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El Codigo Lucifer - Michael Cordy

La madre Giovanna Bellini es una monja que ha estado ayudando a científicos en un proyecto en Alaska para localizar el momento de la muerte. Sin embargo, descubre que los científicos están matando a los pacientes en lugar de esperar a que mueran naturalmente. Cuando intenta denunciarlos, los científicos la capturan y la someten a un experimento, colocándole dispositivos en la cabeza para estudiar su muerte.

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El Codigo Lucifer - Michael Cordy

La madre Giovanna Bellini es una monja que ha estado ayudando a científicos en un proyecto en Alaska para localizar el momento de la muerte. Sin embargo, descubre que los científicos están matando a los pacientes en lugar de esperar a que mueran naturalmente. Cuando intenta denunciarlos, los científicos la capturan y la someten a un experimento, colocándole dispositivos en la cabeza para estudiar su muerte.

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¿Qué

nos pasa después de la muerte? Que desaparecemos para siempre y


caemos en el olvido. Al menos eso piensa el doctor Miles Fleming, un
brillante y joven neurocientífico que ha desarrollado una tecnología nueva
que permite leer las ondas cerebrales humanas. Un buen día, el hermano de
Miles muere, y el propio Miles certifica su muerte, pero seis minutos después
su hermano contacta con él a través de su reciente invento. Todas las
creencias sobre las que se sustenta su ciencia se tambalean y Miles decide
investigar qué está ocurriendo. Sin darse cuenta, se verá involucrado en una
conspiración religiosa destinada a llevar a cabo el experimento más
ambicioso que jamás se haya realizado: demostrar la existencia del Cielo y
del Infierno. Mientras el mundo espera el juicio final, Miles deberá enfrentarse
a sus propios demonios y creencias no sólo para salvar su alma, sino a toda
la humanidad.

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Michael Cordy

El código Lucifer
ePub r1.0
XcUiDi 05.02.16

www.lectulandia.com - Página 3
Título original: The Lucifer code
Michael Cordy, 2001
Traducción: Juanjo Estrella

Editor digital: XcUiDi


ePub base r1.2

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Para Jenny

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Lucifer: Del latín lux (luz) y ferro (portador). Portador de luz.

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Prólogo

L
a luz del gran foco circular suspendido sobre la niña de ocho años se
difumina a medida que la anestesia hace su efecto. La pequeña busca una
mano junto a la mesa de operaciones. Esa mano aprieta con fuerza, y ella
aprieta también, tan fuerte como puede, temiendo que la creciente oscuridad las
separe para siempre. Como muchos niños, siente un miedo atávico a las tinieblas,
comprende, en cierto sentido primigenio, que la luz divide en dos el universo: el día y
la noche; lo visible y lo invisible; el bien y el mal; los vivos y los muertos.
Pero esa oscuridad es piadosa, pues anula los sentidos antes de que la sierra
quirúrgica seccione el cráneo. Y así, la niña no oye el chirrido estridente del metal
que perfora el hueso, no ve el polvillo rojizo, mezcla de hueso y tejido, iluminado por
los focos del quirófano, no huele la sangre y el desinfectante. No es consciente de
nada salvo de sí misma, de que su mente flota en una negrura tan intensa que tiene un
olor, un color y un sabor propios. Ese limbo de terciopelo parece un útero; en él se
está a salvo.
El neurocirujano aparta la sierra y usa un bisturí láser para adentrarse en el tejido
más blando. Con gran precisión, sus manos avanzan firmes, aunque sabe que esa
operación es única: nunca hasta ese momento se ha intentado algo parecido. En
ninguna obra médica está escrito por dónde ha de practicar la incisión.
Tras trece horas y veintisiete minutos se permite un suspiro de cansancio,
mientras una enfermera le seca el sudor de la frente. Lo peor ya ha pasado. O eso cree
él.
Apenas unos segundos después, los monitores que se alinean junto a la mesa de
operaciones se activan en una sinfonía de pitidos intermitentes, reiterados.
En ese instante, un atisbo de luz blanca alumbra la oscuridad aterciopelada de la
pequeña. Ha dejado de flotar y avanza a toda prisa por un vórtice negro en dirección a
la luz. Al principio es apenas un punto, pero se mueve tan deprisa hacia ella que la
luz se le muestra como un cono, como el haz de una linterna. Luego penetra en ella,
forma parte de esa luz. Viaja a tal velocidad que la luz parece inmóvil a su alrededor.
Ya no se trata de un haz compacto, sino de una serie de partículas que flotan en su
camino hacia la oscuridad, copos de luz resplandecientes. Empieza a ser consciente
de una presencia familiar a su lado, que tira de ella, que la conduce a través de la
ventisca plateada hacia la punta del cono, hacia la fuente. La conexión es fuerte,
reconfortante. Ahora que vuelven a estar juntas, ya no siente temor.
Luego el dolor se apodera de ella, no es un dolor físico, sino emocional, un dolor
psíquico. Al instante, una fuerza enorme la arrastra de nuevo al vórtice, la separa del
cono de luz, apartándola de aquella presencia que sentía junto a ella. Trata de gritar,
de aferrarse desesperadamente a la presencia amada que se aleja de ella, tendón a
tendón, célula a célula, a medida que la luz que retrocede se reconstruye hasta
convertirse en un todo lejano y menguante.

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De pronto, mira hacia abajo y se ve a sí misma sobre la mesa de operaciones,
observa al cirujano y a las enfermeras que, desesperadamente, intentan reanimarla. El
quirófano aparece inundado de una luz potente, blanca. Todo aparece muy luminoso,
muy brillante. Se contempla a sí misma sobre la mesa, transfigurada ante la visión del
gran corte brillante y muy abierto en el lado izquierdo de la cabeza, del ovillo oculto
por la sábana verde, a su lado. Ve que la enfermera suelta la manita que se aferraba a
la suya con mucha fuerza. Y por primera vez en su vida se da cuenta de que está sola.

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Primera Parte

EN BUSCA DE ALMAS

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1

Fundación VenTec. Alaska.


Veintinueve años después.

N
o poder parpadear era la sensación más desagradable. Eso y el miedo helado
que sentía en las entrañas al saber que iba a morir.
Al despertar y verse inmóvil, tendida sobre la camilla del laboratorio, la
cabeza rasurada y los ojos abiertos de par en par, la madre Giovanna Bellini supo que
el destino la esperaba. No sólo había presenciado centenares de experimentos
similares; también había colaborado en ellos administrando los últimos sacramentos a
los sujetos. Sin embargo, éstos, a diferencia de ella, padecían enfermedades
terminales. La inminencia de sus muertes y el acto de morir los convertía en piezas
indispensables para el proyecto.
Sin duda, los científicos no eran responsables de aquello. Llevaba nueve meses
trabajando para ellos, ayudándolos en lo que creía que era el trabajo de Dios. El papa
Rojo le había encomendado personalmente la misión de administrar los últimos
sacramentos tras explicarle que de ese modo participaría en una misión trascendental
y sagrada.
—No cuestione a los científicos, madre Giovanna, pues ellos, como usted, llevan
sobre el pecho el crucifijo escarlata de la Iglesia de la Verdad del Alma.
Pero le había sido imposible permanecer en silencio. Ella era fiel al Santo Padre
desde los tiempos en que éste era cardenal en el Vaticano, y optó por seguirlo cuando
lo abandonó para fundar su propio ministerio. Ahora, después de que le asignara
aquella sagrada responsabilidad, ¿cómo iba a traicionar aquella confianza
manteniéndose en silencio?
Le vertieron un líquido irritante en los ojos, pero no pudo echarse hacia atrás.
«¡Dios mío, ayúdame!».
Articuló las palabras en sus labios, pero de ellos no brotó ningún sonido. Incluso
sus gritos eran silenciosos. Estaba desconectada por culpa del medicamento
paralizante que le había inyectado en las venas aquella mujer rubia de uniforme
blanco y protectores refractantes en los ojos.
Desde el principio, quedó claro que la madre Giovanna abandonaría el laboratorio
inmediatamente después de administrar los últimos sacramentos a los sujetos del
experimento, pero desde hacía un tiempo había empezado a demorarse tras puertas de
cristales tintados, pues sentía curiosidad por observar cómo localizaban el momento
crucial de la muerte. Tras presenciar las etapas finales de los tres últimos
experimentos, había sentido el impulso de ponerse en contacto con la hermana
Constance, su mejor amiga, para pedirle consejo. La hermana Constance le prometió
no revelar su secreto y la animó a entrevistarse con el Santo Padre para contarle que

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los científicos no esperaban a que los pacientes murieran, sino que los mataban ellos
mismos.
¿Cómo habían sabido que ella los había delatado? ¿Y cómo se atrevían a hacerle
eso a ella, a sabiendas de que gozaba de la protección del papa?
Mientras le levantaban el tronco y le acercaban a la cabeza la esfera hueca y
transparente, miró a su alrededor por si distinguía algún destello encarnado por el
rabillo del ojo, la túnica escarlata que delatara la aparición de monseñor Diageo, o tal
vez la del papa en persona. Pero la bola de cristal le quedó encajada alrededor del
cuello y ella seguía sin vislumbrar aquella señal de salvación.
La esfera contaba con capas de distintas texturas y la luz que se filtraba por ella,
poseedora de una belleza fría como la de la luna reflejada en un lago desolado y
oscuro, no le proporcionó ningún alivio. La científica rubia alzó la sección frontal de
la esfera, como si del visor de un casco de astronauta se tratara. A la madre Giovanna
le implantaron unas lentes de contacto sobre los ojos abiertos y sintió un intenso
escozor en las córneas. Luego, sobre la sien izquierda, y con ayuda de un gel, le
aplicaron una anilla de estaño, y en ese momento sintió que le picaba el cuero
cabelludo rasurado.
Sin embargo, peor que la incomodidad era el conocimiento de que,
insensatamente, ella había presenciado aquella misma escena mientras otros corrían
su misma suerte. Le habían dicho que eran todos voluntarios, que no sentían nada
antes del fin, pero ahora sabía que no era cierto. Aquello le asustaba más que
cualquier otra cosa. Había pecado y necesitaba la absolución antes de morir.
El miedo se convirtió en desesperación y quiso llorar, pero las lágrimas no
brotaron de sus ojos.
«¿Dónde estás, Santo Padre? ¿Por qué no me salvas?», gritó en silencio.
—La cuenta atrás empezará pronto —anunció con calma la mujer rubia.
El corazón de la madre Giovanna, uno de los pocos órganos que desafiaba los
efectos del medicamento paralizante, latía con fuerza en su pecho. El pánico se
apoderó de ella, pero no porque fuera a morir, sino porque no había sido absuelta de
sus pecados.
«Perdóname, Señor, y apiádate de mi alma».
El visor transparente descendió sobre su rostro. Entonces, un gas inodoro penetró
en la esfera e inundó el mundo que se alejaba de ella envuelto en un aura verdosa.
Oyó el inicio de la cuenta atrás y supo que la muerte la aguardaba.

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2

Tate Modern. Bankside. Londres.


Treinta y ocho minutos antes.

L
a suave luz de la tarde de octubre había convertido las aguas del Támesis en
polvo de oro. La limusina negra que pasaba junto al puente del Milenio era
un Mercedes clásico, salvo por las ventanillas tintadas y unos dispositivos
incorporados especialmente para impedir que se filtraran los rayos ultravioletas.
Sentado en el asiento trasero, Bradley Soames miró a su izquierda y vio aparecer la
catedral de San Pablo, su magnífica cúpula inspirada en la de San Pedro de Roma. A
su derecha, al otro lado del río, se alzaba ante él un templo mucho más moderno: una
catedral tecnológica. El edificio cúbico, construido con ladrillo, rematado por una
chimenea rectangular que recordaba a un campanario, había sido una planta
generadora de electricidad, pero ahora albergaba la mayor colección de arte moderno
del mundo.
Soames contempló su reflejo en el cristal tintado. Le desagradaba su aspecto: los
ojos azules y el pelo ondulado, del color y la consistencia del hilo de cobre, no era lo
que le molestaba, pero su piel, mosaico pálido de tejidos remendados, le llevó a
apartar la vista.
—Walt, sé que casi toda la prensa acreditada debe encontrarse ya en la
presentación, pero aun así prefiero entrar por la puerta lateral —dijo.
—Como desee, doctor Soames —respondió su asistente desde el asiento del
copiloto. Walter Tripp, un negro elegante, que empezaba a quedarse calvo y que lucía
unos lentes redondos, sin montura, iba vestido con traje oscuro, camisa blanca y
corbata roja—. El director de la galería ha dispuesto la sala de visionado sobre el
vestíbulo, tal como solicitó, pero en ninguna de las entradas hay instalado protector
de rayos uva.
—No importa, ya me protegeré.
Consultó el reloj y recordó que Amber iniciaría la presentación en la Sala de la
Turbina. Todavía faltaba más de una hora para su propia presentación, pero quería
observarla y confirmar sus sospechas.
Cuando el coche enfilaba el puente de Southwark, se bajó las mangas de la
chaqueta negra; llevaban unos guantes incorporados en los que metió las manos.
Compuso una mueca de dolor al sentir que la tela rozaba la cicatriz aún reciente de su
mano izquierda, de donde le habían extirpado el melanoma más reciente. Selló los
guantes con el velcro para asegurarse de que ni la más mínima porción de piel
quedara expuesta a la luz y acto seguido se cubrió con la capucha. Se protegió los
ojos y la mitad superior del rostro con unas gafas de sol de tamaño desproporcionado,
y a la capucha adhirió una tela que le llegaba hasta el pecho y le ocultaba el rostro,

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como si de un velo se tratara. Cuando el coche se detuvo, toda su piel estaba
protegida del sol otoñal.
Soames descendió del vehículo y alzó la vista para contemplar aquel acantilado
de ladrillo rojo, sin ventanas, que formaba el lateral del edificio, antes de seguir a
Tripp hasta la puerta secundaria. A su izquierda, por el acceso principal, veía los
carteles colgados de los postes, que anunciaban el título de la exposición: «La Forma
de la Luz». Los patrocinadores de esa exposición y una donación multimillonaria a la
galería habían permitido contar con la Sala de la Turbina para la presentación ante la
prensa de la pantalla blanda Lucifer europea.
Dos empleados del museo reconocieron a Soames por sus ropas protectoras y lo
condujeron por el oscuro vestíbulo principal. Dejaron atrás a grupos de visitantes que
se congregaban en torno al restaurante y la tienda de regalos, separados por
cristaleras, y pasaron por entre las colas de personas que aguardaban para subir a las
salas de los pisos superiores. Se montaron en un ascensor y accedieron a una sala que
se hallaba en la quinta planta, de las ocho con que contaba el edificio. Era un espacio
que, temporalmente, habían segregado en uno de los grandes corredores y que daba a
la gran sala de turbinas que se extendía abajo. La habían dispuesto tal como él había
solicitado, con vistas a lo que sucedía en la planta baja, y disponía de un ordenador
óptico con acceso a Internet óptico, así como de una pequeña nevera de Coca-Cola.
Cuando los empleados se retiraron, Tripp se sacó de la chaqueta un detector de
rayos ultravioletas del tamaño de una pluma estilográfica y, tras constatar que las
condiciones de la habitación eran correctas, se dirigió con un gesto de cabeza a
Soames, que se quitó las prendas más externas y centró su atención en la sala inferior.
Desde allí, la vista era impresionante. La altura de la sala era de casi cincuenta
metros y su longitud, de casi setenta. En lugar de pilares, grandes estructuras de
hierro formaban una trama esquelética pegada a las paredes grises, mientras que una
bóveda de vigas metálicas sostenía el altísimo techo plano. Unas placas negras,
horizontales, cubrían la médula de claraboyas que recorría el centro del techo. Las
demás fuentes de luz natural también aparecían convenientemente bloqueadas.
Una tela con el emblema de Optrix Optoelectronics, bajo el que se leía el lema de
la empresa: «Hágase la luz», cubría un extremo de la sala. Ante él se alzaba el
estrado, y debajo se congregaban unas doscientas personas, entre periodistas, clientes
y creadores de opinión, dispuestos en filas interrumpidas sólo por cinco esculturas
luminosas que se alzaban diez metros por encima de sus cabezas. Encargadas por
Optrix a la célebre artista Jenny Knowles, las obras resplandecían a la luz tenue,
como dotadas de vida propia. Modeladas para crear varias formas más o menos
abstractas —entre ellas una doble hélice, una sorprendente versión de la Vía Láctea y
una molécula de agua iridiscente de ocho metros de altura—, las piezas parecían
sólidas, aunque en ellas no hubiera más sustancia que la luz. Con todo, Soames
conocía la gran verdad que se ocultaba tras ellas: comprendía que la luz era tanto una
colección de partículas subatómicas, de fotones, como una onda abstracta.

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Esa dualidad se encarnaba en la sexta obra expuesta, una instalación enorme que
dominaba la otra mitad de la sala. Representaba dos particiones planas y paralelas
que parecían suspendidas en el espacio, cada una de ellas de más de tres metros de
altura y siete metros de anchura. La primera era blanca, con dos ranuras verticales. La
segunda era de cristal negro, como la pantalla de un televisor. Frente a la partición
blanca se alargaba un rayo láser, su haz dirigido a las ranuras, por entre las que
pasaba para ir a chocar contra la pantalla negra que había más allá. Pero en lugar de
crear dos líneas de luz verticales, lo que producía era un rayado de cebra, de franjas
espaciadas con regularidad, similar a un código de barras.
Cada pocos minutos, al parecer de modo aleatorio, las franjas de la pantalla negra
se difuminaban y el rayo láser emitía unas pulsaciones, una especie de puntos de luz.
Cada uno de los impulsos parecía pasar a la vez por las dos ranuras, y al golpear la
pantalla negra del detector, dejaba su marca luminosa en el cristal. Pero en lugar de
formar racimos de luz alineados con las dos ranuras, las marcas recreaban
gradualmente las franjas en toda la anchura de la pantalla, como si todos y cada uno
de los impulsos, en una coreografía perfecta, conocieran su lugar exacto en el diseño.
La exposición divertía a Soames. Él no se cansaba nunca de explorar y presenciar
las anomalías del mundo cuántico, en que unas partículas menores que un átomo
desafiaban las leyes físicas establecidas por Newton para el llamado «mundo real».
Un murmullo amortiguado se propagó entre el público cuando, abajo, la
intensidad de las luces disminuyó y las esculturas se desvanecieron. Sólo la sexta
pieza seguía siendo visible, los impulsos de luz seguían creando formas mágicas
sobre la pantalla negra. Al cabo de unos segundos, una música etérea resonó a través
del espacio cavernoso y, una a una, las esculturas fueron reapareciendo.
—Bienvenidos a la Era de la Luz —oyó que decía la doctora Amber Grant desde
su puesto en el estrado, al fondo de la sala, mientras la luz ambiental se recomponía
lentamente—. Hoy, en Optrix, deseamos celebrar con ustedes el misterio de la luz y
demostrarles nuestro dominio sobre ella. —Señaló la pieza creada con láser—.
Primero, el misterio. Imaginen el siguiente escenario: dos muros paralelos, uno frente
al otro. Realizan una ranura vertical en uno de ellos y dirigen a ella un haz de luz
continua. ¿Qué ven? —La doctora sonrió—. Muy sencillo. Una sola línea blanca
proyectada en el segundo muro, creada por la luz que procede de la ranura en el
primero. Ahora abramos dos ranuras en el primer muro y dirijamos una luz sobre
ellas. ¿Qué sucede ahora? —Amber señaló la instalación—. Ahora no ven dos líneas
verticales en el segundo muro, como sería de esperar, sino un diseño rayado de luz y
sombras. Este efecto es el resultado de las ondas de luz que se propagan desde cada
una de las dos ranuras e interfieren sobre la otra como las ondas de un estanque. Este
famoso experimento de las dos ranuras, realizado por primera vez hace más de
doscientos años, demuestra que, sin ningún género de duda, la luz viaja en forma de
onda.
Amber calló unos instantes y dejó que se hiciera el silencio.

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—Entonces, en 1906, Einstein descubrió que la luz no sólo era una onda, sino
también un conjunto de partículas cuánticas subatómicas, lo que ahora denominamos
fotones. La primera descripción formulada por Einstein se ha convertido en el
término genérico para describir el extraño mundo subatómico en el que todo, desde el
átomo en adelante, puede existir como onda abstracta y como partícula sustancial.
Pero ni siquiera esa dualidad es el verdadero misterio del mundo cuántico. —Volvió a
señalar la instalación, que volvía a recibir puntos de luz—. La escultura que tienen
detrás recrea una versión moderna del experimento de la doble ranura. En él, una
fuente emite una serie de fotones simples de luz. Pero en vez de pasar por una u otra
ranura para crear una mancha de luz en el segundo muro, cada fotón, por algún
motivo, viaja a través de las dos ranuras simultáneamente y se interfiere a sí mismo.
Al pasar por las ranuras, gradualmente va formando un modelo de interferencia por
ondas que crea un dibujo rayado, de cebra, como si conscientemente conociera su
lugar concreto y se sometiera a una coreografía que le hiciera comportarse como una
onda.
»Con todo, cuando se establece un experimento con dos detectores de partículas
al otro lado de cada ranura, descubrimos que cada fotón se comporta como una
partícula simple. Como un guijarro, sigue un camino definido a través de una ranura
y choca sólo contra un detector de partículas.
»Esos experimentos reales indican que los fotones son conscientes. Se comportan
de modo distinto en función de cómo sean observados. Y lo que resulta más extraño
todavía, parecen ser también telepáticos y clarividentes. Saben si han de comportarse
como partículas o como ondas antes de pasar por las ranuras. Cada fotón parece saber
cómo se ha establecido el experimento y es capaz de predecir en cuál de los dos
estados se espera que se encuentre.
Hizo una pausa.
—Esto, en cuanto al misterio de la luz. Pero ¿qué hay de nuestro dominio sobre
ella? En Optrix nos llena de orgullo conocer mejor que la mayoría el funcionamiento
de la física cuántica, lo que nos ha permitido explotar su dualidad para captar la
fuerza de la luz que, como todos sabemos, es el medio ideal para el desarrollo de la
informática y las telecomunicaciones. Su amplitud de banda para la transmisión de
información es colosal: un simple destello de luz láser puede transmitir, en un
segundo, el contenido entero de todas las bibliotecas del mundo. Puede dividirse en
tantas longitudes de onda como colores hay en el arco iris, lo que la convierte en el
medio ideal para el procesado paralelo de datos. Y, cómo no, es rápida, no hay nada
más rápido que la luz.
»Hace ya ocho años que Optrix lanzó al mercado su primer ordenador óptico, que
ha transformado el mundo. Si retrocedemos mentalmente a los primeros años del
milenio, recordaremos que el silicio empezaba a considerarse obsoleto, pues ya se
estaban forzando los límites físicos de su capacidad de procesamiento. Incluso Intel
tuvo que reconocer que la famosa ley de Moore, que defendía que las velocidades de

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procesado se doblaran cada dieciocho meses, era insostenible.
»De modo que cuando el primer ordenador óptico —el Lucifer 1— salió al
mercado, todas las reglas saltaron por los aires. Ya no había necesidad de seguir
contando con chips de silicio, ni con discos duros, ni con discos RAM, pues el
Lucifer usaba fotones subatómicos de luz para hacer todas esas cosas —para
procesar, memorizar y almacenar datos. Con una placa base de cuarzo de circuitos
ópticos unida a una esfera que contenía las células procesadoras de luz capturada se
creó un ordenador con la misma capacidad de procesado que lo más rápido del
universo: la luz. Optrix convirtió la ley de Moore en un anacronismo de la noche a la
mañana.
Amber se detuvo y atravesó el estrado. Desde su atalaya, a Soames le costaba
verla con detalle, pero oía su voz amplificada y el silencio sepulcral del público le
indicaba que había logrado captar su atención. Había sido su carisma, además de su
inteligencia, lo que le había atraído de ella. Que contara con un físico espectacular le
había parecido casi del todo irrelevante. Sin embargo, su talento podía volverse
insignificante si lo que sospechaba de ella se confirmaba esa noche.
Soames miró a Walter Tripp, que ponía en marcha el ordenador óptico e
introducía el código para acceder a la base de datos, lo que les permitiría visionar en
directo un experimento que se realizaba a más de siete mil kilómetros de allí. En la
pantalla de fotones retardados, que proporcionaba una textura tridimensional a las
imágenes, Soames veía cómo colocaban la esfera de cristal sobre la cabeza del sujeto.
Volvió a fijarse en Amber Grant. Sus sospechas no tardarían en confirmarse.
—Como directora ejecutiva de Optrix Industries —le oyó decir—, deseo
recordarles lo lejos que hemos llegado en estos ocho años, lo mucho que nos hemos
adentrado en la era de la luz. Muchas veces pienso que, aunque nuestro lema sea
«Hágase la luz», en realidad debería ser «Disipando las tinieblas», pues eso es lo que
constantemente tratamos de conseguir. Por si alguien ha olvidado el gran salto que se
ha dado, el Lucifer es capaz de realizar cálculos diez elevado a la trigésima octava
potencia más deprisa que un viejo ordenador Pentium IV. En otras palabras, en menos
de un segundo, el Lucifer puede realizar unos cálculos que el viejo IBM ThinkPad
tardaría la edad del universo en completar.
»El diseño del Lucifer ya se ha convertido en un clásico. El cubo traslúcido, que
contiene una esfera de cristal de partículas de luz fotónica que interactúan con células
de memoria y procesado y reposan en una placa base de fibra óptica, es un elemento
familiar en hogares y oficinas de todo el mundo. Más del noventa por ciento de los
ordenadores del planeta, tanto domésticos como comerciales, ya son ópticos,
fabricados por Optrix y nuestras franquicias. E Internet es totalmente óptico —
señales sin cable y fibras ópticas ya unen el mundo a la velocidad de la luz. Sí, ya son
muchos los que se refieren a Internet con el nuevo término “Optinet”.
En ese instante el tono de Amber cambió, pasando de triunfante a humilde.
—A pesar de ser el rostro público de Optrix, y de que se me reconoce por ser la

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coinventora del ordenador óptico, soy demasiado consciente de que la mayoría de los
descubrimientos reales, así como de las verdaderas ideas sobre las anomalías
cuánticas del Lucifer, surgieron de mi mentor y presidente de Optrix Optoelectronics.
Bradley Soames es el verdadero genio que se oculta tras el Lucifer, y estoy segura de
que les alegrará saber que ha aceptado realizar una de sus escasísimas intervenciones
públicas para dirigirse a ustedes esta tarde.
Ignorando el murmullo de emoción que se elevó desde el público, Soames se
concentró en el ordenador situado junto a Tripp, vio el electrodo pegado a la sien del
sujeto. Ya faltaba muy poco, y suponiendo que sus sospechas fueran fundadas,
Amber estaría expuesta a la prensa y al público cuando sucediera. De ese modo sería
más fácil convencerla para que hiciera lo que tenía que hacer.
—Y ahora, el futuro —prosiguió Amber mientras un latido grave y rítmico
inundaba la sala y la intensidad de la luz volvía a disminuir, dejando las esculturas
gigantes parpadeando al son de la música—. Desde el lanzamiento del Lucifer, Optrix
ha desarrollado nuevos y mejores métodos para aprovechar su tecnología. Y la
primicia de hoy no constituye una excepción. La pantalla blanda del Lucifer supone
un modo radicalmente nuevo de presentar los datos. Permítanme mostrársela.
El ritmo de la música de fondo aumentó y Soames vio que Amber se dirigía a la
mesa situada al fondo del estrado y rozaba un mando táctil dispuesto junto al cubo
traslúcido y resplandeciente. Una pantalla azul, rectangular, con el logotipo del
Lucifer, apareció tras ella. Empezaba a treinta centímetros del suelo, pero se elevaba
unos tres metros y tenía una anchura de cuatro. Como las esculturas, parecía sólida y
opaca, pero estaba hecha de partículas de luz.
La imagen de la pantalla cambió y el logotipo del Lucifer dejó paso a una imagen
en movimiento de Amber, en tiempo real. Era como si una enorme gemela suya, de
casi tres metros de altura, se alzara tras su casi metro setenta, reproduciendo
fantasmagóricamente todos y cada uno de sus movimientos. La definición de la
imagen era asombrosa. Su piel aceitunada y su pelo negro, espeso, parecían
luminosos en la pantalla, y sus ojos verdes se veían incandescentes. Sonrió y, al
hacerlo, mostró sus dientes blanquísimos y perfectos. Al moverse, su alter ego
avanzó por el estrado y su traje de Chanel lanzó sus destellos.
—La tecnología de esta pantalla blanda aparta, literalmente, la oscuridad y, dentro
de unos límites razonables, puede fabricarse en cualquier tamaño —dijo—. Tan
visible con luz directa como las pantallas LDD y LED, es compatible, de modo que
puede usarse con todos los modelos de Lucifer. La pantalla puede ampliarse, como
ahora, para presentaciones, o minimizarse para adaptarse a ordenadores portátiles o
para usos personales. —La imagen de la pantalla se redujo hasta alcanzar el tamaño
de un sello de correos y acto seguido aumentó hasta recuperar todo su esplendor—.
Y, por supuesto, es portátil —añadió, mientras su enorme imagen luminosa sonreía a
los asistentes. Se rió—. Podría decirse que se trata de la pantalla más ligera del
mundo.

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El público estalló en carcajadas y aplaudió. Hubo quien se levantó para hacerlo y
Soames se dejó llevar por el entusiasmo. Al momento, oyó que Tripp carraspeaba y le
decía:
—Casi es la hora, señor.
Sin apartar del todo la vista de Amber, echó un vistazo a la pequeña pantalla
encendida junto a Tripp. El visor del sujeto ya se había sellado, y el cesio verde y el
gas flavión inundaban la esfera. La científica del uniforme blanco y los protectores
oculares sostenía un mando en la mano. La pantalla tomó un primer plano,
centrándose en el rostro del sujeto, encerrado en el interior de la esfera de cristal.
Y entonces sucedió.
El electrodo lanzó una descarga en la sien de la mujer. Al momento, una chispa
todavía más brillante —al parecer procedente de los ojos de la paciente— encendió la
esfera llena de gas, como si de una bombilla brillante se tratara, antes de impactar en
un vidrio oscuro y alargado engastado en el visor, creando un dibujo rayado, de
interferencia ondulada, similar al de la instalación que se proyectaba en la sala de
abajo. Al poco, desapareció, aunque permaneció momentáneamente en la capa
externa de la esfera, de fibra óptica, resplandeciendo como un halo antes de
esfumarse en el éter.
El experimento no era interesante en sí mismo: Soames había presenciado
centenares de operaciones idénticas durante los últimos nueve meses y no le
importaba demasiado el resultado de la de ese día. El sujeto, la madre Giovanna
Bellini, estaba muerto, y dudaba de que la prueba se hubiera superado con éxito. Lo
que le interesaba más era su posible relación con lo que en ese momento sucedía
abajo, en la Sala de la Turbina, donde la imagen gigante de Amber Grant se sujetaba
la cabeza con las dos manos y se tambaleaba.
En el momento exacto en el que la chispa había aparecido en la esfera de
Giovanna, señalando el instante exacto de su muerte, Amber Grant se había echado
hacia delante con gesto de dolor y se había llevado la mano a la sien derecha. Ahora
se hallaba de rodillas y los asistentes se agolpaban para prestarle ayuda.
Sin apartar la vista de Amber, Soames se sacó el teléfono móvil del bolsillo y
marcó un número de Cambridge. Alguien descolgó tras el tercer tono, y él fue directo
al grano.
—Páseme con la directora, por favor.
—La doctora Knight se encuentra reunida…
—Dígale que Bradley Soames quiere hablar con ella. Ahora.
En cuestión de segundos se puso al teléfono.
—Virginia —le dijo—. Es urgente. El científico de tu clínica, ése al que asigné
fondos para…
—¿Miles Fleming?
—Sí. Tiene que examinar a Amber Grant. Inmediatamente.
—Tal vez no sea…

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—No hay tiempo para discutir. Amber necesita ayuda urgente. Le duplicaré la
financiación de la que hablamos para su neurotraductor. En menos de dos horas la
llevarán hasta allí.
Tres minutos después, ayudado por Tripp y varios miembros del personal de
Optrix, Soames apareció en la sala y se acercó a Amber, que se hallaba acurrucada en
posición fetal. Valiéndose del micrófono, se dirigió a la multitud.
—Por favor, abandonen la sala y trasládense al vestíbulo. Yo seguiré con la
presentación personalmente en cuanto les permitan entrar de nuevo.
Tras cerciorarse de que el personal del museo y sus empleados de Optrix alejaban
al público del escenario, se acuclilló junto a la figura rígida de Amber. Le levantó la
cabeza, le obligó a ingerir dos analgésicos y le dio a beber un sorbo de agua.
—Amber, soy yo. Te he programado una consulta con alguien que va a mirarte
esas migrañas. Ya no puedes seguir haciendo como si no pasara nada.
Esperó a que ella respondiera algo, pero no lo hizo.
Soames no pudo resistir el silencio y tuvo que preguntar. Tenía que saber.
—¿Sientes el dolor en el mismo lugar que las otras veces?
—Sí —musitó ella con el rostro pálido y esbozando una mueca de agonía.
—¿Dónde? —insistió él—. Señálamelo.
Ella alzó la mano temblorosa para indicarle la zona de dolor. Pero no se rozó
siquiera la cabeza y detuvo la mano en el aire, a casi diez centímetros de la sien
izquierda.

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3

Clínica de investigación Barley Hall.


Cambridge, Inglaterra.

E
ran momentos como ése los que devolvían a Miles Fleming la confianza en
que aquello era posible. Llevaban once meses realizando pruebas. Se volvió
al joven que seguía sentado a su lado.
—¿El brazo está bien, Paul?
Ajustándose el casquete del pensamiento, una especie de gorra calada de color
azul, Paul contempló la figura anatómicamente correcta sobre la mitad superior de la
pantalla del ordenador.
—Está bien, doctor. No me duele.
—¿Ni rastro de pinchazos?
Paul esbozó una sonrisa.
—Nada.
—Está bien. Veamos cómo lo mueves otra vez. Trata de levantarlo por encima de
la cabeza.
Al ver que la figura de la pantalla levantaba el brazo derecho, Fleming comprobó
las líneas horizontales que se elevaban con furia sobre la mitad inferior de la pantalla.
—Excelente, Paul. Se ve que tus ondas cerebrales están fuertes. Ya tienes las alfa
bajo control. Baja el brazo. Perfecto.
Se volvió al paciente de su investigación, que fruncía el ceño, concentrado,
mientras ordenaba los pensamientos que controlaban el brazo de la pantalla. El joven,
de veintiséis años, llevaba una sudadera Nike y unos vaqueros desgastados, y la
manga derecha colgaba, vacía, desde la altura del hombro.
Paul había perdido el brazo hacía cuatro años, en un accidente laboral y hasta su
llegada a Barley Hall lo habían atormentado unos fuertes dolores en el miembro
inexistente. Según la experiencia de Fleming, muchos amputados sufrían dolores
fantasmas. Éstos emanaban del cerebro, que conservaba un mapa virtual del cuerpo
en tres dimensiones en su red neuronal y a menudo seguía enviando señales a un
miembro mucho después de que éste hubiera sido seccionado. En el caso de Paul, el
neurotraductor había ayudado a identificar las ondas cerebrales que enviaban señales
de dolor a su extremidad amputada, lo que había permitido a Fleming suprimirlas.
Había respondido tan bien al tratamiento que hacía un mes el doctor había decidido ir
más allá de la mera supresión de las señales de dolor y ahora trataba de que el
paciente lograra el control de dichas señales.
—De acuerdo. Lo estás haciendo bastante bien sobre la pantalla. —Fleming se
volvió hacia el maniquí de látex plantado en un rincón—. ¿Qué te parece si lo
intentamos con Brian?

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Paul sonrió.
—Ningún problema.
—Te sientes bastante seguro, ¿no? Sométete entonces al test de los huevos.
—¿Qué?
Fleming se puso en pie y se acercó a aquel cuerpo sin vida propia. Brian carecía
de sexo pero, exceptuando ese dato, todos los músculos prostéticos y las
articulaciones creados bajo su piel de látex reproducían los de un cuerpo humano.
Fleming se sacó una caja del bolsillo de su bata blanca y arrugada, la abrió y extrajo
un huevo envuelto en algodones. Se acercó a la mesilla que había junto al maniquí,
colocó el huevo en un extremo de su abrillantada superficie y la caja en el otro.
Ambos quedaban al alcance de la mano derecha de Brian.
Se trasladó al otro lado de la sala victoriana de altos techos y se detuvo junto a la
cristalera que separaba el Think Tank[1] de la sala de observación. Se inclinó sobre el
tablero de mandos y realizó algunos ajustes en el teclado del cubo traslúcido.
—Está bien, ya estás conectado a Brian. Ignora el resto de su cuerpo y
concéntrate sólo en el brazo derecho. Levanta el huevo y guárdalo en la caja.
—¿Desde aquí? —preguntó Paul, que se encontraba a tres metros del huevo.
—Limítate a pensar en mover el brazo que te falta. Lo mismo que hiciste con la
figura de la pantalla.
Paul compuso una mueca de concentración.
—No te esfuerces tanto. Imagina que el brazo de Brian es el tuyo.
En ese momento el brazo derecho del maniquí se dobló por el codo y la mano se
movió hacia delante y estuvo a punto de golpear el huevo.
—Cuidado, tómate tu tiempo.
Despacio, la mano se abrió, se acercó más al huevo y lo agarró. Paul dedicó una
sonrisa a Fleming.
—No está mal, no está nada mal —dijo éste—. Aunque ésa es la parte fácil.
Ahora debes levantarlo y meterlo en la caja. Presta atención a los sensores de
retroalimentación de las yemas de los dedos.
La mano del maniquí se alzó y se movió hacia la caja. Entonces se cerró de
pronto y aplastó la cáscara. Yema y clara se derramaron sobre la madera pulida.
Fleming se rió y dio unas palmadas a Paul en el hombro.
—Es más difícil que en pantalla, ¿verdad? Pero ha sido un primer buen intento.
Llamaron a la puerta y la jefa de enfermería, Frankie Pinner, asomó la cabeza. Era
una mujer atractiva, de unos treinta años, pelo moreno y amplia sonrisa. Dirigía la
enfermería que colaboraba con el equipo de médicos, científicos y enfermeras que
participaban en la investigación de Fleming, que tenía lugar en el ala este de Barley
Hall.
—Doctor Fleming, son las cuatro. Creo que quería pasar visita en la sala de
pacientes.
Fleming consultó el reloj.

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—Gracias, Frankie. ¿Podría quedarse y ayudar a Paul a terminar sus ejercicios?
—Se volvió para dirigirse a su paciente—. Sigue practicando —le dijo—. Una vez
controles a Brian, estarás listo para controlar tu propio brazo.
Abandonó el Think Tank, giró a la derecha, enfiló el pasillo del ala este y abrió
las primeras dos puertas batientes que quedaban a su izquierda.
La sala de pacientes ocupaba una estancia imponente, forrada de madera de roble,
con ventanales de arco ojival que daban a un lago artificial y a un césped muy
cuidado que se extendía rodeando la parte trasera de la clínica. Originalmente había
sido un gimnasio, en los tiempos Victorianos en que el edificio lo ocupaba un
internado para niños. La sala se componía de seis espaciosos cubículos privados
construidos alrededor de un área central abierta en la que se repartían varias sillas y
un televisor. En ella se alojaban los pacientes que debían pasar la noche en el centro
para someterse a pruebas clínicas imprescindibles para la investigación. Casi todos
permanecían allí varias noches antes de regresar a sus casas, o a algún hospital
especializado, como el Store Mandeville, en Buckimghamshire, que contaba con una
unidad de lesiones de médula.
A través de las puertas medio abiertas del primer cubículo ocupado, vio a una
muchacha dormida sobre una cama.
—¿Cómo está? —susurró. Hacía un año, dos meses después de cumplir los
dieciséis, su novio la había llevado a dar un paseo en moto. Él salió casi ileso del
accidente (apenas unos moratones), pero la columna vertebral de ella se rompió por la
base, paralizándola de cintura para abajo. Hacía apenas veinticuatro horas que el
equipo de Fleming le había insertado unos implantes eléctricos en la zona inferior de
la médula, así como en las piernas. Gracias al neurotraductor, esperaba que su cerebro
lograra ignorar el sector de médula dañado y que fuera capaz de controlar
directamente las piernas.
La enfermera alzó la vista.
—Se encuentra bien, doctor Fleming. En cuestión de días estará lista para su
primera prueba en el Think Tank.
El cubículo contiguo era el de Paul, y las puertas de los dos siguientes estaban
cerradas. Fleming las entreabrió para ver a los pacientes, que en ambos casos
dormían. Comprobó el estado de sus monitores y se alejó sin molestarlos, antes de
pasar al quinto cubículo. A medida que se acercaba, sintió flaquear su frialdad
profesional.
Fleming tenía sólo treinta y seis años, pero había sido testigo de tanto sufrimiento
que se había vuelto casi inmune a él. Sabía mejor que muchos cómo, en un instante,
podían destrozarse las vidas más hermosas. A lo largo de su carrera profesional, había
llegado a comprender una cosa: el sufrimiento era arbitrario y no tenía sentido
depositar nuestra fe en dioses para que nos protegieran de él.
A pesar de su fatalismo, le resultaba difícil aceptar la dura realidad que se había
abatido sobre la ocupante del quinto cubículo hacía once meses y se reforzaba en su

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convicción de que nada era permanente. Sus familiares y amigos, y en particular sus
exnovias, solían acusarlo de desear el cambio por el cambio, pero eso no era cierto.
Cuando estudiaba en Cambridge se enamoró una vez y estaba dispuesto a
entregarle su vida a ella. Pero ella se casó con un profesor veinte años mayor. A
Fleming se le rompió el corazón, pero sobrevivió. Desde entonces había mantenido
varias relaciones sentimentales, aunque ninguna le había devuelto la chispa de
aquella pasión. Más de una novia lo había dejado porque no se comprometía lo
bastante como para casarse. Cada vez que las cosas se ponían serias, él se asustaba y
lo dejaba. El cambio significaba la aventura. Los cambios, incluso los malos, ofrecían
posibilidades, e ir en busca de lo posible, aunque fuera contracorriente, era su
antídoto contra el sufrimiento.
A la mayoría de los pacientes alojados en aquella sala, así como a muchos otros
que había visto a lo largo de los últimos años, los médicos los habían desahuciado, les
habían comunicado que cualquier recuperación o cambio positivo era imposible en su
caso. Eso él no lo soportaba. Y menos en el caso de la ocupante del quinto cubículo.
—¡Miles! —Virginia Knight estaba de pie junto a la puerta de la sala. La
directora americana de Barley Hall había cumplido los cincuenta, aunque no los
aparentaba. Alta y delgada, se veía elegante con su traje chaqueta azul marino;
llevaba el pelo rubio y corto, peinado de un modo que suavizaba las facciones
angulosas de su rostro alargado y de gesto inteligente. Se quitó las gafas y le sonrió
—. ¿Puedes acompañarme un momento a mi despacho? Es bastante urgente.
Fleming clavó la mirada en el quinto cubículo. Podía esperar. La paciente no iba a
marcharse a ninguna parte.

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4

El despacho de la directora.

S
ituado en el edificio central de la mansión victoriana, el despacho era un
aposento espacioso con molduras en los techos, altos rodapiés y una
magnífica vidriera que daba al jardín.
Miles Fleming cruzó los brazos y se reclinó en el gran sofá Chesterfield que la
directora insomne usaba con frecuencia por las noches.
—¡Virginia! Esto no es serio. ¿Desde cuándo es urgente una migraña?
Virginia Knight se levantó, se alejó del escritorio y se acercó a la cafetera italiana,
en la que preparó dos expresos.
—Es importante, Miles, créeme —le dijo, alargándole la taza.
Fleming negó con la cabeza.
—Pero es que necesito el Think Tank y el neurotraductor esta noche. Está aquí
Paul, y hay que preparar a Rob para su ensayo de comunicación de mañana. El
programa de investigación ya está muy cargado tal como está. Después del éxito con
Jake, se ha suscitado un gran interés por el neurotraductor. Tenemos una cola de un
kilómetro de pacientes voluntarios y no puedo dejar que nadie se la salte, porque todo
el programa se retrasaría… Y mucho menos alguien que viene con un simple dolor de
cabeza, ¡por Dios!
Virginia Knight suspiró.
—Miles, olvidas que tanto Jake como Rob se saltaron la cola.
—Eso fue distinto. No puedes comparar sus casos con éste.
—Fue diferente para ti. Por eso nunca cuestioné la decisión de mi predecesor de
hacer la vista gorda ante tu cambio de prioridades. Pero de acuerdo con el estricto
protocolo de la Junta de Barley Hall, no se respetaron las reglas. Lo único que digo es
que, como directora de Barley Hall, debo hacer lo que es mejor para la clínica, y por
eso te informo de que has de sacar tiempo para esta paciente. Esta noche.
Miles Fleming dio un sorbo al café. No tenía nada en contra de Virginia Knight,
pero si había empezado a trabajar allí hacía ocho años, tras doctorarse en medicina
por la universidad de Cambridge, no había sido por ella. A diferencia de Knight, que
era una doctora metida a administradora, su predecesor había sido un investigador
puro, un verdadero científico. El gran y ahora difunto profesor Henry Trier había sido
uno de sus maestros en Cambridge. Y cuando se hizo cargo del Consejo Neurológico
—un equipo de investigación creado por un consorcio entre la empresa privada, la
Universidad de Cambridge y la unidad de lesiones medulares del Store Mandeville—,
Fleming no desaprovechó la ocasión de trabajar con él.
Hacía ocho meses, Trier había sufrido su infarto mortal y Knight, que ya ocupaba
diversos cargos directivos y ejecutivos, fue propuesta para sucederle. Fleming

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entendía por qué la habían escogido a ella: era extraordinaria en aspectos como la
dirección, la publicidad y la recaudación de fondos pero, en ocasiones, le preocupaba
que pusiera los intereses comerciales por delante de los pacientes y la investigación.
—Dejando de lado la cuestión de saltarse la cola —dijo ella, buscando una revista
que tenía en el escritorio—, permíteme que te explique cuáles van a ser los beneficios
si visitas a la doctora Amber Grant esta noche. —Le alargó la publicación—. Antes
que nada, ¿sabes de quién se trata?
—Sí, claro, he oído hablar de ella.
Eso era precisamente lo que le preocupaba. Amber Grant era rica y famosa, y en
opinión de Knight aquello la hacía especialmente merecedora de tratamiento. La
revista era Time, y la portada mostraba la imagen retocada de Bradley Soames que
aparecía en todas las publicaciones, y junto a él el rostro asombrosamente bello de su
socia, Amber Grant. El pie de foto rezaba: «Enfocamos a los magos de la luz».
Fleming la hojeó. En la página seis encontró una entrevista con Amber Grant,
programada sin duda para que coincidiera con el muy publicitado lanzamiento de la
pantalla blanda de Lucifer. El propio neurotraductor de Fleming se basaba en el
ordenador óptico de esa marca y dependía de la tecnología que Grant y Soames
habían desarrollado. A pesar de su irritación, sentía cierta curiosidad, que se
acrecentó tras leer el perfil biográfico del enigmático y anacoreta Bradley Soames, el
hombre al que muchos consideraban el genio oculto tras el éxito de Optrix.
—Sigue leyendo —le conminó Knight.
Fleming terminó de hojear el artículo. En su mayor parte, su autor se dedicaba a
reproducir la famosa leyenda de aquel hombre, pero algunos pasajes lograron ejercer
en él no poca fascinación, en especial el que hacía referencia a los primeros años de
su vida:

«Bradley Soames padece xeroderma pigmentosum, síndrome que habitualmente


se conoce por sus siglas, XP, y que está causado por un gen mutante que hace que la
más leve exposición al sol cause cáncer de piel. Nacido en el seno de la famosa
dinastía petrolera de los Soames —durante un eclipse de sol, si había que hacer caso
de la leyenda—, muchos psicólogos se preguntan cómo se habría desarrollado
Soames de no haber llevado una vida tan marcada por la enfermedad.
Seguramente se habría mostrado menos excéntrico, pero no está tan claro que
hubiera llegado a alcanzar un éxito tan colosal. Resulta irónico que este joven
brillante que ha vivido toda su vida condicionado por la luz hubiera de lograr, un día,
atrapar su fuerza y dominar su velocidad.
Desde su más tierna infancia, confinado en los espacios cerrados de su hogar para
protegerse de los rayos ultravioletas, Soames se obsesionó con el estudio de los
fotones de luz, las partículas cuánticas subatómicas de la radiación electromagnética,
que constituían la esencia misma de aquello que lo condenaba al ostracismo.
Dedicando toda su inteligencia al estudio de la luz, a los trece años ya se había

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convencido de que los fotones podían explotarse para procesar, almacenar y
transmitir datos.
A los dieciséis ya había superado incluso a los más avezados tutores que sus
padres habían contratado para que lo educaran en casa, por lo que se matriculó en la
Universidad Tecnológica de Pasadena, una de las más prestigiosas del mundo en su
especialidad, y se licenció con matrícula de honor dos días antes de alcanzar la
mayoría de edad (más joven que la mayoría de alumnos que solicitaban su ingreso en
la facultad). Pero él no estudiaba para aprobar exámenes: lo que él buscaba era un
socio. Quería encontrar a alguien con una capacidad intelectual lo bastante
desarrollada como para comprender sus conceptos, alguien con ímpetu, don de gentes
y carácter, capaz de dedicarse a lo que a él le estaba vedado: salir a la luz y ayudarle a
materializar su sueño. Y esa persona iba a ser una alumna de doctorado que realizaba
investigaciones sobre física de partículas: Amber Grant.
Mucha gente, incluida la propia Amber, había pensado en la posibilidad de
desarrollar un ordenador óptico, pero hasta el momento los diseños se habían basado
exclusivamente en el uso de fibra óptica. Aunque hubieran funcionado, esos aparatos
habrían supuesto un gran volumen de cables. El planteamiento de Soames era muy
distinto: proponía recurrir al sonido para crear un campo eléctrico fuerte,
imprescindible para mantener los pares electrón-hueco separados el tiempo suficiente
como para atrapar la luz y los datos almacenados en ella antes de dejar que siguieran
su camino.
La visión de Soames y la dedicación de Amber Grant, a las que se sumaron
bastantes modificaciones relativamente menores, cada una de ellas merecedora, por sí
misma, de un doctorado, condujeron a la invención, hace ocho años, del primer
ordenador óptico del mundo de uso práctico. Y convirtieron Optrix Industries, con
sede en San Francisco, en una de las empresas de crecimiento mundial más rápido
que han existido jamás.
Además de su papel en Optrix, Bradley Soames pasa cada vez más tiempo en sus
dominios privados de Alaska, agrupados bajo el nombre de VenTec Foundation,
dedicado a la innovación tecnológica…».

—La cuestión es —señaló Knight cuando Fleming levantó la vista de la página—


que Soames desea contribuir con una donación multimillonaria a nuestra
investigación. —Sonrió—. Ya sabes que yo siempre hablo del «efecto Christopher
Reeve». Pues bien, no me negarás que la regeneración con células madre de la
médula espinal dañada se ve como el Santo Grial de la investigación neurológica, lo
que facilita obtener fondos para el equipo de ingeniería genética de Bobby Chan, del
ala oeste.
Fleming se permitió esbozar una sonrisa fugaz.
—Mientras que mi labor, aquí en el ala este, sigue viéndose como una tirita
mecánica, más que como una solución real. Con todo, siendo realistas, el equipo de

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Bobby no conseguirá ningún resultado práctico hasta que hayan transcurrido algunos
decenios.
Knight se rió.
—Bueno, esa percepción está cambiando deprisa. Tus avances con Jake causan
asombro. Y debemos sacarles partido. Bradley Soames está interesado en el
neurotraductor y está dispuesto a invertir mucho dinero para desarrollarlo.
Eso Fleming ya lo sabía. Hacía seis meses, Soames lo había tanteado
indirectamente, proponiéndole que se incorporara a su equipo de VenTec.
—¿De modo que, a cambio de su financiación, tengo que examinar a su preciosa
colega con nuestro neurotraductor? Además de desplomarse cada vez que tiene una
migraña, ¿qué más le pasa?
Knight dio unos golpecitos con el índice a la carpeta que tenía sobre el escritorio.
—He aquí una razón más para que la visites: sería el sueño de cualquier
investigador. Su historial médico resulta fascinante y, como neurólogo, podrías
aprender mucho de ella. No te opongas esta vez. Miles, esto te interesa. Y sólo va a
retrasar uno o dos días tu programa de investigación, un inconveniente menor
comparado con todos los beneficios que va a traernos.
A pesar de las reticencias de Fleming, no pudo evitar sentirse interesado.
—¿Beneficios?
—Es única —insistió Knight—. Te pasaré por correo electrónico su historial
médico, pero estas notas que te entrego ahora te darán una idea de lo que quiero decir.
A regañadientes, Fleming levantó la carpeta. Virginia Knight era una
manipuladora en toda regla y él desconfiaba de ella. Volvió a fijarse en la hermosa
mujer que lo miraba desde la portada de la revista Time.
—Sigo sin entender que debamos darle prioridad sobre mis otros pacientes. No
tiene ningún miembro amputado, ¿o sí?
Virginia Knight se apoyó en el respaldo de la silla y esbozó una amplia sonrisa.
—No exactamente —dijo, mientras Fleming abría la carpeta, examinaba la
primera radiografía y ahogaba un grito—. No exactamente.

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5

Barley Hall.
5 p. m.

C
uando la ambulancia que trasladaba a Amber Grant llegó a Barley Hall ya
era de noche. La migraña que la paralizaba había remitido pero, como
siempre, aún se sentía débil. Los dolores de cabeza aparecían sin previo
aviso y ella se había resignado a ellos. Sin embargo, aquel último ataque le había
causado especial indignación. Se había derrumbado en plena presentación y la
sensación de fracaso no la abandonaba. Su trabajo era una de las cosas más
importantes de su vida, y se había decepcionado a sí misma y a los asistentes, en
presencia de todos los medios de comunicación, por si fuera poco. Además, iba a
perderse la cena de gala esa noche, y la ronda de publicidad y reuniones prevista para
la mañana siguiente, antes de su regreso a San Francisco. A pesar del dolor, su deseo
había sido regresar a la Sala de la Turbina y seguir con su misión, pero Bradley
Soames había insistido en que acudiera al centro. Fuera lo que fuera lo que le
indicaran los especialistas, estaba decidida a tomar el vuelo de regreso al día
siguiente, pues quería ir a visitar a su madre enferma, Gillian.
Al franquear las imponentes verjas de Barley Hall, se fijó en el impecable césped.
Incluso en la penumbra, en el crepúsculo de aquel invierno incipiente, todo parecía
más verde y frondoso que en California y no pudo evitar comparar aquella mansión
victoriana con los anodinos hospitales y clínicas estadounidenses a los que la
llevaban de niña.
Hasta hacía nueve meses, aquellas clínicas eran sólo un mal recuerdo, pero desde
que habían comenzado aquellas migrañas, que cada vez la inhabilitaban más, había
retomado el contacto con hospitales, médicos y análisis. En el último medio año se
había sometido a todas las pruebas posibles, a escáneres, resonancias magnéticas,
ecografías, tomografías, pero no habían encontrado nada que explicara su estado.
Cuando Soames la conducía personalmente desde la Sala de la Turbina hasta la
ambulancia, ella se mostró escéptica ante esa nueva consulta con otro «especialista».
Pero él insistió en que debía visitarse con el doctor Miles Fleming.
—Amber, tú siempre me recuerdas todo el daño que me hicieron antes de que me
diagnosticaran el XP. Cada dos meses me impides que despida a mi dermatólogo y
me insistes en que le haga caso y me extirpe otro maldito melanoma antes de que me
lleve a la tumba. ¿Y sabes una cosa? Seguramente eres la única persona en el mundo
a quien hago caso. De modo que ahora quiero que me hagas caso tú. Quiero que te
examinen bien esos dolores de cabeza. Ese tipo, Miles Fleming, es muy listo. Su
neurotraductor es la mejor aplicación de nuestro ordenador óptico que existe… y que
incorpora la nueva generación de secuenciadores genéticos.

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Para Soames, la mayoría de gente era tonta y al resto los consideraba mediocres,
de modo que si hablaba de aquel inglés de treinta y seis años en términos tan
elogiosos, era porque sin duda debía de constituir un caso excepcional.
Los auxiliares le ofrecieron una silla de ruedas, pero ella prefirió entrar por su
propio pie en el elegante vestíbulo. No soportaba que la consideraran una inválida.
Aunque se pasaba media vida trabajando en laboratorios, se enorgullecía de
mantenerse en forma, y para lograrlo nadaba todas las mañanas en la piscina de
Optrix. Una vez en el interior del centro, la recibió una enfermera que sostenía un
bloc de notas.
—Buenas noches, doctora Grant. Soy la jefa de enfermería, Frankie Pinner.
¿Puede caminar? ¿Necesita algo para el dolor?
—Por el momento estoy bien, gracias.
—En ese caso, ¿le importaría sentarse en la sala de espera mientras voy a buscar
al doctor Fleming? Si necesita algo, informe en recepción.
En una esquina del gran vestíbulo había dos hileras de sofás dispuestos respaldo
contra respaldo. Amber se sentó en uno de ellos y extrajo el comunicador móvil de un
bolsillo. El aparato, no mayor que un teléfono, se abrió en dos mitades: una contenía
un escritorio con pantalla táctil, y la otra, un teclado numérico. Pulsó un botón del
escritorio y, de una ranura central, se elevó una pantalla. Cuando se disponía a revisar
su correo electrónico y sus mensajes de móvil, oyó que alguien aspiraba con fuerza y
susurraba «¡Uau!».
Al volverse vio a un niño que, de pie en el otro sofá, miraba por encima de su
hombro. Tenía el pelo rubio, peinado de punta, un rostro abierto, expresivo, y unos
ojos grises, enormes, que no se apartaban de aquel prodigio tecnológico que era la
pantalla de su comunicador. Una mujer, demasiado mayor para ser su madre, estaba
sentada a su lado, leyendo una revista.
—¿Es tuyo? —le preguntó el niño, apoyando una mano en su hombro y
poniéndose de puntillas sobre el sofá para ver mejor.
Ella le sonrió.
—Sí.
—Nunca había visto uno así.
—Es nuevo.
—¿De dónde lo has sacado?
—Lo he fabricado yo —puntualizó ella—. O, mejor dicho, mi empresa.
El niño la miró fijamente.
—¿Eres un genio? —le preguntó con absoluta seriedad.
Ella se echó a reír.
—No.
—Pues mi tío sí es un genio —replicó él sin inmutarse.
—Vaya, estoy impresionada. ¿Cómo te llamas?
—Jake.

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—Hola, Jake. Yo me llamo Amber.
Él le dedicó una amplia sonrisa.
—¿Y qué hace ese aparato?
—Muchas cosas. Con él puedes llamar, enviar e-mails, calcular cosas, consultar
la previsión meteorológica, los resultados deportivos…
—¿Y tiene juegos?
—Sí, claro.
—¿Y da los resultados del fútbol?
—Sí, claro… —respondió, rebuscando en su mente. Los deportes eran un agujero
negro para ella. En su país, seguía al equipo de fútbol americano de los Forty Niners,
pero sólo porque Optrix los patrocinaba.
—¿De qué equipo eres?
—Del Manchester United, claro —respondió, como si sólo un tonto pudiera ser
de otro equipo—. Me encanta el fútbol.
—Y seguro que juegas muy bien.
—Ya no tanto, pero estoy empezando a mejorar otra vez.
Algo en aquellas palabras le hizo detenerse.
—Doctora Grant… —Amber alzó la vista y comprobó que la enfermera con el
bloc de notas había regresado—. Si me sigue, la llevaré directamente al Think Tank.
Si necesita ir al baño, o quiere un vaso de agua, pídamelo, por favor. Ya rellenaremos
más tarde los formularios de ingreso.
—Tengo que irme, Jake —dijo, y se levantó para seguir a la enfermera.
Cuando ya se había puesto de pie, se volvió y miró al niño. Y entonces entendió
por qué ya no jugaba tan bien al fútbol. Sintió una punzada en el corazón. Ella sabía
bien lo que era ser un niño diferente a los demás, pero reprimió la lástima que sentía
para que no asomara a su rostro y le estrechó la mano.
—Ha sido un placer conocerte, Jake. Y que tu equipo tenga suerte.
—Adiós, Amber —respondió él esbozando una sonrisa.
La enfermera condujo a Amber al ala este y, una vez allí, la guió por un largo
pasillo hasta el Think Tank. La hizo pasar a un cuartito contiguo en el que había un
escritorio, un ordenador óptico Lucifer, dos sillas y un panel de monitores. Una
ventana conectaba ese espacio con el Think Tank y ella supuso que se trataba de una
sala de observación. La enfermera le sirvió un vaso de agua y se ausentó.
Sentada en una butaca cómoda, algo apartada del escritorio, Amber echó un
vistazo a aquella habitación. En el tablón de anuncios que ocupaba parte de una pared
había clavadas postales de felicitación y fotografías de quienes debían de ser
pacientes y miembros del personal. Una llamó su atención, pues en ella aparecían dos
hombres bronceados y vestidos con ropas de escalada, de pie sobre el pico nevado de
una montaña, recortados contra un cielo de un azul intensísimo. Se parecían mucho,
tal vez fueran hermanos, y enlazaban las manos sobre sus cabezas, en señal de
triunfo.

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Entonces se vio reflejada en la ventana de observación. Se veía pálida, cansada.
Inconscientemente, se echó el pelo hacia atrás, dejando al descubierto el lado
izquierdo de su rostro, la cicatriz plateada que le recorría la sien y le llegaba hasta el
cuero cabelludo. Así, ponía en evidencia que le faltaba la oreja izquierda, hecho
todavía más evidente en contraste con el vistoso pendiente de jade y oro que lucía en
la derecha. Se había negado siempre a la cirugía plástica. En su opinión, borrar todo
rastro de la operación a la que se sometió de niña sería algo así como un acto de
traición.
—¿Doctora Grant? Soy Miles Fleming.
El especialista entró en la sala mientras ella se alisaba la falda y se atusaba el
pelo. Lo reconoció al instante: era uno de los dos escaladores de la foto. Y su imagen
no se correspondía en absoluto con la que esperaba encontrar. Exceptuando la bata
blanca, desabrochada, su aspecto no era el de un científico, al menos si lo comparaba
con los que ella conocía, y no estaba preparada para enfrentarse a una presencia física
tan poderosa. Era alto, un metro ochenta como mínimo, y se movía con esa gracia
inconsciente propia de las personas que coordinan bien sus movimientos. Llevaba el
pelo moreno bastante despeinado, y la ropa algo arrugada, así como su piel,
desprendían ese encanto de la vida al aire libre. Cuando le alargó la mano para que se
la estrechara y sonrió, alrededor de sus ojos se formaron unas pequeñas patas de
gallo. Sintió el calor de su mano grande y apretó la suya con firmeza.
—Siento haberla hecho esperar, pero hemos tenido que reorganizarlo todo un
poco.
—No se preocupe. Le agradezco que me visite habiéndole avisado con tan poca
antelación.
—¿Y su migraña? ¿Cómo va el dolor?
—Bajo control.
—Bien. Si le parece, le explicaré un poco por encima lo que hacemos aquí y
luego tratamos de su problema.
—Cómo no.
—Básicamente, el trabajo que realizamos aquí, en Barley Hall, se divide en dos
áreas. El ala oeste se ocupa de investigación científica pura y dura, y se centra en
trabajos de regeneración con células madre, reconstrucción de médula espinal y esas
cosas. En el ala este, que es donde se encuentra mi equipo, la investigación es de tipo
más práctico. Nos especializamos en explotar las señales del cerebro para ayudar a
las personas con amputaciones y a los parapléjicos a recobrar el control de sus
miembros paralizados y a utilizar sus prótesis. —Fleming le sonrió—. También
ayudamos a gestionar el dolor.
A Amber le gustó su sonrisa, pero todavía no estaba preparada para confiar en él.
—¿Ah, sí? ¿Y qué me dice del dolor en una parte del cuerpo que no existe?
—Pues, aunque no lo crea, ésa es una de nuestras especialidades.

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6

D
espués de leer su historial médico, Miles Fleming concluyó que conocía al
menos dos casos parecidos a los de Amber Grant, uno en Estados Unidos y
otro en Francia, aunque ninguno de aquellos dos pacientes había recurrido a
la cirugía. Nunca, en sus estudios, se había encontrado con nadie que, habiéndose
sometido a aquella intervención, hubiera sobrevivido. Y, dados los éxitos cosechados
junto a Bradley Soames en Optrix, Amber Grant no sólo había sobrevivido, sino que
había salido airosa, con su magnífico cerebro intacto.
Se volvió hacia el ordenador óptico Lucifer encendido sobre el escritorio. Se
trataba de un cubo traslúcido que albergaba una esfera de luz parpadeante sobre una
espiral de fibra óptica. Detrás se hallaba la pantalla de plasma KREE8[2], de fotones
retardados, diseñada para mostrar lo que parecían ser imágenes tridimensionales. En
ángulo con la pantalla estaba el panel de control, que Fleming manipuló para acceder
a los archivos de Amber Grant, almacenados en el Archivo de Seguridad de Barley
Hall. La información apareció apenas solicitada, pues viajaba a la velocidad de la luz.
Examinó las radiografías en pantalla y después la observó a ella. No había señales
visibles de la operación, aunque se fijó en los ojos y el pelo de Amber, que llevaba
peinado de modo que ocultaba el lado izquierdo de su rostro, abundante como el de
un animal, muy negro y brillante. Los ojos, enormes, gatunos, eran de una tonalidad
exquisita: los iris de un verde intenso, salpicados de oro. Tenía una nariz fina y una
piel aceitunada. Un solo pendiente, de jade y oro, muy vistoso, colgaba de la oreja
derecha, en el lado de la cara que el cabello dejaba al descubierto. Los labios,
gruesos, eran del color de un coral pálido. Era una de las mujeres más exóticas que
había visto en su vida.
—¿Me permitiría ver dónde le practicaron la incisión?
—Por supuesto.
Amber se retiró el pelo del lado izquierdo del rostro.
Fleming se levantó y se acercó a ella. Al inclinarse para examinarla le llegó su
perfume, sutil pero intenso, como de una flor tropical. Estudió la limpia cicatriz
plateada que se iniciaba en la parte superior del cuero cabelludo y pasaba por la sien,
antes de regresar al pelo por la zona de la nuca. No tenía oreja, pero la marca de la
operación era allí tan leve que parecía tratarse más de una omisión que de un físico
desfigurado.
Regresó a su asiento y volvió a estudiar la imagen del ordenador.
—Hablemos de sus migrañas —dijo—. Según consta en su historial, se iniciaron
hace unos ocho o nueve meses. Hasta entonces nunca había sufrido dolores de
cabeza.
—Exacto.
—Las tiene unas diez veces al mes.

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—Más o menos.
—¿Y cuánto dura un ataque?
—Depende. Si no tomo analgésicos inmediatamente, el ataque es más fuerte y
puede durar hasta una hora. Pero lo que me paraliza es lo que viene después. Me
siento tan agotada que hasta pasadas varias horas no soy capaz de hacer nada.
—¿Y qué toma?
—Tylenol Blue. No me quita el dolor, pero al menos lo suaviza un poco.
Fleming asintió.
—¿Podría describir el dolor?
Ella se encogió de hombros.
—Es como si una aguja al rojo vivo se me clavara en el cerebro y me inyectara
cargas explosivas. Veo luces y estrellas pasar frente a mis ojos, y siento náuseas. A
veces, como hoy, me caigo al suelo.
Fleming sonrió.
—Suena divertido. —Hizo una pausa y volvió a concentrarse en la pantalla—. ¿Y
el dolor es siempre en el mismo punto?
—Sí.
—¿Dónde? ¿Podría indicarme la ubicación exacta?
—Aquí todavía siento una presión —dijo, levantando la mano izquierda para
señalarle la zona—. Es exactamente aquí.
Fleming volvió a asentir con un movimiento de cabeza y verificó la imagen de la
pantalla. Ella apuntaba a una zona que se encontraba a escasos centímetros de la sien
izquierda.
—Bastante raro, ¿verdad? —apuntó ella, sosteniendo el vaso de agua.
Ahora fue él quien se encogió de hombros.
—Es poco usual, sí, pero no inexplicable.
La imagen de la pantalla, extraída del historial de Amber Grant, mostraba una
radiografía de dos niñas mirando en direcciones opuestas. Sus cráneos estaban unidos
por la sien izquierda, compartían el mismo hueso. Pero lo que hacía a esas siamesas
aún más excepcionales era que se hallaban unidas no sólo por el cráneo, sino también
por el cerebro. Una porción considerable del tejido del lóbulo temporal se superponía
y, aun así, según todos los registros, las dos niñas tenían personalidades distintas y
mostraban rasgos de carácter individuales.
Amber Grant dejó el vaso sobre el escritorio y Fleming se fijó en lo lentos y
conscientes que eran sus movimientos. Mientras permanecía sentada, inmóvil,
ladeaba ligeramente la cabeza hacia la izquierda, como si escuchara a alguien que le
hablara encaramado a su hombro.
Los archivos habían revelado los detalles de su vida. Amber y su hermana
siamesa, Ariel, habían nacido hacía treinta y siete años, hijas de una madre brasileña
muy pobre, que ya no habría podido permitirse mantener a unas gemelas normales, y
mucho menos a unas siamesas. La madre las abandonó en un precario hospital de Sao

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Paulo pero, gracias a la intervención de un cura jesuita, fueron adoptadas por una
pareja católica y sin hijos de Estados Unidos.
Los primeros ocho años de su vida los pasaron felizmente con sus padres
adoptivos en California. Las llamaban las siamesas danzarinas, porque se movían y
caminaban juntas como si bailaran. Ariel siempre era la más fuerte, la líder, mientras
que Amber se mostraba más tranquila. Luego surgieron complicaciones en los
riñones de ésta. Las siamesas compartían el riego sanguíneo, y durante un tiempo los
riñones de Ariel les sirvieron a las dos. Pero entonces se hizo evidente que su corazón
también funcionaba para su hermana y que pronto se agotaría, incapaz de soportar
aquella doble exigencia. Si no las separaban y la enfermedad de Amber seguía
agravándose, ésta no sólo moriría, sino que mataría a su hermana.
Existía una complicación adicional: aunque sus personalidades eran distintas,
compartían una porción clave del tejido cerebral. La probabilidad de que las dos
sobrevivieran a la operación con la mente intacta era muy remota. Aun así, sus padres
no podían hacer otra cosa y autorizaron su paso por el quirófano. Dos meses después,
el corazón y los riñones de Amber se habían estabilizado y su salud mejoraba por
momentos. Pero Ariel había muerto en la mesa de operaciones.
A Fleming no le hacía falta el historial clínico para saber que Amber albergaría
siempre sentimientos de culpabilidad por la pérdida de su hermana —a quien
separaron de ella porque la estaba matando. Tal vez por ello nunca había querido
someterse a una intervención de cirugía correctiva para recuperar la oreja que le
faltaba y disimular la cicatriz. Según las notas médicas, un psicólogo le había
preguntado al respecto. Y ella había respondido: «¿Por qué habría de querer cirugía
estética? Ella era la mejor parte de mí».
Fleming observó a Amber y vio que ella le clavaba la vista, lo retaba con la
mirada.
—¿Y bien? —dijo—. ¿Alguna idea inmediata?
Él giró la pantalla del ordenador para que ella viera la imagen de la radiografía en
que su cráneo aparecía unido al de su hermana. Le señaló el área del lóbulo temporal.
—La ubicación de su dolor es ésta, exactamente el punto en que el cerebro de su
hermana se unía con el suyo. En cierto sentido, la cosa está bastante clara, y supongo
que otros especialistas se lo habrán comentado ya. Siente usted un dolor fantasma
clásico. No se trata de algo tan excepcional. Tenemos a un joven, Paul, en la sala de
pacientes que está al fondo de este mismo pasillo, que lleva cuatro años sufriendo
dolores en su brazo amputado. Hemos logrado que remitan gracias al neurotraductor,
pero para él esos dolores eran muy reales. Cuando se pierde una parte del cuerpo en
un accidente traumático, la víctima puede seguir experimentando un dolor agudo en
esa parte del cuerpo que le falta. A menudo, el dolor refleja el daño que sufrió ese
miembro, como si las últimas señales enviadas al cerebro fueran las que éste
recuerda.
Amber asintió.

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—Pero yo no perdí un miembro.
—No, eso es lo que hace que su caso sea tan excepcional. Usted perdió a otra
persona. —Hizo una pausa para tratar de expresar con palabras lo que pensaba—. Lo
que la convierte en un caso único, Amber, es que usted posee parte del cerebro de una
persona muerta.
Ella frunció el ceño, afectada por la imagen de su hermana gemela en la pantalla.
—De eso ya soy consciente. Pero ¿qué significa? —Y entonces palideció—.
¿Quiere decir que siento el dolor de Ariel? ¿Podría ella, de algún modo, estar
todavía…?
Compuso tal expresión de horror que Fleming se inclinó sobre la mesa y le rozó
el hombro.
—No. Puedo asegurarle que ese dolor es suyo. Como en el caso de Paul y su
brazo, su cerebro, simplemente, se vincula a un tejido que le falta y que, por alguna
razón, piensa que sigue ahí. Ariel ya no sufre. Ella ya no está. —Trató de quitarle
hierro al asunto—. Vamos, Amber, usted también es científica.
—Soy física especializada en el estudio de partículas, Miles —objetó ella—. Y lo
que el mundo de lo cuantos me ha enseñado es que no podemos estar seguros de
nada. —Entrecerró los ojos y él supo que estaba harta del trato paternalista de quienes
se autoproclamaban «expertos»—. Durante toda mi vida he tratado de comprender lo
que le sucedió a mi hermana. He estudiado filosofía, física e incluso teología, y por el
momento lo que he aprendido es que no sabemos gran cosa. —Sonrió secamente y se
echó hacia atrás—. Lo que pretendo decirle, Miles, es que no consiento que nadie me
«asegure» nada.
Fleming alzó las dos manos en señal de rendición. Él tampoco comprendía cómo
funcionaba la vida. Pero lo que sí sabía era que cuando se acababa, se acababa. No
tenía sentido malgastar energía mental preocupándose por la otra vida, porque no la
había. Gracias a Dios.
—Amber, no soy tan necio como para pretender debatir sobre los caprichos de la
física cuántica con usted, pero sí sé algo sobre el cerebro humano. El cerebro es capaz
de muchas cosas raras y puede hacernos creer que cualquier cosa es real, ya sea el
dolor de un miembro amputado, ya sea la existencia de un ser divino. Tras pasarme
toda la vida estudiándolo, estoy convencido de que todo lo que experimentamos en
este mundo puede explicarse por la actividad eléctrica y química que se da en ese
órgano con forma de nuez que ocupa nuestro cráneo. El amor, las creencias
religiosas, nuestro sentido del yo, todo procede del cerebro físico, y una vez lo físico
desaparece, desaparece también la mente. Usted sigue aquí, Amber, pero Ariel no. Tal
vez sienta dolor porque su cerebro puede seguir enviando señales a su ser físico, pero
su hermana gemela ya no sufre. Y no puede sufrir porque ya no existe. Eso no es
teoría cuántica; eso es un hecho físico.
Amber le sonrió y dulcificó el tono, que de la confrontación pasó a la burla sana.
—Como veo que habla usted de la muerte y del más allá, déjeme decirle que soy

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católica.
Fleming se echó a reír.
—Ya no quedan muchos como usted. Creía que la mayoría de católicos se habían
pasado a la Iglesia de la Verdad del Alma.
Ella sonrió de nuevo.
—No soy muy devota pero, ya sabe, cuando el padrino de una es un sacerdote
jesuita que te salva la vida y te adopta una pareja de católicos, aunque no lo quieras
eso te impone ciertas lealtades.
—Supongo que sí —admitió Fleming—. En cualquier caso, ahora ya sabe que yo
soy ateo con trasnochadas certezas newtonianas, y yo ya sé que usted es católica con
tendencias cuánticas. Lo que todavía no sabemos con exactitud es por qué tiene esas
migrañas, ni cómo podemos quitárselas. Su cerebro tendrá que darnos la respuesta a
esas preguntas. —Se puso en pie y se acercó a la puerta, indicándole con la mano que
le siguiera hasta el Think Tank—. Tal vez sea buen momento para que le presente el
neurotraductor.

