El Codigo Lucifer - Michael Cordy
El Codigo Lucifer - Michael Cordy
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Michael Cordy
El código Lucifer
ePub r1.0
XcUiDi 05.02.16
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Título original: The Lucifer code
Michael Cordy, 2001
Traducción: Juanjo Estrella
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Para Jenny
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Lucifer: Del latín lux (luz) y ferro (portador). Portador de luz.
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Prólogo
L
a luz del gran foco circular suspendido sobre la niña de ocho años se
difumina a medida que la anestesia hace su efecto. La pequeña busca una
mano junto a la mesa de operaciones. Esa mano aprieta con fuerza, y ella
aprieta también, tan fuerte como puede, temiendo que la creciente oscuridad las
separe para siempre. Como muchos niños, siente un miedo atávico a las tinieblas,
comprende, en cierto sentido primigenio, que la luz divide en dos el universo: el día y
la noche; lo visible y lo invisible; el bien y el mal; los vivos y los muertos.
Pero esa oscuridad es piadosa, pues anula los sentidos antes de que la sierra
quirúrgica seccione el cráneo. Y así, la niña no oye el chirrido estridente del metal
que perfora el hueso, no ve el polvillo rojizo, mezcla de hueso y tejido, iluminado por
los focos del quirófano, no huele la sangre y el desinfectante. No es consciente de
nada salvo de sí misma, de que su mente flota en una negrura tan intensa que tiene un
olor, un color y un sabor propios. Ese limbo de terciopelo parece un útero; en él se
está a salvo.
El neurocirujano aparta la sierra y usa un bisturí láser para adentrarse en el tejido
más blando. Con gran precisión, sus manos avanzan firmes, aunque sabe que esa
operación es única: nunca hasta ese momento se ha intentado algo parecido. En
ninguna obra médica está escrito por dónde ha de practicar la incisión.
Tras trece horas y veintisiete minutos se permite un suspiro de cansancio,
mientras una enfermera le seca el sudor de la frente. Lo peor ya ha pasado. O eso cree
él.
Apenas unos segundos después, los monitores que se alinean junto a la mesa de
operaciones se activan en una sinfonía de pitidos intermitentes, reiterados.
En ese instante, un atisbo de luz blanca alumbra la oscuridad aterciopelada de la
pequeña. Ha dejado de flotar y avanza a toda prisa por un vórtice negro en dirección a
la luz. Al principio es apenas un punto, pero se mueve tan deprisa hacia ella que la
luz se le muestra como un cono, como el haz de una linterna. Luego penetra en ella,
forma parte de esa luz. Viaja a tal velocidad que la luz parece inmóvil a su alrededor.
Ya no se trata de un haz compacto, sino de una serie de partículas que flotan en su
camino hacia la oscuridad, copos de luz resplandecientes. Empieza a ser consciente
de una presencia familiar a su lado, que tira de ella, que la conduce a través de la
ventisca plateada hacia la punta del cono, hacia la fuente. La conexión es fuerte,
reconfortante. Ahora que vuelven a estar juntas, ya no siente temor.
Luego el dolor se apodera de ella, no es un dolor físico, sino emocional, un dolor
psíquico. Al instante, una fuerza enorme la arrastra de nuevo al vórtice, la separa del
cono de luz, apartándola de aquella presencia que sentía junto a ella. Trata de gritar,
de aferrarse desesperadamente a la presencia amada que se aleja de ella, tendón a
tendón, célula a célula, a medida que la luz que retrocede se reconstruye hasta
convertirse en un todo lejano y menguante.
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De pronto, mira hacia abajo y se ve a sí misma sobre la mesa de operaciones,
observa al cirujano y a las enfermeras que, desesperadamente, intentan reanimarla. El
quirófano aparece inundado de una luz potente, blanca. Todo aparece muy luminoso,
muy brillante. Se contempla a sí misma sobre la mesa, transfigurada ante la visión del
gran corte brillante y muy abierto en el lado izquierdo de la cabeza, del ovillo oculto
por la sábana verde, a su lado. Ve que la enfermera suelta la manita que se aferraba a
la suya con mucha fuerza. Y por primera vez en su vida se da cuenta de que está sola.
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Primera Parte
EN BUSCA DE ALMAS
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1
N
o poder parpadear era la sensación más desagradable. Eso y el miedo helado
que sentía en las entrañas al saber que iba a morir.
Al despertar y verse inmóvil, tendida sobre la camilla del laboratorio, la
cabeza rasurada y los ojos abiertos de par en par, la madre Giovanna Bellini supo que
el destino la esperaba. No sólo había presenciado centenares de experimentos
similares; también había colaborado en ellos administrando los últimos sacramentos a
los sujetos. Sin embargo, éstos, a diferencia de ella, padecían enfermedades
terminales. La inminencia de sus muertes y el acto de morir los convertía en piezas
indispensables para el proyecto.
Sin duda, los científicos no eran responsables de aquello. Llevaba nueve meses
trabajando para ellos, ayudándolos en lo que creía que era el trabajo de Dios. El papa
Rojo le había encomendado personalmente la misión de administrar los últimos
sacramentos tras explicarle que de ese modo participaría en una misión trascendental
y sagrada.
—No cuestione a los científicos, madre Giovanna, pues ellos, como usted, llevan
sobre el pecho el crucifijo escarlata de la Iglesia de la Verdad del Alma.
Pero le había sido imposible permanecer en silencio. Ella era fiel al Santo Padre
desde los tiempos en que éste era cardenal en el Vaticano, y optó por seguirlo cuando
lo abandonó para fundar su propio ministerio. Ahora, después de que le asignara
aquella sagrada responsabilidad, ¿cómo iba a traicionar aquella confianza
manteniéndose en silencio?
Le vertieron un líquido irritante en los ojos, pero no pudo echarse hacia atrás.
«¡Dios mío, ayúdame!».
Articuló las palabras en sus labios, pero de ellos no brotó ningún sonido. Incluso
sus gritos eran silenciosos. Estaba desconectada por culpa del medicamento
paralizante que le había inyectado en las venas aquella mujer rubia de uniforme
blanco y protectores refractantes en los ojos.
Desde el principio, quedó claro que la madre Giovanna abandonaría el laboratorio
inmediatamente después de administrar los últimos sacramentos a los sujetos del
experimento, pero desde hacía un tiempo había empezado a demorarse tras puertas de
cristales tintados, pues sentía curiosidad por observar cómo localizaban el momento
crucial de la muerte. Tras presenciar las etapas finales de los tres últimos
experimentos, había sentido el impulso de ponerse en contacto con la hermana
Constance, su mejor amiga, para pedirle consejo. La hermana Constance le prometió
no revelar su secreto y la animó a entrevistarse con el Santo Padre para contarle que
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los científicos no esperaban a que los pacientes murieran, sino que los mataban ellos
mismos.
¿Cómo habían sabido que ella los había delatado? ¿Y cómo se atrevían a hacerle
eso a ella, a sabiendas de que gozaba de la protección del papa?
Mientras le levantaban el tronco y le acercaban a la cabeza la esfera hueca y
transparente, miró a su alrededor por si distinguía algún destello encarnado por el
rabillo del ojo, la túnica escarlata que delatara la aparición de monseñor Diageo, o tal
vez la del papa en persona. Pero la bola de cristal le quedó encajada alrededor del
cuello y ella seguía sin vislumbrar aquella señal de salvación.
La esfera contaba con capas de distintas texturas y la luz que se filtraba por ella,
poseedora de una belleza fría como la de la luna reflejada en un lago desolado y
oscuro, no le proporcionó ningún alivio. La científica rubia alzó la sección frontal de
la esfera, como si del visor de un casco de astronauta se tratara. A la madre Giovanna
le implantaron unas lentes de contacto sobre los ojos abiertos y sintió un intenso
escozor en las córneas. Luego, sobre la sien izquierda, y con ayuda de un gel, le
aplicaron una anilla de estaño, y en ese momento sintió que le picaba el cuero
cabelludo rasurado.
Sin embargo, peor que la incomodidad era el conocimiento de que,
insensatamente, ella había presenciado aquella misma escena mientras otros corrían
su misma suerte. Le habían dicho que eran todos voluntarios, que no sentían nada
antes del fin, pero ahora sabía que no era cierto. Aquello le asustaba más que
cualquier otra cosa. Había pecado y necesitaba la absolución antes de morir.
El miedo se convirtió en desesperación y quiso llorar, pero las lágrimas no
brotaron de sus ojos.
«¿Dónde estás, Santo Padre? ¿Por qué no me salvas?», gritó en silencio.
—La cuenta atrás empezará pronto —anunció con calma la mujer rubia.
El corazón de la madre Giovanna, uno de los pocos órganos que desafiaba los
efectos del medicamento paralizante, latía con fuerza en su pecho. El pánico se
apoderó de ella, pero no porque fuera a morir, sino porque no había sido absuelta de
sus pecados.
«Perdóname, Señor, y apiádate de mi alma».
El visor transparente descendió sobre su rostro. Entonces, un gas inodoro penetró
en la esfera e inundó el mundo que se alejaba de ella envuelto en un aura verdosa.
Oyó el inicio de la cuenta atrás y supo que la muerte la aguardaba.
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2
L
a suave luz de la tarde de octubre había convertido las aguas del Támesis en
polvo de oro. La limusina negra que pasaba junto al puente del Milenio era
un Mercedes clásico, salvo por las ventanillas tintadas y unos dispositivos
incorporados especialmente para impedir que se filtraran los rayos ultravioletas.
Sentado en el asiento trasero, Bradley Soames miró a su izquierda y vio aparecer la
catedral de San Pablo, su magnífica cúpula inspirada en la de San Pedro de Roma. A
su derecha, al otro lado del río, se alzaba ante él un templo mucho más moderno: una
catedral tecnológica. El edificio cúbico, construido con ladrillo, rematado por una
chimenea rectangular que recordaba a un campanario, había sido una planta
generadora de electricidad, pero ahora albergaba la mayor colección de arte moderno
del mundo.
Soames contempló su reflejo en el cristal tintado. Le desagradaba su aspecto: los
ojos azules y el pelo ondulado, del color y la consistencia del hilo de cobre, no era lo
que le molestaba, pero su piel, mosaico pálido de tejidos remendados, le llevó a
apartar la vista.
—Walt, sé que casi toda la prensa acreditada debe encontrarse ya en la
presentación, pero aun así prefiero entrar por la puerta lateral —dijo.
—Como desee, doctor Soames —respondió su asistente desde el asiento del
copiloto. Walter Tripp, un negro elegante, que empezaba a quedarse calvo y que lucía
unos lentes redondos, sin montura, iba vestido con traje oscuro, camisa blanca y
corbata roja—. El director de la galería ha dispuesto la sala de visionado sobre el
vestíbulo, tal como solicitó, pero en ninguna de las entradas hay instalado protector
de rayos uva.
—No importa, ya me protegeré.
Consultó el reloj y recordó que Amber iniciaría la presentación en la Sala de la
Turbina. Todavía faltaba más de una hora para su propia presentación, pero quería
observarla y confirmar sus sospechas.
Cuando el coche enfilaba el puente de Southwark, se bajó las mangas de la
chaqueta negra; llevaban unos guantes incorporados en los que metió las manos.
Compuso una mueca de dolor al sentir que la tela rozaba la cicatriz aún reciente de su
mano izquierda, de donde le habían extirpado el melanoma más reciente. Selló los
guantes con el velcro para asegurarse de que ni la más mínima porción de piel
quedara expuesta a la luz y acto seguido se cubrió con la capucha. Se protegió los
ojos y la mitad superior del rostro con unas gafas de sol de tamaño desproporcionado,
y a la capucha adhirió una tela que le llegaba hasta el pecho y le ocultaba el rostro,
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como si de un velo se tratara. Cuando el coche se detuvo, toda su piel estaba
protegida del sol otoñal.
Soames descendió del vehículo y alzó la vista para contemplar aquel acantilado
de ladrillo rojo, sin ventanas, que formaba el lateral del edificio, antes de seguir a
Tripp hasta la puerta secundaria. A su izquierda, por el acceso principal, veía los
carteles colgados de los postes, que anunciaban el título de la exposición: «La Forma
de la Luz». Los patrocinadores de esa exposición y una donación multimillonaria a la
galería habían permitido contar con la Sala de la Turbina para la presentación ante la
prensa de la pantalla blanda Lucifer europea.
Dos empleados del museo reconocieron a Soames por sus ropas protectoras y lo
condujeron por el oscuro vestíbulo principal. Dejaron atrás a grupos de visitantes que
se congregaban en torno al restaurante y la tienda de regalos, separados por
cristaleras, y pasaron por entre las colas de personas que aguardaban para subir a las
salas de los pisos superiores. Se montaron en un ascensor y accedieron a una sala que
se hallaba en la quinta planta, de las ocho con que contaba el edificio. Era un espacio
que, temporalmente, habían segregado en uno de los grandes corredores y que daba a
la gran sala de turbinas que se extendía abajo. La habían dispuesto tal como él había
solicitado, con vistas a lo que sucedía en la planta baja, y disponía de un ordenador
óptico con acceso a Internet óptico, así como de una pequeña nevera de Coca-Cola.
Cuando los empleados se retiraron, Tripp se sacó de la chaqueta un detector de
rayos ultravioletas del tamaño de una pluma estilográfica y, tras constatar que las
condiciones de la habitación eran correctas, se dirigió con un gesto de cabeza a
Soames, que se quitó las prendas más externas y centró su atención en la sala inferior.
Desde allí, la vista era impresionante. La altura de la sala era de casi cincuenta
metros y su longitud, de casi setenta. En lugar de pilares, grandes estructuras de
hierro formaban una trama esquelética pegada a las paredes grises, mientras que una
bóveda de vigas metálicas sostenía el altísimo techo plano. Unas placas negras,
horizontales, cubrían la médula de claraboyas que recorría el centro del techo. Las
demás fuentes de luz natural también aparecían convenientemente bloqueadas.
Una tela con el emblema de Optrix Optoelectronics, bajo el que se leía el lema de
la empresa: «Hágase la luz», cubría un extremo de la sala. Ante él se alzaba el
estrado, y debajo se congregaban unas doscientas personas, entre periodistas, clientes
y creadores de opinión, dispuestos en filas interrumpidas sólo por cinco esculturas
luminosas que se alzaban diez metros por encima de sus cabezas. Encargadas por
Optrix a la célebre artista Jenny Knowles, las obras resplandecían a la luz tenue,
como dotadas de vida propia. Modeladas para crear varias formas más o menos
abstractas —entre ellas una doble hélice, una sorprendente versión de la Vía Láctea y
una molécula de agua iridiscente de ocho metros de altura—, las piezas parecían
sólidas, aunque en ellas no hubiera más sustancia que la luz. Con todo, Soames
conocía la gran verdad que se ocultaba tras ellas: comprendía que la luz era tanto una
colección de partículas subatómicas, de fotones, como una onda abstracta.
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Esa dualidad se encarnaba en la sexta obra expuesta, una instalación enorme que
dominaba la otra mitad de la sala. Representaba dos particiones planas y paralelas
que parecían suspendidas en el espacio, cada una de ellas de más de tres metros de
altura y siete metros de anchura. La primera era blanca, con dos ranuras verticales. La
segunda era de cristal negro, como la pantalla de un televisor. Frente a la partición
blanca se alargaba un rayo láser, su haz dirigido a las ranuras, por entre las que
pasaba para ir a chocar contra la pantalla negra que había más allá. Pero en lugar de
crear dos líneas de luz verticales, lo que producía era un rayado de cebra, de franjas
espaciadas con regularidad, similar a un código de barras.
Cada pocos minutos, al parecer de modo aleatorio, las franjas de la pantalla negra
se difuminaban y el rayo láser emitía unas pulsaciones, una especie de puntos de luz.
Cada uno de los impulsos parecía pasar a la vez por las dos ranuras, y al golpear la
pantalla negra del detector, dejaba su marca luminosa en el cristal. Pero en lugar de
formar racimos de luz alineados con las dos ranuras, las marcas recreaban
gradualmente las franjas en toda la anchura de la pantalla, como si todos y cada uno
de los impulsos, en una coreografía perfecta, conocieran su lugar exacto en el diseño.
La exposición divertía a Soames. Él no se cansaba nunca de explorar y presenciar
las anomalías del mundo cuántico, en que unas partículas menores que un átomo
desafiaban las leyes físicas establecidas por Newton para el llamado «mundo real».
Un murmullo amortiguado se propagó entre el público cuando, abajo, la
intensidad de las luces disminuyó y las esculturas se desvanecieron. Sólo la sexta
pieza seguía siendo visible, los impulsos de luz seguían creando formas mágicas
sobre la pantalla negra. Al cabo de unos segundos, una música etérea resonó a través
del espacio cavernoso y, una a una, las esculturas fueron reapareciendo.
—Bienvenidos a la Era de la Luz —oyó que decía la doctora Amber Grant desde
su puesto en el estrado, al fondo de la sala, mientras la luz ambiental se recomponía
lentamente—. Hoy, en Optrix, deseamos celebrar con ustedes el misterio de la luz y
demostrarles nuestro dominio sobre ella. —Señaló la pieza creada con láser—.
Primero, el misterio. Imaginen el siguiente escenario: dos muros paralelos, uno frente
al otro. Realizan una ranura vertical en uno de ellos y dirigen a ella un haz de luz
continua. ¿Qué ven? —La doctora sonrió—. Muy sencillo. Una sola línea blanca
proyectada en el segundo muro, creada por la luz que procede de la ranura en el
primero. Ahora abramos dos ranuras en el primer muro y dirijamos una luz sobre
ellas. ¿Qué sucede ahora? —Amber señaló la instalación—. Ahora no ven dos líneas
verticales en el segundo muro, como sería de esperar, sino un diseño rayado de luz y
sombras. Este efecto es el resultado de las ondas de luz que se propagan desde cada
una de las dos ranuras e interfieren sobre la otra como las ondas de un estanque. Este
famoso experimento de las dos ranuras, realizado por primera vez hace más de
doscientos años, demuestra que, sin ningún género de duda, la luz viaja en forma de
onda.
Amber calló unos instantes y dejó que se hiciera el silencio.
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—Entonces, en 1906, Einstein descubrió que la luz no sólo era una onda, sino
también un conjunto de partículas cuánticas subatómicas, lo que ahora denominamos
fotones. La primera descripción formulada por Einstein se ha convertido en el
término genérico para describir el extraño mundo subatómico en el que todo, desde el
átomo en adelante, puede existir como onda abstracta y como partícula sustancial.
Pero ni siquiera esa dualidad es el verdadero misterio del mundo cuántico. —Volvió a
señalar la instalación, que volvía a recibir puntos de luz—. La escultura que tienen
detrás recrea una versión moderna del experimento de la doble ranura. En él, una
fuente emite una serie de fotones simples de luz. Pero en vez de pasar por una u otra
ranura para crear una mancha de luz en el segundo muro, cada fotón, por algún
motivo, viaja a través de las dos ranuras simultáneamente y se interfiere a sí mismo.
Al pasar por las ranuras, gradualmente va formando un modelo de interferencia por
ondas que crea un dibujo rayado, de cebra, como si conscientemente conociera su
lugar concreto y se sometiera a una coreografía que le hiciera comportarse como una
onda.
»Con todo, cuando se establece un experimento con dos detectores de partículas
al otro lado de cada ranura, descubrimos que cada fotón se comporta como una
partícula simple. Como un guijarro, sigue un camino definido a través de una ranura
y choca sólo contra un detector de partículas.
»Esos experimentos reales indican que los fotones son conscientes. Se comportan
de modo distinto en función de cómo sean observados. Y lo que resulta más extraño
todavía, parecen ser también telepáticos y clarividentes. Saben si han de comportarse
como partículas o como ondas antes de pasar por las ranuras. Cada fotón parece saber
cómo se ha establecido el experimento y es capaz de predecir en cuál de los dos
estados se espera que se encuentre.
Hizo una pausa.
—Esto, en cuanto al misterio de la luz. Pero ¿qué hay de nuestro dominio sobre
ella? En Optrix nos llena de orgullo conocer mejor que la mayoría el funcionamiento
de la física cuántica, lo que nos ha permitido explotar su dualidad para captar la
fuerza de la luz que, como todos sabemos, es el medio ideal para el desarrollo de la
informática y las telecomunicaciones. Su amplitud de banda para la transmisión de
información es colosal: un simple destello de luz láser puede transmitir, en un
segundo, el contenido entero de todas las bibliotecas del mundo. Puede dividirse en
tantas longitudes de onda como colores hay en el arco iris, lo que la convierte en el
medio ideal para el procesado paralelo de datos. Y, cómo no, es rápida, no hay nada
más rápido que la luz.
»Hace ya ocho años que Optrix lanzó al mercado su primer ordenador óptico, que
ha transformado el mundo. Si retrocedemos mentalmente a los primeros años del
milenio, recordaremos que el silicio empezaba a considerarse obsoleto, pues ya se
estaban forzando los límites físicos de su capacidad de procesamiento. Incluso Intel
tuvo que reconocer que la famosa ley de Moore, que defendía que las velocidades de
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procesado se doblaran cada dieciocho meses, era insostenible.
»De modo que cuando el primer ordenador óptico —el Lucifer 1— salió al
mercado, todas las reglas saltaron por los aires. Ya no había necesidad de seguir
contando con chips de silicio, ni con discos duros, ni con discos RAM, pues el
Lucifer usaba fotones subatómicos de luz para hacer todas esas cosas —para
procesar, memorizar y almacenar datos. Con una placa base de cuarzo de circuitos
ópticos unida a una esfera que contenía las células procesadoras de luz capturada se
creó un ordenador con la misma capacidad de procesado que lo más rápido del
universo: la luz. Optrix convirtió la ley de Moore en un anacronismo de la noche a la
mañana.
Amber se detuvo y atravesó el estrado. Desde su atalaya, a Soames le costaba
verla con detalle, pero oía su voz amplificada y el silencio sepulcral del público le
indicaba que había logrado captar su atención. Había sido su carisma, además de su
inteligencia, lo que le había atraído de ella. Que contara con un físico espectacular le
había parecido casi del todo irrelevante. Sin embargo, su talento podía volverse
insignificante si lo que sospechaba de ella se confirmaba esa noche.
Soames miró a Walter Tripp, que ponía en marcha el ordenador óptico e
introducía el código para acceder a la base de datos, lo que les permitiría visionar en
directo un experimento que se realizaba a más de siete mil kilómetros de allí. En la
pantalla de fotones retardados, que proporcionaba una textura tridimensional a las
imágenes, Soames veía cómo colocaban la esfera de cristal sobre la cabeza del sujeto.
Volvió a fijarse en Amber Grant. Sus sospechas no tardarían en confirmarse.
—Como directora ejecutiva de Optrix Industries —le oyó decir—, deseo
recordarles lo lejos que hemos llegado en estos ocho años, lo mucho que nos hemos
adentrado en la era de la luz. Muchas veces pienso que, aunque nuestro lema sea
«Hágase la luz», en realidad debería ser «Disipando las tinieblas», pues eso es lo que
constantemente tratamos de conseguir. Por si alguien ha olvidado el gran salto que se
ha dado, el Lucifer es capaz de realizar cálculos diez elevado a la trigésima octava
potencia más deprisa que un viejo ordenador Pentium IV. En otras palabras, en menos
de un segundo, el Lucifer puede realizar unos cálculos que el viejo IBM ThinkPad
tardaría la edad del universo en completar.
»El diseño del Lucifer ya se ha convertido en un clásico. El cubo traslúcido, que
contiene una esfera de cristal de partículas de luz fotónica que interactúan con células
de memoria y procesado y reposan en una placa base de fibra óptica, es un elemento
familiar en hogares y oficinas de todo el mundo. Más del noventa por ciento de los
ordenadores del planeta, tanto domésticos como comerciales, ya son ópticos,
fabricados por Optrix y nuestras franquicias. E Internet es totalmente óptico —
señales sin cable y fibras ópticas ya unen el mundo a la velocidad de la luz. Sí, ya son
muchos los que se refieren a Internet con el nuevo término “Optinet”.
En ese instante el tono de Amber cambió, pasando de triunfante a humilde.
—A pesar de ser el rostro público de Optrix, y de que se me reconoce por ser la
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coinventora del ordenador óptico, soy demasiado consciente de que la mayoría de los
descubrimientos reales, así como de las verdaderas ideas sobre las anomalías
cuánticas del Lucifer, surgieron de mi mentor y presidente de Optrix Optoelectronics.
Bradley Soames es el verdadero genio que se oculta tras el Lucifer, y estoy segura de
que les alegrará saber que ha aceptado realizar una de sus escasísimas intervenciones
públicas para dirigirse a ustedes esta tarde.
Ignorando el murmullo de emoción que se elevó desde el público, Soames se
concentró en el ordenador situado junto a Tripp, vio el electrodo pegado a la sien del
sujeto. Ya faltaba muy poco, y suponiendo que sus sospechas fueran fundadas,
Amber estaría expuesta a la prensa y al público cuando sucediera. De ese modo sería
más fácil convencerla para que hiciera lo que tenía que hacer.
—Y ahora, el futuro —prosiguió Amber mientras un latido grave y rítmico
inundaba la sala y la intensidad de la luz volvía a disminuir, dejando las esculturas
gigantes parpadeando al son de la música—. Desde el lanzamiento del Lucifer, Optrix
ha desarrollado nuevos y mejores métodos para aprovechar su tecnología. Y la
primicia de hoy no constituye una excepción. La pantalla blanda del Lucifer supone
un modo radicalmente nuevo de presentar los datos. Permítanme mostrársela.
El ritmo de la música de fondo aumentó y Soames vio que Amber se dirigía a la
mesa situada al fondo del estrado y rozaba un mando táctil dispuesto junto al cubo
traslúcido y resplandeciente. Una pantalla azul, rectangular, con el logotipo del
Lucifer, apareció tras ella. Empezaba a treinta centímetros del suelo, pero se elevaba
unos tres metros y tenía una anchura de cuatro. Como las esculturas, parecía sólida y
opaca, pero estaba hecha de partículas de luz.
La imagen de la pantalla cambió y el logotipo del Lucifer dejó paso a una imagen
en movimiento de Amber, en tiempo real. Era como si una enorme gemela suya, de
casi tres metros de altura, se alzara tras su casi metro setenta, reproduciendo
fantasmagóricamente todos y cada uno de sus movimientos. La definición de la
imagen era asombrosa. Su piel aceitunada y su pelo negro, espeso, parecían
luminosos en la pantalla, y sus ojos verdes se veían incandescentes. Sonrió y, al
hacerlo, mostró sus dientes blanquísimos y perfectos. Al moverse, su alter ego
avanzó por el estrado y su traje de Chanel lanzó sus destellos.
—La tecnología de esta pantalla blanda aparta, literalmente, la oscuridad y, dentro
de unos límites razonables, puede fabricarse en cualquier tamaño —dijo—. Tan
visible con luz directa como las pantallas LDD y LED, es compatible, de modo que
puede usarse con todos los modelos de Lucifer. La pantalla puede ampliarse, como
ahora, para presentaciones, o minimizarse para adaptarse a ordenadores portátiles o
para usos personales. —La imagen de la pantalla se redujo hasta alcanzar el tamaño
de un sello de correos y acto seguido aumentó hasta recuperar todo su esplendor—.
Y, por supuesto, es portátil —añadió, mientras su enorme imagen luminosa sonreía a
los asistentes. Se rió—. Podría decirse que se trata de la pantalla más ligera del
mundo.
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El público estalló en carcajadas y aplaudió. Hubo quien se levantó para hacerlo y
Soames se dejó llevar por el entusiasmo. Al momento, oyó que Tripp carraspeaba y le
decía:
—Casi es la hora, señor.
Sin apartar del todo la vista de Amber, echó un vistazo a la pequeña pantalla
encendida junto a Tripp. El visor del sujeto ya se había sellado, y el cesio verde y el
gas flavión inundaban la esfera. La científica del uniforme blanco y los protectores
oculares sostenía un mando en la mano. La pantalla tomó un primer plano,
centrándose en el rostro del sujeto, encerrado en el interior de la esfera de cristal.
Y entonces sucedió.
El electrodo lanzó una descarga en la sien de la mujer. Al momento, una chispa
todavía más brillante —al parecer procedente de los ojos de la paciente— encendió la
esfera llena de gas, como si de una bombilla brillante se tratara, antes de impactar en
un vidrio oscuro y alargado engastado en el visor, creando un dibujo rayado, de
interferencia ondulada, similar al de la instalación que se proyectaba en la sala de
abajo. Al poco, desapareció, aunque permaneció momentáneamente en la capa
externa de la esfera, de fibra óptica, resplandeciendo como un halo antes de
esfumarse en el éter.
El experimento no era interesante en sí mismo: Soames había presenciado
centenares de operaciones idénticas durante los últimos nueve meses y no le
importaba demasiado el resultado de la de ese día. El sujeto, la madre Giovanna
Bellini, estaba muerto, y dudaba de que la prueba se hubiera superado con éxito. Lo
que le interesaba más era su posible relación con lo que en ese momento sucedía
abajo, en la Sala de la Turbina, donde la imagen gigante de Amber Grant se sujetaba
la cabeza con las dos manos y se tambaleaba.
En el momento exacto en el que la chispa había aparecido en la esfera de
Giovanna, señalando el instante exacto de su muerte, Amber Grant se había echado
hacia delante con gesto de dolor y se había llevado la mano a la sien derecha. Ahora
se hallaba de rodillas y los asistentes se agolpaban para prestarle ayuda.
Sin apartar la vista de Amber, Soames se sacó el teléfono móvil del bolsillo y
marcó un número de Cambridge. Alguien descolgó tras el tercer tono, y él fue directo
al grano.
—Páseme con la directora, por favor.
—La doctora Knight se encuentra reunida…
—Dígale que Bradley Soames quiere hablar con ella. Ahora.
En cuestión de segundos se puso al teléfono.
—Virginia —le dijo—. Es urgente. El científico de tu clínica, ése al que asigné
fondos para…
—¿Miles Fleming?
—Sí. Tiene que examinar a Amber Grant. Inmediatamente.
—Tal vez no sea…
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—No hay tiempo para discutir. Amber necesita ayuda urgente. Le duplicaré la
financiación de la que hablamos para su neurotraductor. En menos de dos horas la
llevarán hasta allí.
Tres minutos después, ayudado por Tripp y varios miembros del personal de
Optrix, Soames apareció en la sala y se acercó a Amber, que se hallaba acurrucada en
posición fetal. Valiéndose del micrófono, se dirigió a la multitud.
—Por favor, abandonen la sala y trasládense al vestíbulo. Yo seguiré con la
presentación personalmente en cuanto les permitan entrar de nuevo.
Tras cerciorarse de que el personal del museo y sus empleados de Optrix alejaban
al público del escenario, se acuclilló junto a la figura rígida de Amber. Le levantó la
cabeza, le obligó a ingerir dos analgésicos y le dio a beber un sorbo de agua.
—Amber, soy yo. Te he programado una consulta con alguien que va a mirarte
esas migrañas. Ya no puedes seguir haciendo como si no pasara nada.
Esperó a que ella respondiera algo, pero no lo hizo.
Soames no pudo resistir el silencio y tuvo que preguntar. Tenía que saber.
—¿Sientes el dolor en el mismo lugar que las otras veces?
—Sí —musitó ella con el rostro pálido y esbozando una mueca de agonía.
—¿Dónde? —insistió él—. Señálamelo.
Ella alzó la mano temblorosa para indicarle la zona de dolor. Pero no se rozó
siquiera la cabeza y detuvo la mano en el aire, a casi diez centímetros de la sien
izquierda.
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3
E
ran momentos como ése los que devolvían a Miles Fleming la confianza en
que aquello era posible. Llevaban once meses realizando pruebas. Se volvió
al joven que seguía sentado a su lado.
—¿El brazo está bien, Paul?
Ajustándose el casquete del pensamiento, una especie de gorra calada de color
azul, Paul contempló la figura anatómicamente correcta sobre la mitad superior de la
pantalla del ordenador.
—Está bien, doctor. No me duele.
—¿Ni rastro de pinchazos?
Paul esbozó una sonrisa.
—Nada.
—Está bien. Veamos cómo lo mueves otra vez. Trata de levantarlo por encima de
la cabeza.
Al ver que la figura de la pantalla levantaba el brazo derecho, Fleming comprobó
las líneas horizontales que se elevaban con furia sobre la mitad inferior de la pantalla.
—Excelente, Paul. Se ve que tus ondas cerebrales están fuertes. Ya tienes las alfa
bajo control. Baja el brazo. Perfecto.
Se volvió al paciente de su investigación, que fruncía el ceño, concentrado,
mientras ordenaba los pensamientos que controlaban el brazo de la pantalla. El joven,
de veintiséis años, llevaba una sudadera Nike y unos vaqueros desgastados, y la
manga derecha colgaba, vacía, desde la altura del hombro.
Paul había perdido el brazo hacía cuatro años, en un accidente laboral y hasta su
llegada a Barley Hall lo habían atormentado unos fuertes dolores en el miembro
inexistente. Según la experiencia de Fleming, muchos amputados sufrían dolores
fantasmas. Éstos emanaban del cerebro, que conservaba un mapa virtual del cuerpo
en tres dimensiones en su red neuronal y a menudo seguía enviando señales a un
miembro mucho después de que éste hubiera sido seccionado. En el caso de Paul, el
neurotraductor había ayudado a identificar las ondas cerebrales que enviaban señales
de dolor a su extremidad amputada, lo que había permitido a Fleming suprimirlas.
Había respondido tan bien al tratamiento que hacía un mes el doctor había decidido ir
más allá de la mera supresión de las señales de dolor y ahora trataba de que el
paciente lograra el control de dichas señales.
—De acuerdo. Lo estás haciendo bastante bien sobre la pantalla. —Fleming se
volvió hacia el maniquí de látex plantado en un rincón—. ¿Qué te parece si lo
intentamos con Brian?
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Paul sonrió.
—Ningún problema.
—Te sientes bastante seguro, ¿no? Sométete entonces al test de los huevos.
—¿Qué?
Fleming se puso en pie y se acercó a aquel cuerpo sin vida propia. Brian carecía
de sexo pero, exceptuando ese dato, todos los músculos prostéticos y las
articulaciones creados bajo su piel de látex reproducían los de un cuerpo humano.
Fleming se sacó una caja del bolsillo de su bata blanca y arrugada, la abrió y extrajo
un huevo envuelto en algodones. Se acercó a la mesilla que había junto al maniquí,
colocó el huevo en un extremo de su abrillantada superficie y la caja en el otro.
Ambos quedaban al alcance de la mano derecha de Brian.
Se trasladó al otro lado de la sala victoriana de altos techos y se detuvo junto a la
cristalera que separaba el Think Tank[1] de la sala de observación. Se inclinó sobre el
tablero de mandos y realizó algunos ajustes en el teclado del cubo traslúcido.
—Está bien, ya estás conectado a Brian. Ignora el resto de su cuerpo y
concéntrate sólo en el brazo derecho. Levanta el huevo y guárdalo en la caja.
—¿Desde aquí? —preguntó Paul, que se encontraba a tres metros del huevo.
—Limítate a pensar en mover el brazo que te falta. Lo mismo que hiciste con la
figura de la pantalla.
Paul compuso una mueca de concentración.
—No te esfuerces tanto. Imagina que el brazo de Brian es el tuyo.
En ese momento el brazo derecho del maniquí se dobló por el codo y la mano se
movió hacia delante y estuvo a punto de golpear el huevo.
—Cuidado, tómate tu tiempo.
Despacio, la mano se abrió, se acercó más al huevo y lo agarró. Paul dedicó una
sonrisa a Fleming.
—No está mal, no está nada mal —dijo éste—. Aunque ésa es la parte fácil.
Ahora debes levantarlo y meterlo en la caja. Presta atención a los sensores de
retroalimentación de las yemas de los dedos.
La mano del maniquí se alzó y se movió hacia la caja. Entonces se cerró de
pronto y aplastó la cáscara. Yema y clara se derramaron sobre la madera pulida.
Fleming se rió y dio unas palmadas a Paul en el hombro.
—Es más difícil que en pantalla, ¿verdad? Pero ha sido un primer buen intento.
Llamaron a la puerta y la jefa de enfermería, Frankie Pinner, asomó la cabeza. Era
una mujer atractiva, de unos treinta años, pelo moreno y amplia sonrisa. Dirigía la
enfermería que colaboraba con el equipo de médicos, científicos y enfermeras que
participaban en la investigación de Fleming, que tenía lugar en el ala este de Barley
Hall.
—Doctor Fleming, son las cuatro. Creo que quería pasar visita en la sala de
pacientes.
Fleming consultó el reloj.
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—Gracias, Frankie. ¿Podría quedarse y ayudar a Paul a terminar sus ejercicios?
—Se volvió para dirigirse a su paciente—. Sigue practicando —le dijo—. Una vez
controles a Brian, estarás listo para controlar tu propio brazo.
Abandonó el Think Tank, giró a la derecha, enfiló el pasillo del ala este y abrió
las primeras dos puertas batientes que quedaban a su izquierda.
La sala de pacientes ocupaba una estancia imponente, forrada de madera de roble,
con ventanales de arco ojival que daban a un lago artificial y a un césped muy
cuidado que se extendía rodeando la parte trasera de la clínica. Originalmente había
sido un gimnasio, en los tiempos Victorianos en que el edificio lo ocupaba un
internado para niños. La sala se componía de seis espaciosos cubículos privados
construidos alrededor de un área central abierta en la que se repartían varias sillas y
un televisor. En ella se alojaban los pacientes que debían pasar la noche en el centro
para someterse a pruebas clínicas imprescindibles para la investigación. Casi todos
permanecían allí varias noches antes de regresar a sus casas, o a algún hospital
especializado, como el Store Mandeville, en Buckimghamshire, que contaba con una
unidad de lesiones de médula.
A través de las puertas medio abiertas del primer cubículo ocupado, vio a una
muchacha dormida sobre una cama.
—¿Cómo está? —susurró. Hacía un año, dos meses después de cumplir los
dieciséis, su novio la había llevado a dar un paseo en moto. Él salió casi ileso del
accidente (apenas unos moratones), pero la columna vertebral de ella se rompió por la
base, paralizándola de cintura para abajo. Hacía apenas veinticuatro horas que el
equipo de Fleming le había insertado unos implantes eléctricos en la zona inferior de
la médula, así como en las piernas. Gracias al neurotraductor, esperaba que su cerebro
lograra ignorar el sector de médula dañado y que fuera capaz de controlar
directamente las piernas.
La enfermera alzó la vista.
—Se encuentra bien, doctor Fleming. En cuestión de días estará lista para su
primera prueba en el Think Tank.
El cubículo contiguo era el de Paul, y las puertas de los dos siguientes estaban
cerradas. Fleming las entreabrió para ver a los pacientes, que en ambos casos
dormían. Comprobó el estado de sus monitores y se alejó sin molestarlos, antes de
pasar al quinto cubículo. A medida que se acercaba, sintió flaquear su frialdad
profesional.
Fleming tenía sólo treinta y seis años, pero había sido testigo de tanto sufrimiento
que se había vuelto casi inmune a él. Sabía mejor que muchos cómo, en un instante,
podían destrozarse las vidas más hermosas. A lo largo de su carrera profesional, había
llegado a comprender una cosa: el sufrimiento era arbitrario y no tenía sentido
depositar nuestra fe en dioses para que nos protegieran de él.
A pesar de su fatalismo, le resultaba difícil aceptar la dura realidad que se había
abatido sobre la ocupante del quinto cubículo hacía once meses y se reforzaba en su
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convicción de que nada era permanente. Sus familiares y amigos, y en particular sus
exnovias, solían acusarlo de desear el cambio por el cambio, pero eso no era cierto.
Cuando estudiaba en Cambridge se enamoró una vez y estaba dispuesto a
entregarle su vida a ella. Pero ella se casó con un profesor veinte años mayor. A
Fleming se le rompió el corazón, pero sobrevivió. Desde entonces había mantenido
varias relaciones sentimentales, aunque ninguna le había devuelto la chispa de
aquella pasión. Más de una novia lo había dejado porque no se comprometía lo
bastante como para casarse. Cada vez que las cosas se ponían serias, él se asustaba y
lo dejaba. El cambio significaba la aventura. Los cambios, incluso los malos, ofrecían
posibilidades, e ir en busca de lo posible, aunque fuera contracorriente, era su
antídoto contra el sufrimiento.
A la mayoría de los pacientes alojados en aquella sala, así como a muchos otros
que había visto a lo largo de los últimos años, los médicos los habían desahuciado, les
habían comunicado que cualquier recuperación o cambio positivo era imposible en su
caso. Eso él no lo soportaba. Y menos en el caso de la ocupante del quinto cubículo.
—¡Miles! —Virginia Knight estaba de pie junto a la puerta de la sala. La
directora americana de Barley Hall había cumplido los cincuenta, aunque no los
aparentaba. Alta y delgada, se veía elegante con su traje chaqueta azul marino;
llevaba el pelo rubio y corto, peinado de un modo que suavizaba las facciones
angulosas de su rostro alargado y de gesto inteligente. Se quitó las gafas y le sonrió
—. ¿Puedes acompañarme un momento a mi despacho? Es bastante urgente.
Fleming clavó la mirada en el quinto cubículo. Podía esperar. La paciente no iba a
marcharse a ninguna parte.
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4
El despacho de la directora.
S
ituado en el edificio central de la mansión victoriana, el despacho era un
aposento espacioso con molduras en los techos, altos rodapiés y una
magnífica vidriera que daba al jardín.
Miles Fleming cruzó los brazos y se reclinó en el gran sofá Chesterfield que la
directora insomne usaba con frecuencia por las noches.
—¡Virginia! Esto no es serio. ¿Desde cuándo es urgente una migraña?
Virginia Knight se levantó, se alejó del escritorio y se acercó a la cafetera italiana,
en la que preparó dos expresos.
—Es importante, Miles, créeme —le dijo, alargándole la taza.
Fleming negó con la cabeza.
—Pero es que necesito el Think Tank y el neurotraductor esta noche. Está aquí
Paul, y hay que preparar a Rob para su ensayo de comunicación de mañana. El
programa de investigación ya está muy cargado tal como está. Después del éxito con
Jake, se ha suscitado un gran interés por el neurotraductor. Tenemos una cola de un
kilómetro de pacientes voluntarios y no puedo dejar que nadie se la salte, porque todo
el programa se retrasaría… Y mucho menos alguien que viene con un simple dolor de
cabeza, ¡por Dios!
Virginia Knight suspiró.
—Miles, olvidas que tanto Jake como Rob se saltaron la cola.
—Eso fue distinto. No puedes comparar sus casos con éste.
—Fue diferente para ti. Por eso nunca cuestioné la decisión de mi predecesor de
hacer la vista gorda ante tu cambio de prioridades. Pero de acuerdo con el estricto
protocolo de la Junta de Barley Hall, no se respetaron las reglas. Lo único que digo es
que, como directora de Barley Hall, debo hacer lo que es mejor para la clínica, y por
eso te informo de que has de sacar tiempo para esta paciente. Esta noche.
Miles Fleming dio un sorbo al café. No tenía nada en contra de Virginia Knight,
pero si había empezado a trabajar allí hacía ocho años, tras doctorarse en medicina
por la universidad de Cambridge, no había sido por ella. A diferencia de Knight, que
era una doctora metida a administradora, su predecesor había sido un investigador
puro, un verdadero científico. El gran y ahora difunto profesor Henry Trier había sido
uno de sus maestros en Cambridge. Y cuando se hizo cargo del Consejo Neurológico
—un equipo de investigación creado por un consorcio entre la empresa privada, la
Universidad de Cambridge y la unidad de lesiones medulares del Store Mandeville—,
Fleming no desaprovechó la ocasión de trabajar con él.
Hacía ocho meses, Trier había sufrido su infarto mortal y Knight, que ya ocupaba
diversos cargos directivos y ejecutivos, fue propuesta para sucederle. Fleming
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entendía por qué la habían escogido a ella: era extraordinaria en aspectos como la
dirección, la publicidad y la recaudación de fondos pero, en ocasiones, le preocupaba
que pusiera los intereses comerciales por delante de los pacientes y la investigación.
—Dejando de lado la cuestión de saltarse la cola —dijo ella, buscando una revista
que tenía en el escritorio—, permíteme que te explique cuáles van a ser los beneficios
si visitas a la doctora Amber Grant esta noche. —Le alargó la publicación—. Antes
que nada, ¿sabes de quién se trata?
—Sí, claro, he oído hablar de ella.
Eso era precisamente lo que le preocupaba. Amber Grant era rica y famosa, y en
opinión de Knight aquello la hacía especialmente merecedora de tratamiento. La
revista era Time, y la portada mostraba la imagen retocada de Bradley Soames que
aparecía en todas las publicaciones, y junto a él el rostro asombrosamente bello de su
socia, Amber Grant. El pie de foto rezaba: «Enfocamos a los magos de la luz».
Fleming la hojeó. En la página seis encontró una entrevista con Amber Grant,
programada sin duda para que coincidiera con el muy publicitado lanzamiento de la
pantalla blanda de Lucifer. El propio neurotraductor de Fleming se basaba en el
ordenador óptico de esa marca y dependía de la tecnología que Grant y Soames
habían desarrollado. A pesar de su irritación, sentía cierta curiosidad, que se
acrecentó tras leer el perfil biográfico del enigmático y anacoreta Bradley Soames, el
hombre al que muchos consideraban el genio oculto tras el éxito de Optrix.
