. Desde un determinado
punto de vista, en efecto, el lenguaje ‘es’ sonido, y por lo tanto forma parte de la fisiología y la física;
desde otro punto de vista, ‘es’ contenido mental y por tanto pensamiento, con lo cual forma parte de la
psicología. Pero se pueden determinar muchas áreas más en las que el lenguaje ahonda sus raíces:
puesto que nace de la especie humana es un determinado momento de la evolución, ‘es’ biología y
genética; desde el momento en que se aprende ‘es’ pedagogía. Por otro lado, como cambia en el
tiempo, ‘es’ historia; podemos describir muchos aspectos de él con métodos matemáticos, y por tanto
‘es’ ciencia matemática; tiene lugar en el cerebro, está sujeto a disturbios y patologías, por eso ‘es’
neurología.
La lista de los ámbitos que contribuyen en cierta manera a dar al lenguaje su fisonomía concreta
podría ser muy larga. Igualmente larga podría ser la lista de las disciplinas que se aproximan a la
lingüística en el estudio del lenguaje, o que pueden por su cuenta aclarar algunos aspectos de
ella: biología, genética, psicología, matemática, ciencias neurológicas, sociología, historia, educación,
etc. (R. Simone, Fundamentos de lingüística, Barcelona, Ariel, 1993, p. 6)
D. Definir el lenguaje humano no es tarea sencilla, dado que se trata de un fenómeno
extremadamente complejo y multidimensional, como prueba el hecho de que es el objeto (más o
menos central) de diversas disciplinas científicas. En efecto, el lenguaje está ligado a una enorme
variedad de ámbitos de experiencia y de estudio y, por así decirlo, tiene lugar gracias a numerosos
fenómenos que no son lingüísticos en sentido estricto. Quizá por ello puede afirmarse que
prácticamente todas las definiciones del lenguaje son, desde algún punto de vista, acertadas.
Generalmente aciertan en lo que afirman y yerran en lo que exageran, excluyen o niegan.
Últimamente, por lo general, en las enciclopedias del lenguaje o de la lingüística, se evita dar una
definición explícita de qué es el lenguaje, aunque se presupone una determinada concepción, que se
halla implícita en las diversas entradas. Vamos a intentar en estas líneas dar una visión del lenguaje
con base en tres dimensiones como para que nos sirva para proponer una definición suficientemente
englobadora y precisa.
Es frecuente, por ejemplo, caracterizar el lenguaje humano como la facultad exclusiva del ser
humano para comunicarse: "el lenguaje designa propiamente la facultad que tienen los hombres de
entenderse por medio de signos vocales". En este tipo de definiciones encontramos citada, en primer
lugar, una dimensión biológica. A este nivel biológico corresponde la capacidad de hablar
condicionada fisiológica y psíquicamente. En efecto, el lenguaje es una facultad psicológica-mental
que se sustenta en un soporte biológico, esto es, en un sustrato físico que está en la propia anatomía
del animal lingüístico (el ser humano): los órganos para la fonación y recepción del lenguaje y el
cerebro como órgano central para la producción y comprensión de mensajes lingüísticos. Son las
bases neurofisiológicas del lenguaje. Todos los seres humanos normales, si no tenemos alguna
patología, disponemos de esta habilidad mental y de este sustrato neurofisiológico, que siempre se
concreta en adquirir la lengua de nuestro entorno en los primeros años de vida.
Por otro lado, en definiciones como las citadas, aparecen otros términos clave que tienen que ver
con la dimensión funcional del lenguaje, es decir, con las funciones del lenguaje (¿para qué sirve el
lenguaje?). Uno de ellos, si no el más recurrente, es “comunicación”. En efecto, tanto en obras
especializadas como divulgativas, tanto en definiciones que se encuentran en ámbitos especializados,
como en otros ajenos a la Lingüística, se encuentra frecuentemente caracterizaciones del lenguaje
humano que tienen como palabra clave el término “comunicación” y otros asociados como
“información”. Por ejemplo, es frecuente leer o escuchar que el lenguaje es un “instrumento de
comunicación”. De hecho, por tener el lenguaje misión primordial comunicativa, y servir de enlace
entre persona y persona, solemos fijarnos únicamente en este valor social. Se trata de una de función
que sobre todo se relaciona con la transmisión de información significativa entre diferentes personas
(o también con uno mismo). Pero también existe la posibilidad de utilizar el lenguaje en formas de
comunicación que no son estrictamente la transmisión de información nueva: empleamos también el
lenguaje con finalidades más “gratuitas o desinteresadas” (chistes, anécdotas, etc.) que muestran que
los seres humanos establecen mediante el lenguaje formas de comunicación distintas cuantitativa y
cualitativamente a las de otras especies. Por otra parte, hay funciones del lenguaje que no implican a
otros congéneres, esto es, que propiamente no tienen una función socializante: son las funciones
internas, funciones que sirven a uno mismo: pensar o razonar interiormente con el lenguaje, utilizarlo
en la escritura para ser consciente de lo que se sabe o recuerda, etc.
