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y Dianna Love
MENTIRAS
SUSURRADAS
Algunas personas son una fuerza de la naturaleza.
Igual que el viento o el agua erosionan la piedra,
ellas también remodelan vidas.
Este libro está dedicado a Amy Berkower.
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Nos gustaría dedicar este libro a los miles de maravillosos
admiradores que salen a nuestro encuentro en el camino y
que hacen que todo viaje tenga sentido; ¡sois los mejores!
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ÍNDICE
Capítulo 1...................................................................................5
Capítulo 2.................................................................................14
Capítulo 3.................................................................................22
Capítulo 4.................................................................................36
Capítulo 5.................................................................................50
Capítulo 6.................................................................................63
Capítulo 7.................................................................................72
Capítulo 8.................................................................................81
Capítulo 9.................................................................................91
Capítulo 10.............................................................................101
Capítulo 11.............................................................................105
Capítulo 12.............................................................................118
Capítulo 13.............................................................................123
Capítulo 14.............................................................................135
Capítulo 15.............................................................................148
Capítulo 16.............................................................................155
Capítulo 17.............................................................................162
Capítulo 18.............................................................................175
Capítulo 19.............................................................................186
Capítulo 20.............................................................................195
Capítulo 21.............................................................................204
Capítulo 22.............................................................................220
Capítulo 23.............................................................................230
Capítulo 24.............................................................................236
Capítulo 25.............................................................................252
Capítulo 26.............................................................................263
Epílogo....................................................................................275
Agradecimientos.........................................................................281
RESEÑA BIBLIOGRÁFICA.......................................................284
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SHERRILYN KENYON Y DIANNA LOVE MENTIRAS SUSURRADAS
Capítulo 1
Si tenía que morir hoy habría preferido un clima cálido y una bala entre ceja y
ceja antes que aquello.
Carlos Delgado no podía culpar a nadie salvo a sí mismo. Era él quien había
aceptado liderar aquella maldita misión.
El salto de rutina AAAA —alta altura, alta apertura— desde un C130
conllevaba los riesgos habituales. Para empezar, su equipo tenía que llegar a un
punto muy concreto de los Alpes franceses, cerca de Saint Gervais. En segundo lugar,
saltar a medianoche aumentaba el peligro. Por último, hacer paracaidismo en medio
de una tormenta de nieve ya era sencillamente el colmo.
Y esas no eran ni siquiera las principales razones para etiquetar la misión de
altamente suicida.
Estiró las piernas y levantó una mano para rascarse la cara, pero se detuvo. La
máscara que llevaba picaba como el demonio, pero romper el precinto entre la piel y
la máscara bajaría inmediatamente el nivel elevado de nitrógeno en su sangre. Eso
significaría que tendría que abortar el salto y anular la misión, porque todo estaba
organizado con un número mínimo de agentes.
Teniendo en cuenta el humor de sus tres compañeros cuando iban en el coche,
alguno de ellos inmediatamente atendería su deseo de una muerte rápida.
Aunque mostrarían ciertas reticencias, ya que ninguno de ellos querría
desperdiciar un día en su funeral.
Carlos comprobó su reloj. Era justo la hora de después de comer un domingo en
Estados Unidos. El cuartel tendría ya novedades. Estaba preparado para entrar en
acción, por mucho que odiara tener que dar el salto.
Lo había hecho en más ocasiones de lo que quisiera recordar, pero el riesgo era
más alto esta vez. Lo único peor que volar en un aeroplano era salir al exterior
durante el vuelo… y más todavía a esa altura. Un sueño para un adicto a la
adrenalina. Pero no para él.
Lanzó una mirada de soslayo a Korbin Maximus, sentado junto a él en otro de
los incómodos asientos de lona. Su vecino adicto a la adrenalina y especialista en
inserción de la Oficina de Defensa Americana (Burean of American Defense, BAD)
llevaba una máscara de oxígeno idéntica. Se subió a la frente sus gafas de visión
nocturna.
Encorvado, con los ojos cerrados, sin afeitar, como siempre, y con los brazos
cruzados de forma relajada, Korbin se parecía a los demás, pero Carlos sabía que su
hombre clave no estaba dormido.
—¿Qué pasa, Korbin? ¿El trabajo te da sueño? —La cadencia británica de
Reagan Graham, «Rae», se oyó a través de los auriculares que todos llevaban.
Sentada frente a Carlos y Korbin, Rae era la única mujer en aquella operación y
era mucho más que una delicada señorita con su metro setenta y cinco de altura.
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Podía manejarse sobradamente en un combate cuerpo a cuerpo y era tan fría como el
hielo cuando se hallaba bajo presión. Pocos hombres sospecharían que esa esbelta
mujer equipada con lujuriosas curvas fuera tan letal, pero se trataba de una criatura
dura desde las puntas de su cabello corto de un rubio rojizo hasta sus piernas
kilométricas, incluyendo también el rifle G36C colgado cruzado sobre la gran
delantera de su traje de vuelo.
—No hago más que reservar mis fuerzas para después. —Korbin levantó las
oscuras pestañas solo lo suficiente para hacer un pequeño guiño a Rae.
—¿Para la operación o para algo más apetitoso? —lo reprendió Rae con una
pobre imitación del acento de Texas que a veces se hacía notar por la herencia
mexicana de Korbin.
—Siempre estoy preparado para las cosas dulces, especialmente cuando se trata
de ti. —Korbin frunció el ceño con aire desafiante.
—Sí, claro, en tus sueños. —Rae le lanzó una mirada de «nomalgastestu
tiempoconmigo».
Carlos puso los ojos en blanco ante aquel par. Llevaban seis meses con ese tipo
de bromas y juegos verbales. ¿Por qué no habían encontrado todavía una habitación?
Harían una pareja perfecta teniendo en cuenta que ambos consideraban que una
simple reserva para la cena significaba un compromiso a largo plazo.
BAD tenía una regla muy clara: «No confraternizar con miembros del equipo».
Esta no solía perturbar a la mayoría de las agencias operativas, pues consideraban
que romper las reglas era prácticamente una parte de su trabajo.
Pero la primera responsabilidad de todo agente de BAD era proteger a sus
compañeros de equipo, y eso resultaría muy difícil si uno de los agentes en fuego
cruzado era la persona amada.
Carlos no tenía ningún problema en evitar las relaciones con mujeres en una
misión. Las emociones complicaban una operación y ponían vidas en peligro.
Había aprendido esa lección de una forma muy dura y no volvería a cometer el
mismo error. Nunca jamás.
—Además, Korbin, aún no has llegado a la «R» —soltó Rae—. ¿Quién es esta
semana? ¿Jasmine, Kelly o Lisa?
Korbin frunció el ceño, con los párpados todavía entrecerrados.
A Rae le brilló la mirada con evidente regodeo por el golpe directo.
—¿Eso es lo que estás haciendo? —intervino Gotthard Heinrich, el cuarto
operativo. Siendo el miembro más fornido del equipo albergaba fácilmente unos
ciento veinticinco kilos de puro músculo en aquel cuerpo de granito y un carácter
que convenía no poner a prueba—. Hace dos semanas fue Gayle… —Por encima de
la máscara de oxígeno, los ojos azul diamante de Gotthard se estrecharon por el
esfuerzo de concentración—. Isabelle… hace dos días. ¡Maldita sea! Estás recorriendo
todo el alfabeto. ¡Serás hijo de puta! —Hablaba en perfecto inglés, francés, alemán,
ruso e italiano siempre que quería, y un ligero acento alemán se colaba en su inglés
solo cuando se encontraba en una situación segura.
—Gracias, Rae —gruñó Korbin, de cualquier manera menos agradecida.
—Hey. Eres tú el que tiene debilidad y predilección por el orden.
—Debe de ser agradable estar soltero —murmuró Gotthard.
—Depende. —Korbin se enderezó—. Yo no tengo a nadie con quien irme a casa
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cada noche.
—Como nosotros dos. —Gotthard dejó caer la cabeza hacia atrás y cerró los
ojos.
Las bromas relajaban la tensión durante una misión, pero Carlos hizo una
mueca de dolor ante el desliz de Gotthard. Los pocos agentes que estaban al tanto del
turbulento matrimonio del enorme muchacho también sabían que a Gotthard no le
gustaba hablar de ello abiertamente.
BAD era una organización encubierta. El gobierno de Estados Unidos nunca
reconocería que esta protegía la seguridad nacional y salvaba vidas, para decirlo en
términos claros, pero el balance final era que BAD hacía lo necesario para cumplir
con su trabajo. El modo de vida requerido para pertenecer a una organización
encubierta generalmente torpedeaba los compromisos serios, a excepción de unas
pocas parejas que demostraban que la vida en común era posible. La mayoría de las
veces las mejores relaciones morían víctimas de heridas inevitables.
El único miembro del equipo casado de aquella misión se estaba dando cuenta
de eso lentamente y sabía que le iba a caer una bronca de su mujer sobre la
posibilidad pasar el día de Acción de Gracias en casa en cuatro semanas.
No hubiera sido tan grave si Gotthard pudiera contarle a su esposa la
verdadera razón de haber estado ausente durante los dos últimos periodos de
vacaciones. Si pudiera decirle que en realidad no diseñaba interiores de aviones, sino
que eso funcionaba como una tapadera…
Gotthard se levantó, y unas arrugas de tensión se dibujaron en el puente de su
nariz.
—¿Un mensaje? —preguntó Carlos antes de poder detenerse, pero él ya
necesitaba nueva información. Gotthard era el único que tenía conexión con el cuartel
y probablemente acababa de recibir una vibración del equipo conectado a su muñeca.
El hombre corpulento asintió con la cabeza al tiempo que levantaba la manga
gris clara de su traje de vuelo, dejando expuesta la pequeña pantalla de su muñeca.
El aparato de conexión de vídeo por satélite parecía un reloj de pulsera cuadrado y
extragrande similar al de la unidad VRambo que llevaban los soldados israelíes, y
alertaba de que entraba un mensaje a través de una vibración.
Pero aquella criatura electrónica había sido adaptada y desarrollada solo para
operaciones de BAD, todas financiadas por un socio capitalista, conocido como Joe.
Con un nombre como Joe Q. Public, sin el mínimo atisbo de sentido del humor y una
experiencia acerca de la cual la mayoría de los agentes solo especulaban en
conversaciones sigilosas, nadie se atrevía a cuestionar al director proveedor de los
juguetes de BAD.
Gotthard era su especialista en comunicaciones, capaz de hablar hasta con la
NASA mediante una lámina de aluminio y una lata si necesitaban contactar con un
astronauta. Cuando el robusto agente terminó de leer el texto del aparato de su
brazo, levantó la vista hacia Carlos, y luego su profunda voz de barítono se oyó a
través de los auriculares que todos llevaban.
—Todo el mundo atento. —El acento era esta vez perfectamente inglés.
Korbin se enderezó junto a Carlos, alerta y preparado. Rae clavó sus ojos en
Gotthard, que continuó hablando en cuanto estuvo seguro de ser el foco de atención
de todos.
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incentivo añadido de encontrar una conexión con esa organización de monstruos.
Hasta el momento nadie había localizado a Mandy en Sudamérica, así que la
segunda y posiblemente última oportunidad que tenían para rescatarla era esa
noche.
Carlos repasó de nuevo todos los pasos en su mente, atento a cualquier detalle
que pudiera haber olvidado. Había pasado los últimos cinco días coordinando esa
operación desde el cuartel de BAD en Nashville. Había enviado a agentes para
investigar posibles castillos en Saint Gervais basándose en su ocupación y actividad.
Los equipos de tierra habían reducido rápidamente las opciones a seis y mantenían
cada emplazamiento bajo vigilancia, atentos a cualquier movimiento inusual.
Doce horas atrás le comunicaron que cuatro motonieves y un Range Rover
habían llegado a un castillo que ahora se hallaba protegido con guardias armados.
Bingo.
Treinta minutos más tarde, Carlos y su equipo estaban en marcha. La misión
fue apresurada y no bien planificada, pero así resultaban las cosas en manos de BAD.
Podían moverse guiados por una corazonada —y así lo hacían—, mientras que otras
agencias debían seguir los canales adecuados.
—Aún hay más —dijo Gotthard, con los ojos fijos en la pequeña pantalla—.
Estoy recibiendo otra noticia… esta vez identifica al mensajero.
La palabra «mensajero» era el código de identificación de los secuestradores
sospechosos de entregar a Mandy a los Fratelli.
—¿Han encontrado al mensajero? —preguntó Carlos, refiriéndose a la
identidad o localización del misterioso informante llamado «Espejismo».
—Todavía no —respondió Gotthard sin levantar la vista mientras rayaba en su
bloc de notas.
Si la falta de información sobre ese tal Espejismo llevaba a su equipo a una
emboscada o ponía a Mandy en peligro, Carlos tendría ganas de derramar sangre
cuando regresara.
Si regresaban.
Gotthard pulsó un botón del aparato de su muñeca para terminar la conexión.
—Aquí está el mensajero. —Levantó el papel donde había escrito el nombre del
secuestrador para que todos lo vieran.
Anguis.
Rae movió los labios articulando el nombre en silencio mientras asimilaba la
información.
Carlos pestañeó. Miró fijamente las letras, tratando de que significaran otra
cosa, pero no había duda de que decían «Anguis». No se trataba de la mafia de
crimen organizado más grande de Sudamérica, pero sí una de las más peligrosas.
¡Mierda! Si la información era correcta y los hombres que vigilaban el castillo
trabajaban para Durand Anguis, estos podrían reconocer a Carlos. Y si lo hacían…
—El piloto acaba de anunciar por radio que faltan diez minutos —comunicó
Gotthard.
Todo el mundo se puso en movimiento, obligando a Carlos a salir de su estado
de aturdimiento. ¿Era posible que Anguis estuviera realmente relacionado con los
Fratelli? Aquello olía a trampa, pero ¿quien sabría tenderle una trampa a él? Cambió
su tubo de oxígeno de la consola unida a la botella a su traje de saltar y aceptó que la
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suerte estaba echada. Luego se concentró en su papel de líder del equipo.
—Control.
Tras hacer el mismo cambio con el suministro de oxígeno, Korbin asintió.
—Preparado.
Rae y Gotthard dieron también su visto bueno.
—Sincronizando los altímetros. —Carlos dio su lectura y acabó diciendo «seis
minutos».
El segundo control sería en dos minutos, luego comenzarían y ya no habría
vuelta atrás.
Carlos se ajustó las gafas y se apretó el casco.
—Korbin será el primero, después yo, luego Rae. Gotthard es el último.
La mirada de Rae se llenó de irritación.
A Carlos no le importaba lo que pensara de él por ponerla en la posición
privilegiada, la más segura en caso de un asalto.
Una mujer había muerto en sus brazos años atrás.
No sería responsable de la muerte de otra.
Altamente entrenada y letal como cualquier hombre de ese equipo, Rae era más
que capaz de protegerse a sí misma. Una agente condenadamente buena. Pero Carlos
había visto morir a demasiadas mujeres de maneras inhumanas; un grotesco ejemplo
de ello había ocurrido apenas tres meses atrás. Una mujer informante había faltado a
una reunión y había desaparecido, hasta que Carlos la descubrió dentro de un
edificio de una remota montaña de Brasil, donde los rebeldes escondían un alijo de
armas. Y tenían enjauladas a varias mujeres.
Pero los rebeldes fueron asesinados durante una escaramuza aproximadamente
una semana antes de que Carlos y su equipo localizaran el edificio.
Carlos todavía podía oler el hedor de los cuerpos en avanzado estado de
descomposición. Encontró las armas y a la informante, junto con otras siete mujeres
más, encerradas en jaulas con alambradas, a la espera de ser vendidas. La
construcción metálica se había convertido en un infierno con temperaturas que
superaban los cuarenta grados cada día. Una mujer de noventa años tenía los dedos
aferrados a la alambrada, como implorando ayuda.
Las pesadillas eran desde entonces la vanguardia de su conciencia y de cada
decisión que tomaba.
Carlos trató de apartar de su mente la macabra visión y se concentró en el
trabajo.
—Dos minutos. —Era la hora de dirigirse a la parte trasera.
Korbin fue el primero en moverse, con cuidado de no enredar sus pies en las
cuerdas sueltas. Todos se pusieron en fila y avanzaron detrás de Korbin hacia la
parte trasera del cavernoso fuselaje; el silencio solo era interrumpido por el rugido de
los motores. La radio del avión hizo una señal al tráfico de aire local para indicar que
el vuelo comenzaba a liberar su carga.
La señal no informó sobre la capacidad letal de dicha carga.
Carlos respiró profunda y largamente para llenar sus pulmones de aire.
Cualquier cosa para tratar de ralentizar el ritmo de la sangre que golpeaba en sus
venas. Los soldados de Anguis podrían estar esperando en el castillo. En los últimos
dieciséis años solo uno de ellos había llegado a verlo y a reconocerlo. Aquel hombre
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no había sobrevivido para contárselo a nadie.
Por culpa de ese incidente tres años atrás, había sido necesaria atención
quirúrgica. Un imponente soldado de Durand apodado «el Toro» había reconocido a
Carlos durante una operación secreta en Argentina antes de que Carlos lo viera.
Aquel soldado de dos metros le había enseñado cómo golpear el balón cuando era un
adolescente, pero al encontrar a Carlos en una operación secreta, lo único que el Toro
vio fue la recompensa de medio millón de dólares que Durand le había ofrecido si lo
entregaba con vida. El soldado de Anguis le tendió una emboscada perfecta con un
hombre adicional. Sorprendido en su camino para encontrarse con Gotthard, Carlos
se negó a rendirse sin derramar sangre, y la mayor parte resultó ser suya. Pero logró
enviar una señal de radio a Gotthard pidiendo refuerzos. Minutos más tarde este
llegó, neutralizó a los hombres y halló a Carlos golpeado casi hasta morir, con la cara
como una hamburguesa.
Los agentes están en su momento más vulnerable cuando trabajan en secreto, lo
cual influyó para que Joe ordenara al cirujano plástico que le diera a su hombre un
nuevo rostro para protegerlo en el futuro.
La cara que contemplaba Carlos al reflejarse en el espejo a veces le resultaba
parecida y otras veces sorprendente. En todo caso era lo bastante distinta a la
anterior como para que nadie pudiera reconocerlo fácilmente y poner su equipo en
peligro, lo cual era en realidad su única preocupación. Arriesgaría su vida por ellos,
y lo había hecho muchas veces.
No podía pedir un equipo mejor para esa noche.
Pero Durand Anguis operaba de un modo distinto a cualquier otra
organización criminal, usando las tácticas más inesperadas.
La rampa de carga posterior crujió al abrirse. Entró una ráfaga de aire helado
como precursora de lo que les esperaba. Cuando Korbin avanzó hacia delante, el
resto del equipo hizo lo mismo. Un vacío negro y sin fondo los acechaba desde el
enorme agujero que los succionaba hacia el exterior del avión. Carlos se acercó al
viento rugiente. La media luna brillaba por debajo de una espesa capa de nubes que
vertían nieve fresca sobre los Alpes franceses.
Doblando cada uno de los dedos de su mano enguantada mientras contaba en
silencio, Korbin cerró el puño al llegar a cinco: la señal para saltar.
Carlos lo siguió inmediatamente, sintiendo el impacto de un viento de treinta
grados bajo cero. Colocó las piernas en posición de sentado y tiró del cordón de
apertura, desplegando su paracaídas de impacto. Cuando la gruesa tela cuadrada
cobró su forma, el cambio repentino en la velocidad del aire tiró de su cuerpo hacia
atrás y hacia arriba. Apretó la mandíbula para no golpearse los dientes y levantó las
manos para agarrar los tirantes, maniobrando instintivamente con el paracaídas.
El corazón le latía más rápido que la maquinaria de un revólver con el gatillo
pulsado. Sintió la adrenalina estallando en su interior, luego respiró profundamente
y se acomodó para el viaje. Para ser honesto, disfrutaba de aquella parte del salto, le
encantaba la súbita sensación de estar inmóvil flotando en el aire en una paz etérea.
Segundos que se evaporaban más deprisa que la humedad de sus gafas mientras el
equipo se deslizaba veinte kilómetros hacia la zona de aterrizaje. Vivía su vida en
minutos, desde una operación hasta la siguiente, observando por encima de su
hombro los últimos dieciséis años, esperando que lo mataran.
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Si las cosas se jodían esa noche, la espera habría acabado.
Entrecerró los ojos. Dos luces diminutas aparecieron en la verdosa imagen de
sus gafas de visión nocturna antes de lograr enfocar la ancha figura de Gotthard y la
esbelta figura de Rae. ¿Dónde estaba Korbin?
Finalmente, una luz parpadeante descendió en diagonal a través de su camino.
El adicto a la adrenalina se incorporó en el lugar más adelantado. Todas las luces se
extinguieron, la radio estaba puesta en el modo silencio.
Alex Sanderson, el quinto operativo, conocido como Sandman por hacer dormir
a sus enemigos, era exdirector de combate de las Fuerzas Aéreas, altamente
entrenado. Sandman estaría ya en la zona colocando un estroboscopio de infrarrojos
para señalar el lugar de aterrizaje. Había pasado la última semana a poca distancia
del lugar, en una tienda camuflada, invisible para todo el mundo mientras se
encargaba de un trabajo de reconocimiento fundamental para la misión.
Si Sandman no se hallaba donde esperaban es que estaba muerto.
Korbin, con sus dos metros de estatura, se inclinó hacia la izquierda, y Carlos lo
siguió. Todavía no se veía el estroboscopio, pero la confianza de aquel equipo era
muy profunda. Cada uno de los agentes continuaría dirigiéndose hacia el objetivo
con la absoluta certeza de que los demás cumplirían con su parte de la misión sin
ningún fallo.
Carlos tuvo que entrecerrar los ojos cuando traspasaron el muro de blancas
nubes y se acercaron al pedazo indetectable de tierra, el lugar diminuto donde tenían
que aterrizar.
Una luz estroboscópica surgió a la vista. «Gracias, Sandman».
En los últimos mil metros de caída a la montaña, una ráfaga de viento feroz
surgió del valle rocoso debajo de ellos. Carlos golpeó y giró sobre medio metro de
nieve. Soltó el paracaídas que lo estaba arrastrando y se plantó sobre sus pies.
Cuando miró a su alrededor, en busca de su equipo, Gotthard ya estaba de pie y
consultaba el monitor de su muñeca. Korbin avanzaba hacia Rae, que estaba tendida
de espaldas sobre la nieve.
Carlos fue hacia ella. La terrible idea de que su cuerpo pudiera haberse
golpeado con una piedra en la nieve surgió en su cabeza. Pero cuando Korbin llegó
junto a ella, Rae ya estaba sentada y rechazó la mano que este le ofrecía. Era una
mujer testaruda cuando se trataba de recibir cualquier tipo de ayuda.
Ella y Korbin se unieron a Carlos mientras Sandman se dirigía hacia ellos a
grandes zancadas, con el arma cruzada sobre el pecho. Sandman levantó una mano
enguantada y Rae le dio con la palma abierta; era su modo habitual de decirse
«hola». Dentro de esa oscura piel de color caoba y por debajo de ese traje de
camuflaje había un hombre que Carlos preferiría tener siempre de su lado.
Sandman tenía dos personalidades. Una de ellas podía convertir a una mujer en
su ángel por una noche con tan solo un pestañeo, y la otra podía conseguir que un
terrorista se meara encima.
En cuanto todos los paracaídas estuvieron escondidos fuera de la vista, Korbin
esperó a que todos señalaran con el pulgar hacia arriba, luego se puso en marcha,
liderando la excursión. A cien metros de distancia de la casa de tres pisos, Carlos
hizo una seña para que se reunieran. El equipo se congregó detrás de un montículo
de rocas desnudas.
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Gotthard hizo una foto con una cámara compacta de luces infrarrojas y la
levantó a la altura de su rostro. Comenzó a pasar información a través de signos con
la mano: «Hay dos guardias fuera, caminando… uno del lado este, otro al oeste.
Dentro hay cuatro cuerpos, dos en la segunda planta. Dos en la tercera planta, uno de
ellos horizontal e inmóvil». Probablemente, la mujer rehén.
Carlos hizo señas a cada operativo para indicarles la posición. Primero
rescataría a la joven y protegería a su equipo. Salvar el propio pellejo vendría más
tarde… si es que la suerte volvía a acompañarlo.
Se armó de valor y comenzó a avanzar, preparado para descubrir si los
hombres que vigilaban aquel castillo de verdad pertenecían a Durand Anguis.
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Capítulo 2
¿Llegarían a tiempo sus correos electrónicos?
¿A las personas adecuadas?
Gabrielle Saxe se levantó y caminó inquieta desde la zona de trabajo de su casa
de alquiler hasta la ventana. Un domingo deprimente. Una espesa niebla y una lluvia
lenta se cernían sobre el lago Peachtree, dejando borrosas las luces del muelle. La
ciudad de Peachtree, una comunidad planificada en Georgia, al sur de Atlanta, era el
mejor lugar que había encontrado para esconderse desde que vivía peligrosamente,
ahora hacía ya diez años. Echaba de menos su hogar familiar en Francia, pero la
niebla que había ocasionalmente allí en el sur la hacía añorar todavía más su
apartamento de Londres.
También echaba de menos su libertad, pero la seguridad tenía un coste.
Y no solo para ella. Hacía todo lo posible por mantener a salvo también a su
familia en Francia. Esa era una de las razones que la habían llevado a esconderse diez
años atrás. Justo después de divorciarse de una estrella de la pantalla italiana en alza
que la había encandilado para casarse con una única intención: utilizarla. La luna de
miel había durado dos meses, luego las cosas comenzaron a estropearse entre ellos.
Conoció al verdadero Roberto Delacourte. Primero vinieron los abusos verbales, los
comentarios acerca de lo mala que era en la cama, por más que ella tratara de
cumplir con sus expectativas. Ella no tenía experiencia, y ocultaba el asco que sentía
por algunas de las ideas de él. El día que se despertó atada a la cama y sufrió lo
equivalente a una violación comenzó a esconderse de él.
Seis meses después del inicio de esa turbulenta relación él le dio una bofetada
en la cara y un puñetazo en el vientre.
Gabrielle se había preparado para recibir más violencia cuando le pidió el
divorcio y lo amenazó con denunciarlo para que fuera a la cárcel.
Él dispuso tranquilamente los términos del divorcio con intrincado detalle,
demostrando claramente que había planeado muchas cosas por adelantado. Mientras
él hablaba, ella se dio cuenta de cómo, en su inocencia, había aportado dinero y
contactos sociales que él usaría para llegar más lejos con su carrera. Le explicó cómo
informaría a los medios que era él quien pedía el divorcio, y exigió que le pagara una
suma exorbitante de un fondo fiduciario que su madre le había dejado. Todos los
detalles del divorcio permanecerían ocultos a menos que él decidiera compartir algo,
y ella no podría pronunciar jamás una sola palabra negativa contra él.
Ella gritó que estaba loco, con lo cual se ganó otro puñetazo en las costillas.
Luego él le advirtió lo que le haría a ella y a su familia si no aceptaba sus
condiciones. Enumeró una lista que incluía el derecho a relatar historias morbosas
sobre sus supuestas perversiones sexuales. Para satisfacción de los paparazzi dichas
historias irían acompañadas de fotos falsificadas que la mostrarían en situaciones
comprometidas, y en ellas se aludiría a sus sucios contactos con gente a la que le
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gustan los niños pequeños, como las dos niñas que su padre y su nueva esposa
habían tenido. Ella no permitiría que les ocurriera nada a aquellas niñas. Y con su
padre en plena campaña para ascender de posición en el gobierno francés,
simplemente el escándalo habría arruinado su carrera.
Ella era entonces muy joven y verdaderamente temía a Roberto, la asustaba
pensar lo lejos que podría llegar para conseguir lo que quería.
Gabrielle habría luchado contra Roberto si hubiera sido solo su vida y su
reputación lo que estuviera en juego, pero no la de su familia. Y Roberto había
recogido una lista de gente relevante que respondería por él en una vista pública. Era
culpa de ella. Había sido ella quien lo presentó a las personas más distinguidas de
Londres y de París. Todos creían le era un marido maravilloso, puesto que ella se
había esforzado por mantener su vida personal en privado. Él era una estrella en
auge que quería dinero suficiente e importantes contactos que lo empujaran a la gran
pantalla.
Y sabía que ella se sacrificaría por las personas que amaba.
A diferencia de él, ella no había planeado sus movimientos ni había tenido
cuidado de protegerse contra ese monstruo. Gabrielle lo había introducido en el
mundo de su familia, así que ahora tenía que sacarlo. Se tragó el orgullo y aceptó su
ultimátum; pensaba que dándole el dinero se lo quitaría de encima.
Si hubiera sabido lo despiadado que podía llegar a ser se habría dado cuenta de
que nunca quedaría satisfecho con un simple acuerdo de divorcio de cinco millones
de dólares.
Regresó de la ventana y miró su portátil, deseando que le diera una respuesta.
Agarró con los dedos el medallón que llevaba colgado al cuello, con una fina cadena
de oro, y revisó de nuevo la página de Internet.
¿Por qué alguien, alguien como la CIA, se negaría a poner el mensaje en el
boletín de anuncios tal como ella había pedido? Vaya agradecimiento por los riesgos
que había corrido al introducir un mensaje en los canales correctos, hasta con las
palabras claves necesarias para un ojo suspicaz. Cualquier persona de un servicio de
inteligencia sabría entenderlo. Había ayudado secretamente a otras agencias en el
pasado, pero no saldría de su escondite de nuevo por los estadounidenses si estos no
iban a ponerse de su parte.
Mon Dieu! ¿Qué problema tenían?
Cucú…
Gabrielle se sobresaltó al verse interrumpido el silencio. Tenía que apagar ese
reloj cuando se iba a la cama. Nunca dormía por la tarde, pero su cuerpo suplicaba
tener un respiro en aquel mismo momento. Le había sido imposible descansar en las
últimas cincuenta horas, desde que había recibido una postal que casi le paró el
corazón en mitad de un latido.
Se frotó el estómago, allí donde una masa de nervios retorcidos estaba haciendo
todo lo posible para provocarle náuseas.
Quizás un té le asentaría el estómago.
Dormir dos días enteros le vendría aún mejor.
Revisó de nuevo el correo electrónico. Nada, solo los mensajes de siempre,
desde las preguntas del Centro de Tecnología Informática generadas por artículos
que ella escribía de manera anónima para publicaciones digitales, hasta los poco
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habituales correos personales.
Detuvo la mirada en un correo de Fauteur de Trouble que «Llámame pronto,
estoy siendo desterrado y tú eres la única que me entenderá…». Gabrielle sonrió.
Babette había escogido un nombre electrónico muy acertado. Era definitivamente
una alborotadora, pero de una forma adorable. Gabrielle dudaba de que el drama de
la reina Babette, una de las dos hermanastras del segundo matrimonio de su padre,
fuera de verdad el destierro.
Lo más probable era que aquella rebelde de catorce años se enfrentara al hecho
de ser enviada a pasar las vacaciones con algún pariente para dar a su padre un poco
de paz. Aquella adolescente tan testaruda le estaba llenando el pelo de canas, algo
que Gabrielle encontraba muy divertido.
Vamos, Babette. Por desgracia para su padre, había engendrado otra hija que
también se negaba a ser metida en un molde y salir de él convertida en una niña
perfecta. Se trataba de Cora, que tenía once años y era la más joven de las dos
hermanastras de Gabrielle.
Odiaba ese término… hermanastras. Sonaba tan despectivo… Sus dos
hermanas lo eran todo para ella, con independencia del porcentaje de sangre que
compartieran. Si fuera seguro hacerlo, Gabrielle disfrutaría viendo a sus hermanas
mucho más a menudo.
