José Aldazábal
El ministerio
de la homilía
Biblioteca Litúrgica 26
Centre de Pastoral Litúrgica
Barcelona
No está permitida la reproducción total o parcial de esta obra por
cualquier procedimiento sin la autorización escrita de la
editorial.
Primera edición: enero de 2006
Edita: Centre de Pastoral Litúrgica
Rivadeneyra 6,7.08002 Barcelona
ISBN: 84-9805-093-6 D.L.: B - 38.025-
2006 Imprime: JNP
"Vino a Nazaret, donde se había criado, y según su
costumbre, entró en la sinagoga el día de sábado y se
levantó para hacer la lectura. Le entregaron el libro del
profeta Isaías y, desenrollando el volumen, halló el pasaje
donde estaba escrito: "El Espíritu del Señor sobre mí,
porque me ha ungido: me ha enviado a anunciar a los
pobres la Buena Nueva,
y a proclamar la liberación a los cautivos y la vista
a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos
y proclamar un año de gracia del Señor". Enrollando el
volumen lo devolvió al ministro y se sentó. En la sinagoga
todos los ojos estaban fijos en él.
Comenzó, pues, a decirles: ESTA ESCRITURA QUE
ACABÁIS DE OÍR SE HA CUMPLIDO HOY.
Y todos daban testimonio de él y estaban admirados de
las palabras llenas de gracia que salían de su boca. (...)
Oyendo estas cosas, todos los de la sinagoga se llenaron de
ira. Y, levantándose, le arrojaron fuera de la ciudad y le
llevaron a una altura escarpada del monte sobre el cual
estaba edificada su ciudad, para despeñarle. Pero él,
pasando por medio de ellos, se marchó. Bajó a Cafarnaún,
ciudad de Galilea,
y los sábados les enseñaba. Quedaron
asombrados de su doctrina, porque hablaba con
autoridad" (Lc 4).
SUMARIO
Introducción.......................................................................................................... 9
Siglas....................................................................................................................... 11
1. La homilía, realidad viva.......................................................................... 13
2. Identidad de la homilía............................................................................. 23
3. La Palabra de Dios, acontecimiento salvador......................................... 35
4. La homilía en la historia ........................................................................... 51
5. La homilía, obediente a la Palabra .......................................................... 61
6. La homilía, al servicio del "hoy" de la comunidad ................................ 77
7. La homilía y el paso al rito sacramental ................................................. 99
8. Quién predica. La persona del homileta ................................................ 107
9. El contenido bíblico de la homilía ........................................................... 135
10. El lenguaje de la homilía........................................................................... 159
11. En qué celebraciones se predica la homilía ............................................ 173
12. Preparación remota y próxima ................................................................ 187
13. Otras sugerencias pastorales ................................................................... 199
14. La homilía, educadora de la fe ................................................................ 207
Apéndices:
1. La solemne predicación del libro de Nehemías...................................... 217
2. El problema de la homilía......................................................................... 219
3. Acupuntura homilética............................................................................. 223
4. Consejos a un mal orador.......................................................................... 227
5. Bibliografía ................................................................................................. 231
INTRODUCCIÓN
Jesús encargó a sus discípulos la misma misión que él había realizado: que
predicaran el Evangelio a toda criatura. Y así lo ha hecho la Iglesia durante dos
mil años.
Además de ser una comunidad evangelizada, llena ella misma de la Buena
Noticia, una comunidad que en la liturgia celebra esa Buena Noticia y que con su
trabajo y su servicio intenta construir una sociedad nueva, la Iglesia es también
una comunidad profética, que anuncia al mundo entero la salvación por Cristo
Jesús.
Dentro de esta misión, evangelizadora en el amplio sentido de la palabra,
tiene particular interés el servicio de la predicación homilética, en el marco de la
celebración de la comunidad cristiana.
La finalidad de este libro no va a ser enseñar "cómo se hace una homilía". Ni
tampoco ofrecer una detenida teología de la Palabra de Dios, ni de la exégesis
bíblica, ni de la teología del ministerio de la predicación en la Iglesia en general.
Tampoco pretendo presentar una completa teoría de la comunicación social o
psicológica, con todas las claves de la comunicación del lenguaje.
Lo que intenta este libro es dar unas ideas, lo más ordenadas posible, sobre
qué es la homilía, cuál es su puesto en el conjunto de la predicación eclesial, cuál
su estructura y dinámica interior, quién la realiza y a quién la destina. Y también
cuál es la pedagogía comunicativa que hay que poner en práctica para trasladar
con eficacia la Palabra de Dios a la comunidad concreta que escucha.
Lo he escrito pensando en los sacerdotes y en los seminaristas o laicos que
intentan ejercer en general el ministerio de la predicación, sobre todo el de la
homilía dentro de la celebración litúrgica.
10
Ciertamente no pretendo ofrecer "la" homilética, sino "una" homilética, o
una aproximación al tema de la homilía, con un intención claramente práctica y
pastoral.
Es inmensa la bibliografía que se ha ido publicando sobre la homilía, desde
las claves de la Biblia, la historia, la patrística, la teología o las ciencias de la
comunicación.
Sobre todo en Alemania y en los países anglosajones, han aparecido muchos
estudios sobre la teoría de la predicación, de modo especial en el ámbito
protestante, que siempre ha dado mayor importancia a la Palabra, al contrario
que los católicos, que hemos producido en siglos pasados una literatura más
abundante en torno al Sacramento.
De tanto que se ha escrito sobre la predicación homilética, tal vez parezca a
alguno que es un tema ya cansado. Pero ciertamente no es superfluo. El que
realiza este gozoso y nada fácil ministerio de la homilía en la comunidad cristiana
siente lo necesario que sigue siendo este ministerio en la Iglesia actual,
precisamente en medio de una sociedad que no respira tan en cristiano como
antes. Y también la conveniencia de refrescar la homilética, la "teoría de la
homilía", para saber respetar su identidad dentro del conjunto de la predicación
eclesial y realizarla en las mejores condiciones para que la comunidad vaya
creciendo y fortaleciéndose en su fe a la luz de la Palabra de Dios.
SIGLAS
AA Apostolicam Actuositatem, Vaticano II
ADAP Asambleas Dominicales en Ausencia del Presbítero
AG Ad Gentes, Vaticano II
CCE Catecismo de la Iglesia Católica
CD Christus Dominus, Vaticano II
CIC Código de Derecho Canónico
CT Juan Pablo II, Catechesi tradendae (1979)
DMN Directorio para las Misas con Niños
DizOm Dizionario di Omiletica
DV Dei Verbum, Vaticano II
EM Pablo VI, Eucharisticum Mysterium (1965)
EN Pablo VI, Evangelii Nuntiandi (1975)
Ench Enchiridion. Documentación litúrgica posconciliar (A. Pardo)
IGMR Institutio Generalis Missalis Romani (3a ed. 2002)
LG Lumen Gentium, Vaticano II
OLM Ordo Lectionum Missae (2a ed., 1981)
PC Perfectae Caritatis, Vaticano II
PDV Juan Pablo II, Pastores Dabo vobis (1992)
PO Presbyterorum Ordinis, Vaticano II
PPP Comisión Episcopal de Liturgia (España), Partir el Pan de la
Palabra (1983)
RE Ritual de Exequias (1989)
SC Sacrosanctum Concilium, Vaticano II
VQA Juan Pablo II, Vicesimus Quintus Annus (1988)
1
LA HOMILÍA, REALIDAD VIVA
La homilía es en nuestro tiempo un tema del que se habla mucho, a favor o
en contra, una realidad viva que interesa tanto a los pastores como a los fieles de
la comunidad cristiana.
Es un ministerio noble, gozoso para muchos de los que lo realizan y
provechoso para muchísimos fieles. Pero, a la vez, es un ministerio difícil.1
Dificultades en torno a la homilía
a) Algunos problemas e interrogantes se suscitan para la homilía desde la
misma Palabra de Dios que hay que transmitir y traducir a la vida de hoy.
Hasta hace pocos años los Leccionarios eran mucho más reducidos. La
Palabra de Dios del Antiguo Testamento se proclamaba pocas veces, y cada año
los mismos pasajes, que no eran precisamente los más importantes. Ahora les
puede producir una cierta dificultad a los predicadores tener que seguir los varios
Leccionarios y comentar libros que tal vez ni siquiera habían estudiado en sus
tiempos de seminario.
En estos libros encontramos no pocas veces pasajes difíciles de entender y
de explicar: de los profetas, o de los escritores del Nuevo Testamento
1 J . GOMIS, La homilía como problema: Phase 85 (1975) 55-61; ID., Crisis
homilética: Phase 165-166 (1988) 252-260; J. ROGUES, ¿Tiene futuro la homilía?: Sel
Teol 141 (1997) 47-52; cf. A. LEWEK, Die Neubelebung der Predigt durch die
Erneuerung der Homiletik: Theol Glaube 1 (1978) 90-102: es un autor polaco, que sitúa
bien y con sencillez la homilética hoy.
16
como Pablo o Juan, que presentan a veces una teología muy densa, o páginas de
singular violencia y de una moral que parece difícil de conjugar con la enseñanza
de Cristo. La temática que presentan algunos de estos libros puede parecer difícil
de presentar a los cristianos de hoy. Para poder captar su mensaje, el predicador
necesita un esfuerzo grande de preparación y reflexión.
Además, ha habido una notoria evolución en los estudios exegéticos, que
condiciona mucho la interpretación que se pueda hacer de las lecturas de los
varios libros bíblicos, en su aplicación a la vida actual de los fieles. Parece a
algunos que los exegetas nos han quitado muchas de las "seguridades" que
teníamos, por ejemplo respecto a la historicidad de varios libros, y a veces nos
hacen dudar de todo.
b) Otras veces las dificultades surgen desde la persona misma del
predicador.
Hasta hace unos años, muchos sacerdotes no predicaban nunca o casi
nunca. En las catedrales, este ministerio se solía reservar en todas las misas a un
canónigo específicamente preparado para la predicación: el canónigo "magistral".
En muchos seminarios no se enseñaba, ni se enseña todavía, la asignatura de la
homilética. Sí se nos daban unas nociones de "oratoria sagrada", pero la homilía
sigue otras claves bastante diferentes. Un predicador de hoy necesita una
formación bíblica estimable, alimentada por una formación permanente que cada
uno tiene que cuidar con responsabilidad.
A los que predican, que ahora son la mayoría, les cuesta a veces entender
ellos mismos el mensaje bíblico, el "qué" han de predicar. Les resulta difícil
dominar todo el AT y el NT. Les cuesta también conectar con la comunidad que
les escucha, "a quien" van a predicar: a veces no la conocen suficientemente, y
otras la conocen demasiado porque es siempre la misma. Sobre todo, pueden no
sentirse preparados para el "cómo" lo han de hacer, porque la homilía supone un
arte pedagógico y comunicativo nada fácil en muchas ocasiones.
A algunos la homilía les resulta una responsabilidad que a vetes les da
miedo, o les exige un tiempo de preparación que no creen tener en el conjunto de
su horario, o les faltan libros adecuados que les ayuden en su preparación. A
veces la experiencia les ha hecho perder la ilusión, o la confianza, y el ministerio
de predicar les resulta más bien pesado y les hace sufrir, porque les deja
insatisfechos a ellos mismos y probablemente notan que también a la comunidad.
1. La homilía, realidad viva 15
También es verdad que puede darse en algunos una cierta negligencia y falta de
convicción respecto a la importancia de este ministerio y la necesidad de una
preparación cuidada. Incluso puede influir en este desencanto y poca motivación la falta
de fe profunda. Para el ministerio pastoral se necesita un grado de vida de fe, que da luz
y fuerza también para la homilía dentro de la celebración sacramental, que es uno de los
ministerios más nobles pero también de los más difíciles de un sacerdote.
c) También la comunidad es fuente de interrogantes que afectan a la realización de
la homilía.
Si el predicador, por su parte, puede sentirse a veces incómodo en este ministerio,
también puede suceder lo mismo a los fíeles que le escuchan. A veces el predicador duda
de sus propias fuerzas. Otras, tiene motivos para pensar hasta dónde llega la capacidad
de interés y comprensión de la comunidad que le escucha.
Es verdad que muchos de los fieles aprecian el ministerio de la homilía, dentro de
la celebración dominical e incluso diaria. La ven enriquecedora de su vida de fe. En las
encuestas hay, no pocas veces, alabanzas y agradecimiento por el esfuerzo de los
sacerdotes en ayudarles con su explicación homilética.
Pero también hay interrogantes y críticas por parte de algunos fíeles.
Muchas comunidades, sobre todo parroquiales, son heterogéneas, y no es fácil dar
con el lenguaje apto para captar el interés de sus diversos componentes. Tienen
particular dificultad las homilías dirigidas a niños o jóvenes, como también a los
presentes en una misa de zonas turísticas.
Otras comunidades son homogéneas, o para los predicadores resultan siempre la
misma, que les escucha domingo tras domingo y año tras año, como sucede en muchos
pueblos pequeños y de modo particular en comunidades religiosas con misa diaria.
A veces se nota en los fieles una clara falta de interés, o prejuicios persistentes -
motivados en parte por las campañas de los medios de comunicación-, por todo lo que
afecta a la religión y, en concreto, a la explicación que el ministro de la celebración les
hace de las lecturas. En un mundo secularizado que les educa continuamente al interés
por lo inmediato, lo material y lo que directamente preocupa a su vida social y familiar,
no es extraño que muchos fieles estén desmotivados y que el lenguaje religioso y los
temas que la Biblia les ofrece no gocen precisamente de su interés.
Los cristianos de ahora no son tan "dóciles" y receptivos como los de antes, sino
que se muestran bastante más críticos en los asuntos de la
18
religión. Aunque muchas veces no hay en ellos oposición, sino indiferencia.
Es verdad que a veces tampoco las homilías mismas que van escuchando
hacen mucho por prestigiar este género de transmisión, por la pobreza del
lenguaje o la falta de aplicación concreta a la vida. Algunos las encuentran con
frecuencia largas, aburridas, vacías, lejanas de la realidad, poco preparadas. P.
Tena se preguntaba (en Phase 95, 1976) "qué parte de influencia tendrá la homilía
en la decisión de no participar en la misa dominical".
Muchos fieles tienen poca formación bíblica, y eso contribuye a que el
lenguaje de las lecturas y de las homilías les resulte extraño. O al revés, su
formación bíblica es bastante sólida, incluso a veces mejor que la del predicador.
El predicador hará bien en recordar que algunos fieles están bien preparados en
cultura religiosa, que tienen un alto nivel de vida de fe y por tanto son exigentes
en cuanto a la calidad de las celebraciones y en concreto de la homilía: no se
conforman con repeticiones, con superficialidades, con homilías que enseguida se
ve que no están preparadas, y están deseosos de una seria formación continuada,
a la luz de la Palabra, para irla aplicando a su vida.
Es difícil en general hablar en público, pero más cuando se trata de cosas de
fe. Entre otras cosas, porque hay una clara "inflación de palabras" en la sociedad
actual, lo que hace que los oyentes de la homilía puedan estar saturados de
palabras y escuchen una exhortación religiosa con el mismo escaso interés con que
escuchan las propagandas políticas o comerciales con que se les bombardea
continuamente.
d) Muchos problemas le vienen a la homilía desde el punto de vista del
lenguaje que hay que emplear en ella: o sea, del "cómo" transmitir el mensaje de la
Palabra a esta comunidad concreta.
No es fácil captar el lenguaje bíblico y luego trasladarlo a los fieles del siglo
XXI, o conservar el justo equilibrio entre la importancia que tiene en sí la Palabra y
su aplicación a la vida de hoy.
Una de las quejas más frecuentes, aparte de la excesiva duración de las
homilías, que desproporciona la celebración, es su poca pedagogía, su falta de
cercanía a la vida y el uso de un lenguaje difícil de entender. A veces los fieles
critican el contenido de las homilías; otras, su lenguaje y su forma; y otras, su falta
de preparación y estructura.
El proceso de la comunicación interpersonal es siempre difícil, y está siendo
estudiado por muchos autores desde las leyes del lenguaje,
2. La homilía, realidad viva 19
de la psicología y de la sociología. Estas leyes no es nada fácil aplicarlas al
ministerio homilético, que en pocos minutos tiene que realizar ese trasvase desde
la Palabra a la vida, y para esta comunidad concreta que escucha.
En un mundo marcado por el lenguaje audiovisual, una homilía que se basa
sólo en la palabra puede resultar poco estimulante si no se cuida mucho su
pedagogía. Pablo VI exponía bien la situación: "Sabemos bien que el hombre
moderno, hastiado de discursos, se muestra con frecuencia cansado de escuchar y,
lo que es peor, inmunizado contra las palabras. Conocemos también las ideas de
numerosos psicólogos y sociólogos que afirman que el hombre moderno ha
rebasado la civilización de la palabra, ineficaz e inútil en estos tiempos, para vivir
hoy en la civilización de la imagen" (EN 42).
Además, en un mundo marcado por la participación democrática a todos los
niveles, la homilía pronunciada por una sola persona, sin diálogo ni intervención
de otros, puede resultar a algunos impropiada.
e) No está de más recordar que estas dificultades que experimentamos en el
ministerio de la homilía no son nuevas. Desde hace tiempo se habla de la "crisis de
la homilía", que es, en rigor, crisis de la predicación o crisis de la religiosidad y de
la fe en general, incluso en naciones tradicionalmente cristianas.
Pero leyendo un poco de historia, se ve que la crisis ha existido siempre. Ya
en el AT fracasaron no pocas veces los profetas en su deseo de transmitir al pueblo
el mensaje de Dios.
Cuando Jesús pronunció la primera homilía en Nazaret, su pueblo, por
encargo del jefe de la sinagoga, empezó suscitando la admiración de todos, pero
terminó despertando las iras generales, por la denuncia que les había hecho de su
falta de fe, y estuvo a punto de ser arrojado por el barranco. Tampoco parece que
tuvo mucho éxito la "homilía" que Jesús dedicó a los dos discípulos de Emaús en
el camino: no entendieron lo que les decía, ni le reconocieron. Fue después, en la
cena, cuando se les abrieron los ojos.
Cuando Pablo, en la noche de despedida de los responsables de las
comunidades en Tróade, se alargó en sus explicaciones, tuvo que experimentar
que a un joven llamado Eutico, sentado en la ventana, le fue entrando un
profundo sopor hasta que se durmió -precisamente fue un joven el primero que se
durmió en una misa-, se cayó a la calle desde el tercer piso y se mató. Menos mal
que Pablo pudo milagrosamente resucitarlo y continuar la celebración.
20
Agustín, el gran predicador de Hipona, que atraía por sus sermones incluso
a personas que no eran creyentes, también se queja a veces de que algunos se
salen de la iglesia durante el sermón y, si se oye que pasa algún circo por la calle,
con sus músicas y atracciones, se lleva detrás a bastantes jóvenes que, por tanto,
ya no participarán en la celebración.
A santo Tomás de Aquino, el año 1259, en París, en medio de su sermón, le
interrumpió un ruidoso contestatario que empezó a protestar en voz alta de lo
que decía el predicador, tachándolo de hereje, hasta que algunas personas
lograron sacarlo de la iglesia...
Todo esto no es para consolar a los predicadores desanimados, pero sí para
que no se dejen llevar del desaliento. Además de los defectos a corregir en el
modo de realizar la homilía, no se puede olvidar que la predicación, homilética o
no, tiene una carga profética que incomoda a algunos, porque aplica a la vida
concreta la Palabra de Dios.
Revalorización de la homilía
Por otra parte, son muchos los factores que hacen hoy de la predicación
homilética una realidad gozosa, positiva, de renovado interés en el momento
actual de la Iglesia desde que, a partir del Concilio, se restableció su verdadera
identidad y se urgió su realización.
a) Ante todo, porque ha habido en la Iglesia un redescubrimiento de la
importancia de ¡a Palabra de Dios y un interés bastante generalizado por la
formación bíblica, fruto de un prolongado movimiento bíblico en la Iglesia.
Muchos cristianos, personalmente o en grupos, basan ahora su espiritualidad y su
crecimiento en la fe precisamente en la lectura y la asimilación de la Palabra
bíblica. Los fieles se puede decir que van teniendo cada vez más familiaridad con
el lenguaje y el mensaje bíblico, incluido el Antiguo Testamento. Esto hace que no
sólo se aprecie la "lectio divina", que se va extendiendo en sus diversas
modalidades, sino que en concreto se espere de la homilía un alimento más eficaz
para crecer en la vida de fe.
b) En la celebración litúrgica, se entiende cada vez mejor la estructura
interior del rito y, dentro de él, se acepta mejor el lugar de la homilía, que conecta
las lecturas con la celebración sacramental que sigue y, sobre todo, con la vida.
Esta nueva conciencia es fruto del movimiento litúrgico, que desembocó en las
decisiones del Vaticano II y que re-descubrió, no sólo la importancia de la liturgia
de la Palabra en la celebra
1. La homilía, realidad viva 21
ción, sino, en concreto, también la de la homilía y sus líneas dinámicas interiores.
A pesar de la mala prensa que a veces tiene la homilía, sin embargo en las
encuestas no sale mal parada: los cristianos tienden a admitirla
(¿resignadamente?) porque les parece lógica, dentro de la dinámica de la
celebración. Eso sí, la quisieran seguramente mejor preparada y más concreta.
c) Los Leccionarios son ahora mucho más ricos que antes, a lo largo del Año
Litúrgico, tanto para las Misas dominicales (con sus tres ciclos A, B y C) como
para las diarias (con su doble ciclo I y II), incluyendo también los libros del
Antiguo Testamento, que antes apenas se proclamaban en Misa. También son
mucho mejores -en algunos casos, nuevos- los Leccionarios para los varios
sacramentos, para las fiestas de los Santos y otras celebraciones votivas o
particulares.
d) Es un hecho cada vez más aceptado el que la homilía es parte integrante
de la celebración, y que cada misa dominical o festiva la incluya. Para muchas
comunidades, sobre todo religiosas, también las misas diarias, de modo particular
en los tiempos fuertes del año, tienen su homilía, que les ayuda a que la Palabra
de Dios cale en sus vidas.
Recordemos que durante siglos no se ha predicado en las misas
dominicales, aunque sí se hacía en días señalados, con panegíricos de santos (o de
los misacantanos), o se tenían sermones superpuestos a la misa, predicados por
otro sacerdote, normalmente sin mucha referencia a los textos bíblicos.
Cada vez es más común la predicación también en las misas feriales, y no
sólo en las comunidades religiosas, sino también en las parroquias.
También es un factor positivo y estimulante que ahora no se celebra ningún
Sacramento sin proclamación de la Palabra, con su correspondiente homilía, cosa
que antes no se hacía.
e) Los que se preparan o ya se dedican a este ministerio reciben una
ayuda notoria en la renovada teología que estudian, sobre todo la bíblica,
con una presentación teológica nueva sobre Dios o sobre Cristo o sobre
la Iglesia y la moral. Eso hace que la homilía pueda tener mejores apoyos
a la hora de traducir a nuestras coordenadas actuales los mensajes de la
Palabra, basándose en esta teología más positiva y centrada en los valores
de la Historia de la Salvación. En la primera mitad del siglo XX hubo un
saludable movimiento "kerigmático", impulsado por autores como J.A.
22
Jungmann, H. Rahner y E.X. Arnold, preocupados por renovar la teoría y la praxis
de la predicación cristiana. Eso ha influido notoriamente también en el género
homilético de esta predicación.
f) La homilía está recibiendo interpelaciones y luces también de parte de las
ciencias humanas de la sociología, la psicología, las leyes de la comunicación
lingüística y la retórica. Si la conexión bíblica le ayuda sobre todo en el ámbito del
"qué" predicar, estas ciencias le estimulan a mejorar el "cómo" comunicar ese
mensaje a los cristianos de hoy.
g) También se puede decir que hay mejores y más abundantes subsidios y
ayudas para la preparación de las homilías, tanto las dominicales como las de
entre semana o para los diversos sacramentos. Estas publicaciones, que ahora se
multiplican también por la red de Internet, tienden a dar al predicador mejores
materiales para la exegesis y para la aplicación del mensaje bíblico a la vida de los
oyentes.
h) Se está cultivando la misma homilética, como ciencia, desde el
punto de vista psicológico, sociológico, lingüístico, etc. También los estu-
diosos de la retórica interpelan significativamente a nuestro "arte de pre-
dicar" en la celebración.
2 Enumero algunos: VARIOS, Ricerca interdisciplinare sulla predicazione, Deho-
niane, Bologna 1973, 264 págs.: análisis psicológico y sociológico de 150. homilías
en Milán; C. TRAULLÉ, Propos et questions sur la prédication: LMD 126 (1976) 83-107
(análisis sociológico de 30 sermones, a base de respuestas de fieles); VARIOS, La
homilía hoy, ¿medio de comunicación? Estudio sociológico: Phase 212 (1996) 175-180
(encuesta a 1174 personas en las Islas Canarias); P. SARTOR, L'omelia a Milano dal
Concilio a oggi attraverso le indagini empiriche: La Scuola Cattolica 2-3 (1996) 289-349:
serio estudio sobre encuestas hechas en Milán sobre la predicación, con
bibliografía abundante de estudios parecidos en Italia; S. BORELLO, Mediatori e
comunicatori. Come predicarlo gli omileti italiani: Ambrosius 3 (2003) 239-283.
1. La homilía, realidad viva 23
i) Son interesantes, aunque tal vez todavía insuficientes entre noso-
tros, los análisis sociológicos que se están realizando en torno al ministerio
de la homilía visto por parte de los fieles.2Panorama positivo
Son muchos los factores positivos que han acercado la homilía a la Palabra
bíblica, a la vida concreta y a la dinámica interior de la celebración sacramental.
Todo esto hace que sean muchos los sacerdotes que encuentran en la
predicación homilética dominical o diaria alimento para su propia vida espiritual
y sienten auténtico gozo en poder ayudar a los fieles con su servicio, para el que
se preparan responsablemente.
Pablo VI no dudó en afirmar que también los fieles que reciben la ayuda de
este ministerio se están aprovechando ahora claramente de él para el crecimiento
en su vida de fe: "Los fieles, congregados para formar una Iglesia pascual que
celebra la fiesta del Señor presente en medio de ellos, esperan mucho de esta
predicación, con tal que sea sencilla, clara, directa, acomodada, profundamente
enraizada en la enseñanza evangélica y fiel al magisterio de la Iglesia, animada
por un ardor apostólico equilibrado que le viene de su carácter propio, lleno de
esperanza, fortificadora de la fe y fuente de pan y de unidad. Muchas
comunidades, parroquiales o de otro tipo, viven y se consolidan gracias a la
homilía de cada domingo, cuando esta reúne dichas cualidades" (EN 43).
Los fieles de hoy necesitan más que en otros tiempos la ayuda permanente
de la homilía, que acerque la Palabra a sus vidas y les vaya formando en una
mentalidad que pueda contrarrestar con la de la sociedad en la que viven. Para
muchos la homilía es lo principal de la celebración (aunque no lo debería ser,
porque es más importante la Palabra misma), el elemento que más preparan los
sacerdotes y casi lo único que recuerdan después los fieles.
Podemos afirmar que, si puede parecer que a algunos la homilía no les
enriquece, a otros muchos fieles, tanto los dominicales como los religiosos y
muchos otros que participan a diario de la Eucaristía, sí les ayuda y quedan
iluminados y alimentados en su fe por la celebración, y en concreto por la
homilía. ¡Cuántos miles y millones de cristianos, en la Iglesia, reciben con
regularidad el alimento de este ministerio homilético!
Si se puede hablar de crisis homilética, habrá que recordar también que a
veces las crisis sirven de purificación y nos obligan a examinarnos, para mejorar la
calidad de nuestras homilías y así favorecer más decididamente la vida de fe de
nuestras comunidades.
2
IDENTIDAD DE LA HOMILÍA
Es importante tener conciencia de la identidad propia de la homilía. O sea,
saber ante todo qué es y qué se puede pedir de ella. Respetando su identidad,
dentro del conjunto de la acción eclesial, es como mejor podemos ejercer este
ministerio.
Las tres dimensiones básicas de la predicación
Dentro del amplio campo de la pastoral profética de la Iglesia, hay que
distinguir diversos géneros de predicación de la Palabra de Dios: sobre todo la
evangelización, la catequesis y la homilía, que forman idealmente un proceso
unitario y sucesivo.
La evangelización se refiere al primer anuncio, la presentación global de la
Buena Noticia, el "kerigma" o "pregón" de Cristo como realización personal de la
salvación de Dios. Es la dimensión más "misionera" de la predicación.
Corresponde a los verbos griegos "euaggelizo" ("euaggelion" es "buena noticia") y
"kerysso" ("anuncio, proclamo"). De ahí vienen en griego "keryx" ("pregonero,
heraldo") y "kerigma" ("pregón, anuncio").
La catequesis sistematiza y profundiza lo que la evangelización ha
anunciado globalmente. Es la dimensión más "didáctica" de la predicación, por la
que se van presentando por partes los contenidos del mensaje. Catequesis viene
del verbo griego "kat-ejo" o "kat-ejeo", "hacer eco", "resonar". Otras veces se
designa como "didasko", enseñar. Por eso la catequesis se expresa también con
términos como "didaché" y "didaskalia".
La homilía es la comunicación de la Buena Nueva dentro de la celebración
litúrgica, que es su ámbito propio. Es una exhortación a que lo que se cree ya
globalmente (como evangelizados) y se va entendiendo en profun-
26
didad (como catequizados) vaya calando en nuestra mentalidad y se lleve a la
práctica en la vida, siguiendo el mensaje de las lecturas escuchadas en la
celebración. El verbo griego es "omiléo", que significa "platicar", y se refiere a un
estilo de comunicación fraterna.
La evangelización o "kerigma" se dirige en principio a "no creyentes", a
paganos (y también, por extensión, a los bautizados que se han alejado de la fe o
que nunca han sido evangelizados de verdad), y presenta la Historia de la
Salvación centrada en Cristo Jesús y su misterio pascual. Tiene como fuente básica
el evangelio, y como meta la fe y la conversión de los oyentes, como la aceptación
de Cristo muerto y resucitado. Este fue el núcleo de la predicación de Pedro,
Esteban o Pablo en el Nuevo Testamento. La pueden realizar todos los cristianos,
en los ambientes familiares, escolares, misioneros o de medios de comunicación.1
La catequesis o didascalia tiene como destinatarios a los que ya creen en Cristo
Jesús, los "catecúmenos", niños, jóvenes o adultos que ya han aceptado la fe, pero
que necesitan conocer más a fondo, y más sistemáticamente, el contenido del
evangelio cristiano. Tiene como fuente básica el catecismo, y como meta una
profundización sistemática en el conocimiento de Cristo y de la fe. La catequesis
la pueden transmitir todos los cristianos: los padres, los maestros, los catequistas,
los misioneros. Los Santos Padres hacían "catequesis" de la fe a sus fieles, y
diversos catecismos, como el de Trento, el de Pío X y ahora el Catecismo de la
Iglesia Católica (1992), ofrecen su ayuda a este conocimiento de la fe.
Un ejemplo de catequesis que sigue a la evangelización la tenemos en lo que
nos narra el libro de los Hechos en el día de Pentecostés. Pedro termina su
discurso con una afirmación "kerigmática", anunciadora de Cristo: "Sepa, pues,
con certeza toda la casa de Israel que Dios ha constituido Señor y Cristo a este
Jesús a quien vosotros habéis crucificado" (Hch 2,36). A continuación se narra
cómo muchos acogieron el mensaje, se convirtieron y fueron bautizados y
agregados a la comunidad de los creyentes. En la vida de esa comunidad se
destacan varios aspectos: el primero de ellos la "enseñanza de los apóstoles" (la
"didaché"), a la que acompañan la "koinonía" o vida en común, la "fracción del
pan" o eucaristía y las "oraciones" (Hch 2,42). La "didaché" es la catequesis o
profundización en el conocimiento de Cristo que ya habían aceptado. Parecida a
la que ofreció
1 El papa Pablo VI dedicó en su exhortación Evangelii Nuntiandi los
números 6-16 a desarrollar el aspecto de "De Cristo evangelizador a la Iglesia
evangelizadora". Cf. también EN 27.
2. Identidad de la homilía 27
Jesús a los dos discípulos de Emaús, a partir de los salmos y los profetas del
Antiguo Testamento.
A la catequesis hay que añadir la teología: una enseñanza más profunda y
sistemática, que hoy en día no sólo se imparte en los seminarios y casas de
formación de religiosos, sino también a muchos laicos que se interesan y
participan en cursos de teología, sobre todo en los Institutos Superiores de
Ciencias Religiosas.2
La homilía tiene su ambiente propio dentro de la celebración litúrgica. Este
es su rasgo característico, que la distingue de los otros tipos de predicación. Por
tanto, la escuchan en principio los que ya son creyentes y están celebrando la
Eucaristía u otros sacramentos. Así como la evangelización y la catequesis pueden
tener como destinataria a una sola persona, la homilía, en principio, va dirigida a
una comunidad. Tiene como base las lecturas bíblicas proclamadas en la
celebración, y como meta la invitación persuasiva a traducir lo escuchado a la
vida, siguiendo el estilo de conducta que nos marca la Palabra de Dios. Es una
"exhortación" (en griego, a veces, "parénesis" o "paraclesis"). El sujeto propio de
esta predicación homilética es el ministro que preside la celebración, por tanto,
normalmente, un ministro ordenado, o también un laico si ha sido debidamente
encargado de este ministerio.
Antes y después de este proceso de predicación
Ahora bien, este proceso, en cierto modo unitario y sucesivo -evan-
gelización, catequesis, homilía- se puede decir que tiene un preámbulo y una
prolongación.
El preámbulo es la "pre-evangelización", por la que se prepara a una
persona a que se sienta interesada por la noticia que va a recibir. De algún modo
se trata de "captar la benevolencia" de las personas, inmersas en un modo
secularizado, tratando de prevenir sus prejuicios o de dialogar, sencillamente,
sobre valores humanos previos al evangelio. Es una etapa prekerigmática,
parecida a la que se describe cuando Pablo predicaba a sus oyentes de Atenas,
valorando lo bueno que había en ellos, citándoles autores suyos, disponiendo su
mente a la gran noticia salvadora de Cristo. El
2 Sobre la identidad propia de la catequesis, cf. CT 18-25: por ejemplo, la
definición que da de catequesis: "desarrollar la inteligencia del misterio de Cristo,
a la luz de la Palabra" (CT 20); cf. también CONGREGACIÓN PARA EL CLERO,
Directorio General para la Catequesis, Libreria Editrice Vaticana, Vaticano 1997,
320 págs.; G. GROPPO, Omelia e catechesi: Riv Lit (1970) 563-575.
28
Ritual de la Iniciación Cristiana de Adultos, antes de la etapa propiamente
evangelizadora, habla de un "tiempo oportuno de amistad y coloquios" entre los
cristianos y los que se prevé que pueden interesarse por conocer qué es el
cristianismo.
Por otra parte, después del tercer momento del proceso -la homilía dentro
de la celebración- hay otra etapa de prolongación, porque esta predicación tiene
consecuencias. Ante todo, está la "palabra sacramental", que lleva la Palabra
proclamada en la primera parte de la celebración a su eficacia más densa en el rito
sacramental, por ejemplo del Bautismo o de la Penitencia o la Eucaristía ("yo te
bautizo... yo te absuelvo... esto es mi Cuerpo"). El sacramento sigue siendo de
alguna manera "proclamación" de la Palabra, ahora con signos simbólicos
sacramentales.
Pero todavía queda tal vez lo principal en esta prolongación: la Palabra nos
lleva a la vida, nos exhorta a aceptar un estilo de actuación conforme a esa Buena
Noticia anunciada, acogida y celebrada.
Además, es bueno recordar, a la hora de situar a la homilía en el conjunto de
la predicación eclesial, que hay otras varias formas de anuncio o de reflexión
sobre la Palabra: el estudio bíblico personal, en grupos o en cursos, la "lectio
divina", la lectura espiritual y la meditación personal, las conferencias, las
diversas manifestaciones de la religiosidad popular, el contacto personal y la
dirección espiritual, la difusión de la fe por los medios de comunicación social, los
libros, revistas y escritos. Podríamos también nombrar al efecto evangelizador que
tienen obras artísticas de pintura y escultura, como también composiciones
musicales como las cantatas de Bach o su "Pasión según san Juan o san Mateo",
que son un anuncio estremecedor de la Pascua del Señor.
La homilía, complementaria de las otras formas de predicación
La comparación que hemos hecho de la homilía con la evangelización y la
catequesis es más bien teórica.
Hemos dicho que la homilía se dirige en principio a personas que ya están
bautizadas, que son creyentes, aunque sean débiles, y lo propio de ella es edificar
y ayudar a crecer en la fe que ya se tiene. Pero muchas veces sigue haciendo falta
que la homilía evangelice y catequice o que ofrezca una profundización en la
teología.
En la práctica pocas veces se da ese proceso en su forma ideal. No siempre
se ha dado ya la evangelización que ha conducido a un período de catequesis y a
la celebración. Sobre todo en este tiempo en que la situación de algunos países es
claramente de "no cristiandad", no siempre los
2. Identidad de la homilía 29
oyentes de una homilía están ya convertidos en serio o instruidos suficientemente
o medianamente maduros en su fe. No siempre es tan real el que sería el camino
lógico: la evangelización que suscita la fe, la catequesis que la alimenta e ilumina,
y la homilía que la actualiza a la luz de la Palabra y la relaciona con la vida.
Los que escuchan la homilía son, en principio, bautizados, pero no siempre
del todo "creyentes" y evangelizados. Bastantes de los que acuden a algunas
celebraciones (sobre todo en bodas, primeras comuniones y exequias) se podrían
considerar "neo-paganos", por su alejamiento de la fe.
Tampoco se puede decir que estén catequizados todos los que escuchan una
homilía, incluso en las misas dominicales. Se les podría considerar de alguna
manera siempre "catecúmenos" necesitados de una profundización en sus
conocimientos de fe.
Por eso la homilía, muchas veces, deberá complementar la evangelización o
la catequesis, que lógicamente son anteriores, pero que a veces no han sido
realizadas del todo y que, en todo caso, nunca son suficientes. Eso sí, sin
pretender reemplazarlas plenamente, porque ambas, la evangelización y la
catequesis, tienen o deben tener sus cauces propios.
La homilía, sin perder su identidad propia -conducir al sacramento y a la
vida-, a veces deberá seguir evangelizando, por ejemplo en el caso de las bodas y
de las exequias. O sea, deberá anunciar la salvación que Dios nos ofrece en Cristo
Jesús, que es la mejor "buena nueva" que podemos oír, e invitar una y otra vez a la
"conversión", a la fe, que en ciertos ambientes no se puede dar por supuesta. La
homilía tiene, pues, una dimensión "misionera" o "kerigmática" innegable sobre
todo en algunos ambientes.
También muchas veces la homilía ha de ser "catequizadora". La homilía
dominical o diaria constituye a lo largo del año la mejor catequesis del misterio de
Cristo. La catequesis, de por sí, no sigue las lecturas bíblicas, sino el catecismo, o
sea, una estructuración sistemática de la fe cristiana. Pero la homilía, de nuevo sin
perder su finalidad de conducir al sacramento y a la vida, ejerce el servicio de
completar esta catequesis de los cristianos, en cuanto a la comprensión de los
misterios de la salvación y a su práctica en la vida.
La celebración de la Eucaristía, y dentro de ella la proclamación de las
lecturas y su explicación homilética, constituyen una auténtica "catequesis en
acción" y la mejor "formación permanente" de la comunidad. Es verdad que la
catequesis tiene cauces muy propios y válidos, en el conjunto de actividades de
una comunidad cristiana, tanto para niños como para adultos. Como también los
debe tener el ministerio de la evangeliza-
30
ción. Pero la misa dominical, en su conjunto, con sus lecturas y su homilía, llega a
un mayor número de personas y a la larga les resulta más eficaz en su labor de
profundización también catequética y hasta teológica.
Todo esto adquiere mayor urgencia si consideramos que para muchos
cristianos la única forma de acceso a la educación en su fe es la celebración del
domingo y, dentro de ella, la escucha de la Palabra y la homilía.
Expresa bien todo este proceso de predicación el decreto conciliar
sobre el ministerio de los presbíteros, "Presbyterorum Ordinis":
"El Pueblo de Dios se reúne, sobre todo, por la Palabra de Dios vivo, la
cual es muy lícito buscarla en la boca del sacerdote. Nadie puede salvarse
si antes no ha tenido fe. Por eso los presbíteros, como colaboradores de los
obispos, tienen como primer deber el anunciar a todos el evangelio de
Dios. Así, cumpliendo el mandato de Cristo: "Id por todo el mundo y
predicad el evangelio a todos los hombres", construyen y acrecientan el
Pueblo de Dios. En efecto, la fe se suscita en el corazón de los no creyentes
y se alimenta en el corazón de los creyentes con la palabra de la salvación.
Con la fe empieza y se desarrolla la comunidad de los creyentes. Los
presbíteros, por tanto, se deben a todos para comunicarles la verdad del
evangelio, que poseen en el Señor.
Por tanto, cuando con su conducta ejemplar entre los hombres los
llevan a glorificar a Dios, o cuando enseñan la catequesis cristiana, o
cuando explican las enseñanzas de la Iglesia, o cuando se dedican a
estudiar los problemas actuales a la luz de Cristo, siempre enseñan, no su
propia sabiduría, sino la Palabra de Dios, e invitan insistentemente a todos
a la conversión y a la santidad. La predicación sacerdotal resulta bastantes
veces muy difícil en la situación actual de nuestro mundo. Para mover
mejor las almas de los oyentes, debe presentar la Palabra de Dios no de
manera abstracta y general, sino aplicando la verdad perenne del
evangelio a las circunstancias concretas de la vida.
Así el ministerio de la palabra se ejerce de muchas maneras, según las
diversas necesidades de los oyentes y los carismas de los predicadores (...)
Esto vale, sobre todo, para la liturgia de la palabra en la celebración de la
Eucaristía, en la que se unen inseparablemente el anuncio de la muerte y
resurrección del Señor, la respuesta del pueblo que escucha y la ofrenda
misma con la que Cristo confirmó la Nueva Alianza en su sangre..." (PO 4).
También el documento de la Comisión Episcopal de Liturgia de España
sobre la homilía se detiene en explicar cómo la homilía debe a veces "evan-
gelizar":
"Hay ocasiones en que la tarea de pronunciar la homilía se hace
particularmente delicada, o bien porque una gran parte de las perso-
2. Identidad de la homilía 31
nas que asisten a ella han acudido por motivaciones de tipo social o de otra
índole, por ejemplo en los funerales o en las bodas, o porque lo hacen
atraídos por el peso de la costumbre o de la tradición, como ocurre a veces
en las fiestas patronales. La presencia de estas personas, no siempre
incrédulas o indiferentes, obliga a realizar una predicación respetuosa y
abierta a todos, pero también, y quizá más que en otras circunstancias, a
anunciar los contenidos esenciales del mensaje cristiano, como la cruz de
Cristo como signo del amor universal de Dios, la Iglesia misterio de
comunión al servicio de los hombres, el hombre imagen de Dios y
redimido por Cristo, la santidad del matrimonio y de la familia, la
esperanza en la vida futura, etc.
En las homilías durante la celebración del matrimonio será preciso,
muchas veces, atender ante todo a la situación personal de los que van a
recibir el sacramento; sin embargo, la predicación, por muy positiva que
sea, no podrá suplir una preparación catequética y espiritual que debió
darse antes. Cuando se trata de un funeral, la homilía debe evitar toda
apariencia de elogio fúnebre del difunto, si bien ha de conducir al consuelo
que brota de la esperanza cristiana y de la fe en la Palabra del Señor y en la
oración de la Iglesia" (PPP 30).
La homilía, "plática fraterna"
La palabra "homilía" viene del griego "omileo, omilein", "conversar, tener
una plática": no necesariamente en el sentido de conversación participada, sino en
el de un tono familiar que adopta el que habla, ante hermanos de la comunidad,
en contraposición al de un maestro o de un conferenciante.
Tenemos interesantes ejemplos del uso de este término en el Nuevo
Testamento.3
En Lc 24,14 se dice que los dos discípulos de Emaús platicaban entre ellos
("omíloun pros allelous") y mientras así platicaban ("en to omiléin", v. 15), les salió
al encuentro el Resucitado.
Hech 20,7 nos describe cómo Pablo conversaba con los responsables de las
comunidades en Tróade ("dielégeto") y alargó la charla ("ton logon"). Mientras
hablaba Pablo ("dialogomenou"), el joven Eutico se durmió y cayó a la calle.
Después de devolverlo vivo a la comunidad, Pablo platicó largo tiempo
("omilesas": v. 11), hasta el amanecer. Cierta
3 Para el sentido que tiene el término en el Antiguo Testamento, cf. R.
BARILE, L'omelia: Riv Past Lit 2 (2004) 64 págs (dossier interior).
32
mente no se trata de una "homilía" como la que entendemos ahora: era la
despedida del apóstol, que quería dejar las cosas bien ordenadas.
También en otro ambiente se utiliza este término: Pedro "conversaba"
("synomilón") con el centurión Cornelio, al llegar a su casa (Hch 10,27). En Hch 24,
26 dice Lucas que el procurador Félix, en Cesarea, daba largas al juicio de Pablo
(esperando conseguir de él algún dinero) y "conversaba con él" ("omílei autó").
Citando un verso del poeta Menandro, utiliza Pablo alguna vez esta palabra
en otra dirección menos optimista: avisa a los suyos que "las malas conversaciones
("omiliai kakái") corrompen las buenas costumbres" (I Co 15,33).
Según los técnicos, el término "homilía" (que parece que empleó por primera
vez en el sentido actual Orígenes en sus libros "Homilías sobre san Lucas" y
"Homilías sobre el Génesis") designaría ya desde el principio una "plática
familiar", que se caracteriza por su tono fraterno, una exhortación familiar en
torno a la Palabra que se ha escuchado.
Es distinto, por tanto, de lo que significaría la palabra griega "logos", en latín
"oratio", en el sentido de "discurso". La homilía no se hace desde la perspectiva de
un conferenciante, de un propagandista o de un doctor. No pretende ser una
clase, ni una conferencia, ni un panegírico, ni una arenga en vísperas de
elecciones. Es la palabra de un hermano que habla a sus hermanos sobre lo que
Dios les ha dicho a todos. El maestro enseña; el homileta edifica, exhorta, mueve.
Antes se llamaba "sermón" a lo que ahora decimos "homilía". En el Vaticano
II se emplean indistintamente los dos términos, pero sobre todo se habla de
"homilía" (SC 24. 52. 78...).
Ahora se entiende el "sermón" como más temático, más propio de los
ejercicios piadosos y días de misión. La predicación en estos ejercicios piadosos
(novenas, triduos), así como en los ejercicios espirituales, y sobre todo en las
"conferencias", no necesariamente se hace a partir de las lecturas bíblicas, como en
la homilía, sino más bien centrada en un "tema religioso" o en la "vida del santo".
La homilía no es un "tema doctrinal", ni pretende primariamente enseñar,
aunque también lo hace (SC 33 afirma que "la liturgia contiene también una gran
instrucción para el pueblo fiel"). Lo que pretende es celebrar la Palabra y exhortar
a que se cumpla en la vida, a la vez que conduce, desde esa misma Palabra, a la
celebración del sacramento. Es, por tanto, a la vez exhortación ("parenesis") y
pedagogía hacia el misterio ("mistagogia").
2. Identidad de la homilía 33
La homilía, parte integrante en la dinámica de la celebración
La homilía vuelve a insertarse ahora decididamente dentro de la dinámica
de la celebración de la Palabra, después de las lecturas bíblicas.
En los últimos siglos no era así. En el Código de Derecho Canónico del año
1917 y en otros documentos magisteriales no aparecía como parte de la
celebración.
En las Rúbricas publicadas en 1960, muy poco antes del Concilio, se decía en
el n. 474: "Homilia non superimponatur Missae celebrationi impediendo fidelium
participationem; proinde, hoc in casu, Missae celebratio suspendatur, et
tantummodo expleta homilía resumatur". O sea, se consideraba muy útil la
homilía, pero no se debía "sobreponer a la celebración de la Misa, impidiendo así
la participación de los fieles", sino que se debía "suspender la celebración de la
Misa y no reanudarla hasta terminada la homilía". La homilía era tenida, pues,
como un paréntesis dentro de la celebración. En algunos lugares, durante el
sermón, incluso se apagaban las velas del altar, o el sacerdote se quitaba la
casulla. En la celebración de los sacramentos, normalmente no se predicaba.
Resituar la homilía dentro de la celebración, y no como un cuerpo extraño,
fue un gran paso adelante del Vaticano II. Ahora nos parece incluso extraño que
lo tuviera que decir, pero entonces hacía falta: "se indicará en las rúbricas el lugar
más adecuado para el sermón, como parte de la acción litúrgica ("utpote partís
actionis liturgicae")" (SC 35); "se recomienda encarecidamente la homilía como
parte de la misma liturgia ("pars ipsius liturgiae")" (SC 52).
Así lo han ido repitiendo los documentos posteriores. El Misal Romano
recuerda que la homilía "es parte de la liturgia", y "muy recomendada, pues es
necesaria para alimentar la vida cristiana" (IGMR 65). Además, se ubicó
claramente en su sitio: no antes o después de la celebración, sino después de la
proclamación de las lecturas. Ahora nos parece lo más normal que, después de
proclamar la Palabra, se dedique un tiempo a que el presidente de la celebración
explique y aplique esa Palabra a la vida de la comunidad.
La homilía es parte de la liturgia, no sólo porque se hace dentro de y
durante la celebración, sino porque ella misma, la homilía, es acto litúrgico, un
acto cúltico, un hecho salvífico que entra dentro de la estructura de la celebración,
unida a la proclamación de la Palabra, en relación con la oración que sigue y la
acción de gracias y la participación en la Eucaristía.
34
La predicación más integral, más integradora
Como hemos recordado, la homilía no es la única forma de predicación,
aunque pueda parecer la más digna por su ámbito litúrgico. En el Directorio para
los Obispos de 2004, se dice que "por ser parte de la liturgia, cumbre y fuente de
toda la vida de la Iglesia, la homilía sobresale entre todas las formas de
predicación y en cierto sentido las resume" (n. 122). El Código de Derecho
Canónico de 1983 afirma que "entre las formas de predicación destaca la homilía,
que es parte de la liturgia y está reservada al sacerdote o al diácono" (CIC 767).
Juan Pablo II, en su exhortación Catechesi Tradendae, dice que "la pedagogía
catequética encuentra su fuente y su plenitud en la Eucaristía dentro del
horizonte completo del Año Litúrgico" (CT 48).
Por eso se ha dicho que la homilía es la cumbre y plenitud de todas las otras
formas de predicación. Se podría definir así: un ministro ordenado dirige su
homilía a una comunidad que se ha reunido para celebrar, lo hace a partir de las
Escrituras proclamadas, en un tono familiar, para ayudar a que todos actualicen
lo que transmite la Palabra en sus vidas y sean conscientes también de su relación
con el sacramento que sigue.
La homilía, si se hace bien, une la celebración de la Palabra con la del
sacramento. Une e integra esta predicación litúrgica con las demás, tanto
anteriores como posteriores, porque no es la homilía la única manera de predicar
la Palabra. Une también la celebración con la vida.
Por eso se considera como un género de predicación total, un elemento
integrador, que une las lecturas con la vida de la comunidad y también con el
sacramento .4
4 Sobre la identidad de la homilía dentro de la celebración litúrgica, cf. especialmente:
J. GELINEAU, L'homélie forme pléniêre de la prédication : LMD 82 (1965) 29-42; C. WIENER,
Exégése et annonce de la Parole: LMD 82 (1965) 59-76; P. MASSI, Omelia, didascalia, kerygma,
catechesi o "actio litúrgica": Riv Lit 4 (1970) 523-537; R. GANTOY Homélie, témoignage, partage :
Comm Lit 5 (1978) 387-404; P. GIGLIONI, L'omelia nella prassi litúrgica: Riv Lit 1 (1984) 33-51; J.
REBOK, La homilía eucarística: su originalidad y sus dimensiones fundamentales: Didascalia 377
(1984) 4-20; VARIOS, L'omelia, parte dell'azione liturgica: Riv Lit 2 (1987) 171-231; R. COFFY, La
celebración, lugar de la educación de la fe: Cuadernos Phase 38, CPL, Barcelona 1992,5-18 (antes
en Phase 118, 1980); J. A. GOENAGA, La homilía entre la evangelización y la mistagogia (teología):
Past Lit 226 (1995) 4-23; A. LARA, Servir la mesa de la Palabra. La homilía en los principales
documentos del Magisterio (1963-1994): Past Lit 227 (1995) 5-25; H. SIMON, Scienza
2. Identidad de la homilía 35
El Leccionario y la identidad de la Homilía
Es interesante leer lo que la introducción al Leccionario, en su 2 a edición de
1981, dice de la identidad de la homilía dentro de la celebración. El Leccionario
(OLM = Ordo Lectionum Missae) es el libro más cercano a este ministerio.
OLM 24. "La homilía, en la cual, en el transcurso del año litúrgico, y
partiendo del texto sagrado, se exponen los misterios de la fe y las normas
de vida cristiana, como parte de la liturgia de la palabra, muchas veces, a
partir de la Constitución sobre la sagrada liturgia del Concilio Vaticano II,
ha sido recomendada con mucho interés, e incluso mandada en algunos
casos.
En la celebración de la misa, la homilía, que normalmente es hecha por
el mismo que preside, tiene por objeto el que la palabra de Dios pro-
clamada, junto con la liturgia eucarística, sea como una proclamación de
las maravillas de Dios en la historia de la salvación o misterio de Cristo
(SC 35). En efecto, el misterio pascual de Cristo, proclamado en las lecturas
y en la homilía, se realiza por medio del sacrificio de la misa. Cristo está
siempre presente y operante en la predicación de su Iglesia.
La homilía, por consiguiente, tanto si explica las palabras de la sagrada
Escritura que se acaban de leer como si explica otro texto litúrgico, debe
llevar a la comunidad de los fieles a una activa participación en la
eucaristía, a fin de que vivan siempre de acuerdo con la fe que profesaron
(SC 10). Con esta explicación viva, la palabra de Dios que se ha leído y las
celebraciones que realiza la Iglesia pueden adquirir una mayor eficacia, a
condición de que la homilía sea realmente fruto de la meditación,
debidamente preparada, ni demasiado larga ni demasiado corta, y de que
se tenga en cuenta a todos los que están presentes, incluso a los niños y a
los menos formados (cf. CT 48).
En la concelebración, normalmente hace la homilía el celebrante
principal o uno de los concelebrantes".
OLM 25. "En los días que está mandado, a saber, en los domingos y
fiestas de precepto, debe hacerse la homilía, la cual no puede omitirse sin
causa grave, en todas las misas que se celebran con asistencia del pueblo,
sin excluir las misas que se celebran en la tarde del día precedente.
dell'Omiletica: DizOm 1030-1036; B. SEVESO, Teologia della predicazione: DizOm
1567-1592; A. JOIN-LAMBERT, Du sermón á l'homélie: Nouv Rev Théol 1 (2004) 68-85.
36
También debe haber homilía en las misas con niños y con grupos
particulares.
La homilía es recomendable en las ferias de Adviento, de Cuaresma y
del Tiempo Pascual, para los fieles que habitualmente participan en la
celebración de la misa, y también en otras fiestas y ocasiones en que el
pueblo acude en mayor número a la iglesia".
OLM 26. "El sacerdote celebrante pronuncia la homilía en la sede de
pie o sentado, o también en el ambón".
OLM 27. "Hay que separar de la homilía las breves advertencias que, si
se da el caso, tengan que hacerse al pueblo, ya que estas tienen su lugar
propio terminada la oración después de la comunión".
OLM 41. "El presidente ejerce también su función propia y el minis-
terio de la palabra cuando hace la homilía. Con ella, en efecto, guía a sus
hermanos hacia una sabrosa comprensión de la sagrada Escritura, abre el
corazón de los fieles a la acción de gracias por las maravillas de Dios,
alimenta la fe de los presentes en la palabra que, en la celebración, por obra
del Espíritu Santo, se convierte en sacramento, los prepara para una
provechosa comunión y los invita a asumir las exigencias de la vida
cristiana" .
3
LA PALABRA DE DIOS,
ACONTECIMIENTO SALVADOR
No podemos entender la homilía ni reflexionar sobre ella si no la situamos
en su contexto, que es la proclamación de la Palabra de Dios.
La homilía -el ministerio del homileta- sucede dentro de ese diálogo
inefable entre Dios y su comunidad que supone la proclamación y la acogida de
la Palabra. El homileta hace de puente o bisagra entre Dios y la Comunidad.1
1 Sobre la Palabra de Dios y su importancia en la celebración y, en concreto, para la
homilía, cf.: La mesa de la Palabra. Ordenación de las Lecturas de la Misa. Texto y comentario
(=Dossiers CPL 37) Barcelona, 1994 (2a ed.) 100 pp.
Además, A. G. MARTIMORT, El diálogo entre Dios y su pueblo: en "La Iglesia en oración",
Barcelona 1967, 154-194; O. SEMELROTH, La Palabra eficaz. Para una teología de la proclamación,
Dinor, San Sebastián 1967, 274 págs.; VARIOS, Liturgia de la Palabra: Phase 56 (1970) 122-209;
VARIOS, La Parole dans la liturgie, Cerf, Paris 1970,176 págs.; F.X. DURRWELL, La presencia de
Jesucristo en la predicación: en "Palabra en el mundo", agüeme, Salamanca 1972, 31-46; J.
RATZINGER, Palabra en la Iglesia, Sígueme, Salamanca 1976, 326 págs; J. J. RODRÍGUEZ MEDINA,
Teología pastoral de la Palabra de Dios, PPC, Madrid 1978,342 págs.; VARIOS, Celebrare la Parola:
Riv Lit 1 (1984) 1-79; VARIOS, La Palabra de Dios en la celebración de la Misa: Phase 152 (1986) 5-
83; A.M. TRIACCA, Linee teologico-liturgiche della celebrazione della Parola di Dio: Salesianum 4
(1991) 669-689; VARIOS, La Palabra en la celebración cristiana (=Cuadernos Phase 33) CPL,
Barcelona 1992, 84 págs.; J. M. R. TILLARD», Proclamación de la palabra y acontecimiento
sacramental: en "La Palabra en la celebración cristiana" (= Cuadernos Phase 33) CPL,
Barcelona 1992,41-81; VARIOS, La Palabra de Dios en la celebración litúrgica: Past Lit 229-230
(1995-1996) 1-171; A. PUIG, La Iglesia, oyente de la Palabra de Dios: Phase 207 (1995) 219-230;
38
Recuperación de la Palabra
El Vaticano II promovió decididamente la recuperación de la Palabra de
Dios por parte del pueblo cristiano.
Ya desde el primer documento aprobado, el de la liturgia, el Concilio quiere
que los fieles lleguen a tener un amor vivo y suave a la Escritura: "La importancia
de la Sagrada Escritura en la celebración de la liturgia es máxima... De ahí que
para procurar la reforma, el desarrollo y la adaptación de la sagrada liturgia, es
necesario promover aquel afecto suave y vivo a la Sagrada Escritura del que da
testimonio la venerable tradición de los ritos tanto orientales como occidentales"
(SC 24).
Este reencuentro y creciente revalorización de la Palabra se debió al doble
movimiento que había preparado los ánimos en las décadas anteriores: el litúrgico
y el bíblico, además del ecuménico.
En el año 1965 se empezaron a proclamar en nuestras lenguas las lecturas
bíblicas. En 1969 aparecieron los nuevos Leccionarios, una de las reformas
principales del posconcilio y uno de los factores de la maduración de la
espiritualidad del pueblo cristiano, con la nueva organización de las lecturas (tres
ciclos para los domingos, dos para las ferias), y la recuperada importancia del
salmo de meditación y de la homilía. Luego, con ocasión de la 2a edición típica del
Leccionario, se publicó en 1981 un "Ordo Lectionum Missae" (= OLM),
notablemente enriquecido en su introducción.
Esto no sólo ha tenido consecuencias en la liturgia: el redescubrimiento de la
Palabra está influyendo positivamente en la teología, la espiritualidad, la
catequesis, las devociones populares y los grupos de oración.
Ahora se puede decir que el principal alimento espiritual para el pueblo
cristiano no son los libros devotos de algunos autores, sino la Palabra de Dios, con
la que se está llegando a una evidente mayor familiaridad. Si antes se podía
afirmar, simplificando, que los católicos eran la Iglesia del Sacramento y los
protestantes la Iglesia de la Palabra, ahora ambos grupos se han acercado al
reconocimiento del gran binomio: Palabra y Sacramento.
Se ha llegado a decir que el hecho más importante de la reforma
VARIOS, Oyentes de la Palabra (=Cuadernos Phase 105) CPL, Barcelona 2000, 78
págs.; F. AROCENA, La celebración de la Palabra. Teología y Pastoral (=Biblioteca
Litúrgica 24) CPL, Barcelona 2005.
[Link] palabra de Dios, acontecimiento salvador 39
litúrgica, desde el punto de vista ecuménico, pastoral y espiritual, la clave y
medida de una renovación litúrgica para toda la Iglesia, es el lugar preeminente
que hoy ocupa la Palabra de Dios en la liturgia (J. Castellano).
La Palabra como acontecimiento siempre nuevo
La Palabra de Dios, que luego comenta y aplica la homilía, es Palabra
siempre viva. Es acontecimiento nuevo cada vez que se proclama, sobre todo en la
celebración eclesial de la comunidad, como cada sacramento y cada Eucaristía son
un hecho salvífico nuevo cada vez que se celebran. Se puede comparar con lo que
sucede en la música: una sinfonía o una sonata o un aria están escritas en el papel,
pero son "música" y "acontecimiento" que "sucede" de nuevo cada vez que se
interpretan. O con una carta: lo escrito sobre el papel se convierte en "palabra
viva", cuando la persona a la que se dirige la acepta, la abre, la lee y la acoge.
Dios dirige su Palabra a la comunidad cristiana, y cuando esta escucha su
proclamación y la acoge desde su fe, es cuando la Palabra pasa del papel al
acontecimiento. Entonces es cuando "la escritura se hace palabra" (Orígenes),
también en la lectura personal, pero sobre todo en la celebración. El libro es papel
y tinta, pero está destinado a convertirse en Palabra, que no es sólo doctrina o
información histórica: es Palabra viviente.
Dios nos habla hoy y aquí a nosotros, a través de textos que fueron escritos
hace dos mil o dos mil quinientos años. En el AT nos habló por los profetas.
Luego, en la plenitud del tiempo, por medio de Cristo Jesús. En él fue cuando la
Palabra de Dios entró más profundamente en nuestra historia. Y ahora nos sigue
hablando, porque su Palabra es Palabra siempre viva.
K. Barth dijo que "la predicación es la Palabra de Dios pronunciada por él
mismo, utilizando el servicio de un hombre que habla a sus contemporáneos, a
través de un texto bíblico".
La introducción al Leccionario invita a que todo, en la celebración, "suscite
en los oyentes el recuerdo de la presencia de Dios que habla a su pueblo" (OLM
35).
Hoy se cumple la Palabra
Como dijo Jesús en la sinagoga de su pueblo, después de haber leído el
pasaje del profeta Isaías: "esta Escritura se ha cumplido hoy". La Palabra
40
es siempre viva y actual: el "in illo tempore" se convierte en "hodie", el "en aquel
tiempo", en el "hoy". Las bienaventuranzas ya hace dos mil años que resuenan,
pero si se proclaman entre nosotros, son una palabra nueva y resuenan con toda
su fuerza hoy y aquí.
