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Fábulas y Moralejas para Reflexionar

El documento presenta 4 fábulas cortas: "El zorro y la cigüeña", "El perro y su reflejo", "La cigarra y la hormiga" y "La luciérnaga y la serpiente". Cada fábula incluye una moraleja sobre temas como la venganza, la codicia, la importancia del trabajo y la envidia.
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Fábulas y Moralejas para Reflexionar

El documento presenta 4 fábulas cortas: "El zorro y la cigüeña", "El perro y su reflejo", "La cigarra y la hormiga" y "La luciérnaga y la serpiente". Cada fábula incluye una moraleja sobre temas como la venganza, la codicia, la importancia del trabajo y la envidia.
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CLUB DE LECTURA 2021

Las Fábulas
Lee las siguientes 4 fábulas

EL ZORRO Y LA CIGÜEÑA
EL PERRO Y SU REFLEJO
LA CIGARRA Y LA HORMIGA
LA LUCIÉRNAGA Y LA SERPIENTE

Varios autores
El zorro siempre había comentado ante los demás animales que
la cigüeña era muy boba, le gustaba burlarse de ella y un buen día,
decidió ir un poco más allá de los insultos y quiso hacerle una
broma.

La invitó a cenar a su casa y preparó una deliciosa comida que


dispuso sobre una mesa bien adornada. Cuando llegó la cigüeña,
sintió que el dulce aroma de los alimentos le abría el apetito
pero...

Al sentarse a la mesa, se dio cuenta de que el zorro había puesto


toda la comida en platos muy grandes y planos, así que, no podía
llevarse ni un solo bocado porque su largo y fino pico le impedía
degustar tan ricos alimentos.

Sin embargo, la cigüeña no protestó, miró al zorro, le agradeció la


invitación y se fue. Y allí quedó el zorro, muerto de la risa.

Pocos días después, ambos se volvieron a encontrar cerca del


estanque, y en esta ocasión, fue la cigüeña la que invitó a cenar al
zorro. El zorro aceptó de buen gusto y pensó para sí:

"Esta cigüeña sigue siendo tan boba, que incluso después de lo


que pasó en mi casa, sigue queriéndome agradecer la invitación".
La cigüeña había trabajado mucho para preparar una comida
exquisita y, a la hora indicada, el zorro se presentó en su casa
dispuesta a comer los alimentos que había preparado la cigüeña.
El zorro comenzó a salivar al percibir los exquisitos olores que
llegaban de la cocina y se sentó rápidamente a la mesa, para
poder dar cuenta de los alimentos. Pero, cuando se sentó en la
mesa, se dio cuenta de que todos los alimentos estaban servidos
en tarros y vasijas de cuello muy largo, tanto que solo cabía el
pico de una cigüeña, y no el hocico de un zorro.

La cigüeña comenzó a comer con apetito y, cuando hubo


terminado, le dijo al zorro que la miraba con disgusto:

- ¿Ves? Es una comida tan sabrosa como la que tu preparaste.

Moraleja: no hagas nunca a los demás lo que no quieres que te


hagan a ti, y también puede extraerse una segunda moraleja,
donde las dan, las toman.

La cigarra era feliz disfrutando del verano: El sol brillaba, las


flores desprendían su aroma...y la cigarra cantaba y cantaba.
Mientras tanto su amiga y vecina, una pequeña hormiga, pasaba
el día entero trabajando, recogiendo alimentos.

- ¡Amiga hormiga! ¿No te cansas de tanto trabajar? Descansa un


rato conmigo mientras canto algo para ti. - Le decía la cigarra a la
hormiga.

- ¡Mejor harías en recoger provisiones para el invierno y dejarte


de tanta holgazanería! - Le respondía la hormiga, mientras
transportaba el grano, atareada.

La cigarra se reía y seguía cantando sin hacer caso a su amiga.

Hasta que un día, al despertarse, sintió el frío intenso del


invierno. Los árboles se habían quedado sin hojas y del cielo caían
copos de nieve, mientras la cigarra vagaba por el campo, helada y
hambrienta. Vio a lo lejos la casa de su vecina la hormiga, y se
acercó a pedirle ayuda.
- Amiga hormiga, tengo frío y hambre, ¿no me darías algo de
comer? Tú tienes mucha comida y una casa caliente, mientras que
yo no tengo nada.

La hormiga entreabrió la puerta de su casa y le dijo a la cigarra.

- Dime amiga cigarra, ¿qué hacías tú mientras yo madrugaba para


trabajar? ¿Qué hacías mientras yo cargaba con granos de trigo de
acá para allá?

- Cantaba y cantaba bajo el sol- contestó la cigarra.

- ¿Eso hacías? Pues si cantabas en el verano, ahora baila durante


el invierno eso te quitará el frio. Aunque quisiera que entraras no
cabes en mi casa, es muy pequeña.

Y le cerró la puerta, dejando fuera a la cigarra, que había


aprendido la lección.