Fingía ser una solitaria, y su padre lo interpretaba como que nunca se había
recuperado de la muerte de su madre. Ella entendía su confusión y su dolor, pero
todavía estaba herida por el hecho de que después del funeral él la hubiera enviado a
vivir a un colegio con extraños, para evitar tener que tratar a una niña con el corazón
roto.
El primer pensamiento de Gabrielle cada vez que se despertaba cada mañana
en la escuela era que el asesino de su madre caminaba libre. El segundo era un
juramento: algún día Anguis pagaría por sus crímenes.
Gabrielle tocó la rígida postal de Linette apoyada contra la base de la pantalla.
Sonrió por los recuerdos que acudían a su mente de aquella joven que había
conocido en el colegio privado… Linette Tassone, su única familia durante varios
años. Que luego desapareció.
¿Dónde estaba ahora su más querida amiga, y cómo era posible que Linette se
hubiera enterado de que esa chica, Mandy, había sido secuestrada?
La parte delantera de la postal estaba decorada con la foto de un caballo color
bronce que corría en libertad. Linette amaba los caballos, siempre había soñado con
ser dueña de un rancho. Pero aparte de ese recuerdo, lo que había servido como
absoluta confirmación de que la postal venía de Linette eran las palabras escritas al
final con letra diminuta: «Que seas feeliz», con esa doble «e» que a Gabrielle la había
dejado sin aliento.
Ella y Linette habían acordado usar ese «que seas feeliz» únicamente en
circunstancias graves, para asegurarse de que el mensaje venía de una de ellas.
Cuando Linette lo sugirió, Gabrielle se había reído, como si esa firma fuera un
apretón de manos secreto, pero Linette amaba los secretos que compartían.
Resultó ser algo bueno.
Cualquier otra persona al margen de ellas dos probablemente despreciaría
aquel mensaje cuidadosamente escrito tomándolo por un lenguaje extraño, y no por
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un código.
Fue Gabrielle quien empezó con todo el asunto del código, añadiendo una
palabra enigmática en cada nota personal dirigida a Linette, que las descubría muy
rápidamente, puesto que era un genio. ¿Qué otra cosa iban a hacer dos almas
perdidas, ignoradas por sus padres ricos y acurrucadas en sus dormitorios, durante
las vacaciones mientras los otros estudiantes volvían a casa con sus familias?
El viejo castillo del siglo XV que albergaba su escuela en Carcassone, Francia,
parecía sacado de las páginas de un cuento de hadas, con sus preciosos tapices, sus
lujosos muebles estilo Luis XV en los dormitorios y las exquisiteces que preparaban
los expertos cocineros. Ella y Linette habían ido riendo de camino a su primer cuarto,
aceptando las rígidas normas de seguridad necesarias para su protección.
La vida parecía bastante idílica, hasta que Linette desapareció junto a todas sus
pertenencias personales justo antes de cumplir diecisiete años.
Nadie contestaba las preguntas personales de Gabrielle, y por su persistencia
tuvo que presentarse en la oficina de la decana, donde le advirtieron de que le
abrirían un expediente disciplinario si volvía a mencionar a Linette Tassone a alguien
del personal. Desde entonces, las paredes de piedra del castillo de cuento de hadas se
habían vuelto frías y agobiantes como las de una prisión. No era extraño que se
hubiese dejado engañar tan fácilmente por un embaucador. Había estado tanto
tiempo sola que era una presa fácil.
Pasó once años investigando, preguntándose qué le habría pasado realmente a
Linette, incapaz de creerse la historia que Señor Tassone había contado sobre su hija.
Pero ¿cómo podía discutirla sin tener ninguna prueba que la rebatiera?
Finalmente enterró aquellos recuerdos, aceptando que jamás encontraría a
nadie en quien poder confiar tanto como en Linette. Hasta que llegó esa postal. Tal
vez Gabrielle no fuera capaz de ayudar a Linette, pero no estaba dispuesta a dejar a
su amiga en la estacada.
Abrió la postal y descifró la primera línea de nuevo.
Gabrielle… No puedes ayudarme, pero necesito que ayudes a otros a saber
dónde me encuentro.
No necesitaba leer el resto: a esas alturas ya se sabía el texto entero de memoria,
incluyendo la extraña referencia a una chica secuestrada que iba a ser enviada a
fratelli, el término italiano para «hermandad». La postal había llegado a una oficina
de correos de Peachtree tras serle reenviada desde el antiguo hogar de su padre,
cerca de París. Gabrielle agradecía que él le hiciera llegar la correspondencia que
ocasionalmente recibía para ella, de lo contrario Mandy no hubiera tenido ninguna
oportunidad.
Secuestradores sudamericanos iban tras la joven estadounidense, pero Linette
había dicho que Mandy corría «grave peligro» y que «nadie estaba al tanto» del
secuestro, lo cual no tenía sentido. A pesar de eso, Gabrielle confiaba en Linette, así
que había puesto un mensaje electrónico en los canales adecuados, aquellos vigilados
por observadores de servicios de espionaje bien entrenados.
Lo había hecho más que fácil para las agencias de inteligencia.
Entonces ¿por qué no le habían enviado un mensaje confirmando que estaban
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En cuanto los dos guardias del exterior del castillo fueron neutralizados, Carlos
hizo una señal a Sandman para que patrullara por el perímetro. Luego, Carlos y el
equipo entraron.
Dentro del garaje débilmente iluminado había aparcados un Land Rover y
cuatro motonieves, preparados para ponerse en marcha. Carlos se quitó las gafas e
inspiró una bocanada de aire húmedo. Palas de nieve y otras herramientas
domésticas colgaban de una pared, por encima de una bañera vacía con demasiados
agujeros oxidados como para poderse usar. Armarios de un azul descolorido y un
banco de trabajo llenaban otra de las paredes blancas.
Gotthard se agachó para dejar inservibles los neumáticos. Se quedó atrás para
cubrir la salida y tener las motos de nieve a punto para cuando Carlos las pidiera.
Korbin subió las escaleras de madera y entró en la casa detrás de Carlos. Rae le
seguía los talones. El olor tostado de leños ardiendo en alguna parte circulaba a
través del aire cálido.
Cuando Carlos llegó al primer descansillo, hizo señales con la mano a Korbin y
a Rae para que se encargaran de los guardias del piso principal.
Derribar a un guardia entusiasmaría a Rae.
Mientras Corbin y Rae empezaban a moverse, unos gritos procedentes del
interior de la casa los dejaron helados a los tres. Uno de los guardias le chillaba a otro
en español:
—Ella está sangrando… dame las vendas…
Carlos tomó la delantera, haciendo señas a Korbin y a Rae para que lo
siguieran, hasta que llegaron a un pasillo, donde debían decidir si subir una escalera
hacia el tercer piso o girar a la derecha hacia la cocina.
De la cocina provenían ruidos de cajones que se abrían y puertas de armarios
que golpeaban, seguidos de maldiciones que pronunciaban los dos hombres.
Carlos envió a Korbin y a Rae a la derecha, y luego él subió corriendo con
cuidado las escaleras. Al llegar al siguiente descansillo, oyó venir a través del pasillo,
a su izquierda, una voz profunda que murmuraba gruñidos e insultos. Carlos siguió
el sonido hasta una habitación donde lo asaltó un penetrante olor a sangre fresca.
Un corpulento guardia vestido con un suéter negro de cuello alto y pantalones
militares estaba encorvado concentrado en su tarea cerca de una gran cama de caoba.
En el suelo y sobre la mesilla de noche había esparcidos fragmentos de vidrio rotos,
como si un vaso con agua hubiera golpeado contra el borde. Una mata de cabello
rubio caía a un lado de la cama, junto a la pierna del hombre.
Carlos desenfundó su cuchillo y entró sigilosamente. Avanzó dos pasos en
silencio y agarró con el puño una espesa cabellera negra. Mientras echaba hacia atrás
la cabeza del hombre, dejando expuesta su garganta al afilado cuchillo, Carlos
obtuvo una clara visión de una mujer joven, tendida y tan quieta como si estuviera
muerta… Mandy… con las muñecas sangrando profusamente. Merde.
El guardia se arqueó, pero Carlos terminó de matarlo antes de que volviera a
respirar; luego lo apartó de su camino y buscó el pulso de Mandy. Débil, pero no
estaba muerta. Todavía no. Levantó con un gesto decidido la sábana de lino que
cubría el cuerpo lánguido y comenzó a romperla en varias tiras largas. La camiseta
de la adolescente apenas se movía con cada débil respiración. El pantalón gris
parecía un pijama de niño.
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La sábana blanca tenía más color que su rostro sin sangre.
Malditos los bastardos que la habían llevado a hacer eso.
—Todo limpio —anunció Korbin, entrando en la habitación con Rae.
Carlos asintió, demasiado ocupado tratando de mantener a Mandy con vida
como para poder responder. Al menos ya no había que preocuparse por guardar
silencio ahora que la resistencia estaba neutralizada.
—Busca un traje de motonieve —ordenó Carlos.
—He visto uno abajo —soltó Rae mientras iba hacia la puerta.
Korbin levantó la muñeca de Mandy, ayudando a que Carlos se la vendara más
rápido. Cuando Rae regresó con el traje de motonieve para la chica, ya había
acabado. Exactamente como Carlos quería. Le cruzó los brazos sobre el pecho para
examinar las heridas que tenía a la altura del corazón, y luego empleó más trozos de
la sábana para envolverle los brazos junto al cuerpo, de modo que estos no se dieran
golpes al moverla.
Usó el traje para protegerla, deslizando a Mandy dentro sin dejar ninguna parte
de su cuerpo expuesta. Carlos la levantó en brazos y salió de la habitación detrás de
Korbin. Rae les cubrió las espaldas mientras avanzaban por el pasillo hacia las
escaleras.
—Todo despejado por aquí, vamos hacia allá —dijo Carlos usando su
transmisor para comunicarse con Gotthard—. El paquete ha sufrido algún daño.
Preparad los vehículos.
Al llegar al pie de las escaleras, Carlos soltó una maldición.
—Comprueba…
—… las marcas de los cuerpos —terminó Rae—. Los tres que yo he examinado
tenían el mismo tatuaje en la zona izquierda del pecho.
Carlos no aminoró el ritmo de su marcha hacia el garaje, aunque sentía la
urgencia de revisar los cuerpos por sí mismo si no fuera por un problema.
No podía cuestionar la afirmación de otro miembro del equipo.
Y desde luego no tenía manera de explicar por qué necesitaba comprobar los
tatuajes personalmente.
El informante había acertado. ¿Cómo? Mataría por un rato a solas con
Espejismo, que había resultado ser tan preciso respecto a los secuestradores, la
adolescente y su paradero, sobre todo relacionado con Anguis. Alguien que conocía
tan bien a la familia Anguis probablemente tendría un interés personal en
machacarlos.
Y cualquiera que supiera tanto sobre los Anguis suponía una amenaza para la
existencia de Carlos y el secreto que ocultaba. Durand mataba a todo aquel que se
cruzaba en su camino, especialmente si se trataba de un chivato, entonces ¿cómo era
posible que el informante conociera los asuntos de Anguis tan bien como para
traicionarlo y sin embargo siguiera con vida?
Carlos emitió un gruñido en lo profundo de su garganta. Si al menos las pistas
hubieran llegado a su equipo antes de que aquella muchacha se cortara las
muñecas… Rogaba por que siguiera viva.
Gotthard tenía la puerta del garaje levantada y las motos de nieve ya fuera y
encendidas.
—Sandman envió la señal al helicóptero para encontrarnos en el punto de
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extracción dentro de una hora —le dijo a Carlos. Éste asintió, esperando que Mandy
sobreviviera tanto tiempo.
El helicóptero tendría un médico a bordo, pero puede que necesitara más
sangre de la que normalmente llevaban. Le entregó Mandy a Gotthard.
—Átala a mi espalda.
Carlos se puso las gafas y se colocó en el asiento del conductor de la moto de
nieve con los pies en los laterales.
Gotthard sujetó contra él el cuerpo de Mandy envuelto en el traje para la nieve,
pasando las largas mangas vacías por delante de su pecho y atándolas con fuerza.
Carlos sentía como un cinturón enlazado alrededor de su pecho, ceñido con la fuerza
justa para mantenerla cerca de él.
Gotthard le aseguró también las piernas y luego le dio a Carlos una palmada en
el brazo.
—Ve.
Carlos le dio con fuerza al acelerador, haciendo una mueca al sentir el cuerpo
sin apenas vida apoyado en su espalda cuando el vehículo entró en acción. Miró tras
él una vez más para comprobar que las otras motos de nieve lo seguían, llevando su
equipo.
Todos vivos. Misión cumplida.
Excepto por la oportunidad de examinar los pechos desnudos de los guardias.
Para ver si estos únicamente tenían tatuada una serpiente y un puñal sobre sus
corazones, que los identificaba como soldados de Anguis, o si había también en el
tatuaje una cicatriz, indicando que eran parientes de sangre de Durand Anguis.
Exactamente como la cicatriz que él mismo tenía en el tatuaje de su pecho.
En el garaje del castillo, la bañera se movió hacia un lado apartándose de la
trampilla del sótano. Alguien empujó la trampilla con más fuerza y luego la cabeza
de un hombre asomó para examinar el silencioso espacio, ahora vacío excepto por el
Land Rover. Este tenía las ruedas desinfladas.
El hombre suspiró y sacó un teléfono móvil.
Primero informó. Luego pidió un transporte.
Su jefe no iba a estar contento.
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Capítulo 3
A Gabrielle le dolía el cuello. Le dolían los brazos. Le dolía todo. Pero un sueño
no debería doler, ¿verdad?
Luchó a través de capas de soñolencia, esforzándose por abrir los ojos. El sueño
la empujaba, pero un molesto sonido continuaba atizándola para que se despertara.
… cucú, cucú, cucú.
El reloj. ¿Cuántas veces habría gorjeado ese pájaro?
Su cerebro volvió a la vida. Levantó la cabeza del escritorio. Tragó saliva al
sentir un gusto desagradable en la boca y se frotó los ojos irritados, parpadeando
para enfocarlos. Por la pantalla de su portátil pasaban peces nadando. La vida
debería ser así de feliz y así de libre.
La sonrisa que comenzaba a permitirse se desvaneció.
El ordenador. El tablón de anuncios. ¡Mandy!
Alcanzó el ratón, lo movió y apareció el mensaje del tablón. Lo leyó
rápidamente. Gracias a Dios.
Quienquiera que hubiera recibido su primera advertencia acerca de Mandy le
había pedido más ayuda la pasada noche, específicamente información acerca del
castillo y de Anguis. Ella no pudo añadir nada nuevo acerca del castillo, pero
después de convencerse a sí misma de que la vida de Mandy merecía el riesgo,
compartió un poco más de lo que sabía de Durand y pensaba que podía ayudar. El
mensaje que había sido colgado esa misma mañana, justo un poco antes de las diez, y
que ahora ella estaba leyendo decía: «La criatura está a salvo en buenas manos».
Hubiera estado bien recibirlo antes de las seis de la mañana, que fue la hora en
que cayó rendida frente al ordenador. Hubiera podido dormir en una cama.
Gabrielle entrecerró los ojos para enfocar el reloj de cuco. «¿Casi las cuatro en
punto?» La luz se colaba en la habitación a través de los huecos de las persianas. ¿Así
que serían las cuatro de la tarde? Lunes. No era de extrañar que le dolieran todos los
músculos. Tan solo había dormido un puñado de horas durante los últimos tres días,
y además doblada sobre el escritorio.
Un baño, algo de comer y se metería un rato en la cama.
Primero algo de comida o sería incapaz de darse un baño. Rebuscó por la
cocina, considerando la posibilidad de pedir una entrega a domicilio. Cambió de idea
al encontrar unas sobras de comida tailandesa y un bollo de postre.
El baño fue casi tan refrescante como cepillarse los dientes. Había pasado todo
el día vestida con una camiseta y un pantalón de chándal, lo que ella consideraba
comodidad desaliñada. Pero para dormir se puso un camisón de seda y ropa interior
de encaje. No tener que preocuparse nunca por su aspecto era una de las ventajas de
vivir aislada. Se le escapó una risita triste ante aquel razonamiento sarcástico.
Gabrielle levantó las sábanas de la cama, se acurrucó debajo de ellas y cayó
profundamente dormida. Un ruido muy molesto se coló a través de sus sueños.
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Trató de ignorarlo. Su cuerpo le suplicó que lo ignorase, pero el estúpido sonido
no la dejaba en paz.
Tenía que haber desconectado el reloj.
Ding, ding. Silencio.
Ding, ding. Silencio.
Gabrielle abrió de golpe los ojos. No era el reloj.
Era la alarma de seguridad.
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El pronóstico de Mandy era reservado, pero no había muerto en sus brazos.
Tendría una oportunidad.
Gotthard enviaría noticias de Mandy tan pronto como aterrizara en Nashville.
Korbin y Rae estarían llegando a Washington y Nueva York justo en ese momento.
Todos regresaban en vuelos separados por razones de seguridad.
Carlos avanzó hasta el mostrador de la aduana y dio todas las respuestas
habituales a los oficiales de ojos desconfiados. ¿Ensayarían miradas suspicaces frente
al espejo?
«Bienvenido a Estados Unidos. Ni se te ocurra pensar en masticar chicle de un
modo inadecuado».
Maniobró para abrirse paso entre una perezosa corriente de pasajeros que
circulaban hacia la salida y ya había alcanzado las escaleras principales de la terminal
cuando su teléfono empezó a sonar.
Al abrirlo, apareció un mensaje.
«Llama a la oficina inmediatamente». Traducción: urgente.
Carlos usó la marcación rápida.
—¿Estás pasando la aduana? —preguntó Joe, ahorrándose cualquier tipo de
saludo.
—Sí. —Carlos cruzó las puertas de cristal de salida de la terminal. Los
fumadores inundaban el aire húmedo de Atlanta con nicotina mientras consumían su
primer o su último cigarrillo.
—Encontramos la fuente.
Espejismo.
Lo último que Carlos había oído antes de coger el vuelo a casa era que BAD
había rastreado la dirección IP de un ordenador en Rusia, donde Joe tenía extensos
contactos. Lo cual podía significar cualquier persona o cualquier cosa. Un equipo de
BAD de Reino Unido había estado cerca de una localización en Londres, justo antes
de que saliera su avión. ¿Cuál de los dos habría encontrado a Espejismo?
Carlos prestó atención. Comprobó su reloj, calculando la posibilidad de coger
un vuelo internacional a aquella hora del día.
—Estupendo. ¿Vuelo hacia Gatwick? —Carlos se dirigió a pasos rápidos hacia
una carretera al otro lado del aeropuerto, donde fluía el tráfico entre el aparcamiento
de coches y la terminal. Podía ser enviado a cualquier lugar del mundo, puesto que el
correo había sido rebotado a un sistema de ordenadores intervenido de Rumania y
después de Rusia. Pero en el momento en que BAD había precisado la dirección IP de
Rusia y conseguido una autorización para seguir el rastro desde allí, un equipo de
agentes sobre el terreno y en los cuarteles de BAD esperaban que Espejismo
cometiera un error.
—No —le dijo Joe—. Por eso te envié un mensaje urgente. El grueso de nuestros
recursos inmediatos han sido enviados en barco al Reino Unido como punto de
partida, puesto que los programas de datos que nos han llegado indican que nuestra
fuente podría estar allí, pero tal vez sea simplemente un intento de despistarnos. —
Joe estaba sugiriendo que el informante o bien no estaba en el Reino Unido, o bien no
era británico.
—¿Dónde? —Carlos se sacudió de encima el resto de su agotamiento con esas
palabras, preparado para localizar al bastardo.
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SHERRILYN KENYON Y DIANNA LOVE MENTIRAS SUSURRADAS
—Georgia. Peachtree City.
—¿Estás hablando en serio? —Carlos dio un giro y se dirigió a toda prisa hacia
la rampa de entrada al aparcamiento.
—Sí. Por eso te he llamado. Solo tengo un recurso local y va de camino hacia la
ubicación. —Joe hizo una pausa y se lo oyó suspirar—. He enviado al auxiliar Lee.
Carlos metió su tique del aparcamiento en la cabina de pagos y luego usó su
tarjeta de crédito, deseando que todo funcionara con rapidez.
—¿Un auxiliar? ¿Cuándo fue eso? «Auxiliar» era la palabra en clave para
referirse a un «agente de campo» cuando no se usaba una línea segura. Lee no podía
estar preparado todavía para una misión principal.
—Ha sido hoy. No tuve elección. No había nadie cerca aparte de ti.
—¿Dónde está ahora? —Carlos sacó el tique de pago justo en el mismo segundo
en que la máquina lo expulsó y recuperó el paso, buscando con la mirada su BMW
750i azul metalizado.
—Está a diez minutos del lugar de encuentro.
—Envíale un mensaje para que me espere, no importa…
—Lo envié sin guía. Recibirás un mensaje de texto con el punto de encuentro. Él
tiene el resto.
—Estamos en contacto. —Carlos cerró el teléfono y encontró su coche. Justo a
tiempo para arrojar su bolsa en el maletero, sentarse al volante y lanzar un violento
insulto.
Bienvenido a casa. Renunció a cualquier esperanza de que el día acabara bien y
se concentró en una situación que parecía estar tan bien organizada como un tren
descarrilado.
¿Cuál era el único punto a favor?
Lo primero que haría sería interrogar a aquel chivato de Durand Anguis.
Averiguar desde qué ángulo estaba trabajando Espejismo. Los informantes siempre
querían algo, siempre tenían un motivo oculto.
Y todavía no se había topado con ninguno que no fuera un criminal.
Sin pensarlo demasiado podía enumerar cuatro países que estarían encantados
con la posibilidad de atraparle. Lo podrían tener en cuanto Carlos consiguiera lo que
quería.
Gabrielle se levantó de un salto, se puso una holgada camiseta gris de manga
larga y unos pantalones de chándal, y luego unas zapatillas deportivas con cierres de
velero. El calzado perfecto para salir corriendo. Miró el reloj de su mesilla de noche y
comprobó que había dormido media hora.
¿Cuánto tiempo llevaría sonando la alarma de seguridad?
Le dio al botón de la pared para detener el insistente doble timbre, y luego
corrió al armario y cogió una mochila que contenía ropa, dinero, un pasaporte y otras
cosas necesarias. Siempre.
De camino al salón, se recogió el pelo en la nuca y se puso una gorra para
cubrirlo. Le costaba tragar saliva. El miedo le agarrotaba los músculos de la garganta
y amenazaba con ahogarla al llegar al escritorio. Alcanzó su ordenador y manejó el
teclado mientras se ponía una bufanda alrededor del cuello y se enfundaba un
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impermeable color caqui que le llegaba por las rodillas. Doble clic al ratón y su
pantalla se dividió en seis partes donde se veían las zonas de alrededor de la casa
vigiladas por cámaras digitales.
Cinco de ellas no revelaban nada inusual.
La número seis, que cubría el camino hacia la puerta principal, mostraba un
hombre enorme con un traje que no era de su talla que se dirigía hacia las escaleras
del porche.
Pasos lentos y pesados golpearon los tablones de madera.
Gabrielle cerró su ordenador y lo metió en un bolso con una correa, junto a
todos los accesorios. ¿Adónde iba a ir? Siempre había contado con tener tiempo
suficiente para llegar a su todoterreno con tracción en las cuatro ruedas y meterse por
un camino a través del bosque; una de las ventajas de vivir en una comunidad con
cien kilómetros de senderos para los cochecitos de golf. Dirigió la mirada hacia el
ventanal de la parte trasera de la casa, a través del cual se veía una serena imagen del
lago Peachtree y un muelle con un solitario bote atado. Con el depósito de gasolina
lleno.
Sería un blanco perfecto sola en el lago.
Toc. Toc. Toc.
No podía tratarse de un vendedor. La señal que había junto al buzón al
comienzo del camino de entrada indicaba claramente: NO PASAR, QUIENES
DESOBEDEZCAN SERÁN ARRESTADOS.
Toe. Toe. Toe.
Gabrielle cogió las llaves del coche por si tenía la oportunidad de llegar hasta el
todoterreno. Lo cual habría sido posible si no hubiera estado tan cansada como para
que la alarma no la despertara enseguida.
Desde el otro lado de la puerta, una voz profunda dijo:
—Agentes de la ley. Abra.
Eso la dejó helada. ¿El FBI? Si habían logrado seguir su rastro electrónico, bien
podía tratarse de la CIA, ya que había enviado todos los mensajes rebotados desde
diferentes direcciones IP de Londres.
—La casa está rodeada.
El corazón le dio un vuelco.
Maldita fuera. Las alternativas surcaron su mente a toda velocidad, puesto que
solo tenía dos.
La opción número uno era huir, lo cual no tenía sentido.
Gabrielle aceptó la opción número dos, se dio la vuelta y se dirigió hacia el
vestíbulo, con la esperanza de poder engañarlos. Se encajó una sonrisa en la cara y
abrió la puerta.
—¿Puedo ayudarle? Estaba a punto de salir… —Se interrumpió para mirar un
rostro que estaba al menos a dos metros del suelo y era capaz de provocar un millón
de pesadillas. Piel marcada por el acné, corpulento y de cuello grueso. Pelo negro
canoso.
—No parece que sea usted Harry Beaker —dijo él.
—No lo soy. Harry no está aquí, pero me encantará trasmitirle un mensaje. —
Más sonrisas. ¿Podía tener la suerte de que solo estuvieran buscando a Harry?
Agarró la puerta con una mano y apoyó la otra en el marco para tratar de disimular
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su temblor.
—¿Y usted quién es?
—Gabrielle Parker. Solo soy una inquilina. Me aseguraré de que Harry reciba
su mensaje, pero ahora tengo que irme o llegaré tarde. —Llamaría a Harry en cuanto
tuviera un momento libre si es que aquel tipo realmente lo buscaba. Harry pesaba
unos noventa kilos, era exmarine y luchador. Ella dudaba de que la CIA pudiera
intimidarlo.
—No estoy buscando a Harry. La busco a usted —dijo él.
Sintió un picor por todo el cuerpo ante el tono amenazante de su voz.
—¿Y quién es usted? —No había sonado con el tono exigente que ella
pretendía, pero hizo lo más que pudo con su garganta seca y contemplando a alguien
que podría estar a las órdenes de Durand Anguis.
Él buscó en su chaqueta.
A ella el corazón le latió con pánico.
—Agente especial Curt Morton, de la Brigada Antidroga —dijo él, sacando su
chapa durante un par de segundos para volver a guardarla de nuevo en su estuche y
luego en la chaqueta. Le ofreció una sonrisa que ella hubiera preferido no ver. Esos
dientes grandes y nariz torcida eran casi tan aterradores como sus inexpresivos ojos
grises—. Lo siento si le he dado un sobresalto, pero quería estar seguro antes de decir
nada más.
—¿Seguro de qué? —preguntó ella, respirando como alguien que acabara de
terminar una carrera de ocho kilómetros. Estaba a punto de hiperventilarse.
—Seguro de que es usted quien ha estado enviando a los servicios de espionaje
mensajes electrónicos relacionados con Durand Anguis.
Atrapada. Y desprotegida. Ahora era seguro que Durand la encontraría.
Después de cerrar la puerta de su Suburban de color azul oscuro, Carlos hizo
un gesto para que Lee lo siguiera. El vehículo estaba aparcado muy cerca del camino
de entrada a una propiedad privada de Peachtree City y oculto de la carretera por un
bosquecillo de árboles. Con un conductor inconsciente.
Tenía las manos y los pies atados con cadenas flexibles, que se quedarían ahí
hasta que Carlos tuviera tiempo de someterlo a un interrogatorio completo. El
conductor llevaba una insignia de la Brigada Antidroga, pero las credenciales eran
falsas.
A Carlos no le venía a la cabeza el nombre real de aquel matón, pero había visto
antes esa cara y esas orejas deformadas por los golpes. El conductor había formado
parte de una redada informática el año pasado. Músculos alquilados a precio de
ganga. Era como comer sushi barato. Un riesgo para la salud.
Unas ramas crujieron. Carlos dirigió una mirada a Lee, que hizo una mueca al
oír el ruido. Los novatos eran también un riesgo, pero Joe no habría enviado a nadie
excesivamente bisoño. Y Lee tenía ojos viejos en un rostro joven. Ojos duros, aunque
debía de venir de las calles y le faltaría experiencia en un terreno boscoso.
Sacudiendo una mano, Carlos restó importancia al suceso y siguió adelante,
revisando sus alternativas.
Estaba claro que alguien se les había adelantado encontrando al informante.
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¿Quién? ¿Y el compañero del conductor estaría allí para capturar al informante… o
encontrarse con él? Al menos debía de haber involucradas dos personas. El tipo del
coche era probablemente un vigilante, un desgraciado, y su compañero podía estar
en la casa ahora mismo.
Carlos avanzó rápidamente a través del bosque, en paralelo al camino de
entrada. La luz disminuía con cada paso, lanzando sombras en aquel bosque poco
frondoso.
¿Quién se le habría anticipado?
Se detuvo ante una curva en el camino de entrada, desde donde se veía
aparecer una zona abierta, el patio principal, a unos veinte pasos.
Se volvió hacia Lee. Los astutos ojos del chico, de color avellana, ardían con
determinación. No alcanzaba la estatura de Carlos ni era corpulento. Lee mediría
alrededor de un metro ochenta y era esbelto y musculoso. Iba vestido con un
pantalón de camuflaje y una camisa verde oscura.
A pesar de todo eso, el chico era demasiado pulcro para el gusto de Carlos. ¿En
qué estarían pensando Joe y su codirector, Tee, cuando lo contrataron?
Joe había dado a Lee órdenes estrictas acerca de obedecer todo lo que dijera
Carlos, sin cuestionarlo. Y Carlos había añadido a eso una orden muy simple: si las
cosas se ponían feas, quería que Lee volviera atrás y contactara con Joe.
«Sobre todo no te hagas el héroe, bajo ninguna circunstancia».
Desde la zona abierta que tenían ante ellos llegaban unas voces, en un volumen
demasiado bajo como para que Carlos pudiera entender lo que decían.
Hizo a Lee una señal con la mano para que se detuviera y fuera tras él, pero sin
ser visto. Lee tocó su arma y asintió. Carlos sacó de su espalda su nueve milímetros,
y silenciosamente avanzó hacia la pareja que sostenía la conversación.
—No sé de qué está usted hablando. —Gabrielle trató de soltar una risita, pero
el ruido que le salió sonó muy cercano a la histeria.
El agente especial Morton no sonreía.
—Es usted quien envía información sobre Durand firmada con el nombre
«Espejismo». Nos gustaría hablar con usted.
—Yo en realidad…
—Señorita Parker. Hasta ahora usted está considerada una aliada de Estados
Unidos, pero si se niega a colaborar, su estatus podría cambiar y pasar a ser
considerada cómplice de los crímenes de Anguis. Obviamente hemos seguido hasta
aquí su rastro electrónico como Espejismo. —Dejó de hablar, hizo una sabia pausa
para dar tiempo a que la amenaza surtiera efecto.
«¿Cómplice?» Ella tragó saliva, sintiendo el pánico que se agitaba bajo su
aparente calma. Al menos ese hombre obedecía a las autoridades, y no a Durand,
pero estar allí con él no podía acabar bien.
—C'est des conneries!
—¿Qué es lo que ha dicho? —Él alzó las espesas cejas confundido.
Ella agarró con fuerza la correa de su bolso.
—Esto es una tontería. Yo no he hecho nada malo. —Después de tantos años
ocultando su identidad de Anguis, perdería su anonimato en el momento en que la
Brigada Antidroga la procesara. Los atentados de Roberto contra su vida
palidecerían comparado con lo que Durand podría hacerle—. ¿Podemos hablar aquí?
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Él negó con la cabeza.
—¿No necesito la presencia de un abogado? —No es que lo tuviera, pero
ganaría tiempo si tenía que buscar uno.
—No. Queremos mantener esto en secreto, tal como ha hecho usted, y proteger
su anonimato.
