LA CONDENA
FRANZ KAFKA
1913
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TRADUCCIÓN: ELEJANDRÍA
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LA CONDENA
UNA HISTORIA DE FRANZ KAFKA
PARA LA SEÑORITA FELICE B.
Fue un domingo por la mañana en la más bella primavera. Georg Bende-
mann, un joven comerciante, estaba sentado en su habitación privada, en el
primer piso de una de las casas bajas y de construcción ligera que se exten-
dían a lo largo del río en una larga hilera, diferenciándose casi únicamente
por su altura y colorido. Acababa de terminar una carta a un amigo de la in-
fancia que estaba en el extranjero, la cerró con lentitud juguetona y luego,
apoyando el codo en el escritorio, miró por la ventana el río, el puente y las
colinas de la orilla lejana con su tenue verde.
Pensó en cómo este amigo, insatisfecho con su evolución en su país, ha-
bía huido literalmente a Rusia hacía años. Ahora dirigía un negocio en Pe-
tersburgo, que había empezado muy bien, pero que desde hacía tiempo pa-
recía tambalearse, como se quejaba su amigo en sus cada vez más infre-
cuentes visitas. Así que trabajó inútilmente en un país extranjero, la extraña
barba poblada sólo ocultaba pobremente el rostro que conocía bien desde
sus años de infancia, cuyo color de piel amarillo parecía indicar una enfer-
medad en proceso. Según contaba, no tenía ninguna conexión real con la
colonia local de sus compatriotas, pero tampoco casi ninguna relación so-
cial con las familias locales, por lo que se estableció como soltero
definitivo.
¿Qué se puede escribir a un hombre que evidentemente ha perdido el
rumbo, al que se puede compadecer pero al que no se puede ayudar? ¿Aca-
so había que aconsejarle que volviera a casa, que trasladara su existencia
aquí, que reanudara todas las antiguas relaciones amistosas -para lo cual no
había ningún obstáculo- y que confiara en la ayuda de sus amigos? Pero eso
no significaba otra cosa que el hecho de que le dijeran al mismo tiempo,
cuanto más suavemente, más penosamente, que sus anteriores intentos ha-
bían fracasado, que debía dejarlos por fin, que debía volver y, como quien
ha vuelto para siempre, dejar que todo el mundo le mirara con los ojos muy
abiertos, que sólo sus amigos entendían algo y que él era un niño viejo que
simplemente tenía que seguir a los amigos de éxito que se habían quedado
en casa. ¿Y seguía siendo cierto entonces que todo el tormento que se le de-
bía infligir tendría una finalidad? Tal vez ni siquiera fuera posible traerlo a
casa -él mismo dijo que ya no entendía las condiciones de su país-, por lo
que, a pesar de todo, permanecería en su país extranjero, amargado por los
consejos y aún más alejado de sus amigos. Pero si realmente seguía el con-
sejo y se deprimía aquí -no intencionadamente, por supuesto, sino por los
hechos- y no podía encontrar su camino en sus amigos y sin ellos, sufría de
vergüenza, realmente ya no tenía hogar ni amigos, ¿no era mucho mejor
para él quedarse en un país extranjero como estaba? En tales circunstancias,
¿podría alguien pensar que realmente va a progresar aquí?
Por estas razones, si uno quería mantener la correspondencia, no podía
darle ninguna información real, como la que daría sin reparos hasta a los
conocidos más lejanos. El amigo llevaba ya más de tres años fuera de casa y
lo explicaba muy a la ligera con la incertidumbre de las condiciones políti-
cas en Rusia, que por tanto no permitían ni la más breve ausencia de un pe-
queño empresario, mientras cientos de miles de rusos viajaban tranquila-
mente por el mundo. Sin embargo, en el transcurso de estos tres años, mu-
chas cosas habían cambiado para Georg en particular. Su amigo se había
enterado de la muerte de la madre de Georg, ocurrida hacía unos dos años y
desde la cual Georg vivía con su viejo padre en un hogar compartido, y le
había expresado sus condolencias en una carta con una sequedad que sólo
podía deberse al hecho de que el dolor por un acontecimiento así se hace
inimaginable en un país extranjero. Sin embargo, desde entonces, Georg
también abordó su negocio con mayor determinación. Tal vez, en vida de su
madre, su padre le había impedido hacer nada propio en el negocio porque
sólo quería que su opinión fuera válida; tal vez, desde la muerte de su ma-
dre, aunque seguía trabajando en el negocio, su padre se había vuelto más
reservado; tal vez -lo que era muy probable- las felices coincidencias juga-
ban un papel mucho más importante, pero, en cualquier caso, el negocio se
había desarrollado de forma bastante inesperada en estos dos años, la planti-
lla había tenido que duplicarse, el volumen de negocio se había quintuplica-
do, un nuevo impulso era sin duda inminente.
