0% encontró este documento útil (0 votos)
66 vistas6 páginas

Análisis poético de sombras y ausencia

El resumen trata sobre tres poemas italianos que exploran el tema de la sombra. El primer poema habla de la incapacidad del poeta para expresar plenamente su ser a través de la palabra poética. El segundo poema describe a la sombra como una huella que no deja huella y que sobrevive a todo lo que pasa. El tercer poema reconoce que la sombra acompaña al cuerpo y que a través de ella se puede reconocer la singularidad de una persona.

Cargado por

cueto
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
66 vistas6 páginas

Análisis poético de sombras y ausencia

El resumen trata sobre tres poemas italianos que exploran el tema de la sombra. El primer poema habla de la incapacidad del poeta para expresar plenamente su ser a través de la palabra poética. El segundo poema describe a la sombra como una huella que no deja huella y que sobrevive a todo lo que pasa. El tercer poema reconoce que la sombra acompaña al cuerpo y que a través de ella se puede reconocer la singularidad de una persona.

Cargado por

cueto
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

SOMBRAS ITALIANAS

1. Montale

No nos pidas la palabra que escrute íntegramente


nuestro ánimo informe, y con letras de fuego
lo revele y esplenda como flor de azafrán
perdida en medio de un campo polvoriento.

¡Ah el hombre que se va seguro,


de los demás y de sí mismo amigo,
y no cuida de su sombra que el ardiente estío
graba sobre un descascarado muro!

No nos pidas la fórmula que pueda abrirte mundos;


sí alguna torcida sílaba, seca como una rama.
Sólo esto podemos hoy decirte:
lo que no somos, lo que no queremos.

Non chiederci la parola che squadri da ogni lato / l’animo nostro informe, e a lettere di
fuoco / lo dichiari e risplenda come un croco / perduto in mezzo a un polveroso prato. //
Ah l’uomo che se ne va sicuro, / agli altri ed a se stesso amico, / e l’ombra sua non cura
che la canicola / stampa sopra uno scalcinato muro! // Non domandarci la formula che
mondi possa aprirti, / sì qualche storta sillaba e secca come un ramo. / Codesto solo oggi
possiamo dirti, / ciò che non siamo, ciò che non vogliamo.

El poema se presenta como un poema programático. Trata, en efecto, de la palabra


poética, de su posibilidad e imposibilidad actual, de lo que puede o no puede ser, sobre
todo de lo que no puede ser hoy, ahora, en el momento en el que se escribe el poema,
quizá también ahora que nosotros lo leemos. El poema habla, pues, de una impotencia y
de un rechazo. No podemos quiere decir somos incapaces, carecemos de los medios
necesarios, pero quiere decir también no queremos, o mejor, no podemos querer, no nos
es posible ya escribir esto, escribir así. La palabra ya no es, no puede ser para nosotros
la palabra de la revelación del ser, la palabra epifánica en la que verdad y belleza son lo
mismo; la palabra ya no es, no puede ser tampoco la palabra expresiva, la palabra que
aclare y exponga la intimidad de nuestra alma. Salvo por esa ‘storta sillaba’ del final, a
la que tendremos que volver, el programa del poema parece tener un carácter
exclusivamente negativo, dice tan sólo ‘lo que no somos, lo que no queremos’.
Sin embargo, entre las dos estrofas estrictamente programáticas, en el medio mismo
del poema, hay una estrofa de carácter y tono muy distintos y de intención no
demasiado clara. Por supuesto, todo hace suponer que hay que pensarla como el
correlato objetivo de las dos estrofas que lo enmarcan, pero el objeto preciso del
correlato permanece ambiguo. Tal vez podría decirse que la estrofa presenta la
circunstancia, la ocasión de la palabra del poema, la facticidad misma de la poesía hoy,
y así, quizá, indirectamente, la razón de la impotencia y el rechazo que enuncian las
estrofas programáticas.
El hombre que se va seguro, sin cuidado, es decir, sin temor, inquietud, dificultad o
duda, distraído de todo cuidado, descuidado de su propio descuido por el descuido
mismo, y además contento en su descuido, contento consigo y con los demás, con el
mundo, es decir, el orden, la ley, el sentido, ese mundo que es precisamente el que le
ahorra todo cuidado, es el hombre que puede pedirle a la poesía su palabra epifánica o
expresiva, la belleza y el sentimiento.
De lo que no se cuida el que va seguro es de su sombra. La sombra es la descuidada,
la olvidada, la abandonada. De allí la soledad de la sombra. La sombra no es en sí
misma, es en otro, en el muro, el tapial, como efecto de la luz del sol sobre el cuerpo del
hombre. La filosofía diría que es un accidente, no una substancia. Pero la sombra del
poema es un accidente descuidado por su sujeto, abandonado por la substancia. No
libre, autónoma, como la de tantos relatos fantásticos, sino tan sólo un resto, un residuo
del olvido. La sombra, figura bidimensional, plana como ninguna en el mundo, carece
de interioridad, no tiene sí mismo al que volver. Esencialmente expuesta, ella es imagen
de la exposición misma, como si cualquier cosa absolutamente expuesta asumiese el
carácter de una sombra. La imagen estampada, impresa en el calcinado muro, en la
descascarada tapia, pantalla ella misma roída y corroída por la canícula despiadada,
pantalla ella misma reducida a imagen, a sombra de sí misma, la imagen, pues, la
sombra, es imagen de la exposición pura a la intemperie, el afuera. No hay refugio en la
intemperie, para la intemperie. A diferencia del cuerpo, la sombra no halla refugio en la
sombra, sólo puede desaparecer en ella. Por eso es la sombra, no el cuerpo, la que
verdaderamente sabe de la luz. Ella es el testigo de la luz, es decir, de la intemperie.
Pero por lo mismo, la sombra es el recuerdo, para el cuerpo, de su inseguridad
fundamental, de su estar fácticamente expuesto a la intemperie, antes y a despecho de
todos los refugios –el sí mismo, los otros, el mundo. Es de esto de lo que el hombre que
se va seguro no sabe, no puede ni quiere saber nada.
Pero el poema se acuerda, es el recuerdo de su olvido, el recuerdo de la sombra
abandonada contra el tapial. La palabra poética no es, sin duda, la palabra de la sombra,
en ninguno de los dos sentidos del genitivo. No es ni la palabra capaz de decir, de
nombrar o de representar la sombra ni la palabra que viene de la sombra misma, que es
su expresión inmediata y auténtica. La sombra es sin palabra y no hay palabra para la
sombra. La palabra del poema, apenas, es la sombra de una palabra, una palabra que es
la sombra de ella misma, el residuo de una palabra: una torcida, una contrahecha sílaba,
seca como una rama. La palabra poética es el testimonio de un desastre sin huella, casi
sin huella, igual que un muro descascarado al sol, una sombra aplastada contra el muro.

