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Apuntes de Derecho Constitucional I - A. Usen

Este documento presenta una introducción a los apuntes de clase sobre derecho constitucional que cubren los órganos del estado en Chile. Explica que la constitución de 1980 establece un presidencialismo fuerte y que los órganos constitucionales autónomos son parte importante. Además, contextualiza la constitución como una reacción al golpe de estado de 1973 y como un estatuto que favorece a los vencedores de ese conflicto.

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Apuntes de Derecho Constitucional I - A. Usen

Este documento presenta una introducción a los apuntes de clase sobre derecho constitucional que cubren los órganos del estado en Chile. Explica que la constitución de 1980 establece un presidencialismo fuerte y que los órganos constitucionales autónomos son parte importante. Además, contextualiza la constitución como una reacción al golpe de estado de 1973 y como un estatuto que favorece a los vencedores de ese conflicto.

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Apuntes de clase

Curso Derecho Constitucional I


Semestre 2/2018

APUNTES DE DERECHO CONSTITUCIONAL

Los Órganos del Estado

Alejandro Usen Vicencio*

I.- INTRODUCCIÓN

1. El contexto de la Constitución de 1980.

2. Es una Constitución rígida.

3. La Constitución de 1980 establece un superlativo presidencial.

4. Los órganos constitucionales autónomos.

II.- EL GOBIERNO Y LA ADMINISTRACIÓN DEL ESTADO

5. Conceptos

6. El Presidente de la República

Requisitos y mecanismo de elección del Presidente de la República


Subrogación y vacancia del Presidente electo
Subrogación y vacancia del Presidente en ejercicio
El ex Presidente de la República

7. Las atribuciones del Presidente de la República

Atribuciones Legislativas
Atribuciones del Presidente de la República en cuanto Jefe del Estado
A) La convocatoria a Plebiscito
B) Los estados de excepción constitucional
C) La conducta ministerial de los jueces y fiscales del Ministerio Público
D) Las relaciones exteriores
E) Atribuciones militares
Atribuciones normativas: la potestad reglamentaria del Presidente de la República
A) Reglamento autónomo
B) Reglamento de ejecución

* Abogado, magíster en derecho constitucional; profesor de la Facultad de Derecho, Universidad Central de Chile.
Apuntes de clase
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Semestre 2/2018

Designaciones, nombramientos y proposiciones


Potestades de gracia
El decreto de emergencia económica.

8. La función ministerial

9. Las bases generales de la Administración del Estado

La organización administrativa del Estado

A) La administración central
B) La administración regional y provincial (Cap. XIV CPR)
C) La administración comunal (Cap. XIV CPR)
D) La carrera funcionaria

La responsabilidad del Estado-Administrador

III.- EL CONGRESO NACIONAL

10. Introducción

11. La función representativa

Organización y composición
Requisitos para ser Diputado y Senador
La vacancia

12. Régimen de inhabilidades, incompatibilidades, prohibiciones y prerrogativas en la


función parlamentaria

13. La función política

De la Cámara de Diputados
Del Senado
Del Congreso Nacional

14. La función legislativa

La competencia legislativa
A) Dominio legal
B) La segmentación legislativa
C) La legislación delegada

El Proceso legislativo
A) La iniciativa
B) La discusión
C) La aprobación y la sanción
D) La promulgación y publicación

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Semestre 2/2018

IV.- EL PODER JUDICIAL

15. Bases constitucionales de la función jurisdiccional

16. La judicatura

17. La Corte Suprema

V.- LOS ÓRGANOS DE CONTROL

18. Son órganos constitucionales autónomos

19. Control de Constitucionalidad: El Tribunal Constitucional

Composición
Funcionamiento
Reglas comunes de procedimiento ante el TC
Atribuciones
A) Control de constitucionalidad de tipo preventivo
B) Control de constitucionalidad de la ley de tipo represivo
C) Control de constitucionalidad otros actos normativos

20. Control de la legalidad de actos eleccionarios: La Justicia Electoral

Aspectos orgánicos
A) Los Tribunales Electorales Regionales
B) El Tribunal Calificador de Elecciones

Aspectos funcionales
A) Conoce de la calificación de elecciones
B) Conoce de la rectificación de escrutinios y nulidad de actos electorales
C) Resoluciones sancionatorias del Servel
D) Resoluciones de Tribunales Supremos de partidos políticos.
E) Contenciosos especiales de remoción.

21. Control de legalidad actos administrativos: La Contraloría General de la República

Atribuciones constitucionales
El Contralor General de la República
La toma de razón

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Curso Derecho Constitucional I
Semestre 2/2018

I.- INTRODUCCIÓN

La clásica distinción entre la parte orgánica y dogmática de la Constitución es


útil pero insuficiente para orientar el estudio de un curso como éste. Primero, porque
el criterio para clasificar de orgánico o dogmático los pasajes de la Constitución es de
tal generalidad que inevitablemente se incurre en más de alguna imprecisión. Luego,
porque la clasificación entre lo orgánico y lo dogmático, que ha servido incluso para
sostener que la Constitución tiene “partes”, se presenta antes como un deslinde o línea
divisoria, como si lo dogmático no fuera orgánico y viceversa; esto, es un error, pues se
trata de un sistema que muestra rasgos de interdependencia, función múltiple de un
mismo precepto1 y pretensión de coherencia.

Así las cosas, conviene tener presente que la Constitución contemporánea es un


orden jurídico fundamental, en sentido sustancial o cualitativo, vale decir una síntesis
o equilibrio entre reglas que deciden (regulan o dirigen) algunas cuestiones
importantes para una sociedad políticamente organizada, y en este sentido es un
fundamental y, conjuntamente, reglas que configuran un margen de acción a los
poderes públicos (facultan, prohíben u ordenan) y como tal, es un macrosistema de
normas que esquemáticamente se pueden ordenar así:

- Normas declarativas, vale decir, reglas que configuran el orden político-


constitucional.
- Normas de reconocimiento y garantía de derechos fundamentales;
- Habilitaciones, mandatos, prohibiciones y normas atributivas de competencia a
poderes públicos;
- Normas sobre requisitos, inhabilidades e incompatibilidades a los titulares de
poderes públicos;
- Normas de estructura2, es decir, reglas que regulan la producción de normas
jurídicas; y
- Normas orgánicas, entendiendo por tales las reglas de organización,
composición y procedimiento de instituciones u órganos del Estado.

Siguiendo el esquema propuesto, salta a la vista que las materias objeto de este
capítulo, en líneas gruesas, corresponde al estudio sistemático de las normas

1 Una misma regla puede ser garantía de un derecho y habilitación para un poder público, por ejemplo: el inciso
segundo del numeral 21 del artículo 19 de la Constitución es una habilitación para la actividad estatal empresarial,
una regla imperativa para el legislador, respecto del quórum, que debe ser calificado y está dentro de las reglas de
reconocimiento de derechos fundamentales y sus garantías. Otro ejemplo que ilustra lo que se viene señalando, es el
derecho de asociación del artículo 19 Nº 15 de la Constitución, que tras el reconocimiento del derecho fundamental de
asociarse y garantizar la libertad de asociación, el constituyente incluye, en este pasaje, normas orgánicas de los
partidos políticos. El inciso final del numeral 12 del artículo 19, dispone la creación de un órgano estatal: el Consejo
Nacional de Televisión, tras la regulación constitucional del derecho fundamental a emitir opinión e información.
2 Véase N. Bobbio (2013), p. 153.

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esquematizadas, con excepción de las normas declarativas y las normas de


reconocimiento y garantía de derechos fundamentales que son materia de otros
capítulos.

Ahora bien, y aclarado lo anterior, es menester considerar que una Constitución


es texto y contexto y, por lo mismo, conviene apuntar algunas características generales
de la Constitución de 1980 que vale la pena tener presente para todo lo tratado en este
capítulo.

1. El contexto de La Constitución de 1980.

En efecto, la Constitución de 1980 es una reacción. Es una respuesta


constitucional a la crisis política del año 1973. Como suele ocurrir, y la historia de
Chile no escapa a esta consideración sino más bien es una confirmación, una nueva
Constitución, dictada tras la crisis o el conflicto que produce una crisis del sistema
político, es el estatuto de los vencedores. La Constitución de 1980 es esto para la
dictadura cívico-militar que derrocó a Allende, el remedio constitucional que corrige –
dijeron y dirían sus partidarios- las imperfecciones del sistema configurado en la Carta
de 1925 que colapsó en 1973.

Derrocado el gobierno de Salvador Allende e impuesto un gobierno militar de


facto, se produce una ruptura constitucional e inicia un período de vacancia
constitucional, desde el 11 de septiembre de 1973 hasta el 11 de marzo de 1981, fecha
en que entra en vigencia la Constitución de 1980. Sostener la vacancia constitucional
no sólo es un dato de contexto, es además una respuesta contraria a un sector de la
doctrina que sostuvo –y sostendría hasta hoy- que la Carta de 1925 estuvo
parcialmente vigente durante este período. Esto no es así, por más que la dictadura
haya pretendido “normarlo” así mediante decretos leyes, algunos de ellos de
impresentable redacción, como los Decretos leyes Nº 128 y Nº 788, respectivamente,
que se auto atribuyeron y “regularon” el ejercicio de la potestad constituyente por
parte de la junta de gobierno.

Es en este mismo período, donde la dictadura cívico-militar despliega la


actividad para la dictación de una nueva Carta Fundamental. Su inspiración,
manifiesta no supuesta es una Constitución autoritaria, como expresión de
desconfianza de la política, de los políticos y, a fin de cuentas, del sistema democrático.
Una Constitución anti marxista y expresión de la guerra fría.

En efecto, la dictadura cívico-militar, a poco andar, expresó abiertamente sus


propósitos: 1) respecto del anti marxismo, sostuvo que “una sociedad de inspiración

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Semestre 2/2018

marxista debe ser rechazada por Chile, dado su carácter totalitario y anulador de la
persona humana, todo lo cual contradice nuestra tradición cristiana e hispánica.
Además, la experiencia demuestra que el marxismo tampoco engendra bienestar,
porque su carácter socialista y estatista no es apto para un adecuado desarrollo
económico”3; 2) En cuanto al contexto mundial (guerra fría), dicen los ideólogos de la
dictadura: “Sufrida la experiencia de admitir en su seno democrático al marxismo y de
que muchos demócratas intentaran buscar concordancias doctrinarias o prácticas con
sectores marxistas, experimentados en carne propia la falacia y el fracaso de la
llamada “vía chilena al socialismo”, nuestra Patria ha decidido combatir frontalmente
contra el comunismo internacional y de la ideología marxista que éste sustenta,
infligiéndole su más grave derrota de los últimos treinta años. El gobierno de Chile no
pretende asumir ningún liderazgo que exceda sus propias fronteras, pero está
consciente de que su desenlace es observado con interés por muchos pueblos para
quienes nuestra experiencia puede ser útil desde varios aspectos”4; y 3) Respecto de
naturaleza autoritaria, basta con transcribir, primero el diagnóstico: “Después de largo
tiempo de mesianismo ideológicos y de la predica de odios mezquinos, el gobierno de las
Fuerzas Armadas y de Orden, con un criterio eminentemente nacionalista, invita a sus
compatriotas a vencer la mediocridad y las divisiones internas, haciendo de Chile una
gran nación”5. Y luego, la solución propuesta: “Conforme a la inspiración portaliana
que lo guía, el Gobierno de las Fuerzas Armadas y de Orden ejercerá con energía el
principio de autoridad, sancionando drásticamente todo brote de indisciplina o
anarquía. Despersonalizará el poder, evitando todo caudillismo ajeno a nuestra
idiosincrasia. Se colocará siempre por encima de todo grupo particular de cualquier
naturaleza desterrando el juego de las influencias, protegiendo al más débil de todo
abuso por parte del más fuerte, y siendo el árbitro que resuelva sin complejos ni
favoritismos, en la mira únicamente del bien común y la justicia”.6

Buena parte de esto fue vaciado en la Constitución de 1980. Pasarlo por alto,
además de ingenuo, es un grueso error metodológico, pues, el contexto de la
Constitución de 1980 es determinante para precisar algunos conceptos y preceptos. Al
mismo tiempo, permite formular un juicio crítico de carácter general, a saber: la
Constitución de 1980, dado su contexto, revela que el problema más patente de sus
normas, no es su techo ideológico sino que su obsolescencia, ya que, buena parte de las
cuestiones que sirvieron de justificación para el constituyente del año 80,
desaparecieron o se transformaron radicalmente.

3 Véase Declaración de Principios del Gobierno de Chile, 11 de marzo de 1974; en E. Soto [recopilador] (1979), p. 33.
4 Ibíd., p. 34.
5 Ibíd., p. 43.

6 Ibíd., p. 45.

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Semestre 2/2018

2. Es una Constitución rígida.

La rigidez constitucional se observa, sobre todo en la teoría constitucional


contemporánea, como una garantía. Y esto es correcto, pues, como apunta Ferrajoli, el
constitucionalismo rígido es una garantía en cuanto “completa al estado de derecho
porque comporta la sujeción, también de la actividad legislativa, al Derecho y al
control de constitucionalidad. De esta manera, el constitucionalismo jurídico suprimió
la última forma de gobierno de los hombres: la que en la tradicional democracia
representativa se manifestaba en la omnipotencia de la mayoría”7. En resumen, la
rigidez es un dispositivo contramayoritario, de uso frecuente en los textos
constitucionales contemporáneos, para dotar al texto de una mayor estabilidad o al
menos no quedar expuesto a sucesivos cambios de mayorías episódicas o
circunstanciales.

Ahora bien, en este aparatado, reflexionamos sumariamente no de la cualidad


garantística de la rigidez constitucional, sino de sus inconvenientes. En efecto, la
rigidez constitucional, que se traduce en la existencia de mecanismos, como la
tramitación más extensa que una ley y un mayor quórum para introducir cambios en
la Constitución, no sólo sirven para contener a la mayoría, sino que, y aquí su
dimensión negativa, se puede transformar en un obstáculo permanente para modificar
el texto. Así, la rigidez deja de ser una garantía de la Constitución y degenera en un
“poder de bloqueo” de la minoría. Entonces, la efectividad de la rigidez constitucional
como garantía termina cuando el “mecanismo” degenera en una traba. El
constituyente de 1980, y el texto primitivo así lo demuestra al establecer un quórum
agravado y triple votación (de ambas Cámaras y del Congreso Pleno, art. XX original)
dispuso de la rigidez constitucional, junto a otros dispositivos8, como una garantía de
la Constitución y, además, como un eficaz instrumento (a modo de cerrojo) para
impedir los cambios constitucionales.

3. La Constitución de 1980 establece un superlativo presidencial.

Chile es una República democrática, según lo previsto en su artículo 4º. Es un


Estado es unitario, según lo dispuesto en el artículo 3º de la Constitución (o CPR). Un
régimen político –la República- organizado democráticamente y su forma estatal,
corresponde a un Estado con un solo centro de impulso político. Si anotamos ahora el
tipo de gobierno, la fórmula queda así: Chile es una República democrática, cuyo
organización estatal es la del Estado Unitario con gobierno de tipo presidencialista. El

7 L. Ferrajoli (2012), p. 20
8 Por ejemplo: la integración no democrática del Senado, la introducción de un sistema electoral que impidió la
formación de mayorías y, los quórums para la modificación de leyes orgánicas constitucionales.

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Estado unitario, como bien se indica en la literatura del derecho político, produce un
centralización del poder estatal y eso favorece la concentración del poder en el
ejecutivo, de ahí que, un gobierno de corte presidencial se ajusta o calza fácilmente con
esa forma de Estado. Hasta aquí, la buena doctrina. El caso chileno es el de un
presidencialismo.

En efecto, el tipo de gobierno, dice la doctrina, es la forma presidencialista; esto


es más o menos pacífico en la dogmática constitucional chilena9. Se trata, entonces, de
un tipo de gobierno cuyo origen se encuentra en el modelo presidencial clásico, vale
decir, aquel en que hay un predominio de la autoridad presidencial con relación a otros
órganos estatales y especialmente el Congreso Nacional y, habitualmente, con
separación rígida de funciones estatales y, por ende, más que colaboración de poderes
produce una independencia recíproca de poderes10, creando un sistema de peso y
contrapeso inter-órganos. Sin embargo, el tipo de gobierno chileno es un verdadero
superlativo político institucional de su modelo clásico, tendencia habitual en el
constitucionalismo latinoamericano, que no es más que romper el peso y contrapeso,
pues el predominio presidencial no es moderado sino que exagerado, puesto que la
Constitución robustece o vigoriza las atribuciones presidenciales y, esa preeminencia,
produce un desequilibrio, en favor -no de la función ejecutiva- sino, en específico, de la
autoridad del Presidente de la República. Téngase especialmente presente que, en
Chile, el Presidente de la República dirige el Estado, gobierna, tiene la jefatura de la
Administración y cuenta con robustas atribuciones legislativas. Esto, configura en la
Constitución un sistema político cuyo eje, es decir, el verdadero poder, está radicado –
en la persona- del Presidente de la República y en esa perspectiva debe estudiarse el
sistema constitucional chileno.

Se dice, como réplica, que una de las ventajas del presidencialismo es la


fortaleza político-institucional del régimen y la estabilidad en los procesos políticos que
se derivan de esta fortaleza. Por esta razón, los presidencialismos han sido tan
funcionales a la historia política republicana de Chile. La matriz autoritaria de la
Constitución de 1833, que decantó en una configuración cuasi-monárquica de la figura
y atribuciones del Presidente de la República y, luego, al Constitución de 1925 que,
tuvo por objetivo preciso “restablecer” la república presidencial, así lo demuestran.

En todo caso, esto no impide develar la contracara de esta fortaleza, a saber: sin
los resguardos normativos e institucionales y en situaciones críticas, puede sobrevenir
el colapso total del sistema político. En efecto, dado que los gobiernos presidencialistas
producen la personalización del poder, suelen, en situaciones de conflicto, acarrear el

9 Más allá de la denominación, cabe anotar que presidencialismo, hiperpresidencialismo, gobierno presidencial con
ejecutivo vigorizado o reforzado, etc., todos aluden a una misma característica.
10 K. Loewenstein (1982), p. 133.

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desmoronamiento de todo el sistema político, pues, como dice Carlos Nino, el


presidencialismo “puede ser disfuncional frente a una crisis política, social o económica
debido a la falta de válvulas de escape efectivas”11,tales como el referéndum revocatorio,
la separación de la jefatura del Estado con la del gobierno (como ocurre en modelos
mixtos) o la disolución de las Cámaras; y, agrega el mismo autor, que los
presidencialismos padecen de falta de “legitimidad subjetiva”, ya que, los sistemas
presidencialistas se basan, por regla general, en la elección directa y por sufragio
universal del Presidente de la República, es decir, pueden formarse gobiernos con
mayorías simples o relativas que resultan, a poco andar del ejercicio gubernamental,
incompatibles con transformaciones sociales, políticas o económicas profundas.

Esto último, a mi juicio, parece una descripción casi exacta del estado actual del
sistema de gobierno chileno. La Constitución, en este punto, no ha sufrido
transformaciones significativas desde su origen. Este dato, sumado a la historia
constitucional de Chile –que habla por sí sola en este punto- devela la efectividad de lo
que se viene comentando: La Constitución de 1925 –y en su génesis esto fue declarado
explícitamente- estableció un régimen presidencialista, que en su época no fue visto
como un presidencialismo moderado12 y el constituyente de 1980, antes que atenuar o
corregir el exceso de presidencialismo, tuvo la intención positiva de reforzarlo y así
quedó plasmado a lo largo de todo el texto de la Carta del `80. Si hay algo patente en
la Constitución, incluso más que su inclinación liberal-conservadora (o neoliberal), es
la concepción autoritaria del poder político que se expresa –a cabalidad- en la
concentración de poder de que goza el Presidente de la República.

4. Los órganos constitucionales autónomos.

Es fácil advertir que el constituyente de 1980 no fue especialmente novedoso en


lo que a órganos autónomos, de rango constitucional, se refiere. La Constitución no
hizo más que restablecer instituciones que surgieron durante la vigencia de la Carta
de 1925: la Contraloría General, el Tribunal Constitucional o el Tribunal Calificador
de Elecciones. Lo novedoso, del texto original de la Constitución de 1980, está en la
incorporación del Banco Central y el Consejo Nacional de Televisión y, por sendas
reformas constitucionales posteriores se incluyeron: el Ministerio Público y el Servicio
Electoral.

11 C. Nino (1997), p. 243.


12 Kelsen, respecto de la Constitución de 1925, sostuvo lo siguiente: “la forma de nominación del Presidente a través de
elecciones directas (Art. 63) y la fijación de su período de gobierno en seis años, dan muestras de la tendencia a
organizar la democracia chilena bajo la forma de una república presidencial. Con todo, la Constitución incluye una
serie de disposiciones que conducen desde ahí hasta muy cerca de las fronteras de aquella forma que hoy se acostumbra
a denominar dictadura”. Véase H. Kelsen (2002), pp. 643-644 .

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Sin embargo, en la Constitución del 80 – a diferencia de la anterior- esto se


presenta con características de un sistema articulado y dotado de coherencia (con el
tipo de gobierno presidencialista); en síntesis, en términos contemporáneos, todas
estas instituciones configuran un complejo entramado de reparto competencial inter
órganos, comparado con la clásica y superada estructura tripartita de separación o
división de funciones estatales, de ahí que, autores de cómo Pantoja sostengan que la
actual Constitución “consagro un sistema de distribución de competencia públicas, no
de separación de poderes”13; y en ese sistema, de poderes públicos instituidos, los
órganos constitucionales autónomos, en el ámbito de sus competencias, sirve una
función relevante, ya sea por la función de control que o el monopolio de una
determinada técnica que la Constitución les asigna.

13 R. Pantoja (2004), p. 273.

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II.- EL GOBIERNO Y LA ADMINISTRACIÓN DEL ESTADO

5. Conceptos

La expresión “gobierno”, incluido el titulo del Título del Capítulo IV de la


Constitución obliga a formular algunas precisiones en torno al significado de dicha
expresión. Sabido es que el término gobierno se puede utilizar en 3 sentidos, a saber:
en sentido amplio, en sentido restringido y en sentido estricto.

En un sentido amplísimo, la voz gobierno alude a la dirección de toda la


organización estatal, es decir, gobernar es ejercer el poder14; esto, ligado a la noción
clásica de separación de poderes, da origen a la función ejecutiva, a la función
legislativa, a la función judicial y a una tipología del gobierno.

Por gobierno, también es posible entender sólo la función de dirigir el aparato


gubernamental; en este sentido el gobierno es sinónimo de función ejecutiva. Este es
el sentido amplio.

Finalmente, la expresión gobierno puede ser equivalente a una parte del


ejecutivo, aquella parte que tiene la dirección política del ejecutivo y sirve para
distinguir el Gobierno de la Administración, entre autoridad política y autoridad
administrativa y, por cierto, entre la función política del ejecutivo de la función
administrativa (o de servicio público) del ejecutivo. Gobierno así entendido,
corresponde al uso restringido de la expresión.

La distinción precedente no es una cuestión meramente teórica; como se verá,


es relevante para comprender, de modo preciso, algunos conceptos que están en la
Carta Fundamental, por ejemplo: para delinear la competencia del Presidente la
República, las características de la función ministerial y las atribuciones fiscalizadoras
de la Cámara de Diputados. Conviene precisar que, en este trabajo, se utilizará la
expresión de gobierno en dos de los tres sentidos posibles: amplio y restringido.

Dicho lo anterior, el Capítulo IV lleva por título “Gobierno”, y debe entenderse


en su sentido amplio, es decir, el capítulo está referido a las reglas que configuran la
función ejecutiva. Inicia este capítulo con las normas que rigen al Presidente de la
República, su competencia, su elección y atribuciones.

14 M. Verdugo, A. García (1998), p. 195.

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6. El Presidente de la República

Si se sigue lo expuesto en el apartado I de este texto, lo primero que se debe


anotar es que el art. 24 de la Constitución es la expresión más patente de la
configuración del tipo de gobierno presidencialista.

En efecto, la regla en comento dispone que el Presidente de la República es el


Jefe de Estado, el Jefe del Gobierno y el Jefe de la Administración Pública. En el inciso
primero de este artículo el constituyente separa el gobierno de la administración, lo
cual indica: que la jefatura del gobierno (en sentido restringido) del Presidente de la
República alude entonces a la conducción política y separada ésta de la función
administrativa. La separación, además de conceptual, por ejemplo: para distinguir de
los fines subjetivos del fin objetivo de la actividad estatal, permite identificar la
función y su diferencia: en la actividad de gobierno radica lo decisorio, mientras que la
función administrativa es la actividad de servicio público.

Además de las 3 jefaturas que ejerce, simultáneamente, el Presidente de la


República –lo que da cuenta del enorme poder que puede ejercer y que, en los hechos,
ejerce-, el inciso segundo del artículo 24 dispone de una regla residual de competencia
que señala que la autoridad de esta primera magistratura “se extiende a todo cuanto
tiene por objeto la conservación del orden público en el interior y la seguridad externa
de la República, de acuerdo con la Constitución y las leyes”; esta cuestión, en un
sistema de reglas complejo, tanto por la abundancia de éstas como por la idea de
legalidad estricta que pesa sobre la actividad estatal es una regla excepcional pero no
menos importante, pues, opera como una manera de atribuir la competencia, en caso
de vacío o déficit, en la autoridad presidencial.

El mandato presidencial, actualmente, es de 4 años sin posibilidad de reelección


inmediata, al tenor de lo previsto en el inciso segundo del art. 25 de la CPR. La
duración del período presidencial, está determinada así desde la reforma
constitucional de 2005 (Ley Nº 20.050), puesto que, antes de este reforma el período
era de 6 años y la rebaja tuvo por finalidad calzar la elección presidencial con la
elección parlamentaria, en particular con la renovación total de la Cámara de
Diputados que tiene el mismo período de duración.

Requisitos y mecanismo de elección del Presidente de la República

El artículo 25 de la CPR, en su inciso primero, establece que para ser


Presidente la República se requiere:

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- Tener la nacionalidad chilena de acuerdo a lo dispuesto en los números 1º ó 2º


del artículo 10 de la CPR, es decir, debe ser chileno por derecho de suelo o
derecho de sangre y, en consecuencia, no podrá ser Presidente de la República
la persona extranjera nacionalizada o el extranjero que recibió la nacionalidad
por gracia;

- Tener cumplidos treinta y cinco años de edad; como se sabe este un requisito de
edad que no merece comentario alguno, salvo, una conjetura bastante obvia:
tener una cierta edad para ejercer la más alta autoridad en el país, se funda en
la idea de que la experiencia, formación y madurez importa y, para el
constituyente a los 35 años esto ya estaría cumplido.

