La rebelión de los Brujos (La Révolte des Magiciens), se podría
decir que es la continuación de El retorno de los brujos (Le Matin
des Magiciens), del escritor francés Louis Pauwels y el escritor ruso
Jacques Bergier, publicado en 1971.
En la rebelión de los brujos, podemos observar una mezcla muy
interesante entre Alquimia, parapsicología, esoterismo y su relación
con el nazismo, pasa del estudio de un lenguaje arquetípico a los
fenicios en América Latina, desde las coincidencias de Tolkien y
Borges sobre una Atlántida sumergida a los misteriosos mapas
turcos que cartografiaron la Antártida varios miles de años antes de
que fuese cubierta por el hielo. Podríamos decir incluso que aquí se
nos muestra una «historia oculta» integrando la ciencia y el
ocultismo con varios sucesos y personajes a lo largo del tiempo.
Estos y otros enigmas son abordados desde una perspectiva poco
académica, pero idílicamente intuitiva. Son valiosos a pesar de sus
falencias, ya que no tienen una intención docente. Por el contrario,
Louis Pauwels y Jacques Bergier parten de una premisa
perfectamente opuesta: adentrarse en los misterios como camino
para expandir nuestra percepción sobre lo real, que a menudo
excede los límites de los comprensible. Un libro que nos abre las
puertas a un nuevo mundo, un mundo completamente extraño y que
seguramente nos llevará a adentrarnos más en él.
Louis Pauwels & Jacques Bergier
La rebelión de los brujos
Otros Mundos - 022
ePub r2.2
Titivillus 25.11.16
Título original: La Révolte des Magiciens
Louis Pauwels & Jacques Bergier, 1971
Traducción: J. Ferrer Aleu
Retoque de cubierta: Titivillus
Editor digital: Titivillus
ePub base r1.2
Prólogo
Nuestra civilización, como toda civilización, es un complot. Numerosas
divinidades minúsculas, cuyo poder sólo proviene de nuestro
consentimiento en no discutirlas, desvían nuestra mirada del rostro
fantástico de la realidad. El complot tiende a ocultarnos que hay otro mundo
en el mundo en que vivimos, y otro hombre es el hombre que somos.
Habría que romper el pacto, hacerse bárbaro. Y, ante todo, ser realista. Es
decir, partir del principio de que la realidad es desconocida.
Si empleásemos libremente los conocimientos de que disponemos; si
estableciésemos entre éstos relaciones inesperadas; si acogiésemos los
hechos sin prejuicios antiguos o modernos; si nos comportásemos, en fin,
entre los productos del saber con una mentalidad nueva, ignorante de los
hábitos establecidos y afanosa de comprender, veríamos a cada instante
surgir lo fantástico al mismo tiempo que la realidad.
En el fondo, esta actitud es la propia de la Ciencia, la cual no es
solamente la que la tradición universitaria del siglo XIX, amparándose en el
racionalismo, acabó por imponer, sino más bien todo lo que la inteligencia
puede escudriñar, tanto fuera como dentro de nosotros mismos, sin desdeñar
lo desacostumbrado, sin excluir lo que parece escapar a las normas. Es
imposible prever exactamente lo que será el conocimiento en tiempos
venideros, y si éste no se apoyará en conceptos que ahora desdeñamos y
cuya importancia habrán descubierto nuestros descendientes, así como su
papel oculto en nuestras personas y en el Universo al que entonces
interrogaremos.
Las inteligencias son como los paracaídas: sólo funcionan cuando están
abiertos. Nuestro objetivo consiste en provocar una apertura al máximo,
sobre todo para abordar los campos de las ciencias humanas, donde la
conspiración es más tenaz. Haciéndolo así, nos encontramos situados en un
mundo tan maravilloso, dúctil y extenso, como el del físico, el del
astrónomo o el del matemático. Hay una continuidad. Es estupendo.
El hombre, su pasado, su futuro, todo esto oculta también un complejo
invisible, habla de infinito, canta la música de las esferas. Los que se
ahogan, se aburren o se desesperan en el seno de tantas rarezas sublimes y
de tantos enigmas resplandecientes, tienen un corazón ignorante y una
inteligencia carente de amor. ¡Ah! ¡El mundo es tan bello —dice un
personaje de Claudel— que tendría que haber en él alguien que fuese capaz
de no dormir!
Naturalmente, nuestra manera de hacer no carece de peligros y de
inconvenientes, agravados por nuestras deficiencias. Planteamos numerosas
hipótesis arriesgadas, revolvemos una polvareda de hechos malditos,
hurgamos entre un fárrago de errores y de sueños, para descubrir algunas
verdades nuevas pero zafias. Sin embargo, ocurre a veces que, partiendo de
señales dudosas, se abren direcciones hasta entonces insospechadas y
realmente útiles.
A nuestro modo de ver, y aunque hayamos trabajado con todo el
cuidado y con toda la seriedad de que éramos capaces, lo esencial reside en
el deseo de una visión ampliada, en el amor a las realidades fantásticas que
demuestran el empeño del hombre y del mundo a realizarse en toda su
plenitud. Parafraseando al barón de Gleichen, podemos decir:
La tendencia a lo maravilloso, innata en todos los hombres; nuestra afición particular a lo
imposible; nuestro desprecio por lo que ya se sabe; nuestro respeto a lo que se ignora: he aquí
nuestros móviles.
Somos hombres modestos. Sin embargo, creemos tener derecho a
presentar esta obra mal pergeñada como un «Manual de embellecimiento de
la vida». El amable lector, al aprender a emplear este Manual, descubrirá, al
propio tiempo, y aunque antes careciese de su alegría natural, la
importancia de la existencia. Y también su emoción, desde el momento en
que se despierte su curiosidad. Y sabrá que el ejercicio de la curiosidad
transforma la vida en una aventura poética. Un amigo mío, fabricante de
absoluto, ejerce su profesión en una gran propiedad del mediodía de
Francia.
El absoluto es la esencia extremadamente concentrada de una flor, que
entra en la elaboración de diversos perfumes. Mi amigo destila absoluto de
jazmín. Bonachón y artista por naturaleza, inventó, para sus visitantes, un
parque cuyos senderos están alfombrados de plantas que uno aplasta al
caminar, levantando de este modo oleadas de un perfume perfectamente
clasificado. Macizos de flores se extienden a la sombra de los árboles.
En los lugares de descanso, hay copas y cubos con botellas de
champaña, el hielo de los cuales es renovado por los jardineros. Nosotros
quisiéramos que este Manual convirtiese la vida intelectual de sus lectores
en un viaje a través de los tiempos humanos, pasados y venideros, parecido
en cierto modo a un paseo por aquel parque y evocador de un anfitrión que
fabrica absoluto y sortilegios.
Otro amigo mío es pediatra. Piensa que la toxicosis de los recién
nacidos, con frecuencia mortal, es en realidad un suicidio, una inhibición
psicofisiológica originada por el pánico a la soledad. En efecto, nosotros
acostamos boca arriba al bebé, entre tablas o barrotes, bajo un techo vacío.
Apenas ha sentido el calor del pecho materno y recibido la mirada de la
madre, y ya lo colocamos en la posición de los muertos. Cierto que, al
nacer, se ha desprendido de la madre. Pero lo que se ha desprendido debe
ser reanudado.
Mi amigo patentó una cuna inclinada, que elimina el aislamiento y hace
que el niño sienta constantemente la presencia de la madre y de las cosas de
la vida. No importa que este invento reproduzca tradiciones primitivas, si
con él se pueden evitar angustias y, a veces, muertes. De la misma manera
que este médico intenta beneficiar a los niños, nosotros quisiéramos que
este Manual ayudase a las mentes a librarse de los barrotes, de las tablas,
del techo vacío; evitarles el veneno de la separación, y devolverles al calor
del mundo.
Un propósito muy ambicioso. Pero las poderosas mentes críticas y frías
pueden perdonárnoslo sin temor. Apenas si amenaza su terreno; no es más
que una ambición nacida del amor.
El poeta ruso Valerio Brusov, contemporáneo de la Revolución de
Octubre, testigo del fin de un mundo y del comienzo de otro, se hacía, allá
por el año 1920, esta pregunta:
«Los principios de culturas tan diferentes y tan dispersas en el espacio como las del mar
Egeo, Egipto, Babilonia, etruscas, India, mayas, Pacífico, muestran parecidos que no pueden
explicarse únicamente por la asimilación o las imitaciones. Por esto habría que buscar, en el
fondo de las culturas que creemos más antiguas, una influencia única que explique sus notables
analogías».
«Habría que buscar, más allá de las fronteras de la Antigüedad, una X, un mundo de cultura
que aún ignoramos y que puso en marcha el motor que conocemos. Los egipcios, los babilonios,
los griegos y los romanos fueron nuestros maestros. Pero ¿quiénes fueron los maestros de
nuestros maestros?».
Los descubrimientos acumulados en los últimos cincuenta años han
hecho retroceder enormemente en el pasado la historia de los hombres y de
las civilizaciones, y eso ha justificado aún más la pregunta de Brusov. Este
libro no da respuesta a esta pregunta, pero pone de manifiesto el interés por
ella e indica varias direcciones posibles de investigación.
Es un trabajo de aficionados. Pero sentimos la necesidad de
emprenderlo, en la esperanza de que algún día se constituya un grupo mejor
equipado para proseguirlo. Aquélla noble cuestión ha estado, hasta hoy,
pésimamente ubicada: en los camaranchones de los especialistas, o en los
asilos de alienados.
Nosotros hemos tratado de rescatarla de los locos o los embusteros que
alegan revelaciones ocultas, y de arrancarla al desprecio o a la inquietud
iracunda de los arqueólogos. La Arqueología, observó recientemente un
corresponsal del New York Herald Tribune, es, más que una ciencia, una
vendetta. Se trata, más que nada, de vengarse del descubridor que no ha
encontrado nada por sí mismo. Hay que excavar, aunque sea mal visto por
los grandes, por los hacedores de teorías. Pero a condición de no descubrir,
al mismo tiempo, alguna idea no aceptada sobre la historia humana.
Desplazar el paraíso en el tiempo, es lo mismo que cambiar de sitio el
mobiliario. Los tradicionalistas añoran el ayer. Los progresistas cuentan con
el mañana. Pero todos están de acuerdo en que nuestros antepasados,
vestidos de hojas y de pieles, golpearon estúpidamente las piedras durante
milenios esperando que saltara la chispa. También convienen en la idea de
que todas las civilizaciones son mortales.
En cambio, nadie se atreve a pensar que, en el decurso de millones de
años, la inteligencia y la pericia humanas pudieron conocer otros apogeos.
No amamos la libertad ni el infinito. Nos aferramos a un determinismo
angosto y queremos que el tiempo de la inteligencia humana ocupe
solamente una parte diminuta del tiempo de la creación.
Si somos espiritualistas, consideramos al hombre como un animal que
recibió el don de concebir lo infinito y lo eterno…, pero desde hace
poquísimo tiempo. Si somos materialistas, pensamos que el hombre es un
producto de la Historia…, pero de una Historia muy reciente. Tampoco
figura en las convenciones la idea de que no todas las civilizaciones han
necesariamente de perecer. Sin embargo, nada sabemos de ellos. Sabemos
demasiado poco para establecer una ley.
Descubrimos algunas civilizaciones que parecen haber resplandecido
durante milenios. Pero jamás nos permitimos hacer la justa observación de
que ciertas civilizaciones, a las que llamamos primitivas, pero que siguen
existiendo en el día de hoy, tienen todas las apariencias de la inmortalidad.
En fin, si la Humanidad, en el transcurso de edades extinguidas, trató
repetidas veces de subir los peldaños que conducen a una altísima
civilización inmortal, y resbaló, y cayó, ¿por qué no podemos estar nosotros
en camino de conseguir la escalada, de construir la civilización que
conocerá la inmortalidad en la Tierra y en los cielos? Esta pregunta
optimista hará sonreír a muchos, pues hoy está de moda el desdén, el
«catastrofismo» zumbón. Pero, en primer lugar, la moda es lo que pasa de
moda. Y, en segundo término, sería una estupidez detenerse en una posada
tan mezquina en el curso de un viaje tan largo y tan hermoso en el tiempo.
El tema de este libro no es muy original. Ha sido utilizado por muchos
autores desde la publicación de El retorno de los brujos y de la revista
Planète, fundada por nosotros. Sin embargo, hemos creído necesario
reanudarlo a nuestro modo, a fin de limpiar nuestro propio terreno. No es
fácil levantar, Como recomendaba Nietzsche, «una barrera alrededor de la
propia doctrina para impedir que entren los cerdos».
Él mismo, desde su tumba, debió darse cuenta de esto. También es
preciso arrojar muchos cubos de agua y barrer furiosamente. Es lo que
vamos a hacer nosotros a lo largo de estas páginas. En ocasiones, podemos
resultar un poco enfadosos, por exceso de aplicación. Saltaos sin remilgos
los capítulos pesados, hojead, navegad a vuestro antojo; lo esencial está en
el espíritu, no en la letra.
Mientras escribíamos esta obra, descubrimos, no sin cierta satisfacción,
la existencia de un enésimo hijo de El retorno de los brujos. Era un librito
popular, pero bastante documentado, publicado en 1968 por la editora
oficial de Moscú. Su autor, Alejandro Gorbovsky, estudiaba la hipótesis de
civilizaciones avanzadas en las edades antediluvianas. Por encima de todo,
nos satisfizo el prólogo. Había sido redactado por un investigador oficial, el
profesor Fedorov, doctor en ciencias históricas.
Oscilando entre el escepticismo y la seducción, decía Fedorov:
«Los poetas y los escépticos son igualmente indispensables para la investigación. Forman
una combinación necesaria. El libro de Alejandro Gorbovsky es importante porque plantea un
problema esencial de la historia de los hombres. Si el autor y los que piensan como él tienen
razón, podrán explicarse hechos hasta ahora inexplicables. Este libro constituye una noble
empresa. El autor ha querido poner al alcance de un público muy vasto una grande y generosa
idea, una nueva visión histórica. Y lo ha conseguido. Muchos lectores leerán esta obra con un
interés rayano en el apasionamiento: como yo».
Nuestra satisfacción fue acompañada de un poco de disgusto al pensar
que, seguramente, no habría un solo universitario francés de cierto
renombre que nos apoyase de igual modo. Cierto que fue un disgusto ligero,
pues nos hallábamos en los momentos en los que iban a aparecer en las
paredes de la Sorbona inscripciones como éstas:
«Profesores, ¡queréis hacernos viejos!» y «¡La Imaginación al poder!».
Nuestro «Manual de embellecimiento de la vida» se compondrá, si Dios
nos concede un poco más de tiempo, de cinco volúmenes.
El hombre eterno es un ensayo y una fantasía sobre el tema de las civilizaciones
desaparecidas.
El hombre infinito tratará de la condición sobrehumana.
El hombre en la cruz, de los riesgos y oportunidades de esta civilización; de la apuesta
sobre las probabilidades.
El hombre comprometido, del contacto con inteligencias diferentes, en los cielos y aquí
abajo.
El hombre y los Dioses del futuro desarrollará la idea de que es probablemente imposible
crear un mito nuevo, pero que el advenimiento de semejante mito es indispensable.
Desde hace diez años, hemos estado reuniendo la documentación
necesaria para la composición de este Manual. En lo que atañe a este primer
volumen, y aparte de centenares de corresponsales de todo el mundo a los
que hemos expresado nuestro agradecimiento, damos especialmente las
gracias a Paul Émile Victor, director de las expediciones polares francesas,
que realizó, a petición nuestra, un estudio sobre el enigma de los mapas de
Piri Reis, y nos autorizó a reproducirlo aquí; a nuestro amigo y colaborador
en Planète, Aimé Michel, que nos permitió utilizar su artículo sobre los
trabajos de Leroi-Gourhan y el arte de las cavernas, así como varias notas
sobre la ciencia y los ingenieros de la Antigüedad, y a Madame Freddy
Bémont, profesor auxiliar de la Facultad de Letras y Ciencias Humanas de
Nanterre, que nos ayudó particularmente en la redacción de los capítulos
sobre Numinor, las ciudades de Catal Huyuk y el Imperio de Dédalo.
Este Manual no aspira a una categoría científica. Lo prudente, incluso a
escala planetaria, es limitar el propio ámbito. Nuestro ámbito es la poesía.
Pero la poesía —como también la Ciencia— saca lo que puede de todas
partes, con el fin de producir un bien mayor. La Ciencia busca la verdad, o
al menos lo intenta sinceramente. La poesía busca lo maravilloso, o al
menos lo intenta con igual sinceridad. Y quizás hay algo de verdad en lo
maravilloso.
Ahora bien, si alguien, abusando de la autoridad científica —la cual,
que yo sepa, no tiene por misión desesperar al hombre— me dice: «nada
maravilloso puede encontrarse en este mundo», me negaré obstinadamente
a prestarle oídos. Con mis pobres medios, y con toda mi pasión proseguiré
mi búsqueda. Y si no encuentro nada maravilloso en esta vida, diré, al
despedirme de ella, que mi alma estaba embotada y mi inteligencia ciega,
no que no hubiese nada que encontrar.
L. P. , 1970.
EL HOMBRE ETERNO.
PRIMERA PARTE
VIAJE DE RECREO A LA ETERNIDAD
CAPÍTULO I
Dudas sobre la evolución
Tomo el té con Sir Julian. — La religión de los abuelos. — Un conflicto pasado a pérdidas y
ganancias. — El enojo de Cuvier. — Los triunfos del transformismo. — Bergson inventa «el
impulso vital». — Un mito bien alimentado. — El maridaje de la idea de evolución con la idea
de progreso. — Un «ismo» al que hay que vigilar. — Los apuros de la Biología. — Donde los
autores tienen otro delirio, pero moderado. — El escurridizo primer hombre. — La hipótesis de
una forma estable. — Una doctrina no aceptada: el humanismo.
En el vestíbulo del «Atheneum Club», frecuentado por ancianos caballeros
que son honra y prez de la inteligencia anglosajona, pueden verse dos
grandes retratos: el de Darwin, y el de su amigo Thomas Henry Huxley,
pintor, naturalista y filósofo del evolucionismo.
Una hermosa tarde de junio de 1963, me hallé tomando el té, en la
biblioteca del Club, con el nieto de uno de los dos fundadores de la religión
evolucionista. Porque, efectivamente, se trata de una religión. El nieto no
andaba equivocado al afirmarlo.
Yo dije a Julian Huxley:
—Sir Julian, usted publicó, en 1928, una obra titulada Religión sin Revelación. Su idea se
abrió camino. En 1958, treinta años después de su publicación, este libro alcanzó una gran
difusión en edición popular. Y en el Congreso de Chicago, a raíz del centenario de la obra de
Darwin, hizo usted una declaración que tuvo enorme resonancia. «La visión evolucionista —
dijo— nos permite distinguir las líneas generales de la nueva religión que, con toda seguridad,
surgirá para responder a las necesidades de la próxima era». ¿Podemos estar realmente seguros?
—Sí —me respondió Sir Julian—. El mundo la espera. La Humanidad discierne, más o
menos claramente, que hay algo como una religión a punto de manifestarse. O, más bien (si
excluyo a dios o una finalidad divina), un sentimiento exaltado de relación con el todo. Las
ciencias están ya lo bastante desarrolladas para que su convergencia pueda producir una nueva
imagen del Universo. Por eso, el proceso de evolución, en la persona del hombre, empieza a
tomar conciencia de sí mismo.
—Una conciencia cuasireligiosa del proceso evolutivo, ¿no es así?
—Oh, muchos amigos míos ponen objeciones al término religión… Pero, en fin… Ya sabe
usted que incluso los sistemas que se dicen materialistas, como el marxismo, tienen aspectos
típicamente religiosos…
Decididamente, pensaba yo, mientras mojaba una magdalena en el té,
así como los franceses son anarquistas moderados, los ingleses son místicos
razonables. He aquí un Teilhard agnóstico. Está visto que, en este momento
y a este lado del canal de la Mancha, sopla un viento de religiosidad sobre
la frente de los viejos y honorables científicos. Tal vez están descubriendo,
en este tiempo de inquietud, con su sólido y discreto orgullo, que sus
abuelos darwinistas propusieron efectivamente al mundo una nueva forma
de religión.
Pensé en Haldane, otro descendiente de un noble linaje de intelectuales
ingleses.
También él acariciaba ideas de religión sin revelación. Me había escrito:
«Hay que prever la posibilidad de que nazca una nueva religión, cuyo credo esté de acuerdo
con el pensamiento moderno, o, más exactamente, con el pensamiento de la generación
precedente. Hoy, podemos encontrar huellas de este credo en las frases de espiritualistas
eminentes, en el dogma económico del partido comunista y en los escritos de los que creen en la
evolución creadora».
Los que «creen»…
Observaba a Sir Julian, que revolvía tranquilamente el té con su
cuchara. Aquél hombre no había cesado de acumular honores y riesgos. Era
un monumento levantado sobre la estrecha frontera entre la generalización
idealista y la prudencia académica, entre el misticismo de su hermano
Aldous y el determinismo de su abuelo. Después, mi pensamiento se desvió
a su turbulento colega Haldane, que había escogido también una noble e
incómoda actitud. Había sido comunista, y terminaba una brillante y poco
conforme carrera estudiando en la India la fisiología de los yoguis en
éxtasis. ¡Esos endiablados y grandes ingleses…!
Seguía una cadena de viejos caballeros. Me parecía estar viendo al buen
maestro de la psicosíntesis, el profesor Assagioli, en su pequeño despacho
de Roma.
«Existe actualmente un hecho muy importante y significativo —decía— y es la espera de
una gran renovación religiosa…».
Todas estas conversaciones tuvieron lugar antes de que las capitales de
Europa viesen surgir una juventud a la vez revolucionaria y antiprogresista,
ávida de cosas sagradas, mística y salvaje, con su música sacra al revés y
sus rebeldías parecidas a mímicas litúrgicas. Tal vez tengo algo de médium.
O quizá, simplemente, por tener menos años que mis grandes ingleses, era
más sensible que ellos al futuro. Esta renovación religiosa se producirá —
pensaba yo—; esto es seguro. Pero ¿no saltará hecho pedazos el dogma
evolucionista, que sirvió de puente a dos o tres generaciones para cruzar los
períodos de eclipse de dios?
Haldane y Huxley retrocedían, captados en travelling hacia atrás, en su
conmovedora actitud de papaítos bonachones inclinados sobre el porvenir:
«¿Los que creen en la evolución creadora?». Bueno, esto había que
observarlo desde cerca, con dudas sobre el cómo y el porqué. Yo, como
buen hijo que era, me había aferrado a este dogma. Un dogma que tal vez
iba a fundirse, a disolverse, como mi bollo en la taza de té.
Nuestros abuelos habían decretado la muerte de dios. Pero la Trinidad
resistió el golpe. Sólo cambiaron las palabras. El Padre se convirtió en la
Evolución; el Hijo, en el Progreso; el Espíritu Santo, en la Historia.
Matad al Padre de una vez para siempre. Es decir, poned en duda la
Evolución. Entonces, la noción de Progreso fallará por su base; perderá su
valor de absoluto; se despojará de su naturaleza casi religiosa. Y, en
consecuencia, la Historia dejará de ser necesariamente ascendente. Hela
aquí desprovista de mesianismo, reducida a pura crónica. Quizá sea éste el
verdadero paisaje, que permanecía oculto detrás de los tabúes. ¿Un paisaje
frío? Sin duda alguna. Un paisaje para adultos libres, salidos de la tibieza de
la matriz.
Naturalmente, hay que tratar con precaución y respeto a los partidarios
de la evolución. Durante el siglo pasado, sostuvieron un duro combate.
«Dios creó todos los seres vivos, cada uno según su especie», afirma el
Génesis. La Tecnología tradicional concuerda con la visión platónica: la
Naturaleza es la encarnación de los ideales, y la idea de caballo existió
antes que el caballo, diseñada desde toda la eternidad en los cielos
espirituales. Concuerda con la fijeza del sentido común y del lenguaje. Hace
menos de cien años, un obispo anglicano exclamaba:
«¡No! ¡Nada de evolución!, ¡dios creó efectivamente en seis días el mundo, comprendidos
los fósiles!».
El «proceso de los monos» de Dayton, Estados Unidos, donde se
persiguió a unos profesores por haber enseñado el transformismo, sólo data
de 1926. En la actualidad, la Iglesia ha aceptado los datos fundamentales de
la Antropología, no sin guardarse de las tendencias teilhardianas a una
«religión de la evolución», bastante próxima, a fin de cuentas, a la de
Huxley. Después de un análisis neodarwinista de la evolución anatómica del
hombre en el curso de las edades geológicas, leemos lo siguiente en un
diccionario de tendencia cristiana:
«Los descubrimientos de fósiles humanos que datan de las últimas edades geológicas, es
decir, del terciario y del diluviano, suministran la prueba de que el cuerpo humano participó en
la evolución de conjunto del mundo vivo».
«El cuerpo humano, en su forma actual, es la última prolongación de este proceso evolutivo.
Los conocimientos actuales de la Ciencia permiten situar un poco antes de la época de transición
que lleva del terciario al diluviano, es decir, hace aproximadamente un millón de años, el
momento decisivo en que, diferenciándose de un cuerpo animal muy parecido al suyo, el cuerpo
humano hizo su aparición en su forma actual».
«Fue en este momento cuando, después de una larga evolución del mundo animal y vegetal,
el ser de carne y de espíritu, llamado hombre, nació del acto creador de Dios y pudo iniciar el
camino de su propio devenir».
La Iglesia moderna acepta, pues, que el cuerpo del hombre es producto
de la evolución. En cuanto al alma, mantiene su posición. En cierto
momento, en la cadena de transformaciones, aparece un animal que se nos
asemeja en gran manera. Entonces, interviene Dios: ése lo haré a mi
imagen; demos el soplo decisivo y un «devenir propio» a esa criatura
privilegiada.
Como vemos, el conflicto entre «fijismo» y transformismo no está, ni
mucho menos, resuelto. Todos están de acuerdo en lo que se refiere al
iguanodonte, al pez volador o al chimpancé. Pero el cristiano recupera el
espíritu del Génesis en la última etapa de la creación. Sin embargo, este
conflicto, tan fundamental, se pasa actualmente en silencio. La amistad
entre los progresismos cristiano y ateo bien vale que se pase por alto esta
confusión sobre la evolución. ¡Chitón!, camaradas, y marchemos juntos y
del brazo en el sentido de la Historia.
Cierto que la historia de la idea de evolución es una historia de
confusiones, como demostró muy bien Emmanuel Berl en un notable y
breve ensayo: La evolución de la evolución.
Esta idea de evolución daba náuseas a Cuvier, el cual, empero,
contribuyó mucho a su futuro al fundar la Paleontología. Cuvier pensaba
poder reconstruir cualquier animal partiendo de un huesecillo. Esto era
apostar por una arquitectura natural de las especies, por una especie de
«número áureo» del diplodoco o de la jirafa, por unos ideales
arquitectónicos que el transformismo hacía pastosos, entremezclados en una
papilla evolutiva. La multiplicación de las especies, la desaparición de
ciertas formas de vida, la aparición de otras formas, ¿son fruto de los
proyectos de algún gran arquitecto?
En cambio, el transformismo veía un sólido encadenamiento de causas y
de efectos. Las especies se engendran según las ingeniosas necesidades
naturales. El finalismo de Lamarck, y también el de Geoffroy-Saint-Hilaire,
presuponen una acción determinante del medio. Los seres vivos se
transforman porque el medio ambiente y las condiciones de vida les obligan
a hacerlo.
La adaptación es la causa determinante. Ella da patas a los grandes
reptiles, y calienta su sangre cuando se retiran las aguas. Una rama de su
descendencia se hace pájaro: bajo la influencia del medio, cada vez más
oxigenado, los flecos membranosos se convierten en plumas.
La Zoología, la Botánica y la naciente Biología abrigaban grandes
dudas al respecto. Por ejemplo, no se acababa de comprender por qué el
lino y el cáñamo podían adoptar formas muy distintas en un medio idéntico.
No se comprendía cómo las especies que, según demostraba la observación,
se resistían a mezclarse para producir híbridos, hubiesen podido copular
entre ellas de un modo tan extraño, en tiempos en que no existían los
zoólogos. A pesar de todo, el transformismo era bastante satisfactorio para
la inteligencia. Así como el hombre inventa utensilios, la función crea el
órgano.
El caracol se provee de cuernos, de la misma manera que el ciego se
suministra un bastón; y la jirafa estira el cuello para alcanzar los dátiles.
Pero Fabre se preguntaba cómo habían vivido las abejas antes de aprender a
confeccionar la miel.
«Lamarck —escribió Cuvier, a quien aquél tachaba de loco— es, desgraciadamente, uno de
esos sabios que no han podido resistirse a mezclar conceptos fantásticos a los verdaderos
descubrimientos con los que enriquecieron nuestros conocimientos. La teoría de la evolución es
un grande y hermoso edificio que, desgraciadamente, se apoya sobre cimientos imaginarios».
Sin embargo, la teoría acabaría imponiéndose. En efecto: no se podía
negar que hubiese una historia cambiante del ser vivo. Pero ¿se apoyaba
esta historia en alguna clase de determinismo? No se podía tener la
seguridad de que el transformismo lamarckiano fuese la explicación
acertada. Pero sí era seguro que había que buscar en el sentido de un
encadenamiento de causas y efectos.
Si dudamos de que el efecto sigue a la causa, y de que las causas
producen necesariamente efectos, la Ciencia deja de ser metódica y pierde
su objetivo.
Como observa Emmanuel Berl:
«El transformismo tenía un triunfo muy firme para los sabios: extendía el campo de
aplicación del determinismo (…). Esta evolución les parecía como una declaración de los
derechos del determinismo sobre la Zoología y la Botánica (…). Las especies animales son otros
tantos efectos, y estos efectos provienen de causas que la Ciencia podrá descubrir a lo largo de
los siglos, aunque no encuentre la causa primera, que no forma parte de su campo de estudio.
Esto es absolutamente indispensable; no hace falta nada más».
El transformismo lamarckiano fracasa, pero Darwin reconcilia esta
noción con la idea general de evolución… proponiendo una explicación
mecanicista a la transformación de las especies. Se acumulan mutaciones
insensibles, y la Naturaleza escoge, en función de la selección. Pero ¿con
qué prodigioso juego de casualidades consiguió la Naturaleza crear un
órgano tan perfecto como el ojo de los vertebrados superiores? Darwin
confesaba que no podía pensar en esto sin que le acometiese la fiebre.
Por lo demás, era un intelectual carente de fanatismo, prodigiosamente
abierto y aventurero, que hacía, sólo por ver, lo que él llamaba
«experimentos idiotas», como tocar la trompeta a unas enredaderas. Y
Wallace, tan abierto como él, fue un pionero de la Parapsicología. Pero ni
las mutaciones insensibles, ni las mutaciones bruscas de De Vries,
conseguirán justificar el principio de selección natural y, en suma, de
evolución planificada.
¡Extraña historia la del reptil, cuando empezó a salirle una punta
microscópica de ala! ¡Y más extraña aún, si una alita pequeña y verdadera
le salió de un solo golpe! ¡Qué prodigiosas coincidencias de casualidades
las que, a través de mutaciones insensibles, condujeron a un órgano tan
perfectamente elaborado como el ojo del tigre! ¡Y qué formidable
producción de monstruos enfermizos, con las bruscas mutaciones!
¿Cómo puede actuar la selección natural en estas condiciones?
«Firmemente resueltos a no poner en duda la evolución —escribe Berl—. Bergson y toda la
ciencia de su tiempo reconocen que no tienen la menor idea de los mecanismos por medio de los
cuales se produce esta evolución. El golpe teatral más estupendo es la conclusión de Bergson: ya
que no podemos explicar la evolución de los fenómenos, es necesario y suficiente explicar los
fenómenos por la evolución».
Atribuir a ésta un poder creador, un «impulso vital» que empuje a los seres evolutivos,
aunque no encontremos en éste rastros de aquélla. Si no comprendemos cómo pudo formar la
evolución el ojo del hombre, razón de más para decir: la evolución ha formado este ojo. Huelgan
los mecanismos determinantes, puesto que la evolución determina por sí sola.
«Al padre Teilhard le bastará con seguir este camino real; lo encontró trazado por entero».
Por un extraño movimiento de regreso, la evolución, que antaño se decía hija del determinismo
y pretendía proceder de él y ser su consecuencia necesaria, se vuelve contra él, lo niega, reniega
de él con un desdén que muy pronto ni siquiera tratará de disimular. No afirma que los efectos
tengan causas; no quiere afirmarlo. Lo esencial es que corrobora y confirma el progreso, un
progreso de la Naturaleza hacia la Inteligencia, de la Historia hacia la Justicia, de la Humanidad
hacia lo Sobrehumano.
El transformismo, que, quiérase o no, está en la base de la idea de
evolución, es abandonado como mecanismo coherente, como
encadenamiento de casualidades. Existe una causa final, que produce
efectos a lo largo de la historia de los seres vivos. Es un determinismo
invertido, y los fenómenos inexplicables de la evolución se explican por el
solo Hecho de que son resacas del futuro.
Y, si la genética descarga un golpe mortal al transformismo, no por ello
destruye la idea de evolución ascendente. Porque esta idea ha pasado del
nivel de la explicación científica al nivel de mito necesario para una
civilización.
La teoría de los cromosomas de Weisman y las leyes de Mendel
destruyeron las tesis sobre las mutaciones que habían venido en apoyo del
transformismo. Al afirmar que los caracteres transmitidos son invariables, y
que no puede haber transmisión de los caracteres adquiridos, ya que la
herencia actúa, no de organismo a organismo, sino de germen a germen
estable, la genética no dice nada en absoluto a favor del evolucionismo.
Cuando Lyssenko y los mitchurinianos de la época estalinista se
pronuncian a favor de la evolución y contra la genética, lo hacen con plena
conciencia de la contradicción en que incurren. Pero necesitan apoyos
«científicos» para el mito necesario.
En nombre de la verdad científica, envían a los geneticistas a presidio;
pues, para ellos, la Ciencia no es solamente la verdad, sino la verdad más la
esperanza; la esperanza de ser causa, de poder modificar y mejorar la
naturaleza del hombre por un cambio del medio que dé al transformismo la
posibilidad de ejercer sus virtudes. Cierto que era una crueldad inútil enviar
a los sabios a la muerte. Pero aquellos materialistas no tenían suficiente
confianza en el mito. Ni siquiera hubiese sido necesario el silencio. El mito
de la evolución ascendente vive muy bien y engorda con las
contradicciones, que le sirven de suero.
Los transformistas de principios del siglo XIX consideraban más que
suficiente el haber sustituido el arbitrio del Creador por una hipótesis que
implicaba cierto determinismo. No se pronunciaban sobre un sentido
cualquiera de la evolución. Las causas engendraban efectos, la acción del
medio y la selección natural hacían que se modificasen las especies, las
formas de vida se desplegaban, obedeciendo a necesidades implacables,
desde la amiba hasta el hombre.
Se guardaban muy mucho de pronunciarse sobre una cuestión que, por
lo demás, les habría parecido desprovista de espíritu científico: ¿tiene la
evolución un sentido? El transformismo no era pesimista ni optimista. Se
negaba a dar una intención y una dirección a un fenómeno natural. En esto,
se avenía bastante bien con el espíritu de la época, que mantenía un
equilibrio bastante desmañado entre la esperanza y la desesperación, con
una ligera preferencia por la lucidez amarga.
Julio Verne era contemporáneo de unos filósofos que profetizaban el
Apocalipsis, y Baudelaire exclamaba:
«¡El mundo se acaba!».
Por otra parte, la Física de la época tiene negra la color. La entropía
generalizada condena al Universo a la extinción. Nietzsche encuentra, en el
determinismo que preside la evolución de las especies, algo con que
alimentar su visión trágica. Se pasma sombriamente ante la dureza
implacable de la selección natural y al ver aparecer el hombre sobre un
inmenso cementerio de especies enterradas. Los biólogos, que «no vieron a
dios en sus probetas», se encogerían de hombros, bajo su levita negra, si se
asignase un sentido cualquiera a los fenómenos naturales.
Sólo los determinismos fisicoquímicos se hallan en juego. Y los propios
psicólogos se colocan a su lado: la inteligencia y las virtudes son productos,
como el alcohol y el azúcar. En cuanto al hombre, desciende del mono. El
propio verbo excluye toda idea de una ascensión cualquiera del ser vivo, de
una dirección positiva del «impulso vital». El Génesis nos hacía nacer del
polvo y nos decía que volveríamos a él. El dogma afirmaba que éramos
barro animado por Dios. No somos este producto de la voluntad del Señor,
sino, simplemente, un primate que evolucionó por el juego de causalidades
ciegas y fue arrojado a una Naturaleza que no tiene ningún fin y que, por lo
demás, está condenada a la extinción por la termodinámica.
Si, por una extraordinaria circunstancia, los descubrimientos de la
genética moderna se hubiesen realizado antes del advenimiento de la
civilización industrial, los partidarios del fijismo habrían llevado la mejor
parte. Como dice acertadamente Emmanuel Berl, estos descubrimientos
habrían «entusiasmado a los filósofos más obsesionados por lo Eterno, más
indiferentes a la Duración».
No se habría hablado de «impulso vital», ni, con mayor razón, de
«evolución creadora».
Los principios de majestuosa inmutabilidad de la Naturaleza habrían
triunfado, y toda nuestra visión del ser vivo, de la historia del hombre y sus
sociedades, de nuestra propia civilización, se habría modificado.
Pero, mientras tanto, la idea de evolución se había emparejado con la
idea de progreso. Con la civilización industrial y sus primeros y
espectaculares logros, se extinguió el concepto de que la edad de oro había
quedado atrás. La máquina de vapor y la electricidad desplazaban el paraíso
desde atrás hacia delante. Íbamos a «triunfar sobre la Naturaleza», a
cambiar las cosas y, por consiguiente, a cambiar el hombre. El
transformismo volvía a recobrar el pelo de la dehesa; la industria, que
transformaba el medio, transformaría la Humanidad. La «marcha hacia
delante» es «irreversible». «Es imposible detener el progreso»; la
Humanidad puede confiar en descubrir un sentido a la Historia.
Hegel elabora la metafísica del progreso, y Marx, su antropología. El
impulso fáustico que se desarrolla en la fábrica y en el laboratorio enlaza
con el mítico «impulso vital», y es este último mito el que dará carácter de
absoluto a un hecho de civilización muy limitado en el tiempo.
El medio determina la transformación, y la función crea el órgano: he
aquí el fondo de lamarchismo que volveremos a encontrar en el «socialismo
científico». Y cuando Marx declara que la Humanidad realiza sus
descubrimientos en el momento en que le son necesarios, es también
Lamarck quien habla. Las implacables leyes de la «evolución económica»
tienen mucho de transformismo, y el principio de la lucha de clases es
primo hermano de la selección natural.
La idea de evolución creadora, que es un invento de la mente para dar
cuenta de una historia general del ser vivo cuyo mecanismo no puede
explicarse, servirá para justificar plenamente los sacrificios que en nombre
del progreso exige la naciente civilización industrial. ¿Es el progreso una
noción relativa? ¡No, y no! El progreso radica en la naturaleza de la
evolución. Participa del impulso que eleva al ser vivo en el decurso de los
tiempos. Es correlativo a la evolución.
«Con el apareamiento de la evolución y el progreso —dice Berl—, la evolución (es decir, la
idea de evolución creadora, que era mucho más mítica que científica) adquiere dignidad política,
y el progreso (que no era más que una constante bastante dudosa, prendida en una estrecha
coyuntura del tiempo) cobra dignidad científica».
Pero desde el momento en que el progreso adquiere esta dignidad y se
erige en rey del mundo, le conviene rechazar todo el pasado y sumirlo en
una noche de prolongados, torpes y balbucientes esfuerzos. El progreso es
el magnífico heredero de toda la evolución, el producto resplandeciente,
definitivo, de tres mil millones de años de vida y de esfuerzos por conseguir
esta entidad espléndida. El progreso ilumina el mundo. Antes, el mundo
estaba a oscuras. En realidad, el hombre no conocía la luz del día. Esto es lo
que significa el término «siglo de las luces».
Es el siglo que ve nacer la idea del progreso. Con él, llega nuestro
tiempo, el tiempo de los hijos del tiempo. Surgimos al fin, y tomamos por
nuestra cuenta las riendas de la evolución; nosotros, que hasta entonces
habíamos estado ligados a una lenta evolución de la materia, a un tímido
avance, sofocante y terrorífico, sometido a la mordedura de las
inclemencias químicas, de los organismos nocivos que vegetaban en las
encharcadas aguas del Devónico.
A partir de entonces, tenemos la seguridad de que el progreso está
justificado por la evolución y de que la Historia tiene, en consecuencia, un
carácter mesiánico. Pero debemos considerar si esta certeza deriva de los
imperativos de nuestra civilización industrial y técnica, más que de una
realidad científicamente revelada. Emmanuel Berl tiene muchísima razón
cuando habla, a este respecto.
«De la presión ejercida (sobre los defensores de la evolución creadora) por la civilización
que les rodea».
Es ésta, sigue diciendo.
«La que, sin duda alguna, confiere a las ideas de evolución y de progreso un valor que no
guarda proporción con los fenómenos efectivamente comprobados. Es ella quien orienta las
investigaciones en el sentido conveniente, anulando las prevenciones contra palabras que
significan e insinúan mucho más de lo que expresan; la que incita a confundir una teoría,
verosímil pero discutible, como todas las teorías, con un conjunto de hechos establecidos.
»Estos hechos pueden revelar situaciones pretéritas, sucesiones, causalidades; pero no
pueden, evidentemente, revelar finalidades y, menos aún, el sentido último de unos procesos que
no han finalizado y cuyo término es imprevisible.
»No conocemos, ni podemos conocer, el desenlace de los combates que la vida entabla
contra sí misma y contra la materia inanimada. Los biólogos no podían prever la bomba
atómica, ni saben qué nuevos virus podrán, mariana, diezmar nuestra especie. Su evolucionismo
implica, pues, un acto de fe; un acto de fe que ni siquiera se apoya en una revelación y que se
hace aún más difícil desde el momento en que excluimos la transmisión de los caracteres
adquiridos.
»Al profesar el evolucionismo, creen dominar y dirigir la Sociología, cuando en realidad no
hacen más que someterse a ella. Pues es la Sociología, y no la Biología, la que presta a la
evolución el prestigio y el atractivo que ejerce sobre nosotros. Es el progreso del hombre, y no
el de las especies animales y vegetales, el que rige nuestro trabajo y nuestras ideas.
»Y, si nos sentimos inclinados a pensar que todo va de mejor a mejor en el mundo, es porque
vemos aumentar el poder que el hombre ejerce sobre él. Montaigne se burlaría de esta idea.
Pero, se mire como se mire, en la actualidad todos saldríamos ganando si considerásemos la
evolución con mayor desconfianza y si empleásemos esta palabra con más cautela y con mayor
rigor.
»El evolucionismo se volvió contra el determinismo, después de haberse confundido con él;
se volvió devoto, si no ortodoxo, después de haber sido ardientemente librepensador. ¿Cómo
saber a qué causas servirá mañana? Ni siquiera podemos afirmar que asegure el bienestar de sus
adeptos: los poetas nos enseñaron, hace mucho tiempo, que se puede torturar con la esperanza, y
los historiadores, que los jefes de los pueblos pueden hacer más atroz la vida presente, en
nombre del porvenir mejor que les prometen.
»Las peores tiranías se hacen excusables, e incluso se justifican, cuando damos por cierto
que el mundo, sometido a una fatalidad dichosa, camina hacia un estado paradisíaco. Si, pase lo
que pase, todo tiende al bien, el mal deja de existir; una enorme carnicería no detendría el curso
de la evolución; algunos pueden incluso alardear de que la aceleraría y de que una pequeña
sangría de novecientos millones de hombres facilitaría a los supervivientes, el acceso a la
sociedad sin ciases a la que aspira el socialismo; de la misma manera, los nazis se jactaban de
que, eliminando las razas inferiores, harían más rápido y seguro el juego bienhechor de la
selección natural. El evolucionismo no está más exento de delirio que todos los otros “ismos”.
Incluso es preciso vigilarlo de cerca, sobre todo si se quiere defenderlo».
A decir verdad, no me siento inclinado —y tampoco Bergier— a
«defender el evolucionismo». ¿Y si la evolución fuese como una de esas
muñecas debajo de cuya falda aparecen otras varias muñequitas
enteramente formadas? ¿Si hubiese habido, por ejemplo, varias apariencias
del hombre, y varias tentativas hermanas de dominar la Naturaleza? ¿No
habría entonces, en esta creencia positiva, un optimismo que no iría
acompañado de la fe en un «impulso vital» ascendente, ni del rechazo de
todo el pasado de la Creación en una oscuridad fangosa?
Habría habido varias tentativas, y la actual sería la buena. Naturalmente,
también esta idea es delirante. Pero el retroceso incesante, durante los
últimos años, del campo de observación de la historia humana, proporciona
buenos puntos de apoyo a este delirio.
Los biólogos modernos —advierte André Bouthoul en su obra
Variaciones y mutaciones sociales— se inclinan a creer que, durante el
último período geológico, la Naturaleza dejó de crear nuevas especies
animales. Cuénot (La evolución biológica) calcula que, hace unos
quinientos millones de años, después de la aparición de los pájaros, el verbo
creador de la Naturaleza pareció agotarse. Ninguna estructura nueva surgió
después de los primates y del hombre.
Y, no obstante, parece que no varió la densidad media de radiación, que
nada cambió sensiblemente en nuestro medio físico. Entonces, ¿qué pensar
de la evolución como proceso continuo?
«Las observaciones de la Biología moderna —sigue advirtiendo Bouthoul— hacen dudosa
la aparición de mutaciones que den origen a especies nuevas».
Morgan sometió a ciertos insectos a los tratamientos más variados,
comprendido el bombardeo con rayos correspondientes a las condiciones
físicas de las épocas geológicas más antiguas, sin obtener resultados
probatorios.
Sin embargo, la especie humana modifica, en muy pocos siglos, sus
posibilidades de acción, sus modos de existencia. Aquí, para no perder el
hilo del evolucionismo (confundido en nuestras mentes con la noción de
progreso), recuperamos acrobáticamente la idea de las mutaciones,
declarando que «la creación de las máquinas y de las técnicas constituye
verdaderas mutaciones biológicas de la especie humana», y que, si la
evolución ascendente no ha afectado al homo en general, sí que ha influido
en el homo sapiens y en sus sociedades. Como si la Naturaleza,
bruscamente fatigada, o la evolución progresiva, al sufrir una avería,
hubiesen delegado sus funciones en el homo sapiens.
Y, en nuestro empeño de ser evolucionistas a pesar de todo, volvemos al
puro y simple acto de fe de un Padre de la Iglesia, san Clemente de
Alejandría:
«Una vez definitivamente terminada la Creación, el hombre fue encargado de regir los
destinos de la Naturaleza».
A menos, que, en nuestra búsqueda de huellas de una evolución, las
encontrásemos efectivamente. Pero ésta debería actuar exclusivamente en el
hombre. Y, en este caso, tendríamos que hacernos a la idea de que el
hombre es una criatura excepcional, perteneciente a una especie
privilegiada; de que el hombre es objeto y producto de determinadas
fuerzas:
«Algunos biólogos opinan en la actualidad que las mutaciones espontáneas, visiblemente
terminadas en las especies animales, siguen produciéndose en el encéfalo humano,
principalmente en las zonas corticales, de suerte que las modificaciones de las mentalidades no
serían más que el aspecto psicosociológico de aquellas mutaciones espontáneas, de origen
misterioso y tal vez cósmico».
(Bouthoul)
Situados en estas perspectivas, contrarias a la teoría general de la
evolución, no tendríamos más remedio que declarar que el hombre es un
animal fuera de serie, que constituye una forma viva ajena al proceso
global. He aquí una declaración que nos sentirnos fuertemente tentados a
hacer, por nuestra cuenta y riesgo. Pues bien, dejémonos tentar.
Planteadas así las cosas, tenemos que añadir que esa forma viva, que
escapa al proceso general, podría muy bien aparecer, no al final de una lenta
evolución, sino de manera acelerada, y cada vez que le resulta posible. En
la historia de nuestro planeta, el hombre pudo aparecer varias veces durante
los millones de años que quedaron atrás.
De suerte que, considerado a la escala de nuestras vidas y de la duración
de nuestras civilizaciones, podríamos decir que el hombre es eterno. Esta
hipótesis no es mística. No presupone un Dios testarudo y vigilante, que
crea al hombre cada vez que las condiciones se lo permiten. Es una
hipótesis natural. Así como el azar no interviene en la química, tampoco
influiría en la evolución. Así como existen moléculas estables, habría al
menos una forma de vida, el hombre, que se manifestaría con constancia,
cada vez que se presentase la ocasión; que pasaría por muchas vicisitudes,
avatares, altibajos, degeneraciones y en una eterna tentativa de realizarse;
con plenitud.
Cada nuevo descubrimiento hace retroceder la fecha de nacimiento del
primer hombre. En septiembre de 1969, un congreso de antropólogos y
paleontólogos, reunidos en la sede parisiense de laUNESCO, rechaza la idea
de que el hombre de Neandertal fuese nuestro antepasado, y admite que,
hace más de dos millones de años, existía un, hombre que confeccionaba
útiles y practicaba un culto a los muertos. Pero esto resulta ya insuficiente.
Las excavaciones del Chad revelan una Humanidad cuya antigüedad se
remonta a seis millones de años.
Esta pista podría seguir indefinidamente y hacernos pensar que, a
nuestra escala, hablar del primer hombre es lo mismo que hablar del
extremo del Universo.
No pretendemos lanzar la idea de que el nacimiento del hombre podría
ser sincrónico de la formación de la vida sobre la Tierra, hace más de tres
mil millones de años. Pero es posible que, en diez millones de años,
surgiese la especie humana, desapareciese a causa de ciertos cataclismos y
volviese a aparecer, de la misma manera que renace la vida en las islas
convertidas en improductivas por erupciones volcánicas.
«La explicación darviniana de la transformación de las especies por mutaciones lentas y
graduales es, en la actualidad, difícilmente aceptable. Una propiedad que no ha tenido tiempo de
afirmarse, que sólo existe en estado embrionario, tiene muy pocas probabilidades de alcanzar
jamás el estado adulto: con frecuencia, no es más que un obstáculo en la lucha por la vida, y, por
esta propia circunstancia, está condenada a desaparecer. ¿Cómo pudo, en estas condiciones,
desarrollarse, fase por fase, esa totalidad constituida por un ser completamente nuevo?».
Ésta es la pregunta que se formula un biólogo como Heinrich
Schirmbeck.
Sin embargo, y fundándose en los resultados suministrados por la
Antropología, pone fuera de duda que el hombre.
«Elemento de la Naturaleza, tiene un pasado biológico cuyas raíces se hincan en un conjunto
de formas animales preliminares».
Al propio tiempo, otros sabios al tropezar con la imposibilidad de
explicar evolutivamente la génesis del hombre, no han vacilado en dar un
rodeo para salvar el obstáculo, en aislar al hombre del resto del universo y
en atribuirle, desde el principio, un devenir propio. Así, Edgar Dacqué, en
vez de considerar al hombre como la forma más reciente de una larga
evolución, afirma que es el «primogénito» de la creación, cuyo centro
ocupa. Según Dacqué, el hombre sería el ser primeramente concebido en el
decurso de todos los tiempos, y toda la creación habría proliferado
alrededor de este modelo inicial.
Nuestra hipótesis parece, en relación con aquélla, un poco menos
fantástica. Presupone una forma de vida estable, que aparece y desaparece
según coincidan o no las condiciones necesarias, que se manifiesta, se
extingue y reaparece en el decurso de los tiempos. ¿Es esto un «verdadero
delirio utópico», como el de Dacqué? En todo caso, y habida cuenta de que
el curso de los tiempos «humanos» se prolonga sin cesar ante nuestros ojos
a medida que progresa la investigación antropológica, tenemos perfecto
derecho a buscar explicaciones distintas de las del evolucionismo.
En 1856, cuando se descubrieron los primeros fragmentos del esqueleto
del hombre de Neandertal, no faltaron expertos que declarasen que el
hombre no se remontaba a tiempos tan remotos y que se trataba de restos de
un salvaje o de un idiota. Pero, desde hace un siglo, se han exhumado en
muchos lugares del mundo restos de hombres fosilizados y de hombres-
monos, sin que sea fácil, frente a formas ora indescifrables, ora humanas,
establecer filiaciones y trazar un árbol genealógico.
El neandertaliano, que tallaba los finos útiles de la época musteriense,
que construía sepulturas y se comunicaba con el lenguaje de los
conocimientos técnicos, se nos presenta actualmente como un momento de
la historia humana (cincuenta mil años atrás) incomprensiblemente
suspendido en la noche de los tiempos. Parece como una aberración, fruto
de cruzamientos entre un homo habilis infinitamente más antiguo, o de un
homo sapiens ya aparecido, y los pitecántropos, una variedad de cruce,
como el hombre de Solo, en Java.
El doctor Leakey, que, desde hace más de cuarenta años, realiza
excavaciones en África Oriental, descubrió en Kenya, en 1948, vestigios de
uno de los primeros eslabones de la cadena que pudo dar origen a los
primates y al hombre, vestigios cuya antigüedad se estima de unos cuarenta
a veinticinco millones de años.
En 1959, el doctor Leakey descubrió el tipo homínido más antiguo de
los conocidos hasta entonces, el zinjántropo australopiteco, que había
morado en Olduvai, Tanzania, hace de 180 000 a 800 000 años. En 1962,
descubrió el kenyapiteco, cuya antigüedad se remonta a unos cincuenta
millones de años y que parece situarse también en la línea de los
antepasados homínidos.
En 1963, pensó que un nuevo descubrimiento efectuado en Olduvai, el
del homo habilis, ponía en tela de juicio todas las teorías existentes sobre el
origen del hombre.
«El descubrimiento de una criatura que presentaba rasgos tan parecidos a los humanos y que
vivió hace un millón ochocientos mil años, constituyó, por sí solo, una revolución —escribió
Madame Yvonne Rebevrol en Le Monde, comentando el Congreso de la UNESCO—. Hasta
entonces, la línea de los homínidos avanzaba desde el antiquísimo australopiteco hasta el homo
sapiens (es decir, el hombre de hoy) que se suponía aparecido hace solamente unos 25 000
años».
«La evolución estaba jalonada por el pitecántropo nada por el pitecántropo, más tardío y
evolucionado que el australopiteco, y por el hombre de Neandertal, más primitivo que el homo
sapiens. Pero he aquí que aparece una nueva criatura, tan antigua como los australopitecos, pero
que muestra chocantes analogías con el homo sapiens».
»Según el doctor Leakey, es el homo habilis nuestro único antepasado, mientras que los
otros homínidos no son más que ramas defectuosas que no tuvieron descendencia. El
australopiteco, el pitecántropo y el homo habilis aparecieron al mismo tiempo, pero sólo el
homo habilis fue punto de partida de la fructífera evolución que condujo al homo sapiens».
»Por lo demás, hay que observar que, en diferentes lugares, pero principalmente en Gran
Bretaña, Francia, Alemania y Hungría, se han encontrado cráneos fósiles cuyas características
hacen pensar en el hombre actual, pero que proceden de yacimientos muy antiguos.
Recientemente, en el yacimiento del río Omo (Etiopía), se han descubierto dos cráneos muy
“modernos” pero también antiquísimos. Esta dispersión de tipos sumamente evolucionados
presupone, evidentemente, una dispersión anterior del tronco, del homo habilis (…).
»Sin embargo, el doctor Leakey sigue opinando que el hombre “nació” en la zona que
comprende el África Oriental, Arabia y el oeste de la India».
»En la India, ha sido descubierto un mono fósil, el ramapiteco, más reciente pero bastante
parecido al kenyapiteco, y se ha puesto también de manifiesto una industria primitiva. Mr.
Leakey está convencido de que unas excavaciones sistemáticas en la India o en Arabia
resultarían extraordinariamente fructíferas, puesto que el África oriental muestra incesantemente
su riqueza en fósiles. Después de los yacimientos de Tanzania y de Kenya, Etiopía reveló el del
río Omo.
»La latitud y las alturas escalonadas en estas regiones fueron extraordinariamente favorables
a la aparición y a la evolución de los homínidos primitivos. Sus tierras volcánicas son ideales
para la conservación, de los fósiles: Cuanto más se busca, más se encuentra.
»En fecha muy reciente, Mr. Leakey descubrió, en Olduvai, un cráneo de homo habilis que
parece completo o poco menos (Le Monde, 19 de agosto de 1969). El doctor Leakey mostró un
diente encontrado en territorio kenyano, al sur del lago Rodolfo: este diente parece haber
pertenecido a un homínido que vivía hace ocho millones de años».
Sin embargo, Leakey opina que el homo sapiens sólo pudo aparecer
cuando tuvo posibilidad de encender fuego, es decir, «la seguridad y la
tranquilidad mental necesarias para que se produjese el pensamiento
abstracto». Los útiles aparecieron muy pronto, pero no determinan el paso
del prehombre al hombre.
El hombre propiamente dicho nació con el pensamiento abstracto, los
conceptos de magia, la religión y el arte. Según el doctor Leakey, se
necesitó un período considerable de tiempo para pasar del homo habilis al
homo sapiens, cuya antigüedad sería solamente de unos cien mil años.
Esta tesis no se apoya en nada definitivamente establecido. Solamente
jalona incertidumbres, partiendo de vagas estimaciones.
Lo único cierto es que, «cuanto más se busca, más se encuentra». Un
homo habilis de varios millones de años. Un homo sapiens de cien mil
años; y algunas suposiciones constantemente puestas en tela de juicio,
flotando en este océano del tiempo.
Pero, si vivieron homínidos hace más de ocho millones de años, se
derrumba la teoría clásica de la evolución.
Y, si el hombre pensante existe desde hace cien mil años, tenemos
lógicamente derecho a preguntarnos si es posible aceptar tranquilamente la
idea de que sólo adquirió luces y poder en los últimos siglos, de que hubo
un único momento privilegiado en esta larga aventura, un momento
comprendido en la última quingentésima parte del tiempo humano, surgido,
a su vez, de una noche oscura de ocho millones de años.
Y si, como opina Leakey, el homo sapiens aparece con la magia, es
decir, con el intento de dominar el mundo visible por medio de fuerzas
invisibles, podemos considerar nuestros dos siglos de tecnología como una
de las formas asumidas por la prolongada búsqueda mágica, entre las
muchas que se desarrollaron, con éxito o sin él, en el decurso de tiempos
inmemoriales. Esta manera de ver la cuestión es, en todo caso, menos
fantástica que la manera convencional que presupone dos siglos de
revelación en cien mil años de letargo y, en resumidas cuentas, un
extraordinario racismo temporal.
Es curioso que combinemos con tanta satisfacción la idea de que la
última quingentésima parte del tiempo humano nos ha convertido en
señores de toda la Humanidad pensante, con la idea evolucionista que liga
nuestra ascensión al oscuro proceso general de lo viviente, que hacía salir al
reptil de su légamo, y a la química ciega que, añadiendo dos pequeños
balones a su débil cerebro, daba origen a los hemisferios cerebrales.
Quizá sería útil para la mente, al menos a modo de ejercicio, considerar
las actitudes inversas: situarnos menos excepcionalmente en la historia
humana y más excepcionalmente en la historia de lo viviente; pensar que el
hombre podría ser una forma estable, capaz de manifestarse en repetidas
ocasiones, con éxitos o catástrofes.
Este antirracismo temporal y el sentimiento de que la Humanidad podría
ser, en la Tierra y en el Universo, una forma de emergencia estable, un
punto final de las energías, la plasmación del eterno empeño del ser en
manifestarse, podría influir en la civilización, en la sociedad y en la moral.
Que el hombre más humilde sea un objeto de valor incalculable. Que la
totalidad de los tiempos humanos sea considerada con la mayor
predisposición al respeto, a la admiración y al asombro. Si rebuscamos en el
almacén de las doctrinas no admitidas, encontramos una bastante adecuada:
el humanismo.
CAPÍTULO II
El deslizamiento de los continentes
Una mirada infantil al mapa del mundo. — Es un rompecabezas. — La idea de Wegener. — Le
dan la razón treinta años después. — Breve digresión sobre el paleomagnetismo. — Einstein
prologa la obra de Hapgood. — Cómo se produciría el deslizamiento de los continentes. — Una
teoría nueva: el fondo de los océanos se mueve. Unas palabras sobre la Atlántida. — ¿Qué fue
la Antártida? — Un sueño de Hapgood. — Viajemos en trineo, con Paul-Émile Victor, por los
senderos del tiempo.
Vestigios de materia orgánica fueron descubiertos en dos fragmentos de
Luna traídos por sus primeros exploradores.
¿Son estos vestigios de origen genuino?
¿O fueron incorporados por los propios cosmonautas, a pesar de todas las precauciones?
Aún sabemos muy poco sobre la composición de nuestro satélite. ¿Por
qué la atmósfera de Marte no ha de contener nitrógeno, si se cree observar
amoníaco en ella? Hay muchas preguntas sin respuesta. Las informaciones
son escasas y fragmentarias. Pero ¿lo sabemos todo sobre la Tierra en que
habitamos? Ni mucho menos. Sus profundidades nos son en gran parte
desconocidas. Su historia sigue siendo enigmática.
Contemplad un mapa del mundo. ¿Es un rompecabezas cuyos pedazos
fueron separados? La costa oriental de las Américas parece haberse
despegado de la costa occidental de Europa y África. ¿Se habrá separado
poco a poco, hasta el punto de convertir un estrecho en ese Atlántico de
4800 kilómetros de anchura?
¿Y el océano índico? ¿Y no parecen África del Sur, Madagascar, la
Antártida y Australia pedazos de un rompecabezas a la deriva? Hace ya
mucho tiempo, los geólogos se vieron sorprendidos por las semejanzas de
formaciones rocosas descubiertas en África del Sur, el Dekkán, Madagascar
y el Brasil, y algunos de ellos formularon la hipótesis de un continente
primitivo: el Gondwana. Los primeros estudios de la geología antártica les
incitaron a atribuir una parte del continente austral al Gondwana. En
diciembre de 1969, se descubrió en la Antártida (Montes Alejandra) el
cráneo de un listrosauro.
Éste es un reptil que se supone que vivió a principios del período
secundario, hace 230 millones de años. Fósiles análogos habían sido
encontrados en África del Sur y en Australia. Existen similitudes evidentes
entre las floras fósiles de la Antártida, de África del Sur, de Australia y de
América del Sur. Y el carbón de la Antártida procede de fósiles de grandes
árboles que hacen pensar en un clima ecuatorial.
En 1914, un alemán, el geofísico y meteorólogo Alfred Wegener, lanzó
una hipótesis global. Según su teoría, todas las tierras formaban al principio
un solo bloque. Después, debieron producirse dislocaciones, en épocas
diversas, y cada continente marchó a la deriva. Wegener murió en 1930,
durante una expedición a Groenlandia. Y su tesis cayó en el descrédito.
«Yo mismo empecé mis investigaciones con la intención de demostrar que la teoría de
Wegener era absurda», declaró en 1969 Patrick M. Hurley, profesor de geología del MIT.
Pero, ante el cúmulo de hechos recientemente descubiertos, reconoció
que el sabio alemán tenía razón en lo esencial: los continentes cambian de
sitio.
En efecto, a partir de 1950, una nueva serie de elementos devolvió su
fuerza a la idea de la movilidad de la corteza terrestre y del deslizamiento
de los continentes.
Vamos a verlo. Y que se nos perdone el tecnicismo de esta breve
exposición.
El paleomagnetismo es el estudio de la dirección y la intensidad del
magnetismo de las rocas. La importancia de esta magnetización estriba en
que está orientada en el sentido del campo magnético terrestre en la época
del enfriamiento. En la roca sedimentaria se halla, pues, contenida la
indicación de la orientación del campo magnético de la Tierra en un período
dado.
Al proseguir en Europa los estudios sobre formaciones rocosas cada vez
más antiguas, se descubrió que, cuanto más viejas son las rocas, nos dan
posiciones del polo magnético más alejadas de la del polo geográfico
actual. Ciertas rocas de hace cuatrocientos millones de años nos dan un polo
situado en el ecuador. Así, pues, los polos, o los continentes, han cambiado
de sitio.