Pero el amigo no tenía ni idea de este cambio. Antes, quizá por última
vez, en esa carta de pésame, había querido persuadir a Georg de que emi-
grara a Rusia y había difundido las perspectivas que existían para la línea de
negocios de Georg en Petersburgo. Las cifras eran insignificantes compara-
das con el tamaño que había adquirido el negocio de Georg. Sin embargo,
Georg no había tenido ganas de escribir a su amigo sobre sus éxitos empre-
sariales, y si lo hubiera hecho ahora, le habría parecido extraño.
Así que Georg se limitó a escribir a su amigo sólo sobre incidentes sin
sentido, como los que se amontonan desordenadamente en la memoria
cuando uno piensa en un domingo tranquilo. Lo único que deseaba era dejar
intacta la idea que su amigo se había formado de la ciudad natal en el largo
intervalo y con la que se había conformado. Así le ocurrió a Georg que in-
formó a su amigo del compromiso de un hombre indiferente con una chica
igualmente indiferente tres veces en cartas bastante separadas, hasta que el
amigo, muy en contra de la intención de Georg, empezó a interesarse por
esta rareza.
Sin embargo, Georg prefería escribirle esas cosas a admitir que él mismo
se había comprometido hacía un mes con una tal Fräulein Frieda Branden-
feld, una chica de familia acomodada. A menudo le hablaba a su novia de
este amigo y de la especial relación epistolar que mantenía con él. "Enton-
ces no vendrá a nuestra boda", dijo ella, "y sin duda tengo derecho a cono-
cer a todos tus amigos". "No quiero molestarle", respondió Georg, " entién-
deme bien, probablemente vendría, al menos eso creo, pero se sentiría for-
zado y agraviado, tal vez me envidiaría, y ciertamente insatisfecho, e inca-
paz de eliminar esa insatisfacción, regresaría solo. Solo, ¿sabes lo que es
eso?" "Sí, entonces, ¿no puede enterarse de nuestro matrimonio de otra ma-
nera?" "No puedo evitarlo, sin embargo, pero es poco probable, consideran-
do su modo de vida". "Si tienes tales amigos, Georg, nunca deberías haberte
comprometido en primer lugar". "Sí, eso es culpa de los dos; pero no me
gustaría que fuera de otra manera ni siquiera ahora". Y cuando, respirando
rápidamente bajo sus labios, ella añadió: "En realidad, me ofende", él pensó
realmente que era inofensivo contarle la situación al amigo. "Así soy, y así
tiene que aguantarme", se dijo, "no puedo eliminar de mí a una persona que
podría ser más adecuada que yo para la amistad con él".
Y, en efecto, en la larga carta que escribió ese domingo por la mañana, le
contó a su amigo el compromiso que había tenido lugar con estas palabras:
"He dejado la mejor noticia para el final. Me he comprometido con una se-
ñorita Frieda Brandenfeld, una chica de una familia adinerada que se esta-
bleció aquí mucho después de su partida, por lo que apenas deberías cono-
cerla. Ya habrá ocasión de contarte más cosas sobre mi novia, pero hoy bas-
ta con que sepas que soy bastante feliz y que algo ha cambiado en nuestra
relación mutua sólo en la medida en que ahora tendrás al lado un amigo fe-
liz en lugar de un amigo bastante corriente. Además, tendrás una amiga sin-
cera en mi novia, que te envía sus más cordiales saludos y que te escribirá
ella misma pronto, lo que no deja de ser significativo para un soltero. Sé
que hay muchas cosas que te impiden visitarnos, pero ¿no sería mi boda la
oportunidad adecuada para tirar todos los obstáculos por la borda de una
vez? Pero sea como sea, actúa sin miramientos y sólo según tu buena
opinión".