- Poseer las demás calidades necesarias para ser ciudadano con derecho a
sufragio. En rigor, este requisito hoy, debe entenderse en un sentido negativo,
esto, porque son ciudadanos, dispone el art. 13 CPR, “los chilenos que hayan
cumplido dieciocho años de edad y que no hayan sido condenados a pena
aflictiva”. Para ser Presidente hay que tener 35 años, por ende, el requisito de
edad estará siempre cumplido, y dado que el sufragio hoy, es de inscripción
automática y voluntario su ejercicio, este requisito se reduce entonces, a no
estar en causal de suspensión del derecho de sufragio (art. 16 CPR) o pérdida
de la ciudadanía (Art. 17 CPR).

Avanzando en nuestro análisis, cabe apuntar que el Presidente de la República


se elige por votación directa, es decir, el cuerpo electoral vota por candidatos a ocupar
dicho cargo, en un solo acto electoral de carácter nacional. El art. 26 de la CPR
establece, hoy, que el acto electoral se celebrará, conjuntamente con la elección
parlamentaria, el tercer domingo de noviembre del año anterior a aquel en que
concluye el mandato presidencial, en la forma que determine la ley orgánica respectiva,
esta es, la Ley Nº 18.700, orgánica constitucional de Votaciones Populares y
Escrutinios, hoy con texto refundido en el DFL Nº 2, de 2017. Resultará elegido el
candidato que obtenga la mayoría absoluta de sufragios válidamente emitidos
(excluyendo nulos y blancos).

El inciso segundo, del art. 26, establece la segunda vuelta presidencial, para el
caso que ninguno de los candidatos obtenga el quórum para ser elegido, algo que sólo
podría ocurrir cuando hay más de dos de candidatos en competencia. Sabido es que
este mecanismo, de segunda votación o segunda vuelta, fue introducido en nuestro
sistema político por la Constitución de 1980, primero, como mecanismo idóneo para
sustituir el anterior, pues, la Carta de 1925 no establecía una segunda vuelta, en caso
que ningún candidato obtuviera el quórum para ser elegido, sino una elección indirecta

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por el Congreso Nacional (art. 64, inc. segundo CPR 1925), sesionando en pleno; y,
segundo, es útil para la legitimación de la autoridad del Presidente la República–dado
que conserva el carácter de votación directa-; no está demás recordar que operó, por
primera vez, en la elección presidencial de 1999, celebrándose la segunda vuelta
presidencial en el mes de enero del año 2000.

Pues bien, la regla actual establece que, si ninguno de los candidatos alcanza la
mayoría absoluta, “se procederá a una segunda votación que se circunscribirá a los
candidatos que hayan obtenido las dos más altas mayorías relativas y en ella resultará
electo aquél de los candidatos que obtenga el mayor número de sufragios. Esta nueva
votación se verificará, en la forma que determine la ley, el cuarto domingo después de
efectuada la primera”, es decir, el tercer domingo de diciembre del año anterior a aquel
en que concluye el mandato presidencial.

Verificado el acto eleccionario, le sucede la calificación por parte del Tribunal


Calificador de Elecciones. El artículo 27 establece el plazo para la calificación de la
elección, trámite de la mayor importancia, pues, sólo en virtud de la sentencia de
calificación que así lo proclama el candidato ganador tendrá la calidad de Presidente
electo. El Tribunal Calificador de Elecciones tiene 15 días para la calificación de la
primera (o única) votación y 30 días para la segunda votación, si procediere. El inciso
segundo del mismo artículo establece que: “El Tribunal Calificador de Elecciones
comunicará de inmediato al Presidente del Senado la proclamación de Presidente electo
que haya efectuado”. Esta calidad, de Presidente electo, no sólo confiere certeza del
resultado y, obviamente, de la persona que asumirá la Presidencia inmediatamente
expirado el período del mandatario en ejercicio, sino que además le es aplicable la
regla del artículo 28 de la CPR, referido a la subrogación y vacancia.

Subrogación y vacancia del Presidente electo

En efecto, la regla del artículo 28 trata en conjunto la subrogación y la vacancia


pero diferencia ambas situaciones, por la vía de distinguir entre el impedimento
temporal y el impedimento definitivo o absoluto. Si el impedimento es temporal, que
impida al electo tomar posesión del cargo, habrá entonces subrogación, en tanto que si
es definitivo el impedimento, eso produce la vacancia del Presidente electo.

Subroga al Presidente electo, hasta que pueda asumir, “con el título de


Vicepresidente de la República, el Presidente del Senado; a falta de éste, el Presidente
de la Cámara de Diputados, y a falta de éste, el Presidente de la Corte Suprema”,
dispone, a la letra, el inciso primero del art. 28 de la CPR. Ahora bien, si el
impedimento del Presidente electo fuere definitivo o absoluto, según lo preceptuado en

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el inciso segundo de la misma disposición, el Vicepresidente que asuma, en el orden


propuesto por el inciso anterior, deberá solicitar al Senado (art. 53 Nº 7 CPR) la
declaración de inhabilidad del Presidente electo y, adoptado el acuerdo por esa
Cámara, dicha autoridad “convocará a una nueva elección presidencial que se celebrará
noventa días después de la convocatoria si ese día correspondiere a un domingo. Si así
no fuere, ella se realizará el domingo inmediatamente siguiente”. El Presidente que
asuma en virtud de esta elección, cesará en su cargo el día en que debía cesar el
mandato del que no pudo asumir.

Subrogación y vacancia del Presidente en ejercicio

El artículo 29 de la CPR trata, a su vez, de la subrogación y vacancia del


Presidente de la República, en ejercicio. También distingue entre el impedimento
temporal y el impedimento definitivo o absoluto pero, en este último caso se utiliza un
criterio temporal que da lugar a dos situaciones de vacancia con soluciones normativas
distintas.

Respecto de la subrogación, la regla del inciso primero del art. 29 es clara: “le
subrogará, con el título de Vicepresidente de la República, el Ministro titular a quien
corresponda de acuerdo con el orden de precedencia legal”. Como se sabe, el primero
en ese orden es el Ministro del Interior y Seguridad Pública. Agrega, la misma
disposición: “A falta de éste, la subrogación corresponderá al Ministro titular que siga
en ese orden de precedencia y, a falta de todos ellos, le subrogarán sucesivamente el
Presidente del Senado, el Presidente de la Cámara de Diputados y el Presidente de la
Corte Suprema”. El impedimento temporal que da lugar a la subrogación, no sólo
procede por motivos involuntarios al Presidente en ejercicio –como sería la enfermedad
u otro grave motivo que le afecte- sino también por causas voluntarias, como sería la
ausencia del territorio cuando el Presidente participa en foros o actividades ante
organismos internacionales o visitas a otras naciones.

Ahora bien, y en caso de vacancia, hay que distinguir: si falta más o menos de
dos años para terminar el mandato. Producida la vacancia siempre asumirá el
subrogante, con el título de Vicepresidente de la República y se elegirá sucesor:

- Si faltan menos de 2 años para la próxima elección presidencial, “el Presidente


será elegido por el Congreso Pleno por la mayoría absoluta de los senadores y
diputados en ejercicio. La elección por el Congreso será hecha dentro de los diez
días siguientes a la fecha de la vacancia y el elegido asumirá su cargo dentro de
los treinta días siguientes”, dispone el inciso tercero del art. 29 de la CPR. El

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Presidente de la República elegido de este modo, según lo previsto en el inciso


final del art. 29, durará en el cargo hasta completar el período que restaba a
quien se reemplace y no podrá postular como candidato a la elección
presidencial siguiente.

- Si faltan 2 o más años para la próxima elección presidencial, “el Vicepresidente,


dentro de los diez primeros días de su mandato, convocará a los ciudadanos a
elección presidencial para ciento veinte día después de la convocatoria si ese día
correspondiere a un domingo. Si así no fuere, ella se realizará el domingo
inmediatamente siguiente. El Presidente que resulte elegido asumirá su cargo el
décimo día después de su proclamación”, según lo establecido en el art. 29
inciso cuarto de la Constitución. Al igual que en el caso anterior, y al aplicarse
la misma regla, del inciso final del art. 29, el Presidente elegido por este
mecanismo estará en el cargo hasta completar el período que restaba a quien
reemplaza y no podrá postular como candidato a la elección presidencial
siguiente.

A propósito de las reglas expuestas en las líneas anteriores, cabe destacar lo


preceptuado en el art. 31 de la CPR, esto es, que “El Presidente designado por el
Congreso Pleno o, en su caso, el Vicepresidente de la República tendrá todas las
atribuciones que esta Constitución confiere al Presidente de la República”.

Esta regla, cuya función es despejar la idea de que el subrogante o


reemplazante pudiera tener limitaciones en sus atribuciones, sólo tiene sentido con
dos alcances: (1º) por una parte, si el Vicepresidente está subrogando, por ausencia del
territorio del Presidente de la República, si está limitado en sus atribuciones, pues el
Vicepresidente sólo será jefe de Gobierno y de la Administración, mientras que el
Presidente conserva su condición y está ejerciendo como Jefe de Estado; y (2º) el art. 29
establece que el Congreso Plano elige, en tanto que esta disposición –tomando la forma
de antinomia- establece que el Congreso designa; a mi parecer, es más apropiada la
redacción del inciso art. 29 de la CPR.

El ex Presidente de la República

El inciso segundo del art. 30 de la Constitución establece que la calidad y


dignidad oficial de ex Presidente de la República se adquiere, de pleno derecho, por el
Presidente de la República que se haya desempeñado por el período completo.

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Las prerrogativas de esta dignidad están expresamente previstas por la


Constitución, en el inciso tercero del art. 30 de la CPR que remite a las disposiciones
de los incisos segundo, tercero y cuarto del artículo 61 y el artículo 62 de la CPR; es
decir, el ex Presidente goza del mismo fuero de que gozan los parlamentarios en
ejercicio, en cuanto privilegio en la persecución penal, puesto que, prohíbe la acusación
y la privación de libertad, a menos que la Corte de Apelaciones respectiva –o la Corte
Suprema, conociendo en sede de apelación- declare que ha lugar a la formación de
causa y también se aplican las reglas de ese mismo artículo para el delito flagrante.

A su turno, el art. 62, también aplicable al ex Presidente, se refiere a la dieta (o


remuneración). Dado que el ex Presidente percibe esta dieta, es que existe la regla del
inciso final del art. 30 de la CPR que dispone que, en caso de que un ex Presidente
asuma otra o nueva función “remunerada con fondos públicos, dejará, en tanto la
desempeñe, de percibir la dieta, manteniendo, en todo caso, el fuero”. La lectura
precisa de esta disposición es necesaria, ya que, no genera una incompatibilidad
absoluta en las funciones, sino temporal y de carácter remuneratoria: el ex Presidente
que sirva una función pública remunerada mantiene su dignidad oficial y dejará de
percibir la dieta sólo por el tiempo que sirva la función pública remunerada y, volverá
a percibir la dieta una vez que cese en la otra función. Con todo, se exceptúan los
empleos docentes y las funciones o comisiones de igual carácter de la enseñanza
superior, media y especial.

7. Las atribuciones del Presidente de la República

El art. 32 de la Constitución, que trata de las atribuciones especiales del


Presidente de la República, es una disposición base del sistema constitucional chileno
y manifestación palmaria de los portentosas atribuciones, no del ejecutivo, sino la
persona que ejerce el cargo de Presidente de la República.

En este listado de atribuciones especiales, se expresa el presidencialismo


chileno en toda su dimensión. En Chile, el Presidente de la República es colegislador y
en ocasiones derechamente legisla; también dicta normas infralegales; nombra –a
cientos, sino miles- y remueve a su voluntad funcionarios de su exclusiva confianza:
Ministros, Subsecretarios, delegados regionales y provinciales (hoy Intendentes y
Gobernadores), jefes de servicios, incluyendo al cuerpo diplomático y el alto mando de
los cuerpos armados; tiene potestades de gracia; y, participa en la generación o
designación de altos funcionarios de otros importantes órganos del Estado: en la
magistratura, en el Tribunal Constitucional, en el caso del Contralor General de la
República o del Fiscal Nacional del Ministerio Público, sólo por mencionar algunos
ejemplos.

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Atribuciones Legislativas

En el sistema constitucional chileno la competencia legislativa no está


reservada al Congreso Nacional, pues, esta es una competencia concurrente entre el
Congreso Nacional y el Presidente de la República, de ahí que, correctamente, se dice
que en Chile ambos órganos son colegisladores. Así las cosas, no es de extrañar que el
Presidente de la República –no el ejecutivo- tenga robustas y determinantes
atribuciones en materia legislativa, entre ellas, las que están enumeradas en los
numerales 1º , 2º y 3º del art. 32 de la CPR que se verán a continuación, junto a otras
atribuciones, que se verán más adelante, como la iniciativa exclusiva (art. 65 CPR) , la
calificación de urgencias (art. 74 CPR) o el veto presidencial (art. 73 CPR).

Entonces, ninguna sorpresa puede causar que el Nº 1º del art. 32 de la CPR,


establezca que es una atribución especial del Presidente de la República: “Concurrir a
la formación de las leyes con arreglo a la Constitución, sancionarlas y promulgarlas”.
En rigor, la regla se bastaría a sí misma con establecer que el Presidente concurre a la
formación de las leyes, pues, la sanción y promulgación –como actos específicos en la
tramitación de un proyecto de ley- son atribuciones que otras disposiciones (arts. 73 y
75) de la Carta atribuyen al Presidente. En síntesis, el Presidente de la República,
concurre al proceso formativo de la ley, en todas las etapas de la tramitación,
ejerciendo las facultades que la Constitución y la ley [orgánica constitucional del
Congreso Nacional] le confieren.

La regla del art. 32 N 2.º, aquella que establece que el Presidente de la


República puede: “Pedir, indicando los motivos, que se cite a sesión a cualquiera de las
ramas del Congreso Nacional. En tal caso, la sesión deberá celebrarse a la brevedad
posible” queda en buena parte subsumida en lo que se indicó en el párrafo precedente,
es decir, como una atribución que forma parte del iter legis pero, su pertinencia está
dada porque el Presidente de la República puede solicitar al Congreso Nacional para
que este se pronuncié respecto de materias que no forman de la tramitación de la ley,
por ejemplo: la declaración de estados de excepción constitucional, o sesiones del
Senado para aprobar o rechazar nombramientos que proponga; etc.

Finalmente, atribución del art. 32 Nº 3º, esto es: “Dictar, previa delegación de
facultades del Congreso, decretos con fuerza de ley sobre las materias que señala la
Constitución” remite a lo dispuesto en el artículo 64 de la CPR, por tanto, se verá más
adelante. Por ahora, sólo cabe apuntar que en este caso el Presidente de la República
excepcionalmente legisla, mediante un acto normativo especial, denominado decreto
con fuerza de ley, es decir el continente es una decretal, que son los actos que dicta el
Presidente de la República pero, sobre materias, es decir, el contenido regulatorio,

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propias del dominio legal (Art. 63 CPR). Su carácter excepcional, lleva a concluir que
se trata de una potestad reglada y limitada, vale decir, sólo para los casos y en la
condiciones que la Constitución autoriza en la disposición citada.

Atribuciones del Presidente de la República en cuanto Jefe del Estado

Estas atribuciones, que se designan como propias del Jefe de Estado, primero,
conviene señalar que se presentan como infrecuentes, dado que la situación descrita en
la norma es de improbable ocurrencia, salvo, claro está, la conducción de las relaciones
exteriores y, segundo, cabe apuntar que se han agrupado bajo esta categoría –
atribuciones del Jefe de Estado-, ya que, si bien buena parte de éstas son de
improbable ocurrencia, no es menos cierto que exigen la actuación, decisión, orden o
resolución proveniente de la máxima autoridad, en ejercicio de su más alta
investidura: la jefatura del Estado.

A) La convocatoria a Plebiscito

En efecto, la regla del art. 32 N º 4º, convocar un plebiscito en el curso de un


proyecto de reforma constitucional, es una facultad extraordinaria del Jefe de Estado
y que está reglada en el Capítulo XV de la Constitución, art. 128. Existiendo un
desacuerdo entre el Presidente de la República y el Congreso Nacional, respecto del
contenido de una reforma a la Constitución, es el Presidente el que puede activar este
mecanismo, destinado a zanjar la divergencia: convocar al pueblo (cuerpo electoral), y
así, es decir, recurriendo al constituyente originario, zanjar la diferencia. Obviamente,
el resultado del Plebiscito es vinculante para los órganos constitucionales en conflicto.

Durante la vigencia de esta Constitución –en su vigencia íntegra, desde 1990 en


adelante- no se ha convocado nunca un plebiscito en virtud de esta disposición.

B) Los estados de excepción constitucional

Es el Jefe de Estado quien tiene la potestad sobre todo lo que importe a la


seguridad exterior y orden interior de la República, y esto es concordante con la regla
del art. 32 Nº 5º que faculta al Presidente de la República: “Declarar los estados de
excepción constitucional en los casos y formas que se señalan en esta Constitución”. No
es este el espacio para estudiar el derecho de excepción pero, por ahora diremos que
hay situaciones de excepción que dan lugar a un específico estado de excepción
constitucional y, que la materia esta regulada en los artículos 39 a 45 de la

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Constitución y por una ley de tipo orgánica: la Ley Nº 18.415, orgánica constitucional
de los estados de excepción.

La situaciones de excepción son:

i) guerra externa;
ii) guerra interna;
iii) grave conmoción interior;
iv) emergencia; y,
v) calamidad pública, art. 39 CPR.

Se declarará estado de asamblea, en caso de guerra exterior, y el estado de sitio,


en caso de guerra interna o grave conmoción interior, art. 40 CPR; se declarará el
estado de catástrofe, en caso de calamidad pública, art. 41 CPR; y, el estado de
emergencia, en caso de grave alteración del orden público o de grave daño para la
seguridad de la Nación, art. 42 CPR.

C) La conducta ministerial de los jueces y fiscales del Ministerio Público

El numeral 13º del art. 32, según el cual es un atribución del Presidente de la
República: “Velar por la conducta ministerial de los jueces y demás empleados del
Poder Judicial y requerir, con tal objeto, a la Corte Suprema para que, si procede,
declare su mal comportamiento, o al ministerio público, para que reclame medidas
disciplinarias del tribunal competente, o para que, si hubiere mérito bastante, entable
la correspondiente acusación”, cabe dentro del ámbito de la jefatura del Estado por
defecto; no corresponde a la jefatura de la Administración Pública, pues, el servicio de
administración de justicia (Poder Judicial) y el Ministerio Público, son servicios
públicos pero no dependientes del ejecutivo; tampoco es aceptable que la jefatura del
gobierno (en sentido amplio) tenga facultades para entrometerse en otros órganos
independientes o autónomos por disposición de la Constitución (Capítulos VI y VII
CPR), de ahí que esta “tuición” que la Constitución le asigna al Presidente de la
República, sólo encuadra con su condición de Jefe de Estado.

Ya sea que se trate del control sobre los jueces y funcionarios judiciales, o
respecto de los Fiscales del Ministerio Público, esta atribución la ejerce el Presidente
de la República solicitando, para el caso de jueces y funcionarios, que la Corte
Suprema ejercer la potestad disciplinaria, en virtud de la superintendencia
correccional que la Constitución le asigna a este Tribunal (art. 82 inc. 1º CPR);
mientras que, en el caso de los Fiscales del Ministerio Público esto puede decantar en
dos vías posibles: la potestad disciplinaria sobre los Fiscales del Ministerio Público,
que ejerce el Fiscal Nacional, en virtud de la superintendencia correccional que la

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Constitución le asigna en su condición de jefe de servicio (art. 91 CPR), o la remoción


de los Fiscales Regionales y Fiscal Nacional- que conoce y resuelve la Excma. Corte
Suprema, según lo dispuesto en el artículo 89 de la CPR y las reglas de la ley orgánica
constitucional respectiva.

D) Las relaciones exteriores

Las relaciones exteriores, es decir, la relación del Estado de Chile, con otros
Estados y organismo internacionales, vale decir, con todo o cualesquier sujeto de
derecho internacional es habitual –a diferencia de las demás materias que se han
encasillado en este apartado- e indudablemente propia del Jefe de Estado. Junto al
capital político simbólico que encarna el Presidente de la República, en cuanto Jefe del
Estado, esta atribución, signada en el numero 15º del art. 32: “Conducir las relaciones
políticas con las potencias extranjeras y organismos internacionales, y llevar a cabo las
negociaciones; concluir, firmar y ratificar los tratados que estime convenientes para los
intereses del país, los que deberán ser sometidos a la aprobación del Congreso conforme
a lo prescrito en el artículo 54 Nº 1º. Las discusiones y deliberaciones sobre estos objetos
serán secretas si el Presidente de la República así lo exigiere”, es exclusiva de esta
jefatura.

Dicho entonces en términos simples, sólo al Jefe de Estado le corresponde la


conducción de las relaciones exteriores, lo cual realiza no sólo en términos personales,
sino a través de un Ministerio: el de Relaciones Exteriores y de todo un cuerpo de
funcionarios: embajadores, agentes consulares, representantes ate organismo
internacionales y otros agentes diplomáticos. En virtud de esto, no es de extrañar
entonces que la designación de estos funcionarios esté sujeta a la exclusiva confianza,
a efectos de su nombramiento y remoción, del Presidente de la República, como se verá
un poco más adelante.

La mención de este numeral a la facultad presidencial de “llevar a cabo las


negociaciones; concluir, firmar y ratificar los tratados que estime convenientes para los
intereses del país” es coherente con las reglas que el derecho internacional
convencional o derecho de los tratados. Si hay algo que comentar, sobre este punto, es
que el numeral 15 del art. 32 no sólo reconoce las facultades del Presidente de la
República, en cuanto Jefe de Estado –provenientes de las reglas del derecho
internacional-, sino que, la encasilla y describe como una atribución especial y
discrecional de esta autoridad; en efecto, el Presidente de la República impulsará su
política internacional y, en esa decisión (política), obligará internacionalmente a Chile,
en virtud de la suscripción de los tratados que él estime convenientes para los
intereses del país, vale decir, esa decisión surge de su propia voluntad, sin estar sujeto

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a ningún mecanismo formal de consulta, aprobación ni menos autorización para dirigir


su política exterior.

La mención a la regla del art. 54 Nº 1 de la CPR, tiene relación con el


mecanismo de aprobación, en fase interna, de un tratado internacional (ya tramitado
en el ámbito internacional), materia que la Constitución radica como atribución
exclusiva del Congreso Nacional, sesionando en Pleno, aunque con alcances y
limitaciones, como se verá en su oportunidad.

E) Atribuciones militares

Los tres numerales en examen (17º, 18º y 19º) guardan relación con los
institutos armados y la defensa nacional. En el primer caso, numero 17º del art. 32,
una potestad ligada a la seguridad e integridad del territorio, por esto es que el Jefe
Estado puede: “Disponer de las fuerzas de aire, mar y tierra, organizarlas y
distribuirlas de acuerdo con las necesidades de la seguridad nacional”.

Las dos restantes, (18º y 19º del art. 32 CPR) son excepcionales, pues se refieren
a la guerra: El Presidente la República, estando el país en medio de un conflicto bélico,
es el comandante supremo de todas las fuerzas, conforme a su estatus, de Jefe de
Estado; en tanto que la declaración de guerra, la hará el Presidente la República,
siempre la ley así lo autorice, es decir, requiere de la aquiescencia del Congreso
Nacional y haber oído a un órgano constitucional especial, denominado Consejo de
Seguridad Nacional Cap. XII, artículos 106 y 107 CPR; y, como ya se sabe, generará la
declaración del estado de excepción de asamblea.

Atribuciones normativas: la potestad reglamentaria del Presidente de la República.

El art. 32 Nº 6º de la CPR es una disposición relevante, desde una perspectiva


política o de ejercicio del poder, puesto que le confiere al Presidente de la República
una potestad regulatoria que, más allá de su praxis, refleja la potencia de las
facultades que el constituyente le asigna al Presidente de la República pero, también
es de singular importancia, desde una perspectiva normativa, pues, esta atribución es
clave para la configuración del sistema de fuentes del derecho que fija la Constitución.

En este sentido, corresponde a esta máxima autoridad:

“Ejercer la potestad reglamentaria en todas aquellas materias que no sean


propias del dominio legal, sin perjuicio de la facultad de dictar los demás reglamentos,
decretos e instrucciones que crea convenientes para la ejecución de las leyes”.

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Esta regla contiene la habilitación para que el Presidente de la República, en


cuanto cabeza del ejecutivo (o Jefe de Gobierno) dicte “reglamentos administrativos”,
es decir normas de carácter general que emanan de la propia Administración. En este
sentido, el profesor Eduardo Cordero distingue entre el concepto genérico y sentido
estricto de esta potestad normativa. Genéricamente, “alude al poder de dictar normas
por parte de las autoridades administrativas investidas por el ordenamiento jurídico,
particularmente por la Constitución Política, facultad que ha de ser ejercida en sus
ámbitos de competencia”; en tanto que, en un sentido estricto, “la potestad
reglamentaria alude a la atribución especial del Presidente de la República para dictar
normas jurídicas generales o especiales, destinadas al gobierno y administración del
Estado o para la ejecución de las leyes”15.

En este texto, y para efectos de este curso, corresponde tratar la potestad


reglamentaria (en sentido estricto) del Presidente de la República, es decir, el acto
normativo, expedido a través de un decreto supremo16, mediante el cual el Presidente
dicta normas generales y obligatorias, de carácter “subordinado a la ley y, por tanto, de
rango inferior a la misma, cuyo objeto es ejecutar la ley o regular materias que no son
propias de ella”17. La distinción, entre el reglamento autónomo y de ejecución, vale
decir, entre reglamentos que regulan materias que no son de dominio legal y
reglamentos que se dictan para la correcta [completa o detallada] ejecución de la ley
vigente, surge del propio texto del art. 32 Nº 6 de la CPR; mientras que su naturaleza
secundaria o subordinada, es una característica de nuestro reglamento (autónomo y de
ejecución) como consecuencia, dice Luis Cordero, de que en el sistema constitucional
vigente “la ley sigue siendo la fuente primaria del sistema. En efecto, la única manera
de comprender la potestad de ejecución y la autónoma es por oposición al rol de la ley
en su primacía formal (jerarquía), material (invulnerabilidad), objetiva (materias a
regular) y directiva (contenido de los reglamentos)”18.

A) Reglamento autónomo

El reglamento autónomo, es aquella regulación que hace el Presidente de la


República a través de un Decreto Supremo, respecto de toda o cualquier materia que
no sea de dominio legal.

