Herejías del Cristianismo Primitivo
Herejías del Cristianismo Primitivo
HEREGÍAS
Siglo I
Creían que Dios había dividido el imperio de las cosas entre Jesucristo y el demonio,
concediéndole a éste último, poder sobre el mundo; en cambio a Cristo, le correspondía el
poder de la eternidad.
Según los ebionitas, Cristo alcanzó el carácter de Mesías o ‘Hijo de Dios’ por sus virtudes
‘divinas’ al habérsele unido un ser ‘celestial’, pero negando que la fe en Él pudiera traer
aparejada la salvación.
Rechazaron los escritos del Nuevo Testamento, excepto el de S. Mateo (pero sin el
versículo 1,13 que hace referencia a la Virgen), guiándose preferentemente por los
apócrifos ‘Evangelio de los Hebreos’ y el ‘Evangelio de Pedro’. Por sus heterodoxas
doctrinas fueron repudiados tanto por el pueblo judío por ‘apóstatas’, como por los
cristianos por ‘herejes’. No llegaron hasta nuestros días escritos de los ebionitas por lo que
sus doctrinas fueron conocidas a través de las referencias que de ellos hicieron tanto
Orígenes como San Ireneo. Finalmente, la herejía ebionita eclipsó en el curso del s. IV.
PATROLOGÍA
Nicolaítas – secta liderada –se cree- por Nicolás de Antioquía, uno de los siete diáconos
designados por los Apóstoles en Jerusalén (ver Hch. 6,5) conforme lo testimonia Tertuliano, entre
otros, identificación que los estudiosos han puesto en duda últimamente. Conocidos por sus
costumbres licenciosas -las que no consideraron impuras-, provocó, por parte de sus
contemporáneos, identificaran el término ‘nicolaíta’ con toda perversión moral y religiosa. Sus
doctrinas relativas a la resurrección de la carne y al bautismo reconocían una fuerte influencia del
gnosticismo. Esta comunidad es citada y condenada por el apóstol San Juan en el libro del
Apocalipsis 2:6,15 y 24. Finalmente, los nicolaítas fueron absorbidos por las diversas corrientes
gnósticas que surgieron durante el siglo II.
Docetismo – se conoce bajo este nombre a la herejía cristológica de origen gnóstico, que creía ver
en la humanidad de Cristo sólo como una apariencia (del griego dókesis). Afirmaron que Aquél no
había recibido de María nada corpóreo ya que el Mesías había asumido sólo lo que habría de salvar
y, la carne, por cierto, no podía ser salvada, lo que claramente contradice las Sagradas Escrituras en:
1Jn 1,13-14;1Jn 4,2-3;2Jn 7. En síntesis, rechazaron la encarnación de Dios y su sufrimiento, por
entenderlo un acontecimiento indigno y escandaloso, pensamiento que se encontraba en
consonancia con el paganismo vigente en aquella época, negadora de toda ‘íntima’ intervención
divina en la historia del hombre, como lo describe S. Pablo en 1 Cor. 1,23-24.
Como puede observarse, tales doctrinas tendían a comprometer la veracidad del nacimiento, pasión
y muerte de Cristo, como así también el valor real de su acción Redentora. Tertuliano y San Ireneo
combatieron estas ideas defendiendo con vehemencia la encarnación del Verbo. Finalmente, el
docetismo desapareció en el s. III.
Siglo II
En consecuencia, y ya que la Verdad podía ser alcanzada solo mediante el recurso de la razón, los
misterios de la Fe quedaron subordinadas a las doctrinas cuyo origen reconocen sólo al hombre. Sin
que sea posible, en esta breve síntesis, efectuar una descripción única y total del gnosticismo, dada
la multiplicidad de las facetas dadas por sus propugnadores, si puede intentarse una relativa
caracterización, teniendo en cuenta algunos puntos en común. En ese marco, el gnosticismo
sostuvo la existencia de un conocimiento particular o especial, superior a la Fe, cuya consecución
permitía alcanzar o asegurar la salvación del alma. Dicho ‘conocimiento’ venía legado por un
Revelador Celeste a unos pocos elegidos (o iniciados) el que (como dijimos) constituía el
fundamento y garantía de la futura salvación. En consecuencia, el recurso a la Fe quedaba
totalmente mitigado como así también la trascendencia de las buenas obras.
Otro elemento determinante del gnosticismo fue su concepción ontológica caracterizada por el
dualismo. Si bien creían que el origen de todas las cosas (buenas y malas, espirituales y materiales)
provenían de un único super-principio (monismo ontológico), el Pléroma (lo Absoluto identificado
con la Nada), recurrieron al dualismo para resolver el problema del Mal. Así, Dios era un ser ‘puro
y espiritual’ que se encontraba fuera del mundo, sin contacto real con él, motivo por el cual
rechazaron su naturaleza creadora. Tal actividad era concedida a un espíritu intermedio (Demiurgo),
autor del mundo sensible y material, al que identificaban con el principio del Mal. Sin embargo, la
concepción gnóstica del mal era una realidad positiva (en abierta contradicción con la concepción
cristiana para la considera negativa), atento que el mismo –al igual que el bien- provenía de un
principio común, lo Absoluto (el Pléroma), donde ambos libraban un combate eterno. De allí se
explica el desdén o desprecio que los gnósticos tenían por la noción de pecado. Por otro lado,
creían que entre Dios y el mundo material existía una serie de seres espirituales llamados ‘Eones’,
cuya procedencia se originaba en una emanación de Dios. Su carácter lo imprimía el grado de
cercanía que tenían con el Absoluto. En consecuencia, los más cercanos eran más perfectos que las
más lejanas.
La particular visión del mundo material, provocó entre los gnósticos un total rechazo a todos los
Sacramentos, especialmente en el de la Eucaristía. Jesucristo era entendido como la encarnación de
un ser espiritual (o Eón) por Dios. Entendían que para lograr un conocimiento pleno de sus
enseñanzas no bastaba con recurrir a las contenidas en las Sagradas Escrituras, sino que debía
recurrirse al ‘conocimiento gnóstico’. Creían que Yahveh era un ser espiritual superior pero de
naturaleza caída, el Demiurgo, creador del mundo y de la carne, que había logrado ser adorado por
éstos como Dios. A su vez, la redención era equiparada a un mero acto de iluminación (gnosis),
mediante el cual el hombre podía liberarse de la prisión que representaba la materia para poder
regresar al mundo celestial o espiritual.
liberador’ era una forma más elevada de martirio. Sus prosélitos o seguidores, eran clasificados en
tres tipos: 1) los ílicos o materiales, para los que no había salvación posible; 2) los psíquicos,
quienes se salvarían con la ayuda de Cristo y, 3) los gnósticos (o perfectos) quienes ya tenían la
salvación asegurada. Creían que el mundo material sería definitivamente destruido cuando el
Demiurgo (o Yahveh) fuera sometido por Dios, restaurándose así todas las cosas.
1) Valentin, se cree de origen judío o egipcio, fue quizás el mas importante representante del
gnosticismo. Proponía que en Cristo se encontraba absorbido el Jesús de los Evangelios, y su
misión redentora quedaba rebajada a la de un simple mediador más entre Dios y el Hombre. Por su
parte, el hombre tenía la misión de liberarse de la materia ya que ésta tenía por fundamento un
principio inferior y de naturaleza malvada. Su visión cosmológica estuvo representada por un
mundo espiritual (pléroma), dirigido por un Dios invisible acompañado por 30 eónes superiores. En
cambio el mundo material, fue creado por el Demiurgo, quien a su vez creó el Hombre. Sin que
aquél supiera, el Hombre había recibido un elemento pneumático que le permite, a su muerte,
regresar al mundo espiritual. Creía que el mal es una falsa dirección del bien, atento que surge de la
oposición entre el deseo de los eons de unirse al gran abismo (Pléroma) y la impotencia para
lograrlo. Enseñaba que el orden actual de las cosas cesaría cuando se realice en la tierra la total
redención. Ello provocaría el retorno de todos los seres a su condición primitiva (en el Pléroma),
siendo finalmente destruida la materia y con ello, el mal.
2) Saturnino, quien vivió en Antioquia en tiempos del emperador Adriano y predicó en Siria, tuvo
en sus doctrinas un fuerte sesgo ascético, al punto de rechazar el matrimonio por considerarlo un
acto de naturaleza malvada. Creía que Dios había creado a los ángeles y éstos encabezados por el
ángel Yavé, crearon al mundo material y al hombre. Este, sin embargo, poseía una porción o chispa
de divinidad que le permitía elevarse al mundo espiritual. Afirmaba que Cristo fue enviado por Dios
para redimir al hombre del yugo de Yavé..
3) Basílides, de origen egipcio, difundió sus ideas principalmente en Alejandría. Representó la
rama gnóstica que ensalzó el acto mismo del ‘conocimiento gnóstico’ en desmedro de la moralidad
de las acciones, al igual que Carpócrates, aunque éste último llevó al extremo tal idea. Afirmaba
que en Cristo, primer eón, fue enviado por Dios para liberar al mundo de la esclavitud de Yavé
(Demiurgo). Sostenía que Cristo, como ser espiritual increado, no pudo sufrir la pasión, tomando su
lugar Simón de Cirene.
4) Bardésanes, sirio, predicó sus doctrinas en Alejandría. En general, continuó el pensamiento de
Valentín pero acompañó su prédica con populares himnos litúrgicos. Suponía la eternidad de los
principios del bien y del mal. Afirmaba que las emanaciones espirituales del mal al enamorarse de
la Luz (el bien) buscaban elevarse al Pléroma (Absoluto), el que estaba constituido por 365
inteligencias denominadas Abraxas.
PATROLOGÍA
5) Ofitas, grupo gnóstico que imaginó la expulsión de Adán y Eva del Paraíso junto con la
serpiente (tentadora), cuyos descendientes tenían por misión continuar tentando el género humano.
6) Simón, el Mago. Este singular personaje de origen judío o samaritano --citado en los Hechos a
los Apóstoles 12, 9 y ss- y que tuvo en Meandro su principal discípulo, creía en la existencia de una
primera Potencia Divina, Infinita y Principio de Todo. Ese Primer Dios, identificado consigo
mismo, denominándolo Simón, había engendrado a Sophía y a través de ella, engendró el Cosmos,
el universo todo. Pero Sophía cayó en las redes de las fuerzas inferiores, o sea, la materia. Simón (la
Potencia divina) vino al mundo a rescatarla y a iniciar la redención universal. De allí, que Simón
fuera adorado por sus seguidores como Zeus y su compañera, la esclava tiria Helena, quien
representaba la encarnación del primer pensamiento traído a la existencia por Dios, era adorada
como Atenas.
7) Cerinto, afirmaba –según decía por revelación angélica- que el mundo no era obra de Dios sino
de un poder distinto, el demiurgo. Enseñaba que Cristo no había nacido de la Virgen María ni
padeció en la cruz, sino que lo hizo Jesús, hijo natural de María, en quien Cristo había morado
luego del bautismo, para luego abandonarlo en las horas previas a la pasión. Su particular visión
milenarista, le hizo sostener que llegaría tiempos en los que se instalaría un reino terrenal de mil
años, en el que Jerusalén sería su centro, y durante el cual los hombres podrían satisfacer todos sus
apetitos carnales.