—Sigue leyendo —le conminó Knight.
Fleming terminó de hojear el artículo. En su mayor parte, su autor se dedicaba a
reproducir la famosa leyenda de aquel hombre, pero algunos pasajes lograron ejercer
en él no poca fascinación, en especial el que hacía referencia a los primeros años de
su vida:
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convencido de que los fotones podían explotarse para procesar, almacenar y
transmitir datos.
A los dieciséis ya había superado incluso a los más avezados tutores que sus
padres habían contratado para que lo educaran en casa, por lo que se matriculó en la
Universidad Tecnológica de Pasadena, una de las más prestigiosas del mundo en su
especialidad, y se licenció con matrícula de honor dos días antes de alcanzar la
mayoría de edad (más joven que la mayoría de alumnos que solicitaban su ingreso en
la facultad). Pero él no estudiaba para aprobar exámenes: lo que él buscaba era un
socio. Quería encontrar a alguien con una capacidad intelectual lo bastante
desarrollada como para comprender sus conceptos, alguien con ímpetu, don de gentes
y carácter, capaz de dedicarse a lo que a él le estaba vedado: salir a la luz y ayudarle a
materializar su sueño. Y esa persona iba a ser una alumna de doctorado que realizaba
investigaciones sobre física de partículas: Amber Grant.
Mucha gente, incluida la propia Amber, había pensado en la posibilidad de
desarrollar un ordenador óptico, pero hasta el momento los diseños se habían basado
exclusivamente en el uso de fibra óptica. Aunque hubieran funcionado, esos aparatos
habrían supuesto un gran volumen de cables. El planteamiento de Soames era muy
distinto: proponía recurrir al sonido para crear un campo eléctrico fuerte,
imprescindible para mantener los pares electrón-hueco separados el tiempo suficiente
como para atrapar la luz y los datos almacenados en ella antes de dejar que siguieran
su camino.
La visión de Soames y la dedicación de Amber Grant, a las que se sumaron
bastantes modificaciones relativamente menores, cada una de ellas merecedora, por sí
misma, de un doctorado, condujeron a la invención, hace ocho años, del primer
ordenador óptico del mundo de uso práctico. Y convirtieron Optrix Industries, con
sede en San Francisco, en una de las empresas de crecimiento mundial más rápido
que han existido jamás.
Además de su papel en Optrix, Bradley Soames pasa cada vez más tiempo en sus
dominios privados de Alaska, agrupados bajo el nombre de VenTec Foundation,
dedicado a la innovación tecnológica…».
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Bobby no conseguirá ningún resultado práctico hasta que hayan transcurrido algunos
decenios.
Knight se rió.
—Bueno, esa percepción está cambiando deprisa. Tus avances con Jake causan
asombro. Y debemos sacarles partido. Bradley Soames está interesado en el
neurotraductor y está dispuesto a invertir mucho dinero para desarrollarlo.
Eso Fleming ya lo sabía. Hacía seis meses, Soames lo había tanteado
indirectamente, proponiéndole que se incorporara a su equipo de VenTec.
—¿De modo que, a cambio de su financiación, tengo que examinar a su preciosa
colega con nuestro neurotraductor? Además de desplomarse cada vez que tiene una
migraña, ¿qué más le pasa?
Knight dio unos golpecitos con el índice a la carpeta que tenía sobre el escritorio.
—He aquí una razón más para que la visites: sería el sueño de cualquier
investigador. Su historial médico resulta fascinante y, como neurólogo, podrías
aprender mucho de ella. No te opongas esta vez. Miles, esto te interesa. Y sólo va a
retrasar uno o dos días tu programa de investigación, un inconveniente menor
comparado con todos los beneficios que va a traernos.
A pesar de las reticencias de Fleming, no pudo evitar sentirse interesado.
—¿Beneficios?
—Es única —insistió Knight—. Te pasaré por correo electrónico su historial
médico, pero estas notas que te entrego ahora te darán una idea de lo que quiero decir.
A regañadientes, Fleming levantó la carpeta. Virginia Knight era una
manipuladora en toda regla y él desconfiaba de ella. Volvió a fijarse en la hermosa
mujer que lo miraba desde la portada de la revista Time.
—Sigo sin entender que debamos darle prioridad sobre mis otros pacientes. No
tiene ningún miembro amputado, ¿o sí?
Virginia Knight se apoyó en el respaldo de la silla y esbozó una amplia sonrisa.
—No exactamente —dijo, mientras Fleming abría la carpeta, examinaba la
primera radiografía y ahogaba un grito—. No exactamente.
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5
Barley Hall.
5 p. m.
C
uando la ambulancia que trasladaba a Amber Grant llegó a Barley Hall ya
era de noche. La migraña que la paralizaba había remitido pero, como
siempre, aún se sentía débil. Los dolores de cabeza aparecían sin previo
aviso y ella se había resignado a ellos. Sin embargo, aquel último ataque le había
causado especial indignación. Se había derrumbado en plena presentación y la
sensación de fracaso no la abandonaba. Su trabajo era una de las cosas más
importantes de su vida, y se había decepcionado a sí misma y a los asistentes, en
presencia de todos los medios de comunicación, por si fuera poco. Además, iba a
perderse la cena de gala esa noche, y la ronda de publicidad y reuniones prevista para
la mañana siguiente, antes de su regreso a San Francisco. A pesar del dolor, su deseo
había sido regresar a la Sala de la Turbina y seguir con su misión, pero Bradley
Soames había insistido en que acudiera al centro. Fuera lo que fuera lo que le
indicaran los especialistas, estaba decidida a tomar el vuelo de regreso al día
siguiente, pues quería ir a visitar a su madre enferma, Gillian.
Al franquear las imponentes verjas de Barley Hall, se fijó en el impecable césped.
Incluso en la penumbra, en el crepúsculo de aquel invierno incipiente, todo parecía
más verde y frondoso que en California y no pudo evitar comparar aquella mansión
victoriana con los anodinos hospitales y clínicas estadounidenses a los que la
llevaban de niña.
Hasta hacía nueve meses, aquellas clínicas eran sólo un mal recuerdo, pero desde
que habían comenzado aquellas migrañas, que cada vez la inhabilitaban más, había
retomado el contacto con hospitales, médicos y análisis. En el último medio año se
había sometido a todas las pruebas posibles, a escáneres, resonancias magnéticas,
ecografías, tomografías, pero no habían encontrado nada que explicara su estado.
Cuando Soames la conducía personalmente desde la Sala de la Turbina hasta la
ambulancia, ella se mostró escéptica ante esa nueva consulta con otro «especialista».
Pero él insistió en que debía visitarse con el doctor Miles Fleming.
—Amber, tú siempre me recuerdas todo el daño que me hicieron antes de que me
diagnosticaran el XP. Cada dos meses me impides que despida a mi dermatólogo y
me insistes en que le haga caso y me extirpe otro maldito melanoma antes de que me
lleve a la tumba. ¿Y sabes una cosa? Seguramente eres la única persona en el mundo
a quien hago caso. De modo que ahora quiero que me hagas caso tú. Quiero que te
examinen bien esos dolores de cabeza. Ese tipo, Miles Fleming, es muy listo. Su
neurotraductor es la mejor aplicación de nuestro ordenador óptico que existe… y que
incorpora la nueva generación de secuenciadores genéticos.
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Para Soames, la mayoría de gente era tonta y al resto los consideraba mediocres,
de modo que si hablaba de aquel inglés de treinta y seis años en términos tan
elogiosos, era porque sin duda debía de constituir un caso excepcional.
Los auxiliares le ofrecieron una silla de ruedas, pero ella prefirió entrar por su
propio pie en el elegante vestíbulo. No soportaba que la consideraran una inválida.
Aunque se pasaba media vida trabajando en laboratorios, se enorgullecía de
mantenerse en forma, y para lograrlo nadaba todas las mañanas en la piscina de
Optrix. Una vez en el interior del centro, la recibió una enfermera que sostenía un
bloc de notas.
—Buenas noches, doctora Grant. Soy la jefa de enfermería, Frankie Pinner.
¿Puede caminar? ¿Necesita algo para el dolor?
—Por el momento estoy bien, gracias.
—En ese caso, ¿le importaría sentarse en la sala de espera mientras voy a buscar
al doctor Fleming? Si necesita algo, informe en recepción.
En una esquina del gran vestíbulo había dos hileras de sofás dispuestos respaldo
contra respaldo. Amber se sentó en uno de ellos y extrajo el comunicador móvil de un
bolsillo. El aparato, no mayor que un teléfono, se abrió en dos mitades: una contenía
un escritorio con pantalla táctil, y la otra, un teclado numérico. Pulsó un botón del
escritorio y, de una ranura central, se elevó una pantalla. Cuando se disponía a revisar
su correo electrónico y sus mensajes de móvil, oyó que alguien aspiraba con fuerza y
susurraba «¡Uau!».
Al volverse vio a un niño que, de pie en el otro sofá, miraba por encima de su
hombro. Tenía el pelo rubio, peinado de punta, un rostro abierto, expresivo, y unos
ojos grises, enormes, que no se apartaban de aquel prodigio tecnológico que era la
pantalla de su comunicador. Una mujer, demasiado mayor para ser su madre, estaba
sentada a su lado, leyendo una revista.
—¿Es tuyo? —le preguntó el niño, apoyando una mano en su hombro y
poniéndose de puntillas sobre el sofá para ver mejor.
Ella le sonrió.
—Sí.
—Nunca había visto uno así.
—Es nuevo.
—¿De dónde lo has sacado?
—Lo he fabricado yo —puntualizó ella—. O, mejor dicho, mi empresa.
El niño la miró fijamente.
—¿Eres un genio? —le preguntó con absoluta seriedad.
Ella se echó a reír.
—No.
—Pues mi tío sí es un genio —replicó él sin inmutarse.
—Vaya, estoy impresionada. ¿Cómo te llamas?
—Jake.
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—Hola, Jake. Yo me llamo Amber.
Él le dedicó una amplia sonrisa.
—¿Y qué hace ese aparato?
—Muchas cosas. Con él puedes llamar, enviar e-mails, calcular cosas, consultar
la previsión meteorológica, los resultados deportivos…
—¿Y tiene juegos?
—Sí, claro.
—¿Y da los resultados del fútbol?
—Sí, claro… —respondió, rebuscando en su mente. Los deportes eran un agujero
negro para ella. En su país, seguía al equipo de fútbol americano de los Forty Niners,
pero sólo porque Optrix los patrocinaba.
—¿De qué equipo eres?
—Del Manchester United, claro —respondió, como si sólo un tonto pudiera ser
de otro equipo—. Me encanta el fútbol.
—Y seguro que juegas muy bien.
—Ya no tanto, pero estoy empezando a mejorar otra vez.
Algo en aquellas palabras le hizo detenerse.
—Doctora Grant… —Amber alzó la vista y comprobó que la enfermera con el
bloc de notas había regresado—. Si me sigue, la llevaré directamente al Think Tank.
Si necesita ir al baño, o quiere un vaso de agua, pídamelo, por favor. Ya rellenaremos
más tarde los formularios de ingreso.
—Tengo que irme, Jake —dijo, y se levantó para seguir a la enfermera.
Cuando ya se había puesto de pie, se volvió y miró al niño. Y entonces entendió
por qué ya no jugaba tan bien al fútbol. Sintió una punzada en el corazón. Ella sabía
bien lo que era ser un niño diferente a los demás, pero reprimió la lástima que sentía
para que no asomara a su rostro y le estrechó la mano.
—Ha sido un placer conocerte, Jake. Y que tu equipo tenga suerte.
—Adiós, Amber —respondió él esbozando una sonrisa.
La enfermera condujo a Amber al ala este y, una vez allí, la guió por un largo
pasillo hasta el Think Tank. La hizo pasar a un cuartito contiguo en el que había un
escritorio, un ordenador óptico Lucifer, dos sillas y un panel de monitores. Una
ventana conectaba ese espacio con el Think Tank y ella supuso que se trataba de una
sala de observación. La enfermera le sirvió un vaso de agua y se ausentó.
Sentada en una butaca cómoda, algo apartada del escritorio, Amber echó un
vistazo a aquella habitación. En el tablón de anuncios que ocupaba parte de una pared
había clavadas postales de felicitación y fotografías de quienes debían de ser
pacientes y miembros del personal. Una llamó su atención, pues en ella aparecían dos
hombres bronceados y vestidos con ropas de escalada, de pie sobre el pico nevado de
una montaña, recortados contra un cielo de un azul intensísimo. Se parecían mucho,
tal vez fueran hermanos, y enlazaban las manos sobre sus cabezas, en señal de
triunfo.
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Entonces se vio reflejada en la ventana de observación. Se veía pálida, cansada.
Inconscientemente, se echó el pelo hacia atrás, dejando al descubierto el lado
izquierdo de su rostro, la cicatriz plateada que le recorría la sien y le llegaba hasta el
cuero cabelludo. Así, ponía en evidencia que le faltaba la oreja izquierda, hecho
todavía más evidente en contraste con el vistoso pendiente de jade y oro que lucía en
la derecha. Se había negado siempre a la cirugía plástica. En su opinión, borrar todo
rastro de la operación a la que se sometió de niña sería algo así como un acto de
traición.
—¿Doctora Grant? Soy Miles Fleming.
El especialista entró en la sala mientras ella se alisaba la falda y se atusaba el
pelo. Lo reconoció al instante: era uno de los dos escaladores de la foto. Y su imagen
no se correspondía en absoluto con la que esperaba encontrar. Exceptuando la bata
blanca, desabrochada, su aspecto no era el de un científico, al menos si lo comparaba
con los que ella conocía, y no estaba preparada para enfrentarse a una presencia física
tan poderosa. Era alto, un metro ochenta como mínimo, y se movía con esa gracia
inconsciente propia de las personas que coordinan bien sus movimientos. Llevaba el
pelo moreno bastante despeinado, y la ropa algo arrugada, así como su piel,
desprendían ese encanto de la vida al aire libre. Cuando le alargó la mano para que se
la estrechara y sonrió, alrededor de sus ojos se formaron unas pequeñas patas de
gallo. Sintió el calor de su mano grande y apretó la suya con firmeza.
—Siento haberla hecho esperar, pero hemos tenido que reorganizarlo todo un
poco.
—No se preocupe. Le agradezco que me visite habiéndole avisado con tan poca
antelación.
—¿Y su migraña? ¿Cómo va el dolor?
—Bajo control.
—Bien. Si le parece, le explicaré un poco por encima lo que hacemos aquí y
luego tratamos de su problema.
—Cómo no.
—Básicamente, el trabajo que realizamos aquí, en Barley Hall, se divide en dos
áreas. El ala oeste se ocupa de investigación científica pura y dura, y se centra en
trabajos de regeneración con células madre, reconstrucción de médula espinal y esas
cosas. En el ala este, que es donde se encuentra mi equipo, la investigación es de tipo
más práctico. Nos especializamos en explotar las señales del cerebro para ayudar a
las personas con amputaciones y a los parapléjicos a recobrar el control de sus
miembros paralizados y a utilizar sus prótesis. —Fleming le sonrió—. También
ayudamos a gestionar el dolor.
A Amber le gustó su sonrisa, pero todavía no estaba preparada para confiar en él.
—¿Ah, sí? ¿Y qué me dice del dolor en una parte del cuerpo que no existe?
—Pues, aunque no lo crea, ésa es una de nuestras especialidades.
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6
D
espués de leer su historial médico, Miles Fleming concluyó que conocía al
menos dos casos parecidos a los de Amber Grant, uno en Estados Unidos y
otro en Francia, aunque ninguno de aquellos dos pacientes había recurrido a
la cirugía. Nunca, en sus estudios, se había encontrado con nadie que, habiéndose
sometido a aquella intervención, hubiera sobrevivido. Y, dados los éxitos cosechados
junto a Bradley Soames en Optrix, Amber Grant no sólo había sobrevivido, sino que
había salido airosa, con su magnífico cerebro intacto.
Se volvió hacia el ordenador óptico Lucifer encendido sobre el escritorio. Se
trataba de un cubo traslúcido que albergaba una esfera de luz parpadeante sobre una
espiral de fibra óptica. Detrás se hallaba la pantalla de plasma KREE8[2], de fotones
retardados, diseñada para mostrar lo que parecían ser imágenes tridimensionales. En
ángulo con la pantalla estaba el panel de control, que Fleming manipuló para acceder
a los archivos de Amber Grant, almacenados en el Archivo de Seguridad de Barley
Hall. La información apareció apenas solicitada, pues viajaba a la velocidad de la luz.
Examinó las radiografías en pantalla y después la observó a ella. No había señales
visibles de la operación, aunque se fijó en los ojos y el pelo de Amber, que llevaba
peinado de modo que ocultaba el lado izquierdo de su rostro, abundante como el de
un animal, muy negro y brillante. Los ojos, enormes, gatunos, eran de una tonalidad
exquisita: los iris de un verde intenso, salpicados de oro. Tenía una nariz fina y una
piel aceitunada. Un solo pendiente, de jade y oro, muy vistoso, colgaba de la oreja
derecha, en el lado de la cara que el cabello dejaba al descubierto. Los labios,
gruesos, eran del color de un coral pálido. Era una de las mujeres más exóticas que
había visto en su vida.
—¿Me permitiría ver dónde le practicaron la incisión?
—Por supuesto.
Amber se retiró el pelo del lado izquierdo del rostro.
Fleming se levantó y se acercó a ella. Al inclinarse para examinarla le llegó su
perfume, sutil pero intenso, como de una flor tropical. Estudió la limpia cicatriz
plateada que se iniciaba en la parte superior del cuero cabelludo y pasaba por la sien,
antes de regresar al pelo por la zona de la nuca. No tenía oreja, pero la marca de la
operación era allí tan leve que parecía tratarse más de una omisión que de un físico
desfigurado.
Regresó a su asiento y volvió a estudiar la imagen del ordenador.
—Hablemos de sus migrañas —dijo—. Según consta en su historial, se iniciaron
hace unos ocho o nueve meses. Hasta entonces nunca había sufrido dolores de
cabeza.
—Exacto.
—Las tiene unas diez veces al mes.
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—Más o menos.
—¿Y cuánto dura un ataque?
—Depende. Si no tomo analgésicos inmediatamente, el ataque es más fuerte y
puede durar hasta una hora. Pero lo que me paraliza es lo que viene después. Me
siento tan agotada que hasta pasadas varias horas no soy capaz de hacer nada.
—¿Y qué toma?
—Tylenol Blue. No me quita el dolor, pero al menos lo suaviza un poco.
Fleming asintió.
—¿Podría describir el dolor?
Ella se encogió de hombros.
—Es como si una aguja al rojo vivo se me clavara en el cerebro y me inyectara
cargas explosivas. Veo luces y estrellas pasar frente a mis ojos, y siento náuseas. A
veces, como hoy, me caigo al suelo.
Fleming sonrió.
—Suena divertido. —Hizo una pausa y volvió a concentrarse en la pantalla—. ¿Y
el dolor es siempre en el mismo punto?
—Sí.
—¿Dónde? ¿Podría indicarme la ubicación exacta?
—Aquí todavía siento una presión —dijo, levantando la mano izquierda para
señalarle la zona—. Es exactamente aquí.
Fleming volvió a asentir con un movimiento de cabeza y verificó la imagen de la
pantalla. Ella apuntaba a una zona que se encontraba a escasos centímetros de la sien
izquierda.
—Bastante raro, ¿verdad? —apuntó ella, sosteniendo el vaso de agua.
Ahora fue él quien se encogió de hombros.
—Es poco usual, sí, pero no inexplicable.
La imagen de la pantalla, extraída del historial de Amber Grant, mostraba una
radiografía de dos niñas mirando en direcciones opuestas. Sus cráneos estaban unidos
por la sien izquierda, compartían el mismo hueso. Pero lo que hacía a esas siamesas
aún más excepcionales era que se hallaban unidas no sólo por el cráneo, sino también
por el cerebro. Una porción considerable del tejido del lóbulo temporal se superponía
y, aun así, según todos los registros, las dos niñas tenían personalidades distintas y
mostraban rasgos de carácter individuales.
Amber Grant dejó el vaso sobre el escritorio y Fleming se fijó en lo lentos y
conscientes que eran sus movimientos. Mientras permanecía sentada, inmóvil,
ladeaba ligeramente la cabeza hacia la izquierda, como si escuchara a alguien que le
hablara encaramado a su hombro.
Los archivos habían revelado los detalles de su vida. Amber y su hermana
siamesa, Ariel, habían nacido hacía treinta y siete años, hijas de una madre brasileña
muy pobre, que ya no habría podido permitirse mantener a unas gemelas normales, y
mucho menos a unas siamesas. La madre las abandonó en un precario hospital de Sao
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Paulo pero, gracias a la intervención de un cura jesuita, fueron adoptadas por una
pareja católica y sin hijos de Estados Unidos.
Los primeros ocho años de su vida los pasaron felizmente con sus padres
adoptivos en California. Las llamaban las siamesas danzarinas, porque se movían y
caminaban juntas como si bailaran. Ariel siempre era la más fuerte, la líder, mientras
que Amber se mostraba más tranquila. Luego surgieron complicaciones en los
riñones de ésta. Las siamesas compartían el riego sanguíneo, y durante un tiempo los
riñones de Ariel les sirvieron a las dos. Pero entonces se hizo evidente que su corazón
también funcionaba para su hermana y que pronto se agotaría, incapaz de soportar
aquella doble exigencia. Si no las separaban y la enfermedad de Amber seguía
agravándose, ésta no sólo moriría, sino que mataría a su hermana.
Existía una complicación adicional: aunque sus personalidades eran distintas,
compartían una porción clave del tejido cerebral. La probabilidad de que las dos
sobrevivieran a la operación con la mente intacta era muy remota. Aun así, sus padres
no podían hacer otra cosa y autorizaron su paso por el quirófano. Dos meses después,
el corazón y los riñones de Amber se habían estabilizado y su salud mejoraba por
momentos. Pero Ariel había muerto en la mesa de operaciones.
A Fleming no le hacía falta el historial clínico para saber que Amber albergaría
siempre sentimientos de culpabilidad por la pérdida de su hermana —a quien
separaron de ella porque la estaba matando. Tal vez por ello nunca había querido
someterse a una intervención de cirugía correctiva para recuperar la oreja que le
faltaba y disimular la cicatriz. Según las notas médicas, un psicólogo le había
preguntado al respecto. Y ella había respondido: «¿Por qué habría de querer cirugía
estética? Ella era la mejor parte de mí».
Fleming observó a Amber y vio que ella le clavaba la vista, lo retaba con la
mirada.
—¿Y bien? —dijo—. ¿Alguna idea inmediata?
Él giró la pantalla del ordenador para que ella viera la imagen de la radiografía en
que su cráneo aparecía unido al de su hermana. Le señaló el área del lóbulo temporal.
—La ubicación de su dolor es ésta, exactamente el punto en que el cerebro de su
hermana se unía con el suyo. En cierto sentido, la cosa está bastante clara, y supongo
que otros especialistas se lo habrán comentado ya. Siente usted un dolor fantasma
clásico. No se trata de algo tan excepcional. Tenemos a un joven, Paul, en la sala de
pacientes que está al fondo de este mismo pasillo, que lleva cuatro años sufriendo
dolores en su brazo amputado. Hemos logrado que remitan gracias al neurotraductor,
pero para él esos dolores eran muy reales. Cuando se pierde una parte del cuerpo en
un accidente traumático, la víctima puede seguir experimentando un dolor agudo en
esa parte del cuerpo que le falta. A menudo, el dolor refleja el daño que sufrió ese
miembro, como si las últimas señales enviadas al cerebro fueran las que éste
recuerda.
Amber asintió.
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—Pero yo no perdí un miembro.
—No, eso es lo que hace que su caso sea tan excepcional. Usted perdió a otra
persona. —Hizo una pausa para tratar de expresar con palabras lo que pensaba—. Lo
que la convierte en un caso único, Amber, es que usted posee parte del cerebro de una
persona muerta.
Ella frunció el ceño, afectada por la imagen de su hermana gemela en la pantalla.
—De eso ya soy consciente. Pero ¿qué significa? —Y entonces palideció—.
¿Quiere decir que siento el dolor de Ariel? ¿Podría ella, de algún modo, estar
todavía…?
Compuso tal expresión de horror que Fleming se inclinó sobre la mesa y le rozó
el hombro.
—No. Puedo asegurarle que ese dolor es suyo. Como en el caso de Paul y su
brazo, su cerebro, simplemente, se vincula a un tejido que le falta y que, por alguna
razón, piensa que sigue ahí. Ariel ya no sufre. Ella ya no está. —Trató de quitarle
hierro al asunto—. Vamos, Amber, usted también es científica.
—Soy física especializada en el estudio de partículas, Miles —objetó ella—. Y lo
que el mundo de lo cuantos me ha enseñado es que no podemos estar seguros de
nada. —Entrecerró los ojos y él supo que estaba harta del trato paternalista de quienes
se autoproclamaban «expertos»—. Durante toda mi vida he tratado de comprender lo
que le sucedió a mi hermana. He estudiado filosofía, física e incluso teología, y por el
momento lo que he aprendido es que no sabemos gran cosa. —Sonrió secamente y se
echó hacia atrás—. Lo que pretendo decirle, Miles, es que no consiento que nadie me
«asegure» nada.
Fleming alzó las dos manos en señal de rendición. Él tampoco comprendía cómo
funcionaba la vida. Pero lo que sí sabía era que cuando se acababa, se acababa. No
tenía sentido malgastar energía mental preocupándose por la otra vida, porque no la
había. Gracias a Dios.
—Amber, no soy tan necio como para pretender debatir sobre los caprichos de la
física cuántica con usted, pero sí sé algo sobre el cerebro humano. El cerebro es capaz
de muchas cosas raras y puede hacernos creer que cualquier cosa es real, ya sea el
dolor de un miembro amputado, ya sea la existencia de un ser divino. Tras pasarme
toda la vida estudiándolo, estoy convencido de que todo lo que experimentamos en
este mundo puede explicarse por la actividad eléctrica y química que se da en ese
órgano con forma de nuez que ocupa nuestro cráneo. El amor, las creencias
religiosas, nuestro sentido del yo, todo procede del cerebro físico, y una vez lo físico
desaparece, desaparece también la mente. Usted sigue aquí, Amber, pero Ariel no. Tal
vez sienta dolor porque su cerebro puede seguir enviando señales a su ser físico, pero
su hermana gemela ya no sufre. Y no puede sufrir porque ya no existe. Eso no es
teoría cuántica; eso es un hecho físico.
Amber le sonrió y dulcificó el tono, que de la confrontación pasó a la burla sana.
—Como veo que habla usted de la muerte y del más allá, déjeme decirle que soy
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católica.
Fleming se echó a reír.
—Ya no quedan muchos como usted. Creía que la mayoría de católicos se habían
pasado a la Iglesia de la Verdad del Alma.
Ella sonrió de nuevo.
—No soy muy devota pero, ya sabe, cuando el padrino de una es un sacerdote
jesuita que te salva la vida y te adopta una pareja de católicos, aunque no lo quieras
eso te impone ciertas lealtades.
—Supongo que sí —admitió Fleming—. En cualquier caso, ahora ya sabe que yo
soy ateo con trasnochadas certezas newtonianas, y yo ya sé que usted es católica con
tendencias cuánticas. Lo que todavía no sabemos con exactitud es por qué tiene esas
migrañas, ni cómo podemos quitárselas. Su cerebro tendrá que darnos la respuesta a
esas preguntas. —Se puso en pie y se acercó a la puerta, indicándole con la mano que
le siguiera hasta el Think Tank—. Tal vez sea buen momento para que le presente el
neurotraductor.
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7
—
É
sta es la sala de reconocimiento —dijo Fleming—, aunque todo el mundo
la llama el Think Tank.
Con sus techos ornamentados y sus molduras para cuadros, la
estancia parecía la antítesis de la tecnología punta que exhibía el equipo, de los
cartuchos de oxígeno, de los monitores médicos y demás aparatos. Sobre una mesa,
en el extremo más alejado de la sala, otro cubo traslúcido se apoyaba sobre una
gruesa base; contenía una esfera de luz de intensidad intermitente, del tamaño de una
pelota de fútbol; junto a él, un casquete azul conectado a unos electrodos y un teclado
inalámbrico. Una gran pantalla de plasma colgaba de la pared.
—Aquí es donde va a dormir esta noche.
—¿Sin cama? O sea que éste es un lugar espartano.
—Disponemos de camas con ruedas. Le traerán una desde la sala de pacientes.
Muchas de las personas a las que tratamos no se mueven, de modo que es más fácil
traerlos con ellas incorporadas. El equipo de curas intensivas que rodea la cama es
para casos de emergencia. Algunos de nuestros pacientes se encuentran en situación
crítica, por lo que no podemos correr ningún riesgo. Pero de todos modos, esta noche
Brian se ocupará de usted.
—¿Brian?
Fleming se encogió de hombros.
—Se trata de un nombre absurdo que le ha quedado. Al principio, un asistente
técnico escribió un informe sobre el neurotraductor, al que denominaba «brain
machine», máquina cerebral. Pero se le escapó un error de imprenta y en vez de
«brain» puso «brian», y ahora todos los médicos y enfermeras lo llaman Brian. Es
una tontería, pero así no nos ponemos demasiado pomposos. —Se acercó al maniquí
y le dio unas palmaditas—. A éste también lo llamamos Brian. Lo usamos para que
los amputados y los parapléjicos se entrenen pensando las órdenes. —Hizo una pausa
—. ¿Sabe algo sobre el neurotraductor? Se basa en el Lucifer, de modo que seguro
que sabe bastante sobre la tecnología que usa.
Ella se acercó también y rozó el cubo traslúcido, estudiando la esfera de brillo
variable que contenía.
—Supongo que el procesador óptico proporciona la energía y la velocidad que
permiten traducir las señales neuronales.
—Exacto. En la base hay también un amplificador de señales neuronales, así
como un conversor óptico-analógico que permite que las ondas cerebrales del sujeto
se comuniquen directamente con el ordenador. —Levantó la gorra—. A esto lo
llamamos «casquete de pensamiento». Cada nudo de este diseño entretejido en forma
de red lleva un electrodo para monitorizar la actividad eléctrica del cerebro a través
del cráneo. Toda la comunicación entre esta prenda y el ordenador es inalámbrica. El
neurotraductor es, en esencia, una unidad de bioretroalimentación perfeccionada,
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parecida a los primeros sistemas Biomuse desarrollados por Lusted y Knapp a
principios de la década de los noventa para ayudar a parapléjicos y amputados.
Amber asintió. Había leído sobre los aparatos de Biomuse. Se habían diseñado en
primera instancia para detectar y amplificar los impulsos eléctricos residuales de
tejidos musculares, así como los impulsos generados por los movimientos oculares.
—Pero el neurotraductor es mucho más avanzado, supongo. Para empezar, no usa
señales de electromiograma (EMG) ni de electrooculografía (EOG).
—Así es. Recurre a señales de electroencefalograma (EEG). Hace unos seis años
me convencí de que podíamos lograr mayor control sobre los ordenadores si
explotábamos las señales considerablemente más complejas presentes en el cerebro
humano. Nuestra ambición era, simplemente, aprovecharnos del cerebro mismo.
Amber sonrió al oír ése «simplemente». En su nivel más simple, la actividad
cerebral humana —el pensamiento—, estaba compuesta de la electricidad que
recorría varias uniones neuronales del cerebro a toda velocidad. Ya en 1929, el
psiquiatra alemán Hans Berger había acuñado el término «electroencefalograma», o
EEG, para describir registros de fluctuaciones de voltaje en el cerebro que podían
detectarse recurriendo a electrodos aplicados sobre el cuero cabelludo.
Con el paso de las décadas empezaron a identificarse numerosas señales
continuas de los EEG: las ondas alfa aparecían con acciones tan simples como cerrar
los ojos; las ondas beta se asociaban a un estado de alerta de la mente; las tetha
aparecían con el estrés emocional; las delta se registraban durante las fases de sueño
profundo. Y las mu estaban relacionadas con la corteza motriz: disminuían con el
movimiento o con la intención de moverse.
Fleming dio una palmada a la esfera.
—Gracias a su ordenador óptico Lucifer, hemos sido capaces de identificar y
analizar todas las ondas cerebrales estándar y de hallar otras nuevas, y hemos logrado
trazar un mapa detallado del cerebro en acción. Al amplificar y descifrar esas
longitudes de onda, en especial su modo de operar juntas para crear patrones, hemos
aprendido a interpretar los impulsos eléctricos.
Amber empezaba a comprender por qué Bradley Soames había quedado
impresionado con el invento de Fleming.
—Deduzco que su máquina es capaz de aprender.
—Exacto. Del mismo modo en que se buscan las ondas radiofónicas, la red
neuronal del neurotraductor busca modelos complejos de actividad cerebral y los
relaciona con órdenes e intenciones manifiestas. Brian se acerca tanto como cualquier
otra entidad haya hecho a lo largo de la historia a la comprensión y expresión de los
pensamientos humanos y realiza un mapa de sus mentes.
—¿Es Brian una entidad consciente?
Fleming se echó a reír.
—No. Brian usa una lógica puntillosa y se le da muy bien poner a prueba nuestro
cerebro, así como investigar lo que pensamos, pero carece de voluntad y no es capaz
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de pensar por sí mismo con el conocimiento de sí mismo que solemos asociar a la
conciencia. Si imagina que el pensamiento independiente es una pelota, entonces
diríamos que Brian es un espectador genial, un analista, un comentarista, un juez de
línea. Pero él no sabe jugar. El neurotraductor, principalmente, analiza e interpreta las
ondas cerebrales, lo que nos permite potenciar las que resultan útiles (por ejemplo, las
señales de caminar que hacen falta en los implantes y las prótesis de personas con
parálisis), y suprimir aquellas que no lo son, como las señales de dolor que envía una
pierna amputada.
Fleming se puso el casquete en la cabeza y pulsó un botón en el panel de control
que había junto al cubo. La pantalla de plasma se encendió y un espectro de colores
deslumbrantes parpadeó en la esfera del cubo a medida que distintas frecuencias de
fotones de luz realizaban unos innumerables cálculos paralelos.
—Observe las líneas de la pantalla —dijo—. Indican mis ondas cerebrales. Y
ahora observe el cuerpo prestado.
Las líneas horizontales de la pantalla alcanzaron un pico y el maniquí dio un paso
al frente con la pierna izquierda. Amber se sobresaltó.
—¿Eso lo ha hecho sólo con el pensamiento?
—Controlando mi manera de pensar, sí. Hace falta práctica, pero una vez se coge
el tranquillo, resulta relativamente fácil. Brian es un aparato de entrenamiento. Una
vez nuestros pacientes lo dominan, se les proporcionan prótesis más sofisticadas aún
y, en el caso de los parapléjicos, implantes más sofisticados. Todavía estamos en los
comienzos, pero los resultados han sido fenomenales.
A pesar de su escepticismo inicial sobre la visita al centro, Amber Grant se sentía
animada.
—Es decir, que mediante el análisis de mis ondas cerebrales usted espera
identificar las señales que causan mis dolores de cabeza y suprimirlos.
—Con suerte, no sólo los suprimiremos, sino que los comprenderemos.
—¿Y todo eso puede hacerlo esta noche? Mañana vuelvo a mi país.
Fleming frunció el ceño.
—En una sola noche apenas empezaremos a calibrar la máquina para que registre
sus longitudes de onda. Necesitaremos al menos dos sesiones más para finalizar el
análisis preliminar y para determinar cuál es el estado de reposo «normal» de su
cerebro. Sólo entonces podremos analizarlo durante alguna de sus «migrañas
fantasma» y establecer las posibilidades de tratamiento. Su caso es atípico y debería
concederse hasta un mes para diagnosticarlo y tratarlo. E incluso así, lo más probable
es que necesitáramos más tiempo.
—Para hacerlo mal es mejor no hacerlo, ¿no?
—Exacto. En estas próximas semanas podemos hacerle un hueco, más allá ya no
puedo garantizarle cuándo vamos a poder atenderla.
Ella lo pensó un segundo antes de tomar la decisión.
—Está bien. Debo resolver algunos asuntos en mi país, pero supongo que puedo
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volver dentro de unos días. ¿Cuál es el siguiente paso?
—Frankie, la jefa de enfermería, organizará la primera sesión aquí, en el Think
Tank.
—¿Y el neurotraductor podrá explicar por qué mis migrañas fantasma empezaron
sólo hace unos meses? —preguntó Amber.
—Para serle sincero, Amber, no lo sé. Lo normal es que el dolor fantasma se
inicie poco después del trauma, si es que se inicia. Pero su cerebro es único.
Esperemos a ver lo que nos cuenta Brian.
—¿Y cuándo empezamos?
Fleming consultó su reloj.
—Bien, como decía mi profesor de Cambridge, la mejor hora para empezar las
cosas importantes es ahora.
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8
L
a hermana Constance había experimentado muy pocas veces el miedo físico a
lo largo de sus cincuenta y cinco años de vida. Y ahora lo sentía, de pie en
una barca de pesca de diez metros de eslora, en plena noche, mientras la
tripulación arrojaba al mar una mezcla sanguinolenta de carne y vísceras. Veía el mar
iluminado por la luna, el remolino de aletas que surcaba las aguas oscuras. Ella creía
que la pesca de tiburones era ilegal, pero no se atrevía a preguntar a los tripulantes si
era así. Se abrigó todo lo que pudo con el hábito, cubriéndose los hombros, pero
aunque el aire era cálido no dejaba de temblar. Notaba en sus labios el sabor de la sal
de las olas que rompían contra el casco del barco anclado.
La luna estaba llena y se recortaba, redonda, sobre la silueta lejana de Table
Mountain. Se preguntaba cuándo aparecería Monseñor. Cada vez que se lo
preguntaba al capitán desaliñado le respondía: «Pronto».
Entendía que monseñor Diageo hubiera insistido en que se encontraran lejos del
Arca Roja. Pero ¿por qué precisamente ahí? Apretó con fuerza el crucifijo de esmalte
escarlata que llevaba al cuello, alzó la vista al cielo y se santiguó.
«Monseñor tendrá sus razones», se descubrió diciendo en voz alta, con voz
temblorosa.
La hermana Constance había llevado una existencia protegida bajo el amparo de
la Iglesia, una vida sin sobresaltos ni dudas. Su decisión más traumática había sido
seguir a su testaruda amiga, la madre Giovanna Bellini, que había abandonado la
Iglesia católica para incorporarse a la nueva, la de la Verdad del Alma. Pero incluso
aquello había resultado bastante indoloro: había cambiado un conjunto de reglas
tranquilizadoras por otro. Solía bromear al respecto, asegurando que la única
diferencia verdadera entre las dos confesiones era el color del hábito.
Pero cuando la madre Giovanna la llamó hacía dos días y le contó lo de los
experimentos, la hermana Constanza sospechó que la Iglesia de la Verdad del Alma
era, en realidad, muy distinta a la otra. Y ayer, tras intentar sin éxito ponerse en
contacto con su amiga, se sintió preocupada. Tras pelearse con su conciencia, rompió
su promesa de mantener el secreto de la madre Giovanna y se acercó a monseñor
Diageo, que se encontraba en la cubierta superior del Arca Roja, para preguntarle si el
papa Rojo conocía el descubrimiento de Giovanna. Sin duda sorprendido, Monseñor
le había dado las gracias por acercarse, pero se negó a abordar allí, en el Arca Roja,
aquello que «amenazaba todo lo que el Santo Padre consideraba sagrado».
Le había dado instrucciones claras para que embarcara en el Marie Louise,
atracado en el puerto, y le había pedido que lo esperara allí. La taciturna tripulación la
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había ayudado a subirse a la barca y nadie le había hecho el menor caso mientras
navegaban por la costa y se ocupaban de sus asuntos.
Dos tripulantes pasaron frente a ella, arrastrando lo que le pareció el cuarto
trasero de una vaca. Gruñendo, lo arrojaron por la borda, y en cuestión de segundos el
mar bullía de actividad, pues los tiburones, enloquecidos, se alimentaban de la
carnaza. Otro tripulante, que sostenía un gran arpón, pinchaba la carne que flotaba y
se reía mientras los tiburones la desgarraban con sus dientes. La escena le
desagradaba y la llenaba de temor, y suspiró audiblemente cuando oyó el traqueteo de
otra embarcación que se aproximaba. La hermana Constance se acercó corriendo a la
proa, donde su alivio se convirtió en alegría al ver que el arpón ensangrentado
acercaba la otra nave y al reconocer el rostro inconfundible de aquel hombre.
—Monseñor Diageo, gracias a Dios —balbució—. ¿Por qué hemos tenido que
encontrarnos aquí?
—Éstos son temas muy delicados, hermana Constance. ¿Ha hablado con alguien
de lo que la hermana Giovanna le contó?
—No, claro que no.
Él se acercó mucho y le clavó la mirada.
—¿Está segura?
—Sí.
El religioso asintió satisfecho. Ella se adelantó en su dirección, pues esperaba que
la trasladaran a su barco.
—¿Sabe el Santo Padre lo que están haciendo los científicos? —preguntó—. ¿Le
dijo la madre Giovanna que estaban matando a los pacientes?
Diageo parecía cansado.
—Lo sabe —dijo con voz fatigada. Volvió la cabeza, pero la hermana Constance
descubrió en él una expresión que la llenó una vez más de aprensión—. Siempre lo ha
sabido —añadió, antes de susurrar—: Lo siento.
Perpleja, haciendo esfuerzos por asimilar el significado de aquellas palabras, la
hermana Constance vio que Monseñor miraba a los tripulantes de su barco, que
seguían arrojando grandes pedazos de carne a los ávidos tiburones.
—Como hemos acordado, no deben quedar pruebas —dijo, como si ella no se
estuviera presente—. Nada que la Iglesia pueda investigar.
—No entiendo —balbució la hermana Constance mientras él se daba media
vuelta. Oyó de nuevo el zumbido del motor de la otra barca, que volvía a ponerse en
marcha.
Y entonces los miembros de la tripulación, con las manos manchadas de sangre,
más rojas que su hábito, se acercaron a ella formando un círculo y la acorralaron en la
proa de la barca de pesca. Sin darle tiempo a protestar, el que llevaba el arpón en la
mano se lo clavó con fuerza en el pecho y la hermana cayó de espaldas al mar.
Al caer al agua fría soltó un grito, y el primer tiburón enloquecido hendió los
dientes en su carne. Pero ella seguía sin comprender por qué sucedía aquello. Cuando
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los colmillos afiladísimos del gran blanco desgarraban su pelvis, ella gritó el nombre
de monseñor Diageo, convencida de que se había producido un terrible error.
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9
Barley Hall.
T
ras dejar a Amber Grant con la jefa de enfermería e instalarla en el Think
Tank, donde iba a pasar la noche, Fleming concentró su atención en dos de
sus otros pacientes. Tenía a gala tratar todos los casos con el mismo grado de
compasión y profesionalidad, pero Rob y Jake eran casos especiales.
Mientras se dirigía al taller, pensó que se alegraba de no haberse opuesto
radicalmente a visitar a Amber. Sentía una creciente curiosidad por ella y estaba
convencido de que podría ayudarla. Además, al posponer hasta el día siguiente la
prueba de Rob, le daría una sorpresa que lo animaría un poco.
El taller de Barley Hall era la única instalación integrada en el proyecto de
investigación de Fleming que no se hallaba situada en el ala este. Por razones que ya
nadie recordaba, se ubicaba en el extremo más alejado del ala oeste, donde trabajaba
el equipo de Bobby Chan. Ahí, en un cobertizo ampliado, la ciencia se fundía con el
arte; la electrónica, el metal, el látex y los materiales de la era espacial se combinaban
para crear prótesis que parecían miembros humanos y se comportaban como tales.
Cuando Fleming entró, un técnico estaba separando un brazo —de aspecto tan
vivo que impresionaba verlo— de un esqueleto de metal y cables. Colgados de una
pared, en orden ascendente según el tamaño, se alineaban moldes de pies y manos.
Detrás del banco de trabajo se adivinaban los frascos que contenían los distintos
pigmentos dérmicos y en un rincón del cobertizo Bill, el coordinador técnico,
acababa de dar forma a una fornida pierna izquierda. A la derecha de Fleming, una
serie de miembros ya terminados se apoyaba contra la pared, todos ellos envueltos en
plástico y con etiquetas identificativas, como si de prendas de tintorería se tratara.
Casi todos eran piernas o brazos sueltos de distintos tamaños y formas. Pero algo
alejado del resto vio un pequeño par de piernas, las dos tan reales que, no sabía por
qué, Fleming no lograba apartar la vista de ellas.
Bill se levantó la mascarilla, apagó la muela y las señaló.
—Acabo de darles el último baño de látex. Los pies los he modelado a partir de
los de mi hijo.
Fleming las levantó. Como siempre, le sorprendió su peso, que en realidad no era
superior al de unas piernas naturales. El gran detallismo, especialmente en los pies y
los deditos, le emocionó.
—Se ven fantásticas, Bill, muchas gracias.