Moraleja: trabaja hoy y guarda los frutos de tu trabajo para


mañana. Es importante estar preparado y trabajar duro en caso
de que lleguen tiempos difíciles.
Érase una vez un granjero que vivía tranquilo porque tenía la suerte de que sus
animales le proporcionaban todo lo que necesitaba para salir adelante y ser feliz.

Mimaba con cariño a sus gallinas y éstas le correspondían con huevos todos los días. Sus
queridas ovejas le daban lana, y de sus dos hermosas vacas, a las que cuidaba con
mucho esmero, obtenía la mejor leche de la comarca.

Era un hombre solitario y su mejor compañía era un perro fiel que no sólo vigilaba la
casa, sino que también era un experto cazador. El animal era bueno con su dueño, pero
tenía un pequeño defecto: era demasiado altivo y orgulloso. Siempre presumía de que
era un gran olfateador y que nadie atrapaba las presas como él. Convencido de ello, a
menudo le decía al resto de los animales de la granja:

– Los perros de nuestros vecinos son incapaces de cazar nada, son unos inútiles. En
cambio yo, cada semana, obsequio a mi amo con alguna paloma o algún ratón al que
pillo despistado ¡Nadie es mejor que yo en el arte de la caza!

Era evidente que el perro se tenía en muy alta estima y se encargaba de proclamarlo a
los cuatro vientos.

Un día, como de costumbre, salió a dar una vuelta. Se alejó del cercado y se entretuvo
olisqueando algunos baches que encontró por el camino, con la esperanza de conseguir
un nuevo trofeo que llevar a casa. El día no prometía mucho. Hacía calor y los animales
dormían en sus madrigueras sin dar señales de vida.

– ¡Qué mañana más aburrida! Creo que me iré a casa a descansar sobre la alfombra
porque hoy no se ven ni mariposas.

De repente, una paloma pasó rozando su cabeza. El perro, que tenía una vista
envidiable y era ágil como ninguno, dio un salto y, sin darle tiempo a que reaccionara, la
atrapó en el aire. Agarrándola bien fuerte entre los colmillos y sintiéndose un auténtico
campeón, tomó el camino de regreso a la granja siguiendo el río.
El verano estaba muy próximo y ya había comenzado el deshielo de las montañas. Al
perro le llamó la atención que el caudal era mayor que otras veces y que el agua bajaba
con más fuerza que nunca. Sorprendido, suspiró y se dijo a sí mismo:

– ¡Me encanta el sonido del agua! ¡Y cuánta espuma se forma al chocar contra las rocas!
Me acercaré a la orilla a curiosear un poco.

Siempre le había tenido miedo al agua, así que era la primera vez que se aproximaba
tanto al borde del río. Cuando se asomó, vio su propio reflejo aumentado y creyó que en
realidad se trataba de otro perro que llevaba una presa mayor que la suya.

¿Cómo era posible? ¡Si él era el mejor cazador que había en toda la zona! Se sintió tan
herido en su orgullo que, sin darse cuenta, soltó la paloma que llevaba en las fauces y se
lanzó al agua para arrebatar el botín a su supuesto competidor.

– ¡Dame esa pieza! ¡Dámela, bribón!

Como era de esperar, lo único que consiguió fue darse un baño de agua helada, pues no
había perro ni presa, sino tan sólo su imagen reflejada. Cuando cayó en la cuenta, se
sintió muy ridículo. A duras penas consiguió salir del río tiritando de frío y encima, vio
con estupor cómo la paloma que había soltado, sacudía sus plumas, remontaba el vuelo
y se perdía entre las copas de los árboles.

Empapado, con las orejas gachas y cara de pocos amigos, regresó a su hogar sin nada y
con la vanidad por los suelos.

Moraleja: Si has conseguido algo gracias a tu esfuerzo, siéntete satisfecho y no intentes


tener lo que tienen los demás. Sé feliz con lo que es tuyo, porque si eres codicioso, lo
puedes perder para siempre.
Cuenta una fábula que en cierta ocasión una serpiente empezó a perseguir a
una luciérnaga; ésta huía muy rápido y llena de miedo de la feroz
depredadora, pero la serpiente no pensaba detenerse en su intento de
alcanzarla.

La luciérnaga pudo huir durante el primer día, pero la serpiente no se rendía,


dos días y nada, al tercer día, ya sin fuerzas, la luciérnaga detuvo su agitado
vuelo y le dijo a la serpiente: ¿Puedo hacerte tres preguntas?

No acostumbro conceder deseos a nadie, pero como te voy a devorar, puedes


preguntar, respondió la serpiente.

-Entonces dime: ¿Pertenezco a tu cadena alimenticia?

-¡No!, -contestó la serpiente.

-¿Yo te hice algún mal?

-¡No!, -volvió a responder su cazadora.

-Entonces, ¿Por qué quieres acabar conmigo?

-¡Porque no soporto verte brillar!, -fue la última respuesta de la serpiente. Al


mismo tiempo se estiraba dando un último y enfurecido ataque. La luciernaga
aprovechó ese intento descontrolado para salir del arbusto con gran
destreza y perderse en el bosque.

¿Cuál es la moraleja?

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