Con esta carta en la mano, Georg llevaba mucho tiempo sentado en su
escritorio, con la cara vuelta hacia la ventana. Apenas había respondido con
una sonrisa ausente a un conocido que le había saludado de paso desde el
callejón.
Por fin se guardó la carta en el bolsillo y salió de su habitación por un pe-
queño pasillo hasta la habitación de su padre, donde no había estado desde
hacía meses. No había ninguna otra razón para que lo hiciera, pues siempre
estaba en los negocios con su padre, almorzaban a la misma hora en un co-
medor, y por las noches cada uno se ocupaba de sí mismo como quería,
pero luego, a no ser que Georg estuviera con amigos, como ocurría casi
siempre, o estuviera ahora visitando a su novia, solían sentarse un rato, cada
uno con su periódico, en el salón común.
Georg se sorprendió de lo oscura que estaba la habitación de su padre,
incluso en esta mañana soleada. Tal sombra era la que proyectaba el alto
muro que se alzaba más allá del estrecho patio. El padre se sentó junto a la
ventana, en un rincón decorado con varios recuerdos de la bendita madre, y
leyó el periódico, que se llevó de lado a los ojos, tratando de compensar
cierta debilidad ocular. Sobre la mesa estaban los restos del desayuno, del
que no parecía haberse consumido mucho.
"¡Ah, Georg!", dijo el padre, y salió directamente a su encuentro. Su pe-
sada bata se abrió mientras caminaba, los extremos revoloteando a su alre-
dedor. "Mi padre sigue siendo un gigante", se dijo Georg.
"Está insoportablemente oscuro aquí", dijo.
"Sí, está oscuro", respondió su padre.
"¿También tienes la ventana cerrada?"
"Lo prefiero así".
"Hace bastante calor fuera", dijo Georg, como si se tratara de un arrebato
a lo anterior, y se sentó.
Su padre recogió los platos del desayuno y los puso en una caja.
"En realidad sólo quería decirle", continuó Georg, siguiendo los movi-
mientos del anciano con bastante desgana, "que después de todo he anun-
ciado mi compromiso a Petersburgo". Sacó un poco la carta del bolsillo y la
dejó caer de nuevo.
"¿Por qué a Petersburgo?", preguntó el padre.
"A mi amigo", dijo Georg, buscando los ojos de su padre. - "Es muy dife-
rente en los negocios, ¿no?", pensó, "la forma en que se sienta aquí y cruza
los brazos sobre el pecho".
"Sí. Tu amigo", dijo el padre con énfasis.
"Sabes, padre, que al principio quise ocultarle mi compromiso. Por consi-
deración, no por otra razón. Tú mismo sabes que es un hombre difícil. Me
dije: puede que se entere de mi compromiso por otras partes, aunque eso
sea poco probable en vista de su forma de vida solitaria -no puedo evitarlo-,
pero no debe enterarse por mí."
"¿Y ahora has vuelto a cambiar de opinión?", preguntó el padre, dejando
el gran periódico en el alféizar de la ventana, y sobre el periódico sus gafas,
que cubrió con la mano.
"Sí, ahora he vuelto a cambiar de opinión. Si es mi buen amigo, me dije,
entonces mi compromiso feliz es la felicidad para él también. Así que ya no
dudé en informarle. Sin embargo, antes de enviar
"Georg", dijo el padre, ensanchando su boca desdentada, "¡escucha! Has
venido a consultarme sobre este asunto. Eso te honra, sin duda. Pero no es
nada, es peor que nada si no me dices toda la verdad ahora. No quiero re-
mover cosas que no corresponden aquí. Desde la muerte de nuestra querida
madre, han ocurrido ciertas cosas desagradables. Tal vez también le llegue
el momento, y tal vez llegue antes de lo que pensamos. En los negocios se
me escapan muchas cosas, quizás no se me ocultan -no quiero hacer la su-
posición de que se me ocultan-, ya no tengo fuerzas, me falla la memoria,
ya no tengo ojo para tantas cosas. En primer lugar, ese es el curso de la na-
turaleza, y en segundo lugar, la muerte de nuestra madre me ha deprimido
mucho más que a ti. - Pero como nos estamos deteniendo en esto mismo, en
esta carta, te ruego, Georg, que no me engañes. Es una nimiedad, no vale la
pena respirar, así que no me engañes. ¿Realmente tienes este amigo en
Petersburgo?"
