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El Cuarto Poder en la Prensa

Este documento narra la historia de dos magnates de los medios de comunicación, Richard Armstrong y Townsend Keith, desde sus diferentes infancias hasta su última batalla por construir el imperio de medios más grande del mundo. Se basa en las vidas reales de los barones Robert Maxwell y Rupert Murdoch, quienes lucharon por controlar el mercado de periódicos en Inglaterra. Richard Armstrong se enfrenta a la bancarrota después de derrochar mil millones de dólares en los últimos doce meses y perder su última apuesta en el casino.

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El Cuarto Poder en la Prensa

Este documento narra la historia de dos magnates de los medios de comunicación, Richard Armstrong y Townsend Keith, desde sus diferentes infancias hasta su última batalla por construir el imperio de medios más grande del mundo. Se basa en las vidas reales de los barones Robert Maxwell y Rupert Murdoch, quienes lucharon por controlar el mercado de periódicos en Inglaterra. Richard Armstrong se enfrenta a la bancarrota después de derrochar mil millones de dólares en los últimos doce meses y perder su última apuesta en el casino.

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Crónica de las vidas de los dos

magnates de los medios, Richard


Armstrong y Townsend Keith, desde
sus infancias claramente opuestas
hasta su última batalla para construir
el imperio más grande del mundo los
medios de comunicación. El libro se
basa en dos medios de
comunicación de la vida real: los
barones Robert Maxwell y Rupert
Murdoch, que lucharon para
controlar el mercado de periódicos
en Inglaterra (Murdoch compró The
Sun y News of the World y más
tarde The Times y Maxwell compró
el Daily Mirror y su edición
dominical, el Sunday Mirror).
El concepto del cuarto poder es, en
esencia, la prensa como vigilante de
otras instituciones poderosas o
«poderes», el original de tres
propiedades en Inglaterra y más
tarde el Reino Unido es el espiritual
señores (de la Iglesia de Inglaterra),
los señores temporales, y los bienes
comunes. El cuarto está a cargo de
mantener un reloj honesta sobre las
actividades de los otros estados y la
propia organización. Estos derechos
ayudaría a las sociedades
democráticas funcionen
correctamente, abierta y
honestamente. El debate aún florece
en cuanto a si es o no cada vez
acontecido como estaba previsto.
También muestra una batalla entre
dos personajes fuertes de diversas
procedencias, que están dispuestos
a asumir riesgos sin miedo.
Jeffrey Archer

El cuarto poder
ePub r1.0
Titivillus 07.02.15
Título original: The fourth estate
Jeffrey Archer, 1996
Traducción: José Manuel Pomares
Olivares

Editor digital: Titivillus


ePub base r1.2
A Michael y Judith
Esta obra de ficción ha sido
inspirada por sucesos reales, pero por
lo demás es producto de la imaginación
del autor.

Nota del autor

E n mayo de 1789, Luis XVI convocó


en Versalles una reunión plenaria
de los Estados Generales.
El Primer Estado estaba compuesto
por trescientos nobles.
El Segundo Estado, por trescientos
clérigos.
El Tercer Estado, por seiscientos
plebeyos o estado llano.
U nos años más tarde,
tras
Francesa,
la Revolución
Edmund Burke,
levantó la mirada hacia la
galería de prensa de la
Cámara de los Comunes y
comentó: «Ahí se sienta el
Cuarto Poder, y sus
miembros son más
importantes que todos los
demás».
Los magnates de la prensa
luchan por salvar sus
imperios

Armstrong afronta la
bancarrota
1

L as probabilidades estaban en
contra
probabilidades
suya.
nunca
Pero las
habían
preocupado a Richard Armstrong.
—Faites vos jeux, mesdames et
messieurs. Hagan sus apuestas.
Armstrong miró el tapete verde. La
gran abundancia de fichas rojas
colocadas delante de él apenas veinte
minutos antes había quedado reducida a
un solo montón. Aquella noche ya
llevaba perdidos cuarenta mil francos,
pero ¿qué significaban cuarenta mil
francos cuando se han derrochado mil
millones de dólares en los últimos doce
meses?
Se inclinó hacia adelante y depositó
todas las fichas que le quedaban sobre
el cero.
—Les jeux sont faits. Rien ne va
plus —dijo el crupier al tiempo que
efectuaba un movimiento rápido con la
muñeca y daba un impulso a la ruleta.
La pequeña bola blanca cobró
velocidad sobre la ruleta, antes de caer
y saltar de un lado a otro sobre las
diminutas ranuras negras y rojas.
Armstrong dejó la mirada perdida en
la distancia. Se negó a bajarla, incluso
después de que la bola quedara
depositada sobre una de las ranuras.
—Vingt-six —anunció el crupier,
que empezó a recoger inmediatamente
con la paleta las fichas diseminadas
sobre todos los números, excepto el
veintiséis.
Armstrong se alejó de la mesa sin
mirar siquiera al crupier. Avanzó
lentamente por entre las atestadas mesas
de backgammon y ruleta, hasta llegar a
las puertas dobles que conducían hacia
el mundo real. Un hombre alto, con una
larga levita azul, le abrió una de las
hojas y sonrió al conocido jugador, a la
espera de la habitual propina de cien
francos. Pero eso no sería posible esta
noche.
Armstrong se pasó una mano a través
del denso cabello negro, descendió por
entre los frondosos jardines aterrazados
del casino y pasó ante la fuente. Ya
habían transcurrido catorce horas desde
la reunión de emergencia del consejo de
administración, en Londres, y empezaba
a sentirse agotado.
A pesar de su corpulencia
(Armstrong no se había pesado desde
hacía varios años), mantuvo un paso
firme a lo largo del paseo, y solo se
detuvo al llegar ante su restaurante
favorito, que dominaba la bahía. Sabía
que todas las mesas estarían reservadas
por lo menos con una semana de
anticipación, y el simple hecho de
pensar en el problema que iba a causar
arrancó una sonrisa de su rostro, por
primera vez durante aquella noche.
Abrió la puerta de acceso al
restaurante. El maître, alto y delgado,
giró sobre sus talones y trató de ocultar
su sorpresa con una fuerte inclinación.
—Buenas noches, señor Armstrong
—le saludó—. Qué agradable verle de
nuevo por aquí. ¿Le acompañará
alguien?
—No, Henri.
El maître condujo rápidamente a su
inesperado cliente a través del atestado
restaurante, hasta una mesa situada en un
pequeño nicho. Una vez que Armstrong
se hubo sentado, le ofreció un gran menú
encuadernado en cuero.
Armstrong negó con un gesto de la
cabeza.
—No te molestes con eso, Henri.
Sabes exactamente lo que me gusta.
El maître frunció ligeramente el
ceño. No se amilanaba ante miembros
de la realeza europea, estrellas de
Hollywood e incluso futbolistas
italianos, pero cada vez que Richard
Armstrong se encontraba en el
restaurante se sentía constantemente con
los nervios de punta. Y ahora Armstrong
esperaba que le eligiera la cena. Le
aliviaba el hecho de que la mesa
habitual de su famoso cliente hubiera
estado libre. Si Armstrong hubiera
llegado unos minutos más tarde, habría
tenido que esperar en el bar, mientras
montaban rápidamente una mesa en el
centro de la sala.
Para cuando Henri desplegó una
servilleta que colocó sobre el regazo de
Armstrong, el sommelier ya le servía
una copa de su champaña favorito.
Armstrong miró por la ventana, hacia lo
lejos, pero la mirada no se fijó en el
gran yate anclado en el extremo norte de
la bahía. Sus pensamientos estaban a
varios cientos de kilómetros de
distancia, con su esposa y sus hijos.
¿Cómo reaccionarían cuando se
enteraran de la noticia?
Un bisque de langosta fue colocado
ante él, a la temperatura adecuada para
que pudiera comerlo de inmediato.
Armstrong detestaba tener que esperar a
que la comida se enfriara. Casi prefería
quemarse.
Ante la sorpresa del maître, su
cliente mantuvo la mirada fija en el
horizonte, mientras se le llenaba por
segunda vez la copa de champaña.
Armstrong estaba convencido de que, en
cuanto se hicieran públicas las cuentas
de la empresa, sus colegas del consejo
de administración, la mayoría de ellos
simples comparsas con títulos y
conexiones, empezarían a cubrirse las
espaldas y a distanciarse de él.
Sospechaba que solo sir Paul Maitland
podría salvar su propia reputación.
Armstrong tomó la cuchara de postre
situada ante él, la introdujo en el tazón y
empezó a tomar la sopa con un rápido
movimiento cíclico.
De vez en cuando, los clientes de las
mesas cercanas se volvían a mirarlo y
luego susurraban algo a sus compañeros
de mesa, con actitud conspiradora.
—Es uno de los hombres más ricos
del mundo —le comentó un banquero
local a una mujer joven con la que salía
por primera vez, y que quedó
debidamente impresionada.
Normalmente, Armstrong disfrutaba
con su fama. Pero esta noche apenas
miró a los demás comensales. Su mente
se había trasladado a la sala del consejo
de un banco suizo, donde se tomó la
decisión de abrir la última cortina que
lo protegía…, y todo por solo cincuenta
millones de dólares.
Le retiraron el tazón vacío de sopa y
Armstrong se tocó apenas los labios con
la servilleta de lino. El maître sabía
muy bien que a él no le gustaba esperar
entre platos.
Diestramente, se le colocó delante
un plato con un lenguado de Dover,
quitadas ya las espinas, dado que
Armstrong no soportaba la actividad
innecesaria; a su lado había un cuenco
con las grandes patatas fritas que tanto
le gustaban, y una botella de salsa HP, la
única que había en la cocina, destinada
al único cliente que siempre la pedía.
Con expresión ausente, Armstrong quitó
el tapón de la botella, la volvió boca
abajo y la sacudió vigorosamente. Una
gran masa informe y amarronada cayó en
medio del pescado. Tomó el cuchillo y
extendió la salsa de un modo uniforme
sobre la carne blanca.

La reunión del consejo de


administración celebrada aquella
mañana casi se descontroló después de
que sir Paul presentara la dimisión
como presidente. Una vez que se
hubieron ocupado del apartado «Otros
asuntos», Armstrong abandonó
rápidamente la sala y tomó el ascensor
hasta el tejado, donde le esperaba su
helicóptero.
El piloto estaba apoyado sobre la
barandilla y fumaba un cigarrillo cuando
apareció Armstrong.
—A Heathrow —ladró, sin pensar ni
por un instante en el permiso del control
de tráfico aéreo, o en la disponibilidad
de canales de despegue.
El piloto aplastó rápidamente el
cigarrillo y corrió hacia la plataforma
de despegue donde estaba el
helicóptero. Mientras volaban sobre la
City de Londres, Armstrong empezó a
considerar la secuencia de
acontecimientos que se producirían
durante las pocas horas siguientes, a
menos que se materializaran de algún
modo milagroso cincuenta millones de
dólares.
Quince minutos más tarde, el
helicóptero se posó sobre la pista
privada conocida como Terminal Cinco
por aquellos que pueden permitirse
utilizarla. Descendió a tierra y se dirigió
lentamente hacia su jet privado.
Otro piloto, que ya esperaba para
recibir sus órdenes, le saludó desde lo
alto de la escalerilla.
—A Niza —dijo Armstrong, antes
de dirigirse hacia el fondo de la
carlinga.
El piloto desapareció en la cabina
de mando, e imaginó que el «capitán
Dick» iba a tomar su yate en Monte
Carlo, para pasar unos pocos días de
descanso.
El Gulfstream despegó y tomó la ruta
hacia el sur. Durante el vuelo de dos
horas, Armstrong solo hizo una llamada
telefónica, a Jacques Lacroix, en
Ginebra. Pero, por mucho que rogó, la
respuesta se mantuvo inflexible.
—Señor Armstrong, dispone usted
hasta la hora de cierre de hoy para
reponer los cincuenta millones de
dólares. En caso contrario, no tendré
más alternativa que dejar el tema en
manos de nuestros abogados.
La única otra acción que hizo
durante el vuelo fue rasgar el contenido
de las carpetas que sir Paul había
dejado sobre la mesa del consejo de
administración. Luego, desapareció en
el lavabo y arrojó los pequeños trozos
por la taza.
Cuando el avión evolucionó hasta
detenerse en el aeropuerto de Niza, un
Mercedes conducido por un chófer se
situó junto a la escalerilla. No hubo
necesidad de decir nada después de que
Armstrong se instalara en el asiento
posterior; el chófer ya sabía adónde
quería su patrono que lo llevara.
Armstrong no pronunció una sola
palabra durante todo el trayecto desde
Niza a Monte Carlo; al fin y al cabo, su
chófer no estaba en situación de
prestarle cincuenta millones de dólares.
Al detenerse el coche en el puerto
deportivo, el capitán del yate de
Armstrong se puso firmes y esperó a
darle la bienvenida a bordo. Aunque
Armstrong no había advertido a nadie de
sus intenciones, fueron otros los que
telefonearon para alertar a la tripulación
de trece hombres del Sir Lancelot, y
advertir que el jefe no tardaría en llegar.
—Aunque solo Dios sabe adónde
quiere ir —fue el último comentario de
su secretaria.
Cada vez que Armstrong decidía que
había llegado el momento de dirigirse al
aeropuerto, su secretaria era informada
inmediatamente. Esa era la única forma
de que el personal que estaba a su
servicio en todo el mundo pudiera
abrigar la esperanza de sobrevivir en su
puesto durante más de una semana.
El capitán se sentía receloso. No
esperaban al jefe a bordo durante por lo
menos otras tres semanas, cuando estaba
previsto que se tomara dos semanas de
vacaciones con el resto de la familia.
Aquella mañana, al llegar la llamada
desde Londres, el patrón se encontraba
en el astillero local, dedicado a
supervisar unas reparaciones menores
en el Sir Lancelot. Nadie sabía hacia
dónde quería dirigirse Armstrong, pero
el patrón no estaba dispuesto a correr
riesgos. A pesar de los considerables
gastos que eso supuso, consiguió sacar
el yate del astillero y tenerlo amarrado
junto al muelle, apenas minutos antes de
que el jefe llegara a Francia.
Armstrong recorrió la plancha de
embarque y pasó ante cuatro hombres,
todos ellos vestidos con impecables
uniformes blancos, que se pusieron
firmes y le saludaron. Armstrong se
quitó los zapatos y descendió a sus
camarotes privados. Al abrir la puerta
del camarote principal, descubrió que
otros se habían anticipado a su llegada;
sobre la mesa, junto a la cama, ya había
amontonados varios faxes.
¿Acaso Jacques Lacroix había
cambiado de opinión? Desechó la idea
en seguida. Después de tratar con los
suizos desde hacía muchos años, los
conocía demasiado bien. Seguían
formando una nación poco imaginativa y
unidimensional, cuyas cuentas bancarias
tenían que estar siempre en números
negros, y en cuyo diccionario no se
encontraba la palabra «riesgo».
Empezó a revisar las hojas de
arrollado papel de fax. El primero era
de sus banqueros de Nueva York, para
informarle que, tras la apertura del
mercado esa misma mañana, el precio
de las acciones de Armstrong
Communications no había dejado de
caer. Revisó rápidamente la página,
hasta que su mirada encontró la línea
que más temía leer. «No hay
compradores, solo vendedores»,
afirmaba asépticamente. «Si continúa
esta tendencia durante mucho más
tiempo, el banco no tendrá más remedio
que considerar su posición».
Dejó caer todos los faxes al suelo y
se dirigió hacia la pequeña caja fuerte
oculta tras una gran fotografía
enmarcada de él mismo estrechándole la
mano a la reina. Movió el disco
giratorio a un lado y a otro, hasta dejarlo
en el 10-06-23. La pesada puerta se
abrió y Armstrong introdujo las dos
manos y retiró los abultados fajos de
billetes. Tres mil dólares, veintidós mil
francos franceses, siete mil dracmas y un
grueso fajo de liras italianas. Una vez
que se hubo guardado el dinero,
abandonó el yate y se dirigió
directamente al casino, sin decirle a
nadie de la tripulación adónde iba,
cuánto tiempo estaría fuera o si
regresaría. El capitán ordenó a un joven
marinero que le siguiera a distancia, de
modo que, cuando decidiera regresar al
puerto, no les pillara por sorpresa.

Le colocaron delante un gran helado de


vainilla. El maître empezó a verter
chocolate caliente sobre el helado; como
quiera que Armstrong no sugirió en
ningún momento que se detuviera,
continuó hasta vaciar la chocolatera de
plata. Se inició de nuevo el movimiento
cíclico de la cuchara, que no cesó hasta
que hubo rebañado la última gota de
chocolate del lado de la copa de helado.
La copa fue sustituida por una
humeante taza de café. Armstrong seguía
mirando fijamente hacia la bahía. En
cuanto se corriera la noticia de que no
podía cubrir una cantidad tan pequeña
como cincuenta millones de dólares, no
quedaría un solo banco en el mundo
dispuesto a hacer negocios con él.
El maître regresó minutos más tarde,
y se sorprendió al ver que no había
tocado el café.
—¿Quiere que le traiga otra taza,
señor Armstrong? —preguntó con un
susurro respetuoso.
—Solo la cuenta, Henri —contestó
Armstrong con un movimiento negativo
de la cabeza.
El maître se alejó presuroso y
regresó casi inmediatamente con una
hoja de papel blanco doblada sobre una
bandeja de plata. Se trataba de un
cliente que no soportaba esperar por
nada, ni siquiera por la cuenta.
Armstrong abrió con un gesto rápido
la hoja doblada pero no demostró el
menor interés por su contenido.
Setecientos doce francos, service non
compris. La firmó y la redondeó hasta
los mil francos. Por primera vez durante
aquella noche, una sonrisa apareció en
el rostro del maître…, una sonrisa que
desaparecería cuando descubriera que el
restaurante solo era uno más en la larga
lista de acreedores.
Armstrong retiró la silla, dejó la
servilleta arrugada sobre la mesa y salió
del restaurante sin decir una sola
palabra más. Varios pares de ojos le
siguieron al hacerlo, y otro par de ojos
le observó en cuanto salió a la acera. No
se dio cuenta del joven marinero que se
escabulló corriendo, en dirección al Sir
Lancelot.
Armstrong eructó mientras caminaba
por el paseo y pasaba ante docenas de
yates, muy juntos unos contra otros,
atracados para pasar la noche.
Habitualmente, disfrutaba con la
sensación de saber que el Sir Lancelot
era, casi con toda seguridad, el yate más
grande de la bahía, a menos que durante
la noche hubieran llegado el sultán de
Brunei o el rey Fahd. Lo único en lo que
pensaba esta noche, sin embargo, era en
la cifra que alcanzaría cuando fuera
puesto a la venta en el mercado abierto.
Pero ¿querría alguien comprar un yate
que había sido propiedad de Richard
Armstrong, una vez que se supiera la
verdad?
Con ayuda de las cuerdas,
Armstrong cruzó la plancha y encontró
al capitán y al primer oficial, que le
esperaban.
—Zarpamos inmediatamente.
El capitán no se mostró sorprendido.
Sabía que Armstrong no desearía
permanecer atracado en el puerto más
tiempo del necesario; solo el suave
balanceo del barco podía inducirle a
dormir, incluso en las horas más
avanzadas de la noche. El capitán
empezó a impartir órdenes para zarpar,
mientras Armstrong se quitaba los
zapatos y desaparecía abajo.
Al abrir la puerta de su camarote,
Armstrong se encontró con otro montón
de faxes. Los tomó, confiado todavía en
encontrar alguna noticia salvadora. El
primero era de Peter Wakeham,
vicepresidente de Armstrong
Communications que, a pesar de lo
avanzado de la hora, era evidente que
aún se encontraba en su despacho, en
Londres. «Le ruego que me llame
urgentemente», decía el mensaje. El
segundo era de Nueva York. Las
acciones de la compañía se habían
hundido a un nuevo mínimo, y a sus
banqueros les «pareció necesario»
poner de mala gana sus propias acciones
a la venta en el mercado. El tercero era
de Jacques Lacroix, desde Ginebra, para
confirmarle que, puesto que el banco no
había recibido los cincuenta millones de
dólares a la hora del cierre, no habían
tenido más remedio que…
Eran las cinco y doce en Nueva
York, las diez y doce en Londres, y las
once y doce en Ginebra. A las nueve de
la mañana siguiente ya no podría
controlar ni los titulares de sus propios
periódicos, y mucho menos los de Keith
Townsend.
Armstrong se desvistió lentamente y
dejó que sus prendas de ropa cayeran en
un montón desordenado sobre el suelo.
Tomó después una botella de brandy del
armario lateral, se sirvió una medida
grande en la copa y se derrumbó sobre
la cama doble. Permaneció quieto,
mientras se encendían los motores con
un rugido. Momentos más tarde, escuchó
el sonido metálico del ancla al ser izada
desde el lecho del mar. Lentamente, el
barco empezó a maniobrar para salir del
puerto.
Las horas transcurrieron lentamente,
una tras otra, pero Armstrong no se
movió, excepto para volver a llenar la
copa de brandy de vez en cuando, hasta
que escuchó cuatro suaves campanadas
en el pequeño reloj situado sobre la
mesita de noche. Se incorporó, esperó
un momento y finalmente posó los pies
sobre la mullida alfombra. Se levantó
con movimientos inestables y se abrió
paso a través del camarote a oscuras,
hasta el cuarto de baño. Al llegar ante la
puerta abierta, descolgó un gran batín de
color crema, con las palabras Sir
Lancelot bordadas en oro sobre el
bolsillo superior. Tanteó el camino para
regresar hacia la puerta del camarote, la
abrió con sigilo y salió, descalzo, al
pasillo débilmente iluminado. Vaciló un
momento, antes de cerrar la puerta con
llave tras él y guardarse la llave en el
bolsillo lateral del batín. No volvió a
moverse hasta estar completamente
seguro de que no podía escuchar nada,
excepto el sonido familiar de los
motores del barco, que zumbaban
monótonamente bajo él.
Se balanceó de un lado a otro del
estrecho pasillo, por el que avanzó
dando traspiés. Se detuvo al llegar a la
escalera que conducía al puente. Luego,
lentamente, empezó a subir los
escalones, sujetándose con firmeza a la
barandilla de ambos lados. Al llegar a
lo alto salió al puente y miró
rápidamente a derecha e izquierda. No
se veía a nadie. Hacía una noche clara y
fresca, no muy diferente a noventa y
nueve de cada cien en aquella época del
año.
Armstrong avanzó en silencio, hasta
encontrarse por encima de la sala de
máquinas, la parte más ruidosa del
barco.
Esperó solo un momento antes de
desatarse el cinturón del batín y dejarlo
caer descuidadamente sobre la cubierta.
A llí desnudo, en medio
de la noche, observó
fijamente el sereno mar
negro y pensó: «¿Acaso la
vida de uno no debe pasar
fugazmente por la cabeza
en un momento como este?».
Townsend se enfrenta a la
ruina
2

—¿ A lgún mensaje? —fue todo lo


que dijo Keith Townsend al
pasar ante la mesa de su secretaria para
dirigirse a su despacho.
—El presidente llamó desde Camp
David justo antes de que subiera usted al
avión —contestó Heather.
—¿Cuál de mis periódicos le ha
molestado ahora? —preguntó Townsend
al sentarse.
—El New York Star. El presidente
ha oído comentar que va a publicar los
datos de su cuenta bancaria en la
primera página de mañana —contestó
Heather.
—Es mucho más probable que sea
mi propia cuenta bancaria la que
aparezca mañana en la primera página
de los diarios —dijo Townsend, con su
acento australiano más intenso de lo
habitual—. ¿Quién más?
—Margaret Thatcher ha enviado un
fax desde Londres. Se muestra de
acuerdo con sus condiciones para un
contrato de dos libros, a pesar de que la
oferta de Armstrong fue superior.
—Confiemos en que alguien me
ofrezca seis millones de dólares cuando
escriba mis memorias. —Heather le
dirigió una débil sonrisa—. ¿Alguien
más?
—Gary Deakins ha recibido otra
demanda judicial.
—¿Por qué ha sido esta vez?
—Acusó de violación al arzobispo
de Brisbane en la primera página del
Truth de ayer.
—La verdad, solo la verdad y nada
más que la verdad —dijo Townsend con
una sonrisa—. Siempre y cuando eso
ayude a vender periódicos.
—Desgraciadamente, resulta que la
mujer en cuestión es una conocida
predicadora profana, amiga de la familia
del arzobispo desde hace varios años.
Por lo visto, Gary sugirió un significado
algo diferente cada vez que utilizó la
palabra «profana».
Townsend se reclinó en el sillón y
siguió escuchando los numerosos
problemas a los que se enfrentaban otras
personas en distintas partes del mundo:
las quejas habituales de los políticos,
hombres de negocios y las llamadas
personalidades de los medios de
comunicación, que esperaban que
interviniese inmediatamente para salvar
de la ruina sus preciosas carreras. A
estas mismas horas del día siguiente, la
mayoría de ellos se habrían
tranquilizado, para ser sustituidos por
otra docena de prima donnas igualmente
iracundos y exigentes. Sabía muy bien
que cada uno de ellos se sentiría
encantado al descubrir que era la propia
carrera de Townsend la que se hallaba
al borde del colapso, y todo porque el
presidente de un pequeño banco de
Cleveland le había exigido el pago de un
préstamo de cincuenta millones de
dólares antes de la hora de cierre de
esta noche.
Mientras Heather seguía revisando
la lista de mensajes, la mayoría
procedentes de personas cuyos nombres
tenían poco significado para él, la mente
de Townsend retrocedió al discurso que
había pronunciado la noche anterior. Mil
de sus más altos ejecutivos de todo el
mundo se habían reunido en Honolulú
para participar en una conferencia de
tres días. En su discurso de cierre les
dijo que la Global Corp. no podía
hallarse en mejor forma para afrontar
los desafíos de la nueva revolución de
los medios de comunicación. Terminó
diciendo: «Somos la única compañía
cualificada para dirigir esta industria
hacia el siglo veintiuno». Todos se
levantaron y aplaudieron durante varios
minutos. Al observar al apiñado
público, entre el que abundaban las
expresiones llenas de confianza, se
preguntó cuántos de ellos sospechaban
que la Global solo se encontraba a
pocas horas de verse obligada a afrontar
la bancarrota.
—¿Qué debo hacer con respecto al
presidente? —preguntó Heather por
segunda vez.
Townsend regresó de improviso al
mundo de la realidad.
—¿A cuál se refiere?
—Al de Estados Unidos.
—Espere a que vuelva a llamar —
contestó—. Quizá se haya calmado un
poco para entonces. Mientras tanto,
quiero hablar con el director del Star.
—¿Y a la señora Thatcher?
—Envíele un gran ramo de flores y
una nota diciendo: «Convertiremos sus
memorias en el número uno desde
Moscú a Nueva York».
—¿No debería añadir también
Londres?
—No. Ella ya sabe que serán el
número uno en Londres.
—¿Y qué debo hacer con respecto a
Gary Deakins?
—Llame al arzobispo y dígale que
voy a construir ese nuevo tejado que tan
desesperadamente necesita su catedral.
Espere un mes y luego le envía un
cheque por importe de diez mil dólares.
Heather asintió, cerró el cuaderno de
notas y preguntó:
—¿Desea recibir llamadas?
—Solo de Austin Pierson. —Tras
una breve pausa, añadió—: Me lo pasa
directamente en cuanto llame.
Heather se volvió y salió del
despacho.
Townsend hizo oscilar el sillón
giratorio y se quedó mirando fijamente
por la ventana. Trató de recordar la
conversación mantenida con su asesora
financiera cuando ella le llamó a su
avión privado, en vuelo de regreso
desde Honolulú.
—Acabo de salir de la reunión con
Pierson —le informó—. Ha durado más
de una hora, pero él seguía sin tomar una
decisión cuando le dejé.
—¿Que no ha tomado una decisión?
—No. Todavía necesita consultar
con el comité financiero del banco, antes
de tomar una decisión final.
—Pero, seguramente, ahora que
todos los demás bancos están de
acuerdo, Pierson no puede…
—Puede hacerlo, y es posible que lo
haga. Procure recordar que es el
presidente de un pequeño banco de
Ohio. No le interesa lo que otros bancos
hayan podido acordar. Y después de
toda la mala prensa que ha recibido
usted en las últimas semanas, a él solo
le interesa ahora una cosa.
—¿Y qué es?
—Cubrirse las espaldas —contestó
la asesora.
—Pero ¿es que no se da cuenta de
que todos los demás bancos se echarán
atrás si él no está de acuerdo con el plan
general?
—Sí, se da cuenta de ello, pero al
decírselo así se limitó a encogerse de
hombros y replicó: «En cuyo caso,
tendré que correr mi suerte junto con
todos los demás». —Townsend empezó
a maldecir y E. B. añadió—: Pero me
prometió una cosa.
—¿Qué fue?
—Que llamaría en cuanto el comité
hubiera tomado su decisión.
—Muy generoso por su parte. ¿Qué
espera que haga si la decisión va en
contra de mis intereses?
—Que anuncie la declaración de
prensa que acordamos —contestó ella.
Townsend sintió náuseas.
—¿No puedo hacer ninguna otra
cosa?
—No, nada —replicó la señorita
Beresford con firmeza—. Solo sentarse
y esperar a que llame Pierson. Si quiero
tomar el próximo vuelo a Nueva York,
tendré que darme prisa. Estaré con usted
hacia el mediodía.
Luego, la comunicación se cortó.
Townsend siguió pensando en las
palabras de la señorita Beresford. Se
levantó del sillón y empezó a recorrer el
despacho. Se detuvo ante el espejo de la
repisa de la chimenea para comprobar el
nudo de la corbata. No había tenido
tiempo de cambiarse de ropa desde que
bajó del avión, y eso se notaba. Por
primera vez, no pudo evitar el pensar
que parecía más viejo de los sesenta y
tres años que tenía. Pero eso no era nada
sorprendente, después de todo por lo
que le había hecho pasar E. B. durante
las últimas seis semanas. Hubiera sido
el primero en admitir que, si hubiese
buscado su asesoramiento un poco antes,
quizá no dependería ahora tanto de la
llamada del presidente de un pequeño
banco en Ohio.
Miró fijamente el teléfono, con el
deseo de que sonara. Pero no lo hizo.
No hizo el menor intento por revisar el
montón de cartas que Heather le había
dejado para la firma. Sus pensamientos
se vieron interrumpidos cuando se abrió
la puerta y entró Heather. Le entregó una
sola hoja de papel. En ella había una
lista de nombres, dispuestos por orden
alfabético.
—Pensé que esto podría serle útil
—dijo ella.
Después de treinta y cinco años de
trabajar para él, sabía que no era
precisamente la clase de hombre
dispuesto a sentarse y esperar.
Townsend recorrió la lista de
nombres con el dedo, y lo hizo
lentamente, de una forma poco habitual
en él. Ninguno de ellos significaba nada
para él. Junto a tres de ellos aparecía un
asterisco, para indicar que habían
trabajado para la Global Corp. en el
pasado. Actualmente tenía empleadas a
treinta y siete mil personas, treinta y seis
mil de las cuales no conocía. Pero tres
de los que habían trabajado para él en
algún momento de sus carreras, se
hallaban incluidos ahora en la nómina
del Cleveland Sentinel, un periódico
cuya existencia le era desconocida.
—¿Quién es el propietario del
Sentinel? —preguntó, con la esperanza
de poder ejercer alguna presión sobre
él.
—Richard Armstrong —contestó
Heather con voz monótona.
—Solo me faltaba eso.
—En realidad, no controla usted
ningún periódico en varias decenas de
kilómetros a la redonda de Cleveland —
siguió diciendo Heather—. Solo una
emisora de radio al sur de la ciudad, que
emite música country y western.
En ese momento, Townsend habría
cambiado gustosamente el New York
Star por el Cleveland Sentinel. Miró de
nuevo los tres nombres con asterisco,
pero seguían sin tener ningún significado
para él. Levantó la mirada hacia
Heather.
—¿Me sigue queriendo alguno de
ellos? —preguntó con una sonrisa
forzada.
—Barbara Bennett, desde luego que
no —contestó Heather—. Es la
redactora jefa de moda del Sentinel. Fue
despedida de su periódico local en
Seattle, pocos días después de que usted
se hiciera cargo del mismo. Planteó un
juicio por despido improcedente, y
afirmó que su sustituía mantenía
relaciones amorosas con el director.
Terminamos por solucionar el asunto al
margen de los tribunales. Pero, durante
la audiencia preliminar, le describió a
usted como «nada más que un vendedor
ambulante de pornografía, cuyo único
interés es la cuenta de pérdidas y
ganancias». Dio usted instrucciones para
que no se la volviera a emplear nunca en
ninguno de sus periódicos.
Townsend sabía que esa lista
concreta debía de tener por lo menos mil
nombres, cada uno de los cuales se
sentiría muy feliz de mojar sus plumas
en sangre al redactar su esquela
mortuoria para las primeras ediciones
del día siguiente.
—¿Mark Kendall? —preguntó.
—Encargado de la sección de
delitos —informó Heather—. Trabajó
para el New York Star durante unos
pocos meses, pero no tenemos datos de
que llegara usted a conocerlo.
La mirada de Townsend se detuvo
sobre otro nombre desconocido, y
esperó a que Heather le diera los
detalles. Sabía que ella se reservaría lo
mejor para el final; incluso parecía
disfrutar teniendo alguna ventaja sobre
él.
—Malcolm McCreedy. Editor de
crónicas del Sentinel. Trabajó para la
empresa en el Melbourne Courier, entre
1979 y 1984. En aquellos tiempos solía
contar a todos los del periódico que
usted y él habían sido compañeros de
farra desde mucho tiempo antes. Fue
despedido porque en reiteradas
ocasiones no logró entregar su crónica a
tiempo. Parece ser que el whisky de
malta era lo primero que llamaba su
atención después de la conferencia
matinal en la redacción, y cualquier cosa
con faldas después del almuerzo. A
pesar de sus afirmaciones, no he
encontrado prueba alguna de que usted
le conociera.
Townsend se maravilló ante la gran
cantidad de información que Heather
había podido reunir en tan poco tiempo.
Pero aceptaba el hecho de que, después
de trabajar para él durante tanto tiempo,
sus contactos debían de ser casi tan
buenos como los suyos.
—McCreedy se ha casado dos veces
—continuó—. En las dos ocasiones
terminó en divorcio. Tiene dos hijos de
su primer matrimonio: Jill, de veintisiete
años, y Alan, de veinticuatro. Alan
trabaja para la empresa, en el
departamento de anuncios clasificados
del Dallas Comet.
—Nada podría ser mejor —dijo
Townsend—. McCreedy es nuestro
hombre. Está a punto de recibir una
llamada de su compañero de farra
perdido desde hace tanto tiempo.
—Lo localizaré en seguida por
teléfono —asintió Heather con una
sonrisa—. Esperemos que esté sobrio.
Townsend asintió y Heather regresó
a su despacho. El propietario de 297
periódicos, cuyo público lector
combinado superaba los mil millones de
personas en todo el mundo, esperó a que
le comunicaran con el redactor jefe de
crónicas de un periódico local en Ohio,
con una tirada de menos de treinta y
cinco mil ejemplares.
Townsend se levantó y empezó a
pasear por el despacho. Trató de
formular las preguntas que necesitaba
hacerle a McCreedy, y pensar en el
orden en que debería hacerlas. Mientras
recorría la estancia de un lado a otro, la
mirada se deslizó sobre los ejemplares
enmarcados de sus periódicos,
expuestos sobre las paredes, con sus
titulares más famosos.
El New York Star del 23 de
noviembre de 1963: «Kennedy
asesinado en Dallas».
El Continent del 30 de julio de
1981: «Felices para siempre», sobre una
fotografía de Carlos y Diana el día de su
boda.
El Globe del 17 de mayo de 1991:
«Richard Branson me desfloró, afirma
Virgin».
Hubiera podido pagar hasta medio
millón de dólares con tal de leer los
titulares de los periódicos de mañana.
El teléfono de su despacho sonó con
estridencia. Townsend regresó
rápidamente al sillón y tomó el
auricular.
—Malcolm McCreedy por la línea
uno —le informó Heather, pasándole la
comunicación.
—Malcolm, ¿eres tú? —preguntó
Townsend en cuanto escuchó el clic.
—Desde luego, señor Townsend —
contestó una voz que sonó sorprendida y
con un inconfundible acento australiano.
—Ha pasado mucho tiempo,
Malcolm. Demasiado tiempo. ¿Cómo
estás?
—Yo estoy muy bien, Keith.
Estupendamente —le llegó la respuesta,
algo más segura de sí misma.
—¿Y qué tal los niños? —preguntó
Townsend, que miró la hoja de papel
que Heather había dejado sobre su mesa
—. Jill y Alan, ¿verdad? De hecho, ¿no
es Alan el que trabaja para la compañía,
en Dallas?
Siguió un prolongado silencio, y
Townsend empezó a preguntarse si no se
habría cortado la comunicación.
—Así es, Keith —contestó
finalmente McCreedy—. A los dos les
van muy bien las cosas, gracias. ¿Y los
tuyos?
Evidentemente, era incapaz de
recordar si los había o cómo se
llamaban.
—También les va todo bien, gracias,
Malcolm —contestó Townsend, que lo
imitó intencionadamente—. ¿Disfrutas
mucho en Cleveland?
—Vamos tirando —contestó
McCreedy—. Pero preferiría estar de
nuevo en Australia. Echo de menos el
ver jugar a los Tigers los sábados por la
tarde.
—Bueno, esa es precisamente una de
las cosas por las que te llamo —dijo
Townsend—. Pero antes necesito pedirte
un consejo.
—Desde luego, Keith. Lo que
quieras. Ya sabes que siempre puedes
confiar en mí —dijo McCreedy—. Pero
antes quizá sea mejor que cierre la
puerta de mi despacho —añadió, ahora
que estaba convencido de que todos los
demás periodistas de la planta se habían
dado cuenta de quién se hallaba al otro
lado de la línea. Townsend esperó,
impaciente—. Bien, ¿qué puedo hacer
por ti, Keith? —preguntó al cabo de un
instante una voz que parecía jadear
ligeramente.
—El nombre de Austin Pierson,
¿significa algo para ti?
Siguió otro prolongado silencio.
—Es alguien bastante importante en
el mundo de las finanzas, ¿verdad? Creo
que dirige uno de nuestros bancos o
compañías de seguros. Permíteme un
momento y lo comprobaré en mi
computadora.
Townsend esperó de nuevo,
consciente de que si su padre hubiera
hecho la misma pregunta cuarenta años
atrás, tendría que haber esperado horas,
e incluso días, antes de que alguien
pudiera encontrar la respuesta.
—Ya lo tengo —dijo el hombre de
Cleveland apenas un momento más
tarde. Hizo una pausa y agregó—: Ahora
recuerdo por qué creí reconocer el
nombre. Publicamos una crónica sobre
él hace unos cuatro años, cuando tomó
posesión del cargo de presidente del
Manufacturers de Cleveland.
—¿Qué puedes decirme sobre él? —
preguntó Townsend, que ya no estaba
dispuesto a perder más tiempo en
fruslerías.
—No gran cosa —contestó
McCreedy, que estudiaba la pantalla que
tenía delante y de vez en cuando
apretaba alguna tecla—. Parece ser un
ciudadano modelo. Se encumbró entre
los empleados del banco, es el tesorero
del Club Rotary local, pastor laico y
está casado con la misma mujer desde
hace treinta y un años. Tiene tres hijos, y
todos viven en la ciudad.
—¿Sabes algo sobre sus hijos?
McCreedy apretó unas pocas teclas
más, antes de contestar.
—Sí. Uno es profesor de biología en
la escuela superior local. La segunda es
enfermera del Hospital Metropolitan de
Cleveland, y el más joven acaba de ser
nombrado socio de la empresa de
abogados más prestigiosa del estado.
Keith, si esperas cerrar algún trato con
el señor Austin Pierson, te agradará
saber que parece tener una reputación
inmaculada.
A Townsend no le agradó saberlo.
—¿De modo que no hay en su
pasado nada que…?
—No que yo sepa, Keith —contestó
McCreedy. Releyó rápidamente sus
notas tomadas a lo largo de cinco años,
con la esperanza de encontrar alguna
golosina que complaciera a su antiguo
jefe—. Sí, ahora lo recuerdo. Ese tipo
era tan molesto como la picadura de un
mosquito. Ni siquiera me permitió que
lo entrevistara durante las horas de
oficina, y al presentarme en su casa, por
la noche, lo único que conseguí por la
molestia fue un aguado zumo de piña.
Townsend decidió que había llegado
a un punto muerto con Pierson y con
McCreedy, y que no serviría de nada
continuar con aquella conversación.
—Gracias, Malcolm —le dijo—.
Me has sido de una gran ayuda.
Llámame si encuentras algo sobre
Pierson.
Estaba a punto de colgar el teléfono
cuando su antiguo empleado preguntó:
—¿Qué era lo otro de lo que querías
hablarme, Keith? Abrigaba la esperanza
de que pudiera haber un puesto en
Australia, quizá incluso en el Courier.
—Hizo una pausa—. Te aseguro, Keith,
que estaría dispuesto a aceptar una
reducción de salario si eso me
permitiera volver a trabajar para ti.
—Lo tendré en cuenta —dijo
Townsend—, y puedes estar seguro de
que si apareciera algo por mi despacho,
me pondría en contacto directamente
contigo, Malcolm.
Townsend le colgó el teléfono a un
hombre con el que estaba convencido de
que no volvería a hablar en su vida. Lo
único que McCreedy había podido
decirle era que el señor Austin Pierson
parecía ser un ejemplo de virtudes, una
raza con la que Townsend no tenía
muchas cosas en común, y a la que
tampoco estaba muy seguro de saber
cómo tratar. Como siempre, el consejo
de E. B. demostraba ser correcto. No
podía hacer nada, excepto sentarse y
esperar. Se reclinó en el sillón y cruzó
las piernas.
Eran las once y doce minutos en
Cleveland, las cuatro y doce minutos en
Londres y las tres y doce minutos en
Sydney. Probablemente, a las seis de
aquella misma tarde ya no podría
contener los titulares de sus propios
periódicos, y mucho menos los de
Richard Armstrong.
El teléfono de su despacho volvió a
sonar. ¿Podía ser McCreedy para
comunicarle que había encontrado algo
interesante sobre Austin Pierson?
Townsend siempre suponía que todo el
mundo tenía algún esqueleto que
prefería mantener bien guardado en el
armario.
Tomó el teléfono.
—Tengo al presidente de Estados
Unidos por la línea uno —dijo Heather
—, y al señor Austin Pierson, de
Cleveland, por la línea dos. ¿A cuál
quiere que le pase primero?
Nacimientos, matrimonios y
defunciones

Actuación de fuerzas
comunistas
3

E l hecho de haber nacido judío en


Rutenia tiene algunas ventajas y
numerosas desventajas, pero tendría que
pasar mucho tiempo antes de que Lubji
Hoch descubriera las ventajas.
Lubji había nacido en una pequeña
casa de campo construida en piedra, en
las afueras de Douski, una ciudad
arrinconada en las fronteras entre
Checoslovaquia, Rumania y Polonia.
Nunca estaría seguro de la fecha exacta
de su nacimiento, ya que la familia no
guardó ningún registro, pero era
aproximadamente un año mayor que su
hermano, y un año menor que su
hermana.
Al sostener al niño entre sus brazos,
su madre sonrió. Era perfecto, incluso
con la reluciente marca roja de
nacimiento por debajo del omóplato
derecho, lo mismo que su padre.
La pequeña casa en la que vivían era
propiedad de su tío abuelo, un rabino. El
rabino le había suplicado repetidamente
a Zelta que no se casara con Sergei
Hoch, hijo de un tratante local en
ganado. Pero la joven se sintió
demasiado avergonzada como para
admitir ante su tío que estaba
embarazada y llevaba en sus entrañas el
hijo de Sergei. Aunque actuó en contra
de los deseos del rabino, este ofreció la
pequeña casa a la pareja de recién
casados, como regalo de bodas.
Cuando Lubji llegó al mundo, las
cuatro habitaciones de la casa ya
estaban atestadas; cuando fue capaz de
caminar, ya se le habían unido otro
hermano y una segunda hermana.
Su padre, a quien la familia veía
poco, abandonaba la casa cada mañana,
después de que saliera el sol, y no
regresaba hasta la caída de la noche.
La madre de Lubji explicaba que se
marchaba a trabajar.
—¿Y en qué trabaja? —preguntó
Lubji.
—Cuida del ganado que le ha dejado
vuestro abuelo —contestó la madre, sin
fingir siquiera que las pocas vacas y
terneros formaran un rebaño.
—¿Y dónde trabaja papá? —
preguntó Lubji.
—En los pastos, al otro lado de la
ciudad.
—¿Qué es una ciudad?
Zelta siguió contestando a las
preguntas hasta que, finalmente, el niño
se quedó dormido entre sus brazos.
El rabino nunca le habló a Lubji
sobre su padre, pero le dijo en
numerosas ocasiones que, en su
juventud, su madre había sido
pretendida por muchos admiradores, que
la consideraban no solo como la más
hermosa, sino también como la joven
más inteligente de la ciudad. Según le
dijo el rabino, podría haberse
convertido en maestra en la escuela
local, pero ahora tenía que contentarse
con transmitir sus conocimientos a una
familia cada vez más numerosa.
Pero, de entre todos sus hijos, solo
Lubji respondía a sus esfuerzos, sentado
a los pies de su madre, devorando cada
una de sus palabras, absorbiendo las
respuestas a las preguntas que le
planteaba. A medida que transcurrieron
los años, el rabino empezó a mostrar
interés por los progresos de Lubji, y a
sentirse preocupado por determinar qué
lado de la familia terminaría por
dominar en el carácter del muchacho.
Sus primeros temores se despertaron
en cuanto Lubji empezó a gatear y
descubrió la puerta de la casa; a partir
de ese momento, la atención del niño se
alejó de su madre, encadenada al horno,
y se centró en su padre y en averiguar
adónde se dirigía cada mañana después
de salir de casa.
Una vez que Lubji fue capaz de
ponerse en pie, hizo girar la manija de la
puerta y en cuanto pudo caminar salió al
camino y al ancho mundo ocupado por
su padre. Durante unas pocas semanas,
se sintió muy contento de que lo llevara
de la mano por entre las calles
empedradas de la dormida ciudad, hasta
llegar a los pastos donde papá cuidaba
del ganado.
Pero Lubji no tardó en aburrirse de
las vacas, que se limitaban a esperar,
primero a que las ordeñaran y después a
parir. Deseaba descubrir qué sucedía en
la ciudad que apenas empezaba a
despertar cada mañana, cuando ellos la
cruzaban.
En realidad, describir Douski como
una ciudad podría parecer un tanto
exagerado, ya que solo se componía de
unas pocas hileras de casas de piedra,
media docena de tiendas, una posada,
una pequeña sinagoga, adonde la madre
de Lubji llevaba a toda la familia los
sábados, y un ayuntamiento en el que no
había entrado nunca, pero que, para
Lubji, era el lugar más apasionante del
mundo.
Una mañana, sin ninguna
explicación, su padre ató dos vacas y
empezó a conducirlas de regreso hacia
la ciudad. Lubji trotó feliz a su lado, sin
dejar de hacer una pregunta tras otra
acerca sobre qué se proponía hacer con
el ganado. Pero, a diferencia de las
preguntas que le planteaba a su madre,
las respuestas de su padre no siempre
eran directas y raras veces eran
ilustrativas.
Lubji dejó de hacer preguntas al
darse cuenta de que la respuesta era
siempre: «Espera y ya verás». Al llegar
a las afueras de Douski, su padre
condujo a las vacas a través de las
calles, hacia el mercado.
De repente, su padre se detuvo en
una esquina en la que no había
precisamente mucha gente. Lubji decidió
que no serviría de nada preguntarle por
qué había elegido ese lugar en
particular, porque sabía que
probablemente no recibiría ninguna
respuesta. Padre e hijo permanecieron
allí, en silencio. Transcurrió bastante
tiempo antes de que alguien demostrara
algún interés por las dos vacas.
Lubji observó fascinado a la gente
que empezó a rodear y a mirar las vacas.
Algunos las empujaban, y otros se
limitaban a expresar opiniones sobre su
valor, en idiomas que él nunca había
oído hablar antes. Se dio cuenta de la
desventaja en que se hallaba su padre al
hablar solo un idioma en una ciudad
situada en las fronteras de tres países.
Miraba con expresión vacía a la
mayoría de los que ofrecían una opinión,
después de examinar a las escuálidas
bestias.
Cuando su padre recibió finalmente
una oferta en el único idioma que
comprendía, la aceptó inmediatamente,
sin molestarse siquiera en regatear.
Varios papeles de colores cambiaron de
manos, las vacas fueron entregadas a su
nuevo propietario, y su padre se adentró
en el mercado, donde compró un saco de
grano, una caja de patatas, algo de
pescado ahumado, varias prendas de
ropa, un par de zapatos de segunda mano
urgentemente necesitados de reparación,
y unos pocos artículos más, incluido un
trineo y una gran hebilla de latón que,
por lo visto, debió de pensar que
necesitaba alguien de la familia. A Lubji
le pareció extraño que, mientras otros
regateaban con los vendedores, su padre
siempre se limitaba a entregar la suma
que se le pedía, sin rechistar.
Camino de regreso a casa, su padre
se detuvo en la única posada de la
ciudad, y dejó a Lubji sentado a la
entrada, al cuidado de todo lo que
acababa de comprar. Su padre no salió
de la posada hasta que el sol no hubo
desaparecido por detrás del edificio del
ayuntamiento, después de haberse
bebido varias botellas de slivovice.
Caminaba tambaleante, feliz de permitir
que Lubji forcejeara con el trineo lleno
de cosas, arrastrándolo con una mano,
mientras que con la otra le guiaba a él.
Cuando su madre abrió la puerta de
casa, su padre pasó ante ella a
trompicones, y se derrumbó sobre el
colchón. Apenas un momento más tarde,
roncaba sonoramente.
Lubji ayudó a su madre a descargar
las compras y a meterlas en la casa.
Pero por muy cálidamente que su
hermano mayor habló de ellas, a su
madre no pareció complacerle el
resultado de todo un año de trabajo. No
dejaba de sacudir la cabeza, mientras
decidía qué hacer con cada una de las
cosas adquiridas.
El saco de grano quedó en un rincón
de la cocina, las patatas se quedaron en
la caja de madera y el pescado se colgó
junto a la ventana. Zelta comprobó luego
las tallas de las prendas de ropa, antes
de decidir a cuál de sus hijos irían a
parar. Los zapatos quedaron fuera de la
puerta, para el que los necesitara.
Finalmente, la hebilla fue depositada en
una pequeña caja de cartón, que Lubji
vio ocultar a su madre bajo una tabla
suelta del piso, al lado de la cama de su
padre.
Aquella noche, mientras el resto de
la familia dormía, Lubji decidió que
había seguido a su padre hasta los
pastos por última vez. A la mañana
siguiente, cuando su padre se levantó,
Lubji introdujo los pies en los zapatos
dejados junto a la puerta, para descubrir
que eran demasiado grandes para él.
Siguió a su padre fuera de la casa, pero
en esta ocasión solo lo acompañó hasta
las afueras de la ciudad, donde se ocultó
detrás de un árbol. Observó mientras su
padre desaparecía de la vista, sin mirar
ni una sola vez hacia atrás para ver si lo
seguía el heredero de su reino.
Lubji se volvió y echó a correr hacia
el mercado. Se pasó el resto del día
deambulando entre los puestos,
dedicado a descubrir qué ofrecía cada
uno de ellos. Algunos vendían frutas y
verduras, mientras que otros se
especializaban en muebles o artículos
para el hogar. Pero la mayoría de ellos
parecían dispuestos a comerciar con
cualquier cosa siempre y cuando
creyeran poder obtener un beneficio.
Disfrutó observando las diferentes
técnicas empleadas por los comerciantes
para regatear con sus clientes: algunos
se mostraban fanfarrones, otros los
camelaban, y casi todos mentían sobre el
origen de sus mercancías. Lo que hacía
que todo fuera más apasionante para
Lubji eran los diferentes idiomas que
empleaban al hablar. Descubrió
rápidamente que la mayoría de los
clientes terminaban por hacer compras
de poco provecho, como su padre. Por
la tarde escuchó con mayor cuidado, y
empezó a captar unas pocas palabras en
otros idiomas que no eran el suyo.
Aquella noche, al regresar a casa,
tenía muchas preguntas que hacerle a su
madre y, por primera vez, descubrió que
había algunas a las que ni siquiera ella
podía contestar. Su comentario final de
aquella noche, después de que otra
pregunta quedara sin contestar, fue; «Ya
va siendo hora de que vayas a la
escuela, pequeño». El único problema
era que en Douski no existía escuela
para alguien tan pequeño como él. Zelta
resolvió que, en cuanto se le presentara
la ocasión, hablaría con su tío acerca
del problema. Al fin y al cabo, y con un
cerebro tan bueno como el de Lubji, su
hijo bien podría terminar por
convertirse en un rabino.
A la mañana siguiente, Lubji se
levantó incluso antes que su padre se
agitara en su sueño, se puso el par de
zapatos grandes y salió de la casa a
hurtadillas, sin despertar a sus hermanos
y hermanas. Corrió todo el trayecto
hasta el mercado y, una vez más, se
dedicó a deambular entre los puestos, a
observar a los comerciantes que
disponían sus artículos y se preparaban
para el día que les esperaba. Los oyó
discutir, y poco a poco comprendió más
y más de lo que decían. También empezó
a darse cuenta de qué había querido
decir su madre al comentarle que tenía
un don divino para los idiomas. Lo que
ella no podía saber es que también era
un genio para el trueque.
Lubji se sintió como hipnotizado
mientras veía a alguien intercambiar una
docena de velas por un pollo, mientras
que otro se desprendía de un aparador, a
cambio de dos sacos de patatas. Más
tarde observó cómo se ofrecía una cabra
a cambio de una gastada alfombra, y
cómo se entregaba un carromato de leña
a cambio de un colchón. Cómo hubiera
deseado tener aquel colchón, mucho más
grande y mullido que el colchón en el
que dormía toda su familia.
A partir de entonces, cada mañana
acudía al mercado. Aprendió así que la
habilidad de un comerciante no solo
dependía de los artículos que pusiera a
la venta, sino, sobre todo, de su
capacidad para convencer al cliente de
su necesidad de tenerlos. Solo tardó
unos pocos días en darse cuenta de que
quienes manejaban los papeles de
colores no solo iban mejor vestidos,
sino que se hallaban en una posición
incuestionablemente más fuerte para
conseguir una buena ganga.

Cuando su padre decidió que había


llegado el momento de llevar sus dos
siguientes vacas al mercado, el niño de
seis años ya estaba más que preparado
para hacerse cargo del regateo. Aquella
noche, el comerciante en ciernes volvió
a conducir a su padre de regreso a casa.
Pero una vez que el hombre, totalmente
borracho, se derrumbó sobre el colchón,
su madre no pudo evitar el quedarse
mirando fijamente el gran montón de
artículos que su hijo dejó ante ella.
Lubji se pasó más de una hora
ayudándola a distribuir los artículos
entre el resto de la familia, pero no le
dijo que aún le quedaba uno de aquellos
papeles de colores con un «diez»
grabado en él. Deseaba descubrir qué
más podía comprar con aquel billete.
A la mañana siguiente, Lubji no se
dirigió directamente al mercado y, por
primera vez en su vida, se aventuró por
la calle Schull para estudiar lo que se
vendía en las tiendas que su tío abuelo
visitaba de vez en cuando. Se detuvo
ante una panadería, una carnicería, una
tienda de cerámica, otra de ropa y,
finalmente, una joyería, la del señor
Lekski, el único establecimiento que
mostraba un nombre impreso en letras
doradas sobre la puerta. Observó un
broche expuesto en el centro del
escaparate. Era incluso más hermoso
que el que su madre lucía todos los años
por el Rosh Hashanah y que, según le
comentó una vez, era una herencia de
familia. Aquella noche, al regresar a
casa, se quedó de pie junto al fuego,
mientras su madre preparaba la cena, de
un solo plato. Informó a su madre que
las tiendas no eran más que puestos de
venta fijos, con escaparates que daban a
la calle, y que tras apretar la nariz
contra el cristal y mirar hacia el interior,
vio que casi todos los clientes
comerciaban con trozos de papel, y
nunca hacían ningún intento por regatear
con el tendero.
Al día siguiente, Lubji regresó a la
calle Schull. Se sacó el trozo de papel
del bolsillo y lo estudió durante un
tiempo. Aún no tenía ni la menor idea de
lo que alguien pudiera darle a cambio.
Después de pasarse una hora mirando
por los escaparates, entró lleno de
seguridad en sí mismo en la panadería y
entregó el billete al hombre que estaba
situado al otro lado del mostrador. El
panadero lo tomó y se encogió de
hombros. Lubji señaló esperanzado una
hogaza de pan, sobre la estantería
situada por detrás del hombre, que el
tendero le entregó. Satisfecho con la
transacción, el pequeño se dio media
vuelta, dispuesto a marcharse.
—No te olvides del cambio —le
dijo entonces el tendero.
Lubji se volvió hacia él, sin saber
muy bien a qué se refería. Vio entonces
que el tendero depositaba el billete en
una caja de estaño y extraía de ella unas
monedas, que le entregó por encima del
mostrador.
Una vez que hubo regresado a la
calle, el niño de seis años estudió las
monedas con mucho interés. Tenían
números grabados por una cara, y la
cabeza de un hombre que no reconoció
por la otra.
Animado por esta transacción, se
dirigió a la tienda de cerámica, donde
compró un cuenco que esperaba fuera de
alguna utilidad para su madre, a cambio
del cual entregó la mitad de sus
monedas.
A continuación, Lubji se detuvo ante
la tienda del señor Lekski, el joyero,
donde sus ojos no se apartaron durante
un buen rato del hermoso broche
mostrado en el centro del escaparate.
Finalmente, abrió la puerta y se dirigió
hacia el mostrador, para encontrarse
ante un hombre que llevaba un traje y un
lazo.
—¿En qué puedo ayudarte, pequeño?
—le preguntó el señor Lekski, que se
inclinó sobre el mostrador para mirarlo.
—Quiero comprar ese broche para
mi madre —dijo con un tono de voz que
confió fuera lo suficientemente seguro,
al tiempo que señalaba hacia el
escaparate.
Luego, abrió el puño fuertemente
apretado hasta ese momento y reveló las
tres pequeñas monedas que le quedaban
de sus transacciones de la mañana.
El hombre de edad avanzada no se
echó a reír, y le explicó suavemente que
necesitaría muchas más monedas como
aquellas antes de que pudiera comprar
el broche. A Lubji se le encendieron las
mejillas de vergüenza y salió a la calle
corriendo, sin mirar atrás.
Aquella noche, Lubji no pudo
dormir. No dejaba de repetirse una y
otra vez las palabras que le había dicho
el señor Lekski. A la mañana siguiente
se encontraba ante la tienda, mucho
antes de que el anciano llegara para
abrirla. La primera lección que Lubji
aprendió del señor Lekski fue que las
personas que pueden permitirse comprar
joyas no se levantan temprano por la
mañana.
El señor Lekski, uno de los ancianos
de la ciudad, quedó tan bien
impresionado por la pura chutzpah de
aquel niño de seis años, que se atrevió a
entrar en su tienda sin nada más que unas
pocas monedas que no tenían casi ningún
valor, que durante las semanas
siguientes consintió que el hijo del
tratante de ganado le planteara una
corriente continua de preguntas que él
contestaba. Al cabo de poco tiempo,
Lubji pasaba por la joyería durante unos
pocos minutos cada tarde. Pero si veía
que el anciano atendía a alguien,
siempre esperaba fuera. Solo entraba
después de que hubiera salido el cliente.
Se situaba ante el mostrador y lanzaba
una tras otra las preguntas que se le
habían ocurrido la noche anterior.
El señor Lekski observó con
aprobación que Lubji nunca repetía una
pregunta dos veces y que cada vez que
un cliente entraba en la tienda, se
retiraba rápidamente a un rincón y se
ocultaba tras el periódico del anciano.
Aunque pasaba las páginas, el joyero no
estaba seguro de que fuera capaz de leer
las palabras o incluso de mirar las
fotografías.
Una noche, después de que el señor
Lekski cerrara la tienda, tomó a Lubji y
lo llevó a la parte trasera para enseñarle
su vehículo a motor. Lubji abrió los ojos
desmesuradamente al escuchar que aquel
magnífico objeto era capaz de moverse
por su propia cuenta, sin necesidad de
que ningún caballo tirara de él.
—Pero si no tiene patas —comentó
con incredulidad.
Abrió la portezuela del coche y
subió para instalarse junto al señor
Lekski. El anciano apretó un botón para
poner en marcha el motor, y Lubji sintió
náuseas y temor a un mismo tiempo.
Pero a pesar de que apenas si podía ver
por encima del tablero de mandos, al
cabo de un momento hubiera querido
cambiar de puesto y situarse en el
asiento del conductor, ocupado por el
señor Lekski.
El señor Lekski le dio a Lubji un
paseo por la ciudad y luego lo dejó
frente a la puerta de su casa.
Inmediatamente, el niño entró como una
exhalación en la cocina y le gritó a su
madre:
—Algún día tendrá un vehículo a
motor.
Zelta sonrió ante aquella idea y no
mencionó que hasta el rabino no tenía
más que una bicicleta. Siguió
alimentando a su hijo más pequeño,
jurándose a sí misma que sería el
último. La presencia del recién llegado
significaba que Lubji, que crecía
rápidamente, ya no podría apretarse
sobre el colchón, con sus hermanos y
hermanas. Últimamente se había tenido
que contentar con ejemplares de los
viejos periódicos del rabino, extendidos
junto a la chimenea.
Casi en cuanto oscurecía, los niños
se peleaban por ocupar un lugar sobre el
colchón; los Hoch no podían permitirse
despilfarrar sus existencias de velas
para tratar de prolongar el día. Noche
tras noche, Lubji se acostaba junto a la
chimenea, sin dejar de pensar en el
coche del señor Lekski, y trataba de
imaginar cómo podría demostrar a su
madre que estaba equivocada. Entonces
recordó el broche que ella solo se ponía
para el Rosh Hashanah. Se puso a contar
con los dedos y calculó que tendría que
esperar otras seis semanas antes de
poder poner en práctica el plan que ya
se había formado en su mente.