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7


É
sta es la sala de reconocimiento —dijo Fleming—, aunque todo el mundo
la llama el Think Tank.
Con sus techos ornamentados y sus molduras para cuadros, la
estancia parecía la antítesis de la tecnología punta que exhibía el equipo, de los
cartuchos de oxígeno, de los monitores médicos y demás aparatos. Sobre una mesa,
en el extremo más alejado de la sala, otro cubo traslúcido se apoyaba sobre una
gruesa base; contenía una esfera de luz de intensidad intermitente, del tamaño de una
pelota de fútbol; junto a él, un casquete azul conectado a unos electrodos y un teclado
inalámbrico. Una gran pantalla de plasma colgaba de la pared.
—Aquí es donde va a dormir esta noche.
—¿Sin cama? O sea que éste es un lugar espartano.
—Disponemos de camas con ruedas. Le traerán una desde la sala de pacientes.
Muchas de las personas a las que tratamos no se mueven, de modo que es más fácil
traerlos con ellas incorporadas. El equipo de curas intensivas que rodea la cama es
para casos de emergencia. Algunos de nuestros pacientes se encuentran en situación
crítica, por lo que no podemos correr ningún riesgo. Pero de todos modos, esta noche
Brian se ocupará de usted.
—¿Brian?
Fleming se encogió de hombros.
—Se trata de un nombre absurdo que le ha quedado. Al principio, un asistente
técnico escribió un informe sobre el neurotraductor, al que denominaba «brain
machine», máquina cerebral. Pero se le escapó un error de imprenta y en vez de
«brain» puso «brian», y ahora todos los médicos y enfermeras lo llaman Brian. Es
una tontería, pero así no nos ponemos demasiado pomposos. —Se acercó al maniquí
y le dio unas palmaditas—. A éste también lo llamamos Brian. Lo usamos para que
los amputados y los parapléjicos se entrenen pensando las órdenes. —Hizo una pausa
—. ¿Sabe algo sobre el neurotraductor? Se basa en el Lucifer, de modo que seguro
que sabe bastante sobre la tecnología que usa.
Ella se acercó también y rozó el cubo traslúcido, estudiando la esfera de brillo
variable que contenía.
—Supongo que el procesador óptico proporciona la energía y la velocidad que
permiten traducir las señales neuronales.
—Exacto. En la base hay también un amplificador de señales neuronales, así
como un conversor óptico-analógico que permite que las ondas cerebrales del sujeto
se comuniquen directamente con el ordenador. —Levantó la gorra—. A esto lo
llamamos «casquete de pensamiento». Cada nudo de este diseño entretejido en forma
de red lleva un electrodo para monitorizar la actividad eléctrica del cerebro a través
del cráneo. Toda la comunicación entre esta prenda y el ordenador es inalámbrica. El
neurotraductor es, en esencia, una unidad de bioretroalimentación perfeccionada,

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parecida a los primeros sistemas Biomuse desarrollados por Lusted y Knapp a
principios de la década de los noventa para ayudar a parapléjicos y amputados.
Amber asintió. Había leído sobre los aparatos de Biomuse. Se habían diseñado en
primera instancia para detectar y amplificar los impulsos eléctricos residuales de
tejidos musculares, así como los impulsos generados por los movimientos oculares.
—Pero el neurotraductor es mucho más avanzado, supongo. Para empezar, no usa
señales de electromiograma (EMG) ni de electrooculografía (EOG).
—Así es. Recurre a señales de electroencefalograma (EEG). Hace unos seis años
me convencí de que podíamos lograr mayor control sobre los ordenadores si
explotábamos las señales considerablemente más complejas presentes en el cerebro
humano. Nuestra ambición era, simplemente, aprovecharnos del cerebro mismo.
Amber sonrió al oír ése «simplemente». En su nivel más simple, la actividad
cerebral humana —el pensamiento—, estaba compuesta de la electricidad que
recorría varias uniones neuronales del cerebro a toda velocidad. Ya en 1929, el
psiquiatra alemán Hans Berger había acuñado el término «electroencefalograma», o
EEG, para describir registros de fluctuaciones de voltaje en el cerebro que podían
detectarse recurriendo a electrodos aplicados sobre el cuero cabelludo.
Con el paso de las décadas empezaron a identificarse numerosas señales
continuas de los EEG: las ondas alfa aparecían con acciones tan simples como cerrar
los ojos; las ondas beta se asociaban a un estado de alerta de la mente; las tetha
aparecían con el estrés emocional; las delta se registraban durante las fases de sueño
profundo. Y las mu estaban relacionadas con la corteza motriz: disminuían con el
movimiento o con la intención de moverse.
Fleming dio una palmada a la esfera.
—Gracias a su ordenador óptico Lucifer, hemos sido capaces de identificar y
analizar todas las ondas cerebrales estándar y de hallar otras nuevas, y hemos logrado
trazar un mapa detallado del cerebro en acción. Al amplificar y descifrar esas
longitudes de onda, en especial su modo de operar juntas para crear patrones, hemos
aprendido a interpretar los impulsos eléctricos.
Amber empezaba a comprender por qué Bradley Soames había quedado
impresionado con el invento de Fleming.
—Deduzco que su máquina es capaz de aprender.
—Exacto. Del mismo modo en que se buscan las ondas radiofónicas, la red
neuronal del neurotraductor busca modelos complejos de actividad cerebral y los
relaciona con órdenes e intenciones manifiestas. Brian se acerca tanto como cualquier
otra entidad haya hecho a lo largo de la historia a la comprensión y expresión de los
pensamientos humanos y realiza un mapa de sus mentes.
—¿Es Brian una entidad consciente?
Fleming se echó a reír.
—No. Brian usa una lógica puntillosa y se le da muy bien poner a prueba nuestro
cerebro, así como investigar lo que pensamos, pero carece de voluntad y no es capaz

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de pensar por sí mismo con el conocimiento de sí mismo que solemos asociar a la
conciencia. Si imagina que el pensamiento independiente es una pelota, entonces
diríamos que Brian es un espectador genial, un analista, un comentarista, un juez de
línea. Pero él no sabe jugar. El neurotraductor, principalmente, analiza e interpreta las
ondas cerebrales, lo que nos permite potenciar las que resultan útiles (por ejemplo, las
señales de caminar que hacen falta en los implantes y las prótesis de personas con
parálisis), y suprimir aquellas que no lo son, como las señales de dolor que envía una
pierna amputada.
Fleming se puso el casquete en la cabeza y pulsó un botón en el panel de control
que había junto al cubo. La pantalla de plasma se encendió y un espectro de colores
deslumbrantes parpadeó en la esfera del cubo a medida que distintas frecuencias de
fotones de luz realizaban unos innumerables cálculos paralelos.
—Observe las líneas de la pantalla —dijo—. Indican mis ondas cerebrales. Y
ahora observe el cuerpo prestado.
Las líneas horizontales de la pantalla alcanzaron un pico y el maniquí dio un paso
al frente con la pierna izquierda. Amber se sobresaltó.
—¿Eso lo ha hecho sólo con el pensamiento?
—Controlando mi manera de pensar, sí. Hace falta práctica, pero una vez se coge
el tranquillo, resulta relativamente fácil. Brian es un aparato de entrenamiento. Una
vez nuestros pacientes lo dominan, se les proporcionan prótesis más sofisticadas aún
y, en el caso de los parapléjicos, implantes más sofisticados. Todavía estamos en los
comienzos, pero los resultados han sido fenomenales.
A pesar de su escepticismo inicial sobre la visita al centro, Amber Grant se sentía
animada.
—Es decir, que mediante el análisis de mis ondas cerebrales usted espera
identificar las señales que causan mis dolores de cabeza y suprimirlos.
—Con suerte, no sólo los suprimiremos, sino que los comprenderemos.
—¿Y todo eso puede hacerlo esta noche? Mañana vuelvo a mi país.
Fleming frunció el ceño.
—En una sola noche apenas empezaremos a calibrar la máquina para que registre
sus longitudes de onda. Necesitaremos al menos dos sesiones más para finalizar el
análisis preliminar y para determinar cuál es el estado de reposo «normal» de su
cerebro. Sólo entonces podremos analizarlo durante alguna de sus «migrañas
fantasma» y establecer las posibilidades de tratamiento. Su caso es atípico y debería
concederse hasta un mes para diagnosticarlo y tratarlo. E incluso así, lo más probable
es que necesitáramos más tiempo.
—Para hacerlo mal es mejor no hacerlo, ¿no?
—Exacto. En estas próximas semanas podemos hacerle un hueco, más allá ya no
puedo garantizarle cuándo vamos a poder atenderla.
Ella lo pensó un segundo antes de tomar la decisión.
—Está bien. Debo resolver algunos asuntos en mi país, pero supongo que puedo

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volver dentro de unos días. ¿Cuál es el siguiente paso?
—Frankie, la jefa de enfermería, organizará la primera sesión aquí, en el Think
Tank.
—¿Y el neurotraductor podrá explicar por qué mis migrañas fantasma empezaron
sólo hace unos meses? —preguntó Amber.
—Para serle sincero, Amber, no lo sé. Lo normal es que el dolor fantasma se
inicie poco después del trauma, si es que se inicia. Pero su cerebro es único.
Esperemos a ver lo que nos cuenta Brian.
—¿Y cuándo empezamos?
Fleming consultó su reloj.
—Bien, como decía mi profesor de Cambridge, la mejor hora para empezar las
cosas importantes es ahora.

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8

Ciudad del Cabo.


Sudáfrica.

L
a hermana Constance había experimentado muy pocas veces el miedo físico a
lo largo de sus cincuenta y cinco años de vida. Y ahora lo sentía, de pie en
una barca de pesca de diez metros de eslora, en plena noche, mientras la
tripulación arrojaba al mar una mezcla sanguinolenta de carne y vísceras. Veía el mar
iluminado por la luna, el remolino de aletas que surcaba las aguas oscuras. Ella creía
que la pesca de tiburones era ilegal, pero no se atrevía a preguntar a los tripulantes si
era así. Se abrigó todo lo que pudo con el hábito, cubriéndose los hombros, pero
aunque el aire era cálido no dejaba de temblar. Notaba en sus labios el sabor de la sal
de las olas que rompían contra el casco del barco anclado.
La luna estaba llena y se recortaba, redonda, sobre la silueta lejana de Table
Mountain. Se preguntaba cuándo aparecería Monseñor. Cada vez que se lo
preguntaba al capitán desaliñado le respondía: «Pronto».
Entendía que monseñor Diageo hubiera insistido en que se encontraran lejos del
Arca Roja. Pero ¿por qué precisamente ahí? Apretó con fuerza el crucifijo de esmalte
escarlata que llevaba al cuello, alzó la vista al cielo y se santiguó.
«Monseñor tendrá sus razones», se descubrió diciendo en voz alta, con voz
temblorosa.
La hermana Constance había llevado una existencia protegida bajo el amparo de
la Iglesia, una vida sin sobresaltos ni dudas. Su decisión más traumática había sido
seguir a su testaruda amiga, la madre Giovanna Bellini, que había abandonado la
Iglesia católica para incorporarse a la nueva, la de la Verdad del Alma. Pero incluso
aquello había resultado bastante indoloro: había cambiado un conjunto de reglas
tranquilizadoras por otro. Solía bromear al respecto, asegurando que la única
diferencia verdadera entre las dos confesiones era el color del hábito.
Pero cuando la madre Giovanna la llamó hacía dos días y le contó lo de los
experimentos, la hermana Constanza sospechó que la Iglesia de la Verdad del Alma
era, en realidad, muy distinta a la otra. Y ayer, tras intentar sin éxito ponerse en
contacto con su amiga, se sintió preocupada. Tras pelearse con su conciencia, rompió
su promesa de mantener el secreto de la madre Giovanna y se acercó a monseñor
Diageo, que se encontraba en la cubierta superior del Arca Roja, para preguntarle si el
papa Rojo conocía el descubrimiento de Giovanna. Sin duda sorprendido, Monseñor
le había dado las gracias por acercarse, pero se negó a abordar allí, en el Arca Roja,
aquello que «amenazaba todo lo que el Santo Padre consideraba sagrado».
Le había dado instrucciones claras para que embarcara en el Marie Louise,
atracado en el puerto, y le había pedido que lo esperara allí. La taciturna tripulación la

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había ayudado a subirse a la barca y nadie le había hecho el menor caso mientras
navegaban por la costa y se ocupaban de sus asuntos.
Dos tripulantes pasaron frente a ella, arrastrando lo que le pareció el cuarto
trasero de una vaca. Gruñendo, lo arrojaron por la borda, y en cuestión de segundos el
mar bullía de actividad, pues los tiburones, enloquecidos, se alimentaban de la
carnaza. Otro tripulante, que sostenía un gran arpón, pinchaba la carne que flotaba y
se reía mientras los tiburones la desgarraban con sus dientes. La escena le
desagradaba y la llenaba de temor, y suspiró audiblemente cuando oyó el traqueteo de
otra embarcación que se aproximaba. La hermana Constance se acercó corriendo a la
proa, donde su alivio se convirtió en alegría al ver que el arpón ensangrentado
acercaba la otra nave y al reconocer el rostro inconfundible de aquel hombre.
—Monseñor Diageo, gracias a Dios —balbució—. ¿Por qué hemos tenido que
encontrarnos aquí?
—Éstos son temas muy delicados, hermana Constance. ¿Ha hablado con alguien
de lo que la hermana Giovanna le contó?
—No, claro que no.
Él se acercó mucho y le clavó la mirada.
—¿Está segura?
—Sí.
El religioso asintió satisfecho. Ella se adelantó en su dirección, pues esperaba que
la trasladaran a su barco.
—¿Sabe el Santo Padre lo que están haciendo los científicos? —preguntó—. ¿Le
dijo la madre Giovanna que estaban matando a los pacientes?
Diageo parecía cansado.
—Lo sabe —dijo con voz fatigada. Volvió la cabeza, pero la hermana Constance
descubrió en él una expresión que la llenó una vez más de aprensión—. Siempre lo ha
sabido —añadió, antes de susurrar—: Lo siento.
Perpleja, haciendo esfuerzos por asimilar el significado de aquellas palabras, la
hermana Constance vio que Monseñor miraba a los tripulantes de su barco, que
seguían arrojando grandes pedazos de carne a los ávidos tiburones.
—Como hemos acordado, no deben quedar pruebas —dijo, como si ella no se
estuviera presente—. Nada que la Iglesia pueda investigar.
—No entiendo —balbució la hermana Constance mientras él se daba media
vuelta. Oyó de nuevo el zumbido del motor de la otra barca, que volvía a ponerse en
marcha.
Y entonces los miembros de la tripulación, con las manos manchadas de sangre,
más rojas que su hábito, se acercaron a ella formando un círculo y la acorralaron en la
proa de la barca de pesca. Sin darle tiempo a protestar, el que llevaba el arpón en la
mano se lo clavó con fuerza en el pecho y la hermana cayó de espaldas al mar.
Al caer al agua fría soltó un grito, y el primer tiburón enloquecido hendió los
dientes en su carne. Pero ella seguía sin comprender por qué sucedía aquello. Cuando

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los colmillos afiladísimos del gran blanco desgarraban su pelvis, ella gritó el nombre
de monseñor Diageo, convencida de que se había producido un terrible error.

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9

Barley Hall.

T
ras dejar a Amber Grant con la jefa de enfermería e instalarla en el Think
Tank, donde iba a pasar la noche, Fleming concentró su atención en dos de
sus otros pacientes. Tenía a gala tratar todos los casos con el mismo grado de
compasión y profesionalidad, pero Rob y Jake eran casos especiales.
Mientras se dirigía al taller, pensó que se alegraba de no haberse opuesto
radicalmente a visitar a Amber. Sentía una creciente curiosidad por ella y estaba
convencido de que podría ayudarla. Además, al posponer hasta el día siguiente la
prueba de Rob, le daría una sorpresa que lo animaría un poco.
El taller de Barley Hall era la única instalación integrada en el proyecto de
investigación de Fleming que no se hallaba situada en el ala este. Por razones que ya
nadie recordaba, se ubicaba en el extremo más alejado del ala oeste, donde trabajaba
el equipo de Bobby Chan. Ahí, en un cobertizo ampliado, la ciencia se fundía con el
arte; la electrónica, el metal, el látex y los materiales de la era espacial se combinaban
para crear prótesis que parecían miembros humanos y se comportaban como tales.
Cuando Fleming entró, un técnico estaba separando un brazo —de aspecto tan
vivo que impresionaba verlo— de un esqueleto de metal y cables. Colgados de una
pared, en orden ascendente según el tamaño, se alineaban moldes de pies y manos.
Detrás del banco de trabajo se adivinaban los frascos que contenían los distintos
pigmentos dérmicos y en un rincón del cobertizo Bill, el coordinador técnico,
acababa de dar forma a una fornida pierna izquierda. A la derecha de Fleming, una
serie de miembros ya terminados se apoyaba contra la pared, todos ellos envueltos en
plástico y con etiquetas identificativas, como si de prendas de tintorería se tratara.
Casi todos eran piernas o brazos sueltos de distintos tamaños y formas. Pero algo
alejado del resto vio un pequeño par de piernas, las dos tan reales que, no sabía por
qué, Fleming no lograba apartar la vista de ellas.
Bill se levantó la mascarilla, apagó la muela y las señaló.
—Acabo de darles el último baño de látex. Los pies los he modelado a partir de
los de mi hijo.
Fleming las levantó. Como siempre, le sorprendió su peso, que en realidad no era
superior al de unas piernas naturales. El gran detallismo, especialmente en los pies y
los deditos, le emocionó.
—Se ven fantásticas, Bill, muchas gracias.
Bill levantó el pulgar derecho en reconocimiento.
—Buena suerte.
En la clínica, el personal estaba tan acostumbrado a aquellas cosas que, cuando
Fleming regresó al ala este con aquel par de prótesis, nadie hizo ningún comentario.

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Al llegar al otro extremo del edificio, se detuvo un instante tras las puertas de la sala
de fisioterapia y miró a través de los ojos de buey aquel inmenso espacio lleno de
equipos de ejercitación, cintas para caminar y piscinas terapéuticas. En su interior
había sólo dos personas.
Su sobrino, Jake, estaba sentado en el suelo de parqué, de espaldas a la puerta,
jugando con unos cubos de plástico, mientras Pam Fleming, la abuela del muchacho,
lo contemplaba. Jake había vivido con sus abuelos paternos desde el accidente y
Fleming le había pedido a su madre que trajera al pequeño a las seis. Era una mujer
menuda como un pájaro, y el pelo, rubio y entrecano, lo llevaba corto. Se inclinaba
protectora sobre su nieto. Tanto ella como el padre de Fleming habían sido sus puntos
de apoyo desde que ocurrió la tragedia.
Fleming observó a Jake amontonar los cubos hasta crear una torre que era casi tan
alta como él. Luego construyó otra y después, una tercera. Dedicó uno o dos
segundos a admirar su obra, y luego la destruyó con gran deleite.
Se escondió las piernas tras la espalda, abrió las puertas y entró en la sala. Jake se
volvió para mirarlo y las consecuencias del accidente de coche que sufrió hacía once
meses quedaron bien a la vista: sus dos piernas le llegaban sólo a la altura de las
rodillas, la de la derecha algo más larga que la otra. A pesar de estar acostumbrado a
tales mutilaciones, y a otras aún peores, a Fleming seguía impresionándolo la visión
de las heridas de su sobrino.
Su único consuelo era que, al menos, había podido ayudarle. No era el tío ideal,
estaba obsesionado con su trabajo, en el que pasaba muchas horas, y los pocos
momentos libres los dedicaba a la escalada. Además, no era precisamente un modelo
de estabilidad en lo referente a las relaciones de pareja: cada vez que Jake lo visitaba
en su casa de la ciudad, cercana al río, parecía encontrarlo con alguna nueva novia.
Con todo, había algo en lo que sí había podido darle más que nadie: había podido
ayudar a Jake a caminar de nuevo.
—Hola, mamá —dijo Fleming, abrazándola y plantándole un beso en la mejilla.
—¿Va todo bien, Milo? —Parecía nerviosa y emocionada a la vez. Tenía tal fe en
su hijo que a veces a él le asustaba. En el funeral de la madre de Jake le había oído
decir a una amiga: «Robe y Miles siempre estuvieron muy unidos, ya de niños. Es
una suerte que Miles pueda ayudarlo ahora». A Fleming le parecía que si sus padres
habían logrado sobrellevar lo que había ocurrido era sólo porque habían depositado
toda su esperanza en él. Y a él le aterrorizaba no estar a la altura de sus expectativas.
Le apretó la mano.
—Todo va bien, mamá. Ya lo verás.
Se agachó para hablarle a su sobrino.
—Hola, tío Milo.
Fleming le mostró las dos prótesis y los ojos del niño se iluminaron.
—¡Guau!
—Son las mismas que has usado en la rehabilitación, pero ahora les han

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incorporado la capa final, y parecen piernas de verdad… tus piernas.
Jake las cogió como si fueran el mejor regalo de Navidad del mundo.
—Gracias, tío Milo.
Entonces se colocó las correas sobre los muñones, conectó los implantes con una
soltura que denotaba mucha práctica y se puso de pie, como si aquellas prótesis
formaran parte de él. Los músculos de las piernas artificiales obedecían las órdenes
de su cerebro, amplificadas y traducidas por ordenador. Hacía seis meses (cinco
después del accidente), Fleming se había descargado la «firma mental» de Jake del
neurotraductor. Había insertado electrodos bajo el cuero cabelludo de su sobrino y,
mediante los implantes y un ordenador óptico del tamaño de un reloj de pulsera, Jake
había logrado caminar sin ayuda y llevar una vida prácticamente normal.
Él había sido el primero, pero ahora otras personas se beneficiaban de la misma
tecnología.
—Está bien, Jake —dijo Fleming—. Espera aquí. Voy a avisar a tu padre. Quiero
que él vea esto.

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10

El Think Tank.
Esa misma noche, horas después.


H
as salido en la CNN. Lo he visto ahora mismo, me acabo de levantar y
he puesto la tele. Me tienes preocupado. Amber, ¿cómo te encuentras?
—No estoy tan mal, papa Pete. ¿Acabas de levantarte? ¿Desde
dónde llamas?
—Desde San Francisco.
—Creía que estabas en el Vaticano.
—Y lo estoy. Pero he venido a un gabinete de crisis que se ha creado aquí. —No
sabía por qué, pero el acento neoyorquino de su padrino le sonaba duro—. Cuando
los jesuitas, bastión del catolicismo, empiezan a pasarse a las filas del papa Rojo, es
que el problema es grave.
—Te agradezco que me llames, papa Pete —dijo ella, a la que no apetecía
precisamente oír un discurso sobre el papa Rojo—. Hace mucho tiempo que no sé de
ti.
Sabía bien el porqué del prolongado silencio. Desde que su madre adoptiva había
enfermado, hacía dos años, y Amber pagaba su estancia en la mejor residencia de la
ciudad, el padre Peter Riga, el hombre que le había salvado la vida, se había sentido
traicionado: no sólo se trataba de una institución no regentada por católicos, sino que
estaba en manos de la Iglesia «enemiga», la del papa Rojo. Amber le había explicado
que estaba decidida a darle a su madre todo lo que le pidiera y que si eso implicaba
ingresarla en una residencia regentada por la Iglesia rival, ella la apoyaría en todo.
—Vi a tu madre ayer —prosiguió Riga.
—¿En la residencia?
—Claro. Me pareció que estaba bien.
—Ha sido muy amable por tu parte, papa Pete. Se sentía culpable porque a ti no
te pareciera bien su decisión…
—No te preocupes. Le di mi bendición. Es un lugar hermoso. Pero a mí me da
vergüenza que nuestra Santa Madre Iglesia no sea capaz de ocuparse de los suyos.
—Las cosas cambian.
—Seguro —admitió él—. Da igual. Voy a quedarme aquí un par de días más, así
que, si estás de vuelta, podríamos vernos.
—Me encantaría. Te llamo mañana.
—Está bien, mi niña. Y cuídate.
Amber apagó el comunicador y lo dejó sobre la mesilla de noche, junto a la cama
del Think Tank. Hacía un rato, cuando lo había puesto en marcha, vio que estaba
lleno de mensajes de preocupación de gente que le deseaba un pronto

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restablecimiento. La noticia se había propagado. Uno de sus compañeros de natación,
así como su mejor amiga, Karen, la habían llamado. Incluso Soames le había dejado
un breve mensaje para informarle de que la presentación había ido bien y para pedirle
que le informara en cuanto tuviera novedades.
La única llamada que había hecho esa noche fue a la residencia de su madre, para
confirmar que regresaría tal como tenía planeado. Su madre se encontraba en el
último estadio de un cáncer terminal y Amber no soportaba dejarla sola. La idea de
regresar a Barley Hall, como Fleming le había recomendado, la llenaba de angustia.
Sentada en la cama, trataba de ignorar la cámara de vídeo que la observaba desde las
alturas. Ella llevaba el casquete azul de redecilla y sentía un hormigueo en el cuero
cabelludo, en los puntos en los que el gel conductor mantenía en su sitio los
electrodos.
El neurotraductor, a los pies de la cama, emitía un zumbido ligero mientras leía
los impulsos eléctricos generados por su cerebro. La mitad inferior de la pantalla de
plasma mostraba una cuadrícula con líneas horizontales, intermitentes, cada una de
un color, y que representaban las longitudes de onda de su cerebro. Algunas se
elevaban violentamente, mientras que otras se mantenían prácticamente planas. A
intervalos regulares, la imagen de la pantalla descendía para mostrar otras longitudes
de onda, que también representaban el modelo de sus pensamientos. La mitad
superior de la pantalla plasmaba los estímulos diseñados para desencadenar sus
procesos mentales. En aquel momento ella se hallaba estudiando un puzle espacial.
En él, tres líneas superpuestas a un nido de cuadrados concéntricos parecían alejarse
en la distancia y ella debía determinar cuál de las tres líneas era más corta. A pesar de
la sospecha de que se trataba de una ilusión óptica, y de que las dos claramente más
cortas eran idénticas en tamaño, optó por la de la derecha.
Llevaba más de una hora resolviendo los puzles y los ejercicios de la pantalla.
Eran pruebas inteligentes y bien diseñadas, que estimulaban la mayoría de sus
procesos cognitivos, desde el razonamiento verbal a la destreza lógica y numérica,
pasando por el trabajo de deducción intuitiva. Antes, le habían puesto una inyección
para potenciar su actividad neuronal inconsciente durante el sueño, que proporcionara
al neurotraductor una lectura más clara cuando iniciara lo que la jefa de enfermería
denominaba «los ejercicios mentales fáciles».
—Ésos los harás cuando cierres los ojos y te duermas. Será Brian quien cargue
con todo el trabajo.
Su jet-lag estaba bajo control y los puzles eran interesantes, pero le resultaba
difícil concentrarse. Su mente regresaba una y otra vez a su hermana y a su madre.
Sobre todo a su hermana.
Hablar de su gemela con Miles Fleming, ver radiografías de la época en que
estaban unidas, había reavivado todos sus viejos sentimientos de culpa, pesar y
pérdida. Acercó la mano a la mesilla de noche y sostuvo la fotografía vieja que
siempre llevaba consigo. Estaban Ariel y ella abrazadas frente a un espejo de cuerpo

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entero. Por el ángulo de la imagen, a las dos se les veía el rostro sonriente, y nada,
salvo el amor que se profesaban, parecía unirlas.
Se había pasado toda su vida en solitario tratando de resolver la culpa y la ira que
sentía al pensar en su gemela muerta. En un primer momento volvió los ojos al
catolicismo, pero por más dedicado y paciente que fue su padrino a la hora de
explicarle cuál era el punto de vista de la Santa Madre Iglesia sobre el mundo, el
dogma sobre el Juicio Final no le ayudó a sentirse mejor. Luego se concentró en la
filosofía y la física para tratar de comprender por qué las cosas eran como eran. Al
final, se había decantado por el misterioso mundo de la física cuántica y había
comenzado a estudiar las relaciones casi telepáticas que vinculaban el trillón de
partículas de polvo elemental que conformaban todo lo que existía en el universo.
Hasta el momento no había obtenido respuestas claras, pero las posibilidades que se
le ofrecían eran infinitas. Y además, de ese modo se distraía. Tal vez no hallara
significado en lo imprevisible del mundo cuántico, pero en aquella búsqueda había
hallado cierto consuelo.
El rigor intelectual y la gran dedicación al trabajo que se necesitaban para
explorar las contradicciones y dualidades de la física de partículas la alejaban de la
culpa y la sensación de pérdida que nublaban su paz mental cada vez que tenía
demasiado tiempo libre. Pero esa noche, por más que se esforzara por reprimir sus
sentimientos no resueltos hacia Ariel, no lo lograba.
Cuando Frankie asomó la cabeza por la puerta, el puzle de la pantalla se convirtió
en un crucigrama.
—Me voy a casa —le dijo—. Mañana tengo un gran ensayo clínico, pero en la
sala de observación se queda una enfermera toda la noche. ¿Va todo bien?
Amber sonrió.
—Mi mente no deja de vagar y estoy cansada. ¿Importa eso?
La enfermera negó con la cabeza.
—En absoluto. Los estímulos se usan sólo para obtener una lectura más amplia de
la actividad mental y para que se entretenga un poco. La meticulosa lógica de Brian
es flexible. Si necesita dormir un rato, no se preocupe. Para serle sincera, para el
barrido mínimo, los datos de diagnóstico más útiles los extraemos del cerebro cuando
está dormido. Buenas noches, y que descanse, doctora Grant.
—Buenas noches. Gracias.
Volvió a concentrarse en la pantalla y completó el crucigrama. Los párpados
empezaban a cerrársele y ya no vio los nuevos puzles que aparecían en ella.
Sucumbió a ese estado de extrema lucidez que existe entre la vigilia y el sueño, y la
mente la llevó de nuevo hasta su hermana.
En el transcurso de los últimos treinta años, intermitentemente, se había sentido
perpleja cuando constataba que su vida no era del todo suya. Cada vez que iniciaba
una nueva relación de pareja, era frecuente que la otra parte la acusara de encontrarse
a «kilómetros de distancia» o «con otra persona». Parecía que, ya fuera dormida o

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despierta, Ariel se hallaba enterrada en sus pensamientos, como si Amber no lograra
soltarla del todo, no pudiera limitarse a vivir su vida, pues no era sólo suya. Sólo
cuando se entregaba a su trabajo y a sus investigaciones hallaba algo de paz, se
olvidaba de la otra persona que habitaba en su mente: la niña de ocho años a la que
había querido más que a sí misma.
La niña de ocho años que, en otro tiempo, fue parte de ella.
La niña de ocho años que había muerto por ella.

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11

Sala de pacientes.
Barley Hall.

C
uando Fleming entró en el cubículo 5 de la sala de investigación con
pacientes, su vista se clavó al instante en el monitor del electrocardiograma.
—¿Cómo está, Emma? —le preguntó a la enfermera sentada junto al
aparato—. ¿El corazón late con ritmo estable?
La enfermera sonrió.
—Está estable y mañana debería seguir bien.
—Gracias. Descansa un poco. Yo me quedo a vigilarlo.
Acercándose a la cama, Fleming se fijó en que la enfermera había vestido a su
hermano con su polo de Ralph Lauren favorito, negro descolorido, y con unos
pantalones vaqueros. Llevaba el pelo muy corto, a cepillo, estilo que había adoptado
cuando estuvo en el ejército. Sentado muy tieso en la cama monitorizada, en su
cubículo, Rob seguía siendo guapo, aunque el polo y los vaqueros le quedaban
holgados, pues su cuerpo antes musculoso no los llenaba.
Fleming se detuvo junto a la cama y se plantó frente al ojo bueno de Rob.
—Hola, Rob… has hecho muy bien tus ejercicios cognitivos, y tu corazón no se
está portando mal, de modo que mañana podremos iniciar el ensayo. Pero ahora tengo
una gran sorpresa para ti. ¿Quieres verla?
Bajó la vista y la clavó en el ordenador que quedaba justo debajo del rostro de su
hermano. En una cuadrícula de cuatro por cuatro se mostraban dieciséis palabras, que
constituían todo el vocabulario de Rob desde que sufrió la embolia que lo había
dejado totalmente paralizado, salvo por el movimiento del ojo izquierdo. Recurriendo
a las señales oculográficas, los movimientos del ojo de Rob movían el cursor sobre la
pantalla. Cuando había elegido una palabra, parpadeaba y una voz generada por
ordenador pronunciaba la palabra.
—No —dijo la voz computarizada.
Fleming se echó a reír.
—En ese caso, no te la mostraré, cabrón desagradecido.
Notaba que su hermano mayor intentaba sonreír y que su sonrisa resultaba tan
forzada como su propio comentario jocoso. Rob siempre había sido su héroe, un
hombre de acción siempre más en forma, más fuerte y más rápido que él. Pero ahora,
al mirarlo, sintió una tristeza profunda y se acordó de Billy French.
Billy era un amigo de adolescencia. Compartía con él su pasión por la escalada y
todos los veranos recorrían Europa probando suerte en las cumbres de los Alpes. Rob
ya era un montañero excepcional, pero Billy y Miles no pasaban de aficionados
entusiastas. Sin embargo, como era Rob quien los guiaba, fueron superando todos los

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niveles de la escalada, hasta llegar al ED, extrêmement difficile, y llegaron a atreverse
con unas cuantas ABO, o «ascensiones abominables». Fue en la famosa cara norte del
Eiger donde ocurrió.
El verano tocaba a su fin. Fleming tenía diecinueve años y estaba a punto de
iniciar sus estudios de medicina en Cambridge. Rob hablaba de alistarse en los
Marines Reales. Billy todavía no había decidido qué hacer con su futuro, que se
extendía ante ellos, deslumbrante, lleno de posibilidades.
Había sido uno de los agostos más lluviosos que se recordaban y aquella cara de
la montaña estaba llena de escarcha y nieve movediza. Pero ellos habían llegado
hasta allí para escalar el Eiger y nada iba a detenerlos. En las cotas más bajas, cerca
de un farallón conocido como el Primer Pilar, Billy perdió el paso. Sus piolets y
crampones se separaron del hielo blando y quedó suspendido en el aire. Los
mosquetones deberían haberlo sostenido, pero los tornillos de hielo se soltaron de sus
anclajes.
Rob y Miles se sujetaron con fuerza y evitaron descolgarse de la pared, pero Billy
cayó hasta que la cuerda se tensó del todo, inició un movimiento pendular que le
llevó a chocar contra un saliente y se partió el cuello. En cuestión de segundos, pasó
de ser un joven fuerte con el futuro por delante, a un parapléjico sin ningún futuro.
Durante el interminable y dolorosísimo descenso de la montaña, Rob y Miles se
cuidaron del cuerpo entablillado de Billy, y trataron de mantenerlo consciente, con la
esperanza de encontrarse con alguien que pudiera ir en busca de ayuda. Pero no
encontraron a nadie hasta que llegaron a la base. En el último tramo, mientras
bajaban a Billy, Rob se volvió a Miles y, con la cara bronceada y a la vez pálida como
la nieve, le dijo: «Si alguna vez me sucede esto a mí, Milo, corta la cuerda y deja que
me suelte. Nunca se está tan vivo como cuando se está cerca de la muerte. Pero nunca
se está tan muerto como cuando se está atrapado en una vida que no se quiere. Así
que suéltame. Eso es lo que yo querría. Un poco de dolor no me importa, un poco de
miedo y después nada».
Dos días después, Billy murió en el hospital.
Los hermanos Fleming siguieron escalando juntos incluso después de que Rob se
casara con Susan, hacía siete años. Habían viajado por todo el mundo en busca de
nuevas montañas que conquistar y a menudo les parecía que Billy estaba con ellos,
especialmente cuando las cosas se ponían difíciles. Fleming no había olvidado nunca
las palabras de su hermano y siempre había pensado que, si alguna vez le sucedía
algo malo, sería en la montaña o en combate. Jamás se le ocurrió que sufriera un
derrame cerebral mientras conducía su Ford Mondeo por la M-1, camino de Leeds.
Mientras arrastraba la cama de su hermano, la sacaba de la sala de pacientes y
llegaba al pasillo, volvió a decirse a sí mismo que mañana lo ayudaría. Recordó la
cantidad de veces que Rob lo había sacado de alguna grieta o le había ayudado a
alcanzar un pico difícil. Ahora él apoyaría a su hermano en su ascenso más duro.
Ya había ayudado a Jake a caminar de nuevo. Mañana ayudaría a su hermano a

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hablar.
Esperaba que aquello fuera lo que Rob quería. Sus padres, especialmente su
madre, lo deseaba, sin duda. Su madre era anglicana y se había vuelto más devota aún
tras el accidente. Creía casi con fe ciega que, con el tiempo, el amor de Dios y los
conocimientos de Miles, su hijo mayor recobraría la salud.
Pero Fleming sabía, pues había asistido a largas sesiones con los psicólogos, que
lo que Rob quería era morirse. El derrame cerebral que había causado el accidente lo
había dejado parapléjico a él, pero había matado a su esposa y le había cortado las
piernas a su hijo. En dos ocasiones él había tratado de hablar con sus padres de la
depresión de Rob, pero las dos veces ellos se habían negado a escucharlo. «Es sólo
una fase —decían—. Cambiará cuando empiece a sentirse mejor».
Y cuando Fleming trató de explicarles que no había garantías de que llegara a
sentirse mejor, su madre le sonrió con coraje y le dijo que Dios y ella todavía no se
habían rendido. «Dios lo guiará».
«Sí, como cuando Rob tuvo el accidente», pensó Miles, pero no dijo nada.
A su madre ni se le pasaba por la cabeza que Rob pudiera culpar a Dios por lo que
le había ocurrido.
Durante un instante culpable, Fleming envidió a Amber. Al menos ella tenía el
consuelo de saber que su hermana ya no sufría. La situación de su hermano no había
hecho más que reafirmarlo en su convicción de que Dios no existía y de que no había
vida más allá de ésta. Nunca como entonces veía con tanta claridad que la única
decisión sensata para los hombres era sacar el mayor partido de esta vida, a pesar de
su sufrimiento, antes de que la nada se apoderara de todo para siempre. Para siempre
era mucho tiempo. Fleming sólo pretendía una cosa en relación con su hermano:
ayudarlo aquí y ahora. Necesitaba mostrarle cómo había ayudado a Jake y
convencerle de que, algún día, él también volvería a ser una persona feliz y
recuperada.
—Ya casi hemos llegado, Rob —dijo, mientras arrastraba la cama por el pasillo
en dirección a la sala de fisioterapia.
Al acercarse a las puertas batientes, la sorpresa se materializó. Jake saltaba de un
lado a otro, tan ágil y veloz que parecía que el accidente nunca hubiera sucedido.
—¡Papá, papá! ¡Mírame las piernas!
Se acercó corriendo a su cama y se encaramó a ella para darle un beso.
Pam Fleming había seguido a su nieto y se encontraba junto a la puerta.
—Estaba demasiado nervioso —dijo con una sonrisa beatífica—. No ha podido
esperar a enseñárselas.
Fleming se volvió hacia su hermano y vio que incluso el ojo bueno le había
fallado. Las lágrimas brotaban de él y no podía usarlo para escoger las palabras de la
pantalla.
—Guárdate las palabras para mañana, Rob —le dijo—. Mañana ya podrás decir
lo que quieras.

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12

El Think Tank.

C
uando Amber Grant cerró los ojos, la cámara de vídeo y Brian la observaban.
El neurotraductor no dormía nunca. Mientras registraba las ondas cerebrales
de Amber, las relacionaba con los ejercicios que había completado
comparando sus patrones de pensamiento con sus baterías de datos, en busca de
nuevos modelos que indicaran la presencia de alteraciones significativas. No dejaba
en ningún momento de aprender sobre su cerebro trazando el mapa de la arquitectura
eléctrica de su mente. Gracias al procesador óptico Lucifer, que alimentaba su propio
cerebro, ejecutaba todos esos análisis a la velocidad de la luz.
Mientras Amber estuvo despierta, el neurotraductor no detectó nada anormal, y
tampoco lo hizo cuando perdió la conciencia y descendió rápidamente por las dos
primeras fases del sueño. Cuando se adentró en la tercera fase y su cuerpo empezó a
sacudirse erráticamente, Brian tampoco captó nada que se hallara fuera de los límites
de la normalidad. Incluso en el momento en que entraba en la cuarta fase del sueño, y
la transpiración humedecía su frente, aquel lector de mente siguió emitiendo el
mismo zumbido, lo que indicaba que nada le llamaba la atención.
Sólo tras alcanzar el estado caracterizado por el movimiento ocular rápido, la fase
REM, Brian registró algo anormal en su inconsciente todavía no explorado y
caracterizado por los sueños.

* * *

Sudaba. Tenía la frente empapada en sudor, lo mismo que el camisón. Movía los
labios y balbucía algo, articulaba cada vez mejor sus palabras, hasta que de pronto
pronunció su propio nombre con voz lastimera e infantil. «Amber, Amber, ¿dónde
estás?».
Inmersa en el sueño, los movimientos oculares aleatorios se hacían visibles bajo
sus párpados. El cuerpo daba sacudidas, como si sufriera. Y entonces quedó inmóvil
y abrió los ojos.
Los recuerdos pasaron frente a ella como los pedazos de cristal de un espejo roto.
El padre Peter Riga con su sotana de jesuita sosteniendo a Ariel y a ella en brazos; la
sonrisa orgullosa de su padre cuando se graduó con matrícula de honor en Stanford;
Bradley Soames en el campus de la Cal Tech, con su máscara tintada y su ropa
protectora; su madre acariciándole el pelo y besándole la mejilla mientras ella se
quedaba dormida; su hermana apretándose contra ella y despidiéndose antes de que el
cirujano las anestesiara.
Sintió el filo hendiéndose en la cabeza. A través del intenso dolor se oyó gritar y
su voz se mezclaba con la de Ariel, y las dos trataban de aferrarse la una a la otra

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mientras las separaban. Incluso ahora, mientras su mente abandonaba su cuerpo,
Amber sentía que seguía unida de algún modo a Ariel, que seguían apartándola de
ella. Pero el dolor era emocional y no físico, era miedo, sensación de pérdida, pesar y
rabia que se combinaban en un todo. Trató de gritar de nuevo, pero no le salía la voz.
Trató de forcejear, pero no tenía cuerpo. Era una entidad amorfa, envuelta en
oscuridad, avanzando a toda prisa hacia un vacío incognoscible.
Delante, un brillante cono de luz apareció parpadeando en las tinieblas,
atrayéndola hacia su campo magnético. Viajaba tan deprisa que no tardó en hallarse
dentro de él, en ser parte de él. Parecía mantenerse inmóvil; su haz se desintegraba en
partículas a medida que ella se fundía con él, se volvía indivisible de él. Su ser ya no
era un conjunto de paquetes de luz brillante. La luz evocaba un recuerdo y ella
esperaba que Ariel volviera a unirse a ella y la condujera hasta el origen.
Pero entonces, ante la idea de que Ariel pudiera encontrarse allí, el dolor
emocional alcanzó cotas más altas, coincidiendo con el momento en que la última
conexión penetraba en ella. En ese momento deseó liberarse, cortar amarras y alejarse
flotando, en paz.
Sin embargo, no había modo de escapar de aquella zarpa elástica que tiraba de
ella y la sacaba de la luz, la devolvía a la oscuridad, la regresaba a sí misma…

* * *

Cerró los ojos, volvió a abrirlos y despertó sobresaltada. Mientras, el


neurotraductor seguía monitorizándola. Y la enfermera del turno de noche trataba de
calmarla y le secaba la frente.
Estaba tan concentrada en la paciente que no prestó atención a las longitudes de
onda que, intermitentemente, danzaban en la mitad superior de la pantalla del
neurotraductor, mientras la red neuronal de Brian asimilaba los aspectos anormales
del cerebro de Amber. Estiró la ropa de cama, que estaba muy revuelta, aliviada al
constatar que la paciente parecía más tranquila, y no se percató del cambio de tono
del aparato, que duró exactamente veintiséis segundos.
Cuando Amber Grant volvió a dormirse y la enfermera se ausentó para prepararse
un café, el neurotraductor había recuperado ya su zumbido habitual.

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Arca Roja. Ciudad del Cabo.


33° 55’ S, 18° 22’ E.

A
casi diez mil kilómetros de allí, Xavier Acosta, el papa Rojo, se encontraba
en su despacho, situado en la cubierta superior del Arca Roja. El libro
encuadernado en piel que acunaba en sus manos parecía tener más de cien
años. Las incontables veces que se había abierto por la misma página habían hecho
que el lomo se desgastara hasta rasgarse. Dejó que se abriera por el mismo pasaje por
el que siempre se abría. Respiró hondo, se arregló la túnica escarlata y dobló la pierna
lastimada para que el dolor remitiera. Empezó a leer. Sus ojos oscuros recorrían
despacio la página y saboreaba todas y cada una de las palabras de aquel texto que
tan bien conocía:

Pasaje de los Archives d’Anthropologie Criminelle, Montpellier, France, 1905

Notas sobre el experimento llevado a cabo por el doctor Baurieux y el delincuente Languille, en que el doctor
trata de comunicarse con la cabeza seccionada del condenado inmediatamente después de la ejecución en la
guillotina.
«Inmediatamente después de la decapitación, los párpados del reo se contrajeron cinco o seis segundos…
Esperé algunos más y las contracciones cesaron, el rostro se relajó, los párpados se entrecerraron sobre las
órbitas oculares, de modo que sólo era visible el blanco de los ojos, lo mismo que sucedía con los moribundos
o los que acababan de morir.
»En ese momento exclamé: “¡Languille!”, en voz alta, y vi que sus ojos se abrían lentamente y sin parpadear;
los movimientos eran definidos y claros, la mirada no era anodina ni hueca, los ojos estaban llenos de vida e
indudablemente me miraban. Transcurridos unos segundos, los párpados se cerraron una vez más, despacio y
sin vacilaciones.
»Volví a dirigirme a él. Una vez más, volvió a abrirlos despacio, sin contracciones, y unos ojos llenos de vida
me miraron con atención, dotados de una expresión aún más intensa que la de la primera vez. A continuación,
los ojos volvieron a cerrarse. Lo probé por tercera vez, pero no obtuve respuesta. El episodio completo duró
entre veinticinco y treinta segundos».
Doctor Baurieux, Montpellier, Francia, 1905

Cada vez que Acosta leía esas palabras se sentía a la vez perturbado y nervioso al
imaginar lo que los ojos de Languille habían visto en el momento en que su alma
abandonaba su cuerpo.
Alzó la vista y se concentró en las cuatro pantallas de plasma holográfico de alta
resolución que había colgadas frente a él en la pared forrada de madera. Dos de ellas
estaban en blanco. La tercera mostraba ininterrumpidamente el vídeo de su último
servicio, aunque sin sonido, y el cuarto la transmisión en directo que la BBC hacía
del momento en que el Arca Roja, de ochenta mil toneladas de peso, zarpaba del
puerto de Ciudad del Cabo para proseguir su peregrinación por el mundo; el casco
rojo sangre, la cubierta blanca que brillaba al sol africano. En un barrido por el
muelle, las cámaras captaban a las multitudes que se arremolinaban para admirar la
encarnación física de su Iglesia, la Iglesia de la Verdad del Alma, la ciudad flotante
que albergaba la catedral virtual del papa Rojo, así como a todo el personal

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administrativo y técnico que hacía posible la existencia de la primera iglesia
electrónica del mundo.
Pero mientras el Arca Roja se alejaba de Ciudad del Cabo, el cardenal Xavier
Acosta ignoraba las pantallas de televisión y las espectaculares vistas de la ciudad
que aparecían por el ventanal panorámico que quedaba a su izquierda. Estaba
impaciente por conocer el contenido del informe del doctor sobre el Proyecto Alma.
El tiempo se les echaba encima, y si los científicos no alcanzaban su meta, todo lo
que había conseguido desde el cisma con Roma, hacía diez años, no tendría sentido.
Y sin embargo, aunque estaba impaciente por recibir noticias del doctor, también
estaba nervioso por la madre Giovanna Bellini. Bajó la vista, contempló el viejo
ejemplar y trató de no pensar en ella, pero cuanto más se esforzaba por apartarla de
sus pensamientos, más regresaba a ellos.
Alguien llamó a la puerta de pronto, interrumpiendo sus divagaciones.
Acosta se incorporó.
—Pase.
Monseñor Paulo Diageo abrió la puerta, corpulento, ocupando todo el quicio.
Diageo también llevaba túnicas escarlatas, aunque, en su caso, el cordón dorado y
trenzado que las mantenía sujetas era simple y no doble. A diferencia de Acosta, que
tenía unos rasgos finos y fotogénicos, el rostro de Diageo era rudo y anguloso: una
frente estrecha, salpicada de unas cejas oscuras, ojos de gruesos párpados y una
mandíbula prominente. Sus labios carnosos, casi femeninos, no se correspondían con
el resto de la cara y conferían a sus rasgos, por lo demás inexpresivos, un aire cruel y
engreído.
—¿Es la madre Giovanna? ¿Alguna noticia?
Monseñor se encogió de hombros.
—Se ha resuelto, Santo Padre.
Como monseñor Diageo, la madre Giovanna Bellini había sido una seguidora fiel
desde el principio. Cuando Acosta llegó al Vaticano, hacía veinte años, ella era una
simple monja. Le había servido con tal devoción que cuando, un decenio después, lo
excomulgaron y fundó su propia Iglesia, ella se fue con él. Como recompensa, la
nombró una de las primeras sacerdotisas.
Hacía nueve meses, tras años de investigación en el Proyecto Alma, se había
decidido poner a prueba el avance tecnológico con pacientes agonizantes. Se
seleccionó a enfermos terminales sin familia en hospicios de la Iglesia repartidos por
todo el mundo y se certificó su muerte antes de que los llevaran a la Fundación a
morir. Como hacía falta un religioso para que administrara los últimos sacramentos, y
su devoción a Acosta era absoluta, se asignó a la madre Giovanna Bellini la misión
de ocuparse de aquellos pacientes, dando por sentado que no haría preguntas.
Pero, por supuesto, sí las hizo. Y cuando llamó a Acosta para informarle de que el
doctor y otros miembros del Consejo de la Verdad estaban asesinando a los sujetos, él
ya sabía que a los pacientes con enfermedades terminales se les facilitaba la muerte;

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era la única manera de llevar a cabo el experimento. Habría preferido no involucrar a
Diageo, pero las preguntas de Giovanna habían complicado las cosas, y el riesgo era
muy elevado. Diageo había comprendido el problema y apenas hizo falta que
intercambiaran una sola palabra. Acosta esperaba que una vez la madre Giovanna
reconociera la importancia de aquella misión sagrada, también ella se mostrara
comprensiva.
—De modo que todo está en orden.
—Eso creo.
—¿No debo preocuparme por nada?
Diageo negó con la cabeza.
—No, Su Santidad.
Acosta trató de disimilar el alivio en su voz.
—Muy bien.
—Tiene a Frank Carvelli en línea.
—Pásemelo.
Una de las pantallas de plasma holográfico que tenía delante se encendió de
pronto y Acosta vio que Frank Carvelli se dedicaba a quitarse algunos hilillos de su
chaqueta de cachemir. Era el segundo miembro de la tríada que formaba el Consejo
de la Verdad, punta de lanza del Proyecto Alma. Se trataba de un hombre de rasgos
delicados, con una piel aceitunada y fina, y un pelo sospechosamente negro, que
llevaba recogido en una coleta. Solía vestir siempre de negro. Aunque Acosta lo
consideraba vanidoso y superficial, era un comunicador brillante, algo indispensable
para la Iglesia y para el Proyecto Alma.
Carvelli era el responsable de KREE8 Industries, especializada en todo lo
relacionado con el software de comunicación y presentaciones, así como en
producciones cinematográficas y relaciones públicas. KREE8 había sido la encargada
de inventar las pantallas de plasma holográfico en las que ahora aparecía la imagen
de Carvelli. También creaba el sesenta por ciento de todos los efectos especiales
generados por ordenador que se usaban en Hollywood y se centraba en la creación de
estrellas de cine virtuales, así como en la resurrección de las que ya habían muerto.
Pero era en el campo del Internet óptico, u Optinet, en lo que la empresa tenía su
principal activo. Con él, la realidad virtual en tiempo real llegaba a todo el mundo.
Había sido KREE8, y Carvelli en particular, quien había contribuido a explotar el
potencial de la revolución iniciada por el ordenador óptico Optrix, creando la iglesia
electrónica de Acosta, algo sin precedentes. Los cascos Webcrawler de KREE8
permitían a millones de personas asistir a los servicios religiosos de Acosta en
directo, como si los presenciaran en persona.
Además, Carvelli comprendía bien el funcionamiento de los medios de
comunicación. Sus contactos y su mano izquierda habían permitido a Acosta
convertirse en el fenómeno de masas que era. Acosta era consciente de ello, aunque
sospechaba que Carvelli estaba más interesado en apoyarle a causa del poder y la

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presencia pública que obtenía al asociarse con la mayor Iglesia del mundo y no
porque tuviera fe en su proyecto.
—Santidad —dijo Carvelli—. El nuevo equipo ya está prácticamente terminado.
Lo que nos hace falta ahora es contar con un día de su tiempo para cargar su imagen
y sus movimientos musculares, capturar su perfil de voz y tomar un molde completo
de su cuerpo. Dígame cuándo y dónde, y yo lo organizaré.
—Es Diageo quien me lleva la agenda, hable con él; pero ¿no le parece que es un
poco prematuro, considerando que no hemos completado del todo la primera etapa
del proyecto?
Carvelli asintió.
—Un componente nuevo ha hecho que el doctor se sienta muy seguro de lograr el
objetivo. Me ha pedido que lo preparemos todo para poder avanzar más deprisa
cuando llegue el momento.
Acosta controló su enojo. El Proyecto Alma era sagrado; era su proyecto, y aun
así, el jefe del Consejo de la Verdad, el hombre que insistía en que se le llamara por el
anónimo sobrenombre de «el Doctor», tomaba cada vez más las decisiones.
—¿Y qué es ese componente nuevo?
—Como sabe, el Doctor es un hombre cauto. No quiere decírmelo hasta que esté
más seguro, pero se muestra esperanzado. Y cuando el Doctor está esperanzado por
algo, casi siempre sale algo positivo. Estoy seguro de que le contará más cosas en la
siguiente reunión. Me pondré en contacto con monseñor Diageo para ver qué fechas
tiene disponibles.
—Gracias, Frank.
Cuando Carvelli desapareció de la pantalla, Diageo volvió a llamar a la puerta.
—Santidad, me pidió que le avisara quince minutos antes de la emisión.
Acosta se levantó de la silla. Enderezó su maltrecho cuerpo, se estiró hasta
alcanzar su altura total, de más de metro ochenta, y echó hacia atrás los hombros. A
pesar de sus sesenta y ocho años, seguía siendo delgado e imponente ataviado con sus
túnicas. Sintió que la adrenalina se apoderaba de su cuerpo y se dispuso a dirigirse a
sus fieles de todo el mundo: los millones de seguidores que ya se conectaban para
asistir a la ceremonia virtual.

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14

Barley Hall.
Mañana siguiente.


S
e lo digo en serio, Miles, ayer noche volví a morirme —dijo Amber,
pálida y ojerosa.
Fleming frunció el ceño.
—La enfermera dice que tuvo una pesadilla.
—No fue una pesadilla. Yo no sueño. Ariel soñaba, pero yo no. Ésa era una de las
cosas que nos diferenciaba. Lo que sucedió ayer noche fue muy real. Fue una
repetición de la experiencia cercana a la muerte que viví mientras me operaban.
Entonces estuve a punto de morir. Ariel murió.
Fleming se sentó tras el escritorio de su despacho, haciendo esfuerzos por no
consultar el reloj. La prueba de Rob debía comenzar en menos de dos horas y el taxi
de Amber esperaba fuera para llevarla al aeropuerto. Esa mañana se había levantado
temprano y, después de correr un poco por el paseo del río y de tomar un desayuno
ligero, había salido de casa hacia las siete. Su madre y Jake estaban instalados en su
casa y habían quedado en acudir a la clínica más tarde para poder hablar con Rob en
caso de que la prueba saliera bien. La mañana de octubre era excepcionalmente
soleada y había bajado la capota de su Jaguar deportivo, algo viejo ya, y había
recorrido a gran velocidad las carreteras flanqueadas de tierras llanas, pantanosas, que
lo separaban de Barley Hall. El buen tiempo era un presagio halagüeño para la prueba
de Rob y había llegado al centro de buen humor, con la esperanza de pasar las
primeras horas del día preparándola. Pero Amber se lo había impedido.
—Vamos, Amber, entiendo que se sienta alterada por su sueño, pero no sé si es
consciente de lo que está diciendo.
—No ha sido un sueño —insistió, testaruda, frotándose el lóbulo de la oreja.
—Está bien, cuénteme ese sueño, esa experiencia.
—Ya se la he contado. Salgo de mi cuerpo y me precipito por la oscuridad hacia
una luz brillante. Me muevo tan deprisa que le doy alcance. Después, soy parte de
ella. Y de pronto, como si estuviera sujeta de una goma elástica, retrocedo hasta mi
cuerpo y regreso a la vida. El único modo que tengo de describirlo es comparándolo
con un salto de puenting.
—¿Y Ariel participaba?
—Bueno, eso es lo raro. No llegué a verla, pero existía una especie de conexión,
aunque no me resulta fácil explicarla. Como imanes de la misma carga, cuando más
tratábamos de acercarnos, más fuerte era la fuerza que nos mantenía separadas.
Éramos como átomos que se atraen cuando están a poca distancia, pero que se
repelen cuando se juntan. Éramos dos personas metidas en una puerta giratoria: por

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más que empujáramos para encontrarnos, el encuentro era imposible.
Fleming sonrió comprensivo. Al vincular de manera consciente los dolores de
cabeza a su hermana muerta, Amber había liberado un torrente de recuerdos
reprimidos y de emociones desde su inconsciente. Al menos ésa era su opinión.
—A mí me suena a sueño, Amber, o a recuerdo retrasado. Ariel sigue
inmiscuyéndose en sus pensamientos de tanto en tanto. ¿No es cierto?
—Sí.
—Y ayer, cuando hablamos de sus dolores de cabeza, usted se centró
especialmente en ella. De modo que es comprensible que su subconsciente…
—No es sólo eso —insistió ella, vehemente—. Una parte de ella me buscaba,
intentaba encontrarme, trataba conscientemente de advertirme de algo… —Hizo una
pausa, frunció el ceño, como si se percatara de lo raras que sonaban sus palabras—. A
mí no me pareció un sueño.
—Los sueños casi nunca nos lo parecen. Ayer noche Frankie le administró un
estimulante para ayudar al neurotraductor a obtener una lectura mejor de sus señales
neuronales, un estimulante que con frecuencia produce un efecto de relajación del
subconsciente, que desencadena sueños, incluso sueños reprimidos. Y eso es bueno,
pues le proporciona a Brian más material de análisis, y de ese modo comprende mejor
qué sucede en su interior. Amber, los sueños son poderosos, y con frecuencia parecen
más reales que la realidad. Como ya comentamos, le sugiero que regrese en cuatro o
cinco días para completar el análisis. ¿Cree que puede aparcar sus responsabilidades
durante un mes?
Amber vaciló un instante y asintió.
—Sí, quiero resolver esto. Tengo que hacerlo.
—Y lo resolveremos —la tranquilizó él—. Esperaremos a que regrese de
California y dejaremos que el neurotraductor termine su análisis inicial. Podemos
aplicar todos los escáneres complementarios que consideremos oportunos antes de
analizar su cerebro en el momento en que éste sufra un dolor de cabeza fantasma.
Revisaré los resultados de sus datos básicos en cuanto pueda. Si veo algo anormal, se
lo comunicaré de inmediato. ¿De acuerdo?
—¿Pensará al menos en lo que le he dicho?
—Por supuesto. Investigaré todas las vías exhaustivamente. Ha acudido a mí para
que le cure sus migrañas fantasmas. Lo revisaré todo, todo lo que sea relevante para
el caso. Pero le anticipo que encontraremos una explicación racional a esto. Una
explicación médica. Siempre la hay.
Amber volvió a fruncir el ceño.
—¿Ah, sí?
—Sí —insistió él, confiado—. Siempre.

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El Think Tank.

H
acia las once, Fleming se encontraba ya junto a la cabecera de la cama de
Rob, en el Think Tank. El equipo ya se había reunido. Apostado junto al
neurotraductor estaba Greg Brown, un australiano pálido y con gafas que
había estudiado electrónica informática en Sydney y en California antes de
trasladarse a Cambridge para trabajar como asistente técnico y especialista
informático de Fleming. Frankie Pinner se hallaba al otro lado de la cama, revisando
las constantes vitales de Rob en los monitores contiguos.
Fleming se inclinó sobre su hermano. La pantalla de comunicación ocular se
había retirado para poder llevar a cabo la prueba, de modo que sólo podía responder
no o sí según parpadeara una o dos veces, respectivamente.
—Rob, ¿comprendes lo que va a suceder hoy?
Fleming y Brown habían pasado meses calibrando a Brian no sólo para que
amplificara e interpretara las ondas cerebrales, sino también para convertir sus
modelos en palabras. Durante el último mes, Rob había estado leyendo en silencio
textos seleccionados mientras Brian leía su mente, relacionando sus patrones de
pensamiento con las palabras que leía y hallando conexiones simples. Conectando la
máquina a un sintetizador de voz, Fleming quería traducir las palabras pensadas por
Rob a la lengua hablada. Y hoy era el día.
Decidió ser directo.
—Existen riesgos, Rob. Debes comprender que aunque esta prueba no representa
para ti ninguna amenaza directa, te encuentras muy debilitado, sobre todo tu corazón,
y el menor agotamiento podría resultarte excesivo. No debes sentirte presionado.
Quiero y necesito que esto te quede claro. Después de lo que acabo de decirte,
¿quieres seguir adelante con la prueba?
Rob parpadeó dos veces.
—Rob, ya conoces cómo funciona este ejercicio —prosiguió Fleming—. Algunas
palabras aparecerán en la pantalla de estímulos. Esas palabras representan todas las
que el ordenador reconoce a partir de los ejercicios que has realizado en el último
mes. Cuando las hayas visto, tómate tu tiempo y piensa en todas y cada una de las
palabras que quieres decir. Concéntrate sólo en la palabra que quieres en cada
momento. No te compliques y no te preocupes por la gramática. ¿Entiendes?
Dos parpadeos.
—Perfecto.
Fleming miró a los demás presentes en la sala. Frankie seguía comprobando las
constantes vitales en los monitores. Fleming constató que el electrocardiograma se
mantenía constante y que había oxígeno preparado por si hacía falta. Una enfermera

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de refuerzo permanecía junto a la puerta. Greg seguía junto al neurotraductor,
monitorizando las dos mitades de la pantalla de plasma.
La superior, que reproducía la actividad de las ondas cerebrales de Rob, mostraba
una cuadrícula traspasada por delgadas líneas horizontales que oscilaban y
despuntaban independientemente. En la inferior, las palabras aparecían por abajo y
ascendían hasta desaparecer por el extremo superior, como los títulos de crédito de
las películas. Reflejaban el texto que Rob había introducido en la red neuronal de
Brian en el transcurso de las últimas dos semanas. Se trataba de términos simples:
«ayuda», «amor», «ir», «necesito», «juego», «pelota»; el vocabulario de un niño algo
menor que Jake. Pero al fin y al cabo eran palabras, bloques de construcción básicos
para rellenar el vacío comunicativo que se abría entre Rob y el mundo.
Mientras aparecían las palabras, Fleming veía que las líneas en la mitad superior
de la pantalla iban cambiando; el patrón de las longitudes de onda formaba una firma
de pensamiento única para esa palabra. Fleming fue observando las palabras que
aparecían hasta que la lista se agotó.
«La programación se ha completado», apareció escrito en la mitad inferior de la
pantalla.
Fleming observó a Greg y a Frankie.
—¿Todos preparados?
Los presentes asintieron al unísono.
Entonces se volvió hacia Rob.
—¿Preparado tú también?
Clavó la mirada en el ojo izquierdo de su hermano y aguardó el doble parpadeo.
Pero no se produjo.
Lo que pasó, mientras miraba el ojo inmóvil de Rob, fue que oyó el crepitar de la
electricidad estática que provenía de los dos altavoces situados sobre la cama y, a
continuación, por el rabillo del ojo, se fijó en el movimiento de la mitad superior de
la pantalla de plasma. Se volvió y vio que la palabra «Sí», estaba escrita en la inferior.
Pero lo que le puso la carne de gallina y le erizó el vello de la nuca fue oír la voz
inconfundible que emitían los altavoces, que reproducía el mismo monosílabo: «Sí».
Sin atreverse a mirar a los demás. Fleming mantuvo la mirada fija en Rob.
Probaría con otra pregunta cerrada.
—¿Estás de acuerdo en que yo soy, de los dos hermanos, el más guapo?
De nuevo se hizo una pausa, más larga esta vez, y por un instante Fleming pensó
que lo del «sí» había sido un golpe de suerte.
Pero entonces la pantalla se iluminó. Las líneas de la parte superior parpadearon y
en la mitad inferior apareció una palabra. Seguida de dos más.
«No —pronunció la voz por los altavoces—. No. No. Feo».
Una carcajada de alivio recorrió la sala.
Había llegado el momento de formular una pregunta abierta.
—¿Puedes decirme cómo te sientes, Rob?

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Otra pausa y tres palabras más aparecieron en la mitad inferior de la pantalla. Casi
al momento, la voz impersonal habló de nuevo desde los altavoces: «Bien-es-hablar».
Por el rostro de su hermano resbalaban las lágrimas y Frankie se adelantó para
secárselas. «Como-si-escalar-libertad».
Fleming había programado una voz de pronunciación natural para que la dicción
lenta de Brian, que separaba mucho las palabras, fuera menos robótica que la de los
primeros sintetizadores de voz.
—Funciona —susurró Greg, de pie junto a Fleming—. Funciona, maldita sea.
De nuevo el crepitar de la electricidad estática precedió a las palabras.
«Sí. Bien. Hablar. Gracias. Gracias. Milo».
—Es maravilloso oírte, Rob —respondió Fleming—. Mamá y Jake esperan en el
pasillo. ¿Quieres decirles algo cuando entren a verte?
«Querer Jake. Querer mamá. Querer papá. Querer tú, Milo».
Nosotros también te queremos, Rob.
«Hablo. Mucho-querer-decir. Pero-poder-no».
—No te preocupes, Rob. Tómate tu tiempo. Ahora sólo estamos tú y yo y puedes
decirme a mí lo que quieras. Eso ya lo sabes. Lo que quieras. ¿De acuerdo?
«Sentir-mal-Susan. Y Jake. Sentir-que-matar-Susan. Sentir-que-daño-a Jake».
Miles clavó la mirada en el ojo de su hermano.
—Rob. Lo que sucedió fue horrible, pero no fue culpa tuya. Sufriste un derrame
cerebral. No pudiste evitarlo.
«No. No. No».
—Rob. Tú no podrías haberlo…
Pero a medida que los pitidos constantes del electrocardiograma perdían su
regularidad y se fundían en una alarma continua, Miles se dio cuenta de que su
hermano no discrepaba de él. Su hermano gritaba, alterado.
—¿No qué, Rob? —le preguntó, y le pareció que a él también iba a salírsele el
corazón del pecho—. ¡Háblame, Rob!
El crepitar de los altavoces se oyó de nuevo y el cuerpo paralizado de su hermano
comenzó a agitarse.
—¿Qué te pasa, Rob? —Insistió Fleming—. Dinos qué te pasa.
Pero su pregunta se encontró con un silencio roto sólo por la alarma del monitor.
Frankie se inclinó sobre Rob tratando de frenar las convulsiones. Su voz, aunque
calmada, transmitía urgencia.
—Pulsaciones de setenta a noventa. Respira con dificultad. Taquicardia. Necesita
oxígeno.
Cogió la mascarilla y se la acercó a la boca.
El electrocardiograma se puso plano.
—Cargad los desfibriladores —ordenó Frankie. La otra enfermera se fue
corriendo hasta donde se encontraban. Los monitores que marcaban las constantes
vitales parpadeaban con furia.

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Frankie agarró los desfibriladores.
—Apartaos.
Se fijó en el electrocardiograma mientras la corriente pasaba por el cuerpo
paralizado de su hermano.
Nada.
Frankie lo intentó de nuevo, pero la línea siguió plana.
Un nuevo intento.
En ese momento la línea ascendió, errática, antes de descender de nuevo.
La enfermera lo intentó una cuarta vez.
Fleming oyó entonces el ruido de los altavoces, seguido de cuatro palabras
pronunciadas con tal claridad que casi le hicieron perder el sentido.
«Cortar-la-cuerda-Milo».
En ese instante se encontraba en el Eiger y su hermano bajaba la vista y veía a
Billie French. «Nunca se está tan vivo como cuando se está cerca de la muerte. Pero
nunca se está tan muerto como cuando se está atrapado en una vida que no se quiere.
Si alguna vez me pasa esto a mí, Milo, corta la cuerda y deja que me suelte. Eso es lo
que yo querría. Un poco de dolor no me importa, un poco de miedo, y después nada».
Fleming miró la línea del electrocardiograma, que se mantenía insistentemente
plano tras cuatro intentos de reanimar el corazón de su hermano.
—Rob, háblame.
—Cortar-la-cuerda-Milo —repitió él.
—¡Necesitamos la epinefrina! —Gruñó Frankie a la enfermera más joven, que
trataba de abrir el envase sellado al vacío. Impaciente, se lo quitó y, tras rasgarlo ella
misma, extrajo la jeringa preparada. La sostuvo como una daga y se preparó para
clavársela directamente en el corazón a través de la caja torácica.
Pero cuando estaba a punto de hacerlo, Fleming le agarró la muñeca.
—¿Qué haces?
—Deja que se vaya —balbució serenamente, con los ojos arrasados en lágrimas
—. Deja que se vaya.
—Pero Miles —objetó Frankie—. Es…
—Deja que se vaya —repitió él sin dejar de observar el electrocardiograma y de
oír el pitido de alarma.
No sabría decir cuánto tiempo permanecieron así antes de que le soltara la mano a
Frankie y dijera en voz muy baja:
—Ya se ha ido.
Las enfermeras y Greg miraron a Fleming y él sintió que algo se hundía en su
interior. Hacía sólo unos minutos había sido testigo de un logro increíble y de pronto
todo se había estropeado. Se suponía que debía ayudar a hablar a su hermano y
después, con tiempo, lograr que su cuerpo volviera a ponerse en marcha. Se suponía
que debía proteger y salvar a su hermano, lo mismo que él lo había salvado tantas
veces a él en la montaña. Lo que no se suponía era que tuviera que ayudarlo a morir.

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Miró a Rob, tendido en la cama. Parecía dormir, pero al fijarse más se dio cuenta
de que su hermano se había vuelto un extraño para él. El cadáver era exactamente
igual a Rob, pero al mismo tiempo muy distinto, como si su esencia se hubiera
esfumado.
Consultó la hora y tragó saliva.
—Hora de la muerte, once cincuenta y ocho a. m.
En silencio, el equipo pasó los minutos siguientes recogiéndolo todo mientras
Fleming se armaba de valor para comunicar a su madre y a Jake una noticia que él
todavía no había asimilado. Al menos Rob ya no sufriría más. Se había ido donde el
sufrimiento no podía alcanzarlo.
Entonces, al darse la vuelta para salir del Think Tank, se quedó helado.
De los altavoces del neurotraductor llegó el crepitar de la electricidad estática. El
volumen era más fuerte que antes y la voz sonó distinta, más turbia, como si la señal
se estuviera perdiendo.
«Milo. Ayudarme-hermano. No-poder-resistir-mucho-más. Caer. Sujetarme».
A Fleming se le había secado la boca, pero se obligó a sí mismo a mantener la
calma. ¿Cómo podía estar sucediendo eso? ¿Qué había hecho?
—Rob, ¿qué pasa?
Miró a Frankie para cerciorarse, pero ella seguía concentrada en los monitores.
El crepitar de los altavoces se hizo más fuerte.
«Caer. No-aguanto-más. Prométeme-cuidar-Jake», dijo la voz.
—Te lo prometo —balbució Miles—. Pero espera, todavía no te hemos perdido.
La voz se difuminaba, aunque lo perverso del caso era que cada vez se expresaba
con mayor fluidez. Observando la mitad superior de la pantalla del neurotraductor,
Fleming vio que todo rastro de onda cerebral había desaparecido. Le quitó los
mandos a Greg y buscó frenéticamente todos los gráficos pero, en efecto, éstos no
mostraban ninguna actividad cerebral, las señales aparecían inertes. Pero entonces
volvió a subir y vio que, en el extremo superior del espectro de frecuencias perduraba
cierta actividad en la señal de la onda.
—Dios, hermano, ayúdame. No estoy bien. Aquí hay algo malo. Tengo que
decirte…
—¿Decirme qué, Rob? —Fleming le preguntó presa de la desesperación—.
¿Cómo puedo ayudarte?
Las palabras que salían de los altavoces parecían cada vez más alteradas.
—No… Ayuda… Debes… Importante… Peligroso… Cuida de Jake…
Aquellas angustiosas palabras fueron difuminándose hasta perderse en el crepitar
de la electricidad estática, hasta que al fin se hizo el silencio.
—Vamos, Rob —suplicó Fleming con la boca más seca que un papel de lija—.
Háblame.
Se volvió hacia Frankie, a la que sorprendió consultando el reloj. Sus mejillas,
habitualmente sonrosadas, mostraban una palidez cadavérica y tenía los ojos abiertos

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como platos.
—Hace mucho que ha muerto, Miles —susurró—. Lo hemos perdido con el
primer ataque y ya no hemos podido reanimarlo.
—¡Eso es imposible! ¿De dónde venían sus últimos gritos de auxilio?
—Dios sabe —dijo Frankie—. Pero lleva casi seis minutos clínicamente muerto.

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Condado de Marin, California.


Un día después.

E
l vuelo de Amber llegó de noche y ella regresó a su espaciosa y diáfana casa
de Pacific Heights. Despertó a la mañana siguiente. El sol brillaba en un cielo
azul, californiano, y la brisa tibia que soplaba desde la bahía la ayudó a
disipar el escalofrío residual del sueño de la otra noche, aquel sueño en que moría y
que todavía le impresionaba recordar. Se montó en su Mercedes y, tras atravesar el
Golden Gate, llegó a la residencia de la Iglesia de la Verdad del Alma, que se
encontraba en el condado de Marin.
La monja con hábitos color escarlata, que atendía tras el mostrador del vestíbulo
bañado por el sol, era expeditiva y eficaz.
—En este momento están bañando a su madre, doctora Grant —le dijo—. Si se
sienta en la sala de espera, la avisaremos cuando esté lista.
Amber se alegró al ver que el linóleo del suelo era nuevo y que las paredes
estaban recién pintadas. Estaba más en deuda con Gillian Grant que si ésta hubiera
sido su madre biológica, y cada vez que se sentía culpable por pagar a la Iglesia por
cuidarla, Amber se recordaba a sí misma que esa residencia, que la Iglesia de la
Verdad del Alma había adquirido de la Iglesia católica, era la mejor de la zona.
Como muchas otras organizaciones católicas de todo el mundo, había entrado en
declive a medida que la nueva Iglesia del papa Rojo, la de la Verdad del Alma,
incrementaba su popularidad. En otro tiempo, eran monjas ataviadas con sus hábitos
negros las que recorrían sus pasillos, pero las de ahora vestían de rojo. La residencia
ofrecía el mejor cuidado posible y se hallaba situada en un entorno de gran belleza.
Todos los ocupantes disponían de su propio apartamento privado, con acceso a la
piscina comunitaria, el restaurante y los preciosos jardines, de los que su madre se
había enamorado.
Amber habría preferido que Gillian se quedara con ella cuando su padre murió,
hacía cinco años, pero ella no soportaba la idea de ser una carga para su hija; no
quería que renunciara a su independencia. Cuando enfermó, le pidió que la llevara
allí, porque en aquel lugar podría disponer de lo mejor de los dos mundos: asistencia
profesional las veinticuatro horas y su propio espacio privado.
Desde la pared, frente a Amber, un retrato del papa Rojo la observaba. Incluso en
fotografía aquel hombre resultaba carismático. Poseía una nariz aguileña, pómulos
prominentes, una piel cobriza y lisa que disimulaba sus sesenta y ocho años. Llevaba
un birrete escarlata en la cabeza, a juego con sus lujosos ropajes y con el crucifijo
que, colgado de una cadena de oro, lucía sobre el pecho. También vio la imagen de
una embarcación magnífica, roja y blanca, diseñada a la manera de una catedral

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gótica, la famosa Arca Roja, también conocida como El Vaticano Flotante, que
navegaba por todo el mundo sin cesar, evitando así cualquier bandera nacional de
origen en su incansable peregrinar por todo el globo. Era desde el Arca Roja desde
donde el nuevo papa predicaba al mundo, en la primera iglesia electrónica que había
existido jamás. En una esquina de la sala, un televisor con el volumen bajo mostraba
al papa Rojo en acción, celebrando uno de sus servicios online a bordo del Arca Roja.
Por la parte inferior de la pantalla pasaba el siguiente mensaje: «Asista al servicio
online: www.arcaroja/iglesia-alma-verdad.com».
Tras la silla, a su izquierda, había un estante con tres navegadores KREE8
disponibles. Se trataba de tres cascos inalámbricos convencionales, dotados de un
visor, unos auriculares, un micrófono y un dispensador nasal de aromas. Sobre el
estante, un aviso animaba a Amber a «subir a bordo del Arca Roja y asistir a la
ceremonia en directo con el papa». Se puso el casco y se ajustó los auriculares de
espuma y el dispensador nasal.
Lo primero que vio fue una página de bienvenida y un montaje de vídeo del estilo
de los de la MTV en el que se presentaba al papa Rojo.
«Comprendiendo que su experiencia cercana a la muerte era una señal para
concentrar todas sus energías y su pasión en lo espiritual —decía una voz en off—, el
cardenal Xavier Acosta se ordenó sacerdote católico y no tardó en ascender en la
jerarquía, hasta que fue trasladado a la Santa Sede, en Roma. A los cincuenta y cuatro
años, Su Santidad ya era una de las personalidades más influyentes de la Iglesia
católica, uno de los llamados Tres Papas de Roma. Junto con el Pontífice —el papa
Blanco— y el Superior General de los Jesuitas —el papa Negro—, el cardenal Acosta
era el Gran Inquisidor del Vaticano, el papa Rojo. Pero incluso la Iglesia católica
romana se hallaba en conflicto, luchaba por sobrevivir a la corrupción, la misoginia y
los escándalos que afectaban a la curia y a muchos obispos de todo el mundo.
»Su Santidad manifestó su decisión de reformar muchos frentes, incluida la
negativa a que las mujeres tuvieran más peso en la Iglesia, o las reticencias a que los
curas pudieran casarse. También pretendía modificar los objetivos del Instituto de los
Milagros para que éste dejara de ocuparse de validar las pretensiones milagrosas y
pasara a emplear las nuevas tecnologías para buscar pruebas de la mano de Dios en
numerosos casos. Pero la derecha reaccionaria y su papa títere impedían
sistemáticamente la materialización de sus propuestas.
»Esperó a que el papa, enfermo, muriera, antes de dar el paso. Como uno de los
pocos miembros del colegio de cardenales menor de setenta años, el cardenal Acosta
era “papable” y contaba con considerable apoyo. Si se convertía en Sumo Pontífice
podría convertir la Iglesia en el poderoso cuerpo espiritual que Dios deseaba.
»Pero no pudo ser. Otros cardenales temían su ambición y ansia de reformas
drásticas. Votaron a uno de los suyos para mantener el statu quo. Su Santidad ya no
podía permanecer en silencio por más tiempo y se vio obligado a atacar a su propia
Iglesia, abogando por una reforma agresiva que asegurara su supervivencia. El apoyo

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que obtuvo dentro y fuera de la Iglesia, incluida la poderosa organización laica del
Opus Dei, le dio ánimos para seguir. Finalmente, el nuevo papa lo llamó a capítulo y
acabó excomulgándolo».
Amber siguió escuchando la voz que explicaba que, en el plazo de seis meses,
había recabado el apoyo de una cantidad impresionante de personas, que le ayudaron
a fundar la primera Iglesia electrónica, la Iglesia de la Verdad del Alma, y que Acosta
conservó la mayoría de los atavíos de su antiguo oficio, por lo que pasó a ser
conocido como el papa Rojo.
El vídeo concluía con escenas triunfantes del Arca Roja en su peregrinación
global, mientras la voz en off aseguraba que, en los últimos diez años, el ministerio
electrónico de Acosta había florecido hasta convertirse en lo que era hoy: una parte
vital e integral del mundo, cimentada sobre la tecnología y receptiva a nuevas ideas.
Al pie de aquella página de inicio virtual había una instrucción: «Pulse el botón
del casco para asistir al servicio».
Amber lo hizo y, al momento, se vio transportada a una realidad alternativa. Dejó
de encontrarse en la sala de espera de la residencia, viendo un vídeo, y pasó a verse
sentada en la primera fila de un anfiteatro surrealista. Si volvía la cabeza veía a otros
fieles de la congregación como si estuviera sentada entre ellos. Casi le parecía sentir
el roce de la chaqueta de quien se sentaba a su lado. Delante, oía la voz envolvente
del papa Rojo con tanta claridad como si éste se hallara a escasos metros de ella.
«La tecnología no tiene por qué socavar la fe religiosa —afirmaba en ese
momento, en respuesta a una pregunta—. Fue Einstein quien dijo que la religión sin
ciencia es ciega y que la ciencia sin religión es coja. La ciencia debe avalar la fe y
convertirla en algo más poderoso. No sólo en conocimiento, sino en algo mucho más
ambicioso: la Verdad».
El papa Rojo se sentó en una silla espartana situada en el centro del estrado. A
Amber, la informalidad del escenario le recordaba más a un programa de televisión
que a un oficio religioso, pero aquélla era una de las razones por las que el ministerio
del papa Rojo era tan popular, tanto entre los viejos como entre los jóvenes. Su
poderosa combinación de liderazgo carismático, valores religiosos simples y
tecnología punta resultaba irresistible. Estrellas de cine, ídolos del rock e influyentes
políticos de todo el mundo solían realizar apariciones como invitados durante los
servicios. Todos querían beneficiarse de la gloria que irradiaba.
Amber notaba la respiración y los movimientos de la gente que tenía alrededor y
sus fosas nasales detectaban el aroma a incienso. Admiraba las columnas y los arcos
que se alzaban hacia un cielo perfecto. Era como si no se hallara en absoluto en un
espacio terrenal, sino en algún templo celestial. La congregación parecía ilimitada,
representaba a todos los que, como ella, asistían virtualmente, en línea.
A su izquierda, suspendidos en el aire, unos dígitos giraban sin cesar, como la
carrera de un taxímetro o un cuentakilómetros. Representaban el número de personas
que asistían a la ceremonia online, a través de Optinet, y el de quienes la seguían por

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los canales de televisión que pagaban por los derechos de emisión. Si la cifra era
correcta, en aquel momento el papa se dirigía a más de quinientos millones de
personas en todo el mundo: casi la mitad de la cifra total de católicos del planeta,
según el cálculo de Roma. La Iglesia de la Verdad del Alma ya contaba con más de
mil quinientos millones de seguidores.
Una luz roja le parpadeó en el rabillo del ojo y la alertó de que algo sucedía en el
mundo real. Amber sintió una mano en el hombro. Se quitó el casco y se volvió hacia
la monja que estaba de pie, a su lado.
—Doctora Grant, su madre ya está preparada para recibirla.