Cabe resaltar que la herejía gnóstica fue especialmente combatida, entre otros, por San
Ireneo, Orígenes Tertuliano y San Hipólito romano. Por último, el gnosticísmo clásico si
bien ha decaído hasta prácticamente desaparecer, muchas de sus enseñanzas han ido
mutando con el correr de los siglos, siendo la llamada ‘New Age’ una de sus principales
difusoras en la actualidad. En cambio, los restos de antigua Iglesia Gnóstica aún subsiste en
pequeñas comunidades de la Mesopotamia septentrional.
A pesar de que Teodoto fue excomulgado por el papa San Victor I (192-201), consiguió formar en
Roma una comunidad de seguidores quienes, con el fin de defender sus doctrinas, no solo
recurrieron a las Sagradas Escrituras sino al pensamiento de diversos filósofos como Aristóteles,
Platón y Euclides. Otros importantes representantes de la herejía adopcionista fueron Teodoto el
PATROLOGÍA
Joven, quien afirmaba que Melquisedec era una especie de intermediario entre Dios y los ángeles, y
principalmente, Pablo de Samosata, obispo de Antioquía (260-268) y el obispo de Sirmio, Flotino
(excomulgado en el año 351). En sus predicaciones Pablo comenzó a negar la doctrina trinitaria
como la divinidad de Cristo, ante lo cual en el año 264 se convocó a un sínodo con la finalidad de
exigirle una retractación de sus opiniones. La actitud dubitativa por él demostrada motivó que en un
nuevo sínodo (268) se decidiera excomulgarlo y deponerlo del cargo eclesiástico que ostentaba.
Por útlimo, en el curso del siglo VIII reapareció el adopcionismo reformulado por el obispo de
Urgel, Félix y por Elipando de Toledo. La herejía fue condenada solemnemente durante el segundo
Concilio Ecuménico de Nicea (787) y luego por el papa Adriano I en el año 794.
Encratismo – herejía promovida por el doceta Julio Cassiano, autor de la obra ‘Según la
Continencia’, y por su discípulo Taciano, siendo este su innegable organizador. Orientados por el
principio gnóstico que tiene a la materia identificada con el mal (dualismo gnóstico), y en la
creencia de que había que luchar denodadamente contra ella, profesaron un riguroso ascetismo
prohibiendo tanto la consumición de vino (celebraban la eucaristía con agua) y de carne, como así
también la ostentación de riqueza. Tildaron la práctica matrimonial como una exaltación de la
materia y por ende del mal. Se cree que los apócrifos Hechos de San Pablo, San Juan y San Pedro
fueron escritos por seguidores del encratismo.
PATROLOGÍA
Las diversas posturas que surgieron de su seno originaron un sin fin de nuevas sectas, entre las
cuales corresponde destacar a la de los Severianos, liderados por un tal Severo, quienes
influenciados por las secta de los ebionitas, rechazaron todas las epístolas de San Pablo como los
Hechos de los Apóstoles. También encontramos a los Continentes muy influenciados por los
maniqueos; los Apotácticos (o renunciadores) quienes se caracterizaban por llevar una vida
fuertemente ascética al punto de renunciar a todo placer temporal; los Acuarianos o hidropasianos,
cuyo nombre deriva de su práctica de celebrar la Eucaristía sólo con agua, y por último, los
Sacóforos, los que se distinguían por la vestimenta que utilizaban. Sus principales adversarios
fueron hombres de la talla de Tertuliano, Epifanio, San Hipólito romano, San Ireneo, Orígenes y
Clemente de Alejandría. Durante el s. IV, el asceta capadocio, Eustaquio de Sabaste, dio un nuevo
impulso al encratismo, el que fue condenado en el año 390 por el papa san Siricio (385-398) durante
el sínodo llevado a cabo en Sido de Panfilia, para luego desaparecer.
Marcionismo – herejía de origen gnóstico, difundida por Marción, natural de Sínope (hoy
Turquía). Llegado a Roma (139) decidió fundar su propia Iglesia al ser expulsado de la
comunidad cristiana a la que concurría en al año 144. Anteriormente ya había sido
excomulgado por su padre, quien se cree era obispo de Sínope. Marción, en sus
enseñanzas, diferenciaba el Dios revelado en el Nuevo Testamento del Dios del Antiguo
Testamento, siendo el primero misericordioso y benévolo a diferencia del Dios de Israel al
que entendía como el de justicia, señor del mundo en el que había impuesto la ley y el
temor. Consideraba al cristianismo como la sustitución del judaísmo y no como su
cumplimento.
Estableció el primer canon conocido del Nuevo Testamento, del que aceptaba como
canónicos sólo al Evangelio de Lucas y las diez Espístolas de San Pablo, rechazando el
resto como todo el Antiguo Testamento. Negó que Cristo hubiera nacido de la Virgen
María según la carne, como así también negaba su muerte real en la cruz al carecer Aquél
de un cuerpo real (sólo era aparente). Practicante de un ascetismo riguroso, prohibió el
vino, la carne y el matrimonio. Combatieron esta herejía San Ireneo, Tertuliano, San
Justino, Melitón de Sardes y Teófilo de Antioquía. Un discípulo de Marción, Apeles, dio un
nuevo impulso a sus doctrinas, pero modificándolas en algunos aspectos. Rechazó el
principio dualista del gnosticísmo, afirmando que la creación había sido obra de un ángel
caído y no del Demiurgo (a quien identificaba con el Dios del A.T.). Creyó en la
preexistencia de las almas, considerando que las mismas habían sido encerradas en un
cuerpo al ser arrojadas al mundo material, salvo en el caso de Cristo que por su condición
celestial no fue éste el que estuvo en el mundo terrenal sino su apariencia. Definitivamente,
el marcionismo se extinguió en el s. V.
PATROLOGÍA
Siglo III
Maniqueísmo –conjunto de doctrinas difundidas por Mani (Manes o Manijaios), natural Mardin,
Mesopotamia (216), quien nació en el seno de una noble familia persa aunque se cree de origen
judío. Según Manes, a la edad de 13 años fue testigo principal de una visión del Espíritu Santo que
le reveló una nueva doctrina. Mas allá de esta fábula, en realidad si recibió de joven una fuerte
influencia del gnosticismo, del marcionismo como de las enseñanzas judeo-cristianas. Su intención
original fue la de crear una nueva religión de carácter ‘universal’ que lograra abarcar a todas las
demás religiones. Así, para la formulación de sus exóticas doctrinas se valió del cristianismo, del
zoroastrismo y del budismo.
Luego de fundar su propia iglesia, difundió sus doctrinas por la India, Egipto, China, Mongolia,
norte de Africa y aún España, siendo perseguido en Persia donde terminó sus días decapitado en
prisión (276). Sintéticamente, sus teorías se centraban en la eterna lucha entre el bien y el mal,
propio del dualismo gnóstico, arguyendo la existencia de un principio de Luz y otro de las
Tinieblas, ambos increados, siendo éste último el creador del mundo material. En contrapartida, de
la Luz procedían las almas humanas las que habían caído prisioneras al mundo material. Ambos
principios eran opuestos, pero entre ellos, el Bien y el Mal, no hay un abismo que los separa sino
que sus límites se tocan o rozan, sin confundirse. Es decir, donde uno concluye comienza el otro.
Manes creía que para alcanzar la salvación el hombre debía obtener una iluminación especial, lo
que podía obtenerse mediante el ejercicio de la limosna, la oración y el ayuno, considerando tanto a
Buda, Cristo y a Zoroastro como ‘profetas superados’. Jesús tuvo la misión de comunicar esa
‘iluminación’ y por ende, era considerado ‘maestro y salvador’, siendo Mani el enviado de Jesús, su
Apóstol por excelencia. La iglesia maniquea estuvo constituida por una organización fuertemente
jerárquica y la vida de sus seguidores se rigieron por rigurosas reglas morales. Así, promovió Mani
la abstención de las relaciones sexuales, la consumición de carne y vino, prohibió el recurso a la
mentira y el perjurio, la blasfemia, la apostasía, el juramento como el de participar en guerras. Sus
seguidores se dividían en ‘élegidos’, quienes eran los que practicaban las creencias maniqueas y por
ello tenían garantizado su ingreso al ‘paraíso de luz’; y los ‘oyentes’ quienes sólo escuchaban sus
prédicas y que por no practicar a conciencia la fe maniquea, a su muerte debían transmigrar sus
almas de cuerpo en cuerpo, hasta llegar al de un elegido que lo llevaría a la salvación. En su culto,
no se administraba nada que se asemejara a los sacramentos (los que eran rechazados por Mani)
salvo una caricatura de lo que es la eucaristía, la que estaba reservada a unos pocos elegidos.
Actualmente subsisten algunas comunidades en oriente, siendo su fiesta principal la que celebran
durante los primeros meses de cada año, denominada “Bema” y en el que se recuerda el supuesto
martirio de su maestro, Mani.
única Persona Divina pero que actuaba de diversos ‘modos’ o ‘funciones’ para hacerse conocer por
el hombre y salvarlo. Noeto de Esmirna, quien predicó principalmente por Asia Menor, acusó a la
Iglesia de ‘dietismo’, atento entendía que ella defendía la existencia de una divinidad doble, la del
Padre y la del Hijo, lo que motivó que en el año 200 fuera excomulgado de la Iglesia de Esmirna.
Praxeas, solía ufanarse de haber confesado su fe en tiempos de persecución. En el período en que
residió en Cartago tuvo en Tertuliano un implacable adversario, al punto tal que escribió contra
Praxeas la notable obra ‘Adversus Praxeam’.
Así, pensaban que en el Hijo de Dios operaban dos realidades diversas: una, la del Logos interior,
esto es, la Palabra pensada, formulada mentalmente, igual al Padre eterno; la otra, era la del Logos
exterior, o la Palabra pronunciada, pensada por el Padre como instrumento de la creación que
permite el contacto con el mundo fuera de Dios, y en tal carácter, no era igual a Dios-Padre, ni
eterno como El, puesto que la creación viene en el tiempo, por lo que el Hijo de Dios (como la
creación), en su carácter de Logos exterior, no es sino fruto de una libre decisión de Dios. En
consecuencia, si Dios es quien determina crear al mundo, necesariamente el Hijo se encuentra
subordinado al Padre. Muchas ideas de los llamados Padres de la Iglesia fueron influidas por estas
opiniones, como fueron los casos de Justino, Hipólito, Orígenes y Tertuliano.
PATROLOGÍA
Novacianismo – se conoce con este nombre al cisma llevado a cabo en el año 251 por el
presbítero romano, Novaciano. La disputa surgió cuando el papa san Cornelio (251-252) dispuso el
perdón y readmisión de aquellos que, durante las persecuciones, habían apostatado o renegado
(relapsos) de su Fe, en la medida que estuvieran dispuestos a cumplir una penitencia. Novaciano se
rebeló contra esta disposición al considerar que aquellos no podían ser readmitidos, ya que la iglesia
sólo podía estar conformada por hombres ‘puros y santos’. Ello motivó que fueran condenadas sus
teorías en un sínodo llevado a cabo en el año 251. Ante ello, Novaciano y sus seguidores
desconocieron la autoridad del legítimo pontífice, haciéndose designar en su lugar, ocupando
Novaciano un triste lugar en la historia de los anti-papas (251-268). La Iglesia novaciana se
desarrollo principalmente en oriente próximo, las que definitivamente desaparecieron en el curso
del s. VII.