Se suelen citar otras funciones esenciales del lenguaje humano. Una de ellas tiene que ver con el
carácter esencialmente cognoscitivo del lenguaje, lo cual significa que representa una modalidad,
específica del ser humano, de “contactar” con el mundo. Por un lado, con el lenguaje (con cada
lengua) representamos el mundo. Por otra parte, el lenguaje es una actividad mediante la cual la
persona clasifica y designa mediante símbolos (signos lingüísticos) la realidad.
Por último, cabe hablar de una dimensión estructural. En esta dimensión cabe hablar de las
lenguas consideradas en sí mismas en la medida en que pueden describirse como un tipo de códigos,
esto es, como un sistema de signos con su propia organización en diferentes tipos de unidades de
diferente complejidad y con sus reglas de combinación. Cabe preguntarse entonces cómo son los
signos lingüísticos, qué propiedades materiales tienen (con qué sentidos los producimos y los
recibimos), qué relación tienen estos signos con aquello que significan o designan (arbitrariedad),
como se disponen en su combinatoria, qué ámbitos de la realidad pueden simbolizar o nombrar, etc.
En esta dimensión cabe preguntarse si las lenguas poseen propiedades estructurales específicas, que no
están, por ejemplo, en los códigos de comunicación animal.
i) Definiciones de “lenguaje (humano)” y de “lengua”. ¿En qué dimensiones del
lenguaje humano se hace hincapié en estas definiciones?
En la historia de la reflexión lingüística del siglo XX, el objetivo principal del lingüista ha sido
describir y explicar qué es la competencia lingüística, qué quiere decir que un hablante es
competente o sabe hablar una lengua y qué aspectos de la competencia lingüística debe
dominar. Sin embargo, si pensamos en los dos grandes modelos teóricos de la Lingüística de
nuestro siglo, la competencia lingüística ha quedado circunscrita a la competencia de la lengua o
competencia idiomática. En las páginas siguientes describiremos un modelo de “saber
lingüístico” que consideramos útil para la reflexión sobre la competencia lingüística y que va a
servir para entender por dónde han ido el objeto y los objetos de las principales corrientes
lingüísticas del siglo XX y XXI. Interesa ante todo destacar el hecho de que exponemos esta
teoría no tanto para aprovecharla para la mejora de la competencia oral y escrita, como para
entender cuál es la naturaleza de la competencia lingüística y para situar casi todos los
contenidos del temario de la asignatura.
Hablar (y escribir) no es solo una actividad que se basa en una facultad, sino que también revela
un saber, una técnica, o mejor, unos saberes, unas técnicas que necesitan aprendizaje, ejercicio,
mejora continua. La idea nuclear consiste en que en el conocimiento técnico del lenguaje
existen tres niveles: el nivel universal del hablar en general, el nivel idiomático de las lenguas o
idiomas y el nivel particular de los discursos. En palabras de Coseriu: “[...] el lenguaje es una
actividad humana universal que se realiza individualmente, pero siempre según técnicas
históricamente determinadas (lenguas)” (Coseriu 1981: 269). Lo explicaremos detenidamente.