2. Caproni

Hojas

    Cuántos se fueron…


                                    Cuántos.
    ¿Qué queda?
                          Ni siquiera
el soplo.
              Ni siquiera
el rasguño del rencor o la mordedura
de la presencia.
                         Todos
se fueron sin
dejar rastro.
                     Como
no deja rastro el viento
sobre el mármol por donde pasa.
                                                    Como
no deja huella la sombra
sobre el andén.
                         Todos
desaparecidos en una polvareda
confusa de ojos.
                          Un murmullo
de voces áfonas, casi
como de hojas a contraviento
detrás de los vidrios.
                                  Hojas
que sólo el corazón ve
y en las que la mente no cree.
 

 Foglie // Quanti se ne sono andati… // Quanti. // Che cosa resta. // Nemmeno / il soffio.
// Nemmeno / il graffio di rancore o il morso / della presenza. // Tutti / se ne sono andati
senza / lasciare traccia. // Come / non lascia traccia il vento / sul marmo dove passa. /
Come / non lascia orma l’ombra / sul marciapiede. // Tutti / scomparsi in un polverio /
confuso d’occhi. // Un brusio / di voci afone, quasi / di foglie controfiato / dietro i
vetri. // Foglie / che solo il cuore vede / e cui la mente non crede.

En griego, la palabra skia, sombra, significa rastro, huella. La sombra es una huella
que no deja huella. La sombra es huella del cuerpo, pero no hay sombra de la sombra.
La sombra no hace sombra, no deja huella. En tal sentido puede decirse que la sombra
no se imprime, no se graba sobre ninguna superficie. La sombra pasa, se va, desaparece.
Ya pasó cuando pasa, es puro pasar o paso, y por tanto siempre ya pasada. Pero por otro
lado, la sombra es lo que queda del paso de todo. La sombra sobrevive a todo lo que
pasa, sobrevive al cuerpo que no hace más que pasar. Todo lo que pasa pasa como una
sombra, asume el estatuto de una sombra y queda como una sombra en su paso. La
sombra es presencia de lo que pasó y pasado de toda presencia. La sombra es lo que el
autor denomina en otros poemas una Asparizione, ella es la Asparizione por excelencia.
La palabra condensa la apparizione y la sparizione, la aparición y la desaparición. En la
Asparizione lo que aparece es la desaparición misma. Asparizione es el modo de
aparecer de lo que no aparece, lo que se ha ido hace tiempo o acaba de pasar, lo que fue
y ya no es, pero también lo que pudo haber sido y no fue y sin embargo es en el modo
de esa pura posibilidad trunca. Lo que no está ahí, la inapariencia aparece. La aparición
de la ausencia, esto es la sombra. Por eso se dice que la sombra es esencialmente
inasible, por eso se habla de la imprendibile essenza dell'ombra. Y sin embargo, ¿cómo
no ver esa ausencia ahí? ¿Cómo no ver en el andén al que ya no espera el tren de las
siete? ¿Cómo no vernos a nosotros mismos subiendo a ese tren que vimos partir,
seguramente para siempre? La ausencia es su modo de aparecerse. Por eso los vemos
con el corazón, no con la mente. La mente no tiene por verdadero sino lo presente, por
eso no cree en la sombra. Pero el corazón es el órgano, el instrumento del amor, por eso
no ve sino la sombra en todo lo que ve. El amor es amor de la sombra, en los dos
sentidos del genitivo. Sólo la sombra ama, y sólo se ama la sombra. La sombra es el
paso del amor.
3. Wilcock