En las lecturas no sólo estamos proclamando algo pasado, sino que Dios
habla ahora a esta comunidad: "en los libros sagrados, el Padre que está en el cielo
sale amorosamente al encuentro de sus hijos para conversar con ellos" (DV 21);
"cuando se leen en la Iglesia las sagradas Escrituras, Dios mismo habla a su
pueblo y Cristo, presente en su Palabra, anuncia el evangelio" (IGMR 29); "en las
lecturas, que luego explica la homilía, Dios habla a su pueblo, le descubre el
misterio de la redención y salvación y le ofrece alimento espiritual" (IGMR 55);
"las maravillas que realizó Dios en otro tiempo, en la historia de la salvación, se
hacen de nuevo presentes, de un modo misterioso pero real, a través de los signos
de la celebración litúrgica" (OLM 7).
La Palabra no nos viene desde el pasado, sino que nos la dirige Dios hoy a
nosotros y nos interpela directamente. La Palabra eterna de Dios se va
encarnando en la historia, porque no sólo es letra, sino Palabra de un Dios
viviente.
No se trata de que Dios nos habló hace tiempo, sino de que nos sigue
hablando hoy, a través de la Escritura, de la celebración y de nuestra historia de
ahora. No es palabra "acerca de Dios". Es una acción de Dios hoy y aquí, que brota
del libro y de nuestra historia. Por eso la "celebramos". "La misma celebración
litúrgica, que se sostiene y se apoya principalmente en la Palabra de Dios, se
convierte en un acontecimiento nuevo y enriquece esta Palabra con una nueva
interpretación y una nueva eficacia" (OLM 3), "la Palabra de Dios, expuesta
continuamente en la liturgia, es siempre viva y eficaz por el poder del Espíritu
Santo y manifiesta el amor operante del Padre, amor indeficiente en su eficacia
para con los hombres" (OLM 4).
Pablo tenía un concepto muy denso de esa Palabra: "no me avergüenzo del
Evangelio, que es una fuerza de Dios para la salvación de todo el que cree" (Rm
1,16); y afirma de los fieles de Tesalónica: "al recibir la Palabra de Dios que os
predicamos, la acogisteis, no como palabra de hombre, sino cual es en verdad,
como Palabra de Dios que permanece operante en vosotros, los creyentes" (1 Ts
2,13).
La eficacia de la Palabra
La Palabra es siempre eficaz. Se calificaba ya desde el Antiguo Testa-
3. La Palabra de Dios, acontecimiento salvador 41
mento como "dabar", palabra eficaz y poderosa. Dijo y se hizo: "él lo dijo y existió"
(Sal 33,9). Este sentido es muy diferente que el del "logos" griego.
Ya la palabra humana, si es seria, es eficaz y duradera: una promesa ("te lo
prometo"), una afirmación, un permiso ("sí, puedes hacerlo"), una prohibición,
siguen teniendo fuerza mientras no se retiren.
La Palabra bíblica de Dios no es sólo un vehículo para transmitir ideas o
conocimientos, sino una palabra creadora, que provoca e interpela e invita. Es
Palabra que penetra, fecunda, anima, discierne, juzga, estimula. Cuando Dios
"ben-dice", o sea, "dice bien", su Palabra es efectiva, es salvadora. La palabra de
Cristo era siempre eficaz: decía y hacía, curaba, resucitaba, calmaba tempestades,
multiplicaba panes.
A veces, la Palabra de Dios nos ha venido en la historia como en el Sinaí, con
truenos, rayos, viento, oscuridad y niebla. Otras, lo ha hecho como la suave brisa
de Elias, después de haberla esperado en vano en el terremoto, en la tormenta o
en el fuego.
Y siempre es eficaz: "La Palabra de Dios es fuerza de Dios para la salvación
del que cree" (DV17), "es tan grande el poder y la fuerza de la Palabra de Dios,
que constituye sustento y vigor de la Iglesia, firmeza de fe para sus hijos, alimento
del alma, fuente límpida y perenne de vida espiritual" (DV 21).
Son expresivas las comparaciones que aplican los libros sagrados a la
Palabra de Dios:
es luz: "lámpara es tu Palabra para mis pasos, luz en mis senderos" (Sal
118,105; cf. 2P 1,19),
es alimento: "no sólo de pan vive el hombre, sino de toda Palabra que sale
de la boca de Dios" (Mt 4,4, citando a Dt 8),
es como una espada: "la Palabra de Dios es viva, eficaz y tajante, más que
una espada de dos filos, y penetra hasta la división del alma y del espíritu" (Hb
4,12),
es una semilla: sembrada en el campo, produce fruto, como en la parábola
del sembrador (Mt 13),
es lluvia y nieve que dan vida a la tierra: "como descienden la lluvia y la
nieve y empapan la tierra, la fecundan y la hacen germinar, así será mi Palabra,
que sale de mi boca y no volverá a mí de vacío" (Is 55,10-11).
Cristo ES la Palabra y se hace presente a su comunidad como Palabra
Dando un paso más, tenemos una de las convicciones que se han
2 F.X. DURRWELL, La presencia de Jesucristo en la predicación: en "Palabra en el
42
reafirmado más en estos últimos años: la presencia real de Cristo, no sólo en las
especies del pan y del vino, sino también en la Palabra.2
Las diversas presencias reales de Cristo en la Eucaristía, de las que hablan
SC 7 y IGMR 27 -en la comunidad, en el presidente, en la Palabra y luego en el
sacramento mismo- se explican siempre porque ahora Cristo Jesús está glorificado
y desde su existencia de Resucitado se nos comunica, primero como Palabra
salvadora y luego como Sacramento, en una intensificación gradual de su
presencia, que ya desde el principio de la celebración es real en la misma
comunidad reunida en su nombre.
Aquí nos interesa de forma especial su presencia en la Palabra y como
Palabra. Cosa relativamente nueva, porque en los últimos siglos se había ido
poniendo el énfasis sobre todo en su presencia eucarística, que sigue siendo en
verdad la más densa y "real". Cuando Pío XII, en la Mediator Dei (1947), habló de
estas presencias, no citó la presencia de Cristo en la Palabra. Al discutirse en el
Vaticano II el documento conciliar sobre la Revelación, hubo dificultad en que los
Padres conciliares aceptaran la formulación que fue aprobada finalmente, que
compara la Palabra de la primera parte de la misa con el sacramento: "La Iglesia
siempre ha venerado la Sagrada Escritura, como lo ha hecho con el Cuerpo de
Cristo, pues, sobre todo en la sagrada liturgia, nunca ha cesado de tomar y
repartir a sus fieles el pan de vida que ofrece la mesa de la Palabra de Dios y del
Cuerpo de Cristo" (DV 21).
Esta convicción de la presencia de Cristo, no sólo en la oración personal o en
la meditación o en la "lectio divina", sino de una manera especial en la celebración
comunitaria de la Palabra, la han ido expresando después los diversos
documentos y libros litúrgicos:
"Cristo está siempre presente a su Iglesia, sobre todo en la acción litúrgica.
Está presente... en su Palabra, pues cuando se lee en la Iglesia la sagrada Escritura
es él quien habla" (SC 7);
"en la liturgia Dios habla a su pueblo, y Cristo sigue anunciando el
Evangelio" (SC 33);
"Cristo está realmente presente... en su Palabra" (IGMR 27);
"cuando se leen en la Iglesia las sagradas Escrituras, Dios mismo
mundo", Sígueme, Salamanca 1972,31-46; A.M. ROGUET, La préseme active du Christ
dans la Parole de Dieu: LMD 82 (1965) 8-28; S. MARSILI, Cristo si fa presente nella sua
parola: Riv Lit (1983) 671-690; A. G. MARTIMORT, Está presente en su Palabra, en
"Actas del Congreso Internacional de Teología del Vaticano II. Roma 1966",
Barcelona 1972,311-326.
3 La Palabra de Dios, acontecimiento salvador 43
habla a su pueblo y Cristo, presente en su Palabra, anuncia el evangelio" (IGMR
29);
"en las lecturas Dios habla a su pueblo y le ofrece alimento espiritual, y el
mismo Cristo, por su Palabra, se hace presente en medio de los fieles" (IGMR 55);
"los fieles, con sus aclamaciones (al evangelio), reconocen y profesan la
presencia de Cristo que les habla" (IGMR 60);
"los fieles han de tener la convicción de que hay una sola presencia de
Cristo, presencia en la Palabra de Dios, pues cuando se lee en la Iglesia la sagrada
Escritura es él quien habla, y presencia, sobre todo, bajo las especies eucarísticas"
(OLM 46)...
Si la Palabra revelada es siempre "viva y eficaz", si "no cesa de recordar y
prolongar" la salvación, y si adquiere su máxima expresividad y fuerza salvadora
dentro de la celebración litúrgica, el motivo fundamental es siempre el mismo:
que Cristo, el Señor Resucitado, está presente y activo cuando se proclama esa
Palabra en la comunidad: "Cristo está siempre presente en su Palabra, realizando
el misterio de salvación" (OLM 4).
El Concilio de Éfeso hablaba de la entronización del evangelio en el
Concilio como "sacramento de Cristo": "Cum sequenti die in sancta ac
magna ecclesia, quae appellatur Maria, convenissemus, sanctumque
evangelium quod ipsum Christum praesentem nobis monstrabat, in
throno, qui medium locum obtinebat, propositum esset, canonum forma
servata..." (cuando nos reunimos al día siguiente y se colocó en medio de la
sala el santo evangelio, que nos mostraba al mismo Cristo presente...)
(Conc. de Efeso, Mansi IV, 1238).
El Pontifical Romano Germánico, en el siglo X, motiva así el valor del
evangelio: "Se lee el evangelio, en el cual Cristo habla al pueblo con su
misma boca para actualizar el evangelio en la Iglesia, como si hablara al
pueblo el mismo Cristo en persona... Cuando se hace presente el mismo
Cristo en persona, esto es, en el evangelio, dejamos el báculo porque ya no
necesitamos de soporte humano".
Cristo no es un profeta que dijo palabras o que encargó que las escribieran.
Cristo ES la Palabra viviente que nos dirige Dios. El evangelio de Juan comienza
afirmando que "en el principio era la Palabra y la Palabra se hizo hombre" (Jn
1,1.14). Ahora, Cristo, el Hijo de Dios encarnado, que es para siempre el camino,
la verdad, la vida, la puerta, el pan, la luz, el
44
pastor... es también para siempre la Palabra... El Apocalipsis le da este nombre: "y
su nombre es Palabra de Dios" (Ap 19,13).
Presente también en la predicación
En el evangelio aparece repetidamente la perspectiva de un Cristo Jesús que
se identifica con los que predican la Palabra: "quien a vosotros os escucha, a mí
me escucha" (Lc 10,16).
Así se puede decir que Cristo es a la vez "objeto" y "sujeto" de la pre -
dicación. No sólo es el contenido de lo que predica la Iglesia, sino también el que
sigue predicando a través de la voz del predicador eclesial (como del sacramento
de su voz). Él sigue cooperando con la Iglesia que predica la Palabra salvadora:
"ellos salieron a predicar por todas partes, colaborando el Señor con ellos" (Mc
16,20).
Una firme convicción de Pablo era que el Señor Resucitado era quien en
realidad predicaba la Palabra salvadora al mundo, a través de los apóstoles y los
creyentes: "al recibir la Palabra de Dios que os predicamos, la acogisteis, no como
palabra de hombre, sino cual es en verdad, como Palabra de Dios que permanece
operante en vosotros, los creyentes" (I Ts 2,13); "queréis una prueba de que habla
en mí Cristo, el cual no es débil para con vosotros, sino poderoso entre vosotros,
pues ciertamente, fue crucificado en razón de su flaqueza, pero está vivo por la
fuerza de Dios" (2Co 13,3-4). En el concilio de Jerusalén decía Pablo: "me eligió
Dios entre vosotros para que por mi boca oyesen los gentiles la Palabra de la
Buena Nueva y creyeran" (Hch 15,7). Pablo, y los demás apóstoles y predicadores,
se sienten colaboradores de Dios, no protagonistas: "somos colaboradores
("synergoi") de Dios" (I Co 3,9).
También para san Agustín, Cristo mismo predica ahora y aquí. De él es la
famosa expresión "Christus Christum praedicat", "Cristo predica a Cristo":
"El evangelio es la boca de Cristo: está sentado en el cielo, pero no deja
de hablar en la tierra" (Sermo 85,1). Y saca las consecuencias: "Christus
Christum praedicat" (Tract. in Jn 47,3), "praedicat ergo Christus Christum,
praedicat corpus caput suum" (Sermo 354,1): Cristo predica a Cristo, la
Iglesia, que es el cuerpo de Cristo, predica a su Cabeza.
San Agustín está convencido de que es Dios quien actúa en lo interior:
"somos nosotros los que hablamos, pero es Dios el que instruye. Somos
nosotros los que hablamos, pero es Dios el que enseña" (Sermón 153,1). Cf.
también (Doctr. Christ. 4,15,32; 4,35); "yo he hablado a vues-
3. La Palabra de Dios, acontecimiento salvador 45
tros oídos para que pudierais oír: pero ¿quién ha hablado a vuestro
corazón para que entendáis?" (Tract. in Joann. 40,5).
"Ille qui nos audit, per nos audit Deum" (PL 40,318) (quien nos oye, por
medio de nosotros está oyendo a Dios). «Christus est qui docet...
audiamus, timeamus, faciamus » (PL 40, 678) (Cristo es quien nos enseña :
escuchémosle, temámosle, hagamos).
«Loquatur ergo Christus, quia in Christo loquitur Ecclesia, et in
Ecclesia loquitur Christus; et corpus in capite, et caput in corpore» (PL 36,
231) (Hable, pues, Cristo, porque en Cristo habla la Iglesia y en la Iglesia
habla Cristo, y el cuerpo en la cabeza y la cabeza en el cuerpo).
Cristo, que es el acontecimiento único e irrepetible, la Palabra viviente de
Dios personificada (cf. DV 4), sigue diciendo a los hombres de hoy, por el
ministerio de la predicación eclesial, lo que dijo en Palestina hace dos mil años: "a
ti te lo digo, levántate", "sal fuera", "queda limpio", "remad mar adentro", "no
tengáis miedo"...
Se cumplen las palabras de su despedida visible: "yo estoy con vosotros
todos los días hasta el fin del mundo". La predicación, y dentro de ella, la homilía,
son un cauce privilegiado de esta presencia activa del Señor en nuestro mundo
(cf. CCE 1548-1551).
La presencia real de Cristo en la predicación la resaltan últimamente
diversos documentos magisteriales:
Pablo VI, en su encíclica Mysterium Fidei (1965), al enumerar las varias
formas de presencia (siempre real) de Cristo a su Iglesia, destaca la que se
refiere a la Palabra: "Está presente en su Iglesia que predica, ya que el
Evangelio que se anuncia es la Palabra de Dios, y solamente en el nombre,
con la autoridad y con la asistencia de Cristo Palabra de Dios encarnada se
anuncia...".
En la instrucción Eucharisticum Mysterium, de 1967, se decía explíci-
tamente que Cristo está también realmente presente en la predicación:
"Cristo está presente en su palabra, cuando se lee y se explica la Escritura"
(n. 55).
Juan Pablo II, en la carta Vicesimus Quintus annus (con ocasión del XXV
aniversario de la SC conciliar, 1988), también recordaba que "Cristo está
presente en su palabra proclamada en la asamblea y que, comentada en la
homilía, debe ser escuchada con fe y asimilada en la oración" (VQA 7).
El Catecismo explica esta presencia de Cristo en la predicación: "En el
servicio eclesial del ministro ordenado es Cristo mismo quien está presente en su
Iglesia como Cabeza de su cuerpo, Pastor de su rebaño, sumo sacerdote del
sacrificio redentor, Maestro de la verdad. Es lo que la Iglesia
46
expresa al decir que el sacerdote, en virtud del sacramento del Orden, actúa in
persona Christi Capitis" (CCE 1548).
Por eso puede decir claramente la introducción al Leccionario: "Cristo está
siempre presente y operante en la predicación de su Iglesia" (OLM 24, citando AG
9).
La predicación es una realidad sacramental. Exteriormente es una voz
humana la que se oye, pero en lo más profundo es Cristo quien está presente en la
Palabra que se predica. La palabra proclamada en la asamblea es sacramento
(signo eficaz) de la presencia y de la Palabra de Cristo, que actualiza su mensaje.
Cristo, que es el Sacramento viviente de Dios, es a la vez el contenido de la
predicación y el sujeto activo de la misma.
El Misal quiere que manifestemos esta convicción, de que es al mismo
Cristo a quien escuchamos, cuando nos invita a mostrar la reverencia debida al
Evangeliario, y realicemos bien las ceremonias que acompañan la lectura de la
Palabra de Dios, las aclamaciones con las que la Iglesia responde antes y después
de la lectura, referidas directamente a Cristo: "Laus tibi, Christe", "Gloria a ti,
Señor", "Te alabamos, Señor".
El Espíritu es el que hace viva la Palabra hoy y aquí
Además de la activa presencia de Cristo en la predicación de la Palabra, hay
otro protagonista importante en todo el proceso: el Espíritu Santo. La Palabra, que
suena y es eficaz desde hace miles de años, se convierte en viva y actual, para
nosotros hoy y aquí, por el Espíritu Santo. 3
Estamos acostumbrados a reconocer el protagonismo del Espíritu en la
parte "sacramental" de la Eucaristía, con la primera invocación o epíclesis sobre el
pan y el vino, para que los convierta en Cuerpo y Sangre de Cristo, y con la
segunda invocación o epíclesis sobre la comunidad, para que la convierta también
en el Cuerpo de Cristo en el que no haya ninguna división.
También solemos atribuir al Espíritu una ayuda muy eficaz en nuestra
oración, porque es él quien, según ya nos decía san Pablo, nos ayuda a rezar, o
incluso ora dentro de nosotros con gemidos inenarrables y nos hace decir "Abbá,
Padre".
No estamos tan acostumbrados a relacionar al Espíritu con la primera parte
de la celebración, la proclamación de la Palabra.
Sin embargo él fue quien inspiró a los autores sagrados. Él inspira a
3 Cf., por ejemplo, A. M. TRIACCA, Spirito Santo: en DizOm 1503-1509.
3. La Palabra de Dios, acontecimiento salvador 47
los cristianos de hoy que celebran la Palabra. Él hace que la palabra escrita se
convierta en Palabra viva hoy y aquí.
Es una convicción que proviene de la misma revelación. Jesús prometió que
el Espíritu conduciría a los creyentes a la verdad plena: "Os he dicho estas cosas...
pero el Espíritu, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os
recordará todo lo que yo os he dicho" (Jn 15,25-26); "el Espíritu de la verdad os
guiará hasta la verdad completa" (Jn 16,13). El efecto primero de la venida del
Espíritu sobre los discípulos de Éfeso fue el impulso a la misión profética de la
Palabra: "habiéndoles Pablo impuesto las manos, vino sobre ellos el Espíritu Santo
y se pusieron a hablar en lenguas y a profetizar" (Hch 19,6).
En el Vaticano II, en el documento sobre la Revelación, se afirma que "el
Espíritu Santo, por quien la voz viva del evangelio resuena en la Iglesia y, por ella,
en el mundo entero, va introduciendo a los fieles en la verdad plena y hace que
habite en ellos intensamente la Palabra de Cristo" (DV 8). "La Sagrada Escritura es
la Palabra de Dios, en cuanto escrita por inspiración del Espíritu Santo. La
Tradición recibe la Palabra de Dios, encomendada por Cristo y el Espíritu Santo a
los apóstoles, y la transmite íntegra a los sucesores; para que ellos, iluminados por
el Espíritu de la verdad, la conserven, la expongan y la difundan fielmente en su
predicación" (DV 9).
En la introducción al Leccionario, la eficacia salvadora de la Palabra de Dios,
tanto en la celebración como en la vida, es atribuida insistentemente a la actividad
del Espíritu (cf. sobre todo OLM 9). Por él se hace realidad hoy y aquí la Historia
de la Salvación que proclama la Palabra. Es él quien nos abre el corazón para
entenderla y sintonizar con su fuerza salvadora. Él inspiró los libros sagrados
(OLM 2), él actúa internamente en cada fiel (OLM 3), por su poder se hace viva y
eficaz la Palabra en la liturgia (OLM 4), es él quien da eficacia a la respuesta de los
fieles a la Palabra (OLM 6), quien congrega a la Iglesia en la celebración litúrgica
para escuchar y proclamar la Palabra (OLM 7) y hace de todos, por el don del
Bautismo y de la Confirmación, pregoneros de la Palabra (OLM 7), si son dóciles a
él (OLM 12). El diálogo entre los fieles y Dios se hace con su ayuda (OLM 28). La
Palabra, en la celebración, se convierte por él en sacramento (OLM 41) e ilumina a
los fieles (OLM 47).
El Catecismo, que ha sido el documento eclesial que más énfasis ha puesto en
la teología del Espíritu, expresa muy bien su activa intervención en la celebración
de la Palabra:
"el Espíritu Santo recuerda a la asamblea litúrgica el sentido del
48
expresa al decir que el sacerdote, en virtud del sacramento del Orden, actúa in
persona Christi Capitis" (CCE 1548).
Por eso puede decir claramente la introducción al Leccionario: "Cristo está
siempre presente y operante en la predicación de su Iglesia" (OLM 24, citando AG
9).
La predicación es una realidad sacramental. Exteriormente es una voz
humana la que se oye, pero en lo más profundo es Cristo quien está presente en la
Palabra que se predica. La palabra proclamada en la asamblea es sacramento
(signo eficaz) de la presencia y de la Palabra de Cristo, que actualiza su mensaje.
Cristo, que es el Sacramento viviente de Dios, es a la vez el contenido de la
predicación y el sujeto activo de la misma.
El Misal quiere que manifestemos esta convicción, de que es al mismo Cristo
a quien escuchamos, cuando nos invita a mostrar la reverencia debida al
Evangeliario, y realicemos bien las ceremonias que acompañan la lectura de la
Palabra de Dios, las aclamaciones con las que la Iglesia responde antes y después
de la lectura, referidas directamente a Cristo: "Laus tibi, Christe", "Gloria a ti,
Señor", "Te alabamos, Señor".
El Espíritu es el que hace viva la Palabra hoy y aquí
Además de la activa presencia de Cristo en la predicación de la Palabra, hay
otro protagonista importante en todo el proceso: el Espíritu Santo. La Palabra, que
suena y es eficaz desde hace miles de años, se convierte en viva y actual, para
1
nosotros hoy y aquí, por el Espíritu Santo.
Estamos acostumbrados a reconocer el protagonismo del Espíritu en la
parte "sacramental" de la Eucaristía, con la primera invocación o epíclesis sobre el
pan y el vino, para que los convierta en Cuerpo y Sangre de Cristo, y con la
segunda invocación o epíclesis sobre la comunidad, para que la convierta también
en el Cuerpo de Cristo en el que no haya ninguna división.
También solemos atribuir al Espíritu una ayuda muy eficaz en nuestra
oración, porque es él quien, según ya nos decía san Pablo, nos ayuda a rezar, o
incluso ora dentro de nosotros con gemidos inenarrables y nos hace decir "Abbá,
Padre".
No estamos tan acostumbrados a relacionar al Espíritu con la primera parte
de la celebración, la proclamación de la Palabra.
Sin embargo él fue quien inspiró a los autores sagrados. Él inspira a
1Cf., por ejemplo, A. M. TRIACCA, Spirito Santo: en DizOm 1503-1509.
3. La Palabra de Dios, acontecimiento salvador 49
los cristianos de hoy que celebran la Palabra. Él hace que la palabra escrita se
convierta en Palabra viva hoy y aquí.
Es una convicción que proviene de la misma revelación. Jesús prometió que
el Espíritu conduciría a los creyentes a la verdad plena: "Os he dicho estas cosas...
pero el Espíritu, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os
recordará todo lo que yo os he dicho" 0n 15,25-26); "el Espíritu de la verdad os
guiará hasta la verdad completa" (Jn 16,13). El efecto primero de la venida del
Espíritu sobre los discípulos de Éfeso fue el impulso a la misión profética de la
Palabra: "habiéndoles Pablo impuesto las manos, vino sobre ellos el Espíritu Santo
y se pusieron a hablar en lenguas y a profetizar" (Hch 19,6).
En el Vaticano II, en el documento sobre la Revelación, se afirma que "el
Espíritu Santo, por quien la voz viva del evangelio resuena en la Iglesia y, por
ella, en el mundo entero, va introduciendo a los fieles en la verdad plena y hace
que habite en ellos intensamente la Palabra de Cristo" (DV 8). "La Sagrada
Escritura es la Palabra de Dios, en cuanto escrita por inspiración del Espíritu
Santo. La Tradición recibe la Palabra de Dios, encomendada por Cristo y el
Espíritu Santo a los apóstoles, y la transmite íntegra a los sucesores; para que
ellos, iluminados por el Espíritu de la verdad, la conserven, la expongan y la
difundan fielmente en su predicación" (DV 9).
En la introducción al Leccionario, la eficacia salvadora de la Palabra de Dios,
tanto en la celebración como en la vida, es atribuida insistentemente a la actividad
del Espíritu (cf. sobre todo OLM 9). Por él se hace realidad hoy y aquí la Historia
de la Salvación que proclama la Palabra. Es él quien nos abre el corazón para
entenderla y sintonizar con su fuerza salvadora. Él inspiró los libros sagrados
(OLM 2), él actúa internamente en cada fiel (OLM 3), por su poder se hace viva y
eficaz la Palabra en la liturgia (OLM 4), es él quien da eficacia a la respuesta de los
fieles a la Palabra (OLM 6), quien congrega a la Iglesia en la celebración litúrgica
para escuchar y proclamar la Palabra (OLM 7) y hace de todos, por el don del
Bautismo y de la Confirmación, pregoneros de la Palabra (OLM 7), si son dóciles a
él (OLM 12). El diálogo entre los fieles y Dios se hace con su ayuda (OLM 28). La
Palabra, en la celebración, se convierte por él en sacramento (OLM 41) e ilumina a
los fieles (OLM 47).
El Catecismo, que ha sido el documento eclesial que más énfasis ha puesto en
la teología del Espíritu, expresa muy bien su activa intervención en la celebración
de la Palabra:
"el Espíritu Santo recuerda a la asamblea litúrgica el sentido del
50
acontecimiento de la salvación dando vida a la Palabra de Dios que es anunciada
para ser recibida y vivida" (CCE 1100);
"el Espíritu Santo es quien da a los lectores y a los oyentes, según las
disposiciones de sus corazones, la inteligencia espiritual de la Palabra de Dios. A
través de las palabras, las acciones y los símbolos que constituyen la trama de una
celebración, el Espíritu Santo pone a los fieles y a los ministros en relación viva con
Cristo, Palabra e Imagen del Padre, a fin de que puedan hacer pasar a su vida el
sentido de lo que oyen, contemplan y realizan en la celebración" (CCE 1101);
"el anuncio de la Palabra de Dios no se reduce a una enseñanza: exige la
respuesta de fe, como consentimiento y compromiso, con miras a la Alianza entre
Dios y su pueblo. Es también el Espíritu Santo quien da la gracia de la fe, la
fortalece y la hace crecer en la comunidad" (CCE 1102; cf. también CCE 1103).
San Agustín expresa esta misma convicción:
Sonat psalmus: vox est Spiritus; sonat
evangelium: vox est Spiritus; sonat sermo
divinus: vox est Spiritus.
Suena el salmo: es voz del Espíritu;
suena el evangelio: es voz del Espíritu;
suena el sermón: es voz del Espíritu.
(In Ioann. Ev. 12,5)
La Palabra escuchada en la Iglesia
El lugar privilegiado de la escucha de la Palabra es la comunidad eclesial.
Por una parte, la Iglesia es congregada por la Palabra. Y a la vez es la Iglesia
la que, sometiéndose a la Palabra, es su intérprete autorizada y la que la predica
por todo el mundo. Es discípula y a la vez maestra. Es la Iglesia la que estableció el
"canon" de los libros inspirados.
La Iglesia se deja evangelizar por la Palabra y luego se convierte en
evangelizadora.
La explicación de que pueda ser convocada por la Palabra y a la vez ser
intérprete de ella, es porque antes está Cristo: es Cristo, la Palabra viviente, quien
encomendó a su comunidad la Palabra de la revelación.
Decir que la Iglesia crece es como decir que la Palabra crece. Es la Palabra de
Dios la que va edificando y haciendo madurar a la comunidad. En el libro de los
Hechos, para expresar cómo crecía la comunidad de los
3 La Palabra de Dios, acontecimiento salvador 51
primeros creyentes, se emplea otra expresión: "Entretanto, la Palabra de Dios
crecía y se multiplicaba" (Hch 12,24).
Nosotros aceptamos la Palabra en el seno de la Iglesia, en la fe de la Iglesia.
Y el lugar privilegiado es la celebración litúrgica.
La homilía sirve a esta dinámica: el predicador, fiel a la Palabra, y fiel a la
interpretación que la Iglesia hace de la Palabra, transmite su exhortación a la
comunidad reunida.
Diálogo vivo, "dramático", que pide nuestra acogida
La liturgia de la Palabra, en la celebración cristiana, adquiere un tono de
diálogo muy vivo.
Ante todo, porque contiene lecturas, salmos, silencios y aclamaciones: "en la
liturgia, Dios habla a su pueblo: Cristo sigue anunciando el Evangelio, y el pueblo
responde a Dios con cánticos y oraciones" (SC 33). A la proclamación descendente
de la Palabra (eu-aggelion, buena noticia) le sigue la Plegaria Eucarística
ascendente (eu-charistia, acción de gracias, buena gracia): las dos concentran y van
realizando la Historia de la Salvación.
Pero es toda la estructura de la celebración la que está en clave de diálogo:
- Dios nos dirige su Palabra, nos habla hasta lo más interior,
- nosotros le escuchamos, acogemos su Palabra en el silencio, en el salmo de
meditación, en la homilía,
- y entonces le respondemos con la alabanza, las aclamaciones, el Credo, la
oración universal, la Plegaria Eucarística y la obediencia de la vida.
La iniciativa siempre viene de Dios. Su "Palabra descendente" nos alcanza,
nos invita a una profundización y pide nuestra acogida y respuesta. Esta
respuesta nuestra es la palabra ascendente, que se realiza en la misma celebración
y luego, en la vida, viviendo esa Palabra y anunciándola a los demás.
La Palabra es diálogo de salvación. No es estática: es encuentro personal del
Dios con los creyentes. No es mera información, ni siquiera formación.
Escuchamos la Palabra
En este diálogo salvífico entre Dios y la comunidad, nosotros, lo primero
que hacemos es escuchar lo que él nos dice: oír, escuchar, "audire, ob-audire",
obedecer. Es la primera respuesta de los creyentes a la Palabra que les dirige Dios.
Escuchar es acoger, aceptar, abrirnos a la Palabra.
La introducción al Leccionario dedica varios números a esta "audición" o
"escucha" por parte de los fieles. Escuchar equivale al "sí" que dio
52
Cristo Jesús a la voluntad de su Padre y significa "adherirse íntimamente a la
Palabra de Dios en persona, Cristo encarnado" (OLM 6. 44); "los fieles han de
escuchar la Palabra de Dios con una veneración interior y exterior que los haga
crecer continuamente en la vida espiritual..." (OLM 45).
La Iglesia, nacida de la Palabra, primero es "oyente" (Ecclesia audiens), y
luego proclamará y vivirá esa Palabra y a vivirla (cf. OLM 7).
María fue una buena figura de la "Iglesia oyente". María, la de Betania,
sentada a los pies de Jesús, escuchando sus palabras. Y, sobre todo, María, la de
Nazaret, la Madre de Jesús, que acogió el plan de Dios: "hágase en mí según tu
Palabra". Y, junto a ellas, todas las personas a las que alaba Jesús como sus
auténticos familiares, porque escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica
(cf. Lc 8,21).
La lectio divina es una de las maneras de escuchar la Palabra que más se está
revalorizando ahora y que a muchos les está ayudando a encontrar al Dios de la
Palabra. Es un proceso complejo: leer, meditar, entrar dentro, dejar hablar al texto,
dejarse interpelar, contemplar desde los ojos de Dios, hablar a Dios (la palabra nos
lleva a la oración).
Pero donde el pueblo de Dios ejerce más esta actitud de escucha activa es en
la celebración litúrgica, sobre todo en la eucarística. Y lo hace favorecido por una
serie de ministerios que le ayudan a comprender lo que Dios le quiere decir y le
mueven a acogerlo en sus vidas.
La Palabra proclamada y acogida en la Iglesia es un lugar privilegiado del
encuentro del Dios que habla y de la humanidad que escucha y se da por
interpelada.
La Palabra la celebramos
Al escuchar y acoger con fe la Palabra de Dios, lo que hacemos nosotros es
celebrarla.
Celebramos comunitariamente, no tanto el mensaje contenido en unos
libros, sino un acontecimiento salvador que sucede hoy. El acontecimiento, aún
antes de saber de qué tratan las lecturas, es que Dios nos habla, que nos comunica
su salvación, con la Palabra y con el Sacramento. Casi se puede decir que "lo que
nos dice" no tiene tanta importancia como el hecho de "que nos está hablando",
que nos dirige su Palabra.
Celebrar es algo más que escuchar, o aprender o estudiar. Es atender, acoger
cúlticamente la Palabra de Dios, dejarle entrar en nuestras vidas, y convertir la
escucha en alabanza y súplica.
La celebración no es una reunión de catequesis. Probablemente las lecturas
no nos dirán nada nuevo. La parábola del hijo pródigo ya la conocemos
3 La Palabra de Dios, acontecimiento salvador 53
y sabemos cómo acaba. Sin embargo su lectura tiene fuerza de actualidad para los
creyentes. Las bienaventuranzas no son a estas horas precisamente una noticia
periodística. Ya hace veinte siglos que son leídas y acogidas por los creyentes.
Pero para nosotros son algo cargado de sentido: son el criterio de la vida cristiana,
el mensaje siempre nuevo de Cristo, la clave de tantos millones de hermanos
nuestros que han hecho de esa palabra la razón de ser sus vidas: bienaventurados
los pobres...
Precisamente porque ya conocemos la Palabra de Dios y porque la hemos
aceptado de antemano, nos hemos reunido a celebrarla. Uno no acude a una fiesta
si no sabe ya qué se celebra. No es una sorpresa lo que espera, sino la alegría
compartida de un acontecimiento que ya es sintonizado por todos.
Si viniéramos a aprender, a enterarnos de algo nuevo, sí tendría sentido el
que pastoralmente buscáramos siempre algo nuevo, algo con garra, atrayente, o
incluso preferiríamos páginas modernas, cuanto más nuevas y valientes mejor,
antes que las del Evangelio, que ya conocemos. Pero eso sería convertir la liturgia
de la Palabra en un espectáculo o en una clase o, a lo más, en una catequesis. No
sería "celebración".
La intentamos cumplir en la vida
Esta Palabra de Dios que escuchamos y celebramos, luego la llevamos a
nuestra vida.
El apóstol Santiago avisa a sus lectores de que no deben contentarse con
mirarse al espejo, sino que deben sacar las consecuencias de lo que vean: "Poned
por obra la palabra sembrada en vosotros, que es capaz de salvar vuestras almas.
Poned por obra la palabra y no os contentéis sólo con oírla, engañándoos a
vosotros mismos. Porque si alguno se contenta con oír la Palabra sin ponerla por
obra, ese se parece al que contempla su imagen en un espejo: se contempla, pero,
en yéndose, se olvida de cómo es" (Sant 1,21-25).
También Juan invita a traducir en la vida la Palabra que escuchamos: "En
esto sabemos que le conocemos, en que guardamos sus mandamientos. Quien
dice: yo le conozco, y no guarda sus mandamientos, es un mentiroso y la verdad
no está en él. Pero quien guarda su Palabra, ciertamente en él el amor de Dios ha
llegado a su plenitud" (lJn 2,3-6).
En la parábola del sembrador, nos dio Jesús la mejor descripción de lo que
le puede pasar a la Palabra en nuestro campo: puede llegar a producir el ciento
por uno, o quedarse en el treinta o en nada.
54
La Palabra no es una mera comunicación de verdades para que las creamos.
Es comunicación de vida, invitación a cambiar de mentalidad, a dejarnos
transformar por ella.
A la Virgen María la podemos considerar como el modelo ideal de quien
"escucha la Palabra y la pone en práctica": "hágase en mí según tu palabra...",
"dichosa tú porque has creído...", "y guardaba todas estas cosas meditándolas en
su corazón". Y es ella misma la que nos recomienda a los cristianos, como a los
sirvientes de Caná, que pongamos por obra la Palabra: "haced lo que él os diga...".
Ahí interviene la homilía
En este misterio de salvación, en este diálogo entre el Dios que habla y la
comunidad que escucha y acoge la Palabra, es donde entra la homilía en acción.
Es un "terreno sagrado" el que pisa la homilía. No es básicamente un hecho
sociológico o psicológico o de dinámica de grupos o un ejercicio más o menos
pedagógico de oratoria. Es, sobre todo, un hecho salvífico, la mediación de un
ministro entre Dios y su comunidad.
La Palabra edifica a la Iglesia. Y la Iglesia, a su vez, permanece atenta a la
escucha de la Palabra, y luego se convierte en su pregonera y anunciadora. Es la
2
famosa expresión "Ecclesia sub Verbo Dei", la Iglesia bajo la Palabra de Dios, o lo
que afirma ya desde su inicio la Constitución conciliar sobre la Revelación,
cuando dice que la actitud fundamental de la Iglesia es: "Dei Verbum religiose
audiens et fidenter proclamans" ("la Palabra de Dios la escucha con devoción y la
proclama con valentía": DV 1).
El que predica se halla envuelto en ese acontecimiento salvador que sucede
en la profundidad y que le trasciende completamente. Su homilía no es una mera
actividad humana, más o menos pedagógica. Es un signo sacramental de la
salvación que Dios quiere comunicar a esta asamblea concreta a través de la
mediación de unos lectores y luego del homileta. Los actores principales son el
Dios Trino y la comunidad creyente. El predicador es un colaborador, un puente
entre ellos.
2Cf. P. TENA, Ecclesia sub Verbo Dei: Phase 151 (1986) 5-8.
4
LA HOMILÍA EN LA HISTORIA
La historia es siempre maestra. También en cuanto a la homilía como
ministerio dentro de la comunidad cristiana. Vale la pena, aunque sea
3
brevemente, seguir algunos de los pasos de este ministerio en la historia.
En la Iglesia apostólica
La "proto-historia" de la predicación homilética está en el mismo Nuevo
Testamento: en la persona de Jesús y en sus discípulos, a los que les dio el
encargo fundamental de predicar, de difundir por el mundo entero la Buena
Nueva del Reino y de la salvación.
3El autor que ofrece el mejor punto de referencia para este aspecto en los pri-
meros siglos en su conjunto es A. OLIVAR, monje benedictino de Montserrat, en
su obra La predicación cristiana antigua, Herder, Barcelona, 1991, 998 págs. Es el
primer estudio global de la predicación en los primeros siglos. El mismo autor
ha resumido su estudio en: Predicazione nella Chiesa Antica: DizOm 1216-1222.
Otros autores que han estudiado algunos aspectos de la homilética en los
primeros siglos: L. LA PLANA, L'omelia in [Link] Magno: Ephem Lit 1 (1990)
51-64; M. PEINADO, La predicación del Evangelio en los Padres de la Iglesia. Antología
de textos patrísticos (=BAC 519) Madrid 1992, XIV-544 págs.; J. PINELL, Dalla Parola
al mistero della celebrazione. Teologia del ministero della predicazione in San Leone
Magno: EcclOrans 2 (1993) 125-162; P. GRELOT, Homilías sobre la Escritura en la
Época Apostólica, Herder, Barcelona 1991; VARIOS, Mystagogies: LMD 177 (1989) 1-
181.
56
El primer y mejor predicador cristiano fue Jesús, que a lo largo de toda su
vida pública se dedicó a predicar la Palabra de la salvación: "todos los días me
sentaba en el Templo a enseñar" (Mt 26,55). Fue el auténtico maestro, y no sólo
por las palabras, sino por los milagros y las obras y la vida. Es él quien nos enseña
cuáles son los contenidos principales de la predicación y también la pedagogía de
su transmisión, por ejemplo con las parábolas. Él es el mejor modelo de
4
predicación: sencillo, cercano al pueblo, dialogante, concreto, valiente.
Es interesante recordar la primera "homilía" de Jesús en su pueblo, Nazaret
(Lc 4), que empezó despertando el entusiasmo de sus paisanos, y acabó siendo
perseguido por ellos para despeñarlo por el barranco: en varios aspectos se puede
considerar esta como prototipo de la homilía cristiana. Y también la "homilía-
catequesis" que tuvo con los discípulos de Emaús, abriéndoles el sentido de las
Escrituras.
5
Este mismo encargo de predicar lo dio Jesús a sus discípulos. Marcos
termina su evangelio con esta consigna: "Jesús les dijo: Id por todo el mundo y
proclamad la Buena Nueva a toda la creación... Ellos salieron a predicar por todas
partes, colaborando el Señor con ellos y confirmando la Palabra con las señales
que la acompañaban" (Mc 16,15.20).
Herederos de la sinagoga, en la que la celebración de la Palabra, además de
las lecturas y los salmos, incluía la predicación por parte de la persona a la que se
encomendaba este servicio, no es de extrañar que ya desde el principio las
comunidades cristianas siguieran esa dinámica entre la lectura de las Escrituras y
la predicación. Las primeras comunidades nacieron por esta predicación de los
apóstoles y de Esteban y de Felipe y de Pablo.
En el libro de los Hechos encontramos los mejores resúmenes de la pre-
dicación de Pedro (sobre todo el día de Pentecostés: cf. Hch 2), de Esteban y de
Pablo y sus acompañantes en sus viajes apostólicos. Esta predicación aparece en
sus varias formas: la kerigmática inicial con la evangelización global del misterio
de Cristo, la catequesis o la didascalia más sistemática y profundizadora, y la
"parénesis" o "paraclesis" moral o exhortación, a veces dentro de la celebración
litúrgica.
Pablo se nos muestra, tanto en el libro de los Hechos como en sus cartas,
como un auténtico maestro de la Palabra. Y también él tuvo, en
4Cf. las hermosas pginas que dedic Juan Pablo II a Jess como predicador y
catequista: CT 5-9.
5Cf., de nuevo, lo que dijo Juan Pablo II en CT 10-11.
4. La homilía en la historia 57
ese ministerio, éxitos consoladores y muchos fracasos: baste recordar el de Atenas,
donde no le aceptaron su anuncio de la resurrección, o en Corinto, donde llegó a
perder los ánimos ante la aparente resistencia de aquellos habitantes ante el
Evangelio cristiano.
Los primeros siglos
Hacia el 150, tenemos un hermoso testimonio del lugar que ocupa la homilía
del presidente en la celebración comunitaria de la Palabra de Dios, como primera
parte de la Eucaristía.
Justino, profesor de filosofía, describe en su obra Apología (I, 67), la reunión
eucarística del domingo tal como la celebraban en Roma: "El día llamado del sol
se tiene una reunión... y se leen los comentarios de los apóstoles o las escrituras de
los profetas, mientras el tiempo lo permite. Luego, cuando el lector ha acabado, el
que preside exhorta e incita de palabra a la imitación de estas cosas excelsas".
Buena definición de la homilía: la describe como una exhortación, por parte del
que preside la Eucaristía, a imitar lo que se ha leído.
Poco más tarde, Tertuliano explica en qué hacían consistir la celebración de
la Palabra hacia el año 197: "nos reunimos para recordar las enseñanzas de las
Sagradas Escrituras. Siempre hay circunstancias de los tiempos presentes que
obligan a hacer determinadas advertencias o a reflexionar sobre ciertas verdades.
En todo caso, por medio de las sagradas palabras, alimentamos nuestra fe,
elevamos nuestra esperanza, confirmamos la confianza, al tiempo que, con
insistencia, intensificamos la observancia de los mandamientos. Es entonces
cuando tienen lugar las exhortaciones, las correcciones y la divina amonestación".
La estructura de la celebración la explica el mismo Tertuliano: "scripturae
leguntur, psalmi cantantur, allocutiones proferuntur, petitiones delegantur":
después de las lecturas y los salmos, viene la exhortación ("allocutiones") y todo
desemboca en la oración universal.
Después de haber estudiado los autores orientales y latinos de los primeros
siglos, concluye A. Olivar que "la predicación nació, como la misma Iglesia, de la
naturaleza de la revelación, o sea, de la Palabra de Dios manifestada al mundo en
la historia, Palabra que había de ser difundida, transmitida (proclamada y
explicada), convertida en espíritu y vida para los hombres y mantenida en ellos
por la exhortación".
Suponía, por tanto, anuncio y a la vez adaptación a las culturas geográficas,
a las circunstancias históricas y a la nueva lengua, el latín. A veces, esta
predicación tuvo que dirigirse claramente a luchar contra las herejías.
58
Una de las figuras más relevantes de este ministerio, el que más se ha
estudiado, es san Agustín, antiguo profesor de retórica y que luego, como
presbítero y como Obispo, fue un gran predicador cristiano, siguiendo las leyes
de la retórica, pero sobre todo guiado por su fe, su amor a Cristo y a la Iglesia, y
su cercanía para con el pueblo.
Se puede decir que Agustín fue ordenado presbítero y luego Obispo para
predicar. Un día que su Obispo Valerio, en Hipona, se estaba quejando de su edad
y de la dificultad que tenía de expresarse (era de habla griega y allí se predicaba
en latín), el pueblo tomó posesión de Agustín, que se hallaba presente, y que era
conocido por su calidad humana y por su arte oratoria, y se lo pusieron delante al
Obispo para que lo ordenara de presbítero. Desde entonces, y sobre todo en sus
muchos años de Obispo, predicó continuamente. Sus contemporáneos se dieron
cuenta del valor de sus sermones, y nos han conservado centenares de ellos
estenografiados.
Además de muchas homilías (se conservan más de trescientas) y tratados de
interpretación bíblica, nos dejó san Agustín un auténtico "tratado de homilética"
6
en su obra "De Doctrina Cristiana".
Algunos aspectos de la predicación patrística
Siguiendo el completísimo estudio de A. Olivar, nos pueden resultar
interesantes algunas de las lecciones que nos da la historia de la homilía, muchas
veces aplicables tal cual a nuestra pastoral actual.
La terminología
En griego, los términos que aparecen en torno a la predicación y la homilía
son "keryssein", "kerigma", pregonar, pregón; "evaggelizo", evangelizar;
"didasko", didascalia o enseñanza; "catejo", catequesis o
6 SAN AGUSTÍN, De doctrina christiana: en "Obras de san Agustín, XV", BAC,
Madrid 1957, 47-349, sobre todo el libro IV, pp. 262-349; los libros I-III hablan
del contenido y de los modos de leer y entender la Escritura; el IV, del modo de
exponerla a los fieles: un óptimo tratado de homilética cristiana.
Sobre la predicación de san Agustín, cf. F. VAN DER MEERSCH, San Agustín, pastor
de almas, Herder, Barcelona 1965: sobre su predicación, pp. 517-596; M. AVILÉS,
Predicación de san Agustín: Augustinus 112 (1983) 392-417; P. T. CAMELOT, Saint
Augustin, prédicateur: La Vie Spirituelle 668 (1986) 68-87; O. PASQUATO, Agos-tino
d'Ippona: DizOm 7-15; ID., Agostino d'Ippona. Attualità di un grande omileta: Riv Lit
2(2005) 279-292.
4. La homilía en la historia 59
resonancia; y "omileo", la plática fraterna, más exhortativa, diferente del "logos",
que es más discursivo y temático.
En latín los términos son "praedicare", hablar en público, delante de los
demás, que equivale muchas veces a la evangelización; "tractare" o "tractatus",
tratar un tema, equivalente muchas veces a "predicar"; el término "sermo" aparece
como el más cercano a la "homilía", en su carácter de plática fraterna del Obispo a
su comunidad.
No son exactamente equivalentes los varios géneros de predicación que
encontramos en los Santos Padres: la homilía o el sermón (exhortación a partir de
las lecturas que se acaban de escuchar), la catequesis o tratado (más temáticos,
como los Tratados de san Agustín sobre los Salmos o sobre san Juan), los
panegíricos (de difuntos, de mártires o de santos), o los escritos polémicos (contra
las herejías).
Quién predicaba
Propiamente, el ministerio de la homilía, dentro de la celebración, pertenecía
al Obispo. Era él quien presidía la celebración, que solía ser única en cada
localidad. Por tanto, predicaba el que presidía.
Se ven casos en Oriente de "delegación" o encargo puntual a un presbítero
por parte del Obispo, por diversos motivos. Incluso Orígenes llegó a predicar por
encargo del Obispo siendo todavía laico, y luego muchas veces como presbítero.
También Juan Crisóstomo predicó alguna vez antes de ser Obispo.
En Occidente sucedió algo parecido, como casos excepcionales, por ejemplo
cuando Agustín, siendo todavía presbítero, fue invitado a predicar por su Obispo
Valerio. En la Galia, sólo en el siglo VI, con Cesáreo, que presidió un sínodo en el
año 529, se llegó a la decisión, por el bien de las comunidades, de que predicaran
los presbíteros si presidían la Eucaristía, a falta de Obispo. También se dan casos
de que a un diácono le encargara el Obispo la homilía, como al diácono Vicente en
Zaragoza.
A veces se dan casos de "predicación conjunta", o sea, que sean varios los
que prediquen sucesivamente, como en la comunidad de Jerusalén tal como nos lo
cuenta la peregrina Egeria, seguramente para atender a grupos de lengua diversas
(griego, siríaco, latín), por un predicador más cercano.
Hay Padres que en estos siglos escriben obras sobre el ministerio de la
predicación y de la homilía, como la de san Ambrosio, "De officiis ministrorum";
de san Agustín, "De doctrina christiana"; o de san Isidoro, "De ecclesiasticis
officiis".
60
Preparación e improvisación
Encontramos testimonios tanto de improvisación de los sermones como de
una preparación detenida.
Algunos se ve que tenían gran facilidad oratoria, como Orígenes,
Crisóstomo, Basilio y Gregorio Nacianceno en el Oriente, y Agustín en Occidente.
No siempre tenían escrito o aprendido el sermón: dejaban al menos algo a la
improvisación. Agustín, que tenía una particular capacidad de improvisación, se
adaptaba fácilmente a las circunstancias. Un joven que leyó un salmo por otro, dio
ocasión a que Agustín comentara el salmo que había sonado (sermón 352).
Pero no se puede hablar de improvisación absoluta, sino relativa. Siempre se
nota que tienen al menos un esquema estructurado, con las citas preparadas, y
siempre con una calidad literaria muy digna.
A veces dicen explícitamente que tienen en la mano el códice con las lecturas
bíblicas que se han proclamado. Agustín dice una vez: "Johannes apostolus, cuius
evangelium in manibus habemus" (el evangelio de Juan, que tenemos en las
manos), y en otra ocasión "et hoc quod gestamus in manibus, Scripturae scilicet
quam videtis" (lo que tenemos en las manos, o sea, la Escritura que veis...).
Cuándo predicaban
Predicaban sobre todo en domingo, el día propio de la reunión eucarística,
como ya decía Justino.
Pero también entre semana, aunque hubiera menos gente. Por ejemplo los
días estacionales, o en sábado, o en tiempos como la Cuaresma o la semana de
Pascua, o en las fiestas de los santos.
Es difícil saber si llegaban a la predicación diaria. Cuando hablan de que
"ayer" habían dicho algo que hoy continuaban, puede significar "el otro día", y
"mañana" puede significar "la próxima vez". A veces sí dicen claramente que
varios días seguidos.
Duración de la homilía
Los mismos predicadores aluden a veces a que ha sido o que va a ser corto o
largo su sermón, y piden perdón o animan a que no pierdan los ánimos.
La larga duración se debe a que el texto bíblico es largo y complicado y
necesita explicación. Sencillamente, a veces el predicador se ha entusias-
4. La homilía en la historia 61
mado y sigue hablando y luego tiene que pedir perdón. También podía ser que se
alargaran porque veían que la gente estaba a gusto.
Las causas de que el sermón se acorte son que o no quieren cansar (la gente
está de pie: no hay sillas ni bancos), o que se cansa el predicador mismo, o le falla
la voz, o los fieles tienen que ir a trabajar. O sencillamente, por pedagogía: un
sermón largo está condenado al olvido y el breve se recuerda más.
Es difícil saber la duración real de los sermones escritos que guardamos de
estos Padres, transcritos por los taquígrafos. No todo lo escrito tal vez se leía. O se
predicaba más de lo que estaba escrito, con improvisaciones. Tal vez se podría
decir que duraban unos quince minutos. Pero hay casos en que el sermón no
podía decirse en menos de media hora o incluso más. Alguno de los sermones de
san Agustín, si se dijeron tal cual, tenían que haber durado más de una hora.
Desde dónde predicaban
El lugar normal del sermón era, naturalmente, el lugar donde se celebraba
la Eucaristía, tanto si era en los domicilios particulares o en las iglesias, cuando se
construyeron. Muy raramente fuera de la iglesia: a veces, eso sí, en torno a las
tumbas de los mártires.
Se predicaba desde el presbiterio, ábside de la iglesia, desde el "bema" o la
"cátedra": tiene que ser un lugar elevado y bien visible a todos.
Normalmente el predicador predicaba sentado en su sede.
Los asistentes
A veces los Padres se quejan de la poca asistencia de fieles. Ya el autor de la
carta a los Hebreos se quejaba de que algunos habían tomado la costumbre de no
acudir a la reunión: "Fijémonos los unos en los otros para estímulo de la caridad y
las buenas obras, sin abandonar vuestra propia asamblea, como algunos
acostumbran hacerlo" (Hb 10, 24-25).
Crisóstomo en Oriente y Agustín en Occidente se quejan también alguna
vez de que hay pocos fieles, o que se marchan después de la homilía, incluso
algunos durante la homilía, o que antes sí se llenaban las iglesias y ahora no, o
que se ven muchos mayores y pocos jóvenes, que prefieren los juegos o el circo o
el teatro. A veces denuncian que ponen como excusa para no ir a la celebración el
trabajo, o el calor, o la lluvia. Pero en el fondo, dicen ellos, es pereza y desidia, y
alaban a los presentes.
62
San Agustín, precisamente en un sermón del día de los santos Pedro y Pablo,
se queja amargamente de que hay pocos fieles. Y se da cuenta en seguida que está
"riñendo" a los que están por los que no están (se ve que eso es antiguo).
Muchas veces se habla de una asistencia numerosa, sobre todo en Cuaresma
y en las fiestas grandes. A veces muchos vendrían atraídos por la oratoria de los
grandes Obispos.
Los asistentes eran muy heterogéneos en su conjunto, niños y mayores,
nobles y campesinos. Sólo había una misa en las ciudades de los primeros cuatro
siglos. Se dice que hay más mujeres que hombres, tanto en el Oriente como en el
Occidente. En muchos lugares, ya están separadas las mujeres de los hombres,
como hacían los judíos y luego harán los musulmanes.
A veces se nota que hay orden y silencio en la muchedumbre. Otras, los
diáconos tienen que dar repetidos avisos para conseguirlo.
En estas comunidades tenemos noticias de que a veces hay ciertas reacciones
de algunos, o porque les ha extrañado algo, o porque notan alguna equivocación,
o no les gusta lo que oyen. Otras veces nos consta de aplausos y aclamaciones o
murmullos o sollozos o risas (que quedan señaladas en los escritos). Son
auditorios vivaces, muy atentos, que responden de esas maneras a la interpelación
de la homilía.
Valoración global
La predicación de aquellos primeros siglos constituyó un gran fenómeno
social, llenando el mundo conocido de la buena noticia de Cristo, a pesar del
ambiente muchas veces hostil y la violencia de las persecuciones. Esta predicación
cristiana tenía un contenido específico cristiano, Cristo, pero seguía con las
acomodaciones oportunas el método y el estilo de la oratoria de la época.
Estos siglos conocieron grandes predicadores, como Juan Crisóstomo,
Basilio, Gregorio de Nisa, Orígenes en Oriente, y Agustín, junto con Hipólito,
Jerónimo, Ambrosio o León Magno en el Occidente.
La predicación dentro de la liturgia se consideraba propia de los que
presiden la Eucaristía, o de otros ministros ordenados a los que se confía
expresamente, y no de los laicos o monjes, a no ser en contadas ocasiones y por
encargo explícito del Obispo. Los laicos participan, y admirablemente, en la
evangelización y en la catequesis, pero no en la homilía litúrgica.
Dice Olivar que a partir del siglo V, con la caída del imperio romano, las
invasiones y la conversión multitudinaria al cristianismo, fue muy dife-
4. La homilía en la historia 63
rente el clima de la predicación, y su calidad disminuyó, aunque quedaron
autores eximios como Proclo, Germán, Juan Damasceno, Cesáreo de Ar lés y el
papa Gregorio Magno.
El resto de la historia
Lástima que a partir del siglo VII no tengamos una obra global equivalente
a esta de Olivar sobre la predicación homilética. Ciertamente existió también en la
Edad Media y en los siglos sucesivos gran preocupación sobre los contenidos de
la homilía y la recta formación de los sacerdotes en el "ars praedicandi", siguiendo
las líneas de los Santos Padres, sobre todo de san Agustín. Se publicaron también
7
diversos "homiliarios".
En siglos bastante posteriores, aunque fue costumbre en algunos ambientes
de no predicar, sino de leer homilías de autores prestigiosos (sobre todo en
ambientes monacales), nos encontramos con predicadores insignes, como Antonio
de Padua, Francisco de Sales, Bossuet, Bourdaloue, Lacordaire... En España
hemos tenido predicadores eminentes, como Vicente Ferrer, Juan de Ávila, Luis
de Granada, Diego de Estella, Tomás de Villanueva, de algunos de los cuales van
8
apareciendo estudios monográficos interesantes.
En torno al Vaticano 11 se ha revalorizado efectivamente el ministerio de la
9
homilía, como se ha hecho con la Palabra y su proclamación.
7 En el Dizionario di Omiletica (1998), hay diversos estudios sobre la predica-
ción homilética en las sucesivas etapas de la historia (pp. 1216-1249). Además,
se dedican numerosas monografías (unas cincuenta) a "predicadores" famosos
(que habría que completar en cuanto al ámbito español).
Cf. además G.M. VERD, La predicación latina en la transición medieval (451-
751): Mise Comill 30 (1972) 157-204; La predicación carolingia (751-910): Misc
Comill 35 (1977) 297-433; J. LONGERE, La prédication médiévale, Etudes
Augustiniennes, Paris 1983, 300 págs.; VARIOS, De sacra praedicatione in
universitatibus studiorum Medii Aevi: Ephem Lit 4-5 (1991) 281-385; F. HERRERO,
La Oratoria sagrada en los siglos XVI-XVII, 2 vols., Madrid 1996-1998; ID., El
orador sagrado: concepto y oficios. Cuatro calas en el tiempo: Ciencia Tomista 2
(1999) 297-330) (las "calas" son el Nuevo Testamento, la predicación en tiempo
de san Agustín, en la Edad Media y en los siglos XVI-XVII).
8 Cf. por ejemplo A. CAÑIZARES, Teología de la predicación en el siglo XVI
español: Rev Esp Teol 1 (1988) 15-51 (sobre Diego Pérez de Valdivia y su obra
"De sacra ratione concionandi"); J.M. DE LAHIDALGA, Fray Luis de Granada: la
predicación como arte y carisma: Lumen 2 (1990) 147-168.
9 Cf. E. FOURNIER, La homilía según la constitución sobre la sagrada liturgia,
Estela, Barcelona 1965, 238 págs.; R. BARILE, L'omelia prima e dopo il Vaticano
II: Riv Past Lit 1
(1995) 11-25; A. LARA, Servir la mesa de la Palabra. La homilía en los principales
documentos del Magisterio (1963-1994): Past Lit 227 (1995) 5-25.
64
En los documentos del Concilio se habla insistentemente de la predicación,
de la Palabra y, en concreto, de la homilía: SC 35. 52; LG 25 (el oficio de enseñar
de los Obispos), LG 29 (ministerio de los diáconos), DV 1-10 (la Revelación y su
transmisión), DV 21 (veneración por la Escritura), SC 35 (la Escritura, la homilía,
las celebraciones de la Palabra), SC 52 (la homilía como parte de la liturgia), PO 4
(el presbítero, ministro de la Palabra)...
Los documentos posteriores han subrayado también la importancia de la
homilía, como iremos viendo a lo largo de estas páginas. Así, por ejemplo, el
Catecismo (1992), que define así la homilía: "la homilía, que exhorta a acoger esta
Palabra como lo que es verdaderamente, Palabra de Dios, y a ponerla en práctica"
10
(CCE 1349).
Naturalmente, es el Misal Romano, en su introducción (IGMR), y el
Leccionario, en la suya (OLM), los que más acentúan la valoración de la homilía y
la normativa de su desarrollo. Por cierto, en la primera edición de la OLM (1969)
no se hablaba de la homilía, mientras que en la segunda (1981) sí, y muy
expresivamente.
Los Episcopados de varios países han publicado últimamente documentos
más o menos desarrollados sobre este ministerio.
Recordaremos sólo el de la Comisión Episcopal de Liturgia de España, unas
11
Orientaciones que iremos citando repetidamente en nuestro estudio.
La finalidad del documento es animar a los sacerdotes "a entregarse
con ilusión y esmero a una tarea a la vez tan hermosa y tan exigente" (PPP
4) e "invitarles a desempeñar su ministerio con generosidad y alegría"
(PPP 33).
En la Introducción se inicia la reflexión a partir del ejemplo de Cristo
Jesús, sobre todo en el episodio de Emaús, en el que conduce a los dos
discípulos a descubrirle en la Palabra y en la Fracción del Pan.
En una 1a parte se describen los principios doctrinales: a) la homilía al
servicio de la Palabra de Dios y valor del Leccionario; b) la homilía al ser-
vicio del misterio celebrado; c) la homilía al servicio del Pueblo de Dios.
En la 2a parte se ofrecen unas aplicaciones prácticas: a) la preparación
de la homilía a partir de los textos bíblicos; b) la realización de la homilía
(obligatoriedad, lenguaje...). Insiste en la "fidelidad" que debe tener el
homileta a la Palabra y a la Iglesia.
10 Sobre lo que dice el Catecismo de la homilía, cf. R. MARTINELLI, Catechismo
della Chiesa Cattolica: DizOm 245-252.
11COMISIÓN EPISCOPAL DE LITURGIA, Partir el pan de la Palabra. Orientaciones sobre
el ministerio de la homilía (= PPP), PPC, Madrid 1985 (documento original, de
1983) 48 págs.; también en Notitiae 209 (1983) 814-834 y Pastoral Litúrgica 131-
132 (1983) 11-32.
LA HOMILÍA, OBEDIENTE A
LA PALABRA
"La Iglesia siempre ha venerado ¡a Sagrada Escritura, como lo ha hecho con el
Cuerpo de Cristo, pues, sobre todo en la sagrada liturgia, nunca ha cesado de
tomar y repartir a sus fieles el pan de vida que ofrece la mesa de la Palabra de Dios
y del Cuerpo de Cristo...Toda la predicación de la Iglesia se ha de alimentar y regir
con la Sagrada Escritura" (Dei Verbum 21).
