Congreso de Verona
El Congreso de Verona se celebró del 20 de octubre al 14 de diciembre de 1822 en Verona, al cual
acudieron representantes de la Cuádruple Alianza fundada en 1815 por el Imperio Ruso, el Imperio
Austríaco, el Reino de Prusia (estos tres Estados conformaban la Santa Alianza) y el Reino Unido de Gran
Bretaña e Irlanda, y a la que en 1818 se había sumado el Reino de Francia, dando nacimiento así a una
Quíntuple Alianza de facto.
Las cuatro grandes potencias vencedoras de las guerras napoleónicas ―Imperio Austríaco, Reino de
Prusia, Imperio ruso y Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda― se consideraron legitimadas para
establecer el nuevo orden europeo basado en el equilibrio entre ellas y este quedó establecido en el
Congreso de Viena.1 Para asegurarlo se estableció un doble sistema de garantías. Por un lado la Santa
Alianza, integrada por las tres monarquías absolutas vencedoras de Napoleón (Rusia, Prusia y Austria)
―la «monarquía limitada» de Gran Bretaña no se sumó, aunque el príncipe regente en una carta
personal mostró su simpatía hacia sus objetivos―,2 y por otro la Cuádruple Alianza que estaba formada
por las tres monarquías absolutas y la monarquía británica. Mientras que la Santa Alianza había sido una
iniciativa del zar de Rusia Alejandro I, la Cuádruple Alianza fue una propuesta del secretario del Foreign
Office, el tory vizconde de Castlereagh. En el Tratado de la Cuádruple Alianza se estableció el
compromiso de las cuatro monarquías firmantes de unirse de nuevo si Francia intentaba romper los
acuerdos de paz y además se acordó «un sistema de congresos» para el mantenimiento del «Concierto
Europeo». En 1818 se incorporó a la Cuádruple Alianza el Reino de Francia, dando nacimiento a una
Quíntuple Alianza de facto.3
Tras la Revolución de 1820, las potencias de la Quíntuple Alianza se reunieron en el Congreso de
Troppau celebrado en octubre de 1820 y en él Austria, Rusia y Prusia firmaron el que sería conocido
como Protocolo de Troppau, según el cual esas tres monarquías absolutas se arrogaban el derecho a
intervenir en aquellos «Estados que hayan experimentado un cambio de Gobierno a causa de una
revolución y como resultado de ello amenacen a otros Estados». Partiendo de este principio se acordó
«autorizar» al Imperio de Austria a intervenir en Nápoles, donde en julio de 1820 había triunfado una
revolución siguiendo el ejemplo de la revolución española de marzo (hasta el punto que habían
adoptado su Constitución, aprobada por las Cortes de Cádiz ocho años antes). En el mismo mes de
marzo de 1821 en que las tropas austríacas entraban en Nápoles poniendo fin a la revolución, se iniciaba
otra en el Reino del Piamonte, que como la napolitana también adoptó la Constitución de Cádiz.
Asimismo sería aplastada por los austríacos.45
En cuanto las revoluciones italianas fueron sofocadas toda la atención de las potencias absolutistas de la
Santa Alianza se centró España. En mayo de 1821 el gobierno del Imperio Ruso enviaba una nota a sus
embajadores en la que se manifestaba la «aflicción» y el «dolor» de los soberanos europeos y su
desaprobación por «los medios revolucionarios puestos en práctica para dar a España nuevas
instituciones».6 Por su parte, el canciller Metternich, el principal artífice del nuevo orden europeo
posterior a Napoleón, llegó a considerar más peligrosa la Revolución española de 1820 que la Revolución
francesa de 1789, porque la primera había sido «local» mientras que la española era «europea».78
Metternich en el Congreso de Laibach, donde finalmente se dio vía libre a la intervención austríaca en
Nápoles, ya había presionado al representante del Reino de Francia para que interviniera en España —
«Es necesario quitarse de encima ese peligro que tenéis a las puertas; es una amenaza para vuestro
Gobierno», le había dicho— pero este respondió: «España no es una amenaza; la constitución se
debilitará por sí misma y se verá obligada a modificarla».9