Bill levantó el pulgar derecho en reconocimiento.
—Buena suerte.
En la clínica, el personal estaba tan acostumbrado a aquellas cosas que, cuando
Fleming regresó al ala este con aquel par de prótesis, nadie hizo ningún comentario.
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Al llegar al otro extremo del edificio, se detuvo un instante tras las puertas de la sala
de fisioterapia y miró a través de los ojos de buey aquel inmenso espacio lleno de
equipos de ejercitación, cintas para caminar y piscinas terapéuticas. En su interior
había sólo dos personas.
Su sobrino, Jake, estaba sentado en el suelo de parqué, de espaldas a la puerta,
jugando con unos cubos de plástico, mientras Pam Fleming, la abuela del muchacho,
lo contemplaba. Jake había vivido con sus abuelos paternos desde el accidente y
Fleming le había pedido a su madre que trajera al pequeño a las seis. Era una mujer
menuda como un pájaro, y el pelo, rubio y entrecano, lo llevaba corto. Se inclinaba
protectora sobre su nieto. Tanto ella como el padre de Fleming habían sido sus puntos
de apoyo desde que ocurrió la tragedia.
Fleming observó a Jake amontonar los cubos hasta crear una torre que era casi tan
alta como él. Luego construyó otra y después, una tercera. Dedicó uno o dos
segundos a admirar su obra, y luego la destruyó con gran deleite.
Se escondió las piernas tras la espalda, abrió las puertas y entró en la sala. Jake se
volvió para mirarlo y las consecuencias del accidente de coche que sufrió hacía once
meses quedaron bien a la vista: sus dos piernas le llegaban sólo a la altura de las
rodillas, la de la derecha algo más larga que la otra. A pesar de estar acostumbrado a
tales mutilaciones, y a otras aún peores, a Fleming seguía impresionándolo la visión
de las heridas de su sobrino.
Su único consuelo era que, al menos, había podido ayudarle. No era el tío ideal,
estaba obsesionado con su trabajo, en el que pasaba muchas horas, y los pocos
momentos libres los dedicaba a la escalada. Además, no era precisamente un modelo
de estabilidad en lo referente a las relaciones de pareja: cada vez que Jake lo visitaba
en su casa de la ciudad, cercana al río, parecía encontrarlo con alguna nueva novia.
Con todo, había algo en lo que sí había podido darle más que nadie: había podido
ayudar a Jake a caminar de nuevo.
—Hola, mamá —dijo Fleming, abrazándola y plantándole un beso en la mejilla.
—¿Va todo bien, Milo? —Parecía nerviosa y emocionada a la vez. Tenía tal fe en
su hijo que a veces a él le asustaba. En el funeral de la madre de Jake le había oído
decir a una amiga: «Robe y Miles siempre estuvieron muy unidos, ya de niños. Es
una suerte que Miles pueda ayudarlo ahora». A Fleming le parecía que si sus padres
habían logrado sobrellevar lo que había ocurrido era sólo porque habían depositado
toda su esperanza en él. Y a él le aterrorizaba no estar a la altura de sus expectativas.
Le apretó la mano.
—Todo va bien, mamá. Ya lo verás.
Se agachó para hablarle a su sobrino.
—Hola, tío Milo.
Fleming le mostró las dos prótesis y los ojos del niño se iluminaron.
—¡Guau!
—Son las mismas que has usado en la rehabilitación, pero ahora les han
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incorporado la capa final, y parecen piernas de verdad… tus piernas.
Jake las cogió como si fueran el mejor regalo de Navidad del mundo.
—Gracias, tío Milo.
Entonces se colocó las correas sobre los muñones, conectó los implantes con una
soltura que denotaba mucha práctica y se puso de pie, como si aquellas prótesis
formaran parte de él. Los músculos de las piernas artificiales obedecían las órdenes
de su cerebro, amplificadas y traducidas por ordenador. Hacía seis meses (cinco
después del accidente), Fleming se había descargado la «firma mental» de Jake del
neurotraductor. Había insertado electrodos bajo el cuero cabelludo de su sobrino y,
mediante los implantes y un ordenador óptico del tamaño de un reloj de pulsera, Jake
había logrado caminar sin ayuda y llevar una vida prácticamente normal.
Él había sido el primero, pero ahora otras personas se beneficiaban de la misma
tecnología.
—Está bien, Jake —dijo Fleming—. Espera aquí. Voy a avisar a tu padre. Quiero
que él vea esto.
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El Think Tank.
Esa misma noche, horas después.
—
H
as salido en la CNN. Lo he visto ahora mismo, me acabo de levantar y
he puesto la tele. Me tienes preocupado. Amber, ¿cómo te encuentras?
—No estoy tan mal, papa Pete. ¿Acabas de levantarte? ¿Desde
dónde llamas?
—Desde San Francisco.
—Creía que estabas en el Vaticano.
—Y lo estoy. Pero he venido a un gabinete de crisis que se ha creado aquí. —No
sabía por qué, pero el acento neoyorquino de su padrino le sonaba duro—. Cuando
los jesuitas, bastión del catolicismo, empiezan a pasarse a las filas del papa Rojo, es
que el problema es grave.
—Te agradezco que me llames, papa Pete —dijo ella, a la que no apetecía
precisamente oír un discurso sobre el papa Rojo—. Hace mucho tiempo que no sé de
ti.
Sabía bien el porqué del prolongado silencio. Desde que su madre adoptiva había
enfermado, hacía dos años, y Amber pagaba su estancia en la mejor residencia de la
ciudad, el padre Peter Riga, el hombre que le había salvado la vida, se había sentido
traicionado: no sólo se trataba de una institución no regentada por católicos, sino que
estaba en manos de la Iglesia «enemiga», la del papa Rojo. Amber le había explicado
que estaba decidida a darle a su madre todo lo que le pidiera y que si eso implicaba
ingresarla en una residencia regentada por la Iglesia rival, ella la apoyaría en todo.
—Vi a tu madre ayer —prosiguió Riga.
—¿En la residencia?
—Claro. Me pareció que estaba bien.
—Ha sido muy amable por tu parte, papa Pete. Se sentía culpable porque a ti no
te pareciera bien su decisión…
—No te preocupes. Le di mi bendición. Es un lugar hermoso. Pero a mí me da
vergüenza que nuestra Santa Madre Iglesia no sea capaz de ocuparse de los suyos.
—Las cosas cambian.
—Seguro —admitió él—. Da igual. Voy a quedarme aquí un par de días más, así
que, si estás de vuelta, podríamos vernos.
—Me encantaría. Te llamo mañana.
—Está bien, mi niña. Y cuídate.
Amber apagó el comunicador y lo dejó sobre la mesilla de noche, junto a la cama
del Think Tank. Hacía un rato, cuando lo había puesto en marcha, vio que estaba
lleno de mensajes de preocupación de gente que le deseaba un pronto
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restablecimiento. La noticia se había propagado. Uno de sus compañeros de natación,
así como su mejor amiga, Karen, la habían llamado. Incluso Soames le había dejado
un breve mensaje para informarle de que la presentación había ido bien y para pedirle
que le informara en cuanto tuviera novedades.
La única llamada que había hecho esa noche fue a la residencia de su madre, para
confirmar que regresaría tal como tenía planeado. Su madre se encontraba en el
último estadio de un cáncer terminal y Amber no soportaba dejarla sola. La idea de
regresar a Barley Hall, como Fleming le había recomendado, la llenaba de angustia.
Sentada en la cama, trataba de ignorar la cámara de vídeo que la observaba desde las
alturas. Ella llevaba el casquete azul de redecilla y sentía un hormigueo en el cuero
cabelludo, en los puntos en los que el gel conductor mantenía en su sitio los
electrodos.
El neurotraductor, a los pies de la cama, emitía un zumbido ligero mientras leía
los impulsos eléctricos generados por su cerebro. La mitad inferior de la pantalla de
plasma mostraba una cuadrícula con líneas horizontales, intermitentes, cada una de
un color, y que representaban las longitudes de onda de su cerebro. Algunas se
elevaban violentamente, mientras que otras se mantenían prácticamente planas. A
intervalos regulares, la imagen de la pantalla descendía para mostrar otras longitudes
de onda, que también representaban el modelo de sus pensamientos. La mitad
superior de la pantalla plasmaba los estímulos diseñados para desencadenar sus
procesos mentales. En aquel momento ella se hallaba estudiando un puzle espacial.
En él, tres líneas superpuestas a un nido de cuadrados concéntricos parecían alejarse
en la distancia y ella debía determinar cuál de las tres líneas era más corta. A pesar de
la sospecha de que se trataba de una ilusión óptica, y de que las dos claramente más
cortas eran idénticas en tamaño, optó por la de la derecha.
Llevaba más de una hora resolviendo los puzles y los ejercicios de la pantalla.
Eran pruebas inteligentes y bien diseñadas, que estimulaban la mayoría de sus
procesos cognitivos, desde el razonamiento verbal a la destreza lógica y numérica,
pasando por el trabajo de deducción intuitiva. Antes, le habían puesto una inyección
para potenciar su actividad neuronal inconsciente durante el sueño, que proporcionara
al neurotraductor una lectura más clara cuando iniciara lo que la jefa de enfermería
denominaba «los ejercicios mentales fáciles».
—Ésos los harás cuando cierres los ojos y te duermas. Será Brian quien cargue
con todo el trabajo.
Su jet-lag estaba bajo control y los puzles eran interesantes, pero le resultaba
difícil concentrarse. Su mente regresaba una y otra vez a su hermana y a su madre.
Sobre todo a su hermana.
Hablar de su gemela con Miles Fleming, ver radiografías de la época en que
estaban unidas, había reavivado todos sus viejos sentimientos de culpa, pesar y
pérdida. Acercó la mano a la mesilla de noche y sostuvo la fotografía vieja que
siempre llevaba consigo. Estaban Ariel y ella abrazadas frente a un espejo de cuerpo
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entero. Por el ángulo de la imagen, a las dos se les veía el rostro sonriente, y nada,
salvo el amor que se profesaban, parecía unirlas.
Se había pasado toda su vida en solitario tratando de resolver la culpa y la ira que
sentía al pensar en su gemela muerta. En un primer momento volvió los ojos al
catolicismo, pero por más dedicado y paciente que fue su padrino a la hora de
explicarle cuál era el punto de vista de la Santa Madre Iglesia sobre el mundo, el
dogma sobre el Juicio Final no le ayudó a sentirse mejor. Luego se concentró en la
filosofía y la física para tratar de comprender por qué las cosas eran como eran. Al
final, se había decantado por el misterioso mundo de la física cuántica y había
comenzado a estudiar las relaciones casi telepáticas que vinculaban el trillón de
partículas de polvo elemental que conformaban todo lo que existía en el universo.
Hasta el momento no había obtenido respuestas claras, pero las posibilidades que se
le ofrecían eran infinitas. Y además, de ese modo se distraía. Tal vez no hallara
significado en lo imprevisible del mundo cuántico, pero en aquella búsqueda había
hallado cierto consuelo.
El rigor intelectual y la gran dedicación al trabajo que se necesitaban para
explorar las contradicciones y dualidades de la física de partículas la alejaban de la
culpa y la sensación de pérdida que nublaban su paz mental cada vez que tenía
demasiado tiempo libre. Pero esa noche, por más que se esforzara por reprimir sus
sentimientos no resueltos hacia Ariel, no lo lograba.
Cuando Frankie asomó la cabeza por la puerta, el puzle de la pantalla se convirtió
en un crucigrama.
—Me voy a casa —le dijo—. Mañana tengo un gran ensayo clínico, pero en la
sala de observación se queda una enfermera toda la noche. ¿Va todo bien?
Amber sonrió.
—Mi mente no deja de vagar y estoy cansada. ¿Importa eso?
La enfermera negó con la cabeza.
—En absoluto. Los estímulos se usan sólo para obtener una lectura más amplia de
la actividad mental y para que se entretenga un poco. La meticulosa lógica de Brian
es flexible. Si necesita dormir un rato, no se preocupe. Para serle sincera, para el
barrido mínimo, los datos de diagnóstico más útiles los extraemos del cerebro cuando
está dormido. Buenas noches, y que descanse, doctora Grant.
—Buenas noches. Gracias.
Volvió a concentrarse en la pantalla y completó el crucigrama. Los párpados
empezaban a cerrársele y ya no vio los nuevos puzles que aparecían en ella.
Sucumbió a ese estado de extrema lucidez que existe entre la vigilia y el sueño, y la
mente la llevó de nuevo hasta su hermana.
En el transcurso de los últimos treinta años, intermitentemente, se había sentido
perpleja cuando constataba que su vida no era del todo suya. Cada vez que iniciaba
una nueva relación de pareja, era frecuente que la otra parte la acusara de encontrarse
a «kilómetros de distancia» o «con otra persona». Parecía que, ya fuera dormida o
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despierta, Ariel se hallaba enterrada en sus pensamientos, como si Amber no lograra
soltarla del todo, no pudiera limitarse a vivir su vida, pues no era sólo suya. Sólo
cuando se entregaba a su trabajo y a sus investigaciones hallaba algo de paz, se
olvidaba de la otra persona que habitaba en su mente: la niña de ocho años a la que
había querido más que a sí misma.
La niña de ocho años que, en otro tiempo, fue parte de ella.
La niña de ocho años que había muerto por ella.
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11
Sala de pacientes.
Barley Hall.
C
uando Fleming entró en el cubículo 5 de la sala de investigación con
pacientes, su vista se clavó al instante en el monitor del electrocardiograma.
—¿Cómo está, Emma? —le preguntó a la enfermera sentada junto al
aparato—. ¿El corazón late con ritmo estable?
La enfermera sonrió.
—Está estable y mañana debería seguir bien.
—Gracias. Descansa un poco. Yo me quedo a vigilarlo.
Acercándose a la cama, Fleming se fijó en que la enfermera había vestido a su
hermano con su polo de Ralph Lauren favorito, negro descolorido, y con unos
pantalones vaqueros. Llevaba el pelo muy corto, a cepillo, estilo que había adoptado
cuando estuvo en el ejército. Sentado muy tieso en la cama monitorizada, en su
cubículo, Rob seguía siendo guapo, aunque el polo y los vaqueros le quedaban
holgados, pues su cuerpo antes musculoso no los llenaba.
Fleming se detuvo junto a la cama y se plantó frente al ojo bueno de Rob.
—Hola, Rob… has hecho muy bien tus ejercicios cognitivos, y tu corazón no se
está portando mal, de modo que mañana podremos iniciar el ensayo. Pero ahora tengo
una gran sorpresa para ti. ¿Quieres verla?
Bajó la vista y la clavó en el ordenador que quedaba justo debajo del rostro de su
hermano. En una cuadrícula de cuatro por cuatro se mostraban dieciséis palabras, que
constituían todo el vocabulario de Rob desde que sufrió la embolia que lo había
dejado totalmente paralizado, salvo por el movimiento del ojo izquierdo. Recurriendo
a las señales oculográficas, los movimientos del ojo de Rob movían el cursor sobre la
pantalla. Cuando había elegido una palabra, parpadeaba y una voz generada por
ordenador pronunciaba la palabra.
—No —dijo la voz computarizada.
Fleming se echó a reír.
—En ese caso, no te la mostraré, cabrón desagradecido.
Notaba que su hermano mayor intentaba sonreír y que su sonrisa resultaba tan
forzada como su propio comentario jocoso. Rob siempre había sido su héroe, un
hombre de acción siempre más en forma, más fuerte y más rápido que él. Pero ahora,
al mirarlo, sintió una tristeza profunda y se acordó de Billy French.
Billy era un amigo de adolescencia. Compartía con él su pasión por la escalada y
todos los veranos recorrían Europa probando suerte en las cumbres de los Alpes. Rob
ya era un montañero excepcional, pero Billy y Miles no pasaban de aficionados
entusiastas. Sin embargo, como era Rob quien los guiaba, fueron superando todos los
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niveles de la escalada, hasta llegar al ED, extrêmement difficile, y llegaron a atreverse
con unas cuantas ABO, o «ascensiones abominables». Fue en la famosa cara norte del
Eiger donde ocurrió.
El verano tocaba a su fin. Fleming tenía diecinueve años y estaba a punto de
iniciar sus estudios de medicina en Cambridge. Rob hablaba de alistarse en los
Marines Reales. Billy todavía no había decidido qué hacer con su futuro, que se
extendía ante ellos, deslumbrante, lleno de posibilidades.
Había sido uno de los agostos más lluviosos que se recordaban y aquella cara de
la montaña estaba llena de escarcha y nieve movediza. Pero ellos habían llegado
hasta allí para escalar el Eiger y nada iba a detenerlos. En las cotas más bajas, cerca
de un farallón conocido como el Primer Pilar, Billy perdió el paso. Sus piolets y
crampones se separaron del hielo blando y quedó suspendido en el aire. Los
mosquetones deberían haberlo sostenido, pero los tornillos de hielo se soltaron de sus
anclajes.
Rob y Miles se sujetaron con fuerza y evitaron descolgarse de la pared, pero Billy
cayó hasta que la cuerda se tensó del todo, inició un movimiento pendular que le
llevó a chocar contra un saliente y se partió el cuello. En cuestión de segundos, pasó
de ser un joven fuerte con el futuro por delante, a un parapléjico sin ningún futuro.
Durante el interminable y dolorosísimo descenso de la montaña, Rob y Miles se
cuidaron del cuerpo entablillado de Billy, y trataron de mantenerlo consciente, con la
esperanza de encontrarse con alguien que pudiera ir en busca de ayuda. Pero no
encontraron a nadie hasta que llegaron a la base. En el último tramo, mientras
bajaban a Billy, Rob se volvió a Miles y, con la cara bronceada y a la vez pálida como
la nieve, le dijo: «Si alguna vez me sucede esto a mí, Milo, corta la cuerda y deja que
me suelte. Nunca se está tan vivo como cuando se está cerca de la muerte. Pero nunca
se está tan muerto como cuando se está atrapado en una vida que no se quiere. Así
que suéltame. Eso es lo que yo querría. Un poco de dolor no me importa, un poco de
miedo y después nada».
Dos días después, Billy murió en el hospital.
Los hermanos Fleming siguieron escalando juntos incluso después de que Rob se
casara con Susan, hacía siete años. Habían viajado por todo el mundo en busca de
nuevas montañas que conquistar y a menudo les parecía que Billy estaba con ellos,
especialmente cuando las cosas se ponían difíciles. Fleming no había olvidado nunca
las palabras de su hermano y siempre había pensado que, si alguna vez le sucedía
algo malo, sería en la montaña o en combate. Jamás se le ocurrió que sufriera un
derrame cerebral mientras conducía su Ford Mondeo por la M-1, camino de Leeds.
Mientras arrastraba la cama de su hermano, la sacaba de la sala de pacientes y
llegaba al pasillo, volvió a decirse a sí mismo que mañana lo ayudaría. Recordó la
cantidad de veces que Rob lo había sacado de alguna grieta o le había ayudado a
alcanzar un pico difícil. Ahora él apoyaría a su hermano en su ascenso más duro.
Ya había ayudado a Jake a caminar de nuevo. Mañana ayudaría a su hermano a
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hablar.
Esperaba que aquello fuera lo que Rob quería. Sus padres, especialmente su
madre, lo deseaba, sin duda. Su madre era anglicana y se había vuelto más devota aún
tras el accidente. Creía casi con fe ciega que, con el tiempo, el amor de Dios y los
conocimientos de Miles, su hijo mayor recobraría la salud.
Pero Fleming sabía, pues había asistido a largas sesiones con los psicólogos, que
lo que Rob quería era morirse. El derrame cerebral que había causado el accidente lo
había dejado parapléjico a él, pero había matado a su esposa y le había cortado las
piernas a su hijo. En dos ocasiones él había tratado de hablar con sus padres de la
depresión de Rob, pero las dos veces ellos se habían negado a escucharlo. «Es sólo
una fase —decían—. Cambiará cuando empiece a sentirse mejor».
Y cuando Fleming trató de explicarles que no había garantías de que llegara a
sentirse mejor, su madre le sonrió con coraje y le dijo que Dios y ella todavía no se
habían rendido. «Dios lo guiará».
«Sí, como cuando Rob tuvo el accidente», pensó Miles, pero no dijo nada.
A su madre ni se le pasaba por la cabeza que Rob pudiera culpar a Dios por lo que
le había ocurrido.
Durante un instante culpable, Fleming envidió a Amber. Al menos ella tenía el
consuelo de saber que su hermana ya no sufría. La situación de su hermano no había
hecho más que reafirmarlo en su convicción de que Dios no existía y de que no había
vida más allá de ésta. Nunca como entonces veía con tanta claridad que la única
decisión sensata para los hombres era sacar el mayor partido de esta vida, a pesar de
su sufrimiento, antes de que la nada se apoderara de todo para siempre. Para siempre
era mucho tiempo. Fleming sólo pretendía una cosa en relación con su hermano:
ayudarlo aquí y ahora. Necesitaba mostrarle cómo había ayudado a Jake y
convencerle de que, algún día, él también volvería a ser una persona feliz y
recuperada.
—Ya casi hemos llegado, Rob —dijo, mientras arrastraba la cama por el pasillo
en dirección a la sala de fisioterapia.
Al acercarse a las puertas batientes, la sorpresa se materializó. Jake saltaba de un
lado a otro, tan ágil y veloz que parecía que el accidente nunca hubiera sucedido.
—¡Papá, papá! ¡Mírame las piernas!
Se acercó corriendo a su cama y se encaramó a ella para darle un beso.
Pam Fleming había seguido a su nieto y se encontraba junto a la puerta.
—Estaba demasiado nervioso —dijo con una sonrisa beatífica—. No ha podido
esperar a enseñárselas.
Fleming se volvió hacia su hermano y vio que incluso el ojo bueno le había
fallado. Las lágrimas brotaban de él y no podía usarlo para escoger las palabras de la
pantalla.
—Guárdate las palabras para mañana, Rob —le dijo—. Mañana ya podrás decir
lo que quieras.
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El Think Tank.
C
uando Amber Grant cerró los ojos, la cámara de vídeo y Brian la observaban.
El neurotraductor no dormía nunca. Mientras registraba las ondas cerebrales
de Amber, las relacionaba con los ejercicios que había completado
comparando sus patrones de pensamiento con sus baterías de datos, en busca de
nuevos modelos que indicaran la presencia de alteraciones significativas. No dejaba
en ningún momento de aprender sobre su cerebro trazando el mapa de la arquitectura
eléctrica de su mente. Gracias al procesador óptico Lucifer, que alimentaba su propio
cerebro, ejecutaba todos esos análisis a la velocidad de la luz.
Mientras Amber estuvo despierta, el neurotraductor no detectó nada anormal, y
tampoco lo hizo cuando perdió la conciencia y descendió rápidamente por las dos
primeras fases del sueño. Cuando se adentró en la tercera fase y su cuerpo empezó a
sacudirse erráticamente, Brian tampoco captó nada que se hallara fuera de los límites
de la normalidad. Incluso en el momento en que entraba en la cuarta fase del sueño, y
la transpiración humedecía su frente, aquel lector de mente siguió emitiendo el
mismo zumbido, lo que indicaba que nada le llamaba la atención.
Sólo tras alcanzar el estado caracterizado por el movimiento ocular rápido, la fase
REM, Brian registró algo anormal en su inconsciente todavía no explorado y
caracterizado por los sueños.
* * *
Sudaba. Tenía la frente empapada en sudor, lo mismo que el camisón. Movía los
labios y balbucía algo, articulaba cada vez mejor sus palabras, hasta que de pronto
pronunció su propio nombre con voz lastimera e infantil. «Amber, Amber, ¿dónde
estás?».
Inmersa en el sueño, los movimientos oculares aleatorios se hacían visibles bajo
sus párpados. El cuerpo daba sacudidas, como si sufriera. Y entonces quedó inmóvil
y abrió los ojos.
Los recuerdos pasaron frente a ella como los pedazos de cristal de un espejo roto.
El padre Peter Riga con su sotana de jesuita sosteniendo a Ariel y a ella en brazos; la
sonrisa orgullosa de su padre cuando se graduó con matrícula de honor en Stanford;
Bradley Soames en el campus de la Cal Tech, con su máscara tintada y su ropa
protectora; su madre acariciándole el pelo y besándole la mejilla mientras ella se
quedaba dormida; su hermana apretándose contra ella y despidiéndose antes de que el
cirujano las anestesiara.
Sintió el filo hendiéndose en la cabeza. A través del intenso dolor se oyó gritar y
su voz se mezclaba con la de Ariel, y las dos trataban de aferrarse la una a la otra
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mientras las separaban. Incluso ahora, mientras su mente abandonaba su cuerpo,
Amber sentía que seguía unida de algún modo a Ariel, que seguían apartándola de
ella. Pero el dolor era emocional y no físico, era miedo, sensación de pérdida, pesar y
rabia que se combinaban en un todo. Trató de gritar de nuevo, pero no le salía la voz.
Trató de forcejear, pero no tenía cuerpo. Era una entidad amorfa, envuelta en
oscuridad, avanzando a toda prisa hacia un vacío incognoscible.
Delante, un brillante cono de luz apareció parpadeando en las tinieblas,
atrayéndola hacia su campo magnético. Viajaba tan deprisa que no tardó en hallarse
dentro de él, en ser parte de él. Parecía mantenerse inmóvil; su haz se desintegraba en
partículas a medida que ella se fundía con él, se volvía indivisible de él. Su ser ya no
era un conjunto de paquetes de luz brillante. La luz evocaba un recuerdo y ella
esperaba que Ariel volviera a unirse a ella y la condujera hasta el origen.
Pero entonces, ante la idea de que Ariel pudiera encontrarse allí, el dolor
emocional alcanzó cotas más altas, coincidiendo con el momento en que la última
conexión penetraba en ella. En ese momento deseó liberarse, cortar amarras y alejarse
flotando, en paz.
Sin embargo, no había modo de escapar de aquella zarpa elástica que tiraba de
ella y la sacaba de la luz, la devolvía a la oscuridad, la regresaba a sí misma…
* * *
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A
casi diez mil kilómetros de allí, Xavier Acosta, el papa Rojo, se encontraba
en su despacho, situado en la cubierta superior del Arca Roja. El libro
encuadernado en piel que acunaba en sus manos parecía tener más de cien
años. Las incontables veces que se había abierto por la misma página habían hecho
que el lomo se desgastara hasta rasgarse. Dejó que se abriera por el mismo pasaje por
el que siempre se abría. Respiró hondo, se arregló la túnica escarlata y dobló la pierna
lastimada para que el dolor remitiera. Empezó a leer. Sus ojos oscuros recorrían
despacio la página y saboreaba todas y cada una de las palabras de aquel texto que
tan bien conocía:
Notas sobre el experimento llevado a cabo por el doctor Baurieux y el delincuente Languille, en que el doctor
trata de comunicarse con la cabeza seccionada del condenado inmediatamente después de la ejecución en la
guillotina.
«Inmediatamente después de la decapitación, los párpados del reo se contrajeron cinco o seis segundos…
Esperé algunos más y las contracciones cesaron, el rostro se relajó, los párpados se entrecerraron sobre las
órbitas oculares, de modo que sólo era visible el blanco de los ojos, lo mismo que sucedía con los moribundos
o los que acababan de morir.
»En ese momento exclamé: “¡Languille!”, en voz alta, y vi que sus ojos se abrían lentamente y sin parpadear;
los movimientos eran definidos y claros, la mirada no era anodina ni hueca, los ojos estaban llenos de vida e
indudablemente me miraban. Transcurridos unos segundos, los párpados se cerraron una vez más, despacio y
sin vacilaciones.
»Volví a dirigirme a él. Una vez más, volvió a abrirlos despacio, sin contracciones, y unos ojos llenos de vida
me miraron con atención, dotados de una expresión aún más intensa que la de la primera vez. A continuación,
los ojos volvieron a cerrarse. Lo probé por tercera vez, pero no obtuve respuesta. El episodio completo duró
entre veinticinco y treinta segundos».
Doctor Baurieux, Montpellier, Francia, 1905
Cada vez que Acosta leía esas palabras se sentía a la vez perturbado y nervioso al
imaginar lo que los ojos de Languille habían visto en el momento en que su alma
abandonaba su cuerpo.
Alzó la vista y se concentró en las cuatro pantallas de plasma holográfico de alta
resolución que había colgadas frente a él en la pared forrada de madera. Dos de ellas
estaban en blanco. La tercera mostraba ininterrumpidamente el vídeo de su último
servicio, aunque sin sonido, y el cuarto la transmisión en directo que la BBC hacía
del momento en que el Arca Roja, de ochenta mil toneladas de peso, zarpaba del
puerto de Ciudad del Cabo para proseguir su peregrinación por el mundo; el casco
rojo sangre, la cubierta blanca que brillaba al sol africano. En un barrido por el
muelle, las cámaras captaban a las multitudes que se arremolinaban para admirar la
encarnación física de su Iglesia, la Iglesia de la Verdad del Alma, la ciudad flotante
que albergaba la catedral virtual del papa Rojo, así como a todo el personal
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administrativo y técnico que hacía posible la existencia de la primera iglesia
electrónica del mundo.
Pero mientras el Arca Roja se alejaba de Ciudad del Cabo, el cardenal Xavier
Acosta ignoraba las pantallas de televisión y las espectaculares vistas de la ciudad
que aparecían por el ventanal panorámico que quedaba a su izquierda. Estaba
impaciente por conocer el contenido del informe del doctor sobre el Proyecto Alma.
El tiempo se les echaba encima, y si los científicos no alcanzaban su meta, todo lo
que había conseguido desde el cisma con Roma, hacía diez años, no tendría sentido.
Y sin embargo, aunque estaba impaciente por recibir noticias del doctor, también
estaba nervioso por la madre Giovanna Bellini. Bajó la vista, contempló el viejo
ejemplar y trató de no pensar en ella, pero cuanto más se esforzaba por apartarla de
sus pensamientos, más regresaba a ellos.
Alguien llamó a la puerta de pronto, interrumpiendo sus divagaciones.
Acosta se incorporó.
—Pase.
Monseñor Paulo Diageo abrió la puerta, corpulento, ocupando todo el quicio.
Diageo también llevaba túnicas escarlatas, aunque, en su caso, el cordón dorado y
trenzado que las mantenía sujetas era simple y no doble. A diferencia de Acosta, que
tenía unos rasgos finos y fotogénicos, el rostro de Diageo era rudo y anguloso: una
frente estrecha, salpicada de unas cejas oscuras, ojos de gruesos párpados y una
mandíbula prominente. Sus labios carnosos, casi femeninos, no se correspondían con
el resto de la cara y conferían a sus rasgos, por lo demás inexpresivos, un aire cruel y
engreído.
—¿Es la madre Giovanna? ¿Alguna noticia?
Monseñor se encogió de hombros.
—Se ha resuelto, Santo Padre.
Como monseñor Diageo, la madre Giovanna Bellini había sido una seguidora fiel
desde el principio. Cuando Acosta llegó al Vaticano, hacía veinte años, ella era una
simple monja. Le había servido con tal devoción que cuando, un decenio después, lo
excomulgaron y fundó su propia Iglesia, ella se fue con él. Como recompensa, la
nombró una de las primeras sacerdotisas.
Hacía nueve meses, tras años de investigación en el Proyecto Alma, se había
decidido poner a prueba el avance tecnológico con pacientes agonizantes. Se
seleccionó a enfermos terminales sin familia en hospicios de la Iglesia repartidos por
todo el mundo y se certificó su muerte antes de que los llevaran a la Fundación a
morir. Como hacía falta un religioso para que administrara los últimos sacramentos, y
su devoción a Acosta era absoluta, se asignó a la madre Giovanna Bellini la misión
de ocuparse de aquellos pacientes, dando por sentado que no haría preguntas.
Pero, por supuesto, sí las hizo. Y cuando llamó a Acosta para informarle de que el
doctor y otros miembros del Consejo de la Verdad estaban asesinando a los sujetos, él
ya sabía que a los pacientes con enfermedades terminales se les facilitaba la muerte;
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era la única manera de llevar a cabo el experimento. Habría preferido no involucrar a
Diageo, pero las preguntas de Giovanna habían complicado las cosas, y el riesgo era
muy elevado. Diageo había comprendido el problema y apenas hizo falta que
intercambiaran una sola palabra. Acosta esperaba que una vez la madre Giovanna
reconociera la importancia de aquella misión sagrada, también ella se mostrara
comprensiva.
—De modo que todo está en orden.
—Eso creo.
—¿No debo preocuparme por nada?
Diageo negó con la cabeza.
—No, Su Santidad.
Acosta trató de disimilar el alivio en su voz.
—Muy bien.
—Tiene a Frank Carvelli en línea.
—Pásemelo.
Una de las pantallas de plasma holográfico que tenía delante se encendió de
pronto y Acosta vio que Frank Carvelli se dedicaba a quitarse algunos hilillos de su
chaqueta de cachemir. Era el segundo miembro de la tríada que formaba el Consejo
de la Verdad, punta de lanza del Proyecto Alma. Se trataba de un hombre de rasgos
delicados, con una piel aceitunada y fina, y un pelo sospechosamente negro, que
llevaba recogido en una coleta. Solía vestir siempre de negro. Aunque Acosta lo
consideraba vanidoso y superficial, era un comunicador brillante, algo indispensable
para la Iglesia y para el Proyecto Alma.
Carvelli era el responsable de KREE8 Industries, especializada en todo lo
relacionado con el software de comunicación y presentaciones, así como en
producciones cinematográficas y relaciones públicas. KREE8 había sido la encargada
de inventar las pantallas de plasma holográfico en las que ahora aparecía la imagen
de Carvelli. También creaba el sesenta por ciento de todos los efectos especiales
generados por ordenador que se usaban en Hollywood y se centraba en la creación de
estrellas de cine virtuales, así como en la resurrección de las que ya habían muerto.
Pero era en el campo del Internet óptico, u Optinet, en lo que la empresa tenía su
principal activo. Con él, la realidad virtual en tiempo real llegaba a todo el mundo.
Había sido KREE8, y Carvelli en particular, quien había contribuido a explotar el
potencial de la revolución iniciada por el ordenador óptico Optrix, creando la iglesia
electrónica de Acosta, algo sin precedentes. Los cascos Webcrawler de KREE8
permitían a millones de personas asistir a los servicios religiosos de Acosta en
directo, como si los presenciaran en persona.
Además, Carvelli comprendía bien el funcionamiento de los medios de
comunicación. Sus contactos y su mano izquierda habían permitido a Acosta
convertirse en el fenómeno de masas que era. Acosta era consciente de ello, aunque
sospechaba que Carvelli estaba más interesado en apoyarle a causa del poder y la
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presencia pública que obtenía al asociarse con la mayor Iglesia del mundo y no
porque tuviera fe en su proyecto.
—Santidad —dijo Carvelli—. El nuevo equipo ya está prácticamente terminado.
Lo que nos hace falta ahora es contar con un día de su tiempo para cargar su imagen
y sus movimientos musculares, capturar su perfil de voz y tomar un molde completo
de su cuerpo. Dígame cuándo y dónde, y yo lo organizaré.
—Es Diageo quien me lleva la agenda, hable con él; pero ¿no le parece que es un
poco prematuro, considerando que no hemos completado del todo la primera etapa
del proyecto?
Carvelli asintió.
—Un componente nuevo ha hecho que el doctor se sienta muy seguro de lograr el
objetivo. Me ha pedido que lo preparemos todo para poder avanzar más deprisa
cuando llegue el momento.
Acosta controló su enojo. El Proyecto Alma era sagrado; era su proyecto, y aun
así, el jefe del Consejo de la Verdad, el hombre que insistía en que se le llamara por el
anónimo sobrenombre de «el Doctor», tomaba cada vez más las decisiones.
—¿Y qué es ese componente nuevo?
—Como sabe, el Doctor es un hombre cauto. No quiere decírmelo hasta que esté
más seguro, pero se muestra esperanzado. Y cuando el Doctor está esperanzado por
algo, casi siempre sale algo positivo. Estoy seguro de que le contará más cosas en la
siguiente reunión. Me pondré en contacto con monseñor Diageo para ver qué fechas
tiene disponibles.
—Gracias, Frank.
Cuando Carvelli desapareció de la pantalla, Diageo volvió a llamar a la puerta.
—Santidad, me pidió que le avisara quince minutos antes de la emisión.
Acosta se levantó de la silla. Enderezó su maltrecho cuerpo, se estiró hasta
alcanzar su altura total, de más de metro ochenta, y echó hacia atrás los hombros. A
pesar de sus sesenta y ocho años, seguía siendo delgado e imponente ataviado con sus
túnicas. Sintió que la adrenalina se apoderaba de su cuerpo y se dispuso a dirigirse a
sus fieles de todo el mundo: los millones de seguidores que ya se conectaban para
asistir a la ceremonia virtual.
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14
Barley Hall.
Mañana siguiente.
—
S
e lo digo en serio, Miles, ayer noche volví a morirme —dijo Amber,
pálida y ojerosa.
Fleming frunció el ceño.
—La enfermera dice que tuvo una pesadilla.
—No fue una pesadilla. Yo no sueño. Ariel soñaba, pero yo no. Ésa era una de las
cosas que nos diferenciaba. Lo que sucedió ayer noche fue muy real. Fue una
repetición de la experiencia cercana a la muerte que viví mientras me operaban.
Entonces estuve a punto de morir. Ariel murió.
Fleming se sentó tras el escritorio de su despacho, haciendo esfuerzos por no
consultar el reloj. La prueba de Rob debía comenzar en menos de dos horas y el taxi
de Amber esperaba fuera para llevarla al aeropuerto. Esa mañana se había levantado
temprano y, después de correr un poco por el paseo del río y de tomar un desayuno
ligero, había salido de casa hacia las siete. Su madre y Jake estaban instalados en su
casa y habían quedado en acudir a la clínica más tarde para poder hablar con Rob en
caso de que la prueba saliera bien. La mañana de octubre era excepcionalmente
soleada y había bajado la capota de su Jaguar deportivo, algo viejo ya, y había
recorrido a gran velocidad las carreteras flanqueadas de tierras llanas, pantanosas, que
lo separaban de Barley Hall. El buen tiempo era un presagio halagüeño para la prueba
de Rob y había llegado al centro de buen humor, con la esperanza de pasar las
primeras horas del día preparándola. Pero Amber se lo había impedido.
—Vamos, Amber, entiendo que se sienta alterada por su sueño, pero no sé si es
consciente de lo que está diciendo.
—No ha sido un sueño —insistió, testaruda, frotándose el lóbulo de la oreja.
—Está bien, cuénteme ese sueño, esa experiencia.
—Ya se la he contado. Salgo de mi cuerpo y me precipito por la oscuridad hacia
una luz brillante. Me muevo tan deprisa que le doy alcance. Después, soy parte de
ella. Y de pronto, como si estuviera sujeta de una goma elástica, retrocedo hasta mi
cuerpo y regreso a la vida. El único modo que tengo de describirlo es comparándolo
con un salto de puenting.
—¿Y Ariel participaba?
—Bueno, eso es lo raro. No llegué a verla, pero existía una especie de conexión,
aunque no me resulta fácil explicarla. Como imanes de la misma carga, cuando más
tratábamos de acercarnos, más fuerte era la fuerza que nos mantenía separadas.
Éramos como átomos que se atraen cuando están a poca distancia, pero que se
repelen cuando se juntan. Éramos dos personas metidas en una puerta giratoria: por
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más que empujáramos para encontrarnos, el encuentro era imposible.
Fleming sonrió comprensivo. Al vincular de manera consciente los dolores de
cabeza a su hermana muerta, Amber había liberado un torrente de recuerdos
reprimidos y de emociones desde su inconsciente. Al menos ésa era su opinión.
—A mí me suena a sueño, Amber, o a recuerdo retrasado. Ariel sigue
inmiscuyéndose en sus pensamientos de tanto en tanto. ¿No es cierto?
—Sí.
—Y ayer, cuando hablamos de sus dolores de cabeza, usted se centró
especialmente en ella. De modo que es comprensible que su subconsciente…
—No es sólo eso —insistió ella, vehemente—. Una parte de ella me buscaba,
intentaba encontrarme, trataba conscientemente de advertirme de algo… —Hizo una
pausa, frunció el ceño, como si se percatara de lo raras que sonaban sus palabras—. A
mí no me pareció un sueño.
—Los sueños casi nunca nos lo parecen. Ayer noche Frankie le administró un
estimulante para ayudar al neurotraductor a obtener una lectura mejor de sus señales
neuronales, un estimulante que con frecuencia produce un efecto de relajación del
subconsciente, que desencadena sueños, incluso sueños reprimidos. Y eso es bueno,
pues le proporciona a Brian más material de análisis, y de ese modo comprende mejor
qué sucede en su interior. Amber, los sueños son poderosos, y con frecuencia parecen
más reales que la realidad. Como ya comentamos, le sugiero que regrese en cuatro o
cinco días para completar el análisis. ¿Cree que puede aparcar sus responsabilidades
durante un mes?
Amber vaciló un instante y asintió.
—Sí, quiero resolver esto. Tengo que hacerlo.
—Y lo resolveremos —la tranquilizó él—. Esperaremos a que regrese de
California y dejaremos que el neurotraductor termine su análisis inicial. Podemos
aplicar todos los escáneres complementarios que consideremos oportunos antes de
analizar su cerebro en el momento en que éste sufra un dolor de cabeza fantasma.
Revisaré los resultados de sus datos básicos en cuanto pueda. Si veo algo anormal, se
lo comunicaré de inmediato. ¿De acuerdo?
—¿Pensará al menos en lo que le he dicho?
—Por supuesto. Investigaré todas las vías exhaustivamente. Ha acudido a mí para
que le cure sus migrañas fantasmas. Lo revisaré todo, todo lo que sea relevante para
el caso. Pero le anticipo que encontraremos una explicación racional a esto. Una
explicación médica. Siempre la hay.
Amber volvió a fruncir el ceño.
—¿Ah, sí?
—Sí —insistió él, confiado—. Siempre.
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15
El Think Tank.
H
acia las once, Fleming se encontraba ya junto a la cabecera de la cama de
Rob, en el Think Tank. El equipo ya se había reunido. Apostado junto al
neurotraductor estaba Greg Brown, un australiano pálido y con gafas que
había estudiado electrónica informática en Sydney y en California antes de
trasladarse a Cambridge para trabajar como asistente técnico y especialista
informático de Fleming. Frankie Pinner se hallaba al otro lado de la cama, revisando
las constantes vitales de Rob en los monitores contiguos.
Fleming se inclinó sobre su hermano. La pantalla de comunicación ocular se
había retirado para poder llevar a cabo la prueba, de modo que sólo podía responder
no o sí según parpadeara una o dos veces, respectivamente.
—Rob, ¿comprendes lo que va a suceder hoy?
Fleming y Brown habían pasado meses calibrando a Brian no sólo para que
amplificara e interpretara las ondas cerebrales, sino también para convertir sus
modelos en palabras. Durante el último mes, Rob había estado leyendo en silencio
textos seleccionados mientras Brian leía su mente, relacionando sus patrones de
pensamiento con las palabras que leía y hallando conexiones simples. Conectando la
máquina a un sintetizador de voz, Fleming quería traducir las palabras pensadas por
Rob a la lengua hablada. Y hoy era el día.
Decidió ser directo.
—Existen riesgos, Rob. Debes comprender que aunque esta prueba no representa
para ti ninguna amenaza directa, te encuentras muy debilitado, sobre todo tu corazón,
y el menor agotamiento podría resultarte excesivo. No debes sentirte presionado.
Quiero y necesito que esto te quede claro. Después de lo que acabo de decirte,
¿quieres seguir adelante con la prueba?
Rob parpadeó dos veces.
—Rob, ya conoces cómo funciona este ejercicio —prosiguió Fleming—. Algunas
palabras aparecerán en la pantalla de estímulos. Esas palabras representan todas las
que el ordenador reconoce a partir de los ejercicios que has realizado en el último
mes. Cuando las hayas visto, tómate tu tiempo y piensa en todas y cada una de las
palabras que quieres decir. Concéntrate sólo en la palabra que quieres en cada
momento. No te compliques y no te preocupes por la gramática. ¿Entiendes?
Dos parpadeos.
—Perfecto.
Fleming miró a los demás presentes en la sala. Frankie seguía comprobando las
constantes vitales en los monitores. Fleming constató que el electrocardiograma se
mantenía constante y que había oxígeno preparado por si hacía falta. Una enfermera
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de refuerzo permanecía junto a la puerta. Greg seguía junto al neurotraductor,
monitorizando las dos mitades de la pantalla de plasma.
La superior, que reproducía la actividad de las ondas cerebrales de Rob, mostraba
una cuadrícula traspasada por delgadas líneas horizontales que oscilaban y
despuntaban independientemente. En la inferior, las palabras aparecían por abajo y
ascendían hasta desaparecer por el extremo superior, como los títulos de crédito de
las películas. Reflejaban el texto que Rob había introducido en la red neuronal de
Brian en el transcurso de las últimas dos semanas. Se trataba de términos simples:
«ayuda», «amor», «ir», «necesito», «juego», «pelota»; el vocabulario de un niño algo
menor que Jake. Pero al fin y al cabo eran palabras, bloques de construcción básicos
para rellenar el vacío comunicativo que se abría entre Rob y el mundo.