15 E. Cordero (2009), p. 416


16 El inciso primero del art. 3 de la ley Nº 19.880, señala que: “Las decisiones escritas que adopte la Administración se
expresarán por medio de actos administrativos”; el inciso tercero del mismo artículo, agrega que: “Los actos
administrativos tomarán la forma de decretos supremos y resoluciones”; y, finalmente, el inciso cuarto dispone: “El
decreto supremo es la orden escrita que dicta el Presidente de la República o un Ministro "Por orden del Presidente de la
República", sobre asuntos propios de su competencia”.
17 J. Bermúdez (2014), p. 77

18 L. Cordero (2015), p. 145

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Que el contenido del reglamento autónomo sea definido en sentido negativo, es


decir, toda materia que no sea de dominio legal obliga a referirse al relación que tiene
esta disposición con el artículo 63 de la Constitución, que regula, precisamente, las
materias propias del dominio legal y en particular el Nº 20 de ese articulo, que estable
que es materia de ley: “Toda otra norma de carácter general y obligatorio que estatuya
las bases esenciales de un ordenamiento jurídico”. Este numeral, como se verá
detalladamente en el Título III de este texto, desmiente la doctrina de que el dominio
legal en Chile está limitado, pues, la regla recién transcrita es una regla de apertura y
expansión que [constantemente] amplía el dominio legal, y excluye al reglamento
autónomo, toda vez que este tipo normativo regula lo que no es materia de ley.

En efecto, en el ejercicio de la competencia legislativa, son los propios


colegisladores los que deciden legislar sobre una materia y, por consiguiente hasta
donde alcanza el dominio legal, de conformidad a la regla de apertura del numeral 20
del artículo 63. En este sentido, el dominio legal se puede extender hasta donde los
colegisladores estimen pertinente y por tanto esta es una regla de apertura que, en
verdad, no fija ningún límite al dominio legal. En resumen: será de dominio legal toda
materia que los colegisladores estimen conveniente regular por ley. Esta es, en verdad,
una práctica contracorriente del sistema político, ya que, este es un inusual caso, en el
contexto de un presidencialismo exacerbado como el nuestro, de autolimitación de las
facultades del Presidente de la República, quien, teniendo la potestad (en sentido
jurídico) y el poder (en sentido político) de regular una materia a través del reglamento
autónomo, opta por hacer uso de su facultad constitucional de activar la competencia
legislativa (mensaje) y regular la materia a través de la ley.

Si esto es así, el ámbito regulatorio del reglamento autónomo es bastante más


acotado, y en la práctica, esto explica por qué este tipo de reglamento es infrecuente o
de poca utilidad, aunque no por esto es inexistente. El reglamento autónomo sí tiene
una función, esta es: vehiculizar mandatos presidenciales, por ejemplo, crear órganos
consultivos, comités, consejos asesores o comisiones técnicas, normalmente creados
para estudiar, opinar informar o avocarse a un mandato específico y temporalmente
acotado.

Respecto de los límites, es obvio que el contenido del reglamento autónomo no


puede invadir el dominio legal, siendo este un vicio competencial específico del
reglamento autónomo pero, todavía se podría incurrir en una inconstitucionalidad de
fondo, cuando el reglamento autónomo cumpliendo con la exigencia de no invadir el
ámbito de la ley, sí infringe o contraviene directamente las normas de la Constitución.

En suma, mediante un reglamento autónomo sí es posible –aunque en la

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práctica esto es infrecuente- regular “todas aquellas materias que no sean propias del
dominio legal” a la luz de lo previsto en el artículo 32 Nº 6 ya citado y, sigue siendo,
para el sistema de fuentes, la regla de clausura del ordenamiento jurídico. Respecto
de este asunto, es menester anotar que, si bien el sistema actual no es de dominio legal
máximo, como la doctrina clásica por largo tiempo lo entendió, según el cual el dominio
legal está delimitado y en consecuencia no hay más materias de ley que las que la
Constitución ordena y, en consecuencia la regulación dotada de elasticidad y
capacidad de expansión, como para completar el ordenamiento jurídico es el
reglamento, especialmente el reglamento autónomo.

Claramente, el sistema no opera así, pues, como se viene comentando el domino


legal tiene una regla de expansión (art. 63 Nº 20 CPR) que fuerza una conclusión: en la
medida que se expande al ámbito de la ley decrece el ámbito regulatorio del
reglamento, sin perjuicio de lo cual, sí es correcto sostener, como señala el profesor
Aldunate que “de la concordancia entre los artículos 63 y 32 Nº 6 de nuestra Carta,
resulta que el sistema de fuentes queda cerrado; lo que no está entregado a la ley queda
entregado a la potestad reglamentaria autónoma del Presidente de la República”19. La
importancia de esta afirmación, no sólo es determinante para comprender la ley-
reglamento, sino para comprender la concurrencia –y la constitucionalidad- de otras
potestades reglamentarias especiales regladas en la Constitución.

Efectivamente, si todo lo que no es de dominio legal es materia del reglamento


autónomo, entonces, sólo por habilitación expresa de la Constitución, otros órganos
gozarán de una potestad normativa especial, con relación a regla general que es ley–
reglamento autónomo, en nuestro ordenamiento. Se trata, entonces, de potestades
normativas que la Constitución confiere expresamente a ciertos y determinados
órganos, potestad regulatoria de carácter especial y, en esa condición, ha de
entenderse que es excepcional y concurrente con la potestad reglamentaria por
ejemplo: la facultad reglamentaria de las Cámaras del Congreso Nacional, del artículo
56 CPR; la superintendencia económica de la Corte Suprema, del inciso primero del
artículo 82 CPR; la superintendencia económica del Fiscal Nacional, contemplada en el
artículo 91 CPR; las facultades normativas conferidas al Consejo Regional, en el inciso
primero del artículo 113 CPR o al Concejo Municipal, en el inciso segundo del artículo
119 de la Constitución Política.

A la luz de lo expuesto, es menester anotar una última cuestión: sin


habilitación constitucional expresa, las potestades regulatorias que ejercen algunos
órganos –de fuente legal-, son de dudosa constitucionalidad20, ya que no al no existir

19 E. Aldunate (2009), p. 70.


20 V. gr.: Ordenanzas municipales, Circulares, Instrucciones, Dictámenes u otros actos análogos.

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habilitación, son inconstitucionales por vicio competencial; y, en aquellos casos donde


existe la habilitación constitucional, el contenido de estos actos no puede infringir la
Constitución y en caso de ser así, se incurriría en una inconstitucionalidad por vicio de
fondo o material.

B) Reglamento de ejecución

El reglamento de ejecución, a su vez, es aquella regulación que hace el


Presidente de la República a través de un Decreto Supremo, para la ejecución de la ley,
entendiendo por tal, dictar las normas de desarrollo o complemento que permiten la
correcta y completa aplicación de las normas legales.

La práctica, demuestra que el reglamento de ejecución es la regla general en


nuestro derecho, algo que se explica no sólo por la poca utilidad del reglamento
autónomo, según lo que se explicó, sino además por la práctica habitual de la técnica
legislativa de remitir al reglamento, que será entonces de ejecución. A partir de esto
se explica, además de su importancia, la circunstancia de que buena parte de los
conflictos constitucionales surgen de este acto normativo, puesto que ente este caso
hay colaboración reglamentaria y por tanto, la relación ley-reglamento es de estricta
sujeción a la ley (que ejecuta).

Es útil, en consecuencia, preguntarse acerca de los criterios para examinar la


constitucionalidad del reglamento de ejecución. La sintética exposición de Carmona
que hace de la jurisprudencia constitucional, permite enumerar algunos criterios (o
test) para examinar esta materia:

i) test de la no innovación, como prohibición al reglamento para incorporar


normas ex novo (que no están en la ley);
ii) test de la esencialidad, es decir, el núcleo normativo es de dominio legal;
iii) test de reforzamiento de la potestad reglamentaria, lo que se expresa en
una apertura a la regulación vía reglamento en consideración a la
generalidad de la ley, al dinamismo de la materia que se regula y en
tutela de otros derechos fundamentales que requieren de protección;
iv) test de la razonabilidad técnica, es decir, la generalidad de la ley no
permite regular, en detalle, asuntos cuya especificidad técnica lo
requiera, y así, hay una apertura a la regulación reglamentaria; y
v) test de la proporcionalidad, entendido como examen de adecuación entre
fines y medios para ejecución de la ley.21

21 C. Carmona (2010), pp. 100-103.

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Al respecto, cabe aclarar que el Presidente de la República no requiere de que


la ley remita al reglamento. En efecto, no es la ley la que autoriza a dictar estos
reglamentos, sino la Constitución en el Nº 6 del art. 32, que dispone que el Presidente
de la República tiene la “facultad de dictar los demás reglamentos, decretos e
instrucciones que crea convenientes para la ejecución de las leyes”.

Tal y como se puede advertir, se trata de una potestad discrecional de esta


autoridad y, siendo así, cabe preguntarse entonces, qué función cumple la remisión de
la ley al reglamento. En un caso, hay un texto legal vigente, sin remisión, caso en el
cual el Presidente de la República podrá dictar un reglamento de ejecución en todo
aquello que crea conveniente, es decir, es facultativo y discrecional su ejercicio.
Cuanto más discrecional sea el ejercicio de esta potestad, más relevante es el control
de constitucionalidad y los test que se indicaron para tal efecto.

En el otro caso, el texto legal vigente remite al reglamento y en el reenvío se


indican las materias que son objeto de regulación reglamentaria, caso en el cual el
Presidente de la República debe dictar el reglamento de ejecución, incluso dentro del
plazo si es que la ley así lo ordena, entonces, su ejercicio es imperativo y no es
discrecional, pues, la materia a regular ha sido expresamente señalada por el
legislador; todo, sin perjuicio de que el Presidente podrá, para otros pasajes del mismo
cuerpo legal invocar el ejercicio facultativo y discrecional de su potestad reglamentaria
de ejecución. En este caso, habrá un doble examen: de legalidad, para determinar la
sujeción a la norma legal remisora y, de constitucionalidad, en los mismos términos
anotados en el párrafo anterior

Designaciones, nombramientos y proposiciones

La condición de Jefe de Estado, de Gobierno y de la Administración, que ostenta


el Presidente de la República en Chile, es decir, la suma de potestades que ostenta
esta autoridad, configurando una república presidencial reforzada, explica, por sí sola,
la numerosa cantidad de designaciones y nombramientos están sujetos a la sola
voluntad del Presidente. El siguiente listado así lo demuestra:

i) Es facultad privativa del Presidente, “Nombrar y remover a su voluntad


a los ministros de Estado, subsecretarios, delegados presidenciales
regionales y delegados presidenciales provinciales”, según lo previsto en
el art. 32 Nº 7º CPR.

ii) El Presidente designa “a los embajadores y ministros diplomáticos, y a


los representantes ante organismos internacionales. Tanto estos

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funcionarios como los señalados en el Nº 7º precedente, serán de la


confianza exclusiva del Presidente de la República y se mantendrán en
sus puestos mientras cuenten con ella”, a la luz de lo dispuesto en art. 32
Nº 8º CPR;

iii) Corresponde al Presidente de la República: “Nombrar y remover a los


funcionarios que la ley denomina como de su exclusiva confianza y
proveer los demás empleos civiles en conformidad a la ley. La remoción
de los demás funcionarios se hará de acuerdo a las disposiciones que ésta
determine”, según lo previsto en el art. 32 Nº 10º CPR;

iv) En la primera parte del Nº 12º del art. 32 de la CPR, se indica que es
atribución del Presidente de la Republica: “Nombrar a los magistrados y
fiscales judiciales de las Cortes de Apelaciones y a los jueces letrados, a
proposición de la Corte Suprema y de las Cortes de Apelaciones,
respectivamente; a los miembros del Tribunal Constitucional que le
corresponde designar”; y,

v) Es una atribución especial del Presidente de la República, al tenor de lo


dispuesto en el art. 32 Nº 16º CPR: “Designar y remover a los
Comandantes en Jefe del Ejército, de la Armada, de la Fuerza Aérea y al
General Director de Carabineros en conformidad al artículo 104, y
disponer los nombramientos, ascensos y retiros de los Oficiales de las
Fuerzas Armadas y de Carabineros en la forma que señala el artículo
105”.

Junto a lo anterior, hay otros altos funcionarios, de importantes órganos


constitucionales, que nombra el Presidente de la República con acuerdo del Senado. A
saber:

vi) El art. 32 Nº 9º CPR establece que corresponde al Presidente: “Nombrar


al Contralor General de la República con acuerdo del Senado”.

vii) La segunda parte del ya citado Nº 12º del art. 32 CPR, dispone que toca
al Presidente de la República, nombrar “a los magistrados y fiscales
judiciales de la Corte Suprema y al Fiscal Nacional, a proposición de
dicha Corte y con acuerdo del Senado, todo ello conforme a lo prescrito en
esta Constitución”.

En otros pasajes de la Constitución hay más órganos constitucionales en los


cuales el Presidente de la República designa o propone, por ejemplo: el Art. 19 Nº 12,

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inciso sexto de la CPR, establece la existencia del Consejo Nacional de Televisión. Su


ley orgánica dispone que su Presidente, es designación de exclusiva confianza del
Presidente de la República y, los restantes 10 consejeros son designados por el
Presidente de la República con acuerdo del Senado. El inciso segundo del art. 94 bis
CPR establece que el órgano superior del Servicio Electoral es un Consejo Directivo,
que “estará integrado por cinco consejeros designados por el Presidente de la República,
previo acuerdo del Senado, adoptado por los dos tercios de sus miembros en ejercicio”.
El art. 108 de la Constitución establece que: “Existirá un organismo autónomo, con
patrimonio propio, de carácter técnico, denominado Banco Central, cuya composición,
organización, funciones y atribuciones determinará una ley orgánica constitucional”;
pues bien, su ley orgánica establece que tiene 5 consejeros, que se designa por el
Presidente de la República, con acuerdo del Senado.

Así las cosas, queda demostrado que entre las atribuciones especiales junto a
otras normas constitucionales ya citadas, los poderes que ostenta el Presidente de la
República en materia de designaciones, nombramientos y proposiciones son
amplísimos, y esto, sin considerar la extensa lista de funcionarios de su exclusiva
confianza (art. 32 Nº 10º CPR) que por ley corresponde al Presidente nombrar.

Potestades de gracia

Es difícil clasificar atribuciones de tan diferente índole, salvo porque


corresponden al Presidente de la República y, que, le han sido conferidas sólo en razón
de su investidura, de ahí que se han caracterizado como potestades de gracia. Esta
última afirmación, implica que estas normas habilitan a esta máxima autoridad para
que excepcionalmente pueda atribuir beneficios en materia de seguridad social y, aún
más excepcional, la facultad de otorgar un indulto particular, como beneficio al
condenado por sentencia judicial, firme y ejecutoriada.

Así, hay que tener en consideración el art. 32 Nº 11º de la CPR, regla que
habilita al primer mandatario para: “Conceder jubilaciones, retiros, montepíos y
pensiones de gracia, con arreglo a las leyes”; respecto de esta regla no hay mayores
comentarios que formular, salvo que el ejercicio de esta potestad se puede ejercer pero,
de conformidad con la ley, de lo cual se coligen dos cosas: primero, lo obvio: una ley que
conceda el beneficio, sus condiciones de acceso y conservación y, segundo y
consecuencia de lo anterior es una facultad presidencial reglada (no discrecional), no la
decisión de concederla pero si las condiciones en que se otorga.

La regla del numeral 14º, del art. 32 de la CPR, que faculta al Presidente para:
“Otorgar indultos particulares en los casos y formas que determine la ley”, también es

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una potestad de gracia de la máxima autoridad. Lo primero que se debe apuntar es


que la habilitación de la Constitución al Presidente es para el indulto particular, pues,
los indultos generales sólo por ley se pueden conceder. Sin embargo, la misma regla
impone una condición necesaria para su ejercicio, a saber: “será improcedente en tanto
no se haya dictado sentencia ejecutoriada en el respectivo proceso”; la condena,
entonces, debe estar a firme, esto evita la intromisión en la de la actividad
jurisdiccional, lo que permite mantener íntegra la facultad exclusiva de los Tribunales
de Justicia de juzgar y el efecto cosa juzgada de sus sentencias, puesto que el indulto
particular que otorga el Presidente de la República incide en el cumplimiento o la
forma de cumplimiento de la condena.

Finalmente, esta facultad tiene una limitación, referida a aquel funcionario


destituido en virtud de una acusación constitucional, pues, quien fuere acusado por la
Cámara de Diputados y condenado por el Senado, señala la disposición, no puede ser
indultado por el Presidente, sino sólo podrá ser indultado por el Congreso, y evitar así
que la sanción, impuesta –entre otros- a funcionarios de la exclusiva del Presidente se
diluya o no surta efecto alguno, si es que pueden “obtener” un beneficio, como el
indulto particular.

El decreto de emergencia económica

El art. 32 Nº 20º de la CPR establece, primero, una regla imperativa al


Presidente de la república, esta es: “Cuidar de la recaudación de las rentas públicas y
decretar su inversión con arreglo a la ley”, algo que alude a la sujeción a la ley de
presupuestos del sector público, que se fija anualmente. Luego de esta regla, se ubica
en la misma disposición esta atribución especial que se denomina decreto de
emergencia económica.

Se trata un acto excepcional, en virtud de una situación también excepcional,


no prevista en la ley de presupuestos del año en curso. Así las cosas, el Presidente de
la República puede:

i) Dictar el decreto de emergencia económica, con la firma de todos los


Ministros de Estado.

ii) Mediante este decreto podrá ordenar pagos no autorizados por la ley,
para atender necesidades impostergables derivadas de calamidades
públicas, de agresión exterior, de conmoción interna, de grave daño o
peligro para la seguridad nacional o del agotamiento de los recursos

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destinados a mantener servicios que no puedan paralizarse sin serio


perjuicio para el país.

iii) El decreto en comento, sólo puede autorizar un gasto que no puede


exceder anualmente del dos por ciento (2%) del monto de los gastos que
autorice la Ley de Presupuestos.

iv) Asimismo, se podrá contratar empleados con cargo a esta misma Ley,
pero sin que el ítem respectivo pueda ser incrementado ni disminuido
mediante traspasos.

v) Los Ministros de Estado o funcionarios que autoricen o den curso a


gastos que contravengan lo dispuesto en este número serán responsables
solidaria y personalmente de su reintegro, y culpables del delito de
malversación de caudales públicos.

8. La función ministerial

El Cap. IV de la Constitución dedica un párrafo especial a los Ministros de


Estado, artículo 33 a 37 bis, ambos inclusive.

La primera regla relevante es la del art. 33 inciso primero, que dispone que los
Ministros: “son los colaboradores directos e inmediatos del Presidente de la República
en el gobierno y administración del Estado”. La importancia de esta definición es que
estos colaboradores son funcionarios de exclusiva de confianza del Presidente de la
República, según lo previsto en el art. 32 Nº 7 CPR, y además, la Constitución indica
que son colaboradores directos e inmediatos de éste. Son colaboradores directos en el
gobierno y la administración del Estado pero no son los únicos en esa condición, es
decir, el Presidente de la República tiene más colaboradores directos pero, los
Ministros de Estado sí son los únicos colaboradores inmediatos, es decir, quienes se
relacionan sin mediación alguna con el primer mandatario.

Para ser Ministro de Estado, “se requiere ser chileno, tener cumplidos veintiún
años de edad y reunir los requisitos generales para el ingreso a la Administración
Pública”, a la luz de los establecido en el art. 34 de la Constitución. En consecuencia,
los requisitos son:

i) Tener la nacionalidad chilena, cualquiera sea su fuente.

ii) Nuevamente aparece una edad mínima para acceder al cargo: 21 años.

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iii) Cumplir con los requisitos generales para el ingreso a la Administración


Pública, que se encuentran en la ley, en particular, en el artículo 12 del
Estatuto Administrativo, estos son: (1) Ser ciudadano; (2) Haber
cumplido con la ley de reclutamiento y movilización, cuando fuere
procedente; (3) Tener salud compatible con el desempeño del cargo; (4)
Haber aprobado la educación básica y poseer el nivel educacional o título
profesional o técnico que por la naturaleza del empleo exija la ley; (5) No
haber cesado en un cargo público como consecuencia de haber obtenido
una calificación deficiente, o por medida disciplinaria; y, (6) No estar
inhabilitado para el ejercicio de funciones o cargos públicos, ni hallarse
condenado por delito que tenga asignada pena de crimen o simple delito.

El inciso segundo del mismo art. 34 de la CPR, regula vacancia, al establecer


que: “En los casos de ausencia, impedimento o renuncia de un Ministro, o cuando por
otra causa se produzca la vacancia del cargo, será reemplazado en la forma que
establezca la ley”. Esta regla, en rigor, es innecesaria, ya que la vacancia de un
Ministro de Estado no produce su reemplazo de conformidad con la ley, sino de
conformidad con la Constitución. Un Ministro se reemplaza, nombrando el Presidente
de la República, en virtud de sus atribuciones especiales, a un nuevo titular en el cargo
que corresponde reemplazar. Para la subrogación, en cambio, sí tendría sentido la
remisión a la ley: por regla general, es el subsecretario de la misma cartera quien
subroga; si hubiera más de un subsecretario en una cartera, se hará de conformidad al
orden de subrogación que para ese ministerio se halla fijado y, en último término es
posible que subrogue un ministro a otro, ejerciendo un ministro titular su cartera y al
mismo tiempo subrogando en otra.

El artículo 35 establece un requisito de validez especial a los decretos


supremos del Presidente de la República, pues, establece que este especial tipo de acto
administrativo deben llevar la firma del “Ministro respectivo y no serán obedecidos sin
este esencial requisito”. Este mismo artículo, reafirmando la esencialidad de este
requisito faculta para que la orden presidencial pueda expedirse “con la sola firma del
Ministro respectivo, por orden del Presidente de la República”.

Cabe destacar que este requisito, la firma del Ministro, conecta con el artículo
siguiente, el art. 36 CPR, que establece una regla acerca de la responsabilidad de un
Ministro, al disponer que éstos “serán responsables individualmente de los actos que
firmaren y solidariamente de los que suscribieren o acordaren con los otros Ministros”;
en atención a que la Constitución en este precepto no distingue la responsabilidad de
que se trata, es forzoso concluir que refiere a la responsabilidad constitucional, civil (y
civil funcionaria), penal e incluso, administrativa, si fuere procedente. Sin perjuicio de

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esto, cabe señalar que los Ministros de Estado gozan de un privilegio, respecto de la
responsabilidad civil, que la doctrina denomina fuero civil. En efecto, es una
atribución exclusiva del Senado (art. 53 CPR Nº 2), decidir “si ha o no lugar la
admisión de las acciones judiciales que cualquier persona pretenda iniciar en contra de
algún Ministro de Estado, con motivo de los perjuicios que pueda haber sufrido
injustamente por acto de éste en el desempeño de su cargo”. En síntesis, sólo se podrá
demandar la indemnización de perjuicios contra estas autoridades, siempre y cuando
el Senado, previamente, de lugar a su tramitación.

La Constitución, como se ha dicho ya varias veces, establece un tipo de gobierno


presidencialista y, consecuencia de esto, tiene el Presidente de la República la calidad
de colegislador; por consiguiente, es concordante con esto, según lo dispuesto en el
artículo 37 de la CPR, que la Carta Fundamental fije reglas especiales, en favor de los
Ministros del gabinete, en materia de tramitación legislativa; estas son:

i) Pueden los Ministros del gabinete, cuando lo estimaren conveniente,


asistir a las sesiones de la Cámara de Diputados o del Senado y tomar
parte en sus debates; en Comisión o en Sala, cabe agregar;
ii) En la sesión, el Ministro tiene uso preferente de la palabra, pero,
obviamente, sin derecho a voto.
iii) En la votación, el Ministro respectivo tiene derecho a rectificar los
conceptos emitidos por cualquier diputado o senador al fundamentar su
voto.
iv) La única regla preceptiva está en la oración final de este artículo, que
impone a todo Ministro el deber de “concurrir personalmente a las
sesiones especiales que la Cámara de Diputados o el Senado convoquen
para informarse sobre asuntos que, perteneciendo al ámbito de
atribuciones de las correspondientes Secretarías de Estado, acuerden
tratar”.

El párrafo que trata a los Ministros concluye con el artículo 37 bis que contiene
2 reglas, en sus dos incisos, que configuran el régimen de incompatibilidades y
prohibiciones a las que está afecto el cargo de Ministro.

El inciso primero de este artículo, hace aplicable a estas autoridades las


incompatibilidades que el artículo 58 de la Constitución establece para diputados y
senadores, vale decir, el cargo de Ministro es incompatible “con todo empleo o comisión
retribuidos con fondos del Fisco, de las municipalidades, de las entidades fiscales
autónomas, semifiscales o de las empresas del Estado o en las que el Fisco tenga
intervención por aportes de capital, y con toda otra función o comisión de la misma
naturaleza. Se exceptúan los empleos docentes y las funciones o comisiones de igual

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carácter de la enseñanza superior, media y especial” según lo que dispone el inciso


primero del art. 58 CPR; y, la función ministerial también es incompatible “con las
funciones de directores o consejeros, aun cuando sean ad honorem, en las entidades
fiscales autónomas, semifiscales o en las empresas estatales, o en las que el Estado
tenga participación por aporte de capital”, según lo previsto en el inciso segundo del
mismo artículo. La oración final de este inciso, resuelve la eventual incompatibilidad,
puesto que, por el solo hecho de aceptar el nombramiento, “el Ministro cesará en el
cargo, empleo, función o comisión incompatible que desempeñe”.

El inciso segundo del artículo 37 bis, establece la expresa prohibición a los


Ministros de Estado en ejercicio “de celebrar o caucionar contratos con el Estado,
actuar como abogados o mandatarios en cualquier clase de juicio o como procurador o
agente en gestiones particulares de carácter administrativo, ser director de bancos o de
alguna sociedad anónima y ejercer cargos de similar importancia en estas actividades”.

9. Las bases generales de la Administración del Estado

El párrafo final de este Capítulo IV, contiene una regla basal, acerca de la
organización administrativa del Estado. El art. 38 de la CPR que dispone:

“Una ley orgánica constitucional determinará la organización básica de la


Administración Pública, garantizará la carrera funcionaria y los principios de carácter
técnico y profesional en que deba fundarse, y asegurará tanto la igualdad de
oportunidades de ingreso a ella como la capacitación y el perfeccionamiento de sus
integrantes.
Cualquier persona que sea lesionada en sus derechos por la Administración del
Estado, de sus organismos o de las municipalidades, podrá reclamar ante los
tribunales que determine la ley, sin perjuicio de la responsabilidad que pudiere afectar
al funcionario que hubiere causado el daño”.