Otro cisma, de características similares a las del novacianismo, tuvo lugar en el seno de la iglesia
nor-africana. Esta fue encabezada por el presbítero Novato y su bienhechor, Felicísimo. El por
entonces, obispo de Cartago, Cipriano había dispuesto normas similares a las promulgadas por el
papa Cornelio respecto a la admisión de apostatas y renegados. A diferencia de los novacianos,
Novato y Felicísimo rechazaron tal disposición reclamando la abolición de la necesidad del
cumplimiento de una penitencia. Para lograr sus objetivos, paradojalmente se aliaron a los
novacianos, pero poco tiempo después y sin haber conseguido mayores frutos, el movimiento se
disolvió.
Por último, un nuevo cisma (bajo las mismas características del promovido por los novacianos) se
produjo a inicios del siglo IV, encabezado por el obispo de Licrópolis (Tebaida), Melecio. A causa
de las persecuciones ordenadas por el emperador Diocleciano (243-313), el obispo de Alejandría,
Pedro, no podía ejercer su ministerio, por lo que Melecio decidió actuar en su lugar. Al aminorar el
hostigamiento de las autoridades, Pedro pudo volver a su sede (306) y entre sus primeras decisiones
fue la de resolver la situación de los apóstatas y renegados (relapsos). Al adoptar medidas
moderadas y conciliatorias para resolver su situación, al igual que el papa Cornelio, Melecio decidió
repudiarlas provocando un cisma y creando una nueva iglesia a la que denominó ‘Iglesia de los
Mártires’. En el año 308, por su actitud de rebeldía, Melecio fue condenado a trabajos forzados en
el [Link] morir el obispo Pedro (+311), decidió regresar para fallecer poco tiempo después. Con
la aparición de la herejía arriana y encontrándose muy menguadas las fuerzas de la comunidad
fundada por Melecio, decidieron unirse a aquella para luego desaparecer durante el curso del s. VI.
Siglo IV
Arrianismo – Resulta ésta una de las herejías más importantes surgidas desde dentro del
Cristianismo. Su nombre recuerda a su promotor, el sacerdote libio y al parecer de origen judío,
PATROLOGÍA
Arrio (256-336), dotado de una gran elocuencia y erudición. Discípulo de Luciano de Antioquía
(fundador de una célebre escuela teológica), fue ordenado sacerdote ejerciendo su ministerio en
Baucalis, una de las nueve iglesias de Alejandría. No fue sino hasta haber alcanzado la edad de 60
años (320) cuando comenzó a predicar sus particulares doctrinas, caracterizadas por un descarnado
realismo teológico tendiente a eliminar el sentido del ‘misterio’ que, para muchos, se debió a una
fuerte influencia de las escuelas filosóficas vigentes por entonces (aristotelismo, platonismo,
estoicismo y muy especialmente las enseñanzas del judío alejandrino, Filón).
Tales influencias resultaron a la postre, la clave para que sus ideas se impusieran rápidamente entre
sus contemporáneos. Arrio enseñaba que Dios era uno, trascendental al mundo, en el que no había
más que un principio, el Padre. Si bien no negó explícitamente la doctrina Trinitaria, la
comprensión que hacía de la misma lo alejó definitivamente de la ortodoxia. Así, al identificar los
términos engendrado y creado, creía que el Verbo no podía ser equiparado a Dios-Padre puesto que
Aquél era la primer creación de Dios, superior a todas las demás, al que solía designar con los
títulos de Logos, Sophía y hasta Dios, pero aclarando que el Hijo no era igual ni consubstancial al
Padre, ya que, entre el Verbo y Dios existía una abismo de diferencia.
Recurriendo a sus propias palabras, Arrio afirmaba “el Hijo no siempre ha existido (...), el mismo
Logos de Dios ha sido creado de la nada, y hubo un tiempo en que no existía; no existía antes de
ser hecho, y también El tuvo comienzo. El Logos no es verdadero Dios. Aunque sea llamado Dios,
no es verdaderamente tal”. En consecuencia, para Arrio el Hijo era una especie de Demiurgo, un
segundo Dios, en otras palabras, un intermediario entre Dios y las criaturas, no engendrado sino
creado, y que tuvo a su cargo la creación. Su enérgico rechazo a la doctrina de la generación estuvo
motivada en impedir, por considerarlo inadmisible, una visión dualista del Dios uno y único.
Tampoco llegó al extremo de negar la Encarnación del Verbo, sin embargo creía que Cristo no era
una persona divina, ya que el Logos encarnado no era verdadero Dios. Por otra parte, su
interpretación lo llevó a considerar que el Verbo al encarnarse ocupó el lugar del alma humana, por
lo que Cristo carecía de ella. Sus doctrinas relativas al Espíritu Santo siguieron la misma suerte que
las del Verbo, esto es, resaltó su condición de creatura, pero de un rango aún inferior a la de Aquél.
La historia nos relata la rápida difusión que las doctrinas arrianas tuvieron por el imperio romano,
principalmente entre los cuadros militares, los nobles y hasta el clero (sobre todo del norte de Africa
y Palestina), no así respecto del común del pueblo. Ante el imparable proselitismo de los arrianos y
advertido de sus nefastas doctrinas, el obispo de Antioquía, Alejandro, actuó en consonancia,
generándose una fuerte controversia entre los dos partidos en pugna: el católico y el arriano. Ante
ese estado de cosas, el emperador Constantino I, el Grande (280-337) –quien en un principio se
mantuvo al margen- junto al papa san Silvestre I (313-335) decidieron convocar a un concilio que
zanjara el asunto. Previo a ello, en el año 324, y gracias a la prédica del obispo de Córdoba, Osio, se
convocó a un sínodo donde Arrio y sus doctrinas fueron condenadas. Así, un 30 de mayo del año
325, en Nicea, se llevó a cabo el I Concilio Ecuménico, en el que participaron 318 padres
conciliares entre los cuales se encontraban los legados del Papa y los representantes del arrianismo.
Estos últimos al negarse a firmar el célebre ‘Símbolo de Nicea’ (que reafirmó el llamado ‘Símbolo
PATROLOGÍA
de los Apóstoles’ y la Encarnación del Verbo) como la condena impuesta a las doctrinas de Arrio,
terminaron por retirarse del concilio.
Más lo que afirman: Hubo un tiempo en que no fue y que antes de ser engendrado no fue, y
que fue hecho de la nada, o los que dicen que es de otra hypóstasis o de otra sustancia o
que el Hijo de Dios es cambiable o mudable, los anatematiza la Iglesia Católica”.
En otra palabras, se reafirmó que Cristo no es un segundo Dios o un semi-Dios, sino que es
Dios como el Padre lo es, y sólo Dios es el único mediador a través del Logos (o Verbo), el
Hijo de Dios que es Dios, como el Padre es Dios. En consecuencia, sólo Dios puede
realizar la divinización a través de la Encarnación y de la Redención.
A pesar de la condena recibida, Arrio no se retractó siendo por ello desterrado. Sin
amilanarse, continuó difundiendo sus doctrinas heréticas hasta lograr el favor y la
protección de gran parte de la nobleza, del ejército y del clero. Por su parte, el emperador
Constantino había relajado en mucho sus medidas contra los arrianos, lo que les permitió –
intrigas mediante- acosar al obispo Atanasio, logrando que sufriera su primer destierro en el
año 335. Este gran hombre sufrío durante su vida, cinco destierros ordenados por diversos
emperadores (Constancio, Juliano el apóstata y Valente) destierros que ocuparon una buena
parte de su vida.
Ello no impidió que en el año 366 fuera rehabilitado en su sede episcopal por el emperador
Teodosio, el Grande, puesto que ocupó hasta su muerte en el año 373. A pesar de los
esfuerzos de los partidarios de Arrio para lograr su rehabilitación, este antes murió en
Bizancio (336), por lo que sus seguidores decidieron continuar su labor, ganando para su
causa inmensas regiones de Europa, particularmente Alemania (con la conversión de los
pueblos Visigodos) y España, como así también regiones del norte de Africa. La llegada al
trono imperial de Constancio (350) implicó que el arrianismo se convirtiera en su religión
oficial.
Así, los arrianos convocaron diversos sínodos y concilios, como los de Sirmio (351), Tracia
(359) y Constantinopla (360) en los que impusieron una fórmula de fe arriana. Esta
PATROLOGÍA
Si bien el arrianismo decayó definitivamente en el s. VII, no sin antes producir una variante a la que
se la llamó semi-arrianismo, muchas de sus teorías –principalmente las cristológicas y trinitarias-
renacieron con la Reforma Protestante (s. XVI) bajo las ideas de Miguel Servet y por los
antitrinitarios liderados por Fauso Socino, entre otros. Contemporáneamente, fueron recogidas por
numerosas sectas como es caso de los tristemente célebres, Testigos de Jehová.
de unos palos nudosos que denominaban ‘azotes de Israel’. El suicidio fue visto como equivalente
al martirio y promovido como un medio eficaz para lograr la liberación de la opresión ejercida por
las autoridades. Ello motivó que el emperador Constantino, previa condena, ordenara una dura
represión en su contra, disponiendo –edicto mediante- la abolición de la esclavitud respecto a los
cristianos, beneficio que luego extendería a todos los súbditos del imperio.
Euquitas – surgida en Asia menor, esta herejía defendió la íntima unión (hipostática) entre Dios y
el hombre justo, unión que se reiteraba entre el demonio y el hombre pecador. Fueron muy
conocidos entre sus contemporáneos por sus excéntricos ritos en los que generalmente efectuaban
exorcismos. Condenada en Concilio Ecuménico de Efeso (431) llevado a cabo durante el
pontificado de San Celestino I (422/432), la herejía Euquita se perdió a finales del s. V.
Donatismo – herejía y cisma promovida por el obispo nor-africano, Donato. La herejía donatista
tuvo su origen en la reacción de algunos obispos pertenecientes a la Iglesia del norte de Africa ante
las persecuciones llevadas a cabo por las autoridades imperiales a principios del s. IV (303-305).
Durante la misma, los obispos se vieron obligados a entregar todas las Sagradas Escrituras que
tuvieren en su poder, motivo por el cual Donato y sus seguidores les tildaron de ‘traidores’. Con la
pretensión de reformar la Iglesia, y haciendo hincapié en la necesidad de su pureza, fue que elaboró
sus doctrina exponiéndolas sobre base de dos principios: 1) la Iglesia es una sociedad de hombres
perfectos, de santos, y 2) los Sacramentos administrados por sacerdotes indignos eran
absolutamente inválidos. Fue la gran figura de San Agustín la que se alzó contra la herejía donatista
(también lo hizo Octavio de Milevi), refutando aquellos principios con los siguientes fundamentos:
1) la Iglesia está constituida por hombres buenos y malos, y, 2) los Sacramentos reciben su eficacia
de Cristo y no de quienes lo administran. En tal sentido, la historia nos ha dejado la anécdota
respecto a la expresión utilizada por san Agustín durante el Concilio de Hipona (393): ‘¿Es acaso
Pedro el que bautiza? Es Cristo quien bautiza, ‘¿es acaso Judas quien bautiza? Es Cristo quien
bautiza’.....