El estudio de las rocas de una misma época en continentes diferentes
debería darnos igual posición para el polo. Sin embargo, los experimentos
dieron un resultado distinto. En vez de coincidir, los polos paleomagnéticos
de América del Norte se inclinan sistemáticamente al oeste de los de
Europa. Esto sólo tendría explicación si América del Norte se hubiese
desplazado hacia el Oeste, en relación a Europa. Lo cual nos lleva de nuevo
a la teoría del deslizamiento de los continentes.
De manera parecida, los antiguos polos de los continentes australes no
coinciden con los polos del hemisferio Norte. Pero existe una diferencia:
¡otros elementos permiten suponer que las tierras del hemisferio Sur se
separaron más que las del hemisferio Boreal!
Las direcciones de magnetización tomadas de piedras sedimentarías de
África Central sitúan el polo Sur en la República Sudafricana. Datos
análogos observados en Australia sitúan aquel mismo polo, en igual
período, en la parte meridional de Australia.
Si estas indicaciones proporcionadas por África y Australia sobre la
posición del polo Sur, hace trescientos millones de años, son exactas,
Australia debía encontrarse situada, en aquel entonces, un poco al Norte y
junto a la costa este de África del Sur. Eso confirmaría la teoría de que, hace
trescientos millones de años, las tierras formaban una sola masa.
La tesis de Wegener fue adoptada por Charles H. Hapgood, con mucha
resonancia, y sostenida por Albert Einstein, abierto siempre a las ideas
nuevas.
En 1958, Einstein prologó la obra de Hapgood, en estos términos:
«Frecuentemente recibo comunicaciones de personas que desean consultarme sobre sus
ideas inéditas. Inútil decir que raras veces poseen estas ideas el menor valor científico. Sin
embargo, la primera comunicación que recibí de Monsieur Hapgood me electrizó. Su idea es
original, muy sencilla, y, si puede apartar nuevas pruebas a su argumentación, de gran
importancia para todo lo relativo a la historia de la superficie de la Tierra.
»Numerosos datos experimentales indican que, en todos los puntos de la superficie de la
Tierra donde pueden realizarse estudios con medios suficientes, se producen numerosos cambios
de clima, aparentemente súbitos. Según Hapgood, esto es explicable: la corteza externa de la
Tierra, prácticamente rígida, sufriría de vez en cuando considerables desplazamientos sobre las
capas internas, viscosas, plásticas y tal vez fluidas. Tales desplazamientos pueden producirse
como efecto de fuerzas relativamente débiles ejercidas sobre la corteza y procedentes del
movimiento de rotación de la Tierra, el cual tiende, a su vez, a alterar el eje de rotación.
»En una región polar, el hielo se deposita de manera continua, pero no se distribuye
simétricamente alrededor del polo. La rotación de la Tierra actúa sobre estas masas de hielo de
manera irregular y produce un movimiento de acción centrífuga. Que se transmite a la corteza
rígida de la Tierra. Este movimiento centrífugo, que aumenta constantemente, puede haber
provocado, al alcanzar cierta fuerza, un deslizamiento de la corteza terrestre sobre el resto del
cuerpo de la Tierra, que acercaría las regiones polares al ecuador.
»Es indudable el trecho de que la corteza terrestre es lo bastante resistente para no hundirse
bajo el peso de los hielos. La cuestión estriba, ahora, en saber si esta corteza terrestre puede
efectivamente deslizarse sobre las capas internas.
»El autor no se ha limitado a una simple exposición de esta idea. Presenta, de manera a la
vez prudente y completa, un material extraordinariamente rico que confirma su teoría. Yo creo
que esta idea sorprendente, y aun apasionante, merece la mayor atención de todos los que se
ocupan de los problemas de la evolución de la Tierra.
»Quisiera añadir, para terminar, una observación que acudió a mi mente mientras escribía
estas líneas: Si la corteza de la Tierra puede desplazarse con tanta facilidad, esto presupone que
las masas rígidas de la superficie terrestre tienen que estar distribuidas de manera que no
originen una inercia centrífuga lo bastante importante para provocar el deslizamiento. Pienso
que sería posible comprobar esta deducción, al menos de un modo aproximado. En todo caso,
este movimiento centrífugo debe de ser más débil que el producido por las masas de hielo
depositadas».
El prólogo de Einstein atrajo la atención sobre la idea de la movilidad
de los continentes.
Hapgood admite la existencia, bajo la corteza terrestre, de una capa
viscosa sobre la que se deslizarían los continentes, como icebergs sobre el
agua. En realidad, gracias a indicios indirectos, y gracias a la sismografia,
creemos saber que el grueso de la Tierra está compuesto de este modo:
Una corteza exterior, de 35 kilómetros de profundidad, que se adelgaza hasta 11
kilómetros debajo de los océanos.
El «manto», región que va desde la parte inferior de la corteza hasta una profundidad de
2900 kilómetros y que se compone de una zona rígida de 100 kilómetros (litosfera), una
zona parcialmente en estado de fusión, de varios centenares de kilómetros (astenosfera), y
una zona de rigidez considerable (mesosfera).
El centro, cuya temperatura se calcula en 6000 grados centígrados, mientras que, en su
límite con el manto, es probablemente de 4000 grados. El calor de la litosfera es
constante, pero más elevado a lo largo de una franja estrecha en el fondo de los océanos,
que recibe el nombre de cadena medio-oceánica.
Otra característica de los fondos submarinos: una línea de depresiones
alrededor de la Tierra, con una anchura de varias decenas de kilómetros y
profundidades de 7000 a 8000 metros, y que es centro de gran actividad
sísmica.
Se trata, en general, de un modelo supuesto. No disponemos de medio
alguno para ver la sección de la Tierra, ni se ha efectuado ningún sondeo
realmente profundo. Nuestro conocimiento del interior del Globo es, pues,
muy imperfecto y en gran parte hipotético. Si algún sistema nos permite un
día «radiografiar» la Tierra, sabremos si Hapgood tiene razón.
Sin embargo, y aunque hubiese de abandonarse su teoría, la tesis del
deslizamiento de los continentes tuvo un valioso retoño en la explicación
ofrecida en 1963 por dos profesores americanos: Hess (de Princeton), y
Díez (de la «Experimental Science Service Administration»). Hess y Díez
piensan que, bajo la arruga medio-oceánica, existen levantamientos en el
manto de la Tierra.
Se formaría una nueva corteza sobre la cima de esta línea de crestas,
mientras que la antigua corteza sería absorbida por las depresiones marinas.
De este modo, el fondo del océano, situado entre las cadenas y las
depresiones, se desplazaría progresivamente.
Si a uno le resulta difícil imaginarse este mecanismo de expansión del
fondo de los mares, puede utilizar la siguiente analogía: basta imaginar dos
de esas cintas móviles que se utilizan para el transporte, colocadas de modo
que sus extremos estén a la misma altura, pero girando en sentido contrario.
El espacio que las separa representa la arruga medio-oceánica, y sus bordes
opuestos, el lado más próximo a las depresiones. Se colocan bloques de
piedra sobre cada cinta, en el lado de la cresta, y se pone la instalación en
marcha.
La idea de la expansión de los fondos submarinos es relativamente
reciente. Si obtuviésemos indicios en este campo, aquélla constituiría uno
de los elementos más sólidos de la larga cadena de pruebas que tienden a
demostrar la movilidad de la corteza terrestre.
Si se crea una nueva corteza al nivel de las cadenas, es preciso que la
corteza más antigua se destruya, en alguna parte, a fin de que la Tierra
conserve siempre la misma superficie. Según la hipótesis de la expansión de
los fondos submarinos, esta corteza se destruye en el emplazamiento de las
depresiones oceánicas.
En lo que respecta a la violencia y a la frecuencia de los temblores de
tierra, el sistema de depresiones oceánicas es la zona más activa del Globo.
En estas regiones, los terremotos son corrientes e importantes. Además, es
en aquellas depresiones donde ocurren los seísmos más profundos que
conocemos, y que se producen a una profundidad de 700 kilómetros. Los
temblores de tierra asociados a la red de depresiones se extienden en un
plano que forma un ángulo de unos 30 grados con el de la cuenca oceánica.
Algunos terremotos se producen debajo de las depresiones.
En la actualidad, no faltan pruebas de la expansión de los fondos
submarinos y de la movilidad de la corteza terrestre. Además, ciertos
estudios sísmicos nos permiten captar lo que ocurre en nuestros días en la
superficie de la Tierra.
Aparte de esto, si los continentes se desplazan al mismo tiempo que el
fondo del océano, parece inevitable que dos o más masas continentales
acabarán entrando en colisión.
La arruga medio-oceánica tiene contacto, en dos puntos, con una masa
continental: el golfo de California y el mar Rojo. En ambos casos, esto
acarrea una gran actividad tectónica. El mar Rojo se formó a consecuencia
de la separación de la península de Arabia del continente africano. Según
parece, California se está despegando a lo largo de la fisura de San Andrés,
a razón de cinco centímetros por año. Si continúa el movimiento actual,
dentro de unos millones de años California se habrá convertido en una isla.
En la actualidad, no conocemos la naturaleza exacta del movimiento del
manto. Tenemos que esperar el resultado de los estudios en curso. En todo
caso, la manifestación de estas fuerzas afecta profundamente a la raza
humana, y su comprensión abre nuevas y fantásticas hipótesis sobre el
pasado y el futuro.
La explicación de Hess y Díez, por la expansión de los fondos
submarinos, parece preferible a la tesis de Hapgood, que presupone la
existencia de una capa viscosa sobre la cual navegaría la corteza terrestre.
Según hemos observado, la temperatura de la linde entre el centro y el
manto es de 4000 grados centígrados.
No se comprende que esta temperatura pudiese provocar la formación
de una viscosidad que permitiese el rápido deslizamiento de los continentes.
Sin embargo, ignoramos muchas cosas sobre las propiedades de la materia a
temperaturas altas y combinadas con presiones considerables.
Según Hapgood, el hecho de que se hayan encontrado fósiles tropicales
en la Antártida demuestra que hubo una época en que este continente estuvo
situado en el ecuador, y que se desplazó posteriormente. Hace diez o quince
mil años, la Antártida se encontraba unos cuatro mil kilómetros más al
Norte. Su clima era templado. Entonces, por causas desconocidas, empezó
una era glacial.
El hielo se acumuló al principio en los polos, para alcanzar después las
zonas templadas. Por efecto de las fuerzas centrífugas producidas por los
dos centros de gravedad de los casquetes polares, la corteza terrestre
empezó a deslizarse; la bahía de Hudson y Quebec se desplazaron 4000
kilómetros hacia el Sur; Siberia, hacia el Norte, y la Antártida, hacia el Sur.
En unos cuantos miles de años, la Antártida llegó al polo Sur, adquiriendo
su clima actual.
Es esta cifra de sólo diez o quince mil años lo que la mayoría de los
geólogos se niegan a admitir. Sin embargo, el deshielo fue muy súbito en
América, geológicamente hablando (unos miles de años como máximo), y
lo mismo ocurrió con la congelación de Siberia.
Sea de ello lo que fuere, la geología moderna hace plausible la hipótesis
inicial de Wegener; el desplazamiento de los continentes parece cierto,
aunque sea dudoso su mecanismo, que puede haber sido un deslizamiento
de tierras sobre una capa viscosa o un ensanchamiento del fondo de los
océanos. Y, si admitimos la posibilidad de grandes civilizaciones
desaparecidas sin dejar rastro, es indudable que estos fenómenos geológicos
pueden darnos mayores elementos para alimentar nuestra fantasía que los
continentes sumergidos, Mú o Atlántida, tan apreciados por los teósofos.
A propósito de la Atlántida, permítasenos un inciso. Por nuestra parte,
compartimos de buen grado la tesis rusa, según la cual la Atlántida no fue
un continente, sino la isla Thera, colonia cretense del Mediterráneo,
destruida por la explosión del volcán Santorín, unos 3000 años antes de
Jesucristo.
Pero volvamos a Hapgood. Uno se siente inclinado a conjeturar, con él,
que existió una civilización en Antártida, o que otras civilizaciones tuvieron
conocimiento de este continente antes del período glacial que había de
provocar su relativamente brusco desplazamiento. Tal vez duermen
vestigios bajo los hielos. Y podemos preguntarnos si, por las mismas
razones, no se albergarán también, en el extremo Norte, otros rastros de
civilizaciones enterradas bajo los hielos de Groenlandia, país que tal vez
guarda relación con las leyendas de Thule, de Hiperbórea y de Numinor.
¿Y cuál sería la vida de los hombres, en un continente a la deriva, en
curso de dislocación? La latitud cambiaba con los siglos. Los terremotos
eran continuos; se transformaba el clima, las perturbaciones meteorológicas
debieron de ser espantosas.
A la luz de tales hipótesis, ¿no convendría examinar de nuevo las
leyendas y las tradiciones nórdicas?
«Hay algo irresistiblemente romántico —escribe Hapgood— en el tema de las civilizaciones
desaparecidas, de las ciudades destruidas, de los descubrimientos olvidados. Es como si la
mente del hombre se deslizase a lo largo de los senderos del tiempo».
«Parece como si, en alguna parte, en un recodo de uno de estos senderos, tuviesen que
aparecer bruscamente amplias perspectivas: maravillosas ciudades que un día fueron
florecientes, para extinguirse después, en el mundo y en el recuerdo».
Y, en el vago presentimiento de un eterno retorno de las cosas, mientras
pensamos en la suerte de nuestro propio mundo actual, nuestra alma
escucha las palabras de Shakespeare:
«Llegará un día en que, lo mismo que el edificio sin cimientos de esta visión, las torres
coronadas de nubes, los magníficos palacios, los templos solemnes, este propio Globo inmenso
y todo lo que contiene, se disolverán sin dejar más rastro de brumas en el horizonte que la fiesta
inmaterial que acaba de desvanecerse…».
Y es que un asombroso descubrimiento había de confirmar, a los ojos de
Hapgood, su tesis sobre la Antártida. Nos referimos a la célebre cuestión de
los mapas de Piri Reis.
Esta cuestión, señalada por vez primera en Francia por Paul-Émile
Victor, jefe de las expediciones polares francesas, fue evocada por nosotros
en El retorno de los brujos. A esto siguió una abundante literatura, dudosa
en su mayor parte. La obra del propio Hapgood, Mapas de los antiguos
mares; las sesiones celebradas en 1956 en la Universidad de Georgetown,
Washington, sobre el tema «Nuevos y antiguos descubrimientos en la
Antártida», y algunos otros trabajos, corroboraron y profundizaron, ya que
no resolvieron, el enigma planteado por aquellos mapas.
En julio de 1966, pedimos a Paul-Émile Victor que escribiese, para
Planète, su opinión y sus informaciones sobre el misterio de Piri Reis.
Habida cuenta de que los estudios actuales no han superado el artículo que
él nos mandó a la sazón, nos parece útil reproducirlo aquí.
«En el presente artículo —escribió Paul-Émile Victor—, no vacilamos en seguir el camino
de las hipótesis audaces. Pero insistimos en el hecho de que no se trata de nada más. Los
verdaderos sabios son poetas y hombres de imaginación. Sin ellos, la Ciencia no existiría. Los
otros son como contables o tenderos de ultramarinos que no descubren nada. Por lo demás, ¡qué
aburrida sería la vida sin la imaginación!».
Si bien os parece, tomad el trineo de Victor y realizad una excursión por
los «senderos del tiempo».
CAPÍTULO III
Historia de unos mapas imposibles
Este capítulo es reproducción de un artículo de Paul-Émile Victor. — Dos mapas del mundo en
el museo Topkapi. — Curioso relato de Piri Reis sobre Cristóbal Colón. — La sorpresa de
Arlington H. Mallery. — ¡Mapas de antes de la glaciación! — En Historia, hay que esperar
sorpresas tan grandes como en física nuclear. — La interpretación rusa. — La hipótesis fenicia.
— ¿Hubo cartógrafos hace diez mil años? — ¿Hubo mapas celestes? — ¿Hubo una rama
ignorada de la raza humana? — El gran descubrimiento arqueológico del siglo está aún por
nacer.
Los mapas de Piri Reis tienen una realidad histórica perfectamente fechada
y comprobada, que empieza en 1513, y una realidad «prehistórica», en el
sentido técnico de la palabra, es decir, únicamente conjetural y sin
documentos corroboradores, que corresponde a antes de 1513. Empecemos
por lo que se sabe de modo seguro e irrefutable.
El día 9 de noviembre de 1929, Malil Edhem, director de los Museos
Nacionales turcos, al proceder al inventario y a la clasificación de todo lo
existente a la sazón en el famoso museo Topkapi, de Estambul, descubrió
dos mapas del mundo —o, mejor dicho, fragmentos de ellos— que se
creían perdidos para siempre: los mapas de Piri Reis, célebre héroe (para los
turcos) o pirata (para todos los demás) del siglo XVI, que relata prolijamente
en su libro de memorias, Bahriye, las condiciones y circunstancias en que
levantó estos mapas.
De momento, el relato escrito no despertó mucha atención; pero el mapa
habría de darle, gradualmente, un valor considerable. En realidad, hubo que
esperar al término de la Segunda Guerra Mundial para emprender de veras
el estudio comparativo de los mapas y del texto de Piri Reis.
Perteneciente a una familia de grandes marinos turcos, Piri Reis, notable
navegante, cosechó éxitos en los cuatro rincones del Mediterráneo y de los
mares vecinos, obtuvo numerosas victorias navales y contribuyó a afirmar
la supremacía marítima, incontestable a la sazón, del Imperio otomano.
Pero Piri Reis era hombre culto e inteligente, y así, mientras corría sus
aventuras, empleó algún tiempo en escribir el Bahriye en el que abundan las
notas pintorescas y vivaces sobre todos los puertos del Mediterráneo, y los
mapas de diversa índole (21 en total). Y también, antes de empezar a
escribir, se tomó tiempo para diseñar dos mapas del mundo: uno, en 1513, y
el otro, en 1528 (durante el reinado de Soleimán el Magnífico).
Fue un cartógrafo concienzudo y ejemplar. Empieza afirmando que el
trazado de un mapa requiere profundos conocimientos y una capacidad
indiscutible. En su prólogo al Bahriye, habla prolijamente de su primer
mapa, dibujado en su ciudad natal, Gelibolu, desde el 9 de marzo hasta el 7
de abril de 1513 (año 919 de la Héjira). Declara, que, para trazarlo, cotejó
todos los mapas que conocía, aproximadamente una veintena, algunos muy
secretos y muy antiguos, comprendidos ciertos mapas orientales que,
seguramente, nadie más que él poseía en Europa.
Su conocimiento del griego, del italiano, del español y del portugués le
ayudó muchísimo a sacar el mayor partido de las indicaciones contenidas en
todos los mapas que consultó. Además, disponía de un mapa confeccionado
por el propio Cristóbal Colón y que había llegado a su poder gracias a un
miembro de la tripulación del célebre genovés. Este marinero había sido
hecho prisionero por Kemal Reis, tío de Piri Reis, y pudo, por ello,
completar de viva voz los conocimientos de nuestro cartógrafo turco.
Hasta aquí, la obra de Piri Reis sólo tenía un interés anecdótico, aunque
no careciese de importancia, como testimonio de la grandeza del pasado
para los turcos, y como desmitificación de los «piratas berberiscos» para los
europeos. El Bahriye fue, pues, durante mucho tiempo, una obra «clásica»
turca, para personas cultas. Sin embargo, incluso antes de que se conocieran
los mapas que menciona y que habían de plantear un formidable
interrogante a muchos investigadores del mundo entero, sus profundos
conocimientos habrían podido evitar que los historiadores cayesen en su
más tremendo error: la afirmación de que Cristóbal Colón había descubierto
América.
Colón redescubrió, o, mejor dicho, reveló a la Europa Occidental un
continente cuya existencia era sólo conocida, hasta entonces, por algunos
iniciados. El testimonio del almirante turco no puede ser más claro e
inequívoco. En el capítulo sobre «El mar occidental» (nombre que se dio
durante mucho tiempo al océano Atlántico), habla prolijamente del
navegante genovés, cuya aventura refiere en estos términos:
«Un infiel, llamado Colombo y que era genovés, fue quien descubrió estas tierras. Un libro
llegó a las manos del susodicho Colombo, el cual vio que se decía en el libro que, al otro lado
del mar occidental, precisamente hacia el Oeste, había costas e islas, y toda clase de metales, así
como piedras preciosas. El susodicho, después de estudiar largamente el libro, fue a suplicar,
uno tras otro, a todos los notables de Génova, diciéndoles: “Dadme dos barcos para ir allá y
descubrir esas tierras”.
»Ellos le respondieron: “¡Oh, hombre vano! ¿Cómo puede encontrarse un límite al mar
occidental? Éste se pierde en la niebla y en la noche”».
»El susodicho Colombo vio que nada sacaría de los genoveses y se apresuró a ir al encuentro
del Rey de España, para contarle detalladamente su historia. Le respondieron lo mismo que en
Génova. Pero suplicó durante tanto tiempo a los españoles, que su Rey acabó por darle dos
barcos, muy bien pertrechados, y le dijo: “¡Oh, Colombo! Si sucede lo que tú dices, te haré
Rapudán de aquel país”.
»Dicho lo cual, el Rey envió a Colombo al mar occidental».
Piri Reis pasa seguidamente al relato que le hizo el marinero de
Cristóbal Colón, que era ahora su esclavo. Resultaría inútil reproducir por
entero este relato, en el que se explica el asombro de los marinos europeos
ante los salvajes casi completamente desnudos que encontraron en las islas
donde pusieron pie al llegar. Sin embargo, existe un detalle que es esencial
para nuestro objeto:
«Los habitantes de esta isla vieron que ningún mal les venía de nuestro barco; por
consiguiente, cogieron pescados y nos los trajeron, empleando sus canoas. Los españoles se
alegraron no poco y les dieron baratijas, pues Colombo había leído en su libro que a aquellas
gentes les gustaban mucho las baratijas».
Este detalle extraordinariamente sorprendente y que, a nuestro entender,
no ha sido aún comentado por nadie, adquiere mayor relieve si lo
relacionamos con unas indicaciones contenidas en uno de los mapas de
Piri-Reis, donde éste afirma que el libro en cuestión databa de tiempos de
Alejandro El Magno. Resulta difícil afirmar que nuestro almirante turco
tuviese este famoso libro en su poder, pero, en todo caso, conocía sin duda
alguna su texto.
Fue, pues, deliberadamente, que Cristóbal Colón partió a descubrir
América. Confiaba en su valioso libro, y los hechos sucesivos demostraron
que tenía razón; pero limitó sus confidencias a los notables genoveses y al
rey de España. Públicamente, fingió compartir la opinión corriente en su
época: como la Tierra era redonda, parecía natural que, navegando hacia el
Oeste, volvería fatalmente, más pronto o más tarde, al punto de partida,
después de pasar en su trayecto, pero en sentido inverso, por los países
orientales conocidos en Europa.
Algunos cartógrafos daban testimonio de esta creencia general. Existe,
por ejemplo, un mapa atribuido a un tal Toscanelli y que Cristóbal Colón
llevó consigo en su expedición: en él se ve, de derecha a izquierda, las
costas europeas; después, el «mar occidental», y, por último, la isla de
«Cepanda» (otra forma de «Cipango», nombre con que se conocía entonces
al Japón), el país de «Catay». (China), la India y las islas del Asia
sudoriental. ¡Ni el menor atisbo de América en este mapa! Esta arraigada
opinión explica que se diese al Nuevo Mundo el nombre de «Indias
Occidentales».
Como no es nuestro propósito la desmitificación de Cristóbal Colón, no
nos extenderemos sobre sus predecesores, que descubrieron también
América, pero sin darse cuenta de la importancia del hecho y sin tratar de
profundizar en la cuestión. Los vikingos son los más conocidos, y pronto
volveremos a hablar de ellos. Pero Piri Reís cita otros, a los que saludan los
de pasada: Savobrandán (convertido en San Brandán), el portugués Nicola
Giuvan, otro portugués, Antón el Genovés, etcétera.
Lo cierto es que, incluso antes de que fuese encontrado el mapa del
mundo, se hubiera debido dar más crédito a Piri Reis. En su libro, repite en
muchas ocasiones: «Nada hay en este libro que no se funde en hechos».
Los 215 mapas que se contienen en el Balzriye permitían comprobar
perfectamente sus dichos. Y añade. «El más pequeño error hace inútil
cualquier carta marina». No olvidemos que es un marino quien lo dice, un
hombre que conoce las traiciones y la servidumbre del mar. Tengamos
presente esa observación al examinar sus mapas del mundo.
Sólo se poseen fragmentos de estos mapas, pero en ellos figura la
totalidad del Atlántico y sus costas americanas, europeas, africanas, árticas
y antárticas. Aparecen trazados sobre pergamino de color, iluminados y
enriquecidos con numerosas ilustraciones: retratos de los soberanos de
Portugal, de Marruecos y de Guinea; en África, un elefante y un avestruz;
en América del Sur, llamas y pumas; en el océano y junto a las costas,
barcos, y en las islas, pájaros.
Los pies de las ilustraciones están escritos en turco. Las montañas se
indican con su perfil, y los ríos, con líneas gruesas. Los colores se utilizan
de modo convencional: los parajes rocosos aparecen pintados de negro; las
aguas arenosas y poco profundas, se señalan con puntos rojos, y los escollos
ocultos bajo la superficie del mar, con cruces.
Éstos son los venerables pergaminos descubiertos en 1929. Los turcos
los contemplaron con precaución y devoción, pensando con nostalgia en la
fastuosa época del Imperio otomano y sin que se les ocurriese estudiar más
a fondo el asunto. Varias bibliotecas del mundo adquirieron reproducciones.
En 1953, un oficial de la Marina turca envió una copia al ingeniero jefe de
la Oficina hidrográfica de la Marina de los Estados Unidos, el cual la
mostró a un especialista en mapas antiguos, conocido suyo: Arlington
H. Mallery.
Y entonces empezó verdaderamente el «asunto» de los mapas de Piri
Reis.
¿Quién es Arlington H. Mallery?
Ingeniero de profesión, se había interesado siempre en las cosas del mar,
y durante la Segunda Guerra Mundial había prestado servicio en los
transportes de tropas. Al licenciarse —era capitán—, dedicó sus ocios a un
tema que le apasionaba: Europa había descubierto América antes de
Cristóbal Colón. Pacientes investigaciones lingüísticas (para demostrar la
influencia del noruego antiguo en la lengua iroquesa), minuciosos estudios
de las sagas escandinavas, búsquedas arqueológicas pacientemente
dirigidas, descifrado de antiguos «portulanos», le llevaron a reconstituir la
epopeya vikinga en Islandia, en Groenlandia, en Terranova y en el litoral
canadiense.
Dio cuenta de sus descubrimientos en un libro, América perdida,
publicado en 1951 y prologado por Matew W. Stirling, director de la
Oficina de Etnología americana de la «Smithsonian Institution», que tuvo
considerable resonancia. El capitán Mallery defendía su tesis y aportaba
pruebas de que había existido en América una civilización del hierro no
sólo antes de la conquista europea, sino también, quizás, antes del pueblo
americano.
Sin embargo, esto no fue más que el comienzo de una aventura que
haría de ser mucho más emocionante. Cuando recibió los mapas de Piri
Reis, tenía ya mucha experiencia en la materia, y le bastó el primer vistazo
a los documentos para comprender que aquel descubrimiento no tenía
parangón con los anteriores. Arlington H. Mallery tuvo inmediatamente la
intuición de que aquellos mapas ocultaban un misterio fascinante.
Pero no se lanzó a ciegas a su estudio. Sus trabajos anteriores le habían
enseriado a consultar siempre a las autoridades técnicas consideradas
indiscutibles. Y esto fue lo que hizo, trabajando con cartógrafos famosos
(principalmente, con Mr. I. Walters), científicos y técnicos polares (entre
ellos, el R. P. Linchan).
El primer problema que se planteó fue el descifrado mismo de los
mapas, es decir, del sistema de proyección empleado, que, al menos a los
ojos de un profano, parece extraño a primera vista. Pero los especialistas,
gracias a los recursos de la trigonometría moderna, pudieron descifrarlos:
un explorador sueco, Nordenskjold, consiguió efectuar, en dieciocho años,
la «traducción» de los portulanos al lenguaje cartográfico moderno. Su
trabajo sirvió de base, primero, a Mallery, y después, a Charles Hapgood y a
sus discípulos.
Éstos efectuaron comprobaciones tan exactas, que pudieron afirmar que
los mapas de Piri Reis procedían de orígenes diferentes, y reconstituir, al
menos teóricamente, el primitivo rompecabezas. Este trabajo,
constantemente verificado por matemáticos, es, hasta la fecha, la mejor
demostración de que los mapas de Piri Reís constituyen un problema real, y
de que las intuiciones de las primeras personas que los descubrieron y,
sobre todo, de Mallery, eran acertadas. Las pruebas de su antigüedad son
muy numerosas. Nótese, por ejemplo, que la llama dibujada en aquellos
mapas era desconocida por los europeos de la época.
En cuanto a las longitudes, exactamente indicadas, ni siquiera Cristóbal
Colón sabía calcularlas. Para comprender su carácter excepcional, lo
primero que hay que hacer es comparar estos mapas con otros de la misma
época: la diferencia salta inmediatamente a la vista, incluso para aquellos
que trabajaron dieciocho años en los portulanos. Citemos algunos de
aquéllos: el mapa de Jean Severs, publicado en Leyden en 1514, exacto en
cuanto se refiere a Europa y África (nótese, en particular, que la América
Central y la América del Norte se confunden).
El mapa atribuido a Lopa Hamen y publicado en 1519 no es mejor que
el anterior: las dimensiones de América son desproporcionadas en relación
con las de África; la distancia entre África y América es mucho menor que
la real, y la configuración general del Nuevo Mundo es casi imposible de
reconocer.
Otro mapa, trazado por un portugués cuyo nombre se ignora, apareció
en 1520. América termina bruscamente al sur del Brasil. Hay que concretar
que fue precisamente aquel año cuando Magallanes emprendió su viaje
marítimo alrededor de América y que, por tanto, los resultados de esta
exploración eran aún desconocidos.
Más aún: un mapa de América, publicado en la cosmografía de
Sebastián Munster en 1550 —o sea, casi cuarenta años después de los de
Piri Reis—, dista mucho de ser satisfactorio, aunque el Nuevo Mundo
aparezca al fin identificado como continente. Nos hallamos, pues, ante unos
hechos concretos: las afirmaciones del Bahriye son corroboradas por los
mapas de Piri Reis. Es indiscutible que éste poseía informaciones veraces
sobre América, diferentes de las proporcionadas por Cristóbal Colón y
anteriores a éste. Pero ¿cuánto tiempo anteriores? Aquí está toda la
cuestión.
Debemos examinar ahora la interpretación moderna de estos mapas.
Nos enfrentamos con dos tesis: la americana y la rusa.
Sigamos ante todo a Mallery, que tuvo el mérito de descubrir el
misterio, y a Hapgood, que se empeñó en resolverlo.
La porción del mapa comprendida entre Terranova y el sur del Brasil,
dejando aparte su exactitud, asombrosa para la época, no plantea problemas
de descifrado.
En lo que atañe al norte y al sur del mapa, y una vez «traducidas» las
indicaciones al lenguaje cartográfico moderno, Mallery adquirió el
convencimiento de que Piri Reis había dibujado las costas de la Antártida, y
de que, por otra parte, Groenlandia y el continente antártico aparecían
diseñados… ¡tal como eran antes de la glaciación de los polos!
Esta hipótesis, a primera vista extravagante, sólo puede formularse —
incluso antes de discutirla, cosa que liaremos seguidamente— si se está en
condiciones de definir, más o menos exactamente, la configuración de los
zócalos terrestres del Ártico y de la Antártida bajo la capa de hielo que las
recubre en la actualidad.
Sólo recientemente se han adquirido conocimientos a este respecto. Las
técnicas modernas (gravimetría, sondeos sísmicos, etcétera), perfeccionadas
y experimentadas ante todo en Groenlandia por las expediciones polares
francesas, y después en la Antártida, han dado resultados espectaculares.
En primer lugar, se pudo medir el espesor de la capa de hielo: en
Groenlandia, el espesor máximo es de 3300 metros; en la Antártida, alcanza
los 4500 metros. Después, se pudo confeccionar un mapa del relieve
groenlandés, con sus alturas, tal como es en realidad debajo de la enorme
capa de hielo. Trabajos parecidos se efectuaron en ciertas zonas de la
Antártida.
Arlington H. Mallery disponía, pues, de elementos geográficos
modernos con los que comparar los datos de los mapas de Piri Reis.
Sus conclusiones personales, enérgicamente sostenidas en el Foro de la
Universidad de Georgetown, fueron rotundas: la Groenlandia dibujada por
el almirante turco correspondía a las líneas de relieve descubiertas por las
expediciones polares francesas (que revelan dos estrechamientos medios
que cortan Groenlandia). En cuanto a la costa que prolonga en gran manera
la de América del Sur, no era otra cosa que la de la Antártida: Arlington
H. Mallery se tomó el trabajo de seguir el mapa milímetro a milímetro y de
hacer, cada vez, la oportuna comparación con los datos modernos.
Hay que decir que, de este modo, llegó a conclusiones que son, al
menos, sorprendentes: por ejemplo, las islas indicadas por Piri Reis frente a
las costas coinciden con los que parecen ser picos montañosos subglaciales
descubiertos por la expedición antártica noruegosuecobritánica en la Tierra
de la Reina Maud, y cuyo trazado fue publicado en el Geographie Journal
de junio de 1954.
También con referencia a la Tierra de la Reina Maud, Mallery estudió,
en el curso de sus comparaciones, un mapa de la costa continental antártica
levantado por Peterman en 1954. A su entender, ambos coincidían
perfectamente, salvo en un punto: Piri Reis indicaba dos bahías, y
Peterman, tierra firme. Mallery planteó el problema al Servicio
Hidrográfico.
Había conseguido interesar hasta tal punto a los técnicos más
competentes, que los americanos emprendieron sondeos sísmicos de
comprobación en aquel lugar. ¡Y era el mapa de Piri Reis el que estaba en
lo cierto! No es, pues, de extrañar que, al celebrarse la sesión antes
mencionada, la hipótesis de la antigüedad de los mapas de Piri Reis dejase
de ser meramente especulativa.
«Los trabajos realizados hasta el día de hoy —dice el R. P. Linehan— indican que estos
mapas parecen extraordinariamente exactos».
Y en otra parte añade:
«Creo que unos estudios sísmicos complementarios, que permitan determinar el
emplazamiento respectivo del hielo y de la tierra firme, demostrarán que estos mapas son aún
más exactos que lo que pensamos actualmente».
Pero no todo el mundo está de acuerdo a este respecto. Los rusos, que,
como es sabido, participan con muchas naciones occidentales en el estudio
del continente antártico, formularon otras tesis sobre el asunto. Realizando
sus propios trabajos de transposición, llegaron a la conclusión de que el
trazado de Piri Reis no corresponde a la Antártida, sino al extremo sur de
Patagonia y de la Tierra del Fuego. Pero esto no plantea un problema
menor, puesto que estas regiones no empezaron a ser oficialmente
conocidas hasta 1520.
Por otra parte, en la propia Rusia se han emitido otras opiniones sobre la
cuestión. El profesor L. D. Dolguchin, del Instituto Geográfico, pensó que
estos mapas podían representar la Antártida, pero que las informaciones que
se contienen en elles no proceden de antes de la glaciación, período que
hace remontar a un millón de años atrás (después veremos las tesis actuales
sobre este problema).
El profesor M. Y. Mepert, secretario del Instituto Arqueológico, declaró:
«En Historia, hay que esperar sorpresas tan grandes como en física nuclear. Por esto es
necesario estudiar estos mapas».
Tratándose de un tema tan poco conformista, conviene, en todo caso,
avanzar con precaución. El primer punto comprobado es que Piri Reis
poseía, sobre el continente americano, datos anteriores al «descubrimiento»
de Cristóbal Colón. Se podría suponer que estos datos proceden de la
epopeya de los vikingos, a la sazón bien conocida y casi salida del limbo
medieval. Pero los vikingos, por temerarios que fuesen, sólo conocían una
pequeña parte de la América del Norte, la cual, por otra parte, ignoraban
que fuese un continente. Un reciente descubrimiento ha dado mucho que
hablar: el de un mapa encontrado en Suiza y que lleva la fecha de 1440.
En él se ve, a la altura de Escandinavia, primero, Islandia; después,
Groenlandia, y, por último, una isla más vasta, en la que se cree reconocer
las desembocaduras del San Lorenzo y del Hudson, convertidas en
profundas bahías. La inscripción dice así: «Descubrimientos de Bjarni y de
Leif». Aclaremos que, según las sagas noruegas, Bjarni Herjolfson navegó
hasta las costas americanas en el año 986, y Leif Ericson, en el 1002.
Los vikingos no pueden explicar, pues, por sí solos, los mapas de Piri
Reis. Éstos son corroborados por otros hechos. Existe, por ejemplo, otro
mapa del mundo, conocido por el nombre de Mapa de Gloreanus y que se
encuentra en la Biblioteca de Bonn. Mientras no se demuestre lo contrario,
data de 1510. Parece, pues, anterior a los de Piri Reis. Este mapa nos da no
solamente la configuración exacta de toda la costa atlántica de América,
desde el Canadá hasta la Tierra del Fuego, cosa ya de por sí extraordinaria,
sino también la de toda la costa del Pacífico, igualmente de Norte a Sur.
Los datos de la Historia oficial no bastan para resolver el misterio
planteado por la existencia de estos mapas. Debemos, pues, remontar con
audacia la cronología. Detengámonos, ante todo, en la interpretación rusa:
Piri Reis habría dibujado, no la Antártida, sino Patagonia y la Tierra del
Fuego. Estos países eran, a la sazón, desconocidos. Ni siquiera los conocían
los vikingos. El único pueblo navegante al que tal vez se podría atribuir este
conocimiento es el fenicio.
Se ha comprobado históricamente que los fenicios practicaban la
navegación de cabotaje por toda la costa occidental europea. ¿Fueron más
lejos? ¿Se atrevieron a enfrentarse con la inmensidad del océano? Al
menos, puede formularse la pregunta. Es cierto que, a través de la
Antigüedad y de la Edad Media, se transmitió una tradición referente a la
existencia de un continente más o menos mítico al otro lado del océano. Ya
hemos hablado del famoso libro, presuntamente de tiempos de Alejandro
Magno, cuya lectura impulsó a Colón a su gran aventura. Ciertos
compiladores griegos hablan de un continente llamado «Antictoné» (es
decir, «tierra de los antípodas»).
Se dice que san Isidoro de Sevilla, que vivió desde el 560 hasta el 636,
declaró:
«Existe otro continente, además de los tres que conocemos. Está al otro lado del océano, y
allí, el sol calienta más que en nuestras regiones».
Y debemos pensar también en la epopeya, aún poco conocida, de los
monjes bretones que partieron a evangelizar los pueblos de un famoso
continente del que habían oído hablar: cruzada dramática y sumamente
mortífera. Sabemos que partieron de las costas de Bretaña.
¿Llegaría a América uno de sus barcos?
Existen sólidos argumentos a favor de la hipótesis fenicia, tanto más
cuanto que en América del Sur, y aun del Norte, se han descubierto
vestigios de características mediterráneas: el más reciente descubrimiento
se debe a un holandés, el profesor Stocks. Estos descubrimientos son, en
general, muy discutidos. La idea de que los fenicios fuesen capaces de
efectuar travesías oceánicas no tiene, en sí, nada de fantástico. Su marina,
tanto mercante como de guerra, les permitía llevar a cabo esta hazaña.
En cambio, resulta más difícil imaginar los motivos que tuvieron para
guardar en secreto sus descubrimientos. Pero el poderío de su diminuto país
se fundaba únicamente en su marina, y el conocimiento exclusivo de unos
lugares de aprovisionamiento habría constituido un triunfo muy interesante
para ellos. Después, el secreto se habría perdido más o menos en el curso de
la Historia. Pensemos, a este respecto, en los vikingos: algunos siglos
después de sus expediciones marítimas, hubo que «redescubrir».
Groenlandia, Terranova y el Catadá. Tales secretos corporativos son fáciles
de guardar y, más aún, de perder.
Pasemos ahora a la hipótesis de Mallery: heredero de una larga serie de
tradiciones secretas, Piri Reis debió de tener conocimiento de datos
geográficos que, en lo tocante a Groenlandia y a la Antártida, databan de
antes de la glaciación. Se plantea una primera cuestión: ¿Cuándo se produjo
esta glaciación?
El Año Geofísico Internacional dio vivo impulso, entre otras, a estas
investigaciones. En 1957, los trabajos convergentes del doctor J. L. Hough,
de la Universidad de Illinois, por medio del sondeo, y del doctor W.
D. Hurry, de los laboratorios de geofísica del Instituto Carnegie, por el
método del radiocarbono, empezaron a delimitar el problema: el período de
glaciación actual de los polos empezó entre 6000 y 15 000 años atrás. Este
margen de incertidumbre ha sido posteriormente muy reducido.
Los especialistas (y en particular Claude Lorius, jefe glaciólogo de las
expediciones polares francesas) fijan el comienzo del período glacial entre
9000 y 10 000 años atrás. Además, están de acuerdo en que acaba de
empezar un período de desglaciación. Parece, pues, posible que, hace unos
diez milenios, Groenlandia y la Antártida tuviesen la configuración que se
observa en los mapas de Piri Reis. Su relieve se manifestaba libremente;
una parte de las tierras actualmente cubiertas por el hielo o sumergidas era,
entonces, aún visible.
En vista de esto, parece que se podría concluir diciendo que los
conocimientos que sirvieron para el trazado de estos mapas datan de unos
10 000 años atrás.
Después de todo lo que acabamos de decir, esta conclusión es
inevitable; pero contradice todas las teorías clásicas actuales sobre la
historia de la civilización y debe ser considerada con gran cautela. ¿Qué
dicen los manuales de Prehistoria? Hace diez mil años, reinaba (si podemos
expresarnos así) el hombre de Cro-Magnon, al cual se atribuyen las pinturas
de Lascaux, pero que no conocía el trabajo de los metales, ni el cultivo de la
tierra, ni la domesticación de los animales.
Ahora bien, Arlington H. Mallery, el gran especialista, dice de los
mapas de Piri Reis:
«En la época en que se confeccionó el mapa, no era solamente preciso que hubiese
exploradores, sino también técnicos en hidrografía particularmente competentes y organizados,
pues no se puede dibujar el mapa del continente o territorios tan extensos como la Antártida,
Groenlandia o América, como por lo visto se dibujó hace algunos milenios, si no se es más que
un simple individuo o incluso un pequeño grupo de exploradores. Se necesitan técnicos
experimentados, conocedores de la astronomía, así como de los métodos necesarios para el
trazado de mapas».
Arlington H. Mallery va aún más lejos. Dice:
«No comprendemos cómo pudieron confeccionarse esos mapas sin la ayuda de la aviación.
Además, las longitudes son absolutamente exactas, cosa que nosotros mismos sólo sabemos
hacer desde hace apenas dos siglos».
Habría que proceder, pues, a una «revisión desgarradora» de nuestros
conceptos referentes a la historia de la Humanidad. ¿Qué conjeturas
podemos hacer sobre una civilización desarrollada que habría existido hace
unos diez mil años?
Por su parte, Arlington H. Mallery, especialista de la América
precolombina, y que tiene, en este campo, notables descubrimientos en su
haber, andaba en busca de una gran civilización desaparecida, que habría
existido en el continente americano. Pudo presentar un cúmulo de
elementos, algunos de los cuales son desconcertantes, sobre todo unos altos
hornos para tratar el hierro —sobre cuya fecha están en desacuerdo los
especialistas— y unas piedras provistas de inscripciones.
Este descubrimiento fue hecho en Pensilvania, al este de Harrisburg, en
la casa de los hermanos Strong. Los especialistas consultados por Mallery,
—Sir W. M. Petrie, Sir Arthur J. Evans y J. L. Myres— descubrieron en
tales inscripciones ciertas semejanzas, tal vez fenicias, tal vez cretenses. Sea
como fuere, las inscripciones parecían corresponder a una fase anterior a las
primeras escrituras mediterráneas, dado que la alfabetización había
empezado en ellas, pero la escritura, que ya no es realmente silábica,
contiene aún 170 signos. Actualmente, no ha sido todavía descifrada.
Arlington H. Mallery opina que es la escritura de una antigua
civilización americana, anterior, naturalmente, a las civilizaciones
precolombinas conocidas (inca, maya, o azteca). Se puede conjeturar que
éstas conservaron algunos vestigios: así se explicarían la misteriosa
fortaleza de Tiahuanaco, cuya fecha ha sido imposible fijar; ciertas
particularidades de la astronomía maya, que parece referirse a un estado del
cielo anterior en muchos milenios al que conocemos; las extrañas leyendas
referentes a antiguos civilizadores; etcétera.
Pero, aun admitiendo que semejante civilización existiese hace diez mil
años en el continente americano, aún habría que explicar cómo sus
conocimientos geográficos pudieron llegar a Europa.
Y, ya que hemos franqueado ahora el muro de la razón, podemos dar
libre curso a la fantasía:
¿Y si esta civilización avanzada hubiese existido, no solamente en América, sino en toda
la Tierra?
¿Habría tenido esta civilización un origen extraterrestre?
En lo que atañe a los mapas de Piri Reis, nos resulta muy difícil hacer
intervenir a los venusianos o a seres de otros planetas: porque, si, como es
de suponer, disponían de los cohetes más perfeccionados, ¿qué necesidad
tenían de levantar un mapa detallado, no de los continentes —cosa que aún
habría podido explicarse—, sino de las orillas y las costas? Esto no impide,
desde luego, que se pueda estudiar este problema; pero los mapas de Piri
Reis son obra exclusiva de marinos terrestres.
Entonces, ¿serían habitantes de la Atlántida o de Gondwana?
Pero el desplazamiento de los continentes tiene una historia que se
remonta mucho más allá de diez milenios y de la época que nos interesa;
estos continentes, si existieron, habían desaparecido o se habían hecho
pedazos mucho tiempo antes.
Podríamos suponer, pues, que una rama de la raza humana, coexistente
con otras menos desarrolladas, hubiese alcanzado, hace ocho o diez mil
años, un grado de civilización considerable, y que tuviese un conocimiento
muy completo de su planeta; y que hubiese sido destruida, inopinadamente,
por un cataclismo. Charles H. Hapgood se muestra rotundo en sus
conclusiones.
Sólo hace un siglo que se empezó a hacer retroceder los límites de la
Historia y se encontraron vestigios materiales de civilizaciones hasta
entonces consideradas como míticas (Troya, Creta), o incluso desconocidas
(Sumer, los hititas, el valle del Indo). El profesor americano declara que hay
que continuar las investigaciones, y que éstas habrán de conducir
forzosamente al descubrimiento de la avanzada civilización que existió hace
diez mil años.
Naturalmente, le dejamos la responsabilidad de estas afirmaciones,
apoyadas, repitámoslo una vez más, por una concienzuda experimentación
científica. El gran descubrimiento arqueológico del siglo está aún por
hacerse…
CAPÍTULO IV
Las cicatrices de la Tierra
Un error fatal. — Así podríamos terminar… — El cráter Barringer. — Meteoritos gigantes. —
Regiones más allá del sistema solar. — Una idea sobre los Diluvios. — Una idea sobre las eras
glaciales. — Las minas celestes de Sudbury. — ¿Una protección? — Los meteoritos secundarios
y la posible simiente de la vida. — La idea de una cosmo-historia. — Los que descubrieron un
cielo estrellado.— ¿Causalidad externa? — Los misteriosos cantos de la ópera terrestre.
Rusos, americanos, chinos, ingleses y franceses creen, en el mismo
momento, que acaba de lanzarse un ataque atómico masivo. Todos ellos
ponen en funcionamiento, en el mismo instante, los sistemas de represalia.
Y arde la Tierra. Ahora bien, la causa de esto no ha sido la malignidad de
una nación, sino el ciego «ni bien ni mal» del cielo. La verdad es que ha
caído un meteorito gigante. Así podríamos terminar, aniquilados desde lo
alto… Es un futuro previsible.
Estas caídas de meteoritos gigantescos se produjeron en el pasado. La
Tierra muestra aún sus cicatrices. El cráter Barringer, en Arizona, fue
abierto por una explosión cuya potencia puede calcularse en 2,5 megatones
(25 veces la bomba de, Hiroshima) y que se produjo hace 50 000 años.
Cuando el ingeniero de minas americano, D. M. Barrin Zer, declaró que la
causa de esta explosión había sido la caída de un enorme meteorito, tropezó
con la oposición oficial más obstinada. Se preferían las hipótesis de una
erupción volcánica o de una explosión de gas natural.
Pero Barringer acabó haciendo prevalecer su opinión. Hoy se admite
que hubo una colisión entre la Tierra y un cuerpo de diez mil toneladas que
se desplazaba a la velocidad de 40 kilómetros por segundo. Se recogieron,
alrededor de los cráteres, bolitas microscópicas de hierro producidas, al
parecer, por la condensación de una nube de vapor de hierro provocada por
el choque.
Pero el cráter Barringer no es el más importante. El Vreedovrt, en la
Unión Sudafricana, tiene un volumen de diez kilómetros cúbicos. Parece ser
que el proyectil arrancó la corteza terrestre, dando salida a la lava que llenó
inmediatamente una parte de la brecha.
Tal vez se produjeron colisiones aún más terribles, y hay motivos para
suponer que el mar del Japón, la bahía de Hudson y el mar de Weddell se
crearon de este modo. Si este hecho es cierto, la energía desarrollada habría
sido del orden astronómico de 1033 ergios. Esta cifra dice muy poco, pero
corresponde a una cuarta parte de la energía emitida por el Sol en un
segundo, o a la conversión, al 100 por ciento, de un millón de toneladas de
materia en energía.
Se hace una objeción a estas hipótesis. Una colisión de fuerza semejante
habría elevado la temperatura de la atmósfera, sobre el planeta, a doscientos
grados centígrados. Toda la superficie de la Tierra habría quedado
esterilizada. Ahora bien, en toda la historia biológica conocida del Globo,
no se encuentran huellas de tal esterilización. Sin embargo, se admiten
corrientemente colisiones que engendrasen energías de un millón de
megatones, y las cicatrices producidas por las mismas en la corteza terrestre
han sido identificadas en número bastante considerable.
En el Canadá se han descubierto una docena de ellas, con diámetros que
oscilan entre 2 y 60 kilómetros, y una antigüedad que varía de 2 a 500
millones de años. En Australia, podemos citar el cráter de Wolf Creek, y, en
los Estados Unidos, de modo principal, el cráter circular de Deep Bay,
donde se ha formado un lago, que tiene doce kilómetros de diámetro y
ciento cincuenta metros de profundidad.
Según los cálculos, un proyectil de más de mil toneladas que se
desplace a velocidad suficiente, no es detenido por la atmósfera. Un
proyectil que procediese del sistema solar no superaría la velocidad de 42
kilómetros por segundo, pues, en otro caso, escaparía de este sistema. Así,
pues, un meteorito que llegase a velocidades del orden de 100 a 150
kilómetros por segundo habría de proceder de regiones de más allá del
sistema solar.
Citaremos en fin, seguidamente, los meteoritos secundarios, es decir,
salidos de la Tierra, y que, al ser proyectados, podrían transportar materia
viva a las lejanas estrellas y, de este modo, dar origen en el cosmos a una
vida análoga a la nuestra.
Si los puntos de caída de los grandes meteoritos se distribuyen al azar,
hay tres probabilidades contra una de que el impacto se produzca en el mar.
La colisión volatilizaría decenas de millares de kilómetros de océano. La
Tierra entera se vería cubierta, durante muchos días, de nubes tan espesas
como las de Venus. Mareas fabulosas barrerían el planeta. Podemos
imaginar un fenómeno de este género. Probablemente, se produjo ya alguna
vez. Ahora bien, una marea de esta clase se asemeja exactamente a un
diluvio, al Diluvio Universal que encontró eco en todas las tradiciones.
Es, pues, perfectamente lógico imaginar que una civilización o una serie
de civilizaciones pudieron ser aniquiladas de este modo por la «ira del
cielo».
Las cicatrices de la Tierra revelan dos o tres catástrofes por cada millón
de años. Basta esto para poner en tela de juicio el ordenado desarrollo,
fundado exclusivamente en causas internas, que nos presenta la teoría
clásica de la evolución. También habría que poner de nuevo en tela de juicio
la tesis sobre el origen de las eras glaciales, pues las espesas nubes
formadas alrededor de la Tierra por el choque del meteorito, y compuestas
de vapor de agua y polvo, tuvieron que reflejar la energía solar y rebajar
considerablemente la temperatura media.
El americano R. S. Dietz pudo demostrar que las importantes minas
canadienses de níquel, de Sudbury, proceden de un meteorito gigante. Estas
minas son explotadas desde 1860. Así, pues, desde hace un siglo los
hombres han venido explotando la riqueza de un visitante caído del cielo. El
meteorito gigante de Sudbury llegó a la Tierra hace 1700 millones de años.
Su masa era de 3,8 x 103 toneladas.
Contenía una considerable cantidad de níquel. Lo cuál resulta
desconcertante, en vista de la proporción relativa de hierro y de níquel de
los pequeños meteoritos que caen en nuestros días. Prosiguen los estudios,
y, a medida que se descubren hechos nuevos, se alarga la edad de la Tierra.
Como dice Dietz: «La Tierra envejece un millón de años cada día».
Los problemas planteados por las cicatrices de la Tierra son muy
numerosos, pero el más importante es sin duda el siguiente: el estudio de la
Luna y la observación de Marte demuestran que estos astros fueron
literalmente acribillados por los meteoritos gigantes. En comparación con
aquéllos, la Tierra ha sufrido muy poco. Cierto que su atmósfera la ha
protegido de los pequeños impactos. Pero todo induce a creer que la
atmósfera no puede retener meteoritos de una masa superior a las mil
toneladas. Entonces, ¿qué? Podemos pensar en una protección magnética o
electromagnética, ejercida por las capas electrizadas que envuelven la
Tierra. Sin embargo, una protección de esta clase detendría preferentemente
los meteoritos ricos en material magnético, como el níquel. ¿Cómo explicar
el caso de Sudbury?
Sigamos soñando. Si la Tierra es el único planeta del sistema solar
donde existe la vida, ¿habrán los grandes ingenieros del más allá organizado
su protección? Si existen, en la galaxia, seres más poderosos que nosotros,
quizás intervienen en la mecánica celeste para que permanezcan y sigan
desarrollándose la vida y la inteligencia en ese barrio minúsculo del
espacio…
El segundo enigma está relacionado con el fenómeno mismo de la
colisión. A las extraordinarias temperaturas que se produce, la materia no
puede subsistir en estado gaseoso, sino que pasa al cuarto estado, el plasma.
Es decir, los átomos pierden una gran parte de sus electrones. Se forma una
bola de fuego, y, según el doctor R. L. Bjork, un torbellino casi
perfectamente circular. Los cráteres de la Tierra y de la Luna serían las
huellas fósiles de estos torbellinos. El torbellino arranca la corteza terrestre,
dando salida al magma primario.
Después, estalla, y esta explosión puede enviar al espacio fragmentos de
la Tierra, a una velocidad de 80 kilómetros por segundo. Cierto que queda
aún mucho por descubrir a este respecto, puesto que el cuarto estado de la
materia nos es muy poco conocido. Pero no hay que echar en olvido esta
posibilidad de una proyección, fuera de la Tierra, de fragmentos de nuestra
sustancia a gran velocidad, suficiente para que tales fragmentos escapasen
al sistema solar y surcasen el universo, con su carga de materia viva.
Así, fragmentos de nuestra Tierra, arrancados hace 1700 millones de
años por el meteorito de Sudbury, pudieron tal vez llegar a algún medio
fértil, en algún lugar del cielo estrellado…
Nuestra ambición se limita a proporcionar algunos puntos de apoyo a
los sueños, y a ensalzar, con un puñado de hechos, las virtudes de la
imaginación. La geología romántica moderna —al resucitar la tesis del
deslizamiento de los continentes—, las investigaciones sobre los grandes
cráteres y los estudios sobre la mecánica de los grandes meteoritos, nos
parecen mucho más adecuados que las pretendidas revelaciones del
ocultismo para abrir un interrogante sobre las civilizaciones desaparecidas,
sobre una o varias historias pretéritas de la Humanidad, y para invitar a
nuevas interpretaciones de las tradiciones apocalípticas, de los mitos y
leyendas referentes a la existencia de Grandes Antepasados.
Pero lo que hay que recordar por encima de todo, en nuestro breve y
fantasioso examen de las cicatrices de la Tierra, es que la historia de nuestro
Globo, y de los hombres que lo habitan, está sin duda indisolublemente
ligada a la historia del sistema solar y, probablemente, a la del Universo. Tal
vez un mismo infarto cósmico destruyó Faetón, arrancó el planeta Plutón de
su órbita de satélite de Neptuno, y bombardeó la Tierra en Sudbury.
Otras crisis espaciales pudieron provocar, hace unas decenas de millares
de años, la caída de meteoritos gigantes en la Tierra o en los océanos;
engendrar eras glaciales; destruir civilizaciones nacientes o ya
desarrolladas, y cubrir el cielo con nubes tan espesas, y durante tanto
tiempo, que su dispersión hizo descubrir las estrellas a unos hombres que no
las habían visto jamás y que ignoraban el ritmo de la luz y las noches
pobladas de astros.
Una tradición de América del Sur dice que la civilización de Tiahuanaco
existió antes que las estrellas. ¿Antes que las estrellas?
Absurda afirmación, si tomamos las cosas al pie de la letra. Pero no
tanto si suponemos que, en un momento dado, los hombres vieron
levantarse el telón, disolverse las nubes y brillar, por vez primera, un cielo
constelado sobre sus cabezas.
Se ha dicho con frecuencia que sin las estrellas no habría podido
desarrollarse ninguna civilización, pues los hombres no habrían tenido la
menor idea de las leyes cíclicas de la Naturaleza, ni punto de referencia, ni
conciencia del infinito. Si esta opinión está en lo cierto, la Ciencia habría
empezado, para ciertos hombres, en el deslumbramiento de las estrellas
hechas visibles, y tal vez fue esto lo que ocurrió en Stonehenge y entre
nuestros antepasados del neolítico, que establecieron un calendario estelar.
En lo que atañe a la vida, a la inteligencia, al nacimiento y a la muerte
de las civilizaciones, las interacciones entre la Tierra, los otros planetas y,
sin duda alguna, todo el cosmos, deberían parecernos mucho más
importante de lo que admite el sistema cerrado de la ciencia oficial, que se
aferra religiosamente a una causalidad interna, a una evolución continua y a
una dinámica simple de los «progresos» de la historia humana. La idea de
que tales interacciones pudieron y pueden aún afectar a la Tierra, volver y
revolver la historia humana, constituye uno de los temas de la presente
obra.
Ésta se propone escuchar, en la ópera terrestre, el «misterioso canto de
la vuelta atrás».
CAPÍTULO V
Dos cuentos de hadas, con vistas al futuro
Bibliotecas de mentiras. — Unas palabras sobre los ocultistas. — El descubrimiento de
Medzamor. — Un complejo metalúrgico del tercer milenio. — La pinza Brucelles. — Hubo una
prehistoria científica e industrial. — Dos ejercicios de imaginación. — Primer ejercicio: el
cuento de hadas del Viento Solar. — La fábula y su moraleja. — Las justificaciones del sueño.
— Segundo ejercicio: el cuento de hadas de Faetón. — Para que la Historia permanezca
abierta.
Como puede verse, este libro no quiere enseñar una religión. No tenemos
vocación para ello. Tampoco tenemos acceso a las ciencias secretas. Ni
contamos con alfombras volantes. Sólo una alfombra pequeña para hacer
gimnasia.
Por consiguiente, ninguna revelación llegada especialmente para
nosotros, desde un Tíbet quiera, nos autoriza a cantar:
En cierta verde isla del océano
donde crece hoy en día el oscuro coral,
llenos de orgullo, fausto y majestad,
alzábanse los palacios de la antigua Atlantis.
Pero, como ninguna certidumbre histórica ha venido aún a prohibir a
rajatabla la idea de una Humanidad desconocida, que floreció y se extinguió
en un remoto pasado, podemos permitirnos los ejercicios de imaginación. A
condición de presentarlos como tales. Y de realizarlos correctamente.
Escogiendo bien los puntos de apoyo, respirando profundamente, tensando
los músculos.
¿Queréis hacer un poco de gimnasia con nosotros?
He aquí dos ejercicios a nuestro estilo. Dos hipótesis. La primera fue
sugerida por dos ingenieros americanos, amantes de la antropología-ficción:
Walt y Leigh Richemond. La segunda, por un escritor soviético: Rudenko.
Dos hipótesis. O, mejor dicho, dos cuentos de hadas. Llamaremos al
primero, Cuento del Viento Solar. Al segundo, Cuento de Faetón.
Todas las tradiciones evocan este antiguo mundo humano y su
desaparición catastrófica. Naturalmente, puede no ser más que un mito.
Pero también podríamos preguntarnos si la idea de una Humanidad que crea
mitos para expresar su psicología profunda, no será un mito moderno. Tal
vez se trata de relatos adulterados de hechos objetivos, de realidades
exteriores y concretas.
Los ocultistas, que sostienen apasionadamente que la Edad de Oro
quedó atrás y que una catástrofe —de la que existe un enojoso precedente
en el pasado— vendrá a castigar justamente al mundo moderno, no han
dejado de facilitarnos datos. Pero sus informaciones provienen de fuentes
misteriosas, tan elevadas y secretas, que nosotros, desdichados infieles,
tardamos poco en desanimarnos.
Cuando el asidero del sueño está tan alto, cuesta mucho agarrarse a él…
¿O será que aquella gente tiene, por naturaleza, las piernas tan cortas que no
tocan el suelo? Madame Blavatsky recibe la «revelación» de la existencia
de Lemuria, donde nació «la tercera raza madre».
Sumergida Lemuria, aparece una «cuarta raza madre» en la Atlántida.
Scott-Elliott, heredero de las visiones de Madame Blavatsky y de Annie
Besant, describe una «civilización tolteca», la más evolucionado de la
Atlántida, así como sus fuerzas cósmicas y sus astronaves. Rudolf Steiner
(en la parte más discutible de una obra inmensa y con frecuencia genial)
añade a la epopeya de Scott-Elliott unos detalles cuya procedencia —dice—
no podría divulgar sin cometer un pecado abominable.
El coronel James Churchward afirma que un sabio hindú le envió unas
tablillas escritas en la lengua del continente lemúrido, al que denomina Mú.
Este militar americano inicia, a los setenta años, la redacción de cuatro
obras sobre la civilización de los Grandes Antiguos, con un lujo de detalles
que entusiasmará a las multitudes. ¿Cómo escribir en serio cuatro
volúmenes de sueños falaces? Ingenua pregunta. En realidad, existen
«monumentos de impostura y bibliotecas enteras de mentiras».
Paralelamente a los ocultistas, algunos teóricos, mezclando las leyendas,
la Astronomía, la Geología, la Climatología, la Botánica, la Zoología y la
Antropología, trataron de establecer el lugar y de explicar la existencia y la
desaparición de una alta civilización primordial. La obra de Ignace
Donnelly, Atlantis, publicada en 1882, alcanzó un éxito prodigioso.
Partiendo «de un montoncito de hechos y de una montaña de
conjeturas», Donnelly sitúa el Paraíso Perdido en el lugar que ocupa el
actual océano Atlántico. Los Dioses de la Antigüedad son, los Señores del
continente sumergido. Como su precursor Donnelly, el psicoanalista
Velikovskv, partiendo de una tesis astronómica discutible (Venus fue, al
principio, un cometa desprendido de Júpiter, que rozó por dos veces la
Tierra), explica el Génesis y el Éxodo, y justifica la Escritura por el
recuerdo de una tremenda catástrofe física.
¿No se podrían establecer hipótesis que, sin ser menos fantásticas,
prescindiesen un poco más de lo inverosímil? Vamos a intentarlo.