Lubji permaneció despierto durante la


mayor parte de la noche anterior al Rosh
Hashanah. A la mañana siguiente, una
vez que su madre se hubo vestido,
apenas si apartó la mirada de ella o,
para ser más exactos, del broche que
llevaba. Una vez terminado el servicio
religioso, a Zelta le sorprendió que, al
salir de la sinagoga, Lubji se aferrara a
su mano durante el trayecto de regreso a
casa, algo que no recordaba que hiciera
desde que cumplió los tres años. Una
vez dentro de la pequeña casa, Lubji se
sentó con las piernas cruzadas en el
rincón de la chimenea y observó a su
madre, que se desabrochó la pequeña
joya del vestido. Por un momento, Zelta
miró a su hijo, antes de arrodillarse,
retirar la tabla suelta del piso, junto al
colchón y guardar cuidadosamente el
broche en la vieja caja de cartón, antes
de volver a colocar la tabla en su sitio.
Lubji permaneció tan quieto,
observándola, que su madre se sintió
preocupada y le preguntó si se
encontraba bien.
—Estoy bien, madre —contestó—.
Pero como es el Rosh Hashanah pensaba
en lo que debería hacer al año que
viene.
Su madre le sonrió. Todavía
abrigaba la esperanza de haber tenido un
hijo que quizá algún día se convirtiera
en rabino. Lubji no volvió a hablar,
mientras consideraba el problema de la
caja. No experimentaba la menor
sensación de culpabilidad por cometer
lo que su madre, sin lugar a dudas,
describiría como un pecado, porque ya
estaba convencido de que antes de que
acabara el año lo podría devolver todo
y nadie sería más listo que él.
Aquella noche, después de que el
resto de la familia se hubo acostado en
el colchón, Lubji se acurrucó en el
rincón de la chimenea y fingió quedarse
dormido, hasta estar seguro de que todos
los demás lo estaban. Sabía que para los
seis inquietos cuerpos apretados, con
dos cabezas hacia la cabecera y otras
dos hacia el pie del colchón, con su
madre y su padre en los extremos, el
sueño era un lujo que raras veces duraba
más de unos pocos minutos.
Una vez convencido de que todos
estaban dormidos, empezó a gatear con
sigilo por el borde de la estancia, hasta
que llegó al extremo más alejado del
colchón. Los ronquidos de su padre eran
tan estruendosos, que temía que uno de
sus hermanos o hermanas pudieran
despertarse en cualquier momento y
descubrirlo.
Lubji contuvo la respiración
mientras recorría con los dedos las
tablas del suelo y trataba de descubrir
cuál de ellas se abriría.
Los segundos se transformaron en
minutos pero, de pronto, una de las
tablas se levantó ligeramente. Apretó un
extremo con la palma de la mano
derecha y pudo levantarla lentamente.
Introdujo la mano izquierda por el hueco
y palpó el borde de algo. Lo tomó con
los dedos y extrajo muy despacio la caja
de cartón. Luego, volvió a dejar la tabla
en su sitio.
Lubji permaneció absolutamente
quieto, hasta estar completamente seguro
de que nadie se había dado cuenta de su
acción. Uno de sus hermanos menores se
revolvió, y sus hermanas gimieron e
hicieron lo mismo. Lubji aprovechó el
momento de confusa conmoción y
retrocedió presuroso por el borde de la
estancia, para detenerse solo al llegar
junto a la puerta.
Se incorporó sobre las rodillas y
empezó a buscar la manija de la puerta.
La sudorosa palma de la mano aferró la
manija y la hizo girar muy despacio. El
viejo eje crujió ruidosamente, de una
forma como no había observado nunca
hasta entonces. Salió al camino y dejó la
caja de cartón en el suelo, contuvo la
respiración y volvió a cerrar la puerta
con sigilo.
Lubji se alejó corriendo de la casa,
con la caja aferrada contra su pecho. No
miró atrás. De haberlo hecho, habría
visto a su tío abuelo que lo miraba
fijamente desde su casa más grande,
situada por detrás de la casita.
—Lo que me temía —murmuró el
rabino para sus adentros—. Predomina
en él el lado de su padre.
Una vez que Lubji estuvo fuera de la
vista, miró fijamente la caja por primera
vez, pero ni siquiera con ayuda de la luz
de la luna pudo distinguir
adecuadamente su contenido. Siguió
caminando, temeroso todavía de que
alguien pudiera descubrirlo. Al llegar al
centro de la ciudad, se sentó en los
escalones de una fuente sin agua,
tembloroso y agitado. Pero
transcurrieron varios minutos antes de
que pudiera distinguir con claridad los
secretos escondidos en la caja.
Había dos hebillas de latón, varios
botones que no hacían juego entre sí,
incluido uno grande y brillante, y una
vieja moneda que llevaba la efigie del
zar. Y allí, en un rincón de la caja, se
encontraba el premio más deseable de
todos: un pequeño broche circular de
plata, rodeado por pequeñas piedras que
destellaban bajo la luz del amanecer.
Al sonar seis campanadas en el reloj
del ayuntamiento, Lubji tomó la caja
bajo el brazo y se encaminó hacia el
mercado. Una vez que se encontró de
nuevo entre los comerciantes, se sentó
entre dos de los puestos ambulantes y
extrajo todo el contenido de la caja. Le
dio luego la vuelta, poniéndola boca
abajo y colocó los objetos sobre la
superficie gris y plana, con el broche
orgullosamente situado en el centro.
Apenas lo había hecho cuando un
hombre que llevaba un saco de patatas
sobre el hombro se detuvo y miró
fijamente sus objetos expuestos.
—¿Qué quieres por eso? —preguntó
el hombre en checo, indicándole el gran
botón brillante.
El niño recordó que el señor Lekski
nunca contestaba a una pregunta con una
respuesta, sino siempre con otra
pregunta.
—¿Qué tenéis para ofrecer? —le
preguntó al hombre en su lengua nativa.
El campesino dejó el saco sobre el
suelo.
—Seis patatas —contestó.
Lubji negó con un gesto de la
cabeza.
—Necesitaría por lo menos doce
patatas para algo tan valioso como eso
—dijo al tiempo que sostenía el botón a
la luz del sol, para que su cliente
potencial pudiera echarle un mejor
vistazo.
El campesino frunció el ceño.
—Nueve —dijo finalmente.
—No —contestó Lubji con firmeza
—. Recordad siempre que mi primera
oferta es la mejor que puedo haceros.
Confiaba en que su voz sonara como
la del señor Lekski cuando trataba con
un cliente difícil.
El campesino sacudió la cabeza,
tomó el saco de patatas, se lo echó al
hombro y se dirigió hacia el centro de la
ciudad. Lubji se preguntó si acaso no
habría cometido un error al no aceptar
las nueve patatas. Lanzó un juramento
para sus adentros, distribuyó de nuevo
los objetos sobre la caja para tratar de
sacarles más provecho y volvió a
colocar el broche en el centro.
—¿Y cuánto esperas sacar por eso?
—le preguntó otro cliente, que señaló el
broche.
—¿Qué tenéis que ofrecer a cambio?
—preguntó Lubji en húngaro.
—Un saco de mi mejor grano —
contestó el campesino, que soltó con
actitud orgullosa un saco del burro
cargado a su lado y lo depositó en el
suelo, delante de Lubji.
—¿Y por qué queréis el broche? —
preguntó Lubji, al recordar otra de las
técnicas del señor Lekski.
—Porque mañana es el cumpleaños
de mi esposa —explicó el hombre—, y
el año pasado se me olvidó darle un
regalo.
—Cambiaré esta hermosa reliquia
de familia —dijo Lubji, que le tendió el
broche para que lo observara más
detenidamente—, que ha pertenecido a
mi familia desde hace varias
generaciones, por ese anillo que lleváis
en el dedo…
—Pero mi anillo es de oro —dijo el
campesino echándose a reír—, y tu
broche solo es de plata.
—… y un saco de vuestro grano —
añadió Lubji, como si no hubiera tenido
tiempo de terminar la frase.
—Tienes que estar loco —replicó el
campesino.
—Este broche lo llevó una gran
dama de la aristocracia antes de que
pasara por tiempos difíciles. Así que no
tengo más remedio que preguntar:
¿acaso no es merecedor de la mujer que
os ha dado a vuestros hijos?
Lubji no tenía ni la menor idea de si
el hombre tenía hijos o no, pero insistió:
—¿O es que la vais a olvidar
durante otro año?
El húngaro guardó silencio, mientras
consideraba las palabras del niño. Lubji
volvió a colocar el broche en el centro
de la caja, con la mirada fija en él, sin
levantarla en ningún momento hacia la
sortija del hombre.
—Por la sortija, estoy de acuerdo —
dijo finalmente el campesino—, pero sin
incluir el saco de grano.
Lubji frunció el ceño y fingió
reflexionar sobre la oferta. Tomó el
broche y lo estudió de nuevo a la luz del
sol.
—Está bien —dijo con un suspiro
—, pero solo porque es el cumpleaños
de vuestra esposa.
El señor Lekski le había enseñado a
dejar que el cliente tuviera siempre la
sensación de haberse llevado la mejor
parte del negocio. Rápidamente, el
campesino se quitó la pesada sortija de
oro de su dedo y tomó el broche.
Apenas hubo terminado de cerrar su
primer trato, cuando regresó el primer
cliente, que llevaba una vieja pala. Dejó
el saco medio vacío de patatas sobre el
suelo, delante del muchacho.
—He cambiado de opinión —dijo
en checo—. Te daré las doce patatas por
el botón.
Pero Lubji negó con un movimiento
de cabeza.
—Ahora quiero quince —dijo sin
mirarlo.
—¡Pero si esta mañana solo querías
doce!
—Sí, pero resulta que desde
entonces habéis cambiado la mitad de
vuestras patatas por esa pala, y
sospecho que habéis ofrecido por ella
las mejores patatas del saco. —El
campesino vaciló—. Volved mañana —
añadió Lubji—. Si todavía lo tengo para
entonces, os costará veinte.
El rostro del checo volvió a
fruncirse, pero esta vez no recogió el
saco y se marchó.
—Acepto —asintió enojado y
empezó a extraer unas patatas del saco
abierto. Lubji, sin embargo, volvió a
negar con la cabeza—. ¿Qué quieres
ahora? —le gritó al muchacho—. Creía
que habíamos hecho un trato.
—Habéis visto mi botón —dijo
Lubji—, pero yo no he visto vuestras
patatas. Es justo que sea yo quien las
elija, no vos.
El checo se encogió de hombros,
abrió el saco y permitió que el niño
rebuscara en su interior para elegir sus
quince patatas.
Aquel día, Lubji no cerró ningún
otro trato, y una vez que los
comerciantes empezaron a desmantelar
sus puestos, recogió sus pertenencias,
tanto viejas como nuevas, las guardó en
la caja de cartón y, por primera vez,
empezó a preocuparle la posibilidad de
que su madre descubriera en qué se
había metido.
Cruzó lentamente el mercado, hacia
el extremo más alejado de la ciudad, y
se detuvo allí donde el camino se
bifurcaba en dos senderos estrechos.
Uno conducía hacia los pastos donde
estaría su padre cuidando del ganado. El
otro se adentraba en el bosque. Lubji se
volvió a mirar hacia la ciudad, para
comprobar que nadie le había seguido, y
luego desapareció entre la espesura. Al
cabo de un breve rato se detuvo junto a
un árbol que estaba seguro de reconocer
cuando volviera. Con las manos, excavó
un agujero cerca de la base y enterró la
caja y doce de las patatas.
Una vez satisfecho de no haber
dejado ninguna señal que indicara que
allí se ocultaba algo, regresó despacio
hacia el camino contando los pasos al
avanzar. Doscientos siete. Se volvió a
mirar un instante hacia el bosque y luego
cruzó corriendo la ciudad, sin detenerse
hasta llegar a la puerta de la pequeña
casa. Esperó un momento para recuperar
la respiración y luego entró.
Su madre ya servía en cuencos la
aguada sopa de nabos, y seguramente le
habría hecho muchas más preguntas
acerca del por qué llegaba tan tarde, si
él no se hubiera apresurado a mostrarle
las tres patatas. Pequeños gritos
encantados brotaron de sus hermanos y
hermanas al ver lo que él había traído.
Su madre dejó el cazo en el caldero
y lo miró directamente.
—¿Las has robado, Lubji? —le
preguntó, con los brazos en jarras.
—No, mamá —contestó él—. No lo
hice.
Zelta pareció sentirse aliviada y
tomó las tres patatas. Las lavó una tras
otra en un cubo que dejaba escapar el
agua cada vez que se llenaba más de la
mitad. Una vez que las hubo limpiado de
tierra, empezó a pelarlas eficientemente
con las uñas. Las cortó después en
segmentos, reservando una ración extra
para su esposo. A Sergei ni siquiera se
le ocurrió preguntarle a su hijo de dónde
había sacado la mejor comida que
habían visto por casa en muchos días.
Aquella noche, antes de que
oscureciera, Lubji se quedó dormido,
agotado después de su primer día de
actividad como comerciante.
A la mañana siguiente abandonó la
casa antes de que su padre se
despertara. Echó a correr hasta llegar al
bosque, contó doscientos siete pasos, se
detuvo al llegar a la base del árbol y
empezó a excavar. Una vez recuperada
la caja de cartón, regresó a la ciudad y
observó a los comerciantes que
montaban sus puestos.
En esta ocasión se situó entre dos
puestos, en el extremo más alejado de la
plaza, pero cuando los clientes llegaban
hasta donde él se encontraba, la mayoría
de ellos ya habían cerrado sus
transacciones, o les quedaba muy poco
de interés para comerciar. Aquella
tarde, el señor Lekski le explicó las tres
reglas más importantes para el
comercio: posición, posición y posición.
A la mañana siguiente, Lubji se
instaló con su caja cerca de la entrada al
mercado. Descubrió rápidamente que
mucha más gente se detenía a considerar
lo que tenía en oferta, y fueron varias los
que preguntaron en distintos idiomas qué
estaría dispuesto a aceptar a cambio de
la sortija de oro. Algunos llegaron
incluso a probársela, para comprobar si
era de la talla adecuada pero, a pesar de
varias ofertas, no pudo cerrar un trato
que considerara ventajoso para él.
Lubji trataba de cambiar doce
patatas y tres botones por un cubo que
no filtrara el agua, cuando observó a un
distinguido caballero con un largo
abrigo negro, de pie a un lado, que
esperaba pacientemente a que terminara
de hacer su transacción.
En cuanto el muchacho levantó la
mirada y vio quién era, se levantó,
despidió rápidamente a su otro cliente, y
lo saludó:
—Buenos días, señor Lekski.
El anciano se adelantó un paso, se
inclinó y empezó a tomar los objetos
colocados en lo alto de la caja. Lubji no
podía creer que al joyero le interesaran
sus artículos. El señor Lekski consideró
primero la vieja moneda con la efigie
del zar. La estudió durante un rato. Lubji
se dio cuenta en seguida de que, en
realidad, no se sentía interesado por la
moneda; eso no era más que una
estratagema que le había visto emplear
muchas veces, antes de preguntar el
precio del objeto que realmente
deseaba. «No permitas nunca que sepan
qué es lo que te interesa», le había dicho
por lo menos cien veces al muchacho.
Lubji esperó pacientemente a que el
anciano dirigiera su atención hacia el
centro de la caja.
—¿Cuánto esperas conseguir por
esto? —preguntó finalmente el joyero,
que tomó la sortija de oro.
—¿Cuál es vuestra oferta? —
preguntó el chico, empleando con él su
propio juego.
—Cien coronas —contestó el
anciano.
Lubji no estuvo muy seguro de saber
cómo reaccionar ya que, hasta entonces,
nadie le había ofrecido más de diez
coronas por nada de lo que tenía en
oferta. Entonces recordó uno de los
lemas de su mentor: «Pide el triple y
prepárate para cerrar el trato por el
doble». Miró fijamente al anciano.
—Trescientas coronas.
El joyero se inclinó y volvió a dejar
la sortija en el centro de la caja.
—Doscientas es mi mejor oferta —
dijo con firmeza.
—Doscientas cincuenta —replicó
Lubji, esperanzado.
El señor Lekski no dijo nada durante
un rato, pero no dejaba de mirar la
sortija.
—Doscientas veinticinco —dijo
finalmente—. Pero solo se incluyes
también esa vieja moneda.
Lubji asintió inmediatamente y trató
de ocultar su satisfacción ante el
resultado de la transacción.
El señor Lekski se sacó una bolsa
del bolsillo interior del abrigo, le
entregó doscientas veinticinco coronas y
se guardó la moneda antigua y la pesada
sortija de oro. Lubji miró al anciano y,
por un momento, se preguntó si aún le
quedaba algo por enseñarle.
Aquella tarde, Lubji no pudo hacer
ninguna transacción más, de modo que
recogió pronto su caja de cartón y se
encaminó hacia el centro de la ciudad,
satisfecho con su día de trabajo. Al
llegar a la calle Schull compró un cubo
completamente nuevo por doce coronas,
un pollo por cinco y, en la panadería,
una hogaza de pan fresco por una
corona.
El joven comerciante se puso a
silbar al descender por la calle
principal. Al pasar ante la tienda del
señor Lekski miró por el escaparate
para ver si todavía estaba a la venta el
hermoso broche que tenía la intención de
comprarle a su madre antes del siguiente
Rosh Hashanah.
Lubji dejó caer el cubo al suelo con
incredulidad. Sus ojos se abrieron más y
más. El broche había sido sustituido por
una vieja moneda, con una etiqueta en la
que se decía que llevaba la efigie del
zar Nicolás I y que era de 1829. Luego,
comprobó el precio escrito sobre la
tarjeta situada por debajo.
—¡Mil quinientas coronas!
Crisis en Wall Street: se
derrumba la Bolsa
4

H ay muchas ventajas y algunas


desventajas en el hecho de nacer
como australiano de segunda generación.
No tuvo que transcurrir mucho tiempo
para que Keith Townsend descubriera
algunas de las desventajas.
Keith nació a las 14,37 del 9 de
febrero de 1928 en una gran mansión
colonial en Toorak. La primera llamada
telefónica que hizo su madre desde la
cama fue al director de la escuela de St.
Andrew para inscribir a su primogénito
en la matrícula para el año 1941. La
primera que hizo su padre, desde su
oficina, fue a la secretaria del Club de
Criquet de Melbourne, para incluir el
nombre de su hijo recién nacido como
candidato a socio, ya que había una lista
de espera de quince años.
Sir Graham Townsend, el padre de
Keith, era oriundo de Dundee, Escocia,
pero él y sus padres habían llegado a
Australia a principios de siglo en un
barco de ganado. A pesar de la posición
de sir Graham como propietario del
Melbourne Courier y del Adelaide
Gazette, coronada con la obtención de
un título de caballero durante el año
anterior, la alta sociedad de Melbourne,
algunos de cuyos miembros llevaban
casi un siglo en el país y no se cansaban
de recordar a todos que no eran
descendientes de convictos, o bien lo
desdeñaban, o se referían a él,
simplemente, en tercera persona.
A sir Graham le importaban un
bledo sus opiniones o, si le importaban,
ciertamente no lo demostraba nunca. La
gente con la que le gustaba relacionarse
trabajaba en los periódicos, y aquellos
que contaba entre sus amigos también
solían pasar por lo menos una tarde a la
semana en las carreras de caballos.
Caballos o galgos, eso no suponía
diferencia alguna para sir Graham.
Pero Keith tenía una madre a quien
la alta sociedad de Melbourne no podía
dejar de lado tan fácilmente; una mujer
cuyo linaje se remontaba a un alto
oficial naval de la Primera Flota. Si ella
hubiera nacido una generación más
tarde, esta historia bien podría haberse
referido a ella, y no a su hijo.
Al ser Keith su único hijo varón, ya
que fue el segundo de tres hijos, siendo
las otras dos niñas, sir Graham imaginó
desde que nació que el muchacho le
seguiría en el negocio de la prensa, y
con ese propósito se dispuso a educarlo
y prepararlo para hacer frente al mundo
real. Keith hizo su primera visita a la
imprenta de su padre, en el Melbourne
Courier, a la temprana edad de tres
años, y se sintió inmediatamente
intoxicado por el olor de la tinta, el
teclear de las máquinas de escribir y el
estruendo de la maquinaria. A partir de
ese momento, acompañó a su padre a la
oficina cada vez que se le presentaba la
oportunidad.
Sir Graham nunca desanimó a Keith,
e incluso le permitía acompañarlo
alguna que otra tarde de los sábados,
cuando desaparecía para acudir al
hipódromo. Lady Townsend no
aprobaba aquellas andanzas, e insistía
en que el joven Keith acudiera siempre a
la iglesia a la mañana siguiente. Ante su
desilusión, su único hijo varón pronto
reveló sus preferencias por los
corredores de apuestas, antes que por el
predicador.
Lady Townsend se mostró tan
decidida a invertir esta inclinación
inicial que se dispuso a lanzar una
contraofensiva. En una ocasión en que
sir Graham estuvo fuera, durante un
largo viaje de negocios a Perth, contrató
a una niñera llamada Florrie, la
descripción de cuyo trabajo
simplemente fue la de controlar a los
niños. Pero Florrie, una viuda de algo
más de cincuenta años, no demostró
estar a la altura de Keith, que solo tenía
cuatro años, y pocas semanas después le
prometió al niño no contarle a su madre
las ocasiones en que fuera llevado a las
carreras. Al descubrir finalmente este
subterfugio, lady Townsend esperó hasta
que su esposo emprendió su viaje anual
a Nueva Zelanda, y puso un anuncio en
la primera página del Times de Londres.
Tres meses más tarde, la señorita
Steadman desembarcó en el muelle
Station y se presentó en Toorak para
hacerse cargo de su trabajo. Resultó ser
todo aquello que indicaban sus
excelentes referencias.
Hija segunda de un ministro
presbiteriano escocés, educada en el St.
Leonard, de Dumfries, sabía
exactamente qué se esperaba de ella.
Florrie continuó siendo tan fiel a los
niños como estos lo eran con ella, pero
la señorita Steadman no parecía fiel a
nadie ni a nada que no fuera su vocación
y la realización de lo que ella misma
consideraba como su obsesivo deber.
Insistió en que todo el mundo, fuera
cual fuese su posición, se dirigiera a
ella en todo momento como señorita
Steadman, y no dejó a nadie la menor
duda acerca de qué lugar ocupaba cada
cual en su propia escala social. El
chófer pronunciaba las palabras con una
ligera inclinación de cabeza. Sir Graham
lo hacía con respeto.
A partir del día en que llegó, la
señorita Steadman organizó la vida de
los niños de una forma que
impresionaría a un oficial de la Guardia
Negra. Keith lo probó todo para hacerla
entrar en razón, desde el encanto, hasta
las actitudes mohínas y las rabietas,
pero no tardó en descubrir que nada era
capaz de conmover a aquella mujer. Su
padre habría acudido en rescate de su
hijo si su esposa no se deshiciera
continuamente en elogios hacia la
señorita Steadman, sobre todo por sus
valerosos intentos por enseñar al joven
caballerete a hablar el inglés del rey.
A la edad de cinco años, Keith
empezó a ir a la escuela, y al cabo de su
primera semana se quejó a la señorita
Steadman de que ninguno de los otros
chicos quería jugar con él. Ella no
consideró que le correspondiera decirle
al niño que su padre se había ganado
muchos enemigos con el transcurso de
los años.
La segunda semana de escuela
resultó ser mucho peor que la primera,
porque Keith se vio continuamente
amenazado por un chico llamado
Desmond Motson, cuyo padre se había
visto envuelto recientemente en un
escándalo financiero relacionado con la
minería, asunto que apareció publicado
durante varios días en la primera página
del Melbourne Courier. Tampoco ayudó
en nada el hecho de que Motson fuera
cinco centímetros más alto que Keith y
pesara seis kilos más.
Keith consideró con frecuencia la
posibilidad de discutir el problema con
su padre, pero puesto que solo se veían
los fines de semana, se contentó con
unirse al viejo en su despacho, un
domingo por la mañana, para escuchar
sus puntos de vista sobre el contenido
del Courier y del Gazette de la semana
anterior, antes de comparar sus propios
esfuerzos con los de sus rivales.
—«Dictador benevolente» es un
titular débil —declaró su padre un
domingo por la mañana al mirar la
primera página del Adelaide Gazette del
día anterior. Al cabo de un momento,
añadió—: Y una historia todavía más
débil. A ninguna de esas personas se les
debe permitir que vuelvan a aparecer en
la primera página.
—Pero solo hay un nombre en lo
alto del artículo —dijo Keith, que había
escuchado atentamente a su padre.
Sir Graham lanzó una risita.
—Cierto, muchacho, pero el titular
ha tenido que ser preparado por un
subdirector, probablemente mucho
después de que se marchara el
periodista que escribió ese artículo.
Keith se sintió intrigado hasta que su
padre le explicó que los titulares podían
cambiarse incluso momentos antes de
que empezara a imprimirse el periódico.
—El titular tiene que llamar la
atención del lector. De otro modo, ni
siquiera se molestará en leer el artículo.
Sir Graham leyó en voz alta un
artículo sobre el nuevo líder alemán.
Fue la primera vez que Keith oyó
pronunciar el nombre de Adolf Hitler.
—Sin embargo, la foto es
condenadamente buena —añadió su
padre, que indicó la imagen de un
hombre pequeño con un bigote que
parecía un cepillo de dientes, mostrado
en una pose con el brazo derecho en alto
—. No olvides nunca el viejo tópico,
muchacho: «Una imagen vale más que
mil palabras».
Se escuchó entonces un fuerte golpe
en la puerta del despacho, y los dos se
dieron cuenta de que solo podía haberlo
producido el nudillo de la señorita
Steadman. Sir Graham dudaba mucho de
que el momento en que se producía la
llamada, cada domingo por la mañana,
hubiera variado apenas unos pocos
segundos desde el día en que ella llegó.
—Pase —dijo con su voz más
severa.
Se volvió y la dirigió un guiño a su
hijo. Ninguno de los Townsend
masculinos permitió que nadie más
supiera que, a sus espaldas, llamaban
Gruppenführer a la señorita Steadman.
La mujer entró en el despacho y
pronunció las mismas palabras que
había repetido cada domingo durante el
último año.
—Sir Graham, es hora de que el
señorito Keith se prepare para ir a la
iglesia.
—Santo cielo, señorita Steadman,
¿ya se ha hecho tan tarde? —contestaba
él antes de dirigir a su hijo hacia la
puerta.
De mala gana, Keith abandonaba el
puerto seguro del despacho de su padre
y seguía a la señorita Steadman fuera de
la estancia.
—¿Sabe lo que acaba de decirme mi
padre, señorita Steadman? —dijo Keith
con un profundo acento australiano que,
estaba seguro de ello, la molestaría.
—No tengo la menor idea, señorito
Keith. Pero sea lo que fuere, confiemos
en que eso no le impida concentrarse
debidamente en el sermón del reverendo
Davidson.
Keith guardó un hosco silencio
mientras subían la escalera hacia su
dormitorio. No volvió a pronunciar una
sola palabra más hasta que no se unió a
su padre y a su madre, en el asiento
trasero del Rolls.
Keith sabía que, efectivamente,
tendría que concentrarse en cada palabra
del ministro, porque la señorita
Steadman siempre les preguntaba, a él y
a sus hermanas, hasta los más nimios
detalles del texto, antes de acostarse. A
sir Graham le aliviaba saber que, al
menos a él, no le sometería a tal examen.
Tres noches en la casa del árbol, que
la propia señorita Steadman se había
ocupado de construir apenas unas
semanas después de su llegada, eran el
castigo que imponía a cualquiera de los
niños que alcanzara una puntuación
inferior al 80 por ciento en el examen
sobre el sermón.
—Eso es bueno para la formación
del carácter —les recordaba
continuamente.
Lo que Keith no le dijo nunca fue
que, a veces, contestaba
deliberadamente mal porque pasar tres
noches en la casa del árbol suponía una
magnífica forma de escapar de su
tiranía.
Al cumplir once años, se tomaron dos
decisiones que marcarían a Keith
durante el resto de su vida, y las dos
hicieron que el muchacho se echara a
llorar, desconsolado.
Tras la declaración de guerra de
Alemania, el gobierno australiano le
encomendó a sir Graham una misión
especial que, según le explicó a su hijo,
le exigiría pasar una considerable
cantidad de tiempo en el extranjero. Esa
fue la primera decisión.
La segunda se produjo unos días más
tarde, después de que sir Graham
partiera para Londres, cuando a Keith se
le ofreció un puesto en la escuela St.
Andrew, que ella insistió en que
aceptara. La St. Andrew era un
internado situado en las afueras de
Melbourne.
Keith no estaba seguro de saber cuál
de las dos decisiones le causaron mayor
angustia.
Vestido con el primer par de
pantalones largos, el lloroso muchacho
fue conducido a la escuela St. Andrew
el mismo día en que se inauguraba el
nuevo curso. Su madre le entregó a una
matrona que ofrecía todo el aspecto de
haber sido cincelada a partir de la
misma roca que la señorita Steadman. El
primer chico al que vio Keith en cuanto
cruzó la puerta fue a Desmond Motson, y
más tarde le horrorizó descubrir que no
solo tendrían que vivir en la misma
casa, sino incluso en el mismo
dormitorio. La primera noche, no pudo
dormir.
A la mañana siguiente, Keith se
encontró al fondo del salón de la
escuela, y escuchó el discurso que
pronunció el señor Jessop, su nuevo
director, que procedía de algún lugar de
Inglaterra llamado Winchester. Al cabo
de pocos días, el nuevo alumno
descubrió que la idea que el señor
Jessop se hacía de lo que era diversión
consistía en una carrera de quince
kilómetros campo a través, seguida por
una ducha fría. Y eso era para los
buenos chicos de los que, una vez que se
hubieran cambiado y regresado a sus
habitaciones, se esperaba que leyeran a
Homero en su lengua original.
Últimamente, las lecturas de Keith se
concentraban casi exclusivamente en las
historias que se publicaban en el
Courier sobre «nuestros valientes
héroes de guerra» y sus hazañas en el
frente. Después de pasar un mes en la St.
Andrew, le habría encantado cambiar de
puesto con ellos.
Durante sus primeras vacaciones,
Keith le dijo a su madre que si los
tiempos de la escuela eran los días más
felices de nuestra vida, no existía para
él ninguna esperanza en el futuro.
Incluso ella misma se había dado cuenta
de que tenía pocos amigos y de que se
estaba convirtiendo en un solitario.
El único día de la semana que Keith
esperaba con impaciencia era el
miércoles, cuando podía escapar de St.
Andrew al mediodía y no regresar hasta
últimas horas del atardecer. Una vez que
sonaba la campana del colegio, tomaba
la bicicleta y recorría los once
kilómetros que lo separaban del
hipódromo más cercano, donde pasaba
una tarde feliz, deambulando entre las
cercas y el recinto de los ganadores. A
la edad de doce años ya se consideraba
una especie de mago de la pista, y solo
deseaba disponer de algo más de dinero
propio para poder hacer apuestas serias.
Terminada la última carrera, se iba en
bicicleta a las oficinas del Courier,
donde veía salir los ejemplares de la
primera edición, y luego regresaba al
colegio justo a últimas horas de la tarde.
Lo mismo que le sucedía a su padre,
Keith se sentía mucho más a gusto con
los periodistas y la hermandad de los
aficionados a las carreras de caballos
que con los hijos de la alta sociedad de
Melbourne. Cuánto anhelaba decirle al
jefe de estudios que lo único que
realmente deseaba hacer cuando
abandonara la escuela era ser el
corresponsal de las carreras del
Sporting Globe, otro de los periódicos
de su padre. Pero nunca dio a conocer su
secreto a nadie, por temor a que le
transmitiera la información a su madre,
que ya le había dejado entrever que
tenía otros planes para su futuro.
Cuando su padre le llevaba a las
carreras, sin informar nunca a su madre
o a la señorita Steadman de lo que se
disponían a hacer, Keith le veía apostar
grandes sumas de dinero en cada
carrera, y de vez en cuando le entregaba
a su hijo una moneda de seis peniques
para que probara suerte. Al principio,
las apuestas de Keith no hacían sino
reflejar las elecciones de su padre, pero,
ante su sorpresa, no tardó en descubrir
que solía regresar a casa con los
bolsillos vacíos.
Después de varias de estas
excursiones al hipódromo, los miércoles
por la tarde, y tras haber descubierto
que la mayoría de sus monedas de seis
peniques terminaban en la abultada
bolsa de cuero del corredor de apuestas,
Keith decidió invertir un penique a la
semana para comprar el Sporting Globe.
Al revisar las páginas, se enteró de la
forma en que se hallaba cada jockey,
entrenador y propietario reconocidos
por el Club Hípico de Victoria, pero ni
siquiera esos conocimientos recién
adquiridos impidieron que siguiera
perdiendo su dinero como antes. A la
tercera semana del trimestre ya se había
jugado todo el dinero del que disponía.
La vida de Keith cambió el día en
que localizó un libro anunciado en el
Sporting Globe, titulado Cómo superar
al corredor de apuestas, escrito por
«Toe, el Afortunado». Convenció a
Florrie para que le prestara media
corona y envió su pedido por correo a la
dirección indicada en la parte inferior
del anuncio. Cada mañana acudió a
saludar al cartero, hasta que finalmente
llegó el libro, diecinueve días más
tarde. Desde el momento en que abrió la
primera página, Joe el Afortunado
sustituyó a Homero como lectura
obligada durante el período nocturno
previo a acostarse. Después de leer el
libro dos veces, se sintió lo bastante
seguro de sí mismo como para creer que
había encontrado un sistema que le
permitiría ganar siempre. Al miércoles
siguiente regresó a las carreras,
extrañado al pensar por qué su padre no
se había aprovechado del método
infalible de Joe el Afortunado.
Aquella noche, Keith regresó a casa
en bicicleta después de haber perdido el
dinero de bolsillo de todo el trimestre
en una sola tarde. Pero se negó a echarle
la culpa de su fracaso a Joe el
Afortunado y supuso que, sencillamente,
no había comprendido del todo cómo
funcionaba el sistema. Después de leer
el libro por tercera vez, se dio cuenta de
su error. Según explicaba Joe el
Afortunado en la página setenta y uno, se
tiene que disponer de un cierto capital
para empezar ya que, de otro modo,
nunca se puede confiar en superar al
corredor de apuestas. En la página
setenta y dos se sugería que la suma
necesaria era de diez libras, pero como
el padre de Keith todavía estaba en el
extranjero, y el lema favorito de su
madre era «No seas nunca prestamista,
ni tomes nunca prestado», no encontró
ninguna forma inmediata de demostrar
que Joe el Afortunado tenía razón.
En consecuencia, llegó a la
conclusión de que tenía que ganar dinero
extra de algún modo, pero puesto que
iba en contra de las normas de la
escuela ganar dinero durante el curso,
tuvo que contentarse con la lectura, una
vez más, del libro de Joe el Afortunado.
En los exámenes de fin de curso habría
obtenido un sobresaliente si lo hubieran
examinado del texto de Cómo superar al
corredor de apuestas.
Una vez terminado el curso, Keith
regresó a Toorak y analizó sus
problemas financieros con Florrie. Ella
le habló de los diversos métodos
utilizados por sus hermanos para
ganarse un dinero extra en sus tiempos
de la escuela. Tras escuchar sus
consejos, Keith regresó a las carreras de
caballos al sábado siguiente, pero esta
vez no para hacer ninguna apuesta, ya
que seguía sin tener un céntimo, sino
para recoger estiércol en los establos,
que luego introdujo con la pala en un
saco de azúcar proporcionado por la
propia Florrie. Regresó después a
Melbourne, llevando el pesado saco
sobre el manillar de la bicicleta, antes
de extender el estiércol alrededor de los
macizos de flores de sus parientes.
Después de cuarenta y siete viajes de
ida y vuelta a la pista de carreras en el
término de diez días, Keith se embolsó
treinta chelines y, una vez satisfechas las
necesidades de todos sus parientes, se
dedicó a atender las de sus vecinos más
próximos.
Al final de las vacaciones había
acumulado la pequeña fortuna de tres
libras, siete chelines y cuatro peniques.
En cuanto su madre le entregó el dinero
de bolsillo para su siguiente trimestre,
una libra, se sintió impaciente por
regresar al hipódromo y ganar una
fortuna. El único problema era que el
sistema infalible de Joe el Afortunado
afirmaba en la página setenta y dos, y
repetía en la página setenta y tres: «No
pruebe el sistema con menos de diez
libras».
Keith habría leído Cómo superar al
corredor de apuestas por décima vez si
el señor Clarke no le hubiera
descubierto ojeándolo antes de
acostarse. Keith no solo vio confiscado
y probablemente destruido su más
preciado tesoro, sino que tuvo que sufrir
la humillación pública de una azotaina
administrada por el director de la
escuela delante de toda la clase. Al
inclinarse sobre la mesa, miró fijamente
a Desmond Motson, sentado en la
primera fila, incapaz de contener la
sonrisa burlona de su rostro.
Aquella noche, antes de que se
apagaran las luces, el señor Clarke le
dijo a Keith que, de no haber
intervenido en su favor, habría sido
indudablemente expulsado del colegio.
Keith sabía que eso no le gustaría a su
padre, que en aquellos momentos
regresaba a casa procedente de un lugar
llamado Yalta, en Crimea, como
tampoco a su madre, que ya empezaba a
hablar de enviarlo a estudiar a
Inglaterra, a una universidad llamada
Oxford. Pero a Keith le preocupaba
mucho más cómo podría convertir sus
tres libras, siete chelines y cuatro
peniques en diez libras.
Fue durante la tercera semana del
trimestre cuando a Keith se le ocurrió
una idea para doblar su dinero. Una idea
que, estaba seguro de ello, jamás
descubrirían las autoridades de la
escuela.
La tienda de golosinas de la escuela
se abría cada viernes, entre las cinco y
las seis de la tarde, y luego permanecía
cerrada hasta la misma hora de la
semana siguiente. El lunes por la
mañana, la mayoría de los chicos ya
habían devorado sus pirulíes de cereza,
varios paquetes de patatas fritas e
innumerables botellas de limonada
Marchants. Aunque se sentían
temporalmente saciados, a Keith no le
cabía la menor duda de que les gustaría
tener más. Así pues, y teniendo en cuenta
esas circunstancias, consideró que de
martes a jueves existía una oportunidad
ideal para crearse un mercado. Lo único
que necesitaba hacer era acumular
algunos de los artículos más populares
vendidos en la tienda, y luego
revenderlos con un beneficio, una vez
que los otros chicos hubieran consumido
sus reservas de dulces para la semana.
Al viernes siguiente, en cuanto abrió
la tienda, Keith se encontró en el primer
puesto de la fila. Al encargado le
sorprendió que el joven Townsend
gastara tres libras en comprar una gran
caja de Minties, otra todavía más grande
de treinta y seis paquetes de patatas
fritas, dos docenas de pirulíes de cereza,
y dos cajas de madera que contenían una
docena de botellas de limonada
Marchants. Informó del incidente al
señor Clarke, encargado del curso de
Keith, cuyo único comentario fue:
—Me sorprende que lady Townsend
le entregue tanto dinero de bolsillo a su
hijo.
Keith llevó todas sus compras a los
vestuarios, y lo ocultó todo en el fondo
de su armario. Luego, esperó
pacientemente a que transcurriera el fin
de semana.
El sábado por la tarde, Keith se
dirigió en bicicleta al hipódromo,
aunque se suponía que debía acudir a
ver el partido anual de los First Eleven
contra los de Geelong. La tarde fue
frustrante para él, incapaz de hacer
ninguna apuesta. Reflexionó sobre lo
extraño que era el poder elegir a un
ganador tras otro cuando no se tenía
dinero para apostar.
El domingo, después de asistir a la
capilla, Keith comprobó las salas
comunes de los estudiantes de los cursos
inferiores y superiores, y quedó
encantado al descubrir que los
suministros de comida y bebida
empezaban ya a disminuir. Durante el
recreo del lunes por la mañana observó
a sus compañeros de clase, de pie en el
pasillo, dedicados a chupar sus últimos
dulces, desenvolver las últimas barras
de chocolate y tomar los últimos tragos
de limonada.
El martes por la mañana vio las
hileras de botellas vacías junto a los
cubos de basura, en una esquina del
patio. Por la tarde, ya estaba preparado
para poner en práctica su teoría.
Durante el período de juegos, se
encerró en la pequeña imprenta de la
escuela, cuyo equipo había regalado su
padre el año anterior. Aunque la prensa
era bastante antigua y solo funcionaba a
mano, resultó bastante adecuada para
satisfacer las necesidades de Keith.
Una hora más tarde abandonó la
estancia con treinta ejemplares de su
primer periódico, donde anunciaba que
cada miércoles, entre las cinco y las
seis, se abriría una tienda alternativa,
delante del armario número diecinueve
del vestuario de alumnos mayores. En el
otro lado de la página se mostraba la
variedad de artículos en oferta y se
indicaban sus precios «revisados».
Keith entregó un ejemplar de la hoja
a cada uno de los miembros de su clase
al principio de la última clase de la
tarde, y terminó su tarea apenas un
momento antes de que el profesor de
geografía entrara en el aula. Ya planeaba
una edición mucho mayor para la
semana siguiente si el experimento
resultaba tener éxito.
Pocos minutos antes de las cinco de
la tarde siguiente, cuando Keith apareció
en el vestuario, descubrió que ya se
había formado una cola frente a su
armario. Abrió rápidamente la puerta de
estaño y sacó las cajas, que depositó en
el suelo. Mucho antes de que hubiera
terminado la hora, había vendido todas
sus existencias. Con un beneficio de por
lo menos el 25 por ciento en la mayoría
de los artículos, consiguió un beneficio
total de algo más de una libra.
Solo Desmond Motson, que
permaneció en un rincón, viendo cómo
cambiaba el dinero de manos, gruñó
algo sobre los precios excesivamente
caros aplicados por Townsend. El joven
empresario se limitó a decirle:
—Tienes una alternativa. Te pones
en la cola, o esperas a que llegue el
viernes.
Motson abandonó precipitadamente
el vestuario, sin dejar de murmurar
veladas amenazas por lo bajo.
El viernes por la tarde, Keith volvió
a situarse en primer lugar en la cola
formada ante la tienda y, habiendo
tomado buena nota de qué artículos
vendió primero, adquirió sus nuevas
existencias de acuerdo con ello.
Cuando el señor Clarke fue
informado de que Townsend había
gastado en la tienda del viernes un total
de cuatro libras y diez chelines, admitió
sentirse extrañado, y decidió hablar con
el director.
Aquel sábado por la tarde, Keith no
acudió a las carreras, y empleó su
tiempo en imprimir cien páginas de la
segunda edición de su hoja de ventas,
que distribuyó al lunes siguiente, no solo
entre sus compañeros de clase, sino
también entre los alumnos de las dos
clases inferiores.
El martes por la mañana, durante una
clase sobre historia británica de 1815 a
1867, y sobre el dorso de una copia de
la Ley de Reforma de 1832, calculó que,
si mantenía el mismo ritmo, solo
tardaría tres semanas más en disponer
de las diez libras que necesitaba para
poner a prueba el sistema infalible de
Joe el Afortunado.
Fue durante la clase de latín del
miércoles por la tarde cuando el propio
sistema infalible de Keith empezó a
fallar estrepitosamente. El director entró
en la clase sin anunciarse, y le pidió a
Townsend que saliera inmediatamente al
pasillo con él.
—Y traiga consigo la llave de su
armario —añadió ominosamente.
Mientras caminaban en silencio por
el largo pasillo gris, el señor Jessop le
presentó una sola hoja de papel. Keith
repasó la lista que habría podido recitar
con mayor fluidez que cualquiera de los
cuadros del Manual latino de Kennedy.
«Minties a 8 peniques, Patatas fritas a 4
peniques, Pirulíes de Cereza a 4
peniques, Limonada Marchants a un
chelín. Situarse frente al armario 19 del
vestuario de alumnos mayores, el jueves
a las cinco en punto. Nuestro lema es:
“Al que llega primero, se le sirve
primero”».
Keith consiguió mantener una
expresión seria en el rostro mientras
avanzaba por el pasillo junto al director.
Al entrar en el vestuario, se encontró
con el encargado de curso y el
encargado de deportes que ya estaban
situados junto a su armario.
—Abra la puerta, Townsend —fue
todo lo que dijo el director.
Keith introdujo la pequeña llave en
la cerradura y la hizo girar lentamente.
Abrió la puerta y los cuatro miraron al
interior. Al señor Jessop le sorprendió
ver que allí dentro no había más que un
bate de críquet, un par de viejas
almohadillas, y una camisa blanca y
arrugada que daba la impresión de que
nadie se había puesto en varias semanas.
La expresión del director fue de
enfado, la del jefe de estudios
extrañada, y la del encargado de
deportes azorada.
—¿No será que se han equivocado
ustedes de alumno? —preguntó Keith
con actitud de dolida inocencia.
—Cierre la puerta y regrese
inmediatamente a su clase, Townsend —
ordenó el director.
Keith obedeció con un insolente
gesto de asentimiento de la cabeza y
luego se dirigió lentamente hacia el
pasillo.
Una vez sentado de nuevo ante su
pupitre, se dio cuenta de que tenía que
decidir qué debía hacer a continuación.
¿Debía rescatar sus artículos y salvar su
inversión, o dejar caer una indirecta
acerca de dónde se encontraba
realmente la tienda clandestina, para que
la descubrieran, y solucionar de ese
modo una vieja rencilla de una vez por
todas?
Desmond Motson se volvió a
mirarlo. Pareció sorprendido y
decepcionado al encontrar de nuevo a
Townsend en su puesto.
Keith le dirigió una amplia sonrisa y
en seguida supo cuál de las dos
opciones elegiría.
Tropas alemanas en Renania
5

L ubji solo oyó hablar de Adolf


Hitler después de que los alemanes
remilitarizaran la Renania.
Su madre hizo una mueca al leer las
hazañas del Führer en el semanario
publicado por el rabino. Al terminar de
leer cada página, se la entregaba a su
hijo. Solo se detuvo cuando se hizo
demasiado oscuro como para seguir
leyendo las palabras. Lubji pudo seguir
leyendo unos pocos minutos más.
—¿Tendremos que llevar todos una
estrella amarilla si Hitler cruza nuestra
frontera? —preguntó.
Zelta fingió haberse quedado
dormida.
Ya hacía algún tiempo que su madre
no podía ocultar al resto de la familia el
hecho de que Lubji era su favorito,
aunque sospechaba que había sido él el
responsable de la desaparición de su
precioso broche, y había observado con
orgullo cómo se convertía en un joven
alto y agraciado. Pero se mostraba
inexorable en su determinación de que, a
pesar de los éxitos de Lubji como
comerciante, de los que admitía que se
beneficiaba toda la familia, el joven
estaba destinado a convertirse en un
rabino. Quizá ella hubiera
desperdiciado su vida, pero estaba
decidida a que Lubji no desperdiciara la
suya.
Durante los últimos seis años, Lubji
había dedicado cada mañana a recibir
clases de su tío en la casa situada sobre
la colina. Lo dejaba en libertad hacia el
mediodía, para que pudiera regresar al
mercado, donde recientemente había
adquirido su propio puesto de venta.
Pocas semanas después de su bar
mitzvah, el anciano rabino le entregó a
la madre de Lubji una carta en la que se
le informaba que su hijo había
conseguido una beca para estudiar en la
academia de Ostrava. Fue el día más
feliz en la vida de Zelta. Sabía que su
hijo era inteligente, quizá excepcional,
pero también se dio cuenta de que
aquella oferta solo pudo conseguirse
gracias a la fama de su tío.
Cuando Lubji recibió la noticia de la
beca obtenida, trató de no demostrar su
consternación. Aunque solo se le
permitía ir al mercado por las tardes, ya
estaba ganando dinero suficiente como
para proporcionar a cada miembro de la
familia un par de zapatos y dos comidas
diarias. Deseaba explicarle a su madre
que no le serviría de nada convertirse en
un rabino si lo único que deseaba hacer
era montar su propia tienda en el solar
que había quedado vacante junto al del
señor Lekski.
El señor Lekski cerró la tienda y se
tomó el día libre para llevar al joven
estudiante a la academia y, durante el
largo viaje hasta Ostrava, le dijo que
confiaba en que pudiera hacerse cargo
de su tienda una vez terminados los
estudios. Lubji solo deseaba regresar a
casa inmediatamente, y se necesitó de
mucho poder de persuasión para que
tomara la pequeña bolsa de cuero, la
última transacción hecha el día anterior,
y cruzara bajo el enorme arco de piedra
que conducía a la academia. Si el señor
Lekski no hubiera añadido que no
consideraría la idea de aceptarlo a
menos que terminara sus cinco años de
estudio en la academia, Lubji habría
vuelto a saltar al coche.
Lubji no tardó en descubrir que en la
academia no había otros niños
procedentes de un ambiente tan humilde
como el suyo. Algunos de sus
compañeros de clase dejaron bien claro,
directa o indirectamente, que él no era la
clase de persona con la que esperaban
relacionarse. A medida que pasaron las
semanas, también descubrió que las
habilidades aprendidas como
comerciante en el mercado le servían de
bien poco en aquella institución, aunque
ni el más indispuesto podía negar que él
poseía un don natural para los idiomas.
Y, ciertamente, las largas horas de
estudio, el poco sueño y la disciplina
rigurosa, no despertaban ningún temor
en el muchacho procedente de Douski.
Al final de su primer año en
Ostrava, Lubji terminó situado en la
mitad superior de la clase en la mayoría
de las asignaturas. Fue el mejor en
matemáticas y el tercero en húngaro, que
se había convertido ahora en su segunda
lengua. Pero ni siquiera para el director
de la academia le pasó por alto el hecho
de que aquel joven tan bien dotado
tuviera pocos amigos y fuera casi un
solitario. Le aliviaba al menos tener la
certeza de que nadie se haría el valiente
con el muchacho, ya que el único que lo
intentó terminó en el sanatorio.
Al regresar a Douski, a Lubji le
sorprendió comprobar lo pequeña que
era la ciudad, lo pobre que era su
familia, y lo mucho que se habían
acostumbrado a depender de él.
Cada mañana, después de que su
padre se marchara hacia los pastos,
Lubji subía por el camino de la colina,
hasta la casa del rabino, y allí
continuaba sus estudios. El anciano
erudito se maravillaba ante el dominio
de los idiomas que demostraba el
muchacho, y admitía incluso que ya no
estaba en condiciones de mantenerse a
su altura en matemáticas. Por las tardes,
Lubji regresaba al mercado y en un buen
día era capaz de regresar a casa con
suministros suficientes para alimentar a
toda la familia.
Intentó enseñar a sus hermanos a
comerciar, para que pudieran dirigir el
puesto por las mañanas, mientras él no
estaba. Llegó rápidamente a la
conclusión de que se trataba de un
empeño inútil, y solo deseaba que su
madre le permitiera quedarse en casa y
crear un negocio del que todos pudieran
beneficiarse. Pero Zelta no demostró el
menor interés por lo que él conseguía en
el mercado, y solo le interrogaba acerca
de sus estudios. Leía una y otra vez los
informes sobre sus notas y al final de las
vacaciones llegó a sabérselos de
memoria. Eso hizo que Lubji se sintiera
más decidido que nunca a complacerla
cuando le presentara las notas del curso
siguiente.
Una vez terminadas sus vacaciones
de seis semanas, Lubji metió de mala
gana sus cosas en la pequeña bolsa de
cuero y fue conducido de regreso a
Ostrava por el señor Lekski.
—La oferta de unirte a mí sigue en
pie —le recordó al joven—, pero solo
después de que hayas terminado tus
estudios.
Durante el segundo año de estancia
de Lubji en la academia, el nombre de
Adolf Hitler surgió en las
conversaciones casi con tanta frecuencia
como el de Moisés. Cada día llegaban
judíos que cruzaban huyendo la frontera
e informaban de los horrores que tenían
lugar en Alemania; Lubji no dejaba de
preguntarse qué planearía hacer el
Führer a continuación. Leía todos los
periódicos que encontraba, en el idioma
que fuese y aunque fueran atrasados.
«Hitler mira hacia el Este», decía un
titular de la primera página del Ostrava.
Al pasar a la página siete para seguir
leyendo el artículo, descubrió que no
estaba. Eso, sin embargo, no le impidió
preguntarse cuánto tiempo pasaría antes
de que los tanques del Führer marcharan
sobre Checoslovaquia. En cualquier
caso, estaba seguro de una cosa: la raza
dominante de Hitler no incluiría a
personas como él.
Más tarde, aquella misma mañana,
expresó sus temores ante su profesor de
historia, pero este parecía incapaz de
desarrollar sus ideas más allá de Aníbal
y la cuestión de si podría cruzar los
Alpes. Lubji cerró su viejo libro de
historia y, sin considerar las
consecuencias que pudieran tener sus
actos, abandonó la clase, recorrió el
pasillo y se dirigió al despacho privado
del director. Se detuvo ante una puerta
que nunca había cruzado, y solo vaciló
un momento antes de llamar.
—Pase —dijo una voz.
Lubji abrió la puerta despacio y
entró en el despacho del director. Aquel
hombre piadoso vestía todos sus ropajes
académicos, de color rojo y gris, y un
casquete negro sobre sus tirabuzones
largos y negros. El hombre levantó la
mirada.
—Imagino que esta visita será por
algo de vital importancia, ¿no es así,
Hoch?
—Sí, señor —contestó Lubji con
seguridad.
Pero luego perdió los nervios y no
supo qué añadir.
—¿Y bien? —le animó el director
tras un largo silencio.
—Tenemos que estar preparados
para marcharnos en cualquier momento
—barbotó finalmente Lubji—. Tenemos
que suponer que no pasará mucho
tiempo antes de que Hitler…
El anciano le sonrió al joven de
quince años e hizo un gesto
despreciativo con la mano.
—Hitler nos ha dicho cientos de
veces que no tiene intención de ocupar
ningún otro territorio —dijo, como si
corrigiera un pequeño error que Lubji
hubiese cometido en un examen de
historia.
—Siento mucho haberle molestado,
señor —dijo Lubji al darse cuenta de
que, por muy bien que expusiera sus
argumentos, no iba a convencer a un
hombre tan poco realista.
Pero, a medida que transcurrieron
las semanas, primero su tutor, luego su
jefe de estudios y finalmente el propio
director, tuvieron que admitir que la
historia se estaba escribiendo ante sus
propios ojos.
Fue una cálida noche de septiembre
cuando el director, que llevaba a cabo
su ronda habitual, empezó a alertar a los
alumnos y a decirles que recogieran sus
pertenencias, ya que se marcharían al
amanecer del día siguiente. No se
sorprendió al encontrar ya vacía la
habitación de Lubji.
Pocos minutos después de la
medianoche, una división de tanques
alemanes cruzó la frontera y avanzó
hacia Ostrava sin encontrar resistencia.
Los soldados registraron
minuciosamente la academia antes de
que sonara la campana que anunciaba el
desayuno, y empujaron a todos los
estudiantes hacia unos camiones que
esperaban. Solo hubo un alumno que no
estuvo presente para contestar al pase
final de la lista. Lubji Hoch se había
marchado la noche anterior. Después de
guardar todas sus pertenencias en la
pequeña bolsa de cuero, se unió a la
corriente de refugiados que se dirigían
hacia la frontera húngara. Rezó para que
su madre hubiera leído no solo los
periódicos, sino la mente de Hitler, y
hubiera podido escapar de algún modo
junto con el resto de su familia.
Recientemente, había oído rumores de
que los alemanes reunían a los judíos y
los metían en campos de internamiento.
Intentó no pensar en lo que podría
sucederle a su familia si eran
capturados.
Aquella noche, al cruzar
sigilosamente las puertas de la
academia, Lubji ni siquiera se detuvo a
observar a las gentes locales, que se
precipitaban de una casa a otra para
buscar a sus parientes, mientras que
otros cargaban sus posesiones en carros
tirados por caballos que seguramente
serían alcanzados hasta por el vehículo
armado más lento. No era una noche
para preocuparse por las posesiones
personales; no se puede fusilar a una
posesión, hubiera querido gritarles. Pero
nadie se quedó quieto el tiempo
suficiente como para escuchar al joven
alto, de fuerte constitución, con los
largos tirabuzones negros, vestido con
su uniforme académico. Cuando los
tanques alemanes rodearon la academia,
él ya había recorrido varios kilómetros
por la carretera del sur, hacia la
frontera.
Lubji ni siquiera se detuvo para
dormir. Ya podía escuchar el rugido de
los cañones, mientras el enemigo
avanzaba hacia la ciudad, procedente
del oeste. Siguió caminando, adelantó a
aquellos cuyo paso era más lento porque
tenían que tirar y empujar de las
posesiones de sus vidas. Adelantó a
burros excesivamente cargados, a carros
que necesitaban reparar una rueda y a
familias con niños pequeños y parientes
ancianos, retenidos por el paso de los
más lentos. Vio a las madres que
cortaban los tirabuzones de sus hijos y
que empezaban a abandonar todo
aquello que pudiera identificarles como
judíos. Se hubiera detenido para
reprenderlas, pero no deseaba perder un
tiempo precioso. Se juró a sí mismo que
nada le haría abandonar su religión.
La disciplina que le inculcaron en la
academia durante los dos años
anteriores le permitió a Lubji continuar
su camino sin comida ni descanso, hasta
el amanecer. Cuando finalmente se
tumbó a dormir un rato, lo hizo en el
fondo de un carro y, más tarde, en el
asiento delantero de un camión. Estaba
decidido a que nada detuviera su avance
hacia un país amistoso.
Aunque la libertad solo estaba
apenas a 180 kilómetros de distancia,
Lubji vio salir y ponerse el sol tres
veces antes de escuchar los gritos de
quienes iban por delante de él, al llegar
ante la frontera del estado soberano de
Hungría. Se detuvo al final de una
desordenada cola de futuros inmigrantes.
Tres horas más tarde solo había
avanzado un par de cientos de metros y
quienes hacían cola, por delante de él,
empezaron a prepararse para pasar la
noche. Ojos angustiados miraron hacia
atrás para mirar las columnas de humo
que se elevaban en el cielo, y se
escuchaba el tronar de los cañones,
mientras los alemanes continuaban su
avance implacable.
Lubji esperó hasta que se hizo de
noche. Luego, silenciosamente, avanzó
por entre las familias dormidas, hasta
que pudo ver con claridad las luces del
puesto fronterizo, por delante de él. Se
tumbó en una zanja, y trató de pasar lo
más inadvertido posible, con la cabeza
apoyada sobre la pequeña bolsa de
cuero. A la mañana siguiente, en cuanto
el oficial de aduanas levantó la barrera,
Lubji esperaba delante de la fila. Los
que estaban detrás, despertaron y al ver
a aquel joven con su atuendo académico,
que canturreaba un salmo por lo bajo, no
consideraron oportuno preguntarle cómo
es que se había colocado al principio de
la cola.
El oficial de aduanas no perdió el
tiempo registrando la pequeña bolsa de
Lubji. Una vez que hubo cruzado la
frontera, no se alejó en ningún momento
de la carretera que conducía a Budapest,
la única ciudad húngara de la que había
oído hablar. Después de otros dos días y
noches de compartir la comida con
familias generosas, aliviado por haber
escapado de la ira de los alemanes,
llegó a las afueras de la capital el 23 de
septiembre de 1939.
Casi no pudo creer en la vista que se
ofreció ante sus ojos. Aquella le pareció
la ciudad más grande del mundo. Dedicó
sus primeras horas a deambular por las
calles, y se sentía más y más
entusiasmado a cada paso que daba.
Finalmente, se derrumbó en los
escalones de una enorme sinagoga y al
despertar a la mañana siguiente, lo
primero que hizo fue preguntar la
dirección del mercado.
Lubji quedó muy impresionado al
contemplar hilera tras hilera de puestos
de venta cubiertos, que ocupaban todo el
espacio que era capaz de ver. Algunos
solo vendían verduras, otros solo fruta,
unos pocos comerciaban con muebles, y
uno simplemente con imágenes, algunas
de ellas enmarcadas.
A pesar de que hablaba su idioma
con fluidez, al ofrecer sus servicios a
los comerciantes, la única pregunta que
le hacían era:
—¿Tienes algo que vender?
Por segunda vez en su vida, Lubji se
encontró con el problema de no tener
nada con lo que comerciar. Se quedó
observando a los refugiados, que
cambiaban valiosas pertenencias
familiares, a veces solo por una hogaza
de pan o un saco de patatas. Se dio
cuenta rápidamente de que la guerra
permitía a algunas personas amasar una
gran fortuna.
Lubji buscó trabajo
incansablemente, día tras día. Por la
noche, se desmoronaba sobre la acera,
hambriento y agotado, pero todavía
decidido a salir adelante. Después de
haber sido rechazado por todos los
comerciantes del mercado, se vio
obligado a pedir limosna en las esquinas
de las calles.
A últimas horas de una tarde, al
borde ya de la desesperación, pasó ante
una mujer vieja que estaba en un quiosco
de periódicos en la esquina de una calle
tranquila, y al observar que llevaba la
estrella de David colgada de una
delgada cadena de oro que le colgaba
del cuello, le dirigió una sonrisa,
confiando en que se apiadara de él. Pero
la mujer ignoró al sucio y joven
inmigrante y continuó con su trabajo.
Lubji se disponía a seguir su camino
cuando un hombre joven, apenas unos
pocos años mayor que él, se acercó al
quiosco, eligió un paquete de cigarrillos
y una caja de cerillas y luego se marchó
sin pagar a la mujer. La mujer salió
corriendo del quiosco moviendo los
brazos y gritando.
—¡Al ladrón! ¡Al ladrón!
Pero el hombre joven se limitó a
encogerse de hombros y encendió uno de
los cigarrillos. Lubji lo siguió calle
abajo y le puso una mano sobre el
hombro. El hombre se volvió.
—No ha pagado usted los cigarrillos
—le dijo Lubji.
—Piérdete por ahí, condenado
eslovaco —exclamó el hombre, que lo
empujó para apartarlo antes de continuar
su camino.
Lubji corrió de nuevo tras él y esta
vez lo sujetó por el brazo. El hombre se
volvió por segunda vez y, sin
advertencia previa, le lanzó un puñetazo.
Lubji se agachó rápidamente y el puño
le pasó por encima del hombro. Cuando
el hombre se tambaleó hacia adelante
por el impulso, Lubji le propinó un
golpe corto en el plexo solar, con tal
fuerza que el hombre se tambaleó hacia
atrás y se desmoronó sobre el suelo,
dejando caer los cigarrillos y las
cerillas. Lubji acababa de descubrir
algo que, seguramente, había heredado
de su padre.
Se sintió tan sorprendido por su
propia fuerza que vaciló un momento
antes de agacharse para recoger los
cigarrillos y las cerillas. Dejó al hombre
aferrándose la boca del estómago y
regresó hacia el quiosco.
—Gracias —le dijo la anciana
cuando le entregó lo que le habían
robado.
—Me llamo Lubji Hoch —le dijo y
se inclinó ante ella.
—Yo soy la señora Cerani.
Aquella noche, cuando la anciana
regresó a su casa, Lubji se quedó a
dormir en la acera, detrás del quiosco. A
la mañana siguiente, la mujer se
sorprendió al verlo todavía allí, sentado
sobre un bulto de periódicos atados.
En cuanto él la vio bajar por la
calle, empezó a desatar los bultos. La
observó mientras la mujer clasificaba
los periódicos y los colocaba en los
anaqueles para llamar la atención de los
obreros que pasaban a primeras horas
de la mañana. Durante el transcurso del
día, la señora Cerani empezó a hablarle
a Lubji de los diferentes periódicos y le
sorprendió descubrir los idiomas que
hablaba el joven. No tardó en darse
cuenta de que también era capaz de
conversar con cualquier refugiado que
acudía en busca de noticias sobre su
propio país.
Al día siguiente, Lubji ya había
colocado todos los periódicos en los
anaqueles, antes de que la señora Cerani
llegara. Incluso había vendido un par de
ellos a clientes madrugadores. Al final
de la semana, la mujer se pasaba la
mayor parte del tiempo dormitando
felizmente en el rincón de su quiosco, y
solo tenía que ofrecer alguna que otra
información cuando Lubji no sabía
contestar a la pregunta de un cliente.
El viernes por la noche, cuando la
señora Cerani cerró el quiosco, le hizo
señas a Lubji para que la siguiera.
Caminaron en silencio durante un rato
hasta detenerse ante una pequeña casa a
un kilómetro y medio del quiosco. La
anciana le invitó a entrar y lo empujó a
través de la salita para que conociera a
su esposo. El señor Cerani quedó
impresionado al ver a aquel mozo
corpulento y sucio, pero se apiadó un
poco al saber que Lubji era un refugiado
judío procedente de Ostrava. Lo invitó a
unirse a ellos para la cena. Era la
primera vez que Lubji se sentaba ante
una mesa desde que abandonara la
academia.
Durante la cena, Lubji se enteró de
que el señor Cerani dirigía una
papelería que suministraba al quiosco
donde trabajaba su esposa. Empezó por
hacerle a su anfitrión una gran cantidad
de preguntas acerca de los ejemplares
devueltos, los artículos de reclamo
vendidos a bajo precio para atraer
clientes, los márgenes de beneficio y las
existencias alternativas. El vendedor de
periódicos no tardó en darse cuenta de
por qué se habían disparado los
beneficios del quiosco durante la
semana. Mientras Lubji se ocupaba de
fregar los platos, el señor y la señora
Cerani hablaron en voz baja en el rincón
de la cocina. Cuando terminaron de
hablar, la señora Cerani llamó a Lubji,
quien supuso que había llegado el
momento de marcharse. Pero en lugar de
acompañarlo hasta la puerta, la mujer
subió la escalera. Se volvió hacia él y lo
llamó de nuevo, de modo que se decidió
a seguirla. En lo alto de la escalera, ella
le abrió una puerta que daba acceso a
una pequeña habitación. No había
alfombra en el suelo, y el único mueble
era una cama individual, un destartalado
aparador y una mesita. La anciana
observó la cama vacía con una mirada
triste en su rostro, hizo un gesto hacia
ella y luego abandonó habitación sin
decir una sola palabra.
Fueron tantos los inmigrantes de tantos
países que empezaron a acudir a hablar
con el joven, que parecía haber leído
todos los periódicos, acerca de lo que
sucedía en cada uno de sus países que,
al final del primer mes, Lubji casi había
logrado duplicar las ganancias del
pequeño quiosco. El último día del mes,
el señor Cerani le hizo a Lubji su
primera oferta de trabajo. Aquella
noche, mientras cenaban, le dijo al joven
que, a partir del lunes, trabajaría con él
en la tienda, para aprender más sobre el
oficio. La señora Cerani pareció
sentirse decepcionada, a pesar de que su
marido le aseguró que solo sería durante
una semana.
En la tienda, el joven aprendió
rápidamente los nombres de los clientes
habituales, el periódico que solían
comprar y su marca favorita de
cigarrillos. Durante la segunda semana,
le llamó la atención un tal señor Farkas,
que dirigía una tienda de la competencia
en el otro lado de la calle, pero como ni
el señor ni la señora Cerani lo
mencionaron por su nombre, él tampoco
planteó el tema. El domingo por la
noche, el señor Cerani le dijo a su
esposa que Lubji trabajaría
permanentemente con él en la tienda,
algo que no pareció sorprender a la
mujer.
Cada mañana, Lubji se levantaba a
las cuatro, salía de casa y acudía a abrir
la tienda. Al cabo de poco tiempo ya se
ocupaba de llevar los periódicos hasta
el quiosco y de atender a los primeros
clientes, antes de que el señor o la
señora Cerani hubieran terminado de
desayunar. A medida que transcurrieron
las semanas, el señor Cerani empezó a
llegar cada vez más tarde a la tienda y,
por la noche, después de contar el
dinero de la caja, ponía a menudo una o
dos monedas en la mano de Lubji.
Lubji fue acumulando las monedas
sobre la mesa, junto a su cama, y las
convertía en un pequeño billete verde
cada vez que conseguía diez. Por la
noche, permanecía despierto y soñaba
con la posibilidad de hacerse cargo de
la tienda y del quiosco cuando el señor y
la señora Cerani decidieran jubilarse.
Últimamente habían empezado a tratarlo
como si fuera su propio hijo; le hacían
pequeños regalos y la señora Cerani
llegaba incluso a abrazarlo antes de que
él se acostara. Eso le hizo pensar en su
madre.
Lubji empezó a creer que quizá
pudiera llegar a cumplir sus ambiciones
cuando el señor Cerani se tomó un día
libre y no acudió a la tienda. Más
adelante fue todo un fin de semana y, al
regresar, no dejó de observar que las
ganancias habían aumentado
ligeramente.
Un sábado por la mañana, cuando
regresaba de la sinagoga, Lubji tuvo la
sensación de que alguien lo seguía. Se
detuvo y, al volverse, vio al señor
Farkas, el vendedor de periódicos de la
competencia, que solo se encontraba a
pocos pasos por detrás de él.
—Buenos días, señor Farkas —
saludó Lubji, que se quitó el sombrero
negro de ala ancha.
—Buenos días, señor Hoch —
replicó el hombre.
La verdad es que, hasta ese
momento, Lubji nunca había pensado en
sí mismo como «señor Hoch». Al fin y
al cabo, solo hacía muy poco que había
celebrado su decimoséptimo
cumpleaños.
—¿Deseaba usted hablar conmigo?
—preguntó Lubji.
—Sí, señor Hoch, en efecto —dijo
el hombre, que se situó a su lado.
Empezó a desplazar incómodamente
el peso de su cuerpo, de un pie a otro.
Lubji recordó entonces el consejo del
señor Lekski: «Cuando un cliente
parezca nervioso, no digas nada».
—Estaba pensando en ofrecerle un
puesto de trabajo en una de mis tiendas
—dijo el señor Farkas, que lo miró.
Era la primera noticia que tenía de
que el señor Farkas poseía más de una
tienda.
—¿En qué puesto? —preguntó.
—Como ayudante de dirección.
—¿Y cuál sería mi salario?
Al escuchar la cantidad, no hizo
comentario alguno, aunque cien pengös a
la semana suponía casi el doble de lo
que le pagaba el señor Cerani.
—¿Y dónde viviría?
—Hay una habitación libre encima
de la tienda —contestó el señor Farkas
—. Imagino que es bastante más grande
que la pequeña buhardilla que ocupa
ahora en lo alto de la casa de los Cerani.
Lubji lo miró fijamente.
—Pensaré en su oferta, señor Farkas
—le dijo y, una vez más, se quitó el
sombrero al despedirse.
De regreso en la casa, ya tenía
decidido informar de toda la
conversación al señor Cerani, antes de
que se enterara por otros medios.
El anciano se tocó el poblado bigote
y suspiró cuando Lubji terminó de
contarle lo acaecido. Pero no dijo nada.
—Le dejé bien claro que no estaba
interesado en trabajar para él —dijo
Lubji, a la espera de ver cómo
reaccionaría su jefe.
Pero el señor Cerani no dijo nada, y
no volvió a plantear el tema hasta que
los tres estuvieron sentados a la mesa
para cenar, a la noche siguiente. Lubji
sonrió al saber que recibiría un aumento
de sueldo al final de la semana. Pero el
viernes se sintió decepcionado al abrir
el pequeño sobre marrón y descubrir lo
exiguo que había resultado ser el
aumento prometido.
Al sábado siguiente, cuando el señor
Farkas se le aproximó de nuevo y le
preguntó si había tomado ya alguna
decisión, Lubji se limitó a contestarle
que se sentía satisfecho con el salario
que recibía actualmente. Luego, se
inclinó ante él y se alejó, convencido de
haberle causado la impresión de que
seguía abierto a una contraoferta por su
parte.
Durante las semanas siguientes,
mientras realizaba su trabajo con la
misma eficacia de siempre, Lubji miraba
de vez en cuando hacia la gran
habitación situada por encima de la
papelería de la competencia, al otro
lado de la calle. Por la noche, antes de
dormirse, intentaba imaginar cómo sería
vivir allí.