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17

C
uando Amber entró en la suite 21 de la segunda planta, su madre estaba
sentada en una silla de ruedas, con el pelo cano recién lavado y cepillado.
Los ventanales que daban a la soleada terraza estaban abiertos y una brisa
amable mecía las cortinas traslúcidas. Después del baño, iluminada por aquella luz
difusa, no parecía enferma. Aunque su delgadez era extrema, tenía las mejillas
sonrosadas y los ojos brillantes. Había pocas señales visibles del cáncer que minaba
su cuerpo.
Sobre la mesilla de noche reposaban tres fotografías enmarcadas. La primera
mostraba a los padres de Amber sonrientes, en una playa. La segunda, a Amber y a
Ariel de niñas, con sus vestidos azules idénticos. La tercera era un retrato de toda la
familia delante de San Pedro del Vaticano, acompañados del padrino de Amber, papa
Pete Riga, que aparecía algo separado del resto, vestido con su sotana negra, las
manos enlazadas a la espalda.
El rostro de su madre se iluminó cuando Amber entró en la habitación y la
abrazó.
—Amber, ¿cómo te sientes? Me enteré de tus dolores de cabeza por televisión.
¿Por qué no me lo habías dicho antes?
Amber se sintió algo culpable al saber que su madre enferma se preocupaba por
su salud.
—No quería preocuparte, mamá, y además estoy bien. No es nada. —Se sentó
junto a ella—. Esta noche voy a cenar con papa Pete. Me ha dicho que vino a verte el
otro día.
Gillian Grant asintió.
—Conversamos sobre los viejos tiempos y me quitó un gran peso de encima
cuando bendijo mi decisión de instalarme aquí. —Hizo una pausa—. Pero a ti te pasa
algo. Lo noto.
Amber suspiró y decidió contárselo todo a su madre: los dolores de cabeza,
Fleming, el neurotraductor, su sueño.
—Lo más raro es que siento que Ariel trata de decirme algo. Es como si, desde
que murió, nunca hubiera abandonado mi cabeza.
Su madre sonrió.
—Eso no es tan raro, Amber. Ariel tampoco ha estado nunca muy lejos de mis
pensamientos. Tu hermana y tu padre siempre vivirán en mí. Y cuando yo me vaya,
seré yo quien vivirá en ti. Los seres humanos somos nuestras relaciones. Y cada vez
más, a medida que me acerco al final de mi vida, me doy cuenta de que éstas son todo
lo que existe.
Amber quiso explicarle que era algo más que eso, pero no lo hizo, porque
reconocía una verdad profunda en las palabras de su madre. El mundo cuántico se
limitaba a relaciones y uniones entre partículas elementales. ¿Por qué iban a ser

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distintos los seres humanos?
—¿Tienes que volver a Inglaterra a curarte esos dolores de cabeza? —le preguntó
su madre.
—Debo pasar un mes allí, sí. —Amber frunció el ceño—. Pero estoy preocupada
por ti.
Su madre movió la mano para apartarle aquella idea de la mente.
—¿Preocupada por qué? Debes ir. No te preocupes por mí. Yo seguiré aquí
cuando vuelvas. Los médicos dicen que me queda un año, así que es mejor que vayas
lo antes posible. —Le agarró la mano y se la apretó—. Estoy muy orgullosa de ti,
Amber, y de todo lo que has conseguido, pero tal vez estos dolores de cabeza sean
una bendición camuflada. Una oportunidad para que dejes de culparte por lo que le
sucedió a Ariel y para que empieces a ocuparte del resto de tu vida. A Ariel le
gustaría que fueras feliz. Siempre cuidaba de ti y no soportaría saber que te está
causando infelicidad. Permite que las cosas sigan su curso.
Amber se apoyó en el respaldo de su silla y dejó que aquellas palabras sabias y
amorosas se posaran sobre ella. La echaría mucho de menos cuando muriera. Aunque
era difícil pensar en su muerte teniéndola allí delante; Gillian era una mujer llena de
vitalidad.
Al cabo de un rato, acompañó a su madre al jardín y, mientras empujaba la silla
de ruedas, se dedicaron a compartir recuerdos y a hacer planes.
A la hora de comer la llevó a su habitación y la ayudó a meterse en la cama. Antes
de despedirse, la besó en la frente, como su madre hacía con ella y con Ariel cuando
eran niñas. Cuando ya se volvía para irse, se detuvo y trató de detener mentalmente la
escena apacible de su madre durmiendo, con el sol filtrándose a través de las delgadas
cortinas, el verdor de la terraza más allá.
Mientras registraba la escena en su memoria, no imaginaba la tormenta que se
avecinaba. Ni sabía que jamás volvería a ver a su madre en aquella habitación
tranquila, bañada por la luz.

* * *

Pacific Heights, cinco horas después.

—Lo que sucede, papa Pete, es que no creo que lo que experimenté fuera realmente
un sueño.
—¿Por qué no? Si tu conversación con el doctor Fleming te llevó a concentrarte
en Ariel, debe de haberse tratado de un sueño.
Los años que el padre Riga había pasado en la Compañía de Jesús habían
suavizado su acento neoyorquino, que de todos modos aún resultaba perceptible.
Ahora, Amber y su padrino se encontraban en la espaciosa cocina de ella. Vestido de
negro, con su pelo canoso, muy rizado, y sus penetrantes ojos azules, parecía

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cansado, aunque de edad indefinida. Amber había dado día libre a la criada y había
preparado ella misma el menú favorito de Riga, chuletas con pasta. Ahora, papa Pete
y ella estaban sentados frente a los platos vacíos, bebiendo el Barolo que el sacerdote
había traído de Italia. Y ella le hablaba de su sueño.
—Papa Pete, yo no sueño nunca. ¿Te acuerdas? Ariel era la que soñaba, pero yo
no. Ésa era una de las diferencias entre las dos. Lo que me ocurrió el otro día me
recordó más a la extraña experiencia cercana a la muerte que tuve durante la
operación. No era como un sueño.
—¿Y qué era entonces?
—Eso es lo que deseo averiguar. ¿Recuerdas que me contaste cuál fue tu primer
pensamiento al vernos a Ariel y a mí en aquel hospital de Sao Paulo en el que
nuestros padres biológicos nos abandonaron?
El sacerdote dio un sorbo al vino y asintió.
—Sí, claro. Aunque los médicos os definían como organismo biológico simple,
yo veía dos almas separadas. —Entrecerró los ojos—. ¿Adónde quieres ir a parar,
Amber?
Trató de formular una pregunta imposible.
—Miles Fleming me dijo que yo poseo parte del cerebro vivo de una persona que
está muerta. ¿Podría poseer también el alma de esa persona? —Riga frunció el ceño e
hizo girar el vino en la copa. Amber prosiguió—: ¿Y si al alma de Ariel no se le
hubiera permitido morir porque parte de su mente sigue viviendo en mí? ¿Y si, tras
todos estos años, está usando esos dolores de cabeza y esos sueños para contactar
conmigo de algún modo, para pedirme que la libere? —Riga volvió a fruncir el ceño,
más esta vez—. Papa Pete, dime algo. Sé que suena a locura, pero debo saber qué
piensas tú.
—Hija mía, no sé qué decir. Esto no es algo a lo que pueda dar una respuesta
rápida. En mis años como sacerdote he visto bastantes cosas como para estar seguro
de ello, y más sabiendo, como sé, lo estrecha que era tu relación con Ariel. Los
filósofos antiguos, hasta Descartes, creían que la conciencia humana, o el alma,
residía en el cerebro. —Riga se llevó la mano a la cabeza—. Incluso aventuraban su
localización exacta. Aseguraban que se encontraba en la glándula pineal. Pero lo que
acabas de decirme es tan… raro que carezco de una respuesta instantánea, ya sea
espiritual, filosófica o racional. Necesito pensar un poco más sobre ello. —Se apoyó
en el respaldo—. Pero ¿crees de verdad que Ariel sigue de algún modo viva? ¿Qué
dice ese doctor Fleming al respecto?
Amber se encogió de hombros.
—Es listo, y me cae bien, pero es científico y lo teórico no le interesa. Él persigue
soluciones prácticas, no le gustan las cosas que no puede explicar, y no me cabe duda
de que no cree en la vida después de la muerte. Me ha prometido examinarlo todo a
mi regreso, pero sé que está convencido de que lo que me sucedió fue un sueño.
—Ser práctico no siempre está tan mal —observó Riga—. Mira, Amber, yo

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regreso a Roma mañana y pensaré un poco más sobre lo que me has contado. En
cualquier caso, a ver qué dice Fleming, y llámame si hay noticias. Estoy seguro de
que debe de haber una explicación médica, racional.
—Eso espero —convino Amber, acercándole la botella de vino.
Riga cubrió la copa con la mano.
—No, gracias. Me ha venido dolor de cabeza.

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Optrix Industries, un día después.

P
or la mañana, mientras cruzaba el Bay Bridge camino de la sede central de
Optrix, en Berkeley, Amber se sentía más optimista. Hablar con su madre y
con papa Pete le había dado ánimos y ahora creía que Fleming y su
neurotraductor encontrarían una causa racional a su problema.
Y, sin embargo, aislada en el interior de su Mercedes, no le parecía tan imposible
que algún vestigio de Ariel, el estado en forma de onda de su conciencia metafísica,
pudiera seguir existiendo en un estado en forma de partícula de la sección del cerebro
que compartían. A un nivel que no era capaz de precisar, seguía sintiendo que sus
dolores de cabeza podían ser un síntoma de una dolencia más grave y que, para
curarla, Fleming tendría que hacer algo más que usar su neurotraductor para exorcizar
su dolor fantasma. De algún modo, debería comprender su conexión con Ariel.
Pisó el acelerador y el puente fue haciéndose más pequeño en su espejo
retrovisor. Ya divisaba la torre de cristal oscuro de Optrix Industries frente a ella,
resplandeciendo como un pilar de ébano bruñido. Al acercarse a las imponentes
verjas, se fijó en el bloque de granito negro que se alzaba junto a la garita y en las
letras plateadas grabadas en él:

Optrix Industries.
Centro de Investigación Optoelectrónica.
«Hágase la luz».

Saludó al guardia, que le daba la bienvenida al campus, y aparcó bajo una de las
columnatas protegidas contra la radiación ultravioleta que permitía a los visitantes
acceder al edificio sin exponerse al sol directo. Echó un vistazo al estacionamiento y
constató que el Lexus negro, personalizado, de cristales muy tintados, ya ocupaba su
plaza.
Una vez en el atrio de la recepción, avanzó taconeando sobre el mármol
abrillantado hasta el mostrador, donde saludó a la encargada de la seguridad, que
estaba sentada tras su escritorio.
—Bienvenida, doctora Grant. Espero que se sienta mejor.
—Mucho mejor, gracias, Irene.
Se montó en el primer ascensor y pulsó el botón de la última planta. Cuando las
puertas se abrieron, avanzó por el pasillo curvo hasta su despacho, donde su
secretaria, una mujer alta y expeditiva, de pelo corto, la esperaba.
—Doctora Grant, ¿cómo se encuentra?
—Bien, gracias. ¿Algún mensaje urgente?
—El profesor Mortenson, del laboratorio principal, ha llamado para informar de

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que tienen problemas con los píxeles de memoria óptica del Lucifer. —Diane revisó
el cuaderno electrónico que sostenía en la mano—. Según dice, los pares electrón-
hueco demuestran inestabilidad. No se mantienen separados el tiempo que debieran a
temperatura ambiente.
Amber frunció el ceño. Mortenson era uno de sus físicos con más experiencia
pero, como a muchos integrantes de su equipo, le faltaba iniciativa. Admitía que, en
tanto que adicta al trabajo que quería involucrarse en todos los aspectos del
desarrollo, aquello era en parte culpa suya. Con todo, ya iba siendo hora de que la
gente empezara a pensar por sí misma.
—Dile que revise las proporciones para las capas de arseniuro de galio y de
arseniuro de aluminio del semiconductor, y que simultáneamente compruebe los
niveles de energía de los fotones. Si con eso no basta, entonces pídele que sugiera él
un modo de solucionarlo. —Le alargó su delgadísimo maletín a Diane—. ¿Puedes
dejarlo en mi escritorio? Tengo que ir a ver a Bradley.
A causa de su enfermedad, Bradley Soames pasaba casi todo su tiempo escondido
del sol de California, supervisando su fundación VenTec en Alaska, una iniciativa
tecnológica que desarrollaba propuestas innovadoras para una serie de clientes
especializados. Y dejaba que fuera Amber la que se ocupara del funcionamiento de
Optrix.
La ubicación de VenTec, al norte del círculo polar ártico, era un secreto
celosamente guardado. A pesar de que Amber había trabajado allí durante diez años,
ocupándose del equipo que desarrollaba el ordenador óptico, no conocía sus
coordenadas exactas. Y aunque visitaba el lugar con frecuencia, le costaría señalarlo
con precisión en un mapa. Como eran pocos los científicos de alto nivel dispuestos a
trabajar en Alaska durante períodos largos, ni siquiera para Soames, Optrix había
establecido su principal centro de investigación en el área de la bahía de San
Francisco. VenTec era un extra.
Abandonando su despacho, Amber recorrió la última planta de la torre oscura,
pasando junto a las oficinas del director financiero, el de recursos humanos y el
comercial, que eran los otros tres miembros del quinteto que formaba el consejo de
administración, encargado de velar por los intereses de Optrix en todo el mundo.
Todos sus despachos disfrutaban de las mejores vistas de la bahía, pero el de Bradley
Soames estaba situado en el centro del círculo y carecía de ventanas. Dos puertas lo
protegían del mundo exterior. Amber conocía el procedimiento y cerró la primera
antes de abrir la segunda. Al momento, la recepcionista de Bradley, sonriente,
apareció ante ella y la condujo hasta la antesala.
—Buenos días, doctora Grant —le dijo—. La está esperando. Por favor, entre.
Amber abrió una puerta más, en esta ocasión de cristal oscuro esmerilado, y
accedió a un pasillo cerrado que seguía en espiral hacia el despacho de Soames. A
medida que avanzaba, la luz se volvía más tenue, lo que permitía a los ojos
acostumbrarse a la penumbra de aquel sanctasanctórum. El despacho era circular. No

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había cuadros en las paredes lisas, ni ventana alguna. En el aire filtrado flotaba cierto
olor a medicamentos. Al fondo de la habitación había un sofá y una nevera con puerta
de cristal, llena de coca-colas.
Soames se apoyó en el respaldo de la silla y plantó las zapatillas de deporte sobre
el despacho curvo que dominaba el centro de la sala, rodeado de las pantallas del
ordenador que le permitían mantener controlado su imperio global. Iba vestido con un
mono de algodón gris perla, de una sola pieza, con capucha y guantes incorporados.
Allí dentro, a salvo de la luz, la capucha le colgaba sobre los hombros y se había
subido los guantes, dejando a la vista sus manos pecosas y llenas de cicatrices.
Tras él, en la penumbra, Amber intuía dos grandes siluetas tendidas en el suelo,
que la miraban con sus ojos amarillos. Soames se había traído sus dos lobos de
Alaska. Los había adoptado de cachorros para que le hicieran compañía, pues sentía
cierta afinidad con sus hábitos noctívagos. En Optrix, todos los llamaban «las
sombras», porque eran silenciosos, grises y no se separaban nunca de Soames. Él les
hablaba en una lengua extraña y gutural que Amber no entendía. Y los trataba como
animales domésticos, y la animaba a ella a hacer lo mismo, pero ella había leído que
nunca debía acariciarse a un lobo, ni olvidar que era un animal salvaje. No había más
que ver aquellos ojos brillantes, fijos, para saber que se trataba de un buen consejo.
El más grande la miró y se dio la vuelta. Amber se concentró en Soames.
Al parecer, no se había percatado de su llegada y hablaba con unos cascos
puestos, mientras monitorizaba las pantallas y leía el Wall Street Journal. Parpadeaba
constantemente.
—Marty, no me importa, Matrix tiene que jugar a nuestro juego si quiere
sobrevivir. Mira qué ocurrió con los chips de Intel y con Microsoft Windows cuando
salió el Lucifer. Y ahora es la red de redes. Todo Internet se ha pasado a la tecnología
óptica… ¡Pero si ya lo llaman Optinet! Y la mayor parte de ella se basa en Optrix,
Marty. Ésta es la edad de la luz. Y todo tiene que ver con la transferencia de datos a la
velocidad de la luz. Matrix tiene que trabajar con nosotros adaptándose a nuestras
condiciones o permanecerá en la edad de las tinieblas y morirá.
Durante un momento, Amber se quedó allí de pie, escuchando, estudiando su
pálido rostro, sus desconcertantes ojos azules, su pelo rubio. Muchos se sentían
incómodos en presencia de Soames. Ella no. Nunca había llegado a intimar con él y
no lo consideraba un amigo —era una persona demasiado aislada emocionalmente
como para comprender el concepto de amistad—, pero su propia infancia le había
permitido sentir cierta afinidad con él. Además, era un privilegio y una inspiración
nutrirse de su inteligencia. Trabajar con él hacía su vida más valiosa y su
contribución al mundo más significativa.
—No, Marty, no hay nada que discutir —exclamó Soames abruptamente
acercando la boca al micrófono—. Piénsalo. Adiós. —Pulsó un botón en una de las
pantallas que tenía delante y cortó la conexión. Se volvió a Amber y esbozó una
sonrisa—. ¿Cómo fue? —No le dio tiempo a responder—. ¿Lo has oído? El comité

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del Nobel ha decidido finalmente concederme el premio de Física, pero les he dicho
que no lo quiero. Yo no necesito el dinero, y menos aún la aprobación de ese puñado
de viejos necios y mediocres. —Hizo una pausa, pero no lo bastante larga como para
que ella pudiera mostrar su desacuerdo. Rebuscó bajo el escritorio y extrajo algo
parecido a una tarjeta de crédito—. Mira este prototipo óptico que han creado en
VenTec. Permite la conexión a fax, e-mail, videoteléfono, Optinet sin cables, y tiene
la misma capacidad de un ordenador de tamaño grande. Y cabe en la palma de la
mano. Impresionante, ¿no?
Sin apartar del todo la vista de los lobos, Amber cogió el dispositivo que Soames
le alargaba y se sentó.
—Es genial… No sabía que estuvierais trabajando en ello.
Soames ya no la miraba. Volvía a concentrarse en el periódico.
—Tenemos que hablar de la iniciativa china. Sé que VenTec puede crear un
modelo básico de ordenador óptico tan barato que Optrix podría lograr que todas las
casas del país tuvieran uno en…
Amber Grant suspiró, abrumada. Era como tratar con un niño, un niño brillante,
capaz y excesivo, pero un niño al fin y al cabo. Elevó la voz para hablar.
—Bradley, aterriza un momento y escúchame. —Hizo una pausa para dejar que él
alzara la vista—. Acabo de regresar de la clínica.
—Ya lo sé —dijo él, esbozando una fugaz sonrisa que hizo que sus labios
cortados se curvaran y mostraran unos dientes blancos, perfectos, incongruentes—.
¿Han descubierto algo?
—Por supuesto que no. Apenas han completado el primer examen. Tenías razón
sobre Miles Fleming. Es muy listo. ¿Qué tal fue el resto de la presentación de la
pantalla blanda de Lucifer en Londres?
—Genial… bueno, una vez la gente dejó de preocuparse por ti, claro. Tuve que
volar a VenTec esa misma noche, pero todo el mundo parecía bastante impresionado
con el lanzamiento. En cualquier caso, quiero que me cuentes con detalle cuáles
fueron las primeras impresiones de Fleming.
—Todavía no lo sé. Debo regresar y quedarme más tiempo. Un mes.
Soames se encogió de hombros.
—El tiempo que haga falta. Debo saber qué hay tras esos dolores de cabeza que
sufres.
Amber se echó a reír.
—¿Debes saberlo? Convendrás conmigo en que yo tengo mucha más necesidad
que tú de saber qué hay tras ellos, Bradley.
—Sí, sí, claro —admitió él, algo incómodo—. Pero tú mantenme informado de
todo lo que te cuente Fleming.
Estuvo a punto de contarle lo del sueño, pero algo en su casi cínico interés por su
enfermedad se lo impedía.
—Te sugiero que seas discreto sobre el tratamiento —dijo—. No es buena idea

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que los inversores se preocupen demasiado por mi estado de salud. Creo que
deberíamos relacionar mi desmayo durante la presentación con el estrés y con mi
preocupación por mi madre, y comunicar a la junta de Optrix que pediré la baja un
tiempo. Conozco al menos dos personas lo bastante competentes como para
encargarse de los proyectos más importantes. Los otros temas pueden rodar solos en
mi ausencia.
Soames asintió.
—Pareces tenerlo todo controlado. Te sugiero que ates los cabos sueltos que
queden y que regreses con tu médico.
Amber sonrió.
—Gracias por tu apoyo, Bradley.
—No me las des —respondió él, devolviéndole la sonrisa, lo que hizo que su
rostro se llenara de arrugas—. Entiendo lo importante que es para ti ocuparte de tu
salud.
Cuando se volvía para salir, oyó que Soames carraspeaba, señal inequívoca de
que estaba a punto de pronunciar unas palabras que él prefería considerar
improvisadas.
—Es sólo una idea, pero no dejes que Fleming sea demasiado cuadrado en su
diagnóstico. Yo que tú le animaría a atreverse a pensar más allá de lo establecido. Ya
me entiendes, a explorar cualquier vía, por más rara que le parezca.
Amber frunció el ceño. Era una buena idea y coincidía hasta tal punto con su
propia preocupación por Ariel que se sintió incómoda.
—Gracias, Bradley —se limitó a repetir—. Lo tendré en cuen…
Pero él ya no le hacía caso y había regresado a sus pantallas de ordenador. Así era
Bradley: cuando te parecía que se mostraba humano y compasivo, él mismo se
encargaba de recordarte que no pensaba como los demás.

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Arca Roja, 33° 26’ S, 16° 12’ E.


Un día después.

A
bordo de su arca, el papa Rojo tamborileaba sus dedos, impaciente, sobre el
escritorio, mientras esperaba que la pantalla de plasma holográfico de alta
resolución KREE8 se encendiera. Cuando apareció el doctor, con un broche
en forma de crucifijo escarlata cogido de su bata blanca, la pantalla confirió a su
rostro un aspecto en tres dimensiones tan real que resultaba fantasmagórico. El
cardenal Xavier Acosta lo estudió un instante, haciendo esfuerzos por disimular el
desagrado que sentía hacia él. Necesitaba a aquel hombre inteligente y le agradecía a
regañadientes que le mostrara un apoyo absoluto y desinteresado; el doctor no sólo le
había ayudado en secreto a fundar su Iglesia electrónica, sino que su dominio de la
técnica había hecho posible su expansión a un ritmo que había asombrado al mundo
entero. Su genialidad también había resultado básica para que Acosta hiciera realidad
su sueño, materializado en el Proyecto Alma. Con todo, seguía sin caerle bien aquel
joven.
El doctor protegía celosamente el secreto de su alianza con la Iglesia de Acosta, y
aunque siempre lo trataba con respeto, había una tono desafiante en su mirada y en su
voz que al papa Rojo no le gustaba. Era la única persona capaz de llamarlo Santidad y
sonar condescendiente.
Acosta lo observó y esbozó una sonrisa.
—¿Tiene algo que mostrarme, doctor?
Bradley Soames, reverente, echó la cabeza hacia delante.
—Sí, Santidad. He hablado con Frank Carvelli y con el tercer miembro del
Consejo de la Verdad sobre todas y cada una de las ciento ocho pruebas. —Hizo una
pausa—. El último experimento es el más representativo de nuestro progreso.
La pantalla de plasma que Soames tenía delante se encendió con un zumbido. En
la camilla del laboratorio estaba tumbada una mujer con la cabeza rapada y metida
dentro de una esfera de cristal, con un visor como el del casco de un astronauta.
Encajado en él, un pequeño rectángulo cóncavo de cristal traslúcido parecía una
diminuta pantalla de televisión.
El visor estaba levantado y dejaba ver los párpados de la mujer, abiertos de par en
par. En los ojos le habían insertado unas lentillas ligeramente tintadas.
En un primer momento, Acosta no se percató de quién era la mujer calva, pero
cuando la cámara acercó la imagen la reconoció: se trataba de la madre Giovanna
Bellini. Indignado, tuvo que hacer esfuerzos para no gritar. Miró a Soames, tratando
de leer su mente, pero la expresión neutra del científico no le reveló nada.
—¿Cómo se ha atrevido a hacer eso? ¿Con qué autoridad?

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Soames se encogió de hombros, compungido.
—Pero, Santidad, no podía hacer otra cosa. Monseñor Diageo me dijo que, según
usted, ella ponía en peligro el proyecto…
Acosta apretó las mandíbulas. No esperaba que Soames llegara tan lejos.
Monseñor Diageo siempre se mostraba discreto cuando debía adoptar medidas
necesarias, pero Soames parecía disfrutar poniéndolo a prueba.
—Ella era leal. No esperaba que le… hiciera esto.
—¿Y cómo esperaba que actuara con su sacerdotisa rebelde, Santidad?
Silencio.
Soames sonrió.
—La madre Giovanna no ha muerto en vano, Santidad. Cuando contemple su
muerte, verá lo mucho que hemos conseguido.
En esos momentos, Acosta odiaba a Soames. Odiaba su arrogancia juvenil, el
placer que sentía ante las decisiones despiadadas que a él tanto torturaban. Pero lo
que más odiaba de él era que no le permitiera fingir que una cosa era traicionar a la
madre Giovanna Bellini, una de sus seguidoras más leales, y otra matarla. Había
aprendido a aceptar las bajas de guerra en su paso por la Marina y hacía tiempo que
se había resignado a admitir sacrificios para proteger la obra de Dios, pero seguía
sintiéndose culpable.
—Doctor Soames —dijo con voz dura—, en adelante, en todo lo referido al
Proyecto Alma, actuará usted sólo bajo mi autoridad. Ahora, muéstreme el
experimento.
Soames asintió.
—Como desee, Santidad. —Carraspeó—. Antes de empezar, permítame ponerle
en antecedentes: gracias a la física cuántica sabemos que la conciencia humana puede
existir tanto en partícula, nuestro cerebro físico, como en onda, los pensamientos de
nuestra mente. La física también nos enseña que la energía no desaparece sin más,
sino que debe ir a alguna parte. Con la energía de la vida sucede lo mismo. Y a través
de experimentos cuánticos recientes se ha descubierto que, en el momento de la
muerte, nuestra fuerza vital, nuestra conciencia, abandona el cuerpo en forma de
grupo organizado de fotones subatómicos. Para detectar esos fotones en el momento
de abandonar el cuerpo recurrimos a una pantalla modificada detectora de fotones. Lo
interesante es que cada individuo deja un modelo de interferencia de onda único. Para
evitar la electricidad estática, a los sujetos se les afeita la cabeza, y para que la fuerza
vital resulte visible al ojo humano usamos unas lentes de contacto con filtro de
polímero, gas flavión y espectro verde claro para modificar artificialmente la
frecuencia de radiación electromagnética.
Acosta se mantuvo muy serio, con la vista fija en la pantalla, en la mujer,
obligándose a mirar.
Vio que un gas verdoso invadía la esfera de cristal y confería al rostro de la madre
Giovanna un aura enfermiza, actínica. A la derecha de la pantalla apenas distinguía

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los electrodos pegados a su sien izquierda. Más allá de su campo de visión oyó una
cuenta atrás.
«Cuatro, tres, dos, uno».
El electrodo chisporroteó y al momento se produjo un destello de luz tan rápido e
intenso que incluso a través de la pantalla obligó a Acosta a parpadear. De pronto,
como si de bombillas fundidas se tratara, los ojos de la madre Giovanna quedaron sin
vida bajo los lentes de contacto.
Acosta empezó a sudar mientras contemplaba aquellos ojos fijos y el corazón le
latía con fuerza. A pesar de los remordimientos, la excitación que sentía era casi
sexual. ¿Qué había visto antes de morir? ¿Veía ahora?
—Permítame explicarle qué ha sucedido, Santidad —intervino Soames—. Es
característico de todas nuestras últimas pruebas.
La imagen de la pantalla cambió y mostró el mismo experimento grabado en un
plano más general. Ahora, Acosta veía a la madre Giovanna Bellini de cuerpo entero,
tendida en la camilla. A sus pies había dos monitores.
—Ahora volveré a mostrárselo, pero esta vez ralentizado más de doscientas
veces. La luz viaja a trescientos mil kilómetros por segundo. Sólo pasando la
grabación a cámara lenta podemos constatar si hemos logrado canalizar la energía
vital de manera satisfactoria. Empezaré a reproducirlo a partir del momento en que le
administramos el shock eléctrico, que por desgracia es el único modo que tenemos de
indicar el momento exacto de la muerte.
Esa vez, cuando se produjo el destello, Acosta lo vio como una chispa que
emanara de los ojos de la mujer. No sabía cómo, pero una sola chispa pasó a través de
las dos lentes de contacto, simultáneamente, antes de impactar contra la pantalla del
visor, creando un patrón rayado, de líneas blancas sobre un monitor hasta entonces
negro.
—Fíjese en la dualidad cuántica onda-partícula que se muestra aquí. Por razones
que aún no comprendemos del todo, la energía vital abandona el cuerpo a través de
los ojos, lo que nos permite reproducir el experimento clásico de la doble ranura.
Cuando la energía vital abandona el cuerpo de la madre Bellini, pasa a través de sus
dos ojos antes de impactar en la pantalla detectora de fotones instalada en el visor.
Vea cómo ésta graba un modelo de interferencia de onda clásico en el momento en
que el conjunto de partículas de luz, o fotones, abandonan el cuerpo e interfieren con
ellos mismos. Este patrón rayado es exclusivo de la madre Giovanna Bellini, un
código de barras que, en realidad, es la firma de su alma.
Acosta asintió, mientras asimilaba los comentarios técnicos y seguía el avance de
la chispa a través de la pantalla hasta alcanzar la capa externa de la esfera. Allí,
aunque la grabación se pasaba a cámara lentísima, la chispa recorría cada milímetro
de la fibra traslúcida, densamente tejida, de la capa externa, en un abrir y cerrar de
ojos, iluminándola momentáneamente con una especie de halo. Y al instante la luz
desaparecía.

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—Éste es el problema —proseguía Soames—. Ya podemos identificar y canalizar
el paso del condensado Bose-Einstein, pero…
—Se refiere al alma —dijo Acosta.
—Sí, Santidad, «condensado Bose-Einstein» es, simplemente, el término correcto
de la física cuántica para referirse al sistema de bosones que conforma el alma.
Acosta frunció el ceño.
—De modo que, dicho lisa y llanamente, lo que insinúa es que son capaces de
canalizar el alma que se va, pero que todavía no pueden retenerla lo bastante en la
esfera para poder rastrearla.
—Lo que digo es que tardaremos un tiempo, Santidad. Del mismo modo en que la
electricidad siempre busca la tierra, esta energía siempre busca los cielos. Detenerla,
por más que sea sólo durante una fracción de segundo, para poder obtener rastros de
ella, es difícil. Debe tener en cuenta que demostrar la dualidad cuántica entre cerebro
y mente, o entre cuerpo y alma, ya es en sí mismo un hallazgo significativo.
Demostrar, además, la existencia de un alma cuántica en forma de sistema bosón de
fotones es todo un descubrimiento.
»Pero seguir el camino del alma es algo que va más allá del dominio de la física
cuántica, que se adentra en el de la metafísica cuántica. La ventana de la muerte es
tan pequeña que resulta prácticamente imposible asimilar las enseñanzas de un
experimento y aplicarlas al siguiente. La muerte de cada individuo es distinta, de
modo que nos vemos supeditados a la prueba y el error, con la esperanza de dar
finalmente con la frecuencia correcta que nos permita realizar el seguimiento del
alma. Si la gente muriera más de una vez, podríamos centrarnos en una sola persona,
realizar con ella experimentos repetidos en los que introduciríamos correcciones cada
vez que murieran. Hallaríamos la frecuencia del condensado Bose-Einstein, del alma,
enseguida.
—Pero la gente sólo muere una vez. ¿Qué cerca están, pues, de interceptar el
alma?
—Muy cerca. El principio de lo que tratamos de lograr ya existe en
optoelectrónica. Del mismo modo que un ordenador electrónico capta un conjunto
articulado de fotones de luz codificados con datos, deberíamos ser capaces de captar
un alma intacta en tanto que sistema bosónico coherente de fotones de vida el tiempo
suficiente como para poder interceptar su frecuencia. Necesitamos tiempo, eso es
todo.
—No disponemos de tiempo. ¿Qué otras contingencias se han producido?
—El Consejo de la Verdad ha explorado todas las tecnologías relacionadas,
aunque sea remotamente, para ver cuál de ellas podría resultarnos útil. Se están
siguiendo las más prometedoras y se están ofreciendo donaciones considerables para
que nos mantengan al corriente de aquellas que muestran algún potencial, pero por el
momento la que usamos sigue siendo la mejor.
Acosta volvió a fruncir el ceño.

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—Frank Carvelli me dijo que confiaban en un próximo descubrimiento.
—Últimamente se ha producido un desarrollo inesperado que analizo
exhaustivamente, pero quiero confirmar algunos aspectos antes de hablarle de él. —
Hizo una pausa—. Tal vez prefiera que interrumpamos temporalmente el proyecto,
hacer acopio de…
—No, de ninguna manera —se apresuró a responder Acosta—. Si algo deseo es
que se aceleren los experimentos. Nos hemos embarcado en algo demasiado
importante como para permitirnos el menor retraso, y si su confianza en la tecnología
está justificada, entonces nos hallamos muy cerca, ya casi hemos llegado. Hay
demasiadas cosas en juego.
—Pero después de su reacción ante la muerte de la madre Giovanna, sin duda
querrá usted… —Soames vaciló.
Acosta le clavó la mirada. No soportaba necesitar tanto a ese hombre y se
preguntó (no era la primera vez) cuáles eran los verdaderos motivos de aquel
científico para brindarle su ayuda. Sin dejar de controlar en todo momento el tono de
voz, le respondió.
—Ahora que ha matado usted a la madre Giovanna, es aún más necesario que
tengamos éxito en nuestro Proyecto Alma. No permitiré que su muerte sea en vano.

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20

Surrey, Inglaterra.
Un día después.

S
entado en el primer banco de la vieja iglesia, Miles Fleming mantenía la vista
al frente y se decía a sí mismo que cuando regresara a Barley Hall hallaría una
explicación racional al hecho de que su hermano hubiera hablado seis minutos
después de morir. Aquel hecho lo perturbaba más de lo que era capaz de expresar en
palabras.
La capilla, pequeña y muy antigua, se encontraba cerca de la casa que sus padres
tenían en Surrey. Olía a incienso, a la cera con la que abrillantaban las maderas, a
polvo antiguo. Sus bancos oscuros se veían gastados y las paredes estaban cubiertas
de placas de mármol en las que se rendía tributo a los parroquianos muertos en
guerras que se habían librado hacía siglos.
Alguien dijo una vez que los funerales eran para los vivos y no para los muertos,
y a Fleming, ese día, aquella afirmación le parecía muy cierta. A pesar de su ateísmo,
había organizado sin planteárselo siquiera el servicio religioso, y lo había hecho por
sus padres y por Jake. Aquéllos necesitaban creer que su hijo iba a estar en un lugar
mejor y el ritual ayudaría a Jake a comprender y aceptar lo sucedido.
En la iglesia no cabía un alfiler y, al fondo, se veía gente de pie. Además de sus
familiares, habían acudido muchos amigos de Rob, una mezcla ecléctica de miembros
del ejército, personas trajeadas, e incluso algunos locos por la escalada de rostros
bronceados y ropa arrugada. Todos ellos habían acudido a aquella población del sur
de Londres a dar el último adiós a Rob, a darse por enterados de su muerte.
Cuando Fleming, junto a cinco colegas militares de su hermano, se subió el ataúd
a hombros, de él se apoderó la necesidad imperiosa de gritar que él había dejado
morir a su hermano y que lo había oído hablar después de muerto. Pero no lo hizo y
se limitó a ayudar a los demás a dejar la caja frente al altar. A continuación, tomó
asiento en un extremo del primer banco, junto a Jake y sus padres. Una vez allí, sintió
el muslo cálido de su sobrino y oyó su respiración acelerada: Jake observaba
atentamente el ataúd. Fleming oía el tono pausado del reverendo anglicano, aunque
no escuchaba sus palabras. No lograba pensar más que en la respiración entrecortada
del pequeño, temeroso de que en cualquier momento se derrumbara.
En los cuatro días que habían transcurrido desde la muerte de su hermano,
Fleming se había negado a pensar en aquella muerte y se había entregado por entero a
los aspectos prácticos. Tras notificárselo a Virginia Knight y rellenar el certificado de
defunción, había pedido permiso en Barley Hall para reunirse con sus padres y con
Jake y ayudarles a organizar el funeral. Su yo profesional había asumido el control de
la situación, pero por dentro se sentía entumecido y su asombro y su pena por la

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pérdida flotaban bajo aquella frágil capa de frialdad.
Una frialdad que había estado a punto de perder en Cambridge cuando comunicó
la noticia a sus padres y a Jake. Ella se desmoronó un instante y acto seguido se
levantó y abrazó a un desconcertado Jake. Pero fue cuando lo abrazó a él y trató de
consolarlo, diciéndole: «Miles, has hecho todo lo que has podido. Nadie habría hecho
más por él. Ahora está tranquilo, con Dios», cuando tuvo que morderse el labio
inferior y contener las lágrimas. Porque no había hecho todo lo que había podido para
salvar a su hermano. Aunque sabía que era poco probable que el estimulante hubiera
salvado a Rob, viviría con la culpa de haber detenido a la enfermera, de haber
permitido que él muriera. Todavía no había informado a sus padres de lo que había
hecho, y seguramente no lo haría nunca, porque ellos no lo entenderían: para ellos la
vida importaba más que el sufrimiento.
—Señor todopoderoso, omnisciente y compasivo…
Las palabras del sacerdote interrumpieron los pensamientos de Fleming y una ira
negra se apoderó de él. En su opinión, allí, en aquellas palabras, se hallaba el enigma
esencial de la fe. O bien Dios conocía el sufrimiento y podía impedirlo, pero no lo
hacía porque no le importaba, en cuyo caso no era compasivo, o bien conocía el
sufrimiento y le importaba, pero no podía hacer nada por impedirlo, en cuyo caso no
era todopoderoso, o bien podía hacer algo por impedir el sufrimiento humano y le
importaba, pero no tenía conocimiento de él, en cuyo caso no era omnisciente. Era
imposible que Dios fuera, a la vez, todopoderoso, omnisciente y compasivo.
Se fijó en sus padres. A su madre la veía pequeña y frágil, y a su padre, viejo por
primera vez. Los dos observaban al reverendo; necesitaban que su fe los ayudara, les
sirviera para hallar sentido a un sufrimiento que Fleming hacía tiempo que
consideraba cruel y arbitrario. Ojalá él contara en ese momento con el consuelo ciego
de la fe. Pero las cosas no eran tan sencillas.
Aunque su hermano ya estaba prácticamente muerto cuando le pidió que «cortara
la cuerda», y Fleming creía que había hecho lo que debía al liberarlo del sufrimiento,
le atormentaba que Rob no sólo hubiera vuelto a hablarle seis minutos después de
muerto, sino que, al hacerlo, a él no le pareciera que había dejado de sufrir.
Luchando contra la responsabilidad de lo que había hecho, Fleming trató de
apaciguar las ideas conflictivas de su mente negándose a creer que Rob pudiera
encontrarse en otro lugar que no fuera la nada. Tal vez había un desfase en el
neurotraductor y por eso habían tenido la sensación de que su hermano había hablado
después de muerto; tal vez algún retraso, y lo que Miles había oído no eran las
palabras de un alma sufriente, sino los últimos estertores aterrorizados de una mente
agonizante antes de que la nada la reclamara.
Fleming debía entenderlo así, porque su credo no le permitía alternativas. No
soportaba la idea de que la conciencia de su querido hermano siguiera viviendo y
sufriendo. Y menos si pensaba que él no había intentado salvarle la vida.
Un oficial del regimiento de Rob estaba hablando de su amigo en ese momento.

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Su delicado acento irlandés y sus recuerdos parecían devolverlo a la existencia. Al oír
que describía a Rob como «el mejor de los padres, el mejor de los hijos y el mejor de
los hermanos, pero sobre todo, el mejor de los hombres», los ojos se le llenaron de
lágrimas.
Pero sólo al oír que Jake sollozaba a su lado, al imaginar la sensación de pérdida
que lo invadía, la presa que contenía sus sentimientos se rompió en su interior. Las
lágrimas, cuando llegaron, brotaron sin dolor, un alivio ante tanta presión acumulada.
Estrechó a Jake en sus brazos y, juntos, lloraron sin reprimirse.

* * *

Tres horas después.

Cuando el último de los asistentes al funeral había abandonado la casa de sus


padres, Fleming salió al jardín. Le había alegrado ver a los amigos de Rob, pero
ahora se sentía como golpeado y en carne viva. El anochecer lo envolvía cuando se
sentó bajo el sicomoro al que su hermano se subía tantas veces, después de que sus
padres abandonaran el Peak District y se instalaran allí.
Aquel lugar, y los recuerdos a él asociados, le servían de consuelo, pero una parte
de él se sentía impaciente por regresar a Barley Hall. Su primera intención había sido
volver a revisar el neurotraductor para quedarse más tranquilo, pero en aquel
momento su prioridad era la familia. Ahora, cuanto más permitiera que el error
perdurara en su mente, más importancia adquiriría en sus pensamientos. Ya no le
bastaba con creer que no era nada relevante: debía demostrarlo.
Una figura diminuta que venía de la cocina surgió en la oscuridad.
—¿Milo?
Aunque las prótesis de las piernas aún eran nuevas para él, Jake caminaba con tal
naturalidad que Fleming estaba convencido de que nadie percibiría nada raro en sus
andares.
—Hola, Jake, ven aquí conmigo.
El muchacho se sentó a su lado en el banco y se apoyó contra su costado.
—Milo, ¿por qué han tenido que irse?
Fleming le pasó el brazo por el hombro. Desde hacía cuatro días, su sobrino no
paraba de preguntar a su abuela qué había pasado con su madre y su padre, y ella le
había hablado del cielo y de Dios. Fleming estaba preocupado por el futuro de Jake:
tras muchas discusiones se había decidido que sus abuelos se ocuparan de él a corto
plazo, pero que transcurrido un tiempo Miles lo adoptaría.
—Bueno, a veces no sabemos por qué ocurren las cosas en esta vida, Jake —le
respondió—. Ocurren, sin más. Pero lo que sí sé es que tus padres te querían mucho,
y que yo también te quiero mucho, y que tus abuelos también te quieren mucho. Nos
tenemos los unos a los otros.

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—¿Dónde están papá y mamá ahora? ¿Tienen e-mail?
Miles sonrió al oír aquella ocurrencia.
—Si lo tienen, no me han dado su dirección.
—Pero ¿dónde crees tú que está papá? Tiene que estar en alguna parte, Milo.
—Bueno, supongo que sigue viviendo en nuestros recuerdos y en todos nuestros
corazones.
—Pero ¿qué está pensando en este momento? ¿Me ve?
—No lo sé —respondió Fleming—. Yo creo que tu padre se ha quedado dormido.
Estaba enfermo y ahora descansa.
—¿Y en qué sueña entonces?
El sueño de Amber y su idea de que la mente de su hermana vivía en ella, le vino
a la cabeza de pronto.
—Si sueña con algo, estoy seguro de que lo hace con cosas alegres, contigo y con
toda la gente que quiere.
—¿Y qué pasa cuando despierta?
—Tal vez no despierta. Tal vez tiene un sueño largo y tranquilo que dura siempre.
—La abuela dice que papá y mamá están en el cielo.
—Tal vez lo estén.
—La abuela dice que el cielo está muy arriba y que está lleno de cosas buenas.
—Bueno, si es un lugar bonito y está muy arriba, entonces seguro que tu padre lo
ha encontrado. Es un buen escalador.
Jake alzó la cabeza, contempló las estrellas y suspiró.
—Milo —dijo muy concentrado, frunciendo el ceño—. Si Dios hace el cielo, que
es bueno, ¿entonces por qué hace que ocurra esto, que es malo? ¿Por qué se ha
llevado a papá y a mamá? Él no los necesita a los dos.
Fleming se preguntó qué respondería su madre a esa pregunta. Jake ni siquiera
había mencionado el hecho de que aquel Dios supuestamente todopoderoso,
omnisciente y compasivo se había llevado también sus dos piernas.
—No lo sé, Jake. Si existe Dios, tal vez sea egoísta y piense que tus padres son
tan especiales que los quiere para él.
—El cielo es un buen sitio, ¿verdad? —preguntó Jake con gesto de preocupación.
—Sí, claro —respondió Fleming, pasando la mano por el pelo de su sobrino.
—O sea, que mis padres están contentos, porque en el cielo todo el mundo está
contento.
Fleming miró fijamente a Jake.
—Sí, Jake. Estoy convencido de que están muy contentos.
Pero no estaba nada seguro.
¿Alguien podía estar seguro?

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El Think Tank.
Nueve horas después.

A
las tres menos veinte de la madrugada, Amber se hallaba profundamente
dormida en el Think Tank de Barley Hall. Aquella misma tarde había
regresado desde San Francisco y Virginia Knight le había informado de la
muerte de Rob Fleming. Las enfermeras le habían ayudado a instalarse en su
cubículo, y allí se alegró mucho al encontrarse con una tarjeta del padre Peter Riga,
acompañada de una caja de sus bombones belgas favoritos.
«Estoy seguro de que todas esas pruebas revelarán que posees una mente
extraordinaria. Llámame siempre que te apetezca conversar. Papa Pete».
Luego la llevaron en silla de ruedas hasta el Think Tank para proseguir con sus
ejercicios y análisis. Hacía dieciocho minutos que se había quedado dormida y en ese
momento entraba en fase REM, el estado onírico.
A medida que su mente inconsciente se separaba de su cuerpo, ella se retorcía y
se agitaba en la cama. Momentos después se quedó inmóvil y las órbitas de los ojos
empezaron a moverse muy deprisa. Levantó los párpados y miró sin ver el techo.
Amber se alejaba de su cuerpo más rápidamente que en la ocasión anterior —tanto
que apenas podía respirar—, se aproximaba a la luz brillante a una velocidad
terrorífica. Todo estaba comprimido, la oscuridad era más negra, la luz, más radiante.
Estaba segura de que, en esa ocasión, la luz le revelaría algo terriblemente cierto y la
engulliría para siempre.
Mientras se aproximaba a ella, no podía hacer más que gritar en el vacío, pero su
grito era mudo…

* * *

Miles Fleming cruzó las puertas de Barley Hall montado en su coche y enfiló el
sendero de grava. Aparcó junto a la puerta principal. El pórtico de la entrada,
flanqueado por columnas dóricas, se veía imponente al resplandor de las luces de
seguridad, pero Fleming no alzó la vista al entrar en el edificio y se dirigió
directamente a su despacho.
Después de hablar con Jake, se había acostado temprano y se había dormido
profundamente poco después de las diez. Dos horas más tarde, un sueño tenebroso,
pero que no recordaba, lo había despertado empapado en un sudor frío y lo había
empujado a salir de casa de sus padres y a trasladarse hasta allí. Tenía que averiguar
por qué el neurotraductor había permitido a Rob hablar después de muerto. Debía
hallar una explicación racional a lo sucedido, y debía hallarla de inmediato.
Avanzando por el pasillo tenuemente iluminado del ala este, dejó atrás a la

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enfermera del turno de noche, que estaba amodorrada sobre su escritorio, pero se
detuvo al percibir el llanto lastimero de una niña que procedía del Think Tank. En ese
momento no había menores en Barley Hall. Al oír lo que decía la pequeña, se le erizó
el vello de la nuca.
Entreabrió la puerta del Think Tank hasta que vio a Amber Grant tendida,
inmóvil, en la cama, con el casquete azul puesto. La transpiración hacía brillar su piel
y tenía los ojos abiertos. Aquella visión lo perturbó, pero lo más inquietante era la
voz infantil que salía de sus labios. Fleming contuvo el aliento.
«Amber, Amber, ¿dónde estás?», decía aquella voz entre asustada y
desilusionada.
Se acercó al neurotraductor, que mostraba un espectro con los colores del arco iris
a medida que los procesadores ópticos paralelos realizaban incontables cálculos
simultáneos. Ajustó ligeramente los diales del panel inferior, hizo descender la esfera
y accionó un interruptor. Los altavoces se pusieron en marcha al momento, aunque él
todavía no tenía la menor idea de qué esperaba oír. Aguardó unos instantes, y ya
estaba a punto de apagarlos de nuevo cuando, a través del crepitar de la electricidad
estática, se abrió paso un sonido.
El grito desgarrador no se parecía a nada que hubiera oído en su vida. Mientras
alargaba la mano para apagar los altavoces, le vino a la mente la cita bíblica de la que
su hermano se había reído, nervioso, al oírla en las clases de catecismo que recibían
en la escuela: «Mas los hijos del reino serán echados a las tinieblas de afuera: allí será
el lloro y el crujir de dientes».
A pesar de todo su escepticismo de adulto, aquel lamento desesperado
descompuso a Fleming: no era de este mundo. Era el sonido de un alma atormentada.
Trató de calmarse y se volvió hacia la cama. Amber estaba tranquila y respiraba
con normalidad. Tenía los ojos cerrados y no se movía. Abandonó el Think Tank y
siguió hasta su despacho. Ya no le preocupaba no ser capaz de explicar por qué Rob
había hablado después de muerto. Ahora lo que le preocupaba, lo que lo aterrorizaba,
era precisamente lo contrario, ser capaz de explicarlo.

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Arca Roja, 33° 15’ S, 16° 06’ E.


Esa misma noche.

X
avier Acosta odiaba la noche. Quedaba tanto por hacer… y mientras dormía
no conseguía nada. Hubo un tiempo en que apenas necesitaba descansar,
pero aquellos días ya pertenecían al pasado. La noche también era el
momento de la introspección. Cuando se encontraba solo con sus pensamientos,
surgían las dudas. Su fe se ponía a prueba.
—Dígame con sinceridad, Monseñor —le preguntó a su asistente mientras éste lo
ayudaba a acostarse en su camarote privado del Arca Roja—: ¿Cree usted que el
doctor y los demás científicos obtendrán lo que buscan?
Paolo Diageo era la única persona en el mundo con quien podía compartir sus
dudas. Aquel hombretón había trabajado para él desde que Acosta pasó a formar
parte de la curia de Roma, hacía más de veinte años. Había sido el primero en jurarle
fidelidad cuando abandonó el Vaticano. Licenciado y procedente de los barrios más
humildes de Nápoles, Diageo le había contado en una ocasión que había
experimentado dos conversiones religiosas: una había sido terrenal, al ingresar en los
dominicos para escapar a su destino de pobreza, y la otra espiritual, la primera vez
que oyó predicar a Acosta y decidió seguirlo. Se trataba de un hombre duro, poseedor
de una inteligencia aguda, instintiva, que mantenía sus contactos con el submundo
secular —algunos aseguraban que con la mafia—, y Acosta sabía que haría cualquier
cosa por él.
Diageo lo ayudó a quitarse la túnica escarlata y la echó al cubo de la ropa sucia.
Después, con sorprendente delicadeza, cogió la nueva, que se hallaba junto a la
puerta, la extrajo de su envoltorio de plástico y la colgó en el alto armario de caoba
para que estuviera lista al día siguiente. Finalmente, le alargó el albornoz blanco que
aguardaba sobre la cama, para que se lo pusiera.
—No serán los científicos quienes garanticen el cumplimiento de su misión,
Santidad —respondió Diageo con su voz lenta y profunda, mientras Acosta metía los
brazos en las mangas—. Será Dios quien vele por que suceda. Él no permitirá que se
agote el tiempo. Es demasiado importante para Sus planes.
La serena certeza de aquel hombre tranquilizó a Acosta.
Diageo entró un instante en el cuarto de aseo.
—Su baño ya está listo, Santidad —dijo al salir—. Le he dejado los analgésicos y
la medicación junto a la cama. ¿Manda algo más?
—No. Dios te bendiga, Monseñor.
—También a usted, Monseñor. Si…
—Gracias, Monseñor. Te llamaré si te necesito.

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Cuando Diageo se fue, Acosta, cojeando, se metió en el baño. Sus aposentos
privados eran austeros. El objeto más valioso era una espada ceremonial que,
envainada, colgaba sobre la cama. La conservaba desde sus días de capitán en la
Marina argentina, como símbolo de la eterna guerra que libraba por la salvación de la
humanidad.
Una vez en el baño, se quitó el albornoz y la ropa interior, y quedó desnudo frente
al espejo. Teniendo en cuenta su edad y el desgaste que los años habían infligido en
su cuerpo, todavía estaba en forma. El daño más visible era la cicatriz que asomaba
en su maltrecha pierna izquierda, así como la deformación de la pelvis, recordatorios
de la herida que había cambiado el curso de su existencia hacía muchos años.
Porque él había sido un hombre muy distinto, guerrero joven, de sangre caliente,
que ni se planteaba si Dios estaba de su parte. Lo único que le importaba era la
conquista en la batalla, en su carrera, con las mujeres. Pero entonces, aquel jet Harrier
de los británicos hundió su crucero en las islas Malvinas. No recordaba la explosión,
ni el momento en que lo rescataron con helicóptero, antes de que la nave de guerra se
hundiera. Pero, aunque aquello había sucedido hacía más de treinta años, todavía
recordaba con detalle las once horas de intervención en Buenos Aires, mientras el
cirujano luchaba por salvarle la vida. Aunque, lógicamente, estaba anestesiado y, por
tanto, inconsciente, vio a los médicos unirle la pelvis como si flotara por encima de la
mesa de operaciones, preguntándose si viviría o moriría.
Cuando despertó de la anestesia, supo que debía dar un nuevo rumbo a su vida.
Dios lo había elegido, salvando su alma pero dañando su cuerpo, para que se centrara
en lo espiritual, y no en lo físico, para que sirviera a Sus altos intereses. Había
bendecido a Acosta con el sufrimiento para que, inmerso en aquel dolor continuo,
recordara siempre que era un enviado de Dios en la tierra.
Renqueando, se metió en el baño y comprobó la temperatura del agua antes de
entrar en la bañera. Se sumergió en ella y sintió que el calor penetraba en sus huesos
doloridos, y se consoló pensando en todo lo que había conseguido desde su salida de
Roma. En apenas diez años había creado la Iglesia de la Verdad del Alma y la había
convertido en el ministerio más importante del mundo.
Con todo, mientras salía de la bañera y se secaba, se dio cuenta de que incluso
aquel éxito fenomenal no significaba nada. Se puso el pijama y se tomó las píldoras
que se alineaban en la mesilla de noche, en el orden en que Diageo las había
dispuesto. Mientras lo hacía, rezó una breve oración. Esperaba que su asistente
tuviera razón, que Dios concediera a Bradley Soames el tiempo suficiente para
culminar con éxito el Proyecto Alma.
Apoyó la cabeza en la almohada y apagó la luz. En la oscuridad, regresaron a su
mente los ojos muy abiertos de la madre Giovanna Bellini, que lo miraban
acusadores, y se dio media vuelta. El Proyecto Alma debía salir adelante para
justificar su muerte y la de los demás. Su destino no podía limitarse a ser el ministro
de Dios en la tierra. Para que su vida —y la muerte de la madre Giovanna— tuviera

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sentido, debía convertirse en el ministro de Dios en la tierra y en el cielo.

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23

Barley Hall.

T
ras abandonar el Think Tank, Fleming se dirigió a su despacho a toda prisa
atravesando pasillos oscuros y desiertos. Una vez allí, encendió el ordenador,
accedió a la base de datos y, tras teclear su contraseña, accedió a los archivos
secretos de Brian. Revisó la base de datos del neurotraductor hasta encontrar el icono
con el nombre de «Rob Fleming». Aspiró hondo, rozó el icono con la punta del dedo
y abrió la carpeta que contenía varias más.
En cuestión de segundos, dispuso la pantalla en dos mitades; la izquierda
mostraba los patrones intermitentes de las ondas cerebrales de Rob, mientras la
derecha reproducía la grabación de vídeo Quicktime realizada por las cámaras del
Think Tank en la que se mostraba su muerte. En el extremo inferior de la pantalla, un
reloj le permitía sincronizar las acciones del vídeo con la actividad cerebral de su
hermano.
Haciendo esfuerzos por distanciarse de lo que presenciaba, reprodujo el
experimento desde el principio y observó cómo las señales de las ondas del cerebro
oscilaban mientras Rob «hablaba» por primera vez. Cada palabra trazaba un patrón
único que implicaba una serie de ondas cerebrales y, en ese estadio, al concentrarse
en la mitad izquierda de la pantalla, no veía nada anómalo.
Hasta que Rob tuvo la nueva embolia.
La mitad derecha de la pantalla mostró a Frankie aplicando el desfibrilador en el
pecho de su hermano. La izquierda reproducía la oscilación frenética de las ondas
cerebrales de Rob, que denotaban su gran agitación.
Luego, una a una, fueron convirtiéndose en líneas planas, la representación de su
muerte cerebral.
Durante los siguientes seis minutos, las ondas cerebrales no revivieron. Excepto
una. Una longitud de onda tan alta en el espectro de frecuencias que ya casi se salía
de la escala. Fluctuaba aleatoriamente mientras Rob pronunciaba sus últimas
palabras. Y parecía la única responsable de que pudiera hablar después de muerto.
Fleming no había visto en su vida algo así. Rozó la pantalla y se abrió un recuadro de
diálogo. Buscó el título, pero no había ninguno, sólo la palabra «desconocido» escrita
en lo alto.
Fleming pulsó la flecha doble sobre la barra de estado, en la base de la pantalla, y
rebobinó el vídeo hasta el principio del experimento. En esa ocasión, al revisar la
mitad izquierda de la imagen, se fijó en que aquella señal cerebral desconocida había
permanecido inmóvil hasta que Rob hubo muerto.
Fleming trataba de comprender lo sucedido. Volvió a rebobinar dos veces más el
experimento, elevando el sonido al máximo, para oír mejor la voz de Rob generada

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por ordenador. Y en todo momento estudiaba las longitudes de onda, en especial
aquella desconocida que se hallaba en lo alto de la pantalla.
Finalmente, llegó a dos observaciones. La primera era que aquella nueva longitud
de onda parecía permitirle a Rob hablar con más fluidez después de muerto, casi
como si fuera más rápido aprendiendo a usar el neurotraductor que todas las demás
ondas cerebrales de Rob combinadas. La segunda era que, aunque la longitud de onda
se había activado tras la muerte de Rob, no es que hubiera aparecido en la pantalla en
ese momento. Aletargada y desapercibida en lo alto del registro, ya estaba en la red
neuronal de Brian desde el inicio del experimento.
Fleming no lograba explicar el porqué de la primera observación, pero la razón de
la segunda le parecía obvia: el neurotraductor no había descubierto aquella misteriosa
y nueva longitud de onda a la muerte de Rob. Su red neuronal ya la había conocido
en un paciente anterior, recientemente además.
Se echó hacia delante, rozó la pantalla y se metió en la lista de archivos del
neurotraductor. Al momento, el historial de Amber Grant apareció ante él.
A la derecha de la pantalla se veía la grabación en vídeo de la primera noche que
Amber pasó en el Think Tank. En ella aparecía girándose y revolviéndose durante su
sueño, hasta que su cuerpo, súbitamente, quedó tranquilo, abrió los ojos y gritó con
voz de niña pequeña. Repetía su propio nombre una y otra vez, como si se hubiera
perdido.
Fleming se fijó en la mitad derecha de la pantalla y se quedó casi sin respiración.
En primer lugar, las longitudes de onda se mezclaban y oscilaban frenéticamente, lo
mismo que las de Rob en el momento de su muerte. Luego la pantalla distorsionó las
imágenes, las longitudes de onda se aplanaron momentáneamente, como si estuviera
cerebralmente muerta, y una única señal intermitente apareció en la pantalla, en el
extremo superior del espectro de frecuencia.
Sin necesidad de comprobarlo, Fleming supo que se trataba de la misma longitud
de onda nueva que había permitido a su hermano hablar después de muerto. Se
concentró en la pantalla y después, con movimientos lentos, como un sonámbulo,
buscó los iconos que se mostraban en la imagen, abrió la carpeta con los registros de
Amber correspondientes a esa misma noche y reprodujo la secuencia que acababa de
presenciar en el Think Tank.
La observó dormida, se fijó en su comportamiento fisiológico en el momento de
alcanzar la fase REM. Forcejeaba, como si la arrastraran a un lugar al que no quisiera
ir. Al entrar en el estado de los sueños, todo su cuerpo se relajó. La mayoría de las
personas queda como paralizada al incorporarse a la fase REM, pues el puente y la
médula, en la base del cerebro, envían señales por la espina dorsal para inhibir la
actividad muscular e impedir, de ese modo, que los sueños cobren vida. Las señales
de Amber eran débiles y abrió los ojos como si buscara algo. Hablaba con la voz que
había oído hacía apenas unos instantes: la voz de una niña.
Mientras observaba las ondas cerebrales parpadear y extinguirse a un lado de la

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pantalla, y mientras se fijaba en Amber, que dormía en el otro, se vio a sí mismo
entrando en el Think Tank y dirigiéndose al neurotraductor conectando los altavoces.
Al oír la grabación de aquel grito sobrenatural, estudió aquella única onda cerebral
desconocida que aparecía en la mitad izquierda de la pantalla. Vio que se movía en
sintonía con el grito, como si reflejara toda la agonía que éste expresaba.
Simultáneamente, en todo momento se oía a Amber gritando su propio nombre.
Fleming entendía el cerebro humano mejor que la mayoría y era el primer
interesado en considerar todo aquello como una anomalía de una psique atormentada
o como algún síndrome de retraso en la memoria. Pero no podía.
Recordó lo que Amber le había contado sobre aquel sueño en que moría y le
asaltó una pregunta: ¿Y si tenía razón? Como ella poseía parte del cerebro vivo de
una persona muerta, tal vez sí hubiera una conexión entre su conciencia viva y la de
su gemela fallecida. Quizá su sueño de muerte hubiera sido un recuerdo de su
experiencia cercana a la muerte en el quirófano, y el grito que él había oído podía ser
el grito de su mente ante aquella muerte, pronunciado a través de la longitud de onda
desconocida. Y quizás aquella voz de niña no proviniera de la conciencia de Amber,
sino de la de Ariel.
¿No le había dicho algo sobre que ella y su hermana intentaban comunicarse sin
lograrlo, como dos imanes con la misma carga magnética? Fleming se apoyó en el
respaldo de la silla y se llevó los dedos a las sienes. La cabeza le ardía, como si
tuviera fiebre, y le temblaban las manos. Quería meterse en la cama y olvidarse de
todo aquello, pero el sonido no lo abandonaba. Por más que tratara de interpretar de
otro modo los datos que tenía delante, sólo se le presentaba una explicación posible, o
mejor dicho, imposible.
De algún modo, cuando Ariel murió, un rastro de su conciencia permaneció en la
sección viva del cerebro de Amber que su siamesa había compartido con ella. A
diferencia de lo que sucede con otras partes del cerebro humano, las células
cerebrales no se renuevan, y así, entre las dos hermanas se había mantenido el
vestigio de un vínculo mental. Parte de la conciencia de Ariel parecía querer
contactar con su hermana viva, a la vez que parte de la de Amber se había
embarcado, al menos en dos ocasiones, en el traumático viaje de la muerte. A cierto
nivel inconsciente, ambas buscaban encontrarse en aquella tierra de nadie entre la
vida y la muerte.
Si el «hardware» de la conexión entre las gemelas era el tejido cerebral que
compartían, el «software» de aquel vínculo era aquella única e inexplicable longitud
de onda. Pero ésta no sólo relacionaba a Ariel con Amber, sino que también había
permitido a Rob comunicarse. Aquella señal neuronal, aquella longitud de onda del
alma, tal vez fuera el vínculo universal entre la mente abstracta y el cerebro físico, el
punto de unión entre la vida y la muerte.
Mientras volvía a proyectar el vídeo del sueño de Amber, y mientras el grito salía
por los altavoces del neurotraductor, Fleming recordó su propio sueño y la pregunta

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de Jake sobre la existencia del cielo. Y se le puso la carne de gallina.
Debía haber una explicación racional para todo aquello.
Estaba tan absorto en sus pensamientos que dio un respingo al distinguir una
figura a pocos metros de él, concentrada en la pantalla del ordenador.
La directora de Barley Hall sostenía un café en cada mano.
—Virginia, ¿qué estás haciendo aquí?
—Mi excusa es el insomnio, Miles. ¿Y la tuya?
—¿Cuánto tiempo llevas ahí de pie?
Knight volvió a fijarse en la pantalla. Estaba muy pálida.
—El suficiente. ¿Qué diablos está pasando?
Fleming se alegró de poder compartir la carga que lo oprimía.
—Siéntate, Virginia. No estoy del todo seguro de lo que tengo aquí, pero tengo
que contarte algunas cosas.

* * *

Arca Roja, 18° 10’ S, 16° 01’ E.


Noventa minutos después.

Xavier Acosta dormía profundamente cuando llamaron con brusquedad a la puerta de


su camarote. Abrió los ojos y trató de orientarse.
—¿Qué sucede? —Gruñó.
La puerta se entreabrió y un triángulo de luz se posó sobre los preciosos colores
de la gastada alfombra china. Monseñor Diageo asomó la cabeza por ella.
—Santidad, discúlpeme, pero tiene una llamada urgente.
—¿Y no puede esperar?
Diageo abrió la puerta un poco más y entró en el cuarto.
—No, Santidad, no puede esperar —aclaró, sosteniendo un teléfono digital
inalámbrico.
—¿Qué hora es?
—Las tres y media, hora de Ciudad del Cabo.
Acosta volvió a gruñir y cogió el teléfono. En un primer momento no reconoció la
voz de su interlocutor, pero cuando lo hizo, su irritación se esfumó y fue reemplazada
por un estado de intensa alerta.
Mientras escuchaba, la euforia se apoderaba de él. Controlaba apenas la necesidad
de bombardear a preguntas a quien se encontraba al otro lado de la línea, aunque eran
muchas las cosas que quería saber. Escuchó pacientemente, hasta que la voz cesó, y
entonces formuló tres preguntas. Tras asimilar las respuestas, dio cuatro
instrucciones. Finalmente pronunció unas palabras de agradecimiento, colgó y
devolvió el teléfono al paciente Diageo.
Apartó las sábanas, se levantó de un salto y se metió en el baño casi sin cojear.

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—Monseñor Diageo —gritó por encima del hombro—. Tenemos que prepararnos
para el nuevo día. Hay mucho que hacer. Nuestro Señor ha provisto al fin y no
podemos defraudarle.

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24

Barley Hall.
Un día después.

A
mber despertó agotada. El recuerdo del sueño de la noche anterior era
siniestro y le parecía aún más revelador que el primero. Tenía la frustrante
idea de que había algo que debía recordar, algo relacionado con Ariel. Era
como si pudiera ver a su hermana llamándola desde el otro lado de un cristal grueso y
traslúcido, pero no lograra oír lo que le decía. Mientras se preparaba para el día que
tenía por delante, sintió impaciencia al pensar que iba a reunirse con Miles Fleming
de nuevo. Esperaba que el análisis inicial del neurotraductor arrojara algo de luz
sobre su caso. Esa misma tarde llamaría a papa Pete.
Empezaba a sentirse más optimista cuando llamaron a la puerta. Era la profesora
Virginia Knight, que entró en el Think Tank. Se veía despeinada y parecía haber
dormido con la ropa puesta.
—Disculpe la molestia, doctora Grant, pero tengo malas noticias. El estado de su
madre ha empeorado. La residencia le sugiere que regrese cuanto antes.
Aquello era lo último que esperaba oír. Fue como si un mazazo le aplastara la
cabeza. Amber sabía que su madre se moría, pero hasta ese momento no lo había
aceptado. Sus dolores de cabeza fantasmas y sus sueños le parecieron de pronto
irrelevantes. Debía volver a casa.
—Despega un vuelo en algo menos de dos horas. Si sale en quince minutos
llegará a tiempo de tomarlo. Hay una limusina esperándola para llevarla a Heathrow
—dijo Knight, esbozando una sonrisa comprensiva—. Si puedo hacer algo por usted,
hágamelo saber.
Amber consultó la hora.
—¿Cree que podría hablar con el doctor Fleming antes de irme?
—No si pretende montarse en ese avión. Ignoro si el doctor viene hoy, pero si lo
hace, todavía tardará un buen rato en llegar.
Amber estaba decepcionada. Tendría que esperar a que le dieran los resultados del
neurotraductor.
—¿Podría transmitirle mi más sentido pésame por lo de su hermano y darle las
gracias a él y a su equipo de mi parte? Debo arreglar las cosas para volver a terminar
el tratamiento.
—No se preocupe por eso ahora. La clínica se pondrá en contacto con usted para
que lo retome donde lo ha dejado. No hay problema.
A las nueve y cuarto, Amber salía en limusina de Barley Hall. Por el retrovisor
vio que el imponente edificio se alejaba y se hacía más pequeño. Al pasar por el cruce
de Cambridge, no se fijó en el Jaguar que avanzaba en dirección contraria.

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Una modorra repentina se apoderó de ella en la M-11. Cuando el coche llegó a la
M-25 ya estaba inconsciente. En el cruce de la M-4, la limusina hizo caso omiso de
las señales que señalaban el camino de Heathrow y siguió en dirección a
Maidenhead. Una vez allí, el conductor enfiló el sendero de una gran finca victoriana
de cuyas puertas colgaban unas placas blancas: «Residencia de la Iglesia de la Verdad
del Alma». El símbolo de la iglesia, una representación esquemática del Arca Roja
con el mástil en forma de crucifijo, aparecía bajo la inscripción.
El vehículo entró sin dilación en un garaje que quedaba en la parte trasera del
edificio de ladrillo rojo. El cuerpo inerte de Amber fue retirado de la limusina y
llevado al depósito de cadáveres donde lo colocaron en una urna fúnebre aislada que
ya la esperaba, dotada de bombonas de oxígeno y sonda intravenosa.
Los documentos necesarios para el traslado y el certificado de defunción se
prepararon a nombre de Jane Smith y sobre él se grabó el sello de la residencia. Las
firmas de dos médicos ya se habían estampado en los impresos sin rellenar. El
personal que se ocupaba de Amber y el papeleo lo hacía con una precisión pausada,
sin cuestionarse nada, lo que indicaba que no era la primera vez que se enfrentaba a
algo parecido. Finalmente cerraron el ataúd blanco y lo colocaron en el coche
fúnebre, que se trasladó hasta la zona de carga de la terminal 4.
Dos horas más tarde, el cuerpo inconsciente de Amber Grant se hallaba en pleno
vuelo, bien custodiado, a bordo de un Boeing 747, rodeado de más comodidades de
las que jamás gozaría cualquier pasajero de primera clase.

* * *

Arca Roja, 18° 06’ S, 16° 03’ O.

El papa Rojo rebosaba vitalidad y se había olvidado por completo del dolor que
atormentaba su cuerpo. Vestido con su túnica escarlata hasta los pies, iba de un lado a
otro de su despacho, situado en la proa del Arca Roja. La impaciencia que sentía al
pensar que podía hallarse próximo el desenlace de su búsqueda era tan intensa que
casi creía saborearla.
—¿Todo en orden por su parte, doctor? —preguntó al rostro que le observaba
desde la penumbra de la pantalla que tenía encendida en el escritorio.
—En este momento están preparando el laboratorio, Santidad —respondió
Soames con una sonrisa en los labios—. Muy pronto estará lista.
—¿Está conectado el Consejo de la Verdad?
—Tan pronto como usted llegue, ellos estarán disponibles… bien en persona, bien
online.
—Perfecto. —Acosta se volvió hacia Diageo, que se hallaba de pie junto a la
puerta, en silencio—. Monseñor, ¿ha realizado usted los demás preparativos? ¿Ha
atado todos los cabos sueltos?

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—Nuestros contactos en Londres y…
Acosta le sonrió.
—No me dé los detalles, Monseñor. —Los turbios contactos de Diageo en el
mundo secular resultaban útiles, pero Acosta ya llevaba bastante carga a cuestas
como para estar al corriente de ellos—. Haga lo que tenga que hacer, Monseñor. Y
limítese a informarme de que todo está en su sitio.
Diageo asintió impasible.
—Todo en orden.
—Excelente.
Acosta se volvió y miró por el gran ventanal en dirección al inmenso océano que
se perdía en la distancia. Se sacó un pañuelo del bolsillo y tosió con fuerza. Diageo se
acercó por si necesitaba algo, pero él lo apartó con un gesto.
—Ordene al puente de mando que ponga rumbo norte a toda máquina. Y prepare
los dos helicópteros. Quiero estar en la Fundación en veinticuatro horas. Presente mis
disculpas a aquéllos con los que debía hablar a bordo y pase repeticiones de mis
sermones para los servicios de hoy.
Bajó la mirada. El pañuelo blanco estaba salpicado de sangre. No tenía miedo:
confiaba en estar listo cuando llegara el momento.

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25

Barley Hall.
9.30 a. m.