Desde que, en los albores de la sociedad industrial, el astrónomo Jean-
Sylvain Bailly pensó que otros hombres, en tiempos muy remotos, pudieron
poseer un conocimiento técnico, esta idea se ha abierto camino. No sólo en
el campo de la fantasía, sino también en el de los hechos exhumados. «El
hombre no esperó al siglo XX para sacar provecho de la Tierra», dice
Korium Meguertchian, doctor en ciencias del Servicio Geológico armenio.
Acaba de descubrir (en 1968) la fábrica más antigua del mundo en
Medzamor, en el glacis armenio-soviético.
Según él, la leyenda de los sacerdotes del fuego, transmitida por los
vecinos y los invasores de Medzamor, no es más que el recuerdo de los
obreros de un complejo metalúrgico que data del tercer milenio. Y estos
obreros.
«Enguantados, cubierta la boca con un filtro protector, se parecían como hermanos a los
proletarios del Creusot, de Essen o del Donetsk».
En esta ciudad metalúrgica, levantada sobre capas más antiguas, donde
están enterradas instalaciones fabriles de la Prehistoria, se trataba un
mineral de importación. El periodista científico Jean Vidal (Science et Vie,
julio de 1969), a su regreso de la Armenia soviética, donde investigó junto a
Meguertchian y sus colegas, escribe:
«Redactar la lista de los objetos encontrados sólo equivaldría, de momento, a hacer un
inventario rudimentario, pues Medzamor oculta aún muchas cosas ignoradas. Pero entre estos
objetos hay uno que llena de asombro a los historiadores de la metalurgia. Se trata de la pinza
Brucelles, de acera, de la que se han encontrado muchos modelos en capas correspondientes a
principios del primer milenio. La Brucelles, especie de pinza de depilación, permite al químico
y al relojero sujetar los microobjetos que son incapaces de manipular».
«Medzamor —prosigue— fue fundada por sabios formados en la escuela de civilizaciones
anteriores, que aportaron a su edificación una suma de conocimientos adquiridos en el curso de
un período oscuro e incierto, que bien merece el nombre de “prehistoria científica e industrial”.
Los constructores de Medzamor tuvieron por maestros a arquitectos, metalúrgicos y astrónomos
del neolítico, que tenían ya una cultura científica y cuya razón había sido amasada con la misma
levadura que las ciencias y las técnicas que dominaban. Incluso antes de que la Historia
empezase en Sumer, el hombre vivía en una sociedad organizada, cuyas estructuras eran, en
muchos aspectos, iguales que las nuestras».
Los anteriores descubrimientos de Çatal Huyuk y de Lepenski-Vir
(civilizaciones urbanas de 7000 y 5500 años antes de nuestra Era) habían
planteado ya enigmáticas interrogaciones al arqueólogo Mellaart, cuando
éste encontró objetos de cobre «confitados» en las escorias del metal. Por
consiguiente, aquellos hombres sabían aislar el metal del mineral y darle
forma con ayuda del fuego.
Medzamor, situada a mil kilómetros de Catal Huyuk, aporta una primera
revelación sobre una tecnología prehistórica, absolutamente insospechada
hace diez años.
¿Asombroso comienzo, o vestigios de técnicas más avanzadas, en una
civilización desconocida y enterrada por una catástrofe? Tenemos derecho a
hacernos esta pregunta. Pero ésta trae otra consigo: ¿Qué catástrofe?
¿Provocada por Dios, por el cielo o por los propios hombres? Esto nos
conduce a nuestro primer cuento de hadas, llamado Viento Solar.
Érase una vez, hace veinte mil años, una avanzada civilización que se
interesaba apasionadamente por el Sol. Cuando hubo desaparecido, como
vamos a ver, los hombres, guardando de aquélla un vago recuerdo,
prestaron adoración al Sol y le ofrecieron numerosos sacrificios; pero el
contenido racional del interés de sus antepasados por el astro se había
extinguido con éstos.
Una mirada echada sobre nosotros mismos puede darnos una idea de los
titánicos trabajos emprendidos por aquéllos. A excepción de cantidades
relativamente pequeñas de energía producida a base de átomos, extraemos
toda nuestra energía del Sol, ya sea en forma fósil (carbón, petróleo), ya en
forma inmediata (energía hidroeléctrica, producto de la evaporación).
Fabricamos también pilas solares, que transforman los rayos en corriente.
Y podríamos concebir una captación más extensa. Por ejemplo, tratar de
utilizar la energía termonuclear por fusión de núcleos ligeros y de núcleos
pesados, cosa que equivaldría a reproducir el Sol sobre la Tierra.
Podríamos, en fin, intentar la captación del viento solar. Éste es un torrente
de partículas descubierto en 1960 por los sabios. Se trata de átomos de
materia solar que vienen a chocar con nuestro Globo.
Y se piensa que este viento es tal vez el que provoca las auroras
boreales y determina la formación de la capa eléctrica de la atmósfera.
Estableciendo un cortocircuito entre las capas electrizadas de la alta
atmósfera y el suelo, conseguiríamos una fuente de energía prodigiosa e
inagotable. ¿Cómo hacerlo? ¿Haciendo conductora la atmósfera? Esto es lo
que ocurre con el rayo. Un rayo láser lo bastante intenso podría producir el
fenómeno.
Hace veinte mil años, una civilización técnica y científica concibió el
proyecto de domesticar el viento solar. Se construyeron, en diferentes
lugares de la Tierra, monumentales aisladores en forma de pirámides. En su
cima había algo parecido a un súperláser. Mucho tiempo después, estos
instrumentos seguirían hurgando en la memoria confusa de las generaciones
supervivientes. Los hombres construirían pirámides, sin comprender, y
colocarían a veces, en la cima, piedras reverberantes, engastadas en metal.
Se intentó el experimento. Pero el poder arrancado al Sol aniquiló la
ambiciosa civilización, fulminó un mundo que vio «enrollarse el cielo sobre
sí mismo, como un pergamino, y teñirse la Luna como de sangre».
Los grandes aisladores se volatilizaron. En vez de ellos, se encontraría
mucho más tarde, en el siglo XX de nuestra Era, en diferentes lugares de
África, de Australia, de Egipto, proyecciones constituidas por vidrio
sometido a una enorme temperatura y bombardeado por partículas de alta
energía: las tectitas.
¿Hubo supervivientes entre los detentadores del saber?
Tal vez algunos de ellos habían buscado refugio en profundas cavernas.
O, quizás, otros se hallaban entonces de viaje por el espacio. La situación,
después de la gran catástrofe, no fue sólo desastrosa geológicamente
(continentes hundidos o sumergidos), sino también biológicamente. El
bombardeo de la atmósfera había creado una considerable cantidad de
carbono radiactivo. Al ser absorbido por los animales y por los hombres,
debió de producir mutaciones y provocar la aparición de híbridos
fantásticos.
Estos híbridos —centauros, sátiros, hombres-pájaros— sobrevivieron
largo tiempo en el recuerdo humano, hasta los tiempos históricos de Grecia
y de Egipto.
Los supervivientes expertos se enfrentaron con un problema técnico
urgente: eliminar el carbono 14. Esto les condujo a organizar un gigantesco
lavado de la atmósfera, mediante lluvias artificiales, mientras se esforzaban
en conservar un número suficiente de seres humanos y de especies
animales, que no habían sufrido mutación. Entre los métodos protectores
figuró, sobre todo, la circuncisión. La hemofilia, producto de una mutación
perjudicial, es transmitida por la hembra, mientras que la circuncisión tenía
un valor selectivo. Y esta práctica, instituida como medida sanitaria
genética, siguió efectuándose durante milenios, sin conocimiento de causa,
por numerosos pueblos esparcidos por el mundo…
He aquí una pequeña tentativa para descifrar las tradiciones y explicar
las cosas sin necesidad de recurrir al ocultismo. ¿Es una buena pista? No
estamos muy seguros. Pero confiamos en que vendrá un hombre que, con la
fe de un Schliemann y el genio sintético de un Darwin, reunirá los dispersos
elementos de verdad y escribirá la historia de antes de la Historia.
Si nos decís: «Esto es una hipótesis tremenda e infantil, ¿creéis en
ella?», os responderemos que no creemos en la fábula, pero sí en su
moraleja.
Además, hemos escogido esta fábula, porque ilustra la manera realista-
fantástica de abordar estos problemas, y apunta la dirección en que hay que
buscar respuesta a muchas preguntas actuales.
Si situamos la gran catástrofe en una fecha que se remonta a veinte mil
años atrás, pueden explicarse ciertas anomalías que se producen cuando se
intenta establecer la antigüedad de algo por el carbono 14. Cuando se
descubrió el método del carbono 14, hubo motivo para creer que la
Arqueología se convertiría en una ciencia exacta. Su perfeccionamiento
permitió establecer fechas de antigüedad hasta cincuenta mil años atrás.
Lo curioso es que no podemos situar ningún objeto entre los veinte mil
y los veinticinco mil años, mientras que podemos hacerlo antes y después.
Hasta ahora, no se ha encontrado ninguna explicación a esta anomalía. Por
lo tanto, puede suponerse que, en aquel período, se produjo algún suceso
que modificó la concentración del carbono 14 en la atmósfera.
Nuestra fábula sugiere un posible contenido real de las innumerables
leyendas referentes a seres mitad hombre, mitad animal. Objeción: no se
encuentran osamentas de esta clase. Respuesta: sí que se encuentran; pero el
arqueólogo se imagina haber descubierto, en tumbas consagradas a alguna
religión totémica, un hombre enterrado con un animal.
Nuestra fábula tiene la ventaja de proponer el empleo de métodos
tomados de la Física para tratar de determinar la fecha de una posible gran
catástrofe. Si ésta se debió a un cortocircuito en la atmósfera terrestre,
semejante cortocircuito perturbó sin duda el campo magnético e incluso
desplazó, quizá, los polos magnéticos. Los especialistas podrían investigar
en este sentido.
Los campos de tectitas podrían ayudar a identificar los lugares en que se
inició la catástrofe. El examen de la composición nuclear de las tectitas
demuestra que éstas no viajaron largo tiempo por el espacio. Hay que
presumir, pues, que se formaron en la Tierra o en la Luna. Su formación
parece haber desarrollado una energía tan enorme que, evidentemente, uno
puede negarse a admitir un origen tecnológico. Sin embargo, la catástrofe
de nuestro muy hipotético relato pudo, a un mismo tiempo, crear y
proyectar las tectitas alrededor del punto en que se produjo la descarga que
las habría originado. Se ha podido demostrar que las tectitas habían viajado
por la atmósfera a una velocidad considerable.
Esto parece demostrar, a su vez, que, o bien proceden de la Luna, o bien
fueron creadas en la Tierra a consecuencia de algún acontecimiento
catastrófico. Es igualmente posible que se encuentren huellas de esta
catástrofe, consistentes en trayectorias formadas en ciertos minerales por el
paso de partículas de alta energía. Bastaría con que los medios científicos
retuviesen la hipótesis de una gran catástrofe, para que se iniciasen
investigaciones de orden físico. Tal vez entonces obtendríamos
informaciones capaces de trastornar nuestras ideas sobre la historia de la
Humanidad.
Por último, nuestra fábula da a entender que la utilización de la
mitología como base de investigaciones sobre la realidad, tal como
genialmente lo comprendió Schliemann, está sólo en sus comienzos. Todos
los mitos catastróficos, sobre todo aquéllos en que el fuego del cielo cae
sobre los hombres, y todas las leyendas que describen seres no humanos
derivados del hombre, deberían ser sistemáticamente estudiados.
En esta fábula no hemos intentado una descripción de los
contemporáneos de la gran catástrofe. Tal vez cierto racismo, consciente o
inconsciente, influyó hasta hoy en las investigaciones sobre el origen del
hombre. Esta cuestión se plantea desde la célebre tesis del jeque Anta Diop
sobre «Naciones negras y cultura», encaminada a demostrar el origen negro
del antiguo Egipto.
En Anterioridad de las civilizaciones negras, escribe Anta Diop:
«Los resultados de las excavaciones arqueológicas, particularmente las del doctor Leakey en
África oriental, permiten situar cada vez más lejos, en la noche de los tiempos, los primeros
esbozos de la Humanidad. Sin embargo, se sigue admitiendo que el homo sapiens apareció hace
unos cuarenta mil años, en el paleolítico superior.
»Esta primera Humanidad, que corresponde a las capas inferiores del auriñaciense, se
asemeja, morfológicamente, al tipo negro de la Humanidad actual (…). Nos sentimos inclinados
a admitir, con absoluta objetividad, que el primer homo sapiens fue “negroide”, y que las otras
razas, la blanca y la amarilla, aparecieron más tarde, debido a diferenciaciones cuyas causas
físicas, escapan aún a la ciencia (…).
»Todo indica que, al principio, en la Prehistoria, en el paleolítico superior, predominaron los
negros. Y siguieron predominando en los tiempos históricos, durante milenios, en el campo de
la civilización, de la supremacía técnica y militar».
Resulta, pues, que los Grandes Antiguos de nuestro Cuento del Viento
Solar eran negros. ¿Vivían en una armoniosa síntesis de religión y ciencia?
¿Habían dado un sentido elevado a su destino? Cuando el Sol se abatió
sobre sus cabezas inteligentes y crespas, ¿qué valor, qué fe, demostraron los
mejores?
Si la Biblia conserva un eco lejano de su tragedia, fueron estos ladrones
del Sol quienes pronunciaron, por primera vez, la frase sublime:
«El Señor nos lo dio; el Señor nos lo quita. Bendito sea el nombre del Señor».
Pasemos ahora al Cuento de Faetón.
También éste evoca una evolución discontinua. Pero, en él, la catástrofe
no es de procedencia humana.
«La llave de la puerta que nos separa de la naturaleza interior está enmohecida desde el
Diluvio», dice Gustav Meyrinck.
Pero, según el ucraniano Nicolai Danilovich Rudenko, no lo está por
culpa nuestra. Fue un error de las Inteligencias del planeta Faetón. Y ahora,
ellas ya no nos perjudican, y podemos ganar la partida.
Tuvimos otras civilizaciones, conocedoras de las ciencias y de las
técnicas. Fueron destruidas por la explosión de Faetón. Pero, de hoy en
adelante, estaremos libres de la amenaza de estos apocalipsis. ¿Hubo fines
del mundo? Ya no los habrá más. Nuestra civilización es la buena. No es
mortal. O, al menos, sólo depende de nosotros que lo sea.
En 1959, los astrónomos de Checoslovaquia pudieron determinar el
origen de un meteorito que cayó en su país. El proyectil cósmico procedía,
según su trayectoria, de algún lugar situado entre Marte y Júpiter. Vino a
sumarse a los millares de asteroides caídos en aquellos parajes desde
principios del siglo XIX. Era, según se cree, un ínfimo fragmento del planeta
Faetón, que desapareció del cielo en tiempos remotos. ¿Cuándo?
Nuestro ucraniano piensa que hace unas decenas de millares de años. En
cambio, la Astronomía retrasa muchísimo más el tiempo en que Faetón,
según afirma el académico ruso V. G. Fesenkov, «estalló como una bomba».
Si este planeta estaba habitado, ¿serán los Akpallus, extraños escafandristas
de quienes nos habla el babilonio Beroso (véase la parte tercera de este
libro), supervivientes de aquella catástrofe, que viajaron por el espacio,
visitaron la Tierra y enseñaron a los hombres, en las orillas del Golfo
Pérsico, los rudimentos de su saber?
Y si fragmentos de Faetón cayeron en enormes aludes repetidas veces
en el curso de los tiempos, ¿no pudieron, destruir, cada vez, florecientes
civilizaciones humanas? He aquí una cosmo-historia que vendría a sustituir
a la Historia. Rudenko se abandona a las delicias de este sueño en lo que él
denomina Cuento de hadas cósmico. Es un libro, medio novela, medio
ensayo, qué él mismo considera peligrosamente «idealista». Y, en su relato,
unos estudiantes, que se han reunido para estudiar los problemas suscitados
por la cosmo-historia, son detenidos por la Policía política, por la tentativa
de creación de una nueva religión…
Para este soñador, como para C. S. Lewis, Júpiter es el centro biológico
del sistema solar, el lugar del Universo en que la vida adquirió sus formas
más completas. Los seres de Faetón ocupaban, en la jerarquía, un lugar
intermedio entre los habitantes de Júpiter y los de la Tierra. Gracias a este
contacto indirecto, nació entre nosotros la idea de Dios.
Pero Solón, repitiendo lo que había aprendido de los sacerdotes egipcios
de Sais, nos dice:
«Faetón, hijo del Sol, no pudo dominar el carro del Sol y quemó cuanto había en la Tierra;
después, pereció, víctima del fuego. Cayó envuelto en llamas sobre la Tierra».
Y el libro maya de Chilam Balam:
«La Tierra tembló. Y cayó una lluvia de fuego y de cenizas, y de rocas. Y las aguas subieron
y descargaron un terrible golpe. Y en un momento todo fue destruido».
¿Por qué el hombre, cuya antigüedad es sin duda de varios millones de
años, no construyó una elevada civilización hasta tiempos recentísimos?
Porque los restos del planeta Faetón sólo dejaron de caer hace unos
cuantos miles de años. Ahora, sólo recibimos, todos los años, un poco de
polvo, unas cuantas motas de barro, y quizás esta fina materia meteorítica
contiene aún restos fósiles de vida, como pretenden algunos investigadores.
Tales son los últimos mensajeros fantásticos del planeta muerto, de
donde vinieron los que nos moldearon, los que adoraban los «grandes
cerebros de Júpiter». No hay materia muerta, ni materia viva —escribe
Engels, citado por Rudenko—, sino fases en la existencia de la materia,
donde nace la vida, para desaparecer y reaparecer de nuevo. Así, pues,
Faetón transmitió a la Tierra la razón, que es fuente y protección de la vida,
y nosotros conservamos en nuestra memoria, más vieja de lo que pensamos,
recuerdos que nos hacen ligar al espectáculo de las estrellas fugaces la idea
de un peligro mortal y el deseo de formular ruegos a las benévolas
potencias celestes.
También hemos conservado la confusa conciencia de la presencia de
vida y de inteligencia en las constelaciones. Ahora somos poseedores, como
los Antiguos de Faetón, de un poder que, si se desencadenara, podría hacer
estallar nuestro propio planeta.
«Escribo este cuento de hadas —dice Rudenko— para que mis hijos, Yuri, Oleg y Valeri
puedan vivir, y para que nosotros no cometamos el mismo error que los seres de Faetón. Para
que, dominado el fuego del cielo, no nos aniquile también la llama celeste y flotemos todos
nosotros, en los milenios venideros, convertidos en polvo en la inmensidad».
Confiamos en haber sido comprendidos. Nuestro objetivo, al dejarnos
llevar por estos sueños, no es imponer al lector tal o cual teoría, siempre
incompleta. «Cocinada» a medias. Culta a medias. Tratamos solamente de
sugerir la posibilidad de concepciones diferentes de la historia de los
hombres. Para que «haya siempre una bandera al viento en las arenas del
sueño».
Y para que la Historia permanezca abierta.
SEGUNDA PARTE
FANTASÍAS SOBRE EL GRAN
LENGUAJE
CAPÍTULO I
La música del baile de los gigantes
Un consejo de Merlín el Encantador. — Samuel Pepys encuentra que Stonehenge valía el viaje.
— Anticuómanos y arqueólogos. — Un astrónomo en la meseta de Salisbury. — El asombroso
descubrimiento de Hawkins. — Un observatorio y un calendario. — Unas grandes piedras muy
turbadoras. — ¿De dónde vinieron los arquitectos? — Filólogos entre los «primitivos». —
¿Existe un contramaestre sin libreta de notas? — Sobre el conocimiento y la escritura invisible.
— Hipótesis sobre la escritura desaparecida. La tradición contra la escritura. — El enigma de
un lenguaje inicial.
En el siglo V de nuestra Era, Aurelius, heredero del trono bretón, quiso
levantar un monumento a la memoria de sus hombres muertos por los
sajones. Llamó a Merlín el Encantador, astrólogo y mago.
Merlín le dijo:
«Si deseas realmente honrar la sepultura de esos hombres con una obra que desafíe a los
siglos, manda a buscar el Baile de los Gigantes, a Killaraus, montaña de Irlanda. Allí se levanta
un monumento de piedras como nadie podría edificar en nuestros días, a menos que fuese
infinitamente poderoso. Pues esas piedras son enormes, aunque jamás se vieron otras que
tuviesen tantas virtudes y ocultasen tantos misterios…».
Aurelius envió un ejército. Los soldados no pudieron mover los bloques
y robar el Baile de los Gigantes. Entonces, Merlín pronunció unas fórmulas
mágicas, y las piedras se tornaron ligeras y fueron fácilmente transportadas
hasta la costa, embarcadas y llevadas a Stonehenge, en la meseta de
Salisbury, «donde permanecerán por toda la eternidad».
Así se menciona por primera vez, en la fantástica y maravillosa Historia
de los Reyes de Bretaña, de Geoffroi de Monmouth, que data de 1140, este
conjunto de piedras areniscas y calcáreas que constituye, entre Gales y
Cornualles, el más asombroso de todos los monumentos megalíticos.
Durante cinco siglos, se aceptó la leyenda de Geoffroi de Monmouth. En
1620, el rey Jacobo envió al arquitecto Iñigo Jones para que estudiase
Stonehenge, y éste llegó a la conclusión de que se trataba de un templo
romano. Samuel Pepys declara, en su Diario, que tales piedras «valían el
viaje». «¡Sabe dios para qué podían servir!».
El primer investigador de Stonehenge fue John Aubrey, anticuómano y
renombrado ladrón de vestigios prehistóricos, a quien debemos muchos
chismes sobre la vida de Shakespeare. Él fue quien hizo los primeros
descubrimientos topológicos y observó las alineaciones de agujeros y los
círculos concéntricos de piedras levantadas. Según Aubrey, Stonehenge
tiene un origen druídico. A la misma conclusión llegó, un siglo más tarde,
otro anticuómano, el doctor Stukeley, amigo de juventud de Isaac Newton.
Las excavaciones sistemáticas empezaron en 1801. Cunnington excavó
al pie de la Piedra del Sacrificio; no encontró nada, y dejó allí una botella
de oporto, dedicada a los arqueólogos futuros. Exactamente cien años más
tarde, el profesor Gowland descubrió, bajo la capa romana, ochenta hachas
y martillos de piedra, que daban fe del origen, varias veces milenario, del
Baile de los Gigantes. En 1950, el carbono 14 permitió establecer la fecha
de los agujeros de Aubrey: 1848 antes de J. C.
¿Qué era esta construcción compleja del neolítico? ¿Para qué podía
servir?, según se preguntó Samuel Pepys.
El plano completo, reconstituido por los arqueólogos, revela, a través de
las ruinas y del desorden producido por los siglos, una estructura rigurosa:
Una circunferencia de 115 metros de diámetro, delimitada por un foso flanqueado por dos
taludes, uno interior y otro exterior, y sin más que un pasillo para la entrada. Casi
inmediatamente, y concéntrico a aquélla, un círculo de 56 agujeros, llamados «agujeros de
Aubrey».
Incrustado en este círculo, y perpendicular a la entrada, un rectángulo delimitado en los
cuatro ángulos por piedras de las que sólo subsisten dos. Un círculo de 31 metros de diámetro,
compuesto de treinta piedras de 25 toneladas cada una, unidas las unas a las otras por dinteles y
formando, en consecuencia, una serie continua de dólmenes.
Un círculo de 59 piedras. Una herradura orientada hacia la entrada y compuesta de diez
bloques, cada uno de los cuales pesa unas cincuenta toneladas, y que están unidos de dos en dos
por dinteles horizontales, formando, pues, cinco dólmenes. Una herradura de diecinueve piedras.
Tres monolitos o menhires, uno en el centro, otro en la entrada y el tercero en el exterior del
foso y colocado en medio del pasillo de acceso.
Por último, prácticamente invisibles sobre el terreno y en parte
conjeturales, entre los agujeros de Aubrey y las treinta piedras de 25
toneladas, dos círculos compuestos, el uno, de 30 agujeros, y el otro, de 29.
Gerald S. Hawkins, profesor de Astronomía de la Universidad de
Boston, es de origen inglés. Volvió al país hace algunos años, destinado a
una base experimental de misiles, en el sudoeste inglés, en Larkill. Esto se
encuentra muy cerca de Stonehenge. Lo visitó, como hacen trescientos mil
turistas todos los años. Le explicaron que, si uno se coloca en el centro del
monumento, en la mañana del solsticio de verano, ve levantarse el sol sobre
una de las piedras colocadas en lugar separado, la Heel Stone. Lo comprobó
con sus propios ojos.
Después, empezó a formularse preguntas. Y el astrónomo se convirtió
en arqueólogo. Más tarde, Fred Hoyle verificaría los cálculos de Hawkins,
quien, en una obra publicada en Nueva York en 1965, confirmó su primera
intuición: aquellas hileras de piedras constituían un observatorio
astronómico complejo.
Un primer examen le convenció de que había al menos un centenar de
alineaciones posibles. ¿Cómo distinguir las que significaban algo?
Habría tardado muchos meses en descifrarlo. Hawkins buscó la ayuda
de un ordenador, cariñosamente bautizado con el nombre de «Oscar», al
cual proporcionó, de una parte, las alineaciones posibles de Stonehenge, y,
de otra, las posiciones clave (ortos, puestas, culminaciones, etcétera) de los
principales cuerpos celestes: Sol, Luna, planetas, estrellas.
«Oscar» empezó, pues, a señalar lo que veía en el cielo, en tal mes, en
tal día, a tal hora, entre tal y cual megalitos. El resultado fue sorprendente.
Si bien los planetas y las estrellas aparecían completamente desdeñados,
Stonehhenge permitía, en cambio, registrar todas las posiciones
significativas de la Luna y del Sol, y seguir sus variaciones estacionales.
Los gráficos y cuadros establecidos por Hawkins no dejaban lugar a dudas.
«Oscar» acababa de explicar para qué servían los megalitos. Pero en
Stonehenge hay algo más que megalitos: los constructores que levantaron
piedras, excavaron también el suelo. 56 agujeros de Aubrey. 30 agujeros. 29
agujeros, 56, 30, 29… ¿A qué podían corresponder estos números?
Una vez planteado el problema, los datos eran bastante sencillos: al
parecer, los hombres de Stonehenge sólo habían dedicado su atención al Sol
y a la Luna. Las salidas, las puestas y las culminaciones de cada uno de
estos astros son, ciertamente, dignas de interés. Pero aún lo son más los
espectaculares fenómenos en que el Sol y la Luna se encuentran: los
eclipses. La Astronomía moderna se dedica menos a la observación de los
ritmos que a la fisiología de los mecanismos. Pero Hawkins se acordó del
«año metódico».
El astrónomo griego Metón observó que, cada diecinueve años, la Luna
llena caía en las mismas fechas del calendario solar, y que los eclipses
obedecían al mismo ciclo. En realidad, no son exactamente diecinueve
años, sino 18,61 años, por lo que hay que suplir esta diferencia al establecer
un calendario regular (como hacemos nosotros con el día complementario
de los años bisiestos). Al redondear la cifra a 18 o 19, el error se pone
rápidamente de manifiesto. Pero, formando un ciclo más grande, a base de
este pequeño ciclo metódico rectificado, ora a 18, ora a 19, se consigue una
exactitud valedera durante siglos.
La aproximación más satisfactoria, según nos muestra rápidamente el
cálculo, es un gran ciclo de 19 + 19 - 1 - 18. Sumad. Obtendréis 56. El
mismo número de los agujeros de Aubrey. (Observemos, de paso, que el
número 56, que vemos aparecer en esta ocasión por vez primera en la
historia de la Humanidad, es el número de la alquimia, la masa del isótopo
estable del hierro). Hawkins, no contento con haber descubierto este hecho,
imaginó que el círculo de Aubrey, asociado a los megalitos, permitiría,
quizá, la previsión de los eclipses.
Se calcularon las fechas de los eclipses que tuvieron lugar en la época
de la construcción de Stonehenge. «Oscar» fue puesto de nuevo a
contribución. Y, una vez más, la conclusión fue positiva: un sistema de
piedras desplazadas a lo largo del círculo de Aubrey permitiría prever los
años de eclipses. ¿Y los días? El mes lunar es de 29,53 días. Dos meses
lunares forman, pues, una cifra redonda de 59 días, que coincide con la
suma de los 30 y los 29 agujeros.
También coincide con otro círculo, que no hemos mencionado hasta
ahora porque es casi enteramente conjetural, y que se compondría de 59
piedras azules… Hawkins, especulando con los 56 agujeros de Aubrey, los
30 y los 29 agujeros, y la Heel Stone (todas las observaciones deben
hacerse a base de este menhir), consiguió, no solamente encontrar las fechas
exactas de los eclipses producidos en la época de la construcción, sino
también calcular, por ejemplo, la fecha de nuestra fiesta movible de Pascua,
supervivencia cristiana, según sabemos, de una antigua tradición pagana.
Stonehenge es, pues, un observatorio y un calendario.
Hasta ahora, y que nosotros sepamos, nadie ha rebatido la tesis de
Hawkins. Por otra parte, el cálculo de probabilidades indica que sólo hay
una probabilidad entre diez millones de que aquellas significativas
alineaciones sean pura coincidencia. A pesar de todo, el enigma de
Stonehenge no está resuelto; sino que los problemas materiales y culturales
que plantea la construcción de este monumento, de una parte, y las
características heterodoxas del fenómeno megalítico del que forma parte
Stonehenge, de otra, resultan sumamente embarazosos para los
prehistoriadores.
Por consiguiente, se prefiere ignorar Stonehenge.
Abramos, por ejemplo, uno de los más recientes manuales de
Prehistoria publicado en Francia bajo la dirección de uno de nuestros
especialistas, que gozan de justo renombre. El libro consta de 350 páginas
de densa tipografía. En el índice de los lugares prehistóricos que se
mencionan en la obra, constan docenas y docenas de nombres. El de
Stonehenge brilla por su ausencia.
Las rocas que componen el monumento no fueron extraídas del
subsuelo inmediato. Las piedras azules, que pesan, por término medio,
cinco toneladas cada una, provienen de una mina situada a unos
cuatrocientos kilómetros. El transporte debió hacerse por mar y por tierra, y
cruzando algunos ríos. Pero ¿por qué medios? Otros bloques pesan de 25 a
50 toneladas. Las canteras de las que fueron extraídos están más próximas a
Stonehenge.
Pero hubo que arrancarlas del subsuelo, transportarlas, tallarlas. Todas
las piedras aparecen trabajadas por la mano del hombre, sobre todo las que
muestran cierta curvatura para corregir la ilusión óptica (si fueren
completamente rectilíneas, se verían cóncavas). Después, hubo que
levantarlas, y, por último, colocar las piedras transversales de los dólmenes.
Todo ello con precisión centimétrica, si admitimos la finalidad astronómica
demostrada por Hawkins. Una operación que ni siquiera hoy sería fácil. Y
esto sin contar los cálculos teóricos fundados en leyes matemáticas, físicas
y mecánicas.
Hoy se da por cierto que Stonehenge fue construido en varias veces,
durante un período comprendido entre los años 2000 y 1700 antes de J. C.,
aunque la primera implantación pudo ser aún más remota. Ahora bien, la
Prehistoria pretende conocer perfectamente a los hombres que poblaban en
aquellos tiempos las islas anglosajonas. Son los de la Edad de Piedra, que
pronto conocerán el cobre y el bronce, y que empiezan a practicar la
ganadería y la agricultura.
Culturalmente, aparecen claramente subdesarrollados en relación con
las grandes civilizaciones mediterráneas de la misma época. Se intentó
rehacer la construcción de Stonehenge con los únicos métodos primitivos
que admite la ortodoxia, y se llegó a conclusiones difíciles de aceptar: se
habrían necesitado millones de jornadas de trabajo, es decir, generaciones
enteras dedicadas a la edificación del monumento. Ahora bien, Stonehenge
no es único, sino que forma parte de un vasto conjunto.
En un radio de una veintena de kilómetros, encontramos otros
crómlechs, algunos de ellos gigantescos, como el de Avebury (el crómlech
más grande conocido: 365 metros de diámetro); círculos de agujeros en los
que se han encontrado vestigios de madera; un monumento concéntrico,
llamado «Santuario»; túmulos funerarios enormes; un rectángulo delimitado
por un foso de 2800 metros de longitud por 90 de anchura; un promontorio
artificial de 500 000 metros cúbicos; un círculo gigantesco de 450 metros
de diámetro; una excavación en forma de embudo, con una profundidad de
100 metros: avenidas anchas como autopistas…
Existen megalitos en todo el mundo. Ninguno de los cinco continentes
carece de ellos. Se ha querido ver en todos ellos una intención funeraria. Y,
ciertamente, hay numerosas sepulturas. Cierto, también, que, incluso en
Stonehenge, se han encontrado cenizas y osamentas entre los crómlechs o
las otras alineaciones. Pero el hecho de que haya cementerios junto a las
iglesias no quiere decir que las iglesias sean, por ello, sepulcros.
Los megalitos aparecen extrañamente repartidos: en grupos separados,
desligados unos de otros, nunca lejos de las costas, dotados de
características semejantes. El fenómeno parece haberse producido
únicamente durante la primera mitad del segundo milenio antes de nuestra
Era, y haber cesado bruscamente, sin dejar más huellas que leyendas que
aún perduran en nuestros días.
Hawkins hizo otra observación: Stonehenge se encuentra en la estrecha
porción del hemisferio Norte donde los acimuts del Sol y de la Luna, en su
declinación máxima, forman un ángulo de 90 grados. El lugar simétrico, en
el hemisferio Sur, serían las islas Malvinas y el estrecho de Magallanes.
¿Sabían los constructores de Stonehenge calcular la longitud y la latitud?
Parece como si unos «misioneros», portadores de una idea y de una
técnica, partidos de un centro desconocido, hubiesen recorrido el mundo. El
mar habría sido su ruta principal. Estos «propagandistas» habrían
establecido contacto con ciertas poblaciones, y no con otras. Esto explicaría
los «huecos» o zonas de menor densidad en el reparto, así como el
aislamiento de ciertos focos megalíticos. Esto explicaría también cómo y
por qué se superponen los monumentos megalíticos a la civilización
neolítica. Y daría, asimismo, explicación a todas las leyendas que atribuyen
la construcción a seres sobrenaturales.
Sabríamos, al fin, por qué unos hombres capaces de colocar
verticalmente bloques de 300 toneladas, y de levantar piedras planas de 100
toneladas, no nos dejaron otras muestras de su prodigiosa habilidad. Las
sagas irlandesas hablan de gigantes del mar, agricultores y constructores. La
literatura griega alude a los «hiperbóreos» y a sus templos circulares, donde
Apolo, dios del Sol, se aparece cada diecinueve años…
En realidad, todo lo que sabemos acerca de los megalitos y, sobre todo,
del conjunto de Stonehenge, que es el más completo y más estudiado, deja
entrever el paso de una civilización ajena al curso normal de la Prehistoria.
Un mundo de conocimientos superiores señala su paso, durante algunos
siglos, y, después, desaparece.
El problema de Stonehenge, como el de todos los monumentos
megalíticos, no termina aquí. Nadie duda, en la actualidad, de que estos
monumentos son estructuras complejas, bases e instrumentos de
conocimiento. Como nadie duda de que el arte parietal (lo veremos en el
curso de esta obra) expresa una metafísica.
En fin, todo lo que sabemos del lenguaje en los pueblos primitivos nos
invita a considerar éste como una función a la que la mente humana, incluso
la «no civilizada», atribuye un valor privilegiado. Geneviève Calame
Griauie, en su estudio sobre los dogones (Ethnologie et Langage: La Parole
chez les Dogon, 1965), población del sudoeste del Níger, observa que, para
este pueblo, la palabra «so», con que se designa el lenguaje, significa
también.
«La facultad que distingue al hombre del animal, la lengua en el sentido exclusivista del
término, la lengua de un grupo humano distinta de la de otro, la palabra a secas, el razonamiento
y sus modalidades».
En fin, la palabra es, en todos los «primitivos», sinónimo de acción
emprendida y clasificación de la creación. Es el hacer y el saber, la acción
sobre el mundo y la visión del mundo. «Porque el mundo está impregnado
de la palabra, y la palabra es el mundo, los dogones elaboran su teoría del
lenguaje como una inmensa arquitectura de correspondencias entre las
variaciones del razonamiento individual y los acontecimientos de la vida
social». Hay 48 tipos de palabras descompuestas en dos veces 24, número
clave del mundo.
Así, a cada palabra corresponde un acto, una técnica, una institución o
un elemento de la creación. Así, en el hombre de las edades remotas, la
palabra es un vasto conjunto combinatorio, un cálculo universal cargado de
valores, de posibilidades de acción y de recuentos, un depósito de
conocimientos revelados y un material complejo para actuar sobre la
realidad.
Los bambaras sudaneses distinguen una primera palabra aún no
expresada, el «ko», que forma parte de la palabra primordial de Dios, y una
palabra humana, dotada de un sustrato material que es el cuerpo, el
conjunto de los órganos del cuerpo, y por el cual tiene el hombre «dominio»
sobre el lenguaje.
El elemento lingüístico es tan material como el cuerpo que lo produce, y
los sonidos primordiales, en relación con los cuatro elementos cósmicos —
agua, tierra, fuego y aire— reengendrados en las entrañas, producen el
verbo que «nacerá» entre los dientes.
En su obra sobre El lenguaje, ese desconocido, Julia Joyaux refiere una
leyenda melanesia sobre el origen del lenguaje y su relación con el cuerpo
visceral: El Dios Gomawe estaba paseando cuando tropezó con dos
personajes que no sabían responder a sus preguntas, ni siquiera expresarse.
Pensando que esto se debía a que tenían el cuerpo vacío, fue a cazar dos
ratas, a las que arrancó las entrañas. Volvió junto a los dos hombres, les
abrió el adbomen y metió allí los intestinos, el corazón y el hígado de las
ratas. Inmediatamente, los dos hombres empezaron a hablar. «¿Cuál es tu
vientre?» significa «¿Cuál es tu lengua?».
Conviene retener dos ideas. La primera, que el lenguaje se concibe, en
su expresión a través del hombre, como una realidad material, y que lanzar
una palabra es un acto tan transformador como arrojar una flecha o una
piedra. La segunda, que el Verbo-Idea preexiste al lenguaje-víscera; que hay
una palabra primordial de Dios. De suerte que, por ejemplo, para los
bambaras, el hombre áfono se remonta a la edad de oro de la Humanidad.
Lo cual, en esta concepción, no significa ausencia de lenguaje, sino
conocimiento y comunicación sin sustrato sensible.
Además, encontramos en numerosos «primitivos» teorías
extraordinariamente refinadas y detalladas sobre las correlaciones gráficas
de la palabra. Descubrimos, en civilizaciones desaparecidas, sistemas
gráficos que dan testimonio de una reflexión sutil sobre el lenguaje, de una
distancia entre el signo y la cosa representada, que presupone un
simbolismo sumamente desarrollado.
La escritura maya, aún no descifrada, parece haber sido propia de los
sacerdotes; haber estado relacionada con los cultos y con toda una ciencia
fundada en un concepto cíclico del tiempo, y formando, en su conjunto
(¿jeroglífico o alfabético?), según J. E. Tompson, una «sinfonía del
Tiempo». En la escritura enigmática de la isla de Pascua, quiere ver Alfred
Métraux una serie de recordatorias para los cantores.
Barthel observa que los 120 signos de este sistema de escritura dan pie a
1500 o 2000 combinaciones. Y, entre estos signos (personajes, cabezas,
brazos, animales, objetos, plantas, dibujos geométricos), algunos
constituyen verdaderas imágenes; la mujer es representada por una flor; una
persona que come expresa la recitación de un poema: colmo de la reflexión
sobre las funciones estéticas, mágicas, religiosas y creadoras del lenguaje.
El proceso de elaboración y de clasificación de las cuatro etapas de la
escritura de los dogones nos ofrece también un turbador ejemplo de
conciencia sutil del lenguaje diferenciado.
«Esta participación del lenguaje en el mundo, en la Naturaleza, en el cuerpo, en la sociedad
—de la que está, empero, prácticamente diferenciada— y en sistematización compleja,
constituye tal vez —escribe Julia Joyaux— el rasgo fundamental de la concepción del lenguaje
en las sociedades llamadas primitivas…».
Lo cual equivale a decir que la lingüística de los precivilizados es una
lingüística de alta civilización.
Y ahora se plantea una cuestión. Stonehenge, como otros monumentos
megalíticos, fue una construcción compleja, expresión e instrumento de
conocimientos matemáticos y cosmogónicos, testimonio de una cultura.
Siendo así, ¿cuál fue el lenguaje de esta cultura? ¿Cabe presumir que
careciese de escritura, de correlativo gráfico, si nos dejó un vestigio tan
evidente de correlativo arquitectónico?
Sin necesidad de plantear la cuestión en un plano general, la simple
consideración de las necesidades técnicas nos obliga a aceptar la idea de
que hubo una escritura. Pues, a fin de cuentas, ¿cómo se habrían podido
efectuar cálculos tan importantes, y dirigir operaciones de transporte de un
material enorme y de innumerables brigadas de obreros a través de varios
centenares de kilómetros, y organizar otras tan importantes, si se hubiese
carecido de escritura?
Pero ¿cómo no queda de ella algún vestigio? Tal vez las huellas se
borraron en el curso de los siglos, ante la absoluta indiferencia de los
habitantes de aquellas regiones. Atkinson presume que los instructores-
constructores vinieron de Creta. ¿Utilizaron, quizá, para fijar los signos,
materiales perecederos?
Pero la escritura sobre tablillas de arcilla era a la sazón desconocida, y
los maestros de obras disponían de piedras y de madera en abundancia. Tal
vez conviene más imaginar que, como dice la tradición bambara, «el
hombre áfono se remonta a la edad de oro de la Humanidad», y que los
constructores, pertenecientes a alguna casta sacerdotal, iniciados y técnicos
a un mismo tiempo, realizaban mudas operaciones mentales, que se
transmitían por algún medio telepático.
O que procedían a sutiles registros del pensamiento sobre materiales
orgánicos o cristales especialmente preparados. O, en fin —y en
correspondencia con lo que sabemos de los tabúes de lenguaje en el mundo
antiguo—, que los maestros mantuvieron secretas las palabras e invisibles
los signos necesarios para la edificación y el funcionamiento de aquellas
colosales máquinas-templos.
Pero aunque las palabras y la escritura de los maestros permaneciesen
ocultas, la ejecución de los trabajos debió de requerir signos, una escritura
secundaria, una escritura visible que se ha desvanecido. Si ésta existió, fue
tal vez empleada por los arquitectos como una simple necesidad de
intendencia, como un producto inferior del conocimiento secreto, el cual
carecía de vehículo visible de comunicación.
Bernard Shaw, en una de sus obras, pone en escena a César. La
Biblioteca de Alejandría está ardiendo. Un personaje dice que la memoria
de la Humanidad va a desaparecer. «Déjala arder —responde César—. Es
una memoria llena de infamia». El amo del mundo no expresa, con estas
palabras, desprecio del conocimiento, sino más bien una idea, de los
Antiguos, según la cual, el lenguaje escrito no era más que un sucedáneo
del verdadero saber registrado en las regiones superiores de la mente,
depositado en la silenciosa memoria de los iniciados.
Platón, en Timeo, declara:
«Ardua tarea es descubrir al autor y padre de este universo, y, una vez descubierto, es
imposible darlo a conocer a todos los hombres».
En, Fedro, refiere una fábula egipcia contra la escritura, cuyo empleo
desacostumbra a los hombres a ejercitar su memoria y les obliga a depender
de los signos. Los libros, dice:
«Se asemejan a los retratos, que perecen vivos pero son incapaces de responder una palabra
a las preguntas que se les formulan».
Clemente de Alejandría afirma: «Escribir todo un libro es poner una
espada en manos de un niño».
Esta idea fundamental de la remota antigüedad volvemos a encontrarla,
como observa Jorge Luis Borges, en el texto evangélico:
«No deis las cosas santas a perros ni arrojéis vuestras perlas a puercos, no sea que las
pisoteen y revolviéndose os destrocen».
Esta máxima es de Jesús, el maestro más grande de la enseñanza oral,
que sólo una vez escribió en el suelo unas palabras que nadie leyó.
¿Es Stonehenge el monumento de una cultura superior, primordial y, por
ello, independiente de todo vehículo visible, carente de signos gráficos de
comunicación? La escritura podría representar una caída en el exoterismo,
un producto secundario del lenguaje del conocimiento, un vehículo de
enseñanzas accesorio para uso del común de los mortales. Sin embargo, la
escritura visible fue necesaria para aquellas grandes obras.
El profesor Glyn Daniel, en un artículo publicado en el Observer de
septiembre de 1964, observó que el traslado de las enormes piedras de la
región de Pembrokshire a la llanura de Salisbury debió plantear delicados
problemas de logística, y que toda la operación debió efectuarse de acuerdo
con planos, instrucciones escritas, órdenes y proyectos. Formuló la
hipótesis de mapas y planos dibujados sobre pieles o tablillas de madera. Es
asombroso que, salvo Glyn Daniel, ningún prehistoriador parece haberse
planteado esta cuestión.
Podríamos fundar otra hipótesis en los «quipus», o cuerdas anudadas
que fueron descubiertas en el Perú y que, según se cree actualmente, servían
para la transmisión de indicaciones numéricas. Unos nudos complejos
pueden servir para representar números e ideas. Sabemos muy poco acerca
de estas cuerdas anudadas, como tampoco de las «escalas de hechiceros»
del sur de Italia o de sus semejantes de los Países Bajos, que, según la
tradición mágica, servían para «anudar o desligar el viento». Si la escritura
práctica de Stonehenge fue de este tipo, la tierra húmeda de Salisbury debió
de destruir sus huellas desde hace miles de años.
Por último, podemos imaginar una escritura que fuese demasiado
pequeña o demasiado grande para ser percibida: algo parecido al micro-
punto que empleamos para los mensajes secretos, o a signos inmensos
trazados en el paisaje.
¿Una manera de saber hacer sin saber decir? ¿Encontraremos un día
algún vestigio de la escritura perdida y nos remontaremos, gracias a ella, al
gran lenguaje de los orígenes? Heródoto refiere un experimento de
Psamético, rey de Egipto, que hizo criar a dos niños, desde su nacimiento,
sin el menor contacto con lenguaje alguno.
La primera palabra que pronunciaron estos niños fue «pan», en frigio, y
el rey sacó la conclusión de que el frigio era más antiguo que el egipcio y
había sido la lengua ya formada que había recibido el hombre. Vemos, pues,
que el enigma del lenguaje nos acosa desde siempre, desde el rey de Egipto
hasta Lévi-Strauss, el cual sostiene que:
«El lenguaje sólo pudo aparecer de golpe…, efectuándose un paso brusco de una fase en que
nada tenía sentido, a otra, en que todo lo tenía».
¿Hubo, pues, para todos los hombres, un gran lenguaje original, cuyo
verbo inicial reveló la naturaleza de las cosas, su verdadero nombre y su
función en la armonía universal? ¿Y se escribió el Baile de los Gigantes
sobre la música de este gran lenguaje?
CAPÍTULO II
El centésimo nombre del Señor
Sobre la piel de un jaguar. — La magia del nombre entre los primitivos y entre los egipcios. —
Cómo domesticar al oso. — Los secretos del sonido. — La gnosis y el lenguaje revelado. —
Fulcanelli y la lengua de los pájaros. — Hipótesis sobre las escrituras mágicas. — La
asombrosa historia del manuscrito Voynich. — El río de Padirac. — El libro del gran Set.
«Un judío, llamado Gustav Meyrinck, fue circuncidado, sabe por qué lo fue, y conoce el
Nombre en todos sus aspectos».
El Señor tiene noventa y nueve nombres accesibles al entendimiento
humano; noventa y nueve atributos: es justo, misericordioso, todopoderoso,
etcétera. Pero tiene un centésimo nombre que brilla en los cielos. El que
llega a aprenderlo, se eleva por encima de la condición humana; en él
residen el pensamiento y el poder infinitos; él es el Maestro del Nombre.
Una larga cadena de Maestros del Nombre —dice Israel Baal Shem—
liga los siglos a la revelación original, desde el inmemorial Melquisedec
hasta nuestros días.
Eliezer de Worms aseguraba que el Nombre está escrito en una espada,
y que, cuando el Judío Errante la ve, tiene que reanudar inmediatamente su
camino… En una narración muy notable de Jorge Luis Borges, el mago
Tzinacán, sacerdote sacrificador de la pirámide de Qaholom, se ve
encerrado en una profunda cárcel, donde tiene que morir, por haberse
negado a revelar a los españoles el escondrijo de un tesoro. Será devorado
por un jaguar, que espera al otro lado del muro.
Tzinacán busca el nombre, la fórmula de la escritura absoluta, de la
eternidad.
Dios la escribió el primer día de la creación.
«La escribió de manera que llegara a las más apartadas generaciones y que no la tocara el
azar. Nadie sabe en qué punto la escribió ni con qué caracteres, pero nos consta que perdura
secreta, y que la leerá un elegido… Quizás en mi cara estuviera escrita la magia, quizá yo
mismo fuera el fin de mi busca. En ese afán estaba cuando recordé que el jaguar era uno de los
atributos del Dios».
Y así fue como Tzinacán, mudo, indiferente a sí mismo y a su fin:
«Dejando que me olviden los días, acostado en la oscuridad», descifró en la piel de la fiera
«los ardientes designios del Universo».
Todas las tradiciones, primitivas, gnóstica, cabalística, dicen que hay un
Nombre supremo, clave de todas las cosas. Pero también enseñan que cada
cosa y cada criatura tienen su nombre verdadero, que contiene y expresa su
naturaleza esencial, su situación y su papel en la armonía universal. Esta
idea se encuentra ya en las antiguas civilizaciones. El verdadero nombre de
Roma era guardado en secreto, y Cartago fue destruida —según se dijo—
cuando los romanos se enteraron, por una traición, de su nombre oculto.
Para el hombre llamado «primitivo», no hay diferencia entre la cosa y la
palabra que expresa la cosa, no hay diferencia entre el aliento, principio
vital, y el Verbo, formado por el aliento entre los dientes. El lenguaje es una
sustancia y una fuerza material que no se concibe como una parte mental,
como un proceso de abstracción, sino como un elemento del cuerpo y de la
Naturaleza. Lo mismo que ocurre con la materia y el espíritu, lo real y el
lenguaje, lo significado y lo que lo significa, que se confunden en la unidad
del mundo exterior y el mundo interior.
Hasta el punto de que la mayoría de los sistemas mágicos se fundan en
un tratamiento de la palabra considerada como fuerza realmente activa. Hay
palabras secretas, demasiado poderosas para ser manejadas por los no
iniciados; existen prohibiciones de usar ciertas palabras; hay palabras que
son instrumentos eficaces del hechizo o del exorcismo. En la lengua acadia,
«ser» y «nombrar» son sinónimos.
En su célebre libro, El ramo de oro, Frazer observa que, en muchas
tribus primitivas:
«El nombre puede servir de intermediario —igual que los cabellos, las uñas u otra parte
cualquiera de la persona física— para hacer actuar la magia sobre esta persona».
Para el indio de América del Norte, su nombre es una parte de su
cuerpo; quien maltrate a su nombre, atenta contra su vida.
Julia Joyaux (El lenguaje, ese desconocido) observa: «El nombre no
debe ser pronunciado, pues el acto de la pronunciación-materialización
puede revelar-materializar las propiedades reales de la persona que lo lleva,
haciéndola así vulnerable a la mirada de sus enemigos. Los esquimales
adoptaban un nombre nuevo cuando se hacían viejos».
Los celtas consideraban los nombres como sinónimos del «alma» y del
«aliento». Entre los yuins de Nueva Gales del Sur, en Australia, y en otros
pueblos, siempre según Frazer, el padre revelaba su nombre a su hijo en el
momento de la iniciación, pero muy pocas personas lo conocían.
En Australia, se olvidan los nombres, y se llama a la gente «hermano,
primo, sobrino…». Los egipcios tenían también dos nombres: el pequeño,
que era bueno y se empleaba en público, y el grande, que se disimulaba.
Tales creencias, referidas al nombre propio, se encuentran también entre
los kru del África Occidental, en los pueblos de la Costa de los Esclavos,
entre los wolofs de Senegambia, en las Islas Filipinas, en las Islas Burrú
(Indias Orientales), en la isla de Chiloé (frente a la costa meridional de
Chile), etcétera.
El Dios egipcio Ra, al ser mordido por una serpiente, se lamenta:
«Yo soy aquel que tiene muchos nombres y muchas formas… Mi padre y mi madre me
dijeron mi nombre; permanece oculto en mi cuerpo desde mi nacimiento, para que ningún poder
mágico pueda ser adquirido por quien quisiera echarme un maleficio».
Pero acabó por revelar su nombre a Isis, que se hizo, por ello,
todopoderosa. También pesan tabúes sobre palabras que designan grados de
parentesco.
«Entre los cafres, las mujeres tienen prohibido pronunciar el nombre de su marido y el de su
suegro, así como cualquier otra palabra que tenga semejanza con aquéllos. Esto trae consigo una
alteración tal en el lenguaje de las mujeres, que bien puede decirse que éstas hablan una lengua
diferente. Frazer recuerda, a este respecto, que, en la Antigüedad, las mujeres jónicas no
llamaban nunca a su marido por su nombre, y que, en Roma, nadie debía nombrar al padre o a
una hija mientras se celebraban los ritos de Ceres.
»Los nombres de los muertos están sometidos a las leyes del tabú. Tales costumbres eran
observadas por los albaneses del Cáucaso, y Frazer las advierte también en los aborígenes de
Australia. En el lenguaje de los abipones del Paraguay, se introducen palabras nuevas todos los
años, pues se suprimen oficialmente todas aquellas que se parecen a los nombres de los muertos,
sustituyéndolas por otras nuevas. Se comprende que tales procedimientos anulan la posibilidad
de crónicas e historias; el lenguaje deja de ser depositario del pasado y se transforma con el
decurso real del tiempo.
»Los tabúes afectan igualmente a los nombres de los reyes, de los personajes sagrados y de
los Dioses; pero también a muchísimos nombres comunes. Se trata, sobre todo, de nombres de
animales o de plantas, considerados peligrosos, y cuya pronunciación equivaldría a evocar el
peligro mismo. Así, en las lenguas eslavas, la palabra que significa “oso” fue sustituida por otra
más “anodina”, cuya raíz es “miel” y que nos dio, por ejemplo, en ruso, el vocablo “med’ved”,
de “med”, miel. El oso maléfico quedó remplazado por algo más eufórico.
»Estas prohibiciones parecen corresponder a “imposibilidades” naturales, y pueden ser
levantadas o expiadas mediante determinadas ceremonias. Muchas prácticas mágicas se fundan
en la creencia de que las palabras poseen una realidad concreta y activa, y de que basta con
pronunciarlas para que ejerzan su acción. Tal es la base de muchas oraciones o fórmulas
mágicas con las que se obtiene la “curación” de enfermedades, la lluvia sobre los campos,
cosechas abundantes, etc».
Nosotros, los «civilizados», establecimos una dicotomía entre espíritu y
materia, realidad y lenguaje, y nuestra concepción general dualista nos
induce a considerar el lenguaje como una función separada, la lingüística
como una ciencia distinta, el «hecho lingüístico» como procedente de una
visión puramente formal, abstracta. Un filólogo como Boas lleva esta visión
aislante hasta el extremo de negar toda relación entre el lenguaje de una
tribu y su cultura.
Ahora bien, no sólo existe, como opina Malinovsky, una relación entre
el lenguaje y el contexto cultural y social, sino que, quizás, hay una
relación, en «la magia que funciona», entre la palabra, el aliento, el sonido,
la posición, el momento, el lugar, la disposición de la asamblea en que
aquélla es pronunciada con acompañamiento rítmico, y la acción efectiva
que se emprende.
Todavía sabemos muy poco acerca de las virtudes del sonido, de que
nos hablan las civilizaciones mágicas y espiritualistas. Todavía no hemos
estudiado sistemáticamente el aliento y su articulación como «máquina»,
como medio de acción, sobre el psiquismo, sobre la Naturaleza. Es posible
que la lingüística, en el sentido moderno de esta disciplina, sea una ciencia
de la corteza, y que haya una ciencia de la pulpa, que tal vez, un día,
descubriremos o redescubriremos.
La idea de que existen «palabras-maestras», que serían claves de la
realidad, se expresa en diversos grados en las mentalidades «primitivas» y
en las metafísicas de corriente gnóstica. Cada cosa, cada ser, tiene su
nombre misterioso inscrito en el repertorio del conocimiento absoluto. Dios
dio nombre a su creación, en un lenguaje que los elegidos serán llamados a
comprender.
«Muy poca gente —dice el gnóstico— puede poseer este conocimiento: uno entre mil, dos
entre diez mil».
(Basilido; Ireneo, Adversus Haereses, I, 24, 6).
Simón el Mago empieza así su gran Revelación (Apophasis):
«Éste es el escrito de la revelación de la Voz y del Nombre, procedente del Pensamiento y de
la gran Potencia infinita. Por esto será sellado, escondido, envuelto en la morada donde la raíz
del Todo tiene sus fundamentos».
Existe, pues, según los antiguos, un lenguaje revelado, en el cual los
nombres no serían el símbolo transmisor de las cosas, sino la expresión y la
realidad de la estructura última de las cosas. Y nuestras lenguas no serían
más que el recuerdo esfumado de este lenguaje original divino. En
ocasiones, una palabra parece ligada aún, por un sólido lazo, a su raíz
divina. Su ambivalencia ilustradora, o su complejo contenido numérico,
parecen evocar su relación con alguna enciclopedia de las verdades
primordiales.
Así, la palabra Phos significa, en griego, según la acentuación, hombre
o luz. Así, en las sectas gnósticas cristianas del Imperio Romano, se
utilizaban como signo de reconocimiento unas gemas que llevaban grabada
la palabra mágica Abraxas o Abrasax.
Y, según observa Serge Hutin (Los gnósticos):
«Sumando los valores numéricos respectivos de las letras griegas de esta palabra, ya que en
griego antiguo las cifras eran representadas por letras, se obtiene 365, que es también el valor de
Mitra y que corresponde, a la vez, al número de círculos que el Sol parece describir y a la
creencia de los basilidianos de que existen 365 cielos o universos».
Toda palabra, en la «lengua verdadera», sería saber y magia, es decir,
revelación de la estructura de la cosa nombrada y poder absoluto sobre esta
cosa, depósito de sus significados últimos en su correspondencia con la
armonía universal.
En su célebre obra El misterio de las catedrales, Fulcanelli propone una
interpretación de la expresión «arte gótico», mostrando que los grandes
edificios religiosos de la Edad Media son, en realidad, libros de piedra que
enseñan la ciencia de la alquimia y contienen:
«La misma verdad positiva, el mismo fondo científico que las pirámides de Egipto, los
templos de Grecia, las catacumbas romanas y las basílicas bizantinas».
Esta interpretación presupone la existencia de un Gran Lenguaje
original. Hay que buscar la explicación —nos dice— en el origen
cabalístico de la palabra, más que en su raíz literal.
Dicho en otros términos: existe una lingüística esotérica que es la
verdadera lingüística estructuralista.
«Algunos autores perspicaces, impresionados por la semejanza que existe entre gótico y
goético, pensaron que había de existir una relación estrecha entre el arte gótico y el arte goético
o mágico».
«Para nosotros, arte gótico no es más que una deformación ortográfica de la palabra
argótico, cuya homofonía es perfecta, de acuerdo con la ley fonética que rige, en todas las
lenguas y sin tener en cuenta la ortografía, la cábala tradicional. La catedral es una obra de art
goth o de argot. Ahora bien, los diccionarios definen el argot como “una lengua particular de
todos los individuos que tienen interés en comunicar sus pensamientos sin ser comprendidos por
los que les rodean”. Es, pues, una cábala hablada. Los argotiers, o sea los que utilizan este
lenguaje, son descendientes herméticos de los argo-nautas, los cuales mandaban la nave Argos y
hablaban la lengua argótica, mientras bogaban hacia las riberas afortunadas de Cólquida en
busca del famoso Vellocino de Oro (…)».
«Añadamos, por último, que el argot es una de las formas derivadas de la lengua de los
pájaros, madre y decana de todas las demás, la lengua de los filósofos… Es aquélla cuyo
conocimiento revela Jesús a sus apóstoles al enviarles su espíritu, el Espíritu Santo. Es ella la
que enseña el misterio de las cosas y descorre el velo de las verdades más ocultas».
«Los antiguos incas la llamaban “lengua de Corte”, porque era muy empleada por los
“diplomáticos”, a los que daba la clave de una doble ciencia: la ciencia sagrada y la ciencia
profana. En la Edad Media era calificada de Gaya Ciencia o Gay (no tiene relación con la
denominación actual de la homosexualidad), Saber, Lengua de los Dioses, Diosa-Botella. La
Tradición afirma que los hombres la hablaban antes de la construcción de la Torre de Babel,
causa de su perversión y, para la mayoría, del olvido total de este idioma sagrado».
¿Qué pensar de estas afirmaciones reiteradas en todas las grandes
tradiciones, y de su eco en las magias verbales de los «primitivos»? Nuestro
camino no es la adhesión supersticiosa. Pero podemos preguntarnos, con
ánimo abierto, si no tendría base razonable una investigación orientada en
este sentido.
Todo nos conduce hoy en día a pensar que las lenguas no se remontan,
en el tiempo, hasta los balbuceos neandertalianos. La antropología
estructuralista evoca incluso la hipótesis de una aparición brusca del
lenguaje:
«Fuesen cuales fueren el momento y las circunstancias de su aparición en la escala de la vida
animal, el lenguaje sólo pudo nacer de un solo golpe».
(Lévi-Strauss)
Según Sapir, el lenguaje es «formalmente completo» desde el
«principio», y, desde que hay hombres, hay lenguaje. Para Leroi-Gourhan,
las huellas más antiguas de un lenguaje y del simbolismo gráfico se
remontan a finales del musteriense y se hacen abundantes unos 35 000 años
antes de nuestra Era. El lenguaje no habría tenido prehistoria, sino que
habría sido «dado» de algún modo, y sería, en cierto modo, «eterno».
También empezamos a preguntarnos si el neandertalense, al que
tuvimos hasta hace pocos años por el antepasado del hombre, no sería un
producto de cruzamiento que coexistió, hace cincuenta milenios, con un
homo habilis infinitamente más viejo El prehistoriador americano
Alexander Marshak, en numerosas comunicaciones presentadas en 1964,
insistió en unos signos, sobre guijarros, que revelaban vestigios de
matemáticas paleolíticas. Estos signos parecían corresponder a un
calendario lunar de 35 000 años de antigüedad.
La confección de un calendario semejante hace suponer la existencia de
notables conocimientos matemáticos o, en todo caso, de anotaciones de
periodicidad. Si se trata de restos de una cultura desaparecida, anterior al
neandertalense, ¿nos hallamos en presencia de un gran lenguaje primordial?
Podemos imaginarnos también un tiempo en las cavernas en que hubiesen
coexistido los supervivientes de una civilización con los neandertalianos,
como coexisten, en nuestra era de cohetes espaciales, los ingenieros de la
NASA con los indios coghis.
En fin, estamos empezando a descifrar, mediante ordenadores, ciertas
lenguas antiquísimas y, al parecer, tan complejas como el sánscrito y el
egipcio; tal es, por ejemplo, la escritura de las tablillas del valle del Indo.
Este descifrado y el estudio de las correlaciones entre las escrituras muy
antiguas pueden depararnos grandes sorpresas.
«La idea de que hubo un tiempo en que todos los hombres civilizados hablaban la misma
lengua —escribe Lincoln Barnett— no es en modo alguno exclusiva del Génesis. La
encontramos también en el antiguo Egipto y en los viejos escritos hindúes y budistas. Esta idea
fue seriamente estudiada por varios filósofos europeos del siglo XVI».
Nuestra inmersión en el abismo del tiempo nos revela un creciente
retroceso de la edad del hombre y de las civilizaciones, y los filósofos del
siglo XXI podrán, tal vez, recoger eficazmente esta hipótesis y ampliarla a
los tiempos antediluvianos.