Triple dirección de la homilía
Dentro del marco global de la Palabra de Dios proclamada y celebrada en la
liturgia, la homilía tiene una triple dirección en su servicio:
a) es un acto de obediencia a la Palabra de Dios que se acaba de proclamar,
ayudando a los fieles a entender su mensaje; es la dimensión bíblica de la homilía;
b) es un servicio a la comunidad celebrante, para que se decida a aplicar esa
Palabra a su historia y a su vida; es la dimensión vital e histórica de la homilía;
c) y un lazo de conexión de la Palabra escuchada con el rito sacramental que
sigue; es la dimensión mistagógica de la homilía.
Se trata, por tanto, de una función exegética respecto a la Palabra, de una
función profética para con la vida de la comunidad y de una función mistagógica,
que conduce al sacramento que se celebra a continuación. La
66
homilía se convierte así en la forma más integradora y completa de predicación
cristiana.
En OLM 24 se describe esta triple dirección, por cierto en un orden diverso
del aquí señalado, afirmando que "la homilía, tanto si explica las palabras de la
sagrada Escritura que se acaban de leer como si explica otro texto litúrgico (a),
debe llevar a la comunidad de los fieles a una activa participación en la eucaristía
(c), a fin de que vivan siempre de acuerdo con la fe que profesaron (b)".
Describen también acertadamente esta triple dimensión de la homilía los
Obispos de Cuba en las normas que dieron en 1978 para la Eucaristía: "La homilía
(que a veces constituye el único medio de evangelización) es parte de la liturgia
del día y debe referirse a los textos proclamados, tratando de vincularlos y
aplicando a circunstancias concretas de la vida la verdad perenne del evangelio.
Otra de sus finalidades es hacer que los fieles tomen conciencia de que el mensaje
anunciado y proclamado por la palabra de Dios es realizado y actualizado en el
12
rito. De aquí se deduce la necesidad de hacer la conexión eucarística" (n. 11).
En el Ritual del Matrimonio, los Obispos españoles advierten que también
en este sacramento "la homilía, que es pieza clave y nunca deberá omitirse,
requiere su tono apropiado. Debe ser sobria. Valen las reglas de toda homilía, que
parte de los textos bíblicos, se centra en la celebración y se proyecta en la vida" (n.
46).
La Comisión Episcopal de Liturgia de España publicó en 1986 un
documento sobre Creatividad en la fidelidad. En él se dice de la homilía:
"En íntima y directa dependencia respecto del Leccionario está la
homilía. Inspirada y sustentada en las lecturas bíblicas y formando parte
de la celebración, esta forma específica de predicación reservada al
ministro ordenado, tiene la función de introducir en el acontecimiento
sacramental, es decir, en el aquí y ahora para nosotros del misterio de
Cristo.
La homilía, aunque posea leyes propias que la distinguen de cualquier
otra forma de ministerio de la palabra, es el elemento de la celebración que
mejor facilita la síntesis entre la fidelidad y la creatividad. En efecto, por
una parte está ligada a la liturgia de la Palabra y hace de puente con la
liturgia del Sacramento, pero, por otra, permite al celebrante partir el pan
de la palabra, de una manera totalmente personali-
12 Puede leerse el texto completo de estas Normas en Ench 1431-1476; el pasaje
en cuestión en Ench 1442.
I La homilía, obediente a la Palabra 67
zada y adaptada a las condiciones reales de una asamblea concreta. La
predicación sacerdotal debe exponer la Palabra de Dios no sólo de una
forma general y abstracta, sino aplicando a circunstancias concretas de la
vida la verdad perenne del Evangelio" (n. 7 B).
La homilía, obediente a la Palabra
La primera dimensión de la homilía es, pues, su fidelidad a la Palabra de
13
Dios. La homilía no es una predicación libre o independiente, sino atenta a las
lecturas proclamadas en la celebración. Debe ser, ante todo, "fiel a la Palabra",
como luego se le pedirá que sea "fiel a la comunidad".
Es lo que podríamos interpretar como la "diakonía tou logou", el "servicio
de la Palabra" de que hablaban los Apóstoles en Hechos 6,4, cuando decidieron
establecer diáconos para otros ministerios dentro de la comunidad.
La homilía no es tan importante como las lecturas, es como su continuación,
como un cuasi-sacramento de la Palabra viva que ha pronunciado Dios a su
comunidad. El homileta ha escuchado como los demás, y con mayor atención que
los demás, la Palabra, y luego intenta explicarla y aplicarla a la vida de la
comunidad. No se predica a sí mismo, ni sus ideas, sino lo que Dios quiere
transmitir hoy y aquí a esta comunidad. Como dijo Pablo, "no nos predicamos a
nosotros mismos, sino a Jesús, Señor nuestro" (2Co 4,5).
La actitud del predicador, al preparar su ministerio, no es pensar "qué les
digo hoy", sino "qué nos dice hoy", porque es Dios quien tiene la Palabra.
Cuando F. Van der Meersch, en su obra sobre "San Agustín, pastor de
almas", habla de la predicación, se pregunta: ¿cómo predicaba san Agustín? Y su
respuesta es bien breve: "predicaba bíblicamente" (p. 517). El mismo san Agustín
dijo: "Lo que os sirvo a vosotros no es mío. De lo que coméis,
13Además de la bibliografía señalada ya en el capítulo 3 sobre "La Palabra de
Dios, acontecimiento salvador", cf. J. AGULLES, Servidores de la Palabra: Escritos
del Vedat 11 (1981) 55-76; J. LLOPIS, La escucha de la Palabra (= Emaús 12) CPL,
Barcelona 1994, 64 págs.; A. PUIG, La Iglesia, oyente de la Palabra: Phase 207 (1995)
219-230 (en Cuadernos Phase 105, 3-14); VARIOS, Oyentes de la Palabra
(=Cuadernos Phase 105) CPL, Barcelona 2000, 78 págs.; RE RAMOS, La Biblia en ¡a
liturgia: Studium Legionense 44 (2003) 11-53; I. FOSSAS, Biblia y liturgia: Phase 261
(2004) 237-250.
b68
de eso como yo; de lo que vi vís, de eso vivo yo. En el cielo tenemos nuestra
común despensa: de allí procede la Palabra de Dios" (Sermón 95,1).
También la evangelización y la catequesis, los otros géneros de predicación,
se basan en la Biblia, al menos en principio. Pero la homilía lo hace más
próximamente, a partir de los pasajes escuchados.
Cada vez se afirma con más claridad esta "fuente" bíblica de la homilía. Si al
principio a veces se afirmaba que podía versar sobre otros elementos de la
celebración, se ha ido clarificando progresivamente que el contenido de la homilía
viene de las lecturas bíblicas.
"La homilía se nutre de las lecturas bíblicas que se han proclamado y,
en cierto modo, el que predica continúa proclamando las maravillas
obradas por Dios en la historia de la salvación... Por eso la reforma litúr -
gica ha dotado a la celebración de cada uno de los sacramentos de un
abundante Leccionario bíblico. Ateniéndose a él, la homilía cumplirá mejor
su función de conducir a la asamblea desde la Palabra proclamada al
sacramento que es cumplimiento de esa Palabra de salvación eterna y
eficaz" (PPP 12).
"La homilía, fiel al Leccionario, expone y aclara los contenidos evan-
gélicos y bíblicos de las lecturas para celebrar el misterio de Cristo y la
obra de la salvación" (PPP 14).
"Las fuentes de la homilía son todos los textos de la sagrada liturgia.
Sin embargo, la especial vinculación que la homilía tiene con la Palabra de
Dios, de cuya liturgia forma parte, hace que la primacía de lo que es
necesario comentar la tengan las lecturas que se han proclamado" (PPP 20).
No es fácil esta fidelidad a la Palabra
El servicio a la Palabra que tiene que realizar la homilía comporta
dificultades evidentes.
a) Ante todo, el lenguaje bíblico es un lenguaje de hace siglos, sobre todo en el
caso del Antiguo Testamento. Un lenguaje que contiene simbolismos y categorías
no fácilmente comprensibles hoy, porque pertenece a otra civilización. Basta ver
los simbolismos que tanto en el Nuevo Testamento como en las catequesis de los
Santos Padres se tomaban del Antiguo Testamento para expresar la identidad y
los efectos del Bautismo cristiano.
Hay que reconocer que era muy diferente la cultura y la situación social de
la familia, con las relaciones entre padres e hijos y entre cónyuges.
La homilía, obediente a la Palabra 69
Los libros sapienciales y los proféticos necesitan situarse en su contexto social,
cultural y religioso para poder captar lo que nos dicen a nosotros hoy El hombre
de hoy puede entender tal vez con cierta facilidad la metáfora del pastor y el
rebaño, aplicada a Cristo y a sus seguidores, o la de las llaves que se le
encomiendan a Pedro. Pero hay otras más lejanas.
Algunos fieles pueden tener la impresión de que las lecturas bíblicas quieren
dar respuestas a interrogantes que no tenemos hoy, mientras que no responden a
los que sí tenemos. El Antiguo Testamento, a veces, puede darnos la sensación de
que es al menos pre-cristiano, cuando no anti-cris-tiano, sobre todo en cuestiones
de moral.
Para la Historia de la Salvación se emplean los lenguajes propios de
aquellos pueblos. Hay que tener en cuenta los géneros literarios, las
comparaciones que gustan en Oriente, que a veces son exageradas
(camello y ojo de la aguja, monte que se lanza al mar, mota y viga en el
ojo...).
En el Cantar de los Cantares se compara la belleza de la mujer amada a
la yegua de los carros del Faraón (comparación que se halla también en
algunos escritores árabes antiguos).
En Ex 15, 1, para ensalzar el poder de Dios, se expresa su intervención
para que se ahoguen en el Mar Rojo los caballos y los caballeros egipcios,
perseguidores de su pueblo... En el libro de Josué se acentúa que, para ase-
gurar la pureza moral del pueblo elegido, hay que exterminar a todos los
pueblos... Y para subrayar la grandeza del rey Salomón, se exagera cierta-
mente el número de sus mujeres: cuantas más mujeres, más importante es
el que las tiene...
b) Los estudios exegéticos en torno a los pasajes bíblicos, tanto del Antiguo
como del Nuevo Testamento, han progresado mucho en estas últimas décadas, y
ahora nos hablan de géneros literarios que a veces pueden trastornar seguridades
que antes teníamos y que parecían intocables.
Por ejemplo, tenemos que plantearnos, con la ayuda de la exégesis moderna
más seria, la historicidad o no de diversos libros bíblicos, como del Génesis o del
libro de Job o de Jonás o de los relatos de la infancia de Jesús. Si a veces no se
puede afirmar esta historicidad, no es porque sean mitos o inventos, sino que no
son históricos en el sentido que actualmente se da a la palabra.
Además, los autores más sensatos nos proponen diversas etapas o capas de
redacción de determinados pasajes, que no han sido pensados unitariamente
desde el principio y que condicionan nuestra interpretación.
70
Los libros bíblicos no aparecen necesariamente como testimonio de historia,
sino que se afirma que son escritos desde la fe y para la fe, que son "kérigma",
predicación con intención religiosa y teológica, que los varios autores han
redactado conforme a las circunstancias concretas de la comunidad para la que
van dirigidos. Los mismos evangelios, en la selección de sus contenidos, han
elegido las enseñanzas de Jesús que más directamente afectan a la situación
concreta de la comunidad cristiana a la que dirigen su escrito, teniendo en cuenta,
por ejemplo, si eran procedentes del judaísmo o del paganismo.
Para enfocar bien la homilía hace falta leer antes las "notas exegéti-cas" de
algunas publicaciones, que nos ayudan precisamente a situar el pasaje dentro del
contexto bíblico que le corresponde.
c) Otra dificultad para la homilía viene del hecho de que ahora tenemos
nuevos y mucho más ricos Leccionarios que se van proclamando en las
celebraciones de la comunidad cristiana, y que incluyen en mayor medida al
Antiguo Testamento. Lo cual hace más compleja que antes la tarea de preparar la
homilía.
Las tres lecturas del domingo, y sobre todo las dos de las ferias, com-
prenden libros bíblicos que antes no estábamos acostumbrados a escuchar y
explicar.
Esto hace que el predicador, si no se decide a dar importancia a su
ministerio, no encuentre tiempo para su preparación y él mismo se sienta incapaz
o insatisfecho de su aproximación al texto bíblico.
Actitudes y criterios del predicador para con la Palabra
Todo eso afecta a la homilía en su relación con la Palabra que se acaba de
proclamar. Un predicador que toma en serio su ministerio, con el deseo de no
"traicionar" el mensaje bíblico y transmitirlo vivamente a los fieles, debe adoptar
unos criterios espirituales y pastorales cara a la Palabra.
Estudiar más la Escritura
Ante todo, debe conocer mejor la Biblia. No la conocemos bastante. No
suelen ser suficientes los estudios bíblicos que hicimos en nuestros tiempos de
formación. Tenemos que echar mano de comentarios serios que nos vayan
presentando los libros bíblicos que recorremos a lo largo del año: los sapienciales,
los históricos, los proféticos, las cartas y los evangelios.
La homilía, obediente a la Palabra 71
Deberíamos sentirnos discípulos y estudiosos permanentes de la Biblia. "Por
eso, todos los clérigos, especialmente los sacerdotes, diáconos y catequistas
dedicados por oficio al ministerio de la palabra, han de leer y estudiar
asiduamente la Escritura para no volverse predicadores vacíos de la Palabra... y
han de comunicar a sus fieles, sobre todo en los actos litúrgicos, las riquezas de la
Palabra de Dios" (DV 25).
El predicador, al empezar un libro bíblico nuevo -un evangelista sinóptico,
al comienzo de su año, o la lectura continuada de Jeremías o de la carta a los
Romanos- tiene obligación de estudiar, al menos brevemente, el nuevo libro, si
quiere ser fiel en su ministerio a lo que Dios ha querido transmitir en esa lectura
concreta.
No basta que piense en el "cómo" predicar: antes tiene que asegurarse de
"qué" tiene que predicar, porque no depende de él, sino de la Palabra de Dios, y
corre el peligro, si es superficial en su planteo, de traicionar o empobrecer de
alguna manera el mensaje de Dios.
El predicador tiene que tener bien desplegada la "antena" de su atención y
su conocimiento hacia la Palabra que explica, y estar al día en los estudios
exegéticos serios que clarifican el mensaje de cada libro revelado. Difícilmente
podrá ofrecer a la comunidad un servicio profundo sin antes haber sintonizado él
con la Palabra misma que ha de transmitir.
"La preparación de la homilía pide una fidelidad especial al que ha de
distribuir el Pan de la Palabra como buen administrador de los misterios
de Dios. Esta fidelidad consiste en acercarse a la Sagrada Escritura para
comprenderla y explicarla de acuerdo con el modo propio que tiene la
liturgia de leer la Palabra de Dios... Será necesario un conocimiento más
profundo de los libros sagrados y de la historia de la salvación, no sólo
como ciencia exegética sino como saber vivo y sintético apoyado en la
tradición litúrgica" (PPP 21).
La homilía no es exegesis
El predicador deberá distinguir la predicación de la exegesis. La homilía no
tiene como meta una explicación de tipo exegético ni es una lección magisterial
sobre la historia redaccional del pasaje, comparando sus originales griegos o
14
hebreos con sus lugares paralelos.
14C. WIENER, L'exégèse et l'annonce de la parole de Dieu: Par Lit (1970) 29-36; J.
LLOPIS, Exegesis bíblica y homilía litúrgica: Phase 66 (1971) 527-541; A. Pou,
Dificultad y necesidad de integrar la exegesis contemporánea a la homilética. Ejemplo de
un dilema: el discípulo a quien Jesús amaba: Lit y Espirit 10 (2003) 519-527; C.
BUZZETTI, Ermeneutica biblico-liturgica: DizOm 443-449.
72
La homilía tiene su finalidad propia, distinta de los cursillos bíblicos o de
los círculos de estudio. En sus breves minutos, la homilía no se puede detener
demasiado en las diferencias redaccionales que hay en la lista de
bienaventuranzas entre Mateo y Lucas, sino que intentará presentar directamente
la proyección que ese pasaje de Jesús tiene sobre nuestra vida. La homilía no se
preocupa mucho, aunque el predicador esté muy enterado de ellas, de las
diferencias de orden que los evangelios presentan en su relato de las apariciones
de Jesús Resucitado, sino que invita a la comunidad a sumergirse en la gozosa
noticia de la nueva vida del Resucitado.
Las controversias y dudas de los biblistas no tienen por qué pasar a la
homilía. No porque el oyente no esté preparado, o sólo por no escandalizarlo, o
porque haya que mantenerle ignorante de la evolución exegética más seria: sino
porque la homilía tiene su finalidad y su razón de ser. Lo otro queda para los
cursos bíblicos o para las conferencias. Los exegetas se preocupan de cómo se han
ido formando los evangelios, cuántas etapas o estratos hay en el evangelio de
Juan, cómo se compuso el relato de la infancia de Jesús. La homilía lo que quiere
es exhortar a que la Palabra de Dios ilumine y estimule eficazmente nuestra vida
de fe. Sobre todo no se tiene que dedicar a "destruir" seguridades y convicciones
sin edificar una visión positiva y seria del mensaje de Dios.
La exegesis de los diversos pasajes tiene que conocerla el predicador, para
saber en qué no ha de insistir, o qué no es seguro. Para ello debe ir leyendo algo
sobre la interpretación que los exegetas serios hacen de tal pasaje, sobre todo si se
ponen de acuerdo. Tener en cuenta eso le debe ayudar a ser honesto, a no
confundir las últimas teorías con la doctrina segura de la Iglesia, y a no presentar
como definitivo lo que no lo es, porque confundiría a los fieles.
Es algo parecido a los médicos, que deben estar al día en los diferentes
aspectos de la ciencia médica, pero luego, en el trato con el enfermo concreto, no
le aturden con conocimientos científicos, sino que de ellos se sirven para curarle
hoy y aquí y explicarle de modo que entienda su situación y la manera de tratar
sus males.
La prudencia pastoral le debe sugerir al predicador el modo de "des-
mitificar" y traducir el mensaje bíblico. No se trata de tumbar la fe y las
seguridades de los fieles, ridiculizando las antiguas interpretaciones (que les
hemos enseñado nosotros mismos), por un prurito de aparecer modernos. Si en la
exegesis misma se requiere prudencia, porque no todo está claro y muchas
explicaciones no son definitivas, mucho más en la homilía. Aquí ya no se trata
sólo de prudencia, sino de honradez.
la homilía, obediente a la Palabra 73
Centrar el mensaje de las lecturas
El predicador intenta centrar el mensaje del pasaje en cuestión. No tanto sus
detalles, sino su intención central y los valores que está proponiendo.
No tiene tiempo para entretenerse en los aspectos más científicos del origen
del cosmos o de la creación del hombre y la mujer, o del número y origen exacto
de los magos que vinieron a adorar al Mesías en Belén o de la comparación
detallada del hecho de Pentecostés con los fenómenos del Sinaí a la salida de
Egipto.
Lo que tiene que hacer es presentar lo principal del pasaje, cuál es el plan
salvador de Dios tal como en él se revela, cómo actuó Dios y cómo respondió el
hombre, cuál es el mensaje concreto que el profeta o Pablo o el mismo Jesús
querían destacar con sus palabras. Aunque el libro del Antiguo Testamento o
alguna carta de Pablo hablen de las relaciones entre los esposos o entre hijos y
padres reflejando una visión muy antigua de la familia, que no corresponde a la
actual, seguro que la intención profunda de sus consejos vale para entonces y
también para ahora.
Para ello, no debería fiarse demasiado el predicador de su intuición, o de los
datos más anecdóticos, sino leer alguna presentación exegética seria, en que se
nos dice cuál es la intención más profunda, por ejemplo, de la parábola del hijo
pródigo o del relato de las bodas de Caná, o en qué consistía el problema que
tenía la comunidad de Galacia para que Pablo les hablara en términos tan fuertes.
Lo principal es siempre lo que Dios nos está queriendo decir, las líneas de la
Historia de la Salvación, la Buena Noticia que se cumple en Cristo Jesús. Esto es lo
que los fieles deben ir asimilando poco a poco a lo largo del año: lo que Dios ha
hecho en la historia, lo que sigue haciendo ahora, y cómo quiere que le
respondamos.
El predicador, a partir de las lecturas, debe presentar, como hicieron Pedro y
Pablo en su predicación, a Cristo entregado, crucificado, muerto, pero luego
resucitado y glorificado, exaltado por encima de todo el cosmos por Dios Padre.
Y, en su nombre, anunciar la salvación a todos.
Des-mitificar y re-traducir el mensaje bíblico
A veces, el predicador tendrá que realizar un cierto proceso de des-
mitologización de algunos pasajes para poder re-traducirlos de modo que
15
entiendan su mensaje los cristianos de hoy.
15Cf. K. RAHNER, El problema de la "desmitologización" y el ejercicio de la predicación:
Conc 33 (1968) 374-394.
74
Al hablar de "desmitologizar", no se quiere decir que los relatos fueran
míticos y no históricos, sino que muchas veces están revestidos de un lenguaje
cultural e histórico que los puede hacer oscuros para el hombre de hoy. Si
decimos que "Jesús subió a los cielos" en la Ascensión, tal vez tendremos que
reinterpretar esa expresión, porque corresponde a una cosmovisión diferente, con
el cielo arriba y la tierra abajo, para quedarnos con lo principal: el triunfo de
Jesús, su glorificación definitiva a través de la Pascua.
Cuando hablamos de la "justificación por la fe", o que "Jesús nos ha salvado
por su sangre", o que los elegidos del Apocalipsis eran "lavados en la Sangre del
Cordero", se trata de frases hechas, que seguramente tienen mucho sentido en su
contexto bíblico, pero que, para aplicar su mensaje al hombre de hoy, necesitan
una cierta "retraducción" en categorías no más pobres, pero sí más cercanas y
comprensibles. Quitar el revestimiento que tienen algunas categorías bíblicas no
significa negarlas, sino hacerlas más inteligibles, precisamente por fidelidad a su
mensaje central. Porque puede pasar que al pronunciar frases de estas, el
predicador no se dé cuenta de que sus oyentes no captan su sentido, o lo
entienden en un sentido diferente o hasta contrario del que quieren transmitir.
Conocer los varios sentidos del texto bíblico
Será bueno que el predicador recuerde los varios sentidos que ya los Padres
descubrían en los pasajes bíblicos:
* su sentido literal o literario: qué dice el pasaje, con sus formulaciones e
imágenes y símbolos, en su original y en una buena traducción,
* cuál es su sentido objetivo o histórico: o sea, qué quería decir dentro del
contexto en que fue dicha esa palabra o cuál era la situación de Israel en tiempos
de este profeta, o a qué acontecimientos se refiere el Apocalipsis,
* cuál es su sentido "espiritual", o sea, guiado por el Espíritu, de modo que
todos los libros bíblicos, tanto los del Antiguo como los del Nuevo Testamento se
centren en Cristo Jesús y en su Pascua (cf. DV 12),
* cuál es su sentido objetivo-litúrgico, porque según en qué celebración se
proclame una lectura, puede tener un sentido diferente del que tenía en su
contexto original bíblico, dependiendo de la fiesta o del sacramento que sigue (cf.
PPP 23); por ejemplo, la escena de las bodas de Caná, tiene sentido diferente leída
en torno a Epifanía o en una fiesta mariana o en la celebración de una boda;
* y finalmente cuál es su sentido subjetivo y existencial para nosotros:
5. La homilía, obediente a la Palabra 75
qué nos está queriendo decir Dios a nosotros con ese pasaje de Jeremías o de
Pablo.
Tomar con seriedad el ministerio
Esta re-interpretación del pasaje bíblico es una tarea seria, porque no se
puede "traducir" la Palabra de Dios a nuestro gusto, sino apoyados en los estudios
de autores serios y, en definitiva, en el sentido de la Iglesia. La homilía no es el
momento para ensayar interpretaciones o presentar a los fieles, como si fuera
definitiva, la última teoría sobre determinados libros bíblicos. Sin entrar en las
últimas y controvertidas opiniones sobre la resurrección de Jesús, el predicador
debe transmitir a los fieles todo el gozo y la energía interpelativa del mensaje de
la Pascua.
A veces al predicador le sirven sus lecturas y estudios más técnicos, no para
mostrar su erudición en su breve homilía, sino para decidir qué es lo que "no tiene
que decir" y en qué no ha de insistir. Si uno sabe, por ejemplo, que el libro de
Jonás no se considera histórico, no se entretendrá en explicar dónde está Nínive y
por qué se dice que era tan grande, y qué clase de animal era el cachalote que se
tragó a Jonás, sino que intentará captar y transmitir la intención profunda del
libro, que es la afirmación de que muchos paganos están respondiendo a Dios de
una manera más radical y generosa que los judíos, el pueblo elegido. Jonás es el
único judío del relato, y se muestra en verdad como un anti-profeta, mientras que
los habitantes de Nínive, desde el rey hasta el ganado, se convierten a Dios.
El proceso de lectura de la Biblia con una retraducción de su lenguaje es
largo. Ahora ya nadie entiende los "siete días de la creación", tal como nos los
narra el Génesis, como cronológicamente correspondiente a siete días de
veinticuatro horas. Ni tampoco tiene dificultad la comunidad cristiana
normalmente para entender que el relato de la creación de las especies animales, o
del primer hombre y la primera mujer, no hay que entenderlos al pie de la letra en
su relato bíblico, sino que están escritos en un lenguaje popular y poético, y se
pueden compaginar muy bien con cualquiera de las teorías serias sobre la
evolución del cosmos y de la vida en el cosmos. Pero hay otros pasajes más
difíciles de interpretar.
Un predicador honrado no da por definitivas las últimas teorías que haya
leído de exegesis, porque a veces son rápidamente superadas por otros estudios.
Además, el hacer más inteligible un pasaje de Pablo o de Juan no quiere decir que
se presente "infantilmente". Puede ser un lenguaje sencillo, pero igualmente
teológico. Aunque los fieles no sepan muchas veces expresarse teológicamente, sí
saben "oír teológicamente", y
76
se dan cuenta de que lo que el profeta decía con aquel ropaje cultural ahora sigue
teniendo actualidad, aunque empleemos otro lenguaje.
El predicador, obediente a la Palabra
El que realiza la homilía debe tener, por tanto, una clara conciencia de que
está ante todo "al servicio de la Palabra". Tiene que dejar que "hable la Palabra",
que es la que tiene fuerza en sí misma. Tiene que sentir y mostrar que su homilía
y sus explicaciones no son tan importantes como la Palabra misma. No somos
dueños de la Palabra, sino sus servidores. No la podemos ocultar ni callar ni
empobrecer, sino transmitir a los fieles con toda la pedagogía que sepamos, pero
sobre todo con fidelidad a la Palabra misma.
La actitud de obediencia a la Palabra se expresa muy sencillamente teniendo
en la mano el Leccionario que se acaba de proclamar, como recordábamos que
hacía san Agustín. Tener en la mano el libro sagrado, leer de él las frases centrales,
apelar a él para insistir en las enumeraciones o los argumentos que ya se han
escuchado en labios del profeta o de Pablo o del mismo Jesús, le sirve ante todo al
mismo predicador para reconocer que él no es el protagonista, sino que lo es la
Palabra. Y también a los fieles, porque ven que el predicador se está basando,
tanto para sus palabras optimistas como para las exigentes, no en su propio gusto
o humor, sino en lo que ha dicho la Palabra.
La delicada labor de interpretar la Biblia
No es fácil interpretar las Escrituras. Podemos recordar el caso del etíope
que leía a Isaías y no lo entendía: necesitó que el diácono Felipe se lo interpretara
(Hch 8,30ss.). Los textos bíblicos necesitan ser estudiados en su contexto histórico
y también teniendo en cuenta el proceso de su redacción, los géneros literarios,
históricos, apocalípticos.
La Pontificia Comisión Bíblica publicó el año 1993 un documento sobre
La interpretación de la Biblia en la Iglesia.
En la relación que tiene la Biblia con la liturgia, y en concreto con la
homilía, da orientaciones concretas.
El predicador debe tener en cuenta los varios sentidos que tiene la
Escritura: el literal (no literalista ni fundamentalista), el espiritual referido
a Cristo y a su Pascua (el "trono de David", en su sentido espiritual y no el
político), el sentido pleno (un pasaje es interpretado a la luz de otros pasa-
jes). A veces la misma Biblia, en otros pasajes, profundiza en los anteriores:
5. La homilía, obediente a la Palabra 77
un anuncio profético puede ser profundizado o unlversalizado. Sobre todo
cuando el NT interpreta el Antiguo: como en el caso de las dos mujeres de
Abrahán.
Los Santos Padres muchas veces interpretan la Biblia espiritualmente:
la Iglesia como el nuevo Israel, la Jerusalén celestial, el maná y la
Eucaristía...
En el Directorio para el ministerio y la vida de los Presbíteros, de la Congre-
gación para el Clero (1994), se dice: "Para que la Palabra sea auténtica se
debe transmitir sin doblez ni falsificación, sino manifestando con
franqueza la verdad delante de Dios (2Co 4,2). Con madurez responsable,
el sacerdote evitará reducir, distorsionar o diluir el contenido del mensaje
divino. Su tarea consiste, no en enseñar su propia sabiduría, sino la
Palabra de Dios, e invitar con insistencia a todos a la conversión y la
santidad (cf. PDV 26). Por lo tanto, la predicación no se puede reducir a la
comunicación de pensamientos propios, experiencias personales, simples
explicaciones de carácter psicológico, sociológico o filantrópico y tampoco
puede usar excesivamente el encanto de la retórica empleada tanto en los
medios de comunicación social. Se trata de anunciar una Palabra de la que
no se puede disponer porque ha sido dada a la Iglesia a fin de que la
custodie, examine y transmita fielmente" (n. 45).
Sería conveniente que el predicador repasara, en un momento de
sosiego, lo que el Catecismo de la Iglesia Católica (1992) va diciendo sobre el
sentido que tiene la Escritura: CCE 101-104 ("Cristo, Palabra única de la
Sagrada Escritura"), 109-111 ("el Espíritu Santo, intérprete de la Escritura"),
112-114 ("criterios para interpretar la Escritura conforme al Espíritu"), 115-
119 ("diversos sentidos de la Escritura")...
No se trata tanto de buscar en la Biblia la respuesta a los interrogantes o
problemas que nos acucian ahora mismo a nosotros, como hacían los que iban a
consultar los oráculos de la Pitonisa de Delfos o de los Augures. A Jesús no le
gustaba que le preguntaran cosas de estas. Cuando alguien le preguntó qué tenía
que hacer para heredar la vida eterna, Jesús no le respondió directamente, sino le
hizo otra pregunta: ¿qué encuentras escrito en la Ley? ¿cómo lo lees? (Lc 10, 29).
Más bien debería ser lo contrario: Dios tiene para mí unos interrogantes, y
yo debo responder a ellos. Por eso Jesús formula él mismo preguntas a sus
interlocutores, y cuando dice la parábola del buen samaritano, concluye: "haz tú
lo mismo". Lo mismo sucede en el episodio de la mujer adúltera: no contesta a la
interpelación de los acusadores, sino que él mismo formula otra pregunta y les
pone en evidencia, empezando por los mayores.
78
Decálogo sobre la lectura bíblica para la homilía
16
Resumiendo dos estudios del profesor S. Pié , podemos dar al predicador
unos consejos que nos parecen sabios sobre su "servicio a la Palabra" a la hora de
preparar su homilía.
1. La Biblia, tal como ya expresa su mismo nombre (griego: biblos,
biblia), es un plural de "libros". Esto nos dice una característica primera:
la Biblia es una colección de libros, y aún más, se trata de una colección
no homogénea de libros, aunque todos tengan el carácter de Palabra ins-
pirada de Dios. Tanto en el género literario como en su sentido religioso
son diferentes. Su mismo orden no refleja el orden cronológico de compo-
sición: los escritos de Pablo son anteriores a los evangelios, aunque estos
se coloquen antes en la Biblia.
Esta consideración tiene importancia en las celebraciones en que se leen
varios libros: por ejemplo, Antiguo Testamento, Pablo, Evangelio. No se debe
pensar en un fácil "concordismo". Aún admitiendo la unidad del designio de
Dios, conviene respetar las características de cada libro.
2. Cada libro de la Biblia, al menos en su gran mayoría, es fruto de la
recopilación de diversas tradiciones tanto orales como escritas, que no siempre
muestran un acoplamiento perfecto, siendo además producto de géneros
literarios distintos. Por ejemplo, los relatos de la creación del mundo en Génesis 1
y 2, o los de la resurrección de Cristo.
3. La Biblia no tiene, en general, un interés directamente biográfico en el
sentido moderno de la expresión. Los diversos personajes y sus gestas se
presentan por un interés catequético-actual, que ayude a sacar más fácilmente
enseñanzas de la narración germinalmente histórica: por ejemplo, David y
Salomón en el libro de las crónicas, los relatos de la infancia de Jesús, etc.
4. La función de la comunidad tanto israelita como cristiana primitiva fue
altamente importante en la plasmación de la Biblia actual. Los responsables de
esas comunidades adaptaban y coloreaban las narraciones transmitidas de modo
esquemático. Así se explica el antifiriseísmo de Mateo, el romanismo de Lucas, el
relato de la Ascensión en Lucas en clave del número 40, etc.
5. La técnica de transmisión del mundo oriental se realizaba sobre todo en
forma oral y a base de ciertos esquemas memorísticos que ayuda
16S. PIÉ, Decálogo para una lectura actualizada de la Biblia: Phase 66 (1971) 521-525;
ID., Palabra de Dios y hermenéutica bíblica: Phase 56 (1970) 134-140.
5. La homilía, obediente a la Palabra 79
ban a su fijación. Generalmente los judíos piadosos aprendían de memoria los
pasajes. Así se entiende la abundancia de citas del Antiguo Testamento en el
Nuevo. Y se entienden las bienaventuranzas, la predicación de Pedro, el sermón
de la montaña, los "logia" de Jesús...
6. El pueblo judío era un pueblo de una notable cultura literaria. Los
mismos apóstoles gozaban de una posición que no tiene nada que ver con la
creencia común de que eran "unos pobres pescadores". El pescador era un
personaje en la Palestina rural y pastoril. Esto nos hace entender la facilidad del
proverbio, de la frase sapiencial, la parábola, la alegoría, las acciones simbólicas...
7. La expresión de la fe en el mundo oriental se diferencia considera-
blemente de la del mundo occidental. Se trata de una expresión concreta que se
aleja de las abstracciones de raíz más griega. Por ejemplo, amar es hacer como el
samaritano y no teorizar sobre quién es el prójimo. Así también el valor del
número: 40 como preparación, 50 como plenitud. No es cronología, sino sentido
del valor del tiempo.
8. La simbología es el lenguaje habitual de la Biblia, ya que al ser concreta
expresa plásticamente el pensamiento. La presencia del Dios inaccesible se
expresa por medio del fuego o del viento o de la nube, fenómenos difíciles de
dominar y sujetar. Así se entiende el relato de la escena de Pentecostés.
9. En general, tanto el antiguo como el Nuevo Testamento están escritos con
perspectiva pascual. Así en el Antiguo el hecho de la Pascua marcó de tal forma al
pueblo, que aún los escritos que describen hechos anteriores al Éxodo están
iluminados por este. Con más claridad aparece todavía en el Nuevo, donde el
testimonio apostólico de la resurrección es la base y fundamento de la predicación
y de la explicación de la "vida" de Jesús. De esto se deduce que muchas
narraciones pre-pascuales son presentadas con "ojos pascuales", es decir, con una
visión más plena de la que en realidad podía existir en su tiempo. Así el Bautismo
de Jesús, la Transfiguración, la multiplicación de los panes. El relato de Emaús es
un ejemplo magnífico: Cristo resucitado hace de intérprete, de hermeneuta de las
Escrituras.
10. Conviene tener en cuenta, para terminar, el planteamiento posi-
tivo del Concilio Vaticano II con referencia a la verdad de la Escritura (el
tratado clásico hablaba más bien de la "inerrancia"). "Los libros de la
Escritura transmiten la verdad que Dios quiso enseñarnos para nuestra
salvación" (DV 11). Se trata, pues, de la verdad salvífica y quedan así más
al margen los datos científicos o biográficos que no afecten a esa verdad.
6
LA HOMILÍA, AL SERVICIO DEL "HOY"
DE LA COMUNIDAD
La segunda "mirada" de la homilía es hacia la vida concreta de la
comunidad. No se trata de repetir, más o menos pedagógicamente, lo que ha
dicho la lectura, sino de ayudar a que los presentes la apliquen a su historia
existencial, o sea, a que la Palabra "resuene" con toda su fuerza iluminadora en
sus opciones y se convenzan de que la Palabra sigue siendo actual y que ilumina
su vida.
Una respuesta a la Palabra la encontramos ya en la misma Eucaristía. Pero
tiene que trascender también más allá: en la vida. El predicador no se contenta
con explicar la Palabra, sino que la aplica a nuestra historia concreta, exhortando
a todos a responder a ella en la práctica.
Este es el aspecto profético de la homilía: descubrir para bien de todos lo que
nos dice hoy la Palabra, cómo se cumple hoy, cómo se aplica a nuestra vida su
mensaje.
La homilía está condicionada por una comunidad en concreto. Ella es su
ambiente, su contexto y su destinataria, con las consecuencias que esto comporta.
La comunidad celebra la Palabra
El sujeto integral de la celebración es la comunidad cristiana, pueblo
sacerdotal por el bautismo, signo sacramental de la Iglesia, lugar privilegiado de
la presencia del Señor Resucitado.
82
Y esto se cumple también en la celebración de la Palabra. "El Espíritu Santo
recuerda a la asamblea litúrgica el sentido del acontecimiento de la salvación
dando vida a la Palabra de Dios que es anunciada para ser recibida y vivida... Es
también el Espíritu quien da la gracia de la fe, la fortalece y la hace crecer en la
comunidad. En la liturgia de la Palabra, el Espíritu Santo recuerda a la asamblea
todo lo que Cristo ha hecho por nosotros" (CCE 1100-1103).
El lector, el monitor, el salmista y el predicador de la homilía son ministros
que ayudan a que la asamblea acoja en verdad esta Palabra viva de Dios. No
todos leen, ni predican, pero todos participan y celebran. El pueblo de Dios tiene
el derecho de recibir la Palabra en las mejores condiciones posibles.
Por su parte, a toda la comunidad le toca escuchar activamente y dejarse
interpelar por la Palabra, para luego, impulsada por el Espíritu, asimilarla y
ponerla por obra. La "audición", acompañada de la veneración y de la fe, no es
algo pasivo, sino muy activo. La escucha de la Palabra, y también de la homilía, es
verdadera "participación" y "celebración", sin necesidad que incluya también la
"intervención" de todos en los varios ministerios.
Difícil aproximación a la comunidad
Como decíamos en el capítulo 1, parte de las dificultades de la homilía
provienen de su destinataria, la comunidad.
Además de ser un acto de obediencia a la Palabra -qué nos dice hoy Dios-, la
homilía es también acto de servicio a la comunidad. El predicador no sólo se
preocupa de qué tiene que decir, sino también a quién.
No es fácil situarse en la perspectiva justa ante ciertas asambleas, para
17
poder ser buenos mediadores entre ellas y Dios.
17 Además de las obras generales sobre la homilía que, naturalmente, tratan el
tema de los destinatarios de este ministerio, o sea, de la comunidad cristiana-,
cf. TH. J. SCIRGHI, Preaching in a postmodern context: Quest Lit 3-4 (2000) 236-249; J.
ALDAZÁBAL, La homilía es para la comunidad: Phase 207 (1995) 231-240; W.
KRUSCHE, La predicación en la celebración litúrgica de la comunidad en la actualidad: Sel
Teol 63 (1977) 214-226; VARIOS, Liturgia y acontecimientos: Phase 58 (1970) 325-302;
P. TENA, La celebración litúrgica entre el acontecimiento y los acontecimientos: Phase 58
(1970) 371-383; F.F. RAMOS, Interpretación existencial de la Escritura: Burgense 11
(1970) 9-61; I. ELLACURÍA, La predicación ha de poner en contacto vivificante la Palabra
y la Comunidad: Sal Terrae 3 (1978)
167-176; G. Ruiz, La molesta predicación de los profetas: Sal Terrae 3 (1978) 177-187;
E. VILANOVA, Palabra de Dios y reforma litúrgica: Phase 165-166 (1988) 203-210).
Hemos indicado en la nota 2 del capítulo 1 algunas obras que ofrecen un
estudio sociológico de la homilía, en relación a la comunidad.
En el Dizionario di Omiletica se pueden encontrar reflexiones muy interesantes
sobre las diversas edades y clases de "oyentes" de la homilía dentro de la
comunidad cristiana: adultos, ancianos, niños, jóvenes, emigrantes, enfermos,
peregrinos, religiosos, estudiantes, turistas, casados, militares, gitanos...
¿, la homilía, al servicio del "hoy" de la comunidad 83
A veces, la comunidad es heterogénea en edad y situación social. Puede
haber, en una asamblea parroquial, niños, jóvenes y mayores, religiosos y casados,
profesores y campesinos. Es muy diferente una comunidad urbana -en la ciudad
hay muchos lugares de culto a elegir-, que una rural, que suele tener sólo una
parroquia. Los fines de semana, con la creciente movilidad del personal, se unen a
veces forasteros o incluso extranjeros. Ahora se complica más esta heterogeneidad
por la creciente afluencia de inmigrantes, muchos de ellos creyentes, que
participan en nuestras celebraciones.
Pero siempre tiene que transmitir un mensaje vivo, aunque sea más
genérico. Debe tener presente la composición de la comunidad, para que las
aplicaciones vayan siendo actuales a la larga para todos. Todos son destinatarios
de la Palabra, y a todos hay que ayudarles a sentirse interpelados por ella.
También puede ser muy dispar la actitud religiosa de los presentes. Unos
parecen contentos de ver reforzado lo que ya piensan. Otros se pueden sentir
incómodos ante lo que oyen. Algunos acuden sólo ocasionalmente, otros son
constantes en su participación dominical y otros son de misa diaria, y hasta
militantes convencidos y comprometidos en el apostolado.
Resulta también difícil estar al día con mirada lúcida sobre las tendencias de
la historia, de la comunidad, de la juventud, de la Iglesia.
Por eso a algunos predicadores les entra la tentación de dedicar su homilía a
explicar la Biblia, descuidando la dimensión histórica y vital. Aunque también los
hay que hacen al revés: dedican toda su atención a los acontecimientos actuales, y
no hacen brotar su reflexión de lo que Dios ha dicho en las lecturas.
A veces es difícil, ante una comunidad concreta, tratar los temas más
candentes, sociales, políticos, familiares, morales, y también algunos teológicos.
84
Entre el "en aquel tiempo" y el "hoy"
La homilía hace de puente entre la Palabra y la comunidad.
Si el homileta tiene que tener una antena bien desplegada hacia lo que dice
Dios, también debe tener otra antena despierta hacia la comunidad a la que
preside, a la que pertenece y a la que dirige su palabra. Busca el sentido que estas
lecturas tienen para nosotros hoy y aquí. K. Barth dijo que preparaba sus homilías
con la Biblia en una mano y el periódico en la otra.
La homilía debe ayudar a que las lecturas lleguen a la vida, a la historia, a
las circunstancias de esta comunidad concreta. La Palabra no es mera noticia de
un hecho pasado: se ha proclamado para nosotros hoy y aquí, y quiere iluminar
nuestra historia. La comunidad se mira a su espejo, ya durante las lecturas y el
salmo de meditación, y ahora, ayudada por las palabras del que le dirige la
homilía. Se deja animar, estimular, corregir, juzgar, denunciar.
En este sentido, la homilía tiene un cometido "profético": ayudar a descubrir
lo que nos dice hoy la Palabra de Dios, cómo se aplica a nuestra vida el mensaje
que se acaba de escuchar en las lecturas.
En la cena pascual de los judíos hay un momento en que el padre de
familia, que es quien va dirigiendo la celebración, dice una interesante
monición: "en toda generación cada uno está obligado a considerarse como
si él mismo hubiera salido de Egipto... Todo esto ha hecho para mí Dios en
mi salida de Egipto. No sólo a nuestros padres redimió el Dios santo,
bendito sea, sino que también nos redimió a nosotros con ellos".
El profeta Natán fue enviado por Dios para acusar al rey David de una
gran injusticia y un gran crimen. Después de narrarle la "parábola" del rico
que se aprovechó del pobre robándole su oveja, llegó la palabra decisiva:
"ese eres tú".
La homilía quiere que la Palabra resuene en la comunidad concreta que la
celebra. La Palabra está escrita en un libro. Pero se convierte en interpelación viva
cuando es proclamada, sobre todo en comunidad, y luego en el sacramento y en la
vida. Esto es lo que procura hacer la homilía. Por eso el predicador debe conocer
la Biblia. Por eso el predicador debe conocer la vida de la comunidad.
Las Orientaciones del Episcopado Español expresan bien este aspecto de la
homilía:
6. La homilía, al servicio del "hoy" de la comunidad 85
"La tarea del ministro de la Palabra no termina al desentrañar el
significado de esta. El mensaje que proclama, tiene que ser creído y
aplicado a la vida... no debe exponer la Palabra de Dios sólo de modo
general y abstracto, sino aplicar a las circunstancias concretas de la vida la
verdad perenne del evangelio. Aplicar la Palabra a la vida será iluminar
sobria e inteligentemente las situaciones y las necesidades de la
comunidad de los fieles para que, ellos mismos, se miren en el espejo de la
divina Palabra y acepten el compromiso de acogerla y de llevarla a la
práctica de forma que el anuncio del mensaje no haya sido en vano (PPP
16).
Aplicar la palabra al "hoy" de esta comunidad
La Palabra es un texto antiguo, pero no es atemporal y contiene un proyecto
de vida para nosotros hoy y para el futuro. Es la celebración de la Palabra, y en
concreto la homilía, la que ayuda a que esta comunidad conecte con la Palabra, a
que la Palabra siga siendo actual, se cumpla hoy y aquí, ilumine todo lo que pasa,
bueno y malo, personal y comunitario.
La homilía, si quiere cumplir su propia identidad, debe ayudar a la
comunidad a que se sienta interpelada por la Palabra de Dios en su propia
existencia y en sus circunstancias históricas presentes. Cosa que al predicador no
le pueden proporcionar nunca suficientemente los libros o subsidios que utiliza
para preparar su homilía.
Cuando Jesús, encargado por el jefe de la sinagoga de Nazaret, leyó el
pasaje de Isaías, inició su comentario con lo que puede considerarse como la
mejor definición de lo que es una homilía: "esta Escritura que acabáis de oír se ha
cumplido hoy".
La Palabra escrita de la Biblia se convierte en palabra viva que "se encarna"
en cada asamblea reunida para la celebración. No nos viene dicha desde el
pasado, sino desde el presente. La Historia de la Salvación continúa: la Palabra
salvadora de Dios, que siempre es y será Cristo Jesús, sigue interpelando con
fuerza a cada comunidad, en las circunstancias concretas de su historia (cf. PO 4).
La Palabra se va haciendo historia y acontecimiento siempre nuevo.
Con fuerza "profética", la Palabra ilumina, juzga y discierne los hechos de
vida eclesiales y sociales, personales y comunitarios, la historia palpitante de la
comunidad. Si leemos cómo Isaías animaba al pueblo en sus momentos de
desesperación, ¿cuáles son las situaciones de desesperanza de esta comunidad
hoy? Si Dios urge a evitar la idolatría, o Cristo
86
clama contra las actitudes de los fariseos, ¿cuáles son los síntomas actuales de
idolatría o de fariseísmo? Si Pablo ayudaba a discernir las situaciones de sus
comunidades, ¿cómo interpelan sus consignas a las comunidades de hoy?
Es lo que magistralmente hacía Jesús, cuando en la parábola del sembrador
(Mc 4) aplicaba a las situaciones de sus oyentes los varios tipos de semilla que cae
en el camino o en tierra buena. El predicador ayuda a que la Palabra, que ya ha
sonado, además resuene en el corazón de los fieles, con toda la carga de estímulo,
ánimo, juicio, condena, consuelo, esperanza y alegría que comporta.
Las cosas del Israel del AT se aplican ahora a esta Iglesia, o sea, a nosotros.
Difícilmente un "sermón hecho" tomado de un libro o de unas hojas se ajustarán a
las necesidades de esta comunidad concreta con la que estoy celebrando la
Eucaristía...
Actitudes del homileta cara a la comunidad
Sentirse parte de esta asamblea
El que realiza el ministerio de la homilía debe respetar a la comunidad que
tiene delante, que es la invitada a celebrar la Palabra de Dios, y sentirse parte de
ella.
El que predica no es un extraterrestre que aterriza en este momento -como
los predicadores de antaño en las celebraciones más solemnes- y que habla desde
una actitud de lejanía. Él forma parte de esta asamblea. Como todos, escucha, ora,
canta, acoge en sí mismo la Palabra de Dios, al igual que luego comulgará en la
Eucaristía. Aunque haya recibido el encargo de presidir la celebración y de
realizar un ministerio tan importante en ella, sigue siendo miembro de esta
asamblea y hermano entre hermanos.
A la hora de escuchar la Palabra, es como los demás, igual que a la hora del
acto penitencial o de la comunión con el Cuerpo y Sangre de Cristo. Se tiene que
sentir en sintonía espiritual con los demás. No es dueño ni de la Palabra ni de la
comunidad. Como dijo san Agustín, "in schola Christi, omnes condiscipuli
sumus": en la escuela de Cristo, todos somos condiscípulos. El predicador, antes
que maestro y doctor, es él mismo discípulo.
No habla desde fuera ni desde arriba de la comunidad, con ironía o
autosuficiencia. Sino desde dentro, con humildad. No como un doctor o vidente
que lo sabe todo, sino como un hermano que camina con los demás, al que se le
ha encargado el ministerio pastoral, que está también a
6. La homilía, al servicio del "hoy" de la comunidad 87
la escucha de esa misma Palabra, y que quiere ayudar a que la comunidad,
empezando por él mismo, la acoja en su vida.
Será bueno también que piense que la Palabra no sólo le ha dicho algo a él,
sino a todos. El Espíritu mueve a la comunidad, igual que mueve al presidente de
la misma. A muchos de los presentes las lecturas les habrán suscitado tal vez
pensamientos profundos y actitudes muy concretas. Lo que él expone a
continuación debe estar impregnado de un tono de fraterna humildad, de
exhortación de algún modo "provisional", porque lo absoluto es la Palabra
proclamada, que suscita ecos en el corazón de los presentes.
Conocer a la comunidad y su situación
Ante todo, el que predica debe conocer a la comunidad y su situación
actual. No sólo debe estar al día en el conocimiento de la Sagrada Escritura, sino
también en sintonía con la comunidad concreta y lo que está viviendo en el
momento actual de su historia. Sólo así podrá hacer el servicio que la homilía está
destinada a ofrecer: la aplicación encarnada de la Palabra a la vida de esta
comunidad. La Palabra de Dios, viva y actual, quiere interpelar a estas personas
concretas que viven su historia hoy y aquí.
Los predicadores suelen saber más de Biblia que de historia contemporánea.
Deberían saber de las dos. Deberían conocer a su comunidad, a sus oyentes, cuál
es su mentalidad, qué les preocupa, de qué hablan, qué programas ven, qué libros
leen, qué miedos y qué esperanzas tienen, qué prejuicios sienten, qué valores
cristianos, teológicos o morales, les cuesta mantener en el mundo actual. Debe
conocer al menos en líneas generales su situación social y religiosa, la escala de
valores de la que hablan y que persiguen en sus vidas, con qué mentalidad vienen
a misa.
Si, por ejemplo, se trata de unas religiosas, el predicador debe saber si
acaban de tener un Capítulo General, o lo están preparando y si tienen muchas o
pocas vocaciones. Todo eso no lo conoce por las estadísticas o los libros, sino
también y sobre todo por su vivencia personal, atenta, solidaria, confrontada con
la de otros.
No son las mismas las coordenadas históricas de un grupo que las de otro,
las de este año que las de hace dos años. No es lo mismo una comunidad de
monjas de clausura que un centro juvenil o una parroquia en la misa de doce. No
es que la homilía deba hacerse eco de todos los acontecimientos del mundo o del
lugar. Pero sí debe tenerlos en cuenta, porque a veces es evidente que la Palabra
les afecta. Jesús reprochaba a los fariseos que no sabían "discernir los signos de
los tiempos" (cf. Mt 16,3).
88
"La conciencia de la misión propia como heraldo del Evangelio se
debe concretar siempre más en la pastoral, de manera que, a la luz de la
Palabra de Dios, pueda dar vida a las muchas situaciones y ambientes en
que el sacerdote desempeña su ministerio. Para ser eficaz y creíble, es
importante, por esto, que el presbítero conozca, con constructivo sentido
crítico, las ideologías, el lenguaje, los entramados culturales, las tipologías
difundidas por los medios de comunicación y que, en gran parte,
condicionan las mentalidades" (Directorio vara presbíteros, 1994, n. 46).
Sobre todo hará bien el predicador en tener en cuenta la situación de fe en la
que se encuentran la mayoría de sus oyentes.
Son cristianos, pero viven en un mundo postmoderno, indiferente a la
religión, que no siente ninguna necesidad de Dios para ser feliz, que no presenta
como valores la gracia o la salvación. Están sumergidos en un cambio cultural
enorme, con una visión muy distinta de la que teníamos antes en relación al
cosmos, a los demás, a la Iglesia. Son cristianos que quieren ser fieles a su fe, que
se están planteando interrogantes y se hallan en búsqueda de seguridades que no
encuentran en este mundo.
La gente está cada vez más metida en el torbellino de este mundo. Vienen a
la iglesia con sus problemas, deseos, miedos, preocupaciones e interrogantes: no
los han dejado en casa, o en la puerta de la iglesia, para recogerlos después, como
hacen con el paraguas.
Los hay fríos o escépticos, e incluso puede haber personas claramente
contrarias, que han venido a la celebración por motivos sociales. Algunos, incluso
creyentes, están en una actitud bastante crítica o indiferente. Ya no son tan
"dóciles" como antes, influidos como están a veces por campañas mediáticas
contra los valores morales que defiende la Iglesia o contra la Iglesia misma. Las
personas presentes pueden tener reacciones imprevisibles ante la Palabra
proclamada o la homilía, reacciones que pueden ir desde una atención muy
interesada hasta el aburrimiento o incluso a una oposición radical.
Para algunos, Dios no entra en la programación de su vida. No "necesitan"
ni a Dios ni su gracia ni su salvación.
Muchos no tienen casi ninguna formación bíblica, mientras que el
predicador hará bien en pensar que algunos sí han recibido una formación
profunda y que esperan algo sólido de su homilía.
Otros han sido formados en una fe tradicional, más basada en la
6. La homilía, al servicio del "hoy" de la comunidad 89
religiosidad popular que en la liturgia. Tendrá que darse cuenta de que muchos
no tienen ni idea de en qué parte del Año litúrgico estamos, o qué es la carta a los
Corintios o por qué leemos el Antiguo Testamento.
Son cristianos, pero débiles, pecadores y necesitados de ayuda para crecer.
En bastantes bodas, exequias, primeras comuniones, bautizos, o en fiestas
patronales o populares, puede ser aún más dispar la situación de fe de los
presentes.
Si preside la Eucaristía de unos niños, tendrá que conocer de qué escuela
vienen, cómo son en general sus familias, qué ambiente están viviendo. En toda la
celebración, y también en la homilía, tendrá que seguir las orientaciones concretas
18
que dio el Directorio para las misas con niños, de 1973.
Cuando son jóvenes los que participan, tendrá en cuenta su sensibilidad, sus
preocupaciones, sabiendo qué estudian o en qué trabajan, qué ideales persiguen
en su vida, qué actitudes muestran con la familia, con la política, con la Iglesia,
qué valores de generosidad y compromiso demuestran. Tendrá que presentarles a
Jesús como el hombre ideal, como la respuesta de Dios a la humanidad, aunque
ellos tengan más bien otros ídolos.
Si son personas mayores, o de escasa salud, los que forman la mayoría de la
comunidad, les respetará de un modo particular, porque también ellos, aunque
sean más bien marginados por la sociedad de hoy, tienen todo el derecho a ser
atendidos y tomados en serio. La homilía les debe invitar a no perder la
esperanza, a no desanimarse ante la situación personal o del mundo de hoy, a
vencer el pesimismo y a ver también las cosas buenas que hay en nuestra historia,
y a sentir que todavía tienen una misión a cumplir en sus familias o en la
sociedad. Les alabará por lo que han hecho y les animará a seguir dando
testimonio de buenas personas y buenos cristianos.
En general, el predicador debe conocer en qué barrio viven estas personas,
cuál es su grado medio de cultura o de situación de fe. Se tendría que poner
espiritualmente "en los bancos", para escucharse a sí mismo, y a la Palabra, desde
la mentalidad de estas personas, que probablemente son creyentes metidos en un
mundo que no les ayuda nada, y que luchan contra una ventolera ideológica
bastante grande para permanecer fieles a su fe.
18Directorio para Misas con Niños, Texto y comentarios, en "Celebrar la Eucaristía
con niños" (=Dossiers CPL 20) Barcelona, 5a ed. 1997,11-52.
90
El Concilio invitaba ya al sacerdote a esta concreción de la Palabra
hacia la vida: "Para mover mejor las almas de los oyentes, debe presentar
la Palabra de Dios no de manera abstracta y general, sino aplicando la
verdad perenne del Evangelio a las circunstancias concretas de la vida"
(PO 4).
"Para cumplir esta tarea, corresponde a la Iglesia el deber permanente
de escrutar a fondo los signos de los tiempos e interpretarlos a la luz del
Evangelio, de forma que, de manera acomodada a cada generación, pueda
responder a los perennes interrogantes de los hombre sobre el sentido de
la vida presenta y futura y sobre la relación mutua entre ambas. Es
necesario, por tanto, conocer y comprender el mundo en el que vivimos,
sus expectativas, sus aspiraciones y su índole muchas veces dramática"
(GS 4; cf. GS 44).
Amar a esta comunidad concreta
Debe, además de conocerla, amar a su comunidad y tener para con ella
sentimientos de acogida y buena voluntad. La tiene que aceptar tal como es, no
como quisiera que fuera, y no sólo a los que de alguna manera responden bien y
le son cercanos, sino también a los más alejados. A los que vienen a la Eucaristía
diaria, a los que acuden los domingos y a los que sólo aparecen por la iglesia para
bodas y funerales. Debe amar a su comunidad como Cristo ama a su Iglesia.
Para conocer y amar a la comunidad, para aplicarle bien el mensaje de Dios,
el predicador debería idealmente vivir con ella, dialogar a menudo, observar. No
es extraño que el Código de Derecho Canónico recuerde a los párrocos la
obligación de vivir normalmente en su parroquia (cf. CIC 533).
Si el predicador es como un puente entre Dios y la comunidad, debe estar
muy unido a las dos partes, a Dios y a la comunidad. Amar las cosas de Dios y
amar cordialmente las cosas de su comunidad. No sólo cuando se trata de
personas muy cercanas y hacia las que se siente bien dispuesto, sino también
cuando se acercan a la celebración personas que normalmente están alejadas.
Jesús habló con la mujer samaritana partiendo de su situación: había tenido
cinco maridos, pero venía en busca de agua y a la vez parecía interesada en temas
espirituales. Pablo predicó a los habitantes de Atenas partiendo de los altares que
había visto y de uno en particular, dedicado "al dios desconocido", y desde ahí les
anunció a Cristo Jesús.
Todos son hermanos del que predica, son comunidad que celebra, no
6. La homilía, al servicio del "hoy" de la comunidad 91
son "el público". No son paganos, no son catecúmenos, ni tampoco grandes
pecadores. Sí son débiles (él también) y necesitados de ánimo. Él, con su homilía y
su modo de hacer presidiendo la celebración, intenta ayudarles en la difícil vida
de fe de los cristianos de hoy, que están en un mundo secularizado, pluralista,
utilitarista, conflictivo.
El predicador no debe en principio "desconfiar" de los presentes. Debe
suponer en ellos buena voluntad y realizar su ministerio desde la sensibilidad del
Buen Pastor. No habla, en principio, a no creyentes, sino a cristianos. Tal vez sólo
ocasionalmente practicantes, pero cristianos. En estos casos es cuando tal vez la
homilía debe asumir más concretamente un tono evangelizador, presentando a un
Dios que ama y quiere el amor (en una boda), o a un Dios que nos tiene
destinados a la vida y no a la muerte (en unas exequias).
Amar a la comunidad concreta que se tiene delante supone hablarle sin
agresividad, sin ironía, sin tono de riña. Supone respetar su situación, con la
intención de ayudarles a crecer en su fe y a ser mejores cristianos. También tendrá
en cuenta si la comunidad es de religiosas o religiosos, para animarles en el
testimonio que dan en medio de la sociedad y asegurarles que van por buen
camino en la opción que han hecho de seguir a Cristo.
El pastor de una comunidad, sin prisas y sin pausa, con infinita paciencia,
con delicadeza, "como una madre que cuida de sus hijos" (1 Ts 2,7), cumple con su
ministerio, procurando ser fiel, no sólo al Dios que le envía y a su Palabra, sino
también a esta comunidad concreta a la que le han enviado.
Saber ver en qué afecta la Palabra a la situación de esta comunidad
La homilía debe buscar los paralelos entre la Palabra y la vida; entre el "en
aquel tiempo" y el "hoy". Tiene que esforzarse por descubrir, no los detalles o las
anécdotas propias del episodio bíblico, sino la intención fundamental del pasaje,
para trasladarla a nuestra historia.
Los pasajes bíblicos, aparte de sus circunstancias históricas y sociales, que
pueden haber pasado de moda, tienen un mensaje, una intención salvífica, que es
la que hay que proyectar sobre la vida de hoy, a veces como estímulo y otras
como denuncia.
Si al hablar de la Palabra decíamos que el predicador debe saber centrar el
tema principal de cada libro o pasaje, ahora habrá que completarlo diciendo que
debe saber a qué situación central de hoy se puede aplicar ese mensaje, no tanto
en cuanto a los detalles, sino en cuanto a las líneas
92
fuerza de la Historia de la Salvación y las actitudes humanas que han sido
alabadas o denunciadas por el pasaje bíblico.
La parábola del buen samaritano tiene fácil aplicación a situaciones de
nuestro tiempo -desde los accidentes en la carretera hasta las desigualdades en la
propia familia- en que podemos atender o pasar de largo al ver a uno que está
viviendo el dolor de la violencia o del abandono.
De alguna manera se puede decir que el predicador "deshistoriza" el pasaje
bíblico de sus ropajes sociales de la época, y "rehistoriza" su mensaje para nuestro
tiempo.