En efecto: hablar es una actividad universal, común a todos los hombres. Además, la actividad
de hablar debe atenerse a las normas de una tradición idiomática de una comunidad
determinada, es decir, siempre se habla en una lengua. Por último, es una actividad individual
en dos sentidos: se realiza siempre por un individuo que habla con otros o consigo mismo (por
tanto, no es una actividad coral) y, en segundo lugar, tiene lugar en una situación determinada
(como se dice habitualmente, en un contexto particular). Dos ideas:
a) Los tres niveles del hablar son tres escalones del lenguaje: tienen una ordenación que va en
progresiva determinación, es decir, los niveles de abajo son más “concretos” que los de arriba:
hablar en general
hablar en una lengua
un individuo habla en un contexto particular
b) En consecuencia, hablar es una acción compleja, pues cuando hablamos (o escribimos) están
presentes los tres niveles: se habla en general, se habla en una lengua y habla Fulanito (no
Menganito o Zutanito) en un contexto concreto.
A cada nivel le corresponde un saber lingüístico y un criterio de corrección. Es preciso dominar
las tres técnicas para que los textos alcancen una completa valoración positiva. Es decir: un
discurso (hablado o escrito) como producto lingüístico concreto de un individuo en una
situación determinada debe tener conformidad con los tres niveles de corrección y, para ello,
debe ser juzgado positivamente (o al menos suficientemente) de acuerdo con los tres tipos de
saberes lingüísticos que se expondrán a continuación. Este es el esquema que se va a desarrollar
en los próximos epígrafes:
Niveles del
Saber lingüístico Criterio de corrección
lenguaje
Universal Competencia lingüística general Congruencia
Idiomático Saber idiomático Corrección idiomática
Individual Saber expresivo Adecuación
A. La competencia lingüística general: la congruencia
Es evidente que en estos ejemplos “algo va mal”. Son incongruentes pero no en español o,
mejor, no con respecto al español, puesto que en ellos no se viola ninguna norma de la lengua
española. En estos casos lo que sucede es que los textos son imperfectos porque no respetan
alguna de las normas universales del “buen hablar”. Más concretamente, ejemplos como estos
presentan es una falta de correspondencia con dos tipos de conocimiento: a) los principios
universales del pensar humano y b) el conocimiento y la experiencia que el hombre tiene acerca
del mundo y de sí mismo. En general, no decimos cosas que contravienen los elementales
principios del pensar: por ejemplo, respetamos el principio de identidad –no decimos que algo
es igual a algo diferente: los leones son patos–; respetamos el principio de la congruencia de
número –no decimos que cinco es igual a cuatro, como en el ejemplo 2)–; tampoco afirmamos
lo consabido como en Vive en una casa con ventanas: rechazamos esta expresión por no
informativa, porque dice lo obvio; ni somos redundantes como en 1); ni, por fin, decimos cosas
que no se fundan en lo que sabemos de la realidad, como en 3). Nótese que las traducciones de
estos ejemplos a cualquier idioma seguirían siendo incongruentes. En resumen: Hablar con
congruencia significa que debemos hablar (y escribir) de acuerdo con las normas de la
lógica (principios generales del pensamiento humano) y de acuerdo con el conocimiento
del mundo de una determinada comunidad cultural (valores, modos de vida, ideología,
etc.).
En principio, los adultos hablan (y escriben) con congruencia y juzgan con espontaneidad
negativamente un texto que no cumple con las normas universales del buen hablar. De hecho, lo
que los hablantes esperan es que los textos no tengan contradicciones o incongruencias de
diverso tipo. Sin embargo, la ausencia de planificación, la falta de atención, la falta de revisión
de lo escrito, los descuidos o, simplemente, la deficiente competencia lingüística general dan
lugar a incongruencias, a veces flagrantes, incluso en la prosa académica de alumnos
universitarios. Véanse estos ejemplos:
El Panglossismo es una actitud ante la lengua denominada por Salinas o mejor dicho, que la
considera como anarquía de la lengua. [escrito de un estudiante universitario]
Hace pocos años, con ocasión de un congreso internacional, asistí a un acto en la iglesia de la
Merced de Córdoba, incendiada, poco hacía, por un pirómano demente y en trance de
restauración. [texto periodístico]
En estos textos existe una falta de adecuación a las normas generales del saber hablar. Ello da
lugar, por tanto, a textos incongruentes. En muchos casos, como queda reflejado en el ejemplo
4), las deficiencias en la competencia lingüística general reflejan un pensamiento confuso o,
más bien, lo que allí se manifiesta es un desajuste entre lo pensado y lo expresado. En lo que se
dice en los otros dos ejemplos se deja abierta la puerta para una interpretación de algo
extravagante, que se podría solucionar cambiando el orden de algunos elementos.