Mientras aparecían las palabras, Fleming veía que las líneas en la mitad superior
de la pantalla iban cambiando; el patrón de las longitudes de onda formaba una firma
de pensamiento única para esa palabra. Fleming fue observando las palabras que
aparecían hasta que la lista se agotó.
«La programación se ha completado», apareció escrito en la mitad inferior de la
pantalla.
Fleming observó a Greg y a Frankie.
—¿Todos preparados?
Los presentes asintieron al unísono.
Entonces se volvió hacia Rob.
—¿Preparado tú también?
Clavó la mirada en el ojo izquierdo de su hermano y aguardó el doble parpadeo.
Pero no se produjo.
Lo que pasó, mientras miraba el ojo inmóvil de Rob, fue que oyó el crepitar de la
electricidad estática que provenía de los dos altavoces situados sobre la cama y, a
continuación, por el rabillo del ojo, se fijó en el movimiento de la mitad superior de
la pantalla de plasma. Se volvió y vio que la palabra «Sí», estaba escrita en la inferior.
Pero lo que le puso la carne de gallina y le erizó el vello de la nuca fue oír la voz
inconfundible que emitían los altavoces, que reproducía el mismo monosílabo: «Sí».
Sin atreverse a mirar a los demás. Fleming mantuvo la mirada fija en Rob.
Probaría con otra pregunta cerrada.
—¿Estás de acuerdo en que yo soy, de los dos hermanos, el más guapo?
De nuevo se hizo una pausa, más larga esta vez, y por un instante Fleming pensó
que lo del «sí» había sido un golpe de suerte.
Pero entonces la pantalla se iluminó. Las líneas de la parte superior parpadearon y
en la mitad inferior apareció una palabra. Seguida de dos más.
«No —pronunció la voz por los altavoces—. No. No. Feo».
Una carcajada de alivio recorrió la sala.
Había llegado el momento de formular una pregunta abierta.
—¿Puedes decirme cómo te sientes, Rob?
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Otra pausa y tres palabras más aparecieron en la mitad inferior de la pantalla. Casi
al momento, la voz impersonal habló de nuevo desde los altavoces: «Bien-es-hablar».
Por el rostro de su hermano resbalaban las lágrimas y Frankie se adelantó para
secárselas. «Como-si-escalar-libertad».
Fleming había programado una voz de pronunciación natural para que la dicción
lenta de Brian, que separaba mucho las palabras, fuera menos robótica que la de los
primeros sintetizadores de voz.
—Funciona —susurró Greg, de pie junto a Fleming—. Funciona, maldita sea.
De nuevo el crepitar de la electricidad estática precedió a las palabras.
«Sí. Bien. Hablar. Gracias. Gracias. Milo».
—Es maravilloso oírte, Rob —respondió Fleming—. Mamá y Jake esperan en el
pasillo. ¿Quieres decirles algo cuando entren a verte?
«Querer Jake. Querer mamá. Querer papá. Querer tú, Milo».
Nosotros también te queremos, Rob.
«Hablo. Mucho-querer-decir. Pero-poder-no».
—No te preocupes, Rob. Tómate tu tiempo. Ahora sólo estamos tú y yo y puedes
decirme a mí lo que quieras. Eso ya lo sabes. Lo que quieras. ¿De acuerdo?
«Sentir-mal-Susan. Y Jake. Sentir-que-matar-Susan. Sentir-que-daño-a Jake».
Miles clavó la mirada en el ojo de su hermano.
—Rob. Lo que sucedió fue horrible, pero no fue culpa tuya. Sufriste un derrame
cerebral. No pudiste evitarlo.
«No. No. No».
—Rob. Tú no podrías haberlo…
Pero a medida que los pitidos constantes del electrocardiograma perdían su
regularidad y se fundían en una alarma continua, Miles se dio cuenta de que su
hermano no discrepaba de él. Su hermano gritaba, alterado.
—¿No qué, Rob? —le preguntó, y le pareció que a él también iba a salírsele el
corazón del pecho—. ¡Háblame, Rob!
El crepitar de los altavoces se oyó de nuevo y el cuerpo paralizado de su hermano
comenzó a agitarse.
—¿Qué te pasa, Rob? —Insistió Fleming—. Dinos qué te pasa.
Pero su pregunta se encontró con un silencio roto sólo por la alarma del monitor.
Frankie se inclinó sobre Rob tratando de frenar las convulsiones. Su voz, aunque
calmada, transmitía urgencia.
—Pulsaciones de setenta a noventa. Respira con dificultad. Taquicardia. Necesita
oxígeno.
Cogió la mascarilla y se la acercó a la boca.
El electrocardiograma se puso plano.
—Cargad los desfibriladores —ordenó Frankie. La otra enfermera se fue
corriendo hasta donde se encontraban. Los monitores que marcaban las constantes
vitales parpadeaban con furia.
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Frankie agarró los desfibriladores.
—Apartaos.
Se fijó en el electrocardiograma mientras la corriente pasaba por el cuerpo
paralizado de su hermano.
Nada.
Frankie lo intentó de nuevo, pero la línea siguió plana.
Un nuevo intento.
En ese momento la línea ascendió, errática, antes de descender de nuevo.
La enfermera lo intentó una cuarta vez.
Fleming oyó entonces el ruido de los altavoces, seguido de cuatro palabras
pronunciadas con tal claridad que casi le hicieron perder el sentido.
«Cortar-la-cuerda-Milo».
En ese instante se encontraba en el Eiger y su hermano bajaba la vista y veía a
Billie French. «Nunca se está tan vivo como cuando se está cerca de la muerte. Pero
nunca se está tan muerto como cuando se está atrapado en una vida que no se quiere.
Si alguna vez me pasa esto a mí, Milo, corta la cuerda y deja que me suelte. Eso es lo
que yo querría. Un poco de dolor no me importa, un poco de miedo, y después nada».
Fleming miró la línea del electrocardiograma, que se mantenía insistentemente
plano tras cuatro intentos de reanimar el corazón de su hermano.
—Rob, háblame.
—Cortar-la-cuerda-Milo —repitió él.
—¡Necesitamos la epinefrina! —Gruñó Frankie a la enfermera más joven, que
trataba de abrir el envase sellado al vacío. Impaciente, se lo quitó y, tras rasgarlo ella
misma, extrajo la jeringa preparada. La sostuvo como una daga y se preparó para
clavársela directamente en el corazón a través de la caja torácica.
Pero cuando estaba a punto de hacerlo, Fleming le agarró la muñeca.
—¿Qué haces?
—Deja que se vaya —balbució serenamente, con los ojos arrasados en lágrimas
—. Deja que se vaya.
—Pero Miles —objetó Frankie—. Es…
—Deja que se vaya —repitió él sin dejar de observar el electrocardiograma y de
oír el pitido de alarma.
No sabría decir cuánto tiempo permanecieron así antes de que le soltara la mano a
Frankie y dijera en voz muy baja:
—Ya se ha ido.
Las enfermeras y Greg miraron a Fleming y él sintió que algo se hundía en su
interior. Hacía sólo unos minutos había sido testigo de un logro increíble y de pronto
todo se había estropeado. Se suponía que debía ayudar a hablar a su hermano y
después, con tiempo, lograr que su cuerpo volviera a ponerse en marcha. Se suponía
que debía proteger y salvar a su hermano, lo mismo que él lo había salvado tantas
veces a él en la montaña. Lo que no se suponía era que tuviera que ayudarlo a morir.
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Miró a Rob, tendido en la cama. Parecía dormir, pero al fijarse más se dio cuenta
de que su hermano se había vuelto un extraño para él. El cadáver era exactamente
igual a Rob, pero al mismo tiempo muy distinto, como si su esencia se hubiera
esfumado.
Consultó la hora y tragó saliva.
—Hora de la muerte, once cincuenta y ocho a. m.
En silencio, el equipo pasó los minutos siguientes recogiéndolo todo mientras
Fleming se armaba de valor para comunicar a su madre y a Jake una noticia que él
todavía no había asimilado. Al menos Rob ya no sufriría más. Se había ido donde el
sufrimiento no podía alcanzarlo.
Entonces, al darse la vuelta para salir del Think Tank, se quedó helado.
De los altavoces del neurotraductor llegó el crepitar de la electricidad estática. El
volumen era más fuerte que antes y la voz sonó distinta, más turbia, como si la señal
se estuviera perdiendo.
«Milo. Ayudarme-hermano. No-poder-resistir-mucho-más. Caer. Sujetarme».
A Fleming se le había secado la boca, pero se obligó a sí mismo a mantener la
calma. ¿Cómo podía estar sucediendo eso? ¿Qué había hecho?
—Rob, ¿qué pasa?
Miró a Frankie para cerciorarse, pero ella seguía concentrada en los monitores.
El crepitar de los altavoces se hizo más fuerte.
«Caer. No-aguanto-más. Prométeme-cuidar-Jake», dijo la voz.
—Te lo prometo —balbució Miles—. Pero espera, todavía no te hemos perdido.
La voz se difuminaba, aunque lo perverso del caso era que cada vez se expresaba
con mayor fluidez. Observando la mitad superior de la pantalla del neurotraductor,
Fleming vio que todo rastro de onda cerebral había desaparecido. Le quitó los
mandos a Greg y buscó frenéticamente todos los gráficos pero, en efecto, éstos no
mostraban ninguna actividad cerebral, las señales aparecían inertes. Pero entonces
volvió a subir y vio que, en el extremo superior del espectro de frecuencias perduraba
cierta actividad en la señal de la onda.
—Dios, hermano, ayúdame. No estoy bien. Aquí hay algo malo. Tengo que
decirte…
—¿Decirme qué, Rob? —Fleming le preguntó presa de la desesperación—.
¿Cómo puedo ayudarte?
Las palabras que salían de los altavoces parecían cada vez más alteradas.
—No… Ayuda… Debes… Importante… Peligroso… Cuida de Jake…
Aquellas angustiosas palabras fueron difuminándose hasta perderse en el crepitar
de la electricidad estática, hasta que al fin se hizo el silencio.
—Vamos, Rob —suplicó Fleming con la boca más seca que un papel de lija—.
Háblame.
Se volvió hacia Frankie, a la que sorprendió consultando el reloj. Sus mejillas,
habitualmente sonrosadas, mostraban una palidez cadavérica y tenía los ojos abiertos
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como platos.
—Hace mucho que ha muerto, Miles —susurró—. Lo hemos perdido con el
primer ataque y ya no hemos podido reanimarlo.
—¡Eso es imposible! ¿De dónde venían sus últimos gritos de auxilio?
—Dios sabe —dijo Frankie—. Pero lleva casi seis minutos clínicamente muerto.
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16
E
l vuelo de Amber llegó de noche y ella regresó a su espaciosa y diáfana casa
de Pacific Heights. Despertó a la mañana siguiente. El sol brillaba en un cielo
azul, californiano, y la brisa tibia que soplaba desde la bahía la ayudó a
disipar el escalofrío residual del sueño de la otra noche, aquel sueño en que moría y
que todavía le impresionaba recordar. Se montó en su Mercedes y, tras atravesar el
Golden Gate, llegó a la residencia de la Iglesia de la Verdad del Alma, que se
encontraba en el condado de Marin.
La monja con hábitos color escarlata, que atendía tras el mostrador del vestíbulo
bañado por el sol, era expeditiva y eficaz.
—En este momento están bañando a su madre, doctora Grant —le dijo—. Si se
sienta en la sala de espera, la avisaremos cuando esté lista.
Amber se alegró al ver que el linóleo del suelo era nuevo y que las paredes
estaban recién pintadas. Estaba más en deuda con Gillian Grant que si ésta hubiera
sido su madre biológica, y cada vez que se sentía culpable por pagar a la Iglesia por
cuidarla, Amber se recordaba a sí misma que esa residencia, que la Iglesia de la
Verdad del Alma había adquirido de la Iglesia católica, era la mejor de la zona.
Como muchas otras organizaciones católicas de todo el mundo, había entrado en
declive a medida que la nueva Iglesia del papa Rojo, la de la Verdad del Alma,
incrementaba su popularidad. En otro tiempo, eran monjas ataviadas con sus hábitos
negros las que recorrían sus pasillos, pero las de ahora vestían de rojo. La residencia
ofrecía el mejor cuidado posible y se hallaba situada en un entorno de gran belleza.
Todos los ocupantes disponían de su propio apartamento privado, con acceso a la
piscina comunitaria, el restaurante y los preciosos jardines, de los que su madre se
había enamorado.
Amber habría preferido que Gillian se quedara con ella cuando su padre murió,
hacía cinco años, pero ella no soportaba la idea de ser una carga para su hija; no
quería que renunciara a su independencia. Cuando enfermó, le pidió que la llevara
allí, porque en aquel lugar podría disponer de lo mejor de los dos mundos: asistencia
profesional las veinticuatro horas y su propio espacio privado.
Desde la pared, frente a Amber, un retrato del papa Rojo la observaba. Incluso en
fotografía aquel hombre resultaba carismático. Poseía una nariz aguileña, pómulos
prominentes, una piel cobriza y lisa que disimulaba sus sesenta y ocho años. Llevaba
un birrete escarlata en la cabeza, a juego con sus lujosos ropajes y con el crucifijo
que, colgado de una cadena de oro, lucía sobre el pecho. También vio la imagen de
una embarcación magnífica, roja y blanca, diseñada a la manera de una catedral
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gótica, la famosa Arca Roja, también conocida como El Vaticano Flotante, que
navegaba por todo el mundo sin cesar, evitando así cualquier bandera nacional de
origen en su incansable peregrinar por todo el globo. Era desde el Arca Roja desde
donde el nuevo papa predicaba al mundo, en la primera iglesia electrónica que había
existido jamás. En una esquina de la sala, un televisor con el volumen bajo mostraba
al papa Rojo en acción, celebrando uno de sus servicios online a bordo del Arca Roja.
Por la parte inferior de la pantalla pasaba el siguiente mensaje: «Asista al servicio
online: www.arcaroja/iglesia-alma-verdad.com».
Tras la silla, a su izquierda, había un estante con tres navegadores KREE8
disponibles. Se trataba de tres cascos inalámbricos convencionales, dotados de un
visor, unos auriculares, un micrófono y un dispensador nasal de aromas. Sobre el
estante, un aviso animaba a Amber a «subir a bordo del Arca Roja y asistir a la
ceremonia en directo con el papa». Se puso el casco y se ajustó los auriculares de
espuma y el dispensador nasal.
Lo primero que vio fue una página de bienvenida y un montaje de vídeo del estilo
de los de la MTV en el que se presentaba al papa Rojo.
«Comprendiendo que su experiencia cercana a la muerte era una señal para
concentrar todas sus energías y su pasión en lo espiritual —decía una voz en off—, el
cardenal Xavier Acosta se ordenó sacerdote católico y no tardó en ascender en la
jerarquía, hasta que fue trasladado a la Santa Sede, en Roma. A los cincuenta y cuatro
años, Su Santidad ya era una de las personalidades más influyentes de la Iglesia
católica, uno de los llamados Tres Papas de Roma. Junto con el Pontífice —el papa
Blanco— y el Superior General de los Jesuitas —el papa Negro—, el cardenal Acosta
era el Gran Inquisidor del Vaticano, el papa Rojo. Pero incluso la Iglesia católica
romana se hallaba en conflicto, luchaba por sobrevivir a la corrupción, la misoginia y
los escándalos que afectaban a la curia y a muchos obispos de todo el mundo.
»Su Santidad manifestó su decisión de reformar muchos frentes, incluida la
negativa a que las mujeres tuvieran más peso en la Iglesia, o las reticencias a que los
curas pudieran casarse. También pretendía modificar los objetivos del Instituto de los
Milagros para que éste dejara de ocuparse de validar las pretensiones milagrosas y
pasara a emplear las nuevas tecnologías para buscar pruebas de la mano de Dios en
numerosos casos. Pero la derecha reaccionaria y su papa títere impedían
sistemáticamente la materialización de sus propuestas.
»Esperó a que el papa, enfermo, muriera, antes de dar el paso. Como uno de los
pocos miembros del colegio de cardenales menor de setenta años, el cardenal Acosta
era “papable” y contaba con considerable apoyo. Si se convertía en Sumo Pontífice
podría convertir la Iglesia en el poderoso cuerpo espiritual que Dios deseaba.
»Pero no pudo ser. Otros cardenales temían su ambición y ansia de reformas
drásticas. Votaron a uno de los suyos para mantener el statu quo. Su Santidad ya no
podía permanecer en silencio por más tiempo y se vio obligado a atacar a su propia
Iglesia, abogando por una reforma agresiva que asegurara su supervivencia. El apoyo
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que obtuvo dentro y fuera de la Iglesia, incluida la poderosa organización laica del
Opus Dei, le dio ánimos para seguir. Finalmente, el nuevo papa lo llamó a capítulo y
acabó excomulgándolo».
Amber siguió escuchando la voz que explicaba que, en el plazo de seis meses,
había recabado el apoyo de una cantidad impresionante de personas, que le ayudaron
a fundar la primera Iglesia electrónica, la Iglesia de la Verdad del Alma, y que Acosta
conservó la mayoría de los atavíos de su antiguo oficio, por lo que pasó a ser
conocido como el papa Rojo.
El vídeo concluía con escenas triunfantes del Arca Roja en su peregrinación
global, mientras la voz en off aseguraba que, en los últimos diez años, el ministerio
electrónico de Acosta había florecido hasta convertirse en lo que era hoy: una parte
vital e integral del mundo, cimentada sobre la tecnología y receptiva a nuevas ideas.
Al pie de aquella página de inicio virtual había una instrucción: «Pulse el botón
del casco para asistir al servicio».
Amber lo hizo y, al momento, se vio transportada a una realidad alternativa. Dejó
de encontrarse en la sala de espera de la residencia, viendo un vídeo, y pasó a verse
sentada en la primera fila de un anfiteatro surrealista. Si volvía la cabeza veía a otros
fieles de la congregación como si estuviera sentada entre ellos. Casi le parecía sentir
el roce de la chaqueta de quien se sentaba a su lado. Delante, oía la voz envolvente
del papa Rojo con tanta claridad como si éste se hallara a escasos metros de ella.
«La tecnología no tiene por qué socavar la fe religiosa —afirmaba en ese
momento, en respuesta a una pregunta—. Fue Einstein quien dijo que la religión sin
ciencia es ciega y que la ciencia sin religión es coja. La ciencia debe avalar la fe y
convertirla en algo más poderoso. No sólo en conocimiento, sino en algo mucho más
ambicioso: la Verdad».
El papa Rojo se sentó en una silla espartana situada en el centro del estrado. A
Amber, la informalidad del escenario le recordaba más a un programa de televisión
que a un oficio religioso, pero aquélla era una de las razones por las que el ministerio
del papa Rojo era tan popular, tanto entre los viejos como entre los jóvenes. Su
poderosa combinación de liderazgo carismático, valores religiosos simples y
tecnología punta resultaba irresistible. Estrellas de cine, ídolos del rock e influyentes
políticos de todo el mundo solían realizar apariciones como invitados durante los
servicios. Todos querían beneficiarse de la gloria que irradiaba.
Amber notaba la respiración y los movimientos de la gente que tenía alrededor y
sus fosas nasales detectaban el aroma a incienso. Admiraba las columnas y los arcos
que se alzaban hacia un cielo perfecto. Era como si no se hallara en absoluto en un
espacio terrenal, sino en algún templo celestial. La congregación parecía ilimitada,
representaba a todos los que, como ella, asistían virtualmente, en línea.
A su izquierda, suspendidos en el aire, unos dígitos giraban sin cesar, como la
carrera de un taxímetro o un cuentakilómetros. Representaban el número de personas
que asistían a la ceremonia online, a través de Optinet, y el de quienes la seguían por
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los canales de televisión que pagaban por los derechos de emisión. Si la cifra era
correcta, en aquel momento el papa se dirigía a más de quinientos millones de
personas en todo el mundo: casi la mitad de la cifra total de católicos del planeta,
según el cálculo de Roma. La Iglesia de la Verdad del Alma ya contaba con más de
mil quinientos millones de seguidores.
Una luz roja le parpadeó en el rabillo del ojo y la alertó de que algo sucedía en el
mundo real. Amber sintió una mano en el hombro. Se quitó el casco y se volvió hacia
la monja que estaba de pie, a su lado.
—Doctora Grant, su madre ya está preparada para recibirla.
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C
uando Amber entró en la suite 21 de la segunda planta, su madre estaba
sentada en una silla de ruedas, con el pelo cano recién lavado y cepillado.
Los ventanales que daban a la soleada terraza estaban abiertos y una brisa
amable mecía las cortinas traslúcidas. Después del baño, iluminada por aquella luz
difusa, no parecía enferma. Aunque su delgadez era extrema, tenía las mejillas
sonrosadas y los ojos brillantes. Había pocas señales visibles del cáncer que minaba
su cuerpo.
Sobre la mesilla de noche reposaban tres fotografías enmarcadas. La primera
mostraba a los padres de Amber sonrientes, en una playa. La segunda, a Amber y a
Ariel de niñas, con sus vestidos azules idénticos. La tercera era un retrato de toda la
familia delante de San Pedro del Vaticano, acompañados del padrino de Amber, papa
Pete Riga, que aparecía algo separado del resto, vestido con su sotana negra, las
manos enlazadas a la espalda.
El rostro de su madre se iluminó cuando Amber entró en la habitación y la
abrazó.
—Amber, ¿cómo te sientes? Me enteré de tus dolores de cabeza por televisión.
¿Por qué no me lo habías dicho antes?
Amber se sintió algo culpable al saber que su madre enferma se preocupaba por
su salud.
—No quería preocuparte, mamá, y además estoy bien. No es nada. —Se sentó
junto a ella—. Esta noche voy a cenar con papa Pete. Me ha dicho que vino a verte el
otro día.
Gillian Grant asintió.
—Conversamos sobre los viejos tiempos y me quitó un gran peso de encima
cuando bendijo mi decisión de instalarme aquí. —Hizo una pausa—. Pero a ti te pasa
algo. Lo noto.
Amber suspiró y decidió contárselo todo a su madre: los dolores de cabeza,
Fleming, el neurotraductor, su sueño.
—Lo más raro es que siento que Ariel trata de decirme algo. Es como si, desde
que murió, nunca hubiera abandonado mi cabeza.
Su madre sonrió.
—Eso no es tan raro, Amber. Ariel tampoco ha estado nunca muy lejos de mis
pensamientos. Tu hermana y tu padre siempre vivirán en mí. Y cuando yo me vaya,
seré yo quien vivirá en ti. Los seres humanos somos nuestras relaciones. Y cada vez
más, a medida que me acerco al final de mi vida, me doy cuenta de que éstas son todo
lo que existe.
Amber quiso explicarle que era algo más que eso, pero no lo hizo, porque
reconocía una verdad profunda en las palabras de su madre. El mundo cuántico se
limitaba a relaciones y uniones entre partículas elementales. ¿Por qué iban a ser
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distintos los seres humanos?
—¿Tienes que volver a Inglaterra a curarte esos dolores de cabeza? —le preguntó
su madre.
—Debo pasar un mes allí, sí. —Amber frunció el ceño—. Pero estoy preocupada
por ti.
Su madre movió la mano para apartarle aquella idea de la mente.
—¿Preocupada por qué? Debes ir. No te preocupes por mí. Yo seguiré aquí
cuando vuelvas. Los médicos dicen que me queda un año, así que es mejor que vayas
lo antes posible. —Le agarró la mano y se la apretó—. Estoy muy orgullosa de ti,
Amber, y de todo lo que has conseguido, pero tal vez estos dolores de cabeza sean
una bendición camuflada. Una oportunidad para que dejes de culparte por lo que le
sucedió a Ariel y para que empieces a ocuparte del resto de tu vida. A Ariel le
gustaría que fueras feliz. Siempre cuidaba de ti y no soportaría saber que te está
causando infelicidad. Permite que las cosas sigan su curso.
Amber se apoyó en el respaldo de su silla y dejó que aquellas palabras sabias y
amorosas se posaran sobre ella. La echaría mucho de menos cuando muriera. Aunque
era difícil pensar en su muerte teniéndola allí delante; Gillian era una mujer llena de
vitalidad.
Al cabo de un rato, acompañó a su madre al jardín y, mientras empujaba la silla
de ruedas, se dedicaron a compartir recuerdos y a hacer planes.
A la hora de comer la llevó a su habitación y la ayudó a meterse en la cama. Antes
de despedirse, la besó en la frente, como su madre hacía con ella y con Ariel cuando
eran niñas. Cuando ya se volvía para irse, se detuvo y trató de detener mentalmente la
escena apacible de su madre durmiendo, con el sol filtrándose a través de las delgadas
cortinas, el verdor de la terraza más allá.
Mientras registraba la escena en su memoria, no imaginaba la tormenta que se
avecinaba. Ni sabía que jamás volvería a ver a su madre en aquella habitación
tranquila, bañada por la luz.
* * *
—Lo que sucede, papa Pete, es que no creo que lo que experimenté fuera realmente
un sueño.
—¿Por qué no? Si tu conversación con el doctor Fleming te llevó a concentrarte
en Ariel, debe de haberse tratado de un sueño.
Los años que el padre Riga había pasado en la Compañía de Jesús habían
suavizado su acento neoyorquino, que de todos modos aún resultaba perceptible.
Ahora, Amber y su padrino se encontraban en la espaciosa cocina de ella. Vestido de
negro, con su pelo canoso, muy rizado, y sus penetrantes ojos azules, parecía
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cansado, aunque de edad indefinida. Amber había dado día libre a la criada y había
preparado ella misma el menú favorito de Riga, chuletas con pasta. Ahora, papa Pete
y ella estaban sentados frente a los platos vacíos, bebiendo el Barolo que el sacerdote
había traído de Italia. Y ella le hablaba de su sueño.
—Papa Pete, yo no sueño nunca. ¿Te acuerdas? Ariel era la que soñaba, pero yo
no. Ésa era una de las diferencias entre las dos. Lo que me ocurrió el otro día me
recordó más a la extraña experiencia cercana a la muerte que tuve durante la
operación. No era como un sueño.
—¿Y qué era entonces?
—Eso es lo que deseo averiguar. ¿Recuerdas que me contaste cuál fue tu primer
pensamiento al vernos a Ariel y a mí en aquel hospital de Sao Paulo en el que
nuestros padres biológicos nos abandonaron?
El sacerdote dio un sorbo al vino y asintió.
—Sí, claro. Aunque los médicos os definían como organismo biológico simple,
yo veía dos almas separadas. —Entrecerró los ojos—. ¿Adónde quieres ir a parar,
Amber?
Trató de formular una pregunta imposible.
—Miles Fleming me dijo que yo poseo parte del cerebro vivo de una persona que
está muerta. ¿Podría poseer también el alma de esa persona? —Riga frunció el ceño e
hizo girar el vino en la copa. Amber prosiguió—: ¿Y si al alma de Ariel no se le
hubiera permitido morir porque parte de su mente sigue viviendo en mí? ¿Y si, tras
todos estos años, está usando esos dolores de cabeza y esos sueños para contactar
conmigo de algún modo, para pedirme que la libere? —Riga volvió a fruncir el ceño,
más esta vez—. Papa Pete, dime algo. Sé que suena a locura, pero debo saber qué
piensas tú.
—Hija mía, no sé qué decir. Esto no es algo a lo que pueda dar una respuesta
rápida. En mis años como sacerdote he visto bastantes cosas como para estar seguro
de ello, y más sabiendo, como sé, lo estrecha que era tu relación con Ariel. Los
filósofos antiguos, hasta Descartes, creían que la conciencia humana, o el alma,
residía en el cerebro. —Riga se llevó la mano a la cabeza—. Incluso aventuraban su
localización exacta. Aseguraban que se encontraba en la glándula pineal. Pero lo que
acabas de decirme es tan… raro que carezco de una respuesta instantánea, ya sea
espiritual, filosófica o racional. Necesito pensar un poco más sobre ello. —Se apoyó
en el respaldo—. Pero ¿crees de verdad que Ariel sigue de algún modo viva? ¿Qué
dice ese doctor Fleming al respecto?
Amber se encogió de hombros.
—Es listo, y me cae bien, pero es científico y lo teórico no le interesa. Él persigue
soluciones prácticas, no le gustan las cosas que no puede explicar, y no me cabe duda
de que no cree en la vida después de la muerte. Me ha prometido examinarlo todo a
mi regreso, pero sé que está convencido de que lo que me sucedió fue un sueño.
—Ser práctico no siempre está tan mal —observó Riga—. Mira, Amber, yo
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regreso a Roma mañana y pensaré un poco más sobre lo que me has contado. En
cualquier caso, a ver qué dice Fleming, y llámame si hay noticias. Estoy seguro de
que debe de haber una explicación médica, racional.
—Eso espero —convino Amber, acercándole la botella de vino.
Riga cubrió la copa con la mano.
—No, gracias. Me ha venido dolor de cabeza.
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P
or la mañana, mientras cruzaba el Bay Bridge camino de la sede central de
Optrix, en Berkeley, Amber se sentía más optimista. Hablar con su madre y
con papa Pete le había dado ánimos y ahora creía que Fleming y su
neurotraductor encontrarían una causa racional a su problema.
Y, sin embargo, aislada en el interior de su Mercedes, no le parecía tan imposible
que algún vestigio de Ariel, el estado en forma de onda de su conciencia metafísica,
pudiera seguir existiendo en un estado en forma de partícula de la sección del cerebro
que compartían. A un nivel que no era capaz de precisar, seguía sintiendo que sus
dolores de cabeza podían ser un síntoma de una dolencia más grave y que, para
curarla, Fleming tendría que hacer algo más que usar su neurotraductor para exorcizar
su dolor fantasma. De algún modo, debería comprender su conexión con Ariel.
Pisó el acelerador y el puente fue haciéndose más pequeño en su espejo
retrovisor. Ya divisaba la torre de cristal oscuro de Optrix Industries frente a ella,
resplandeciendo como un pilar de ébano bruñido. Al acercarse a las imponentes
verjas, se fijó en el bloque de granito negro que se alzaba junto a la garita y en las
letras plateadas grabadas en él:
Optrix Industries.
Centro de Investigación Optoelectrónica.
«Hágase la luz».
Saludó al guardia, que le daba la bienvenida al campus, y aparcó bajo una de las
columnatas protegidas contra la radiación ultravioleta que permitía a los visitantes
acceder al edificio sin exponerse al sol directo. Echó un vistazo al estacionamiento y
constató que el Lexus negro, personalizado, de cristales muy tintados, ya ocupaba su
plaza.
Una vez en el atrio de la recepción, avanzó taconeando sobre el mármol
abrillantado hasta el mostrador, donde saludó a la encargada de la seguridad, que
estaba sentada tras su escritorio.
—Bienvenida, doctora Grant. Espero que se sienta mejor.
—Mucho mejor, gracias, Irene.
Se montó en el primer ascensor y pulsó el botón de la última planta. Cuando las
puertas se abrieron, avanzó por el pasillo curvo hasta su despacho, donde su
secretaria, una mujer alta y expeditiva, de pelo corto, la esperaba.
—Doctora Grant, ¿cómo se encuentra?
—Bien, gracias. ¿Algún mensaje urgente?
—El profesor Mortenson, del laboratorio principal, ha llamado para informar de
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que tienen problemas con los píxeles de memoria óptica del Lucifer. —Diane revisó
el cuaderno electrónico que sostenía en la mano—. Según dice, los pares electrón-
hueco demuestran inestabilidad. No se mantienen separados el tiempo que debieran a
temperatura ambiente.
Amber frunció el ceño. Mortenson era uno de sus físicos con más experiencia
pero, como a muchos integrantes de su equipo, le faltaba iniciativa. Admitía que, en
tanto que adicta al trabajo que quería involucrarse en todos los aspectos del
desarrollo, aquello era en parte culpa suya. Con todo, ya iba siendo hora de que la
gente empezara a pensar por sí misma.
—Dile que revise las proporciones para las capas de arseniuro de galio y de
arseniuro de aluminio del semiconductor, y que simultáneamente compruebe los
niveles de energía de los fotones. Si con eso no basta, entonces pídele que sugiera él
un modo de solucionarlo. —Le alargó su delgadísimo maletín a Diane—. ¿Puedes
dejarlo en mi escritorio? Tengo que ir a ver a Bradley.
A causa de su enfermedad, Bradley Soames pasaba casi todo su tiempo escondido
del sol de California, supervisando su fundación VenTec en Alaska, una iniciativa
tecnológica que desarrollaba propuestas innovadoras para una serie de clientes
especializados. Y dejaba que fuera Amber la que se ocupara del funcionamiento de
Optrix.
La ubicación de VenTec, al norte del círculo polar ártico, era un secreto
celosamente guardado. A pesar de que Amber había trabajado allí durante diez años,
ocupándose del equipo que desarrollaba el ordenador óptico, no conocía sus
coordenadas exactas. Y aunque visitaba el lugar con frecuencia, le costaría señalarlo
con precisión en un mapa. Como eran pocos los científicos de alto nivel dispuestos a
trabajar en Alaska durante períodos largos, ni siquiera para Soames, Optrix había
establecido su principal centro de investigación en el área de la bahía de San
Francisco. VenTec era un extra.
Abandonando su despacho, Amber recorrió la última planta de la torre oscura,
pasando junto a las oficinas del director financiero, el de recursos humanos y el
comercial, que eran los otros tres miembros del quinteto que formaba el consejo de
administración, encargado de velar por los intereses de Optrix en todo el mundo.
Todos sus despachos disfrutaban de las mejores vistas de la bahía, pero el de Bradley
Soames estaba situado en el centro del círculo y carecía de ventanas. Dos puertas lo
protegían del mundo exterior. Amber conocía el procedimiento y cerró la primera
antes de abrir la segunda. Al momento, la recepcionista de Bradley, sonriente,
apareció ante ella y la condujo hasta la antesala.
—Buenos días, doctora Grant —le dijo—. La está esperando. Por favor, entre.
Amber abrió una puerta más, en esta ocasión de cristal oscuro esmerilado, y
accedió a un pasillo cerrado que seguía en espiral hacia el despacho de Soames. A
medida que avanzaba, la luz se volvía más tenue, lo que permitía a los ojos
acostumbrarse a la penumbra de aquel sanctasanctórum. El despacho era circular. No
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había cuadros en las paredes lisas, ni ventana alguna. En el aire filtrado flotaba cierto
olor a medicamentos. Al fondo de la habitación había un sofá y una nevera con puerta
de cristal, llena de coca-colas.
Soames se apoyó en el respaldo de la silla y plantó las zapatillas de deporte sobre
el despacho curvo que dominaba el centro de la sala, rodeado de las pantallas del
ordenador que le permitían mantener controlado su imperio global. Iba vestido con un
mono de algodón gris perla, de una sola pieza, con capucha y guantes incorporados.
Allí dentro, a salvo de la luz, la capucha le colgaba sobre los hombros y se había
subido los guantes, dejando a la vista sus manos pecosas y llenas de cicatrices.
Tras él, en la penumbra, Amber intuía dos grandes siluetas tendidas en el suelo,
que la miraban con sus ojos amarillos. Soames se había traído sus dos lobos de
Alaska. Los había adoptado de cachorros para que le hicieran compañía, pues sentía
cierta afinidad con sus hábitos noctívagos. En Optrix, todos los llamaban «las
sombras», porque eran silenciosos, grises y no se separaban nunca de Soames. Él les
hablaba en una lengua extraña y gutural que Amber no entendía. Y los trataba como
animales domésticos, y la animaba a ella a hacer lo mismo, pero ella había leído que
nunca debía acariciarse a un lobo, ni olvidar que era un animal salvaje. No había más
que ver aquellos ojos brillantes, fijos, para saber que se trataba de un buen consejo.
El más grande la miró y se dio la vuelta. Amber se concentró en Soames.
Al parecer, no se había percatado de su llegada y hablaba con unos cascos
puestos, mientras monitorizaba las pantallas y leía el Wall Street Journal. Parpadeaba
constantemente.
—Marty, no me importa, Matrix tiene que jugar a nuestro juego si quiere
sobrevivir. Mira qué ocurrió con los chips de Intel y con Microsoft Windows cuando
salió el Lucifer. Y ahora es la red de redes. Todo Internet se ha pasado a la tecnología
óptica… ¡Pero si ya lo llaman Optinet! Y la mayor parte de ella se basa en Optrix,
Marty. Ésta es la edad de la luz. Y todo tiene que ver con la transferencia de datos a la
velocidad de la luz. Matrix tiene que trabajar con nosotros adaptándose a nuestras
condiciones o permanecerá en la edad de las tinieblas y morirá.
Durante un momento, Amber se quedó allí de pie, escuchando, estudiando su
pálido rostro, sus desconcertantes ojos azules, su pelo rubio. Muchos se sentían
incómodos en presencia de Soames. Ella no. Nunca había llegado a intimar con él y
no lo consideraba un amigo —era una persona demasiado aislada emocionalmente
como para comprender el concepto de amistad—, pero su propia infancia le había
permitido sentir cierta afinidad con él. Además, era un privilegio y una inspiración
nutrirse de su inteligencia. Trabajar con él hacía su vida más valiosa y su
contribución al mundo más significativa.
—No, Marty, no hay nada que discutir —exclamó Soames abruptamente
acercando la boca al micrófono—. Piénsalo. Adiós. —Pulsó un botón en una de las
pantallas que tenía delante y cortó la conexión. Se volvió a Amber y esbozó una
sonrisa—. ¿Cómo fue? —No le dio tiempo a responder—. ¿Lo has oído? El comité
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del Nobel ha decidido finalmente concederme el premio de Física, pero les he dicho
que no lo quiero. Yo no necesito el dinero, y menos aún la aprobación de ese puñado
de viejos necios y mediocres. —Hizo una pausa, pero no lo bastante larga como para
que ella pudiera mostrar su desacuerdo. Rebuscó bajo el escritorio y extrajo algo
parecido a una tarjeta de crédito—. Mira este prototipo óptico que han creado en
VenTec. Permite la conexión a fax, e-mail, videoteléfono, Optinet sin cables, y tiene
la misma capacidad de un ordenador de tamaño grande. Y cabe en la palma de la
mano. Impresionante, ¿no?
Sin apartar del todo la vista de los lobos, Amber cogió el dispositivo que Soames
le alargaba y se sentó.
—Es genial… No sabía que estuvierais trabajando en ello.
Soames ya no la miraba. Volvía a concentrarse en el periódico.
—Tenemos que hablar de la iniciativa china. Sé que VenTec puede crear un
modelo básico de ordenador óptico tan barato que Optrix podría lograr que todas las
casas del país tuvieran uno en…
Amber Grant suspiró, abrumada. Era como tratar con un niño, un niño brillante,
capaz y excesivo, pero un niño al fin y al cabo. Elevó la voz para hablar.
—Bradley, aterriza un momento y escúchame. —Hizo una pausa para dejar que él
alzara la vista—. Acabo de regresar de la clínica.
—Ya lo sé —dijo él, esbozando una fugaz sonrisa que hizo que sus labios
cortados se curvaran y mostraran unos dientes blancos, perfectos, incongruentes—.
¿Han descubierto algo?
—Por supuesto que no. Apenas han completado el primer examen. Tenías razón
sobre Miles Fleming. Es muy listo. ¿Qué tal fue el resto de la presentación de la
pantalla blanda de Lucifer en Londres?
—Genial… bueno, una vez la gente dejó de preocuparse por ti, claro. Tuve que
volar a VenTec esa misma noche, pero todo el mundo parecía bastante impresionado
con el lanzamiento. En cualquier caso, quiero que me cuentes con detalle cuáles
fueron las primeras impresiones de Fleming.
—Todavía no lo sé. Debo regresar y quedarme más tiempo. Un mes.
Soames se encogió de hombros.
—El tiempo que haga falta. Debo saber qué hay tras esos dolores de cabeza que
sufres.
Amber se echó a reír.
—¿Debes saberlo? Convendrás conmigo en que yo tengo mucha más necesidad
que tú de saber qué hay tras ellos, Bradley.
—Sí, sí, claro —admitió él, algo incómodo—. Pero tú mantenme informado de
todo lo que te cuente Fleming.
Estuvo a punto de contarle lo del sueño, pero algo en su casi cínico interés por su
enfermedad se lo impedía.
—Te sugiero que seas discreto sobre el tratamiento —dijo—. No es buena idea
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que los inversores se preocupen demasiado por mi estado de salud. Creo que
deberíamos relacionar mi desmayo durante la presentación con el estrés y con mi
preocupación por mi madre, y comunicar a la junta de Optrix que pediré la baja un
tiempo. Conozco al menos dos personas lo bastante competentes como para
encargarse de los proyectos más importantes. Los otros temas pueden rodar solos en
mi ausencia.
Soames asintió.
—Pareces tenerlo todo controlado. Te sugiero que ates los cabos sueltos que
queden y que regreses con tu médico.
Amber sonrió.
—Gracias por tu apoyo, Bradley.
—No me las des —respondió él, devolviéndole la sonrisa, lo que hizo que su
rostro se llenara de arrugas—. Entiendo lo importante que es para ti ocuparte de tu
salud.
Cuando se volvía para salir, oyó que Soames carraspeaba, señal inequívoca de
que estaba a punto de pronunciar unas palabras que él prefería considerar
improvisadas.
—Es sólo una idea, pero no dejes que Fleming sea demasiado cuadrado en su
diagnóstico. Yo que tú le animaría a atreverse a pensar más allá de lo establecido. Ya
me entiendes, a explorar cualquier vía, por más rara que le parezca.
Amber frunció el ceño. Era una buena idea y coincidía hasta tal punto con su
propia preocupación por Ariel que se sintió incómoda.
—Gracias, Bradley —se limitó a repetir—. Lo tendré en cuen…
Pero él ya no le hacía caso y había regresado a sus pantallas de ordenador. Así era
Bradley: cuando te parecía que se mostraba humano y compasivo, él mismo se
encargaba de recordarte que no pensaba como los demás.
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A
bordo de su arca, el papa Rojo tamborileaba sus dedos, impaciente, sobre el
escritorio, mientras esperaba que la pantalla de plasma holográfico de alta
resolución KREE8 se encendiera. Cuando apareció el doctor, con un broche
en forma de crucifijo escarlata cogido de su bata blanca, la pantalla confirió a su
rostro un aspecto en tres dimensiones tan real que resultaba fantasmagórico. El
cardenal Xavier Acosta lo estudió un instante, haciendo esfuerzos por disimular el
desagrado que sentía hacia él. Necesitaba a aquel hombre inteligente y le agradecía a
regañadientes que le mostrara un apoyo absoluto y desinteresado; el doctor no sólo le
había ayudado en secreto a fundar su Iglesia electrónica, sino que su dominio de la
técnica había hecho posible su expansión a un ritmo que había asombrado al mundo
entero. Su genialidad también había resultado básica para que Acosta hiciera realidad
su sueño, materializado en el Proyecto Alma. Con todo, seguía sin caerle bien aquel
joven.
El doctor protegía celosamente el secreto de su alianza con la Iglesia de Acosta, y
aunque siempre lo trataba con respeto, había una tono desafiante en su mirada y en su
voz que al papa Rojo no le gustaba. Era la única persona capaz de llamarlo Santidad y
sonar condescendiente.
Acosta lo observó y esbozó una sonrisa.
—¿Tiene algo que mostrarme, doctor?
Bradley Soames, reverente, echó la cabeza hacia delante.
—Sí, Santidad. He hablado con Frank Carvelli y con el tercer miembro del
Consejo de la Verdad sobre todas y cada una de las ciento ocho pruebas. —Hizo una
pausa—. El último experimento es el más representativo de nuestro progreso.
La pantalla de plasma que Soames tenía delante se encendió con un zumbido. En
la camilla del laboratorio estaba tumbada una mujer con la cabeza rapada y metida
dentro de una esfera de cristal, con un visor como el del casco de un astronauta.
Encajado en él, un pequeño rectángulo cóncavo de cristal traslúcido parecía una
diminuta pantalla de televisión.
El visor estaba levantado y dejaba ver los párpados de la mujer, abiertos de par en
par. En los ojos le habían insertado unas lentillas ligeramente tintadas.
En un primer momento, Acosta no se percató de quién era la mujer calva, pero
cuando la cámara acercó la imagen la reconoció: se trataba de la madre Giovanna
Bellini. Indignado, tuvo que hacer esfuerzos para no gritar. Miró a Soames, tratando
de leer su mente, pero la expresión neutra del científico no le reveló nada.
—¿Cómo se ha atrevido a hacer eso? ¿Con qué autoridad?
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Soames se encogió de hombros, compungido.
—Pero, Santidad, no podía hacer otra cosa. Monseñor Diageo me dijo que, según
usted, ella ponía en peligro el proyecto…
Acosta apretó las mandíbulas. No esperaba que Soames llegara tan lejos.
Monseñor Diageo siempre se mostraba discreto cuando debía adoptar medidas
necesarias, pero Soames parecía disfrutar poniéndolo a prueba.
—Ella era leal. No esperaba que le… hiciera esto.
—¿Y cómo esperaba que actuara con su sacerdotisa rebelde, Santidad?
Silencio.
Soames sonrió.
—La madre Giovanna no ha muerto en vano, Santidad. Cuando contemple su
muerte, verá lo mucho que hemos conseguido.