A veces las situaciones paralelas son directas, y otras son contradictorias,
pero siempre quedan interpeladas por la Palabra:
- el pueblo que sufría el destierro en la historia de Israel y escuchaba por los
profetas mensajes de esperanza de parte de Dios, tiene hoy su paralelo candente
en tantos y tantos que sufren parecidas circunstancias, personal o
comunitariamente;
- si los profetas denunciaban la actitud materialista de los ricos o poderosos
y les invitaban a dar importancia a las cosas del espíritu, hoy la Palabra se dirige a
todos nosotros, tentados también de la misma perspectiva materialista y
secularizante;
- si los fariseos eran atacados por Jesús por su afán de honores o por la
importancia que daban a los detalles menos importantes o porque cuidaban lo
exterior y no lo interior, ciertamente todos nosotros tenemos bastante de fariseos
y por ello nos afectan las palabras críticas de Jesús;
- al leer los pasajes de Jonás, no nos entretenemos en aspectos históricos y
geográficos más o menos pintorescos, sino intentamos descubrir y transmitir el
mensaje central del libro: que Dios tiene un plan de salvación universal, y que
perdona, y que los paganos a veces le responden mejor que los del pueblo
elegido;
- si el pueblo de Israel tuvo siempre la tentación de la idolatría, direc-
tamente contra el primer mandamiento -"no tendrás otro dios más que a mí"-, no
ha dejado de ser actual el reproche, porque también nosotros corremos fácilmente
tras los ídolos que nosotros mismos nos fabricamos: el goce, el poder, el dinero, el
prestigio;
- si el hermano mayor fue descrito por Jesús como lo contrario del padre
que acogió y perdonó al hermano pródigo, la parábola nos hace pensar dónde
quedamos retratados cada uno de nosotros, si en la actitud tolerante y
magnánima del padre o en la intransigente del hermano mayor;
- habrán cambiado las circunstancias de una comunidad eclesial,
6. La homilía, al servicio del "hoy" de la comunidad 93
pero seguramente que la denuncia de Pablo a los Corintios por su falta de
fraternidad se aplica también a las actuales;
- el elogio de la Biblia a la mujer fuerte, se puede aplicar claramente, aun
contando con el cambio de circunstancias sociales y familiares, a tantas mujeres de
hoy que merecen el aplauso de Dios;
- si la Palabra habla de que hay que proteger al huérfano o respetar las canas
del anciano, eso sigue vigente tal cual hoy;
- en el evangelio del ciego de nacimiento, el tema central no es la envidia de
los fariseos, sino Cristo como Luz; y lo sigue siendo para nosotros;
- lo que fue el maná en el desierto, lo interpreta el mismo Cristo y nos hace ver
qué significa para nosotros, como figura profética del Pan eucarístico.
En el primer domingo de Cuaresma (ciclo A) se nos habla de las
tentaciones de Jesús, preparadas por la tentación y la caída de Adán y las
reflexiones de san Pablo. En la homilía es fácil hacer el "trasvase" a nuestra
existencia actual:
- 1a lectura: en aquel tiempo / Adán / conducido al jardín / fue tentado
por la serpiente / no escuchó la Palabra / comió de lo prohibido / se dio cuenta de
que estaba desnudo / y fue arrojado del paraíso;
- 3a lectura: en aquel tiempo / Cristo / conducido al desierto / fue
tentado por el demonio / escuchó a Dios / no comió, ayunó / venció / y los ángeles
le servían;
- 2a lectura: la muerte reinó desde Adán / pero donde abundó el
pecado, sobreabundó la gracia / y si por culpa de uno todos fueron pecadores /
por la obediencia de uno todos son justos;
- homilía: hoy / nosotros / conducidos al desierto de la Cuaresma /
somos tentados /¿escucharemos la Palabra? / ¿ayunaremos, nos convertiremos? /
si es así, venceremos / y donde abundó el pecado / sobreabundará la gracia de la
Pascua.
Toda la vida queda interpelada por la Palabra
La Palabra ilumina todos los ámbitos de la vida, tanto la personal como la
comunitaria. No sólo lo referente a la oración o a la espiritualidad, sino también a
la vida moral, familiar, social, sexual, profesional, política, de justicia social, de
defensa de los derechos humanos.
A veces, las lecturas se refieren a nuestra conducta ética y moral. Otras, más
bien a los planes salvadores de Dios y nos transmiten "teología". Es distinto lo que
nos dicen las lecturas de la noche de Navidad o el Viernes Santo que lo que nos
quiere transmitir el evangelio del buen samaritano.
94
Jesús, a veces, predicaba de las características del Reino de Dios, y otras
descendía a la vida concreta y el estilo de actuación que él exigía de sus
seguidores, habiéndoles de la oración, de la caridad, de la humildad, del perdón
mutuo, del respeto a los niños, de la esperanza.
La homilía no tiene que ser "monotemática". No es buen predicador el que
siempre aterriza en la moral y las costumbres, porque a veces la Palabra es
teológica y presenta la Historia de la Salvación en sus aspectos más ideológicos y
nos invita a comprender y admirar el plan salvador de Dios. No es buen
predicador tampoco el que siempre incide en los problemas sociopolíticos de
nuestra época, porque la Palabra a veces sí los ilumina, pero otras veces apunta a
sectores diferentes de nuestra vida personal o comunitaria.
Las lecturas nos interpelan a veces en nuestra conducta cara a Dios, y otras
en nuestra actitud de justicia social en el ambiente en que vivimos. Muchas veces
son anuncio gozoso de la Buena Noticia, aunque esta sea siempre exigente y
suponga un compromiso vital de los oyentes.
La homilía debe dar, a la larga, una clave unitaria a la vida cristiana: la
espiritual y la profesional y la profana, sin la clásica escisión entre el culto (la misa
del domingo) y la vida de cada día (fuera de la iglesia).
Debe enseñar a descubrir la presencia de Dios en todo: en los aconte-
cimientos, en las personas, en la comunidad eclesial, en los sacramentos... De los
"signos de los tiempos", algunos van en la misma dirección que nos muestra la
Palabra: deseo de justicia, de igualdad, de respeto a los derechos humanos, de
solidaridad, de respeto a la naturaleza. Pero hay otros que ciertamente no van de
acuerdo con el evangelio de Jesús.
La historia, presente en la homilía
En la mente del predicador deben estar presentes los hechos de vida que
van sucediendo en nuestro mundo:
- los que afectan a la vida social y política, porque son temas candentes y
preocupaciones que están en la calle y en la conversación de todos: el terrorismo,
el paro, los problemas de la educación, el precio de las viviendas, los pros y
contras de la inmigración, la proximidad de unas elecciones locales o nacionales,
los más o menos ocultos genocidios que van teniendo lugar en algunos países, las
inaceptables injusticias sociales;
- los que tienen que ver con la vida sexual y familiar: los problemas de la
convivencia, la violencia de género, el papel de los jóvenes, la legislación sobre el
aborto o el divorcio o los matrimonios diferentes, compara
6. La homilía, al servicio del "hoy" de la comunidad 95
os con la enseñanza de Jesús en el evangelio, y la valoración que merece 1
progreso científico en el campo de la fecundación artificial;
- los que se refieren a la Iglesia universal o local: sus alegrías y sus
reocupaciones, sus acontecimientos principales (concilios, sínodos, reuniones
episcopales, jubileos), los documentos magisteriales que van apareciendo, los
temas más debatidos dentro de la comunidad, las campañas y consignas más
importantes que se dan para la comunidad parroquial, la escasez de vocaciones
tanto para el ministerio ordenado como la vida consagrada...
Un predicador tiene presentes estos hechos actuales, que son como la
palpitación de la historia. No porque tenga que nombrarlos cada vez, pero sí
cuando se ve que quedan directamente afectados por la Palabra, y no dar la
impresión a los oyentes que habla desde otro mundo distinto del que ellos viven.
También en esto tiene que mostrar equilibrio en su selección de aplicaciones
concretas de la Palabra. No tiene que convertir la homilía en un telediario, pero
tampoco debe hacerla atemporal y aséptica. Algunos de esos hechos habrá que
nombrarlos en otros momentos, como en la Oración Universal.
La clave es que la homilía sea fiel a la Palabra. Si lo es, tendrá ocasión, a la
larga, de poder aplicar su mensaje a todos los aspectos de la vida humana. Sin
huir de los "temas difíciles" o no populares (el problema del dolor, del mal, el
pecado, la muerte y el más allá), ni insistir siempre en los mismos.
Si uno se basa sólo en los libros de homilías (homiliarios), publicados
probablemente hace años, corre el peligro de no entrar en sintonía con la historia
cálida y viva de hoy. También tiene el mismo peligro, aunque menor, si se basa
sólo en los varios subsidios u hojas más ágiles que se le ponen a disposición:
seguramente están redactados meses antes, y no pueden tener en cuenta los
acontecimientos más recientes, los viajes del Papa o las reuniones episcopales o
las leyes que se están tramitando en el Parlamento o las próximas elecciones.
El predicador tiene que estar con la antena siempre desplegada, y ser
creativo en la aplicación de la Palabra a la vida y a la historia, de modo que los
fieles vayan adquiriendo la conciencia de que la Palabra de Dios sigue siendo
actual e interpeladora también en nuestros días.
96
También la política
La política es una de las realidades humanas más importantes. La
comunidad cristiana, en medio de la sociedad, debe vivirla a la luz de la Palabra.
La homilía debe ayudar a todos a entender cómo quiere Dios que vivamos
nuestra realidad histórica total, también la construcción de la "polis" en el sentido
más estricto de la política. La homilía debe invitar a todos, cuando la Palabra lo
pide, a ser responsables en la sociedad, a tener una personalidad cristiana y a
trabajar en serio por una sociedad mejor. No podemos refugiarnos en una
escatología lejana, ni tampoco en una utopía irreal. En este mundo en que
vivimos, un cristiano debe aprender a construir un mundo mejor, unas
estructuras más justas, una ética profesional más conforme al evangelio de Jesús,
por ejemplo en el respeto a la vida, en todas sus facetas.
A algunos fieles oyentes no les gusta que se concrete demasiado en lo
tocante a la vida social y política. Tampoco los contemporáneos de Jesús querían
que hablara de ciertos temas. Una frase escuchada a veces es "habladnos de Dios":
sí, pero Dios habla del hombre y le interesa su historia. No es bueno que la
homilía "se quede en las nubes", sin concretar el mensaje bíblico, porque Dios
quiere iluminar nuestra vida hoy y aquí. Es verdad que, al lado de la queja de que
"se mete en política", hay otra: que no se mete en nada, que no sabe nada de la
vida, que se queda en lo teórico.
Siempre el centro es Cristo y su evangelio, pero tenemos que aceptar que la
Palabra ejerce su función profética, a veces, denunciando las injusticias sociales o
las desviaciones morales: así lo hacen los profetas en el Antiguo Testamento y, en
el Nuevo, sobre todo Jesús mismo y luego Pablo.
La Palabra tiene una gran fuerza contestataria, no aprueba todo lo que pasa
en la sociedad: ¡cuántas veces quedan desautorizados por los profetas o por Jesús
los asesinatos, la prepotencia de los gobernantes o de los ricos, la tiranía, la
conculcación de los derechos humanos, la explotación del débil, el terrorismo, la
manipulación de la verdad, el lujo excesivo...!
La Iglesia, en general, en su predicación tiene el derecho y el deber de
anunciar con fidelidad y libertad el Evangelio, proponiéndolo a los hombres y
emitiendo juicios morales sobre situaciones concretas, "incluso sobre materias
referentes al orden político, cuando lo exijan los derechos fundamentales de la
persona o la salvación de las almas, utilizando todos y sólo aquellos medios que
sean conformes al Evangelio" (Gaudium et Spes
6. La homilía, al servicio del "hoy" de la comunidad 97
76). Todos recordamos los varios documentos que ha publicado el Episcopado de
España en las últimas décadas sobre la actuación de los cristianos en la vida
sociopolítica, por ejemplo "La Iglesia y la comunidad política" (1973).
Claro que el tema es delicado. El predicador a veces debe iluminar sin
miedo, desde la voluntad de Dios, situaciones sociales que afectan a la dignidad
de la persona humana, sin que por ello pueda ser tachado de haberse "metido en
política". Pero aunque no podemos renunciar al carácter profético y a veces
denunciante de la Palabra, por otra parte, lo tenemos que hacer sin partidismos,
con equilibrio, sin pretender dar soluciones políticas, respetando el pluralismo de
opciones, con humildad, dejando que sea, sobre todo, la Palabra la que ilumine y
discierna.
Exhortar a una respuesta de acogida
El predicador debe provocar una actitud de respuesta a la Palabra por parte
de la comunidad que le escucha.
Con sus palabras no pretende sólo informar o formar, sino que invita a una
respuesta de aceptación y cumplimiento de lo que Dios ha dicho, empezando por
él mismo. Con una actitud humilde, da el puesto de honor al Dios que habla y se
sitúa él mismo, dentro de la comunidad, como quien está dispuesto a acoger en
su vida este mensaje, con todo lo que tenga de consuelo o de compromiso, con
una actitud de amor y tolerancia, sin ironía ni pesimismo.
Toda la dinámica de la celebración de la Palabra -en la que está
decididamente inmersa la homilía- es de naturaleza dialéctica: la Palabra
interpela nuestra vida, no nos deja en paz, nos anima y da esperanza, o nos acusa
y denuncia. La homilía está como un puente entre esos dos polos: la Palabra y la
historia viva de una comunidad. Pretende edificar, ayudar a crecer en la vida de
fe, transformar nuestro mundo y exhortar a que todos respondan positivamente a
la Palabra.
Mutua influencia entre el predicador y la comunidad
Aunque la homilía parezca monologal, y escuchada desde un silencio
civilizado, sin embargo hay una doble dirección en su dinámica interior: el
predicador transmite su pensamiento a la comunidad, y a la vez la comunidad
está influyendo en el predicador.
98
La comunidad predica al predicador
Se da siempre un feed-back interesante, o sea, una "alimentación de
retorno", una interacción comunicativa, una "retroacción" que puede ser favorable
o a veces hostil, una cierta "circularidad" en ambas direcciones. Esta acción mutua
a veces es de empatia o simpatía. Otras, de tensión y hasta antagonismo.
No todos intervienen con palabras explícitas, pero la homilía siempre es
bipolar. Es bueno que el que realiza este ministerio lo tenga en cuenta.
En todo género de comunicación humana, hay un "feed-back" desde el
receptor -en este caso, la asamblea- hacia el emitente del mensaje, en este caso el
homileta. Durante la homilía, se nota a veces con claridad esta relación de
atención y aprobación, o bien de indiferencia, distracción o clara desaprobación.
Depende mucho, no sólo del contenido del tema o de la pedagogía del lenguaje,
sino también de la aceptación mutua o de la posible relación de frialdad o rechace
entre el predicador y la comunidad. Cuando la comunidad aprecia a su pastor,
porque lo ve desinteresado, acogedor y disponible, le "perdona", si es el caso, su
falta de pedagogía en la exposición y le presta atención con fácil sintonía. Si le
resulta menos simpático, porque le ve interesado, cómodo y orgulloso, por más
pedagogía que muestre en sus predicaciones, la sintonía no es buena.
En la homilía, así como la comunidad escucha al predicador, también el
predicador debe "escuchar a la comunidad": dejarse enseñar por ella, saber
"dialogar" con ella, no precisamente porque les invita a acudir al micrófono a
expresar en voz alta sus comentarios, sino porque sabe adivinar sus preguntas,
sus reacciones ante la Palabra y sus dificultades para traducirla a la vida. Existe
una "empatia" entre el predicador y la comunidad cuando él se sabe situar en la
mentalidad de los que le escuchan y capta cómo están viviendo la interpelación
de Dios desde sus circunstancias concretas. Y desde esa comprensión es como
anima a todos a acoger la Palabra.
Por eso podemos decir que los oyentes de alguna manera predican al
predicador.
Ayudar al predicador
El ministerio de la homilía es difícil. La comunidad cristiana, además de
escuchar la Palabra y dejarse interpelar por ella, y también de escuchar la homilía
para integrarla con sus propias reflexiones, tiene ocasiones para ayudar al
predicador a realizar mejor su servicio eclesial.
Cuando una comunidad cristiana es consultada -no sería superfluo
6. La homilía, al servicio del "hoy" de la comunidad 99
que con una cierta periodicidad, por ejemplo una vez al año, se revisara en común
la calidad de la celebración- tendría que expresar con claridad lo que esperan del
homileta, para que la celebración de la Palabra sea más provechosa a todos. Si se
hacen las observaciones críticas con caridad y discreción, servirán para que la
homilía pueda realizarse mejor.
El Misal invita al presidente a que en el ejercicio de su ministerio
consulte a la comunidad y tenga en cuenta el parecer de los fieles:
"La eficacia pastoral de la celebración aumentará, sin duda, si se saben
elegir, dentro de lo que cabe, los textos apropiados de las lecturas, oracio-
nes y cantos que mejor respondan a las necesidades y a la preparación
espiritual y modo de ser de quienes participan en el culto... El sacerdote, al
preparar la Misa, mirará más al bien espiritual común del pueblo de Dios
que a su personal inclinación. Tenga además presente que una elección de
este tipo hay que hacerla de común acuerdo con los que intervienen de
alguna manera en la celebración junto con él, sin excluir a los fieles en las
partes que a ellos más directamente les atañen" (IGMR 352).
Ojalá hubiera cauces para realizar consultas oportunas y que la comunidad
pudiera decir al predicador lo que piensa y desea de sus homilías.
Hay otras iniciativas, que no sólo se llevan a cabo en grupos pequeños, sino
también en parroquias. A veces se prepara en común la homilía, por parte de
algunos de los miembros de la comunidad, en presencia del que la tiene que decir
después. En otras comunidades, se prefiere prolongarla después de la celebración,
quedándose los que quieren para intercambiar sus comentarios a la palabra
escuchada.
¡Admirable comunidad cristiana!
Es admirable la comunidad cristiana. Miles y miles de asambleas se
congregan, sobre todo cada domingo, y escuchan la palabra de Dios y la homilía
del presidente. Con una actitud de fe para con la Palabra y a la vez de gran
tolerancia respecto a las homilías. Por una y otra se dejan interpelar y van
creciendo ciertamente en su vida de fe. Venciendo la tentación de desconectar. Sin
muestras de desaprobación (aunque tal vez les vendrían espontáneas) ante
homilías que a veces son mediocres, mal preparadas, repetitivas.
En general los fieles nos agradecen este ministerio, cuando está bien hecho y
lo entienden y se sienten animados en su fe
Mons. Dupanloup, el año 1830, dijo con ironía: "treinta mil sermones cada
domingo en las iglesias de Francia y, sin embargo, Francia no ha perdido todavía
la fe...".
100
Es admirable la fuerza de evangelización y ánimos de la fe que tiene la
eucaristía dominical: ya les gustaría a los políticos tener unos oyentes tan
dispuestos a escucharles cada domingo...
Tienen más méritos nuestros fieles, teniendo también en cuenta que vivimos
en el siglo del diálogo, que en la vida normal no aceptan sin más un monólogo,
porque están acostumbrados a discutirlo o dialogarlo todo. Además, estamos en
una cultura de imagen, de Internet, de gramática mediática. Están saturados de
palabras y estímulos y propagandas. Sin embargo, aceptan una celebración que
consta sobre todo de palabras, aunque también tendría que dar mayor
expresividad a los gestos y acciones simbólicas. Estamos en el siglo de la imagen,
pero también hay que reconocer que no ha perdido fuerza la palabra.
Predicar a los niños
Estos diez "reglas" para la predicación a los niños están resumidas de lo que
publicó el recordado liturgista alemán Baltasar Fischer, en 1977, en la revista
"Gottesdienst", de Trier.
1. Si en una comunidad cristiana, a los niños que participan en la Misa
dominical, no les dirige nunca la palabra el presidente predicador, no se puede
decir que en ella se tome en serio la misión pastoral. Misión que, ahora más que
nunca, le es encomendada a la comunidad, dados los cambios que ha habido en el
clima familiar y escolar.
2. La predicación a los niños, con mayor razón que la de adultos, está bajo
la ley del diálogo. Su gran ventaja es que puede siempre, sobre todo en su
introducción, convertirse en diálogo real.
3. A la homilía dirigida a los niños le corresponde un poco de jovialidad,
mucho optimismo y un toque de humor: una atmósfera fresca, comunicativa.
Debe animar y avisar, sí, pero evitando una constante moralización.
4. El que predica a niños debe saber narrar con lenguaje adaptado a ellos,
sobre todo cuando resume el relato que ya se ha leído en la Biblia. Pero también
cuando narra algo de la historia de los santos o de la vida diaria. Aunque en cada
homilía no debería desarrollarse más de una narración.
5. Lo que se narra como sucedido, debe aparecer como tal, no como
inventado, sino como un relato histórico creíble. Claro que son legítimas también
las creaciones personales, las comparaciones o apólogos libres, pero que se
puedan reconocer como tales.
6. La homilía, al servicio del "hoy" de la comunidad 101
6.
6. El que predica a niños no es preciso que se limite al vocabulario
activo de los niños. Lo que no tiene que traspasar es su vocabulario pasivo.
No puede hablarles como a universitarios, y tampoco como a párvulos.
7. Al hablar a niños hay que preferir siempre lo concreto a lo abstracto, la
voz activa a la pasiva, el verbo al sustantivo, el tiempo perfecto al imperfecto, el
lenguaje directo al indirecto.
8. No tendría que haber ninguna homilía a niños en la Misa que no
establezca el lazo de unión con la Eucaristía que va a seguir.
9. El objetivo de la predicación a los niños es el comunicarles toda la
alegría que hay en la fe y en el amor a Cristo Jesús.
10. Para el éxito de esta predicación, es decisivo un protagonista: el Espíritu.
El Espíritu que habla desde el predicador y el que habita en el corazón de los
niños. Y entre los factores humanos, el principal, el imprescindible, es que el
predicador ame a los niños: a estos niños concretos, hasta el último y el más
insignificante de ellos.
7
LA HOMILÍA Y EL PASO
AL RITO SACRAMENTAL
El "hoy" de la Palabra no sólo apunta a la vida. Ya antes, tiene su
actualización en la celebración sacramental que sigue a la liturgia de la Palabra.
La homilía, normalmente, es bueno que aluda también al Sacramento que se
celebra. Es el llamado "paso al rito".
Se trata de la "función mistagógica" de la homilía. De la misma manera
como los Santos Padres nos han dejado muchos ejemplos de "catequesis
mistagógicas", en las que con una ejemplar pedagogía "conducen al misterio" y
ayudan a entender el Sacramento partiendo de la Biblia y de la celebración
misma, así la homilía tiende, a partir de la Palabra proclamada en las lecturas del
día, a introducir a los fieles a la celebración sacramental, donde se actualiza hoy y
aquí la Palabra eterna de Dios. La homilía se convierte así en "gozne" y punto de
entronque que ayuda a todos a comprender la íntima unidad que tienen las dos
partes de la celebración.
La Palabra de Dios conduce al Sacramento
Cristo está realmente presente ya en la Palabra, y luego lo está de otra
manera, también realmente, en el Sacramento: perdonando, infundiendo en la
Confirmación el don del Espíritu, ordenando ministros de la comunidad, o
convirtiendo el pan y el vino en alimento de vida eterna.
Tanto la Palabra proclamada como el rito sacramental forman parte
104
de una única Historia de Salvación: los grandes hechos salvíficos, sobre todo el
Misterio Pascual de Cristo, son actualizados en la celebración por obra del
Espíritu, para bien de la comunidad.
Es un encuentro progresivo con el mismo Cristo, una doble comunión con
él: "hay una sola presencia de Cristo, presencia en la Palabra de Dios y presencia,
sobre todo, bajo las especies eucarísticas" (OLM 46). El fruto de la comunión
eucarística depende en gran parte de cómo haya sido la comunión con
Cristo/Palabra.
En la celebración pasamos de la Palabra proclamada a la Palabra
sacramental, al "esto es mi Cuerpo". De la primera comunión con Cristo-Palabra,
pasamos a la segunda, con Cristo-Pan-y-Vino.
Entre las dos partes de la Misa, la liturgia de la Palabra y la liturgia
eucarística, que constituyen un único acto de culto (cf. SC 56; EM 10), está la
homilía, como lazo de conexión que facilita el "paso al rito sacramental".
El Sacramento cumple en modo denso, y con su lenguaje propio, la Palabra.
La Palabra resuena de distinto modo según la celebración litúrgica en la que se
proclama: una celebración penitencial, o las ordenaciones, o la Eucaristía, o unas
exequias.
Hay que tener en cuenta que ya en la misma Biblia muchos pasajes son
litúrgicos, o sea, no sólo tienen una finalidad histórica o didáctica, sino cúltica.
Son pasajes pensados en clave litúrgica: o porque son himnos (salmos litúrgicos),
o profesiones de fe (muchos de los "himnos" descubiertos en el NT), o porque sus
relatos están pensados para un ambiente cultual o se han redactado finalmente
con un claro tono celebrativo, como los relatos de la institución de la Eucaristía.
La doble Mesa
La escucha y la celebración de la Palabra tiene su mejor contexto cuando se
la relaciona con el Sacramento. Los cristianos, en la Eucaristía, somos invitados a
una doble mesa: "en la Misa se dispone la mesa, tanto de la Palabra de Dios como
del Cuerpo de Cristo, en la que los fieles encuentran instrucción y alimento"
(IGMR 28), "en las lecturas se dispone la mesa de la Palabra de Dios a los fieles y
se les abren los tesoros bíblicos" (IGMR 57).
Esta de la "doble mesa" es una terminología muy usada, ya desde el
Concilio:
7. La homilía y el paso al rito sacramental 105
para que la mesa de la Palabra de Dios se prepare con mayor abundancia
para los fieles, ábranse con mayor amplitud los tesoros bíblicos, de modo que, en
un espacio determinado de años, sean leídas al pueblo las partes más importantes
de la Sagrada Escritura" (SC 51);
"entre todos los medios espirituales sobresalen aquellos actos en los que los
fieles se alimentan con la Palabra de Dios en la doble mesa de la Sagrada Escritura
y de la Eucaristía" (PO 18),
"la Iglesia se alimenta y vive de la Palabra de Dios y del Pan eucarís tico"
(AG 6);
"(los religiosos) deben cultivar con dedicación constante el espíritu de
oración, bebiendo en las auténticas fuentes de la espiritualidad cristiana. Sobre
todo han de tener cada día la Sagrada Escritura en sus manos para que aprendan
con su lectura y meditación la insuperable ciencia de Cristo... Alimentados así en
la mesa de la ley divina y del sagrado altar, han de amar a los miembros de Cristo
como a hermanos..." (PC 6).
También el Leccionario insiste: "en la misa se prepara a los fieles la doble
mesa de la Palabra de Dios y del Cuerpo de Cristo" (OLM 32).
Esta expresión compara la escucha de la Palabra al "comer": primero nos
dejamos alimentar por Cristo y comulgamos con él como Palabra, para luego,
preparados de este modo por él mismo, comulgar eucarísticamente con su
Cuerpo y Sangre. El Leccionario también compara la Palabra al alimento: habla
del "alimento interior que contiene esta Palabra" (OLM 38), de que en la homilía el
sacerdote "alimenta la fe de los presentes en la Palabra" (OLM 41), y de que "por
la Palabra de Cristo el pueblo de Dios... se alimenta" (OLM 44).
"... La unión estrecha que existe entre la liturgia de la Palabra y la
celebración de la Cena del Señor... La liturgia de la Palabra tiene la
intención de fomentar de manera peculiar la unión estrecha entre el
anuncio y la escucha de la Palabra de Dios y el misterio eucarístico. Por
tanto, los fieles, al escuchar la Palabra de Dios, comprendan que las
maravillas que les son anunciadas tienen su punto culminante en el
misterio pascual cuyo memorial es celebrado sacramentalmente en la misa.
De este modo, escuchando la Palabra de Dios, alimentados por ella, los
fieles son introducidos en la acción de gracias a una participación
fructuosa de los misterios de la salvación. Así la Iglesia se nutre del pan de
vida tanto en la mesa de la Palabra de Dios como en la del Cuerpo de
Cristo" (EM 10).
"La relación entre la liturgia de la Palabra y la liturgia del sacrificio, la
doble mesa del Señor donde se nos da el Pan de la vida, tiene en la
106
homilía un elemento de conexión y de entronque para mostrar la íntima
unidad de la celebración (cita SC 56 y PO 4)... De manera análoga la
predicación litúrgica está también ligada a la unidad entre la Palabra y los
elementos rituales de los Sacramentos. Pues los fieles, recibiendo la
Palabra de Dios y nutridos por ella, son conducidos a una más fructífera
participación en los misterios de la salvación" (PPP 12).
Nuestra formación nos ha llevado a una valoración casi exclusiva de la
segunda parte, la eucarística. Sin disminuir ni un ápice este aprecio, ahora hemos
recuperado la valoración de la Palabra. La "manducatio spiritualis" nos prepara
para que la "manducatio sacramentalis" sea más provechosa. Ya el "discurso del
Pan de vida" de Jesús, en Juan 6, pasaba dinámicamente del "creer" al "comer y
beber", y en ambos prometía el fruto de "la vida".
Relación dinámica entre Palabra y Sacramento
La naturaleza dialogal de la salvación se manifiesta en la celebración
litúrgica en la dinámica entre Palabra y Sacramento: la comunidad creyente
escucha primero el mensaje salvador de Dios y luego, en un clima de fe y oración,
pasa a la celebración del signo sacramental.
La Palabra ya tiene mucho de sacramento, y el Sacramento sigue siendo de
algún modo palabra y proclamación. Pablo, hablando de la Eucaristía, usa el
verbo "kataggello", que significa "proclamar cúlticamente": "cada vez que coméis
este pan y bebéis esta copa, anunciáis ("kattaggellete", proclamáis) la muerte del
Señor, hasta que venga" (1 Co 11,26).
La Palabra y el Sacramento están íntimamente relacionados. Pero se puede
interpretar esta sucesión en un modo débil y pobre. Decir, por ejemplo, que la
Palabra anuncia la salvación y que el Sacramento la realiza, no es exacto.
A eso puede conducir tal vez la formulación que encontramos a veces en el
Leccionario: que en la Palabra "se lee lo que se refiere a Cristo en la Escritura",
mientras que en la Eucaristía se "ejerce la obra de la salvación"; que en la Palabra
"se progresa en el conocimiento" y, en la Eucaristía, "en su santificación"; que en la
Palabra "se proclama la alianza divina" y en el sacramento "se renueva la misma
alianza" (OLM 10).
La primera parte de la misa no es sólo preparación, pedagogía, catequesis o
formación permanente, dejando al Sacramento la eficacia salvadora. En los dos,
Palabra y Sacramento, está Cristo comunicándose y el Espíritu animando y la
Iglesia celebrando. Los dos son un solo acto de
7. La homilía y el paso al rito sacramental 107
culto (SC 56; OLM 10). En la celebración litúrgica eclesial, la Palabra ya es eficaz,
ya actúa la salvación de Dios. La Palabra ya es de alguna manera Sacramento, y el
Sacramento sigue siendo Palabra.
Eso sí: se puede hablar de una progresión y un encuentro creciente. Lo que
ya ha efectuado la Palabra, el Sacramento lo actúa con su propio lenguaje y
eficacia. El Sacramento es la palabra más eficaz ("yo te absuelvo", "esto es mi
Cuerpo"...). Es un modo distinto de realizar lo que celebramos. Como dice el
mismo OLM 10, en la Palabra "se evoca la Historia de la Salvación" y en la
Eucaristía "la misma Historia es presentada a través de los signos sacramentales".
La Palabra tiende al Sacramento, donde encuentra su plena realización. Pero
el Sacramento tiene su sentido total si se celebra desde la Palabra. Siempre es el
mismo Cristo quien se nos da, pero en dos modos distintos de presencia y
encuentro: la Palabra y el Sacramento.
En Emaús, el encuentro de los discípulos con el Resucitado tuvo dos
momentos muy expresivos: en el camino les explicó las Escrituras y luego, en
casa, partió el pan y lo compartió con ellos. Le reconocieron en la fracción del pan,
pero comentaron que ya en la explicación de las Escrituras ardía su corazón.
Palabra y Sacramento. San Agustín llamaba a la Palabra "signum audibile", y al
Sacramento, "verbum visibile": signo audible y palabra visible.
El Sacramento actualiza de un modo distinto y pleno el misterio pascual de
Cristo. El Sacramento es el colmo de la predicación, es la "palabra" sacramental. Y
en ambos, la Palabra y el Sacramento, es el mismo Cristo Jesús, ahora Señor
Resucitado, quien se nos da y nos comunica su vida.
La diferencia entre católicos y protestantes, en los últimos siglos, se ha
podido describir como que los católicos han puesto más énfasis en el Sacramento,
mientras que los protestantes lo han hecho con la Palabra. Y ambos han tenido
que recorrer un camino de "conversión" al binomio fundamental de la Palabra y el
Sacramento. Los católicos, sin perder nada del aprecio al Sacramento, han re-
descubierto la importancia de la Palabra. Los protestantes, sin perder un ápice de
su aprecio de la Palabra, re-descubren la importancia del Sacramento.
La reforma protestante ha demostrado haber descubierto el valor
fundamental cultual de la Palabra de Dios. Pero la reforma misma, el
cambio que ve ahora en la Palabra un puesto no sólo privilegiado, sino
único y absoluto, demuestra que en los protestantes había una incom-
prensión de la liturgia no menor que la que entonces padecían los cató-
licos. Tendrían que haber descubierto lo que es intrínseco y esencial a la
108
liturgia: la unidad entre Palabra y Sacramento. Por el contrario, se continuó
entre los protestantes con el mismo error que se quería corregir: ellos
privilegiaron la Palabra, en perjuicio del Sacramento, como antes, los
católicos habían privilegiado el Sacramento por encima de la Palabra. Pero,
sobre todo, no se comprendió que, atendiendo a la Palabra sin el
Sacramento, se situaba la Historia de la Salvación en el nivel del Antiguo
Testamento, o sea, sólo de anuncio de la Palabra, como si esta no hubiese
encontrado su cumplimiento en el Sacramento que es Cristo, cuya realidad
salvífica transmiten hoy los sacramentos a la Iglesia.
Facilitar el "paso al rito sacramental" en la homilía
El "paso al sacramento" que realiza la homilía puede resultar más fácil
cuando se celebran otros sacramentos: bodas, exequias, bautizos. En estas
celebraciones las lecturas bíblicas ya suelen ser elegidas de acuerdo con el
sacramento concreto. Nos proclaman, por ejemplo, la llamada a la conversión y la
seguridad del perdón de Dios, y así la homilía puede conducir a la celebración
más consciente del sacramento de la Penitencia. O nos hablan de las
intervenciones salvíficas de Dios a través del agua, en el Antiguo o en el Nuevo
Testamento, lo que nos prepara a celebrar mejor el sacramento bautismal del baño
en agua. O nos describen cuál es el plan de Dios sobre el amor humano, calcado
del amor del mismo Dios, y así iluminan la celebración del Matrimonio cristiano.
Por tanto, de esas lecturas la homilía puede pasar fácilmente, no sólo a la
vida, sino también al rito sacramental que sigue.
En la Eucaristía, por el contrario, son raras las ocasiones en que las lecturas
se refieren al misterio mismo de este sacramento, porque es el que celebramos con
más frecuencia y tiene como contenido a lo largo del año toda la selección del
Leccionario.
Pero también en el caso de la celebración eucarística es factible este "paso al
sacramento" en la homilía. No es difícil encontrar puntos de contacto entre
Palabra y el Sacramento.
La Eucaristía es una realidad muy compleja: es memorial del sacrificio
pascual de Cristo y participación en la Nueva Alianza, se basa en la actuación del
Espíritu, se celebra en el ámbito de la comunidad eclesial, está dinámicamente
insertada en la marcha escatológica de la misma, es signo y alimento de la caridad
fraterna, invoca a la Virgen María y a los Santos, implica actitudes eucarísticas de
gratitud, alabanza y ofrenda, intercede por las necesidades de todo el mundo...
7. La homilía y el vaso al rito sacramental 109
Ante este abanico de realidades incluidas en la celebración eucarística, es
raro que las lecturas no ofrezcan pie, no sólo para su aplicación a la vida, sino
también para invitar a una celebración más consciente de la Eucaristía, el
sacramento en que de un modo privilegiado se cumplen y actualizan todas las
dimensiones de la Historia de la Salvación.
Además, en la misa hay otros momentos en los que puede "resonar" el
mensaje de las lecturas: el acto penitencial, la oración universal, la introducción a
la Plegaria Eucarística o al Padre nuestro, la motivación del gesto de paz, la
invitación a la comunión, o la despedida y envío misional a la vida.
La Palabra ilumina las celebraciones de todo el Año Litúrgico
Otro aspecto de esta inter-relación entre la Palabra y el Sacramento lo
tenemos en los distintos modos en que resuena la Palabra según las celebraciones
litúrgicas o fiestas o tiempos del Año Litúrgico.
Precisamente porque la Palabra no es sólo un texto o una página de un libro
sagrado, sino Palabra viva, acontecimiento siempre nuevo, de un Dios que se
dirige hoy y aquí a su comunidad, adquiere un sentido litúrgico especial en cada
fiesta.
Una lectura del libro de la Sabiduría tiene en rigurosa exegesis un sentido,
pero si se proclama en una fiesta de Cristo, apunta a él como la verdadera
Sabiduría; en una fiesta mariana o en la conmemoración de un santo doctor, se
acomoda a una interpretación diferente, y en la simple lectura continuada
sugerirá otras aplicaciones. Lo mismo pasa con el relato de Caná, según sea
proclamado en una fiesta cristológica o mariana o en torno a la Epifanía o en la
celebración de una boda.
La homilía se convierte también ahí en "mistagógica", porque puede
conducir a los fieles desde la Palabra a la celebración de ese mis terio de salvación
que es la Navidad o la Pascua o, en general, el Año Cristiano, poniendo de
manifiesto la dinámica unidad de la Historia de la Salvación.
Lo expresa bien el documento de los Obispos Españoles sobre la homilía: "La
homilía debe exponer, a partir de los textos sagrados, los misterios de la fe
durante el ciclo del año litúrgico, es decir, debe guardar una íntima y
armónica relación con el misterio de la redención, precisamente porque la
homilía es parte de la liturgia del día y, en consecuencia, depende de las
lecturas proclamadas" (PPP 13). De ahí deduce la "fidelidad de la homilía
al Leccionario domingo a domingo, ciclo tras ciclo" (PPP 14).
110
"En cada uno de los tiempos litúrgicos la homilía ayuda a celebrar a
Jesucristo bajo aspectos diversos, pero siempre confluyentes y como
engarzados en el acontecimiento central de la Pascua. El año litúrgico, por
tanto, aparece como el principal itinerario del quehacer homilético, para
que la Iglesia lo recorra avanzando progresivamente en la Historia de la
Salvación.
La homilía, fiel a esta ruta animada y por una especial fuerza del
Espíritu, debe situarse siempre bajo la potente luz de la Pascua que en
todos los tiempos litúrgicos revela el sentido pleno de los textos procla-
mados. Lejos de ser como una isla en el conjunto de la liturgia del día, la
homilía contribuirá decisivamente a que los fieles vivan el año litúrgico
como un acontecimiento de gracia y de salvación, un tiempo saludable que
brota del Cristo glorioso y eterno y se despliega en su Cuerpo santificado
que es la Iglesia, llamada a reproducir en sí misma el misterio de su Señor
a medida que lo va celebrando domingo tras domingo, día tras día" (PPP
14).
8
QUIÉN PREDICA. LA PERSONA DEL
HOMILETA
El sujeto normal de la homilía es el ministro ordenado que preside la
celebración litúrgica, que en la primera parte visibiliza a Cristo Maestro, en la
segunda a Cristo Orante y Sacerdote, y en la vida, a Cristo Médico, Guía y
19
Pastor.
19 Respecto a la persona del predicador, cf. V. NOÉ, Spiritualitá del ministro: en
"L'omelia. Il ministero della Parola nella celebrazione liturgica", Milano 1967,
153-184; R. GANTOY, La démarche homiletique: Par Lit (1969) 121-141; F.
KLOSTERMANN, El predicador del mensaje cristiano: en "Palabra en el mundo",
Sígueme, Salamanca 1972, 209-256; J. SANTOS, Cualidades del predicador y modo de
predicar la palabra: Rev Esp Teol (1974) 215-249 (según Fr. Luis de Granada); J.P
GERARD, Mais, enfin, père, d'ou nous parlez-vous ? Ou: qui veut encore prêcher doit
refaire ses comptes: Par Lit (1974) 456-465; M. RAMOS, El ministerio de la predicación:
Phase 91 (1976) 41-53; J. A. GOENAGA, La homilía: acto sacramental y de magisterio:
Phase 95 (1976) 339-358; J.F. HENDERSON, The Minister of Liturgical Preaching:
Worship 3 (1982) 214-230; A. BRAVO, La Palabra de Dios en la vida del sacerdote, en
Comis. Episc. Clero, "Espiritualidad sacerdotal", EDICE, Madrid 1989, 301-320;
C.M. MARTINI, El presbítero como comunicador, PPC, Madrid 1996, 200 págs.; R.
CHÉNO, L'homélie, action liturgique de la communauté eucharistique: LMD 227 (2001)
9-34; CONGREGACIÓN PARA LOS OBISPOS, Directorio para el ministerio pastoral de los
Obispos, LEV, Vaticano 2004, 310 págs.: cap. V, "El munus docendi del Obispo
diocesano" (nn. 118-141); J. C. MATEOS, El sacerdote y los consagrados, diáconos de la
Palabra de Dios: Liturgia y Espiritualidad 7-8 (2004) 334-352; L. A. VALLEJO, La
Palabra, elemento esencial del ser y quehacer del presbítero: Medellín 119-120 (2004)
475-522.
112
"La homilía es un acto litúrgico reservado al sacerdote o al diácono
(CIC 767), es decir, al ministro ordenado, al cual corresponde, en efecto,
reunir al Pueblo de Dios, presidirlo en nombre de Cristo y alimentarlo con
la Palabra divina y el Cuerpo del Señor (LG 20.28.29; PO 4.5)" (PPP 17).
Todavía recordamos la costumbre, que duró hasta nuestros tiempos, de que
en los días más solemnes era invitado a "ocupar la sagrada cátedra" otro "orador
sagrado", que aparecía a la hora del evangelio, subía solemnemente al púlpito
para el "sermón" y desaparecía después en la sacristía. También recordamos que,
sobre todo en las catedrales, era común que un sacerdote, el canónigo magistral,
se preparara la homilía y la dijera en todas las misas: por tanto no lo hacía
necesariamente el que presidía la misa. Ahora se ve como lo más lógico que sea el
mismo que preside la Eucaristía quien predica en ella.
Motivaremos primero por qué la homilía se reserva normalmente al
presidente de la celebración, a la vez que señalaremos cuáles deben sus actitudes
espirituales. Y también intentaremos responder al interrogante que se puede
plantear cuando se quiere promover que la homilía sea compartida por los fieles
presentes, sobre todo cuando se trata de un grupo homogéneo y pequeño.
Toda la Iglesia, depositaria y celebrante de la Palabra
La depositaria de la Palabra, y la encargada de su anuncio, es la Iglesia, la
comunidad de Cristo, a la que él prometió su presencia y su Espíritu para
conducirla a la plenitud de la verdad, y a la que encargó la misión de predicarla a
todo el mundo.
Todos, también los simples fieles, participan por su sacerdocio bautismal del
triple "munus" o misión de Cristo, profeta, sacerdote y rey (cf. LG 10.11.17).
En el caso de la Eucaristía, es bueno recordar que el sujeto integral de la
celebración es la comunidad cristiana, pueblo sacerdotal, signo sacramental de la
presencia del Señor Resucitado ("donde dos o tres están reunidos en mi nombre,
allí estoy yo en medio de ellos": Mt 18,20), bajo la presidencia del que hace las
veces de Cristo. Así lo describe la introducción al Misal (cf. IGMR 27).
Esto también se aplica a la celebración de la Palabra. La comunidad de los
fieles se reúne para acoger la Palabra que Dios le dirige. Toda la comunidad es
invitada a celebrar esta Palabra, con la ayuda interior, ante todo, del Espíritu,
como recuerda muy bien el Catecismo: "El Espíritu Santo recuerda
8. Quién predica. La persona del homileta 113
a la asamblea litúrgica el sentido del acontecimiento de la salvación dando vida a
la Palabra de Dios que es anunciada para ser recibida y vivida. El Espíritu Santo
es quien da a los lectores y a los oyentes la inteligencia espiritual de la Palabra de
Dios. Es también el Espíritu Santo quien da la gracia de la fe, la fortalece y la hace
crecer en la comunidad. En la liturgia de la Palabra, el Espíritu Santo recuerda a la
asamblea todo lo que Cristo ha hecho por nosotros" (CCE 1100-1103).
El lector, el monitor, el salmista y el predicador de la homilía, son ministros
que ayudan a la asamblea a celebrar en las mejores condiciones posibles la
Palabra viva de Dios. No todos leen, ni predican, pero todos participan y
celebran, y luego intentan ponerla en práctica.
En la "Ordenación de las Lecturas de la Misa" (2 a edición de 1981), se
presenta así este protagonismo de la comunidad cara a la Palabra viva de
Dios.
"Por la Palabra de Cristo el pueblo de Dios se reúne, crece, se alimenta"
(OLM 44). "En la liturgia de la Palabra, por una audición acompañada de
la fe, la congregación de los cristianos recibe de Dios la palabra de la
alianza, y debe responder a esta palabra con la misma fe, para que se
convierta cada día más en el pueblo de la nueva alianza. El pueblo de Dios
tiene derecho a recibir abundantemente el tesoro espiritual de la Palabra
de Dios, lo cual se realiza... a través de la homilía" (OLM 45).
Como decíamos ya en capítulos anteriores, la audición no es algo pasivo,
sino muy activo. La escucha de la Palabra, y también de la homilía, es verdadera
"participación" y "celebración", sin necesidad de que conlleve también la
"intervención" en el ministerio ni de la lectura ni de la homilía.
La escucha interior y obediente es la participación más importante de la
comunidad -y de los ministros—, ayudada también por las posturas corporales,
por el salmo responsorial cantado, por el Aleluya y las otras aclamaciones con que
acompañan la escucha de la Palabra. Cuando la asamblea celebrante contesta
"Gloria a ti, Señor Jesús" después de la proclamación del evangelio, expresa que
esta lectura es Palabra viva, dicha hoy y aquí por Cristo a su pueblo. Hacer la
señal de la cruz mientras se anuncia el evangelio que se va a escuchar, tiene un
claro significado: apropiarse la Palabra que Dios nos dirige, con el deseo de que
tome posesión de nosotros e impregne nuestra existencia. La profesión de fe y la
oración universal, que también pertenecen a la celebración de la Palabra, suscitan
la intervención activa de la comunidad, completando su protagonismo en todo el
proceso.
114
Dentro de la comunidad, el Obispo y los otros ministros ordenados
Ahora bien, afirmar que toda la comunidad celebra la Palabra, no significa
que todos vayan a realizar todos los ministerios y, en concreto, el de la homilía.
Todos participamos de la misión de Cristo Sumo Sacerdote, también de la de
enseñar, pero con motivación y carácter diferente, cada uno desde su situación en
la Iglesia.
"La norma suprema es que la Palabra de salvación la anuncia la Iglesia
por un mandato del Señor recibido a través de los Apóstoles (LG 17).
Ahora bien, este mandato se cumple de múltiples maneras según las
necesidades de los hombres, de forma que todo el Pueblo de Dios participa
en la misión de anunciar el evangelio según la diversidad de carismas y de
funciones (LG 12)" (PPP 17).
Dentro de la comunidad cristiana, el Obispo, máximo responsable de toda la
vida eclesial, también lo es de la predicación de la Palabra. La misión de predicar
en la celebración la puede él encomendar a otros, normalmente a los ministros
ordenados, sus colaboradores, los presbíteros y los diáconos. También a los
presbíteros y diáconos es el Obispo quien les da la misión canónica para predicar
(como para presidir la Eucaristía o para confesar).
"Sin embargo, es a los obispos a quienes compete en primer lugar el
deber de predicar la fe como maestros auténticos de la misma (LG 24-25;
CD 13). Después a los presbíteros en el grado propio de su ministerio (LG
28; PO 4). Y finalmente a los diáconos que sirven al Pueblo de Dios en el
ministerio de la liturgia de la Palabra y de la caridad (LG 29; SC 35; CD
15)" (PPP 17).
Fue un paso adelante el que en 1983 el Código de Derecho permitiera la
predicación de los laicos, en la comunidad eclesial, en determinadas cir-
cunstancias, aunque excluyendo el caso de la homilía.
El motivo de que los laicos no predican normalmente la homilía no es
porque no estén preparados en Biblia o en pedagogía o porque no sepan o no
puedan hacerlo incluso mejor que el sacerdote. Algunos fieles están muy bien
preparados bíblicamente y además, viviendo en el mundo, pueden tener más
afinada la "antena" hacia la historia presente, que también hace falta para la
homilía.
La motivación de que el ministerio de la homilía, dentro de la celebración
litúrgica, se reserve a los ministros ordenados a los que el Obispo encomienda
esta misión, es que se trata de un ministerio íntimamente
8. Quién predica. La persona del homileta 115
unido al sacramento que sigue, la Eucaristía. El "munus docendi" está en estrecha
conexión con el "munus sanctificandi". La homilía es un "acto litúrgico" y adquiere
dentro de la celebración un carácter sacramental. El Código de Derecho Canónico
parte de esta convicción: "Entre las formas de predicación destaca la homilía, que
es parte de la misma liturgia y está reservada al sacerdote o al diácono" (CIC 767).
No se puede desgajar la homilía del resto del ministerio pastoral.
"Es a partir de la estrecha unión que existe entre el ministerio de la
Palabra y el ministerio de la santificación y del culto, especialmente en la
celebración de la Eucaristía (cf. DV 21; SC 35; PO 4) como se comprende el
que la homilía corresponda de suyo al que preside (IGMR 42) o a uno de
los concelebrantes (IGMR 61). La homilía aparece siempre como una
función típicamente jerárquica y magisterial" (PPP 17).
Por eso, el ministerio de predicar dentro de la celebración es un acto que se
considera magisterial, es una misión "pastoral" y la cumple aquel a quien el
responsable último, el Obispo, se lo encomienda, normalmente los que por su
ordenación sacramental actúan dentro de la comunidad "in persona Christi
Capitis", personificando a Cristo Cabeza y Pastor de la comunidad. Aunque el
Obispo puede encargar este ministerio a un laico, en ocasiones que ya citaremos,
lo normal es que lo encomiende a los ministros ordenados a los que ha designado
para presidir las celebraciones sacramentales.
"Es esta integración en la misma acción sagrada de la que forma parte,
la nota más sobresaliente de la homilía, lo que hace de ella un acto
sacramental que pertenece por entero a la misma dinámica de la presencia
de la Palabra de Dios en la liturgia... Y por la misma razón la homilía
aparece como un acto reservado al ministerio ordenado..." (PPP 10).
Actitudes espirituales del predicador
Más tarde hablaremos del papel concreto que toca a los fieles laicos en la
predicación de la Palabra. Aquí reflexionaremos, ante todo, sobre la actitud que se
pide del predicador.
Cara a Cristo, el predicador debe sentirse unido a él, como su portavoz e
icono sacramental visible.
Cara a la Palabra, él es lector, oyente y también orante. Primero debe hablar
"con" Dios y luego hablar "de" Dios. Por eso prepara con seriedad su ministerio:
no es palabra propia la que transmite, sino la de Otro.
Cara a la comunidad, debe sentirse dentro de ella y su servidor.
116
Debe amar, por tanto, a Cristo, a la Palabra y a la comunidad, y ejercer su
ministerio con responsabilidad y gozo. Como signo sacramental de Cristo, el
predicador debe estar en unión con él, porque también en la homilía actúa "in
persona Christi". Como transmisor de la Palabra, debe estudiarla y sentirse antes
oyente que predicador. Como maestro de la comunidad, debe estar en sintonía
con ella, sabiendo que no es su dueño, sino su servidor, por la misión que ha
recibido en la Iglesia.
El de la homilía es el momento de la celebración en que el sacerdote queda
más comprometido personalmente: en ella siempre proyecta algo de sí mismo.
Por eso es importante que cuide sus actitudes espirituales; que oiga a la Palabra,
oiga a la comunidad y oiga al Espíritu.
El predicador, signo sacramental de Cristo
El auténtico presidente de toda la vida cristiana -también de la celebración y
de la homilía- es Cristo. Pero aquí le representa un sacerdote que preside la
Eucaristía y que asume la misión de la predicación, dirigiendo la palabra a esta
comunidad. Luego actuará como signo visible de Cristo en la celebración del
sacramento, siempre "in persona Christi".
Es importante, por tanto, que él se sienta "ministro", signo sacramental de
Cristo, mediador para favorecer el "encuentro" entre Dios y la comunidad. Los
auténticos protagonistas son Dios, por una parte, y la comunidad de los fieles, por
otra. Pero el encuentro sucede también por la mediación de un hombre.
El que preside la celebración en nombre de Cristo debe sentirse
gozosamente unido e identificado con él, como ministro de la Palabra y del
sacramento. En toda la celebración debe sentir esta identificación con Cristo, cuyo
signo sacramental es: "Por consiguiente, cuando celebra la Eucaristía debe servir a
Dios y al pueblo con dignidad y humildad, e insinuar a los fieles, en el mismo
modo de comportarse y de anunciar las divinas palabras, la presencia viva de
Cristo" (IGMR 93).
El sacerdote debería aplicarse la parábola del mayordomo (Mt 24,45-51): no
es dueño, sino "un siervo fiel y prudente, a quien el señor puso al frente de su
servidumbre para darles la comida a su tiempo. Dichoso aquel siervo a quien su
señor, al llegar, encuentre haciéndolo así".
El predicador y la Palabra
Los apóstoles decidieron que el ministerio que más les tenía que
caracterizar era este: ser "servidores de la Palabra" (Hch 6).
Consciente de esta misión, el predicador, ante todo, se deja llenar él
8. Quién predica. La persona del homileta 117
mismo de la Palabra salvadora de Dios. Se hace su "lector" y su "oyente", antes de
ser su pregonero para los demás. Más aún, no sólo debe estudiar la Palabra. Debe
"orarla", escuchándola ante todo como dicha para él mismo, y dialogando con
Dios. Antes de hablar a otros, hará bien en asumir la actitud del joven Samuel:
"habla, Señor, que tu siervo escucha", o la de otra joven, María de Nazaret, ante el
ángel: "hágase en mí según tu Palabra".
Es insistente la recomendación bíblica de que el predicador, antes, debe
hacer suya la Palabra, "comerla" él, para poder ser buen anunciador de la misma a
los demás.
Cuando al profeta Ezequiel se le encomendó la misión de anunciar las
palabras de Dios al pueblo, tanto si le escuchaban como si no, le dijo Dios:
"escucha lo que voy a decirte... Abre la boca y come lo que te voy a dar. Yo
miré, y vi una mano que estaba tendida hacia mí, y tenía dentro un libro
enrollado. Lo desenrolló ante mi vista: estaba escrito por el anverso y por
el reverso. Había escrito: lamentaciones, gemidos y ayes. Y me dijo: Hijo
de hombre, come lo que se te ofrece, come este rollo y ve luego a hablar a la
casa de Israel. Yo abrí mi boca y él me hizo comer el rollo. Y me dijo:
aliméntate y sáciate de este rollo que yo te doy. Lo comí y fue en mi boca
dulce como la miel. Entonces me dijo: Hijo de hombre, ve a la casa de
Israel y háblales con mis palabras" (Ez 2-3). Se repite la misma acción
simbólica en el Apocalipsis (Ap 10).
Es aleccionador lo que nos dice en sus "confesiones" el profeta Jere-
mías. "Se presentaban tus palabras y yo las devoraba; era tu palabra para mí
un gozo y alegría de corazón, porque se me llamaba por tu nombre" (Jr
15,16). Pero más tarde el profeta, ante la falta de resultados a corto plazo
de su misión, entró en crisis: "Me has seducido, Yahvé, y me dejé seducir...
La palabra de Yahvé ha sido para mí oprobio y befa cotidiana. Yo decía: no
volveré a recordarlo, ni hablaré más en su nombre. Pero había en mi
corazón algo así como fuego ardiente, prendido en mis huesos, y aunque
yo trabajaba por ahogarlo, no podía" (Jr 20,7ss).
También Pablo dice a sus cristianos que primero se llenen de la Palabra
y luego instruyan y amonesten a los demás: "La Palabra de Cristo habite en
vosotros con toda su riqueza. Instruios y amonestaos con toda sabiduría..."
(Col 3,16).
San Agustín daba mucha importancia, en su "tratado de homilética" (De
doctr. Christiana IV), a que el predicador debe ser, ante todo, oyente y cumplidor
de la Palabra que predica. Le dice también que antes de hablar tiene que orar (IV,
15, 32; y luego en IV, 30, 63), porque sólo el que está lleno de Dios recibe su
Espíritu y sabe lo que hay que decir y cómo hay que decirlo. Debe estar
convencido de que ni el que planta ni el que riega, sino Dios es el que hace crecer
(cf. 1 Co 3,7).
118
En otra ocasión lo expresa gráficamente con estas palabras, que cita también
DV 25:
"Verbi Dei enim inanis est forinsecus praedicator qui
non est intus auditor»
(es vacío predicador de la Palabra de Dios hacia fuera
el que no es oyente de la misma por dentro) (Sermón 179).
Del curso de homilética de D. Bonhöffer, resumimos una página muy
hermosa sobre el sacerdote predicador y su relación con la Palabra de Dios.
Un sacerdote se encuentra con la Biblia de tres formas: en el púlpito, en
la mesa de estudio y en el reclinatorio. A veces no lo hace. También él, que
es el predicador de la Biblia, a veces no la usa bien, o no la usa. Un
predicador sólo trata bien la Biblia si se encuentra con ella de las tres
maneras, no sólo de una o de dos.
a) En el púlpito. Es el lugar más característico para un ministro de la
comunidad. Es él el servidor, el transmisor de la Palabra bíblica. Para que ella
encuentre su camino a todos los creyentes.
b) En la mesa de estudio. El sacerdote debe estudiar esa Palabra que
predica. Se trata de conocer a fondo la verdad. Es el libro en el que la Iglesia ha
aprendido la verdad desde hace veinte siglos. Es el libro que ha consolado y
conducido a Dios a millones de hombres. El sacerdote estudia la Biblia como
representante de la comunidad. Para que sepa predicar siempre mejor. Para que
sepa orar con ella siempre mejor.
Leer la Palabra precipitadamente, con superficialidad, es indigno de un
ministro ordenado. Debe conocerla a fondo. Y así predicarla a los demás.
No está la cosa en contar cosas sensacionales. Ni lo que se le ocurre a él. La
Palabra decisiva es siempre la de Dios. El estudio de la Escritura pertenece
a un sacerdote como tarea diaria.
c) En el reclinatorio. El reclinatorio ha desaparecido de nuestras casas
como mueble. Pero no debería desaparecer la Biblia de la oración del
sacerdote. Él debe estar siempre impregnado de la Palabra de Dios:
debe orar esa Palabra, tomar tiempo para meditarla. El ministro debe
orar más que los otros miembros de la comunidad. Debe fundamentar
su propia fe en Dios y en su Palabra. Esto es lo único que le ayudará a
tener tierra firme bajo sus pies.
El sacerdote debe meditar cada día la Escritura. Para que nada ni nadie
le arrebate su fe del corazón. Antes de encontrarse con los hombres, debe
encontrarse con Cristo. Antes de tomar sus propias decisiones, debe
ponerse a la luz de las decisiones de Dios. No se trata de buscar novedades
en la Biblia. Sino sencillamente de que la escuche. De que la guarde y
medite en su corazón, como María (Lc 2,19). No pre-
8. Quién predica. La persona del homileta 119
tenderá que sucedan cosas extraordinarias. Sólo hace falta que ore, que
medite, que haga suya la Palabra y se deje ganar por ella.
Así es como puede darse la auténtica predicación. La preparación de
una homilía empieza en la oración y la meditación propia del predicador.
Porque la homilía no es un lucimiento personal, ni una conferencia de
temas que sabe. Sino servicio a la Palabra de Dios, que es la que tiene que
llegar a los demás.
Esa preparación sigue en el estudio del texto: ¿qué dice este pasaje?
¿qué me dice Dios? ¿qué nos dice en nuestras circunstancias actuales? Sólo
así puede disponerse el sacerdote a ser el servidor y testigo de esa Palabra
para con los demás. Servidor fiel y obediente (resumido de Gesammelte
Schriften, München 1975,255-259).
El predicador debe ser consciente de que él no es superior a la Palabra, sino
su portavoz, y que está al servicio de ella. Se deja interpelar por la Palabra como
los demás, y más que los demás, no vaya a ser, como es el dicho popular, que se
parezca a las campanas del campanario, que convocan a todos y ellas no van a la
iglesia.
El predicador debería sentirse como el ángel, junto al sepulcro vacío,
asegurando a las mujeres que en verdad Jesús ha resucitado. No es él -ni el ángel
ni el predicador- quien ha resucitado a Jesús: es el testigo de la gran obra de Dios
y de su Espíritu.
Primero el predicador se sitúa ante el Dios que le habla, que le interpela a él
en primer lugar, y luego prepara lo que ha de decir a los demás.
Es conocida la expresión de santo Tomás de Aquino "contemplari et
contemplata aliis tradere", contemplar y luego transmitir a los demás lo que uno
ha contemplado (S. Th. II-II, 188,6).
El documento de los Obispos españoles sobre la homilía da también esta
consigna de preparación de la homilía a partir de la oración personal:
"Varias veces hemos aludido a que la eficacia última de la predicación
de la Palabra depende de la gracia del Señor y de la acción del Espíritu
Santo que interviene tanto en el que habla en nombre de Cristo como en
los oyentes. Por eso, del mismo modo que a la lectura de la Sagrada
Escritura debe acompañar la oración, para que se realice el diálogo de Dios
con el hombre, así también la preparación de la homilía debe ir
acompañada de la meditación de la Palabra de Dios que es preciso enseñar
y explicar desde la vivencia personal y la exquisita caridad pastoral a
imagen de Cristo" (PPP 25).
120
El predicador y la comunidad
El sacerdote predica desde dentro de la comunidad, no desde fuera ni desde
arriba. Con una actitud humilde y de servicio. Lo hemos recordado en el capítulo
6, al hablar del "servicio a la comunidad" que debe realizar el predicador.
No es un extraño. Es un creyente, compañero de camino de los demás, y
forma parte de la comunidad que celebra. Es un hermano que ha recibido la
misión de animar a los demás. Y lo hace con humildad, porque no se siente dueño
ni de la Palabra ni de la comunidad, sino su servidor.
El que predica habla desde dentro de la comunidad, porque la conoce y la
ama. Lo hace con tono fraternal. Se le conoce que ama a sus oyentes.
No es un sabio o un doctor que imparte su doctrina, sino un hermano que
ha leído y meditado antes y ahora exhorta a sus hermanos a dejarse ganar por la
Palabra.
Tampoco se siente como un vidente o un profeta que explica el sentido de
las Escrituras, sino uno que vive como los demás su fe y se deja iluminar y animar
por la Palabra. No lo sabe todo, ni de exegesis, ni de ciencias humanas, ni de
historia, ni de sociología.
Pero es un oyente de la Palabra y ha recibido el encargo de ayudar a los
demás a acogerla en sus vidas. Ha resonado antes en él mismo, y por eso en cierto
sentido se puede decir que es "testigo" de la Palabra ante sus hermanos. Antes que
maestro ha sido discípulo de la Palabra.
Por eso, porque se ha dejado ganar él mismo por la Palabra, y se ha mirado a
su espejo, no se presenta ante sus hermanos como un cartero que no conoce y a
quien no interesa el mensaje que lleva. Es un creyente, y además, un ministro de la
comunidad.
20
Es un testigo del amor de Dios manifestado y cumplido en Cristo Jesús,
testigo como los apóstoles (cf. Lc 24,48; Hch 1,3-8). No habla de cosas que le son
ajenas: un testigo ha "visto" de alguna manera aquello de lo que de testimonio.
20Cf. T. CABESTRERO, "La homilía necesita hoy el lenguaje de los testigos", pp.
69-82, y "Lenguaje testimonial para las homilías en los comienzos del siglo
XXI", pp. 83-92 de su libro ¿Se entienden nuestras homilías? Necesidad de un lenguaje
más comunicativo (=Dossiers CPL 97) CPL, Barcelona 2003.