¿Qué podía objetar a eso?
Miró por encima de él.
—¿Dónde está su coche?
—Justo a la entrada del camino. Vi la advertencia. No quería arriesgarme a un
pinchazo en un neumático por seguir con el coche.
—¿Es verdad que la casa está rodeada por agentes de policía?
—No, pero tengo refuerzos. —La sonrisa horripilante apareció de nuevo. ¿Por
qué sonreiría?
Ella miró alrededor y avanzó hacia una puerta cerrada.
—No sé de qué está usted hablando, pero cooperaré. Le seguiré en mi coche.
El agente especial Morton volvió a negar con la cabeza.
—Iremos en el mío. Yo la traeré de vuelta a casa. —Movió un brazo para señalar
el camino de entrada, como si el trayecto hacia el coche no estuviera claro. Cuando lo
hizo, la chaqueta se le abrió y dejó expuesta una funda que contenía un revólver
sujeta al hombro.
Si ponía demasiados problemas, él podría simplemente arrestarla.
Manejó la llave con torpeza, y por fin logró cerrar la cerradura desconectada
después de dos intentos. Como decían en Estados Unidos, sería mejor seguirle la
corriente, al menos por ahora.
Esperó a que ella bajara los escalones delante de él. Cada paso que la alejaba de
la casa le dolía. Aquel había sido el mejor lugar donde había vivido. No podría
regresar. La casa de alquiler de Harry era una de las propiedades originales de
aquella comunidad, con un camino pavimentado de quinientos metros y oculta por
árboles a ambos lados. Avanzó con dificultad a través de una capa reciente de hojas
que cubrían el patio principal y que había rastrillado justo ayer.
Caminando a su lado, el agente de la Brigada Antidroga abrió su teléfono,
marcó una tecla y esperó.
—¿Por qué creen que yo soy Espejismo? —preguntó ella. ¿En qué se habría
equivocado, y quién más se habría percatado de su error? Al ver que no respondía,
ella miró por encima del hombro. Había disminuido el paso, pero dio dos zancadas
con sus largas piernas y avanzó para detenerse a su lado.
Tocó de nuevo unos botones de su teléfono, y puesto que lo usaba en modo
manos libres ella pudo oír el timbre sonando al otro lado de la línea. No hubo
respuesta.
La expresión de desconfianza que apareció ahora en su rostro afeó sus facciones
hasta el punto de hacerlas parecer diabólicas.
A ella se le puso la piel de gallina.
29
SHERRILYN KENYON Y DIANNA LOVE MENTIRAS SUSURRADAS
Carlos esperaba silenciosamente mientras los dos hombres avanzaban lado a
lado por el camino de entrada. El alto habría podido interpretar el papel de Lurch en
La familia Adams. El más bajo mediría poco más de uno setenta. Llevaba un
impermeable color caqui, un bolso de ordenador y una mochila a la espalda.
Y su voz había sonado aguda y nada masculina cuando dijo: «¿Por qué creen
que yo soy Espejismo?».
Maldita sea. ¿Sería aquel el informante que todos los servicios de espionaje
estaban buscando?
Carlos respiró muy despacio, guardando un completo silencio para poder oír la
conversación. Lee estaba completamente inmóvil.
La desigual pareja se detuvo a tres metros de donde estaba parado Carlos, sin
mover ningún músculo. Lurch había usado su teléfono móvil y estaba esperando. Al
no obtener respuesta, algún razonamiento lo hizo enfurecer.
Dos revelaciones sorprendieron a Carlos en el momento en que Lurch se dirigió
gruñendo al tipo pequeño:
—¿A quién has avisado de que yo estaba aquí?
Lurch era Baby Face Jones, un tipo experto en informática contratado para
trabajos especiales, tales como secuestros y torturas, cuando los fondos eran escasos.
Y el tipo bajito… el posible informante… era una mujer.
Su rostro palideció. Murmuró:
—A nadie.
Desde luego no era como Carlos había imaginado.
Baby Face la cogió del brazo.
—Vamos. —Levantó el teléfono con la otra mano para marcar un número con el
pulgar.
Ahora llegaba el momento de desmantelar la operación, puesto que Carlos no
podía arriesgarse a que Baby Face encontrara más hombres.
—Deteneos ahí. —Carlos salió de un arbusto, apuntando con su arma.
Baby Face volvió la cabeza hacia Carlos. Con un solo movimiento, soltó a la
mujer y el teléfono y sacó un arma, con el dedo ya en el gatillo. Disparó.
Carlos disparó primero, dándole a Baby Face en un hombro, la única opción
que tenía para desviar la trayectoria de la bala y no matar a Baby Face ni herir a la
mujer. Pero la bala le pasó lo bastante cerca como para sentir una ráfaga de calor
junto al oído.
La mujer gritó, mirando con ojos completamente horrorizados a Baby Face, que
cayó al suelo, aullando.
Lee apareció de repente.
Carlos se volvió hacia él.
—Le he dado en el hombro. Deten la hemorragia y…
—¡Ha salido corriendo!
Carlos se dio la vuelta para ver a la mujer corriendo a toda velocidad, ya hacia
el extremo de una casa de ladrillo de una planta.
—Hija de puta. —Salió corriendo tras ella.
Era más rápida de lo que él imaginaba. Llegó hasta una esquina y desapareció.
Cuando él llegó al patio trasero, ella ya había alcanzado el muelle y se
apresuraba por el paseo de madera, donde patinó para detenerse junto a un banco
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SHERRILYN KENYON Y DIANNA LOVE MENTIRAS SUSURRADAS
que había al final. Metió la bolsa del ordenador y su mochila en un pequeño bote y
saltó dentro. Ahora Carlos podía verla, pero en unos quince minutos se pondría del
todo el sol y sería de noche.
Sin disminuir el paso, Carlos empujó hacia su espalda el arma atada a su
cinturón, dejando las manos al descubierto para que pareciera que no iba armado.
Llegó al lugar donde había estado atada la barca justo cuando el motor que ella
estaba encendiendo se puso en marcha con un gruñido grave. La mujer desatracó la
embarcación y se puso de pie, para dirigirse hacia el timón mientras el bote flotaba
en punto muerto.
Cuando él alcanzó el último tramo del muelle y ya estaba cerca de ella, usó la
última zancada para darse impulso y saltar por el aire. Superó los casi dos metros
que lo separaban del bote y la agarró, arrastrándola con él.
Ella chilló «¡no!» mientras caían al agua al otro lado de la embarcación.
Carlos asomó la cabeza, todavía sujetando con una mano la chaqueta de ella.
Ella giró alrededor, tosiendo, luchando y pateándole las costillas con sus
zapatos. Él gruñó, gritó y la atrapó mientras ella se hundía. La atrapó por la espalda,
haciéndola subir, pero ella conseguía que se hundieran de nuevo los dos.
—¡Estate quieta! —le ordenó.
Ella continuaba agitando los brazos y luchando por respirar.
—¡Ayuda!
Le puso un brazo alrededor de la cintura para dejar libre el otro brazo. El bote
estaba ahora más cerca que la orilla, pero ninguna de las dos opciones sería buena
hasta que ella no dejara de luchar contra él.
—Cálmate o nos ahogaremos.
Ella luchaba por respirar y lanzaba gritos aterrorizados por miedo a morir
ahogada.
—Yo… no sé… nadar.
Oh, mierda.
—Yo sí puedo nadar… si dejas de luchar conmigo. —Estaba dando patadas con
tanta fuerza para lograr mantenerse a flote que le dolían los músculos.
Dejó de moverse, aunque continuó respirando profundamente y con mucha
dificultad.
Carlos miró alrededor, esperando que Lee pudiera manejarse con Baby Face y a
la vez comprobando que no hubiera cerca ningún peligro. La informante se apretaba
tan fuerte contra él que era posible que tuviera otro ataque de histeria en cualquier
momento. Él todavía no sabía cuál era su historia, así que tendría que mantenerla con
vida el tiempo suficiente para descubrirla.
—Relájate —le dijo con voz calmada—. Te llevaré al bote.
—¿Quién…? —Respiró con dificultad un par de veces—. ¿Quién… eres tú?
—Haz lo que te diga y no resultarás herida.
Ella se tensó al oír aquello, luego pareció darse cuenta de que entorpecía su
progreso y se relajó un poco.
Carlos tiraba de ella mientras nadaba para alcanzar el bote. Ella saltó para
agarrarse al borde como si aquella embarcación fuera la única balsa en pleno mar
abierto.
Él había oído decir que aquel era un lago poco profundo. ¿Cuánta profundidad
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podría haber? ¿Dos metros?
Pero si ella creía que aquello era una honda laguna, él no iba a convencerla de
lo contrario.
Carlos la agarró por la cintura y acercó sus labios a su oído antes de levantarla.
—Cuando te suba a este bote no hagas ningún movimiento brusco. No trates de
huir o poner en marcha el motor porque te tiraré por la borda. ¿Me has entendido?
Ella asintió. Los nudillos se le estaban quedando blancos de la fuerza con la que
se aferraba al borde del bote.
Amenazarla con volver a tirarla al agua no la ayudaría a tranquilizarse, pero
podía evitar que tratara de hacer algo realmente estúpido, como usar el remo contra
él.
Él mantuvo su voz calmada.
—Cuando te dé un empujón, tírate hacia el bote.
Ella volvió a asentir en silencio.
La levantó y ella se lanzó hacia el bote, pateando de manera que él tuvo que
apartarse para no perder la cabeza. En cuanto ella estuvo casi arriba del todo, él se
alzó y subió por un lado.
Ella se acurrucó en un extremo, echa un ovillo. Sin el gorro, el pelo húmedo le
colgaba en mechones.
—Ponte donde pueda verte. —Él señaló con la mano el asiento de pasajeros.
Pero no se movió.
—Ahora.
Ella alzó unos ojos beligerantes encendidos de furia.
Carlos se apartó un mechón de pelo mojado de la cara. La mujer seguía
aterrorizada. Tendría que ir a buscarla. Jamás permitía que nadie se sentara detrás de
él, definitivamente nadie.
Avanzó hacia ella, pero esta levantó una mano para detenerlo. El gesto fue casi
majestuoso y elegante a pesar de que llevara un impermeable empapado y zapatillas
de deporte. Se puso de pie y avanzó tambaleándose para sentarse en el asiento de
pasajeros de plástico, sin dejar de mirarlo un momento, con los ojos bien abiertos.
Era justo. Él tampoco le quitaba los ojos de encima. Se sentó en el borde del
asiento del conductor y encendió el motor para volver hacia el muelle. El aire frío se
filtraba a través de sus ropas húmedas. Le lanzó una mirada y al verla encogida
temblando de frío pensó en la manta que había en el maletero del coche. Resistiría
hasta entonces.
Cuando llegaron hasta la plataforma de madera, apagó el motor, ató el bote y se
bajó, ofreciéndole una mano.
Ella la rechazó.
Cogió su mochila y el bolso con el ordenador, y luego salió del bote procurando
no acercarse a él.
—Vamos. —Carlos la esperó antes de avanzar.
—¿Qué vas a hacer conmigo? —Tenía un claro deje francés, con un toque de
sofisticación aportado por el acento británico. Pero esos exóticos ojos azules y los
pómulos marcados eran decididamente franceses.
—Eso todavía no lo he decidido.
—Tú has matado a…
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—No está muerto —dijo él antes de que ella pudiera acusarlo de haber
asesinado a Baby Face—. Para matarlo haría falta mucho más que una bala en el
hombro. —Carlos le señaló el camino que quería que siguiera y ella por fin empezó a
moverse.
Temblaba con cada paso.
Carlos tuvo que reprimir la urgencia de consolarla. Ella estaba relacionada con
Baby Face Jones, un conocido ingeniero electrónico que se dedicaba a la piratería
cibernética y las estafas financieras.
¿Habría ido Baby Face a secuestrarla o tendrían un trato entre ellos?
Parecía haber salido de la casa de manera voluntaria.
Baby Face era un genio de la informática, pero Carlos dudaba de que hubiera
sido capaz de encontrar a la informante sin la ayuda de alguien con mucho dinero en
los bolsillos. Alguien que pudiera proporcionarle acceso a megaordenadores a la
altura del Monstruo, el ordenador de BAD, con un supersistema que, según juraba
Joe, no se igualaba con ningún otro en el campo del espionaje. Esa era tan solo una de
las numerosas preguntas que Baby Face tendría que responder cuando Carlos y Lee
lo llevaran a sus cuarteles.
¿Aquella mujer sería realmente Espejismo?
¿Los servicios de espionaje del mundo entero habían pasado por alto algo
evidente que en cambio Baby Face por su cuenta había sido capaz de descubrir?
Era difícil aceptar esa posibilidad, lo cual quería decir que había tenido ayuda.
Cuando Carlos llegó hasta la casa no vio a Lee por ningún lado. ¿Qué demonios
habría hecho?
Carlos dio instrucciones a la mujer para que siguiera avanzando un paso por
delante de él hacia Baby Face, que yacía en el suelo. No había ningún rastro de Lee y
tampoco había nada colocado en el hombro de Baby Face para detener la hemorragia.
Ella llegó primero hasta Baby Face y retrocedió, susurrando «Mon Dieu».
Carlos la adelantó. Baby Face sangraba copiosamente por un tajo en la garganta.
Algo se había puesto muy feo.
Ella se alejó un poco, haciendo el tipo de ruido que normalmente precede a una
crisis de vómitos.
Él no tenía tiempo de permitir que enfermara. De hecho, se jugaba la cabeza a
que tenían suerte de estar vivos y que Lee no había salido tan bien parado.
Quienquiera que hubiera encontrado a Lee, probablemente no se había dado
cuenta de que Carlos se había dirigido hacia la parte posterior de la casa
persiguiendo a esa mujer hasta el lago.
La idea de que Lee pudiera estar muerto lo impactó, pero si Carlos se detenía a
pensar sobre la vida desperdiciada de un joven, habría dos próximas víctimas.
Agarró a su cautiva por la parte delantera del abrigo empapado, obligándola a
clavar sus ojos aterrados en los de él, y le habló en voz baja.
—Escucha. Tenemos que irnos. Quienquiera que lo haya matado podría volver.
Su rostro palideció incluso más y sus ojos le miraron con ira.
—¿Me estás diciendo que no es tu colega quien ha hecho esto?
—No, probablemente él también está muerto.
Eso la dejó de piedra.
—¿Y quién los ha matado a los dos?
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césped y se adentrara por la carretera, con las luces apagadas. Tenía luz suficiente
para ver el camino.
—¿Qué te hace pensar que quiero matarte? —preguntó él, con la mirada atenta
a posibles amenazas por cualquier parte.
—Tú eres Anguis, ¿verdad?
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Capítulo 4
Carlos se aferró con firmeza al volante. Aquello era precisamente lo primero
que quería sonsacarle a la informante: debía descubrir todo lo que ella sabía acerca
de Anguis. ¿Cómo era posible que lo hubiera reconocido cuando nadie en los últimos
dieciséis años lo había hecho?
Jamás había visto a aquella mujer antes de ese día. Aminoró la marcha, aunque
todavía acuciado por la urgencia de ponerla a salvo.
—¿Por qué has dicho eso?
Ella se burló, pero en su voz se deslizó una nota de terror.
—Esperaba que Durand enviara a alguien.
Carlos soltó el aire que había estado reteniendo, a la espera de oír qué era lo que
ella sabía. Simplemente creía que él había sido enviado por Durand para
secuestrarla.
—¿Piensas que formo parte del equipo de Durand simplemente porque soy
hispano?
Ella se balanceó, mirándolo con los ojos entrecerrados mientras buscaba una
respuesta.
—¿Y no es así?
—No. Y ahora, ¿quieres hacer el favor de esconderte antes de que una bala te
vuele la cabeza? —Aceleró el motor y siguió adelante.
Gabrielle trató de comprender lo que estaba diciendo. ¿No era Anguis?
Entonces ¿quién era ese tipo? Finalmente registró sus últimas palabras: el comentario
sobre la posibilidad de que le volaran la cabeza.
Encogió su cuerpo tratando de hacerse una pelota lo mejor que pudo, pero
nunca había sido menuda, así que la pelota era más bien un bulto deforme.
El hombre que conducía tenía todos los atributos que ella siempre había
adjudicado mentalmente a un soldado de Anguis, desde la piel color aceituna hasta
el espeso cabello negro a juego con las pobladas pestañas y un cuerpo poderoso.
Irradiaba oleadas de peligro.
La miró por un breve momento. Unos ojos profundos la evaluaron con una
preocupación que a ella no le encajaba con la imagen que tenía de un soldado de
Anguis.
Esperaba a alguien mezquino, con ojos malvados.
El aire fresco le había colocado un collar de pelo negro alrededor del cuello, y
los suaves mechones hacían un marcado contraste con la dura mandíbula y la boca
tensa. Era atractivo, aunque de una forma que tenía algo de letal. ¿Qué pretendería
hacer con ella?
Un escalofrío le recorrió la espina dorsal.
Si no era Durand quien había enviado a su intruso, entonces ¿para quién
trabajaba ese tipo? Para las fuerzas de la ley seguro que no, porque entonces no
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SHERRILYN KENYON Y DIANNA LOVE MENTIRAS SUSURRADAS
habría disparado al agente Morton.
Alzó la mirada cuando el todoterreno tomó la curva del álamo roto que había
sido derribado durante una tormenta reciente. Eso significaba que estaban cerca de la
calle… ¿donde alguien podría estar esperándolos?
¿Tal vez la persona que le había cortado el cuello al agente de la Brigada
Antidroga?
—¿Y qué pasa si te disparan a ti? —preguntó Gabrielle a su captor. Si a aquel
tipo le disparaban mientras conducía el todoterreno, ella podría acabar como una
especie de empanadilla humana.
—Estaré bien. No hablemos más —le ordenó, aunque en un tono menos
amenazante.
Hizo girar el todoterreno bruscamente hacia una carretera de la izquierda antes
de llegar al buzón. Ella estiró el cuello para averiguar por qué.
El todoterreno se acercó lentamente a un vehículo deportivo de color oscuro
que estaba aparcado en el bosque. Él se asomó hacia fuera, observando algo del
interior del vehículo, y dejó escapar una maldición, luego se dirigió de nuevo hacia la
carretera y maldijo otra vez. Aceleró con fuerza, dando una sacudida con el coche y
girando bruscamente el volante cuando entró de golpe en la carretera.
Un fuerte sonido metálico hizo eco antes de que el parabrisas crujiera y quedara
como una tela de araña.
Ella se levantó.
—¡Baja la cabeza, demonios! —Ralentizó la velocidad para luego pisar de nuevo
con violencia el acelerador, haciendo girar la cola del todoterreno, hacia un lado y
otro.
Otro disparo.
Gabrielle bajó la cabeza y se aferró al asiento. Apretó una mano contra la pared
cercana al suelo para permanecer lo más encogida que podía. El aire rugía a través de
las ventanillas abiertas.
—¿Adónde vamos? —preguntó, clavando los dedos en el asiento del coche.
Él la ignoró.
Después de dos giros más, pisó a fondo el freno, derrapando al detener el
vehículo.
Un hedor a goma quemada llenó el coche. Rápidamente dio marcha atrás con el
todoterreno y retrocedió con la misma velocidad que llevaba al ir hacia delante.
Los neumáticos de otro vehículo se acercaban chirriando contra el pavimento.
Circular a tanta velocidad en Peachtree City no era una buena idea, teniendo en
cuenta que aquella pequeña comunidad disponía de un departamento de policía que
patrullaba por las carreteras. Si tenía problemas con las fuerzas de la ley se
convertiría en un blanco fácil para Durand, pero la idea de ser arrestada tenía cierto
atractivo ahora que había gente disparándole.
Era difícil saber cuál era la menos mala de la dos alternativas mortales, pero
dudaba de que aquel tipo le diera la oportunidad de decidir.
Se oyó otro tiro entrando por el parabrisas. Ese hizo gruñir al conductor varios
tacos en español. La sangre le chorreó por la mejilla.
¿Debería ayudarlo o no?
Ni siquiera sabía quién era o para quién trabajaba. Había disparado a un agente
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SHERRILYN KENYON Y DIANNA LOVE MENTIRAS SUSURRADAS
de la Brigada Antidroga, ¿qué sugería eso de él?
Que era un mal tipo, para decirlo simple y llanamente.
Sin embargo, realmente se estaba esforzando por mantenerla con vida y fuera
de las manos de alguien. Tal vez de los soldados de Anguis.
Gabrielle buscó debajo del asiento un trapo que guardaba ahí para limpiar el
parabrisas cuando era necesario y se lo dio a él.
—Toma.
Él la miró, tardó en reaccionar, pero finalmente cogió el trapo y se limpió la
sangre que le había entrado en los ojos. Dejó de nuevo el trapo a un lado y giró con
fuerza el volante hacia la izquierda.
Ella casi se cae. Le pareció que transcurría una eternidad, aunque
probablemente fueron diez minutos, hasta que por fin él aminoró la marcha y dijo:
—Creo que los hemos perdido.
—¿Puedo levantarme?
—No.
Contrariar a aquel tipo no era una idea brillante, pero tendría que descubrir
algún tipo de estrategia para tener la posibilidad de sorprenderlo fuera de guardia y
poder escaparse. No podía dejarle saber lo aterrorizada que estaba.
Se lamió los labios y lo intentó otra vez.
—¿Dónde estás yendo?
—No donde planeaba ir originalmente.
¿No podía darle una respuesta directa? Gabrielle relajó las manos cerradas en
un puño y respiró profundamente un par de veces. Era la hora de ser paciente, de no
perturbarlo, pero se sentía agotada y hervía por la descarga de adrenalina que
acababa de recibir.
Se mantuvo en silencio mientras él hacía dos giros bruscos y luego aparcaba.
Dejó el motor en marcha y apagó los faros delanteros.
—Puedes levantarte un minuto.
Ya era hora. Arqueó la espalda y trató de hacer presión con las rodillas.
—Por aquí. —Él se inclinó hacia ella, cogiéndola por debajo de los brazos y
ayudándola a salir del hueco. Eso le demostró lo fuerte que era, porque ella no
pesaba poco.
En cuanto ella tuvo algo de equilibrio, él la soltó y abrió su teléfono, para
enviarle un mensaje de texto a alguien. Frunció el ceño.
—¿Qué pasa? —preguntó ella con el corazón martilleándole en el pecho.
—No hay señal.
Ella respiró profundamente, tratando de calmarse, y miró alrededor. La primera
calle que logró reconocer le indicó que estaban situados al sur de la ciudad, justo
sobre la avenida Peachtree.
—Esta es una de las dos zonas donde siempre pierdo las llamadas. Creo que
estamos en una especie de bolsillo entre dos torres.
Se oyeron sirenas en la distancia.
A ella le hizo ruido el estómago.
El rostro de sorpresa que puso él habría sido divertido en otras circunstancias.
—¿Hambrienta?
—No. —Había hecho solamente una comida en dos días, pero la idea de comer
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SHERRILYN KENYON Y DIANNA LOVE MENTIRAS SUSURRADAS
algo le provocaba náuseas. Acercó un codo al marco de la puerta y apoyó la dolorida
cabeza en una mano.
—¿Para quién trabajas? —Él agarraba el volante con una mano, repiqueteando
con un dedo y con la mirada distante como si le diera vueltas a una idea.
—No sé de qué me estás hablando.
—No me tomes el pelo —le advirtió él.
Ser reprendida y maltratada acabó con la última gota de paciencia que le
quedaba.
Al diablo con las consecuencias. Levantó la cabeza y se dirigió a él.
—Bueno, lo único que sé de ti es que mataste a un agente de la Brigada
Antidroga, así que la idea que tengo en mente no es precisamente la de burlarme de
nadie.
—Yo no lo maté —murmuró él. Luego hizo una pausa y la miró con
incredulidad—. ¿Creías que el tipo al que disparé era de la Brigada Antidroga?
A ella se le revolvió el estómago al percibir la nota de incredulidad en su voz.
—Tenía una placa de identificación. Era… el agente especial Curt Morton.
—Mierda.
A ella realmente no le gustó cómo sonó eso.
—No lo entiendo.
—Curt Morton lleva dos semanas desaparecido, lo cual significa que si Baby
Face tenía su placa lo más probable es que Curt esté muerto.
Ella se frotó la cabeza, tratando de encajar las piezas.
—¿Quién es Baby Face?
—El hombre con el que estabas era Baby Face Jones.
—¿Y quién es ese hombre…? ¿A qué se dedica? —Tenía la desagradable
sensación de que no iba a gustarle la respuesta.
—Es… un mercenario que hace encargos.
—¿Como secuestros?
—Así que ¿no salías de la casa con él de forma totalmente voluntaria?
Ella negó con la cabeza.
—No. Yo pensaba que era un agente de la Brigada Antidroga, y me amenazó
para que fuera con él. ¿Entonces es un secuestrador? —Sacre bleu, sacre bleu… había
caído en una trampa.
—El secuestro es solo una parte de su trabajo. Su verdadera especialidad son los
delitos electrónicos, y también tortura a agentes de los servicios de espionaje para
conseguir información relevante cuando consigue atrapar a alguno.
Ella veía puntos flotando.
—¿Quién eres tú? —le preguntó con una fuerte tensión—. ¿Perteneces a la
Brigada Antidroga?
—Soy Carlos. No estoy en la Brigada Antidroga. ¿Quién eres tú?
—Gabrielle… Parker.
—Bien. —Sonó tras su voz una suave risa escéptica—. Tenemos que movernos.
Necesito una torre.
—¿Ese deportivo que había estacionado en el camino a mi casa era tuyo? —
preguntó ella en voz alta. Todo el mundo parecía preferir llegar a pie hasta su casa de
alquiler.
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—No. —Miró a su alrededor mientras ponía el motor en marcha y encendía los
faros—. Vamos a darnos prisa.
—¿Quién envió a Baby Face?
—No lo sé y no pienso preocuparme por eso hasta que no sepa dónde está mi
compañero.
—¿Tú y tu compañero trabajáis para…?
—… para nadie que conozcas.
Aquello no era muy alentador.
—¿Y qué es lo que queréis de mí?
Él volvió a ignorarla.
Ir a la policía supondría todo tipo de problemas para ella, pero estaba
comenzando a considerar si su mejor alternativa era morir o ser torturada.
¿Estaría aliado con las fuerzas de la ley?
—Podemos llamar a una puerta y pedir a los vecinos que avisen a la policía —
sugirió ella. No era una mala idea, ya que le daría una oportunidad de escapar de
aquel tipo.
—Nada de policía. —Carlos volvió el rostro sombrío hacia ella—. Si salimos de
esta con vida y consigo encontrar una maldita torre, podré contactar con mi gente.
Nada de policía. Mi gente. Sin duda aquello no sonaba ni remotamente
parecido a las palabras de alguien aliado con las fuerzas de la ley.
Ella volvió a encoger el cuerpo entre el hueco del asiento y el suelo, mojada, fría
y asustada. Sobre todo terriblemente asustada.
Él mantuvo una velocidad moderada, conduciendo durante varios kilómetros
como si fuera un ciudadano modélico. Ella tiró de su muñeca para comprobar la
hora, apretando los dientes para detener la charla.
Aprovechó su silencio para planear dónde hallar un transporte público y en qué
dirección encaminarse cuando lograra librarse de él. Acceder a sus fondos le llevaría
algún tiempo, pero guardaba dinero escondido en varias localidades remotas.
Hacer planes de supervivencia la ayudaba a no pensar en lo cerca que había
estado de ser secuestrada por Baby Face o preguntarse lo que Carlos tenía en mente
para ella.
Carlos marcaba teclas en su teléfono cada vez que su mano estaba libre. La
cobertura debía de haberse recuperado puesto que empezó a hablar.
—¿Hay noticias de Lee? —preguntó sin decir ni siquiera hola. Pausa. Taco—.
Envía refuerzos a la localización. Tengo la fuente, pero estoy en un atasco de tráfico.
Necesito… —Apartó el teléfono de la cabeza, miró fijamente el diminuto aparato y
luego lo levantó como para darle un golpe contra el volante.
Pero no lo hizo, sino que cerró el teléfono con un dedo.
¿Se había perdido la cobertura de nuevo?
Gabrielle ya no podía ver los semáforos desde su posición. Solo una extrema
oscuridad.
—No estamos en un atasco. Estamos en el campo.
—Sí.
—Me levantaré si ya no nos sigue nadie.
Él se estiró y esta vez usó una sola mano para ayudarla a salir del hueco. La
cogió con fuerza, pero la manejó con… suavidad. Ella estaba dispuesta a apartarlo
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bruscamente al dejarse caer en el asiento, pero la soltó de inmediato, dejando que sus
grandes manos se concentraran en la tarea de conducir.
Manos suaves… capaces de matar.
Carlos no le había hecho ningún daño. ¿Sería más seguro estar con él que con
Baby Face? Ella se estremeció, alegrándose de no tener que estar con aquel monstruo.
Había estado demasiado cerca.
Estiró la espalda y se frotó las manos frías. Su ropa se había quedado húmeda y
helada.
—¿Y ahora qué? —Gabrielle movió la cabeza, forzando la vista para tratar de
distinguir algún edificio famoso. Estaban en la autopista 54, justo al sur de la
autopista 16. Amplias praderas abiertas y un campo ondulado, salpicado de algunas
casas majestuosas.
—Tan pronto como encuentre otra torre, nos iremos de aquí —le dijo Carlos.
Sonaba irritado y cansado.
A ella no debería importarle. Tal vez estaba cansado porque ya había
secuestrado a un par de mujeres más aquella noche. Pero él se había interpuesto
entre ella y la muerte, así que ayudaría tanto como pudiera hasta que él probara ser
realmente una amenaza.
Confiar le había resultado fácil mientras se escondía de Anguis detrás de un
ordenador. El teclado había sido su espada y el anonimato su escudo. Pero sobrevivir
ahora dependía de que pudiera mostrarse fuerte a pesar de estar temblando por
dentro.
Escapar de aquel tipo requería más habilidades de las que poseía.
La familiaridad haría crecer la confianza. No importaba cuántas respuestas
irritantes pudiera darle, debería procurar que él siguiera hablando hasta que por fin
comenzara a comunicarse.
—¿Todavía no hay señal?
Él negó con la cabeza sin mirarla.
—La cobertura es todavía peor al sur de la ciudad. —Lamentó haber
compartido esa información al ver que él movía la mandíbula con frustración.
—Puedo probar con mi teléfono —le ofreció, buscando el aparato colgado en la
cinturilla de sus pantalones.
—¿Es resistente al agua?
—No, pero… —Apretó el botón de encendido puesto que estaba todo negro. No
ocurrió nada—. Está muerto. ¿Y el tuyo sí es resistente al agua?
Carlos le dirigió una mirada que cuestionaba su nivel de inteligencia.
—No. —Ella se puso el teléfono en la espalda y suspiró. Gracias a Dios su
portátil no se había empapado. Había sido su compañía durante diez años. Sin
ayuda, sin amigos reales, puesto que se mudaba cada dos años para que fuera más
difícil encontrarla. Con la excepción de raras visitas para ver a su familia, había
pasado más tiempo con ese tipo aquella noche que con nadie más en todos esos años.
Si Carlos no hubiera aparecido, ella se habría marchado y nadie lo hubiera
sabido. Luchó contra la idea de confiar en aquel extraño, pero debía reconocer que
por ahora no tenía mucha elección. Hasta el momento, se había ganado algo de ella,
aunque no podía llamarlo exactamente confianza.
Eso no significaba que fuera a quedarse con él si encontraba alguna
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oportunidad de huir, pero no tenía nada de malo jugar en el mismo equipo mientras
tanto. El estómago le hizo suficiente ruido como para que se oyera por encima del
embate del viento.
Se frotó la cabeza dolorida, y luego buscó su mochila entre los asientos, que
ahora estaba en el suelo en la parte de atrás.
Él la detuvo con las manos.
—¿Qué estás haciendo?
