Diccionario
Español de Términos Literarios Internacionales
CONSEJO SUPERIOR DE INVESTIGACIONES CIENTÍFICAS
Madrid, 2015
Diccionario Español de Términos Literarios Internacionales (DETLI)
Dirigido por Miguel Ángel Garrido Gallardo
máscara. Del árabe, más-hara: antifaz (ing.: mask, fr.:masque;
it.:maschera; alemán: Maske; port. :máscara)
Disfraz que desfigura u oculta el rostro de una persona. Por su
propia naturaleza, propicia usos teatrales, litúrgicos, etc.
Etimológicamente el término, según los casos, responde a tres
procedencias de vocablos de significados diferentes pero conexos:
a) del árabe “más-hara” (payaso). Sustantivo del verbo “masáhir”
(burlarse de alguien). Se utilizaba para designar a un bufón o payaso
que aparecía en los intervalos de las representaciones teatrales, usando
una máscara, este término a su vez proviene del árabe “sakhira” (él
burló) que a su vez viene del término “sahir” (burlador).
b) de la lengua de oc y del catalán “mascarar”, que significa
tiznar.
c) de la lengua Provenzal y del Norte de Italia “masca” que
significa bruja. El término en Europa sufrió el influjo de dialectos
italianos y del occitano “masca” que también significa bruja (de
origen germánico o celta) y fue adoptado en nuestra lengua del
italiano “maschera”.
De un lado, tenemos que la palabra máscara existe en todas las
lenguas europeas occidentales. De hecho, es posible que su origen sea
italiano. En el siglo XIV “maschera” con la acepción de careta (disfraz)
está documentado en Boccaccio. Del italiano la tomó el francés, y del
francés, el inglés y el alemán.
Por otro lado, existe en latín medieval el término “masca” con la
acepción de bruja (fantasma - espectro). Pero no tiene un origen en el latín
clásico. Hay dos hipótesis. Una que sea de origen longobardo. Otra que sea
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María García Sánchez
de origen celta, pues en celta la palabra “mask” significa negro o tiznado.
A ello se suma que en occitano también existe “mascarar” con el
sentido de pintarse la cara (tiznarse). Al posible préstamo francés, se suma
el hecho que en árabe, del que tomaron gran cantidad de palabras las
lenguas de España, “más-hara” significa payaso (bufón).
Sobre el posible vínculo del término latino con el árabe encontramos
que el término no pertenece al latín clásico, sino al medieval, tal como
queda dicho. Y como en Italia era muy frecuente la visita de mimos y
payasos de origen árabe, acompañando a los comerciantes, y como en árabe
“másaj” significa disfraz, es muy probable que hayan impuesto esa voz
latinizada “masca”, pero cuando llega a España, se reencuentra consigo
misma pero sin pasar por el latín, sino del árabe al castellano. (Tursi, p.2)
No obstante, el Diccionario etimológico de la lengua castellana de
Corominas le dedica a la palabra máscara varias páginas, en las que
considera más probable que la palabra italiana haya llegado al español
derivada del catalán “mascarar”.
Otro aspecto interesante es la confluencia del vocablo con el griego
persona / prósopon/πρόσωπον ( pros: delante de y opos: faz o cara),
nombre que daban en Grecia a las máscaras que colocaban sobre el rostro
de los actores para no solo expresar emociones sino también proyectar el
sonido de sus voces. El siguiente testimonio lo cuenta un historiador
llamado Aulo Gelio (s. II) en su obra titulada Noches Áticas y el pasaje lo
traduce Julio Cortázar en su novela Rayuela:
“De la etimología que da Gabio Basso a la palabra persona: No
teniendo la máscara que cubre por completo el rostro más que una abertura
en el sitio de la boca, la voz, en vez de derramarse en todas las direcciones,
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máscara
se estrecha para escapar por una sola salida, y adquiere por ello sonido más
penetrante y fuerte. Así, pues, porque la máscara hace la voz humana más
sonora y vibrante, se le ha dado el nombre de persona, y por consecuencia
de la forma de esta palabra, es larga la letra o en ella." (Cortázar, p. 148).