8. Quién predica. La persona del homileta 121
Predica con alegría y sin desanimarse
Es verdad que el ministerio de la homilía a veces resulta difícil y requiere
preparación constante. A veces no se ve el fruto inmediato. Incluso pueden
notarse actitudes indiferentes y hasta hostiles entre los oyentes.
Pero el predicador no se desanima y supera la tentación del miedo o del
cansancio. Predica con simpatía, con alegría interior, porque sabe que ha sido
enviado a ayudar a todos a que entiendan y gusten la Buena Noticia. Y cuando ve
que la Palabra toca el corazón de los oyentes -lo nota fácilmente- se alegra en su
interior.
Todos los profetas -antes hablábamos de la crisis de Jeremías- han tenido a
veces miedo ante su misión. El predicador debería sentirse plenamente satisfecho
de la misión recibida, como san Pablo, que consideraba este ministerio como un
deber, pero también como un gozo profundo: "¡ay de mí si no predicara el
Evangelio!" (1 Co 9,16). Y a la vez, hacerlo con ilusión: "¡qué hermosos son, sobre
los montes, los pies del heraldo que anuncia la paz y trae la buena noticia" (Is 52),
y con aquella "parresía" (valentía) de que habla el libro de los Hechos (Hch 4,29).
Será bueno que todo predicador atienda a las consignas de Pablo a su
discípulo Timoteo: "Proclama la Palabra, insiste a tiempo y a destiempo... con toda
paciencia y doctrina... soporta los sufrimientos, realiza la función de
evangelizador, desempeña a la perfección tu ministerio" (2Tm 4,1-9).
Predicar con alegría interior es transmitir esperanza y no tomar la palabra
sólo para acusar o exigir. Cuando la Palabra juzga o condena, el sacerdote debe
transmitir esta condena, incluyéndose siempre entre los afectados por ella. Pero a
lo largo del año es mucho más abundante la carga de consuelo y de noticia
salvadora que nos comunica la Palabra. El sacerdote se debe gozar de ser el
instrumento de esa Palabra salvadora. Se le debe notar que él es el primero que
21
cree en la Buena Noticia.
Los Obispos españoles animan a sus sacerdotes a predicar con esta
generosidad y sin desanimarse:
"Conscientes de la importancia de la homilía en la celebración litúr-
gica... queríamos daros unas orientaciones de tipo teológico y pastoral
sobre este ministerio, a fin de animar, especialmente a los sacerdote que
soportan, es cierto, el peso del día y el calor, trabajando en la viña del
21Cf. lo que dice Juan Pablo II sobre esta alegra en la predicacin: CT 48; y
también Pablo VI en EN 80.
122
Señor, a entregarse con ilusión y esmero a una tarea a la vez tan hermosa y
tan exigente" (PPP 4).
"Por otra parte, este carácter exclusivamente jerárquico y litúrgico de la
homilía exige a los ministros... una fidelidad más exquisita a la divina
Palabra que deben transmitir y explicar. Los fieles tienen derecho a
escucharla de la boca de los ministros en toda su verdad (LG 37; PO 4). Por
eso es deber de estos "enseñar no su propia sabiduría sino la Palabra de
Dios" (PO 4)... Para ello será necesario que se dediquen a la lectura y al
estudio de la Sagrada Escritura con especial empeño, para no ser
"predicadores vacíos y superfluos de la Palabra de Dios, que no la escu-
chan en su interior" (DV 25). En cambio, si siguen los consejos que san
Pablo daba a su discípulo Timoteo (cf. 2Tm 4,1-5) y se entregan a este
ministerio con generosa dedicación, buscando, no sólo el provecho de los
que escuchan la predicación, sino también el bien espiritual propio,
llegarán a ser progresivamente discípulos más perfectos del Señor
gustarán más hondamente "las incalculables riquezas de Cristo" (Ef 3,8;
PO 13). Sabiendo que es el Señor el que abre los corazones (Hch 16,14), los
ministros de la Palabra están más íntimamente unidos a Cristo Maestro a
quien hacen particularmente presente hablando y actuando en su persona
(SC 7), se sentirán fortalecidos por el Espíritu del Señor compartirán la
caridad de Dios Padre que ha querido revelar en Cristo, el misterio de su
voluntad salvadora (PO 13)" (PPP 18).
En el Directorio para el ministerio y la vida de los Diáconos permanentes, de la
Congregación para el Clero (1998), se anima a los diáconos a prepararse bien para
esta misión:
"Los diáconos den gran importancia a la homilía en cuanto anuncio de
las maravillas hechas por Dios en el misterio de Cristo, presente operante
sobre todo en las celebraciones litúrgicas. Sepan, por tanto, prepararla con
especial cuidado en la oración, en el estudio de los textos sagrados, en la
plena sintonía con el Magisterio y en la reflexión sobre las expectativas de
los destinatarios" (n. 25). "Para proclamar digna y fructuosamente la
Palabra de Dios, el diácono debe leer y estudiar asiduamente la Escritura
para no volverse "vano predicador de la palabra en el exterior, aquel que
no la escucha en el interior" (san Agustín), y ha de comunicar a sus fieles,
sobre todo en los actos litúrgicos, las riquezas de la Palabra de Dios" (n.
52).
Es sana una cierta "relativización" de la homilía. Lo principal es el Dios que
dirige su Palabra y la comunidad de creyentes que la escucha. Eso sí, el que dice
la homilía quiere ayudar a esta comunidad concreta a darse cuenta de lo que Dios
le está diciendo hoy y aquí y a responderle vitalmente.
8. Quién predica. La persona del homileta 123
Antes era más "importante" la homilía: era prácticamente lo único que
entendía en su lengua el pueblo cristiano. Ahora toda la celebración está en
nuestra lengua y, en concreto, las lecturas las han escuchado todos. La homilía
intentará acercar el mensaje a la vida concreta de esta comunidad y animar a
todos, empezando por el mismo predicador, a dejarse iluminar y estimular por la
Palabra escuchada. "El que preside la liturgia de la Palabra, aunque escucha él
también la Palabra de Dios proclamada por los demás, continúa siendo siempre el
primero al que se le ha confiado la función de anunciar la Palabra de Dios,
compartiendo con los fieles, sobre todo en la homilía, el alimento interior que
contiene esta Palabra" (OLM 38)
El documento de los Obispos españoles sobre la homilía termina con unas
palabras de ánimo para los que realizan este ministerio:
"Quisiéramos terminar estas orientaciones sobre la homilía con unas
palabras de particular afecto dirigidas hacia todos los ministros de la
predicación litúrgica, especialmente los sacerdotes, para invitarles a
desempeñar su ministerio con generosidad y alegría..." (PPP 33).
El predicador, el primer cumplidor de la Palabra en su vida
Tendría que verificarse en el predicador de ahora lo que decía ya la 1a carta
de Juan: "Lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron
nuestras manos acerca de la Palabra de vida... nosotros la hemos visto y damos
testimonio... Lo que hemos visto y oído os lo anunciamos... Y este es el mensaje
que hemos oído de él y que os anunciamos..." (l Jn 1,1-5). No vaya a tener que
decir Jesús de él: "haced lo que os dice, pero no hagáis lo que hace".
Al primero a quien afecta e interpela la Palabra es a él. Al primero al que
ilumina y "evangeliza" la Palabra es a él. El que predica debe estar lleno él mismo
de evangelio, de Buena Noticia, si quiere luego comunicar esa riqueza a los
demás. Como la nube que quiera regar los campos debe estar llena ella misma de
agua: "si las nubes van llenas, descargan la lluvia sobre el suelo" (Eccl 11,2).
San Francisco de Sales, en una de sus cartas, que es un verdadero tratado de
22
homilética, pide al sacerdote predicador tres condiciones: vida ejemplar, buena
doctrina y misión legítima. Los fieles tienen que notar que
22 SAN FRANCISCO DE SALES, Carta del 5 de octubre de 1604 a Mons. A. Frémyot
(hermano de santa Juana F. Frémyot de Chantal), en Oeuvres de St. Francois de
Sales, Annecy 1902, XII, 299-325.
1124
el que predica se lo ha preparado, que está convencido de lo que dice y que se lo
aplica a sí mismo ante todo.
Un predicador se tiene que distinguir, no sólo por la calidad de su homilía,
sino por una vida ejemplar, llena de fe y de entrega. Que después de la
celebración, en la vida, no sea él mismo una anti-homilía. El fruto de lo que
predica depende también de cómo es él fuera de la celebración. A un pastor santo,
bueno, caritativo, siempre disponible, se le perdonan muchas cosas, también la
posible falta de retórica y hasta algunos minutos de más.
Claro que también el predicador es débil y pecador, no es un santo, pero se
tiene que esforzar para que no haya un desfase notorio entre lo que predica y lo
que hace. Los oyentes, a la larga, se dan cuenta si hay una incoherencia manifiesta
entre lo que dice el predicador y su vida.
San Agustín pide al predicador que practique lo que enseña: "Para que al
orador se le oiga obedientemente, más peso tiene su vida que toda la
grandilocuencia que posea". No es que no puede producir fruto su predicación
cuando su vida no es del todo conforme con lo que enseñe. Pero será mucho
mayor el fruto cuando su vida dé ejemplo a los fieles: "predicando lo que no
hacen, aprovechan a muchos, pero aprovecharían a muchísimos más haciendo lo
que dicen" (De Doctr. Christiana IV, 27, 59). Que le acompañe el ejemplo de su
vida, como pedía san Jerónimo: "non confundant opera tua sermonem tuum" (que
no confundan tus obras lo que dicen tus palabras: Carta 55,7).
En la ordenación se les dice a los nuevos ministros de la comunidad:
"imitamini quod tractatis", imitad lo que tratáis, y esto se aplica de modo especial
a la proclamación de la Palabra.
En las Normas básicas de la formación de los diáconos permanentes, de la
Congregación para la Educación Católica (1998), se dice:
"Otro elemento que distingue la espiritualidad diaconal es la Palabra
de Dios, de la que el diácono está llamado a ser mensaje cualificado,
creyendo lo que proclama, enseñando lo que cree, viviendo lo que enseña.
El candidato deberá, por tanto, aprender a conocer la Palabra de Dios cada
vez más profundamente y a buscar en ella el alimento constante de su
vida espiritual, mediante el estudio detenido y amoroso y la práctica
diaria de la lectio divina" (n. 74).
Juan Pablo II, en su Exhortación Apostólica Pastores dabo vobis (1992), sobre
la formación de los sacerdotes, ofrece estas reflexiones sobre el ministerio de la
Palabra:
8. Quién predica. La persona del homileta 121
"El sacerdote es, ante todo, ministro de la Palabra de Dios. Es el ungido
y enviado para anunciar a todos el Evangelio del Reino, llamando a cada
hombre a la obediencia de la fe y conduciendo a los creyentes a un
conocimiento y comunión cada vez más profundas del misterio de Dios,
revelado y comunicado a nosotros en Cristo.
Por eso, el sacerdote mismo debe ser el primero en tener una gran
familiaridad personal con la Palabra de Dios. No le basta conocer su
aspecto lingüístico o exegético, que es también necesario. Necesita acer-
carse a la Palabra con un corazón dócil y orante, para que ella penetre a
fondo en sus pensamientos y sentimientos y engendre dentro de sí una
mentalidad nueva: la mente de Cristo (1 Co 2,16), de modo que sus pala-
bras, sus opciones y sus actitudes sean cada vez más una transparencia, un
anuncio y un testimonio del Evangelio. Solamente "permaneciendo" en la
Palabra, el sacerdote será perfecto discípulo del Señor, conocerá la verdad
y será verdaderamente libre, superando todo condicionamiento contrario
o extraño al Evangelio.
El sacerdote debe ser el primer creyente de la Palabra, con la plena
consciencia de que las palabras de ministerio no son suyas, sino de aquel
que lo ha enviado. Él no es el dueño de esta Palabra: es su servidor. Él no
es el único poseedor de esta Palabra: es deudor ante el Pueblo de Dios.
Precisamente porque evangeliza y para poder evangelizar, el sacerdote,
como la Iglesia, debe crecer en la conciencia de su permanente necesidad
de ser evangelizado. Él anuncia la Palabra en su caridad de ministro, par-
tícipe de la autoridad profética de Cristo y de la Iglesia. Por eso, por tener
en sí mismo y ofrecer a los fieles la garantía de que transmite el Evangelio
en su integridad, el sacerdote ha de cultivar una sensibilidad, un amor y
una disponibilidad particulares hacia la Tradición viva de la Iglesia y de su
Magisterio, que no son extraños a la Palabra, sino que sirven para su recta
interpretación y para custodiar su sentido auténtico" (PDV 26).
Los laicos y la predicación de la Palabra
El tema de la predicación por parte de los laicos ha creado últimamente una
amplísima literatura. A veces, basándose en la revalorización de los laicos en la
Iglesia o en el protagonismo de la comunidad como asamblea celebrante o en las
varias dimensiones del sacerdocio bautismal de los fieles. Otras, con un lenguaje
que a veces no logra evitar un cierto tono de demagogia ("liberar la palabra",
"circulación de la Palabra", "devolver la palabra a los laicos", "los curas devuelven
lo que no es suyo", "por una homilía no clericalista, sino comunitaria", "estamos
en un tiempo de diálogo", "los laicos ya son adultos, déjenles predicar"...).
1126
Algunos parecen identificar el compromiso de los fíeles en la vida eclesial y
su participación activa en la celebración con su intervención en los varios
ministerios, sobre todo en la homilía. Otras veces, son los grupos más reducidos
los que para su celebración desean una homilía más dialogada, y no ministerial.5
La comunidad cristiana y el ministerio de la Palabra
Lo primero que hay que afirmar, como se ha recordado antes, es que todo el
pueblo de Dios participa del "carisma profético de Cristo" (LG 12), y lo ejercita
activamente en varios campos de evangelización, catequesis, educación y
testimonio de fe, cada uno según la misión que tiene en la Iglesia.
El Código de Derecho Canónico afirma la misión que pueden recibir los
fieles laicos en "el ministerio de la Palabra", incluso en la iglesia: "en virtud del
bautismo y de la confirmación, los fieles laicos son testigos del anuncio evangélico
con su palabra y el ejemplo de su vida cristiana; también pueden ser llamados a
cooperar con el Obispo y los presbíteros en el ejercicio del ministerio de la
Palabra" (CIC 759); "los laicos pueden ser admitidos a predicar en una iglesia u
oratorio, si en determinadas circunstancias hay necesidad de ello, o si, en casos
particulares, lo aconseja la utilidad, según las prescripciones de la Conferencia
Episcopal y sin perjuicio del c. 767" (CIC 766).
El 1997 apareció la Instrucción sobre algunas cuestiones acerca de la cola-
boración de los fieles laicos en el sagrado ministerio de los sacerdotes, firmada
por varias Congregaciones y Consejos Pontificios de Roma. 6 En esta Instrucción se
valora el papel que todos los fieles cristianos tienen en "el ministerio de la
Palabra", no sólo en la catequesis, sino también en la predicación más litúrgica, en
los casos previstos:
5 Sobre la predicación de los laicos, cf. D. CASTAGNA, ¿Debe predicar hoy el
laico?: Conc 33 (1968) 453-458; VARIOS, La Parole, partagée par les laïcs: Parole et
Mission 54 (1971); J. H. NICOLAS, Les laïcs et l'annonce de la parole de Dieu: Nouv
Rev Théol 8 (1971) 821-848; W.F. SKUDLAREK, Assertion without Knowledge. The Lay
Preaching. Controversy of the High Middle Ages (tesis doctoral) 1980, 454 págs.; H. M.
LEGRAND, Í laici e la predicazione: Sacra Doctrina 3-4 (1984) 340-357; J. E. Fox,
L'omelia e l'interpretazione autentica del canone 767,1. II soggetto autorizzato
dell'omelia: Ephem Lit 1 (1992) 3-37; X. DURAND, Prédications de laïcs aux funérailles:
LMD 227 (2001) 137-146.
6 Se puede leer en Phase 224 (1998) 155-178.
8. Quién predica. La persona del homileta 127
"Los fieles no ordenados participan según su propia índole en la
función profética de Cristo, son constituidos sus testigos y provistos del
sentido de la fe y de la gracia de la palabra. Todos son llamados a
convertirse cada vez más en heraldos eficaces de lo que se espera (cf. Hb
11,1; LG 35). Hoy, la obra de la catequesis, en particular, depende mucho
de su compromiso y de su generosidad al servicio de la Iglesia. Por tanto,
los fieles, y particularmente los miembros de los Institutos de vida
consagrada y las Sociedades de vida apostólica, pueden ser llamados a
colaborar, en los modos legítimos, en el ejercicio del ministerio de la
palabra".
"En circunstancias de escasez de ministros sagrados en determinadas
zonas, pueden presentarse casos en los que se manifiesten permanente-
mente situaciones objetivas de necesidad o de utilidad, que sugieran la
admisión de fieles no ordenados a la predicación. La predicación en las
iglesias y oratorios, de parte de fieles no ordenados, puede ser concedida
en suplencia de los ministros sagrados o por especiales razones de utilidad
en los casos particulares previstos o por la legislación universal de la
Iglesia o de las Conferencias Episcopales, y por tanto no se puede convertir
en un hecho ordinario, ni puede ser entendida como auténtica promoción
del laicado" (n. 2).
Pero no la homilía
Pero eso no significa que necesariamente intervengan todos en todos los
momentos del anuncio de la Palabra. No todos escriben cartas pastorales para los
diocesanos, como hace el Obispo, o encíclicas para toda la Iglesia, como el Papa.
La homilía es un género de predicación que desde siempre ha estado reservado
en principio a los ministros ordenados, configurados con Cristo por un
sacramento especial. Y, en concreto, al ministro que preside la celebración. No por
ser bautizados son pastores todos los cristianos, con encargo de interpretar las
Escrituras para sus hermanos.
El que ahora entendamos la eclesiología como "eclesiología de comunión",
no tendría que hacer pensar que todo es de todos, y que por tanto la
interpretación de la Escritura y su aplicación a la vida la pueden hacer todos
también dentro de la celebración eucarística. No todos realizan el mismo servicio
para bien de la comunidad. Por ejemplo en cuanto a la homilía. Así como hay otra
clase de momentos de oración en que sí cabe una intervención abierta de los fieles
-revisión de vida, oración no litúrgica, celebraciones de la Palabra-, en la
celebración litúrgica, sobre todo la sacramental, es el presidente quien realiza este
servicio de la homilía, con la flexibilidad que prevé la legislación actual, por
ejemplo en las celebra
128
ciones con niños (en las que se admite el diálogo) o en comunidades sin
presbítero (en que un laico, autorizado por el Obispo, dirige la celebración y
realiza también el comentario a la Palabra).
Es verdad que en la sinagoga judía, como aparece varias veces en el
Nuevo Testamento, podían ser invitados hombres de más de 30 años
(como Jesús o Pablo) a comentar algunas lecturas, las proféticas (no las de
la Ley, que sólo los rabinos podían comentar). Pero en la comunidad
cristiana ha sido siempre norma de la Iglesia, en principio, que predica
quien preside la Eucaristía.
En los cuatro primeros siglos sólo predicaba el Obispo, porque
normalmente sólo presidía él. Aunque hubiera otros ministros conce-
lebrando con él, predicaba el presidente (el nombre de "presidente", "o
proestós", lo usa ya el año 150 san Justino, en su testimonio sobre la
celebración eucarística y precisamente referido a la homilía). Sólo en el
siglo V, cuando se multiplicaron las celebraciones eucarísticas en las gran-
des ciudades (Roma, Alejandría, Jerusalén, Constantinopla...) se inició la
costumbre de que las presidieran los presbíteros, y por tanto, que también
predicaran ellos.
Alguna vez, por excepción, se encomendaba la predicación a un
presbítero, como a Agustín en Hipona cuando todavía no era Obispo. En
su caso fue por la dificultad de su Obispo, Valerio, en la lengua latina.
Sobre todo en Oriente se daban más casos, siempre por encargo del
Obispo, de que predicaran los diáconos (como Efrén) o incluso algún laico
(como Orígenes antes de ordenarse). En otras ocasiones se trataba de
atender más de cerca a grupos étnicos de lengua diversa, como da a
entender la peregrina Egeria que se hacía en Jerusalén cuando acudían
grupos de peregrinos de lenguas diversas (griego, siríaco y latín).
Algunos testimonios de fieles laicos que predican se refieren cla-
ramente, no a la celebración litúrgica, sino a la catequesis: como, por
ejemplo, el texto de Hipólito, "La Tradición Apostólica", c. 41, que habla de
los días que hay "instrucción" ("katechesis"), que pueden impartir los
sacerdotes u otros que no lo son, a los que él llama "doctores" o
"catequistas".
En ambientes monásticos existía la "collatio" fraterna, con diálogo
comunitario, seguramente en otro ambiente distinto de "lectio divina", con
intervención de los que quisieran, pero no en la celebración. Y aún la
"collatio" se convirtió pronto en "conferencia" de uno solo, del superior.
La predicación litúrgica de los fieles laicos se consideró siempre algo
extraordinario, y siempre se hacía por encargo del Obispo.
8. Quién predica. La persona del homileta 225
Normativa actual
No se trata de prohibir la homilía a los laicos. Tampoco los otros presbíteros
u obispos que concelebran predican normalmente: sólo el que preside. Es lo que
van repitiendo, con matices, los diversos documentos eclesiales de los últimos
años.
El Misal lo dice explícitamente en su Introducción: "La homilía la pronuncia
ordinariamente el sacerdote celebrante o un sacerdote concelebrante a quien este
se la encargue o, a veces, según la oportunidad, también el diácono, pero nunca
un fiel laico. En casos peculiares y con una causa justa pueden pronunciarla
también un Obispo o un presbítero que asisten a la celebración pero no
concelebran" (IGMR 66). Luego habla de la homilía pronunciada por un
presbítero concelebrante (IGMR 213) o por un diácono "por mandato del
sacerdote celebrante" (IGMR 171).
El Código (1983), que en el n. 766 afirmaba la posible misión de predicar
confiada a laicos, hace en el número siguiente la salvedad de la homilía: "Entre las
formas de predicación destaca la homilía, que es parte de la misma liturgia y está
reservada al sacerdote o al diácono" (CIC 767).
El Episcopado Español, en diciembre de 1984, aplicando las prescripciones
del Código, establecía: "A tenor del c. 766, laicos que destaquen por su vida
cristiana pueden ser admitidos a predicar también en una iglesia u oratorio, si
circunstancias excepcionales lo piden o aconsejan, a juicio del Ordinario del lugar,
y supuesta tanto la debida preparación como la necesaria misión canónica. En
cualquier caso queda excluida la predicación de la homilía de acuerdo con el c.
767, reservada siempre al ministro ordenado".
No es conveniente, pues, que los fieles puedan acudir al micrófono y añadir
sus reflexiones a las del presidente. Y eso, no sólo de parte de los laicos, sino
también de los ministros ordenados que estén presentes o que concelebran, si no
reciben un encargo especial. Es el presidente el que normalmente dirige su
palabra de pastor a todos los participantes.
En un documento firmado por los obispos de las ocho diócesis que
entonces radicaban en Cataluña, se dice:
1. La homilía -predicación que se hace dentro de la misa- queda reser-
vada estrictamente al sacerdote y al diácono, sin que el Derecho Canónico
contemple ninguna posible dispensa ni delegación. En la misa, si el presidente
está impedido y no hay otro ministro ordenado, la homilía será omitida, porque
se da el supuesto de causa grave previsto en el c. 767,2.
2. En la adaptación al carácter de los oyentes, el sacerdote o diácono
puede emplear una forma brevemente dialogal -por ejemplo, admi
130
tiendo que se puedan hacer preguntas o planteando cuestiones
concretas-, siempre que el número y las características de los fieles
asistentes lo permitan, y sea el ministro ordenado quien exponga la
explicación sobre los textos sagrados.
3. El laico -hombre o mujer- sólo puede acceder a la predicación
propiamente dicha fuera de la misa. Nada impide que, durante la misa, un laico
pueda dirigirse a la asamblea, respetando las normas litúrgicas, por ejemplo,
antes de la despedida.
4. Ha de considerarse abusiva la práctica que el sacerdote introduzca la
homilía para ser continuada y/o acabada por uno o más laicos, pues el ministro
ordenado no posee la facultad de delegar ni total ni parcialmente este ministerio
exclusivo.
5. En los lugares donde no pueda ser celebrada la misa dominical y se
reúnan los fieles para una celebración de la Palabra, la predicación no debe
considerarse homilía, y por tanto puede ser realizada por un laico debidamente
preparado" (Boletín del Arzobispado de Barcelona,1988, p. 267).
La Instrucción de 1997 sobre la colaboración de los laicos en el ministerio
sacerdotal habla también de la homilía, y reafirma fuertemente la postura actual
de la Iglesia sobre la reserva de este ministerio al ministro ordenado, excluyendo
también explícitamente la costumbre de que prediquen los seminaristas para
ejercitarse en la homilética:
"La homilía, forma eminente de predicación en la que durante el curso
del año litúrgico, a partir del texto sagrado, se exponen los misterios de la
fe y las normas de vida cristiana (cf. SC 52 y CIC 767), es parte de la misma
liturgia.
Por tanto, la homilía, durante la celebración de la Eucaristía, se debe
reservar al ministro sagrado, sacerdote o diácono. Se excluyen los fieles no
ordenados, aunque desarrollen la función llamada asistentes pastorales o
catequistas, en cualquier tipo de comunidad o agrupación. No se trata, en
efecto, de una eventual mayor capacidad expositiva o preparación
teológica, sino de una función reservada a aquel que es consagrado con el
sacramento del orden, por lo que ni siquiera el obispo diocesano puede
dispensar de la norma del canon, dado que no se trata de una ley
meramente disciplinar sino de una ley que toca las funciones de enseñanza
y santificación estrechamente unidas entre sí.
No se puede admitir, por tanto, la praxis, a veces asumida, por la cual
se confía la predicación homilética a seminaristas estudiantes de teología
aún no ordenados. La homilía no puede, en efecto, considerarse como una
práctica para el futuro ministerio.
8. Quién predica. La persona del homileta 131
Se debe considerar abrogada por el canon 767,1 cualquier norma
anterior que haya podido admitir a fieles no ordenados a pronunciar la
homilía durante la celebración de la santa Misa.
La posibilidad del diálogo en la homilía puede ser, alguna vez, pru-
dentemente usada por el ministro celebrante como medio expositivo con el
que no se delega a los otros el deber de la predicación" (n. 3).
En el Directorio para el ministerio pastoral de los Obispos, de la Congregación
para los Obispos (2004), el capítulo V se titula El "munus docendi" del Obispo
diocesano (nn. 118-141), y en el n. 124 recuerda que los laicos pueden colaborar en
el ministerio de la predicación "pero dejando claro que la homilía está siempre
reservada exclusivamente al sacerdote o al diácono".7
¿Puede encargarse la homilía a un laico?
¿Puede alguna vez el Obispo encargar a un laico que ejerza este ministerio
de la homilía?
Últimamente ha habido diversas disposiciones que parecen matizar esta
"exclusiva" tan absoluta de la homilía para los ministros ordenados.
La más extendida es la de las celebraciones dominicales en ausencia (física o
moral) de presbítero (=ADAP), sobre todo en países con gran escasez de sacerdotes.
Con creciente frecuencia, en países del África o de América -pero ahora también
en Europa-, catequistas y "delegados de la Palabra", reciben esta misión canónica
para bien de las comunidades. Son también numerosos los países en que personas
laicas reciben el encargo de predicar en la celebración de las exequias 8
La Instrucción dice al respecto: "Para que los participantes recuerden la
Palabra de Dios, hágase una explicación de las lecturas o el sagrado
silencio para meditar lo que se ha escuchado. Puesto que la homilía está
reservada al sacerdote o al diácono, se puede optar porque el párroco
transmita la homilía al moderador del grupo, para que la lea.
7 Respecto a las disposiciones magisteriales de diversos episcopados sobre la
predicación, hay en el Dizionario di Omiletica resúmenes presentados por algunos autores:
del episcopado italiano (A. Cuva), latinoamericano (J. García), español (J. Aldazábal) y
alemán (R. Kaczynski). En cuanto a las normas canónicas en la historia y ahora, cf. A.
MONTAN, Disposizioni canoniche: DizOm 374-381.
8 CONGREGACIÓN PARA EL CULTO DIVINO, Directorio para las celebraciones dominicales en
ausencia del presbítero, 1988 (= ADAP). Se puede leer con comentario de P. Tena, en
Cuadernos Phase 30, CPL, Barcelona 1991, 33-62.
132
No obstante, obsérvese lo que haya dispuesto la Conferencia Episcopal
sobre este punto" (n. 43).
También en las Eucaristías celebradas con niños.9
Este Directorio hace la valiente sugerencia (tal vez la única en este sentido
en los documentos últimos) de que "uno de los adultos que participan en la Misa
con los niños, con permiso del párroco o del rector de la iglesia, puede dirigirles
la palabra después del Evangelio, sobre todo si el sacerdote se adapta con
dificultad a la mentalidad de los niños. Sobre este punto obsérvense las normas
de la Sagrada Congregación del Clero" (DMN 24).
Pero hay que tener en cuenta que se condiciona esta posibilidad a la
necesidad (si al sacerdote le resulta difícil adaptarse), al permiso del párroco o
rector, y a las normas de la Congregación, que pueden variar. En efecto, después
del Código de 1983 se puede considerar abrogado este permiso de una "homilía"
hecha por un laico, incluso en este caso de los niños.10
También es interesante que el mismo Directorio apunte que "puede ser muy
útil el uso de imágenes preparadas por los mismos niños, como, por ejemplo, para
ilustrar la homilía, para hacer visibles las intenciones de la oración universal, para
inspirar la meditación" (DMN 36).
En los años 70', diversos episcopados (Francia, Brasil, Suiza) admitieron con
condiciones una homilía participada en grupos pequeños, pero no fue nunca
autorizado expresamente en documentos oficiales de toda la Iglesia.
Ha sido muy comentado el caso de Alemania.
El año 1973 (se aplicó desde el 1974) la Congregación del Clero aprobó "ad
experimentum", para cuatro años, para las diócesis alemanas, que personas laicas,
con misión explícita por parte del Obispo, pudieran predicar en las celebraciones
dominicales. Se reconocía que el ministerio de la predicación es tarea propia de
los ministros consagrados, pero que en casos excepcionales, y con determinadas
condiciones, los Obispos podían confiarlo a laicos. Se exigían ciertas condiciones,
lógicas, en el laico que predica, y que la comunidad estuviera enterada de esta
misión oficial.
Pero luego, el Código de Derecho de 1983 negó prácticamente esta
concesión. Como hemos dicho antes, admite que "los laicos pueden ser
9 Cf. Celebrar la Eucaristía con niños (=Dossier CPL 20) CPL, Barcelona, 5ª
edición 1997, pp. 11-52 (texto, con comentarios de J. Aldazábal).
10 Cf. A. MONTAN, O.C
8. Quién predica. La persona del homileta 133
admitidos a predicar en una iglesia u oratorio, si en determinadas circunstancias
hay necesidad de ello, o si, en casos particulares, lo aconseja la utilidad, según las
prescripciones de la Conferencia Episcopal" (CIC 766). Pero a continuación afirma
que con excepción de la homilía, porque "la homilía, que es parte de la misma
liturgia, está reservada al sacerdote o al diácono" (CIC 767).
El 1987 intervino la Comisión para la interpretación auténtica del Código.
Ante la pregunta de si puede un Obispo diocesano dispensar de esa prescripción
del c. 767, la respuesta fue que no. Se considera esta una ley no dispensable. El
motivo que se dio es la relación intrínseca que existe entre la predicación
homilética (en la liturgia) y el sacramento del Orden. Esta decisión a algunos les
ha parecido demasiado tajante: no ven por qué un Obispo no pueda juzgar que
para el bien de una comunidad se haga una excepción.
En 1988 la Conferencia Episcopal Alemana, después de recibir nuevas
consignas, admitía la predicación de los laicos en el caso de las asambleas
dominicales en ausencia de presbítero (ADAP), en celebraciones de la Palabra y
otros ejercicios piadosos, en encuentros de catequesis, y, si el Obispo diocesano se
lo encarga, también en la Eucaristía, si no hay ministro ordenado que lo puede
hacer bien: por tanto, con "misión" oficial cada vez. Y establecen unas cualidades
que debe tener esa persona laica: conocimiento de la Biblia, capacidad de hablar,
conducta ejemplar, etc. Es una norma un poco más abierta, pero que sigue siendo
excepcional.11
¿Homilías dialogadas?
Un interrogante que existe en algunos ambientes, sobre todo de grupos
reducidos, es si la homilía puede ser "dialogada".
Ante todo, la homilía se puede decir que tiene siempre una estructura
dialogal entre los fieles -también el sacerdote- y Dios que les ha dirigido su
Palabra.
También tiene mucho de diálogo entre el predicador y los fieles. En realidad
se presenta como un monólogo, porque sólo el sacerdote "toma la palabra". Pero
dentro de esa palabra hay mucho de diálogo: él "oye" en su interior, por poca
sintonía que tenga con la comunidad, las resonancias de la Palabra en los fieles.
La homilía no es totalmente "unidireccional",
11 Cf. U.R., Bundesrepublik: Neuordnung der Laienpredigt: Herder Korrespon-
denz 4 (1988) 164-165.
134
sin ninguna clase de "feed back", como si el predicador no tuviera ningún
conocimiento o relación con sus fieles, o hablara desde una campana de cristal...
Pero este "diálogo" no sucede necesariamente porque todos puedan tomar
la palabra, sino porque el predicador se anticipa y responde a las preguntas y
objeciones que las lecturas del día pueden suscitar en los presentes.
Es verdad que Jesús dialogaba: con Nicodemo, con la samaritana, con
Zaqueo, con sus discípulos en la última cena. No eran momentos cúlticos.
También ahora, muchos cristianos sienten necesidad de una comunicación
espiritual, que puede resultar muy útil para su crecimiento en la fe. Por eso,
además de la homilía, existen el encuentro personal, la catequesis, la dirección
espiritual, la revisión de vida o los grupos de estudio.
Hay otros pasajes que se suelen aducir del Nuevo Testamento a favor del
diálogo. Pablo dice a los de Colosas "la Palabra de Cristo habite en vosotros con
toda su riqueza, instruios y amonestaos con toda sabiduría" (Col 3,16). A los
Corintios les habla de cómo tienen que "orar o profetizar" los hombres y las
mujeres (cf. 1 Co 11,4-5). En la reunión de Tróade, ante los miembros más activos
de las varias comunidades vecinas, se alarga la plática de Pablo hasta el amanecer
(Hch 20, 7.11), aunque no parece que sea una homilía en el sentido estricto de la
palabra, sino una conversación con las últimas recomendaciones para los
responsables de varias comunidades, antes de partir. Ninguno de estos pasajes,
así como otros que se aducen de los primeros siglos de la historia de la Iglesia,
parecen argumentos a favor de una intervención indiscriminada de todos en la
homilía, aunque sí en otros momentos de la vida eclesial.12
En el Directorio para las Misas con niños sí se permite un diálogo con ellos:
"En todas las Misas con niños debe concederse gran importancia a la homilía, por
la que se explica la Palabra de Dios. La homilía destinada a
12 Hay autores que, desde varios ambientes y contextos diferentes, se mues-
tran favorables a estas homilías "dialogadas": P. MARTÍNEZ, A propósito de la
homilía dialogada: Pastoral Misionera 1 (1970) 41-69; F. J. CALVO, Homilética, o.c,
184s: L. DELLA TORRE, La circolazione della Parola: Riv Lit 2 (1987) 195-216; L.
MALDONADO, El menester de la predicación, 1972; G. ORLANDONI, L'omelia, monologo
o dialogo?, Paoline, Milano 1977,133 págs. A veces argumentan estos autores a
base de una interpretación que puede parecer superficial de los datos bíblicos e
históricos, o bien aplicando claves sociológicas, no tanto teológicas.
8. Quién predica. La persona del homileta 135
los niños alguna vez se convertirá en un diálogo con ellos, a no ser que se prefiera
que escuchen en silencio" (DMN 48).
Citando precisamente esta norma del Directorio para Misas con niños, la
Instrucción de 1997 sobre la colaboración de los laicos en el ministerio de los
sacerdotes afirma: "La posibilidad del diálogo en la homilía (DMN 48) puede ser,
alguna vez, prudentemente usada por el ministro celebrante como medio
expositivo con el que no se delega a los otros el deber de la predicación" (n. 3).
En la Instrucción para las celebraciones de grupos particulares, Actio
pastoralis (1969), se dice expresamente: "los fieles se abstendrán de intervenir
dentro de la celebración con reflexiones, exhortaciones o cosas análogas" (n. 6). Y
en otra Instrucción, Liturgicae Instaurationes, de 1970 se insistía: "los fieles deben
abstenerse de comunicaciones, diálogos y cosas similares" (n. 2).
Cauces para la predicación de los fieles
Los laicos, en la predicación de la Palabra en general y en la evangelización
de los pueblos, han jugado un papel muy importante en toda la historia,
empezando por aquellos colaboradores de las primeras comunidades que
nombra, por ejemplo, san Pablo. Ha sido magnífica la intervención que han
tenido los fieles laicos, padres y madres de familia, catequistas, misioneros,
cooperantes, en la evangelización y en la catequesis de todas las regiones del
mundo.
La homilía no es la única forma de predicación en la vida eclesial. También
ahora, aparte de la homilía, que pueden realizar en casos excepcionales, y con
"misión canónica", hay varias otras maneras en que los laicos pueden intervenir
eficazmente en la difusión y comentario de la Palabra: catequesis, evangelización,
educación cristiana, testimonio en medios de comunicación...
En el Decreto sobre el Apostolado de los Laicos, el Concilio contemplaba
que los pastores pueden encomendar a los laicos, oficialmente, ciertos ministerios
en el terreno de la Palabra: "algunas funciones que están estrechamente unidas a
las tareas de los pastores, por ejemplo, en la exposición de la doctrina cristiana, en
algunos actos litúrgicos, en la cura de almas" (AA 24; cf. LG 35, que describe bien
este apostolado de los laicos, sobre todo de los esposos cristianos).
En la misma celebración, aparte de que la escucha misma y la acogida
celebrativa de la Palabra ya es una actitud "dialogante" y nada pasiva de todos los
presentes, algunos fieles pueden intervenir en el conjunto de la
136
celebración con las moniciones antes de las lecturas, el ministerio de la lectura, la
dirección de cantos, el enunciado de intenciones, etc. El ministro, como decíamos,
puede también establecer un contacto dialogante con los fíeles, sobre todo en las
celebraciones con niños o jóvenes, lo cual no significa ciertamente un "micrófono
abierto" para todo el que quiera intervenir.
También cabe la preparación de la homilía en grupo: los laicos -casados
religiosos, profesionales, jóvenes- pueden aportar oportunamente su visión de
cómo afecta la lectura a nuestra historia de hoy y del lenguaje con el que habría
que realizarse la homilía. El predicador hará muy bien en escucharles y, en todo
su ministerio, mantenerse en un contacto de diálogo con ellos. En algunas
comunidades se ha realizado también un coloquio sobre la Palabra al final de la
misa, con los que quieran.
Muchos fieles, religiosos o laicos, salen enriquecidos también en otras
celebraciones de comunicación de fe, a la luz de la Palabra, fuera de la celebración
litúrgica misma, en grupos de fe o de revisión de vida o de estudio de la Biblia.
Cuando un laico modera la celebración
Si el que "modera" la celebración es laico, los varios documentos quieren
que se vea una significativa distinción entre estas celebraciones y las presididas
por ministros ordenados, por ejemplo en su manera de actuar, los saludos, el
lugar desde el que presiden y predican, los vestidos etc.
La instrucción ínter Oecumenici, de 1964, dijo: "Si es diácono el que preside,
pronunciará la homilía y, si no lo es, leerá la homilía que le haya señalado el
obispo o el párroco" (n. 37).
El Directorio para las celebraciones en ausencia de presbítero, "moderadas"
por laicos con la oportuna "misión canónica", dice, al hablar de la homilía:
"Para que los participantes puedan asimilar la Palabra de Dios, hágase una
explicación de las lecturas (no quiere llamarle homilía) o un sagrado silencio para
meditar lo que se ha escuchado. Puesto que la homilía está reservada al sacerdote
o al diácono (cf. CIC 766-767), lo mejor es que el párroco transmita la homilía al
moderador del grupo, para que la lea. No obstante, obsérvese lo que haya
dispuesto la Conferencia Episcopal sobre este punto" (ADAP 43)
A la Conferencia Episcopal Alemana, en los documentos antes cita-
8. Quién predica. La persona del homileta 137
dos, se les concedió al principio poder dar el permiso de la predicación por parte
de un laico en circunstancias extraordinarias, pero no en el lugar de la homilía,
sino al comienzo de la Misa, a modo de "statio", o al final de la celebración. No se
ve bien por qué sí se puede conceder esta predicación al inicio de la celebración, y
no en el lugar propio después de la Palabra. Se supone que tal intervención será
algo más que una monición de entrada, porque para eso no hace falta una
"misión" tan solemne.
La finalidad de estas distinciones es evitar la confusión que pueden tener los
fieles entre la Eucaristía completa, presidida por un sacerdote, y la celebración de
la Palabra dirigida por un religioso o un laico. Cuando se dice que los laicos no
"presiden", sino "dirigen", "guían" o "moderan" una celebración, seguramente se
quiere subrayar que, a pesar de tener el sacerdocio bautismal, les falta la
"sacramentalidad" específica de signos de Cristo pastor, presidente y cabeza de la
comunidad, para poder "presidir" en su nombre. Del mismo modo, en estos casos
se suele hablar de "explicación de la Palabra", y no tanto de "homilía".
Tal vez, este tema de la predicación de los laicos, incluso dentro de la
celebración litúrgica, no sea un tema que se pueda considerar "cerrado"
plenamente en la reflexión actual, teológica y pastoral, de la Iglesia, a pesar de la
normativa oficial que hemos resumido. Sería interesante seguir estudiando, a la
luz de la teología eclesial y de la historia, la posibilidad de la predicación más
abierta por parte de laicos preparados y provistos de misión.13
13 A. JOIN-LAMBERT, Du sermón à l'homélie. Nouvelles questions théologiques et
pastorales: Nouv Rev Théol 1 (2004) 68-85.
EL CONTENIDO BÍBLICO
DE LA HOMILÍA
La homilía no es independiente, sino que está al servicio de la Palabra que
se acaba de proclamar. Es el ejercicio de la "diakonía tou logou", el servicio de la
Palabra, de que habla Hch 6. No es un cuerpo extraño o aislado, sino un
comentario fraterno que quiere ayudar a que esa Palabra cale en la vida de la
comunidad.
La homilía, como hemos recordado en el capítulo 5, "la homilía obediente a
la Palabra" -citando también las directrices del documento episcopal: PPP 12.14.20
y 21- entra en la dinámica interior de la celebración de la Palabra. Su punto de
referencia y su contenido básico es lo que han dicho las lecturas bíblicas del día,
que ayuda a que sean comprendidas y acogidas por todos.
Justino, como hemos visto en el apartado histórico, definía así la identidad
de la homilía: "cuando el lector ha acabado, el que preside exhorta e incita de
palabra a la imitación de estas cosas excelsas".
Es lo que había hecho Jesús en su primera homilía en la sinagoga de su
pueblo, Nazaret, después de haber proclamado la página de Isaías: "esta Escritura
que acabáis de oír se ha cumplido hoy". O cuando a los dos discípulos de Emaús
les explicó las Escrituras empezando por Moisés y los profetas.
En la homilía no partimos de lo que pensamos nosotros, o de cómo está el
mundo, sino de lo que nos ha dicho Dios, de la Historia de la Sal
1140
vación, de la Buena Noticia centrada en Cristo y su Pascua, tal como nos la
presentan las lecturas bíblicas. Una Buena Noticia que, eso sí, afecta a nuestra
historia hoy y aquí.
Como dice la introducción al Misal: "aunque la Palabra divina va dirigida a
todos los hombres de todos los tiempos y está al alcance de su entendimiento, sin
embargo una mejor inteligencia y eficacia se ven favorecidas con una explicación
viva, es decir, con la homilía, como parte que es de la acción litúrgica" (IGMR 29).
Los documentos eclesiales insisten en este aspecto de la Palabra como punto
de referencia. Podemos notar una evolución cronológica en ellos. Los primeros
añadían que también pueden comentarse otros textos de la liturgia. Los últimos
insisten sobre todo en las lecturas bíblicas, aunque en IGMR 65 se admite que la
homilía comente también otros textos del Ordinario o del Propio de la Misa del
día:
En el Código de Derecho del año 1917, 1344s., se decía que el sacerdote
explique el "evangelio o alguna parte de la doctrina cristiana", o sea, no
necesariamente una parte litúrgica.
"La importancia de la Sagrada Escritura en la celebración de la lilturgia
es máxima. En efecto, de ella se toman las lecturas que se explican en la
homilía..." (SC 24).
"El ministerio de la predicación debe tener como fuentes principales la
Sagrada Escritura y la liturgia, ya que es un anuncio de las maravillas de
Dios en la historia de la salvación, es decir, del misterio de Cristo, que está
siempre presente y obra en nosotros, sobre todo en las celebraciones
litúrgicas" (SC 35, año 1963).
"Por homilía inspirada en los textos sagrados se entiende una expli-
cación de algún aspecto de las lecturas bíblicas o de otro texto del ordi-
nario o del propio de la misa del día, teniendo en cuenta el misterio que se
celebra y las necesidades particulares de los oyentes" (Instrucción ínter
Oecumenici, de 1964, n. 54).
"En la celebración de la misa, la homilía tiene por objeto el que la
Palabra de Dios proclamada, junto con la liturgia eucarística, sea como
una proclamación de las maravillas de Dios en la historia de la salvación y
misterio de Cristo" (OLM 24, año 1981).
"Después la homilía exhorta a acoger esta Palabra como lo que es
verdaderamente, Palabra de Dios, y a ponerla en práctica" (CCE 1349, año
1992).
"En las lecturas que luego explica la homilía" (IGMR 55), "considerar
la capacidad de los fieles de escuchar con fruto una lectura más larga o
más breve y también su capacidad de escuchar un texto más completo
9. Contenido bíblico de la homilía 141
que se deberá explicar por medio de la homilía" (IGMR 360), "las lecturas
que se proclaman y que se explican en la homilía" (IGMR 391).
"Tentaciones" contra la primacía de la Palabra
Todos estamos convencidos de la primacía de la Palabra de Dios en nuestra
celebración cristiana. Pero esta convicción no siempre se traduce en el respeto que
deberíamos tener para con ella. La experiencia nos dice que existen varias
"tentaciones" que afectan a esta centralidad de la Palabra de Dios en nuestra
celebración.
Cambiar ¡as lecturas bíblicas por otras no bíblicas
La importancia de la Palabra, en la primera parte de la celebración de todos
los sacramentos, tiene una primera consecuencia: no se pueden sustituir las
lecturas bíblicas por otros escritos, por piadosos que sean. Es una "tentación" que
a veces sucede en la celebración de bodas y exequias, sobre todo, o en algunas
comunidades religiosas que quieren introducir en la liturgia de la Palabra algún
pasaje de sus Reglas o Constituciones.
Ya la Instrucción Liturgicae Instaurationes (1970) decía que "nunca se admite
sustituir la Palabra con otras lecturas de escritores sagrados o profanos, ni
antiguos ni modernos" (n. 2).
Y lo han ido recordando otros Libros Litúrgicos y documentos magis-
teriales:
"No es lícito sustituir las lecturas y el salmo responsorial, que con-
tienen la Palabra de Dios, por otros textos no bíblicos" (IGMR 57).
"No está permitido que, en la celebración de la misa, las lecturas
bíblicas, junto con los cánticos tomados de la sagrada Escritura, sean
suprimidas, mermadas ni, lo que sería más grave, sustituidas por otras
lecturas no bíblicas. En efecto, desde la Palabra de Dios escrita, todavía
Dios habla a su pueblo, y con el uso continuado de la sagrada Escritura, el
pueblo de Dios, hecho dócil al Espíritu Santo por la luz de la fe, podrá dar,
con su vida y costumbres, testimonio de Cristo ante el mundo" (OLM 12).
"Ya que la liturgia está enteramente impregnada por la Palabra de
Dios, conviene que cualquier otra palabra esté en armonía con ella, ante
todo la homilía, pero también los cantos y las moniciones. Ninguna otra
lectura podrá ocupar el lugar que corresponde a la lectura bíblica. Las
palabras de los hombres han de estar al servicio de la Palabra de Dios, sin
oscurecerla" (Juan Pablo II, Carta Vicesimus Quintus annus, en
142
el XXV aniversario de la SC, 1988, n. 10: en Cuadernos Phase 30, CPL
Barcelona 1991, 63-80).
"Conviene recordar que en el conjunto de los textos de las lecturas de
la Misa puede entrar sólo la Palabra de Dios. La lectura de la Escritura no
puede ser sustituida por la lectura de otros textos, aun cuando tuvieran
indudables valores religiosos y morales. Tales textos en cambio, podrán
utilizarse, con gran provecho, en las homilías. Efectivamente, la homilía es
especialmente idónea para la utilización de esos textos, con tal de que
respondan a las requeridas condiciones de contenido, por cuanto es
propio de la homilía, entre otras cosas, demostrar la convergencia entre la
sabiduría divina revelada y el noble pensamiento humano, que por
distintos caminos busca la verdad" (Juan Pablo II Dominicae cenae, carta de
1989, n. 10: en Cuadernos Phase 84, CPL, Barcelona 1997, 27-58).
"Jamás pueden ser sustituidas las lecturas bíblicas por otras no bíbli-
cas, pues sólo la Palabra de Dios tiene fuerza para salvar" (PPP 7).
Es verdad que hay testimonios, en los primeros siglos, de una cierta
oscilación en cuanto a la lectura de textos no bíblicos. En algunas Iglesias de
África, Milán, Hispania o Galia, a veces leían actas de mártires el día de su
aniversario, o cartas de obispos famosos (Clemente de Roma), o algunas obras
que eran tenidas por inspiradas (Pastor de Hermas).
Pero Roma desde siempre fue reacia a tales lecturas. Concilios y sínodos las
prohiben explícitamente, como el de Laodicea el año 372 y el de Hipona en 393.
En Roma sólo se admiten lecturas no bíblicas en Maitines, o sea, en el Oficio de
Lecturas...
Lo que sí hay es flexibilidad: se pueden cambiar unas lecturas bíblicas por
otras, por ejemplo en el caso de peregrinaciones, o de la celebración de los
sacramentos, en la que se puede incluir alguna lectura (bíblica) referente al
Bautismo, o al Matrimonio, o a las exequias.
Las lecturas no bíblicas, pueden ser oportunas y útiles en otros ambientes:
en las reuniones de revisión de vida, en celebraciones de la Palabra no
sacramentales, en algunos momentos más prolongados de culto eucarístico...
Comentar la "pastoral" del Obispo en lugar de las lecturas bíblicas
Se ha querido ir sustituyendo a veces la homilía por otras formas de
predicación que pueden ser muy buenas, pero no son la homilía, por ejemplo, las
"pastorales" del Obispo, sobre todo si se refieren a temas candentes en la vida
social o eclesial.
q Contenido bíblico de la homilía 143
Un Obispo tiene, no sólo el derecho, sino también el deber de hacer oír su
voz sobre temas importantes de gran actualidad. Pero debe buscar un cauce
apropiado para hacer oír esa voz, sin romper la dinámica que dentro de la
celebración, sobre todo eucarística, existe entre la Palabra ("esta" Palabra) y el
Sacramento. Incluir, como una cuña, la pastoral del Obispo, sin ninguna relación
con las lecturas del día, sería "instrumentalizar" la celebración para lo que no está
previsto, aunque el texto alternativo sea muy piadoso.
Esos cauces pueden ser, como ya sucede en muchas diócesis, las "glosas" o
"cartas" del Obispo que los medios de comunicación propagan, sobre todo la
radio, pronunciadas a veces por el mismo Obispo.
Dentro de la celebración se puede aludir a estas pastorales, o resumir las
brevemente, por ejemplo al principio o al final de la celebración, o bien dentro de
la homilía, si hay coherencia entre las lecturas y su contenido. A veces basta
presentar el documento, y luego hacerlo llegar a los fieles en unas hojas
oportunas.
Elogios del difunto o del homenajeado
Lo mismo habría que decir de lo que sucede cuando, en vez de la homilía, se
invita a que un misionero que viene de lejanas tierras explique sus trabajos y
motive una colecta más generosa para su obra.
O cuando en unas exequias se dedica este tiempo a un "elogio fúnebre" con
la vida y milagros del difunto. O en las misas de la "fiesta de la gratitud" para un
superior o superiora, en las que habría que nombrar más veces a Dios y su
proyecto de vida que al superior. O la alabanza al misacantano: antes se decía que
un orador sagrado "cantaba las loores del sacerdocio católico".
En todos los casos hay que partir de la Palabra de Dios. Aunque,
naturalmente, su comentario admite y exige, para su traducción al momento
concreto de la vida, la referencia al acontecimiento que estamos celebrando.
Las "jornadas" por intenciones eclesiales
En nuestro calendario hay numerosas "jornadas", días con una "intención"
determinada: los emigrantes, las misiones, las monjas de vida contemplativa, el
23
clero indígena, la unidad de los cristianos, los enfermos.
23Cf. J. LÓPEZ, Giornate "a tema" in domenica: DizOm 633-636.
1144
También en estas ocasiones sigue siendo válido el dinamismo lógico: son las
lecturas bíblicas las que dan su contenido a la homilía.
Lo que puede hacerse en estas jornadas, que afectan a aspectos importantes
de la vida eclesial, es tenerlas en cuenta en la monición y el canto de entrada, en la
Oración Universal, en la motivación de la colecta en el ofertorio si la hay. También
cabe alguna alusión en la homilía, si se puede hacer sin artificialidad a partir de
las lecturas.
En algunos casos, sobre todo en el Tiempo ordinario, cabe mantener las
lecturas bíblicas del día y su comentario, y elegir las oraciones de la misa
correspondiente a esa intención, como las misiones, o la paz en el mundo, o las
vocaciones religiosas.
Avisos parroquiales en tiempo de homilía
Es lógico que en la celebración dominical se quieran dar unos "avisos" a la
comunidad sobre aspectos que tienen importancia en la vida parroquial.
Pero estos avisos no tienen su lugar en la homilía, sino al final de la Misa:
"dicha la oración después de la comunión, se hacen, si es necesario y con
brevedad, los oportunos anuncios o advertencias al pueblo" (IGMR 166. 90. 184).
En la introducción al Leccionario se dice expresamente: "hay que separar de la
homilía las breves advertencias que, si se da el caso, tengan que hacerse al pueblo,
ya que estas tienen su lugar propio terminada la oración después de la comunión"
(OLM 27).
Muchos de estos "avisos" basta que aparezcan en la cartelera a la entrada de
la iglesia, reservando los dos o tres más importantes para el final de la
celebración.
La vida del Santo en la homilía
Una costumbre que parece piadosa, pero que empobrece la celebración de la
Palabra de Dios, es dedicar el espacio de la homilía a comentar la vida de un
Santo o Santa. Claro que a veces es más fácil hablar de la vida del Santo, y puede
gustar más a la gente que la carta a los Romanos.
Es lo que suele pasar cuando se quiere organizar un Triduo o una Novena
en honor de la Virgen o de un Santo. Pero en este momento de la Misa estamos
celebrando la Palabra que nos dirige Dios.
En las memorias o fiestas de Santos se puede dedicar a su presentación una
breve monición de entrada. Si el día tiene lecturas propias, porque es "fiesta" o
"solemnidad" o "memoria" especial con lecturas del NT que aluden a este santo o
santa, entonces sí se puede comentar más en la
9. Contenido bíblico de la homilía 145
homilía la figura del Santo, pero, como dice san Francisco de Sales, "sí, pero en
cuanto que son el evangelio puesto en obra", o sea, siempre referidos a la palabra
de Dios que se ha cumplido en ellos de un modo ejemplar.2
Sustituir la homilía por una catequesis sistemática
A partir del Concilio de Trento, en el siglo XVI, pero sobre todo a lo largo
del siglo XX, hubo una tendencia muy extendida, sobre todo en países de centro
Europa, a convertir la homilía en una "catequesis continuada", siguiendo como
punto de referencia, no tanto las lecturas bíblicas del día, sino, por ejemplo, los
diez mandamientos, o los artículos del Credo, o luego el Catecismo del 1992.
Pero eso es confundir la homilía con la instrucción catequética. Es verdad
que hace mucha falta esta formación religiosa, pero debe tener otros cauces, sobre
todo la catequesis en sus varios ambientes.
La homilía no es una "clase", ni un discurso "temático", ni una "catequesis"
sistemática. Aunque, a la larga, se pueda decir que la mejor catequesis que recibe
el pueblo cristiano es la litúrgica, no tanto porque es sistemática en nuestro
sentido de hoy, sino porque se sigue a lo largo del año la Historia de la Salvación
tal como nos la presenta el Leccionario. El cristianismo no es tanto dogma
(verdades a creer), ni moral (deberes a cumplir), sino historia, historia de
salvación que Dios nos va proponiendo en los libros bíblicos.
Al principio, pareció que no se descartaba la costumbre de esta organización
más temática de las homilías de un tiempo: "si se proponen esquemas de
predicación para la misa en algunos períodos del año, deben guardar una íntima
y armónica relación al menos con los principales tiempos del año litúrgico, es
decir, con el misterio de la redención, porque la homilía es parte de la liturgia del
día" (Instrucción Inter Oecumenici, 1964). Pero luego se abandonó esa línea.3
2 S. FRANCISCO DE SALES, Carta del 5 de octubre de 1604 a Mons. A. Frémyot, en
"Oeuvres de St. Francois de Sales", Annecy 1902, XII, p. 306.
3 Resulta extraño que en el "Instrumentum Laboris", publicado (2005) en vistas al
Sínodo de los Obispos, se hable de la "homilía temática" en unos términos que parecen
ambiguos: "Teniendo bien presente los pasajes de las Sagradas Escrituras, sería necesario
pensar en homilías temáticas (el subrayado es original del documento), que durante el curso
de un año litúrgico puedan presentar los grandes temas de la fe cristiana: el Credo, el Padre
Nuestro, la estructura de la Santa Misa, los diez mandamientos, y otros" (n. 47). Esta
sugerencia ha sido asumida casi al pie de la letra en las Proposiciones del Sínodo (n. 19).
1146
Tomar como punto de partida otras fuentes
No es fidelidad a la Palabra proclamada el que el predicador quiera partir,
para su reflexión, no de las lecturas, ni de los textos de la liturgia, sino de otro
libro o de otro acontecimiento más o menos pertinente. La Palabra de Dios tiene
en sí fuerza y pedagogía suficiente para alimentar la fe de los fieles.
Claro que se puede aludir también a otras fuentes. Es lo que se preguntaba
san Francisco de Sales en la mencionada carta: ¿qué decir de las "historias
profanas"? Y contesta con cierto humor que también pueden ser buenas esas
"historias", "pero hay que servirse de ellas como se hace con los champiñones, en
pequeña cantidad, sólo para abrir el apetito", de modo que sirvan para entender
mejor la Palabra de hoy.4 Es la Palabra de Dios la que salva, la que alimenta, la
que ilumina el camino de los fieles.
Todos conocemos ejemplos de falta de oportunidad al aplicar las
lecturas a la vida, según en qué celebraciones.
Un lector de "Misa Dominical" contaba hace años (1990) que el Viernes
Santo, en un pueblecito de la montaña adonde había ido a pasar unos días
con su familia, el sacerdote dedicó casi toda su homilía a la LOGSE, el
proyecto que en aquel momento se preparaba como ley de enseñanza en
España, comparando a los gobernantes a Pilatos y a los demás que
condenaron a Jesús...
En una revista anglicana de hace unos años (1987) se quejaba un fiel de
que un capellán, también el Viernes Santo, sólo predicó de unas de las
siete palabras de Jesús, "hoy estarás conmigo en el paraíso", y dedicó su
homilía a justificar la legitimidad de la pena de muerte para crímenes
grandes, "como seguramente serían los de aquel ladrón"...
Los varios Leccionarios
Uno de los mejores valores de la reforma litúrgica del Vaticano II ha sido el
nuevo sistema de lecturas en la Eucaristía, contenidas en los varios Leccionarios. 5
4 S. FRANCISCO DE SALES, carta citada, p. 306.
5 Sobre los nuevos Leccionarios en general, cf. La Mesa de la Palabra.
Ordenación de las Lecturas de la Misa. Texto y comentario (=Dossiers CPL 37) CPL,
Barcelona 1994, 2a edición, 100 págs. Es el documento oficial donde mejor se
motivan, describen y valoran estos Leccionarios.
Además, cf. VARIOS, Le nouveau lectionnaire: LMD 99 (1969) 7-123; P. F ARNÉS, El
9. Contenido bíblico de la homilía 147
Recorrido histórico
Ya el culto de la sinagoga judía, que consistía exclusivamente en la
celebración de la Palabra (la liturgia sacrificial quedaba para el Templo), tenía una
organización de las lecturas, según los meses del año.
En la sinagoga la celebración del sábado solía ser:
a) alabanza: "Shema Israel", bendiciones, salmos, cánticos, acabando
con el "Hallel" y las bendiciones del "Shemoneh Esreh";
b) lecturas, que son dos: la Ley (Torá), sobre todo el Pentateuco, la
lectura principal, continuada a lo largo del año, siguiendo una serie organizada
de 54 pasajes; le sigue una homilía que debe hacer un doctor de la Ley; y el
Profeta, que no es una lectura continuada, sino siguiendo los temas aparecidos en
la lectura anterior; la homilía que le sigue puede hacerla un laico, con tal que
tenga al menos treinta años y se lo haya encargado el jefe de la sinagoga, como
fue el caso de Jesús en Nazaret o de Pablo en varios de sus viajes;
c) oración intercesora final.
En los primeros siglos cristianos se hacían las lecturas directamente de la
Biblia, señalando previamente al margen del códice el "incipit" y "explicit" de la
perícopa elegida. Pero pronto se fue creando una cierta organización, con la
ordenación de profetas, apóstoles y evangelio.
Parece que el AT entró en estas lecturas desde el principio, como ya dice
Justino el año 150. Pero naturalmente se introdujo en seguida la lec-
nuevo Leccionario: significado y contenido: Phase 56 (1970) 159-176; J. A. ABAD,
Justificación histórica del nuevo leccionario "per annum": Teol Espir (1970) 67-84; J.M.
BERNAL, La lectura litúrgica de la Biblia: Phase 91 (1976) 25-40; G.F. VENTURI, Il
Lezionario, catechesi narrativa della Chiesa: Riv Lit 1 (1984) 52-79; P. GIGLIONI, La
omelia nella prassi liturgica: Riv Lit 1 (1984) 33-51; T. FEDERICI, Estructura de la
liturgia de la Palabra en los leccionarios antiguos y en el Ordo Lectionum Missae: Phase
151 (1986) 55-81 (se puede ver también en Cuadernos Phase 105 (2000) 49-78); P.