En Velletri
Fui hasta la parada de autobús,
me senté sobre el muro del puente:
mi sombra era la sombra de un joven,
yo también soy la sombra de un joven.

A Velletri // Sono andato fino alla fermata dell'autobus,/ mi sono seduto sul muretto del
ponte:/ la mia ombra era l'ombra di un giovane,/ ma anch'io sono l'ombra di un giovane.

La sombra se va, pero una de sus maneras de irse es precisamente quedándose. La


sombra no te abandona. Te espera cuando amanece y te sigue cuando cae la tarde, a
pesar del cansancio y la desgana. La sombra obedece al cuerpo. Lo obedece aun en la
forma que reproduce sin protestar, a menos que sea ella la que traza su forma, descubre
su forma, la forma del cuerpo, trazándola en la pared o en el suelo. Lo cierto es que
reconocemos a la gente por su sombra. Reconocemos no sólo el cuerpo sino en cierto
modo el carácter, la singularidad, quizá hasta allí desconocida, de alguien en su sombra.
Yo me reconozco en mi sombra. En ocasiones, sin embargo, mi sombra me sorprende
devolviéndome una imagen que sin dejar de reconocer como mía reconozco extraña, o
mejor, anómala, descubriendo así, dado el supuesto de la obediencia de la sombra, una
cierta anomalía en mí. Mi sombra es de pronto (es, no parece) la sombra de un joven.
Yo, que soy adulto hace mucho, que había inclusive olvidado la juventud, descubro
ahora en mí, la sombra me hace redescubrir en mí, el joven que fui. Ello no significa
que sea joven o que vuelva a serlo, significa que me defino ahora en relación a ese
pasado joven que ya no es, o que es en el modo de su haber sido. Ese joven es una
sombra, es decir, algo así como una promesa olvidada, el resto de una presencia perdida.
Pero también yo soy hoy una sombra del joven que fui, una sombra, es decir, asimismo,
un resto, un residuo, la piltrafa. La sombra no miente, no se equivoca. En el puente, mi
sombra es la sombra de una sombra.
Tampoco mentiría, es cierto, si le tocara grabar sobre la piedra la imagen desgarbada,
tal vez un poco encorvada, un poco más ancha que lo esperable, de un hombre entrado
en años. De cualquier modo que sea, la sombra cambia con el hombre. La sombra
acompaña al hombre no sólo en el espacio sino también en el tiempo. De la cuna a la
sepultura, como suele decirse. Sin embargo, es difícil afirmar que la sombra envejece.
¿Tiene edad la sombra? Tal vez la sombra tiene a cada momento la edad que tiene. Lo
que no tiene la sombra es recuerdos. De allí, quizá, su invencible juventud.

Bibliografía

Giorgio Caproni: L’opera in versi, Milano, Mondadori, 1998 (La versión castellana es
de Ricardo H. Herrera)
Eugenio Montale: Tutte le poesie, Milano, Mondadori, 1984 (La versión castellana es de
Horacio Armani, con alguna modificiación nuestra)
Juan Rodolfo Wilcock: Poesie, Milano, Adelphi, 1996 (La versión castellana es de J. R.
Aulicino)

Roberto Casati: El descubrimiento de la sombra, Madrid, Debate, 2001


Muriel Gagnebin (ed.): L’ombre de l’image. De la falsification à l’infigurable, Seyssel,
Champ Vallon, 2002
Max Milner: L’envers du visible. Essai sur l’ombre, Paris, Seuil, 2005
Victor I. Stoichita: Breve historia de la sombra, Madrid, Siruela, 1999

También podría gustarte