De ahí que máscara y persona se fundan en un solo término.
Por máscara se define a la pieza, a veces ridícula, hecha de cartón, tela
u otra materia, con la que una persona puede taparse el rostro para no ser
conocida, también es parte de la máscara la función que cumple el
vestuario o disfraz con el que se completa la nueva apariencia que nos
proporciona la máscara. La máscara y el resto del ropaje que constituye la
máscara es tradición ancestral usarlos en rituales, ceremonias, fiestas
religiosas y paganas, y qué duda cabe, en representaciones teatrales con el
fin de celebrar la vida, la muerte, a los dioses, los sentimientos, las ideas.
Estos eventos permiten al individuo entrar en contacto con el poder divino
transformarse, salirse fuera de sí, (des)doblarse.
En sentido griego, máscara pertenece al vocabulario de la epifanía, por
eso Dionisos, calificado siempre de extranjero, es el dios que viene a
hacerse reconocer. En el teatro, a través del ritual dionisíaco, los actores
vestían la máscara de Dionisos -el dios del éxtasis- con el fin de la
transformación.
A través de la historia las máscaras las podemos encontrar entre los
egipcios, griegos y romanos. En el Antiguo Egipto se utilizaban con fines
rituales, religiosos y funerarios, que simbolizaban el deseo de eternidad.
Entre los griegos y romanos además de estas funciones le dieron la de la
representación teatral, llegando a presentar un amplio catálogo de máscaras
propias de la tragedia y la comedia; una especie de casco que cubría
enteramente la cabeza y además de las facciones del rostro, algunas tenían
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pelo, orejas y barba
Es cierto que en la Europa medieval los disfraces y máscaras jugaron
un papel preponderante en la liturgia y en el arte funerario romano, como
representación del carácter trágico del destino, también como elemento
protector del rostro de los guerreros en combate o bien como camuflaje,
que incluían un sistema de rejillas o viseras, semejantes a picos de pájaros.
Y dependiendo del uso que se le iba a dar a la pieza, se podía hacer de
piedra, bronce, plata, oro, madera, cuero, cartón, tela u otra materia con la
que un individuo abandona su identidad real para sustituirla por la de la
máscara (careta, antifaz, disfraz).
Ha sido utilizada desde tiempos ancestrales en rituales, ceremonias,
fiestas religiosas o paganas y representaciones teatrales hasta nuestros
tiempos, pero también jugaron un papel importante. Tuvieron un gran éxito
en las celebraciones festivas de Carnaval que tenían lugar en Italia y sobre
todo, en Venecia, de las que participaba también el teatro callejero, que en
la modernidad fue llamado en italiano Commedia dell' Arte al igual que en
el teatro greco-romano usaban máscaras -que con el tiempo- no necesitaban
presentación porque el público las terminaba reconociendo: Arlecchino, “el
payaso”, Fígaro, “el villano”, Scaramouche, “el marinero fanfarrón”,
Pierrot, “el hombre honrado” , personajes, máscaras que han resistido el
paso de la historia hasta nuestros tiempos y han nutrido distintas ramas del
arte literario y el arte dramático (óperas, obras teatrales o circenses).
Entre los siglos XVI - XVIII las damas adoptaron las máscaras con el
nombre de antifaces para resguardarse del sol y entre el siglo XVIII y XIX
el uso de disfraces y máscaras entre las clases acomodadas, contribuye a
una serie de conductas más libres, jugando un papel importante en las
intrigas amorosas, o permitiendo a las damas de alta sociedad
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máscara
desembarazarse de la rigidez que se esperaba de su comportamiento en
sociedad, disfrazándose de mujeres de clase popular.