FARNÉS, El nuevo Leccionario. Significado y contenido: Phase 56 (1970) 159-176; ID.,
Lectura de la Biblia en el Año Litúrgico (=Dossier CPL 48) CPL, Barcelona 1991, 108
págs.; P. TENA, El Leccionario de Lucas. Guía homilética para el ciclo C (=Dossiers CPL
50) Barcelona 1991, 172 págs.; P. SORCI, La Parola di Dio: Ho Theologos 2 (1992)
191-221; J. SANCHO, Programas continuados de predicación en el Leccionario: Past Lit
226 (1995) 24-31; G. SOLER, El Leccionario, mesa de la Palabra de Dios: Past Lit 229-
230 (1995-1996) 31-55; VARIOS, La Palabra de Dios en la celebración litúrgica: Past Lit
229-230 (1996) 1-171; P. SORCI, Lezionario per l'Eucaristia: DizOm 790-795; VARIOS,
Leggere la Parola nella liturgia: Riv Lit 6 (2001).
148
tura de los evangelios y de las cartas apostólicas. Esta praxis no se organizó por
igual en todas las Iglesias. En el tiempo de san Ambrosio, en el siglo IV, ya se
había establecido como norma este orden: "prius propheta legitur, et apostolus, et
sic evangelium".
En cuanto al número de lecturas, en general se puede decir que en las
Iglesias orientales eran cuatro o más (dos del AT y dos del NT). En las liturgias
occidentales (Milán, África, Hispania, Galia) y tal vez en la romana
originariamente, tres: una del AT y dos del NT. En la romana se fue perdiendo
muchos días la del AT, quedando sólo dos (apóstol y evangelio), aunque
quedaron señales de las tres lecturas en los días de "témporas".
A partir del siglo VI, que se caracterizó por la compilación de "colecciones"
-sacramentarios, antifonarios, homiliarios-, encontramos ya Leccionarios
formalmente organizados, diferentes en las diversas Iglesias. El Leccionario que
teníamos hasta hace poco, venía del siglo VIII, en tiempos de Carlomagno.
La reforma del Leccionario en el Vaticano II
Los Leccionarios actuales son fruto de un serio estudio que tiene su
fundamento en dos pasajes del Concilio Vaticano II:
SC 35: "en las celebraciones sagradas debe haber una lectura de la
Sagrada Escritura más abundante, más variada y más apropiada".
SC 51: "Para que la mesa de la Palabra de Dios se prepare con mayor
abundancia para los fieles, ábranse con mayor amplitud los tesoros
bíblicos, de modo que, en un espacio determinado de años, sean leídas al
pueblo las partes más importantes de la Sagrada Escritura".
Realmente era pobre el Leccionario antiguo: sin apenas pasajes del AT, sin
variedad (cada año las mismas lecturas), sin cabida tampoco para varios libros del
NT.
El nuevo Leccionario, que apareció en 1969, se preparó en el "Coetus XI" del
Consilium, que trabajó a partir de 1964. Este grupo de trabajo lo formaban muchos
especialistas, biblistas, liturgistas, pastores, que realizaron un estudio serio y
exhaustivo de los Leccionarios históricos de todas las Iglesias, también los
orientales y los protestantes.
El nuevo Leccionario tuvo un período de experimentación a partir de 1967 y
finalmente en 1969 fue promulgado como el nuevo Ordo Lectionum Missae (OLM)
que entró en vigor en el Adviento de ese año. En el año 1981 se publicó su 2 a
edición típica, con una mejora notable de sus Prenotandos.
9. Contenido bíblico de la homilía 149
El actual Leccionario consta de diversos libros:
a) el dominical, con tres ciclos: A (con el evangelio de Mateo), B (con el
de Marcos) y C (con el de Lucas). El de Juan se lee prácticamente cada año,
porque tiene lugar privilegiado en Navidad, Cuaresma y Pascua. Además, el
capítulo 6 de Juan ocupa cinco domingos del ciclo B;
b) el ferial, que consta de dos ciclos: I y II, para los años impares y
pares respectivamente, aunque el evangelio se repite cada año;
c) el de Santos, con lecturas tanto para los días propios como para los
"comunes" de Santos;
d) el de los Rituales de los diversos sacramentos;
e) y el de celebraciones para varias necesidades y misas votivas.
Verdaderamente es rico el contenido de los actuales Leccionarios. Su
selección de los libros y los pasajes bíblicos ha sido muy pensada y se puede decir
que ha sido equilibrada y bien aceptada, no sólo por los católicos, sino por
cristianos de otras confesiones.
"El Leccionario es el modo normal y habitual que tiene la Iglesia de leer
eclesial y comunitariamente la Palabra de Dios del libro de las Escrituras...
La lectura de la Sagrada Escritura en la liturgia es la lectura más completa
y globalizada, es una lectura teológica y espiritual a la vez.. Bajo la guía
del Espíritu Santo cada Iglesia confeccionó no uno sino varios
Leccionarios, según las épocas, en un afán admirable de profundizar en el
conocimiento del misterio de Cristo. En nuestro tiempo, la Iglesia Católica
del Rito Romano, siguiendo los mandatos del Vaticano II, que dispuso se
abriesen con mayor amplitud los tesoros de la Biblia (SC 51), ha puesto en
nuestras manos el más completo Leccionario, si cabe, de la historia" (PPP
9).
"La lectura del Leccionario va transcurriendo, por tiempos o ciclos, de
forma que en el curso del año la Iglesia celebra con sagrado recuerdo, en
días determinados, la obra de su divino Esposo (SC 102)" (PPP 13).
"La homilía, fiel al Leccionario, expone y aclara los contenidos evangé-
licos y bíblicos de las lecturas para celebrar el misterio de Cristo y la obra
de la salvación. Domingo tras domingo, ciclo tras ciclo, la homilía inicia
espiritualmente en la comprensión y en la vivencia de los diferentes
momentos de la vida de Cristo Redentor y en su obra salvadora..." (PPP
14).
Preguntas sobre el Leccionario
La introducción al nuevo Leccionario, de 1981 (OLM), motiva muy bien su
finalidad y describe sus características y los criterios de su confección actual. Pero
podemos recordar unos interrogantes que se suelen hacer a veces al respecto.
1150
¿Hace falta un Leccionario?
¿No bastaría acudir directamente a la Biblia, que parece un método más
creativo y libre y mejor adaptado a las circunstancias que se viven?
La sugerencia parece en un primer momento laudable y, además, corresponde
a como se organizaban las lecturas en los primeros siglos antes de la confección de
los Leccionarios.
Pero hay claros inconvenientes, a la larga: esta adaptación que se pretende ¿a
quién se refiere? ¿según qué criterios se hace? ¿del sacerdote? ¿de un grupo? Si la
Iglesia abandonó ese sistema de selección de las lee turas fue porque vio un cierto
peligro de "instrumentalizar la Palabra" de subjetivismo, porque había el peligro de
que se eligieran unos cuantos temas candentes, basados más en nuestros
interrogantes históricos que en lo que nos dice la Palabra de Dios.
Un Leccionario como el que ahora ha adoptado la Iglesia, aunque siempre sea
mejorable, evita el subjetivismo. Nos ofrece la lectura razonable de toda la Biblia, no
sólo de los pasajes que nos gustan a nosotros o a los fieles o que son fáciles de
explicar. Es un acto de fe en la Palabra misma de Dios y de fidelidad a la Historia de
la Salvación tal como nos ha sido revelada. Nos distribuye, con una pedagogía de
siglos, la lectura bíblica a lo largo de los tiempos y fiestas del Año Litúrgico.
Eso sí, con un margen de flexibilidad, como hace ver el mismo Leccionario.
¿Lectura "temática" o "continuada"?
A veces se suscita la pregunta de si no sería mejor seguir una selec-ción
"temática" de las lecturas, en vez de la lectura "continua" o "semicontinua" de los
libros bíblicos.
La lectura temática tiene una ventaja: facilita la relación entre sí de Las
lecturas escogidas y también permite adaptar mejor la Palabra a la vida
circunstancias históricas. Pero tiene el peligro de elegir nosotros los pasajes, a
nuestro gusto (en este caso, suponemos que de las autoridades pertinentes). La
iniciativa la tenemos nosotros, y no Dios. Parecen privilegiarse nuestros problemas
o interrogantes, y no el mensaje que Dios nos quiere comunicar. Incluso habría el
peligro de "manipular" las lecturas, o de disponer de la Palabra, en vez de ponernos
a disposición de la Palabra.
En la lectura continuada se salva mejor la iniciativa de Dios y de su
pedagogía. La Historia de la Salvación la proclamamos a lo largo del año tal como
se ha desarrollado y tal como la Palabra la propone, en su propio
g Contenido bíblico de la homilía 151
contexto, no sólo la parte que ya conocemos o la que nos viene más espon tánea o
más a gusto. Esta lectura así organizada nos permite conocer qué sucedió en la
historia de Israel, o cuál era la problemática de la comunidad de Corinto en
tiempos de Pablo: y todo ello como espejo en el que nosotros haremos muy bien
en mirarnos, porque su mensaje es siempre actual.
Después de mucha reflexión, en la última reforma se ha optado por a
solución mixta:
- los días de fiesta, se ha optado por una armonización temática: el día de
Pentecostés, las tres lecturas hablan del Espíritu, y en la festividad de los santos
Pedro y Pablo, de los dos apóstoles;
- los domingos, la organización de alguna manera es también temática:
aunque el evangelio es continuado, la primera lectura, la del AT, se elige
coordinando su mensaje con el evangelio del día; pero la segunda lectura va por
su cuenta, siguiendo de modo semicontinuo un libro del Nuevo Testamento;
- los días feriales, tenemos una lectura continuada o semicontinuada en las
dos lecturas, excepto en algunos tiempos fuertes, como en el Adviento y la
Cuaresma, en que se da a veces una armonización de las dos.
La introducción al Leccionario explica cómo en algunas ocasiones se ha
buscado una proclamación "temática" o "armonizada" entre las lecturas, pero dice
también por qué no ha parecido bien hacerlo, por ejemplo, en los domingos del
Tiempo Ordinario:
La composición armonizada se ha escogido, por ejemplo, en las ferias
de los tiempos de Adviento y de Cuaresma.
"Por el contrario, en los domingos del Tiempo Ordinario, los textos de
la lectura apostólica y del evangelio se distribuyen según el orden de la
lectura semicontinua, mientras que la lectura del Antiguo Testamento se
compone armónicamente con el evangelio" (OLM 67).
"Lo que era conveniente para aquellos tiempos anteriormente citados,
no ha parecido oportuno aplicarlo también a los domingos, de modo que
en ellos hubiera una cierta unidad temática que hiciera más fácil la
instrucción homilética. El genuino concepto de la acción litúrgica se
contradice, en efecto, con una semejante composición temática, ya que
dicha acción litúrgica es siempre celebración del misterio de Cristo y, por
tradición propia, usa la Palabra de Dios movida no sólo por unas
inquietudes y de orden racional o externo, sino por la preocupación de
anunciar el evangelio y de llevar a los creyentes hacia la verdad plena"
(OLM 68).
1152
La del Leccionario no es una lectura totalmente desorganizada de la Biblia.
No es tan sistemática como puede ser en la catequesis, pero también nos presenta
una visión bien organizada a lo largo del Año Litúrgico. Con la finalidad de que
los fieles vayan teniendo una visión de conjunto de un evangelista, o de los libros
históricos del AT, o de la serie de parábolas de Jesús, o del sermón de la montaña,
o, si se trata de lectura continuada ferial, una idea de lo que dijo Jeremías en su
tiempo o Pablo a los Gálatas.
¿Y sobre otros textos de la Misa?
La homilía, aunque centrada fundamentalmente en las lecturas, puede
referirse también, si viene al paso, a otros textos de la liturgia del día, sobre todo
al salmo responsorial (que prolonga el espíritu y el mensaje de la lectura
anterior), y también a las oraciones del día, sobre todo al prefacio, si es propio.
En la historia, vemos cómo san Agustín a veces predicó sobre el aleluya, y
varias sobre el salmo responsorial.
Aunque normalmente se afirma que la homilía comenta las lecturas bíblicas,
se admite también que pueda aludir a otros textos litúrgicos: "conviene que sea
una explicación o de algún aspecto particular de las lecturas de la sagrada
Escritura, o de otro texto del Ordinario, o del Propio de la Misa del día" (IGMR
65).
También el AT
A algunos les suscita una cierta desconfianza la proclamación del Antiguo
Testamento, considerándolo pre-cristiano y difícil de aplicar a nuestra vida
cristiana. Para ellos, el Nuevo Testamento supera y hace superfluo el Antiguo.6
Sin embargo, excepto en la liturgia romana, que la descuidó durante
algunos siglos, se había conservado la lectura normal del AT en las demás
familias litúrgicas. Ahora, también entre nosotros, una de las novedades
6 H. HAAG, El valor específico del Antiguo Testamento: Sel Teol 80 (1981) 293-
298 (antes en Theol. Quart 160 (1980) 2-16); A. PUIG, La relación teológica entre los
dos Testamentos: Phase 216 (1996) 281-300 (también en Cuadernos Phase 105,15-
35); ID., La importancia del Antiguo Testamento: Phase 269 (2005); J.M. VERNET,
Lectura cristiana del Antiguo Testamento: Phase 214 (1996) 301-312 (y Cuadernos
Phase 105, 37-48); R. DE ZAN, Antico Testamento: DizOm 73-81.
9. Contenido bíblico de la homilía 153
más significativas de la nueva liturgia posconciliar ha sido el lugar que se le ha
dado a la proclamación del AT. Este es un paso adelante, no sólo cuantitativo,
sino cualitativo.
Hasta hace poco, eran muy contados los pasajes de los libros proféticos,
históricos y sapienciales que los fieles escuchaban. Ahora, en el ciclo ferial de la
Eucaristía (de dos años) y en el Leccionario del Oficio de Lecturas, se incluyen
largas selecciones del AT en lectura semicontinuada. También las primeras
lecturas de la Eucaristía dominical se toman del AT, excepto en la Cincuentena
Pascual. En este caso, el AT "se compone armónicamente con el evangelio" (OLM
67), mientras que en la lectura continuada de las ferias y en el Oficio de Lecturas
se seleccionan sus libros por sí mismos, para seguir con ellos la dinámica de la
Historia de la Salvación.
El AT prepara el NT
El AT se ha recuperado, no sólo para ser completos en nuestra proclamación
de la Palabra, sino por motivos teológicos. El AT es la Palabra de Dios hecha
historia, prepara la venida de Cristo Jesús y nos hace entender la salvación como
historia, que es una "tercera dimensión" importante para entender la Palabra de
Dios.
El AT da sentido al NT: leyendo el AT entendemos la significación que
tienen para nosotros el éxodo, el concepto de sacrificio, el memorial...
Si no se conoce el AT no se puede entender bien el NT: el Magníficat habla
de las promesas a Abrahán, la Pascua cristiana supone conocer las categorías y
valores espirituales de la Pascua judía, la Nueva Alianza realizada en Jesús se
entiende si se sabe cuál fue la primera en el Sinaí. La entrega sacrificial de Cristo
en la cruz queda figurada en el intento del sacrificio de Isaac. Su Eucaristía, en el
maná del desierto.
Tanto el AT como el NT están centrados en Cristo: "el AT ofrece al evangelio
la profundidad histórica de la promesa que avanza hacia su plena realización en
Cristo: por eso su lectura es siempre anuncio, profecía y preparación del
contenido evangélico" (PPP 22).
Eso sí, la relación entre ambos Testamentos es a la vez de continuidad y
discontinuidad, porque a veces aparece un claro contraste: "se os dijo, pero yo os
digo..."; otras se dice en el NT cómo ahora se cumplen en plenitud las figuras
proféticas (el primer Adán y el nuevo, Jonás figura del sepulcro de Cristo, Israel
predecesora de la Iglesia, el agua del diluvio tipo del bautismo cristiano, Agar y
Sara como figuras de Israel y la Iglesia); otras veces el NT realiza un claro proceso
de interiorización y espirituali-
1154
zación de las categorías del Antiguo (el amor al prójimo, la ley del sábado el culto
en espíritu y verdad).
Continuamente en el NT se motivan los dichos y hechos de Cristo o de la
comunidad, con la expresión: "eso sucedió para que se cumpliera lo que había
dicho el profeta...". El AT es figura y preparación de Cristo Cristo es la plenitud, el
cumplimiento de las promesas, de las figuras que palpitan en los libros del AT.
Sin el AT no podemos entender bien la presentación de Cristo como
"cordero que quita el pecado del mundo", ni como "buen pastor", en con-
traposición a los malos pastores de la historia de Israel. Ni nos dirá gran cosa el
ángel de la anunciación cuando asegura que el Mesías se sentará en el "trono de
David" si no acudimos a la historia y sus anuncios. Ni veremos en profundidad la
"nueva Pascua" de Cristo, o por qué refiere el cáliz a la "Nueva Alianza", si todo
esto no lo confrontamos con la primera Pascua y la primera Alianza de la historia
del AT. El mismo Jesús nos indicó el modo de entenderle: "escudriñad las
Escrituras, ya que en ellas creéis tener la vida eterna, pues ellas dan testimonio de
mí" (Jn 5,39). Sólo así comprenderemos por qué Cristo se presenta a sí mismo con
categorías anunciadas por los profetas: el Hijo del hombre (Daniel), el predilecto
del Padre (Isaías 42) o el Siervo de Yahvé (Isaías 53).
En el episodio de Emaús es Cristo mismo quien ayuda a los discípulos a
entender el misterio de la salvación recurriendo a Moisés, los salmos y los
profetas. El AT aparece como anuncio y "tipo" del futuro, y el NT como "antitipo",
o sea, como realización plena de las figuras y tipos del Antiguo, como hace el
autor de la 1a carta de Pedro en su catequesis del Bautismo.
Como dijo san Agustín, "el Nuevo Testamento ya estaba latente (latet) en el
Antiguo, y el Antiguo se hizo patente (patet) en el Nuevo" (citado por DV 16).
Valor del AT en sí mismo
Pero además el AT tiene valor en sí mismo. Ya es Historia de Salvación, ya
interviene Dios. No sólo anuncia el futuro: ya nos revela su voluntad.
El AT es un espejo en que nos podemos mirar también nosotros, los
cristianos, es el "libro de Dios y el hombre", mientras que podemos decir que el
NT es "el libro de Cristo". Los dos nos revelan el único y progresivo plan salvador
de Dios.
Siguen siendo actuales muchos de los valores que aparecen en el
9. Contenido bíblico de la homilía 155
AT: la presencia del Dios Creador, su llamada, su actuación liberadora, su amor,
su misericordia, su perdón, su cercanía, su exigencia moral y social. También el
AT, y no sólo en el evangelio, aparece Dios como Padre o Esposo de su pueblo.
Categorías como la comunidad, la Palabra, la Alianza, la oración de alabanza,
están presentes en el AT y siguen conservando su valor.
El AT es la historia de un pueblo que a veces respondió positivamente al
amor de Dios y otras, no. Ahí notamos las debilidades humanas, pero también la
fe de Abrahán y la difícil misión profética de Jeremías y de tantos otros creyentes.
La historia de Israel es nuestra propia historia. Como la persona adulta no
puede prescindir de su historia pasada (su infancia, su adolescencia, su juventud),
tampoco la Iglesia, que llegó a la plenitud en Cristo y despliega ahora su
madurez, puede prescindir de su etapa de preparación en la vida de Israel. Es la
misma Historia de Salvación que continúa, aunque con la esencial evolución de
haber llegado el tiempo de la plenitud con la venida de Cristo.
Vale la pena recordar la precisa valoración del AT que hizo el Vaticano II, en
su documento sobre la Revelación:
"Deseando Dios con su gran amor preparar la salvación de toda la
humanidad, escogió a un pueblo en particular a quien confiar sus
promesas. Hizo primero una alianza con Abrahán; después por medio de
Moisés, la hizo con el pueblo de Israel, y así se fue revelando a su pueblo,
con obras y palabras, como Dios vivo y verdadero. De este modo, Israel
fue experimentando la manera de obrar de Dios con los hombres, la fue
comprendiendo cada vez mejor al hablar de Dios por medio de los
profetas y fue difundiendo ese conocimiento entre las naciones. La
economía de salvación, anunciada, contada y explicada por los escritores
sagrados, se encuentra, hecha Palabra de Dios, en los libros del AT. Por eso
dichos libros inspirados conservan para siempre su valor..." (DV 14).
"Los libros del AT, según la condición de los hombres antes de la
salvación establecida por Cristo, muestran a todos el conocimiento de Dios
y del hombre y el modo como Dios, justo y misericordioso, trata con los
hombres. Estos libros, aunque contienen elementos imperfectos y
pasajeros, nos enseñan la pedagogía divina. Por eso los cristianos deben
recibirlos con devoción, porque expresan un vivo sentido de Dios,
contienen enseñanzas sublimes sobre Dios y una sabiduría salvadora
acerca del hombre, encierran tesoros de oración y esconden el misterio de
nuestra salvación" (DV 15).
"Dios es el autor que inspira los libros de ambos Testamentos, de
1156
modo que el Antiguo encubriera el Nuevo, y el Nuevo descubriera el
Antiguo. Pues, aunque Cristo estableció con su sangre la nueva Alianza,
los libros íntegros del AT, incorporados a la predicación evangélica,
alcanzan y muestran su plenitud de sentido en el NT y a su vez lo
iluminan y lo explican" (DV 16).
Cuando mejor se sigue, en nuestra actual organización de lecturas la
historia del AT es en el Leccionario ferial. En los domingos del Tiempo ordinario
no se sigue ningún libro del AT continuadamente, sino sólo como preparación
puntual al mensaje del evangelio del día. Mientras que en los días entre semana,
se leen durante algunas temporadas, por ejemplo, los libros históricos, o los
sapienciales, y así los fieles que acuden diariamente a celebrar la Eucaristía
pueden hacerse una idea más completa de cada uno de ellos. Esos días se lee el
AT por sí mismo, y no sólo como preparación de la escucha del evangelio.
El Leccionario dominical
El predicador, si quiere ser fiel a la Palabra que ha de explicar, debe conocer
la estructura y la coherencia interna de los Leccionarios.
Los criterios de la asignación de los libros bíblicos a los varios tiempos del
Año litúrgico los explica la introducción al Leccionario: OLM 64-91. 7
Las lecturas dominicales de Cuaresma
Las lecturas dominicales del tiempo de Cuaresma muestran una
organización muy pensada para irnos conduciendo hacia la plenitud de la Pascua
de Cristo.
a) Las primeras lecturas, del AT, tienen una dinámica interna original. Nos
presentan seis grandes momentos de la historia de la salvación, según el plan
histórico de Dios, desde el principio hasta la llegada de Jesús. En cada ciclo son
diferentes estas páginas.
Por ejemplo, en el ciclo A, estos acontecimientos del AT se proclaman en su
sentido más primordial, haciendo ver la iniciativa salvadora de Dios en todas sus
etapas:
1. la creación cósmica y el primer pecado de Adán y Eva
2. la vocación de Abrahán, que da origen al pueblo elegido
7 Sobre el Leccionario dominical: VARIOS, Le Lectionnaire dominical de la
Messe: LMD166 (1986) 1-138; G. RAMSHAW, The Gift ofThree Readings: Worship 1
(1994) 2-12.
9. Contenido bíblico de la homilía 157
3. la marcha de Israel por el desierto, camino de la libertad plena,
guiados por Moisés, con el episodio del agua de la roca
4. la unción de David como rey de ese pueblo
5. la visión del profeta Ezequiel: de los huesos saldrá vida
6. el Siervo de Yahvé que se entregará para salvar a todos.
El salmo, como siempre, es una prolongación, en tono contemplativo o
sapiencial, de lo que ha dicho la 1a lectura.
b) Las segundas lecturas, de Pablo, a veces complementan a modo de
aplicación espiritual el mensaje de la 1 a. Así, en el domingo 1o, opone a la
caída del primer Adán la victoria y la gracia del nuevo y definitivo Adán,
Jesús; y en el 2", junto a la vocación de Abrahán, nos habla de nuestra
vocación cristiana.
Otras veces, estas lecturas anticipan lo que nos va a decir el evangelio: la del
domingo 3o ya adelanta que será derramado el Espíritu sobre los creyentes,
preparando la lectura del agua en la escena de la mujer samaritana; la del 4",
antes de la lectura del ciego que recobra la vista, nos invita a vivir nosotros como
hijos de la luz; y la del 5o, a vivir como resucitados, anticipando la resurrección de
Lázaro.
Se puede decir que las segundas lecturas son ya como "homilías" de Pablo,
que quieren aplicar a nuestra vida el mensaje de las otras lecturas. La Pascua de
Israel en el AT y sobre todo la Pascua de Cristo Jesús son el modelo y la pauta de
la Pascua de cada cristiano.
c) Los evangelios de estos domingos tienen una línea clásica y nos pre-
sentan a Jesús como el modelo viviente del camino pascual. Los de los dos
primeros domingos son iguales en los tres ciclos, cada vez a partir de su
evangelista: 1. las tentaciones de Jesús en el desierto; 2. su transfiguración
en el monte.
Los domingos del 3 al 5, en este ciclo A, se caracterizan por sus temas
bautismales, tomados del evangelio de Juan: 3. el agua y la samaritana; 4. la luz y
la curación del ciego; 5. la vida que recobra Lázaro. El domingo último, el de
Ramos o de la Pasión, se proclama siempre la Pasión del Señor, según el
evangelista del año.8
8 Para los domingos de Cuaresma de los ciclos B y C, cf. J. ALDAZÁBAL,
Enséñame tus caminos (=Dossiers CPL 108 y 99) Barcelona 2005 y 2003
respectivamente.
158
Las lecturas dominicales del Tiempo Pascual
También es conveniente que el sacerdote que tiene que predicar en el
Tiempo Pascual tenga conciencia de cómo ha distribuido el actual Leccionario los
pasajes y con qué finalidad. Nos fijaremos sobre todo en el ciclo A, como en el
caso de la Cuaresma.
En Pascua no leemos el AT, que es promesa y figura, mientras que en este
tiempo estamos celebrando la plenitud de Cristo y de su Espíritu.
a) Como 1a lectura, leemos todos los años el libro de los Hechos de los
Apóstoles, cada ciclo dominical con una selección diferente, completada,
además, con la más abundante selección de los días feriales de este tiempo
(esta, igual cada año).
No es extraño que una antiquísima tradición, tanto de la Iglesia oriental
como de la occidental, haya reservado la lectura de los Hechos para el Tiempo
Pascual. En este libro vemos a la comunidad como fruto de la Pascua del Señor y
guiada por su Espíritu, una comunidad que nos da testimonio de su crecimiento
y maduración en medio de un mundo nada propicio.
En el ciclo A las lecturas dominicales nos presentan a la comunidad
cristiana en su origen, con sus características peculiares, y también con los
agentes que la hacen crecer, además de Cristo y de su Espíritu: los ministros
ordenados.
b) La segunda lectura, en el ciclo A, se toma de la primera Carta de
Pedro; en el ciclo B, de la primera carta de Juan; y en el C, del Apoca-
lipsis.
La carta de Pedro, la que leemos en el ciclo A, está atribuida, por su misma
firma, al apóstol Pedro, aunque no sea segura esta paternidad. Nombra también a
varios de sus colaboradores, como Silvano y Marcos, y la escribe desde Roma
(exactamente dice que desde Babilonia, que era el nombre en clave para Roma en
tiempo de persecución). Va dirigida a los cristianos, los "elegidos", dispersos por
el mundo. En un período de dificultades y pruebas, la carta de Pedro quiere dar
ánimos a los cristianos, recordándoles la fuente de su identidad cristiana, el
Bautismo, y la herencia que les espera. Algunos ven en esta carta como una
homilía dirigida a los recién bautizados, los neófitos, para que se animen a vivir el
estilo de vida de Cristo.
9. Contenido bíblico de la homilía 159
c) Los evangelios del ciclo A no son tanto de Mateo, el evangelista del año,
sino de Juan y de Lucas. Con una excepción: el día de la Ascensión, en que sí
leemos a Mateo.
Los tres primeros domingos escuchamos las apariciones del Resucitado. El
cuarto, el evangelio del Buen Pastor. El quinto y sexto, palabras de Cristo en su
Cena de despedida, con consignas sobre la vida futura de la Iglesia. Y los dos
últimos domingos, los pasajes correspondientes de la Ascensión y de Pentecostés.
Las tres series de lecturas de estos domingos irán poniendo de relieve a los
protagonistas de la vida eclesial y los grandes valores del Misterio Pascual que la
comunidad cristiana vive a lo largo de los siglos: a) la fe en Cristo Resucitado, b) la
actividad animadora de su Espíritu, que llena de luz y de fuerza a su comunidad
en los momentos más difíciles, c) la presencia de los apóstoles y ministros de la
comunidad como testigos privilegiados y predicadores incansables de la Buena
Noticia, d) la comunidad de los creyentes que avanza fielmente por los caminos
del evangelio del Señor, e) una comunidad universal que inicia su marcha en
Jerusalén pero luego se extiende a todos los países conocidos y hasta Roma, y f)
una comunidad que se reúne cada "primer día de la semana" para escuchar la
Palabra y celebrar la Eucaristía. 9
Las lecturas dominicales del Tiempo ordinario
Las lecturas bíblicas de los domingos del Tiempo Ordinario nos presentan,
cada año según el propio evangelista, lo que llamamos la "vida pública" de Jesús.
Su infancia la escuchamos en el Adviento y la Navidad. Su pasión, muerte y
resurrección, en el tiempo de Cuaresma y Pascua.
a) Los evangelios son una lectura semi-continua, en el ciclo A de Mateo, a
partir del domingo 3", porque el 1o es la fiesta del Bautismo de Jesús y en el
domingo 2o todavía se escucha un pasaje de Juan, como eco a la manifestación
navideña.
b) Tienen siempre relación con estos evangelios las lecturas del Antiguo
Testamento, que preparan el pasaje evangélico del día. Así se pone de manifiesto
que el AT ya contiene y anuncia lo que en Cristo Jesús es la plenitud de la
revelación. No hacemos, pues, una lectura continua de los
9 Para los domingos pascuales de los ciclos B y C, cf. J. ALDAZÁBAL,
Enséñame tus caminos (=Dossiers CPL 108 y 99 ), o.c.
160
varios libros del AT, como sucede en el Leccionario ferial, sino una lectura
"temática", en correspondencia con el evangelio del día. Los "títulos" de ambas
lecturas ponen de manifiesto la relación que guardan entre ellas.
c) Las segundas lecturas van por su cuenta, con una lectura semi-continua de
algunos libros del NT, sobre todo las cartas de Pablo. Como la primera Carta a los
Corintios es muy larga, se ha repartido entre los tres ciclos. Lo mismo sucede con
la carta a los Hebreos, que se lee a medias entre el ciclo B y el C.
En el ciclo A leemos de una manera cuasi-continua la 1 a a los Corintios (siete
domingos), la carta a los Romanos (dieciséis domingos), Filipenses (cuatro
domingos) y 1a a los Tesalonicenses (cinco domingos).
Leccionario ferial
Para las celebraciones diarias de la Eucaristía, a las que acuden muchos
fieles, sobre todo de comunidades religiosas, el nuevo Leccionario les
proporciona, desde 1969, por primera vez en la historia, la proclamación en dos
años de los pasajes más importantes de toda la Escritura, con dos lecturas diarias,
que no presentan entre ellas una unidad temática.
En las ferias del Tiempo Ordinario, la primera lectura, en sus dos ciclos, va
siguiendo de un modo semicontinuo diversos libros, tanto del AT como del NT.
Lo que significa que estos libros se van proclamando "por sí mismos", no para
ambientar un tiempo o una fiesta. Es más completa, naturalmente, la lectura del
NT, porque es más breve. Pero también del AT se nos presenta una visión global
suficiente para entender su sentido y su ejemplaridad para nuestra vida de hoy.
La segunda lectura es siempre evangélica, también semicontinua, y la misma
cada año, siguiendo el evangelio de Marcos en las nueve primeras semanas, el de
Mateo de la semana décima a la vigésima primera y el de Lucas hasta el final. Por
tanto, cada año se proclaman los evangelios sinópticos prácticamente enteros. A
Juan lo leemos en Cuaresma y Pascua.
El Leccionario para las fiestas de Santos tiene sobre todo su lugar cuando se
trata de "fiestas" o "solemnidades", en que se interrumpe la lectura continuada
ferial. En las "memorias", normalmente, es mejor seguir las lecturas de la feria,
para no interrumpir la eficacia de su proclamación continuada.
9. Contenido bíblico de la homilía 161
9. Contenido bíblico de la homilía 162
Fidelida del
d al Misal, se dice expresamente que deben ser proclamadas las tres:
Leccion
"Para los domingos y solemnidades se señalan tres lecturas, es decir,
ario y
Profeta, Apóstol y Evangelio, con las que se educa al pueblo cristiano
riqueza para que viva la continuidad de la obra de salvación, según la admirable
de la pedagogía divina. Estas lecturas han de hacerse estrictamente" (IGMR
homilía 357).
a) b) Lo que no es obligatorio es que la homilía tenga que comentar
Esnecesariamente las tres lecturas, aunque tampoco es bueno que siempre
obligato comente únicamente el evangelio.
rio Tampoco es conveniente que intente armonizarlas, por ejemplo las dos
proclam lecturas feriales, porque no están pensadas en unidad temática, sino que cada
ar lasuna es lectura (semi)continuada de los varios libros que se suceden. En las tres
tres lecturas de los domingos del Tiempo Ordinario, la primera sí está relacionada y
lecturas prepara la lectura del evangelio, pero la segunda va por su cuenta, en una
del lectura semicontinuada de otro libro.
doming Lo que sí tiene que saber el predicador es la estructura de los varios
o. En lasLeccionarios, y la intención de situar un libro bíblico determinado en un tiempo
edicione o en otro, a lo largo del Año cristiano.
s
anterior c) Siendo fiel al Leccionario, en la sucesión de sus lecturas, y no
es sebasándose en sus propias convicciones o tendencias, es como el predica-
añadía dor puede ser más eficaz en su ministerio de ayudar al pueblo cristiano a
un crecer en el conocimiento y vivencia del misterio salvador de Dios. A lo
matiz: largo del Año, con sus tiempos fuertes y sus fiestas, con sus domingos y
por días feriales, la palabra de Dios nos va guiando con densidad de contenido
motivos y con pedagogía, en el seguimiento de Cristo y su mentalidad.
pastoral A la larga este es el mejor medio para ir transmitiendo al pueblo cristiano
es seriostoda la riqueza de la Revelación. La mejor "formación permanente" la tenemos
se aquí, bajo el magisterio del mismo Dios, que nos va desvelando la dinámica de
podía la Historia de la Salvación y nos interpela vitalmente. A la larga, si uno es fiel a
suprimir este Leccionario, no corre el peligro de descuidar aspectos importantes del
una demisterio cristiano.
las dos
primera
s. Pero
ahora,
en la 3a
Edición
d) Lo que sí tiene que procurar el predicador es no caer en la tenta-
ción de esquivar los pasajes difíciles, o de "echar agua al vino" porque le
parece fuerte o demasiado exigente lo que dice la Palabra. A veces inter-
pela seriamente y juzga y condena nuestra conducta: hay que exponerla en
su totalidad, sin omitir, por ejemplo, la cruz, si aparece en el horizonte del
programa que nos presenta Dios. A veces la Palabra no contesta a nuestros
interrogantes actuales, sino que nos suscita los interrogantes que a Dios
más le interesan.
La Pontificia Comisión Bíblica (1993) afirma que la homilía "pone a la luz las
aportaciones principales de los textos bíblicos que sean más esclarecedores para
la fe y más estimulantes para el progreso de la vida cristiana, comunitaria o
personal". Y a la vez invita a no caer en "la tentación de renunciar a profundizar
las lecturas bíblicas, contentándose con moralizar o hablar de cuestiones actuales,
sin iluminarlas con la Palabra de Dios", y a "evitar una insistencia unilateral sobre
las obligaciones que se imponen a los creyentes. El mensaje bíblico debe
conservar su carácter principal de buena noticia, de salvación ofrecida por Dios.
La predicación será más útil y conforme a la Biblia si ayuda a los fieles, primero a
conocer el don de Dios (Jn 4,10) y luego a comprender de modo positivo las
exigencias que de ella derivan" .
e) Muchas veces la Palabra nos invita a un estilo de vida. Pero otras
no es tanto "moral" sino "teológico" su mensaje, invitándonos a la alegría,
a la admiración y a la alabanza a Dios por sus actuaciones salvíficas. A la
larga, la Palabra -y, por tanto, la homilía- es más Historia de Salvación
y Buena Noticia que exigencia moral. Aunque la exigencia moral brota
espontánea de la Buena Noticia. A veces esa Palabra nos resulta exigente
y discierne nuestras actitudes no conformes a la voluntad de Dios. Otras
veces, las más, nos llena de confianza y alegría ante la Buena Noticia del
amor salvador de Dios.
"La preparación de la homilía pide una fidelidad especial al que ha de
distribuir el Pan de la Palabra como buen administrador de los misterios
de Dios. Esta fidelidad consiste en acercarse a la Sagrada Escritura para
comprenderla y explicarla de acuerdo con el modo propio que tiene la
liturgia de leer la Palabra de Dios" (PPP 21).
"Al predicador litúrgico le ayudará mucho el estar informado de los
criterios de selección y ordenación de las lecturas en el Leccionario de la
misa y de los sacramentos, así como de los modos empleados para
armonizar las lecturas entre sí. Estos criterios, junto con la finalidad
pastoral de todo el ordenamiento de las lecturas, se explican ampliamente
en la introducción al citado libro litúrgico" (PPP 22).
164
10
EL LENGUAJE DE LA HOMILÍA
La homilía no sólo supone un proceso vertical: Dios que nos habla, y el
sacerdote que procura ser fiel a esa Palabra y la transmite a la comunidad. Supone
también un proceso horizontal de comunicación, de pedagogía, de relación
interpersonal del predicador con los oyentes.
No basta con saber "qué" quiero transmitir -el contenido de la Palabra- y "a
quién" -la comunidad destinataria del mensaje-, sino también tiene importancia el
"cómo" transmitirlo.
Los estudios actuales de teología y Biblia nos preparan mucho mejor que en
años anteriores en cuanto a los contenidos de los diversos libros revelados que
iremos leyendo. Pero haría falta también un estudio más serio sobre la pedagogía
comunicativa en la homilía.
En este caso, el "qué" está asegurado, porque nos lo da la Palabra de Dios, y
es consistente por demás. Pero depende mucho del "cómo" se presenta el que
llegue o no a los ánimos de los fieles. Tal vez lo contrario de lo que a menudo
sucede a los oradores de los mítines políticos, que cuidan bien el "cómo" hablar,
pero no tienen mucho contenido que transmitir. A veces un buen orador no tiene
nada que decir, mientras que uno que tiene mucho que decir, no es buen orador...
Mn. Cunill, un sacerdote muy respetado en Cataluña, y relacionado
con los medios de comunicación, dijo hace tiempo una cosa que parece
que sigue siendo verdadera, comparando a la Iglesia con los quiosqueros
que venden periódicos y revistas.
Para él la Iglesia tiene unas "noticias" impresionantes, unas riquezas a
transmitir que nadie más tiene, cosas de interés enorme en sí mismas Pero
tiene malos quiosqueros que sepan vender esas noticias. Y eso desde los
obispos hasta los párrocos y a los catequistas y padres de familia.
A veces los kioskos de la calle están llenos de revistas elegantemente
presentadas, apetitosas por demás, pero que no dicen nada, porque no
tienen apenas nada que transmitir. Mientras que los cristianos, que sí
tenemos cosas que decir, no nos preocupamos de la forma de presentarlas
y "venderlas". O no sabemos hacerlo.
Las leyes de la comunicación
En la comunicación humana entran en juego tres factores decisivos: el
emisor, el destinatario y el mensaje.1
A veces falla la comunicación por culpa del emisor, por ejemplo si su
mentalidad es demasiado teológica y elevada, o se muestra incapaz de hacerse
entender, o no tiene sensibilidad para llegar al sentimiento de los oyentes, o no
conoce su vida y situación actual.
En la homilía tiene gran importancia la persona del emisor: es el momento
de la celebración en que él pone más de su propia persona para la transmisión de
la Palabra. No es que la homilía sea el lugar para desahogos o recuerdos
personales, pero en este momento de la celebración es cuando más influye su
sensibilidad personal, creando adhesión o bien indiferencia y hasta rechazo.
Otras veces, la culpa de que la comunicación sea deficiente es del
destinatario, si desconoce las claves del lenguaje que se habla, en este caso,
1 Sobre las leyes de la comunicación aplicadas a la homilía: J. ALDAZÁBAI,
¿Funciona la "comunicación" en nuestras celebraciones?: Phase 107 (1978) 459-478; T.
BERTONE, Comunicazione e predicazione: Seminarium 1 (1979) 176-199; D.
CARVALHO, Homilía: a questâo da linguagem na comunicagâo oral, Paulinas, S. Paulo
1993, 346 págs.; J. L. GUERRA, Homilía y comunicación: Past Lit 227 (1995) 26-43; G.
IRACHETA, Técnicas de comunicación en la homilía: Phase 211 (1996) 67-80; Card.
MARTINI, El presbítero como comunicador, PPC, Madrid 1996; E. COSTA, Lingüistica e
teorie della comunicazione: DizOm 810-816; W. LOBINA, Tecniche della comunicazione:
DizOm 1532-1538; J. RAMOS, Cómo transmitir hoy la Palabra. Indicaciones para la
homilía, PPC, Madrid 1998, 106 págs.; F. MARTÍNEZ, La predicación en el mundo
mediático: Studium 2 (1999) 263-288; A. KUEN, Comment prêcher ou l'art de
communiquer l'essentiel, Ed. Emmaus, Saint Légier 2000, 219 págs.
1166
el lenguaje bíblico. También puede ser que los fieles estén indiferentes o faltos de
motivación en cuanto a lo que se les predica. O que se hallen ya predispuestos en
contra, como consecuencia de la relación personal que tienen con el predicador
fuera de la celebración. Lo cual les hace a veces no estar precisamente dispuestos
a dejarse convencer y les mantiene más bien pasivos ante la homilía, o que la
escuchen desde una actitud de crítica o escepticismo.
Finalmente, también puede fallar la comunicación por el mensaje mismo
que se trata de transmitir, que, a veces, aparece demasiado extraño, por su
entorno bíblico, y otras, demasiado exigente, porque se presenta con paradojas
que no acabamos de captar.
Todo aquel que habla a los demás, sea político, comerciante, maestro,
catequista o bien, como en este caso, homileta, debe practicar mínimamente las
leyes de la comunicación, el método y el arte de decir algo a
El homileta debe saber intuir e interpretar el "feed-back", o "retro-ali-
mentación" y "retroacción" que siempre se establece entre el emisor y los oyentes.
La homilía es, exteriormente, un monólogo, porque dentro de la celebración
litúrgica sólo toma la palabra el predicador. Pero interiormente el predicador
debería saber "dialogar" con sus oyentes aunque no intervengan en la homilía.
Debería saber interpretar el silencio con el que se le escucha, que no siempre
significa asentimiento a lo que está exponiendo. Debería ser capaz de sentir
"empatia", ponerse en el lugar del oyente y "colocarse en los bancos de los fieles",
o sea, escucharse a sí mismo desde la actitud anímica de los fieles. Y, si es el caso,
y logra interpretar los signos del "feed-back", saber cambiar sobre la marcha.
Importancia del lenguaje
Actualmente, en nuestra celebración litúrgica, se ha dado un paso evidente
con el cambio de la lengua. Del latín universal, que ciertamente tenía y sigue
teniendo valores muy estimables, se ha pasado en la Iglesia a unas cuatrocientas
lenguas oficiales, en un proceso que se ha realizado de un modo satisfactorio en
general.
Pero queda el problema del lenguaje, que es más difícil de solucionar 2
Existe este interrogante en el ámbito del lenguaje bíblico (tanto del
2 Cf. T. CABESTRERO, ¿Se entienden nuestras homilías? Necesidad de un lenguaje
más comunicativo (=Dossiers CPL 97) CPL, Barcelona 2003, 92 págs.; J. RAMOS, El
arte e la homilía: Sal Terrae 2 (2004) 115-129.
10. El lenguaje de la homilía 167
AT como del Nuevo), y también en el eucológico, o sea, de las oraciones del Misal,
que son muy "eclesiásticas" y pueden no resultar demasiado transparentes para
que los fieles (y el mismo sacerdote, a veces) sintonicen con la alabanza o la
petición que contienen, sobre todo si no se pronuncian con el ritmo y
expresividad debidos.
Aquí nos fijamos sobre todo en el lenguaje que debe tener la homilía para
cumplir bien su ministerio. Sería una pena que a los fieles les parezca anodina la
homilía, pero sería peor si, por culpa de la homilía, les parece aburrido el
evangelio.
No podemos descuidar el lenguaje. No nos tendríamos que fiar de que se
vaya a repetir cada vez el milagro del día de Pentecostés, en que cada uno de los
presentes entendía lo que predicaba Pedro como si estuviera hablando en su
propia lengua.
Respetar las leyes del buen decir
Ante todo, el homileta debe respetar las leyes del buen decir: debe cuidar la
"ars dicendi". 3 Una de las definiciones clásicas del buen predicador fue la de "vir
bonus dicendi peritus": un hombre bueno, experto en el arte del decir.
La homilía, aunque sea un ministerio sagrado, es una "pieza oratoria" y, por
tanto, debe seguir las reglas elementales del bien decir. Debe ser lenguaje digno,
no sólo teológicamente, sino también literariamente.
Aunque hablar de "retórica" puede tener en algunos casos un sentido
peyorativo ("retórico", como "vacío de contenido"), sin embargo, en su buen
sentido, sigue teniendo importancia para la homilía. Después de períodos en que
la retórica era muy apreciada en la oratoria sagrada, ha pasado por otros en que
se la había abandonado con una cierta suspicacia. Ahora se vuelve a apreciar,
porque también ayuda a una buena comunicación de la Palabra a la comunidad
cristiana.4
3 J.A. VALLEJO-NÁJERA, Aprender a hablar en público hoy, Planeta, Barcelona
1990, 150 págs.; J. M. LAHIDALGA, De nuevo, Vallejo-Nájera como pretexto: "Aprender
a hablar en público hoy": Surge 511-512 (1990) 224-241; ID., Atención y lenguaje no
verbal: Surge 513-514 (1990) 294-310 (el libro de Vallejo se refiere a hablar en
público en general, pero sus consignas son muy aprovechables para la homilía,
como comentan bien los dos artículos de Lahidalga).
4 A. ORTEGA, Retórica y homilética en la Iglesia, Cervantes, Salamanca 1993; K.
SPANG, El arte del buen decir. Predicación y retórica (=Dossiers CPL 95) CPL, Barce-
lona 2002, 142 págs.; T.J. SCIRGHI, Preaching in a postmodern context: Quest Liturg 3-
4 (2000) 236-249; VARIOS, El arte de hablar en público, San Pablo, Madrid 1998. En el
1168
El homileta debe conocer bien su lengua y respetar su gramática, su sintaxis,
su pronunciación. La belleza de la dicción forma parte también del ministerio de
la comunicación religiosa. Estamos en el siglo de la imagen, ciertamente, pero
también se aprecia una palabra bien dicha y hermosa, una dicción serena, clara y
bien construida, un lenguaje bello, correcto gramaticalmente, sin anacolutos
(frases sin terminar), que no haga sufrir por las dudas y titubeos. Nunca pasará
de moda la fuerza de la palabra bien comunicada.
Claro que una homilía no tiene como finalidad primaria la belleza literaria
ni un tono afectado, teatral o amanerado, en el que el predicador "se escucha a sí
mismo". Pero tampoco es bueno descuidar el lenguaje literario y maltratar la
gramática de la propia lengua. El predicador cristiano, como todo orador en su
ámbito, debe cuidar el arte de construir su homilía, de exponerla bien, de hacer
agradable el contenido de la Palabra, y de intentar persuadir a que los oyentes,
empezando por él mismo, la lleven a la práctica en su vida. Todo ello,
naturalmente, sin perder la sencillez y el carácter fraterno de esa "plática" que es
la homilía.
San Agustín, que había estudiado bien las reglas de la retórica romana y se
consideraba seguidor del gran orador clásico Cicerón, supo aplicar después
magistralmente a la predicación cristiana estas normas del buen decir. Él fue
quien dijo que la doctrina cristiana debía tener estas tres cualidades: "ut veritas
pateat (claridad), ut veritas placeat (agradable), ut veritas moveat" (estimulante).
Para que pueda resultar eficaz en su exhortación, antes debe ser agradable y
literariamente conveniente.
Lenguaje sencillo, accesible a la comunidad
El lenguaje de la homilía debe ser sencillo, fácil de comprender, sin palabras
griegas o hebreas de por medio, sin citas eruditas. Y eso, no sólo en cuanto a la
terminología, sino también en la construcción de las frases y en su sintaxis,
evitando oraciones subordinadas complicadas o frases enrevesadas. Es un
lenguaje que debe estar al servicio de la Palabra, sin empobrecerla ni rebajarla. Tal
vez los fieles no sabrán "hablar teológicamente", pero sí son capaces muchas veces
de "escuchar teológicamente" el mensaje de Dios. Pero, a la vez, debe ser
asequible a todos y unívoco, o sea, que no admita duplicidad de sentidos y
equívocos.
Dizionario di Omiletica se presta especial atención a la retórica por parte de varios
autores (pp. 1345-1372).
10. El lenguaje de la homilía 169
Habrá que aplicar al homileta lo que san Pablo les dijo a los Corintios: "si al
hablar no pronunciáis palabras inteligibles, ¿cómo se entenderá lo que decís? Es
como si hablarais al viento" (1 Co 14,9).
Todo lo cual no significa que este lenguaje sencillo deba ser pobre, infantil o
vulgar.
La homilía debe ser también clara en su estructura. Debe tener orden en las
ideas, sin idas y vueltas ni repeticiones innecesarias. Debe tener claridad en el
esquema que se sigue, de modo que los oyentes puedan captar la lógica de un
razonamiento o de una enumeración. Sin demasiados temas, sino centrada en uno
o en dos, con sus oportunas antítesis y comparaciones. Sin dejar que "el caballo
corra locamente en todas direcciones", como diría el Quijote. A un oyente le
debería resultar fácil captar cuál ha sido la intención y el desarrollo de la homilía.
Es interesante lo que dijo san Agustín sobre la sencillez del lenguaje. El
predicador debe despojarse de la erudición y del lenguaje "docto" para que los
oyentes le entiendan. A esto le llamaba él "diligente negligencia" (De Doctr. christ.,
TV, 10,25). Ya sabe él que un predicador quedaría mejor empleando palabras
doctas, pero los fieles no le entenderían. Y pone el símil de una llave muy bonita
pero que no abre la puerta que queremos. Un lenguaje muy docto es inútil si no
logra su propósito, llegar a la inteligencia y al corazón de los oyentes: "¿De qué
sirve una llave de oro si con ella no se puede abrir lo que queremos? ¿Y qué nos
da que sea de madera si con ella lo podemos, cuando precisamente no buscamos
otra cosa si no es abrir lo que está cerrado?" (ibid. IV, 12, 26). Él prefiere una mayor
sencillez en su hablar, renunciando tal vez a algunas reglas de la alta oratoria, si
es para bien de los fieles, y comenta: "prefiero ser criticado por los gramáticos que
no que el pueblo no me entienda" (Enarr. in Psalm. 138, 20). Para Agustín, es mejor
hablar "sapienter" que "eloquenter" (De Doctr. christ. IV, 4, 5.7).
La Instrucción Eucharisticum Mysterium (1967) pide esta claridad a los
sacerdotes: "los sacerdotes no sólo han de tener la homilía cuando se prescribe o
conviene, sino que han de procurar también que todo aquello que dicen ellos o los
ministros, según su función, lo pronuncien o canten de tal modo que los fieles lo
perciban claramente y entiendan su sentido... Sean preparados para esto los
ministros con adecuados ejercicios, especialmente en el seminario y en las casas
religiosas" (n. 20).
Otra Instrucción, de 1973, Eucharistiae participationem, recuerda que
mediante la homilía "se explica la Palabra de Dios proclamada en la asamblea
litúrgica para la comunidad presente y de acuerdo con su capacidad
10. El lenguaje de la homilía 170
y sus condiciones, teniendo en cuenta las circunstancias de la celebración" (n. 15).
"En cuanto al lenguaje de la homilía, este ha de ser inteligible, sencillo, vivo
y concreto, que se aleje por igual de los tecnicismos y de las palabras rebuscadas
como de la trivialidad y de la anécdota. La homilía requiere, además, un tono
directo, familiar, persuasivo y ágil que mantenga el interés de los oyentes, no
tanto por los recursos oratorios del que habla, cuanto por la convicción y
autenticidad que consigue comunicar" (PPP 29).
Lenguaje concreto
Además de sencillo, el lenguaje de una predicación litúrgica debe ser
concreto, o sea, con ideas plásticas, imágenes y comparaciones tomadas de la vida
misma.
La Biblia se puede considerar como pauta de los contenidos de la
predicación, pero también como modelo pedagógico de comunicación. Son
magistrales muchas de las imágenes y comparaciones de los profetas, de Pablo o
de Cristo. Vale la pena leer, entre otros muchos que todos recordamos, por
ejemplo, la página que el profeta Isaías dedica a desautorizar y hasta ridiculizar el
culto a los ídolos (Is 44, 9-28).
Fue lenguaje concreto el de Cristo, que predicaba a partir de los hechos que
todos conocían, con comparaciones tomadas de la vida (la familia, el oficio de los
pastores, el trabajo de los agricultores), un lenguaje salpicado de imágenes muy
expresivas (vosotros sois la sal y la luz del mundo, yo soy la vid y vosotros los
sarmientos ...). Jesús usó las categorías de su pueblo, sin empobrecer por ello lo
más mínimo la riqueza y la fuerza del Reino de Dios que proclamaba.
Era ciertamente lenguaje concreto y altamente pedagógico el de sus
parábolas, un modelo de lenguaje vital, altamente eficaz en la transmisión de su
pensamiento. ¡Qué retrato tan vivo el que él nos dejó de Dios Padre en la parábola
del hijo pródigo! ¡Qué claro el mensaje de las parábolas de los planes del
agricultor sobre sus graneros, del samaritano que atiende al herido del camino, de
las muchachas que tienen aceite y las que no!
El apoyarse en imágenes no se refiere a las audiovisuales, necesaria-
mente, sino a las comparaciones gráficas como las que empleaba Jesús y
que entendían todos. Cuando Jesús habla de ídolos, el homileta debe saber
referirse a los ídolos que nos tientan hoy día. Cuando se refiere a las perlas
preciosas o al tesoro escondido, la homilía debería nombrar los tesoros
más apetecidos hoy, y que Jesús no nombró literalmente, como los
yacimientos de petróleo o las acciones que prometen en la
10. El lenguaje de la homilía 171
Bolsa, o el fichaje de un deportista joven que aparece como una clara
promesa.
Una terminología más accesible
En el aspecto del lenguaje que usamos en nuestra predicación tienen
particular influencia los términos que empleamos.
Hay conceptos que no necesitan explicación, porque son fácilmente captados por
todos: caridad, solidaridad, paz, justicia, humildad, universalidad, servicialidad,
ansia de vivir, derechos humanos, el Dios cercano y personal, libertad, perdón de
los pecados-Pero hay otros conceptos y expresiones, bíblicas o litúrgicas, que
necesitan "traducción" o explicación: redención, salvación, expiación, cordero
pascual, éxodo, testamento, unión hipostática, anamnesis, epiclesis, exegesis,
teofanía, hermenéutica, escatología, parusía, la comunión de los santos, Jesús
como Hijo del hombre o como Pantocrator y Kyrios, "los Santos Padres", "ex opere
operato", la lucha contra los príncipes de este mundo, que los salvados lavaron
sus túnicas en la sangre del Cordero, que Jesús subió a los cielos...
Si se usan esas expresiones, habrá que explicarlas muy brevemente, sin
empobrecerlas, pero acercándolas a la comprensión de los cristianos de hoy.
Habría que "descongelar" frases hechas que a nosotros, los eclesiásticos, nos
resultan familiares, pero a los fieles por lo general les resultan extrañas.
El lenguaje bíblico es fundamental para entender el misterio cristiano, y hay
que acostumbrar a los fieles a él, pero explicándoselo claramente: qué significa
que Cristo "está sentado a la derecha del Padre", o que es "el Cordero de Dios que
quita el pecado del mundo", o por qué son "bienaventurados los perseguidos por
la justicia", o qué sentido tiene para nosotros la "Jerusalén celestial"...
De la Virgen se puede hablar afirmando que es la Reina de los ángeles o los
profetas, y se la puede invocar como "rosa mística" o "arca de la alianza", todo
ello, con resonancias bíblicas que deben ser muy ricas para los que las conocen.
Pero también se puede decir de ella que era la mujer creyente, experta en dolor,
madre recia al pie de la Cruz, la primera cristiana, hermana nuestra, abierta a
Dios, solícita a favor de los demás. Todo lo cual también es bíblico y más cercano
a nosotros.
172
Un lenguaje vivo
El gran dramaturgo B. Brecht utilizó para el teatro un método que se ha
llamado "Verfremdung" = extrañamiento, alejamiento, contraste.5
Con lenguaje provocativo y eficaces industrias escénicas, logra él que los
espectadores no se identifiquen sin más con lo tradicional o con las actitudes
convencionales (por ejemplo, que siempre tiene que "ganar el bueno"). Más bien,
de entrada, desconcierta a los espectadores, los deja insatisfechos o indignados,
para que así conserven su sentido crítico y su capacidad de reaccionar.
Las cosas normales de cada día, hace que les parezcan nuevas, extrañas,
interesantes. Provoca que no acepten sin más lo de siempre. Su palabra es crítica,
interpeladora. Provoca dudas, interrogantes y antítesis, no sigue la lógica, no
pretende dejar tranquilos y consolados.
No sería descaminado que el predicador, alguna vez, aplicara esta dinámica
a su lenguaje homilético, evitando repetir siempre los mismos moldes, sino
aprovechando la fuerza interpeladora de la Palabra de Dios.
Una predicación demasiado "pacífica" busca confirmar lo que ya se sabe,
evita preguntas, más bien da ya las respuestas, presenta la verdad como algo fijo
y ya adquirido, intenta proteger y conservar la fe.
Una predicación más "viva" replantea lo que ya se sabe, provoca preguntas
y ayuda a buscar respuestas, suscita extrañezas, exhorta a la acción y a las
opciones, hace reflexionar para ir descubriendo la verdad.
¿No es acaso el sistema que tantas veces utilizó Jesús en su predicación?
Seguramente, resultaron provocativas sus posturas críticas sobre el Templo y el
sábado, sus comparaciones del fariseo y del publicano, sus afirmaciones de que
las prostitutas iban a estar delante en el Reino, o de que no había venido a traer la
paz sino la guerra, y su insistente afirmación de que a veces los paganos
responden a Dios mejor que los judíos. A nadie se le ocurrió nunca tachar a Jesús
de aburrido o poco concreto.
Es también lo que habían hecho algunos profetas, con un lenguaje
claramente crítico sobre las instituciones más sagradas del pueblo judío. Ejemplos
muy estimulantes de un lenguaje vivo y "dialogado" son, por ejemplo, la página
que dedica el profeta Amós a fustigar la falsa seguridad
5 H.D. BASTÍAN, Verfremdung und Verkündigung, München 1967.
10. El lenguaje de la homilía 173
de las clases dirigentes (Am 6,1-6) y el capítulo en el que Pablo tiene que defender
su ministerio (2Co 22, sobre todo vv. 16-33).6
Tampoco se trata de que la homilía tenga que ser siempre provocativa y
escandalosa, e ir alabando a las prostitutas o a los administradores que llevan
doble contabilidad. Pero tampoco es bueno que sea demasiado fría y tranquila,
con fórmulas hechas y resabidas que no transmiten nada.
Es bueno recordar el método que seguía santo Tomás en su gran tratado
teológico. Ante la "tesis" propuesta, iniciaba su reflexión con una clara "antítesis":
"videtur quod non", "parece que no". Ante una determinada argumentación
oponía una dificultad que él intuía en sus interlocutores posibles: "sed contra...",
"pero, por el contrario...".
Una homilía podría muy bien, alguna vez, empezar con un "videtur quod
non": ¿de veras hay que amar a los enemigos? ¿pero es posible perdonar? ¿se
puede alabar a ese administrador infiel? ¡no querrá Jesús que pongamos en
verdad la otra mejilla!, ¿a quién se le ocurre conformarse con los últimos puestos?
¿vale la pena ser cristiano en el mundo de hoy? ¿tiene futuro ser religioso, si
nadie parecer creer nuestro testimonio?...
No podemos conformarnos con un lenguaje aséptico. A veces se ha
proclamado una página del evangelio o de un profeta o de Pablo llena de
vitalidad y pedagogía, y sería una pena que luego le siguiera una homilía
desangelada. Debería conservar la frescura y la fuerza comunicativa que tiene la
Palabra misma, sobre todo la de Cristo, maestro en el arte de suscitar interés y
provocar la extrañeza de sus oyentes.
Recursos de un lenguaje interpelante
a) Es bueno para la vivacidad del lenguaje y para mantener la atención de
los oyentes mezclar sabiamente, como se hace tantas veces en la misma Biblia,
afirmaciones y antítesis, parábolas y comparaciones, preguntas y dudas, dialéctica y
relatos pacíficos, diálogos ficticios que personalizan y dramatizan el mensaje que
se quiere transmitir. En el Adviento, ¿a quién esperamos? Pero ¿esperamos a
alguien? ¿sentimos necesidad de un Salvador o ya estamos satisfechos? En la
Cuaresma, comentando lecturas que nos hablan del ayuno, ¿pero sigue teniendo
sentido el ayuno hoy? ¿y no será una cosa ya pasada de moda la imposición de la
ceniza? En la Semana Santa, ¿cómo podemos "gloriarnos" de la Cruz de nuestro
6 Estos dos ejemplos los comenta sabrosamente san Agustín: De Doctrina
christiana IV, 7, 12 y 15.
JO. El lenguaje de la homilía 174
Señor?... Son como los interrogantes que se planteaba Pablo: ¿quién nos separará
del amor de Dios? ¿acaso Cristo Jesús, que por nosotros murió e intercede por
nosotros?...
Un predicador atento a su comunidad sabe qué aspectos de la vida quedan
interpelados por las lecturas de hoy, intuye los interrogantes que en este
momento se les están ocurriendo a sus oyentes al escuchar el mensaje de las
lecturas y sabe situarlos en su homilía.
b) Lo más clásico de una homilía es partir de la Palabra, para descender
luego a la vida. Pero otras veces puede ser más pedagógico, para algunos temas,
partir de los hechos de vida, de los interrogantes de hoy, y remontarse a la respuesta
que nos da la Palabra de Dios. Es bueno mezclar el método "deductivo" (de la
"tesis" bajar a sus aplicaciones) con el "inductivo" (de la experiencia humana subir
a la Palabra).
c) El predicador debe cuidar la voz, el tono con que propone su homilía. Con
expresividad, con la oportuna modulación, con pausas que marquen un ritmo
comprensible.
Aunque a veces la Palabra le producirá emoción, entusiasmo, o bien
seriedad penitencial, el predicador debe evitar los extremos en el tono de su voz:
ni hieratismo ni banalidad, ni lejanía de la historia ni afán de autobiografía, ni
sentimentalismo exagerado ni frialdad, ni pesimismo insistente ni optimismo
ilusorio.
d) Debe tener en cuenta los valores humanos de este mundo, de esta
generación, de estos jóvenes, tratándolos con simpatía y con gozo. En algunos
aspectos nuestra generación ha sabido captar valores eternos que ahora se
subrayan más, al menos idealmente, como la ecología, la igualdad y la justicia
entre los pueblos, la dignidad de la mujer y del niño en la sociedad, etc. Se le tiene
que notar al predicador que es consciente de esto y que lo ve con ojos positivos.
e) El predicador debe tener un cierto sentido de humor. Sin querer hacerse el
gracioso, sin necesidad de contar chistes, debe saber aprovechar oportunamente
los toques amables de visión positiva que se presentan a lo largo de su ministerio.