El cisma fue ocasionado, principalmente, por parte de las comunidades nor-africanas lideradas por
un grupo de obispos de Numidia, quienes se habían opuesto al nombramiento de Ceciliano como
obispo de Cartago, ya que la consagración había sido efectuado por Felix de Aptonga, considerado
por aquellos uno de los ‘traidores’ por la actitud tomada durante las persecuciones. Depuesto
Ceciliano, nombraron al donatista Mayorino y a su muerte (315), consagraron en la sede episcopal
al mismísimo Donato. Acontecida su muerte en el año 355, quedaron como líderes del donatismo,
Parmiliano (o Parmeniano) y el obispo de Cirta, Petiliano. Vigente durante los siglos IV y V, a
pesar de la represión ordenada por el emperador Honorio (393-423), la herejía donatista decayó,
para casi desaparecer en el s. VII con la llegada de los musulmanes, hecho que trajo consecuencias
aún mas graves para la Iglesia.
PATROLOGÍA
Mesalianos – movimiento de tipo ascético que tuvo su origen en el seno de la Iglesia siríaca y
extendido luego por toda el Asia menor. Sus seguidores creían que en el hombre, aún después de
haber recibido el bautismo y los demás sacramentos, se mantenía incólume el accionar del demonio.
En consecuencia, como remedio propusieron la renuncia de todos los bienes mundanos, aún del
matrimonio, exigiendo una vida rigurosamente mística y casta. Comunes entre sus seguidores
fueron los matrimonios ‘espirituales’ entre ascetas de ambos sexos, práctica que con el correr del
tiempo cayó en graves abusos. Una postura marcadamente anti-jerárquica les llevó a desconocer el
valor de toda asamblea eclesiástica por lo que se negaron a participar en ellas. Sus doctrinas fueron
sucesivamente condenadas en los sínodos de Gangre (341), Side (383 y 394), Antioquía (390) y
finalmente en el Concilio Ecuménico de Efeso (431). Cabe destacar que el ascetismo promovido
por los mesalianos ejerció una fuerte influencia en hombres de su época, destacándose entre ellos a
Eusebio de Sebaste (fundador del eutacianismo), movimiento que para muchos dio origen a la vida
monástica en medio oriente. También, el mesalianismo influenció a importantes herejías
posteriores, como es el caso de los albigenses o cátaros (s. XII) y los bogomilos.
Nestorianismo – se conoce bajo este nombre a la herejía (y posterior cisma) promovida por el
monje del convento de Eugregias, y luego obispo de Constantinopla (428-431), Nestorio
(Germancia -hoy Maras-, Siria 381/ El Kharga, Egipto 451), de quien toma su nombre. Al asumir la
sede patriarcal, Nestorio, se encontró con dos frentes problemáticos. Uno era la fuerte controversia
teológica entre quienes otorgaban a la Virgen María el título de ‘Madre de Dios’ (tehotokos) y los
que la designaban sólo como la ‘Madre del Hombre’ (anthropotokos). El otro desafío lo constituía
su afán de combatir las teorías apolinaristas y arrianas.
Ante tal situación, Nestorio, influido en gran medida, por las tesis de Teodoto de Mopsuesta (de
quien era discípulo en la escuela de Antioquía), propuso que Cristo era ‘el nombre común de las dos
naturalezas’, teniendo por éstas últimas al conjunto de propiedades cualitativas, en detrimento del
Logos a quien no consideraba sujeto y portador de la divinidad y humanidad. Si bien Nestorio
rechazaba toda posibilidad de fusión de las dos naturalezas, propuso que ambas se encontraban
juntas por ‘conjunción en un prosopon’ (o experiencia externa no dividida). Así, creía en una unión
admirable (admirabilis unitas) entre la divinidad y la humanidad de Cristo, lo que lo llevó al error
de tener por sinónimos los términos de esencia y naturaleza. Por ende, propuso que en Cristo
existen dos naturalezas, como personas concretas, reales, independientes (prosopon), cuya unión fue
voluntaria, accidental o moral, lo que lo llevó a negar su unión sustancial (o hipostática).
Al fundamentar su rechazo de otorgar el título de ‘Madre de Dios’ dado a la Virgen María, propuso
que:
1) el hijo de la Virgen María no es el Hijo de Dios; 2) en Cristo existen dos naturalezas como dos
personas distintas; 3) entre las personas no existe una unión sustancial (o hipostática) sino
meramente accidental o moral; 4) el hombre que hay en Cristo no es Dios, sino su portador; 5) la
Virgen María sólo puede ser designada como la ‘Madre de Cristo’ (Christotokos) y no bajo como
PATROLOGÍA
lo enseñaba la Iglesia, esto es, la ‘Madre de Dios’ (o Theotokos), ya que la persona nacida de María
no puede identificarse con la persona del Verbo Encarnado por Dios Padre.
Advertido san Cirilo, obispo de Alejandría y quizás su más importante opositor, de los
errores de la herejía nestoriana, decidió llevar la cuestión ante el pontífice san Celestino I,
quien además de rechazarlas, invitó a Nestorio a que abjurara de las mismas. Este último no
sólo se negó, sino que consiguió el apoyo del obispo de Antioquía, Juan. A fin de resolver
las divergencias, fue convocado el Concilio Ecuménico de Efeso (431) por el papa
Celestino I y bajo el auspicio del emperador Teodosio II (401-450). Sus sesiones dieron
inicio un 22 de junio del año 431 con la presidencia del obispo Cirilo y la participación de
153 obispos.
“Pues no decimos que la naturaleza del Logos, transformada, se hizo carne, ni que se
transmutó en hombre eterno, (formado) de cuerpo y alma, sino que el Logos, habiendo
unido a sí según la hypóstasis carne animada de alma lógica, se hizo hombre de una
manera inefable e incomprensible, y fue llamado hijo de hombre, no según sola voluntad o
complacencia, pero tampoco como en asunción de un solo prosopon; y que distintos (son)
las naturalezas que se juntan en verdadera unidad; y de ambas, (un) Cristo o Hijo; no
como si la distinción de las naturalezas se destruyera por la unión, sino que divinidad y
humanidad constituyen para nosotros el único Señor y Cristo e Hijo , por la concurrencia
inefable y misteriosa en unidad (....) Porque no nació primero un hombre vulgar a la santa
Virgen, y después de esto descendió sobre Él el Logos, sino que unido desde el seno de ella,
nacimiento de su propia carne (....) De este modo (los Santos Padres) no dudaron en
llamar Madre de Dios a la Santa Virgen el principio del ser, sino que de ella fue hecho su
santo cuerpo animado racionalmente, al cual unidos según hypóstasis, el Logos se dice
nació según la carne”.
Es decir, se definió dogmáticamente que en Jesucristo no hay más que una persona (divina)
y que María debe ser llamada ‘Madre de Dios’, ya que dio al mundo una naturaleza
humana unida hipostáticamente a la segunda persona de la Santísima Trinidad. Por tal
motivo, los Padres conciliares compusieron la famosa oración: ‘Santa María, Madre de
Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte’ .
Por otro lado, allí no sólo se emitieron definiciones dogmáticas sino que también se ordenó
deponer a Nestorio de la silla episcopal que ocupaba y el obispo de Antioquía, Juan fue
excomulgado por haber convocado un sínodo paralelo en el que se apoyaban las tesis
nestorianas y se ordenaba la destitución de Cirilo.
En el año 436, Teodosio II, ordenó el destierro de Nestorio a Petra (Arabia), quien sin
embargo, no cesó en difundir sus herejías sobre todo en la India, China y Persia. A su
muerte en Egipto (451), el metropolitano de Seleucia Ctesfonte, Bársumas, luego de
PATROLOGÍA
‘Creemos (....) Y en el Espíritu Santo, Señor y vivificante, que procede del Padre y del
Hijo, que con el Padre y el Hijo a ha de ser adorado y glorificado, que habló por los santos
profetas.....” (conforme versión de Dionisio el Exíguo)
PATROLOGÍA
Siglos V-VII
“Confesamos a nuestro Señor Jesucristo, unigénito de Dios, perfecto en cuanto Dios y perfecto en
cuanto Hombre, con verdadera alma y verdadero cuerpo, que según la divinidad nación del Padre
antes de todos los tiempos y según la humanidad; pues hubo una unión de dos naturalezas, y por
eso confesamos un solo Cristo, un solo Hijo, un solo Señor, considerando esta unión sin mezcla,
confesamos a la Santa Virgen, como madre de Dios, pues de Dios-Logos se hizo carne y hombre, y
en la Encarnación se unió al Templo asumido de Ella”
A pesar de los acuerdos obtenidos entres las dos escuelas, Eutiques no lo aceptó. Sus doctrinas
tuvieron por origen la lucha que entabló contra la herejía nestoriana, sin advertir que, en su anhelo,
caía en el error opuesto, ya que al cuestionar la naturaleza y la persona de Cristo, terminaba por
negar lo que quiso defender. En síntesis, Eutiques sostenía que la naturaleza humana de Cristo había
sido absorbida por la divina, produciéndose la unión física de lo humano y divino en una sola
naturaleza (fisis), o sea la divina. Así, se negaba la realidad de la naturaleza humana de Cristo que,
al ser absorbida por la divina, la carne no sería sino mera apariencia.
En ese estado de cosas, Eutiques buscó amparo dentro de la corte imperial como del entonces
Patriarca de Alejandría, Dióscoro. Convencido este último, intercedió a favor de aquél ante el
emperador Teodosio II (401-430), promoviendo la necesidad de convocar un nuevo concilio que
resolviera la cuestión suscitada por los monofisistas.
En el año 449, fue convocado un nuevo concilio en Efeso, siendo presidida por el Patriarca
Dióscoro. Éste impidió la participación de los legados papales, logrando retener para sí la dirección
del concilio. Acalladas las voces opositoras (y defensoras de la sana doctrina) y habiendo captado el
apoyo imperial, el concilio concluyó con la rehabilitación de Eutiques y sus doctrinas. En la historia
PATROLOGÍA
de los concilios, éste es conocido como el ‘Latrocinio de Éfeso’, el que fue severamente condenado
por el papa León I. A la muerte del emperador Teodosio II (+ 430) y la llegada al trono de su
hermana, Pulqueria (quien luego se desposaría con el senador Marciano), la suerte de Eutiques y sus
seguidores habría de cambiar radicalmente. En el año 451 se convocó a un nuevo Concilio
ecuménico el que se llevaría a cabo en Calcedonia. En el mismo participaron 630 padres
conciliares, siendo presidido por los legados papales. En su 5° sesión, además de condenarse las
doctrinas de Eutiques como las de Nestorio, depuso a Dióscoro de la titularidad de la silla patriarcal
que ostentaba. No obstante, lo más trascendente fue la proclamación solemne de la doctrina según
la cual, Cristo, persona divina, tiene dos naturalezas (humana y divina), distintas y no divididas,
unidas y no confusas, quedando el dogma definido en los siguientes términos:
“Siguiendo, pues, a los Santos Padres, todos a una voz enseñamos que ha de confesarse a
uno y el mismo Hijo, nuestro Señor Jesucristo, el mismo perfecto en la divinidad y el
mismo perfecto en la humanidad, Dios verdaderamente hombre de alma racional y de
cuerpo, consustancial con el Padre en cuanto a la divinidad, y el mismo consustancial con
nosotros en cuanto a la humanidad, semejante en todo a nosotros, menos en el pecado (Heb.