Se trata de un solo artículo pero, como se puede advertir, con dos incisos que
tratan materias completamente diferentes, aunque ambas de la mayor relevancia: el
inciso primero, referido a la organización administrativa del Estado y, la remisión de
la Constitución a la ley orgánica constitucional para regular esta materia; en tanto que
el inciso segundo fija una regla, competencial antes que sustantiva, acerca de la
responsabilidad del Estado Administrador.22

22La doctrina identifica una clasificación tripartita para la responsabilidad estatal de tipo extracontractual: del Estado
Administrador (con variantes, según materia específica), del Estado por actos jurisdiccionales y del Estado por actos
legislativos.

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Respecto del primer punto, la organización administrativa del Estado, vale la


pena recordar que la Carta Fundamental regula la forma jurídica del Estado (el
Estado unitario) y contiene un capítulo especial que remite a la organización de la
Administración con relación a la división político-administrativa del país. Sólo en la
ley orgánica constitucional respectiva, que es la Ley Nº 18.575, orgánica constitucional
de bases generales de la Administración del Estado (o LOCBGAE), se encuentran las
reglas que permiten comprender como se configura la estructura organizacional de la
Administración. Antes de avanzar en esto, es menester comentar la ley orgánica
recién citada y su relación con otros cuerpos legales.

Primero, es una ley de bases. Esto significa, del punto de vista formal, que la
ley de bases ha de normar los elementos básicos o fundamentales de una determinada
materia, dejando a la potestad reglamentaria de ejecución del Presidente de la
República la regulación de detalle, acorde a las directrices y principios
predeterminados en la ley. De un punto de vista funcional, una la ley de bases es un
cuerpo legal que pretende “consolidar, unificar e integrar un determinado
microsistema, de modo tal que su contenido sea empleado de manera supletoria frente a
la aplicación de una ley especial o una colección de leyes. Dentro de sus funciones está
servir de sustento a los jueces y legisladores, para que sea considerada por los primeros
al momento de resolver algún caso vinculado con la materia específica (herramienta de
interpretación judicial) y, por los segundos, a la hora de dictar nuevos preceptos,
vinculándolos con aquellas”.23 En suma, preceptos legales de derecho común, que en
este caso, se trata del cuerpo legal que contiene las normas fundamentales relativas a
la organización de la Administración del Estado.

Segundo, a la época de su dictación la LOCBGAE era el único cuerpo legal de


bases, hoy forma parte de un bloque de legalidad más extenso y complejo; se pueden
señalar, además de la LOCBGAE, las siguientes leyes:

i) La Ley Nº 18.834, Estatuto Administrativo (o EA)


ii) La ley Nº 19.880, de bases de los procedimientos que rigen las
actuaciones de los órganos del Estado, o LBPA
iii) La Ley Nº 19.886, ley de bases de contratos administrativos de
suministro y prestación de servicios (o LBCA).

La existencia de estos 4 cuerpos legales, conforman un verdadero bloque de


derecho público con características de derecho común, general y supletorio. En efecto,
en la LOCBGAE además de fijar un concepto de Administración del Estado, dar
cuenta de su organización funcional y también territorial, ofrece reglas generales de la

23 R. Gómez (2016), pp. 222-223.

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carrera funcionaria, e incluso, ofrece reglas para la construcción del sistema de


responsabilidad extracontractual del Estado Administrador; mientras que el Estatuto
Administrativo, es la regulación legal de detalle de la carrera funcionaria: su acceso,
derechos y deberes funcionarios; condiciones generales de ejercicio de la función
pública y el régimen de obligaciones y beneficios; de la mayor importancia es la
regulación estatutaria de la responsabilidad administrativa disciplinaria: las reglas de
procedencia y substanciación, etapas del procedimiento disciplinario, las sanciones y
su aplicación. La Ley Nº 19.880 o LBPA, por su parte, es una regulación de bases que
va mucho más allá del procedimiento (que regula esta ley y, que opera
supletoriamente), puesto que en este cuerpo legal hay reglas sobre los actos
administrativos (concepto, vigencia, fuerza obligatoria, etc.), sobre el régimen general
de medios de impugnación y revisión de actos administrativos, ya sea el régimen
ordinario: reposición y jerárquico, del art. 59 LBPA, como las vías extraordinarias:
invalidación, art. 53; revisión, art. 60 y, revocación, art. 61 todos de la LBPA. Y, por
último, la Ley Nº 19.886 o LBCA regula, antes los aspectos generales de la
contratación administrativa pero, de suma importancia son las normas preceptivas de
esta ley respecto del mecanismo para contratar que debe observar la Administración,
destacando la completa regulación del proceso de licitación pública; el sistema de
registro de proveedores; la regulación del convenio marco; la implementación de un
portal ([Link]) que garantiza el acceso a la información y la transparencia
en este tipo de operaciones contractuales y, por supuesto, la creación de un contencioso
especial, de contratación que conoce, además, un tribunal especial: el Tribunal de
Contratación Pública.

Atendido que el inciso primero del art. 38 CPR remite a la organización


administrativa, cabe destacar la regla del inciso segundo, del art. 3º de la LOCBGAE,
que señala las directrices que orientan la actividad administrativa, cuando preceptúa
que: “La Administración del Estado deberá observar los principios de responsabilidad,
eficiencia, eficacia, coordinación, impulsión de oficio del procedimiento,
impugnabilidad de los actos administrativos, control, probidad, transparencia y
publicidad administrativas y participación ciudadana en la gestión pública”.

La organización administrativa del Estado

Ya se dijo que la regla toral está en la LOCBGAE. Se trata del inciso segundo
del artículo 1º de este cuerpo legal, que dispone que la Administración del Estado:
“estará constituida por los Ministerios, las Intendencias, las Gobernaciones y los
órganos y servicios públicos creados para el cumplimiento de la función administrativa,
incluidos la Contraloría General de la República, el Banco Central, las Fuerzas
Armadas y las Fuerzas de Orden y Seguridad Pública, los Gobiernos Regionales, las

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Municipalidades y las empresas públicas creadas por ley”. Tal y como se puede
apreciar, esta regla incluye los órganos de la administración a nivel central, así como
los órganos creados para la administración regional y provincial, junto a órganos
constitucionales autónomos o especiales.

A) La administración central:

Dentro del nivel central ha de contarse, siguiendo el texto de la ley, a los


Ministerios, los órganos y servicios públicos, sean centralizados y descentralizados24,
creados para el cumplimiento de la función administrativa y las empresas públicas
creadas por ley.

Siguiendo en parte el esquema ordenatorio que propone Rolando Pantoja25 es


posible señalar que el nivel central de la Administración la integran:

- El Presidente la República
- Los Ministerios y las Subsecretarías
- Las secretarías regionales ministeriales
- Los servicios públicos y demás órganos creados para el cumplimiento de la
función administrativa

B) La administración regional y provincial (Cap. XIV CPR):

Actualmente, siguen en funciones Intendentes y Gobernadores, funcionarios de


exclusiva confianza del Presidente de la República en cuanto son representantes de
éste, para el gobierno y administración de las regiones y las provincias,
respectivamente. El Gobierno Regional, lo conforman hasta hoy el Intendente y el
Consejo Regional, este último es un órgano colegiado, integrado por consejeros elegidos
en votación directa, y la Constitución, en el art. 113, señala que “será un órgano de
carácter normativo, resolutivo y fiscalizador, dentro del ámbito propio de competencia
del gobierno regional, encargado de hacer efectiva la participación de la ciudadanía
regional”.

El inciso primero del art. 111 de la CPR señala que: “La administración
superior de cada región reside en un gobierno regional, que tendrá por objeto el

24 La ley determina el carácter de centralizado o descentralizado de un servicio público. En todo caso, esto no
determina su pertenencia o no la administración activa y de nivel central, pues, lo que define al servicio
descentralizado es la autonomía que la ley le confiere para el cumplimiento de sus funciones específicas,
habitualmente, con personalidad jurídica propia y patrimonio propio. Cabe anotar que el servicio publico centralizado
depende del Ministerio sectorial respectivo en tanto que el servicio descentralizado se relaciona con el ejecutivo a través
del Ministerio sectorial respectivo
25 R. Pantoja (2004), pp. 367-387.

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desarrollo social, cultural y económico de la región” y el inciso segundo de la misma


disposición indica que: “El gobierno regional estará constituido por un gobernador
regional y el consejo regional”. Esto es así, pues, una reciente reforma constitucional
suprimió el cargo de Intendente y su naturaleza de representante del Presidente de la
República en la región, y a la cabeza del gobierno del Región habrá un gobernador
regional que, según lo previsto en el inciso tercero del art. 111 CPR, “será el órgano
ejecutivo del gobierno regional, correspondiéndole presidir el consejo y ejercer las
funciones y atribuciones que la ley orgánica constitucional determine, en coordinación
con los demás órganos y servicios públicos creados para el cumplimiento de la función
administrativa” y, según lo dispuesto en el inciso cuarto del mismo artículo, esta
autoridad y representante de la Región (ya no del Presidente) es elegido en votación
directa, y durará en el cargo “por el término de cuatro años, pudiendo ser reelegido
consecutivamente sólo para el período siguiente”.

En virtud de este trascendental cambio constitucional, en el cual la máxima


autoridad regional ya no depende de la autoridad del Presidente de la República, se
introdujo –como supuesto correctivo-, el artículo 115 bis que establece que: “En cada
región existirá una delegación presidencial regional, a cargo de un delegado
presidencial regional, el que ejercerá las funciones y atribuciones del Presidente de la
República en la región, en conformidad a la ley. El delegado presidencial regional será
el representante natural e inmediato, en el territorio de su jurisdicción, del Presidente
de la República y será nombrado y removido libremente por él”.

A su turno, e las provincias desapareció el cargo de Gobernador y el inciso


primero del artículo 116 de la CPR establece: “En cada provincia existirá una
delegación presidencial provincial, que será un órgano territorialmente desconcentrado
del delegado presidencial regional, y estará a cargo de un delegado presidencial
provincial, quien será nombrado y removido libremente por el Presidente de la
República”.

C) La administración comunal (Cap. XIV CPR):

Las comunas, en Chile, están sujetas a un tipo de gobierno local autárquico,


órgano completamente descentralizado que se organiza a través del Municipio. Señala
el inciso cuarto del art. 118 CPR que: “Las municipalidades son corporaciones
autónomas de derecho público, con personalidad jurídica y patrimonio propio, cuya
finalidad es satisfacer las necesidades de la comunidad local y asegurar su
participación en el progreso económico, social y cultural de la comuna”.

El gobierno municipal corresponde al “alcalde, que es su máxima autoridad, y


por el concejo”, dispone el ya citado artículo 118, en su primer inciso. El alcalde es una

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autoridad que se elige en votación directa y dura 4 años en su cargo , pudiendo ser
reelegido indefinidamente. El Concejo, es un órgano colegiado (de número que varia
según el tamaño de la Comuna, entre 6 a 10 concejales), que se eligen en votación
directa, a través de un sistema electoral proporcional, y duran también 4 años en sus
cargos, pudiendo reelegirse. Este órgano, señala la Carta Fundamental, es el
“encargado de hacer efectiva la participación de la comunidad local, ejercerá funciones
normativas, resolutivas y fiscalizadoras y otras atribuciones que se le encomienden, en
la forma que determine la ley orgánica constitucional respectiva” señala el inciso
segundo del art. 119 de la CPR.

El inciso quinto del mismo art. 118 remite a una ley orgánica constitucional,
que “determinará las funciones y atribuciones de las municipalidades”. Es la ley Nº
18.695, orgánica constitucional de Municipalidades. Esta ley tiene una regulación
detallada de la estructura, funciones y atribuciones del Municipio y además regula la
elección municipal, a la que se hizo referencia en el párrafo anterior.

D) La Carrera funcionaria:

Existen en la ley orgánica respectiva una serie de reglas, que operan como
principios de carácter general, respecto de la función pública o carrera funcionaria.
Primero, vale la pena destacar lo previsto en el art. 7º de la de la LOCBGAE que
señala: “Los funcionarios de la Administración del Estado estarán afectos a un régimen
jerarquizado y disciplinado. Deberán cumplir fiel y esmeradamente sus obligaciones
para con el servicio y obedecer las órdenes que les imparta el superior jerárquico”.

El artículo 13 de la misma ley, prescribe que: “Los funcionarios de la


Administración del Estado deberán observar el principio de probidad administrativa y,
en particular, las normas legales generales y especiales que lo regulan. La función
pública se ejercerá con transparencia, de manera que permita y promueva el
conocimiento de los procedimientos, contenidos y fundamentos de las decisiones que se
adopten en ejercicio de ella”.

A su vez, el art. 15 de la LOCBGAE, que dispone que: “El personal de la


Administración del Estado se regirá por las normas estatutarias que establezca la ley,
en las cuales se regulará el ingreso, los deberes y derechos, la responsabilidad
administrativa y la cesación de funciones”. El Estatuto Administrativo, la Ley Nº
18.834, justamente es el derecho estatutario común y supletorio para toda función
pública.

El art. 16 de la LOCBGAE señala: “Para ingresar a la Administración del


Estado se deberá cumplir con los requisitos generales que determine el respectivo

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estatuto y con los que establece el Título III de esta ley, además de los exigidos para el
cargo que se provea”. Esta última regla requiere de una concordancia: primero, los
requisitos de ingreso del respectivo estatuto, según lo dispuesto en este precepto y en
los artículos 43, 44 y 45 de la LOCBGAE, están en el art. 12 del Estatuto
Administrativo, a saber:

i) La ciudadanía;
ii) La situación militar al día;
iii) La salud compatible con el desempeño del cargo;
iv) Tener educación básica y poseer el nivel educacional o título profesional
o técnico que por la naturaleza del empleo exija la ley;
v) No haber cesado en un cargo público como consecuencia de haber
obtenido una calificación deficiente, o por medida disciplinaria; y,
vi) No estar inhabilitado para el ejercicio de funciones o cargos públicos, ni
hallarse condenado por delito que tenga asignada pena de crimen o
simple delito.

Segundo, lo preceptuado en este artículo 16 que remite al Titulo III de la


LOCBGAE corresponde, del punto de vista los requisitos para ejercer una función
pública, no estar afecto a una situación de impedimento para ejercer un cargo público,
que se regulan en el artículo 54, al enumerar esta disposición las causales de
inhabilidad o incompatibilidad; el artículo 55, que establece la obligación de prestar
una declaración jurada de no estar afecto a incompatibilidad o inhabilidad del art. 54;
el artículo 55 bis que introdujo una nueva causal de inhabilidad (consumo de drogas)
y la respectiva declaración jurada sobre el mismo punto; y, el artículo 56 de la
LOCBGAE, que regula la [in]compatibilidad relativa o parcial entre ele ejercicio de
una función pública con otra actividad laboral, profesional o industrial. La regla
general, del inciso primero de este artículo es que son actividades conciliables, siempre
que se realicen fuera de la jornada de trabajo y con recursos privados; sin perjuicio de
establecerse, más adelante, en la misma disposición, situaciones de incompatibilidad
absoluta.

La responsabilidad del Estado-Administrador

La evolución de la doctrina y jurisprudencia acerca de la responsabilidad del


Estado, da cuenta que su fundamento normativo, antes que encontrarse en una norma
específica de la Carta Fundamental, como sería el inciso del art. 38 de la CPR se
encuentra en la normativa básica que establece las bases del estado constitucional de
derecho, que en nuestra Constitución se encuentra en los artículos 6º, 7º y 8º de la
Constitución, en cuanto normas rectoras del orden constitucional, ligados a los

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estándares que el artículo 1º de la Constitución le impone a la actividad del Estado, y


el límite que la propia Constitución le fija a toda la actividad del poder, y que vincula a
todos los poderes públicos, que es el respeto, promoción y protección de los derechos
fundamentales, cuyo catálogo está en el artículo 19 de la Constitución y que opera
como estándar de legitimidad (o de contenido) además de ser criterio de validez para
todo el resto del ordenamiento jurídico, a la luz del principio de supremacía
constitucional.

Así, es posible afirmar entonces que la responsabilidad del Estado, arranca de


la vinculación o sujeción que la actividad estatal a los principios de juridicidad y de
responsabilidad y no de una fuente legal común y de derecho privado; por tanto, es un
tipo de responsabilidad patrimonial especial, de derecho público y autónoma con
relación a la responsabilidad civil delictual o cuasi delictual. Así, es el fundamento
constitucional es el que permite construir el sistema de responsabilidad
extracontractual del Estado, el que, siguiendo el viejo paradigma de la división de
poderes, se puede clasificar en: responsabilidad del Estado Administrador,
responsabilidad del Estado Juzgador y Responsabilidad del Estado legislador.

De este modo, queda atrás la inmunidad de jurisdicción del Estado (como


ocurrió vigente la Carta de 1925), y luego, también debe desecharse la teoría de la
responsabilidad objetiva, es decir, que cualquier lesión antijurídica ocasionada por la
actividad estatal debe ser indemnizable; así las cosas, la discusión no es si hay o no
responsabilidad del Estado Administrador, sino que, cuales son elementos
configuradores de esta responsabilidad.

Y es en este punto, donde se abre un intenso debate, ya que si la


responsabilidad del Estado es un tipo de responsabilidad de derecho público y
autónoma, es pertinente reflexionar acerca de si esta autonomía –respecto del derecho
civil- permite recurrir (1) sólo a la fuente constitucional para configurar los tres tipos
de responsabilidad del Estado; o bien, (2) es posible recurrir tanto a las normas
constitucionales como las fuentes legales, y dentro de esta posición, la remisión puede
ser sólo la normativa legal de derecho público, o también, se estaría permitida la
remisión a las fuentes legales comunes y derecho privado, o sea, la aplicación de las
normas del Código Civil.

Esta última cuestión, las dudas acerca de los elementos configuradores de la


responsabilidad del Estado, y la normativa aplicable, es producto, primero, de la
generalidad –y la consecuente vaguedad- de las normas constitucionales y, luego, por
la precariedad normativa de las normas de derecho público aplicables y vigente a la
materia. Como ya hemos señalado, del punto de vista procesal, orgánico y funcional,
no existe magistratura especializada ni proceso contencioso-administrativo. Así, el

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sistema de responsabilidad extracontractual del estado Administrador se asila en la


norma constitucional de carácter competencial, que es el inciso segundo del artículo 38
de la Constitución, que señala: “Cualquier persona que sea lesionada en sus derechos
por la Administración del Estado, de sus organismos o de las municipalidades, podrá
reclamar ante los tribunales que determine la ley, sin perjuicio de la responsabilidad
que pudiere afectar al funcionario que hubiere causado el daño” y, en algunas normas
legales sustantivas, pero también generales, esparcidas en la normativa de derecho
público, a saber, el artículo 4º de la Ley Nº 18.575 que establece: “El Estado será
responsable por los daños que causen los órganos de la Administración en el ejercicio de
sus funciones, sin perjuicio de las responsabilidades que pudieren afectar al
funcionario que los hubiere ocasionado”, mientras que el inciso primero, del artículo 42,
del mismo cuerpo legal, preceptúa: “Los órganos de la Administración serán
responsables del daño que causen por falta de servicio”, o bien, el inciso primero del
artículo 142 de la Ley Nº 18.695, orgánica constitucional de Municipalidades, que
establece: “Las municipalidades incurrirán en responsabilidad por los daños que
causen, la que procederá principalmente por falta de servicio”.

Este tema, desde la perspectiva del derecho constitucional, importa referirse,


por su fundamento (constitucional) y consecuencias a la doctrina de la responsabilidad
objetiva versus la doctrina de la responsabilidad subjetiva por falta de servicio.

Los iuspublicistas que participan de la primera posición26, consideran que el


artículo 38, inciso segundo, de la Constitución establece una acción constitucional de
responsabilidad, que sería un tipo de responsabilidad autónoma, directa y objetiva,
siendo irrelevante la culpa o dolo del agente. Por su parte, los partidarios de la
segunda posición27, argumentan que la responsabilidad del Estado no es objetiva, pues,
el artículo 38, inciso segundo de la Constitución es una regla de competencia y
procedencia de una acción de responsabilidad que está regulada, como sistema general
de responsabilidad, en la Ley Nº 18.575, orgánica constitucional de bases generales de
la Administración del Estado (LOCBGAE).

Así, se construye un sistema de responsabilidad que requiere de la concurrencia


de los tres elementos clásicos generadores de responsabilidad: daño, causalidad, e
imputabilidad, con la salvedad que la imputabilidad no es la culpa o dolo como ocurre
con la responsabilidad civil, sino que la falta de servicio, cuya antijuridicidad impone
el deber de indemnizar al afectado. Es esta posición la que tiene mejores fundamentos
constitucionales. En efecto, y como bien señala Aldunate, “argumentar que el Estado
debe responder, porque la Constitución (Art. 38) o la ley (Art. 4 LOCBGAE) señalan que

26 Véase G. Fiamma (1989); y E. Soto (2008)


27 Por todos, véase P. Pierry (2000), pp. XX.

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existe derecho para reclamar por la lesión a los derechos, o responsabilidad por los
daños en el ejercicio de funciones de órganos del Estado, no es otra cosa que decir que el
Estado debe responder, porque es responsable, tautología que no aporta nada a
dilucidar bajo qué concepto surge esa responsabilidad”. Y este mismo autor agrega
luego que: “el estándar de la falta de servicio permite la formulación de una regla de
deber de actuación en concreto, tomando en consideración las particularidades de cada
orden administrativo, para luego contrastarla con la actuación u omisión especifica de
la Administración que se sitúa como causa basal o al menos concomitante en la
producción de un daño”28. Esta es la doctrina que actualmente predomina en la
jurisprudencia de los tribunales superiores de justicia.

La exposición sumarísima de esta materia, tiene por finalidad exponer lo que


está detrás o como telón de fondo de esta discusión que, en términos generales, no es
tanto la extensión de la responsabilidad, sino que su procedencia y los elementos que
deben concurrir para tener por acreditada la responsabilidad extracontractual del
Estado Administrador, y la consecuente obligación de indemnizar los perjuicios
causados por su actividad. Y al concluir que esta responsabilidad del Estado
administrador está construida sobe un sistema de responsabilidad por falta de servicio,
la conclusión es que, el Estado responde, siempre que concurra, además del daño y la
causalidad, un título de imputabilidad, diferente al título de imputabilidad de la
responsabilidad civil por daños ordinaria que, como se sabe, requiere culpa o dolo del
agente causante del daño.

Respecto de la acción en cuanto tal, vale la pena reiterar que se aplican las
reglas del Código Civil, de los delitos y cuasi delitos, especialmente para determinar la
extensión del daño indemnizable y la prescripción de la acción indemnizatoria. Del punto
de vita procesal, hay que decir que la acción se tramita bajo las reglas del procedimiento
declarativo ordinario de mayor cuantía, regulado en el Libro II del Código de
Procedimiento Civil y conoce el juez de letras en lo civil del competente, siguiendo las
reglas generales.

28 E. Aldunate (2000), pp. 69-70.

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III.- EL CONGRESO NACIONAL

10. Introducción

Chile, manteniendo una cierta tradición constitucional tiene un Congreso


bicameral: El Senado y la Cámara de Diputados. Sesionó el Congreso Nacional por
primera vez en 1811 pero, como es obvio, con distintos textos constitucionales vigentes.
Sin perjuicio de ello es una constante en nuestro derecho constitucional la
organización bicameral del Congreso.

Actualmente, el Congreso Nacional sesiona en la ciudad de Valparaíso y está


regulado por 3 tipos de normas: el Capítulo VI de la Constitución, su propia ley
orgánica constitucional, que es la Ley Nº 18.918 y los reglamentos de cada Cámara,
que la Constitución autoriza a dictar, según lo dispuesto en el art. 56 de la CPR, en lo
que se denomina potestad reglamentaria especial de cada Corporación29.

Ahora bien, el sistema constitucional chileno, conforme a la naturaleza


presidencialista del tipo de gobierno, configura un estatuto del poder con marcado
desequilibrio, favorable a la autoridad presidencial y en desmedro, precisamente, de
las atribuciones del Congreso Nacional, tanto así que el artículo 46 de la Constitución,
luego de señalar que el Congreso tiene dos ramas, señala que: “ambas concurren a la
formación de las leyes en conformidad a esta Constitución”; y el texto señala que
concurren, pues, ambas, junto al Presidente de la República, son los poderes co-
legisladores, según lo que ya se ha visto, al tratar las atribuciones legislativas del
Presidente. Es más, y como se verá en este capítulo, buena parte de la actividad
legislativa, en nuestro sistema, descansa en la voluntad del Presidente de la República,
ya sea para legislar, a través del derecho de iniciativa exclusiva que ostenta el primer
mandatario o, para ordenar y/o priorizar la agenda legislativa, mediante atribuciones
tales como las “indicaciones” que se le introducen a un proyecto de ley en el curso de la
discusión o la calificación de las urgencias.

Con todo, el Congreso Nacional cumple varias funciones, todas relevantes, sea
del punto de vista político o para la configuración del ordenamiento jurídico sub-
constitucional.

Primero, tiene una función representativa, elemento de la esencia del régimen


democrático (de tipo representativo), pues, desde esta perspectiva, el Congreso es, por
definición, la asamblea de representantes del pueblo y lo que se debate en esta

29 Disponibles en sitios web: [Link] y [Link].

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Asamblea de representantes es, en consecuencia, el mecanismo a través del cual el


pueblo participa y delibera, para llegar a zanjar el debate por la regla de mayoría.

Luego, y siempre consecuencia de lo anterior, el Congreso Nacional no sólo


tiene una función representativa, sino además, tiene una función política que la
Constitución le asigna a través de una distribución de competencias exclusivas, a cada
una de sus Cámaras y al Congreso Pleno, respectivamente. Mediante esta asignación
de potestades, la Constitución confiere un margen de acción a cada órgano del
Parlamento, margen de acción que podrá ser limitado, con relación a la potestades
presidenciales pero, en caso alguno irrelevante ni menos insustancial; en rigor, son
competencias acotadas algo que es coherente con el presidencialismo imperante, sin
perjuicio de lo cual dentro del esquema de gobierno desbalanceado que rige en Chile,
las funciones políticas que la Carta Fundamental atribuye al Congreso y a cada una
de sus ramas, operan como los únicos frenos a la actividad presidencial

La tercera función y por lejos la más importante, es la función legislativa, ya


que, ante el Congreso Nacional se ejerce la competencia legislativa y en el Congreso se
desenvuelve el proceso legislativo. En síntesis, puede que la voluntad de legislar esté,
en buena medida, fuera del ámbito de atribuciones del Congreso Nacional y radicada
en el Presidente de la República empero, una vez expresada la voluntad de legislar
sobre una determinada materia, es en el Congreso Nacional donde se despliega la
discusión, para producir la ley, que es la fuente primaria del sistema, es decir, es el
espacio donde se exponen las divergencias (hay ideologías), se buscan consensos y se
adoptan acuerdos (hay negociación política) y el debate se resuelve mediante el método
democrático: la votación (expresión de la mayoría); este es el proceso de formación de
la ley, que da cuenta de su cualidad: es la única fuente del derecho –de ahí su primacía
- que goza de legitimidad democrática.