Una sonrisa no está reñida con la seriedad y la profundidad de una homilía.
f) El micrófono, que en algunas iglesias es de uso obligatorio, puede
convertirse en amigo o en enemigo de nuestra fuerza comunicativa. Ante
175
todo, debe instalarse en las mejores condiciones técnicas posibles, de acuerdo con
las condiciones acústicas de cada iglesia.
El micrófono permite que todos oigan lo que se dice, pero también puede
disminuir la expresividad, la cercanía de la voz, el calor de una palabra que se
transmite directamente.
El predicador tiene que saber desde antes del inicio de la celebración
cuándo está funcionando el micrófono y cuándo no, a qué distancia se debe
situar, si existe resonancia o no en la iglesia, qué gradación de tono tiene...7
El lenguaje no verbal también cuenta
Además de la palabra, principal medio que tenemos para comunicar
nuestro pensamiento, tiene también importancia el lenguaje no verbal, que
influye más de lo que a veces pensamos.8
Entra aquí
- la postura durante la homilía: normalmente, sentados en la sede,
- los gestos: nuestras manos no tendrían que hacer aspavientos, pero
tampoco mantenerse rígidamente quietas,
- la cara: serena, en ocasiones gozosa y entusiasta, otras, más seria, según
el mensaje de las lecturas,
- la mirada: no dominadora, sino afable y fraterna; pero a ser posible
directa; si un sacerdote saluda a los fíeles mirando a sus papeles o al misal, no
crea comunicación; y lo mismo si durante la homilía no les mira;
- el tono de la voz: sereno, no demasiado tímido, pero tampoco
dominador y doctoral, ni "histriónico" o teatral, pero tampoco demasiado
académico o insensible ante los sentimientos que provoca la Palabra;
- los breves espacios de silencio: un momento de silencio, en que la
palabra queda como suspendida, puede despertar la atención de los oyentes y
subrayar la importancia de lo que se ha dicho o de lo que se va a decir,
7 Cf. por ejemplo F. LEVER, Amplificazione sonora: DizOm 42-49.
8 Uno de los autores que mejor ha estudiado el lenguaje no verbal en
general, y también aplicado al lenguaje religioso es F. POYATOS, La comunicación no
verbal, 3 vols., Istmo, Madrid 1994 (antes apareció en inglés, lengua en la que ha
publicado una segunda edición, muy ampliada); lo aplicó también a la homilía:
ID., Más allá de la palabra: la comunicación no verbal en la liturgia: Phase 249 (2002)
257-274. Cf. también VARIOS, Liturgia e linguaggio non verbale: Riv Liturg 5-6 (1996)
627-752.
I0. El lenguaje de la homilía 176
- la inmediatez visual entre el predicador y los fieles: no son de desear los
muebles que se interponen entre el predicador y los oyentes, por ejemplo, los
atriles adicionales -que a veces, además, parecen un duplicado del ambón de la
Palabra- que pueden perjudicar psicológicamente a la comunicación visual y
anímica entre el predicador y los fieles.
Lo no verbal también incluye el ambiente: iluminación, visibilidad,
condiciones acústicas, temperatura... Cabestrero le llama "ecología ambiental",
que influye en la celebración y en la homilía.9
Este lenguaje no verbal tiene mucha influencia en la comunicación, también
dentro de la celebración litúrgica. Los fieles oyen nuestras palabras, pero también
nos ven a nosotros y se dan cuenta de nuestra actitud de cercanía o lejanía, de
humildad o de presunción, si nos tenemos a nosotros mismos como superiores a
la Palabra o somos oyentes y pregoneros de lo que Dios dice, si nuestro tono es de
ironía o de agresividad, de pesimismo o de serena esperanza, si estamos
convencidos de lo que decimos o lo decimos por obligación.
Todos podemos tener la experiencia de cómo algunos locutores de TV nos
parecen siempre enfadados, o asustados, o tensos, mientras que otros aparecen
serenos y afables, sea cual sea la noticia que transmiten.
Esto tiene también un aspecto complementario: también el lenguaje no
verbal de los oyentes nos puede decir a nosotros, si lo sabemos interpretar,
cuándo están atentos o cuándo ya se han cansado. En su cara y postura podemos
ver si se sienten sorprendidos, satisfechos o contrariados por lo que estamos
diciendo o cansados ya por la duración de la homilía. Y actuar en consecuencia.
9 Cf. T. CABESTRERO, ¿Se entienden nuestras homilías?, o.c, pág. 63.
11
EN QUÉ CELEBRACIONES
SE PREDICA
La homilía ha tenido desde siempre un lugar privilegiado dentro de la
celebración de la Eucaristía. Ahora se considerada obligatoria, según la normativa
última de la Iglesia, los domingos y fiestas, y se recomienda vivamente en las
ferias de los "tiempos fuertes" del año. Lo ideal sería que en cada celebración,
después de la proclamación de la Palabra de Dios, se hiciera una reflexión o
exhortación breve para ayudar a la comunidad a acoger más eficazmente en sus
vidas lo que Dios les ha dicho.
También tiene una función muy interesante en las demás celebraciones,
sobre todo sacramentales, así como de religiosidad popular o de oración.
Obligatoriedad
Podemos ver la sucesión de estas normas eclesiales, cronológicamente.
En el Concilio (1963) se dijo: "Se recomienda encarecidamente la homilía
como parte de la misma liturgia... No debe omitirse, a no ser por una causa grave,
en las misas que se celebran los domingos y fiestas de precepto con asistencia del
pueblo" (SC 52).
En el Motu Proprio de Pablo VI Sacram liturgiam, de 1964: "Queremos que se
ponga en vigor lo ordenado en el artículo 52 que prescribe la homilía durante la
misa, los domingos y días festivos" (n. III).
11. En qué celebraciones se predica la homilía 179
En la instrucción ínter Oecumenici, de 1964, se concreta: "Se predicará la
homilía en todas las misas que se celebren los domingos y fiestas de precepto con
asistencia del pueblo, sin exceptuar siquiera las misas conventuales, las misas con
canto y las pontificales. Se recomienda la homilía, además, en los días laborables,
principalmente en ciertas ferias de Adviento y Cuaresma, y en otras ocasiones en
que asiste a la iglesia un buen número de fieles" (n. 53)
En la Instrucción Eucharisticum Mysterium, de 1967, se establece que en las
Misas dominicales adelantadas al sábado por la tarde, "se ha de celebrar la misa
que se asigna en el calendario para el domingo, sin que se excluya de ninguna
manera la homilía y la oración de los fieles" (EM 28).
En el Misal, ya desde su primera edición de 1970: "Los domingos y fiestas de
precepto ha de haber homilía, y no se puede omitir sin causa grave en ninguna de
las Misas que se celebran con asistencia del pueblo. Los demás días se
recomienda, sobre todo, en los días feriales de Adviento, Cuaresma y Tiempo
Pascual, y también en otras fiestas y ocasiones en que el pueblo acude numeroso a
la iglesia" (IGMR 66 de la 3a edición).
Es menos obligatoria la homilía en la Liturgia de las Horas (1971): "En la
celebración con el pueblo puede tenerse una homilía ilustrativa de la lectura
precedente, si se juzga oportuno" (IGLH 47), así como en la celebración del Oficio
de Lecturas más extenso como vigilia dominical: es la única ocasión, en la
Liturgia de las Horas, en que se lee el evangelio, "sobre el que podrá tenerse la
homilía, si conviene" (IGLH 73).
El Directorio para las Misas con Niños (1973): "En todas las Misas con niños
debe concederse gran importancia a la homilía, por la que se explica la Palabra de
Dios" (DMN 48; cf. PPP 31).
La introducción al Leccionario (1981): "En los días que está mandado, a saber,
en los domingos y fiestas de precepto, debe hacerse la homilía, la cual no puede
omitirse sin causa grave, en todas las misas que se celebran con asistencia del
pueblo, sin excluir las misas que se celebran en la tarde del día precedente.
También debe haber homilía en las misas con niños y con grupos particulares. La
homilía es muy recomendada en las ferias de Adviento, de Cuaresma y del
tiempo pascual, para los fieles que habitualmente participan en la celebración de
la misa, y también en otras fiestas y ocasiones en que el pueblo acude en mayor
número a la iglesia" (OLM 25).
El Código de 1983: "En todas las misas de los domingos y fiestas de precepto
que se celebran con concurso del pueblo, debe haber homilía, y no se puede
omitir sin causa grave. Es muy aconsejable que, si hay sufi
1180
ciente concurso del pueblo, haya homilía también en las misas que se celebren
entre semana, sobre todo en el tiempo de Adviento y Cuaresma, o con ocasión de
una fiesta o de un acontecimiento luctuoso" (CIC 767).
Que es lo que viene a repetir el Episcopado Español en sus Orientaciones (1983):
"La homilía se recomienda encarecidamente en los días laborables cuando se
produce una asistencia numerosa de fieles, especialmente durante el Adviento, la
Cuaresma o el tiempo pascual, o con ocasión de alguna fiesta o hecho luctuoso"
(PPP 27).
El Directorio de la vida de los Obispos (2004): "La homilía jamás se debe
suprimir en las Misas de los domingos y fiestas de precepto con participación del
pueblo, en la misa del Matrimonio y en las otras Misas rituales de acuerdo con las
rúbricas. La predicación se recomienda, también en forma de homilía breve, en las
ferias de Adviento, de Cuaresma y de Pascua, con el fin de que el misterio pascual
de Cristo, significado y representado en la Eucaristía, sea celebrado por todos con
viva fe y devoción" (n. 125).
Viendo la sucesión de estos documentos se nota una evolución:
a) se empieza mandando la homilía para domingos y días de precepto, y
pronto se recuerda que también en las misas dominicales del sábado por la tarde;
es curioso que en 1964 se recuerde que también se debe predicar en las misas
pontificales, en las misas conventuales y en las cantadas, porque antes en esa clase
de celebraciones no se solía predicar;
b) poco a poco se amplía la recomendación a las ferias, primero a las de
Adviento y Cuaresma, a las que se añaden después las del Tiempo Pascual (no se
sabe por qué no se incluye el tiempo de la Navidad, que también es "tiempo
fuerte");
c) pronto se enumeran también los días en que acude más gente a la
celebración (el Código especifica: días de fiesta o con ocasión de acontecimientos
luctuosos);
d) el Directorio para las misas con niños dice que en estas siempre debe
haber homilía; y se añade que también en las misas con grupos particulares.
El ideal sería que en toda celebración eucarística, tanto dominical como
ferial, con asistencia de pueblo, se hiciera la homilía, porque con ella se favorece
que los fieles acojan mejor el mensaje de la Palabra de Dios y se aprovechen de la
riqueza que ahora tenemos en los Leccionarios. Es lo que pide la Conferencia
Episcopal de Cuba en sus normas sobre la Eucaristía en 1978: "Es obligatorio
pronunciar la homilía los domingos y días
11. En qué celebraciones se predica la homilía 181
de precepto. Recomendamos que en cada celebración litúrgica (también las
celebradas entre semana) y no sólo en la Eucaristía dominical, se haga una breve y
oportuna reflexión homilética" (n. 10: esta extensión a los días entre semana la
toman de las conclusiones del II Encuentro Latinoamericano de Liturgia, de 1977).
Tal vez vale la pena recordar que hay algunos dichos populares a los
que en este caso es mejor no hacer caso: por ejemplo al de "en tiempo de
melones no hay sermones", que alude a que en el verano es mejor no
predicar (no sé si ahora, que no hablamos tanto de "sermones" sino de
"homilías", cambiarán el dicho por "en tiempos de sandías no hay
homilías")... Pero las celebraciones del verano tienen igualmente la
intención de enriquecer nuestra vida de fe y, dentro de la pedagogía que
supone la diferente proporción de cantos y de distribución de tiempo, la
homilía, más breve en todo caso y más concreta, no debería faltar. También
los "veraneantes" necesitan alimento para su vida de fe.
La homilía en la celebración de los Sacramentos y Sacramentales
La homilía no tiene sólo un lugar privilegiado en la celebración de la
Eucaristía: también ayuda a la comunidad a celeb>rar mejor los demás
Sacramentos, 1 para los que la homilía debe tener en cuenta y estudiar el nuevo
Leccionario de misas rituales
En el caso del Bautismo, que ahora tiene una serie más rica de lecturas
bíblicas a elegir, "la homilía, como parte integrante del rito, dentro de su
brevedad, tiende a explicar las lecturas y a llevar a los presentes a un
conocimiento más profundo del Bautismo y a la aceptación de las respon-
sabilidades que nacen del mismo, sobre todo para los padres y padrinos" (Ritual
n. 72).
Toda la celebración, y en particular la homilía, a ha vez que muestra la
alegría que la comunidad cristiana comparte con la familia de los bautizados, debe
iluminar el contenido cristiano del Sacramento, que introduce a las personas en la
comunión con Dios, las sumerge en el misterio pascual
1 Cf. por ejemplo P. FARNÉS, La proclamación de la Palabra de Dios en la celebra-
ción de los Sacramentos: Past Lit 229-230 (1995-1996) 56-67; VARIOS, Célébrer la Parole
dans les sacrements: Célebrer 331 (2004) 22-26.43-53; C. BISCONTIN, L'omelia nella
celebrazione del matrimonio: Riv Past Lit 6 (2004) 35-40.
En el Dizionario di Omiletica se dedican diversos artículos a la homilía en los
sacramentos: la iniciación cristiana (J. Evenou), Penitencia (P. Sorci), Matrimonio
(F. Cangelosi), etc.
1182
de Cristo por obra del Espíritu, las agrega a la comunidad eclesial, y pide una
respuesta de fe por parte de los padres y padrinos, que luego debe ir creciendo y
haciéndose personal en los bautizados.
En la Confirmación, "el Obispo hace una breve homilía, explicando las
lecturas proclamadas a fin de preparar a los confirmandos, a sus padres y
padrinos y a toda la asamblea de los fieles a una inteligencia más profunda del
significado del sacramento" (Ritual n. 26). El mismo Ritual propone un texto de
homilía que puede seguir el Obispo.
En el sacramento de la Penitencia, los Prenotandos oficiales dedican un
número a la homilía, en las celebraciones comunitarias, y ofrecen también un
esquema de su contenido:
"La homilía, a partir del texto de la Escritura, ha de ayudar a los
penitentes al examen de conciencia, a la aversión del pecado y a la
conversión a Dios. Así mismo debe recordar a los fieles que el pecado es
una acción contra Dios, contra la comunidad y el prójimo, y también
contra el mismo pecador.
Por tanto, oportunamente se pondrán en relieve: a) la infinita mise-
ricordia de Dios, que es mayor que todas nuestras iniquidades y por la
cual siempre, una y otra vez, él nos vuelve a llamar a sí; b) la necesidad de
la penitencia interna, por la que sinceramente nos disponemos a reparar
los daños del pecado; c) el aspecto social de la gracia y del pecado, puesto
que los actos individuales repercuten de alguna manera en todo el cuerpo
de la Iglesia; d) la necesidad de nuestra satisfacción, que recibe toda su
fuerza de la satisfacción de Cristo, y exige en primer lugar, además de las
obras penitenciales, el ejercicio del verdadero amor de dios y del prójimo"
(n. 25).
Para la celebración del Matrimonio ya la Instrucción ínter Oecumenici, de
1964, decía que "el sermón u homilía, que debe inspirarse en los textos sagrados,
se hará después de la lectura de la epístola y del evangelio de la misa por los
esposos" (n. 74). El Ritual, después de presentar la riqueza doctrinal de las
lecturas bíblicas, recuerda que "la homilía, que es pieza clave y nunca debe
omitirse, requiere su tono apropiado. Debe ser sobria. Valen las reglas de toda
homilía, que parte de los textos bíblicos, se centra en la celebración y se proyecta
en la vida" (n. 46). Invita el mismo Ritual a tener en cuenta para la homilía las
situaciones de fe de la mayoría de los presentes (que conocerá por los coloquios
previos que habrá mantenido con los novios), y a saber comunicar vivamente la
relación entre la Alianza
11. En qué celebraciones se predica la homilía 183
que Dios ha hecho con la humanidad, y Cristo con la Iglesia, para entender el
misterio también del amor humano.
Las Orientaciones del Episcopado español sobre la homilía (1983) dicen que
"en las homilías durante la celebración del Matrimonio será preciso, muchas
veces, atender ante todo a la situación personal de los que van a recibir el
sacramento. Sin embargo la predicación, por muy positiva que sea, no podrá
suplir una preparación catequética y espiritual que debió darse antes" (PPP 30).
También tiene pedagogía especial la homilía pronunciada en otras
circunstancias: las diversas bendiciones cuando se hacen con cierta solemnidad, la
fiesta mayor, el aniversario de la boda, los ejercicios piadosos de religiosidad
popular.2
Cuando se organiza una celebración comunitaria de culto a la Eucaristía,
"para alimentar la oración íntima pueden admitirse lecturas de la Sagrada
Escritura con homilía o breves exhortaciones que lleven a una mayor estima del
misterio eucarístico" (Ritual 95).
En la celebración de la Liturgia de las horas "la homilía está expresamente
recomendada en la celebración de Laudes y Vísperas con el pueblo, siguiendo a
ella un oportuno silencio... La homilía ha de ser breve, subrayando los aspectos
del mensaje bíblico que tienen particular aplicación al tiempo litúrgico o a la
fiesta, y procurando referirse también al sentido propio de la hora celebrada"
(PPP 32).
La homilía en las exequias cristianas
La Palabra de Dios es importante también en la celebración de las exequias
de un cristiano, que es la que queremos tratar aquí más detenidamente. 3
2 Cf. por ejemplo J. LÓPEZ, Feste patronali: DizOm 539-542; I. M. CALABUIG,
Pieta popolare: DizOm 1140-1146; J. CASTELLANO, Religiositá popolare: DizOm 1341-
1345; S. Rosso, Tridui, Settenari, Ottavari, Novene: DizOm 1624-1630.
3 Sobre la homilía en las exequias, cf.: R. J. DILLON, The Unavoidable
Discomforts of Preching about Death: Worship 6 (1983) 486-496; R.A. KRIEG, The
Funeral Homily: a Theological View: Worship 3 (1984) 222-239; J. POTEL, Soufrir,
mourir... et ressusciter. Homélies aux obséques de prêtres: LMD 164 (1985) 129-149; B.
FISCHER, Predicar en las exequias: Phase 196 (1993) 331-334; J.A. MELLOH, Homily or
Eulogy? The Dilemma of Funeral Preaching: Worship 6 (1993) 502-518; F. DI
MOLFETTA, Esequie: DizOm 488-
1184
En las exequias, la homilía, junto con los cantos, las oraciones, las
moniciones y sobre todo las lecturas, la homilía puede ayudar a que la
comunidad cristiana celebre de una manera consciente y activa la cercanía de
Dios y la fuerza salvadora de la Pascua de Cristo, que se manifiesta también en el
trance de la muerte.
Por eso es evidente que, si toda la celebración hay que cuidarla con esmero,
también hay que hacerlo con la homilía, que tiene importancia, tanto para los
creyentes como para los más alejados que acuden a las exequias. Como dicen las
Orientaciones del Episcopado Español del Ritual de Exequias de 1989 (=RE), "la
Palabra de Dios proclamada y explicada constituye la mejor lección cristiana
acerca del significado de la muerte" (RE 20). "La celebración de la Palabra de Dios
tiene por objeto asegurar a las exequias su carácter de expresión de la fe cristiana,
proclamando el misterio pascual, alentando la esperanza de los que sufren ante la
muerte, enseñando la piedad para con los difuntos y exhortando al testimonio de
la vida cristiana" (RE 47).
No tendría que faltar nunca la homilía en unas exequias cristianas, ni
contentarnos con las palabras de saludo inicial o de despedida final. En la homilía
hay que comentar brevemente el sentido que las lecturas bíblicas dan a la vida y
la muerte cristianas. Antes no se predicaba, lo que supone una pobreza increíble,
y eso que todo era en latín, y la homilía hubiera sido lo único que podían
entender los participantes. Desde el Concilio, sí se ha potenciado la homilía en
todas las celebraciones, también para las exequias. Hay que tener en cuenta que
para algunas personas este es uno de los pocos momentos de encuentro con la
comunidad cristiana y la Palabra de Dios.
El terreno de que habla la parábola del sembrador se puede decir que en
esta ocasión está bien dispuesto: la muerte de una persona querida "abona" bien
el campo. Sólo hace falta que la Palabra de Dios resuene en esta comunidad con
eficacia y la homilía ayude a que cale y produzca fruto.
El predicador, siempre, pero de modo especial en esta circunstancia de la
muerte, muestra claramente que acoge y ama a los que se han reunido
491; J. LÓPEZ, El Leccionario del Ritual de Exequias, en "La celebración de las
exequias" (=Dossiers CPL 59) Barcelona 1999 2A ed., 24-31; VARIOS, Nuevas homilías
para las exequias (= Dossiers CPL 31) Barcelona 1993,4ª ed., 116 págs.; VARIOS, La
celebración de las exequias (=Dossiers CPL 59) Barcelona 1999,2ª ed., 116 págs.; J.
ALDAZÁBAL, La homilía en los funerales: Liturgia y Espiritualidad 11-12 (2004) 505-
514.
11. En qué celebraciones se predica la homilía 185
para la celebración, estén como estén, para transmitirles, de parte de Dios y de la
Iglesia, la visión cristiana de la vida y de la muerte.
Elección de las lecturas
Ante todo, hay que saber elegir las lecturas adecuadas a las circunstancias
del difunto y de su familia. El Leccionario de las misas de difuntos ofrece una
gran riqueza de lecturas.
Normalmente no es buen criterio seguir en esta celebración la "lectura
continuada" de las ferias. Los fieles que acuden a ella puede ser que no sean
precisamente de los que participan a diario en la Eucaristía. Si se lee -"porque hoy
toca"- el evangelio de los endemoniados de Gerasa y la piara de cerdos que se
ahogó en el lago, difícilmente entenderán los presentes qué tienen que ver los
demonios y los cerdos con su difunto (y no me invento el caso, porque me ha
tocado de cerca).
En el Ritual de Exequias del 1989 se dedican casi cien páginas (pp. 1191-
1280) a ofrecer textos bíblicos, sea para las exequias de adultos como para niños: 8
del AT, 19 del NT y 19 del evangelio, además de 10 salmos responsoriales.
Lecturas entre las cuales, cuando se prepara la celebración, hay que escoger las
dos o tres que mejor reflejen la situación del difunto: si era sacerdote, o religioso o
religiosa, si era creyente o estaba alejado de la Iglesia, o si ha muerto víctima de
un accidente o de un atentado terrorista o después de una larga enfermedad.
En el Apéndice V del Ritual hay también una serie de "esquemas de lecturas
seleccionadas por temas y circunstancias": para celebraciones comunes y para
circunstancias diversas (una muerte desconcertante, muerte de un joven, de un
anciano, de un niño).4
También ofrece el Ritual cinco homilías ya redactadas en el apéndice VI,
aunque una homilía debería ser siempre "nueva", según las circunstancias de cada
caso.5
4 En la edición de 1989 del Ritual faltan varios de estos esquemas (exequias
de un párvulo, de un fallecido con muerte violenta, de un sacerdote o un diácono,
de religiosos, de padres de religiosos, de laicos comprometidos, de personas aleja-
das o poco creyentes, etc.). Los esquemas que faltan aquí pueden encontrarlos en
el libro "La celebración de las exequias" (Dossier CPL 59).
5 Lo mismo sucede con los libros que ofrecen esquemas de homilías, como
el dossier Homilías exequiales (Dossiers CPL 31) CPL, Barcelona 2002, 6a edición,
que ofrece 36 homilías con las lecturas bíblicas ya elegidas y coordinadas.
186
El hecho de que el Ritual ofrezca ahora un Leccionario mucho más rico que
antes, ayuda a que también la homilía sea más variada. Cosa que agradecen
aquellos fieles que, como sucede en muchos pueblos, acuden a todos los entierros,
y no conviene que siempre escuchen las mismas lecturas y aplicaciones.
La homilía puede aludir también con provecho a otros textos, además de las
lecturas bíblicas: sobre todo a los varios prefacios de la Misa de difuntos, que
contienen una hermosa teología de la muerte cristiana: "la vida de los que en ti
creemos no termina, se transforma", "él aceptó la muerte, uno por todos, para
librarnos del morir eterno"...
Sintonía con el dolor
Ya desde las primeras palabras de la monición inicial, y luego en la homilía,
se tiene que notar que el sacerdote sintoniza con el dolor de la familia, sobre todo
en el caso de una muerte particularmente dolorosa.
El ministro que preside la celebración se tiene que poner en la persona de
los familiares y cómo se sienten ahora. Si a él le toca repetir la celebración de las
exequias -en la parroquia o en el tanatorio- varias veces al día o a la semana, para
cada familia concreta esta es una celebración muy especial y única.
Ha de tener presente en todo momento y respetar la situación de esta
familia: si han perdido a la madre, o a un hijo joven, o si se trata de un padre o
una madre que han muerto prematuramente dejando huérfanos muy jóvenes, o
lloran una muerte trágica por accidente o por atentado... Las personas que acuden
a unas exequias suelen ser particularmente sensibles a las palabras que se les
dirigen y el tono general de la celebración. Por ejemplo de los cantos: no sería
muy acertado empezar la celebración cantando "qué alegría cuando me dijeron...",
ni que abunden muchos aleluyas, por muy pascuales que sean las exequias
cristianas.
Es buena la consigna que da el Ritual en su introducción: "En todo caso, la
predicación de la fe y la exhortación a la esperanza debe hacerse de tal modo que,
al ofrecerles el amor santo de la madre Iglesia y el consuelo de la fe cristiana,
alivien, sí, a los presentes, pero no hieran su justo dolor" (RE 67).
Esto supone que de alguna manera el sacerdote conoce la situación de la
familia y las circunstancias de la defunción. A veces no hará falta que pregunte a
nadie, porque se trata de una persona muy conocida de todos. Pero otras veces
puede ser casi desconocida: tendría que enterarse discretamente sobre la
personalidad del difunto y la modalidad de su
11. En qué celebraciones se predica la homilía 187
muerte. Tendría que conocer la edad, la profesión, algunas características del
difunto, el grado de parentesco con él de los que se hallan ahora presentes. Eso lo
conseguirá si hace lo posible por visitar a la familia del difunto, o enterarse de en
qué tanatorio se reúnen, para saludarles, orar por el difunto y dialogar
brevemente con ellos.
En las exequias no se debe "negar" la muerte, como si no existiera, o no
fuera dolorosa, o ya estuviera asegurado el cielo. No se puede negar el dolor de la
familia, ni la realidad misteriosa y tremenda de la muerte, sobre todo la crueldad
de algunas muertes. No hay que tratar de conseguir que no sufran los familiares y
allegados del difunto, intentando proporcionarles una especie de anestesia con la
celebración. El dolor es parte del misterio pascual de Cristo y del cristiano. Jesús
lloró por la muerte de su amigo Lázaro, y tuvo miedo y pavor ante su propia
muerte.
A veces el mismo sacerdote está personalmente muy afectado por la
defunción de algún familiar muy próximo o de un colaborador muy cercano de la
parroquia. No se le puede exigir que tenga el mismo grado de emotividad y dolor
de los familiares en cada caso. Pero sí tiene que entrar en sintonía con ellos y
transmitirles el mensaje de la fe cristiana.
No es un "elogio fúnebre"...
Una tentación que acecha a la homilía en unas exequias es convertirla en un
"elogio fúnebre", contando la vida y milagros del difunto, deteniéndose sobre
todo en las circunstancias de sus últimos días. Puede ser una interesante y
emotiva pieza oratoria, propia de actos académicos en honor del difunto. Pero
aquí no se trata de exaltar al difunto, con palabras que llegan en ocasiones a
asemejarse más a un decreto de beatificación que a una homilía de exequias. Es
verdad que "de mortuis nihil nisi bonum" (de los muertos sólo hay que decir
cosas buenas), pero sin canonizarles.
Expresamente desautoriza una homilía así el Ritual: "Queda excluido el
género literario llamado elogio fúnebre, que consiste en una retórica exposición y
alabanza de las virtudes del difunto" (RE 47). El Misal también insiste: "En las
misas exequiales hágase regularmente una breve homilía, excluyendo todo
género de elogio fúnebre" (IGMR 382). "Cuando se trata de un funeral, la homilía
debe evitar toda apariencia de elogio fúnebre del difunto, si bien ha de conducir
al consuelo que brota de la esperanza cristiana y de la fe en la Palabra del Señor y
en la oración de la Iglesia" (PPP 30).
Muchos de esos detalles biográficos son propios de la monición de entrada
a la celebración, o del saludo que alguno de los familiares dirige a
188
los presentes al final de la misma. Como dice el Ritual, "en este momento (de la
despedida) -no en la homilía, que debe ser siempre un comentario a los textos
bíblicos o eucológicos- es lícito y puede ser oportuno hacer una breve biografía
del difunto, excluido en todo caso el género literario de elogio fúnebre, se puede
aludir al testimonio cristiano de la vida del difunto, si este constituye motivo de
edificación y de acción de gracias a Dios" (RE 52).
Aquí no se trata tanto de dar a conocer la vida del difunto, sino de iluminar
su muerte a la luz de la Palabra de Dios. No celebramos tanto lo bueno que era el
difunto, sino lo bueno que es Dios. Celebramos el amor de Dios, su misericordia,
la fuerza del misterio pascual de Cristo aplicada y realizada concretamente en la
muerte de esta persona. El centro es Dios, no el difunto.
... pero tampoco una homilía anónima
Naturalmente, no se puede ignorar al difunto y celebrar las exequias en un
tono de anonimato con una homilía impersonal y aséptica.
El misterio pascual de Cristo se ha cumplido en este difunto concreto. Hay
que nombrar al difunto, no sólo en las oraciones en que se pide por él, y en la
Plegaria Eucarística, sino también en la monición de entrada, en la oración
universal, en las palabras de despedida. Y también en la homilía.
La homilía, sin perder su carácter de comentario y exhortación a partir de la
Palabra bíblica, admite fácilmente un "flash" con algún hecho significativo y
positivo de la vida y la muerte del difunto: vida larga, enfermedad dolorosa, buen
humor, aprecio que le tenían todos, el buen sentido humano y cristiano que le
llevaba a ayudar a los demás. Según qué lecturas bíblicas se hayan elegido, puede
ser que, sin ninguna violencia o exageración, se pueda afirmar del difunto que,
aún dentro de su debilidad humana, supo ser fiel al estilo de vida de Jesús y que,
por ejemplo, las bienaventuranzas del evangelio las cumplía en su vida, si es de
todos conocido que esta persona se distinguía precisamente por su misericordia,
por su trabajo a favor de la paz, por su amor a la justicia, por su buen corazón.
Así se conjugan los dos polos: la Pascua de Cristo y la muerte de esta
persona, el amor que Dios siempre ofrece y la respuesta que esta persona ha
sabido dar a ese amor, aún dentro de su debilidad humana.
El mismo número del Ritual que desaconseja los "elogios fúnebres" invita a
este recuerdo concreto del difunto: "pero ello no quiere decir que no se pueda
aludir brevemente al testimonio cristiano de su vida, si constituye motivo de
edificación y de acción de gracias" (RE 47).
11. En qué celebraciones se predica la homilía 189
El que preside unas exequias y predica en ellas debe sentirse signo y
sacramento de Jesús, el Buen Pastor, que supo consolar a la viuda de Naím por la
pérdida de su hijo.
Expresar el carácter pascual de la muerte de un cristiano
El Concilio, hace ya cuarenta años, dio una consigna clara respecto al tono
pascual que deben tener las exequias, y por tanto también su homilía: "El Rito de
las exequias debe expresar más claramente el carácter pascual de la muerte
cristiana ("paschalem mortis christianae indolem") y responder mejor a las
circunstancias y tradiciones de cada región, incluso en lo que respecta al color
litúrgico" (SC 81).
El sentido pascual de toda la celebración, y por tanto, de la homilía, queda
expresado en las Orientaciones del Ritual: "La Iglesia, en las exequias de sus hijos,
celebra el misterio pascual, para que quienes por el bautismo fueron
incorporados a Cristo muerto y resucitado, pasen también con él a la vida eterna"
(RE 8). "Es necesario que los cristianos recuperen el sentido pascual de la
celebración cristiana de la muerte y que, a través de las exequias, afirmen su fe y
esperanza en la vida eterna y en la resurrección" (RE 11).
El tono pascual se lo dan a la celebración sobre todo las lecturas, en especial
las del NT. Las lecturas, y también las oraciones, sitúan la muerte de una persona
a la luz de la Pascua de Cristo, o sea, de su muerte y resurrección. Con ello, junto
a la seriedad de la muerte, se conjuga la esperanza en la resurrección. A partir de
la Palabra, se predica el amor de Dios y la convicción de que la última palabra no
es la muerte, sino la vida, aunque no sepamos explicar cómo será la otra vida.
El tono pascual de unas exequias cristianas, además de un sentido
teológico, tiene también un tono pedagógico: evita el tono tétrico, lúgubre,
tremendista, que tenían antes algunos cantos como el "Dies irae", el "Libera me
Domine", etc ("tremens factus sum ego", "dies calamitatis et miseriae"). Que es
una celebración seria, pero serena, e impregnada de esperanza cristiana, se
podría expresar, por ejemplo, eligiendo el canto "Acuérdate de Jesucristo,
resucitado de entre los muertos", que es serio, pero infunde confianza pascual en
los que celebran estas exequias en cristiano.
Un lenguaje más evangelizador
Una buena homilía exequial tiene en cuenta la situación de algunos
asistentes no habituados al lenguaje de la Palabra de Dios ni a las celebraciones
religiosas. Por ello, se considera esta celebración como una óptima
190
ocasión para transmitir a todos, a los asiduos y a los ocasionales, el mensaje de
esperanza y serena seriedad que la Palabra de Dios nos da sobre temas centrales
del cristianismo. Así, la celebración en muchos casos adquiere un carácter
"evangelizador". Si los apóstoles y la primera comunidad sólo hubieran
anunciado el mensaje de Jesús a los creyentes, se hubieran quedado en Jerusalén.
La anunciaron a todos, también a los no creyentes y a los paganos.
Con un lenguaje que puedan entender todos, hay que transmitirles el
mensaje pascual: estamos celebrando la victoria de Cristo sobre la muerte. No
sabemos explicar cómo es el paso a la otra vida. Pero los que creemos en Cristo
Jesús sabemos que la muerte no es la última palabra. La última palabra, como en
su caso, es la vida. También para los que mueren en él.
La homilía, ciertamente no insensible al dolor de los familiares, proclama
con mayor énfasis el amor misericordioso de Dios y la victoria pascual de Cristo.
Eso sí, el lenguaje tiene que ser sencillo, teniendo en cuenta que muchos de
los presentes, tanto creyentes como más alejados, encuentran extraño el lenguaje
bíblico si les hablamos de "los huesos de Ezequiel" o "el seno de Abrahán" o "el día
del Señor" o "el valle de Josafat" o "la Jerusalén celestial".
No hace falta tampoco, siguiendo las últimas "novedades" de la teología
escatológica, intentar explicar el "cómo" de tantos aspectos (cómo será la vida
futura, la resurrección de los cuerpos, el período del purgatorio, la distinción
entre alma y cuerpo en la nueva escatología...). Lo importante, a nivel de homilía,
es el "hecho", el "qué", el "por qué", o sea, la participación del cristiano en la vida,
en la muerte y en la vida nueva del Señor Jesús. Todo eso seguirá siendo siempre
un misterio: "ni el ojo vio ni el oído oyó... lo que Dios tiene preparado para los que
le aman" (1 Co 2, 9).
Eso sí que tiene que quedar claro en la homilía y en el tono general de la
celebración: que la única salida que tiene el hombre y que hace honor a Dios, es la
vida, no la muerte. Nosotros también estamos destinados a la vida, porque Dios
nos ha incorporado a Cristo y nos ha identificado con su causa. El futuro del
hombre no es la nada. El futuro del hombre es Dios, y Cristo es el primogénito de
la nueva creación.
Es interesante el lenguaje que emplea Pablo al hablar de la vida y la muerte
del cristiano: "sabiendo que quien resucitó al Señor Jesús, también nos resucitará
con Jesús" (2Co 4,14), "sabemos que si esta tienda, que es nuestra habitación
terrestre, se desmorona, tenemos una casa que es de Dios: una habitación eterna,
no hecha por mano humana, que está en los
191
cielos" (2Co 5,1), "deseo partir y estar con Cristo" (Flp 1,23), "si vivimos para el
Señor vivimos; si morimos, para el Señor morimos. Así que, ya vivamos ya
muramos, somos del Señor" (Rm 14,8), "y así estaremos siempre con el Señor" (1
Ts 4,17)...6
Otros aspectos pastorales de la homilía exequial
La homilía tendría que ser breve, sobre todo en estas ocasiones. Breve y
sustanciosa, jugosa. Teniendo en cuenta que ahora toda la celebración se expresa
en nuestra lengua, y los cantos bien elegidos y las oraciones bien pronunciadas y,
sobre todo, las mismas lecturas bien proclamadas, son ya alimentadoras de la fe
de los presentes.
Habrá que evitar el peligro de una evangelización apologética o polémica,
como ya previenen las orientaciones del Episcopado Español al Ritual: "No
intenten aprovechar demasiado unilateralmente las celebraciones exequiales para
evangelizar a los asistentes, ni mucho menos para hacer propaganda de la Iglesia
o lanzar invectivas contra los remisos o marginados" (RE 67).
El tono de la homilía -y de las otras intervenciones del ministro- debe ser
humilde y convencido a la vez.
Humilde, fraterno y amable, por respeto a las diversas situaciones de fe y
sintonía con el dolor de la familia. Humilde, sin lanzar "pedradas" e indirectas
para con los que se acercan poco a la iglesia, y sin caer en la tentación de
"aprovechar que han venido para decirles cuatro cosas que tenía ganas de
decirles".
Y a la vez, un tono de fe, de convicción, porque la comunidad cristiana
confiesa sin vacilación (con la "parresía" o valentía de que se habla en los Hechos)
su fe, y la anuncia al que quiera escucharla. A Pablo se le echaron a reír cuando
en Atenas quiso anunciar a los griegos la resurrección de Cristo. Pero siguió
predicando sin desanimarse.
Si las exequias se celebran con Eucaristía, es más clara todavía su relación
con la Pascua de Cristo. Y hará bien el sacerdote en invitar a la comunión
recordando las palabras de Jesús: "quien come mi Carne y bebe mi Sangre tendrá
vida eterna: yo le resucitaré el último día".
6 Cf. J. ALDAZÁBAL, Celebrar la muerte con otro lenguaje: Phase 110 (1979) 155-
165.
I PREPARACIÓN REMOTA Y
PRÓXIMA
El arte de predicar necesita un proceso de formación y de ejercicio práctico.
Un buen predicador no nace, se va haciendo, con preparación, con magisterio de
expertos, con ejercicio y revisión. Y con una preparación próxima para cada
homilía.
Formación remota
Tanto por sus contenidos como por el conocimiento de la asamblea concreta
y por su pedagogía comunicativa, la homilía es compleja y no se puede
improvisar de la noche a la mañana. El "arte de la homilía" requiere, en el período
formativo de un pastor, una atención especial, con la asignatura de la Homilética.
Por eso, tanto en los Seminarios como en las casas de formación de los
religiosos, urge que, además de la formación bíblica y teológica, haya un espacio
de formación específica para el ministerio de la homilía.
Ciertamente se ha mejorado, estos últimos años, en la enseñanza de la
teología sistemática y, de modo particular, de la Sagrada Escritura. Y se les
procura formar como hombres de oración, respetuosos con el carácter sagrado y
sobrenatural de la liturgia. Pero debería también tenerse presente que los futuros
pastores de la comunidad necesitan estudiar el arte y la psicología de la
comunicación oral y no oral, las bases de una buena dicción vocal y del lenguaje
no verbal, del uso de la megafonía, y todo ello con ejercicios prácticos y revisión.
También debería entrar este apartado de las leyes de la comunicación
12. Preparación remota y próxima 193
en el proceso de formación permanente de los sacerdotes, o sea, de los que ya
están realizando este ministerio en la comunidad, y que pueden ciertamente
mejorarlo con un mayor conocimiento tanto de los contenidos teológico-bíblicos
como de la pedagogía de la comunicación.
Homilética en los Seminarios
Repetidamente se ha insistido en la necesidad de esta formación en los
últimos documentos de la Iglesia:
En la Instrucción Eucharisticum Mysterium, de la Congregación de Ritos
(1967) se afirma:
"El pueblo tiene el derecho a ser alimentado en la misa con la procla-
mación y explicación de la Palabra de Dios... Sean preparados para esto
los ministros con adecuados ejercicios, especialmente en el seminario y en
las casas religiosas".
En la Instrucción In ecclesiasticam futurorum, de la Congregación para la
Educación Católica, en 1979, se concreta más:
"Es particularmente necesario que los alumnos reciban lecciones sobre
el arte de hablar y de expresarse con gestos, así como acerca del uso de los
instrumentos de comunicación social. En la celebración litúrgica, en efecto,
es de la máxima importancia que los fieles comprendan no sólo lo que el
sacerdote dice o recita, sea que se trate de la homilía o del rezo de
oraciones y plegarias, sino también aquellas realidades que el sacerdote
debe expresar con gestos y acciones. Esta formación reviste tan grande
importancia en la liturgia renovada, que merece un cuidado especial" (n.
58).
Pocos años más tarde (1983), el Código de Derecho Canónico de la Iglesia
establecía:
"Fórmese diligentemente a los alumnos en aquello que de manera
peculiar se refiere al ministerio sagrado, sobre todo en el práctica del
método catequético y homilético, en el culto divino y de modo peculiar en
la celebración de los sacramentos..." (CIC 256).
Los Obispos españoles, en sus orientaciones sobre la homilía, dijeron: "No
queremos dejar este apartado dedicado a la preparación de la homilía sin
referirnos a la formación de los futuros ministros de la Palabra,
particularmente en el campo específico de la predicación litúrgica... No
podrá faltar tampoco la iniciación pastoral práctica al ministerio,
194
después de una conveniente preparación teórica sobre el arte de la
comunicación humana y las exigencias de la expresión pública de la
palabra hablada en general y de la predicación sagrada en concreto. Todos
estos objetivos se conseguirán mejor con un estudio programado de la
teología de la predicación y homilética, con suficiente entidad en el
conjunto de los estudios" (PPP 26).1
Piden, por tanto, estos documentos eclesiales una formación específica de
los seminaristas al arte de la homilía y a la comunicación en público. Incluyen en
este proceso también las leyes del lenguaje no verbal (gestos, acciones) y
ejercitaciones prácticas, porque el arte de hablar en público no se aprende en los
libros.
Los Obispos españoles, en concreto, exigen que "la homilética tenga
suficiente entidad en el conjunto de los estudios" de un Seminario o casa de
formación.
Los seminaristas se están preparando a ser ministros de la Palabra para bien
de la comunidad. Además de acoger ellos mismos la Palabra, y de estudiar bien la
Biblia y la Teología, es lógico que se adiestren también el la técnica de su
transmisión a los demás, en concreto por medio de la homilía.
La Homilética en los seminarios de USA
En concreto, pensamos que es útil reproducir aquí lo que la Comisión
Episcopal de Estados Unidos para la Formación Sacerdotal publicó hace años
sobre la enseñanza de la Homilética en los seminarios.
"Dadas las quejas sobre la pobre calidad de las homilías, y que en
varios Seminarios se ha suprimido la enseñanza de la Homilética, la
Comisión publica este documento, con la esperanza de que esta asignatura
reciba prioridad de ahora en adelante...
1 J. EVENOU, Formazione all'omelia: DizOm 565-569; M. BRZOZOWSKI,
L'omileticanei seminan oggi: Seminarium 1(1979) 160-175; VARIOS, De formatione ad
praedicationem: Seminarium 1 (1979) 1-230.
Lástima que en el documento de la Conferencia Episcopal Española de 1986,
"La formación para el ministerio presbiteral", apenas aparezca el aspecto de la
homilía. Cuando se habla del "ministerio de la Palabra" (n. 112), no se nombra la
homilía. Luego, en el "plan de estudios" para el sexenio de formación, sí aparece
el apartado de la homilética, con este esquema indicativo: "teología de la predica-
ción, diversas formas del ministerio de la Palabra; la homilía: identidad, finalidad
y medios; cómo preparar y decir la homilía" (n. 36).
12. Preparación remota y próxima 195
Reconocemos:
• que los tiempos han cambiado: "las circunstancias pastorales y humanas
(referentes al sacerdocio) han cambiado muy a menudo radicalmente" (PO 1),
• que la finalidad del ministerio sacerdotal es la fe en Cristo Jesús: "el fin que los
presbíteros persiguen con su ministerio y con su vida es.. que los hombres
reciban consciente, libre y agradecidamente lo que Dios ha realizado por Cristo
Jesús, y lo manifiesten en su vida entera" (PO 2);
• y que la predicación es su primer deber: "el Pueblo de Dios se congrega
primeramente por la Palabra de Dios vivo, que con toda razón es buscada en la
boca de los sacerdotes. En efecto, los presbíteros como cooperadores que son de
los Obispos, tienen por deber primero el de anunciar a todos el Evangelio de
Dios" (PO 4).
Por consiguiente: tiene que incluirse un curso de Homilética en el
"curriculum" del Seminario.
• La finalidad de la Homilética es preparar a los futuros sacerdotes para que
prediquen: o sea, que ejerciten públicamente y en nombre de la Iglesia aquella
forma de comunicación oral que da origen y alimenta la experiencia de fe en
Cristo Jesús. Una proclamación que encuentra su más alta expresión en la homilía
eucarística.
• En la acción de predicar, el predicador, dando testimonio de su propia fe,
comparte con los oyentes las reflexiones que, en un clima de oración, se han
suscitado en él sobre el significado de la revelación divina tal como llega a los
hombres a través de la Sagrada Escritura, la enseñanza de la Iglesia y la
continuada acción del Espíritu Santo en sus vidas.
• Esta comunicación de fe viviente para engendrar fe, se hace de un modo
sencillo, directo, personal y sin embargo suficientemente desarrollado para que
los oyentes puedan experimentar en sus propias vidas la gracia de la revelación
según la medida concedida por un Padre amoroso.
• Para preparar a los futuros sacerdotes para este ministerio, el curso de
Homilética debe favorecer el aprecio de la primacía de la predicación en el
ministerio eclesial y de sus sacerdotes, subrayando el poder de la Palabra de Dios
para cambiar nuestras vidas. Esto se consigue mejor con un estudio programado
de la teología de la predicación.
• El "curriculum" debe asegurar también que cada uno de los futuros sacerdotes
adquiera una competencia profesional en aquellas áreas de comunicación que
forman parte de la expresión pública de la palabra hablada. Hay que cuidar el
desarrollo del instrumento total que es la
196
persona misma del comunicador: el cuerpo, la voz, el corazón y la mente; ya
que la comunicación requiere siempre que se empeñe activamente toda la
persona en el momento mismo de la comunicación. Deberían incluirse en el
"curriculum", donde sean necesarios para asegurar esta competencia, cursos
sobre el arte físico y vocal de leer y hablar en público.
• El estudiante debe también tener amplia oportunidad, por medio de sesiones
de laboratorio o prácticas, de verificar por sí mismo la validez de las
consideraciones teóricas propuestas en la teología de la predicación y en la teoría
de la comunicación.
• Dado que "en la liturgia se manifiesta la santificación del hombre por signos
sensibles", es particularmente importante que haya un curso que se concentre en
los medios de comunicar las ideas por la palabra y los símbolos, de modo que se
apele, a través de la imaginación, al corazón del creyente.
• A aquellos que enseñan el curso de Homilética tendría que exigírseles una
adecuada preparación profesional. Y a esta asignatura tendría que concedérsele
una validez académica igual a la de las demás disciplinas del seminario.
• Los seminaristas que tienen la oportunidad de ejercitar el ministerio de la
predicación en medio del Pueblo de Dios, deberían reflexionar sobre sus
experiencias bajo la guía de un experto, como un medio de integrar en una
síntesis sus estudios de Escritura, teología, liturgia y comunicación.
Todo lo dicho aquí puede aplicarse, con las debidas diferencias, a la
formación de los diáconos permanentes y de los lectores".2
Preparación próxima
Este ministerio es noble, pero también es difícil. Debemos prepararlo bien. 3
Los locutores de TV o de la radio o los que van a intervenir en un
2 Traducido de Notitiae (1974) 239-241.
3 Sobre la preparación de la homilía: O.C. EDWARDS, Elememts of Homiletic, A
Method for Preparing to Preach, Pueblo, [Link], 1982, XVI-132 págs.; K. SPANG, El
arte del buen decir, o.c, toda la 2a parte: "La elaboración del discurso homilético",
pp. 55-116 (búsqueda de materiales, ordenación, formulación lingüística,
memorización, presentación: interesantes consejos de un profesor de Retórica a
un homileta); G. BARZAGHI, Contemplan et contemplala aliis tradere. La predicazione: il
suo fascino e la sua tecnica: Divus Thomas 3 (2004) 37-86.
12. Preparación remota y próxima 197
mitin político se preparan cuidadosamente. Con mayor razón debe prepararse el
predicador, porque de su mediación depende en buena parte que la Palabra de
Dios llegue estimulante o no a los fieles.
El predicador no improvisa. Por el respeto que tiene a la Palabra y a la
asamblea que escucha, se prepara bien cada homilía. Siente la responsabilidad de
ser el que transmite a los fieles lo que Dios les quiere decir. No quiere caer en la
rutina, ni en vulgaridades, ni en consideraciones superficiales que se le ocurren
cada vez. Es algo serio lo que está en juego: el que la comunidad cristiana
escuche, entienda y haga suya la Palabra que le dirige Dios hoy y aquí. No se
trata de que quede bien el predicador ("hay que ver qué bien habla... cuánto
sabe..."), sino de que la Palabra llegue en las mejores condiciones a todos.
El documento del Episcopado español sobre la homilía dedica sus números
20-25 a "la preparación de la homilía", haciendo ver, sobre todo, que el predicador
debe conocer bien la Biblia, el Leccionario y la liturgia del día.
Juan Pablo II, en su carta con ocasión de los 25 años de la Constitución
conciliar de liturgia, recomendaba en concreto "la esmerada preparación de la
homilía a través del estudio y la meditación".4
Hay una preparación remota, de la que ya hemos hablado, que son los
estudios teológicos que ha hecho el predicador, sobre todo referentes a la Biblia, y
la formación permanente que no descuida, así como el estudio de la Homilética y
la atención constante a las circunstancias de la historia que estamos viviendo.
Pero hay también una preparación próxima, que supone, en primer lugar,
una lectura detenida de los textos bíblicos del día, con la preocupa
4 JUAN PABLO II, Vicesimus Quintus annus (1988): consecuencias de la nueva
valoración de la Palabra en la Iglesia de hoy (VQA 8).
Un predicador negro, de los Estados Unidos, expresó con un lenguaje muy
popular lo que él consideraba la justa preparación próxima de la homilía:
"If ya gonna preach,
read yourself full,
think yourself clear,
pray yourself hot
and then, let you
go!
(si vas a predicar / lee todo bien / piénsatelo con claridad / reza con calor / y
entonces / ¡adelante!).
198
ción de no serle infiel en la homilía a ese Dios que quiere dirigir su Palabra a esta
comunidad. Se prepara pensando qué dicen los textos en sí mismos, qué dice el
profeta, a quién lo dice, por qué lo dice. Y qué nos dice hoy a nosotros este pasaje.
Esta preparación también implica el acceso a diversos comentarios
exegéticos y pastorales de otros autores que pueda tener a mano para la
preparación de su homilía. Ojalá también existan cauces para que otros fieles -
sacerdotes o laicos- ayuden al predicador a preparar en grupo la homilía, a
enfocar y aplicar su reflexión a las circunstancias concretas de esta comunidad.
En esta preparación entra también la actitud de aplicación personal a sí
mismo del mensaje que contienen las lecturas: qué me dice a mí, qué me pide a mí
esto que está diciendo Jeremías o Pablo o Jesús...
Y también, que de alguna manera esta lectura y preparación se conviertan
en oración: es un ministerio serio, que no podemos realizar bien sin la ayuda de
Dios. Si el predicador ha hecho suya la Palabra y se la ha aplicado a sí mismo,
seguramente estará luego en mejores condiciones para ayudar a los demás.
Como dicen las Orientaciones sobre la homilía: "La eficacia última de la
predicación de la Palabra depende de la gracia del Señor y de la acción del
Espíritu Santo que interviene tanto en el que habla en nombre de Cristo como en
los oyentes. Por eso, del mismo modo que a la lectura de la Sagrada Escritura
debe acompañar la oración para que se realice el diálogo de Dios con el hombre,
así también la preparación de la homilía debe ir acompañada de la meditación de
la Palabra de Dios que es preciso enseñar y explicar desde la vivencia personal y
con la exquisita caridad pastoral a imagen de Cristo" (PPP 25).
El Concilio lo dijo claramente a los sacerdotes: "Como ministros de la
Palabra de Dios, leen y escuchan cada día la Palabra de Dios que tienen
que enseñar a otros. Si al mismo tiempo se esfuerzan en acogerla en sí
mismos, serán discípulos del Señor cada vez más perfectos, según las
palabras del apóstol Pablo a Timoteo (l Tm 4,15-16). En efecto, buscando
cómo comunicar más adecuadamente a los demás lo que han
contemplado, saborearán más a fondo las insondables riquezas de Cristo y
la multiforme sabiduría de Dios. Teniendo en cuenta que es Dios quien
abre los corazones y que la grandeza no viene de ellos, sino del poder de
Dios, en la acción misma de transmitir la Palabra han de unirse
íntimamente con Cristo Maestro y dejarse guiar por su Espíritu. Así, por la
unión con Cristo, participan del amor de Dios, de cuyo misterio,
escondido desde siempre, se nos ha revelado en Cristo" (PO 13).
12. Preparación remota y próxima 199
Preparar el comienzo y el final de la homilía
Es importante preparar el comienzo de la homilía. Hay que saber empezar:
a veces con una afirmación clara, resumen de todo; o bien con una pregunta; o
una exclamación de asombro o de admiración o de duda ante la página leída; o
con una afirmación de la situación actual, tanto si sintoniza como si se opone al
mensaje de la lectura.
Sin necesidad de empezar con títulos y saludos a las diversas personas, ni a
los fieles (la homilía es parte de la celebración, y el saludo ya se ha hecho al
principio), hay que saber captar desde el principio la atención de los presentes.
Todavía se puede decir que no han tenido tiempo de "desconectar", y por tanto es
bueno centrar en seguida el mensaje, haciendo ver la fuerza de lo que ha dicho la
Palabra, o su carácter sorprendente o paradójico: ¿es posible lo que nos ha dicho
Jesús? ¿tiene razón Pablo, o Jeremías...? Las primeras afirmaciones han de ser
vivas, interpelantes. El predicador debe saber situarse en los bancos de la iglesia y
pensar cómo ha recibido la comunidad la lectura que acaba de serle anunciada.
También hay que tener preparado, de algún modo, el final.
El predicador pensará si conviene terminar su homilía con una afirmación
conclusiva, o con una palabra de estímulo y esperanza, o con una pregunta, o con
una invitación a seguir pensando en lo que nos ha dicho la Palabra y examinarse a
la luz de ella. El "haz tú lo mismo" de Jesús puede tener modalidades diferentes a
la hora de concretar el mensaje del día para nosotros hoy y aquí.5
Una de las virtudes de una buena homilía es la de saber acabar a tiempo,
que no se haga interminable, pero también terminarla pedagógicamente.6
5 Y no hace falta terminar siempre con la Virgen. Permítanme un recuerdo.
El año 1996, en una nación americana, un Obispo nos hizo a los reunidos en un
simposio de liturgistas una homilía que terminó hablando de la Virgen, lo cual no
está nada mal. Y nos confesó, todo orgulloso él, que "en 47 años de sacerdocio tal
vez dos veces he dejado de invocar a la Virgen en la homilía": lo cual no hay que
considerarlo como obligatorio. Algunas veces, dependiendo del tema (la escucha
de la Palabra, por ejemplo, o la caridad solícita para con los necesitados, o la recie-
dumbre ante el dolor) sí vale la pena aducir a la Virgen como modelo. Pero no es
necesario "forzar" cada homilía para que acabe con ese recuerdo.
6 En el capítulo 13 reflexionaremos sobre el aspecto de "cuánto" debería
durar una homilía.
1200
No habría que tener miedo de terminar la homilía "pronto", o incluso un
poco "en punta". El oyente lo agradecerá más que no el ir prolongando el
aterrizaje sin demasiado sentido. Lo que sí hay que tener en cuenta es que la
homilía no es el final de la celebración, sino que debe preparar el camino al rito
sacramental. No hace falta decirlo todo: a veces basta sugerir, plantear
interrogantes, invitar a que sigan pensando antes de pasar al Sacramento.
¿Escribir la homilía?
Escribir la homilía tiene ventajas y desventajas.
En algunas ocasiones es conveniente que esté escrita. El Papa, que la mayor
parte de las veces predica en una lengua que no es la suya, normalmente la lee.
Así lo hacen también los que predican en celebraciones especiales y más
comprometidas. En el caso de las misas retransmitidas por radio o televisión, los
Obispos españoles (Comisiones de liturgia y de medios de comunicación) dieron
en 1986 unas normas sobre la homilía: "El sacerdote debe ser consciente de la
difusión evangelizadora que los medios de comunicación prestan a sus palabras.
Por eso, es aconsejable que escriba la homilía, incluso por razones de medida de
tiempo" (n. 25).
Leer la homilía tiene la ventaja de que está preparada, no improvisada, y
normalmente es más breve. Puede ser un signo de respeto a la Palabra y a la
comunidad.
Tiene la desventaja de que, si se lee con la mirada demasiado sujeta al papel,
y siguiendo al pie de la letra lo que se había escrito, se puede perder
comunicatividad y viveza.
Habrá que evitar los dos extremos: la improvisación y la esclavitud del
papel. Lo que sí es bueno es tener al menos un esquema, aunque en el momento
de la predicación no necesariamente se tenga delante o se tenga que seguir al pie
de la letra, porque seguramente la celebración misma ha creado sensaciones que
no se habían previsto antes. Lo que sí debería tener ese esquema es el modo de
comenzar y de "aterrizar" al final.
La ayuda de los homiliarios
El predicador puede echar mano, para la preparación de su homilía, de los
varios homiliarios que existen, sobre todo para los domingos. En la historia ha
habido con frecuencia homiliarios, obras de prestigiosos predicadores, sobre todo
Santos Padres, que han sido utilizados durante siglos.
12. Preparación remota y próxima 201
También ahora tiene a mano un predicador diversas ayudas para la homilía.
Unas, en forma de libros con homilías ya hechas. Otras, como folletos u hojas
sueltas, con materiales para construir uno mismo su homilía. Unas y otras pueden
resultar una buena ayuda por sus ideas y sus aplicaciones concretas.7
Las homilías hechas de los "homiliarios" es difícil que respondan a las
circunstancias de la propia comunidad y, además, en pocos años quedan
"desfasadas" en cuanto a la historia de la humanidad y de la Iglesia, que también
cuentan a la hora de organizar una homilía: o sea, se puede decir que los
homiliarios pueden "envejecer" rápidamente.
De las publicaciones más ágiles habría que decir que en principio no
deberían considerarse como pensadas para leer directamente, sino para ayudar a
preparar la propia homilía, que es la que se adapta a la comunidad. Es cada uno
quien conoce a la comunidad y quien puede preparar una homilía más viva y
concreta para ella. Estos subsidios para la predicación no es el ideal que ofrezcan
"homilías hechas", aunque muchas veces las pidan sus suscriptores.8
Es bueno leer lo que dicen al respecto las Orientaciones de la Comisión
Episcopal de Liturgia:
"Desde los comienzos de la reforma litúrgica, cuando la homilía se hizo
obligatoria, han proliferado por todas partes diversas publicaciones, en
forma de libro unas, de aparición periódica las más, que han pretendido
facilitar a los ministros de la Palabra el desempeño de su tarea. Estas
publicaciones, cuando proponen de manera positiva y clara el comentario
bíblico conforme a una exégesis seria y respetuosa con la
7 Sobre los homiliarios: cf. L. F. ÁLVAREZ, Riviste di omiletica in Spagna:
DizOm 1396-1397, con breve valoración sobre las publicaciones más conocidas en
España: "Dabar", de Estella, "Eucaristía", de Zaragoza, "Homilética", de Santander,
y "Misa dominical", de Barcelona; R. BALA, La actualización del mensaje en la pre-
dicación y su aplicación en las guías dominicales": tesina de licencia de 2003 en
que analiza esas mismas cuatro publicaciones.
8 Permítaseme aludir a mi obra, ahora en diez volúmenes, titulada
Enséname tus caminos, de la colección "Dossiers CPL" de la editorial CPL, de
Barcelona. Seis de ellos ofrecen materiales para todas las ferias del año. Uno, para
las fiestas de santos que tienen lecturas propias. Y los otras tres, para los
domingos de los tres ciclos. No son homilías hechas, sino materiales para la
reflexión personal y eventualmente también para la homilía, sin relacionar
necesariamente unas lecturas con otras cuando no tienen ese nexo en la estructura
del año litúrgico.
Preparación remota y próxima 202
unidad de toda la Sagrada Escritura, prestan una buena ayuda en la
preparación de la homilía...
La utilización de estos materiales no debe impedir una preparación
cuidadosa de la homilía, atenta a la situación concreta de sus destinatarios,
aspecto que nunca podrá suplir ni el mejor de los guiones o esquemas de
predicación. Estos deben, en cierto modo, educar o ayudar, no suplantar
una tarea que forzosamente ha de ser realizada por el propio ministro de
la homilía. En este sentido, buscando una mejor preparación, sería muy
loable que, donde sea posible, los presbíteros compartiesen esta tarea
incluso con el concurso de otos miembros de la comunidad cristiana, pero
asumiendo siempre cada uno la propia responsabilidad ministerial de
partir el pan de la Palabra divina a su pueblo" (PPP 24).
13
OTRAS SUGERENCIAS PASTORALES
Desde dónde predicar
En principio, el lugar más idóneo para la homilía parece la sede pre-
sidencial. Toda la primera parte de la celebración la preside el ministro desde su
sede. Se subraya así que la homilía pertenece al ministerio de la presidencia:
preside y predica "in persona Christi", personificando al mismo Cristo que es el
auténtico Maestro de la comunidad.
Si no puede ser, por razones de escasa visibilidad o cercanía, la puede hacer
desde el ambón. En ese caso se subrayaría la relación de la homilía con la Palabra
recién proclamada (cosa que, por otra parte, también se expresa bien si predica
desde la sede con el Leccionario en la mano).
La Institutio del Misal repite ante todo la consigna de reservar el ambón para
la Palabra propiamente dicha, la que Dios dirige a su comunidad a través de las
lecturas bíblicas, y buscar otro lugar más adecuado para otras "palabras" sin
mayúscula: en este caso, la del presidente, por tanto desde su sede. Pero no quiere
exigirlo en exceso, porque se pueden dar circunstancias que lo hagan
desaconsejable. Por eso añade que "se puede" decir la homilía desde el ambón:
"El sacerdote, de pie en la sede o en el mismo ambón, o en otro lugar
idóneo, si conviene, pronuncia la homilía" (IGMR 136).