A
pesar del cansancio, la mente de Fleming Miles bullía de posibilidades
cuando aparcó el Jaguar y se fue directo a ver a Amber. Tras las emociones
de aquella misma noche, o para ser más exactos, de aquella madrugada,
Knight lo había enviado a casa para que descansara unas horas. Y, en efecto, al fin
logró adormecerse y no oyó el despertador que sonó, como siempre, a las seis en
punto.
No podía dejar de pensar en lo que aquella nueva longitud de onda podía
significar. Debía haber alguna explicación racional para todo aquello, estaba seguro.
Lo que le hacía falta era tiempo para investigarlo. El científico que había en él lo
impulsaba a saber más y reconocía que aquel hallazgo eclipsaba el descubrimiento de
las microondas ocurrido hacía unos decenios. Con todo, otra parte de él deseaba no
llegar a descubrir qué había tras la nueva longitud de onda, pues su existencia
amenazaba todo aquello en lo que creía. ¿Y si existía algo más en nuestra existencia
que esta vida? ¿Y si había un más allá? ¿Qué implicaría ello para su concentración
exclusiva en el aquí y el ahora? ¿Y qué implicaría para el alma de Rob? Como le
había preguntado Jake, ¿era el cielo un buen sitio? ¿Deseaba realmente conocer las
respuestas?
—Miles, tenemos que hablar —le dijo Knight cuando pasó frente a su despacho.
Parecía muy seria cuando lo acompañó hasta la silla y lo invitó a sentarse. Tras la
muerte de Rob se había mostrado comprensiva pero distante, interesada por saber qué
había sucedido exactamente. Aquella misma madrugada, cuando le contó lo de
Amber Grant, actuó con cautela—. Miles, he estado hablando con los otros miembros
de la Fundación y me han transmitido algunas dudas de las que debo hacerte partícipe
—le confesó ahora.
Fleming frunció el ceño.
—¿Qué dudas?
—Habría preferido esperar, pero ya que estás aquí, mejor que las tratemos ahora.
Como Rob falleció en el transcurso de un experimento llevado a cabo aquí, debemos
asegurarnos de que la reputación de Barley Hall en cuanto a seguridad queda intacta.
—Virginia, era mi hermano. Me siento fatal, pero te aseguro que la prueba no
tuvo nada que ver con su muerte.
—Miles, todo es cuestión de percepción. Yo ya sé que no fue culpa tuya y que la
investigación independiente no…
—¿Investigación? ¿De qué diablos hablas?
—Es una simple formalidad. Vivimos tiempos delicados. Debemos pensar en los

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patrocinadores y hay en juego donaciones significativas. Corre el rumor de que no
hiciste todo lo posible por salvar a tu paciente y queremos erradicarlo desde un buen
principio, antes de que la prensa lo exagere todo. Se trata, sencillamente, de
concederte un permiso de unas semanas y luego, cuando la investigación te haya
rehabilitado (todos sabemos que así será), podrás volver. La paga se te mantendrá
intacta, por supuesto, y…
Fleming no salía de su asombro.
—¿De modo que me estás inhabilitando? Vamos, Virginia, debes de estar de
broma. Ya te he dicho que tras cuatro intentos fallidos de reanimar a mi hermano,
impedí que la enfermera usara epinefrina. Me siento fatal por lo que sucedió, pero
volvería a hacerlo. A todos los efectos estaba muerto y no quería prolongar su
sufrimiento. No hice nada malo. Aquí no hay trampas. Todo está grabado en vídeo,
por el amor de Dios. Permíteme que hable con los miembros del consejo. Yo se lo
explicaré.
Knight negó con la cabeza.
—Lo siento, Miles, pero por esta vez estoy de acuerdo con ellos. Debemos
proteger la reputación de Barley Hall a corto plazo y la tuya a la larga. De ese modo
dejaremos que entre un poco de aire fresco y evitaremos la más leve sospecha de que
ocultamos algo. La prensa…
—¿Qué tiene que ver la prensa en todo esto? No hace falta que se entere de nada.
¿Por qué habrían de sospechar que ocultamos algo? Rob era mi hermano, por el amor
de Dios.
—Lo siento, Miles, pero no hay nada que discutir.
Fleming apenas lograba contenerse.
—Esto es ridículo, Virginia. ¿Y qué hay de Amber Grant y la nueva longitud de
onda? Estamos muy muy cerca de algo asombroso y tú quieres examinar si he tenido
alguna culpa en la muerte de mi propio hermano.
—Ésa es otra de las cosas que quería tratar contigo, Miles. No debes mencionar
qué ocurrió durante ese experimento. Ya es malo de por sí que Rob muriera, no
queremos atraer más interés con historias sobre contactos desde más allá de la tumba.
He hablado con las demás personas presentes durante la prueba y les he explicado
que lo que sucedió no fue más que un efecto retardado en la transmisión. Para ellos, y
para todos los demás, la explicación oficial es que las señales neuronales de Rob se
activaron antes de su muerte, pero sólo se transmitieron después de su muerte a causa
de un retraso del neurotraductor; un problema técnico.
Fleming dio un puñetazo en la mesa.
—¿Y qué sucede con Amber Grant?
—Por el momento eso no es asunto tuyo. Ha tenido que regresar a California. Su
madre está muy grave.
—¿Se ha ido esta mañana? ¿Le has contado lo del…?
—Ya tiene bastante de qué preocuparse, Miles. Supongo que lo mejor será que la

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dejemos tranquila de momento. Cuando la situación con su madre se resuelva y tú
vuelvas de tu permiso…
—Suspensión.
—Escúchame, Miles, siento mucho lo de Rob y sé tan bien como tú que lo de la
longitud de onda puede ser un descubrimiento importantísimo. Pero debemos
abordarlo con una precaución extrema. Por el momento no nos conviene ni deseamos
movernos torpemente, a ciegas. Vete unas semanas, no se trata de una suspensión, y
medita sobre todo esto. Cuando el episodio termine, podrás volver totalmente
rehabilitado y proseguir con tu trabajo, incluido el estudio de esa longitud de onda.
Tus pacientes quedan bien atendidos, también Jake, en caso de que necesite un
seguimiento en su tratamiento antes de que tú regreses. Todos los ensayos serán
ejecutados según tus deseos. Vete a casa y descansa. Vete de vacaciones, pasa más
tiempo con Jake, aprovecha para aclarar tus ideas.
Fleming recorría el despacho de un lado a otro.
—¿Cómo voy a descansar? Esto no está bien, Virginia. Esto es una inmensa
tontería. ¿Y si me niego a aceptar?
—Miles, debes hacerme caso. No me lo hagas más difícil de lo que ya es. No
quiero tener que llamar a los de seguridad para que te obliguen a abandonar las
instalaciones, pero lo haré si no me das otra opción.
—¿Qué? ¿Pretendes que me vaya ahora mismo?
—Es lo mejor. Vacía tu escritorio y vete a casa. No te preocupes por explicar a los
demás lo sucedido. Lo haré yo.
Fleming respiró hondo y apretó mucho los brazos a los costados, pues temía no
ser capaz de controlar su rabia.
—No sé qué está pasando aquí, Virginia, pero todo esto son patrañas. Y pienso
luchar contra ellas. Esto no va a terminar aquí.
Knight se puso en pie.
—Miles, sé razonable. Necesitas tiempo libre para reflexionar. La muerte de Rob
ha sido un golpe más duro de lo que tú mismo crees. Si vas contra los deseos de los
miembros de la junta, no podré protegerte contra sus acciones de castigo.
—¿Protegerme? —Fleming se fue al otro lado del escritorio y, a escasos
centímetros de su jefa, la miró a los ojos hasta que ella no pudo seguir sosteniéndole
la mirada—. Siempre he sabido que eras una burócrata, Virginia, pero jamás pensé
que pudieras ser tan ridícula. Pienso hacer lo que debo hacer. Ni más ni menos. Si no
te gusta, entonces haz tú lo que debas. Y escúchame bien, hay muchas otras
instituciones que recibirían mi trabajo con los brazos abiertos.
Diez minutos después, Fleming avanzaba a toda velocidad por carreteras
secundarias, camino de su casa. Llevaba el Jaguar descapotado y los árboles pasaban
velozmente sobre su cabeza, las hojas doradas mecidas por la brisa. Al oírlas recordó
el grito que habían emitido los altavoces del neurotraductor y Rob regresó a su mente.
En ese momento, al girar en dirección a Cambridge, la ira contenida de Fleming

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se convirtió en algo más duro. Sabía que no podría esperar pacientemente a que
concluyera la investigación sobre su caso. Sentía una obligación moral hacia Amber,
hacia Rob y hacia Jake —también hacia sí mismo—, y sabía que debía explorar todo
aquello con mayor profundidad, hallar respuestas.
Respuestas a unas preguntas sobre la vida y la muerte que ningún otro mortal
había podido proporcionar hasta entonces.

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26

Fundación VenTec. Alaska.


Dieciocho horas después.

E
l Chinook volaba bajo sobre la cadena montañosa de Brooks, en el sector
ártico de la Alaska septentrional. Acosta pasó la manga por la ventanilla para
desempañarla y miró hacia abajo, tratando de localizar la Fundación. Sabía
que el pozo petrolero adaptado debía de encontrarse cerca, pero no alcanzaba a
distinguirlo en medio de aquel páramo blanco y rocoso que se extendía a sus pies, ni
en las altas montañas blancas que lo flanqueaban. Alzó la vista y, por encima de las
aspas del helicóptero, le llegó un débil destello de sol en el pico más alto.
Mirando de nuevo por la ventanilla sucia creyó intuir una estructura sobre la cima
plana. Apoyada sobre ocho vigas dobladas, la cúpula negra, de cristal, parecía una
enorme araña agazapada en la cumbre. Junto a ella se elevaban una antena parabólica
y una torre eléctrica, y de su piel de cristal surgía una especie de embudo. Bajo la
cúpula, veía un gran pilar central que anclaba la estructura a la montaña y que
albergaba la vieja maquinaria de extracción de crudo y el hueco perforado.
Sobresaliendo a un lado de la cúpula, una pantalla de acero formaba una plataforma
semicircular. A Acosta se le iba encogiendo el estómago a medida que el helicóptero
se acercaba a ella.
Caía la tarde de octubre y la luz empezaba a menguar. Los días ya sólo duraban
unas pocas horas y en cuestión de semanas, y durante cinco meses, la oscuridad sería
total. Acosta no sentía ninguna predilección por aquel lugar inhóspito, pero
comprendía por qué Soames había insistido en establecer allí su sede. Para él, la
discreción también resultaba esencial. Sobre todo, necesitaba los conocimientos y los
recursos encerrados entre aquellas paredes, unos conocimientos y unos recursos que
Soames administraba.
Cuando el helicóptero aterrizó en la plataforma, su séquito lo sacó a la gélida
intemperie antes de escoltarlo, a través de unas puertas correderas de cristal grueso,
hasta la caldeada recepción principal. Las puertas tenían grabada una gran V en el
cristal, sobre el lema de la empresa:

VENTEC: PASADO EL PRESENTE SE LLEGA AL FUTURO.

Una vez dentro, le ayudaron a quitarse el abrigo mientras la puerta de seguridad


que daba acceso a la zona restringida se abría con un zumbido. A la luz tenue del
pasillo sin ventanas, el doctor Bradley Soames lo aguardaba con su mono blanco de
cuerpo entero. Acosta sintió alivio al constatar que los dos lobos no lo acompañaban;
había algo sobrenatural en ellos que no soportaba, que le inspiraba un profundo
temor. El científico lo saludó como un anfitrión saludaría a un huésped distinguido:

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tras arrodillarse, besó el crucifijo que llevaba colgado del cuello.
—Bienvenido, Santidad.
—Gracias, doctor.
—Los demás miembros del Consejo de la Verdad están…
Acosta alzó la mano y sonrió.
—¿Podemos tratar más tarde de esa cuestión? Estoy impaciente por verla. ¿Está
aquí?
—Sígame, Santidad. Se encuentra a buen recaudo, en el sector negro.
Acosta acompañó a Soames por el sector blanco. VenTec estaba construida en
forma de tarta: cuatro pedazos de otros tantos colores rodeaban el pilar central
rematado por la cúpula. El sector frontal, blanco, era la zona no restringida y contenía
las áreas comunes y los laboratorios generales. Los sectores azul, verde y negro eran
restringidos, accesibles sólo a quienes contaran con la acreditación necesaria. Un
quinto sector, al que se accedía a través de un ascensor situado en el interior del pilar
central, se hallaba a muchos metros de profundidad, bajo la cúpula, incrustado en el
interior de la montaña misma. Se trataba del sector rojo, también de acceso
restringido.
Al pasar por el sector blanco, sus pasos resonaron en el suelo barnizado de
madera de haya. El aire acondicionado era inodoro, pero contenía un atisbo de
electricidad estática. A su izquierda, Acosta distinguía una sucesión de laboratorios
diáfanos. Algunos estaban vacíos, salvo por unos aparatos irreconocibles; en otros
trabajaban científicos y técnicos con sus monos de trabajo blancos, como el del
doctor. Uno de ellos estaba lleno de hileras de ordenadores cuyas pantallas emitían
una luz intensa y blanca.
En las áreas residenciales, Acosta apenas vio las flechas, también blancas, que
indicaban el camino hacia las distintas instalaciones: las suites, los restaurantes, el
cine, la sala médica, la piscina, el gimnasio y la sala de oraciones. Las pocas ventanas
exteriores estaban tintadas de azul y conferían al paisaje ártico una apariencia aún
más fría.
Al llegar al pilar central, el ascensor que conducía al sector rojo estaba marcado
con flechas, de ese mismo color, y advertencias: SÓLO PERSONAL
AUTORIZADO. OBLIGATORIO EL USO DE PROTECTORES OCULARES.
Doblaron a la izquierda y atravesaron otra puerta sellada de seguridad, que conducía
al sector verde.
Finalmente, el pasillo se curvaba en torno al pedazo de la tarta que quedaba más
al norte, el sector negro, sede del Proyecto Alma.
Tras abrir la puerta de cristal aplicando la palma de la mano a un sensor que se
hallaba junto al mecanismo de cierre, Soames condujo a Acosta a través del
complejo, dejando atrás la sala de conferencias y la de comunicación, camino del
laboratorio principal. Antes de entrar, presentó a Acosta a una mujer rubia imponente
y a un negro muy alto con gafas. Los dos llevaban el crucifijo esmaltado de la Iglesia

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de la Verdad del Alma grabado en el mono de trabajo. La mujer se había puesto un
perfume sensual que embriagó a Acosta.
—La doctora Felicia Bukowski y el doctor Walter Tripp me han ayudado en el
Proyecto Alma. La mayoría del trabajo que hemos realizado hasta ahora se debe, en
gran parte, a ellos dos.
Acosta les estrechó la mano.
—Participan en una aventura sagrada y gloriosa, y les agradezco todo su esfuerzo
e ingenio.
—Es un honor formar parte de ella —dijo Tripp.
—Un privilegio, Santidad —añadió la mujer rubia.
Acosta los estudió durante un instante. Los dos se mostraban respetuosos, pero
había algo en sus gestos y en su manera de sonreír que no parecía sincero. Él, que se
jactaba de ver el corazón de las personas, no estaba seguro de qué fallaba en ellos,
pero sentía que aquellos científicos se burlaban de él, como dos niños listos que
perdonaran la vida a un pariente fastidioso. Apartó de su mente aquellas ideas y dejó
que Soames lo llevara hasta los aposentos privados del sector negro.
Soames se detuvo al llegar a la primera puerta e invitó a Acosta a mirar por un ojo
de buey.
—Aquí duerme. Los sedantes dejarán pronto de hacer efecto.
Acosta se acercó al cristal y observó a la mujer que dormía en una cama
individual. Estaba conectada a un gota a gota intravenoso, así como a un monitor que
controlaba sus constantes vitales y que pitaba con tranquilizadora regularidad.
—¿Cómo está?
—Bien. Cuando despierte se sentirá algo aturdida, pero habrá recobrado su fuerza
habitual cuando llegue la hora de ocuparnos de ella.
—Excelente —susurró Acosta.
El pelo moreno de aquella mujer se esparcía por la almohada; la piel aceitunada
resplandecía y contrastaba con la sábana blanca; las largas pestañas le rozaban los
pómulos. Acosta contemplaba a Amber Grant en su sueño; su belleza etérea le
agradaba.
De todos modos, no era simplemente hermosa; era un regalo de Dios.

* * *

Los sedantes nublaban los sentidos de Amber, que no sabía qué era un sueño y qué no
lo era. Abrió los ojos y descubrió que se hallaba tendida en una habitación
desconocida, con las muñecas atadas a una cama extraña. El corazón se le aceleró al
ver el gota a gota y el monitor. ¿Aquello era real o se trataba de una pesadilla?
Un movimiento súbito en su visión periférica la llevó a volverse hacia la pequeña
ventana circular que quedaba a la izquierda de la cama. A través de ella, vio unos ojos
negros que la observaban. La avidez de aquella mirada intensa acentuó su zozobra

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mucho más que las ataduras de las muñecas y el gota a gota. El rostro de aquel
hombre le resultaba sorprendentemente familiar, pero en aquel estado de sopor
inducido por los medicamentos, no reconoció la nariz aguileña ni los prominentes
pómulos. Entonces, el rostro se retiró unos centímetros del cristal y toda su cabeza
quedó enmarcada por la ventana, incluido el birrete escarlata. Al percatarse de quién
debía de ser, sintió una punzada de temor tan intensa que ahogó un grito.
«Esto tiene que ser un sueño —se dijo—. Una pesadilla».
Porque aquel ser era el diablo que había venido a llevarse su alma.

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27

Sala de conferencias del sector negro.


VenTec.

L
a iluminación era tenue y Acosta se sentó en la cabecera de la mesa larga y
rectangular. Flanqueándolo, monseñor Diageo y el propio Bradley Soames.
Sus lobos estaban tendidos tras él, inmóviles, silenciosos como estatuas
grises. Bukowski y Tripp ocupaban unos asientos más alejados y apoyaban las manos
sobre la superficie de madera.
En una de las tres pantallas de plasma holográfico encendidas frente a Acosta,
aparecía Frank Carvelli pasándose la mano por aquella coleta de un negro artificial en
un gesto ausente. El responsable de KREE8 Industries, y miembro del Consejo de la
Verdad, la persona que se ocupaba de las presentaciones a la prensa y las relaciones
públicas, iba vestido de negro, como siempre, con una chaqueta de cachemir y un
suéter de cuello vuelto.
Sin embargo, y a pesar de todos los contactos de Carvelli con la prensa, la noticia
del día no la había dado él, sino el tercer miembro del Consejo de la Verdad que, para
enojo de Acosta, todavía no se había conectado a la red.
—Dijo que todos estarían aquí —inquirió a Soames, volviéndose para mirarlo.
El doctor se encogió de hombros.
—Deberían estar todos, Santidad.
Acosta frunció el ceño y miró por encima del hombro de Soames. Tras él, a través
del falso espejo que hacía las veces de tabique de separación de la sala de
conferencias, Acosta veía el laboratorio principal en todo su blanco esplendor. Junto a
la camilla, un armario transparente protegía la esfera de cristal, que tenía el visor
abierto, a los pies de lo que parecía una torre de monitores y aparatos auxiliares.
—Empecemos ya —ordenó Acosta de pronto—. Vuelva a explicarme por qué
Amber Grant es tan importante.
Carvelli se echó hacia delante en la pantalla y Soames sonrió mostrando sus
dientes perfectos.
—Conozco a Amber desde hace muchos años, es mi socia en mis negocios, y
siempre he admirado sus aptitudes —dijo—. Pero desconocía por completo cuáles
eran sus verdaderos talentos hasta que, hace nueve meses, iniciamos nuestros
experimentos para capturar el alma. Ella no estaba al corriente de ellos, por supuesto,
pero fue más o menos por entonces cuando empezó a sufrir sus curiosas migrañas.
Con el tiempo, se hizo evidente que sus dolores de cabeza coincidían exactamente
con los experimentos. —Resumió someramente el pasado médico de Amber—. ¿Ha
oído hablar alguna vez del «entrelazamiento», Santidad?
—No.

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—Se trata de un vínculo fantasmal, casi telepático, que existe entre partículas
cuánticas que se han relacionado en algún momento del pasado. La conexión es
instantánea, y opera incluso si las partículas se encuentran en lados opuestos del
universo. A causa de su historial médico único, creo que Amber está «entrelazada»
con su hermana siamesa muerta. Ya le he explicado que las partículas, en el
experimento de la doble ranura, cambian su estado al ser observadas, como si fueran
conscientes del marco del experimento. Pues bien, estoy convencido de que cuando
llevamos a cabo el experimento de captura del alma, destruimos la dualidad partícula-
onda del alma, causando una perturbación que se capta al momento en el sistema
universal de bosones que conecta todas las almas.
Desde su pantalla, Carvelli asintió.
—Y a causa de su «entrelazamiento» con Ariel, Amber siente esa perturbación en
forma de migraña fantasma.
—Exacto —corroboró Soames, que empezó a informar a Acosta sobre Fleming y
el neurotraductor.
—Lo que Miles Fleming descubrió sin saberlo es que Amber es la rata de
laboratorio perfecta para el Proyecto Alma.
—¿Por qué? —preguntó Acosta, que todavía no comprendía del todo la
importancia de aquellos complejos conceptos cuánticos.
—Como ya le comenté en otra ocasión, Santidad, lo que de verdad necesitamos es
un imposible, alguien que pueda morir más de una vez. Y Amber Grant posee parte
del cerebro vivo de una persona muerta, de modo que si sus señales neuronales se
estimulan convenientemente cuando entra en la fase REM, su subconsciente intenta
contactar con su siamesa, y mentalmente abandona su cuerpo mortal. Al inducirle el
estado del sueño, podemos reseguir el viaje de su mente —de su alma— cada vez que
sale de su cuerpo y regresa a él. Y como podemos repetir ese instante de su muerte
tantas veces como queramos, podremos repetir las pruebas para precisar la frecuencia
adecuada.
—¿Cómo puede estar tan seguro de ello? —dijo Carvelli desde su pantalla.
En ese momento se activó una segunda pantalla de plasma y el tercer miembro
del Consejo de la Verdad apareció en ella. Llevaba un traje de chaqueta azul marino,
con el crucifijo escarlata clavado en la solapa. Doctora en medicina cualificada, en la
actualidad trataba a un único paciente: Acosta. Además de dirigir la principal clínica
británica, ocupaba varios cargos y era la encargada de estrategia general para las
residencias que la Iglesia de la Verdad del Alma tenía repartidas por todo el mundo.
Ella era la que proporcionaba, sin que quedara constancia de ello, los pacientes en
fase terminal para los experimentos de captura del alma que Soames llevaba a cabo.
—Siento conectarme tarde, Santidad, pero he tenido que ocuparme de unos
asuntos que tienen que ver con esta reunión.
Sin dar tiempo a Acosta a responder nada, Soames le hizo un gesto.
—En este momento nos preguntábamos cómo podemos estar tan seguros de que

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Amber Grant posee una capacidad única, Virginia. Tal vez tú puedas explicárnoslo.
Virginia Knight observó a Acosta.
—He oído el grito del alma, Santidad. Y he tenido acceso a todos los datos de
Fleming. Las pruebas son abrumadoras.
Acosta hacía esfuerzos por mantener su emoción bajo control; el proyecto ya les
había causado varias decepciones.
—Gracias, doctora Knight. —Se volvió hacia Soames—. ¿Pero cómo van a
mantener aquí a la doctora Grant sin que las autoridades se alarmen?
Soames volvió a sonreír.
—No hay problema. Formalmente ha firmado el alta en Barley Hall y en Optrix
nadie la espera hasta dentro de un mes. Nuestro único flanco descubierto es su madre.
—Y yo ya me he ocupado de ello —intervino Virginia al momento—. Como
Gillian Grant vive en una de nuestras residencias, me ha resultado bastante fácil
organizarlo.
—En ese caso —prosiguió Soames—, supongo que hasta que transcurra un mes,
su desaparición no planteará dificultades.
Knight carraspeó.
—¿Y qué hay de Miles Fleming?
—¿Qué sucede con él? —Preguntó Acosta—. Creía que lo habían aislado, que lo
habían inhabilitado en Barley Hall.
—Y así se ha hecho, Santidad. Pero el doctor Fleming es testarudo. No le gustan
las cosas que no puede explicar, se siente obligado a aclararlas, y más teniendo en
cuenta que fue la muerte de su hermano la que nos alertó de las habilidades de la
doctora Grant. Por eso precisamente es tan buen investigador, y por eso precisamente
no podemos quitarle la vista de encima.
—No lo haremos, claro —aseguró Soames—. Lo necesitamos. Fíjense en las
fases del proyecto que hemos culminado hasta ahora. —Empezó a contar con ayuda
de los dedos—. Hemos detectado la existencia del alma; la hemos hecho visible al ojo
humano y hemos identificado la firma individual de cada alma a través de una
pantalla detectora de fotones. Ahora que contamos con Amber Grant, deberíamos ser
capaces de capturar su frecuencia. Pero para que el Proyecto Alma alcance totalmente
sus objetivos… —Soames clavó la mirada en Acosta— y para que su misión se
cumpla, debemos culminar con éxito la última fase. —Se volvió para dirigirse a
Carvelli—. Frank, aunque tu experiencia será sin duda clave para el éxito de esa
etapa final, la contribución de Miles Fleming nos será de gran importancia, teniendo
en cuenta que nuestros intentos anteriores de reproducir su tecnología no han dado el
resultado que esperábamos y que tardaríamos demasiado en perfeccionarla nosotros
mismos.
—¿De modo que debemos limitarnos a vigilarlo y a esperar? —preguntó Knight.
Soames esbozó una sonrisa maliciosa, como si todo aquello fuera un juego con el
que disfrutara enormemente.

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—Usaremos su terquedad a nuestro favor; haremos que halle respuestas que nos
ayuden a nosotros.
—Eso puede ser peligroso —opinó Carvelli.
Soames sonrió más aún y Acosta tuvo que reprimir el desagrado que sentía por
ese hombre.
—Por supuesto que será peligroso. Especialmente para él.

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Segunda Parte

LA VERDAD DEL ALMA

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28

Roma.
Cuatro días después.

H
acía un calor impropio del mes de octubre en la Ciudad Eterna. Su espalda,
empapada de sudor por culpa del bochorno, se le pegaba a la camisa
mientras trataba de esquivar a los turistas que se amontonaban en la plaza de
San Pedro. Tuvo que entrecerrar los ojos para consultar la hora, pues el resol brumoso
le deslumbraba. Todavía faltaban veinte minutos para su reunión de las dos.
En los últimos días había tratado sin éxito de contactar con Amber Grant. No
tenía su número de móvil, y en su teléfono particular de Pacific Heights, en San
Francisco, saltaba siempre el contestador. Cuando en Optrix le informaron de que le
habían concedido un permiso de un mes, él les dijo que era su médico, pero ni así le
facilitaron un número de contacto: según las autoridades de Barley Hall, lo estaban
investigando por malas prácticas médicas.
Cuando llamó a la residencia de Marin County para preguntar por Gillian Grant y
dejar un mensaje para su hija, la recepcionista se mostró igualmente antipática, lo que
le llevó a constatar que Virginia Knight estaba minando sutilmente su reputación. En
los periódicos ya habían comenzado a aparecer noticias sin verificar en las que
aparecía como «médico brillante pero ambicioso y despiadado» y en las que se
aseguraba que había «sacrificado a su propio hermano por ir en pos de la gloria». No
hacía ni veinticuatro horas que había llamado a su despacho, y Frankie Pinner le
pareció nerviosa y se lo quitó de encima, disculpándose: no estaba autorizada para
hablar con él, le dijo, hasta que «todo se haya resuelto».
Y así, con todas las puertas cerradas, había acudido a Roma.
A pesar del calor, la polución y el ruido que cargaban el aire húmedo, la
magnífica cúpula de San Pedro resplandecía recortada contra el cielo. La sucesión de
brazos tendidos que era la columnata de Bernini parecía atraerlo al seno de la Santa
Madre Iglesia. A medida que el catolicismo entraba en decadencia, aquella fortaleza
de la fe se había convertido en poco más que en un asombroso parque temático, un
museo de lo que en otro tiempo constituyó todo un imperio. De entre todos los que
atestaban el lugar, muy pocos eran peregrinos; en su mayoría se trataba de turistas
que acudían al equivalente cultural de Disneylandia. El colmo de las humillaciones
era que muchos de ellos llevaban el crucifijo escarlata de la Iglesia de la Verdad del
Alma.
Al acceder al interior fresco de la inmensa catedral y alzar la vista hacia la cúpula
de Miguel Ángel, Fleming no pudo sino maravillarse. La belleza intemporal de San
Pedro hacía empequeñecer al visitante; el tejido del lugar se hallaba tan saturado de
pasado que sólo había que pegar los oídos a las columnas para oír sus secretos. Roma

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llevaba más de veinticinco siglos existiendo como ciudad y durante quince de ellos
había sido el centro de la fe cristiana.
Encendió una vela en recuerdo de su hermano y observó las volutas de humo que
la llama enviaba al aire. Opinara lo que opinara de la religión, los estudiosos de aquel
lugar llevaban siglos ocupándose del alma humana. Fleming era un ateo que
navegaba por mares procelosos con la única guía de unas pocas certezas científicas.
Pero si se había puesto en contacto con el padre Peter Riga no había sido por eso.
Lo había hecho porque Amber, en la hoja de ingreso a Barley Hall, lo definía casi
como un familiar. Aunque Riga se mostró cauto por teléfono, aceptó reunirse con él.
Salió de San Pedro y se internó por las calurosas calles adyacentes en busca de
una parada de taxis. Se montó en uno que, en cuestión de minutos, cruzó el Tíber y lo
dejó frente a la sede central de la Compañía de Jesús: el esplendoroso edificio
barroco del Collegio di Propaganda Fide, obra de Borromini.
Entró en el palacio y, al hacerlo, accedió a un mundo diferente, alejado del ruido,
el tráfico y el brillo de las calles de Roma. Allí todo era quietud esculpida en mármol.
Se identificó en el mostrador del vestíbulo y un joven con sotana negra lo condujo
por la imponente escalera.
El despacho del padre Peter Riga se encontraba en la última planta, al fondo de un
pasillo largo y oscuro, y por la deferencia con que el joven jesuita llamó a la puerta,
Fleming supo que Riga debía ocupar una posición elevada en el escalafón de la
Compañía.
—Adelante —atronó una voz con acento americano.
La habitación era sencilla pero cómoda: contaba con un escritorio, sobre el que
reposaba una lámpara de latón, con un ordenador portátil, varios estantes henos de
libros, una alfombra gastada sobre el suelo de mármol y dos butacas simples frente a
un velador. Todos los objetos eran bellos en sí mismos —las estanterías decoradas
con arabescos tallados, los libros encuadernados en piel—, pero el escritorio era una
auténtica maravilla.
Sentado tras él, enmarcado por la luz dorada que provenía de uno de los altos
ventanales, había un hombre ancho de hombros, de pelo corto y entrecano, rostro
curtido y ojos azules de mirada intensa. Cuando Fleming entró, Riga se puso en pie.
Era bajo, no llegaba al metro setenta, y tenía el pecho prominente, como de luchador.
Debía de rondar los setenta años, aunque parecía hallarse en buena forma. Junto a él,
sobre el escritorio, vio un sencillo marco de plata con dos fotografías: en una aparecía
él de pie junto a una pareja sonriente y dos niñas pequeñas que, al parecer, se
abrazaban. La otra, más reciente, era de Riga acompañado de Amber Grant y su
madre. En las dos, lo mismo que en ese instante, el jesuita iba vestido de negro de la
cabeza a los pies.
—Bienvenido, doctor Fleming —dijo con voz áspera. Riga no era el clásico
sacerdote de voz suave, aunque los jesuitas, las fuerzas especiales intelectuales de la
Iglesia católica, rara vez lo eran. Su acento le recordaba al de un amigo de Harvard,

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un becario nacido en Nueva York. Fleming le estrechó la mano con fuerza.
Los ojos agudos de Riga se clavaron en los suyos en gesto de reconocimiento.
—Y bien, ¿cómo se encuentra mi nieta? —le preguntó en tono protector.
—Eso es precisamente lo que yo esperaba que usted me contara.
Riga asintió despacio, aunque sin modificar lo más mínimo su expresión.
—La vi hace unos días en San Francisco. Me dijo que iban a hacerle unas
pruebas, para ver si le curaban aquellos dolores de cabeza fantasma, y que había
soñado que moría, un sueño que ella no creía que lo fuera. Ella creía que el alma de
su hermana Ariel estaba de algún modo unida a la suya. Ayer noche me dijo que
volvía a la clínica para ver qué averiguaban al respecto usted y la tecnología. ¿Han
descubierto algo?
Fleming estudió el rostro de Riga, que no le reveló cuánto sabía ni cuánto
ignoraba. A esas alturas, el jesuita ya debía de saber que le habían inhabilitado en
Barley Hall, de modo que lo mejor sería empezar por el principio. Le habló del
neurotraductor y del experimento con su hermano. Le contó a Riga que una noche
había oído a Amber emitir un grito sobrenatural en el Think Tank y que poco después
lo habían inhabilitado para seguir trabajando, hasta que concluyera la investigación
sobre la muerte de su hermano.
La cara de póquer de Riga no revelaba gran cosa, pero cuando Fleming le habló
de la longitud de onda del alma, le pareció que algo nublaba los rasgos impasibles del
jesuita, algo parecido al miedo.
—¿Y ella se fue sin que usted pudiera explicarle nada de esto?
—Para reunirse con su madre, sí.
Riga asintió.
—Sí, Gillian está muy enferma. ¿De modo que no ha hablado con Amber desde
que dejó la clínica?
—No.
Riga entrecerró los ojos.
—Está bien, dígame cómo es que esa longitud de onda del alma le interesa tanto.
—¿No le parece obvio?
—Pero ¿a usted qué más le da, doctor Fleming? A Amber no le parecía que fuera
usted una persona religiosa.
—Y no lo soy. Soy un hombre de ciencia. No creo en Dios ni en la vida después
de la muerte, y no quiero creer en ella. Pero también soy de los que se interesan por
entender las cosas, y lo que ha sucedido con la longitud de onda es como un picor que
no puedo rascarme. Me ha llevado a una posición en la que necesito convencerme a
mí mismo de que tengo razón. Por mi propia tranquilidad mental necesito demostrar
que esa longitud de onda es una especie de aberración, un último estertor mental, el
rastro de una señal del cerebro físico en el momento de la muerte. Y eso no puedo
hacerlo sin Amber.
—¿Y si se equivoca? ¿Y si descubre que sí hay vida después de la muerte? ¿Y si

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su hipótesis científica halla una prueba de ello? ¿Qué pasaría entonces, don ateo?
—Ya me lo plantearé cuando me encuentre con ello. La cuestión es que, con la
ayuda de Amber, podría ayudar a responder la mayor pregunta de la humanidad, y
eso es algo de lo que no puedo apartarme. Creía que lo entendería. Ustedes, los
jesuitas, son conocidos por su rigor intelectual y su curiosidad, su deseo de saber.
—Se trata más bien de un deseo de comprender —puntualizó Riga—. No nos
interesa el conocimiento por el conocimiento. —Esbozó una sonrisa seca—. Esa clase
de conocimiento hizo que la humanidad fuera expulsada del Paraíso. El lema de la
Compañía es: ad maiorem Dei gloriam, «para mayor gloria de Dios». Todo lo que
hacemos, lo hacemos para mostrar Su gloria, no la nuestra.
—¿Qué me está diciendo? ¿Qué hay algunas cosas que Dios no quiere que
conozcamos?
—Lo que digo, doctor Fleming, es que hay conocimientos peligrosos de los que
es fácil hacer un mal uso. Y más hoy en día. —Por primera vez la serenidad
inamovible del jesuita lo abandonó y sus palabras se tiñeron de velada ira—. Mi
Iglesia se halla en peligro de extinción. Y la amenaza no proviene de ateos, judíos,
musulmanes, sino de otros cristianos, del interior y el exterior de la Santa Madre
Iglesia. Nuestro actual papa es débil y las facciones derechistas de la Santa Sede se
aferran a su poder y su riqueza ignorando unas reformas que son necesarias. Cada vez
tienen más peso y se vuelven más dogmáticos, y mientras tanto la Iglesia va
erosionándose a su alrededor. Al mismo tiempo, la Iglesia del papa Rojo adquiere
cada vez más fuerza. Conocí a Xavier Acosta cuando era cardenal en el Vaticano y,
en muchos aspectos, me pareció digno de admirar. Era brillante y apasionado. Habría
llegado a ser un buen jesuita. Existían muchos paralelismos entre él y nuestro
fundador, san Ignacio de Loyola. Los dos hispanos, los dos muy carismáticos,
guerreros cuyas heridas en el campo de batalla los llevaron a dedicar su vida a Dios.
Pero si san Ignacio se dedicó a fortalecer a la Santa Madre Iglesia desde dentro,
Acosta no ha dudado en abandonarla y aprovecharse de su debilidad.
»Inició su ministerio rival cuando las luchas internas de la Iglesia se hallaban en
su punto álgido. El papa Juan Pablo II estaba enfermo y se había convertido en un
títere de la poderosa derecha reaccionaria. En Europa y Estados Unidos, la juventud
católica desertaba en gran número. En Latinoamérica, muchos católicos se pasaban a
las Iglesias evangélica y protestante. Fue una época horrible. Acosta debería haberse
quedado y reformado la Iglesia desde dentro, pero optó por ponerse él primero. Su
obsesión por la tecnología y lo que llama verdad no es menos dogmática que la
arrogancia ciega de esos necios de la Curia.
Riga se detuvo, aspiró hondo y su voz recuperó algo de la serenidad perdida,
aunque sin abandonar la pasión.
—Nosotros, en la Compañía, tenemos una meta clara. La supervivencia. Tenemos
que salvar a la Iglesia de sí misma y de quienes, como el papa Rojo, pretenden
destruirnos. Doctor Fleming, usted ha aterrizado en una zona en guerra y debe tener

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cuidado con el uso que le da a la tecnología que ha creado, y con el conocimiento que
busca. En el Vaticano, y en el entorno del papa Rojo hay quien haría cualquier cosa
por poseerla y controlarla.
—De eso se trata, precisamente —dijo Fleming—. Una vez sepamos qué nos
aguarda después de la muerte, ya no habrá religión que pueda controlarnos.
Riga soltó una risotada seca y exenta de humor.
—¿Acaso cree que el Vaticano y el papa Rojo se alegrarán mucho con ello?
Piense un poco en las implicaciones espirituales, no sólo en las científicas, de lo que
usted busca. Está interfiriendo en unas fuerzas muy poderosas, y usted y Amber se
encuentran en grave peligro.
—¿No debería decidir Amber por sí misma si quiere implicarse o no? Ella acudió
a mí en busca de ayuda, y esa longitud de onda podría ser fundamental para curarle
los dolores de cabeza.
—Tal vez. No hemos hablado desde que la visité en San Francisco, hace una
semana.
Fleming frunció el ceño.
—¿Y no le ha llamado desde entonces?
—Supongo que con lo de su madre tendrá mucho en qué pensar. Pero espero que
lo haga pronto.
—Cuando le telefonee, ¿le pedirá que se ponga en contacto conmigo?
—Cómo no.
Fleming se puso en pie, dispuesto a marcharse, decepcionado al constatar que no
sacaría nada en claro de la visita.
—Gracias por concederme su tiempo —se despidió, extendiendo la mano.
Riga se la estrechó.
—Lo mismo digo, doctor Fleming. ¿Piensa seguir buscándola?
—No tengo otro remedio. No puedo hacer otra cosa.
—En ese caso, dese prisa y tenga cuidado.

* * *

Poco después de que Fleming se hubiera ido, el padre Peter Riga cerró la puerta,
regresó al escritorio y marcó el número de teléfono de Amber por octava vez desde
que Fleming se había puesto en contacto con él. De nuevo saltó el contestador, pero
él no dejó ningún mensaje. Colgó y marcó una extensión de tres dígitos que
correspondía a otra sección de su mismo edificio.
—Soy el padre Peter. Póngame con el Superior General.
No tuvo que esperar mucho para oír la voz grave del máximo representante de la
Compañía.
—Superior General —le dijo—. Tenemos que hablar. Es urgente.

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29

Aeropuerto Leonardo da Vinci. Roma.


Tres horas después.

F
leming avanzaba en dirección al mostrador de facturación de British Airways
abriéndose paso entre la multitud. Mientras lo hacía, constató que la seguridad
en sí mismo que siempre había dado por sentada le había abandonado. Su
carrera profesional, que lo había mantenido a lo largo de su vida adulta, se le
escapaba entre los dedos, su vida personal era inexistente y no tenía nada a lo que
recurrir. Antes, cuando algo íntimo le preocupaba, llamaba a su hermano, y los
asuntos profesionales los abordaba con la directora de Barley Hall. Ahora, ellos eran
precisamente el origen de sus problemas.
Había sólo una persona que pudiera ayudarlo a dar sentido a todo aquello, y esa
persona le resultaba inaccesible. Lo único que podía hacer era volver a casa y esperar
la llamada de Amber Grant.
Fleming miró a su alrededor y un escalofrío paranoide recorrió su ser al recordar
las palabras de advertencia de Riga. De pronto, un hombre fofo, con pelo de rata, que
llevaba una cazadora fina, esquivó su mirada, y por un momento a Fleming le pareció
que tal vez estuviera siguiéndolo. Se sacó del bolsillo su billete de ida y vuelta a
Heathrow, consultó la pantalla de salidas y al instante tuvo el deseo irreprimible de
hablar con alguien para quien su existencia significara algo. Metió la mano en el
maletín, sacó el teléfono móvil y marcó el número de sus padres. Fue su madre la que
contestó.
Tras preguntarse mutuamente si estaban bien, le dijo que quería hablar con Jake.
Cuando el pequeño se puso al teléfono, parecía sin aliento y muy contento.
—Hola, Milo. Hoy he jugado a fútbol.
—Eso está muy bien, Jake. Bien hecho.
—Cuando vuelvas te reto a una carrera.
—No sé, no sé. Ahora tienes piernas biónicas.
—No te preocupes. Te dejaré ventaja, si quieres.
—Eso ya lo veremos. ¿Sigues cuidando de las piernas como quedamos?
—Sí.
—¿Y cómo va todo por ahí?
—Bien —la voz de Jake cambió, se volvió más seria—. Milo.
—¿Sí?
—¿Dónde estás?
—En Roma.
En ese momento oyó que anunciaban su vuelo a Londres y alzó la cabeza para
consultar la pantalla. Pero fue otra la información que llamó su atención. Tras anotar

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mentalmente la puerta y la hora de salida, Fleming consultó la hora. La idea era tan
obvia que se enfadó consigo mismo por no haberla pensado antes. Llevaba cinco días
agonizando porque no lograba contactar con Amber, cuando lo que debería haber
hecho era actuar del modo más directo. Aunque al final resultara inútil, lo cierto era
que no tenía nada mejor que hacer.
—¿Y vuelves pronto, Milo?
—Todavía no, Jake —respondió, alentado ante la idea de su nueva misión. Se
dirigió al mostrador de Alitalia—. No tardaré, pero antes tengo que resolver un
asunto. Dale recuerdos a la abuela y cuidaos mucho, ¿de acuerdo?
—De acuerdo, Milo.
—Adiós, Jake. Te echo de menos.
—Adiós, Milo. Yo también.

* * *

Siete minutos después, cuando Miles Fleming abandonó a toda prisa el mostrador de
Alitalia camino de las puertas de embarque, no se fijó en que aquel hombrecillo fofo
con pelo de rata escribía un mensaje de texto en su teléfono WAP.
«Fleming no va en vuelo BA 671 hacia Heathrow.
Ahora va en Alitalia AL 102. ETA, de 9.15 a. m. Hora local.
Destino: San Francisco».

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30

VenTec.
Alaska.

L
o primero de lo que Amber tuvo conciencia fue del hecho de estar despierta e
inmediatamente después notó una especie de escozor en el cuero cabelludo.
Intentó abrir los ojos. Nada. Por más que se esforzaba en mover los
párpados, éstos se mantenían tercamente cerrados. Trató de subir la mano para
rascarse la cabeza, pero los brazos se mantenían inertes a los costados. Desesperada,
intentó mover alguna parte de su cuerpo, cualquiera, pero no pudo.
«¿Qué estaba sucediendo? ¿Estaba paralizada?».
Nada tenía sentido. Incluso el tiempo carecía de él mientras se esforzaba por
pensar en medio de aquel sopor que nublaba su cerebro. En los últimos días —¿o
habían sido horas?—, había sido vagamente consciente de que a su alrededor había
gente, pero de poco más. ¿Tendría aquello algo que ver con lo que había ocurrido en
Barley Hall? ¿Algo que Fleming había descubierto sobre su neurotraductor? Y si así
era, ¿de qué se trataba?
Algo debía haber pasado en la limusina en la que abandonó Barley Hall. Sólo
había una explicación lógica, aunque fuera absurda. Le habían administrado alguna
sustancia y la habían secuestrado. Pero ¿por qué?
De pronto oyó las voces de un hombre y una mujer. Creyó reconocer vagamente
la femenina y sintió el aire impregnado de un perfume animal que no le resultaba del
todo desconocido.
Ahora la cama se movía y, a pesar de seguir con los ojos cerrados, notaba que la
luz se intensificaba, como si abandonara una habitación y llegara a un pasillo.
A su izquierda, una puerta automática emitió un ligero silbido al abrirse y la cama
se introdujo en un área aún más iluminada. Notó unas manos que la tocaban, la
levantaban de su cama y la colocaban en otra. Un zumbido llenaba el aire a su
alrededor.
De pronto, le abrieron mucho los párpados, aunque ante aquella luz tan potente su
deseo era cerrarlos. Sobre ella apareció un rostro con los ojos cubiertos por unos
protectores. Al instante le rociaron las órbitas oculares con un líquido irritante y
aplicaron una especie de pinzas a sus párpados para mantenérselos abiertos. El dolor
era intenso, pero Amber no podía darse la vuelta, ni moverse siquiera. Le insertaron
unas lentes de contacto ligeramente tintadas.
Le elevaron la cabeza y pudo ver una esfera de cristal parecida al casco de un
astronauta que en ese momento le acercaban a la cabeza. Reflejada en el vidrio curvo,
vio su imagen distorsionada, como una imagen proyectada en el fondo de una
cuchara. Lo que más la sorprendió fue constatar que le habían rapado la cabeza al

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cero.
El pánico se apoderaba de Amber por momentos.
A su derecha, reflejada en un lateral del casco, adivinaba una figura fantasmal que
llevaba un mono de trabajo blanco y unos protectores en los ojos, y que sostenía una
jeringuilla hipodérmica. La voz de la mujer habló:
—Tiene suerte, ella sólo ha de morir en sueños.
Cuando aquella figura indeterminada acercó más la aguja a la piel desnuda del
brazo, hasta ella llegó de nuevo aquel perfume conocido. No tuvo tiempo para atar
cabos, pues en ese mismo instante oyó un chasquido y un gas inodoro y luminoso
penetró en el casco y bañó el mundo de un resplandor verde y actínico.
A partir de entonces, su conciencia fue menguando y la oscuridad la reclamó.

* * *

Apenas se entregó al reparador abrazo del olvido, se vio corriendo hacia el cono de
luz donde tal vez hallara la paz. Trataba de controlar su terror mientras avanzaba
hacia él, pero sentía las fuerzas que la retenían y amenazaban con desgarrarla. La
tensión elástica crecía y crecía, hasta que se veía absorbida por la luz y se hallaba ya
muy cerca de su origen. Pero, cuando ya sentía la presencia luminosa de Ariel que
acudía a su encuentro, que casi la tocaba, aquella fuerza la reclamó de nuevo. Una
vez más a las tinieblas. De vuelta a sí misma.
En esa ocasión, sin embargo, no hubo descanso tras la muerte, no regresó a la
vida. En lugar de desertar o volver a un sueño normal, se vio instantáneamente
catapultada hacia el vacío una vez más, hacia el cono de luz. Experimentando como
por vez primera el terror de morir, volvió a fundirse con la luz, y esa vez se adentró
en ella más que las otras veces alcanzando casi su centro, su origen. Ariel estaba más
cerca, la sentía, pero aún se encontraba fuera de su alcance…
Entonces a Amber la apartaron de la luz. Y volvieron a arrojarla a ella. Una y otra
vez.
Y cada vez que penetraba en aquella luminosidad, se acercaba más a su origen, a
la muerte, al reencuentro con su hermana. Pero siempre la apartaban. Cuanto más se
acercaba a su hermana, mayor era la fuerza que la apartaba de ella.
Era como un péndulo que oscilaba entre la vida y la muerte una y otra vez, que no
habitaba ni en una ni en otra, que permanecía en un limbo entre las dos, en una
especie de infierno.

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31

Sala de conferencias del sector negro.


VenTec.


B
radley, ¿está bien? —Acosta, muy tenso, observaba la palidez del rostro
sudoroso de Amber Grant metido en la esfera de cristal.
Sentado en la sala de conferencias con Carvelli, Diageo, Knight y
Soames, observaba el laboratorio a través del falso espejo. Ahora que el Proyecto
Alma iniciaba su fase crítica, el Consejo de la Verdad en pleno había abandonado
temporalmente sus demás responsabilidades para reunirse en VenTec. Todos deseaban
estar presentes en el experimento.
Bradley Soames estudió con calma los datos que aparecían en la pantalla que
tenía delante.
—Sus constantes vitales son buenas, Santidad. Su corazón está algo excitado,
pero dentro de unos límites saludables.
Si sentía el menor atisbo de culpa por haber convertido a su socia en una rata de
laboratorio, no se le notaba lo más mínimo.
Acosta se repitió que debería sentir agradecimiento por la dedicación a la causa
que mostraba Soames.
—¿Y la inyección? ¿No interferirá en sus sueños?
—Al contrario, Santidad —respondió Soames sin apartar la vista de la pantalla—.
El Revelax es una sustancia neurológica maravillosa que nos ha recomendado nuestra
propia Virginia Knight.
La doctora asintió. Su rostro muy blanco daba indicios de cansancio y tenía la
frente perlada de sudor. Mantenía los ojos fijos en Amber.
—Ayudará a la doctora Grant a dormir y también estimulará su cerebro para que
acceda a la fase REM del sueño más deprisa, y para que ésta dure más. Y a nosotros
nos ayudará a capturar sus sueños, multiplicando por diez su frecuencia y duración.
—En esencia —añadió Soames— sus episodios de muerte durarán más y se
producirán más a menudo, de modo que cada vez que su condensado Bose-Einstein
abandone el cuerpo durante sus sueños de muerte, nosotros podremos monitorizar el
tránsito de su alma. Mediante el uso de una tecnología modificada similar a la que se
encuentra en el ordenador óptico, deberíamos poder captar la frecuencia de paso.
A los pies de la cama de Amber se alzaba una torre de aparatos: un ordenador
óptico, varios monitores y una caja negra del tamaño de un televisor grande, con
cuatro columnas lumínicas. Cada una de ellas contenía cuatro luces de colores
distintos que se encendían en línea ascendente o descendente, por separado,
reproduciendo las columnas más pequeñas de luz engastadas en lo alto del casco de
cristal. Las luces de aquellas cuatro columnas se alineaban —y formaban cuatro

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hileras de color— cuando localizaban algún rastro.
Ahora que la hora de la verdad se acercaba, Acosta se sentía exhausto. Toda la
energía incandescente que lo había mantenido alerta en los últimos días había
agotado las pocas reservas que le quedaban. Corría el rumor de que se estaba
muriendo, un rumor que su apariencia frágil y su reciente ausencia del Arca Roja no
hacían más que alimentar y de cuya propagación se había encargado el gabinete de
prensa del Vaticano. Se decía que, sin un sucesor, su Iglesia decaería y dejaría a sus
miembros perdidos, sin timón en medio de un mar turbulento. Roma había indicado
que perdonaría a sus volubles seguidores y los acogería de nuevo en su seno.
Pero lo peor del caso era que aquellos rumores eran ciertos. El cáncer de próstata
que le habían diagnosticado hacía casi seis años se le había extendido a los huesos y
al hígado, y tenía los pulmones minados por la metástasis. La enfermedad entraba en
su fase final. Sólo le quedaban unos meses de vida, tal vez apenas unas pocas
semanas, y cumplía los requisitos para ingresar en una de las residencias de su propia
Iglesia.
Amber Grant era su única esperanza de salvación.
—Y a vuelve a entrar en la fase REM —oyó que decía Carvelli, que parecía
haberse quedado sin aliento.
Soames era el único que mantenía la calma; estudiaba los monitores con
desapego.
—Excelente —dijo—. Éste es el tiempo máximo que hemos logrado para atrapar
el condensado en tanto que sistema de bosón integrado.
—¿Y por qué eso es excelente? —quiso saber Acosta, observando las columnas
de luz, que se movían aleatoriamente—. Todavía no han capturado la frecuencia del
alma.
—Todavía no, Santidad, pero al captar estos primeros episodios de la muerte de
Amber, estas primeras excursiones de la conciencia al exterior del cuerpo, nos hemos
acercado más a lograrlo que en todos los experimentos previos sumados.
—¿Y cuántos días faltan para que obtengamos algún resultado? —preguntó el
papa Rojo.
Soames se echó a reír y la cicatriz de su boca se distorsionó.
—¿Días, Santidad? No hablamos de días, sino de horas, tal vez de minutos. Con
esa sustancia, Amber entra y sale del sueño indefinidamente. Morirá una y otra vez
hasta que nosotros calibremos la frecuencia exacta, algo así como localizar a alguien
que llama por teléfono haciendo que llame muchas veces. De hecho, morirá tantas
veces que deseará estar muerta. —Soames volvió a reírse—. No se preocupe,
Santidad. La cuestión ya no es localizar el alma humana: en lo que debemos
centrarnos ahora es en comunicarnos con ella.
Soames se volvió a Carvelli.
—Frank, ayuda a Su Santidad a realizar los preparativos para el acto final. Y
tendríamos que ver qué hacemos con Miles Fleming.

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—No cooperará —intervino Knight.
—No cooperará contigo, Virginia, pero no tiene motivos para desconfiar de mí —
objetó Soames—. Y no pienso pedirle a Fleming que nos ayude. Voy a ofrecerle mi
ayuda a él.
En ese momento se oyó un pitido y las cuatro columnas de luz detuvieron sus
destellos aleatorios y formaron cuatro hileras estáticas de color.
Por una vez, Soames perdió su habitual compostura.
—Anoten los registros —gritó a sus asistentes del laboratorio. Volviéndose hacia
Acosta, esbozó una sonrisa de satisfacción antes de hablarle—. Ya está.
Pero Acosta ya no miraba a Soames, ni se fijaba en las luces. Sus ojos se clavaban
en Amber Grant y se preguntaba por qué parecía sonreír.

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32

Residencia de la Iglesia de la Verdad del Alma.


Marin County.
Al día siguiente.

E
l hábito escarlata de la hermana crujía ligeramente mientras revisaba la
pantalla de ordenador instalada sobre el mostrador de recepción. Miró al
hombre alto y le sonrió.
—Señor Kent, por su llamada deduzco que su padre está enfermo y que tal vez
necesite alojarse en la residencia.
—Así es. Pero antes me gustaría visitar las instalaciones.
—Por supuesto. Llamaré a alguien para que lo acompañe y lo guíe, y le
proporcionaré una hoja de ingreso y unos cuestionarios que debe rellenar en nombre
de su padre. Sin duda entenderá que la capacidad de alojamiento en nuestro centro es
limitada, por lo que debemos realizar una selección en función de las prioridades.
—Lo comprendo, pero ¿disponen ustedes de plazas libres?
La hermana volvió a consultar el ordenador y esbozó una sonrisa serena.
—Esto es una residencia, señor Kent. Siempre quedan plazas libres. En esta zona
es así. Si no le importa esperar, le traeré la solicitud y le pediré a una de las hermanas
que le muestre el centro.
—Gracias.
—De nada.
Tan pronto como la hermana se dio la vuelta y abandonó el mostrador, el hombre
se abalanzó sobre el ordenador y le dio la vuelta a la pantalla. Tardó apenas unos
instantes en dar con el nombre y el número de la suite. Había un asterisco junto al
apellido, pero no tuvo tiempo de averiguar qué significaba. Dio media vuelta y se
dirigió a la sala de espera. De la pared colgaban un retrato de Xavier Acosta, el papa
Rojo, y un cuadro del Arca.
El hombre se sentó y, al cabo de un rato, otra monja con el hábito de la Iglesia se
presentó ante él, le dijo que se llamaba hermana Ángela y se lo llevó a conocer la
residencia. Él escuchaba con atención sus explicaciones sobre los cuidados y las
instalaciones disponibles para los pacientes, pero apenas preguntó nada hasta que
llegaron a la espaciosa escalera que conducía a la segunda planta, en la que se
encontraba la 21, la estancia privada de Gillian Grant.
—¿Podría ir al servicio un momento, por favor? —le pidió el hombre con gran
cortesía al llegar a lo alto de la escalera, y descubrió con alivio que le indicaban unos
cuartos de baño situados al fondo del pasillo.
—Lo espero aquí —dijo la monja.
Fue pasando frente a puertas cerradas hasta dar con la suite 21. Se cercioró de que
la hermana Ángela no lo viera, y de que en ese momento no hubiera nadie en el

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pasillo, antes de acercarse más a la puerta.
Oyó voces y dio un paso atrás justo en el instante en que se abría la puerta de la
habitación. Un hombre y una mujer, vestidos con batas médicas, salieron de ella,
empujando un ataúd blanco, rotundo, que llevaba grabado en un costado el emblema
de la Iglesia de la Verdad del Alma. Pasaron junto a él y se dirigieron hacia un
extremo del pasillo, dejando entreabierta la puerta de la suite. El hombre se fijó en
que la cama estaba desnuda y la habitación vacía.
Regresó junto a la hermana Ángela.
—Gracias por dedicarme su tiempo. Ya he visto suficiente.

* * *

Fleming se dirigió a su Taurus alquilado, caminando bajo el sol radiante, y regresó


cruzando de nuevo el Golden Gate. No estaba seguro de que pretendía conseguir
cuando decidió viajar hasta allí, pero fuera lo que fuese todavía estaba muy lejos de
lograrlo.
Tras seguir el impulso que lo llevó a atravesar el Atlántico y a aterrizar en San
Francisco, se había trasladado a la lujosa residencia que Amber Grant tenía en Pacific
Heights, pero la encontró desierta. Luego llamó al padre Peter Riga, por si éste había
recibido noticias de ella. No pudo hablar con el jesuita directamente, pero recibió un
mensaje críptico de su secretario:
—El padre Riga le hace saber que comparte su preocupación y que ha tomado
medidas para ayudarlo.
—¿Qué medidas? ¿De qué está hablando?
Pero tal vez el secretario no pudiera ampliarle aquel mensaje, o tal vez no quisiera
hacerlo, y dejó a Fleming más confuso de lo que estaba. Una de las vías de
investigación que le quedaban por probar era la residencia.
Como ya no había duda de que Virginia Knight se dedicaba a manchar su
reputación, decidió recurrir a una artimaña digna del peor periódico sensacionalista,
pero ni ocultando su identidad —en un intento de dar con Amber a través de su
madre, ingresada en aquel centro— había logrado su objetivo. Gillian Grant estaba
muerta.
Mientras atravesaba el Golden Gate, no se fijó en el sedán marrón que le seguía
dos coches más atrás. Mantenía la vista fija en el perfil de la ciudad y en el Bay
Bridge, que se alzaba más allá. No dejaba de pensar en su última oportunidad para
contactar con Amber.

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33

Optrix Industries.

L
a ensayada sonrisa de la recepcionista le dio la bienvenida, pero no así sus
palabras.
—Me temo que el doctor Soames acaba de regresar de Alaska y no recibe
visitas de nadie por el momento.
Observó el gran vestíbulo de Optrix, recubierto de mármol y, fijándose en las
cámaras del circuito cerrado de televisión y en los guardias uniformados que
ocupaban discretamente sus posiciones, decidió no hacer exhibición alguna de su
impaciencia.
—Lo único que le pido es que le informe de que estoy aquí y de que deseo hablar
con él sobre su socia, la doctora Amber Grant. Soy su médico y debo ponerle al
corriente de una información.
La sonrisa de aquella mujer bajita y rubia no desapareció de su rostro.
—Lo siento, pero si no tenía cita concertada, no puedo…
—¿Por qué no usa ese teléfono inalámbrico para ponerse en contacto con su
oficina? Al menos informe a su secretaria de que me encuentro aquí.
Se oyó el zumbido de una cámara que se giraba para enfocarlo y uno de los
guardias vino hacia él llevándose un dedo al auricular, como si recibiera instrucciones
por él. Al plantarse a su lado esbozó una sonrisa idéntica a la de la recepcionista,
marca de la empresa.
—¿Le importaría acompañarme, señor? —le pidió amablemente. Se trataba de un
hombre fornido, de la misma altura que Fleming, pero más corpulento.
Instintivamente, Fleming desplazó el peso de su cuerpo a las puntas de los pies.
—Mire, no es mi intención causar ninguna molestia. Sólo quiero hablar con el
señor Soames.
—Lo comprendo, señor —dijo el guardia, que ladeó la cabeza para oír mejor lo
que le decían a través del auricular.
Le señaló la zona de ascensores y le indicó que se dirigiera a la cabina de cristales
tintados de negro.
—Por favor, tome el ascensor ejecutivo hasta la última planta. Gire a la derecha
cuando salga. El despacho del doctor Soames es la primera puerta a la izquierda.
A Fleming le costó disimular su sorpresa. Alzó la vista, se fijó en la cámara y se
volvió a mirar a la recepcionista, cuya expresión seguía inmutable. Se acercó al
ascensor y la oyó pronunciar «Buenos días, doctor Fleming», con su tono alegre y
forzado, en el momento en que las puertas del ascensor se cerraban.
Pulsó el botón de la planta superior. En cuestión de segundos alcanzó el piso 40 y
salió a un distribuidor enmoquetado. El pasillo circular estaba desierto y sumido en el

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silencio, los ocupantes de aquella atalaya se hallaban ocultos en sus oficinas
herméticamente selladas. Todos los despachos daban al exterior del círculo.
Excepto uno.
Sobre la puerta de roble, únicamente dos palabras. Nada de títulos, de cargos, de
calificaciones. Sólo un nombre: Bradley Soames.
Abrió la puerta y se encontró frente a una mujer alta, sonriente, de pelo
abundante. Le señaló una puerta de vidrio tintado que quedaba a la derecha de su
escritorio.
—Doctor Fleming, el doctor Soames lo está esperando. Pase por esa puerta, por
favor.

* * *

—Se me ha adelantado —le dijo Soames poniéndose en pie tras el escritorio curvado
de su despacho sin ventanas—. Si no hubiera venido a verme usted, habría ido a verle
yo. ¿Le importa que le llame Miles? Llámeme Bradley.
Haciendo esfuerzos por ocultar su sorpresa, Fleming estrechó la mano que su
interlocutor le extendía. Como Soames no se la apretó con fuerza, él tampoco lo hizo;
había visto las cicatrices y no quería lastimarlo.
—Y yo que me temía que me echaría sin contemplaciones —dijo.
Soames soltó una risotada.
—Yo nunca echo a la gente sin contemplaciones —respondió, señalando tras él
—. De eso se encargan ellos. —A la luz tenue, en un extremo del despacho circular,
Fleming distinguió dos formas oscuras tendidas en el suelo. Entre ellas creyó ver algo
que le parecía un hueso. Sólo entonces se percató de un olor animal, húmedo, que
impregnaba un aire que olía vagamente a hospital—. Pero no se preocupe por ellos.
Como acabo de decirle, me alegro de que haya venido. Siéntese. ¿Quiere beber algo?
Sentado en aquel despacho, con una Coca-Cola en la mano, Fleming observaba a
su anfitrión. Sus modales le desconcertaban y su aspecto era peor que el que se
mostraba en las fotografías que había visto de él. Su delgadez era extrema y su carne
expuesta se había sometido a la acción devastadora de una cirugía invasiva. El pelo
rubio, brillante, los ojos de un azul pálido no hacían sino acentuar la extrañeza de
aquel rostro lleno de cicatrices. A pesar de todo, Fleming percibía en él una aguda
inteligencia.
—Lamento lo de su hermano —soltó Soames de pronto—. Un asunto
desagradable. Virginia Knight ha sido siempre una cobarde que guarda las formas.
—¿Qué quiere decir?
—Admitámoslo. Es una estupenda administradora y una gran gestora. Creo que,
en otro tiempo, fue una doctora muy competente. Pero, a diferencia de usted y de mí,
no ha sido pionera en nada. No asume riesgos. Es un animal político y usted ha sido
víctima de su miedo a cualquier cosa que pueda afectarla negativamente. —Soames

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buscó algo bajo su escritorio y extrajo una copia del Times londinense. Lo tenía
abierto por la página cuatro y, en ella, había un artículo destacado en rojo: «Eminente
neurólogo inhabilitado hasta que concluya investigación por muerte de un paciente
durante investigación». Bajo el titular aparecía una fotografía de Fleming—. Supongo
que habrá oído hablar de la Fundación VenTec.
Cualquiera, por más vago que fuera su interés por la ciencia, había oído hablar de
VenTec. Circulaban más mitos que verdades sobre aquel lugar secretísimo, incluido
uno que afirmaba que los ultramodernos ordenadores ópticos que la Fundación había
contribuido a desarrollar no eran nada comparados con un superordenador secreto de
fabulosa potencia que Soames poseía en su retiro de montaña. Especializada en
innovación radical, siempre en la vanguardia de la revolución informática, VenTec
era conocida como semillero para las tecnologías menos prácticas que después
desarrollaban y comercializaban los laboratorios industriales de Optrix u otros
clientes principales.
—He oído hablar de ella —admitió Fleming, todavía perplejo ante aquel
recibimiento tan informal. Había llegado dispuesto a hablarle de Amber y sin
embargo allí estaba, a la defensiva.
—Iré al grano, Miles. Como sabe, soy un fan incondicional de su trabajo con el
neurotraductor. Es, con toda probabilidad, la mejor aplicación de la tecnología óptica
Lucifer que he visto hasta el momento. Por eso convencí a mi socia, Amber Grant,
para que acudiera a usted en busca de tratamiento. Y por eso reservé una donación
nada desdeñable a su desarrollo. Pero como usted ya no trabaja en Barley Hall, he
retirado mi oferta. Para enojo de Virginia Knight, supongo. —Soames sonrió—. La
cuestión es que espero que lo que se pierde Barley Hall pueda ganarlo VenTec.
Quiero que use la donación y las más punteras instalaciones de VenTec para
desarrollar su neurotraductor.
Fleming no sabía qué responder. Lo halagaba que alguien tan brillante como
Soames pensara en él en términos elogiosos, y más tras el asesinato de su imagen
pública que Knight había perpetrado. Además, las instalaciones de la Fundación no
tenían rival en todo el mundo. Sería un modo ideal de proseguir con su investigación
sobre la longitud de onda del alma. Sin embargo, había un elemento clave que lo
frenaba.
—Es una idea interesante, Bradley, y en mi situación actual, debería sin duda
apresurarme a aceptar, pero…
—¿Pero qué?
—No he venido a verlo para pedirle trabajo. He venido para establecer contacto
con Amber Grant…
—¿Por qué? Ella ya no está bajo su responsabilidad.
—La cosa no es tan sencilla.
—¿Ah, no?
—Tengo que hablar con ella y pensaba que tal vez usted me diría dónde

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encontrarla. Hay algo que debe saber, algo relacionado con sus dolores de cabeza.
—¿De qué se trata?
Fleming le repitió la historia y, cuando terminó, Soames dejó escapar un silbido,
se puso en pie y empezó a caminar de un lado a otro del despacho. Llevaba la
capucha protectora retirada sobre el suéter que filtraba los rayos ultravioletas, lo que
acentuaba la curvatura de sus delgados hombros.
—Esto es increíble. Debe permitirme que le ayude a proseguir con la
investigación. Si lo he entendido correctamente, lo que quiere es confirmar que esa
longitud de onda es sólo una aberración temporal, el rastro vaporoso de una mente
moribunda antes de desaparecer en el olvido. Porque eso implicaría que su hermano
ya no sufre y que usted hizo bien en no actuar para mantenerlo con vida. ¿Es más o
menos así?
Fleming quedó impresionado con la capacidad de comprensión de Soames.
—Más o menos.
Los ojos de su anfitrión brillaban de emoción.
—Fascinante. ¿Esa longitud de onda le ha hecho dudar de lo que siempre ha
creído y ahora quiere explicarlo?
—Supongo que sí. —A pesar de ser tan reservado, Fleming se sorprendía a sí
mismo de estar tan dispuesto a responder a las preguntas de aquel desconocido sobre
sus temores más profundos.
—Pero, en términos puramente científicos, al intentar demostrar que la longitud
de onda del alma no confirma la existencia de la vida más allá de la muerte, ¿no corre
usted el riesgo de cometer un grave error? —Le preguntó Soames—. No se olvide de
que es prácticamente imposible demostrar que algo no existe. Resulta mucho más
fácil demostrar la existencia de algo.
—¿Qué intenta decirme? —Le preguntó Fleming—. ¿Qué estoy abordando esto
desde una perspectiva equivocada?
—Sin duda. No tiene otra opción, Miles, si es que quiere alcanzar cierta paz
mental. En lugar de usar la longitud de onda para refutar la existencia de la vida
después de la muerte, úsela para buscar pruebas que la confirmen. Y si no las halla, al
menos podrá decirse a sí mismo que probablemente no existe, porque habrá buscado
exhaustivamente, sin éxito. Eso es lo que yo haría. —Soames hizo una pausa—.
Aunque, claro, esta estrategia presenta un peligro.
—Sí, ya lo sé —coincidió Fleming, comprendiendo al fin por qué su agitada
mente había pasado por alto ese enfoque—. Que tal vez encuentre lo que temo
encontrar.
Soames sonrió.
—Sin embargo, el tema es demasiado importante como para ignorarlo. No tiene
más opción que proseguir con la investigación del neurotraductor. Como científico,
sí, pero también como hermano.
—De acuerdo, pero necesito contactar con Amber Grant. Y creo que ella debe

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saber todo esto. De momento no tiene ni idea. Por eso llevo días intentando
localizarla.
—Sí, claro. Pero su madre acaba de morir y ha pedido un permiso para dedicarse
un tiempo a sí misma. No sé exactamente dónde se encuentra y, francamente, no es
asunto mío, máxime cuando había pedido un mes de permiso para seguir un
tratamiento con usted. Sin embargo, a mí me llama de vez en cuando. —Soames dejó
de caminar y se agachó junto a sus lobos. Como si estuviera solo, habló con ellos en
una lengua gutural e ininteligible y luego se quitó una de las costras de las cicatrices
que tenía en la mano y se la dio al más grande de los dos antes de acariciarle la
cabeza.
Fleming se horrorizó. Aunque aquellos animales no le hacían el menor caso, su
presencia le intranquilizaba.
—Le diré qué podemos hacer —prosiguió Soames—. Acepte mi oferta de todos
modos. Puede disponer de todo lo que quiera para crear una versión mejorada del
neurotraductor. No quiero sonar arrogante, pero en VenTec dispongo de los mejores
expertos en informática. Podrían ayudarlo a desarrollar un neurotraductor bastante
más sensible y potente que el que tenía en Barley Hall. —Se puso en pie—. Para serle
sincero, Miles, un cliente nuestro, KREE8 Industries, está especialmente interesado
en su tecnología, concretamente por las aplicaciones educativas y de entretenimiento
de unas imágenes y unas prótesis generadas por ordenador y controladas por el
cerebro. Ya nos han pedido que creemos lo que para ellos es una versión mejorada de
su prototipo de neurotraductor. Pero sin su comprensión de las longitudes de onda
neuronales, tardaríamos años en hacerla operativa. Con su cooperación, estaría lista
en cuestión de días. A cambio, usted podría llevar a cabo su investigación sobre la
longitud de onda del alma con todos los recursos de VenTec a su disposición. Piense
en todo lo que podría lograr si contara con un ordenador realmente potente.
—Tendría que poder acceder a mis archivos de Barley Hall.
Soames agitó la mano con ese gesto tan característico de los ricos y poderosos,
para los que nada supone un obstáculo.
—Virginia es una mujer comprensiva. Yo entiendo cómo trabaja y qué quiere.
Mientras reciba dinero y se le reconozca parte del mérito de los éxitos que usted
obtenga (y nada de culpa si las cosas salen mal), no le importa lo más mínimo lo que
usted haga. Hágame caso, Miles. Puedo conseguirle todo lo que necesite de Barley
Hall.
—¿Y Amber?
—Empiece a trabajar ya, y cuando Amber se ponga en contacto conmigo, podrá
hablar con ella. No se me ocurre ningún motivo por el que no quiera cooperar. Ella
desea solucionar su problema con los dolores de cabeza y sus temas pendientes con
Ariel. Tal vez incluso le resulte terapéutico tras lo ocurrido con su madre. —Soames
estaba realmente entusiasmado—. ¿Qué dice, Miles? Ese descubrimiento suyo es
increíble. Debe llevarlo adelante y tiene que dejarme que lo ayude. Ésta es

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precisamente la clase de investigación radical para cuya promoción se fundó VenTec.
—Descolgó el teléfono de su escritorio—. Laura, diga que tengan a punto el avión
para ir a Fairbanks y que un helicóptero nos espere allí para trasladarnos a la
Fundación. No se preocupe por notificarlo en VenTec, ya llamaré yo. Tengo que
resolver ciertas cosas. Sí, se lo preguntaré. —Soames alzó la vista y miró con una
sonrisa tan picara y unos ojos tan brillantes que, en medio de aquella penumbra, casi
resultaba atractivo—. Miles, ¿cuánto tiempo necesita para preparar sus maletas?
Contagiado por la emoción de Soames, Fleming no lo dudó. Aquello era más de
lo que se había atrevido a soñar.
—Todo mi equipaje está en el maletero del coche de alquiler que tengo aparcado
en la calle.
Soames le dio una palmada en la espalda.
—Vamos, entonces. ¿A qué estamos esperando?

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34

Alojamiento de seguridad del sector negro.


VenTec.

C
uando Amber Grant recobró la conciencia, sintió tanta paz que creyó que
había muerto.
Una mano apretaba la suya. Y junto a ella notaba la presencia de alguien
conocido que la tranquilizaba. Incluso el aterrador recuerdo de una nueva muerte ya
no la perturbaba. Algo había cambiado en lo más profundo de su ser. Fuera lo que
fuese lo que le hubieran hecho sus captores, habían logrado desbloquear algo en su
psique. Como si capturando su cuerpo hubieran liberado su mente. Ya no se sentía
sola. Su hermana estaba con ella, no atrapada ni luchando por establecer un contacto,
como antes, sino allí, a su lado. Incluso la preocupación por la salud de su madre le
resultaba más fácil de sobrellevar, como si Ariel la compartiera.
Ya no se hallaba bajo los efectos de ninguna sustancia y no se sentía aturdida. Se
dio la vuelta para tocar a su hermana con la mano derecha, pero allí sólo encontró
unas sábanas suaves y almidonadas. Aunque sentía la mano de Ariel en la suya, que
la apretaba con tanta fuerza como cuando eran niñas, y aunque sentía su presencia al
lado, consolándola, dándole fuerzas, estaba sola en la cama.
Abrió los ojos y se encontró en una habitación sencilla, exenta de ventanas y de
decoración. Frente a la cama había una zona de estar, con sofá, televisor, silla y
escritorio. Más allá, a través de una puerta entreabierta, se adivinaba un cuarto de
baño. Lo espartano del lugar, de paredes blancas y mobiliario sencillo, le resultaba
curiosamente familiar.
Se incorporó en la cama y descubrió que llevaba puesto un mono blanco que le
cubría todo el cuerpo. Se sentía físicamente exhausta, pero sintió alivio al notar que
había recuperado el control de su cuerpo.
Era todo muy raro. Debería haberse sentido desesperada, aterrorizada y sola. Pero
no era eso lo que le sucedía.
—¿Dónde estás? —le preguntó una voz, una que era a la vez parte de ella y al
mismo tiempo se hallaba separada de ella.
—No lo sé —se oyó responder.
Se levantó y, sin saber cómo, supo que debería reconocer aquel espacio. Le
recordaba a un lugar que había visitado en el pasado. Se acercó a la puerta principal y
trató de abrirla, pero estaba cerrada.
Luego vio el albornoz blanco que colgaba tras la puerta del baño y reparó en que
en un bolsillo había bordada la letra uve de un logotipo. Debajo, la máxima: «Pasado
el Presente se llega al Futuro».
De pronto, su cerebro se activó y comenzó a establecer conexiones. El perfume

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familiar y la voz que había reconocido cuando se encontraba paralizada pertenecían a
Felicia Bukowski, una de las científicas mimadas por Bradley, a la que Amber había
conocido en una ocasión en que visitó VenTec.
De modo que se encontraba en VenTec. Eso sólo podía significar una cosa: que
Bradley estaba implicado.
Su propio socio estaba detrás de todo aquello.

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35

Alaska.

M
iles Fleming nunca había llegado tan al norte. Hacía tres años, Rob y él
habían estado en Alaska para escalar el Denali, la montaña más alta de
Norteamérica. El jet de Soames ya había sobrevolado la cordillera durante
su vuelo de más de cuatro mil kilómetros de San Francisco a Fairbanks. Una vez allí
se habían montado en el helicóptero que los había conducido hasta la región ártica,
camino de la cadena montañosa de Brooks y de los campos petroleros de Prudhoe y
Point McIntyre.
—Pronto verá la Fundación —le dijo Soames, que iba a su lado y miraba por las
ventanillas tintadas de la aeronave, señalando los picos nevados de las montañas que
sobresalían de entre las nubes—. Unas millas al este se encuentra el Refugio
Nacional de Vida Salvaje del Ártico, pero mi abuelo compró casi todas las montañas
que se ven a la izquierda. Hace eones, todo esto se hallaba bajo el mar. Formadas con
rocas marinas, contienen inmensos depósitos de petróleo. Mi abuelo fundó Alascon
Oil, pero fue mi padre quien levantó la compañía tras las grandes huelgas petroleras
de los sesenta y los setenta. Perfeccionó el proceso de perforación para llegar al
núcleo de las montañas. Y ganó una fortuna que, claro está, fue la base de la mía.
»Tras su muerte, yo vendí Alascon a British Petroleum para fundar Optrix,
aunque me quedé unos mil acres. Entre los meses de noviembre y febrero el sol no
llega a salir, lo que es ideal. Y en verano, bueno, no salgo mucho, y la privacidad
nunca es un problema por estas tierras.
Fleming contempló el mar de picos nevados y sintió el cosquilleo de la emoción.
Para él, aquellas elevaciones geológicas eran un buen presagio y avalaban su
impulsiva decisión de acompañar a Soames. ¿Qué mejor lugar para asegurarse de que
el alma de Rob estaba a salvo que sus amadas montañas?
A través de un claro entre las nubes divisó un conjunto aislado de cabañas que
ocupaban uno de los valles.
—¿Es ahí? —preguntó.
Soames soltó una risotada tan estridente que, en el reflejo de la ventanilla,
Fleming vio que los lobos levantaban la cabeza al unísono.
—No —respondió al fin—. Ésa es la estación que los guardabosques tienen en el
refugio de vida salvaje. —Señaló a los lobos que tenía detrás—. De ahí los saqué,
eran dos cachorros abandonados. Mi Fundación está un poco más arriba.
Apareció entonces, frente a ellos, una cima más alta que las demás y el
helicóptero levantó el morro. Al acercarse más a él, Fleming se descubrió estudiando
con atención sus caras para decidir por cuál de ellas podría atacarse mejor, evaluando
los ángulos y el mejor modo de cubrir cada tramo. La variedad de pendientes

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aseguraba que el ascenso constituiría sin duda todo un reto.
Una voz interrumpió sus pensamientos.
—Ahí está VenTec —le informó Soames, señalando una cúpula negra que se
elevaba sobre ocho columnas que formaban otros tantos ángulos agudos, en lo alto de
una montaña de cima plana. Grandes placas de vidrio tintado de negro cubrían la
enorme construcción y, cuando el helicóptero la sobrevoló, Fleming pudo contemplar
una gran H de neón iluminada sobre un círculo, en una plataforma de acero que
sobresalía en el lado norte.
—Antes era un pozo petrolero construido para conectarse con la refinería que se
encuentra en una montaña vecina. —Fleming se fijó entonces en un grupo de
edificios incompletos, en una planta de procesado en estado de abandono y en unos
esqueletos metálicos que salpicaban la parte baja del pico—. El plan consistía en
disponer de un sistema de tuberías que recorrieran las montañas, conectando el pozo
con la refinería y que, finalmente, a través de un oleoducto principal, transportara el
petróleo hasta la costa. Pero vendí Alascon antes de que el plan se llevara a cabo y
convertí el pozo en un instituto de investigación científica. Según los geólogos,
todavía se asienta sobre mares de petróleo, pero el oro negro no es nada nuevo. El
petróleo es un producto del pasado, lleva un millón de años formándose. Yo prefiero
los productos del futuro.
En ese instante el helicóptero inició el descenso bruscamente y a Fleming se le
encogió el estómago.
Cuando las ruedas tocaron tierra, el movimiento de las aspas barrió la nieve del
helipuerto. Fleming plantó los pies en la superficie de acero y al hacerlo sintió como
si le estuvieran clavando mil cuchillos fríos por todo el cuerpo: el viento gélido no
parecía intenso, pero resultaba más que cortante.
—Entremos. Con el efecto del viento, la temperatura debe de ser de al menos diez
grados bajo cero —dijo Soames mientras soltaba a los perros, que al verse libres se
alejaron en dirección a las pendientes nevadas, felices de dejar atrás la reclusión del
helicóptero.
Aunque ya no los veía, Fleming los oía aullar.
—¿Dónde van? —preguntó, mientras dos asistentes les recogían el equipaje y los
conducían hacia las puertas principales de la Fundación.
—Donde van los lobos, supongo. Entran y salen cuando quieren. Están en su
casa.
Una vez en el vestíbulo, Fleming se fijó en la existencia de una puerta de cristal a
prueba de incendios que quedaba a su derecha, sobre la que se veían unas señales
médicas y de vestuario. Del otro lado entrevió algunos abrigos árticos, algunas botas,
algunos equipos de escalada, todo ello de última generación, así como unas taquillas.
Se trataba de la sala de supervivencia, que contenía toda la ropa, los medicamentos y
los alimentos que pudieran hacer falta en caso de evacuación. Sobre una pared, junto
a la puerta, había colgado un plano de la Fundación VenTec dividido según un código

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de colores: un núcleo central rojo y cuatro secciones que partían de él.
—Vamos, Miles —dijo Soames—. Primero le mostraré su habitación y después
haremos una visita guiada.