En tal caso, no habría que olvidar la siguiente pregunta, aparentemente
extravagante:
Si hubo una lengua primordial, ¿en qué forma se conservó y transmitió? En seguida
pensamos en las tablillas de arcilla y en las inscripciones sobre piedra o madera. Pero estos
medios toscos, esta escritura visible —que dan, no obstante, testimonio de sociedades
sorprendentemente refinadas en los antiguos milenios—, fueron, tal vez, únicamente utilizados
por sociedades posteriores a una civilización más elevada.
Si a la idea del alto conocimiento revelado se une siempre la idea del secreto, de la
comunicación exclusivamente iniciática, tenemos derecho a imaginarnos alguna escritura oculta
a los ojos del público. En la actualidad, poseemos medios invisibles de registro del
conocimiento, desde el disco hasta la cinta magnética, desde el microfilme hasta los cristales.
Tal vez un día descubriremos la escritura camuflada, depositada en objetos, en piedras del
suelo o —¿quién sabe?— en nosotros mismos, en las sutiles profundidades de nuestras
células… Y, en fin, aunque se trate de una escritura evidente, debemos recordar que todos los
libros del mundo antiguo, reunidos en las inmensas bibliotecas de Rodas, de Cartago, de
Alejandría y de otras partes, fueron destruidos; que poseemos menos del 1 por ciento de las
literaturas griega y romana, y que quedaron enterradas las cenizas del genio del pasado.
Para terminar: si progresa el descifrado de las lenguas ignoradas, sobre todo mediante el
empleo de los ordenadores, la existencia de una escritura que hubiera transmitido conocimientos
de abstracciones matemáticas plantearía problemas insolubles. Todas nuestras investigaciones
arqueológicas o lingüísticas se han referido siempre a civilizaciones menos avanzadas que la
nuestra.
Si la realidad fuese a la inversa, tropezaríamos con términos que no podríamos interpretar;
nos hallaríamos en situación parecida a la de un confuso estudiante del siglo XIX que hubiese
debido traducir, en su ejercicio de latín, las palabras transistor o laser.
Otra vía de acceso al hipotético Gran Lenguaje podría ser el análisis de
las escrituras mágicas. El arqueólogo inglés S. F. Hood, al estudiar unas
tablillas encontradas en el yacimiento prehistórico de Tartariz, Rumania,
pudo establecer correlaciones con Creta, el Irak, Egipto y los Balcanes.
Parece ser que, hace más de seis mil años, se empleó un sistema único de
signos mágicos.
También el especialista rumano N. Vlassa, adscrito al Museo de Cluj,
recogió, entre las cenizas de lo que parece haber sido un altar, unas tablillas
en las que se veían aquellos signos, parecidos a los descubiertos en Vinra,
cerca de Belgrado; en Tordos, Rumania; en Troya, y en la isla de Melos, en
el mar Egeo. Hood opina que este sistema único de notaciones debió de
propagarse partiendo del Irak. Pero falta interpretarlo. El descifrado de
escrituras mágicas, incluso mucho más recientes, no ha comenzado aún.
Las diversas interpretaciones esotéricas son poco convincentes.
Numerosos alfabetos mágicos han llegado hasta nosotros, y A. E. Waite
publicó varios de ellos. En realidad, el misterio que encierran permanece
oculto por entero. Según la mayoría de los especialistas, presentan signos
más complejos que los ideogramas chinos, y tienen, probablemente, un
contenido muy rico en información. Una cosa nos llama la atención, y es
que, con frecuencia, tienen un extraño parecido con los diagramas de los
circuitos impresos.
Sabemos lo que son, por ejemplo, los circuitos impresos de los
transistores. Se trata de circuitos electrónicos realizados con tintas
resistentes… conductoras y magnéticas. Esta idea puede ser una locura. No
será un caso único en este libro. Unas líneas trazadas sobre un pergamino
pueden ser instrumentos de telecomunicación o receptáculos de energía. En
todo caso, convendría partir de ideas de esta naturaleza pluridisciplinaria
para proseguir los trabajos esbozados por John Dee sobre la escritura
mágica.
La clave de los sistemas mágicos y del Gran Lenguaje, ¿se encuentra,
tal vez, en casa de un anticuario americano? Esta absurda pregunta, propia
de un periódico sensacionalista, tiene, sin embargo, cierto interés.
David Kahn, uno de los más distinguidos especialistas americanos en
criptografía, escribe:
«El manuscrito Voynich es, quizás, una bomba colocada debajo de nuestros conocimientos,
y que estallará el día en que se consiga descifrarlo».
Este manuscrito se halla en venta, por 160 000 dólares, en casa de Hans
P. Kraus, en Nueva York. Se presenta como un manuscrito iluminado de la
Edad Media. Consta de 204 páginas. Según la numeración, faltan 28 de
ellas. Su redacción se atribuye a Roger Bacon. Se trata, bien de una lengua
desconocida, bien —y esto parece más probable— de una obra escrita en
clave.
Allá por el año de 1580, el duque de Northumberland, que había
saqueado un número considerable de monasterios, lo envió al mago John
Dee, el cual, después de un estudio del que nada sabemos, lo regaló al
emperador Rodolfo II, alquimista, astrónomo y protector de Tycho Brahe y
de Kepler. Más tarde, en el siglo XVII, pasó a manos de Marci, rector de la
Universidad de Praga.
Una carta de 19 de agosto de 1666 acompaña su envío a Atanasio
Kirscher, cuyos esfuerzos resultaron vanos. Después de su fracaso, Kirscher
depositó el manuscrito en poder de la Orden de los jesuitas. En 1912, el
anticuario Wilfred Voynich lo compró a la Universidad jesuita de
Mondragone Frascati (Italia) y repartió copias por todo el mundo.
Se creyó descubrir, en las iluminaciones, nebulosas espirales, plantas
desconocidas y el cielo alrededor de Aldebarán y de las Híadas. En 1921,
William Newbold, decano de la Universidad de Pensilvania, asesor del
centro de espionaje americano en materia de criptografia, creyó haber
descifrado una parte del manuscrito, algunas de las primeras páginas. Pero
la clave cambiaba después. Según Newbold, Bacon debió tener
conocimientos superiores a los nuestros; pero su traducción es discutida en
la actualidad. Newbold murió en 1926; Voynich, en 1930; su mujer, en
1960, y los herederos cedieron el indescifrable manuscrito a Kraus, el cual
espera la oferta de alguna fundación.
Todas las hipótesis están permitidas. El pesimista recordará el famoso
papiro Rhind, escrito 1800 años antes de J. C., que anuncia «el
conocimiento completo de todas las cosas, la explicación de todo lo que
existe, la revelación de todos los secretos», y que no contiene más que la
teoría de las fracciones y su aplicación a la paga de los obreros de una obra.
El optimista pensará que Roger Bacon no era hombre capaz de poner en
clave cosas insignificantes. El manuscrito Voynich puede no contener más
que fórmulas anticuadas, o puede ser la clave que, como imagina David
Kahn, venga a trastornar un día toda la historia de los conocimientos.
Por otra parte, esta conmoción se halla ya en curso, sobre todo en el
estudio de las matemáticas antiguas. Ni siquiera un hombre como Van der
Waerden, una de las más altas autoridades en este campo, rechaza la
hipótesis de una ciencia antigua que habría dado origen a los conocimientos
babilónico, egipcio y chino.
«Es imposible demostrar el fundamento de tales hipótesis, que, por lo demás, son ajenas a
nuestro trabajo», dice.
Pero añade a continuación:
«La historia de las matemáticas griegas se extingue súbitamente, como una vela al ser
soplada. ¿Cuántas otras altas ciencias murieron con la misma brusquedad, y por qué?».
Es evidente que el descubrimiento de unas matemáticas superiores
probaría la existencia de altas civilizaciones extinguidas, a su vez, «como
una vela al ser soplada», y arrojaría una viva luz sobre el Gran Lenguaje.
Sin embargo, las altas matemáticas exigen una estructura mental particular.
Los números y los cálculos no aparecen por sí solos. Su relación con el
mundo real es imposible de captar.
Si existe algún vestigio de ellas en los documentos de que disponemos,
sólo podría ser descubierto por matemáticos cuyo violín de Ingres fuese la
Arqueología, o por equipos pluridisciplinarios que no han sido aún
constituidos sistemáticamente. Por supuesto, nosotros somos optimistas.
Nuestra mayor satisfacción sería presenciar el estallido de bombas como la
que sueña Kahn. Y, sin prejuzgar nada, estamos alerta en todas partes: ante
el pórtico de Notre-Dame; entre los megalitos; en las ruinas de Babilonia, e
incluso en casa de Kraus, en Nueva York…
Una última pista podría conducir al Gran Lenguaje: el inconsciente
colectivo de la especie humana. En las extrañas lenguas que inventan a
veces los niños, en los lenguajes desconocidos que hace aparecer, en ciertos
casos, la hipnosis profunda, ¿puede percibirse el eco de aquella «lengua de
los pájaros, madre y decana de todas las demás», que asciende desde lo
profundo de los tiempos?
Hace treinta años, visité la sima de Padirac. El barquero que nos
conducía sobre las negras aguas, pronunció esta maravillosa frase:
«Este río es tan desconocido que ni siquiera se sabe su nombre…».
Con esto expresaba, ingenuamente, dos certidumbres profundas que se
agitan en nuestras almas: a saber, que las cosas sólo existen para nosotros
cuando han sido nombradas, y que existe, desde la eternidad, un nombre
que corresponde a cada cosa, la contiene y la expresa por entero.
«El hombre —escribe Chesterton— sabe que el alma tiene matices más milagrosos, más
innumerables, más indecibles aún que los colores de un bosque en otoño».
¿Cómo creer que todas estas realidades, en sus tonos y semitonos, en
sus fusiones y sutiles correlaciones, pueden ser expresadas con exactitud
por un sistema arbitrario de gruñidos y gemidos? ¿Puede un agente de
Cambio y Bolsa emitir con sus labios todos los sonidos que explican los
misterios de la memoria y las angustias del deseo?
«No, no, piensa el hombre: toda lengua es insuficiente: quizá todas las lenguas no son más
que degeneraciones del momento sagrado en que Adán “puso nombre a las cosas”».
Esta idea, ¿es añoranza, o comprobación de una insuficiencia eterna?
¿Hemos inventado el mito de un Gran Lenguaje para mitigar nuestra
angustia de lo inexpresable? Sin embargo, la tradición se refiere a él con
insistencia, y las sectas gnósticas, por ejemplo, afirman poseer la verdad de
libros cuyo origen es alógeno, extraño y superior a este mundo.
La exposición del Libro Sagrado del Gran Espíritu Invisible se inicia
con estas solemnes frases:
«Aquí está el libro que escribió el gran Set (uno de los hijos de Adán). Lo depositó en altas
montañas… Este libro lo escribió el gran Set, con escrituras de ciento treinta años. Lo depositó
en la montaña llamada Charax, a fin de que se manifieste en los últimos tiempos y en los
últimos instantes».
CAPÍTULO III
En busca de una escritura de lo absoluto
El «Colegio Invisible» de John Wilkins. — La primera sociedad científica. — ¿Es luna más
expresivo que moon? — La lengua universal de Wilkins. — Todo el universo en letras. — «El
mercado celeste de los conocimientos benévolos.» — Una idea que hay que proseguir. — El
mito de una escritura santa. — Nuestra inscripción en el anuario del teléfono galáctico. — El
lenguaje acelerado de Heinlein y el de Lincos de Freudenthal. — Para un mensaje terrestre. —
El Verbo y la estructura absoluta. — Sobre la utilidad de jugar con fuego.
Sí, ¿cuál fue el saber decir? Cuando soñamos en las escrituras perdidas,
siempre vuelve a nuestra mente la idea de un Gran Lenguaje original,
comprensivo y expresivo del conocimiento, almacén enciclopédico de los
Dioses legendarios.
Un hombre que, hace trescientos años, soñaba en conquistar la Luna,
quiso brindar a sus hermanos un Gran Lenguaje nuevo.
Se llamaba John Wilkins. Nacido en 1614 y muerto en 1672, Wilkins
fue el primer secretario de la Real Sociedad de Ciencias, de la que era
fundador su amigo Elias Ashmole. Ese Ashmole era un singular y
estupendo personaje, que había de legar también a Oxford un museo rico en
documentos sobre la alquimia y sobre los orígenes de la masonería.
Miembro de una secta Rosacruz, fue discípulo del alquimista William
Backhouse.
Leemos en su Diario, con fecha 13 de mayo de 1653:
«Mi maestro Backhouse, enfermo en su casa de Fleet Street y temiendo que iba a morir, me
reveló este día, a las once de la noche, el verdadero secreto de la piedra filosofal».
Backhouse no murió aquel día, sino nueve años más tarde. Pensaba que
había llegado el momento de transformar una ciencia secreta en ciencia
abierta. Esta actitud mental fue seguida por Ashmole y por Wilkins, y había
de dar origen a la Royal Society, motor del conocimiento moderno.
Aquéllos hombres tuvieron una amplitud de conceptos y una curiosidad
extraordinarias.
Pero esta raza se ha extinguido, se nos dirá… Jorge Luis Borges, que
hizo un penetrante estudio de Wilkins, cita, entre las materias que
apasionaron a éste, la Teología, la Música, la fabricación de colmenas
transparentes para la observación de las abejas, la existencia de un planeta
invisible en el sistema solar, la construcción de astronaves para
comunicaciones regulares con la Luna, y, en fin, el establecimiento de un
lenguaje universal.
Capellán del príncipe palatino Carlos Luis, rector del Wadham College
de Oxford, Wilkins había creado en esta ciudad una agrupación de
investigadores, el «Colegio Invisible», que contaba entre sus miembros a
sabios como Sir Christopher Wren, Thomas Sydenham y Robert Boyle.
Este «Colegio Invisible» se incorporó a la Royal Society, que recibió su
título del rey Carlos II, en 1662, y que, dedicada al estudio experimental,
tomó como divisa una frase de Horacio: Nullius in verba. En 1666, Colbert,
celoso de las ventajas que sacaría Inglaterra de los trabajos de la Royal
Society, fundó la Academia de Ciencias de París.
Wilkins mantuvo también relación con los miembros del grupo
platónico de Cambridge, animado por Newton desde 1670 hasta 1680. Este
grupo reeditó textos esenciales de la alquimia, en una colección dirigida por
Ashmole y titulada Teatrum Chimicum Britannicum. En la misma época,
Robert Boyle publicó su obra El químico escéptico, en la que insistía sobre
la necesidad de una comprobación experimental de las afirmaciones
teóricas. Opinaba que los cuatro elementos fundamentales de los antiguos
agua, fuego, aire y tierra no bastaban para describir la materia, y que ésta se
componía indudablemente de un número elevado de elementos.
En la actualidad, nosotros conocemos 108. Trabajando con
transmutaciones según la enseñanza alquímica, envió a Newton polvos de
proyección. Los miembros del «Colegio Invisible» unían, a un
conocimiento profundo de los secretos antiguos, una seria pasión por el
control y la experimentación, y el convencimiento de abrir a la Humanidad
el camino de nuevos poderes sobre la Naturaleza. En esta atmósfera de
entusiasmo y en un medio agitado por la idea de que eran posibles grandes
empresas, hay que situar, pues, la obra lingüística de Wilkins. Tal vez
existió un Gran Lenguaje. Tal vez algún día sería encontrado.
Pero también se podía emprender la tarea de crearlo de nuevo para la
época y de ofrecer a los hombres una lengua universal, descriptiva de la
realidad de sus leyes. Wilkins trabajó cuatro años en esto, desde 1664 hasta
1668. Su obra, An Essay toward a Real Character and a Philosophical
Language, publicada en 1668 y compuesta de seiscientas páginas en cuarto,
permanece hoy en el más completo olvido.
Jorge Luis Borges, en su obra Otras inquisiciones, sobre las grandes
empresas lingüísticas, observa:
«Todos, alguna vez, hemos padecido esos debates inapelables en que una dama, con acopio
de interjecciones y de anacolutos, jura que la palabra luna es más (o menos) expresiva que la
palabra moon».
«Fuera de la evidente observación de que el monosílabo moon es tal vez más apto para
representar un objeto muy simple que la palabra bisilábica luna, nada es posible contribuir a
tales debates; descontadas las palabras compuestas y las derivaciones, todos los idiomas del
mundo (sin excluir el volapük de Johann Martin Schleyer y la románica interlíngua de Peano)
son igualmente inexpresivos».
«No hay edición de la Gramática de la Real Academia que no pondere “el envidiado tesoro
de voces pintorescas, felices y expresivas de la riquísima lengua española”, pero se trata de una
mera jactancia, sin corroboración».
La ambición de Wilkins fue crear una lengua universal, cada una de
cuyas palabras, definiéndose a sí misma, proporcionase un conocimiento
completo de la cosa representada y la situase en una de las categorías de lo
real. Para ello, empezó por dividir el Universo en cuarenta categorías o
géneros, subdivisibles, a su vez, en especies. Asignó a cada género un
monosílabo de dos letras; a cada subgénero, una consonante, y a cada
especie, una vocal.
Así, de significa un elemento; deb es el primero de los elementos, el
fuego, y deba es una fracción del fuego, a saber, una llama.
En el siglo XIX, en el ambiente utópico y generoso originado por la
Icaria, de Cabet, y el Nuevo Mundo enamorado, de Fourier, un lingüista
como Letellier tenía que acordarse de Wilkins y continuar su método,
proponiendo un lenguaje en el que a quiere decir animal; ab, mamífero;
abo, carnívoro; aboj, felino; aboje, gato; abi, herbívoro; abiv, equino;
etcétera.
Alrededor de 1850, el español Bonifacio Sotos Ochando intentó algo
parecido.
«Las palabras del idioma analítico de John Wilkins —observa Borges— no son torpes
símbolos arbitrarios; cada una de las letras que la integran es significativa, como lo fueron las de
la Sagrada Escritura para los cabalistas».
Los niños podrían asimilar esta lengua sin conocer su artificio. Más
tarde, en el colegio, descubrirían poco a poco que, además de una lengua, es
una clave universal y una enciclopedia secreta. La palabra salmón no nos
dice nada. En la lengua de Wilkins, el vocablo zana nos dice que se trata de
un pez escamoso, fluvial y de carne rojiza.
«Teóricamente —sigue diciendo Borges—, no es inconcebible un idioma donde el nombre
de cada ser indicara todos los pormenores de su destino, pasado y venidero».
Léon Bloy escribió, en El alma de Napoleón:
«No hay un ser humano capaz de decir quién es… Nadie sabe lo que ha venido a hacer a
este mundo, a qué corresponden sus actos, sus sentimientos, sus ideas ni cuál es su nombre
verdadero e imperecedero. Nombre inscrito en el registro de la luz».
«Cada cosa y cada ser son, sin que conozcamos su importancia o insignificancia
particulares, la calidad de su juego en el conjunto de la composición, como un tilde o un punto,
una coma, un versículo o un capítulo entero de un gran texto litúrgico, cuyos alfabeto,
vocabulario y gramática permanecen ocultos para nosotros. Nosotros somos los versículos, las
palabras o las letras de un libro mágico, y este libro interminable es la única cosa que existe en
el mundo: dicho con mayor exactitud, es el mundo».
Esta gran idea bullía sin duda en Wilkins, aunque éste tuvo la ambición
más modesta, aunque también insensata, de darnos una escritura que
transmitiese el conocimiento de cada cosa nombrada, en relación con
nuestro conocimiento provisional del Universo. Semejante tentativa choca,
naturalmente, con la dificultad de dividir en clases todos los elementos de
nuestro universo. Depende, pues, de la idea que nos forjemos del mundo en
un momento dado, y esta clasificación tiene que ser, forzosamente,
arbitraria y conjetural.
Una antigua enciclopedia china, El mercado selecto de los
conocimientos bienhechores, divide los animales en la forma siguiente:
pertenecientes al emperador, domesticados, que se agitan como locos,
dibujados con un pincel muy fino de piel de camello, que acaban de romper
el cascarón, que de lejos parecer, moscas, etcétera. Wilkins, como hombre
de ciencia de su tiempo, propone una clasificación racional, pero que hoy
nos parece insuficiente, ligera.
Así, en la octava categoría, que es la de las piedras, distingue: piedras
comunes (sílex, arena gruesa, pizarra), medianamente caras (mármol,
ámbar, coral), preciosas (perla, ópalo), transparentes (amatista, zafiro) e
insolubles (hulla, greda, arsénico). Nosotros hemos progresado mucho en la
denominación y la ordenación. Pero también hemos aprendido que, cuanto
más se afina el conocimiento de lo real, más ambigüedades surgen.
Por ejemplo, ¿habría que incluir la luz en la categoría onda o en la
categoría corpúsculo? Sin embargo, quisiéramos que un Wilkins de nuestro
tiempo reanudase el intento, y, después, que esta nueva lengua universal
fuese sometida al ordenador, que, examinando el conjunto de
combinaciones posibles, haría surgir las palabras que faltasen. Estas últimas
palabras corresponderían sin duda a objetos inexistentes o imposibles, como
un triángulo de cuatro lados, o a lagunas del Universo, como, por ejemplo,
el elemento estable cuyo núcleo contuviese cinco partículas.
También podemos preguntarnos si las regularidades de semejante
lengua sintética no corresponderían a algún misterio fundamental de los
números y de las palabras. En fin, una eliminación de los conceptos sin
contenido de información haría que el empleo de esta lengua fuese una
gimnasia completamente nueva, profundamente transformadora del
pensamiento y, en particular, del pensamiento político… Pero volvamos a
nuestro querido Wilkins. Su prodigioso esfuerzo se inscribe en el
movimiento de las ideas de su siglo, bisagra entre la tradición y la ciencia
naciente. Es un lugar de convergencia de las corrientes intelectuales de la
época.
En una carta del mes de noviembre de 1629, Descartes había observado
ya que, por medio del sistema decimal de numeración, podía aprenderse en
un solo día a nombrar todas las cantidades hasta el infinito y a escribirlas en
una lengua nueva, que es la de las cifras. Proponía la formación de una
lengua análoga, general, capaz de organizar y de abarcar todas las ideas
humanas. Un proyecto parecido era el que emprendería Wilkins, treinta y
cinco años después de esta carta.
La corriente intelectual que animaba el «Colegio Invisible» estaba
alimentada, simultáneamente, por la alquimia y por el modernismo. Tenía
que orientar las investigaciones hacia un lenguaje establecido por los sabios
para los sabios, ya que el latín resultaba insuficiente. La idea universalista
del Renacimiento, enriquecida al propio tiempo por la influencia de la
Rosacruz y por el auge del pensamiento científico, hacía soñar a una
verdadera Internacional de hombres de saber y de poder, al margen y por
encima de los Estados.
Para la creación de una Internacional de esta índole, era necesario un
lenguaje sintético, de valor enciclopédico. Tres siglos más tarde, esta
Internacional está tratando aún de constituirse.
En fin, la empresa de Wilkins tiene su raíz en el concepto religioso del
lenguaje. Dios habla directamente a los hombres. Les da a conocer, de viva
voz, sus órdenes y sus prohibiciones. Después, se superpone a esta idea la
de un Libro Santo, la de una Sagrada Escritura.
Es una idea tenaz, que transvasada del plano místico, al profano, hace
decir a Mallarmé que:
«Todo existe en el mundo para conducir a un libro», provoca a Flaubert a sufrir pasión y
Martirio, lanza a Joyce a la aventura de Ulises y, actualmente, incita a los escritores a
investigaciones fundadas en el sentimiento de que «la escritura sólo conduce a ella misma».
En la tradición musulmana, el Corán, Al Kitab, el Libro, es uno de los
atributos de Dios. El texto original, o Madre del Libro, se conserva en el
cielo.
«Se copia el Corán en un libro, se pronuncia con la lengua, se aprende de memoria, y, sin
embargo, subsiste en el centro de Dios».
No es una obra de la Divinidad, sino que participa de su sustancia. Los
judíos fueron aún más lejos en la mística de la escritura sagrada. Según los
cabalistas, la virtud mágica de la orden de Dios: «¡Hágase la luz!», proviene
de las letras mismas que la componen.
El dios de Israel creó el Universo sirviéndose de los números
comprendidos entre el uno y el diez, y de veintidós letras del alfabeto.
«Veintidós letras fundamentales: Dios las dibujó, las grabó, las combinó, las permutó, y
produjo con ellas todo lo que es y todo lo que será».
Según los cristianos, Dios escribió dos libros, el segundo de los cuales
es el Universo. Según Francis Bacon, las Escrituras nos revelan Su voluntad
y el Universo; es decir, el libro de las criaturas nos revela Su poder. Y toda
la creación es, efectivamente, un libro que se nos pide que descifremos,
igual que la Sagrada Escritura.
«No podemos comprenderlo —escribe Galileo— sin antes haber estudiado la lengua y los
caracteres en que está escrito. La lengua de este libro es matemática, y sus caracteres son
triángulos; círculos y otras figuras».
Así, la mente humana alberga continuamente la idea de que hay una
clave última del lenguaje y un último lenguaje clave; de que el Verbo le fue
dado para resolver su propio enigma y el del mundo; de que podría salir de
las modulaciones del aliento humano la «palabra maestra» de la estructura
absoluta, y de que nuestro lenguaje, incluso en sus sabias combinaciones,
no es más que la sombra, proyectada y deformada, de un Gran Lenguaje
enterrado o por venir, o, quizás, al mismo tiempo, enterrado y por venir.
La empresa de Wilkins era el sueño de un lenguaje de la totalidad de lo
real. Pero ¿no puede existir un lenguaje, no de la totalidad, sino de lo
esencial? En otras palabras, si se tratase de comunicar con una inteligencia
en el Universo, fuese cual fuese su apoyo, ¿existe un Verbo mediante el cual
pueda la inteligencia de aquí abajo decir «Yo soy», definir su naturaleza y el
estado de su conocimiento, hacerse entender y recibir respuestas? ¿Una
gran lengua para comunicar con el Infinito?
Tal vez la aprendimos de los Visitantes y la olvidamos después. Hoy, la
estamos buscando. Wilkins, que no sospechaba que los hombres llegarían
un día a la Luna, quería dotarles de un lenguaje que les permitiese
inventariar su propio mundo, de un vocabulario que sería una enciclopedia
universal. El bagaje completo del terrícola. Hoy nos sentimos apremiados a
establecer un lenguaje que permita transmitir el siguiente mensaje a la
inmensidad de los cielos:
«Aquí hay un Ser, una Inteligencia de tal o cual nivel. Respondan».
Nos preguntamos, en suma, qué alfabeto tenemos que utilizar para
conseguir, como dijo Fred Hoyle en la Universidad de Columbia durante el
curso de 1969, «nuestra inscripción en el anuario telefónico galáctico». Y
así prosigue, en planos diferentes, en grados diversos de necesidad y de
ambición, la búsqueda de un Graal lingüístico, de una Escritura de lo
Absoluto.
Con los cohetes sonda, nos comunicamos a millones de kilómetros en el
espacio. Recibimos señales procedentes de objetos celestes que distan
millones de años luz. Tal vez se acerca el momento en que descubriremos
que hay señales sistemáticas y operadores de un telégrafo estelar en alguna
parte del Gran Anillo de Inteligencia con que sueña Efremov.
La antigua mística de la Sagrada Escritura conduce al cabalista Adolf
Grad a sostener que la lengua hebrea, de origen divino, es la estructura
última de toda comunicación, sean cuales fueren las formas de inteligencia
del Cosmos. Líbrenos Dios de burlarnos. Sin embargo, preferimos prestar
nuestra atención a nuevas tentativas, a algunas soluciones balbucientes,
pero en cierto modo maravillosas, propuestas por hombres de imaginación y
por investigadores científicos.
Diremos, pues, unas palabras sobre tres de estas tentativas: el lenguaje
acelerado imaginado por el escritor Robert Heinlein; el Loglan, o lenguaje
lógico, propuesto por un grupo de semánticos americanos, y, por último, el
Lincos, lingua cósmica, que intenta establecer el lógico holandés Hans
Freudenthal.
En los tres casos, se trata de una lengua enteramente artificial, de un
conjunto lógico susceptible de expresar la esencia de la inteligencia. Si la
inteligencia es, propiamente hablando, lo que pasa cuando nada impide
funcionar la inteligencia, se trata aquí de hacer que se manifieste, dotándola
de una expresión que no actúe de freno. Todos nuestros lenguajes son
sistemas embarazosos.
Tal es la primera observación de Heinlein. La mente pierde una gran
parte de su sustancia al rozar con las palabras. Toda expresión es, en
pequeña parte, mensaje de la inteligencia, y, en su mayor parte, efecto de la
lucha de ésta contra los obstáculos. Heinlein imagina, pues, un vocabulario-
música, reducido, pero rápido y sutil: acentos y vocales que multiplican el
número relativamente limitado de sonidos que puede emitir la garganta
humana; algo como una composición musical partiendo de las siete notas.
Este lenguaje, al que bautiza con el nombre de «rapipalabra»
(speedtalk), permitiría, al expresarnos más de prisa, pensar con mayor
rapidez, y, en definitiva, vivir más, es decir, aumentar nuestro tiempo
consciente. De un cuatrocientos a un ochocientos por ciento, dice. Una
diferencia más grande que la existente entre el lector corriente y el lector
prodigio, tipo Bergier. Este lenguaje podría ser cómodamente registrado por
máquinas electrónicas, que imprimirían los signos dictados con aquella
aceleración.
Además, afirma Heinlein, la «rapipalabra» sería una lengua sin
paradojas, ya que éstas nacen del conflicto que se produce entre la mente,
infinitamente ágil, dúctil y capaz de actuar en varios planos, y las
estructuras lineales y dualistas de nuestros modos de expresión escritos y
hablados. Sería un lenguaje adaptado a la estructura real del mundo y del
espíritu, que, tomarla de las matemáticas la velocidad y la ductilidad, y de
la música su infinidad de modulaciones.
Se puede comparar el sueño de Heinlein —para mejor comprender su
calidad— a los trabajos de Benjamin Lee Whorf, químico cuyo violín de
Ingres fue la lingüística y que descubrió una tribu india cuyo lenguaje está
concebido en términos de relatividad y de quantas, más que de tiempo y de
espacio: Esta lengua posee conjunciones que corresponden a un
acontecimiento de espacio-tiempo. Así, una conjunción tendría tres modos,
aplicada al acontecimiento hombre-barca. El modo de lo real, cuando el
acontecimiento, un hombre en una barca, ha sido efectivamente observado.
El modo del sueño, cuando el narrador ha vivido en sueños la situación.
El modo de lo probable, cuando el narrador no ha visto el hecho, sino que
se lo han contado, y éste tiene cierto grado de probabilidad. Se ha hecho a
Heinlein la observación si modulaciones su lenguaje de modulaciones
presupone un oído y unos instrumentos de transmisión perfectos.
«Si yo no, tengo el oído de Mozart, me expongo a entender caracola cuando usted dice
cosmonauta».
A lo cual responde Heinlein que, por lo demás, se ha contentado con
soñar este lenguaje que el solo hecho de aprender el «rapipalabra», y de
estar en condiciones de entenderlo sin equivocarse, demostraría que uno
pertenece ya al homo novis que ha de suceder al homo sapiens. Sin
embargo, se aferra con extraordinario tesón a este sueño, y sus ideas han
estimulado a ciertos medios científicos, como el grupo de estudios del
Loglan o Lenguaje Lógico. Este lenguaje, menos revolucionario que el de
Heinlein, no prescinde de las raíces latina y anglosajonas; pero tiende, en su
construcción, a eliminar el mayor número posible de paradojas.
Saltos en lo imaginario o trabajos de aproximación, su ambición es
grande y bella: un lenguaje nuevo crearía un hombre nuevo. Observamos,
aquí, un eco del sueño cabalista: la restauración de la palabra perdida
volvería al hombre a su estado divino. Aparece, una vez más, el concepto
sagrado del Verbo creador del Ser. Esta preocupación tradicional coincide,
por otra parte, con las preocupaciones más inmediatas del saber.
En su lección inaugural del curso de Biología molecular del Collège de
Franco, de 1967, Jacques Monod, premio Nobel, declaró:
«La aparición del lenguaje precedió, tal vez muy lejanamente, a la emergencia del sistema
nervioso central propio de la especie humana, y contribuyó de hecho, y de manera decisiva, a la
selección de las variantes más aptas para utilizar todos sus recursos. En otras palabras, sería el
lenguaje el que habría creado el hombre, más que el hombre el lenguaje».
De una lengua nueva, propia para activar las funciones superiores de la
mente, pasamos, con el lógico Freudenthal, a un lenguaje susceptible de
alcanzar la Inteligencia en el espacio galáctico. Avalado por la presencia de
maestros de la lógica matemática como Brouwer, Beth y Heyting, en la
serie de monografías Studies in Logic and the Foundations of Mathematics
donde apareció su obra el profesor Freudenthal publicó, en 1960, su primer
libro sobre el Lincos: Design of a Language for Cosmic Intercourse.
El Lincos de Freudenthal tiene, efectivamente, por objeto la
comunicación con el Cosmos, e implica una estructura fundamental de la
inteligencia, que sería universal, con independencia de lo que sirviese de
apoyo a esta inteligencia en las lejanas estrellas. Su tentativa recuerda la
ambición de Lovecraft: crear un mito «que sea comprensible, incluso para
los cerebros vaporosos de las nebulosas espirales».
El lógico holandés trata de establecer un sistema de señales-radio que, a
través de la noche cósmica y por medio de las matemáticas, fuese capaz de
describir a la Inteligencia nuestro mundo, bajo tres formas: tiempo, espacio
y comportamiento.
Freudenthal escribe:
«Es probable que mi lenguaje cósmico exista ya, que algunos seres lo empleen para
comunicarse. Había pensado que los rayos cósmicos podían ser el vehículo de tales
comunicaciones; pero he dejado de creerlo. Es posible que las ondas utilizadas sean detenidas
por la atmósfera terrestre o por las capas electrizadas que nos rodean. Es posible que un puesto
avanzado en el espacio detecte estas conversaciones cósmicas. Pero, si nada sabemos de seres
inteligentes galácticos, ¿qué puede haber de común entre ellos y nosotros?».
La inteligencia matemática —presume Freudenthal— y la noción de
espacio-tiempo. El Lincos se funda en emisiones de ondas largas y cortas;
todo un vocabulario de señales que exprese la esencia de las matemáticas, el
transcurso del tiempo y la naturaleza del espacio en nuestra región celeste.
«¿Qué le pasa a usted con el tiempo?», preguntaban los surrealistas en una
célebre encuesta.
Ahora se trata de hacer saber lo que pasa con el tiempo en «la mente de
los abismos cósmicos». El aspecto más asombroso del trabajo de
Freudenthal se refiere a la búsqueda de un lenguaje matemático esencial,
capaz de transmitir indicaciones sobre lo que somos nosotros, los terrícolas:
una comunidad de seres que buscan la verdad, que pueden comunicar más o
menos bien entre ellos y que buscan el diálogo con el Universo. La cuarta
parte de la empresa es un tratado del espacio, del movimiento y de la masa:
decir a los Otros cómo medimos, las distancias y las velocidades, las
variaciones de la masa en función de la velocidad, las leyes de la
gravitación.
Estos mensajes, circulando en el torrente de los años luz, podrían, en el
curso de los milenios, hacer saber que aquí hay inteligencia, e indicar
nuestra posición.
Tal vez éste será un gran día para Ellos, dijo un amigo nuestro. A menos que se limiten a
anotar tranquilamente en sus archivos: «Acaba de descubrirse una civilización que hace 10 000
de la enésima galaxia».
Y prosigan sus observaciones, con fría indiferencia cuyas razones no
comprendemos; pues el Universo bien podría estar, como sugiere Carl
Sagan, «lleno de civilizaciones a la escucha, pero que se abstienen de
emitir». Nosotros no nos libramos fácilmente de los terrores del Infinito, del
espanto de la inmensidad. Bajo el cielo poblado, lanza la mente el
prolongado gemido de sus limitaciones, como el perro que aúlla a la Luna.
Pero también es posible que se nos busque con amor, que cada
inteligencia busque a otra para crecer con ella y descubrir el depósito de una
estructura absoluta. ¿Debemos hacer todo lo posible para llamar la
atención? ¿Descubriremos el Enemigo, o la universalidad de la criatura
divina, como pensaban Teilhard de Chardin y C. S. Lewis, es decir, una
pulsión y una iluminación últimas del espíritu, comunes a toda criatura
inteligente, ya sea hombre o «cerebros vaporosos de las nebulosas
espirales»?
La impotencia del lenguaje nos separa de nuestra naturaleza esencial,
como nos separa de la naturaleza de los Otros en el espacio, y por esto
buscamos el Gran Lenguaje que nos devuelva la comunicación con el ser
del Ser, aquí abajo y en los cielos.
¡No! ¡No! No busquemos esto. Sería impío y peligroso, exclama Arthur
C. Clarke, en un momento de depresión:
«No sabemos qué es lo que se pasea por la carretera real de las galaxias, y más vale no
saberlo».
Pero es preciso jugar con fuego. Sólo jugando con fuego, construyó el
hombre su morada sobre la Tierra.
TERCERA PARTE
LA CUESTIÓN MÁS VASTA
El enigma ejemplar de los Akpallus
Los trabajos de Chklovski, el soviético, y de Sagan, el americano. — «No nos llevaremos
nuestras fronteras al cielo.» — Sobre la pluralidad de mundos habitados. — Los sueños de
Tsiolkovski. — ¿Contactos interestelares? — ¿Visitantes venidos del espacio? — Calma y
ortografía. — Una posibilidad diferente de cero. — La Hipótesis de Chklovski y de Sagan. — Lo
que contó Beroso. — Descripción de Oanes. Un maestro con escafandra. — Los relatos. — Ese
singular Próximo Oriente. — Retorno a Platón. — No hay que confundir los latidos del corazón
con el ruido de los zuecos.
Y sin embargo…
Incluso en las publicaciones dirigidas en principio a un vasto público, la
crítica de las ideas y de los libros, acaparada por insolentes universitarios
mundanos, es, entre nosotros, como una conversación entre mandarines que
se desarrollase a ojos cerrados. Por eso pasó inadvertida la asombrosa y rica
obra de Chklovski, miembro director del Instituto de Astronomía de la
Universidad de Moscú, publicada en francés en 1967.
Sin embargo, por su cantidad de información, por su rigor científico, por
la audacia de las hipótesis y la inmensidad de la visión sugerida, era la obra
más ilustradora que podía escribirse sobre la vida y la razón en el Universo.
Este libro impresionaba la mente por su enorme libertad. Chklovski ignoró
las limitaciones del especialista, los prejuicios doctrinales y políticos.
Colocó sus razonamientos de ciencia estricta bajo el patrocinio de los
poetas y de los visionarios.
Podía verse el despliegue de una inteligencia en esa cultura de mañana,
aumentada y unificada por la conquista del espacio, que hacía decir a
Clarke:
«No nos llevaremos nuestras fronteras al cielo».
Cuando recibió la obra en ruso, Carl Sagan, profesor de Astronomía en
Harvard y director del Observatorio de Astrofísica de Cambridge,
Massachusetts, se apresuró a hacerla traducir por Paula Fern. Su lectura le
sugirió una gran cantidad de reflexiones incidentales o complementarias.
Escribió a Chklovski, proponiéndole una edición americana en
colaboración.
«Desgraciadamente —le respondió el soviético—, tenemos menos probabilidades de
reunirnos para trabajar juntos, que de recibir un día la visita de seres extraterrestres».
Sagan publicó la obra, alternando el texto de su colega ruso con sus
propias notas. Tal fue la primera y hasta hoy única obra escrita por dos
grandes sabios del Este y de Occidente sobre el proyecto más maravilloso
de nuestro tiempo: establecer contacto con otras inteligencias en el cosmos.
Esta edición americana fue dedicada a la memoria del que fue nuestro
amigo J. B. S. Haldane, biólogo y ciudadano del mundo, miembro de la
Academia de Ciencias de los Estados Unidos y de la Academia de la Unión
Soviética, y miembro de la Orden del Delfín, muerto en la india.
Se inicia con estos versos de una oda de Píndaro:
Hay una raza de hombres,
hay una raza de Dioses.
Cada una de ellas saca su aliento vital
de la misma madre,
pero sus poderes son diversos,
de suerte que unos no son nada
y los otros son los dueños del cielo luminoso
que es su ciudadela para siempre.
Sin embargo, todos nosotros
participamos de la gran inteligencia;
tenemos un poco de la fuerza de los inmortales,
aunque no sepamos
lo que el día nos tiene reservado,
lo que el destino nos tiene preparado
para antes de que cierre la noche.
He aquí la introducción de Chklovski:
«La idea de que la existencia de seres dotados de razón no se limita a la
Tierra, sino que es un fenómeno ampliamente extendido en una multitud de
otros mundos, apareció en un pasado muy remoto, cuando la Astronomía
estaba aún en sus comienzos. Es muy verosímil que sus raíces arranquen de
los cultos primitivos, que “vitalizan” cosas y fenómenos. La religión
budista contiene nociones bastante vagas sobre la pluralidad de mundos
habitados, en el marco de la teoría idealista de la transmigración de las
almas. Según esta concepción, el Sol, la Luna y las estrellas son los lugares
a los que emigran las almas de los muertos antes de alcanzar la beatitud del
nirvana».
«Los progresos de la Astronomía dieron una base más concreta y más
científica a la idea de la pluralidad de mundos habitados. La mayoría de los
filósofos griegos, idealistas o materialistas, no consideraban la Tierra como
el único hogar de la inteligencia. Sólo podemos inclinarnos ante su
intuición genial, si consideramos el nivel en que se encontraba entonces la
Ciencia. Así, Tales, fundador de la escuela jónica, enseñó que las estrellas
estaban hechas de la misma materia que la Tierra. Anaximandro afirmó que
los mundos nacen y se destruyen. En opinión de Anaxágoras, uno de los
primeros defensores del heliocentrismo, la Luna estaba habitada. Veía en
los gérmenes de vida, dispersos por todas partes, el origen de todo lo
viviente».
«En el curso de los siglos siguientes, y hasta nuestra época, diversos
sabios y filósofos han adoptado la idea de la “panspermia”, según la cual la
vida ha existido siempre. La religión cristiana aceptó con bastante rapidez
el concepto de los gérmenes de vida.
»La escuela materialista de Epicuro defendió la pluralidad de mundos
habitados, que imaginaba, por lo demás, semejantes a nuestra Tierra.
Mitrodoro, por ejemplo, pensaba que “considerar la Tierra como el único
mundo poblado en el espacio sin límites era una tontería tan imperdonable
como afirmar que, en un inmenso campo sembrado, puede brotar una sola
espiga”. Es interesante observar que los partidarios de esta doctrina
entendían por “mundos” no sólo los planetas, sino también toda clase de
cuerpos celestes desparramados en la extensión infinita del Universo».
Lucrecio defendió con ardor la idea de que el número de los mundos
habitados es inconmensurable. En su De Rerum Natura, escribió:
«Es preciso confesar que hay otras regiones del espacio, otras tierras distintas de la nuestra,
y razas de hombres diferentes, y otras especies salvajes».
Observemos, de paso, que Lucrecio estaba absolutamente equivocado
sobre la naturaleza de las estrellas, que tomaba por emanaciones brillantes
de la Tierra. Por esto situaba sus mundos poblados de seres inteligentes más
allá de las fronteras del universo visible.
Después, y esto había de durar un milenio y medio, la victoriosa
religión cristiana haría de la Tierra el centro del Universo, siguiendo a
Tolomeo e impidiendo profundizar en las teorías de la multiplicidad de
mundos habitados. Fue el gran astrónomo polaco, Copérnico, quien,
después de rebatir el sistema de Tolomeo, mostró por vez primera a la
Humanidad el lugar que realmente le correspondía. Y al “volver la Tierra al
sitio que le tocaba”, la posibilidad de vida en otros planetas recibió un
fundamento científico.
Las primeras observaciones a través del telescopio, gracias a las cuales
abrió Galileo una nueva era en la Astronomía, acuciaron la imaginación de
sus contemporáneos. Se puso en claro que los planetas eran cuerpos celestes
muy parecidos a la Tierra. Y esto condujo, naturalmente, a formular esta
pregunta: Si había en la Luna montañas y valles, ¿por qué no podía haber
ciudades, con habitantes dotados de razón? ¿Por qué había de ser nuestro
Sol el único astro acompañado de una cohorte de planetas?
El gran pensador italiano Giordano Bruno expresó estas atrevidas ideas
en forma clara e inequívoca:
«Existe una infinidad de soles, de tierras que giran alrededor de sus soles como giran
nuestros siete planetas alrededor de nuestro Sol… Seres vivos habitan esos mundos».
La Iglesia católica se vengó cruelmente de Bruno: declarado hereje por
el Santo Oficio, fue quemado en Roma, en el Campo dei Fiori, el 17 de
febrero de 1600. Este crimen del clero contra la Ciencia no había de ser el
último. Hasta el final del siglo XVII, la Iglesia católica (lo mismo que las
Iglesias protestantes) no dejó de oponer una enconada resistencia a la teoría
heliocéntrica. Pero, poco a poco, incluso los teólogos comprendieron la
inutilidad de aquella lucha y empezaron a revisar sus posiciones. En la hora
actual, no ven en la existencia de seres en otros planetas ninguna
contradicción con los dogmas de su religión.
»En la segunda mitad del siglo XVII y durante todo el XVIII, sabios,
filósofos y escritores dedicaron gran cantidad de libros al problema de la
vida en el Universo. Citemos a Cyrano de Bergerac, Fontenelle, Huygens,
Voltaire. Sus obras, puramente especulativas, unían a la profundidad de
pensamiento (cosa particularmente cierta en Voltaire) la elegancia de la
forma.
»Tomemos al sabio ruso Lomonosov, tomemos a Kant, a Laplace, a
Herschel, y veremos que la idea de la pluralidad de mundos habitados se
había extendido absolutamente por todas partes, sin que nadie, o casi nadie,
en los medios científicos y filosóficos, se atreviese a levantarse contra ella.
Sólo voces aisladas se oponían al concepto que hacía de los planetas otros
tantos focos de vida, y de vida consciente. Así, William Whewell, en un
libro publicado en 1853, opina, con cierta audacia para la época (¡los
tiempos han cambiado!), que los planetas están muy lejos de poder ofrecer
albergue a la vida, ya que los mayores están compuestos “de agua, de gas y
de vapores”, y los más próximos al Sol “reciben una enorme cantidad de
calor, y el agua no puede conservarse en su superficie”».
Demuestra que no puede haber vida en la Luna, idea que tardó mucho
en penetrar en las mentes. En efecto, a fines del siglo XIX, William
Pickering afirmaba aún, con absoluta convicción, que las alteraciones del
paisaje lunar se explicaban por los desplazamientos de grandes masas de
insectos… Observemos, de paso, que posteriormente se resucitó esta
hipótesis para aplicarla a Marte…
»El siguiente ejemplo nos mostrará hasta qué punto se había extendido,
en el siglo XVIII y comienzos del XIX, la idea de la extensión universal de la
vida consciente. El célebre astrónomo inglés Herschel consideraba que el
Sol estaba habitado: las manchas solares eran, para él, como desgarrones en
las cegadoras nubes que envolvían enteramente la superficie oscura del
astro; a través de aquéllos, los habitantes del Sol podían admirar la bóveda
estrellada… Y también Newton pensaba que el Sol estaba habitado.
»En la segunda mitad del siglo XIX, el libro de Flammarion, La
pluralidad de los mundos habitados, alcanzó extraordinaria popularidad:
sólo en Francia, hubo treinta ediciones en veinte años, y fue traducido a
muchos idiomas. Partiendo de posiciones idealistas, Flammarion
consideraba que la vida era el objetivo final de la formación de los planetas.
Escritos con mucha imaginación, en un estilo vivo aunque un poco
rebuscado, sus libros causaron gran impresión a sus contemporáneos.
Lo que choca más al lector actual es la desproporción entre la irrisoria
cantidad de conocimientos precisos sobre la naturaleza de los cuerpos
celestes (la Astrofísica acababa de nacer) y el tono rotundo con que el autor
afirmaba la pluralidad de los mundos habitados… Flammarion apelaba más
a la sensibilidad que al razonamiento.
»A fines del siglo XIX y en el XX, la antigua hipótesis de la
“panspermia” reapareció, bajo formas nuevas, y alcanzó una amplia
difusión. Según este concepto metafísico, la vida existe en el Universo
desde toda la eternidad. La sustancia viva sólo se engendra partiendo de la
materia inerte, según leyes exactas, y se transmite de un planeta a otro. Así,
según Svante Arrhenius, finos granos de polvo, impulsados por la presión
de la luz, transportan a otros planetas partículas de materia viva, esporas o
bacterias, sin que éstas pierdan su vitalidad. Cuando encuentran en uno de
aquellos condiciones favorables, las esporas germinan y dan origen a toda
la evolución ulterior de la vida.
»Si, en principio, no se puede negar la posibilidad de esta transferencia
de un planeta a otro, resulta difícil, de momento, aceptar un mecanismo
semejante cuando se trata de sistemas estelares. Arrhenius pensaba que la
presión de la luz puede imprimir velocidades considerables a los granos de
polvo. Pero lo que ahora sabemos sobre la naturaleza del espacio
interestelar, excluye aquella posibilidad. En fin, la tesis de la eternidad de la
vida es incompatible con la idea que, a base de muchísimas observaciones,
nos hemos formado de la evolución de las estrellas y de las galaxias. Según
esta idea, el Universo se componía, en el pasado, solamente de hidrógeno, o
bien de hidrógeno y helio; los elementos pesados, sin los cuales es
inconcebible cualquier forma de vida, sólo aparecieron más tarde.
»Además, el desplazamiento hacia el rojo del espectro de las galaxias
hace pensar que, diez o quince mil millones de años atrás, el estado del
Universo hacía poco probable la existencia de vida.
»Esta pudo, pues, surgir únicamente en ciertas regiones privilegiadas y
en una etapa determinada de la evolución. Por esto, la tesis principal de la
teoría panspérmica nos parece equivocada.
»El ruso Constantin Tsiolkovski, padre de la Astronáutica, fue ardiente
defensor de la pluralidad de mundos habitados. Citaremos solamente
algunas de sus frases:
«¿Se puede concebir que Europa esté poblada, y no lo estén las otras partes del mundo?».
Y después:
«Los diversos planetas presentan las diversas fases de la evolución de los seres vivos. Lo
que fue la Humanidad hace algunos años, podemos saberlo interrogando a los planetas…».
Si la primera cita no hace más que repetir lo que dijeron filósofos
antiguos, la segunda contiene un pensamiento muy importante que ha sido
desarrollado después. Los pensadores y escritores de los siglos pasados se
imaginaban las civilizaciones de los otros planetas, desde el punto de vista
social, científico y técnico, parecidas a lo que veían sobre la Tierra en su
época. En cuanto a Tsiolkovski, llamó acertadamente la atención sobre las
considerables diferencias de nivel entre las civilizaciones de los diversos
mundos. Sin embargo, en su época, estas hipótesis no podían ser aún
confirmadas por la Ciencia.
»La historia de las ideas de la pluralidad de mundos habitados está
íntimamente ligada con la de las concepciones cosmogónicas. Así, en el
primer tercio del siglo XX, cuando circuló la hipótesis cosmogónica de
Jeans, según la cual el Sol debe su cortejo de planetas a una catástrofe
cósmica sumamente rara (el “medio choque” de dos estrellas), la mayoría
de los sabios consideraron la vida como un fenómeno excepcional en el
Universo.
Parecía sumamente improbable que en nuestra galaxia, compuesta de
más de cien mil millones de estrellas, hubiese una sola, además del Sol, que
tuviese un sistema planetario. El hundimiento de la teoría de Jeans, después
de 1930, y el florecimiento de la Astrofísica, casi nos llevan a la conclusión
de que en nuestra galaxia hay una considerable cantidad de sistemas
planetarios, y de que el sistema solar es una regla, más que una excepción,
en el mundo de las estrellas. A pesar de todo, esta suposición, sumamente
probable, no ha sido aún estrictamente demostrada.
»Los progresos de la cosmografía estelar contribuyeron y contribuyen
de modo decisivo a la solución del problema de la aparición y la evolución
de la vida en el Universo. En la actualidad, sabemos distinguir las estrellas
jóvenes de las viejas, y sabemos durante cuánto tiempo irradian una energía
lo bastante constante para conservar la vida en los planetas que se mueven a
su alrededor.
En fin, la cosmogonía estelar permite predecir, para un período bastante
largo, los destinos del Sol, cosa que, evidentemente, tiene una importancia
capital para el futuro de la vida sobre la Tierra. Vemos, pues, que los diez o
quince últimos años de investigación astrofísica han hecho posible que el
problema de la pluralidad de los mundos habitados sea considerado
científicamente.
»Una ofensiva semejante se ha llevado a cabo en los frentes de la
Biología y de la Bioquímica. El problema de la vida es, en gran parte,
químico. ¿De qué manera, y gracias a qué condiciones externas, pudo
producirse la síntesis de las moléculas orgánicas complejas que condujo a la
aparición de las primeras partículas de materia viva?
Durante los últimos decenios, los bioquímicos avanzaron
considerablemente en este terreno, apoyándose, sobre todo, en
experimentos de laboratorio. Sin embargo, tenemos la impresión de que
sólo muy recientemente apareció la posibilidad de abordar el problema del
origen de la vida en la Tierra, y, por ende, en los otros planetas. Empezamos
precisamente a levantar una punta del velo que envuelve el sancta-
sanctórum de la sustancia viva: la herencia.
»Los notables éxitos de la Genética y, sobre todo, el descubrimiento de
la “significación cibernética” de los ácidos desoxirribonucleico y
ribonucleico, vuelve a poner sobre el tapete la definición de la vida. Se hace
cada vez más claro que el problema del origen de la vida es, en gran parte,
un problema genético. Su solución podrá obtenerse en un futuro bastante
próximo, si continúan los progresos de una ciencia tan joven como es la
Biología molecular.
»La puesta en órbita del primer satélite artificial de fa Tierra por la
Unión Soviética, el 4 de octubre de 1957, abrió una etapa radicalmente
nueva en la historia de la idea de la pluralidad de mundos habitados. A
partir de entonces, el estudio y el dominio del espacio que rodea la Tierra
avanzaron con enorme rapidez, para culminar en los vuelos de los
cosmonautas soviéticos y, después, de los americanos. Los hombres
comprendieron, de pronto, que moraban en un diminuto planeta sumergido
en la inmensidad del espacio cósmico.
Naturalmente, todo el mundo había estudiado un poco de Astronomía en
el colegio (bastante mal enseñada, por cierto) y sabía, «teóricamente», el
lugar que ocupaba la Tierra en el cosmos. Sin embargo, la actividad práctica
continuaba regida por un geocentrismo espontáneo. Por esto no nos
cansaremos de insistir en la conmoción producida en la conciencia de los
hombres en este principio de una nueva era de la historia humana: la era del
estudio directo y, más adelante, de la conquista del cosmos.
»Así, pues, la cuestión de la existencia de vida en otros mundos salió
del campo de la abstracción para adquirir una significación concreta. Dentro
de unos años, se resolverá experimentalmente en lo que concierne a los
planetas del sistema solar. Se enviarán “detectores de vida” a la superficie
de los planetas, y aquéllos nos informarán, sin error posible, de lo que
encuentren en ella. No está lejos el día en que los astronautas
desembarcarán, además de en la Luna, en Marte y, quizás, incluso en el
enigmático y poco hospitalario Venus, y empezarán a estudiar la vida, si es
que existe, según los mismos métodos empleados por los biólogos en la
Tierra.
»El enorme interés manifestado por el hombre de la calle en lo que
atañe al problema de la vida en el Universo explica la fecundidad de los
trabajos que físicos y astrónomos famosos dedican, con gran rigor
científico, al establecimiento de contactos con los habitantes inteligentes de
los otros sistemas planetarios. Ahora bien, para tratar este tema es imposible
mantenerse aferrado a una especialidad. Hay que elaborar hipótesis sobre
las perspectivas de evolución de la civilización en muchos miles e incluso
millones de años. Y esto es una tarea delicada y, además, mal definida…
Sin embargo, hay que llevarla a cabo, es muy concreta, y la solución que se
le dé puede ser, en principio, prácticamente comprobada.
»El objeto de este libro es poner al corriente a los lectores no
especializados del estado actual de esta cuestión. Decimos “actual”, porque
nuestras ideas sobre la pluralidad de mundos habitados evoluciona, en este
momento, muy de prisa. Además, y a diferencia de otras obras sobre el
mismo tema (como La vida en el Universo, de Oparín y Fesenkov, y La
vida en los otros mundos, de Spencer Jones), que estudian, sobre todo, los
planetas del sistema solar y, en especial, Marte y Venus, dedicamos un
espacio bastante considerable a los otros sistemas planetarios. Por último, y
que nosotros sepamos, es la primera vez que se emprende un análisis de la
existencia eventual en el Universo de formas conscientes de vida, y de
posibles contactos entre las civilizaciones separadas por el espacio
intersideral.
»El libro se divide en tres partes. La primera proporciona las bases
astronómicas indispensables para comprender los conceptos actuales sobre
la evolución de las galaxias, de las estrellas y de los sistemas planetarios. La
segunda estudia las condiciones generales de aparición de la vida en los
planetas. Se plantea, también, la cuestión de la habitabilidad de Marte, de
Venus y de los demás planetas del sistema solar. El final de esta parte
contiene una crítica de las últimas variantes de la teoría de la panspermia.
Por último, la tercera parte analiza la posibilidad de existencia de vida
consciente en ciertas regiones del Universo. Se centra principalmente la
atención sobre el problema del establecimiento de contactos entre las
civilizaciones de sistemas planetarios diferentes. Esta tercera parte se
distingue de las dos primeras en que éstas exponen los descubrimientos
concretos de la ciencia en cierto número de campos, mientras que en
aquélla predomina, necesariamente, el elemento hipotético: no tenemos aún
ningún contacto con las civilizaciones de los otros planetas, y no sabemos
cuándo lo estableceremos, ni si llegaremos a establecerlo jamás… Lo cual
no quiere decir que esta parte esté desprovista de todo contenido científico
y sea pura ficción.
Por el contrario, es en este lugar del libro donde se exponen, con todo el
rigor posible, los recentísimos logros de la Ciencia y de la Técnica,
susceptibles de llegar un día al éxito. Esta parte da, al mismo tiempo, una
idea del poder de la mente humana. A partir de hoy, la Humanidad, por su
actividad concreta, se ha convertido en un factor de importancia cósmica.
¿Qué no podemos esperar de los siglos venideros?
Mientras tanto, Chklovski reanuda, por cuenta de una imaginación
científica legítima, los sueños a que se entregaba, a principios de siglo, un
maestrillo provinciano, Constantin Tsiolkovski, que veía al hombre
conquistar el espacio, reorganizando el sistema solar, domeñando el color y
la luz del Sol, abarcando los astros y «dirigiendo los pequeños planetas
como gobernamos nosotros nuestros caballos».
Imagina también, lo mismo que Sagan, la actividad, en galaxias
remotas, de civilizaciones distintas de la nuestra.
«¿Por qué no presumir que la actividad de seres inteligentes y perfectamente organizados
puede modificar las propiedades de sistemas estelares enteros? Los fenómenos extraños que
observamos en el núcleo de las galaxias, empezando por la nuestra, ¿no podrían atribuirse a la
iniciativa de ciertas civilizaciones?».
«Y, en fin, y aunque uno vacile en pensarlo, y más aún en escribirlo, ¿no podría buscarse la
causa de la excepcionalmente poderosa irradiación radioeléctrica de ciertas galaxias (las
radiogalaxias) en la actividad de formas de materia altamente organizada y a las que incluso
resulta difícil llamar inteligentes?».
«Cierto que considera argumentos que nos conducirían a la triste corroboración de nuestra
casi soledad en el Universo».
Pero los rechaza.
Sí —dice—, esperemos que no sea así, y que los «prodigios cósmicos» que observamos sean
prodigios de la inteligencia a través de los mundos y prueba de la existencia de «amos del
luminoso cielo, que es su fortaleza perdurable».
Ahora bien, si en la actualidad podemos considerar unas perspectivas
tan fabulosas, se plantea una cuestión: ¿Habrá recibido nuestro planeta, en
un pasado relativamente próximo, la visita de astronautas venidos de otros
sistemas planetarios? Chklovski considera válida la hipótesis. Sagan le
apoya, aporta nuevos elementos y desarrolla particularmente este punto.
Cuando, en 1960, en El retorno de los brujos, y después, en 1961, en
Planète, nos hicimos eco de los estudios del investigador soviético Agrest
sobre este tema, tanto los buenos intelectuales racionalistas franceses como
los cristianos se echaron a reír. Recordamos que Louis Aragon nos envió al
cuerno… asegurando que el tal señor Agrest era un simpático farsante, y
que sólo por benevolencia toleraba la Unión de Escritores Soviéticos los
vaticinios de los locos inofensivos. El R. P. Dubarle dijo, despectivamente:
¡ahora nos vienen con teología-ficción!
Los trabajos de Agrest datan de 1959. En 1967, Carl Sagan y Chklovski
declararon conjuntamente:
«La manera en que el señor Agrest plantea el problema nos parece absolutamente sensata y
merece un análisis minucioso».
La idea esencial de Agrest es la siguiente.
Supongamos que unos astronautas llegaron a nuestra Tierra y
encontraron hombres en ella. Un acontecimiento tan fuera de lo corriente
tenía forzosamente que dejar huellas en las leyendas y en los mitos. Estos
seres, dotados a sus ojos de un poder sobrenatural, serían considerados por
los primitivos como de naturaleza divina, y los mitos otorgarían un papel
especial al cielo del que habían venido y al que habían vuelto aquellos
visitantes enigmáticos.
Los «visitantes celestes» pudieron enseñar a los terrícolas ciertas
técnicas y ciertos rudimentos científicos. Sabemos que los mitos y las
leyendas nacidos antes de la aparición de la escritura poseen un gran valor
histórico. Así, podemos actualmente reconstruir una gran parte de la
historia precolonial de los pueblos del África Negra, que no tenían escritura,
valiéndonos del folklore, de las leyendas y de los mitos.
Carl Sagan añade este ejemplo: en 1875, los indios del noroeste de
América vieron desembarcar a La Pérouse. Un siglo más tarde, el análisis
de las leyendas inspiradas por aquel acontecimiento permiten reconstruir la
llegada del navegante e incluso el aspecto de sus barcos.
Agrest interpreta pasajes de la Biblia: ve, en la destrucción de Sodoma y
Gomorra, los efectos de una explosión nuclear; en la ascensión de Enoch,
un secuestro de los visitantes; etcétera. Se comprende la ingenua utilización
que puede hacer de esto el dogmatismo materialista: reducir la idea de
divinidad al recuerdo del paso por la Tierra de un La Pérouse venido de las
estrellas. Este fomento del ateísmo, que no contraría al yogui, complace al
comisario…
En la actualidad, sabemos también que este sistema de interpretación
permitió a «investigadores» poco escrupulosos una hermosa carrera en el
terreno de la chanza. Nosotros no nos oponemos en absoluto a la chanza,
pues no alardeamos de poseer la verdad, no tomamos la Ciencia por una
vaca sagrada, y preferimos la muerte al oficio de censores. Además, el amor
a la música abarca también las coplas. Y, en fin, nunca se insistirá bastante
en que, sin la chanza, uno se asfixia.
Pero, desde El retorno de los brujos, ha proliferado toda una literatura
sobre este tema. Nosotros no avalamos a nuestros dudosos epígonos.
«Que nosotros sepamos —declara Chklovski—, no existe un solo monumento material de la
pasada cultura en que podamos ver, fundamentalmente, una alusión a seres pensantes venidos
del cosmos».
Nosotros opinamos lo mismo. Es muy posible, por ejemplo, que el
famoso fresco sahariano del Tassili, que representa un «marciano» con
escafandra (imágenes inferiores), haya sido abusivamente utilizado (un
poco por nosotros y un mucho por otros) como demostración.