En esos momentos, Acosta odiaba a Soames. Odiaba su arrogancia juvenil, el
placer que sentía ante las decisiones despiadadas que a él tanto torturaban. Pero lo
que más odiaba de él era que no le permitiera fingir que una cosa era traicionar a la
madre Giovanna Bellini, una de sus seguidoras más leales, y otra matarla. Había
aprendido a aceptar las bajas de guerra en su paso por la Marina y hacía tiempo que
se había resignado a admitir sacrificios para proteger la obra de Dios, pero seguía
sintiéndose culpable.
—Doctor Soames —dijo con voz dura—, en adelante, en todo lo referido al
Proyecto Alma, actuará usted sólo bajo mi autoridad. Ahora, muéstreme el
experimento.
Soames asintió.
—Como desee, Santidad. —Carraspeó—. Antes de empezar, permítame ponerle
en antecedentes: gracias a la física cuántica sabemos que la conciencia humana puede
existir tanto en partícula, nuestro cerebro físico, como en onda, los pensamientos de
nuestra mente. La física también nos enseña que la energía no desaparece sin más,
sino que debe ir a alguna parte. Con la energía de la vida sucede lo mismo. Y a través
de experimentos cuánticos recientes se ha descubierto que, en el momento de la
muerte, nuestra fuerza vital, nuestra conciencia, abandona el cuerpo en forma de
grupo organizado de fotones subatómicos. Para detectar esos fotones en el momento
de abandonar el cuerpo recurrimos a una pantalla modificada detectora de fotones. Lo
interesante es que cada individuo deja un modelo de interferencia de onda único. Para
evitar la electricidad estática, a los sujetos se les afeita la cabeza, y para que la fuerza
vital resulte visible al ojo humano usamos unas lentes de contacto con filtro de
polímero, gas flavión y espectro verde claro para modificar artificialmente la
frecuencia de radiación electromagnética.
Acosta se mantuvo muy serio, con la vista fija en la pantalla, en la mujer,
obligándose a mirar.
Vio que un gas verdoso invadía la esfera de cristal y confería al rostro de la madre
Giovanna un aura enfermiza, actínica. A la derecha de la pantalla apenas distinguía
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los electrodos pegados a su sien izquierda. Más allá de su campo de visión oyó una
cuenta atrás.
«Cuatro, tres, dos, uno».
El electrodo chisporroteó y al momento se produjo un destello de luz tan rápido e
intenso que incluso a través de la pantalla obligó a Acosta a parpadear. De pronto,
como si de bombillas fundidas se tratara, los ojos de la madre Giovanna quedaron sin
vida bajo los lentes de contacto.
Acosta empezó a sudar mientras contemplaba aquellos ojos fijos y el corazón le
latía con fuerza. A pesar de los remordimientos, la excitación que sentía era casi
sexual. ¿Qué había visto antes de morir? ¿Veía ahora?
—Permítame explicarle qué ha sucedido, Santidad —intervino Soames—. Es
característico de todas nuestras últimas pruebas.
La imagen de la pantalla cambió y mostró el mismo experimento grabado en un
plano más general. Ahora, Acosta veía a la madre Giovanna Bellini de cuerpo entero,
tendida en la camilla. A sus pies había dos monitores.
—Ahora volveré a mostrárselo, pero esta vez ralentizado más de doscientas
veces. La luz viaja a trescientos mil kilómetros por segundo. Sólo pasando la
grabación a cámara lenta podemos constatar si hemos logrado canalizar la energía
vital de manera satisfactoria. Empezaré a reproducirlo a partir del momento en que le
administramos el shock eléctrico, que por desgracia es el único modo que tenemos de
indicar el momento exacto de la muerte.
Esa vez, cuando se produjo el destello, Acosta lo vio como una chispa que
emanara de los ojos de la mujer. No sabía cómo, pero una sola chispa pasó a través de
las dos lentes de contacto, simultáneamente, antes de impactar contra la pantalla del
visor, creando un patrón rayado, de líneas blancas sobre un monitor hasta entonces
negro.
—Fíjese en la dualidad cuántica onda-partícula que se muestra aquí. Por razones
que aún no comprendemos del todo, la energía vital abandona el cuerpo a través de
los ojos, lo que nos permite reproducir el experimento clásico de la doble ranura.
Cuando la energía vital abandona el cuerpo de la madre Bellini, pasa a través de sus
dos ojos antes de impactar en la pantalla detectora de fotones instalada en el visor.
Vea cómo ésta graba un modelo de interferencia de onda clásico en el momento en
que el conjunto de partículas de luz, o fotones, abandonan el cuerpo e interfieren con
ellos mismos. Este patrón rayado es exclusivo de la madre Giovanna Bellini, un
código de barras que, en realidad, es la firma de su alma.
Acosta asintió, mientras asimilaba los comentarios técnicos y seguía el avance de
la chispa a través de la pantalla hasta alcanzar la capa externa de la esfera. Allí,
aunque la grabación se pasaba a cámara lentísima, la chispa recorría cada milímetro
de la fibra traslúcida, densamente tejida, de la capa externa, en un abrir y cerrar de
ojos, iluminándola momentáneamente con una especie de halo. Y al instante la luz
desaparecía.
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—Éste es el problema —proseguía Soames—. Ya podemos identificar y canalizar
el paso del condensado Bose-Einstein, pero…
—Se refiere al alma —dijo Acosta.
—Sí, Santidad, «condensado Bose-Einstein» es, simplemente, el término correcto
de la física cuántica para referirse al sistema de bosones que conforma el alma.
Acosta frunció el ceño.
—De modo que, dicho lisa y llanamente, lo que insinúa es que son capaces de
canalizar el alma que se va, pero que todavía no pueden retenerla lo bastante en la
esfera para poder rastrearla.
—Lo que digo es que tardaremos un tiempo, Santidad. Del mismo modo en que la
electricidad siempre busca la tierra, esta energía siempre busca los cielos. Detenerla,
por más que sea sólo durante una fracción de segundo, para poder obtener rastros de
ella, es difícil. Debe tener en cuenta que demostrar la dualidad cuántica entre cerebro
y mente, o entre cuerpo y alma, ya es en sí mismo un hallazgo significativo.
Demostrar, además, la existencia de un alma cuántica en forma de sistema bosón de
fotones es todo un descubrimiento.
»Pero seguir el camino del alma es algo que va más allá del dominio de la física
cuántica, que se adentra en el de la metafísica cuántica. La ventana de la muerte es
tan pequeña que resulta prácticamente imposible asimilar las enseñanzas de un
experimento y aplicarlas al siguiente. La muerte de cada individuo es distinta, de
modo que nos vemos supeditados a la prueba y el error, con la esperanza de dar
finalmente con la frecuencia correcta que nos permita realizar el seguimiento del
alma. Si la gente muriera más de una vez, podríamos centrarnos en una sola persona,
realizar con ella experimentos repetidos en los que introduciríamos correcciones cada
vez que murieran. Hallaríamos la frecuencia del condensado Bose-Einstein, del alma,
enseguida.
—Pero la gente sólo muere una vez. ¿Qué cerca están, pues, de interceptar el
alma?
—Muy cerca. El principio de lo que tratamos de lograr ya existe en
optoelectrónica. Del mismo modo que un ordenador electrónico capta un conjunto
articulado de fotones de luz codificados con datos, deberíamos ser capaces de captar
un alma intacta en tanto que sistema bosónico coherente de fotones de vida el tiempo
suficiente como para poder interceptar su frecuencia. Necesitamos tiempo, eso es
todo.
—No disponemos de tiempo. ¿Qué otras contingencias se han producido?
—El Consejo de la Verdad ha explorado todas las tecnologías relacionadas,
aunque sea remotamente, para ver cuál de ellas podría resultarnos útil. Se están
siguiendo las más prometedoras y se están ofreciendo donaciones considerables para
que nos mantengan al corriente de aquellas que muestran algún potencial, pero por el
momento la que usamos sigue siendo la mejor.
Acosta volvió a fruncir el ceño.
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—Frank Carvelli me dijo que confiaban en un próximo descubrimiento.
—Últimamente se ha producido un desarrollo inesperado que analizo
exhaustivamente, pero quiero confirmar algunos aspectos antes de hablarle de él. —
Hizo una pausa—. Tal vez prefiera que interrumpamos temporalmente el proyecto,
hacer acopio de…
—No, de ninguna manera —se apresuró a responder Acosta—. Si algo deseo es
que se aceleren los experimentos. Nos hemos embarcado en algo demasiado
importante como para permitirnos el menor retraso, y si su confianza en la tecnología
está justificada, entonces nos hallamos muy cerca, ya casi hemos llegado. Hay
demasiadas cosas en juego.
—Pero después de su reacción ante la muerte de la madre Giovanna, sin duda
querrá usted… —Soames vaciló.
Acosta le clavó la mirada. No soportaba necesitar tanto a ese hombre y se
preguntó (no era la primera vez) cuáles eran los verdaderos motivos de aquel
científico para brindarle su ayuda. Sin dejar de controlar en todo momento el tono de
voz, le respondió.
—Ahora que ha matado usted a la madre Giovanna, es aún más necesario que
tengamos éxito en nuestro Proyecto Alma. No permitiré que su muerte sea en vano.
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Surrey, Inglaterra.
Un día después.
S
entado en el primer banco de la vieja iglesia, Miles Fleming mantenía la vista
al frente y se decía a sí mismo que cuando regresara a Barley Hall hallaría una
explicación racional al hecho de que su hermano hubiera hablado seis minutos
después de morir. Aquel hecho lo perturbaba más de lo que era capaz de expresar en
palabras.
La capilla, pequeña y muy antigua, se encontraba cerca de la casa que sus padres
tenían en Surrey. Olía a incienso, a la cera con la que abrillantaban las maderas, a
polvo antiguo. Sus bancos oscuros se veían gastados y las paredes estaban cubiertas
de placas de mármol en las que se rendía tributo a los parroquianos muertos en
guerras que se habían librado hacía siglos.
Alguien dijo una vez que los funerales eran para los vivos y no para los muertos,
y a Fleming, ese día, aquella afirmación le parecía muy cierta. A pesar de su ateísmo,
había organizado sin planteárselo siquiera el servicio religioso, y lo había hecho por
sus padres y por Jake. Aquéllos necesitaban creer que su hijo iba a estar en un lugar
mejor y el ritual ayudaría a Jake a comprender y aceptar lo sucedido.
En la iglesia no cabía un alfiler y, al fondo, se veía gente de pie. Además de sus
familiares, habían acudido muchos amigos de Rob, una mezcla ecléctica de miembros
del ejército, personas trajeadas, e incluso algunos locos por la escalada de rostros
bronceados y ropa arrugada. Todos ellos habían acudido a aquella población del sur
de Londres a dar el último adiós a Rob, a darse por enterados de su muerte.
Cuando Fleming, junto a cinco colegas militares de su hermano, se subió el ataúd
a hombros, de él se apoderó la necesidad imperiosa de gritar que él había dejado
morir a su hermano y que lo había oído hablar después de muerto. Pero no lo hizo y
se limitó a ayudar a los demás a dejar la caja frente al altar. A continuación, tomó
asiento en un extremo del primer banco, junto a Jake y sus padres. Una vez allí, sintió
el muslo cálido de su sobrino y oyó su respiración acelerada: Jake observaba
atentamente el ataúd. Fleming oía el tono pausado del reverendo anglicano, aunque
no escuchaba sus palabras. No lograba pensar más que en la respiración entrecortada
del pequeño, temeroso de que en cualquier momento se derrumbara.
En los cuatro días que habían transcurrido desde la muerte de su hermano,
Fleming se había negado a pensar en aquella muerte y se había entregado por entero a
los aspectos prácticos. Tras notificárselo a Virginia Knight y rellenar el certificado de
defunción, había pedido permiso en Barley Hall para reunirse con sus padres y con
Jake y ayudarles a organizar el funeral. Su yo profesional había asumido el control de
la situación, pero por dentro se sentía entumecido y su asombro y su pena por la
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pérdida flotaban bajo aquella frágil capa de frialdad.
Una frialdad que había estado a punto de perder en Cambridge cuando comunicó
la noticia a sus padres y a Jake. Ella se desmoronó un instante y acto seguido se
levantó y abrazó a un desconcertado Jake. Pero fue cuando lo abrazó a él y trató de
consolarlo, diciéndole: «Miles, has hecho todo lo que has podido. Nadie habría hecho
más por él. Ahora está tranquilo, con Dios», cuando tuvo que morderse el labio
inferior y contener las lágrimas. Porque no había hecho todo lo que había podido para
salvar a su hermano. Aunque sabía que era poco probable que el estimulante hubiera
salvado a Rob, viviría con la culpa de haber detenido a la enfermera, de haber
permitido que él muriera. Todavía no había informado a sus padres de lo que había
hecho, y seguramente no lo haría nunca, porque ellos no lo entenderían: para ellos la
vida importaba más que el sufrimiento.
—Señor todopoderoso, omnisciente y compasivo…
Las palabras del sacerdote interrumpieron los pensamientos de Fleming y una ira
negra se apoderó de él. En su opinión, allí, en aquellas palabras, se hallaba el enigma
esencial de la fe. O bien Dios conocía el sufrimiento y podía impedirlo, pero no lo
hacía porque no le importaba, en cuyo caso no era compasivo, o bien conocía el
sufrimiento y le importaba, pero no podía hacer nada por impedirlo, en cuyo caso no
era todopoderoso, o bien podía hacer algo por impedir el sufrimiento humano y le
importaba, pero no tenía conocimiento de él, en cuyo caso no era omnisciente. Era
imposible que Dios fuera, a la vez, todopoderoso, omnisciente y compasivo.
Se fijó en sus padres. A su madre la veía pequeña y frágil, y a su padre, viejo por
primera vez. Los dos observaban al reverendo; necesitaban que su fe los ayudara, les
sirviera para hallar sentido a un sufrimiento que Fleming hacía tiempo que
consideraba cruel y arbitrario. Ojalá él contara en ese momento con el consuelo ciego
de la fe. Pero las cosas no eran tan sencillas.
Aunque su hermano ya estaba prácticamente muerto cuando le pidió que «cortara
la cuerda», y Fleming creía que había hecho lo que debía al liberarlo del sufrimiento,
le atormentaba que Rob no sólo hubiera vuelto a hablarle seis minutos después de
muerto, sino que, al hacerlo, a él no le pareciera que había dejado de sufrir.
Luchando contra la responsabilidad de lo que había hecho, Fleming trató de
apaciguar las ideas conflictivas de su mente negándose a creer que Rob pudiera
encontrarse en otro lugar que no fuera la nada. Tal vez había un desfase en el
neurotraductor y por eso habían tenido la sensación de que su hermano había hablado
después de muerto; tal vez algún retraso, y lo que Miles había oído no eran las
palabras de un alma sufriente, sino los últimos estertores aterrorizados de una mente
agonizante antes de que la nada la reclamara.
Fleming debía entenderlo así, porque su credo no le permitía alternativas. No
soportaba la idea de que la conciencia de su querido hermano siguiera viviendo y
sufriendo. Y menos si pensaba que él no había intentado salvarle la vida.
Un oficial del regimiento de Rob estaba hablando de su amigo en ese momento.
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Su delicado acento irlandés y sus recuerdos parecían devolverlo a la existencia. Al oír
que describía a Rob como «el mejor de los padres, el mejor de los hijos y el mejor de
los hermanos, pero sobre todo, el mejor de los hombres», los ojos se le llenaron de
lágrimas.
Pero sólo al oír que Jake sollozaba a su lado, al imaginar la sensación de pérdida
que lo invadía, la presa que contenía sus sentimientos se rompió en su interior. Las
lágrimas, cuando llegaron, brotaron sin dolor, un alivio ante tanta presión acumulada.
Estrechó a Jake en sus brazos y, juntos, lloraron sin reprimirse.
* * *
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—¿Dónde están papá y mamá ahora? ¿Tienen e-mail?
Miles sonrió al oír aquella ocurrencia.
—Si lo tienen, no me han dado su dirección.
—Pero ¿dónde crees tú que está papá? Tiene que estar en alguna parte, Milo.
—Bueno, supongo que sigue viviendo en nuestros recuerdos y en todos nuestros
corazones.
—Pero ¿qué está pensando en este momento? ¿Me ve?
—No lo sé —respondió Fleming—. Yo creo que tu padre se ha quedado dormido.
Estaba enfermo y ahora descansa.
—¿Y en qué sueña entonces?
El sueño de Amber y su idea de que la mente de su hermana vivía en ella, le vino
a la cabeza de pronto.
—Si sueña con algo, estoy seguro de que lo hace con cosas alegres, contigo y con
toda la gente que quiere.
—¿Y qué pasa cuando despierta?
—Tal vez no despierta. Tal vez tiene un sueño largo y tranquilo que dura siempre.
—La abuela dice que papá y mamá están en el cielo.
—Tal vez lo estén.
—La abuela dice que el cielo está muy arriba y que está lleno de cosas buenas.
—Bueno, si es un lugar bonito y está muy arriba, entonces seguro que tu padre lo
ha encontrado. Es un buen escalador.
Jake alzó la cabeza, contempló las estrellas y suspiró.
—Milo —dijo muy concentrado, frunciendo el ceño—. Si Dios hace el cielo, que
es bueno, ¿entonces por qué hace que ocurra esto, que es malo? ¿Por qué se ha
llevado a papá y a mamá? Él no los necesita a los dos.
Fleming se preguntó qué respondería su madre a esa pregunta. Jake ni siquiera
había mencionado el hecho de que aquel Dios supuestamente todopoderoso,
omnisciente y compasivo se había llevado también sus dos piernas.
—No lo sé, Jake. Si existe Dios, tal vez sea egoísta y piense que tus padres son
tan especiales que los quiere para él.
—El cielo es un buen sitio, ¿verdad? —preguntó Jake con gesto de preocupación.
—Sí, claro —respondió Fleming, pasando la mano por el pelo de su sobrino.
—O sea, que mis padres están contentos, porque en el cielo todo el mundo está
contento.
Fleming miró fijamente a Jake.
—Sí, Jake. Estoy convencido de que están muy contentos.
Pero no estaba nada seguro.
¿Alguien podía estar seguro?
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21
El Think Tank.
Nueve horas después.
A
las tres menos veinte de la madrugada, Amber se hallaba profundamente
dormida en el Think Tank de Barley Hall. Aquella misma tarde había
regresado desde San Francisco y Virginia Knight le había informado de la
muerte de Rob Fleming. Las enfermeras le habían ayudado a instalarse en su
cubículo, y allí se alegró mucho al encontrarse con una tarjeta del padre Peter Riga,
acompañada de una caja de sus bombones belgas favoritos.
«Estoy seguro de que todas esas pruebas revelarán que posees una mente
extraordinaria. Llámame siempre que te apetezca conversar. Papa Pete».
Luego la llevaron en silla de ruedas hasta el Think Tank para proseguir con sus
ejercicios y análisis. Hacía dieciocho minutos que se había quedado dormida y en ese
momento entraba en fase REM, el estado onírico.
A medida que su mente inconsciente se separaba de su cuerpo, ella se retorcía y
se agitaba en la cama. Momentos después se quedó inmóvil y las órbitas de los ojos
empezaron a moverse muy deprisa. Levantó los párpados y miró sin ver el techo.
Amber se alejaba de su cuerpo más rápidamente que en la ocasión anterior —tanto
que apenas podía respirar—, se aproximaba a la luz brillante a una velocidad
terrorífica. Todo estaba comprimido, la oscuridad era más negra, la luz, más radiante.
Estaba segura de que, en esa ocasión, la luz le revelaría algo terriblemente cierto y la
engulliría para siempre.
Mientras se aproximaba a ella, no podía hacer más que gritar en el vacío, pero su
grito era mudo…
* * *
Miles Fleming cruzó las puertas de Barley Hall montado en su coche y enfiló el
sendero de grava. Aparcó junto a la puerta principal. El pórtico de la entrada,
flanqueado por columnas dóricas, se veía imponente al resplandor de las luces de
seguridad, pero Fleming no alzó la vista al entrar en el edificio y se dirigió
directamente a su despacho.
Después de hablar con Jake, se había acostado temprano y se había dormido
profundamente poco después de las diez. Dos horas más tarde, un sueño tenebroso,
pero que no recordaba, lo había despertado empapado en un sudor frío y lo había
empujado a salir de casa de sus padres y a trasladarse hasta allí. Tenía que averiguar
por qué el neurotraductor había permitido a Rob hablar después de muerto. Debía
hallar una explicación racional a lo sucedido, y debía hallarla de inmediato.
Avanzando por el pasillo tenuemente iluminado del ala este, dejó atrás a la
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enfermera del turno de noche, que estaba amodorrada sobre su escritorio, pero se
detuvo al percibir el llanto lastimero de una niña que procedía del Think Tank. En ese
momento no había menores en Barley Hall. Al oír lo que decía la pequeña, se le erizó
el vello de la nuca.
Entreabrió la puerta del Think Tank hasta que vio a Amber Grant tendida,
inmóvil, en la cama, con el casquete azul puesto. La transpiración hacía brillar su piel
y tenía los ojos abiertos. Aquella visión lo perturbó, pero lo más inquietante era la
voz infantil que salía de sus labios. Fleming contuvo el aliento.
«Amber, Amber, ¿dónde estás?», decía aquella voz entre asustada y
desilusionada.
Se acercó al neurotraductor, que mostraba un espectro con los colores del arco iris
a medida que los procesadores ópticos paralelos realizaban incontables cálculos
simultáneos. Ajustó ligeramente los diales del panel inferior, hizo descender la esfera
y accionó un interruptor. Los altavoces se pusieron en marcha al momento, aunque él
todavía no tenía la menor idea de qué esperaba oír. Aguardó unos instantes, y ya
estaba a punto de apagarlos de nuevo cuando, a través del crepitar de la electricidad
estática, se abrió paso un sonido.
El grito desgarrador no se parecía a nada que hubiera oído en su vida. Mientras
alargaba la mano para apagar los altavoces, le vino a la mente la cita bíblica de la que
su hermano se había reído, nervioso, al oírla en las clases de catecismo que recibían
en la escuela: «Mas los hijos del reino serán echados a las tinieblas de afuera: allí será
el lloro y el crujir de dientes».
A pesar de todo su escepticismo de adulto, aquel lamento desesperado
descompuso a Fleming: no era de este mundo. Era el sonido de un alma atormentada.
Trató de calmarse y se volvió hacia la cama. Amber estaba tranquila y respiraba
con normalidad. Tenía los ojos cerrados y no se movía. Abandonó el Think Tank y
siguió hasta su despacho. Ya no le preocupaba no ser capaz de explicar por qué Rob
había hablado después de muerto. Ahora lo que le preocupaba, lo que lo aterrorizaba,
era precisamente lo contrario, ser capaz de explicarlo.
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22
X
avier Acosta odiaba la noche. Quedaba tanto por hacer… y mientras dormía
no conseguía nada. Hubo un tiempo en que apenas necesitaba descansar,
pero aquellos días ya pertenecían al pasado. La noche también era el
momento de la introspección. Cuando se encontraba solo con sus pensamientos,
surgían las dudas. Su fe se ponía a prueba.
—Dígame con sinceridad, Monseñor —le preguntó a su asistente mientras éste lo
ayudaba a acostarse en su camarote privado del Arca Roja—: ¿Cree usted que el
doctor y los demás científicos obtendrán lo que buscan?
Paolo Diageo era la única persona en el mundo con quien podía compartir sus
dudas. Aquel hombretón había trabajado para él desde que Acosta pasó a formar
parte de la curia de Roma, hacía más de veinte años. Había sido el primero en jurarle
fidelidad cuando abandonó el Vaticano. Licenciado y procedente de los barrios más
humildes de Nápoles, Diageo le había contado en una ocasión que había
experimentado dos conversiones religiosas: una había sido terrenal, al ingresar en los
dominicos para escapar a su destino de pobreza, y la otra espiritual, la primera vez
que oyó predicar a Acosta y decidió seguirlo. Se trataba de un hombre duro, poseedor
de una inteligencia aguda, instintiva, que mantenía sus contactos con el submundo
secular —algunos aseguraban que con la mafia—, y Acosta sabía que haría cualquier
cosa por él.
Diageo lo ayudó a quitarse la túnica escarlata y la echó al cubo de la ropa sucia.
Después, con sorprendente delicadeza, cogió la nueva, que se hallaba junto a la
puerta, la extrajo de su envoltorio de plástico y la colgó en el alto armario de caoba
para que estuviera lista al día siguiente. Finalmente, le alargó el albornoz blanco que
aguardaba sobre la cama, para que se lo pusiera.
—No serán los científicos quienes garanticen el cumplimiento de su misión,
Santidad —respondió Diageo con su voz lenta y profunda, mientras Acosta metía los
brazos en las mangas—. Será Dios quien vele por que suceda. Él no permitirá que se
agote el tiempo. Es demasiado importante para Sus planes.
La serena certeza de aquel hombre tranquilizó a Acosta.
Diageo entró un instante en el cuarto de aseo.
—Su baño ya está listo, Santidad —dijo al salir—. Le he dejado los analgésicos y
la medicación junto a la cama. ¿Manda algo más?
—No. Dios te bendiga, Monseñor.
—También a usted, Monseñor. Si…
—Gracias, Monseñor. Te llamaré si te necesito.
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Cuando Diageo se fue, Acosta, cojeando, se metió en el baño. Sus aposentos
privados eran austeros. El objeto más valioso era una espada ceremonial que,
envainada, colgaba sobre la cama. La conservaba desde sus días de capitán en la
Marina argentina, como símbolo de la eterna guerra que libraba por la salvación de la
humanidad.
Una vez en el baño, se quitó el albornoz y la ropa interior, y quedó desnudo frente
al espejo. Teniendo en cuenta su edad y el desgaste que los años habían infligido en
su cuerpo, todavía estaba en forma. El daño más visible era la cicatriz que asomaba
en su maltrecha pierna izquierda, así como la deformación de la pelvis, recordatorios
de la herida que había cambiado el curso de su existencia hacía muchos años.
Porque él había sido un hombre muy distinto, guerrero joven, de sangre caliente,
que ni se planteaba si Dios estaba de su parte. Lo único que le importaba era la
conquista en la batalla, en su carrera, con las mujeres. Pero entonces, aquel jet Harrier
de los británicos hundió su crucero en las islas Malvinas. No recordaba la explosión,
ni el momento en que lo rescataron con helicóptero, antes de que la nave de guerra se
hundiera. Pero, aunque aquello había sucedido hacía más de treinta años, todavía
recordaba con detalle las once horas de intervención en Buenos Aires, mientras el
cirujano luchaba por salvarle la vida. Aunque, lógicamente, estaba anestesiado y, por
tanto, inconsciente, vio a los médicos unirle la pelvis como si flotara por encima de la
mesa de operaciones, preguntándose si viviría o moriría.
Cuando despertó de la anestesia, supo que debía dar un nuevo rumbo a su vida.
Dios lo había elegido, salvando su alma pero dañando su cuerpo, para que se centrara
en lo espiritual, y no en lo físico, para que sirviera a Sus altos intereses. Había
bendecido a Acosta con el sufrimiento para que, inmerso en aquel dolor continuo,
recordara siempre que era un enviado de Dios en la tierra.
Renqueando, se metió en el baño y comprobó la temperatura del agua antes de
entrar en la bañera. Se sumergió en ella y sintió que el calor penetraba en sus huesos
doloridos, y se consoló pensando en todo lo que había conseguido desde su salida de
Roma. En apenas diez años había creado la Iglesia de la Verdad del Alma y la había
convertido en el ministerio más importante del mundo.
Con todo, mientras salía de la bañera y se secaba, se dio cuenta de que incluso
aquel éxito fenomenal no significaba nada. Se puso el pijama y se tomó las píldoras
que se alineaban en la mesilla de noche, en el orden en que Diageo las había
dispuesto. Mientras lo hacía, rezó una breve oración. Esperaba que su asistente
tuviera razón, que Dios concediera a Bradley Soames el tiempo suficiente para
culminar con éxito el Proyecto Alma.
Apoyó la cabeza en la almohada y apagó la luz. En la oscuridad, regresaron a su
mente los ojos muy abiertos de la madre Giovanna Bellini, que lo miraban
acusadores, y se dio media vuelta. El Proyecto Alma debía salir adelante para
justificar su muerte y la de los demás. Su destino no podía limitarse a ser el ministro
de Dios en la tierra. Para que su vida —y la muerte de la madre Giovanna— tuviera
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sentido, debía convertirse en el ministro de Dios en la tierra y en el cielo.
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23
Barley Hall.
T
ras abandonar el Think Tank, Fleming se dirigió a su despacho a toda prisa
atravesando pasillos oscuros y desiertos. Una vez allí, encendió el ordenador,
accedió a la base de datos y, tras teclear su contraseña, accedió a los archivos
secretos de Brian. Revisó la base de datos del neurotraductor hasta encontrar el icono
con el nombre de «Rob Fleming». Aspiró hondo, rozó el icono con la punta del dedo
y abrió la carpeta que contenía varias más.
En cuestión de segundos, dispuso la pantalla en dos mitades; la izquierda
mostraba los patrones intermitentes de las ondas cerebrales de Rob, mientras la
derecha reproducía la grabación de vídeo Quicktime realizada por las cámaras del
Think Tank en la que se mostraba su muerte. En el extremo inferior de la pantalla, un
reloj le permitía sincronizar las acciones del vídeo con la actividad cerebral de su
hermano.
Haciendo esfuerzos por distanciarse de lo que presenciaba, reprodujo el
experimento desde el principio y observó cómo las señales de las ondas del cerebro
oscilaban mientras Rob «hablaba» por primera vez. Cada palabra trazaba un patrón
único que implicaba una serie de ondas cerebrales y, en ese estadio, al concentrarse
en la mitad izquierda de la pantalla, no veía nada anómalo.
Hasta que Rob tuvo la nueva embolia.
La mitad derecha de la pantalla mostró a Frankie aplicando el desfibrilador en el
pecho de su hermano. La izquierda reproducía la oscilación frenética de las ondas
cerebrales de Rob, que denotaban su gran agitación.
Luego, una a una, fueron convirtiéndose en líneas planas, la representación de su
muerte cerebral.
Durante los siguientes seis minutos, las ondas cerebrales no revivieron. Excepto
una. Una longitud de onda tan alta en el espectro de frecuencias que ya casi se salía
de la escala. Fluctuaba aleatoriamente mientras Rob pronunciaba sus últimas
palabras. Y parecía la única responsable de que pudiera hablar después de muerto.
Fleming no había visto en su vida algo así. Rozó la pantalla y se abrió un recuadro de
diálogo. Buscó el título, pero no había ninguno, sólo la palabra «desconocido» escrita
en lo alto.
Fleming pulsó la flecha doble sobre la barra de estado, en la base de la pantalla, y
rebobinó el vídeo hasta el principio del experimento. En esa ocasión, al revisar la
mitad izquierda de la imagen, se fijó en que aquella señal cerebral desconocida había
permanecido inmóvil hasta que Rob hubo muerto.
Fleming trataba de comprender lo sucedido. Volvió a rebobinar dos veces más el
experimento, elevando el sonido al máximo, para oír mejor la voz de Rob generada
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por ordenador. Y en todo momento estudiaba las longitudes de onda, en especial
aquella desconocida que se hallaba en lo alto de la pantalla.
Finalmente, llegó a dos observaciones. La primera era que aquella nueva longitud
de onda parecía permitirle a Rob hablar con más fluidez después de muerto, casi
como si fuera más rápido aprendiendo a usar el neurotraductor que todas las demás
ondas cerebrales de Rob combinadas. La segunda era que, aunque la longitud de onda
se había activado tras la muerte de Rob, no es que hubiera aparecido en la pantalla en
ese momento. Aletargada y desapercibida en lo alto del registro, ya estaba en la red
neuronal de Brian desde el inicio del experimento.
Fleming no lograba explicar el porqué de la primera observación, pero la razón de
la segunda le parecía obvia: el neurotraductor no había descubierto aquella misteriosa
y nueva longitud de onda a la muerte de Rob. Su red neuronal ya la había conocido
en un paciente anterior, recientemente además.
Se echó hacia delante, rozó la pantalla y se metió en la lista de archivos del
neurotraductor. Al momento, el historial de Amber Grant apareció ante él.
A la derecha de la pantalla se veía la grabación en vídeo de la primera noche que
Amber pasó en el Think Tank. En ella aparecía girándose y revolviéndose durante su
sueño, hasta que su cuerpo, súbitamente, quedó tranquilo, abrió los ojos y gritó con
voz de niña pequeña. Repetía su propio nombre una y otra vez, como si se hubiera
perdido.
Fleming se fijó en la mitad derecha de la pantalla y se quedó casi sin respiración.
En primer lugar, las longitudes de onda se mezclaban y oscilaban frenéticamente, lo
mismo que las de Rob en el momento de su muerte. Luego la pantalla distorsionó las
imágenes, las longitudes de onda se aplanaron momentáneamente, como si estuviera
cerebralmente muerta, y una única señal intermitente apareció en la pantalla, en el
extremo superior del espectro de frecuencia.
Sin necesidad de comprobarlo, Fleming supo que se trataba de la misma longitud
de onda nueva que había permitido a su hermano hablar después de muerto. Se
concentró en la pantalla y después, con movimientos lentos, como un sonámbulo,
buscó los iconos que se mostraban en la imagen, abrió la carpeta con los registros de
Amber correspondientes a esa misma noche y reprodujo la secuencia que acababa de
presenciar en el Think Tank.
La observó dormida, se fijó en su comportamiento fisiológico en el momento de
alcanzar la fase REM. Forcejeaba, como si la arrastraran a un lugar al que no quisiera
ir. Al entrar en el estado de los sueños, todo su cuerpo se relajó. La mayoría de las
personas queda como paralizada al incorporarse a la fase REM, pues el puente y la
médula, en la base del cerebro, envían señales por la espina dorsal para inhibir la
actividad muscular e impedir, de ese modo, que los sueños cobren vida. Las señales
de Amber eran débiles y abrió los ojos como si buscara algo. Hablaba con la voz que
había oído hacía apenas unos instantes: la voz de una niña.
Mientras observaba las ondas cerebrales parpadear y extinguirse a un lado de la
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pantalla, y mientras se fijaba en Amber, que dormía en el otro, se vio a sí mismo
entrando en el Think Tank y dirigiéndose al neurotraductor conectando los altavoces.
Al oír la grabación de aquel grito sobrenatural, estudió aquella única onda cerebral
desconocida que aparecía en la mitad izquierda de la pantalla. Vio que se movía en
sintonía con el grito, como si reflejara toda la agonía que éste expresaba.
Simultáneamente, en todo momento se oía a Amber gritando su propio nombre.
Fleming entendía el cerebro humano mejor que la mayoría y era el primer
interesado en considerar todo aquello como una anomalía de una psique atormentada
o como algún síndrome de retraso en la memoria. Pero no podía.
Recordó lo que Amber le había contado sobre aquel sueño en que moría y le
asaltó una pregunta: ¿Y si tenía razón? Como ella poseía parte del cerebro vivo de
una persona muerta, tal vez sí hubiera una conexión entre su conciencia viva y la de
su gemela fallecida. Quizá su sueño de muerte hubiera sido un recuerdo de su
experiencia cercana a la muerte en el quirófano, y el grito que él había oído podía ser
el grito de su mente ante aquella muerte, pronunciado a través de la longitud de onda
desconocida. Y quizás aquella voz de niña no proviniera de la conciencia de Amber,
sino de la de Ariel.
¿No le había dicho algo sobre que ella y su hermana intentaban comunicarse sin
lograrlo, como dos imanes con la misma carga magnética? Fleming se apoyó en el
respaldo de la silla y se llevó los dedos a las sienes. La cabeza le ardía, como si
tuviera fiebre, y le temblaban las manos. Quería meterse en la cama y olvidarse de
todo aquello, pero el sonido no lo abandonaba. Por más que tratara de interpretar de
otro modo los datos que tenía delante, sólo se le presentaba una explicación posible, o
mejor dicho, imposible.
De algún modo, cuando Ariel murió, un rastro de su conciencia permaneció en la
sección viva del cerebro de Amber que su siamesa había compartido con ella. A
diferencia de lo que sucede con otras partes del cerebro humano, las células
cerebrales no se renuevan, y así, entre las dos hermanas se había mantenido el
vestigio de un vínculo mental. Parte de la conciencia de Ariel parecía querer
contactar con su hermana viva, a la vez que parte de la de Amber se había
embarcado, al menos en dos ocasiones, en el traumático viaje de la muerte. A cierto
nivel inconsciente, ambas buscaban encontrarse en aquella tierra de nadie entre la
vida y la muerte.
Si el «hardware» de la conexión entre las gemelas era el tejido cerebral que
compartían, el «software» de aquel vínculo era aquella única e inexplicable longitud
de onda. Pero ésta no sólo relacionaba a Ariel con Amber, sino que también había
permitido a Rob comunicarse. Aquella señal neuronal, aquella longitud de onda del
alma, tal vez fuera el vínculo universal entre la mente abstracta y el cerebro físico, el
punto de unión entre la vida y la muerte.
Mientras volvía a proyectar el vídeo del sueño de Amber, y mientras el grito salía
por los altavoces del neurotraductor, Fleming recordó su propio sueño y la pregunta
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de Jake sobre la existencia del cielo. Y se le puso la carne de gallina.
Debía haber una explicación racional para todo aquello.
Estaba tan absorto en sus pensamientos que dio un respingo al distinguir una
figura a pocos metros de él, concentrada en la pantalla del ordenador.
La directora de Barley Hall sostenía un café en cada mano.
—Virginia, ¿qué estás haciendo aquí?
—Mi excusa es el insomnio, Miles. ¿Y la tuya?
—¿Cuánto tiempo llevas ahí de pie?
Knight volvió a fijarse en la pantalla. Estaba muy pálida.
—El suficiente. ¿Qué diablos está pasando?
Fleming se alegró de poder compartir la carga que lo oprimía.
—Siéntate, Virginia. No estoy del todo seguro de lo que tengo aquí, pero tengo
que contarte algunas cosas.
* * *
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—Monseñor Diageo —gritó por encima del hombro—. Tenemos que prepararnos
para el nuevo día. Hay mucho que hacer. Nuestro Señor ha provisto al fin y no
podemos defraudarle.
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Barley Hall.
Un día después.
A
mber despertó agotada. El recuerdo del sueño de la noche anterior era
siniestro y le parecía aún más revelador que el primero. Tenía la frustrante
idea de que había algo que debía recordar, algo relacionado con Ariel. Era
como si pudiera ver a su hermana llamándola desde el otro lado de un cristal grueso y
traslúcido, pero no lograra oír lo que le decía. Mientras se preparaba para el día que
tenía por delante, sintió impaciencia al pensar que iba a reunirse con Miles Fleming
de nuevo. Esperaba que el análisis inicial del neurotraductor arrojara algo de luz
sobre su caso. Esa misma tarde llamaría a papa Pete.
Empezaba a sentirse más optimista cuando llamaron a la puerta. Era la profesora
Virginia Knight, que entró en el Think Tank. Se veía despeinada y parecía haber
dormido con la ropa puesta.
—Disculpe la molestia, doctora Grant, pero tengo malas noticias. El estado de su
madre ha empeorado. La residencia le sugiere que regrese cuanto antes.
Aquello era lo último que esperaba oír. Fue como si un mazazo le aplastara la
cabeza. Amber sabía que su madre se moría, pero hasta ese momento no lo había
aceptado. Sus dolores de cabeza fantasmas y sus sueños le parecieron de pronto
irrelevantes. Debía volver a casa.
—Despega un vuelo en algo menos de dos horas. Si sale en quince minutos
llegará a tiempo de tomarlo. Hay una limusina esperándola para llevarla a Heathrow
—dijo Knight, esbozando una sonrisa comprensiva—. Si puedo hacer algo por usted,
hágamelo saber.
Amber consultó la hora.
—¿Cree que podría hablar con el doctor Fleming antes de irme?
—No si pretende montarse en ese avión. Ignoro si el doctor viene hoy, pero si lo
hace, todavía tardará un buen rato en llegar.
Amber estaba decepcionada. Tendría que esperar a que le dieran los resultados del
neurotraductor.
—¿Podría transmitirle mi más sentido pésame por lo de su hermano y darle las
gracias a él y a su equipo de mi parte? Debo arreglar las cosas para volver a terminar
el tratamiento.
—No se preocupe por eso ahora. La clínica se pondrá en contacto con usted para
que lo retome donde lo ha dejado. No hay problema.
A las nueve y cuarto, Amber salía en limusina de Barley Hall. Por el retrovisor
vio que el imponente edificio se alejaba y se hacía más pequeño. Al pasar por el cruce
de Cambridge, no se fijó en el Jaguar que avanzaba en dirección contraria.
* * *
El papa Rojo rebosaba vitalidad y se había olvidado por completo del dolor que
atormentaba su cuerpo. Vestido con su túnica escarlata hasta los pies, iba de un lado a
otro de su despacho, situado en la proa del Arca Roja. La impaciencia que sentía al
pensar que podía hallarse próximo el desenlace de su búsqueda era tan intensa que
casi creía saborearla.
—¿Todo en orden por su parte, doctor? —preguntó al rostro que le observaba
desde la penumbra de la pantalla que tenía encendida en el escritorio.
—En este momento están preparando el laboratorio, Santidad —respondió
Soames con una sonrisa en los labios—. Muy pronto estará lista.
—¿Está conectado el Consejo de la Verdad?
—Tan pronto como usted llegue, ellos estarán disponibles… bien en persona, bien
online.
—Perfecto. —Acosta se volvió hacia Diageo, que se hallaba de pie junto a la
puerta, en silencio—. Monseñor, ¿ha realizado usted los demás preparativos? ¿Ha
atado todos los cabos sueltos?
Barley Hall.
9.30 a. m.
A
pesar del cansancio, la mente de Fleming Miles bullía de posibilidades
cuando aparcó el Jaguar y se fue directo a ver a Amber. Tras las emociones
de aquella misma noche, o para ser más exactos, de aquella madrugada,
Knight lo había enviado a casa para que descansara unas horas. Y, en efecto, al fin
logró adormecerse y no oyó el despertador que sonó, como siempre, a las seis en
punto.
No podía dejar de pensar en lo que aquella nueva longitud de onda podía
significar. Debía haber alguna explicación racional para todo aquello, estaba seguro.
Lo que le hacía falta era tiempo para investigarlo. El científico que había en él lo
impulsaba a saber más y reconocía que aquel hallazgo eclipsaba el descubrimiento de
las microondas ocurrido hacía unos decenios. Con todo, otra parte de él deseaba no
llegar a descubrir qué había tras la nueva longitud de onda, pues su existencia
amenazaba todo aquello en lo que creía. ¿Y si existía algo más en nuestra existencia
que esta vida? ¿Y si había un más allá? ¿Qué implicaría ello para su concentración
exclusiva en el aquí y el ahora? ¿Y qué implicaría para el alma de Rob? Como le
había preguntado Jake, ¿era el cielo un buen sitio? ¿Deseaba realmente conocer las
respuestas?
—Miles, tenemos que hablar —le dijo Knight cuando pasó frente a su despacho.
Parecía muy seria cuando lo acompañó hasta la silla y lo invitó a sentarse. Tras la
muerte de Rob se había mostrado comprensiva pero distante, interesada por saber qué
había sucedido exactamente. Aquella misma madrugada, cuando le contó lo de
Amber Grant, actuó con cautela—. Miles, he estado hablando con los otros miembros
de la Fundación y me han transmitido algunas dudas de las que debo hacerte partícipe
—le confesó ahora.
Fleming frunció el ceño.
—¿Qué dudas?
—Habría preferido esperar, pero ya que estás aquí, mejor que las tratemos ahora.
Como Rob falleció en el transcurso de un experimento llevado a cabo aquí, debemos
asegurarnos de que la reputación de Barley Hall en cuanto a seguridad queda intacta.
—Virginia, era mi hermano. Me siento fatal, pero te aseguro que la prueba no
tuvo nada que ver con su muerte.
—Miles, todo es cuestión de percepción. Yo ya sé que no fue culpa tuya y que la
investigación independiente no…
—¿Investigación? ¿De qué diablos hablas?
—Es una simple formalidad. Vivimos tiempos delicados. Debemos pensar en los
E
l Chinook volaba bajo sobre la cadena montañosa de Brooks, en el sector
ártico de la Alaska septentrional. Acosta pasó la manga por la ventanilla para
desempañarla y miró hacia abajo, tratando de localizar la Fundación. Sabía
que el pozo petrolero adaptado debía de encontrarse cerca, pero no alcanzaba a
distinguirlo en medio de aquel páramo blanco y rocoso que se extendía a sus pies, ni
en las altas montañas blancas que lo flanqueaban. Alzó la vista y, por encima de las
aspas del helicóptero, le llegó un débil destello de sol en el pico más alto.
Mirando de nuevo por la ventanilla sucia creyó intuir una estructura sobre la cima
plana. Apoyada sobre ocho vigas dobladas, la cúpula negra, de cristal, parecía una
enorme araña agazapada en la cumbre. Junto a ella se elevaban una antena parabólica
y una torre eléctrica, y de su piel de cristal surgía una especie de embudo. Bajo la
cúpula, veía un gran pilar central que anclaba la estructura a la montaña y que
albergaba la vieja maquinaria de extracción de crudo y el hueco perforado.