En definitiva, la competencia lingüística general impone restricciones al hablar en todas las
lenguas, de ahí que, en primer lugar, este saber lingüístico explique qué cosas, en principio, no
se dicen (ni se escriben). Vamos a enumerar ordenadamente algunos de estos principios o
normas:
Pedro es numeroso.
Juan es simpático y antipático.
Aparecen consecuencias secundarias que pueden producir una incapacidad permanente
de muy larga duración (El Correo Español-El Pueblo Vasco, edic. La Rioja, 6/4/90, p.
6)
En ninguna lengua puede decirse que una expresión que implique pluralidad es uno (y
viceversa), como sucede en el ejemplo 7). En el ejemplo 8) comprobamos que no se puede
asignar una cualidad y al mismo tiempo su contraria. Por fin, en el cuarto ejemplo se observa
una clara contradicción o, en todo caso, una redundancia innecesaria: algo no puede ser
“permanente” y de larga duración al mismo tiempo.
Bajo este principio podríamos juzgar, también negativamente, otras expresiones, convertidas en
muchas ocasiones en muletillas o latiguillos de uso generalizado, algunas de creación reciente y
muchas de ellas extendidas desde los medios de comunicación, que evaluamos como
incongruentes en la medida en que la unión de las partes de que consta la expresión resulta a
todas luces “absurda” si acudimos a sus significados por separado. Véase un ejemplo extraído
de la prensa:
El valor de un kilo de resina de hachís en Marruecos -la práctica totalidad de esta sustancia que
llega actualmente a España procede del país magrebí- es de 30.000 pesetas, según estimaciones
oficiales referidas al año 99. El valor de ese mismo kilogramo se dispara, una vez llega a las
calles de nuestro país, a los dos millones de pesetas. Esta cotización se incrementa aún más
cuando el hachís se rebota al mercado británico o alemán, donde el precio final se acerca a los
cinco millones de pesetas. (La Voz de Galicia, 13/12/2000)
Y véase a continuación en estos textos cómo se explica lo absurdo de esta expresión y otras
semejantes:
a) “¿Sabe usted que hay totalidades teóricas? Comparto su ignorancia, pero ha de
haberlas, puesto que las hay prácticas: los medios de comunicación, los políticos, los
profesores, los letrados, los predicadores, las gentes todas que deben de saber lo que se
dicen, proclaman incesantemente su existencia: “La práctica totalidad de los ciudadanos
está indignada con el nuevo impuesto comunitario”. Quieren manifestar, todos los
sabemos, que la indignación es compartida por casi todos los ciudadanos.” (Lázaro
Carreter 1998: 328)
Dado que, para poder hablar, en cualquier ámbito, de totalidad hemos de referimos al
conjunto completo de entes de que se trate, sin excepción, no se percibe muy bien qué
matiz especial añade el adjetivo práctica; se me dirá que expresa una ‘aproximación’, es
decir, que equivale al adverbio aproximadamente, que en ocasiones se sustituye por
prácticamente; a lo cual respondo: puesto que es así, úsese dicho adverbio; y para darle
mayor precisión, ya que no se cumple el requisito de la exhaustividad, úsese el sustantivo
mayoría, que goza de suficiente salud lingüística como para justificar su presencia en
expresiones tan castizas como una (gran/ amplia/ enorme/ aplastante) mayoría (elijan
ustedes el añadido que les parezca oportuno en este caso). Eso sí, húyase, como de la
peste, de ese latiguillo absurdo y disparatado de reciente creación, que además de no
añadir claridad a la expresión pretende desbancar a otras más precisas y atinadas, de
mayor raigambre y solera”. (F. González Bachiller y J. J. Mangado Martínez, En román
paladino, 1999: 186).
Bastaría, pues, con haber utilizado expresiones tan llanas y tan normales como “la mayor parte
de esta sustancia”, “casi toda la sustancia”, “la mayoría de la sustancia”, etc.