4,15); engendrado del Padre antes de los siglos, y el mismo, en los últimos días, por
nosotros y por nuestra salvación, engendrado de María Virgen, la madre de Dios, según la
humanidad; que se ha de reconocer a uno y el mismo Cristo Hijo Señor unigénito, en dos
naturalezas, sin confusión, sin cambio, sin división, sin separación, en modo alguno borrada
la diferencia de naturalezas por causa de la unión, sino considerada la propiedad de cada
naturaleza, y concurrente en una persona y una hipóstasis, sino y el mismo Hijo unigénito
Dios Logos, Señor Jesús Cristo, como de antiguo acerca de él no enseñaron los profetas y el
mismo Jesús Cristo, y nos lo ha transmitido el símbolo de los padres”
Durante el s. VI, la aparición de Severo de Antioquía dio un nuevo impulso a la herejía, cuya
impronta fue denominada como ‘verbal’. Severo creía que en Cristo había una sola naturaleza
(físis) pero entendida en sentido puramente personal, concreto e independiente, sinónimo de
‘hypóstasis’. Sus seguidores en la actualidad se concentran en algunos lugares de Armenia, Siria, la
Mesopotamia y Egipto.
PATROLOGÍA
En nuestros tiempos, son cinco las Iglesias no-calcedonianas, las que solo reconocen la validez de
los tres primeros (Nicea, I Constantinopla y Efeso). Ellas son: la Iglesia siria ortodoxa (o jacobita);
la Iglesia Copto-ortodoxa (Egipto); la Iglesia etíope ortodoxa y la Iglesia malabar ortodoxa (India).
Si bien hay comunión entre ellas, se caracterizan por guardar una fuerte autonomía. Durante siglos
estas Iglesias se mantuvieron virtualmente aisladas del resto de la Cristiandad, aunque en los
últimos tiempos y como fruto del diálogo ecuménico, se han entablado un tímido acercamiento
tanto con la Iglesia Católica como con la Ortodoxas.
Pelagianismo (s. V) - El surgimiento y posterior difusión de esta herejía se debe al monje inglés,
Pelagio (354-427) como a su discípulo, Celestio. Estos creían que el hombre por sí mismo, sin
intervención de la Gracia y sólo ejercitando las virtudes morales y religiosas contenidas en los
Evangelios, podía evitar el pecado y conquistar la vida eterna. Por ende, según Pelagio, el hombre
no podía haber sido creado por Dios como un ser inferior a su destino de eternidad. Consideraba al
bautismo un mero símbolo de iniciación cristiana, quitándole toda significación para la salvación.
La Gracia era relegada a una especie de iluminación de la voluntad humana, pero sin afectarla ni
transformarla. Por su parte, la redención de Cristo carecía de mayor significación que la de ‘invitar’
al creyente a transitar una vida de virtud, sin que la misma haya afectado en lo más mínimo a la
humanidad toda.
Hombres de la talla de San Agustín se enfrentaron decididamente al pelagianismo, que por entonces
ya se había extendido por todo el norte de Africa (gracias al accionar de Celso y el obispo Juliano),
sur de Italia y en la Palestina. Todas las doctrinas pelagianas fueron reiteradamente condenadas en
los concilios de Cartago (411 y 416), Milevi (416) y por el papa Zósimo (417-418).
Pelagio y Celestio fueron desterrados del Imperio por el emperador Heraclio (418) y sus
doctrinas definitivamente condenadas en el Concilio ecuménico de Efeso (431) convocado
durante el pontificado de san Celestino I (422-432).
Semipelagianismo o marselleses (s. VI) – se conoce bajo este nombre al conjunto de doctrinas
heterodoxas promovidas por un grupo de monjes pertenecientes a los monasterios de San Víctor de
Marsella y de Lerins (Francia), entre cuyos líderes cabe destacar al abad Juan Cassiano, a Vicente
de Lerins y a Fausto de Riez. Como reacción contraria de algunas enseñanzas propugnadas por San
Agustín ( principalmente las referidas a la espinosa cuestión de la predestinación), aquellos
propusieron que el hombre tiene el poder suficiente para dirigirse a Dios en busca de ayuda,
encaminarse a la fe, desear la salvación, o la orientación hacia la fe, sin que sea necesaria la
intervención de la Gracia Divina. Por ello, la predestinación eterna dependía de la voluntad humana
en la medida que hubiera perseverado hasta el final, sin necesidad alguna de intervención de un don
especial para lograrlo.
PATROLOGÍA
Difundida la herejía principalmente por la Galia, fue combatida por un discípulo de San Agustín,
Próspero de Antioquía, siendo el papa Felipe IX quien convocó en el año 529 el Concilio de Orange
para condenar la herejía semipelagiana, lo que fue reiterado por el papa Bonifacio II en el año 532.
Monotelismo (s. VII) - se conoce bajo este nombre al conjunto de doctrinas desarrolladas en el s.
VII por el patriarca de Constantinopla, Sergio (+638) Este, con la finalidad de combatir la herejía
Monofisista, propuso que en Cristo había una sola voluntad y dos naturalezas. Sus doctrinas fueron
apoyadas por el emperador Heraclio (610-641) y recepcionada por la Iglesia Armenia y por los
monofisistas de Egipto. Luego de los éxitos obtenidos en una primera etapa, y gracias al accionar de
un gran apologista como lo fue San Máximo, el confesor ((+680) la herejía monotelista fue
condenada en el III Concilio de Constantinopla (680-681) desarrollado durante los pontificados de
San Agatón (678-681) y de San León II (681-683). Allí los padres conciliares reafirmaron la
doctrina de las dos voluntades y de la doble operación en Cristo, “sin división, sin conmutación, sin
separación y sin confusión, según la enseñanza de los Santos Padres”.
Paulicianos (s. VII) – secta herética de tendencia dualista (al estilo maniqueo), difundida en Siria,
Armenia, Bulgaria y luego por todo Occidente, para lo cual solieron designarse con diversos
nombres. Parece ser que el nombre fue tomado de su fundador, Paulo, hijo de Colinico; aunque su
verdadero líder fue un tal Constantino, también conocido como Silvano, quien difundió la herejía
por Asia menor y la Tracia. Sus principales doctrinas se basaron en la distinción entre un Dios
bueno, creador del mundo espiritual y de las almas, y otro Dios malo, Demiurgo, creador del mundo
material y sensible. Creían que al final de los tiempos, el Dios bueno vencería al mal, instaurándose
en la Tierra el Paraíso perdido en los albores de la historia del hombre. Duramente perseguidos,
principalmente por los emperadores instalados en Constantinopla, al punto de creerlos extinguidos
para finales del s. IX, los paulicianos resurgieron en la región de la Tracia, a través de la secta
Bogomilita (s. X).
Siglos VIII-XII
Iconoclastas (s. VIII) - se conoce bajo este nombre a la herejía y consiguiente persecución
iniciada por el emperador León el Isáurico (717-741) contra el culto a las imágenes religiosas.
Luego de impedir la caída de Constantinopla en manos de los musulmanes (lo que no pudo hacer
con el exarcado de Ravena que cayo en poder de los lombardos), León promulgó en el año 726 una
notable colección legal conocida con el nombre de ‘Eclega’, que entre sus disposiciones se
encontraban aquellas que prohibían el culto a las imágenes y cuya total destrucción ordenó en el año
730. Algunos estudiosos vieron como fundamento de este accionar una clara influencia del carácter
PATROLOGÍA
marcadamente iconoclasta de los musulmanes y de los judíos, quienes consideraban tal culto como
un abominable acto de idolatría.
Cualquiera fuera el origen de la querella iconoclasta, lo cierto es que la misma provocó no sólo la
división entre los fieles pertenecientes a la Iglesia de oriente, sino que marcó un hito en el
alejamiento entre las dos Iglesias, la de occidente y de oriente, atento que, por un lado, el papado
desde un principio se mostró inflexible en su rechazo a las pretensiones iconoclastas, y por el otro,
su alianza con la dinastía carolingia en desmedro del emperador residente en Constantinopla, generó
una fuerte controversia y desconfianza mutua. Sobre la cuestión del culto a las imágenes, cabe
recordar que los primeros cristianos de occidente (excepto los de origen judío que se abstenían de
toda veneración de las imágenes atento la prohibición dispuesta por la ley mosaica) no tuvieron
mayores inconvenientes en adoptar su culto desde tempranas épocas, reproduciendo un sin fin de
imágenes de Cristo, de los apóstoles y de mártires.
Ello además posibilitó el alumbramiento de un arte propiamente cristiano, a través del cual, se
difundieron las verdades contenidas en las Sagradas Escrituras a los pueblos donde aún reinaba el
paganismo y que para la Iglesia naciente, era aún tierra de misión. En el caso de los cristianos
orientales, recién a mediados del siglo V su práctica fue adoptada. Sin embargo, al momento de
estallar la querella iconoclasta, se encontraba suficientemente arraigada, lo que explica el rechazo
popular a la política iconoclasta y el surgimiento de una gran cantidad de apologetas defensores de
la veneración de imágenes, a los que se los denominó ‘iconódulos’. Estos fueron acusados de
promover la idolatría y la magia por lo que se inició contra ellos una fuerte persecución. Esta
situación continuó durante largos años hasta la llegada al trono imperial de Irene, viuda del
emperador León IV (775-780), quien restauró el culto en consonancia con lo resuelto en el II
Concilio ecuménico de Nicea (787) celebrado durante el pontificado de Adriano I (772-795).
Bien cabe aquí hacer notar, que la acusación recaída contra los iconódulos carecía de todo asidero
puesto que en realidad lo que ellos defendían con la veneración de las imágenes, no era sino,
resaltar la naturaleza humana de Cristo y el profundo vínculo establecido por Dios entre el tiempo y
la eternidad, sin que ello implicara menoscabar el sentido trascendental y único de Aquél, y menos
aún, pretender crear un vínculo substancial con la imagen, circunstancia que ha sido remarcada
hasta nuestros días por la Iglesia Católica. Una segunda etapa de la querella iconoclasta se inició
durante el reinado de León V, el armenio (813-820), que si bien fue menos violenta que la primera,
no por ello dejó de producir serios trastornos entre los fieles quienes no menguaron en su reclamo
de restitución del culto. Entre estos últimos se destacan los patriarcas Nicéforo y san Germán, san
Juan Damasceno y el monje Teodoro Studita. Fue durante el administración del emperador Miguel
II (820-829) en el que se produjeron un sinnúmero de revueltas populares contraria a su política
iconoclasta, lo que originó la aplicación de una nueva política de persecución.
PATROLOGÍA
Toda esta situación de sublevación interna por parte de los súbditos del imperio y la obstinación de
las autoridades en querer imponer una doctrina que les era ajena, no hizo sino debilitar su propio
poder, lo que se vio prontamente reflejado en la incapacidad demostrada para impedir el arrollador
avance musulmán quienes lograron conquistar, entre otros lugares, Sicilia y Creta. El final de los
iconoclastas llegó cuando accedió al trono, como regente del emperador Miguel III (842-867), de la
viuda de Teófilo (829-842), Teodora, quien al revocar todas las disposiciones legales de carácter
iconoclasta (843) restauró definitivamente el culto a las imágenes. Este hecho originó la aún vigente
fiesta conmemorativa que cada 11 de marzo celebran las Iglesias orientales.