—Buscando algo para el dolor de cabeza —le espetó sin poder controlar su
tono. No era una idea brillante irritar a un hombre armado con una pistola. Gabrielle
suspiró—. Que me disparen me da dolor de cabeza.
Los ojos de él se entrecerraron como interrogantes, luego su expresión se
endureció, pero la soltó y volvió a tocar los botones de su teléfono. Vigilaba cada
movimiento que hacía. Cuando ella se volvió con un pequeño frasco de aspirinas, él
se acomodó de nuevo en su asiento, flexionando las muñecas para controlar con
firmeza el volante.
Levantó el frasco para quitarle la tapa.
De repente Carlos asomó la cabeza por la ventanilla, mirando por encima del
hombro, y luego volvió a acomodarse. Ella se detuvo.
Unos golpes fuertes llegaron a sus oídos.
Movió la cabeza a un lado. El viento le aplastó el pelo en la cara. Logró
apartarse un mechón de los ojos a tiempo para ver las luces de un helicóptero que
venía hacia ellos.
—¡Métete dentro! —Carlos se guardó el teléfono en el bolsillo de los tejanos y
aminoró la marcha—. ¡Abróchate el cinturón!
Ella dejó caer las aspirinas, se cruzó el cinturón a través del pecho y tuvo que
intentarlo dos veces antes de poder abrocharlo. Justo en el momento en que lo hizo,
se oyó que algo golpeaba la parte trasera del todoterreno.
Disparos.
Él la agarró de los hombros mientras el vehículo hacía un giro brusco hacia la
pradera de la izquierda. Cuando la atrajo hacia él, le protegió instintivamente el
rostro con la mano justo antes de que el todoterreno chocara contra una valla de
madera en el camino. Trozos de madera rota golpearon el parabrisas y los escombros
le magullaron los brazos, pero no recibió ningún corte. Tan pronto como atravesaron
la valla, la soltó y luchó con el volante para adentrarse en el prado lleno de surcos.
El helicóptero surgió de ninguna parte para cernerse sobre ellos tan solo a
quince metros del suelo, impidiéndoles adentrarse en el denso bosque. El viento que
levantaba en su movimiento hizo agitarse el vehículo.
Comenzaron a disparar. Las balas chocaban contra el capó.
Carlos hizo girar el todoterreno hacia la derecha, levantándolo sobre dos ruedas
y luego retrocediendo. Pisó el acelerador, pero el helicóptero tronaba por encima de
sus cabezas y bajó otra vez para aterrizar entre ellos y el camino hacia el bosque.
La luz de la luna iluminó a tres hombres que bajaron de ambos lados del
helicóptero, incluido el piloto. Se agacharon para pasar por debajo de las aspas, cada
vez más lentas; cada uno de ellos tenía armas imponentes. ¿Ametralladoras?
Estalló el ruido de balas. Una de ellas pasó justo al lado de Gabrielle, pero no le
dio.
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Hubiera gritado si pudiera respirar. Iban a morir.
—¡Agáchate! —Carlos hizo girar el vehículo en un ocho, disparando su pistola
al mismo tiempo.
Ella lo obedeció inmediatamente, deseando desaparecer. Girando la cabeza a un
lado sobre su regazo, pudo ver algo a través de la ventana de la puerta.
Uno de los hombres que disparaban cayó.
El todoterreno dio un giro brusco a la izquierda y luego se dirigió hacia el
bosque a toda velocidad, como si Carlos hubiera encontrado el camino.
Ella se incorporó. No había camino.
Los pinos y robles de mayor tamaño y troncos más gruesos al menos estaban lo
bastante separados como para que el todoterreno pudiera pasar. A ella se le aceleró
el corazón ante la idea de poder salir de allí. Luego, si Dios lo permitía, escaparía de
Carlos. Puede que él le estuviera diciendo la verdad cuando afirmaba que el agente
de la Brigada Antidroga era ese tal Baby Face o puede que estuviera mintiendo.
Todos podían estar mintiéndole.
Miró a su alrededor, buscando a sus perseguidores.
—¡Joder! —Carlos hizo patinar el todoterreno hasta detenerlo y le dio un golpe
al volante.
Ella no necesitaba una traducción para saber que las cosas se habían puesto
fatal. Echó una mirada al barranco que tenían ante ellos, iluminado por los faros del
coche y estuvo de acuerdo con su apreciación.
Él embistió marcha atrás y aceleró de manera salvaje. Podría haberse dicho que
conducía como un loco si es que pudiera decirse que conducía, pero simplemente
parecía que el coche iba fuera de todo control por el bosque marcha atrás, a cien
kilómetros por hora, como si estuviera circulando a ciento veinte hacia delante en
una autopista.
Dio un frenazo para detenerse y giró el volante con fuerza hacia la derecha,
conduciendo al lado del barranco, quebrando los árboles más jóvenes con violentos
golpes.
Se oyó retumbar una explosión justo antes de que una pantalla de humo
creciera ante ellos sin darles posibilidad de escapar. El todoterreno pasó por encima
de una protuberancia del terreno que hizo levantarse el vehículo en dos ruedas del
lado del copiloto.
El cuerpo de ella se inclinó hacia la puerta del conductor.
Apretó los dientes tratando de impedir el grito que se agolpaba en su pecho y
buscó algo donde aferrarse.
Carlos soltó el volante y lanzó su peso contra ella, sujetando su cuerpo contra el
de él. Luces incandescentes iluminaron su rostro.
—Ya te tengo.
En aquel instante fugaz, ella dio las gracias al ángel que le había enviado a
aquel hombre. No sabía quién era ni para quién trabajaba, pero aquel hombre estaba
tratando de protegerla con su propia vida.
La sostuvo con fuerza, sirviéndole de escudo mientras el todoterreno se
precipitaba a toda velocidad fuera de control.
El coche chocó contra un árbol a la izquierda, haciendo que ella se golpeara los
dientes, y luego a la derecha, lanzando su cuerpo atrás y adelante, pero él nunca la
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soltó. El vehículo chocó contra otro árbol y cayó hacia un lado, esparciendo cristales
rotos por todas partes.
Él la cubría con sus brazos y con su cuerpo, evitando que resultase herida.
Cuando dejaron de moverse, se agarraba a él a la vez que trataba de respirar.
El pecho de él se ensanchó con un par de respiraciones profundas y luego
adoptó un ritmo controlado que ella envidió. La soltó y trató de encender el motor,
estando en posición invertida. Estaban encallados encima de algo y no tenían
suficiente fuerza de tracción para liberarse. Él apagó el motor y se volvió hacia ella,
revisándola rápidamente con la mirada.
—¿Estás bien? —El tono de preocupación de su voz debía de ser producto de su
imaginación, pero ella en ese momento lo necesitaba.
—Eso creo. —Ella continuaba agarrada a él.
Carlos movió una mano para quitarse un pedazo de cristal triangular que se le
había clavado en el antebrazo y gruñó. El brazo comenzó a sangrarle desde el
momento en que se quitó el vidrio. Lo dejó a un lado y, con calma, le desabrochó el
cinturón a ella. Luego logró que lo soltara para poder desabrocharse el suyo.
Gabrielle dio un par de respiraciones profundas tratando de calmarse, teniendo
en cuenta todo lo que había tenido que pasar no lo estaba llevando tan mal. Se
mantenía entera, preparada para enfrentarse a lo que hubiera de venir.
Al menos hasta el momento en que Carlos le apartó un mechón de cabello de
los ojos con una ternura que amenazaba con desatar la histeria agazapada en su
pecho.
Él se inclinó y la besó en la frente.
—No tengas miedo. ¿Estás bien?
Ese beso la reconfortó tanto como ver aparecer un ejército al rescate.
—Oui. —Fue todo lo que su tensa mente pudo articular. Tenía que
recomponerse. ¡Ahora!
—Vamos.
—Continúas diciendo eso como si no hubiera ningún problema, y las cosas no
hacen más que empeorar. —Husmeó con la nariz el olor acre que salía de la pantalla
de humo que habían atravesado.
—No hagas ningún movimiento brusco. —Él levantó su teléfono móvil,
escuchó, suspiró, y se lo guardó en el bolsillo de los pantalones. Ella no tenía ni idea
de dónde había salido su arma, pero el caso es que llevaba una pistola con una pinta
letal en la mano cuando salieron del vehículo.
Nunca había estado rodeada de armas, así que no estaba acostumbrada a verlas.
Él observaba el entorno alrededor del todoterreno mientras con una mano la
empujaba para que se colocara a su lado. Apagó los faros del coche.
—¿Todavía tenemos una oportunidad? —preguntó ella en un susurro.
—No en este momento —respondió Carlos en voz igual de baja.
Aparecieron dos hombres iluminados por la luna a unos cien metros. Uno
cargaba un rifle con el que los apuntaba a los dos. El otro tipo llevaba en el hombro lo
que ella supuso que era un lanzagranadas, por lo que había visto en las películas.
Ahora que lo pensaba, era probable que ese aparato hubiera lanzado la bomba de
humo.
—Sígueme la corriente hasta que tengamos una oportunidad de escapar —
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susurró Carlos—. Eres una chica con la que he quedado, ¿de acuerdo?
Justo cuando Gabrielle estaba a punto de darse por vencida, la confianza en
esas palabras alentó otra nueva ráfaga de fe en ese hombre. Asintió, dispuesta a
luchar tanto como él.
Los dos hombres avanzaron hasta que uno de ellos, el que sostenía el arma
automática, se detuvo a unos pocos metros de distancia.
—Hola, Carlos.
—Hola, Turga.
—Tira tu arma y tu teléfono móvil.
Carlos obedeció.
—¿Has tenido una pelea con Baby Face?
A Gabrielle no le sorprendió que Carlos y aquel hombre hablaran como viejos
amigos.
—La verdad es que no. —Turga habría resultado invisible de no haber sido por
el blanco de sus ojos. Era totalmente negro, la cara y las manos, la ropa, el gorro que
llevaba en la cabeza, las botas y el arma. Un fuerte olor a cigarrillos cargaba el aire
fresco que no estaba teñido por el humo de la bomba. Su inglés tenía un marcado
acento turco—. Baby Face ha sido una víctima inevitable. Ha sido algo bueno que él
la haya encontrado primero.
—¿Qué quieres de ella? —Carlos hizo que eso sonara como si el único valor de
Gabrielle hubiera consistido en proporcionarle un vehículo.
—Muy gracioso. Tú vas detrás de lo mismo.
—¿Detrás de qué? —bufó Carlos—. Baby Face tenía asuntos conmigo, no con
ella.
—¿En serio? Entonces ¿tú sabes algo de su gran trato? —Turga lo miró con
desconfianza, pero Carlos mostraba una genuina curiosidad.
Carlos se encogió de hombros.
—No tuve oportunidad de oír con todo detalle cuál era el gran trato y la verdad
es que no me importó una mierda cuando lo encontré tratando de quitarme a mi
mujer.
Turga resopló muy poco convencido.
—Déjala ir, Turga. El único error que ha cometido ha sido involucrarse
conmigo.
En ese momento Gabrielle le dio a Carlos un sólido voto de confianza. Ella no
sabía quiénes eran Turga ni Baby Face, pero Carlos era hasta el momento el único
que no había intentado matarla.
—¿Te crees que soy estúpido? —preguntó Turga en un tono que tensó toda la
piel de Gabrielle—. Demuéstrame que ella es tu mujer.
¿Cómo podía probar eso? No es que Gabrielle no estuviera dispuesta a apoyar a
Carlos en todo lo que dijera, pero la duda hizo mella en su mente agotada.
Carlos suspiró.
—Bien.
Él se volvió hacia ella. Ella lo miró a la cara, decidida a hacer todo lo que
pudiera para convencer a Turga de que estaban juntos.
Pero no estaba preparada para lo que ocurrió cuando Carlos la cogió en sus
brazos y acercó su rostro al de ella. Llevó su boca hasta la suya, besándola con más
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Ella se volvió para ver estallar las llamas justo donde había estado el
todoterreno, y el segundo tipo se acercó corriendo hacia ellos.
Probablemente habría lanzado una granada.
Se oyó el gemido de sirenas en la autopista, cada vez más fuerte.
Gabrielle tropezó en el terreno con surcos, cerca del helicóptero, y Carlos la
cogió por la cintura. La levantó para que entrara en la nave, y luego subió tras ella y
se sentó a su lado en el asiento posterior.
Turga puso el cuerpo muerto a sus pies.
Ella se echó hacia atrás con repugnancia.
Carlos se acercó a ella.
—Mira a través de la ventanilla y respira por la boca.
Turga apartó su rifle y sacó un revólver que parecía igual al que Carlos había
llevado. El compañero de Turga subió al asiento del piloto y encendió el motor.
Dos coches de policía y un camión de bomberos aparecieron por la autopista. El
coche que iba delante derrapó mientras las aspas del helicóptero giraban golpeando
con fuerza el aire.
Uno de los coches atravesó la verja, que ahora estaba abierta, avanzando
velozmente hacia ellos.
El helicóptero se elevó con una sacudida, volando prácticamente justo por
encima del coche. Luego alcanzó más altura y dibujando un ancho arco llegó hasta el
bosque donde se alzaba el humo del pobre todoterreno de Gabrielle.
Ella sintió un brazo que le rodeaba los hombros.
Se volvió para preguntarle a Carlos dónde creía que se dirigían, pero los dientes
le castañeteaban con tanta fuerza que tuvo miedo de morderse la lengua si intentaba
hablar. La conmoción que sufría junto con las ropas mojadas no la ayudaban mucho.
Le temblaba todo el cuerpo.
Carlos, sin embargo, resultaba cálido. ¿Por qué no estaba frío?
¿Y qué importaba eso? Se empapó del calor y el consuelo que ofrecía su
imponente cuerpo.
Gabrielle no podía creer que pudiera haber sido tan ingenua como para pensar
que Durand Anguis era su mayor amenaza.
Sintió un aliento cálido acariciando la piel de su cuello cuando Carlos inclinó la
cara cerca de su oído y le habló.
—Tú haz lo que digan. Encontraré una manera de que salgamos de esta. —Le
frotó el brazo con una mano, arriba y abajo, y luego le apartó con un dedo un
mechón de pelo de la cara.
Su cerebro se agitó ante aquel gesto entrañable. ¿Cómo se suponía que debía
interpretar sus movimientos?
—Entonces ¿quién es ella, Carlos? —Turga elevó la voz por encima del rugido
del motor.
—Ya te lo he dicho. —Carlos le cogió la cara y la besó suavemente otra vez.
¿Sería para calmarla o para convencer a sus secuestradores? Alzando la mirada hacia
Turga, Carlos la atrajo hacia sí, con actitud posesiva—. Simplemente estamos
saliendo.
Las emociones de ella se dispararon, y era incapaz de controlar la oleada de
reacciones que su contacto y su beso habían provocado.
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Carlos trataba de que sus secuestradores no se interesaran por ella, así que lo
menos que podía hacer era seguirle el juego. Deslizó una mano alrededor de su
cintura y se acurrucó contra su pecho, levantando la mirada para observar la reacción
de su secuestrador.
Turga no hizo ningún sonido o acción que revelara sus pensamientos.
Carlos movió la mano que tenía libre hacia el brazo que ella tenía en su pecho y
la acarició lentamente, arriba y abajo. Luego le dio un beso en el pelo.
Ella estaba perdiendo la cabeza en aquel juego letal, pero jugar así con un
hombre como Carlos no suponía ningún sacrificio. Ella había jurado pasar
completamente de tener relaciones con hombres, lo cual no era difícil puesto que su
estilo de vida hacía que las citas fueran imposibles. Fingiendo con Carlos se sentía
segura. Pero haberse casado con un icono masculino diez años atrás, que además
desde hacía un año salía en la lista como uno de los cincuenta hombres más
deseables del mundo, había sido un suicidio emocional.
Morir por caras hermosas y cuerpos impresionantes había dejado de ser un
atractivo para ella desde que se había divorciado de Roberto.
Pero sentía una extraña atracción hacia Carlos que solo podía atribuir a la
situación en la que se encontraba. Su mera presencia le transmitía fuerza y confianza.
Y él era atractivo y tentador.
Además creía que él podía sacarlos de aquello.
La mirada de Turga se llenó de indecisión.
—Tú no conservas las mujeres por más de una noche.
—Ponte cómoda. —Carlos se inclinó y la besó en la mejilla con tanta ternura
que ella se ablandó por dentro. La envolvió más fuerte con sus brazos y a ella se le
aceleró el corazón. Nunca se había sentido protegida o querida. No de la forma en
que ahora se sentía.
Aun sabiendo que Carlos estaba fingiendo, lo hacía mucho mejor que su
miserable exmarido en la noche de bodas.
Pero Carlos no pertenecía a las fuerzas de la ley.
Como si eso importara realmente ahora, teniendo en cuenta la siniestra
situación.
—Veremos. —Turga no dijo ni una palabra más hasta que aterrizaron, quince
minutos más tarde, en el área de aparcamiento de la parte trasera de un edificio con
carteles que decían «en alquiler» colgados en varias puertas. El piloto aminoró las
aspas del rotor y se bajó.
Turga saltó de su asiento, con el rifle sobre el hombro y apuntándola a ella con
una pistola. La escena en su totalidad era demasiado bizarra para poder entenderla.
Pistolas, lanzagranadas, helicópteros, muertos.
Ella no podía pensar sobre todo aquello con claridad.
Gabrielle esperó a que Carlos bajara primero, luego él se dio la vuelta para
ayudarla. Cuando la tuvo en el suelo frente a él le dio un abrazo rápido y le susurró:
—No dejaré que nadie te haga daño.
Con miedo a que se le escaparan las emociones, asintió. No conocía a ese
hombre, no sabía por qué había ido a buscarla ni para quién trabajaba, pero la estaba
protegiendo de todo peligro.
—Ya basta. Camina —ordenó Turga.
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Mientras ellos se alejaban del helicóptero, el piloto despegó un vinilo negro de
la sección de la cola que cubría el número de matrícula del aparato. Carlos mantuvo
el brazo alrededor de su cintura y la condujo hacia la puerta más cercana.
Gabrielle quería asegurarle que estaba dispuesta a luchar junto a él. Le habló en
voz baja.
—Estoy bien. Puedo hacerlo.
—Abre la puerta —ordenó Turga.
Carlos le apretó la cintura a modo de respuesta y le dirigió una mirada de
admiración que la reconfortó. La soltó para alargar el brazo y girar el pomo de la
puerta. Luego la abrió y la sostuvo para que entrara. Ella se deslizó y cruzó el umbral
con actitud atrevida.
Lo primero que la asaltó fue un olor metálico totalmente abrumador que le
produjo náuseas.
Lo segundo fue la imagen de un cuerpo ensangrentado colgado de la pared a
varios metros del suelo.
Se le doblaron las rodillas.
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Capítulo 5
Carlos cogió a Gabrielle —si es que aquel era su verdadero nombre— por
debajo de los brazos antes de que cayera al suelo.
Había encontrado a Lee.
A Gabrielle le hacía ruido el estómago.
Lo había hecho muy bien, había resistido mucho mejor de lo que él hubiera
esperado de cualquier civil. La hizo volverse para mirarla de frente y la apoyó contra
su pecho.
—Respira por la boca.
Carlos sintió el frío cañón de su propia nueve milímetros apretando su nuca.
—Sigue moviéndote —dijo Turga.
Carlos la sostuvo del brazo y ella caminó junto a él, lentamente, sin una nota de
color en el rostro.
—No lo mires a él —le dijo Carlos, sintiendo el deseo de poder hacer
desaparecer la imagen de Lee colgado en la pared con los brazos y piernas en cruz.
La cabeza de Lee se inclinó ligeramente hacia un lado. Estaba vivo.
Aquella era una de las localizaciones típicas de Turga. Aquel debía de ser uno
de los como mínimo tres lugares de la zona que sus hombres habrían explorado
aquella noche.
Sus hombres habían encontrado a Lee con Baby Face mientras Carlos estaba en
el lago con Gabrielle, supusieron que Lee había disparado a Baby Face y sabían a
quién estaba buscando el experto en informática.
Al menos Turga y sus hombres no eran un equipo de secuestradores
profesionales, de lo contrario habrían cubierto su cabeza y la de Gabrielle con fundas
de almohada y los habrían separado. Turga era el equivalente de un buitre, y sus
empleados peces comedores de basura.
Carlos lo había conocido unos meses atrás, cuando Turga intentó contratarlo
para una operación que él no aceptó. Si lo hubiera hecho la primera vez, Turga
habría sospechado, así que Carlos esperaba un segundo encuentro. Pero no como ese.
Cuando el piloto del helicóptero entró al edificio, Turga hizo un gesto con su
arma, señalando el lugar donde quería que se situaran Carlos y Gabrielle. Una vez
Turga estuvo satisfecho con la posición, habló tranquilamente a su piloto.
Carlos apartó la mirada de Gabrielle del cuerpo desnudo de Lee, cubierto de
esbeltos músculos y cortes sangrantes. Tenía la cara ya muy hinchada.
Los tatuajes que comenzaban en su hombro y bajaban a lo largo de un brazo
explicaban por qué Joe lo había reclutado. BAD no recurría a gente de instituciones
como la CIA y el FBI.
Probablemente antes que eso BAD preferiría poner una oferta de trabajo en la
prisión.
Joe había sacado a Carlos de la calle ofreciéndole la oportunidad de usar sus
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habilidades de una forma legal, habilidades como saber allanar una casa. BAD
necesitaba un experto en Sudamérica, alguien que pudiera moverse por ahí pasando
desapercibido.
Una cosa era segura: a la hora de escoger Joe era un artista. Habiendo
rechazado unirse a una banda en San Francisco, Carlos había estado viviendo
durante un tiempo de prestado desde entonces.
Pero era evidente que Lee había escogido un camino distinto.
Los diseños de tinta de Lee pertenecían a una banda de Chicago conocida como
Pelotón de Fusilamiento, que se dedicaba al tráfico de drogas, los robos de coches, las
estafas y el blanqueo de dinero. Era un grupo muy cerrado en el cual ningún agente
secreto había sido capaz de infiltrarse.
Para convertirse en miembro de la organización un hombre tenía que cumplir
únicamente tres requisitos.
El primero era ser menor de veinte años.
El segundo era ser respaldado por un miembro que llevara como mínimo cinco
años en la banda.
La prueba final y definitiva era determinar si tenía habilidades para sobrevivir.
La banda se comprometía a desafiar a un miembro de una banda rival para que
el aspirante lo matara o fuera matado por él en un plazo de treinta días. Era una
especie de versión callejera de una competición de atletismo internacional, pero en
este caso la medalla de oro se la llevaba el último que lograra seguir respirando.
El oponente que perdía conseguía un billete directo al infierno.
Una vez hecho el desafío, Lee habría tenido que permanecer dentro de los
límites de la ciudad y mantenerse visible durante un mes sin ningún tipo de ayuda
de nadie.
Si lograba sobrevivir entraría en la banda.
Las probabilidades de sobrevivir eran tan mínimas que resultaban de risa.
Pero Lee lo había logrado, o de lo contrario no llevaría el tatuaje, porque ningún
artista del tatuaje sería tan estúpido como para imitar el diseño de una banda sin
autorización.
Lee habría logrado redimirse en algún momento. Joe tenía que haber visto algo
decente en el chico para reclutarlo para BAD.
Tal vez se trataba de lo mismo que había hecho que Joe evitara que Carlos
acabara en la cárcel dándole una oportunidad que nadie le había dado jamás.
Maldita sea, Lee no podía tener más de veinte años.
¿Por qué le parecía tan joven cuando él tenía solo treinta y tres?
Porque él había vivido treinta y tres años muy duros.
Alguien se movió cerca de Lee. Tal y como Carlos sospechaba, Turga tenía
refuerzos en el interior del edificio. Un tipo con la cabeza rapada que no llegaba al
metro ochenta, otro turco bajo, fornido y de piel morena.
Aquel tipo había torturado a Lee.
Él moriría primero.
Carlos miró alrededor en busca de un lugar donde colocar a Gabrielle para
poder tener las manos libres. Las únicas sillas estaban cerca de una mesa justo al lado
de donde se hallaba colgado Lee. Carlos no estaba dispuesto a dejar a Gabrielle cerca
del animal que había torturado al agente de BAD.
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¿Qué habría contado Lee?
Carlos lo sabría muy pronto.
—Siéntate aquí. —Movió a Gabrielle hasta una caja de embalaje y ella lo siguió
sin decir una palabra. Si estaba en un estado de conmoción tan profundo que ni
siquiera podía responder, sería difícil sacarla de allí sin que sufriera ningún daño si
es que tenía alguna oportunidad.
Se las vería con eso cuando llegara el momento.
Si es que llegaba.
Detrás de él oyó voces profundas que murmuraban. Carlos tenía que averiguar
qué era lo que quería Turga y determinar si había alguna posibilidad de negociación.
Pero todavía no podía dejar a Gabrielle.
Le tomó la cara con ambas manos, obligándola a mirarlo. Sus ojos de un azul
violáceo lo contemplaron llenos de terror. Pero él esperaba solo una mirada vidriosa,
así que era alentador.
Antes de que él pudiera decir una palabra, un aullido de dolor proveniente de
donde Lee estaba colgado retumbó en el aire.
Carlos apretó la mandíbula.
Gabrielle se agitó nerviosa. Su rostro pasó de estar pálido a ponerse amarillo
por el mareo, pero estaba resistiendo muy bien para tratarse de una mujer que
obviamente no estaba entrenada para aquello. Había visto a hombres en situaciones
similares que perdían completamente el control.
—Mantén tus ojos clavados en mí —le indicó Carlos, y esperó a que ella
asintiera para darse la vuelta. El piloto se había marchado.
—¿Por qué está este tipo contigo, Carlos? —preguntó Turga, señalando a Lee—.
¿Compartís las citas? —añadió soltando un sonido de burla.
—Simplemente contraté a alguien musculoso para que me cubriera las espaldas
mientras paraba para verla a ella. Me encontré a Baby Face en casa de Gabrielle
buscándome. Si hubieras esperado cinco minutos yo hubiera vuelto, estaba detrás de
la casa. Esto —señaló el cuerpo magullado de Lee— no era necesario.
Turga se limitó a sonreír.
—¿Tú pagaste a este tipo para que te cubriera la espalda? Me estás insultando.
—Frunció el ceño y se volvió hacia el torturador—. ¿Qué has averiguado, Izmir?
—Este dice lo mismo. —Izmir se encogió de hombros—. Dice que quería ganar
algo de dinero rápido. Que lo contrataron para vigilar la casa de la mujer. Me llevó
bastante trabajo, pero me dio el nombre de Carlos.
Carlos no podía culpar a Lee por eso. De hecho, él mismo le había recomendado
continuar con la historia convencional y usar solo un nombre de pila. De ese modo
cada uno corroboraría la historia del otro.
Turga inclinó la cabeza haciendo una seña a Izmir para que se acercara. Cuando
Izmir llegó junto a él, le habló en voz baja.
Turga era un cazador furtivo, un oportunista que pretendía que alguien como
Baby Face hiciera todo el trabajo para que él apareciera en el último momento y se
llevara el premio y el reconocimiento delante de todo el mundo. Su éxito dependía
de la coordinación. Hasta ahora estaba tratando de descubrir si había cometido un
error al reaccionar demasiado pronto antes de descubrir qué era lo que estaba
persiguiendo Baby Face.
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juramento en turco.
—Si me mientes, acabarás peor que él cuando me ocupe de ti. —Inclinó la
cabeza hacia Lee; su rostro mostraba cada vez más confusión, el factor tiempo ahora
lo angustiaba—. No era típico de Baby Face hacer negocios por su cuenta. No juegues
conmigo, Carlos. La única razón de que la chica no esté muerta todavía es que no me
trago todo este asunto. No me arriesgaré a dañar la mercancía si es que es ella lo que
Baby Face estaba buscando. Si no es así, será toda mía.
Carlos se esforzó por no arremeter contra Turga. La furia ascendía por su
columna, exigiéndole hacerle pagar inmediatamente por el cuerpo sangrante de Lee.
Y también por el terror de Gabrielle, sí, aunque hubiera sido ella quien lo hubiera
metido en aquel aprieto.
—Suéltalo y te diré lo que Baby Face estaba buscando realmente y cómo sacar
tajada del trato… o te arriesgas a perder la hora de entrega que tenía prevista Baby
Face. —Carlos dijo esto con un tono tan marcadamente venenoso que parecía
incuestionable que él estaba metido en la negociación.
Turga hizo un gesto con la cabeza a Izmir, que gruñó y luego dejó su palo en el
suelo. Abrió una navaja y cortó las cuerdas que sujetaban los tobillos y las muñecas
de Lee.
A Lee se le escapó un quejido de dolor cuando cayó de rodillas sobre el suelo
antes de poder parar la caída con los brazos y se golpeó la cabeza. No se movió.
Carlos había avanzado varios pasos hacia Turga mientras este estaba distraído.
Cuando Turga se volvió a mirarlo, levantó su nueve milímetros.
—Quieto ahí. —Se oyó un tintineo interrumpiendo el tenso silencio. Turga sacó
un teléfono móvil de un bolsillo delantero de sus pantalones y respondió diciendo—:
¿Qué has descubierto? —Tras una pausa, sonrió y dijo—: ¿Ha ofrecido una
recompensa? No, no, somos viejos amigos. Contactaré con él pronto. Buen trabajo.
Eres casi tan bueno como Baby Face. —Cerró el teléfono y volvió a guardarlo en el
bolsillo de sus pantalones.
—Creía que íbamos a hablar. —Pero Carlos tenía la clara intuición de que
aquella llamada había complicado las cosas.
—Sí, sí. Primero dime lo que ella sabe acerca de ese tal Espejismo por el que
Durand Anguis ha ofrecido una recompensa.
Demonios. Un momento. Turga creía que Gabrielle simplemente tenía alguna
información acerca de Espejismo.
Carlos le ofreció su sonrisa más arrogante.
—Eso era lo que estaba intentando decirte. Durand hizo a Baby Face una nueva
oferta de mucho más dinero por entregarle a esa mujer. Durand resulta mucho más
persuasivo que Izmir cuando se trata de conseguir que alguien hable. —Ignoró el
grito femenino de asombro que oyó detrás de él y continuó—: Baby Face imaginó
que podría ahorrarse lo que pensaba pagarme a mí y decidió recogerla por su cuenta.
No era un mal plan tratándose de alguien como Baby Face. Como bien has dicho, no
es él quien normalmente hace sus propios trabajos sucios.
—Entonces ¿ella tiene información? —La sonrisa de Turga brillaba ante la
expectativa.
—Tú eres más inteligente que eso. —Carlos lo dudaba, pero esperaba que una
amenaza hiciera vacilar a Turga—. Atrévete a tocarla y Durand te arrancará las
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pelotas con un par de alicates.
Turga se encogió de hombros.
—Entonces no hay ninguna razón para mantenerte con vida, ¿verdad?
Aquello era delicado. Carlos necesitaba un minuto para encontrar una
respuesta.
—Adelante, dispara.
Turga sonrió, guardó la pistola en el cinturón y levantó el rifle.
—Pero te costará caro —se apresuró a añadir Carlos.
Eso congeló la sonrisa de aquel maldito cabrón.
—¿A qué te refieres?
¿Buenas noticias? La codicia de Turga superaba su inteligencia.
—Sentémonos y hablemos. —Carlos avanzó en dirección a las sillas y la mesa,
logrando acercarse a Turga otros dos pasos.
—Quieto. No hablaremos de nada hasta que Izmir no te ate las manos para que
no puedas hacer esos movimientos que te han hecho tan famoso.
—¿Famoso yo? —Carlos se rio, manteniendo los ojos fijos en Izmir, que cogió
con placer un trozo de cuerda y se dirigió hacia él.
—He oído historias. —Turga se burló—. Te mantendría con vida si no fuera tan
arriesgado. Apuesto a que alguien ha ofrecido una recompensa también por tu
cabeza.