La máscara es el elemento que permite al individuo que la porta
alterar modificar su propia identidad, es el elemento que transforma al
individuo en otra “persona”, en otra “máscara” y a pesar de los miles de
años de historia que median entre la primera y la última máscara que se
acabe de inventar, nos daríamos cuenta que en todas la épocas ha tenido
una gran importancia no sólo en su aspecto histórico (Egipto, Grecia,
Roma, etc.) y estético (románico, gótico, renacentista, barroco y neoclásico,
etc. ) sino psicosocial (Freud, S; Jung, C; Goldberg, E; Kuhn, Th. S;
Popper, K. R.): Ser otro, transformarse en otro, ponerse en los zapatos del
otro.
Este procedimiento lo expresa muy claramente Shakespeare, en su
Hamlet: “ ¿No es tremendo que ese cómico no más que ficción pura,
ensueño de pasión, pueda subyugar así su alma a su propio antojo hasta el
punto de que por la acción de ella palidezca su rostro, salten lágrimas de
sus ojos, altere la angustia de su semblante, se le corte la voz y su
naturaleza entera se adapte en su interior a su pensamiento?” (
Shakespeare, p.47)
En este texto Shakespeare no sólo reflexiona sobre la naturaleza y
función de la máscara (personaje/actor) y su proceso de transformación
psicofísica de sustituir la identidad real del individuo y darle una nueva
identidad completamente ficticia, sino además sobre la función de vestir, de
completar la ficción.
En su ensayo La verdad de las máscaras, Oscar Wilde reflexiona
sobre esta otra función a propósito de Shakespeare: “… Jessica se escapa
de casa de su padre disfrazada de muchacho, y Julia peina sus cabellos
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rubios con caprichosas patillas y se pone calzas y jubón; Enrique VII hace
la corte a su dama vestido de pastor, y Romeo, de peregrino. El príncipe
Hal y Poins aparecen, en un primer momento, de bandidos, vestidos de
bucarán y después, con delantal blanco y justillos de cuero, como mozos de
una posada; en cuanto a Falstaff, ¿no es él acaso primero un merodeador,
después una vieja, a continuación Herne el cazador y un hatillo de ropa que
llevan al lavandero?”
Esta tipo de dialéctica en Shakespeare así como “en el Siglo de Oro
(Cervantes, Tirso de Molina, Lope de Vega, Calderón de la Barca, en obras
tan importantes como lo son El ingenioso hidalgo Don Quijote de la
Mancha, La vida es sueño, El arte de hacer comedias, etc.) Y más
recientemente a principios del siglo XX autores como Unamuno, (El Otro,
El hermano Juan), Grau, (El Señor de Pigmalión), Valle Inclán (Los
Cuernos de Don Friolera), Azorín, (Comedia del Arte, Angelita, Cervantes
o La Casa Encantada, Old Spain), Gómez de la Serna, (El Teatro en
Soledad”), García Lorca, (La zapatera prodigiosa, El Público, Así que
pasen cinco años, Comedia sin título, etc.) consigue una gran profundidad
debido a la base de carácter metafísico de sus obras basadas en dos formas
de pensamiento: El mundo como teatro de Shakespeare (con orígenes en
Esquilo) y la vida como un sueño de Calderón (con orígenes en Marco
Aurelio y San Gregorio Nacianzano ), constituye la base filosófica sobre la
que descansa el metateatro género al que se suscriben estas obras y sus
autores, interesados por el estudio del ser humano como individuo
consciente de su papel y la medida en que este papel establece los
parámetros entre los cuales actúan los demás personajes” . (Gray, p. 50).