Bogomilos (s. X) – secta de característica política religiosa, cuyo centro principal de difusión se
encontró en Filiópolis (región de Tracia). Según algunos, su impulsor fue el maniqueo, Teófilo, más
conocido bajo el nombre de Bogomil, pero según otros, lo fue un médico llamado Basilio, quien
emulando a Jesucristo nombró a 12 de sus seguidores, confiriéndoles el título de apóstoles.
Reconoció de las Sagradas Escrituras, sólo los libros de los Profetas y el Nuevo Testamento. Sus
días concluyeron bruscamente al ser condenado a morir en la hoguera junto a varios de sus
secuaces. Cualquiera sea su fundador, seguro es que en sus comienzos el movimiento bogomilita
actuó contra las clases gobernantes y adineradas de Bulgaria, lo que atrajo aparejada la simpatía de
las clases empobrecidas y oprimidas.
Lideraron un sin fin de revueltas contra las autoridades constituidas y el orden establecido, atento
las identificaban como una obra demoníaca. Tales revueltas estuvieron caracterizadas por el uso de
una extrema violencia, motivo por el cual fueron muy temidos por sus contemporáneos. Sin
embargo, no pasó mucho tiempo sin que los bogomiles adoptaran un perfil mas religioso. En ese
marco, acogieron favorablemente las ideas marcadas con una fuerte influencia del dualismo
maniqueo, aunque luego mitigaron la misma imprimiéndole características propias. De este modo,
creían que el mal, que no era eterno, no provenía de un principio único o Absoluto, sino que había
sido un espíritu creado que se desprendió del bien a través de un acto voluntario.
Ese espíritu lo encarnaban en Satanael, primer hijo de Dios, quien pervertido por el orgullo, creó el
mundo y la humanidad. Admitían la existencia de un Dios único por lo que rechazaron la doctrina
de la Santísima Trinidad. Afirmaban que tras el pecado de Adán, Dios envió a su segundo hijo,
Jesucristo, con la misión de restaurar todas las cosas. Luego de su muerte y ascensión, Dios confió
al Espíritu Santo la suerte de los hombres. La escatología bogomila residía en la esperanza en la
restauración del Paraíso terrenal, la que ocurriría luego de que Dios venciera al demonio. No
dudaron en rechazar la institucionalidad de la Iglesia, la validez del clero, el bautismo con agua y de
los niños, la comunicación del Espíritu Santo mediante la imposición de manos, el sacramento del
matrimonio, la presencia real de la Eucaristía, el símbolo de la cruz, la veneración de las imágenes y
toda edificación dedicada al culto. El accionar de los bogomiles fue mas allá de las fronteras de
Bulgaria, extendiéndose por los Balcanes hasta llegar a la misma Constantinopla. A pesar de ello,
los bogomiles fueron lentamente desapareciendo, en parte porque sus seguidores adhirieron al
movimiento husita, y por el otro, por la acción islamizante que ejercieron los musulmanes en los
Balcanes.
PATROLOGÍA
Albigenses o cátharos (s. XII) - secta religiosa surgida en Albi (Francia) y en las llanuras de
Loangue d’Oc, región cuya capital era Toulouse. Extendida rápidamente por Francia, Italia
septentrional y otras regiones de Europa, se convirtió en una de las herejías que mayor peligro llevó
a la vida de la Iglesia. Si bien su nombre se deriva de una de las regiones donde se originó, Albi, en
realidad el mismo les viene dado por la Iglesia en un concilio llevado a cabo en Tours (1163) con la
finalidad de así reconocer a tales herejes, y en 1167 los albigenses convocaron un concilio en
Toulouse en el que constituyeron su Iglesia, o mejor, una contra-iglesia. Cabe aclarar que si bien
suelen ser identificados los albigenses con los cátaros, indudablemente por la similitud de sus
doctrinas, en realidad ambas difieren tanto en el tiempo como en el lugar de origen. A pesar de ello,
ambas tuvieron en el dualismo al fundamento de todo su sistema doctrinario. De allí es que creían
en la existencia de dos voluntades supremas: el bien y el mal, las que si bien se encontraban en una
lucha perpetua, reconocían sólo al principio del bien como eterno.
PATROLOGÍA
El bien era sinónimo del mundo espiritual e invisible, en cambio el mal –criatura de Dios,
representado por Satanás- era quien había creado el mundo material y visible. Negadores de la
Encarnación de Dios, los albigenses creían en la condición angélica de Jesucristo y por ende, era un
ser creado, cuya misión consistió en salvar los espíritus puros encerrados o encarcelados en los
cuerpos materiales. Al considerar la materia un producto del mal, el cuerpo de Cristo no era real
sino aparente, como aparente habría sido su vida y pasión. Practicantes de un riguroso ascetismo,
prohibieron el matrimonio entre sus fieles por considerar un pecado grave la reproducción del
genero humano al constituir éste una inadmisible colaboración con el señor del mundo, el mal.
También rechazaron la existencia del infierno bajo el argumento de que todos los espíritus, al final
de los tiempos, gozarían irremediablemente de la vida eterna.
Por ello, creían en la necesidad de la purificación de los espíritus lo que se llevaría a cabo a través
de sucesivas reencarnaciones. Fomentaron la pobreza como estilo de vida y también, la caridad y
las buenas costumbres. De neto corte anti-jerárquico y anti-sacramental, la doctrina albigenese
censuró la riqueza del clero y negaron los principales misterios cristianos. Conservaron cuatro
sacramentos, a los que no consideraban de institución divina sino de invención humana. Así, tenían
la Eucaristía o cena del Señor; la confesión pública de los pecados; el bautismo para el que no se
usaba el agua sino se imponían las manos, por lo que solían denominarlo, ‘bautismo espiritual’; y
por último, el orden sacerdotal. Estaba constituido este por Obispos, quienes tenían a su cargo la
imposición de manos, la partición del pan, etc; los coadjutores del obispo, quienes actuaban como
confesores; y el diaconado. Tuvieron un particular rito de iniciación en la que debían participar los
conversos.
Sus fieles eran divididos en puros y creyentes, según el grado de compromiso que asumieran. Así,
los primeros lo constituían aquellos fieles que se obligaban a la observancia de todas las reglas de la
secta; en cambio, los creyentes, tenían por misión fundamental servir a los ‘puros’, no viéndose
compelidos a la estricta observancia de las normas, por lo que se les permitía el acceso carnal
siempre y cuando lo hicieran en el marco del concubinato atento que éste no tenía por fin la
procreación. Tuvieron diversos ritos, caracterizándose uno de tipo regenerativo denominado
‘Consolamentum’ (para la purificación del alma) que para el caso de los creyentes sólo era recibido
en su lecho de muerte. En general, el culto de los cátaros o albigenses consistió en una comida ritual
(o fracción del pan), el ‘Melioramentum’ (o confesión general y ayuno) y el beso de paz entre los
participantes, con lo que el rito concluía. Entre los principales hombres de la Iglesia que se
opusieron a esta herejía merecen ser destacados Santo Domingo de Guzmán, San Bernardo y el
papa Inocencio III (1198-1216).
El golpe decisivo contra los albigenses ocurrió en el campo de batalla, y el mismo fue dado Simón
de Monfort quien, al encabezar una cruzada contra ellos, los derrotó en 1213 en la famosa batalla de
Muret (España). Finalmente, durante el pontificado de Alejandro III (1159-1181)) se llevó a cabo el
III Concilio Ecuménico de Letrán (1179), en el que se condenó solemnemente la herejía albigense.
El final de sus días ocurrió como lo fue su aparición, esto es, súbitamente
PATROLOGÍA
Petrobrusianos (s. XII) – herejía liderada por el español Pedro de Bruys, quien afirmaba ser el
auténtico representante del Cristianismo. Sus doctrinas rechazaron el bautismo de los niños, el culto
a las imágenes, la utilización de cruces y templos, la oración por los difuntos, la obediencia a toda
autoridad eclesiástica y la presencia real de Cristo en la eucaristía. San Bernardo se destacó entre
quienes combatieron esta herejía. A la muerte de Bruys, su continuador fue el ‘apostata’ monje
benedictino Enrique de Lausana, siendo condenada la herejía en el Concilio de Pisa (1145).
Valdenses o los pobres de Lyon (s. XII) – se conoce bajo este nombre a la secta iniciada por
Pedro Valdo (Valdesius o Vaux) en Lyon, Francia (1176). Hijo de un rico mercader, creyó recibir
un especial llamado de Dios por lo que decidió dejar todos sus bienes a los pobres e iniciando una
acción predicadora entre el pueblo, dirigida principalmente contra la opulencia y las malas
costumbres que veía en la Iglesia. Ante esta situación irregular el arzobispo de Lyon reaccionó
prohibiéndole predicar. Disconforme con ello, Valdo decidió llevar el asunto ante el Papa Alejandro
III quien, si bien aprobaba el estilo de vida propugnado, no dudó en confirmar la interdicción
impuesta. Ante ese estado de cosas, Valdo decidió desobedecer a la legítima autoridad eclesiástica,
reiterando sus críticas predicaciones. No pasó mucho tiempo sin que Valdo comenzara a exponer
sus propias doctrinas contrarias a la presencia real en la eucaristía, al culto de los santos y de la
Virgen María, a la doctrina del purgatorio, a la necesidad de ministerio sacerdotal, de la Iglesia, de
la jerarquía como a la posesión de bienes por parte de los cristianos.
Siglos XIII – XV
Hermanos del Libre Espíritu (s. XIII) – comunidad sectaria surgida en las regiones de Flandes
y Renania. Estuvo liderada por el teólogo Amaury de Bene (+ 1206), David de Dinant (+1215) y
Otlieb de Estrasburgo (+1215). Según algunos investigadores, el pensamiento de Amaury de Bene
estuvo influenciado por las obras del teólogo, Juan Scotto Eurígena y su escuela Palatina, aunque
PATROLOGÍA
llevando al extremo sus opiniones. De marcado sesgo anti-jerárquico, sus seguidores cultivaron
ideas panteístas, al sostener que Dios estaba en todo y en todos a través de la presencia del Espíritu
Santo, lo que ocasionaba una fusión entre Dios y la criatura. Al negar la existencia del pecado
creyeron innecesario recurrir al auxilio de los sacramentos ya que el hombre no debía someterse a
las limitaciones que impone la ley moral. Desconocieron la divinidad de Jesucristo como así
también su acción redentora. En cambio, defendieron la eternidad de la creación. Rechazaron la
validez de la Iglesia, de los sacramentos y de las Sagradas Escrituras. Marcados por una tendencia
netamente anarquista, se opusieron a todo orden establecido. Conocidos también como ‘bons
enfants’, ‘amaurinos’, ‘pauperes Christi’, sus doctrinas fueron condenadas por el papa Inocencio III
(1198-1216), lo que motivó a que Amaury de Bene se retractara. Según algunos cronistas, esta
comunidad fue acusada de promover el libertinaje, dadas sus prácticas de amor libre, nudismo y
otras desviaciones. Al ser duramente reprimidos por las autoridades eclesiásticas y seculares, los
hermanos del Libre Espíritu finalmente desaparecieron.
Joaquinistas (s. XIII) – movimiento formado alrededor de las ideas de neto corte milenarista
promovidas por el monje cisterciense Joaquín de Fiore (Calabria 1155-1202).Tales fueron luego
recogidas, enriquecidas y difundidas por discípulo, el franciscano Gerardo Di Borgo San Donino a
través de su libro ‘Introductio ad Evangelium Aeternum’. Di Fiore, autor de numerosas obras entre
las cuales se destacó la ‘Expositio ad Apocalypsim’ (para muchos estudiosos creador de una escuela
exegética), creía en el inminente advenimiento del Mesías quien instalaría un reinado de paz con la
consiguiente expansión del cristianismo por todos los rincones del orbe.