11. La función representativa

Organización y composición

La Cámara de Diputados está integrada por 155 diputados, que se eligen en


consideración a distritos electorales. Dice el artículo 47 de la CPR que: “La Cámara de
Diputados está integrada por miembros elegidos en votación directa por distritos
electorales. La ley orgánica constitucional respectiva determinará el número de
diputados, los distritos electorales y la forma de su elección”. El Senado tiene 50
miembros, aunque hay actualmente 43 senadores en ejercicio y llegará a tener su
integración completa en la elección del año 2021. El art. 49 de la CPR indica que: “El
Senado se compone de miembros elegidos en votación directa por circunscripciones

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senatoriales, en consideración a las regiones del país, cada una de las cuales
constituirá, a lo menos, una circunscripción. La ley orgánica constitucional respectiva
determinará el número de Senadores, las circunscripciones senatoriales y la forma de
su elección”.

Respecto de los artículos 47 y 49 de la CPR, cabe anotar dos comentarios: en


primer lugar, la redacción, un tanto obscura de ambas disposiciones tiene una
explicación muy sencilla: la reforma constitucional y legal (del año 2015) que tuvo por
objeto modificar el sistema electoral, cambió estas disposiciones que antes sí
establecían el número de integrantes de cada Cámara: 120 diputados que se elegían en
60 distritos y 38 los senadores que se elegían en 19 circunscripciones. Estos números
fueron suprimidos, en las dos disposiciones y en su lugar se prefirió utilizar, en las dos
disposiciones, la expresión: “La ley orgánica constitucional respectiva determinará el
número de…”. La remisión del constituyente es a la Ley Nº 18.700, orgánica
constitucional de Votaciones Populares y Escrutinios. Y en ambos casos, también se
remite a la ley orgánica la determinación de los distritos electorales, las
circunscripciones senatoriales y la forma de elección. La actual redacción de estas
disposiciones fue la forma de eliminar de la Constitución lo que se denominó “sistema
binominal” para introducir, por ley, un sistema electoral proporcional.

En segundo lugar, ambos preceptos dan cuenta de la función representativa de


los senadores y diputados pero, a la vez, queda expresada la diferente representación
que sirven. En efecto, los diputados se eligen en atención a distritos electorales que se
organizan en consideración al número de ciudadanos que sufragan y se elige dentro de
cada distrito electoral un número mayor de diputados, cuanto mayor es el número de
ciudadanos. Entonces, los diputados representan a un número de ciudadanos. En
cambio, el Senado se elige por circunscripciones senatoriales, y el art. 49 CPR señala
que esas circunscripciones se organizan en consideración a las regiones del país, cada
una de las cuales constituirá, a lo menos, una circunscripción. Dicho en términos
simples, los senadores no representan a número de ciudadanos sino que a una región
o una parte ella. Esto, explica como, en algunas zonas la circunscripción senatorial y
el distrito electoral corresponden al mismo espacio y los mismos votantes; por ejemplo:
Aysén y Magallanes pero, dado que diputados y senadores son representantes, pero no
representan lo mismo, es perfectamente posible que ocurra así.

Tanto para diputados y senadores, se aplica un sistema electoral de asignación


de escaños de tipo proporcional, en particular. El sistema de cifra repartidora
corregida. Sin analizar esto en detalle, hay que indicar que, el sistema actual de
asignación de escaños funciona sobre la base de un cuociente o cifra repartidora que se
calcula en base a la votación acumulada (o total) de la lista en competencia; cuantas
veces se repita la cifra repartidora sobre el total de votos de la lista dará como

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resultado el número de escaños a los que accede esa lista; y dentro de ella, los escaños
se asignan por votación mayoritaria.

Lo último que hay que anotar es que los diputados duran 4 años en su cargo,
mientras que los senadores duran 8 años en su cargo. Cada 4 años, la Cámara se
renueva totalmente, el Senado, en cambio, se renueva parcialmente cada 4 años. La
elección parlamentaria se realiza conjuntamente y pueden reelegirse indefinidamente,
según lo dispuesto en el inciso segundo del art. 51 de la CPR

Requisitos para ser Diputado y Senador

Para ser elegido diputado, hay que estar lo dispuesto en el artículo 48 de la


CPR, según el cual: “se requiere ser ciudadano con derecho a sufragio, tener cumplidos
veintiún años de edad, haber cursado la enseñanza media o equivalente y tener
residencia en la región a que pertenezca el distrito electoral correspondiente durante un
plazo no inferior a dos años, contando hacia atrás desde el día de la elección”. Ser
ciudadano con derecho a sufragio, vale la pena recordar, supone tener la nacionalidad.
El requisito de edad que se presenta tal y como es, un arbitrio sin mayores
fundamentos: se puede ejercer el sufragio activo desde los 18 años pero el sufragio
pasivo, en caso de los diputados requiere de 21 años y como no se menciona nada en el
texto cuando ha de tenerse cumplido el requisito de edad –como sí ocurre en caso de los
senadores-, debe entenderse que el requisito debe estar cumplido al momento de
inscribir la candidatura.

Especialmente complejo es el requisito de residencia, es decir, acreditar una


residencia en la región, dentro de la cual está el distrito por un plazo no inferior a dos
años, contando hacia atrás desde el día de la elección. Este requisito ha estado en el
texto constitucional desde su origen, sin embargo, debe ser la disposición
constitucional menos observada o derechamente más infringida y de manera extendida
y reiterada; a través de resquicios, que lindan con el fraude constitucional, se ha
burlado este requisito. Como una forma de “blanquear” esta inobservancia constante,
se introdujo el año 2005 la regla del inciso primero del art. 51 de la CPR, que se
señala: “Se entenderá que los diputados tienen por el solo ministerio de la ley, su
residencia en la región correspondiente, mientras se encuentren en ejercicio de su cargo”.
Finalmente, debe acreditarse tener cursada la enseñanza o su equivalente, requisito
que tiene coherencia, desde que la provisión de enseñanza secundaria es obligatoria,
ala tenor de lo dispuesto en el inciso quinto, del número 10 del art. 19 de la
Constitución.

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En tanto que, para ser elegido senador, dispone el artículo 50 de la CPR, “se
requiere ser ciudadano con derecho a sufragio, haber cursado la enseñanza media o
equivalente y tener cumplidos treinta y cinco años de edad el día de la elección”. Hay
que reiterar lo dicho en el párrafo anterior respecto de la ciudadanía, el requisito de
acreditar la enseñanza media o equivalente y, el requisito de edad, con una salvedad:
en este caso, el requisito de edad debe estar cumplido al día de la elección, no al
momento de la inscripción de la candidatura. Para los senadores, la Carta no
contempla el requisito de residencia.

La vacancia

Vale la pena recordar que, al amparo de la Constitución de 1925 la vacancia de


un parlamentario se suplía mediante un mecanismo perfectamente democrático pero,
valorado negativamente por el constituyente de 1980, probablemente por lo acaecido
previo a la elección presidencial del año 1964: la elección complementaria.30 Por esta
razón, el inciso final del art. 51 de la CPR establece que en caso alguno procede la
elección complementaria.

Luego, también se debe recodar que el texto original de la Constitución,


establecía un mecanismo de reemplazo distinto al vigente, el cual, conjugado con las
características del sistema electoral “binominal” producía un distorsión representativa.
En efecto, producida la vacancia, el cargo lo pasaba a ocupar el compañero de lista, el
que, usualmente era de otro partido o tendencia.31

Así las cosas, es fácil comprender la redacción actual de los incisos tercero,
cuarto y quinto del art. 51 de la CPR. Las disposiciones recién citadas regulan 3 casos
distintos: i) la vacancia que produce un parlamentario con afiliación política, en cuyo
caso, el reemplazo se proveerá por designación (o elección interna) del “partido político
al que pertenecía el parlamentario que produjo la vacante”, según la reglas de inciso
tercero, del art. 51 CPR; ii) la vacancia que produce un parlamentario sin afiliación
política pero que se eligió en conjunto con uno más partidos políticos, caso en el cual el
reemplazo se proveerá por designación (o elección interna) del partido político que
haya indicado el parlamentario en su declaración de candidatura, al momento de su
inscripción como candidato, según lo previsto en el inciso quinto, del art. 51 CPR; y, iii)

30 Episodio conocido como “el naranjazo”. Fue una elección complementaria, en una zona tradicionalmente de derecha,
donde se produjo el inesperado triunfo de un candidato de izquierda, lo cual habría empujado a una parte del
electorado a votar por el candidato Eduardo Frei M., para impedir el triunfo de la izquierda en la elección presidencial.
31 Por ejemplo: el senador J. Guzmán (UDI), fue remplazado por el señor M. Otero (RN); el senador J. Lavandero (DC)
fue reemplazado por el señor G. Vásquez (PRSD).

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el parlamentario independiente, en cuyo caso no hay reemplazo, según lo dispuesto en


el inciso cuarto, del art. 51 CPR.

Cierra esta materia con dos notas: primero, es obvio que la persona que se
nomine para reemplazar al parlamentario que produjo la vacancia, debe cumplir con
los requisitos para ser diputado o senador, según corresponda (art. 51, inc. 6º CPR) y;
segundo, el parlamentario nuevo “ejercerá sus funciones por el término que faltaba a
quien originó la vacante” (art. 51, inc. 6º CPR).

12. Régimen de inhabilidades, incompatibilidades, causales de cesación y


prerrogativas en la función parlamentaria

A) Impedimento temporal para ser candidato a diputado o senador

El art. 57 de la Constitución establece que no pueden ser candidatos a diputado


o senador, las siguientes autoridades o personas en ejercicio de sus cargos:

i) Ministros de Estado;
ii) Los gobernadores regionales, los delegados presidenciales
regionales, los delegados presidenciales provinciales, los alcaldes,
los consejeros regionales, los concejales y los subsecretarios;
iii) Los miembros del Consejo del Banco Central;
iv) Los magistrados de los tribunales superiores de justicia y los
jueces de letras;
v) Los miembros del Tribunal Constitucional, del Tribunal
Calificador de Elecciones y de los tribunales electorales
regionales;
vi) El Contralor General de la República;
vii) Las personas que desempeñen un cargo directivo de naturaleza
gremial o vecinal;
viii) Las personas naturales y los gerentes o administradores de
personas jurídicas que celebren o caucionen contratos con el
Estado;
ix) El Fiscal Nacional, los fiscales regionales y los fiscales adjuntos
del Ministerio Público, y
x) Los Comandantes en Jefe del Ejército, de la Armada y de la
Fuerza Aérea, el General Director de Carabineros, el Director
General de la Policía de Investigaciones y los oficiales
pertenecientes a las Fuerzas Armadas y a las Fuerzas de Orden y
Seguridad Pública.

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Es temporal la inhabilidad porque, el impedimento se aplica, según lo previsto


en el inciso final del art. 57, “a quienes hubieren tenido las calidades o cargos antes
mencionados dentro del año inmediatamente anterior a la elección”. Hay dos
excepciones, una que morigera la exigencia y otra que la hace más gravosa. En efecto,
tratándose de personas que desempeñen un cargo directivo de naturaleza gremial o
vecinal y de personas naturales y gerentes o administradores de personas jurídicas
que celebren o caucionen contratos con el Estado, la exigencia sólo aplica al momento
de inscribir la candidatura. En cambio, para el Fiscal Nacional, los fiscales regionales
y los fiscales adjuntos del Ministerio Público el impedimento será de dos años
inmediatamente anteriores a la elección.

B) Incompatibilidad e inhabilidad con la función pública

Los cargos de diputados y senador, dice el art. 58 de la CPR, “son incompatibles


entre sí y con todo empleo o comisión retribuidos con fondos del Fisco, de las
municipalidades, de las entidades fiscales autónomas, semifiscales o de las empresas
del Estado o en las que el Fisco tenga intervención por aportes de capital, y con toda
otra función o comisión de la misma naturaleza. Se exceptúan los empleos docentes y
las funciones o comisiones de igual carácter de la enseñanza superior, media y especial”.

Y el inciso segundo del mismo artículo, establece que: “los cargos de diputados
y senadores son incompatibles con las funciones de directores o consejeros, aun cuando
sean ad honorem, en las entidades fiscales autónomas, semifiscales o en las empresas
estatales, o en las que el Estado tenga participación por aporte de capital”.

El inciso primero del art. 59 de la CPR establece, ya no como incompatibilidad,


sino como inhabilidad las mismas situaciones ya descritas, al disponer que: “Ningún
diputado o senador, desde el momento de su proclamación por el Tribunal Calificador
de Elecciones puede ser nombrado para un empleo, función o comisión de los referidos
en el artículo anterior”

C) Causales de cesación en el cargo

Las reglas del art. 60 de la Constitución, establecen que cesará en su cargo el


parlamentario que:

i) “Se ausentare del país por más de 30 días sin permiso de la Cámara a
que pertenezca o, en receso de ella, de su Presidente”;

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ii) “Durante su ejercicio celebrare o caucionare contratos con el Estado, o el


que actuare como procurador o agente en gestiones particulares de
carácter administrativo, en la provisión de empleos públicos, consejerías,
funciones o comisiones de similar naturaleza. En la misma sanción
incurrirá el que acepte ser director de banco o de alguna sociedad
anónima, o ejercer cargos de similar importancia en estas actividades”.
Esta inhabilidad tendrá lugar sea que el diputado o senador actúe por sí
o por interpósita persona, natural, o jurídica, o por medio de una
sociedad de personas de la que forme parte.
iii) “Actúe como abogado o mandatario en cualquier clase de juicio, que
ejercite influencia ante las autoridades administrativas o judiciales en
favor o representación del empleador o de los trabajadores en
negociaciones o conflictos laborales, sean del sector público o privado, o
que intervengan en ellos ante cualquiera de las partes. Igual sanción se
aplicará al parlamentario que actúe o intervenga en actividades
estudiantiles, cualquiera que sea la rama de la enseñanza, con el objeto
de atentar contra su normal desenvolvimiento”.
iv) “De palabra o por escrito incite a la alteración del orden público o
propicie el cambio del orden jurídico institucional por medios distintos
de los que establece esta Constitución, o que comprometa gravemente la
seguridad o el honor de la Nación”.

Quien perdiere el cargo de diputado o senador por cualquiera de las causales


señaladas precedentemente no podrá optar a ninguna función o empleo público, sea o
no de elección popular, por el término de dos años, salvo los casos del inciso séptimo
del número 15º del artículo 19, en los cuales se aplicarán las sanciones allí
contempladas.

Asimismo:

v) “Cesará en su cargo el diputado o senador que haya infringido


gravemente las normas sobre transparencia, límites y control del gasto
electoral, desde la fecha que lo declare por sentencia firme el Tribunal
Calificador de Elecciones, a requerimiento del Consejo Directivo del
Servicio Electoral”. En la ley orgánica constitucional respectiva, es decir,
el DFL Nº 3, de 2017, que fija el texto refundido, coordinado y
sistematizado de la Ley Nº 19.884, orgánica constitucional sobre
transparencia, límite y control de gasto electoral, se indican los casos de
infracción grave a que remite esta disposición. Agrega el texto
constitucional, que aquel “diputado o senador que perdiere el cargo no
podrá optar a ninguna función o empleo público por el término de tres

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años, ni podrá ser candidato a cargos de elección popular en los dos


actos electorales inmediatamente siguientes a su cesación”.
vi) Cesará en su cargo el diputado o senador que, “durante su ejercicio,
pierda algún requisito general de elegibilidad o incurra en alguna de las
causales de inhabilidad a que se refiere el artículo 57, sin perjuicio de la
excepción contemplada en el inciso segundo del artículo 59 respecto de los
Ministros de Estado”.

D) La Inviolabilidad, que es un privilegio parlamentario, pues, el inciso primero


del art. 61 en rigor, impide la persecución penal por delitos de opinión, ni
pasibles de responsabilidad civil de tipo indemnizatoria, en cuanto son
“inviolables por las opiniones que manifiesten y los votos que emitan en el
desempeño de sus cargos, en sesiones de sala o de comisión”.

E) El Fuero parlamentario.

Esta es una institución que, por una parte, puede ser entendida como garantía
de indemnidad en la función parlamentaria y, por otra, también puede ser entendida
como un privilegio. En rigor, surgió como una garantía para el parlamentario en
ejercicio, en cuanto a no estar expuesto a la persecución penal infundada, temeraria o
incluso extorsiva; el transcurso del tiempo y las transformaciones de la sociedad, han
ido devaluando esta institución la que, en estos tiempos, parece más un privilegio que
una garantía

Señala el inciso segundo, del art. 61 de la CPR, que: “Ningún diputado o


senador, desde el día de su elección o desde su juramento, según el caso, puede ser
acusado o privado de su libertad, salvo el caso de delito flagrante, si el Tribunal de
Alzada de la jurisdicción respectiva, en pleno, no autoriza previamente la acusación
declarando haber lugar a formación de causa. De esta resolución podrá apelarse para
ante la Corte Suprema”. En síntesis, cabe señalar que la investigación penal
desformalizada contra un parlamentario e incluso la formalización misma, como acto
procesal dentro proceso penal, son actuaciones que se pueden desplegar sin necesidad
del Fiscal persecutor de solicitar el desafuero para la formación de causa. Para acusar
o para imponer una medida cautelar, sobre todo si es privativa de libertad, es
preceptivo pedir el “desafuero” del parlamentario, para que la Corte de Apelaciones
respectiva, que será la de la jurisdicción donde se encuentra el tribunal garantía que
debe conocer del asunto, declare a lugar la formación de causa, que como todo concepto
jurídico indeterminado ha generado y genera dudas interpretativas pero debiese
entenderse como un examen que realiza la Corte para establecer si hay elementos que
den cuenta de la ocurrencia de un ilícito e indicios de participación punible, por parte

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del parlamentario. Conoce el Tribunal Pleno y su resolución es apelable, para ante la


Corte Suprema, que también conoce como Tribunal Pleno.

El inciso fin del art. 61 señala que estando firme y ejecutoriada la sentencia que
dio lugar a formación de causa, “queda el diputado o senador imputado suspendido de
su cargo y sujeto al juez competente”.

F) La dieta parlamentaria, es la remuneración que perciben diputados y senadores


y, al respecto, señala el art. 62 que éstos “percibirán como única renta una dieta
equivalente a la remuneración de un Ministro de Estado incluidas todas las
asignaciones que a éstos correspondan”.

13. La función política

Como ya se dijo, la Constitución distribuye competencias entre las ramas del


Congreso Nacional y el Congreso Pleno. Es una función política por su incidencia
institucional; estas son las atribuciones que confieren poder, aunque limitado y nunca
como un verdadero contrapeso, al Congreso y cada una de sus Cámaras. En el
ejercicio de estas atribuciones y sus efectos el Congreso Nacional se juega su poder y
rol como el segundo poder del Estado.

De la Cámara de Diputados

El art. 52 de la CPR contempla, como atribuciones exclusivas de la Cámara de


Diputados, las siguientes:

A) La fiscalización de los actos del Gobierno

La expresión gobierno, del art. 52 Nº 1 CPR, implica que la fiscalización de la


Cámara esta referida a los actos políticos del ejecutivo y no a la función administrativa
del mismo ejecutivo. Esto, que puede tener fundamentos plausibles, en el bien
entendido que la fiscalización la ejerce un órgano político sobre actos políticos, es en
verdad una suma de acciones de corto alcance, pues, en general, ninguna de ellas
compromete responsabilidad política alguna.

Sin perjuicio de ello, estas acciones fiscalizadoras son las siguientes:

i) Adoptar acuerdos o sugerir observaciones. Esto, se ejerce con el voto de


la mayoría de los diputados presentes; el Presidente de la República
deberá dar respuesta fundada por medio del Ministro de Estado que
corresponda, dentro de 30 días, según lo previsto en el Art. 52, Nº 1,

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letra a) de la CPR. En ningún caso los acuerdos u observaciones


afectarán la responsabilidad política de los Ministros de Estado, según lo
previsto en el inciso final de la regla recién citada.

ii) Solicitar antecedentes al Gobierno. Se ejerce por cualquier diputado, y


requiere del voto favorable de un tercio de los miembros presentes de la
Cámara; el Presidente de la República deberá dar respuesta fundada por
medio del Ministro de Estado que corresponda, dentro de 30 días, según
lo previsto en el Art. 52, Nº 1, letra a) de la CPR. En ningún caso las
solicitudes de antecedentes afectarán la responsabilidad política de los
Ministros de Estado, según lo previsto en el inciso final de la regla
recién citada.

iii) La interpelación. La Carta Fundamental, en art. 52, Nº 1 letra b), señala


que a petición de a lo menos un tercio de los diputados en ejercicio, se
puede citar a un Ministro a fin de “formularle preguntas en relación con
materias vinculadas al ejercicio de su cargo. La asistencia del Ministro
será obligatoria y deberá responder a las preguntas y consultas que
motiven su citación”.

iv) La Comisión investigadora. El art. 52 Nº 1 letra c), regula el ejercicio de


estas comisiones especiales, que se forman “a petición de a lo menos dos
quintos de los diputados en ejercicio, con el objeto de reunir
informaciones relativas a determinados actos del Gobierno”. Lo primero
que se debe apuntar es que, de las atribuciones fiscalizadoras de la
Cámara esta es la más efectiva y, por consiguiente, es la más utilizada.
Seguidamente, cabe apuntar que en su ejercicio, se advierten
severos reparos de constitucionalidad por exceder su competencia, pues,
se puede investigar sólo los actos del gobierno y, en la práctica se
investiga mucho más que los actos políticos de los funcionarios del
gobierno32; sus conclusiones incluso han llegado a establecer, de modo
irregular, responsabilidades administrativas y, lo más grave, se crean
comisiones investigadoras respecto de asuntos que están conociendo los
Tribunales de Justicia33, infringiendo de modo flagrante lo previsto en el
art. 76 de la Ley Fundamental, puesto que esta regla establece, luego de
la exclusividad de la jurisdicción, señala que: “Ni el Presidente de la
República ni el Congreso pueden, en caso alguno, ejercer funciones
judiciales, avocarse causas pendientes, revisar los fundamentos o

32 Un ejemplo de fecha reciente: la Comisión investigadora “Universidad Arcis”


33 En el mismo sentido: La Comisión investigadora “Caso Caval” o la Comisión investigadora “caso Huracán”.

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contenidos de sus resoluciones o hacer revivir procesos fenecidos”. Es


evidente que una Comisión investigadora, cuyo objeto es investigar un
asunto que está conociendo un órgano jurisdiccional, equivale a
“avocarse cusas pendientes” algo que está expresamente prohibido según
la regla recién transcrita pero, esta prohibición es frecuentemente
preterida por la Cámara al crear estas comisiones.

B) La acusación constitucional

La acusación constitucional, en Chile, no tiene la forma de impeachment o juicio


político; en rigor, no establece responsabilidad política alguna, sino que es un proceso
de destitución o remoción que se dirige contra ciertas autoridades, expresamente
señaladas en el texto constitucional, por verificarse la ocurrencia de un ilícito
constitucional expresamente previsto y sancionado en la Carta Fundamental.

La acusación constitucional, como proceso, se puede esquematizar así:

i) Sujeto activo: no menos de 10 ni más de 20 diputados, art. 52 Nº 2 inciso


primero CPR. No menos de 10, como requisito de plausibilidad y, no
más de 20, para que la sola interposición de la acusación no opere como
un juicio anticipado.

ii) Sujeto pasivo, es decir son sujetos pasibles de acusación, las siguientes
autoridades: (1) El Presidente de la República, por actos de su
administración que hayan comprometido gravemente el honor o la
seguridad de la Nación, o infringido abiertamente la Constitución o las
leyes. Esta acusación podrá interponerse mientras el Presidente esté en
funciones y en los seis meses siguientes a su expiración en el cargo.
Durante este último tiempo no podrá ausentarse de la República sin
acuerdo de la Cámara; (2) Los Ministros de Estado, por haber
comprometido gravemente el honor o la seguridad de la Nación, por
infringir la Constitución o las leyes o haber dejado éstas sin ejecución, y
por los delitos de traición, concusión, malversación de fondos públicos y
soborno; (3) Los magistrados de los tribunales superiores de justicia y del
Contralor General de la República, por notable abandono de sus deberes;
(4) Los generales o almirantes de las instituciones pertenecientes a las
Fuerzas de la Defensa Nacional, por haber comprometido gravemente el
honor o la seguridad de la Nación, y (5) Los delegados presidenciales
regionales, delegados presidenciales provinciales y de la autoridad que
ejerza el Gobierno en los territorios especiales a que se refiere el artículo

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126 bis, por infracción de la Constitución y por los delitos de traición,


sedición, malversación de fondos públicos y concusión.

iii) Ingreso a trámite. Interpuesta la acusación, debe darse cuenta a la Sala


en le sesión más próxima. Se ordena notificar al acusado, la que se debe
practicar , personalmente o por cédula, dentro de 3º día desde que se dio
cuenta de a la Sala. Notificado que fuere el acusado, tiene 10 días para
contestar.

iv) La comisión informante. En la misma sesión en que se dio cuenta de la


acusación, se constituye una Comisión de 5 diputados, que tiene por
tarea informar a la Sala, sobre la procedencia o no de la acusación, que
se elige “a la suerte y con exclusión de los acusadores y de los miembros
de la mesa”, según lo establecido en el art. 38 de la Ley Nº 18.918,
orgánica constitucional del Congreso Nacional (o LOCCN). Esta
Comisión debe informar dentro del plazo de 6 días, contados desde que
comparece el acusado a la Comisión

v) La discusión y votación de la Sala. Cumplidos los trámites anteriores,


pasan los antecedentes a la Sala que sesiona convocada especialmente
para conocer de este asunto. En la sesión, es posible que el acusado
formule la cuestión previa (art. 43, inc. primero LOCCN), es decir,
alegar que la acusación ha sido deducida sin cumplir todos requisitos
que la Constitución exige. Se vota la cuestión previa, que de ser acogida
concluye el proceso y de rechazarse hace que prosiga conociendo la
Cámara, que votará por dar lugar o no a la acusación. Para declarar que
ha lugar la acusación en contra del Presidente de la República se
requiere del voto de la mayoría de los diputados en ejercicio y, para los
restantes casos se requiere de la mayoría de los diputados presentes

vi) La votación denegatoria hace concluir el proceso, la votación


estimatoria, produce el efecto del inciso final del Nº 2 del art. 52 de la
CPR, a saber: “el acusado quedará suspendido en sus funciones desde el
momento en que la Cámara declare que ha lugar la acusación. La
suspensión cesará si el Senado desestimare la acusación o si no se
pronunciare dentro de los treinta días siguientes”.