Sin embargo, seguimos pensando, como Sagan y su colega ruso:
«Que las investigaciones encaminadas en este sentido no son absurdas ni anticientíficas.
Sólo es preciso no perder la sangre fría».
Y, ya que se trata de descifrar, «¡calma y ortografía!», como dicen los
Pies Niquelados…
¿Seremos visitados? ¿Lo hemos sido ya?
Lo cierto es que Sagan pretende establecer la frecuencia probable.
Calcula que el número de civilizaciones técnicamente desarrolladas,
existentes simultáneamente en la galaxia, podría ser del orden del 106. La
duración de tales civilizaciones sería de diez a la séptima potencia años.
«Lo cual —observa Chklovski— me parece optimista».
Sagan conjetura que estas civilizaciones estudian el cosmos siguiendo
un plan que excluye la repetición de una visita. Si cada civilización envía,
cada año terrestre, una nave interestelar de investigación, el intervalo medio
entre dos visitas de la región de una sola y misma estrella será igual a 105
años. En cuanto al intervalo medio entre dos visitas de un solo y mismo
sistema planetario (por ejemplo, el nuestro), que albergue formas
razonables de vida, podemos adoptar, en el cuadro de las hipótesis de
Sagan, la cifra de algunos miles de años.
La frecuencia es, aquí, de unos 5500 años. Si «la Historia empieza en
Sumer» y si esta historia nació de una visita, debemos esperar un próximo
desembarco. Pero, si, como escribe el astrónomo americano, «parece
probable que la Tierra haya recibido, en muchas ocasiones, visitas de
civilizaciones galácticas, y probablemente 104 durante la era geológica»,
¿por qué no encontramos ninguna huella formal?
Hay tres respuestas a esto.
Primera: la arqueología científica no ha hecho más que empezar, nos reserva sin duda
muchas sorpresas, y la idea de una cosmo-historia puede abrir nuevos caminos de
investigación.
Segunda: encontramos huellas en la memoria de los hombres, en las leyendas y los mitos,
pero aún no hemos estudiado éstos con amplia curiosidad. Sagan aporta una demostración
de esto al referirse a la leyenda de los Akpallus, sobre la que volveremos dentro de poco.
Tercera: el contacto con seres tan primitivos como los terrícolas de los antiguos milenios
no justificaba la instalación de una base. Esta base podría estar en la cara oculta de la
Luna, y nosotros sólo encontraremos la tarjeta de visita de los galácticos cuando hayamos
alcanzado el suficiente nivel tecnológico.
Drake y Clarke llegaron a sugerir la posibilidad de que una civilización
extraterrestre hubiese depositado un avisador automático, un sistema de
alarma que iluminaría el espacio interestelar cuando el nivel técnico local
alcanzase determinado grado. Función de semejante avisador podría ser, por
ejemplo, el análisis del contenido de elementos radiactivos de la atmósfera
terrestre.
Un aumento de los radioisótopos atmosféricos, provocado por repetidos
experimentos nucleares, podría, en este caso, hacer funcionar la alarma. Y,
en esta Tierra, cada día más pletórica de radiaciones nuevas, tal vez se ha
producido ya la señal.
Sagan escribe:
«A cuarenta años luz de la Tierra, las noticias referentes a una civilización técnica reciente
vuelan ya entre las estrellas. Si hay, allá, seres que escrutan los cielos, en espera de que aparezca
una civilización técnica avanzada en nuestra región del espacio, conocerán nuestro saber, para
bien o para mal. Y tal vez dentro de algunos siglos recibiremos algún emisario. Deseo que,
cuando lleguen los visitantes de la remota estrella, hayamos progresado aún más y no lo
hayamos destruido todo».
Chklovski, más escéptico o menos lírico, considerando el abismo del
tiempo pasado, reconoce que «hay una posibilidad diferente de cero de que
la Tierra haya recibido visitantes del espacio».
Y añade:
«Lo mismo que Agrest, Sagan dirige su atención a las leyendas y a los mitos. Hace
particular hincapié en la epopeya sumeria, que relata las apariciones regulares, en las aguas del
Golfo Pérsico, de seres extraños que enseñaban a los hombres oficios y ciencias. Es posible que
estos sucesos tuviesen lugar no lejos de la ciudad sumeria de Eridu, aproximadamente en la
primera mitad del cuarto milenio antes de nuestra Era».
«Antes de nuestra Era» es la manera marxista de decir antes de J. C. Esto nos hace pensar en
las etapas históricas de Un mundo feliz, de Huxley; antes de Ford y después de Ford… Pero
volvamos a lo nuestro. Carl Sagan comprueba, apoyándose en sus investigaciones, una ruptura
muy clara en la historia de la cultura sumeria, que pasó bruscamente de una estancada barbarie a
un brillante florecimiento de sus ciudades, a la construcción de complejos canales de irrigación,
al desarrollo de la Astronomía y de las Matemáticas.
En realidad, nada sabemos de los orígenes de la civilización sumeria. René Alleau, erudito
francés, formula una hipótesis sorprendente: los sumerios no vinieron de la tierra, sino del mar.
Habían vivido mucho tiempo en el océano, en aglomeraciones de pueblos-almadías, y sólo
después de un encuentro, en las aguas, con seres superiores venidos del espacio, pasaron a la
tierra, construyeron sus ciudades y desarrollaron la civilización que aquéllos les habían
enseñado.
Esta idea se funda en la leyenda de los Akpallus, estudiada por Carl
Sagan.
«En mi opinión —declara Chklovski—, las hipótesis de Agrest y de Sagan no se
contradicen. Agrest presenta una interpretación de los textos bíblicos. Pero estos textos tienen
profundas raíces babilónicas. Los babilonios, los asirios y los persas fueron sucesores de las
civilizaciones sumeria y acadia. No se puede, pues, excluir que estos textos bíblicos y los mitos
anteriores a Babilonia reflejen unos mismos acontecimientos. Desde luego, no podríamos
aportar pruebas científicas bastantes acerca de esto. Pero no por ello tales hipótesis dejan de ser
merecedoras de atención».
La hipótesis de Sagan es ésta:
Unos visitantes extraterrestres, provistos de escafandras y a bordo de una nave espacial que
se posó en el mar, vinieron a traer a los hombres los rudimentos del conocimiento. Estos
hombres fundaron Sumer. La Humanidad había de conservar, durante largo tiempo, el recuerdo
de unos seres medio hombres, medio peces (el casco; la armadura, que recuerda el brillo de las
escamas, y el aparato respiratorio, como una cola que prolongase el cuerpo), que había llegado
de un exterior desconocido, para comunicar el saber. El signo de pez, que había de distinguir
más tarde a los iniciados del Próximo Oriente, está tal vez relacionado con este recuerdo
fabuloso.
Existen tres versiones relativas a los Akpallus, que datan de las épocas
clásicas; pero todas ellas tienen su origen en Beroso, que fue sacerdote de
Baal-Marduk en Babilonia, en tiempos de Alejandro Magno. Beroso pudo
tener acceso a testimonios cuneiformes y pictográficos de varios miles de
años de antigüedad. Recuerdos de la enseñanza de Beroso nutren los textos
clásicos, y Sagan se refiere principalmente a los escritos griegos y latinos
recogidos en los Antiguos fragmentos de Cory, citando la edición revisada y
corregida de 1870.
Encontramos en ella tres relatos.
Relato de Alejandro Polihistor:
En el primer libro referente a la historia de Babilonia, Beroso declara haber vivido en
tiempos de Alejandro, hijo de Filipo. Menciona escritos conservados en Babilonia y relativos a
un ciclo de quince decenas de milenios. Estos escritos referían la historia de los cielos y del mar,
el nacimiento de la Humanidad, así como la historia de los que detentaban los poderes
soberanos. Beroso describe Babilonia como un país que se extendía desde el Tigris hasta el
Éufrates y en el que abundaban el trigo, la cebada y el sésamo.
En los lagos, se encontraban las raíces llamadas gongae, comestibles y equivalentes a la
cebada en cuanto a valor nutritivo. También había palmeras, manzanos y la mayor parte de
frutos, peces y aves que nos son conocidos. La parte de Babilonia que lindara con Arabia era
árida; en la que se extendía al otro lado, había fértiles valles. En aquella época, Babilonia atraía
a los heterogéneos pueblos de Caldea, qué vivían sin ley ni orden, como las bestias de los
campos.
En el transcurso del «primer año», apareció un animal dotado de inteligencia llamado Ganes,
procedente del Golfo Pérsico (referencia al relato de Apolodoro). El cuerpo del animal era
parecido al de un pez. Poseía bajo su cabeza de pez, una segunda cabeza. Tenía pies humanos,
pero cola de pez. Su voz y su lenguaje eran articulados. Esta criatura hablaba con los hombres
durante el día, pero no comía. Les inició en la escritura, en las ciencias y en las distintas artes.
Les enseñó a construir casas, a levantar templos, a practicar el derecho y a utilizar los
principios del conocimiento geométrico. Les enseñó también a distinguir los granos de la tierra
y a recolectar los frutos. En una palabra, les inculcó todo lo que podía contribuir a suavizar sus
costumbres y a humanizarlos. En aquel momento, su enseñanza era hasta tal punto universal,
que no pudo ser perfeccionada de manera sensible. Al ponerse el sol, aquella criatura se
sumergía en el mar, para pasar la noche «en las profundidades». Porque era «una criatura
anfibia».
Después, hubo otros animales parecidos a Oanes. Beroso promete hablar de ellos cuando
refiera la historia de los reyes.
Relato de Abideno:
Se refiere a la sabiduría de los caldeos. Se dice, en él, que el primer rey del país fue Alorus,
que afirmaba haber sido designado por Dios para ser pastor de su pueblo; reinó diez saris.
Actualmente se calcula que un sarus equivale a tres mil seiscientos años; un neros, a seiscientos
años, y un sosos, a sesenta años. Después de él, reinó Alaparus, durante tres saris.
Le sucedió Amilarus, de Pantibiblon, y reinó por espacio de treinta saris; en su tiempo, una
criatura parecida a Oanes, pero mitad deruonio, llamado Annedotus, volvió a surgir del mar.
Después, Ammenon, de Pantibiblon, que reinó durante doce saris. Le sucedió Megalarus,
también de Pantibiblon, cuyo reinado fue de dieciocho saris.
A continuación, Daos, el pastor oriundo de Pantibiblon, gobernó durante diez saris; en su
época, cuatro personajes de doble cara surgieron del mar; se llamaban Euedocus, Eneugamus,
Eneubulos y Anementus. Vino después Anodaphus, del tiempo de Euedoreschus. Y le siguieron
otros reyes, el último de los cuales fue Sisithrus (Xisuthrus). Hubo en total, diez reyes, y la
duración de su reinado fue de ciento veinte saris…
Relato de Apolodoro:
He aquí —dice Apolodoro— la historia tal como nos la transmitió Beroso. Éste nos dice que
el primer rey fue el caldeo Alorus, de Babilonia: reinó durante diez saris; después, vinieron
Alaparus y Amelon, oriundos de Pantibiblon; después Animenon de Caldea, en tiempos del cual
apareció el Annedotus Musarus Oanes, procedente del Golfo Pérsico. Alejandro Polihistor,
anticipando el acontecimiento, afirma que tuvo lugar durante el primer año.
En cambio, según el relato de Apolodoro, se trata de cuarenta saris, aunque Abideno no sitúa
la aparición del segundo Annedotus hasta después de veintiséis saris. Le sucedió Magalarus de
Pantibiblon, quien reinó durante dieciocho saris; después, vino el pastor Daonus, de Pantibiblon,
que reinó por espacio de diez saris; en su tiempo (afirma) apareció, procedente del Golfo
Pérsico, el cuarto Ànnedotus, que tenía la misma forma que los anteriores, o sea un aspecto que
era en parte de pez y en parte de hombre.
Después, Euedoreschus, de Pantibiblon, reinó durante dieciocho saris. Durante su reinado,
apareció otro personaje, llamado Odacon. Venía, como el anterior, del Golfo Pérsico, y tenía la
misma forma complicada, mezcla de pez y de hombre. (Todos —dice Apolodoro— refirieron
con detalle, según las circunstancias, lo que les enseñó Oanes. Abideno no menciona estas
apariciones).
Después, reinó Amempsinus de Laranchae, y, como era el octavo en el orden sucesorio,
gobernó durante diez saris. Después, vino Otiartes, caldeo nacido en Laranchae, que reinó
durante ocho saris.
Después de la muerte de Otiartes, su hijo Xisuthrus reinó durante dieciocho saris. Fue
entonces cuando se produjo el Gran Diluvio…
Relato ulterior de Alejandro Polihistor:
Después de la muerte de Ardates, su hijo Xisuthrus le sucedió, reinando durante dieciocho
saris. En esta época tuvo lugar el Gran Diluvio, cuya historia es relatada en la forma siguiente:
El Dios Cronos se apareció en sueños a Xisuthrus y le hizo saber que habría un diluvio el día
decimoquinto del mes de Daesia, y que la Humanidad sería destruida.
Le ordenó, pues, que escribiese una historia de los orígenes, los progresos y el fin último de
todas las cosas, hasta nuestros días; que enterrase estas notas en Sippara, en la Ciudad del Sol;
que construyese un barco y se llevase a sus amigos y parientes.
Por último, le mandó que embarcase todo lo necesario para el mantenimiento de la vida, que
recogiese todas las especies animales, tanto las que volaban como las que corrían por la tierra, y
que se confiase a las profundas aguas… Al preguntarle al Dios hasta donde debía ir, éste le
respondió: «Hasta donde están los dioses».
En estos fragmentos se afirma claramente el origen no humano de la
civilización sumeria. Una serie de criaturas extrañas se manifiesta en el
curso de varias generaciones. Oanes y los otros Akpallus aparecen como
«animales dotados de razón», o, mejor dicho, como seres inteligentes, de
forma humanoide, provistos de casco y caparazón, de un «cuerpo doble».
Tal vez se trataba de visitantes venidos de un planeta enteramente cubierto
por las aguas. En un cilindro asirio, vemos al Akpallu llevando unos
aparatos sobre la espalda y acompañado de un delfín.
Alejandro Polihistor da fe de un repentino florecimiento de la
civilización después del paso de Oanes, cosa que concuerda con las
observaciones de la arqueología sumeria.
El sumerólogo Thorkild Jacobsen, de la Universidad de Harvard,
escribe:
«Súbitamente, cambia el panorama. La civilización mesopotámica, que estaba sumida en la
oscuridad, se cristaliza. La trama fundamental, el armazón en el interior del cual tenía
Mesopotamia que vivir, que formular las más profundas preguntas, que valorarse y valorar el
Universo para siglos Venideros, estallaron de vida y cumplieron su fin».
Cierto que, después de los trabajos de Jacobsen, se han descubierto en
Mesopotamia restos de ciudades aún más antiguas, lo cual hace presumir
una evolución más lenta. Sin embargo, persiste el misterio de los visitantes,
reforzado por el estudio de los sellos cilíndricos asirios, en los que Sagan
cree descifrar el Sol rodeado de nueve planetas, con dos planetas más
pequeños en uno de los lados, así como otras representaciones de sistemas
que muestran un número variado de planetas para cada estrella. La idea de
los planetas girando alrededor del Sol y las estrellas no aparecen hasta
Copérnico, aunque encontremos algunas especulaciones precoces de este
orden entre los griegos.
La particular densidad de acontecimientos inexplicables, referidos por
las leyendas del Próximo Oriente, plantea un problema. La Arqueología ha
puesto al descubierto vestigios de tecnología, como el horno de reverbero
de Ezión-Geber, en Israel, o el bloque de vidrio de tres toneladas enterrado
cerca de Haifa.
La aparición, en esta región del mundo de técnicas, de ideas nuevas, de
religiones, como si se tratase del crisol de la historia humana, suscita la
siguiente pregunta:
¿Fueron escogidos estos lugares por los Maestros venidos de las estrellas?
¿Cómo, y por qué?
Sagan imagina cinco orígenes posibles de los visitantes:
Alfa del Centauro
Épsilon del Eridano
61 del cisne
Épsilon del Indio
Tau de la ballena, a quince años luz de nosotros.
Y concluye:
«Historias como la leyenda de Oanes, y las figuras y textos más antiguos concernientes a la
aparición de las primeras civilizaciones terrestres (interpretados, hasta hoy, exclusivamente
como mitos o desvaríos da la imaginación primitiva), merecerían estudios críticos más amplios
que los realizados hasta la actualidad. Estos estudios no deberían rechazar una rama de
investigación relativa a contactos directos con una civilización extraterrestre».
Hemos llegado, sin duda, a una fase de riqueza y de poder que empieza
a permitirnos la más amplia investigación de nuestro pasado remoto.
Y Platón parece dirigirse a nosotros, cuando escribe en Critias:
«Sin duda los nombres de estos autóctonos fueron salvados del olvido, mientras se oscurecía
el recuerdo de su obra, como consecuencia tanto de la desaparición de los que habían recibido
su tradición como de la longitud del tiempo transcurrido. En efecto, siempre, después de los
hundimientos y los diluvios, lo que quedaba de la especie humana sobrevivía en estado inculto,
teniendo conocimiento únicamente de los nombres de los príncipes que habían reinado en el
país, y muy poco sobre su obra».
«Por esto les gustaba dar estos nombres a sus hijos, aunque ignoraban los méritos de estos
hombres del pasado y las leyes que habían promulgado, a excepción de algunas tradiciones
oscuras y relativas a cada uno de ellos. Desprovistos como estaban, ellos y sus hijos, durante
muchas generaciones, de las cosas necesarias para, la existencia, absorta la mente en estas cosas
que les faltaban, y tomándolas como único tema de sus conversaciones, no se preocupaban con
lo que había ocurrido con anterioridad, ni de los acontecimientos de un pasado remoto».
«En realidad, el estudio de las leyendas, las investigaciones relativas a la Antigüedad, fueron
dos cosas que, con el ocio, entraron simultáneamente en las ciudades, desde el momento en que
éstas vieron aseguradas, por algunos años, las necesidades de la existencia; pero no antes».
Estas dos cosas que entran en nuestras ciudades, tal vez nos harán
sensibles a una circulación entre los tiempos sumergidos y los tiempos aún
por venir; tal vez nos enseñarán que nuestro enorme esfuerzo por surcar el
cielo corresponde a un afán antiquísimo y heroico de continuar la
conversación. Tal vez veremos nuestros orígenes y nuestros fines como los
dos momentos de una relación con la vida y la inteligencia del Universo.
Naturalmente, cuando pensamos en estas cosas, cuando buscamos las
posibilidades del futuro, debemos tener muy presente el proverbio chino:
«El que espera a un jinete debe cuidar muy bien de no confundir el ruido de las pezuñas con
los latidos de su corazón».
Pero es preciso que la esperanza haga latir con fuerza el corazón.
CUARTA PARTE
SOBRE ALGUNAS
INTERROGACIONES ROMÁNTICAS
CAPÍTULO I
Pequeño manual de juego de los enigmas
Cómo apostrofar al señor presidente. — Cómo no dejarse aprisionar por los hielos. — Cómo
pasearse por los Andes. — La cuestión de la meseta de Marcahuasi. — Cómo dudar de las
cronologías. — Las tablillas de Mohenjo Daro. — Cómo conjugar el futuro anterior del verbo
«inventar». — La pila de Bagdad. — El mecanismo de Anti-Citera. — Un poco de metalurgia.
— La increíble geoda. — Cómo hurgar con la badila del sueño.
«Caballero: usted cree en profundos misterios, porque es un aficionado. Para un arqueólogo
serio, los enigmas no existen».
Así discurría en la televisión, una noche de 1969, el presidente de la
Asociación de Escritores Científicos Franceses. Él no es arqueólogo. Es
matemático. Pero defendía cierto concepto de la ciencia que es tradicional
en nuestro país desde «el siglo de las luces». El hombre, que desciende del
mono, sólo fue verdadero animal racional después de la muerte de
Luis XVI. Actualmente, puede explicarlo todo, o casi todo. La persona seria
es ahorrativa.
La mejor hipótesis es la que utiliza una menor cantidad de imaginación
y no destruye el concepto admitido de la mecánica de las cosas. Si las ratas
de Noruega van en tropel a ahogarse en las aguas del océano, es porque son
miopes y toman por un río el mar en que habrán de sucumbir. ¡Ah! Esto es
científico, porque nos libra de un misterio. El hecho de entusiasmarnos con
la idea de que hay muchas cosas ocultas por descubrir equivale a hacerse
cómplice del oscurantismo. Esta paradoja es el fundamento de cierto
«racionalismo».
En él, hay más fanatismo antirreligioso que razón. En verdad, este
racionalismo es un prosaísmo insensato. La seriedad hace carrera en esta
insensatez. La inteligencia se aventura. El hombre serio profesa una idea de
la ciencia que, al rechazar lo desconocido, desanima a la investigación. La
inteligencia considera que no se puede tener una idea de la ciencia y
conformarse con ella sin impedir, inmediatamente, su funcionamiento.
Si para un arqueólogo serio los enigmas no existen, ¿por qué se dedica a
la Arqueología? ¡Triste oficio el suyo! ¡Qué insensatez haberlo escogido y
mantenerse en él! Boucher de Perthes era un aficionado. Y descubrió la
Prehistoria. Schliemann era un aficionado. Y descubrió Troya. Hapgood era
un aficionado. Y formuló la teoría del desplazamiento de los continentes.
Hawkins era un aficionado. Y penetró el secreto de Stonehenge.
La Naturaleza, que parece carecer de ideología, desdeñó inscribirse en
la liga racionalista. Todo induce a creer que escribe una historia muy
complicada y más bien fantástica, para el uso de personas que son más
inteligentes que serias.
Así, pues, señor presidente, ¿cree usted que conocemos todo el pasado
humano? ¿Es la Arqueología, después de unos cuantos años de
excavaciones, una ciencia completa y cerrada, como lo era la Física en el
siglo XIX? ¿No hay la menor posibilidad de una revolución en este campo,
comparable a la que produjeron, en física, la radiactividad, la relatividad y
la mecánica ondulatoria? Permítanos algunas preguntas. ¿Quién las
formula? ¡Bah! ¡Unos despreciables aficionados! ¿Especialistas en nada?
¡Pues sí! Especialistas en ideas generales.
Es ésta una especialidad muy desacreditada hoy en día. Tan
desacreditada, que casi no nos atreveríamos a formular preguntas si no
tuviésemos en cuenta esta verdad: el hombre que a veces hace muchas
preguntas puede parecer imbécil, pero el que no hace ninguna, seguirá
siéndolo toda la vida.
Primera cuestión:
Nadie sabe actualmente la causa de las glaciaciones, ni cómo pudieron los hombres
sobrevivir a ellas. Se nos dice, a priori, que no pudo haber civilización alguna antes de las eras
glaciales, sobre cuyas fechas, por otra parte, prosigue la discusión. Como es imposible hacer
excavaciones en las regiones del Globo cubiertas actualmente por los hielos —Antártida y
Groenlandia—, el interrogante permanece, al menos, abierto.
Se nos presenta a los hombres de hace quince o dieciséis mil años como solamente capaces
de tallar la piedra y de conservar el fuego. Ignoraban el cultivo de los campos y la ganadería; no
tenían más medios de subsistencia que la recolección de los frutos silvestres y la caza. Las
glaciaciones sucesivas del período Würm III duraron, probablemente, varios milenios: desde el
13 000 al 8000, aproximadamente. ¿Adónde fueron a parar, entonces, las piezas de caza y las
bayas silvestres?
Sin duda, algunos pueblos pudieron trasladarse a tierras más cálidas, y otros habitaban ya,
quizás, en ellas. Pero, en el punto culminante de la glaciación, cuando el frío invadió Wisconsin,
Inglaterra, Francia e Italia, y los hielos sepultaron todas las regiones del Globo habitadas por las
diversas razas del Paleolítico (en realidad, las únicas regiones en que encontramos sus huellas),
¿cómo pudieron sobrevivir estos pueblos?
La idea de «reservas» acude en seguida a nuestra mente, y, en especial, de reservas de trigo
silvestre; pues, de una parte tales especies de trigo existieron mucho antes que la agricultura, y,
de otra, el trigo conserva sus virtudes (nutritivas, entre otras) durante varios miles de años: los
stocks de las tumbas egipcias nos dan una prueba de ello.
Pero ni siquiera esta idea es sencilla: presupone nociones de previsión, de anticipación. Si se
acumularon reservas, esta operación tuvo que empezar siglos antes de la invasión de los hielos;
es decir, hubo que profetizar la plaga.
Este razonamiento fue singularmente confirmado por un artículo publicado en el N. 6 (1965)
de la revista rusa Técnica y Juventud. Veamos los hechos: en noviembre de 1957, durante unos
trabajos de excavación para la reconstrucción de Hamburgo, dirigidos por el ingeniero Hans
Elieschlager, aparecieron unas piedras gigantescas semejantes a cabezas humanas.
El profesor Mattes, arqueólogo alemán, procedió a su estudio y llegó a la conclusión de que
se trataba de objetos esculpidos por la mano del hombre en fecha anterior a la época glacial.
Bajo la dirección del profesor Mattes, se encontraron otros en capas de arcilla que tenían, al
menos, esta antigüedad. Según el profesor, no puede tratarse de un juego de la casualidad.
Mattes encontró incluso figuras con doble rostro: si se las hace girar ciento veinticinco grados,
la cara de hombre se transforma en cara de mujer.
El arqueólogo ruso Z. A. Abramov descubrió también piedras parecidas. El autor del artículo
ruso, V. Kristly, añade:
«La clásica imagen que reproducía figuras hirsutas, envueltas en pieles de animales, de
rostro simiesco, y frotando estúpidamente dos pedazos de sílex, es una pesadilla de
arqueólogo clásico, que nada tiene que ver con la realidad».
Los arqueólogos no podrán dejar de reconocer, un día, que, en el fondo, nada saben de lo
ocurrido antes de la glaciación.
Y esto nos lleva a la segunda cuestión:
La cuestión de la meseta de Marcahuasi:
Desde las primeras investigaciones de 1952, en la meseta peruana de Marcahuasi, a 3600 m
de altura, en el corazón del macizo de los Andes, Daniel Ruzo no ha dejado de obtener
confirmaciones de la existencia en aquella meseta de un conjunto de esculturas y de
monumentos que bien podría ser el primero y más importante del mundo.
Este descubrimiento no se debió a la casualidad. Ya en 1925, Daniel Ruzo había llegado a la
conclusión de que habían de existir vestigios de una antiquísima cultura qué se extendió por la
América Central y la América del Sur, principalmente entre los dos trópicos. El estudio de la
Biblia y de las tradiciones y leyendas de la Humanidad, y el análisis de los relatos de los
cronistas españoles de la Conquista, le habían llevado a esta convicción.
En 1952, al enterarse de la existencia de una roca excepcional en la meseta de Marcahuasi,
organizó una expedición y pudo ver que se trataba, no de una piedra aislada, sino de un conjunto
de monumentos y esculturas distribuido en una superficie de tres kilómetros cuadrados.
Después, daría el nombre de «Masma» al presunto pueblo de escultores, En efecto, desde
tiempo inmemorial se conocen con este nombre un valle y una población de la región central del
Perú, donde habitaron los huancas hasta la llegada de los españoles.
Lo primero que chocó a Ruzo fue la existencia de un sistema hidrográfico artificial,
destinado a recoger el agua de las lluvias y distribuirla por toda la región circundante durante los
seis meses de sequía. De doce antiguos lagos artificiales, sólo dos continúan en estado de
servicio, pues los diques de los otros fueron destruidos por la acción del tiempo.
Unos canales servían para conducir el agua hasta 1500 metros más abajo, irrigando de este
modo los vastos campos agrícolas escalonados entre la meseta y el valle. Hoy podemos ver aún
un canal subterráneo que termina en una abertura, a media altura de la meseta. Estos vestigios
atestiguan la prosperidad de una región aislada que debía de alimentar a una población muy
numerosa.
Para la defensa de este centro hidrográfico vital y de esta rica comarca, toda la meseta había
sido convertida en fortaleza. En un punto, dos enormes rocas fueron profundamente ahuecadas
en su base, a fin de hacer imposible la escalada directa, y, por su parte de atrás, fueron enlazadas
con un muro de grandes piedras. Nos encontramos frente a una inmensa fortificación, cuya
técnica revela la experiencia militar de sus constructores.
Encontramos restos de caminos cubiertos y bien protegidos, e incluso, en ciertos lugares,
fortines cuyos techos han desaparecido. Podemos ver también las grandes piedras que formaban
el muro, y la columna central que sostenía el techo. En todos los puntos que dominan los tres
valles, podemos ver aún los puestos de observación para los centinelas. En algunos de ellos,
afloran del suelo una especie de grandes dientes de piedra, que nos hacen pensar en antiguas
máquinas de guerra concebidas para arrojar bloques de piedra sobre los asaltantes.
Poco a poco, Daniel Ruzo descubrió, en el recinto fortificado, una importante cantidad de
esculturas, de monumentos y de tumbas. Los cuatro centros más interesantes, cada uno de los
cuáles está dominado por un altar monumental, aparecen situados en los cuatro puntos
cardinales.
Los altares levantados al Este, están orientados hacia Levante. Frente a ellos, hay un campo
lo bastante vasto para contener un ejército o la población entera de la comarca; cerca de allí, una
pequeña colina fue modificada para que pareciese, si se la mira desde un ángulo determinado,
un rey o un sacerdote, sentado en un trono, con las manos juntas y rezando.
Hacia el Sur, a una altura de unos 50 o 60 metros, se levantan, por todos lados, figuras
esculpidas. Un altar, orientado hacia el Este, sobresale 15 metros del nivel del llano circundante.
Partiendo de su base, y descendiendo hasta el llano, hay una pendiente de superficie lisa, que
parece haberse realizado con alguna especie de cemento.
Esta pendiente, parecida a la de los otros altares, está cruzada por unas rayas que permiten
conjeturar que el revestimiento se efectuó por partes, para prevenir los efectos de la dilatación.
El cemento, que imita la textura de la roca natural expuesta a los elementos, parece revestir
también ciertas figuras. Al levantar una primera capa de este material, los investigadores
descubrieron que, inmediatamente debajo de ella, había unos botones redondos y salientes, que
parecen haber sido colocados al objeto de impedir el deslizamiento de aquella capa durante el
tiempo necesario para su endurecimiento.
Dos esculturas, a cierta distancia una de otra, representan la Diosa Thueris, protectora de las
parturientas en Egipto. Era la Diosa de la fecundidad y de la perpetuación de la vida. Su aspecto
es muy original: un hipopótamo hembra, de pie sobre las patas traseras y con una especie de
casco redondo en la cabeza.
Con su morro prominente, su panza enorme y el signo de la vida en la mano derecha, es
imposible que esta figura convencional fuese reproducida por casualidad en Marcahuasi.
Después del descubrimiento de varias figuras parecidas a esculturas egipcias, una de ellas a
medio ejecutar, Daniel Ruzo opina que se puede considerar la posibilidad de antiquísimos
contactos entre las dos culturas.
En el borde oeste de la meseta, a unos cien metros del abismo, un conjunto de enormes rocas
forma un altar orientado hacia Poniente. Se llama a este lugar «las mayoralas», nombre moderno
que se aplica a las jóvenes que cantan y bailan, siguiendo la tradición, en las fiestas rituales que
se celebran durante la primera semana de octubre. El nombre antiguo de este grupo de cantoras
era «Taquet», y también se aplica a la masa rocosa. Sin duda alguna, se trata de un altar
construido con vistas a cánticos religiosos y dispuesto en forma de concha acústica con objeto
de amplificar el sonido.
La fiesta comienza cerca de San Pedro de Casta, en la carretera que sube a la meseta, y en un
lugar llamado Chushua, a los pies de un gran animal de piedra, parecido a los animales
fabulosos creados por la imaginación de los artistas asiáticos: el huanca Malco. Siguiendo la
tradición, los hombres solos, una noche de primeros de octubre, antes de que empiece la
estación de las lluvias, celebran la primera ceremonia alrededor de la escultura, inaugurando la
semana de fiestas en honor de Huarí.
Las otras fiestas se celebran, con el concurso de las mujeres y de las cantantes, en los
alrededores y en el recinto de la ciudad. Estas festividades son testimonio, incluso hoy en día, de
la asombrosa vitalidad de los sentimientos religiosos de la antigua raza, conservada a través de
los siglos, a pesar de las encarnizadas persecuciones y del olvido de la fuente religiosa original.
En el extremo norte de la meseta, dos enormes sapos aparecen sentados sobre un altar
semicircular orientado hacia el Oeste. Una vez al año, en el solsticio de junio, los sacerdotes
veían elevarse el Sol exactamente sobre la figura central.
Este altar pertenece a un conjunto casi circular de monumentos que tienen en su centro un
mausoleo, en muy mal estado, pero en el cual un centenar de fotografías, tomadas en diferentes
épocas del año, revelaron la estatua de un hombre yaciente, viejo, velado por dos mujeres, y de
algunas figuras de animales, que tal vez representan los cuatro elementos de la Naturaleza.
La proyección directa, en la pantalla, del negativo de una de estas fotografías, hizo aparecer
una segunda figura. Vemos, en el sitio donde se encuentra la cabeza del primer personaje, el
rostro esculpido de un hombre joven, con los cabellos caídos sobre la frente, que nos contempla
con noble y orgullosa expresión. ¿Cómo explicar este misterio escultórico, que solamente
descubre la fotografía?
El monumento más importante, por la perfección del trabajo, es una doble roca de una altura
de más de 25 metros. Cada una de sus partes parece representar una cabeza humana. En
realidad, hay al menos 14 cabezas de hombre esculpidas, que representan cuatro razas
diferentes.
Su nombre más antiguo es «Peca Gasha» (la cabeza del colador). Hoy la llaman, en la
comarca, «la cabeza del inca». Como no se parece en nada a la cabeza de un inca, es probable
que le diesen este nombre para situarla en los tiempos «más antiguos».
Considerando los relatos de los cronistas españoles de la Conquista, y de acuerdo con sus
observaciones personales, podemos afirmar:
Que las esculturas antropomórficas y zoomórficas de piedra existieron en diferentes
regiones del Perú, y que el inca Yupanqui tuvo conocimiento de esas esculturas.
Que estas esculturas fueron atribuidas a hombres blancos y barbudos, pertenecientes a
una raza legendaria.
Que los huancas, que cuando llegaron los españoles habitaban toda la región central del
Perú, donde se encuentran Marcahuasi y Masma, fueron siempre considerados como los
obreros más hábiles del Imperio inca para los trabajos en piedra.
Que esta antigua raza de escultores había dejado inscripciones. En Marcahuasi, dos rocas,
desgraciadamente estropeadas por los años, parecen caber estado cubiertas de
inscripciones.
Existen también «petrografías» diferentes de las ya conocidas: gracias a una hábil
combinación de incisiones y relieves, el escultor ejecutó imágenes que deben ser contempladas
desde un cierto ángulo; a veces, el efecto se consigue cuando la luz del sol incide en
determinado ángulo; otra, las figuras sólo se manifiestan al mediodía.
El estudio de estas imágenes es muy difícil. Para captarlas bien, conviene fotografiarlas en
diversas épocas del año. Entonces percibimos estropeadas reproducciones de estrellas de cinco y
seis puntas, círculos, triángulos y rectángulos.
La inscripción más notable está situada en el cuello y la base del mentón de la figura
principal de la «Cabeza del inca». Imaginaos unas líneas dobles y hechas con puntitos negros,
grabados en la roca de manera indeleble. Parece casi increíble que estos puntos hayan podido
desafiar el tiempo; quizá fueron grabados en profundidad. La inscripción reproduce la parte
central de un tablero de ajedrez. Una cuadrícula análoga a la que los egipcios grababan sobre la
cabeza de sus Dioses.
Lo mismo que las inscripciones, los recuerdos del pasado se han ido borrando poco a poco.
La idea corriente, en la región, es que la meseta es un lugar hechizado. Se dice que hubo un
tiempo en que los mejores hechiceros y curanderos se reunían allí, y que cada una de las rocas
representa a uno de ellos. Si algunas figuras pueden ser reproducidas fotográficamente, la
mayoría tienen que ser observadas sobre el terreno, en ciertas condiciones de luz y por
escultores o personas familiarizadas con este trabajo.
Las esculturas sólo parecen perfectas cuando se miran desde un ángulo dado, partiendo de
puntos bien determinados; fuera de éstos, cambian, desaparecen o se convierten en otras figuras,
que tienen también sus ángulos de observación. Estos «puntos de visión» aparecen casi siempre
indicados por una piedra o una construcción relativamente importante.
Para la ejecución de estos trabajos, hubo que apelar a todos los recursos de la escultura, del
bajorrelieve, del grabado y de la utilización de las luces y las sombras. Algunos son visibles
solamente durante ciertas horas del día, ya en cualquier día del año, ya únicamente en uno de los
solsticios, si requieren un ángulo extremo del sol. Otros, por el contrario, sólo pueden apreciarse
durante el crepúsculo, cuando ningún rayo de sol incide sobre ellos.
Muchos están relacionados entre sí y con los «puntos de visión» correspondientes,
permitiendo trazar líneas rectas que reúnan tres puntos importantes, o más. Si prolongásemos
algunas de estas líneas, señalarían, aproximadamente, las posiciones extremas de declinación del
sol.
Las figuras son antropomorfas o zoomorfas. Las primeras representan, al menos, cuatro
razas humanas y, entre éstas, la raza negra. La mayoría de las cabezas están descubiertas, pero
algunas de ellas aparecen tocadas con un casco de guerrero o con un sombrero.
Las figuras zoomorfas ofrecen una extraordinaria variedad. Hay animales originarios de la
región, como el cóndor y el sapo; animales americanos, tortugas y monos, que no podían vivir a
tanta altura; especies —vacas y caballos— que trajeron los españoles; animales que no existían
en el continente —y tampoco en los tiempos prehistóricos—, como el elefante, el león de África
y el camello; y una gran cantidad de figuras o cabezas de perro, tótem de los huancas, incluso en
la época de la Conquista.
Los escultores realizaron también sus figuras utilizando juegos de sombras, que pueden
apreciarse sobre todo durante los meses de junio y diciembre, cuando el sol envía sus rayos
desde los puntos extremos de su declinación. También aprovecharon las sombras cincelando
cavidades en la roca, a fin de que los bordes de éstas proyectaran siluetas exactas en cierto
momento del año, para formar o completar una figura.
Todo esto induce a creer en la existencia de una raza de escultores en el Perú, que hizo de
Marcahuasi su más importante centro religioso y que, por esta razón, lo decoró profusamente.
Podríamos comparar esta raza de escultores con los artistas prehistóricos que decoraron, con
pinturas murales, las cavernas de Europa. Encontramos, además, «petrografías» obtenidas con el
empleo de barnices indelebles: rojos, negros, amarillos y castaños, parecidas a otras que se
descubrieron en el departamento de Lima, pero menos antiguas que las grandes esculturas.
Existe un parentesco muy próximo entre las esculturas de Marcahuasi y las que sirven de
decoración, en muy gran número, a la pequeña isla de Pascua: la técnica escultórica es la misma;
los escultores representan las cabezas sin ojos, tallando las cejas de manera que produzcan una
sombra que, en un momento dado del año, dibuja el ojo en la cavidad.
Estas obras, de tipo extraordinariamente arcaico, parecen haber sido concebidas por una
mentalidad humana intermedia entre la de los paleolíticos o mesolíticos antiguos —cuyo último
vestigio está constituido por los australianos— y la tan conocida de los grandes imperios, cuyos
rasgos más esenciales son la talla de las piedras, la geometría, la aritmética de posición, con
inclusión del cero, y la construcción de las Pirámides.
Al parecer, Marcahuasi, más que centro de lugares habitados, fue lugar de reunión de los
hijos de un mismo clan. El conjunto de monumentos y esculturas, en los tres kilómetros
cuadrados de la meseta, constituye una obra sagrada, como las alineaciones de Carnac o las
grutas de las Eyzies.
Cuatro mil fotos en negro y en colores, estudios químicos sobre la piedra, comparaciones
con los bajorrelieves descubiertos en Egipto y en el Brasil, demuestran que la escultura de la
meseta de Marcahuasi es, quizá, la más antigua del mundo, más antigua que la de Egipto, más
antigua que la de Sumer.
¿Qué pasó en América del Sur, entre este período y la llegada de los españoles?
La tercera cuestión se refiere, pues, a los métodos de establecimiento de
las cronologías.
Los arqueólogos, cuando se les habla de América del Sur, se vuelven agresivos y cortan el
diálogo, después de algunos improperios contra la «superstición», la «mentalidad prelógica»,
etcétera.
En cambio, los etnólogos suelen mostrarse más corteses. Por ejemplo, el profesor danés Kaj
Birket-Smith, doctor en ciencias de las universidades de Pensilvania, Oslo y Basilea. Su libro
The Path of Culture, traducido del danés por Karin Fennow, fue publicado por la Universidad de
Wisconsin en 1965. En él encontramos, con referencia a las civilizaciones sudamericanas, la
frase siguiente:
«Al parecer, nos enfrentamos con un enigma sin solución, y hay que confesar que
todavía no se ha encontrado la respuesta definitiva».
Tanto si suponemos que América del Sur fue colonizada por hombres procedentes de
Polinesia, de una misteriosa Atlántida o incluso de Creta (esta última tesis se defiende en la obra
de Honoré Champion, El Dios blanco precolombino), como si partimos, por el contrario, de la
hipótesis de una cultura autóctona, se multiplican los enigmas y se acumulan las
contradicciones.
Consideremos la ciudad de Tiahuanaco, en Bolivia. Comparemos dos cronologías relativas a
esta ciudad: la de los arqueológicos clásicos y la de los arqueólogos románticos.
Cronología clásica:
9000 años a. C.: Hombres bastante parecidos a los indios de nuestros días cazan animales
actualmente desaparecidos en América del Sur.
3000 años a. C.: Estos mismos hombres descubren la agricultura.
1200 años a. C.: Nace la técnica, particularmente con la invención de la cerámica.
800 años a. C.: Aparición del maíz, como base de la alimentación.
Entre 700 años a. C. y 100 d. C.: Tres civilizaciones aparecen y se derrumban.
100 a 1000 años d. C.: Aparición de importantes civilizaciones y construcción de la
ciudad ciclópea de Tiahuanaco.
1000 a 1200 años d. C.: Una laguna, en la que, bruscamente, no se encuentra ningún
objeto, sin que ninguna tradición pueda ilustrarnos sobre lo ocurrido. La civilización más
antigua durante este período, y cuya fecha no puede establecerse, es la de Chanapata.
Alfred Métraux, arqueólogo cuya seriedad no ofrece dudas, escribirá acerca de ellas:
«Una cosa permanece cierta: entre esta civilización arcaica y la de los incas, cuya
iniciación se sitúa alrededor del año 1200 de nuestra Era, hay una solución de
continuidad. Nada permite aún llenar este vacío».
1200 a 1400 años d. C.: ¡Una serie de emperadores incas, que no sabemos si realmente
existieron! Prudentemente, los arqueólogos serios los califican de semilegendarios.
1492 d. C.: Descubrimiento de América.
1532: Destrucción del Imperio inca por la invasión española.
1583: Por decisión del Concilio de Lima, se quema la mayoría de las cuerdas con nudos,
o quipus, en las que los incas habían registrado su historia y la de las civilizaciones
anteriores. El pretexto de la quema fue que se trataba de instrumentos diabólicos. Así
desaparece la última oportunidad de saber la verdad sobre el pasado del Perú. En la
actualidad, todo lo que pueden hacer, tanto los clásicos como los románticos, es formular
hipótesis.
Veamos ahora la cronología romántica:
50 000 años a. C.: En la meseta de Marcahuasi, nace la civilización masma, la más
antigua de la Tierra.
30 000 años a. C.: Fundación del Imperio megalítico de Tiahuanaco.
De 10 000 años a. C. a 1000 años d. C.: Cinco grandes imperios, separados por
catástrofes sucesivas.
1200 años d. C.: Mánco-Cápac funda el Imperio inca. A partir de aquí, la cronología
romántica coincide con la clásica.
Para el profano, los argumentos sobre los que se fundan ambas cronologías parecen
igualmente buenos. ¿Se puede resolver el debate, recurriendo a uno de los métodos físicos de
fijación de antigüedad: radio-carbono, termoluminiscencia, relación argón-potasio, etc? ¡Ay!
Todos estos métodos son discutibles en su principio y delicados en su aplicación. En particular,
el radio-carbono.
La teoría de la determinación de la antigüedad de los objetos por el radio-carbono es muy
simple. La atmósfera de la Tierra es constantemente bombardeada por rayos cósmicos que
vienen del espacio. Por efecto de estos bombardeos, una parte del ázoe de la atmósfera se
transforma en carbono. Pero este carbono es pesado, con un peso atómico de 14, y radiactivo.
Este carbono radiactivo forma, con el oxígeno, un gas carbónico radiactivo que es absorbido
por las plantas. Las plantas a su vez, son comidas por los animales, y en definitiva, todo
organismo vivo contiene cierta proporción de carbono 14. Cuando el organismo muere, cesan
los intercambios con el exterior. El carbono 14, presente en el momento de la muerte, se
desintegra con una periodicidad de 5600 años, es decir, que, en este tiempo, el objeto pierde la
mitad de los átomos de carbono 14 que tenía.
Al cabo de otros 5600 años, sólo quedará la mitad de esta mitad, o sea la cuarta parte de los
átomos de origen. Y así sucesivamente… Con instrumentos de precisión, se pueden contar los
átomos que quedan y determinar así la fecha en que un animal fue muerto, o en que un árbol fue
cortado para hacer carbón vegetal, o en que una momia fue depositada en su féretro.
Tal es la teoría. Esta presupone que la radiación cósmica es igual en todas las épocas y en
todos los países, que la muestra utilizada no ha sido contaminada por microbios u hongos
recientes, que no hubo realmente ningún intercambio con el medio exterior. En la práctica,
jamás concurren todas estas condiciones.
Particularmente en el Perú, ciertos fenómenos aún mal conocidos y que tal vez se deben a la
altura o a la radiactividad local, alteran los datos obtenidos por el radio-carbono, hasta el punto
de que el arqueólogo clásico J. Alden Mason, en su libro sobre las antiguas civilizaciones del
Perú, escribió:
«De un modo general, si la fecha obtenida por medio del radio-carbono parece
completamente ilógica al arqueólogo experto, y si no concuerda con los datos adyacentes,
aquél tiene perfecto derecho a no aceptarla y a insistir en que se efectúen comprobaciones
por otros métodos:».
Esto quiere decir que no se puede contar con el radio-carbono para solventar definitivamente
el misterio peruano, y que está justificado el aceptar la cronología romántica, cuando ésta se
funda en la experiencia. En lo que atañe a la meseta de Marcahuasi, Daniel Ruzo hizo algunas
pruebas de envejecimiento con pedazos de granito virgen expuestos al clima de la meseta. De
este modo obtuvo una fecha del orden de 50 000 años. Pero convendría observar, además, la
decoloración del granito, y no a simple vista, sino con la ayuda de células fotoeléctricas.
En términos generales, la tendencia actual es aceptar el carbono 14 como medio de
comprobación de una fecha ya establecida, pero no fiarse excesivamente de él cuando no hay
otro recurso. Lo propio puede decirse, de momento, de los demás métodos físicos.
Por último, la cuarta cuestión se referirá, naturalmente, a la presencia de
enigmáticos recuerdos y vestigios de tecnología avanzada.
H. P. Lovecraft escribió:
«Los teósofos y, de una manera general, las personas que se fundan en la tradición
india, hablan de dilatadísimos períodos de tiempos pasados, en términos que helarían
la sangre si no se anunciase todo con un edulcorado optimismo. Pero ¿qué sabemos en
realidad?».
Una de las obras más recientes y más serias en este campo se
debe a un hombre de mentalidad universal, matemático, geneticista,
numismático y arqueólogo: The Culture and Civilisation of Ancient
India in Historical Outline, de D. D. Kosambi («Routledge and
Kegan Paul», Londres).
¿Es la India una tierra fuera de la Historia?
Hay pocas huellas de la historia primitiva india, ningún hito en
un pasado que se extiende a decenas de milenios.
Nadie ha podido descifrar aún una misteriosa escritura surgida
hace cinco mil años, en el valle del Indo, alrededor de Mohenjo
Daro. Lo único que sabemos con certeza es que no hay rasgos
comunes entre esta lengua del Indo y las lenguas indoeuropeas que
habían de sucederle.
Hace varios años, dos estudiantes finlandeses, uno de filología y
el otro de asiriología, los hermanos Parpola, en colaboración con un
joven estadístico, Seppo Koskenniemi, se empeñaron en descifrar
esta lengua, que parece intermedia entre el sistema chino de los
ideogramas y el sistema silábico de nuestras lenguas. El descifrado,
que se apoya en la hipótesis de una posible relación con las raíces
dravídicas, no ha dado todavía resultados satisfactorios, y las
tablillas siguen sin «hablar».
En estas tablillas, un pueblo desconocido, reunido alrededor de
Mohenjo Daro, en el tercer milenio antes de J. C., fijó sus
enigmáticos recuerdos. Durante algunos siglos, o más, resplandeció
allí una civilización que no puede compararse con la de Sumer y la
de Egipto.
Después, se produjo la ruina. Una sociedad, sin duda fosilizada,
se derrumba, se extingue bruscamente. ¿Inundaciones? ¿Invasiones?
No lo sabemos. Y las tablillas-jeroglíficos se encuentran en las
ruinas de todas las casas.
¿Cuánto tiempo tardó en florecer esta civilización de Mohenjo
Daro, para agostarse después, sin ofrecer la menor resistencia a lo
que la destruyó de golpe?
Posiblemente, durante el período de decadencia de Mohenjo
Daro llegaron unos invasores, que incendiaron la ciudad y dieron
muerte a sus habitantes. Estos invasores no dejaron el menor rastro
en la Historia. Se ha pensado que algunas leyendas de los Vedas
pueden referirse a ellos, pero no puede saberse con seguridad.
El profesor Kosambi definió a estos invasores como los
primeros arios, pero él mismo reconoce que su punto de vista es
discutible. Trata de identificar Mohenjo Daro con la ciudad de
Narmini, descrita en el Rig Veda, pero confiesa que esto no es más
que una hipótesis. En términos generales, admite de los Vedas lo que
le parece técnicamente realizable en aquella época y rechaza todo lo
demás, a pesar de los textos que describen con precisión unos
aparatos voladores.
Falta saber si, con este método, no deja a un lado cierto número
de cuestiones fantásticas y juiciosas. El autor considera simplemente
a los arios como nómadas que asesinan a cuantos ven y destruyen
todas las culturas con que se tropiezan. En las guerras descritas en
los Vedas, considera mitológicas todas aquéllas en que se habla de
armas superiores.
Es, evidentemente, un punto de vista «serio». Sin embargo,
también parece muy simplista. Si negamos a priori, como
legendario, todo lo que se refiere a una tecnología superior a la
media de la época, nos hallamos sin duda con un hermoso folklore,
de una parte, y con una historia clara y vulgar, de otra.
La abundante —y en parte delirante— literatura surgida de El
retorno de los brujos familiarizó al lector con los ecos de visitas
extraterrestres en los antiguos textos sagrados, entre los que se
encuentran precisamente los Vedas. Pero todavía no se ha hecho un
análisis sistemático del conjunto de las tradiciones orales y escritas
que guardan relación con este tema. Pero no es éste el único enigma
que hay que resolver.
Si el hombre es más antiguo de lo que se creía hace veinte años;
si hay que poner en tela de juicio la idea de una evolución lenta y
progresiva; si la imagen del imbécil con cara de mono, frotando sus
piedras de sílex, es una «pesadilla de arqueólogo clásico», el cliché
de una tecnología que balbucea durante veinticinco mil años para
alzarse bruscamente hace dos siglos y batir todas las marcas de
velocidad, debe ser un delirio de orgullo del propio arqueólogo,
decididamente neurótico.
La economía de las hipótesis debería implicar la hipótesis de
tecnologías avanzadas en civilizaciones anteriores a la Historia. Esta
hipótesis puede ser más digna del estudio experimental que la de la
«magia primitiva», fruto de una interpretación subjetiva y literaria.
Sin embargo, dice el arqueólogo clásico, si existieron técnicas
avanzadas en el pasado, ¿por qué no dejaron huellas? Pues bien: sí
que dejaron huellas. Y tal vez encontraríamos más, sí las mentes
estuviesen dispuestas a buscarlas.
En 1930, un ingeniero alemán, que había venido a reparar el
alcantarillado de Bagdad, encontró en los sótanos del museo de esta
ciudad una caja que contenía «diversos objetos de culto» no
clasificados. De este modo descubrió Wilhelm Kóning una pila
eléctrica de dos mil años de antigüedad. John Campbell, en 1938,
dio cierta publicidad a este asunto en su revista Analog, y entonces
la Universidad de Pensilvania adquirió el extraño y pequeño objeto
(su altura es de quince centímetros) y confirmó seguidamente que se
trataba, en efecto, de una pila a base de hierro, cobre, un electrólito
y asfalto como aislante.
¿Una técnica olvidada, o desechada inmediatamente después de
su descubrimiento? ¿Un procedimiento de doradura empleado en los
templos y desdeñado después? ¿Un instrumento de los sacerdotes
para «hacer milagros»? ¿O un vestigio de conocimientos y prácticas
anteriores a los hombres de hace dos mil años y que éstos echaron a
la basura, por ignorancia e incapacidad?
Parece que, en 1967, se hicieron otros descubrimientos en el
mismo museo de Bagdad. Esperamos información.
En 1901, ante la costa de la isla de Anti-Citera, del archipiélago
griego, es sacada del mar un ánfora del siglo II antes de J. C. El
ánfora está sellada. Se advierte que contiene un objeto metálico
bastante grande y completamente oxidado. En 1946, y con objeto de
recuperar materiales abandonados en los campos de batalla, se
perfecciona un nuevo procedimiento de recuperación de objetos
oxidados.
En 1960, un profesor de Oxford, Dereck de Solla Price, concibe
la idea de emplear este procedimiento para descubrir la naturaleza
del herrumbroso objeto contenido en el ánfora de Anti-Citera. Al ser
ésta desoxidada y reconstituida, se observa que se trata de una
aparato especial de bronce, destinado a calcular la posición de los
planetas del sistema solar. No se puede fijar la fecha de este bronce.
El barco griego que se hundió hace dos mil años, ¿transportaba
en esta ánfora una máquina muy antigua, cuya utilidad ignoraban?
En su obra La ciencia después de Babilonia, Dereck de Solía Price
considera que hay «algo espantoso» en este descubrimiento, y pide
una revisión de la arqueología.
El doctor Berasoe (trabajos citados por el profesor Kaj Birket-
Smith) descubrió, en 1965, una técnica de doradura, desconocida en
la actualidad y que se utilizó en el Ecuador alrededor del año 1000 y
hasta la llegada de los españoles. Se recubría el objeto que había que
dorar con una aleación fácilmente fundible de cobre y oro. Después,
se martilleaba y se calentaba. El cobre se transformaba en un óxido
que se disolvía en un ácido vegetal, la savia del árbol Oxalis
Pubescens. Y quedaba la capa de oro.
Esta técnica, que hubiese podido patentarse en 1965, es más
sencilla que el método por amalgama o por electrólisis. ¿Por qué no
pensar que ciertas realizaciones que a priori consideramos
imposibles en el pasado, pudieron efectuarse a base de
procedimientos que ignoramos? ¿Es nuestra tecnología la única
eficaz? La Naturaleza, que, sin tomar partido, entrega sus secretos
tanto al marxista como al capitalista, pudo muy bien favorecer al
pasado «prelógico», lo mismo que a nuestro presente progresista.
¿Debemos decir, para rechazar esta turbadora hipótesis, que tales
descubrimientos tecnológicos fueron producto de la casualidad?
En el caso de la doradura, se trata de un procedimiento
complejo, con cuatro fases sucesivas de operación. Entonces, para
rechazarla de otro modo, ¿habremos de apelar a bruscas
inspiraciones, conseguidas en estado de éxtasis? Otro ejemplo:
Robert von Heine-Geldern comprobó que las técnicas de fundición
del bronce empleadas en el Perú y en Tonquín 2000 años antes de
J. C., se parecen hasta tal punto que no puede tratarse de una mera
coincidencia.
Presume que estas técnicas pudieron llevarlas ciertos viajeros
desde Tonquín al Perú. Pero nos gustaría saber cómo se desplazaban
estos viajeros, y por qué llevaban consigo un manual de metalurgia.
La economía de las hipótesis nos inclinaría a imaginar una fuente
común. Interrogantes, interrogantes… Pero aún los hay más
turbadores o estrafalarios.
El 13 de febrero de 1961, en California, a unos diez kilómetros
al norte de Olancha, Mike Mikesell, Wallace y Virginia Maxey se
dedicaban a recoger geodas. Las geodas son piedras esféricas u
ovoides, huecas y con el interior recubierto de cristales. Las
recogían para su tienda de piedras raras y de regalos. A veces, las
geodas contenían piedras finas, que vendían también.
Recogieron una piedra que tomaron por una geoda, a pesar de
que presentaba vestigios de conchas fósiles. Al día siguiente,
cortaron la falsa geoda en dos, por medio de su sierra diamantina.
La piedra no era hueca. Lo que obtuvieron fue la sección de un
material de porcelana o de cerámica, extraordinariamente duro, con
una brillante espiga metálica de dos milímetros en su centro.
Varios miembros de la Sociedad Charles Fort, investigadores de
hechos extraños y amantes de lo insólito, examinaron con rayos Y
aquel conjunto (cerámica, cobre, espiga metálica) que hace pensar
en un vestigio de equipo eléctrico. Los propietarios de la «geoda»
misteriosa acaban de ponerla a la venta por un precio de 25 000
dólares. Si este objeto no está, según parece, envuelto en una
concreción lodosa, sino en una capa sedimentaria, nos hallamos en
presencia de un formidable enigma.
Evidentemente, no referimos esta historia con la intención de
desencadenar una revolución en arqueología. Queremos indicar,
sencillamente, que son innumerables los interrogantes de esta índole a los
que no se ha dado respuesta definitivamente satisfactoria. Pero, el día
menos pensado, cualquier «hecho maligno puede venir a desacreditar para
siempre una deliciosa generalización», según escribió Huxley, y la historia
de los hombres se nos aparecerá bajo una nueva luz.
Sabemos muy bien nosotros, los pobres y curiosos aficionados, que
conviene soñar sin dejar que los sueños se apoderen del mando. Pero los
sueños están permitidos. E incluso podría ser que fuesen altamente
recomendables para hurgar en el pasado. Es el arma principal de combate
contra la profunda oscuridad de los tiempos sumergidos.
Y el combate contra el tiempo es la única actividad digna del hombre
que siente, que sabe que hay algo eterno dentro de él.
CAPÍTULO II
Un estadístico de las cavernas
Cuando los turistas gastrónomos observan un religioso silencio. — La Prehistoria, desde
Boucher de Perthes hasta el abate Breuil. — El estupor de Altamira. — La explicación por la
caza mágica. Un etnólogo que hace mecanografía. — Un repertorio estadístico de signos. — El
simbolismo masculino y femenino. — La topografía de las cavernas. — Una catedral-matriz. —
El extraño pudor. — Donde Leroi-Gourhan descubre a unos metafísicos.
Cuando, después de un suculento almuerzo perigordino en cualquier
restaurante de Montignac o de las Eyzies, el turista sube de nuevo a su
coche para ir a Lascaux, suele obedecer al rito de las etapas gastronómicas,
más que a una verdadera curiosidad: no se pasa por Montignac sin visitar
Lascaux. Hay que haber visto Lascaux. Se llega, pues, a la famosa pradera,
y se desciende, charlando, la corta escalera que lleva a la rotonda.
De momento, sólo el suelo aparece iluminado. Durante unos minutos,
los visitantes se apretujan alrededor del guía. Como no se ve nada, siguen
charlando. Después se enciende la luz, y las pinturas surgen de la sombra,
rojas y negras, sobre la admirable blancura de la pared.
Y entonces se repite, una vez más, como siempre, la misma
extraordinaria escena. Hombres y mujeres, hijos del siglo XX, que, en su
inmensa mayoría, no saben nada de Prehistoria, y para quienes las palabras
paleolítico, magdaleniense y parietal no tienen ningún sentido, se sienten,
sin excepción, embargados por un estupor sagrado. Se hace un profundo
silencio. El grupo, sometido aún a los efectos de la trufa y el foie-gras,
siente el peso formidable de la presencia de unos hombres que, hace 150 o
200 siglos, vinieron aquí a expresar por medio de la pintura las más altas
aspiraciones de su espíritu y de su corazón.
Una vez terminada la visita, el silencio se prolongará durante mucho
rato. ¿Qué significan estas pinturas extraordinarias? ¿A qué ideas
obedecieron sus autores? Con frecuencia, la visita a Lascaux despierta una
sed de saber insospechada unos momentos antes. Los libreros de Montignac
lo saben muy bien, pues venden mucho más después de la visita que antes
de ésta.
El hecho de que Lascaux mereciese, por la belleza de sus pinturas, el
nombre de «Capilla Sixtina de la Prehistoria» (y, a decir verdad, no
sabemos cuál de estos dos lugares deben sentirse más alabado), y de que
esta Capilla Sixtina fuese pintada hace tantísimo tiempo, plantea a toda
mente reflexiva un problema de tal envergadura, que se conciben muy bien
las pasiones en medio de las cuales se ha desarrollado la ciencia
prehistórica.
Boucher de Perthes luchó treinta años para hacer admitir la existencia
del hombre fósil: desde 1828 hasta 1859. Parece que la terquedad de estas
luchas de ideas, y con frecuencia de personas, ha perseguido a la Prehistoria
hasta nuestros días, como un pecado original. Aunque los descubrimientos
se sucedieron sin interrupción desde la época en que Boucher de Perthes
recogió, cerca de Abbeville, las primeras hachas de piedra tallada,
identificándolas por lo que eran en realidad, la ciencia de la Prehistoria no
había conseguido nunca, hasta hoy, actualizar los métodos de una ciencia
rigurosamente objetiva e impersonal, salvo en un aspecto concreto, el del
contexto estratigráfico.
Cuando un prehistoriador descubre un objeto enterrado describe los
otros objetos encontrados al mismo nivel (a la misma profundidad) que
aquél, y, sobre todo, los restos fósiles, osamentas y vestigios diversos de
seres vivos, animales y vegetales. Nadie discutirá esta descripción, si está
bien hecha. Hasta hoy, era ésta la única materia sobre la cual los
prehistoriadores podían tener la seguridad de que la discusión de sus
trabajos no se convertiría en seguida en un debate personal.
Esta inseguridad del prehistoriador, ya muy desagradable en el pasado
siglo, cuando sólo se trataba de dictaminar sobre objetos encontrados en
capas del suelo identificadas desde hacía tiempo por los geólogos, se hace
obsesiva a partir de los primeros años del siglo actual, cuando ya no puede
negarse la autenticidad de las cavernas decoradas de pinturas y se plantea el
problema de establecer su cronología. Y es que la inmensa mayoría de las
obras de arte pintadas o grabadas en las paredes de las cavernas no ofrecen
nada más a la vista del que las examina, salvo ellas mismas.
¡Aquí tenemos un bisonte pintado. Es un cuadro; digamos, más bien, un
fresco. ¿Cómo saber (para emplear la terminología establecida con la ayuda
de los objetos encontrados en el suelo, que los prehistoriadores llaman
mobiliario) si corresponde al solutrense o al magdaleniense? Si uno se
equivoca, su error puede ser de diez mil años! ¿A qué métodos hay que
recurrir? Lo esencial de las posibles respuestas a esta pregunta coincide
prácticamente con la obra inmensa de un gigante de la Prehistoria: el abate
Breuil. En el momento en que el abate Breuil empieza a estudiar sus
primeras cavernas, alrededor del año 1900, la ciencia prehistórica posee ya
una gran experiencia.
Pero, en lo tocante a las cavernas decoradas, existe un vacío total. No
hay nada, o casi nada. Dotado de una formidable capacidad de trabajo y de
lectura, incapaz de retroceder ante cualquier dificultad intelectual o física
(con frecuencia, para llegar a la obra de arte parietal, es decir, pintada o
grabada en un muro de roca subterráneo, hay que trepar… escalar,
sumergirse en agua helada, etcétera), poseedor de un olfato especial para lo
que pasaba inadvertido a los demás, notable dibujante, y sumando a su
imaginación creadora un vivo espíritu crítico que habrán de temer sus
posibles adversarios, el joven eclesiástico es, indiscutiblemente, el amo de
la situación.