Dividía el proceso, según la historia de la humanidad, en tres etapas, la primera había acaecido en
los tiempos del Antiguo Testamento y que denominaba la ‘Era del Padre’; la segunda tuvo su inicio
con la Encarnación del Verbo, denominándola la ‘Era del Hijo’ y la tercera estaba aún por venir –
que según sus cálculos ocurriría en el año 1260- y que llamaba la “Era del Espíritu Santo’. Esta
última etapa, como dijéramos, se caracterizaría por un estado de paz generalizada, cuyo modelo era
la vida de los monjes, en el que los hombres vivirían en un paraíso terrenal bajo el reinado de
Cristo. Como consecuencia de ello, de Fiore creía en la innecesariedad futura de la Iglesia visible la
que irremediablemente desaparecería absorbida por una Iglesia espiritual.
Por otro lado, la heterodoxia de su teología trinitaria fue la que trajo aparejadas las censuras del IV
concilio de Letrán. Creía el abad Joaquín que aunque el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo fueran una
esencia, esta unidad no era verdadera, sino colectiva, con lo que sus ideas caían en el error del
‘triteísmo’ típico de los pueblos paganos de oriente, comprometiendo así la doctrina de la unidad
divina. Años después de su muerte, durante el IV Concilio Ecuménico de Letrán (1215) llevado a
cabo durante el pontificado de Inocencio III (1198-1216), sus doctrinas fueron condenadas. Sin
embargo, ello no fue óbice para que tales ideas fueran recogidas por otros en el devenir de la
historia, entre los cuales cabe destacar a la comunidad de origen franciscano conocido como los
‘Espirituales’ (s. XIII) y en nuestros días, seguidas por un sinnúmero de sectas de origen cristiano
como es el caso de los Testigos de Jehová.
PATROLOGÍA
Espirituales (s. XIII) – comunidad de ideas heterodoxas surgida del franciscanismo, conocidos
también como ‘zelanti’. Defensores de una visión radical y absoluta del ideal de pobreza, los
espirituales adhirieron a las doctrinas milenaristas propugnadas por Joaquín de Fiore (+ 1202) y
difundidas por Gerardo Di Borgo San Donino. Sus posturas extremistas se hizo extensiva también a
todo estudio filosófico, principalmente del aristotelismo, rechazando toda participación de sus
seguidores en estudios universitarios. Entre sus principales líderes cabe destacar a Juan de Parma
(+ 1257); Juan Pedro Olivi (1248-1298); Angel Clareno (1247-1337) y Ubertino de Casale (1259-
1328), estos últimos dos fundadores del movimiento conocido como los ‘fraticelli’. Las heterodoxas
posturas de los espirituales merecieron la condena del papa Juan XXII (1316-1334) mediante el
dictado de la Bula ‘Cum Inter Nonnullos’ (1323).
Hermanos Apóstoles (s. XIII) – comunidad surgida del franciscanismo cuyo principal líder fue
Gerardo Segrelli (+ 1268) secundado por fray Dolcino. Extendida principalmente por el norte de
Italia, rechazaban toda forma de propiedad privada y adherían a las ideas milenaristas propugnadas
por el joaquinismo. Al repudiar las decisiones adoptadas en el II Concilio ecuménico de Lyon
(1274) llevado a cabo durante el pontificado de Gregorio X (1272-1276), en el que se condenó la
radicalidad de algunos movimientos mendicantes, se inició contra ellos una severa represión que
ocasionó su extinción en los albores del s. XIV.
Wiclefitas (s. XIV) – movimiento suscitado por el sacerdote inglés, John Wicleff (1324-1387).
Este se desenvolvió sucesivamente como predicador de Lutterworth, párroco de Fillinghan y
profesor de teología en Oxford. Escribió diversas obras, destacándose entre ellas el ´Triálogus’
(1382) donde volcó sus principales ideas reformistas, principalmente dirigidas contra las
costumbres del clero, la posesión de bienes y los desórdenes vividas por el papado durante el ‘Gran
Cisma’ de occidente. Propugnó la existencia de una Iglesia espiritual, acusando a la Iglesia Católica
de ser ‘la sinagoga de Satanás’ y ‘cuerpo del anticristo’.
Rechazó la validez de toda autoridad de orden temporal o espiritual que no estuviera en estado de
Gracia, dado que creía que el poder sólo podía ser ejercido por delegación divina. Colocó a la Biblia
como la única regla de Fe de los creyentes y rechazó distintas doctrinas como la presencia real de
Cristo en la Eucaristía, la existencia del purgatorio, el celibato de los sacerdotes, la supremacía
papal, el culto a los Santos, los votos monásticos y el sacramento de la confesión. Creía en la
doctrina de la predestinación, afirmando que desde toda la eternidad, el hombre se encontraba
predestinado para la salvación (elegidos) o la condena (réprobos). Fue un extrovertido y violento
predicador, muchas de cuyas doctrinas fueron retomadas por los reformadores del s. XVI, motivo
por el que solían llamarlo ‘la estrella matutina de la reforma’.
Propuso Wicleff confiscar los bienes de los pecadores bajo el pretexto de que el derecho de
propiedad estaba fundado en la gracia divina. Esta doctrina fue rápidamente apoyada por aquellos
PATROLOGÍA
(generalmente los nobles) que estaban ávidos de hacerse de los bienes ajenos, principalmente de los
eclesiásticos. Durante el concilio llevado a cabo en Canterbury (1382) fueron condenadas 10 de sus
proposiciones y consideradas peligrosas 14 de ellas, decidiéndose la suspensión de la titularidad en
la cátedra que ocupaba en Oxford. Wicleff apeló tal decisión ante el Parlamento inglés, logrando su
rehabilitación, previa exigencia de una ortodoxa confesión de Fe (muchos creen que la misma no
fue del todo sincera). Luego de su muerte (1387), 45 errores de Wicleff fueron condenados en el
concilio ecuménico de Constanza (1414-1418), convocado por el papa Gregorio XII (1406-1417),
condena que fue reiterada por el papa Martín V (1417-1431) mediante el dictado de las bulas 'Inter
Cunctas’ e ‘In eminentis’.
Husitas (s. XIV) – El bohemio (checo), Jan Huss (1369-1415), fue sacerdote, teólogo, filósofo,
profesor y rector de la Universidad de Praga. Investido de un fuerte espíritu reformista como
nacionalista y dotado de una extraordinaria elocuencia, predicó –aprovechando el descontento de
sus compatriotas contra el dominio germánico y la influencia latina- contra el abuso en la
distribución de las indulgencias. Las ideas propugnadas por Wicleff ejercieron una fuerte influencia
en él, encargándose de traducir el ´Trialogus’. Huss, junto a su discípulo Jerónimo de Praga,
predicó apelando a la autoridad de la Biblia de la que se consideraba su verdadero intérprete.
Dirigió fuertes diatribas contra el clero y el papado, exigiendo una reforma de la Iglesia. Es allí
cuando interviene el arzobispo de Praga, Sbiuk, quien les prohibió seguir con tales prédicas, a lo
que Huss y su discípulo hicieron caso omiso. Expulsados de Praga, Huss continuó divulgando sus
ideales por toda la Bohemia, siendo excomulgado en 1412 por el anti-papa Alejandro V (1409-
1410). Convocado un nuevo concilio ecuménico en Constanza (1414-1418) por el papa Gregorio
XII (+1417), Huss fue llamado para que defienda sus teorías. Habiendo logrado un salvoconducto
otorgado por el emperador alemán, Segismundo de Luxemburgo (1411-1437), aquél se presentó en
el concilio sin que con sus explicaciones lograra convencer a los padres conciliares. Así, en la XV
sesión (06/7/1415) 30 de sus proposiciones fueron condenadas por heréticas, siendo Huss reducido
al estado secular.
En ese estado de cosas, y no habiendo abjurado de sus opiniones, el emperador Segismundo decidió
condenarlo a muerte en la hoguera, corriendo la misma suerte su discípulo, Jerónimo de Praga, poco
tiempo después. La ejecución de Huss, quien era considerado un verdadero prohombre por los
bohemios (siendo en la actualidad considerado el padre de la lengua y literatura checa), provocó
innumerables revueltas en su tierra natal. Descabezado el movimiento husita, no tardó esto en
generar insalvables tensiones internas que llevaron a la postre a inevitables escisiones. Así, por un
lado estaban los moderados utraquitas (o calicistas) quienes exigían la comunión bajo las dos
especies; y por el otro, los radicalizados taboritas, cuyo principal líder fue Juan Ziska (llamado en
realidad, Juan Trocznowa). Estos últimos no tardaron en involucrarse en la acción política,
recurriendo a la acción armada para defender sus ideales.
Temidos por el uso que hicieron de la violencia (fueron los encargados de llevar adelante
múltiples masacres contra los católicos checos), los taboritas comenzaron a tener innumerables
PATROLOGÍA
victorias en el campo de batalla, las que obtuvieron incluso en territorio alemán y húngaro. Muerto
Ziska, le siguió en el liderazgo Procopio Hoby (el Calvo). De un notable genio militar, al igual que
su antecesor, continuó con los triunfos militares. Convocado un concilio en Basilea por el papa
Martín V, los husitas decidieron participar con el fin de lograr la aprobación de 4 proposiciones, a
seguir: a) que los sacerdotes pudieran predicar libremente la Palabra de Dios; b) que la comunión
debía ser administrada bajo las dos especies; c) que el clero fuera despojado de sus bienes, y d) que
se imponga pena capital a los sacerdotes por sus pecador mortales públicos (vgr. simonía,
concubinato, abuso en la dispensa de indulgencias, etc.). Al no conseguir una rápida decisión, los
husitas se retiraron del concilio. Sin embargo, los padres conciliares decidieron enviar teólogos a
Praga llevando modificaciones a los 4 artículos propuestos. El partido utraquista rápidamente
aceptó llegar a un acuerdo conocido como ‘Compromiso de Praga o Compactata’ (1433), logrando
con esto la vuelta a la comunión con la Iglesia de Roma. En cambio los taboritas lo rechazaron,
reasumiendo la lucha armada. En ese estado de cosas, el emperador Segismundo ingresó de lleno en
la lucha contra los husitas, venciéndolos en la batalla de Lipania (1434), en la que murió su líder
Procopio. Como consecuencia de ello, los husitas fueron dispersados y lentamente se perdieron,
principalmente al ser absorbidos por el movimiento reformista surgido en el siglo XVI.
Hermanos Moravos o ‘Unitas Fratrum’ (s. XV) - constituyen éstos uno de los múltiples
desprendimientos del movimiento husita, originados luego de la muerte de Jan Huss (+1415), cuyo
surgimiento se remonta al año 1457 con el nombre de ‘Unitas Fratrum’ (o Unidad de los
Hermanos). Su iniciador fue un tal Gregorio (+1473), convencido de que la Iglesia romana había
caído en una insanable corrupción. Primeramente, el movimiento se caracterizó por sus tendencias
comunitarias y pacifistas, a la abolición de los rangos jerárquicos y a un rechazo al sacramento de la
Eucaristía, reemplazándolo por una especie de comida común o ‘memorial’ para la que utilizaban
vino y pan. Aceptaron la doctrina de la justificación por la sola Fe y la caridad. Promovieron la
pobreza evangélica en la vida de sus acólitos, principalmente de sus pastores quienes además debían
vivir según la regla del celibato, para cuyo cumplimiento crearon una especie de Comité de
Vigilancia. Adoptaron la confesión pública de los pecados considerados de público conocimiento,
modalidad que debía ser estrictamente cumplida bajo pena de excomunión.