Georg se levantó tímidamente. "Somos amigos. Mil amigos no reempla-
zan a mi padre para mí. ¿Sabes lo que pienso? No se escatima lo suficiente.
Pero la edad exige sus derechos. Eres indispensable para mí en los nego-
cios, lo sabes muy bien, pero si el negocio pone en peligro tu salud, lo ce-
rraré mañana mismo para siempre. No puedo hacerlo. Tenemos que instau-
rar un modo de vida diferente para ti. Pero desde la raíz. Te sientas aquí en
la oscuridad y en la sala de estar tendrías una luz agradable. Desayunas a
sorbos en lugar de comer bien. Te sientas con la ventana cerrada y el aire te
haría mucho bien. ¡No, mi padre! Iré a buscar al médico y seguiremos sus
instrucciones. Cambiaremos de habitación, tú te mudarás a la habitación de
enfrente, yo me mudaré aquí. No habrá ningún cambio para ti, todo será
transferido junto a ti. Pero hay tiempo para todo eso, ahora túmbate un rato
en la cama, necesitas descansar de verdad. Ven, te ayudaré a desvestirte, ve-
rás que puedo hacerlo. O quieres ir directamente a la habitación delantera,
entonces puedes acostarte en mi cama por el momento. Eso sería muy sen-
sato, por cierto".
Georg estaba cerca de su padre, que había dejado que su cabeza con el
pelo blanco desgreñado se hundiera en el pecho.
"Georg", dijo el padre en voz baja, sin moverse.
Georg se arrodilló inmediatamente junto a su padre, viendo las pupilas
del rostro cansado de su padre sobredimensionadas en las comisuras de los
ojos fijos en él.
"No tienes ningún amigo en Petersburgo. Siempre has sido un bromista y
no te has contenido ni siquiera conmigo. ¡Cómo es posible que tengas un
amigo allí de entre todos los lugares! No puedo creerlo en absoluto".
"Piénsalo bien, padre", dijo Georg, levantando a su padre de la silla y
quitándole la bata mientras permanecía de pie, muy débilmente, "pronto se
cumplirán tres años desde que mi amigo vino a visitarnos. Todavía recuerdo
que no te gustaba mucho. Al menos dos veces te lo negué, aunque estaba
sentado en mi habitación. Puedo entender su antipatía por él, mi amigo tie-
ne sus peculiaridades. Pero luego volviste a tener una buena charla con él.
Estaba muy orgulloso de que le escucharas, asintieras y preguntaras. Cuan-
do pienses en ello, debes recordar. En esa época contaba historias increíbles
sobre la Revolución Rusa. Cómo, por ejemplo, en un viaje de negocios a
Kiev durante una revuelta, había visto a un clérigo en un balcón cortando
una amplia cruz de sangre en el plano de su mano, levantando esta mano y
llamando a la multitud. Tú mismo has contado esta historia aquí y allá".
Mientras tanto, Georg había conseguido sentar a su padre de nuevo y qui-
tarle cuidadosamente los pantalones de punto, que llevaba sobre los de lino,
así como los calcetines. Mirando la ropa no especialmente limpia, se repro-
chó haber descuidado a su padre. Sin duda, también habría sido su deber
vigilar el cambio de ropa de su padre. Todavía no había hablado explícita-
mente con su novia sobre cómo querían organizar el futuro de su padre, ya
que habían asumido tácitamente que su padre se quedaría solo en el viejo
piso. Pero ahora decidió con toda certeza llevar a su padre a su futuro hogar.
Casi parecía, si se miraba más de cerca, que los cuidados que se le iban a
dar a su padre allí podrían llegar demasiado tarde.
Llevó a su padre a la cama en brazos. Tuvo un terrible presentimiento
cuando, durante los pocos pasos hasta la cama, notó que su padre jugaba
con la cadena de su reloj en el pecho. No pudo acostarlo de inmediato, pues
se aferró con fuerza a la cadena del reloj.