Carlos se encogió de hombros como si no le importara lo más mínimo que
Turga hablara de matarlo o de vender su cabeza. Juntó las palmas y levantó las
muñecas frente a él, bueno y complaciente.
Turga dirigió la mirada a Gabrielle, que estaba sentada detrás de Carlos.
Carlos volvió la cabeza para mirarla.
Gabrielle lo miró con el ceño fruncido, separando los labios con una expresión
de total confusión.
Él le guiñó un ojo.
Ella pestañeó, luego cerró la boca e hizo un movimiento mínimo con la cabeza.
Un movimiento con el cual quería demostrar que seguía en el mismo barco que él.
Él se dio la vuelta y aprovechó la oportunidad para avanzar otro paso más.
Izmir se colocó entre él y Turga, levantando la cuerda para atarle las muñecas. Era
ahora o nunca. Esperaba que a Lee todavía le quedara un poco de aliento.
Carlos fingió una mirada de horror hacia donde estaba Lee y gritó:
—¡No, no lo hagas!
Izmir corrió hacia Lee, que milagrosamente se puso en pie.
Turga dirigió su arma hacia Lee.
—¿Tienes prisa por morir?
Lee bajó la cabeza al pecho, en actitud sumisa.
Turga gruñó con satisfacción, tan confiado apuntando un arma contra un
hombre desnudo y golpeado.
«Quédate ahí, Lee». Carlos usó los dos segundos que había ganado para apretar
con fuerza los dedos y lanzar un puñetazo a la garganta de Izmir, golpeándolo en la
tráquea. Con el rabillo del ojo, vio que Lee se movía, pero Izmir agarró a Carlos con
una mano y comenzó a apretarle la garganta con la otra.
Estalló un disparo. Era el rifle de Turga. La explosión hizo eco contra las
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paredes de cemento.
Y detrás del eco se oyeron unos gritos. Eran de Gabrielle.
Izmir inspiró aire con fuerza y se tambaleó, con los ojos saltones. Carlos tomó
impulso y le dio una patada, golpeando a Izmir para que cayera hacia Turga.
Otro disparo. La bala pasó justo por el medio de Izmir, atravesándolo y dándole
a Carlos un tajo profundo en un lado.
El aire se llenó de insultos, gritos y sangre.
Izmir se tambaleaba. Carlos arremetió con la cabeza, empujándolo directo hacia
Turga. Se oyó de nuevo un disparo, tan cerca que Carlos por un momento se quedó
sordo, pero la bala se desvió.
Carlos se tiró encima de Izmir, que aterrizó a su vez encima de Turga con un
pesado ruido sordo. Dio una vuelta por encima de ellos y se puso en pie.
Turga luchaba por liberarse del cuerpo muerto que lo retenía. Su mano todavía
sujetaba el rifle. Carlos pisó con su bota la muñeca de Turga, satisfecho con el crujido
de huesos y el aullido de dolor que siguió a continuación. Pateó el rifle para dejarlo
fuera de su alcance y encontró su nueve milímetros cerca en el suelo de cemento.
Turga insultó, gritó y con la mano que no tenía herida dio golpes a Izmir, que no se
movió. Carlos quería matar a ese cabrón, pero eso sería un asesinato. Tenía que llegar
hasta Lee para ver cómo estaba. El cuerpo de Izmir mantenía a Turga inmovilizado.
Carlos corrió hacia Lee, que estaba tumbado en el suelo. La sangre brotaba a
borbotones de una grave herida de su pecho. Su primer deber era sacar a Gabrielle
de allí, pero ella viviría.
Aquel chico, no.
Carlos se arrodilló y cogió en sus brazos con suavidad el cuerpo destrozado de
Lee. Al hacerlo, sus dedos se deslizaron en una herida de la espalda de Lee que
ningún vendaje habría sido capaz de reparar. El líquido caliente se derramaba por los
brazos de Carlos hasta el suelo.
—Tenías que hacerte el héroe, ¿verdad? —dijo Carlos con una voz conmovida y
llena de culpa.
Lee movió la comisura de los labios y los dientes perfectos que tenía apenas
hacía una hora ya no estaban allí.
Carlos se acercó más para oír las palabras que Lee luchaba por murmurar.
—Lo siento. —Lee se esforzó por respirar y todo su cuerpo se estremeció—. Te
he fallado… la primera vez.
—No. —Carlos tragó saliva tratando de aflojar el nudo que sentía en la
garganta. Era incapaz de acostumbrarse a ver morir a un joven—. Has jugado limpio.
—Los ojos le ardían.
—¡Carlos! —gritó Gabrielle.
Él se dio la vuelta, levantando la pistola de forma instintiva.
Turga de algún modo había conseguido liberarse de Izmir y corría hacia él con
un cuchillo.
La rabia cegó a Carlos.
Disparó cuatro tiros consecutivos… todos en la cadera y la zona de los
genitales. No era la zona donde normalmente dispararía alguien con tan buena
puntería, pero Turga no merecía una bala entre las cejas.
Turga cayó al suelo, agarrándose con las manos. Aullidos guturales hicieron
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marcha—. Tenemos que irnos antes de que aparezca alguien más.
Ella asintió, pero cuando él empezó a moverse, ella lo agarró para detenerlo.
—¿Qué?
Gabrielle no respondió. Se limitó a quitarse la gabardina mientras pasaba por
encima de Turga. Luego puso su abrigo sobre el cuerpo de Lee.
Nada podía haberle servido más en aquel momento para granjearse el cariño de
Carlos. Él tragó saliva tratando de aliviar el nudo que sintió en la garganta y esperó a
que ella volviera a su lado.
Ella se detuvo junto a él y lo miró fijamente.
—¿Parte de esta sangre es tuya?
—No tanta como para que haya que preocuparse. —Sin embargo, no podía salir
así a la calle si no quería llamar la atención—. Coge tus bolsos.
Ella respiró profundamente y pareció reunir fuerzas, luego pasó al lado de
Izmir hasta donde había estado sentada.
Carlos cogió la toalla que Izmir había usado para limpiarse las manos,
manchada con la sangre de Lee. Se quitó rápidamente la mayoría de la sangre de los
brazos y de las manos y buscó bajo la mesa las ropas de Lee. Ignorando la culpa que
sentía por quitarle la ropa a Lee, se quitó su suéter de cuello alto y se puso la
camiseta de manga larga que encontró en el suelo. Cambió sus tejanos por los de Lee,
que eran prácticamente de su talla, y usó su camisa ensangrentada para taparle la
cara a Lee. Luego fue hasta donde estaba Gabrielle con sus pertenencias.
No tenía sentido preocuparse por el análisis de ADN en aquel momento, ya que
su sangre estaba mezclada y BAD debería llegar antes que nadie a limpiarlo todo.
Él fue a coger el bolso del ordenador y ella reaccionó enseguida.
—No. —Se cruzó el bolso por el pecho—. Gracias, pero prefiero llevarlo yo.
Eso hizo que Carlos recordara a quién estaba llevando.
Espejismo. Una mujer por cuya cabeza se ofrecían recompensas, incluyendo
una de Durand.
Hasta el momento a él le parecía que no se trataba de una mujer acostumbrada
a estar cerca de armas o asesinatos. Era preciso que su informante saliera pronto al
aire libre o una vez pasado el estado de conmoción, el nauseabundo olor a muerte la
pondría enferma.
—No mires nada más que la puerta. —Él señaló la salida mientras la hacía
moverse.
La expresión de incredulidad con que ella lo miró le devolvió una nota de color
a las mejillas.
—¿Cómo? ¿Crees que tendré pesadillas? ¡Cómo si no hubiera visto nada de
todo esto!
Él suspiró. Puede que hubiera visto disparos y algunos cuerpos heridos de bala,
pero sus ojos habían estado vidriosos cuando permanecía de pie a unos metros de la
sangre que rodeaba el cuerpo de Turga y cubría la parte inferior de su cuerpo
destrozado. Ella no había visto realmente la carnicería.
—¿Quieres verlo otra vez? —la desafió él, seguro de la respuesta.
—No, por supuesto que no.
—Entonces mantén los ojos fijos en la puerta. —La condujo hasta la salida y
entreabrió la puerta, luego dejó su mochila en el suelo—. Quédate aquí, respira un
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poco de aire fresco y entra y cierra la puerta inmediatamente si oyes un coche o ves
venir a alguien.
Ella lo agarró del brazo, justo donde se había hecho el corte con el vidrio. Él
logró no soltar un juramento, pero le habló con brusquedad:
—¿Qué?
—No me dejes —le rogó ella en un susurro.
—No lo haré. —Él le apartó los dedos suavemente de la herida, que ahora
sangraba otra vez—. Voy a coger el teléfono de Turga para hacer una llamada.
Ella soltó un suspiro en sintonía con el alivio que mostraron sus ojos.
—De acuerdo.
Carlos se movió con cuidado alrededor de los cuerpos para no mancharse de
sangre. Turga tenía su teléfono en el bolsillo derecho de los pantalones, que había
quedado hecho pedazos. Una parte del teléfono había salido del bolsillo y estaba en
medio del charco de sangre.
Demonios.
Revisó a Izmir, cuyo teléfono había estado en el bolsillo de su chaleco antes de
que Turga lo destrozara.
¿Qué había que hacer para que algo saliera bien en aquel maldito trabajo?
Carlos se guardó el arma en la cintura de sus tejanos y fue a grandes pasos al
encuentro de Gabrielle. Podía oír sus respiraciones profundas. Cuando le tocó el
hombro, ella se sobresaltó y se golpeó la cabeza contra la puerta.
Ella volvió hacia él su rostro aterrorizado.
—Lo siento.
—¿Y ahora qué pasa? —preguntó ella.
A pesar de la fragilidad que revelaban sus ojos, ella hizo un esfuerzo
impresionante para reunir coraje.
—Nos vamos. —Abrió del todo la puerta—. Vámonos.
—¿Y qué pasa con… ellos?
—No funciona ningún teléfono. Enviaré a alguien para que recoja a Lee y que se
ocupe de todo esto tan pronto como encuentre un teléfono.
—¿Y adónde vamos? —Ella por fin comenzó a caminar cuando él le puso una
mano en la espalda.
—A un lugar seguro. —Probablemente se había ganado la mirada de
desconfianza que ella le dirigió, pero no le hizo más preguntas hasta que llegaron al
otro extremo del edificio.
Aleluya. Un descanso.
Una camioneta con dos plazas en la cabina estaba aparcada más allá de las luces
de seguridad que brillaban en el solar.
—Quédate aquí. —Carlos la hizo colocarse contra la pared protegida por las
sombras, luego corrió hacia el vehículo. Buscó en todos los lugares en que alguien
podría guardar un juego de llaves si no quería llevarlas consigo. El llavero estaba
debajo del asiento del conductor. Probablemente era la camioneta de Izmir, puesto
que el interior olía a tabaco europeo fuerte y era lógico que el matón hubiera dejado
las llaves bien accesibles por si tenía que huir corriendo.
Carlos hizo señas a Gabrielle para que se acercara. Ella se apresuró a subir al
asiento del copiloto. Él puso la mochila en el asiento trasero.
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En cuanto encendió el motor y dirigió el vehículo hacia la salida de la zona
industrial, Gabrielle dijo:
—Estamos en Tyrone.
—Sí. ¿Cuál es la ruta más rápida hacia la biblioteca de Peachtree?
—¿Qué? ¿Te vence el plazo de devolución de un libro?
Él no daba crédito a la nota de sarcasmo de su voz.
—No, es allí donde dejé mi coche. Me imagino que debes de saber el camino
más rápido, ya que vives por allí.
—A la derecha, luego sigue por la carretera. Saldremos a la autopista 74
dirección sur.
—Gracias. —Ella había ganado puntos al no intentar dirigirlo por un camino
equivocado—. Revisa la guantera y debajo del asiento, cualquier sitio donde creas
que pueda haber un teléfono móvil.
Ella comenzó a buscar.
—¿Quién se dejaría las llaves y el teléfono móvil en su coche?
«Alguien que vive al otro lado de la ley».
—Todos los hombres de Turga —respondió él, en parte especulando y en parte
mintiendo.
—¿En serio? —Ella se detuvo, pareció asimilarlo, y luego continuó buscando—.
Increíble.
Carlos se sobresaltó al oírla.
—¿Qué?
Ella lo observó con mayor respeto y sacó un teléfono móvil de la guantera. Se lo
entregó.
—No es extraño. Esos tipos llevan siempre al menos por triplicado cada cosa
que necesitan. —Carlos abrió el teléfono. Había señal. Marcó los números para la
línea directa de Joe.
Cuando el timbre dejó de sonar pero nadie al otro lado dijo nada, habló él:
—Soy yo, Carlos.
—Encantado de oírlo —le dijo Joe—. ¿Qué pasa con Lee?
Carlos no dijo una palabra.
Joe murmuró.
—Mierda.
Carlos le dio la dirección en una frase codificada.
—Si no llegáis los primeros…
—Espera. —Joe repitió la dirección y dio órdenes a alguien, luego volvió a
dirigirse al teléfono—. Recogeremos a Lee y lo limpiaremos todo.
—¿Y qué pasa con los otros dos? —preguntó Carlos, refiriéndose a Baby Face y
el cuerpo de su refuerzo, además del todoterreno que había encontrado cerca de la
casa de Gabrielle.
—Ya está solucionado. ¿Vas de camino?
—No. La fuente está en baja forma y yo necesito dormir un poco. Viajaremos
mañana.
—¿Vas a nuestra localización segura? —preguntó Joe, refiriéndose a la casa
segura del norte de Georgia donde Carlos había estado hacía poco.
—Sí. Te enviaré un nuevo número de contacto en unos diez minutos. —Carlos
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también tenía otro teléfono en su coche.
—¿Quieres que te envíe refuerzos?
—No. —Carlos de momento no quería otro ser humano a quien tener que
mantener con vida—. Yo me encargo. Más tarde te lo explico todo.
—Llama tú —dijo Joe, dando a entender a Carlos que comprendía que debían
esperar hasta tener la oportunidad de hablar por una línea segura.
Joe entonces le explicaría qué era lo que planeaba hacer con Gabrielle. Carlos
dudaba de que el hecho de que fuera mujer comportara alguna diferencia si es que
Joe y Tee, el codirector de BAD, habían decidido encerrarla aquella noche.
A pesar de cómo había terminado la conversación con Joe, era perfectamente
posible que al llegar al norte de Georgia Carlos se encontrara con una furgoneta sin
matrícula y dos guardias de seguridad preparados para detenerla en custodia.
Por primera vez desde que trabajaba con BAD vacilaba a la hora de tomar una
decisión. ¿Podía dejar a esa mujer en manos de dos guardias después de todo lo que
había tenido que pasar aquella noche?
Carlos terminó la conversación telefónica y miró a Gabrielle. Interpretó su
lenguaje corporal como un intento de recluirse: los brazos envolviendo su cuerpo, los
ojos fijos al frente, la postura rígida.
Por qué eso le dolía no podía saberlo.
—¿Qué vas a hacer conmigo? —preguntó ella, volviendo finalmente la cabeza
para mirarlo con desconfianza.
—Necesitamos hablar contigo.
—¿Quién quiere hablar conmigo?
Él no respondió enseguida, debatiéndose sobre cuánto decir. No tenía sentido
tratar de sonsacarle algo ahora, cuando probablemente estaba necesitando toda su
fuerza de voluntad para no venirse abajo.
—No puedo ocuparme de todo eso hasta mañana —dijo él—. De momento, lo
que tienes que saber es que no voy a hacerte ningún daño ni a permitir que nadie te
lo haga. Te llevaré a un lugar seguro para pasar la noche. Eso es todo lo que puedo
decirte.
Ella no hizo ningún amago de aceptación ni de discutir.
Carlos respetó los límites de velocidad. La carretera se cortaba de pronto, tal
como ella había dicho. En cuanto se halló en la autopista principal supo hacia dónde
iba. Una idea asaltó su mente.
¿Habría alguna persona esperando noticias de ella?
—¿Gabrielle?
—¿Sí? —La respuesta llegó a través de un suspiro cansado. Estaba apoyada
contra la puerta del coche, como una muñeca de trapo que hubiera sido arrastrada
por el estiércol y se hubiera quedado sin pilas.
—¿Quién sabe que vives en Peachtree?
—Nadie excepto el hombre que me alquiló la casa, a quien nunca he visto.
Aquella respuesta susurrada con voz triste lo tocó por dentro. De alguna
manera ella estaba vinculada a todo aquello. Eso la colocaba directamente en el
equipo equivocado.
Dejó escapar un suspiro y una tos… o un sollozo. No, ella no había llorado
todavía. Él esperaba con todas sus fuerzas que no lo hiciera.
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La potente carga de adrenalina en la que había estado confiando se gastaba. Se
frotó la frente, que le dolía por el desfase horario, el hecho de llevar setenta y dos
horas en una misión y sin dormir, y las últimas de estas horas luchando por sus
vidas.
Por no mencionar el hecho de haber descubierto que el informante a quien todo
el mundo buscaba era una mujer que fácilmente pasaría por una maestra de escuela
antes que por una persona involucrada en un asunto de espionaje internacional.
Ella estaba recostada contra la puerta, con la cabeza apoyada en la ventanilla. Él
luchó contra el impulso de atraerla hacia sí y mantenerla cerca, como un movimiento
instintivo.
No era exactamente el protocolo señalado al tener a alguien en custodia.
Los dos necesitaban dormir, pero él no sabía lo que les estaría esperando en la
cabaña.
Tampoco podía permitir que ella viera adónde se dirigían.
Sintió que le latían las sienes. Vencer a un hombre armado sería más fácil que
tratarla a ella como a una prisionera en cuanto llegaran al refugio seguro, pero
todavía tenía un trabajo que hacer, y no podía arriesgarse a bajar la guardia.
No después de haber capturado a Espejismo.
Ella se echó hacia atrás en el asiento. Él no tendría que haberla mirado.
La lágrima que vio corriendo por su mejilla desató una guerra entre su
conciencia ética y el sentido del deber.
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Capítulo 6
«¿Adónde me lleva ahora?» Gabrielle se enderezó en su asiento mientras Carlos
se dirigía a la zona de aparcamiento de la biblioteca de Peachtree. Obviamente él
conocía el lugar.
Ella se limpió una lágrima. Odiaba mostrar ante él esa debilidad, pero las
imágenes de lo ocurrido aquella noche la bombardeaban. Imágenes como la de aquel
pobre chico torturado en el almacén y finalmente muerto.
Y la forma en que Carlos había sostenido al joven, dando consuelo a su
compañero mientras este expiraba su último aliento. Tenía la extraña sensación de
que pocas personas conocían aquel lado de Carlos, que estaba en conflicto con la
imagen del hombre duro que había luchado toda aquella noche para que los dos
salvaran sus vidas.
¿Adónde pensaba llevarla ahora y qué es lo que su gente haría con ella? ¿Estaría
Durand Anguis en el centro de aquel juego en el que ella era un simple peón? Carlos
sabía de Durand. ¿Había alguna posibilidad de que lo que Carlos había contado a
Turga fuera verdad? ¿Sería cierto que iba a entregarla a Durand?
Ella no lo creía. Baby Face se había mostrado realmente sorprendido al ver a
Carlos junto a la casa.
Una cosa estaba clara. Carlos le había salvado la vida. La había tratado con
decencia incluso aunque en cierto momento hubiera amenazado con registrarla.
Visto en retrospectiva, solo quería conseguir las llaves del todoterreno para huir de la
casa rápidamente.
—Espero que mi coche esté todavía aquí —murmuró Carlos.
—No digas tonterías —respondió ella con aire ausente, colgándose en el
hombro el bolso con el ordenador.
—¿A qué te refieres?
Ella lo miró sorprendida al oír su tono hosco.
—Peachtree es una de las ciudades más seguras de Georgia. —Frunció el ceño
—. Al menos lo era hasta que tú llegaste.
Los faros delanteros de la camioneta iluminaron las tres cuartas partes de un
garaje lleno de coches cuando Carlos dobló la curva de la entrada a la zona del
aparcamiento. Él la estudió durante un momento y luego le guiñó un ojo.
A ella le dio un vuelco el corazón.
Eso estaba muy mal. Él era el enemigo.
Gabrielle trató de encontrar algo para desviar la vista de él. Sentía en su interior
una especie de loca voltereta cada vez que él la miraba. Debía de tratarse de algún
tipo de síndrome de estrés postraumático.
Cerró los ojos. Aquello era un error.
Le vinieron imágenes de Carlos cargando contra Izmir y de Turga disparando a
su propio hombre en un claro intento de sacrificar a Izmir para matar a Carlos. Abrió
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los ojos y se topó con una escena normal: un grupo de adolescentes reunidos en la
entrada de la biblioteca al otro lado de la fuente, ajenos a todo peligro.
Gabrielle había sido una ingenua inocente a aquella edad y esperaba que esos
chicos nunca tuvieran que enfrentarse con lo que le había tocado vivir.
Estarían mucho más seguros cuando ella dejara aquella ciudad.
Carlos aparcó la camioneta y cogió la mochila de ella del asiento trasero.
—Vamos.
Gabrielle casi sonrió, empezaba a acostumbrarse a esas órdenes tan directas. Lo
siguió hasta un BMW 750 de un azul metalizado. ¿Acaso no era lógico que un
hombre capaz de aturdir a una mujer tan solo con mirarla condujese aquella especie
de cohete terrestre?
—Quédate aquí. Ahora vuelvo. —Avanzó hacia la parte delantera del coche y
desapareció de su vista. Aunque ella ya había visto bastante aquella noche como para
saber que jamás se hallaba fuera de la vista de él.
Además, estaba demasiado agotada como para cualquier intento de huida y
necesitaba esa mochila para sobrevivir. Dudaba de que él trabajara para Durand,
pero eso no significaba que Carlos fuera de absoluta confianza.
Había dicho que iba a llevarla a un lugar seguro. Ella podía al menos confiar en
eso, creer que no le había mentido acerca de esa noche.
La fatiga estaba agotando esa energía que no podía controlar. Ahora que cesaba
el efecto de la adrenalina, se sentía hambrienta y mareada, con un dolor de cabeza
que no se le iba. Lo que debía hacer ahora era estar alerta y controlar la ira que bullía
en su interior. Permanecer a la espera de una oportunidad de escapar.
Carlos regresó con un juego de llaves y el control remoto de las puertas del
coche en las manos. Sonó un clic y el maletero se abrió ante ella. Él se acercó y cogió
una manta, luego metió la mochila dentro.
—Tápate con esto. —Le pasó la manta y esperó pacientemente.
Ella le habría contestado mal por haberle dado otra orden de no haber sido por
la preocupación que vio en sus ojos. Pero estaba cansada de ser arrastrada contra su
voluntad. ¿A qué organización pertenecía ese hombre? Ahora que no estaban
esquivando balas, ella comenzaría a hacerle preguntas, por ejemplo, por qué se
mostraba tan considerado. ¿Qué era lo que quería de ella?
Vivir peligrosamente durante tanto tiempo la había hecho cambiar, pero no
tanto como el hecho de haberse casado con un mentiroso.
¿Con aquel comportamiento de buen chico Carlos estaría intentando
simplemente bajar sus defensas, provocarle una falsa sensación de seguridad?
Lamentablemente, estaba funcionando. Puede que ella lograra mantener su mente
más concentrada si él dejara de guiñar los ojos, de sonreír y de reconfortarla.
Eran adversarios, y debía recordarlo.
Él seguiría cincelando su capacidad de defensa a menos que ella lo obligara a
retroceder. Se trataba de poner una distancia emocional entre ellos. Nunca había
querido ser una arpía, pero esa era una manera rápida de congelar cualquier intento
de seducción.
Gabrielle levantó las manos y usó palabras cortantes.
—¿Qué? ¿A estas alturas te preocupa que coja una neumonía después de todo
lo que me has hecho pasar?
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Sus ojos oscuros de mirada cálida y paciente de pronto reflejaron una marcada
irritación.
Ella retrocedió ante un movimiento de él. Parecía cansado y serio hasta
extremos preocupantes. No era una buena combinación en un hombre peligroso. Y
Carlos era letal.
—No. —Sonó disgustado—. Simplemente no quiero ropa mojada en mis
asientos de piel.
Su encanto se transformó en una helada indiferencia en una fracción de
segundo.
Continuó sujetando la manta y levantó una ceja con actitud desafiante.
Viendo que era preferible no contrariarlo, se acercó de soslayo y dejó la bolsa
del ordenador en el suelo para poder quitarse las mangas de la camiseta. La ropa
húmeda comenzaban a irritarle la piel.
Él se movió detrás de ella y se apresuró a envolverle los hombros con la manta.
La gruesa tela la calentó con tanta rapidez como un día de verano. Sus
músculos flojos iban a derretirse formando un charco si no se metía en el coche
enseguida. Se reconoció derrotada sin decir una palabra.
Carlos la cogió de los hombros y le habló al oído.
—He tenido un día muy largo. Las últimas horas no lo han mejorado para nada,
así que vamos a darnos una tregua.
Su voz profunda era suave, y calmaba sus nervios de punta. Ahí estaba, otra
vez reconfortándola, masajeándole los hombros suavemente con los dedos. No podía
permitirse un comentario altanero cuando la misma persona que la había salvado de
la muerte ahora le ofrecía una tregua y sonaba tan agotada como ella.
Mañana habría mucho tiempo para luchar contra él.
—Acepto el trato. —Ella esperaba que él la soltara. Mejor pronto que tarde, o
caería en la tentación de recostarse contra su ancho pecho.
Carlos dejó caer las manos y ella trató de ignorar la decepción que sintió.
Levantó la bolsa del ordenador y lo siguió hasta el lado del copiloto. Allí se hundió
en un asiento celestial dejó caer la cabeza hacia atrás.
Él se dirigió al otro lado del coche con los pasos grandes de un hombre seguro.
Se deslizó detrás del volante, llenando el interior del vehículo con la calidad de su
presencia.
El motor rugió cobrando vida.
Gabrielle se esforzó por mantenerse despierta mientras él maniobraba para salir
del aparcamiento y luego se dirigía a la carretera. En la 74 giró hacia el norte, como si
buscara la interestatal 85. El calor arrullaba sus piernas y una música suave salía de
la cabina.
«No dormir. Fijarme bien en la ruta». Su mente sabía lo que tenía que hacer,
pero el cuerpo no le respondía. Luchó por estar alerta, observando la ruta hasta que
llegaron a la interestatal 85 y él se adentró en el tráfico que fluía dirección norte. A
menos que cambiara el recorrido, Atlanta estaba a más de treinta kilómetros por
delante.
El viaje la fue tranquilizando.
La ansiedad abandonó su cuerpo de un solo plumazo. Su mente vagó a la
deriva. Su cabeza se llenaba de imágenes inconexas. Entradas de ordenador donde se
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SHERRILYN KENYON Y DIANNA LOVE MENTIRAS SUSURRADAS
arremolinaban mensajes codificados. La firma de Linette, Juana de Arco, aparecía en
el tablón de anuncios, después de que Gabrielle pasara años esperando saber de ella.
Se dispuso a contestar el mensaje, pero al darle a las teclas un cuerpo sangriento
colgado en una pared aparecía en la pantalla.
El hombre levantó la cabeza. Ella se quedó helada al reconocer la cara
magullada.
Carlos.
Golpeó el ordenador, gritando:
—¡No! —Su grito hizo eco en la oscura habitación.
Alguien le cogió las manos. Alguien le habló despacio y con urgencia.
—Gabrielle, estás a salvo. Despierta.
Ella abrió los ojos, con el corazón acelerado.
Carlos la sostenía contra su pecho, hablándole suavemente.
—Todo está bien. Estás a salvo.
Ella dio una respiración temblorosa y se dio cuenta de que él había aparcado el
coche en un recodo de la carretera y se había puesto a su lado. El corazón le latía
desbocado.
Le pasó una mano por la espalda, acariciándola.
Qué sensación tan extraña… la de ser consolada. Había olvidado lo que se
sentía al ser abrazada. Un verdadero abrazo, no simplemente la forma educada de
saludarse. Pero él era el enemigo. Tenía que recordar eso, o jamás saldría de aquello.
Gabrielle respiró profundamente. Buscó la fuerza que la había mantenido viva
durante los últimos diez años y que la había hecho escapar de la garra mortal de
Durand Anguis.
—Estoy bien. —Se echó hacia atrás, confusa por el profundo sueño y también
hambrienta—. ¿Dónde estamos? —No pudo evitar el tono hosco y no le importó
especialmente si sonaba desagradecida. La pesadilla era culpa de él, y además estaba
enferma del estómago y a la vez necesitaba comer.
Él la soltó y volvió al asiento del conductor. Antes de poner el motor en marcha,
se estiró por delante de ella para ponerle el cinturón de seguridad. Cuando se
detuvo, su mejilla quedó muy cerca de la de ella, tan cerca que aquello fue como un
gesto íntimo.
En lugar de estar asustada, como debería haber sido, en aquel momento se
sintió segura y protegida. Era evidente que estaba perdiendo la cabeza.
Él abrió los ojos asombrado, como si intuitivamente comprendiera algo, y luego
los entrecerró mientras retrocedía hacia su asiento, abrochando el cinturón con el
mismo movimiento. Para ser un hombre tan intimidante por su tamaño y la solidez
de sus músculos, todos sus movimientos eran suaves y fluidos.
Se aclaró la garganta.
—¿Quieres beber algo? —Puso el motor en marcha y volvió suavemente a
adentrarse en el tráfico.
—Tal vez agua. —Gabrielle buscó algún monumento o edificio famoso que le
sirviera de referencia mientras el coche rápidamente tomó velocidad. Estaban en la
interestatal 75 y acababan de pasar bajo el paso elevado que hay al norte de la 120, lo
cual significaba que estaban en el área de Marietta, al noroeste de la ciudad de
Atlanta. Había dormido por lo menos cuarenta y cinco minutos, pero no se sentía
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muy despejada. Como uno de esos raros días en que echaba una siesta por la tarde
después de haber pasado la mitad de la noche ante el ordenador.
Carlos tomó la escisión de la interestatal 575 y giró hacia la salida de Barrett
Parkway. Los bares de comida rápida y las tiendas de rebajas se apiñaban a lo largo
de un kilómetro formando algo muy parecido a un centro popular de Atlanta.
—¿Hambrienta?—preguntó él.
—Oui. —Ella se enderezó en el asiento, estudiando las diversas posibilidades a
cada lado de la carretera—. Pero tendrás que aparcar para que pueda ir al lavabo.
Él se dirigió hacia un McDonald's y aparcó, luego se bajó y la ayudó a salir del
coche. Ella se dirigió apresuradamente hacia el lavabo de mujeres. Cuando salió, él se
hallaba ante la puerta con una bolsa de comida. A ella se le hizo la boca agua con el
olor. Le encantaban las patatas fritas. Comieron en silencio mientras ella observaba a
Carlos; la mirada de él permanecía atenta a todo lo que se movía.
De vuelta en la carretera, puso de nuevo el coche a velocidad de crucero.
—Ahora que ya te has echado una siesta y has comido, hablemos.
—¿De qué? Creí que querías esperar a que conociera a tu gente.
Él se encogió de hombros.
—Podrías llenar algunos huecos esta noche.
—¿Como qué? —Mejor menos que más.
—Tú eres el informador electrónico Espejismo. —Él no lo preguntó,
simplemente lo expuso, y añadió—: ¿De dónde sacaste la información?
—¿Quién eres tú y para quién trabajas? —preguntó ella antes de admitir nada,
aunque tal vez podría haber formulado sus preguntas más educadamente si quería
propiciar un intercambio de información.
—Si estás preocupada por Durand Anguis, no estoy en su equipo.
Eso no era una respuesta. Ella golpeó con los dedos el tirador de la puerta.