Después de trabajar durante seis meses


para los Cerani, Lubji se las había
arreglado para ahorrar casi todos sus
salarios. El único gran gasto que hizo
fue comprar un traje de segunda mano,
de chaqueta cruzada, dos camisas y una
corbata moteada con los que
recientemente había sustituido su
vestimenta académica. Pero, a pesar de
su recién encontrada seguridad,
experimentaba cada vez más y más
temor acerca de dónde atacaría Hitler a
continuación. Después de que el Führer
invadiera Polonia, siguió pronunciando
discursos en los que aseguraba al pueblo
húngaro que lo consideraba como un
aliado. Pero, a juzgar por lo sucedido en
el pasado, «aliado» no era una palabra
que hubiese mirado en el diccionario
polaco.
Lubji intentó no pensar en la
disyuntiva de tener que trasladarse otra
vez, pero a medida que pasaban los días
cobraba dolorosa conciencia de la gente
que lo señalaba como judío, y no pudo
dejar de observar que algunos de los
habitantes locales se preparaban para
dar la bienvenida a los nazis.
Una mañana en que se dirigía al
trabajo, un viandante le abucheó. Se
sintió pillado por sorpresa, pero al cabo
de unos pocos días aquello se había
convertido en un incidente repetido con
regularidad. Luego, alguien arrojó las
primeras piedras contra el escaparate de
la tienda del señor Cerani, y algunos de
los clientes habituales empezaron a
cruzar la calle para acudir a la tienda
del señor Farkas. El señor Cerani, sin
embargo, seguía insistiendo en que
Hitler había afirmado categóricamente
que nunca violaría la integridad
territorial de Hungría.
Lubji le recordó a su jefe que
aquellas fueron exactamente las mismas
palabras que empleó el Führer antes de
invadir Polonia. Luego le habló de un
caballero británico llamado
Chamberlain, que había presentado su
dimisión como primer ministro apenas
unos meses antes.
Lubji sabía que todavía no contaba
con ahorros suficientes para cruzar la
frontera, de modo que al lunes siguiente,
mucho antes de que los Cerani bajaran a
desayunar, cruzó osadamente la calle y
entró en la tienda de la competencia. El
señor Farkas no pudo ocultar su
sorpresa al ver a Lubji entrar en su
tienda.
—¿Sigue abierta su oferta como
ayudante de dirección? —le preguntó
Lubji sin preámbulos, pues no quería
que lo pillaran en aquel lado de la calle.
—No, para un muchacho judío, no
—contestó el señor Farkas, que lo miró
directamente—. Por muy bueno que crea
ser. En cualquier caso, en cuanto Hitler
invada, me apoderaré de vuestra tienda.
Lubji se marchó sin decir una sola
palabra más. Una hora más tarde,
cuando el señor Cerani llegó a la tienda,
le dijo que el señor Farkas le había
hecho otra oferta.
—Pero le dije que a mí no me podía
comprar —añadió.
El señor Cerani asintió con un gesto
y no dijo nada. El viernes, al abrir el
sobre de su salario, a Lubji no le
sorprendió descubrir que contenía otro
pequeño aumento de sueldo.
Siguió ahorrando casi todas sus
ganancias. Cuando empezaron a detener
a los judíos por pequeños delitos,
consideró cuál podría ser su ruta de
escape. Cada noche, después de que los
Cerani se hubieran retirado a descansar,
Lubji bajaba la escalera con sigilo y
estudiaba el viejo atlas que el señor
Cerani guardaba en su pequeño
despacho. Repasó varias veces las
alternativas. Tendría que evitar el cruzar
por Yugoslavia; seguramente, solo era
cuestión de tiempo que sufriera el
mismo destino que Polonia y
Checoslovaquia. Italia quedaba
descartada, lo mismo que Rusia. Se
decidió finalmente por Turquía. Aunque
no tenía documentos oficiales decidió
acudir el fin de semana a la estación y
ver si podía tomar de algún modo un
tren que efectuara el viaje a través de
Rumania y Bulgaria hasta Estambul.
Poco después de la medianoche, Lubji
cerró los viejos mapas de Europa por
última vez y regresó a su pequeña
habitación en lo alto de la casa.
Sabía que se acercaba el momento
en el que tendría que comunicarle sus
planes al señor Cerani, pero decidió
aplazarlo hasta el viernes siguiente,
cuando recibiera el sobre con su salario.
Se metió en la cama y se quedó
dormido, mientras trataba de imaginar
cómo sería la vida en Estambul. ¿Habría
allí un mercado y les gustaba a los
turcos hacer trueques?
Unos golpes fuertes lo despertaron
de un profundo sueño. Saltó de la cama
y corrió hacia la pequeña ventanuca que
daba a la calle. Había soldados por
todas partes, armados con rifles.
Algunos golpeaban las puertas de las
casas con las culatas de sus rifles. De un
momento a otro llegarían a la casa de
los Cerani. Lubji se vistió rápidamente,
extrajo el fajo de billetes de debajo del
colchón y se lo metió en la cintura,
sujetándolo con el ancho cinturón de
cuero con el que se sostenía los
pantalones.
Bajó al primer rellano y desapareció
en el cuarto de baño que compartía con
los Cerani. Tomó la cuchilla de afeitar
del anciano y se cortó rápidamente los
largos tirabuzones negros que le
colgaban sobre los hombros. Arrojó los
mechones de cabello a la taza y tiró de
la cadena. Luego, abrió el pequeño
armario de baño y sacó el tarro de
brillantina del señor Cerani. Se puso un
puñado en la cabeza, con la esperanza
de que ocultara el hecho de que acababa
de cortarse el pelo.
Lubji se miró en el espejo y rezó
para que, con su traje gris claro de
chaqueta cruzada y solapas anchas, la
camisa blanca y la corbata azul moteada,
los invasores creyeran que no era más
que un hombre de negocios húngaro de
visita en la capital. Al menos ahora ya
podía hablar el idioma sin el menor
rastro de acento. Se detuvo un momento,
antes de regresar al rellano. Mientras
bajaba la escalera, sin hacer ruido, oyó
que alguien golpeaba ya con fuerza la
puerta de la casa de al lado. Miró
rápidamente hacia la salita, pero no
había la menor señal de los Cerani. Se
dirigió hacia la cocina, donde encontró a
los dos viejos ocultos bajo la mesa,
abrazados el uno al otro. Con el
candelabro de siete brazos de David en
un rincón de la estancia, no les iba a
resultar nada fácil ocultar el hecho de
que eran judíos.
Sin decir una sola palabra, Lubji se
dirigió de puntillas hacia la ventana de
la cocina, que daba al patio de atrás. La
levantó con precaución y asomó la
cabeza. No se veía a ningún soldado.
Dirigió la mirada hacia la derecha, y vio
a un gato que se subía a un árbol. Miró
luego a la izquierda y se encontró ante
un soldado, que le miraba fijamente.
Junto a él estaba el señor Farkas, que
asintió con un gesto y dijo:
—Es él.
Lubji sonrió, esperanzado, pero el
soldado le hundió brutalmente la culata
del rifle en la barbilla. Cayó fuera de la
ventana, con la cabeza por delante y se
derrumbó sobre el sendero.
Levantó la mirada y se encontró con
una bayoneta que se balanceaba entre
los ojos.
—¡Yo no soy judío! —gritó—. ¡No
soy judío!
El soldado quizá podría haber
quedado más convencido si Lubji no
hubiera barbotado aquellas palabras en
yiddish.
Yalta: la Conferencia
Tripartita
6

C uando Keith regresó para pasar su


último año en la escuela St.
Andrew, a nadie le sorprendió que el
director no lo invitara a convertirse en
monitor escolar para los alumnos de
menor edad.
Había, sin embargo, un puesto de
autoridad que Keith deseaba ocupar
antes de abandonar la escuela, aunque
ninguno de sus contemporáneos le
ofreciera la menor oportunidad de
ocuparlo.
Keith confiaba en convertirse en el
director del St. Andy, la revista escolar,
como había hecho su padre antes que él.
El único rival para ocupar el puesto era
un chico de su misma clase llamado
Tomkins El Empollón, que fuera
subdirector durante el trimestre anterior,
y que era considerado por el director
como «una apuesta segura». Tomkins, a
quien ya se le había ofrecido un puesto
para estudiar en Cambridge, era
considerado como el favorito por los
sesenta y tres alumnos de sexto curso
que tenían voto. Pero eso fue antes de
que nadie se diera cuenta de hasta dónde
estaba dispuesto a llegar Keith para
asegurarse el puesto.
Poco antes de que tuviera lugar la
elección, Keith analizó el problema con
su padre mientras daban un paseo por la
propiedad campestre de la familia.
—Los electores cambian con
frecuencia de idea en el último momento
—le dijo su padre—, y la mayoría de
ellos son susceptibles al soborno o al
temor. Esa ha sido siempre mi
experiencia, tanto en la política como en
el mundo de los negocios. No veo razón
alguna por la que las cosas tengan que
ser diferentes para el sexto curso de St.
Andrew. —Sir Graham se detuvo al
llegar a lo alto de la colina desde donde
se dominaba la propiedad—. Y no
olvides que cuentas con una ventaja
sobre los candidatos que se presentan a
la mayoría de las otras elecciones —
afirmó.
—¿Qué ventaja? —preguntó el joven
de diecisiete años mientras descendían
de la colina, camino de regreso a la
casa.
—Con un electorado tan exiguo,
conoces personalmente a todos los
votantes.
—Eso podría ser una ventaja si yo
fuera más popular que Tomkins —dijo
Keith—. Pero no lo soy.
—Son pocos los políticos que
dependen exclusivamente de la
popularidad para salir elegidos —le
aseguró su padre—. Si fuera así, la
mitad de los dirigentes del mundo
perderían sus cargos. No tenemos mejor
ejemplo de ello que Churchill.
Keith escuchó con mucha atención
las palabras de su padre durante el
camino de regreso a la casa.

Cuando Keith regresó a St. Andrew,


solo disponía de diez días para poner en
práctica las recomendaciones de su
padre, antes de que se celebrara la
elección. Probó todas las formas de
persuasión que se le ocurrieron:
entradas para el MCG, botellas de
cerveza, paquetes ilegales de
cigarrillos. A uno de los votantes llegó a
prometerle incluso una cita con su
hermana mayor. Pero cada vez que
trataba de calcular cuántos votos se
había asegurado, seguía sin estar
convencido de poder alcanzar la
mayoría. Sencillamente, no había forma
de saber cuál sería el voto de sus
compañeros en una votación secreta. Y a
Keith no le ayudó en nada el hecho de
que el director no vacilara en dejar bien
claro quién era su candidato preferido.
Cuarenta y ocho horas antes de la
votación, Keith empezó a considerar la
segunda opción recomendada por su
padre, la del temor. Pero por muy tarde
que se quedara despierto por la noche,
dándole vueltas a la idea, no se le
ocurrió nada factible.
A la tarde siguiente recibió una
visita de Duncan Alexander, el recién
nombrado jefe de curso.
—Necesito un par de entradas para
el partido de Victoria contra Australia
del Sur en el estadio MCG.
—¿Y qué puedo esperar a cambio?
—preguntó Keith, que levantó la mirada
hacia él.
—Mi voto —contestó el jefe de
curso—, por no hablar de la influencia
que podría ejercer sobre los otros
votantes.
—¿En una votación secreta? —
preguntó Keith—. Debes de estar
bromeando.
—¿Sugieres que no te fías de mi
palabra?
—Algo así —contestó Keith.
—¿Y cuál sería tu actitud si pudiera
ofrecerte algunos trapos sucios sobre
Cyril Tomkins?
—Eso dependería del grado de
suciedad —contestó Keith.
—Lo bastante como para verse
obligado a retirar su candidatura.
—Si fuera así, no solo te
proporcionaría dos entradas en el palco
de socios de honor, sino que yo
personalmente te presentaría a cualquier
miembro del equipo al que quisieras
conocer. Pero antes de considerar
siquiera la idea de entregarte las
entradas, necesitaría saber qué tienes
sobre Tomkins.
—No te lo diré mientras no tenga las
entradas —afirmó Alexander.
—¿Sugieres acaso que no te fías de
mí? —preguntó Keith con una risita
burlona.
—Algo así —replicó Alexander con
la misma risa.
Keith abrió el cajón superior de su
mesa y sacó una pequeña caja de estaño.
Introdujo en la cerradura la llave más
pequeña que colgaba de su llavero y la
hizo girar. Levantó la tapa, removió
algunas cosas y finalmente extrajo dos
entradas alargadas.
Se las entregó a Alexander, que las
observó con atención. Una sonrisa se
extendió sobre su rostro.
—Bien —dijo Keith—, ¿qué tienes
sobre Tomkins que te hace estar tan
seguro de que abandonará?
—Es homosexual —dijo Alexander.
—Eso lo sabe todo el mundo —dijo
Keith.
—Pero lo que no saben —continuó
Alexander—, es que estuvo a punto de
ser expulsado del colegio el curso
anterior.
—Yo también —dijo Keith—, así
que eso no es gran cosa.
Tomó las dos entradas y las volvió a
guardar en la caja de estaño.
—Pero no por haber sido
descubierto en los lavabos con el joven
Julian Wells, del curso inferior. —Hizo
una pausa antes de añadir—: Y los dos
con los pantalones bajados.
—Si fue algo tan evidente, ¿por qué
no lo expulsaron?
—Porque no hubo pruebas
suficientes. Según me han dicho, el
profesor que los descubrió abrió la
puerta un momento demasiado tarde.
—¿O un momento demasiado
pronto? —sugirió Keith.
—Y también estoy bastante bien
informado de que al director le pareció
que no era esa la clase de publicidad
que necesitaba la escuela, sobre todo
después de que Tomkins consiguiera una
beca para estudiar en Cambridge.
La sonrisa de Keith se hizo mucho
más amplia. Volvió a introducir la mano
en la caja de estaño y extrajo una de las
entradas.
—Me prometiste las dos —dijo
Alexander.
—Recibirás la otra mañana… si
gano. De ese modo estaré bastante
seguro de que pondrás la cruz en la
casilla correcta de la papeleta.
—Regresaré mañana a por la otra —
dijo Alexander, que tomó la entrada que
se le ofrecía.
Una vez que Alexander hubo cerrado
la puerta tras él, Keith permaneció
sentado ante la mesa y empezó a teclear
furiosamente en la máquina de escribir.
Redactó un par de cientos de palabras
en la pequeña Remington que su padre le
había regalado por Navidad. Una vez
terminado el escrito, revisó el texto,
hizo unas pocas correcciones y luego se
dirigió hacia la imprenta de la escuela
para preparar una edición limitada.
Salió de allí cincuenta minutos más
tarde con una página recién impresa.
Miró su reloj. Cyril Tomkins era uno de
esos chicos de quien siempre se podía
confiar que estaría en su habitación entre
las cinco y las seis, repasando sus
lecciones. Hoy no sería ninguna
excepción. Keith recorrió el pasillo y
llamó tranquilamente a su puerta.
—Entre —respondió Tomkins.
El estudioso alumno levantó la
mirada de la mesa cuando Keith entró en
la habitación. No pudo ocultar su
sorpresa. Townsend nunca le había
hecho una visita. Antes de que pudiera
preguntarle qué deseaba, Keith le
informó.
—Pensé que te gustaría ver la
primera edición de la revista de la
escuela, bajo mi dirección.
Tomkins apretó los abultados labios.
—Creo que terminarás por darte
cuenta, por usar una de tus manidas
expresiones, que una vez terminada la
votación de mañana, seré yo el que gane
por amplia mayoría.
—No, porque si has retirado tu
candidatura no podrás ganar —dijo
Keith.
—¿Y por qué haría yo una cosa así?
—preguntó Tomkins, que se quitó las
gafas y las limpió con el extremo de su
corbata—. A mí, desde luego, no puedes
sobornarme como has tratado de hacer
con el resto de la clase.
—Cierto —asintió Keith—, pero
sigo teniendo la sensación de que
querrás retirarte una vez que hayas leído
esto.
Le entregó la página.
Tomkins volvió a colocarse las
gafas, pero no llegó a leer más allá del
titular y las primeras palabras del
párrafo inicial, antes de experimentar
una arcada sobre el libro que estudiaba.
Keith tuvo que admitir que aquella
era una respuesta mucho mejor de lo que
había esperado. Tuvo la sensación de
que su padre estaría de acuerdo con él
en que había logrado llamar la atención
del lector con el titular.

«Alumno de sexto
descubierto en el
lavabo con nuevo chico.
Bajados los pantalones.
Negada la acusación».

Keith recuperó la página y la rasgó


en pequeños trozos, mientras un Tomkins
muy pálido trataba de recuperar la
calma.
—Naturalmente —dijo Keith
después de arrojar los pequeños trozos
en la papelera, al lado de Tomkins—,
estaré encantado de que ocupes el
puesto de subdirector, siempre y cuando
retires tu candidatura antes de que se
produzca la votación de mañana.

Bajo la batuta del nuevo director, el


principal titular de la primera edición
del St. Andy fue:

«Razones para el
socialismo».
—Desde luego, la calidad del papel
y de la impresión son muy superiores a
lo que recuerdo —comentó el director
durante la reunión de profesores, a la
mañana siguiente—. No obstante, no
puede decirse lo mismo del contenido.
Supongo que debemos estar agradecidos
por el hecho de que solo tengamos que
soportar dos ediciones en un trimestre.
El resto del profesorado asintió con
gestos de acuerdo.
El señor Clarke informó que Cyril
Tomkins había dimitido de su puesto de
subdirector pocas horas después de que
se publicara la primera edición de la
revista.
—Es una pena que no fuera él el
encargado de realizar el trabajo —
comentó el director—. Y a propósito,
¿sabe alguien por qué retiró su
candidatura en el último momento?
Keith se echó a reír cuando le llegó
esa información a la tarde siguiente,
comunicada por alguien que la había
escuchado repetir a su vez en la mesa
del desayuno.
—Pero ¿tratará de hacer algo al
respecto? —le preguntó Keith a la chica,
que se subía la cremallera de la falda.
—Mi padre no comentó nada más
sobre el tema, excepto que se sentía
agradecido por el hecho de que no se te
hubiera ocurrido defender la idea de que
Australia se convierta en una república.
—Bueno, no deja de ser una idea —
dijo Keith.
—¿Puedes venir a la misma hora el
próximo sábado? —preguntó Penny, que
se puso por la cabeza el suéter de cuello
de polo.
—Lo intentaré —contestó Keith—.
Pero la próxima semana no podrá ser en
el gimnasio porque ya está reservado
para un combate de boxeo, a menos,
claro está, que quieras que lo hagamos
en medio del cuadrilátero, rodeados por
los espectadores, mientras nos vitorean.
—Creo que será mucho más
prudente dejar que sean otros los que
caigan tumbados sobre la lona —dijo
Penny—. ¿Tienes alguna otra sugerencia
que hacerme?
—Te daré a elegir —contestó Keith
—. En la galería de tiro o en el pabellón
de críquet.
—En el pabellón de críquet —dijo
Penny sin vacilar.
—¿Qué tiene de malo la galería de
tiro? —preguntó Keith.
—Ahí abajo hace siempre mucho
frío, y está todo muy oscuro.
—¿De veras? —preguntó Keith.
Tras una pausa, añadió—: Entonces
tendrá que ser en el pabellón de críquet.
—Pero ¿cómo entraremos?
—Con una llave.
—Eso no es posible —dijo ella,
mordiendo el anzuelo—. Siempre lo
cierran con llave cuando no juegan los
First Eleven.
—No cuando el hijo del cuidador de
las instalaciones trabaja en el Courier.
Penny lo tomó en sus brazos, apenas
un momento después de que él hubiera
terminado de abrocharse los botones de
la bragueta.
—¿Me quieres, Keith?
Keith procuró pensar en una
respuesta convincente que no le
comprometiera a nada.
—¿Acaso no he sacrificado una
tarde en las carreras por estar contigo?
—Penny frunció el ceño y lo soltó. Se
disponía a presionarlo un poco más
cuando él añadió—: Te veré a la semana
que viene. —Hizo girar la llave que
abría la puerta del gimnasio, se asomó
al pasillo y miró. Luego se volvió hacia
ella, sonrió y le dijo—: Quédate ahí por
lo menos otros cinco minutos.
Efectuó un desvío para llegar a su
dormitorio, donde entró por la ventana
de la cocina.
Una vez que entró en el despacho
encontró una nota sobre la mesa. Era del
director, y le pedía que pasara a verlo a
las ocho. Miró el reloj. Solo faltaban
diez minutos para las ocho. Suspiró
aliviado por no haber sucumbido a los
encantos de Penny y no haberse quedado
un poco más en el gimnasio. Se preguntó
de qué se iba a quejar el director esta
vez, pero sospechó que Penny ya le
había indicado la dirección correcta.
Se miró en el espejo situado sobre la
palangana, para asegurarse de que no
quedara el menor rastro exterior de las
actividades extracurriculares de las dos
últimas horas. Se arregló la corbata y se
limpió un resto de pintalabios de la
mejilla.
Mientras caminaba sobre la gravilla,
hacia la casa del director, se dedicó a
ensayar su defensa contra la reprimenda
que esperaba desde hacía días. Procuró
dar a su pensamientos un orden
coherente, y cada vez se sintió más y
más seguro de poder contestar con total
seguridad en sí mismo todas y cada una
de las advertencias que pudiera hacerle
el director. Libertad de prensa, el
ejercicio de los propios derechos
democráticos, los males de la censura y,
si después de todo eso el director se
mantenía en sus trece, le recordaría el
discurso que él mismo pronunció ante
los padres durante la celebración del
Día del Fundador del año anterior, en el
que condenó a Hitler por emplear
exactamente la misma táctica
amordazante con la prensa alemana. La
mayoría de aquellos argumentos se los
había oído comentar a su padre en la
mesa del desayuno desde que regresara
de Yalta.
Keith llegó ante la casa del director
en el momento en que el reloj de la
capilla hacía sonar las ocho
campanadas. Una doncella contestó a su
llamada ante la puerta.
—Buenas noches, señor Townsend.
Era la primera vez que alguien le
llamaba «señor». Le acompañó
directamente al despacho del director.
El señor Jessop levantó la mirada desde
detrás de una mesa cubierta de papeles.
—Buenas noches, Townsend —le
saludó, renunciando a la costumbre
habitual de llamar por su nombre de pila
a un alumno que cursara el último año.
Evidentemente, Keith iba a tener
problemas.
—Buenas noches, señor —replicó, y
se las arregló para que la palabra
«señor» sonara con un ligero tono de
condescendencia.
—Siéntese —dijo el señor Jessop,
que indicó con un gesto de la mano la
silla situada ante la mesa.
Keith se sorprendió. Si a uno le
ofrecen un asiento, eso suele indicar que
no hay ningún problema. Seguramente,
no iría a ofrecerle…
—¿Le apetece tomar un jerez,
Townsend?
—No, gracias —contestó Keith,
ahora con incredulidad.
Normalmente, el jerez solo se
ofrecía al jefe de curso.
«Ah —pensó Keith—, debe de
tratarse de un soborno. Va a decirme que
quizá sería mejor que en el futuro
modere mi tendencia natural a ser
provocador mediante…, etcétera,
etcétera. Bueno, ya tengo una respuesta
preparada para eso. Puedes irte al
infierno».
—Naturalmente, Townsend, soy muy
consciente del mucho trabajo que supone
tratar de ganarse un puesto en Oxford al
mismo tiempo que intenta editar la
revista de la escuela.
«De modo que ese es el juego.
Quiere que dimita. Jamás. Para eso
tendrá que despedirme. Y si lo hace,
publicaré una revista clandestina una
semana antes de que se edite la oficial».
—A pesar de todo, confío en que
pueda usted hacerse cargo de otra
responsabilidad más.
«Seguramente no querrá nombrarme
monitor, ¿verdad? No me lo puedo
creer».
—Quizá le sorprenda saber,
Townsend, que considero el pabellón de
críquet como inadecuado… —siguió
diciendo el director, mientas Keith se
ruborizaba intensamente.
—¿Inadecuado, señor director? —
balbuceó.
—… Para el equipo de una escuela
de nuestra reputación. Me doy cuenta de
que no ha brillado usted mucho como
deportista en St. Andrew. No obstante,
el consejo escolar ha decidido que este
es el año adecuado para solicitar ayuda
que nos permita construir un pabellón
nuevo.
«Bueno, no pueden esperar ninguna
ayuda por mi parte —pensó Keith—. De
todos modos, será mejor dejarlo seguir
un poco más antes de rechazar su
propuesta».
—Sé que le agradará saber que su
madre se ha mostrado de acuerdo en ser
la presidenta del llamamiento para
recaudar fondos. —Hizo una pausa,
antes de añadir—: Teniendo eso en
cuenta, confiaba en que estaría usted de
acuerdo en ser el presidente, en nombre
de los estudiantes.
Keith no hizo el menor intento por
responder. Sabía muy bien que servía de
muy poco tratar de interrumpirlo, una
vez que el viejo se lanzaba a hablar.
—Y puesto que no tiene usted la
penosa tarea de ser monitor, y tampoco
representa a la escuela en ninguno de sus
equipos, creo que quizá podría
interesarle aceptar este desafío…
Keith se mantuvo en silencio.
—La cantidad en la que han pensado
los gobernadores como meta son cinco
mil libras, y en el caso de que tuviera
usted éxito en su tarea de conseguir esa
suma tan importante, podría informar de
sus denodados esfuerzos a la facultad de
Oxford en la que ha solicitado su
ingreso. —Hizo una nueva pausa para
consultar unas notas que tenía ante él—.
El Worcester College, si lo recuerdo
correctamente. Tengo la sensación de
poder decirle que si su solicitud contara
con mi bendición personal, eso diría
mucho en su favor.
«Y todo esto —pensó Keith—,
procedente de un hombre que cada
domingo sube al púlpito para arremeter
contra los pecados del soborno y la
corrupción».
—Por lo tanto, Townsend, espero
que reflexione usted seriamente sobre
esta idea.
Como quiera que a estas palabras
siguió un silencio de más de tres
segundos, Keith supuso que el director
había terminado de hablar. Su primera
reacción fue la de decirle al viejo que se
lo pensara dos veces y buscara a algún
otro primo que se dedicara a conseguir
el dinero, no porque no tuviera ningún
interés por el críquet o por conseguir un
puesto en Oxford. Estaba decidido a
entrar en el Courier como periodista en
formación en cuanto dejara la escuela.
Aceptaba sin embargo que, al menos por
el momento, su madre ganaba en esa
discusión en particular, aunque si él
suspendía deliberadamente el examen de
ingreso, ella no podría hacer nada al
respecto.
A pesar de eso, a Keith se le
ocurrieron varias buenas razones para
cumplir con los deseos del director. La
cifra no era tan grande y dedicarse a
reuniría en nombre del colegio le abriría
sin duda algunas puertas que
previamente se le habían cerrado en las
narices. Luego, estaba su madre:
necesitaría buenos argumentos para
apaciguarla una vez que fracasara
deliberadamente en su intento por
conseguir plaza en Oxford.
—Es impropio de usted que tarde
tanto tiempo en tomar una decisión —
dijo el director, que interrumpió el hilo
de sus pensamientos.
—Estaba reflexionando seriamente
en su propuesta, señor director —
contestó Keith con tono preocupado. No
tenía la menor intención de permitir que
el viejo creyera que se le podía comprar
tan fácilmente. Esta vez fue el director el
que permaneció en silencio. Keith contó
hasta tres, antes de añadir—: Si me lo
permite, señor, volveré a entrevistarme
con usted para hablar de este asunto —
dijo con un tono de voz que confió se
pareciese al de un director de banco al
dirigirse a un cliente que solicita un
pequeño préstamo.
—¿Y cuándo será eso, Townsend?
—preguntó el director, que pareció
sentirse un tanto irritado.
—Dos o tres días como máximo,
señor.
—Muy bien. Gracias, Townsend —
dijo el director, que se levantó de la
silla para indicar que la entrevista había
concluido. Keith se volvió para salir,
pero antes de llegar a la puerta, el
director añadió—: De todos modos,
hable con su madre antes de tomar una
decisión.
—Tu padre quiere que sea el
representante de los estudiantes para la
recogida anual de fondos —dijo Keith
mientras buscaba los pantalones.
—¿Qué quieren construir esta vez?
—preguntó Penny, que seguía con la
vista fija en el techo.
—Un nuevo pabellón de críquet.
—No veo que puede haber de malo
en este.
—Se sabe que ha sido utilizado para
otros propósitos —comentó Keith,
poniéndose los pantalones.
—No se me ocurre por qué. —Ella
tironeó de una pernera del pantalón.
Keith observó su cuerpo desnudo—. ¿Y
qué vas a decirle?
—Voy a decirle que sí.
—Pero ¿por qué? Eso podría
ocuparte todo tu tiempo libre.
—Lo sé, pero me ayudará a
quitármelo de encima y, en cualquier
caso, podría servir como una póliza de
seguros.
—¿Una póliza de seguros? —repitió
Penny.
—En efecto, si nos vieran alguna vez
en las carreras de caballos, o en algún
sitio peor…
Volvió a mirarla.
—¿En la plataforma de
deslizamiento con la hija del director?
Ella se incorporó y empezó a
besarlo de nuevo.
—¿Tenemos tiempo? —preguntó
Keith.
—No seas bobo, Keith. Si los First
Eleven juegan hoy en Wesley y el
partido no termina hasta las seis, no
regresarán antes de las nueve, así que
tenemos todo el tiempo del mundo.
Se puso de rodillas y empezó a
desabrocharle los botones de la
bragueta.
—A menos que esté lloviendo —
dijo Keith.
Penny había sido la primera chica
con la que Keith hizo el amor. Ella lo
había seducido una noche en la que se
suponía que él debía asistir a un
concierto de una orquesta invitada.
Jamás se le ocurrió pensar que pudiera
haber tanto espacio en el lavabo de
señoras. Le alivió saber que no había
forma de demostrar que había perdido
su virginidad. Estaba seguro de que no
era la primera experiencia sexual de
Penny porque, hasta la fecha, no había
tenido que enseñarle nada.
Pero todo eso tuvo lugar a principios
del trimestre anterior, y ahora tenía la
vista puesta en una chica llamada Betsy,
que trabajaba tras el mostrador de la
oficina local de Correos. De hecho, a su
madre le había asombrado observar la
frecuencia con la que Keith escribía
últimamente a casa.
Keith estaba tumbado sobre una
colchoneta formada por viejas
almohadillas, en la plataforma de
deslizamiento, y se preguntaba qué
aspecto tendría Betsy desnuda. Decidió
que esta iba a ser definitivamente la
última vez.
—¿A la misma ahora la próxima
vez? —preguntó Penny con naturalidad
mientras se abrochaba el sujetador.
—Lo siento, no podré venir a la
semana que viene —dijo Keith—. Tengo
una cita en Melbourne.
—¿Con quién? —preguntó Penny—.
Seguro que no vas a jugar para los First
Eleven.
—No, todavía no están tan
desesperados —contestó Keith
echándose a reír—. Pero tengo que
presentarme ante un consejo de
entrevista para Oxford.
—¿Para qué molestarse por eso? —
comentó Penny—. Si acabaras por irte
allí no harías sino confirmar tus peores
temores sobre los ingleses.
—Lo sé, pero mi… —empezó a
decir mientras se ponía los pantalones
por segunda vez.
—Y en cualquier caso, oí a mi padre
comentarle al señor Clarke que solo
añadió tu nombre a la lista final para
complacer a tu madre.
Penny lamentó aquellas palabras en
cuanto las pronunció.
Keith estrechó los ojos y miró
fijamente a una joven que, normalmente,
nunca se ruborizaba.

Keith utilizó la segunda edición de la


revista de la escuela para airear sus
opiniones sobre la educación privada.

«Al acercarnos a la
segunda mitad del siglo
veinte, el dinero, por
sí solo, no debería ser
suficiente para
garantizar una buena
educación —declaró el
líder—. La asistencia a
las escuelas más
exquisitas debería
estar abierta a
cualquier niño que
demostrara la capacidad
adecuada, y no
decidirse simplemente
por la cuna en la que
uno haya nacido».
Keith esperó a que la cólera del
director descendiera sobre él, pero de
su despacho solo brotó el silencio. El
señor Jessop no se mostró a la altura del
desafío. En su actitud, quizá se sintiera
influido por el hecho de que Keith ya
había ingresado en la cuenta bancaria
1470 de las 5000 libras necesarias para
construir un nuevo pabellón de críquet.
Cierto que la mayor parte de ese dinero
se había obtenido de los bolsillos de los
contactos de su padre que, según
sospechaba Keith, lo pagaban con la
esperanza de que sus nombres no
aparecieran en las primeras páginas del
futuro.
De hecho, el único resultado de
publicar el artículo no fue una queja,
sino una oferta de diez libras,
presentada por el Melbourne Age, el
principal competidor de sir Graham, que
deseaba reproducir completo el artículo
de quinientas palabras. Keith aceptó
encantado sus primeros honorarios como
periodista, pero se las arregló para
perder toda esa cantidad al miércoles
siguiente, con lo que finalmente se
demostró que el sistema de Joe el
Afortunado no era infalible.
A pesar de todo, esperaba con
impaciencia la oportunidad de
impresionar a su padre con aquel
pequeño golpe. El sábado, sir Graham
leyó su prosa, reproducida en el
Melbourne Age. No habían cambiado
una sola palabra, pero habían recortado
el artículo drásticamente, y le habían
puesto un título que inducía a engaño:

«El heredero de
sir Graham exige
becas para los
aborígenes».

Se dedicaba la mitad de la página a


exponer los radicales puntos de vista de
Keith; la otra mitad aparecía ocupada
por un artículo del principal
corresponsal del periódico en asuntos
pedagógicos que, naturalmente, defendía
la educación privada. Se invitaba a los
lectores a responder a sus opiniones y,
al sábado siguiente, el Age tuvo un gran
día de ventas, a expensas de sir Graham.
Keith se sintió aliviado al
comprobar que su padre no planteaba el
tema, aunque oyó que lo comentaba con
su madre.
—Ese muchacho habrá aprendido
mucho con la experiencia. Y, en
cualquier caso, estoy de acuerdo con
mucho de lo que ha dicho.
Su madre, en cambio, no se mostró
tan comprensiva.
Durante las vacaciones, Keith se pasaba
cada mañana bajo la tutoría de la
señorita Steadman, como forma de
prepararse para sus exámenes finales.
—La enseñanza no es más que otra
forma de tiranía —declaró al final de
una de sus exigentes sesiones.
—Eso no es nada comparado con la
tiranía de ser un ignorante durante el
resto de su vida —le aseguró ella.
Después de que la señorita
Steadman le indicara algunos temas más
para revisar, Keith se marchó para pasar
el resto del día en el Courier. Lo mismo
que le sucedía a su padre, se sentía
mucho más a gusto entre los periodistas
que con los ricos y poderosos antiguos
alumnos del St. Andrew, a quienes
seguía tratando de sacar dinero para el
pabellón de críquet.
Para su primer trabajo oficial para
el Courier, Keith fue asignado bajo las
órdenes de Barry Evans, el especialista
en crímenes, que cada tarde lo enviaba
para que cubriera las noticias sobre los
juicios celebrados en la audiencia:
delitos menores, robos, hurtos en las
tiendas y algún que otro caso de
bigamia.
—Busca nombres que puedan ser
reconocidos —le dijo Evans—. O mejor
aún, aquellos que puedan ser
relacionados con personas muy
conocidas. Y, lo mejor de todo, nombres
de personas que sean muy conocidas.
Keith trabajó con presteza, pero sin
grandes resultados que demostrar a
cambio de sus esfuerzos. Cada vez que
conseguía introducir un artículo en el
periódico, terminaba por descubrir que
había sido recortado sin piedad.
—No quiero saber tus opiniones —
le repetía el viejo periodista—.
Únicamente los hechos.
Evans se había formado en el
Manchester Guardian, y nunca se
cansaba de repetir las palabras de G. P.
Scott: «Los comentarios son libres, pero
los hechos son sagrados». Keith decidió
que si alguna vez llegaba a ser dueño de
un periódico, jamás emplearía a nadie
que hubiera trabajado para el
Manchester Guardian.
Regresó al St. Andrew para el
segundo trimestre y utilizó el artículo de
fondo de la primera edición de la revista
de la escuela para sugerir que había
llegado el momento de que Australia
rompiera sus lazos con Gran Bretaña. El
artículo declaraba que Churchill había
abandonado a Australia a su suerte,
mientras se concentraba en la guerra en
Europa.
Una vez más, el Melbourne Age le
ofreció a Keith la posibilidad de
difundir sus puntos de vista entre un
público más amplio, pero esa vez se
negó, a pesar de la tentadora oferta de
20 libras que le hicieron, el cuádruple
de lo que había ganado en su quincena
como periodista en prácticas para el
Courier. Decidió ofrecer el artículo al
Adelaide Gazette, uno de los periódicos
de su padre, pero el director lo rechazó
sin haber llegado a leer siquiera el
segundo párrafo.
Durante la segunda semana del
trimestre, Keith se dio cuenta de que su
mayor problema consistía en encontrar
una forma de librarse de Penny, que ya
no creía en sus excusas para no verla,
aunque él le dijera la verdad. Ya le
había pedido a Betsy ir juntos al cine el
siguiente sábado por la tarde. No
obstante, seguía existiendo el problema
irresuelto de cómo salir con la siguiente
chica antes de haberse librado de su
predecesora.
En sus encuentros más recientes en
el gimnasio, al sugerir que quizá había
llegado el momento para que los dos…
Penny dejó entrever que le contaría a su
padre cómo habían pasado los sábados
por la tarde. A Keith le importaba un
bledo a quién se lo dijera, pero sí le
importaba mucho la posibilidad de dejar
a su madre en una situación embarazosa.
Durante la semana, se quedaba en su
cuarto, donde solía trabajar duro y
evitaba ir a ninguna parte donde pudiera
encontrarse con Penny.
El sábado por la tarde siguió un
camino secundario para ir a la ciudad,
donde se encontró con Betsy frente al
cine Roxy. No había nada como
transgredir tres reglas de la escuela en
un solo día, pensó. Compró dos entradas
para ver a Chips Rafferty en Las ratas
de Tobruk, y condujo a Betsy hacia un
asiento doble en las filas de atrás.
Cuando el «Fin» apareció en la pantalla,
no había visto gran cosa de la película y
le dolía la lengua de tanto ejercicio. Ya
estaba impaciente porque llegara el
siguiente sábado, cuando los First
Eleven jugarían fuera y él podría
mostrarle a Betsy los placeres del
pabellón de críquet.
Le tranquilizó descubrir que Penny
no hizo el menor intento por ponerse en
contacto con él durante la semana
siguiente. Así pues, el jueves, al ir a
Correos para enviarle otra carta a su
madre, acordó una cita para verse con
Betsy el sábado por la tarde. Le
prometió llevarla a un lugar en el que
nunca había estado hasta entonces.
Una vez que el autobús del primer
equipo se hubo perdido de vista, Keith
se ocultó entre los árboles del lado norte
de la zona deportiva, y esperó a que
Betsy apareciera. Al cabo de media hora
ya se preguntaba si ella iba a dejarlo
plantado cuando, unos momentos más
tarde, la distinguió caminando por entre
los campos, y se olvidó inmediatamente
de su impaciencia. Llevaba el largo
cabello rubio formándole una cola de
caballo, sujeta con una cinta elástica.
Lucía un suéter amarillo tan ceñido a su
cuerpo que le hizo pensar en Lana
Turner; y llevaba una falda negra tan
ceñida que al caminar no tenía más
remedio que hacerlo a pasos muy cortos.
Keith esperó a que se uniera a él,
tras los árboles. Luego, la tomó por el
brazo y la condujo rápidamente hacia el
pabellón. Se detenía a cada pocos
metros para besarla y a pesar de que
todavía le faltaban por lo menos
veintidós metros por recorrer, ya había
descubierto dónde estaba la cremallera
de su falda.
Al llegar a la puerta de atrás, Keith
extrajo una llave grande del bolsillo de
la chaqueta y la introdujo en la
cerradura. La hizo girar despacio y
empujó la puerta, tanteó para encontrar
el interruptor de la luz. Lo apretó y
entonces escuchó los gemidos. Keith
miró fijamente, con incredulidad, la
escena que se desplegó ante él. Cuatro
ojos parpadearon al mirarlo. Uno de los
dos cuerpos trataba de protegerse de la
bombilla desnuda, pero Keith no tuvo
ninguna dificultad para reconocer
aquellas piernas, a pesar de que no pudo
verle la cara. Luego, volvió su atención
hacia el otro cuerpo situado sobre el de
ella.
Estuvo seguro de que Duncan
Alexander jamás olvidaría el día en que
perdió su virginidad.
Hungría arrastrada a la
red del Eje
Ribbentrop fanfarronea:
«Otros seguirán»
7

L ubji estaba en el suelo, encogido,


sujetándose la barbilla. El soldado
mantuvo la bayoneta apuntada entre sus
ojos, y con un gesto de la cabeza le
indicó que debía unirse a los demás, en
el camión que esperaba.
Lubji trató de continuar su protesta
en húngaro, pero sabía que ya era
demasiado tarde.
—Ahórrate el aliento, judío, o te lo
sacaré a patadas —le abroncó el
soldado.
La bayoneta descendió hacia sus
pantalones y le desgarró la piel del
muslo derecho. Lubji cojeó tan
rápidamente como pudo hacia el camión,
y se unió a un grupo de gente atónita e
impotente que solo tenían una cosa en
común: de todos ellos se creía que eran
judíos. El señor y la señora Cerani
fueron obligados a subir a la caja antes
de que el camión iniciara su lento
trayecto para salir de la ciudad. Una
hora más tarde llegaron al complejo de
la prisión local, donde Lubji y sus
compañeros de infortunio fueron
descargados como si no fueran más que
ganado.
Los hombres fueron formados en fila
y conducidos a través del patio, hacia
una gran sala de piedra. Pocos minutos
más tarde apareció un sargento de las
SS, seguido por una docena de soldados
alemanes. Ladró una orden en su lengua
nativa.
—Dice que tenemos que
desnudarnos —susurró Lubji, que
tradujo las palabras al húngaro.
Todos se quitaron las ropas, y los
soldados empezaron a reunir en filas a
los cuerpos desnudos, la mayoría de los
cuales se estremecían; algunas de las
personas lloraban. La mirada de Lubji
recorrió la estancia, tratando de ver si
había alguna forma de escapar. Solo
había una puerta, custodiada por
soldados, y tres pequeñas ventanas en lo
alto de las paredes.
Pocos minutos más tarde apareció un
oficial de las SS, elegantemente
uniformado, que fumaba un puro
delgado. Se irguió en el centro de la
estancia y, con un pequeño discurso de
compromiso les informó que ahora eran
todos prisioneros de guerra.
—Heil Hitler —dijo al final, y se
volvió para marcharse.
Al pasar el oficial ante él, Lubji dio
un paso adelante y sonrió.
—Buenas tardes, señor —dijo.
El oficial se detuvo y miró con
expresión asqueada al joven. Lubji
afirmó en un balbuceante alemán que
habían cometido un terrible error y
luego abrió la mano para revelar un fajo
de pengös húngaros.
El oficial le sonrió a Lubji, tomó los
billetes y les prendió fuego con un
mechero. La llama aumentó de
intensidad hasta que ya no pudo sostener
el fajo, que dejó caer a los pies de
Lubji. Luego se marchó. Lubji no podía
dejar de pensar en los muchos meses de
trabajo que le había costado ahorrar
todo aquel dinero.
Los prisioneros permanecían
estremecidos junto a la pared de piedra.
Los guardias les ignoraron; algunos
fumaban, mientras que otros hablaban
entre sí como si los hombres desnudos
simplemente no existieran. Transcurrió
otra hora antes de que entrara en la
estancia otro grupo de hombres, que
llevaban largas batas blancas y guantes
de goma. Empezaron a recorrer las filas,
arriba y abajo; se detenían unos pocos
segundos para comprobar el pene de
cada detenido. A tres de los hombres se
les ordenó que se vistieran y regresaran
a sus casas. Esa fue toda la prueba que
necesitaron. Lubji se preguntó a qué
prueba someterían a las mujeres.
Una vez que se marcharon los
hombres de las batas blancas, se ordenó
a los detenidos que se vistieran y fueron
sacados de la sala. Al cruzar el patio,
Lubji miró a su alrededor, tratando de
encontrar una forma de escapar, pero
siempre había soldados con bayonetas a
cada pocos pasos. Fueron conducidos
hacia un largo pasillo y los hicieron
bajar por una estrecha escalera de
piedra en la que solo alguna que otra
lámpara de gas ofrecía un atisbo de luz.
Lubji pasó ante celdas situadas a ambos
lados, atestadas de gente; escuchó gritos
y ruegos en tantas lenguas, que no se
atrevió a volverse para mirar. Entonces,
de repente, se abrió la puerta de una de
las celdas, fue agarrado por el cuello y
empujado hacia el interior, con la
cabeza por delante. Habría caído al
suelo de piedra si no lo hubiera hecho
sobre un montón de cuerpos.
Permaneció quieto durante un
momento y luego se incorporó, tratando
de centrar la mirada sobre los que le
rodeaban. Pero como solo había un
ventanuco de barrotes cruzados, tardó
algún tiempo en distinguir los rostros de
las personas.
Un rabino canturreaba un salmo,
pero la respuesta que recibía era
apagada. Lubji trató de situarse a un
lado cuando un anciano vomitó sobre él.
Se apartó del hedor de los vómitos, solo
para tropezar con otro detenido que se
había bajado los pantalones. Se sentó
finalmente en un rincón, con la espalda
apoyada contra la pared. De ese modo,
nadie le pillaría por sorpresa.
Al abrirse de nuevo la puerta, Lubji
no tuvo forma de saber cuánto tiempo
había permanecido en aquella
maloliente celda. Entró un grupo de
soldados, con linternas cuya luz recorrió
los rostros deslumbrados y parpadeantes
de las personas. Si los ojos no
parpadeaban, el cuerpo era arrastrado
fuera, al pasillo, y ya nunca se le volvía
a ver. Fue la última vez que vio al señor
Cerani.
Aparte de observar la luz seguida
por la oscuridad a través del ventanuco
de la pared, y de compartir la única
comida entregada cada mañana a los
detenidos, no hubo forma de contar los
días transcurridos. Cada pocas horas,
los soldados regresaban para llevarse
más cuerpos, hasta que estuvieron
seguros de que solo sobrevivían los que
se encontraban en mejor forma física.
Lubji imaginó que, con el tiempo, él
también moriría, ya que esa parecía ser
la única forma de salir de la pequeña
prisión. Cada día que pasaba, el traje le
colgaba más suelto sobre el cuerpo, y
empezó a apretarse el cinturón, agujero
tras agujero.
Una mañana, sin la menor
advertencia, un grupo de soldados entró
en la celda y sacó de ella a los
detenidos que todavía quedaban con
vida. Se les ordenó que avanzaran en
fila por el pasillo y subieran los
escalones de piedra que conducían al
patio. Al salir al sol de la mañana, Lubji
tuvo que levantar la mano para
protegerse los ojos. Había pasado diez,
quince, quizá veinte días en aquella
mazmorra y había desarrollado lo que
los detenidos llamaban «ojos de lince».
Entonces escuchó el martilleo.
Volvió la cabeza hacia la izquierda y vio
a un grupo de prisioneros que construían
un patíbulo de madera. Contó hasta ocho
lazos corredizos. Sintió náuseas, pero no
tenía en el estómago nada que pudiera
vomitar. Una bayoneta le tocó en la
cadera y siguió rápidamente a los otros
detenidos que formaban filas,
preparados para subir a camiones
atestados.
Durante el camino de regreso a la
ciudad, un guardia que no dejaba de reír
les informó que iban a tener el honor de
ser sometidos a juicio antes de que
regresaran a la prisión para que los
ahorcaran a todos y cada uno de ellos.
La esperanza se transformó en
desesperación, al imaginar Lubji, una
vez más, que iba a morir. Y por primera
vez en su vida no estuvo muy seguro de
que eso le importara.
Los camiones se detuvieron ante el
edificio de los tribunales, y los
detenidos fueron conducidos a su
interior. Lubji se dio cuenta de que ya no
había bayonetas, y de que los soldados
se mantenían a cierta distancia. Una vez
dentro del edificio, se permitió a los
detenidos sentarse en bancos de madera,
en el bien iluminado pasillo, y hasta se
les dieron rebanadas de pan en platos de
estaño. Lubji se sintió receloso y se
dedicó a escuchar lo que decían los
guardias, que hablaban entre ellos. A
partir de diferentes conversaciones,
dedujo que los alemanes se disponían a
«demostrar» que todos los judíos eran
delincuentes porque, aquella mañana,
estaba presente en el tribunal un
observador de la Cruz Roja, procedente
de Ginebra. Seguramente, pensó Lubji, a
un hombre así le parecería algo más que
una simple coincidencia el hecho de que
todos ellos fueran judíos. Antes de que
pudiera reflexionar acerca de cómo
aprovechar aquella información, un cabo
lo tomó por un brazo y lo condujo a la
sala del tribunal. Lubji quedó de pie
ante el banquillo, frente a un anciano
juez sentado sobre una silla alta. El
juicio, si es que pudiera describirse de
tal modo, apenas duró unos pocos
minutos. Antes de que el juez firmara la
sentencia de muerte, un oficial le tuvo
que pedir a Lubji que les recordara su
nombre.
El joven, alto y delgado, miró al
observador de la Cruz Roja, sentado a
su derecha. El hombre miraba al suelo,
frente a él, aparentemente aburrido con
la escena, y solo levantó la mirada
cuando se pronunció la sentencia de
muerte.
Otro soldado tomó a Lubji por el
brazo y se dispuso a alejarlo del
banquillo, para que el siguiente detenido
pudiera ocupar su lugar. De repente, el
observador se levantó y le hizo al juez
una pregunta en un idioma que Lubji no
pudo comprender.
El juez frunció el ceño y volvió la
atención hacia el detenido que todavía
estaba en el banquillo.
—¿Qué edad tiene usted? —le
preguntó en húngaro.
—Diecisiete años —contestó Lubji.
El asesor fiscal se adelantó hacia el
estrado y le susurró algo al juez, que
miró a Lubji, frunció el ceño y dijo:
—Sentencia conmutada por cadena
perpetua. —Hizo una pausa, sonrió y
añadió—: Revisión del caso en doce
meses.
El observador pareció satisfecho
con su trabajo de la mañana y asintió
con un gesto de aprobación.
El guardia, evidentemente
convencido de que Lubji había sido
tratado con demasiada conmiseración,
se adelantó, le puso una mano en el
hombro y lo condujo de nuevo al
pasillo. Le pusieron esposas, fue
conducido al patio y allí lo hicieron
subir al camión. Ya había otros
detenidos sentados en el interior. Lo
miraron en silencio, como si fuera el
último pasajero que hubiera subido a un
autobús local.
El tablero posterior del camión se
cerró de golpe y, un momento después,
el camión se puso en marcha con una
sacudida. Incapaz de mantener el
equilibrio, Lubji cayó sobre el suelo de
tablas.
Permaneció arrodillado y miró a su
alrededor. Había dos guardias en el
camión, sentados uno frente al otro,
junto al tablero posterior de cierre.
Ambos aferraban los rifles, pero uno de
ellos había perdido el brazo derecho.
Parecía tan resignado a su destino como
los propios prisioneros.
Lubji gateó hacia ellos y se sentó
cerca del guardia que tenía los dos
brazos. Inclinó la cabeza y trató de
concentrarse. Solo tardarían unos
cuarenta minutos en recorrer el trayecto
de regreso a la prisión, y estaba
convencido de que esta sería su última
oportunidad si no quería unirse a los
demás, en las horcas. Se preguntó cómo
podría escapar. En ese momento, el
camión aminoró la marcha para pasar
por un túnel. Al salir por el otro lado,
Lubji trató de recordar cuántos túneles
había entre la prisión y el tribunal. Tres,
quizá cuatro. No podía estar seguro.
Pocos minutos más tarde, al pasar
por el siguiente túnel, empezó a contar
despacio: «Uno, dos, tres». Estuvieron
rodeados por la más completa oscuridad
durante casi cuatro segundos. Durante
esos pocos segundos tendría ventaja
sobre los guardias; después de haber
pasado tres semanas en una mazmorra,
ellos no podrían moverse en la
oscuridad tan bien como él. Tenía en su
contra el hecho de que debía ocuparse
de dos. Miró al otro guardia… Bueno,
uno y medio.
Lubji miró por delante y observó el
terreno por el que cruzaban. Calculó que
debían de estar a medio camino entre la
ciudad y la prisión. Por el lado más
cercano de la carretera discurría un río.
Quizá fuera difícil cruzarlo, pero no
imposible, aunque no tenía forma de
saber su profundidad. Por el otro lado,
los campos se extendían hacia un grupo
de árboles que calculó debían de estar a
unos trescientos a cuatrocientos metros
de distancia.
¿Cuánto tiempo tardaría en recorrer
trescientos metros teniendo limitado el
movimiento de sus brazos? Volvió la
cabeza para ver si se aproximaba otro
túnel, pero no observó ninguno, y Lubji
sintió el temor de que ya hubieran
pasado por el último túnel antes de la
prisión. ¿Podía arriesgarse a escapar a
plena luz del día? Llegó a la conclusión
de que contaba con muy pocas
posibilidades si no aparecía un túnel en
los próximos tres kilómetros.
Recorrieron algo más de un
kilómetro y decidió que, una vez que
tomaran la siguiente curva, tendría que
tomar una decisión. Despacio, encogió
las piernas y las situó bajo la barbilla.
Colocó las manos esposadas sobre las
rodillas. Apretó firmemente la espalda
contra la caja del camión y trató de
desplazar el peso de su cuerpo hacia los
dedos de los pies.
Lubji miró fijamente carretera
adelante, mientras el camión tomaba la
siguiente curva. Casi gritó:
«¡Madeltov!», al ver el túnel, a unos
quinientos metros por delante. A juzgar
por el pequeño foco de luz situado en el
extremo del otro lado, dedujo que sería
un túnel que el camión tardaría en cruzar
unos cuatro segundos.
Mantuvo el peso del cuerpo sobre
los dedos de los pies, tenso y preparado
para saltar. Notaba que el corazón le
latía con tal fuerza que, seguramente, los
guardias se darían cuenta de algún
peligro inminente. Levantó la mirada
hacia el guardia con los dos brazos, que
extrajo un cigarrillo de un bolsillo, se lo
colocó lentamente en la boca y empezó a
buscar una cerilla. Lubji volvió su
atención hacia el túnel que se
aproximaba, ahora a solo cien metros de
distancia. Sabía que solo dispondría de
unos pocos segundos, una vez que
hubieran entrado en la oscuridad.
Cincuenta metros…, cuarenta…,
treinta…, veinte…, diez. Lubji respiró
profundamente y contó uno. Entonces, se
incorporó de un salto, rodeó con las
esposas el cuello del guardia de los dos
brazos y le hizo girar la cabeza con tal
fuerza que el alemán cayó por encima
del tablero de cierre del camión, y lanzó
un grito al chocar contra el asfalto.
El camión se detuvo con chirrido de
frenos y patinó hasta salir por el extremo
más alejado del túnel. Lubji saltó por el
lado y corrió inmediatamente hacia la
seguridad temporal de la oscuridad. Le
siguieron otros dos o tres prisioneros.
Una vez que salió al otro lado del túnel,
giró rápidamente a la derecha y echó a
correr por entre los campos, sin
detenerse a mirar atrás. Tenía que haber
recorrido por lo menos cien metros
cuando oyó silbar la primera bala por
encima de su cabeza. Trató de cubrir los
cien metros siguientes sin perder
velocidad, pero cada pocos pasos que
daba iban acompañados ahora por una
lluvia de balas. Empezó a correr en
zigzag. Entonces oyó el grito. Miró hacia
atrás y vio a uno de los prisioneros que
había saltado del camión tras él,
tumbado ahora en el suelo, inmóvil,
mientras que un segundo seguía
corriendo con todas sus fuerzas, solo
unos pocos metros por detrás de él.
Lubji confiaba en que las balas fueran
disparadas por el guardia de un solo
brazo.
Por delante de él, los árboles se
acercaban, a solo cien metros de
distancia. Cada bala actuaba como una
pistola que diera la señal de salida en
una carrera, e impulsaba su tembloroso
cuerpo a recorrer unos metros más.
Entonces oyó el segundo grito. Esta vez
ni siquiera perdió tiempo en mirar atrás.
Cuando solo le quedaban por recorrer
cincuenta metros, recordó que un
prisionero le había dicho una vez que
los rifles alemanes tenían un alcance de
trescientos metros. Dedujo que solo
estaba a seis o siete segundos de la
seguridad. Entonces, la bala se aplastó
contra su hombro. La fuerza del impacto
le impulsó hacia adelante unos pocos
pasos más, pero solo fue momentos
antes de que se derrumbara con la
cabeza por delante sobre el barro.
Intentó gatear, pero solo pudo avanzar un
par de metros antes de dejar caer la
cabeza. Permaneció cabeza abajo,
resignado a morir.
Al cabo de unos momentos notó un
par de rudas manos que lo tomaban por
los hombros. Otras manos lo alzaron por
los tobillos. Lo único que Lubji pudo
pensar fue cómo se las habían arreglado
los alemanes en llegar tan rápidamente
hasta él. Lo habría descubierto si, en ese
momento, no hubiera perdido el
conocimiento.

Al despertar, Lubji no tenía forma de


saber qué hora era. Solo pudo suponer
que estaba de regreso en la celda, a la
espera de ser ejecutado, pues todo
estaba oscuro como boca de lobo.
Entonces notó el dolor lacerante en su
hombro. Intentó incorporarse, apoyado
sobre las palmas de las manos, pero no
pudo moverse. Movió los dedos y le
sorprendió descubrir que por lo menos
le habían quitado las esposas.
Parpadeó y trató de decir algo, pero
solo consiguió emitir un susurro que
tuvo que haber parecido como el sonido
de un animal herido. Trató de
incorporarse nuevamente y, una vez más,
fracasó. Parpadeó, incapaz de creer lo
que vio de pie ante él. Una mujer joven
se arrodilló a su lado y le humedeció la
frente con un basto trapo húmedo. Lubji
le habló en varios idiomas, pero ella se
limitó a negar con la cabeza. Cuando
finalmente dijo algo, lo hizo en un
idioma que él nunca había escuchado
antes. Luego sonrió, se señaló a sí
misma y dijo simplemente:
—Mari.
Se quedó dormido. Al despertar, el
sol de la mañana brillaba sobre sus
ojos; pero esta vez pudo levantar la
cabeza. Se hallaba rodeado de árboles.
Volvió la cabeza hacia la izquierda y vio
un círculo de carromatos de colores,
llenos hasta rebosar con montones de
objetos. Más allá, tres o cuatro caballos
pastaban en la hierba situada en la base
de un árbol. Se volvió en la otra
dirección y su mirada se posó sobre una
joven que estaba de pie, a pocos pasos
de distancia. Hablaba con un hombre
que llevaba un rifle sobre el hombro.
Por primera vez, fue consciente de lo
hermosa que era la muchacha.
Al hablar, los dos se volvieron hacia
él. El hombre se le acercó rápidamente
y, de pie sobre él, lo saludó en su propia
lengua.
—Me llamo Rudi —le dijo.
Le explicó después cómo él y su
pequeño grupo habían escapado
cruzando la frontera checa, unos meses
antes, para encontrarse con que los
alemanes les seguían. Se veían
obligados a seguir su camino, ya que la
raza superior consideraba a los gitanos
incluso inferiores a los judíos.
Lubji empezó a asediarlo a
preguntas.
—¿Quiénes son ustedes? ¿Dónde
estoy? —Y, la más importante de todas
—: ¿Dónde están los alemanes?
Solo se detuvo cuando Mari, que
según le explicó Rudi era su hermana,
regresó con un cuenco de líquido
caliente y un trozo de pan. Se arrodilló
junto a él y empezó a introducirle
lentamente las aguadas gachas en la
boca, con ayuda de una cuchara. Se
detenía a cada pocas cucharadas y de
vez en cuando le ofrecía un trozo de pan.
Mientras tanto, su hermano seguía
contándole a Lubji cómo había
terminado por encontrarse entre ellos.
Rudi había oído los disparos, y corrió
hasta el lindero del bosque, convencido
de que los alemanes habían descubierto
a su pequeño grupo. Entonces vio a los
prisioneros que corrían hacia donde él
se encontraba, entre los árboles. Todos
ellos fueron alcanzados por las balas,
pero Lubji estaba lo bastante cerca del
bosque como para que sus hombres lo
rescataran.
Los alemanes no los siguieron una
vez que los gitanos se lo llevaban hacia
la espesura del bosque.
—Quizá tuvieron miedo de lo que
pudieran encontrarse, aunque la verdad
es que los nueve que formamos el grupo
solo tenemos dos rifles, una pistola y
una variedad de armas, desde una horca
hasta un cuchillo de pescado. —Rudi se
echó a reír—. Sospecho que les
preocupaba más la posibilidad de
perder a los otros prisioneros si se
dedicaban a buscarte. Pero de una cosa
podíamos estar seguros: que en cuanto
saliera el sol regresarían en gran
cantidad. Por eso di la orden de que una
vez extraída la bala de tu hombro,
siguiéramos nuestro camino y te
lleváramos con nosotros.
—¿Cómo os podré pagar lo que
habéis hecho por mí? —murmuró Lubji.
Una vez que Mari hubo terminado de
alimentarlo, dos de los gitanos izaron
suavemente a Lubji sobre uno de los
carromatos y la pequeña comitiva
continuó su camino, adentrándose
todavía más en el bosque.
Continuaron su avance, evitando los
pueblos, e incluso las carreteras,
poniendo cada vez mayor distancia entre
ellos y el lugar donde se había
producido el tiroteo. Día tras día, Mari
cuidaba de Lubji, hasta que finalmente
este pudo incorporarse. Ella se sintió
encantada al comprobar lo rápidamente
que aprendió a hablar su lengua. Lubji
practicó durante varias horas una frase
que deseaba decirle. Luego, aquella
noche, cuando ella acudió para darle de
comer, le dijo en un fluido romaní que
era la mujer más hermosa que hubiera
visto en su vida. Ella se sonrojó y se
alejó corriendo. No regresó de nuevo
hasta la hora del desayuno.
Gracias a las constantes atenciones
de Mari, Lubji se recuperó con rapidez y
pronto pudo unirse a sus salvadores
alrededor de la hoguera del
campamento, por la noche. A medida
que los días se convirtieron en semanas
no solo empezó a llenar el traje con su
cuerpo, sino que también tuvo que
soltarse agujeros del cinturón.
Una noche, tras regresar de caza con
Rudi, Lubji le dijo que no tardaría en
tener que abandonarles.
—Tengo que llegar a un puerto y
alejarme tanto como pueda de los
alemanes —le explicó.
Rudi asintió con un gesto, mientras
estaban sentados alrededor del fuego del
campamento, compartiendo un conejo.
Ninguno de ellos observó la mirada de
tristeza que apareció en los ojos de
Mari.
Aquella noche, al regresar al
carromato, Lubji encontró a Mari
esperándole. Subió para sentarse junto a
ella y tratar de explicarle que puesto que
la herida casi se había curado, ya no
necesitaba de su ayuda para desnudarse.
Ella le sonrió y, con movimientos lentos,
le apartó la camisa del hombro, le quitó
el vendaje y limpió la herida. Miró en su
bolsa de lona, frunció el ceño, vaciló un
momento y se desgarró el vestido,
utilizando esa tira de tela para volver a
vendarle el hombro.
Lubji miró fijamente las largas
piernas morenas de Mari mientras ella
le pasaba los dedos sobre el pecho y los
hacía descender hasta la cintura de sus
pantalones. Le sonrió y empezó a
desabrocharle los botones. Lubji colocó
una mano fría sobre el muslo de ella y se
ruborizó cuando Mari se levantó el
vestido y reveló que no llevaba nada
debajo.
Mari esperó con expectación a que
él moviera la mano, pero Lubji seguía
con la mirada fija. Se inclinó hacia él y
le quitó los pantalones, después se puso
a horcajadas y descendió suavemente
sobre él. Lubji se quedó tan quieto como
cuando fue derribado por la bala, y Mari
empezó a moverse lentamente, arriba y
abajo, con la cabeza echada hacia atrás.
Le tomó la mano y la colocó en el
interior del escote de su vestido. Se
estremeció la primera vez que él le tocó
el pecho cálido. Lubji dejó la mano allí,
sin moverse, a pesar de que el ritmo de
ella se hacía más y más rápido. Cuando
hubiera querido gritar, la tomó en sus
brazos y la atrajo rápidamente hacia
abajo, para besarla torpemente en los
labios. Pocos segundos más tarde estaba
tumbado, exhausto, preguntándose si le
habría hecho daño, hasta que abrió los
ojos y vio la expresión del rostro de
Mari, que se hundió junto a su hombro,
rodó hacia un lado y se quedó
profundamente dormida.
Lubji permaneció despierto, sin
dejar de pensar que podría haber muerto
sin llegar a experimentar tanto placer.
Dejó transcurrir unas pocas horas antes
de despertarla. Esta vez, sin embargo,
no permaneció inmóvil como antes; sus
manos descubrieron continuamente
diferentes partes del cuerpo de Mari, y
disfrutó mucho más de esta segunda
experiencia. Luego, los dos se quedaron
dormidos.
Al día siguiente, cuando la caravana
reanudó la marcha, Rudi le dijo a Lubji
que durante la noche habían cruzado otra
frontera, y que ahora se encontraban en
Yugoslavia.
—¿Y cómo se llaman esas colinas
cubiertas de nieve? —preguntó Lubji.
—Desde la distancia pueden parecer
colinas —contestó Rudi—, pero son los
traicioneros Alpes Dináricos. Mis
carromatos no pueden cruzarlos hasta la
costa. —Guardó silencio durante un
rato, antes de añadir—: Pero un hombre
decidido podría conseguirlo.
Viajaron durante tres días más y solo
se detenían a descansar unas pocas
horas cada noche, evitando los pueblos
y ciudades, hasta que finalmente
llegaron al pie de la cordillera.
Aquella noche, Lubji permaneció
despierto mientras Mari dormía sobre su
hombro. Se dedicó a pensar en su nueva
vida y en la felicidad experimentada
durante las últimas pocas semanas, y se
preguntó si realmente deseaba separarse
del pequeño grupo y seguir de nuevo el
camino por su cuenta y riesgo. Pero
decidió que si quería escapar de las iras
de los alemanes, tenía que llegar de
algún modo al otro lado de aquellas
montañas y encontrar un barco que lo
llevara lo más lejos posible. A la
mañana siguiente se vistió bastante antes
de que Mari se despertara. Después de
tomar el desayuno, recorrió el
campamento y se fue despidiendo de
cada uno de sus compatriotas, para
terminar por Rudi.
Mari esperó hasta que regresó a su
carromato. Lubji se inclinó hacia ella, la
tomó en sus brazos y la besó por última
vez. Mari permaneció aferrada a él
incluso después de que Lubji dejara caer
los brazos a lo largo de los costados.
Cuando finalmente lo soltó, le entregó un
gran hato con comida. Lubji le sonrió y
luego emprendió rápidamente la marcha,
alejándose del campamento, hacia las
faldas de la cordillera. A pesar de que
la oyó seguirle durante los primeros
pasos, no se volvió a mirarla en ningún
momento.
Lubji continuó su caminata,
adentrándose en las montañas, hasta que
se hizo demasiado oscuro como para ver
lo que tenía por delante. Eligió una gran
roca que le protegiera de lo peor del
cortante viento, pero incluso encogido
sobre sí mismo estuvo a punto de
helarse. Aquella noche no pudo dormir,
se alimentó con la comida que le había
entregado Mari y no dejó de pensar en la
calidez de su cuerpo.
En cuanto amaneció volvió a
ponerse en marcha, sin detenerse apenas
más que unos pocos momentos muy de
vez en cuando. A la caída de la noche se
preguntó si aquel viento, cortante y frío,
terminaría por congelarlo mientras
dormía. Pero a la mañana siguiente se
despertó con el brillo del sol en sus
ojos.
Al final de la tercera jornada se
había quedado sin comida y su vista no
podía ver más que montañas en todas
direcciones. Se preguntó entonces por
qué había abandonado a Rudi y a su
pequeño grupo de gitanos.
A la cuarta mañana apenas si podía
colocar un pie por delante del otro;
quizá la muerte por inanición
consiguiera lo que los alemanes no
habían podido rematar. Al caer la noche
del quinto día caminaba hacia adelante
sin objetivo, casi indiferente a su propio
destino, cuando, de repente, creyó ver un
hilillo de humo que se elevaba en la
distancia. Pero tuvo que pasar otra
noche de frío terrible antes de que el
parpadeo de unas luces le confirmaran
lo que veían sus ojos. Allí, delante de
él, había un pueblo, y más allá estaba el
mar, que veía por primera vez.
Descender de las montañas quizá
fuera más rápido que subirlas, pero no
fue por ello menos traicionero. Se cayó
varias veces y no consiguió llegar a las
llanuras verdes antes de la puesta del
sol. Afortunadamente, la luna asomó por
entre las nubes y permitió iluminar su
lento avance.
La mayoría de las lámparas de las
pequeñas casas ya se habían apagado
cuando llegó al borde del pueblo, pero
continuó su avance, tambaleante,
confiado en encontrar a alguien que
todavía estuviera despierto. Al llegar a
la primera casa, que parecía como si
formara parte de una pequeña granja,
pensó en llamar a la puerta, pero como
no vio ninguna luz encendida, decidió no
hacerlo. Esperaba a que reapareciera la
luna por detrás de unas nubes cuando
creyó distinguir un cobertizo en el
extremo más alejado del patio. Se abrió
paso lentamente hacia la destartalada
construcción. Las gallinas, entre la paja,
cacarearon al apartarse de su camino, y
estuvo a punto de tropezar con una vaca
negra, que no tenía la intención de
moverse para dejar paso al extraño. La
puerta del cobertizo estaba medio
abierta. Entró, se derrumbó sobre un
montón de paja y se quedó
profundamente dormido.
Al despertar a la mañana siguiente
se dio cuenta de que no podía mover el
cuello, que estaba firmemente sujeto al
suelo. Pensó por un momento que debía
de estar de regreso en la mazmorra,
hasta que abrió los ojos y vio a una
corpulenta figura de pie ante él. El
hombre sostenía una alargada horca, que
era la razón por la que él no podía
moverse.
El campesino espetó unas palabras
en otro idioma extraño. Lubji solo sintió
alivio al comprobar que no era alemán.
Levantó los ojos al cielo y agradeció a
sus maestros la amplitud de la educación
recibida. Lubji le dijo al hombre que
sostenía la horca que había llegado
procedente de las montañas, después de
escapar de los alemanes. El campesino
lo miró con incredulidad, hasta que
observó la cicatriz dejada por la bala en
el hombro de Lubji. Su padre había sido
el propietario de la granja antes que él,
y nunca le oyó hablar de nadie que
hubiera cruzado aquellas montañas.
Condujo a Lubji hasta la granja, sin
soltar la horca, que sostenía con firmeza.
Mientras desayunaba huevos con tocino
y gruesas rebanadas de pan servidas por
la esposa del granjero, Lubji les contó,
más con gestos que con palabras, lo que
había tenido que pasar durante los
últimos pocos meses. La esposa del
campesino le miró con simpatía y no
dejó de llenarle el plato en cuanto lo
vaciaba. El campesino habló poco, y
seguía pareciendo receloso.
Cuando Lubji terminó de contar su
historia, el campesino le advirtió que, a
pesar de las valerosas palabras de Tito,
el líder partisano, no creía que los
alemanes tardaran mucho en invadir
Yugoslavia, ante lo que Lubji se
preguntó si habría algún país a salvo de
las ambiciones del Führer. Quizá tuviera
que pasarse el resto de su vida huyendo
de él.
—Tengo que llegar a la costa —dijo
—. Entonces podré subir a un barco y
cruzar el océano…
—No importa a dónde vayas —dijo
el campesino—, siempre que te alejes
todo lo posible de esta guerra. —Hundió
los dientes en una manzana—. Si
vuelven a cogerte, no te dejarán escapar
una segunda vez. Encuentra un barco,
cualquier barco. Vete a América, a
México, a las Antillas o incluso a África
—le aconsejó el campesino.
—¿Cómo puedo llegar al puerto más
cercano?
—Dubrovnik está a doscientos
kilómetros al sureste de donde nos
encontramos —le informó el campesino,
que encendió una pipa—. Allí
encontrarás muchos barcos dispuestos a
alejarse de esta guerra.
—Tengo que marcharme en seguida
—dijo Lubji, que se levantó de un salto.
—No tengas tanta prisa, jovencito
—le dijo el campesino expulsando una
nube de humo—. Los alemanes todavía
tardarán algún tiempo en cruzar esas
montañas.
Lubji volvió a sentarse, y la esposa
del campesino cortó la costra de una
segunda hogaza de pan, la empapó de
caldo y la dejó sobre la mesa, delante de
él.
Solo quedaron algunas migajas en el
plato cuando Lubji se levantó finalmente
de la mesa y siguió al campesino fuera
de la cocina. Al llegar a la puerta, la
mujer lo cargó con manzanas, queso y
más pan, antes de que él subiera a la
parte de atrás del tractor del campesino,
que lo llevó hasta las afueras del
pueblo. Finalmente, el hombre lo dejó
en la cuneta de una carretera que, según
le aseguró, conducía hasta la costa.
Lubji caminó por la carretera y
levantó el pulgar al aire cada vez que
oía aproximarse un vehículo. Pero,
durante el primer par de horas, todos los
vehículos que pasaron, rápidos o lentos,
lo ignoraron. La tarde estaba ya bastante
avanzada cuando un destartalado Tatra
se detuvo a pocos metros por delante de
él.
Corrió hasta la ventanilla del
conductor, que ya estaba bajada.
—¿A dónde va? —le preguntó el
conductor.
—A Dubrovnik —contestó Lubji con
una sonrisa.
El conductor se encogió de hombros,
subió la ventanilla y se alejó sin decir
una sola palabra.
Pasaron varios tractores, dos coches
y un camión antes de que otro coche se
detuviera. Ante la misma pregunta, Lubji
ofreció la misma respuesta.
—No voy tan lejos —fue esta vez la
respuesta—, pero puedo llevarle parte
del camino.
Otro coche, dos camiones, tres
carros tirados por caballos y el sillín de
una motocicleta, le permitieron
completar el viaje de tres días hasta
Dubrovnik. Para entonces, Lubji ya
había devorado la comida que le
ofreciera la mujer del campesino, y
reunió todas las informaciones que pudo
acerca de cómo encontrar un barco en
Dubrovnik que le ayudara a escapar de
los alemanes.
Una vez que lo dejaron en las
afueras del animado puerto, solo tardó
unos minutos en descubrir que los
peores temores del campesino habían
sido exactos; mirara donde mirase, solo
veía a ciudadanos que se preparaban
para una invasión alemana. Lubji no
tenía la menor intención de esperar por
segunda vez para darles la bienvenida,
mientras ellos desfilaban con el paso de
la oca por otra ciudad extranjera. No
estaba dispuesto a que lo pillaran
dormido en esta ciudad.
Siguiendo el consejo del campesino,
se dirigió hacia los muelles. Allí pasó
un par de horas dedicado a caminar
arriba y abajo, tratando de determinar de
dónde procedía cada uno de los barcos y
hacía dónde se dirigirían. Eligió tres de
ellos, pero no tenía forma de saber
cuándo zarparían y cuál sería su destino.
Continuó deambulando por los muelles.
Cada vez que veía a alguien con
uniforme, se apresuraba a desaparecer
entre las sombras de uno de los
numerosos callejones que se extendían a
lo largo del muelle, y una vez llegó a
meterse incluso en un bar atestado de
gente, a pesar de que no tenía ningún
dinero.
Encontró un asiento en el extremo
más alejado de la sucia taberna, con la
esperanza de que nadie observara su
presencia, y se dedicó a escuchar las
conversaciones mantenidas en diferentes
idiomas en las mesas situadas a su
alrededor. Recogió así información
acerca de dónde se podía buscar a una
mujer, quién pagaba los mejores precios
por los fogoneros, y hasta dónde le
podían hacer un tatuaje de Neptuno a un
precio muy bajo; pero entre la ruidosa
cháchara también descubrió que el
próximo barco en izar el ancla sería el
Arridin, que zarparía en cuanto hubiera
terminado de subir a bordo un
cargamento de trigo. No pudo descubrir,
sin embargo, hacia dónde se dirigía.
Uno de los marineros no dejaba de
repetir la palabra «Egipto». Lo primero
que pensó Lubji fue en Moisés y la
Tierra Prometida.
Salió del bar y regresó al muelle.
Esta vez, revisó cuidadosamente cada
barco, hasta que se encontró con un
grupo de hombres que cargaban sacos en
la bodega de un pequeño vapor de carga
que mostraba el nombre de Arridin
pintado en su proa. Lubji observó la
bandera que colgaba fláccidamente del
mástil del barco. No soplaba viento, de
modo que no podía saber de qué
bandera se trataba. Pero estaba seguro
de una cosa: aquella bandera no tenía
una esvástica.
Lubji se hizo a un lado y observó a
los hombres que se echaban los sacos al
hombro, los llevaban sobre la pasarela y
luego los dejaban caer por una escotilla
de carga abierta en el centro de la
cubierta. Un capataz permanecía de pie
en lo alto de la pasarela y trazaba una
marca sobre una pequeña pizarra cada
vez que un saco pasaba ante él. Cada
pocos momentos se producía un hueco
en la fila continua, cuando uno de los
hombres descendía por la pasarela, a
ritmos diferentes. Lubji esperó
pacientemente a que llegara el momento
exacto en el que pudiera unirse a la fila
sin que nadie se diera cuenta. Avanzó
como si tratara de cruzar por en medio y,
de pronto, se inclinó, se echó uno de los
sacos sobre el hombro izquierdo y
caminó hacia el barco, con el rostro
oculto detrás del saco, para que no lo
viera el hombre situado al extremo de la
pasarela. Al llegar al puente, dejó caer
el saco en el interior de la escotilla de
carga.
Lubji descendió del barco y repitió
el ejercicio varias veces, y en cada
ocasión aprendía un poco más sobre la
distribución del barco. Poco a poco, una
idea fue cobrando cuerpo en su mente.
Después de haber llevado una docena de
sacos se dio cuenta de que si aceleraba
la marcha podía situarse justo
directamente por detrás del hombre que
lo precedía, y a bastante distancia del
hombre que lo seguía. Como el montón
de sacos sobre el muelle disminuía
rápidamente, Lubji llegó a la conclusión
de que le quedaban pocas
oportunidades. El momento en que se
decidiera a actuar sería crítico.
Se echó otro saco sobre el hombro.
Apenas un instante después había
alcanzado al hombre que le precedía,
que dejó caer el saco a la bodega y se
volvió para descender por la pasarela.
Al llegar a la cubierta, Lubji también
dejó caer el saco pero luego, sin
atreverse a mirar hacia atrás, saltó tras
él y cayó en posición extraña sobre un
montón de sacos. Rápidamente, gateó
hacia el rincón más alejado de la
bodega, y allí esperó, con el temor de
escuchar las voces de los hombres que
se precipitaran para ayudarle a salir.
Pero transcurrieron varios segundos más
antes de que el siguiente estibador
apareciera sobre la escotilla de carga.
El hombre se limitó a inclinarse para
dejar caer su saco, sin molestarse en
mirar dónde caía.
Lubji trató de situarse de modo que
quedara oculto ante cualquiera que
mirara por la escotilla, hacia el interior
de la bodega, al mismo tiempo que
evitaba que un saco de trigo le cayera
encima. Para asegurarse de permanecer
oculto casi se ahogaba, de modo que
después de la caída de cada saco, se
asomaba rápidamente para respirar
antes de volver a ocultarse. Cuando
cayó el último saco en la bodega, Lubji
no solo tenía el cuerpo amoratado, sino
que jadeaba como una rata a punto de
ahogarse.
Cuando ya empezaba a pensar que
las cosas no podían empeorar, la tapa de
la escotilla de carga fue ajustada sobre
el hueco, y un trozo de madera la calzó
entre las anillas de hierro. Desesperado,
Lubji trató de subirse a lo alto del
montón de sacos, para apretar la boca
contra las diminutas grietas de las juntas
y respirar aire fresco.
Apenas se había instalado sobre lo
alto de los sacos cuando los motores se
pusieron en marcha, por debajo de la
bodega donde se encontraba. Minutos
más tarde, notó el deslizamiento del
barco, que se movió lentamente para
salir del puerto. Escuchó voces sobre la
cubierta y, de vez en cuando, pasos que
caminaban sobre las planchas, justo por
encima de su cabeza. Una vez que el
pequeño barco de carga salió del puerto,
el balanceo a uno y otro lado se
transformó en sacudidas y encontronazos
al salir el barco a mar abierto. Lubji se
situó entre dos sacos y se agarró a ellos
con los brazos extendidos, tratando de
no ser arrojado de un lado a otro.
Tanto él como los sacos se vieron
continuamente sacudidos en el interior
de la bodega hasta que hubiera querido
ponerse a gritar para pedir auxilio, pero
ahora todo estaba a oscuras y solo
distinguía las estrellas por entre las
rendijas. Todos los marineros habían
desaparecido bajo el puente, de modo
que difícilmente podrían escuchar sus
gritos.
No tenía ni la menor idea de cuánto
podría durar el viaje a Egipto, y no
dejaba de preguntarse si podría
sobrevivir en aquella bodega durante
una tormenta. Al salir el sol, se alegró
de estar todavía con vida. A la caída de
la noche, hubiera querido morir.
No pudo estar seguro de saber
cuántos días transcurrieron hasta que
finalmente llegaron a aguas más
tranquilas, aunque estaba convencido de
haber permanecido despierto la mayor
parte de ese tiempo. ¿Entraban ahora en
un puerto? Casi no se producía ningún
movimiento, y el motor apenas sonaba.
Imaginó que el barco tenía que haberse
detenido cuando escuchó el sonido del
ancla al caer al agua, a pesar de que su
estómago seguía moviéndose, como si se
encontraran en medio del océano.
Transcurrió por lo menos otra hora
antes de que un marinero se inclinara y
retirara el calzo que sujetaba la tapa de
la escotilla de carga. Momentos más
tarde, Lubji escuchó el sonido de otras
voces, en una lengua que tampoco había
oído nunca. Imaginó que debería ser el
egipcio, y se sintió nuevamente aliviado
por el hecho de que no fuera alemán.
Alguien retiró finalmente la tapa de la
escotilla de carga y por el hueco
aparecieron dos hombres que lo miraron
fijamente.
—¡Vaya! ¿Qué tenemos aquí? —dijo
uno de ellos, al tiempo que Lubji
extendía las manos desesperadamente
hacia el cielo.
—Seguro que es un espía alemán —
dijo su compañero con una risotada.
El primero de ellos se inclinó hacia
adelante, tomó los brazos extendidos de
Lubji y lo izó sobre la cubierta como si
no fuera más que un saco de trigo. Lubji
quedó sentado delante de ellos, con las
piernas extendidas, respirando a grandes
bocanadas el aire fresco, mientras
esperaba que lo encerraran de nuevo en
la mazmorra de otro país.
Levantó la mirada y parpadeó bajo
el sol de la mañana.
—¿Dónde estoy? —preguntó en
checo.
Pero los estibadores no demostraron
ninguna señal de haberle comprendido.
Lo intentó en húngaro, en ruso y, de mala
gana, incluso en alemán, pero por toda
respuesta solo recibió risas y
encogimiento de hombros. Finalmente,
lo ayudaron a levantarse sobre la
cubierta y lo acompañaron por la
pasarela hasta el muelle, sin hacer el
menor intento por conversar con él en
ningún idioma.
Apenas los pies de Lubji tocaron el
suelo cuando los dos hombres lo
sujetaron por los brazos y lo alejaron a
rastras a lo largo del muelle. Lo
acercaron apresuradamente hacia un
edificio blanco situado en el extremo del
muelle. En lo alto de una puerta se veían
unas letras pintadas que, en ese
momento, no tuvieron ningún significado
para el inmigrante ilegal:

POLICÍA DEL PUERTO DE


LIVERPOOL, INGLATERRA
Amanecer de una nueva
república
8
« A bolición del sistema de
honores», decía el titular de la
tercera edición del St. Andy.
En opinión del director, el sistema
de honores no era más que la excusa
para que un puñado de políticos
envejecidos se recompensaran a sí
mismos y a sus amigos con títulos que no
se merecían. «Los honores se ofrecen
casi siempre a los que no se los
merecen. Este ofensivo despliegue de
autoengrandecimiento solo es un
ejemplo más de los últimos restos de un
imperio colonial, y debe desaparecer a
la primera oportunidad que se presente.
Debemos destinar este anticuado sistema
al cubo de la basura de la historia».
Varios miembros de su clase
escribieron al director para indicar que
su padre había aceptado un título de
caballero, y los más históricamente
informados de entre ellos añadieron que
la última frase había sido copiada de
otra destinada a una mejor causa.
Keith no pudo estar seguro de saber
cuál era el punto de vista del director,
expresado en la reunión semanal de
profesores, porque Penny ya no le
dirigía la palabra. Duncan Alexander y
otros se referían abiertamente a él como
un traidor a su clase social. Ante la
inquietud de todos, sin embargo, a Keith
no parecía importarle lo más mínimo lo
que pensaran los demás.
A medida que transcurría el
trimestre, se preguntó si acaso no
existiría mayor probabilidad de ser
llamado a filas por el consejo del
ejército, en lugar de que se le ofreciera
un puesto en Oxford. A pesar de estos
recelos, dejó de trabajar en el Courier
por las tardes, para disponer así de más
tiempo que dedicar a los estudios, y
redobló sus esfuerzos cuando su padre
le ofreció comprarle un coche deportivo
si aprobaba los exámenes. La idea de
demostrar que el director estaba
equivocado, y de poseer un coche
propio fue irresistible para él. La
señorita Steadman, que seguía
dirigiéndolo en sus estudios en las
largas y oscuras tardes, pareció
entusiasmarse ante la perspectiva de
duplicar su carga de trabajo.
Para cuando Keith regresó a St.
Andrew para su último trimestre, se
sintió preparado para afrontar tanto a los
miembros del tribunal como al director;
la obtención de fondos para el pabellón
de críquet iba tan bien que solo faltaban
unos pocos cientos de libras para
alcanzar su objetivo, y Keith decidió
utilizar el último número del St. Andy
para anunciar su éxito. Confiaba en que
eso fuera suficiente para impedir que el
director hiciera algo con respecto al
artículo que tenía la intención de
publicar en el siguiente número, y en el
que defendería la idea de abolir la
monarquía.
«Australia no necesita ser gobernada
por una familia alemana de clase media
que vive a más de quince mil kilómetros
de distancia. ¿Por qué tenemos que
acercarnos a la segunda mitad del
siglo XX teniendo que apuntalar un
sistema tan elitista? Librémonos de
todos ellos —anunciaba el editorial—,
además del himno nacional, de la
bandera británica y hasta de la libra.
Una vez terminada la guerra llegará sin
duda el momento de que Australia se
proclame a sí misma república».
El señor Jessop mantuvo los labios
fuertemente cerrados, mientras que el
Melbourne Age le ofreció a Keith 50
libras por su artículo, una oferta que él
tardó mucho tiempo en rechazar. Duncan
Alexander le hizo saber que alguien
cercano al director le había dicho que a
todos los profesores les sorprendería
que Townsend se las arreglara para
llegar a fin de curso.
Durante las primeras pocas semanas
del último trimestre, Keith siguió
dedicando la mayor parte de su tiempo a
prepararse para los exámenes, y solo se
tomaba un respiro de vez en cuando para
ver a Betsy y para acudir algún que otro
miércoles por la tarde a las carreras,
mientras que otros se dedicaban a
pasatiempos mucho más enérgicos.
Keith no se habría molestado en
acudir a las carreras aquel miércoles en
particular, si no hubiera recibido un
«consejo seguro» por parte de uno de
los mozos de una cuadra local.
Comprobó con sumo cuidado el estado
de sus finanzas. Aún le quedaba un poco
de dinero del trabajo realizado durante
las vacaciones, además del dinero de
bolsillo recibido para pasar el trimestre.
Decidió hacer una apuesta en la primera
carrera y, si ganaba, regresaría a la
escuela y continuaría con su repaso. El
miércoles por la tarde, tomó la bicicleta
que había dejado detrás de la oficina de
Correos y pedaleó hacia el hipódromo,
después de prometerle a Betsy que
pasaría a verla antes de regresar a la
escuela.
El «consejo seguro» se llamaba Rum
Punch, y tenía que participar en la
carrera de las dos de la tarde. Su
informante se mostró tan seguro del
pedigrí del caballo, que Keith apostó
cinco libras al pleno para ganar siete a
uno en las apuestas. Antes de que se
levantara la barrera ya pensaba cómo
gastaría sus ganancias.
Rum Punch se mantuvo en cabeza
durante toda la carrera, y aunque otro
caballo empezó a ganarle terreno, Keith
echó los brazos al cielo cuando pasaron
ante el poste indicador de meta. Se
dirigió hacia la casilla de las apuestas
para recoger sus ganancias.
En ese momento sonó un anuncio por
los altavoces: «El resultado de la
primera carrera de la tarde se retrasa y
será dado a conocer dentro de unos
minutos, ya que tiene que hacerse una
comprobación de foto-fija entre Rum
Punch y Colonus». Keith no abrigaba la
menor duda de que, desde donde él
estaba, Rum Punch había ganado, y no
comprendía por qué razón tenían que
recurrir a una fotografía para
determinarlo. Imaginó que,
probablemente, los empleados tenían
que aparentar que cumplían con su
deber. Miró el reloj y se acordó de
Betsy.

«He aquí el resultado de la


primera carrera —tronó una voz
por el sistema de altavoces—. El
ganador es el número once,
Colonus, con cinco a cuatro, por
una corta cabeza por delante de
Rum Punch, con siete a uno».

Keith lanzó una maldición en voz


alta. Si al menos hubiera apoyado a Rum
Punch con una apuesta colocado, habría
duplicado su dinero. Rompió el billete y
se dirigió hacia la salida. Cuando ya se
dirigía hacia la bicicleta, miró hacia la
cartelera para la próxima carrera.
Drumstick se encontraba entre los
participantes, y bien situado al
principio. El paso de Keith se hizo más
lento. En el pasado había ganado en dos
ocasiones al apostar por Drumstick, y
estaba seguro de que podrían
convertirse en tres veces seguidas. Su
único problema era que había apostado
todos sus ahorros por Rum Punch.
Mientras continuaba hacia la
bicicleta, recordó que tenía autoridad
para retirar dinero de una cuenta en el
Banco de Australia que mostraba un
saldo de más de cuatro mil libras.
Comprobó la cartelera para ver
cuáles eran los otros caballos, y no vio a
ninguno que pudiera poner en peligro la
segura victoria de Drumstick. Esta vez,
apostaría cinco libras a que el caballo
quedaría en cualquiera de los tres
primeros puestos, de modo que a unas
apuestas de tres por uno, podía estar
seguro de recuperar su dinero, aunque
Drumstick llegara en tercer puesto.
Keith cruzó el torniquete de salida, tomó
la bicicleta y pedaleó furiosamente un
kilómetro y medio hasta encontrar el
banco más cercano. Entro corriendo y
extendió un cheque por importe de diez
libras.
Todavía faltaban quince minutos
para que empezara la segunda carrera,
de modo que estaba bastante seguro de
cobrar el cheque y regresar a tiempo
para hacer su apuesta. El empleado
sentado tras la rejilla miró al cliente,
observó el cheque y llamó por teléfono a
la sucursal del banco de Keith, en
Melbourne, donde le confirmaron
inmediatamente que el señor Townsend
tenía firma en esa cuenta en particular, y
que disponía de saldo suficiente. A las
dos y cincuenta y tres minutos, el
empleado empujó un billete de diez
libras hacia el impaciente joven.
Keith pedaleó de regreso al
hipódromo a una velocidad que habría
impresionado al capitán del equipo de
atletismo, abandonó la bicicleta y echó a
correr hacia la taquilla de apuestas más
cercana. Apostó cinco libras a cada
puesto por Drumstick, con Honest Syd.
En cuanto se levantó la barrera, corrió
rápidamente hacia las barandillas y
llegó a tiempo para ver la mêlée de
caballos que pasaron ante él por el
primer circuito. Casi no pudo creer lo
que vieron sus ojos. Drumstick tuvo que
haber hecho una salida retrasada, porque
iba a la cola del resto de caballos sobre
la pista al iniciarse la segunda vuelta y,
a pesar de su valeroso esfuerzo por
llegar bien situado a la meta, solo
consiguió un cuarto puesto.
Keith comprobó los caballos y
jinetes de la tercera carrera y
rápidamente regresó en bicicleta al
banco, sin que su trasero descansara ni
un momento sobre el sillín. En esta
ocasión extendió un cheque por importe
de 20 libras. Se hizo otra llamada
telefónica y, en esta ocasión, el ayudante
del director del banco, en Melbourne,
pidió hablar personalmente con Keith.
Una vez establecida la identidad de
Keith, autorizó el pago del cheque.
A Keith no le fueron mejor las cosas
en la tercera carrera y para cuando se
anunció por los altavoces el ganador de
la sexta carrera, ya había retirado 100
libras de la cuenta del pabellón de
críquet. El regreso hacia la oficina de
Correos lo hizo lentamente, sin dejar de
darle vueltas a las consecuencias de lo
ocurrido aquella tarde. Sabía que la
cuenta sería controlada a finales de mes
por el tesorero de la escuela, y que si se
le planteaba alguna duda acerca de
depósitos y retiradas de dinero,
informaría al director, que pediría a su
vez una aclaración al banco. El ayudante
del director le informaría entonces que
el señor Townsend había telefoneado en
cinco ocasiones desde una sucursal
situada cerca del hipódromo durante la
tarde del miércoles en cuestión,
insistiendo en cada ocasión para que se
le pagara el cheque. Keith podía estar
seguro de ser expulsado; durante el
curso anterior, un chico había sido
expulsado por robar una botella de tinta.
Pero lo que era peor, mucho peor que
ninguna otra cosa, es que la noticia se
publicaría en la primera página de todos
los periódicos de Australia que no
fueran propiedad de su padre.
A Betsy le sorprendió que Keith no
se acercara para hablar con ella después
de dejar la bicicleta detrás de la oficina
de Correos. Regresó andando a la
escuela, sabiendo perfectamente bien
que solo disponía de tres semanas para
conseguir cien libras. Se dirigió
directamente a su habitación y trató de
concentrarse en antiguos ejercicios de
exámenes, pero no podía evitar que su
mente volviera una y otra vez a pensar
en aquellos cobros irregulares. Se le
ocurrieron una docena de historias que,
en diferentes circunstancias, habrían
podido parecer verosímiles. Pero ¿cómo
explicar que hubiera cobrado los
cheques a intervalos de treinta minutos y
en una sucursal bancaria tan cercana al
hipódromo?
A la mañana siguiente consideró
incluso la idea de alistarse en el ejército
y conseguir que lo enviaran a Birmania,
antes de que nadie descubriera lo que
había hecho. Quizá si lo mataban en una
acción heroica y conseguía la Cruz
Victoria, nadie se atreviera a mencionar
en su entierro las cien libras que
faltaban. Lo único que no consideró fue
hacer una apuesta a la semana siguiente,
ni siquiera después de haber recibido
otro «consejo seguro» por parte del
mismo mozo de cuadras. No le ayudó en
nada leer en el Sporting Globe del día
siguiente que aquel «consejo seguro»
había entrado en primer puesto, con unas
apuestas de diez a uno.
Fue durante la hora de estudio del
lunes siguiente, mientras Keith se
esforzaba por redactar un ensayo sobre
el patrón oro, cuando le entregaron una
nota manuscrita en su cuarto. En ella se
decía, simplemente:
«El director quiere verle
inmediatamente en su despacho».

Keith sintió náuseas. Dejó sobre la


mesa el ensayo a medio redactar y se
encaminó lentamente hacia la casa del
director. ¿Cómo podía haberlo
descubierto con tanta rapidez? ¿Acaso el
banco había decidido cubrirse las
espaldas y comunicarle al tesorero las
retiradas irregulares de fondos? ¿Cómo
podían estar seguros de que aquel dinero
no se hubiera empleado en gastos
perfectamente legítimos? Casi pudo
escuchar al director preguntarle con
sarcasmo: «Y bien, Townsend, ¿cuáles
han sido esos “gastos legítimos”
retirados del banco a intervalos de
treinta minutos de una sucursal cercana
al hipódromo durante el miércoles por
la tarde?».
Keith subió los escalones que
conducían a la casa del director. Sentía
náuseas y un sudor frío. La doncella le
abrió la puerta incluso antes de que él
pudiera llamar. Lo acompañó
directamente al despacho del señor
Jessop sin decir una sola palabra. Al
entrar en el despacho le pareció que
nunca había visto una expresión tan
adusta en el rostro del director. Miró
hacia el otro lado de la estancia y vio
que su jefe de curso estaba sentado en un
sofá, en la esquina. Keith permaneció de
pie, consciente de que en esta ocasión
no se le invitaría ni a sentarse ni a tomar
una copa de jerez.
—Townsend —empezó a decir el
director—, estoy investigando una grave
acusación, acerca de la que, lamento
informarle, parece estar usted
personalmente implicado. —Keith
hundió las uñas en las palmas de las
manos para no echarse a temblar—.
Como puede ver, el señor Clarke está
presente, simplemente para que haya un
testigo en el caso de que sea necesario
poner este asunto en manos de la
policía.
Keith sintió que se le debilitaban las
piernas y temió derrumbarse allí mismo
si no se le ofrecía una silla.
—Iré directamente al asunto,
Townsend. —El director se detuvo un
momento, como si buscara las palabras
adecuadas. Keith no podía dejar de
temblar—. Mi hija, Penny, parece ser
que está…, está… embarazada —dijo el
señor Jessop—. Ella me informa que ha
sido violada. Parece ser que usted… —
Keith ya se disponía a protestar— fue el
único testigo del episodio. Y puesto que
el acusado no se aloja solo en su casa,
sino que es además el encargado
estudiantil del curso, considero de la
mayor importancia que tenga usted la
amabilidad de cooperar en esta
investigación.
Keith emitió un audible suspiro de
alivio.
—Contestaré a sus preguntas lo
mejor que sepa —dijo.
La mirada del director regresó a lo
que, según sospecho, era un guión de
preguntas previamente preparado.
—El sábado seis de octubre,
alrededor de las tres de la tarde, ¿entró
usted en el pabellón de críquet?
—Sí, señor —contestó Keith sin
vacilación—. A menudo me veo
obligado a visitar el pabellón, por
asuntos relacionados con mi
responsabilidad para la obtención de
fondos.
—Sí, desde luego —asintió el
director—. Perfectamente normal y
adecuado que así lo haga.
El señor Clarke tenía una expresión
muy seria e hizo un gesto de
asentimiento con la cabeza.
—¿Puede decirme, con sus propias
palabras, con qué se encontró al entrar
en el pabellón durante aquel sábado en
concreto?
Keith hubiera querido sonreír al
escuchar la palabra «encontró», pero
logró mantener una expresión muy seria.
—Tómese el tiempo que considere
oportuno para contestar —añadió el
señor Jessop—. Y sean cuales fueren
sus sentimientos, no debe considerar
esto como un chivatazo.
«No te preocupes —pensó Keith—,
que no lo considero así». Se preguntó si
acaso no sería esta la ocasión propicia
para solucionar al mismo tiempo dos
viejos asuntos pendientes. Pero quizá
tuviera mucho más que ganar si…
—También debe usted tener en
cuenta que la reputación de varias
personas depende de su interpretación
de lo que viera durante aquella
desgraciada tarde.
Fue precisamente la palabra
«reputación» lo que ayudó a Keith a
decidirse. Frunció el ceño, como si
reflexionara profundamente sobre las
implicaciones de lo que se disponía a
decir, y se preguntó durante cuánto
tiempo más podría prolongar la angustia
de sus interlocutores.
—Señor director —dijo finalmente,
con un tono de voz que trató de que
pareciera insólitamente responsable—,
al entrar en el pabellón lo encontré
completamente a oscuras, lo que no dejó
de extrañarme hasta que me di cuenta de
que se habían bajado todas las
persianas. Todavía me sorprendió más
escuchar ruidos que parecían proceder
de los vestuarios del equipo visitante,
pues sabía que los First Eleven jugaban
aquel día fuera de casa. Tanteé con la
mano en la pared para encontrar el
interruptor de la luz y, al encenderla, me
quedé conmocionado al ver… —Keith
fingió vacilar, como si le resultara
embarazoso seguir adelante.
—Townsend, no debe preocuparse
por lo que quizá considere como dejar
en la estacada a un amigo —intervino el
director—. Puede confiar en nuestra
discreción.
«Que es mucho más de lo que
puedes confiar tú en la mía», pensó
Keith.
—… Al ver a su hija y a Duncan
Alexander que estaban tumbados,
desnudos, en la pista de deslizamiento.
—Keith hizo una nueva pausa pero, esta
vez, el director no le presionó para que
continuara y él la prolongó aún más—.
Lo que hubiera sucedido hasta ese
momento, tuvo que detenerse de
improviso en cuanto encendí la luz.
Se detuvo, con una nueva vacilación.
—Esto tampoco resulta fácil para
mí, Townsend, como bien podrá
comprender —dijo el director.
—Aprecio su comentario, señor —
dijo Keith, complacido por la forma de
conducir todo el episodio.
—En su opinión, ¿estaban
manteniendo o habían mantenido
relaciones sexuales?
—Estoy relativamente convencido,
señor director, de que las relaciones
sexuales ya se habían producido —
contestó Keith, con la esperanza de que
su respuesta no fuera del todo
concluyente.
—Pero ¿puede estar seguro? —
preguntó el director.
—Sí, creo que sí, señor —contestó
Keith tras una larga pausa—, porque…
—No se sienta azorado, Townsend.
Debe usted comprender que mi único
interés consiste en averiguar toda la
verdad sobre este asunto.
«Pero quizá no sea ese mi único
interés», pensó Keith, que no se sentía
azorado en lo más mínimo, aunque era
evidente que los dos hombres presentes
en el despacho lo estaban.
—Debe contarnos exactamente lo
que vio, Townsend.
—No se trató tanto de lo que vi,
señor, como de lo que escuché —dijo
Keith.
El director bajó la cabeza y tardó un
tiempo en recuperarse.
—La siguiente pregunta que debo
plantearle es muy desagradable para mí,
Townsend, porque no solo me veré
obligado a fiarme de su memoria, sino
también de su juicio.
—La contestaré lo mejor que sepa,
señor.
Esta vez fue el director el que
vaciló, y Keith casi tuvo que morderse
la lengua para no decirle: «Tómese el
tiempo que considere oportuno, señor».
—En su opinión, Townsend, y
recuerde que hablamos
confidencialmente, ¿le pareció, en la
medida en que pueda saberlo, que mi
hija actuaba, por así decirlo… —vaciló
de nuevo antes de terminar la pregunta—
… de buen grado?
Keith dudó mucho de que el director
hubiera planteado una frase más torpe en
toda su vida.
Lo dejó sudar unos segundos más,
antes de contestar con firmeza:
—Sobre esa cuestión concreta,
señor, no me cabe la menor duda. —Los
dos hombres lo miraron directamente—.
No fue un caso de violación.
El señor Jessop no demostró
reacción alguna.
—¿Cómo puede estar tan seguro? —
se limitó a preguntar.
—Porque ninguna de las voces que
escuché antes de encender la luz
expresaban ira o temor. Eran las voces
de dos personas que…, ¿cómo podría
expresarlo, señor?…, que disfrutaban
juntas con lo que estaban haciendo.
—¿Puede estar seguro de eso, más
allá de cualquier duda razonable,
Townsend? —preguntó el director.
—Sí, señor, creo estarlo.
—¿Y por qué lo está? —preguntó el
señor Jessop.
—Porque…, porque yo mismo
experimenté ese mismo placer con su
hija apenas dos semanas antes, señor.
—¿En el pabellón? —barbotó el
director con incredulidad.
—No, señor. Para ser honestos,
debo decirle que en mi caso fue en el
gimnasio. Tengo la sensación de que su
hija prefería el gimnasio, antes que el
pabellón. Siempre decía que era mucho
más fácil relajarse sobre las colchonetas
de goma que sobre las almohadillas de
críquet en la pista de deslizamiento.
El director se quedó sin saber qué
decir. Tras un prolongado silencio,
recuperó el habla.
—Gracias por su franqueza,
Townsend.
—De nada, señor. ¿Me necesitará
para alguna cosa más?
—No, por el momento no,
Townsend. —Keith se volvió para
marcharse—. No obstante, le
agradecería su más completa discreción
en este asunto.
—Desde luego, señor —asintió
Keith, que se volvió ligeramente para
mirarle y se ruborizó ligeramente al
añadir—: Siento mucho haberle
colocado en una situación embarazosa,
señor, pero como bien nos recordó usted
en su sermón del pasado domingo, sea
cual fuere la situación a la que tengamos
que enfrentarnos en la vida, uno debe
recordar siempre las palabras que
pronunciara George Washington: «No
puedo contar una mentira».
Durante las semanas siguientes, a Penny
no se la vio por ninguna parte. Cuando
se le preguntó, el director se limitó a
contestar que ella y su madre habían ido
a visitar a una tía suya que vivía en
algún lugar de Nueva Zelanda.
Keith no tardó en apartar de sus
pensamientos los problemas del
director, para concentrarse en sus
propias preocupaciones. Todavía no se
le había ocurrido una solución que le
permitiera devolver las cien libras que
faltaban en la cuenta del pabellón.
Una mañana, después de las
oraciones, Duncan Alexander llamó a la
puerta de su cuarto.
—Solo quería darte las gracias —
dijo Alexander—. Te has portado como
un viejo compañero y un tipo decente —
añadió, con una forma de hablar más
británica que la de los propios
británicos.
—Como siempre, compañero —
respondió Keith con un intenso acento
australiano—. Después de todo, solo le
dije la verdad al viejo.
—En efecto —asintió el joven—. A
pesar de todo, te debo un gran favor,
amigo. Y nosotros, los Alexander,
tenemos una buena memoria.
—También la tenemos los Townsend
—dijo Keith, sin mirarlo.
—Bueno, si puedo hacer algo para
ayudarte en el futuro, no vaciles en
hablar conmigo.
—No vacilaré —le prometió Keith.
Duncan abrió la puerta y se volvió a
mirarlo antes de añadir:
—Debo admitir, Townsend, que no
eres la mierda que todo el mundo
asegura que eres.
Una vez que se hubo cerrado la
puerta, Keith repitió las palabras
pronunciadas por Asquith, citadas en un
ensayo en el que había trabajado.
—Será mejor que esperes y lo veas.

—Hay una llamada para usted por el


teléfono interior, en el despacho del
señor Clarke —le informó el alumno de
primer año, de servicio en el pasillo.
A medida que se acercaba el fin de
mes, Keith temía hasta abrir su
correspondencia o, lo que era peor,
recibir una llamada inesperada. Siempre
imaginaba que alguien terminaría por
descubrir lo sucedido. Cada día que
pasaba esperaba que el ayudante del
director del banco se pusiera en
contacto con él para informarle de que
había llegado el momento de presentarle
al tesorero el estado de cuentas.
«Pero si he conseguido más de
cuatro mil libras», se repetía una y otra
vez.
«Esa no es la cuestión, Townsend»,
imaginaba que le contestaba el director.
Intentó no demostrarle al alumno de
primero lo angustiado que se sentía. Al
salir de su cuarto y avanzar por el
pasillo, vio la puerta abierta del
despacho del encargado de curso. Sus
pasos se hicieron más y más lentos.
Entró en el despacho y el señor Clarke
le tendió el teléfono. Keith hubiera
deseado que saliera de la estancia, pero
él se quedó donde estaba, calificando
las pruebas del día anterior.
—Keith Townsend —dijo al
teléfono.
—Buenos días, Keith. Soy Mike
Adams.
Reconoció inmediatamente el
nombre del director del Sydney
Morning Herald. ¿Cómo había logrado
descubrir lo del dinero que faltaba?
—¿Sigue usted ahí? —preguntó
Adams.
—Sí —contestó Keith—. ¿En qué
puedo servirle?
Le alivió el hecho de saber que
Adams no pudiera verle temblar.
—Acabo de leer la última edición
del St. Andy y sobre todo su artículo
sobre la necesidad de que Australia se
convierta en una república. Me ha
parecido muy bueno y quisiera
publicarlo completo en nuestro
periódico… si llegamos a un acuerdo
sobre el precio.
—No está a la venta —dijo Keith
con firmeza.
—Pensaba ofrecerle setenta y cinco
libras por él —dijo Adams.
—No le daría permiso para
publicarlo, a menos que me ofreciera…
—A menos que le ofreciera…
¿cuánto?

La semana antes de que Keith tuviera


que presentarse a sus exámenes para
Oxford, regresó a Toorak para un repaso
de última hora con la señorita Steadman.
Revisaron juntos todas las posibles
preguntas, así como las respuestas
modelo que ella había preparado. Lo
único que no consiguió la señorita
Steadman fue una cosa: que se relajara.
Pero no le dijo que no eran los
exámenes lo que le ponían nervioso.
—Estoy segura de que aprobarás —
le dijo su madre el domingo por la
mañana, durante el desayuno, muy
segura de sí misma.
—Espero que sea así —dijo Keith.
Sabía muy bien que, al día siguiente,
el Sydney Morning Herald publicaría su
artículo, titulado: «Amanecer de una
nueva república». Pero esa misma
mañana también empezaría sus
exámenes, de modo que confiaba en que
sus padres se guardarían sus consejos
durante por lo menos los diez próximos
días y quizá para entonces…
—Bueno —intervino su padre, que
interrumpió sus pensamientos—, es un
examen muy minucioso, pero estoy
seguro de que te ayudará mucho el fuerte
apoyo del director, después de tu
extraordinario éxito en conseguir el
dinero para el pabellón. Y, a propósito,
se me olvidó decirte que tu abuela ha
quedado tan bien impresionada por tus
esfuerzos, que donó otras cien libras en
tu nombre.
Fue la primera vez que la madre de
Keith le oyó lanzar un juramento en voz
alta.
El lunes por la mañana, Keith se sentía
tan preparado como creía poder estarlo
para enfrentarse al tribunal examinador,
y diez días más tarde, cuando terminó el
último trabajo, quedó impresionado por
la gran cantidad de preguntas a las que
la señorita Steadman se había
anticipado. Sabía que lo había hecho
bien en Historia y Geografía, y solo
confiaba en que el consejo examinador
de Oxford no diera tanta importancia al
estudio de los clásicos.
Llamó por teléfono a su madre para
asegurarle que estaba convencido de
haberlo hecho todo lo bien que
esperaba, y que si no conseguía un
puesto en Oxford no podría achacarle la
culpa a su mala suerte con las preguntas.
—Tampoco yo me quejaré —fue la
respuesta inmediata de su madre—. Pero
tengo un consejo que darte, Keith.
Procura no cruzarte con tu padre durante
unos pocos días más.
El anticlímax que siguió a la
terminación de los exámenes fue algo
inevitable. Mientras Keith esperaba a
saber los resultados, dedicó parte de su
tiempo a tratar de conseguir los últimos
y pocos cientos de libras que faltaban
para completar la suma requerida para
la construcción del nuevo pabellón, una
parte de la misma en el hipódromo,
mediante pequeñas apuestas hechas con
su propio dinero, y otra parte gracias a
la noche pasada con la esposa de un
banquero, que terminó por entregarle
cincuenta libras.
El último lunes del trimestre, el
señor Jessop, durante su reunión
semanal con los profesores, les informó
que St. Andrew continuaba con su gran
tradición de enviar a sus mejores
estudiantes a Oxford y a Cambridge,
manteniendo así el vínculo con aquellas
dos grandes universidades. Luego, leyó
en voz alta los nombres de los que
habían conseguido plaza:

Alexander, D. T. L.
Tomkins, C.
Townsend, K. R.

—Un mierda, un empollón y una


estrella, aunque no necesariamente por
ese mismo orden —dijo el director en
voz baja.
El botín para el vencedor

Los desembarcos en
Normandía tienen éxito
9

C uando Lubji Hoch terminó de


contar su historia ante el tribunal,
todos sus miembros lo miraron con
incredulidad. O era una especie de
superman, o un embustero patológico, y
no podían decidir cuál de las dos cosas.
El traductor checo se encogió de
hombros.
—Algo de esto tiene sentido —le
dijo al oficial investigador—, pero tanto
me parece un poco exagerado.
El presidente del tribunal consideró
por unos momentos el caso de Lubji
Hoch y luego decidió la solución más
fácil.
—Enviarlo al campo de
internamiento… y volveremos a verlo
dentro de seis meses. Entonces podrá
volver a contarnos su historia, y solo
tendremos que comprobar cuántas cosas
han cambiado.
Lubji asistió a las sesiones del
tribunal sin comprender una sola palabra
de lo que dijo el presidente, pero esta
vez, al menos, le proporcionaron los
servicios de un intérprete, de modo que
pudo seguir todo el procedimiento.
Durante el viaje de regreso al campo de
internamiento, tomó una decisión.
Cuando revisaran su caso, al cabo de
seis meses, no necesitaría que nadie
tradujera sus palabras.
Eso, sin embargo, no resultó ser tan
fácil como había imaginado, porque una
vez de regreso en el campo, al
encontrarse entre sus compatriotas,
ninguno de ellos mostró el menor interés
por hablar otro idioma que no fuera el
checo. De hecho, lo único que le
enseñaron fue a jugar al póquer y no
tardó mucho tiempo en derrotarlos a
todos en su propio juego. La mayoría de
ellos imaginaban que regresarían a su
país, una vez terminada la guerra.
Lubji era el primer internado en
levantarse por la mañana, y molestaba
permanentemente a sus compañeros al
tratar de superarles a cada uno de ellos,
trabajar más que ninguno y aventajarlos
en todo lo posible. La mayoría de los
checos lo consideraban como poco más
que un rufián ruteno, pero puesto que
ahora ya se había convertido en un joven
corpulento, de más de un metro ochenta
de estatura, y seguía creciendo, ninguno
de ellos se atrevió a expresar ningún
tipo de opinión delante de él.
Ya había transcurrido una semana
desde que regresara al campo cuando se
dio cuenta por primera vez de la
presencia de aquella mujer. Volvía a su
barracón, después del desayuno cuando
vio a una mujer vieja que empujaba una
bicicleta cargada de periódicos, colina
arriba. Al cruzar las puertas de entrada
al campo, no pudo distinguir su rostro
con claridad, porque llevaba una
bufanda sobre la cabeza, como forma de
protegerse del cortante viento. Empezó a
repartir los periódicos, primero en el
cuarto de oficiales y luego, una tras otra,
en las pequeñas casetas ocupadas por
los suboficiales. Lubji rodeó el terreno
donde formaban filas y empezó a
seguirla, con la esperanza de que
aquella persona pudiera ser la que le
ayudara. Cuando la bolsa que llevaba
sobre el manillar de la bicicleta quedó
vacía, la mujer se dirigió hacia las
puertas del campo. Al pasar junto a
Lubji, él la saludó.
—Hola.
—Buenos días —contestó ella.
Montó en la bicicleta y cruzó las
puertas, para desaparecer colina abajo
sin decir nada más.
A la mañana siguiente, Lubji no se
molestó en acudir a desayunar y
permaneció junto a las puertas del
campo, sin dejar de mirar colina abajo.
Al verla empujar la bicicleta cargada
por la cuesta, echó a correr hacia ella,
antes de que el guardia de la puerta
pudiera detenerle.
—Buenos días —le dijo, y le tomó
la bicicleta para ayudarla a subir los
últimos metros.
—Buenos días —contestó ella—.
Soy la señora Sweetman. ¿Qué tal
andamos hoy?
Lubji se lo habría dicho, si hubiera
tenido la más ligera idea de cómo
expresarlo.
Mientras la mujer efectuaba sus
rondas, él la ayudó ávidamente a
efectuar las entregas. Una de las
primeras palabras que aprendió en
inglés fue «periódico». Después de eso,
se impuso a sí mismo la tarea de
aprender diez palabras nuevas al día.
Al final del mes, el guardián del
campo ni siquiera parpadeaba cuando
Lubji pasaba cada mañana junto a él
para acudir a recibir a la mujer al pie de
la cuesta.
Al segundo mes ya estaba sentado
cada mañana, a las seis, ante la puerta
de la tienda de la señora Sweetman,
para hacerse cargo del montón de
periódicos que colocaba ya en el orden
correcto antes de empujar la bicicleta
cargada cuesta arriba. Cuando la mujer
solicitó mantener una entrevista con el
comandante del campo, a principios del
tercer mes, el mayor le dijo que no había
ningún inconveniente en que Hoch
trabajara para ella unas pocas horas al
día en la tienda del pueblo, siempre y
cuando regresara antes de pasar lista.
La señora Sweetman descubrió
rápidamente que el suyo no era el primer
quiosco de prensa para el que había
trabajado el joven, y no hizo el menor
intento por detenerlo cuando cambió la
posición de las estanterías, reorganizó
los horarios de entrega y, un mes más
tarde, se hizo cargo de las cuentas.
Tampoco le sorprendió descubrir, varias
semanas más tarde de poner en práctica
las sugerencias de Lubji, que los
beneficios aumentaban por primera vez
desde 1939.
Siempre que la tienda estaba vacía,
la señora Sweetman ayudaba a Lubji con
su inglés, leyéndole en voz alta los
artículos publicados en la primera
página del Citizen. A continuación,
Lubji trataba de leerle el mismo
artículo. Ella se echaba a reír a menudo
con lo que llamaba sus «errores
garrafales» de pronunciación, pero eso
no fueron más que otras palabras más
que Lubji añadió a su vocabulario.
Cuando el invierno dio paso a la
primavera solo se producía algún que
otro «error garrafal» ocasional y no
transcurrió mucho tiempo más antes de
que Lubji fuera capaz de sentarse
tranquilamente en un rincón y leer por sí
solo, para consultar con la señora
Sweetman solo cuando se encontraba
con una palabra que desconocía.
Bastante antes de que tuviera que
presentarse de nuevo ante el tribunal,
había pasado a estudiar los artículos de
opinión del Manchester Guardian, y
una mañana, cuando la señora Sweetman
se quedó mirando fijamente la palabra
«indolente», sin poder ofrecerle una
explicación, Lubji decidió ahorrarle el
mal trago y consultar en el futuro el
diccionario Oxford de bolsillo que
había permanecido hasta entonces
acumulando polvo bajo el mostrador.

—¿Necesita de un intérprete? —le


preguntó el presidente del tribunal.
—No, gracias, señor —fue la
respuesta inmediata de Lubji.
El presidente enarcó una ceja.
Estaba seguro de que cuando entrevistó
por última vez a este hombre corpulento,
apenas seis meses antes, no había
podido comprender una sola palabra de
inglés. ¿No fue el mismo que los
mantuvo a todos boquiabiertos con su
improbable historia de las cosas que le
habían ocurrido hasta que llegó a
Liverpool? Ahora repetía exactamente la
misma historia y, aparte de unos pocos
errores gramaticales y de su terrible
acento de Liverpool, su narración causó
mucho más efecto sobre el tribunal que
cuando la contó por primera vez a través
de un intérprete.
—Muy bien, ¿qué le gustaría hacer a
continuación, Hoch? —le preguntó una
vez que el joven checo hubo terminado
de contar su historia.
—Desearía unirme a un viejo
regimiento y contribuir a ganar la guerra
—fue la respuesta previamente
preparada de Lubji.
—Eso quizá no sea tan fácil, Hoch
—dijo el presidente, que le sonrió con
expresión bonachona.
—Si no me dan un rifle, mataré
alemanes con mis propias manos —dijo
Lubji, desafiante—. Solo tienen que
ofrecerme la oportunidad para
demostrarlo.
El presidente le sonrió de nuevo
antes de hacerle un gesto al sargento de
servicio, que se puso firmes y sacó a
Lubji bruscamente de la estancia.
Lubji no supo durante varios días el
resultado de las deliberaciones del
tribunal. Se dedicaba a entregar los
periódicos de la mañana en el cuarto de
oficiales cuando un cabo se dirigió
hacia él, y le dijo, sin mayores
preámbulos:
—Está bien, el comandante quiere
verle.
—¿Cuándo? —preguntó Lubji.
—Ahora —contestó el cabo y sin
añadir nada más, se dio media vuelta y
se alejó.
Lubji dejó los demás periódicos en
el suelo y lo siguió cuando ya
desaparecía entre la niebla matinal que
se extendía sobre el terreno de
formación de filas, para dirigirse hacia
el edificio de oficinas. Ambos se
detuvieron ante una puerta marcada con
un letrero que decía:

«Oficial comandante».

El cabo llamó y en cuanto oyó la


palabra «Entre», abrió la puerta, entró,
se puso firmes ante la mesa del
despacho del coronel y saludó.
—Se presenta Och, según lo
ordenado, señor —gritó, casi como si
estuviera todavía en el exterior.
Lubji se detuvo directamente por
detrás del cabo, que estuvo a punto de
derribarlo al dar un paso hacia atrás.
Lubji observó al oficial
elegantemente vestido sentado tras la
mesa. Lo había visto en una o dos
ocasiones anteriores, pero solo a
distancia. Se puso firmes y se llevó la
palma de la mano a la sien, tratando de
imitar el saludo del cabo. El comandante
lo miró un momento y luego volvió a
fijarse en la única hoja de papel que
tenía sobre la mesa.
—Hoch —empezó a decir—. Tiene
que ser trasladado desde este campo
hasta un campo de entrenamiento en
Staffordshire, donde se unirá al Cuerpo
de Zapadores, como soldado raso.
—Sí, señor —gritó Lubji,
sintiéndose feliz.
La mirada del coronel siguió fija en
la hoja de papel.
—Abandonará el campo mañana a
las siete en punto.
—Sí, señor.
—Antes, preséntese al
administrativo de servicio, que le
proporcionará la documentación
necesaria, incluido un pase para el
ferrocarril.
—Sí, señor.
—¿Alguna pregunta, Hoch?
—Sí, señor —contestó Lubji—. ¿Se
dedica el Cuerpo de Zapadores a matar
alemanes?
—No, Hoch, no se dedican a eso —
contestó el coronel con una sonrisa—,
pero se esperará de usted que ofrezca
una inestimable ayuda a quienes lo
hacen.
Lubji sabía muy bien lo que
significaba la palabra «valiosa», pero
no estaba muy seguro de saber lo que
significaba «inestimable». Tomó buena
nota para averiguarlo en cuanto
regresara a su barracón.
Aquella tarde se presentó al
administrativo de servicio, tal como se
le había ordenado, y se le entregó un
pase para los ferrocarriles y diez
chelines. Una vez que hubo recogido sus
pocas pertenencias, descendió la colina
por última vez para darle a la señora
Sweetman las gracias por todo lo que
había hecho por él durante los últimos
siete meses al ayudarle a aprender
inglés. Miró el significado de la nueva
palabra en el diccionario situado bajo el
mostrador, y le dijo a la señora
Sweetman que su ayuda había sido
inestimable. A ella no le importó admitir
ahora ante el joven extranjero que
hablaba su idioma mejor que ella.
A la mañana siguiente, Lubji tomó un
autobús hasta la estación, a tiempo para
tomar el tren de las 7,20 hacia Stafford.
Cuando llegó, después de tres cambios
de tren y varios retrasos, se había leído
el Times de cabo a rabo.
En Stafford encontró un jeep que lo
esperaba. Tras el volante se sentaba un
cabo del regimiento North Staffordshire,
con aspecto tan elegante que Lubji lo
llamó «señor». Durante el trayecto hasta
los barracones el cabo no le dejó a
Lubji la menor duda de que la forma de
vida más inferior estaba compuesta por
los «culíes», palabra que Lubji no acabó
de entender.
—Deseo tomar parte en la acción de
combate —le dijo Lubji con firmeza—,
y no soy ningún gandul, ¿verdad?
—Se necesita a uno que lo sea para
saberlo —replicó el cabo.
Poco después el jeep se detenía
frente al barracón de intendencia.
Una vez que a Lubji le hubieron
entregado un uniforme de soldado,
pantalones unos pocos centímetros más
cortos de su talla, dos camisas caqui,
dos pares de calcetines grises, una
corbata marrón (de algodón), una
cantimplora, cuchillo, tenedor y cuchara,
dos mantas, una sábana y un almohadón,
fue acompañado a su nuevo barracón, y
se encontró alojado en compañía de
veinte reclutas de la zona de
Staffordshire que, antes de ser llamados
a filas, habían trabajado principalmente
como alfareros y mineros del carbón.
Tardó algún tiempo en darse cuenta de
que, a pesar de todo, hablaban el mismo
idioma que le había enseñado la señora
Sweetman.
Durante las pocas semanas
siguientes, Lubji hizo poco más que
excavar trincheras, limpiar letrinas y, de
vez en cuando, conducir camiones
cargados de basura para arrojarla a un
estercolero situado a unos tres
kilómetros del campamento. Ante el
descontento de sus camaradas, siempre
trabajaba más duramente y durante más
tiempo que ninguno de ellos. Pronto
descubrió por qué el cabo pensaba que
los culíes no eran más que un puñado de
gandules.
Cada vez que Lubji vaciaba los
cubos de basura situados por detrás del
cuarto de oficiales, retiraba cualquier
periódico que hubieran tirado, por
antiguo que fuese. Por la noche, tumbado
en su estrecho catre, con las piernas
sobresaliéndole por el extremo, pasaba
lentamente las páginas de cada
periódico. Le interesaban sobre todo las
noticias sobre la marcha de la guerra,
pero cuanto más leía tanto más temía que
la acción pudiera llegar a terminarse, y
que la última batalla se hubiese librado
antes de que se le diera ninguna
oportunidad de matar a alemanes.

Lubji llevaba casi seis meses de «culi»


cuando leyó en las órdenes de la mañana
que el regimiento North Staffordshire
tenía previsto celebrar su torneo anual
de boxeo para seleccionar a los
representantes para los campeonatos
nacionales del ejército, que se
celebrarían a finales de ese mismo año.
A la sección de Lubji se le encargó la
responsabilidad de preparar el
cuadrilátero y montar las sillas en el
gimnasio, de modo que todo el
regimiento pudiera asistir a la final. La
orden estaba firmada por el oficial de
servicio, el teniente Wakeham.
Una vez montado el cuadrilátero en
el centro del gimnasio, Lubji se dedicó a
desplegar las sillas y colocarlas en
hileras a su alrededor. A las diez, se
concedió un descanso de quince minutos
a la sección, y la mayoría de sus
miembros se marcharon a tomar algo a
la cantina, pero Lubji se quedó en el
gimnasio y se dedicó a observar a los
boxeadores, que se entrenaban.
Cuando el campeón de los pesos
pesados del regimiento, un hombre de
cien kilos de peso, subió al cuadrilátero
por entre las cuerdas, el instructor no
pudo encontrarle un sparring adecuado,
de modo que el campeón tuvo que
contentarse con golpear el saco, que le
sujetaba el soldado más corpulento
disponible. Pero nadie podía sostener
por mucho tiempo el abultado saco, y
después de que varios hombres
quedaran agotados, el campeón empezó
a boxear con su sombra, mientras su
entrenador lo animaba a dejar fuera de
combate a un oponente invisible.
Lubji observó impresionado, hasta
que entró en el gimnasio un hombre
delgado de algo más de veinte años, con
una estrella en la hombrera, que parecía
como si acabara de salir de la escuela.
Lubji se apresuró a continuar con su
trabajo de desplegar sillas. El teniente
Wakeham se detuvo junto al cuadrilátero
y frunció el ceño al ver al campeón de
pesos pesados luchar contra su propia
sombra.
—¿Qué problema hay, sargento? ¿No
encuentra a nadie que le sirva de
sparring a Matthews?
—No, señor —fue la inmediata
respuesta—. Nadie que no tenga el peso
adecuado resistiría más de un par de
minutos con él.
—Es una pena —comentó el teniente
—. Se va a oxidar un poco si no entrena
en una verdadera competición. Procure
encontrar a alguien que esté dispuesto a
librar un par de asaltos con él.
Al oírlo, Lubji dejó caer la silla que
desplegaba y corrió hasta el
cuadrilátero. Saludó al teniente y dijo:
—Yo puedo enfrentarme a él durante
todo el tiempo que quiera, señor.
El campeón lo miró desde lo alto del
cuadrilátero y se echó a reír.
—Yo no boxeo con culíes —dijo—.
O con señoritas del ejército de tierra,
que viene a ser lo mismo.
Sin pensárselo dos veces, Lubji
subió al ring, preparó los puños y
avanzó hacia el campeón.
—Está bien, está bien —intervino el
teniente Wakeham, que miró a Lubji—.
¿Cómo se llama?
—Soldado Hoch, señor.
—De acuerdo, vaya a cambiarse.
Encuentre unos calzones cortos de
gimnasia y pronto veremos cuánto
tiempo le resiste a Matthews.
Cuando Lubji regresó, pocos
minutos más tarde, Matthews seguía
boxeando con su sombra. Ignoró a su
oponente cuando este subió al
cuadrilátero. El entrenador ayudó a
Lubji a ponerse los guantes.
—Bien, veamos de qué madera está
hecho, Hoch —dijo el teniente
Wakeham.
Lubji avanzó osadamente hacia el
campeón del regimiento y, cuando
todavía se encontraba a un paso de
distancia, recibió un golpe lateral en la
nariz. Matthews hizo una finta a la
derecha y luego lanzó firmemente uno de
los guantes contra el centro de la cara de
Lubji.
Lubji retrocedió, tambaleante,
rebotó contra las cuerdas y salió
despedido hacia el campeón. Apenas si
pudo agacharse para evitar un segundo
puñetazo que pasó rozando sobre su
hombro, pero no tuvo tanta suerte con el
siguiente, que le dio directamente en la
barbilla. Solo duró unos pocos segundos
más antes de caer por primera vez sobre
la lona. Al final del asalto, tenía la nariz
rota y un corte en la ceja, que arrancó
risotadas de sus camaradas, que habían
dejado de colocar sillas para asistir al
espectáculo gratuito desde las filas del
fondo del gimnasio.
Una vez que el teniente Wakeham
puso fin a las carcajadas, le preguntó a
Lubji si había subido antes a un
cuadrilátero de boxeo. El joven negó
con un gesto de la cabeza.
—Bueno, con un entrenamiento
adecuado quizá pueda ser de utilidad.
Deje de hacer las obligaciones que se le
hayan asignado por el momento y,
durante las dos próximas semanas,
preséntese cada mañana al gimnasio a
las seis. Estoy seguro de que podremos
sacar mejor partido de usted que
dedicarlo a colocar sillas.
Al llegar la época de celebración de
los campeonatos nacionales, los otros
culíes habían dejado de reír. Hasta
Matthews tuvo que admitir que Hoch era
mucho mejor sparring que un saco de
boxeo, y que bien pudiera haber sido esa
la razón por la que consiguió llegar
hasta la semifinal.
A la mañana siguiente después de
terminado el campeonato, Lubji fue
destinado a sus deberes habituales.
Empezó por ayudar a desmantelar el
cuadrilátero y a llevar las sillas al
teatro. Estaba enrollando una de las
colchonetas de goma, cuando un
sargento entró en el gimnasio, miró a su
alrededor y gritó:
—¡Och!
—¿Señor? —contestó Lubji, que se
puso firmes.
—¿Es que no sabe leer las órdenes
de la compañía, Och? —le gritó el
sargento desde el otro extremo del
gimnasio.
—Sí, señor. Quiero decir, no, señor.
—Aclárese, Och, porque tenía que
haberse presentado ante el oficial de
reclutamiento del regimiento hace
quince minutos —dijo el sargento.
—No sabía… —empezó a decir
Lubji.
—No quiero escuchar sus excusas,
Och —bramó el sargento—. Solo quiero
ver cómo empieza a moverse a paso
ligero. —Lubji salió disparado del
gimnasio sin tener ni la menor idea de
adónde ir. Llegó junto al sargento, que
se limitó a decirle—: Sígame, Och,
pronto.
—Pronto —repitió Lubji.
Era la primera palabra nueva que
aprendía en varios días. Su vocabulario
era ahora muy completo.
El sargento cruzó con rapidez el
terreno de formación y dos minutos más
tarde un Lubji con la respiración
entrecortada se encontraba ante el
oficial de reclutamiento. El teniente
Wakeham también había regresado a sus
ocupaciones habituales. Aplastó sobre
el cenicero el cigarrillo que estaba
fumando.
—Hoch —dijo Wakeham una vez
que Lubji se puso firmes y le saludó—,
le he recomendado para que sea
transferido al regimiento, como soldado
raso.
Lubji permaneció inmóvil, tratando
de recuperar la respiración.
—Sí, señor. Gracias, señor —dijo el
sargento.
—Sí, señor. Gracias, señor —
repitió Lubji.
—Bien —dijo Wakeham—. ¿Alguna
pregunta?
—No, señor. Gracias, señor —
respondió el sargento de inmediato.
—No, señor. Gracias, señor —
repitió Lubji—. Excepto…
El sargento frunció el ceño.
—¿Sí? —preguntó Wakeham, que
levantó la mirada.
—¿Significa eso que tendré la
oportunidad de matar alemanes?
—Si es que no le mato yo primero,
Och —dijo el sargento.
El joven oficial sonrió.
—Sí, eso es lo que significa —
contestó—. Lo único que tenemos que
hacer ahora es rellenar un formulario de
reclutamiento. —El teniente Wakeham
hundió la plumilla en el tintero y miró a
Lubji—. ¿Cuál es su nombre completo?
—Está bien, señor —dijo Lubji, que
se adelantó para tomar la plumilla—. Yo
mismo puedo rellenar el formulario.
Los dos hombres le observaron
mientras él rellenaba los pequeños
cajetines, antes de firmar con una
fioritura al pie de la página.
—Muy impresionante, Hoch —dijo
el teniente una vez que hubo
comprobado el formulario completado
—. Pero ¿me permite darle un consejo?
—Sí, señor. Gracias, señor —
contestó Lubji.
—Quizá haya llegado el momento de
que se cambie el nombre. No creo que
llegue muy lejos en el regimiento North
Staffordshire con un apellido como
Hoch.
Lubji vaciló, bajó la mirada hacia la
mesa situada ante él y se fijó en el
paquete de cigarrillos que mostraba el
famoso emblema de un marinero
barbudo que le miraba desde el paquete.
Se inclinó, trazó una línea para tachar el
nombre «Lubji Hoch» y puso en su
lugar: «John Player».

En cuanto quedó ataviado con su


nuevo uniforme, lo primero que hizo el
soldado raso Player, del regimiento
North Staffordshire, fue contonearse por
entre los barracones y saludar a todo lo
que se moviera.
Al lunes siguiente fue enviado a
Aldershot, para iniciar un período de
entrenamiento básico de doce semanas.
Todavía se levantaba cada mañana a las
seis, y aunque la calidad de la comida
no mejoró, tenía al menos la sensación
de estar siendo entrenado para hacer
algo que valiera la pena: matar
alemanes. Durante el tiempo que pasó en
Aldershot dominó el rifle, la
ametralladora Sten, la granada de mano,
la brújula, la lectura de mapas, tanto de
día como de noche. Era capaz de
marchar lentamente y a paso ligero,
nadar una milla y pasarse tres días sin
avituallamiento. Tres meses más tarde,
cuando regresó al campamento, el
teniente Wakeham no dejó de observar
un cierto aire londinense de los barrios
bajos en el inmigrante procedente de
Checoslovaquia y, al leer los informes,
no le sorprendió descubrir que el último
recluta del regimiento había sido
recomendado para un rápido ascenso.
El primer puesto que se le asignó al
soldado raso John Player fue en el
Segundo Batallón, estacionado en
Cliftonville. Apenas pocas horas
después de presentarse supo que, junto
con una docena más de regimientos, se
estaban preparando para la invasión de
Francia. En la primavera de 1944 el sur
de Inglaterra se había convertido en un
vasto campo de entrenamiento, y el
soldado raso Player tomó parte con
regularidad en los entrenamientos de
combate realizados por estadounidenses,
canadienses y polacos.
Entrenaba noche y día con su
división, impaciente porque el general
Eisenhower diera la orden final, de
modo que pudiera verse nuevamente
frente a frente con los alemanes. Aunque
se le recordaba continuamente que se
preparaba para la batalla decisiva de la
guerra, aquella espera interminable casi
le volvía loco. En Cliftonville añadió a
todo lo aprendido en Aldershot un
conocimiento exhaustivo de la costa de
Normandía, e incluso las reglas del
críquet pero, a pesar de todos sus
preparativos, seguía metido en el
agujero que eran para él los barracones,
«a la espera de que ascendiera el
globo», como decían.
Y entonces, sin ninguna advertencia
previa, en plena noche del 4 de junio de
1944, fue despertado por el sonido de
mil camiones y se dio cuenta de que los
preparativos habían terminado. El
cuadro de oficiales empezó a impartir
órdenes sobre el terreno de formación y
el soldado Player supo que la invasión,
por fin, estaba a punto de empezar.
Subió al transporte junto con todos
los demás soldados de su sección; no
pudo evitar el recordar la primera vez
que había sido conducido en un camión.
Cuando el reloj de una torre hizo sonar
una campanada en la madrugada del día
cinco, los soldados del North
Staffordshire salieron de los barracones
en un convoy militar. El soldado Player
levantó la vista hacia las estrellas y
calculó que debían de dirigirse hacia el
sur.
Viajaron durante toda la noche por
carreteras oscuras, apretando los rifles
con firmeza. Pocos hablaban. Todos
ellos se preguntaban si estarían vivos al
cabo de veinticuatro horas. Al cruzar
por Winchester, señales indicadoras
recién colocadas les dirigieron hacia la
costa. Otros también se habían estado
preparando para el 5 de junio. El
soldado Player comprobó su reloj.
Pasaban unos pocos minutos de las tres.
Continuaron interminablemente, sin tener
ni la menor idea de cuál sería su destino
final.
—Solo espero que alguien sepa
adónde vamos —susurró un cabo
sentado frente a él.
Transcurrió otra hora antes de que el
convoy se detuviera en el muelle de
Portsmouth. Una masa de cuerpos
descendió de un camión tras otro, y
formaron rápidamente en compañías, a
la espera de sus órdenes.
La sección de Player formó en tres
filas silenciosas; algunos de los hombres
se estremecieron ante el aire frío de la
noche, otros de temor, mientras todos
esperaban subir a bordo de la gran flota
de barcos que podían ver anclada en el
puerto, por delante de ellos. Una
división tras otra esperaba la orden de
embarcar. Debían cruzar los ciento
sesenta kilómetros de agua que se
extendían ante ellos, antes de ser
desembarcados en suelo francés.
El soldado Player recordó que la
última vez que había buscado un barco
fue para que lo alejara lo más posible de
los alemanes. En esta ocasión, al menos,
no tendría que aguardar, medio
sofocado, sobre un montón de sacos de
trigo por toda compañía.
Se escuchó un crujido por el sistema
de altavoces, y todo el mundo guardó
silencio sobre el muelle.
—Les habla el brigadier Hampson
—dijo una voz—. Estamos todos a punto
de embarcarnos en la Operación
Overlord, la invasión de Francia.
Hemos reunido la flota más grande de la
historia para llevarles al otro lado del
Canal. Serán apoyados por nueve
acorazados, veintitrés cruceros, ciento
cuatro destructores y setenta y una
corbetas, por no hablar de la gran
cantidad de barcos de la marina
mercante. Ahora, su comandante de
pelotón les transmitirá las órdenes.
El sol empezaba a salir cuando el
teniente Wakeham terminó de
informarles y dio al pelotón la orden de
embarcar en el Undaunted. Pocos
momentos después de haber subido a
bordo del destructor, los motores se
pusieron en marcha con un rugido e
iniciaron el zarandeado y agitado cruce
del Canal, sin saber todavía dónde
podían terminar.
Eisenhower, a pesar del consejo de
su meteorólogo jefe, había elegido una
noche de tiempo variable y durante la
primera media hora del agitado cruce
cantaron, bromearon y se contaron
historias improbables de conquistas
todavía más improbables. Cuando el
soldado Player les contó la historia de
cómo había perdido su virginidad con
una joven gitana, después de que esta le
sacara una bala alemana del hombro,
todos se echaron a reír, y el sargento
dijo que era la historia más inverosímil
que había escuchado hasta entonces.
El teniente Wakeham, que estaba
arrodillado en la proa del barco, levantó
de repente la palma de la mano derecha
y todo el mundo guardó silencio. Eso
sucedió momentos antes de que fueran
desembarcados en una playa inhóspita.
El soldado Player comprobó su equipo.
Llevaba una máscara antigás, un rifle,
dos cananas de munición, algunas
raciones básicas y una cantimplora llena
de agua. Era casi tan molesto como
sentirse con las esposas puestas. Cuando
el destructor echó el ancla, siguió al
teniente Wakeham fuera del barco y
descendió a la primera lancha anfibia.
Momentos después se dirigían hacia la
playa de Normandía. Al mirar a su
alrededor se dio cuenta de que muchos
de sus compañeros todavía estaban
aturdidos por el mareo. Cayó sobre
ellos una lluvia de fuego de
ametralladora y de granadas de mortero,
y el soldado Player vio a hombres de
otras lanchas que resultaban muertos o
heridos antes incluso de que llegaran a
la playa.
En cuanto la lancha quedó varada,
Player saltó sobre el costado, tras el
teniente Wakeham. A derecha e
izquierda, pudo ver a sus compañeros
que corrían playa arriba, bajo el fuego
graneado. El primer obús cayó a su
izquierda, antes de que hubieran
avanzado veinte metros. Segundos más
tarde vio a un cabo avanzar tambaleante
varios pasos después de que una ráfaga
de balas le atravesara el pecho. Su
instinto natural le indicaba que buscara
protección, pero no existía ninguna, y
obligó a sus piernas a seguir avanzando.
Continuó disparando, aunque no tenía ni
la menor idea de dónde estaban los
enemigos.
Ascendió por la playa, incapaz de
saber cuántos de sus camaradas caían
tras él pero, aquella mañana de junio, la
arena ya estaba cubierta de cuerpos.
Player no estuvo seguro de cuántas horas
tuvo que estar atascado en aquella playa,
pero por cada pocos metros que era
capaz de arrastrarse hacia adelante, se
pasaba al menos el doble de tiempo
inmóvil, mientras el fuego del enemigo
pasaba sobre su cabeza. Cada vez que se
incorporaba para avanzar, eran menos
los camaradas que se le unían. El
teniente Wakeham se detuvo finalmente
al llegar a la protección de los
acantilados, seguido de cerca por el
soldado Player. El joven oficial
temblaba tanto que tuvieron que
transcurrir algunos momentos antes de
que pudiera dar ninguna orden.
Cuando finalmente salvaron la playa,
el teniente Wakeham contó once de los
veintiocho hombres originales que había
en la lancha de desembarco. El operador
de radio le dijo que no debían detenerse,
ya que tenían órdenes de seguir
avanzando. Player era el único hombre
que parecía complacido. Durante las dos
horas siguientes se movieron lentamente
hacia el interior, en dirección al fuego
enemigo. Siguieron avanzando, a
menudo teniendo como única protección
setos y zanjas, y los hombres caían casi
a cada paso que daban. No se les
permitió descansar hasta que casi hubo
desaparecido el sol. Se estableció
rápidamente un campamento, pero
fueron pocos los que pudieron dormir,
mientras seguían resonando los cañones
del enemigo. Mientras algunos jugaban a
las cartas, otros descansaban. Los
muertos, en cambio, permanecían
quietos.
Pero el soldado Player quería ser el
primero en encontrarse frente a frente
con los alemanes. Cuando estuvo seguro
de que nadie le observaba, salió
sigilosamente de la tienda y avanzó en
dirección del enemigo, utilizando como
guía únicamente los fogonazos de sus
armas. Después de cuarenta minutos de
correr, caminar agachado y gatear, oyó
el sonido de voces alemanas. Rodeó lo
que parecía ser su campamento de
vanguardia, hasta que distinguió a un
soldado alemán que hacía sus
necesidades entre unos arbustos. Se
arrastró en silencio hasta quedar situado
por detrás de él y justo en el momento en
que el hombre se agachaba para subirse
los pantalones, Player saltó sobre él. Le
rodeó el cuello con un brazo, se lo
retorció con un violento giro y le rompió
las vértebras. Luego dejó el cuerpo entre
los arbustos. Le quitó al alemán la chapa
de identidad y el casco y regresó hacia
su campamento.
Debía de estar a unos cien metros de
distancia, cuando una voz le preguntó:
—¿Quién anda ahí?
—Pequeña capucha roja de jinete —
contestó Player, recordando a tiempo la
contraseña.
—Avanza e identifícate.
Player avanzó unos pocos pasos y,
de pronto, notó la punta de una bayoneta
en la espalda y una segunda en el cuello.
Sin decir una sola palabra más lo
condujeron a la tienda del teniente
Wakeham. El joven oficial escuchó con
atención lo que tuvo que contar Player, y
solo le interrumpió para comprobar
alguna información.
—Muy bien, Player —dijo el
teniente una vez que el explorador por
su cuenta hubo terminado su informe—.
Quiero que trace un mapa exacto del
lugar donde está acampado el enemigo.
Necesito detalles del terreno, distancia,
número de soldados, cualquier cosa que
recuerde y que nos ayude una vez que
iniciemos el avance. Una vez que haya
terminado, procure dormir un poco.
Tendrá que actuar como nuestro guía en
cuanto reanudemos el avance, al
amanecer.
—¿Debo imponerle un castigo por
haber abandonado el campamento sin
permiso de un oficial? —preguntó el
sargento de servicio.
—No —contestó Wakeham—.
Emitiré una orden de la compañía, con
efectos inmediatos, para que Player sea
nombrado cabo.
El cabo Player sonrió y regresó a su
tienda. Pero antes de acostarse a dormir,
se cosió dos galones en cada manga del
uniforme.