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36

VenTec.
Cuarenta minutos después.

F
leming no dejaba de frotarse los oídos y se preguntaba si aquel zumbido lo
emitía la Fundación o si era su cerebro, aún aturdido tras tantas horas de
vuelo.
—¿Está bien? —le preguntó Soames mientras lo conducía por el sector blanco,
siguiendo las flechas que indicaban el camino al sector azul.
—Bien, sí.
La suite de Fleming en el sector azul era más funcional que lujosa, pero disponía
de todas las comodidades.
—He visto que el teléfono no cuenta con línea externa.
—Es sobre todo por cuestiones de seguridad. Aquí nos dedicamos a la
investigación confidencial y se asume que los contactos con el exterior han de
mantenerse a un nivel mínimo. De ese modo también se evitan distracciones. Con
todo, el aislamiento no es total. Cada sector cuenta con su propia sala de
comunicaciones, donde existe un teléfono para casos de emergencia. Y, claro está,
disponemos de acceso total por módem a descargas de información. ¿Le plantea
algún problema?
—No, en realidad no.
—Está bien. Éste es el sector blanco y casi todas las instalaciones son las que se
ven. Se trata del área comunitaria y, como todos los pasillos del mismo color, está
abierta a todos los residentes de la Fundación. También hay algunos laboratorios en
esta zona, pero todo el trabajo confidencial se lleva a cabo en los sectores coloreados
y cada zona se mantiene al margen de las demás. Contamos con filtros de
información y la seguridad entre sectores es un asunto que nos tomamos muy en
serio.
Llegaron a la puerta de seguridad, de cristal ahumado, que conducía al sector
azul, y Soames señaló una pantalla digital situada junto a la cerradura circular.
—Sólo yo tengo acceso a todos los sectores. Esa pantalla es un escáner de ADN;
extrae una capa microscópica de piel, y si coincide con mi ADN, la cerradura se abre.
—Alzó las manos y separó los dedos—. Llevo las llaves en el cuerpo. Ser el dueño
tiene sus ventajas. —Señaló más allá de la puerta de vidrio—. En el sector azul nos
especializamos sobre todo en realidad virtual. Muchos de nuestros clientes acuden
aquí para trabajar con nuestros científicos y nuestros ordenadores para hallar el modo
de mejorar sus negocios. ¿Conoce KREE8?
Fleming asintió.
—Sí, claro.

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KREE8 era reconocida por su tecnología de comunicación holográfica, por crear
los primeros actores virtuales, incluidas las estrellas famosas ya muertas. Hacía
apenas un año, Marilyn Monroe había actuado como pareja artística de George
Clooney, en la que se convirtió en película más taquillera de la década.
—Bien —prosiguió Soames—. No creo que esté revelando ningún secreto
empresarial si digo que los de KREE8, en la práctica, usan VenTec como
departamento de I+D. Diría que el ochenta por ciento de su nuevo programa de
productos se ha creado tras esa puerta de vidrio, en el sector azul.
Soames se detuvo y le señaló a alguien que se acercaba con decisión hacia ellos.
Exceptuando el crucifijo escarlata que llevaba prendido de la pechera, aquel hombre
bronceado, de coleta morena, iba vestido de negro de la cabeza a los pies: polo negro,
pantalones negros, zapatos de piel del mismo color. Fleming lo reconoció por las
fotos que había visto en los periódicos.
—Hablando del papa de Roma —exclamó Soames—. Miles, quiero presentarte a
Frank Carvelli, responsable de KREE8.
Carvelli sonrió, aunque apenas se le movió la piel bronceada alrededor de los
ojos. Fleming supuso que se había sometido a alguna operación de cirugía estética,
aunque en realidad, si así era, el resultado era tan bueno que él no lo notaba.
—Doctor Fleming, soy un gran admirador de su neurotraductor —dijo.
—Gracias.
—Miles ha aceptado ayudarnos a afinar las nuevas versiones del KREE8 —
informó Soames.
Él y Carvelli intercambiaron una mirada furtiva y éste levantó una ceja en lo que
a Fleming le pareció una expresión de sorpresa impostada.
—¿De veras? Eso es maravilloso. —Consultó la hora—. Lo siento, pero tengo
que asistir a una reunión.
—No te preocupes, Frank. Yo informaré de todo a Miles.
—Me alegro mucho de que nos eche una mano. Tengo muchas ganas de hablar
con usted. Espero que sea pronto —se despidió Carvelli cortésmente.
Cuando desapareció tras la puerta del sector azul, Soames se volvió hacia
Fleming y esbozó una sonrisa maliciosa.
—Usted es todo un golpe de efecto a mi favor. Le dije a Frank que necesitábamos
de sus conocimientos, pero él estaba seguro de que usted jamás aceptaría ayudarnos.
—¿Yo también trabajaré en el sector azul?
—No, porque ahí se preparan también otros proyectos y Frank es muy
desconfiado y se pone paranoico. Y, lo que es más importante, quiero que disponga
de su propio espacio para que pueda trabajar sin interferencias en su longitud de onda
del alma. Acompáñeme, completaremos la visita y luego le mostraré su zona de
trabajo.
Soames dio media vuelta y regresaron a la sección central. Desde allí, cruzando
de nuevo el sector blanco, llegaron al verde.

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—Aquí realizamos sobre todo trabajos gubernamentales —le explicó—. Aunque
no sólo para nuestro gobierno.
Rodearon el perímetro del círculo central. Fleming siguió a Soames hasta lo alto
del sector rojo, junto a la parte baja del sector negro. En dos ocasiones se cruzaron
con científicos vestidos con monos de trabajo blancos, un atuendo que parecía
constituir el uniforme reglamentario. En ambos casos, éstos sonrieron brevemente al
pasar junto a ellos, pero no les dirigieron la palabra. El ambiente era de silencio y
concentración, nada propicio para la charla ociosa. A pesar de que se trataba de un
entorno altamente tecnificado, a Fleming le recordó su visita a la sede de los jesuitas
en Roma, donde el silencio denotaba también una intensa actividad.
Soames se detuvo al llegar a un distribuidor cuadrado. A su izquierda, unas
flechas negras indicaban el acceso al sector negro. A su derecha, las flechas eran rojas
y marcaban el camino al ascensor central, protegido por una puerta de vidrio blindado
en el que podía leerse: «Sólo personal autorizado. Obligatorio el uso de protectores
oculares». Allí, el zumbido que Fleming había captado al entrar a VenTec resultaba
más audible.
—El sector rojo —anunció Soames. Se metió la mano en el bolsillo de la
chaqueta y extrajo un sobre de plástico transparente. Contenía un disco plateado con
una flecha roja en el centro. Se lo entregó a Fleming—. Éste es su disco inteligente.
Le permite el acceso a todas las áreas blancas, incluida su suite residencial, así como
al sector rojo, donde trabajará. El disco es sólo suyo y en él quedará grabado todo lo
que haga aquí; todas las puertas que abra, todas las comidas que pida, todos los
aparatos que use, todos los artículos de consumo que retire del inventario de
suministros. Intente no perderla.
Se retiró un poco de la puerta e indicó a Fleming que insertara el disco en la
ranura.
—¿Qué hay en el sector negro? —preguntó él tratando de no mostrar un interés
excesivo, sorprendido tras constatar que Soames, que se había mostrado tan abierto
con el resto de su reino, no lo hubiera mencionado siquiera.
El rostro de su anfitrión adoptó una expresión curiosa, como si se muriera de
ganas por compartir con él un secreto pero no pudiera hacerlo.
—Tal vez más tarde —se limitó a responder—. Venga, le mostraré su lugar de
trabajo. El sector rojo está dedicado a la investigación informática y contiene la niña
de mis ojos.
Fleming volvió a fijarse en las señales que indicaban el camino hacia el sector
negro, pero no dijo nada más. Insertó el disco en la ranura de la puerta que daba
acceso al sector rojo, y cuando el ascensor se abrió, entró en él.
El suelo era de cristal tintado y una luz potente, casi cegadora, lo iluminaba desde
abajo. El zumbido era cada vez más intenso y parecía provenir de aquella luz.
Iniciaron el descenso.
Soames se bajó las mangas del suéter, y Fleming vio que terminaban en unos

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guantes, que su anfitrión se puso verificando que no quedara expuesto ni un
milímetro de piel. Se cubrió la cabeza y el rostro, y se puso unas gafas de vidrios
oscuros.
—Todavía no he hallado el modo de neutralizar los rayos ultravioletas aquí dentro
—aclaró, cogiendo unos protectores oculares guardados en unas rejillas junto a la
puerta del ascensor. Se los pasó a Fleming—. La luz no le dañará la piel, pero será
mejor que se los ponga.
El ascensor se abrió y, a través de los protectores oculares, Fleming fue recibido
por una marea de luz. Parpadeando, siguió a Soames al exterior. Al principio no veía
nada, tan deslumbrado como estaba por la luz, y se acordó del modo en que Amber le
había explicado su experiencia de muerte cercana, cuando se sintió formar parte de la
luz uniéndose a los fotones que la conformaban. Pero al momento sus demás sentidos
se hicieron más presentes. El zumbido ya no era una distracción de fondo, sino un
ruido definible, y olía el calor y el aire lleno de electricidad estática, como si
estuviera a punto de descargar una tormenta.
Sus pupilas, reducidas a cabezas de alfiler, empezaron a adaptarse a la sobrecarga
de luz y comenzó a intuir el espacio que lo rodeaba. Cuando su cerebro interpretó qué
era lo que estaba viendo, oyó un grito ahogado; tardó un rato en percatarse de que
había sido él mismo quien lo había emitido.

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37

El sector rojo.

F
leming había llegado a una ancha pasarela circular elevada sobre el borde de
una cámara cilíndrica. Las dimensiones de todo eran asombrosas, pero lo que
le había hecho ahogar aquel grito era lo que había visto bajo sus pies.
Se acercó con cautela a la barandilla de la pasarela, se asomó y miró hacia el
centro de aquel abismo cilíndrico. Suspendido en el espacio, unos tres metros por
debajo, había un orbe de luz tan brillante como un sol diminuto, de unos seis metros
de diámetro, que zumbaba y emitía un resplandor de intensidad variable. Las paredes
que lo rodeaban contaban con ventanas de cristal tintado, tras las cuales se situaban
los laboratorios y las salas de control.
—¿Qué es este lugar? —preguntó Fleming.
—En este momento nos encontramos en el interior de la montaña, en lo que era el
principal pozo de extracción cuando mi padre inició las excavaciones en busca de
petróleo. Muy por debajo de donde nos encontramos, tal vez a varios kilómetros,
existe una bolsa de petróleo que no llegó a sellarse. Fui yo quien aumentó el diámetro
del área superior para poder instalar los laboratorios de abajo. Cumple su propósito a
la perfección: una temperatura baja, privacidad, protección… no podría pedir más. —
Soames también se asomó a la pasarela y señaló la esfera de luz—. He aquí la niña de
mis ojos, la madre de todos los ordenadores ópticos. Éste es el Último Ordenador, el
más avanzado. Puede asimilar y procesar cantidades ingentes de información en un
abrir y cerrar de ojos. Peinando la red en busca de novedades, el ordenador las
almacena en su casi ilimitada memoria de luz. Si el mundo se viniera abajo mañana,
Miles, casi todo lo que se conoce y se ha conocido a lo largo de la historia estaría a
salvo en su inmenso sistema de fotones, codificado, con datos e información.
Además, este cerebro que tenemos a nuestros pies es capaz de acceder a toda esa
información a la velocidad de la luz. Ésta es la Madre Lucifer, la verdadera portadora
de la luz, ¿o debería decir «de la iluminación»?
Fleming seguía en silencio contemplando asombrado aquella esfera palpitante,
brillantísima. Soames se echó a reír, orgulloso.
—Algunos de mis colegas se burlan de mí y de mi nuevo invento. Me dicen que
les recuerda esa vieja historia, sí, ésa en que un genio loco siente la necesidad de
crear un superordenador tan potente que sea capaz de conocer todo lo que contiene el
universo y de responder a la pregunta que le obsesiona. Finalmente, recurriendo a
todo su ingenio, su dinero y su tiempo, el científico termina su ordenador y, en su
primer día de funcionamiento, le pregunta: «¿Existe Dios?».
Soames bajó la mirada para contemplar su gran obra.
Incapaz de apartar los ojos de ella, Fleming le preguntó:

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—¿Y qué responde el ordenador?
—Al principio nada, de modo que el científico vuelve a formularle la pregunta:
¿Existe Dios? Y el ordenador, finalmente, le responde: «Ahora sí».
Fleming sonrió, cortés.
—Imagine que puede aplicar todo este potencial a su nuevo neurotraductor —le
susurró Soames—. Imagine que puede usarlo para descubrir algo no sólo en este
mundo, sino más allá de él, para comunicarse con las mentes de quienes ya se han
ido. Y no sólo durante unos pocos minutos fugaces, como pudo hacer con su
hermano, sino indefinidamente y siempre que quiera. Podría formular cualquier
pregunta a los que han muerto. Podría preguntarles cómo es estar del otro lado del
velo de la muerte. Si hay cielo o infierno. Si sus seres queridos son libres o si sufren.
Tal vez podría llegar a conocer incluso la mente de Dios.
A Fleming se le erizó el vello de la nuca. Había llegado allí con la intención de
desestimar la existencia de las longitudes de onda mentales, de pasarlas por el cedazo
de la razón y establecerlas sólo como el último aliento de un cerebro moribundo,
reforzando así su convicción de que no había vida después de la muerte —si no la
había, Rob no podía seguir sufriendo—; y sin embargo, una vez allí, le resultaba
difícil aferrarse a sus certezas. La atractiva visión de unas oportunidades ilimitadas se
extendía ante él y lo cegaba. En ese instante le parecía que no había nada imposible,
ni en esta tierra ni más allá de ella.
Entonces Fleming se dio cuenta de que había otras dos personas junto a Soames:
un hombre alto, negro, con poco pelo y unas gafas con montura de acero que se
intuían tras los protectores oculares; tenía la frente arrugada, pero la piel, alrededor de
los ojos, era lisa como si a lo largo de su vida sólo se hubiera dedicado a fruncir el
ceño, pero nunca a sonreír. Le acompañaba una mujer. El mono de trabajo blanco le
sentaba muy bien y llevaba el pelo rubio recogido en un moño. Era hermosa, de
pómulos prominentes, y tenía los ojos de un asombroso azul pálido. Se descubrió
comparando aquella belleza gélida con la exótica calidez de Amber Grant.
—Aquí tiene a sus dos ayudantes —le dijo Soames, presentándole al doctor
Walter Tripp y a la doctora Felicia Bukowski—. Son especialistas en hardware y
software respectivamente. Le aseguro —prosiguió— que estos dos excelentes
científicos eclipsarían a muchos de los que se autodenominan expertos en sus
materias.
Les estrechó la mano y Fleming constató que Bukowski nunca parpadeaba ni le
quitaba la vista de encima.
Soames esbozó un amago de sonrisa.
—Como ya le he mencionado, nosotros, junto con nuestro cliente KREE8
llevamos un tiempo tratando de mejorar su invento. Nuestro prototipo más avanzado
se ha trasladado del sector azul a un laboratorio que se encuentra bajo esta pasarela.
El hardware está completado casi en su totalidad. El conversor analógico-digital
debería ser superior al que usted está acostumbrado, lo mismo que el amplificador de

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señales neuronales.
—Sin duda —confirmó Tripp—. En esencia, hemos tratado de reconstruir el
neurotraductor introduciendo ciertas mejoras, evitando infringir la ley de patentes.
—Me siento halagado.
—Pero, claro, nos hacen falta sus conocimientos, así como los archivos con las
señales neuronales que ha ido acumulando en estos años —intervino Bukowski muy
deprisa. Su voz sonaba sorprendentemente dulce y delicada. A Fleming le recordó los
acentos de Boston que oía durante sus años en Harvard—. Su experiencia es vital
para calibrar correctamente nuestro aparato, para lograr que interprete correctamente
cada instrucción neuronal, ya se trate de ondas cerebrales individuales, ya se trate de
una combinación de ondas.
—Bueno, si logro acceder a mis archivos de Barley Hall desde aquí, como
asegura Bradley, no debería ser muy complicado.
—Ah, por cierto, todos sus archivos están ya disponibles —informó ella, mientras
los conducía hacia el ascensor. Pulsó un botón y la cabina descendió—. Puede
consultarlos siempre que quiera.
Las puertas se abrieron y ella le mostró el camino que conducía a un
impresionante laboratorio mientras la esfera de luz seguía latiendo a la izquierda del
otro lado de los cristales.
Reconoció los dos neurotraductores a pesar de no ser iguales que su prototipo de
Barley Hall. Su diseño era más fino y mostraba una esfera incorporada a un cubo azul
traslúcido de cantos redondeados, que sostenía una pantalla de plasma integrada con
controles táctiles. El dispositivo era como mínimo el 20 por ciento mayor que su
prototipo y tenía los altavoces integrados, además de ser considerablemente más
potente.
—¿Y por qué dos unidades? —preguntó Fleming.
—Es una política de VenTec —respondió Soames—. Siempre desarrollamos los
prototipos a pares para tener una reserva en caso de que suceda algo.
—Es precioso —dijo Fleming, sin dejar de contemplarlo. En la parte trasera había
dos conexiones inalámbricas de rayos infrarrojos que no había visto nunca. Sobre la
de la izquierda estaba escrita la palabra «recibir» y sobre la de la derecha,
«transmitir».
—No reconozco estos puertos. ¿Se trata de un nuevo tipo de sensor de
comunicación?
Tripp se encogió de hombros.
—Más o menos. Los hemos incluido únicamente para asegurarnos de que el
neurotraductor sea compatible con nuestra tecnología de red óptica más avanzada.
—Fíjese, Miles —intervino Soames—. Incluso hemos construido nuestro cuerpo
para pruebas.
Fleming se dio la vuelta y, efectivamente, vio el maniquí de tamaño natural de pie
junto a la puerta. Su parecido con Brian era asombroso.

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—Estoy impresionado, Bradley, pero también algo asustado. ¿Cuánto tiempo
llevan copiando mi trabajo?
—Aproximadamente un año —respondió Soames con total descaro—. No sé si lo
recuerda, ya tratamos de contratarlo hace un tiempo, pero como no quiso unirse a
nuestro equipo, tuvimos que desarrollar nuestro propio sistema de control de
pensamiento. —Sonrió—. En el fondo, su invento está basado en el Lucifer, que es
un invento nuestro. Debería alegrarse de que hayamos progresado con él. Su
investigación le resultará más fácil.
Una vocecilla que le recomendaba precaución resonó en su mente, pero Fleming
la silenció.
Soames lo miró.
—¿Y bien?
Fleming decidió que tanto podía ir hacia delante como hacia atrás.
—¿Cuándo podemos empezar?
—Yo creía que ya habíamos empezado —dijo Soames.

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38

Sector azul.
Una hora después.

A
pocos metros de allí, Xavier Acosta se hallaba en la sala de medios de
realidad virtual del sector azul. Llevaba un mono muy ceñido y salpicado de
electrodos que acentuaba y definía los perfiles y músculos de su cabeza y su
cuerpo. A su derecha, en una gran pantalla, una figura animada —formada por puntos
que reflejaban las posiciones de los electrodos— reproducía todos sus movimientos.
La sala estaba insonorizada y contaba con un equipo de grabación de vídeo y una
torre de consolas de ordenador óptico.
Carvelli estaba sentado frente a un terminal y dedicaba su atención,
alternativamente, a la gran pantalla colgada en la pared y a su monitor.
—¿Podría empezar a caminar sobre la cinta, por favor, Santidad?
—¿Es necesario fatigarlo tanto? —Preguntó Virginia Knight que, de pie junto a
monseñor Diageo, se ocupaba de la bombona de oxígeno que había preparado—. Su
aparato respiratorio es débil. No conviene forzarlo.
Carvelli alzó la vista y sonrió, a modo de disculpa.
—Lo entiendo, pero necesito introducir todos los movimientos en el ordenador si
queremos que el efecto sea realista.
Acosta compuso una mueca de dolor, un dolor que había empeorado desde su
llegada a Alaska. Alargó la mano para alcanzar la mascarilla de oxígeno e inhaló
profundamente para que aquel aire puro y dulce llegara a sus pulmones enfermos.
—Tranquila, Virginia. Frank sólo hace lo que tiene que hacer.
Knight suspiró.
—Le ruego que sea prudente.
—De todos modos, ya casi estamos —los tranquilizó Carvelli mientras,
valiéndose de un ratón esférico, ajustaba algunos valores—. Ya hemos capturado
todas las expresiones faciales que necesitamos. ¿Podría mover el brazo una última
vez?
Acosta obedeció y volvió a ejecutar todos los movimientos, dobló los codos,
estiró los brazos, ejercitando todos los músculos, antes de pasar a los dedos.
—Excelente, Santidad. ¿Desea ver cómo quedará?
Acosta no estaba seguro de que el resultado final fuera a transmitir realismo,
aunque había oído hablar de las maravillas que aquella nueva tecnología había
logrado en Hollywood. Carvelli le había explicado que tres de los mayores éxitos de
taquilla del verano pasado correspondían a películas protagonizadas por «actores
virtuales» y que el público no era capaz de distinguirlos de los reales. Los sueldos de
las estrellas eran cada vez más prohibitivos, pero gracias a los efectos especiales de la

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tecnología óptica, la creación de actores virtuales era ya una alternativa viable.
Carvelli pulsó tres botones de su monitor y, en cuestión de segundos, la figura
animada de la pantalla grande se completó de los pies a la cabeza para adoptar el
aspecto de un hombre que sólo llevaba puestos unos calzoncillos. Acosta se
reconoció en aquel cuerpo, pero al ver la definición que adquiría la cabeza, abrió
mucho los ojos. La persona de la pantalla era él, tan vivo como si estuviera mirándose
en un espejo.
—Lo que ve, Santidad, es una figura compuesta extraída de su perfil genético
físico, adaptada según la edad, el escaneado de los movimientos que acabo de
completar y todas aquellas fotografías digitales que le he tomado antes. La fotografía
digital es lo que nos permite obtener un parecido tan exacto. El rostro que ve en la
pantalla es una amalgama, generada por ordenador, de su perfil genético y de una
imagen digital de cientos de miles de millones de píxeles de usted. Los ejercicios de
movimiento que hemos ejecutado aseguran que la imagen obedezca a todos sus
músculos faciales de manera natural. Observe.
Clavando los ojos en la pantalla, Acosta se vio a sí mismo vistiéndose en pantalla.
En sus pies aparecieron unos calcetines y a continuación unos zapatos. Después,
todas las capas de ropa, sobre las que se puso los hábitos escarlatas, el birrete y las
cadenas propias de su rango. Incluso los anillos oficiales aparecieron en sus dedos.
—Esto es increíble —balbució.
Carvelli sonrió, orgulloso.
—Con el debido respeto, Santidad, creo que lo que voy a mostrarle ahora le
parecerá más impresionante aún. —Accionó un interruptor y un diodo rojo pequeño
iluminó un disco negro, horizontal, esmaltado, de poco más de un metro de diámetro,
que se hallaba al fondo de la sala. Empezó a oírse un zumbido—. Tarda un poco en
calentarse.
El color rojo se volvió verde.
Entonces, sobre el disco apareció una figura, que iba generándose de abajo arriba
a partir de franjas de láser, como si la pintara una mano invisible. En esa ocasión,
cuando la imagen se completó y Acosta se reconoció a sí mismo, vio que ya iba
vestido con sus imponentes túnicas rojas, las mismas que llevaba en la imagen de la
pantalla. Pero aquélla no era una imagen bidimensional; se trataba de una persona
real, como si hubieran congelado a Acosta y lo hubieran colocado sobre aquel disco
negro. Dudaba incluso de si sería capaz de notar alguna diferencia si se viera a sí
mismo junto a él, vestido del mismo modo.
Carvelli tocó entonces el monitor que tenía al lado.
Y Acosta observó cómo la imagen cobraba vida.
Primero se fijó en las sutilezas: la respiración, el pecho que subía y bajaba
ligeramente, los labios algo separados. Luego sus gruesos párpados se movieron y su
boca esbozó una sonrisa.
Para pasmo del papa Rojo, se descubrió reproduciendo los movimientos de su

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doble, como si fuera él la imagen del espejo. Era como mirar un reflejo suyo, pero sin
poseer el control de sus movimientos. En ese instante aquella imagen tridimensional
hizo ademán de acercarse a él que, instintivamente, se echó un poco hacia atrás.
—La imagen no se mueve más allá de los límites del holodisco —le tranquilizó
Carvelli—. Hace todo lo que le ordena el operador informático, pero el holograma
sólo puede existir sobre el disco. ¿Qué le parece, Santidad? ¿Está contento con su
imagen? Tenga en cuenta que la eternidad es mucho tiempo.
Acosta dio un paso al frente y alargó la mano, casi hasta tocar aquel fantasma,
fascinado por el parecido entre ambos. A todos los efectos, y sin ninguna duda, era él.
Con la diferencia de que aquella encarnación, aquel vital renacer de su propio cuerpo
marchito, no sucumbiría nunca a la enfermedad ni a la muerte.
—Sí —respondió, suspirando—. Estoy contento.
De pronto, el holograma se movió y Acosta observó la imagen sonreír y
arrodillarse ante él.
—¿Desea darle la bendición, Santidad? —le preguntó Carvelli.
—Sí —respondió Acosta sin vacilar. Extendió la mano y la posó sobre la cabeza
de su fantasma, asombrado al no hallar sustancia alguna en ella—. Pero tiene que
poder hablar. ¿Y su voz?
—La voz del holograma será su propia voz —puntualizó Carvelli, señalando la
torre de sonido y los dos micrófonos plantados tras el holodisco—. De eso nos
ocuparemos enseguida.

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39

Cantina del sector azul.


Tres días después. 11.18 p. m.


H
e pensado que tal vez lo encontraría aquí, Miles. ¿Ha dormido mucho
estos días?
Miles alzó la vista de su ensalada César y dedicó a Soames una
sonrisa cansada.
—No, no mucho. Pero apenas me termine esto me encerrare en mi habitación y
me pasaré al menos ocho horas durmiendo.
Era tarde. Tripp y Bukowski se habían retirado hacía horas. Se sentía tan agotado
que no tenía ni hambre.
Soames se sentó a su lado. En su bandeja había un cuenco de fruta, una lata de
Coca-Cola y un panecillo. Parecía impaciente por hablar de los progresos de Fleming.
—¿Y cómo le va?
—Bien.
—¿Walter y Felicia se muestran atentos?
—Sí, claro.
En ocasiones Bukowski se mostraba atenta en exceso.
—Walter me ha dicho que ya han completado las muestras.
—He programado una pequeña demostración para usted y para Frank, mañana.
A Soames se le iluminaron los ojos.
—Estupendo. Buen trabajo.
Fleming se permitió una sonrisa. Estaba satisfecho con los avances que había
logrado en apenas tres días.
Había tardado más de sesenta horas —interrumpiéndose sólo para comer y
robándole apenas un par de horas al trabajo para echarse un rato— en llegar al punto
en que se encontraba. Como sospechaba, el hardware de aquel inmaculado
laboratorio blanco y cromado era excelente y el neurotraductor era superior al
prototipo desarrollado en Barley Hall. Fiel a su palabra, Soames lo había dispuesto
todo para que pudiera descargar sus archivos de la base de la clínica londinense. Se
había pasado horas con el casquete puesto delante del cuerpo de pruebas, calibrando
el neurotraductor para que descodificara correctamente los patrones complejos de las
señales neuronales que hacían posibles incluso las tareas más sencillas. Había tardado
seis horas sólo en afinar la interpretación que el aparato hacía de los movimientos
oculares.
Una vez completó satisfactoriamente aquellos primeros ajustes, los demás
movimientos del cuerpo le ocuparon menos tiempo, pues el dispositivo neuronal
aprendía solo. Con los aspectos más relevantes bien calibrados, aquel neurotraductor

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era tan rápido que no había demora entre el pensamiento y la acción. Apenas pensaba
en arquear una ceja, el cuerpo de pruebas lo hacía. En el mundo puro de lo abstracto,
resultaba perfecto.
Con todo, el control del movimiento había sido un primer paso relativamente fácil
comparado con otra tarea más compleja, la de la interpretación del habla mental. En
ese caso también había empezado por el principio, introduciendo el vocabulario
básico, informando de los defectos a Tripp y a Bukowski que, diligentes, habían
obedecido todas sus órdenes. Gradualmente, había ido enriqueciendo el vocabulario
hasta que la red neuronal del ordenador había asumido por sí mismo la tarea.
Aquella tarde, unas horas antes, cuando Tripp y Bukowski se retiraron a sus
habitaciones, Fleming se puso el casquete y probó el neurotraductor por última vez.
Recorriendo la pantalla arriba y abajo, fue registrando las ondas cerebrales estándar
que surcaban el monitor; las alfa, las mu, las theta, las beta, así como las demás. Todo
parecía en orden. Todas las longitudes de onda grabadas aparecían en imagen.
Todas menos una.
Ahora que el neurotraductor ya estaba activado y funcionando, descargó el
escáner de Amber Grant, con su longitud de onda exclusiva, de los archivos de
Barley Hall. Una vez lo hubo hecho y volvió a concentrarse en el neurotraductor,
constató que, en lo alto de la pantalla, aparecía una línea nueva, muy por encima de la
más alta de todas las bandas de megahercios de las otras longitudes de onda. Al cabo
de unas horas de estudiar la longitud de onda del alma, ya había llegado a una
conclusión ineludible.
—¿Cómo se siente? —le preguntó Soames.
—Agotado.
—Me refería en relación con el neurotraductor.
—Bastante bien. Ya lo verá mañana.
Durante unos instantes, permanecieron sentados, en silencio; Fleming
comiéndose su ensalada, Soames tomándose la Coca-Cola y la fruta.
—¿Y qué tal su longitud de onda del alma? —Le preguntó Soames al fin—. Se lo
he comentado a los demás y todo el mundo está fascinado. ¿Ya ha tenido ocasión de
ocuparse de ella?
Fleming frunció el ceño. Había hablado de la longitud de onda del alma con
Soames, pero no sabía si los demás también debían estar al corriente.
Soames lo miró y le leyó los pensamientos.
—Quieren ayudarle, Miles. Ahora se encuentra usted entre amigos. Carvelli es un
tipo listo, y Walter y Felicia no son precisamente tontos. Úselos para extraer ideas de
ellos. Para eso están.
Fleming se sintió aliviado; le haría bien compartir sus preocupaciones y servirse
de la inteligencia y la experiencia de aquel equipo.
—Gracias.
—Y bien, ¿ha tenido ocasión de ocuparse de ella o no?

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—Muy brevemente. Todavía es pronto, pero ya intuyo que hay dos aspectos que
habré de resolver.
—¿Quiere que los comentemos?
Fleming estaba demasiado cansado.
—Le agradecería su opinión. De veras. Pero no ahora. —Se levantó de la mesa—.
Lo siento, pero no me tengo en pie. Mi cerebro no da más de sí y tengo que
acostarme. Pero mañana, después de la demostración, me encantará hablar con usted.
—Como quiera. —Soames se levantó también y le puso la mano en el hombro—.
Duerma un poco, Miles. Mañana promete ser un gran día.

* * *

Aquella misma noche, más tarde.

Fleming se quedó dormido apenas se quitó la ropa, se subió a la cama y apoyó la


cabeza en la almohada.
Sin embargo, horas más tarde Amber Grant se coló en su sueño, un sueño en el
que aparecían Rob y Jake. Le susurraba algo al oído, le acariciaba el muslo con la
mano, tan suave y sensualmente que se le puso la piel de gallina y se le erizó el vello
de las piernas. Sus dedos fríos recorrían su entrepierna, masajeándolo hasta que llegó
la erección.
El aire de la noche le refrescó la piel cuando alguien apartó las sábanas y se coló
en la cama, a su lado. Una forma suave se acoplaba a la suya, una respiración
ardiente, dulce, le calentaba la mejilla, unos dedos insistentes aceleraban sus
movimientos.
En su sueño gimió de placer al sentir que aquel fogoso aliento descendía por el
cuello, el pecho, el vientre. Durante un delicioso instante una lengua lo recorrió,
mientras los dedos que rodeaban su erección convertían sus movimientos en una
caricia suave y lenta, como el roce de una pluma. Entregándose a la sensación,
ansiaba la embestida, y cuando la lengua descendió aún más, apretó las nalgas
inconscientemente, levantando la pelvis.
—Amber —jadeó en voz alta mientras la boca ardiente lo envolvía, y al
pronunciar aquel nombre despertó, sobresaltado. Entonces, al momento supo que no
se trataba de un sueño.
Y de que no era Amber.
—¿Qué diablos…?
Los cabellos rubios de Felicia Bukowski reflejaban la luz tenue del despertador
iluminado, subían y bajaban acompasadamente sobre él. Y cuando alzó la vista, sus
pupilas claras brillaron como dos discos metálicos. Su instinto físico le pedía a gritos
que la dejara seguir. Pero algo le impulsó a incorporarse y apartarla.
—No, no, para. Lo siento, pero esto no está bien.

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No estaba seguro de por qué le había impedido seguir. Simplemente, sabía que
debía hacerlo. Eso era todo. Tal vez fuera por el destello que había visto en aquellos
ojos: una expresión de triunfo que le llevaba a temer que, si se entregaba a ella,
estaría entregándole mucho más de lo que creía. Sin embargo, sospechaba que su
resistencia tenía más que ver con la negativa a consumar una traición. Era irracional,
especialmente para alguien que, hasta ese momento, había concedido tan poco valor
al compromiso, pero en ese momento Fleming se dio cuenta de que sentía una extraña
lealtad hacia Amber Grant. Una lealtad tan poderosa que, hasta que aclarara la
situación con ella, cualquier otro contacto íntimo equivaldría a una infidelidad.
Felicia lo miró con dureza, pero no vio dolor en sus ojos. Sólo decepción e ira.
Sin decir nada, estuvo un rato más acariciándolo, apretándolo con fuerza, como si
quisiera poner a prueba su resistencia, y luego se levantó, se puso el camisón y se fue.
Fleming se quedó allí solo, a oscuras, escuchando los latidos de su corazón, y
supo que, a pesar del cansancio, ya no podría seguir durmiendo.

* * *

Sin que él lo supiera, a unos pocos centenares de metros de donde se encontraba, en


el sector negro, Amber Grant tampoco podía dormir.
Durante los últimos días había ido recobrando algo de fuerza y se había dedicado
a observar a los guardias, anotando mentalmente los momentos en que aparecían para
vigilarla, así como las horas de las comidas. Buscaba una regularidad en aquellos
horarios; observaba y esperaba.
Planeando su huida.

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40

Sector rojo.
Al día siguiente.

T
anto Walter Tripp como Felicia Bukowski estuvieron presentes en la
demostración que tuvo lugar en el laboratorio del sector rojo la tarde
siguiente. Fleming se planteó la posibilidad de contarle a Soames lo sucedido
con ella —¿cómo había podido acceder a su habitación?—, pero como no iba a servir
de nada, no lo hizo. Además, ahora, a plena luz del día, casi podía convencerse a sí
mismo de que aquello no había sucedido. Si él no lo mencionaba, estaba seguro de
que ella tampoco lo haría. Esperaba que aquello no enturbiara su relación profesional.
De momento, dejando de lado cierta frialdad, lo alivió constatar que Felicia actuaba
como si no hubiera ocurrido nada.
—Fantástico —exclamó Soames cuando el maniquí extendió el brazo derecho.
Decidido a mantenerse inmóvil y en silencio, Fleming iba moviendo mentalmente
el cuerpo de pruebas de arriba abajo; empezó por los ojos y fue descendiendo,
haciéndole levantar los hombros, extender los brazos, volver el torso y las rodillas, y
finalmente agitar los dedos de los pies.
Frank Carvelli sonrió sin moverse de su asiento, situado junto al de Soames.
—¿Y hace todo eso a través de la mente?
—Gracias a la ayuda que he tenido —respondió Fleming, señalando hacia Tripp y
Bukowski, que seguían apostados junto al neurotraductor. Tripp sonrió y Felicia bajó
la mirada.
—¿Es capaz de controlar imágenes que aparecen en una pantalla, además de
maniquíes?
—Por supuesto. Controla cualquier medio. El cuerpo de pruebas es lo más difícil
de accionar. Las imágenes en pantalla, o las generadas por ordenador, se manejan más
fácilmente.
—¿Y es posible lograr que hablen? —preguntó Soames.
—Se lo mostraré. —Impresionar a alguien como Bradley, tan entusiasta como
brillante, no era tarea fácil—. Cuando habla no resulta tan convincente, porque el
movimiento de sus labios es demasiado brusco, pero puedo introducir palabras en su
boca. No se verá muy bien, pero al menos oirá claramente sus palabras, que salen de
unos altavoces que tiene en la cabeza. ¿Qué quiere que diga?
Soames le entregó a Fleming una hoja con un texto escrito que debía de llevar
preparado para la ocasión. Se trataba de un pasaje de la Biblia.
—Me ha parecido adecuado —se justificó—. Es sobre la creación y esas cosas.
Fleming pulsó la pantalla que había sobre el neurotraductor para asegurarse de
que tenía activado el comunicador. Levantó la hoja que le había dado Soames y leyó

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mentalmente la primera línea. Al momento vio aparecer las palabras en la pantalla
mientras el ordenador traducía sus pensamientos y los convertía en lenguaje escrito.
A continuación, el maniquí pareció hablar. O, mejor dicho, unas palabras salieron del
altavoz encajado en el interior de su cabeza blanda de látex.
«Y Dios dijo, hágase la luz; y la luz se hizo. Y Dios vio la luz, y era buena. Y
Dios separó la luz de las tinieblas. Y a la luz la llamó día, y a las tinieblas, noche. Y
la tarde y la mañana fueron el primer día».
—Asombroso —dijo Carvelli, que parecía sinceramente impresionado.
Tras dos ejercicios igualmente culminados con éxito, Soames asintió, satisfecho.
—¿Y qué hay de la longitud de onda del alma? —preguntó—. ¿Quiere hablar de
ello ahora?
Fleming observó los rostros expectantes.
—¿Por qué no? Todavía tengo que seguir estudiándola un poco más, pero
observando los datos de la muerte de mi hermano y de la estancia de Amber Grant en
Barley Hall, surgen algunas consideraciones obvias.
—¿Por ejemplo? —preguntó Carvelli.
—Bien, como ya abordamos Soames y yo cuando nos conocimos en San
Francisco, para poder mostrar que la longitud de onda del alma no representa prueba
alguna de que existe vida después de la muerte ni un vínculo con el «otro lado», lo
que hago es tratar de demostrar lo contrario. Y para demostrar que la longitud de
onda del alma no es meramente una señal que se extingue y que el neurotraductor
capta momentáneamente en el momento de la muerte, debo mantener contacto con el
alma tras la muerte, hallando un modo de sintonizarla, para poder mantener esa
longitud de onda del alma abierta indefinidamente. Ése es el primer problema:
demostrar la existencia del alma rastreándola tras la muerte. Por cierto, tratar de
hallar esa sintonía sin Amber requeriría experimentar con infinidad de personas en el
momento exacto de su muerte, hasta que se hallara la frecuencia exacta, lo que, claro
está, resultaría absurdo, además de inmoral.
—¿Y el segundo asunto? —preguntó Soames sin darle respiro.
—Asumiendo que pudiera sintonizar el alma de una persona moribunda y
demostrar la existencia de una vida después de la muerte, no podría encontrar el alma
de una persona que ya hubiera muerto, como mi hermano. Para hacerlo, me haría
falta algún tipo de identificador, una dirección única, que me permitiera etiquetar un
alma en concreto, a falta de otro modo más correcto de expresarlo.
—Está bien —intervino Soames, acariciándose la barbilla—. Así que supone que,
si lograra sintonizar y etiquetar almas individuales, y usara su neurotraductor y la
longitud de onda del alma para comunicarse con ellas, ¿demostraría su existencia?
A Fleming no dejaba de sorprenderlo la rapidez con la que Soames captaba unos
conceptos con los que apenas empezaba a familiarizarse.
—O no, depende de lo que descubra. Por eso me hace falta Amber. Al estudiar
sus extraños sueños de muerte, durante los que, en términos neurológicos, muere

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realmente, tal vez pudiera encontrar bien una frecuencia que me permitiera sintonizar
con el más allá, bien, como espero, alguna explicación más racional…
Carvelli frunció el ceño.
—¿Y qué hay del problema de identificar las almas de quienes ya están muertos?
Fleming sonrió.
—Ya cruzaré ese puente cuando llegue a él. Como, en realidad, lo que espero es
no hallar pruebas de un verdadero más allá, el problema de etiquetar las almas tendría
un interés estrictamente académico.
—¿Y afirma que no puede seguir avanzando sin Amber? —inquirió Soames.
—Así es —corroboró Miles—. Puedo acercarme más o menos a la solución, pero
sin Amber no puedo demostrar nada, ni en un sentido ni en otro.
—Está bien —dijo Soames pensativo, frunciendo el ceño—. Parece lógico. En
ese caso, le sugiero que descanse un poco mientras yo trato de ponerme en contacto
con ella.

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41

Sala de conferencias del sector negro.


Una hora más tarde.


L
a prueba tendrá lugar esta noche —anunció Soames esbozando una
sonrisa de triunfo.
Knight se volvió hacia él desde su asiento en la mesa de conferencias.
—¿Fleming ha revelado su información? —pregunto—. ¿Ya?
—Yo he sido testigo de ello —confirmó Carvelli, que se encontraba a su lado.
Soames asintió.
—El neurotraductor está ahí, calibrado, con todas las modificaciones de
comunicación necesarias para que sea compatible con el hardware de captura de
almas. Estamos listos para emprender el viaje.
—¿Esta noche? —Quiso cerciorarse Acosta, incrédulo. Los avances en el
proyecto parecían acelerarse a medida que el fin de su vida se acercaba, como si Dios
le diera prisa. Desde su sitio, junto a Diageo, observó el laboratorio a través del falso
espejo. Dos asistentes preparaban la camilla y la esfera para la cabeza.
—Esta noche —confirmó Soames, volviéndose para dirigirse a Knight—.
¿Disponemos de algún candidato para la prueba traído de alguna residencia?
Knight vaciló.
—Desde que trajimos a Amber, hemos reducido el reclutamiento de sujetos
terminales —respondió—. Como sabes, contamos con una paciente terminal
almacenada en el ataúd asistido, en el sector verde, pero a ella la trajimos con otra
finalidad.
—De todos modos, no existe ningún motivo por el que no pueda convertirse en
candidata, ¿no? —Preguntó Soames—. Me refiero a que, si no todos, cumple la
mayoría de criterios. ¿O no?
Knight asintió poco convencida.
—Sí, supongo que sí, pero hay…
—No hay tiempo para peros, Virginia. La usaremos a ella.
—¿Cuándo podemos hacerlo entonces? —preguntó Acosta.
Soames consultó la hora.
—Tripp y Bukowski deberían estar listos en seis horas.
«Seis horas». El papa Rojo alargó la mano en dirección a la bombona de oxígeno,
presa de la ansiedad. Su destino dependía de ese experimento. Si culminaba con
éxito, el futuro estaba virtualmente asegurado. Todo para lo que había trabajado,
todos los sacrificios y las decisiones despiadadas que había tomado habrían servido
para algo. Estaba tan cerca de la culminación de todos sus sueños que le costaba
soportar la tensión. Todas las decepciones del pasado no eran nada comparadas con la

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impaciencia que ahora se apoderaba de él. Para la desesperación bastaba con poco
más que una aceptación estoica. Pero la esperanza, con todas sus fascinantes
promesas, resultaba mucho más cruel.
Trató de calmarse y se volvió hacia Soames. Una vez más, el científico había sido
fiel a su palabra reclutando a Fleming para la causa sin que el inglés se percatara de
ello siquiera. A pesar de todas sus reservas, debía admitir que Soames había cumplido
con todo lo que había prometido.
—Lo ha hecho muy bien, Bradley. Gracias.
—No me lo agradezca aún, Santidad. No hasta que hayamos realizado el
experimento. De todos modos, soy optimista.
Acosta miró a Carvelli.
—¿Y si funciona?
Carvelli se subió las mangas y se echó hacia delante.
—Bien, Santidad, todo el equipo multimedia se ha instalado en el Arca Roja. Ya
ha visto los planos y el diseño de la catedral que, en cámara, se verá aún más
impactante. Los asientos también permiten a aquellos que asistan físicamente al
evento situarse lo bastante cerca como para verificar la autenticidad de lo que
presencien.
—¿Y el otro equipo? —preguntó Acosta, sacando un pañuelo del bolsillo.
—No es problema. Ya hemos enviado al Arca Roja un duplicado de casi todo el
hardware para capturar el alma. Asumiendo que el experimento sea un éxito, cuando
termine, un avión de carga fletado especialmente transportará los aparatos restantes.
Acosta tosió y escupió en el pañuelo, que dobló en el puño sin querer mirar las
manchas de sangre. Sin mediar palabra, monseñor Diageo alargó la mano, se lo
recogió y le dio otro limpio. Acosta le dio las gracias con una sonrisa y volvió a
concentrarse en Carvelli.
—Suponiendo que el experimento sea un éxito, ¿cuánto tiempo tardaremos en
poder celebrar el acto?
—Treinta y seis horas.
—¿Nada más? ¿Y la publicidad? Es fundamental que el Día de la Verdad del
Alma sea seguido por el mayor número de personas.
Carvelli sonrió y se pasó una mano muy cuidada por su pelo sospechosamente
negro.
—Confíe en mí, Santidad. La publicidad no será un problema. Con toda la
incertidumbre respecto a su salud, suscita un interés enorme, y no sólo entre sus
seguidores. En este mismo momento, mis contactos en los medios de comunicación
esperan un comunicado de prensa. Tan pronto como tengamos la seguridad de que el
experimento ha sido un éxito, anunciaré el evento. —Hizo una pausa—. No le quepa
duda, Santidad, de que las cosas van a salir tal como usted quiere. Cuando la gente
sepa qué es el Día de la Verdad del Alma, dudo que haya alguien, sea quien sea, crea
en lo que crea, que decida perdérselo.

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42

Sector blanco.

N
o podía dormir. Tumbado en la cama, a Fleming le escocían los ojos de
cansancio y le dolía la cabeza, pero no conseguía apaciguar sus
pensamientos. Tras bañarse y cenar algo, había llegado a amodorrarse, pero
había despertado al poco, más cansado aún. Ahora eran las diez de la noche y no
conciliaba el sueño, a pesar de que, desde que había salido de San Francisco, no había
dormido una noche entera.
Sin Amber no podía seguir avanzando, pero su mente no dejaba de dar vueltas a
los datos que había visto en los archivos del neurotraductor. Tal vez se hubiera
saltado algo. Tal vez hubiera descartado algún aspecto de la longitud de onda del
alma que le ayudaría a explicarla como la mera anomalía temporal que él quería creer
que era.
Cuanto más pensaba en ello, más sabía la verdad de lo que pretendía demostrar.
La muerte del alma era un instante fugaz de la naturaleza, gotas de rocío que, al sol
de la mañana, se evaporaban convirtiéndose en una neblina que, finalmente,
desaparecía en el aire cálido. Las palabras temerosas de Rob tras su muerte no eran
más que esa misma neblina y no significaban más que el angustiado paso de la vida al
olvido. Si lograra estar del todo seguro de que así era, apartaría de su mente el miedo
que sentía por Rob y regresaría a casa, junto a Jake, con la conciencia tranquila.
Volvió a decirse que debía tranquilizarse. No podría hacer nada más hasta que
Soames se pusiera en contacto con Amber. Pero por más vueltas que diera en la cama
y tratara de dormir, no lo lograba. Su mente no paraba de pensar. Y no sólo en Rob.
También recordaba a Bukowski, prestaba atención por si oía algún ruido al otro
lado de la puerta, volvía a pensar en Amber, como paciente que necesitaba curación,
como clave para proporcionarle el descanso eterno a Rob y como mujer atractiva. Y
también pensaba en Rob, en el neurotraductor y en la longitud de onda del alma.
Respiró profundamente varias veces tratando de apartar todo aquello de su mente.
Si dormía toda la noche de un tirón, lo vería todo más claro al día siguiente.
—Maldita sea —exclamó, incorporándose en la cama. Era absurdo que siguiera
allí, dando vueltas sin parar. La experiencia le había enseñado que la única cura
contra el insomnio era trabajar hasta que hubiera resuelto su problema o se
convenciera de que no podía resolverlo.
Se puso unos vaqueros y una camiseta de VenTec, se anudó los zapatos y salió de
su habitación. Los pasillos estaban desiertos y las luces, más tenues que de
costumbre. Procurando no hacer ruido, abandonó las áreas residenciales, pasó junto al
restaurante y el cine, giró a la izquierda en dirección al sector verde y llegó al
vestíbulo cuadrado que había junto al ascensor del sector rojo. No tenía ni idea de qué

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esperaba encontrar si volvía a analizar los datos del neurotraductor, pero cualquier
cosa era mejor que no hacer nada. Al meter la mano en el bolsillo para extraer el
disco de acceso oyó un ruido y voces. En ese momento, la puerta del ascensor
empezó a abrirse y él, instintivamente, se arrimó a la pared.
—Cuidado —oyó que Tripp susurraba a dos asistentes. Fleming reconoció el
aparato que llevaban en un carrito. ¿Por qué trasladaban el neurotraductor a esas
horas de la noche?
Estuvo a punto de dar un paso al frente para encararse con Tripp, pero se detuvo
al ver que doblaban el pasillo que conducía al sector negro. A pesar de su curiosidad
innata, su impaciencia por hacer funcionar el neurotraductor lo había llevado a
olvidarse de aquel misterioso sector negro. Pero ahora, ávido de respuestas, volvió a
sentirse intrigado.
Esperó a que doblaran la esquina, abandonó la protección de la penumbra y los
siguió.
De pronto, mientras avanzaba con cautela por el pasillo tenuemente iluminado,
fue consciente de que se encontraba solo en aquel complejo aislado en plena montaña
y de que nadie sabía dónde se encontraba. Ni su familia, ni la dirección de Barley
Hall. El corazón le latía con fuerza.
—Vamos —murmuró Tripp, que iba delante—. El doctor Soames nos espera.
Sin despegarse de la pared, Fleming echó la cabeza hacia delante y vio que Tripp
insertaba un disco en la ranura de la puerta que daba acceso al sector negro. Ésta se
abrió con un zumbido y los hombres la atravesaron empujando el carrito. Cuando
hubieron pasado, Fleming vio que seguía abierta y corrió hacia ella. Pero cuando
estaba a punto de franquearla, la puerta se cerró súbitamente. Desesperado, insertó su
propio disco en la ranura, pero la luz roja del tirador no cambió.
—Mierda —exclamó, regresando a las sombras, preguntándose qué debía hacer.

* * *

Momentos antes, en su habitación aislada del sector negro, Amber también se había
sentido inquieta. El guardia de seguridad que tenía asignado parecía seguir siempre la
misma rutina. Cada tarde, a las seis, le traía la cena. Más tarde, poco antes de las
once, llamaba con suavidad a la puerta. Si Amber le respondía, entraba y se llevaba la
bandeja, pero si no lo hacía, no entraba y la retiraba a la mañana siguiente.
Llevaba todo el día tratando de encontrar un arma, pero todo lo que había en la
habitación era inofensivo o estaba atornillado. Al final había optado por el toallero,
aflojando los anclajes y separando la barra cromada, que era hueca.
Cuando le trajeron la comida, trató de mantener la calma, comió lo que pudo y
dejó la bandeja junto a la cama, que dispuso como si estuviera tumbada bajo las
sábanas. Luego se metió en el baño sosteniendo la barra del toallero como si de un
bate de béisbol se tratara.

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Aguardó en la penumbra. Su propia imagen la observaba desde el espejo. Cada
vez que consultaba el reloj, se desesperaba al constatar que sólo habían transcurrido
unos minutos. Y entonces, cuando ya creía que el guardia no iba a venir, oyó que
llamaban a la puerta.
—Ya he terminado —dijo.
Oyó que la puerta se abría y la luz amortiguada del pasillo se coló en la
habitación. Entró el guardia. Por unos instantes Amber vaciló, convencida de que no
sería capaz de golpearle a sangre fría. Pero entonces pensó en el secuestro, en todo
por lo que había pasado y sostuvo la barra con más fuerza.
—¿Le ha gustado el pescado? —le preguntó el hombre, avanzando hacia la cama,
dando la espalda a la puerta del baño. Ella, haciendo acopio de todas sus fuerzas, le
asestó un golpe en la cabeza. La barra se dobló ligeramente y volvió a golpearle.
—No mucho —respondió ella, mientras lo oía gemir y lo veía caer al suelo.
Dos minutos después ya había logrado subirlo a su cama, taparle la boca con una
de las dos fundas de almohada y atarle las manos a la espalda con la otra. Lo cubrió
con las sábanas, le quitó el disco negro de acceso y salió de la habitación con la
esperanza de disponer de algunas horas de libertad antes de que lo descubrieran.
No sabía cómo iba a salir de la Fundación. El único modo de abandonar la
montaña era el helicóptero. Se daba perfecta cuenta del aislamiento en que se
encontraba. La cabeza rapada le confería un aspecto tan distinto que dudaba de que
nadie la reconociera, pero incluso si llegaba a alertar a alguien en el sector blanco y le
explicaba que la habían secuestrado, no estaba segura de que la ayudaran a escapar.
Ésos eran los dominios de Soames. Allí, la gente dependía de él para todo. Su única
esperanza era llegar a alguno de los teléfonos vía satélite que se encontraban en las
salas de comunicación y llamar a alguien del exterior. A alguien en quien confiara,
como papa Pete Riga.
Una vez en el pasillo, siguió las señales que indicaban la salida del sector negro
hasta que oyó voces. Esperó agazapada y vio que tres hombres se acercaban con un
aparato montado en un carrito. Para su alivio, giraron a la derecha, en dirección al
laboratorio principal. Arrimándose mucho a las paredes, y sin bajar la guardia por si
oía cualquier otro ruido, finalmente llegó a la puerta de salida. Insertó el disco del
guardia en la ranura de la puerta, que se abrió al momento. Salió al pasillo, tratando
de decidir si debía seguir las flechas blancas en sentido izquierdo o derecho.
En ese preciso instante un hombre surgió de entre la penumbra y susurró su
nombre.

* * *

Al principio, Fleming no reconoció a aquella persona de cabeza rasurada. Y no lo


hizo hasta que le vio los ojos. Aquellos ojos los habría reconocido en cualquier parte.
Parecía tan sorprendida como él y los dos permanecieron observándose un buen rato,

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sin saber qué hacer.
—¿Qué coño está haciendo usted aquí? —susurró.
—Intento entrar para ver qué quiere hacer Bradley Soames con mi neurotraductor.
¿Y usted? ¿Qué hace aquí?
—Yo intento salir.
Fleming no tuvo tiempo de preguntarle por qué, pues oyó unos pasos a su
izquierda. Alargó un brazo, la atrajo hacia sí y se internaron en la oscuridad. Oía su
respiración, sentía los latidos de su corazón. Vio que tres figuras se aproximaban
desde el sector verde. En esa ocasión reconoció a Bukowski y supuso que Amber
también sabía quién era, pues tensó todos los músculos de su cuerpo. Felicia
acompañaba a dos hombres que arrastraban un carro sobre el que había un ataúd
blanco.
Uno de los dos hombres resbaló y el ataúd golpeó la pared.
—Eh —susurró Bukowski, que apenas podía contener la risa—. Esta vieja pájara
todavía no está muerta. No vayamos a hacerla cantar antes de tiempo.
Bukowski abrió la puerta del sector negro, y a Fleming se le secó la boca; había
reconocido el logotipo grabado en el ataúd, el arca roja, esquemática, con el mástil en
forma de cruz. Y aunque la luz era tenue, pudo leer las palabras escritas debajo:
Residencia de la Iglesia de la Verdad del Alma.

* * *

En ese instante, mientras observaba el ataúd con su inconfundible logotipo, que era
transportado hacia el sector negro, a Amber se le olvidaron sus planes de huida. Lo
único que le importaba era desterrar aquel desagradable temor que se había instalado
en la boca de su estómago.
No podía ser. No podía ser.
Apretando con fuerza el disco de acceso, regresó al pasillo y se dirigió de nuevo
al sector negro. En silencio, Fleming la siguió.

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43

Sala de conferencias del sector negro.

L
os lobos se comportaban como si estuvieran unidos a Bradley Soames de un
modo invisible. Flanqueaban su asiento, en la cabecera de la mesa, con las
bocas abiertas, las lenguas fuera, mirando por debajo de la mesa,
impertérritos, insondables, intocables. A veces, Soames dejaba caer la mano por
debajo de la mesa y uno de los lobos comía algo de ella.
Los demás presentes en la sala, incluido Acosta, se sentaban en el otro extremo de
la mesa. Casi todos temían a los lobos y el papa Rojo los odiaba. Había algo pagano
en ellos, algo casi irreverente. Se levantó de su silla y se acercó al falso espejo
apoyándose en el poderoso brazo de Diageo. El ataúd blanco descansaba sobre el
carro, junto a la camilla del laboratorio. Presenció el instante en que retiraban la tapa
y pudo observar el cuerpo, con su sonda intravenosa, su máscara de oxígeno y los
demás sistemas con que mantenían las constantes vitales. Se sintió triste, pero se dijo
que aquél sería el último asesinato necesario. El último sacrificio… antes de que él
mismo se sacrificara.
—¿Ve el neurotraductor, Santidad? —Le preguntó Soames, señalando el cubo
azul traslúcido que contenía una esfera de luz intermitente, rematado por una pantalla
de ordenador—. Con sus puertos de comunicación infrarroja modificados, puede
conectarse con la pantalla del casco detector de fotones que registra el código de
barras personal e intransferible del alma del sujeto. —Señaló en dirección a los pies
de la camilla, donde una caja negra mostraba cuatro columnas de luces que lanzaban
sus destellos—. Y al sintonizar la señal que obtuvimos de Amber, deberíamos ser
capaces de mantener la línea de comunicación abierta indefinidamente. Con este
experimento pretendemos dejar escapar el alma y entonces, segundos después,
recurriendo tanto al código de barras único del alma del sujeto como a la frecuencia
de la señal, la localizaremos. Inmediatamente después de conseguirlo, nos
comunicaremos con ella a través de la longitud de onda y el neurotraductor.
Acosta vio que trasladaban a la frágil paciente a la camilla y le abrían los
párpados. La envidió por la inminente liberación de su alma, deseando casi hallarse
en su lugar. Pero no debía impacientarse: a él también le llegaría la hora.
—Después de esta noche, podremos terminar con todo este sufrimiento —dijo,
mientras colocaban el casco de cristal en la cabeza del sujeto—. Y una vez llegue el
Día de la Verdad del Alma, ya no habrá necesidad de hacer esto nunca más, pues
cuando la verdad sea revelada y todos la hayan visto, el mal no tendrá cabida en este
mundo.
—Sí, Santidad —convino Soames—. Desde luego.

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* * *

—Mire —le susurró Amber a Fleming.


Agazapado en el pasillo, observó a través de los ojos de buey que permitían ver el
laboratorio principal del sector negro. A través de los cristales tintados, muy oscuros,
apenas distinguió el ataúd blanco, que en ese momento alguien abría para extraer un
cuerpo. Bukowski y Tripp le tapaban algo de visión, pero aun así se fijó en que una
máscara de oxígeno le cubría la boca y en que llevaba un gota a gota intravenoso en
el brazo izquierdo.
—Sea quien sea quien está metido en ese ataúd, no está muerto —dijo Amber en
voz muy baja.
—Sí, ya lo veo —respondió él, y estaba a punto de añadir algo más cuando el
cubo traslúcido que reposaba sobre la mesa del laboratorio llamó su atención—. Es la
versión mejorada del neurotraductor que yo ayudé a construir al equipo de Bradley.
Amber frunció el ceño.
—¿Y por qué querría Bradley construir uno?
—Eso mismo empiezo a preguntarme yo.
Observó el laboratorio. A los pies de la cama veía una torre de aparatos y hasta él
llegó su zumbido. Había un monitor apagado en una de las unidades, mientras que, en
otro, cuatro columnas de luces se movían aleatoriamente. Uno de los científicos se
movió. A través del vidrio oscuro, Fleming adivinó que la persona de la camilla era
una mujer y que en ese momento le afeitaban la cabeza. A continuación le cubrieron
los ojos con algo.
—Eso mismo me hicieron a mí —dijo Amber al ver que encerraban la cabeza de
aquella mujer en el casco de vidrio.
—¿Cómo?
—Cuando experimentaron conmigo.
—¿Qué? —Soames, incrédulo, se volvió para mirarla—. ¿Quién experimentó con
usted? ¿Soames?
—¿Y quién si no? —reflexionó ella—. Al parecer, ha estado usándonos a los dos.
Pero no sé por qué. Lo único que sé es que tiene que ver con Ariel y mis sueños.
Fleming no entendía nada y siguió mirando por la ventana redonda de vidrio
tintado. Sobre la cama, dos grandes pantallas mostraban primeros planos del rostro
del sujeto, aunque a causa de los reflejos del cristal no veía claramente. Uno de los
científicos, Tripp, se volvió hacia el espejo que ocupaba el tabique izquierdo y
levantó el pulgar, como si se hiciera una señal a sí mismo, o a alguien que se
encontrara del otro lado.
Todavía incapaz de explicar qué era lo que estaba presenciando, Fleming se
volvió una vez más para mirar a Amber. Ella no apartaba la vista de la escena que se
desarrollaba ante ellos y temblaba de rabia apenas contenida.
—¿Cómo ha podido hacer algo así? ¿Cómo ha sido capaz? —susurró.

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El zumbido se hizo mayor y los científicos se retiraron de la camilla y se pusieron
unos protectores oculares. Entonces, a través del vidrio tintado, Fleming vio que una
chispa de luz cegadora iluminaba la esfera que cubría la cabeza de aquella mujer.
Parecía haber salido de sus ojos antes de esparcirse, intermitentemente, por la capa
exterior del cristal, como un halo.
En ese instante se oyó un pitido agudo y las cuatro columnas de luces, que no
habían dejado de oscilar aleatoriamente, lograron una perfecta alineación. En el
monitor hasta ese instante apagado, que se hallaba junto a las luces, ahora vio un
patrón rayado formado por puntos blancos de fotones, que reconoció como el patrón
clásico de interferencia de ondas del experimento de doble ranura.
A continuación, la luz del casco de cristal fue disminuyendo de intensidad.
Al cabo de unos segundos, sin tiempo para procesar lo que acababa de ver, el halo
volvió a formarse, como si lo hubieran convocado a voluntad. Durante un instante
aterrador, la luz fue tan intensa que los reflejos que impedían la visión del rostro en
los monitores suspendidos sobre la cama, desaparecieron y permitieron que éste se
mostrara con total claridad.
Amber dio un respingo, como movida por un resorte, se soltó de la mano de
Fleming, que trataba de retenerla, empujó las puertas y entró gritando en el
laboratorio, como una exhalación.

* * *

Fleming no tuvo más remedio que seguirla.


Bukowski fue la primera en volverse y trató de impedirle el avance, pero Amber
avanzaba con tal impulso que no le costó apartarla, como si fuera de papel, mientras
emitía otro grito desesperado.
—¡Cabrones! —exclamó—. ¡Cabrones de mierda!
Sobre él, Fleming veía los primeros planos de los monitores y el rostro frágil que
miraba desde la pantalla. Los ojos abiertos a la fuerza, que parecían observarlo todo a
través de unas extrañas lentillas, se mostraban sin vida.
—¡Mamá! —gritó Amber, acercándose a la camilla. Un científico trató de
agarrarla, pero Fleming lo apartó y le golpeó la barbilla con el reverso de la mano.
Con lágrimas en los ojos, Amber retiró el casco de cristal de la cabeza de su madre y
le quitó las lentillas, pero ya era demasiado tarde. Estaba muerta.
—¡Cabrones! —volvió a exclamar, apoyando con ternura la cabeza de su madre
sobre la camilla. Sostuvo en la mano el casco de cristal y se volvió para encararse
hacia el tabique de espejo.
A Fleming se le erizó el vello de la nuca al constatar que la longitud de onda del
alma marcada en el neurotraductor se activaba y al oír un grito tan estridente como el
de Amber, que salía de sus altavoces.
—«Amber».

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En ese instante, Fleming comprendió que Soames lo había utilizado y tuvo la
certeza, una certeza que trascendía toda demostración científica, de que la mente
podía existir más allá de la muerte. Toda su capacidad de razonamiento científico,
todo su escepticismo, se disolvieron bajo el arrebato de rabia que provenía de un alma
cuyo cuerpo yacía sin vida en la camilla.
—«Asesinos» —atronaron los altavoces del neurotraductor, y Amber estampó el
casco de cristal contra el espejo, que durante unos segundos permaneció intacto antes
de que las grietas empezaran a surcar su superficie hasta cubrirla en su totalidad.
Y entonces, con gran estruendo de cristales rotos, la pared que les devolvía su
propia imagen se desmoronó.
Allí, de pie, aparecieron Xavier Acosta, Bradley Soames y Virginia Knight.
El silencio que siguió fue más abrumador que el ruido de los cristales que ahora
cubrían todo el suelo.

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44

U
na vez los dos guardias de seguridad armados hubieron escoltado a Fleming
y a Amber a través del tabique del falso espejo roto y los condujeron hasta
la sala de conferencias, fue Acosta quien trató de devolver algo de dignidad
a la situación.
—Siéntense —dijo cortésmente—. Merecen ustedes una explicación.
Sólo entonces Amber se percató de la presencia de los lobos que, de pie tras su
amo, tenían los pelos del cuello erizados.
—Sí —admitió Soames—. Siento que no hayamos podido revelarles antes más
información.
Dicho esto, y como si todos ellos asistieran a un cóctel, les presentó a monseñor
Diageo y a Carvelli.
—¿Qué demonios está pasando aquí? —exigió saber Fleming.
Amber trató de llegar hasta Soames, pero uno de los guardias se lo impidió y la
obligó a sentarse.
—¿Qué has hecho, Bradley? ¿Qué coño has hecho? —le gritó—. ¿Cómo has sido
capaz? Éramos socios, por el amor de Dios.
Soames parecía sinceramente desconcertado. Parecía no comprender su
indignación.
—Si la hemos traído aquí ha sido sólo por ti, Amber, y además, se estaba
muriendo. No hace falta que nadie más sufra ningún daño por culpa de su muerte. Ni
tú, ni Miles, ni nadie.
Amber lo miró, impertérrita, tan presa de la ira que le faltaba el aire. Era como si
el asombro que le había causado presenciar la muerte de su madre, y el estallido de
ira posterior, le hubieran absorbido toda la energía. Fleming le apoyó una mano en el
hombro.
La necesidad de sacar a Amber de su estado era fuerte, pero no se veía capaz de
hacerlo, pues él mismo estaba aturdido.

* * *

Ver a Virginia Knight con Soames y Acosta, con sus crucifijos de la Iglesia de la
Verdad del Alma en la pechera, le ayudó a salir de su parálisis. Y la visión del rostro
ajado del papa Rojo, esbozando una sonrisa de triunfo, le devolvió a la mente las
palabras de advertencia del padre Riga.
A Amber y a él los habían engañado. Él había deseado tanto descubrir la verdad
sobre su hermano que no se había dado cuenta de las mentiras de Soames. Al menos a
Amber la habían utilizado en contra de su voluntad, pero él había ayudado de buena
gana a aquellos cabrones. La sensación de humillación que recorría a Fleming era tan
intensa que estuvo a punto de explotar. Pero no podía dejarse llevar por las

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emociones. Todavía no.
Soames lo miró.
—¿Recuerda nuestra primera entrevista? Usted quería descartar la existencia de
una longitud de onda del alma que pudiera demostrar la vida después de la muerte.
Yo le dije que lo probara a la inversa. ¿Se acuerda? Bien, ¿qué siente al ver que esas
cosas son posibles?
Fleming mantuvo el gesto impasible.
—¿Y cómo sé que lo son?
—Ya ha oído el alma de Gillian Grant.
—He oído que los llamaba asesinos. Algún tipo de reacción retardada.
Soames negó con la cabeza, impaciente.
—No, lo que usted ha oído era su alma. No en el momento de la muerte, como le
sucedió con su hermano, sino después de que la hubiéramos localizado. La hemos
dejado ir y después la hemos reclamado. ¿Lo ve? Usted tenía razón cuando decía que
para demostrar la existencia real de la vida más allá de la muerte debía hallar un
modo de atrapar el alma y contactar con ella una vez hubiera abandonado el cuerpo.
De ese modo podría establecerse que el contacto no era sólo un último suspiro, como
dijo usted mismo. Pues bien, eso es lo que hemos hecho. Usamos a Amber para
obtener la frecuencia de captura, como usted mismo quería. Fue ella la que primero
nos dio las coordenadas. Antes lo probamos con varios pacientes terminales, como
mencionó con tanto desprecio. —A Soames parecía complacerlo poder impartir sus
conocimientos—. ¿Desea saber cómo localizamos el alma, cómo identificamos la
conciencia individual?
—Sospecho que va a decírmelo de todos modos, le diga lo que le diga.
—Conoce usted el experimento de la doble ranura, supongo.
Fleming asintió.
—Pues bien, lo he modificado, y en vez de fotones detectores de energía lumínica
estándar que se mueven a través de una ranura doble, he usado fotones de energía
vital que abandonan un cuerpo humano en el momento de la muerte. Lo hemos
experimentado centenares de veces y cada alma individual deja un patrón de
interferencia de onda rayada que es único, algo así como un código de barras. Al
parecer, cada uno de nosotros cuenta no sólo con una marca genética única de nuestro
cuerpo físico, sino que también posee el código de fotones de su alma metafísica. —
Soames sonrió—. La dualidad cuántica se encuentra en todas partes.
Fleming y Amber miraron a Soames incrédulos.
—¿Centenares? —preguntaron al unísono.
—¿Han asesinado a cientos de personas para esto? —Exclamó Fleming,
volviéndose a Virginia—. Y tú los has ayudado. Dios, nos habéis engañado del todo a
los dos. Necesitabais la frecuencia de Amber y la longitud de onda del neurotraductor
que yo os podía proporcionar.
Knight, por lo menos, parecía sentirse incómoda.

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—Es por una buena causa, Miles —dijo—. Ya lo verás, créeme.
—¿Creerte? ¿Cómo voy a creer una sola palabra de lo que dices? Eras mi jefa,
por el amor de Dios. Se supone que yo debería haber podido confiar en ti, pero tú has
estado desde el principio involucrada en esta trama maligna.
—No es maligna, doctor Fleming —intervino Acosta sin perder la calma—. Al
contrario. La doctora Grant es la mejor prueba de ello. Cuando más ayuda
necesitábamos, nos fue entregada. Amber es única, un regalo de Dios. Ahora no me
creen, pero con el tiempo verán que tengo razón.
—No sólo se han aprovechado de Amber, han matado a su madre. ¿Y todos esos
pobres desgraciados a los que se han cargado? ¿Cómo diablos van a justificar eso?
—Estaban muriendo, lo mismo que yo. Nos limitamos a hacer más llevadero su
tránsito. Y este experimento final ha sido un éxito. La madre de Amber ha cumplido
con una misión, lo mismo que nosotros cumplimos con la nuestra a los ojos de Dios.
Fleming sabía que era imposible continuar con aquella discusión. En una ocasión
había oído decir que la fe era aquello por lo que la gente estaba dispuesta a morir, a
diferencia del dogma, que era aquello por lo que la gente estaba dispuesta a matar.
Riga tenía razón: Acosta era tan arrogante y dogmático como todos aquellos locos del
Vaticano, e incluso más peligroso.
—¿Pero qué esperan conseguir manipulando almas de ese modo? —preguntó.
—La salvación —se limitó a responder Acosta—. La salvación de miles de
millones de almas. Y usted debería sentirse orgulloso de lo que ha hecho, de su
contribución. Los dos han prestado un gran servicio a la humanidad. Vivimos en una
era tecnológica llena de múltiples opciones. Hoy más que nunca, la gente necesita
saber en base a qué tomar sus decisiones. Las personas ya no están preparadas para
confiar en la fe ciega, ni en cantidades ingentes de información sin sentido. La gente
quiere, exige, la verdad.
»Con esta tecnología, eliminaré toda duda sobre la cuestión más importante que
todavía inquieta al ser humano. ¿Qué nos sucede cuando morimos? Y, a diferencia de
otros líderes religiosos, yo no exigiré fe, sino que les mostraré la verdad del alma
humana. Yo encarnaré la verdad para que nadie, ni ateos, ni judíos, ni católicos, ni
musulmanes, ni budistas, ni humanistas, tenga motivos para dudar de mi misión.
Todos se unirán a la Iglesia de la Verdad del Alma porque nadie tendrá motivos
racionales para no hacerlo.
—Suponiendo, claro está, que su visión sea correcta —intervino Fleming.
Acosta le dedicó una sonrisa paternalista, la sonrisa de quien está tan convencido
de una creencia que, cuanto más se la rebaten racional y coherentemente, más se
convence de la ceguera de los otros y de su comprensión de la verdad.
—He sabido por el doctor Soames que le preocupa su hermano, que teme que su
alma pueda seguir sufriendo. En mi opinión, su temor es razonable, doctor Fleming.
Pero le diga lo que le diga sobre su destino o sobre el destino que le aguarda a usted,
eso es irrelevante, porque yo pertenezco a una Iglesia en la que usted no tiene fe. Sin

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embargo, después del Día de la Verdad del Alma, yo le convertiré, lo mismo que
convertiré a todos los demás, sean cuales sean sus creencias presentes. Le demostraré
que sólo yo conozco la verdad de lo que sucede tras la muerte.
—¿Y cómo diablos va a hacerlo?
—Porque yo ya no estaré en este mundo cuando se lo demuestre —respondió
Acosta sin inmutarse.
Sin dar tiempo a Fleming a asimilar toda aquella información, Soames se adelantó
y le dio una palmada en la espalda.
—No entiendo que esté tan disgustado, Miles —dijo—. Ya tiene lo que quería.
Vino hasta aquí para averiguar más cosas sobre su hermano y a su debido tiempo lo
hará. En realidad, yo lo había planificado de manera que fuera una sorpresa. No hay
ninguna necesidad de que todo esto resulte desagradable.
Fleming lo miró. A aquel hombre le faltaba una pieza. En algún momento de su
vida, le habían eliminado la empatía. Fleming le habló despacio, separando mucho las
sílabas.
—Bradley, usted secuestró a Amber y experimentó con ella, ha asesinado a su
madre y a otros cientos de personas en aras de un plan loco, y además me ha
engañado a mí. Y aún le sorprende que estemos disgustados.
—Me sorprende, sí.
Fleming se encogió de hombros, dándose por vencido, y dedicó a Soames una
sonrisa impostada de disculpa.
—Tiene razón, estoy sobreactuando un poco.
Sin dejar de sonreír, cerró el puño, tensó el hombro y golpeó a Soames en la cara,
con todas sus fuerzas. Los guardias tardaron en reaccionar, pero los lobos se
abalanzaron sobre él en cuestión de segundos, impregnando su cuerpo de aquel olor
intenso, húmedo, animal. El mayor de los dos le agarró el brazo entre los dientes
cuando él se lo llevó a la garganta para protegérsela.
—Pídales que se retiren —exclamó el papa Rojo—. No tiene por qué haber más
violencia.
A regañadientes, Soames pronunció una orden ininteligible y los lobos se
retiraron. Amber se acercó a verle el brazo y constató que los dientes sólo le habían
causado unos rasguños.
Cuando los guardias se adelantaron para llevárselos de la sala de conferencias,
Fleming observó, satisfecho, los ojos de Soames, que se acariciaba la barbilla. Al
pasar junto a él, Amber se volvió y le escupió en la cara roja y deformada.
—No entiendo que esté tan disgustado, Bradley —le dijo Fleming—. Ya tiene lo
que quería.