Habiendo tomado contacto con el grupo establecido en Herrnhut, no tardó en hacerse cargo de la
misma, ejercer como predicador y luego, recibir consagración episcopal. Criado en un ambiente
pietista, fomentó la vida de quietud, la oración en común, el uso de la Biblia como única regla de
Fe, la validez de sólo dos sacramentos: el Bautismo y la Cena del Señor y constituyó una jerarquía
PATROLOGÍA
de tipo episcopal, cuyos obispos eran los encargados de ordenar ministros. Importante fue la
promoción de la actividad misionera sobre todo en Inglaterra (1737) y sus colonias americanas, para
luego extenderlas al Africa y América del Sur. En la actualidad, los Hermanos Moravos se destacan
por una fuerte acción ecuménica, integrando desde sus inicios (1948) el Consejo Ecuménico de las
Iglesias.
Siglo XV en adelante
Galicanismo (s. XVI) – con este nombre se conoce al conjunto de tendencias de orden cultural,
social-organizativo y litúrgico promovidas por el clero francés y con el inexorable apoyo de la
monarquía. Si bien no pueden considerarselas heréticas en el sentido estricto de la palabra, si puede
afirmarse que tales nociones tuvieron por finalidad, restringir el poder y las prerrogativas de la
Santa Sede frente al poder Estatal. Su origen remoto o ‘mediato’ puede ser ubicado en las diversas
disputas surgidas entre el Papa Bonifacio VIII (1294-1303) y el rey de Francia, Felipe el Hermoso
(1286-1314) motivadas por los excesivos impuestos exigidos por dicho rey al clero, sin contar con
el debido permiso pontificio. Tal actitud le valió al rey francés una bula de excomunión en su contra
denominada ‘Unam Sanctam’ en la que se reafirmaba la supremacía del poder espiritual por sobre
el temporal. Otro jalón de esta historia, fue la rápida profusión de aquellas ideas que tendieron a
conceder preeminencia a las decisiones del Concilio en desmedro del Pontífice, como así también
las que consideraban que, en materia jurisdiccional, los Obispos y el clero en general tenían dicha
facultad por haber sido otorgada directamente de Dios, sin necesidad de mediación o intervención
alguna del Papado. En cuanto a las motivaciones ‘inmediatas’ del galicanismo, sin duda sobresale la
promulgación de la ‘Declaracion del Clero Galicano’ (Paris, 1682), cuyos principios pueden ser así
sintetizados:
1) en las cuestiones temporales, los reyes y príncipes son independientes de toda autoridad
eclesiástica;
2) en las cuestiones espirituales, el Papa debe subordinarse a los Concilios Generales,
encontrándose, además, su autoridad limitada por los sagrados cánones;
3) las reglas y costumbres propias de la Iglesia de Francia no pueden ser modificadas por la Santa
Sede;
4) el juicio del Papa tiene valor en materias de Fe, pero para su promulgación requieren siempre de
la necesaria aceptación de la Iglesia entera.
PATROLOGÍA
Quietismo (s. XVII) - se designa bajo este nombre al movimiento iniciado por el sacerdote y
teólogo español Miguel de Molinos (1628-1696). A los fines de lograr una mayor perfección
cristiana, creía Molinos que debía el hombre abandonarse totalmente a Dios al punto de suprimir
todo acto explícito de virtud y/o deseo de santidad. Por ende, afirmaba que al encontrarse el alma
unida a Dios no debía resistirse a las tentaciones sino a aceptarlas pasivamente ya que en ese estado,
el hombre no puede pecar. Tales ideas fueron condenadas por el Papa Inocencio XI (1687),
retractándose Molinos de las mismas. Sin embargo, sus doctrinas fueron recogidas por otros como
el sacerdote Lacombe, el escritor francés Fenelón y principalmente por madame Guyón, por lo que
el quietismo volvió a ser condenado, esta vez, por el Papa Inocencio XII (1689).
Jansenismo (s. XVII) – bajo esta designación se conoce al conjunto de teorías elaboradas por el
obispo de Ypres y teólogo francés, Cornelius Jansenius o Jansenio (1585-1638), vertidas
principalmente en su libro “Agustinus”. En síntesis, sus ideas significaron un resurgimiento de la
antigua disputa teológica entre el valor de la libertad y la predestinación, inclinándose Jansenio por
éste último en desmedro de la libertad. Creía que a causa del pecado original el hombre sólo podía
alcanzar la salvación mediante la intervención de la Gracia, intervención que inexorablemente
inclinaba la voluntad hacia el bien, sin que la libertad interior del hombre pueda resistirla. Ello
implicaba necesariamente limitar el carácter universal de la Redención puesto que los no
predestinados carecían de la posibilidad de recibir influjo alguno de Cristo y con ello, quedaban
fuera de toda posibilidad de salvación al estar irremediablemente sometidos a los efectos del pecado
original.
La rápida difusión de tales doctrinas y las disputas que se originaban a su alrededor (principalmente
con los jesuitas), hizo que muchos vieran en ellas el inicio de una nueva herejía. Bien cabe aclarar
que Jansenio nunca estuvo en su espíritu promover unas doctrinas contrarias al magisterio eclesial y
menos aún un cisma. A tal punto ello era así que, antes de morir, ordenó a sus discípulos obedecer a
la autoridad de Roma y modificar todo aquello que resultare inconveniente. Sin embargo, ello no
fue óbice para que muchos desatendieran su última voluntad, promoviéndolas a pesar de las
condenas dispuestas por los papas Urbano VIII (1615) y Alejandro VII a través de la constitución
‘Ad Sacram beati Petri Sedem”. Finalmente, el golpe de gracia al jansenismo lo dio el papa
Clemente XI, a través de la bula ‘Unigenitus Dei Fillius’ (1715). Esta última originó la
desobediencia de algunos obispos holandeses quienes, liderados por Cornelius Steenoven, en el año
1723, provocaron un cisma que dio origen a la Iglesia Vetero-católica de Utrecht.
PATROLOGÍA
Racionalismo (s. XVII) – escuela filosófica que consideró como intrínsecamente racional toda la
estructura de la realidad, esto es, que la misma puede ser plenamente comprendida por la razón
humana, incluido Dios. Allí es cuando esta escuela entra en conflicto con la Iglesia. El racionalismo
no admitía las verdades de la fe que, según ellos, pudieran contradecir a la razón, tildándolas –en su
caso- de supersticiosas u obscurantistas. Uno de sus principales intentos en materia religiosa fue la
de reducir todas las tradiciones a unos pocos principios racionales supuestamente comunes, dejando
de lado las discusiones teológicas y/o dogmáticas que pudieran existir entre ellas. Esta postura
mereció el rechazo por parte de las autoridades eclesiásticas, entendiéndola como una insoportable
intromisión en asuntos que se encuentran fuera del ámbito filosófico, mereciendo por ello su
condena en el Concilio ecuménico Vaticano I (1869-70), llevado a cabo durante el pontificado del
papa Pio IX (1846-1878).
Febronianismo (s. XVIII) – conjunto de doctrinas elaboradas por el obispo auxiliar de Tréveris,
Juan Nicolás von Hontheim (o Febronio). Para éste, los obispos eran quienes tenían la facultad de
ser los jueces en cuestiones referidas a la Fe, por lo que el Papa no podía imponer ninguna norma
eclesiástica sin que los obispos lo hayan aprobado previamente. Así, sostuvo que los obispos, aún
con la ayuda del poder temporal, podían deponer al Papa cuando éste se excediera en sus
atribuciones y competencias. Todas éstas formulaciones fueron condenadas sucesivamente por los
papas Clemente XIII en 1764 y 1766, y por Clemente XIV en 1771 y 1774.
Fideísmo – escuela filosófica surgida como una reacción al racionalismo imperante en el siglo
XVIII, la que tuvo en el abate francés, Bautain, uno de sus principales promotores, junto a Grahy
(1872), Bonald (1840) y al tradicionalista Lamennais (1854). Las ideas del fideísmo se
concentraron en considerar la imposibilidad de la razón humana de alcanzar la Verdad, por sí sola.
Así, la existencia de Dios no puede ser conocida por la razón natural, sino sólo por la Fe, atento que
todo nuestro conocimiento proviene de los sentidos, de la experiencia y en consecuencia, todo lo
que lo sobrepasa, resulta incognosible e indemostrable para la razón. De esta suerte, los fideístas
afirmaban que toda construcción filosófica debía necesariamente recurrir a la Fe, so pena, de no se
alcanzar nunca certidumbre alguna sobre materias propias de la Revelación Divina. Encontrándose
muy extendidas estas ideas, fueron condenadas por los papas Gregorio XVI (1830-1846), Pio IX a
través de la encíclica ‘Qui Pluribus’ (1846), para finalmente ser denunciados sus peligros por los
padres participantes en el Concilio Vaticano I (1869-1870).
Modernismo (s. XiX – XX) – término generalmente utilizado para designar al movimiento
surgido en Europa (y de allí al resto del mundo) y que supiera ejercer una fuerte influencia en
amplios campos del que hacer humano (vgr. literatura, pintura, arquitectura, etc.). El ámbito
religioso, específicamente el cristiano, no se mantuvo incólume a sus influencias. Así, los
seguidores de la corriente modernista intentaron armonizar la doctrina tradicional de la Iglesia con
las nuevas tendencias filosóficas, los nuevos descubrimientos históricos y científicos. Entre sus
principales propulsores dentro del Catolicismo pueden citarse (sin que su señalamiento implique
PATROLOGÍA
juicio de valor alguno) al jesuita y teólogo inglés George Tyrrell, al filósofo Edouard Le Roy; al
investigador y exegeta Alfred Loisy y al historiador Ernesto Buonaiutti, entre muchos otros. Al
considerar que las formulaciones efectuadas por los representantes del modernismo eran una
‘síntesis de todas las herejías’ en donde se mezclaban el agnosticismo, el subjetivismo, el
fenomenismo, el relativismo, el inmanentismo y un evolucionismo radical, el Santo Oficio lo
condenó a través del decreto ‘Lamentabili’ (1907). Luego, la condena fue reafirmada sucesivamente
por el papa Pío X (1903-1914) mediante su encíclica ‘Pascendi’ y el motu proprio ‘Sacrorum
Antistium’ (1910).
Como notaste, herejias y sectas siempre ha habido. Hace siglos diferentes a las de hoy, pero
todas pretendiendo la verdad y terminaron desapareciendo como una secta mas.
Dios te bendiga y permanece unido a la unica Iglesia fundada por Cristo: La Católica. Jn 17,21
Córdoba – Argentina
gabrielfandi@[Link]
Bibliografía consultada
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Belloc, Hilaire – ‘Las Grandes Herejías’ – Ed. Tierra Media – Bs. As. 2000
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Petrino, Juan D. – ‘Dios nos habla. Introducción General a la Sagrada Escritura’, Ed. Claretiana
[Link]. 1993
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