Sobresaliendo a un lado de la cúpula, una pantalla de acero formaba una plataforma
semicircular. A Acosta se le iba encogiendo el estómago a medida que el helicóptero
se acercaba a ella.
Caía la tarde de octubre y la luz empezaba a menguar. Los días ya sólo duraban
unas pocas horas y en cuestión de semanas, y durante cinco meses, la oscuridad sería
total. Acosta no sentía ninguna predilección por aquel lugar inhóspito, pero
comprendía por qué Soames había insistido en establecer allí su sede. Para él, la
discreción también resultaba esencial. Sobre todo, necesitaba los conocimientos y los
recursos encerrados entre aquellas paredes, unos conocimientos y unos recursos que
Soames administraba.
Cuando el helicóptero aterrizó en la plataforma, su séquito lo sacó a la gélida
intemperie antes de escoltarlo, a través de unas puertas correderas de cristal grueso,
hasta la caldeada recepción principal. Las puertas tenían grabada una gran V en el
cristal, sobre el lema de la empresa:
* * *
Los sedantes nublaban los sentidos de Amber, que no sabía qué era un sueño y qué no
lo era. Abrió los ojos y descubrió que se hallaba tendida en una habitación
desconocida, con las muñecas atadas a una cama extraña. El corazón se le aceleró al
ver el gota a gota y el monitor. ¿Aquello era real o se trataba de una pesadilla?
Un movimiento súbito en su visión periférica la llevó a volverse hacia la pequeña
ventana circular que quedaba a la izquierda de la cama. A través de ella, vio unos ojos
negros que la observaban. La avidez de aquella mirada intensa acentuó su zozobra
L
a iluminación era tenue y Acosta se sentó en la cabecera de la mesa larga y
rectangular. Flanqueándolo, monseñor Diageo y el propio Bradley Soames.
Sus lobos estaban tendidos tras él, inmóviles, silenciosos como estatuas
grises. Bukowski y Tripp ocupaban unos asientos más alejados y apoyaban las manos
sobre la superficie de madera.
En una de las tres pantallas de plasma holográfico encendidas frente a Acosta,
aparecía Frank Carvelli pasándose la mano por aquella coleta de un negro artificial en
un gesto ausente. El responsable de KREE8 Industries, y miembro del Consejo de la
Verdad, la persona que se ocupaba de las presentaciones a la prensa y las relaciones
públicas, iba vestido de negro, como siempre, con una chaqueta de cachemir y un
suéter de cuello vuelto.
Sin embargo, y a pesar de todos los contactos de Carvelli con la prensa, la noticia
del día no la había dado él, sino el tercer miembro del Consejo de la Verdad que, para
enojo de Acosta, todavía no se había conectado a la red.
—Dijo que todos estarían aquí —inquirió a Soames, volviéndose para mirarlo.
El doctor se encogió de hombros.
—Deberían estar todos, Santidad.
Acosta frunció el ceño y miró por encima del hombro de Soames. Tras él, a través
del falso espejo que hacía las veces de tabique de separación de la sala de
conferencias, Acosta veía el laboratorio principal en todo su blanco esplendor. Junto a
la camilla, un armario transparente protegía la esfera de cristal, que tenía el visor
abierto, a los pies de lo que parecía una torre de monitores y aparatos auxiliares.
—Empecemos ya —ordenó Acosta de pronto—. Vuelva a explicarme por qué
Amber Grant es tan importante.
Carvelli se echó hacia delante en la pantalla y Soames sonrió mostrando sus
dientes perfectos.
—Conozco a Amber desde hace muchos años, es mi socia en mis negocios, y
siempre he admirado sus aptitudes —dijo—. Pero desconocía por completo cuáles
eran sus verdaderos talentos hasta que, hace nueve meses, iniciamos nuestros
experimentos para capturar el alma. Ella no estaba al corriente de ellos, por supuesto,
pero fue más o menos por entonces cuando empezó a sufrir sus curiosas migrañas.
Con el tiempo, se hizo evidente que sus dolores de cabeza coincidían exactamente
con los experimentos. —Resumió someramente el pasado médico de Amber—. ¿Ha
oído hablar alguna vez del «entrelazamiento», Santidad?
—No.
Roma.
Cuatro días después.
H
acía un calor impropio del mes de octubre en la Ciudad Eterna. Su espalda,
empapada de sudor por culpa del bochorno, se le pegaba a la camisa
mientras trataba de esquivar a los turistas que se amontonaban en la plaza de
San Pedro. Tuvo que entrecerrar los ojos para consultar la hora, pues el resol brumoso
le deslumbraba. Todavía faltaban veinte minutos para su reunión de las dos.
En los últimos días había tratado sin éxito de contactar con Amber Grant. No
tenía su número de móvil, y en su teléfono particular de Pacific Heights, en San
Francisco, saltaba siempre el contestador. Cuando en Optrix le informaron de que le
habían concedido un permiso de un mes, él les dijo que era su médico, pero ni así le
facilitaron un número de contacto: según las autoridades de Barley Hall, lo estaban
investigando por malas prácticas médicas.
Cuando llamó a la residencia de Marin County para preguntar por Gillian Grant y
dejar un mensaje para su hija, la recepcionista se mostró igualmente antipática, lo que
le llevó a constatar que Virginia Knight estaba minando sutilmente su reputación. En
los periódicos ya habían comenzado a aparecer noticias sin verificar en las que
aparecía como «médico brillante pero ambicioso y despiadado» y en las que se
aseguraba que había «sacrificado a su propio hermano por ir en pos de la gloria». No
hacía ni veinticuatro horas que había llamado a su despacho, y Frankie Pinner le
pareció nerviosa y se lo quitó de encima, disculpándose: no estaba autorizada para
hablar con él, le dijo, hasta que «todo se haya resuelto».
Y así, con todas las puertas cerradas, había acudido a Roma.
A pesar del calor, la polución y el ruido que cargaban el aire húmedo, la
magnífica cúpula de San Pedro resplandecía recortada contra el cielo. La sucesión de
brazos tendidos que era la columnata de Bernini parecía atraerlo al seno de la Santa
Madre Iglesia. A medida que el catolicismo entraba en decadencia, aquella fortaleza
de la fe se había convertido en poco más que en un asombroso parque temático, un
museo de lo que en otro tiempo constituyó todo un imperio. De entre todos los que
atestaban el lugar, muy pocos eran peregrinos; en su mayoría se trataba de turistas
que acudían al equivalente cultural de Disneylandia. El colmo de las humillaciones
era que muchos de ellos llevaban el crucifijo escarlata de la Iglesia de la Verdad del
Alma.
Al acceder al interior fresco de la inmensa catedral y alzar la vista hacia la cúpula
de Miguel Ángel, Fleming no pudo sino maravillarse. La belleza intemporal de San
Pedro hacía empequeñecer al visitante; el tejido del lugar se hallaba tan saturado de
pasado que sólo había que pegar los oídos a las columnas para oír sus secretos. Roma
* * *
Poco después de que Fleming se hubiera ido, el padre Peter Riga cerró la puerta,
regresó al escritorio y marcó el número de teléfono de Amber por octava vez desde
que Fleming se había puesto en contacto con él. De nuevo saltó el contestador, pero
él no dejó ningún mensaje. Colgó y marcó una extensión de tres dígitos que
correspondía a otra sección de su mismo edificio.
—Soy el padre Peter. Póngame con el Superior General.
No tuvo que esperar mucho para oír la voz grave del máximo representante de la
Compañía.
—Superior General —le dijo—. Tenemos que hablar. Es urgente.
F
leming avanzaba en dirección al mostrador de facturación de British Airways
abriéndose paso entre la multitud. Mientras lo hacía, constató que la seguridad
en sí mismo que siempre había dado por sentada le había abandonado. Su
carrera profesional, que lo había mantenido a lo largo de su vida adulta, se le
escapaba entre los dedos, su vida personal era inexistente y no tenía nada a lo que
recurrir. Antes, cuando algo íntimo le preocupaba, llamaba a su hermano, y los
asuntos profesionales los abordaba con la directora de Barley Hall. Ahora, ellos eran
precisamente el origen de sus problemas.
Había sólo una persona que pudiera ayudarlo a dar sentido a todo aquello, y esa
persona le resultaba inaccesible. Lo único que podía hacer era volver a casa y esperar
la llamada de Amber Grant.
Fleming miró a su alrededor y un escalofrío paranoide recorrió su ser al recordar
las palabras de advertencia de Riga. De pronto, un hombre fofo, con pelo de rata, que
llevaba una cazadora fina, esquivó su mirada, y por un momento a Fleming le pareció
que tal vez estuviera siguiéndolo. Se sacó del bolsillo su billete de ida y vuelta a
Heathrow, consultó la pantalla de salidas y al instante tuvo el deseo irreprimible de
hablar con alguien para quien su existencia significara algo. Metió la mano en el
maletín, sacó el teléfono móvil y marcó el número de sus padres. Fue su madre la que
contestó.
Tras preguntarse mutuamente si estaban bien, le dijo que quería hablar con Jake.
Cuando el pequeño se puso al teléfono, parecía sin aliento y muy contento.
—Hola, Milo. Hoy he jugado a fútbol.
—Eso está muy bien, Jake. Bien hecho.
—Cuando vuelvas te reto a una carrera.
—No sé, no sé. Ahora tienes piernas biónicas.
—No te preocupes. Te dejaré ventaja, si quieres.
—Eso ya lo veremos. ¿Sigues cuidando de las piernas como quedamos?
—Sí.
—¿Y cómo va todo por ahí?
—Bien —la voz de Jake cambió, se volvió más seria—. Milo.
—¿Sí?
—¿Dónde estás?
—En Roma.
En ese momento oyó que anunciaban su vuelo a Londres y alzó la cabeza para
consultar la pantalla. Pero fue otra la información que llamó su atención. Tras anotar
* * *
Siete minutos después, cuando Miles Fleming abandonó a toda prisa el mostrador de
Alitalia camino de las puertas de embarque, no se fijó en que aquel hombrecillo fofo
con pelo de rata escribía un mensaje de texto en su teléfono WAP.
«Fleming no va en vuelo BA 671 hacia Heathrow.
Ahora va en Alitalia AL 102. ETA, de 9.15 a. m. Hora local.
Destino: San Francisco».
VenTec.
Alaska.
L
o primero de lo que Amber tuvo conciencia fue del hecho de estar despierta e
inmediatamente después notó una especie de escozor en el cuero cabelludo.
Intentó abrir los ojos. Nada. Por más que se esforzaba en mover los
párpados, éstos se mantenían tercamente cerrados. Trató de subir la mano para
rascarse la cabeza, pero los brazos se mantenían inertes a los costados. Desesperada,
intentó mover alguna parte de su cuerpo, cualquiera, pero no pudo.
«¿Qué estaba sucediendo? ¿Estaba paralizada?».
Nada tenía sentido. Incluso el tiempo carecía de él mientras se esforzaba por
pensar en medio de aquel sopor que nublaba su cerebro. En los últimos días —¿o
habían sido horas?—, había sido vagamente consciente de que a su alrededor había
gente, pero de poco más. ¿Tendría aquello algo que ver con lo que había ocurrido en
Barley Hall? ¿Algo que Fleming había descubierto sobre su neurotraductor? Y si así
era, ¿de qué se trataba?
Algo debía haber pasado en la limusina en la que abandonó Barley Hall. Sólo
había una explicación lógica, aunque fuera absurda. Le habían administrado alguna
sustancia y la habían secuestrado. Pero ¿por qué?
De pronto oyó las voces de un hombre y una mujer. Creyó reconocer vagamente
la femenina y sintió el aire impregnado de un perfume animal que no le resultaba del
todo desconocido.
Ahora la cama se movía y, a pesar de seguir con los ojos cerrados, notaba que la
luz se intensificaba, como si abandonara una habitación y llegara a un pasillo.
A su izquierda, una puerta automática emitió un ligero silbido al abrirse y la cama
se introdujo en un área aún más iluminada. Notó unas manos que la tocaban, la
levantaban de su cama y la colocaban en otra. Un zumbido llenaba el aire a su
alrededor.
De pronto, le abrieron mucho los párpados, aunque ante aquella luz tan potente su
deseo era cerrarlos. Sobre ella apareció un rostro con los ojos cubiertos por unos
protectores. Al instante le rociaron las órbitas oculares con un líquido irritante y
aplicaron una especie de pinzas a sus párpados para mantenérselos abiertos. El dolor
era intenso, pero Amber no podía darse la vuelta, ni moverse siquiera. Le insertaron
unas lentes de contacto ligeramente tintadas.
Le elevaron la cabeza y pudo ver una esfera de cristal parecida al casco de un
astronauta que en ese momento le acercaban a la cabeza. Reflejada en el vidrio curvo,
vio su imagen distorsionada, como una imagen proyectada en el fondo de una
cuchara. Lo que más la sorprendió fue constatar que le habían rapado la cabeza al
* * *
Apenas se entregó al reparador abrazo del olvido, se vio corriendo hacia el cono de
luz donde tal vez hallara la paz. Trataba de controlar su terror mientras avanzaba
hacia él, pero sentía las fuerzas que la retenían y amenazaban con desgarrarla. La
tensión elástica crecía y crecía, hasta que se veía absorbida por la luz y se hallaba ya
muy cerca de su origen. Pero, cuando ya sentía la presencia luminosa de Ariel que
acudía a su encuentro, que casi la tocaba, aquella fuerza la reclamó de nuevo. Una
vez más a las tinieblas. De vuelta a sí misma.
En esa ocasión, sin embargo, no hubo descanso tras la muerte, no regresó a la
vida. En lugar de desertar o volver a un sueño normal, se vio instantáneamente
catapultada hacia el vacío una vez más, hacia el cono de luz. Experimentando como
por vez primera el terror de morir, volvió a fundirse con la luz, y esa vez se adentró
en ella más que las otras veces alcanzando casi su centro, su origen. Ariel estaba más
cerca, la sentía, pero aún se encontraba fuera de su alcance…
Entonces a Amber la apartaron de la luz. Y volvieron a arrojarla a ella. Una y otra
vez.
Y cada vez que penetraba en aquella luminosidad, se acercaba más a su origen, a
la muerte, al reencuentro con su hermana. Pero siempre la apartaban. Cuanto más se
acercaba a su hermana, mayor era la fuerza que la apartaba de ella.
Era como un péndulo que oscilaba entre la vida y la muerte una y otra vez, que no
habitaba ni en una ni en otra, que permanecía en un limbo entre las dos, en una
especie de infierno.
—
B
radley, ¿está bien? —Acosta, muy tenso, observaba la palidez del rostro
sudoroso de Amber Grant metido en la esfera de cristal.
Sentado en la sala de conferencias con Carvelli, Diageo, Knight y
Soames, observaba el laboratorio a través del falso espejo. Ahora que el Proyecto
Alma iniciaba su fase crítica, el Consejo de la Verdad en pleno había abandonado
temporalmente sus demás responsabilidades para reunirse en VenTec. Todos deseaban
estar presentes en el experimento.
Bradley Soames estudió con calma los datos que aparecían en la pantalla que
tenía delante.
—Sus constantes vitales son buenas, Santidad. Su corazón está algo excitado,
pero dentro de unos límites saludables.
Si sentía el menor atisbo de culpa por haber convertido a su socia en una rata de
laboratorio, no se le notaba lo más mínimo.
Acosta se repitió que debería sentir agradecimiento por la dedicación a la causa
que mostraba Soames.
—¿Y la inyección? ¿No interferirá en sus sueños?
—Al contrario, Santidad —respondió Soames sin apartar la vista de la pantalla—.
El Revelax es una sustancia neurológica maravillosa que nos ha recomendado nuestra
propia Virginia Knight.
La doctora asintió. Su rostro muy blanco daba indicios de cansancio y tenía la
frente perlada de sudor. Mantenía los ojos fijos en Amber.
—Ayudará a la doctora Grant a dormir y también estimulará su cerebro para que
acceda a la fase REM del sueño más deprisa, y para que ésta dure más. Y a nosotros
nos ayudará a capturar sus sueños, multiplicando por diez su frecuencia y duración.
—En esencia —añadió Soames— sus episodios de muerte durarán más y se
producirán más a menudo, de modo que cada vez que su condensado Bose-Einstein
abandone el cuerpo durante sus sueños de muerte, nosotros podremos monitorizar el
tránsito de su alma. Mediante el uso de una tecnología modificada similar a la que se
encuentra en el ordenador óptico, deberíamos poder captar la frecuencia de paso.
A los pies de la cama de Amber se alzaba una torre de aparatos: un ordenador
óptico, varios monitores y una caja negra del tamaño de un televisor grande, con
cuatro columnas lumínicas. Cada una de ellas contenía cuatro luces de colores
distintos que se encendían en línea ascendente o descendente, por separado,
reproduciendo las columnas más pequeñas de luz engastadas en lo alto del casco de
cristal. Las luces de aquellas cuatro columnas se alineaban —y formaban cuatro
E
l hábito escarlata de la hermana crujía ligeramente mientras revisaba la
pantalla de ordenador instalada sobre el mostrador de recepción. Miró al
hombre alto y le sonrió.
—Señor Kent, por su llamada deduzco que su padre está enfermo y que tal vez
necesite alojarse en la residencia.
—Así es. Pero antes me gustaría visitar las instalaciones.
—Por supuesto. Llamaré a alguien para que lo acompañe y lo guíe, y le
proporcionaré una hoja de ingreso y unos cuestionarios que debe rellenar en nombre
de su padre. Sin duda entenderá que la capacidad de alojamiento en nuestro centro es
limitada, por lo que debemos realizar una selección en función de las prioridades.
—Lo comprendo, pero ¿disponen ustedes de plazas libres?
La hermana volvió a consultar el ordenador y esbozó una sonrisa serena.
—Esto es una residencia, señor Kent. Siempre quedan plazas libres. En esta zona
es así. Si no le importa esperar, le traeré la solicitud y le pediré a una de las hermanas
que le muestre el centro.
—Gracias.
—De nada.
Tan pronto como la hermana se dio la vuelta y abandonó el mostrador, el hombre
se abalanzó sobre el ordenador y le dio la vuelta a la pantalla. Tardó apenas unos
instantes en dar con el nombre y el número de la suite. Había un asterisco junto al
apellido, pero no tuvo tiempo de averiguar qué significaba. Dio media vuelta y se
dirigió a la sala de espera. De la pared colgaban un retrato de Xavier Acosta, el papa
Rojo, y un cuadro del Arca.
El hombre se sentó y, al cabo de un rato, otra monja con el hábito de la Iglesia se
presentó ante él, le dijo que se llamaba hermana Ángela y se lo llevó a conocer la
residencia. Él escuchaba con atención sus explicaciones sobre los cuidados y las
instalaciones disponibles para los pacientes, pero apenas preguntó nada hasta que
llegaron a la espaciosa escalera que conducía a la segunda planta, en la que se
encontraba la 21, la estancia privada de Gillian Grant.
—¿Podría ir al servicio un momento, por favor? —le pidió el hombre con gran
cortesía al llegar a lo alto de la escalera, y descubrió con alivio que le indicaban unos
cuartos de baño situados al fondo del pasillo.
—Lo espero aquí —dijo la monja.
Fue pasando frente a puertas cerradas hasta dar con la suite 21. Se cercioró de que
la hermana Ángela no lo viera, y de que en ese momento no hubiera nadie en el
* * *
Optrix Industries.
L
a ensayada sonrisa de la recepcionista le dio la bienvenida, pero no así sus
palabras.
—Me temo que el doctor Soames acaba de regresar de Alaska y no recibe
visitas de nadie por el momento.
Observó el gran vestíbulo de Optrix, recubierto de mármol y, fijándose en las
cámaras del circuito cerrado de televisión y en los guardias uniformados que
ocupaban discretamente sus posiciones, decidió no hacer exhibición alguna de su
impaciencia.
—Lo único que le pido es que le informe de que estoy aquí y de que deseo hablar
con él sobre su socia, la doctora Amber Grant. Soy su médico y debo ponerle al
corriente de una información.
La sonrisa de aquella mujer bajita y rubia no desapareció de su rostro.
—Lo siento, pero si no tenía cita concertada, no puedo…
—¿Por qué no usa ese teléfono inalámbrico para ponerse en contacto con su
oficina? Al menos informe a su secretaria de que me encuentro aquí.
Se oyó el zumbido de una cámara que se giraba para enfocarlo y uno de los
guardias vino hacia él llevándose un dedo al auricular, como si recibiera instrucciones
por él. Al plantarse a su lado esbozó una sonrisa idéntica a la de la recepcionista,
marca de la empresa.
—¿Le importaría acompañarme, señor? —le pidió amablemente. Se trataba de un
hombre fornido, de la misma altura que Fleming, pero más corpulento.
Instintivamente, Fleming desplazó el peso de su cuerpo a las puntas de los pies.
—Mire, no es mi intención causar ninguna molestia. Sólo quiero hablar con el
señor Soames.
—Lo comprendo, señor —dijo el guardia, que ladeó la cabeza para oír mejor lo
que le decían a través del auricular.
Le señaló la zona de ascensores y le indicó que se dirigiera a la cabina de cristales
tintados de negro.
—Por favor, tome el ascensor ejecutivo hasta la última planta. Gire a la derecha
cuando salga. El despacho del doctor Soames es la primera puerta a la izquierda.
A Fleming le costó disimular su sorpresa. Alzó la vista, se fijó en la cámara y se
volvió a mirar a la recepcionista, cuya expresión seguía inmutable. Se acercó al
ascensor y la oyó pronunciar «Buenos días, doctor Fleming», con su tono alegre y
forzado, en el momento en que las puertas del ascensor se cerraban.
Pulsó el botón de la planta superior. En cuestión de segundos alcanzó el piso 40 y
salió a un distribuidor enmoquetado. El pasillo circular estaba desierto y sumido en el
* * *
—Se me ha adelantado —le dijo Soames poniéndose en pie tras el escritorio curvado
de su despacho sin ventanas—. Si no hubiera venido a verme usted, habría ido a verle
yo. ¿Le importa que le llame Miles? Llámeme Bradley.
Haciendo esfuerzos por ocultar su sorpresa, Fleming estrechó la mano que su
interlocutor le extendía. Como Soames no se la apretó con fuerza, él tampoco lo hizo;
había visto las cicatrices y no quería lastimarlo.
—Y yo que me temía que me echaría sin contemplaciones —dijo.
Soames soltó una risotada.
—Yo nunca echo a la gente sin contemplaciones —respondió, señalando tras él
—. De eso se encargan ellos. —A la luz tenue, en un extremo del despacho circular,
Fleming distinguió dos formas oscuras tendidas en el suelo. Entre ellas creyó ver algo
que le parecía un hueso. Sólo entonces se percató de un olor animal, húmedo, que
impregnaba un aire que olía vagamente a hospital—. Pero no se preocupe por ellos.
Como acabo de decirle, me alegro de que haya venido. Siéntese. ¿Quiere beber algo?
Sentado en aquel despacho, con una Coca-Cola en la mano, Fleming observaba a
su anfitrión. Sus modales le desconcertaban y su aspecto era peor que el que se
mostraba en las fotografías que había visto de él. Su delgadez era extrema y su carne
expuesta se había sometido a la acción devastadora de una cirugía invasiva. El pelo
rubio, brillante, los ojos de un azul pálido no hacían sino acentuar la extrañeza de
aquel rostro lleno de cicatrices. A pesar de todo, Fleming percibía en él una aguda
inteligencia.
—Lamento lo de su hermano —soltó Soames de pronto—. Un asunto
desagradable. Virginia Knight ha sido siempre una cobarde que guarda las formas.
—¿Qué quiere decir?
—Admitámoslo. Es una estupenda administradora y una gran gestora. Creo que,
en otro tiempo, fue una doctora muy competente. Pero, a diferencia de usted y de mí,
no ha sido pionera en nada. No asume riesgos. Es un animal político y usted ha sido
víctima de su miedo a cualquier cosa que pueda afectarla negativamente. —Soames
C
uando Amber Grant recobró la conciencia, sintió tanta paz que creyó que
había muerto.
Una mano apretaba la suya. Y junto a ella notaba la presencia de alguien
conocido que la tranquilizaba. Incluso el aterrador recuerdo de una nueva muerte ya
no la perturbaba. Algo había cambiado en lo más profundo de su ser. Fuera lo que
fuese lo que le hubieran hecho sus captores, habían logrado desbloquear algo en su
psique. Como si capturando su cuerpo hubieran liberado su mente. Ya no se sentía
sola. Su hermana estaba con ella, no atrapada ni luchando por establecer un contacto,
como antes, sino allí, a su lado. Incluso la preocupación por la salud de su madre le
resultaba más fácil de sobrellevar, como si Ariel la compartiera.
Ya no se hallaba bajo los efectos de ninguna sustancia y no se sentía aturdida. Se
dio la vuelta para tocar a su hermana con la mano derecha, pero allí sólo encontró
unas sábanas suaves y almidonadas. Aunque sentía la mano de Ariel en la suya, que
la apretaba con tanta fuerza como cuando eran niñas, y aunque sentía su presencia al
lado, consolándola, dándole fuerzas, estaba sola en la cama.
Abrió los ojos y se encontró en una habitación sencilla, exenta de ventanas y de
decoración. Frente a la cama había una zona de estar, con sofá, televisor, silla y
escritorio. Más allá, a través de una puerta entreabierta, se adivinaba un cuarto de
baño. Lo espartano del lugar, de paredes blancas y mobiliario sencillo, le resultaba
curiosamente familiar.
Se incorporó en la cama y descubrió que llevaba puesto un mono blanco que le
cubría todo el cuerpo. Se sentía físicamente exhausta, pero sintió alivio al notar que
había recuperado el control de su cuerpo.
Era todo muy raro. Debería haberse sentido desesperada, aterrorizada y sola. Pero
no era eso lo que le sucedía.
—¿Dónde estás? —le preguntó una voz, una que era a la vez parte de ella y al
mismo tiempo se hallaba separada de ella.
—No lo sé —se oyó responder.
Se levantó y, sin saber cómo, supo que debería reconocer aquel espacio. Le
recordaba a un lugar que había visitado en el pasado. Se acercó a la puerta principal y
trató de abrirla, pero estaba cerrada.
Luego vio el albornoz blanco que colgaba tras la puerta del baño y reparó en que
en un bolsillo había bordada la letra uve de un logotipo. Debajo, la máxima: «Pasado
el Presente se llega al Futuro».
De pronto, su cerebro se activó y comenzó a establecer conexiones. El perfume
Alaska.
M
iles Fleming nunca había llegado tan al norte. Hacía tres años, Rob y él
habían estado en Alaska para escalar el Denali, la montaña más alta de
Norteamérica. El jet de Soames ya había sobrevolado la cordillera durante
su vuelo de más de cuatro mil kilómetros de San Francisco a Fairbanks. Una vez allí
se habían montado en el helicóptero que los había conducido hasta la región ártica,
camino de la cadena montañosa de Brooks y de los campos petroleros de Prudhoe y
Point McIntyre.
—Pronto verá la Fundación —le dijo Soames, que iba a su lado y miraba por las
ventanillas tintadas de la aeronave, señalando los picos nevados de las montañas que
sobresalían de entre las nubes—. Unas millas al este se encuentra el Refugio
Nacional de Vida Salvaje del Ártico, pero mi abuelo compró casi todas las montañas
que se ven a la izquierda. Hace eones, todo esto se hallaba bajo el mar. Formadas con
rocas marinas, contienen inmensos depósitos de petróleo. Mi abuelo fundó Alascon
Oil, pero fue mi padre quien levantó la compañía tras las grandes huelgas petroleras
de los sesenta y los setenta. Perfeccionó el proceso de perforación para llegar al
núcleo de las montañas. Y ganó una fortuna que, claro está, fue la base de la mía.
»Tras su muerte, yo vendí Alascon a British Petroleum para fundar Optrix,
aunque me quedé unos mil acres. Entre los meses de noviembre y febrero el sol no
llega a salir, lo que es ideal. Y en verano, bueno, no salgo mucho, y la privacidad
nunca es un problema por estas tierras.
Fleming contempló el mar de picos nevados y sintió el cosquilleo de la emoción.
Para él, aquellas elevaciones geológicas eran un buen presagio y avalaban su
impulsiva decisión de acompañar a Soames. ¿Qué mejor lugar para asegurarse de que
el alma de Rob estaba a salvo que sus amadas montañas?
A través de un claro entre las nubes divisó un conjunto aislado de cabañas que
ocupaban uno de los valles.
—¿Es ahí? —preguntó.
Soames soltó una risotada tan estridente que, en el reflejo de la ventanilla,
Fleming vio que los lobos levantaban la cabeza al unísono.
—No —respondió al fin—. Ésa es la estación que los guardabosques tienen en el
refugio de vida salvaje. —Señaló a los lobos que tenía detrás—. De ahí los saqué,
eran dos cachorros abandonados. Mi Fundación está un poco más arriba.
Apareció entonces, frente a ellos, una cima más alta que las demás y el
helicóptero levantó el morro. Al acercarse más a él, Fleming se descubrió estudiando
con atención sus caras para decidir por cuál de ellas podría atacarse mejor, evaluando
los ángulos y el mejor modo de cubrir cada tramo. La variedad de pendientes
VenTec.
Cuarenta minutos después.
F
leming no dejaba de frotarse los oídos y se preguntaba si aquel zumbido lo
emitía la Fundación o si era su cerebro, aún aturdido tras tantas horas de
vuelo.
—¿Está bien? —le preguntó Soames mientras lo conducía por el sector blanco,
siguiendo las flechas que indicaban el camino al sector azul.
—Bien, sí.
La suite de Fleming en el sector azul era más funcional que lujosa, pero disponía
de todas las comodidades.
—He visto que el teléfono no cuenta con línea externa.
—Es sobre todo por cuestiones de seguridad. Aquí nos dedicamos a la
investigación confidencial y se asume que los contactos con el exterior han de
mantenerse a un nivel mínimo. De ese modo también se evitan distracciones. Con
todo, el aislamiento no es total. Cada sector cuenta con su propia sala de
comunicaciones, donde existe un teléfono para casos de emergencia. Y, claro está,
disponemos de acceso total por módem a descargas de información. ¿Le plantea
algún problema?
—No, en realidad no.
—Está bien. Éste es el sector blanco y casi todas las instalaciones son las que se
ven. Se trata del área comunitaria y, como todos los pasillos del mismo color, está
abierta a todos los residentes de la Fundación. También hay algunos laboratorios en
esta zona, pero todo el trabajo confidencial se lleva a cabo en los sectores coloreados
y cada zona se mantiene al margen de las demás. Contamos con filtros de
información y la seguridad entre sectores es un asunto que nos tomamos muy en
serio.
Llegaron a la puerta de seguridad, de cristal ahumado, que conducía al sector
azul, y Soames señaló una pantalla digital situada junto a la cerradura circular.
—Sólo yo tengo acceso a todos los sectores. Esa pantalla es un escáner de ADN;
extrae una capa microscópica de piel, y si coincide con mi ADN, la cerradura se abre.
—Alzó las manos y separó los dedos—. Llevo las llaves en el cuerpo. Ser el dueño
tiene sus ventajas. —Señaló más allá de la puerta de vidrio—. En el sector azul nos
especializamos sobre todo en realidad virtual. Muchos de nuestros clientes acuden
aquí para trabajar con nuestros científicos y nuestros ordenadores para hallar el modo
de mejorar sus negocios. ¿Conoce KREE8?
Fleming asintió.
—Sí, claro.
El sector rojo.
F
leming había llegado a una ancha pasarela circular elevada sobre el borde de
una cámara cilíndrica. Las dimensiones de todo eran asombrosas, pero lo que
le había hecho ahogar aquel grito era lo que había visto bajo sus pies.
Se acercó con cautela a la barandilla de la pasarela, se asomó y miró hacia el
centro de aquel abismo cilíndrico. Suspendido en el espacio, unos tres metros por
debajo, había un orbe de luz tan brillante como un sol diminuto, de unos seis metros
de diámetro, que zumbaba y emitía un resplandor de intensidad variable. Las paredes
que lo rodeaban contaban con ventanas de cristal tintado, tras las cuales se situaban
los laboratorios y las salas de control.
—¿Qué es este lugar? —preguntó Fleming.
—En este momento nos encontramos en el interior de la montaña, en lo que era el
principal pozo de extracción cuando mi padre inició las excavaciones en busca de
petróleo. Muy por debajo de donde nos encontramos, tal vez a varios kilómetros,
existe una bolsa de petróleo que no llegó a sellarse. Fui yo quien aumentó el diámetro
del área superior para poder instalar los laboratorios de abajo. Cumple su propósito a
la perfección: una temperatura baja, privacidad, protección… no podría pedir más. —
Soames también se asomó a la pasarela y señaló la esfera de luz—. He aquí la niña de
mis ojos, la madre de todos los ordenadores ópticos. Éste es el Último Ordenador, el
más avanzado. Puede asimilar y procesar cantidades ingentes de información en un
abrir y cerrar de ojos. Peinando la red en busca de novedades, el ordenador las
almacena en su casi ilimitada memoria de luz. Si el mundo se viniera abajo mañana,
Miles, casi todo lo que se conoce y se ha conocido a lo largo de la historia estaría a
salvo en su inmenso sistema de fotones, codificado, con datos e información.
Además, este cerebro que tenemos a nuestros pies es capaz de acceder a toda esa
información a la velocidad de la luz. Ésta es la Madre Lucifer, la verdadera portadora
de la luz, ¿o debería decir «de la iluminación»?
Fleming seguía en silencio contemplando asombrado aquella esfera palpitante,
brillantísima. Soames se echó a reír, orgulloso.
—Algunos de mis colegas se burlan de mí y de mi nuevo invento. Me dicen que
les recuerda esa vieja historia, sí, ésa en que un genio loco siente la necesidad de
crear un superordenador tan potente que sea capaz de conocer todo lo que contiene el
universo y de responder a la pregunta que le obsesiona. Finalmente, recurriendo a
todo su ingenio, su dinero y su tiempo, el científico termina su ordenador y, en su
primer día de funcionamiento, le pregunta: «¿Existe Dios?».
Soames bajó la mirada para contemplar su gran obra.
Incapaz de apartar los ojos de ella, Fleming le preguntó:
Sector azul.
Una hora después.
A
pocos metros de allí, Xavier Acosta se hallaba en la sala de medios de
realidad virtual del sector azul. Llevaba un mono muy ceñido y salpicado de
electrodos que acentuaba y definía los perfiles y músculos de su cabeza y su
cuerpo. A su derecha, en una gran pantalla, una figura animada —formada por puntos
que reflejaban las posiciones de los electrodos— reproducía todos sus movimientos.
La sala estaba insonorizada y contaba con un equipo de grabación de vídeo y una
torre de consolas de ordenador óptico.
Carvelli estaba sentado frente a un terminal y dedicaba su atención,
alternativamente, a la gran pantalla colgada en la pared y a su monitor.
—¿Podría empezar a caminar sobre la cinta, por favor, Santidad?
—¿Es necesario fatigarlo tanto? —Preguntó Virginia Knight que, de pie junto a
monseñor Diageo, se ocupaba de la bombona de oxígeno que había preparado—. Su
aparato respiratorio es débil. No conviene forzarlo.
Carvelli alzó la vista y sonrió, a modo de disculpa.
—Lo entiendo, pero necesito introducir todos los movimientos en el ordenador si
queremos que el efecto sea realista.
Acosta compuso una mueca de dolor, un dolor que había empeorado desde su
llegada a Alaska. Alargó la mano para alcanzar la mascarilla de oxígeno e inhaló
profundamente para que aquel aire puro y dulce llegara a sus pulmones enfermos.
—Tranquila, Virginia. Frank sólo hace lo que tiene que hacer.
Knight suspiró.
—Le ruego que sea prudente.
—De todos modos, ya casi estamos —los tranquilizó Carvelli mientras,
valiéndose de un ratón esférico, ajustaba algunos valores—. Ya hemos capturado
todas las expresiones faciales que necesitamos. ¿Podría mover el brazo una última
vez?
Acosta obedeció y volvió a ejecutar todos los movimientos, dobló los codos,
estiró los brazos, ejercitando todos los músculos, antes de pasar a los dedos.
—Excelente, Santidad. ¿Desea ver cómo quedará?
Acosta no estaba seguro de que el resultado final fuera a transmitir realismo,
aunque había oído hablar de las maravillas que aquella nueva tecnología había
logrado en Hollywood. Carvelli le había explicado que tres de los mayores éxitos de
taquilla del verano pasado correspondían a películas protagonizadas por «actores
virtuales» y que el público no era capaz de distinguirlos de los reales. Los sueldos de
las estrellas eran cada vez más prohibitivos, pero gracias a los efectos especiales de la
—
H
e pensado que tal vez lo encontraría aquí, Miles. ¿Ha dormido mucho
estos días?
Miles alzó la vista de su ensalada César y dedicó a Soames una
sonrisa cansada.
—No, no mucho. Pero apenas me termine esto me encerrare en mi habitación y
me pasaré al menos ocho horas durmiendo.
Era tarde. Tripp y Bukowski se habían retirado hacía horas. Se sentía tan agotado
que no tenía ni hambre.
Soames se sentó a su lado. En su bandeja había un cuenco de fruta, una lata de
Coca-Cola y un panecillo. Parecía impaciente por hablar de los progresos de Fleming.
—¿Y cómo le va?
—Bien.
—¿Walter y Felicia se muestran atentos?
—Sí, claro.
En ocasiones Bukowski se mostraba atenta en exceso.
—Walter me ha dicho que ya han completado las muestras.
—He programado una pequeña demostración para usted y para Frank, mañana.
A Soames se le iluminaron los ojos.
—Estupendo. Buen trabajo.
Fleming se permitió una sonrisa. Estaba satisfecho con los avances que había
logrado en apenas tres días.
Había tardado más de sesenta horas —interrumpiéndose sólo para comer y
robándole apenas un par de horas al trabajo para echarse un rato— en llegar al punto
en que se encontraba. Como sospechaba, el hardware de aquel inmaculado
laboratorio blanco y cromado era excelente y el neurotraductor era superior al
prototipo desarrollado en Barley Hall. Fiel a su palabra, Soames lo había dispuesto
todo para que pudiera descargar sus archivos de la base de la clínica londinense. Se
había pasado horas con el casquete puesto delante del cuerpo de pruebas, calibrando
el neurotraductor para que descodificara correctamente los patrones complejos de las
señales neuronales que hacían posibles incluso las tareas más sencillas. Había tardado
seis horas sólo en afinar la interpretación que el aparato hacía de los movimientos
oculares.
Una vez completó satisfactoriamente aquellos primeros ajustes, los demás
movimientos del cuerpo le ocuparon menos tiempo, pues el dispositivo neuronal
aprendía solo. Con los aspectos más relevantes bien calibrados, aquel neurotraductor
* * *
* * *
Sector rojo.
Al día siguiente.
T
anto Walter Tripp como Felicia Bukowski estuvieron presentes en la
demostración que tuvo lugar en el laboratorio del sector rojo la tarde
siguiente. Fleming se planteó la posibilidad de contarle a Soames lo sucedido
con ella —¿cómo había podido acceder a su habitación?—, pero como no iba a servir
de nada, no lo hizo. Además, ahora, a plena luz del día, casi podía convencerse a sí
mismo de que aquello no había sucedido. Si él no lo mencionaba, estaba seguro de
que ella tampoco lo haría. Esperaba que aquello no enturbiara su relación profesional.
De momento, dejando de lado cierta frialdad, lo alivió constatar que Felicia actuaba
como si no hubiera ocurrido nada.
—Fantástico —exclamó Soames cuando el maniquí extendió el brazo derecho.
Decidido a mantenerse inmóvil y en silencio, Fleming iba moviendo mentalmente
el cuerpo de pruebas de arriba abajo; empezó por los ojos y fue descendiendo,
haciéndole levantar los hombros, extender los brazos, volver el torso y las rodillas, y
finalmente agitar los dedos de los pies.
Frank Carvelli sonrió sin moverse de su asiento, situado junto al de Soames.
—¿Y hace todo eso a través de la mente?
—Gracias a la ayuda que he tenido —respondió Fleming, señalando hacia Tripp y
Bukowski, que seguían apostados junto al neurotraductor. Tripp sonrió y Felicia bajó
la mirada.
—¿Es capaz de controlar imágenes que aparecen en una pantalla, además de
maniquíes?
—Por supuesto. Controla cualquier medio. El cuerpo de pruebas es lo más difícil
de accionar. Las imágenes en pantalla, o las generadas por ordenador, se manejan más
fácilmente.
—¿Y es posible lograr que hablen? —preguntó Soames.
—Se lo mostraré. —Impresionar a alguien como Bradley, tan entusiasta como
brillante, no era tarea fácil—. Cuando habla no resulta tan convincente, porque el
movimiento de sus labios es demasiado brusco, pero puedo introducir palabras en su
boca. No se verá muy bien, pero al menos oirá claramente sus palabras, que salen de
unos altavoces que tiene en la cabeza. ¿Qué quiere que diga?
Soames le entregó a Fleming una hoja con un texto escrito que debía de llevar
preparado para la ocasión. Se trataba de un pasaje de la Biblia.
—Me ha parecido adecuado —se justificó—. Es sobre la creación y esas cosas.
Fleming pulsó la pantalla que había sobre el neurotraductor para asegurarse de
que tenía activado el comunicador. Levantó la hoja que le había dado Soames y leyó
—
L
a prueba tendrá lugar esta noche —anunció Soames esbozando una
sonrisa de triunfo.
Knight se volvió hacia él desde su asiento en la mesa de conferencias.
—¿Fleming ha revelado su información? —pregunto—. ¿Ya?
—Yo he sido testigo de ello —confirmó Carvelli, que se encontraba a su lado.
Soames asintió.
—El neurotraductor está ahí, calibrado, con todas las modificaciones de
comunicación necesarias para que sea compatible con el hardware de captura de
almas. Estamos listos para emprender el viaje.
—¿Esta noche? —Quiso cerciorarse Acosta, incrédulo. Los avances en el
proyecto parecían acelerarse a medida que el fin de su vida se acercaba, como si Dios
le diera prisa. Desde su sitio, junto a Diageo, observó el laboratorio a través del falso
espejo. Dos asistentes preparaban la camilla y la esfera para la cabeza.
—Esta noche —confirmó Soames, volviéndose para dirigirse a Knight—.
¿Disponemos de algún candidato para la prueba traído de alguna residencia?
Knight vaciló.
—Desde que trajimos a Amber, hemos reducido el reclutamiento de sujetos
terminales —respondió—. Como sabes, contamos con una paciente terminal
almacenada en el ataúd asistido, en el sector verde, pero a ella la trajimos con otra
finalidad.
—De todos modos, no existe ningún motivo por el que no pueda convertirse en
candidata, ¿no? —Preguntó Soames—. Me refiero a que, si no todos, cumple la
mayoría de criterios. ¿O no?
Knight asintió poco convencida.
—Sí, supongo que sí, pero hay…
—No hay tiempo para peros, Virginia. La usaremos a ella.
—¿Cuándo podemos hacerlo entonces? —preguntó Acosta.
Soames consultó la hora.
—Tripp y Bukowski deberían estar listos en seis horas.
«Seis horas». El papa Rojo alargó la mano en dirección a la bombona de oxígeno,
presa de la ansiedad. Su destino dependía de ese experimento. Si culminaba con
éxito, el futuro estaba virtualmente asegurado. Todo para lo que había trabajado,
todos los sacrificios y las decisiones despiadadas que había tomado habrían servido
para algo. Estaba tan cerca de la culminación de todos sus sueños que le costaba
soportar la tensión. Todas las decepciones del pasado no eran nada comparadas con la
Sector blanco.
N
o podía dormir. Tumbado en la cama, a Fleming le escocían los ojos de
cansancio y le dolía la cabeza, pero no conseguía apaciguar sus
pensamientos. Tras bañarse y cenar algo, había llegado a amodorrarse, pero
había despertado al poco, más cansado aún. Ahora eran las diez de la noche y no
conciliaba el sueño, a pesar de que, desde que había salido de San Francisco, no había
dormido una noche entera.
Sin Amber no podía seguir avanzando, pero su mente no dejaba de dar vueltas a
los datos que había visto en los archivos del neurotraductor. Tal vez se hubiera
saltado algo. Tal vez hubiera descartado algún aspecto de la longitud de onda del
alma que le ayudaría a explicarla como la mera anomalía temporal que él quería creer
que era.
Cuanto más pensaba en ello, más sabía la verdad de lo que pretendía demostrar.
La muerte del alma era un instante fugaz de la naturaleza, gotas de rocío que, al sol
de la mañana, se evaporaban convirtiéndose en una neblina que, finalmente,
desaparecía en el aire cálido. Las palabras temerosas de Rob tras su muerte no eran
más que esa misma neblina y no significaban más que el angustiado paso de la vida al
olvido. Si lograra estar del todo seguro de que así era, apartaría de su mente el miedo
que sentía por Rob y regresaría a casa, junto a Jake, con la conciencia tranquila.
Volvió a decirse que debía tranquilizarse. No podría hacer nada más hasta que
Soames se pusiera en contacto con Amber. Pero por más vueltas que diera en la cama
y tratara de dormir, no lo lograba. Su mente no paraba de pensar. Y no sólo en Rob.