—Eso había conseguido imaginármelo en las últimas horas. Y eso no me dice
para quién estás trabajando… o qué quieres de mí.
—Yo no soy el que tiene que responder a esas preguntas.
Ella lo entendía, pero seguía necesitando saber en qué equipo jugaba él.
—¿Eres de la CIA o del FBI?
—No.
—¿Quieres decir que de ninguna de las dos organizaciones?
—No, pero trabajo para una agencia que vela por la seguridad de Estados
Unidos.
Ella suspiró y dejó caer la cabeza hacia atrás.
—Supongo que eso es algo. Pero me mostraría más dispuesta a hablar si supiera
cuál es la agencia a la que perteneces.
—Digamos que no es ninguna que conozcas. —Sus ojos la miraban con regocijo,
aunque el resto de sus facciones permanecían tan estoicas como siempre.
—¿La CIA y el FBI saben de ti?
—No.
Entonces ¿pertenecía a algún tipo de organización de las fuerzas del orden?
Cuando terminó la interestatal 575, Carlos tomó la autopista 5 hacia el norte.
Ella sintió el aire cálido en los hombros, que la distrajo. Entre la comida y el
calor, sentía otra vez los párpados pesados, pero debía permanecer vigilante.
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SHERRILYN KENYON Y DIANNA LOVE MENTIRAS SUSURRADAS
Cualquier esperanza de escaparse de Carlos dependía de saber dónde estaba y hacia
dónde iba.
Se frotó los ojos, cerrándolos solo por un momento, justo lo suficiente para
dejarlos descansar un poco.
—¿Por qué estás en Peachtree?
Su pregunta la despertó de golpe. Se enderezó y abrió los ojos, tratando de estar
alerta. Era una mala señal que se hubiese quedado dormida tan rápido otra vez.
—¿Qué?
—Peachtree City. ¿Por qué vives ahí?
—Me gusta la zona —murmuró. Luego se aclaró la voz—. Tiene bonitos
parques y una comida estupenda. Kilómetros y kilómetros de caminos pavimentados
que permiten recorrer toda la ciudad con un cochecito de golf o una bicicleta. Buena
comida, también. Echaré de menos ir a comer al bistro de Pascal. Ese sitio era mi
favorito…
—No me refería a eso —la interrumpió él en un tono irónico que casi acaba con
su paciencia.
Gabrielle se cruzó de brazos.
—Simplemente era un lugar para vivir donde me sentía a salvo. No existe
ninguna razón especial que tenga que ver con el espionaje, si es eso lo que estás
insinuando. No conozco a nadie más que a mi casero, a quien casi nunca veo. —Se
sentó más erguida—. Dios mío. Harry iba a pasar por allí este fin de semana. ¿Qué
pasa con el cuerpo de Baby Face?
—A estas alturas ya no quedarán ni cuerpos ni coches en su propiedad. ¿Qué le
contaste a Baby Face?
—Nada.
—¿Y qué te dijo él exactamente?
—Que la Brigada Antidroga quería hablar conmigo sobre… —Se esforzó por
recordar lo que le había dicho, tratando de compartir solamente lo que Carlos ya
sabía—. Sobre Durand Anguis, pero no sé por qué.
—Entonces Baby Face te siguió el rastro electrónico…
—Un golpe de suerte. —Ella se burló y luego frunció el ceño. Había reconocido
demasiado.
—La verdad es que no cometiste ningún descuido —le aseguró él.
No quiso responder, puesto que él captaba hasta el mínimo detalle de lo que
decía y de sus reacciones.
—De verdad —continuó él—. Nosotros sabemos que tú eres Espejismo. Baby
Face tiene un cerebro electrónico con fuentes alrededor de todo el mundo. Él siguió
tu rastro, y lo mismo hizo mi gente. No sabemos quién más habrá estado cerca de
localizarte. —Carlos guardó silencio un momento, y luego añadió—: Tienes suerte de
que te encontrara cuando lo hice.
Gabrielle no podía discutirle ese punto. ¿Cómo la habrían encontrado esos dos
grupos?
Al responder a aquel último mensaje sobre Mandy proporcionó información a
alguien que estaba esperando un segundo mensaje. Gabrielle se lo procuró. Fue
entonces cuando Baby Face y el grupo al que pertenecía Carlos debieron de descubrir
que el mensaje había rebotado desde Peachtree City a Rumania y a Rusia antes de
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SHERRILYN KENYON Y DIANNA LOVE MENTIRAS SUSURRADAS
llegar a varias direcciones de Reino Unido y Estados Unidos.
Ella apostaba a que el mensaje de emergencia que había recibido sobre Mandy
había sido enviado por Baby Face o por el grupo de Carlos.
Un error estúpido, pero volvería a poner su vida en peligro de nuevo por salvar
a una niña.
Carlos había aparecido a tiempo para protegerla de las manos de Turga, pero su
gratitud iba a desintegrarse si descubría que su gente había colgado aquel mensaje
sobre Mandy la otra noche.
Si descubría que su grupo la había hecho caer en una trampa, dejándola
expuesta a personas como Durand.
Hasta que ella supiera qué era lo que quería Carlos y para quién trabajaba, no
podía permitir que su actitud o su naturaleza protectora continuaran nublando su
capacidad de juicio.
—Entonces ¿de dónde obtienes tu información? —volvió a preguntar él.
Ella se encogió de hombros.
—De Internet, ¿de dónde si no?
El bufido que él soltó se transformó en una carcajada.
—No me lo creo. No me creo nada. Has pasado información a la CIA, el MI5 o
el MI6, la Interpol, el FBI y un montón de otros grupos que no puedes haber
encontrado por azar en Internet. Escoge otra respuesta.
Ella no pensaba hablarle acerca de los socios de Sudamérica que la habían
mantenido informada durante los últimos cuatro años. Contactar con Ferdinand y su
hijo para ayudar con el secuestro de Mandy había sido un riesgo después de todos
los problemas que tuvo que pasar para asegurar la protección de los hombres que la
habían informado.
Una calle electrónica de dirección única. Tomar la iniciativa para contactar con
ellos primero abrió un canal que alguien podía rastrear.
Por favor, esperaba no haber puesto a Ferdinand y a su hijo en peligro por
romper el protocolo, pero sin esa información no habrían encontrado a Mandy.
¿Habrían localizado a la joven? ¿A alguien le importaba, incluyendo a Carlos y
su grupo, lo que le ocurriera a Mandy?
¿Estaba realmente la joven a salvo después de todo aquello? Hasta donde
Gabrielle podía ver, todo el mundo estaba mucho más interesado en los contactos de
Espejismo que en ninguna otra cosa.
Pero preguntarle ahora a Carlos acerca de Mandy no haría más que confirmar
lo que él estaba tratando de pescar.
No revelaría sus contactos en Sudamérica, por mucho que los socios de él la
amenazaran. Por favor, que Dios le diera fuerzas para conservar esa convicción aun
bajo tortura.
En su mente vagaron pensamientos inconexos.
El sueño la arrullaba como un amante. Dejó caer los párpados.
Carlos apretó los dientes por el latido que sentía en las sienes. No tenía ningún
interés especial que discutir con ella precisamente ahora, sabiendo que Gabrielle
respondería a todas las preguntas de BAD en su cuartel mañana. Necesitaba que
continuara hablando hasta que llegaran cerca de su refugio seguro en Hiawassee,
luego podría abandonarse al sueño mientras él conducía hasta la cabaña.
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De otro modo, tendría que dar un rodeo alrededor de la zona hasta que ella se
durmiera de nuevo. O vendarle los ojos y atarle las manos, que era algo que
realmente no quería hacer.
La miró de reojo. El cansancio se reflejaba en sus asombrosos ojos, que eran de
un peculiar tono a veces azul y a veces violeta.
Incluso a un observador avezado le costaría determinar su edad exacta. No
llevaba maquillaje y podía tener perfectamente veintipocos años o andar cerca de los
treinta. Algunos cabellos sueltos se le escapaban de la melena morena que había
sujetado sobre su cabeza con una pinza y ahora le caía en mechones despeinados a lo
largo del cuello. Su rostro ovalado no haría que todas las cabezas de una habitación
se volvieran a mirarla, pero sin duda algunas miradas masculinas se mostrarían
persistentes y sopesarían sus posibilidades.
¿Ella era el informante que había accedido a los sistemas de comunicación de
agencias de espionaje internacional?
Ahora tenía demasiada presión en la cabeza, así que sería mejor interrogarla al
día siguiente.
Gabrielle frunció levemente el labio inferior, de un rosado intenso, como si
estuviera pensando. Apoyó un codo contra la ventanilla y asomó la cabeza, luchando
por mantenerse despierta, probablemente tratando de imaginar adónde iban,
mientras Carlos pensaba en cómo mantener su refugio en secreto.
La manta se le deslizó de los hombros y cayó alrededor de su cintura. Sus
holgados pantalones grises y su camiseta extremadamente grande desde luego no
ocultaban todas las curvas de su cuerpo.
Especialmente por la camiseta húmeda, que se pegaba a sus pechos.
Carlos sintió un movimiento dentro de sus pantalones y frunció el ceño ante
aquella reacción tan puramente masculina. No era el momento de que su cuerpo le
recordara que llevaba demasiado tiempo sin un desahogo.
Puso la calefacción un poco más alta a pesar de que el calor le daba también a él
ganas de dormir, pero podría mantenerse despierto durante otra media hora.
Ella parpadeó varias veces hasta que se quedó dormida.
Cuando su respiración adquirió un ritmo constante, Carlos salió de la carretera
principal.
La suave respiración de Gabrielle llenaba el silencio del coche. Él se inclinó
hacia ella para subirle la manta hasta los hombros. La necesidad urgente de que
estuviera a salvo zumbaba con tanta fuerza como las balas lanzadas por el aire
momentos atrás.
Una urgencia que entraba en conflicto directo con el trabajo que tendría que
hacer en el cuartel.
Pero al menos durante aquella noche estaría a salvo de todos.
Al acercarse al camino de entrada de la cabaña, accionó un botón del
reposacabezas que abría la verja eléctrica. Entró lentamente, asegurándose de que la
verja se cerrara tras ellos.
Ya en la casa, condujo relajadamente por el camino circular mientras levantaba
un control remoto de la consola que había entre los asientos y apretaba una serie de
tres botones. Si hubiera recibido cualquier tipo de señal de alarma habría continuado
por el camino circular para marcharse inmediatamente.
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Todo despejado.
En cuanto el coche estuvo metido en el garaje, Carlos cerró la puerta y dejó allí a
Gabrielle mientras él abría la casa. Revisó cada habitación, luego volvió junto a ella y
abrió la puerta del coche lentamente para cogerla. Le desabrochó el cinturón y la
levantó en brazos, gruñendo al sentir una punzada de dolor en el antebrazo y en un
costado. El rasguño de la bala y el corte con el vidrio necesitarían unos puntos
aquella noche.
La llevó hasta el dormitorio principal, donde ya había preparado las mantas al
entrar la primera vez. Ella no se despertó cuando él le quitó las zapatillas de deporte
y los pantalones de chándal, que ya estaban secos. Al levantarle la parte de arriba vio
que llevaba una prenda interior de seda, así que le quitó también la camiseta.
Se acurrucó formando una bola de piel suave, un seductor conjunto de ropa
interior de color rojo de encaje y una camisola de seda a juego.
¿Cómo era posible que una mujer con aspecto de bibliotecaria llevara una ropa
interior tan provocativa? Ahora venía el momento de considerar cómo vigilarla
durante la noche.
Podía dormir sin estar atada mientras él estuviera despierto, pero necesitaba
dormir, y después de tantas horas en pie, caería como un tronco en cuanto su cabeza
tocara la almohada.
Lo más seguro sería sujetarle las manos y los brazos a cada esquina de la cama,
especialmente si en el transcurso de la noche irrumpían guardias para llevársela en
custodia.
La visión de ella atada con los brazos y piernas en cruz y aquella ropa interior
de encaje rojo pasó como una ráfaga por su mente despertando consecuencias en sus
entrañas.
Y aquel beso todavía permanecía en sus labios y en su mente.
Realmente tenía que aclarar sus pensamientos sobre ella, comenzando por no
pensar en su boca… ni en su sujetador.
Carlos la cubrió con las mantas para evitar toda tentación.
Si bien la información que ella había compartido por vía electrónica los había
conducido hasta Mandy, también era cierto que nunca había conocido a un
informante que simplemente hiciera de buen samaritano, sin esconder motivos
ocultos. Los informantes siempre querían algo y no podía confiarse en que su lealtad
no se entregara al mejor postor.
Así que había que pensar en ella como enemiga.
Volvió a mirar su dulce perfil y lamentó tener que sujetarla a la cama, pero si la
dejaba libre huiría en cuanto viera la primera oportunidad.
No tenía elección. Aunque a ella no le gustaría.
Demonios, a él tampoco le gustaba.
La cabeza le dolía demasiado para tomar una decisión más, así que Carlos sacó
una moneda de veinticinco céntimos de su bolsillo y la lanzó al aire.
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SHERRILYN KENYON Y DIANNA LOVE MENTIRAS SUSURRADAS
Capítulo 7
Durand se arrodilló sobre una manta de lana para no mancharse sus pantalones
de vestir negros. Levantó el rifle de francotirador L96A1, colocándolo contra su
hombro, y enfocó el punto de la mira telescópica en la cabeza del blanco de un metro
ochenta y cinco de altura que tenía a unos doscientos metros. El viento se deslizaba a
través de los árboles a cada uno de sus lados, creando una parcela de alivio en
aquella calurosa tarde que ya habían anunciado los hombres del tiempo, con una
temperatura superior a los treinta grados en las cercanías de Caracas.
Como si el otoño en Venezuela no hubiera sido siempre caluroso.
La hierba, que le llegaba hasta los tobillos, se extendía entre él y el blanco, que
parecía minúsculo contra el horizonte de imponentes montañas que tenía detrás. Tan
vulnerable. Cuando su respiración se hizo más lenta hasta volverse superficial,
Durand apretó suavemente el gatillo.
La explosión atravesó el campo vacío e hizo eco contra la pared de estuco de
tres metros de altura que había detrás de Durand. Un fuerte olor a azufre invadió el
aire. La cabeza de su blanco estalló y piezas de arcilla volaron en todas direcciones.
Detrás de él se hizo un brindis.
Durand sonrió, y luego se volvió para hacer una teatral reverencia a su público,
cuatro soldados de elite de Anguis, que él había escogido para entrenar con los
nuevos rifles. Llevaban una variedad de trajes de camuflaje para la jungla,
pantalones militares negros, camisetas oscuras y camisas de camuflaje sin mangas.
Sus edades iban desde los veintipocos hasta los treinta bien entrados, y a ninguno de
ellos le sobraba ni un gramo de grasa.
—Simplemente he comprado lo mejor para vosotros —dijo Durand suavemente
ensanchando su sonrisa—. Y a cambio espero recibir también lo mejor. ¿Entendéis?
Ellos respondieron con un sonoro «sí», todos confirmando que lo habían
entendido. Más que eso, sus ojos brillaban con respeto hacia él. Durand
constantemente demostraba a sus hombres que él era un líder astuto y con visión. Un
hombre que ponía la familia por encima de todo lo demás y que trataba a sus
soldados como si fuesen su familia.
Un hombre que merecía una lealtad absoluta y que no se conformaría con
menos.
—Vosotros sois los mejores, mis tiradores más excelentes —les dijo, observando
cómo cada hombre recibía su elogio en silencio. Les hizo un gesto señalando una fila
de mesas donde había expuestos rifles, escopetas, silenciadores, munición y más.
Todo lo que un tirador necesitaba—. Escoged vuestras armas y empezad a entrenar.
Con frecuencia hablaba inglés en su barracón para guiar con el ejemplo. Cuanto
más entendiera un hombre fuera de su campo, tanto más formidable sería como
oponente.
Durand dejó que sus hombres bromearan y rieran mientras escogían las armas
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y accesorios, como chiquillos a los que se les da rienda suelta en una tienda de
juguetes. Se dirigió a grandes pasos hacia la parte trasera de su recinto privado,
cercado por una pared de un amarillo mantequilla construida a juego con la hacienda
que protegía. Sobre la reja de hierro forjado de color negro había una cascada de
flores de buganvilla que perfumaba el aire cálido. Un arquitecto de paisajes había
diseñado los jardines de rocas con plantas tropicales que cubrían la base exterior y
ocultaban los alambres usados para detener a los intrusos.
Pero el exterior no era nada comparado con la maestría del paisaje en el interior
de la fortaleza.
Ante la puerta de roble en forma de arco que permitía el acceso a la parte
trasera, había dos guardias con camisas y pantalones color caqui que llevaban rifles
de asalto ya preparados. El mayor de los dos hombres bajó el arma para abrir la
ornamentada puerta, con volutas talladas, que escondía un sólido corazón de acero.
—Hola, Ferdinand. ¿Qué tal está la rodilla de tu hijo? —Durand se detuvo antes
de cruzar el umbral de la puerta. El soldado de pelo gris había acudido a él muchos
años atrás en busca de ayuda. La esposa de Ferdinand necesitaba cuidados médicos
que Durand le proporcionó durante seis meses, pero su cáncer resultó estar muy
avanzado, y murió.
—Todavía usa el… —Ferdinand arrugó la frente con actitud muy concentrada
— bastón.
—¿Muletas?
—Sí. —Ferdinand suspiró y se limpió el sudor de la frente con un pañuelo de
algodón. Sus cincuenta y ocho años de vida habían esculpido líneas profundas en su
frente y alrededor de su boca que se levantaban con una sonrisa cada vez que
hablaba de su hijo.
Durand era solo seis años más joven y de la misma altura que Ferdinand, que
medía un metro ochenta y estaba todavía fuerte para un hombre de su edad. Pero las
similitudes acababan ahí, porque el tiempo había causado estragos en el rostro de
Ferdinand. Durand era todavía un hombre viril y atractivo. Mantenía su cuerpo en
forma y llevaba su melena plateada atada en una coleta con una cinta de cuero. Las
mujeres admiraban su fuerza tanto como sus socios de negocios respetaban su poder.
Ferdinand se encogió de hombros.
—Ya sabes que un joven es demasiado orgulloso como para pedirle ayuda a su
padre, pero yo se la doy de todas formas. Le digo que trabajar en la casa de empeños
cuando salgo de aquí es mejor que estar en casa sin hacer nada. Estará mucho mejor
dentro de unos días.
Durand frunció el ceño ante aquel hombre que tenía que trabajar todo el día
para él y todas las noche y fines de semana para su hijo.
—Puedes disponer de esta semana para ayudarlo, ya volverás el lunes que
viene.
Ferdinand negó con la cabeza.
—No, don Anguis. Hago mi trabajo.
Durand le dio unas palmadas en el hombro.
—Vete, viejo amigo. Eso es lo que quiero. Cuando tu hijo esté mejor, dile que
venga a verme. Puede hacer más aquí que en la casa de empeños, ¿verdad?
—Sí. —Ferdinand tragó saliva, y luego asintió—. Gracias.
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SHERRILYN KENYON Y DIANNA LOVE MENTIRAS SUSURRADAS
Se echó hacia atrás y sostuvo la puerta abierta.
Una vez dentro, Durand avanzó a lo largo del camino de piedra pavimentado
que serpenteaba a través de los jardines en gradas. Casi una hectárea de paraíso.
Nada que ver con el roñoso rancho donde había crecido. Tres de sus cinco jardineros
recortaban setos, daban forma a las buganvillas y plantaban flores frescas. A Celine,
su última novia, le gustaba que siempre hubiera algo floreciendo.
Era un pequeño precio que pagar para lo que podía hacer con esa boca.
Había guardias en cada esquina de su hacienda de más de novecientos metros
cuadrados, un magnífico telón de fondo estucado de dos pisos que daba a la piscina
que se extendía a lo largo de su hogar de diseño mediterráneo. En el centro del piso
inferior había dobles puertas de cristal abiertas. Fuera, su hermana empujaba la silla
de ruedas de su hijo Eduardo, para llevarlo bajo un toldo cercano a un estanque con
forma de riñón con raras especies de peces que Durand había seleccionado
personalmente.
Comenzaba cada día bebiendo café sentado ante el estanque, contemplando los
peces. Le resultaba relajante.
María insistía en que su hijo necesitaba una dosis diaria de sol.
Durand siguió su camino, pero sus ojos se detuvieron en el cuerpo hinchado de
un pez muerto medio escondido bajo las hojas de un nenúfar. Era su favorito,
escarlata y blanco, y lo había criado desde que era del tamaño de un renacuajo.
Se detuvo cerca del estanque y cerró la mano en un puño.
—¿Qué te pasa, Durand? —le preguntó María.
—Nada —respondió él—. No pasa nada. —Relajó los dedos y decidió que le
diría a Julio que se ocupara de eso. Sus botas hicieron ruido contra las baldosas de
cerámica pintadas a mano que cubrían el perímetro de cemento de la piscina
mientras se acerca a la pareja. Su sobrino levantó la cabeza y tras ver a Durand apartó
la mirada.
Aquel chico era un desastre. Durand lamentaba que Eduardo llevara el tatuaje
de soldado de Anguis con la cicatriz de un pariente de sangre. Su vida estaba llena
de cosas que lamentaba, tales como Alejandro, que se había alejado de la familia en
vez de aceptar el lugar que le correspondía.
Preguntó a su hermana:
—¿Confirmaste tus planes? —El calor le pasaba a través de la camisa de seda
por el sol que le daba en la espalda. ¿Por qué su hermana protegía a Eduardo bajo el
toldo si necesitaba sol?
—Sí, nosotros… —comenzó a responder su hermana.
Durand la interrumpió sacudiendo la cabeza.
—Por favor, María, en inglés.
Ella frunció los labios, pero luego se dominó y se apresuró a asentir con la
cabeza, adoptando una máscara en el rostro. Nunca había sido una belleza, pero no
carecía de atractivo aunque ya tenía cuarenta y ocho años. Le llegaba a Durand a la
altura de los hombros y tenía una figura que a cualquier hombre le gustaría si ella les
permitiera tener una cita. Él había dado permiso a unos cuantos hombres, pero ella
rechazaba cualquier invitación.
«Dios mío». Durand odiaba que sus hombros se curvaran en actitud de
sumisión. Era su hermana pequeña. La quería. No toleraba ninguna insolencia por
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parte de sus hombres, pero jamás levantaría una mano contra ella.
—Lo siento. —Ella apoyó una mano en el hombro de su hijo—. Sí, todo está
confirmado. Nos marchamos el jueves.
—¿Cómo estás hoy, Eduardo? —preguntó Durand por deferencia hacia María.
El chico podía con sus nervios.
—Bien. —Eduardo era paralítico desde que había sufrido un accidente en su
adolescencia y solo podía usar la parte superior de su cuerpo. Podía levantar la
cabeza y mirar a su tío a los ojos, pero no lo hizo.
Durand suspiró. Había construido la piscina pensando en que el chico pudiera
estar en la silla de ruedas en un extremo, pero Eduardo se negaba a meterse en el
agua.
—¿Necesitas que haga algo por ti? —María nunca fallaba a la hora de apartar su
atención de Eduardo, siempre haciendo de mamá protectora.
Como si creyera que su propio hermano fuera una amenaza.
—No. —Se rascó la barbilla con aire preocupado—. Tengo que hablar con Julio.
—Lo vi en su oficina cuando no estabas.
El sudor le corría por el cuello abierto de su camisa de seda. Durand se despidió
hasta la hora de la cena.
En el interior de la hacienda se encontró con Julio en el vestíbulo del segundo
piso.
—¿Me estaba buscando, patrón?
—Sí. Tengo un encargo para ti. —Durand le explicó lo del pez muerto, y
terminó con la frase «encuentra a Tito, el cuidador del estanque, y mátalo».
Julio asintió, pero antes de irse, comentó:
—Ha llamado el italiano para decir que estaba de camino y que llegaría en unos
quince minutos.
Durand despidió a Julio y se dirigió a su oficina. Aquella reunión determinaría
si él y Vestavia continuarían siendo socios. Se acomodó en su sillón de cuero detrás
de su escritorio de madera barnizada. Acababa de terminar una llamada cuando oyó
unos pesados pasos acercándose.
—Mis socios no están contentos. —El italiano bajo y fornido entró en su oficina
con un arrebato de ira. Unos pocos centímetros más alto que Durand, Vestavia no era
un hombre enorme, pero sí fuerte como un toro.
—Espero mejores modales en mi hogar —le advirtió Durand. De hecho, a pocas
personas se les permitía poner el pie en sus tierras del centro de Venezuela. Y todavía
eran menos las invitadas a entrar en su recinto.
—¿Quieres mejores modales? Dame mejores resultados. —Vestavia le dirigió
una mirada inflexible desde el otro lado del escritorio. Las gafas de borde negro que
llevaba parecían propias de un contable, y no de alguien con una mole de cuerpo y
un traje sastre diseñado para los salones de reuniones de Nueva York. El cabello de
corte encrespado y color castaño hacía pensar en los vaqueros americanos.
—Por favor. —Durand señaló el humidor de madera de su escritorio y
silenciosamente animó a su invitado a escoger, uno de los diez puros más exquisitos
del mundo.
En lugar de responder, Vestavia sacó un puro OpusX y lo olisqueó con la
intimidad con la que olería a una amante. Usó un cortapuros grabado del escritorio,
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encendió el puro y tomó asiento en una de las sillas de cuero.
Mientras su invitado se acomodaba, Durand hacía girar un estilete entre los
dedos. Vestavia debería respetar a sus mayores; debía de rondar los cuarenta años. El
respeto era una cuestión de deber.
—Los dos hemos sufrido pérdidas. —Durand apretó los labios en una sonrisa
tirante. Aquel hombre, Vestavia, había compartido poco acerca del misterioso grupo
al que representaba. Pero el dinero y las conexiones con los bajos fondos que había
puesto sobre la mesa eran demasiado sustanciosos para ser despreciados—. ¿Crees
que me complace haber perdido a mis mejores hombres?
—Tú me aseguraste que podía llevar a cabo este proyecto —le rebatió Vestavia.
—Y tú me aseguraste que podrías localizar a Espejismo.
Vestavia guardó silencio, sus labios no se movieron hasta que sacó por la boca
una bocanada de humo.
—Localizamos al informante. Descubrimos…
—Puede que hayáis localizado al informante, pero no lo tenéis. Disculpa que te
interrumpa, pero creo que yo sé más que tú acerca del resultado. —Durand colocó el
estilete sobre el escritorio y él mismo seleccionó un puro del humidor.
Eso produjo un breve destello de preocupación en la mirada de Vestavia, que se
disipó muy rápidamente. Soltó aliento, observando a Durand con los ojos de un ave
de presa en espera del momento perfecto para atacar.
—Continúa.
—Según tengo entendido, Baby Face encontró una conexión, y yo asumí que era
debido a alguna ayuda que debéis haberle dado, ya que toda mi gente asegura que
Espejismo no podría encontrarse sin acceso a ordenadores muy especiales. —Durand
hizo una pausa hasta que Vestavia asintió débilmente con la cabeza—. Yo también
tengo hombres que están buscando a ese informante. Todo el mundo que tenga un
ordenador y un arma y se halle a cualquiera de los dos lados de la ley está buscando
a Espejismo. Baby Face era brillante, pero su ego se convirtió en un lastre. En la red
se puso a alardear sobre lo que él llamaba «darle duro al filón de oro» o algo así. Eso
permitió que Turga oliera el trato y le costó la vida a Baby Face.
—¿Quién es Turga?
—Un viejo socio que lamentablemente no celebrará su próximo cumpleaños. Es
lo que probablemente tú considerarías un cazador furtivo, alguien que aparece en el
último momento para llevarse el premio y subastarlo al mejor postor. Tenía
entendido que era muy difícil matarlo, pero resulta que está muerto. El piloto de su
helicóptero fue el último en verlo con vida. Le contó a mi gente que Turga capturó a
un hombre y a una mujer que habían escapado de Baby Face. Ese piloto viene de
camino para encontrarse conmigo. Mañana tendré un retrato robot del hombre y de
la mujer a través de su descripción.
El rostro de Vestavia no se alteró en ningún momento, sus ojos permanecieron
tan inexpresivos y tan fríos como la primera vez que Durand lo había conocido. Pero
la visión de futuro de aquel hombre —o más bien la visión de su organización—, era
excepcional, un mundo donde la familia Anguis prosperaba y gobernaba en
Venezuela, y luego en toda Sudamérica.
Si es que él y Vestavia llegaban a forjar una confianza mutua.
—Entonces los dos estamos decepcionados, ¿verdad? —continuó Durand—. En
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cuanto a Mandy, mis hombres hicieron su trabajo. Fue entregada a la casa a tiempo,
pero un equipo de operaciones militares, vestidos de negro, hicieron una emboscada
a mis hombres. Descubriré quién estaba detrás del ataque.
—Te será muy difícil hacer eso con todos tus hombres muertos.
—La verdad es que no. Nunca envío a mis hombres a una nueva operación sin
vigilancia.
—¿Qué quieres decir?
—Envié a Julio, mi soldado de mayor confianza, a la cabeza del equipo. Nadie
sabía que estaba dentro de la casa. Entró antes de que llegaran los demás y usó
pequeñas cámaras conectadas a un terminal en el sótano, donde él estuvo todo el
tiempo.
Vestavia se inclinó hacia delante, tenso.
—¿Por qué enviaste a un espía?
—Soy un hombre precavido.
—No. —Vestavia movió la cabeza lentamente de un lado a otro—. Creo que no
confías en mí, lo cual me parece ofensivo.
Durand sonrió.
—Lo que está en juego entre nosotros es la confianza, ¿verdad? No te conozco
desde hace mucho tiempo. ¿Qué tipo de líder sería si no me aseguro de que exista
una manera de que paguen quienes han hecho una emboscada a mis hombres? —
Durand dio una calada a su puro y exhaló el humo formando círculos en el aire—.
Usar a Julio fortalece a mis hombres. Les digo cosas acerca de sus misiones que ellos
creen que yo no puedo saber. Eso les infunde respeto. Verás, el respeto es como la
confianza, se tiene que ganar.
Vestavia era uno de esos hombres que irradiaba poder en silencio.
Pero Durand no se dejaría intimidar, ni siquiera por un hombre cuyo dinero,
contactos y poderosa organización podría ayudarle a poner a la familia de Salvatore
a sus pies. Pronto él tendría la garganta de ese cerdo chivato llamado Espejismo en
un puño y los cojones de Dominic Salvatore en el otro.
Pero mientras tanto, Durand no quería que Vestavia se convirtiera en su
enemigo.
—Te proporcioné proyectos para que obtuvieras un mejor perfil de Espejismo
—le recordó Vestavia en un tono conciliador que Durand prefirió considerar sincero
—. El secuestro de Mandy fue organizado solo para que tú tuvieras la oportunidad
de ver a Espejismo más expuesto, dado que el informante parece tener un interés
particular cuando hay involucrada una mujer y el grupo de Anguis.
—Es cierto, pero nuestro trato no es unilateral —recordó Durand con prudencia
—. Mis hombres han cometido dos atentados exitosos contra la vida de nuestro
ministro del Petróleo haciendo ver que era la familia Salvatore quien estaba detrás de
los ataques. Matar al ministro del Petróleo habría sido mucho más simple que fingir
hacerlo. No quiero al gobierno de Venezuela llamando a mi puerta. Admito que me
hace feliz tener cogido por los huevos a Salvatore, pero esos ataques fueron muy
arriesgados. ¿Cuál es el propósito?
—Yo no le doy explicaciones a nadie —avisó Vestavia.
Durand reprimió las ganas de estrangular a ese hombre. Mostrar ira era un
signo de debilidad.
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—Solo sugiero que si entendiera tu razonamiento podría dar mayor apoyo a tu
causa, ya que estoy al corriente de todo lo que pasa en Venezuela.
Vestavia se lo pensó un momento antes de hablar.