Pero tan pronto como estaba en la cama, todo parecía estar bien. Se arro-
pó y luego se pasó el edredón por encima del hombro. Miró a Georg, no sin
maldad.
"¿Verdad que ya te acuerdas de él?", le preguntó Georg, asintiendo ani-
madamente con la cabeza.
"¿Estoy bien tapado ahora?", preguntó el padre, como si no pudiera mirar
si sus pies estaban suficientemente cubiertos.
" De modo que ya te agrada en la cama", dijo Georg, poniendo la colcha
alrededor de él mejor.
"¿Estoy bien cubierto?", volvió a preguntar el padre, pareciendo prestar
especial atención a la respuesta.
"Sólo quédate tranquilo, estás bien cubierto".
"¡No!", gritó el padre, y la respuesta chocó con la pregunta, echó la man-
ta hacia atrás con tanta fuerza que por un momento se desplegó completa-
mente al vuelo, y se puso de pie en la cama. Con una sola mano, se mantu-
vo ligeramente en el techo. "Querías arroparme, lo sé, mi niño, pero aún no
estoy arropado. Y es también el último esfuerzo, suficiente para ti, demasia-
do para ti. Conozco bien a tu amigo. Sería un hijo según mi propio corazón.
Por eso le has traicionado todos estos años. ¿Por qué más? ¿Crees que no he
llorado por él? Por eso te encierras en tu despacho, nadie debe molestarte, el
jefe está ocupado... sólo para poder escribir tus falsas cartas a Rusia. Pero
afortunadamente nadie tiene que enseñar al padre a ver a través del hijo. Así
como ahora pensabas que lo tenías hundido, tan hundido que puedes sentar-
te sobre él con tu trasero y no se mueve, ¡mi señor hijo ha decidido
casarse!"
Georg observó el espanto de su padre. El amigo de Petersburgo, al que su
padre conocía tan bien de repente, se apoderó de él como nunca antes. Per-
dido en la inmensidad de Rusia, lo vio. En la puerta de la tienda vacía y ro-
bada lo vio. Entre los escombros de las estanterías, los jirones de mercancía,
los restos de los gases que caen, él sólo estaba de pie. ¿Por qué tuvo que ir
tan lejos?
"¡Pero mírame!", gritó el padre, y Georg, casi distraído, corrió hacia la
cama para cogerlo todo, pero vaciló en medio del camino.
"Porque se ha levantado las faldas", empezó a flaquear el padre, "porque
se ha levantado las faldas así, el asqueroso ganso", y él, para representarlo,
se levantó la camisa tan alto que se podía ver en su muslo la cicatriz de sus
años de guerra. "porque levantó sus faldas de esta manera y de la otra, te
insinuaste, y para que pudieras gratificarte en ella sin molestias, profanaste
la memoria de nuestra madre, traicionaste al amigo y acostaste a tu padre
para que no pudiera moverse. Pero, ¿puede revolverse o no?"
Y se quedó perfectamente liberado y echó las piernas. Sonrió con
perspicacia.
Georg se colocó en un ángulo, lo más lejos posible de su padre. Hacía
tiempo que se había decidido a observar todo con total atención, para no ser
sorprendido de alguna manera indirecta, por la espalda, por lo alto. Ahora
volvió a recordar la resolución olvidada hace tiempo y la olvidó como quien
tira de un hilo corto por el ojal de una aguja.
"¡Pero el amigo no ha sido traicionado después de todo!", gritó el padre,
y su dedo señalador, moviéndose de un lado a otro, lo confirmó. "Yo era su
representante aquí en el lugar".
"¡Comediante!", no pudo abstenerse Georg de gritar, reconociendo inme-
diatamente el daño y mordiendo, demasiado tarde, - sus ojos congelados -
su lengua se dobló de dolor.
"¡Sí, por supuesto que estaba jugando a la comedia! ¡Comedia! ¡Buenas
palabras! ¿Qué otro consuelo le quedaba al viejo padre viudo? Dígame -y
por el momento de la respuesta seas tú todavía mi hijo vivo- ¿qué me que-
dó, en mi trastienda, perseguido por el personal desleal, viejo hasta los hue-
sos? Y mi hijo fue por el mundo con júbilo, concluyendo los tratos que yo
había preparado, volcándose de placer, y alejándose de su padre con la cara
tapada de un hombre de honor. ¿Crees que no te amé, yo de quien saliste?"