“Como es sabido, una cosa es el pleonasmo –expresiones como Lo vi con mis propios
ojos-, que aporta cierto valor expresivo al enunciado, y otra muy distinta es la redundancia, que
nada añade ni al contenido ni a la eficacia expresiva del texto, como se comprueba en los
siguientes testimonios que he copiado de la prensa diaria: “Ejecutados por narcotráfico de
drogas”; “Acusa a EEUU de injerencia en problemas ajenos” [...] A cualquier hablante –no
digamos ya al periodista, aquejado permanentemente de prisa- acechan por doquier
redundancias como asomarse al exterior, aterido de frío, bifurcarse en dos direcciones,
casualidad imprevista, divisas extranjeras, falso pretexto, participación activa, prever con
antelación, progresar hacia delante, utopía inalcanzable, etc.”. (Casado Velarde 1992: 18)
Otros ejemplos de redundancias inexpresivas que podrían aducirse como ejemplos de tautología
son los casos, relativamente frecuentes en los medios de comunicación, de pares de palabras
consecutivas (o de expresiones más complejas) sinónimas o casi sinónimas, de las cuales una se
puede considerar superflua, dado que no aporta nada, ni informativa ni expresivamente. Esto es
muy frecuente en el lenguaje político, como veremos en algún ejercicio:
- La última vez que hablé con usted, noté que se sentía completamente desbordado por el
trabajo y la popularidad. ¿Ha aprendido ya a luchar contra esto?
- No he aprendido. Lo que hago es recluirme más, estar más solo y todo eso, lo cual tampoco
es la solución. La popularidad interviene demasiado en el terreno personal. Todo se vuelve
más difícil y más complicado, menos divertido. (Tiempo, 03/12/1990, CREA)
Principio de la coherencia. Este principio consiste en todo texto debe tener unidad: las
partes deben tener conexión con el todo. A todo texto o discurso (dicho o escrito en cualquier
lengua) se le exige una integración de las partes en el conjunto, con una ordenación jerárquica,
por supuesto sin contradicciones internas, etc. Los individuos con deficiencias en la
competencia lingüística general reflejan, en sus productos lingüísticos, problemas en la
disposición de las partes, de tal modo que el receptor, siempre activo en la búsqueda de la
unidad, tiene en ocasiones dificultades en encontrarla. Se trata de individuos inexpertos en la
creación de textos planificados, cuyo pensamiento confuso se refleja en sus productos verbales
o, en todo caso, se comprueba un desajuste entre lo pensado y la expresión. Incluso sus
discursos planificados resultan desorganizados, con saltos lógicos, sin orden jerarquizado de las
ideas, con contradicciones, etc. Hablaremos con más detenimiento de la coherencia en otro
tema.
Principio de la claridad. Este principio lo infringen las anfibologías, la falta de
precisión, etc. A todo texto le exigimos la claridad. Por eso rechazamos ejemplos como estos:
He visto a Juan mientras conducía (¿Quién conducía?)
Para terminar este apartado, véanse estos ejemplos comentados sobre incongruencias cometidas
en discursos públicos (políticos, medios de comunicación, etc.).
En suma, el “hablar congruente con los principios más generales del pensamiento y con el
conocimiento del mundo no llama la atención: es lo normal y lo que es de esperar” (Coseriu
1992: 107) y, por otra parte, la competencia lingüística general
“1) Es un saber que nos permite aceptar algo como coherente o rechazarlo como incoherente.
2) Es un saber que nos permite interpretar lo dicho.
3) Es un saber que se presupone también en el caso de una interpretación con sentido del
contrasentido, cuando éste de hecho se dice intencionadamente” (Coseriu 1992: 113; cf. infra el
principio de confianza).
B. La competencia idiomática: la corrección/la gramaticalidad
En otro orden de cosas, el nivel discursivo, por ser el plano más concreto del lenguaje, puede
suspender eventualmente los principios de los niveles superiores. Así, la emisión individual de
ciertas expresiones puede ser adecuada a pesar de que estas violen manifiestamente algún
principio general del pensamiento o sean incongruentes con el conocimiento general de las
cosas. Nos encontramos, pues, ante afirmaciones intencionadas de lo incongruente, de un
“sinsentido” al que hay que buscar la “segunda” intención implícita: lo incongruente no siempre
es indicio de que el hablante no sabe hablar congruentemente, sino que lo que suele ocurrir es
que “se quiere decir otra cosa”. Causas transparentes de este tipo de anulación son la ironía o el
énfasis expresivo. Así, un hablante puede repetir una palabra, una expresión o un contenido
varias veces con el fin de enfatizar una idea, un acuerdo (o un desacuerdo) o, simplemente, con
fines expresivos. Piénsese, en este sentido, en el enjuiciamiento de una expresión como
redundante o como pleonástica. En el primer caso se trataría de un error que debe evitarse; en el
segundo, como se dijo más arriba, se trata de una redundancia intencionada, con fines
expresivos. Ahora bien, no siempre es fácil dilucidar si estamos ante una redundancia
condenable o ante un pleonasmo intencionado.