—Mi organización está bastante satisfecha con los resultados hasta el momento,
pero es un imperativo que la presión suba. Estados Unidos está bajo escrutinio por su
intento de asociarse secretamente con la producción de petróleo respaldada por el
gobierno de Venezuela.
»Los dos candidatos a la próxima presidencia de Estados Unidos se oponen a
financiar un trato con Venezuela para producir más petróleo. Ambos apoyan la
plataforma que defiende que Estados Unidos debe convertirse en un país más verde
porque eso anima a los votantes. La prensa ha hecho correr rumores de que uno de
los dos partidos políticos está financiando a Salvatore para que asesine a nuestro
ministro del Petróleo. Nadie puede saber si los demócratas están detrás de los
ataques para demostrar que los republicanos tratan de asociarse con un país inestable
para conseguir petróleo en lugar de seguir una política ecológica, o si son los
republicanos quienes están detrás de todo este plan para producir pruebas de que los
demócratas urdieron los ataques con el objetivo de sembrar el terreno para un
cambio radical hacia una política verde.
—¿De qué manera encaja Salvatore en tus planes? —Durand se echó hacia atrás,
con los brazos tendidos sobre su silla. Una postura que transmitía seguridad.
—Según parece, el cártel de Salvatore está cruzado de brazos hasta que las
elecciones hayan acabado, para ver si un golpe de estado derroca efectivamente al
gobierno. Si es así, será entonces cuando descubramos si la nueva administración de
Estados Unidos efectivamente llega a un acuerdo sobre el petróleo con Venezuela.
Salvatore puede ser un impedimento en los planes del ministro del Petróleo o tal vez
los dos lleguen a aliarse para llegar a un acuerdo que asegure que la producción
industrial de petróleo quede protegida de los ataques de los rebeldes a cambio de
que los barcos cargados de droga de Salvatore circulen a salvo.
—Sí, sí, estoy informado a través de mis contactos. —Durand apoyó su puro en
el borde de un cenicero de cristal. Salvatore había sido un obstáculo para sus planes
durante muchos años—. Me tiene sin cuidado lo que Estados Unidos pague por un
barril de petróleo o las elecciones presidenciales de la próxima semana. Estoy
preocupado por el futuro de Anguis y creo que podemos ayudarnos el uno al otro. —
Dejó que eso hiciera mella.
Vestavia había acudido a Durand. Y no al revés.
Cuando su invitado no hizo ningún comentario, Durand repitió:
—Los dos hemos sufrido una pérdida en Francia. La cuestión es cómo nos
recuperamos de nuestras pérdidas. Alguien pagará por la mía. Si trabajamos juntos,
podemos resarcirnos y dar un ejemplo a los demás para que no interfieran otra vez.
—Nadie que me joda vive para jactarse de ello. —La frialdad brutal que había
en la voz de Vestavia habría congelado una brasa ardiente.
—Entonces trabaja conmigo para descubrir a esos hombres que han matado a
los míos y se han llevado a Mandy, porque juntos los descubriremos.
—¿Estás seguro de la lealtad de Julio?
¡Dios! Aquel hombre haría mejor en saber el agravio que acababa de hacerle.
Durand sonrió.
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—Julio era la única persona que tenía de antemano la información sobre la casa
y yo apostaría la vida por la lealtad de mi primo. La sangre lo significa todo en mi
familia.
—¿Consiguió buenas fotos de esos hombres vestidos de negro?
—Julio las está revelando ahora.
—Envíame lo que tengas y pondré a mi gente a identificarlos. —Vestavia había
dicho más de una vez que tenía recursos ilimitados.
Durand asintió educadamente, pero no compartiría fotos ni ninguna otra cosa
significativa hasta que pudiera tachar el nombre de Vestavia de la lista de
sospechosos de la emboscada.
—Alguien le pasó muy rápidamente a Espejismo la información sobre el
secuestro —señaló Vestavia—. Parecería que hay un infiltrado dentro de tu grupo.
—Tengo gente trabajando en eso, pero tú también tienes un problema —señaló
Durand con voz tranquila. Reprimió una sonrisa al ver el ceño fruncido de su
invitado—. Mis hombres no supieron adónde iban a llevar a la chica hasta que no
estuvieron en la ruta, y puesto que todos ellos fueron asesinados, ¿no es lógico
presuponer su inocencia?
Durand hizo una breve pausa para dar una calada a su puro, saboreando en la
boca el intenso tabaco. Exhaló el aire y dijo:
—Antes de acusarme de fracaso, deberías explicarme cómo es posible que
alguien supiera la localización de la casa. Habían transcurrido menos de once horas
desde que llegaran mis hombres cuando apareció el equipo de elite que los mató.
¿Cómo es posible que el informante obtuviera esa información tan rápido?
Vestavia tardó más de un minuto en responder, alzando sus delgadas cejas
marrones.
—Si hay alguien infiltrado en mi organización lo encontraré y me encargaré de
él. Pero si descubro que alguien de tu bando nos ha traicionado, mis socios esperarán
esa cabeza o la tuya. Y estoy hablando literalmente.
Durand sonrió con actitud conspiradora.
—Si algún conocido mío mató a mis hombres, uno de los cuales era mi hermano
menor, tendrás su cabeza y otros pedazos… una vez haya acabado con él. Sin
embargo, no podrás tener la mía. Y si se tratara de uno de los tuyos, ofrezco a cambio
la misma cortesía.
—Me parece bastante justo. Mientras tanto, continuaremos como planeamos.
Entrevistaré a Espejismo personalmente en cuanto lo hayamos capturado.
Durand movió un dedo de un lado a otro.
—Nada de eso. Espejismo es mío. Quiero que me lo entreguen con vida.
Vestavia gruñó, sin expresar acuerdo o desacuerdo, y cogió su maletín. Sacó un
sobre grueso de papel manila.
—Tu próximo contrato.
Durand no se movió para coger el paquete.
—No hablo en broma sobre ese informante.
—Está bien. Con vida. No prometo nada sobre las condiciones del cuerpo.
Durand tomó el paquete y lo abrió. Sacó una fotografía.
—Otra chica. No hay problema.
—Tal vez, pero me parece que esta no resultará fácil de manejar.
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Durand examinó a la chica y se preguntó de nuevo cuál sería el propósito de
Vestavia con los adolescentes, pero su alianza con aquel italiano tendría mejores
resultados con menos preguntas.
—¿Cuánto tiempo tenemos? —Durand levantó la foto a la altura de la vista.
Guapa, pero nada excepcional.
—Dos días. Mandy fue un proyecto lateral, pero a esta chica la necesitamos
ahora. No puede haber fallos.
Vestavia levantó su maletín y se dio la vuelta para marcharse.
—Te conviene mucho encontrar al chivato antes de que me haga con esta chica
—le advirtió Durand tranquilamente.
Vestavia se detuvo, respirando despacio durante el largo silencio.
—Amenazarme no es una buena idea.
—Solo te ofrezco un incentivo para que te muevas tan rápido como esperas que
lo haga mi gente. Si no localizas antes a Espejismo, estarás en deuda conmigo,
¿entiendes?
Vestavia salió sin decir ni una palabra más.
Durand dejó su puro. Aquella nunca sería una alianza fácil, pero las alianzas
verdaderamente fuertes siempre requieren esfuerzo y diplomacia. Apretó el botón de
radio de su teléfono móvil y llamó a Julio, que respondió inmediatamente.
Durand le preguntó:
—¿Cómo van las fotos del castillo?
—La mayoría regular, pero hay una que no está mal. Creo que es del hombre
que estaba al mando del equipo.
—Tráeme todas las fotos ahora.
—Sí. Ya voy.
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Capítulo 8
Gabrielle se acurrucó en busca de calor, abrazando la almohada. La tela tenía
un olor tan… ¿masculino?
Mantuvo los ojos cerrados, permitiendo que su mente se agudizara mientras
reunía la energía necesaria para salir del profundo sueño al que tenía tentaciones de
entregarse.
Cuando pudo realmente procesar la información, se dio cuenta de que la
almohada no era suave en absoluto. Era una superficie dura y esculpida.
La pasada noche… iban en coche hacia alguna parte… y de repente ella volvió a
caer en un sueño profundo.
Carlos le había estado hablando. ¿Cuándo salieron del coche? Movió el rostro
arriba y abajo y la superficie esculpida comenzó a levantarse lentamente.
Sus sentidos despertaron de forma inmediata. No podía estar donde creía que
estaba… ¿colocada encima de él?
Gabrielle abrió los ojos, miró hacia el lado izquierdo de su cuerpo y descubrió
que por lo menos llevaba ropa interior. Estaba desvestida. No era aceptable, según
sus reglas, pero no creyó que hubiera ocurrido nada. Levantó la cabeza lentamente
para sopesar sus posibilidades de deslizarse fuera de la cama sin que se notara.
Cero.
Unos ojos marrones en estado de alerta la observaron desde una cara afeitada y
tan seductoramente masculina que ella no pudo apartar la mirada. Estaba apoyada
sobre el pecho de Carlos, abrazándolo como a un amante, y temerosa de moverse o
de hablar.
¿Cuándo había sido la última vez que había estado en esa posición?
Tanto tiempo atrás que ni siquiera podía recordarlo, y nunca con un hombre
cuyo cuerpo tuviera el poder de deshacer de aquella manera su materia gris. Él
estaba apoyado contra varios almohadones, con el brazo derecho detrás de su
cabeza, examinándola con una mirada muy tranquila, que no tenía nada que ver con
el rostro letal del que ella había sido testigo el día anterior.
Un brazo fuerte la rodeó y sintió que una mano le frotaba la espalda, lenta y
suavemente. Tenía que salir de esa cama, despejar su cabeza y descubrir en qué
asunto estaba metida.
Pero los dedos de él acariciaban suavemente sus músculos tensos, derritiendo
su cuerpo. Los músculos de sus miembros estaban flojos y habían perdido toda su
fuerza. Salir de aquel sitio le iba a suponer un esfuerzo monumental.
¿Quién era aquel maldito tipo?
Él le guiñó el ojo. Todas sus ideas acerca de reprimirlo por su comportamiento
inapropiado comenzaron a flaquear.
Ella suspiró. ¿No iría contra las reglas estar en la cama con una prisionera? Los
dedos de él, con su magia, desestimaron la pregunta. Debería estar despotricando
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contra él, pero la honestidad la obligaba a reconocer que disfrutaba de su contacto y
que no estaba particularmente afligida en aquel momento.
Considerando lo que había experimentado el día anterior, aquello tampoco era
tan extraño.
Carlos paró de frotarle la espalda, pero dejó su brazo curvado sobre su hombro.
Continuaron en silencio. La imponente mirada de sus ojos no era más suave que el
duro pecho debajo de ella. Se le movió un músculo de la mejilla.
¿Se estaría riendo de ella?
Frunció el ceño, tratando de enviarle un mensaje intimidatorio, pero tuvo la
impresión de que la expresión de él fue más eficaz. Probablemente tenía más práctica
a la hora de parecer intimidante.
—Estás mucho más tranquila de lo que esperaba. —Su pecho continuaba
moviéndose lentamente arriba y abajo. Su aliento olía a menta. Ella advirtió la cajita
de pastillas mentoladas fuertes que guardaba en el coche la noche pasada. Las
guardaba también por lo visto cerca de la cama.
—¿Por qué estoy aquí? —preguntó por fin.
—Dije que te llevaría a un lugar seguro.
—No seas estúpido. Me refiero en esta cama.
—Necesitas descansar. —Sus ojos se suavizaron, divertidos—. Confía en mí. No
ha ocurrido nada.
¿Por qué había sonado tan categórico? Como si él no pudiera tener ni el más
mínimo interés sexual en ella.
Eso debería ser un alivio, ¿verdad?
Y probablemente lo habría sido si su voz profunda no conectara con una parte
errónea de su cerebro. Esa parte consideraba perfectamente normal la idea de
holgazanear en la cama con un extraño muy atractivo que la tenía secuestrada. Está
bien, era cierto que de alguna manera ella confiaba en él después de que hubiera
protegido su vida constantemente el día anterior, pero eso no excusaba su falta de
sensatez.
El asunto era liberarse cuanto antes de aquel aprieto, no alimentar su ego
permaneciendo en aquella posición comprometida.
Él inspiró hondo y la hizo incorporarse tan rápido que instintivamente se
agarró a él con la mano izquierda para mantener el equilibrio.
No era el mensaje que quería trasmitirle, así que usó la misma mano para
empujarlo y apartarse.
Fue entonces cuando advirtió que una tela le envolvía la muñeca derecha.
Cuando la levantó para inspeccionarla, él frunció el ceño. La muñeca hizo un sonido
metálico.
—Espera un momento. —Él le agarró la muñeca con la mano izquierda.
—Tú… —Gabrielle inclinó el codo hacia su pecho—. ¿Me has esposado?
¡Suéltame! —Se movió bruscamente hacia atrás, pero no podía tomar impulso para
incorporarse desde su posición.
Él rodó sobre ella rápidamente, poniendo su cuerpo encima.
Todo sentido del humor y toda preocupación se habían desvanecido. Su mirada
negra la asombraba ahora por su silencio. Volvía a ser el hombre que el día anterior
había sido capaz de matar sin vacilación.
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—No empieces la mañana luchando contra mí o las cosas no irán mucho mejor
que ayer —le advirtió con una voz que sonó áspera por el sueño profundo.
Pensar. Decir algo para hacerlo retroceder. No podía procesar nada en su
cerebro teniéndolo tan cerca. De repente sus ojos ardían con un calor diferente. Su
mirada estaba tan cargada de excitación que ella sintió cómo sus hormonas se ponían
en estado de alerta para darse un gusto de mañana tan temprano.
Ahora era ella quien no estaba pensando como una prisionera.
Carlos la estudió con un intenso interés que la hizo sentirse como si pudiera ver
dentro de su mente, luego relajó la mirada. Le preguntó con voz suave:
—¿Cómo puedes tener miedo de mí después de lo de ayer?
Se esforzó por respirar a un ritmo constante: inspirar, espirar, inspirar, espirar.
¿Cuándo fue la última vez que había estado tan cerca de un hombre en una cama?
¿En cualquier parte? Ella dudaba de que alguien tan abiertamente sexual pudiera
contenerse. Tragó saliva, preparándose para pedirle, amablemente, que la dejara
levantarse.
Él debió de malinterpretar la acción pensando que ella todavía le tenía miedo,
porque bajó la cabeza y puso esos labios cincelados tan cerca que ella casi podía
probarlos.
—Confianza, ¿recuerdas?
La besó.
Ese hombre la estaba besando. Él podía dar lecciones. Estaría dispuesta a
matricularse en un programa de varios cursos. La boca de él jugó suavemente con la
suya, saboreándola, luego se detuvo y selló sus labios con los de él. Ella lo sintió
conteniéndose, y luego un calor crudo y masculino fluyó a través del beso. Su lengua
se deslizó dentro de su boca, con lentos movimientos eróticos que enviaron una
oleada de lujuria en espiral a instalarse entre sus piernas.
Él hundió los dedos en su pelo, sosteniéndola.
Gabrielle se estremeció y se aferró a él con una feroz necesidad de más.
Años de esconderse y de soledad interferían con el mensaje que le enviaba su
cerebro, advirtiéndole que parara.
Llevó la mano que tenía libre hasta los hombros de él para acercarlo más.
La otra mano reposaba sobre la cama, todavía esposada por la muñeca. Reparó
en ella a través de la bruma erótica que nublaba su mente.
Dejó de besarlo, orgullosa de sí misma por esa proeza, ya que sus labios no
querían abandonar una boca como esa.
—Deja… que… me levante —le pidió a través de los dientes apretados,
tratando de recobrar el respeto por sí misma. Movió su cuerpo de atrás hacia delante
para dejar claro qué quería decir «ahora».
Él murmuró una maldición frunciendo el ceño, y ella lo interpretó como una
señal de que era un poco tarde. Mover las caderas estando sus cuerpos tan cerca
había tenido el efecto opuesto del que ella pretendía.
Las piernas de él estaban a cada lado de las suyas, impidiéndole moverse del
sitio. La única barrera que los separaba en el punto de encuentro entre sus caderas
era la ropa interior de encaje que llevaba ella y los calzoncillos que llevaba él.
Y algo de una dureza impresionante.
Ella no estaba de humor para dejarse impresionar. El corazón le latía con tanta
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fuerza que debía de estar produciendo eco en las paredes, pero no estaba dispuesta a
alimentar su ego dejándolo saber lo afectada que estaba.
—Quítate de ahí.
Él dejó escapar un débil suspiro que vino con otra ráfaga de aliento mentolado.
Se incorporó apoyándose en los codos y las rodillas, pero las piernas de ella seguían
atrapadas entre las suyas.
—Cálmate. —Bajó los párpados con curiosidad—. No tengo interés en
aprovecharme de ti. Anoche no tuve más remedio que encadenarte a algo. Seguías
dormida boca abajo, por eso sujeté tu mano derecha a mi mano izquierda, pero me
arañaste… dos veces… cuando te acurrucaste contra mi pecho.
Ella bajó la mirada hacia su hombro y vio dos marcas rojas que desaparecían
por debajo de la camiseta gris que llevaba. Luego levantó la mirada hacia él. «No
pienso disculparme».
—Así que finalmente te quité las esposas y esperé a que te acomodaras y te
quedaras quieta en un sitio antes de volverte a esposar de nuevo a mí.
Como ella no dijo una palabra, él continuó.
—Tú escogiste el sitio, no fui yo.
No debería sentirse incómoda por haberse colocado encima de él, pero no podía
convencerse a sí misma de tomárselo con calma. Él parecía quejarse por haberse
despertado con ella encima cuando en realidad la culpa era en todo caso de los dos.
Llevaba tanto tiempo durmiendo sola que estaba acostumbrada a tener la cama
entera para ella, y normalmente acababa encima de una gran almohada.
Además, la irritaba que él no se mostrara interesado en su cuerpo. Podría
simplemente haber dicho que no iba a tocarla. Ella sabía que su cuerpo no estaba
mal.
—No me des patadas, no pegues, no muerdas ni nada por el estilo o te volveré a
esposar otra vez, ¿entendido? —Expresó la oferta como si fuera una orden.
Ella asintió.
Carlos se limitó a sacudir la cabeza y se estiró para alcanzar la mesita de noche.
Cogió de allí una llave y liberó primero su propia muñeca. Ella advirtió que tenía una
marca roja porque no se había puesto nada para protegerse.
Su muñeca en cambio estaba bien, porque él la había envuelto con una tela
suave, evitando que se dañara. ¿O tal vez lo había hecho porque su muñeca era muy
fina y temía que pudiera soltarse las esposas durante la noche?
Eso tenía más sentido.
Era una prisionera, y no una cita pervertida.
En cuanto estuvo libre, Gabrielle se levantó y, con cierta dificultad, se puso en
pie.
Él seguía agachado sobre la cama. Su mirada la recorrió de la cabeza a los pies.
¿En qué estaría pensando?
—El baño está allí. —Hizo un gesto con la cabeza, señalando a la izquierda—.
Ve allí. Te llevaré tu ropa.
Se quedó rígida al oír el tono de asco en su voz. Como si no pudiera soportar
verla.
—Vamos… ¡muévete!
Gabrielle se tambaleó al dirigirse a toda prisa al cuarto de baño, pero logró
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mantener el equilibrio. Al oír que él soltaba una maldición se encerró en el lavabo
dando un portazo. Era infantil, pero le sirvió para desahogarse.
Su cuerpo distaba mucho de ser perfecto, pero no era necesario que él se
mostrara tan asqueado, hasta el extremo de ordenarle salir de su vista. Lo cierto es
que debería sentirse contenta por su falta de interés, en lugar de ofendida.
Probablemente lo que más la fastidiaba era que se había dado cuenta de que él
se había excitado cuando estaba encima de ella. Se negaba a sentirse mal con su
cuerpo. Otros hombres la habían encontrado atractiva.
Al menos uno. Un cabrón.
Gabrielle sacudió la cabeza al ver la dirección que tomaban sus pensamientos.
Era una prisionera, con problemas más importantes que el orgullo herido. Se dio la
vuelta y examinó el cuarto de baño, construido a base de piedra, madera de teca y
vidrio. Baldosas de pizarra cubrían el suelo y las paredes de la ducha, que no tenía
mampara.
La enorme bañera con jacuzzi era de mármol blanco con vetas rosas y grises, a
juego con la encimera del lavabo. Las paredes que no quedaban ocultas por los
armarios de teca estaban cubiertas de baldosas grises y marrones.
Y había también una gran pantalla de televisión.
Tenía que haber alguien con dinero detrás de todo aquello. ¿Quiénes serían y
qué es lo que querrían? La invadió una oleada de temor. Su mirada fue a toparse con
su mochila, apoyada cerca de los armarios.
¿Y qué pasaba con su ordenador?
Bueno, si él había tratado de consultarlo aquella noche se habría llevado una
sorpresa desagradable.
Gabrielle valoró por un breve momento la posibilidad de escaparse desde el
baño, pero aunque hubiese tenido a mano su ordenador, las ventanas eran estrechas,
horizontales y con cristales fijos.
Se frotó las manos, mientras examinaba la encimera del lavabo. Un cepillo de
dientes protegido con su capuchón, una pasta de dientes nueva, champú, un cepillo y
todo lo que se podía esperar encontrar estaba perfectamente ordenado.
Apoyó las manos en el lavabo, luchando contra la desesperación. Podía hacerlo.
Linette necesitaba que ella fuera fuerte. Gabrielle tenía que concentrarse y elaborar
un plan. Las acciones cotidianas solían ayudarla a recobrar la confianza, pero aquel
no era un día normal.
Lo primero sería ducharse y vestirse. Luego encontrar su ordenador.
Y después estar preparada para huir.
Carlos se puso un par de tejanos y se subió la cremallera con cuidado, para
evitar hacerse más daño. Con un movimiento brusco se puso una camiseta sin
mangas por encima de la cabeza y atrapó la camisa de algodón que había dejado
sobre una silla la pasada noche, metiendo los brazos en las mangas cortas. Se abrochó
la camisa mientras se dirigía a la habitación de la ropa sucia.
¿En qué estaría pensando la pasada noche?
¿Acaso creía que era un hombre hecho de hielo?
Más bien ahora parecía un hombre de hierro.
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Debería haber atado a Gabrielle a la cama con los brazos y piernas en cruz y
dormir en otra habitación.
Puede que ella no hubiera descansado, pero él sí.
No, ella no habría descansado. Cada vez que Gabrielle empezaba a gemir, sabía
que la estaba atormentando una pesadilla. Todo lo que tenía que hacer era cogerla en
brazos para calmarla. Estaba tan agotada que ni siquiera se despertaba cada vez que
se deslizaba en la cama a su lado. Hacia la medianoche, no pudo soportar oírla llorar
de miedo otra vez y necesitaba tan desesperadamente algunas horas de sueño que
decidió acomodarla contra su pecho y encadenar su muñeca con la de él.
Ella durmió como un bebé todo el resto de la noche.
Mejor que él, que tenía encima las lujuriosas curvas de una cálida mujer.
La próxima vez que tuviera otra absurda idea tan brillante como aquella
simplemente se pillaría una mano con un portazo. No podía haber nada más
doloroso que verla saltar de la cama con aquella ropa interior de seda roja, sabiendo
que no podía tocarla. Debería ser erradicado de la faz de la tierra por haber pensado
la noche anterior que era simplemente dulce o mona.
Aquel cuerpo estaba hecho para el buen sexo, para muchas horas de buen sexo.
Y se sentía disgustado por su falta de control físico.
Ella debía de pensar que era un gilipollas grosero después de haberle gritado
así, pero maldita sea… Se había pasado la mitad de la noche tratando de no pensar
en lo increíblemente flexible que parecía entre sus brazos.
Y la otra mitad de la noche la había pasado haciendo esfuerzos para no tocarla.
Sería mejor que ella estuviera sonriente la próxima vez que la viera.
Pero era poco probable.
No debía haberle ordenado tan bruscamente que se fuera al cuarto de baño,
pero es que todo hombre tenía sus límites.
Allí estaba ella, con ropa interior roja que invitaba al sexo en el suelo y que él no
podía tocar, a pesar de desearlo tan desesperadamente que ya no sabía si su miembro
sería capaz de superar la decepción.
Era necesario que Gabrielle se vistiera y cubriera completamente toda esa piel.
En cuanto aquella operación hubiera acabado aprovecharía el descanso que había
rechazado las tres últimas veces.
Una larga semana caliente de desahogo físico y recuperaría el nivel de
disciplina por el que era conocido.
Carlos sacó su camiseta y sus pantalones de chándal de la secadora, donde los
había metido la noche anterior. Había puesto a lavar la ropa mientras se curaba la
herida del brazo y del costado. Justo antes de pasar treinta minutos con el maldito
correo electrónico que había sido incapaz de cargar y de enviar. Lo comprobó en la
oficina y, en efecto, el correo no había llegado.
Odiaba la tecnología en sus mejores días. Dejó la ropa sobre el escritorio, cerró
el programa, volvió a abrirlo y cargó de nuevo el correo, esta vez sin ningún
problema. Maldita cosa caprichosa.
La cafetera que había preparado por la noche borboteó con las últimas gotas de
agua. Se puso la ropa sobre el brazo y regresó a la cocina. Al detenerse delante del
fregadero para servirse una taza de café, Carlos miró a través de la ventana, que
ofrecía una tranquila vista de la parte trasera de la casa. La niebla se cernía sobre los
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árboles como una manta sobre la cadena de montañas. Aquel momento de paz lo
ayudó a reorientar su mente y examinar sus prioridades.
Después de beber un par de tragos de café, dejó la taza sobre la encimera de
granito. Su agotamiento era tan culpable del estallido de su libido como el hecho de
no haber estado con una mujer desde hacía mucho tiempo, pero estaba ya más
descansado y era capaz de controlar la situación.
Así que no debía volver a cometer el error de ser un inconsciente, y tampoco
fantasearía con la idea de besarla para disculparse por la rudeza de sus palabras. Al
fin y al cabo, ella era la razón de que su voz hubiera cobrado ese matiz, entonces ¿por
qué sentía esa punzada de culpa?
Porque le había ladrado como un tirano por no apartar el cuerpo de su vista
cuando el verdadero problema era que la deseaba y no podía tenerla.
Se pasó una mano por la mandíbula y la cara. Ella no era una invitada. Tal vez
llegados a este punto deberían establecer sus posiciones. La preocupación que había
sentido por ella la pasada noche era comprensible, la misma que hubiera sentido por
cualquier mujer sometida a una dura experiencia como aquella. Y las cosas habrían
empeorado para ella si Joe hubiera enviado un equipo de hombres armados para
llevársela en mitad de la noche.
De alguna forma, era la propia Gabrielle quien se había puesto en medio de
todo aquello. No había sido él. Eso debería sumar algunos puntos a su favor para ser
perdonado.
Además, de ahora en adelante sería un hombre de hielo.
Gabrielle era una prisionera hasta que Joe determinara su posición.
Carlos hizo una pausa reflexiva. Joe y Tee no permitían que ningún prisionero
regresara a la sociedad como una persona libre. Eso era una norma en relación a
cualquiera que conociera la identidad de agentes de BAD y, antes de que todo
acabara, Gabrielle vería a otros agentes a parte de a él.
Sintió una punzada de remordimiento por lo que pudiera ocurrirle. Pero tenía
un deber que cumplir. La seguridad de Estados Unidos dependía de su competencia
a la hora de hacer su trabajo.
Y Gabrielle tenía información sobre Anguis que podía poner en peligro la vida
de aquellos seres queridos a quienes él se dedicaba a proteger.
Carlos se dirigió al dormitorio, dispuesto a verla como correspondía: como una
detenida en espera de ser interrogada.
Una alarma chillona estalló cuando entró en la habitación. Un sonido molesto,
pero había puesto el despertador al volumen máximo por si se quedaba
profundamente dormido.
Mientras se acercaba a apagarlo, la puerta del baño se abrió y apareció
Gabrielle, sujetando una toalla delante de ella con la que se apresuró a envolverse.
Los mechones de pelo mojados le caían sobre los hombros. Parecía recuperada.
Inocente. Como una ninfa de la lluvia.
—¿Y mi ropa? —soltó con un tono aterrado.
«¡Mierda!»
Él paró la alarma, puso la ropa de ella sobre la cama y salió de la habitación.
«Hombre de hielo, joder».
Carlos regresó a la cocina con el ceño fruncido, y allí se dedicó a preparar el
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desayuno para los dos. Se comió su comida mientras cocinaba la de ella. La línea de
seguridad del cuartel sonó en la zona de oficina, al otro lado de la gran habitación.
Levantó la extensión que había cerca del fregadero y sujetó el auricular inclinando la
barbilla. El reloj del microondas señalaba las 8.00 horas de la mañana.
—¿Qué pasa? —respondió Carlos, que no esperaba noticias de Joe al menos
hasta dentro de una hora—. Te acabo de enviar el maldito correo con los archivos
hace unos minutos.
—Los estoy descargando ahora —le confirmó Joe—. Te he enviado un equipo.
Llegarán dentro de una media hora. Yo estaré bien atento.
—¿Por qué? —La cabaña era segura, pero a Carlos no le gustaba la idea de
causar un retraso al equipo.
—Anoche hubo novedades y quiero compartirlas cuando estéis todos juntos tan
pronto como hablemos con el informante. Rae, Korbin y Gotthard han descansado
más que tú, así que los puse en la carretera temprano esta mañana. Todavía no han
visto tus informes, por supuesto.
Los habrían visto si Carlos hubiera podido apuntar al ordenador con una
pistola para obligarlo a enviar ese maldito correo que se resistía.
Joe añadió:
—¿Qué has sacado del informante?
Ni descanso. Ni sexo. Ni información.
—No mucho, estaba bastante hecha polvo anoche —le dijo Carlos.
—¿Ella?
—Sí, y no es como me esperaba. Parece demasiado desentrenada como para
pertenecer a alguna red de espionaje.
—¿Ha reconocido ser Espejismo?
—No con esas palabras, pero tampoco lo ha negado. —Carlos puso la tapa de
una cacerola sobre el plato de Gabrielle para mantener su desayuno caliente.
—Espera un momento. —Unas voces amortiguadas llenaron la pausa y luego
Joe regresó al teléfono—. Tengo que irme. Cualquier cosa nueva será enviada a
Gotthard junto con tus informes.
Mientras Carlos colgaba el teléfono se oyeron unas suaves pisadas acercándose
a la cocina.
Se volvió para ver a Gabrielle de pie al otro lado de la isla, gracias a Dios
vestida. Su pelo estaba sujeto con una pinza de plástico. Aquel peinado desenfadado
acentuaba sus pómulos y los extraordinarios ojos de su rostro pensativo. Se movía
con una elegancia que él no había advertido el día anterior cuando corría por salvar
la vida.
—¿Tienes hambre? —Puso su plato vacío en el lavaplatos.
—No especialmente, pero comeré.
Él ignoró el comentario contradictorio y puso su plato sobre la encimera de la
isla cerca de un asiento que había frente a él. Levantó la tapa y aparecieron huevos
revueltos, bacón y tostadas.
Ella levantó el tenedor y toqueteó la comida durante el siguiente minuto,
usando una servilleta de papel que él le había dado para limpiarse la boca de la
misma forma que uno usaría una servilleta de lino en un restaurante de cinco
estrellas.
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—Deberías comer —señaló él—. Este puede ser otro día largo.
Ella alzó hacia él una mirada dolorida.
¿Se sentía herida? Demonios. Herir los sentimientos de un prisionero nunca
había sido un tema de preocupación para él en todos aquellos años al servicio de
BAD.
Ella bajó de nuevo la mirada hacia el plato sin decir una palabra y picoteó un
poco más de comida.
Carlos apretó los dedos con frustración al observarla. Simplemente le había
gritado que se metiera en el baño. Ella había demostrado más entereza el día anterior
al enfrentarse a la muerte.