Clasificando las superposiciones de los dibujos, comparando los estilos
por sus afinidades, poniendo de manifiesto las líneas evolutivas de las
formas, de los medios, de las técnicas, creará, casi totalmente, a costa de
medio siglo de trabajo y reflexión, la cronología de este arte enterrado por
los siglos. Para encontrar, en las ciencias de la vida, una obra parecida a la
suya, tenemos que remontarnos a Cuvier o, tal vez, a Linneo.
Sin embargo, el genio mismo de Breuil no hace sino agravar el carácter
subjetivo de la ciencia por él creada. Pues, ¿a qué hay que atribuir sus
descubrimientos? ¿A un método? Rotundamente, no. Es su inagotable
fecundidad de trabajo y de imaginación la que saca de la sombra todos estos
siglos perdidos. Breuil es un empírico que posee dotes fantásticas. Enseña
resultados, no un método. Para seguir sus pisadas, habría que ser como él.
Ahora bien, allá por el año 1945, un joven etnólogo, apasionado por la
Prehistoria (pero que no era discípulo del abate Breuil), reflexionó sobre
aquella situación de una ciencia por la que se sentía irresistiblemente
atraído. André Leroi-Gourhan era, por naturaleza, la viva antítesis de
Breuil: tan frío y reservado, como fogoso podía ser Breuil; tan preocupado
por el curso de sus propias ideas y de las de los demás, como podía Breuil
mostrarse personal. Pero ambos tenían en común la paciencia, la
imaginación creadora y la probidad científica.
Alrededor de 1947, Leroi-Gourhan inició la tarea de poner en claro
métodos objetivos para establecer una cronología del arte prehistórico.
Sistemáticamente, año tras año, estudió minuciosamente la inmensa
mayoría de las cavernas ornadas. Y, allí mismo donde Breuil había pasado
años bajo tierra, trazando sobre el papel, uno a uno, millares de diseños de
grabados y pinturas, Leroi-Gourhan pasó años midiendo, situando,
contando.
Por primera vez, los datos numéricos venían a sumarse, poco a poco, a
los insustituibles croquis de Breuil.
«El material que he utilizado —escribió— está compuesta por 2188 figuras de animales,
distribuidas en 66 cavernas o abrigos decorados, que estudié sobre el terreno… Por orden de
frecuencia, pude encontrar 610 caballos, 510 bisontes, 205 mamuts, 176 rebecos, 137 bueyes,
135 corzas, 112 ciervos, 84 renos, 36 osos, 29 leones, 15 rinocerontes…, 8 gamos megáceros, 3
carnívoros imprecos, 2 jabalíes, 2 camellos, 6 pájaros, 9 monstruos…».
Pero mientras todos los datos estadísticos, hasta entonces despreciados,
se amontonaban en los ficheros, empezaba a imponerse, poco a poco, en la
mente del investigador la imagen de un orden, siempre igual, de los
animales y los signos en las cavernas.
Esta imagen de un orden particularísimo de los motivos pintados
arrojará una luz extraordinaria sobre nuestros antepasados de hace veinte o
treinta mil años. En lo sucesivo, tendremos que dejar de considerarlos como
hechiceros salvajes obsesionados por la caza, como primitivos oscuros que
bailaban alrededor de los tótems de la caza. En lo sucesivo, tendremos que
sentir más respeto por ellos y formularnos complicadas preguntas sobre el
funcionamiento de la mente humana en las edades remotas.
En lo sucesivo, la revelación de una figuración infinitamente más
elevada, más sutil, más rica en abstracciones, que la de simples
invocaciones para la alimentación de la tribu, pondrá fin a una
contradicción que hubiese debido preocuparnos desde hace mucho tiempo:
la contradicción entre el arte consumado del dibujo y su alta calidad de
signo gráfico elaborado, y la significación primitiva que les atribuyó la
etnografía hasta nuestros días.
Todos nuestros conocimientos sobre la Prehistoria tienen que ser
revisados por medio del método estrictamente objetivo e impersonal de
cifras estadísticas instaurado por Leroi-Gourhan.
En 1879, Marcelino Santuola y su hija afirmaron que las cuevas de
Altamira, cerca de Santander, ocultaban pinturas ejecutadas por hombres
prehistóricos. Los prehistoriadores se echaron a reír a mandíbula batiente.
Esta risa duró veinte años. Después, el abate Breuil y Cartailhac fueron a
ver qué era aquello, y la risa dio paso al estupor. Las pinturas eran
auténticas. Indudablemente, eran obra de los hombres del paleolítico. Y no
eran menos bellas que la mejor pintura moderna.
El estupor no es una actitud científica, y los sabios sienten horror por
este sentimiento. La necesidad de encontrar una explicación era tanto más
apremiante cuanto que los descubrimientos de grutas decoradas se
aumentaban todos los años, y Altamira no podía ser una excepción
desprovista de sentido: era evidente que la caverna, y sobre todo, al parecer,
la caverna profunda, la de la eterna noche, había representado una función
esencial en la psicología de nuestros remotos antepasados. Fue la
etnografía, ciencia a la sazón en sus albores, la que suministró la
explicación.
Como quiera que se había visto a los primitivos del siglo XX practicar
magias de caza, bailar ante representaciones de animales con fines de
hechizo, pintar sobre el dibujo de un antílope o de un cebú un trazo que
representaba una flecha, se presumió que el hombre paleolítico había hecho
lo mismo que ellos. Y era tal la necesidad de una explicación, y de una
explicación lo más inofensiva posible, que esta presunción fue aceptada
inmediatamente.
No importó que algunos objetasen que, incluso los primitivos actuales
que practican el embrujo cinegético recurren igualmente al hechizo para la
guerra; que conocemos cráneos prehistóricos con evidentes señales de
violencia; que nuestros antepasados combatían, pues, a veces, entre ellos, y
que, a pesar de todo, casi sólo se encuentran animales en las cavernas:
existía una explicación, y no iba a prescindirse de ella por tan poca cosa.
Hasta el punto de que, desde hace medio siglo, el sonsonete del pobre
salvaje embrutecido y bestial, bailando en el fondo de las grutas ante un
bisonte pintado, en la creencia de que así preparaba su victoria sobre el
bisonte galopante, no ha dejado nunca de zumbar en nuestros oídos.
Que la etnografía fuese como una caja abierta, en la que bastaba hurgar
un poco para encontrar, creyendo descubrirlas, las ideas que uno llevaba ya
en su equipaje, fue algo que, por lo visto, no preocupó a nadie, y menos a
los prehistoriadores. Poner en duda el hechizo de caza ante los mamuts de
Rouffignac o los ciervos de la Pasiega, era delirar peligrosamente, buscar
tres pies al gato, abrir la puerta a inquietantes fantasías.
Pero, mientras tanto, los etnólogos descubrían, poco a poco, al hombre
contemporáneo real, primitivo o civilizado, y comprendían que no se le
puede encerrar en ninguna fórmula, que es infinitamente variable y variado,
que se puede esperar todo y nada de él. Y, si los hombres del siglo XX
presentaban tantas diversidades, ¿no era muy aventurado tratar de explicar a
sus antepasados de 20 000 años atrás partiendo de observaciones actuales?
Así, cuando Leroi-Gourhan quiso buscar un camino objetivo que le
condujese al alma del paleolítico, su primer cuidado fue huir de las
facilidades que le ofrecía la encrucijada del esquimal y del australiano. Con
ello, no se negaba a priori a llegar a una explicación derivada de la
etnografía, sino que solamente se negaba a llevar esta explicación en su
maleta.
El método seguido fue el análisis estadístico de 72 conjuntos parietales
estudiados en 66 cavernas, que representaban, prácticamente, todo el arte
parietal europeo (existen 110 lugares ornados, pero los 44 no estudiados por
Leroi-Gourhan son pobres en decoración). A base de los documentos
recogidos, efectuó un cálculo sistemático, en el que intervinieron la
mecanografía y los planos perforados. ¿Adónde habían de llevar estos
cálculos estadísticos? Sencillamente, a destruir la teoría de la magia
cinegética y a revelarnos, en el hombre de la última glaciación, un ser tan
complejo como nosotros mismos.
Para empezar, dejemos que hablen los números. El 91 por ciento de los
bisontes, el 92 por ciento de los bueyes y el 86 por ciento de los caballos
aparecen representados en la composición central de las cavernas
decoradas. En consecuencia, estos animales faltan prácticamente en las
otras partes. Contrariamente, la composición central sólo cuenta con el 8
por ciento de las corzas, el 20 por ciento de los renos, el 9 por ciento de los
ciervos, el 4 por ciento de los rebecos, el 8 por ciento de los osos y el 11 por
ciento de los felinos existentes en el conjunto de las mismas cavernas.
Estos primeros porcentajes nos muestran, sin equivocación posible, que
algunos animales están casi siempre en la composición central y que otros
no aparecen casi nunca en ella. ¿Por qué? Conseguido este resultado, el
estadístico podría dejarse llevar por la especulación: el hombre paleolítico
apreciaba especialmente el bisonte o el buey, o bien estos animales eran
relativamente más numerosos (cosa que, por otra parte, desmienten los
vestigios fósiles). Pero el calculador se niega a especular: se atiene a su
método, que consiste en fiarse únicamente de los hechos que pueden
expresarse en cifras.
Como todos sus colegas, desde que empezaron las exploraciones de las
cavernas decoradas, Leroi-Gourhan observó que en éstas, aparte de las
representaciones animales, abundaban ciertos signos, que siempre eran
aproximadamente los mismos. Estos signos habían dado pie a infinitas
suposiciones. Para unos, eran objetos más o menos esquematizados; para
otros, carteles indicadores para guía del peregrino, y para otros, garabatos
sin interés, o incluso la firma del artista.
Leroi-Gourhan se limita, de momento, a clasificarlos según sus formas,
estableciendo lo que él llama su tipología. Y entonces advierte que todos
estos signos, considerados estrictamente desde el punto de vista de su
dibujo, derivan de algunas formas iniciales que son, esencialmente, el falo,
la vulva y el perfil de una mujer desnuda. Hay, pues, signos masculinos y
signos femeninos.
Muy bien. Y estos signos, ¿en qué parte de la caverna se encuentran?
También aquí, la cosa es simple: basta contarlos. Y las cifras obtenidas
(omitiremos el detalle de los porcentajes, habida cuenta del gran número de
signos) nos muestran, sencillamente, que la casi totalidad de los signos
femeninos se encuentran en la composición central y en los divertículos (o
cavidades laterales de la caverna). En cambio, sólo se encuentra allí un 34
por ciento de los signos masculinos, e incluso, casi siempre, acoplados con
signos femeninos.
En la caverna decorada del hombre paleolítico hay, pues, sectores con
simbolismo masculino, y otros con simbolismo femenino. Y, habida cuenta
de que los mismos animales tienden a figurar en los mismos sitios, el propio
mundo animal se encuentra, en su conjunto, repartido en una inmensa
zoogonía bisexuada. El bisonte, el buey y el caballo están cargados de un
simbolismo femenino, lo mismo que el centro de la caverna en que
aparecen. Pero una cierta proporción de signos abstractos machos (34 por
ciento) se encuentran en el centro, con figuras femeninas.
Así, en las cavernas, resulta evidente que existen tres grupos de figuras
de machos en la entrada, machos y hembras en el centro, y machos en el
fondo. Desde el período más antiguo, las figuras humanas se esquematizan
mediante la representación de los órganos de la reproducción, traducidos en
símbolos gráficos más o menos abstractos. Sin embargo, su sentido sigue
siendo inteligible, pues, en diversas épocas, reaparecen las representaciones
completas del hombre y de la mujer.
Podemos llevar mucho más lejos el análisis del simbolismo topográfico
y sexual. La caverna comprende, en general, seis tipos de localización, cada
uno de los cuales tiene su sentido: la composición central, los divertículos,
la galería, la entrada, los «pasadizos» y el fondo.
Es curioso observar que las representaciones de la mano humana
generalmente obtenida en negativo, apoyando la mano en la pared y
soplando pintura líquida a su alrededor, o bien ejerciendo presión, se hallan
casi todas en la entrada de la gruta y en la composición central. También es
chocante que casi todos los signos femeninos que no figuran en la
composición central y en los divertículos, se encuentran en la entrada,
acoplados con signos masculinos.
¿Qué significa todo esto?
Objetivamente y por encima de cualquier otra interpretación, significa
que la caverna decorada está organizada en función de una metafísica
desconocida, pero tan exigente en su simbolismo como la metafísica
cristiana. De la misma manera que el templo católico tiene, en principio,
doce pilares representativos de los doce Apóstoles; de la misma manera que
los cuadros del Vía Crucis siguen siempre un mismo orden, desde la
izquierda del altar hasta la entrada y desde la entrada a la derecha del altar,
así la caverna prehistórica decorada se halla sometida a un ordenamiento
figurativo, notablemente constante en toda la extensa zona de Europa
occidental donde se encuentra, y durante los milenios en que fue habitada.
Naturalmente, esta constancia no deja de tener sus variaciones, y hay
estilos de lugar y estilos de época, como tenemos, actualmente, el románico
borgoñón y el jesuita español.
Pero la organización general sigue siendo fiel a la concepción de un
mundo dividido entre dos sexos opuestos. Ciertos indicios, a veces difíciles
de descifrar pero siempre turbadores, inducen a pensar que la propia
caverna era considerada como un formidable símbolo natural del vientre de
la mujer. Por ejemplo; los estrechos pasadizos aparecen frecuentemente
embadurnados de rojo. Y la parte de gruta en que dominan los animales de
la feminidad se encuentra frecuentemente marcado, ora con signos
masculinos abstractos, era con manos, como para recalcar la posesión o, tal
vez, la presencia humana. En fin, como hemos visto, la entrada y el fondo
de la caverna están frecuentemente dedicados al simbolismo macho.
Pero la sola explicación por el universo del sexo y de la fecundidad
resulta insuficiente. Si consideramos estos maravillosos conjuntos gráficos,
no parece que nos hallemos en presencia de toscas representaciones. Las
famosas «hembras grávidas» de la etnografía clásica no son más ni menos
«grávidas» que los membrudos caballos sementales de la pintura china, y,
en el arte parietal, parece que en parte alguna se reproduce el sexo por el
sexo.
Lo que caracteriza este arte, aparentemente dominado por el acto
reproductor, es su extraordinario pudor, su deliberada propensión al
simbolismo, a la abstracción. Así como los signos sexuales abstractos están
presentes en todas partes, los hombres de las cavernas, a pesar de estar
dotados de un deslumbrante genio plástico, ¡no dibujaron una sola vez la
menor escena de apareamiento!
Los escasos hombres que son representados en erección (itifalos, como
dicen los prehistoriadores, por herencia puritana) aparecen esbozados sin el
menor realismo. Incluso muestran, en general, como el célebre cadáver
itifalo del pozo de Lascaux, rasgos animales que subrayan su carácter
simbólico.
Si no se trata del sexo por sí mismo, ni del sexo por la fecundidad, ¿cuál
fue la intención de los pintores? ¿Qué metafísica se encuentra implicada a
través de este simbolismo? Confesemos, dice Leroi-Gourhan, que lo
ignoramos en absoluto. Confesemos la modestia de nuestros conocimientos,
y que esos hombres de hace dos o trescientos siglos nos dejaron la escritura
indescifrable de una inteligencia compleja, sutil, cuya calidad presentimos,
aunque sin saber nada de su contenido.
Pero tal vez el mero hecho de haber descubierto que se trata de una
escritura, en cierto modo comparable a la contenida en el arte de las
catedrales, y de haber realizado este estudio según métodos científicos de
cálculo objetivo, es prometedor de que algún día llegaremos a descifrarla.
Entonces, perderemos unos «primitivos» y encontraremos unos hermanos
en los abismos del tiempo.
Sabremos quiénes fueron esos metafísicos, que poseían maravillosas
técnicas de arte y que se hundían en lo más profundo de la Tierra para
plasmar allí, con un afán de eternidad, los símbolos de su espiritualidad.
CAPÍTULO III
Los desconocidos de Australia
Unos penados desembarcan en mi tierra muda. — Los más pobres de todos los primitivos. — Se
les atribuía tres mil años, y tienen más de quince mil. — Los asombrosos descubrimientos de
Mulvaney. — Y la cosa apenas ha empezado. — ¿Deportación a un paraíso? — Destierro, o
reserva. — El fin de los tasmanios. — La exuberancia de Nueva Guinea. — La gran feria de la
Prehistoria. — El paso de «no importa quién». — Algunas fantasías sobre el continente del
silencio.
Separada de Asia antes de la aparición del homo sapiens (según la
cronología clásica), Australia es una extensión de tierra seca y casi llana, de
una superficie igual a la de los Estados Unidos. Montañas y ríos se
concentran en el Este; pero uno puede ir desde el golfo Carpentrias, al
Nordeste, hasta la costa sur, sin subir nunca a más de doscientos metros, y a
través de desiertos resecos y de polvorientas zonas de escasa vegetación.
Sin embargo, las huellas de ríos desecados desde hace milenios, y los
depósitos de sal, inducen a pensar que, a fines del pleistoceno o principios
del período posglacial, este continente desolado gozaba de un clima más
benigno, y que la vegetación verdeaba en las áridas extensiones hoy
pobladas de termites.
¿Son de estos remotos tiempos los primeros habitantes?
¿Por qué y cómo se produjo la inmigración?
¿Fue Australia, tradicionalmente, un lugar de destierro?
¿Fue llevada una parte de la raza humana a esa isla inmensa, sin mamíferos, sin bestias de
presa, poblada solamente de marsupiales, extraños herbívoros saltarines, como una
especie de reserva?
Cuando, en 1788, desembarcaron allí los blancos para arrojar a sus
penados en aquellos páramos lunares, no encontraron el menor vestigio de
templo o de pirámide, ni huellas de antiguas civilizaciones; sólo trescientos
mil aborígenes errantes, a razón de un ser humano por milla cuadrada, en
los valles del Este o en la costa, y de uno por treinta o cuarenta millas en el
resto de la isla.
A pesar de la diferencia entre la región húmeda y la inmensidad reseca,
no se percibía ninguna adaptación particular al medio, ni rastro de
agricultura; sólo caza, pesca, recolección de frutos silvestres, nomadismo.
El misterio de aquellas tierras mudas dio origen a muchas fantasías. Erle
Cox se imaginó una esfera de oro, enterrada en las profundidades, donde
dormían, desde tiempos muy remotos, un hombre y una mujer, testigos de
una civilización desaparecida.
Lovecraft soñó en bibliotecas y laboratorios subterráneos, abandonados
por visitantes no humanos. A partir de 1929, un poco de arqueología
sustituyó a la interrogación poética. Tal vez, en el futuro, una arqueología
abundante devolverá su valor a esta interrogación.
Pocos pueblos más pobres que los primeros moradores de Australia.
Nada de animales con cuernos o defensas, que pudiesen proporcionar
material para la fabricación de armas. Muy poco sílex y piedra de grano
fino. Mucho cuarzo, y nada más. Ningún vestigio de tumbas ni de
habitáculos. Ni cerámica, ni metales… ni piedras preciosas. Ningún rastro
de cultivo y ningún resto de animales domésticos, a excepción del perro, el
dingo. ¿De dónde vino este perro? ¿Desde cuándo es compañero del
aborigen?
Ciertas excavaciones efectuadas en los últimos años por D. J. Mulvaney,
en la región de Fromm’s Landing, sitúan su aparición en el tercer milenio
antes de J. C. Y es el dingo el que, juntamente con el hombre cazador, hizo
desaparecer numerosas especies, como el «planga de Tasmania» y el «lobo
de Tasmania». Durante millares de años, los únicos cambios en la ecología
fueron sin duda producidos por el hambre del dingo y del hombre cazador.
Pero, hasta 1960, se calculaba que los primeros pobladores de Australia
habían precedido en poco tiempo a los penados. A lo sumo, en tres mil
años. Hale y Tindale hicieron, en 1929, los primeros descubrimientos
arqueológicos en el valle del río Murray (Adelaida). En un lugar
resguardado por las rocas, excavaron una capa de depósitos estratificados
de seis metros de espesor.
En lo más profundo, encontraron puntas de proyectil de piedra; encima,
huesos de escasa longitud, afilados en los dos extremos, y que muy bien
podían ser anzuelos; por último, en la superficie, utensilios primitivos, de
hueso o de piedra, utilizados por los aborígenes locales. Según una muestra
de carbón, la antigüedad de la capa inferior es, aproximadamente, de tres
mil años.
En general, y hasta los trabajos de Mulvaney, se aceptó, en nuestra
última década, la teoría de Tindale y Hale. Había habido tres «culturas»: la
de los útiles de piedra, la de los útiles de hueso, y la de los primitivos
actuales, que emplean simultáneamente la piedra y el hueso. Durante
aquellos tres mil años, había habido diversas poblaciones, ya que había
diferentes «culturas». Era, evidentemente, una suposición no contradicha
por ningún rastro de migración hacia Australia.
Entre 1960 y 1964, Mulvaney excavó, en un abrigo rocoso del sur de
Queensland (Ken Niff Cave, en la dehesa de Mount Moffatt), una capa de
tres metros y medio de profundidad. Desenterró 850 proyectiles o
raspadores, en su mayoría de cuarcita. El método del carbono 14 permitió
fijar su antigüedad en dieciséis mil años. Nuevos trabajos realizados en
Sidney, Territorio del Norte, y en Victoria, Australia del Sur, permitieron a
Mulvaney formular una teoría más convincente.
A saber: no hubo «culturas» ni poblaciones diferentes, sino una
evolución, no determinada por el paso de la piedra al hueso, sino del
utensilio sin mango al utensilio con mango. Durante once mil años, los
ignorados hombres de Australia desconocieron el uso del mango. En las
capas correspondientes a unos tres mil años atrás, se encuentran mangos o
empuñaduras, resina de fijación, vestigios de cintas, correas de tripas o de
cabellos.
Hubo, pues, un singular estancamiento durante una decena de milenios,
seguido de un brusco progreso tecnológico, que se acelera en el último
milenio, en que vemos aparecer útiles de piedra más finamente trabajados,
cuchillos y laminitas, hojas de tijeras y gubias, como si se hubiese
levantado un «entredicho» y el hombre se hubiese liberado de una
obligación o de una fatalidad de permanencia.
Pero ¿qué sabemos de este hombre?
Existe una importante cantidad de informaciones, de tradiciones orales,
recogidas por los primeros colonizadores europeos. Sin embargo, las
leyendas, las costumbres y la tecnología embrionaria, observada con más o
menos seriedad, son insuficientes como elementos de interpretación del
pasado prehistórico.
¿En qué fecha puede fijarse la aparición de los primeros hombres en
Australia?
Cerca de Melbourne, en las canteras de piedra arenisca de Keilor, fue
descubierto, en 1940, un cráneo humano. Una prueba con carbono 14,
efectuada en un pedazo de carbón encontrado cerca de aquél, dio una
antigüedad de dieciséis mil años. Pero es imposible saber si el tal carbón
procedía de un fuego de campamento o tenía un origen natural, a pesar de
que en las cercanías se desenterraron también instrumentos de piedra.
En 1965, se descubrió en la misma región un esqueleto en buen estado
de conservación, y se obtuvo una antigüedad idéntica. La rareza de fósiles
humanos es extraordinaria, al menos en el estado actual de las
investigaciones. Una última indicación fue proporcionada por la
comparación con cráneos encontrados en Wadjak y en Saraxvak, en la isla
de Java, a los que se atribuye una antigüedad de cuarenta mil años.
Si pensamos en la extensión del continente y en el ínfimo número de
exhumaciones realizadas desde hace tan poco tiempo, comprendemos la
prudencia un poco triste de Mulvaney:
«Serán precisas —dice— muchas más excavaciones para llenar las lagunas de nuestros
conocimientos y autorizar un principio de generalización».
El dibujo de una mano humana, en la roca que domina la caverna de
Ken Niff, es obra reciente de los aborígenes. Ocupaban esta caverna, donde
se refugiaban sus antepasados, desde hace quince o cuarenta mil años.
Sin embargo, en Australia, como en todas partes, la investigación
moderna hace retroceder cada año, en varios milenios, el pasado humano.
Hoy podemos pensar que los desconocidos llegaron allí masivamente
cuando el clima estaba en su apogeo, cuando fluían ríos caudalosos, cuando
la vegetación rodeaba los lagos abundantes en peces, cuando los
gigantescos marsupiales herbívoros servían de alimento al inmigrante, a
falta de grandes animales de presa.
¿Por qué ruta marina se efectuó la inmigración?
¿Y por qué causa?
¿Fue el destierro de una raza?
¿Fue el establecimiento de una reserva en una tierra en que no existía el peligro?
¿Fue por temor a algún riesgo que amenazaba a la Humanidad?
¿Se trató de una especie de Arca de Noé?
¿O de un experimento por parte de los Superiores, que tal vez escogieron este inmenso
espacio desierto para depósito de su saber?
¿Llevarían grandes masas de peones para los trabajos de enterramiento de aquél?
Excavamos en las arenas del sueño, en el país de los canguros…
Pero si los buscadores se ven ayudados en Australia por la presencia de
los descendientes, por sus condiciones orales y sus lugares de refugio, no
puede decirse lo mismo de la isla de Tasmania, separada del continente por
el estrecho de Bass. Los blancos aniquilaron a los tasmanios.
Completamente.
A fines del siglo XIX no quedaba ni uno. Nosotros mismos cegamos toda
fuente de información. Algunas excavaciones han puesto de manifiesto
proyectiles de cuarzo tallado. Ni rastro de utensilios con mango. ¿Cómo
cruzaron los aborígenes el estrecho de Bass? Ciertos estudios del fondo del
mar permiten conjeturar que, en el pleistoceno, Tasmania estaba unida al
continente. Pero el mapa de la prehistoria australiana y tasmania sigue
siendo una inmensidad en blanco.
Nada puede explicar aún este extraño estancamiento tecnológico y
cultural. Nada, en fin, permite imaginar que los primeros australianos
vinieron de Nueva Guinea, tan considerable es la diferencia de nivel y de
actividad culturales entre ambas poblaciones.
Descubierta hace quinientos años, Nueva Guinea, que cuenta aún con
tierras inexploradas, está gobernada en parte por los australianos modernos,
que son segregacionistas. El Señor Administrador reina en Port-Moresby, la
ciudad de las caletas llenas de guijarros, de botellas vacías y de
embarcaciones podridas, donde se albergan los pobres indígenas,
aherrojados por los bajos salarios. Los viejos venidos de los bosques y que
fueron a parar allí, vagan borrachos por las calles bajas, y unas mujeres
embrutecidas, sentadas en el suelo, tratan de vender limones, nueces de
betel y collares de conchas.
El centro de la ciudad está dominado por un enclave rodeado de
alambre espinoso; los cuarteles de Murray. El Señor Jefe de la
Administración, que nada ha olvidado de los duros tiempos de las guerras
de tribu y de la gran inseguridad, opina que el país no está preparado para la
independencia y mantiene el espíritu represivo del tiempo de la
antropofagia (que aún no ha pasado del todo, hay que confesarlo) y de los
cazadores de cabezas.
Es un antiguo criador de caballos de carreras y granjero de Queensland,
ultraconservador, y que no siente interés particular por la etnografía. Su
ayudante es un antiguo enfermero. El país ha cambiado un poco. Se han
pacificado las tribus y se han abierto nuevas tierras, que eran
completamente salvajes hace veinticinco años. Los servicios de sanidad y
los misioneros han trabajo de firme. Aunque con dificultad, ha surgido una
pequeña élite indígena: hay quinientos estudiantes en la Universidad. Pero
siguen siendo indeseables.
El espíritu del colonizador no ha cambiado. Sus «bondades» suenan a
falso. Si se quiere proteger a un joven líder porgaiga, «para que aprenda
nuestra lengua y pueda transmitir a los nativos las ventajas de la
civilización», se le hace boy de un funcionario. Los contactos con las tribus
de los bosques han servido de poco al hombre blanco, ignorante de la
lengua, indiferente a las realidades humanas y culturales particulares. Para
los administradores, los aborígenes son «monos de los roquedales», o bien
«Oli». Esta palabra pidgin significa «no importa quién».
Si la independencia se produce pronto, apresurada por los odios y los
equívocos, sin un período intermedio suficiente en un pueblo despreciado,
el bosque volverá a cerrarse sobre sus misterios. Las tribus olvidarán el
breve paso de los blancos y volverán a su eternidad, hundiéndose, a través
de la blanca niebla, con sus pelucas en forma de bicornio napoleónico,
sacudidos por una tos constante, hacia los valles arcillosos de los
Highlands, a preparar, sobre piedras calentadas y envueltos en hojas de
plátano, los cuerpos de los últimos misioneros —meritísimos, por cierto—,
tal como hacen con los casuarios.
Pero los jóvenes responsables del país, aunque tropezando con inmensas
dificultades, sabrán quizás interpretar mejor que los australianos a sus
hermanos, comprender su rechazo de nuestro mundo y revelarnos su alma.
Cierto que volverán a sus bosques y a su magia, y que volverán a la caza del
ave del paraíso (que sólo puede derribarse con lanza y con flecha, pues el
fusil es tabú para este hermoso pájaro); y que serán los mismos que vinieron
(¿irónicamente?) a escuchar al Señor Administrador en la inauguración del
nuevo aeródromo de Koroba, con el cuerpo embadurnado de grasa de cerdo
o de pintura blanca, como aquel que llevaba un bolígrafo en la nariz, o
aquel otro que, desnudo, se había ceñido la frente con una cremallera, o
como aquel chiquillo que llevaba, por todo vestido, un par de gafas
pintadas…
En contraste con la unidad estancada del primitivismo aborigen
australiano, la finura y la multiplicidad cultural de Nueva Guinea son
asombrosas. Debido a la geografía, los hombres de las diferentes tribus se
comunican poco y viven en valles cerrados. Pero en cada uno de éstos hay
una efervescencia considerable.
Se hablan quinientas lenguas diferentes, o sea la décima parte de las que
se hablan en todo el mundo, y algunas de ellas resultan sumamente
complicadas. La lengua duna, por ejemplo, que clasifica las criaturas vivas
en categorías (las que vuelan, las que caminan y las inferiores, las que se
arrastran: los cerdos y las mujeres), posee un vasto vocabulario cuyas
variantes son de tono, como en chino.
La diversidad de indumentaria, de decoración, de costumbres y de
tradiciones culmina en este pueblo, que ignora el concepto de unidad y que
es, sin duda, el más igualitario y el más independiente del planeta. Sin
soberanos, sin caudillos hereditarios, sólo elige un jefe en caso de conflicto,
para que les dirija en el combate.
Parece que los hombres de Nueva Guinea se vanaglorian de la
perennidad de sus costumbres, y, lejos de querer imitar a los blancos,
afirman su singularidad delante de éstos con apasionamiento y con una
especie de burlona satisfacción. Leo Hannet, el más conocido de los jóvenes
líderes guineanos, que se formó en una misión católica y, después, en la
Universidad, admira a Camus, a Luther King, a Kennedy y a Senghor.
Si debe empuñar un día las riendas del poder en su país, se opondrá al
desarraigo de sus hermanos, a la emigración a las ciudades frías y
artificiales, y procurará que la civilización y la tradición se emparejen en el
mundo real, en las pequeñas aldeas, en los claros del bosque, donde se
cultiva la batata. Una tierra sólida, una naturaleza y unos hombres
borrachos de colores y de libertad. En el bosque fresco, los árboles rezuman
continuamente. Al amanecer, los valles de los Highlands son como ríos de
niebla lechosa, en los que nadan los porteadores.
En las alturas, cuando aparece el sol, el suelo se cubre de mariposas
amarillas y negras, que extienden sus alas para secarlas. ¿Qué diálogo
podría establecerse entre los blancos, ávidos y abstractos, con su hormigón
y sus gráficos, y esos hombres sumergidos en paisajes dalinianos, que
dibujan flores sobre sus piernas y se tocan con plumas de loro y de ave del
paraíso? Un mes de agosto, hace diez años, los blancos organizaron, en
Mount Hagen, una exposición de animales de corral y de máquinas
agrícolas.
Se tenía el proyecto de celebrar esta feria cada dos años. Los indígenas
tuvieron noticia de ella y fueron a ver lo que pasaba. Las tribus salieron de
los bosques, con sus trajes de fiesta. Cuando la feria siguiente, eran tan
numerosos que tomaron la delantera a los granjeros australianos y
holandeses, organizando la única y formidable «bienal de la prehistoria» del
mundo. Después, no hubo más remedio que dejarles hacer.
Y cada año, en agosto, acuden para mostrar a los blancos, y a ellos
mismos, lo que son. Tribus que antes no se trataban, se reúnen, bailan,
cantan y lanzan sus gritos de guerra, blandiendo lanzas, arcos y flechas. Son
veinte mil en el ruedo; la tierra tiembla, y los turistas fotógrafos se exponen
a ser pisoteados. Los asaros, los kandeps, los chimbusn, los hewas y los
laiagaps, han caminado días y noches enteros, cruzando valles y bosques —
en los que el viajero no suele encontrar más de cien hombres en varias
semanas—, para conmemorar, frente a los blancos, el mundo antiguo.
Allí están los porpaigas, con sus pelucas adornadas con botones de oro,
y sus collares de dientes de perro, y sus taparrabos de conchas. Allí están
los dunas, que viven en chozas, separados los hombres de las mujeres, con
las que sólo se encuentran en los matorrales, y que se pintan el rostro de
rojo y amarillo para la iniciación, y se atraviesan el tabique nasal con una
pluma azul tan larga que sus extremos les rozan los hombros.
Y allí están los hombrecillos del río Asaro, que son los más extraños y
repelentes, enteramente embadurnados de barro ocre y gris, con toscas
máscaras confeccionadas con el mismo barro; personajes de los orígenes,
desmañados, terroríficos, dolorosos… Pero hay que vender los tractores y
las vacas de concurso.
Por la tarde, los organizadores de la feria blanca reúnen a viva fuerza a
estos millares de testigos de la eternidad mágica, para que el señor ministro
pueda pronunciar su discurso, y desfile el Ejército, y se celebre el partido de
polo. Después, los curiosos emprenden el regreso a Port-Moresby,
dominado por su prisión. Y las tribus se marchan también, para diluirse en
las lejanas tierras pobladas de mariposas…
¿Por qué esta exuberancia en Nueva Guinea, y este estancamiento en
Australia? No parece que existieran contactos. Los mitos de Australia
oriental refieren que la Tierra emergió progresivamente de un mar original,
pero no hablan de visitas, ni de viajes.
Todos ellos guardan relación con los «tiempos del Sueño», eternamente
presentes y fuente de toda vida, reino de los héroes celestes creadores,
padres del chamanismo, que moraban en el Cielo, en un lugar en que
abundaban el agua fresca y los cristales de cuarzo. Éstos son los Dioses que
rigen la procreación y la muerte, cosas sobrenaturales ambas. Otro héroe,
que ora parece sabio, ora tonto, fue el mediador entre los Dioses y los
hombres, a los que aportó rudimentos de conocimiento, de técnica y de
medicina mágica.
En todos estos mitos, recogidos vagamente de la tradición oral, parece
flotar un tabú contra el cambio y la evasión, como si esta inmensidad
aislada estuviese destinada al confinamiento.
En 1963, llegó hasta nosotros una información singular, totalmente
desconcertante. En un terreno australiano resguardado por rocas se había
descubierto un depósito de monedas egipcias, cuyo escondrijo databa
aproximadamente de cuatro mil años atrás. Los lectores que nos
comunicaron esta información se referían a ciertas revistas bastante oscuras,
mientras que ninguna publicación arqueológica había mencionado este
descubrimiento.
Sin embargo, la revista soviética, de gran difusión, Teknika Molodeji,
que dedica una sección regular a los hechos inexplicados, comentados por
personas autorizadas, se hizo eco de esta noticia y publicó fotografías de las
piezas desenterradas. Si se confirmase este descubrimiento, que, como es
natural, debe ser considerado con suma prudencia por el arqueólogo, se
plantearían enormes interrogantes.
Resultaría difícil imaginar una expedición egipcia a Australia, dado que
conocemos sus medios de navegación. ¿Qué viajero, exploradores del
mundo hace cuatro mil años, habrían ido a depositar aquel caudal en suelo
australiano? Lo cual nos lleva de nuevo a nuestra hipótesis: ¿Fue
tradicionalmente este continente un lugar de depósito, un inmenso
escondrijo, utilizado por visitantes del exterior o por una raza desconocida,
que organizó también una deportación de hombres mantenidos en la
ignorancia?
Evidentemente, esto no es más que una interrogación romántica,
sobreañadida al misterio de la población original de Australia, que creíamos
reciente, pero que las escasas excavaciones practicadas desde hace diez
años hacen remontar al paleolítico. Esperemos que una investigación más
sistemática revele los secretos de esta tierra «olvidada por el tiempo», como
decía Borroughs.
CAPÍTULO IV
Sobre la comunicación de los mundos
La ascensión del joven Bingham. — Machu Picchu. — El enigma de Tiahuanaco. — Las balizas
del llano de Nazca. — Fenicios en el Brasil. — Coincidencias de lenguaje y de objetos. — Un
viaje de Benvenuto Cellini. — Japoneses en el Ecuador. — ¿Una ciudad en Amazonia? — El
coronel Faucett y el explorador Varrill. — El cristal desconocido. Una cárcel misteriosa.
Una mañana de julio de 1911, un granjero indígena, un militar peruano y un
joven profesor de la Universidad de Yale, llamado Hiram Bingham,
caminan sobre un frágil puente de ramas y sarmientos, tendido sobre el
vacío, entre dos bloques de roca gigantescos. En el fondo del abismo, ruge
el Urubamba, que vierte sus aguas en el Amazonas.
Los hombres prosiguen su escalada, agarrándose a los árboles que
brotan de la pared cortada a pico, y descubren unas terrazas rematadas por
un dédalo de admirables ruinas de pálido granito. Bajo la vegetación,
aparece la formidable ciudadela sin nombre, dominada por los imponentes
picachos del Huayna Picchu y del Machu Picchu.
Bingham, piloto de combate en la Primera Guerra Mundial y, después,
senador de los Estados Unidos por Connecticut, defenderá tercamente, en el
curso de su variada carrera y hasta su muerte, acaecida en 1965, su
interpretación de los orígenes de la ciudadela misteriosa de Machu Picchu.
Según él, se trata del Tampu Tocco del que habla el sacerdote español
Fernando Montesinos, en su Historia del Perú antes de la Conquista.
Montesinos fue el primer historiador de los peruanos, y le debernos los
primeros trabajos sobre los recursos mineralógicos de los Andes. Murió en
1562. Según el padre Montesinos, la dinastía de los Amautas reinó en los
Andes mucho tiempo antes de los incas, y, durante el reinado del
sexagésimo segundo Amauta, unas hordas bárbaras invadieron el Imperio.
En el año 500, varios soldados del derrotado ejército llevaron los restos
de su rey a un refugio llamado Tampu Tocco, donde construyeron una
ciudadela, de la que hacia el año 1300, bajaría un Amauta, Manco Cápac,
para apoderarse de Cuzco y fundar el Imperio inca.
Es una tesis controvertida. La existencia de Manco Cápac no ha sido
demostrada. Tal vez se trata de un héroe legendario o del nombre simbólico
de una dinastía preincaica. Según ciertas tradiciones orales, Manco Cápac
fue oriundo de Tiahuanaco. Y henos aquí encaminados hacia otra ciudad en
ruinas, del misterioso pasado prehistórico.
Entre 1200 y 400 a. C., la civilización de los chavines se extendió sobre
las altas mesetas del norte del Perú y nos legó los vestigios de una obra de
arte llena de Dioses feroces. En los propios parajes encontramos la huella
de civilizaciones prehistóricas que edificaron pirámides y colosales
fortalezas de bloques de arcilla cocidos al sol.
Hay fósiles que atestiguan la presencia de mastodontes en estas tierras.
Al sudeste del lago Titicaca, se levantan los testigos de la más asombrosa
cultura prehistórica, Tiahuanaco. En varias hectáreas de terreno, vemos
pirámides truncadas, montículos artificiales, hileras de monolitos,
plataformas, cámaras subterráneas, pórticos de dos pilares y dintel, tallados
en la dura piedra.
La famosa Puerta del Sol, con sus inscripciones, hace pensar, según se
ha dicho, en un calendario astronómico.
¿Se trata del centro de un Imperio, como Machu Picchu?
Y si estos dos lugares altos, batidos por los vientos, inadecuados para el cultivo, y de una
antigüedad imposible de precisar, no eran centros de habitación, ¿cuáles fueron sus
funciones?
¿Y cuál fue la civilización de Nazca, en la costa norte del Perú?
Más antigua que el reino de Chimú, que nos legó las imponentes ruinas
de ChanChan, la civilización nazca, cuyo origen ignoramos, dejó sobre los
llanos desérticos, sobre la arena y los pedregales, gigantescas figuras
geométricas, siluetas de pájaros, de ballenas y de arañas, cuyas líneas tienen
cerca de siete kilómetros de longitud y parece que fueron trazadas para ser
descifradas desde el cielo, a gran altura.
Nazca sigue siendo un enigma.
Y Sprague de Camp, en su hermoso libro Ancient Ruins and
Archealogy, escribe:
«Ya que el pueblo de Tiahuanaco, como las otras civilizaciones desaparecidas de América
del Sur, carece de toda tradición escrita, no se puede descifrar ninguna inscripción. Nada
permite descubrir la historia perdida de Tiahuanaco. Los acontecimientos que no pudieron
consignarse por escrito se pierden para siempre cuando mueren aquellos que conservaban su
recuerdo».
«Por esto la historia de la fortaleza inca de Machu Piecchu, así como el enigma del Imperio
perdido de Tiahuanaco, tienen grandes probabilidades de permanecer ocultos para siempre, entre
las brumas que se arremolinan alrededor de los altivos picos de los Andes».
No volveremos, bajo un pretexto romántico, a las tesis de Horbigger,
que evocamos en El retorno de los brujos. Sabemos que, según Horbigger
que conoció la gloria bajo el nazismo, el hombre era ya civilizado en la era
terciaria. Según la teoría horbiggeriana del «hielo cósmico», antes de que
existiese nuestra Luna actual, seis satélites, formados por explosiones de
estrellas, fueron atraídos y destruidos por la Tierra, en eras geológicas
diversas. Cuando se acercaba el satélite, se desintegraba en la atmósfera, y
sus fragmentos se extendían sobre nuestro planeta.
El Diluvio, la Atlántida, serían episodios de esta historia.
La «luna» del terciario cayó hace 25 000 años. Todas las tierras
tropicales quedaron sumergidas, a excepción de algunas altas montañas,
como las del Perú y las de Etiopía. Según los horbiggerianos, como Hans
Bellamy y Arthur Posnansky, Tiahuanaco y Machu Picchu datarían de esta
época. Habían sido refugios de la élite humana de la era terciaria, situados,
a la sazón, al nivel del mar.
Existen, quizás, algunas pistas a seguir en este delirio, pero han sido
demasiadas las recientes observaciones astronómicas que han venido a
destruir las afirmaciones de Horbigger, para que nos decidamos a seguir
aquéllas por nuestra cuenta, ni siquiera por amor a los sueños.
Nos limitaremos a dar un rápido vistazo, cruzando en zigzag la América
del Sur, a algunos interrogantes fundados en investigaciones y
descubrimientos, comprobables en todo o en parte.
Según refieren las crónicas, el inca Huayna Cápac, el Dios vivo, hijo del
Sol, oyó decir, allá por el año 1526 de nuestro calendario, que unos
hombres extraños y de rostro pálido habían llegado muy cerca de las costas
septentrionales de su Imperio, en unas embarcaciones de formas
extravagantes y dimensiones anormales.
En 1532, Pizarro desembarcaría en las costas del Ecuador y avanzaría
hacia el Sur, cruzando el Imperio inca. Pero, cuando Huayna Cápac oyó
hablar de rostros pálidos, tenía detrás de él una larga tradición que hablaba
de hombres blancos venidos del mar, en la noche de los tiempos.
El padre Montesinos pretendía que los peruanos eran descendientes de
Ofir, bisnieto de Noé. La única prueba de un antiguo contacto entre
América del Sur y la civilización mediterránea ha sido descubierta
recientemente. El profesor Cyrus H. Gordon, que enseña arqueología en la
Universidad de Brandeis, EE. UU., pretende haber descifrado un mensaje
fenicio en una roca de Parayba, Brasil. Esta roca, cubierta de inscripciones,
fue descubierta en 1872; pero entonces se creyó que se trataba de una
falsificación, ya que la gramática no correspondía a lo que se sabía de la
escritura fenicia de la época.
Pero, más tarde, se encontraron numerosas inscripciones del mismo
estilo en el Próximo Oriente. La autenticidad parece estar fuera de toda
duda, al menos para Gordon, que observa que los barcos fenicios eran de
mayores dimensiones que los de Colón y habían dado varias veces la vuelta
a África. ¿Por qué no podían haber llegado al Brasil?
Veamos el texto:
«Somos hijos de Canaá y venimos de Sidón, la ciudad del rey. Cuando tratábamos de hacer
comercio, fuimos arrojados a este país remoto y montañoso. Hemos sacrificado un joven, en
honor de los Dioses y diosas de gran poder, en este año diecinueve de Hirán, el gran rey.
Zarpamos de Ezión-Geber, en el mar Rojo, con diez embarcaciones. Navegamos todos juntos
durante dos años dando la vuelta a la tierra de Ham».
«Una tempestad nos separó del grueso de la flota, y buscamos a nuestros compañeros. De
este modo llegamos, doce hombres y tres mujeres, a una tierra nueva, de la que tomo posesión
como almirante. ¡Qué los altos Dioses y las poderosas Diosas nos protejan!».
Naturalmente, quisiéramos saber lo que fue de estos fenicios, cuando
penetraron tierra adentro, y si las leyendas indias sobre Dioses blancos no
tendrían su origen en este desembarco. Si admitimos la existencia de un
lazo entre los pueblos mediterráneos y la América del Sur, habría que
reconsiderar toda la interpretación de la historia precolombina. He aquí un
hermoso tema para nuestros sueños.
Y aún podríamos añadirle algo más: cuando estos fenicios, o sus
descendientes, recorrieron las tierras misteriosas, ¿encontraron mundos más
antiguos y civilizados que el suyo propio? ¿Cuáles fueron sus
repercusiones? ¿Podrían encontrarse rastros de otros encuentros en el
pasado de estas tierras que han sido tan poco descifradas?
Si nos planteamos esta cuestión de contactos olvidados por la Historia,
vemos, súbitamente, que toda una serie de descubrimientos y de
observaciones se agrupan en un solo y agresivo enigma. Encontramos, a lo
largo de todo el Amazonas, cerámicas que datan, al menos, del año 2000
antes de J. C.; están decoradas con serpientes aovilladas sobre sí mismas,
extraordinariamente parecidas a las de ciertas cerámicas antiguas del
Próximo Oriente.
La lengua de los indios mahua tiene caracteres comunes con las lenguas
semíticas. El lenguaje de los quechuas se parece al turco.
La asociación de Venus con la serpiente que gira sobre sí misma se
encuentra tanto en el Codex Borgia mexicano como en determinadas
inscripciones del Próximo Oriente y, sobre todo, de Ras Shamra. Mitra
tiene una serpiente echada a sus pies.
El Codex Troano nos dice que, en México, el haz de luz divina se
sostenía verticalmente, con una serpiente echada a sus pies. En Bolivia,
encontramos la misma serpiente, así como inscripciones parecidas a las del
Próximo Oriente y hombres con turbantes. El bajorrelieve de Itacuatiara de
Inga (Brasil) muestra una gran cantidad de inscripciones semejantes a las
del Próximo Oriente.
Se han descubierto más de dos mil coincidencias de palabras entre la
antigua lengua egipcia y las inscripciones brasileñas. Lo cual induce a C.
W. Ceram a decir:
«Cuanto más antiguas son las lenguas, más se parecen entre sí, demostrando de este modo
que todas ellas proceden de una misma lengua madre».
El estudio sistemático del monumento de Itacuatiara de Inga muestra,
no solamente una relación con el Próximo Oriente, sino también elementos
comunes con la isla de Pascua, Mohenjo Daro y Harappa. ¿Revela esto un
origen común? Se suele pensar que aquel monumento fue esculpido hace
treinta o cuarenta mil años. ¿Y qué encontramos en sus bajorrelieves?
Símbolos fálicos; mandalas en forma de flores múltiples, que se parecen
curiosamente a las de la India; y un símbolo repetido, que hace pensar en el
número ocho: dos serpientes, o un signo doble de infinito.
¿Podemos, en fin, buscar una relación entre Itacuatiara de Inga, la
civilización de Marcahuasi, descubierta por Daniel Ruzo, y la civilización
de Nazca, estudiada por Maria Reich?
Otra civilización acaba de ser descubierta por el ingeniero peruano
Augusto Cardich en unas alturas próximas al lago Lauricocha, en los
Andes. Parece que su antigüedad es, al menos, de trece mil años.
Si hubo civilizaciones florecientes en América del Sur, y si éstas
establecieron contacto con el mundo exterior por medio de visitantes
procedentes del Próximo Oriente, el secreto de América del Sur es, quizás,
el más extraordinario de cuantos se mencionan en la presente obra.
Un siglo después del descubrimiento de América persistían aún
importantes residuos de técnicas de las antiguas civilizaciones, lo cual
suscitó tanta curiosidad que Benvenuto Cellini viajó hasta México para
aprender los medios empleados por los artistas de los Andes para
confeccionar peces de plata con escamas de oro. Pero sin duda le negaron la
información, porque regresó a Italia con las manos vacías…
En el Perú, encontramos objetos de metal cuya antigüedad se remonta,
al menos, al año 500 antes de J. C., así como técnicas decorativas en las que
se utilizaba el cinabrio y los polvos de piedras preciosas.
Allá por los tiempos de Jesucristo, los colombianos conocían ya la
fundición de los metales. En Ecuador, se trabajaba en aquella época el
platino, y el danés Paul Bergson ha demostrado que los ecuatorianos
practicaban la metalurgia de los polvos metálicos.
En el año 1000 a. C., los artesanos de Colombia, de Panamá y de Costa
Rica realizaban el moldeado con cera. Recientemente, se descubrieron, en
una gruta de Honduras, hermosas cabezas de pájaros moldeadas de esta
manera. En Panamá, se encontraron bellísimos reptiles de oro.
La soldadura era cosa corriente, y se conocía la fabricación del hilo
metálico. El origen de estas técnicas parece que hay que buscarlo en los
Andes. Pero esto no hace más que alejar el problema en el pasado. Pues,
aunque los fenicios hubiesen llegado al Brasil, no habrían podido enseñar
procedimientos que ellos mismos ignoraban.
En el noroeste de Argentina, en Cobres, se exhumó una instalación
chocante por su modernismo, destinada a la extracción y manipulación del
mineral de cobre. También en aquel lugar se fabricaban objetos, entre los
que llama particularmente la atención un ornamento a base de figuras de
animales y de pájaros, entrelazadas, en un estilo parecido al de
Archimboldo.
Por último, hay que observar que el uraeus, símbolo de poder de los
faraones egipcios, se encuentra entre los indios campas de los Andes, y
advertir, a este respecto, que, hasta finales del siglo XVIII, algunos lingüistas,
cuyos trabajos fueron indebidamente subestimados durante el siglo XIX,
afirmaban que el egipcio era la lengua original.
Consideremos ahora las relaciones de América del Sur, en la costa del
Pacífico. En la actualidad, está comprobado que los japoneses
desembarcaron en Valdivia, Ecuador, hace unos cuatro mil años.
Si, como todo induce a creer, existían en aquellos tiempos civilizaciones
capaces de técnicas complicadas y de refinamiento estético e intelectual,
que eran a su vez formas dispersas y residuales de altas civilizaciones
mucho más antiguas y acreditadas por enigmáticas ruinas, como las de
Tiahuanaco, forzosamente tuvieron que enterarse, en repetidas ocasiones, de
la existencia de otro mundo más allá del gran océano, y asimilar de algún
modo esta información.
Indudablemente, como dice el profesor Marcel F. Homet:
«Existe un hecho indiscutible: en el pasado de América del Sur floreció una civilización
maravillosa, de la que nada sabemos».
Pero tal vez algún día sabremos algo de ellas, pues el espíritu de
aventura no ha fenecido en el mundo, y las tierras misteriosas son, todavía,
más numerosas de lo que se cree.
El desengaño no es un producto de la cultura, sino, por el contrario, de
la ignorancia. El que está deseoso de saber descubre que cada uno de sus
pasos se apoya en la superficie de minas profundas, donde duermen los
poderes y los conocimientos de mundos enterrados. En todas partes se
guardan herméticos secretos, desde la Irlanda del Numinor céltico hasta la
Australia extrañamente muda desde Lascaux hasta la isla de Pascua, desde
el desierto de Gobi hasta el Amazonas.
Algunos investigadores han insistido en que una civilización
desconocida, heredera del fabuloso pasado, existe aún en las selvas
inexploradas de Amazonia, y, más concretamente, en la región delimitada
por el río Xingu, el río Tapajos y el Amazonas.
La «ciudad Z» de este persistente sueño romántico se hallaría situada a
19º 30' de latitud Sur y 12' 30' de longitud Oeste. En las extrañas libretas del
coronel Faucett, que desapareció en estas regiones, en 1925, sin dejar rastro,
se lee:
«La solución del origen de los indios de América y del mundo prehistórico, la tendremos
cuando sean descubiertas y abiertas a la investigación científica las antiguas ciudades de la
civilización solar. Pues yo sé que estas ciudades existen».
En efecto, algunos indios habían hablado a Faucett de una ciudad que
seguía viva, habitada, iluminada por la noche. Pero nadie ha entrado aún en
la tierra prohibida.
Alpheus Hyatt Varrill fue, como el coronel Faucett, una prodigiosa
figura de explorador romántico. Murió en 1964, a los noventa y tres años,
después de haber escrito un centenar de obras sobre la América Central y la
América del Sur. Jamás intentó forzar la tierra prohibida, convencido de que
moriría en el empeño; pero pudo consultar, según dice, los archivos secretos
del duque de Medinaceli, en los cuales se encuentran —dice— los mapas
utilizados por Colón, en los que figuran, no solamente el contorno de las
dos Américas, sino también los detalles del interior.
Varrill, y su viuda después de él, no han dejado de afirmar que
existieron civilizaciones extraordinariamente avanzadas en América del
Sur, y que aún permanecen vivos restos considerables de ellos. Dado que la
mayoría de las predicciones de Varrill han sido comprobadas, en particular
las referentes a las inscripciones fenicias y a los métodos químicos
empleados por los antiguos peruanos para el tratamiento del granito,
debemos considerar con cierto respeto su más obstinada afirmación.
Añadiremos, en recuerdo del coronel Faucett y de Varrill, dos
informaciones que no tienen valor decisivo, pero que fueron recogidas por
nosotros en el curso de los últimos años. La primera nos fue proporcionada
por el señor Miguel Cahen, uno de los directores de la sociedad
«Magnesita, S. A.», dedicada, en el Brasil, a minerales industriales y, en
particular, a los derivados del magnesio que se utilizan en metalurgia.
Un prospector de esta sociedad encontró, junto a los lindes de la tierra
prohibida, un extraño cristal que el señor Miguel Cahen remitió a Jacques
Bergier. Al ser examinado, este cristal resultó ser de carbonato de magnesio,
dotado de una transparencia extraordinaria y de propiedades muy curiosas
en el espectro infrarrojo, con radiaciones polarizadas. Ningún cristal de este
tipo aparece descrito en mineralogía.
Bergier envió este cristal a la Oficina Nacional de Investigaciones
Aeronáuticas de Francia. Los especialistas de esta oficina declararon que el
susodicho cristal sólo podía ser de origen artificial. Y la cosa quedó así,
pues «Magnesita, S. A.» No disponía de otras muestras.
La segunda información llegó a nuestro conocimiento por medio de una
periodista brasileña, Cecilia Pajak, del diario O Globo. Según Cecilia Pajak,
allá por el año 1958 se pidió la extradición de cierto número de criminales
de guerra alemanes, refugiados en Brasil. Algunos de éstos fueron a
esconderse en la tierra prohibida.
En general, los que penetran en esta zona desaparecen para siempre.
Pero no ocurrió así en el caso de estos nazis. Desde 1964, sus familiares
residentes en Brasil reciben cartas, remitidas desde el interior. Estas cartas
afirman que aquellos hombres permanecen prisioneros, pero reciben buen
trato. Les está prohibido decir quiénes son sus carceleros…
¿Serán mantenidos como rehenes en alguna de aquellas ciudades
secretas de que, con tanta fe, nos hablaba el coronel Faucett?
CAPÍTULO V
A propósito de la ciencia china
Escafandras de 45 000 años. — Bronce de aluminio y alquimia. — El Tratado de las
mutaciones. — El sismógrafo de Chang Heng. — Las máquinas astronómicas del siglo I. — La
tradición matemática. — Los espejos mágicos. — El I Ching. — El orgullo del Celeste Imperio.
El contacto intelectual con China es muy difícil de establecer. Incluso
conociendo la lengua, es casi imposible captar los argumentos y las
intenciones del interlocutor. Mientras nosotros escribimos este libro, los
físicos europeos del CERN (Centro Nacional de Investigaciones
Científicas) discuten el siguiente problema: los recientes descubrimientos
chinos sobre los statons, ¿constituyen un enorme progreso, o se trata
simplemente de hechos conocidos y redactados en lengua cultural china?
Igual perplejidad impera en los medios americanos de la física.
Dejemos, pues, al profesor Chi Pen Lao, de la Universidad de Pekín, y a la
Agencia Nueva China, la responsabilidad de sus afirmaciones. Según estas
fuentes, en las montañas del Hunán y en una isla del lago Tungting se
descubrieron unos bajorrelieves de granito que representan seres no
humanos, o, mejor dicho, hombres-escafandra con trompa de elefante
(¿aparato respiratorio?).
Estos seres aparecen representados, ora de pie en el suelo, ora sobre
unos objetos cilíndricos que flotan en el cielo. Según las mismas fuentes,
¡estos bajorrelieves tienen una antigüedad de 45 000 años! He aquí algo que
no contradice nuestra tesis. Pero quisiéramos saber cómo ha sido
determinada aquella antigüedad.
Existen métodos —termoluminiscencia, paleomagnetismo— para
determinar las fechas, cuando no basta el carbono radiactivo. Sin embargo,
que nosotros sepamos, estos métodos no han sido nunca aplicados in situ, y,
como la Academia de Ciencias de Pekín no contesta las cartas que se le
escriben, resulta difícil pronunciarse… Esperemos que la información sea
exacta, y consignemos únicamente el hecho de que los mitos chinos aluden
frecuentemente a visitantes extraterrestres.
Los documentos y los objetos que realmente poseemos para sentar y
demostrar la idea de una ciencia y una técnica en China, datan de los tres
primeros siglos de la Era cristiana. Entre cuarenta mil años antes de J. C. y
trescientos después de J. C., existe una considerable distancia en el tiempo,
la mayor que, hasta este momento, se ha señalado en este libro.
Objetos de bronce de aluminio han sido encontrados en tumbas que
datan del siglo II después de J. C. Parece imposible, pero es verdad. No se
puede obtener bronce de aluminio sin electrólisis. Sin embargo, los
alquimistas chinos lo consiguieron. ¿Con qué procedimiento? Esto es lo que
quisiéramos saber. En todo caso, conviene consignar algunos datos sobre la
alquimia china.
Utilizaremos la Historia del mundo antiguo, de la UNESCO (tercera parte,
edición inglesa). La alquimia china, cuyas raíces habría que buscar en los
milenios desconocidos, tuvo por objeto transmutar al adepto, haciéndole
adquirir la sabiduría y la inmortalidad corporal; en cambio, la fabricación
de oro, a base de un procedimiento de transmutación tradicional, no fue más
que una etapa para la obtención de productos capaces de asegurar al adepto
la trascendencia de la condición humana. Como establece muy bien la obra
de la UNESCO, el oro alquímico no estaba destinado a la venta.
El primer texto alquímico conocido es el Ts’ant’ung-Ch’i. Como todos
los maestros de ciencias secretas, el autor escribe bajo seudónimo. El texto
explica, en noventa párrafos, la fabricación, partiendo del oro, de la píldora
de la inmortalidad, mediante un procedimiento térmico complejo, en un
recipiente en forma de huevo y herméticamente cerrado. Como el célebre
Tratado de las mutaciones, la obra utiliza el lenguaje binario de los
ordenadores modernos. En ella encontramos ya los términos Yang y Yin, o
sea la doble oposición que constituye la base de la doctrina del taoísmo.
Se han descubierto varios tratados de alquimia, todos ellos
correspondientes a los tres primeros siglos de nuestra Era, pero que hacen
referencia a hechos mucho más antiguos. Según los autores, los alquimistas
que consiguieron realizar la Grande Obra vivirían aún en «una isla de los
inmortales». Otros textos alquímicos han sido descubiertos después de la
revolución cultural, pues Mao Tsé-tung se interesa por la alquimia.
Pasemos ahora a lo que puede comprobarse.
Existen dos fuentes indiscutibles en lo que concierne a China y a su
ciencia. Una de ellas es la obra del doctor Àlexander Kovda, director de la
sección de Ciencias Exactas y Naturales de la UNESCO. La otra es la
monumental Historia de la ciencia en China, del historiador inglés Joseph
Needham, publicada por la Universidad de Cambridge.
Un primer hecho cierto y sorprendente se desprende de estas obras: los
chinos poseían un conocimiento exacto y sumamente desarrollado de la
sismología. Esto es algo absolutamente único en la historia de las antiguas
civilizaciones. Fueron los chinos quienes redactaron una lista completa de
los temblores de tierra, desde el año 780 antes de J. C. hasta el 1644 de
nuestra Era.
Según las crónicas, los dioses bajados del cielo exigieron la redacción
de esta lista. Por consiguiente, los Dioses se interesaban de manera singular
por la estructura del globo terrestre. Pero hay, aún, algo más extraordinario.
Chang Heng, nacido el año 78 y muerto el año 139, inventó el sismógrafo.
Su aparato incluía un péndulo que podía desplazarse en ocho direcciones y
hacía funcionar determinados mecanismos.
En la parte exterior del aparato había ocho cabezas de dragón, cada una
de las cuales sostenía una bola de bronce. Debajo de cada cabeza, un sapo,
con la boca abierta, recogía la bola. De este modo se obtenían indicaciones
que permitían situar, con la regla y el compás, el epicentro del terremoto.
No cabe la menor duda sobre la existencia de este aparato. Pero quizá no se
ha reflexionado bastante sobre su posible interpretación.
Se trata de una aplicación, en el marca de las costumbres y de las artes
chinas de la época, de principios científicos avanzados y que presuponen un
conocimiento de la estructura de la Tierra, de las matemáticas e incluso de
la prolongación de las ondas, cuyo origen se ignora. Todo rastro de esta
clase de estudios desaparece después de la dinastía de los Han. ¿Por qué?
La misma obra de la UNESCO aporta datos interesantes sobre la
astronomía china. Esta surge antes que la alquimia y constituye la ciencia
secreta de los sacerdotes-reyes de la dinastía Chu. Estos reyes son en parte
mitológicos y en parte reales, y ningún historiador está de acuerdo en la
determinación de qué emperadores Chu fueron míticos o reales. Así, el
emperador Yao es citado a veces como legendario, y otras como humano.
Se dice que nombró, para altos cargos, a unos astrónomos que tampoco
sabemos si eran personas o entelequias. Muy poco se sabe en Occidente de
esta ciencia secreta. Se presume que sirvió, principalmente, para el estudio
de un planeta invisible, pero que formaba parte del sistema solar. A partir
del siglo XVI antes de J C., se advierte la observación sistemática de los
eclipses de sol, que, incluso entonces, parecían muy antiguos, remontándose
a fechas difíciles de admitir, porque se refieren a decenas de millares de
años.