En su obra Tipos Psicológicos Jung plantea un nuevo concepto de
máscara o “persona” como el resultado de la interacción entre el individuo
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máscara
y el ambiente en el cual se desempeña; que el psiquiatra suizo define como
“la máscara de la psique colectiva”:
“Mediante su identificación más o menos completa con la actitud
adoptada en cada caso el individuo engaña cuando menos a los demás, y a
menudo se engaña también a sí mismo, en lo que respecta a su carácter
real; se pone una máscara, de la que sabe que corresponde, de un lado, a
sus intenciones, y, de otro, a las exigencias y opiniones de su ambiente; y
en ello unas veces prepondera un elemento y otras el otro. A esa máscara, a
esa actitud adoptada -ad hoc- yo la llamo persona. Con ese término se
designaba la máscara que en la Antigüedad llevaban puesta los actores
teatrales” (Jung, p.758). Para Jung la persona, la máscara es un complejo
funcional que surge por razones de adaptación al entorno, pero no es
idéntica a la individualidad. “La persona, la máscara se refiere
exclusivamente a la relación con los objetos. Hay que distinguir por tanto la
relación del individuo con el objeto externo de su relación con el sujeto”
(p.762).
Este procedimiento plantea dos peligros potenciales según Jung: a.) La
sobre identificación con la persona, el yo se identifica con la máscara. El
individuo se preocupa excesivamente en adaptarse al mundo social
convenciéndose de que la imagen construida constituye la totalidad de la
personalidad. b.) El desentendimiento de la persona, el yo se identifica con
el alma. No se presta suficiente atención al mundo exterior ocupándose
exclusivamente del mundo interior. Se genera una satisfacción narcisista en
detrimento de las demás personas, siendo desconsiderado, ciego y
desconectado de los demás. La renuncia a este posicionamiento vendrá
forzada por los duros golpes del destino (Murray, p.160).
Por otra parte el siglo XX también es el siglo de los súper héroes a
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principio de siglo empezaron a cobrar interés las historias (cómic) de súper
héroes que llevaban máscaras aludiendo a un animal, como es el caso de
“Batman”, el hombre murciélago o “Spiderman”, el hombre araña que a
través de la máscara y otros artilugios adquiere las cualidades del animal
que representa la máscara.
En el siglo XXI, más allá de la tradición de fiestas y ceremonias
religiosas y paganas que sobreviven a través de la historia; la máscara del
individuo del siglo XXI ha sido concebida por la tecnología y se le designa
con el término avatar (del sánscrito avatâra, que significa descenso y en
algunas culturas como la hindú implica la encarnación de un dios). El
avatar es una representación gráfica (fotografías o dibujos artísticos, etc.)
generalmente humana, que se asocia a un usuario para su identificación en
internet.
Tal como expone López Castro en El Rostro En El Espejo: Lecturas
de Unamuno: “Desde el Banquete de Platón, donde aparece el juego
entrecruzado de tres máscaras, la de Sócrates, Agatón y Diótima, hasta el
juego dialéctico de los heterónimos de Fernando Pessoa, que sólo tienen
sentido desde la tensión creadora de la diferencia y la duda que busca
revelar lo que se esconde y esconder lo que se revela”.
Sin salirnos de la tradición hispánica, “desde el desdoblamiento que
nos ofrece Garcilaso en su égloga II hasta los cambios alternantes de
Octavio Paz, continuando con los disfraces amorosos de Lope de Vega, los
juegos de la fantasía en la poética Becqueriana, el sentimiento de
alienación en Vallejo, la conciencia de alteridad en Unamuno y Machado,
la reversión del espejos borgianos, lo que unifica experiencias tan dispares,
es la búsqueda continua del otro, de lo otro, como expresión de la propia
identidad”. (López Castro, p. 99).
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máscara
Desde entonces y hasta nuestros tiempos la máscara nos plantea el
dilema del ser y de la apariencia, de la doblez: verdad y mentira, el bien y
el mal, lo espiritual y lo pagano, a través del que se puede estudiar la
historia de la literatura y la del ser humano “persona, máscara, papel, actor,
bufón, bruja, negro o tiznado, antifaz, careta, súper héroe de cómic o
avatar”.
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