A medida que el regimiento avanzó


lentamente, kilómetro tras kilómetro,
adentrándose cada vez más
profundamente en Francia, Player
continuó efectuando salidas por detrás
de las líneas, y siempre regresaba con
información vital. Su mejor hazaña fue
cuando regresó acompañado por un
oficial alemán, al que había pillado con
los pantalones bajados.
Al teniente Wakeham le impresionó
el hecho de que Player hubiera podido
capturar a aquel hombre, y mucho más
cuando inició el interrogatorio y
descubrió que el cabo también era capaz
de actuar como intérprete.
A la mañana siguiente asaltaron el
pueblo de Orbec, del que se apoderaron
a la caída de la noche. El teniente envió
un despacho a su cuartel general, para
comunicar que la información obtenida
por el cabo Player había permitido
acortar la batalla.

Tres meses después de que el soldado


Player desembarcara en una playa de
Normandía, el regimiento North
Staffordshire desfiló por los Champs
Élysées, y el recién ascendido sargento
Player solo pensaba en una cosa: cómo
encontrar a una mujer que se sintiera
feliz de pasar con él sus tres noches de
permiso o, si tenía suerte suficiente, a
tres mujeres que pasaran una noche cada
una en su compañía.
Pero antes de que les dieran permiso
para visitar la ciudad, a todos los
suboficiales se les dijo que tenían que
presentarse ante el comité de bienvenida
para el personal aliado, que les
aconsejaría acerca de cómo orientarse
en París. El sargento Player no pudo
imaginar un mayor desperdicio de su
tiempo. Sabía exactamente cómo cuidar
de sí mismo en cualquier capital
europea. Lo único que deseaba era que
lo soltaran, antes que los soldados
estadounidenses le pusieran las manos
encima a toda mujer menor de cuarenta
años.
Al llegar al cuartel general del
comité, un edificio requisado situado en
la Place de la Madeleine, ocupó su
puesto en la fila de espera para recibir
una carpeta con información acerca de
lo que se esperaba de él mientras
estuviera en territorio aliado, cómo
localizar la Torre Eiffel, qué clubes y
restaurantes se encontraban al alcance
de su paga, cómo evitar el contraer una
enfermedad venérea. Parecía como si
todos aquellos consejos fueran dados
por un grupo de damas de edad media
que posiblemente no habían visto el
interior de un club nocturno durante los
últimos veinte años.
Cuando finalmente le llegó el turno,
se quedó como hipnotizado, incapaz de
pronunciar una sola palabra en ningún
idioma. Una delgada joven, de
profundos ojos pardos y ensortijado
cabello negro estaba sentada tras de una
mesa montada sobre un caballete y le
sonreía al alto y tímido sargento. Le
entregó su carpeta, pero él no se movió.
—¿Tiene alguna pregunta qué hacer?
—le preguntó ella en inglés, con un
fuerte acento francés.
—Sí —contestó—. ¿Cómo se llama
usted?
—Charlotte —dijo ella,
ruborizándose, a pesar de que a lo largo
del día ya le habían hecho esa misma
pregunta por lo menos una docena de
veces.
—¿Es usted francesa? —preguntó
Player.
Ella asintió con un gesto.
—Termine ya de una vez, sargento
—le pidió el cabo situado tras él.
—¿Tiene algo que hacer durante los
tres próximos días? —preguntó Player
en francés.
—No gran cosa. Pero estoy de
servicio durante las dos próximas horas.
—Entonces la esperaré —afirmó.
Se volvió y se sentó en un banco de
madera situado contra la pared. Durante
los 120 minutos siguientes, la mirada de
John Player raras veces se apartó de la
joven de cabello ensortijado y moreno,
excepto para comprobar el lento avance
del minutero del gran reloj que colgaba
de la pared, por detrás de ella. Le alegró
haber esperado, sin sugerir que volvería
más tarde, porque durante aquellas dos
horas vio a algunos otros soldados que
se inclinaban hacia ella y le hacían
exactamente la misma pregunta que él le
había planteado. En cada ocasión, la
joven se volvía a mirar al sargento, le
sonreía y negaba con un gesto de la
cabeza. Después de transmitir sus
responsabilidades a una matrona de
edad media, se acercó a donde él
esperaba. Ahora le tocó a ella hacerle
una pregunta.
—¿Qué le gustaría hacer primero?
No se lo dijo, pero se mostró
felizmente de acuerdo en que le
enseñara París.
Durante los tres días siguientes,
apenas se apartó del lado de Charlotte,
excepto cuando ella regresaba a su
pequeño piso, a primeras horas de la
madrugada. Subió a la Torre Eiffel,
paseó por las orillas del Sena, visitó el
Louvre e hizo caso de la mayoría de los
consejos incluidos en su carpeta, lo que
significó verse acompañados por casi
tres regimientos de soldados solos que
eran incapaces de ocultar la expresión
de envidia de sus rostros cada vez que
se cruzaban con ellos.
Comieron en restaurantes
abarrotados, bailaron en clubes
nocturnos tan atestados que apenas si
pudieron moverse, y hablaron de todo
excepto de la guerra que les obligaba a
no disponer más que de tres preciosos
días para estar juntos. Mientras tomaban
café en el Hotel Cancelier, Player le
habló de su familia, a la que había
dejado en Douski y a la que no había
visto desde hacía cuatro años.
Pasó a describirle todo lo que le
había ocurrido desde que escapó de
Checoslovaquia, y solo dejó de lado la
experiencia con Mari. Ella le habló de
su vida en Lyon, donde sus padres eran
propietarios de una pequeña verdulería,
y de lo feliz que se sintió cuando los
aliados volvieron a ocupar su querida
Francia. Pero solo anhelaba que
terminase la guerra.
—Pero no antes de que haya ganado
la Cruz Victoria —le dijo él.
Ella se estremeció, porque había
leído que muchos de los que la recibían
eran condecorados a título póstumo.
—Pero ¿qué harás cuando termine la
guerra?
Esta vez, él vaciló porque ella había
encontrado finalmente una pregunta para
la que no tenía respuesta.
—Regresar a Inglaterra, donde me
haré rico.
—¿Haciendo qué? —preguntó ella.
—No será vendiendo periódicos, de
eso puedes estar segura —contestó.
Durante aquellos tres días y noches,
solo durmieron unas pocas horas…, los
únicos momentos en que se separaban.
Finalmente, al despedirse de
Charlotte ante la puerta de su pequeño
piso, le prometió:
—Regresaré en cuanto hayamos
ocupado Berlín.
La expresión del rostro de Charlotte
se derrumbó mientras veía alejarse al
hombre del que se había enamorado;
muchas de sus amigas le habían
advertido que, una vez que los soldados
se marchaban, ya nunca se les volvía a
ver. Y demostraron tener razón, porque
Charlotte Reville nunca volvió a ver a
John Player.

El sargento Player firmó su entrada en el


puesto de guardia apenas minutos antes
de que se pasara revista. Se afeitó
rápidamente, se cambió de camisa y al
comprobar las órdenes de la compañía,
descubrió que el oficial de mando
deseaba que se presentara en su
despacho a las nueve de la mañana.
El sargento Player entró en el
despacho, se puso firmes y saludó
exactamente en el momento en que el
reloj de la plaza hacía sonar las nueve
campanadas. Se le ocurrieron cien
razones distintas por las que el
comandante deseaba verle, pero ninguna
de ellas resultó ser cierta.
El coronel levantó la mirada,
sentado tras la mesa.
—Lo siento, Player, pero tendrá
usted que abandonar el regimiento —
dijo con voz suave.
—¿Por qué, señor? —preguntó
Player con incredulidad—. ¿Qué he
hecho mal?
—Nada —fue la contestación,
acompañada por una risa—. Nada en
absoluto. Antes al contrario. Mi
recomendación para que reciba usted la
graduación de oficial acaba de ser
ratificada por el alto mando. En
consecuencia, será necesario que pase
usted a otro regimiento, de modo que
pueda ponerse al frente de hombres con
los que no haya servido recientemente
como soldado.
El sargento Player permaneció
firmes, con la boca abierta.
—Me limito a cumplir con el
reglamento del ejército —explicó el
oficial de mando—. Naturalmente, el
regimiento echará de menos sus
habilidades y experiencias particulares.
Pero no me cabe la menor duda de que
volveremos a oír hablar de usted en el
futuro. Lo único que puedo hacer ahora,
Player, es desearle la menor suerte del
mundo en su nuevo regimiento.
—Gracias, señor —dijo él,
suponiendo que la entrevista había
terminado—. Muchas gracias.
Estaba a punto de saludar para
despedirse, cuando el coronel añadió:
—¿Me permite darle un consejo
antes de que pase a integrarse en su
nuevo regimiento?
—Desde luego, señor, por favor —
contestó el recientemente ascendido
teniente.
—John Player es un nombre un tanto
ridículo. Cámbieselo antes de que los
hombres que estén a sus órdenes se
burlen por eso a sus espaldas.

A las siete de la mañana siguiente, el


segundo teniente Richard Ian Armstrong
se presentó en el cuarto de oficiales del
Regimiento del Rey.
Mientras cruzaba la explanada de
formación de filas con su nuevo
uniforme hecho a medida, tardó unos
pocos minutos en acostumbrarse a que lo
saludara todo soldado con el que se
cruzaba. Al llegar y sentarse a la mesa
para desayunar con sus camaradas
oficiales, miró atentamente para
observar cómo sostenían los cuchillos y
tenedores que manejaban. Después del
desayuno, del que comió poco, se
presentó ante el coronel Oakshott, su
nuevo oficial de mando. Oakshott era un
hombre de rostro abotargado y actitud
campechana y afable que, después de
darle la bienvenida, le dejó bien claro
que ya había oído hablar de la fama del
joven teniente en el campo de batalla.
Richard, o Dick, como no tardó en
ser conocido entre sus compañeros
oficiales, disfrutó al saberse parte de un
regimiento tan antiguo como famoso.
Pero todavía disfrutó más al ser un
oficial británico, con un acento claro y
resuelto que traicionaba sus orígenes.
Había recorrido un largo camino desde
aquellas dos habitaciones atestadas en la
pequeña casa familiar de Douski.
Sentado frente a la chimenea encendida,
en la sala de oficiales del Regimiento
del Rey, mientras tomaba una copa de
oporto, no veía razón alguna para que no
pudiera recorrer un camino mucho más
largo.

Todos los oficiales del Regimiento del


Rey no tardaron en enterarse de las
pasadas hazañas del teniente Armstrong,
y al avanzar su regimiento hacia
territorio alemán, su valentía y ejemplo
en el campo de batalla convencieron,
incluso a los más escépticos, de que
nada de todo aquello había sido
inventado. Pero incluso su propia
sección quedó asombrada por el valor
que desplegó en las Ardenas, apenas
tres semanas después de que entrara a
formar parte del regimiento.
El grupo de vanguardia, al mando de
Armstrong, entró con precaución en las
afueras de un pequeño pueblo, con la
impresión de que los alemanes ya se
habían retirado para fortificar sus
posiciones en las colinas que lo
dominaban. Pero la patrulla de
Armstrong había avanzado apenas unos
pocos cientos de metros por la calle
principal del pueblo cuando se encontró
ante una barrera de fuego enemigo. El
teniente Armstrong, únicamente armado
con una pistola automática y una granada
de mano, identificó inmediatamente de
dónde procedía el fuego alemán y «con
despreocupación por su propia vida»,
según el parte que describió más tarde
su acción, se lanzó a la carga contra los
refugios subterráneos del enemigo.
Disparó y mató a los tres soldados
alemanes que ocupaban el primer
refugio, incluso antes de que su sargento
pudiera llegar a su lado. Luego, avanzó
hacia la segunda posición, lanzó hacia
ella la única granada de mano que tenía,
y mató a otros dos soldados. Una
bandera blanca apareció entonces en el
tercer refugio, y tres jóvenes soldados
alemanes salieron lentamente de su
escondite, con las manos en alto. Uno de
ellos avanzó un paso y sonrió.
Armstrong le devolvió la sonrisa y le
disparó en la cabeza. Los otros dos
alemanes se volvieron hacia él, con una
expresión suplicante, al tiempo que su
camarada se derrumbaba sobre el suelo.
Armstrong no dejó de sonreír mientras
les disparaba a los dos en el pecho.
El jadeante sargento llegó corriendo
a su lado. El joven teniente se giró en
redondo hacia él, sin haber perdido la
sonrisa. El sargento observó los cuerpos
sin vida. Armstrong se enfundó la
pistola y dijo:
—No se puede correr ningún riesgo
con estos bastardos.
—No, señor —asintió el sargento
tranquilamente.

Aquella noche, una vez montado el


campamento, Armstrong requisó una
motocicleta alemana y regresó a toda
velocidad a París para pasar un permiso
de dos días. A las siete de la mañana del
día siguiente se encontraba ante la
puerta del piso de Charlotte.
Cuando la portera le dijo que un tal
teniente Armstrong esperaba para verla,
Charlotte contestó que no conocía a
nadie por ese nombre, y supuso que no
sería más que otro oficial que esperaba
a que le enseñara París. Pero al ver
quién era, le echó los brazos al cuello y
no salieron de su habitación durante el
resto del día y de la noche. La portera se
quedó atónita, a pesar de ser francesa.
—Sé que hay una guerra —le
comentó a su marido—, pero ni siquiera
se conocían de antes.
Antes de dejar a Charlotte para
regresar al frente, el domingo por la
noche, Dick le dijo que, cuando
regresara, ya habrían ocupado Berlín, y
que entonces se casarían. Luego, subió a
la motocicleta y se alejó. Ella se quedó
junto a la ventana del pequeño piso,
vestida únicamente con el camisón, y lo
vio alejarse hasta que lo perdió de vista.
—A menos que te maten antes de que
caiga Berlín, cariño.

El Regimiento del Rey fue uno de los


elegidos para avanzar sobre Hamburgo,
y Armstrong deseaba ser el primer
oficial en entrar en la ciudad. La ciudad
cayó finalmente, después de tres días de
feroz resistencia.
A la mañana siguiente, el mariscal
de campo sir Bernard Montgomery entró
en la ciudad y se dirigió a las tropas
combinadas desde la parte posterior de
su jeep. Describió la batalla como
decisiva, y les aseguró que la guerra ya
no duraría mucho más y que todos
regresarían a sus casas. Después de que
los hombres vitorearan a su comandante
en jefe, él descendió del jeep e impuso
medallas por actos de valentía. Entre los
condecorados con la Cruz Militar estaba
el capitán Richard Armstrong.
Dos semanas más tarde, el general
Jodl firmó la rendición incondicional de
los alemanes, que Eisenhower aceptó.
Al día siguiente, el capitán Richard
Armstrong, Cruz Militar, obtuvo una
semana de permiso. Dick volvió a tomar
la motocicleta, regresó a París y llegó
ante el viejo edificio donde vivía
Charlotte poco antes de la medianoche.
Esta vez, la portera le permitió subir
directamente a su piso.
A la mañana siguiente, Charlotte,
con un vestido blanco, y Dick, con su
traje de gala, se dirigieron al
ayuntamiento del distrito, de donde
salieron treinta minutos más tarde,
convertidos en el capitán y la señora
Armstrong, acompañados por la portera,
que actuó de testigo. La mayor parte de
los tres días de luna de miel la pasaron
en el pequeño piso de Charlotte. Antes
de despedirse de ella para regresar a su
regimiento, Dick le dijo que, ahora que
la guerra había terminado, tenía la
intención de pedir la baja del ejército,
llevarla a Inglaterra y construir allí un
gran imperio empresarial.

—¿Tiene usted planes ahora que ha


terminado la guerra? —le preguntó el
coronel Oakshott.
—Sí, señor. Tengo la intención de
regresar a Inglaterra y buscar un trabajo
—contestó Armstrong.
Oakshott abrió la carpeta de color
ante que tenía delante, sobre la mesa.
—Es posible que tenga algo para
usted aquí, en Berlín.
—¿Para hacer qué, señor?
—El alto mando busca a la persona
adecuada para hacerse cargo del PRISC,
y creo que es usted el candidato ideal
para ocupar ese puesto.
—¿Qué diantres es…?
—Servicios de Control de
Relaciones Públicas e Información. El
trabajo parece hecho a la medida para
usted. Buscamos a alguien que pueda
presentar los intereses británicos con
capacidad de persuasión y asegurarse al
mismo tiempo de que la prensa no se
haga ninguna idea equivocada. Ganar la
guerra fue una cosa, pero convencer al
mundo exterior de que tratamos al
enemigo con ecuanimidad va a ser algo
mucho más difícil. Los estadounidenses,
rusos y franceses nombrarán a sus
propios representantes, de modo que
necesitamos a alguien que pueda
comunicarse bien con ellos y tenernos
informados. Usted habla varios idiomas
y posee todas las calificaciones que
exige el trabajo. Además, Dick, no tiene
usted familia en Inglaterra que le espere.
Armstrong asintió con un gesto. Tras
un momento de silencio, preguntó:
—Citando a Montgomery, ¿qué
armas me proporcionará para realizar el
trabajo, señor?
—Un periódico —contestó Oakshott
—. Der Telegraf es uno de los diarios
de la ciudad. Actualmente lo hace
funcionar un alemán llamado Arno
Schultz. Nunca deja de quejarse y afirma
que no puede mantener su imprenta en
funcionamiento, tiene preocupaciones
constantes acerca de la escasez de papel
y por los cortes de suministro eléctrico
que se producen constantemente.
Deseamos que Der Telegraf salga a la
calle cada día, y que comunique nuestros
puntos de vista. No se me ocurre pensar
en nadie más que usted para asegurarnos
de que eso suceda así.
—Der Telegraf no es el único
periódico en Berlín —dijo Armstrong.
—En efecto, no lo es —contestó el
coronel—. Otro alemán dirige Der
Berliner, en el sector estadounidense, lo
que no es más que una razón añadida
para que Der Telegraf necesite ser un
éxito. Por el momento, Der Berliner
vende el doble de ejemplares que Der
Telegraf una situación a la que, como
puede imaginar, nos gustaría darle la
vuelta.
—¿Y qué clase de autoridad tendría?
—Se le daría plena autoridad. Puede
establecer su propio despacho y elegir a
su personal, con tanta gente como le
parezca necesario para realizar el
trabajo. En la oferta se incluye un piso,
lo que significa que puede usted traer a
su esposa. —Oakshott hizo una pausa—.
¿Le gustaría disponer, quizá, de un poco
de tiempo para pensárselo, Dick?
—No necesito tiempo para
pensármelo, señor. —El coronel enarcó
una ceja y lo miró—. Estaré encantado
de aceptar el trabajo.
—Buena decisión. Empiece por
establecer contactos. Procure conocer a
cualquiera que le pueda ser útil. Si se
encuentra con algún problema, dígale a
la persona de que se trate que se ponga
en contacto conmigo. Si los obstáculos
le parecen infranqueables, las palabras
«Comisión de Control Aliado» suele
engrasar hasta los engranajes más
inamovibles.
El capitán Armstrong solo necesitó
una semana para requisar las oficinas
adecuadas, en el corazón del sector
británico, gracias, en parte, a que utilizó
las palabras «Comisión de Control» a
cada pocas frases que empleaba. Tardó
un poco más en encontrar y comprometer
a un personal de once miembros para
que dirigiera la oficina, puesto que las
mejores personas trabajaban ya para la
Comisión. Empezó por pescar a Sally
Carr, secretaria de un general, a quien se
la arrebató, y que antes de la guerra
había trabajado en el Daily Chronicle,
en Londres.
Una vez que Sally se instaló en el
despacho, todo empezó a funcionar en el
término de pocos días. El siguiente
golpe de mano de Armstrong lo dio al
descubrir que el teniente Wakeham se
hallaba estacionado en Berlín,
trabajando en el departamento de
asignación de transportes; Sally le dijo
que Wakeham ya estaba aburrido de
ocupar su tiempo rellenando documentos
de viaje. Armstrong le ofreció ser su
segundo de a bordo y, ante su sorpresa,
su antiguo oficial superior aceptó
encantado. Tardó algunos días en
acostumbrarse a llamarlo Peter.
Armstrong completó su equipo con
un sargento, un par de cabos y media
docena de soldados del Regimiento del
Rey, que poseían las calificaciones que
necesitaba. Todos ellos eran antiguos
vendedores de periódicos del East End
de Londres. Eligió al más avispado de
ellos, el soldado Reg Benson, para que
fuera su chófer. El siguiente movimiento
consistió en requisar un piso en la
Paulstrasse, previamente ocupado por un
brigadier que ahora regresaba a
Inglaterra. Una vez que el coronel firmó
la documentación necesaria, Armstrong
le pidió a Sally que enviara un
telegrama a Charlotte, a París.
—¿Qué desea decirle? —preguntó
ella tras pasar una página de su
cuaderno de notas.
—Encontrado alojamiento adecuado.
Recoge todo y ven inmediatamente. —
Mientras Sally anotaba el mensaje,
Armstrong se levantó—. Me voy al Der
Telegraf para ver cómo le van las cosas
a Arno Schultz. Ocúpese de que todo
funcione bien hasta que yo regrese.
—¿Qué quiere que haga con esto? —
preguntó Sally, que le entregó una carta.
—¿De qué se trata? —preguntó tras
echarle un breve vistazo.
—Es de un periodista de Oxford que
desea visitar Berlín y escribir acerca de
cómo tratan los británicos a los
alemanes bajo la ocupación.
—Condenadamente bien —dijo
Armstrong al llegar a la puerta—. Pero
supongo que será mejor que acuerde una
cita con él para que venga a verme.
El juicio de Nuremberg: la
culpabilidad de Goeringes
única en su enormidad
10

A l llegar al Worcester College de


Oxford para estudiar política,
filosofía y economía, la primera
impresión que tuvo Keith Townsend de
Inglaterra se correspondió con todo lo
que había esperado encontrar:
complacencia, esnobismo, pompa y un
país todavía inmerso en la era
victoriana. Se era un oficial o se
pertenecía a otras categorías, y puesto
que él llegaba de las colonias, no le
dejaron abrigar la menor duda acerca de
en qué categoría encajaba.
Casi todos sus compañeros
estudiantes parecían ser una versión en
joven del señor Jessop, y al final de la
primera semana a Keith ya le habría
gustado regresar a casa, de no haber
sido por su tutor universitario. El doctor
Howard no podía ofrecer mayor
contraste con respecto a su antiguo
director, y no demostró la menor
sorpresa cuando, mientras tomaban una
copa de jerez en su habitación, el joven
australiano le comentó lo mucho que
despreciaba el sistema británico de
clases, todavía perpetuado por la
mayoría de pregraduados. Hasta evitó
hacer comentario alguno sobre el busto
de Lenin que Keith había colocado en el
centro de la repisa de la chimenea,
precisamente allí donde el año anterior
había visto un busto de lord Salisbury.
El doctor Howard no disponía de
ninguna solución inmediata para el
problema de las clases. El único
consejo que pudo darle a Keith fue que
acudiera a lo que llamaban la Feria de
Alumnos de Primer Año, donde se
enteraría de todo lo que necesitaba
saber sobre clubes y sociedades en las
que podían ingresar los pregraduados, y
quizá encontrar algo que fuera de su
gusto.
Keith hizo caso de la sugerencia del
doctor Howard y empleó la mañana
siguiente en enterarse de por qué debía
hacerse miembro del Club de Remo, la
Sociedad Filatélica, la Sociedad
Teatral, el Club de Ajedrez, el Cuerpo
de Entrenamiento de Oficiales y, sobre
todo, el periódico estudiantil. Pero,
después de haber conocido al recién
nombrado director del Cherwell, y
enterarse de sus puntos de vista acerca
de cómo dirigir el periódico, decidió
concentrarse en la política. Rellenó los
formularios de solicitud de ingreso en el
Sindicato de Oxford y en el Club
Laborista.
El martes siguiente, Keith averiguó
la forma de llegar al Bricklayers’Arms,
donde el barman le indicó la escalera
que conducía a la pequeña habitación
del piso superior, donde se reunía el
Club Laborista.
Rex Siddons, el presidente del club,
se mostró inmediatamente receloso ante
la presencia de Keith, e insistió en
tratarlo desde el principio con cierta
distancia. Townsend mostraba todas las
características de un tory conservador
tradicional: un padre con un título,
educación en una escuela exclusiva, una
asignación privada y hasta un Magnette
MG de segunda mano.
Pero, a medida que transcurrieron
las semanas y los miembros del Club
Laborista se vieron sometidos cada
martes a la exposición de los puntos de
vista de Keith sobre la monarquía, las
escuelas privadas, el sistema de honores
y el elitismo de Oxford y Cambridge,
terminó por ser conocido como
camarada Keith. Uno o dos de ellos
terminaron por visitarlo en su cuarto
después de las reuniones, para discutir
hasta altas horas de la noche cómo
podían cambiar el mundo una vez que
salieran de «este terrible lugar».
Durante el primer trimestre, a Keith
le sorprendió descubrir que no era
automáticamente castigado, o incluso
reprendido si no asistía a una clase, o si
no acudía a ver a su tutor para leerle el
trabajo semanal que tenía que
presentarle. Tardó varias semanas en
acostumbrarse a un sistema que se
basaba exclusivamente en la
autodisciplina y, a finales del primer
trimestre su padre ya le amenazaba con
cortarle la asignación en el caso de que
no hincara los codos, y hasta de hacerle
regresar a casa para ponerlo a trabajar.
Durante el segundo trimestre, Keith
se acostumbró a escribirle una larga
carta a su padre cada viernes, para
detallarle el trabajo realizado, lo que
pareció impulsar el flujo de su
inventiva. Llegó incluso a aparecer de
vez en cuando por las clases, donde se
concentró en tratar de perfeccionar un
sistema de ruleta, y a las reuniones con
el tutor, en las que tuvo que hacer
grandes esfuerzos para permanecer
despierto.
Durante el trimestre del verano,
Keith descubrió Cheltenham,
Newmarket, Ascot, Doncaster y Epsom,
y de ese modo tuvo la seguridad de que
nunca dispondría de dinero suficiente
para comprarse una camisa nueva o
incluso un par de calcetines.
Durante las vacaciones tuvo que
tomar algunas de sus comidas en la
estación de tren que, debido a su
proximidad a Worcester, fue habilitada
por algunos pregraduados como cantina
del colegio. Una noche, después de
haber bebido demasiado en el
Bricklayers’Arms, Keith pintarrajeó en
la pared del siglo dieciocho del
Worcester: «C’est magnifique, mais ce
n’est pas la gare».
Al final de su primer año de estudios
Keith tenía pocas cosas que demostraran
su aprovechamiento durante los doce
meses pasados en la universidad, aparte
de un pequeño grupo de amigos que,
como él, estaban decididos a cambiar el
sistema en beneficio de la mayoría en
cuanto terminaran sus estudios
universitarios.
Su madre, que le escribía con
regularidad, le sugirió que aprovechara
estas primeras vacaciones para viajar
por Europa, ya que quizá nunca se le
presentara otra oportunidad de hacerlo.
Keith siguió su consejo y planificó una
ruta a la que se habría atenido si no se
hubiera tropezado con el redactor jefe
de crónicas del Oxford Mail mientras
tomaba una copa en el pub local.

Querida madre:
Acabo de recibir tu carta con
ideas sobre lo que debería hacer
durante las vacaciones. Tenía la
intención de seguir tu consejo y
recorrer la costa francesa, para
terminar quizá en Deauville, pero
eso fue antes de que el redactor
jefe de crónicas del Oxford Mail
me ofreciera la oportunidad de
visitar Berlín.
Quieren que escriba cuatro
artículos de mil palabras sobre la
vida en la Alemania ocupada
bajo las fuerzas aliadas, y que
luego vaya a Dresden para
informar sobre la reconstrucción
de la ciudad. Me ofrecen veinte
guineas por cada artículo, a su
entrega. Debido al estado
precario de mis finanzas, por
culpa mía, no vuestra, Berlín ha
tenido precedencia sobre
Deauville.
Si en Alemania encuentro
postales, te enviaré una, junto
con las copias de los artículos
para consideración de papá. ¿Es
posible que el Courier se interese
por ellos?
Siento mucho no poder veros
este verano. Con cariño,
Keith

Una vez terminado el curso, Keith


tomó la misma dirección que otros
muchos estudiantes. Condujo su MG
hasta Dover, donde tomó el
transbordador a Calais. Pero mientras
que los demás desembarcaban para
iniciar sus viajes por las ciudades
históricas del continente, él dirigió su
turismo descapotable hacia el noreste,
en dirección a Berlín. Hacía tanto calor
que, por primera vez, pudo mantener
bajada la suave capota del coche.
Mientras conducía por las tortuosas
carreteras de Francia y Bélgica, veía
por todas partes las señales que
indicaban el poco tiempo transcurrido
desde que Europa estuvo en guerra.
Setos y campos mutilados allí donde los
tanques habían ocupado el lugar de los
tractores, granjas bombardeadas que se
encontraron entre los ejércitos que
avanzaban y se retiraban, y ríos
cubiertos de oxidado equipo militar. Al
pasar ante cada edificio bombardeado y
por entre kilómetros y kilómetros de
paisajes devastados, se le hizo cada vez
más atractiva la idea de Deauville, con
su casino y su hipódromo.
Una vez que se hizo demasiado
oscuro para evitar los baches en la
carretera, Keith la abandonó y condujo
unos pocos cientos de metros hasta un
camino tranquilo. Aparcó en la cuneta y
cayó rápidamente en un profundo sueño.
Le despertó, todavía de noche, el sonido
de los camiones que se dirigían
pesadamente hacia la frontera alemana,
y tomó una nota en su cuaderno: «El
ejército parece levantarse sin la menor
consideración para con el movimiento
del sol». Tuvo que hacer girar dos o tres
veces la llave de contacto antes de que
el motor se pusiera en marcha. Se frotó
los ojos, hizo girar el MG y regresó a la
carretera principal, tratando de recordar
que debía mantenerse en el lado derecho
de la calzada.
Llegó a la frontera un par de horas
más tarde, y tuvo que esperar en una
larga cola: cada persona que deseaba
entrar en Alemania era registrada
meticulosamente. Finalmente, llegó ante
un oficial de aduanas que revisó su
pasaporte. Al descubrir que Keith era
australiano, se limitó a hacerle un
cáustico comentario sobre Donald
Bradman y le hizo señas para que
siguiera su camino.
Nada de lo que Keith había oído o
leído le preparó para la experiencia de
encontrarse con una nación derrotada.
Su avance se hizo más y más lento a
medida que las grietas de la carretera se
convertían en baches y los baches en
cráteres. Pronto le resultó imposible
avanzar más de unos pocos cientos de
metros sin tener que conducir como si
estuviera en un autito de choque en un
parque de atracciones junto al mar. Y en
cuanto lograba acelerar por encima de
los sesenta kilómetros por hora, se veía
obligado a pararse en la cuneta para dar
paso a otro convoy de camiones, el
último de los cuales llevaba estrellas en
sus portezuelas, que pasaba junto a él
por el centro de la calzada.
Decidió aprovechar una de esas
paradas imprevistas y comer en una
posada que vio junto a la carretera. La
comida era incomestible, la cerveza
floja, y las miradas hoscas del posadero
y de sus clientes le dejaron bien claro
que allí no se le recibía bien. Ni
siquiera se molestó en pedir un segundo
plato. Pagó rápidamente y se marchó.
Avanzó lentamente hacia la capital
alemana, kilómetro tras kilómetro, y
llegó a las afueras de la ciudad pocos
minutos antes de que se encendieran las
lámparas de gas. Empezó a buscar
inmediatamente un pequeño hotel por
entre las calles secundarias. Sabía que,
cuanto más se acercara al centro, con
menos probabilidad podría permitirse
pagar el precio.
Finalmente, encontró una pequeña
casa de huéspedes en la esquina de una
calle bombardeada. La casa se mantenía
en pie, como si de algún modo no se
hubiera visto afectada por todo lo
ocurrido a su alrededor. Pero esa ilusión
se disipó en cuanto abrió la puerta
principal. El sombrío vestíbulo estaba
iluminado por una sola vela, y un
conserje con pantalones muy holgados y
una camisa gris se hallaba sentado tras
un mostrador, con expresión
malhumorada. Efectuó pocos intentos
por responder a los esfuerzos de Keith
por conseguir una habitación. Keith solo
sabía unas pocas palabras de alemán, de
modo que finalmente levantó la mano
abierta, con la esperanza de que el
conserje comprendiera que deseaba
quedarse cinco noches.
El hombre asintió con un gesto, de
mala gana; tomó una llave del gancho de
un tablero, por detrás de él y condujo a
su huésped por una escalera sin
alfombra, hasta una habitación situada
en un rincón del segundo piso. Keith
dejó la bolsa que llevaba en el suelo y
contempló la pequeña cama, la única
silla, la cómoda a la que le faltaban tres
manijas de ocho, y la destartalada mesa.
Cruzó la habitación y miró por la
ventana hacia los montones de cascotes;
no pudo dejar de pensar en el sereno
estanque de patos que se contemplaba
desde su habitación en el colegio. Se
volvió para dar las gracias, pero el
conserje ya se había marchado.
Después de sacar sus cosas de la
bolsa, Keith acercó la silla a la mesa,
junto a la ventana, y durante un par de
horas, y sintiéndose culpable por
asociación, se dedicó a escribir sus
primeras impresiones de la nación
derrotada.

Keith despertó a la mañana siguiente en


cuanto el sol entró por la ventana sin
cortinas. Tardó algún tiempo en lavarse
en un lavabo sin tapón y por cuyo grifo
solo surgía un hilillo de agua fría.
Decidió no afeitarse. Se vistió, bajó al
vestíbulo y abrió varias puertas, en
busca de la cocina. Una mujer situada
delante de un horno se volvió y hasta
consiguió dirigirle una sonrisa. Luego,
le indicó que se sentara ante una mesa.
En su dificultoso inglés, le explicó
que había escasez de todo, excepto de
harina. Le puso delante dos grandes
rebanadas de pan cubiertas con una
tenue sugerencia de lo que debía de ser
mermelada. Le dio las gracias y se vio
recompensado con una sonrisa. Después
de tomar un segundo vaso de lo que se le
aseguró que era leche, regresó a su
habitación, se sentó al borde de la cama,
comprobó la dirección donde tendría
que efectuarse la entrevista, y luego trató
de encontrarla en un mapa desfasado de
la ciudad, que había encontrado en
Blackwell’s, de Oxford. Al salir del
hotel pasaban unos pocos minutos de las
ocho, pero no era una cita a la que
quisiera llegar tarde.
Keith ya había decidido organizar su
tiempo de modo que pudiera pasar por
lo menos un día en cada sector de la
ciudad dividida; tenía la intención de
visitar el sector ruso en último lugar,
para poder compararlo con los tres
controlados por los aliados. Por lo que
había visto hasta el momento, supuso
que solo podía ser mejor, y sabía que
eso complacería a sus compañeros del
Club Laborista de Oxford, convencidos
de que el «Tío Joe» estaba realizando
mucho mejor trabajo que Attlee, Auriol
y Truman juntos, a pesar de que lo
máximo que habían viajado la mayoría
de ellos hacia el este no iba más allá de
Cambridge.
Keith se detuvo varias veces para
preguntar la dirección de la
Siemensstrasse. Finalmente, encontró el
cuartel general de los Servicios
Británicos de Relaciones Públicas y
Control de la Información. Faltaban unos
pocos minutos para las nueve. Aparcó el
coche y se unió a la corriente de
militares y mujeres con uniformes de
diversos colores que subían los anchos
escalones de piedra y desaparecían tras
las puertas oscilantes. Un cartel advertía
que el ascensor estaba estropeado, de
modo que subió a pie los cinco pisos
hasta la oficina del PRISC. A pesar de
que llegaba pronto para su cita, se
presentó en el despacho principal.
—¿En qué puedo servirle, señor? —
le preguntó una joven cabo sentada tras
una mesa.
Hasta entonces, ninguna mujer le
había tratado de «señor», y no le gustó.
Extrajo una carta del bolsillo
interior de la chaqueta y se la entregó.
—Tengo una cita con el director a
las nueve.
—Creo que no ha llegado todavía,
señor, pero lo comprobaré. —Tomó un
teléfono y habló con un colega. Luego
colgó y le dijo—: Alguien saldrá a
recibirle dentro de unos minutos.
Siéntese, por favor.
Los pocos minutos resultaron
convertirse en una hora y, para entonces,
Keith ya había leído los dos periódicos
que había sobre la mesita de café,
aunque no se le ofreció ningún café. Der
Berliner no era mucho mejor que el
Cherwell, el periódico estudiantil del
que tanto se burlaba en Oxford, y Der
Telegraf era todavía peor. Pero como el
director del PRISC aparecía
mencionado casi en cada página de este
último, Keith confió en que no se le
pidiera su opinión.
Finalmente, apareció otra mujer, que
preguntó por el señor Townsend. Keith
se levantó de inmediato y se acercó a la
mesa.
—Soy Sally Carr —dijo la mujer
con un enérgico acento londinense—.
Secretaria del director. ¿En qué puedo
servirle?
—Le escribí desde Oxford —
contestó Keith con la esperanza de que
su tono de voz sonara como su él tuviera
más años de los que tenía en realidad—.
Soy periodista del Oxford Mail, y se me
ha encargado escribir una serie de
artículos sobre las condiciones de vida
reinantes en Berlín. Tengo una cita para
ver… —hizo girar la carta—, al capitán
Armstrong.
—Ah, sí, ya recuerdo —asintió la
señorita Carr—, pero me temo que el
capitán Armstrong se encuentra esta
mañana de visita en el sector ruso, y no
espero que regrese hoy a la oficina. Si
puede usted volver mañana por la
mañana, estoy segura de que estará
encantado de recibirle.
Keith procuró no dejar entrever su
decepción, y le aseguró que regresaría a
las nueve de la mañana siguiente. Podría
haber abandonado su plan de
entrevistarse con Armstrong de no haber
sido porque este capitán en particular
sabía más sobre lo que sucedía
realmente en Berlín que todos los demás
oficiales de estado mayor juntos.
Dedicó el resto del día a explorar el
sector británico, y se detuvo con
frecuencia para tomar notas sobre todo
aquello que considerara noticiable:
cómo se comportaban los británicos con
los alemanes derrotados, tiendas vacías
que trataban de servir a demasiados
clientes, colas para adquirir alimentos
en la esquina de casi cada calle, cabezas
inclinadas cada vez que se intentaba
mirar a un alemán a los ojos. En la
distancia, un reloj hizo sonar las doce
campanadas. Entró en un ruidoso bar
lleno de soldados uniformados y se
sentó en el extremo de la barra. Cuando
el camarero le preguntó finalmente qué
deseaba, pidió una jarra de cerveza y un
bocadillo de queso; al menos, creyó
haber pedido queso, pues su alemán no
era lo bastante fluido como para estar
muy seguro. Sentado ante la barra, se
dedicó a tomar algunas notas más.
Mientras observaba a los camareros que
iban de un lado a otro realizando su
trabajo, se dio cuenta de que si uno
vestía ropas de civil se le servía
después que a cualquier otra persona
que vistiera de uniforme.
Los diferentes acentos que escuchó
en el local le recordaron que el sistema
de clases se perpetuaba incluso allí
donde los británicos ocuparan la ciudad
de otros. Algunos de los soldados se
quejaban, con tonos que no habrían
complacido nada a la señorita
Steadman, de lo mucho que tardaba en
solucionarse su papeleo antes de que
pudieran regresar a casa. Otros parecían
resignados a llevar el uniforme toda la
vida, y solo hablaban de la próxima
guerra y de dónde se libraría. Keith
frunció el ceño al oír decir a alguien:
«Rasca un poco y, por debajo, todos son
unos condenados nazis». Pero después
del almuerzo, tras continuar con su
exploración del sector británico, le
pareció que, al menos en la superficie,
los soldados estaban bien disciplinados
y que la mayoría de los ocupantes
parecían tratar a los ocupados con
moderación y cortesía.
Cuando los tenderos empezaron a
bajar sus cierres metálicos y a cerrar sus
puertas, Keith regresó a su pequeño MG.
Lo encontró rodeado de admiradores,
cuyas miradas de envidia no tardaron en
transformarse en cólera al ver que el
dueño del coche vestía ropas civiles.
Regresó lentamente hacia su hotel.
Después de tomar un plato de patatas y
col en la cocina, subió a su habitación y
pasó las dos horas siguientes dedicado a
escribir todo lo que podía recordar de la
experiencia del día. Más tarde, se
acostó y leyó Rebelión en la granja,
hasta que la vela chisporroteó y se
apagó.
Aquella noche, Keith durmió bien.
Después de otro intento por lavarse con
agua helada, hizo un poco entusiasta
esfuerzo por afeitarse antes de bajar a la
cocina. Allí le esperaban varias
rebanadas de pan cubiertas de
mermelada. Después de desayunar,
recogió sus papeles y se dispuso a
acudir a su cita. Si se hubiera
concentrado más en la conducción, y
menos en las preguntas que deseaba
plantearle al capitán Armstrong, no
habría girado a la izquierda en la
rotonda. El tanque que avanzaba hacia él
fue incapaz de detenerse con tan poco
tiempo de advertencia, y aunque Keith
hundió el pie en el freno y solo golpeó
la esquina de su pesado guardabarros, el
MG efectuó un giro completo, se subió a
la acera y se estrelló contra una farola
de cemento. Se quedó sentado tras el
volante, tembloroso.
El tráfico que lo rodeaba se detuvo,
y un joven teniente saltó del tanque y
corrió hacia él para comprobar que no
había resultado herido. Keith se bajó
cautelosamente del coche, un poco
conmocionado, pero después de unos
saltos y movimientos con los brazos
comprobó que no tenía nada más que un
ligero corte en la mano derecha y un
tobillo inflamado.
Al inspeccionar el tanque, vieron
que no mostraba señal alguna del
encontronazo, a excepción de la
desaparición de la capa de pintura en
una pequeña parte de su guardabarros.
El MG, en cambio, daba la impresión de
haber participado en una batalla en toda
regla. Fue entonces cuando Keith
recordó que, durante su estancia en el
extranjero, solo tenía cubierto el seguro
por daños a terceros. No obstante, le
aseguró al oficial de caballería que la
culpa de lo sucedido no era suya, y
después de que el teniente le indicara a
Keith cómo llegar hasta el taller más
próximo, se despidieron.
Keith abandonó el MG y echó a
caminar hacia el taller. Llegó al patio
unos veinte minutos más tarde,
dolorosamente consciente de lo
inapropiadamente vestido que iba. Al
encontrar finalmente al único mecánico
que hablaba inglés, este le prometió que
eventualmente alguien iría a retirar el
vehículo.
—¿Qué significa «eventualmente»?
—preguntó Keith.
—Eso depende —contestó el
mecánico, que se frotó las yemas de los
dedos índice y pulgar—. Mire, todo es
una cuestión de… prioridades.
Keith sacó la cartera y extrajo un
billete de diez chelines.
—¿No tiene dólares? —preguntó el
mecánico.
—No —contestó Keith con firmeza.
Después de indicarle dónde estaba
el coche, continuó su viaje hacia la
Siemensstrasse. Ya llegaba con diez
minutos de retraso a su cita en una
ciudad donde había pocos trenes y
menos taxis. Al llegar al cuartel general
del PRISC, pensó que ahora le había
tocado a él hacer esperar cuarenta
minutos a alguien.
El cabo sentado tras la mesa le
reconoció casi inmediatamente, pero no
le transmitió noticias muy alentadoras.
—El capitán Armstrong tuvo que
salir hace unos minutos para acudir a
una cita en el sector estadounidense —le
dijo—. Le esperó durante más de una
hora.
—Maldita sea —exclamó Keith—.
Tuve un accidente cuando venía hacia
aquí, y he venido lo más rápidamente
que he podido. ¿Podré verle en algún
momento, durante el día?
—Me temo que no —contestó ella
—. Tiene toda la tarde ocupada en
reuniones en el sector estadounidense.
Keith se encogió de hombros.
—¿Podría indicarme cómo llegar al
sector francés?
Mientras recorría las calles de otro
sector de Berlín, tuvo poco que añadir a
su experiencia del día anterior, excepto
para recordar que en esta ciudad se
hablaban por lo menos dos idiomas en
los que no podía conversar. Eso
provocó que pidiera una comida que no
deseaba, y una botella de vino que no se
podía permitir.
Después de almorzar, regresó al
garaje para comprobar cómo iban las
cosas con su coche. Al llegar ya se
habían encendido las luces de gas y la
única persona que hablaba inglés se
había marchado a casa. Keith vio su MG
en el rincón del patio, en el mismo
estado ruinoso en que lo había dejado
por la mañana. Lo único que pudo hacer
el ayudante fue señalar el número ocho
de su reloj.
A la mañana siguiente, Keith estaba
en el garaje a las ocho menos cuarto,
pero el hombre que hablaba inglés no
llegó hasta las 8,13. Rodeó el MG
varias veces, pensativo, antes de darle
su opinión.
—Pasará por lo menos una semana
antes de que pueda dejarlo en
condiciones de funcionar —dijo
tristemente. Esta vez, Keith le ofreció
una libra—. Bueno, quizá pueda
arreglarlo en un par de días… Como ve,
todo es cuestión de prioridades —
repitió.
Keith decidió que no podía
permitirse el lujo de ser máxima
prioridad.
Luego, de pie en el atestado tranvía,
se dedicó a considerar el estado de sus
fondos, o más bien la falta de ellos. Si
quería sobrevivir durante otros diez
días, pagar su cuenta en el hotel y la
reparación de su coche, tendría que
pasarse el resto del viaje renunciando al
lujo del hotel y dormir en el MG.
Keith bajó del tranvía en la parada
que ahora ya le era familiar, subió los
escalones y pocos minutos más tarde se
encontraba ante la mesa, unos minutos
antes de las nueve. Esta vez solo le
hicieron esperar veinte minutos, con los
mismos periódicos para leer, antes de
que la secretaria del director
reapareciera con una expresión azorada
en su rostro.
—Lo siento mucho, señor Townsend
—se disculpó—, pero el capitán
Armstrong ha tenido que volar
inesperadamente a Inglaterra. Su
segundo, el teniente Wakeham, le
recibirá con sumo gusto.
Keith pasó casi una hora con el
teniente Wakeham, que no dejaba de
llamarle «muchacho», le explicó por qué
no podía entrar en Spandau y no dejó de
gastarle algunas bromas sobre Don
Bradman. Al marcharse, Keith tuvo la
sensación de haber aprendido más cosas
sobre el estado del críquet inglés que
acerca de lo que sucedía en Berlín. Pasó
el resto del día en el sector
estadounidense, y se detuvo varias veces
en las calles para hablar con los
soldados. Le dijeron con orgullo que no
abandonaban su sector hasta que llegara
el momento de regresar a Estados
Unidos.
A últimas horas de la tarde, al pasar
de nuevo por el garaje, el mecánico que
hablaba inglés le prometió que el coche
estaría terminado a la tarde siguiente,
listo para que se lo llevara.
Al día siguiente, Keith se desplazó
en tranvía hasta el sector ruso. Pronto
descubrió lo muy equivocado que estaba
al suponer que no podría aprender nada
nuevo de la experiencia. El Club
Laborista de la Universidad de Oxford
no se sentiría complacido al saber que
los hombros de los berlineses orientales
parecían más hundidos, sus cabezas más
inclinadas y su paso más lento que los
de sus conciudadanos de los sectores
aliados, y que ni siquiera parecían
capaces de hablarse los unos a los otros,
y mucho menos con Keith. En la plaza
principal, una estatua de Hitler había
sido sustituida por otra todavía más
grande de Lenin, y una enorme efigie de
Stalin dominaba casi todas las esquinas
de las calles. Después de varias horas
de deambular por calles tristes, con
tiendas desprovistas de gente y de
artículos, y de no poder encontrar un
solo bar o restaurante, Keith regresó al
sector británico.
Decidió que si a la mañana siguiente
conducía hasta Dresde podría terminar
pronto su trabajo, y pasar entonces un
par de días en Deauville para reponer
sus menguadas finanzas. Se puso a silbar
al saltar a un tranvía que lo dejaría
frente al garaje.
El MG le esperaba en el patio
delantero, y tuvo que admitir que su
aspecto era magnífico. Alguien se había
dedicado incluso a limpiarlo, y el capó
rojo brillaba bajo la luz nocturna.
El mecánico le entregó la llave.
Keith se sentó tras el volante, la hizo
girar en el contacto y el motor se puso
en marcha inmediatamente.
—Estupendo —dijo.
El mecánico hizo un gesto de
asentimiento. Una vez que Keith se bajó
del coche, otro empleado del garaje se
inclinó y sacó la llave del contacto.
—¿Cuánto es? —preguntó Keith, que
sacó la cartera.
—Veinte libras —contestó el
mecánico.
Keith se giró en redondo y lo miró.
—¿Veinte libras? —barbotó—. Pero
yo no tengo veinte libras. Ya se ha
embolsado usted treinta chelines, y ese
maldito coche solo me costó treinta
libras.
Aquella información no pareció
impresionar al mecánico en lo más
mínimo.
—Tuvimos que cambiar el árbol del
cigüeñal y reconstruir el carburador —
le explicó—. Y no ha sido nada fácil
encontrar las piezas de repuesto, por no
hablar de la mano de obra. En Berlín no
hay mucho espacio para esta clase de
lujos. Veinte libras —repitió.
Keith abrió la cartera y empezó a
contar sus billetes.
—¿Cuánto supone eso en marcos
alemanes?
—No aceptamos marcos alemanes
—dijo el mecánico.
—¿Por qué no?
—Los británicos nos han advertido
que llevemos cuidado con las
falsificaciones.
Keith decidió llegado el momento
para probar con una táctica diferente.
—¡Esto no es más que una extorsión!
—aulló—. ¡Haré que le cierren el taller!
El alemán no se dejó conmover.
—Es posible que hayan ganado
ustedes la guerra, señor —le dijo
secamente—, pero eso no quiere decir
que no tengan que pagar sus facturas.
—¿Cree que puede salir bien
librado de esto? —le gritó Keith—.
Informaré de este asunto a mi amigo el
capitán Armstrong, del PRISC. Entonces
se dará cuenta de quién manda aquí.
—Quizá sea mejor que llamemos a
la policía y dejemos que sean ellos
quienes decidan quién manda.
Ese solo comentario bastó para
silenciar a Keith, que recorrió el patio
varias veces, arriba y abajo, antes de
admitir.
—No tengo veinte libras.
—Entonces, quizá tendrá que vender
el coche.
—Eso nunca —dijo Keith.
—En ese caso, tendremos que
guardárselo en el garaje, al precio
diario habitual, hasta que pueda pagar la
factura.
Keith se puso más y más rojo,
mientras los dos hombres permanecían
de pie, junto a su MG, con aspecto
notablemente impávido.
—¿Cuánto me ofrecería por él? —
preguntó finalmente.
—Bueno, en Berlín no existe una
gran demanda de coches deportivos de
segunda mano con el volante a la
derecha —dijo—. Pero supongo que
podría ofrecerle cien mil marcos
alemanes.
—Pero si me acaba de decir que no
hace tratos en marcos alemanes.
—Eso es solo cuando vendemos.
Pero las cosas son muy diferentes
cuando compramos.
—¿Suponen esos cien mil marcos
una cantidad superior a mi factura?
—No —contestó el mecánico. Hizo
una pausa, sonrió y añadió—: Pero
procuraremos ofrecerle una buena tasa
de cambio.
—Condenados nazis —murmuró
Keith.

Al iniciar su segundo año de estudios en


Oxford, Keith se vio presionado por sus
amigos del Club Laborista para que se
presentara a la elección del comité. Ya
había llegado a la conclusión de que,
aunque el club contaba con más de
seiscientos miembros, era el comité el
que se reunía con los ministros del
gabinete cuando estos visitaban la
universidad, y los que tenían el poder
para tomar resoluciones. Seleccionaban
incluso a los que asistían a la
conferencia del partido y, de ese modo,
contaban con la posibilidad para influir
sobre la política del partido.
Al anunciarse el resultado de la
votación para el comité, a Keith le
sorprendió comprobar el margen tan
amplio por el que había sido elegido. Al
lunes siguiente asistió a su primera
reunión de comité, en el
Bricklayers’Arms. Se sentó al fondo, en
silencio, sin creer apenas en lo que
estaba ocurriendo delante de sus mismos
ojos. En el seno de aquel comité se
reproducían todas aquellas cosas que
más despreciaba sobre Gran Bretaña.
Eran reaccionarios, estaban llenos de
prejuicios y, cuando se trataba de tomar
verdaderas decisiones, eran
ultraconservadores. Si alguien planteaba
una idea original, se discutía durante
largo rato y luego se olvidaba
rápidamente en cuanto la reunión se
suspendía y todos bajaban al bar. Keith
llegó a la conclusión de que ser un
miembro del comité no iba a ser
suficiente si deseaba ver convertidas en
realidad algunas de sus ideas más
radicales. Decidió que, en su último
año, se convertiría en el presidente del
Club Laborista. Al comentar sus
ambiciones en una carta dirigida a su
padre, sir Graham le contestó que le
interesaban mucho más sus perspectivas
de obtener un título, ya que llegar a ser
el presidente del Club Laborista no tenía
tanta importancia para alguien que
confiaba pudiera sucederle como
propietario de un grupo periodístico.
El único rival que tenía Keith para
ocupar el puesto parecía ser el
vicepresidente, Gareth Williams, hijo de
un minero que, a partir de la escuela
elemental de Neath, a la que había
asistido, obtuvo una beca y poseía,
desde luego, todas las calificaciones
adecuadas.
La elección de puestos estaba
programada para dos semanas después
de la fiesta de San Miguel, el 29 de
septiembre. Keith se dio cuenta de que
cada hora de la primera semana sería
crucial para sus esperanzas de ser
nombrado presidente. Puesto que Gareth
Williams era más popular en el comité
que entre los socios, Keith sabía
exactamente dónde tendría que
concentrar todas sus energías. Durante
los diez primeros días del trimestre
invitó a su habitación, a tomar una copa
a varios de los miembros liberados del
club, incluidos algunos estudiantes de
primer curso. Noche tras noche,
consumieron cajas de cerveza, tarta y
vino corriente, todo ello a expensas de
Keith.
A falta de veinticuatro horas para la
votación, Keith creía tenerlo todo bien
atado. Comprobó la lista de miembros
del club, marcó con una señal a todos
aquellos con los que ya había hablado y
que estaba razonablemente seguro de
que le votarían, y con una cruz a los que
sabía que apoyaban a Williams.
La reunión semanal del comité,
celebrada la noche antes de la votación,
se prolongó demasiado, pero Keith
disfrutó con el considerable placer de
pensar que esta sería la última vez que
tendría que soportar una resolución
inútil tras otra, que solo terminarían en
la papelera más cercana. Permaneció
sentado en el fondo de la estancia, sin
aportar ninguna contribución a las
innumerables enmiendas y subcláusulas
que tanto gustaban a Gareth Williams y a
sus compinches. El comité discutió
durante casi una hora la desgracia que
suponían las últimas cifras de
desempleo, que afectaban ya a 300 000
obreros. A Keith le habría gustado
señalar a sus hermanos que había por lo
menos 300 000 personas en Gran
Bretaña que, en su opinión, eran
simplemente inútiles para el trabajo,
pero pensó que decir algo así no sería
muy prudente precisamente el día antes
de buscar su apoyo en la urna.
Se hallaba reclinado en su asiento,
casi dormitando, cuando cayó el obús.
Fue durante la discusión de «Otros
asuntos» cuando Hugh Jenkins (del St.
Peter), alguien con el que Keith apenas
se hablaba, no solo porque hacía que
Lenin pareciera un liberal, sino porque
era el aliado más próximo de Gareth
Williams, se levantó pesadamente de su
asiento en la primera fila.
—Hermano presidente —empezó a
decir—, he sido advertido de que se ha
producido una violación del artículo
número nueve de los reglamentos,
subsección C, relativa a la elección de
cargos para este comité.
—Explícate —dijo Keith, que ya
tenía sus planes para el hermano Jenkins
una vez que fuera elegido, unos planes
que no se encontrarían en la subsección
C de ningún reglamento.
—Eso es precisamente lo que me
propongo hacer, hermano Townsend —
afirmó Jenkins, que se volvió a mirarle
—, sobre todo porque la cuestión te
afecta directamente.
Keith se adelantó en su asiento y
prestó más atención por primera vez
desde que empezara la reunión.
—Parece ser, hermano presidente,
que el hermano Townsend se ha
dedicado durante los diez últimos días a
solicitar apoyo para su candidatura al
puesto de presidente de este club.
—Pues claro que lo he hecho —
replicó Keith—. ¿De qué otro modo
podría esperar ser elegido?
—Bueno, me alegra que el hermano
Townsend muestre tanta franqueza al
respecto, porque de ese modo, hermano
presidente, no habrá necesidad de llevar
a cabo una investigación interna.
En el rostro de Keith apareció una
expresión de extrañeza, que se mantuvo
hasta que Jenkins se explicó.
—Está perfectamente claro, que el
hermano Townsend ni siquiera se ha
molestado en consultar los reglamentos
del partido, en los que se afirma sin el
menor género de dudas que está
estrictamente prohibido emplear
cualquier forma de solicitar el voto para
ocupar un puesto en la organización.
Solo tiene que consultar el artículo
nueve, subsección C del reglamento.
Keith tuvo que admitir que no
disponía de un reglamento y que jamás
lo había consultado, y mucho menos por
lo que se especificaba en su artículo
nueve y en todas sus subsecciones.
—Lamento mucho verme en la
obligación de proponer la aprobación de
una resolución por parte de este comité
—continuó Jenkins—. Que el hermano
Townsend sea descalificado para tomar
parte en la elección de mañana y al
mismo tiempo que sea expulsado de este
comité.
—Una cuestión de orden, hermano
presidente —intervino otro miembro del
comité, que se puso en pie en la segunda
fila—. Creo que eso son dos
resoluciones.
El comité pasó a discutir, durante
otros cuarenta minutos, si era una o dos
resoluciones las que tendrían que votar.
La cuestión se solucionó finalmente
mediante una enmienda introducida en la
proposición: por una votación de once
contra siete, se decidió que se votarían
dos resoluciones. Siguieron varios
discursos y cuestiones de orden sobre el
tema de si se permitiría al hermano
Townsend participar en la votación de
las dos resoluciones planteadas. Keith
dijo que, de todos modos, se abstendría
en la votación de la primera resolución.
—Muy generoso por tu parte —dijo
Williams con una sonrisa burlona.
A continuación, el comité aprobó
una resolución por diez votos contra
siete, y una abstención, por la que se
descalificaba al hermano Townsend para
presentarse como candidato a
presidente.
Williams insistió en que el resultado
de la votación quedara debidamente
registrado en las actas de la reunión, por
si acaso alguien decidiera presentar una
apelación en el futuro. Keith dejó bien
claro que no tenía la menor intención de
apelar. Williams no pudo apartar la
sonrisa burlona de su rostro.
Keith no se quedó para conocer el
resultado de la votación sobre la
segunda resolución y ya se encontraba
en su habitación mucho antes de que se
produjera la votación. Se perdió así la
prolongada discusión que se produjo
acerca de si debían imprimirse nuevas
papeletas de votación, ahora que solo
había un candidato para ocupar el puesto
de presidente.
Al día siguiente, fueron varios los
estudiantes que dejaron bien claro lo
mucho que lamentaban la
descalificación de Keith. Pero este ya
había decidido que el Partido Laborista
no entraría probablemente en el mundo
real antes de finales de siglo, y que él
podía hacer bien poco al respecto, por
no decir prácticamente nada, incluso en
el caso de que hubiera podido
convertirse en presidente del club.
Aquella noche, en los alojamientos,
el rector del colegio aportó su juicio
mientras tomaba una copa de jerez.
—Debo decirle que no me siento
desilusionado con el resultado, porque,
tengo que advertirle, Townsend, que, en
opinión de su tutor, si continuara usted
trabajando de la misma forma irregular
con que lo ha venido haciendo durante
estos dos últimos años, es muy
improbable que llegue a conseguir
calificación alguna por parte de esta
universidad. —Antes de que Keith
pudiera decir algo en su defensa, el
rector añadió—: Naturalmente, soy muy
consciente de que un título por Oxford
no tendrá una gran importancia en la
carrera que ha elegido, pero me permito
sugerirle que será una grave decepción
para sus padres si tuviera que dejarnos,
después de tres años de estudios, sin
haber logrado absolutamente ninguna
titulación que lo atestigüe.
Aquella noche, al regresar a su
habitación, Keith se tumbó en la cama y
pensó seriamente en la advertencia del
rector. Pero fue una carta llegada pocos
días más tarde la que finalmente le
aguijoneó para entrar en acción. Su
madre le escribió para comunicarle que
su padre había sufrido un ligero ataque
cardiaco, y confiaba en que, dentro de
poco tiempo, él estuviera ya dispuesto
para asumir alguna responsabilidad.
Keith le puso inmediatamente una
conferencia a su madre, en Toorak.
Cuando finalmente logró la
comunicación, lo primero que le
preguntó fue si deseaba que regresara a
casa.
—No —contestó ella con firmeza—.
Pero tu padre espera que dediques ahora
más tiempo a concentrarse en la
obtención de tu título ya que, de otro
modo, cree que tu estancia en Oxford no
habrá servido para nada.
Una vez más, Keith decidió
confundir a los examinadores. Durante
los ocho meses siguientes asistió a todas
las clases y no faltó a ninguna reunión
con el tutor. Con ayuda del doctor
Howard, continuó estudiando durante
los dos cortos períodos de vacaciones,
lo que le permitió cobrar conciencia del
poco trabajo realizado durante los dos
últimos años.
Casi empezó a desear haberse
llevado consigo a Oxford a la señorita
Steadman, en lugar del MG.
El lunes de la séptima semana de su
último trimestre, vestido con un sombrío
traje oscuro, cuello blanco y pajarita, y
su bata de pregraduado, se presentó en
la escuela de exámenes superiores.
Durante los cinco días siguientes se
sentó en la mesa que se le asignó, con la
cabeza inclinada y contestó todas las
preguntas que pudo de los once
exámenes que se le hicieron. La tarde
del quinto día, al salir a la luz del sol, se
unió a sus amigos, sentados en los
escalones de las escuelas, para tomar
champaña con cualquier viandante que
pasara y quisiera unirse a ellos.
Seis semanas más tarde, Keith se
sintió muy aliviado al encontrar su
nombre en la lista de los incluidos por
la escuela examinadora entre quienes
habían obtenido una licenciatura en
Filosofía y Letras (con título). A partir
de ese momento, nunca reveló la clase
de título obtenido, aunque tuvo que estar
de acuerdo con la opinión del doctor
Howard, según la cual eso tenía muy
poca importancia para el desempeño de
la carrera en la que estaba a punto de
embarcarse.