"La dignidad de la palabra de Dios exige que en la iglesia haya un
lugar adecuado para su proclamación... Desde el ambón únicamente se
proclaman las lecturas, el salmo responsorial y el pregón pascual. Pueden
también hacerse desde él la homilía y las intenciones de la oración uni
13. Otras sugerencias pastorales 205
versal La dignidad del ambón exige que a él sólo suba el ministro de la
palabra" (IGMR 309).
Las Orientaciones para la homilía de los Obispos españoles explican bien la
razón de ser de este lugar alternativo de la homilía:
"El lugar puede ser la sede del celebrante o el ambón, no el altar Si se
hace la homilía desde la sede se destacará el carácter presidencial y
jerárquico del ministerio de la predicación litúrgica, del que la sede es
signo. Hacerla en el ambón contribuirá a mostrar la conexión de la homilía
de la Palabra de Dios, desde el lugar propio de la proclamación de esta"
(PPP 28).
Recordamos desde dónde se predicaba antes en las iglesias: desde el
púlpito. Desde ese lugar elevado, situado hacia la mitad de la iglesia, y con una
especie de toldo encima para orientar la voz hacia abajo, se podía comunicar más
eficazmente la palabra a toda la asamblea. Ahora, con los medios de la megafonía
se resuelve el tema de otro modo.
El lugar desde el que se predica debe facilitar la comunicación visual entre
el predicador y la comunidad, sin elementos intermedios que puedan dificultar,
física o psicológicamente, esta mutua cercanía de ambos. Por tanto, no parece
muy adecuado que se utilice otro atril delante de la sede, casi como un doblete
del ambón, para guardar papeles y libros. Impide la buena visibilidad del
presidente por parte de todos.
Naturalmente, el lugar de la homilía, la sede, debe también estar provisto
de una buena condición acústica, con la megafonía adecuada.
Podría dar lugar a dudas el que en latín se diga que hace la homilía
"stans ad sedem" (IGMR 136): ¿estando de pie? ¿sentado? En IGMR 138 se
usa la misma expresión para la oración universal, en cuyo caso se traduce
claramente por "de pie junto a la sede", porque la oración pide por su
naturaleza que se realice de pie.
Pero en el caso de la homilía parece lo más coherente con su oficio de
presidente que la homilía la haga sentado. Por eso la introducción al
Leccionario dice que la homilía se tiene "en la sede, de pie o sentado"
(OLM 26).
La duración de la homilía
La duración de la homilía es importante para el equilibrio y la proporción
global de una celebración. Es también lo que los fieles notan más, y lo que más
comentan.1 Aunque es verdad que, si tiene otras virtudes -lenguaje
1 En una parroquia de Barcelona realizaron hace años una encuesta entre los
206
accesible, aplicación concreta a la vida- "perdonarían" con relativa facilidad unos
minutos de más. De lo que se quejan con más razón a veces es del poco mordiente
que tienen las homilías y su poca relación con la vida. Y más si a eso se añade su
duración exagerada.
Motivos para una homilía relativamente breve
Normalmente las homilías pecan de demasiado largas, con la consecuencia
de que los predicadores se han entretenido mucho en la homilía y luego tienen
que corren para "recuperar" el tiempo.
Hay varios motivos para recomendar una homilía relativamente breve.
a) La homilía no es lo principal: la Palabra misma, las lecturas bíblicas, son
más importantes que su explicación, por autorizada y preparada que sea; si la
homilía desborda ostensiblemente el tiempo de las lecturas, parece
desproporcionada.
b) Antes sí que era más "necesaria" una homilía detenida, porque, por
ejemplo, había que repetir la parábola del hijo pródigo, que los fieles habían
escuchado en latín; ahora, todo está en nuestra lengua, también las lecturas, y, por
tanto, la homilía queda un tanto relativizada, aunque conserve su importancia.
c) Toda la celebración, no sólo la homilía, es alimentadora de la fe: los
cantos, las oraciones, sobre todo las lecturas.
d) La homilía debe ser proporcionada al conjunto de la celebración; una
homilía que, en una Misa que va a durar cuarenta minutos, pasa de los diez,
parece excesiva; en unos ocho o diez minutos se puede decir mucho, si se ha
preparado bien, contando sobre todo con que ya las lecturas mismas han sido
proclamadas y las ha escuchado la comunidad, y seguramente ya han producido
una "homilía interior" en los oyentes. El que no ha logrado decir algo sustancioso
en esos pocos minutos, no parece que vaya a mejorar la cosa por mucho que siga
hablando.
e) No tendríamos que subestimar a los fieles: captan más de lo que creemos
de las lecturas que han escuchado, si se han proclamado bien, y
asistentes a las misas dominicales. Se proponían cuatro respuestas posibles
calificando a la homilía: "lejos de la vida", "difícil de entender", "excesivamente
larga", "me parece bien". Esta última posibilidad tuvo la mayoría: el 60%. Entre
los que optaron por las respuestas negativas, el 25% lo hizo porque la homilía
la encontraban demasiado larga...
13. Otras sugerencias pastorales 207
no hace falta repetir demasiadas ideas; la Palabra la han acogido también ellos, y
el Espíritu actúa también sobre ellos.
f) El homileta debe conocer y respetar las leyes psicológicas de la
atención que también aquí se aplican. Claro que depende de su pedagogía
simpatía y concretez, pero es útil recordar que la capacidad de atención de
la gente (a las palabras, sin imágenes) es limitada.
En una revista alemana -los alemanes a) se preocupan mucho de la
homilía, b) hacen estadísticas de todo- apareció una encuesta que se había
realizado sobre lo que queda en la memoria de los oyentes después de la
misa:
los primeros tres minutos tienen un grado alto de atención (o sea, su
contenido se recuerda mucho);
los cuatro minutos siguientes baja notablemente esta atención;
vuelve a subir un poco en los minutos 7 y 8,
y desde ahí hasta el final, la atención se acerca al punto cero.
g) No hace falta que la homilía lo diga todo: a veces es bueno terminar
con una perspectiva "no completa", dejando un interrogante en el aire, ayu-
dando a que todos sigan pensando y aplicándose a sí mismos lo que ha dicho
la Palabra, sin pretender apurar todas las consecuencias y aplicaciones.2
Depende también de las circunstancias
Tampoco este tema de la duración de la homilía, como otros muchos,
pertenece a los dogmas ni al terreno de las ciencias exactas. Depende mucho de
las circunstancias de la celebración.
En una celebración eucarística dominical uno piensa que en ocho o diez
minutos se puede realizar muy convenientemente este ministerio de
2 Es famosa la frase de Baltasar Gracián, aunque no se suele citar en su tota-
lidad: :
"lo bueno, si breve,
dos veces bueno;
incluso lo malo,
si poco, menos malo". En el ambiente eclesiástico se cuenta el consejo que dio
un sacerdote mayor a uno joven que le vino a hacer de vicario, refiriéndose a la
homilía: prepara muy bien el comienzo del sermón, y también el final, y luego
procura que no estén demasiado lejos el uno del otro...
El dicho clásico lo resumió bien: "esto brevis, et placebis", sé breve y agra-
darás.
208
ayuda a la comunidad para que capte la Palabra. Mientras que en una celebración
entre semana, en la que también tiene mucho sentido la homilía, podría ser más
breve (digamos que unos cinco minutos).
En una celebración de "fiesta mayor" tal vez la comunidad ya espera una
homilía un poco más prolongada, aunque tampoco sea conveniente extralimitarse
en ella, porque también en esas celebraciones se han proclamado ya las lecturas
que deben servir de punto de referencia a su comentario.
Desde las páginas de "Misa Dominical" recomendamos varias veces
una homilía breve. Pero una vez (en el n. 6 del año 2000) creímos con -
veniente publicar la "protesta" de unos misioneros del Ecuador que nos
pidieron que no insistiéramos más en la brevedad de la homilía. Nos
decían que eso sería en todo caso útil recordarlo en Europa, pero no
necesariamente en otras tierras, en donde las gentes no tienen prisa, y a
veces la celebración eucarística del domingo es un acontecimiento
esperado, al que acuden desde lejos y no les va de media hora más o
menos. Para muchos es la única ocasión de escuchar la Palabra de Dios y
su explicación. Nos decían que los fieles no se quejaban nunca de lo largas
que fueran las homilías, si habían sido instructivas y concretas. Sí se
extrañaban a veces de una homilía demasiado escueta ("el padre tiene
prisa", "el padrecito está bravo", "parece que no ha tenido tiempo de
prepararse bien"...). Lo mismo sucederá seguramente en muchos países del
África.
Tal vez sea sabio, por tanto, recordar la norma que da la introducción al
Leccionario (1981): "Con esta explicación viva que es la homilía, la Palabra de
Dios que se ha leído puede adquirir una mayor eficacia, a condición de que la
homilía sea realmente fruto de la meditación, debidamente preparada, ni
demasiado larga ni demasiado corta, y de que tenga en cuenta a todos los que están
presentes, incluso a los niños y a los menos formados" (OLM 24).3
3 Este de la duración exagerada de las homilías no parece ser un problema
sólo de nuestro tiempo. Federico Guillermo I, rey de Prusia, denunciaba por el
año 1744 que "los sermones se alargan fuera de toda medida", y con el deseo de
"fijar un límite a tan pesadas predicaciones, más aptas para debilitar que no para
alimentar la devoción", ordena que "nunca pasen de una hora". Y los
predicadores que contravengan esta norma "deberán pagar dos talers en la iglesia
donde hayan pecado". Aquí hemos conocido "multas" no por la duración, sino
por el contenido presuntamente político de las homilías. Menos mal que ahora no
parecen muy interesadas las autoridades en esta clase de medidas relativas a la
homilía. Y, en
13. Otras sugerencias pastorales 209
Una breve monición que presenta la lectura
Antes de las lecturas es conveniente a veces una breve monición que
presenta, no tanto el contenido y las aplicaciones, sino el contexto del pasaje, para
despertar el interés de los fieles o permitir la comprensión de lo que van a
escuchar.4
Antes de las lecturas, especialmente antes de la primera, pueden hacerse
unas breves y apropiadas moniciones... sencillas, fieles al texto, breves,
preparadas minuciosamente y adaptadas al matiz propio del texto al que deben
introducir (OLM 15)
Corresponde al presidente introducir, de vez en cuando, a los fieles
mediante unas moniciones, en la liturgia de la palabra, antes de la proclamación
de las lecturas... Esta función puede ejercerla por medio de otros, por ejemplo, del
diácono o del comentador (OLM 42) (cf. también IGMR 31).
Un momento de silencio antes y después
Parecería poco adecuado hablar del silencio cuando se está reflexionando
sobre la homilía que, fundamentalmente, es palabra.
Sin embargo, en el conjunto de una celebración es importante la proporción
entre palabra y silencio, como lo es también entre canto y palabra, entre palabras
y gestos.
La homilía no habría que iniciarla precipitadamente después de las lecturas:
hay que dejar tiempo para que todos se sienten y, desde el silencio, empezar el
comentario del sacerdote.
Y al igual que después de cada lectura (o de cada salmo, en el rezo de la
Liturgia de las Horas) se recomienda un momento de silencio, para interiorizar lo
dicho o lo escuchado, también es bueno que el Misal, en su introducción,
recuerde repetidamente la conveniencia de un momento de silencio después de la
homilía:
- "al terminar la lectura o la homilía, mediten brevemente sobre lo que han
oído" (IGMR 45),
todo caso, el "listón" se sitúa ahora ciertamente en una medida más discreta que
el de una hora...
4 Sobre las moniciones antes de las lecturas, cf. P. FARNÉS, Pastoral de la
Eucaristía (= Dossiers CPL 49), el capítulo "Las moniciones litúrgicas", sobre todo
pp. 48-66, "moniciones a las lecturas".
13. Otras sugerencias pastorales 210
- "estos momentos de silencio pueden observarse... una vez concluida la
homilía" (IGMR 56),
- "tras la homilía es oportuno guardar un breve espacio de silencio"
(IGMR 66),
- "una vez terminada la homilía, puede guardarse un tiempo de silencio"
(IGMR 136)5.
El silencio no es necesariamente pasivo, sino que puede ser un momento
muy activo. Después de comulgar también se recomienda, para favorecer,
después del acto principal de toda la celebración, la personalización e
interiorización de la comunión eucarística con Cristo.
Aquí, después de la Palabra y la homilía, el silencio tiene la misma
finalidad: ayudar a que todos -empezando por el mismo predicador-hagan suya
la Palabra y activen el "diálogo" interior entre Dios y la comunidad, diálogo que la
homilía ha tratado de provocar y animar.
Como dice la introducción al Leccionario: "Así, habiendo escuchado y
meditado la Palabra de Dios, los cristianos pueden darle una respuesta activa,
llena de fe, de esperanza y caridad, con la oración, con el ofrecimiento de sí
mismos, no sólo durante la celebración, sino también en toda su vida cristiana"
(OLM 48).
5 A. M. TRIACCA, II silenzio dopo l'omelia. Suoi dinamismi pneumatologici:
Liturgia 145 (1998) 20-28.
14
LA HOMILÍA, EDUCADORA DE LA FE
De todo lo dicho podemos deducir la importancia que tiene el ministerio de
la homilía en el conjunto de la pastoral cristiana.
Naturalmente, la homilía no es un elemento aislado, ni el principal, en la
dinámica de una celebración. La Palabra de Dios es más importante que la
homilía. También cuenta la proclamación expresiva de la Plegaria Eucarística y la
realización de los signos sacramentales, sobre todo en la misa, en la que los fieles
que han acogido la Palabra participan después del Cuerpo y Sangre del Señor.
Tampoco asume ni sustituye la homilía la función de los demás momentos
formativos de la comunidad: la evangelización, la catequesis, los caminos
catecumenales, la pedagogía de los escritos y de los medios de comunicación, los
cursos bíblicos o litúrgicos o de espiritualidad para grupos o parroquias, la
dirección espiritual, o las demás iniciativas de formación permanente. Además, se
sitúa dentro del itinerario que ofrece el Año Litúrgico, con la sucesión de los
domingos y de los tiempos fuertes, así como de los días entre semana.
Pero ciertamente, en este marco eclesial que todo él se puede llamar
educador, aparece la homilía como un factor muy notable, que ilumina, que
ayuda a madurar progresivamente en la fe. La homilía nos educa a todos a tomar
en serio y acoger en nuestra vida la Palabra de Dios, a comprometernos en el
proyecto salvador que Dios nos ofrece, a lograr la unidad entre la fe que
profesamos, el sacramento que celebramos y la vida que vivimos.
Es un momento relativamente breve, unos diez minutos, pero son diez
minutos que, a la larga, si se realizan bien, pueden ser el motor de una
213
jornada o de una semana vividas desde la fe, desde la fuerza salvadora de la
Palabra de Dios. Diez minutos que para muchos cristianos, que no asisten a otros
cursos ni iniciativas de formación, siguen siendo prácticamente el único factor de
animación en su fe.
El Código recuerda a los Obispos su deber de predicar: "Como el pueblo de
Dios se congrega ante todo por la Palabra de Dios vivo, que tiene absoluto
derecho a exigir de labios de los sacerdotes, los ministros sagrados han de tener
en mucho la función de predicar, ya que entre sus principales deberes está el de
anunciar a todos el Evangelio de Dios" (CIC 762).
El primer beneficiado, el predicador
Al primero a quien educa la homilía es al mismo que la prepara y
dice.
a) La homilía le hace sentir que él no es dueño de la Palabra, sino su ser-
vidor. Es la actitud fundamental de un ministro y de un profeta: conside-
rarse servidor de la Palabra. Él no es el creador del mensaje. En todo caso,
es el encargado de suscitar una disposición de acogida. Pero la Palabra es
de Otro. El predicador es el servidor de un acontecimiento salvífico que
sucede, no entre él y los fieles, sino entre Dios y la comunidad. "No era él la
luz, sino el que daba testimonio de la luz. La Palabra era la luz verdadera"
(Jn 1,8-9).
El que da una conferencia, es dueño de su tema. El que predica una homilía,
no. Él pondrá de su parte toda la pedagogía y la fuerza de invitación y
exhortación; pero la chispa ha de surgir entre Dios y la asamblea. El "amén" no se
lo dicen a él, sino a Dios y a Cristo, Palabra definitiva y salvadora. El que predica,
sintiéndose él mismo evangelizado, se convierte en evangelizador. Pero la Buena
Noticia no la ha inventado él. Es discípulo y portavoz del único Maestro, Cristo.
No predica con la preocupación de "qué les digo hoy", sino con la actitud humilde
del mensajero que se pregunta "qué nos dice hoy Dios".
b) Le educa también la homilía en su actitud personal de fe. Para ser
servidor de la Palabra que resuena para la comunidad, el predicador debe
oírla él primero, escucharla y acogerla personalmente. Es, antes que homi-
leta, oyente. Incluso cuando ya está hablando, no se debería escuchar a sí
mismo, sino en todo momento estar atento a la Palabra. Se le debe notar
que no se ha "soltado" de ella, sino que la está siguiendo y dejando resonar
en las reflexiones que él hace a la comunidad. Qué bien lo dijo san Agustín
(en su sermón 179): es un sermón sobre la Palabra de Dios y desarrolla
14. La homilía, educadora de la fe 214
la idea central de que el predicador debe ante todo saber escuchar, para que luego
su palabra sea verdadera. Porque "es un observador vacío de la Palabra de Dios,
hacia fuera, el que por dentro no es oyente de la misma".
c) Otro aspecto de esta función educativa de la homilía para con el mismo
predicador es que le hacen sentirse un hermano dentro de la comunidad. No predica
desde fuera, ni desde arriba. Es un fiel que forma parte de la asamblea, aunque
haya recibido el encargo oficial de ayudar a los demás en su fe. Creyente entre
creyentes, y no tanto doctor o maestro, el predicador, en el tono fraterno que es
propio de la homilía, va sintiendo cada vez más respeto a sus hermanos. El
predicar le acerca a la comunidad, le invita a conocerla mejor y a aceptarla. No es
dueño de los fieles, como no lo es de la Palabra. También los fieles han escuchado
la Palabra y se han dejado iluminar por ella. El predicador, con su ministerio,
intenta ayudarles a que lo hagan con mayor profundidad. Él ha escuchado la
Palabra, y resuena ante todo en él, y luego exhorta a sus hermanos desde su
propia actitud de fe.
d) El predicador oye la Palabra de Dios, que resuena en él. Oye la palabra de
los hombres, y resuena también en él. Y esta admirable "estereofonía" le va
haciendo madurar en su fe y en su papel de ministro.
Todos sabemos que esto puede parecer utópico. Que la rutina y el cansancio
hacen mella en el homileta. Que puede aplicar todos los métodos de la
comunicación oratoria sin que por eso repercuta mucho en él mismo lo que dice
Dios. Puede convertirse en un cartero que transmite mensajes pero no sintoniza
con ellos, en un prestidigitador que juega con las bolas lanzadas al aire, hace
maravillas y, cuando termina su número, las guarda en una cajita hasta la
próxima...
Por eso, afirmar que la homilía educa al sacerdote está suponiendo que este
ejercita su ministerio con fe y con ilusión. Entonces sí que la Palabra, y la homilía,
provocan el diálogo ante todo entre el mismo predicador y Dios. Y por esas
inaferrables leyes de comunicación espiritual que entran en juego en la
celebración, muchas veces es palpable que de la calidad de este diálogo personal
que brota entre la fe del sacerdote y el Dios que habla, depende en buena parte la
eficacia de las palabras que dice a sus hermanos.
Nos educa a la centralidad de la Palabra
La homilía es educadora para toda la comunidad cristiana, y en varias
direcciones.
Uno de los valores que la reforma litúrgica y la nueva sensibilidad
2151215
que ha madurado en la Iglesia han puesto más de relieve es la prioridad y la
centralidad de la Palabra de Dios. Y en este re-descubrimiento de la Palabra tiene
parte muy importante la homilía, si se realiza bien.
A pesar de que por las apariencias pudiera pensarse lo contrario, porque la
homilía se dice con mayor énfasis que la lectura, no es la palabra del predicador el
centro, sino la lectura bíblica que se ha proclamado antes, sobre todo el evangelio.
Si la homilía está bien pensada, va haciendo palpable a la comunidad que el
puesto central le corresponde al Dios que les habla. La homilía es "relativa", no
absoluta. No independiente, sino servidora de la Palabra.
La comunidad, por la repetición de esta dialéctica, va comprendiendo cada
vez más que la iniciativa la tiene Dios, que la auténtica Palabra salvadora es la de
él. Y esto puede resultar en cierto modo revolucionario para una generación como
la nuestra que ha sido educada más bien con el alimento de los libros de devoción
y las lecturas piadosas, y no precisamente al ritmo de la Historia de la Salvación
como nos la presentan los libros bíblicos. Ahí están el nuevo Leccionario y la
homilía, para recordar a todos continuamente la importancia de la Palabra que
nos dirige Dios, y que no quiere caer en el vacío, sino encontrarse con la atención
y la acogida de la comunidad cristiana.
Una homilía buena no se aleja de la Palabra, en busca de otros temas o
argumentos, sino que, partiendo de ella, la aplica con pedagogía concreta y viva a
la historia presente de la comunidad, invitando a todos a dejarse convencer por
ella y que se note su mentalidad en su estilo de vida. La actual riqueza y
estructura del Leccionario, sobre todo con la lectura continuada de los varios
libros bíblicos, es una invitación a "dejar hablar" a Dios, y no partir
necesariamente de nuestros problemas e interrogantes, seguros de que, a la larga,
Dios responderá a nuestros interrogantes; pero disponibles también a que sea él
quien nos plantee sus interrogantes y nos oriente para saber cuáles son las
prioridades que debemos seguir en nuestra vida.
La Palabra de Dios no es una página de un libro venerable, que abrimos
como acto de homenaje devoto a Dios. Es acontecimiento vivo cada vez, en la
comunidad creyente. Es Palabra que se dirige hoy y aquí a nosotros. La homilía, lo
que quiere es que se produzca esa experiencia, sencilla pero profunda, de fe y de
acogida por parte de los fieles. Que la comunidad comulgue con Cristo, que
primero se nos da como Palabra de salvación y luego como Cuerpo y Sangre de
vida. Las lecturas han "sonado" ya.
14. La homilía, educadora de la fe
216
La homilía intenta que además "resuenen" en nuestra historia y en nuestro
proyecto de vida.
Nos educa al compromiso de la vida
Otro aspecto en que la homilía educa a la comunidad cristiana es
iluminando continuamente su vida y su historia a la luz de la Palabra de Dios. La
homilía, como hemos visto, es una exhortación fraterna a aceptar como criterio de
vida el criterio que Dios nos propone. No se trata de pequeños detalles que
podemos añadir a nuestro estilo de vida. Se trata de una opción global y de una
alternativa: realizar nuestra vida en Cristo y desde Cristo, juzgar nuestra
existencia a su luz, ver el mundo, la sociedad y nuestros proyectos, desde su
perspectiva, desde los ojos de Cristo. Por eso la homilía educa a un sentido crítico,
que muchas veces es de contraste, juicio y discernimiento respecto a los proyectos
vitales que más espontáneamente asumimos en el mundo de hoy. La homilía es
un momento "profético" y comprometedor en nuestra vida, interpretándola desde
la Palabra.
La homilía no es lo único que alimenta la fe de la comunidad: también las
oraciones, los cantos, la celebración entera y, sobre todo, las lecturas, tienen gran
fuerza alimentadora de la fe. Pero la homilía, haciendo eco a la Palabra
proclamada, y reflejando su luz sobre la vida de la comunidad, puede convertirse
en una verdadera formación permanente, luz y alimento para los fieles.
La Palabra nos presenta a lo largo del año un sistema de valores que muchas
veces es opuesto al de este mundo. El que predica debe ejercer el servicio del
discernimiento y de la clarificación, para que la comunidad vaya haciendo propia
la opción por la mentalidad de Dios. Fuera de la celebración estamos sometidos a
un bombardeo de mensajes contrarios -una auténtica "anti-homilía" o "anti-
Palabra"- que hemos de saber contrarrestar con la Palabra y el acercamiento que la
homilía hace de ella a la vida de hoy, hasta los últimos rincones de nuestra
existencia.
La Palabra de Dios no es dicha en el aire, ni atemporalmente: cae sobre la
comunidad con toda su fuerza. La homilía quiere precisamente ayudar a que esa
Palabra ilumine hasta los últimos rincones de nuestra existencia. A veces con el
anuncio. Otras, con la denuncia.
217
Para conseguir una espiritualidad en torno a la Palabra
Para que la homilía produzca el mejor fruto, hay que cuidar pastoral-mente
varias dimensiones, antes y durante la celebración.
No tendríamos que dejarlo todo al "ex opere operato". Sí, es el Espíritu quien
mueve los corazones, pero de ordinario se sirve del ministerio humano de los
lectores y de la megafonía y de la palabra del predicador.
La Palabra de Dios, como explicó Jesús en su parábola, puede producir el 30
o el 60 o el 100 por uno. Pero, además de la labor del Espíritu, su fruto depende de
muchos factores:
a) debe cuidarse el lenguaje de los signos en torno a la liturgia de la Palabra:
la puntualidad en su comienzo, la buena megafonía, la dignidad del libro y del
ambón, los signos de respeto a la Palabra;
b) hay que cuidar sobre todo los ministerios de la Palabra: no sólo el de la
homilía, sino antes los del lector, del monitor y del salmista;
c) los fieles deben ir profundizando en la comprensión y el aprecio de la
Palabra; deben ir acostumbrándose a interiorizarla y personalizarla cada vez que
la escuchan, sobre todo en la celebración comunitaria;
d) la homilía ha de aportar su contribución a que la comunidad cristiana
diga su "sí" o su "amén" a Dios, respondiendo al "sí" y al "amén" de Dios a ella (cf.
2 Col,20), imitando la actitud de la Virgen María que contestó al anuncio del ángel:
"hágase en mí según tu Palabra" (Lc 1, 38).
Es interesante recordar lo que pide la Introducción al Leccionario: "En la
liturgia de la Palabra, por una audición acompañada de la fe, también hoy
la congregación de los cristianos recibe de Dios la palabra de la alianza, y
debe responder a esta palabra con la misma fe, para que se convierta cada
día más en el pueblo de la nueva Alianza.
El pueblo de Dios tiene derecho a recibir abundantemente el tesoro
espiritual de la palabra de Dios, lo cual se realiza al llevar a la práctica la
OLM, y también a través de la homilía y de la acción pastoral.
Los fieles, en la celebración de la misa, han de escuchar la palabra de
Dios con una veneración interior y exterior que los haga crecer con-
tinuamente en la vida espiritual y los introduzca cada vez más en el
misterio que se celebra" (OLM 45).
Es famoso el pasaje de san Agustín cuando, tomando la idea de "un maestro
de elocuencia", dice que el predicador "debe hablar de tal modo que enseñe,
deleite y mueva (ut doceat, ut delectet, ut flectat)" (IV, 12,27-29). De estas tres
finalidades la primera y necesaria es "enseñar", para que los
14. La homilía, educadora de la fe 218
fíeles entiendan lo que Dios nos dice; luego, que "gusten" lo que han entendido;
pero luego viene lo decisivo: que se muevan a cumplirlo. Por parte del oyente
correspondería a "entender", "gustar" y "obedecer"...
Pablo VI resumió bien, el año 1975, la importancia de una buena pre-
dicación para la comunidad cristiana:
"Esta predicación, inserta en la celebración eucarística de la que recibe
fuerza y vigor particulares, tiene ciertamente un papel especial en la
evangelización, en la medida en que expresa la fe profunda del ministro
sagrado que predica, y está impregnada de amor. Los fieles reunidos para
formar una Iglesia pascual, que celebra la fiesta del Señor presente en
medio de ellos, esperan mucho de esta predicación y sacan fruto de ella,
con tal que sea sencilla, clara, directa, adaptada, profundamente enraizada
en la enseñanza evangélica y fiel al magisterio de la Iglesia, animada de un
ardor apostólico equilibrado que le viene de su propio carácter, llena de
esperanza, alimentadora de la fe, engendradora de paz y de unidad.
Muchas comunidades parroquiales o de otro tipo viven y se consolidan
gracias a la homilía de cada domingo, cuando esta tiene estas cualidades" (EN 43).
Y la introducción al Leccionario resume así las finalidades pastorales de una
buena homilía:
"Con la homilía, el presidente guía a sus hermanos hacia una sabrosa
comprensión de la sagrada Escritura, abre el corazón de los fieles a la
acción de gracias por las maravillas de Dios, alimenta la fe de los presentes
en la palabra que, en la celebración, por obra del Espíritu Santo, se
convierte en sacramento, los prepara para una provechosa comunión y los
invita a asumir las exigencias de la vida cristiana" (OLM 41).
APÉNDICES
2221222
-I-
LA SOLEMNE PREDICACIÓN
DEL LIBRO DE NEHEMÍAS
En el capítulo 8 del libro de Nehemías, en el Antiguo Testamento, tenemos
un hermoso ejemplo de predicación cúltica a una gran asamblea, la de Israel, a la
vuelta del destierro del Norte.
Después de una generación vivida en tierra pagana, aquellos israelitas,
sobre todo los jóvenes, necesitaban claramente una re-evangelización. Un laico, el
gobernador Nehemías, y un sacerdote, el escriba Esdras, organizaron, con la
ayuda de otros levitas, una gran asamblea donde se ofreció a todo el pueblo una
detenida catequesis del Libro de la Ley (el Deuteronomio), que había sido ya
olvidado por la mayoría en los años del destierro en tierras paganas.
El acto de la apertura del libro y su lectura se revistieron de solemnidad y
aclamaciones.
Todo el pueblo se congregó como un solo hombre en la plaza que está
delante de la Puerta del Agua.
Dijeron al escriba Esdras que trajera el libro de la Ley que Yahvé había
prescrito a Israel. Trajo el sacerdote Esdras la Ley ante la asamblea, inte-
grada por hombres, mujeres y todos los que tenían uso de razón.
En pie sobre un estrado de madera levantado para esta ocasión, leyó
Esdras una parte en la plaza desde el alba hasta el mediodía, en presencia
de todos, y los oídos del pueblo estaban atentos al libro de la Ley. Cuando
Esdras abrió el libro a los ojos de todos, el pueblo entero se puso en pie.
Esdras bendijo a Yahvé, el Dios grande, y todo el pueblo, alzando las
manos, respondió: Amén, Amén. E inclinándose se postraron ante Yahvé
rostro en tierra.
Aquí entraron en acción los levitas (los catequistas, diríamos ahora), para
que la lectura fuera entendida y provechosa:
Los levitas (y Esdras)... explicaban la Ley al pueblo... aclarando e
interpretando el sentido, para que comprendieran la lectura.
El segundo día los cabezas de familia de todo el pueblo, los sacerdote y
levitas, se reunieron junto al escriba Esdras para comprender las palabras
de la Ley...
Esdras leyó el libro de la Ley de Dios diariamente, desde el primer día
al último.
Pusieron en seguida en práctica una de las consignas que encontraron
escritas en el libro: la construcción de unas tiendas o tabernáculos, para habitar en
ellos, como recuerdo del desierto. Y elevaron a Dios una larga oración o salmo de
alabanza (ocupa todo el capítulo 9), precedida de una ceremonia penitencial, con
ayuno y confesión de sus pecados.
Todo terminó en una fiesta muy alegre, con comida y bebida, sin olvidar el
gesto de solidaridad con los más pobres. La alegría y la fiesta se motiva al final
"porque habían comprendido las palabras que les habían enseñado".
Esdras dijo a todo el pueblo: Este día está consagrado a Yahvé vuestro
Dios: no estéis tristes ni lloréis. Pues todo el pueblo lloraba al oír las
palabras de la Ley. Y les dijo también: Id y comed manjares grasos, bebed
bebidas dulces y mandad su ración a quien no tiene nada preparado.
Porque este día está consagrado a nuestro Señor. No estéis tristes: la
alegría de Yahvé es vuestra fortaleza.
También los levitas tranquilizaban al pueblo diciéndole: Callad, este
día es santo. No estéis tristes. Y el pueblo entero se fue a comer y beber, a
repartir raciones y hacer gran festejo, porque habían comprendido las
palabras que les habían enseñado.
Un buen modelo de toda predicación, de catequesis y también de homilía.
Ojalá los sacerdotes y catequistas laicos tuvieran también hoy el arte de
hacer comprender a todos el contenido de los libros bíblicos.
Y ojalá también el pueblo cristiano de hoy tuviera la actitud que mostró en
aquella ocasión -al menos tal como nos lo cuenta el libro de Nehemías- ante la
predicación del libro bíblico: interés, atención, participación con aclamaciones,
alegría festiva y compromiso de solidaridad con los más pobres...
2241224
-II-
EL PROBLEMA DE LA HOMILÍA
El problema de la homilía ha preocupado desde siempre a la Iglesia, porque
millones de fieles oyen, todos los domingos, las homilías en las misas. Por eso nos
parece significativa esta carta del entonces obispo de Seo de Urgel (y copríncipe de
Andorra), Mons. ]. Martí Alanis, dirigida a sus diocesanos el año 1978 sobre la
importancia y las dificultades de la homilía.
En estas últimas semanas, probablemente por coincidencia, han sido
muchas las personas que me han hablado de las homilías en las misas
dominicales. Hubo un tiempo -la gente mayor lo recuerda- en que la misa se decía
sin ningún tipo de homilía, o con una predicación superpuesta, sin referencia a
los textos bíblicos y realizada a menudo por otro sacerdote a lo largo de la
celebración. Hoy es distinto. La homilía ocupa un lugar importante.
La homilía, sin embargo, es inquietante. No me refiero al hecho de que, no
hace muchos años, las homilías eran objeto de multas gubernativas. Me refiero a
ahora. Hay sacerdotes a los que esta responsabilidad les pesa. ¿Qué decir, si la
teología se está construyendo, las sensibilidades culturales son tan distintas, el
público es a veces mezclado y desconocido (pensad en las comarcas turísticas), el
tiempo del que se dispone tan breve...? O por el contrario, ¿qué decir si el público
desde hace años es el
225
mismo, pocas personas en los pueblecitos de montaña, falta de clima religioso, de
una celebración concurrida?
Una obra de arte
Por otra parte, una homilía bien hecha es una verdadera obra de arte. El
pastor debe hablar como cabeza de una comunidad con una intención religiosa de
provocar la conversión antes que de hacer fiorituras, debe relacionar el mensaje
de los textos bíblicos del día con los problemas vivos de los que escuchan, y todo
ello debe relacionarlo con la celebración eucarística. Y eso en seis, en ocho o en
diez minutos. Porque un número considerable de asistentes tiene prisa y mira el
reloj. Hoy todos andamos cronometrados. Y estamos cansados de escuchar
palabras. Palabras y más palabras en la radio y en la TV. Palabras que cansan.
Además, estos medios de comunicación han aprendido a solicitar al espectador
aburrido con fórmulas estimulantes, aunque impliquen un cierto engaño.
¿Cómo lo haremos para decir una palabra de fe a unas personas que no
quieren escuchar, que prefieren no pensar en determinados temas, y que
encuentran aburridas y monótonas las palabras del sacerdote? "Diga a los
sacerdotes que hagan mejor sus homilías. Lo que dicen es aburrido y no interesa",
me decía hace poco una señora.
Una situación difícil
El problema, de todos modos, no es de un único color. No existe ninguna
predicación que pueda hacer comprensibles totalmente los misterios divinos que
nos trascienden. No existe oyente, por benévolo que sea, que no traduzca todo lo
que escucha al lenguaje de una crítica personal y que libremente aceptará o no el
mensaje de la fe y más aún las razones humanas que lo presentan. Una
celebración eucarística no es un acto académico ni una conferencia que busca sólo
atraer el asentimientos de los oyentes por las razones dadas y por las dotes
oratorias de persuasión del que predica. Presupone, más bien, un acuerdo
fundamental previo, una vivencia de fe y una voluntad de celebrar con el gozo de
la fraternidad de sentimientos lo que se cree.
Añádase aquí, además, la difícil situación que se produce en algunas
celebraciones de bodas o de funerales en las que pronto uno se da cuenta de que
buena parte del público está en la iglesia por un compromiso social y no
"participa" en la celebración.
Por todo ello, no deberíamos pedir a los sacerdotes lo que no se tiene que
dar o no se puede dar en una homilía de una eucaristía festiva.
Apéndices 226
Un esfuerzo necesario
Ahora bien: a pesar de eso, también hay que pedirles a los sacerdotes que
pongan todo su esfuerzo en el aprovechamiento de estos minutos tan
importantes. Todo el mundo, cuando habla, proyecta su propia personalidad con
la propia riqueza cultural o de sentimientos. Por eso el sacerdote prepara la
homilía cuando se esfuerza por vivir en sí mismo la riqueza del evangelio, cuando
se cultiva intelectualmente con el estudio de la Biblia y de la teología, cuando está
como buen pastor cerca de las personas, de sus problemas, de sus penas. Cuando
lee el periódico y cuando ora.
Los hombres de hoy a veces piden utopías, pura ciencia humana, distracción
propia del que tiene curiosidad y poco más. Pero también es verdad que tienen el
corazón abierto a la buena semilla.
Lenguaje y sensibilidad
Captar el lenguaje, el estilo de vida, tener sensibilidad ante los problemas,
darse cuenta de que muchas personas viven una angustia existen-cial, tienen una
sensación de vacío, buscan respuestas serias y profundas, libertad, seguridad, paz
y felicidad, es un deber del sacerdote. Un mensaje de fe y de amor, una palabra
que sea verdaderamente de Dios, salida del corazón, preparada con interés en dos
o tres horas si es necesario, con el estudio de los textos bíblicos y la reflexión de
las necesidades espirituales de los fieles, se convierte en un mensaje aceptado, en
una palabra que se escucha.
Tener sacerdotes con vida de fe profunda, con preparación intelectual, en
contacto con los hombres, con sensibilidad espiritual, es la riqueza de la Iglesia.
Estos sacerdotes dirán palabras que verdaderamente penetrarán.
¿Una nueva razón para pensar que, en nuestra vida, cuenta más lo que
somos que lo que hacemos? Sí, cuenta más. Porque nadie da lo que no tiene.
Aunque también es verdad que, por buena que sea la comida, si no hay ganas de
comer...
-III-
ACUPUNTURA HOMILÉTICA
Es el título de un libro editado en alemán, cuyo autor es W. Jetter (1976). Es
una colección de dos mil "agujas" sobre la homilía, en tono de ironía y sana
crítica. Elegimos las que nos parecen más actuales para nuestro ambiente.
Sobre la homilía en general
* El que quiere permanecer como es, quiere que también la teología
permanezca como es; así puede estar más seguro.
* Algunos dicen que la predicación es el opio del pueblo, como la religión;
pero es un opio que no crea adictos.
* Muchos sermones dejan la impresión de si valía la pena haberlos dicho.
* Si a la homilía no se le pide lo que no puede dar, es más fácil aceptarla.
* Ya las antiguas teorías sobre la predicación decían que de un sermón se
puede salir caliente, frío o tibio.
* Las nuevas teorías de homilética dicen lo mismo, pero más científi-
camente, con números y estadísticas y razones profundas.
* Muchos prefieren cambiar el mundo que aclararse ellos mismos.
* Es mucho más fácil criticar un sermón que hacer un buen sermón.
Apéndices 229
La preparación de la homilía
* Cuando el predicador se basa en subsidios antiguos, tiene fácil arreglo. Se
pone la palabra "hoy" y ya está.
* No por decir la última novedad se dice algo mejor.
* Pero el que por seguridad dice siempre lo mismo, corre el peligro de
alimentar a sus oyentes con conservas.
* El que tiene dos carreras y dos títulos, no necesariamente está doblemente
formado.
* A algunos predicadores les conviene aprender a convivir con las dudas y
con los problemas que no tienen solución.
* No siempre lo último es lo mejor. A veces lo penúltimo es más válido.
* A algunos no les hace impresión nada, hasta que lo ven en estadísticas.
* Las estadísticas dan información, pero no experiencia.
* El obispo Dibelius decía que él no creía en ninguna estadística, a no ser
que la hubiera montado él.
* Feliz el que tiene una estadística a su favor, hasta que la opinión contraria
salga con otra.
* Muchos predicadores, mientras meditan y se preparan, piensan más en su
sermón que en sus oyentes.
* Un gran peligro de los predicadores es la melancolía: y así no hacen sino
aumentar la melancolía y el desánimo de los demás.
Actitudes de los oyentes
* El que habla en público está expuesto a la contradicción. A veces los que
contradicen son los oyentes. A veces, el Espíritu Santo.
* Si el predicador no toma en serio la homilía, los oyentes suelen hacer lo
mismo.
* No todo lo que gusta al predicador gusta también a los oyentes.
* Los que prefieren sermones "progresistas", quedan muy satisfechos
cuando escuchan uno que lo es. Pero si resulta ser un sermón "edificante", no por
eso cambian de opinión: se reafirman en su opinión anterior.
* Los que quieren sermones "edificantes", quedan muy satisfechos cuando
escuchan uno que lo es. Pero en los sermones "progresistas", no cambian de
opinión, se reafirman en su gusto anterior.
* Los más buscan en un sermón lo que ya tienen.
230
* Algunos critican los sermones porque no dicen nada. Otros, porque dicen
demasiado.
La homilía y el texto bíblico
* A veces la Biblia habla más claro que los predicadores que la quieren
explicar.
* Hay homilías en que el texto evangélico se esconde detrás de la
explicación y no hay quien adivine qué texto es.
* El mejor texto no logra impedir que se digan de él cosas horrendas.
* Sobre el mismo texto hay homilías tan distintas que parecen de distintos
textos.
* El texto bíblico sirve para todo.
* Algunos predican en dirección contraria al texto que están comentando.
* El que no toma en serio el texto bíblico, tampoco toma en serio a sus
oyentes.
* El que tiene mucho interés en hablar de un tema, medita tanto que al final
el texto se adapta al tema.
* A veces se empieza soñando con las fuentes del Jordán y al final se va a
parar al Mar Muerto.
* Lo que el texto quiere decir y lo que el predicador quiere decir no siempre
coinciden.
* La exegesis vale para todo. Se puede meter en el texto lo que luego se
quiere sacar de él.
* Dice el predicador: lo que yo os digo no vale nada, lo que se dice en el
evangelio lo es todo. Pero si eso lo dicen sus oyentes, no le sabe nada bien.
El modo de predicar
* No por mucho gritar se convence más al auditorio.
* No es bueno que lo único fuerte del sermón esté en el micrófono.
* Demóstenes ejercitaba su oratoria en la playa; los cantores ejercitan su voz
ante el espejo; los predicadores lo único que ejercitan es la paciencia de los
oyentes.
* Las frases ingeniosas gustan mucho, pero cansan pronto.
* Si hay mucho ingenio, brilla más el predicador que el evangelio.
Apéndices 231
* Apostrofar al pueblo en el sermón, es un género muy antiguo. Ya Juan el
Bautista lo hizo. Los fariseos lo escuchaban con gusto, cuando reprochaba al
pueblo. El pueblo, cuando apostrofaba a los fariseos. Hasta Herodes le escuchaba
con gusto. Sólo Herodías no encontraba satisfacción en esta clase de sermones.
* También sin palabras difíciles se puede decir algo.
* No por llamar "perícopa" al pasaje en cuestión se hace uno entender mejor.
* Al éxito de un sermón pertenece el acabarlo a tiempo.
* Si se tarda mucho en los prolegómenos, se cansan los oyentes antes de
llegar a la sustancia. Es mejor pasar en seguida al asunto.
-IV-
CONSEJOS A UN MAL ORADOR
Los escribió K. Tucholsky, un humorista y satírico alemán, que murió en
1935. Están traducidos de su libro-selección "Zwischen Gestern und
Morgen''(entre el ayer y el mañana), Hamburg 1952, pp. 95-96.
Aunque han pasado ya bastantes años y los irónicos "consejos" están des-
tinados a un orador profano, se pueden aplicar a ese difícil arte de la homilía
también en nuestros tiempos.
* Nunca empieces por el principio, sino tres millas atrás. Algo así como:
Señoras y señores, antes de entrar en materia, permítanme que brevemente...
Así habrás conseguido ya todo lo que se puede pedir de un buen comienzo:
un saludo, un inicio desde lejos, el anuncio de lo que piensas tratar y la palabrita
"brevemente". En un santiamén te has ganado los corazones y los oídos de los
presentes. Porque lo que están esperando es precisamente eso: que les expliques,
a ser posible con mucho detalle, lo que vas a decir, lo que estás diciendo y lo que
has dicho ya.
* No hables de memoria. Eso da impresión de inseguridad. Lo mejor es que
leas el discurso. Eso da seguridad y confianza. Además agrada mucho a los
presentes el que cada cuatro frases el orador levante la mirada con cierta
desconfianza, para asegurarse de que están todavía todos... No seas atrevido ni
ignorante. No pretendas ser un ridículo Cicerón. No
233
hables de memoria, sino prepáralo todo bien. Toma ejemplo de nuestros
diputados en sus discursos: ¿les has visto alguna vez hablar improvisando?
Seguro que se preparan en sus casas todo el discurso, incluidos los pasajes en que
debe haber aplausos.
*Habla de la misma manera que escribes. Y ya sé yo cómo escribes. Con
períodos largos, largos. Esos párrafos que tú, en tu casa, donde tienes la
tranquilidad que tanto necesitas, sin poner mucha atención a tus hijos, has
preparado, y que sabes perfectamente cómo llegarán al final, uniendo entre sí con
cuidado las frases subordinadas, de modo que el oyente, que impacientemente se
mueve en su asiento, espera el final de tu párrafo... O sea, así, como este párrafo, o
más largo.
* Empieza siempre desde los antiguos romanos y a ser posible antes de
Cristo. No te olvides de dar el transfondo histórico de todo lo que dices. Eso no
sólo es típico alemán. Eso lo hacen todos los hombres instruidos que llevan gafas.
Tienes razón tú: las cosas no se entienden si no se explican todos sus
antecedentes. La gente no ha venido a tu discurso a oír cosas vivas, palpitantes,
sino lo que se encuentra en los libros sabios. Muy bien. Dales siempre historia,
que eso es bueno.
* No te preocupes de si las ondas que de ti parten hacia el público vuelven a
ti o no. Eso del "feed-back" son tonterías. Tú habla sin preocuparte del efecto que
produces, o del público, o del ambiente de la sala. Tú habla, habla, que Dios te lo
premiará.
* Dilo todo con oraciones subordinadas. Nunca digas: los impuestos son
muy elevados. Eso es demasiado sencillo. Di: quisiera todavía añadir a lo dicho,
brevemente, que a mí los impuestos me parecen... Así se hace ahora.
* No te olvides de beber de cuando en cuando un sorbo de agua. Eso se ve
con mucho gusto. Si haces un chiste, ríete tú un poco antes, de modo que todos
sepan dónde está la gracia.
* Un discurso es, cómo no, un monólogo. No hagas caso de los que dicen
que un discurso tiene mucho de diálogo o que se parece a una pieza sinfónica. No
hagas caso. Tú sigue hablando, leyendo, amenazando, contando.
Apéndices 234
* El empleo de números y estadísticas eleva mucho el tono de un discurso.
Eso tranquiliza a los oyentes, porque a todos les gusta conservar en la memoria,
por ejemplo, una serie de diez números. Eso les divierte mucho.
* Anuncia con mucha anticipación el final del discurso, de modo que los
oyentes no tengan luego un ataque al corazón por la alegría. Uno empezó su
discurso con estas palabras: "para concluir, quisiera decirles esto". Tú anuncia el
final y luego empieza de nuevo desde el principio y habla todavía media hora.
Esto lo puedes repetir varias. No hables nunca menos de hora y media. De lo
contrario, no vale la pena empezar.
* Cuando uno habla, los demás deben escuchar. Esa es tu gran ocasión. No
la desperdicies.
-V-
BIBLIOGRAFÍA
J. ALDAZÁBAL, La homilía, resituada en la celebración litúrgica: Phase (1976) 7-
24; ID., La homilía, educadora de la fe: Phase 126 (1981) 447-459; ID., Predicación: en
"Conceptos Fundamentales del Cristianismo", Trotta, Madrid 1993, 1058-1070; ID.,
La homilía es para la comunidad: Phase 207 (1995) 231-240; ID., Assemblea liturgica: en
"Dizionario di Omiletica", LDC 1998, 140-145; ID., Enséñame tus caminos (=Dossiers
CPL [Link].75.76.80) CPL, Barcelona 1995-1998, 7 vols. (homilías para los días
feriales); ID., Enséñame tus caminos (=Dossiers CPL 99. 104.108) CPL, Barcelona
2003-2005, 3 vols. (homilías para los domingos de los tres ciclos).
R. BARILE, L'omelia: Riv Past Lit 2 (2004) dossier, 64 págs.
T. Bosco, Come predicare oggi. Appunti sul ministero della Parola e in particolare
sull'omelia, LDC, Torino-Leumann 1982, 160 págs.
F. BROVELLI, L'omelia, elementi di riflessione dal dibattito recente: Scuola
Cattolica 117 (1989) 287-329 (con abundante bibliografía de autores y documentos
magisteriales de Italia).
F. J. CALVO, Homilética (=Sapientia Fidei 29) BAC, Madrid 2003, 246
págs.
J. COMES, La Homilía, ese reto semanal, Edicep, Valencia 1992.
COMISIÓN EPISCOPAL DE LITURGIA, Partir el Pan de la Palabra (= PPP).
Orientaciones sobre el ministerio de la homilía, PPC, Madrid 1985, 48 págs. Contiene
también las orientaciones de J. López. Cf. también Past Lit 131-132 (1983) 11-32;
Not 209 (1983) 814-834.
237
COMITÉ TEOLÓGICO DE LYON, Reflexión pastoral sobre la homilía: Past Lit 177-
178 (1988) 29-39.
L. DELLA TORRE, Homilía: en "Nuevo Diccionario de Liturgia", Madrid
1987,1015-1038.
E. FOLEY, Preaching Basics. A Model and a Method, LTP, Chicago 1998, 44 págs.
E. FOURNIER, La homilía según la constitución sobre la sagrada liturgia,
Estela, Barcelona 1965, 238 págs.
J.A. GOENAGA, La homilía: acto sacramental y de magisterio: Phase 95 (1976) 339-
358; ID., La homilía entre la evangelización y la mistagogia: Past Lit 226 (1995) 4-23.
D. GRASSO, Teología de la predicación. El ministerio de la palabra, Sígueme,
Salamanca 1966, 371 págs.; La predicación a la comunidad cristiana, Verbo Divino,
Estella 1971, 366 págs.
F. KLOSTERMANN, El predicador del mensaje cristiano: en "Palabra en el
mundo", Sigúeme, Salamanca 1972, pp.209-256.
W. Krusche, La predicación en la celebración litúrgica de la comunidad en la
actualidad: Sel Teol 63 (1977) 214-226.
J. LÓPEZ, Partir el Pan de la Palabra. Guía para el estudio...: Past Lit 133-134
(1983) 29-40; ID. El ministerio evangelizador de la homilía, en "Eucaristía y Evan-
gelización", PPC, Madrid 1993,175-198.
L. MALDONADO, La homilía, esa predicación siempre vieja y siempre nueva: Phase
56 (1970) 183-202; El menester de la predicación, Sígueme, Salamanca 1972, 222 págs.;
ID, La homilía: predicación, liturgia, comunidad, Paulinas, Madrid 1993, 184 págs.
LA MESA DE LA PALABRA, Ordenación de las Lecturas de la Misa. Texto y
comentario (=Dossiers CPL 37) Barcelona 2a ed. 1994,100 págs.
NATIONAL CONFERENCE OF CATHOLIC BISHOPS, Fulfilled in Your Hearing. The
Homily in the Sunday Assembley, Washington 1982.
A. OLIVAR, La predicación cristiana antigua, Herder, Barcelona 1991, 998
págs.
G. ROVERE, TV discorso omiletico, Roma-Basilea 1982.
M. SODI, A.M. TRIACCA (con la colaboración de 245 expertos), Dizionario di
Omiletica, LDC-Velar, Leumann (Torino) - Gorle (Bergamo) 1998, XX-1708 págs.
T. STENICO, L'omelia, LEV, Vaticano 1998.
G. THEISSEN (y otros), Le défi homilétique. L'exégése au service de la prédication,
Genéve 1994, 321 págs.
L. A. VALERO, La Palabra: elemento esencial del ser y quehacer del presbítero:
Medellín 119-120 (2004) 475-522.
Apéndices 238
VARIOS, Ecriture sainte et Parole de Dieu: LMD 82 (1965) 7-110.
VARIOS, (La predicación): Pastoral Misionera 2 (1966) 1-114.
VARIOS, L'omelia. II ministero della parola nella celebrazione litúrgica, OR,
Milano 1967, 240 págs.
VARIOS, La predicación cristiana: Conc 33 (1968) 357-516.
VARIOS, L'omelia nella celebrazione litúrgica: Riv Lit 4 (1970) 519-640.
VARIOS, Palabra en el mundo. Estudios sobre la teología de la predicación,
Sigúeme, Salamanca 1972, 355 págs.
VARIOS, Palabra y predicación: Misión Abierta 2 (1972) 67-128.
VARIOS, Ricerca interdisciplinare sulla predicazione, Dehoniane, Bologna
1973,264 págs.
VARIOS, La homilía, hoy: Phase 91 (1976) 2-68.
VARIOS, Cómo predicar la Palabra de Dios en el hoy de las comunidades: Sal Terrae
3 (1978) 167-223.
VARIOS, Deformatione ad praedicationem: Seminarium 1 (1979) 1-230.
VARIOS, El arte de la homilía (=Dossiers CPL 3) Barcelona 1979 (7A edic. 1998,
84 págs.).
VARIOS, Hablar después de Dios. ¿Cómo predicar hoy?: Sal Terrae 4 (1981) 243-
290.
VARIOS, Predicare oggi, Ancora, Milano 1982,213 págs.
VARIOS, L'omelia: Riv Lit 2 (1987) 171-231.
VARIOS, Prédication liturgique et les commentaires de la liturgie. Conférences
[Link] (1991), Ed. Liturg., Roma 1992,294 págs.
VARIOS, L'homélie: Célébrer 235 (1993) 3-16.
VARIOS, L'omelia oggi: Riv Past Lit 1 (1995) 1-67.
VARIOS, Homélie: Lit Foi Cult 162 (2000) 2-63.
VARIOS, Predicare oggi: perché e come, Queriniana, Brescia 2001.
P. VIVARES, L'appel de la Parole. Essai sur la prédication, Cháteaufort 2000, 192
págs.
ÍNDICE
INTRODUCCIÓN................................................................................................ 9
SIGLAS.................................................................................................................. 11
1. LA HOMILÍA, REALIDAD VIVA................................................................. 13
Dificultades en torno a la homilía.............................................................. 13
Revalorización de la homilía...................................................................... 18
Panorama positivo....................................................................................... 21
2. IDENTIDAD DE LA HOMILÍA..................................................................... 23
Las tres dimensiones básicas de la predicación........................................ 23
Antes y después de este proceso de predicación ..................................... 25
La homilía, complementaria de las otras formas de predicación 26
La homilía, "plática fraterna"...................................................................... 29
La homilía, parte integrante en la dinámica de la celebración ... 31
La predicación más integral, más integradora ........................................ 32
El Leccionario y la identidad de la homilía............................................... 33
3. LA PALABRA DE DIOS, ACONTECIMIENTO SALVADOR.................... 35
Recuperación de la Palabra......................................................................... 36
La Palabra como acontecimiento siempre nuevo..................................... 37
Hoy se cumple la Palabra............................................................................ 38
La eficacia de la Palabra.............................................................................. 39
Cristo es la Palabra y se hace presente a su comunidad como
Palabra .......................................................................................................... 40
Índice 241
Presente también en la predicación........................................................... 42
El Espíritu es el que hace viva la Palabra hoy y aquí .............................. 44
La Palabra escuchada en la Iglesia ............................................................ 46
Diálogo vivo, "dramático", que pide nuestra acogida............................. 47
Ahí interviene la homilía ............................................................................ 50
4. LA HOMILÍA EN LA HISTORIA.................................................................. 51
En la Iglesia apostólica................................................................................ 51
Los primeros siglos...................................................................................... 53
Algunos aspectos de la predicación patrística.......................................... 54
El resto de la historia .................................................................................. 59
5. LA HOMILÍA, OBEDIENTE A LA PALABRA............................................ 61
Triple dirección de la homilía..................................................................... 61
La homilía, obediente a la Palabra............................................................. 63
No es fácil esta fidelidad a la Palabra........................................................ 64
Actitudes y criterios del predicador para con la Palabra......................... 66
La delicada labor de interpretar la Biblia.................................................. 72
Decálogo sobre la lectura bíblica para la homilía..................................... 74
6. LA HOMILÍA, AL SERVICIO DEL "HOY" DE LA COMUNIDAD 77
La comunidad celebra la Palabra .............................................................. 77
Difícil aproximación a la comunidad........................................................ 78
Entre el "en aquel tiempo" y el "hoy"......................................................... 80
Aplicar la palabra al "hoy" de esta comunidad........................................ 81
Actitudes del homileta cara a la comunidad............................................. 82
Toda la vida queda interpelada por la Palabra......................................... 89
También la política....................................................................................... 92
Exhortar a una respuesta de acogida......................................................... 93
Mutua influencia entre el predicador y la comunidad............................ 93
¡Admirable comunidad cristiana!.............................................................. 95
Predicar a los niños...................................................................................... 96
7. LA HOMILÍA Y EL PASO AL RITO SACRAMENTAL............................... 99
La Palabra de Dios conduce al Sacramento ............................................. 99
La doble Mesa...............................................................................................
..............................................................................................................100
Relación dinámica entre Palabra y Sacramento........................................
..............................................................................................................102
Facilitar el "paso al rito sacramental" en la homilía.................................
..............................................................................................................104
La Palabra ilumina las celebraciones de todo el Año Litúrgico..
105
242
8. QUIÉN PREDICA. LA PERSONA DEL HOMILETA.................................. 107
Toda la Iglesia, depositaria y celebrante de la Palabra............................ 108
Dentro de la comunidad, el Obispo y los otros ministros orde-
nados............................................................................................................. 110
Actitudes espirituales del predicador ....................................................... 111
El predicador, signo sacramental de Cristo.............................................. 112
El predicador y la Palabra........................................................................... 112
El predicador y la comunidad.................................................................... 115
Predica con alegría y sin desanimarse....................................................... 116
El predicador, el primer cumplidor de la Palabra en su vida................. 119
Los laicos y la predicación de la Palabra................................................... 121
La comunidad cristiana y el ministerio de la Palabra ..................... 122
Pero no la homilía ................................................................................ 123
Normativa actual.................................................................................. 124
¿Puede encargarse la homilía a un laico? ......................................... 127
¿Homilías dialogadas? ........................................................................ 129
Cauces para la predicación de los fieles ................................................... 131
Cuando un laico modera la celebración ............................................ 132
9. EL CONTENIDO BÍBLICO DE LA HOMILÍA ............................................ 135
"Tentaciones" contra la primacía de la Palabra......................................... 137
Cambiar las lecturas bíblicas por otras no bíblicas........................... 137
Comentar la "pastoral" del Obispo en lugar de las lecturas bíbli-
cas ......................................................................................................... 138
Elogios del difunto o de los homenajeados....................................... 139
Las "jornadas" por intenciones eclesiales........................................... 139
Avisos parroquiales en tiempo de homilía........................................ 140
La vida del Santo en la homilía........................................................... 140
Sustituir la homilía por una catequesis sistemática.......................... 141
Tomar como punto de partida otras fuentes..................................... 142
Los varios Leccionarios............................................................................... 142
Recorrido histórico .............................................................................. 143
La reforma del Leccionario en el Vaticano II..................................... 144
Preguntas sobre el Leccionario .................................................................. 145
¿Hace falta un Leccionario?................................................................. 146
¿Lectura "temática" o "continuada"? ................................................. 146
¿Y sobre otros textos de la Misa?........................................................ 148
También el AT............................................................................................... 148
El AT prepara el NT............................................................................. 149
Valor del AT en sí mismo..................................................................... 150
Índice 243
El Leccionario dominical............................................................................. 152
Las lecturas dominicales de Cuaresma.............................................. 152
Las lecturas dominicales del Tiempo Pascual................................... 154
Las lecturas dominicales del Tiempo ordinario ............................... 155
Leccionario ferial ......................................................................................... 156
Fidelidad al Leccionario y riqueza de la homilía .................................... 157
10. EL LENGUAJE DE LA HOMILÍA............................................................... 159
Las leyes de la comunicación...................................................................... 160
Importancia del lenguaje ............................................................................ 161
Respetar las leyes del buen decir........................................................ 162
Lenguaje sencillo, accesible a la comunidad .................................... 163
Lenguaje concreto................................................................................. 165
Una terminología más accesible ........................................................ 166
Un lenguaje vivo ......................................................................................... 167
Recursos de un lenguaje interpelante........................................................ 168
El lenguaje no verbal también cuenta ....................................................... 170
11. EN QUÉ CELEBRACIONES SE PREDICA LA HOMILÍA....................... 173
Obligatoriedad ............................................................................................ 173
La homilía en la celebración de los Sacramentos y Sacramentales 176
La homilía en las exequias cristianas ........................................................ 178
Elección de las lecturas........................................................................ 180
Sintonía con el dolor............................................................................ 181
No es un "elogio fúnebre".................................................................... 182
... pero tampoco una homilía anónima ............................................. 183
Expresar el carácter pascual de la muerte de un cristiano ... 184
Un lenguaje más evangelizador.......................................................... 184
Otros aspectos pastorales de la homilía exequial............................. 186
12. PREPARACIÓN REMOTA Y PRÓXIMA.................................................... 187
Formación remota........................................................................................ 187
Homilética en los Seminarios.............................................................. 188
La Homilética en los seminarios de USA........................................... 189
Preparación próxima .................................................................................. 191
Preparar el comienzo y el final de la homilía ................................... 194
¿Escribir la homilía?............................................................................. 195
La ayuda de los homiliarios ............................................................... 196
244
13. OTRAS SUGERENCIAS PASTORALES..................................................... 199
Desde dónde predicar................................................................................. 199
La duración de la homilía........................................................................... 200
Motivos para una homilía relativamente breve ............................... 201
Depende también de las circunstancias............................................. 202
Una breve monición que presenta la lectura............................................ 204
Un momento de silencio antes y después ................................................ 204
14. LA HOMILÍA, EDUCADORA DE LA FE.................................................. 207
El primer beneficiado, el predicador......................................................... 208
Nos educa a la centralidad de la Palabra ................................................. 209
Nos educa al compromiso de la vida ........................................................ 211
Para conseguir una espiritualidad en torno a la Palabra ........................ 212
APÉNDICES......................................................................................................... 215
I. LA SOLEMNE PREDICACIÓN DEL LIBRO DE NEHEMÍAS 217
II. EL PROBLEMA DE LA HOMILÍA....................................................... 219
Una obra de arte................................................................................... 220
Una situación difícil............................................................................. 220
Un esfuerzo necesario.......................................................................... 221
Lenguaje y sensibilidad....................................................................... 221
III. ACUPUNTURA HOMILÉTICA.......................................................... 223
Sobre la homilía en general................................................................ 223
La preparación de la homilía ............................................................. 224
Actitudes de los oyentes..................................................................... 224
La homilía y el texto bíblico............................................................... 225
El modo de predicar............................................................................ 225
IV. CONSEJOS A UN MAL ORADOR...................................................... 227
V. BIBLIOGRAFÍA....................................................................................... 231