Sabríamos mucho más si poseyéramos documentos escritos. Pero gran
número de éstos fueron destruidos durante la revolución cultural. No la de
Mao, sino la de Wang Mang. Wang Mang, llamado el Usurpador, gobernó
China desde el año 9 hasta el año 22 de la Era cristiana; hizo la revolución,
pero acabó por decretar impuestos tan gravosos, que fue asesinado durante
el invierno del año 22 de nuestra Era.
En el curso de la revolución, desaparecieron muchísimos textos. Casi
doscientos años más tarde, aparecen nuevos documentos, durante el siglo II
de la Era cristiana. Entonces vemos surgir, fundándose en una tradición
inmemorial, una teoría según la cual los cielos no estaban compuestos de
materia, sino que las estrellas y planetas flotaban en un espacio infinito y
vacío. Es una teoría que se aproxima a la visión moderna, y absolutamente
única en su tiempo.
Comprobamos también, desde el año 5 de la Era cristiana, la existencia
de máquinas que imitan el Universo, que siguen una estrella en su
movimiento y permiten predecir los eclipses. En el siglo III, la predicción de
los eclipses alcanza ya un grado excelente.
A fines del siglo IV se llega a predecir si un eclipse será parcial o total.
Todo esto aparece perfectamente comprobado en los trabajos de Joseph
Needham y de Alexander Kovda. Esta maquinaria celeste (la expresión es
de Joseph Needham) parece ser absolutamente original. Se distingue de
tentativas contemporáneas de Alejandría y de las realizaciones posteriores
en Europa por el sistema de coordenadas, fundado en la declinación y la
eclíptica. Los dispositivos chinos hacen pensar en los telescopios modernos,
mucho más que las realizaciones de los griegos o, incluso, las de la Edad
Media europea.
No resulta difícil admitir, desde nuestro punto de vista, que se trata de
una ciencia secreta, desarrollada de manera muy diferente a como se
desarrolló en Europa. Hay que observar, también, que, desde el siglo I de la
Era cristiana se conocía el magnetismo. Éste se empezó a utilizar para la
orientación, aunque la brújula no apareció hasta un siglo más tarde.
Desde el siglo I de nuestra Era se describen imanes en forma de cuchara,
que ostentaban un dibujo de la Osa Mayor y se orientaban hacia el Sur. Sin
duda tenían una antigüedad respetable, remontándose al período de los
alquimistas inmortales, del que no sabemos prácticamente nada.
Estos descubrimientos parecen relacionados con matemáticas
avanzadas, que sin duda tuvieron mucho que ver con la magia taoísta. En el
siglo II de la Era cristiana, sabemos que existió una «Memoria sobre la
tradición del arte matemático», que relaciona los secretos de los números
con los misterios del Tao.
En el terreno práctico, los mismos herederos de la de la tradición
matemática inventan el ábaco, aproximadamente en los tiempos de
Jesucristo. Este invento, contrariamente a lo ocurrido con otros, no llegará a
Occidente, donde se realizará independientemente.
Todas las descripciones del desarrollo científico del primer milenio
antes de J. C. aluden a los espejos mágicos. Algunos de estos espejos se
conservan aún en colecciones particulares. Su estructura y su empleo
resultan incomprensibles. Son espejos que tienen, detrás del cristal, unos
altorrelieves extraordinariamente complicados.
Cuando el espejo está iluminado por la luz del sol directa, estos
altorrelieves, separados de la superficie del espejo por un cristal reflectante,
se hacen visibles. En cambio, esto no se produce con luz artificial. Es algo
científicamente inexplicable. También se atribuyen otras propiedades a
estos espejos: asociados a pares, transmiten las imágenes, como la
televisión. Que nosotros sepamos, no se ha hecho ningún experimento para
comprobarlo.
Los especialistas de la UNESCO explican que la singularidad de estos
espejos se debe a «pequeñas diferencias de curvatura» (¿?), y se muestran
reservados sobre las otras propiedades. Si se pudiese demostrar que estos
espejos poseen circuitos impresos y constituyen un modo de comunicación,
tendríamos una prueba de la existencia de técnicas avanzadas en la antigua
China.
Por último, y a nuestro modo de ver, el I Ching constituye la prueba
última y esencial de una ciencia superior en China. Necesitaríamos varios
libros del tamaño de éste para estudiar a fondo el significado del I Ching.
Nos limitaremos a mencionar lo que parece esencial, advirtiendo, ante todo,
que la obra de C. G. Jung es capital en este campo, como en muchos otros.
¿Qué es el I Ching?
El I Ching, o Libro de las mutaciones, es una obra en la que se
consignan metódicamente todas las situaciones en que un ser humano puede
encontrarse. Es también un oráculo que permite descubrir la situación en
que se halla el interrogador en el momento de formular su interrogación.
Para obtener la respuesta, el operador arroja al aire unos palillos y saca un
número, correspondiente a la posición de aquéllos. Ese número indica una
frase del oráculo.
La clave que indica esta referencia —clave que como el libro, es de una
antigüedad imposible de precisar; tal vez cuatro mil años— utiliza el
sistema binario, igual que hacen los ordenadores. El funcionamiento de este
«aparato para conocerse presupone, evidentemente, la intervención y el
juego de fenómenos paranormales».
Como en los experimentos parapsicológicos de Rhine y de Soal, existe
una violación de las leyes de probabilidades y un traslado del tiempo, del
pasado al futuro. Es indiscutible que el oráculo contesta y que sus
respuestas son, muchas veces, sensatas. No cabe duda de que, si se hubiese
dedicado al I Ching una parte de los recursos que se consagran a
investigaciones insignificantes, pero tranquilizadoras, se habría hecho
progresar el conocimiento universal.
Lo que llama la atención, incluso prescindiendo del aspecto paranormal
del fenómeno, es la utilización de una clave binaria y al mismo tiempo, la
sutil clasificación de todos los problemas humanos en un número limitado
de situaciones típicas. Esto implica formas de pensamiento abstracto,
ciertamente iguales o superiores a los de toda civilización conocida del año
2000 antes de J. C.
Y si recapitulamos: fabricación del aluminio, sismografía, astronomía y
espacio infinito, síntesis del oro, espejo mágico, I Ching, tendremos que
reconocer que había en China una civilización absolutamente original y
siempre orientada hacia la técnica.
Esta civilización plantea, evidentemente, numerosas cuestiones relativas
al pasado. Pero también plantea otras, relativas al presente:
Dado su inmenso poder de abstracción, relacionado con una considerable capacidad técnica
desde la más remota antigüedad, ¿por qué no ha progresado China, hasta asegurarse
rápidamente la dominación del mundo? ¿Por qué ha triunfado occidente sobre esta poderosa
civilización?
Según los tradicionalistas, hay que buscar la respuesta en el hecho de
que el taoísmo degeneró rápidamente en un conjunto de prácticas de
charlatanería, rompiéndose el lazo con los «inmortales». Según los
materialistas como Joseph Needham o Alexander Kovda, el proletariado se
dejó encadenar, y China perdió la oportunidad de una revolución industrial
y de un 1917. Ninguna de estas respuestas es enteramente satisfactoria.
Pero si queremos comprender el orgullo chino contemporáneo tenemos
que remontarnos a las antiguas fuentes y ver en ellas la razón de una
soberbia inmemorial, así como la justificación inmemorial de la ambición
de gobernar el mundo.
CAPÍTULO VI
Viaje alrededor de Numinor
La mano de plata y la fuente milagrosa. — El agua, la tierra, la luna, la muerte. — Los dioses
venidos del mar y los venidos del cielo, — Los manuscritos desaparecidos. — Conspiración
contra el celtismo. — Una leyenda de tipo Akpallu. — Organización militar y metalurgia. —
Druidas, bardos y oubages. — Sobre la iniciación y el enterramiento esotérico. - 1.º de mayo,
San Juan y Navidad.— Numinoe y Numinor. — La ciudad de Ys. — El mito de las ciudadelas
sumergidas.
Numinor, la Atlántida del Norte, la Atlántida celta, es mucho menos célebre
que la Atlántida propiamente dicha. Su nombre despierta cierto eco literario
en los países anglosajones, pues sirvió de base a dos grandes trilogías
imaginativas: la de C. S. Lewis y la de J. R. Tolkien. Sin embargo, incluso
para las que han leído estas magníficas trilogías, Numinor sigue siendo
vago símbolo de un polo alrededor del cual se habrían concentrado las
influencias nórdicas.
Incluso ignoramos la posición geográfica de este centro. Pero si algo
tiene una probabilidad de ser verdad es que, considerado el contenido de los
datos legendarios, los celtas debieron tener una Atenas, una Roma. No
poseemos ninguna indicación concreta sobre su fundación, ni sobre su
caída. ¿Se trata de una ciudad mítica del más allá? ¿Cómo dilucidar este
punto? Podemos estudiar la historia de la Irlanda antigua buscando un rastro
de Numinor. Pero no lo encontramos. Sin embargo, veámosla de todos
modos, pues esta historia nos fue transmitida en forma simbólica y, para
comprenderla, hay que intentar una especie de psicoanálisis de este
simbolismo.
Después del gran Diluvio Universal, la isla que había de ser más tarde
Irlanda fue habitada, en un principio, por la reina maga Cessair
(reencarnación de Circe) y sus súbditos. Cessair pereció, con toda su raza.
Hacia el año 2640, antes de J. C. El príncipe Partholon, procedente de
Grecia, desembarcó en Irlanda con veinticuatro parejas. Al principio,
Irlanda era una llanura única, horadada por cuatro lagos y regada por nueve
ríos. Engrandecida por Partholon, contará en lo sucesivo con cuatro llanuras
y siete nuevos lagos. Los compañeros del príncipe se multiplicaron al cabo
de trescientos años eran ya cinco mil. Pero una misteriosa epidemia los
aniquiló cuando la fiesta de Beltine, el primero de mayo, al cumplirse el
tricentenario de su desembarco. Su sepulultura colectiva se encuentra en
Tallaght, cerce de Dublín. Mientras tanto, allá por el año 2600 la raza de los
«Hijos de Nemed» (cuyo nombre significa «Sagrado»), procedente de
Escitia, había puesto pie en la isla, que creían desierta. Otra masa de
invasores desembarcó alrededor del año 2400, el día de Lugnasad (1 de
agosto), tercera gran fiesta del año céltico. Los Fir Bolg (¿los «hombres
belgas»?) constituían su elemento principal, al que se sumaron diferentes
tribus, tales como los Gaileoin (¿«galos»?), y los Fir Dominan
(¿«Dummonm de Gran Bretaña»?), pero formando todos una sola raza y
una sola dominación. Por último, procedentes de las «Islas del Oeste»,
donde estudiaban el arte de la magia, llegan los miembros de la Tuatha
De Danann, que son de raza divina. Traen consigo sus talismanes: la espada
de Nuada, la lanza de Lug, el caldero de Dagda y la «piedra del destino» de
Fal, que grita cuando se sienta sobre ella el rey legítimo de Irlanda. Estos
invasores sucesivos tuvieron que combatir, todos ellos, contra una raza de
monstruosos gigantes que moraba al principio en Irlanda. Unos tenían «un
solo pie, un solo ojo y una sola mano»; otros tenían cabeza de animal, en su
mayoría de cabra. Estos monstruos eran los Fomoiré (de fo, debajo, y moiré
o mahr, demonio hembra, cuyo nombre figura en la palabra francesa
cauchemar, pesadilla). En seguida se entabla la lucha entre los Tuatha Dé
Danann y los Fir Bolg. La primera batalla se desarrolla en Moytura (Mag
Tuireadh, la «Llanura de los pilares», es decir, de los menhires), cerca de
Cong, en el actual condado de Mayo. Los Tuatha Dé Danann salen
triunfadores. En el curso de la batalla, su rey, Nuada, pierde la mano
derecha. Esta mutilación trae consigo la privación del poder soberano. El
hábil curandero Diancecht sustituye el miembro amputado por una mano
articulada de plata. Obligado a dimitir, Nuada Mano de Plata es sustituido
por Bres («Hermoso»), hijo de Elatha («el saber»), rey de los Fomoiré, y de
la diosa Dé Danann Eriu (diosa anónima de Irlanda). Las dos razas
enemigas se alían por medio del matrimonio. Bres se casa con Brigitte, hija
de Dagda, mientras que Cian, hijo de Diancecht, se casa con Ehniu, hija de
Balor Malos Ojos. Pero Bres es un tirano odioso. Abruma a sus súbditos
con impuestos y gabelas; se burla de Cairbré, hijo de Ogma y el más grande
filé (bardo) de Dé Danann. Bres se verá obligado abdicar el poder al cabo
de siete años. Entonces, Nuada vuelve a subir al trono, pues su mano
natural ha sido sujetada a su muñeca, gracias a la habilidad y los ensalmos
de Miach, otro hijo de Diancecht. Éste, por envidia, hace matar a Miach.
Mientras tanto, Bres celebra un consejo secreto en su morada
submarina. Convence a los Fomoiré de que le ayuden a expulsar de Irlanda
a los Dé Danann. Los preparativos de guerra duran siete años, período
durante el cual se va desarrollando Lug, el niño prodigio «maestro de todas
las artes». Lug organiza la resistencia de Dé Danann, mientras Goibniu les
forja armas y Dincecht hace brotar una fuente maravillosa que cura las
heridas y reanima a los guerreros muertos. Pero unos espías fomoiré la
descubren y le quitan su eficacia, llenándola de piedras malditas. Después
de algunos duelos y escaramuzas, se entabla una gran batalla en la Moytura
del norte (llano de Carrowmore, cerca de Sligo). Numerosos guerreros
perecen en el curso de la encarnizada lucha: Endech, hijo de la diosa
Domnu, muere a manos de Ogma, que sucumbe a su vez. Balor Malos Ojos
fulmina a Nuada con su mirada fatal. Pero Lug, con su honda mágica, hace
saltar los ojos a Balor. Vencidos y desmoralizados, los horribles Fomoiré
retroceden y son arrojados al mar. Bres cae prisionero, y se rompe la
hegemonía de los gigantes en la isla.
Pero el poderío de los Dé Danann conocerá una rápida decadencia. Dos
deidades del Imperio de los Muertos, Ith y Bilé, desembarcan en la
desembocadura del Kenmare e intervienen en las reuniones políticas de los
vencedores. Mile, hijo de Bilé, va a reunirse con su padre, en Irlanda,
acompañado de sus ocho hijos y de su séquito. Como los invasores
anteriores, llegan un primero de mayo En su camino hacia Tara, se
encuentran sucesivamente con tres diosas epónimas: Banba, Fodla y Eriu.
Cada una de ellas pide al druida Amergin, consejero-divino de Mile, que
ponga su nombre a la isla. La isla recibirá el nombre de Erinn (genitivo de
Eriu), porque Eriu formuló su petición en tercer lugar. Después de nuevos y
sangrientos combates, en el último de los cuales interviene Manannan, hijo
de Llyr (el «Océano»), los tres hijos supervivientes de Mile matan a los
reyes Tuatha. Se concierta un tratado de paz; los Tuatha renuncian a Erinn y
se retiran al país del Más Allá, sin más compensación que determinado
culto y sacrificios celebrados en memoria suya. Así debió de empezar la
religión en Irlanda.
Todo esto es mítico. Sin embargo, «conviene considerar el mito, no
como una fabulación estúpida de la mente humana en lucha con las famosas
potencias engañosas de Pascal, sino como una técnica operatoria de igual
valor epistemológico que las matemáticas. Tal vez así se comprenderán
mejor las lecciones de la Historia, pues ésta está plagada de mitos que no se
atreven a decir su nombre. Se comprenderá a los celtas, y su curso
intelectual». (Jean Markale). Nosotros trataremos de llegar hasta Numinor a
través del mito. El camino es largo. Empecemos por el principio. En la
mitología céltica se observa una cronología exacta y a todas luces racional,
fundada en dos principios inseparables: la vida y la muerte, asociadas
ambas a la tierra madre. Existe un paralelismo entre la tierra y el hombre.
Este pasa por tres estados: el nacimiento, la vida y la muerte. En una
medalla céltica, cada uno de estos estados está representado por una cabeza
de corcel. Las tres cabezas son absolutamente idénticas: hay similitud y una
especie de fusión.
El agua estaba estrechamente relacionada con el suelo (y con el
subsuelo). Es el elemento fluido: mezclado con el elemento telúrico, y los
caracteres sagrados de estos elementos permanecen íntimamente ligados.
(Es curioso observar que, según los esquimales iglulik, que viven en
Canadá, los hombres, cuando llegaron a la tierra, vivieron, en la oscuridad;
nada concreto se dice sobre su origen). Entonces, no había ningún animal, y
el suelo proporcionaba una alimentación pobre y escasa. Pero un solitario
recibió la visita de espíritus que venían de otra parte. Éstos le aconsejaron
que descendiese a la casa de la madre de los animales marinos. Siguió el
consejo, y se sumergió. Trajo de allí (cosa curiosa) piezas de caza y no
pescados, y, al propio tiempo, la alegría para sus semejantes. También
puede observarse, entre los celtas, que el señor de los alimentos, Aryaman
(etimológicamente, protector de los arios o indoeuropeos), representa un
doble papel. En esto se parece un poco a Jano. Tarmbién existe en el
mazdeísmo. Pero su ambigüedad —su benevolencia, opuesta al terror que
inspira a veces— no subsiste entre los persas. En la religión de éstos,
existen dos fuerzas opuestas: el genio del bien, Ahura Mazda, y el del mal,
Ahrimán, que es también poder de las Tinieblas. También encontramos esta
oposición en su arte particularmente en la fachada de los edificios, en que
los arquitectos combinaban efectos de luz y de sombra, obtenidos con
relieves y concavidades. Muchos monumentos aqueménidas lo atestiguan.
Y es permisible imaginar este mismo carácter en los edificios de Numinor.
Pero otro elemento viene a sumarse al agua y a la tierra: la luna, cuyo
culto figura en las más antiguas leyendas. Como en todos los pueblos de la
Antigüedad, se le presta adoración, no por ella misma, sino por su
intervención en todas las formas de la vida. La luna ejerce una fuerza en el
crecimiento de los vegetales, en los períodos femeninos y en las mareas.
Por otra parte, las fases creciente y menguante permitieron a los celtas
adquirir nociones precisas de duración y de medida.
Así, pues, los primeros cultos se dedican a nuestro planeta y a su
satélite, sin olvidar la superioridad otorgada al agua. Pues la inmersión en
ésta «simboliza el retorno a lo preformal», y la salida del agua, el acto
cosmogónico de la creación.
Debido a esta continuidad inmutable, el oscuro mundo subterráneo, que
inspira al principio un terror comprensible, pierde después este aspecto;
pues el País de los Muertos es también el Mag Mell: la llanura feliz de los
Campos Elíseos, y TIR-NA-N-OG, la tierra de los Jóvenes. Pero, a partir de
cierto momento que no se puede precisar, los dioses subterráneos y
acuáticos son remplazados por otros, venidos del espacio. Parece que esta
sustitución indica una conmoción, una conquista. Los invasores son los
hijos de MIL, que venció a los TUATHA-de-DANANN. Éstos disfrutaron
de inmenso poder durante treinta siglos. Para convencemos de esto, basta
con examinar, en las costas de Irlanda, fortalezas o muros de granito que
fueron fundidos en un espesor de cincuenta centímetros por un arma
singularmente parecida al láser o a una fusión termonuclear. Además, se les
atribuye la erección de los megalitos.
Su punto de partida está relacionado con un crimen, como en el episodio
de la caída judeocristiana (y quizá, también, al de la desaparición de
Numinor). Este crimen se dice cometido por Morrigana (demonio de la
noche), hija de Bu-an (el Eterno), o de Ernmas (el Asesinado), llamado
también Bodb (la Corneja). Sea de ello lo que fuere, los dioses solares
hicieron inclinar la lanza del lado del fuego y por consiguiente, la muerte,
considerada desde otro ángulo. En efecto, si en las grandes civilizaciones de
Asia y de Grecia el sol tiene, sobre todo, la condición de creador-
fertilizador, y simboliza la victoria del espíritu sobre la materia, su ocaso
guarda también relación con la decadencia y la desaparición; y así, si
engendra al hombre, lo devora también. Sin embargo, Lug, el más
importante dios solar, representa, sobre todo, un papel benéfico y posee
grandes cualidades. Es señor indiscutible de las artes, tanto de la paz como
de la guerra. Recibe el título de Sahildanach (literalmente, politécnico,
herrero, carpintero, poeta, campeón, historiador, hechicero). Desempeña
todas las actividades superiores de la tribu. Posee una lanza mágica, que
hiere por sí sola al enemigo que amenaza al dios. Su arco es el arco iris y en
Irlanda, la Vía Láctea recibe el nombre de «Cadena de Lug». En cambio, el
brillo de su rostro impide que se le pueda mirar a la cara lo cual recuerda el
fenómeno que la Biblia denomina «la Gloria del Señor», y la ciencia ficción
«los Grandes Galácticos». También tiene algunos rasgos de Mercurio; y, por
otra parte, no hay que olvidar los desastrosos efectos de la claridad y de la
luz en ciertos mitos griegos, como el de Icaro, en Creta.
Dagda raya a menor altura. Dios de los músicos, encanta, aunque no
suscita una gran veneración. Con su arpa mágica, toca sucesivamente los
aires del sueño, de la risa, de la tristeza, y sus oyentes duermen, ríen o
lloran. Esto recuerda un poco las virtudes de ciertos temas musicales de la
India. Algunos de ellos tenían incluso el poder de matar a los que los
escuchaban, si eran tocados intempestivamente.
En Irlanda, se venera bajo este mismo nombre de Dagda al Señor del
Caldero, que en otras partes se llama Teutates. En todo caso, el culto del
caldero se practicó en todos los países célticos.
Además de Lug y Dagda, podemos citar a los hijos de Don. Los galos
llamaban Lys Don (corte de Don) a la constelación de Casiopea, y Caer
Gwydon (castillo de Gwydon) a la Vía Láctea.
Al cabo de cierto tiempo, se afirma de nuevo la superioridad telúrica.
Aunque los hijos de Mile habían transformado el fuego destructor en fuego
benéfico, parece que celebraron un trato con los dioses subterráneos. Éstos
se refugiaron en las tenebrosas regiones del centro del planeta; pero salen
de ellas periódicamente, regresan a la superficie y, visibles o no, pero
siempre tangibles, participan en la vida de los hombres.
Mientras tanto, los celtas siguen esperando (si no un redentor o un
Mesías) un ser predestinado, Galaad, que indicará el sentido exacto de cada
acción, a fin de que sean regeneradas las funciones. Pues el mundo de lo
«sagrado» es ambiguo. Si una cosa posee, por definición, una naturaleza
fija, hay, por el contrario, una fuerza que engendra el bien o el mal, según la
orientación que tome o se le imprima.
Si consideramos la importancia que los celtas atribuyeron a los mitos,
nos daremos cuenta de que no se trata de simples fabulaciones. Los mitos
representan cuanto pudo existir de opuesto al Logos de los griegos y a la
Historia de los latinos. Según los cristianos, son creencias no confirmadas
por las Escrituras y que, por tanto, carecen de todo fundamento. Pero
podríamos replicarles que pocos acontecimientos vinieron a confirmar las
Escrituras.
Lo cierto es que se transmitieron durante largo tiempo, de generación en
generación, por vía oral. Así, los primeros textos irlandeses, que
constituyen la base del folklore, no pueden considerarse como anteriores al
siglo V de nuestra Era, por más que digan los entusiastas. Cierto que no se
ha demostrado que no existiesen manuscritos bretones, que pudieron
perderse cuando las invasiones normandas. Es verosímil que estos
manuscritos, en lengua bárbara que nadie comprendía fuera de la península,
fuesen a parar a ciertos monasterios, donde los pondrían de lado, para
destruirlos después.
Ignoramos a qué tiempos se remontan exactamente las leyendas cuyo
origen se pierde en las brumas de la prehistoria indoeuropea y autóctona (la
mayoría de los textos que se han conservado están escritos en gaélico y en
galo medio).
La última forma adoptada por los mitos célticos fue el ciclo de la Tabla
Redonda de Arturo. Pero, en esta forma, los símbolos siguen siendo
oscuros, y, además, la moral cristiana añadió elementos ajenos a las
leyendas paganas. Éstas, por ser esotéricas, se presentan envueltas en
misterio. «El hombre de la multitud no recibirá el conocimiento», escribió
Taliesin. Además, algunos manuscritos fueron puestos a buen recaudo, ya
fuese para que no se divulgasen, ya para librarle de los invasores y de las
depredaciones de los ladrones. De vez en cuando, oímos hablar de un
«escondrijo» o de un depósito de manuscritos, descubierto por casualidad o
como consecuencia de minuciosas búsquedas. Uno de los autores de la
presente obra estuvo a punto de encontrar uno de estos escondrijos
mientras, en 1938, realizaba, en Rennes, investigaciones sobre el culto de
Alkar-az. Pero, en definitiva, le fue negado el acceso. Numerosos
investigadores, en el curso le los últimos siglos, trataron de interpretar la
abundante literatura céltica. Algunos especialistas, como G. Dottin,
dedicaron varios libros al análisis y al comentario literario e histórico de los
textos que han llegado hasta nosotros. Ya hemos dicho, al principio de este
capítulo, que otros se inspiraron en diferentes temas, como el de Numinor.
Y algunos, en fin, los desnaturalizaron lastimosamente. Tales exageraciones
se deben, quizás, a que, durante largo tiempo, se desdeñó el estudio de esta
civilización anterior a la llegada de los griegos a Europa occidental y a la
conquista romana. Los helenistas y los latinistas se esforzaron
desaforadamente, durante siglos, en negar toda aportación por parte de los
pueblos conquistados, o en reducir al mínimo sus méritos y el interés de los
enigmas, que, durante dos milenios, no han hecho más que complicarse.
Los historiadores menospreciaron a los celtas hasta el punto de confundirlos
a menudo con los cimbros, que, a pesar de haberse aliado con los celtas y
teutones, tuvieron un origen completamente distinto.
Esta conspiración prosigue aún en nuestros días, por miedo a empañar
el brillo de la cultura dispensada a las Galias por Julio César y sus
sucesores, y también por los evangelizadores cristianos. Afortunadamente,
algunos investigadores ajenos al ostracismo, han intentado, sobre todo a
partir del siglo XIX, reconstituir, al menos fragmentariamente, la civilización
que nos permite creer en la existencia de Numinor, o situarla con exactitud.
Según Eugene Pictard, que muestra, empero, una gran reserva y se adelanta
a las tesis de Broca y de Dieterle, la cuna de los pueblos célticos, el Harz,
estuvo en Bohemia y Moravia. En el curso del segundo milenio (sin duda
en sus comienzos), emigraron y se dividieron. Al cabo de muchos siglos,
algunas ramas llegaron incluso a Asia Menor, donde los griegos les dieron
el nombre de gálatas (de donde procede el nombre de un barrio de
Estambul, en el que se establecieron algunos de ellos). También
observaremos que fundaron, en el corazón de Anatolia, la aldea de Ancira,
actualmente Ankara.
Pero, por las razones ya expresadas, sus hazañas o sus aportaciones en
estas regiones fueron cuidadosamente minimizadas o pasadas en silencio.
Los autores clásicos aludieron sobre todo, al hablar de la intrusión
gaélica en Italia y en Delfos, a un salvajismo que infundía terror a las
poblaciones autóctonas, como si los indígenas no hubiesen sentido siempre
un gran espanta cuando otros pueblos, civilizados o bárbaros, efectuaban
incursiones en su territorio.
Un grupo de celtas, procedentes del Harz se desparrama hacia el Oeste,
en forma de abanico, entre los años 950 y 700 antes de J. C. En la época de
Hallstatt, o Edad del Hierro. Una rama se instala en la Galia; otra pasa por
Holanda, Bélgica y la cuenca del Sena, y llega a Escocia y, después, a
Irlanda.
Se ha discutido mucho sobre el origen exacto de los indoeuropeos de los
que forman parte. Por consiguiente, podría ser muy bien que el Harz no
hubiese sido más que un punto de parada de un núcleo de arios venidos de
otra parte, del Norte o del Eranvej.
Dada esta diseminación, y las mezclas de pueblos que se produjeron en
este inmenso crisol, resulta imposible determinar con precisión las
características de la raza celta. Sin embargo, podemos decir que era
braquicéfala, y que esta característica se atenuó, en el curso de los siglos,
debido a las mezclas con las diversas poblaciones autóctonas encontradas
en Escandinavia, Francia, Iberia, Italia, Besarabia, Polonia, etc.
Al principio allá por el año 5000 antes de nuestra Era, tropezamos con
una leyenda de tipo Akpallu:
La raza a que pertenece Gri-Cen-Chos es la de los Fomore (fo, debajo;
mor, grande y mar), potencias telúrico atlánticas. Son éstos, según el mito,
«guerreros» de un solo pie, de un solo brazo y de un solo ojo; con cabeza de
cabra, de caballo o de toro; genios ofidios ya sedentarios cuando llegaron
los primeros inmigrantes. Contra ellos se estrella cada nueva ola,
procedente del mar o de los aires, modificándolos profundamente, aunque
sin llegar a eliminarlos. Volvemos, pues, a tropezar con los Akpallus, pero
sin escafandra, o vistos de perfil.
La lengua se divide muy pronto en dos grupos: de una parte, el celta o el
gaélico; de otra, el kyniers o belga. El gaélico se hablaba sobre todo en las
tierras altas de Escocia y en Irlanda, y sus dialectos se diferenciaron
progresivamente. Pero, a pesar de la distancia, encontramos numerosas
raíces de éstos en el pahlavi e incluso en el persa moderno. Citaremos un
ejemplo: Eyber o Aber significa agua en gaélico, que se dice áb en farsi.
En los primeros siglos de la Era cristiana, los celtas utilizaron una
escritura: el ogham, fundado en el alfabeto latino y que consiste en unos
trazos perpendiculares, a uno y otro lado de una arista central. Después,
utilizaron casi siempre el alfabeto latino. Pero así como se ha puesto en
duda su cultura, su organización militar perfeccionada ha despertado gran
atención. Su caballería, sus carros de guerra, sus campos atrincherados y,
sobre todo sus sables de hierro, infundían terror a sus enemigos. Esto
ocurría allá por el año 1000 antes de J. C. Semejante organización militar
presupone un tecnología. Sin embargo, a juzgar por la poca importancia que
les otorgan los historiadores, los celtas no hicieron ningún aporte a las
ciencias y a las técnicas. Por lo menos, resulta curioso. La obra de la
UNESCO dice por ejemplo en una nota, que los caballos de los ejércitos celtas
llevaron herraduras desde el principio. La fabricación en serie de
herraduras, ya que debió tratarse de decenas de millares, presupone toda
una industria, sobre la cual quisiéramos tener algunos detalles. Conocemos
una aldea, La Tene, que fue centro de cultura celta. Pero esta aldea, que data
de 500 años antes de J. C. O sea, de al menos dos mil años después del
período que nos interesa, se encuentra en Suiza. No es probable que
tengamos que buscar allí a Numinor, que, según parece, era puerto de
mar…
Aparentemente, la civilización celta, en vez de degenerar, pasó a la
clandestinidad en un plano esotérico, mientras creaba, gracias a la
utilización del hierro, una poderosa organización militar, que dio origen a la
cultura llamada «hallstatt occidental», y que los historiadores dividen,
generalmente, en dos períodos: 800 y 650 antes de J. C. Después de lo cual,
este celtismo se transforma en la civilización de La Tene, cuyo centro,
según acabamos de decir, se encuentra en Suiza.
Pero, antes, los celtas, como todos los habitantes de Europa, pasaron por
tiempos difíciles. En el curso de la era posglacial, el país estaba cubierto de
bosques poblados de bestias salvajes. En esta naturaleza hostil no podían
practicar aún la agricultura, que requiere una seguridad al menos relativa.
Permanecieron, pues, durante un tiempo, en la fase de recogida de frutos
silvestres. Una de las primeras características de su modo de vida es la
domesticación de los caballos. Así como utilizaron en seguida el hierro para
herrarlos, sustituyeron sus primitivos útiles de piedra y de sílex por otros de
metal. Pero, incluso en aquella época, siguieron abriendo pozos de mina de
sílex, como los que se han encontrado en Spiennes, Bélgica, muy bien
conservados, de más de diez metros de profundidad y con galerías y
estrechos pasadizos, por los que apenas podía deslizarse un hombre provisto
de sus herramientas.
La habilidad de los celtas en la metalurgia está comprobada por el gran
número de forjas descubiertas en la Galia, y particularmente en Lorena, en
Borgoña y en Bretaña, y por el uso que hacían los marinos de las cadenas de
hierro para anclar sus barcos, en una época en que los navegantes romanos
utilizaban aún cuerdas de cáñamo. Sus herreros conocían procedimientos de
temple que daban a sus armas una dureza extraordinaria. También
trabajaban la plata y sabían la manera de batirla. Ahora bien, todos estos
trabajos presuponen una organización asociativa y, por ende, centros
urbanos o, al menos, aglomeraciones importantes. Indudablemente, se había
superado la fase de las chozas de barro. Después de las ciudades lacustres,
de casas montadas sobre pilotes, debió de haber ciudades próximas a las
importantes necrópolis constituidas parcialmente por los monumentos
megalíticos. Éstos se encuentran en todo el contorno de los mares del Norte
y del océano Atlántico, también en la Europa central.
R. Grosjean, encargado de investigaciones en el Centro Nacional de
Investigaciones Científicas descubrió en Filitosa, Córcega, vestigios de
construcciones muy antiguas, que se remontan, quizás, al segundo milenio
antes de nuestra Era. Y las espigas y entalladuras que se observan en las
piedras levantadas, particularmente en Stonehenge, dan a entender que los
celtas poseían conocimientos arquitectónicos y debían, por consiguiente,
edificar casas de piedra. Eran expertos en diversas artes menores,
practicaban la cerámica y tejían paños muy ricos para la confección de sus
vestidos.
Hay que observar, también, que conocían el empleo del ámbar amarillo
(el «elektron» de los griegos), desde el Báltico hasta el Mediterráneo. Lo
utilizaban como adorno, pero también con fines profilácticos, y, con esta
sustancia, que, según Tácito, era el jugo de una materia sumergida,
confeccionaban collares para los niños. En efecto, se decía que el ámbar
tenía virtudes terapéuticas, e inmunizaba contra diversas enfermedades.
Tanto las técnicas como los mitos se transmitían por vía oral y eran,
probablemente, patrimonio de la clase sacerdotal. Ésta constituía una
verdadera corporación de filósofos naturalistas y espiritualistas: los druidas.
Aunque ninguna de sus doctrinas y actividades fueron registradas en un
libro, las conocemos gracias a varios escritores latinos, como Diógenes
Laerce, Julio César, Estrabón, Tácito y Plinio el Viejo. Además, hallamos
algunas informaciones a su respecto en algunas vidas de santos y también,
naturalmente, en las leyendas galas.
Su cofradía parece haber estado emparentada con la de los magos de la
religión de Zoroastro y también, un poco, con la de los poseedores de los
dogmas védicos; lo cual no es de extrañar, ya que celtas, persas y arios de la
India constituyen tres de los vástagos de la gran familia lingüística y
cultural de los indoeuropeos, mientras que la rama de los griegos presentaba
sensibles diferencias, por haber absorbido las creencias, los conocimientos,
las tradiciones y el fondo cultural cretense, lo mismo que los latinos, que
fueron discípulos de los helenos y herederos de los etruscos.
La originalidad de los druidas residía, pues, principalmente, en el culto
naturalista y en el ceremonial de las estaciones. Además, según dicen los
romanos, carecían de templos y reunían a los fieles en los claros de los
bosques.
Gozaban de gran consideración. Según el narrador de la «razzia» de los
bueyes de Cooley, estaba prohibido a los ulates hablar ante el rey y a los
reyes, antes que su druida. Éstos actuaban de consejeros políticos de los
soberanos y de preceptores de los jóvenes nobles, y practicaban una
medicina fundada en el efecto curativo de ciertas plantas.
Por otra parte, los celtas, según hemos dicho, no se limitaban a adorar la
Luna como astro, sino también en consideración a su múltiple influencia.
Después de observarla largamente, no sólo le otorgaron un importante lugar
en los motivos decorativos de sus medallas, sino que concibieron un
calendario fundado en las comprobaciones hechas a su respecto, tomando
como base las estaciones y las lunaciones. En sus funciones culturales
estaban asistidos por los bardos, cantores de himnos litúrgicos, que
celebraban el culto de los héroes. Gozaban, además, de un poder oculto, y,
según se dice, realizaban prodigios en comunicación con las fuerzas
espirituales del más allá. Pues creían en la inmortalidad del alma y en la
metempsícosis, y pronunciaban profecías, aunque esto incumbía tal vez a
las druidesas, de las que sabemos poca cosa. Los oubages, adivinos y
sacrificadores, les prestaban igualmente su concurso. Pero el sacrificio no
equivalía, como se tiende a creer, a una inmolación. Era consentido e
incluso ambicionado. Se trata, nos dice Jean Markale, «de una operación
psíquica, en el curso de la cual se despoja al sacrificado de las escorias que
le estorban, por grados sucesivos, y trata de alcanzar la divinidad: el Ser
Perfecto». El último grado es, naturalmente, la muerte, a la que se abandona
el iniciado, sin duda como los hinduistas que se hacían aplastar por las
ruedas del carro de Jarjenatte, en la India.
Pero aunque tengamos, de manera indirecta, una idea vaga de su saber y
de sus costumbres, varias de éstas se han conservado; en particular, ciertas
fiestas que fueron incorporadas al rito cristiano. Tal es el caso de la
«Víspera de Todos los Santos»; de la fiesta de la Primavera, que, por lo
demás, era mucho más precoz que nuestro Primero de Mayo, y también de
las hogueras de San Juan. Lo propio puede decirse de la Navidad. En
efecto: en esta época del invierno, los celtas solían adornar sus casas con
muérdago, y en particular la entrada, para implorar la gracia de la
prosperidad. Más de mil quinientos años después de que los romanos
prohibiesen el druidismo (sobre todo después de haberse convertido al
cristianismo), Goethe tuvo noticia de esta tradición, que perduraba en
ciertas regiones y particularmente en Alsacia, y habló de ella a sus amigos
y, después, la celebró en sus escritos. Pero el muérdago, muy raro en
Alemania, fue remplazado por la rama de abeto Inmediatamente, los
emigrantes propagaron la costumbre en toda Europa y en América del
Norte. En la actualidad, se ha extendido a Asia, e incluso en los hogares
musulmanes de Teherán se iluminan, el 25 de diciembre, los árboles de
Navidad cargados de regalos, sin dar el menor sentido religioso a esta
manifestación que, por lo demás, es estrictamente profana y simplemente
tolerada por la cristiandad.
Todo esto parece alejarnos considerablemente de Numinor. En realidad,
convenía, para hacer creíble la existencia de una ciudad de la que no
subsiste rastro alguno, pero cuyo esplendor es cantado por las leyendas,
mostrar que es, al menos, probable, dado el nivel cultural, artístico
espiritual de la sociedad céltica.
Alguien trató de relacionar su nombre con el más reciente de Numinoe,
muy posterior a la época céltica, y cuya historia vamos a referir para mejor
refutar esta hipótesis.
En el año 824 de la Era cristiana, el rey Ludovico Pío nombró duque de
Bretaña y señor de los bretones al conde de Vannes, que se llamaba
Numinoe.
Al principio, Numinoé se mostró aparentemente leal a Ludovico Pío.
Pero cuando los hijos de éste se disputaron el Imperio, recobró su absoluta
libertad de acción, actuó como verdadero soberano, organizó la unidad
bretona y se ganó, por ello, el título de «Padre de la Patria». Habiéndose
declarado en favor de Lotario, soberano alejado y, por ello, poco molesto,
desafió abiertamente a Carlos el Calvo.
Éste llevó a cabo una expedición para someterle y apoderarse
definitivamente de la península. Pero fracasó, pues, el 22 de noviembre de
845, fue derrotado en Ballon, al sur de Rennes, y obligado a reconocer la
autoridad de Numinoe en Bretaña. Pero Numinoe no se contentó con esto,
sino que se apoderó de Rennes y de Nantes y se anexionó la famosa,
Marche, dando así sus lindes al futuro Ducado, que son actualmente los de
los cinco departamentos bretones. Cegado por sus triunfos, Numinoe se
convirtió en conquistador. Invadió Anjou, Maine y el Vendomois. Murió el
7 de marzo de 851 y fue enterrado en la abadía de Saint-Sauveur de Redon,
fundada bajo su patrocinio por Conwoion, arcediano de Vannes, y que llegó
a ser una de las más brillantes abadías bretonas.
Sin embargo, Numinoe había tenido tiempo de trazar las líneas
generales de una reforma política, administrativa y religiosa. Como era
vannetés, trasladó el centro político del país de Nantes a Vannes.
Reorganizó y delimitó los obispados del Norte (St-Pol-de-Léon, Tréguier,
St-Brieux, St-Malo y Dol), despojándoles, por lo demás, de su carácter
monástico. Depuró el clero del Sur, tradicionalmente galorromano, y trató
de apartar a toda la Iglesia bretona de la obediencia de Tours, proponiendo
la creación de una nueva metrópoli, bretona, en Dol.
La figura de Numinoe no carece de grandeza ni de mérito. Es uno de los
pocos soberanos bretones que consiguió una cohesión perfecta en un país
poco inclinado a la unidad y desgarrado como en tiempos de los galos y de
los bretones insulares, por querellas intestinas y luchas de preeminencia
muy acordes con la mentalidad céltica. Pero esta cohesión no duraría
mucho tiempo. Parece evidente que este Numinoe fue el jefe celta supremo
de la época, el Pendragón cuya autoridad se extendía sobre todo el celtismo
y que, por la propia fuerza de su nombre, pretendía ser de Numinor.
Nos parece mucho más lógico considerar las ciudades desaparecidas
que menciona la literatura céltica, aunque ninguna de ellas lleve el nombre
de Numinor. Estas desapariciones coinciden, por lo demás, con cataclismos
naturales. Hacia el año 1200 antes de J. C. Descendió en Europa el nivel de
los mares, de los lagos y de los pantanos, y esta disminución de la humedad
trajo consigo una aceleración del progreso. Pero a fines de la Edad del
Bronce, o Primer Período de Hallstatt (ap. 530 a. De J. C). Se produjo un
nuevo cambio climático. Después de unas lluvias torrenciales, que
provocaron inundaciones, las costas de los mares del Norte se anegaron
parcialmente y, con ellas, varios puertos del Báltico, de Bretaña, del país de
Gales y de Irlanda. Esto permite dar mayor crédito a la leyenda bretona de
la ciudad de Ys. Aunque hay que reconocer que ésta ha llegado hasta
nosotros con elementos románticos propios de la tradición medieval,
gracias al Lai Graelent-Muer, atribuido a María de Francia, y al Misterio de
Saint-Gwendolé, drama bretón armoricano (del siglo XVI).
Entonces, no todo es símbolo o mito en estos dos relatos: Gradlon, rey
de Cornualles, en el curso de un largo viaje, se ha casado con un hada de
extraordinaria belleza. Durante el viaje de regreso, ella da a luz una hija,
Dahuit o Abes, y muere inmediatamente después del parto. El viudo
consagra todo su cariño a Dahuit. Pero se convierte al cristianismo. (Esta
parte de la leyenda no es sólo mucho más reciente que el resto, sino que
tiene un carácter moralizador en el sentido religioso, tal como nosotros lo
entendemos). En efecto, Dahuit sigue siendo pagana. Y, para vivir apartada
de la Corte, pide a su padre que le construya una ciudad a orillas del mar. El
padre cede, a este capricho, y protege la ciudad con un dique provisto de
una puerta de bronce.
Alberto el Grande la sitúa en la bahía de Douarnenez. Según la leyenda,
impera el lujo en la ciudad y, además, sus moradores se entregan a
continuas orgías. Dios encarga su castigo a Gwendolé. El santo varón avisa
a Gradlon, rey piadoso y justo, que consigue salvar sus bienes y emprender
la huida. Pero Dahuit y sus disipados compañeros perecen ahogados en la
ciudad engullida por las aguas.
Ahora bien, una leyenda parecida la encontramos en el País de Gales, la
del Libro Negro de Camarthen, y otra en Irlanda, en el manuscrito de
Leabhar na H. Uidre. En estos textos, y en otros igualmente relativos a
ciudades que desaparecieron sin dejar rastro, se observan algunas variantes.
En algunos de ellos, no se trata de la invasión de las aguas del mar, sino de
una fuente mágica que se desborda. En otras, interviene un monstruo (casi
siempre marino): el de Loch Ness, en Escocia, o el de la Muerte del Curoi,
en Irlanda. También encontramos este tema en Escandinavia. Por ejemplo,
Selma Lagerloff refiere, en Nils Holgerson, el castigo infligido a los
moradores de Vineta, que vivían entregados a la lujuria. La ciudad es
sumergida por las olas. Aunque, cada siglo, emerge por una noche. La
literatura épica abunda también en relatos de una ciudad desierta que
aparece ante los ojos de un ejército que la ataca y que después desaparece
misteriosamente. O bien de una fortaleza que se desvanece al acercarse un
visitante, como Parsifal, que va en busca del Santo Grial. Naturalmente,
pueden atribuirse varios sentidos a estas desapariciones.
Los cristianos trataron de dar un carácter punitivo a estas destrucciones,
análogas a la de Sodoma y Gomorra en el Antiguo Testamento. Pero
también la desaparición se puede interpretar como una necesidad de
conservar secreto el poder espiritual de los celtas, que resuelven por ellos
mismos pasar a la clandestinidad. Los recientes descubrimientos de
ciudades tales como Qatal Huyuk o de los vestigios de Filitosa, permiten,
sin embargo, esperar que Numinor haya existido en realidad y que un día,
tal vez próximo, la descubran los arqueólogos, los espeleólogos o los
oceanógrafos, y aporten, de este modo, una prueba irrefutable del nivel que
alcanzó sin duda la civilización céltica.
QUINTA PARTE
SOBRE ALGUNAS
SEMICERTIDUMBRES
MARAVILLOSAS
CAPÍTULO I
La unión libre del saber y el hacer
Fin del viaje: a caballo sobre algunas certidumbres. — La ciencia y la tecnología pueden ser
dos actividades sin ligamen ni relación; es decir, contradictorias. — Esta comprobación ilumina
nuestro tiempo y el pasado. — Abundancia de pruebas. — Una ojeada sobre el mundo animal.
— Los cálculos justos y las ideas falsas de los astrónomos babilonios. — Genio e impotencia de
los griegos. — El Imperio de los ingenieros. — Sobre el progreso de los mogoles. — Humanizar
el futuro, rehumanizando los milenios enterrados.
Hemos galopado mucho a lomos de lo interrogantes. Algunos de éstos eran
vigorosos. Otros aparecían un poco desalentados. Pero en las postas hay que
tomar lo que se encuentra. Lo importante, para el embellecimiento de la
vida, es viajar. He aquí nuestra última etapa. Ahora hemos encontrado
algunas certidumbres, que son monturas de otra clase. Son jóvenes y muy
nerviosas. Procuraremos tener la espuela ligera.
La arqueología oficial hizo grandes progresos en Creta y, recientemente,
importantes descubrimientos en Turquía. Cabalguemos en estas
certidumbres y, de vez en cuando, espoleemos a la montura con algunas de
nuestras absurdas preguntas. Pero ¿son realmente tan absurdas? Tal vez un
día, cuando algunas de las ideas o de las hipótesis que flotan en nuestros
toscos libracos engendren vocaciones, alcanzarán aquéllas la dignidad de un
método.
Llevamos, por ejemplo, en nuestras alforjas, una idea que, a nuestro
modo de ver, merece alguna consideración. Podría servir muy bien para una
comprensión más exacta del pasado y aun del presente. Ya veréis cómo la
empleamos en los próximos capítulos, al hablar del mito de Dédalo y de los
refinamientos de las recién desenterradas ciudades de Qatal Huyuk. La idea
es ésta: cada vez que se descubren señales de técnica avanzada el tiempos
muy antiguos, se produce un movimiento de estupor. Incluso de
contrariedad. Es algo —se piensa— difícil de admitir, dada la presunción de
que la ciencia de la época era infantil y falsa. Sólo un conocimiento exacto
de las leyes permite la aplicación de la ciencia. Dicho de otro modo: parece
que una civilización para ser técnica, tiene que ser científica. Nuestra idea
rechaza este principio. Rechaza, pues, el estupor y la contrariedad en
presencia de vestigios técnicos. Expulsa de la mente el principio-tabú que le
impide seguir aquellas pistas. Pensamos, en efecto, que no siempre y
necesariamente existe, en una civilización dada, una relación entre
realización técnica y conocimiento general. Aunque esta civilización sea la
nuestra. Este modo de ver es, ciertamente, desconcertante. Sin embargo, nos
parece de acuerdo con la realidad.
Es, propiamente hablando, del orden del descubrimiento, y este
descubrimiento puede servir para una mejor comprensión de nuestro tiempo
y de los tiempos enterrados.
Toda nuestra educación escolar, organizada y orientada por filósofos,
hombres de mentalidad literaria y pedagogos, tiende a persuadirnos de que
la técnica es un producto derivado de la ciencia. El sabio descubre los
principios, y el técnico se sirve de ellos para realizaciones prácticas. Según
este esquema convencional, el progreso arranca de los hombres que
tuvieron grandes conocimientos generales, como Euclides, Descartes,
Newton, Fresnel, Maxwell, Plank y Einstein; y el papel de las inteligencias
tipo Arquímedes, Roger Bacon, Galileo, Marconi o Edison se reduce a
sacar deducciones del conocimiento fundamental de las leyes del Universo.
Hay que empezar por la comprensión, y continuar con la acción. Pero
semejante esquema, sobre el que se apoya toda la reflexión contemporánea,
y, por ende, toda nuestra manera de estudiar el pasado, no corresponde a la
realidad. Generalmente, la mayoría de las grandes construcciones del genio
científico no han dado lugar a ninguna transformación del medio material
en que vivimos, ni contribuido a ningún progreso material, ni al dominio
del hombre sobre la Naturaleza. En cambio, la mayoría de las etapas del
progreso técnico, que han conducido a nuestro dominio actual de los
fenómenos naturales, son resultado de actuaciones sin el menor alcance
filosófico, efectuadas la mayoría de las veces por hombres carentes de
verdadera cultura científica y que han realizado grandes cosas, no porque
fuesen sabios, sino porque no lo eran lo bastante para saber que tales cosas
eran imposibles. El «cientifismo» aristocrático, que prevalece en el
esquema convencional, no corresponde en absoluto a la realidad dinámica.
Con frecuencia, el hombre hace, antes de conocer las leyes que explicar
correctamente los resultados que obtiene. Y el hecho de que atribuya estos
resultados a los dioses, no implica que lo que hace sea forzosamente mítico.
Los altos hornos funcionaron mucho antes del nacimiento de la química
industrial. Antiguamente, se hundía una espada calentada al rojo en el
cuerpo del prisionero sacrificado. Se imaginaban que las virtudes de la
víctima templaban el acero. En realidad, el nitrógeno orgánico producía este
efecto. El procedimiento era mágico; pero la técnica era correcta. Cuando
Fausto niega la prioridad al Verbo y, después, al Pensamiento, y se decide a
escribir: «A1 principio era la Acción», empieza su aventura, se agitan «los
espíritus en el pasillo» y entra Mefistóteles disfrazado de estudiante… De la
misma manera, unos hombres de civilizaciones desaparecidas, disfrazados
de sumos sacerdotes, con una mentalidad irracional y una visión absurda
del Universo, pudieron realizar proezas técnicas que desafían nuestra
comprensión y desbaratan nuestros cálculos. La solución no radica en la
negativa a considerar el problema, ni en la mística del paraíso perdido, de
los dioses presentes en el principio y de los Atlantes de conocimiento
absoluto. Y, aunque lleguemos a suponer (suposición lícita, a nuestro modo
de ver) que hubo visitas de «Grandes Galácticos» en la noche de los
tiempos, éstos no transmitieron, sin duda, una ciencia intraducible, sino
procedimientos, trucos, juegos de manos, que conocieron diversa suerte, a
través de unos mares de olvido, de ignorancia, de indiferencia al saber.
Echemos un nuevo vistazo a nuestro propio tiempo. ¡Cuán poco espacio
ocupa la pasión del saber! ¡Y qué extensión más grande el afán y la
necesidad de saber hacer! Nuestro mundo técnico seguiría su marcha
ascensional durante años, durante siglos, aunque toda nuestra ciencia se
detuviese mañana en el punto alcanzado, y aunque se olvidasen los
principios generales.
La ciencia intervino muy tardíamente en la técnica, y no sin encontrar
resistencia, pues la impaciencia del hacer tolera mal los engorros del saber.
Desde luego, el conocimiento de las leyes de la Naturaleza permite actuar
sobre ésta. La ciencia delegó sus poderes en los prácticos, en ingenieros
científicamente instruidos. Pero la acción sobre la Naturaleza demuestra, a
veces, que aquel conocimiento es falso, o insuficiente, o más sencillamente,
indiferente. El inventor no pertenece al mundo de las leyes, sino al de los
actos. No es una mente ilustrada. Es una mente inflamada por la voluntad
de poder inmediato. Su fuego interior le impulsa a triunfar, con
independencia de que la Ciencia considere realizable o irrealizable su
proyecto. El profesor Simon Newcomb demuestra matemáticamente, a fines
del siglo XIX, que el vuelo de un objeto más pesado que el aire es una
quimera. Dos reparadores de bicicletas, los hermanos Wright, construyen un
avión. A principios del siglo XX, Hertz está convencido de que sus ondas no
pueden servir para transmitir un mensaje a larga distancia. Un italiano
ingenioso y sin títulos académicos, Marconi, establece las primeras
comunicaciones inalámbricas. Lo que ocurre es que confundimos con la
ciencia las realizaciones de este tipo especial de mentalidad que tan pronto
sigue la corriente del conocimiento como navega contra ella. Y, en nuestra
época actual, el impulso fáustico, en cuanto ha sido reanimado por la
ciencia pura, sumerge a ésta, la envuelve y la asfixia entre sus olas. La
imagen del «gran sabio», que resplandeció durante un siglo, está perdiendo
consistencia. El gran sabio pertenece a una especie cada día más rara.
Arrastrado por la ola, o, más estúpidamente, por los deberes
administrativos, este tipo de hombre, que se entregó a una vocación casi
religiosa en favor de la inteligencia pura, justamente orgulloso de su saber,
absorto en ideas generales, preocupado por las consecuencias de su trabajo,
está quedando anticuado. Por otra parte, es significativo que, en la
actualidad, se sustituya la palabra «sabio» por la de «investigador». Lo cual
no es efecto de la modestia. Lo que ocurre es que el «investigador»
pertenece ya a otra raza, más estrechamente especializada y orientada por
entero hacia el saber hacer.
Nosotros vemos una homogeneidad del saber y el hacer, de la ciencia y
la técnica, siendo así que lo que hay es coexistencia, superposición y, a
veces, antinomia.
Los físicos experimentales afirman de buen grado, en privado, que las
vastas síntesis de la física teórica no tienen para ellos la menor utilidad
práctica. Los propios técnicos os dirán que las más formidables
instalaciones nucleares representan, sobre todo, un triunfo del ingenio
artesano; que son fruto de miles y miles de pequeños «trucos» agrupados
por la experiencia y sin relación alguna con las teorías fundamentales.
Cierto que tienen que confesar que su campo fue, en un principio,
explorado por unos teóricos cuyos trabajos no pueden ignorarse. Y aquí
reside, quizás, una gran novedad de nuestro siglo: que, para ser técnico,
había que ser también un poco sabio. Esta relación es un hecho nuevo en la
Historia, constituye una originalidad. Pero esta originalidad no podría
fundar una ley general. Los partos tecnológicos no requieren, como
condición necesaria, el previo apareamiento de las dos actividades de la
mente. Incluso en nuestra civilización, es ésta una unión muy libre, con sus
rabietas, sus escapatorias y sus engaños. Tal vez se necesitaría una
transformación de la mentalidad humana, comparable a la realizada por los
griegos hace veinticinco siglos, para que nazca una nueva forma de
conquista del Universo que una estrechamente el conocimiento a la acción.
Sin embargo, aquel esquema está tan profundamente arraigado en
nosotros, que decimos de buen grado que nuestra civilización es científica.
Y, en realidad, es tecnológica. No está en modo alguno gobernada por las
virtudes del espíritu científico. Son los afanes del demonio del saber los que
llevan la voz cantante. Tenemos sociedades de managers y de ingenieros, de
burócratas y de policías, en las que el empirismo rige las cosas y los
hombres, con justificaciones ideológicas muy vagas, muy dudosas, y con
peticiones de principio cuyo carácter relativo nadie ignora. Una sociedad
regida por la Ciencia sigue siendo una utopía. No; el hacer no es, en
circunstancia alguna, una recompensa del saber. Y nuestra visión de la
historia de la mente se ve falseada por esta creencia.
El Renacimiento, por ejemplo, no es un fruto rápidamente madurado
por una súbita luz. Cierto que la imprenta, la brújula, la pólvora, aparecen
aproximadamente en el momento en que renace la ciencia fundamental,
después de un eclipse de casi quince siglos; pero la contribución de la
ciencia a los inventos y a los descubrimientos es absolutamente nula. La
brújula no nació de la aplicación de las leyes del electromagnetismo, sino
todo lo contrario. Los grandes navegantes españoles y portugueses
precedieron en cuatro siglos a Ampere y a Maxwell. Descartes concretó las
leyes de la óptica mucho tiempo después de que Galileo fabricase su
primera lente y descubriese las montañas de la Luna, los satélites de Júpiter
y las fases de Mercurio y de Venus.
El ejemplo más impresionante del distanciamiento entre la Ciencia y la
técnica es la obra de Newton. Éste es sin duda con Einstein el genio más
grande de los tiempos modernos. Sus trabajos inspiraron durante tres siglos,
el conocimiento de las leyes del Universo. Pero sería imposible citar una
sola aplicación práctica de sus descubrimientos hasta el lanzamiento del
primer Sputnik. Nada habría cambiado desde el siglo XVIII, en la conquista
de la Naturaleza por el hombre, si las leyes de la gravitación hubiesen
permanecido envueltas en la ignorancia. Ni la máquina de vapor (inventada
mucho antes de que Carnot formulase su teoría), ni la electricidad, ni la
química, les deben nada.
Cuando uno piensa en todo esto se siente turbado. Los más fecundos
inventores modernos, los que más han contribuido a cambiar el mundo,
Denis Papin, Watt, Edison, Marconi, Armstrong, De Forest, Tesla, George
Claude, los hermanos Lumiere, no eran lo que se ha convenido en llamar
sabios. Habríamos podido vivir lo mismo que vivimos hoy, sobre un sondo
teórico diferente sobre una visión del Universo y unos conceptos
fundamentales no científicos, irracionales o religiosos. A fin de cuentas, el
nazismo era una filosofía mágica absurda, y su técnica estuvo a punto de
conquistar el mundo. A fin de cuentas, nuestro racionalismo y nuestro
materialismo son también opciones ideológicas, más que productos del
espíritu de verdad. A fin de cuentas, el evolucionismo, sobre el que se
apoya todo nuestro concepto del progreso, es un cuento de hadas.
Todo lo que llevamos dentro se rebela contra estas comprobaciones.
Quisiéramos que las realizaciones fuesen recompensas de lo que tenemos
por nuestro más noble deseo: el deseo de la verdad. Por esto queremos
negar a nuestros antepasados la posibilidad de hacer; porque vivían en un
profundo alejamiento de las verdades. Y cuando descubrimos la calefacción
central en las ciudades antiguas, nuestra sorpresa tiene un matiz de angustia.
Es nuestro mundo mental que se tambalea. Los pequeños tenedores de
madera, surgidos de la Prehistoria, pinchan nuestra mente. El robot de
Tales, de las costas de Creta, nos lapida. Los constructores de Stonehenge
son nuestros enemigos. Dédalo nos hace dudar de nosotros misinos. El
calendario maya perturba nuestras constelaciones mentales. Y, sin embargo,
cuando pensamos en la Ciencia y en la técnica, un solo vistazo a la
Naturaleza debería desengañarnos. No hay un solo descubrimiento útil,
transformador de nuestro mundo, que no haya sido realizado anteriormente
por el mundo animal. La jibia y ciertos insectos esténidos se propulsan por
reacción. La avispa fabrica papel. El pez torpedo dispone de condensadores
fijos, de pilas y de interruptores de corriente eléctrica. Las hormigas
practican la ganadería y la agricultura, y tal vez conocen el uso de los
antibióticos. El pez Gymnarcus niloticus lleva, cerca de la cabeza y de la
cola, generadores de tensión y aparatos capaces de apreciar ínfimos
gradientes eléctricos. El demonio del hacer juega todas las cartas y circula
misteriosamente a través de toda la Naturaleza y, sin duda alguna, de todos
los hombres de todos los tiempos.
El prestigio de la ciencia astronómica de los babilonios se mantiene
después de tres milenios. En efecto, no cabe duda de que, en cierto sentido,
esta ciencia fue muy lejos, más lejos que la de los griegos, e incluso, en
ciertos terrenos, que la moderna astronomía hasta el siglo pasado. Hace más
de dos docenas de siglos que Kidinnú calculó el valor del movimiento anual
del Sol y de la Luna con una precisión que sólo fue superada en 1857,
cuando Hensen obtuvo cifras con un error menor a tres segundos de arco. El
error de los resultados de Kidinnú no superaba los nueve segundos.
Más extraordinaria aún es la precisión del cálculo de los eclipses lunares
por el propio Kidinnú. Los actuales métodos de cálculo, perfeccionados en
1887 por Oppolzer, suponían un error de siete décimas de segundo de arco
por año en la determinación del movimiento del Sol. El cálculo de Kidinnú
se aproximaba más a la realidad… ¡en dos décimas de segundo! Toulmin y
Goodfiels, en un curso que dieron en 1957 en la Universidad de Leeds, no
ocultaron su admiración por el viejo astrónomo de Mesopotamia.
«Que una tal exactitud —escribieron— pudiese alcanzarse sin
telescopio, sin reloj, sin los impresionantes aparatos de nuestros modernos
observatorios y sin matemáticas superiores, parecería increíble si no
recordásemos que Kidinnú disponía de archivos astronómicos que
abarcaban un período mucho más largo que el de sus sucesores de nuestro
tiempo».
¿Diremos que Kidinnú y sus colegas eran grandes astrónomos? ¡No!
Por muy sorprendente que parezca, sus conocimientos astronómicos eran
prácticamente nulos. No alcanzaban, ni con mucho, el nivel de los de un
niño de nuestras escuelas primarias. Kidinnú y los otros «astrónomos»
babilonios creían que los planetas eran divinidades. No tenían la menor idea
de las dimensiones del cielo: y la idea misma de distancia espacial, aplicada
a la Luna, al Sol o a Marte, les habría parecido absurda, escandalosa,
sacrílega, como les parecería a nuestros teólogos modernos cualquier
cálculo trigonométrico del movimiento de los ángeles o de la distancia que
separa el Cielo del Purgatorio.
Los astrónomos, que durante siglos y más siglos observaron el
movimiento de los planetas desde lo alto del Gran Zigurat, eran verdaderos
ingenieros en teología. Este Gran Zigurat, cuyas colosales ruinas producen
aún, justificadamente, una especie de estupor sagrado en el hombre del
siglo XX, no tenía nada de observatorio, y sólo una ceguera psicológica nos
inclina a darle este nombre. Nos acercaríamos más a la verdad si lo
imaginásemos como una gigantesca sacristía, dotada de una oficina de
estudios. Por lo demás, los textos «astronómicos» babilónicos reflejan
perfectamente los conceptos básicos en que se apoyaban los admirables
cálculos de Kidinnú.
«Entonces, Marduk (el dios supremo) creó reinos para los Grandes
Dioses. Trazó su imagen en las constelaciones».
«Fijó el año y definió sus divisiones, atribuyendo tres constelaciones a
cada uno de los doce meses».