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Del Senado

El Senado de la República, cuenta con un catalogo mas extenso de atribuciones


exclusivas, según lo preceptuado en el art. 53 de la CPR. Estas atribuciones, se
pueden agrupar así:

A) Juzgar la acusación constitucional, art. 53 Nº 1 CPR.

i) El Jurado. El Senado conoce y resuelve como jurado, es decir, goza de la


más amplia libertad para valorar o ponderar la prueba o los
antecedentes ,y se limitará a declarar si el acusado es o no culpable del
delito, infracción o abuso de poder que se le imputa. Agrega el texto
fundamental, en el inciso tercero, del art. 53 Nº 1 CPR, que la
“declaración de culpabilidad deberá ser pronunciada por los dos tercios
de los senadores en ejercicio cuando se trate de una acusación en contra
del Presidente de la República, y por la mayoría de los senadores en
ejercicio en los demás casos”.

ii) La sanción. Votada a favor la acusación, es decir, declarada la


culpabilidad del acusado, queda éste “destituido de su cargo, y no podrá
desempeñar ninguna función pública, sea o no de elección popular, por el
término de cinco años”, según lo previsto en el inciso cuarto del art. 53
Nº 1 CPR. En tanto que el inciso final, de la misma disposición establece:
“El funcionario declarado culpable será juzgado de acuerdo a las leyes
por el tribunal competente, tanto para la aplicación de la pena señalada
al delito, si lo hubiere, cuanto para hacer efectiva la responsabilidad civil
por los daños y perjuicios causados al Estado o a particulares”.

B) Atribuciones en el ámbito jurisdiccional, art. 53 números 2, 3 y 9 CPR

i) El art. 53 Nº 2 CPR, establece que el Senado debe pronunciarse sobre el


fuero civil de que gozan los Ministros de Estado, debiendo: “Decidir si ha
o no lugar la admisión de las acciones judiciales que cualquier persona
pretenda iniciar en contra de algún Ministro de Estado, con motivo de los
perjuicios que pueda haber sufrido injustamente por acto de éste en el
desempeño de su cargo”;

ii) El Nº 3 del art. 53 CPR radica en el Senado la facultad de: “Conocer de


las contiendas de competencia que se susciten entre las autoridades
políticas o administrativas y los tribunales superiores de justicia”;

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iii) El numeral 9 del art. 53 CPR establece que el Senado debe aprobar o
rechazar “en sesión especialmente convocada al efecto y con el voto
conforme de los dos tercios de los senadores en ejercicio, la designación de
los ministros y fiscales judiciales de la Corte Suprema y del Fiscal
Nacional”.

C) Atribuciones especiales. Bajo este rótulo, se agruparon las siguientes


atribuciones:

i) Otorgar la rehabilitación de la ciudadanía en el caso del artículo 17,


número 3° de esta Constitución; art. 53 Nº 4 CPR.

ii) Prestar o negar su consentimiento a los actos del Presidente de la


República, en los casos en que la Constitución o la ley lo requieran. La
regla tiene un complemento, que denomina asentimiento tácito, puesto
que si el Senado no se pronunciare dentro de treinta días después de
pedida la urgencia por el Presidente de la República, se tendrá por
otorgado su asentimiento; art. 53 Nº 5 CPR.

iii) Otorgar su acuerdo para que el Presidente de la República pueda


ausentarse del país por más de treinta días o a contar del día señalado
en el inciso primero del artículo 26; art. 53 Nº 6 CPR.

iv) Declarar la inhabilidad del Presidente de la República o del Presidente


electo cuando un impedimento físico o mental lo inhabilite para el
ejercicio de sus funciones; y declarar asimismo, cuando el Presidente de
la República haga dimisión de su cargo, si los motivos que la originan
son o no fundados y, en consecuencia, admitirla o desecharla. En ambos
casos deberá oír previamente al Tribunal Constitucional; art. 53 Nº 7
CPR.

v) Aprobar, por la mayoría de sus miembros en ejercicio, la declaración del


Tribunal Constitucional a que se refiere la segunda parte del Nº 10° del
artículo 93; art. 53 Nº 8 CPR.

D) La función consultiva, del art. 53 Nº 10 de la CPR, que no es más que emitir


pronunciamiento o dictamen al Presidente de la República en los casos en que
éste lo solicite.

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Del Congreso Nacional

A) Aprobar o desechar los tratados internacionales que el Presidente someta a la


aprobación del Congreso, antes de la ratificación, según las reglas del art. 54 Nº
1 de la CPR. Esta regla fue modificada, en sentido aditivo, por la reforma
constitucional 2005, para subsanar –supuestamente- las dudas interpretativas
de la regla anterior y clarificar así la recepción del derecho internacional
convencional. Como se verá, sumariamente, la regla es extensa pero no del
todo clarificadora.

i) Quórum de aprobación y tramitación. Se deben concordar las reglas del


inciso primero con la del inciso cuarto del art. 54 Nº 1. En efecto, en el
primer inciso la Carta dispone que: “La aprobación de un tratado
requerirá, en cada Cámara, de los quórum que corresponda, en
conformidad al artículo 66, y se someterá, en lo pertinente, a los trámites
de una ley” y la oración final del cuarto inciso establece que: “No
requerirán de aprobación del Congreso los tratados celebrados por el
Presidente de la República en el ejercicio de su potestad reglamentaria”.
No es poco lo que se puede comentar sobre estas dos reglas pero, por
razones de espacio habrá que limitarse a comentar 2 cuestiones muy
evidentes: primero, el constituyente entiende que los tratados
internacionales se votan según la materia de ley a que se equipara pero,
si esto es así, un tratado internacional sobre derechos humanos, con qué
quórum se vota; segundo, no todos los tratados requieren de aprobación,
pues, si la materia no es dominio legal, la materia entonces queda
entregada a la potestad reglamentaria autónoma del Presidente de la
República y no requiere de a aprobación; si esto es así, es preceptivo
reformular esta atribución del Congreso, pues, la atribución del
Congreso estaría circunscrita a aprobar o desechar los tratados
internacionales cuyas materias sean de dominio legal y que el
Presidente someta a la aprobación del Congreso.

ii) Respecto del de las normas del tratado, el art. 54 Nº 1 inciso segundo
faculta al Presidente de la república para informar “al Congreso sobre el
contenido y el alcance del tratado, así como de las reservas que pretenda
confirmar o formularle”, y el inciso siguiente habilita al Congreso para
“sugerir la formulación de reservas y declaraciones interpretativas a un
tratado internacional, en el curso del trámite de su aprobación, siempre
que ellas procedan de conformidad a lo previsto en el propio tratado o en
las normas generales de derecho internacional”.

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Apuntes de clase
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Semestre 2/2018

iii) La primera parte del inciso cuarto, del art. 54 Nº 1 CPR, una regla que
exime de la aprobación, cuando las “medidas que el Presidente de la
República adopte o los acuerdos que celebre para el cumplimiento de un
tratado en vigor no requerirán de nueva aprobación del Congreso” como
excepción a la aprobación, “a menos que se trate de materias propias de
ley”, como contra excepción, según lo establecido en la misma disposición.

iv) Las recepción constitucional de las reglas del derecho internacional


convencional está en los incisos quinto y siguientes del art. 54 Nº 1: i)
“Las disposiciones de un tratado sólo podrán ser derogadas, modificadas
o suspendidas en la forma prevista en los propios tratados o de acuerdo a
las normas generales de Derecho Internacional”; ii) “Corresponde al
Presidente de la República la facultad exclusiva para denunciar un
tratado o retirarse de él, para lo cual pedirá la opinión de ambas
Cámaras del Congreso, en el caso de tratados que hayan sido aprobados
por éste. Una vez que la denuncia o el retiro produzca sus efectos en
conformidad a lo establecido en el tratado internacional, éste dejará de
tener efecto en el orden jurídico chileno”; iii) “En el caso de la denuncia o
el retiro de un tratado que fue aprobado por el Congreso, el Presidente de
la República deberá informar de ello a éste dentro de los quince días de
efectuada la denuncia o el retiro”; iv) “El retiro de una reserva que haya
formulado el Presidente de la República y que tuvo en consideración el
Congreso Nacional al momento de aprobar un tratado, requerirá previo
acuerdo de éste, de conformidad a lo establecido en la ley orgánica
constitucional respectiva. El Congreso Nacional deberá pronunciarse
dentro del plazo de treinta días contados desde la recepción del oficio en
que se solicita el acuerdo pertinente. Si no se pronunciare dentro de este
término, se tendrá por aprobado el retiro de la reserva”.

B) El art. 54 Nº 2 de la CPR, establece que el Congreso Pleno debe dar su


aprobación para la declaración del estado de excepción constitucional: de sitio y
de asamblea, este último cuando fuere procedente.

14. La función legislativa

La competencia legislativa

Si la ley es la declaración de la voluntad soberana (art. 1º C. Civil), es decir, y


más allá de lo añosa de la regla, es porque esta es aprobada por el soberano: el pueblo,
Representado en el Congreso Nacional. En el ejercicio de esta competencia: la

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producción de la ley, adquiere todo su sentido la función representativa y la


importancia institucional del Congreso.

A) Dominio legal

Lo primero que se debe anotar es que la norma constitucional rectora del


dominio legal es el artículo 63 del texto fundamental. Antes de avanzar, hay que
distinguir dos conceptos, relacionados pero que no son sinónimos: dominio legal y
reserva legal. El dominio legal, corresponde a la regla constitucional que determina
que materias deben o son materias de ley, básicamente lo regulado por el art. 63 de la
CPR, en tanto que el principio de reserva legal es una garantía de la Constitución,
(recogida en el art. 63 CPR) mediante la cual la Constitución determina, de manera
expresa, que una materia contemplada en la Carta Fundamental (por ej: los derechos
fundamentales) sólo puede ser regulada, complementada o incluso limitada a través de
la ley. En síntesis, la Constitución determina que se debe regular por ley (dominio
legal) y también determina que materias de la propia Constitución, se regulan –
complementariamente- por ley (reserva legal)

Respecto del dominio legal, se ha señalado con cierta ligereza dogmática que no
hay más materias de ley que las enumeradas por la Constitución en el artículo 63 y así,
se dice que el texto constitucional vigente dispone un dominio legal máximo 34
(contrario a lo establecido en el texto constitucional de 1925) y que la norma de
clausura –mediante la cual se completa el ordenamiento jurídico- es, por consiguiente,
la potestad reglamentaria del Presidente de la República, en particular, el reglamento
autónomo.

En rigor, esto no es efectivo, pues el numeral 20 del artículo 63 establece que es


materia de ley: “Toda otra norma de carácter general y obligatorio que estatuya las
bases esenciales de un ordenamiento jurídico”. Al respecto, hay que señalar que esta
regla rompe no sólo la enumeración sino que el principio de dominio legal máximo,
pues, establece que es de dominio legal toda o cualquier normación general, abstracta
y permanente de cualquier asunto, teniendo como única limitación, que establece la
propia Constitución, que debe tratarse de la regulación general, o en sus bases
esenciales, como dispone el texto constitucional en comento, vale decir, el dominio legal
en la Constitución tiene una regla de apertura mediante la cual se expande el dominio
legal y excluye, en consecuencia, la regulación por vía de potestad reglamentaria,
delimitando y debilitando el ámbito regulatorio de la potestad reglamentaria.

Véase, M. Verdugo, E. Pffefer, H. Nogueira (1997), p. 157. Doctrina más reciente que afirma en el mismo sentido: M.
34

Henríquez; J. Núñez (2008), p. 454; C. Cruz-Coke (2009), p. 640; G. Celis (2018), p. 701.

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Semestre 2/2018

En efecto, de la conjunción de estas mismas reglas y de su interpretación


supuestamente armónica, demuestra que el texto constitucional vigente dispone de un
sistema cerrado: lo que no es dominio legal es materia del reglamento autónomo, que
opera como norma de clausura del sistema pero, como ya se dijo, el numeral 20 del
artículo 63 establece un dominio legal abierto, a la sola calificación de los propios
colegisladores, quedando al reglamento de ejecución la capacidad de regular aspectos
complementarios o de detalle pero, al mismo tiempo, acotando el ámbito propio del
reglamento autónomo, siendo de escasa utilidad, a pesar que conserva –en buena
teoría- su condición de norma de cierre o clausura del sistema.

Pues bien, son materias de ley, según el art. 63 de la CPR, las siguientes:

- Las que en virtud de la Constitución deben ser objeto de leyes orgánicas


constitucionales, (art. 63 Nº 1) o que exija que sean reguladas por una ley (art.
63 Nº 2);

- Las que son objeto de codificación, sea civil, comercial, procesal, penal u otra,
(art. 63 Nº 3);

- También es objeto de regulación legal el estatuto básico del régimen jurídico


laboral, sindical, previsional y de seguridad social, art. 63 Nº 4.

- A través de la ley se debe regular los honores públicos a los grandes servidores,
(art. 63 Nº 5); y la modificación de la forma o características de los emblemas
nacionales, (art. 63 Nº 6);

- El art. 63 Nº 7, Nº 8 y Nº 9 se refieren materias financieras o de deuda pública.


Por ley se autoriza (Nº 7) “al Estado, a sus organismos y a las municipalidades,
para contratar empréstitos, los que deberán estar destinados a financiar
proyectos específicos. La ley deberá indicar las fuentes de recursos con cargo a
los cuales deba hacerse el servicio de la deuda. Sin embargo, se requerirá de una
ley de quórum calificado para autorizar la contratación de aquellos empréstitos
cuyo vencimiento exceda del término de duración del respectivo período
presidencial”; en el mismo sentido (Nº 8) es materia de ley autorizar “la
celebración de cualquier clase de operaciones que puedan comprometer en forma
directa o indirecta el crédito o la responsabilidad financiera del Estado, sus
organismos y de las municipalidades”. Ambas disposiciones, señalan,
expresamente, que no se aplican al Banco Central; y, también es de dominio
legal “las normas con arreglo a las cuales las empresas del Estado y aquellas en

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Apuntes de clase
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Semestre 2/2018

que éste tenga participación puedan contratar empréstitos, los que en ningún
caso podrán efectuarse con el Estado, sus organismos o empresas”.

- Las que fijen las normas sobre enajenación de bienes del Estado o de las
municipalidades y sobre su arrendamiento o concesión, art.63 Nº 10;

- Las que establezcan o modifiquen la división política y administrativa del país,


art. 63 Nº 11;

- Las que señalen el valor, tipo y denominación de las monedas y el sistema de


pesos y medidas, art. 63 Nº 12;

- Las que fijen las fuerzas de aire, mar y tierra que han de mantenerse en pie en
tiempo de paz o de guerra, y las normas para permitir la entrada de tropas
extranjeras en el territorio de la República, como asimismo, la salida de tropas
nacionales fuera de él, art. 63 Nº 13;

- Las demás que la Constitución señale como leyes de iniciativa exclusiva del
Presidente de la República, art. 63 Nº 14; esta regla, concordada con el art. 65
de la Constitución, como se verá más adelante, amplia de modo significativo el
dominio legal;

- Las que autoricen la declaración de guerra, a propuesta del Presidente de la


República, art. 63 Nº 15;

- Sólo por ley se pueden conceder “indultos generales y amnistías y las que fijen
las normas generales con arreglo a las cuales debe ejercerse la facultad del
Presidente de la República para conceder indultos particulares y pensiones de
gracia” esto último concordado con las atribuciones especiales del Presidente de
la República. El inciso segundo de esta disposición establece un especial tipo
legal, puesto que, señala que las “leyes que concedan indultos generales y
amnistías requerirán siempre de quórum calificado. No obstante, este quórum
será de las dos terceras partes de los diputados y senadores en ejercicio cuando
se trate de delitos contemplados en el artículo 9º”;

- Las que señalen la ciudad en que debe residir el Presidente de la República,


celebrar sus sesiones el Congreso Nacional y funcionar la Corte Suprema y el
Tribunal Constitucional, art.63 Nº 17;

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Apuntes de clase
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- Las que fijen las bases de los procedimientos que rigen los actos de la
administración pública, art. 63 Nº 18;

- Las que regulen el funcionamiento de loterías, hipódromos y apuestas en


general, art. 63 Nº 19; y

- El ya comentado Nº 20 del art. 63 que establece que es de domino legal: “Toda


otra norma de carácter general y obligatorio que estatuya las bases esenciales de
un ordenamiento jurídico”.

B) La segmentación legislativa

Ya se ha hecho referencia a la ley y tipos legales a lo largo de este trabajo: leyes


orgánicas constitucionales, leyes de quórum calificado, etc. Así, corresponde ahora
ordenar estas menciones, para lo cual es menester remitir al art. 66 de la Constitución,
que es una regla de segmentación legislativa, cuya finalidad es sustraer materias de la
decisión por mayoría simple, exigiendo mayorías o quórums agravados para ciertas
materias. Todo esto con la supuesta finalidad garantística de limitar el poder de
mayorías episódicas.

Es habitual encontrar en nuestra doctrina, que se utilice la expresión tipología


de leyes, algo que es correcto, siempre que se entienda por tal la segmentación por
materia que determina el art. 66, y que el quórum diferenciado que se fija en dicho
precepto no implica una ordenación jerárquica. Así las cosas, los tipos legales en
nuestro sistema constitucional son los siguientes:

- Las leyes que interpretan disposiciones de la Constitución;


- Las leyes orgánicas constitucionales;
- Las leyes de quórum calificado; y
- Las leyes ordinarias.

Adicionalmente, hay que recordar que a lo largo del texto fundamental, hay
algunos tipos legales especiales: como las leyes que concedan indulto o amnistía por
delitos terroristas, inciso final del Nº 16, del art. 63 de la CPR; o, la ley de
presupuestos del sector público, del artículo 67 de la Constitución.

Pues bien, para aprobar, modificar o derogar leyes que interpretan disposiciones
de la Constitución, se requiere de los 3/5 de los diputados y senadores en ejercicio.
Aquí cabe hacer una observación de suyo relevante, a saber: hay autores que
consideran que la ley interpretativa de la Constitución se ha de entender incorporada

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Semestre 2/2018

a ésta –criterio correcto, a mi parecer-. Cordero y Aldunate señalan, sobre este punto,
que entre la ley interpretativa y la Constitución “se produce una suerte de integración
plena entre la norma constitucional interpretada y la ley interpretativa, al punto que
debe entenderse que dicha disposición siempre ha tenido el sentido y alcance que le fija
esta ley, con toda la fuerza y vinculación que irradia la norma constitucional”.35

En el caso de la las leyes orgánicas constitucionales, para aprobar, modificar o


derogarlas, se requiere de los 4/7 de los diputados y senadores en ejercicio. Esta
exigencia de quórum se justifica pues, en el sistema de la Constitución de 1980, la
regulación de algunas materias u órganos son de tal importancia que la propia
Constitución (el constituyente, en definitiva) ha reservado su regulación a una ley
orgánica constitucional y el quórum especial refuerza la necesidad de que la regulación
de estos órganos o materias requieren de la concurrencia de altas mayorías o
consensos para legislar.

Cosa parecida ocurre con las leyes de quórum calificado. En la propia


Constitución se asignan expresamente materias de quórum calificado, que exige la
concurrencia de la mayoría absoluta de diputados y senadores en ejercicio para
aprobar, modificar o derogar una ley de quórum calificado.

Finalmente, en sentido contrario, todas las materias de dominio legal que no


son interpretativas, orgánicas constitucionales o de quórum calificado, son ley
ordinaria o ley común. Esta es la regla general en materia de dominio legal, por
ejemplo, todas las leyes de codificación son ley común, v. gr.: Código Civil, Código
Penal, Códigos de Procedimiento, de Comercio, etc. La ley ordinaria es aquella que se
aprueba, modifica o deroga, por la mayoría de los diputados y senadores presentes en
la sala. Esto, obliga a señalar cuando la sesión de la Sala cuenta con el quórum
mínimo para sesionar válidamente: esa regla está en el inciso primero del art. 56 de
CPR que señala: “La Cámara de Diputados y el Senado no podrán entrar en sesión ni
adoptar acuerdos sin la concurrencia de la tercera parte de sus miembros en ejercicio”.

Sin perjuicio lo anterior, hay que anotar lo siguiente: algunos Códigos, regulan
materias propias de ley orgánica constitucional, por ejemplo, el Código Orgánico de
Tribunales, en cuyo caso, estamos ante una ley de quórum ficto, ya que es, una ley
preconstitucional, vale decir, entró en vigencia antes que la Constitución de 1980 pero,
algunas de sus materias, con la entrada en vigencia de la Constitución son de ley
orgánica constitucional, así que para modificarlas o derogarlas, aun cuando sean parte
del Código en comento, se votan con el quórum de ley orgánica constitucional. Hay
otros ejemplos de leyes de que quórum ficto, por ejemplo, la ley de organización y

35 E. Cordero; E. Aldunate (2013), p. 131; en el mismo sentido, A. Silva Bascuñan (2000), p. 54.

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atribuciones de la Contraloría General de la República, que es anterior a la


Constitución de 1980 y se mantiene vigente; sin embargo, la Constitución dispone que
esta materia hoy, es de ley orgánica constitucional , motivo por el cual, su modificación
o eventual derogación requiere del quórum orgánico constitucional.

C) La legislación delegada

Cabe referirse ahora a una especial disposición legal: los decretos con fuerza de
ley. Dispone el artículo 64 de la Constitución:

“El Presidente de la República podrá solicitar autorización al Congreso


Nacional para dictar disposiciones con fuerza de ley durante un plazo no superior a un
año sobre materias que correspondan al dominio de la ley.
Esta autorización no podrá extenderse a la nacionalidad, la ciudadanía, las
elecciones ni al plebiscito, como tampoco a materias comprendidas en las garantías
constitucionales o que deban ser objeto de leyes orgánicas constitucionales o de quórum
calificado.
La autorización no podrá comprender facultades que afecten a la organización,
atribuciones y régimen de los funcionarios del Poder Judicial, del Congreso Nacional,
del Tribunal Constitucional ni de la Contraloría General de la República.
La ley que otorgue la referida autorización señalará las materias precisas sobre
las que recaerá la delegación y podrá establecer o determinar las limitaciones,
restricciones y formalidades que se estimen convenientes.
Sin perjuicio de lo dispuesto en los incisos anteriores, el Presidente de la
República queda autorizado para fijar el texto refundido, coordinado y sistematizado
de las leyes cuando sea conveniente para su mejor ejecución. En ejercicio de esta
facultad, podrá introducirle los cambios de forma que sean indispensables, sin alterar,
en caso alguno, su verdadero sentido y alcance.
A la Contraloría General de la República corresponderá tomar razón de estos
decretos con fuerza de ley, debiendo rechazarlos cuando ellos excedan o contravengan la
autorización referida.
Los decretos con fuerza de ley estarán sometidos en cuanto a su publicación,
vigencia y efectos, a las mismas normas que rigen para la ley”.

Primero, esto se denomina legislación delegada, caso en el cual el Presidente de


la República ya no es sólo colegislador sino que verdaderamente legislador, respecto de
cualquier materia que la Constitución no prohíba la delegación, como se indica en los
incisos segundo y tercero del art. 64; habría que agregar, la facultad autorizatoria que
establece el art. 54 Nº 1, inciso final de la CPR.

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Del punto de vista del continente no es una ley, sino que un decreto que tiene
efecto o fuerza de ley. Para tal efecto, es el Congreso Nacional es el órgano que dicta
una ley delegatoria para que en el plazo de un año el Presidente de la República dicte
el decreto respectivo, y se deben cumplir los requisitos del inciso cuarto del artículo 64,
que dispone que la ley delegatoria “señalará las materias precisas sobre las que recaerá
la delegación y podrá establecer o determinar las limitaciones, restricciones y
formalidades que se estimen convenientes”.

La única excepción que la Carta contempla para eximir la concurrencia de la


ley delegatoria, es el inciso quinto, del art. 64 que dispone: “el Presidente de la
República queda autorizado para fijar el texto refundido, coordinado y sistematizado
de las leyes cuando sea conveniente para su mejor ejecución. En ejercicio de esta
facultad, podrá introducirle los cambios de forma que sean indispensables, sin alterar,
en caso alguno, su verdadero sentido y alcance”.

El inciso final del art. 64 establece que los decretos con fuerza de ley estarán
sometidos en cuanto a su publicación, vigencia y efectos, a las mismas normas que
rigen para la ley.

El Proceso legislativo

Cabe ahora tratar las etapas del proceso de formación de la ley: A) la iniciativa;
B) la discusión; C) la aprobación y la sanción; y D) promulgación y publicación;

A) La iniciativa

Cabe recordar que en nuestro sistema, el Presidente de la República y el


Congreso Nacional son poderes colegisladores, expresión de un sistema
presidencialista, donde eje del poder político está radicado en la autoridad presidencial.

Dicho esto, es preciso señalar que en la iniciativa de ley hay que distinguir
entre el impulso legislativo y el derecho de iniciativa exclusiva. El impulso legislativo
alude a la autoridad que tiene la potestad de iniciar el proceso legislativo sobre una
determinada materia (de ley). Cuando la iniciativa es del Presidente de la República,
la formulación del proyecto que activa la legislación se denomina mensaje presidencial;
en cambio, cuando la formulación del proyecto que activa la legislación es
parlamentaria, se denomina moción parlamentaria, las cuales tiene como requisito
que “no pueden ser firmadas por más de diez diputados ni por más de cinco senadores”,
según lo previsto en el inciso primero del art. 65 CPR.

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El derecho de iniciativa exclusiva, corresponde a la atribución que la


Constitución confiere al Presidente la República, expresión del tipo de presidencialista,
para iniciar por su sola voluntad el proceso legislativo. Dos cuestiones importantes
hay que anotar: primero, no es una potestad ejecutiva, sino presidencial, es decir, una
atribución personal y discrecional en su ejercicio; lo segundo, y de la mayor
importancia, es que, en una primer aproximación a este tema, se podría arribar a la
errónea conclusión de que la regla general es el impulso compartido (mensaje y moción
proceden) y la excepción es que se inicie la actividad legislativa sólo mensaje. Al
analizar los incisos tercero y cuarto del art. 65 de la CPR, queda expuesta la gran
amplitud del derecho de iniciativa exclusiva del Presidente de la República, que la
configura como la regla general en materia de impulso inicial de la actividad
legislativa. Consecuencia de esto: buena parte de la actividad legislativa, en Chile,
depende la voluntad del Presidente de la República.