También recordaba a Bukowski, prestaba atención por si oía algún ruido al otro
lado de la puerta, volvía a pensar en Amber, como paciente que necesitaba curación,
como clave para proporcionarle el descanso eterno a Rob y como mujer atractiva. Y
también pensaba en Rob, en el neurotraductor y en la longitud de onda del alma.
Respiró profundamente varias veces tratando de apartar todo aquello de su mente.
Si dormía toda la noche de un tirón, lo vería todo más claro al día siguiente.
—Maldita sea —exclamó, incorporándose en la cama. Era absurdo que siguiera
allí, dando vueltas sin parar. La experiencia le había enseñado que la única cura
contra el insomnio era trabajar hasta que hubiera resuelto su problema o se
convenciera de que no podía resolverlo.
Se puso unos vaqueros y una camiseta de VenTec, se anudó los zapatos y salió de
su habitación. Los pasillos estaban desiertos y las luces, más tenues que de
costumbre. Procurando no hacer ruido, abandonó las áreas residenciales, pasó junto al
restaurante y el cine, giró a la izquierda en dirección al sector verde y llegó al
vestíbulo cuadrado que había junto al ascensor del sector rojo. No tenía ni idea de qué
* * *
Momentos antes, en su habitación aislada del sector negro, Amber también se había
sentido inquieta. El guardia de seguridad que tenía asignado parecía seguir siempre la
misma rutina. Cada tarde, a las seis, le traía la cena. Más tarde, poco antes de las
once, llamaba con suavidad a la puerta. Si Amber le respondía, entraba y se llevaba la
bandeja, pero si no lo hacía, no entraba y la retiraba a la mañana siguiente.
Llevaba todo el día tratando de encontrar un arma, pero todo lo que había en la
habitación era inofensivo o estaba atornillado. Al final había optado por el toallero,
aflojando los anclajes y separando la barra cromada, que era hueca.
Cuando le trajeron la comida, trató de mantener la calma, comió lo que pudo y
dejó la bandeja junto a la cama, que dispuso como si estuviera tumbada bajo las
sábanas. Luego se metió en el baño sosteniendo la barra del toallero como si de un
bate de béisbol se tratara.
* * *
* * *
En ese instante, mientras observaba el ataúd con su inconfundible logotipo, que era
transportado hacia el sector negro, a Amber se le olvidaron sus planes de huida. Lo
único que le importaba era desterrar aquel desagradable temor que se había instalado
en la boca de su estómago.
No podía ser. No podía ser.
Apretando con fuerza el disco de acceso, regresó al pasillo y se dirigió de nuevo
al sector negro. En silencio, Fleming la siguió.
L
os lobos se comportaban como si estuvieran unidos a Bradley Soames de un
modo invisible. Flanqueaban su asiento, en la cabecera de la mesa, con las
bocas abiertas, las lenguas fuera, mirando por debajo de la mesa,
impertérritos, insondables, intocables. A veces, Soames dejaba caer la mano por
debajo de la mesa y uno de los lobos comía algo de ella.
Los demás presentes en la sala, incluido Acosta, se sentaban en el otro extremo de
la mesa. Casi todos temían a los lobos y el papa Rojo los odiaba. Había algo pagano
en ellos, algo casi irreverente. Se levantó de su silla y se acercó al falso espejo
apoyándose en el poderoso brazo de Diageo. El ataúd blanco descansaba sobre el
carro, junto a la camilla del laboratorio. Presenció el instante en que retiraban la tapa
y pudo observar el cuerpo, con su sonda intravenosa, su máscara de oxígeno y los
demás sistemas con que mantenían las constantes vitales. Se sintió triste, pero se dijo
que aquél sería el último asesinato necesario. El último sacrificio… antes de que él
mismo se sacrificara.
—¿Ve el neurotraductor, Santidad? —Le preguntó Soames, señalando el cubo
azul traslúcido que contenía una esfera de luz intermitente, rematado por una pantalla
de ordenador—. Con sus puertos de comunicación infrarroja modificados, puede
conectarse con la pantalla del casco detector de fotones que registra el código de
barras personal e intransferible del alma del sujeto. —Señaló en dirección a los pies
de la camilla, donde una caja negra mostraba cuatro columnas de luces que lanzaban
sus destellos—. Y al sintonizar la señal que obtuvimos de Amber, deberíamos ser
capaces de mantener la línea de comunicación abierta indefinidamente. Con este
experimento pretendemos dejar escapar el alma y entonces, segundos después,
recurriendo tanto al código de barras único del alma del sujeto como a la frecuencia
de la señal, la localizaremos. Inmediatamente después de conseguirlo, nos
comunicaremos con ella a través de la longitud de onda y el neurotraductor.
Acosta vio que trasladaban a la frágil paciente a la camilla y le abrían los
párpados. La envidió por la inminente liberación de su alma, deseando casi hallarse
en su lugar. Pero no debía impacientarse: a él también le llegaría la hora.
—Después de esta noche, podremos terminar con todo este sufrimiento —dijo,
mientras colocaban el casco de cristal en la cabeza del sujeto—. Y una vez llegue el
Día de la Verdad del Alma, ya no habrá necesidad de hacer esto nunca más, pues
cuando la verdad sea revelada y todos la hayan visto, el mal no tendrá cabida en este
mundo.
—Sí, Santidad —convino Soames—. Desde luego.
* * *
U
na vez los dos guardias de seguridad armados hubieron escoltado a Fleming
y a Amber a través del tabique del falso espejo roto y los condujeron hasta
la sala de conferencias, fue Acosta quien trató de devolver algo de dignidad
a la situación.
—Siéntense —dijo cortésmente—. Merecen ustedes una explicación.
Sólo entonces Amber se percató de la presencia de los lobos que, de pie tras su
amo, tenían los pelos del cuello erizados.
—Sí —admitió Soames—. Siento que no hayamos podido revelarles antes más
información.
Dicho esto, y como si todos ellos asistieran a un cóctel, les presentó a monseñor
Diageo y a Carvelli.
—¿Qué demonios está pasando aquí? —exigió saber Fleming.
Amber trató de llegar hasta Soames, pero uno de los guardias se lo impidió y la
obligó a sentarse.
—¿Qué has hecho, Bradley? ¿Qué coño has hecho? —le gritó—. ¿Cómo has sido
capaz? Éramos socios, por el amor de Dios.
Soames parecía sinceramente desconcertado. Parecía no comprender su
indignación.
—Si la hemos traído aquí ha sido sólo por ti, Amber, y además, se estaba
muriendo. No hace falta que nadie más sufra ningún daño por culpa de su muerte. Ni
tú, ni Miles, ni nadie.
Amber lo miró, impertérrita, tan presa de la ira que le faltaba el aire. Era como si
el asombro que le había causado presenciar la muerte de su madre, y el estallido de
ira posterior, le hubieran absorbido toda la energía. Fleming le apoyó una mano en el
hombro.
La necesidad de sacar a Amber de su estado era fuerte, pero no se veía capaz de
hacerlo, pues él mismo estaba aturdido.
* * *
Ver a Virginia Knight con Soames y Acosta, con sus crucifijos de la Iglesia de la
Verdad del Alma en la pechera, le ayudó a salir de su parálisis. Y la visión del rostro
ajado del papa Rojo, esbozando una sonrisa de triunfo, le devolvió a la mente las
palabras de advertencia del padre Riga.
A Amber y a él los habían engañado. Él había deseado tanto descubrir la verdad
sobre su hermano que no se había dado cuenta de las mentiras de Soames. Al menos a
Amber la habían utilizado en contra de su voluntad, pero él había ayudado de buena
gana a aquellos cabrones. La sensación de humillación que recorría a Fleming era tan
intensa que estuvo a punto de explotar. Pero no podía dejarse llevar por las
* * *
—¿Qué va a hacer con ellos? —le preguntó Acosta a Soames, una vez Amber y
Sector azul.
Dos días después.
—
A
hora mismo no parece gran cosa —dijo Soames mientras conducía a
Fleming y a Amber a la sala de realidad virtual alojada en el sector azul
— pero esperad y veréis. No has estado aquí nunca, ¿verdad, Amber?
Se trata de algo que VenTec ha desarrollado junto a KREE8 Industries. —Amber se
negaba a mirarle a los ojos. Le seguía resultando difícil aceptar que la hubiera
engañado hasta tal punto, asimilar que el hombre que la había secuestrado y que
había autorizado el asesinato de su madre, y al que llevaba años respetando y
admirando, eran la misma persona—. Y, evidentemente, esto es una novedad total
para usted, Miles —prosiguió Soames. Aún tenía la cara hinchada, lo que evidenciaba
aún más una costra nueva que le había salido en una barbilla ya muy llena de
cicatrices. A pesar de ello, su enfado había desaparecido. Parecía como si la escena
que había tenido lugar treinta y seis horas antes, no se hubiera producido nunca.
Sin embargo, la ira de Fleming, así como la de Amber, seguía intacta. Haciendo
caso omiso de los dos guardias de seguridad que les seguían a pocos pasos, ni
siquiera se molestó en responder a Soames. Los dos llevaban un mono muy ajustado
al cuerpo, de un azul intenso, además de guantes y zapatillas con sensores. El tejido
azul era inteligente y estaba engarzado con miles de cuentas microscópicas, a modo
de píxeles de ordenador. Soames y los dos guardias llevaban atuendos parecidos.
La sala misma resultaba espaciosa, aunque poco imponente. El suelo, las paredes
y el techo eran del mismo azul intenso que los monos de trabajo. El suelo parecía
muy duro y ella supuso que, lo mismo que las paredes y el techo, debía de tratarse de
pantallas de alta resolución. En el centro del espacio había tres hileras con dos
asientos cada una.
—Dado que nuestra experiencia va a ser eminentemente como espectadores, he
pensado que mejor estar cómodos —dijo Soames, conduciéndolos hasta las dos
butacas de la primera fila. Los guardias se sentaron tras ellos y Soames al fondo. Una
vez instalado, se sacó un ordenador de mano, una especie de agenda electrónica, y
rozó la pantalla táctil—. ¿Cómo hemos de vestirnos? Creo que optaremos por un
atuendo formal.
Al momento, los monos azules se transformaron. Fleming pasó a llevar un
esmoquin, con pajarita y todo, y Amber un vestido negro con escote de bañera.
Sorprendentemente, la piel que la tela no cubría era de un gran realismo y sus manos
ya no se veían cubiertas por los guantes azules. En realidad, no parecían cubiertas por
ningún guante. Si se concentraba mucho y movía las manos muy deprisa contra el
fondo azul, llegaba a distinguir las costuras, pero cuando Soames transformó la sala,
Arca Roja.
18° 55’ N, 16° 99’ O.
X
avier Acosta no se había sentido nunca tan vivo como entonces, a escasos
minutos de su muerte. Allí, de pie en el estrado de su catedral, a bordo del
Arca Roja, observaba a su público físico compuesto por poco más de cien
personas. Las invitaciones para asistir a los servicios a bordo de su nave se daban a
unos pocos, elegidos al azar de entre los millones de direcciones de correo
electrónico de sus seguidores registrados. Esa práctica no se había modificado para el
Día de la Verdad del Alma, aunque se reservaron algunas invitaciones para los
representantes de las principales religiones. Curiosamente, nadie excusó su asistencia.
Todos enviaron a algún delegado de alto rango, sin duda para que presenciara y
posteriormente interpretara lo que allí tuviera lugar.
Acosta había oído que a muchos de los afortunados con la asistencia real, los
medios de comunicación y algunas personas muy ricas les habían ofrecido miles,
incluso millones, para poder asistir personalmente a la ceremonia. Y le alegró saber
que habían sido muy pocos los que vendieron sus asientos, dispuestos a perderse
aquel momento crucial para la historia de la humanidad. Pero el público físico era
sólo una fracción del verdadero público. Según Carvelli, la cifra de quienes
presenciarían el acto a través de sus cascos virtuales, sus pantallas de Internet y sus
aparatos de televisión excedía los cuatro mil millones, el noventa por ciento del
mundo conectado. Carvelli tenía razón, aquél iba a ser el acontecimiento mediático
más importante de la historia.
Antes de iniciarse el acto principal, Acosta ofició un breve servicio en el que
rindió tributo a todos sus fieles seguidores e hizo extensiva su bendición a quienes en
ese momento lo miraban, fuera cual fuera su confesión. Entonces, sin apenas
detenerse a respirar, el papa Rojo alzó los brazos, haciendo acopio de las pocas
fuerzas que le quedaban, y habló al mundo:
—Hoy emprendo un viaje. Muchos han partido antes que yo hacia ese tránsito de
la vida a la muerte y antes o después todos vosotros habréis de seguirme. Morirnos es
lo último que hacemos, por desgracia, pues la muerte podría enseñarnos muchas
cosas útiles para la vida. Sin embargo, este viaje final sigue siendo un misterio para
nosotros.
»La incertidumbre sobre lo que le sucede a nuestra alma tras la muerte se halla en
la base de la religión y cada credo exige que sus fieles crean exclusivamente en su
visión de la otra vida. Todos, incluida la Iglesia de la Verdad del Alma, lo exigen,
basándose sólo en un acto de fe.
»Hace dos mil años crucificaron a un hombre por nuestros pecados. El hombre de
* * *
F
leming mantenía la vista clavada en el casco de cristal que cubría la cabeza de
Acosta en el instante en que la chispa de vida saltó de los ojos moribundos del
papa Rojo, rebotó en la pantalla detectora de fotones y creó el característico
halo en la capa exterior de la esfera de fibra óptica. Ahora ya comprendía el
procedimiento: los pitidos y las cuatro columnas de luz que se alineaban en torre, a
los pies de la cama, significaban que la sintonía se había logrado y que podía seguirse
el rastro del alma de Acosta. El modelo de interferencia —el código de barras— que
se mostraba en un monitor contiguo a las columnas de luz representaba la firma única
del alma del papa. Con aquellos dos grupos de datos —la sintonía y la firma— ya
podían establecer un contacto. Y con el neurotraductor de Fleming y la longitud de
onda del alma, Tripp y Bukowski deberían ser capaces de comunicarse con el alma
del papa Rojo.
En ese momento la indignación de Fleming quedó en suspenso. Ya no pensaba en
las implicaciones éticas del procedimiento por el que habían llegado hasta allí: en los
engaños de Soames, en los asesinatos, en la crueldad del papa Rojo… Toda aquella
arrogancia, aquella ambición, quedaron olvidadas. Su único pensamiento, mientras
observaba cómo volvía a trazarse la línea que separaba la vida de la muerte, era para
su hermano y para Jake.
Cuando se sentó en la sala de realidad virtual con Amber, se dijo que no le daría a
Soames la satisfacción de dejarse impresionar por todo aquel despliegue de brujería
tecnológica, por aquel número de circo de Acosta. Pero era imposible no sentir
asombro ante el espectáculo, no admirarse al comprender la importancia de un
acontecimiento que tenía lugar ante sus propios ojos. No podía evitar una fascinación
que iba más allá de la mera curiosidad científica, más allá de la preocupación que
sentía por el alma de su hermano. Se trataba de algo más primigenio. Durante toda su
vida había dado por sentado que no había vida más allá de la muerte y que de ninguna
manera existía un dios intervencionista. Incluso los últimos acontecimientos habían
resultado poco concluyentes y habían aportado más preguntas que respuestas. Y sin
embargo, muy pronto dejaría de poder escoger en qué debía creer: conocería la
verdad y, aunque la idea le aterrorizaba, no podía ignorarla.
La luz se había disipado ya del casco de vidrio cuando Virginia Knight y un
doctor independiente revisó las constantes vitales del papa Rojo y lo declararon
oficialmente muerto. Carvelli parecía preocupado y estudiaba el equipo negro
instalado a la derecha del escáner, centrándose en el disco circular negro que se veía
en el suelo, comprobando su conexión de rayos infrarrojos que lo unía al
LUCIFER
C
omo la sombra de un eclipse que avanzara por todo el Planeta, la electricidad
fue dejando de funcionar de ciudad en ciudad a medida que la noche
avanzaba y sólo regresaría al amanecer siguiente. Iniciándose en la costa
oeste americana, la oscuridad siguió a la puesta del sol por todo el Pacífico, llegando
a Honolulu a las 6.53 p. m. Hora local. Durante las siguientes veinticuatro horas,
mientras la Tierra completaba su rotación, casi todas las ciudades principales del
mundo sufrieron un apagón que duró desde el anochecer hasta el amanecer.
La oscuridad inspiró gran variedad de emociones, desde el pánico hasta la
negación, pasando por la indignación. Una pequeña minoría dio la bienvenida a lo
que se interpretó como la primera señal, el primer jinete del Apocalipsis del papa
Rojo. Era como si la humanidad hubiera regresado a los tiempos paganos en que se
veneraba el poder del sol, pues se creía que sólo él era capaz de apartar las tinieblas y
traer de regreso todo lo que era bueno en el mundo.
Muchos aguardaron asustados en sus casas a que el ángel de las tinieblas hubiera
pasado. Otros buscaron refugio en lugares públicos para sentirse más acompañados.
Hacia la medianoche, en Australia, casi toda la población de Sydney se había
congregado, histérica, y agitaba velas encendidas, en un intento de ahuyentar la
oscuridad. Su acción fue imitada en Asia y Europa a medida que el sol se iba
poniendo en todo el mundo. Los medios de comunicación de alcance internacional
cubrían la llegada de la oscuridad informando de los cortes de señal que iban
produciéndose en sus distintas sedes regionales que, literalmente, se iban quedando
sin energía eléctrica.
Algunos trataban de vencer el pánico y argumentaban que todo aquello no era
más que un fraude sin importancia: la revelación del papa Rojo era un montaje y los
apagones, una coincidencia. Pero a medida que el fenómeno se iba extendiendo y se
hacía cada vez más evidente, el miedo se convertía en terror y el terror, en ira. Cada
vez eran más los que necesitaban señalar a un responsable de su desesperación y su
desilusión.
Durante esa noche oscura, los saqueos se generalizaron. Amplias zonas del East
End de Londres, de París, del Lower East Side de Nueva York fueron escenario de
actos vandálicos causados por turbas errantes. Pero los mayores episodios de
violencia se dieron en los mayores centros de culto. Los principales blancos de las
multitudes eran los sacerdotes ataviados con hábito, que les habían mentido sobre el
cielo y Dios. Las iglesias habían sido sus consejeras espirituales, les habían pedido
que dedicaran a ellas toda su fe, erigiéndose en agentes únicos de Dios. Ahora, la
revelación del papa Rojo había barrido de un plumazo el valor de su fe.
Y alguien debía pagar por ello.
Cuanto mayor era la iglesia, más intensa era la rabia: desde Santa Sofía, en
Estambul, hasta la catedral de Canterbury, en Inglaterra, pasando por San Pedro del
VenTec.
Día siguiente.
S
e avecinaba una tormenta en el exterior de VenTec. Negros nubarrones
cargados de nieve cubrían los picos de las montañas y unos vientos gélidos
azotaban el helicóptero que devolvía a la Fundación a los miembros del
Consejo de la Verdad.
—Vamos, no tiene por qué ser un desastre —dijo Soames en tono tranquilizador,
a modo de saludo. En el vestíbulo, Carvelli y Knight parecían más que aturdidos.
Carvelli estaba ido; tenía el rostro muy pálido, a pesar del bronceado, y el pelo,
normalmente impecable, revuelto. El aspecto de Virginia Knight era aún peor; llevaba
escrito en la cara el horror de lo que había presenciado a bordo del Arca Roja y
parecía a punto de desmayarse.
—Cuando nos fuimos, el arca estaba llena de agentes del FBI —informó Carvelli
—. Debían de tenerla localizada desde que anunciamos el Día de la Verdad del Alma
y cuando la primera señal sumió al mundo en el pánico, nos abordaron. De haber
esperado más, en este momento estaríamos respondiendo a preguntas comprometidas.
—Aquí están a salvo —dijo Soames, plantando una mano en el antebrazo de
Knight para tranquilizarla—. Lo único que tenemos que hacer es reunirnos de nuevo
y reflexionar sobre el significado de todo esto.
Miró a Tripp y a Bukowski, que habían seguido a los dos miembros del Consejo
de la Verdad hasta la Fundación. Se sacudían la nieve de las chaquetas polares y, con
rostros inexpresivos, se volvieron hacia Soames al intuir que los estaba observando.
Al momento, comprendieron y asintieron con un leve movimiento de cabeza antes de
dirigirse a buen paso hasta el ascensor que comunicaba con el sector rojo.
—¿Dónde está monseñor Diageo? —Preguntó Soames—. Creía que regresaría
con ustedes para el… —hizo una pausa para encontrar la expresión adecuada— post
mortem.
Virginia negó con la cabeza, incapaz de hablar. A su pelo rubio asomaban más
canas que la última vez que había estado allí hacía apenas unos días.
—Está muerto —informó Carvelli con voz pausada—. Se arrojó al vacío desde la
cubierta más alta del Arca Roja.
—Aunque sabía que la muerte no le supondría ningún alivio —apostilló Knight.
—Fue presa del pánico —dijo Soames— y nosotros debemos evitar que nos
suceda lo mismo.
Los condujo al sector negro. Los pasillos de la Fundación estaban desiertos.
VenTec era autosuficiente, pues contaba con su propio generador eléctrico y sus
propias instalaciones y con un entorno estéril que requería un mantenimiento mínimo.
E
n la estancia vigilada que quedaba dos puertas más allá de la de Fleming,
Amber dormía. Tras la muerte de su madre, el trauma le había impedido
descansar, pero después del Día de la Verdad del Alma del papa Rojo y del
caos que le siguió, una calma extraña se había apoderado de ella. Se había sumido en
un sueño profundo que no se parecía en nada a ninguno que hubiera tenido hasta
entonces. Le calaba los huesos, le relajaba los músculos, se llevaba a otra parte el
estrés y la ansiedad.
Entró en el estado onírico con una calma serena, sin dar señales de resistencia o
intranquilidad. Permanecía inmóvil, aunque sus órbitas oculares mostraron las señales
características de movimiento al entrar en la fase REM. Pero no se le movían los
párpados y su respiración mantenía un ritmo regular.
Y entonces, como le había sucedido tantas otra veces, su mente emprendió el
viaje hacia la muerte.
* * *
* * *
V
eintisiete horas después del anuncio del papa Rojo, los medios de
comunicación informaban con cuentagotas de los hallazgos que los agentes
técnicos del FBI que habían abordado el Arca Roja —así como un grupo de
destacados científicos y una delegación del Instituto de los Milagros del Vaticano—
iban realizando. Se habían recogido los testimonios de quienes habían presenciado
físicamente los acontecimientos, incluidos los miembros más relevantes de las
principales religiones.
En un primer momento, todas las partes se apresuraron a exponer que la
revelación del papa Rojo era un montaje, pero tras analizar el cadáver y revisar el
complejo equipo técnico, todos se vieron obligados a admitir que el único aporte al
holograma provenía del neurotraductor y que la única fuente que alimentaba las
señales de éste era la que proporcionaba la esfera captadora de alma que el cuerpo sin
vida de Acosta llevaba en la cabeza. Esa admisión técnica, así como el testimonio de
quienes iban a bordo del Arca Roja durante el anuncio, habían obligado al comité a
concluir que «la explicación de lo sucedido trascendía lo terrenal». Se dijo que otra
fuente, no oficial, afirmaba que si aquello era un montaje técnico, «el montaje en
cuestión no sería menos milagroso que el hecho de que el alma de Acosta hablara
realmente después de su muerte…».
Alto, negro, Morgan Jones, director adjunto del FBI y encargado de la
investigación, concedió dos ruedas de prensa en las que mostraba su confianza en la
versión oficial, aunque sin añadir nada nuevo a ésta. Pero su reticencia, así como el
«sin comentarios» inicial del Vaticano cuando se le pidió que refutara las
revelaciones del papa Rojo, se vieron como confirmación de las informaciones que se
habían filtrado como aval a las últimas palabras de Acosta.
Encerrado en sus habitaciones, viendo por televisión cómo se iban desarrollando
los acontecimientos, Fleming, impotente, no hacía más que caminar de un lado a otro.
No podía sentarse ni quedarse quieto, su cabeza no dejaba de pensar, de procesar una
y otra vez la información que había recibido, en un intento de clarificar lo que ahora
creía. No había podido dormir desde que había oído las palabras del papa Rojo y cada
vez estaba más seguro de que encerraban algo de verdad. Lo que Acosta había
revelado coincidía mucho con la teoría que, dada su sensibilidad atea, más sentido
tenía para él: que la religión era una fuerza maligna para el mundo.
Oyó un ruido al otro lado de la puerta y se detuvo. Cuando la abrió se encontró
con Soames. Los lobos jadeaban, inmóviles, tras sus talones. El científico sonreía,
exultante.
—¿Cómo se siente, Miles?
C
on el rostro cetrino y exento de expresión, Virginia Knight se sentía
entumecida, rodeada por el vacío de una fe que la había abandonado. Colgó
el teléfono vía satélite. Era la única opción que le quedaba.
Salió de la habitación y caminó como una zombie por el sector blanco, que estaba
desierto, y se dirigió a la salida donde, a través de las puertas de vidrio, veía que la
ventisca arreciaba, iluminada por los focos de seguridad del exterior. Valiéndose del
disco, abrió la puerta de la sala de supervivencia que había junto al vestíbulo. Como
no sabía qué llevarse, iba escogiendo lo que aparecía ante sus ojos y lo metía en una
mochila.
Respiró hondo, salió de la sala y regresó al corazón de la Fundación en dirección
al sector negro.
* * *
Sector negro.
Sector negro.
E
l silencio de los pasillos oscuros, desiertos, presagiaba alguna emboscada.
—¿Tiene algún plan? —le preguntó Amber.
—Tutéame, por favor. Cada cosa a su tiempo —respondió Fleming—.
Primero debemos salir del sector negro. Luego nos dirigiremos a la sala de
comunicación del sector blanco y usaremos el teléfono por satélite para llamar.
—¿A quién?
—Al FBI, a alguien que nos escuche.
No le importaba a quién llamaran, lo importante era que pudieran informar a
alguien de su situación y revelar la implicación de Soames en los recientes
acontecimientos. Su preocupación principal era qué hacer después de eso. La ayuda
tardaría en llegar y, hasta ese momento, quedarían a merced de Soames. Si estuviera
solo, tal vez trataría de escalar la montaña y descender por la otra cara para llegar a la
estación de los guardabosques que había visto al sobrevolar la zona en el helicóptero,
cuando venía. Pero debía pensar en Amber.
Se encontraban ya a pocos pasos de la puerta de seguridad que los sacaría del
sector negro, y estaba a punto de adelantarse hacia ella cuando, a través del cristal,
vio a un guardia. Empujó a Amber hacia las sombras y le susurró:
—Cuando desaparezca de delante, trataré de abrir la puerta.
Segundos después, el guardia se alejó.
—Vamos —ordenó él en voz muy baja, acompañando a Amber hasta la puerta.
—¿Cómo piensas abrirla?
—Con esto —abrió la mano derecha—. Se la he quitado a Bradley.
Amber observó un pedazo de algo, pequeño y negro, que sostenía en la palma,
reluciente por un lado, brillando en medio de la semipenumbra. Y compuso una
mueca de desagrado.
—Asqueroso.
—De momento nos ha traído hasta aquí, de modo que no lo critiques.
Se colocó la costra sobre la yema del índice derecho y la acercó a la ranura digital
que había junto a la puerta.
Mientras el escáner de ADN seccionaba la capa microscópica de tejido, sintió una
especie de calor que ascendía por su cuerpo. Aguardaba con la vista clavada en la luz
roja, rezando para que el guardia no regresara. La luz no cambiaba de color y supuso
que alguna alarma se abría activado ya, alertando a Soames.
—Vamos, cabrona —murmuró, moviendo ligeramente la costra. Amber se acercó
más a él por detrás y él percibió su creciente angustia.
En ese instante la luz cambió a verde y los dos suspiraron al unísono, aliviados.
F
leming se movió tan deprisa que Amber se quedó sin aliento. Estaba ahí, a su
lado, con el teléfono en la mano, pero en una fracción de segundo ya se
encontraba saltando por los aires y cuando se quiso dar cuenta había tirado al
suelo a Virginia Knight.
Ella no opuso resistencia cuando Fleming le metió la mano en el bolsillo, le quitó
el disco de acceso y se puso de pie.
—¿Por qué no funcionan los teléfonos vía satélite? —le preguntó con voz
embargada por la ira.
Knight lo miró sin inmutarse.
—Bradley ha cortado todo el contacto con el exterior —respondió—. Ni siquiera
yo tengo línea. Él es el único que tiene acceso.
—¿Por qué?
—No lo sé. Ese hombre ha perdido el juicio. Lo único que sé es que tiene
intención de mataros. Debéis escapar y buscar ayuda.
—¿Y cómo diablos vamos a hacerlo? —Soltó Amber—. Tendríamos que
atravesar la montaña.
—Es la única manera —corroboró Fleming, muy serio.
Knight alzó la vista para mirarlo.
—Dejadme que os ayude. Tengo mapas de la zona y planos.
—¿Dónde?
—En una mochila que está en el almacén de supervivencia.
Fleming la observó durante un momento y luego le ayudó a levantarse.
—Vamos.
Avanzaron por el sector blanco y, en cuestión de unos minutos, llegaron al
vestíbulo. Delante de él Fleming veía las puertas de cristales azules con la letra V
grabada y la nieve que caía con fuerza tras ellas. A su izquierda se encontraba el
almacén de supervivencia, lleno de material de escalada, raciones de comida y ropa
para las duras condiciones del exterior. Abrió la puerta con el disco inteligente de
Knight y cedió el paso a las dos mujeres.
En una de las paredes se alineaban los trajes de supervivencia, de un rojo intenso
y de la marca North Face. A diferencia de la ropa normal, éstos no colgaban de
perchas, sino que se sostenían de pie como armaduras. Cada uno de ellos tenía un
cable que salía del tobillo izquierdo, un cable conectado a un enchufe de pared.
Debajo, una hilera de botas de energía cinética. Sobre un estante, unos cascos de
material aislante, con visores y linternas incorporados, a prueba de nieve. En la pared
de enfrente, unos armarios abiertos almacenaban raciones de alimentos y más
material de montaña: hachas, cuerdas, sierras de nieve, piolets. Fleming estaba
impresionado, especialmente con los trajes de supervivencia. Se trataba de unas
prendas inteligentes que incorporaban tecnología punta, parecidas a las que él había
A
mber recibía con agrado el frío gélido y las órdenes masculladas por
Fleming. De ese modo su mente se mantenía alejada de lo que acababa de
dejar atrás, en la oscuridad.
—Mantente cerca de mí y haz exactamente lo que te diga —oyó que Fleming le
gritaba a través de los altavoces de su casco. Corría por la plataforma de acero en
dirección al helipuerto y en un determinado momento sacó una cuerda de la mochila.
Sujetó un extremo a una argolla de metal que la cintura del traje llevaba incorporada,
y el otro, a otra similar que colgaba del suyo.
—Haremos rapel cuando podamos conseguir un punto de anclaje, y si no lo
encontramos, descenderemos nosotros. ¿De acuerdo?
—De acuerdo —respondió ella, aunque no comprendía de qué le hablaba. Correr
con aquellas botas puestas le resultaba difícil porque los crampones de las suelas se
clavaban en el hielo.
—¿Dónde vamos?
Fleming señaló en dirección a la oscuridad salpicada de copos de nieve. Más allá
del alcance de los potentes focos de seguridad de VenTec, no veía nada.
—Enciéndete la linterna del casco.
Amber manipuló un botón de la correa, como Fleming le había enseñado a hacer
en el almacén de supervivencia, oyó un chasquido y constató que un haz de luz
surcaba la noche. Se alegró al verlo, aunque le pareció patético e insuficiente en aquel
lugar tan oscuro e inhóspito.
Fleming se detuvo unos metros más allá, se agachó y desapareció. Ella siguió
corriendo contra el viento, volviendo la cabeza desesperadamente de un lado a otro
para encontrarlo, mientras la nieve se arremolinaba a su alrededor.
Entonces oyó su voz.
—Para y mira hacia abajo.
A un metro de ella vio la barandilla que indicaba el final de la plataforma de acero
en la que se hallaba el helipuerto. Más allá no había nada. Asomándose a ella,
observó que Fleming estaba asegurándose a una de las patas de araña que sostenían la
estructura. Le sorprendió la rapidez con que se había descolgado por la barandilla y
había descendido a la zona inferior del antiguo pozo petrolero. Se lo veía totalmente
seguro suspendido allí, en el abismo, y todos los movimientos que adoptaba eran
fluidos y decididos. Entonces levantó la mano derecha y le indicó que lo siguiera.
Ella vaciló.
—Vamos —le instó él con aplomo a través de los altavoces de su casco—. Súbete
a la barandilla y ven hacia mí. Estoy asegurado a la barra y tú estás atada a mí, así
que si te caes, yo te retengo.
Amber siempre había odiado las alturas, no las soportaba.
—Venga —insistió él, tratando de calmarla—. Es mucho más seguro bajar hasta
Aposentos de seguridad.
VenTec.
—
P
or Dios, Bradley, ¿qué has hecho? —Mientras seguía a Soames por el
pasillo de sector blanco, alejándose del vestíbulo en el que, a través de las
puertas de cristal, la mancha de sangre sobre la nieve era visible, Frank
Carvelli se iba poniendo cada vez más lívido. Allí había quedado el cadáver mutilado
de Virginia Knight y él no había podido evitar el vómito que ahora manchaba su
impecable suéter negro de cachemira. Toda su confianza se había esfumado de un
plumazo—. ¿Por qué no has retenido a los lobos? Todavía no habíamos acordado
matar a Fleming y a Amber. ¿Por qué matar entonces a Virginia por dejarlos escapar?
Todo esto se nos está yendo de las manos, Bradley. Todo esto es demasiado…
Soames, impaciente, alzó la mano y estudió los monitores de seguridad,
salpicados de nieve. Las cámaras instaladas en el exterior de la plataforma petrolífera
no detectaban nada en el helipuerto ni en la plataforma de acero del exterior de la
recepción, excepto a dos guardias de seguridad que contemplaban la noche de
ventisca con la mirada perdida.
—¿Dónde habrán ido? —preguntó en voz alta, más desconcertado que colérico.
Tripp y Bukowski aparecieron en la puerta. Los dos se habían puesto trajes de
supervivencia e iban armados. Tenían los guantes sucios de sangre y la ropa llena de
manchas oscuras. Carvelli se apoyó en la pared, tratando de calmarse.
—¿Ya habéis limpiado el desastre? —preguntó Soames.
Bukowski asintió.
—Bien. Ahora salid fuera y buscad a los lobos. Traed con vosotros lo que quede
de Fleming y Amber.
Bukowski y Tripp hicieron ademán de irse.
—Un consejo —añadió Soames antes de que se fueran—. No les molestéis si
todavía están comiendo. Dejad que terminen antes de recoger lo que quede.
—Bradley, ¿qué te está pasando? —Se horrorizó Carvelli—. ¿Por qué haces todo
esto? Es una locura. ¿Por qué es tan importante para ti que Amber Grant y Miles
Fleming mueran?
Los ojos desconcertantes de Soames parecieron clavarse en el alma de Carvelli,
estudiándolo, decidiendo algo.
—¿De verdad quieres saberlo? —le preguntó al fin, en un tono que, más que
preguntar, parecía estar retándolo—. ¿Podrás soportar la verdad?
Carvelli sintió que se le secaba la boca.
—Sí —balbució.
Soames tardó unos instantes en responder. Entonces, esbozó una sonrisa y
* * *
La suerte de Fleming había cambiado. La parte más débil de la repisa de hielo había
cedido creando una barrera entre Amber y los lobos, pero a él lo había precipitado —
durante un sobrecogedor segundo— al vacío. Tuvo que hacer acopio de todas sus
fuerzas para clavar los piolets en la pared de roca helada que se extendía bajo la
repisa, del lado de Amber. No lo logró al primer intento, pero sí al segundo, aunque
estuvo a punto de dislocarse el brazo.
Despacio, con gran esfuerzo, fue escalando la pared hasta llegar al borde del
repecho. Amber se agachó para ayudarlo.
—¿Por qué no me respondías?
—Estaba un poco preocupado.
—Me has asustado —insistió ella, estrechándolo con fuerza.
—Yo también me he asustado —admitió él. Los lobos merodeaban por la repisa,
al otro lado del abismo, armándose de valor para saltar—. Vamos —dijo al fin—, no
podemos quedarnos aquí.
—Yo hasta ahí abajo no puedo descolgarme —dijo Amber, señalando la
verticalidad de la pared de piedra que se perdía en la oscuridad sin que se adivinara ni
un solo repecho, ni una grieta.
Fleming volvió a unirse a ella con la cuerda, buscó algo en la mochila y extrajo el
ordenador de mano que Virginia le había dado. Lo abrió y consultó la pantalla.
—No hemos de descender. Subiremos. —Señaló la tubería que se extendía sobre
ellos, a unos tres metros de donde se encontraban—. Si interpreto bien este plano, se
trata de una tubería de excedente que procede del oleoducto original de Alascon.
Seguramente esa tubería se interna en la montaña para ir al encuentro de la refinería,
que se encuentra del otro lado, en la montaña que hay al este, y que no está lejos de la
cabaña de los guardabosques. No debería ser demasiado complicado avanzar por ella:
está protegida de los elementos y supongo que esos dos cabrones no podrán seguirnos
si vamos por dentro.
En ese momento vieron que el mayor de los dos retrocedía para coger impulso,
preparándose para el salto.
Fleming se acercó a la pared de hielo que se alzaba en un extremo del repecho.
—No te acerques al borde y mantén la mano sobre los mosquetones… perdón, los
mosquetones son esas argollas de la cuerda que nos mantienen unidos. Si me caigo,
ábrelos, porque si no te arrastraré en mi caída.
Ella lo miró, horrorizada.
—¿Y dejar que los lobos vengan a por mí? No pienso tocar ningún mosquetón,
así que asegúrate bien de no caerte. Se supone que la escalada se te da bien.
* * *
Cuando soñaba que moría, Amber caía por la negrura hacia la muerte. Pero en esa
ocasión no había ninguna luz ante ella, sólo más oscuridad. Y aquello no era un
sueño.
Lo primero de lo que tuvo conciencia fue que el suelo se había retirado bajo sus
pies y de que entonces, casi inmediatamente, se hallaba fuera de la tubería,
descendiendo en caída libre.
Al sentir el primer tirón de la cuerda que se tensaba, suspiró de alivio, pero casi al
momento sintió que volvía a caer y supo que estaba arrastrando a Fleming en su
caída.
Segundos después, el descenso se interrumpió una vez más. Suspendida por la
argolla que llevaba en el traje, colgada boca arriba en la oscuridad, la luz del casco
iluminaba los copos de nieve que caían a su alrededor, en el vacío.
—Miles, ¿qué sucede?
—Nada bueno.
—Entonces, corta la cuerda.
—Yo ya no voy a cortar más malditas cuerdas.
A Amber le sorprendió lo agresivo del tono.
—Pero… —Hizo una pausa—. Lo siento.
Durante unos instantes se hizo el silencio.
—¿Qué ibas a preguntarme antes de que me cayera?
—Te iba a preguntar por Bradley y lo que había dicho el papa Rojo. Pero ahora ya
no importa. Dentro de muy poco encontraré la respuesta por mí mismo.
—Supongo que la encontraremos los dos.
Allí, suspendida en el aire helado, mirando al vacío pensó: «Ya está, esto es todo.
Voy a morirme. Ahora sí que voy a morirme. Al fin».
No sentía miedo. Lo que sentía era una creciente sensación de injusticia, además
de una súbita y sorprendente punzada de tristeza al pensar en Fleming y en ella
misma, al saber que lo que podría haber surgido entre ellos ya nunca existiría.
* * *
Miles sabía que se acercaba al final, pero a escasos centímetros de él veía una serie
muy próxima de asideros que, formando una línea de pronunciados ribetes,
Sector rojo.
F
rank Carvelli no era valiente. Tenía carácter, cierta presencia cuando era
necesario, pero ése no era el caso. Mientras seguía a Bradley Soames al sector
rojo, sentía que se le aflojaban las tripas. Era la primera vez que entraba en
aquel sector de la Fundación y no sabía si debía considerar un privilegio que lo
invitaran ahora.
Carvelli siempre se había vanagloriado de su habilidad para sacar partido de los
acontecimientos gracias a su comprensión de las necesidades y deseos humanos. Su
imperio mediático y cinematográfico se basaba en ello: sabía lo que el público quería
y sabía cómo convencer a sus socios en los negocios. Su relación comercial con el
papa Rojo había constituido toda una inyección para KREE8: la tecnología
desarrollada por su empresa había servido para poner en marcha la primera iglesia
electrónica del planeta, y su dominio de las relaciones públicas, así como su control
de la producción cinematográfica, le había permitido orientar a Acosta en el uso de la
tecnología para convertir en fenómeno de masas lo que antes ya era una personalidad
mediáticamente atractiva.
Pero si la Iglesia de Acosta había proporcionado la ocasión a KREE8 de dar a
conocer sus productos en todo el mundo, Bradley Soames era quien había aportado
sus conocimientos tecnológicos y sus recursos para perfeccionarlos. Sin él y sin las
investigaciones llevadas a cabo en VenTec, KREE8 no se habría destacado de las
demás empresas dedicadas a la tecnología para la comunicación.
Carvelli creía que había sabido sacar buen partido de Soames, que le había
convencido para que pusiera a su disposición los frutos de su genio por una mínima
parte de su valor de mercado, y todo con la excusa de contribuir al gran plan del papa
Rojo, el Proyecto Alma. Pero ahora se daba cuenta de que, en realidad, había sido
Soames el que lo había usado a él. Cada vez se hacía más evidente que los había
manipulado a todos, incluido Acosta, para llevar a cabo sus planes, fueran cuales
fuesen.
—Ponte esto —le ordenó Soames, pasándole unos protectores oculares. El
ascensor se detuvo y Carvelli vio una luz blanco-azulada que se colaba bajo la puerta.
Bradley iba adaptándose la ropa para que no quedara ni un centímetro de piel al
descubierto y cuando las puertas se abrieron parecía un monje encapuchado.
—¿Entiendes qué es esto? —le preguntó a Carvelli que, asomado a la pasarela de
acero, observaba la esfera de energía lumínica cambiar de intensidad, metida en la
cámara cilíndrica.
Carvelli permaneció unos segundos más absorto ante la esfera antes de responder,
maravillado en la contemplación de las erupciones que parpadeaban en su interior,
L
os escaladores lo llaman el «síndrome del tercer hombre». Se trata de una
sensación por la que, cuando dos montañeros realizan un ascenso, les parece
que se hallan ante la presencia benigna de alguien que les guía. Ha habido
exploradores en el Ártico que también han afirmado experimentar el mismo
síndrome. Fleming lo había sentido en algunas ocasiones con su hermano, por lo
general cuando se sentían exhaustos, tenían hambre y se acercaban ya al final de
algún trayecto. Después, Rob siempre aseguraba que él también lo había sentido.
En esa ocasión era distinto. Allí, agarrado a los piolets, las articulaciones y los
músculos le dolían cada vez más, pero no sentía la presencia del tercer hombre. Las
manos se le entumecían, cada vez le costaba más respirar. Pero sí notaba algo: la
extraña sensación de otras manos que se aferraban con fuerza a sus muñecas.
Dosificando las pocas fuerzas que le quedaban, decidió probar suerte por última vez,
ver si lograba impulsarse lo bastante como para plantar los pies en la base de la
tubería, lo que le permitiría descargar el peso de sus brazos.
Era cierto que antes no lo había logrado, a pesar de no estar tan agotado, pero
también lo era que no tenía nada que perder. Apretó los dientes, tensó los bíceps e
intentó levantar el cuerpo. Hizo acopio de todas sus fuerzas, pero apenas se elevó
unos centímetros. Entonces volvió a sentir las mismas manos, que rodeaban con más
fuerza sus muñecas, como si lo sostuvieran.
Aferrándose al último vestigio de fuerza que le quedaba, levantó la pierna derecha
todo lo que pudo. Para su sorpresa, el pie alcanzó el borde de la tubería y se posó en
él. Una oleada de energía recorrió todo su cuerpo. Subió el otro pie hasta asegurarlo
en el ribete y acto seguido acercó una mano a ese mismo asidero.
Se detuvo apenas un instante para recobrar el aliento, temeroso de que si
descansaba mucho rato la energía que acababa de hallar en su interior le abandonaría
de nuevo. Afianzó mejor las botas, los crampones y los piolets en los puntos de
apoyo que le ofrecían los remates de la tubería y al hacerlo, su peso y el de Amber
ascendieron ligeramente.
Con cada centímetro ganado, su fuerza parecía crecer, hasta que transcurrido un
tiempo se encontró de nuevo en la sección horizontal de la tubería y oyó que Amber
se aferraba al remate y lo libraba a él de tener que sostenerla. Pero un segundo
después de que la cuerda se destensara, Miles sintió que las fuerzas desertaban de él y
cayó de espaldas. Casi al momento, Amber se hallaba a su lado, con los ojos muy
abiertos, preocupada. Pero había algo más en su expresión, algo que no sabía
calificar.