* * *

—¿Qué va a hacer con ellos? —le preguntó Acosta a Soames, una vez Amber y

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Fleming estuvieron fuera.
Soames seguía frotándose la barbilla.
—Mantenerlos apartados hasta el gran día, Santidad. No podemos permitir que
pongan en peligro los preparativos.
Acosta trató en vano de interpretar su expresión. Quería creer que si Soames
había invertido tanto dinero, tiempo y recursos intelectuales en aquel ambicioso plan
era simplemente por su fe en Dios, por su convicción de que Acosta era su ministro
elegido en la tierra. Pero ni siquiera entonces el papa Rojo estaba seguro de los
verdaderos motivos de Soames.
—No quiero que les haga daño, Bradley —dijo con cautela—. Ni antes ni después
del Día de la Verdad del Alma. ¿Le queda claro? —Soames frunció el ceño, como un
adolescente que no comprendiera por qué le reprendían por algo con lo que no tenía
nada que ver—. Ya casi hemos alcanzado nuestra meta sagrada y debo agradecérselo
a usted —prosiguió Acosta—. Hemos debido recurrir a acciones lamentables para
llegar a este momento. Pero cuando llegue el Día de la Verdad del Alma, ya no habrá
razón para la violencia ni la discordia. ¿Lo entiende?
—Por supuesto, Santidad.
Acosta se volvió para mirar a los demás. A ellos los comprendía mejor. Carvelli
era vanidoso y superficial, pero había servido a la Iglesia incondicionalmente. Knight
era una creyente sincera, que no iba por ahí aireando su fe pero que compartía con él
la zozobra cada vez que debían tomar decisiones éticamente difíciles para cumplir la
voluntad de Dios. Y monseñor Diageo siempre había sido su mano derecha, su roca.
Pronto, sus leales servicios se verían recompensados. Pronto vivirían con la certeza
de haber contribuido a algo bueno y maravilloso.
—El doctor Soames ha expresado su deseo de permanecer aquí cuando llegue el
Día de la Verdad del Alma, al margen de los focos de la luz pública.
—Y de la luz del sol.
Acosta sonrió, comprensivo.
—El resto de nosotros regresaremos al Arca Roja y empezaremos con los
preparativos.
Todos parecían tristes, pero Acosta les dijo:
—No estén tan serios. Esto no es un final, sino un principio. Alégrense conmigo.
Estamos a punto de iniciar una era dorada de iluminación.
Una sonrisa fugaz alumbró el rostro de Virginia Knight.
—Sí, Santidad. Será un día glorioso —dijo.
—Glorioso —repitió Diageo.
Carvelli se mostró más expansivo.
—El Día de la Verdad del Alma será una revelación.
Soames asintió.
—En efecto, será el día de la Revelación, Santidad. O, como dirían los griegos, el
día del Apocalipsis.

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45

Sector azul.
Dos días después.


A
hora mismo no parece gran cosa —dijo Soames mientras conducía a
Fleming y a Amber a la sala de realidad virtual alojada en el sector azul
— pero esperad y veréis. No has estado aquí nunca, ¿verdad, Amber?
Se trata de algo que VenTec ha desarrollado junto a KREE8 Industries. —Amber se
negaba a mirarle a los ojos. Le seguía resultando difícil aceptar que la hubiera
engañado hasta tal punto, asimilar que el hombre que la había secuestrado y que
había autorizado el asesinato de su madre, y al que llevaba años respetando y
admirando, eran la misma persona—. Y, evidentemente, esto es una novedad total
para usted, Miles —prosiguió Soames. Aún tenía la cara hinchada, lo que evidenciaba
aún más una costra nueva que le había salido en una barbilla ya muy llena de
cicatrices. A pesar de ello, su enfado había desaparecido. Parecía como si la escena
que había tenido lugar treinta y seis horas antes, no se hubiera producido nunca.
Sin embargo, la ira de Fleming, así como la de Amber, seguía intacta. Haciendo
caso omiso de los dos guardias de seguridad que les seguían a pocos pasos, ni
siquiera se molestó en responder a Soames. Los dos llevaban un mono muy ajustado
al cuerpo, de un azul intenso, además de guantes y zapatillas con sensores. El tejido
azul era inteligente y estaba engarzado con miles de cuentas microscópicas, a modo
de píxeles de ordenador. Soames y los dos guardias llevaban atuendos parecidos.
La sala misma resultaba espaciosa, aunque poco imponente. El suelo, las paredes
y el techo eran del mismo azul intenso que los monos de trabajo. El suelo parecía
muy duro y ella supuso que, lo mismo que las paredes y el techo, debía de tratarse de
pantallas de alta resolución. En el centro del espacio había tres hileras con dos
asientos cada una.
—Dado que nuestra experiencia va a ser eminentemente como espectadores, he
pensado que mejor estar cómodos —dijo Soames, conduciéndolos hasta las dos
butacas de la primera fila. Los guardias se sentaron tras ellos y Soames al fondo. Una
vez instalado, se sacó un ordenador de mano, una especie de agenda electrónica, y
rozó la pantalla táctil—. ¿Cómo hemos de vestirnos? Creo que optaremos por un
atuendo formal.
Al momento, los monos azules se transformaron. Fleming pasó a llevar un
esmoquin, con pajarita y todo, y Amber un vestido negro con escote de bañera.
Sorprendentemente, la piel que la tela no cubría era de un gran realismo y sus manos
ya no se veían cubiertas por los guantes azules. En realidad, no parecían cubiertas por
ningún guante. Si se concentraba mucho y movía las manos muy deprisa contra el
fondo azul, llegaba a distinguir las costuras, pero cuando Soames transformó la sala,

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se vio transportada a otro lugar, a una ilusión sin matices.
Ahora Fleming y ella se hallaban sentados en la primera fila de una gran
congregación, en un auditorio que parecía una combinación de teatro y catedral.
Había columnas a ambos lados, como en la nave central de un templo, y frente a ellos
se alzaba un escenario. Lo que contemplaban por encima de sus cabezas no era tanto
un techo abovedado, sino más bien la ilusión de un cielo iluminado por el sol,
salpicado de nubecillas blancas. Amber llegó a pensar que de un momento a otro
aparecerían en él querubines y serafines. El aire estaba impregnado de un frescor
balsámico y, fascinada por el entorno, se dejó arrastrar por una emoción no exenta de
culpabilidad. Supo que se trataba de la catedral del Arca Roja, que recordaba de su
incursión virtual el día que la hicieron esperar en la residencia para ver a su madre.
Amber llevaba dos días llorando su muerte, tratando de asimilar su pérdida. En
ocasiones, para distraerse, se había dedicado a mirar la televisión en sus habitaciones
vigiladas. En la CNN y en la BBC no dejaban de informar sobre el inminente Día de
la Verdad del Alma y ahora ella comprendía la asombrosa arrogancia de lo que
pretendían llevar a cabo. Pero, por más que lo intentaba, no comprendía aquella
curiosa alianza. Conocía a Soames desde hacía años y jamás había detectado en él la
menor inclinación religiosa. Pensar que pudiera servir a Acosta o ser seguidor suyo,
le parecía ridículo. Soames sólo se asociaba con gente que pudiera servirle a él, jamás
al contrario.
Un murmullo se extendió por la congregación, como un viento sostenido que
ondulara un campo de cebada. Entonces, una figura alta, vestida de rojo, apareció en
la sala desde la izquierda y se plantó en el centro del escenario. Al contemplar la
sonrisa satisfecha de Acosta, decidió que Soames y él pagarían por lo que habían
hecho. No sabía cómo, ni cuándo, pero se juró a sí misma que pagarían por ello.
Volvió la cabeza, miró a Fleming a los ojos y su juramento se hizo más fuerte,
pues en ellos vio también la misma determinación.

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46

Arca Roja.
18° 55’ N, 16° 99’ O.

X
avier Acosta no se había sentido nunca tan vivo como entonces, a escasos
minutos de su muerte. Allí, de pie en el estrado de su catedral, a bordo del
Arca Roja, observaba a su público físico compuesto por poco más de cien
personas. Las invitaciones para asistir a los servicios a bordo de su nave se daban a
unos pocos, elegidos al azar de entre los millones de direcciones de correo
electrónico de sus seguidores registrados. Esa práctica no se había modificado para el
Día de la Verdad del Alma, aunque se reservaron algunas invitaciones para los
representantes de las principales religiones. Curiosamente, nadie excusó su asistencia.
Todos enviaron a algún delegado de alto rango, sin duda para que presenciara y
posteriormente interpretara lo que allí tuviera lugar.
Acosta había oído que a muchos de los afortunados con la asistencia real, los
medios de comunicación y algunas personas muy ricas les habían ofrecido miles,
incluso millones, para poder asistir personalmente a la ceremonia. Y le alegró saber
que habían sido muy pocos los que vendieron sus asientos, dispuestos a perderse
aquel momento crucial para la historia de la humanidad. Pero el público físico era
sólo una fracción del verdadero público. Según Carvelli, la cifra de quienes
presenciarían el acto a través de sus cascos virtuales, sus pantallas de Internet y sus
aparatos de televisión excedía los cuatro mil millones, el noventa por ciento del
mundo conectado. Carvelli tenía razón, aquél iba a ser el acontecimiento mediático
más importante de la historia.
Antes de iniciarse el acto principal, Acosta ofició un breve servicio en el que
rindió tributo a todos sus fieles seguidores e hizo extensiva su bendición a quienes en
ese momento lo miraban, fuera cual fuera su confesión. Entonces, sin apenas
detenerse a respirar, el papa Rojo alzó los brazos, haciendo acopio de las pocas
fuerzas que le quedaban, y habló al mundo:
—Hoy emprendo un viaje. Muchos han partido antes que yo hacia ese tránsito de
la vida a la muerte y antes o después todos vosotros habréis de seguirme. Morirnos es
lo último que hacemos, por desgracia, pues la muerte podría enseñarnos muchas
cosas útiles para la vida. Sin embargo, este viaje final sigue siendo un misterio para
nosotros.
»La incertidumbre sobre lo que le sucede a nuestra alma tras la muerte se halla en
la base de la religión y cada credo exige que sus fieles crean exclusivamente en su
visión de la otra vida. Todos, incluida la Iglesia de la Verdad del Alma, lo exigen,
basándose sólo en un acto de fe.
»Hace dos mil años crucificaron a un hombre por nuestros pecados. El hombre de

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quien nosotros, los cristianos, creemos que era el Hijo de Dios, vivió entre nosotros y
trató de ayudarnos a ir más allá de la fe para que conociéramos la verdad. Pero, aun
así, muchos se mostraron ciegos ante sus enseñanzas. Sus parábolas y lecciones se
interpretaron de modos ambiguos y sólo unos pocos lo vieron, presenciaron sus
milagros, con sus propios ojos. Ni siquiera su muerte y su resurrección fueron
concluyentes más que para sus más fieles seguidores.
»Hoy no voy a pronunciar ningún sermón. No quiero que me creáis, ni que
tengáis fe en Dios. Hoy os mostraré la verdad a todos vosotros. Todos asistiréis a mi
resurrección con vuestros propios ojos y oiréis mi verdad con vuestros propios oídos.
»He sido escogido como segundo mesías de Dios para morir y renacer, para poder
alzarme entre los dos mundos, con un pie junto a Dios y el otro junto a ti, junto a mi
prójimo. Hoy, yo, el cardenal Xavier Acosta, le cortaré los cuernos a Satán al
eliminar para siempre de vuestros corazones la duda espiritual que el diablo explota
para crear conflicto y maldad. Después del día de hoy, ya no habrá excusas para
sucumbir a la tentación de Satán, porque todos sabréis que Dios, vuestro Dios
verdadero, existe.
»Al término de mi viaje de hoy, regresaré para compartir los secretos de la vida y
de la muerte con todos vosotros. Os revelaré la Verdad del Alma y, con este acto de
sacrificio, obtendré la salvación de vuestras almas y de las almas de toda la
humanidad.
Cuando dejó de hablar no hubo aplausos, sólo un silencio sepulcral, respetuoso.
Diageo y Virginia Knight aparecieron junto a él y lo escoltaron hasta la izquierda
del escenario, donde Bukowski y Tripp lo esperaban junto a la camilla y los aparatos.
Diageo tenía lágrimas en los ojos cuando ayudó a Acosta a tenderse en la camilla
que iba a ser su lecho de muerte.
—No estés triste, amigo —le susurró el papa Rojo. No te abandono. Al hacer lo
que estoy a punto de hacer, me quedaré contigo por toda la eternidad.
Diageo trató de sonreír mientras Knight, con manos temblorosas, colocaba un
electrodo en la sien de Acosta.
En ese momento Bukowski se acercó y le abrió los párpados con delicadeza antes
de insertar en ellos el tinte y las lentillas. Acosta sintió escozor en los ojos, pero se
dijo que su dolor desaparecería muy pronto. Muy pronto se sentiría lleno de paz y
dicha, bañado por el amor de Dios.
Tripp ayudó a Acosta a incorporarse y le encajó el casco de cristal en la cabeza.
Entonces Carvelli, que se hallaba a la izquierda del escenario, se acercó a él y
permaneció frente a la torre de sonido y al disco holográfico. Se aseguró, ayudado
por Tripp, de que la interfaz inalámbrica entre el neurotraductor y el resto del equipo
funcionara correctamente. A continuación revisó las cámaras y los demás medios de
transmisión. El público observaba todos aquellos movimientos con una reverencia no
exenta de temor.
Bukowski se acercó al neurotraductor para asegurarse de que la longitud de onda

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del alma apareciera en la pantalla.
Knight aguardó a que todos los miembros del equipo le transmitieran que estaban
listos antes de santiguarse y volverse para mirar a Acosta.
—Todo está dispuesto, Santidad.
Acosta suspiró con una sensación de alivio indescriptible. Estaba muy cerca ya.
Apenas a unos instantes de su apoteosis.
—Empezamos, Santidad —le informó Carvelli. Si, por algún motivo…
Acosta le interrumpió.
—Estoy listo.
Jamás se había sentido más preparado para algo en toda su vida.
Carvelli tensó el gesto.
—Que Dios lo acompañe.
—Dios me espera —respondió Acosta serenamente mientras accionaban los
interruptores y el zumbido cobraba intensidad. El gas penetró en el casco e inundó el
mundo exterior, ya distorsionado, de un resplandor verde. A su izquierda intuía a
Virginia que rezaba. Sonrió. A él no le hacía falta rezar.
Por encima del zumbido, oía algo más. Un grito profundo, exento de palabras,
una respiración contenida que provenía del público. En ese momento pensó que
Carvelli debería haber pensado en poner música y, durante un segundo, se preguntó
qué música habría escogido él para acompañar ese momento.
La cuenta atrás se inició.
10… 9… 8… 7…
A su derecha, la mano temblorosa de Virginia Knight sostenía el mando que
controlaba el electrodo pegado a su sien, el electrodo que liberaría la descarga
eléctrica letal que lo mataría al instante. Entonces se dio cuenta de que aquello sería
lo último que vería como mortal.
6… 5… 4…
Como un cosmonauta espiritual, Acosta aspiró hondo, esperando el despegue.
3… 2… 1…

* * *

Al principio hay un blanco. Luego es consciente de una luz en la distancia, que se


acerca hacia él a toda velocidad. La velocidad deja sin aliento, emociona. No siente el
más mínimo temor. Cuanto más rápido vaya, antes terminará el viaje.
En un abrir y cerrar de ojos se halla en el interior del cono de luz, que se mueve
tan deprisa que le parece que se halla inmóvil a su alrededor, como una ventisca
radiante de partículas de plata. Se funde con la luz, se vuelve inseparable de los
fotones que lo rodean. Es consciente de ser, a la vez, una entidad discreta —él mismo
—, y parte de un todo mayor, un yo más grande.
Una dicha inmensa fluye por su ser a medida que se aproxima al origen del

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resplandor. Arrebatado, se rinde a su anfitrión luminoso, preparándose para el
momento de la revelación, para el momento en que se unirá a Dios y sabrá todo lo
que hay que saber.
En el instante en que alcanza la fuente de luz, una supernova cegadora,
blancoazulada, lo tiñe todo. Se ve consumido en un remolino de color y luz, una
descarga de energía tan poderosa que todo su ser explota y vuelve a constituirse, una
y otra vez, una y otra vez.
De pronto la luz cegadora desaparece y recupera la visión, que ya no es como
antes. Ahora distingue colores nuevos, nuevas formas y dimensiones. Un conjunto de
visiones previamente inimaginadas se le revela. Es como si pudiera verlo todo.
Y entonces comprende qué es lo que está viendo.
Y es en ese momento cuando al alma de Acosta, que ya ha emprendido el viaje, le
gustaría poder hablar.
Pero no tiene voz, y sólo grita presa de una desesperación silenciosa.

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47

Sala de realidad virtual.


Sector azul.

F
leming mantenía la vista clavada en el casco de cristal que cubría la cabeza de
Acosta en el instante en que la chispa de vida saltó de los ojos moribundos del
papa Rojo, rebotó en la pantalla detectora de fotones y creó el característico
halo en la capa exterior de la esfera de fibra óptica. Ahora ya comprendía el
procedimiento: los pitidos y las cuatro columnas de luz que se alineaban en torre, a
los pies de la cama, significaban que la sintonía se había logrado y que podía seguirse
el rastro del alma de Acosta. El modelo de interferencia —el código de barras— que
se mostraba en un monitor contiguo a las columnas de luz representaba la firma única
del alma del papa. Con aquellos dos grupos de datos —la sintonía y la firma— ya
podían establecer un contacto. Y con el neurotraductor de Fleming y la longitud de
onda del alma, Tripp y Bukowski deberían ser capaces de comunicarse con el alma
del papa Rojo.
En ese momento la indignación de Fleming quedó en suspenso. Ya no pensaba en
las implicaciones éticas del procedimiento por el que habían llegado hasta allí: en los
engaños de Soames, en los asesinatos, en la crueldad del papa Rojo… Toda aquella
arrogancia, aquella ambición, quedaron olvidadas. Su único pensamiento, mientras
observaba cómo volvía a trazarse la línea que separaba la vida de la muerte, era para
su hermano y para Jake.
Cuando se sentó en la sala de realidad virtual con Amber, se dijo que no le daría a
Soames la satisfacción de dejarse impresionar por todo aquel despliegue de brujería
tecnológica, por aquel número de circo de Acosta. Pero era imposible no sentir
asombro ante el espectáculo, no admirarse al comprender la importancia de un
acontecimiento que tenía lugar ante sus propios ojos. No podía evitar una fascinación
que iba más allá de la mera curiosidad científica, más allá de la preocupación que
sentía por el alma de su hermano. Se trataba de algo más primigenio. Durante toda su
vida había dado por sentado que no había vida más allá de la muerte y que de ninguna
manera existía un dios intervencionista. Incluso los últimos acontecimientos habían
resultado poco concluyentes y habían aportado más preguntas que respuestas. Y sin
embargo, muy pronto dejaría de poder escoger en qué debía creer: conocería la
verdad y, aunque la idea le aterrorizaba, no podía ignorarla.
La luz se había disipado ya del casco de vidrio cuando Virginia Knight y un
doctor independiente revisó las constantes vitales del papa Rojo y lo declararon
oficialmente muerto. Carvelli parecía preocupado y estudiaba el equipo negro
instalado a la derecha del escáner, centrándose en el disco circular negro que se veía
en el suelo, comprobando su conexión de rayos infrarrojos que lo unía al

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neurotraductor.
—Mira el disco holográfico de KREE8 —le susurró Amber al oído, y Fleming
comprendió qué era lo que se suponía que iba a suceder a continuación.
El equipo de Soames no sólo iba a usar el neurotraductor para que el alma de
Acosta se dirigiera al mundo, sino que también iban a controlar un holograma suyo
del mismo modo en que Fleming controlaba a Brian, su maniquí. Lo que estaba a
punto de tener lugar era nada más y nada menos que la resurrección virtual del papa
Rojo. Así, concentró su mirada en el círculo negro del suelo y sintió que un escalofrío
le recorría la espalda.
Al cabo de unos segundos, el disco holográfico de KREE8 se activó. El halo
reapareció en el casco de cristal que cubría la cabeza de un papa Rojo ya cadáver y
Fleming imaginó que la longitud de onda del alma en la pantalla doble del
neurotraductor se pondría a oscilar en ese momento.
Y todo empezó.
Construyéndose en líneas horizontales, la imagen apareció ante sus ojos. Acosta
parecía solidificarse en el aire. Se encontraba de pie a menos de tres metros de su
cuerpo sin vida. Todos los detalles eran perfectos, incluso la expresión del rostro.
Luego volvió la cabeza, como para contemplar a los presentes, con gesto lento y
cargado de intención, como un recién nacido que doblara una mano. Su rostro parecía
serio, y sus ojos negros, hipnóticos, parecían dirigirse individualmente a todos y cada
uno de los presentes. A Fleming no le hacía falta imaginar el efecto que aquella
aparición tendría en los miles de millones de personas que estaban presenciando el
acontecimiento: las palmas de las manos le sudaban y el corazón le latía con fuerza.
Hubo un momento de silencio y entonces los labios de Acosta se movieron y
pronunciaron las palabras que dividirían para siempre la historia de la humanidad en
dos: antes y después de ese instante.
—Soy un siervo del Señor. He visto su poder, conozco su voluntad. Él me ha
ordenado que regrese a vosotros y os revele la Verdad del Alma.
Otra pausa. Fleming se echó hacia delante en su butaca.
La voz profunda y ultraterrena de Acosta era la misma que tenía en vida.
—Siempre he creído en Dios —prosiguió, solemne—, en mi Dios, que creó a la
humanidad a su imagen y semejanza para que lo adorara. Un Dios todopoderoso,
omnisciente y compasivo.
»Cuando era más joven me preocupaba lo que los filósofos denominan “problema
del mal”. Dado todo el mal del mundo, ¿cómo puede existir un dios omnipotente,
omnisciente y compasivo? O Dios conoce el mal, se preocupa por él, pero no puede
hacer nada en su contra, en cuyo caso no es omnipotente; o bien se preocupa por el
mal, puede hacer algo contra él, pero no lo conoce, en cuyo caso, no es omnisciente;
o bien lo conoce, puede hacer algo contra él, pero no le preocupa, en cuyo caso no es
compasivo.
A Fleming se le puso la carne de gallina. El papa Rojo le hablaba a él

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personalmente, rebatía su propio argumento contra Dios y la religión.
—Siempre he superado esta incoherencia —siguió el papa— creyendo que mi
Dios omnipotente, omnisciente y bueno permitía el mal en el mundo para darnos su
mejor creación, el don del libre albedrío. Para confiarnos la capacidad y la ocasión de
escoger entre el bien y el mal, incluso ante las pruebas y las tribulaciones más
difíciles. Ahora conozco la verdad entre el bien y el mal. Y ahora que la conozco, me
parece muy obvia. Después de todo, ¿qué dios crearía al hombre sólo para que lo
adorara? ¿Qué ser supremo sería tan vanidoso, tan engreído? —Soltó aquella última
palabra como si se tratara de algo amargo en su paladar.
»El problema del mal no existe, pues Nuestro Señor no nos creó para que lo
adoráramos. Yo siempre pensé que Dios había creado un mundo perfecto y ordenado,
un Edén, y que luego había introducido a la serpiente del mal para ponernos a prueba.
Pero eso no es cierto. Nuestro Señor creó un mundo malo y después introdujo el bien.
El estado natural de este mundo y del siguiente es el caos, la entropía. El mal es el
mecanismo normal del mundo y el bien se introdujo sólo como un capricho. El señor
nos creó sólo para entretenerse más. Ésa es la única razón de nuestra existencia.
»El niño construye con sus bloques de juguete una torre muy alta sólo para
destruirla, y del mismo modo el Señor nos permite subir cada vez más, creer en la
virtud, en la bondad y en el honor sólo para hacernos descender de nuevo con actos
aleatorios de maldad.
»No existe el cielo, sólo un sufrimiento arbitrario. La vida más allá de la muerte
es tan cruel y aleatoria como la vida en la tierra. Con la diferencia de que es eterna.
No hay escapatoria. No hay karma. No hay justicia. No hay Campos Elíseos en los
que los buenos hallen la paz tras una vida dura. No hay orden divino; sólo caos. La
Verdad del Alma, que ahora puedo revelaros, es que Dios, el Dios al que dediqué mi
vida en la tierra, no existe.
El rostro de Acosta pareció descolgarse; el holograma capturaba con
sobrecogedora exactitud el horror y la desesperación dibujados en sus rasgos.
—Yo soy un alma en pena. El Señor al que he servido con tanto empeño durante
toda mi vida y el Señor al que ahora estoy condenado a servir por toda la eternidad no
es el Señor. Sólo existe un Dios, y ése es el Señor del caos y las tinieblas. Es el
Demonio. Satanás.
El público ahogó un grito al unísono. En cualquier otro contexto, las palabras de
Acosta habrían sonado a locura, pero ahora sonaban a todo lo contrario. Fleming notó
que Amber le agarraba la mano y se la apretaba con fuerza.
El papa Rojo alzó los brazos.
—Nuestro señor Satanás demostrará que no existe Dios recurriendo a un agente
en la tierra para que os revele cuatro señales —atronó en el tono de un profeta del
Antiguo Testamento—. Esos cuatro jinetes del Apocalipsis serán soltados sobre este
mundo agostado para propagar el terror y para que, a su paso, sólo crezca la
desesperación. El primero cabalgará esta noche. El segundo le seguirá dos días

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después. Al día siguiente los dos últimos jinetes aparecerán juntos, cabalgando uno
junto a otro.
Acosta se detuvo, y su rostro apareció con menos vida que su cadáver. Su alma
misma parecía saturada de desesperación.
—Perdonadme. Emprendí el viaje lleno de esperanza, pero he regresado sin ella.
No hay esperanza. No hay Dios. Ni siquiera puedo rezar por vosotros.
Tras aquellas palabras, se hizo un silencio denso, asombrado.
Perplejo y asustado, Fleming parpadeó buscando algo de luz en aquella oscuridad
repentina.
Segundos después, un sonido rompió el silencio fantasmal, un sonido que no le
trajo alivio.
Era el sonido de unos lobos que aullaban fuera, en las tinieblas.

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Tercera Parte

LUCIFER

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48

C
omo la sombra de un eclipse que avanzara por todo el Planeta, la electricidad
fue dejando de funcionar de ciudad en ciudad a medida que la noche
avanzaba y sólo regresaría al amanecer siguiente. Iniciándose en la costa
oeste americana, la oscuridad siguió a la puesta del sol por todo el Pacífico, llegando
a Honolulu a las 6.53 p. m. Hora local. Durante las siguientes veinticuatro horas,
mientras la Tierra completaba su rotación, casi todas las ciudades principales del
mundo sufrieron un apagón que duró desde el anochecer hasta el amanecer.
La oscuridad inspiró gran variedad de emociones, desde el pánico hasta la
negación, pasando por la indignación. Una pequeña minoría dio la bienvenida a lo
que se interpretó como la primera señal, el primer jinete del Apocalipsis del papa
Rojo. Era como si la humanidad hubiera regresado a los tiempos paganos en que se
veneraba el poder del sol, pues se creía que sólo él era capaz de apartar las tinieblas y
traer de regreso todo lo que era bueno en el mundo.
Muchos aguardaron asustados en sus casas a que el ángel de las tinieblas hubiera
pasado. Otros buscaron refugio en lugares públicos para sentirse más acompañados.
Hacia la medianoche, en Australia, casi toda la población de Sydney se había
congregado, histérica, y agitaba velas encendidas, en un intento de ahuyentar la
oscuridad. Su acción fue imitada en Asia y Europa a medida que el sol se iba
poniendo en todo el mundo. Los medios de comunicación de alcance internacional
cubrían la llegada de la oscuridad informando de los cortes de señal que iban
produciéndose en sus distintas sedes regionales que, literalmente, se iban quedando
sin energía eléctrica.
Algunos trataban de vencer el pánico y argumentaban que todo aquello no era
más que un fraude sin importancia: la revelación del papa Rojo era un montaje y los
apagones, una coincidencia. Pero a medida que el fenómeno se iba extendiendo y se
hacía cada vez más evidente, el miedo se convertía en terror y el terror, en ira. Cada
vez eran más los que necesitaban señalar a un responsable de su desesperación y su
desilusión.
Durante esa noche oscura, los saqueos se generalizaron. Amplias zonas del East
End de Londres, de París, del Lower East Side de Nueva York fueron escenario de
actos vandálicos causados por turbas errantes. Pero los mayores episodios de
violencia se dieron en los mayores centros de culto. Los principales blancos de las
multitudes eran los sacerdotes ataviados con hábito, que les habían mentido sobre el
cielo y Dios. Las iglesias habían sido sus consejeras espirituales, les habían pedido
que dedicaran a ellas toda su fe, erigiéndose en agentes únicos de Dios. Ahora, la
revelación del papa Rojo había barrido de un plumazo el valor de su fe.
Y alguien debía pagar por ello.
Cuanto mayor era la iglesia, más intensa era la rabia: desde Santa Sofía, en
Estambul, hasta la catedral de Canterbury, en Inglaterra, pasando por San Pedro del

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Vaticano o la sinagoga de Jerusalén. La denominación no importaba. Los sacerdotes
buscaban refugio en sus ya inútiles templos y la muchedumbre, portando antorchas,
rodeaba aquellos lugares de culto cuyas agujas y chapiteles apuntaban hacia un cielo
del que el papa Rojo había revelado la falsedad.
En muchos países se decretó el estado de emergencia, mientras las autoridades
trataban de explicar el origen de la oscuridad. Al día siguiente, cuando se restableció
el suministro eléctrico, coincidiendo con la salida del sol, el presidente de Estados
Unidos hizo un llamamiento a la calma y pidió que reinara la lógica, en un discurso
televisado a la nación y al mundo entero.
«No existe constancia de que todo esto esté relacionado con el mensaje del papa
Rojo y ni siquiera se tiene la certeza de que dicho mensaje sea auténtico —declaró—.
Al FBI y a los guardacostas se les ha transmitido la orden sin precedentes de capturar
el arca, mientras todavía se encuentra en aguas internacionales, y se ha puesto en
marcha una investigación a todos los niveles. Y, lo que es más importante, lo que el
cardenal Acosta pueda haber dicho no afecta a las leyes de este país. Yo no puedo
controlar lo que sucede o deja de suceder en el cielo o en el infierno, pero sí lo que
sucede en este mundo. Sea lo que sea lo que la gente decida creer, yo creo que la ley
sigue vigente y debe ser obedecida. Ignoro quién será castigado en la otra vida, pero
puedo prometer lo siguiente: que quien quebrante la ley será castigado en esta vida.
Si han perdido la fe en todo lo demás, tengan fe en ello».
Sentado a solas en la sala de conferencias del sector negro, Soames acariciaba a
sus lobos mientras miraba los boletines informativos. Al oír a los presentadores de
CNN y BBC afirmar que se había restablecido una calma tensa, esbozó una sonrisa.
Sabía que el mundo se preparaba para la verdadera tormenta, que estaba a punto de
llegar.

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49

VenTec.
Día siguiente.

S
e avecinaba una tormenta en el exterior de VenTec. Negros nubarrones
cargados de nieve cubrían los picos de las montañas y unos vientos gélidos
azotaban el helicóptero que devolvía a la Fundación a los miembros del
Consejo de la Verdad.
—Vamos, no tiene por qué ser un desastre —dijo Soames en tono tranquilizador,
a modo de saludo. En el vestíbulo, Carvelli y Knight parecían más que aturdidos.
Carvelli estaba ido; tenía el rostro muy pálido, a pesar del bronceado, y el pelo,
normalmente impecable, revuelto. El aspecto de Virginia Knight era aún peor; llevaba
escrito en la cara el horror de lo que había presenciado a bordo del Arca Roja y
parecía a punto de desmayarse.
—Cuando nos fuimos, el arca estaba llena de agentes del FBI —informó Carvelli
—. Debían de tenerla localizada desde que anunciamos el Día de la Verdad del Alma
y cuando la primera señal sumió al mundo en el pánico, nos abordaron. De haber
esperado más, en este momento estaríamos respondiendo a preguntas comprometidas.
—Aquí están a salvo —dijo Soames, plantando una mano en el antebrazo de
Knight para tranquilizarla—. Lo único que tenemos que hacer es reunirnos de nuevo
y reflexionar sobre el significado de todo esto.
Miró a Tripp y a Bukowski, que habían seguido a los dos miembros del Consejo
de la Verdad hasta la Fundación. Se sacudían la nieve de las chaquetas polares y, con
rostros inexpresivos, se volvieron hacia Soames al intuir que los estaba observando.
Al momento, comprendieron y asintieron con un leve movimiento de cabeza antes de
dirigirse a buen paso hasta el ascensor que comunicaba con el sector rojo.
—¿Dónde está monseñor Diageo? —Preguntó Soames—. Creía que regresaría
con ustedes para el… —hizo una pausa para encontrar la expresión adecuada— post
mortem.
Virginia negó con la cabeza, incapaz de hablar. A su pelo rubio asomaban más
canas que la última vez que había estado allí hacía apenas unos días.
—Está muerto —informó Carvelli con voz pausada—. Se arrojó al vacío desde la
cubierta más alta del Arca Roja.
—Aunque sabía que la muerte no le supondría ningún alivio —apostilló Knight.
—Fue presa del pánico —dijo Soames— y nosotros debemos evitar que nos
suceda lo mismo.
Los condujo al sector negro. Los pasillos de la Fundación estaban desiertos.
VenTec era autosuficiente, pues contaba con su propio generador eléctrico y sus
propias instalaciones y con un entorno estéril que requería un mantenimiento mínimo.

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A excepción de un equipo básico, había evacuado a casi todo el personal un día antes
de la revelación del papa Rojo.
Ya habían retirado el espejo roto de la sala de conferencias del sector negro, pero
todavía no lo habían reemplazado por otro nuevo. El espacio azul y blanco del
laboratorio anexo modificaba la acústica de la sala, que también parecía más fría. Los
lobos siguieron sentados, inmóviles, mientras Knight y Carvelli se sentaban a la
mesa.
Virginia se llevó las manos a la cabeza.
—Todo lo que hicimos fue en vano, todas las muertes, todo el tiempo que
invertimos. Nuestros crímenes no tenían ninguna justificación.
Soames sonrió.
—Ahora eso ya no importa, ¿no?
Knight se volvió hacia él, escandalizada.
—Satán nos ha usado para hacer lo que creíamos que eran obras de Dios. Hicimos
el mal creyendo que era el bien. Claro que importa.
Soames no dejó de sonreír.
—¿Por qué? De acuerdo, Dios ha resultado ser el Demonio, pero ¿eso qué más
da? De hecho, mejor así. Si no hay Dios, no puedes ser castigada por tus pecados.
—¿Cómo puedes decir eso, Bradley? Tú también eras creyente. ¿Cómo puede
afectarte tan poco todo esto?
—Digamos que no me sorprende demasiado. —Se señaló el rostro lleno de
cicatrices—. Si naces así, no piensas automáticamente que Dios sea un buen tipo.
Siempre he sospechado que el muy cabrón era un sádico, de modo que haberlo
desenmascarado y saber que es el Diablo me supone algo de alivio. Sin duda explica
algunas cosas y acaba de una vez para siempre con todas esas tonterías que las
Iglesias no paraban de inventar, intentando hallar un sentido al hecho de que su dios
omnipotente y omnisciente fuera capaz de permitir tanto sufrimiento en el mundo. —
Sonrió de nuevo a Knight, que seguía sentada, boquiabierta—. Si lo piensas bien, lo
que el papa Rojo ha revelado es una verdad renovadora, liberadora. Por eso no
importa. En el fondo, no ha cambiado nada.
—Por supuesto que ha cambiado —replicó Knight, airada—. Ha cambiado todo.
Soames se echó a reír.
—No, no ha cambiado. Lo único que tienes que cambiar es aquello en lo que
creías. No seas tan melodramática, Virginia. No es que Dios haya hecho las maletas
de pronto y se haya ido, es que nunca ha estado aquí. Lo que pasa es que tú no lo
sabías. Ahora, al menos, ya sabes que la vida es básicamente un juego de mierda con
los dados trucados en tu contra, de manera que ya puedes dejar de quejarte y
asumirlo.
Virginia siguió sentada, inmóvil, mirando a Soames con los ojos entrecerrados,
llenos de odio y asco.
—Tú nunca has creído en Dios, ¿verdad?

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Soames no respondió. Sin embargo, durante un instante, estuvo a punto de
contárselo todo. La necesidad de hacerle comprender el conocimiento secreto que
llevaba escondido en el corazón era muy fuerte. Pero debía tener paciencia. Su larga
espera casi había concluido.
—Eh, eh —exclamó Carvelli. Su sonrisa se notaba forzada, pero lentamente
recuperaba la confianza perdida—. Venga, muchachos, no nos culpemos los unos a
los otros. Hemos recibido un golpe, una gran decepción, pero debemos ser prácticos.
Virginia, Bradley tiene razón. Tal vez deberíamos aceptar las cosas tal como ahora
sabemos que son y adaptarnos en consecuencia.
Knight dejó escapar un largo suspiro.
Soames se inclinó sobre la mesa para acercarse más a ella.
—Virginia, debemos sacar el máximo provecho de esto. Y, como tú tan
claramente has señalado, nosotros hemos cometido transgresiones; no necesariamente
a los ojos de nuestro nuevo Señor y Amo, pero hemos quebrantado la ley.
Carvelli pareció alarmado.
—¿Hallará el FBI algo en el Arca Roja que nos implique en los asesinatos y
en…?
—No te preocupes por el Arca Roja. Las autoridades ya tienen bastante trabajo
intentando explicar la primera señal y preparándose para las siguientes. A pesar de
ello, no estaría de más que nos ocupáramos de los testigos de nuestros actos, unos
actos en exceso entusiastas y, vistos en perspectiva, errados: los asesinatos y el
secuestro.
El horror en el rostro de Knight se hizo más profundo.
—¿Qué insinúas?
—Amber Grant y Miles Fleming son graves rémoras.
—Pero el papa Rojo nos dijo que no debíamos hacerles daño —replicó Knight
automáticamente—. Dijo que la violencia…
Soames soltó una carcajada.
—Pero estaba equivocado, ¿no? Creo que todavía no lo entiendes, ¿verdad,
Virginia? El papa Rojo era un arrogante que se engañaba a sí mismo, un necio que no
sabía nada. —Miró a Carvelli a los ojos y después a Knight—. Mirad, es muy
sencillo. Fleming y Grant deben ser silenciados para siempre para que podamos poner
fin a este desgraciado episodio y seguir adelante con nuestras vidas. Y Virginia, deja
de mostrarte tan horrorizada. Ahora que no hay un dios que valore tus méritos por ser
buena, tu conciencia está de más.
—¡Olvídate de Dios! —Exclamó Virginia—. ¿Qué hay de nuestra «humanidad»?
¿Qué hay de nuestra creencia humana en lo que está bien y lo que está mal?
Soames le respondió con un susurro de desprecio.
—Eso, ¿qué hay de ella, Virginia? ¿Qué hay de esa preciosa humanidad que
acabas de descubrir? ¿Es la misma que te permitió colaborar en la muerte de cientos
de enfermos terminales porque creías que de ese modo servías a Dios?

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50

Habitaciones vigiladas del sector negro.


Dos horas después.

E
n la estancia vigilada que quedaba dos puertas más allá de la de Fleming,
Amber dormía. Tras la muerte de su madre, el trauma le había impedido
descansar, pero después del Día de la Verdad del Alma del papa Rojo y del
caos que le siguió, una calma extraña se había apoderado de ella. Se había sumido en
un sueño profundo que no se parecía en nada a ninguno que hubiera tenido hasta
entonces. Le calaba los huesos, le relajaba los músculos, se llevaba a otra parte el
estrés y la ansiedad.
Entró en el estado onírico con una calma serena, sin dar señales de resistencia o
intranquilidad. Permanecía inmóvil, aunque sus órbitas oculares mostraron las señales
características de movimiento al entrar en la fase REM. Pero no se le movían los
párpados y su respiración mantenía un ritmo regular.
Y entonces, como le había sucedido tantas otra veces, su mente emprendió el
viaje hacia la muerte.

* * *

La oscuridad la envuelve en un capullo de terciopelo y una calma protectora se


apodera de ella. Ahí no puede sucederle nada malo. Incluso al ver el haz de luz que
ya no le sorprende y al experimentar la velocidad que la lleva al vórtice negro,
mantiene la serenidad. En esa ocasión no está sola en el trayecto. Junto a ella, una
presencia la guía. A medida que se acercan a la fuente de luz, es como si Ariel no se
hubiera separado nunca de su lado. Se fusionan y se vuelven una sola, y Amber sabe
todo lo que sabe Ariel.
A toda prisa a través de la oscuridad, comprende que Ariel lleva mucho tiempo
esperándola en esa tierra de nadie entre la vida y la muerte. La paciencia de su
hermana sólo se agotó el primer día en que Bradley Soames detectó el alma humana
en sus primeros experimentos con enfermos terminales. Ese día, la dualidad onda-
partícula del alma y el cuerpo se quebró y deformó hasta tal punto la membrana
universal que conectaba la vida con la muerte que la alteración afectó a Ariel e hizo
que Amber, su siamesa, sintiera un dolor fantasma.
Los sueños de muerte de Amber los causaba el empeño de Ariel de advertirla para
que Soames dejara de interferir. La naturaleza de su vínculo era tal que cada vez que
Ariel intentaba usar el descenso de Amber al estado onírico para habitar su consciente
vivo, lo que hacía era alejar a su hermana. Y cuanto más empujaba Ariel la puerta
giratoria para entrar en la vida, más rápidamente rotaba Amber hacia la muerte. Lo
irónico del caso es que los experimentos de Soames sobre Amber liberaron a Ariel y

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le permitieron establecer un contacto con ella antes de proseguir su largamente
demorado tránsito hacia la muerte. Y ahora, mientras su hermana la guía hacia la luz,
Amber sabe que Ariel le dice adiós. Y también sabe que está tratando de mostrarle
algo.
Al entrar en el cono, se mueven tan deprisa que la luz parece detenerse a su
alrededor, como una ventisca helada de partículas plateadas. Ya no viaja a través de la
luminiscencia, sino que se funde con ella, se vuelve indivisible de los fotones que la
rodean. Pero ahora que Ariel está con ella, ya no siente miedo. Durante los siguientes
momentos atemporales, vuelven a estar unidas, las siamesas danzarinas, moviéndose
juntas, sincronizadas, en perfecta armonía. Y a medida que se aproximan al vórtice
del cono, una sensación de dicha traspasa a Amber, que alcanza el ápice y se funde
con la fuente del resplandor. Luego se da cuenta de que es, a la vez, una entidad
discreta —ella misma—, y también parte de su hermana, y parte de un todo mayor, de
un yo superior.
Entonces, una supernova blancoazulada, cegadora, lo impregna todo y un
remolino de luz la consume, disgregándola y reconstituyéndola de nuevo, una y otra
vez.
De pronto, la tormenta de luz termina y está sola, aguardando para ser devuelta a
la luz. Pero no siente tristeza ni sensación de pérdida. Por primera vez se siente
completa. Demorándose en el ápice del cono, recupera la visión y la luz brillante que
antes la cegaba, ahora la ilumina. Como una escaladora que, en la cumbre de una
montaña, observara una llanura iluminada por el sol, ve con claridad dónde se ha ido
su hermana. Y su madre adoptiva. Y todas las personas a las que ha amado.
En un asombroso instante de revelación, antes de ser devuelta al vórtice,
vislumbra lo que se encuentra más allá de la fuente de luz y habita el otro mundo.

* * *

—Amber, despierta. ¡Despierta! —Confundida y desorientada, Amber no distinguía


si aquella voz conocida era real o le hablaba en su sueño. Pero entonces abrió los ojos
y vio a Soames de pie junto a la puerta entreabierta, en la semipenumbra del pasillo,
flanqueado por sus dos lobos—. Sólo quería asegurarme de que todo estuviera en
orden —le susurró. Después de todo lo que le había pasado a Amber en la última
semana, su preocupación resultaba inadecuada y llegaba tarde.
Amber bajó de la cama y se fue hacia él.
—Nunca entenderé por qué Acosta y tú estabais compinchados… Aunque tú
nunca creíste en él, ¿verdad? Tú ya debías de saber lo que él acabaría descubriendo.
Sabías que sería terrible.
—Amber, yo sólo quería averiguar lo que nos sucede cuando morimos. Nada tan
distinto de lo que Miles confiaba en lograr, ni de lo que cualquier científico digno de
ese nombre haría si contara con la tecnología adecuada. Y yo contaba con la

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tecnología, una tecnología que tú me ayudaste a desarrollar. Lo único que he hecho
ha sido buscar la verdad. ¿Qué tiene eso de malo?
—¿Qué me dices del modo en que lo hiciste, asesinando y secuestrando a la
gente?
—Era necesario, Amber.
—¿Por qué?
—Para hallar la verdad.
—Pero es que eso es lo raro, Bradley. Ni siquiera estoy segura de que sea la
verdad. Al menos, no toda la verdad. Hay algo más en…
—¿Eso crees? —La interrumpió Soames. En aquella penumbra, su rostro
compuso una desconcertante mueca, como si tratara de leerle el pensamiento—. No
—resolvió al fin, enérgico—. No hay nada más. Sólo hay una verdad. Y cuando
lleguen las demás señales, ya lo entenderás.
Ella dio un paso al frente y se acercó más a él.
—Pero ¿y si Acosta sólo hubiera dicho una verdad a medias, Bradley? ¿No te
preocupa siquiera que pudiera estar equivocado? Diablos. Yo quiero creer que no
tiene razón. Es algo natural. Tú mismo también debes de quererlo, ¿verdad, Bradley?
Él se dio la vuelta para irse y, al hacerlo, el haz de luz que se colaba desde el
pasillo le alcanzó el rostro, iluminándole los ojos. Desde que lo conoció supo que era
raro, pero siempre lo había atribuido a su gran inteligencia y a su peculiar formación,
condicionada por la enfermedad que padecía. Pero en ese instante, al mirarle a los
ojos, se dio cuenta de que había algo más. No se trataba sólo de un excéntrico, de
alguien sin empatía: era una persona emocionalmente ausente. No es que viera el mal
en sus ojos; vio algo mucho más terrible.
Vio un vacío.

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51

Aposentos vigilados del sector negro.

V
eintisiete horas después del anuncio del papa Rojo, los medios de
comunicación informaban con cuentagotas de los hallazgos que los agentes
técnicos del FBI que habían abordado el Arca Roja —así como un grupo de
destacados científicos y una delegación del Instituto de los Milagros del Vaticano—
iban realizando. Se habían recogido los testimonios de quienes habían presenciado
físicamente los acontecimientos, incluidos los miembros más relevantes de las
principales religiones.
En un primer momento, todas las partes se apresuraron a exponer que la
revelación del papa Rojo era un montaje, pero tras analizar el cadáver y revisar el
complejo equipo técnico, todos se vieron obligados a admitir que el único aporte al
holograma provenía del neurotraductor y que la única fuente que alimentaba las
señales de éste era la que proporcionaba la esfera captadora de alma que el cuerpo sin
vida de Acosta llevaba en la cabeza. Esa admisión técnica, así como el testimonio de
quienes iban a bordo del Arca Roja durante el anuncio, habían obligado al comité a
concluir que «la explicación de lo sucedido trascendía lo terrenal». Se dijo que otra
fuente, no oficial, afirmaba que si aquello era un montaje técnico, «el montaje en
cuestión no sería menos milagroso que el hecho de que el alma de Acosta hablara
realmente después de su muerte…».
Alto, negro, Morgan Jones, director adjunto del FBI y encargado de la
investigación, concedió dos ruedas de prensa en las que mostraba su confianza en la
versión oficial, aunque sin añadir nada nuevo a ésta. Pero su reticencia, así como el
«sin comentarios» inicial del Vaticano cuando se le pidió que refutara las
revelaciones del papa Rojo, se vieron como confirmación de las informaciones que se
habían filtrado como aval a las últimas palabras de Acosta.
Encerrado en sus habitaciones, viendo por televisión cómo se iban desarrollando
los acontecimientos, Fleming, impotente, no hacía más que caminar de un lado a otro.
No podía sentarse ni quedarse quieto, su cabeza no dejaba de pensar, de procesar una
y otra vez la información que había recibido, en un intento de clarificar lo que ahora
creía. No había podido dormir desde que había oído las palabras del papa Rojo y cada
vez estaba más seguro de que encerraban algo de verdad. Lo que Acosta había
revelado coincidía mucho con la teoría que, dada su sensibilidad atea, más sentido
tenía para él: que la religión era una fuerza maligna para el mundo.
Oyó un ruido al otro lado de la puerta y se detuvo. Cuando la abrió se encontró
con Soames. Los lobos jadeaban, inmóviles, tras sus talones. El científico sonreía,
exultante.
—¿Cómo se siente, Miles?

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Fleming no respondió.
—Dígame —le preguntó, haciendo entrar a los lobos a la habitación y cerrando la
puerta—, ¿qué se siente al ver materializados sus peores temores? —Su interés
sonaba impregnado de una gran frialdad—. ¿Qué se siente al saber que su hermano
seguramente está sufriendo y usted no hizo nada para salvarlo? ¿Cómo asume un tipo
como usted, que se ha pasado la vida tratando de aliviar el sufrimiento de este mundo,
que ha puesto sus esperanzas en el descanso tras la muerte, que esa muerte sólo traiga
más sufrimiento arbitrario, y esta vez para siempre?
Fleming seguía sin decir nada y no le miraba.
—¿Cómo se sentirían sus padres si supieran que su querido hijo mayor está
muerto y sufre porque su hijo menor se negó a salvarlo? ¿Cómo se sentiría su
sobrino? Se llama Jake, ¿verdad? Yo creo que se derrumbaría, ¿usted no?
Fleming permaneció en silencio.
—No se sienta tan mal, Miles —prosiguió Soames—. En cierto sentido, usted
tenía razón. No existe un Dios divino. No existe un juicio final que asegure que a
cada uno le dan lo que se merece en el más allá. Sólo existe un malévolo Señor del
Caos. La única diferencia entre lo que usted creía antes y lo que conoce ahora es que,
cuando muera, el caos y el sufrimiento continuarán por toda la eternidad.
Fleming no pudo más y se hincó de rodillas. Las lágrimas resbalaban por sus
mejillas. Soames dio un paso al frente.
—Siento lástima por usted. Ha de ser difícil encontrarse en su piel conociendo el
destino al que condenó a su hermano.
Súbitamente, Fleming buscó la mano derecha de Soames y se la estrechó con las
dos suyas, fuertemente. Los lobos se inquietaron, pero Soames les indicó que se
mantuvieran retirados.
—Suplicar no sirve de nada, Miles. Yo no puedo ayudarle. Ahora no. —Soltó una
risotada—. ¿O tal vez esté rezando? No, eso sería absurdo. —Retiró la mano—. ¿Para
qué rezar cuando no hay nadie que te oiga?
Sacó los lobos de la habitación.
Con los dedos entrelazados, Fleming permaneció en el suelo hasta que oyó que la
puerta se cerraba. Entonces se incorporó muy despacio y abrió las manos.

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52

Sala de comunicación del sector blanco.

C
on el rostro cetrino y exento de expresión, Virginia Knight se sentía
entumecida, rodeada por el vacío de una fe que la había abandonado. Colgó
el teléfono vía satélite. Era la única opción que le quedaba.
Salió de la habitación y caminó como una zombie por el sector blanco, que estaba
desierto, y se dirigió a la salida donde, a través de las puertas de vidrio, veía que la
ventisca arreciaba, iluminada por los focos de seguridad del exterior. Valiéndose del
disco, abrió la puerta de la sala de supervivencia que había junto al vestíbulo. Como
no sabía qué llevarse, iba escogiendo lo que aparecía ante sus ojos y lo metía en una
mochila.
Respiró hondo, salió de la sala y regresó al corazón de la Fundación en dirección
al sector negro.

* * *

Sector negro.

Amber, en su habitación, caminaba de un lado a otro, con pasos inquietos que


reproducían la agitación de su mente, de los pensamientos que luchaban unos contra
otros dentro de su cabeza. Lo que había visto en los ojos de Soames no había hecho
sino aumentar su inquietud por la revelación de Acosta. Y a había visto la primera
señal que el papa Rojo había predicho, lo que indicaba que sus palabras encerraban
algo de verdad. Pero su sueño le sugería que había otra verdad contradictoria.
Se sentó en la cama y apoyó la cabeza en las manos. Todavía no estaba segura de
lo que Ariel había querido mostrarle, pero sabía que su hermana había ido a un lugar
muy distinto del que había descrito el papa Rojo.
Para calmarse, recordó la última vez que vio a su madre con vida, durmiendo en
la residencia, bañada por la luz de la tarde que se colaba por la ventana, que
traspasaba las cortinas traslúcidas y se teñía del verdor de las plantas que se
adivinaban en la terraza. La serenidad de aquel instante la llenó de alivio, como si su
madre le hubiera cubierto la frente con su mano fresca.
—Tal vez Ariel tratara de decirme algo —dijo en voz alta—. Algo que necesito
transmitir al mundo…
Amber miró a su alrededor, vio aquel aposento vigilado en medio de un paisaje
remoto, inaccesible, rodeado de montañas, al norte del círculo polar ártico. Aunque
supiera qué era lo que debía transmitir al mundo, ¿cómo iba a establecer contacto con
nadie? Aquel lugar no parecía siquiera pertenecer a la Tierra.

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«Clic».
Amber se volvió y observó la puerta.
Nunca había sentido miedo de Soames hasta ese momento, pero notó que la
aprensión se apoderaba de ella y pensó que debía prepararse para otra confrontación.
Allí de pie, muy erguida, mantuvo la vista clavada en la puerta que se abría
lentamente.
La silueta que apareció tras ella no correspondía a Bradley Soames. Era
demasiado alta.
—Amber —susurró con impaciencia aquella figura, entrando en la habitación—.
Tenemos que salir de aquí.
Ella abrió mucho la boca y el corazón le dio un vuelco.
—Miles, ¿cómo diablos ha llegado hasta aquí? Mejor dicho, ¿cómo diablos ha
salido de su habitación?
—Digamos que he tomado prestada una llave de Bradley. Ya se lo contaré más
tarde. Ahora tenemos que irnos.

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53

Sector negro.

E
l silencio de los pasillos oscuros, desiertos, presagiaba alguna emboscada.
—¿Tiene algún plan? —le preguntó Amber.
—Tutéame, por favor. Cada cosa a su tiempo —respondió Fleming—.
Primero debemos salir del sector negro. Luego nos dirigiremos a la sala de
comunicación del sector blanco y usaremos el teléfono por satélite para llamar.
—¿A quién?
—Al FBI, a alguien que nos escuche.
No le importaba a quién llamaran, lo importante era que pudieran informar a
alguien de su situación y revelar la implicación de Soames en los recientes
acontecimientos. Su preocupación principal era qué hacer después de eso. La ayuda
tardaría en llegar y, hasta ese momento, quedarían a merced de Soames. Si estuviera
solo, tal vez trataría de escalar la montaña y descender por la otra cara para llegar a la
estación de los guardabosques que había visto al sobrevolar la zona en el helicóptero,
cuando venía. Pero debía pensar en Amber.
Se encontraban ya a pocos pasos de la puerta de seguridad que los sacaría del
sector negro, y estaba a punto de adelantarse hacia ella cuando, a través del cristal,
vio a un guardia. Empujó a Amber hacia las sombras y le susurró:
—Cuando desaparezca de delante, trataré de abrir la puerta.
Segundos después, el guardia se alejó.
—Vamos —ordenó él en voz muy baja, acompañando a Amber hasta la puerta.
—¿Cómo piensas abrirla?
—Con esto —abrió la mano derecha—. Se la he quitado a Bradley.
Amber observó un pedazo de algo, pequeño y negro, que sostenía en la palma,
reluciente por un lado, brillando en medio de la semipenumbra. Y compuso una
mueca de desagrado.
—Asqueroso.
—De momento nos ha traído hasta aquí, de modo que no lo critiques.
Se colocó la costra sobre la yema del índice derecho y la acercó a la ranura digital
que había junto a la puerta.
Mientras el escáner de ADN seccionaba la capa microscópica de tejido, sintió una
especie de calor que ascendía por su cuerpo. Aguardaba con la vista clavada en la luz
roja, rezando para que el guardia no regresara. La luz no cambiaba de color y supuso
que alguna alarma se abría activado ya, alertando a Soames.
—Vamos, cabrona —murmuró, moviendo ligeramente la costra. Amber se acercó
más a él por detrás y él percibió su creciente angustia.
En ese instante la luz cambió a verde y los dos suspiraron al unísono, aliviados.

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Cuando la puerta se abrió, los dos abandonaron el sector negro y doblaron a la
izquierda, en dirección contraria a la del guardia. Al entrar en el sector blanco,
Fleming tuvo la extraña sensación de que les seguían y en dos ocasiones se volvió
para comprobarlo, pero no tardó en cerciorarse de que el lugar seguía desierto. A su
izquierda vio una ventana con los cristales tintados, a través de la que se adivinaba un
paisaje ártico teñido de azul. La nieve caía con fuerza y se arremolinaba en el cielo
nocturno.
Amber señaló una puerta que quedaba a la izquierda del pasillo.
—Es ahí.
La puerta de la sala de comunicación estaba abierta y en ella tres teléfonos vía
satélite de color gris se alineaban sobre una mesa. Cada vez más nervioso, Fleming
descolgó uno y se lo acercó al oído.
—¿A quién llamamos? —le preguntó Amber.
Él trató de recordar un nombre que había oído en un informativo.
—Al agente del FBI que dirige la investigación.
Tras ellos se oyó un ruido, y antes de que pudieran darse la vuelta, oyeron una
voz a sus espaldas.
—No llamaréis a nadie. Los teléfonos no funcionan. La comunicación con el
exterior ha quedado interrumpida.
Fleming se volvió con un nudo en el estómago. Virginia Knight estaba de pie
junto a la puerta, los ojos inyectados en sangre, el rostro blanco como el papel,
fantasmagórico.
Se sacó algo del bolsillo.
—Esto es para ti, Miles —le dijo—. Siento mucho tener que llegar a esto…

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54

F
leming se movió tan deprisa que Amber se quedó sin aliento. Estaba ahí, a su
lado, con el teléfono en la mano, pero en una fracción de segundo ya se
encontraba saltando por los aires y cuando se quiso dar cuenta había tirado al
suelo a Virginia Knight.
Ella no opuso resistencia cuando Fleming le metió la mano en el bolsillo, le quitó
el disco de acceso y se puso de pie.
—¿Por qué no funcionan los teléfonos vía satélite? —le preguntó con voz
embargada por la ira.
Knight lo miró sin inmutarse.
—Bradley ha cortado todo el contacto con el exterior —respondió—. Ni siquiera
yo tengo línea. Él es el único que tiene acceso.
—¿Por qué?
—No lo sé. Ese hombre ha perdido el juicio. Lo único que sé es que tiene
intención de mataros. Debéis escapar y buscar ayuda.
—¿Y cómo diablos vamos a hacerlo? —Soltó Amber—. Tendríamos que
atravesar la montaña.
—Es la única manera —corroboró Fleming, muy serio.
Knight alzó la vista para mirarlo.
—Dejadme que os ayude. Tengo mapas de la zona y planos.
—¿Dónde?
—En una mochila que está en el almacén de supervivencia.
Fleming la observó durante un momento y luego le ayudó a levantarse.
—Vamos.
Avanzaron por el sector blanco y, en cuestión de unos minutos, llegaron al
vestíbulo. Delante de él Fleming veía las puertas de cristales azules con la letra V
grabada y la nieve que caía con fuerza tras ellas. A su izquierda se encontraba el
almacén de supervivencia, lleno de material de escalada, raciones de comida y ropa
para las duras condiciones del exterior. Abrió la puerta con el disco inteligente de
Knight y cedió el paso a las dos mujeres.
En una de las paredes se alineaban los trajes de supervivencia, de un rojo intenso
y de la marca North Face. A diferencia de la ropa normal, éstos no colgaban de
perchas, sino que se sostenían de pie como armaduras. Cada uno de ellos tenía un
cable que salía del tobillo izquierdo, un cable conectado a un enchufe de pared.
Debajo, una hilera de botas de energía cinética. Sobre un estante, unos cascos de
material aislante, con visores y linternas incorporados, a prueba de nieve. En la pared
de enfrente, unos armarios abiertos almacenaban raciones de alimentos y más
material de montaña: hachas, cuerdas, sierras de nieve, piolets. Fleming estaba
impresionado, especialmente con los trajes de supervivencia. Se trataba de unas
prendas inteligentes que incorporaban tecnología punta, parecidas a las que él había

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usado durante una expedición a Chamonix hacía dieciocho meses.
En un rincón del almacén, sobre un banco, había dos mudas de ropa, una con
prendas más grandes que la otra. En el suelo, junto a ellas, se veía una mochila llena.
—Hay una muda para cada uno y he llenado la mochila con equipo de escalada y
raciones de alimentos. Seguramente tú estás más familiarizado que yo con estas
cosas, Miles, así que te sugiero que revises qué más puedes necesitar y que ayudes a
Amber a equiparse. —Metió la mano en la mochila y extrajo un ordenador de mano
que le entregó a Fleming—. Incorpora un mapa detallado de la zona, así como planos
de la antigua planta petrolera de Alascon. Al este de donde nos encontramos existe un
centro de guardabosques.
Fleming asintió.
—Lo vi desde el helicóptero cuando veníamos.
—Vuestros trajes inteligentes van equipados con micrófonos y comunicadores
para que podáis hablar entre vosotros y enviar señales de socorro a unos centenares
de metros. Con todo, para poder establecer contacto con un punto lejano deberéis
llegar a la base de los guardabosques. Al parecer allí no hay nadie en esta época del
año, pero cuenta con una sala de comunicaciones plenamente equipada. Desde allí
podréis enviar un mensaje. Y ahora daos prisa… no hay mucho tiempo.
Fleming empezó a revisar el contenido de la mochila mientras Amber se ponía su
traje inteligente.
—¿Por qué haces esto, Virginia? —le preguntó.
—Ojalá pudiera hacer algo más, disponer del helicóptero, pero es imposible.
—¿Por qué tiene tanto interés Soames en matarnos? —Quiso saber Amber—. Sé
que somos un obstáculo para él, pero estamos aquí atrapados, y…
—No tiene sentido. Yo misma he tratado de llamar a las autoridades antes de
venir a buscaros. Quería pedir ayuda, pero, como habéis visto, no es posible. Da
igual, incluso si hubiera podido usar el teléfono, hay tal caos fuera que pasarán siglos
hasta que se restablezca algo parecido a la normalidad. —Tenía los hombros
hundidos, parecía perdida, rota—. Si es que se restablece algún día.
—¿Por qué nos ayudas, Virginia? —Volvió a preguntarle Fleming—. ¿Por qué
ahora?
—Actué mal y ahora intento arreglar las cosas. Siento lo que consentí que
sucediera, lo que provoqué.
—Pero ¿por qué? —Insistió Fleming, mientras comprobaba que los alimentadores
de corriente de las perneras del traje de supervivencia de Amber estuvieran
conectados a las botas cinéticas—. Si Dios no existe, no hay razón para que
arriesgues tu vida por nosotros. ¿No te preocupa lo que Bradley pueda hacerte?
—Sí, pero eso ya me importa muy poco. Todo lo que he hecho en mi vida, lo
bueno y lo malo, lo he hecho porque creía que servía a Dios a través de la gran
misión del papa Rojo. Ahora, después de todo lo que ha ocurrido, ya nadie puede
hacer nada por mí. Ya no tengo nada que perder, ni nada en lo que creer, excepto en

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mí misma. Y para ser fiel a mí misma, debo ayudaros. Si no puedo aferrarme a la
creencia de que mi vida ha servido de algo, todo habrá sido en vano.
Fleming vio su desesperación, su desconcierto, y en ellos creyó ver fugazmente
un retazo de la mujer que él conoció en Barley Hall.
—Ven con nosotros —le dijo.
—No, no puedo. No puedo perder de vista a Soames. No es quien yo creía que
era. Es como si ya supiera lo que el papa Rojo iba a revelar. En todo esto hay algo
más.
—¿Y no cree que la revelación del papa Rojo no tiene por qué ser toda la verdad?
Fleming se volvió a Amber, sorprendido, pero antes de poder decir nada, Knight
le respondió.
—Ya ha visto la primera señal, la oscuridad que llegó después del mensaje. Ése
fue el primer jinete del Apocalipsis. En la Biblia, el Libro de la Revelación dice que
el primer jinete traerá gran agitación a la tierra. Los otros jinetes lo seguirán, y me
temo que demostrarán sin lugar a dudas que la revelación del papa Rojo era toda la
verdad.
—Las cosas no son tan simples —insistió Amber—. No pueden serlo. Hay algo
más. Así lo siento.
En ese instante Fleming oyó un sonido que desencadenó algo muy primitivo en su
cerebro. El corazón empezó a latirle muy deprisa y los músculos se le tensaron,
preparándose para la huida. Se acercó a Amber, comprobó que tuviera abrochadas las
cremalleras del traje de supervivencia, que el micrófono del cuello y los altavoces del
casco funcionaran, que las botas cinéticas transmitieran corriente al resto del traje
cuando moviera los pies.
—¿Sientes el aire caliente entre el traje y tu cuerpo? —le preguntó.
Amber asintió.
—Está bien. Asegúrate de que tienes siempre las cremalleras cerradas y sígueme.
—Se volvió hacia Knight, que vigilaba el vestíbulo a través de la ventanilla circular y
no quitaba la vista de encima a las puertas de entrada—. ¿Estás segura de que no
quieres venir con nosotros?
Ella no respondió; se limitó a abrir la puerta del almacén y se dirigió a la salida.
Fleming se puso la mochila a la espalda y corrió tras ella. Y entonces volvió a oír
el mismo sonido.
Eran aullidos de lobo.
Con el rabillo del ojos vio un movimiento y se volvió. Soames se encontraba en el
vestíbulo, a menos de quince metros de él, un poco más allá del almacén de
supervivencia, flanqueado por sus dos lobos, que le miraban con sus ojos amarillos,
el pelo del cuello erizado.
Fleming se detuvo junto a Knight, frente a la puerta, y se preguntó si aquella ropa
de supervivencia les protegería contra el ataque de los lobos. Los trajes estaban
bordeados por un marco de aluminio, pero estaban diseñados para colgar de él las

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cuerdas de escalada. Y las capas que formaban el tejido espacial eran muy ligeras,
pensadas para soportar el frío, no los dientes ni las garras.
—¿Ya os vais? ¿Tan pronto? —dijo Soames con voz pausada y el rostro rojo y
surcado de cicatrices, los ojos muy abiertos, de mirada penetrante. Parecía a punto de
perder el control sobre sus actos.
—Deja que se vayan, Bradley —balbució Virginia Knight presa del miedo, con
voz temblorosa—. Ya está, ya ha terminado. El Proyecto Alma ya no importa.
Además, tú nunca creíste en él. Tú no fuiste nunca uno de los nuestros.
—Sí que lo fui. Yo siempre fui un creyente, Virginia. Y sigo siéndolo. Lo que
sucede es que ni a ti ni a Acosta se os ocurrió nunca preguntarme en quién creía.
El temblor de Virginia Knight iba en aumento.
—En ese caso, ya tienes lo que querías. Has ganado. Seguro que con eso basta.
Ya no te hace falta lastimar ni matar a nadie más.
—¿Es esto lo que querías, Bradley? —le preguntó Amber de pronto—.
¿Mostrarle al mundo que quien manda es el Diablo?
Soames, muy despacio, esbozó una sonrisa.
—Ahora poco importa, Amber, ¿no crees?
—Claro que importa, Bradley —insistió Amber—, porque la Verdad del Alma del
papa Rojo podría no ser la única verdad.
Soames entrecerró los ojos y Fleming vio que entre él y Amber se establecía una
mirada de comprensión.
—Creo que has comprendido por qué no puedo dejaros escapar ni a ti ni a Miles
—dijo Soames.
Carvelli apareció desde el sector blanco y se colocó tras Soames.
—Bradley, Virginia, ¿qué está pasando aquí?
En ese preciso instante Virginia hizo dos cosas; en primer lugar, empujó con
fuerza a Fleming en el pecho. Éste perdió el equilibrio y dio unos pasos atrás,
cruzando el umbral de la puerta que lo separaba de la noche helada. Mientras lo
hacía, tiró de Amber y de ella para que lo siguieran. Virginia extrajo a toda prisa el
disco de la ranura y, apenas hubieron salido, las puertas se cerraron tras ellos.
Miró a Soames desde el otro lado del cristal. Como sólo llevaba su fino traje de
chaqueta azul, empezó a tiritar casi al momento, pero su rostro estaba exento de
temor. Cuando Soames se abalanzaba sobre el mecanismo de cierre y apertura, le
gritó:
—¡Bradley! ¡Sé por qué la revelación del papa Rojo no fue una sorpresa para ti!
Fleming y Amber tiraban de ella, pero ella no se movía.
—Marchaos —dijo, mirando a Fleming.
—No sin ti —insistió él.
—Marchaos —repitió ella en tono más duro, antes de volverse hacia Soames. El
doctor, en ese instante, susurraba algo a sus lobos, que aullaban y arañaban la puerta,
desesperados por salir. Al colocar el dedo en el lector de ADN, la puerta se abrió y

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los animales se revolvieron, enloquecidos.
Fleming agarró a Amber del brazo.
—Mejor que nos vayamos.
Se volvió hacia Knight, pero por la expresión de su mirada supo que no se uniría
a ellos.
—Marchaos, Miles —gritó—. Puedo proporcionaros algo de tiempo.
Y volvió a mirar a Soames. El primer lobo cruzó la puerta y se abalanzó sobre
ella, que tuvo tiempo de pronunciar con gran serenidad:
—Tú no sólo adoras a Satanás. Tú…
Tal vez fueran las rachas de viento o quizá el primer lobo que ya desgarraba su
garganta, lo que le impidió terminar la frase. Cuando el segundo animal empezó a
desgarrarle los tendones de la pierna, Fleming se dijo a sí mismo que debía
concentrar todos sus esfuerzos en salvar a Amber. No vio que la nieve se teñía de rojo
alrededor del cuerpo marchito de Virginia, ni que Carvelli observaba tras el cristal,
pálido, con atónito horror. Ni que Bukowski y Tripp se acercaban a toda prisa a la
salida desde el interior de la Fundación.
Todas sus energías se concentraban en tirar de Amber, en luchar contra el viento
gélido, en internarse en la noche nevada.

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55

A
mber recibía con agrado el frío gélido y las órdenes masculladas por
Fleming. De ese modo su mente se mantenía alejada de lo que acababa de
dejar atrás, en la oscuridad.
—Mantente cerca de mí y haz exactamente lo que te diga —oyó que Fleming le
gritaba a través de los altavoces de su casco. Corría por la plataforma de acero en
dirección al helipuerto y en un determinado momento sacó una cuerda de la mochila.
Sujetó un extremo a una argolla de metal que la cintura del traje llevaba incorporada,
y el otro, a otra similar que colgaba del suyo.
—Haremos rapel cuando podamos conseguir un punto de anclaje, y si no lo
encontramos, descenderemos nosotros. ¿De acuerdo?
—De acuerdo —respondió ella, aunque no comprendía de qué le hablaba. Correr
con aquellas botas puestas le resultaba difícil porque los crampones de las suelas se
clavaban en el hielo.
—¿Dónde vamos?
Fleming señaló en dirección a la oscuridad salpicada de copos de nieve. Más allá
del alcance de los potentes focos de seguridad de VenTec, no veía nada.
—Enciéndete la linterna del casco.
Amber manipuló un botón de la correa, como Fleming le había enseñado a hacer
en el almacén de supervivencia, oyó un chasquido y constató que un haz de luz
surcaba la noche. Se alegró al verlo, aunque le pareció patético e insuficiente en aquel
lugar tan oscuro e inhóspito.
Fleming se detuvo unos metros más allá, se agachó y desapareció. Ella siguió
corriendo contra el viento, volviendo la cabeza desesperadamente de un lado a otro
para encontrarlo, mientras la nieve se arremolinaba a su alrededor.
Entonces oyó su voz.
—Para y mira hacia abajo.
A un metro de ella vio la barandilla que indicaba el final de la plataforma de acero
en la que se hallaba el helipuerto. Más allá no había nada. Asomándose a ella,
observó que Fleming estaba asegurándose a una de las patas de araña que sostenían la
estructura. Le sorprendió la rapidez con que se había descolgado por la barandilla y
había descendido a la zona inferior del antiguo pozo petrolero. Se lo veía totalmente
seguro suspendido allí, en el abismo, y todos los movimientos que adoptaba eran
fluidos y decididos. Entonces levantó la mano derecha y le indicó que lo siguiera.
Ella vaciló.
—Vamos —le instó él con aplomo a través de los altavoces de su casco—. Súbete
a la barandilla y ven hacia mí. Estoy asegurado a la barra y tú estás atada a mí, así
que si te caes, yo te retengo.
Amber siempre había odiado las alturas, no las soportaba.
—Venga —insistió él, tratando de calmarla—. Es mucho más seguro bajar hasta

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aquí que quedarse ahí arriba.
Pero ella trataba de armarse de valor y seguía dudando.
En ese momento oyó los lobos, los sintió corriendo hacia ella, y un miedo venció
al otro. Se subió a la barandilla y avanzó despacio hacia el otro lado. El corazón le
latía con fuerza. Miró hacia abajo y movió la cabeza para que la luz del casco
enfocara a Fleming, que le alargaba el brazo derecho, esperando el momento de
agarrarla. Sin embargo, entre ellos había una distancia de casi dos metros.
—¿Cómo diablos has llegado hasta ahí? —le preguntó.
—Me he caído —respondió él.
—¿Qué?
—A propósito. Me he dejado caer hasta la siguiente barra y luego he escalado
hasta aquí.
Ella oyó ruido de patas y gruñidos sobre ella.
—¡Salta ahora! —le ordenó Fleming.
Armándose de valor, estiró los pies y se separó de la plataforma. Para su sorpresa,
sus botas y crampones se aferraron a la barra, que era más ancha de lo que parecía
desde arriba. Se acercó a Fleming y una inmensa sensación de alivio se apoderó de
ella al sentir que le pasaba el brazo por la cintura.
—Bien hecho —le alentó él—. Ahora debemos trepar hasta esa repisa de hielo.
Desde ahí podremos dejarnos caer haciendo rapel.
—¿Rapel?
—Es una palabra rara que significa descender usando una cuerda. Así yo podré
ayudarte. No te preocupes, es muy fácil.
—¿De verdad?
Amber vio su sonrisa a través del visor de nieve.
—En realidad, no —admitió—. En estas condiciones la cosa se va a poner difícil.
—Está bien —dijo ella pronunciando despacio las palabras. ¿A quién se le ocurría
preguntar? Empezó a seguir a Miles en su descenso desde la plataforma hasta la
repisa de hielo que sobresalía de la montaña, tratando de copiar todos y cada uno de
sus movimientos. Él parecía conocer de modo instintivo la mejor ruta.
La repisa se veía cubierta de neblina y parecía menos expuesta a los elementos.
Ella habría querido descansar, pero Fleming se había puesto a buscar algo en la
mochila y al poco sacó unos tornillos de hielo, una cuerda y unos topes. Le señaló
otra repisa que había más abajo.
—Tendremos que bajar en rapel hasta ahí y luego, con suerte, ir zigzagueando por
esta cara hasta que alcancemos la ladera de la montaña. Luego seguiremos hacia el
este. El descenso hasta la cabaña de los guardabosques va a ser duro, pero si haces lo
que te digo, lo conseguiremos. —Hizo una pausa—. ¡Mierda! ¿Cómo diablos ha
llegado tan rápido hasta aquí?
El miedo se apoderó de Amber al volverse y ver unos ojos amarillos que se
acercaban a ellos desde el otro lado.

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Fleming soltó una maldición y señaló algo a su derecha. El otro lobo venía desde
la dirección opuesta.
Casi al momento, Fleming se vio con un piolet en cada mano. Le dio otro par de
ellos a Amber, tomó impulso y se lanzó sobre la repisa. Clavó las botas en la pared de
hielo y usó los piolets para sujetarse en aquella cara casi vertical. La operación,
ejecutada por él, parecía fácil.
—No tenemos tiempo para descender en rapel —dijo—. Mete los pies en los
huecos que han dejado los míos, y clava los piolets en el hielo para sostener la parte
superior de tu cuerpo. No te preocupes, no separaré demasiado mis huellas, para que
no te cueste tanto seguirlas.
En esa ocasión Amber no vaciló. Se acercó al borde, vio las huellas dejadas por
Fleming e inició el descenso.
La siguiente repisa de hielo se hallaba aproximadamente a diez metros, pero para
llegar a ella debían avanzar en diagonal, por lo que parecía estar más lejos.
Recorridos unos metros sintió los primeros calambres en las pantorrillas, pero aún
peor era lo de los brazos; por si fuera poco, los músculos de la espalda le dolían cada
vez más. Sin embargo, cada vez que desfallecía, los aullidos de los lobos la
espoleaban.
Clavar el piolet derecho. Clavar el piolet izquierdo.
Sostenerse.
Levantar la pierna derecha y llevarla al siguiente hueco. Levantar la pierna
izquierda y llevarla al siguiente hueco.
Sostenerse.
Era una tortura y el ritmo acentuaba el dolor.
Clavar, clavar y sostenerse. Levantar, levantar y sostenerse.
No había respiro, y si la simple acción de sostenerse en la cara vertical de la
montaña constituía una agonía, moverse por ella era mucho peor. Lo único que veía
delante era roca helada, a escasos centímetros de sus ojos, iluminada por los verdes y
los azules de la linterna que llevaba incorporada en el casco. Le faltaba el aire en los
pulmones, se sentía como si se hallara bajo el agua, como si se ahogara bajo un mar
hermoso pero helado y mortífero.
Cuando ya creía que iba a desmayarse, dos poderosos brazos la levantaron y la
subieron a la repisa inferior. Las piernas le flaquearon y cayó sobre la nieve.
Oía que los lobos aullaban más arriba y notaba que Fleming le daba un masaje en
las piernas.
—Lo has hecho muy bien —le dijo—. Era muy difícil. No creo que nos
encontremos con tramos tan verticales. Desde aquí ya podemos seguir en rapel. Y
cuando lleguemos a la ladera de la montaña, descansaremos un rato en plano.
Amber, dolorida, exhausta, estaba a punto de echarse a llorar.
—No creo que pueda seguir.
—Sí puedes —le susurró Miles, que ni siquiera jadeaba.