Keith hubiera querido regresar a


Australia apenas un día después de
conocer el resultado de los exámenes,
pero su padre no quiso saber nada al
respecto.
—Espero que vayas a ver a mi viejo
amigo Max Beaverbrook, y trabajes para
él en el Express —le dijo por la línea
telefónica, entre ruidos de estática—.
Beaver puede enseñarte en seis meses
mucho más de lo que has aprendido en
Oxford en tres años.
Keith se contuvo para no decirle que
eso no había sido un gran logro.
—Lo único que me preocupa, papá,
es tu estado de salud. No quiero
quedarme en Inglaterra si regresar a
casa significa que puedo ayudarte a
aliviar la presión a la que te ves
sometido.
—Nunca me he sentido mejor,
muchacho —replicó sir Graham—. El
médico me asegura que casi he vuelto ya
a la normalidad y, mientras no fuerce las
cosas, aún me queda mucho tiempo por
delante. A la larga, me serás mucho más
útil si aprendes tu oficio en Fleet Street,
en lugar de regresar a casa ahora y
ponerte bajo mis órdenes. Voy a llamar
ahora mismo a Beaver. Así que procura
escribirle unas líneas…, hoy mismo.
Esa tarde, Keith le escribió a lord
Beaverbrook y, tres semanas más tarde,
el propietario del Express concedió al
hijo de sir Graham Townsend una
entrevista de quince minutos.
Keith llegó a Arlington House con
quince minutos de anticipación, y
recorrió St. James durante varios
minutos para hacer tiempo antes de
entrar en el impresionante edificio. Tuvo
que esperar otros veinte minutos antes
de que una secretaria lo acompañara
hasta el enorme despacho de lord
Beaverbrook, desde donde se dominaba
el parque de St. James.
—¿Qué tal está su padre? —fueron
las primeras palabras de Beaver.
—Se encuentra bien, señor —
contestó Keith.
Se mantuvo de pie, delante de la
mesa, puesto que no se le había ofrecido
asiento.
—¿Y quiere usted seguir sus pasos?
—preguntó el viejo, mirándole.
—Así es, señor.
—Bien, en ese caso, mañana, a las
diez, se presenta en el despacho de
Frank Butterfield, en el Express. Es el
mejor subdirector que puede encontrarse
en Fleet Street. ¿Alguna pregunta?
—No, señor —contestó Keith.
—Bien —replicó Beaverbrook—.
Le ruego que transmita mis saludos a su
padre.
Bajó la cabeza, lo que pareció ser
una señal de que la entrevista había
concluido. Treinta segundos más tarde,
Keith estaba de nuevo en St. James, no
muy seguro de que aquella entrevista
hubiera tenido lugar.
A la mañana siguiente se presentó
ante Frank Butterfield, en Fleet Street.
El subdirector parecía incapaz de dejar
de correr de un periodista a otro. Keith
intentó mantenerse a su lado, y no tardó
mucho en comprender del todo por qué
Butterfield se había divorciado tres
veces. Pocas mujeres en su sano juicio
habrían tolerado aquel estilo de vida.
Butterfield se llevaba el periódico a la
cama cada noche, excepto el sábado, y
esa era su implacable amante.
A medida que transcurrieron las
semanas, Keith empezó a aburrirse de
seguir a Frank por todas partes, y se
sentía cada vez más impaciente por
obtener una visión más amplia de cómo
se producía y gestionaba un periódico.
Frank, consciente de la inquietud del
joven, diseñó un programa para
mantenerlo totalmente ocupado. Pasó
tres meses en el departamento de tiraje,
los tres siguientes en el de publicidad, y
otros tres en los talleres. Allí encontró
innumerables ejemplos de miembros del
sindicato que se dedicaban a jugar a las
cartas cuando debían de estar trabajando
en las prensas, o que interrumpían
ocasionalmente el trabajo entre una taza
de café y otra para escaparse a hacer
apuestas en el local del corredor más
cercano. Algunos llegaban a fichar bajo
dos o tres nombres, y recibían un sobre
con un salario por cada uno de los
nombres.
Cuando Keith ya llevaba seis meses
en el Express, empezó a cuestionarse
que el contenido editorial fuera todo lo
que importaba para producir un
periódico con éxito. ¿Acaso él y su
padre no deberían haber dedicado todas
aquellas mañanas de domingo a
controlar el espacio de publicidad del
Courier con la misma atención con que
leían la primera página? Y cuando
criticaban los titulares del Gazette, en el
despacho del viejo, ¿no deberían
haberse ocupado más bien de que el
periódico no tuviera personal excesivo,
o de que no se dispararan los gastos de
los periodistas? En último término, y
por enorme que fuera la tirada de un
periódico, el objetivo final debería ser
sin duda obtener el mayor beneficio
posible para la inversión. A menudo
discutió el problema con Frank
Butterfield, quien tenía la impresión de
que las prácticas establecidas desde
hacía tiempo en los talleres eran
probablemente irreversibles a aquellas
alturas.
Keith escribía a su casa con
regularidad, en cartas extensas en las
que exponía sus teorías. Ahora que
experimentaba de primera mano muchos
de los problemas a los que se enfrentaba
su padre, empezaba a temer que las
prácticas sindicales que eran tan
comunes en los talleres de Fleet Street
pudieran llegar también a Australia.
Al final de su primer año, Keith
envió un largo memorándum a
Beaverbrook, en Arlington House, a
pesar de que Frank Butterfield le
aconsejó que no lo hiciera. Expresaba
en él su opinión de que los talleres del
Express contaban con un personal
excesivo y superfluo, en una proporción
de tres a uno, y que, puesto que los
salarios constituían sus principales
gastos, no existía ninguna esperanza de
que un grupo periodístico moderno
pudiera conseguir beneficios de aquel
modo. Alguien iba a tener que
enfrentarse a los sindicatos en el futuro.
Beaverbrook ni siquiera le dirigió una
nota para agradecerle el envío del
informe.
Sin dejarse amilanar por ello, Keith
inició su segundo año de trabajo en el
Express dedicándole horas que ni
siquiera sabía que existieran cuando
estuvo en Oxford. Eso sirvió para
reforzar su opinión de que, tarde o
temprano, tendrían que producirse
grandes cambios en la industria
periodística, y con todo ello preparó un
largo memorándum para su padre, que
tenía la intención de analizar con él en
cuanto regresara a Australia. En el
memorándum explicaba con toda
exactitud qué cambios creía que sería
necesario hacer en el Courier y el
Gazette para que ambos periódicos
pudieran seguir siendo solventes durante
la segunda mitad del siglo veinte.
Keith se encontraba hablando por
teléfono, en el despacho de Butterfield,
disponiendo su vuelo de regreso a
Melbourne, cuando un mensajero le
entregó el telegrama.
El control de Alemania:
reunión preliminar de los
comandantes aliados
11

A l visitar Der Telegraf por primera


vez, al capitán Armstrong le
sorprendió descubrir lo destartaladas
que eran las oficinas del pequeño
sótano. Fue saludado por un hombre que
se presentó a sí mismo como Arno
Schultz, director del periódico.
Schultz solo medía un metro sesenta
de estatura, tenía unos taciturnos ojos
grises y llevaba el cabello muy corto.
Vestía un traje de tres piezas de antes de
la guerra, que probablemente le hicieron
a medida cuando pesaba diez kilos más.
La camisa aparecía rozada en el cuello y
en los puños, y llevaba una corbata
negra, delgada y brillante por el uso.
Armstrong le sonrió.
—Usted y yo tenemos algo en común
—le dijo.
Schultz se removió inquieto en
presencia de este corpulento oficial
británico.
—¿Y qué es? —preguntó.
—Ambos somos judíos —dijo
Armstrong.
—Jamás me lo habría imaginado —
dijo Schultz, verdaderamente
sorprendido.
Armstrong no pudo ocultar una
sonrisa de satisfacción.
—Permítame dejar bien claro desde
el principio que tengo la intención de
ofrecerle toda la ayuda que esté en mi
mano para procurar que Der Telegraf
salga a la calle. Solo tengo un objetivo a
largo plazo: superar en ventas al Der
Berliner.
Schultz lo miró con expresión
dudosa.
—En estos momentos venden el
doble de ejemplares diarios que
nosotros. Eso sucedía incluso antes de la
guerra. Tienen mejor imprenta, más
personal, y la ventaja de estar en el
sector estadounidense. No creo que ese
sea un objetivo realista, capitán.
—En ese caso, tendremos que
cambiar todo eso, ¿no le parece? —dijo
Armstrong—. A partir de ahora tiene
que considerarme como el propietario
del periódico, a cambio de lo cual le
permitiré que continúe con su trabajo de
director. ¿Por qué no empieza por
contarme cuáles son sus problemas?
—¿Por dónde quiere que empiece?
—preguntó Schultz, que miró
directamente a su nuevo jefe—. Las
máquinas de imprimir son anticuadas.
Muchos de sus componentes están
desgastados, y no parece haber forma
humana de conseguir repuestos.
—Hágame una lista de todo lo que
necesita y me ocuparé de que disponga
usted de repuestos.
Schultz lo miró, nada convencido.
Empezó a limpiarse los cristales de roca
de las gafas con un pañuelo que se sacó
del bolsillo superior de la chaqueta.
—Luego está el continuo problema
con la electricidad. En cuanto consigo
poner en marcha la maquinaria, se corta
la corriente. De ese modo, por lo menos
dos veces a la semana no logramos
poner el periódico en la calle.
—Me aseguraré de que eso no
vuelva a suceder —le prometió
Armstrong sin la menor idea de cómo
iba a conseguirlo—. ¿Qué más?
—Seguridad —dijo Schultz—. El
censor comprueba cada palabra del
original, de modo que, inevitablemente,
los artículos llegan con dos o tres días
de retraso cuando pueden ser
publicados, y después de que él haya
tachado con lápiz azul los párrafos más
interesantes, de tal modo que no queda
por leer gran cosa de valor.
—Correcto —asintió Armstrong—.
A partir de ahora, yo me ocuparé de
revisar los artículos. Hablaré también
con el censor, para que no tenga que
volver a sufrir esos problemas en el
futuro. ¿Es eso todo?
—No, capitán. Mi mayor problema
se produce cuando no hay ningún corte
del suministro eléctrico durante toda la
semana.
—No comprendo. ¿Cómo puede ser
eso un problema? —preguntó
Armstrong.
—Porque entonces me quedo
siempre sin papel.
—¿Cuál es su tirada actual?
—Cien mil ejemplares diarios.
Ciento veinte mil en el mejor de los
casos.
—¿Y el tiraje del Berliner?
—Aproximadamente un cuarto de
millón de ejemplares —Schultz hizo una
breve pausa, antes de añadir—: cada
día.
—Me aseguraré de que reciba usted
papel suficiente para imprimir un cuarto
de millón de ejemplares al día. Para
ello, deme tiempo hasta finales de mes.
Schultz, que normalmente era un
hombre cortés, ni siquiera le dio las
gracias cuando el capitán Armstrong se
despidió para regresar a su despacho. A
pesar de la enorme seguridad en sí
mismo demostrada por el oficial
británico, él, simplemente, no creía que
nada de todo aquello fuera posible.
Una vez que se encontró sentado ante
su mesa, Armstrong le pidió a Sally que
mecanografiara una lista de todas las
piezas que le había pedido Schultz. Una
vez que terminó la tarea, él mismo
comprobó la lista, y le pidió que
preparase una docena de copias y que
organizara una reunión de todo el
equipo. Una hora más tarde, todos se
encontraban apretujados dentro de su
despacho.
Sally entregó una copia de la lista a
cada uno de ellos. Armstrong repasó
brevemente cada una de las piezas y
terminó diciendo:
—Deseo disponer de todo lo que
aparece en esta lista, y lo quiero pronto.
Cuando se haya conseguido cada una de
las cosas incluidas en ella, todos ustedes
dispondrán de tres días de permiso.
Mientras tanto, el horario será
permanente, incluidos los fines de
semana. ¿Me he expresado con
suficiente claridad?
Unos pocos de ellos asintieron, pero
nadie dijo nada.
Nueve días más tarde, Charlotte llegó a
Berlín, y Armstrong envió a Benson a
buscarla a la estación.
—¿Dónde está mi esposo? —
preguntó ella mientras el chófer
colocaba las maletas en los asientos
traseros del jeep.
—Tenía una reunión importante a la
que no podía faltar, señora Armstrong.
Me ha ordenado decirle que se reunirá
con usted esta noche.
Aquella noche, al regresar al piso,
Dick descubrió que Charlotte ya había
terminado de guardar sus cosas y le
había preparado la cena. Al cruzar el
umbral, ella le echó los brazos al cuello.
—Es maravilloso tenerte en Berlín,
querida —le dijo—. Siento mucho no
haber podido ir a la estación a recibirte.
—La soltó y la miró a los ojos—. Estoy
realizando el trabajo de seis hombres.
Espero que lo comprendas.
—Desde luego —asintió Charlotte
—. Quiero saberlo todo sobre tu nuevo
trabajo mientras cenamos.
Dick apenas si dejó de hablar desde
que se sentaron a cenar hasta que
dejaron sobre la mesa los platos sin
lavar y se acostaron. A la mañana
siguiente llegó tarde a la oficina, por
primera vez desde que estaba en Berlín.
Los muchachos del capitán Armstrong
tardaron diecinueve días en localizar
cada una de las piezas incluidas en la
lista, y Dick solo tardó otros ocho en
requisarlas, para lo que empleó una
poderosa mezcla de encanto,
intimidación y soborno. Un día en el que
apareció en el despacho una gran caja
cerrada que contenía seis nuevas
máquinas de escribir Remington, y que
no iba acompañada por ninguna orden
de requisamiento, se limitó a decirle al
teniente Wakeham que mirara hacia otro
lado.
Cada vez que Armstrong se
encontraba con un obstáculo importante,
se limitaba a mencionar las palabras
«coronel Oakshott» y «Comisión de
Control». Eso casi siempre tenía como
resultado que el reacio oficial que
planteaba la dificultad terminara por
firmar por triplicado todo aquello que se
necesitara.
En lo referente al suministro
eléctrico, Peter Wakeham le informó
que, debido a la sobrecarga, uno de los
cuatro sectores de la ciudad tenía que
ser desconectado de la red por lo menos
tres horas de cada doce. Según dijo, la
red se hallaba a cargo de un capitán
estadounidense llamado Max Sackville,
que dijo no disponer de tiempo para
entrevistarse con él.
—Déjemelo a mí —se limitó a
decirle Armstrong.
Pero Dick pronto descubrió que
Sackville era inconmovible al encanto,
la intimidación o el soborno, debido en
parte a que los estadounidenses parecían
tener exceso de todo y siempre asumían
que la autoridad definitiva era la suya.
Lo que sí descubrió fue que el capitán
tenía una debilidad, a la que se
entregaba cada sábado por la noche.
Tuvo que emplear varias horas para
escuchar cómo Sackville se había
ganado su corazón púrpura en Anzio,
antes de que Dick fuera invitado a unirse
a su grupo de jugadores de póquer.
Durante las tres semanas siguientes,
Dick procuró perder alrededor de
cincuenta dólares cada sábado por la
noche que, bajo diferentes conceptos,
incluía al lunes siguiente en el capítulo
de gastos. De ese modo, se aseguró que
el suministro eléctrico del sector
británico no se cortara nunca entre las
tres de la tarde y la medianoche, excepto
los sábados, en que no se imprimía el
Telegraf.
La lista de piezas de repuesto de
Arno Schultz quedó completada en
veintiséis días y, para entonces, el
Telegraf ya imprimía 140 000
ejemplares cada noche. El teniente
Wakeham quedó a cargo de la
distribución, y el periódico nunca
dejaba de estar en las calles a primeras
horas de la mañana. Cuando Dick
informó al coronel Oakshott de las
últimas tiradas del Telegraf, este quedó
encantado con los resultados que estaba
consiguiendo su protégé y estuvo de
acuerdo en conceder tres días de
permiso a todo el equipo.
Nadie se sintió más encantada ante
esta noticia que la propia Charlotte.
Desde su llegada a Berlín, Dick raras
veces regresaba a casa antes de la
medianoche, y a menudo se marchaba
antes incluso de que ella se despertara.
Pero aquel viernes por la tarde se
detuvo ante el edificio donde estaba el
piso que ocupaban al volante de un
Mercedes de alguien, y una vez que ella
hubo cargado las viejas maletas en el
coche, emprendieron el viaje hacia Lyon
para pasar un fin de semana con la
familia de Charlotte.
A ella le preocupaba que Dick
pareciese incapaz de relajarse más de
unos pocos minutos seguidos, pero se
sentía agradecida por el hecho de que no
hubiera teléfono en la pequeña casa de
sus padres, en Lyon. El sábado por la
noche, toda la familia se fue a ver a
David Niven en El matrimonio
perfecto. A la mañana siguiente, Dick
empezó a dejarse crecer el bigote.
En cuanto el capitán Armstrong regresó
a Berlín, siguió el consejo del coronel y
se dedicó a establecer útiles contactos
en cada sector de la ciudad, una tarea
que se le facilitaba en cuanto la gente se
enteraba de que controlaba un periódico
leído por un millón de personas cada día
(según sus propias cifras).
Casi todos los alemanes con los que
se encontraba suponían que, por su
forma de comportarse, tenía que ser por
lo menos un general; a todos los demás
no les dejaba la menor duda de que, aun
cuando no lo fuera, disponía del apoyo
de los altos mandos. Se aseguró de que
ciertos oficiales del estado mayor fueran
mencionados con regularidad en el
Telegraf, después de lo cual, ninguno de
ellos se oponía a sus peticiones, por
escandalosas que fueran. También
aprovechó la continua fuente de
publicidad que le proporcionaba el
periódico para promocionarse a sí
mismo y, puesto que era capaz de
publicar prácticamente lo que quisiera,
no tardó en convertirse en un personaje
famoso en una ciudad llena de uniformes
anónimos.
Tres meses después de la entrevista
inicial con Arno Schultz el Telegraf se
editaba con regularidad seis días a la
semana, y ya pudo informar al coronel
Oakshott de que la tirada superaba los
200 000 ejemplares y que, a ese ritmo,
no tardarían en sobrepasar al Berliner.
—Está haciendo usted un trabajo de
primera clase, Dick —se limitó a
decirle el coronel.
No sabía con toda seguridad qué
hacía realmente Armstrong, pero había
observado que los gastos del joven
capitán ascendían ya a más de 20 libras
semanales.
Aunque Dick informó a Charlotte de
la alabanza del coronel, su esposa se dio
cuenta de que empezaba a aburrirse con
aquel trabajo. El Telegraf ya vendía casi
tantos ejemplares como el Berliner, y
los oficiales de más alta graduación de
los tres sectores occidentales siempre se
sentían felices de recibir al capitán
Armstrong e incluirlo entre sus
invitados. Al fin y al cabo, solo tenían
que susurrarle una historia al oído para
que apareciera en letras de imprenta al
día siguiente. Como consecuencia de
ello, siempre disponía de una buena
reserva de puros cubanos, a Charlotte y
a Sally nunca les faltaban medias de
nailon, Peter Wakeham disfrutaba de su
copa favorita de ginebra Gordon’s, y los
muchachos disponían de suficiente
vodka y cigarrillos como para mantener
un pequeño mercado negro.
Pero Dick se sentía frustrado por el
hecho de que no parecía lograr ningún
progreso en su propia carrera. Aunque
con bastante frecuencia se le había dado
a entender que podía esperar un ascenso,
nada parecía ocurrir en una ciudad
demasiado llena ya de mayores y
coroneles, la mayoría de los cuales se
pasaban el tiempo sentados, a la espera
de ser enviados de regreso a sus casas.
Dick empezó a discutir con Charlotte
la posibilidad de regresar a Inglaterra,
sobre todo porque el recientemente
elegido primer ministro laborista,
Clement Attlee, había pedido a los
soldados que regresaran lo antes posible
porque había una gran cantidad de
puestos de trabajo esperándoles. A
pesar de su cómodo estilo de vida en
Berlín, a Charlotte pareció encantarle la
idea, y animó a Dick a solicitar la baja
voluntaria. Al día siguiente, pidió ver al
coronel.
—¿Está seguro de que es eso lo que
realmente desea hacer? —le preguntó
Oakshott.
—Sí, señor —contestó Dick—.
Ahora que todo funciona suavemente,
Schultz es perfectamente capaz de
dirigir el periódico sin mí.
—Me parece bastante justo.
Procuraré acelerar el proceso todo lo
posible.
Pocas horas más tarde, sin embargo,
Armstrong oyó pronunciar por primera
vez el nombre de Klaus Lauber y
procuró hacer más lento el proceso de
su baja en el ejército.
A últimas horas de la mañana,
cuando Armstrong visitó la imprenta,
Schultz le informó que, por primera vez,
habían vendido más ejemplares que el
Berliner, y que tenía la sensación de que
debían empezar a pensar en sacar una
edición dominical.
—No veo razón alguna por la que no
debamos hacerlo —dijo Dick, que
parecía un tanto aburrido.
—Solo desearía que pudiéramos
cobrar el mismo precio que cobrábamos
antes de la guerra —comentó Schultz
con un suspiro—. Con estas cifras de
ventas conseguiríamos un buen
beneficio. Sé que debe de parecerle
difícil de creer, capitán Armstrong, pero
en aquellos tiempos se me consideraba
como un hombre próspero y con éxito.
—Quizá vuelva usted a serlo —dijo
Armstrong—. Y antes de lo que se
imagina —añadió mientras miraba por
la sucia ventana hacia una acera llena de
gente con aspecto cansado.
Se disponía a decirle a Schultz que
tenía la intención de dejar toda la
operación en sus manos para regresar a
Inglaterra, cuando el alemán dijo:
—No estoy yo tan seguro de que eso
sea posible.
—¿Por qué no? —preguntó
Armstrong—. El periódico le pertenece
a usted, y todo el mundo sabe que no
tardarán mucho en levantarse las
restricciones sobre las participaciones
accionariales de los ciudadanos
alemanes.
—Quizá sea así, capitán Armstrong,
pero, desgraciadamente, ya no soy el
propietario de las acciones de la
empresa.
Armstrong guardó silencio y, al
hablar, eligió las palabras con mucho
cuidado.
—¿De veras? ¿Qué le indujo a
venderlas? —preguntó, sin dejar de
mirar por la ventana.
—No las vendí —dijo Schultz—.
Prácticamente las regalé.
—Creo que no le comprendo —dijo
Armstrong, volviéndose a mirarlo.
—En realidad, es bastante sencillo
—dijo Schultz—. Poco después de que
Hitler llegara al poder, se aprobó una
ley por la que se descalificaba a los
judíos para ser propietarios de
periódicos. Me vi obligado a entregarle
mis acciones a una tercera persona.
—En ese caso, ¿quién es ahora el
propietario del Telegraf? —preguntó
Armstrong.
—Un viejo amigo mío llamado
Klaus Lauber —contestó Schultz—. Era
funcionario en el ministerio de Obras
Públicas. Nos conocimos hace muchos
años en un club de ajedrez, y solíamos
jugar todos los martes y viernes…, otra
de las cosas que tampoco me
permitieron seguir haciendo después de
la llegada de Hitler al poder.
—Pero si Lauber es tan buen amigo
suyo, tiene que poder venderle de nuevo
las acciones.
—Supongo que eso todavía es
posible. Al fin y al cabo, solo pagó una
suma nominal por ellas, en el bien
entendido de que me las devolvería una
vez acabada la guerra.
—Estoy seguro de que será fiel a su
palabra —dijo Armstrong—, sobre todo
si es tan buen amigo suyo.
—Yo también estoy seguro de que lo
haría, si no hubiéramos perdido el
contacto durante la guerra. No lo he
vuelto a ver desde diciembre de 1942.
Como tantos otros alemanes, se ha
convertido en otra estadística.
—Pero usted tiene que saber dónde
vivía —comentó Armstrong, dándose
unos golpecitos en la pierna con el
bastón de paseo.
—Su familia fue trasladada fuera de
Berlín después de que se iniciaran los
bombardeos, que fue cuando perdí
contacto con él. Solo Dios sabe dónde
puede estar ahora —añadió con un
suspiro.
Dick tuvo la sensación de haber
obtenido toda la información que
necesitaba.
—¿Qué sucede con ese artículo
sobre la inauguración del nuevo
aeropuerto? —preguntó, para cambiar
de tema.
—Ya hemos enviado a un fotógrafo
al lugar, y he pensado enviar a un
periodista para hacer una entrevista…
Schultz continuó informándole, pero
Armstrong tenía sus pensamientos
puestos en otra cosa. En cuanto regresó
a su despacho, llamó a Sally y le pidió
que se pusiera en contacto con la
Comisión de Control y descubriera
quién era el propietario del Telegraf.
—Siempre creí que era Arno —dijo
ella.
—Yo también —dijo Armstrong—,
pero por lo visto no lo es. Se vio
obligado a vender sus acciones a un tal
Klaus Lauber poco después de la
llegada de Hitler al poder. Lo que
necesito saber es: primero, ¿sigue
siendo Lauber el propietario de las
acciones? Segundo, si lo es, ¿vive
todavía? Y tercero, si vive, ¿dónde
demonios está? Y, por favor, Sally, no le
mencione esto a nadie. Y eso incluye al
teniente Wakeham.
Sally tardó tres días en confirmar
que el mayor Klaus Otto Lauber seguía
registrado en la Comisión de Control
como el propietario legal del Der
Telegraf.
—Pero ¿está todavía vivo? —
preguntó Armstrong.
—Vivito y coleando —contestó
Sally—. Y, lo que es más importante, se
encuentra en Gales.
—¿En Gales? —repitió Armstrong
—. ¿Cómo puede ser?
—Por lo visto, el mayor Lauber está
retenido actualmente en un campo de
internamiento en las afueras de
Bridgend, donde ha pasado los tres
últimos años, después de haber sido
capturado mientras servía en el Afrika
Korps de Rommel.
—¿Qué más ha podido descubrir?
—preguntó Armstrong.
—Eso es todo —contestó Sally—.
Me temo que el mayor no pasó una
buena guerra.
—Bien hecho, Sally. Pero sigo
queriendo saber cualquier cosa que
pueda descubrir sobre él. Y me refiero a
todo; fecha y lugar de nacimiento,
educación, cuánto tiempo estuvo en el
ministerio de Obras Públicas, todo hasta
el día que llegó a Bridgend. Procure
utilizar en esto todos los favores que le
deban, y procúrese unos pocos más si lo
necesita. Yo voy a ver a Oakshott.
¿Alguna otra cosa por la que deba
preocuparme?
—Hay un joven periodista del
Oxford Mail que esperaba poder
entrevistarse con usted. Lleva esperando
casi una hora.
—Déjelo para mañana.
—Pero escribió para pedirle una
cita, y usted se la concedió.
—Déjelo para mañana —repitió
Armstrong.
Sally había terminado por conocer
bien aquel tono de voz y, después de
librarse del señor Townsend, dejó todo
lo que estaba haciendo y se dispuso a
investigar la poco distinguida carrera
del mayor Klaus Lauber.
Después de abandonar su despacho,
el soldado Benson condujo al capitán
Armstrong hasta los alojamientos de
oficiales de la comandancia, situados al
otro lado del sector.
—Me viene usted con peticiones
muy extrañas —observó el coronel
Oakshott después de que él le esbozara
su idea.
—Creo que terminará usted por
comprobar, señor, que esto ayudará a la
larga a cimentar unas mejores relaciones
entre las fuerzas de ocupación y los
ciudadanos de Berlín.
—Está bien, Dick. Sé que usted
comprende estas cosas mucho mejor que
yo, pero en este caso no puedo imaginar
siquiera cómo reaccionarán nuestros
jefes.
—Quizá pueda usted señalarles,
señor, que si somos capaces de
demostrarles a los alemanes que
nuestros prisioneros de guerra, es decir,
sus esposos, hijos y padres, reciben un
tratamiento justo y decente por parte de
los británicos, eso sería un magnífico
golpe de relaciones públicas para
nosotros, especialmente teniendo en
cuenta la forma en que los nazis trataron
a los judíos.
—Haré todo lo que pueda —le
prometió el coronel—. ¿Cuántos campos
desea visitar?
—Creo que, para empezar, solo uno
—contestó Armstrong—. Y quizá otros
dos o tres algo más adelante, en el caso
de que mi primera salida demuestre ser
un éxito. —Sonrió, antes de añadir—:
Solo espero que eso no dé a «nuestros
jefes» razones para sentir pánico.
—¿Ha pensado ya en alguno en
particular? —preguntó el coronel.
—En Inteligencia me han informado
que el campo ideal para llevar a cabo
esta clase de ejercicio puede ser,
probablemente, uno situado a unos
pocos kilómetros a las afueras de
Bridgend, en Gales.

El coronel tardó en conseguir la


autorización deseada por el capitán
Armstrong algo más de lo que tardó
Sally en descubrir todo lo que había que
saber sobre Klaus Lauber. Dick releyó
sus notas una y otra vez, tratando de
considerarlas desde todos los puntos de
vista.
Lauber había nacido en Dresde en
1896. Sirvió en la Primera Guerra
Mundial y alcanzó el grado de teniente.
Tras el Armisticio entró a formar parte
del ministerio de Obras Públicas, en
Berlín. A pesar de hallarse en la
reserva, fue llamado a filas en
diciembre de 1942, y se le concedió el
grado de mayor. Enviado al norte de
África, fue puesto al mando de una
unidad dedicada a construir puentes, que
poco más tarde se dedicó a destruirlos.
Capturado en marzo de 1943 durante la
batalla de El Agheila, fue enviado por
vía marítima a Gran Bretaña y se
encontraba actualmente en el campo de
internamiento situado en las afueras de
Bridgend. En el expediente de Lauber,
en la Oficina de Guerra de Whitehall, no
se mencionaba que fuera propietario de
las acciones del Der Telegraf.
Tras leer las notas una vez más,
Armstrong le hizo una pregunta a Sally.
Ella comprobó rápidamente en la guía
de oficiales británicos estacionados en
Berlín, y le dio tres nombres.
—¿Alguno de ellos ha servido en el
Regimiento del Rey, o en el North
Staffordshire? —preguntó Armstrong.
—No —contestó Sally—, pero uno
de ellos pertenece a la Brigada Real de
Rifles, que utiliza los mismos
comedores que nosotros.
—Bien —asintió Dick—, ese es
nuestro hombre.
—A propósito —dijo Sally—, ¿qué
debo decirle al joven periodista del
Oxford Mail?
Dick hizo una pausa antes de
contestar.
—Dígale que he tenido que visitar el
sector estadounidense, y que trataré de
entrevistarme con él en algún momento,
mañana.
Era insólito que Armstrong comiera
en el comedor de oficiales británicos,
porque con su opulencia y libertad para
moverse por la ciudad siempre era bien
recibido en cualquier restaurante de
Berlín. En cualquier caso, todo oficial
sabía que, cuando se trataba de comer,
siempre trataba de encontrar alguna
excusa para estar en el sector francés.
No obstante, la noche de ese martes
concreto el capitán Armstrong llegó al
comedor pocos minutos después de las
seis y le preguntó al cabo que servía
detrás de la barra si conocía al capitán
Stephen Hallet.
—Desde luego, señor —contestó el
cabo—. El capitán Hallet suele venir
hacia las seis y media. Creo que trabaja
en el Departamento Legal —añadió,
diciéndole a Armstrong algo que ya
sabía.
Armstrong se quedó en el bar,
tomando un whisky y mirando hacia la
puerta cada vez que llegaba un nuevo
oficial. Luego, miraba
interrogativamente al cabo, que en cada
ocasión negaba con la cabeza, hasta que
se dirigió hacia el bar un hombre
delgado, prematuramente calvo, en quien
hasta el uniforme más pequeño habría
parecido holgado. Al llegar ante la barra
pidió un Tom Collins y el barman le
dirigió a Armstrong un rápido gesto de
asentimiento. Armstrong se le acercó y
se sentó en un taburete, a su lado.
Se presentó y se enteró rápidamente
de que Hallet se sentía impaciente por
ser desmovilizado y regresar al Colegio
de Abogados de Lincoln, para continuar
con su carrera.
—Me ocuparé de ayudarle a
acelerar el proceso —dijo Armstrong,
sabiendo perfectamente bien que,
cuando se trataba de ese departamento,
no tenía absolutamente ninguna
influencia.
—Es muy amable por su parte,
compañero —agradeció Hallet—. No
vacile en decirme si puedo hacer algo
por usted cuando lo necesite. Para
compensarle por la molestia.
—¿Qué le parece si tomamos un
bocado? —sugirió Armstrong, que bajó
del taburete y condujo al abogado hacia
una mesa tranquila para dos, en un
rincón.
Después de haber pedido el menú
fijo, Armstrong pidió al cabo una botella
de vino de su reserva privada, y condujo
hábilmente a su compañero a hablar de
un tema sobre el que, según dijo,
necesitaba consejo.
—Comprendo demasiado bien los
problemas a los que se enfrentan algunos
alemanes —dijo Armstrong, que llenó la
copa de su compañero—, puesto que yo
mismo soy judío.
—Me sorprende, capitán Armstrong
—dijo Hallet, que tomó un sorbo de
vino, antes de añadir—: Pero,
evidentemente, es usted un hombre lleno
de sorpresas.
Armstrong miró con atención a su
compañero de mesa, pero no detectó en
su rostro ninguna señal de ironía.
—Quizá pueda usted ayudarme en un
caso muy interesante que me he
encontrado hace poco sobre la mesa —
se arriesgó a decir.
—Estaré encantado de ayudarle en
lo que pueda —dijo Hallet.
—Es muy amable por su parte —
dijo Armstrong, que todavía no había
tocado su copa—. Me preguntaba qué
derechos puede tener un judío alemán
que, antes de la guerra, se vio obligado
a vender las acciones que poseía de una
empresa a otro alemán no judío. ¿Puede
reclamar su devolución, ahora que la
guerra ha terminado?
El abogado guardó un momento de
silencio, y en esta ocasión pareció un
poco extrañado.
—Solo en el caso de que la persona
que adquirió las acciones sea lo bastante
decente como para volvérselas a vender.
De otro modo, no puede hacer
absolutamente nada al respecto. Si
recuerdo correctamente, eso fue el
resultado de las leyes de Nuremberg de
1935.
—Eso, sin embargo, no parece justo
—se limitó a decir Armstrong.
—En efecto, no lo es —fue la
respuesta del abogado, que tomó otro
sorbo de vino—. Pero esa fue la ley
aprobada en su momento y, tal como
están las cosas ahora, no existe ninguna
autoridad civil con capacidad para
revocarla. Ah, debo admitir que este
clarete es excelente. ¿Cómo se las ha
arreglado para encontrarlo?
—Un buen amigo mío, en el sector
francés, parece tener existencias
ilimitadas. Si quiere, puedo pedirle, y
luego hacérselas llegar a usted, una
docena de botellas.

A la mañana siguiente, el coronel


Oakshott recibió autorización para
permitirle al capitán Armstrong que
visitara un campo de internamiento en
Gran Bretaña, en cualquier momento del
siguiente mes.
—Pero le han limitado a visitar
Bridgend —añadió.
—Lo comprendo perfectamente —
asintió Armstrong.
—Y también han dejado bien claro
que no puede usted entrevistar a más de
tres prisioneros —continuó el coronel,
que leía un memorándum que tenía sobre
la mesa—, y que ninguno de ellos puede
tener un rango superior al de coronel.
Son órdenes estrictas de Seguridad.
—Estoy seguro de que podré
arreglármelas, a pesar de esas
limitaciones —dijo Armstrong.
—Esperemos que todo esto
demuestre ser útil, Dick. Como bien
sabe, todavía tengo mis dudas.
—Espero demostrarle que está
equivocado, señor.
Una vez que hubo regresado a su
oficina, Armstrong le pidió a Sally que
se ocupara de arreglar los detalles de su
viaje.
—¿Cuándo desea marcharse? —
preguntó ella.
—Mañana.
—Disculpe, ha sido una pregunta
estúpida por mi parte —dijo ella.
Sally le consiguió plaza para un
vuelo a Londres para el día siguiente,
después de que un general cancelara su
viaje en el último momento. También se
ocupó de que acudiera a recibirle un
coche con un chófer, que lo llevaría
directamente a Gales.
—Pero ¿tienen los capitanes derecho
a un coche y un chófer? —preguntó él
cuando Sally le entregó la
documentación del viaje.
—Lo tienen si el brigadier que se
ocupa de eso desea ver publicada la foto
de su hija en la primera página del
Telegraf cuando ella visite Berlín al mes
que viene.
—¿Y por qué querría el brigadier
una cosa así? —preguntó Armstrong.
—Yo diría que, probablemente, no
puede casarla en Inglaterra —contestó
Sally—. Y, como yo misma sé muy bien,
todo el mundo se echa encima de
cualquier cosa con faldas.
Armstrong se echó a reír.
—Si de mí dependiera, Sally,
recibiría usted un aumento de sueldo.
Mientras tanto, manténgame informado
de cualquier otra cosa que pueda
descubrir sobre Lauber, y me refiero una
vez más a cualquier cosa.
Aquella noche, durante la cena, Dick
le dijo a Charlotte que una de las
razones por las que viajaba a Gran
Bretaña era para ver si podía encontrar
un trabajo una vez que recibiera la
documentación de su desmovilización.
Aunque ella esbozó una sonrisa forzada,
últimamente no siempre estaba segura de
que él le contara toda la verdad. Cuando
lo presionaba un poco, él se escudaba
invariablemente tras las palabras
«máximo secreto», y se daba unos
golpecitos en la nariz con el dedo
índice, tal como había visto hacer al
coronel Oakshott.

A la mañana siguiente, el soldado


Benson lo llevó al aeropuerto. Mientras
estaba en el vestíbulo de salidas, una
voz sonó por el sistema de altavoces:
«Capitán Armstrong, preséntese en el
teléfono militar más cercano antes de
embarcar. Es un aviso para el capitán
Armstrong». Podría haber atendido la
llamada si su avión no se hubiera
dirigido ya en esos momentos hacia la
pista de despegue.
Tres horas más tarde, al aterrizar en
Londres, Armstrong cruzó la pista para
dirigirse hacia el cabo apoyado contra
un brillante Austin negro que sostenía
una pizarra con su nombre indicado en
ella. El cabo se puso firmes y saludó en
cuanto distinguió al oficial que se le
acercaba.
—Necesito que me lleve
inmediatamente a Bridgend —le dijo,
antes de que el hombre tuviera la
oportunidad de abrir la boca.
Tomaron por la A40, y Armstrong se
quedó dormido en pocos minutos. No se
despertó hasta que el cabo dijo en voz
alta:
—Solo faltan unos cuatro kilómetros
más y habremos llegado, señor.
Al acercarse al campo, afluyeron a
su mente los recuerdos de los tiempos
de su propio internamiento en Liverpool.
Pero esta vez, cuando el coche pasó ante
las puertas, los centinelas se pusieron
firmes y saludaron. El cabo detuvo el
Austin frente a la oficina del comandante
de campo.
Al entrar Armstrong, un capitán se
puso en pie, desde el otro lado de una
mesa, y le saludo.
—Soy Roach —se presentó—.
Encantado de conocerle.
Extendió la mano y Armstrong se la
estrechó. El capitán Roach no mostraba
ninguna medalla en su uniforme y daba
toda la impresión de no haber cruzado
nunca el Canal, ni siquiera para pasar un
día al otro lado, y mucho menos para
entrar en contacto con el enemigo.
—Nadie me ha explicado todavía
cómo puedo ayudarle —dijo mientras
dirigía a Armstrong hacia un cómodo
sillón junto a la chimenea encendida.
—Necesito ver una lista detallada
de los prisioneros que hay en este
campo —dijo Armstrong, sin perder
tiempo en fruslerías—. Tengo la
intención de entrevistar a tres de ellos,
para un informe que preparo para la
Comisión de Control, en Berlín.
—Eso es bastante fácil —dijo el
capitán—. Pero ¿por qué han elegido
precisamente Bridgend? La mayoría de
los generales nazis están encerrados en
Yorkshire.
—Soy perfectamente consciente de
ello —asintió Armstrong—, pero no se
me ha dado la posibilidad de elegir.
—Me parece bien. ¿Se ha formado
ya alguna idea acerca del tipo de
persona al que quiere entrevistar, o debo
elegir a unas pocas, al azar?
El capitán Roach le entregó una
tablilla con varias hojas llenas de
nombres. Armstrong recorrió
rápidamente con la vista la lista
mecanografiada de nombres. Sonrió.
—Entrevistaré a un cabo, a un
teniente y a un mayor —dijo, al tiempo
que señalaba tres nombres con una cruz,
antes de devolverle la lista al capitán.
Roach leyó los nombres elegidos.
—Con los dos primeros será
bastante fácil —dijo—, pero me temo
que no podrá entrevistar usted al mayor
Lauber.
—Tengo plena autoridad para…
—No importaría que tuviera incluso
la autoridad del propio señor Attlee —
le interrumpió Roach—. Al tratarse de
Lauber no puedo hacer nada por usted.
—¿Por qué no? —espetó Armstrong.
—Porque murió hace dos semanas.
El pasado lunes lo envié a Berlín en un
ataúd.
Muere sir Graham Townsend
12

E l cortejo fúnebre se detuvo ante la


catedral. Keith se bajó del primer
coche del acompañamiento, tomó a su
madre por el brazo y la ayudó a subir
los escalones, seguido por sus hermanas.
Al entrar en el edificio, los fieles ya
reunidos se levantaron de sus asientos.
Un acólito les acompañó por el pasillo
lateral hasta un banco vacío situado en
primera fila. Keith sintió varios pares de
ojos fijos en él, todos ellos con la
misma pregunta: «¿Estás a la altura de
las circunstancias?». Un momento más
tarde, el ataúd pasó junto a ellos y
quedó instalado en un catafalco, delante
del altar.
El servicio fúnebre fue celebrado
por el obispo de Melbourne, y las
oraciones leídas por el reverendo
Charles Davidson. Los cánticos
seleccionados por lady Townsend
habrían hecho reír al viejo: Ser un
peregrino, La roca de los tiempos y
Participa en la buena lucha. David
Jakeman, antiguo director del Courier,
fue el encargado de pronunciar el
panegírico. Habló de la energía de sir
Graham, de su entusiasmo por la vida,
de su ausencia de hipocresía, del amor
que sentía por su familia, y de lo mucho
que sería echado de menos por todos
aquellos que lo habían conocido.
Terminó recordando a todos los
presentes que sir Graham había sido
sucedido por un hijo y heredero.
Después de la bendición, lady
Townsend se apoyó de nuevo en el brazo
de su hijo y siguió a los que llevaban el
féretro a hombros. Los sacaron de la
catedral y lo llevaron hacia el
cementerio.
—Ceniza a las cenizas, polvo al
polvo —entonó el obispo mientras el
féretro de roble era descendido al
interior de la fosa, y los sepultureros
empezaban a arrojar paletadas de tierra
sobre él.
Keith levantó la cabeza y paseó la
mirada por todos los que rodeaban la
tumba. Amigos, parientes, colegas,
políticos, rivales, corredores de
apuestas, e incluso algún que otro buitre
que, según sospechaba Keith, solo había
acudido para ver si podía picotear los
despojos… que iban a quedar
enterrados en la fosa.
Una vez que el obispo hizo la señal
de la cruz, Keith condujo lentamente a su
madre de regreso hacia la limusina que
esperaba. Poco antes de llegar, ella se
volvió y miró a los que la seguían en
silencio. Durante la hora siguiente,
estrechó la mano y recibió el pésame de
todos los asistentes, hasta que se hubo
marchado el último.
Ni Keith ni su madre hablaron
durante el trayecto de regreso a Toorak
y, en cuanto llegaron a la casa, lady
Townsend subió la ancha escalera de
mármol y se retiró a su habitación. Keith
se dirigió a la cocina, donde Florrie
preparaba un almuerzo ligero. El propio
Keith preparó una bandeja y subió con
ella a la habitación de su madre. Al
llegar ante la puerta, llamó con suavidad
y entró. Ella estaba sentada en su sillón
favorito, junto a la ventana. No se movió
cuando él dejó la bandeja sobre la
mesita situada delante. La besó en la
frente sin decir nada, se volvió y salió
de la habitación. Luego salió a dar un
largo paseo por los terrenos de la
propiedad, recorriendo los lugares que
tan a menudo había visitado con su
padre. Ahora que había terminado el
funeral, sabía que tendría que abordar el
tema que había evitado hasta entonces.
Lady Townsend reapareció poco
antes de las ocho de aquella misma
noche y juntos se dirigieron al comedor.
Una vez más, ella solo habló de su
padre, y repitió con frecuencia los
mismos sentimientos que ya expresara la
noche anterior. Comió muy poco y, una
vez retirado el plato principal, se
levantó sin decir nada y se dirigió al
salón.
Al sentarse en su lugar habitual,
junto a la chimenea encendida, Keith
permaneció un momento de pie, antes de
sentarse en el sillón que había sido el de
su padre. Una vez que la doncella les
sirvió el café, su madre se inclinó hacia
adelante, se calentó las manos
extendidas hacia el fuego e hizo la
pregunta que él había esperado
pacientemente a escuchar.
—¿Qué tienes la intención de hacer
ahora que has regresado a Australia?
—Lo primero que haré mañana será
ir a ver al director del Courier. Hay
varios cambios que se tienen que
introducir rápidamente si queremos
desafiar al Age.
Tras estas palabras, esperó la
respuesta de su madre.
—Keith —dijo ella tras un momento
de silencio—, siento mucho tener que
decirte que ya no somos los propietarios
del Courier.
Keith se quedó tan asombrado ante
aquella información que no supo qué
decir. Su madre continuó calentándose
las manos.
—Como sabes, tu padre me lo dejó
todo a mí en su testamento, y yo siempre
he detestado tener cualquier clase de
deudas. Quizá si te hubiera dejado a ti el
periódico.
—Pero madre, yo… —empezó a
decir Keith.
—Procura no olvidar, Keith, que has
estado fuera cinco años. La última vez
que te vi eras un adolescente que
embarcó de mala gana en el SS
Stranthedan. En aquellos momentos no
tenía forma de saber…
—Pero mi padre no hubiera querido
que vendieras el Courier. Fue el primer
periódico con el que estuvo asociado.
—Y perdía dinero cada semana.
Cuando la Kenwright Corporation me
ofreció la oportunidad de salirme,
librándonos de todo compromiso, el
consejo recomendó que aceptara la
oferta.
—Pero ni siquiera me diste la
oportunidad de ver si podía darle la
vuelta a la situación. Soy muy consciente
de que los dos periódicos han estado
perdiendo tirada en los últimos años.
Precisamente por eso había preparado
un plan para hacer algo al respecto, un
plan con el que papá parecía estar de
acuerdo.
—Me temo que eso ya no será
posible —dijo su madre—. Sir Colin
Grant, el presidente del Adelaide
Messenger, acaba de hacerme una oferta
de 150 000 libras por el Gazette, y el
consejo la tomará en consideración en
nuestra siguiente reunión.
—Pero ¿por qué tenemos que vender
el Gazette? —preguntó Keith con
incredulidad.
—Porque hemos librado durante
años una batalla perdida de antemano
con el Messenger, y su oferta parece
extremadamente generosa teniendo en
cuenta las circunstancias.
—Mamá —dijo Keith levantándose
y mirándola—, no he regresado a casa
para vender el Gazette, sino
precisamente para todo lo contrario.
Ahora, uno de mis objetivos a largo
plazo será hacerme con el Messenger.
—Keith, eso no es nada realista
teniendo en cuenta nuestra situación
financiera actual. En cualquier caso, el
consejo no estará de acuerdo.
—Quizá no lo esté por el momento,
pero lo estará en cuanto empecemos a
vender más ejemplares que nunca.
—Te pareces tanto a tu padre,
Keith… —dijo su madre, mirándolo.
—Solo quiero que me des la
oportunidad para demostrarlo y ponerme
a prueba —dijo Keith—. Descubrirás
que he aprendido muchas cosas durante
el tiempo que he pasado en Fleet Street.
He regresado a casa dispuesto a hacer
buen uso de esos conocimientos.
Lady Townsend se quedó mirando el
fuego durante un rato, antes de contestar.
—Sir Colin me ha dado noventa días
para considerar su oferta. —Hizo una
nueva pausa—. Yo te daré exactamente
ese mismo tiempo para convencerme de
que debo rechazar su oferta.
A la mañana siguiente, cuando
Townsend descendió del avión en
Adelaida, lo primero que observó al
pasar por el vestíbulo de llegadas fue
que el Messenger se hallaba situado por
encima del Gazette en la estantería de
periódicos. Dejó las maletas en el suelo
y cambió los periódicos de sitio, de
modo que el Gazette quedó arriba.
Luego, compró un ejemplar de los dos.
Mientras guardaba cola para tomar
un taxi, observó que de las setenta y tres
personas que salieron del aeropuerto,
doce llevaban el Messenger y solo siete
el Gazette. Mientras el taxi le conducía
a la ciudad, anotó esos datos en el dorso
del billete, con la intención de informar
a Frank Bailey, el director del Gazette,
en cuanto llegara a su despacho. Dedicó
el resto del trayecto a hojear los dos
periódicos, y tuvo que admitir que el
Messenger ofrecía una lectura más
interesante. No obstante, tuvo la
sensación de que no debía expresar
aquella opinión durante su primer día de
estancia en la ciudad.
Townsend se bajó frente a las
oficinas del Gazette. Dejó las maletas
en recepción y tomó el ascensor hasta el
tercer piso. Nadie le prestó atención
cuando avanzaba por entre las hileras de
periodistas sentados ante sus mesas,
dedicados a teclear en sus máquinas de
escribir. Sin llamar ante la puerta del
despacho del director, entró
directamente y se encontró con que se
celebraba en aquellos momentos la
conferencia matinal.
Un sorprendido Frank Bailey se
levantó de detrás de su mesa y extendió
una mano hacia él.
—Keith, me alegro de verte después
de tanto tiempo.
—Sí, es muy agradable volver a
verle —dijo Townsend con tono serio.
—No le esperábamos hasta mañana
—observó Bailey, que cambió
inmediatamente y pasó a tratarle de
usted. Se volvió hacia los periodistas,
sentados en arco alrededor de su mesa
—. Les presento a Keith, el hijo de sir
Graham, que ocupará el puesto de su
padre como editor. Aquellos de ustedes
que lleven con nosotros unos pocos años
recordarán la última vez que estuvo aquí
como… —Frank vaciló.
—Como el hijo de mi padre —dijo
Townsend. El comentario fue saludado
por unas risas—. Les ruego que
continúen como si no yo estuviera aquí.
No tengo la intención de interferir en las
decisiones editoriales.
Se dirigió hacia un rincón del
despacho, se sentó en el alféizar de la
ventana y observó, mientras Bailey
continuaba dirigiendo la conferencia
matinal. No había perdido ninguna de
sus capacidades como, al parecer,
tampoco su deseo de utilizar el
periódico para hacer campaña en favor
de cualquier desvalido que, en su
opinión, hubiera sido tratado
injustamente.
—Está bien, ¿cuál será la historia
principal para mañana? —preguntó.
Tres manos se levantaron.
—Dave —dijo el redactor,
señalando con un lápiz al redactor jefe
de sucesos—. Veamos cuál es tu
propuesta.
—Parece que hoy podemos tener un
veredicto en el juicio de Sammy Taylor.
Se espera que el juez exponga sus
conclusiones a últimas horas de esta
tarde.
—Bueno, si actúa de la misma forma
como ha llevado el juicio hasta ahora,
ese pobre bastardo no tiene la menor
esperanza. Ese hombre colgará a Taylor
a la menor excusa que se le presente.
—Lo sé —asintió Dave.
—Si es un veredicto de
culpabilidad, le dedicaré la primera
página y escribiré un artículo de opinión
sobre el simulacro de justicia que puede
esperar cualquier aborigen en nuestros
tribunales. ¿Sigue el tribunal rodeado
por manifestantes aborígenes?
—Desde luego. Eso se ha convertido
en una vigilia continua, día y noche.
Duermen en la acera desde que
publicamos aquella foto de sus líderes
arrastrados por la policía.
—De acuerdo, si se pronuncia hoy
un veredicto y es de culpabilidad, tienes
la primera página. Jane —dijo
volviéndose hacia la redactora jefe de
crónicas—, necesitaré mil palabras
sobre los derechos de los aborígenes y
la forma nefasta en que se ha llevado
este juicio. Simulacro de justicia,
prejuicios raciales, ya sabes, todas esas
cosas.
—¿Y si el jurado decide que no es
culpable? —preguntó Dave.
—En ese improbable caso, dispones
de la columna derecha de la primera
página, y Jane puede pasarme quinientas
palabras de la página siete sobre la
fortaleza del sistema de jurados,
Australia saliendo finalmente de las
épocas oscuras, etcétera.
Bailey desvió la atención hacia el
otro lado de la estancia y señaló con un
lápiz a una mujer que había mantenido la
mano en alto.
—Maureen —le dijo.
—Podemos tener una enfermedad
misteriosa en el Royal Hospital de
Adelaida. Tres niños pequeños han
muerto en los diez últimos días y Gyles
Dunn, director del hospital, se niega a
hacer declaración alguna, a pesar de lo
mucho que le he presionado.
—¿Todos los niños son de aquí?
—Sí —contestó Maureen—.
Proceden todos de la zona de Port
Adelaide.
—¿Edades? —preguntó Frank.
—Cuatro, tres y cuatro años. Dos
niñas y un niño.
—De acuerdo, ponte en contacto con
sus padres, sobre todo con las madres.
Quiero fotos, historial de las familias,
todo lo que puedas encontrar sobre
ellos. Intenta descubrir si existe alguna
relación entre las familias, por remota
que sea. ¿Están emparentados? ¿Se
conocen entre sí, o trabajan en el mismo
lugar? ¿Tienen algún interés compartido,
por remoto que sea, y que pueda
relacionar los tres casos? Y quiero
alguna clase de declaración por parte de
Gyles Dunn, aunque solo sea: «Sin
comentarios».
Maureen le dirigió a Bailey un
rápido gesto de asentimiento y este
volvió su atención al redactor jefe
gráfico.
—Consígueme una foto de Dunn con
aspecto atormentado, que sea lo bastante
buena como para publicarla en primera
página. Tendrás la primera página,
Maureen, si el veredicto sobre Taylor es
de inocencia. En caso contrario te daré
la página cuatro, con una posible
continuación de fondo en la página
cinco. Procura conseguir fotos de los
tres niños. Lo que busco es alguna foto
del álbum familiar, con niños sanos y
felices, preferiblemente de vacaciones.
Y quiero que entres en ese hospital. Si
Dunn sigue negándose a declarar nada,
encuentra a alguien que esté dispuesto a
hablar. Un médico, una enfermera, o
incluso un celador, pero asegúrate de
que la declaración se produzca delante
de testigos o quede grabada. No quiero
encontrarme con otro fiasco como el del
mes pasado con la señora Kendal y sus
quejas contra el cuerpo de bomberos.
Ah, Dave —dijo el director, que se
volvió de nuevo hacia el redactor jefe
de sucesos—, necesitaré saber lo antes
posible el veredicto del caso Taylor,
para que podamos ponernos a trabajar
en la compaginación de la primera
página. ¿Alguien más tiene algo que
ofrecer?
—Thomas Playford hará lo que ha
prometido. Será una declaración
importante a las once de esta mañana —
dijo Jim West, el redactor jefe de
política.
Surgieron gemidos que se
extendieron por todo el despacho.
—No me interesa, a menos que
anuncie su dimisión —dijo Frank—. Si
se trata del habitual ejercicio fotográfico
y de relaciones públicas, y de presentar
más cifras hinchadas sobre lo mucho que
supuestamente ha conseguido para la
comunidad local, dedicarle una sola
columna en la página once. ¿Qué
tenemos en deportes, Harry?
Un hombre con bastante sobrepeso,
sentado en la esquina, frente a
Townsend, parpadeó y se volvió hacia
un joven ayudante sentado a su lado. El
joven le susurró algo al oído.
—Oh, sí —dijo el redactor jefe
deportivo—. Durante el día de hoy el
seleccionador anunciará la composición
de nuestro equipo para la primera
prueba contra Inglaterra, que empezará
el jueves.
—¿Es posible que sea seleccionado
alguno de los chicos de Adelaida?
Townsend asistió al resto de la
conferencia, que duró una hora, pero no
dijo nada, a pesar de que, en su opinión,
habían quedado por contestar varias
preguntas. Una vez terminada la
conferencia, esperó a que salieran todos
los periodistas antes de entregarle a
Frank las notas que había tomado antes,
en el taxi. El director miró las cifras
tomadas apresuradamente y prometió
estudiarlas con mayor atención en cuanto
dispusiera de un momento. Sin darse
cuenta de lo que hacía, dejó la nota en la
bandeja de asuntos de salida.
—Puede usted pasar a verme
siempre que desee saber algo, Keith —
le dijo—. Mi puerta siempre está
abierta. —Townsend asintió con un
gesto. Al volverse para salir, Frank
añadió—: ¿Sabe? Su padre y yo siempre
mantuvimos una buena relación de
trabajo. Hasta hace poco, tomaba el
avión desde Melbourne y venía a verme
por lo menos una vez al mes.
Townsend sonrió y cerró
tranquilamente la puerta del despacho
del editor, tras él. Caminó de nuevo
entre las máquinas de escribir y tomó el
ascensor hasta el último piso.
Experimentó un estremecimiento al
entrar en el despacho de su padre,
consciente por primera vez de que ya
nunca tendría la oportunidad de
demostrarle que sería un digno sucesor.
Contempló la estancia, y su mirada se
detuvo sobre la fotografía de su madre,
en la esquina de la mesa. Sonrió al
pensar que ella era la única persona que
no tenía necesidad de sentir miedo a ser
sustituida en un próximo futuro.
Oyó un pequeño carraspeo, se
volvió y se encontró con la señorita
Bunting, de pie ante la puerta. Había
servido a su padre como secretaria
durante los últimos treinta y siete años.
De niño, Townsend había oído a su
madre describir a Bunty, según la
llamaban todos, como «una chica
delgaducha». Debía de tener poco más
de un metro cincuenta y dos de estatura,
aunque se la midiera desde lo alto del
moño perfectamente hecho. Nunca la
había visto el cabello arreglado de
ninguna otra forma y, desde luego, Bunty
no hacía ninguna concesión a la moda.
La falda larga y el sensato jersey que
llevaba solo permitían ver un atisbo de
los tobillos y el cuello; no lucía ninguna
joya y, por lo visto, nadie le había
hablado todavía de las medias de nailon.
—Bienvenido a casa, señor Keith —
le dijo con su acento escocés que no
había disminuido en lo más mínimo
después de vivir casi cuarenta años en
Australia—. Acabo de poner las cosas
en orden, para que todo estuviera
preparado para su regreso.
Naturalmente, me jubilaré pronto, pero
comprendería perfectamente que usted
quisiera traer a alguien que me sustituya
antes de eso.
Townsend tuvo la sensación de que
ella había ensayado cada una de las
palabras de su pequeño discurso,
decidida a pronunciarlas antes de que él
tuviera la oportunidad de decirle nada.
Le sonrió.
—No voy a buscar a nadie que la
sustituya, señorita Bunting. —No tenía
ni idea de cuál era su nombre de pila;
solo sabía que su padre siempre la
llamaba «Bunty»—. El único cambio
que me gustaría es que volviera usted a
llamarme simplemente Keith.
Ella sonrió.
—¿Por dónde quiere empezar?
—Dedicaré el resto del día a
repasar los archivos. Luego, empezaré
por lo primero mañana por la mañana.
—¿Significa «empezar por lo
primero» lo mismo que significaba para
su padre? —preguntó ella,
inocentemente.
—Me temo que sí —contestó
Townsend con una sonrisa burlona.

A la mañana siguiente, Townsend


regresó al Gazette a las siete de la
mañana. Tomó el ascensor hasta el
segundo piso y recorrió las mesas
vacías del departamento de publicidad y
anuncios clasificados. Incluso vacío, se
dio cuenta de que el departamento
estaba mal dirigido. Había papeles
diseminados sobre las mesas, carpetas
que se habían dejado abiertas y varias
luces que, evidentemente, habían
permanecido encendidas durante toda la
noche. Empezó a comprender que su
padre había tenido que estar ausente de
aquel edificio desde hacía mucho
tiempo.
El primer empleado llegó a las
nueve y diez.
—¿Quién es usted? —le preguntó
Townsend en cuanto ella entró.
—Ruth —contestó—. ¿Y usted quién
es?
—Keith Townsend.
—Ah, sí, el hijo de sir Graham —
dijo ella con todo indiferente y se
dirigió hacia su mesa.
—¿Quién dirige este departamento?
—preguntó Townsend.
—El señor Harris —contestó ella,
sentándose y sacando una polvera del
bolso.
—¿A qué hora puedo esperar verle?
—Bueno, suele llegar entre las
nueve y media y las diez.
—¿De veras? —preguntó Townsend
—. ¿Dónde está su mesa de despacho?
La joven se volvió y señaló hacia un
rincón del fondo de la sala.
El señor Harris llegó a la oficina a
las 9,47. Para entonces, Townsend ya
había revisado la mayoría de sus fichas.
—¿Qué demonios se cree que está
haciendo? —fueron las primeras
palabras de Harris al encontrar a
Townsend sentado tras su mesa,
dedicado a estudiar un montón de
papeles.
—Esperándole —contestó
Townsend—. No esperaba que mi
director de publicidad llegara poco
antes de las diez de la mañana.
—Nadie que trabaje para un
periódico empieza mucho antes de las
diez. Eso lo sabe hasta el chico de los
recados —dijo Harris.
—Mientras fui el chico de los
recados en el Daily Express, lord
Beaverbrook estaba todos los días en su
despacho a las ocho.
—Pero es que yo raras veces me
marcho antes de las seis de la tarde —
protestó Harris.
—Un periodista decente raras veces
se marcha a casa antes de las ocho, y el
personal auxiliar puede considerarse
afortunado si termina antes de la
medianoche. A partir de mañana, usted y
yo nos reuniremos cada mañana en mi
despacho a las ocho y media, y el resto
de su personal estará en sus puestos de
trabajo a las nueve. Si alguien no
pudiera hacerlo así, ya puede empezar a
revisar las ofertas de trabajo publicadas
en la última página del periódico. ¿Me
he explicado con claridad?
Harris apretó los labios y asintió
con un gesto.
—Bien. Lo primero que quiero de
usted es que me presente un presupuesto
para los tres próximos meses, con un
claro análisis acerca de nuestros precios
comparados con los del Messenger.
Quiero tenerlo sobre mi mesa para
cuando llegue mañana.
Se levantó de la silla de Harris.
—Quizá no sea posible tenerle
preparadas todas esas cifras para esa
hora de mañana —protestó Harris.
—En ese caso, también puede
empezar usted a mirar las ofertas de
trabajo —dijo Townsend—. Pero no
durante el tiempo que le pago.
Salió de la sala y dejó a Harris
tembloroso.
Tomó el ascensor y subió un piso, al
departamento de tiraje, donde no le
sorprendió nada encontrar la misma
actitud de laissez-faire. Una hora más
tarde salió del departamento dejando
tembloroso a más de uno, aunque tuvo
que admitir que se sintió bien
impresionado por un joven de Brisbane,
llamado Mel Carter, nombrado
recientemente subdirector del
departamento.
Frank Bailey se mostró sorprendido
al ver al «joven Keith» de regreso en la
oficina tan pronto, y todavía le
sorprendió más comprobar que volvía a
ocupar su puesto en el alféizar de la
ventana para asistir a la conferencia
matinal. Bailey se sintió aliviado al ver
que Townsend no ofrecía ninguna
opinión, pero no pudo evitar darse
cuenta de que no dejaba de tomar notas.
Cuando Townsend llegó a su propio
despacho eran las once de la mañana. Se
dispuso a revisar inmediatamente su
correspondencia, en compañía de la
señorita Bunting. Ella la había dejado
sobre la mesa, dentro de carpetas
separadas, de diferentes colores, con el
propósito, según explicó, de que se
ocupara primero de las verdaderas
prioridades cuando no disponía de
mucho tiempo.
Dos horas más tarde, Townsend
comprendía ya por qué su padre tenía a
«Bunty» en tan alta estima, y se
preguntaba no cuándo la sustituiría, sino
cuánto tiempo estaría ella dispuesta a
quedarse.
—He dejado lo más importante de
todo para el final —dijo Bunty—. La
última oferta del Messenger. Sir Colin
Grant llamó a primeras horas de esta
mañana para darle la bienvenida y
asegurarse de que había recibido usted
su carta.
—¿De veras? —preguntó Townsend
con una sonrisa.
Abrió la carpeta marcada como
«Confidencial», y leyó una carta de
Jervis, Smith & Thomas, los abogados
que habían representado al Messenger
desde que él tenía uso de razón. Se
detuvo al llegar a la cifra de 150 000
libras y frunció el ceño. Leyó después
las actas de la reunión del consejo del
mes anterior, en la que se mostraba
claramente la actitud favorable de los
miembros del consejo con respecto a la
oferta. Pero aquella reunión había tenido
lugar antes de que su madre le
concediera un plazo de noventa días
antes de tomar la decisión.
—Estimado señor —dictó
Townsend, mientras Bunty pasaba
rápidamente la página de su cuaderno de
notas y empezaba a tomar nota
taquigráfica—. He recibido su carta del
doce de los corrientes. Nuevo párrafo.
Con objeto de no hacerle perder más el
tiempo, permítame aclararle que el
Gazette no está a la venta, y nunca lo
estará. Atentamente…
Townsend se reclinó en el sillón y
recordó la última vez que había visto al
presidente del Messenger. Como tantos
otros políticos fracasados, sir Colin era
un hombre ostentoso y terco, sobre todo
con los jóvenes. «Esa brigada de los que
deben ser vistos y no oídos» era como
describía a los niños, si es que
Townsend recordaba correctamente sus
palabras. Se preguntó cuánto tiempo
pasaría antes de tener noticias suyas o
de volver a verlo.

Dos días más tarde, Townsend estudiaba


el informe de Harris sobre publicidad
cuando Bunty asomó la cabeza por el
resquicio de la puerta para decir que sir
Colin Grant le llamaba por teléfono.
Townsend asintió con un gesto y tomó el
teléfono.
—Keith, muchacho, bienvenido a
casa —empezó a decir el viejo—.
Acabo de leer tu carta y me preguntaba
si sabías que había llegado a un acuerdo
verbal con tu madre referente a la venta
del Gazette.
—Mi madre le dijo, sir Colin, que
reflexionaría seriamente sobre su oferta.
No acordó ningún compromiso verbal, y
cualquiera que sugiera lo contrario es…
—Vamos, vamos, jovencito —le
interrumpió sir Colin—. Solo actúo de
buena fe. Como bien debes saber, tu
padre y yo éramos buenos amigos.
—Pero mi padre ya no está entre
nosotros, sir Colin, de modo que en el
futuro tendrá usted que tratar conmigo. Y
nosotros, que yo sepa, no somos buenos
amigos.
—Bueno, si esa es tu actitud,
supongo que no servirá de nada
mencionar que estaba dispuesto a
aumentar mi oferta hasta las 170 000
libras.
—En efecto, sir Colin, no sirve de
nada, porque ni siquiera así la
consideraría.
—Tendrás que hacerlo con el tiempo
—ladró el viejo—, porque dentro de
seis meses te habré expulsado de la
calle y entonces tendrás que darte por
satisfecho con aceptar las 50 000 libras
que te ofreceré por los restos. —Sir
Colin hizo una pausa, antes de añadir—:
Puedes llamarme en cuanto cambies de
opinión.
Townsend colgó el teléfono y le
pidió a Bunty que le comunicara al
director que quería verlo
inmediatamente.
La señorita Bunting vaciló.
—¿Hay algún problema, Bunty?
—Solo que su padre tenía la
costumbre de bajar a ver al director en
su despacho.
—¿De veras lo hacía así? —
preguntó Townsend, que permaneció
sentado.
—Le pediré que suba en seguida.
Mientras esperaba, Townsend volvió
el periódico por la última página y
revisó la columna de anuncios de pisos
para alquilar. Ya había decidido que el
viaje a Melbourne cada fin de semana le
privaría de unas horas preciosas de su
tiempo. Se preguntó cuánto tiempo
podría esperar antes de comunicárselo a
su madre.
Frank Bailey entró precipitadamente
en su despacho unos minutos más tarde,
pero Townsend no pudo ver la expresión
de su rostro, porque mantuvo la cabeza
inclinada, mientras fingía estar absorto
en la lectura de la última página del
periódico. Trazó un círculo sobre uno de
los anuncios, levantó la cabeza para
mirar al director y le entregó una hoja de
papel.
—Quiero que imprima esta carta de
Jervis, Smith & Thomas en la primera
página de la edición de mañana, y dentro
de una hora tendré preparadas unas
trescientas palabras para el artículo.
—Pero… —empezó a decir Frank.
—Y ocúpese de buscar la peor
fotografía que pueda encontrar de sir
Colin Grant, y publíquela junto a la
carta.
—Pero tenía la intención de
ocuparme mañana del juicio sobre
Taylor —dijo el director—. Es inocente
y se nos conoce como un periódico que
emprende campañas.
—También se nos conoce como un
periódico que pierde dinero —dijo
Townsend—. En cualquier caso, el
juicio sobre Taylor fue noticia ayer.
Puede dedicarle todo el espacio que
quiera, pero mañana no será en la
primera página.
—¿Alguna otra cosa? —preguntó
Frank con sarcasmo.
—Sí —contestó Townsend con
calma—. Espero ver la prueba de la
primera página sobre mi mesa antes de
que me marche esta noche.
Frank salió enojado del despacho,
sin decir nada más.
—Ahora quiero ver al director de
publicidad —le dijo Townsend a Bunty
cuando esta reapareció.
Abrió la carpeta que Harris le había
entregado con un día de retraso y
observó las cifras amontonadas con
descuido. Aquella reunión resultó ser
incluso más corta que la mantenida con
Frank y, mientras Harris recogía las
cosas de su mesa, Townsend llamó a
Mel Carter, el subdirector de tiraje.
Al entrar en su despacho, la
expresión del rostro del joven indicaba
que él también esperaba que se le
ordenara recoger sus cosas de su mesa
antes de que hubiera transcurrido la
mañana.
—Siéntese, Mel —dijo Townsend.
Estudió su ficha—. Veo que trabaja para
nosotros desde hace poco, y que está
sometido a un período de prueba de tres
meses. Permítame dejarle bien claro
desde el principio que a mí solo me
interesan los resultados. Dispone usted
de noventa días, a partir de ahora
mismo, para demostrar su valía como
director de publicidad.
El joven pareció sorprendido y
aliviado a un tiempo.
—Dígame —continuó Townsend—,
si tuviera la posibilidad de cambiar una
cosa en el Gazette, ¿qué sería?
—La última página —contestó Mel
sin vacilación—. Trasladaría los
anuncios clasificados a una página del
interior.
—¿Por qué? —preguntó Townsend
—. Esa es la página que genera nuestros
ingresos más importantes, algo más de
tres mil libras diarias si lo recuerdo
bien.
—Soy consciente de ello —asintió
Mel—. Pero, recientemente, el
Messenger ha empezado a dedicar la
última página a los deportes, y nos ha
arrebatado otros diez mil lectores. Han
llegado a la conclusión de que pueden
poner los anuncios clasificados en
cualquier página del interior porque a la
gente le interesa mucho más conocer las
cifras de tirada del periódico que el
lugar donde este decida publicar el
anuncio. Podría ofrecerle un análisis
más detallado de las cifras a las seis de
esta tarde, si eso ayudara a convencerle
de lo que digo.
—Desde luego que sí —afirmó
Townsend—. Y si tiene alguna otra
brillante idea, Mel, no vacile en
comunicarla. Encontrará siempre abierta
la puerta de mi despacho.
Para Townsend fue todo un cambio
ver a alguien que salía de su despacho
con una sonrisa en el rostro. Comprobó
su reloj y en ese momento entró Bunty.
—Es la hora para acudir a su
almuerzo con el director del
departamento de tirada del Messenger.
—Me pregunto si me lo podré
permitir —dijo Townsend tras
comprobar su reloj.
—Oh, sí —dijo ella—. El Caxton
Grill siempre le pareció muy razonable
a su padre. Es el Pilligrini el que
consideraba muy caro, y allí solo
llevaba a su madre.
—No es el precio de la comida lo
que me preocupa, Bunty, sino lo que me
pedirá si está de acuerdo en dejar el
Messenger y trabajar para nosotros.