—¿Cómo lo has hecho? —le preguntó.
A él le faltaba el aliento y no pudo responderle.
—Era imposible.
—En la montaña suceden cosas raras —balbució entre jadeos.
* * *
Una vez remitió la alegría y el asombro iniciales, a Amber dejó de importarle cómo la
había salvado Fleming. Le bastaba con saber que lo había hecho.
Desanduvieron sus pasos, llegaron a la bifurcación y avanzaron en dirección de lo
que esperaban que fuera la refinería. Mientras caminaban a oscuras, a ella se le
ocurrió de pronto que, si Miles conocía su historial médico y los acontecimientos más
importantes de su vida, ella sabía muy poco de él. Pero no le dio tiempo a preguntarle
nada, porque en ese preciso instante él le dijo:
—Yo estoy bastante seguro de que lo que hemos oído y visto no es un montaje.
Conozco la tecnología…, diablos, si yo mismo contribuí a desarrollar parte de ella…,
y una de las señales que predijo el alma de Acosta ya se ha manifestado. Pero tú
todavía no estás convencida, ¿verdad?
—Tuve otro sueño —dijo—. Pero ya sé qué opinas de mis sueños…
Fleming sonrió.
—Sí, me lo merezco. Pero aquello era antes y esto es ahora. Me he vuelto mucho
más abierto. Cuéntame tu sueño… o lo que fuera.
—Como tú, yo tampoco creo que el anuncio del papa Rojo fuera un montaje, pero
me parece que no era la única verdad, que no era toda la verdad.
—¿Por qué?
—Porque creo que… sé que he visto lo que sucede después de la muerte. Sé
dónde ha ido mi hermana, porque ella misma me lo mostró. No puedo darte muchos
detalles, porque lo que vi era indescriptible, pero ella se ha ido a un sitio bueno. No
sólo lo vi, sino que pude sentirlo. Se trata de un lugar donde no existe el sufrimiento;
de una llanura bañada por el sol donde la sombra del dolor no alcanza. Lo más
aproximado que se me ocurre para explicarlo es que se trata de un estado de dicha. —
Fleming la miraba con el rostro iluminado por una nueva esperanza. Ella sabía que
pensaba en su hermano y deseaba tranquilizarlo, lo mismo que Ariel la había
tranquilizado a ella—. Lo único que sé —añadió con dulzura— es que lo que vi no
era el lugar desesperado y maldito que describió el papa Rojo.
—Quiero creerte —dijo él.
Amber sonrió.
—Pues créeme. Lo único que te hace falta es fe.
Fleming se encogió de hombros.
—Lo que no entiendo es que Bradley se recree en el anuncio del papa Rojo. Es
Océano Atlántico.
M
ás al sur ya había amanecido y Carvelli, único pasajero del jet privado de
Soames que se dirigía a Londres a toda velocidad, estaba muy despierto.
Le parecía que jamás volvería a dormir. Sólo perseguía una meta:
culminar con éxito su misión.
Ni se planteaba desafiar a Soames o escapar. No había escapatoria, ni en esta vida
ni en la próxima. Empezaba a sudar cada vez que pensaba en Soames y en lo que le
había revelado. Su aspecto, hasta hacía poco impecable, se deterioraba por
momentos; se veía pálido e hinchado, llevaba el pelo despeinado y la ropa arrugada.
Sonó el teléfono incorporado al brazo del asiento. Sobresaltado, lo descolgó.
—¿Sí?
—Me han dicho que llame a este número —dijo una voz con ligero acento
escocés—. Creo que debe recoger usted un paquete y que no puede dañarse.
Carvelli no había visto nunca a aquel hombre, pero sí una fotografía suya, y como
no era la primera vez que hablaban, reconocía su voz. Soames y Knight lo habían
usado para el Proyecto Alma. «Dios, parece que hayan transcurrido siglos».
—Así es. Y se supone que debo llevar el… paquete de vuelta a América hoy
mismo. Lo antes posible.
—Ningún problema —dijo—. Le estaré esperando en Heathrow. Hemos realizado
una búsqueda y sabemos dónde está. A juzgar por su tamaño y condición, será fácil
de manejar. —Una risotada—. Va a ser un juego de niños.
A Carvelli, aquel comentario no le hizo la menor gracia. Asqueado, colgó el
aparato.
* * *
El aullido de los lobos despertó a Fleming antes que la luz de la mañana. Sin hacer
caso del dolor que le atenazaba sus músculos, zarandeó a Amber para despertarla.
Ella se incorporó al momento.
—¿Qué ha sido eso? —Parpadeó—. ¿Dónde están?
—No lo sé, pero tenemos que seguir.
Dirigió la mirada al exterior del gran tubo y vio las formas irregulares de la
refinería. El sol estaba bajo y lo teñía todo de una luz mortecina y plana. En cuestión
de semanas llegaría el invierno y el astro desaparecería durante varios meses. Una
fina capa de nieve virgen se había posado sobre todas las cosas, pero el viento había
amainado y el cielo se veía relativamente despejado.
Amber se puso de pie, pero casi al momento tuvo que sentarse.
Se llevó la mano a la pierna.
Refugio de guardabosques.
Reserva Nacional de Vida Salvaje.
C
omo le había anticipado Virginia Knight, el refugio del guardabosques estaba
desierto. Junto a la cabina principal, medio cubierto por la nieve, se leía un
cartel en el que se informaba de que desde mediados de octubre hasta
mediados de marzo aquel centro recibía sólo supervisión temporal. El lugar consistía
en tres cabañas, así como en varios bidones de cemento controlados por ordenador
que liberaban alimentos para los animales en función de la temperatura y según unos
intervalos de tiempo preestablecidos a lo largo del invierno. Cuando la población
humana se retiraba, la fauna aparecía. El lugar estaba atestado de lobos bien
alimentados y el cielo salpicado de aves de presa que volaban en círculos, muy arriba.
Amber se asombró al constatar las dimensiones de la montaña que habían dejado
atrás. Veía la meseta de la cima, pero ni rastro de la refinería, ni del pico de la otra
montaña, más alta, que tenía al lado. Las nubes lo cubrían, por lo que no había
manera de saber si VenTec era visible desde allí.
Fleming entró en la cabaña principal, que contaba con una antena de
comunicación por láser y de otra parabólica en el techo. Ya estaba a punto de romper
la puerta para abrirla cuando Amber le señaló una caja de madera que quedaba a la
derecha. Una nota escrita con letra pulcra les informaba de que:
Todos los viajeros que busquen refugio en esta cabaña son bienvenidos y pueden usar sus instalaciones. Lo
único que les pedimos es que la dejen tal como la han encontrado, que repongan los suministros y no permitan
la entrada de animales. Si desean contribuir con alguna donación, válganse de la lata de metal dispuesta a tal
efecto. Se invita a los viajeros a firmar en el libro de visitas. Cierren cuando salgan y depositen la llave en esta
caja.
Gracias por su interés por la vida salvaje de nuestro precioso estado.
John Mahoney. Jefe de guardabosques.
Reserva Nacional de Vida Salvaje. Región Ártica. Alaska.
Amber extrajo las llaves y abrió la puerta. Dentro, la cabaña sorprendía por su
sofisticación; estaba bien aislada y amueblada, y contaba con un gran equipamiento
técnico. Había un ordenador óptico en un rincón, con su monitor, su pantalla de
plasma para videoconferencias, así como un panel negro de comunicaciones, con
cámara de vídeo, teléfono vía satélite, teclado y fax. Tras su sorpresa inicial, Amber
se dio cuenta de que todo aquel equipo era imprescindible en un lugar tan aislado.
—Buen equipo —susurró, poniendo en marcha el ordenador óptico Lucifer.
Fleming descolgó el teléfono vía satélite.
—Funciona. Este lugar debe de contar con un generador propio.
Amber asintió, satisfecha al ver que en la pantalla aparecía el portal de Optinet.
Fleming marcó el número de teléfono.
T
enía que ver con el modo en que Soames había reaccionado al conocer la
revelación del papa Rojo… no sólo la había aceptado; parecía haberla
celebrado, casi como si estuviera esperándola. ¿Qué le había dicho a Virginia
Knight cuando iniciaron su huida?
«Sí que lo fui. Yo siempre fui un creyente, Virginia. Y sigo siéndolo. Lo que
sucede es que ni a ti ni a Acosta se os ocurrió nunca preguntarme en quién creía».
Fue la impaciencia de Soames por abrazar la revelación del papa Rojo,
combinada con la visión radicalmente distinta que Ariel le había mostrado en su
sueño, lo que le llevó a acercarse al ordenador.
Usando el ratón táctil instalado a la derecha del teclado, activó el icono de Optinet
para acceder a la red óptica. En cuestión de segundos ya había encontrado el portal de
Optrix y usado su clave personal de acceso para acceder a la base de datos. Con la
llegada del Internet óptico, la velocidad y la capacidad ya no eran un problema; el
problema era la seguridad. Los datos viajaban a tales velocidades por Optinet que los
ladrones de información podían asaltar una empresa, o los archivos individuales de
alguien, y escapar con el botín sin que la víctima tuviera tiempo siquiera de
parpadear.
Desde la firma del acuerdo internacional sobre seguridad de datos de 2004, casi
ninguna empresa ni individuo almacenaba los suyos propios. Casi todo el mundo se
había dado de alta en Optinet y había suscrito contratos con algún proveedor de datos
de seguridad, o PDS. Mediante códigos cuánticos, esos bancos de datos se
consideraban a prueba de piratas informáticos y se garantizaba la seguridad. A cada
suscriptor se le proporcionaba un código generado de manera aleatoria, que no
conocía nadie, ni siquiera el PDS.
Mediante su código, Amber accedió al PDS de Optrix. Una vez dentro, usó el
motor de búsqueda para revisar el archivo de clientes de la empresa, prestando
especial atención a las utilidades internacionales. Tardó menos de tres minutos en
confirmar sus sospechas.
—¿Qué era ese sueño que tuvo, Amber? —quiso saber el director adjunto.
Ella se frotó los ojos antes de explicárselo brevemente.
—Lo único que digo —concluyó— es que me convenció de que la verdad del
papa Rojo no era toda la verdad.
—Por supuesto que no era toda la verdad —convino Riga—. Lo que Acosta vio
era la verdad de un hombre condenado, un hombre excomulgado por la Santa Madre
Iglesia. Lo que vio tu hermana era la verdad virtuosa de los católicos…
Enfadado, Fleming negó con la cabeza.
—¿Es que no han aprendido nada? ¿Cómo sabe que tenga que ver con el hecho de
ser católicos, o ni siquiera cristianos? Si Acosta vio el infierno fue porque, con gran
arrogancia, creía que conocía todas las respuestas y mató a gente para demostrarlo.
E
l caos y el pánico tras la segunda señal fue muy superior a los que siguieron a
la primera. Todas las acciones y todos los valores de todas las bolsas del
mundo desde Wall Street hasta Hang Seng, se pusieron a cero. Todas las
cuentas corrientes de todas las empresas, los gobiernos y los particulares
desaparecieron en un abrir y cerrar de ojos. Las tarjetas de crédito dejaron de
funcionar en los comercios físicos y también en los virtuales. Los cajeros automáticos
no funcionaban porque no identificaban los números secretos de los clientes, en cuyas
cuentas, además, no había fondos.
Pero la cosa no se limitó a los mercados financieros y los bancos. Las fichas
policiales desaparecieron de las bases de datos de todo el mundo, desde el FBI de
Washington hasta la Interpol parisina, pasando por Scotland Yard en Londres. Los
registros gubernamentales de los ciudadanos, los datos fiscales de éstos, los censos
electorales, todo desapareció. Las pólizas de los seguros médicos, los datos
académicos, incluidos los resultados de los exámenes y las listas escolares, se
borraron de un plumazo, lo mismo que los archivos de las investigaciones médicas y
las historias clínicas. Los datos militares y de personal desaparecieron. Todos los
proveedores de datos de seguridad del Internet óptico fueron asaltados, y los datos
que almacenaban, eliminados. Todas las bases de datos informáticas en línea, todas
las páginas web, todos los archivos, todas las bibliotecas e instalaciones de
almacenaje de información existentes en el mundo fueron vaciadas. Las cosas de las
que no existían copias impresas o externas a la red, las cosas no escritas en papel o
recordadas, se perdieron. Fue como si la mente y la memoria de todo el mundo
tecnológico hubieran quedado borradas del mapa.
Bradley Soames, sentado en la sala de juntas del sector negro, observaba la
histeria que se apoderaba de los boletines informativos del mundo. Todo era caos y
pánico, y eso era bueno.
Se puso en pie y se dirigió hacia el ascensor del sector rojo. Los lobos lo seguían.
En el ascensor, el zumbido era más intenso que de costumbre, y miró hacia abajo, a
través del suelo de cristal de la cabina. La esfera de luz a sus pies poseía una belleza
indómita, su intensidad cambiaba de un modo que no había visto hasta entonces.
Destellos de relámpagos parecían atravesar su interior, confiriéndole el aspecto de
tormenta solar. El ascensor se detuvo sobre ella. Las puertas resistentes a la luz se
abrieron y accedió a la sala de control y a los laboratorios que rodeaban el pozo.
Tripp y Bukowski se encontraban frente a una torre de terminales que controlaban
el ordenador. Ella se volvió para mirarlo, con los ojos radiantes.
—¿Cómo va? —le preguntó—. ¿Algún error o problemas de capacidad?
Refugio de guardabosques.
F
leming no compartía el pánico que se apoderó del mundo. Pensaba en
Soames. Saber que aquel hombre se encontraba detrás de lo que sucedía lo
ayudaba, de algún modo; le ofrecía la posibilidad de redimirse, pues al menos
podía luchar contra alguien, había alguien capaz de explicar el anuncio del papa Rojo.
Además, al exponer ante el FBI la tecnología usada por Soames, había recordado
algo que Bradley le había confiado: cada alma tenía su propio código de barras.
Aquello le había dado una idea, que avivaba su esperanza de comunicarse con el alma
de Rob para demostrar que su hermano estaba libre de sufrimiento. Con todo, por el
momento al menos, debía ayudar a solucionar el caos y el desorden que reinaban a su
alrededor.
Exceptuando algunos pitidos, la comunicación no se había visto afectada por la
crisis de los datos y los ordenadores no tardaron en recobrar su operatividad. Los
programas de software apenas se vieron afectados. Sin embargo, los ordenadores eran
como cáscaras vacías, como si acabaran de ser adquiridos. Toda la información
almacenada se había borrado, lo mismo que las bases de datos. La expresión de
perplejidad de los técnicos ayudó a Fleming a relacionar lo que sucedía con la
predicción del papa Rojo.
—Ésta es la segunda señal —dijo, contemplando los ceros de las pantallas.
Jones, el director adjunto, dejó de caminar y colgó el teléfono por el que llevaba
un rato escupiendo órdenes.
—Esto es un desastre absoluto —dijo—. El mundo entero sufre de Alzheimer. La
sociedad está de rodillas. Las transacciones más básicas resultan imposibles. Las
instituciones no tienen modo de saber quién es quién, ni qué es cada uno. Pero esto
no encaja con nuestros cuatro jinetes.
—No, no encaja —admitió Riga.
Fleming se frotó el hombro dolorido.
—Repítanme qué es lo que trae el jinete negro.
—El hambre.
Se echó hacia atrás en su asiento y esperó a que todos abandonaran sus
actividades frenéticas y lo miraran.
—¿Y acaso no es eso lo que está sucediendo? —preguntó—. Un hambre de
información.
Amber le dio una palmada en la rodilla.
—Un momento —le interrumpió, pulsando algunas teclas—. Creo que tienes
razón, Miles, pero no sólo es eso. El buscador espía que he enviado ha vuelto. No ha
podido entrar en el ordenador de Bradley, es demasiado potente, pero ha traído
I
nstalaron cuatro pantallas adicionales para videoconferencias en la sala de
operaciones que el FBI había improvisado a bordo del Arca Roja, colocadas de
manera que Amber y Fleming pudieran verlas. En tres de ellas aparecían
hombres de uniforme.
Uno de ellos era el agente especial Wayne Thomas, que comandaba la Unidad de
Rescate de Rehenes y en ese momento se encontraba en Anchorage, en la oficina que
el FBI tenía en Alaska. Se trataba de un hombre muy flaco, de cara alargada, que
llevaba un impermeable negro del FBI sobre una chaleco de camuflaje y unos
pantalones de combate. En la pantalla contigua se veía a un hombre ataviado con
uniforme de faena. Era el teniente coronel Mark Kovac, un soldado de carrera con el
pelo cortado a cepillo que dirigía una sección de la Delta Force, la división de élite de
las Fuerzas Especiales del ejército de Estados Unidos. Se comunicaba desde una base
secreta que se encontraba unos trescientos kilómetros al sur de la frontera canadiense.
La peculiaridad de Kovac era que parecía siempre aburrido, incluso cuando era
evidente que su estado de alerta había de ser máximo. Amber suponía que su ritmo
cardíaco era más lento que el de la mayoría de atletas. Pero a pesar de su aparente
desinterés, ella notaba que se moría de ganas de hacerse con el mando del FBI.
En realidad, ya se habían producido movimientos tácticos, sutiles, para hacerse
con el poder: El mando de la Delta Force había dado a entender que ésa era una
misión para profesionales y el agente del FBI se lo había rebatido haciendo hincapié
en la necesidad de contar con un personal «adecuadamente adiestrado».
—Sin duda estará de acuerdo, teniente coronel, en que esta misión requiere de la
precisión quirúrgica de un bisturí, más que de la fuerza bruta de un martillo.
El ambiente, cargado de testosterona, incomodaba a Amber, pero no afectaba a
Fleming, ni siquiera cuando Kovac cuestionó la conveniencia de su regreso a VenTec.
—Usted es civil, doctor Fleming. Limítese a informarnos de lo que sabe sobre el
trazado del lugar y deje que nosotros nos ocupemos del trabajo.
Amber se volvió hacia él, presa del pánico. Temía el momento de ascender por
aquella montaña, pero al menos se sentía segura en compañía de Fleming. Transmitía
una confianza física que Kovac no podía igualar.
Fleming sonrió al teniente coronel.
—Voy con usted.
—Una vez nos bajemos de los Black Hawks, el ascenso será duro —le advirtió
Kovac—. A la doctora Grant podemos proporcionarle apoyo, pero si tenemos que
ayudarlos a los dos, la operación se retrasará.
—No se preocupe por mí —le tranquilizó Fleming—. Seguiré su ritmo.
Sector negro.
Seis horas después.
L
a ventisca arreciaba de nuevo y Carvelli se alegraba de que el helicóptero que
lo había devuelto a VenTec hubiera podido aterrizar antes de que el tiempo
empeorara todavía más. Ahora se dirigía a los aposentos privados de Soames
y oía la nieve y el viento golpear contra las gruesas ventanas tintadas.
La espaciosa antesala del sector negro era una ecléctica cueva de Aladino: sobre
el suelo de madera de arce se extendían alfombras afganas, turcas y persas; unas
exquisitas máscaras africanas adornaban una pared, mientras que tapices del Rajastán
y telas de seda china cubrían otra. En una cesta, junto a la chimenea de azabache
negro, reluciente, asomaban unos relieves de madera de sándalo de Saharanpur. Sobre
una mesa de cristal se mostraban corales y piedras exóticas, iluminadas desde abajo
por un foco que proyectaba hermosos arco iris en el techo. Una cabeza de león, con
su cabellera incorporada, le observaba desde una hornacina, y junto a la puerta,
empotrado en la pared, había un acuario grande que albergaba un caleidoscopio
tecnicolor lleno de veloces peces tropicales.
A Carvelli le parecía que Soames, un hombre condenado a no ver nunca el sol, a
no experimentar nunca de primera mano los climas más exóticos del mundo, había
usado su inmensa riqueza para llevarse a su reino privado de penumbra la belleza
sensorial de aquellas tierras.
Sintió un escalofrío. Nunca había estado en los aposentos de Soames y, a pesar de
los tesoros que contenían, preferiría encontrarse en cualquier otra parte.
Llamó a la puerta de doble hoja y esperó. Nadie le dijo nada, por lo que se coló en
el gran salón. Sobre una pared se exhibía un fragmento de piedra tallada, sacada de
algún templo antiguo, que mostraba unas figuras exquisitas y talladas con gran
detalle, entregadas a todos los actos sexuales imaginables. Carvelli las contemplaba
con manos sudorosas, mientras avanzaba por el suelo de parqué. Allí no había objetos
personales, ni fotografías de amigos o familiares, ni novelas, discos, botellas de licor
o cigarros. Exceptuando una nevera pequeña de Coca-Cola, con puerta de cristal, no
había nada que indicara que Bradley Soames se deleitara con los triviales placeres de
la vida. Con todos aquellos trofeos en exposición, el lugar recordaba a Carvelli a un
museo exento de vida, de alegría.
Tardó un rato en reconocer la voz que llegaba desde el otro extremo de la sala.
Pero finalmente se dio cuenta de que era la de Soames y de que hablaba en tono
suplicante.
«He hecho todo lo que me pediste —Carvelli le oyó decir—. He traído oscuridad
y caos al mundo, y ahora he traído hambre. ¿No puedo adelantar unas pocas horas las
Cordillera de Brooks.
Alaska.
L
a ventisca azotaba el helicóptero Black Hawk con tanta fuerza que el aparato
oscilaba y crujía. A través del cristal cubierto de nieve, Fleming veía los
relámpagos que rasgaban la noche e iluminaban transitoriamente los picos
blancos de las montañas que se alzaban sobre él, como olas de un mar embravecido.
Si, como esperaba el general, Dios todavía existía, Fleming creía que, por el
momento, no los acompañaba en su misión.
Amber y él habían pasado las últimas horas en la cabaña de los guardabosques,
cada vez más preocupados al ver que el tiempo empeoraba. En dos ocasiones había
intentado contactar con sus padres, llamando a Inglaterra, de modo que los dos habían
empleado el tiempo en comer algo y dormir mientras esperaban la llegada de los
helicópteros. Cuando éstos llegaron, las condiciones meteorológicas eran pésimas, la
visibilidad era nula y los pilotos no se atrevieron a aterrizar, por lo que Amber y él
tuvieron que ser levantados en volandas.
—Cierren bien las sujeciones y agárrense con fuerza —dijo el piloto parcamente,
mientras el helicóptero se elevaba—. Volamos a ciegas y la cosa no hace más que
empeorar.
Ya en el interior de la cabina, Fleming miró a su alrededor. La expresión de casi
todos los pasajeros era de gran seriedad. Además del piloto, había cuatro miembros
de la Delta Force, entre ellos Kovac, así como dos agentes técnicos del FBI, que
tenían la misión de asistir a Amber. Ella iba sentada junto a Fleming y se veía
pequeña y vulnerable entre todos aquellos hombres vestidos de la cabeza a los pies
con sus uniformes de combate.
Los muchachos de la Delta Force, conocidos como «Hombres D», llevaban sus
trajes polares de combate, que eran blancos y mostraban un dibujo de camuflaje
apenas visible. Cada uno iba equipado con una mochila, granadas y un fusil CAR-15
negro o bien con una ametralladora M-60. Los técnicos del FBI, conocidos como
«Hombres G», llevaban los trajes ninja negro característicos de la Unidad de Rescate
de Rehenes, y contaban con unos rifles más modestos, y, en opinión de Fleming, más
adecuados.
Cerca, en algún punto indeterminado de la tormentosa noche, un segundo
helicóptero trasladaba a otros cuatro agentes de la Unidad de Rescate de Rehenes del
FBI, entre ellos Wayne Thomas, agente especial y jefe de operaciones, así como a
otros cuatro miembros de la Delta Force. Un tercer helicóptero, con otro equipo
completo, montaba guardia en Fairbanks.
El plan era simple: volar bajo para evitar ser detectados —manteniendo los
A
mber no recordaba haber sentido nunca un miedo físico tan intenso. Se le
encogía el estómago y el corazón le latía con tal fuerza que le pareció que
iba a desmayarse. La cuerda, que era muy gruesa, se mecía como un hilo de
algodón en medio de aquella galerna, y a pesar de los guantes, las manos le ardían
con la fricción. La soga y el helicóptero oscilaban tanto que era como estar en un
péndulo. Pero cada vez que perdía el control, sentía que el cuerpo de Fleming se
aferraba al de ella, se aferraba al suyo, corregía la velocidad.
Parecía que el descenso no iba a terminar nunca. Todo sucedía a cámara lenta. Al
mirar hacia abajo, a través de los remolinos de nieve, no distinguía el suelo.
Entonces, a su izquierda, vio abrirse un claro y durante un instante distinguió qué
había debajo. Y si hasta entonces se había sentido asustada, ahora supo qué era el
terror.
El viento había desplazado el helicóptero de su posición y flotaba sobre el borde
de la montaña. Debajo de la cuerda que, desde la otra puerta del Black Hawk, colgaba
frente a ella, no había nada. Desesperada, gritó su advertencia al hombre de la Delta
Force que seguía descolgándose por la cuerda y se acercaba al fin del descenso, pero
la fuerza del viento era tal que apenas oía su propia voz. Así, impotente, lo vio
alcanzar la base de la cuerda y precipitarse al vacío. Durante un instante pareció
quedar suspendido en el aire, como si la fuerza de la tormenta lo impulsara hacia
arriba. Pero entonces desapareció silenciosamente en la oscuridad. A su derecha, otro
hombre hizo lo mismo. Ninguno de los dos dejó escapar ni un solo grito.
Ella empezó a balancearse todavía más, y se dio cuenta de que Fleming, a
propósito, hacía de contrapeso a medida que se acercaban al final de la cuerda;
trataba de acercarse a la montaña.
—¡Dobla las rodillas y rueda! —le gritó él al oído.
Segundos después, sintió el impacto al caer de pie en el suelo. Se hizo un ovillo.
Fleming rodó con ella en la nieve. Sin darle tiempo a recobrar el aliento, tiró de ella y
la puso en pie.
—¿Estás bien? —Oyó que le preguntaba a través del altavoz del casco.
Ella asintió una sola vez y acto seguido empezó a retorcerse de dolor.
—¿Qué te pasa?
—Nada.
Kovac se acercó a ellos y los apartó del borde del precipicio y los condujo a la
refinería.
—¿Te has hecho daño?
—Es un calambre, nada más.
—Pues camina para que se te pase —le ordenó él—. No tenemos mucho tiempo.
Se acercaron a la refinería, que les proporcionó algo de refugio contra la ventisca.
—¿Cuántos quedamos? —preguntó Fleming.
Sector blanco.
C
arvelli se frotó las manos sudorosas tratando de apartar de su mente la
inquietante imagen de Soames flagelándose.
Ahora Bradley estaba vestido, de pie en una de las salas de recreo
desiertas, en el sector blanco. Sus lobos aguardaban pacientes, sentados a ambos
lados. Se echó hacia delante y miró por el ojo de buey de la puerta, de cristal tintado.
Ya había enviado un mensaje impaciente a Tripp y Bokowski, que se encontraban en
el sector rojo, para que revisaran el estado de su ordenador, y en pocos minutos le
había preguntado dos veces la hora a Carvelli. Y no dejaba de decir: «ya casi
estamos, ya casi estamos», repitiendo las palabras como un mantra.
Sonrió al mirar por el ojo de buey.
—Buen trabajo, Frank —lo felicitó—. ¿Ha sido difícil conseguir mi póliza de
seguro?
Carvelli no supo qué decir. Deseaba la aprobación de Soames, pero le daba miedo
decepcionarlo y ser castigado por ello. Lo cierto era que no había hecho gran cosa,
excepto esperar a que los hombres recogieran el «paquete» de la escuela y luego
pasarse el vuelo asegurándole al niño que aquél era un viaje sorpresa para ver a su tío.
—Está bastante entero, si es a eso a lo que te refieres.
—¿Ni siquiera un poco asustado?
—Echa de menos a sus abuelos y no sé si termina de creerse mi historia del viaje
sorpresa. Pero es un niño valiente.
Soames indicó a Carvelli que se acercara.
—Mira qué está haciendo.
Carvelli se acercó al ojo de buey tratando de mantenerse lo más lejos posible de
los lobos. En realidad ya sabía lo que el niño estaba haciendo: llevaba más de media
hora jugando.
—Míralo, construyendo con mis viejos bloques de construcción —dijo Soames
con una sonrisa distante—. Es muy meticuloso con las torres, se asegura de que cada
bloque esté en su sitio. —Abrió la puerta—. Tengo que hablar con él.
El niño estaba de pie en el centro de una habitación espaciosa y sobre el suelo de
madera había esparcidos muchos juguetes antiguos, Lego, GI Joe y gran cantidad de
bloques de construcción, que ahora se alineaban formando torres, cada una de ellas de
más de un metro de altura. Al oír que la puerta se abría, el niño se dio la vuelta.
—Hola, Jake —le saludó Soames—. Unas torres geniales.
—¿Dónde está el tío Milo? —preguntó él, fijándose sin disimulo en sus cicatrices
—. ¿Qué te pasa en la cara?
Soames se acercó más a él, se agachó y juntó mucho su cara a la del niño.
—
A
hí está —dijo Fleming entornando los ojos al ver la luz que se movía en
espiral. Los fragmentos de brillo en rotación se hendían en la oscuridad
y le permitieron ver el pozo.
—¡Hace mucho calor! —exclamó el técnico del FBI, un negro alto llamado
Howie.
—Y la luz es muy intensa —observó Kovac—. Será mejor que nos pongamos
nuestros protectores.
Tras ponerse el suyo, Fleming alzó la vista hacia el inmenso ventilador que
extraía el aire caliente del sector rojo, que quedaba encima. La luz que provenía de él
brillaba con tal fuerza que ni siquiera con el protector ocular era capaz de distinguir
nada por entre las aspas más allá de una radiación cegadora.
—Esperad —dijo entonces—. Ahora el ventilador gira más despacio.
—Es por el termostato —aclaró Amber—. Su velocidad cambia constantemente.
En el sector rojo hay instalados estabilizadores de temperatura más precisos. El
ventilador extrae el aire caliente de la zona de la esfera. En función de la temperatura
del aire, acelera o prácticamente llega a detenerse.
—¿De modo que si esperamos a que se detenga, podremos entrar por ahí? —
preguntó Fleming.
Amber asintió.
—¿Y cómo sabremos cuándo empezará a acelerar de nuevo? —planteó el
segundo hombre de la Delta Force, un rubio fornido de ojos azules.
—No lo sabremos —aclaró Amber—. Sólo lo notaremos cuando empiece a girar
más deprisa.
—En este momento lo más importante es que Amber y Howie lleguen al
ordenador y hagan lo que tienen que hacer mientras nosotros les cubrimos —expuso
Fleming.
—Yo pasaré primero —dijo Kovac—. Comprobaré que no haya ningún problema
y realizaré un reconocimiento del otro lado. —Hizo un gesto al otro hombre D—. Tú
me cubres la retaguardia, Olsen.
Fleming vio que Kovac cruzaba la pasarela y trepaba por la escalerilla de
inspección que descendía por un lado del pozo. Al llegar arriba se dispuso a esperar
muy pegado a las aspas del ventilador, que prácticamente no se movían, lo que
permitió a Fleming percatarse de que sólo eran cuatro. A aquella velocidad, podía
pasarse sin problemas aprovechando los intersticios.
Kovac alargó el brazo derecho para comprobar la dureza de una de las aspas casi
detenida. En ese preciso instante se oyó un chasquido y la velocidad del ventilador
E
n lo alto de la escalerilla, la puerta daba a un laboratorio desierto. Amber, que
iba detrás de Kovac, se agachó y se metió en la sala blanca, seguida de
Fleming. A su izquierda vio un maniquí de pruebas como el que Miles le
había mostrado en Barley Hall. ¿Cómo lo llamaba? Brian.
Junto a él, sobre un moderno banco, reconoció la versión actualizada del
neurotraductor, así como el casco transparente que Soames había inventado para
atrapar las almas.
—Creía que esas cosas estaban en el Arca Roja —dijo.
—El cabrón no dejaba nada al azar; hizo una copia.
Fleming, frunciendo el ceño al hablar, observaba los aparatos como si pensara en
algo. Transcurridos unos instantes, miró la esfera de luz a través de los cristales
tintados.
—Amber —dijo, con los ojos brillantes de emoción.
—Sí.
—Silencio —susurró Kovac desde su sitio, señalando algo a su derecha.
Amber miró a través de los cristales tintados, más allá de la esfera de luz, y vio
que en la zona de laboratorios que quedaba al otro lado del pozo había un guardia
apostado junto a las puertas correderas. Dentro, alguien trabajaba ante una consola,
concentrado en una pantalla. No tardó en reconocerlo: se trataba de Walter Tripp.
Buscó con la mirada por si encontraba a Bukowski, pero no la vio.
—Ahí es donde deben de estar los controles principales —susurró—. Tenemos
que apartarlo de esa consola antes de que le dé tiempo de alertar a nadie. ¿Cómo
podemos hacerlo?
Kovac se volvió hacia ella.
—¿Le hará falta interrogarlo?
—En realidad no. Puedo encontrar todo lo que necesito en el ordenador, y además
no me fiaría de nada de lo que nos dijera. Lo que necesito es apartarlo de los
controles. ¿Puede hacerlo?
El jefe de la Delta Force esbozó una sonrisa fría, dura.
—Sí, por supuesto. Espere aquí.
Agazapada entre Fleming y el agente del FBI, vio a Kovac salir a la pasarela
circular que, desde el exterior, conectaba todos los laboratorios. Lo perdió de vista un
instante cuando pasó por la plataforma elevada del ascensor, pero al poco vio que el
guardia de seguridad, al otro lado del pozo, se desplomaba. Segundos después, Kovac
se incorporó a su lado y arrimó la espalda a la pared, junto a las puertas correderas
que conducían a la zona de trabajo donde se encontraba Tripp.
Vio que las puertas se abrían y que Tripp se daba la vuelta. Parecía más
desconcertado que alarmado, pues sin duda confiaba plenamente en lo inexpugnable
de aquella fortaleza tecnológica. Vio que decía algo, aunque no oyó qué.
F
leming acababa de interrogar al ordenador en el otro laboratorio cuando oyó
los disparos. Instintivamente, se dio la vuelta para mirar al otro lado del pozo,
donde trabajaba Amber. Y presenció, atónito, cómo los lobos abatían al
técnico del FBI. Se agachó para que no lo vieran y buscó sin éxito algún arma en el
laboratorio; allí sólo se guardaba el neurotraductor y la esfera para capturar almas.
Vio con impotencia que Soames aparecía con Bukowski y que ésta apuntaba a
Amber con una pistola.
«¿Dónde diablos está Kovac? Mierda, mierda, mierda».
Amber se alejó de la consola y avanzó hacia Soames, que se adelantó unos pasos
para recibirla. En ese momento, Fleming vio que Carvelli se encontraba frente al
ascensor… ¡con Jake!
«¿Qué está haciendo él aquí?».
Tuvo que reprimirse mucho para no salir corriendo y abalanzarse sobre él armado
sólo con sus manos.
Una vez junto a Amber, Soames la sostuvo del cuello. Al cabo de unos segundos,
Fleming oyó su voz a través de los altavoces del casco.
—Hola, Miles, te hablo a través del micrófono de Amber para asegurarme de que
me oyes bien. Primero lo primero. Vuestra misión ha fracasado. Las últimas señales
ya se han activado, así que ya no hay razón para heroicidades. Además, tengo a tu
sobrino conmigo. Ahora vamos a subir al nivel de la pasarela y te doy dos minutos
para que te montes en el ascensor y te unas a nosotros. Si no lo haces, expondré los
tiernos ojos de Jake a la luz. Y después, si todavía no has aparecido, se convertirá en
alimento de mis mascotas. Sienten debilidad por la carne tierna. Tú eliges.
Fleming apretó los puños. Vio que los lacayos de Soames conducían a Jake y a
Amber hasta el ascensor y sintió náuseas de impotencia y rabia.
Todo estaba perdido. No tenía elección.
Si ya no podía ayudar a salvar el mundo, al menos debía intentar salvar a Jake y a
Amber.
* * *
El tiempo avanzaba muy deprisa. No había nada que hacer. Amber debía regresar a la
consola central y detener la cuenta atrás. Pero Miles Fleming era el único que podía
hacer algo. Y él no sabía cómo reprogramar el ordenador.
De pie junto al ascensor, en la pasarela, entornando los ojos a pesar de llevar
puestos los protectores oculares, Amber vio el cuerpo de Kovac tendido en la
plataforma de acero, junto a otro guardia. Los dos parecían estar muertos. El cuello
de Kovac se veía ensangrentado y tenía orificios de bala en la parte superior del
cuerpo. Carvelli seguía allí, solo, a su izquierda. Se veía pálido y enfermo, como si
P
ara su sorpresa, Soames estaba más ágil y fuerte de lo que creía, y cuando
Fleming le quitó la ropa protectora, exponiendo su piel hipersensible a la luz,
constató que empezaba a pelear con más fuerza.
A Fleming le pesaba mucho el aparatoso casco detector de almas, que llevaba
incorporado el electrodo del casquete azul. Lo había usado para controlar el cuerpo
del maniquí mediante el neurotraductor mientras salía del laboratorio y trepaba por el
pozo.
Ahora los lobos iban a por él.
De pie en la plataforma, le dio un fuerte puñetazo a Soames y lo puso contra la
barandilla hasta tenerlo casi suspendido en el vacío, agarrándolo por la muñeca.
—Ordénales que paren —le gritó. Debajo, la esfera brillaba con intensidad
parpadeante, como un pequeño sol, y la piel de Soames empezaba a enrojecerse.
Los lobos aullaban y lloriqueaban, pero se retiraron, como si intuyeran que al
seguir atacándole pondrían en peligro la vida de su amo.
—Ordénales que paren —repitió Fleming.
Soames pronunció una orden gutural y los lobos se retiraron un poco más.
—Miles, debes detener a Amber. No debe interferir en las señales.
Fleming negó con la cabeza, incrédulo.
—Eres un malvado cabrón.
—No lo soy —suplicó Soames con voz más sincera—. Esto es importante. Tú has
de comprenderlo más que nadie. Hay un motivo para lo que estoy haciendo y no
debes impedírmelo.
—¿De qué diablos estás hablando?
—La revelación del papa Rojo tiene un propósito y yo debo hacerlo posible.
—Su revelación es mentira.
—No, no lo es. Es una mentira a medias y una verdad a medias. Era su verdad.
—Pero tú quieres que la convierta en la única verdad.
—No tengo elección. Debo convencer al mundo de que Dios no existe, de que
sólo existe el Demonio. Ésa es mi misión.
Fleming se agachó para agarrar a Soames por el otro brazo. Tenía la piel llagada,
pero no parecía importarle el dolor.
—¿Y por qué es ésa tu misión, Bradley? ¿Quién te crees que eres? ¿El Demonio?
—Es mucho más complicado. —Soames lo miraba fijamente a los ojos—. Soy el
segundo hijo de Dios.
Fleming estuvo a punto de soltarlo.
—¿Qué?
—Escúchame, escúchame —le suplicó Soames—. Hace dos mil años, Dios envió
a su primer hijo a la tierra. Era un hombre bueno que predicaba la compasión y el
perdón… Llegó incluso a morir en la cruz por la humanidad, para enseñaros el
C
uando Amber miró la pantalla, supo que era demasiado tarde. La cuenta atrás
casi había llegado a su término. Los ataques fantasma estaban a punto de
empezar.
Dejó a Jake junto al ascensor, para que avisara por si aparecían más guardias, y
entró en el programa base del ordenador. Casi al instante se percató de que Soames
tenía razón: todos los datos robados habían regresado a sus lugares de origen, pero el
acto de restauración había activado las dos últimas señales.
6… 5…
Se fijó en el mapa de la India y Pakistán, y después en el de Asia. Todos los
puntos rojos seguían parpadeando. Si introducía un programa de implosión fotónica,
destruiría el ordenador, pero no antes de que éste enviara su información y pusiera en
marcha el apocalipsis de guerra y muerte profetizado por el papa Rojo.
4… 3…
Empezando por el mapa general de Asia, abrió una ventana en la base de la
pantalla y a través de ella accedió al programa base, desde el que buscó la instrucción
germinal que iba a plantar el mensaje de lanzamiento del ataque en el Internet óptico.
La encontró casi al momento y en un segundo la desactivó. Los puntos rojos del
mapa dejaron de parpadear.
… 2…
Se trasladó al mapa de la India y Pakistán y repitió la operación. Abrió una
ventana para acceder al código del programa base. Empezó a buscar las instrucciones
germinales…
… 1… 0…
«¡Mierda! Demasiado tarde».
La mancha roja situada sobre Nueva Delhi dejó de parpadear. Y entonces, una
línea roja empezó a describir una parábola que se dirigía a Pakistán.
Comprobó el programa base. La instrucción germinal ya había sido enviada al
centro de mando de misiles de Lahore informando erróneamente de que India
acababa de lanzar un ataque nuclear. Respiró hondo, se secó el sudor de las manos y
borró el mensaje.
La parábola desapareció de la pantalla. Y con ella desapareció también la tensión
que agarrotaba sus hombros. Tratando de calmarse, se dispuso a insertar el PIP que
destruiría el ordenador. Pero antes de hacerlo, vio que sobre el mapa aparecía un
nuevo punto rojo. Y entonces, sin cuenta atrás ni advertencia de ninguna clase, una
línea inició su recorrido camino de India.
Desesperada, comprobó el código base para averiguar si se había saltado algún
paso y al hacerlo constató que en ese caso no se trataba de un ataque fantasma, sino
de la respuesta armada de Pakistán al anterior «ataque» de la India.
* * *
* * *
Con la espalda rota por el impacto contra su propia creación, Bradley Soames
aguardaba la muerte. La piel se le caía a tiras y el calor de la luz de la esfera de cristal
lo abrasaba causándole el dolor más agudo que había experimentado en su vida, una
vida llena de sufrimiento.
Se hallaba sobre una rueda de fuego, en el mismo infierno.
Pero no era su agonía física lo que le perturbaba.
Era la sensación de fracaso.
—Perdóname, Padre —gritó, presa de la desesperación—. He tratado de
ayudarlos.
En ese momento la bola de fuego a sus espaldas empezó a resquebrajarse antes de
estallar como una supernova de luz blanco-azulada.
* * *
Minutos después.
Al abandonar VenTec con Jake aferrado a su pecho, Fleming se dio cuenta, antes que
nada, de que la ventisca había cesado. Una franja de luz anaranjada se adivinaba en el
horizonte. Y a continuación constató que el helicóptero de refuerzo se acercaba por el
L
a recepción se celebraba en una de las residencias de veraneo más
majestuosas de la Compañía. Se trataba de una ocasión festiva, de una
celebración. No sólo se nombraba al nuevo superior general de los jesuitas,
sino que se festejaba el gran renacimiento de la Santa Madre Iglesia.
Los invitados, ataviados con ropas de hilo o trajes talares, bebían en las terrazas
frescas, porticadas, de la villa palladiana salpicada de soleados jardines.
Amber terminó de atarle los cordones de los zapatos a Jake y se puso en pie.
Acariciándose el vientre redondo, sintió la nueva vida que pataleaba en su interior. Su
única pena era que su madre no viviera para conocer a su primer nieto.
Pensó en los días en los que apenas vivía la mitad de su vida, siempre pensando
en Ariel y en su complejo de culpa, nunca en ella misma, un individuo completo. Y
pensó también en su vida después de la operación que la separó de su hermana. ¿Qué
le había dicho su madre en una ocasión? «Somos nuestras relaciones». Ahora sabía
que su madre tenía razón, que la había tenido cuando vivía y que seguía teniéndola
después de muerta. Posó la vista en los jardines y descubrió a Fleming, al que en ese
momento pedían que se uniera al corro que se había formado en torno a papa Pete
Riga.
Pensó en el mundo cuántico, que había ocupado un espacio tan importante en su
vida. En cierto modo, Fleming sólo había sido «partícula», individual, separada, con
miedo al compromiso, confiando en las armas de la ciencia pura, de lo práctico, para
mantener a raya el sufrimiento y el caos del mundo. Ella, por su parte, había sido
«onda»: consumida por la relación con su hermana hasta el punto de excluir cualquier
otro vínculo personal, basándose en su trabajo cuántico con Soames para distraerse y
para tratar de comprender… pero ahora su búsqueda había terminado, y no tenía por
qué seguir buscando distracción. Fleming y ella se habían completado mutuamente,
se habían permitido ser a la vez individual y conjuntamente, partículas y ondas, yo y
nosotros. La dualidad perfecta.
Sonrió y volvió a acariciarse el vientre. Su trabajo, una distracción maravillosa,
era ahora sólo un aspecto más de su vida. Optrix funcionaba tan bien que su presencia
en todo no resultaba imprescindible y le había sorprendido constatar lo fácil que se le
hacía delegar muchas de sus anteriores responsabilidades.
Agarrando a Jake de la mano, vio que Fleming se acercaba a papa Pete. Su
padrino se veía radiante con su sotana negra y su cargo recién estrenado: en tanto que
superior general de la Compañía de Jesús, era la cabeza visible de los jesuitas, el
llamado papa Negro. Fleming, en un principio, se había negado a asistir a la
* * *