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—Sigue sin mí. Uno de los dos debe detener a Bradley. En lo que reveló el papa
Rojo hay algo que no cuadra y creo que Soames está detrás de todo. Uno de nosotros
debe sobrevivir para impedir su plan.
—Tranquila. No malgastes tu energía. La vas a necesitar para bajar por esta
montaña.
—Lo único que haré será retenerte a ti. Debes seguir solo.
—No. Estamos juntos en esto. —Fleming la puso en pie—. ¿Cómo diablos han
bajado tan rápido hasta aquí?
Mirando por encima del hombro, Amber vio las dos siluetas grises en el otro
extremo del repecho. Fleming tiró de ella y la condujo por el borde, hacia el corazón
de la montaña. Ella imaginó que los animales se acercaban: ése era su terreno.
De pronto, Miles se detuvo. Amber miró en su misma dirección y vio que la
repisa terminaba a unos veinte metros de donde se encontraban y se unía a una pared
red vertical de la montaña que impedía su avance. A menos de diez metros, por
encima de ellos, donde la pared se unía a la cara helada de la montaña, sobresalía una
gran tubería de dos metros y medio de diámetro.
Fleming soltó la cuerda que los mantenía unidos y le instó a seguir avanzando por
la repisa.
—Llega hasta el final y espérame ahí.
Amber, nerviosa, miró hacia atrás y vio los lobos que cada vez se encontraban
más cerca.
—¿Qué vas a hacer?
—Espero tener suerte —respondió él, levantando los dos piolets sobre la cabeza y
saltando arriba y abajo sobre el repecho—. ¡Corre, maldita sea, corre! —le gritó a
ella, que lo observaba. Como hipnotizada, Amber empezó a acercarse a la pared de la
montaña.
Al llegar a ella se volvió y vio que Fleming seguía saltando arriba y abajo
mientras los lobos se acercaban cada vez más. Cuando creía que el más adelantado se
abalanzaría sobre él, Miles se hundió en la repisa y se esfumó bajo una nube de nieve
y hielo.
Los lobos se detuvieron. Ahora, un abismo de tres metros la separaba de los
lobos. Pero ¿dónde estaba Fleming?
—Miles, ¿estás bien? —Preguntó por el micrófono, tratando de controlar su
creciente nerviosismo—. Miles, háblame, dime algo. Miles.

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56

Aposentos de seguridad.
VenTec.


P
or Dios, Bradley, ¿qué has hecho? —Mientras seguía a Soames por el
pasillo de sector blanco, alejándose del vestíbulo en el que, a través de las
puertas de cristal, la mancha de sangre sobre la nieve era visible, Frank
Carvelli se iba poniendo cada vez más lívido. Allí había quedado el cadáver mutilado
de Virginia Knight y él no había podido evitar el vómito que ahora manchaba su
impecable suéter negro de cachemira. Toda su confianza se había esfumado de un
plumazo—. ¿Por qué no has retenido a los lobos? Todavía no habíamos acordado
matar a Fleming y a Amber. ¿Por qué matar entonces a Virginia por dejarlos escapar?
Todo esto se nos está yendo de las manos, Bradley. Todo esto es demasiado…
Soames, impaciente, alzó la mano y estudió los monitores de seguridad,
salpicados de nieve. Las cámaras instaladas en el exterior de la plataforma petrolífera
no detectaban nada en el helipuerto ni en la plataforma de acero del exterior de la
recepción, excepto a dos guardias de seguridad que contemplaban la noche de
ventisca con la mirada perdida.
—¿Dónde habrán ido? —preguntó en voz alta, más desconcertado que colérico.
Tripp y Bukowski aparecieron en la puerta. Los dos se habían puesto trajes de
supervivencia e iban armados. Tenían los guantes sucios de sangre y la ropa llena de
manchas oscuras. Carvelli se apoyó en la pared, tratando de calmarse.
—¿Ya habéis limpiado el desastre? —preguntó Soames.
Bukowski asintió.
—Bien. Ahora salid fuera y buscad a los lobos. Traed con vosotros lo que quede
de Fleming y Amber.
Bukowski y Tripp hicieron ademán de irse.
—Un consejo —añadió Soames antes de que se fueran—. No les molestéis si
todavía están comiendo. Dejad que terminen antes de recoger lo que quede.
—Bradley, ¿qué te está pasando? —Se horrorizó Carvelli—. ¿Por qué haces todo
esto? Es una locura. ¿Por qué es tan importante para ti que Amber Grant y Miles
Fleming mueran?
Los ojos desconcertantes de Soames parecieron clavarse en el alma de Carvelli,
estudiándolo, decidiendo algo.
—¿De verdad quieres saberlo? —le preguntó al fin, en un tono que, más que
preguntar, parecía estar retándolo—. ¿Podrás soportar la verdad?
Carvelli sintió que se le secaba la boca.
—Sí —balbució.
Soames tardó unos instantes en responder. Entonces, esbozó una sonrisa y

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condujo a Carvelli al exterior de la zona de seguridad. Cruzaron el sector blanco y
pulsó el botón del ascensor.

* * *

La suerte de Fleming había cambiado. La parte más débil de la repisa de hielo había
cedido creando una barrera entre Amber y los lobos, pero a él lo había precipitado —
durante un sobrecogedor segundo— al vacío. Tuvo que hacer acopio de todas sus
fuerzas para clavar los piolets en la pared de roca helada que se extendía bajo la
repisa, del lado de Amber. No lo logró al primer intento, pero sí al segundo, aunque
estuvo a punto de dislocarse el brazo.
Despacio, con gran esfuerzo, fue escalando la pared hasta llegar al borde del
repecho. Amber se agachó para ayudarlo.
—¿Por qué no me respondías?
—Estaba un poco preocupado.
—Me has asustado —insistió ella, estrechándolo con fuerza.
—Yo también me he asustado —admitió él. Los lobos merodeaban por la repisa,
al otro lado del abismo, armándose de valor para saltar—. Vamos —dijo al fin—, no
podemos quedarnos aquí.
—Yo hasta ahí abajo no puedo descolgarme —dijo Amber, señalando la
verticalidad de la pared de piedra que se perdía en la oscuridad sin que se adivinara ni
un solo repecho, ni una grieta.
Fleming volvió a unirse a ella con la cuerda, buscó algo en la mochila y extrajo el
ordenador de mano que Virginia le había dado. Lo abrió y consultó la pantalla.
—No hemos de descender. Subiremos. —Señaló la tubería que se extendía sobre
ellos, a unos tres metros de donde se encontraban—. Si interpreto bien este plano, se
trata de una tubería de excedente que procede del oleoducto original de Alascon.
Seguramente esa tubería se interna en la montaña para ir al encuentro de la refinería,
que se encuentra del otro lado, en la montaña que hay al este, y que no está lejos de la
cabaña de los guardabosques. No debería ser demasiado complicado avanzar por ella:
está protegida de los elementos y supongo que esos dos cabrones no podrán seguirnos
si vamos por dentro.
En ese momento vieron que el mayor de los dos retrocedía para coger impulso,
preparándose para el salto.
Fleming se acercó a la pared de hielo que se alzaba en un extremo del repecho.
—No te acerques al borde y mantén la mano sobre los mosquetones… perdón, los
mosquetones son esas argollas de la cuerda que nos mantienen unidos. Si me caigo,
ábrelos, porque si no te arrastraré en mi caída.
Ella lo miró, horrorizada.
—¿Y dejar que los lobos vengan a por mí? No pienso tocar ningún mosquetón,
así que asegúrate bien de no caerte. Se supone que la escalada se te da bien.

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Fleming clavó en la pared helada el piolet que llevaba en la mano izquierda y
plantó la bota derecha en el hielo para marcar la primera huella. De ese modo inició
el ascenso. A continuación clavó el piolet de la mano derecha un poco más arriba y
plantó la bota izquierda. En un ascenso ininterrumpido, alcanzó la tubería sin
problemas. Su interior recordaba a una cueva excavada por el hombre, húmeda y
oscura, pero infinitamente menos inhóspita que la ventisca y los lobos que acechaban
fuera. Desde el interior de la montaña le llegaba una corriente de aire más templado.
Bajó la vista y vio que el primer lobo saltaba sobre el abismo. Tensó las piernas y
se aferró a la cuerda, con la esperanza de que Amber no resbalara, pero la visión del
lobo le sirvió de impulso y él tiró de ella y logró que alcanzara la tubería antes de que
el animal le diera alcance.
Se detuvieron un instante a observar a los lobos que, impotentes, daban vueltas
abajo, pero enseguida se internaron en la montaña a través de aquel túnel.
La tubería tenía cierta pendiente, pero la base era plana y hacía las veces de
escalera. Caminaron en silencio durante casi quince minutos y entonces Fleming se
percató de un cambio en el aire. La corriente sutil que los había acompañado se
convirtió en una brisa tibia, que además desprendía un olor peculiar.
—Qué raro. Bradley me dijo que su padre nunca había producido petróleo aquí.
—No llegó a extraerlo. Construyó el pozo, pero murió antes de que empezara a
operar. Bradley lo cerró todo y selló la perforación cuando vendió Alascon Oil y
transformó el pozo en VenTec. —Se detuvo en seco—. ¡Mira!
Más adelante, en la penumbra, ante Fleming apareció una visión de lo más
extraña: un espectáculo de luz estroboscópica acompañado de una especie de
chirrido. La brisa era tan poderosa que sentía que el aire caliente lo frenaba. Al
acercarse más tuvo que dejar de mirar la fuente de luz que tenía encima, pues su
brillo le resultaba cegador, pero bajando la vista y entrecerrando los ojos pudo seguir
viendo el contorno: habían llegado a un cruce donde la tubería por la que avanzaban
se encontraba con la perforación principal. Más abajo, un hueco circular de unos diez
metros de anchura, bloqueado por un inmenso tapón de hierro, unos seis metros más
allá. Del centro del tapón partía otro tubo, que Fleming supuso que se trataba del
extremo superior de la broca de perforación. Allí el olor era intenso e imaginaba que
más abajo, en algún punto del abismo, cubierto por aquel inmenso capuchón de
hierro, habría petróleo. Una pasarela destartalada pasaba sobre el hueco de la
perforación y daba acceso al otro lado.
Fleming miró hacia arriba y vio que se trataba de un inmenso ventilador —que
aspiraba el aire frío y extraía el caliente— lo que producía aquel espectáculo de luz.
Sobre él, oyó un zumbido que ya le resultaba familiar. Ese sonido, sumado a la luz
brillante, lo llevó a adivinar lo que se hallaba sobre sus cabezas.
Dio un paso al frente e inspeccionó la pasarela, que parecía segura a pesar de la
corrosión.
—Vamos —dijo—. Tenemos que seguir.

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El viento del ventilador amenazaba con arrancarlo de la pasarela y la luz cegadora
lo obligaba a mantener la vista clavada en el enervante abismo.
—¡Dios, esto parece el camino al infierno! —Oyó que Amber exclamaba a sus
espaldas, poniéndole una mano en el hombro. Al llegar al otro lado de la pasarela, los
dos suspiraron aliviados.
Desde allí, la tubería iniciaba un descenso y Fleming recobró el ánimo. Cuanto
más abajo saliera a la superficie aquel túnel, menos esfuerzo tendría que hacer
Amber. Avanzaron en silencio una media hora hasta que llegaron a una bifurcación.
—¿Por dónde es? —preguntó Amber.
—No tengo ni idea, pero me inclino por tomar la que se dirige al este, la de la
izquierda. Debería acercarnos más al lugar al que queremos llegar. Además, me
parece sentir algo de aire que proviene de allí.
—Está bien —dijo ella, que dio un paso al frente y se puso por delante.
Al ver su pequeña silueta avanzando frente a él, a su memoria regresó aquella
extraña mirada de entendimiento que Amber y Soames habían intercambiado cuando
ella puso en duda la revelación del papa Rojo y recordó el críptico comentario de
Bradley: «Creo que has comprendido por qué no puedo dejaros escapar ni a ti ni a
Miles».
¿Qué habría querido decir con eso?
—Amber.
—¿Sí?
—¿Qué fue lo que Bradley…?
Amber tropezó y desapareció.
—¡Me caigo, Miles! —exclamó.
Fleming juntó las piernas agarrando con fuerza la cuerda que todavía los
mantenía unidos. Pero ella caía demasiado deprisa y la cuerda se tensó al momento.
Él cayó boca abajo y empezó a arrastrarse por la tubería. Más adelante, la pendiente
descendía en picado, como en una cascada, y más allá sólo veía nieve y la noche fría
y oscura. Se trataba de otra tubería de excedente, una tubería que había expulsado a
Amber de la montaña, que la había arrojado al aire libre, y que estaba a punto de
hacer lo mismo con él. Trató de clavar en el suelo los crampones de las botas, pero el
hierro no se lo permitió.
—Corta la cuerda —gritó Amber—. ¡Por favor, corta la maldita cuerda!
Desesperado, él clavó los piolets en la tubería metálica, tratando de agarrarse de
donde fuera, y los golpes hicieron que saltaran chispas, como si acabara de pasar un
tren con los frenos de emergencia activados.
A pocos metros de la boca del túnel, oyó un chasquido, y sintió en el brazo un
dolor intenso. Había intentado volverse en movimiento, para caer de pie al abandonar
la tubería. Pero al menos había logrado detener la caída. No sabía cómo, pero la punta
del piolet de la mano derecha se había clavado sólo en el saliente de una de las juntas
de metal. Al momento, clavó también el piolet izquierdo para aliviar la presión de su

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otro brazo dislocado. Sentía en ambos el tirón de la cuerda que llevaba atada a la
cintura, pero agradecía llevar puesto el traje de supervivencia, que con su estructura
de aluminio le ayudaba a repartir el peso de Amber por todo el cuerpo. El problema
era que no tenía ningún punto de apoyo para los pies, por lo que no podía tirar de ella
hacia arriba. Apretó mucho los dientes, sin saber cuánto tiempo sería capaz de
soportarlo.

* * *

Cuando soñaba que moría, Amber caía por la negrura hacia la muerte. Pero en esa
ocasión no había ninguna luz ante ella, sólo más oscuridad. Y aquello no era un
sueño.
Lo primero de lo que tuvo conciencia fue que el suelo se había retirado bajo sus
pies y de que entonces, casi inmediatamente, se hallaba fuera de la tubería,
descendiendo en caída libre.
Al sentir el primer tirón de la cuerda que se tensaba, suspiró de alivio, pero casi al
momento sintió que volvía a caer y supo que estaba arrastrando a Fleming en su
caída.
Segundos después, el descenso se interrumpió una vez más. Suspendida por la
argolla que llevaba en el traje, colgada boca arriba en la oscuridad, la luz del casco
iluminaba los copos de nieve que caían a su alrededor, en el vacío.
—Miles, ¿qué sucede?
—Nada bueno.
—Entonces, corta la cuerda.
—Yo ya no voy a cortar más malditas cuerdas.
A Amber le sorprendió lo agresivo del tono.
—Pero… —Hizo una pausa—. Lo siento.
Durante unos instantes se hizo el silencio.
—¿Qué ibas a preguntarme antes de que me cayera?
—Te iba a preguntar por Bradley y lo que había dicho el papa Rojo. Pero ahora ya
no importa. Dentro de muy poco encontraré la respuesta por mí mismo.
—Supongo que la encontraremos los dos.
Allí, suspendida en el aire helado, mirando al vacío pensó: «Ya está, esto es todo.
Voy a morirme. Ahora sí que voy a morirme. Al fin».
No sentía miedo. Lo que sentía era una creciente sensación de injusticia, además
de una súbita y sorprendente punzada de tristeza al pensar en Fleming y en ella
misma, al saber que lo que podría haber surgido entre ellos ya nunca existiría.

* * *

Miles sabía que se acercaba al final, pero a escasos centímetros de él veía una serie
muy próxima de asideros que, formando una línea de pronunciados ribetes,

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descendían por la junta de la tubería. Justo por encima de sus pies, el final de ésta se
doblaba para formar un borde más ancho que le serviría de punto de apoyo perfecto si
lograba subir los pies lo suficiente para plantarlos en él. Pero con el peso de Amber
tirando de él, era como si aquellos asideros, que se hallaban a menos de un palmo, se
encontraran a kilómetros de distancia, fuera de su alcance. Sólo se salvaría si soltaba
la cuerda que lo unía a Amber, pero después de lo que le había sucedido con Rob, ya
no pensaba cortar más cuerdas que llevaran a nadie a su muerte.
—Supongo que a todos nos llega la hora de morir —oyó que Amber susurraba.
No había miedo en sus palabras, aunque sí tristeza. Y una impotencia no menor que
su propia indignación.
—Sí, algún día moriremos —murmuró él, con los dientes apretados—. Pero no va
a ser hoy.

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57

Sector rojo.

F
rank Carvelli no era valiente. Tenía carácter, cierta presencia cuando era
necesario, pero ése no era el caso. Mientras seguía a Bradley Soames al sector
rojo, sentía que se le aflojaban las tripas. Era la primera vez que entraba en
aquel sector de la Fundación y no sabía si debía considerar un privilegio que lo
invitaran ahora.
Carvelli siempre se había vanagloriado de su habilidad para sacar partido de los
acontecimientos gracias a su comprensión de las necesidades y deseos humanos. Su
imperio mediático y cinematográfico se basaba en ello: sabía lo que el público quería
y sabía cómo convencer a sus socios en los negocios. Su relación comercial con el
papa Rojo había constituido toda una inyección para KREE8: la tecnología
desarrollada por su empresa había servido para poner en marcha la primera iglesia
electrónica del planeta, y su dominio de las relaciones públicas, así como su control
de la producción cinematográfica, le había permitido orientar a Acosta en el uso de la
tecnología para convertir en fenómeno de masas lo que antes ya era una personalidad
mediáticamente atractiva.
Pero si la Iglesia de Acosta había proporcionado la ocasión a KREE8 de dar a
conocer sus productos en todo el mundo, Bradley Soames era quien había aportado
sus conocimientos tecnológicos y sus recursos para perfeccionarlos. Sin él y sin las
investigaciones llevadas a cabo en VenTec, KREE8 no se habría destacado de las
demás empresas dedicadas a la tecnología para la comunicación.
Carvelli creía que había sabido sacar buen partido de Soames, que le había
convencido para que pusiera a su disposición los frutos de su genio por una mínima
parte de su valor de mercado, y todo con la excusa de contribuir al gran plan del papa
Rojo, el Proyecto Alma. Pero ahora se daba cuenta de que, en realidad, había sido
Soames el que lo había usado a él. Cada vez se hacía más evidente que los había
manipulado a todos, incluido Acosta, para llevar a cabo sus planes, fueran cuales
fuesen.
—Ponte esto —le ordenó Soames, pasándole unos protectores oculares. El
ascensor se detuvo y Carvelli vio una luz blanco-azulada que se colaba bajo la puerta.
Bradley iba adaptándose la ropa para que no quedara ni un centímetro de piel al
descubierto y cuando las puertas se abrieron parecía un monje encapuchado.
—¿Entiendes qué es esto? —le preguntó a Carvelli que, asomado a la pasarela de
acero, observaba la esfera de energía lumínica cambiar de intensidad, metida en la
cámara cilíndrica.
Carvelli permaneció unos segundos más absorto ante la esfera antes de responder,
maravillado en la contemplación de las erupciones que parpadeaban en su interior,

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como las manchas del sol. Cuando sus ojos se acostumbraron a la luz, se dio cuenta
de que todo estaba rodeado de laboratorios. A través de las ventanas cóncavas, de
cristales tintados, vio una réplica del neurotraductor de Fleming, así como el casco de
cristal que Soames había diseñado para atrapar almas. Pero la zona de visión
principal estaba llena de consolas, monitores y gran cantidad de equipos periféricos.
—Es un ordenador —susurró atónito, intuyendo la potencia que debía contener
aquella esfera de seis metros de diámetro—. Un inmenso ordenador óptico.
—Es más que eso, Frank. Mucho más. —La voz de Soames había cambiado. No
quedaba ni rastro de su habitual desapego, reemplazado por un tono de orgullo—. Es
el poder del Señor que se ha manifestado, el instrumento para difundir por todo el
planeta su oscura iluminación. Este horno de calor blanco forjará los cuatro clavos
que han de sellar el ataúd de la fe. A través de su poder se mostrarán las cuatro
señales que Satanás prometió y que el alma perdida del papa Rojo ha revelado.
La angustia de Carvelli iba en aumento y apenas lograba disimular el temblor que
se apoderaba de todo su cuerpo.
—Por eso no te sorprendió la revelación del papa Rojo —balbució en una voz que
no parecía suya—. Tú ya sabías quién era nuestro Señor, porque siempre le has
servido.
Le horrorizaba el alcance del engaño de Soames.
Oyó un sonido a su izquierda y al darse la vuelta vio que las puertas del ascensor
se abrían. Aparecieron Bukowski y Tripp, seguidos por los lobos, los hocicos
manchados de sangre.
—¿Amber y Miles? —preguntó Soames, mientras los lobos regresaban a su lado.
Bukowski negó con la cabeza, impasible.
—Ni rastro. Los lobos han regresado sin dar con ellos. Seguramente se habrán
precipitado montaña abajo. Y, si no es así, es muy improbable que sobrevivan. El
tiempo empeora y Amber Grant puede ser muchas cosas, pero no sabe escalar.
—Pero Miles sí —observó Soames.
Carvelli no prestaba atención a aquel intercambio de frases. Trataba de asimilar
los planes de Soames.
—Siempre has servido a Satanás —insistió, como si creyera que, repitiendo sus
palabras, la revelación le resultaría menos asombrosa.
—No —rugieron Bukowski y Tripp al unísono, volviéndose hacia Carvelli como
si acabara de pronunciar una blasfemia.
—¿No lo comprendes? —Preguntó Bukowski con una sonrisa terrorífica,
mientras, lo mismo que Tripp, se volvía para mirar a Soames—. Somos nosotros los
que le servimos a él.
Carvelli se volvió también, y al contemplar la silueta encapuchada de Soames, las
de los lobos que, junto a él, se recortaban a la luz cegadora de la esfera, sintió que se
le aflojaban las tripas. No pudo evitarlo: nunca había experimentado un miedo como
ése.

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—¿Quién eres?
—¿Quién crees que soy? —respondió Soames.
Carvelli no podía dejar de mirarlo, pero ya no le salían las palabras. De pronto lo
comprendió todo con estremecedora clarividencia.
Soames dio un paso hacia él.
—Y ahora te explicaré por qué Amber y Miles ponen en peligro todo lo que hay
en juego.
Temblando, oliendo el hedor de su propio miedo, Carvelli escuchaba.
—Ahora que lo comprendes todo, sólo queda una duda —prosiguió Soames—.
¿Estás conmigo o, como Virginia, contra mí?
Carvelli miró a Soames y a los lobos, que seguían sentados junto a él, inquietos.
Trató de hablar, pero sus labios no se abrían. Sólo logró arrodillarse y, sumiso, bajó la
cabeza.
—Hazme un favor —le pidió Soames.
—Lo que sea —susurró Carvelli—. Pídeme lo que quieras.
Soames asintió, satisfecho.
—Lleva el helicóptero hasta Fairbanks. Desde allí puedes tomar mi avión. Es un
asunto menor. Un plus de seguridad.

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58

L
os escaladores lo llaman el «síndrome del tercer hombre». Se trata de una
sensación por la que, cuando dos montañeros realizan un ascenso, les parece
que se hallan ante la presencia benigna de alguien que les guía. Ha habido
exploradores en el Ártico que también han afirmado experimentar el mismo
síndrome. Fleming lo había sentido en algunas ocasiones con su hermano, por lo
general cuando se sentían exhaustos, tenían hambre y se acercaban ya al final de
algún trayecto. Después, Rob siempre aseguraba que él también lo había sentido.
En esa ocasión era distinto. Allí, agarrado a los piolets, las articulaciones y los
músculos le dolían cada vez más, pero no sentía la presencia del tercer hombre. Las
manos se le entumecían, cada vez le costaba más respirar. Pero sí notaba algo: la
extraña sensación de otras manos que se aferraban con fuerza a sus muñecas.
Dosificando las pocas fuerzas que le quedaban, decidió probar suerte por última vez,
ver si lograba impulsarse lo bastante como para plantar los pies en la base de la
tubería, lo que le permitiría descargar el peso de sus brazos.
Era cierto que antes no lo había logrado, a pesar de no estar tan agotado, pero
también lo era que no tenía nada que perder. Apretó los dientes, tensó los bíceps e
intentó levantar el cuerpo. Hizo acopio de todas sus fuerzas, pero apenas se elevó
unos centímetros. Entonces volvió a sentir las mismas manos, que rodeaban con más
fuerza sus muñecas, como si lo sostuvieran.
Aferrándose al último vestigio de fuerza que le quedaba, levantó la pierna derecha
todo lo que pudo. Para su sorpresa, el pie alcanzó el borde de la tubería y se posó en
él. Una oleada de energía recorrió todo su cuerpo. Subió el otro pie hasta asegurarlo
en el ribete y acto seguido acercó una mano a ese mismo asidero.
Se detuvo apenas un instante para recobrar el aliento, temeroso de que si
descansaba mucho rato la energía que acababa de hallar en su interior le abandonaría
de nuevo. Afianzó mejor las botas, los crampones y los piolets en los puntos de
apoyo que le ofrecían los remates de la tubería y al hacerlo, su peso y el de Amber
ascendieron ligeramente.
Con cada centímetro ganado, su fuerza parecía crecer, hasta que transcurrido un
tiempo se encontró de nuevo en la sección horizontal de la tubería y oyó que Amber
se aferraba al remate y lo libraba a él de tener que sostenerla. Pero un segundo
después de que la cuerda se destensara, Miles sintió que las fuerzas desertaban de él y
cayó de espaldas. Casi al momento, Amber se hallaba a su lado, con los ojos muy
abiertos, preocupada. Pero había algo más en su expresión, algo que no sabía
calificar.
—¿Cómo lo has hecho? —le preguntó.
A él le faltaba el aliento y no pudo responderle.
—Era imposible.
—En la montaña suceden cosas raras —balbució entre jadeos.

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Ella se echó a reír, y a pesar del agotamiento que invadía a Fleming, un destello
de esperanza alumbró su interior.
Se puso en pie y tomó a Amber del brazo.
—No podemos quedarnos aquí. Tenemos que entrar en la refinería y encontrar el
camino que nos lleve a la estación de los guardabosques.

* * *

Una vez remitió la alegría y el asombro iniciales, a Amber dejó de importarle cómo la
había salvado Fleming. Le bastaba con saber que lo había hecho.
Desanduvieron sus pasos, llegaron a la bifurcación y avanzaron en dirección de lo
que esperaban que fuera la refinería. Mientras caminaban a oscuras, a ella se le
ocurrió de pronto que, si Miles conocía su historial médico y los acontecimientos más
importantes de su vida, ella sabía muy poco de él. Pero no le dio tiempo a preguntarle
nada, porque en ese preciso instante él le dijo:
—Yo estoy bastante seguro de que lo que hemos oído y visto no es un montaje.
Conozco la tecnología…, diablos, si yo mismo contribuí a desarrollar parte de ella…,
y una de las señales que predijo el alma de Acosta ya se ha manifestado. Pero tú
todavía no estás convencida, ¿verdad?
—Tuve otro sueño —dijo—. Pero ya sé qué opinas de mis sueños…
Fleming sonrió.
—Sí, me lo merezco. Pero aquello era antes y esto es ahora. Me he vuelto mucho
más abierto. Cuéntame tu sueño… o lo que fuera.
—Como tú, yo tampoco creo que el anuncio del papa Rojo fuera un montaje, pero
me parece que no era la única verdad, que no era toda la verdad.
—¿Por qué?
—Porque creo que… sé que he visto lo que sucede después de la muerte. Sé
dónde ha ido mi hermana, porque ella misma me lo mostró. No puedo darte muchos
detalles, porque lo que vi era indescriptible, pero ella se ha ido a un sitio bueno. No
sólo lo vi, sino que pude sentirlo. Se trata de un lugar donde no existe el sufrimiento;
de una llanura bañada por el sol donde la sombra del dolor no alcanza. Lo más
aproximado que se me ocurre para explicarlo es que se trata de un estado de dicha. —
Fleming la miraba con el rostro iluminado por una nueva esperanza. Ella sabía que
pensaba en su hermano y deseaba tranquilizarlo, lo mismo que Ariel la había
tranquilizado a ella—. Lo único que sé —añadió con dulzura— es que lo que vi no
era el lugar desesperado y maldito que describió el papa Rojo.
—Quiero creerte —dijo él.
Amber sonrió.
—Pues créeme. Lo único que te hace falta es fe.
Fleming se encogió de hombros.
—Lo que no entiendo es que Bradley se recree en el anuncio del papa Rojo. Es

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como si lo deseara, como si lo esperara.
Amber se esforzaba por poner orden al montón de pensamientos que se
arremolinaban en su mente.
—Sí, yo tampoco. Y a mí también me preocupa. Por eso tenemos que contar lo
que está pasando, porque tengo la horrible sensación de que Soames está disfrutando
con todo esto.
Una ráfaga de aire helado llegó hasta ellos y Fleming levantó un brazo para
indicarle que se detuviera.
—Esto debe de ser el fin de la tubería. —Señaló más adelante y Amber vio la
luna y las estrellas—. Parece que la tormenta se ha alejado. Mira, ahí se ve lo que
queda de la refinería.
Amber descubrió con alivio que el conducto terminaba y conducía a una tierra
plana, aunque cubierta de una nieve que taponaba la parte baja del oleoducto. Más
allá, recortándose a la luz de la luna, distinguió una serie de estructuras inconclusas,
entre ellas dos grandes jaulas cilíndricas, pensadas para albergar los depósitos de
almacenaje.
—Hace tanto frío ahí fuera —dijo ella—. ¿Por qué no nos quedamos aquí y
descansamos un poco antes de seguir por la mañana? Todavía hay tiempo antes de
que aparezcan las demás señales.
Miró a Fleming, suplicante.
—Está bien —concedió él—. Comeremos algunas de las raciones que llevamos
en la mochila y dormiremos. Aunque aquí dentro no hace tanto frío, en cuanto
dejemos de movernos la energía cinética de nuestras botas cesará y lo sentiremos
más. Pero si dormimos abrazados, nos daremos calor.
Ella trató de mantener la calma.
—He pasado por cosas peores últimamente.

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59

Océano Atlántico.

M
ás al sur ya había amanecido y Carvelli, único pasajero del jet privado de
Soames que se dirigía a Londres a toda velocidad, estaba muy despierto.
Le parecía que jamás volvería a dormir. Sólo perseguía una meta:
culminar con éxito su misión.
Ni se planteaba desafiar a Soames o escapar. No había escapatoria, ni en esta vida
ni en la próxima. Empezaba a sudar cada vez que pensaba en Soames y en lo que le
había revelado. Su aspecto, hasta hacía poco impecable, se deterioraba por
momentos; se veía pálido e hinchado, llevaba el pelo despeinado y la ropa arrugada.
Sonó el teléfono incorporado al brazo del asiento. Sobresaltado, lo descolgó.
—¿Sí?
—Me han dicho que llame a este número —dijo una voz con ligero acento
escocés—. Creo que debe recoger usted un paquete y que no puede dañarse.
Carvelli no había visto nunca a aquel hombre, pero sí una fotografía suya, y como
no era la primera vez que hablaban, reconocía su voz. Soames y Knight lo habían
usado para el Proyecto Alma. «Dios, parece que hayan transcurrido siglos».
—Así es. Y se supone que debo llevar el… paquete de vuelta a América hoy
mismo. Lo antes posible.
—Ningún problema —dijo—. Le estaré esperando en Heathrow. Hemos realizado
una búsqueda y sabemos dónde está. A juzgar por su tamaño y condición, será fácil
de manejar. —Una risotada—. Va a ser un juego de niños.
A Carvelli, aquel comentario no le hizo la menor gracia. Asqueado, colgó el
aparato.

* * *

El aullido de los lobos despertó a Fleming antes que la luz de la mañana. Sin hacer
caso del dolor que le atenazaba sus músculos, zarandeó a Amber para despertarla.
Ella se incorporó al momento.
—¿Qué ha sido eso? —Parpadeó—. ¿Dónde están?
—No lo sé, pero tenemos que seguir.
Dirigió la mirada al exterior del gran tubo y vio las formas irregulares de la
refinería. El sol estaba bajo y lo teñía todo de una luz mortecina y plana. En cuestión
de semanas llegaría el invierno y el astro desaparecería durante varios meses. Una
fina capa de nieve virgen se había posado sobre todas las cosas, pero el viento había
amainado y el cielo se veía relativamente despejado.
Amber se puso de pie, pero casi al momento tuvo que sentarse.
Se llevó la mano a la pierna.

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—¡Mierda!
La apretó con fuerza y enseguida, a través del traje, se notó los músculos
contraídos. Él se los masajeó en silencio, a pesar de sus protestas, y sólo la soltó
cuando le pareció que ya se habían distendido lo bastante. Entre muecas de dolor,
Amber comprobó el estado de la pierna.
—Lo siento, pero al menos ahora puedes andar —se justificó él—. Y te dolerá
mucho más si te atrapan los lobos.
A pesar de la nieve, avanzaron a buen ritmo, y aunque seguían oyendo los lobos,
no vieron ninguno al pasar por la refinería. El silencio y la quietud que los rodeaba
era fantasmal; las estructuras metálicas se alzaban sobre ellos como lápidas cubiertas
de nieve.
Transcurridas tres horas se detuvieron a descansar, comieron parte del chocolate
que llevaban en la mochila y derritieron un poco de nieve valiéndose del hornillo
portátil. Con el agua caliente prepararon un café. Durante unos instantes gloriosos,
salió el sol y Fleming se atrevió a olvidarse de sus circunstancias.
Pero entonces oyeron de nuevo el aullido de los lobos. Más cerca.
Tal vez fuera porque se acercaban al final del descenso, tal vez porque disfrutaba
de la compañía de Amber, al aire libre, lo cierto es que cuando volvió a echarse la
mochila a la espalda, dio el primer paso sin comprobar la resistencia del suelo. Y
cayó en picado a través de la nieve, por una brecha abierta en la roca, arrastrando a
Amber tras él. Los dos quedaron cubiertos de la nieve que había caído esa noche, más
volátil. Y empezó a rodar ciegamente montaña abajo, maldiciéndose por ser tan
estúpido, abrazándose a sí mismo para amortiguar los golpes contra las piedras. Se le
salió la mochila y en dos ocasiones notó el impacto de las bota de Amber contra su
espalda. Formó un ovillo con su cuerpo y perdió la noción del tiempo que hacía que
caían de ese modo, aunque el descenso se le hizo interminable. Cuando finalmente se
detuvo se sintió enterrado, sin saber qué era arriba y qué era abajo. Tiró de la cuerda
y lo alivió sentir que Amber, en el otro extremo, hacía lo mismo.
Abandonando la posición fetal, entreabrió la boca y dejó escapar un poco de
saliva. Rob le había enseñado a hacerlo para determinar la dirección de la gravedad.
Una vez supo dónde estaba la superficie, empezó a cavar y no tardó en intuir una luz
tenue que se colaba por entre la nieve traslúcida.
Segundos después, asomó la cabeza a la superficie, y estaba mirando un
bosquecillo de abetos cuando Amber apareció a su lado, sin aliento. Fleming salió a
la superficie y tiró de ella. Se sacudió la nieve, preocupado al constatar que habían
perdido la mochila y el ordenador de mano. Pero cuando empezaba a plantearse la
posibilidad de regresar a por ellos, Amber le señaló algo que se alzaba al fondo del
valle.
—Mira. —Siguiendo con la mirada la dirección que le indicaba, Miles vio un
grupo de cabañas acurrucadas en la nieve—. ¿Es ahí?
Él miró a su alrededor, observó la inmensa extensión montañosa, deshabitada,

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cubierta por la nieve.
—Sí —respondió, sin poder evitar una sonrisa—. Creo que sí.

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60

Refugio de guardabosques.
Reserva Nacional de Vida Salvaje.

C
omo le había anticipado Virginia Knight, el refugio del guardabosques estaba
desierto. Junto a la cabina principal, medio cubierto por la nieve, se leía un
cartel en el que se informaba de que desde mediados de octubre hasta
mediados de marzo aquel centro recibía sólo supervisión temporal. El lugar consistía
en tres cabañas, así como en varios bidones de cemento controlados por ordenador
que liberaban alimentos para los animales en función de la temperatura y según unos
intervalos de tiempo preestablecidos a lo largo del invierno. Cuando la población
humana se retiraba, la fauna aparecía. El lugar estaba atestado de lobos bien
alimentados y el cielo salpicado de aves de presa que volaban en círculos, muy arriba.
Amber se asombró al constatar las dimensiones de la montaña que habían dejado
atrás. Veía la meseta de la cima, pero ni rastro de la refinería, ni del pico de la otra
montaña, más alta, que tenía al lado. Las nubes lo cubrían, por lo que no había
manera de saber si VenTec era visible desde allí.
Fleming entró en la cabaña principal, que contaba con una antena de
comunicación por láser y de otra parabólica en el techo. Ya estaba a punto de romper
la puerta para abrirla cuando Amber le señaló una caja de madera que quedaba a la
derecha. Una nota escrita con letra pulcra les informaba de que:
Todos los viajeros que busquen refugio en esta cabaña son bienvenidos y pueden usar sus instalaciones. Lo
único que les pedimos es que la dejen tal como la han encontrado, que repongan los suministros y no permitan
la entrada de animales. Si desean contribuir con alguna donación, válganse de la lata de metal dispuesta a tal
efecto. Se invita a los viajeros a firmar en el libro de visitas. Cierren cuando salgan y depositen la llave en esta
caja.
Gracias por su interés por la vida salvaje de nuestro precioso estado.
John Mahoney. Jefe de guardabosques.
Reserva Nacional de Vida Salvaje. Región Ártica. Alaska.

Amber extrajo las llaves y abrió la puerta. Dentro, la cabaña sorprendía por su
sofisticación; estaba bien aislada y amueblada, y contaba con un gran equipamiento
técnico. Había un ordenador óptico en un rincón, con su monitor, su pantalla de
plasma para videoconferencias, así como un panel negro de comunicaciones, con
cámara de vídeo, teléfono vía satélite, teclado y fax. Tras su sorpresa inicial, Amber
se dio cuenta de que todo aquel equipo era imprescindible en un lugar tan aislado.
—Buen equipo —susurró, poniendo en marcha el ordenador óptico Lucifer.
Fleming descolgó el teléfono vía satélite.
—Funciona. Este lugar debe de contar con un generador propio.
Amber asintió, satisfecha al ver que en la pantalla aparecía el portal de Optinet.
Fleming marcó el número de teléfono.

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—¿Puede ponerme con el FBI?… No lo sé. ¿Sede Central?… Sí, Washington está
bien.
Hubo una pausa y entonces Amber oyó que Fleming decía:
—Hola, necesito hablar con el que lleva la investigación en el caso del papa Rojo.
Sí, claro, ya me imagino que estarán ocupados con todo lo que está sucediendo. Pero
le agradecería que le transmita el mensaje. Seguro que quiere hablar con nosotros.
Dígale que Amber Grant y Miles Fleming quieren ponerse en contacto con él. Yo soy
el que ayudó a fabricar el equipo con el que el papa Rojo realizó su anuncio. Dígale
que dispongo de información. Sí. ¿Puede decirle que me llame…? ¿Sí? ¿Oiga? Claro,
claro, espero…
No habían transcurrido ni cuatro minutos cuando establecieron videoconferencia
con el centro de control temporal del director adjunto Morgan Jones, a bordo del Arca
Roja. La definición de la imagen era excelente y en la pantalla de plasma, sobre la
consola de comunicación, Amber distinguía la oscura sala. Al fondo, agentes técnicos
en mangas de camisa trabajaban frente a sus pantallas de ordenador. Había vasos de
café vacíos por todas partes y en pantallas gigantes se emitían las últimas noticias de
todo el mundo. En primer plano, Morgan Jones, el director adjunto, un hombre negro
y delgado vestido con traje azul marino, camisa blanca y cartuchera cruzada al
hombro, caminaba alrededor de la mesa de conferencias, donde había otros tres
hombres sentados.
—¿Podrían acercarse más a la cámara? Debo verificar sus documentos de
identidad —les pidió Jones.
Amber y Fleming se quitaron los cascos, se acercaron a la consola y fijaron la
vista en la lente de la cámara. Amber cayó en la cuenta entonces de que le habían
afeitado la cabeza, de que el pelo le estaba creciendo de nuevo, aunque lo llevaba
todavía muy corto y no se parecería ni remotamente a ninguna foto que Jones tuviera
en pantalla. Sin embargo, pareció conforme, y tal vez por cortesía, tal vez por
preocupación, no comentó nada sobre su aspecto.
—Llevamos días buscándolos a los dos. Doctora Grant, hace tiempo se la dio por
desaparecida y la persona que denunció su desaparición está trabajando para nosotros
en todo este lío del papa Rojo. —Se volvió e hizo un gesto a alguien que, vestido de
negro, empezaba a acercarse a la mesa de conferencias, abriéndose paso por entre las
hileras de técnicos. Amber sonrió al reconocer a su padrino—. El padre Riga estuvo
presente en la ceremonia para presenciar el evento como representante de la Iglesia
católica. Él, así como otros líderes religiosos, están ayudándonos a comprender lo
sucedido.
—Amber, gracias a Dios —exclamó papa Pete al llegar a la mesa—. Doctor
Fleming, ¿dónde están? Después de que viniera a visitarme, pedimos que lo
siguieran. Por su seguridad —se apresuró a añadir—. Pero perdimos contacto con
usted en San Francisco.
Fleming frunció el ceño.

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—¿Sospechó algo cuando nos vimos en Roma?
Riga se sentó y cruzó los brazos sobre el pecho. No parecía arrepentido.
—Sí, pero no sabía qué. Los jesuitas llevaban un tiempo controlando las
ceremonias del papa Rojo y suponíamos que planeaba algo grande. Cuando se puso
en contacto conmigo para hablarme de Amber y su longitud de onda del alma, até
cabos.
—Desde entonces, discretamente, estamos tratando de encontrar a Amber —
añadió Jones—. Pero desde el Día de la Verdad del Alma del papa Rojo, nos hemos
concentrado en evitar que el pánico se extienda. Dígannos dónde se encuentran y qué
saben de lo sucedido.
Amber y Miles se miraron. Entre los dos contaron cómo habían logrado escapar
hasta la cabaña de los guardabosques y fueron aclarando lo sucedido durante la
última semana. Amber explicó su secuestro, así como los experimentos. Fleming
relató que Soames le había engañado para que desarrollara un neurotraductor más
avanzado que fuera compatible con su tecnología de captura del alma. Les dijo que
éste ya había demostrado la existencia del alma humana, haciéndola visible en el
momento de la muerte y capturando su firma en una pantalla detectora de fotones,
pero que necesitaba a Amber para hallar la frecuencia de detección del alma en
tránsito, así como su neurotraductor, para comunicarse con ella.
—En realidad, Amber y yo le proporcionamos las piezas que le faltaban para
completar el rompecabezas que habría de permitirle superar con éxito el Día de la
Verdad del Alma.
—¿De modo que lo que sucedió fue genuino? —preguntó un técnico que tenía
delante un ordenador óptico portátil—. No hemos hallado indicios de montaje, pero
yo esperaba que ustedes nos contaran hoy cómo habían manipulado la realidad.
—Tal vez no fuera un montaje —intervino el padre Riga—. Nuestros científicos
de Roma lo admiten. Pero, aun así, no deja de ser una especie de truco.
Fleming suspiró. A Amber casi le parecía oír sus pensamientos. ¿Por qué los
curas estaban siempre tan seguros de todo?
—Ojalá pudiera contarles que no es verdad —dijo al fin—. De veras que es lo
que más me gustaría. Pero al menos la tecnología es auténtica. Lo que todos oímos
fue el alma del papa Rojo, no me cabe duda de ello.
—¿De modo que no hay Dios y que debemos prepararnos para las demás señales?
—inquirió abiertamente el director adjunto, al que le había cambiado el gesto.
—No necesariamente —saltó Amber, a la que acababa de ocurrírsele algo—. No.
Hay algo más —añadió, acercándose al ordenador que tenía al lado.

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61

T
enía que ver con el modo en que Soames había reaccionado al conocer la
revelación del papa Rojo… no sólo la había aceptado; parecía haberla
celebrado, casi como si estuviera esperándola. ¿Qué le había dicho a Virginia
Knight cuando iniciaron su huida?
«Sí que lo fui. Yo siempre fui un creyente, Virginia. Y sigo siéndolo. Lo que
sucede es que ni a ti ni a Acosta se os ocurrió nunca preguntarme en quién creía».
Fue la impaciencia de Soames por abrazar la revelación del papa Rojo,
combinada con la visión radicalmente distinta que Ariel le había mostrado en su
sueño, lo que le llevó a acercarse al ordenador.
Usando el ratón táctil instalado a la derecha del teclado, activó el icono de Optinet
para acceder a la red óptica. En cuestión de segundos ya había encontrado el portal de
Optrix y usado su clave personal de acceso para acceder a la base de datos. Con la
llegada del Internet óptico, la velocidad y la capacidad ya no eran un problema; el
problema era la seguridad. Los datos viajaban a tales velocidades por Optinet que los
ladrones de información podían asaltar una empresa, o los archivos individuales de
alguien, y escapar con el botín sin que la víctima tuviera tiempo siquiera de
parpadear.
Desde la firma del acuerdo internacional sobre seguridad de datos de 2004, casi
ninguna empresa ni individuo almacenaba los suyos propios. Casi todo el mundo se
había dado de alta en Optinet y había suscrito contratos con algún proveedor de datos
de seguridad, o PDS. Mediante códigos cuánticos, esos bancos de datos se
consideraban a prueba de piratas informáticos y se garantizaba la seguridad. A cada
suscriptor se le proporcionaba un código generado de manera aleatoria, que no
conocía nadie, ni siquiera el PDS.
Mediante su código, Amber accedió al PDS de Optrix. Una vez dentro, usó el
motor de búsqueda para revisar el archivo de clientes de la empresa, prestando
especial atención a las utilidades internacionales. Tardó menos de tres minutos en
confirmar sus sospechas.
—¿Qué era ese sueño que tuvo, Amber? —quiso saber el director adjunto.
Ella se frotó los ojos antes de explicárselo brevemente.
—Lo único que digo —concluyó— es que me convenció de que la verdad del
papa Rojo no era toda la verdad.
—Por supuesto que no era toda la verdad —convino Riga—. Lo que Acosta vio
era la verdad de un hombre condenado, un hombre excomulgado por la Santa Madre
Iglesia. Lo que vio tu hermana era la verdad virtuosa de los católicos…
Enfadado, Fleming negó con la cabeza.
—¿Es que no han aprendido nada? ¿Cómo sabe que tenga que ver con el hecho de
ser católicos, o ni siquiera cristianos? Si Acosta vio el infierno fue porque, con gran
arrogancia, creía que conocía todas las respuestas y mató a gente para demostrarlo.

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Mientras que la hermana de Amber vivió una vida de bien. Tan simple como eso. No
tiene nada que ver con la religión.
—La cuestión —prosiguió Riga, sin inmutarse— es que estamos en guerra por las
almas de la humanidad. Dios ha permitido que el Diablo nos ponga a prueba y
debemos aceptar el desafío. Hasta ahora, todos creíamos que la mayor trampa que
Satanás podía hacernos era convencernos de que no existía. Pero eso no es cierto. Su
mayor trampa ha sido convencernos de que sólo existe él. Por eso es imprescindible
detener las otras señales.
—No es ése el único motivo —objetó Jones—. Tal vez su trabajo consista en
salvar almas, padre, pero a mí me preocupan más nuestros cuerpos vivientes. Si no
recuerdo mal mis lecturas de la Biblia, los cuatro jinetes del Apocalipsis no son
precisamente portadores de salud, riqueza y felicidad al mundo.
—¿Podría alguien recordarle a este ateo lo que traen esos cuatro jinetes? —
preguntó Fleming.
Riga se acercó a la cámara con rostro muy serio.
—Según el Libro de la Revelación, los cuatro jinetes cabalgan en monturas de
colores distintos. El primero es blanco, y trae consigo el desorden social; el segundo
es rojo, y trae la guerra. El tercero es negro, y propaga la hambruna. El último jinete
es el jinete pálido.
—¿Y qué trae él?
—La muerte.
Tras una pausa, Fleming volvió a hablar.
—¿Y aparecerán en ese orden?
Riga se encogió de hombros.
—Lo único que sabemos es que la primera señal ya ha causado desorden social.
Según el papa Rojo, la tercera y la cuarta vendrán juntas.
—Por lo demás, no sabemos casi nada —dijo el encargado del FBI—. No
tenemos manera de saber en qué orden vendrán, ni qué forma adoptarán. —Consultó
la hora—. En cualquier caso, lo averiguaremos pronto. La segunda señal puede
presentarse de un momento a otro.
—Las señales serán ideadas por el hombre —dijo Riga.
—¿A qué se refiere?
—Dios nos está poniendo a prueba. Él no nos traerá un desastre natural. Él está
poniendo a prueba nuestro libre albedrío. Los desórdenes sociales, que han sido la
primera señal, llegaron como consecuencia de cortes en el suministro eléctrico y del
anuncio de Acosta. Creo que las otras se producirán de forma similar. Usará a la
gente, tentándola para que haga el mal. Las señales serán humanas. El propio Acosta
predijo que un «agente en la tierra» traería las señales.
—Eso es lo que intentaba decirles —intervino Amber—. Creo que sé quién es ese
agente en la tierra.
Fleming lo comprendió.

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—Soames.
—Sí. Acabo de consultar la base de datos de Optrix y he confirmado que todas las
ciudades que sufrieron cortes de luz usan un sistema informático altamente
sofisticado con el que manejan sus instalaciones. Todos esos sistemas son de base
óptica y sus elementos clave han sido comprados a Optrix, directa o indirectamente.
Jones, el director adjunto, frunció el ceño.
—¿Me está usted diciendo que Bradley Soames está detrás de los apagones?
—Sí.
—Pero ¿por qué?
—Es un peón de Satanás —sentenció Riga—. Su misión consiste en llevar a la
práctica las señales para convencer al mundo de que la revelación del papa Rojo es la
única verdad. Está al servicio del Diablo y pretende acabar con la fe en Dios.
El jefe del FBI parecía escéptico.
—¿Qué le parece a usted? Al fin y al cabo, eran socios.
Amber siempre había creído que conocía a Soames mejor que nadie, pero sus
acciones recientes no se correspondían con la persona que ella había creído
conocer… el hombre que había cambiado el mundo para mejorarlo, el que, en un acto
de filantropía, había destinado millones de dólares a la investigación médica. ¿Podía
estar relacionado de algún modo con un poder oscuro? Sintió un escalofrío al
recordar la vez en que despertó de su sueño y lo miró a los ojos.
—La verdad es que no sé por qué está haciendo lo que hace —admitió—. ¿Qué te
parece a ti, Miles?
Fleming se acarició la barbilla.
—Yo no usaría el mismo lenguaje que el padre Riga, pero por una vez, estoy de
acuerdo con él. Sean cuales sean los motivos de Bradley, está decidido a demostrar
que Acosta decía la verdad.
—¿Cómo? —Preguntó uno de los técnicos—. Todos esos sistemas están
protegidos por códigos cuánticos.
—Sí —coincidió otro—. E incluso si pudiera acceder a algunos y orquestar que
los apagones de las ciudades coincidieran con la puesta del sol, haría falta una gran
demostración de fuerza informática para…
Amber miró a Fleming y supo que pensaba lo mismo que ella.
—Soames es un tipo muy brillante —dijo— y posee un ordenador capaz de esa
fuerza…
—Yo lo vi en el sector Rojo, bajo VenTec —confirmó Fleming—. Se trata de una
inmensa bola de luz instalada en el principal pozo de la planta petrolífera. En el
corazón mismo de la montaña.
—Yo lo ayudé a construir el primer prototipo —explicó Amber—. Para la época,
era bastante potente, capaz, sin duda, de descifrar códigos y manipular otros
ordenadores online. Me consta que, desde entonces, Bradley lo ha perfeccionado. Su
sueño ha sido siempre ir más allá de los ordenadores ópticos, crear uno con

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verdaderas capacidades cuánticas, lo que él llamaba «el último ordenador». Es capaz
de realizar operaciones a una velocidad de diez elevado a la cincuenta y una potencia
por segundo, es decir, un uno seguido de cincuenta y un ceros, pero sus bits de
fotones cuánticos, o cbits, pueden emplear un número incalculable de estados
superpuestos, lo que le permite procesar infinitos cálculos simultáneamente. Descifrar
códigos cuánticos no plantea problemas a una máquina de esa capacidad. —Bajó la
vista y empezó a pulsar teclas en su ordenador—. Voy a ver si puedo usar un BE para
hallarla en la web, y después intentaré acceder a su base de datos, aunque no será
fácil.
Los técnicos del FBI presentes, que eran especialistas en informática de última
generación y tecnología electrónica, se miraron, desconcertados.
—¿Qué es un BE? —preguntó uno de ellos.
—Un buscador espía —respondió Amber—. Lo hemos desarrollado en Optrix. Se
trata, básicamente, de un virus inteligente, un paquete de códigos cuánticos que
puedo enviar a través del Internet óptico para buscar cosas. Encuentra cualquier sitio
que le indique y luego, sin ser detectado, busca el modo de acceder a sus datos antes
de informar.
Amber tardó siete minutos en construir el BE, introducirle los parámetros de
búsqueda y enviarlo a su misión.
—Ya está —dijo, con una sonrisa de satisfacción—. Ahora ya navega solo,
rastreando Optinet. Debería regresar con información en cuestión de…
Su pantalla se bloqueó y empezó a parpadear, y una sucesión de datos aparecieron
entonces en ella. De los altavoces brotaba un curioso sonido, como de fax.
—¿Qué demonios ha sido eso? —preguntó el técnico desde la pantalla de
videoconferencias, que seguía funcionando a la perfección.
—No lo sé —dijo Amber—. No lo he hecho yo.
Tras Jones, el director adjunto, se estaba organizando un gran revuelo. Las hileras
de agentes que trabajaban en sus ordenadores contemplaban sus respectivas pantallas
y, a partir de las que aparecían en la suya, Amber dedujo que en todas debía de estar
apareciendo lo mismo que en la suya.
El teléfono que Jones tenía al lado sonó y respondió a la llamada.
—Entiendo —dijo—. Sí, lo comprobaré.
Colgó.
—Era de Washington. El edificio Hoover y la Academia de Quantico tienen el
mismo problema. Sus bases de datos se están volviendo locas y al parecer no afecta
sólo a nuestra oficina. Hace unos minutos que ha empezado a suceder y ya se ha
extendido mucho. Conecten la BBC en una de sus pantallas.
De pronto aparecieron escenas de la bolsa de Nueva York: se veía gente atónita y
en silencio en el parquet mientras, sobre ellos, las pantallas en las que se mostraban
los precios de las acciones se volvían tan locas como la de Amber. «Wall Street se
desploma —declaraba un comentarista—. Instituciones de todo el mundo tratan de

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comprender un fenómeno que convierte en una minucia los pasados temores sobre el
colapso del sistema tras el cambio de milenio que se produjeron en el año 2000. Un
mundo que ya se encontraba en estado de shock se pregunta si se tratará de la
segunda señal del papa Rojo».
Como si de una réplica a aquellas palabras se tratara, la pantalla gigante de Wall
Street que aparecía en la crónica en directo se quedó en blanco. Y lo mismo hizo la de
Amber segundos después. Entonces, casi inmediatamente, recuperó la línea, que
también se restableció en todos los demás equipos.
Con una diferencia importante.
En las pantallas ya no se mostraba ningún dato, sino una cadena ininterrumpida
de ceros.

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62

Sala de conferencias del sector negro.

E
l caos y el pánico tras la segunda señal fue muy superior a los que siguieron a
la primera. Todas las acciones y todos los valores de todas las bolsas del
mundo desde Wall Street hasta Hang Seng, se pusieron a cero. Todas las
cuentas corrientes de todas las empresas, los gobiernos y los particulares
desaparecieron en un abrir y cerrar de ojos. Las tarjetas de crédito dejaron de
funcionar en los comercios físicos y también en los virtuales. Los cajeros automáticos
no funcionaban porque no identificaban los números secretos de los clientes, en cuyas
cuentas, además, no había fondos.
Pero la cosa no se limitó a los mercados financieros y los bancos. Las fichas
policiales desaparecieron de las bases de datos de todo el mundo, desde el FBI de
Washington hasta la Interpol parisina, pasando por Scotland Yard en Londres. Los
registros gubernamentales de los ciudadanos, los datos fiscales de éstos, los censos
electorales, todo desapareció. Las pólizas de los seguros médicos, los datos
académicos, incluidos los resultados de los exámenes y las listas escolares, se
borraron de un plumazo, lo mismo que los archivos de las investigaciones médicas y
las historias clínicas. Los datos militares y de personal desaparecieron. Todos los
proveedores de datos de seguridad del Internet óptico fueron asaltados, y los datos
que almacenaban, eliminados. Todas las bases de datos informáticas en línea, todas
las páginas web, todos los archivos, todas las bibliotecas e instalaciones de
almacenaje de información existentes en el mundo fueron vaciadas. Las cosas de las
que no existían copias impresas o externas a la red, las cosas no escritas en papel o
recordadas, se perdieron. Fue como si la mente y la memoria de todo el mundo
tecnológico hubieran quedado borradas del mapa.
Bradley Soames, sentado en la sala de juntas del sector negro, observaba la
histeria que se apoderaba de los boletines informativos del mundo. Todo era caos y
pánico, y eso era bueno.
Se puso en pie y se dirigió hacia el ascensor del sector rojo. Los lobos lo seguían.
En el ascensor, el zumbido era más intenso que de costumbre, y miró hacia abajo, a
través del suelo de cristal de la cabina. La esfera de luz a sus pies poseía una belleza
indómita, su intensidad cambiaba de un modo que no había visto hasta entonces.
Destellos de relámpagos parecían atravesar su interior, confiriéndole el aspecto de
tormenta solar. El ascensor se detuvo sobre ella. Las puertas resistentes a la luz se
abrieron y accedió a la sala de control y a los laboratorios que rodeaban el pozo.
Tripp y Bukowski se encontraban frente a una torre de terminales que controlaban
el ordenador. Ella se volvió para mirarlo, con los ojos radiantes.
—¿Cómo va? —le preguntó—. ¿Algún error o problemas de capacidad?

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Bukowski se rió.
—Es increíble, no hemos usado ni una mínima parte de su capacidad y la
transmisión ha sido mejor de lo que imaginábamos. Ni una sola corrupción de datos.
A Soames no le sorprendió, aunque sí le tranquilizó oírlo. Trató de controlar la
creciente impaciencia que lo impulsaba a terminar cuanto antes y se recordó que todo
se desarrollaba de acuerdo a un plan, y que su deber era respetar los tiempos pautados
para el desarrollo de las señales. Las últimas dos llegarían a la vez y a la hora
anunciada. Después, su misión en esta tierra tocaría a su fin.
Sonó un teléfono. Tripp lo descolgó y se lo pasó.
Era Carvelli.
—La póliza del seguro ya se encuentra en su sitio y va de camino —dijo.
—Excelente —respondió Soames—. Ven directamente a mis aposentos en cuanto
llegues.
Se sentó a observar la bola de fuego a través del cristal tintado de la ventana.
Suspiró, se arrancó un trozo de piel reseca del brazo y, ausente, se lo dio a comer a
uno de los lobos. El agotamiento empezaba a hacer mella en él; eran décadas de
espera, planificación, conocimiento.
«Ya casi está», se repitió a sí mismo, reprimiendo la necesidad casi intolerable de
adelantar las dos últimas señales y acabar de una vez.
«Ya estás muy cerca —se advirtió—. Es sólo cuestión de tiempo. Finalmente
alcanzarás tu meta».

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63

Refugio de guardabosques.

F
leming no compartía el pánico que se apoderó del mundo. Pensaba en
Soames. Saber que aquel hombre se encontraba detrás de lo que sucedía lo
ayudaba, de algún modo; le ofrecía la posibilidad de redimirse, pues al menos
podía luchar contra alguien, había alguien capaz de explicar el anuncio del papa Rojo.
Además, al exponer ante el FBI la tecnología usada por Soames, había recordado
algo que Bradley le había confiado: cada alma tenía su propio código de barras.
Aquello le había dado una idea, que avivaba su esperanza de comunicarse con el alma
de Rob para demostrar que su hermano estaba libre de sufrimiento. Con todo, por el
momento al menos, debía ayudar a solucionar el caos y el desorden que reinaban a su
alrededor.
Exceptuando algunos pitidos, la comunicación no se había visto afectada por la
crisis de los datos y los ordenadores no tardaron en recobrar su operatividad. Los
programas de software apenas se vieron afectados. Sin embargo, los ordenadores eran
como cáscaras vacías, como si acabaran de ser adquiridos. Toda la información
almacenada se había borrado, lo mismo que las bases de datos. La expresión de
perplejidad de los técnicos ayudó a Fleming a relacionar lo que sucedía con la
predicción del papa Rojo.
—Ésta es la segunda señal —dijo, contemplando los ceros de las pantallas.
Jones, el director adjunto, dejó de caminar y colgó el teléfono por el que llevaba
un rato escupiendo órdenes.
—Esto es un desastre absoluto —dijo—. El mundo entero sufre de Alzheimer. La
sociedad está de rodillas. Las transacciones más básicas resultan imposibles. Las
instituciones no tienen modo de saber quién es quién, ni qué es cada uno. Pero esto
no encaja con nuestros cuatro jinetes.
—No, no encaja —admitió Riga.
Fleming se frotó el hombro dolorido.
—Repítanme qué es lo que trae el jinete negro.
—El hambre.
Se echó hacia atrás en su asiento y esperó a que todos abandonaran sus
actividades frenéticas y lo miraran.
—¿Y acaso no es eso lo que está sucediendo? —preguntó—. Un hambre de
información.
Amber le dio una palmada en la rodilla.
—Un momento —le interrumpió, pulsando algunas teclas—. Creo que tienes
razón, Miles, pero no sólo es eso. El buscador espía que he enviado ha vuelto. No ha
podido entrar en el ordenador de Bradley, es demasiado potente, pero ha traído

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información interesante. Se ha producido un extraordinario volumen de tráfico de
datos en dirección a él a través de Optinet. —Suspiró—. ¿Queréis primero las buenas
noticias o las malas?
Nadie se atrevió a responderle.
—Está bien, la buena noticia es que los datos no se han borrado. En teoría, son
recuperables.
—¿Dónde están? —preguntó Jones.
—Ésa es la mala noticia —respondió ella—. Bradley Soames los tiene
almacenados en su superordenador.
—¿Qué?
—Es posible. A principios del milenio los científicos usaban la fórmula del
«cuerpo negro» de Max Plank para estimar que un ordenador fotónico de un litro de
volumen podía almacenar diez elevado a la potencia veinte más datos que una vieja
unidad de diez gigabytes. Y el volumen del ordenador de Bradley Soames es superior
a un litro.
—Es mucho mayor —precisó Fleming—. La esfera que yo vi tenía al menos seis
metros de diámetro.
—Tenemos que recuperar esos datos —dijo Jones.
—Tenemos que hacer mucho más que eso —dijo Fleming—. No sólo tenemos
que rescatar los datos, también tenemos que desactivar su ordenador. Es evidente que
Soames lo está usando para llevar a la práctica las señales del papa Rojo. Lo hizo con
la primera, y ahora esto. Es lógico pensar que lo usará también para activar la tercera
y la cuarta, que según Acosta van a producirse a la vez en poco más de veinticuatro
horas. Parece que ha decidido guardarse las grandes para el final, para su gran final.
—Guerra y muerte —insistió Riga, asintiendo.
—Exacto —prosiguió Fleming—. Y si llegan a producirse, será el final de la
partida. —Se volvió hacia Amber—. Si fueras Bradley, ¿cómo usarías el ordenador
para llevar a cabo las dos últimas señales?
Amber se apoyó en el respaldo y se frotó las sienes. A pesar del cansancio, sus
ojos verdes, felinos, brillaban con más fuerza que nunca y el pelo incipiente se veía
tan fino que Fleming sintió deseos de acariciárselo.
—¿Qué haría yo? —repitió la pregunta, reflexionando—. Bien, dado que
prácticamente todos los ordenadores del mundo están conectados a Optinet, activaría
una de las instalaciones militares. Tal vez optaría por los laboratorios de armas
biológicas del USAMRIID, o los de Iraq, o los de Israel…
Jones se detuvo en seco.
—Yo no lo haría —dijo con gran frialdad—. Yo abriría algunos silos de misiles y
lanzaría algunas cabezas nucleares.
Fleming asintió.
—Sí, con eso bastaría. Eso desembocaría en la guerra y la muerte… mucha
muerte. Cualquiera de las dos cosas bastaría para desencadenar una guerra de

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dimensiones globales.
—Tenemos que destruir ese ordenador —declaró Jones sin perder la calma.
Amber sonrió.
—No es tan fácil. Si lo destruimos, se perderán todos los datos. Podrían tardarse
años, decenios, en recuperar la «mente» del mundo. Algunos de los datos son
«irreemplazables», y si el caos que reina ahora no se detiene pronto, la economía del
mundo y sus infraestructuras quedarán tan perjudicadas que ya no se podrá recuperar
nunca. Esto es entropía a gran escala y debe ser revertida. Debemos recuperar los
datos antes de la destrucción del ordenador.
»Además, Bradley habrá instalado alarmas electrónicas y minas, de modo que en
cuanto el ordenador reciba los primeros ataques, activará sus órdenes. Todo asalto
directo al superordenador de VenTec resultará contraproducente y precipitará las dos
últimas señales.
—¿Puede desactivarse a distancia, Online? —preguntó uno de los técnicos.
—Es demasiado potente y está muy bien protegido. Tenemos que entrar en
VenTec y, no sé cómo, reprogramar físicamente el ordenador sin que Bradley se dé
cuenta. Es la única manera de recuperar los datos y desactivar la capacidad del
ordenador de liberar la última señal.
—¿Y cómo diablos vamos a meternos en él sin que se activen las señales? —
preguntó Jones.
Fleming se volvió hacia Amber, que emitió un gemido al darse cuenta de lo que
Fleming estaba a punto de decir.
—De ninguna manera, Miles —dijo.
—¿Conoces a alguien más capaz de reprogramar esa cosa?
Amber bajó los hombros.
—Bien —prosiguió Fleming, sonriendo maliciosamente—. Parece que depende
de nosotros. —Se volvió hacia el jefe del FBI—. Creo que conozco una manera de
meter a Amber dentro. Vamos a necesitar equipo.
—Y apoyo. La URR estará de guardia —dijo Jones.
—¿La URR? —preguntó Fleming.
—La Unidad de Rescate de Rehenes. Están preparados para entrar y salir de
lugares como ése. Disponemos de una patrulla en la oficina de Anchorage, a pocas
horas de vosotros.
—Está bien —dijo Fleming—. También deberíamos informar al ejército sobre las
señales finales.
Jones soltó una risa forzada.
—Sí —dijo, descolgando el teléfono de nuevo—. La cosa es tan grave que voy a
tener que informar a bastantes más.

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64

Noventa y dos minutos después.

I
nstalaron cuatro pantallas adicionales para videoconferencias en la sala de
operaciones que el FBI había improvisado a bordo del Arca Roja, colocadas de
manera que Amber y Fleming pudieran verlas. En tres de ellas aparecían
hombres de uniforme.
Uno de ellos era el agente especial Wayne Thomas, que comandaba la Unidad de
Rescate de Rehenes y en ese momento se encontraba en Anchorage, en la oficina que
el FBI tenía en Alaska. Se trataba de un hombre muy flaco, de cara alargada, que
llevaba un impermeable negro del FBI sobre una chaleco de camuflaje y unos
pantalones de combate. En la pantalla contigua se veía a un hombre ataviado con
uniforme de faena. Era el teniente coronel Mark Kovac, un soldado de carrera con el
pelo cortado a cepillo que dirigía una sección de la Delta Force, la división de élite de
las Fuerzas Especiales del ejército de Estados Unidos. Se comunicaba desde una base
secreta que se encontraba unos trescientos kilómetros al sur de la frontera canadiense.
La peculiaridad de Kovac era que parecía siempre aburrido, incluso cuando era
evidente que su estado de alerta había de ser máximo. Amber suponía que su ritmo
cardíaco era más lento que el de la mayoría de atletas. Pero a pesar de su aparente
desinterés, ella notaba que se moría de ganas de hacerse con el mando del FBI.
En realidad, ya se habían producido movimientos tácticos, sutiles, para hacerse
con el poder: El mando de la Delta Force había dado a entender que ésa era una
misión para profesionales y el agente del FBI se lo había rebatido haciendo hincapié
en la necesidad de contar con un personal «adecuadamente adiestrado».
—Sin duda estará de acuerdo, teniente coronel, en que esta misión requiere de la
precisión quirúrgica de un bisturí, más que de la fuerza bruta de un martillo.
El ambiente, cargado de testosterona, incomodaba a Amber, pero no afectaba a
Fleming, ni siquiera cuando Kovac cuestionó la conveniencia de su regreso a VenTec.
—Usted es civil, doctor Fleming. Limítese a informarnos de lo que sabe sobre el
trazado del lugar y deje que nosotros nos ocupemos del trabajo.
Amber se volvió hacia él, presa del pánico. Temía el momento de ascender por
aquella montaña, pero al menos se sentía segura en compañía de Fleming. Transmitía
una confianza física que Kovac no podía igualar.
Fleming sonrió al teniente coronel.
—Voy con usted.
—Una vez nos bajemos de los Black Hawks, el ascenso será duro —le advirtió
Kovac—. A la doctora Grant podemos proporcionarle apoyo, pero si tenemos que
ayudarlos a los dos, la operación se retrasará.
—No se preocupe por mí —le tranquilizó Fleming—. Seguiré su ritmo.

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—¿Ha escalado antes?
—Un poco.
—¿A qué nivel?
—¿Qué nivel tiene usted, teniente coronel?
Kovac se encogió de hombros.
—Dieciocho. Pero he recibido entrenamiento.
—¿Cuántos niveles hay? —preguntó Amber.
Fleming se volvió hacia ella.
—El nivel superior es el treinta. Rob alcanzó el veintisiete. Probablemente son
muy pocas personas en el mundo las que llegan al veintiséis. —Miró a Kovac—. Pero
dieciocho es magnífico. Cualquiera por encima de quince ya es muy bueno.
—Como le he dicho, he recibido entrenamiento —dijo Kovac modestamente.
—¿Qué nivel tienes tú, Miles? —le preguntó Amber.
—Diecinueve.
Una vez lo hubo dicho, Kovac empezó a demostrarle más respeto.
En ese instante, Amber desplazó su atención a la tercera pantalla, donde otro
hombre uniformado fruncía el ceño y negaba con la cabeza mirando a Jones, el
director adjunto. Era mayor que los demás, tenía el pelo cano y cinco estrellas en el
uniforme.
—Si creen ustedes que vamos a desactivar nuestros misiles, están muy
equivocados —atronó el general—. Desde la amenaza de caos que se produjo durante
el cambio de milenio nos hemos asegurado de que nunca tengamos que desactivar
nada y no vamos a empezar ahora a poner en peligro la seguridad nacional. No sé si
se han dado cuenta, pero el mundo, en este momento, descansa sobre un montón de
mierda.
—Precisamente por eso, general —dijo Jones—. Si cierra todas las bases de
misiles, Soames no podrá activarlas. Es así, precisamente, como velará por la
seguridad nacional.
—¿Y quién le dice a usted que ese loco no intentará activar los misiles rusos o los
de alguna otra parte? Debemos poder defendernos.
Jones negó con la cabeza.
—General, no me cabe duda de que si nosotros somos los primeros en dar
ejemplo y explicamos a los demás, discretamente, nuestra posición en el mundo, nos
aseguraremos de que Soames no pueda usar el armamento de nadie e iniciar una
guerra. Si todos desactivan sus misiles, al menos desaparecerá ese riesgo.
—Que no, que eso no puede ser. No sabemos si todos los demás desactivarán su
armamento —gruñó el general—. Qué sentido tiene hacerse el bueno si los demás no
hacen lo mismo. Y si la guerra es inevitable, no pienso dejar que me pille con los
pantalones bajados.
—¿Aunque ello implique que seamos nosotros los que iniciemos la guerra? —
preguntó Riga.

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El general apretó mucho la mandíbula.
—Así es.
Fleming se levantó y se echó hacia delante.
—Sin duda el presidente…
—Mire, doctor Fleming, le agradezco su ayuda en estos asuntos, se lo digo de
verdad. Sin embargo, en tanto que máximo responsable de la junta de jefes del Estado
Mayor, acabo de reunirme con el presidente, que está bastante ocupado con otras
cuestiones en este momento, y él se muestra de acuerdo conmigo en que la única
opción viable es una acción conjunta de la Delta Force y el FBI para acceder a
VenTec. El teniente coronel Kovac es un soldado excelente y sus hombres son los
mejores con los que contamos. Por suerte están de maniobras cerca de la frontera con
Canadá y en un par de horas pueden reunirse con el FBI en Fairbanks. Cuando
alcancen su posición, desplegarán sus defensas, lo que le permitirá a usted conducir a
la doctora Grant y al FBI hasta su destino, para que desactiven el ordenador de
Soames. Los hombres de Kovac le proporcionarán toda la ayuda que necesite, pero
no podemos desactivar nuestros misiles y no lo haremos. Si, como creemos, las dos
últimas señales del papa Rojo son la guerra y la muerte, entonces es mi deber
asegurar que mi país se proteja contra ellas.
Amber vio que Fleming intentaba intervenir, pero el general prosiguió:
—No me malinterprete. Soy consciente de la gravedad de la situación y de la
importancia de su misión. Es vital que la culminen con éxito, no sólo para salvar los
datos informáticos de todo el mundo y proteger las innumerables vidas humanas
amenazadas por las dos últimas señales, sino también para recuperar nuestra fe en
Dios y el poder del bien en el mundo. —Hizo una pausa y miró sucesivamente a
todos los asistentes y a los que lo veían por las pantallas. El comandante de la Delta
Force, los agentes del FBI, el sacerdote jesuita y los dos científicos: Fleming y
Amber—. Se han embarcado nada menos que en una cruzada por la salvación de la
mente, el cuerpo y el alma de la humanidad. Y si Dios todavía existe, rezaré con
todas mis fuerzas para que les acompañe.

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65

Sector negro.
Seis horas después.

L
a ventisca arreciaba de nuevo y Carvelli se alegraba de que el helicóptero que
lo había devuelto a VenTec hubiera podido aterrizar antes de que el tiempo
empeorara todavía más. Ahora se dirigía a los aposentos privados de Soames
y oía la nieve y el viento golpear contra las gruesas ventanas tintadas.
La espaciosa antesala del sector negro era una ecléctica cueva de Aladino: sobre
el suelo de madera de arce se extendían alfombras afganas, turcas y persas; unas
exquisitas máscaras africanas adornaban una pared, mientras que tapices del Rajastán
y telas de seda china cubrían otra. En una cesta, junto a la chimenea de azabache
negro, reluciente, asomaban unos relieves de madera de sándalo de Saharanpur. Sobre
una mesa de cristal se mostraban corales y piedras exóticas, iluminadas desde abajo
por un foco que proyectaba hermosos arco iris en el techo. Una cabeza de león, con
su cabellera incorporada, le observaba desde una hornacina, y junto a la puerta,
empotrado en la pared, había un acuario grande que albergaba un caleidoscopio
tecnicolor lleno de veloces peces tropicales.
A Carvelli le parecía que Soames, un hombre condenado a no ver nunca el sol, a
no experimentar nunca de primera mano los climas más exóticos del mundo, había
usado su inmensa riqueza para llevarse a su reino privado de penumbra la belleza
sensorial de aquellas tierras.
Sintió un escalofrío. Nunca había estado en los aposentos de Soames y, a pesar de
los tesoros que contenían, preferiría encontrarse en cualquier otra parte.
Llamó a la puerta de doble hoja y esperó. Nadie le dijo nada, por lo que se coló en
el gran salón. Sobre una pared se exhibía un fragmento de piedra tallada, sacada de
algún templo antiguo, que mostraba unas figuras exquisitas y talladas con gran
detalle, entregadas a todos los actos sexuales imaginables. Carvelli las contemplaba
con manos sudorosas, mientras avanzaba por el suelo de parqué. Allí no había objetos
personales, ni fotografías de amigos o familiares, ni novelas, discos, botellas de licor
o cigarros. Exceptuando una nevera pequeña de Coca-Cola, con puerta de cristal, no
había nada que indicara que Bradley Soames se deleitara con los triviales placeres de
la vida. Con todos aquellos trofeos en exposición, el lugar recordaba a Carvelli a un
museo exento de vida, de alegría.
Tardó un rato en reconocer la voz que llegaba desde el otro extremo de la sala.
Pero finalmente se dio cuenta de que era la de Soames y de que hablaba en tono
suplicante.
«He hecho todo lo que me pediste —Carvelli le oyó decir—. He traído oscuridad
y caos al mundo, y ahora he traído hambre. ¿No puedo adelantar unas pocas horas las

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últimas señales? ¿Qué importancia puede tener ya, después de haber esperado
tanto?».
A Carvelli se le heló la sangre y le pareció que el corazón iba a salírsele por la
boca.
«Por favor, déjame hacerlo —imploró Soames—. Esperar más es peligroso. Lo
presiento. Grant y Fleming saben de la existencia de Madre Lucifer. Cuanto más
espero, más seguro estoy de que hallarán el modo de sabotearlo todo».
Aterrorizado, pero obligándose a escuchar más, Carvelli se acercó a la puerta de
ébano que se adivinaba al fondo. Estaba entreabierta y a medida que se aproximaba a
ella de puntillas, veía que la habitación a la que daba paso se hallaba a oscuras.
Soames habló de nuevo.
«¿Por qué es tan importante respetar el horario? Ya falta muy poco y el efecto
será el mismo. No pasa nada porque me dejes terminar ahora. He hecho todo lo que
querías. Estoy cansado. Quiero acabar ya. Te lo exijo».
Se oyó un chasquido, una especie de latigazo y a continuación un sollozo
ahogado.
Carvelli se acercó más y por la rendija iluminada desde el exterior vio que la
habitación contenía sólo una cama. Soames estaba arrodillado a sus pies, de espaldas
a la puerta; desnudo, con la piel cubierta de costras y cicatrices de las numerosas
operaciones a las que se había sometido. Solo.
«Te lo exijo —repitió—. Me lo merezco. Debes permitirme anticipar las últimas
señales. Es justo, yo te he prestado un gran servicio».
Blandió un pequeño látigo con la mano derecha y empezó a azotarse los hombros,
gritando sin parar y pidiendo perdón por su atrevimiento.
«Perdona mi arrogancia e impaciencia. Sólo deseo servirte y culminar mi
misión».
Al cabo de un rato, dejó en el suelo el látigo ensangrentado y se inclinó hacia
delante, apoyándose en la cama. Parecía más calmado. Entonces, para asombro de
Carvelli, entrelazó las manos, bajó la cabeza y empezó a rezar.
«Padre nuestro que estás en el Cielo, santificado sea tu nombre…».
Carvelli seguía junto a la puerta, paralizado, perplejo, incrédulo. Era incapaz de
relacionar el Soames que se le había revelado antes con el que observaba ahora, el
que recitaba la única oración de toda la Biblia atribuida a Cristo. Pero no tuvo tiempo
de entenderlo, pues en ese momento Soames bajó las manos y levantó la cabeza. Y le
habló sin volverse.
—Frank, ¿has traído el seguro?
—S-s-s-sí —balbució Carvelli—. Está en el sector blanco.
—Bien hecho.
—¿Quieres verlo?
Soames asintió.
—Voy enseguida —respondió. Y, se volvió hacia él, colocándose de perfil contra

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el haz de luz que se colaba por la puerta entreabierta. Carvelli apartó la mirada, se
cubrió los ojos con las manos, pues por más irracional que le pareciera, estaba
convencido de que si lo miraba a la cara, moriría sin remedio.