Townsend esperó una semana antes de


llamar a Frank Bailey y decirle que los
anuncios clasificados ya no se
publicarían en la última página, que a
partir de ahora sería ocupada por las
noticias de deportes.
—Pero los anuncios clasificados se
han publicado en la última página desde
hace setenta años —fue la primera
reacción del director.
—Si eso es cierto, no se me ocurre
mejor argumento para cambiarlos de
sitio —dijo Townsend.
—Pero a nuestros lectores no les
gustará el cambio.
—¿Y a los del Messenger sí? —
preguntó Townsend—. Esa solo es una
de las muchas razones por las que
venden bastantes más ejemplares que
nosotros.
—¿Está dispuesto a sacrificar
nuestra antigua tradición simplemente
por conseguir unos pocos lectores más?
—Veo que por fin empieza a
comprender el mensaje —se limitó a
decir Townsend, sin pestañear.
—Pero su madre me aseguró que…
—Mi madre no está a cargo del
funcionamiento cotidiano de este
periódico. Me ha dado a mí esa
responsabilidad.
No le dijo que lo había hecho solo
durante noventa días. El director
contuvo la respiración durante un
momento, antes de decir con voz serena:
—¿Abriga usted la esperanza de que
dimita?
—Desde luego que no —contestó
Townsend con firmeza—. Pero sí abrigo
la esperanza de que me ayude a dirigir
un periódico capaz de producir
beneficios.
Se sintió sorprendido ante la
siguiente pregunta del director.
—¿Puede usted suspender la
decisión durante otras dos semanas?
—¿Por qué? —preguntó Townsend.
—Porque mi redactor jefe de
deportes no regresa de vacaciones hasta
finales de mes.
—Un redactor jefe de deportes que
se toma tres semanas de vacaciones en
plena temporada de críquet,
probablemente ni siquiera se daría
cuenta de que se le ha cambiado de sitio
su mesa cuando regrese —dijo
Townsend con voz cortante.
El redactor jefe de deportes presentó
su dimisión el mismo día que regresó de
vacaciones, privando así a Townsend
del placer de echarle. Pocas horas más
tarde había nombrado para ocupar su
puesto al corresponsal de críquet, de
veinticinco años de edad.
Frank Bailey entró como una
exhalación en el despacho de Townsend
un momento después de enterarse de la
noticia.
—Es tarea del director ocuparse de
los nombramientos —empezó a decir,
incluso antes de cerrar la puerta—, no la
de…
—No, ahora ya no lo es —dijo
Townsend.
Los dos hombres se miraron
fijamente el uno al otro durante un
momento, antes de que Frank volviera a
intentarlo.
—En cualquier caso, es demasiado
joven para asumir esa responsabilidad.
—Tiene tres años más que yo —
observó Townsend.
Frank se mordió el labio.
—Me permito recordarle que al
visitar mi despacho por primera vez,
hace apenas un mes, me aseguró, y cito
textualmente: «No tengo intención de
interferir en las decisiones editoriales».
Townsend levantó la mirada y se
ruborizó ligeramente.
—Lo siento, Frank. Le mentí.

Bastante antes de que transcurrieran los


noventa días ya había empezado a
estrecharse la diferencia en la tirada del
Messenger y el Gazette, y lady
Townsend olvidó que había impuesto un
límite de tiempo para aceptar la oferta
de 150 000 libras del Messenger.
Después de haber mirado varios
pisos, Townsend encontró finalmente
uno que le pareció situado en un lugar
ideal, y firmó el contrato de
arrendamiento pocas horas después.
Aquella noche le explicó a su madre por
teléfono que, en el futuro, y debido a la
presión del trabajo, no podría visitarla
en Toorak cada fin de semana, una
decisión que a ella no pareció
sorprenderle.
Durante la celebración del tercer
consejo de administración al que asistía,
Townsend exigió que se le nombrara
director ejecutivo, para que nadie
abrigara la menor duda de que no estaba
allí simplemente como el hijo de su
padre. Los miembros del consejo
rechazaron su propuesta por un estrecho
margen. Aquella noche, al llamar por
teléfono a su madre y preguntarle por
qué creía ella que lo habían hecho, le
contestó que la mayoría de ellos
consideraban que el título de editor era
más que suficiente para alguien que
acababa de cumplir veintitrés años.
Seis meses después de abandonar el
Messenger para entrar a trabajar en el
Gazette, el nuevo director de tiraje
informó que la diferencia entre los dos
periódicos se había reducido a 32 000
ejemplares. Townsend se sintió
encantado con la noticia, y en la
siguiente reunión del consejo de
administración les dijo a los directores
que había llegado el momento para
hacerle una oferta de compra al
Messenger. Uno o dos de los miembros
más antiguos apenas si lograron evitar el
echarse a reír, pero Townsend les
presentó entonces las cifras de ventas,
así como algo que denominó gráficos de
tendencia, y pudo demostrarles, además,
que el banco había acordado con él
apoyar su oferta.
Una vez que hubo convencido a la
mayoría de sus colegas para que
aprobaran la oferta, Townsend dictó una
carta dirigida a sir Colin, en la que le
hacía una oferta de 750 000 libras por el
Messenger. Aunque no recibió
contestación oficial a su oferta, los
abogados de Townsend le informaron
que sir Colin había convocado una
reunión de emergencia de su consejo de
administración, que tendría lugar al día
siguiente por la tarde.
Las luces del piso de los despachos
ejecutivos del Messenger
permanecieron encendidas hasta
bastante tarde por la noche. Townsend, a
quien se le había negado la entrada al
edificio, paseó arriba y abajo por la
acera, a la espera de conocer la decisión
del consejo. Tras dos horas de espera,
tomó una hamburguesa en un café
situado en la calle de al lado, y al
regresar observó que las luces del piso
superior seguían encendidas. Si en
aquellos momentos hubiera pasado un
policía y le hubiera visto, lo habría
detenido como sospechoso de merodear
con fines delictivos.
Las luces del piso ejecutivo se
apagaron finalmente poco después de la
una, y los miembros del consejo de
administración del Messenger
empezaron a salir del edificio.
Townsend miró esperanzado a cada uno
de ellos, pero todos pasaron a su lado
sin dirigirse ni siquiera una mirada.
Townsend se quedó por los
alrededores hasta que estuvo seguro de
que en el edificio ya no quedaban nada
más que las limpiadoras. Luego, regresó
lentamente hacia el Gazette, y vio cómo
salían los primeros ejemplares de la
edición del día siguiente. Sabía que
aquella noche no podría dormir, de
modo que salió con una de las primeras
camionetas y ayudó a repartir la primera
edición por los puntos de venta
distribuidos por la ciudad. Eso le
permitió comprobar que el Gazette era
colocado en la parte superior de las
estanterías, por encima del Messenger.

Dos días más tarde, Bunty le colocó una


carta en la carpeta de asuntos
prioritarios.
Querido señor Townsend:
He recibido su carta del
veintiséis de los corrientes.
Con objeto de no hacerle
perder más el tiempo, permítame
aclararle que el Messenger no
está a la venta, y nunca lo estará.
Atentamente,
Colin Grant

Townsend sonrió, arrugó la carta y


la echó a la papelera.
Durante los meses siguientes,
Townsend presionó a su personal día y
noche, en un impulso implacable para
superar a su rival. Siempre le dejaba
bien claro a cualquier miembro de su
equipo que nadie tenía el puesto de
trabajo asegurado, y eso incluía al
director. Las dimisiones de quienes
fueron incapaces de mantener el ritmo
de los cambios en el Gazette se vieron
superadas por las de quienes dejaron el
Messenger para unirse a él, una vez que
se dieron cuenta de que aquello iba a ser
«una batalla a muerte», una expresión
que el propio Townsend utilizaba cada
vez que se dirigía a su personal en las
reuniones mensuales.
Un año después del regreso de
Townsend de Inglaterra, la tirada de los
dos periódicos se mantenía igualada, y
tuvo la sensación de que había llegado
el momento de hacerle otra llamada al
presidente del Messenger.
En cuanto sir Colin se puso al
aparato, Townsend no perdió el tiempo
en cortesías formales y fue directo al
grano. Su gambito de apertura fue:
—Si 750 000 libras no le parecen
suficientes, sir Colin, ¿cuánto le parece
que vale actualmente su periódico?
—Mucho más de lo que tú te puedes
permitir, jovencito. En cualquier caso —
añadió—, y como ya te expliqué en otra
ocasión, el Messenger no está a la
venta.
—Bueno, quizá no lo esté durante
los seis próximos meses —dijo
Townsend.
—¡No lo estará nunca! —gritó sir
Colin por el teléfono.
—En ese caso, lo expulsaré de la
calle y entonces tendrá que darse por
satisfecho con aceptar las 50 000 libras
que le ofreceré por los restos. —Hizo
una pequeña pausa y añadió—: Puede
llamarme en cuanto cambie de opinión.
Esta vez fue sir Colin quien le colgó
el teléfono.

El día en que el Gazette superó en


ventas al Messenger por primera vez,
Townsend organizó una fiesta en el
cuarto piso, y anunció la noticia en un
gran cartel que hizo colocar sobre una
fotografía ampliada de sir Colin, tomada
el año anterior, durante el funeral de su
esposa. Ahora, a cada mes que pasaba
se ampliaba la diferencia de ventas entre
los dos periódicos, y Townsend nunca
pasaba por alto todas las oportunidades
que se le presentaban para informar a
sus lectores de las últimas cifras de
ventas. No le sorprendió que sir Colin
llamara y sugiriera que quizá hubiese
llegado el momento de que ambos se
reunieran.
Tras varias semanas de
negociaciones, se acordó que los dos
periódicos se fusionarían, pero no antes
de que Townsend se asegurara las dos
únicas concesiones que realmente le
importaban. El nuevo periódico se
imprimiría en sus talleres y se llamaría
el Gazette Messenger.
Durante la reunión del primer
consejo sir Colin fue nombrado
presidente y Townsend director
ejecutivo.
En el término de apenas seis meses,
la palabra Messenger había
desaparecido de la cabecera, y todas las
grandes decisiones se tomaban sin la
menor pretensión de consultar al consejo
o a su presidente. Fueron pocos los que
se sintieron conmocionados cuando sir
Colin ofreció su dimisión, y a nadie le
sorprendió que Townsend la aceptara.
A l ser preguntado por su
madre por qué había
dimitido Colin, Townsend
se limitó a explicarle que
había sido por acuerdo
mutuo, porque estaba
convencido de que había
llegado el momento de
dejar paso a los más
jóvenes. Lady Townsend,
sin embargo, no quedó
convencida del todo. Donde
hay una voluntad…

Continúa la escasez de
alimentos en Berlín
13
— S inecesito
Lauber hizo testamento,
tener acceso a ese
documento.
—¿Por qué es tan importante ver ese
documento? —preguntó Sally.
—Porque quiero saber quién hereda
sus acciones en el Der Telegraf.
—Supongo que será su esposa.
—No, es más probable que sea Arno
Schultz, en cuyo caso estaría perdiendo
el tiempo…, de modo que cuanto antes
lo descubramos, tanto mejor.
—Pero ni siquiera sé por dónde
empezar.
—Pruebe en el ministerio del
Interior. Una vez que el cadáver de
Lauber fue devuelto a Alemania, eso
pasó a ser una cuestión de su
responsabilidad. —Sally le miró,
dudosa—. Utilice todos los favores que
nos deban —le dijo Armstrong—, y
prometa cualquier cosa a cambio, pero
encuéntreme ese testamento. —Se
volvió, dispuesto a marcharse—. Ahora
me voy a ver a Hallet.
Armstrong salió sin decir nada más,
y Benson lo llevó hasta el comedor de
oficiales británicos. Se acomodó en el
taburete situado en la esquina del bar y
pidió un whisky. Comprobaba su reloj
cada pocos minutos. Stephen Hallet
entró pocos momentos después de que el
viejo reloj del salón hiciera sonar las
campanadas de las seis y media. Al ver
a Armstrong, sonrió ampliamente y se le
acercó.
—Dick, muchas gracias por la caja
de Mouton-Rothschild del veintinueve.
Realmente, es un vino excelente. Debo
confesarle que trato de racionarlo a la
espera de que me llegue mi
documentación de desmovilización.
—En ese caso —le sonrió
Armstrong—, tendremos que ocuparnos
de ver si podemos conseguir un
suministro algo más regular. ¿Qué le
parece si cenamos juntos? Así podremos
descubrir por qué hablan tan bien del
Château Beychevelle del treinta y tres.
Mientras comía un filete muy hecho,
el capitán Hallet probó por primera vez
el Beychevelle, mientras Armstrong
descubría todo lo que necesitaba saber
sobre catar un vino, y se enteraba de que
las acciones de Lauber pasarían
automáticamente a manos de la señora
Lauber, como su pariente más cercano,
en el caso de que no hubiera dejado
testamento.
—Pero ¿y si ella también hubiera
muerto? —preguntó Armstrong un rato
después, mientras el camarero
descorchaba una segunda botella.
—Si ella ha muerto, o no se la puede
localizar… —Hallet tomó un sorbo de
la copa recién llena, y la sonrisa regresó
a sus labios—, entonces el propietario
original tendría que esperar cinco años.
Una vez transcurrido ese tiempo,
probablemente podría plantear con éxito
una demanda para recuperar sus
acciones.
Como Armstrong no podía tomar
notas, se vio obligado a repetir
preguntas para estar bien seguro de que
podía confiar a la memoria toda la
información importante. Eso no pareció
preocuparle a Hallet que, según
sospechaba Armstrong, sabía
exactamente cuáles eran sus propósitos,
aunque no parecía muy dispuesto a hacer
muchas preguntas mientras alguien
continuara llenándole la copa. Una vez
que Armstrong estuvo seguro de haber
comprendido perfectamente la situación
legal, presentó una excusa, diciéndole
que había prometido a su esposa no
llegar tarde a casa, y dejó al abogado
para que disfrutara de una botella medio
llena.
Tras abandonar el comedor,
Armstrong no regresó a casa. No sentía
el menor deseo de pasarse otra velada
explicándole a Charlotte por qué
tardaban tanto en llegar sus documentos
de desmovilización, cuando varios de
sus amigos ya lo habían conseguido. En
lugar de eso le ordenó a un Benson de
aspecto cansado que le condujera al
sector estadounidense.
Lo primero que hizo allí fue visitar a
Max Sackville, con quien pasó un par de
horas jugando al póquer. Armstrong
perdió unos pocos dólares, pero obtuvo
una valiosa información sobre los
movimientos de tropas estadounidenses
que estaba convencido de que al coronel
Oakshott le encantaría escuchar.
Dejó a Max poco después de haber
perdido lo suficiente como para
asegurarse de ser invitado de nuevo,
cruzó la calle al salir y se dirigió hacia
un callejón, donde entró en su bar
favorito cuando estaba en el sector
estadounidense. Allí se unió a un grupo
de oficiales que celebraban su inminente
regreso a Estados Unidos. Después de
haber tomado unos pocos whiskies, salió
del bar, una vez aumentada su reserva de
información. No obstante, lo habría
cambiado todo por poder echar un
vistazo al testamento de Lauber. No se
dio cuenta de un hombre de aspecto
perfectamente sobrio, vestido con ropas
civiles, que se levantó y lo siguió hasta
la calle.
Regresaba ya hacia su jeep cuando
una voz tras él dijo:
—Lubji.
Armstrong se detuvo en seco, y se
sintió ligeramente mareado. Se giró en
redondo para mirar a un hombre que
debía de tener aproximadamente su
misma edad, aunque era bastante más
bajo y robusto que él. Vestía un sencillo
traje gris, con camisa blanca y corbata
azul oscuro. En la calle débilmente
iluminada, Armstrong no pudo distinguir
sus facciones.
—Tiene que ser usted un checo —
dijo Armstrong con voz serena.
—No, Lubji, no lo soy.
—Entonces, debe de ser un
condenado alemán —dijo Armstrong
con los puños apretados, al tiempo que
avanzaba un paso hacia él.
—Vuelve a equivocarse —dijo el
hombre sin moverse un milímetro.
—Entonces, ¿quién diablos es usted?
—Digamos que un amigo.
—Ni siquiera le conozco —dijo
Armstrong—. ¿Qué le parece si deja de
jugar al gato y al ratón y me dice qué
desea?
—Solo ayudarle —dijo el hombre
con tranquilidad.
—¿Y cómo se propone hacer eso?
—gruñó Armstrong.
El hombre sonrió.
—Produciendo el testamento que tan
decididamente anda buscando.
—¿El testamento? —preguntó
Armstrong, nervioso.
—Ah, ya veo que he tocado lo que
los británicos suelen llamar «un nervio
vivo». —Armstrong miró fijamente al
hombre, que se metió la mano en un
bolsillo y extrajo una tarjeta—. ¿Por qué
no me hace una visita la próxima vez
que pase por el sector ruso? —le dijo,
tendiéndole la tarjeta.
En la semipenumbra, Armstrong
pudo leer el nombre impreso en la
tarjeta. Al levantar la mirada, el hombre
había desaparecido, tragado por la
oscuridad de la noche.
Avanzó unos pocos pasos hasta
situarse bajo una farola de gas y volvió
a mirar la tarjeta.

Mayor S. Tulpanov
Agregado diplomático
Leninplatz, sector ruso
A la mañana siguiente, al
entrevistarse con el coronel Oakshott, le
informó de todo lo ocurrido en el sector
estadounidense la noche anterior, y le
entregó la tarjeta del mayor Tulpanov.
Lo único que no mencionó fue que
Tulpanov se dirigió a él llamándolo
Lubji. Oakshott tomó unas notas en el
bloc que tenía ante él.
—No le comente esto a nadie hasta
que no haya hecho un par de
averiguaciones —le dijo.
Poco después de regresar a la
oficina, Armstrong se sorprendió al
recibir una llamada telefónica. El
coronel deseaba que regresara
inmediatamente a su cuartel general.
Benson lo condujo rápidamente de
regreso, a través del sector británico. Al
entrar por segunda vez aquella mañana
en el despacho del coronel Oakshott,
encontró a su comandante flanqueado
por dos hombres a los que no había
visto nunca, vestidos con ropas civiles.
Se presentaron como el capitán
Woodhouse y el mayor Forsdyke.
—Parece que se ha encontrado usted
con el premio gordo, Dick —dijo
Oakshott, antes de que Armstrong se
sentara—. Por lo visto, nuestro mayor
Tulpanov pertenece a la KGB. Creemos
que es su número tres en el sector ruso.
Se le considera como una estrella en
ascenso. Estos dos caballeros
pertenecen al servicio de seguridad. Les
complacería que aceptara usted la
sugerencia de Tulpanov de hacerle una
visita, y les informara de todo lo que
pudiera descubrir, absolutamente de
todo, hasta de la marca de cigarrillos
que fuma.
—Podría ir a verlo esta misma tarde
—sugirió Armstrong.
—No —dijo Forsdyke con firmeza
—. Eso sería demasiado evidente.
Preferiríamos que esperara una semana
o dos y aparentara que solo se trata de
una visita rutinaria. Si fuera a verlo
demasiado rápidamente, seguro que se
mostraría receloso. Su trabajo le obliga
a ser receloso, claro, pero ¿por qué
facilitarle las cosas? Preséntese usted en
mi oficina en Franklinstrasse, y me
ocuparé de que sea totalmente
informado.
Armstrong pasó los diez días
siguientes dejando que el servicio de
seguridad le hiciera pasar por
procedimientos rutinarios. Pronto
comprendió que no lo consideraban
como un recluta natural. Al fin y al cabo,
sus conocimientos de Inglaterra se
limitaban a un campamento de tránsito
en Liverpool, un período como soldado
raso en el Cuerpo de Zapadores, su
graduación como soldado del
Regimiento North Staffordshire, y un
viaje nocturno hasta Portsmouth, antes
de ser embarcado con destino a Francia.
La mayoría de los oficiales que le
informaron habrían considerado Eton, el
Trinity y los Guards como una
calificación más natural para la carrera
que habían elegido.
—Dios no parece haberse puesto de
nuestro lado con este —comentó
Forsdyke con un suspiro durante el
almuerzo con un colega.
Ni siquiera habían considerado la
posibilidad de invitar a Armstrong a
unirse a ellos.
A pesar de todos estos recelos, el
capitán Armstrong visitó diez días más
tarde el sector ruso, con el pretexto de
intentar encontrar unas piezas de
repuesto para las máquinas de imprimir
del Telegraf. Una vez que hubo
confirmado que su contacto no tenía el
equipo que necesitaba, como él ya sabía
muy bien, se dirigió rápidamente a la
Leninplatz y empezó a buscar la oficina
de Tulpanov.
La entrada al vasto edificio gris, a
través de un arco situado en el lado
norte de la plaza, no era nada
impresionante, y la secretaria sentada a
solas en el sucio despacho exterior del
tercer piso no le produjo a Armstrong la
sensación de que su jefe fuera
precisamente una «estrella en ascenso».
La mujer comprobó su tarjeta, y no le
pareció nada extraño que un capitán del
ejército británico acudiera allí sin cita
previa. Condujo a Armstrong en silencio
por un largo pasillo gris, con las
paredes desconchadas cubiertas con
fotos y cuadros de Marx, Engels, Lenin y
Stalin, y se detuvo ante una puerta en la
que no aparecía ningún nombre. Llamó,
abrió la puerta y se apartó a un lado
para dejar entrar a Armstrong en el
despacho de Tulpanov.
Armstrong se sorprendió al entrar en
una estancia lujosamente amueblada,
llena de exquisitos cuadros y muebles
antiguos. En cierta ocasión había tenido
que acudir a informar directamente al
general Templer, el gobernador militar
del sector británico, y su despacho era
mucho menos impresionante.
El mayor Tulpanov se levantó desde
detrás de la mesa, y cruzó la habitación
alfombrada para salir a recibir a su
invitado. Armstrong no pudo evitar
darse cuenta de que el uniforme del
mayor, hecho a medida, era mucho mejor
que el suyo.
—Bienvenido a mi humilde morada,
capitán Armstrong —dijo el oficial ruso
—. ¿No es esa la expresión correcta en
inglés? —No hizo el menor intento por
ocultar una sonrisa burlona—. Ha
llegado usted en un momento perfecto.
¿Le importaría acompañarme a
almorzar?
—Gracias —contestó Armstrong en
ruso.
Tulpanov no mostró ninguna
sorpresa ante el cambio de idioma y
condujo a su invitado a través de una
segunda estancia, donde ya había una
mesa preparada para dos. Armstrong no
pudo dejar de preguntarse si acaso el
mayor no esperaba su visita.
Una vez sentado frente a Tulpanov
apareció un camarero que trajo dos
platos de caviar, seguido por otro con
una botella de vodka. Si con eso
pretendía conseguir que se sintiera a
gusto, no lo consiguió.
El mayor levantó su rebosante copa
y brindó.
—Por nuestra futura prosperidad.
—Por nuestra futura prosperidad —
repitió Armstrong.
En ese momento entró en la estancia
la secretaria del mayor, que dejó un
grueso sobre marrón en la mesa, al lado
de Tulpanov.
—Y cuando digo «nuestra», quiero
decir «nuestra» —dijo el mayor.
Dejó la copa sobre la mesa e ignoró
el sobre. Armstrong también dejó su
copa sobre la mesa, pero no dijo nada.
Una de las instrucciones que le habían
dado en las sesiones de información del
servicio de seguridad era que no hiciese
el menor intento por conducir la
conversación.
—Y ahora, Lubji —dijo Tulpanov
—, no le haré perder el tiempo
mintiéndole acerca de mi posición en el
sector ruso, sobre todo después de que
se haya pasado los diez últimos días
siendo exactamente informado acerca de
por qué me encuentro estacionado en
Berlín y qué papel juego en esta nueva
«guerra fría». ¿No es así como lo
describen ustedes? A estas alturas,
sospecho que sabe usted de mí más que
mi propia secretaria.
Sonrió y se llevó a la boca una
cuchara llena de caviar. Armstrong
jugueteó incómodamente con su tenedor,
pero no intentó comer nada.
—Pero la verdad, Lubji…, ¿o
prefiere que le llame John? ¿O Dick? La
verdad es que yo sí sé sobre usted
mucho más que su secretaria, su esposa
y su madre juntas.
Armstrong seguía sin decir nada.
Colocó el tenedor sobre la mesa y dejó
el caviar delante de él, sin tocarlo.
—Como puede ver, Lubji, usted y yo
somos de la misma clase, y esa es
precisamente la razón por la que estoy
seguro de que podemos prestarnos una
gran ayuda mutua.
—No estoy seguro de comprenderle
—dijo Armstrong, que le miró
directamente.
—Veamos. Puedo informarle, por
ejemplo, acerca de dónde encontrar
exactamente a la señora Klaus Lauber, y
decirle que ella ni siquiera sabe que su
marido era el propietario del Der
Telegraf.
Armstrong tomó un pequeño sorbo
de vodka. Le alivió el hecho de
comprobar que la mano no le temblaba
lo más mínimo, a pesar de que los
latidos de su corazón se habían
acelerado mucho.
Tulpanov tomó entonces el sobre
marrón dejado a su lado, lo abrió y
extrajo un documento, que deslizó hacia
él, a través de la mesa.
—Y tampoco hay razón alguna para
hacérselo saber a ella, siempre y cuando
lleguemos a un acuerdo.
Armstrong abrió el documento, de
pesado papel pergamino, y leyó el
primer párrafo del testamento del mayor
Klaus Otto Lauber, mientras Tulpanov
permitía que el camarero le sirviera un
segundo plato de caviar.
—Pero aquí dice… —dijo
Armstrong al llegar a la tercera página.
La sonrisa reapareció en el rostro de
Tulpanov.
—Ah, ya veo que ha llegado al
párrafo en el que se confirma que se
dejan todas las acciones del Telegraf a
Arno Schultz.
Armstrong levantó la cabeza y miró
fijamente al mayor, pero no dijo nada.
—Eso, naturalmente, solo tiene
importancia mientras exista este
testamento —dijo Tulpanov—. Sin
embargo, si este documento no viera
nunca la luz del día, las acciones
pasarían automáticamente a manos de la
señora Lauber, en cuyo caso no veo
razón alguna para que…
—¿Qué espera de mí a cambio? —
preguntó Armstrong muy directamente.
El mayor no contestó en seguida,
como si se pensara la respuesta.
—Oh, quizá solo un poco de
información de vez en cuando. Al fin y
al cabo, Lubji, si yo hiciera posible que
usted fuera el propietario de su primer
periódico antes de cumplir los
veinticinco años, seguramente podría
decirse que tendría cierto derecho a
recibir algo a cambio.
—No acabo de comprenderle —dijo
Armstrong.
—Creo que lo comprende
perfectamente bien —dijo Tulpanov con
una sonrisa—, pero permítame decírselo
con palabras más claras.
Armstrong tomó el tenedor y probó
por primera vez el sabor del caviar,
mientras el mayor seguía hablando.
—Empecemos por reconocer,
querido Lubji, el sencillo hecho de que
ni siquiera es usted ciudadano británico.
Se encuentra aquí por casualidad. Y
aunque le hayan recibido con los brazos
abiertos en su ejército… —hizo una
pausa para tomar un sorbo de vodka—,
estoy seguro de que ya se habrá dado
cuenta de que eso no significa ser bien
recibido en el fondo de sus corazones.
En consecuencia, ha llegado el momento
en el que tiene que decidir con qué
equipo quiere jugar.
Armstrong tomó un segundo bocado
de caviar. Le gustó.
—Creo que la pertenencia a nuestro
equipo no le resultará muy exigente,
según podrá descubrir usted mismo, y
estoy seguro de que, de vez en cuando,
podremos ayudarnos el uno al otro a
avanzar en lo que los británicos siguen
insistiendo en llamar «el gran juego».
Armstrong acabó con lo último que
quedaba del caviar y confió en que se le
ofreciera más.
—¿Por qué no se lo piensa, Lubji?
—preguntó Tulpanov.
Se inclinó sobre la mesa, recuperó
el testamento y lo guardó de nuevo en el
sobre. Armstrong no dijo nada, y se
limitó a mirar su plato vacío.
—Mientras tanto —añadió el mayor
de la KGB—, permítame darle una
pequeña información que puede
comunicar a sus amigos del servicio de
seguridad.
Sacó una hoja de papel del bolsillo
interior y se la colocó delante, sobre la
mesa. Armstrong leyó su contenido, y se
sintió complacido al descubrir que
todavía era capaz de pensar en ruso.
—Para ser justos, Lubji, debe saber
que su gente ya está en posesión de este
documento, pero se sentirán muy
complacidos de ver confirmado su
contenido. Como puede comprobar, lo
único que todos los operativos del
servicio secreto tienen en común es su
gran afición por el papeleo. Es así como
demuestran que su trabajo es necesario.
—¿Cómo podría haber descubierto
yo esto? —preguntó Armstrong, que
sostuvo en alto la hoja de papel.
—Ah, me temo que precisamente
hoy tengo una secretaria temporal que
abandona continuamente su puesto ante
su mesa.
Dick sonrió, dobló la hoja de papel
y se la guardó en el bolsillo interior del
uniforme.
—Y a propósito, Lubji, esos tipos de
su servicio de seguridad no son tan
estúpidos como pueda parecer. Siga mi
consejo y lleve cuidado con ellos. Si
decide unirse al juego, al final se verá
obligado a ser desleal a una parte o a la
otra, y si llegan a descubrir que los
traiciona, se ocuparán de usted sin el
menor remordimiento.
Ahora, hasta el propio Armstrong
pudo escuchar los latidos de su corazón.
—Como ya le he explicado —siguió
diciendo el mayor—, no es necesario
que tome usted una decisión inmediata.
—Tabaleó con los dedos encima del
sobre marrón—. Puedo esperar
fácilmente unos pocos días más antes de
informar al señor Schultz de su buena
fortuna.

—Tengo buenas noticias para usted,


Dick —le dijo el coronel Oakshott a la
mañana siguiente, cuando se presentó en
el cuartel general—. Sus documentos de
desmovilización han sido finalmente
procesados, y no veo razón alguna por la
que no pueda estar de regreso en
Inglaterra en menos de un mes.
Al coronel le sorprendió que la
reacción de Armstrong fuera tan
apagada, pero imaginó que debía de
estar pensando en otras cosas.
—Aunque a Forsdyke no le agradará
saber que nos deja tan pronto, después
de su triunfo con el mayor Tulpanov.
—Quizá no debiera regresar tan
precipitadamente —apuntó Armstrong
—, sobre todo ahora que tengo la
posibilidad de establecer una relación
con la KGB.
—Eso es condenadamente patriótico
por su parte, compañero —dijo el
coronel—. ¿Quiere que dejemos las
cosas como están y no acelere nada
hasta que usted me guiñe el ojo?
El inglés de Armstrong ya era casi
tan fluido como el de la mayoría de los
oficiales del ejército británico, a pesar
de lo cual Oakshott siempre se las
arreglaba para añadir de vez en cuando
alguna que otra expresión que enriquecía
su vocabulario.
Charlotte continuaba presionándole,
ansiosa por saber cuándo podrían
abandonar Berlín, y aquella noche le
explicó por qué era tan repentinamente
importante. Al enterarse de la noticia,
Dick se dio cuenta de que no podría
retrasar su partida por mucho más
tiempo. Aquella noche no salió y se
quedó en la cocina con Charlotte,
hablándole de sus planes una vez que
hubieran creado un hogar en Inglaterra.
A la mañana siguiente encontró una
excusa para visitar el sector ruso y,
siguiendo una prolongada sesión
informativa con Forsdyke, llegó ante la
oficina de Tulpanov pocos minutos antes
del almuerzo.
—¿Qué tal está usted, Lubji? —
preguntó el agente de la KGB
levantándose de la mesa. Armstrong le
dirigió un breve gesto de cortesía con la
cabeza—. Y, lo que es más importante,
amigo mío, ¿ha tomado ya una decisión
acerca del lado desde el que quiere
iniciar el bateo? —Armstrong le miró
extrañado—. Ah —añadió Tulpanov—,
para apreciar el inglés se tienen que
comprender primero las reglas del
críquet, que no puede comenzar hasta
después de haber arrojado una moneda
al aire. ¿Se imagina algo más estúpido
que darle al otro una oportunidad? Pero
lo que yo me pregunto, Lubji, es si usted
ya ha arrojado su moneda al aire. Y si es
así, ¿ha decidido batear o bolear?
—Quiero reunirme con la señora
Lauber antes de tomar una decisión —
dijo Dick.
El mayor se dedicó a pasear por la
habitación, con los labios apretados,
como si reflexionara muy seriamente
sobre la petición de Armstrong.
—Hay un viejo dicho inglés, Lubji.
Donde hay una voluntad… —Armstrong
le miró, extrañado—. Otra cosa que
debe comprender usted sobre los
ingleses es que sus juegos de palabras
son terribles, sobre todo cuando
emplean palabras de doble significado,
como «voluntad» o «testamento». Sin
embargo, y a pesar de todo su sentido de
lo que ellos llaman juego limpio, son
mortales cuando se trata de defender su
posición. Bien, si desea visitar a la
señora Lauber, tendremos que viajar a
Dresde.
—¿A Dresde?
—En efecto. La señora Lauber se
encuentra instalada con toda seguridad
en lo más profundo de la zona rusa. Eso
no puede ser más que una ventaja
adicional para usted. Pero creo que no
deberíamos visitarla hasta por lo menos
dentro de unos días.
—¿Por qué no? —preguntó
Armstrong.
—Ah, todavía tiene que aprender
mucho sobre los ingleses, amigo Lubji.
No imagine en ningún momento que el
hecho de dominar su idioma supone
conocer también cómo funciona su
mentalidad. A los ingleses les encanta la
rutina. Si regresara usted mañana,
empezarían a sentirse recelosos. En
cambio, si regresa en cualquier momento
de la semana que viene, no se detendrán
a pensarlo dos veces.
—¿Qué les tengo que decir entonces
cuando les informe?
—Les dice que me mostré cauteloso,
y que usted sigue «tanteando el terreno»
—Tulpanov sonrió de nuevo—. Pero
puede decirles que le he preguntado por
un hombre llamado Arbuthnot, Piers
Arbuthnot, y que si es cierto que está a
punto de ocupar un puesto en Berlín.
Usted me contestó que nunca había oído
hablar de él, pero que trataría de
averiguarlo.
Aquella tarde, Armstrong regresó al
sector británico e informó a Forsdyke de
la mayor parte del contenido de la
conversación. Esperaba que le dijera
quién era Arbuthnot y cuándo llegaría a
Berlín, pero Forsdyke se limitó a
comentar:
—Solo trata de ponerle a prueba.
Sabe exactamente quién es Arbuthnot y
cuándo asumirá su puesto. ¿Con qué
rapidez puede encontrar una excusa para
visitar de nuevo el sector ruso?
—El próximo miércoles o jueves
tengo mi reunión mensual habitual con
los rusos para negociar los suministros
de papel.
—Está bien, si tiene la oportunidad
de ir a ver a Tulpanov, dígale que no me
ha podido sacar ninguna información
sobre Arbuthnot.
—¿No hará eso que se muestre
receloso?
—No, recelaría mucho más si le
dijera usted cualquier cosa sobre ese
hombre en concreto.
A la mañana siguiente, durante el
desayuno, Charlotte y Dick tuvieron otra
discusión acerca de para cuándo
esperaba él el regreso a Gran Bretaña.
—¿Cuántas nuevas excusas se te van
a ocurrir para retrasar la cuestión? —
preguntó ella.
Dick no hizo ningún intento por
contestarle. Sin dirigirle una mirada,
tomó su bastón de mando, cogió la gorra
y abandonó rápidamente el piso.
El soldado Benson lo condujo
directamente a la oficina y, una vez en su
despacho, llamó inmediatamente a Sally
con el timbre. Ella acudió con un montón
de correspondencia para firmar y le
saludó con una sonrisa. Al marcharse,
una hora más tarde, la expresión de su
rostro era de agotamiento. Advirtió a
todos que procuraran evitar al capitán
durante el resto del día, porque estaba
de muy mal humor. Su estado de ánimo
no había mejorado para el miércoles y
el jueves todos los miembros del equipo
se sintieron aliviados al saber que
pasaría fuera de la oficina la mayor
parte del día.
Benson lo llevó al sector ruso pocos
minutos antes de las diez. Armstrong
bajó del jeep. Llevaba su maletín
Gladstone, y le dijo a su chófer que
regresara al sector británico. Cruzó bajo
el gran arco de la Leninplatz que
conducía a la oficina de Tulpanov, y le
sorprendió descubrir que la secretaria
del mayor ya le esperaba en el patio
exterior.
Sin decirle una palabra le condujo a
través del patio empedrado hacia un
gran Mercedes negro. Le abrió la
portezuela y él se acomodó en el asiento
de atrás, junto a Tulpanov. El motor ya
estaba en marcha y, sin necesidad de
esperar instrucciones, el chófer salió a
la plaza y empezó a seguir los carteles
indicadores que conducían a la
autobahn.
El mayor no mostró ninguna sorpresa
cuando Armstrong le informó de la
conversación mantenida con Forsdyke,
para añadir que no había conseguido
obtener ninguna información sobre
Arbuthnot.
—Todavía no confían en usted, Lubji
—dijo Tulpanov—. Como puede ver, no
es uno de ellos. Quizá nunca llegue a
serlo.
Armstrong hizo un mohín y se volvió
a mirar por la ventanilla.
Una vez que llegaron a las afueras
de Berlín tomaron hacia el sur, en
dirección a Dresde. Al cabo de unos
minutos, Tulpanov se inclinó y le
entregó a Armstrong una pequeña y
estropeada maleta grabada con las
iniciales «K. L».
—¿Qué es esto? —preguntó.
—Todas las posesiones terrenales
del bueno del mayor —contestó
Tulpanov—. O, por lo menos, todas
aquellas que su viuda puede heredar.
Luego le entregó un grueso sobre
marrón.
—¿Y esto? ¿Más posesiones
terrenales?
—No. Son los 40 000 marcos que
Lauber le pagó a Schultz por sus
acciones del Telegraf. Mire, cuando se
trata de los británicos, procuro atenerme
siempre a las reglas. «Ánimo, ánimo,
pero participa en el juego». —Tras una
pausa, Tulpanov añadió—: Estoy
convencido de que tiene usted en su
poder el único otro documento
necesario.
Armstrong asintió con un gesto y
guardó el grueso sobre en el maletín
Gladstone. Volvió a mirar por la
ventanilla y contempló el paisaje,
horrorizado al comprobar los pocos
trabajos de reconstrucción que se habían
llevado a cabo desde que acabara la
guerra. Trató de concentrar sus
pensamientos en cómo actuar con la
señora Lauber, y no volvió a decir nada
hasta que llegaron a las afueras de
Dresde.
—¿Sabe el chófer adónde vamos?
—preguntó Armstrong al pasar ante una
señal de limitación de velocidad a 40
kilómetros por hora.
—Oh, sí —contestó Tulpanov—. No
es usted la primera persona que ha
llevado a visitar a esta vieja dama. El
chófer tiene «el conocimiento». —
Armstrong se volvió a mirarlo,
extrañado—. Cuando se instale en
Londres, amigo Lubji, alguien se
ocupará de explicarle eso.
Minutos más tarde se detuvieron
frente a un monótono bloque de pisos de
cemento, en el centro de un parque que
ofrecía la impresión de haber sido
bombardeado el día anterior.
—Es el número sesenta y tres —le
explicó Tulpanov—. Me temo que no
hay ascensor, así que tendrá que subir
unos cuantos escalones mi querido
Lubji. Pero eso es algo que sabe usted
hacer muy bien.
Armstrong bajó del coche con su
maletín Gladstone y la destartalada
maleta del mayor. Echó a andar por un
sendero cubierto de hierbajos y llegó
ante la entrada del edificio de diez
pisos, anterior a la guerra. Empezó a
subir la escalera de cemento, contento
de que la señora Lauber no viviera en el
último piso. Al llegar al sexto, giró por
un pasillo estrecho que daba al exterior,
hasta llegar a una puerta con el número
«63» pintado en rojo en la pared.
Golpeó ligeramente con el bastón de
mando sobre el cristal, y la puerta fue
abierta momentos más tarde por una
anciana que no mostró ninguna sorpresa
al encontrarse con un oficial británico
ante su puerta. Le condujo por un pasillo
estrecho, sin iluminar, hasta una
habitación pequeña y fría, que daba
frente a otro bloque idéntico de diez
pisos. Armstrong se sentó frente a ella,
junto a una estufa eléctrica de dos
barras, de las que solo una estaba
encendida.
Se estremeció al ver a la anciana
que se hundía en su silla y se arrebujaba
en un chal deshilachado que llevaba
sobre los hombros.
—Visité a su esposo en Gales antes
de que muriera —empezó a decir—. Me
pidió que le entregara esto.
Le pasó la maleta destartalada. La
señora Lauber le dio las gracias en
alemán y luego abrió la maleta.
Armstrong la observó retirar una
fotografía enmarcada de su esposo y de
ella misma el día de su boda, seguida
por la foto de un hombre joven que
imaginó debía de ser su hijo. A juzgar
por la expresión triste de su rostro,
Armstrong tuvo la impresión de que el
joven debía de haber perdido la vida
durante la guerra. Siguieron algunos
objetos diversos, entre ellos un libro de
poesías de Rainer Maria Rilke y un
viejo juego de ajedrez hecho de madera.
Finalmente, sacó las tres medallas de su
esposo. Levantó la mirada y preguntó,
esperanzada:
—¿Le dejó algún mensaje para mí?
—Solo me dijo que la echaba mucho
de menos. Y pidió que le entregara el
juego de ajedrez a Arno.
—Arno Schultz —dijo ella—. Dudo
mucho que esté todavía con vida. —
Hizo una pausa, antes de explicar—: El
pobre hombre era judío. Perdimos el
contacto con él durante la guerra.
—En ese caso, asumiré como
responsabilidad propia el tratar de
descubrir si sobrevivió —dijo
Armstrong.
Se inclinó hacia adelante y tomó una
mano de la anciana.
—Es usted muy amable —dijo ella,
aferrándose a él con sus huesudos
dedos. Transcurrió algún tiempo antes
de que le soltara la mano. Luego, tomó
el juego de ajedrez y se lo entregó—.
Espero que todavía esté con vida. Arno
fue un buen hombre. —Armstrong
asintió con un gesto—. ¿Le dejó mi
esposo algún otro mensaje para mí?
—Sí, me dijo que su último deseo
era que le devolviera a Arno sus
acciones.
—¿A qué acciones se refería? —
preguntó ella, que pareció angustiada
por primera vez—. Ellos no dijeron
nada de acciones cuando vinieron a
visitarme.
—Parece ser que Arno le vendió al
señor Lauber las acciones de una
empresa editora, poco después de que
Hitler llegara al poder. Su esposo le
prometió devolvérselas en cuanto
hubiera terminado la guerra.
—En ese caso, me sentiría feliz de
poder hacerlo —dijo la anciana, que
volvió a estremecerse—. Pero,
desgraciadamente, no poseo ningunas
acciones. Quizá Klaus dejó un
testamento…
—Desgraciadamente no, señora
Lauber —le dijo Armstrong—. O, si lo
hizo, no hemos podido encontrarlo.
—Eso parece impropio de Klaus —
comentó la anciana—. Siempre fue muy
meticuloso. Pero quizá haya
desaparecido en alguna parte, en la zona
rusa. No se puede confiar en los rusos,
¿sabe? —susurró en voz baja.
Armstrong asintió con un gesto.
—De todos modos, eso no
representa un problema —dijo,
tomándole la mano de nuevo—. Tengo
un documento por el que se me otorga la
autoridad para asegurarme de que Arno
Schultz reciba las acciones a las que
tiene derecho, siempre y cuando esté
vivo y podamos encontrarlo.
La señora Lauber le sonrió.
—Gracias. Es un gran alivio saber
que el asunto queda en manos de un
oficial británico.
Armstrong abrió su maletín y sacó el
contrato. Lo dobló directamente por la
última de las cuatro páginas e indicó dos
cruces marcadas a lápiz. Luego, le
entregó una pluma a la señora Lauber.
La mujer estampó su temblorosa firma
entre las cruces, sin hacer ningún intento
por leer una sola cláusula o párrafo del
contrato. En cuanto la tinta se hubo
secado, Armstrong volvió a guardar el
documento en su maletín Gladstone, y lo
cerró con un chasquido. Después, le
sonrió a la señora Lauber.
—Ahora tengo que regresar a Berlín
—le dijo, y se levantó de la silla—.
Haré todos los esfuerzos posibles por
localizar a Herr Schultz.
—Gracias —volvió a decir la
señora Lauber. Se levantó lentamente y
lo acompañó por el pasillo hasta la
puerta del piso—. Adiós —le dijo una
vez que él salió al rellano exterior—.
Ha sido muy amable por su parte al
hacer un viaje tan largo por mí.
La mujer sonrió débilmente y cerró
la puerta sin añadir nada más.
—¿Y bien? —preguntó Tulpanov en
cuanto Armstrong se acomodó a su lado,
en el asiento trasero del coche.
—Firmó el contrato.
—Estaba convencido de que lo haría
—asintió Tulpanov.
El coche trazó un círculo e inició el
viaje de regreso a Berlín.
—¿Qué sucederá ahora? —preguntó
Armstrong.
—Ahora ha lanzado usted la moneda
al aire —contestó el mayor del KGB—.
Ha ganado en el lanzamiento y ha
decidido batear. Aunque debo decir que
lo que acaba de hacerle a la señora
Lauber difícilmente podría describirse
como críquet. —Armstrong le miró
enigmáticamente—. Hasta yo estaba
convencido de que le entregaría los
40 000 marcos —añadió Tulpanov—.
Pero no me cabe la menor duda de que
tiene la intención de entregarle a Arno…
—hizo una breve pausa, antes de añadir
—: El juego de ajedrez.
A la mañana siguiente, el capitán
Richard Armstrong registró su
propiedad sobre el Der Telegraf ante la
Comisión de Control Británica. Aunque
uno de los funcionarios enarcó una ceja
ante el documento, y otro le hizo esperar
durante más de una hora, el empleado
selló finalmente el documento por el que
se autorizaba la transacción y en el que
se confirmaba que el capitán Armstrong
era ahora el único propietario del
periódico.
Charlotte trató de ocultar sus
verdaderos sentimientos cuando su
marido le informó del «golpe». Estaba
segura de que eso solo podía significar
que su partida hacia Inglaterra se vería
retrasada de nuevo. Pero se sintió más
aliviada cuando Dick estuvo de acuerdo
en que regresara a Lyon, para que
estuviera en compañía de sus padres
cuando naciera el primogénito, ya que
estaba decidido a que cualquier hijo
suyo iniciara su vida como ciudadano
francés.
Arno Schultz se sintió sorprendido
ante el repentino y renovado
compromiso de Armstrong con el
Telegraf. Empezó por presentar
contribuciones en la conferencia
editorial de las mañanas, y hasta
adquirió la costumbre de acompañar a
las camionetas de reparto que recorrían
la ciudad a la medianoche. Arno
imagino que el nuevo entusiasmo de su
jefe debía de estar directamente
relacionado con la ausencia de
Charlotte, que se había marchado a
Lyon.
Pocas semanas más tarde ya
vendían, por primera vez, 300 000
ejemplares diarios, y Arno aceptó el
hecho de que el alumno se había
convertido en el maestro.
Un mes más tarde, el capitán
Armstrong se tomó diez días de permiso
con el propósito de estar en Lyon para el
nacimiento de su primer hijo. Quedó
encantado cuando Charlotte le dio un
niño, al que impusieron el nombre de
David. Sentado en la cama, con el niño
entre sus brazos, le prometió a Charlotte
que no pasaría mucho tiempo más antes
de que regresaran a Inglaterra, donde los
tres podrían iniciar una nueva vida.
Regresó a Berlín una semana más
tarde, y resolvió comunicarle al coronel
Oakshott que había llegado el momento
de darse de baja en el ejército y volver
a Inglaterra.
Y lo habría hecho así si Arno
Schultz no hubiera organizado una fiesta
para celebrar su sexagésimo
cumpleaños.
Menzies se mantiene en su
puesto
14

T ownsend la vio por primera vez


durante un vuelo a Sydney. Él leía
el Gazette. El artículo de la primera
página debía haber sido relegado a la
tercera, y el titular era débil. El Gazette
disfrutaba ahora del monopolio
periodístico en Adelaida, pero el
periódico estaba siendo cada vez más
flojo. Debería haber apartado del puesto
de director a Frank Bailey
inmediatamente después de la fusión,
pero antes tuvo que contentarse con
librarse de sir Colin. Frunció el ceño.
—¿Quiere que le vuelva a llenar la
taza de café, señor Townsend? —
preguntó ella.
Townsend levantó la mirada y
observó a una joven delgada que
sostenía una cafetera en la mano y le
sonreía. Debía de tener unos veinticinco
años, con un ensortijado cabello rubio y
unos ojos azules que le hicieron desear
seguir mirándolos.
—Sí —contestó, a pesar de que no
quería más café.
Ella le dirigió una sonrisa. Era la
sonrisa propia de una azafata,
invariable, tanto si se trataba de un
pasajero grueso como delgado, pobre
como rico.
Townsend dejó el Gazette a un lado
y trató de concentrar sus pensamientos
en la reunión a la que se disponía a
asistir. Recientemente había comprado,
con un coste de medio millón de libras,
un pequeño grupo impresor
especializado en periódicos de bajo
precio que se distribuían por los barrios
occidentales de Sydney. El negocio le
permitió poner un pie en la ciudad más
grande de Australia.
Fue durante la cena anual del gremio
de editores, en el Hotel Cook, una vez
terminados todos los discursos, cuando
un hombre que aparentaba unos
veintisiete o veintiocho años, de algo
más de un metro setenta de estatura,
mandíbula cuadrada, brillante cabello
rojizo, y los hombros de un profesional
lanzado, se acercó a su mesa y le
susurró al oído:
—Le veré en el lavabo de
caballeros.
Por un momento, Townsend no supo
si echarse a reír o limitarse a ignorar al
hombre. Pero la curiosidad pudo con él
y pocos minutos más tarde se levantó de
la mesa y se dirigió por entre las demás
mesas hacia el lavabo de caballeros. El
pelirrojo se lavaba las manos en el
lavabo de la esquina. Townsend se le
acercó, se situó en el lavabo de al lado y
abrió el grifo.
—¿En qué hotel se aloja? —
preguntó el hombre.
—En el Town House —contestó
Townsend.
—¿Y cuál es su número de
habitación?
—No tengo ni la menor idea.
—Ya lo descubriré. Acudiré a su
habitación hacia la medianoche. Es
decir, si le interesa echarle mano al
Sydney Chronicle.
Tras decirle esto, el pelirrojo cerró
el grifo, se secó las manos y se marchó.
Townsend se enteró a primeras horas
de la madrugada que el hombre que le
había abordado durante la cena era
Bruce Kelly, el subdirector del
Chronicle. No perdió el tiempo en
decirle a Townsend que sir Somerset
Kenwright consideraba la idea de
vender el periódico, ya que tenía la
impresión de que no encajaba con el
resto de su grupo de empresas.
—¿Le ocurre algo a su café, señor?
—preguntó ella.
Townsend se volvió a mirarla, para
luego observar su taza de café, que no
había tocado.
—No, está bien, gracias. Solo estoy
un poco preocupado.
Ella le dirigió aquella misma
sonrisa, le retiró la taza de café y
continuó hacia los asientos de atrás. Una
vez más, Townsend hizo un esfuerzo por
concentrarse.
Al discutir por primera vez la idea
con su madre, ella le dijo que la
ambición de toda la vida de su padre
había sido la de poseer el Chronicle,
aunque sus propios sentimientos al
respecto eran un tanto ambiguos. La
razón por la que él viajaba ahora a
Sydney por tercera vez en otras tantas
semanas era para asistir a otra reunión
con la alta dirección de sir Somerset, y
poder revisar las condiciones de un
posible acuerdo. Y uno de aquellos
directores todavía le debía un favor.
Durante los últimos meses, los
abogados de Townsend habían trabajado
en tándem con los de sir Somerset, y
ambas partes tenían ahora la sensación
de hallarse por fin cerca de llegar a un
acuerdo.
—El viejo está convencido de que
es usted el menor de dos posibles males
—le había advertido Kelly—. Tiene que
afrontar el hecho de que su hijo no está a
la altura del trabajo, pero no quiere que
el periódico caiga en manos de Wally
Hacker, que nunca le ha gustado y en
quien, desde luego, nunca ha confiado.
No está muy seguro con respecto a
usted, aunque guarda buenos recuerdos
de su padre.
Desde que Kelly le ofreciera aquella
valiosa información, Townsend había
procurado mencionar a su padre cada
vez que se reunía con sir Somerset.
Cuando el avión se detuvo ante la
terminal del aeropuerto Kingsford-
Smith, Townsend se desabrochó el
cinturón de seguridad, tomó el maletín y
empezó a moverse hacia la salida de
proa.
—Que tenga usted un buen día, señor
Townsend —le dijo ella—. Espero que
vuelva a volar con Austair.
—Lo haré —le prometió—. De
hecho, regreso esta misma noche.
Solo la impaciente fila de pasajeros
que se apretujaban en dirección hacia la
salida le impidió preguntarle si ella
estaría también de servicio en ese vuelo.
Después de que el taxi se detuviera
en Pitt Street, Townsend comprobó su
reloj y vio que aún le sobraban unos
minutos. Pagó la carrera y cruzó entre el
tráfico hasta el otro lado de la calle. Al
llegar a la acera de enfrente se volvió en
redondo y observó el edificio que era la
sede del periódico de mayor venta en
Australia. Solo habría deseado que su
padre viviera para verle cerrar este gran
acuerdo.
Volvió a cruzar la calle, entró en el
edificio y esperó en el vestíbulo de
recepción, hasta que una mujer de
mediana edad y bien vestida salió de
uno de los ascensores, se dirigió
directamente hacia él y le dijo:
—Sir Somerset le espera, señor
Townsend.
Al entrar en el vasto despacho desde
el que se dominaba el puerto, Townsend
fue saludado por un hombre al que había
considerado con respeto y admiración
desde que era un niño. Sir Somerset le
estrechó cálidamente la mano.
—Keith, me alegro mucho de verle.
Tengo entendido que asistió usted a la
escuela con mi director general, Duncan
Alexander. —Los dos hombres se
estrecharon las manos, en silencio—.
Pero no creo que conozca a Nick
Watson, el director del Chronicle.
—No, no tenía ese placer —dijo
Townsend, que estrechó la mano de
Watson—. Aunque, naturalmente,
conozco su excelente reputación.
Sir Somerset les indicó con un gesto
que tomaran asiento alrededor de la gran
mesa del consejo, y él mismo se instaló
a la cabecera.
—Como sabe muy bien, Keith —
empezó el viejo—, me siento muy
orgulloso de este periódico. Hasta el
propio Beaverbrook intentó
comprármelo.
—Algo muy comprensible —asintió
Townsend.
—En este edificio hemos
establecido un nivel de periodismo del
que me gusta pensar que hasta su padre
se habría sentido orgulloso.
—Siempre habló de sus periódicos
con el mayor respeto. En realidad,
cuando se trataba del Chronicle, creo
que la palabra «envidia» sería la más
apropiada.
Sir Somerset sonrió.
—Es muy amable por su parte
decirlo así, joven. —Hizo una pausa—.
Bien, parece ser que nuestros equipos
han podido ponerse de acuerdo en las
últimas semanas acerca de la mayoría de
los detalles. En consecuencia, si puede
usted estar a la altura de la oferta de
Wally Hacker, por importe de un millón
novecientas mil libras, y, lo que es
igualmente importante para mí, está de
acuerdo en mantener a Nick como
director y a Duncan como director
general, creo que podemos dar por
cerrado el trato.
—Sería estúpido por mi parte no
depender de sus vastos conocimientos y
experiencia —dijo Townsend—. Son
profesionales muy respetados y,
naturalmente, estaré encantado de
trabajar con ellos. Creo que debo
hacerle saber, no obstante, que no sigo
una política de interferencia en el
funcionamiento interno de mis
periódicos, sobre todo por lo que se
refiere a su contenido editorial. No es
ese mi estilo.
—Veo que ha aprendido usted mucho
de su padre —dijo sir Somerset—. Lo
mismo que él, y que usted, yo tampoco
intervengo en el funcionamiento
cotidiano del periódico. Eso
habitualmente siempre acaba en
lágrimas.
Townsend asintió para mostrar su
acuerdo.
—Bien, en ese caso, creo que no
tenemos mucho más que hablar en estos
momentos. Le sugiero que vayamos al
comedor a almorzar. —El viejo se
levantó y después de que Townsend
hiciera lo mismo, le pasó un brazo por
los hombros y le dijo—: Solo desearía
que su padre estuviera aquí, para unirse
a nosotros.

La sonrisa no abandonó el rostro de


Townsend en ningún momento durante
todo el trayecto de regreso al
aeropuerto. Si, además, ella estaba en el
vuelo de regreso, eso no sería más que
un premio añadido. Su sonrisa aún se
hizo más amplia al abrocharse el
cinturón de seguridad y dedicarse a
repasar mentalmente lo que le diría.
—Espero que su estancia en Sydney
haya sido provechosa, señor Townsend
—le dijo ella al ofrecerle el periódico
vespertino.
—No podría haber sido más
provechosa —replicó él—. Quizá
quisiera usted acompañarme a cenar esta
noche y ayudarme así a celebrarlo.
—Es muy amable por su parte, señor
—dijo ella, resaltando ligeramente la
palabra «señor»—, pero me temo que
eso vaya contra la política de la
compañía.
—¿Y va en contra de la política de
la compañía el conocer su nombre?
—Desde luego que no, señor —
contestó ella—. Me llamo Susan.
Le dirigió la misma sonrisa de
siempre y continuó hacia la siguiente
hilera de asientos.
Lo primero que hizo en cuanto
regresó a su piso fue prepararse un
bocadillo de sardinas. Apenas había
dado un bocado cuando sonó el teléfono.
Era Clive Jervis, el socio más antiguo
de Jervis, Smith & Thomas. A Clive
todavía le preocupaban algunos de los
detalles más delicados del contrato,
incluidos los acuerdos de compensación
y los traspasos de acciones.
Apenas hubo colgado el teléfono,
después de hablar con él, cuando este
sonó de nuevo, y recibió una llamada
todavía más prolongada de Trevor
Meacham, su contable, todavía
convencido de que 1,9 millones de
libras era un precio demasiado alto.
—No me queda otra alternativa —le
dijo Townsend—. Wally Hacker ya ha
ofrecido la misma cantidad.
—Hacker también es capaz de pagar
demasiado —fue la respuesta—. Sigo
pensando que deberíamos pedir pagos
aplazados, basados en las tiradas
medias de este año, y no en los
agregados de los diez últimos años.
—¿Por qué? —preguntó Townsend.
—Porque el Chronicle ha perdido
año tras año de un dos a un tres por
ciento de sus lectores. Todo debería
basarse en las últimas cifras de que
disponemos.
—Estoy de acuerdo con usted en
eso, pero no quiero que esa sea la razón
que nos impida llegar a un acuerdo.
—Tampoco yo —le aseguró el
contable—. Pero tampoco quiero que
termine usted en la bancarrota
simplemente porque pagó demasiado
por razones sentimentales. Cada trato
debe poder sostenerse por su propio pie,
y no cerrarse solo por querer demostrar
que es usted tan bueno como su padre.
Durante un momento, ninguno de los
dos hombres dijo nada.
—No tiene que preocuparse por eso
—dijo Townsend finalmente—. Ya tengo
planes para duplicar los beneficios del
Chronicle. Dentro de un año, el millón
novecientas mil libras nos parecerá
barato. Y, lo que es más importante, mi
padre me habría apoyado en esta
decisión.
Colgó el teléfono antes de que
Trevor pudiera replicar nada.
La última llamada fue la de Bruce
Kelly, poco antes de las once. Para
entonces, Townsend ya se había puesto
el batín, y dejado el bocadillo de
sardinas a medio comer.
—Sir Somerset sigue nervioso —le
advirtió.
—¿Por qué? —preguntó Townsend
—. Tengo la sensación de que la reunión
de hoy no podría haber ido mejor.
—La reunión no fue el problema.
Después de que se marchara usted
recibió una llamada de sir Colin Grant y
estuvieron hablando durante casi una
hora. Y Duncan Alexander no es
exactamente su mejor amigo.
Townsend descargó el puño contra
la mesa.
—Maldita sea su estampa —
exclamó—. Escúcheme bien, Bruce, y le
diré exactamente qué actitud debe usted
adoptar. Cada vez que surja el nombre
de sir Colin, recuérdele a sir Somerset
que en cuanto se convirtió en presidente
del Messenger ese periódico empezó a
registrar pérdidas. En cuanto a
Alexander, a ese puede dejarlo por mi
cuenta.

A Townsend le desilusionó descubrir


que en su siguiente vuelo a Sydney,
Susan no estaba de servicio. Después de
que una azafata le sirviera café, le
preguntó si Susan estaría en otro vuelo.
—No, señor —contestó ella—.
Susan abandonó la compañía a finales
del mes pasado.
—¿Sabe usted dónde trabaja ahora?
—No tengo la menor idea, señor —
contestó ella antes de continuar con su
trabajo.
Townsend empleó la mañana en
recorrer las oficinas del Chronicle,
acompañado por Duncan Alexander, que
procuró mantener la conversación en un
nivel profesional, sin hacer el menor
intento por demostrarle una actitud
amistosa. Townsend esperó un momento
en que ambos se encontraron solos en el
ascensor para volverse hacia él y
decirle:
—Una vez, hace muchos años, me
dijiste: «Los Alexander tenemos una
buena memoria. Llámame cuando me
necesites».
—Sí, eso dije —admitió Duncan.
—Bien, porque ha llegado el
momento de recordarlo.
—¿Qué espera usted que haga?
—Quiero que le diga a sir Somerset
lo buen hombre que soy.
El ascensor se detuvo y las puertas
se abrieron.
—Si hago eso, ¿me garantiza que
conservaré mi puesto?
—Cuenta con mi palabra —dijo
Townsend al salir al pasillo.
Después del almuerzo, sir Somerset,
que parecía un poco más contenido que
la primera vez que se vieron, acompañó
a Townsend a recorrer el departamento
editorial, donde le presentó a los
periodistas. Todos ellos se sintieron
aliviados al ver que el posible nuevo
propietario se limitaba a asentir con
gestos y a sonreírles, y que procuraba
mostrarse agradable incluso con el
personal subalterno. Ese día, todo aquel
que entró en contacto con Townsend
quedó agradablemente sorprendido,
sobre todo después de lo que les
comunicaron los periodistas que habían
trabajado para él en el Gazette. Hasta el
propio sir Somerset empezó a
preguntarse si acaso sir Colin no había
exagerado al describirle el
comportamiento de Townsend en el
pasado.
—No olvidéis lo que sucedió con
las ventas del Messenger después de
que sir Colin ocupara la presidencia —
se encargó de susurrar Bruce Kelly en
diversos oídos, incluidos los del
director, una vez que Townsend se hubo
marchado.
El personal del Chronicle no le
habría concedido a Townsend el
beneficio de la duda si hubieran visto
las notas que tomaba durante el vuelo de
regreso a Adelaida. Para él ya estaba
claro que si esperaba duplicar los
beneficios del periódico, iba a tener que
practicar una cirugía drástica, con
recortes desde arriba hasta abajo.
Townsend se encontró, sin
pretenderlo, pensando en Susan de vez
en cuando. Cuando otra azafata le
ofreció un ejemplar del periódico
vespertino, le preguntó si sabía dónde
trabajaba ella ahora.
—¿Se refiere a Susan Glover?
—Rubia, de pelo rizado y unos
veintitrés años —asintió Townsend.
—Sí, esa es Susan. Nos dejó para
aceptar una oferta de trabajo en Moore’s
. Dijo que ya no podía soportar los
horarios irregulares, por no hablar de
que la trataran como a un conductor de
autobús. Sé muy bien cómo se sentía.
Townsend sonrió. Moore’s siempre
había sido la tienda favorita de su madre
en Adelaida. Estaba seguro de que no
tardaría en descubrir en qué
departamento trabajaba Susan.
A la mañana siguiente, una vez
repasada la correspondencia con Bunty,
marcó el número de Moore’s en cuanto
ella hubo cerrado la puerta, dejándolo a
solas en su despacho.
—¿Puede ponerme con la señorita
Glover, por favor?
—¿En qué departamento trabaja?
—No lo sé —contestó Townsend.
—¿Se trata de una emergencia?
—No, es una llamada personal.
—¿Es usted pariente suyo?
—No, no lo soy —contestó,
extrañado por la pregunta.
—En ese caso lo siento mucho, pero
no puedo ayudarle. Es contrario a las
normas de la empresa que su personal
reciba llamadas privadas durante el
horario de oficina.
La línea se cortó.
Townsend colgó el teléfono, se
levantó de la silla y se dirigió al
despacho de Bunty.
—Estaré fuera durante una hora,
Bunty. Quizá un poco más. Debo
comprarle un regalo de cumpleaños a mi
madre.
La señorita Bunting le miró
sorprendida, pues sabía que aún faltaban
cuatro meses para el cumpleaños de su
madre. Pero eso significaba al menos
una mejora en comparación con su
padre, pensó. A sir Graham siempre le
había tenido que recordar la fecha el día
anterior.
Al salir del edificio hacía un día tan
cálido y agradable que le dijo a Sam, su
chófer, que caminaría una docena de
manzanas hasta Moore’s, lo que le
permitiría comprobar todos los quioscos
de prensa que encontrara por el camino.
No le complació descubrir que el
primero de ellos, en la esquina de la
King William Street, ya había vendido
todos los ejemplares del Gazette, a
pesar de que solo pasaban unos minutos
de las diez. Tomó nota para hablar con
el director de distribución en cuanto
regresara a la oficina.
Al acercarse a los grandes
almacenes, situados en Rundle Street, se
preguntó cuánto tiempo tardaría en
encontrar a Susan. Empujó la puerta
giratoria de la entrada y deambuló por
entre los mostradores de la planta baja:
joyería, guantes, perfumes. Pero no la
vio. Tomó la escalera mecánica hasta el
primer piso, donde repitió el
procedimiento: vajilla, lencería,
artículos de cocina. Tampoco tuvo éxito.
El segundo piso estaba destinado a ropa
de caballero, lo que le recordó que
necesitaba un traje nuevo. Si ella
trabajaba allí, podría encargar uno
inmediatamente, pero no vio a una mujer
en todo el departamento.
Al subir en la escalera mecánica
para subir al tercer piso, Townsend
creyó reconocer al hombre
elegantemente vestido situado a dos
escalones por encima de él. El hombre
se giró y vio a Townsend.
—¿Cómo está usted? —le saludó.
—Muy bien, gracias —contestó
Townsend, que hizo desesperados
esfuerzos por recordar quién era.
—Soy Ed Scott —dijo el hombre,
solucionándole el problema—. Estuve
un par de cursos por debajo de usted en
el St. Andrews, y todavía recuerdo sus
editoriales en la revista del colegio.
—Me siento halagado —dijo
Townsend—. ¿En qué anda metido
ahora?
—Soy ayudante del director.
—Eso quiere decir que le han ido
bien las cosas —comentó Townsend,
que miró a su alrededor.
—Difícilmente podría decirse así —
replicó Ed—. Mi padre es el director.
Pero eso es algo que usted conoce mejor
que yo. —Townsend frunció el ceño—.
¿Buscaba algo en particular? —preguntó
Ed al salir de la escalera mecánica.
—Sí —contestó Townsend—. Un
regalo para mi madre. Ella ya ha elegido
algo, y solo he venido para recogerlo.
No recuerdo en qué piso es, pero sé el
nombre de la vendedora que la atendió.
—Dígame el nombre y encontraré el
departamento.
—Susan Glover —dijo Townsend,
que hizo un esfuerzo para no
ruborizarse.
Ed se hizo a un lado, marcó un
número por su intercomunicador y
repitió el nombre. Un momento más
tarde, una expresión de sorpresa
apareció en su rostro.
—Parece ser que está en el
departamento de juguetería —le dijo—.
¿Está seguro de que le han dado el
nombre correcto?
—Oh, sí —contestó Townsend—.
Rompecabezas.
—¿Rompecabezas?
—Sí, resulta que mi madre no se
puede resistir a los rompecabezas. Pero
a nadie de la familia se nos permite
elegirlos porque, cada vez que lo
hacemos, terminamos por regalarle uno
que ya tiene.
—Oh, ya comprendo —asintió Ed
—. Bueno, tome la escalera hasta el
sótano. Encontrará el departamento de
juguetería a mano derecha.
Townsend le dio las gracias y el
ayudante de dirección desapareció hacia
la sección de equipaje y viajes.
Townsend descendió hasta «El
Mundo del Juguete». Una vez allí, miró
entre los mostradores, pero no vio a
Susan y empezó a preguntarse si acaso
tendría que emplear todo el resto del
día. Recorrió lentamente todo el
departamento, y decidió no preguntarle a
una mujer de aspecto serio, con una
placa sobre su ancho pecho que la
identificaba como «Primera ayudante de
ventas», si trabajaba allí una vendedora
llamada Susan Glover.
Pensó que tendría que regresar al día
siguiente y ya estaba a punto de
marcharse, cuando se abrió una puerta
por detrás de uno de los mostradores y
Susan salió por ella, llevando una gran
caja de un mecano. Se acercó a una
clienta que estaba apoyada sobre el
mostrador.
Townsend se quedó como
transfigurado allí mismo. Era mucho más
cautivadora de lo que recordaba.
—¿En qué puedo servirle, señor?
Townsend se sobresaltó, se giró en
redondo y se encontró frente a la mujer
de aspecto serio.
—En nada, gracias —contestó con
nerviosismo—. Solo busco un regalo
para…, para… mi sobrino.
La mujer le miró fijamente y
Townsend se alejó y eligió un lugar
donde pudiera permanecer oculto a su
vista y seguir viendo a Susan.
La clienta a la que esta atendía se
tomó una cantidad desproporcionada de
tiempo para decidir si quería el mecano
o no. Susan se vio obligada a abrir la
caja para demostrar que el contenido se
ajustaba a lo que se indicaba en la tapa.
Tomó algunas de las piezas rojas y
amarillas y trató de montarlas, pero la
clienta se marchó pocos minutos más
tarde, con las manos vacías.
Townsend esperó a que la mujer de
aspecto serio estuviera ocupada en
atender a otra clienta. Solo entonces se
acercó al mostrador. Susan levantó la
mirada y sonrió. Esta vez fue una sonrisa
de reconocimiento.
—¿En qué puedo servirle, señor
Townsend? —le preguntó.
—¿Quiere cenar conmigo esta
noche? —preguntó él por toda respuesta
—. ¿O eso es algo que continúa estando
en contra de las normas de la empresa?
—Sí, lo está —contestó ella con una
sonrisa—, pero…
En ese momento la primera ayudante
de ventas reapareció junto a Susan, más
recelosa que nunca.
—Debe de tener por lo menos mil
piezas —dijo Townsend—. Mi madre
necesita la clase de rompecabezas que
la mantenga ocupada durante por lo
menos una semana.
—Desde luego, señor —asintió
Susan.
Lo condujo hacia una mesa donde
aparecían expuestos varios
rompecabezas de tamaños diferentes.
Townsend empezó a tomarlos y
estudiarlos atentamente, sin mirarla.
—¿Qué le parece en Pilligrini a las
ocho? —le susurró, justo cuando la
vendedora de aspecto serio se les
aproximaba.
—Es perfecto. Nunca he estado allí,
pero siempre he querido ir —dijo ella,
tomándole de entre las manos el
rompecabezas del puerto de Sydney.
Se dirigió hacia la caja registradora,
marcó la cuenta e introdujo la gran caja
en una bolsa de Moore’s.
—Serán dos libras y diez chelines,
por favor.
Townsend pagó la cuenta, y habría
confirmado la cita si la vendedora de
aspecto serio no hubiera estado tan
cerca de Susan.
—Espero que su sobrino disfrute
con el rompecabezas —dijo la mujer.
Dos pares de ojos lo siguieron al
salir.
Al regresar a la oficina, Bunty no
dejó de sorprenderse al descubrir el
contenido de la bolsa de compra. En los
treinta y dos años que llevaba
trabajando para sir Graham, no
recordaba una sola ocasión en que este
le hubiera regalado un rompecabezas a
su esposa. Townsend ignoró su mirada
interrogativa.
—Bunty, quiero ver inmediatamente
al director de distribución. El quiosco
de prensa de la esquina de la King
William Street se había quedado sin el
Gazette a las diez de la mañana. —Al
volverse para entrar en su despacho,
añadió—: Ah, ¿puede reservarme una
mesa para dos en el Pilligrini, para esta
noche?