«Cuando hubo definido los días del año por las constelaciones, encargó
a Nibirú (el Zodíaco) que las midiese todas (…) y situó el Zenit en el
centro. Hizo a la Luna brillante señora de las tinieblas, y le ordenó que
habitase la noche y marcase el tiempo. Mandó que su disco aumentase, un
mes tras otro, incesantemente»:
«Al comenzar el mes… brillarás durante seis días como un arco
creciente, y como medio disco al séptimo día. En el plenilunio, a la mitad
de cada mes, te hallarás en oposición al Sol».
«Cuando te alcance el Sol, en el Este, sobre el horizonte, te encogerás y
formarás un creciente invertido… Y el día vigésimo noveno, volverás a
estar en línea con el sol». (Fragmentos del texto sagrado del Enunia Elish).
Y así sucesivamente para los planetas, el movimiento del Sol en el
Zodíaco, etcétera. El hombre moderno se siente inclinado, por sus
invencibles ilusiones realistas, a interpretar estos textos como ficciones
literarias, destinadas a vestir de un modo elegante unos hechos cuyo
carácter material era perfectamente conocido por los calculadores del Gran
Zigurat. No puede creer que unos cálculos tan perfectos pudiesen ser
realizados por hombres para quienes la Luna, Venus, Marte y todos los
astros fuesen realmente dioses. Pero existe un texto antiguo, perfectamente
claro, que no deja lugar a dudas sobre la prodigiosa ignorancia de los
astrónomos babilonios.
Allá por el año 270 a. C. Beroso, de quiera hemos hablado ya a
propósito de los Akpallus, emigró a la isla de Cos, en el Dodecaneso, y
enseñó allí la ciencia de su país. Su enseñanza no cayó en saco roto, y,
doscientos años más tarde, el romano Vitrubio hizo un resumen de ella, que
ha llegado hasta nosotros. Según Beroso, heredero de dos mil años de
astronomía babilónica, la Tierra era plana, el Sol la sobrevolaba a altura
constante y lo propio hacía la Luna, aunque a más baja altura. Ésta tenía
una cara luminosa y una cara oscura, y giraba sobre sí misma, de una
manera tan ingeniosa que explicaba sus variaciones mensuales, pero tan
extraña que, en el momento; del plenilunio, ¡daba su cara oscura al Sol!
Desde luego, la Luna y el Sol tenían que ser forzosamente dioses, porque,
después de desaparecer todas las noches por el horizonte occidental,
reaparecían al día siguiente por Oriente, gracias a un milagro que sólo el
gran Marduk podía explicar. Pero Beroso no dejó por ello de impresionar a
los griegos (que conocían desde hacía tiempo la redondez de la Tierra y, a
grandes rasgos, las configuraciones celestes), por la fantástica precisión de
sus efemérides y de sus predicciones de eclipses. Los griegos eran sabios.
Beroso era un técnico. Los trabajos prácticos de los astrónomos babilonios
no requerían ningún conocimiento teórico y no han dejado rastro alguno de
una sabiduría de esta clase.
El abismo que separa la Ciencia de la técnica se pone aún más de
manifiesto si rccordamos que, en la época en que Beroso llega a Cos,
Aristarco de Samos había descubierto ya la rotación de la Tierra sobre sí
misma, su revolución anual alrededor del Sol, y las inmensas dimensiones
que, partiendo de este último fenómeno, había que atribuir al espacio
sideral. Pero no había ninguna necesidad técnica (aquí, teológica) que
obligase a Aristarco a prever los eclipses con un error de una décima de
segundo de arco. Le bastaba con saber cómo ocurrían las cosas y cómo
podían explicarse las apariencias, según había dicho Platón.
Por otra parte, la aventura intelectual de los griegos ilustra en cierto
sentido el desarrollo independiente de la Ciencia y de la técnica, pues ellos,
que fueron los primeros auténticos hombres de Ciencia, consideraron
siempre la técnica como una habilidad propia de bárbaros y de esclavos, al
menos hasta Arquímedes, cuyo genio revolucionario es tanto el de un
ingeniero como el de un sabio. Si los griegos fueron los primeros hombres
de la Historia que vislumbraron la verdadera naturaleza del universo
material y el orden natural que lo organiza —la palabra Cosmos, que ellos
nos legaron, es, ante todo, un adjetivo que significa hermoso, elegante,
ordenado—, si fueron los primeros en comprender la situación, a la vez
predominante y modesta, del hombre en el seno de esta máquina enorme,
no les debemos, en cambio, ninguno de los grandes inventos realizados en
su época. Cuando Arquímedes comprendió, al fin, que la auténtica Ciencia
debía tener también el aspecto artesano de la experimentación, era ya
demasiado tarde: como se sabe, Arquímedes fue asesinado por un soldado
del victorioso ejército romano. Con los romanos, la técnica volvió a
remplazar a la Ciencia.
Hemos citado a Vitrubio, a quien los diccionarios dan el título de
arquitecto, porque él mismo se daba este nombre. Pero, en realidad, el
arquitecto romano era un auténtico ingeniero, como lo fueron después los
arquitectos italianos del Renacimiento.
El arquitecto romano Sergius Orata, contemporáneo de Julio César,
realizó la calefacción central indirecta, en la forma que está actualmente
más de moda: por el suelo. Los ingenieros romanos y galorromanos
multiplicaron, hasta el final del Imperio, los pequeños inventos que
transforman la vida cotidiana (como, por ejemplo, los cristales de las
ventanas), sin apelar al menor conocimiento} científico. Este progreso
técnico se desarrolló sobre un fondo de ignorancia científica total. En los
tiempos de Augusto, los escolares seguían aprendiendo los teoremas de la
geometría de Euclides pero ya no se les enseñaban las demostraciones…
Pues, ¿qué utilidad tenía aprender la demostración, «si Euclides la había
hecho ya»? Este pequeño detalle nos muestra, mejor que otro cualquiera,
hasta qué punto el genio romano, tan fecundo en el arte de transformar la
Naturaleza, se había aislado de las fuentes de la inteligencia científica.
Cuando recorremos los restos de un gran acueducto romano, por ejemplo el
que alimentaba Cartago a través de ochenta kilómetros de llanuras y
colinas, nos maravilla la exactitud del cálculo de la pendiente. Pero los que
efectuaron estos cálculos y las mediciones topográficas correspondientes no
sabían demostrar el viejo teorema de Pitágoras y además, les importaba un
bledo. Como nuestros ingenieros modernos y como los ingenieros
babilonios, disponían de tablas y de baremos que resolvían todos los
problemas prácticos. Y la teoria de estas tablas les era tan indiferente como
útil.
Uno de los más curiosos descubrimientos de la arqueología moderna,
cuya significación fue el profesor André Varagnac uno de los primeros en
recalcar, es que la caída del Imperio romano se debió tanto a razones
técnicas como a causas políticas. Al registrar las tumbas de los bárbaros
que, a partir del siglo V, se instalaron sobre los despojos, de aquél, se
comprobó, con sorpresa, que sus armas eran mejores que las de los
romanos, por ser su acero de más alta calidad, así como sus armaduras, los
arneses de sus caballos e incluso sus utensilios. Más aún: los feroces hunos,
de los que, al cabo de los siglos, conservaremos aún un recuerdo espantoso,
gracias al testimonio de los últimos cronistas latinos, resulta que aportaron
inventos de los que ningún pueblo europeo tenía la menor idea, y menos
que nadie los griegos, tan hábiles en descifrar los secretos del Universo.
En efecto, a aquéllos y a los mogoles debemos la herradura, las
guarniciones racionales de los caballos, con su collera rellena, el fieltro e
incluso, indirectamente, ¡la imprenta!
En lo que atañe a la imprenta, los hechos, largos y complicados, pueden
resumirse de la manera siguiente: a principios de nuestra Era, los chinos
inventan el arte del grabado sobre madera; los mogoles invaden China y la
India; en este último país, aprenden… el juego de naipes, distracción
predilecta del soldado ocioso. Para renovar sus barajas, gastadas en las
noches de guardia, utilizan la técnica china del grabado, que transmiten
después a Europa. Los monjes occidentales se apoderan del invento, no para
fabricar barajas, sino estampas piadosas. Un holandés concibe la idea de
separar, en dos objetos diferentes, el grabado que representa la imagen y el
que contiene la leyenda, a fin de combinar diversas imágenes y leyendas,
practicando una permuta. Después, también en Holanda y en Alemania del
norte, otros inventores separan las letras unas de otras. Y, por último,
Gutenberg inventa los diferentes dispositivos que aún se emplean en la
actualidad: la prensa, la tinta de negro animal, la aleación metálica de los
caracteres. Sólo teniendo en cuenta estos dos inventos —las guarniciones
modernas del caballo y la imprenta (ésta indirectamente)—, nos vemos
obligados a confesar que el aporte de los mogoles a Occidente contribuyó
más a la transformación de este que toda la admirable ciencia griega, al
menos hasta el Renacimiento. Ahorabien, la base científica de la imprenta y
de la guarnición con collera es absolutamente nula. En los tiempo de la
grandeza de Roma, las ocas, cuya cría constituía una especialidad de Gran
Bretaña, eran transportadas a Italia por recuas que hacían el viaje a pata y
eran conducidas por veinte intermediarios a través de la Galia, desde Calais
hasta los Alpes, aproximadamente en un mes. Con la aparición del caballo
de tiro, el mismo comercio pudo realizarse en forma de pasta y de
encurtidos, transportados, en parte, en embarcaciones fluviales, y en parte,
en pesadas carretas que representaban el mismo papel económico que
nuestros actuales ferrocarriles. El caballo de sirga, al generalizar la tracción
de pesados cargamentos en los ríos de curso lento de Alemania y de
Flandes, abrió hasta tal punto el camino de la civilización a estos países,
que su papel igualó muy pronto al de la Europa mediterránea y acabó por
eclipsarlo. Fue, pues, en parte, gracias a los mogoles, que la civilización se
implantó en el norte de Europa. Sin embargo, ¿quién lo recuerda, y qué sitio
ocupan los mogoles en la historia oficial del progreso?
Una vez establecida la idea, surgen innumerables ejemplos. Así, ningún
lazo une a los abstractos de la ciencia helenística del siglo II antes de
Jesucristo con los ingenieros de Alejandría, que, en la misma época,
descubrieron, entre otras cosas, el motor de reacción, la famosa «bola de
Herón», que, veinte siglos más tarde, proporcionaba a Jean Jacques
Rousseau un éxito de curiosidad.
La historia de los inventos es desmesurada; la historia de la Ciencia es
estrecha. La Ciencia es un río; la invención es un océano. La Ciencia es
conquista y reto para la mente; la invención es la Naturaleza misma,
agitándose en el hombre. La Ciencia es cálculo en relación con lo posible;
la invención es victoria ciega sobre lo imposible. En este sentido, la
invención es magia. Pero estamos hasta tal punto alienados por la ideología,
que creemos sinceramente que la Naturaleza permanece muda, si no
tenemos sobre ella nuestras ideas actuales. Asi, nuestra cultura nos separa
de la realidad dinámica de los mundos desaparecidos, como nuestras ideas
modernas sobre el hombre nos separan de las profundidades y de las
amplitudes de la naturaleza del hombre, de las regiones oscuras en que el
genio de la creación supera al genio de la reflexión, donde el hacer,
indiferente al saber, se adelanta a éste.
«El genio humano: si unimos a esta expresión el poder de ser causa, la
asociamos a una facultad de la libertad. En este sentido, es una expresión y
un concepto modernos. Los Antiguos veían el genio en los dioses, o en el
recuerdo de los grandes antepasados actuando en el hombre. Y
considerando que la mayoría de nuestras realizaciones, si no todas, han sido
efectuadas por la Naturaleza», través de las especies vivas, diremos: el
genio de la Naturaleza en el hombre pudo desarrollarse muchas veces y de
diversas maneras, a lo largo de decenas de milenios enterrados. «Tenemos
en nosotros el centro de la Naturaleza —dice Paracelso—. Todos estamos
en creación. Somos tierra arable». El poder creador en bruto, lo que
remueve la materia, lo que moldea la vida, pudo germinar de muchas
maneras en esta tierra arable. La antigüedad del hombre retrocede sin cesar.
Las excavaciones nos revelan continuamente la existencia de civilizaciones
de sutileza enigmática, en un pasado que, ayer mismo, considerábamos
poblado de hirsutos brutos que cascaban piedras en la húmeda oscuridad de
las cavernas. Si como pensaba Marx, los descubrimientos se realizan en el
momento en que la Humanidad los necesita, ¿cuál es la necesidad que
corresponde a estas exhumaciones aceleradas? Tal vez la de sentir que no
estamos solos, aislados en una aventura de conquista de la Naturaleza y de
nuestra propia máquina humana; que esta aventura pudo desarrollarse varias
veces, en diversos grados de comprensión fundamental, de éxitos y de
riesgos, de extensión en el espacio y en el tiempo. Tal vez, también, la de
llegar a un humanismo útil para el futuro, que sólo podremos alcanzar
mediante la rehumanización de los tiempos enterrados, en una concepción
general de la eternidad del hombre.
CAPÍTULO II
Las doce ciudades de Catal Huyuk
La más antigua se remonta a 9000 años. — Trajes, joyas y espejos. — Los frescos y el símbolo
de la mano. — Preguntamos urna vez más: ¿dónde está la escritura? — Los santuarios de la
Diosa Madre. — Esos tenedores que vienen de tan lejos a pinchar nuestra mente. — Los
técnicos de la obsidiana y el mito de Prometeo. — Huellas evidentes de agricultura. —
Cuestiones sobre el Arca. — Los descendientes, ¿de quién?
Hemos evocado en este libro muchas maravillas conjeturales. Pero si es
preferible maravillarse sin conjeturas, he aquí una civilización que hace
soñar, pero cuya existencia está actualmente comprobada. Cuatro de sus
centros han sido definitivamente identificados. El más célebre de ellos se
llama Qatal Huyuk. Debemos su exhumación a James Mellaart.
El descubrimiento fortuito de un objeto de obsidiana, al sur de Turquía,
intrigó a Mellaart. Pensó que su hallazgo procedía tal vez de un taller
insospechado, en las cercanías de uno de los volcanes de Anatolia central.
La perspectiva de determinar el origen de tantas armas, útiles y utensilios de
la misma materia, exhumados en numerosos países donde no había
obsidiana, no podía dejar de seducir a un arqueólogo. La localización de un
centro semejante demostraría que, desde el Neolítico, se efectuaban
intercambios entre el Asia anterior, Mesopotamia, la meseta irania, y,
probablemente; diversas regiones occidentales. El joven sabio registró,
pues, la región de Konya. A cincuenta kilómetros de la ciudad y a ochenta
del volcán Hassan Daghi, dos tells o colinas se abrazan en la llanura. Los
resultados superaron con mucho las esperanzas de Mellaart.
Descubrió doce ciudades superpuestas, la más antigua de las cuales se
remontaba a 7000 años antes de J. C. O sea a 9000 años antes de nuestros
días. Salvo la más reciente, era indudable que estas ciudades habían sido
destruidas por el fuego y reconstruidas después. Sin apelar siquiera al
simbolismo, cabe pensar que esta superposición de ciudades presenta una
analogía con nuestra civilización, la cual podría muy bien haber sido
edificada sobre un montón de civilizaciones desaparecidas.
Pero lo que más nos choca, aquí, es el grado de cultura y de
refinamiento que presuponen los hallazgos realizados en estas doce
ciudades.
Estas ciudades estaban formadas por casas de ladrillos, desprovistas de
puertas. Se penetraba en ellas por el tejado y con ayuda de unas escaleras.
El conjunto de viviendas de un barrio estaba dispuesto en forma de colmena
y constituía una fortaleza contra los eventuales asaltantes y las crecidas del
río Carsamba. Los edificios se habían derrumbado casi totalmente, pero se
pudo reconstruir fragmentos de muros. Se descubrió que éstos estaban
cubiertos de frescos en su parte interior. Sin embargo, los restauradores
chocaron con un escollo: una vez expuestos a la claridad solar, los colores
se alteraron. Sin duda habían sido confeccionados a base de pigmentos
minerales, que se deterioran bajo la acción de la luz. Los frescos fueron
inmediatamente fotografiados, para conservar Su recuerdo intacto.
(Después, se realizaron diversos ensayos de revestimiento para proteger los
colores. El acetato de polivinilo dio resultado satisfactorio).
Estos frescos representaban escenas variadas: caza, juegos, ceremonias
o personajes en diferentes actitudes. La hechura era de un realismo tan
acusado que podemos leer los rasgos más dominantes del carácter de los
personajes: la actividad desbordante y favorecida por una gran agilidad, la
inteligencia sagaz y rayana en la astucia. También se reconstituyó el estilo
de la indumentaria. Los hombres usaban camisas de lana, túnicas y abrigos
de invierno, de piel de leopardo, provistos de cinturones con hebilla de
hueso. En el dobladillo de los trajes femeninos, unos aros de cobre,
semejantes a los de latón que daban rigidez a los miriñaques de nuestras
abuelas, impedían que se levantase la falda. Los escotes, bastante
pronunciados, no se parecían, empero, al de la cretense que sirvió de
modelo para la estatuilla bautizada con el nombre de «La parisiense». Joyas
de plomo, metal rarísimo en aquella época, o de cobre, con incrustaciones
de piedras duras talladas o de piedras preciosas, completaban el atavío.
Unas cajitas que contenían diferentes tintes permiten pensar que el empleo
de afeites no era desconocido, y las elegantes, para comprobar el efecto de
su maquillaje, disPonían de espejos de obsidiana, con el mango protegido
con yeso, para que no se hiriesen los dedos…
También figuran animales en estos frescos; aves (en particular,
halcones), leopardos y toros. Los toros son los más numerosos. Los
símbolos abundan en estas pinturas murales: curiosas redes de líneas rojas y
negras entrecruzadas; rosetas, mandalas, hachas de doble filo (que
encontramos, varios milenios más tarde, entre los escitas, en Tracia y
también en Creta) y cruces bastante numerosas.
Pero el símbolo más impresionante y más frecuentemente representado
en Catal Huyuk es la mano humana. Imposible dejar de establecer un lazo
entre éstas y las que pintaron ya los auriñacienses, varias decenas de
milenios antes, en las paredes de sus cavernas; por ejemplo, en Gargas
(Altos Pirineos), en Cabrerets (Lot) y en Castilic (cerca de Santander). Sin
embargo, éstos empleaban un procedimiento distinto, pues aplicaban la
pintura entre los dedos y alrededor de las manos, que, al ser colocadas
planas, reproducían su imagen en negativo. En Catal Huyuk, aparecían
también coloreadas. Ciertamente, sólo se puede presumir la importancia que
se les otorgaba. ¿Es posible que, recién salido del período carbonífero, el
hombre prestase ya un interés particular a esa parte de su cuerpo, en la cual,
según los quirománticos de tantas regiones, desde Mesopotamia a China, se
dibujaban los rasgos de su carácter y los acontecimientos esenciales de su
vida? ¿O hay que ver, en las series de manos que se yuxtaponen en Catal
Huyuk, indicaciones numéricas, en las que cada dedo representaba una
unidad? Sólo cuando las manos se posan sobre unos senos, el símbolo se
hace más claro, en el sentido de una invocación procreadora…
Si consideramos, de una parte, todos estos símbolos, y de otra, los sellos
de arcilla cocida encontrados en gran número, resulta sorprendente la
ausencia de cualquier forma de escritura. Aquéllos sellos, del tamaño de los
nuestros de Correos, aparecen en todas las casas. Servían para marcar
objetos de cerámica y se diferenciaban los unos de los otros, lo cual induce
a pensar en una propiedad privada muy rigurosa y, también, en una
estructura social fundada en la familia. Se podría compararlos con los
blasones de nuestra Era; pero éstos son exclusivos de los nobles, mientras
que aquéllos existían en todos los hogares. También cabe imaginar que tales
sellos servían para firmar mensajes escritos sobre materiales perecederos.
Pero ¿cómo explicar que no se haya conservado el menor rastro de estos
materiales, alterados e incluso en forma de polvo? ¿Y cómo explicar,
también, que no figure ninguna inscripción en los frescos desenterrados
hasta hoy? Sin embargo, los logros conseguidos en tantos campos no
permiten presumir que los hombres de Catal Huyuk carecieran de toda
forma de grafismo o de conservación de la palabra. ¿O seremos nosotros los
que no sabemos identificar esta escritura, este registro sutil? ¿Nos
hallaremos en presencia de los herederos de la escritura perdida de los
primeros tiempos? ¿Fue, ésta, deliberadamente secreta o prohibida?
También podemos preguntarnos si no utilizarían una tinta criptográfica
exclusivamente sensible a un revelador especial, sólo conocido por los
maestros iniciados.
En cuarenta santuarios desenterrados se han encontrado numerosas
esculturas y diversos objetos de culto. Estos elementos permiten
reconstituir, en parte, la religión de los primeros ciudadanos del mundo
(hasta que se demuestre lo contrario). Estos santuarios parecen haber estado
todos ellos consagrados a la Diosa Madre. La presencia de esta diosa parece
indicar que, en los albores de la Humanidad, existía un lazo entre todos los
cultos. ¿Acaso no figura entre las estatuillas del período solutrense,
descubiertas en Willendorf (Austria), en Brassenpouy (Landas) y en la gruta
Grimaldi de Menton? ¿No la encontramos en los esquimales tchukchi? Allí
se la denomina, a veces, Madre del Muerto, y otras veces se le da nombres
diferentes, pero todos ellos referidos a la calidad esencial de la fecundidad.
Y, en Siberia, ¿no invoca el chamán a la Señora de la Tierra, que sirve de
intermediaria con la Señora del Universo, para obtener la autorización de
cazar con lazo los animales de que depende su subsistencia? ¿No se han
desenterrado en Parmo rudimentarias estatuillas de la diosa, que tienen casi
9000 años de antigüedad? ¿Y no era adorada en Eshmún, Mesopotamia, y
en Baalbek? En Egipto, se identifica con Maat. En Caldea, se la representa,
ora esbelta como una ninfa, ora grávida. ¿Y no es ella la que aparece
simbolizada por madres que amamantan a sus hijos, en las figuritas de tierra
cocida de Tell-Obeid? Se ha creído reconocerla en Mohenjo Daro, en el
valle del Indo, y, desde la época védica, ocupa un lugar destacado en el
Panteón indio. La Reina del Agua, en México (del agua, fuente de la vida),
y la Reina de la Fecundidad de los minoicos, primero grávida y después
esbelta, ora desnuda, ora vestida y engalanada, se identifican con ella. En
Luristán, encontramos diversas representaciones de ella, de unos 5500 años
de antigüedad. Y en Anatolia sigue estando presente después de 4000 años
de la desaparición de Qatal Huyuk. Faltan eslabones, pero uno se siente
tentado a encontrarla de nuevo en el culto de Maya, la madre del Gautama
Buda. ¿Permanencia de esta Diosa-Madre del Universo?
En las estatuas encontradas en Catal Huyuk es exclusivamente fecunda.
En una de ellas, aparece representada en el momento de parir un toro
(¿prefiguración del culto de Mitra?). Ciertas pinturas murales indican que
tenía el poder de resucitar a los muertos. Su color, como el de la vida, era el
rojo. El de la muerte, el negro.
En los frescos, encontramos también motivos en color de rosa, blanco,
púrpura, raras veces azul e, inexplicablemente, nunca verde. En varios
frescos se pueden descubrir escenas referentes a la muerte de alguien y que
indican la creencia en un mundo futuro. Los cadáveres eran desnudados y
expuestos, sin duda en un lugar elevado, a merced de los buitres.
Se puede establecer un parangón con los mazdeístas. En efecto, en los
tiempos de Aqueménides, éstos enterraban aún íntegramente los cadáveres;
pero; después de la reconquista del Imperio por los partos, se extendió el
empleo de las torres del silencio, que prosiguió entre los parsis de la India.
En Qatal Huyuk, cuando de un cuerpo no quedaba más que el esqueleto,
se enterraba éste después de revestirlo con las ropas del muerto. En la
sepultura, se colocaban sus armas y útiles, si se trataba de un hombre; joyas
y varios utensilios, si el muerto era una mujer, y juguetes, si era un niño.
En las tumbas se han descubierto fragmentos de tejidos apenas
deteriorados, todos ellos de excelente calidad, sobre todo los de lana, que
han permitido identificar tres tipos de tejidos. Había también telas de pelo
de cabra y de fieltro. Son hasta hoy, los tejidos más antiguos de nuestro
planeta. Dos circunstancias favorecieron su conservación: el hecho de que
no estuviesen en contacto con la carne en descomposición, y las condicione,
higrométricas del aire. Pero también podría ser, que el suelo tuviese
cualidades particulares, como el de Ispahán. Ningún estudio pedológico lo
ha confirmado aún.
Entre los objetos usuales dejados a disposición; de los difuntos, parece
interesante mencionar unos tenedores de madera y de hueso. Este objeto no
se encuentra en ningún otro pueblo de la Prehistoria ni de la protohistoria, y
su empleo era ignorado en Occidente antes de los últimos siglos. Y, junto a
estos tenedores, se encuentran platos, fuentes, cubiletes, vasos y copas, de
cerámica muy fina.
El examen de los esqueletos descubiertos hasta hoy no ha permitido
determinar la raza dominante. Se encuentran tipos modernos de
mediterráneos y también anatolios. Pero las excavaciones prosiguen, y no
sabemos las sorpresas que nos tienen reservadas. En cambio, los etnólogos
han podido fijar, aproximadamente, el promedio de edad: treinta y dos años
para los hombres, y treinta para las mujeres. Cabe presumir que una
maternidad excesiva, como ocurría antaño en la India, provocaba esta ligera
diferencia. Aparte de esto, no cabe duda de que la mujer ocupaba la primera
fila en aquella sociedad.
Así lo sugiere un detalle, independientemente de la importancia que se
otorgaba a la mujer en materia religiosa. Las tumbas eran excavadas debajo
del lugar que habían ocupado los lechos de les difuntos. Los de los hombres
eran simples literas.
El ama de casa tenía derecho a una cama muy grande, casi majestuosa.
Tal vez un día se descubrirá una relación entre las diferentes civilizaciones,
esparcidas en el tiempo y en el espacio, que practicaron el matriarcado:
predecesores de los indoeuropeos en diversas regiones del Asia Occidental
y tribus indonesias o malasias, por citar solamente unos pocos ejemplos.
Sin demasiado temor a equivocarnos, podemos pensar que, incluso
siendo jerárquicamente inferiores a las sacerdotisas, únicas depositarias del
ritual, hubo una cofradía de sacerdotes (o magos), sabios y técnicos, que
supo sacar espléndido partido de la obsidiana, principal recurso de Catal
Huyuk. Había tres yacimientos de obsidiana, cerca del volcán hoy apagado.
Y este material servía para la fabricación de casi todos los utensilios: hoces,
hachas, raspadores para la limpieza de la lana, punzones, armas diversas y
puntas de lanza o de flecha.
Ahora bien, técnicamente, la obsidiana es un cristal: duro y negro. ¿Por
qué los sabios de esta ciudad no habían de intentar el invento de variedades
de diferentes colores y no habían de ser los primeros en fabricar el vidrio,
cosa que se atribuye a los fenicios y a los egipcios?
Y las expediciones de estos técnicos a las proximidades de los volcanes
de Hassan Dag, Karaqa Dag y Nekke Dag, ¿no pudieron dar origen, mucho
antes de la civilización helénica, a la leyenda de Prometeo? Cierto que nada
viene a confirmar esta hipótesis. Ni siquiera podemos apoyarnos en una
leyenda que, nacida en la región como fruto de un hecho real, fuese
transmitida a través de las edades a las primeras generaciones de la era
histórica. Pero las condiciones geográficas de Grecia y de Creta no eran las
más adecuadas para el nacimiento de éste mito. Entonces, ¿por qué no
buscar su origen alrededor de unos cráteres antaño incandescentes?
Pero, en Qatal Huyuk, la misma realidad inclina a soñar. Entre los
utensilios, Mellaart observó en seguida los morteros, que servían para moler
el grano. Los granos dejaron, a veces, su huella, y otras, se conservaron casi
intactos. Y los investigadores tuvieron que rendirse muy pronto a la
evidencia (gracias a los estudios genéticos del profesor danés Hans
Helbart): los habitantes de la ciudad neolítica no se limitaban a cortar
espigas de trigo silvestre, sino que cultivaban tres variedades. También
sembraban cebada y lentejas, y cultivaban plantas oleaginosas y
medicinales, almendros y alfóncigos.
Sabemos que unos sabios americanos descubrieron, igualmente, en las
grutas de Mazanderán, a orillas del Caspio, granos de trigo cuya antigüedad
pudieron determinar por el carbono 14: unos 10 000 años. Por otra parte, un
poco antes que aquéllos, en 1948, Robert J. Braidwood había descubierto,
en el curso de sus excavaciones en Jarmo (Irak), muelas y hornos de cocer
galletas. Y estos objetos se remontaban a 6750 años antes de J. C.
Mellaart opina que los hombres, sin dejar de ser cazadores, pero
habiéndose convertido también en pastores y agricultores, debieron
comprender la necesidad de abandonar sus moradas dispersas en los flancos
de las montañas, para agruparse en los llanos, a fin de facilitar las
operaciones agrícolas y, seguramente, la ganadería.
Después de los trabajos de Maurits van Loot en Mureybat, Siria
septentrional, se alargó la escala de las edades en lo que atañe a las
comunidades agrícolas: se dijo que éstas existían en el octavo milenio antes
de J. C. Pero en el momento actual no podemos arriesgarnos a establecer
cronologías con el dogmatismo de los arqueólogos y los etnólogos del
pasado. Cada año, en algún lugar del Globo, un nuevo descubrimiento pone
en tela de juicio la antigüedad de una civilización.
Aquél lugar de Siria dejó de parecer la primera aglomeración cultural
cuando, recientemente, se descubrieron en Irán vestigios de una aldea que
se remonta a 8500 años antes de nuestra Era. Tal vez muy pronto se
descubrirán otras más antiguas.
La clasificación de Tunay Akoglu tiene, naturalmente, a Catal Huyuk
como punto de partida. Después de una laguna de varios milenios, aparece
en segundo lugar Tell Hala, descubierto por Oppenheimer en 1911, y que se
remonta a 3800 o 3500 años antes de J. C. Pero esta tabla, en la que figuran
a continuación Uruk, los hatitas, los hititas y los hurritas, parece muy
precaria, a pesar de su rigor científico. Entre la fecha del último Qatal
Huyuk, alrededor del año 5600 antes de J. C. Y las expediciones de que
habla Tashin Ozguk, realizadas por los sumerios para la adquisición de
cobre, ¿qué ocurrió en esta región, donde se desarrollaron tantos
acontecimientos desde el principio de la era histórica y que, durante largo
tiempo, se creyó que estaba desorganizada, incluso en comunidades muy
primitivas, del período neolítico? Los intercambios entre sumerios y
anatolios son posteriores en más de veinte siglos a la misteriosa
desaparición de la última ciudad desenterrada por Mellaart. ¿Cómo llenar
esta laguna?
En una época más reciente, los asirios instalaron en la misma región un
importante centro comercial: Kanesh. Fue aquí donde, en 1963, Tashin
Ozguk (actualmente director de la sección arqueológica de la Universidad
de Ankara) y sus colaboradores descubrieron 14 000 tablillas grabadas.
Todavía no se ha empezado a descifrarlas. ¿Contendrán indicaciones
relativas a Qatal Huyuk?
En 1967, Tashin Ozguk descubriría, en Altin Tepé, los vestigios de una
ciudad, con una ciudadela y una necrópolis. El lugar, que se encuentra en la
región oriental del actual Estado turco, pertenecía al Urartu que se edificó
en los alrededores del Ararat. Incluso antes de que se iniciaran las
excavaciones en la zona de este vasto imperio que se derrumbó en el
siglo IV antes de J. C. Poseíamos ya, gracias a unos textos asirios, mucha
información a su respecto. Habiendo empezado como un pequeño Estado en
el segundo milenio, el Urartu había alcanzado su apogeo en el siglo VIII
antes (y no después) de nuestra Era. En aquella época los lidios lo
consideraban como mucho más poderoso e inquietante que Asiria. Al
Norte, se extendía hasta más allá del Cáucaso; al Oeste, rebasaba el
Éufrates. Al Este, había convertido en sus vasallos a los indoeuropeos de la
región del lago Urmiah. La residencia más frecuentemente citada de sus
soberanos, y cuyo emplazamiento exacto seguimos ignorando, era Toprak
Kaleh, a orillas del lago de Van. Desconocemos el origen de los moradores,
aunque se sabe que eran asiáticos y no semitas. Ignoramos, pues, el lazo
que existía entre ellos y los ciudadanos de Qatal Huyuk. Pero no podemos
dejar de sentirnos intrigados por diversas semejanzas.
El descubrimiento de dos tumbas en la «Colina de Oro». (Altin Tepé),
en 1938 y 1956, incitó a la Fundación Histórica y al Departamento de
Antigüedades del Gobierno turco a realizar excavacíones. Éstas permitieron
reconstituir la vida cotidiana, las técnicas, el arte y la religión del pueblo.
Los muros del recinto y los de la ciudadela tenían un grosor de más de diez
metros, y la técnica empleada para su construcción revela una gran
habilidad. Una parte de los textos ya descifrados nos da indicaciones sobre
la manera en que eran manejados los bloques de granito de 40 toneladas,
elevados y ajustados por los ingenieros a más de 60 metros de altura. Sin
embargo, aunque se explique el procedimiento, nos parece asombroso que
pudiese realizarse semejante hazaña en Altin Tepe de la misma manera que
nos quedamos estupefactos ante las losas de Baalbek, preguntándonos de
dónde vinieron y cómo pudieron ser transportadas y colocadas en su sitio.
Se ha conseguido también descifrar algunos textos relativos a la
contabilidad y a las reservas. Uno de ellos nos dice que se almacenaban
375 000 litros de vino para el consumo del rey y de los nobles. Cuando se
llegue a descifrar los demás textos, obtendremos, sin duda, una gran
cantidad de nuevos datos. Pero, ya en la actualidad, algunos objetos nos
proporcionan valiosas informaciones: como aquel disco de oro, cuyos
motivos, minuciosa y artísticamente grabados, nos permiten establecer
singulares comparaciones. Pues, ¿no vemos allí a un dios vestido con larga
túnica y montado en un caballo alado, predecesor de los de la mitología
griega?
Las tumbas son copias reducidas de las casas, como ocurrirá más tarde
en la necrópolis de Nagheh-e-Rustem. También aquí los cadáveres son
suntuosamente ataviados antes de enterrarlos, y, como en Qatal Huyuk, se
colocan armas en las tumbas de los hombres, y joyas en las de las mujeres.
El lujo superaba en mucho al de la ciudad neolítica: los muebles tenían
adornos de oro y de plata; las patas de bronce de las mesas y de las camas
presentaban la forma de pezuñas de caballo o de macho cabrío. Cabezas de
toro decoraban los calderos. Para ejecutar el minucioso dibujo de los
frescos, los artistas disponían de reglas y compases.
Todos estos elementos fragmentarios no bastan para reconstituir una
sólida cadena. Faltan demasiados eslabones, y el esparcimiento de aquéllos
en el espacio da lugar a que se multipliquen las hipótesis. Si sabemos, por
ejemplo, cómo desapareció Catal Huyuk, destruido (probablemente por los
escitas) a mediados del sexto milenio antes de nuestra Era, ignoramos, en
cambio, los motivos que llevaron a la primera edificación de esta ciudad.
Difícilmente podemos admitir que se tratase de un ensayo, ya que se
consiguió una obra maestra de urbanismo. Por otra parte, el monopolio de
la obsidiana no basta para explicar este logro. Unas técnicas tan
complicadas como la consistente en practicar en una bola de dura piedra un
orificio más fino que la más fina aguja, no pueden surgir espontáneamente.
Si se trata de un invento, éste presupone un ingenio desconcertante. Pero
¿no se trataría más bien de algo heredado? Cuesta mucho imaginar que el
arte de Catal Huyuk fuese prolongación normal del paleolítico superior, a
fines de la última era glacial. Y esto puede aplicarse igualmente a la
civilización de sacerdotes técnicos recientemente descubierta en el Cáucaso,
en una región ciertamente en contacto con la ciudad neolítica, que tenía,
como ya hemos dicho, una importante red comercial.
¿Primera civilización urbana completa? Nacida, ¿cómo? ¿Por brusca
aparición? En otro caso, ¿cuál fue su filiación? ¿Cuál fue su herencia?
¿Representó un progreso, en relación con un pasado que ignoramos, o fue
recuerdo de alguna civilización más alta?
Tal vez los habitantes de Qatal Huyuk ignoraban o negaban la existencia
de sus predecesores, de la misma manera que los de Altin Tepé desconocían
la de los suyos. Cuando se descifre su escritura, es posible que leamos:
«Sólo un loco podría pretender que en un pasado remoto hubo hombres tan
adelantados como nosotros».
CAPÍTULO III
El Imperio de Dédalo
Santorín, los Atlantes y la Creta de Minos. — Las relaciones con Asia. — Los reyes del mar y de
los metales. — Historia del oricalco. — Las instalaciones sanitarias y el urbanismo. — Las
elegantes de Cnossos. — Lineal A, Lineal B y disco de Festos. — Los fabulosos inventos de
Dédalo. — ¿Una corporación de Dédalos? — Mito o realidad de Talos, el robot. — La nafta y
la herida de Talos. — La balanza para pesar las almas. — Infundir humanidad a la historia
humana.
«Me dirijo a vosotros desde el tiempo del Toro, que acaba de terminar. A
través de más de tres mil años, os envío un mensaje; a vosotros, que vivís
en la conjunción de Piscis y Acuario. En vuestra época, habéis realizado
cosas que yo empecé, y algunas de mis realizaciones técnicas parecen, al
lado de las vuestras, triviales y acaso infantiles. Sin embargo, he hecho
cosas que nadie había hecho antes que yo, y he realizado maravillas que
nadie era capaz de hacer antes de mi advenimiento. Mi hijo y yo cruzamos
el cielo, donde nadie había estado antes de nosotros».
Así nos habla Dédalo, en un mensaje imaginario con que empieza el
magnífico libro de ficción de Michael Ayron, pintor y escultor inglés…
El imperio de Dédalo tenía por centro a Creta. Es muy probable que se
confunda con el que sobrevivió en la leyenda con el nombre de Atlántida.
No sabemos nada cierto con respecto a la Atlántida, y numerosos
autores le atribuyen otro emplazamiento. Platón la situaba al este de las
Columnas de Hércules o, dicho de otro modo, del estrecho de Gibraltar. Y
se partió de esta teoría para buscar sus huellas en el Atlántico. Pero, según
parece, los hundimientos en esta región se produjeron muy lentamente, y se
remontan a más de 500 000 años. Ahora bien, la Antigüedad afirma que la
desaparición de la Atlántida fue brusca. Solón oyó hablar de ella durante su
estancia en Egipto. Los sacerdotes de Sais decían que la Atlántida era tan
vasta como Lidia y Asia juntas. Esto es, sin duda, una exageración; por otra
parte, los pueblos civilizados de las orillas del Mediterráneo ignoraron
durante largo tiempo las dimensiones de Asia. Platón habla, en Critias, de
una guerra que estalló, nueve mil años antes de su época, entre los
soberanos de la Atlántida y los del mar Egeo. Debió tratarse, pues, de un
reino mucho más antiguo que el Imperio cretense. Pero, como ninguna
hipótesis ha sido, hasta hoy, confirmada o rebatida, podemos formular otras.
Por ejemplo, la siguiente: un pueblo que, en el período neolítico, vivía en
una isla del Atlántico, inculcó, antes de desaparecer, a los primeros
cretenses las bases de su civilización; y es también permisible imaginar que
una sola catástrofe fue causa de la desaparición de la Atlántida (fuese cual
fuere su emplazamiento) y la destrucción de las ciudades de la Creta
minoica. Una terrible erupción volcánica pudo hacer desaparecer una o
varias islas causando solamente la devastación de otras. En la isla de Thera
(o Thira), actualmente Santorín, se ha podido demostrar que una ciudad, de
la que el arqueólogo griego Spiridón Marinitos descubrió vestigios en 1961,
fue destruida, por la explosión de un volcán submarino, unos 1500 años
antes de J. C. Lo cual, según el sabio, no habría sido más que un episodio
de la historia telúrica, particularmente agitada en esta parte del mundo. Al
mismo tiempo que Santorín, situada a 120 kilómetros de Creta y a 200 de
Atenas, al sur del mar Egeo, otras islas más pequeñas del mismo
archipiélago pudieron sufrir las consecuencias del cataclismo, que, según el
sismólogo griego Ganalopoulos, empezó por unas sacudidas sísmicas,
seguidas de un maremoto y de dos erupciones. En todo el contorno del
Mediterráneo oriental se han encontrado restos de lava correspondientes a
aquel siglo, y ciertos papiros hablan del oscurecimiento del sol que se
produjo entonces en Egipto.
Cuando, en 1902, entró en erupción el volcán de la Montaña Pelada (en
Martinica), y las ciudades de Saint-Pierre y el poblado de Morne Rouge
fueron destruidos por la lava, cenizas incandescentes, chorros de agua
hirviente y gases asfixiantes, los habitantes de la isla vecina de Guadalupe
vieron oscurecerse el cielo en pleno día, a causa de la nube de cenizas. Y,
más tarde, se encontraron entre los escombros de Saint-Pierre los cadáveres
de familias sentadas a la mesa, de jinetes a caballo, de obreros trabajando,
de la misma manera que se exhumaron en Creta los esqueletos de personas
sorprendidas en su actividad cotidiana.
Sea cual fuere el origen de la destrucción de las ciudades cretenses,
Ganalopoulos está absolutamente convencido de su identidad con las
ciudades de los Atlantes:
«Los Atlantes y la Creta de Minos se funden, de ahora en adelante, en
una sola imagen: un Estado rico, poderoso, que es teóricamente una
teocracia antigua, bajo un sacerdote-rey, pero que, en realidad, es una alta
burguesía, frívola e inteligente, amante de los espectáculos extraños y de los
deportes, que viste con sutil elegancia, utiliza objetos de cerámica
sumamente bellos y vive en la igualdad de sexos, cosa muy rara en la
Antigüedad; una civilización decadente, fascinante, deliciosa y
condenada…». ¿Condenada? ¿Cómo, y por qué?
Veamos lo que sabemos actualmente de esta cultura. En muchos
aspectos, podríamos calificarla de prodigiosa.
La Creta talasocráfica dominó todas las regiones vecinas. Desde la era
neolítica, se producían continuos intercambios entre las islas Cícladas y el
Asia. Y es probable que hubiese contactos entre el Asia central y el Asia
septentrional, sobre todo en las regiones del Cáucaso y del Turquestán.
Ahora bien, como también se ha demostrado que existían relaciones entre
estas regiones y Anatolia, todas ellas, por mediación de ésta, tenían relación
con Creta.
La era de expansión de los cretenses tuvo dos fases. Durante la primera,
traficaron con Grecia, Melos, Syra, Chipre, Delos y Siria, y mantuvieron
relaciones permanentes con Egipto. Sus técnicos, ingenieros y arquitectos
colaboraron en la edificación de las pirámides de Senusert II y de
Arnenemhet III. En esta época, su flota era ya importante. Ella les conferiría
el título de «reyes del mar». Disponían igualmente de una marina de guerra,
primera fuerza naval del Mediterráneo del Norte, y llegaron sin duda a
Sicilia y a España. Es posible que no esclavizasen completamente a los
pueblos, sino que se contentasen con prodigarles sus técnicas, mientras se
perfeccionaban ellos mismos con el contacto. Su poderío les permitió
mejorar su arte y aumentar su bienestar, procurándose las materias primas
de que carecían. Desde el IV milenio antes de J. C. En Tell Obeld se
utilizaba el cobre, y Herzfeld nos habla, en dos obras sobre Persia, de
hachas de este metal encontradas en Susa.
El oro estaba muy extendido y gozó incluso de prioridad. Se encontraba
en Asia y en África, pero también en Europa: su empleo estaba, sobre todo,
muy difundido en Irlanda.
Aparte de los tres metales mencionados, alrededor del año 2400 antes
de J. C. Hizo su aparición el estaño. Procedía de Sajonia y de Bohemia, a
través del Adriático; Sicilia lo obtenía de Etruria, y el de Cornualles viajaba
a través de la Galia y de Iberia.
En cambio, el empleo del hierro fue muy tardío en todas partes. Al
menos, del hierro terrestre. En Egipto, sólo empiezan a explotarlo hacia el
año 1400 antes de J. C. Se ha encontrado un bloque, intacto, en una
pirámide del año 1600 antes de Jesucristo. En Palestina, no es trabajado
hasta el 1200, aproximadamente. Esto se debió a que muchos meteoritos
que cayeron sin duda durante el neolítico en diversas regiones del Globo, y
que son mencionados por todas las tradiciones (lluvias de fuego), contenían
hierro en estado puro, lo cual hacía innecesaria su extracción de los
minerales. En fecha tan tardía como el siglo XII de nuestra Era, Averroes
refiere que se fabricaron espadas y sables excelentes con el hierro de un
bloque caído del cielo cerca de Córdoba. Y, según la leyenda, Atila, y
mucho más tarde Timur Lenk (Tamerlán), debieron sus victorias a que sus
armas habían sido forjadas con un metal enviado por Dios.
Su flota permitió a los cretenses trasladarse muy lejos en busca de
estaño. Y poseyeron talleres de bronce. Por otra parte, el bronce no era la
única aleación utilizada en los tiempos protohistóricos. Empíricamente, se
combinaba el cobre con otros metaloides: con el arsénico, en Egipto; con el
níquel, en Germania; con el cinc, en Sajonia, para fabricar latón. También
se ha encontrado latón en Kameiros, ciudad de Rodas. Pero los que lo
fabricaron debieron sin duda este invento a la casualidad, pues, en esta
época, no figura en ninguna parte en las mismas proporciones óptimas.
Añadiendo al bronce un poco más de cinc o de plomo, se obtenía una
pátina muy buscada en artesanía artística y en estatuaria. Además, se ha
descubierto en Ur una aleación de oro y plata: el electro, que sirvió más
tarde para la fabricación de monedas. Ahora bien, podemos preguntarnos si
los antiguos no confundieron a veces el electro, de un brillo y matiz
desacostumbrados, con el oricalco.
Los autores antiguos se refirieron a menudo a esta sustancia. Algunos
creían que se trataba de un metal puro, muy raro. Otros le atribuían un
origen mágico o divino.
Platón alababa el brillo de fuego que daba a los objetos y a las paredes
que revestía. Un contemporáneo de Aristóteles habla de un cobre blanco y
brillante, llamado cobre de la montaña. Los mosinoeci (que habitaban sin
duda el Asia Menor) lo obtenían, dice aquél, añadiendo estaño al cobre, y
también una tierra especial, recogida en las orillas del mar Negro: la calmia
(de donde viene la palabra calamina). Plinio cita también esta piedra, como
empleada para la fabricación del aurichalcum.
Los cretenses debieron a su notable técnica no sólo la construcción de
sus admirables palacios, sino también que éstos ofreciesen comodidades de
las que carecieron los pueblos occidentales hasta el siglo XIX de nuestra Era.
Departamentos dispuestos alrededor de un patio central. Muros con dobles
paredes isotérmicas, revestidos interiormente de mosaicos representando
escenas que nos ilustran sobre la vida cotidiana. Suelos embaldosados, que
a veces representan acuarios de un agua tan rumorosa, por el movimiento de
las plantas acuáticas, las burbujas de aire y los ágiles peces, que uno no se
atreve a apoyar el pie, por miedo a caer o a despertar de su sueño al príncipe
flordelisado cuya estatua impera sobre esta eternidad encantada. Pero
nuestra maravilla se convierte en estupor cuando examinamos las
instalaciones sanitarias. Un sistema perfecto de desagüe.
Acondicionamiento de aire mediante un sistema de calefacción central que
se convierte, en verano, en fuente continua de aire fresco. Canalizaciones
para la traída de aguas. Aparatos hidráulicos elevadores, que funcionaban
por inercia. Sutil iluminación de las habitaciones y de las cámaras
subterráneas.
Los sistemas de vías públicas y caminos no son menos perfectos. Los
edificios están separados unos de otros por callejones. Además de los
barrios de viviendas, hay talleres, almacenes y santuarios. Los caminos
están embaldosados o tienen el piso de hormigón. Su anchura es apenas de
un metro cuarenta, pero su infraestructura de grava aglomerada, de un
metro de espesor, está sostenida, en ambos lados, por aceras elevadas,
destinadas a los peatones y a los acompañantes de los convoyes. Algunas
calzadas tienen dos carriles paralelos que, en caso de tormenta, debían
servir de canales de evacuación. En otros caminos, estos carriles servían
también, quizá, para el transporte en seco de embarcaciones de un puerto a
otro.
Desde principios del II milenio antes de nuestra Era, los cretenses
fundaron ciudades, como Akrotiri, en todas las islas de Santorín y quizás,
incluso, en la Grecia peninsular. En su propio país, edificaron, según
Homero, un centenar. Durante la primera fase, la zona urbana se encontraba
en la costa oriental de la isla. Después, Cnossos y Festos fueron erigidas
casi en el centro; la primera, al Norte, y la segunda, al Sur.
Alrededor de 1750, se produce un cambio cuya naturaleza ignoramos.
Una revolución, una invasión o, quizás, un fenómeno natural: seísmo o
maremoto. Un poco más tarde, se construyen nuevos palacios, no solamente
en Cnossos y Festos, sino también en Hagia, Tríada y Tilisos. Parece que
imperó cierta rivalidad entre estas ciudades. Todas sucumbieron a mediados
del siglo XV, salvo Cnossos, que durará aún cincuenta años antes del
derrumbamiento final.
Las elegantes de Cnossos lanzaban las modas en las que se inspiraban
las mujeres ricas de las islas vecinas o de las ciudades de Asia Menor, y las
egipcias. Primero, llevaron faldas muy largas y con volantes; después,
anchas y lisas. Sus corpiños se adornaban con cuellos estilo Médicis, y eran
muy escotados por delante, dejando los senos al descubierto. Los hombres
llevaban desnudo el busto y, a veces, se tapaban con un simple suspensorio
adornado o con un faldellín que recuerda el de los evzones. Su coquetería se
centraba en el tocado: turbantes planos o tiaras. En cuanto a los sombreros
femeninos, habrían podido rivalizar, en variedad y extravagancia, con los de
las parisienses de la Belle Époque. Por lo demás, parece que la mujer gozó
de gran libertad. Aquí no podemos extendernos sobre todos los aspectos de
la vida social. Además, sólo podemos adivinarlos través de las muestras
pictóricas, pues, hasta hoy, sólo una pequeña parte de la escritura cretense
ha podido ser descifrada.
El lenguaje comprende varias formas escritas, una de las cuales, la
Lineal B, parece haber sido descifrada, aunque los trabajos de Ventris
siguen siendo discutidos. La Lineal B indica que la destrucción de Cnossos
se produjo aproximadamente 1500 años antes de J. C. Cosa que choca a los
arqueólogos, pero que parece confirmada por las pruebas geovolcánicas.
Antes de la escritura Lineal B, existió la Lineal A. Antes de la Lineal A,
nadie sabe lo que hubo. ¿Acaso la escritura perdida…? Nadie ha descifrado
aún el famoso disco de Festos, objeto que data, probablemente, del
principio mismo de la era de Minos.
Este disco fue encontrado en el palacio de Festos, en Creta, con objetos
correspondientes a la época media de Minos y con una tablilla con
inscripciones indescifrables de escritura Lineal A. En cuanto al propio
disco, es de arcilla y contiene ideogramas y representaciones de objetos. Si
es contemporáneo de los objetos, tendría que datar del siglo XVII antes de
J. C. Pero es posible que sea más antiguo.
Tal vez las excavaciones de Thera nos proporcionarán un material de
estudio. También es posible que el disco de Festos no sea un mensaje, sino
un conjunto de caracteres destinados a ser recortados y utilizados
separadamente.
Si se ha podido reconstituir un gran número de elementos de la vida y
de la historia de los cretenses, hay puntos esenciales que permanecen en la
sombra. Lo malo, cuando consideramos los mitos y leyendas, es que no
poseemos datos sobre el nacimiento de éstos, es decir, sobre los
acontecimientos que los provocaron. Pues no solamente es muy probable
que todos los mitos que implican hechos técnicos o históricos estén basados
en la realidad, sino que nos han proporcionado ya numerosas
informaciones, que inspiraron las investigaciones de exploradores como
Schliemann, que redescubrió el emplazamiento de Troya, o de sabios como
Victor Bérard, que reconstituyó la Odisea.
Entre los temas que permanecen oscuros y llenos de enigmas,
prestándose a numerosas interpretaciones, la historia de Dédalo es uno de
los más desconcertantes. Haldane, al hacer el retrato de Dédalo, le atribuye
una sorprendente gama de inventos: los adhesivos, los preservativos, la
inseminación artificial. También creó, según él, una máquina para horadar
túneles, un horno de reverbero, una máquina voladora e incluso un robot.
Estas creaciones, si las aceptamos como tales, serían, según el mito, las
de un semidiós. Un semidiós inverosímil, prodigioso ingeniero, más
inverosímil aún que el propio Hércules, cuyos doce trabajos y cuyas
aventuras revelan más fuerza y astucia que imaginación técnica.
¿Qué sabemos de Dédalo? Hijo del dios Ares, vio la luz en Atenas.
Practicó, simultáneamente, la mecánica, la arquitectura y la cultura,
innovando constantemente en cada uno de estos campos. Tenía un sobrino y
discípulo, llamado Talos. Envidioso de su habilidad, lo arrojó desde lo alto
de la Acrópolis; después, se desterró él mismo a Creta. La leyenda, o él
mismo, dieron más tarde aquel nombre a un robot gigantesco de su
invención.
Los dioses se habían repartido la Tierra. La Atlántida (luego Creta,
según nosotros) correspondió a Poseidón (Neptuno). En esta fase, nos
chocan los múltiples papeles que representan los toros en el mito. Un dios
(Zeus, según algunos historiadores) toma la forma de este animal para
raptar a la joven Europa, a la que lleva a nado hasta Creta y de la que tiene
tres hijos: Minos, Sarpedon y Radamante. Minos, convertido en rey de la
isla, se casa con Pasífae. Y ésta se enamora de un toro, como su suegra
Europa. En este momento, Dédalo trabaja ya en la Corte de Minos. Como
es escultor, esculpe una ternera de madera. Después vacía la estatua. Pasífae
se introduce en ella y, de este modo, puede satisfacer su pasión. Desenlace:
el hijo que nace de este amor tiene cuerpo de hombre y cabeza de toro. Es el
Minotauro. Para ocultar a las miradas del pueblo ese hijo bastardo que le
avergüenza, Minos pide a Dédalo que construya el Laberinto.
El toro seguirá representando un papel preponderante en los mitos
cretenses y, después, en los griegos. Minos muere por no haber sacrificado
el toro que Poseidón hizo surgir del mar. El séptimo trabajo de Hércules,
que se realiza en Creta, consiste en domar un toro salvaje. Prometeo será
encadenado por haberle gastado una broma a Júpiter, dándole a comer la
grasa y los huesos del toro de un sacrificio. También volveremos a
encontrar el toro en Egipto y en la India. Pero ¿qué hace Dédalo, escultor,
mecánico, ingeniero, investigador? Se puede interpretar el mito en función
de la psicología profunda. También podemos imaginarnos a Dédalo
practicando experimentos de genética; buscando la manera de producir
seres híbridos con el animal-dios; realizando ensayos de inseminación. La
musa popular bordará en seguida un relato fabuloso a base de esos hechos.
Pero, mirándolo de otro modo, ¿quién es Dédalo? Así como hubo, no un
soberano llamado Minos, sino todo un linaje de reyes que llevaron este
nombre, ¿por qué no se puede imaginar una corporación de Dédalos, varias
generaciones de Dédalos, pertenecientes a alguna hermandad de
investigadores y técnicos, cuyos trabajos revisten, para los no iniciados, un
aspecto mágico?
Los Argonautas, después de haber auxiliado eficazmente a Jasón en la
conquista del Vellocino de Oro, quieren hacer escala en Creta, durante el
trayecto de regreso. Se lo impide la intervenciión de un robot gigantesco,
Talos, que cuida por sí solo de la protección de la isla. La recorre tres veces
cada día: Descubre las embarcaciones y lesi lanza rocas. Pero tiene un
punto débil: el tobillo. Si sufre una herida en el tobillo, se escapa por ella la
savia vital. ¿Será ésta el líquido del depósito? ¿Funcionaría con nafta la
máquina inventada poor los Dédalos? Los antiguos conocían la nafta.
Leemos en Teofrasto que algunos pueblos quemaban piedras que
desprendían vapor. Este vapor, conducido por gasoductos, imprimía
movimientos a ciertas máquinas. El fuego que encendían los «rinagos»
zoroastrianos, y sin duda, antes que ellos, los sacerdotes de otras religiones
pirólatras, en la meseta irania y en las cercanías de Mosul, procedía de la
inflamación de gases naturales brotados de la tierra. En las orillas del Golfo
Pérsico se recogía, desde la más remota antigüedad, el «mumyja», especie
de betún solidificado, dotado de virtudes terapéuticas y dinámicas. El
término «nafta» no figura en los textos que describen el robot Talos.
Podemos imaginar otras fuentes de energía. Podemos también soñar en una
máquina que detecta la proximidad de los barcos y los bombardea sin fallar
jamás la puntería. Medea, protectora de los Argonautas, hiere a Talos en el
tobillo. La máquina queda averiada. Medea es el espía saboteador de las
instalaciones de defensa.
En cuanto al mito de Icaro, es, si seguimos la misma línea, un cuento
fundado en una tentativa técnica. Naturalmente, podemos imaginar que los
cretenses y sus Dédalos recibieron rudimentos de ciencia y de tecnología de
visitantes procedentes del exterior, tipo Akpallus. También podemos, sin
arriesgarnos tanto, considerar a los cretensess como depositarios de
anteriores y desarrolladas civilizaciones y que el depósito se confió a la
sociedad de los Dédalos. En los frescos de Cnossos encontramos
representaciones de una «balanza para pesar las almas», y, en los palacios y
talleres, restos de aparatos enigmáticos. ¿Acaso los Dédalos o sus vecinos,
jugando a aprendices de brujos, trataron de captar la energía volcánica e
hicieron saltar, por ambición, su mundo tan extrañamente conseguido?
Estas preguntas no son absurdas. Tal vez sería más absurdo, y perezoso,
no formularlas, por miedo de que se crea en la permanencia de una
inteligencia ingeniosa en la Historia plagada de abismos aún inexplorados.
Cuando se hayan descifrado las escrituras perdidas; cuando hayamos
interrogado los mitos, con un espíritu no paternalista ni orgulloso, sino
abierto a las posibilidades de anteriores éxitos de la inteligencia creadora,
con un espíritu permeable a la idea de circulación de los tiempos (paso de
nuestro presente en el pasado, como hay presencia del pasado en el
presente), habremos infundido, al fin, verdadera humanidad a la historia
humana.
FIN.
LOUIS PAUWELS (Gante, 2 de agosto de 1920 - 28 de enero de 1997).
Fue maestro en Athis Mons desde 1939 a 1945. Estudió la licenciatura en
letras, que interrumpió al comienzo de la Segunda Guerra Mundial. Louis
Pauwels escribió en muchas revistas literarias mensuales francesas en 1946
(incluyendo Esprit y Variété) hasta la década de 1950. Participó en la
fundación de Travail et Culture (Trabajo y Cultura) en 1946, destinados a
difundir la cultura a las masas, y de la que él era el secretario. En 1948, se
unió a los grupos de trabajo de G. I. Gurdjieff durante quince meses, hasta
que se convirtió en editor en jefe de Combat en 1949 y editor del periódico
Paris-Presse. Dirigió, entre otros, la Biblioteca Mondiale (precursora del
Livre de Poche), el mensual de la mujer Marie Claire, y la revista Artes y
Cultura en 1952.
Pauwels conoció a Jacques Bergier en 1954, cuando era el director literario
de la Biblioteca Mondiale, surgiendo una estrecha amistad entre ellos,
gracias a la cual escribieron en 1960 Le Matin des Magiciens (El retorno de
los brujos), y en 1970 la interrumpida continuación de L’Homme Eternel
(El Hombre Eterno). Colaborando nuevamente con Bergier (así como con
François Richaudeau), fundó la revista bimensual «Planète» en octubre de
1961, que apareció hasta el mes de mayo de 1968 y una vez más ese mismo
año bajo el título Le Nouveau Planète (El Nuevo Planeta). Fueron 64
números en total entre las dos ediciones. Diversas números agrupados se
han publicado, en una colección que los autores llamaron «Encyclopédie
Planète», ya que cada volumen contiene alrededor de 250 páginas, con
alrededor de treinta volúmenes en total. Diecisiete «Antologías Planètes»
dedicados a Jacques Sternberg, agrupan textos cortos de varios autores
sobre un tema determinado. En la década de 1970, se convirtió en amigo de
algunos miembros del ultraderechista GRECE.
Pauwels escribió numerosos artículos para Le Journal du Dimanche desde
1975 a 1976. En 1977, dirigió la sección cultural de Le Figaro, donde
estableció las bases de Le Figaro-Magazine. Le Figaro-Magazine se inició
en octubre de 1978, como un suplemento semanal con el diario Le Figaro.
La intención de Robert Hersant era crear un contrapeso a la influencia de Le
Nouvel Observateur que consideraban demasiado de izquierdas. Louis
Pauwels estuvo a cargo de la nueva revista. Louis Pauwels ofreció
inicialmente el puesto de jefe de redacción a Alain de Benoist que declinó
el ofrecimiento debido a que trabajaba en su editorial Éléments y en el
Éditions Copérnico. Los miembros del GRECE eran Alain de Benoist,
Michel Marmin e Yves Chisten, y contribuyeron en Le Figaro Magazine
hasta el verano de 1979. Después de su salida, el tono de la revista se hizo
más liberal en economía, mientras que en el resto mantuvo una tendencia
conservadora. Louis Pauwels se mantuvo al frente del semanario hasta
1993. Cuando los estudiantes se manifestaron contra la Ley Devaquet sobre
las universidades en 1986, Louis Pauwels publicó su escrito editorial más
famoso acerca del sida mental que habría afectado a la juventud francesa.
Fundó, con Gabriel Véraldi y Rémy Chauvin, la Fondation Marcel et
Monique Odier de psico-física en Ginebra en 1992. Y fue colaborador
asiduo del periódico Washington Times. Murió en 1997.
JACQUES BERGIER (Odesa, 8 de agosto de 1912 - París, 23 de
noviembre de 1978). Nacido Yakov Mikhailovich Berger (en ucraniano:
Бергер Яків Михайлович), fue un ingeniero químico, alquimista, espía,
periodista, y escritor francés de origen ucraniano. Fue autor de obras como
El retorno de los brujos, Guerra Secreta bajo los Océanos, Extraterrestres
en la Historia, El planeta de las posibilidades imposibles (junto a Louis
Pauwels), L’Homme eternel (ediciones Gallimard, Francia) o La Guerra
Secreta del Petróleo entre otras muchas.
En su Les livres maudits (editorial J’ai Lu, París, 1971), traducida al
español como Los libros condenados (Plaza & Janés, 1973), propone una
interesante y casi horripilante hipótesis: el autor del Manuscrito Voynich
poseía conocimientos extraordinariamente avanzados y demasiado
peligrosos para el mundo moderno, por ejemplo el secreto de las estrellas
novas, por lo cual los ocultó para evitar nuestra propia autodestrucción.
No hay pruebas de tales conocimientos avanzadísimos en el manuscrito,
salvo algunos diseños «astronómicos» (por ejemplo estrellas que parecieran
«explotar» en los folios 68 recto y 69 vuelto, aunque pueden representar
cualquier otra cosa): de todos modos es altamente improbable que Voynich
en 1912, por no mencionar al dúo mágico-alquimista Dee-Kelley (hacia
1585) o incluso el propio Roger Bacon supiese qué es la energía nuclear,
cómo manipularla o liberarla de modo artificial…
Debido a su fama de «sabio despistado» fue incluido por el dibujante belga
Hergé (Georges Rémi) en una de las aventuras de Tintín, concretamente la
titulada «Vuelo 714 a Sidney».