Asimismo, el nivel individual puede anular las normas de corrección idiomática. Casos
frecuentes en que el hablante renuncia intencionadamente a su saber idiomático son aquellos en
que se habla con niños o con extranjeros: la adecuación al receptor es la justificación de las
posibles incorrecciones idiomáticas.
1. Contribución del conocimiento de las cosas para interpretar significados en las lenguas:
el conocimiento del mundo nos hace elegir una interpretación de entre varias interpretaciones
posibles
a) "La cuestión relativa a hasta qué punto juega un papel en estas interpretaciones el
conocimiento de las cosas, no ha sido por ahora suficientemente analizada. Pero no se ha dejado
de destacar que los derivados y compuestos tienen un significado mucho más general o tienen
mucho menos significado que lo que se tiende a atribuirles" (Coseriu 1992: 129). Piensa en
cómo los conocimientos extralingüísticos nos hacen interpretar de distinta manera el sufijo -dor
en vendedor/despertador. Lo mismo para los compuestos: no interpretamos igual sofá-cama que
pez espada.
b) La preposición en tiene un significado general muy abstracto, muy abarcador. Elabora frases
en que figure esta preposición para mostrar que es nuestro conocimiento del mundo el que
ayuda a interpretar en cada caso cuál es el significado que se actualiza. Lo mismo cabría hacer
con la preposición con.
3. Piensa en ejemplos de ironías o de hipérboles con las que podríamos ejemplificar que el nivel
individual (los sentidos, las intenciones) “deshace” la supuesta incongruencia.
4. La idea de que en ocasiones renunciamos a nuestro saber idiomático para poder ser más
adecuados en situaciones en que nuestros interlocutores no dominan bien nuestra lengua
(contacto interlingüístico) tiene más interés del que parece. Se podría pensar en que este
ejemplo de “anulación” es el que explica el nacimiento de los conocidos como pidgin, que en
ocasiones desembocan en el nacimiento de nuevas lenguas, conocidas como lenguas criollas.
a) En primer lugar, lee este texto para entender qué es un pidgin y una lengua criolla. También,
si quieres, puedes consultar la información sobre un buen número de pidgin en
[Link] Después de leer este texto, habrás
visto que hay pidgin y criollos que están basados en lenguas europeas (español, inglés, francés,
portugués), mientras que otros tienen como lengua base alguna no europea
b) En segundo lugar, reflexiona sobre la postura del autor del siguiente texto y relaciónala con
la teoría de los niveles del lenguaje como teoría posible para explicar el nacimiento de los
pidgin y, posteriormente, de las lenguas criollas. ¿Quién “renuncia” a su saber idiomático y
habla entonces para “ser entendido”, para poder comunicarse? Entonces, ¿qué podría ocurrir en
el contexto de los contactos que dar lugar a pidgin? ¿Crees que esta teoría podría ser interesante
para explicar el nacimiento de las lenguas románicas, como se viene a decir al final de este
texto?
“Con el hablar con extranjeros está relacionado también un problema lingüístico muy
importante, esto es, el problema del nacimiento de una lingua franca, i. e. de una lengua cuya
función es la comunicación lingüística entre comunidades con distintas lenguas. Un problema
muy parecido es el del nacimiento de las «lenguas criollas». Por lo que se refiere a las lenguas
criollas, se trata de formas de lenguas europeas que éstas han optado en colonias que tienen
lenguas completamente diferentes. Esas formas no hay que atribuirlas fundamentalmente, como
se cree, a un hablar incorrecto de los pueblos de África o Sudamérica que sean del caso, ni
tampoco se basan primordialmente en la influencia de la lengua local sobre la lengua europea.
El motivo más importante de su nacimiento es la reducción intencional, i.e. buscada, de las
reglas de las lenguas europeas por parte de los mismos europeos.