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66

Cordillera de Brooks.
Alaska.

L
a ventisca azotaba el helicóptero Black Hawk con tanta fuerza que el aparato
oscilaba y crujía. A través del cristal cubierto de nieve, Fleming veía los
relámpagos que rasgaban la noche e iluminaban transitoriamente los picos
blancos de las montañas que se alzaban sobre él, como olas de un mar embravecido.
Si, como esperaba el general, Dios todavía existía, Fleming creía que, por el
momento, no los acompañaba en su misión.
Amber y él habían pasado las últimas horas en la cabaña de los guardabosques,
cada vez más preocupados al ver que el tiempo empeoraba. En dos ocasiones había
intentado contactar con sus padres, llamando a Inglaterra, de modo que los dos habían
empleado el tiempo en comer algo y dormir mientras esperaban la llegada de los
helicópteros. Cuando éstos llegaron, las condiciones meteorológicas eran pésimas, la
visibilidad era nula y los pilotos no se atrevieron a aterrizar, por lo que Amber y él
tuvieron que ser levantados en volandas.
—Cierren bien las sujeciones y agárrense con fuerza —dijo el piloto parcamente,
mientras el helicóptero se elevaba—. Volamos a ciegas y la cosa no hace más que
empeorar.
Ya en el interior de la cabina, Fleming miró a su alrededor. La expresión de casi
todos los pasajeros era de gran seriedad. Además del piloto, había cuatro miembros
de la Delta Force, entre ellos Kovac, así como dos agentes técnicos del FBI, que
tenían la misión de asistir a Amber. Ella iba sentada junto a Fleming y se veía
pequeña y vulnerable entre todos aquellos hombres vestidos de la cabeza a los pies
con sus uniformes de combate.
Los muchachos de la Delta Force, conocidos como «Hombres D», llevaban sus
trajes polares de combate, que eran blancos y mostraban un dibujo de camuflaje
apenas visible. Cada uno iba equipado con una mochila, granadas y un fusil CAR-15
negro o bien con una ametralladora M-60. Los técnicos del FBI, conocidos como
«Hombres G», llevaban los trajes ninja negro característicos de la Unidad de Rescate
de Rehenes, y contaban con unos rifles más modestos, y, en opinión de Fleming, más
adecuados.
Cerca, en algún punto indeterminado de la tormentosa noche, un segundo
helicóptero trasladaba a otros cuatro agentes de la Unidad de Rescate de Rehenes del
FBI, entre ellos Wayne Thomas, agente especial y jefe de operaciones, así como a
otros cuatro miembros de la Delta Force. Un tercer helicóptero, con otro equipo
completo, montaba guardia en Fairbanks.
El plan era simple: volar bajo para evitar ser detectados —manteniendo los

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sistemas de radio desconectados en la medida de lo posible—, hasta la refinería
abandonada que se alzaba en la montaña, debajo de VenTec. Allí, los helicópteros se
acercarían todo lo que pudieran al suelo. Los ocupantes se descolgarían entonces —o,
como decían los Hombres D, iniciarían el «fast rope»— hasta la montaña. Una vez
reagrupados en la refinería, Fleming los conduciría por la tubería y desandarían los
pasos que Amber y él habían seguido en su huida. Su esperanza era llegar al pozo de
la perforación, entrar desde abajo en el sector rojo e infiltrarse desde allí en el
ordenador de Soames. La primera parte —el regreso a la refinería—, no debía
entrañar mayores dificultades.
Pero la ventisca había dado al traste con sus esperanzas.
Como el sistema de GPS se basaba en unos datos que se habían perdido con la
llegada de la segunda señal del papa Rojo, el piloto se veía obligado a navegar según
el sistema antiguo, valiéndose de mapas y de la visión directa. Pero la visión directa
no servía de nada en plena noche y en medio de aquel temporal de nieve y viento. En
aquellas condiciones, era como atravesar Manhattan a la velocidad del sonido con
una venda en los ojos. Cualquier otra misión se habría abortado. Pero si ellos no
desactivaban el ordenador de Soames antes de que se pusieran en marcha las dos
últimas señales, sería demasiado tarde.
Kovac intentaba quitar hierro al asunto.
—Las condiciones son buenas —dijo—. Vamos muy bien cubiertos y a nuestro
favor contamos con el elemento sorpresa.
De pronto, el helicóptero viró a la izquierda, y a la luz de un relámpago, Fleming
vio que el otro Black Hawk aparecía a su derecha. «Mierda —pensó—. Ni siquiera se
ven el uno al otro». Amber lo miró. Ella también se había dado cuenta de que no
habían chocado de milagro.
—¿Cómo veremos la zona de aterrizaje con esta ventisca? —le preguntó a Kovac.
Él se volvió hacia ella con aquella misma expresión de aburrimiento.
—Seguramente usted ni siquiera la verá —dijo sin inmutarse, como si la zona de
aterrizaje fuera alguna clase de secreto al que ella no podía tener acceso—. Pero no se
preocupe de eso.
Fleming y Amber intercambiaron miradas.
—¿Se ha descolgado alguna vez por una cuerda, doctora Grant? —le preguntó
uno de los miembros de la Delta Force.
Ella negó con la cabeza.
—No pasa nada. Yo la bajaré con mi cuerda —intervino Fleming.
—¿Está seguro de que puede? La doctora es básica para la misión, no podemos
arriesgarnos a que se haga daño. Tal vez debería hacerlo uno de los nuestros.
—Gracias por preocuparse —se apresuró a zanjar Amber—. Pero estoy segura de
que con Miles no me pasará nada.
Kovac mantuvo la vista fija en Fleming y se encogió de hombros.
—Nos acercamos —informó el piloto con el tono pausado y tranquilizador que

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emplean todos los pilotos, aunque Fleming detectó un atisbo de preocupación cuando
añadió—: Cojan las cuerdas y prepárense.
El helicóptero daba bandazos de un lado a otro, en el aire, y el piloto debía hacer
acopio de todas sus fuerzas para dominarlo.
Tres relámpagos seguidos iluminaron el aire y la noche negra adquirió un brillo
blanco-azulado, más cegador que la oscuridad. Entonces, por la radio les llegó un
mensaje entrecortado.
—Impacto… relámpago… sin electricidad… descendemos… Black Hawk cae…
Black Hawk cae…
Silencio.
Fleming miró por la ventanilla, a su derecha. A través del aire cargado de
electricidad, distinguió el segundo helicóptero que daba vueltas sobre sí mismo,
tratando de enderezar el rumbo. Sobre la cabina se veía una parte chamuscada, justo
debajo de los rotores principales, que parecían vacilar al aire turbulento. Entonces la
aeronave se echó hacia delante e inició un descenso en espiral, como una hoja en
otoño.
Fleming sintió que el corazón también se le hundía en el pecho al ver el
helicóptero desaparecer en la ventisca. El resplandor de la explosión que siguió
iluminó brevemente el oscuro abismo en el que el Black Hawk se había desplomado.
En el silencio que siguió, ninguno de los ocupantes de su cabina se miró a los
ojos. Cada uno necesitaba asimilar a su modo lo sucedido, cada uno debía ahuyentar
a su modo el temor de que lo mismo les sucediera a ellos.
—Abran las puertas. Descendemos —dijo el piloto, señalando un remolino de
nieve, a través de la que Fleming adivinó las dos estructuras vacías de acero que se
habían diseñado para albergar los grandes depósitos de almacenaje de la refinería—.
Lancen las cuerdas.
Las puertas del helicóptero se abrieron y un aire gélido invadió la cabina. Kovac
arrojó las cuerdas; cuatro a cada lado.
—Trataré de mantenerlo recto —informó el piloto—. Pero en estas condiciones
no puedo garantizar nada.
Kovac se puso a gritar a sus hombres y a los del FBI que descendieran en el orden
que habían pactado.
—De dos en dos. ¡Vamos! ¡Vamos!
Por tumos, los hombres agarraron las cuerdas, se acercaron a las puertas y
saltaron, descolgándose, hacia el remolino de nieve bajo la que esperaban que se
hallara la tierra.
Fleming se acercó a Amber y aguardó su turno. Notó que temblaba cuando la
rodeó con sus brazos y acercó las manos a la cuerda, por encima de las suyas.
—No te preocupes, te tengo cogida —le susurró mientras fijaba su traje al de ella
y usaba su cuerpo para impedir que ella viera la tormenta que arreciaba fuera. De ese
modo, muy juntos, se asomaron a la puerta y se arrojaron al vacío.

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67

A
mber no recordaba haber sentido nunca un miedo físico tan intenso. Se le
encogía el estómago y el corazón le latía con tal fuerza que le pareció que
iba a desmayarse. La cuerda, que era muy gruesa, se mecía como un hilo de
algodón en medio de aquella galerna, y a pesar de los guantes, las manos le ardían
con la fricción. La soga y el helicóptero oscilaban tanto que era como estar en un
péndulo. Pero cada vez que perdía el control, sentía que el cuerpo de Fleming se
aferraba al de ella, se aferraba al suyo, corregía la velocidad.
Parecía que el descenso no iba a terminar nunca. Todo sucedía a cámara lenta. Al
mirar hacia abajo, a través de los remolinos de nieve, no distinguía el suelo.
Entonces, a su izquierda, vio abrirse un claro y durante un instante distinguió qué
había debajo. Y si hasta entonces se había sentido asustada, ahora supo qué era el
terror.
El viento había desplazado el helicóptero de su posición y flotaba sobre el borde
de la montaña. Debajo de la cuerda que, desde la otra puerta del Black Hawk, colgaba
frente a ella, no había nada. Desesperada, gritó su advertencia al hombre de la Delta
Force que seguía descolgándose por la cuerda y se acercaba al fin del descenso, pero
la fuerza del viento era tal que apenas oía su propia voz. Así, impotente, lo vio
alcanzar la base de la cuerda y precipitarse al vacío. Durante un instante pareció
quedar suspendido en el aire, como si la fuerza de la tormenta lo impulsara hacia
arriba. Pero entonces desapareció silenciosamente en la oscuridad. A su derecha, otro
hombre hizo lo mismo. Ninguno de los dos dejó escapar ni un solo grito.
Ella empezó a balancearse todavía más, y se dio cuenta de que Fleming, a
propósito, hacía de contrapeso a medida que se acercaban al final de la cuerda;
trataba de acercarse a la montaña.
—¡Dobla las rodillas y rueda! —le gritó él al oído.
Segundos después, sintió el impacto al caer de pie en el suelo. Se hizo un ovillo.
Fleming rodó con ella en la nieve. Sin darle tiempo a recobrar el aliento, tiró de ella y
la puso en pie.
—¿Estás bien? —Oyó que le preguntaba a través del altavoz del casco.
Ella asintió una sola vez y acto seguido empezó a retorcerse de dolor.
—¿Qué te pasa?
—Nada.
Kovac se acercó a ellos y los apartó del borde del precipicio y los condujo a la
refinería.
—¿Te has hecho daño?
—Es un calambre, nada más.
—Pues camina para que se te pase —le ordenó él—. No tenemos mucho tiempo.
Se acercaron a la refinería, que les proporcionó algo de refugio contra la ventisca.
—¿Cuántos quedamos? —preguntó Fleming.

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—Cinco en condiciones de seguir —respondió Kovac—. Hemos perdido dos en
el precipicio y otro se ha roto la pierna.
Amber intuyó dos figuras entre la nieve, algo alejadas. Una se inclinaba sobre un
hombre postrado que tenía la pierna doblada sobre sí misma. Le tranquilizó ver que
uno de los agentes que habían logrado descolgarse con éxito llevaba el uniforme
negro del FBI. De ese modo, Fleming y ella no serían los únicos miembros del equipo
técnicamente cualificados.
Fleming intentaba orientarse.
—En la tubería encontraremos refugio. Tenemos que proteger al herido de la
tormenta. ¿Qué quieren hacer con él?
Kovac no lo dudó.
—Lo instalaremos lo más cómodamente que podamos, lo abrigaremos bien y le
dejaremos una radio. Si no hemos vuelto a por él en seis horas, que rompa el silencio
y llame al helicóptero de apoyo. Para entonces, nosotros ya habremos logrado nuestro
objetivo o fracasado. Tal vez no haga falta.
Se acercó a su colega.
El tiempo empeoraba por momentos. El equipo era insuficiente. Lo viera como lo
viera, Amber se daba cuenta de que los presagios no eran buenos. Era como si Dios
—o quien controlara realmente la situación—, no quisiera detener a Soames.
Fleming se volvió hacia ella.
—No te preocupes, Amber, nuestra suerte cambiará pronto. Las cosas no pueden
empeorar.
Pero sí podían empeorar.
A los pocos minutos, le oyó gritar:
—¡No encuentro la entrada de la tubería! ¡La nieve la ha cubierto! Creo que está
por ahí, pero tendremos que cavar.
—De acuerdo —dijo Kovac, inmune a los cambios de planes y a los reveses de la
fortuna.
—De acuerdo —repitió Amber. Pero ella no estaba tan tranquila. No dejaba de
pensar en que todo lo que podía salir mal había salido mal. Había escapado con la
intención de llamar a la caballería, sin darse cuenta de que la caballería eran ella y
Fleming.
Pensó en su padrino, que esperaba en el Arca Roja.
—Rezaré por vosotros hasta que regreséis victoriosos —había prometido,
confiado en el triunfo de su misión, pues ésa era la voluntad de Dios.
Apretando con fuerza los dientes, siguió a Fleming por la nieve.
—Papa Pete, espero por Dios que no haya empezado a rezar hasta ahora —
murmuró, con la respiración entrecortada—, porque si esto es lo que pasa cuando
reza, estamos metidos en un buen lío.

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68

Sector blanco.

C
arvelli se frotó las manos sudorosas tratando de apartar de su mente la
inquietante imagen de Soames flagelándose.
Ahora Bradley estaba vestido, de pie en una de las salas de recreo
desiertas, en el sector blanco. Sus lobos aguardaban pacientes, sentados a ambos
lados. Se echó hacia delante y miró por el ojo de buey de la puerta, de cristal tintado.
Ya había enviado un mensaje impaciente a Tripp y Bokowski, que se encontraban en
el sector rojo, para que revisaran el estado de su ordenador, y en pocos minutos le
había preguntado dos veces la hora a Carvelli. Y no dejaba de decir: «ya casi
estamos, ya casi estamos», repitiendo las palabras como un mantra.
Sonrió al mirar por el ojo de buey.
—Buen trabajo, Frank —lo felicitó—. ¿Ha sido difícil conseguir mi póliza de
seguro?
Carvelli no supo qué decir. Deseaba la aprobación de Soames, pero le daba miedo
decepcionarlo y ser castigado por ello. Lo cierto era que no había hecho gran cosa,
excepto esperar a que los hombres recogieran el «paquete» de la escuela y luego
pasarse el vuelo asegurándole al niño que aquél era un viaje sorpresa para ver a su tío.
—Está bastante entero, si es a eso a lo que te refieres.
—¿Ni siquiera un poco asustado?
—Echa de menos a sus abuelos y no sé si termina de creerse mi historia del viaje
sorpresa. Pero es un niño valiente.
Soames indicó a Carvelli que se acercara.
—Mira qué está haciendo.
Carvelli se acercó al ojo de buey tratando de mantenerse lo más lejos posible de
los lobos. En realidad ya sabía lo que el niño estaba haciendo: llevaba más de media
hora jugando.
—Míralo, construyendo con mis viejos bloques de construcción —dijo Soames
con una sonrisa distante—. Es muy meticuloso con las torres, se asegura de que cada
bloque esté en su sitio. —Abrió la puerta—. Tengo que hablar con él.
El niño estaba de pie en el centro de una habitación espaciosa y sobre el suelo de
madera había esparcidos muchos juguetes antiguos, Lego, GI Joe y gran cantidad de
bloques de construcción, que ahora se alineaban formando torres, cada una de ellas de
más de un metro de altura. Al oír que la puerta se abría, el niño se dio la vuelta.
—Hola, Jake —le saludó Soames—. Unas torres geniales.
—¿Dónde está el tío Milo? —preguntó él, fijándose sin disimulo en sus cicatrices
—. ¿Qué te pasa en la cara?
Soames se acercó más a él, se agachó y juntó mucho su cara a la del niño.

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—No me gusta el sol —dijo—, y al sol no le gusto mucho yo. ¿Y a ti? ¿Qué te
pasa en las piernas?
Jake no parpadeó siquiera.
—A mis piernas no les pasa nada.
—Pero no son tuyas, ¿verdad? —insistió Soames.
Jake le sostuvo la mirada.
—Sí son mías. Mi tío Milo me las regaló.
Soames se incorporó y se acercó a una de las torres.
—A mí me encantaba construir las torres más altas y luego derrumbarlas. ¿Por
qué no derrumbas esta primera?
—No, gracias —dijo Jake sin inmutarse. Había cambiado de posición y Carvelli
se dio cuenta de que estaba asustado, aunque mantenía la cabeza bien alta y la vista al
frente.
—Vamos, aquí puedes ser tan duro como quieras y tirar los bloques por toda la
habitación. No va a reñirte nadie. —Los lobos se acercaron y se sentaron, jadeantes,
unos pocos metros por detrás de Jake—. Prueba con la otra torre, si es lo que quieres.
Jake negó con la cabeza.
—Las dos juntas, entonces.
El niño seguía sin moverse.
—Pues creo que deberías hacerlo —insistió Soames, en un tono más frío. Los
lobos se acercaron más, hasta que su respiración casi llegaba al cogote de Jake. Al
niño le temblaban las rodillas y el labio, pero seguía sin moverse. Carvelli sabía de
qué eran capaces Soames y sus animales, y esperaba que el pequeño se rindiera y
tumbara las torres, aunque una parte de él se alegraba de su valentía. Ojalá él tuviera
el mismo valor.
Soames se agachó y volvió a acercar mucho la cara a la del niño, que no habría
podido retroceder ni de haberlo querido, pues los lobos le cerraban el paso. Soames
estaba enfadado. Retiró los labios pelados y esbozó una sonrisa siniestra, mostrando
una dentadura perfecta, poco acorde con su aspecto.
—Derriba la jodida torre.
El niño temblaba de la cabeza a los pies, estaba pálido, pero no se movía.
—Crees que tu tío está aquí —rugió Soames—. ¿Verdad, Jake?
El niño miró a Carvelli, acusándolo con sus ojos arrasados en lágrimas, que sin
embargo no llegaban a resbalar por sus mejillas. Él sintió que un escalofrío recorría
su interior.
—No, no lo creo. Pero cuando venga Milo a buscarme, te…
—¿Me qué? —Se enfureció Soames—. Si Miles viene, morirá, como tu padre,
como la puta de tu madre, y todos se encontrarán en el infierno, porque todo el
mundo va a acabar en el puto infierno, joder, incluido tú.
Jake cerró los ojos y se cubrió las orejas con las manos.
El rostro de Soames estaba muy colorado; Carvelli no lo había visto nunca tan

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enfadado. Los lobos jadeaban, esperando la orden de atacar. Jake tenía la espalda de
la chaqueta y las perneras de los pantalones manchados de su saliva.
—¡Seguramente tu tío Milo ya está muerto! —Exclamó Soames—. Y pronto tus
abuelos también lo estarán y entonces… y entonces… —Soames soltó un alarido de
rabia y derribó las torres. Salió de la habitación enfurecido, seguido por los lobos,
dejando a Carvelli con él.
Lleno de temor, se acercó al muchacho y le puso una mano en hombro.
—Ya se han ido.
Sin retirarse las manos de los oídos, Jake agitó los hombros, tratando de librarse
de la mano de Carvelli.
Una oleada de vergüenza recorrió todo su ser. Retiró la mano y abandonó la
habitación.
Sólo entonces, al saberse solo, Jake se tiró al suelo y empezó a llorar.

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69

Cuatro horas después.


A
hí está —dijo Fleming entornando los ojos al ver la luz que se movía en
espiral. Los fragmentos de brillo en rotación se hendían en la oscuridad
y le permitieron ver el pozo.
—¡Hace mucho calor! —exclamó el técnico del FBI, un negro alto llamado
Howie.
—Y la luz es muy intensa —observó Kovac—. Será mejor que nos pongamos
nuestros protectores.
Tras ponerse el suyo, Fleming alzó la vista hacia el inmenso ventilador que
extraía el aire caliente del sector rojo, que quedaba encima. La luz que provenía de él
brillaba con tal fuerza que ni siquiera con el protector ocular era capaz de distinguir
nada por entre las aspas más allá de una radiación cegadora.
—Esperad —dijo entonces—. Ahora el ventilador gira más despacio.
—Es por el termostato —aclaró Amber—. Su velocidad cambia constantemente.
En el sector rojo hay instalados estabilizadores de temperatura más precisos. El
ventilador extrae el aire caliente de la zona de la esfera. En función de la temperatura
del aire, acelera o prácticamente llega a detenerse.
—¿De modo que si esperamos a que se detenga, podremos entrar por ahí? —
preguntó Fleming.
Amber asintió.
—¿Y cómo sabremos cuándo empezará a acelerar de nuevo? —planteó el
segundo hombre de la Delta Force, un rubio fornido de ojos azules.
—No lo sabremos —aclaró Amber—. Sólo lo notaremos cuando empiece a girar
más deprisa.
—En este momento lo más importante es que Amber y Howie lleguen al
ordenador y hagan lo que tienen que hacer mientras nosotros les cubrimos —expuso
Fleming.
—Yo pasaré primero —dijo Kovac—. Comprobaré que no haya ningún problema
y realizaré un reconocimiento del otro lado. —Hizo un gesto al otro hombre D—. Tú
me cubres la retaguardia, Olsen.
Fleming vio que Kovac cruzaba la pasarela y trepaba por la escalerilla de
inspección que descendía por un lado del pozo. Al llegar arriba se dispuso a esperar
muy pegado a las aspas del ventilador, que prácticamente no se movían, lo que
permitió a Fleming percatarse de que sólo eran cuatro. A aquella velocidad, podía
pasarse sin problemas aprovechando los intersticios.
Kovac alargó el brazo derecho para comprobar la dureza de una de las aspas casi
detenida. En ese preciso instante se oyó un chasquido y la velocidad del ventilador

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aumentó. No mucho, pero lo bastante como para sobresaltar a Kovac y a los demás.
—No creo que las aspas lleguen a detenerse del todo —Fleming oyó decir a
Kovac a través del altavoz de su casco—. Intentaré pasar a través de ellas, aunque
sigan moviéndose.
Sin que Fleming tuviera tiempo de disuadirle, el jefe de la Delta Force se agarró
de una de las aspas, que siguió rotando sobre el pozo. Kovac giró con ella, montado
en su superficie curva, hasta que desapareció en el resplandor que venía del otro lado.
Fleming se sentía mareado.
—Ya he pasado —informó Kovac sin darle mayor importancia—. Esto pinta bien.
Hay dos plataformas de mantenimiento, una a cada lado, y la escalerilla sigue
subiendo. ¿Quién cruza ahora?
Todos se miraron, observaron el ventilador, que seguía girando más deprisa de lo
que sería aconsejable para atravesarlo con plenas garantías. Fleming dio un paso al
frente y avanzó por la pasarela. Trepó por la escalerilla y esperó, como había hecho
Kovac, debajo de las aspas. Allí, tan cerca, e incluso a aquella velocidad, le parecía
que el ventilador se movía demasiado deprisa. Aguardó, haciendo acopio de valor,
sintiéndose como un peatón que tratara de cruzar un circuito de Fórmula 1. Las aspas
disminuyeron su velocidad, se oyó un chasquido y el ventilador se detuvo.
En unos de los intersticios aparecieron unas manos.
—¡Vamos, sujétese, le ayudo a subir!
Levantó las suyas y sintió las de Kovac, fuertes, poderosas, que lo levantaban por
los brazos y le ayudaban a cruzar el ventilador.
Cuando iba por la mitad, con las aspas a la altura de su entrepierna, oyó otro
chasquido y vio que empezaban a moverse. El corazón se le salió por la boca y su
primer impulso fue soltarse, pero entonces constató que apenas se movían y logró
apoyarse en la plataforma en la que se encontraba Kovac.
Una vez allí, Fleming miró a su alrededor. La esfera de Soames estaba suspendida
sobre dos aros en intersección, unos tres metros por encima de él. La bola de fuego
parecía más brillante y volátil que la última vez que la había visto, y a pesar de los
protectores oculares, debía mantener los ojos entornados. A su derecha, la escalerilla
que venía del fondo del pozo seguía subiendo y llegaba hasta una puerta que se intuía
unos seis metros más arriba, y que conducía a la sala de control y a los laboratorios
que rodeaban el globo de luz. Desde allí apenas distinguía los cristales tintados; no
sabía si aquella puerta conduciría al laboratorio en el que Bukowski, Tripp y él
habían desarrollado la nueva versión del neurotraductor para Soames.
—Vamos —susurró Kovac a través del micrófono.
Amber fue la siguiente. Como el ventilador seguía estático y ella era delgada, fue
fácil ayudarla a subir por entre dos aspas. Después cruzó Howie, el agente especial
del FBI.
Ya sólo quedaba uno, el segundo hombre de la Delta Force.
El ventilador emitió un chasquido y empezó a moverse más deprisa.

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—Mierda —murmuró Kovac. Consultó la hora y miró a Amber—. Esperaremos
unos minutos por si vuelve a detenerse, pero si no lo hace, deberemos seguir sin él.
Ya hemos perdido demasiado tiempo y no sé cuánto va a necesitar para hacer su
trabajo.
—Yo tampoco —confesó Amber.
Otro chasquido. El ventilador ralentizó su marcha.
—Vamos, Olsen —susurró Kovac.
Fleming tendió las manos por entre las aspas apenas éstas se detuvieron, y Kovac
hizo lo mismo. Agarró del brazo derecho al hombre de la Delta Force mientras Kovac
lo sujetaba por el izquierdo. Pertrechado con todo su equipo, pesaba bastante, pero
lograron tirar de él hacia arriba. Ya casi había dejado atrás las aspas cuando se oyó
otro chasquido.
No sucedió nada.
El hombre alzó la vista y, aliviado, sonrió a Fleming.
Pero la sonrisa no le duró mucho.
Todo ocurrió tan deprisa que Fleming no pudo hacer más que observar
horrorizado que el ventilador ganaba velocidad rápidamente y les arrebataba al
hombre. Durante unos segundos, el miembro de la Delta Force giró entre las aspas,
como si fuera montado en un carrusel. Pero el ventilador iba cada vez más deprisa y
al poco quedó troceado como una zanahoria metida en una picadora. Mientras el
mecanismo infernal seccionaba su cuerpo, empezando por los pies y en rápido
ascenso, mantenía los ojos fijos en los de Fleming.
Al instante todo había pasado y Fleming no oyó siquiera el golpeteo sordo de los
miembros del hombre mientras caían al abismo. En cierto sentido, eso fue lo más raro
de todo: que, exceptuando el ruido de las aspas descuartizando su cuerpo, el hombre
no emitió sonido alguno.
El agente del FBI se echó hacia delante y vomitó.
Kovac se volvió hacia Amber, que no apartaba la vista del ventilador. Apretaba
mucho los músculos de la mandíbula, pero más allá de eso su expresión se mantenía
neutra.
—Esto hace que lo que hemos venido a hacer sea aún más importante.
Amber seguía concentrada en aquellas aspas.
Kovac le cogió la cabeza con su mano inmensa y la obligó a mirarlo.
—¿Está dispuesta a seguir, doctora Grant? Porque si no es así, toda esta mierda
no habrá servido de nada.
Amber parpadeó.
Fleming le puso una mano en el hombro.
—Venga, Amber, tenemos que seguir.
Ella asintió. Estaba muy pálida, pero el brillo había vuelto a sus ojos.
—Vamos —ordenó Kovac que, volviéndose, empezó a subir por la escalerilla.

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70

E
n lo alto de la escalerilla, la puerta daba a un laboratorio desierto. Amber, que
iba detrás de Kovac, se agachó y se metió en la sala blanca, seguida de
Fleming. A su izquierda vio un maniquí de pruebas como el que Miles le
había mostrado en Barley Hall. ¿Cómo lo llamaba? Brian.
Junto a él, sobre un moderno banco, reconoció la versión actualizada del
neurotraductor, así como el casco transparente que Soames había inventado para
atrapar las almas.
—Creía que esas cosas estaban en el Arca Roja —dijo.
—El cabrón no dejaba nada al azar; hizo una copia.
Fleming, frunciendo el ceño al hablar, observaba los aparatos como si pensara en
algo. Transcurridos unos instantes, miró la esfera de luz a través de los cristales
tintados.
—Amber —dijo, con los ojos brillantes de emoción.
—Sí.
—Silencio —susurró Kovac desde su sitio, señalando algo a su derecha.
Amber miró a través de los cristales tintados, más allá de la esfera de luz, y vio
que en la zona de laboratorios que quedaba al otro lado del pozo había un guardia
apostado junto a las puertas correderas. Dentro, alguien trabajaba ante una consola,
concentrado en una pantalla. No tardó en reconocerlo: se trataba de Walter Tripp.
Buscó con la mirada por si encontraba a Bukowski, pero no la vio.
—Ahí es donde deben de estar los controles principales —susurró—. Tenemos
que apartarlo de esa consola antes de que le dé tiempo de alertar a nadie. ¿Cómo
podemos hacerlo?
Kovac se volvió hacia ella.
—¿Le hará falta interrogarlo?
—En realidad no. Puedo encontrar todo lo que necesito en el ordenador, y además
no me fiaría de nada de lo que nos dijera. Lo que necesito es apartarlo de los
controles. ¿Puede hacerlo?
El jefe de la Delta Force esbozó una sonrisa fría, dura.
—Sí, por supuesto. Espere aquí.
Agazapada entre Fleming y el agente del FBI, vio a Kovac salir a la pasarela
circular que, desde el exterior, conectaba todos los laboratorios. Lo perdió de vista un
instante cuando pasó por la plataforma elevada del ascensor, pero al poco vio que el
guardia de seguridad, al otro lado del pozo, se desplomaba. Segundos después, Kovac
se incorporó a su lado y arrimó la espalda a la pared, junto a las puertas correderas
que conducían a la zona de trabajo donde se encontraba Tripp.
Vio que las puertas se abrían y que Tripp se daba la vuelta. Parecía más
desconcertado que alarmado, pues sin duda confiaba plenamente en lo inexpugnable
de aquella fortaleza tecnológica. Vio que decía algo, aunque no oyó qué.

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Abandonando la consola, se dirigió a la puerta. Parecía estar llamando a alguien.
De pronto desapareció bajo la ventana y al momento Kovac les hizo un gesto.
Amber siguió sus pasos y no tardó en hallarse en el centro de control. Tanto el
guardia como Tripp estaban tumbados en el suelo, con los ojos muy abiertos los
cuellos doblados en un ángulo imposible. El rictus de preocupación de Tripp en su
agonía era el mismo que siempre había mostrado en vida; Amber se alejó de él a toda
prisa: ya había presenciado demasiadas muertes en los últimos días.
La sala de control no había cambiado desde la última vez que había estado en
ella, hacía unos años, y le alivió descubrir que la pantalla principal que tenía delante
seguía operativa. Tripp había estado monitorizando el progreso del superordenador y
ya había accedido al sistema, lo que implicaba que ella no tendría que colarse en él.
Por fin parecía que su suerte estaba cambiando.
Acercó la mano a la pantalla táctil, se colocó sobre el icono del directorio de
archivos y lo pulsó. La pantalla empezó a desplegar listas de archivos a tal velocidad
que era imposible leerlas. Al llegar al final apareció un número de al menos siete
dígitos.
—¿Qué es esto? —le preguntó Fleming, de pie tras ella.
—Esto —respondió Amber, admirada— es la lista de todos los archivos
almacenados en los fotones de luz de esa bola de vidrio que hay ahí. Básicamente, lo
que vemos en esta lista son todos los datos electrónicos que la humanidad ha ido
registrando a lo largo de su historia. Esto es el agujero negro que ha succionado todos
los datos perdidos del mundo.
Se hizo un denso silencio mientras todos trataban de asimilar las proporciones de
todo aquello.
—¿Qué significan esos dígitos al pie de la lista? —preguntó el agente del FBI.
Amber suspiró. Estaba acostumbrada a trabajar con ordenadores de gran
capacidad y potencia, pero seguía impresionándole la escala lograda por Soames.
—Ese número es una estimación de los años que se tardaría en revisar todos los
documentos del directorio en la pantalla, a la misma velocidad a que acaban de ver
desplegarse la lista. No el contenido total, sino sólo los títulos.
—¿Y eso son millones de años? —Inquirió Kovac—. Jod…
Por primera vez parecía impresionado.
—¿Y la posibilidad de enviar los datos de regreso a los lugares de los que han
sido robados? —quiso saber Fleming.
—No te preocupes, eso será bastante rápido. Las transacciones se efectúan a la
velocidad de la luz. Aun así, debemos comprobar el programa original y asegurarnos
de la integridad de los datos y las rutas. Es posible que Soames haya incorporado
trampas para destruir la información almacenada si alguien la manipula o para que
regrese a unas direcciones que no son las correctas. Y unos datos incorrectos,
corrompidos o colocados en lugares que no les corresponden pueden resultar más
peligrosos aún que la ausencia de datos. De modo que tendremos que seguir los

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procedimientos convencionales de profilaxis para aseguramos de que los datos
correctos regresen a los bancos de datos que les corresponden. Pero, teniendo en
cuenta la potencia de este ordenador, no creo que la operación nos lleve más de unos
pocos minutos.
—¿Y para detener las dos últimas señales?
—Mientras monitorizamos la devolución de los datos para asegurarnos de que
todo va bien, puedo ir rastreando los programas en segundo plano en busca de
instrucciones predeterminadas que hagan referencia a áreas relevantes, como
instalaciones nucleares, misiles y esas cosas. Luego, una vez desactivado lo que
Soames esté tramando, introduciré un PIP.
—¿Un qué? —preguntó Kovac.
—Un protocolo de implosión paradójica —aclaró ella—. Un PIP, básicamente, es
un programa que establece una paradoja en el centro fotónico del caudal de cbits para
que la inmensa potencia del ordenador revierta sobre sí misma. —Sonrió al ver que
Kovac fruncía el ceño—. Es lo que vosotros, los soldados, llamáis bomba. Una gran
bomba. —Consultó la hora—. Todavía disponemos de varias horas, ¿verdad?
—A menos que Soames adelante las cosas —observó Kovac.
Amber se volvió hacia el técnico del FBI.
—¿Sabe instalar un programa CAS?
—¿Un «Clean and Screen»?
—Sí.
Howie asintió.
—Perfecto. Activaré esa segunda terminal de ahí para que pueda pasar el CAS en
los datos. Así nos aseguraremos de que vuelvan en el mismo estado en que fueron
robados y a los mismos sitios de los que se extrajeron. ¿De acuerdo?
—Lo que usted diga.
El técnico se dirigió a la segunda terminal mientras Amber conectaba la pantalla
desde su panel de control.
—El ascensor es la única vía de acceso a este sector, ¿no es cierto? —preguntó
Kovac.
Fleming asintió.
—Exceptuando la que hemos usado nosotros, claro.
—Subiré hasta la pasarela y mantendré vigilancia. Para que nadie os moleste.
Buena suerte.
—Parece que todo está bajo control —dijo Fleming, una vez que Kovac se hubo
ausentado. Parecía evidente que se traía algo entre manos, porque no dejaba de mirar
en dirección al laboratorio en el que se encontraba su neurotraductor—. No vas a
necesitarme durante los próximos minutos, ¿verdad?
—¿Por qué? —preguntó Amber sin dejar de teclear.
Fleming tardó unos instantes en responder.
—Este ordenador es capaz de realizar cálculos muy complejos a una velocidad

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asombrosa, ¿no es cierto? —Dijo, señalando la bola de fuego—. Vaya, que si no es
capaz de calcular una posible correlación causal entre dos sistemas aparentemente
inconexos, es porque seguramente no hay correlación o conexión que calcular.
¿Tengo razón?
Ella se volvió hacia él y entornó los ojos.
—¿Qué te propones?
—Necesito que este ordenador haga algo antes de que lo destruyas. Necesitaré mi
neurotraductor y el casco detector de almas de Soames. Creo que tardaré sólo unos
minutos.
—¿De qué se trata?
Amber escuchó con gran atención sus explicaciones, y cuando terminó, negó con
la cabeza. Aquella descabellada hipótesis estaba condenada al fracaso con casi total
seguridad, pero ella no pensaba impedirle que intentara demostrarla.
—Es mal momento —se limitó a decir.
—Es la única ocasión en que tendré acceso a un ordenador de esta potencia. O
ahora o nunca.
Amber suspiró y pulsó una tecla de su pantalla.
—He activado la terminal del laboratorio donde se encuentra tu neurotraductor.
Entra y usa el icono de búsqueda. Teclea las preguntas y el ordenador buscará los
datos para demostrar o refutar tu hipótesis. Si no obtienes respuesta en un minuto,
más o menos, es que no la hay. ¿De acuerdo?
Fleming se acercó más a ella y durante un instante fugaz a Amber le pareció que
había estado a punto de besarla. Y descubrió que le habría gustado. Pero él se limitó a
sonreír.
—Gracias —dijo, y salió a toda prisa.
—¿Cómo va? —preguntó Amber al técnico que operaba desde la otra terminal.
—Ya casi estoy. Debería terminar en unos minutos. ¿Y usted? ¿Ya ha averiguado
en qué consisten las dos últimas señales?
—Todavía no, pero ahora ya puedo empezar a buscar las instrucciones básicas.
Pero cuando se disponía a teclear los parámetros de búsqueda, la pantalla cambió.
Ante ella aparecieron unas coordenadas geográficas de latitud y longitud y tras ellas
un mapa de la India y Pakistán.
Dos puntos, uno sobre Nueva Delhi y otro sobre Lahore, parpadeaban en color
rojo. En el ángulo superior izquierdo de la pantalla, un cronómetro marcaba el
número 100 en color amarillo. De pronto, tras varios destellos, la cifra cambió: 99,
98…
—¡Dios mío!
—¿Qué? —preguntó Howie.
—No estoy segura —respondió Amber, tratando de mantener la calma—. La
India y Pakistán son potencias nucleares, ¿verdad? Y no son precisamente países
amigos. ¿Me equivoco?

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Howie asintió con cautela.
—Sí.
—Dios mío. Creo que al recuperar los datos robados durante la segunda señal, no
sé cómo, pero hemos activado las dos últimas.
—¿La guerra y la muerte?
La pantalla volvió a cambiar. En esa ocasión vio un mapa más grande en el que
aparecían Asia y Europa. Había puntos rojos que parpadeaban en numerosos lugares
de Oriente Medio y grandes sectores de Ucrania, Rusia, Corea del Norte y China. En
el mismo ángulo de la pantalla apareció otra cuenta atrás similar.
—Mierda —dijo Amber, acercando la mano a la pantalla táctil. Todo aquello
sucedía automáticamente. Debía acceder al programa y detenerlo.
«¡Bang!».
Un disparo.
Seguido de tres más.
—¿Qué diablos ha sido eso? —preguntó el agente del FBI, tensando todo el
cuerpo.
Amber oyó el ruido de un mecanismo y supo que el ascensor se había puesto en
marcha.
—Seguramente es Kovac —dijo Amber, que se debatía entre la cuenta atrás de la
pantalla y el ascensor.
—Iré a ver —informó el técnico antes de abandonar la sala a toda velocidad.
Ella volvió a concentrarse en la pantalla y tecleó un código de programa mientras
la cuenta atrás continuaba. 92, 91, 90…
Oyó unos gruñidos tras ella, seguidos de un grito. Se dio la vuelta. Uno de los
lobos de Soames saltó desde la plataforma del ascensor, abrió las fauces y se
abalanzó sobre el cuello del técnico, que trataba de gritar. El segundo lobo se echó
sobre su entrepierna.
Fue entonces cuando apareció Soames, que bajó por las escaleras y pisó el cuerpo
agonizante del agente, mientras Bukowski le seguía armada con una pistola. La
científica rubia observó el cuerpo de Tripp tumbado en el suelo y acto seguido clavó
sus ojos, azules y fríos como el hielo, en los de Amber.
—Amber, aléjate de la terminal y ven aquí —le ordenó Soames con voz pausada,
gélida.
Ella volvió a mirar la pantalla. La cuenta atrás seguía: 88, 87…
No podía hacer nada por impedirlo.
—No toques nada o le concederás a Felicia el placer de matarte —le advirtió
Soames.
Amber no se movió.
—¿Dónde está Miles? Parece que os habéis vuelto inseparables.
—No está aquí —respondió ella, decidida a no mirar en dirección a la bola de
fuego, ni al laboratorio que había al otro lado.

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Soames escrutó la zona con la mirada y sonrió.
—Qué lástima. Ha venido alguien que quiere verle.

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71

F
leming acababa de interrogar al ordenador en el otro laboratorio cuando oyó
los disparos. Instintivamente, se dio la vuelta para mirar al otro lado del pozo,
donde trabajaba Amber. Y presenció, atónito, cómo los lobos abatían al
técnico del FBI. Se agachó para que no lo vieran y buscó sin éxito algún arma en el
laboratorio; allí sólo se guardaba el neurotraductor y la esfera para capturar almas.
Vio con impotencia que Soames aparecía con Bukowski y que ésta apuntaba a
Amber con una pistola.
«¿Dónde diablos está Kovac? Mierda, mierda, mierda».
Amber se alejó de la consola y avanzó hacia Soames, que se adelantó unos pasos
para recibirla. En ese momento, Fleming vio que Carvelli se encontraba frente al
ascensor… ¡con Jake!
«¿Qué está haciendo él aquí?».
Tuvo que reprimirse mucho para no salir corriendo y abalanzarse sobre él armado
sólo con sus manos.
Una vez junto a Amber, Soames la sostuvo del cuello. Al cabo de unos segundos,
Fleming oyó su voz a través de los altavoces del casco.
—Hola, Miles, te hablo a través del micrófono de Amber para asegurarme de que
me oyes bien. Primero lo primero. Vuestra misión ha fracasado. Las últimas señales
ya se han activado, así que ya no hay razón para heroicidades. Además, tengo a tu
sobrino conmigo. Ahora vamos a subir al nivel de la pasarela y te doy dos minutos
para que te montes en el ascensor y te unas a nosotros. Si no lo haces, expondré los
tiernos ojos de Jake a la luz. Y después, si todavía no has aparecido, se convertirá en
alimento de mis mascotas. Sienten debilidad por la carne tierna. Tú eliges.
Fleming apretó los puños. Vio que los lacayos de Soames conducían a Jake y a
Amber hasta el ascensor y sintió náuseas de impotencia y rabia.
Todo estaba perdido. No tenía elección.
Si ya no podía ayudar a salvar el mundo, al menos debía intentar salvar a Jake y a
Amber.

* * *

El tiempo avanzaba muy deprisa. No había nada que hacer. Amber debía regresar a la
consola central y detener la cuenta atrás. Pero Miles Fleming era el único que podía
hacer algo. Y él no sabía cómo reprogramar el ordenador.
De pie junto al ascensor, en la pasarela, entornando los ojos a pesar de llevar
puestos los protectores oculares, Amber vio el cuerpo de Kovac tendido en la
plataforma de acero, junto a otro guardia. Los dos parecían estar muertos. El cuello
de Kovac se veía ensangrentado y tenía orificios de bala en la parte superior del
cuerpo. Carvelli seguía allí, solo, a su izquierda. Se veía pálido y enfermo, como si

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hubiera preferido encontrarse en cualquier otra parte. Bukowski, por el contrario,
estaba impaciente por usar su arma, allí apostada contra la barandilla, junto a Soames
y Jake. Bradley llevaba sus ropas protectoras, y el perfil de Jake se veía diminuto y
frágil entre los dos adultos.
—¿Estás bien, Jake? —le preguntó Amber.
Durante una fracción de segundo, el niño miró los lobos, expectantes junto al
ascensor, y asintió. Al hacerlo, los lentes protectores, que le venían grandes,
estuvieron a punto de salirse de su sitio.
—Está bien —confirmó Soames—. Por el momento.
—¿Por qué haces todo esto, Bradley?
—Yo no hago nada. Yo simplemente me aseguro de que suceda lo que está
predestinado. Esto no lo decidí yo; me limito a materializar la profecía. Por eso nunca
has tenido ninguna posibilidad de impedírmelo. Ni siquiera revirtiendo la segunda
señal y recuperando todos los datos del mundo. De ese modo sólo has conseguido
que las dos últimas señales sean más potentes.
—¿Vas a lanzar misiles nucleares y borrar del mapa la mayor parte de Asia?
Soames se echó a reír.
—Por supuesto que no. Será la humanidad la que lo decidirá. No fueron los
apagones de la primera señal los que causaron los disturbios sociales; fue la reacción
de la gente ante esos cortes de luz. La segunda señal no fue una hambruna real; la
gente no ha muerto de hambre, ni se ha quedado sin lo que físicamente necesita para
sobrevivir, sino sólo sin aquello de lo que se ha acostumbrado a depender. Y las
últimas señales no van a ser distintas. Será la humanidad la que se arrojará la guerra y
la muerte sobre sí misma, por culpa de sus propios prejuicios y decisiones. Ciertas
naciones verán aparecer unos lanzamientos de misiles inexistentes en las pantallas de
sus ordenadores. Pensarán que sufren un ataque, pero en ese momento todavía podrán
decidir qué hacer. Podrán verificar si el ataque es verdadero, creerse a sus enemigos
cuando éstos afirmen que ellos no han lanzado ningún misil, o por el contrario podrán
desencadenar una guerra real y costosísima. —Sonrió—. ¿Cuál de las dos cosas crees
que sucederá, Amber? No soy experto en apuestas, pero yo apostaría por la guerra y
la muerte. Y más teniendo en cuenta que las autoridades van a recibir una
información desconcertante, una vez los datos del mundo han sido recuperados,
gracias a tu magnífico acto de heroísmo. Sin duda se alegrarán de su buena suerte,
pues recuperarán sus archivos justo a tiempo de detectar un ataque y responderán a él.
—¿Por qué deseas con esa impaciencia que se cumpla la profecía del papa Rojo,
si sabes bien que ésa no es toda la verdad?
Soames volvió a sonreír.
—Porque lo será —dijo, señalando el ascensor—. Pronto será la única verdad.
El ascensor descendió hasta el segundo nivel. Alguien lo había llamado desde
abajo. Miles Fleming subía ya. Todo había terminado. Soames había vencido.
Con una gran tensión, clavó la vista en la puerta del ascensor. Lo mismo que Jake.

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Y que los lobos.
—Cuidado, Milo —gritó Jake. Bukowski le propinó una fuerte bofetada que lo
hizo tambalearse.
—No lo hagas, Miles —le pidió Amber.
Pero no sirvió de nada. Aunque ella se concentró con todas sus fuerzas para que
el ascensor no se moviera, la cabina inició el ascenso. A través de los vidrios veía su
silueta elevándose en su interior. Cuando las puertas se abrieron, levantó un brazo y
salió.
Soames emitió una orden gutural y los lobos se abalanzaron sobre él arrojándolo
al suelo. Jake emitió un grito y Amber se lanzó sobre los lobos tratando sin éxito de
apartarlos. Pero los animales ni se percataron de su existencia y siguieron entregados
a su ataque salvaje, desgarrándole el cuello, tirando del casco.
Cuando lograron quitárselo, Amber ahogó un grito. La cabeza era de plástico. No
era Fleming, sino el maniquí de pruebas. Se volvió hacia Soames y Bukowski
mientras una figura aparecía como un vengador negro por encima de la barandilla,
tras ellos, y tiraba de la científica rubia hasta hacerla caer de espaldas al pozo, entre
gritos.
—Coge a Jake y vuelve a la consola —le gritó la figura, acercándose a Soames y
arrancándole la capucha.
Amber cogió al niño de la mano y lo llevó hasta el ascensor. En ese momento, los
lobos dejaron de atacar al muñeco y Carvelli se acercó a ella corriendo. Uno de los
dos animales se abalanzó sobre ella, pero entonces Carvelli se interpuso en su camino
dejándole vía libre hasta el ascensor.
—¡Deprisa! —le gritó, mientras luchaba contra el lobo, que le clavaba las garras
en el estómago y se echaba sobre su cara.
Amber no lo pensó dos veces. Se metió con Jake en el ascensor y pulsó el botón.
Sin embargo, el segundo lobo ya se había lanzado sobre ellos y, mientras la puerta se
cerraba, se abalanzó sobre la pierna de Jake. Ella pulsaba frenéticamente el botón de
descenso, pero la pierna del niño bloqueaba la puerta, y las mandíbulas del lobo se
cerraban una y otra vez sobre ella. El animal no dejaba en ningún momento de mirar
a Amber con sus ojos malignos, amarillos. A la izquierda, a través de los cristales
oscuros, vio que el cuerpo de Carvelli se desmoronaba, y que el otro animal le
destrozaba el cuello.
Entonces Jake se llevó la mano al muslo y apretó algo. Al instante se le salió la
pierna y el lobo, que tiraba de ella, retrocedió llevándosela entre los dientes y
liberando la puerta.
El ascensor se cerró con un zumbido, y mientras descendían, Amber vio que los
lobos se acercaban a la barandilla en la que Soames forcejeaba con Fleming.
Pero ahora no podía pensar en eso. Tenía mucho que hacer.

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72

P
ara su sorpresa, Soames estaba más ágil y fuerte de lo que creía, y cuando
Fleming le quitó la ropa protectora, exponiendo su piel hipersensible a la luz,
constató que empezaba a pelear con más fuerza.
A Fleming le pesaba mucho el aparatoso casco detector de almas, que llevaba
incorporado el electrodo del casquete azul. Lo había usado para controlar el cuerpo
del maniquí mediante el neurotraductor mientras salía del laboratorio y trepaba por el
pozo.
Ahora los lobos iban a por él.
De pie en la plataforma, le dio un fuerte puñetazo a Soames y lo puso contra la
barandilla hasta tenerlo casi suspendido en el vacío, agarrándolo por la muñeca.
—Ordénales que paren —le gritó. Debajo, la esfera brillaba con intensidad
parpadeante, como un pequeño sol, y la piel de Soames empezaba a enrojecerse.
Los lobos aullaban y lloriqueaban, pero se retiraron, como si intuyeran que al
seguir atacándole pondrían en peligro la vida de su amo.
—Ordénales que paren —repitió Fleming.
Soames pronunció una orden gutural y los lobos se retiraron un poco más.
—Miles, debes detener a Amber. No debe interferir en las señales.
Fleming negó con la cabeza, incrédulo.
—Eres un malvado cabrón.
—No lo soy —suplicó Soames con voz más sincera—. Esto es importante. Tú has
de comprenderlo más que nadie. Hay un motivo para lo que estoy haciendo y no
debes impedírmelo.
—¿De qué diablos estás hablando?
—La revelación del papa Rojo tiene un propósito y yo debo hacerlo posible.
—Su revelación es mentira.
—No, no lo es. Es una mentira a medias y una verdad a medias. Era su verdad.
—Pero tú quieres que la convierta en la única verdad.
—No tengo elección. Debo convencer al mundo de que Dios no existe, de que
sólo existe el Demonio. Ésa es mi misión.
Fleming se agachó para agarrar a Soames por el otro brazo. Tenía la piel llagada,
pero no parecía importarle el dolor.
—¿Y por qué es ésa tu misión, Bradley? ¿Quién te crees que eres? ¿El Demonio?
—Es mucho más complicado. —Soames lo miraba fijamente a los ojos—. Soy el
segundo hijo de Dios.
Fleming estuvo a punto de soltarlo.
—¿Qué?
—Escúchame, escúchame —le suplicó Soames—. Hace dos mil años, Dios envió
a su primer hijo a la tierra. Era un hombre bueno que predicaba la compasión y el
perdón… Llegó incluso a morir en la cruz por la humanidad, para enseñaros el

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verdadero camino hacia Dios. Pero no sirvió. Las religiones lucharon unas contra
otras por ver cuál de ellas interpretaba correctamente las enseñanzas de Cristo. Se
interpusieron en el camino de la fe, que dejó de ser un asunto de libre albedrío para
convertirse en cuestión de poder y de culpa. ¿Qué libre albedrío hay en un cura que
dice: «Haz lo que te digo o irás al infierno»? Eso no es libre albedrío, eso es obedecer
órdenes por temor al castigo.
»Además, los sacerdotes también son hombres. A ellos no les importa entender a
Dios, lo que les importa es hacerse con el poder en este mundo. Pero a Dios no le
interesan las grandes iglesias, ni que le adoren. Él no es de esa clase de padres. Lo
que él quiere es que vosotros, su creación más ambiciosa, maduréis y dejéis de
necesitarle. Eso fue lo que trató de explicaros su primer hijo. Vivir una vida buena es
una recompensa en sí misma. En el momento de la muerte, todo individuo
experimentará su propia verdad del alma. Pero nadie le hizo caso.
»De modo que ha enviado a otro hijo, un hijo más lúgubre. Yo. No para que
predique el bien ni la bondad esta vez, sino para que demuestre de una vez por todas
que Dios no existe. Que el único que manda es el Demonio. Sólo entonces la
humanidad se liberará de las cadenas de la religión y desarrollará su propio sentido
del bien y del mal… el verdadero libre albedrío. En el fondo, uno sólo puede tomar
decisiones verdaderamente libres cuando no existe la promesa de una recompensa.
De modo que ése es el regalo que os hace Dios, desaparecer de vuestra conciencia.
Por eso creé a Acosta. Arrogante y dogmático, era el símbolo perfecto de la religión.
Al lograr que él, el líder de la religión más poderosa de la tierra, negara a Dios desde
más allá de la tumba, el mundo entero me haría caso. Y después de que se produjeran
las señales, ya no tendrían más remedio que creer.
Volvió a sonreír a Fleming.
—Entre todas las personas, tú eres la que mejor debería comprenderlo, Miles. Tú
odias todos esos dogmas de las religiones. Tú eras un ateo que hacía el bien sin
esperar nada a cambio en la otra vida. Y mira a Virginia Knight. Cuando empezó a
seguir al papa Rojo se convirtió en un ser débil y cobarde, dispuesta a traicionar a sus
amigos, a avalar incluso innumerables muertes, diciéndose a sí misma que no
importaba, pues las víctimas padecían enfermedades irreversibles y ella cumplía así
con la voluntad de Dios. Pero sólo cuando perdió la fe en Dios halló la fe en sí
misma, y el valor para ayudarte a ti y a Amber a escapar. Sólo cuando dejó de
depender de la promesa de la otra vida, encontró su independencia. Miles, debes
detener a Amber, o todo se perderá.
—¡Estás loco! ¡Morirán millones de personas!
—Se perderán vidas, pero se salvarán almas —imploró Soames—. Debes
comprenderlo. Soy quien digo ser. Sabía lo que el papa Rojo revelaría. Por eso luché
con tanto ahínco por sacar adelante el Proyecto Alma. Sabía cuáles serían las señales.
Por eso me preparé para ellas. Créeme, Miles, yo soy a la vez Lucifer y el hijo de
Dios. Soy el instrumento de Dios. Soy el fuego del infierno que trae sufrimiento y

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desesperación, pero también soy la llama que purifica y prepara el terreno para un
mejor crecimiento futuro. Miles, el futuro de la humanidad está en tus manos. Debes
permitir que las señales sigan su curso, que quemen las malas hierbas de la religión y
que permitan que una nueva semilla de fe propia y verdadero libre albedrío crezca en
su lugar.
Soames hizo una pausa, como si esperara a que él le respondiera. Pero Fleming
no sabía qué decir. Había una lógica perversa en sus palabras.
Soames se aferró a la muñeca de Fleming. Tenía la piel en carne viva, llena de
escamas, de llagas enrojecidas. Fleming trató de subirlo para que pudiera cubrirse,
pero cuanta más presión ejercía sobre su piel, más se le desgarraba.
—Por favor, Miles, por favor —le suplicó Soames, sin percatarse siquiera del
dolor—. Mátame, pero deja que las señales sigan su curso. Debes remachar los clavos
finales en el ataúd de la religión. Sólo va a existir esta oportunidad, Miles, y depende
de ti. ¡Debes hacerlo ahora, Miles! —gritó—. ¡Debes hacerlo!

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73
9… 8…

C
uando Amber miró la pantalla, supo que era demasiado tarde. La cuenta atrás
casi había llegado a su término. Los ataques fantasma estaban a punto de
empezar.
Dejó a Jake junto al ascensor, para que avisara por si aparecían más guardias, y
entró en el programa base del ordenador. Casi al instante se percató de que Soames
tenía razón: todos los datos robados habían regresado a sus lugares de origen, pero el
acto de restauración había activado las dos últimas señales.
6… 5…
Se fijó en el mapa de la India y Pakistán, y después en el de Asia. Todos los
puntos rojos seguían parpadeando. Si introducía un programa de implosión fotónica,
destruiría el ordenador, pero no antes de que éste enviara su información y pusiera en
marcha el apocalipsis de guerra y muerte profetizado por el papa Rojo.
4… 3…
Empezando por el mapa general de Asia, abrió una ventana en la base de la
pantalla y a través de ella accedió al programa base, desde el que buscó la instrucción
germinal que iba a plantar el mensaje de lanzamiento del ataque en el Internet óptico.
La encontró casi al momento y en un segundo la desactivó. Los puntos rojos del
mapa dejaron de parpadear.
… 2…
Se trasladó al mapa de la India y Pakistán y repitió la operación. Abrió una
ventana para acceder al código del programa base. Empezó a buscar las instrucciones
germinales…
… 1… 0…
«¡Mierda! Demasiado tarde».
La mancha roja situada sobre Nueva Delhi dejó de parpadear. Y entonces, una
línea roja empezó a describir una parábola que se dirigía a Pakistán.
Comprobó el programa base. La instrucción germinal ya había sido enviada al
centro de mando de misiles de Lahore informando erróneamente de que India
acababa de lanzar un ataque nuclear. Respiró hondo, se secó el sudor de las manos y
borró el mensaje.
La parábola desapareció de la pantalla. Y con ella desapareció también la tensión
que agarrotaba sus hombros. Tratando de calmarse, se dispuso a insertar el PIP que
destruiría el ordenador. Pero antes de hacerlo, vio que sobre el mapa aparecía un
nuevo punto rojo. Y entonces, sin cuenta atrás ni advertencia de ninguna clase, una
línea inició su recorrido camino de India.
Desesperada, comprobó el código base para averiguar si se había saltado algún
paso y al hacerlo constató que en ese caso no se trataba de un ataque fantasma, sino
de la respuesta armada de Pakistán al anterior «ataque» de la India.

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Sin apartar los ojos de la pantalla, volvió a introducirse en el programa base del
ordenador más potente del mundo en busca de un milagro.

* * *

—Debes impedírselo, Miles —le gritaba Soames. Su serenidad anterior había


desaparecido. La piel de la frente casi se le descolgaba del rostro y tenía los ojos
inyectados en sangre—. Ayúdame y yo te ayudaré a descubrir cuál ha sido el destino
de tu hermano. La clave está en el ordenador. Existe una relación entre la firma del
alma y el código genético de la persona. El patrón de interferencia se corresponde con
los intrones, el código-basura que compone la inmensa mayoría de nuestro ADN. El
ordenador es capaz de obtener la firma del alma de tu hermano a partir de su genoma.
Con mi ayuda, podrás rastrearla. Y ponerte en contacto con él.
Eso Fleming ya lo sabía. Había tenido una corazonada y por eso había dejado a
Amber sola y se había ido a interrogar al ordenador.
—Ya sé lo que es capaz de hacer —dijo.
Soames esbozó una sonrisa de loco.
—De modo que eres consciente de que el ordenador te va a ser imprescindible si
quieres satisfacer tu necesidad de conocer, tu necesidad de demostrar que tu hermano
está bien. Si lo destruís, jamás podrás contactar con él. Tu mente jamás hallará
descanso.
Fleming ya había tomado una decisión al respecto.
—Rob está bien —dijo.
—¿Cómo lo sabes?
—No lo sé, Bradley. Supongo que deberé tener fe —respondió, y sintió que se
quitaba un gran peso de encima.
Soames parecía hallarse próximo al pánico.
—Hay que parar a Amber. ¡Ella es la única que puede detener el advenimiento de
las señales y debes impedírselo!
—No, no debo —replicó él sin perder la calma—. Como tú mismo has dicho,
puedo hacer uso de mi libre albedrío. Y eso es lo que estoy haciendo.
—¡No! ¡No! —Exclamó Soames—. ¡Cometes un error fatal! ¡Las cosas no tenían
que ser así! ¡Debes impedírselo!
—¡Demasiado tarde, Bradley! —Fleming oyó que Amber gritaba a sus espaldas.
Se volvió y la vio junto al ascensor, en compañía de Jake, con la vista clavada en los
lobos, que los observaban—. Se me ha escapado uno, pero he podido desviarlo y
dirigirlo al mar. Todo ha terminado.
Soames alzó la vista y miró a Fleming.
—Estúpido —farfulló—. Dios ha dado una segunda oportunidad al hombre. Ha
enviado a su segundo hijo. Y tú lo has echado todo a perder. Una vez más. No
mereces vivir.

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Le soltó la muñeca. Fleming lo sostuvo tanto como pudo, pero la piel se le
deshacía en las manos y al fin cayó de espaldas al pozo y fue a estrellarse sobre la
radiante esfera de cristal.
Los lobos aullaron tras él y Fleming se volvió con el tiempo justo para verlos
saltar. Instintivamente, se llevó las manos a la cara y se preparó para el ataque. Pero
éste no se produjo. Los animales pasaron de largo y se precipitaron pozo abajo,
siguiendo a su amo. Miró dónde habían caído, pero no vio ni rastro de ellos. Era
como si hubieran desaparecido, como si fueran demonios que hubieran regresado al
lugar del que habían surgido.
Su amo todavía era visible.
Al ver allí a aquel hombre que afirmaba ser, a la vez, Lucifer y el segundo hijo de
Dios, un escalofrío recorrió su espalda. Soames se encontraba boca arriba sobre la
esfera de cristal brillante, con los ojos abiertos, los brazos extendidos, como
crucificado en una bola de fuego.
Fleming sintió que Amber le posaba la mano en el hombro.
—Tengo el disco de acceso de Tripp. Hemos de salir de aquí deprisa —dijo—. He
instalado un PIP en el ordenador y está a punto de estallar.
Fleming se volvió para mirar a Jake, que trataba de rescatar su pierna mordida. Lo
levantó en brazos y siguió a Amber al ascensor.

* * *

Con la espalda rota por el impacto contra su propia creación, Bradley Soames
aguardaba la muerte. La piel se le caía a tiras y el calor de la luz de la esfera de cristal
lo abrasaba causándole el dolor más agudo que había experimentado en su vida, una
vida llena de sufrimiento.
Se hallaba sobre una rueda de fuego, en el mismo infierno.
Pero no era su agonía física lo que le perturbaba.
Era la sensación de fracaso.
—Perdóname, Padre —gritó, presa de la desesperación—. He tratado de
ayudarlos.
En ese momento la bola de fuego a sus espaldas empezó a resquebrajarse antes de
estallar como una supernova de luz blanco-azulada.

* * *

Minutos después.

Al abandonar VenTec con Jake aferrado a su pecho, Fleming se dio cuenta, antes que
nada, de que la ventisca había cesado. Una franja de luz anaranjada se adivinaba en el
horizonte. Y a continuación constató que el helicóptero de refuerzo se acercaba por el

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este.
Dos minutos después ya iban montados en él. El miembro de la Delta Force que
se había roto la pierna se encontraba en el interior. Había llamado al Black Hawk para
que fuera a rescatarlo y siguiera hasta VenTec en busca de supervivientes.
—¿Nadie más se ha salvado? —preguntó cuando Fleming instaló a Jake en el
asiento, entre Amber y él.
Fleming negó con la cabeza.
—¿Y ustedes? ¿Cómo están?
Amber apretó con fuerza la mano de Fleming.
—Estamos bien —dijo—. Vamos a estar bien.
—Si yo fuera usted, me alejaría lo antes posible de VenTec —sugirió Fleming al
piloto.
—Le oigo alto y claro. Emprendemos rumbo sur, dirección Fairbanks.
Cuando el piloto iniciaba la maniobra, Jake se volvió en su asiento.
—¡Mira, tío Milo!
Fleming se volvió también y vio una torre de luz blanca estallar en lo alto de la
montaña, elevándose por encima de la forma de araña de VenTec, iluminando el cielo
oscuro como un foco vertical.
Al poco se produjo una segunda explosión y la base de la luz blanca y cegadora
se convirtió en fuego. Fleming supuso que la enorme energía liberada con la
explosión de la bola de luz debía de haber alcanzado el petróleo almacenado en las
profundidades de la montaña, formando una columna de llamas que, por un
momento, pareció conectar el Infierno con el Cielo.
—Bien —dijo el miembro de la Delta Force esbozando una sonrisa fatigada—.
Hemos salvado el mundo, ¿no?
Fleming asintió, aunque allí, mientras apretaba con fuerza la mano de Amber,
pegado a su sobrino, no lograba apartar del pensamiento la imagen de Soames
extendido sobre su bola de fuego, observándolo con desprecio.
—Sí, claro, hemos salvado el mundo —dijo muy despacio, acariciándole el pelo a
Jake—. Lo hemos salvado.

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Epílogo

Villa Ronda, casa de retiro de los jesuitas.


Norte de Roma.
Dieciocho meses después.

L
a recepción se celebraba en una de las residencias de veraneo más
majestuosas de la Compañía. Se trataba de una ocasión festiva, de una
celebración. No sólo se nombraba al nuevo superior general de los jesuitas,
sino que se festejaba el gran renacimiento de la Santa Madre Iglesia.
Los invitados, ataviados con ropas de hilo o trajes talares, bebían en las terrazas
frescas, porticadas, de la villa palladiana salpicada de soleados jardines.
Amber terminó de atarle los cordones de los zapatos a Jake y se puso en pie.
Acariciándose el vientre redondo, sintió la nueva vida que pataleaba en su interior. Su
única pena era que su madre no viviera para conocer a su primer nieto.
Pensó en los días en los que apenas vivía la mitad de su vida, siempre pensando
en Ariel y en su complejo de culpa, nunca en ella misma, un individuo completo. Y
pensó también en su vida después de la operación que la separó de su hermana. ¿Qué
le había dicho su madre en una ocasión? «Somos nuestras relaciones». Ahora sabía
que su madre tenía razón, que la había tenido cuando vivía y que seguía teniéndola
después de muerta. Posó la vista en los jardines y descubrió a Fleming, al que en ese
momento pedían que se uniera al corro que se había formado en torno a papa Pete
Riga.
Pensó en el mundo cuántico, que había ocupado un espacio tan importante en su
vida. En cierto modo, Fleming sólo había sido «partícula», individual, separada, con
miedo al compromiso, confiando en las armas de la ciencia pura, de lo práctico, para
mantener a raya el sufrimiento y el caos del mundo. Ella, por su parte, había sido
«onda»: consumida por la relación con su hermana hasta el punto de excluir cualquier
otro vínculo personal, basándose en su trabajo cuántico con Soames para distraerse y
para tratar de comprender… pero ahora su búsqueda había terminado, y no tenía por
qué seguir buscando distracción. Fleming y ella se habían completado mutuamente,
se habían permitido ser a la vez individual y conjuntamente, partículas y ondas, yo y
nosotros. La dualidad perfecta.
Sonrió y volvió a acariciarse el vientre. Su trabajo, una distracción maravillosa,
era ahora sólo un aspecto más de su vida. Optrix funcionaba tan bien que su presencia
en todo no resultaba imprescindible y le había sorprendido constatar lo fácil que se le
hacía delegar muchas de sus anteriores responsabilidades.
Agarrando a Jake de la mano, vio que Fleming se acercaba a papa Pete. Su
padrino se veía radiante con su sotana negra y su cargo recién estrenado: en tanto que
superior general de la Compañía de Jesús, era la cabeza visible de los jesuitas, el
llamado papa Negro. Fleming, en un principio, se había negado a asistir a la

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recepción y sólo había aceptado acompañarla porque sabía que ella estaba en gran
deuda con él.
Al ver a papa Pete tan orgulloso, interrumpiendo de vez en cuando la
conversación para agradecer las felicitaciones de sus seguidores, Amber pensó en las
últimas palabras que Soames había pronunciado, dirigidas a Fleming. Habían
conversado con frecuencia de la misión de su antiguo socio, de su empeño en destruir
la religión y la fe para que el ser humano hallara su verdadero libre albedrío, pero ella
nunca había llegado a una conclusión definitiva sobre él. La influencia que había
ejercido sobre ella había sido enorme y, en último extremo, positiva. Para ella,
Soames había sido y sería siempre un enigma. Y, a pesar de todo lo que había
sucedido, cada vez que pensaba en él, le resultaba difícil sentir odio o ira y lo que
afloraba era compasión.

* * *

Miles Fleming no compartía enteramente la filosofía de Amber, pero al verla allí de


pie, en compañía de Jake, no pudo evitar sonreír al pensar en lo felices y naturales
que se les veía juntos. Jake se había convertido en parte de su unión y Fleming ya ni
siquiera sentía que estaba cumpliendo con la promesa que le había hecho a su
hermano de cuidar de su hijo. Ahora Jake formaba parte de su vida, lo mismo que
Amber.
En ciertos aspectos, su vida no había cambiado tanto. Tras la destrucción del
ordenador de Soames y el regreso del mundo a su apariencia de normalidad, los
medios de comunicación trataron de localizar a los «salvadores de la civilización».
Pero el caos de los meses siguientes fue tal, y fueron tantos los rumores que
circularon, que con ayuda del FBI había logrado mantener en el anonimato su nombre
y el de Amber de los informes, y regresó a Barley Hall para proseguir con el trabajo
que había iniciado allí. Ahora era el director, contaba con más poder y los medios
económicos eran superiores, pero por lo demás su vida profesional transcurría como
antes.
Sin embargo, en otros sentidos había experimentado una transformación.
Recordaba los tiempos en que trataba de combatir el sufrimiento no sólo ayudando a
reconstruir a pacientes lisiados, sino manteniéndose distanciado de ellos; ahora, al
contemplar a Jake y a la mujer que estaba a punto de darle un hijo, se daba cuenta de
que ellos representaban su mundo. Podían incluso causarle sufrimiento, pero también
lo convertían en un ser pleno, daban sentido a su vida.
Pensaba a menudo en Rob, pero ya no sentía la misma sensación de culpa ni de
preocupación por su alma. No tardaría en descubrir si Rob estaba a salvo en aquella
llanura bañada por el sol que Amber había visto en su sueño. Hasta entonces, se
concentraría en vivir.
A pesar de todo, Soames seguía persiguiéndolo, y haber acudido a esa recepción

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no había hecho más que exacerbar sus recuerdos.
Cuando las dos últimas señales vaticinadas por el papa Rojo no se materializaron,
el mundo entero emitió un suspiro de alivio. El fracaso del Apocalipsis llevó a
muchos a considerar que todo el episodio no había sido más que un montaje, la obra
de un genio loco. Sin embargo, lo que nadie se explicaba era cómo había sabido aquel
genio loco lo que el papa Rojo iba a anunciar. Se llevaron a cabo numerosas
investigaciones y pesquisas, pero el caso jamás se resolvió satisfactoriamente.
Con todo, en los meses siguientes, millones de personas aliviadas regresaron a la
religión, como tratando de compensar su entrega al papa Rojo, que había manchado
su fe. La disolución de la Iglesia de la Verdad del Alma había dejado un gran vacío y
se produjo una reacción contra los nuevos ministerios religiosos. A la gente la habían
engañado una vez y no querían que la engañaran más.
Había una Iglesia preparada para responder a la enorme demanda de un retorno a
los valores originales, estables, una Iglesia que había estado a punto de la
desaparición antes del anuncio del papa Rojo. Al abrir las puertas de par en par a sus
hijos pródigos, reforzó dogmáticamente su posesión exclusiva de la verdad, dictó
reglas estrictas para el culto y se proclamó orgullosamente como Santa Madre Iglesia.
En sus quince siglos de existencia, la Iglesia católica, apostólica y romana no había
sido nunca tan fuerte.
Y allí, mientras saludaba a Peter Riga, ataviado con su sotana negra, y observaba
a los fieles hacer cola para inclinarse ante él y besarle la mano, volvió a pensar en las
últimas palabras de Bradley Soames:
«De modo que ha enviado a otro hijo, un hijo más lúgubre. Yo. No para que
predique el bien ni la bondad esta vez, sino para que demuestre de una vez por todas
que Dios no existe. Que el único que manda es el Demonio. Sólo entonces la
humanidad se liberará de las cadenas de la religión y desarrollará su propio sentido
del bien y del mal… el verdadero libre albedrío. En el fondo, uno sólo puede tomar
decisiones verdaderamente libres cuando no existe la promesa de una recompensa.
De modo que ése es el regalo que os hace Dios, desaparecer de vuestra conciencia».
Eran, sí, los desvaríos de un loco, pero al recordar a Soames tumbado sobre su
bola de fuego y gritando: «No mereces ser salvado», sintió un escalofrío, a pesar del
sol que calentaba su espalda.
Tras felicitar a Riga, Fleming, que no quiso dirigirse a él usando su título, le
formuló una pregunta.
—Peter, ¿hemos aprendido algo del Día de la Verdad del Alma del papa Rojo?
—Por supuesto —respondió Riga sin vacilar.
—¿Qué?
El jesuita frunció el ceño, como si la respuesta fuera obvia.
—Hemos aprendido que la gente necesita un guía. No puede esperarse que
encuentre a Dios por sí misma. Como a los corderos, a las personas les hace falta
contar con un pastor fuerte y seguro que las ayude a comprender la verdadera gloria

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de Dios.
Un nuevo escalofrío sacudió a Fleming.
—¿Y usted es ese pastor?
Riga le sonrió, y en su sonrisa se dibujó la misma certeza beatífica que había visto
en el rostro de Acosta.
Durante un instante irreal, bajo aquel sol de luz radiante y blanca, Fleming se
sintió incapaz de distinguir entre los dos: lo único que, al parecer, diferenciaba al
papa Rojo del papa Negro era el color de sus túnicas.

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Agradecimientos
Como siempre, mi mayor deuda de gratitud es para con mi esposa, Jenny. Más que
nadie, ella me ha ayudado a alumbrar El código Lucifer. Sus imaginativas
investigaciones y sus ideas creativas me han resultado de gran ayuda para desarrollar
los personajes y esbozar las tramas.
Durante nuestro trabajo de documentación, los siguientes libros nos resultaron de
especial valor: The Quantum Self, de Danah Sohar (Flamingo 1991); Q is for
Quantum, de John Gribbin (Weidenfeld & Nicolson 1998); Eiger Dreams, de Jon
Krakener (Pan 1990), y El libro tibetano de la muerte.
Siento un profundo agradecimiento por todos los miembros de Transworld
Publishers por su cálido aliento e infatigable apoyo, en especial por Bill Scott-Kerr,
mi incansable editor.
No me cansaré de dar las gracias a mi amigo y agente Patrick Walsh, así como al
agente cinematográfico Sam North.
También doy las gracias a las siguientes personas por ayudarme a documentarme:
al comandante Jerry Plant, de la Marina; a Giles Palmer, por sus ideas sobre física
cuántica, y a Pete Tyler, por sus conceptos sobre teología e Iglesia católica. Los
posibles errores son sólo míos.
Finalmente, deseo mostrar mi agradecimiento a mis padres por su irreductible
entusiasmo y su apoyo. Descontando el extraordinario equipo de ventas de
Transworld, ellos son los mejores vendedores con los que un autor podría contar.

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MICHAEL CORDY (Accra, Ghana). Novelista británico, nacido en Accra, la capital
de Ghana, que pasó buena parte de su infancia entre África, India y Chipre. Tras
trabajar durante diez años en el campo de la publicidad abandonó una carrera
prometedora para dedicarse a la escritura.
Su primera novela, The miracle strain (El gen) (titulada en su reedición en 2006 The
Messiah code [El código mesiánico]) se publicó en 1997. Disney compró los
derechos cinematográficos por $1.6 millones y la novela llegó al 5.º puesto en la lista
de best-seller del The Sunday Times. Un éxito internacional, que ha sido publicado
en más de veinticinco idiomas y más de cuarenta países. Dan Brown, publicó El
código Da Vinci en 2003, y su éxito puede haber influido en el cambio de nombre de
las primeras tres novelas de Michael. A pesar de haberla publicado seis años antes, se
le ha criticado, injustamente, de imitar a Dan Brown.
Es autor también de The crime code (El código del crimen, 1999), The Lucifer code
(El código Lucifer, 2001), The Venus conspiracy (La conspiración de Venus, 2004),
The source (El origen, 2009), The colour of death (El color de la muerte, 2011).
Vive en Londres con Jenny, su esposa, y su hija, Phoebe. Actualmente, está
trabajando bajo contrato en su primer guión, Crime Zero, y recientemente vendió la
opción de derechos de la película a una subsidiaria de Warner Bros, New Line
Cinema.

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Notas

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[1] Sala en la que se realizan experimentos con el neurotraductor. (N. del ed) <<

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[2] El nombre de esta empresa suena fonéticamente como el verbo inglés create, que

significa «crear». (N. del ed.) <<

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