En efecto, el inciso tercero del art. 65 indica que el Presidente tiene iniciativa
exclusiva en proyectos:

i) que tengan relación con la alteración de la división política o


administrativa del país;
ii) que tengan relación con la administración financiera o
presupuestaria del Estado, incluyendo las modificaciones de la
Ley de Presupuestos; y,
iii) respecto de las materias señaladas en los números 10 y 13 del
artículo 63. 36 Se presenta especialmente importante la
iniciativa exclusiva de ley que tiene el Presidente de la
República, respecto de proyectos que tienen relación con la
administración financiera o presupuestaria del Estado.

Pasando ahora al inciso cuarto, del art. 65 de la CPR cabe indicar que, para no
dejar espacio o duda interpretativa alguna respecto de la extensión del derecho de
iniciativa exclusiva, en este inciso se enumeran materias que corresponde sólo al
Presidente de la República iniciar, estas son:

- Numeral 1º: Imponer, suprimir, reducir o condonar tributos de cualquier clase o


naturaleza, establecer exenciones o modificar las existentes y determinar su
forma, proporcionalidad o progresión;

36Las leyes que fijen las normas sobre enajenación de bienes del Estado o de las municipalidades y sobre su
arrendamiento o concesión, art.63 Nº 10, y, las leyes que fijen las fuerzas de aire, mar y tierra que han de mantenerse
en pie en tiempo de paz o de guerra, y las normas para permitir la entrada de tropas extranjeras en el territorio de la
República, como asimismo, la salida de tropas nacionales fuera de él, art. 63 Nº 13.

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- Numeral 2°: Crear nuevos servicios públicos o empleos rentados, sean fiscales,
semifiscales, autónomos o de las empresas del Estado; suprimirlos y determinar
sus funciones o atribuciones;
- Numeral 3º: Contratar empréstitos o celebrar cualquiera otra clase de
operaciones que puedan comprometer el crédito o la responsabilidad financiera
del Estado, de las entidades semifiscales, autónomas, de los gobiernos
regionales o de las municipalidades, y condonar, reducir o modificar
obligaciones, intereses u otras cargas financieras de cualquiera naturaleza,
establecidas en favor del Fisco o de los organismos o entidades referidos;
- Numeral 4º: Fijar, modificar, conceder o aumentar remuneraciones, jubilaciones,
pensiones, montepíos, rentas y cualquier otra clase de emolumentos, préstamos o
beneficios al personal en servicio o en retiro y a los beneficiarios de montepíos,
en su caso, de la administración pública y demás organismos y entidades
anteriormente señalados, como asimismo fijar las remuneraciones mínimas de
los trabajadores del sector privado, aumentar obligatoriamente sus
remuneraciones y demás beneficios económicos o alterar las bases que sirvan
para determinarlos; todo ello sin perjuicio de lo dispuesto en los números
siguientes;
- Numeral 5º: Establecer las modalidades y procedimientos de la negociación
colectiva y determinar los casos en que no se podrá negociar, y
- Numeral 6º: Establecer o modificar las normas sobre seguridad social o que
incidan en ella, tanto del sector público como del sector privado.

La enumeración, por su extensión, demuestra dos cosas: primero, las facultades


del Presidente la República, en esta materia, van mucho más allá de la fronteras de la
Administración del Estado, espacio en el cual parece razonable que el Presidente
monopolice la iniciativa de ley, dada su calidad de Jefe de del Gobierno y de la
Administración, por ejemplo: tributos; remuneraciones mínimas de los trabajadores
del sector privado; modalidad y procedimiento de la negociación colectiva; las normas
sobre seguridad social del sector privado, etc.; y, en segundo lugar, tan vastas
atribuciones confirman que, en Chile, en buena parte, se legisla por voluntad del
Presidente de la República.

Ahora bien, ejercida la iniciativa de ley, es decir, una vez que ingresa a trámite
el proyecto sobre una determinada materia, hay que referirse a la radicación, vale
decir, la Cámara ante la cual se presenta o debe presentar el proyecto, lo cual
determina la cámara de origen y la cámara revisora. La cámara de origen es aquella
donde de presenta el proyecto e inicia su discusión, pasando la otra a ser, de
inmediato, la cámara revisora. La regla general es que el proyecto, por mensaje o
moción, puede ingresar a cualquiera de las cámaras. El inciso primero del art. 65 de la

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Constitución así lo establece: “Las leyes pueden tener origen en la Cámara de


Diputados o en el Senado”. Excepcionalmente, el inciso segundo del artículo 65 de la
CPR, dispone que: “Las leyes sobre tributos de cualquiera naturaleza que sean, sobre
los presupuestos de la administración pública y sobre reclutamiento, sólo pueden tener
origen en la Cámara de Diputados. Las leyes sobre amnistía y sobre indultos generales
sólo pueden tener origen en el Senado”.

B) La discusión

La discusión, corresponde al debate legislativo propiamente tal. La primera


votación es la que se produce en la cámara de origen con relación a la idea de legislar.
En virtud de las ideas matrices o fundamentos del proyecto se vota en la cámara que
corresponda la pertinencia o no de legislar sobre la materia que se propone. Esta fase
de formación de la ley esta presidida por el principio de doble discusión, desde esta
perspectiva, y en líneas muy generales, diremos que en la cámara de origen se produce
el primer trámite constitucional, y hay discusión general, en comisión y en sala, y
discusión particular, en comisión y en sala, luego, en la cámara de revisora, se produce
el segundo trámite constitucional, y también hay discusión general, en comisión y en
sala, y discusión particular, en comisión y en sala.

Es preciso señalar la más conocida de la hipótesis complejas de tramitación,


que es lo que comúnmente se denomina tercer trámite constitucional, que corresponde
al desacuerdo entre ambas cámaras, sobre el texto aprobado, en cuyo caso se forma
una comisión mixta, integrada por igual número de diputados y senadores, que se
zanja el desacuerdo.

C) La aprobación y la sanción

La aprobación es el despacho del proyecto totalmente aprobado, según el


quórum de aprobación que ya comentamos.

La sanción es una prerrogativa o atribución legislativa directa del Presidente


de la República en virtud de la cual, manifiesta su voluntad de aprobar el proyecto
despachado por el Congreso Nacional y que le fuere remitido por el presidente de la
cámara de origen. En este punto, debemos señalar que la doctrina distingue entre:

i) La sanción expresa que, según lo dispone el art. 32, N°1, es la aprobación


que formalmente el Presidente de la Republica le da al proyecto de ley
despachado por las cámaras;

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ii) La sanción tácita, que es la aprobación ficta del proyecto e ley


despachado por las cámaras cuando el presidente de la república no
manifestare su voluntad de aprobar dentro del término de 30 días,
contado desde que el proyecto le fuere despachado desde la cámara de
origen; y,

iii) La sanción forzada, que corresponde a la aprobación ficta del Presidente


de la República de un proyecto de ley cuando las cámaras rechazaren el
veto e insistieren en el texto aprobado por ellas.

Es en esta etapa donde aparece otra prerrogativa presidencial de significativa


importancia y manifestación inequívoca de la suma de potestades de que goza el
Presidente de la República: el veto presidencial.

El veto puede ser absoluto o suspensivo, total o parcial. Sin perjuicio de ello, en
fase de discusión legislativa el veto es suspensivo y parcial. Suspensivo porque importa
someter el proyecto despachado por las cámaras a un nuevo estudio, y es parcial, ya
que el contenido del veto no puede modificar la totalidad de proyecto de ley
despachada por las cámaras. El veto debe guardar relación con las ideas matrices o
fundamentales del proyecto, y por su contenido, podemos decir que es de 3 tipos:

i) veto aditivo, mediante se pretende agregar una disposición al


proyecto aprobado;
ii) veto supresivo, que tiene por finalidad eliminar una disposición
del proyecto aprobado; y,
iii) veto sustitutivo, que persigue reemplazar una disposición del
proyecto aprobado por otra a proposición del Presidente de la
República.

D) La promulgación y publicación

La promulgación es la atribución legislativa directa del Presidente de la


República en virtud de la cual, mediante una decretal, que adopta el nombre de
“decreto promulgatorio”, ordena el cumplimiento del proyecto como ley y su debida
anotación oficial. La promulgación, dice el inciso segundo del artículo 75 de la
Constitución “deberá hacerse siempre dentro del plazo de diez días, contados desde que
ella sea procedente”.

Finalmente, la publicación es el acto mediante el cual se da a conocer la


promulgación de la ley, publicación que se realiza en el Diario Oficial; el inciso final
del artículo 75 de la Constitución dispone que: “La publicación se hará dentro de los

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cincos días hábiles siguientes a la fecha en que quede totalmente tramitado el decreto
promulgatorio”.

A partir de la publicación la ley está vigente. Sin perjuicio de que, mediante


una regla expresa en la propia ley, la vigencia puede estar diferida. Hecha la
publicación, y vigente la ley, rige la presunción de conocimiento de la ley, según lo
previsto en el artículo 8º del Código Civil que dispone que: “Nadie podrá alegar
ignorancia de la ley después que esta haya entrado en vigencia”.

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IV.- EL PODER JUDICIAL

15. Principios que orientan la función jurisdiccional

A) Exclusividad de la jurisdicción

Señala el Art. 76 inciso primero de la CPR, que: “La facultad de conocer de las
causas civiles y criminales, de resolverlas y de hacer ejecutar lo juzgado, pertenece
exclusivamente a los tribunales establecidos por la ley. Ni el Presidente de la República
ni el Congreso pueden, en caso alguno, ejercer funciones judiciales, avocarse causas
pendientes, revisar los fundamentos o contenidos de sus resoluciones o hacer revivir
procesos fenecidos”.

Al respecto, 3 notas distintivas: (1) la disposición se refiere a conocer, juzgar y


hacer ejecutar lo juzgado, es decir, los momentos de la jurisdicción; (2) la exclusividad
es de los tribunales establecidos por la ley, esta es, la dimensión de derecho objetivo
del principio de legalidad del tribunal, que tiene su correlato en el derecho y las
garantías constitucionales del art. 19 Nº 3 CPR; y, (3)para garantizar la independencia
y la no intromisión de otros poderes públicos, la regla establece una especial
prohibición al ejecutivo y al legislativo, para no ejercer funciones judiciales, avocarse
causas pendientes, revisar los fundamentos o contenidos de sus resoluciones o hacer
revivir procesos fenecidos.

B) Inexcusabilidad

El art. 76, inciso segundo de la CPR, dispone lo que se conoce como


inexcusabilidad judicial, al disponer que, reclamada la intervención de un tribunal “en
forma legal y en negocios de su competencia, no podrán excusarse de ejercer su
autoridad, ni aun por falta de ley que resuelva la contienda o asunto sometidos a su
decisión”.

Requisito sine qua non para operar la inexcusabilidad –como potestad del
órgano jurisdiccional y como obligación del mismo- es que la intervención reclamada
debe ser en negocios de su competencia; el órgano entonces, no sólo debe ser parte de la
jurisdicción, sino dentro de ella, debe tener competencia. Esta es la dimensión objetiva
del derecho al juez natural.

C) Imperio

El órgano que ejerce jurisdicción tiene imperio, poder que la Constitución le


atribuye directamente, con la finalidad de asegurar el cumplimiento o ejecución de las

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resoluciones que dicten los tribunales de justicia. Par tal finalidad, el inciso tercero
del art. 76 CPR dispone que “los tribunales ordinarios de justicia y los especiales que
integran el Poder Judicial podrán impartir órdenes directas a la fuerza pública o
ejercer los medios de acción conducentes de que dispusieren. Los demás tribunales lo
harán en la forma que la ley determine”.

La autoridad requerida por el Tribunal, preceptúa el inciso final del art. 76 CPR,
“deberá cumplir sin más trámite el mandato judicial y no podrá calificar su
fundamento u oportunidad, ni la justicia o legalidad de la resolución que se trata de
ejecutar”

D) Responsabilidad

El art. 79 de la Constitución, señala que “los jueces son personalmente


responsables por los delitos de cohecho, falta de observancia en materia sustancial de
las leyes que reglan el procedimiento, denegación y torcida administración de justicia y,
en general, de toda prevaricación en que incurran en el desempeño de sus funciones”.
Esta disposición constitucional enumera los delitos especiales que los jueces pueden
cometer en ejercicio de su magistratura: la falta de observancia sustancial, denegación
de justicia, torcida administración de justicia y la prevaricación.

Sin perjuicio de esta responsabilidad, agravada si se puede señalar así, respecto


de los delitos que puede cometer un juez, también está la responsabilidad en sede
disciplinaria, a la que están sujetos todos los jueces. Sobre este punto, el inciso tercero
del art. 80 de la CPR establece que “la Corte Suprema por requerimiento del Presidente
de la República, a solicitud de parte interesada, o de oficio, podrá declarar que los
jueces no han tenido buen comportamiento y, previo informe del inculpado y de la Corte
de Apelaciones respectiva, en su caso, acordar su remoción por la mayoría del total de
sus componentes. Estos acuerdos se comunicarán al Presidente de la República para su
cumplimiento”.

16. La judicatura

La Carta Fundamental, respecto al mecanismo de designación de jueces, tiene


un a regulación más o menos detallada en el art. 78 de la CPR. Los preceptos, están
ordenados por jerarquía dentro de la estructura del poder judicial y son los siguientes:

A) La Corte Suprema se compondrá de veintiún ministros. Los ministros y los


fiscales judiciales de la Corte Suprema los nombra el Presidente de la
República, eligiéndolos de una nómina de cinco personas que, en cada caso,

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propondrá la misma Corte, y con acuerdo del Senado, por los 2/3 de sus
miembros en ejercicio, en sesión especialmente convocada al efecto. Si el
Senado no aprobare la proposición del Presidente de la República, la Corte
Suprema deberá completar la quina proponiendo un nuevo nombre en
sustitución del rechazado, repitiéndose el procedimiento hasta que se apruebe
un nombramiento.

De los 21 miembros, 5 de ellos deberán ser abogados extraños a la


administración de justicia (a la carrera judicial, en rigor), tener a lo menos
quince años de título, haberse destacado en la actividad profesional o
universitaria y cumplir los demás requisitos que señale la ley orgánica
constitucional respectiva.

La Corte Suprema, cuando se trate de proveer un cargo que corresponda


a un miembro proveniente del Poder Judicial, formará la nómina
exclusivamente con integrantes de éste y deberá ocupar un lugar en ella el
ministro más antiguo de Corte de Apelaciones que figure en lista de méritos.
Los otros cuatro lugares se llenarán en atención a los merecimientos de los
candidatos. Tratándose de proveer una vacante correspondiente a abogados
extraños a la administración de justicia, la nómina se formará exclusivamente,
previo concurso público de antecedentes, con abogados que cumplan los
requisitos señalados en el inciso cuarto.

B) Los ministros y fiscales judiciales de las Cortes de Apelaciones los designa el


Presidente de la República, a propuesta en terna de la Corte Suprema.

C) Los jueces de letras los designa el Presidente de la República, a propuesta en


terna de la Corte de Apelaciones de la jurisdicción respectiva.

La Corte Suprema y las Cortes de Apelaciones, en su caso, formarán las quinas


o las ternas en pleno especialmente convocado al efecto, en una misma y única
votación, donde cada uno de sus integrantes tendrá derecho a votar por tres o dos
personas, respectivamente. Resultarán elegidos quienes obtengan las cinco o las tres
primeras mayorías, según corresponda. El empate se resolverá mediante sorteo.

Respecto de la cesación en el cargo, cabe señalar que el inciso segundo del art.
80 dela CPR, establece que “los jueces cesarán en sus funciones al cumplir 75 años de
edad; o por renuncia o incapacidad legal sobreviniente o en caso de ser depuestos de sus
destinos, por causa legalmente sentenciada”.

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17. La Corte Suprema

El art. 82 de la CPR, establece que: “La Corte Suprema tiene la


superintendencia directiva, correccional y económica de todos los tribunales de la
nación. Se exceptúan de esta norma el Tribunal Constitucional, el Tribunal Calificador
de Elecciones y los tribunales electorales regionales”.

Esta regla es de singular importancia, por varias razones, las que se puede
sintetizar así:

En primer lugar, es una regla atributiva de competencia, pues, la expresión


superintendencia directiva, correccional y económica importa reconocerle a la Corte
Suprema, mucho más que su rol como Tribunal Superior en la función jurisdiccional.

En efecto, la función directiva, importa sostener que la Corte Suprema es un


órgano colegiado que dirige el Servicio de administración de justicia, es decir, bajo su
dirección se incluye toda la administración de recursos humanos, técnicos y financieros
del servicio judicial, e interviene y/o participa en la generación de los cargos de
auxiliares de la administración de justicia (receptores, notarios, archiveros,
conservadores, etc.)

Tiene, además, la superintendencia correccional, vale decir, ejerce la potestad


disciplinaria (inciso tercero, art. 80 CPR) respecto de todos los jueces de la Nación, con
la sola exclusión del el Tribunal Constitucional, el Tribunal Calificador de Elecciones y
los tribunales electorales regionales, quedando otras magistraturas, incluso no
integrantes del poder judicial, sujetas al control de la Corte Suprema, por vía de la
queja.

Por último, también la Corte Suprema puede tomar medidas para mejorar
(superintendencia económica) el servicio, algo que usualmente hace a través de la
dictación a autos acordados. Como he señalado en un trabajo anterior37, el auto
acordado es y siempre debiera ser un reglamento administrativo, sólo para fines
internos y organizativos; así, es correcto definirlo como un conjunto de “reglas
secundarias, de detalle, reglamentarias, de carácter meramente ejecutivo y
administrativo, cuyo propósito es aclarar, complementar, concretar y cumplir lo
dispuesto en disposiciones constitucionales o legales”.38 Sin perjuicio de esto, se sabe
que por vía de autos acordados se han regulado materias que exceden por mucho a lo
que la naturaleza del acto normativo (un auto acordado) habilita. Una respuesta

37 Del autor (2010), p. 464


38 M. P. Silva (2009), p. 231

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posible es admitir que la Corte Suprema goza de un poder implícito39 para regular
procedimientos o, la otra opción es sostener que autos acordados que regulen materias
de procedimiento son inconstitucionales. Esta última, a mi parecer, es la posición
correcta.

39 Véase F. Zúñiga (1998), pp. 221-234

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V.- LOS ÓRGANOS DE CONTROL

18. Son órganos constitucionales autónomos

Un sistema constitucional como el chileno, con separación rígida de poderes y


en el cual los poderes públicos representativos no configuran un sistema de pesos y
contrapesos, dado el marcado desequilibrio en favor del Presidente de la República, ha
sido mediante la introducción de órganos de control y, el gradual robustecimiento de
sus atribuciones, que el sistema constitucional ha establecido frenos institucionales al
a la actividad del poder. Dicho en términos simples: el sistema constitucional chileno
ha optado por un complejo sistema de controles inter órganos.

Por lo expuesto, los órganos de control que la Constitución consagra, para


enjuiciar y someter a la Constitución toda la actividad del poder, para garantizar la
legitimidad de los actos eleccionarios y para someter a la legalidad los actos
administrativos, son autónomos. Es esa autarquía constitucional, respecto de los
poderes públicos representativos, la garantía de eficacia del control que estos órganos
ejercen.

Estos órganos constitucionales autónomos son:

- El Tribunal Constitucional
- La Justicia Electoral
- La Contraloría General de la República

19. Control de Constitucionalidad: El Tribunal Constitucional

La magistratura constitucional apareció en Chile, tardíamente si se quiere, en


1970. Estuvo en funciones el primer Tribunal hasta 197340. La Constitución de 1980
reinstala al Tribunal (o TC) y funciona entre 1981 y 2005 en una configuración que
cambia, radicalmente, con la reforma constitucional 2005, que es la más importante
enmienda en lo que a la jurisdicción constitucional se refiere, no sólo por las
competencias del Tribunal Constitucional que fueron perfeccionadas y aumentadas sino
que, además, y de un punto de vista político, lo inserta efectivamente entre los poderes
públicos instituidos.

En efecto, lo que se puede advertir, a la sola lectura del texto de la reforma


constitucional de 2005 es que el Tribunal Constitucional fue robustecido en sus

40 Véase E. Silva (2008)

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competencias, modificada –en sentido aditivo- su integración y se dictó –aunque con un


desfase preocupante- su nueva legislación orgánica constitucional. Resultado de esta
reforma es la concentración en el TC de la competencias de control de constitucionalidad,
pasando a ser, en propiedad –y en sentido estricto-, un modelo concentrado de control de
constitucionalidad de leyes y otros actos normativos, sin perjuicio de que el amparo de
derechos fundamentales sigue radicado, por regla general, en los Tribunales Superiores
de Justicia, es decir, Cortes de Apelaciones y a la Corte Suprema. Esto, ocurrió por la
supresión de la antigua inaplicabilidad por inconstitucionalidad, competencia de la Corte
Suprema41 y la creación de una nueva inaplicabilidad por inconstitucionalidad que
conoce el TC (art. 93 Nº 6).

Junto a esta enmienda, la reforma de 2005 le incorpora nuevas competencias al


TC, a saber: el control de autos acordados dictados por la Corte Suprema, las Cortes de
Apelaciones y el Tribunal Calificador de Elecciones y el control de tratados
internacionales. La más importante de estas nuevas competencias es, sin duda, la
declaración de inconstitucionalidad (con efecto supresivo del precepto legal) consagrada
en el art. 93 Nº 7 de la Constitución.

Esta nueva configuración de competencias del Tribunal Constitucional, su nueva


integración, aumentada a 10 miembros, con funcionamiento diferenciado en Salas y en
Pleno y su nueva ley orgánica constitucional42 dan cuenta de que este Tribunal, con
nuevos y más poderes, se le confirió un nuevo status; paso a ser, en propiedad, un nuevo
Tribunal Constitucional, inserto entre los poderes públicos y en el proceso político. Esto
sin, embargo, merece algunas precisiones. Arrancando de la idea de la democracia
constitucional, concebida contemporáneamente como una amalgama normativa y
política que se apoya en un inestable punto de equilibrio entre Democracia y Derecho,
el rol asignado a la magistratura constitucional (el Tribunal Constitucional)
corresponde a la tutela de la integridad y supralegalidad del derecho de la
Constitución, lo que equivale, ahora en su dimensión política, a servir una función
estabilizadora del sistema político (de “balance” en el modelo imperfecto de peso y
contrapeso del sistema) al enjuiciar toda la actividad del poder para someterla a la Ley
Fundamental. Ahora, para servir esta función, el TC goza de una “autoridad” que
deriva directamente de la propia Constitución, lo que contrasta con su falta de
legitimidad democrática, por su generación y, especialmente, con relación a los poderes
públicos representativos.

41 Según lo establecido, primero, en el art. 86 de la Constitución de 1925 y, posteriormente, en el artículo 80 primitivo


de la Constitución de 1980
42 Véase la Ley Nº 20.381, que modifica la Ley Nº 17.997, publicada en el D. O. el 28 de octubre de 2009 y el DFL Nº 5,

texto refundido, coordinado y sistematizado de la Ley N° 17.997, Orgánica Constitucional del Tribunal Constitucional,
publicado en el D. O. el 10 de agosto de 2010.

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A la luz de estas consideraciones, es decir, dado su carácter de institución


contramayoritaria, es que la inserción del Tribunal Constitucional en el proceso
político-constitucional requiere de la concurrencia de algunas condiciones como: la
insularidad política; la “deferencia” al legislador democrático; la autolimitación en la
comprensión y extensión de sus competencias, la naturaleza estrictamente
jurisdiccional de su actividad y, la rigurosidad de su actividad argumentativa e
interpretativa –donde el abuso de recursos hermenéuticos extra texto y extra jurídicos
se presenta como una debilidad-, todo, en consideración a que la separación entre
derecho y moral –dice Zúñiga- “es clave como conquista de la modernidad y de la
cultura jurídica”, lo que permite afirmar, como enfatiza este mismo autor, que “el
Tribunal Constitucional no es un “jurado” en que los jueces constitucionales fallan en
conciencia o según libre convicción con aderezos jurídicos, es un tribunal colegiado,
letrado, especializado y sometido a pautas o hábitos hermenéuticos sólidos”43.

Composición del TC

Respecto de la composición del Tribunal, cabe señalar que está integrado por 10
miembros, y según lo previsto en el artículo 92 de la Constitución, el nombramiento recae
en los poderes públicos representativos, por una parte, y en la Corte Suprema; así, el
Tribunal está integrado por tres miembros designados por el Presidente de la
República, según lo previsto en el letra a) del art. 92 CPR; por cuatro miembros
designados por el Congreso Nacional, de los cuales, dos serán nombrados directamente
por el Senado y dos serán previamente propuestos por la Cámara de Diputados para
su aprobación o rechazo por el Senado (letra b) del art.92 CPR). Agrega esta misma
disposición que estos nombramientos, o la propuesta en su caso, se efectuarán en
votaciones únicas y requerirán para su aprobación del voto favorable de los dos tercios
de los senadores o diputados en ejercicio, según corresponda; y tres miembros elegidos
por la Corte Suprema, según lo dispuesto en la letra c) del mismo artículo, en una
votación secreta que se celebrará en sesión especialmente convocada para tal efecto.

En los incisos segundo, tercero y cuarto del artículo 92 de la Constitución, se


enumeran algunas reglas relativas a la composición del Tribunal, entre ellas:

A) Los miembros del Tribunal durarán nueve años en sus cargos y se renovarán
por parcialidades cada tres;

B) Deberán tener a lo menos quince años de título de abogado, haberse destacado


en la actividad profesional, universitaria o pública, no podrán tener

43 F. Zúñiga (2008), p. 10.

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impedimento alguno que los inhabilite para desempeñar el cargo de juez,


estarán sometidos a las normas de los artículos 58, 59 y 81 de la Constitución y
no podrán ejercer la profesión de abogado, incluyendo la judicatura, ni
cualquier acto de los establecidos en el inciso segundo y tercero del artículo 60
de la Constitución;

C) Los miembros del Tribunal Constitucional serán inamovibles y no podrán ser


reelegidos, salvo aquél que lo haya sido como reemplazante y haya ejercido el
cargo por un período menor a cinco años. Cesarán en sus funciones al cumplir
75 años de edad; y iv) En caso que un miembro del Tribunal Constitucional cese
en su cargo, se procederá a su reemplazo por quien corresponda, de acuerdo con
el inciso primero de este artículo y por el tiempo que falte para completar el
período del reemplazado.