Al entrar Susan en el restaurante, varios


hombres se volvieron a mirarla cruzar
hasta una mesa situada en un rincón.
Llevaba un traje de color rosa cuyo
corte resaltaba su delgada figura, y
aunque la falda le caía un par de
centímetros por debajo de la rodilla, la
mirada de Townsend seguía fija en sus
piernas cuando ella llegó junto a la
mesa. Después de que ella se sentara
frente a él, algunos de los comensales
masculinos le miraron con envidia.
Una voz, que tuvo la intención de
hacerse oír, comentó:
—Ese condenado hombre consigue
todo lo que quiere.
Ambos se echaron a reír y Townsend
le sirvió una copa de champaña. Pronto
descubrió lo fácil que le resultaba estar
en su compañía. Empezaron a
intercambiarse historias acerca de lo
que habían estado haciendo durante los
últimos veinte años, como si fueran
viejos amigos que acabaran de
encontrarse de nuevo. Townsend explicó
por qué había hecho recientemente
tantos viajes a Sydney, y Susan le dijo
por qué no disfrutaba de su trabajo en el
departamento de juguetería de Moore’s.
—¿Es esa mujer siempre tan
terrible? —preguntó Townsend.
—Hoy la has visto de buen humor.
Después de que te marcharas, se pasó
toda la mañana haciendo comentarios
sarcásticos sobre si habías acudido para
comprarle algo a tu madre, a tu sobrino,
o quizá para buscar a alguien. Y después
del almuerzo, al regresar tarde un par de
minutos, me dijo: «Ha llegado usted
ciento veinte segundos tarde, señorita
Glover. Ciento veinte segundos del
tiempo que le paga la empresa. Si
vuelve a suceder, tendremos que pensar
en deducir la cantidad apropiada de su
salario».
La de Susan fue una imitación casi
perfecta y Townsend no pudo evitar el
echarse a reír.
—¿Cuál es su problema?
—Creo que quería ser azafata de una
línea aérea.
—Me temo que le faltan una o dos
de las calificaciones más evidentes —
sugirió Townsend.
—¿A qué te has dedicado hoy? —
preguntó Susan, cambiando de tema—.
¿A tratar de salir con azafatas de
Austair?
—No —contestó él con una sonrisa
—. Eso sucedió la semana pasada… y
fracasé. Hoy me contento con tratar de
decidir si puedo permitirme pagar un
millón novecientas libras por el Sydney
Chronicle.
—¿Quieres decir uno coma nueve
millones? —preguntó ella con
incredulidad—. En tal caso, lo menos
que puedo hacer es pagar la cuenta de la
cena. La última vez que compré un
ejemplar del Sydney Chronicle me costó
seis peniques.
—Sí, pero yo quiero todos los
ejemplares —dijo Townsend.
A pesar de que ya habían terminado
de tomarse el café, siguieron hablando
hasta bastante después de que el
personal de la cocina hubiera terminado
su turno. Un par de camareros, de
expresión aburrida, se apoyaban contra
una columna y, de vez en cuando, les
miraban esperanzados. Al ver que uno
de ellos contenía apenas un bostezo,
Townsend pidió la cuenta y dejó una
generosa propina. Al salir a la acera,
tomó a Susan de la mano.
—¿Dónde vives?
—En un barrio del norte, pero temo
haber perdido el último autobús. Tendré
que tomar un taxi.
—Hace una noche magnífica, ¿y si
caminamos?
—Me parece bien —contestó ella,
sonriente.
No dejaron de hablar hasta que
llegaron a la puerta de su casa, una hora
más tarde. Susan se volvió hacia él.
—Gracias por una noche
encantadora, Keith. Has dado un nuevo
significado a las palabras «bajar la
comida con un paseo».
—Podríamos repetirlo pronto.
—Eso me gustaría.
—¿Cuándo te vendría bien?
—Te diría que mañana, pero eso
dependerá de que vaya a tener que
regresar a casa andando en cada
ocasión. En ese caso, sugeriría un
pequeño restaurante local, o me pondría
por lo menos unos zapatos más
cómodos.
—Desde luego que no —dijo
Townsend—. Te prometo que mañana te
traeré a casa en coche. Pero a primeras
horas del día tengo que estar en Sydney
para firmar un contrato, de modo que no
espero regresar antes de las ocho.
—Eso es perfecto. Dispondré de
tiempo suficiente para regresar a casa y
cambiarme.
—¿Te parecería bien en L’Étoile?
—Solo si tienes algo que celebrar.
—Habrá algo que celebrar, te lo
prometo.
—En ese caso te veré en L’Étoile, a
las nueve. —Se inclinó hacia él y lo
besó en la mejilla—. ¿Sabes, Keith? A
estas horas de la noche nunca se
consigue un taxi por aquí —le dijo,
preocupada—. Me temo que vas a tener
que caminar un largo trecho.
—Habrá valido la pena —dijo
Townsend mientras Susan ya
desaparecía por el corto sendero que
conducía a la puerta de su casa.
Poco después, apareció un coche
que se detuvo a su lado. Un chófer bajó
rápidamente y le abrió la portezuela.
—¿Adónde vamos, jefe?
—A casa, Sam —le contestó al
chófer—. Pero pasemos por la estación
para recoger un ejemplar de la primera
edición.
Townsend tomó el primer vuelo de la
mañana siguiente con destino a Sydney.
Su abogado, Clevis Jervis, y su
contable, Trevor Meacham, se sentaron
uno a cada lado.
—Sigue sin gustarme la cláusula de
rescisión —comentó Clive.
—Y el plan de pagos necesita
ajustarse un poco, eso está claro —
añadió Trevor.
—¿Cuánto tiempo tardaremos en
solucionar esos problemas? —preguntó
Townsend—. Tengo una cita para cenar
en Adelaida esta noche, por lo que debo
tomar un vuelo de la tarde.
Los dos hombres lo miraron con
expresión dubitativa.
Sus temores demostraron estar
justificados. Los abogados de las dos
empresas se pasaron la mañana
revisando la letra pequeña, y los dos
contables aún tardaron más en revisar
las cifras. Nadie se detuvo, ni siquiera
para almorzar y, a las tres de la tarde,
Townsend ya comprobaba su reloj a
cada pocos minutos. A pesar de que
recorría el despacho de un lado a otro, y
que contestaba con monosílabos a largas
preguntas, el documento final no estuvo
preparado para la firma hasta pocos
minutos después de las cinco.
Townsend soltó un suspiro de alivio
cuando los abogados se levantaron
finalmente de la mesa y empezaron a
estirar las piernas. Comprobó de nuevo
su reloj, convencido de que aún podría
tomar un avión que le permitiera
regresar a tiempo a Adelaida. Agradeció
los esfuerzos a sus dos consejeros y
estrechaba las manos de los asesores de
la parte opuesta cuando sir Somerset
entró en el despacho, seguido por su
director y director general.
—Me dicen que hemos llegado por
fin a un acuerdo —dijo el viejo con una
amplia sonrisa.
—Así lo creo —asintió Townsend,
que trató de no demostrar lo impaciente
que estaba por escapar de allí.
Si llamaba a Moore’s para advertir a
Susan que podía llegar tarde, sabía que
no le pasarían la comunicación.
—Bueno, tomemos una copa para
celebrarlo antes de estampar nuestras
firmas en el documento definitivo —
sugirió sir Somerset.
Después del tercer whisky,
Townsend sugirió que quizá había
llegado el momento de firmar el
contrato. Nick Watson se mostró de
acuerdo y le recordó a sir Somerset que
todavía tenía que ocuparse de sacar un
periódico aquella noche.
—Muy cierto —dijo el propietario,
que sacó una pluma estilográfica del
bolsillo interior de la chaqueta—. Y
puesto que seguiré siendo el propietario
del Chronicle durante otras seis
semanas, no podemos permitir que
descienda el nivel de calidad. Y a
propósito, Keith, espero que pueda
acompañarme a cenar.
—Me temo que esta noche no podrá
ser —dijo Townsend—. Ya tengo una
cita para cenar en Adelaida.
Sir Somerset se giró en redondo
para mirarlo.
—Debe de ser una mujer muy
hermosa —comentó— porque yo no
rechazaría una invitación así por otro
acuerdo de negocios.
—Le prometo que es muy hermosa
—dijo Townsend con una sonrisa—. Y
solo es nuestra segunda cita.
—En ese caso, no le entretengo más
—dijo sir Somerset, que se dirigió hacia
la mesa del consejo, donde ya estaban
preparadas dos copias del contrato.
Se detuvo un momento, miró
fijamente el contrato y pareció vacilar.
Los asesores de ambas partes se
miraron, nerviosos, y uno de los
abogados de sir Somerset empezó a
agitarse, nervioso.
El viejo se volvió hacia Townsend y
le hizo un guiño.
—Debo decirle que fue Duncan
quien finalmente me convenció de que
debía cerrar el trato con usted, y no con
Hacker —le dijo.
Se inclinó sobre la mesa y estampó
su firma en los dos contratos. Luego, le
entregó la pluma a Townsend, que hizo
lo propio junto a la firma de sir
Somerset.
Los dos hombres se estrecharon las
manos con formalidad.
—Es el momento para tomar otra
copa —dijo sir Somerset con un nuevo
guiño—. Usted puede marcharse, Keith,
y veremos qué parte de sus beneficios
podemos consumir en su ausencia. Debo
decir, muchacho, que no podría sentirme
más encantado de que el Chronicle haya
pasado a manos del hijo de sir Graham
Townsend.
Nick Watson se adelantó y pasó un
brazo alrededor del hombro de
Townsend antes de que este se marchara.
—Debo decirle, como director del
Chronicle, que espero con impaciencia
trabajar con usted. Espero que podamos
verle de regreso por Sydney dentro de
poco.
—Yo también espero con
impaciencia trabajar con usted —dijo
Townsend—, y estoy seguro de que nos
tropezaremos el uno con el otro de vez
en cuando. —Se volvió luego hacia
Duncan Alexander—. Gracias —le dijo
—. Estamos en paz.
Duncan extendió la mano hacia él,
pero Townsend ya se dirigía hacia la
puerta. Vio cómo se cerraban las puertas
del ascensor antes de poder apretar el
botón de bajada. Cuando finalmente
consiguió un taxi, el taxista se negó a
superar los límites de velocidad a pesar
de los halagos, sobornos y finalmente
gritos de Townsend. Al llegar a la
terminal, pudo ver el Douglas DC4 que
se elevaba en el aire, por encima de él,
indiferente a su último pasajero que se
había quedado en tierra, varado en un
taxi.
—Tuvo que haber despegado a su
hora, para variar —dijo el taxista con un
encogimiento de hombros.
No pudo decirse lo mismo del vuelo
siguiente, que estaba programado para
despegar una hora más tarde, pero que
terminó por hacerlo con cuarenta
minutos de retraso.
Townsend comprobó su reloj por
enésima vez, se dirigió a una cabina
telefónica y buscó el número de Susan
en la guía de Adelaida. La telefonista le
dijo que el número estaba ocupado.
Volvió a llamar cinco minutos más tarde
y no obtuvo respuesta. Quizá estuviera
en la ducha. Trataba de imaginar la
escena cuando se anunció por el
servicio de altavoces: «Ultima llamada
para los pasajeros en vuelo a
Adelaida».
Le pidió a la telefonista que lo
intentara por última vez, pero el número
volvía a estar ocupado. Lanzó una
maldición por lo bajo, colgó el teléfono
y echó a correr hacia el avión, al que
logró subir justo antes de que cerraran la
portezuela. Se pasó todo el vuelo
propinando ligeros puñetazos sobre el
reposabrazos, pero eso no hizo que el
avión volara más rápido.
Sam estaba de pie junto al coche,
con aspecto impaciente, cuando su jefe
salió corriendo de la terminal. Lo
condujo a Adelaida ignorando todas las
señales de límite de velocidad, pero
cuando dejó a su jefe frente a L’Étoile,
el maître ya había tomado nota de los
últimos pedidos.
Townsend intentó explicar lo
sucedido, pero Susan pareció
comprenderlo incluso antes de que él
abriera la boca.
—Intenté llamarte desde el
aeropuerto, pero encontré tu teléfono
ocupado o no me contestó nadie. —
Observó los cubiertos sin tocar, delante
de ella—. ¿No me digas que no has
cenado?
—No, no tenía tanto apetito —
contestó ella y le tomó de la mano—.
Pero tú debes de estar hambriento, y
apuesto a que todavía quisieras celebrar
tu triunfo. Si pudieras elegir, ¿qué es lo
que más te gustaría hacer?

A la mañana siguiente, cuando


Townsend entró en su despacho,
encontró a Bunty inclinada sobre la
mesa, sosteniendo una hoja de papel.
Daba la impresión de haber
permanecido allí durante algún tiempo.
—¿Algún problema? —preguntó
Townsend al cerrar la puerta.
—No. Solo que parece haber
olvidado usted que me jubilo a finales
de mes.
—No, no lo había olvidado —dijo
Townsend, sentándose tras la mesa—.
Simplemente, no creía…
—Las normas de la compañía son
muy claras al respecto —dijo Bunty—.
Cuando una empleada alcance la edad
de sesenta años…
—¡Usted no tendrá nunca sesenta
años, Bunty!
—… debe jubilarse el último
viernes del mes natural en que los
cumpla.
—Las normas están para romperlas.
—Su padre decía que no debía haber
ninguna excepción a esa regla, y yo
estoy de acuerdo con él.
—Pero por el momento no he tenido
tiempo para buscar a nadie más, Bunty.
Con las negociaciones del Chronicle
y…
—Ya me había anticipado a ese
problema —dijo ella, sin amilanarse—.
Y he encontrado a la sustituta ideal.
—Pero ¿cuáles son sus
calificaciones? —preguntó Townsend,
dispuesto a rechazarlas inmediatamente
como inadecuadas.
—Es mi sobrina —fue la respuesta
— y, lo que es más importante, procede
del lado de Edimburgo de la familia.
A Townsend no se le ocurrió una
respuesta más adecuada.
—Bueno, en ese caso será mejor que
acuerde una cita para que la conozca. —
Hizo una pausa, antes de añadir—: En
algún momento del mes que viene.
—En estos momentos está sentada en
mi despacho, y puede entrevistarse con
usted ahora mismo —dijo Bunty.
—Ya sabe lo muy ocupado que estoy
—dijo Townsend que, sin embargo, miró
la hoja en blanco de su dietario.
Evidentemente, Bunty se había
asegurado de que no tuviera ninguna cita
durante aquella mañana. Le entregó la
hoja de papel que sostenía en la mano.
Empezó a estudiar el curriculum de
la señorita Younger, con la intención de
encontrar alguna excusa para no verla.
Al llegar al final de la página, asintió de
mala gana.
—Está bien, la veré ahora.
Cuando Heather Younger entró en el
despacho, Townsend se levantó y esperó
hasta que ella se hubo sentado frente a la
mesa. La señorita Younger medía uno
setenta y cinco de estatura, y Townsend
sabía por su curriculum que tenía
veintiocho años, aunque parecía bastante
mayor. Vestía un jersey verde y una falda
de paño. Las medias marrones le
hicieron pensar a Townsend en las
cartillas de racionamiento, y los zapatos
que llevaba habrían sido descritos por
su madre como sensatos.
El pelo era castaño rojizo, sujeto en
un moño, sin que hubiera un solo cabello
fuera de lugar. La primera impresión de
Townsend fue la de encontrarse con una
nueva señorita Steadman, una ilusión
que se intensificó cuando la señorita
Younger empezó a contestar sus
preguntas con resolución y eficiencia.
La entrevista duró once minutos, y la
señorita Younger empezó a trabajar el
lunes siguiente.

Townsend aún tuvo que esperar otras


seis semanas antes de que el Chronicle
fuera legalmente suyo. Durante ese
tiempo, vio a Susan casi cada día. Cada
vez que le preguntaba por qué se
quedaba en Adelaida cuando tenía la
sensación de que el Chronicle
necesitaba tanto de su tiempo y de su
atención, se limitaba a contestar:
—Mientras no sea el propietario
legal del periódico, no puedo hacer nada
al respecto. Y si tuvieran idea de lo que
les espera, habrían roto el contrato
mucho antes de que transcurrieran las
seis semanas.
De no haber sido por Susan,
aquellas seis semanas le habrían
parecido interminables, aunque ella se
burlaba continuamente de él acerca de
las raras veces que llegaba a tiempo a
una cita. Finalmente, él solucionó el
problema el día en que le sugirió:
—Quizá todo resultaría más fácil si
te instalaras a vivir conmigo.
El domingo por la tarde, antes de
que Townsend entrara oficialmente en
posesión del Chronicle, ambos volaron
juntos a Sydney. Townsend le pidió al
taxista que se detuviera delante del
edificio del periódico antes de continuar
hasta el hotel. Al llegar, tomó a Susan
por el codo y le hizo cruzar la calle. Una
vez que estuvieron en la acera de
enfrente, él se volvió a mirar el edificio
del Chronicle.
—A partir de esta medianoche me
pertenece —dijo con un apasionamiento
que ella no le había visto nunca.
—Yo más bien esperaba que fueras
tú el que me pertenecieras a partir de
esta medianoche —bromeó ella.
Al llegar al hotel, a Susan le
sorprendió encontrar a Bruce Kelly, que
les esperaba en el vestíbulo. Todavía se
sorprendió más al oír a Keith pedirle
que les acompañara a cenar.
La atención de Susan se desviaba
continuamente, mientras Keith explicaba
sus planes para el futuro del periódico
como si ella no estuviera presente. Le
extrañó el hecho de que el director del
Chronicle no hubiera sido invitado
también a cenar con ellos. Una vez que
Bruce se marchó, ella y Keith tomaron el
ascensor hasta el último piso y
desaparecieron en habitaciones
separadas. Keith estaba sentado ante la
mesa, repasando unas cifras, cuando ella
se deslizó en el interior de su habitación
a través de la puerta que las conectaba.

El propietario del Chronicle se levantó


pocos minutos antes de las seis de la
mañana siguiente y ya había salido del
hotel mucho antes de que Susan
despertara. Caminó hasta Pitt Street, y se
detuvo en cada quiosco de periódicos
que encontró en su camino. Las cosas no
estaban tan mal como durante su primera
experiencia con el Gazette, pensó al
llegar frente al edificio del Chronicle,
aunque podrían haber sido mucho
mejores.
Entró en el vestíbulo y le dijo al
guardia de seguridad de la recepción
que deseaba ver al director y al director
general en cuanto llegaran, y que
necesitaría inmediatamente a un
cerrajero. Esta vez, al recorrer el
edificio, nadie preguntó quién era.
Townsend se sentó en el sillón de sir
Somerset por primera vez y se dedicó a
leer la última edición del Chronicle de
aquella mañana. Tomó algunas notas, y
cuando hubo leído el periódico de cabo
a rabo, se levantó del sillón y empezó a
recorrer el despacho de un lado a otro,
deteniéndose de vez en cuando para
mirar hacia el puerto de Sydney.
Minutos después, cuando llegó el
cerrajero, le dijo exactamente lo que
necesitaba que se hiciera.
—¿Cuándo? —le preguntó el
hombre.
—Ahora —contestó Townsend.
Regresó ante su mesa y se sentó,
preguntándose cuál de los dos hombres
llegaría el primero. Tuvo que esperar
otros cuarenta minutos antes de que
alguien llamara a su puerta. Nick
Watson, el director del Chronicle, entró
y encontró a Townsend con la cabeza
inclinada, enfrascado en la lectura de
una abultada carpeta.
—Lo siento, Keith —empezó a decir
—. No tenía ni idea de que llegaría tan
pronto en su primer día. —Townsend
levantó la mirada y Watson añadió—:
¿Puede ser una entrevista rápida? A las
diez tengo que presidir la conferencia
matinal.
—Hoy no presidirá usted la
conferencia matinal —dijo Townsend—.
Le he pedido a Bruce Kelly que lo haga.
—¿Qué? Pero yo soy el director —
dijo Nick.
—No, ya no lo es —dijo Townsend
—. Le voy a ascender.
—¿Ascenderme? —preguntó Nick.
—Así es.
—Podrá leer el anuncio en el
periódico de mañana. Será usted el
director emérito del Chronicle.
—¿Qué significa eso?
—La «e» significa en realidad «ex».
En cuanto a lo de «mérito», significa que
se lo merece. —Townsend esperó un
momento a que Nick asumiera la noticia
—. Pero no se preocupe, Nick. Cuenta
con un pomposo título y el despido de un
año completo de su paga.
—Pero le dijo usted a sir Somerset,
delante de mí, que esperaba con
impaciencia trabajar conmigo.
—Sé que lo hice así, Nick —asintió,
ligeramente ruborizado—. Pero lo
siento, el caso es que le…
Habría terminado la frase si en ese
preciso momento no se hubiera oído otra
llamada a la puerta. Se abrió y entró
Duncan Alexander.
—Siento mucho molestarle, Keith,
pero alguien ha cambiado la cerradura
de la puerta de mi despacho.
En este feliz día, la
radiante princesa Isabel
se casa con su marino el
duque
15

C harlotte decidió no asistir a la


fiesta del sexagésimo cumpleaños
de Arno Schultz, porque no se sintió lo
bastante segura como para dejar a David
con su niñera alemana. Desde que
regresara de Lyon, Dick se había
mostrado más atento con ella, y a veces
incluso llegaba a casa a tiempo para ver
a su primogénito antes de que lo
acostara.
Aquella noche, Armstrong salió del
piso poco después de las siete para
dirigirse a casa de Arno. Le aseguró a
Charlotte que solo tenía la intención de
quedarse un rato, brindar a la salud de
Arno y luego regresar a casa. Ella
sonrió y le prometió que la cena estaría
preparada para cuando volviera.
Recorrió la ciudad presuroso, con la
esperanza de que si llegaba antes de que
se sentaran a cenar, podría marcharse
después de haber tomado una copa.
Luego, quizá podría reunirse con Max
Sackville para jugar un par de manos de
póquer, antes de volver a casa.
Faltaban unos pocos minutos para
las ocho cuando Armstrong llamó a la
puerta de la casa de Arno. En cuanto su
anfitrión le acompañó al salón, lleno de
gente, quedó claro que todos le habían
esperado antes de sentarse a cenar. Arno
le presentó a sus amigos, que le
saludaron como si en realidad fuera él el
huésped de honor.
Arno le colocó una copa de vino
blanco en la mano, un vino que, después
de probarlo, Armstrong comprendió que
no procedía del sector francés. Luego lo
condujo hacia el comedor y lo sentó
junto a un hombre que se presentó a sí
mismo como Julius Hahn, y al que Arno
describió como «mi amigo más antiguo y
mi principal rival».
Armstrong ya había escuchado antes
aquel nombre, pero no logró situarlo
inmediatamente. Al principio, no hizo
caso a Hahn y se concentró en la comida
que le sirvieron. Había empezado a
tomar ya la tenue sopa, sin estar muy
seguro de saber con qué animal se había
hecho, cuando Hahn empezó a
interrogarlo acerca de cómo iban las
cosas en Londres. Armstrong no tardó en
comprender claramente que este alemán
en concreto poseía muchos más
conocimientos que él sobre la capital
británica.
—Espero que no tarden mucho
tiempo en levantar las restricciones
sobre los viajes al extranjero —comentó
Hahn—. Necesito desesperadamente
visitar de nuevo su país.
—No preveo que los aliados lo
aprueben, al menos durante algún tiempo
más —dijo Armstrong.
La señora Schultz le cambió el tazón
de sopa vacío por un plato de empanada
de conejo.
—Saberlo me angustia —dijo Hahn
—. Cada vez me resulta más difícil
controlar algunos de mis negocios en
Londres.
Y entonces Armstrong recordó de
qué conocía aquel nombre y, por
primera vez, dejó el cuchillo y el
tenedor sobre el plato. Hahn era el
propietario del Der Berliner, el
periódico rival, publicado en el sector
estadounidense. Pero ¿qué otras
empresas poseía?
—Hace tiempo que deseaba
conocerle —dijo Armstrong. Hahn le
miró sorprendido porque, hasta el
momento, Armstrong no había mostrado
el menor interés por él—. ¿Cuántos
ejemplares del Berliner imprimen? —
preguntó.
Conocía la cifra, pero quería que
Hahn hablara antes de hacerle la
pregunta que realmente necesitaba
contestar.
—Unos 260 000 diarios —contestó
Hahn—. Y me satisface decir que
nuestro otro periódico en Frankfurt ha
vuelto a vender más de doscientos mil
ejemplares.
—¿Cuántos periódicos tiene en
total? —preguntó Armstrong con
naturalidad, tomando de nuevo el
cuchillo y el tenedor.
—Solo esos dos. Tenía diecisiete
antes de la guerra, además de varias
revistas científicas especializadas. Pero
no confío en poder volver a esas cifras
mientras no se anulen las restricciones.
—Pero yo creía que a los judíos, y
yo mismo lo soy —Hahn volvió a
parecer sorprendido—, no se les
permitía ser propietarios de periódicos
antes de la guerra.
—Eso es cierto, capitán Armstrong.
Pero vendí todas mis acciones en la
empresa a mi socio, que no era judío, y
él me las devolvió pocos días después
de terminada la guerra, al mismo precio
que había pagado por ellas.
—¿Y las revistas? —preguntó
Armstrong, que tomó un trozo de
empanada de conejo—. ¿Consiguieron
dar beneficios durante estos tiempos tan
duros?
—Oh, sí. De hecho, y a largo plazo,
es muy posible que demuestren ser una
fuente de ingresos mucho más fiable que
los periódicos. Antes de la guerra, mi
empresa se llevaba la parte del león de
las publicaciones científicas alemanas.
Pero desde el momento en que Hitler
invadió Polonia, se nos prohibió
publicar nada que pudiera ser útil para
los enemigos del Tercer Reich. En estos
momentos me encuentro con un material
que supone ocho años de investigación
no publicada, incluidos la mayoría de
los artículos científicos producidos en
Alemania durante la guerra. El mundo
editorial pagaría bastante por todo ese
material si le encontrara una salida.
—¿Y qué le impide publicarlo
ahora? —preguntó Armstrong.
—La editorial de Londres que tenía
un acuerdo conmigo ya no está dispuesta
a distribuir mi trabajo.
La bombilla que colgaba del techo
se apagó de repente y un pequeño pastel
sobre el que había una sola vela
encendida fue colocado en el centro de
la mesa.
—¿Y por qué? —preguntó
Armstrong, decidido a no dejar que nada
interrumpiera la conversación, mientras
Arno Schultz soplaba la vela entre los
aplausos de los invitados.
—Desgraciadamente, solo porque el
único hijo del presidente resultó muerto
en las playas de Dunquerque —contestó
Hahn después de que le sirvieran a
Armstrong el trozo más grande de la
tarta—. Le he escrito a menudo para
expresarle mis condolencias, pero él no
me contesta.
—En Inglaterra hay otras muchas
editoriales —dijo Armstrong, que tomó
una cucharada de tarta y se la llevó a la
boca.
—Sí, pero mi contrato no me
permite abordar en estos momentos a
ninguna otra. Ahora solo me queda
esperar unos pocos meses más. Ya tengo
decidido qué editorial de Londres
representaría mejor mis intereses.
—¿De veras? —preguntó
Armstrong, que se limpió las migajas de
la boca.
—Si encontrara usted tiempo,
capitán Armstrong —dijo el editor
alemán—, sería para mí un honor
mostrarle mis talleres.
—Tengo numerosos compromisos
por el momento.
—Desde luego —asintió Hahn—. Lo
comprendo perfectamente.
—Pero quizá pueda pasar a verle la
próxima vez que visite el sector
estadounidense.
—Hágalo, por favor —dijo Hahn.
Una vez terminada la cena,
Armstrong le dio las gracias a su
anfitrión por una noche memorable y
procuró marcharse al mismo tiempo que
lo hacía Julius Hahn.
—Espero que podemos vernos
pronto —dijo Hahn cuando salieron
juntos a la acera.
—Estoy seguro de que así será —
asintió Armstrong, y le estrechó la mano
al mejor amigo de Arno Schultz.
Al llegar al piso, pocos minutos
antes de la medianoche, Charlotte ya se
había acostado y estaba dormida. Se
desnudó, se puso un batín y subió a la
habitación de David. Permaneció
durante algún tiempo junto a la cuna,
mirando fijamente a su hijo.
—Crearé un imperio para ti —le
susurró—. Un imperio que te puedas
sentir orgulloso de recibir de mí.

A la mañana siguiente, Armstrong


informó al coronel Oakshott que había
asistido a la fiesta del sexagésimo
cumpleaños de Arno Schultz, pero no le
dijo que en ella había conocido a Julius
Hahn. La única noticia que Oakshott
tenía para él era que el mayor Forsdyke
le había telefoneado para decirle que
deseaba que hiciera otra escapada al
sector ruso. Armstrong prometió ponerse
en contacto con Forsdyke, pero no dijo
que tenía la intención de visitar antes el
sector estadounidense.
—Y a propósito, Dick —comentó el
coronel—, no he visto su artículo sobre
la forma en que tratamos a los alemanes
en nuestros campos de internamiento.
—No, señor. Siento decirle que esos
condenados krauts no quisieron
cooperar. Me temo que todo eso no fue
más que una pérdida de tiempo.
—No me sorprende tanto —comentó
Oakshott—. Ya se lo advertí…
—Y al final ha demostrado tener
razón, señor.
—De todos modos, siento mucho
saberlo, porque sigue pareciéndome
importante construir puentes de
comunicación con esta gente y recuperar
su confianza.
—No podría estar más de acuerdo
con usted, señor —dijo Armstrong—. Y
puedo asegurarle que no hago otra cosa
que procurar jugar mi papel en ese
sentido.
—Lo sé muy bien, Dick. ¿Cómo le
van las cosas al Telegraf en estos
tiempos tan difíciles?
—Nunca le han ido mejor —
contestó—. A partir del mes que viene
tendremos una edición dominical en las
calles, y el periódico sigue rompiendo
records.
—Eso es magnífico —exclamó el
coronel—. Y a propósito, acabo de
enterarme de que el duque de Gloucester
hará una visita oficial a Berlín el
próximo mes. Podría ser material para
un buen artículo.
—¿Le gustaría verlo publicado en la
primera página del Telegraf? —preguntó
Armstrong.
—No hasta que consiga el visto
bueno de seguridad. Entonces podrá
tener usted…, ¿cómo se dice?…, una
exclusiva.
—Qué interesante —dijo Armstrong,
que recordó la predilección del coronel
por los dignatarios de visita, sobre todo
si eran miembros de la familia real.
Se levantó para marcharse.
—No olvide ponerse en contacto
con Forsdyke —fueron las últimas
palabras del coronel, antes de que
Armstrong le saludara y se dirigiera en
jeep a su despacho.
Pero Armstrong tenía en su mente
consideraciones más apremiantes que
ponerse en contacto con un mayor del
servicio de seguridad. En cuanto hubo
despachado la correspondencia que
encontró sobre su mesa, le advirtió a
Sally que pasaría el resto del día en el
sector estadounidense.
—Si llamara Forsdyke —le advirtió
—, acuerde una cita para verme con él a
cualquier hora de mañana.
Durante el trayecto hasta el sector
estadounidense, conducido por Benson,
Armstrong repasó la secuencia de
acontecimientos que sería necesario
desplegar para que todo pareciera
casual. Le ordenó a Benson que se
detuviera en Holt & Co., de donde retiró
cien libras de su cuenta, lo que
representaba casi todo su saldo. Apenas
dejó en la cuenta una suma simbólica, ya
que seguía siendo un delito para un
oficial británico tener una cuenta
bancaria en números rojos, algo que
podía llevarlo ante un consejo de guerra.
Una vez que cruzó al sector
estadounidense, Benson se detuvo frente
a otro banco, donde Armstrong cambió
las libras esterlinas por un total de 410
dólares. Esperaba que eso fuera
suficiente para conseguir que Max
Sackville encajara en sus planes. Los
dos almorzaron plácidamente en el
comedor estadounidense, y Armstrong
acordó reunirse con el capitán aquella
misma noche, para la habitual partida de
póquer. Al regresar al jeep, le ordenó a
Benson que lo llevara hasta las oficinas
del Berliner.
A Julius Hahn le sorprendió ver tan
pronto al capitán Armstrong, después de
su primer encuentro del día anterior,
pero dejó inmediatamente lo que estaba
haciendo para enseñar los talleres a su
distinguido visitante. Armstrong solo
tardó unos pocos minutos en darse
cuenta del tamaño del imperio que
controlaba Hahn, a pesar de que él no
dejaba de repetir con un tono de
autolamentación:
—Nada es ya como en los viejos
tiempos.
Terminada la visita, incluidas las
veintiuna prensas, instaladas en el
sótano, fue plenamente consciente de lo
insignificante que era el Telegraf en
comparación con el equipo de Hahn,
sobre todo después de que este
comentara que tenía otros siete talleres
de impresión de aproximadamente el
mismo tamaño en otras partes de
Alemania, incluido uno en el sector ruso
de Berlín.
Pocos minutos después de las cinco,
antes de abandonar el edificio,
Armstrong le dio las gracias a Julius,
como había empezado a llamarle.
—Tenemos que volver a vernos
pronto, amigo mío. ¿Le importaría
acompañarme a almorzar algún día?
—Es muy amable por su parte —
contestó Hahn—. Pero, como
seguramente sabe, capitán Armstrong, no
se me permite visitar el sector británico.
—En ese caso, tendré que ser yo
quien acuda a visitarle —dijo
Armstrong con una sonrisa.
Hahn acompañó a su visitante hasta
la puerta y le estrechó cálidamente la
mano. Armstrong cruzó la calle y caminó
por una de las calles laterales,
ignorando a su chófer. Se detuvo al
llegar a un bar llamado Joe’s, y se
preguntó cómo se llamaba antes de la
guerra. Entró en el momento en que
Benson detenía el jeep a pocos metros
de distancia.
Armstrong pidió una Coca-Cola y se
sentó en una mesa, en un rincón del bar.
Le alivió comprobar que nadie le
reconocía o hacía intento alguno por
acercársele. Después de tomar una
tercera Coca-Cola, comprobó que los
410 dólares estaban donde los había
guardado. Iba a ser una noche muy larga.
—¿Dónde demonios está? —preguntó
Forsdyke.
—El capitán Armstrong tuvo que ir
al sector estadounidense poco antes de
almorzar, señor —contestó Sally—.
Surgió algo urgente después de su
reunión con el coronel Oakshott. Pero
antes de marcharse me pidió que
acordara una entrevista con usted si
llamaba.
—Muy considerado por su parte —
dijo Forsdyke con sarcasmo—. Resulta
que algo urgente ha surgido en el sector
británico, y quedaría muy agradecido si
el capitán Armstrong se presentara en mi
oficina mañana a las nueve.
—Me ocuparé de que reciba el
mensaje en cuanto regrese, mayor
Forsdyke —le aseguró Sally.
Habría tratado de localizar a Dick
inmediatamente, pero no tenía ni la más
remota idea de dónde estaba.

—¿Mano de cinco cartas, como


siempre? —preguntó Max, que empujó
una botella de cerveza y un abridor
sobre la mesa de tapete verde.
—Me parece bien —contestó
Armstrong, que empezó a barajar.
—Esta noche tengo muy buena
sensación, amigo mío —comentó Max,
que se quitó la chaqueta y la colgó sobre
el respaldo de la silla—. Espero que
dispongas de mucho dinero para gastar.
Se sirvió la cerveza lentamente en un
vaso.
—Suficiente —contestó Armstrong.
Apenas tomó un sorbo de cerveza,
consciente de que tendría que
permanecer perfectamente sobrio
durante varias horas. Terminó de
barajar, Max hizo el corte y encendió un
cigarrillo.
Al final de la primera hora,
Armstrong ya ganaba 70 dólares y la
palabra «suerte» seguía flotando desde
el otro lado de la mesa. Empezó la
segunda hora con una reserva de casi
500 dólares.
—Has tenido mucha suerte hasta el
momento —dijo Max, que terminó el
contenido de su cuarta cerveza—. Pero
la noche no ha terminado aún.
Armstrong sonrió y asintió. Lanzó
una carta a su oponente y se sirvió una
segunda. Comprobó las cartas: el cuatro
y el nueve de espadas. Colocó cinco
dólares sobre la mesa y repartió las
cartas.
Max cubrió la apuesta con sus cinco
dólares y levantó la esquina de su carta
para comprobar qué le había servido
Dick. Intentó no sonreír, y apostó otros
cinco dólares para superar la apuesta de
Armstrong, que sirvió una quinta carta y
estudió su mano durante un rato, antes de
colocar un billete de diez dólares para
superar la apuesta. Max no vaciló en
sacar un billete de diez dólares de la
cartera, que dejó sobre el montón de
billetes, en el centro de la mesa. Se
humedeció los labios.
—Te las veo, compañero.
Armstrong la dio la vuelta a sus
cartas y reveló una pareja de cuatros. La
sonrisa de Max se hizo más amplia al
mostrar una pareja de diez.
—No te puedes echar un farol
conmigo —dijo el estadounidense, que
recogió el dinero hacia su lado de la
mesa.
Al final de la segunda hora, Max iba
ligeramente por delante.
—Ya te advertí que sería una noche
larga —le dijo.
Hacía rato que había dejado el vaso
y bebía directamente de la botella.
Fue durante la tercera hora, después
de que Max ganara tres manos seguidas,
cuando Dick sacó a relucir el nombre de
Julius Hahn en la conversación.
—Afirma conocerte.
—Sí, claro que me conoce —asintió
Max—. Es el responsable de editar el
periódico en este sector, aunque yo no lo
he leído nunca.
—Parece tener mucho éxito —
comentó Armstrong, mientras repartía
las cartas de otra mano.
—Ciertamente, pero solo gracias a
mí.
Armstrong colocó diez dólares sobre
la mesa, a pesar de que solo tenía un as.
Inmediatamente, Max cubrió la apuesta y
pidió otra carta.
—¿Qué quieres decir con eso de
«solo gracias a mí»? —preguntó
Armstrong, que puso un billete de veinte
dólares sobre el creciente montón.
Max vaciló. Comprobó sus cartas y
miró el montón.
—¿Acabas de apostar esos veinte
dólares?
Armstrong asintió con un gesto y el
estadounidense sacó veinte dólares del
bolsillo de su chaqueta.
—No podría ni limpiarse el culo por
la mañana si yo no le entregara el papel
—dijo Max, que estudió su mano con
atención concentrada—. Yo le entrego su
permiso mensual, controlo el suministro
de papel, decido la electricidad que
recibe, cuándo se cortará y se dará…,
como tú y Arno Schultz sabéis muy bien.
Max levantó la mirada al ver que
Armstrong sacaba un fajo de billetes de
su cartera.
—Creo que te marcas un farol,
muchacho —dijo Max—. Lo huelo. —
Vaciló, antes de preguntar—: ¿Cuánto
has puesto esta vez?
—Cincuenta dólares —contestó
Armstrong con naturalidad, como sin
darle importancia.
Max introdujo la mano en el bolsillo
de la chaqueta y sacó dos billetes de
diez y seis de cinco, que dejó
cautelosamente sobre la mesa.
—Veamos con qué nos has salido
esta vez —dijo receloso.
Armstrong mostró una pareja de
sietes. Max se echó a reír
inmediatamente y mostró tres sotas.
—Lo sabía. Estás lleno de mierda.
—Tomó otro trago de la botella. Al
comenzar a barajar para la siguiente
mano, la sonrisa no desapareció de su
rostro—. No sé a cuál de los dos sería
más fácil limpiar, si a ti o a Hahn —dijo
con una voz que ya empezaba a arrastrar
las palabras.
—¿Estás seguro de que no es la
bebida lo que te hace hablar así? —
preguntó Dick, que estudió su mano con
poco interés.
—Ya veremos quién habla el último
—fanfarroneó Max—. Dentro de una
hora te habré dejado limpio.
—No me refería a mí —dijo
Armstrong, que dejó otro billete de
cinco dólares sobre la mesa—. Hablaba
de Hahn.
Se produjo una larga pausa, mientras
Max tomaba otro trago de la botella.
Luego estudió sus cartas, antes de
dejarlas boca abajo sobre el tapete.
Armstrong se sirvió otra carta y apostó
otros diez dólares. Max pidió otra carta
y al verla empezó a relamerse los
labios. Se volvió hacia la chaqueta y
sacó otros diez dólares.
—Veamos lo que tienes esta vez,
compañero —dijo Max, seguro de que
ganaría esta vez con dobles parejas de
ases y sotas.
Armstrong le mostró un trío de
cincos. Max frunció el ceño al ver cómo
sus ganancias regresaban al otro lado de
la mesa.
—¿Estarías dispuesto a poner
verdadero dinero en lugar de esa bocaza
que tienes? —preguntó.
—Acabo de hacerlo —contestó
Dick, que se embolsó el dinero.
—No, me refiero a Hahn. —Dick no
dijo nada—. Estás lleno de mierda —
dijo Max al ver que Dick guardaba
silencio durante un rato.
Dick dejó el mazo de cartas sobre la
mesa, miró a su oponente y le dijo
fríamente:
—Apostaría mil dólares a que no
puedes expulsar a Hahn del negocio.
Max dejó la botella en el suelo y lo
miró fijamente, como si no pudiera creer
lo que acababa de oír.
—¿Cuánto tiempo me darías?
—Seis semanas.
—No, eso no es suficiente. No
olvides que todo tiene que parecer como
si nada tuviera que ver conmigo.
Necesitaré por lo menos seis meses.
—No dispongo de seis meses —dijo
Armstrong—. Yo siempre podría cerrar
el Telegraf en seis semanas si quisieras
invertir la apuesta.
—Pero Hahn dirige una organización
mucho más grande que la de Arno
Schultz —dijo Max.
—Soy consciente de ello. Por eso te
daré tres meses.
—En ese caso espero que me des
ventaja.
Una vez más, Armstrong fingió que
se tomaba tiempo para considerar la
propuesta.
—De dos a uno —dijo finalmente.
—Si fuera de tres a uno estaría de
acuerdo —dijo Max.
—Acabas de cerrar un trato —dijo
Armstrong.
Los dos hombres se inclinaron sobre
la mesa y se estrecharon las manos.
Luego, el capitán estadounidense se
levantó de la silla, con movimientos
torpes y se dirigió hacia la pared, de
donde colgaba un calendario con una
mujer escasamente vestida. Levantó las
páginas hasta llegar a octubre, sacó una
pluma del bolsillo superior de la
chaqueta, contó en voz alta y trazó un
gran círculo alrededor del día
diecisiete.
—Ese será el día en que recibiré
mis mil dólares —dijo.
—No tienes la menor esperanza de
conseguirlo —le advirtió Armstrong—.
He conocido a Hahn y te puedo asegurar
que no te será tan fácil arrollarlo.
—Tú limítate a observar lo que hago
—fanfarroneó Max mientras regresaba a
la mesa—. Voy a hacer con Hahn lo que
los mismos alemanes no llegaron a
hacerle.
Max empezó a servir una nueva
mano. Durante la hora siguiente, Dick
continuó recuperando la mayor parte de
lo que había perdido hasta entonces.
Pero al marcharse, poco antes de la
medianoche, Max todavía se relamía los
labios.
A la mañana siguiente, al salir del cuarto
de baño, Dick encontró a Charlotte
sentada en la cama, totalmente despierta.
—¿A qué hora llegaste a casa
anoche? —le preguntó fríamente
mientras él abría un cajón de la cómoda
para buscar una camisa limpia.
—A las doce —contestó Dick—.
Quizá fuera la una. Cené fuera para que
no tuvieras que preocuparte por mí.
—Preferiría que llegaras a casa a
una hora civilizada, y que pudiéramos
cenar alguno de los platos que te
preparo cada noche.
—Tal como te digo continuamente,
todo lo que hago redunda en tu interés.
—Empiezo a pensar que no sabes
cuál es mi interés —dijo Charlotte.
Dick observó el reflejo de su esposa
en el espejo, pero no dijo nada.
—Si no vas a hacer nunca el
esfuerzo de sacarnos de este condenado
agujero, quizá haya llegado el momento
de que yo regrese a Lyon.
—Mi documentación de
desmovilización ya no debe tardar
mucho tiempo más —dijo Dick,
comprobando su nudo Windsor en el
espejo—. El coronel Oakshott me ha
asegurado que todo estará listo en tres
meses como máximo.
—¿Tres meses más? —preguntó
Charlotte con incredulidad.
—Ha surgido algo que podría ser
muy importante para nuestro futuro.
—Y, como siempre, supongo que no
puedes decirme de qué se trata.
—No, es máximo secreto.
—Muy conveniente —dijo Charlotte
—. Cada vez que quiero discutir contigo
lo que sucede en nuestra vida, me vienes
con que «ha surgido algo», y cuando te
pregunto por los detalles, siempre me
dices que es máximo secreto.
—Eso no es justo —dijo Dick—. Es
algo del máximo secreto. Y todo lo que
trato de conseguir será al final para ti y
para David.
—¿Cómo lo sabrías? Nunca estás
aquí cuando acuesto a David, y ya te has
marchado a la oficina mucho antes de
que él se despierte por la mañana.
Últimamente te ve tan poco, que ni
siquiera está seguro de saber si su padre
eres tú o el soldado Benson.
—Tengo responsabilidades que
cumplir —dijo Dick, que elevó el tono
de voz.
—En efecto —asintió Charlotte—.
Responsabilidades con tu familia. Y la
más importante debería ser sin duda la
de sacarnos lo antes posible de esta
ciudad olvidada de Dios.
Dick se puso la chaqueta caqui y se
volvió hacia ella.
—Sigo ocupándome de eso. No es
nada fácil por el momento. Tienes que
procurar comprender.
—Creo que lo comprendo todo muy
bien, ya que parece algo notablemente
fácil de hacer para otras personas a las
que conozco. Y, como no deja de
recordarnos el Telegraf, los trenes salen
ahora de Berlín por lo menos dos veces
al día. Quizá David y yo debamos tomar
uno.
—¿Qué quieres decir con eso? —
gritó Dick, que avanzó un paso hacia
ella.
—Sencillamente, que una noche
podrías regresar a casa y descubrir que
ya no tienes esposa ni hijo.
Dick avanzó otro paso hacia ella y
levantó el puño, pero Charlotte no se
arredró. Dick se detuvo y la miró
fijamente a los ojos.
—Vas a tratarme de la misma forma
que tratas a todo el mundo por debajo
del rango de capitán, ¿verdad?
—No sé ni por qué me molesto —
dijo Dick, que bajó el puño—. No me
ofreces ningún apoyo cuando más lo
necesito, y cada vez que intento hacer
algo por ti, no haces más que quejarte.
—Charlotte ni siquiera palideció—.
Regresa junto a tu familia si eso es lo
que deseas, estúpida zorra, pero no
creas que voy a ser yo el que vaya
corriendo detrás de ti.
Salió hecho una furia del dormitorio,
tomó la gorra y el bastón de mando del
paragüero, bajó con rapidez la escalera
y salió por la puerta. Benson estaba
sentado en el jeep, con el motor en
marcha, a la espera de llevarlo a la
oficina.
—¿Y dónde demonios te crees que
vas a terminar si me dejas? —dijo
Armstrong mientras subía al asiento
delantero del jeep.
—¿Cómo ha dicho, señor? —
preguntó Benson.
Armstrong se volvió hacia el chófer.
—¿Está usted casado, Reg? —le
preguntó.
—No, señor. Hitler me salvó justo a
tiempo.
—¿Hitler?
—Sí, señor. Fui llamado a filas tres
días antes de la boda.
—¿Y ella le sigue esperando?
—No, señor. Se casó con mi mejor
amigo.
—¿La echa de menos?
—No, pero a él sí.
Armstrong todavía se reía cuando
Benson detuvo el jeep delante de la
oficina.
La primera persona con la que se
encontró en cuanto entró en el edificio
fue a Sally.
—¿Recibió mi mensaje? —preguntó
ella.
—¿Qué mensaje? —replicó
Armstrong, que se detuvo
inmediatamente.
—Ayer le llamé por teléfono a casa,
y le pedí a Charlotte que le dijera que el
mayor Forsdyke espera verle en su
oficina a las nueve de la mañana.
—Maldita mujer —exclamó
Armstrong, que se dio la vuelta, pasó
junto a Sally y se dirigió hacia la puerta
de salida—. ¿Qué más tengo hoy? —
preguntó sin detenerse.
—No hay muchos compromisos —
informó ella, echando a correr tras él—,
excepto una cena esta noche en honor
del mariscal de campo Auchinleck.
Charlotte también ha sido invitada.
Tiene que estar en el comedor de
oficiales a las siete; la cena empezará a
las siete y media. Van a estar presentes
todos los jefazos.
—No espere que vuelva antes del
almuerzo —le dijo Armstrong al llegar a
la puerta.
Benson apagó rápidamente el
cigarrillo que acababa de encender.
—¿A dónde vamos esta vez, señor?
—preguntó en cuanto Armstrong se hubo
instalado a su lado.
—A la oficina del mayor Forsdyke.
Necesito estar allí a las nueve.
—Pero, señor… —empezó a decir
Benson al tiempo que ponía el motor en
marcha.
Decidió no comentarle al capitán
que hasta el propio Nuvolari se las vería
y desearía para estar en el otro lado del
sector en apenas diecisiete minutos.
Armstrong llegó ante la oficina de
Forsdyke con sesenta segundos de
anticipación. Benson solo se sentía
complacido por el hecho de que no les
hubiera detenido la policía militar.
—Buenos días, Armstrong —saludó
Forsdyke en cuanto Dick entró en su
despacho. Esperó a que él saludara,
pero no lo hizo—. Ha surgido algo
urgente. Necesitamos que le entregue un
paquete a su amigo, el mayor Tulpanov.
—No es mi amigo —replicó
Armstrong con sequedad.
—No hay necesidad de ser tan
sensible, compañero —dijo Forsdyke—.
A estas alturas ya debería saber que no
se puede permitir serlo trabajando para
mí.
—Yo no trabajo para usted —
barbotó Armstrong.
Forsdyke miró al hombre que estaba
de pie al otro lado de su mesa. Sus ojos
se estrecharon y sus labios se apretaron
en una línea recta.
—Soy muy consciente de la
influencia que tiene usted en el sector
británico, capitán Armstrong, pero me
permito recordarle que por muy
poderoso que crea ser, mi rango es
superior al suyo. Y, quizá lo que sea
todavía más importante, yo no tengo
ningún interés en aparecer en la primera
página de su terrible y pequeño andrajo.
Así que será mejor que deje de armar
jaleo con su ego excesivamente engreído
y se dedique a cumplir con el trabajo
que hay que hacer.
Siguió un prolongado silencio.
—¿Deseaba usted que hiciera una
entrega? —consiguió preguntar
Armstrong al cabo de un rato.
—Así es —contestó el mayor. Abrió
un cajón de la mesa, sacó un paquete del
tamaño de una caja de zapatos y se lo
entregó a Armstrong—. Ocúpese de que
el mayor Tulpanov reciba esto lo antes
posible.
Armstrong tomó el paquete, se lo
colocó bajo el brazo izquierdo, saludó
de una forma exagerada y salió del
despacho del mayor.
—Al sector ruso —ladró en cuanto
hubo subido al jeep.
—Sí, señor —contestó Benson,
complacido por haber podido dar esta
vez un par de chupadas a su cigarrillo.
Pocos minutos más tarde, habían
cruzado al sector ruso. Armstrong le
ordenó que se detuviera junto al bordillo
de la acera.
—Espere aquí y no se mueva hasta
que yo regrese —le ordenó.
Se bajó del jeep y echó a caminar
hacia la Leninplatz.
—Disculpe, señor —dijo Benson,
que bajó del jeep y salió corriendo tras
él.
Armstrong se giró en redondo y miró
enfurecido a su chófer.
—¿Qué demonios cree que está
haciendo?
—¿No necesitará esto, señor? —
preguntó, tendiéndole el paquete
envuelto en papel marrón.
Armstrong le arrebató el paquete y
se alejó sin decir una sola palabra.
Benson se preguntó si su jefe iría a
visitar a una amante, a pesar de que el
reloj de la catedral acababa de hacer
sonar las diez campanadas.
Al llegar a la Leninplatz, pocos
minutos más tarde, todavía no se había
aplacado su temperamento. Entró
directamente en el edificio y subió
rápidamente la escalera, cruzó la
estancia donde estaba la secretaria y se
dirigió directamente al despacho de
Tulpanov.
—Disculpe, señor —dijo la
secretaria, que se levantó de un salto.
Pero ya era demasiado tarde.
Armstrong llegó ante la puerta de
Tulpanov antes de que ella pudiera
alcanzarlo. Sin la menor vacilación, la
abrió y entró.
Se detuvo en seco al ver con quién
estaba hablando Tulpanov.
—Lo siento, señor —balbuceó, y se
volvió rápidamente para salir,
tropezando casi con la secretaria que
llegaba en ese instante.
—No, Lubji, por favor —dijo
Tulpanov—. ¿No quiere unirse a
nosotros?
Armstrong se volvió, se puso firmes
y saludó enérgicamente. Su rostro se
enrojecía cada vez más.
—Mariscal —dijo el hombre de la
KGB—, creo que no conoce usted al
capitán Armstrong, que está a cargo de
las relaciones públicas para el sector
británico.
Armstrong le estrechó la mano al
comandante del sector ruso, y se
disculpó de nuevo por haberle
interrumpido, aunque esta vez presentó
sus excusas en ruso.
—Encantado de conocerle —dijo el
mariscal Zhukov en su propia lengua—.
Si no me equivoco, creo que esta noche
estaré sentado a su lado, durante la cena.
Armstrong le miró, sorprendido.
—No lo creo, señor.
—Oh, sí —afirmó Zhukov—. Esta
misma mañana he comprobado la lista
de invitados. Tendré el placer de
sentarme junto a su esposa.
Se produjo un incómodo silencio
durante el que Armstrong decidió no
aventurar más opiniones.
—Gracias por venir, señor —dijo
entonces Tulpanov, rompiendo el
silencio—. Y por haber aclarado ese
pequeño malentendido.
El mayor Tulpanov le saludó sin
mucho entusiasmo. Zhukov respondió de
la misma manera y salió del despacho
sin añadir nada más. Una vez que se
hubo cerrado la puerta tras él,
Armstrong preguntó:
—¿Es costumbre en su ejército que
los mariscales visiten a los mayores?
—Solo cuando los mayores
pertenecen a la KGB —contestó
Tulpanov con una sonrisa. Su mirada se
fijó en el paquete—. Veo que me trae
usted un regalo.
—No tengo ni idea de lo que es —le
aseguró Armstrong, entregándole el
paquete—. Lo único que sé es que
Forsdyke me pidió que se lo entregara
inmediatamente.
Tulpanov tomó el paquete y desató
lentamente la cuerda, como un niño que
desenvolviera un inesperado regalo de
Navidad. Apartó el papel marrón que lo
envolvía, levantó la tapa de la capa y
extrajo un par de zapatos marrones de
Church. Se los probó.
—Me sientan perfectamente —dijo,
mirándose las puntas, muy brillantes—.
Quizá Forsdyke sea lo que su amigo
Max llamaría un arrogante hijo de puta,
pero siempre se puede confiar en los
ingleses para que le suministren a uno
las cosas más exquisitas de la vida.
—¿De modo que no soy más que un
chico de los recados? —preguntó
Armstrong.
—En nuestro servicio, Lubji, le
puedo asegurar que no hay puesto más
alto.
—Le dije a Forsdyke, y se lo repito
a usted ahora… —empezó a decir
Armstrong, levantando la voz.
Pero se detuvo en mitad de la frase.
—Veo que, por usar otra expresión
inglesa, hoy se ha levantado por el lado
equivocado de la cama —comentó el
mayor del KGB. Armstrong estaba de
pie ante él, casi temblando de rabia—.
No, no, continúe Lubji. Dígame a mí lo
que le dijo a Forsdyke.
—Nada. No le dije nada.
—Me alegra oír eso —dijo el mayor
—. Porque debe comprender que yo soy
la única persona a la que se puede
permitir decirle cualquier cosa.
—¿Qué le hace estar tan seguro de
eso? —preguntó Armstrong.
—Porque, lo mismo que Fausto, ha
firmado usted un contrato con el diablo.
—Hizo una pausa—. Y quizá porque
también estoy al corriente de su pequeña
argucia para desestabilizar…, ah, otra
admirable palabra inglesa que expresa
admirablemente sus intenciones…, al
señor Julius Hahn.
Por un momento, Armstrong pareció
a punto de protestar. El mayor enarcó
una ceja, pero Armstrong no dijo nada.
—Debería haberme comunicado su
pequeño secreto desde el principio,
Lubji —continuó Tulpanov—. Entonces
habríamos jugado nuestro papel.
Habríamos interrumpido la corriente
eléctrica, por no hablar del suministro
de papel al taller de Hahn en el sector
ruso. Pero claro, probablemente no
sabía usted que imprime todas sus
revistas en un edificio situado apenas a
un tiro de piedra de donde estamos
ahora. Si hubiera confiado en nosotros,
habríamos podido facilitarle
considerablemente al capitán
Sackville… el cobro de sus mil dólares.
Armstrong siguió sin decir nada.
—Pero quizá sea exactamente eso lo
que había planeado usted. Una ventaja
de tres a uno está bastante bien, Lubji,
siempre y cuando yo sea uno de los tres.
—Pero ¿cómo ha…?
—Ha vuelto a subestimarnos de
nuevo, Lubji. Pero tranquilícese, porque
todavía queremos lo mejor para usted.
—Tulpanov se dirigió hacia la puerta—.
Y dígale al mayor Forsdyke, la próxima
vez que lo vea, que todo ha encajado
perfectamente.
Estaba claro que, en esta ocasión, no
tenía la intención de invitarlo a
almorzar. Armstrong saludó, abandonó
el despacho de Tulpanov y regresó de
malhumor al jeep.
—Al Telegraf —le dijo
tranquilamente a Benson.
Solo fueron retenidos unos pocos
minutos en el puesto de control, antes de
que se les permitiera acceder al sector
británico. Al entrar en los talleres del
Telegraf le sorprendió ver las máquinas
todavía en marcha. Se dirigió
directamente hacia donde estaba Arno,
que supervisaba la confección de cada
paquete nuevo de periódicos.
—¿Por qué seguimos imprimiendo?
—le gritó Armstrong, tratando de
hacerse oír por encima del ruido
atronador de las máquinas.
Arno señaló hacia su oficina y
ninguno de los dos volvió a hablar hasta
que hubo cerrado la puerta tras ellos.
—¿Es que no se ha enterado
todavía? —le preguntó Arno, que le
indicó a Armstrong que se sentara en su
silla.
—¿Enterado? ¿De qué?
—Anoche vendimos 350 000
ejemplares del periódico, y todavía
quieren más.
—¿Trescientos cincuenta mil? ¿Y
quieren más? ¿Por qué?
—El Berliner no ha podido salir a
la calle en los dos últimos días. Julius
Hahn me ha llamado esta mañana para
decirme que le mantienen cortada la
electricidad desde hace cuarenta y ocho
horas.
—Qué extraordinaria mala suerte —
dijo Armstrong, que trató de mostrarse
comprensivo.
—Y, para empeorar las cosas —
añadió Arno—, también ha perdido su
suministro habitual de papel del sector
ruso. Quería saber si nosotros teníamos
también el mismo problema.
—¿Qué le dijo? —preguntó
Armstrong.
—Que nosotros no hemos tenido
ningún problema desde que usted se hizo
cargo de todo —contestó Arno.
Armstrong sonrió y se levantó de la
silla.
—Si mañana no logran salir
tampoco a la calle —dijo Arno cuando
Armstrong ya se dirigía hacia la puerta
—, tendremos que tirar por lo menos
cuatrocientos mil ejemplares.
Armstrong cerró la puerta tras él y
repitió:
—Qué extraordinaria mala suerte.
El controvertido diseño de
Dane gana el concurso para
el Teatro de la Ópera
16
— P ero
que
si apenas te he visto desde
anunciamos nuestro
compromiso —dijo Susan.
—Estoy tratando de sacar adelante
un periódico en Adelaida y otro en
Sydney —le recordó Keith, que se
volvió a mirarla—. Y no es posible
estar en dos sitios a la vez.
—Últimamente tampoco te es
posible estar mucho tiempo en un sitio
—replicó Susan—. Y si te apoderas de
ese periódico dominical en Perth, como
intentas hacer, por lo que vengo leyendo,
ni siquiera podré verte los fines de
semana.
Keith comprendió que no era el
momento adecuado para decirle que ya
había cerrado el trato con el propietario
del Perth Sunday Monitor. Se levantó
de la cama sin hacer ningún comentario.
—¿Y adónde vas ahora? —le
preguntó antes de que desapareciera en
el cuarto de baño.
—Tengo un desayuno de trabajo en
la ciudad —gritó Keith desde el otro
lado de la puerta cerrada.
—¿Un domingo por la mañana?
—Era el único día en que él podía
verme. Ese hombre ha venido
especialmente en avión desde Brisbane.
—Pero íbamos a pasar el domingo
navegando, ¿o es que también se te había
olvidado eso?
—Claro que no lo había olvidado —
contestó Keith, que salió del cuarto de
baño—. Precisamente por eso acordé un
desayuno de trabajo. Regresaré antes de
que estés preparada para salir.
—¿Como sucedió el domingo
pasado?
—Eso fue diferente —intentó
explicar Keith—. El Perth Monitor es
un periódico dominical, y si voy a
comprarlo, ¿de qué otra forma puedo
descubrir cómo es si no estoy allí el día
que sale?
—¿De modo que lo has comprado?
—preguntó Susan.
Keith se puso los pantalones y se
volvió a mirarla tímidamente.
—Sí, hemos llegado a un acuerdo
legal. Pero el periódico cuenta con un
equipo directivo de primera clase, de
modo que no habrá razones para que
vaya a Perth con tanta frecuencia.
—¿Y el personal editorial? —
preguntó Susan mientras Keith se ponía
una chaqueta deportiva—. Si este sigue
la misma pauta que todos los demás
periódicos de los que te has apoderado,
vivirás encima de ellos durante los seis
primeros meses.
—No, las cosas no serán tan malas,
te lo prometo —le aseguró Keith—. Tú
procura estar preparada para
marcharnos en cuanto regrese. —Se
inclinó sobre ella y la besó en la mejilla
—. No debería ser más de una hora, dos
como máximo.
Cerró la puerta del dormitorio antes
de que ella tuviera la oportunidad de
hacer ningún otro comentario.
Una vez que Townsend se instaló en
el asiento delantero del coche, el chófer
hizo girar la llave de contacto.
—Dígame, Sam, ¿le incordia mucho
su mujer por las horas que tiene que
trabajar para mí?
—Sería muy difícil decirlo, señor,
ya que últimamente ha dejado de
hablarme.
—¿Cuánto tiempo llevan casados?
—Once años.
Decidió no hacerle a Sam más
preguntas sobre el matrimonio. Mientras
el coche se dirigía a la ciudad, trató de
apartar a Susan de sus pensamientos, y
procuró concentrarse en la reunión que
estaba a punto de celebrar con Alan
Rutledge. No lo conocía, pero todos los
que trabajaban en el mundo del
periodismo conocían la fama de
Rutledge como periodista ganador de
premios, y como un hombre capaz de
tumbar a cualquiera bebiendo. Para que
la última idea de Townsend tuviera
posibilidades de éxito necesitaba a
alguien con la capacidad de Rutledge
para hacerla despegar.
Sam giró por Elizabeth Street y se
detuvo ante la entrada del Town House
Hotel. Townsend sonrió al ver el
Sunday Chronicle situado en lo alto de
la estantería del quiosco de prensa, y
recordó su artículo de fondo de esa
mañana. Una vez más, el periódico les
decía a sus lectores que había llegado el
momento para que el señor Menzies
abandonara el cargo y dejara paso a un
hombre más joven y más en sintonía con
las aspiraciones de los australianos
modernos.
—Tardaré aproximadamente una
hora. Dos como máximo —dijo
Townsend al detenerse el coche junto a
la acera.
Sam sonrió para sus adentros
mientras su jefe bajaba del coche,
empujaba las puertas giratorias de
entrada al hotel y desaparecía en su
interior.
Townsend cruzó rápidamente el
vestíbulo y entró en la sala de
desayunos. Miró a su alrededor y vio a
Alan Rudedge sentado a solas en una
mesa situada junto a la ventana. Fumaba
un cigarrillo y leía el Sunday Chronicle.
Se levantó en cuanto Townsend se
dirigió hacia la mesa. Se estrecharon la
mano formalmente y Rutledge dejó el
periódico a un lado.
—Veo que sigue llevando al
Chronicle hacia la parte más baja del
mercado —le dijo con una sonrisa.
Townsend miró el titular: «Cabeza
disecada encontrada en lo alto de un
autobús de Sydney»—. Yo diría que no
es un titular que siga la tradición de sir
Somerset Kenwright.
—No —admitió Townsend—, pero
tampoco lo son los beneficios. Ahora
vendemos cien mil ejemplares diarios
más de los que se vendían cuando él era
el propietario, y los beneficios han
aumentado en un 17 por ciento. —
Levantó la mirada hacia la camarera que
acababa de llegar—. Solo café para mí,
y quizá una tostada.
—Espero que no pensará pedirme
que sea el próximo director del
Chronicle —dijo Rudedge, que
encendió otro cigarrillo marca Turf.
Townsend miró el cenicero que
estaba sobre la mesa, y observó que este
era el cuarto que fumaba Rutledge desde
que llegara a la mesa.