Es muy probable que otros fenómenos de la historia de las lenguas estén también relacionados
con la actitud que se adopta al hablar con extranjeros. Así, por ejemplo, se ha sostenido la
opinión -en modo alguno absurda- de que los cambios tan profundos que experimentó el latín en
la época de finales de la Antigüedad e inicios de la Edad Media se deben a que los mismos
romanos querían hablar con los extranjeros de una forma «más sencilla» y «más comprensible».
Renunciaron, por tanto, a lo que en su opinión era demasiado complicado en su propia lengua y
se adaptaron voluntariamente al hablar de los extranjeros. Si seguimos esta concepción sobre el
nacimiento del latín vulgar y las lenguas románicas modernas, también aquí la adaptación partió
primordialmente de los propios hablantes de la lengua particular y no de aquellos que sólo
dominaban [conocían] esa lengua de una manera imperfecta”. (Coseriu, E., Competencia
lingüística. Elementos de la teoría del hablar, Madrid, Gredos, págs. 201-202).
3. La lingüística no es prescriptiva. Corrección y gramaticalidad
Para las personas no profesionales, una de las características que más les sorprende de la
lingüística es que esta no da consejos o prescribe comportamientos. Pero esto es obvio, puesto
que ninguna disciplina científica es prescriptiva. A la lingüística como ciencia no le interesa el
enfoque prescriptivo sino que acepta todo uso del lenguaje, lo describe e intenta dar
explicaciones de por qué se dice o escribe así. Es concepción ingenua y una falacia clásica la de
pensar que los lingüistas son jueces del buen comportamiento lingüístico: "Un estudio se llama
científico cuando se funda sobre la observación de los hechos y se abstiene de proponer una
selección entre estos hechos en nombre de ciertos principios estéticos o morales" [...]. La
dificultad que existe para separar la lingüística científica de la gramática normativa recuerda la
que existe para separar de la moral una verdadera ciencia de las costumbres (Martinet).
El lingüista es observador que intenta conocer. Su ámbito de estudio es la variada
manifestación del lenguaje. Es una ciencia, no el arte de hablar y escribir correctamente, como
rezan las antiguas (y modernas) gramáticas. La lingüística es una ciencia que tiende a la
DESCRIPCIÓN y EXPLICACIÓN de los fenómenos lingüísticos: datos empíricos (llamados
también EVIDENCIAS), que para explicarlos hay que elevarlos a HIPÓTESIS generales
pueden explicar el ser de los hechos.
Debido al carácter heteróclito del lenguaje, también la disciplina que lo estudia debe ser
heteróclita (Simone). Esta propiedad ha inquietado mucho a los lingüistas de este siglo. Así se
desprende de esta otra definición: "es la ciencia que estudia desde todos los puntos de vista
posibles el lenguaje humano articulado, en general y en las formas específicas en que se
actualiza, es decir, en los actos lingüísticos y en los sistemas que tradicionalmente llamamos
lenguas". Y así, por ejemplo, podemos establecer diferentes objetivos de la lingüística. He aquí
cuatro, que no agotan todos los que podríamos nombrar (al final de la asignatura, un buen
ejercicio sería completar este breve listado con base en todo lo que ha visto en el semestre):
1) Especificar la naturaleza del lenguaje, y concretamente las potencialidades cognitivas
y comunicativas que aporta al ser humano y las limitaciones que le impone. Identificar
qué propiedades o qué usos son exclusivos del lenguaje humano o de las lenguas.
2) Identificar las reglas que los hablantes de una lengua aplican al producir y recibir un
mensaje lingüístico: esto implica descripción y también teoría; ¿qué es la competencia
lingüística? ¿Cómo la adquirimos/aprendemos?
3) Identificar y definir las unidades en que se organizan las lenguas del mundo.
Reflexionar sobre aquellas que deben ser universales, describirlas desde un punto de vista
contrastivo, etc.
4) Describir y explicar los cambios que se producen, en el curso del tiempo, en la
organización y en la estructura de las lenguas.