Funcionamiento del TC

Al respecto, establece el inciso quinto del artículo 92, que el Tribunal


funcionará en pleno o dividido en dos salas. Esta misma disposición agrega que el
pleno requerirá de un quórum, para sesionar de, a lo menos, ocho miembros y de, a lo
menos, cuatro miembros para sesionar en sala. El Tribunal adoptará sus acuerdos por
simple mayoría, salvo los casos en que se exija un quórum diferente y fallará de
acuerdo a derecho. Finalmente, esta misma disposición fija una regla respecto de las
materias que conocerá y resolverá el TC en pleno, a saber: las atribuciones indicadas
en los números 1º, 3º, 4º, 5º, 6º, 7º, 8º, 9º y 11º del artículo 93. No hay ninguna otra
regla sobre esta materia en la Constitución, ya que, esta misma disposición reenvía a
la ley orgánica constitucional el resto de la regulación, al disponer que “para el
ejercicio de sus restantes atribuciones, podrá funcionar en pleno o en sala de acuerdo a
lo que disponga la ley orgánica constitucional respectiva”. El inciso final del artículo
92 remite nuevamente a la legislación de desarrollo, que es la ley orgánica
constitucional, al disponer que será ésta la que determinará su organización,
funcionamiento, procedimientos y fijará la planta, régimen de remuneraciones y
estatuto de su personal.

Sin abordar mayores detalles de la ley orgánica constitucional (LOCTC), es


oportuno referirse en este apartado a los siguientes aspectos orgánicos del TC:

A) Dispone el artículo 5º de la LOCTC, que, sus integrantes “deberán


elegir de entre ellos un Presidente por mayoría absoluta de votos. Si
ninguno de los candidatos obtiene el quórum necesario para ser elegido,
se realizará una nueva votación, circunscrita a quienes hayan obtenido

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las dos primeras mayorías en la anterior”. La misma disposición señala


que “durará dos años en sus funciones y no podrá ser reelegido dos veces
consecutivas”;

B) Respecto del régimen de inhabilidades, prohibiciones e


incompatibilidades de los integrantes del TC, estas materias están
reguladas (desarrolladas), por el artículo 14 de la LOCTC;44

C) Respecto de la causales de cesación en el cargo, junto con lo dispuesto en


el artículo 92 de la Constitución, están las reglas del artículo 15 del
mismo cuerpo legal;45
D) Las implicancias de los Ministros del TC está contempladas en el
artículo 22 de la LOCTC y, esta misma disposición establece, en su
inciso final, que los Ministros “no son recusables”;

E) Los Ministros del Tribunal están sujetos a una regla especial, respecto
de la competencia en causas civiles de su interés o que sean partes,
según lo dispuesto en el artículo 23 de la LOCTC y, respecto de causas
criminales, gozan de una especie de fuero, según lo dispuesto en el
artículo 24 de la LOCTC, que señala: “Ningún miembro del Tribunal,
desde el día de su designación, puede ser acusado o privado de su

44 “Artículo 14. Los Ministros no podrán ejercer la profesión de abogado, incluyendo la judicatura, ni podrán celebrar o
caucionar contratos con el Estado. Tampoco podrán actuar, ya sea por sí o por interpósita persona, natural o jurídica, o
por medio de una sociedad de personas de la que formen parte, como mandatarios en cualquier clase de juicio contra el
Fisco, o como procuradores o agentes en gestiones particulares de carácter administrativo, en la provisión de empleos
públicos, consejerías, funciones o comisiones de similar naturaleza, ni podrán ser directores de banco o de alguna
sociedad anónima, o ejercer cargos de similar importancia en esas actividades.
El cargo de Ministro es incompatible con los de diputado y senador, y con todo empleo o comisión retribuido con fondos
del Fisco, de las municipalidades, de las entidades fiscales autónomas, semifiscales o de las empresas del Estado o en
las que el Fisco tenga intervención por aportes de capital, y con toda otra función o comisión de la misma naturaleza. Se
exceptúan los empleos docentes y las funciones o comisiones de igual carácter en establecimientos públicos o privados de
la enseñanza superior, media y especial, hasta un máximo de doce horas semanales, fuera de las horas de audiencia. Sin
embargo, no se considerarán labores docentes las que correspondan a la dirección superior de una entidad académica,
respecto de las cuales regirá la incompatibilidad a que se refiere este inciso.
Asimismo, el cargo de Ministro es incompatible con las funciones de directores o consejeros, aun cuando sean ad
honórem, en las entidades fiscales autónomas, semifiscales o en las empresas estatales, o en las que el Estado tenga
participación por aporte de capital”.
45 “Artículo 15. Sin perjuicio de lo dispuesto en el artículo 92 de la Constitución, los miembros del Tribunal cesan en sus

cargos por las siguientes causales:


1. Renuncia aceptada por el Tribunal;
2. Expiración del plazo de su nombramiento;
3. Haber cumplido 75 años de edad;
4. Impedimento que, de conformidad con las normas constitucionales o legales
pertinentes, inhabilite al miembro designado para desempeñar el cargo, y
5. Incompatibilidad sobreviniente en conformidad a lo dispuesto en el inciso segundo del artículo 92 de la Constitución
Política.
Respecto de los miembros acusados se estará a lo dispuesto en el artículo 25 de la presente ley.
La cesación en el cargo por las causales señaladas en los números 4 y 5 de este artículo, requerirá el acuerdo de la
mayoría de los miembros en ejercicio del Tribunal con exclusión del o de los afectados, adoptado en sesión especialmente
convocada al efecto”.

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libertad, salvo el caso de delito flagrante, si la Corte de Apelaciones de


Santiago, en pleno, no declara previamente haber lugar a formación de
causa. La resolución podrá apelarse ante la Corte Suprema”. Las reglas
complementarias están en el artículo 25 LOCTC (efecto de la resolución
que da lugar a la formación de causa) y artículo 26 LOCTC (efecto de la
resolución que no da lugar a la formación de causa);

F) Respecto del reemplazo o la modalidad para solucionar o suplir los


problemas de integración, cabe recordar que fueron suprimidos, para el
TC, los abogados integrantes y se creó la institución de los Ministros
Suplentes. Así, el artículo 18 de la LOCTC establece que: “Cada tres
años, en el mes de enero que corresponda, se procederá a la designación
de dos Suplentes de Ministro que reúnan los requisitos para ser
nombrado miembro del Tribunal, quienes podrán reemplazar a los
Ministros e integrar el pleno o cualquiera de las salas solo en caso que no
se alcance el respectivo quórum para sesionar”. El inciso segundo de la
misma disposición agrega, sobre esta materia, lo siguiente: “Los
Suplentes de Ministro a que se refiere el inciso anterior serán nombrados
por el Presidente de la República, con acuerdo del Senado, eligiéndolos
de una nómina de siete personas que propondrá el Tribunal
Constitucional, previo concurso público de antecedentes, el que deberá
fundarse en condiciones objetivas, públicas, transparentes y no
discriminatorias. El Tribunal formará la nómina en una misma y única
votación pública, en la que cada uno de los Ministros tendrá derecho a
votar por cinco personas, resultando elegidos quienes obtengan las siete
primeras mayorías. El Senado adoptará el acuerdo por los dos tercios de
sus miembros en ejercicio, en sesión especialmente convocada al efecto,
debiendo pronunciarse respecto de la propuesta como una unidad. Si el
Senado no aprobare la proposición del Presidente de la República, el
Tribunal Constitucional deberá presentar una nueva lista, en
conformidad a las disposiciones del presente inciso, dentro de los sesenta
días siguientes al rechazo, proponiendo dos nuevos nombres en
sustitución de los rechazados, repitiéndose este procedimiento hasta que
se aprueben los nombramiento”;

G) La LOCTC no permite interponer ante el TC cuestiones sobre su


competencia, y dispone, en su artículo 21 que sólo el TC podrá, de oficio,
“conocer y resolver su falta de jurisdicción o competencia”;

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H) Con relación a las sesiones del TC, el inciso segundo del artículo 19 de
la LOCTC dispone que, mediante auto acordado, el propio Tribunal
establecerá sus sesiones ordinarias y horarios de audiencia; y

I) Lo expuesto en el literal anterior remite al artículo 29 de la LOCTC,


que es la regla habilitante para que el TC pueda dictar autos acordados,
sobre materias “que no sean propias del dominio legal y que tengan como
objetivo la buena administración y funcionamiento del Tribunal”.

Reglas comunes de procedimiento ante el TC

Sobre la substanciación de causas ante el TC, es necesario indicar que el Título


I del Capítulo II (artículos 33 a 47, inclusive) de la Ley orgánica constitucional del
Tribunal Constitucional determina las reglas generales del Procedimiento que, en lo
pertinente a este estudio, se puede exponer de la siguiente manera:

A) Es un procedimiento escrito (Art. 34 LOCTC);

B) Las notificaciones (art. 42 LOCTC), si procedieren, serán por carta certificada a


las partes intervinientes y, tratándose de órganos constitucionales, la
comunicación se hará por oficio, y en ambos casos se entenderá practicada
desde el tercer día siguiente a su expedición;

C) Los plazos son de días corridos (art. 45 inc. 2º LOCTC);

D) Existe un regla preceptiva para que se reciban alegatos, en los casos de los
números 2, 6, 8, 9, 10, 11, 14 y 15 del art. 31 LOCTC, que reproduce los mismos
asuntos (y numeral) del artículo 93 de la Constitución;

E) Sus sentencias deberá cumplir con los requisitos indicados en los números 1º a
6º inclusive, del artículo 170 del Código de Procedimiento Civil46 (art. 39, inc. 1º
LOCTC); será notificada personalmente o por cédula (art. 42 inc. 3º LOCTC) y

46“Artículo 170. Las sentencias definitivas de primera o de única instancia y las de segunda que modifiquen o revoquen
en su parte dispositiva las de otros tribunales, contendrán:
1° La designación precisa de las partes litigantes, su domicilio y profesión u oficio;
2° La enunciación breve de las peticiones o acciones deducidas por el demandante y de sus fundamentos;
3° Igual enunciación de las excepciones o defensas alegadas por el reo;
4° Las consideraciones de hecho o de derecho que sirven de fundamento a la sentencia;
5° La enunciación de las leyes, y en su defecto de los principios de equidad, con arreglo a los cuales se pronuncia el
fallo; y
6° La decisión del asunto controvertido. Esta decisión deberá comprender todas las acciones y excepciones que se
hayan hecho valer en el juicio; pero podrá omitirse la resolución de aquellas que sean incompatibles con las aceptadas”.

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serán publicadas en la página web del tribunal o en otro medio análogo (art. 40
LOCTC);

F) Procede el retiro del requerimiento, antes de que exista auto de admisión a


trámite (art. 46 inc. 1º LOCTC), también es procedente el desistimiento (art. 46
incisos 3º y 4º LOCTC) y el abandono del procedimiento sólo procede en caso de
la inaplicabilidad por inconstitucionalidad (del art. 93 Nº 6 CPR) que hayan
sido promovidas por una de las partes en el juicio o gestión judicial pendiente,
aplicándose un plazo especial de tres meses contados desde la fecha de la
última resolución recaída en alguna gestión útil (art. 47 inc. 2ª LOCTC); y

G) Contra las resoluciones Tribunal Constitucional no procede recurso alguno,


según lo preceptuado en el inciso primero del artículo 94 de la Constitución y el
art. 41 LOCTC.

Atribuciones del Tribunal Constitucional

El siguiente es un esquema de las atribuciones del Tribunal Constitucional,


contempladas en el art. 93 de la Constitución:

Control de 1. Control de constitucionalidad obligatorio, art. 93 Nº 1


constitucionalidad 2. Cuestión de constitucionalidad; art. 93 Nº 3
De las leyes 3. Inaplicabilidad por inconstitucionalidad, art. 93 Nº 6
4. Requerimiento de inconstitucionalidad, art. 93 Nº 7

1. Control obligatorio de normas de un tratado que versen


sobre materias propias de ley orgánica constitucional, art.
Control de 93 Nº 1
constitucionalidad de otros 2. Cuestiones de constitucionalidad de tratados
actos normativos internacionales, art. 93 Nº 3
3. Control de constitucionalidad de autos acordados dictados,
por la Corte Suprema, por las Cortes de Apelaciones y el
Tribunal Calificador de Elecciones, art. 93 Nº 2
4. Control de constitucionalidad de decretos con fuerza de ley,
art.93 Nº 4
5. Cuestiones sobre la promulgación de una ley, art. 93 Nº 8
6. Conflictos de constitucionalidad sobre decretos o
resoluciones representados por la Contraloría General
de la República, art. 93 Nº 9
7. Cuestiones de constitucionalidad sobre decretos supremos,
art. 93 Nº 16.

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1. Constitucionalidad de la convocatoria a plebiscito, art. 93 Nº


5.
Competencia miscelánea del 2. Contencioso sancionatorio de protección del orden
Tribunal Constitucional Constitucional, art. 93 Nº 10
3. La función consultiva, art. 93 Nº 11
4. Conflictos de jurisdicción, art. 93 Nº 12
5. Contencioso de prohibiciones, Ministros de Estado y
Parlamentarios, arts. 93 Nº 13, 14 y 15

A) Control de constitucionalidad de tipo preventivo

i) Puede ser obligatorio o facultativo. Es obligatorio el control que se


realiza sobre proyectos de ley que interpreten algún precepto de la
Constitución, de las leyes orgánicas constitucionales. Es facultativo
cuando se promueve una cuestión de constitucionalidad que se suscite
durante la tramitación de los proyectos de ley o de reforma
constitucional.

ii) Siempre es abstracto, porque no tiene vigencia y por ende no se aplica y,


por lo mismo, es una contraste o examen de contradicción normativa
entre la Constitución y la futura norma inferior.

iii) Su actividad se relaciona con el proceso legislativo. En efecto, esta es la


primera función del TC –en el diseño kelseniano- y efectivamente opera
como tercera cámara o legislador negativo, pues, durante el proceso
legislativo o finalizado éste, se produce el control de esta magistratura
sobre enunciados que los colegisladores proponen se convierta en ley.

iv) La sentencia tiene efecto anulatorio, ya que, la declaración de


inconstitucionalidad anula los enunciados tachados y no pueden
convertirse en ley.

B) Control de constitucionalidad de la ley de tipo represivo

i) Es a petición de parte, de los intervinientes en una gestión judicial y del


juez que conoce la misma en el caso de la inaplicabilidad (art. 93 Nº 6) y,
en caso de la inconstitucionalidad (art. 93 Nº 7) puede iniciar de oficio y
hay acción popular.

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ii) Puede ser concreto o abstracto. En sede de inaplicabilidad, es control


concreto, es decir, examen sobre un precepto legal aplicable a un caso
concreto y en el cual no sólo se enjuicia la contradicción normativa, sino
además otro parámetros como el efecto de la aplicación del precepto a
una situación o persona determinada, o el resultado de aplicar la regla
de un modo determinado al caso especifico que se trata, etc.

iii) Su actividad se relaciona con justicia ordinaria. En este tipo de control,


la actividad del TC ya no está inserta en el proceso legislativo, pues sus
sentencias surten efectos sobre la actividad jurisdiccional, condicionando
la aplicación de una regla a una determinada manera conforme a la
Constitución u ordenando se no se aplique una regla.

iv) Puede tener efecto ex tunc y ex nunc, según sea el caso. Si se trata de
sentencia de inaplicabilidad, el efecto será ex nunc (o hacia el futuro),
mientras que la sentencia de inconstitucionalidad tiene efecto ex tunc (o
efecto supresivo y retroactivo)

C) Control de constitucionalidad otros actos normativos

i) Sólo son objeto de control los actos normativos que se señalan


expresamente: (1) tratados internacionales, art. 93 Nº 1 y Nº 3; (2) autos
acordados dictados por la Corte Suprema, las Cortes de Apelaciones y el
Tribunal Calificador de Elecciones, art. 93 Nº 2; (3) decretos con fuerza
de ley, art.93 Nº 4; (4) Cuestiones sobre la promulgación de una ley, art.
93 Nº 8; (5) Conflictos de constitucionalidad sobre decretos o
resoluciones representados por la Contraloría General de la República,
art. 93 Nº 9; y (6) sobre decretos supremos, art. 93 Nº 16.

ii) Se trata, principalmente, de control represivo, es decir sobre el texto


vigente. Sin embargo hay control preventivo obligatorio de las normas
de un tratado que versen sobre materias propias de ley orgánica
constitucional y preventivo facultativo de los tratados sometidos a la
aprobación del Congreso.

iii) Es abstracto y, excepcionalmente, concreto. Abstracto porque la tacha de


inconstitucionalidad que se examina no proviene de los efectos de
aplicación a una situación o persona determinada, en un asunto judicial
en curso, sino sólo de la contradicción normativa entre la Constitución y
acto impugnado. En todo caso, el control de autos acordados tiene una
vía de control concreto cuando lo interpone una “persona que sea parte en

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juicio o gestión pendiente ante un tribunal ordinario o especial, o desde


la primera actuación del procedimiento penal, cuando sea afectada en el
ejercicio de sus derechos fundamentales por lo dispuesto en el respectivo
auto acordado”, art. 93 inc. tercero CPR.

iv) La sentencia surte un efecto anulatorio, ya que, la declaración de


inconstitucionalidad anula el o los enunciados tachados y se suprimen o
eliminan, con efecto ex tunc.

La sentencia del TC

El inciso primero del art. 94 de la Constitución dispone: “Contra las


resoluciones del Tribunal Constitucional no procederá recurso alguno, sin perjuicio de
que puede, el mismo Tribunal, conforme a la ley, rectificar los errores de hecho en que
hubiere incurrido”.

20. Control de la legalidad eleccionaria: La Justicia Electoral

Además de las normas constitucionales que rigen la materia, los artículos 94


bis a 97 de la Constitución existen dos cuerpos legales especiales: la Ley Nº 18.460,
orgánica constitucional del Tribunal Calificador de Elecciones y la Ley Nº 18.593, que
crea los Tribunales Electorales Regionales y, dos sendos autos acordados dictados por
el Tribunal Calificador, a saber: el auto acordado que regula la tramitación y los
procedimientos que deben aplicar los Tribunales Electorales Regionales y el auto
acordado sobre funcionamiento y tramitación de las causas y asuntos que deben
sustanciarse ante el Tribunal Calificador de Elecciones. Lo dicho, acerca de los autos
acordados que dicta la Corte Suprema, y sus límites, también vale para estos autos
acordados.

Avanzando en otro aspecto, cabe recordar que el Tribunal Calificador de


Elecciones aparece en Chile con la Constitución de 1925. Su tránsito, de tribunal
único, especial y reservado para la calificación (y proclamación) de votaciones
populares: presidencial, parlamentaria y municipal, hasta hoy, en que la Justicia
Electoral constituye un auténtico orden jurisdiccional, conformado por tribunales de
instancia y un Tribunal Supremo: el Tribunal Calificador de Elecciones, y en el cual se
conocen asuntos de mayor extensión y latitud que la calificación de votaciones
populares, llegando a conocer contenciosos electorales de cuerpos intermedios de muy
diversa índole, tamaño e importancia (gremios, sindicatos, juntas de vecinos,

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asociaciones de funcionarios, clubes deportivos, directivas de corporaciones y


fundaciones, etc.)

Aspectos orgánicos

A) Los Tribunales Electorales Regionales, regulados en el art. 96 y la Ley Nº


18.593. Existe uno, en cada región del país, salvo en la Región Metropolitana,
donde existen dos. Es un tribunal colegiado, y según el inciso segundo del art.
96 de la CPR, está integrado por un “ministro de la Corte de Apelaciones
respectiva, elegido por ésta, y por dos miembros designados por el Tribunal
Calificador de Elecciones de entre personas que hayan ejercido la profesión de
abogado o desempeñado la función de ministro o abogado integrante de Corte de
Apelaciones por un plazo no inferior a tres años”. Los miembros del tribunal
duran 4 años en su cargo y tendrán las inhabilidades e incompatibilidades que
pesan sobre los jueces. Sus resoluciones y sentencias son apelables para ante el
Tribunal Calificador de Elecciones, según lo preceptuado en el inciso primero
del art. 96 de la CPR.

B) El Tribunal Calificador de Elecciones, que según lo dispuesto en el inciso


primero del art. 95 de la CPR es un “tribunal especial, que se denominará
Tribunal Calificador de Elecciones, conocerá el escrutinio general y de la
calificación de las elecciones de Presidente de la República, de diputados y
senadores; resolverá las reclamaciones a que dieren lugar y proclamará a los
que resulten elegidos. Dicho Tribunal conocerá, asimismo, de los plebiscitos, y
tendrá las demás atribuciones que determine la ley”. También es un tribunal
colegiado, de 5 miembros, 4 de ellos ministros de la Corte Suprema, al tenor de
lo previsto en el art. 95, inciso segundo letra a) de la CPR y, un “ciudadano que
hubiere ejercido el cargo de Presidente o Vicepresidente de la Cámara de
Diputados o del Senado por un período no inferior a los 365 días, designado por
la Corte Suprema en la forma señalada en la letra a) precedente, de entre todos
aquellos que reúnan las calidades indicadas”, según lo dispuesto en el art. 95,
inciso segundo letra b) de la CPR.

Los miembros de este Tribunal duran 4 años en sus funciones y les serán
aplicables las disposiciones de los artículos 58 y 59 de esta Constitución,
respecto de inhabilidades e incompatibilidades.

El inciso quinto del art. 95 de la Constitución , determina una regla de


extraordinaria importancia para la función jurisdiccional del Tribunal
Calificador, puesto que establece “procederá como jurado en la apreciación de
los hechos y sentenciará con arreglo a derecho”.

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El inciso final de este artículo remite a la ley orgánica constitucional la


regulación de la organización y funcionamiento del Tribunal.

Aspectos funcionales

A la Justicia Electoral le toca ver asuntos tales como:

A) Conocer de la calificación de elecciones y dicta las sentencias de proclamación.


Dado que el Tribunal Calificador es el tribunal de apelación de los asuntos que
conocen los Tribunales Electorales Regionales, la calificación y la proclamación
es una función jurisdiccional que conoce siempre el Tribunal Supremo de la
Justicia Electoral, en única o en segunda instancia;

B) Conocer de la rectificación de escrutinios y nulidad de actos electorales, en


única o doble instancia;

C) Resoluciones sancionatorias del Servicio Electoral;

D) Resoluciones de Tribunales Supremos de partidos políticos;

E) Contenciosos especiales de remoción: de Alcaldes, Concejales y Consejeros


Regionales.

21. Control de legalidad actos administrativos: La Contraloría General de


la República

Dispone el art. 98 de la Constitución la existencia de “Un organismo autónomo


con el nombre de Contraloría General de la República”. La entidad contralora existe
desde 1927, en 1943 se le tuvo reconocida en la Constitución de 1925 y la Constitución
de 1980, como se dijo, la reconoce como un órgano constitucional desde su texto
original

Atribuciones constitucionales

Según lo dispuesto en el inciso primero del art. 98 de la CPR, le corresponde a


este órgano:

A) Ejercer el control de la legalidad de los actos de la Administración,

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B) Fiscalizar el ingreso y la inversión de los fondos del Fisco, de las


municipalidades y de los demás organismos y servicios que determinen las
leyes;
C) Examinar y juzgar las cuentas de las personas que tengan a su cargo bienes de
esas entidades;
D) Llevar la contabilidad general de la Nación,
E) Y, desempeñar las demás funciones que le encomiende la ley orgánica
constitucional respectiva.

El Contralor General de la República

A la cabeza de este organismo, dispone el inciso segundo del art. 98 de la CPR,


habrá un funcionario que se denomina Contralor General de la Republica; para ser
designado Contralor se de tener a lo menos diez años de título de abogado, haber
cumplido cuarenta años de edad y poseer las demás calidades necesarias para ser
ciudadano con derecho a sufragio. Será designado por el Presidente de la República
con acuerdo del Senado adoptado por los tres quintos de sus miembros en ejercicio, por
un período de ocho años y no podrá ser designado para el período siguiente. Con todo,
al cumplir 75 años de edad cesará en el cargo.

La toma de razón

El art. 99 de la CPR, establece que, en el ejercicio de la función de control de


legalidad, el Contralor General tomará razón de los decretos y resoluciones que, en
conformidad a la ley, deben tramitarse por la Contraloría o representará la ilegalidad
de que puedan adolecer. Esta regla constitucional concordada con las normas legales
que rigen a la Contraloría opera en sentido inverso: la toma de razón procede de todo
decreto y resolución, salvo aquellos excluidos de dicho trámite, por resolución del
Contralor General, que actualmente es la Resolución Nº 1600, de noviembre de 2008.
Se dijo, por largo tiempo, que la toma de razón era un examen de legalidad formal pero,
la práctica del órgano contralor, de unos 10 años a la fecha ha ido variando esta
doctrina, y el trámite hoy opera como un examen de la forma y contenido del acto
sometido a toma de razón.

En caso de representación, el Presidente la República tiene una facultad


extraordinaria, denominada insistencia, caso en el cual el Presidente dicta un decreto
con la firma de todos sus Ministros, caso en el cual el Contralor debe tomar y enviar
copia de los respectivos antecedentes a la Cámara de Diputados. En ningún caso dará

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curso a los decretos de gastos que excedan el límite señalado en la Constitución, señala
la oración final del inciso primero del art. 99 de la CPR.

El inciso segundo del art. 99, establece una causal especial de representación
tratándose de un decreto con fuerza de ley, pues, el Contralor debe representarlos
cuando ellos excedan o contravengan la ley delegatoria o sean contrarios a la
Constitución.

El inciso tercero del art. 99, dispone de un excepcional tipo de control de


constitucionalidad por parte de la Contraloría General. En efecto, esta disposición
señala: “si la representación tuviere lugar con respecto a un decreto con fuerza de ley, a
un decreto promulgatorio de una ley o de una reforma constitucional por apartarse del
texto aprobado, o a un decreto o resolución por ser contrario a la Constitución, el
Presidente de la República no tendrá la facultad de insistir, y en caso de no
conformarse con la representación de la Contraloría deberá remitir los antecedentes al
Tribunal Constitucional dentro del plazo de diez días, a fin de que éste resuelva la
controversia” (art. 93 Nº 9 CPR).

El inciso final del art. 99 señala que la organización, el funcionamiento y las


atribuciones de la Contraloría General de la República son materia de una ley
orgánica constitucional. Esa ley no se ha dictado nunca, por eso rige hasta la Ley Nº
10.336 de organización y atribuciones de la Contraloría General de la República, ley
que quórum ficto, en consecuencia.

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