"¡Ahora se inclinará", pensó Georg, " si se cayera y se hiciera añicos!"
Esta palabra le silbó en la cabeza.
El padre se agachó, pero no se cayó. Como Georg no se acercó, como ha-
bía esperado, se levantó de nuevo.
"¡Quédate donde estás, no te necesito! Crees que todavía tienes fuerzas
para venir aquí y que sólo te reprimes porque quieres. No te equivoques. Yo
sigo siendo el más fuerte. Solo hubiera tenido que retirarme, pero así la ma-
dre me ha dado su fuerza, con tu amigo me he vinculado espléndidamente,
¡tu clientela la tengo aquí en el bolsillo!"
"¡Incluso en la camisa tiene bolsillos!", se dijo Georg, pensando que po-
dría hacerlo sentir mal en todo el mundo con ese comentario. Sólo por un
momento lo pensó, ya que se le olvidaba todo.
" ¡Agarra a tu novia y ven a conocerme! La sacaré de tu lado, ¡no sabes
cómo!"
Georg hizo una mueca como si no se lo creyera. El padre se limitó a
asentir en la esquina de Georg, afirmando la verdad de lo que decía.
"Cómo me entretuviste hoy cuando viniste a preguntar si debías escribirle
a tu amigo sobre el compromiso. ¡Él lo sabe todo, tonto, lo sabe todo! Le
escribí porque te olvidaste de quitarme los utensilios de escritura. Por eso
no viene desde hace años, lo sabe todo cien veces mejor que tú, arruga tus
cartas sin leer en su mano izquierda, ¡mientras sostiene mis cartas para leer-
las en la derecha!"
Su brazo se balanceó por encima de su cabeza en señal de excitación.
"¡Él lo sabe todo mil veces mejor!", exclamó.
"¡Diez mil veces!", dijo Georg, tratando de ridiculizar a su padre, pero
todavía en su boca la palabra adquiría un sonido mortalmente serio.
"¡Llevo años esperando que vengas con esa pregunta! ¿Crees que me im-
porta algo más? ¿Crees que leo periódicos? Ahí", y le tiró a Georg una hoja
de periódico que, de alguna manera, se había llevado a la cama con él. Un
periódico antiguo, con un nombre ya bastante desconocido para Georg.
"¡Cuánto tiempo dudasteis antes de llegar a la madurez! Tu madre tuvo
que morir, no pudo vivir para ver el día de la alegría, tu amigo está pere-
ciendo en su Rusia, hace tres años ya estaba amarillo, y yo, ya ves cómo es-
toy. Para eso tienes ojos".
"¡Así que me has estado esperando!", gritó Georg.
Su padre dijo con lástima: "Seguramente querías decir eso antes. Ahora
no me queda nada".
Y más fuerte: "¡Así que ahora conoces qué más había además de ti, hasta
ahora sólo sabías de ti mismo! ¡Eras realmente un niño inocente, pero aún
más realmente eras un hombre diabólico! - Y por lo tanto saber: Ahora te
sentencio a morir ahogado".
Georg se vio expulsado de la habitación, el golpe con el que su padre
cayó sobre la cama detrás de él todavía resonaba en sus oídos. En la escale-
ra, sobre cuyos peldaños se apresuró como sobre una superficie inclinada,
sorprendió a su sirviente, que estaba a punto de subir a ordenar el piso des-
pués de la noche. "¡Jesús!", gritó ella, cubriéndose la cara con el delantal,
pero él ya se había ido. Salió de la puerta y cruzó el camino hacia el agua.
Ya estaba sujetando la barandilla como un hombre hambriento sujeta la co-
mida. Se balanceó, como el excelente gimnasta que había sido en su juven-
tud, para orgullo de sus padres. Aferrándose aún con las manos debilitadas,
divisó entre los barrotes de la barandilla un autoómnibus que ahogaría fácil-
mente su caída, gritó suavemente: "Queridos padres, después de todo siem-
pre os he querido", y se dejó caer.
En ese momento, el tráfico sobre el puente era casi interminable.
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