Vamos a hacer alguna lectura y un ejercicio sobre una tendencia del español actual (no solo
afecta al español) que viene bien para pensar en las fronteras entre lingüística
normativa/lingüística descriptiva. Se trata de una tendencia que ha dado lugar a usos lingüísticos
que, en principio, se consideran no normativos, pero que, en ocasiones, se han generalizado y
han triunfado. En pocas palabras, se trata de la tendencia en ciertos hablantes, con profesiones
de influencia pública (periodistas, políticos, profesores, científicos) a la expresión altisonante,
larga, eufónica (que suena bien), pretendidamente culta: “La modernidad exige el circunloquio”,
decía un ilustre filólogo (F. Lázaro Carreter).
Una característica de esta tendencia (que el propio Lázaro Carreter denominó “neoespañol”) es
la creación de palabras de considerable extensión, que algunos han denominado archisílabos. Se
trata de una moda lingüística, expandida especialmente desde los lenguajes administrativo y
político, es decir, son novedades creadas por personas de sociolecto culto. Se trata del frecuente
empleo de palabras de considerable extensión, que en ocasiones da lugar a nuevas palabras, esto
es, a neologismos polisilábicos o archisilábicos, muchos de ellos innecesarios, que, en no pocos
casos, los medios de comunicación se encargan de expandir y consolidar. En gran medida, lo
que subyace a esta tendencia léxica es el deseo de seducir, de adornar el discurso para darle un
aire grandilocuente. Es cierto que la creación archisilábica no es solo propia de nuestros días ni
afecta únicamente a la esfera del lenguaje político. Pero también es verdad que se trata de una
moda especialmente productiva en los últimos decenios.
Lee el siguiente texto: es una columna periodística, escrita por el filósofo Aurelio Arteta
(escribió algunas más sobre este fenómeno, por si alguien quiere leerlas). A continuación
responde a los ejercicios.
iii) Muchos de estos “archisílabos” son efímeros, tiene corta vida y su uso es restringido, aunque al
lingüista le interesa todo uso del lenguaje, incluidos los que tienen que ver con esta moda
“archisilábica”: su origen, su extensión, las causas de su gestación, etc. Pero otros triunfan, se
expanden y acaban apareciendo en los diccionarios como prueba de su aceptación y generalización. A
continuación reflexiona sobre estos pares de palabras parónimas. Busca las más largas de cada par en
los diccionarios DEL y DPD ([Link]). Explica si la palabra más larga es sinónima o no de la
palabra “más simple” y comprueba en los diccionarios si se ha aceptado su uso, a pesar de que a
veces es un mero sinónimo de la palabra más antigua (y más corta…): culpabilizar/culpar;
valorizar/valorar; contar/contabilizar; legitimar/legitimizar.
iv) ¿Por qué el archisílabo mutualizar no se considera ni quizá se considerará normativo? Piensa en la
moda del archiverbalismo, explicable en gran medida por la afectación y la pedantería, da lugar a
neologismos innecesarios, a veces creados con procedimientos no ajustados a las normas de la lengua.
v) Pronunciación de los participios de la primera conjugación (en –ado). Describa estas tres
variantes de pronunciación desde el punto de vista normativo y desde el punto de vista
diatópico, diastrático y diafásico: [bailado] [bailao] [bailau].
vi) Intenta comentar estos usos desde el punto de vista de la corrección idiomática. E intenta
etiquetar los usos que registran en estas cuatro columnas desde el punto vista sociolectal, es
decir, qué clases sociales emplean o podrían emplear más productivamente qué columnas de
estas cuatro. Para todo ello, consulta la entrada el en el Diccionario panhispánico de dudas.
vii) Una reflexión final. Respuesta libre, pero pensada. Los comentarios sobre determinados
usos lingüísticos, sobre todo los relacionados con el “neoespañol”, que hemos realizado en este
tema pueden dar lugar a una última reflexión, Se suele decir que las lenguas cambian porque
tienen historia, como los hablantes, y cambian simplemente porque se hablan, porque están
vivas. ¿Crees que las personas (o algunas de ellas) deberíamos intervenir reflexivamente en
algunos cambios frenándolos? ¿Crees que es planteable la cuestión de si las lenguas cambian
hacia el progreso, a mejor, o hacia la decadencia? Para pensar en estos interrogantes, puedes
servirte de este fragmento del ensayo “Defensa del lenguaje”, de Pedro Salinas, que
precisamente se habla de si las Academias de la lengua (por ejemplo, actualmente la RAE)
deben intervenir o no en el devenir de la lengua.