¿Dónde estaba la mujer que ayer le hablaba con tono cortante?
No lo sabía, pero tenía que llevar adelante el interrogatorio. Si solo pudiera
recuperar algo de la rabia que había sentido cuarenta y ocho horas antes en Francia…
La urgencia de intimidar a su informante le hacía hervir la sangre.
Se sentiría como el peor de los animales si tenía que emplear las tácticas de
interrogatorio habituales con aquella criatura delicada. Pero tenía un trabajo que
hacer. Dejando las apariencias de lado, si Gabrielle era realmente la persona que
tenía conexión con Anguis y con los Fratelli era una amenaza para la seguridad de
Estados Unidos.
—¿Dónde está mi ordenador? —preguntó ella en un susurro.
—En el piso de abajo.
Cuando ella hizo un gesto para levantarse él la detuvo, diciéndole:
—Está guardado. No he tocado tu ordenador. Sé suficiente sobre la gente de tu
clase como para tener claro que el sistema probablemente se desintegraría si lo toco.
Ella hizo una mueca al oír eso de «la gente de tu clase», pero se inclinó de
nuevo hacia delante y alejó el plato de comida.
—¿Qué es lo que quieres de mí?
—Para empezar, tu nombre real. Y te lo advierto, mentir no puede ir a tu favor.
—Realmente dudaba de que Gabrielle Parker fuera su verdadero nombre—. Sabemos
que tu nombre en clave es Espejismo.
Ella no dijo nada. Ningún tipo de reacción.
Carlos dió un sorbo a su café, mientras consideraba su siguiente pregunta. El
monitor estaba activado. Una voz metálica dijo «llegan invitados», indicando que
alguien había enviado a través de un teléfono móvil el código de acceso requerido.
«Invitado» era el código cuando entraba un agente de BAD. Carlos apretó un
control remoto para abrir la verja y que no tuvieran que esperar. El sistema de
seguridad se reactivaría en cuanto la verja se cerrara de nuevo.
Un elegante Lexus SC 430 de color crema pasó a través de la verja abierta
mientras Carlos apretaba el control remoto para desactivar los sensores que había a
lo largo del camino. Era el coche de Rae.
El de Korbin, un Road Runner dorado del 78, fue el siguiente, con un rugido
gutural que advertía desafiante del pedazo de motor que había bajo el capó.
Gotthard iba a la cola, con su Navigator deportivo de un intenso verde bosque.
—¿Quiénes son? —preguntó Gabrielle mirando el monitor.
—Invitados. Quédate donde estás. Ahora vuelvo. —Carlos se dirigió hacia la
puerta principal y la abrió para el trío que se acercaba con los coches.
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—Buenos días, cariño —dijo Rae, subiendo las escaleras vestida con una tenue
blusa amarilla y unos tejanos que se adherían a sus largas piernas. Llevaba un vaso
de Starbucks en una mano y tenía la mirada alerta, como alguien que ha dormido
una noche en los últimos tres días.
Igual que el resto del equipo.
—Rae. —Carlos le sostuvo la puerta. Ella subió las escaleras y pasó delante de
él.
Las botas de un blanco apagado de piel de avestruz de Korbin pisaron cada
peldaño con decisión. Se detuvo ante la puerta, fijándose en los evidentes arañazos
que Carlos tenía en la clavícula y en la herida de su antebrazo.
—Espero que al menos hayas sacado algo en claro del informante.
—No lo bastante —le dijo Carlos sonriendo.
Gotthard entró detrás de Carlos limitándose a gruñir y saludar con la cabeza.
Las mañanas no eran el punto fuerte de aquel tipo grande, y probablemente lo habría
irritado tener que madrugar tanto. El ordenador que llevaba en la mano era
prácticamente un apéndice de su persona, pues era muy raro verlo sin él.
—¿Quién es ella? —preguntó Rae levantando una ceja acusadora.
Carlos frunció el ceño. Gabrielle no llevaba unas esposas que delataran su
condición de prisionera, pero ¿realmente creía Rae que él sería capaz de llevar a una
cita allí?
—Esta es Gabrielle —dijo Carlos—. También conocida como Espejismo.
Gabrielle estaba sentada tan quieta como un ratón que está siendo contemplado
por un grupo de gatos.
—¿En serio? —Rae soltó una risita—. Esto no debería llevarnos mucho tiempo.
Gabrielle levantó la barbilla con actitud desafiante, provocando una sonrisa
feroz en los labios de Rae. Carlos apretó los dientes para no reñir a Rae por haber
asustado a Gabrielle, cuyo rostro se puso lívido.
Rae únicamente estaba haciendo su trabajo: intimidar a la testigo.
Él tenía que hacer su parte y acabar con aquello. Lamentablemente para
Gabrielle, eso significaba que ahora estaba sola.
Carlos se volvió hacia el trío.
—Vamos, todo el mundo abajo. —Esperó a que la habitación quedara vacía
para hablar con Gabrielle.
Ella fue la primera.
—¿Qué hay abajo? —El pánico en su voz lo conmovió.
Nunca había odiado su trabajo, pero usar ese miedo en contra de ella formaba
parte de sus obligaciones. No le gustaba, pero tenía que hacerlo.
—Solo una habitación. Vamos a hacerte unas preguntas. Nada siniestro.
«A menos que no nos digas lo que queremos saber». Reprimió la repentina
urgencia de alentarla diciéndole que todo iría bien. Mentía al describir la situación,
pero no quería aterrorizarla innecesariamente.
No todavía.
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Capítulo 9
Quien estaba filtrando información de los Fratelli.
Fra Vestavia apretó el botón de su ascensor privado, que ascendió suavemente
hasta el piso treinta y dos. ¿Quién se había entrometido y tenía ahora a Espejismo?
¿Quién podría estar filtrando información desde el interior de los Fratelli de il
Sovrano? Alguien brillante y con huevos.
Esa era una perfecta descripción de Josie.
Sopesó esa idea durante todo el camino a su conjunto de oficinas que ocupaban
el piso superior e incluían un acceso de seguridad hasta la pista de aterrizaje de
helicópteros que había sobre el tejado. Además de una vista de 360 grados de Miami
y el océano Atlántico desde un lugar principal a lo largo de Brickell Avenue.
Las puertas del ascensor zumbaron ante el piso treinta y dos y se abrieron al
vestíbulo principal de Trojan Prodigy, una empresa especializada, según algunas
revistas nacionales, en los últimos productos electrónicos de software antiterrorista y
de contraespionaje.
Era verdad, pero no la historia completa.
Vestavia había empezado Trojan Prodigy doce años atrás, cuando las
compañías internacionales estaban desesperadas por encontrar tecnología que las
protegiera de los piratas informáticos más sofisticados. Estas recibieron a su gente
con los brazos abiertos y les daban acceso a sus sistemas operativos, mientras él
estaba muy ocupado repartiendo su tiempo entre desempeñar el rol del agente
especial de la Brigada Antidroga Robert Brady y el papel de Vestavia, un apoyo leal a
los Fratelli.
Había abandonado su identidad como agente de la Brigada Antidrogas el año
pasado, cuando desapareció después de ejecutar exitosamente una misión de los
Fratelli y pasar a ser considerado un individuo buscado. Al mes siguiente se hizo la
cirugía plástica y la cara del agente especial Brady había dejado de existir, mientras
que las huellas dactilares de sus archivos habían sido modificadas años atrás.
La coordinación oportuna siempre era el elemento más crítico en cualquier
plan.
Abandonó la Brigada Antidroga justo cuando Trojan Prodigy recibió contratos
militares significativos que lo convertían en el candidato mejor posicionado para
ocupar un lugar entre los doce miembros de la hermandad de Norteamérica cuando
uno de ellos muriera inesperadamente.
Cada continente tenía su propio cuerpo gobernante de doce Fratelli, que dirigía
los negocios con influencia internacional o tenía accionistas o posiciones estratégicas
en el gobierno: todo el mundo tenía que traer a la mesa algo que demostrara que
tenía valor como líder.
Vestavia salió del ascensor y se hundió en una alfombra que le produjo la
sensación de estar caminando sobre nubes. El aire olía prístino y puro. Samuel, un
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ayudante de constitución delgada, estaba sentado detrás del monitor de un equipo
muy moderno adornado con oro. Le daba al teclado con tanta velocidad que el
sonido se perdía entre el sonido del agua que se derramaba por una pared de pizarra
de más de tres metros y medio de altura que había justo detrás de él. De una
amplitud de siete metros, la cascada fluía con pacífica reverencia.
Cuando Vestavia se acercó, Samuel se cuadró, con sus ojos marrones en estado
de alerta, el pelo corto, con un aire pulcro de eficacia, y un traje gris pizarra que se
fundía con el entorno. Compartían un interés por la arqueología, pero Vestavia no
tenía tiempo para conversaciones despreocupadas precisamente ahora.
—¿Mensajes? —preguntó al joven.
—Sí, señor. Sobre su escritorio por orden de prioridad. Y Josie Silversteen le
está esperando en su despacho. Dice que tiene algo importante para usted. —Samuel
le hablaba con la voz baja que se usa en los lugares de trabajo.
¿Josie estaba allí? Vestavia consultó su reloj.
—Sí, la esperaba. —No era cierto, pero Josie sabía que él querría respuestas
acerca de lo que le había ocurrido con Baby Face y con Espejismo. Cualquier otra
persona habría enviado esa última noticia antes que enfrentarse con él.
Pero Josie no era cualquiera.
Él esperaba que su confianza no hubiese sido traicionada.
—¿Les llevo café o té? —preguntó Samuel.
—No. Será una reunión corta. Retén mis llamadas durante media hora.
Vestavia avanzó a grandes pasos por el amplio pasillo, y pasó ante una galería
virtual de arte con cuadros de Renoir y Matisse mezclados con piezas
contemporáneas. Al pasar delante de las oficinas echaba un vistazo y advertía el flujo
de actividad en cada una. Tenía una pequeña plantilla de trabajadores con una
excelente ética de trabajo que se enorgullecían de tener oficinas capaces de rivalizar
con las de las grandes corporaciones.
Cuando giró a la derecha al final del pasillo, la pared entera a su izquierda era
un cristal que iba desde el suelo hasta el techo y que ofrecía una vista del océano
infinito. Había encontrado aquella localización seis años atrás, y Josie había sugerido
inmediatamente que el lugar perfecto para su oficina era con vistas al océano, y no al
pasillo de los despachos de Brickell. Ella tenía razón.
Era una mujer de sangre azul. La dinastía de bancarios Silversteen se extendía a
lo largo del país y tenía sus dedos metidos en muchos pasteles financieros. Como hija
escogida, había crecido desde su nacimiento para servir a los Fratelli de il Sovrano y
ser enviada a los miembros de la hermandad a los dieciséis años, pero Vestavia había
sabido ver su potencial. Entonces había convencido a Fra Diablo de que ella era
perfecta para el trabajo de campo.
Y así había sido.
Ella era una de las pocas personas que conocía la verdadera identidad de
Vestavia y su misión. El hecho de que él era en realidad un Angeli, una orden
todavía más antigua que la de los Fratelli.
Él y otros seis Angeli cumplirían en el plazo de una década lo que sus
antecesores no habían sido capaces de hacer en los últimos dos milenios. Y los
Fratelli harían todo el trabajo preparatorio sin saber que estaban siendo manipulados
como marionetas. Los Fratelli realmente creían que doce miembros de la hermandad
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podrían gobernar cada continente.
¿Acaso alguna vez las decisiones tomadas por un comité o en democracia
habían funcionado? No.
Como uno de los siete angeli secretamente infiltrados en los Fratelli de il
Sovrano de cada continente, Vestavia había alcanzado su posición rápidamente.
Durante el año pasado había estado pulsando las cuerdas de los Fratelli,
manipulando sus extensas fuentes para comenzar a asentar el suelo de su
renacimiento. Cuando Vestavia y sus seis Angeli homólogos estuvieran preparados,
saldrían de las sombras y restaurarían la paz en el mundo.
Para hacerlo, primero tendrían que purgar el planeta eliminando al ochenta por
ciento de su población, sin perder al grupo nuclear que serviría para reconstruir el
planeta tras su devastación.
Empezar de nuevo era el único camino. Sus antecesores lo habían intentado con
plagas y otros instrumentos demasiado descuidados.
Su generación de Angeli no cometería los mismos errores.
Sistemáticamente se conseguiría el control sobre cada continente, creando
igualdad para preparar el mundo para el renacimiento.
Cuando Vestavia llegó a su oficina, el detector de movimiento leyó su imagen
termal y abrió la puerta, que desapareció hacia el interior de la pared.
Entró y dirigió la vista a la mujer que se hallaba sentada en su sencillo sofá
blanco adornado con rayas negras.
—¿Qué ha ocurrido?
—Baby Face perdió a Espejismo y además ha sido asesinado. —Josie se puso de
pie, exhibiendo sus asombrosas piernas por debajo de la falda de un traje chaqueta
azul marino y dorado. Sus pestañas eran espesas y su piel tan suave que no parecía
real. El cabello, de un intenso color castaño, le caía perezosamente sobre los hombros
con cada movimiento de la cabeza, y se apoyaba suavemente sobre la cima de los
pechos que asomaban generosamente por el escote de su chaqueta.
Cada centímetro de su cuerpo era una creación perfecta.
La agente especial Josie Silversteen, su brillante protegida de la Brigada
Antidroga, tenía ahora una orden judicial para el arresto de un fugitivo, el agente
especial Robert Brady. Qué ironía.
—Ese no es un informe completo —la amonestó él con dureza.
—Por supuesto. —Ella continuó—. Discúlpeme, Su Excelencia. Baby Face tenía
acceso a nuestros megaordenadores y creía que eran parte de un programa de rastreo
informático dentro de la Brigada Antidroga. No tenía ni idea de que pertenecían a
Trojan Prodigy, y la codicia lo condujo hasta Espejismo en cuanto logró localizarlo.
Pero nosotros no hemos sido capaces de duplicar su rastro electrónico. Baby Face fue
hasta una casa en Peachtree, Georgia, que pertenece a un hombre mayor desde hace
veinte años que no parece tener ningún tipo de habilidad con la informática. La
mujer que estaba de alquiler en la casa ha desaparecido. Estaba registrada como
Gabrielle Parker y, según los papeles, es una viuda que vive de un fondo fiduciario
modesto. Yo me inclino a creer que debe de saber algo acerca del informante puesto
que Baby Face fue allí. —Josie hizo una pausa antes de continuar—. Lo averiguaré.
Su voz ronca en combinación con ese aire de fóllameaquímismo que había en
sus ojos le recordó cuánto tiempo habían estado separados.
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SHERRILYN KENYON Y DIANNA LOVE MENTIRAS SUSURRADAS
Seis días. Una eternidad.
Su miembro se lo estaba diciendo en aquel mismo instante.
Vestavia se quitó la chaqueta y la puso sobre el brazo del sofá, luego pasó
delante de ella. Al llegar a su escritorio, se dio la vuelta y se sentó sobre el borde,
colocando las manos distraídamente a cada lado. Si se acercaba demasiado a ella,
violaría la primera regla que había entre los dos: primero, los negocios; luego, el
placer.
—Durand me contó lo de Turga. ¿Qué pasó con el piloto del helicóptero?
—Tengo un equipo rastreando al piloto. Sabré algo más… esta noche.
Arrastró la última sílaba con ese tono de fóllamecontralapared y él notó su
miembro más duro. Ella avanzó hacia él, atrevida, hermosa, con una cruda confianza
asomando en cada uno de los tres pasos que los separaban, hasta detenerse en medio
de sus piernas abiertas.
Su miembro se extendió hacia ella como si se tratase de un imán y él fuese acero
puro.
—¿Tienes tiempo para… profundizar un poco en esto? —preguntó ella,
relamiéndose los labios.
Vestavia se agarró al escritorio con los dedos tensos.
—Ahora no. Ya conoces mis reglas.
Ella exhaló un suspiro exagerado.
—Los negocios, primero… Simplemente pensé que por una vez… —sonrió
como la zorra que era—, tal vez quisieras correrte primero.
Él levantó la mano y le pasó un dedo por la cara. Luego lo bajó hasta el cuello
de la chaqueta y deslizó su dedo por dentro hasta rozarle la punta del pezón. Ella se
estremeció. Respiraba con dificultad. El esbelto músculo de su mandíbula se contrajo
en un esfuerzo por mantener el control.
Vestavia sonrió. No había ninguna razón para que fuera el único que sufriera
cierta incomodidad hasta que se acostaran juntos.
—Reserva esa idea para después.
Sus ojos estaban encendidos cuando ella se apartó y cogió su maletín del
ordenador. Era insaciable y exigente en la cama. Esa era otra de sus buenas
cualidades.
—Volveré esta noche.
—No me decepciones.
—Jamás —le prometió ella suavemente, con una nota de malvado calor en la
voz que le aseguraba que las horas de sexo serían tan satisfactorias como el último
informe de la noche.
Ella nunca lo había defraudado, ni en la cama ni fuera de ella, pero si Espejismo
se le había escapado de las manos, Josie sabía el castigo. Todas las mujeres
pertenecientes a los Fratelli eran adoctrinadas para garantizar que entendían cuáles
eran las consecuencias de fallar a la hermandad y sabían que no había manera de
escapar de la organización.
Era un programa que aseguraba la complicidad.
Nueve años atrás, Josie había conseguido superar la prueba sin lloriquear,
convenciendo a la orden de que ella era inquebrantable, y sin mostrar una huella de
debilidad hasta que llegó a la casa de Vestavia algunas horas más tarde. La única vez
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SHERRILYN KENYON Y DIANNA LOVE MENTIRAS SUSURRADAS
que él había visto a Josie deshacerse en lágrimas había sido después de ir corriendo
hacia sus brazos, que la aguardaban.
Era fuerte, brillante y delicada.
Josie no le fallaría, o de lo contrario descubriría que el castigo de la hermandad
sería parecido a una jornada en un balneario en comparación con la sanción que
recibiría por su parte.
Gabrielle bajó el último escalón de la habitación de reunión del sótano y dudó
en seguir adelante hasta que Carlos bajó detrás de ella. Apenas le tocó la espalda con
los dedos para animarla a moverse. Ella respiró profundamente y siguió adelante.
En el centro de la habitación, que medía aproximadamente seis metros de ancho
por diez de largo, había una mesa de conferencias de forma rectangular, lacada de un
negro brillante, alrededor de la cual podían sentarse hasta diez personas. Los dos
hombres y la mujer que habían llegado hacía unos minutos estaban sentados en unas
lujosas sillas de cuero de color almendra. Los dos hombres estaban en el lado
izquierdo, observando la pantalla de un ordenador portátil.
En cualquier otra situación, los paneles de madera caoba de las paredes habrían
dado a la habitación un aire cálido y una atmósfera acogedora.
La única mujer se había colocado a la derecha, frente a los hombres. De un
metro setenta y cinco de altura sin zapatos, llevaba unos tejanos y el cabello rubio
miel muy corto y bien peinado, en consonancia con la actitud que había mantenido
en el piso de arriba.
—Siéntate ahí. —Carlos señaló la silla que Gabrielle tenía más cerca, justo al
lado de la mujer.
Si él creía que colocándola al lado de esa amazona aumentaría su nivel de
ansiedad, estaba en lo cierto, pero no lo bastante como para obligarla a capitular tan
fácilmente. No todavía.
Se sentó y dobló las manos sobre el regazo.
Carlos le presentó a los otros tres, usando solo los nombres de pila, luego se
sentó en una silla en la cabecera de la mesa, a su izquierda.
—Para empezar, ¿cuál es tu verdadero nombre, Gabrielle?
—Ya te lo he dicho, soy Gabrielle Parker.
—Basta de mentiras.
La rudeza de las palabras de Carlos le heló los huesos. Apretó las manos con
tanta fuerza que las uñas se le clavaron en las suaves palmas. Por lo visto, el número
del buen chico se había acabado.
Gabrielle se había mudado a Estados Unidos para proteger a su familia, y no
estaba dispuesta a exponerla ahora. Y tenía que impedir que sus contactos en
Sudamérica fueran descubiertos, especialmente después del error que había
cometido al exponer su identidad.
—Quiero un abogado. —Gabrielle deseó haber podido decirlo con más fuerza.
—No nos molestamos en usar abogados. —Rae dio esa escalofriante noticia con
acento británico y añadiendo una risita malvada.
Nada de abogados. Siguiente idea. Gabrielle tenía contactos en la embajada
británica que podían ayudarla y responder por ella, ya que era técnicamente una
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ciudadana del Reino Unido… Esa era otra de las capas que había colocado entre ella
y su familia de Francia. Pero eso generaría muchos problemas porque dejaría en
evidencia que era la hija de un oficial del gobierno de Francia. Cualquier intento de
obtener inmunidad diplomática pondría en peligro la posición de su padre y
colocaría a su familia en una situación de riesgo.
Tenía que encontrar su propia manera de salir de aquel lío.
Y si los medios divulgaban lo que había estado haciendo durante los últimos
diez años, el hecho de arruinar la reputación de su padre sería el menor de sus
problemas. Durand Anguis la encontraría inmediatamente y tomaría represalias
atroces, como tal vez la decisión de herir a su familia.
Pero ella no había sido educada por una mujer de acero para doblegarse ante la
primera señal de crisis.
—De acuerdo, si no soy Gabrielle Parker, entonces ¿quién soy? —Ella se había
construido unos antecedentes sólidos como Gabrielle Parker. Eso significaba que
ellos tendrían que desentrañar las muchas capas que ella había creado para proteger
su identidad.
—Gotthard, ¿lo has traído todo del cuartel, incluyendo mi informe? —preguntó
Carlos al tipo robusto que trabajaba con el ordenador.
—Sí. Estoy descargando los documentos preliminares ahora.
—¿Qué documentos? —preguntó Gabrielle, con las manos de pronto pegajosas
del sudor.
Carlos le dirigió una mirada inescrutable.
—Tus huellas digitales para empezar.
¿Sus huellas digitales? ¿Acaso ese grupo podía tener fuentes en la Interpol? Tal
vez. Probablemente. ¿Cuánto podrían tardar en descubrir su verdadera identidad?
Gabrielle trató frenéticamente de decidir cuánto debería contarles. Si no les decía la
verdad y ellos la descubrían por su cuenta, ya no serían capaces de creer nada de lo
que después les dijera.
Gotthard negó con la cabeza.
—Todavía no tenemos nada de nuestros archivos. Seguimos esperando
respuestas internacionales.
¿Realmente tendrían acceso a informes internacionales o se trataba de un farol?
Gabrielle apretó las manos, asustada y furiosa. Carlos le había tomado las
huellas dactilares mientras dormía. ¿Qué más le habría hecho? «Aparte de
humillarme cuando me ordenó desaparecer de su vista en el dormitorio». No era una
reina de la belleza, pero ningún hombre le había ordenado nunca que tapara su
cuerpo.
Ella lo estudió con nuevos ojos, con la mirada de una mujer que se había
apresurado demasiado en confiar en alguien.
—¿Quiénes son tus contactos? —le preguntó Carlos con una tranquilidad
escalofriante.
—Si yo fuera quien tú dices que soy, ¿de verdad crees que pondría una fuente
mía en peligro cuando todavía no sé ni para quién trabajáis? —preguntó ella con una
fría reserva que hubiera enorgullecido a su madre.
Carlos se cruzó de brazos.
—No es que tengas mucha elección en este momento.
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manera tan civilizada. Continuar negando su identidad durante más tiempo era
demasiado arriesgado, puesto que sus huellas dactilares revelarían su apellido si
efectivamente ellos tenían acceso a la base de datos internacional. Si lo admitía por sí
misma ellos dejarían de buscar y tal vez evitaría que su padre se viera involucrado en
todo aquello.
—Soy Gabrielle Saxe —reconoció finalmente.
El silencio invadió la habitación.
Ella esperaba algún reconocimiento. No hubo ninguno.
¿Sería una táctica de interrogatorio? Muy probablemente. Sintió un escalofrío al
enfrentarse a un futuro incierto.
Miró a Carlos, y por un breve momento hubiera jurado que su mirada traslucía
preocupación. ¿Sería una emoción sincera o solo parte de su rutina profesional?
¿A quién quería engañar? Él no se preocupaba por ella. Ese era su trabajo.
—Eso es correcto —confirmó Gotthard finalmente—. Ya tengo los resultados de
la búsqueda.
Ella soltó el aire, contenta de haberse adelantado al informe. Había estado muy
cerca.
—¿Qué es lo que haces exactamente durante todo el día? —intervino Rae.
—Uso mis habilidades con la informática para vigilar a algunos grupos que son
una amenaza para la paz mundial —dijo Gabrielle. Ese era un giro positivo. No daba
mucha información y tampoco podían acusarla de mentir.
—¿Para quién trabajas? —preguntó Rae.
—Para nadie. Mi tranquilidad económica está asegurada.
—Espera un minuto. —Korbin golpeó con un dedo la brillante superficie de
obsidiana de la mesa, y luego la miró fijamente, entrecerrando los ojos—. Gabrielle
Saxe, ¿como la Gabrielle Saxe que se casó con Roberto Delacourte años atrás? ¿Ese
actor que gana unos veinticinco millones de dólares por película?
—Sí. Estuvimos casados… durante seis meses.
—Eso explica que su tranquilidad económica esté asegurada —señaló Rae.
—Yo tengo mi propio dinero. —Gabrielle raramente discutía sobre su situación
financiera, de hecho jamás lo hacía, pero Rae parecía estar insinuando que ella era
una pija cazafortunas. Puede que se hubiera dejado impresionar por la sonrisa
seductora y el encanto de Roberto, pero nunca quiso otra cosa más que ser amada
por él. Al final se dio cuenta de que se había precipitado con el matrimonio para huir
de su soledad. Él le había mentido desde el primer día, aprovechándose de la chica
ingenua que entonces era.
Ella le había sido fiel cada uno de los miserables días de esos seis meses. Cada
uno de esos dolorosos días.
Un murmullo creció en la habitación.
Carlos levantó la mano. Se hizo el silencio inmediatamente.
—No estamos interesados en tu vida amorosa sensacionalista, Gabrielle. Has
reconocido que puedes pasarte el día entero jugando delante del ordenador.
¿Vida amorosa sensacionalista? ¿Jugando delante del ordenador? Apretó los
dientes con tanta fuerza que se oyó un crujido.
—Pero todavía no has explicado por qué tenías información acerca de Anguis
—continuó Carlos—. Tu coartada es que quieres contribuir a que la paz mundial no
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se vea alterada. Has quebrantado suficientes leyes en suficientes sitios como para
acabar encarcelada en unos cuantos lugares distintos. Si no tienes nada significativo
que decir llegados a este punto, tal vez te dejemos escoger en qué país prefieres ser
encarcelada.
¿Podían realmente hacer eso? Gabrielle sabía bastante acerca de derecho
internacional, pues había estudiado por su cuenta, y estaba relativamente segura de
que había tapado sus huellas lo suficientemente bien como para que no la cogieran.
Sin embargo, aquel grupo la había encontrado y poseía pruebas informáticas que
demostraban lo que había hecho.
No estaba entrenada para sortear situaciones como aquella. O como la del día
anterior.
—Bien, reconozco que soy Espejismo. —Se inclinó hacia delante, dirigiéndose a
todos—. Puesto que soy la única que de momento he compartido información para
empezar, creo que sería justo que me dijerais qué pasó con Mandy. —Todo aquello
había ocurrido porque intentaba ayudar a una joven con problemas—. Si me habéis
encontrado sabréis qué ha pasado con ella. ¿Ha sido rescatada?
Carlos quería sacudir a Gabrielle para que mostrara algo de sentido común.
¿Acaso creía que el juego había terminado y ya no le quedaban más movimientos que
hacer?
—Nosotros hacemos las preguntas, y tú las respondes, ¿entiendes?
Gabrielle había estado respirando profundamente y hablando con calma como
para ganar tiempo para ordenar sus pensamientos y controlar su tono de voz, pero
esta vez respondió con los dientes apretados.
—Estoy tratando de cooperar, pero si queréis que os responda a más preguntas,
como mínimo tendréis que decirme si Mandy está a salvo. Ella es la razón por la que
corrí un riesgo que me ha traído hasta aquí. —Gabrielle mantuvo una postura tan
rígida como la de una directora de escuela en una habitación llena de rostros sin
compasión, pero Carlos pudo ver cómo apretaba las manos en su regazo. Tenía
blancos los nudillos.
Exhibía la misma calma majestuosa que mantuvo en su rostro ante la amenaza
de ser enviada a un país extranjero donde sería perseguida.
Maldita sea, era desde luego admirable su fuerza de espíritu y su entereza.
Sus intensos ojos violetas buscaron los de él. ¿Era acaso una petición de ayuda?
Ahora no.
Aquella respuesta silenciosa de algún modo debió de hacerse oír como si fuera
clara y en voz alta, puesto que la decepción apagó su mirada. Cambiaba su lenguaje
corporal con más rapidez de la que la mayoría de mujeres cambian de zapatos.
Primero nerviosa, luego herida, y ahora parecía decidida a esconder sus emociones a
todo el mundo, y especialmente a él. Ocultar que estaba aterrorizada por la
precariedad de su futuro. Estaba perdiendo el tiempo. No podía tapar la
vulnerabilidad de la que él ya había sido testigo y que le removía las entrañas.
No quería sentir nada por ella, pero esos hermosos ojos trasmitían compasión y
miedo por Mandy. Su error consistía en ver a Gabrielle como algo más de lo que
realmente era: una jugadora en un juego letal.
Alguien que debería estar respondiendo preguntas para salvar su propio
pellejo.
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En lugar de eso, resulta que estaba preocupada por Mandy. Así era ella.
—Gotthard. Danos un informe sobre Mandy.
La atmósfera se ensombreció por la aprensión ante la chica.
—Mandy entró en coma por pérdida de sangre —leyó Gotthard, y luego fue
más adelante hasta terminar—. Según la última línea, sigue con vida.
Un suspiro colectivo de alivio llenó la habitación.
—¿En coma? —Gabrielle ahogó un grito—. ¿Qué fue lo que salió mal? ¿Quién
se encargó del rescate? —Dirigió esa pregunta a toda la habitación.
La ira se hizo visible como respuesta a su crítica.
Aquel arrebato hizo que perdiera todos los puntos de simpatía que pudiera
haber ganado.
—Mira, Gabrielle. —Carlos no refrenó ni un ápice su ira. Ella había jugado con
fuego y se había quemado—. Nos pusimos en marcha veinte minutos después de
recibir tu último mensaje y saltamos en paracaídas sobre los Alpes franceses en plena
noche durante una maldita tormenta de nieve para salvar a Mandy. —Se inclinó
hacia delante, clavando el dedo índice en la superficie del escritorio con cada
afirmación—. Si hubiéramos obtenido antes la información tal vez habríamos llegado
antes de que la chica rompiese un vaso para cortarse las venas de las muñecas. Tú no
estás en posición de cuestionar nada de lo que hizo mi equipo y será mejor que
empieces a dar respuestas si es que esperas volver a ver la luz del día otra vez.
Carlos se alejó de ella y se cruzó de brazos para tratar de recuperar la calma. Se
estaría preguntando durante el resto de su vida cómo podía haber ganado minutos
para que su equipo llegara al lugar más rápido. Pero no estaba dispuesto a permitir
que otra persona, y mucho menos una ciudadana civil, una persona de hecho bajo
sospecha, criticara a su equipo.
Gabrielle abrió la boca para hablar, pero él no le dio la oportunidad de hacerlo.
—Volvamos a nuestras preguntas —le espetó—. ¿Cómo sabías que Mandy
había sido secuestrada y quiénes eran los secuestradores?
Sus mejillas sonrosadas perdieron color, pero él no vacilaría esta vez. Carlos se
preguntaba si Gabrielle era tan vulnerable como había pensado al principio o si
sencillamente era una actriz impresionante.
—Llegan invitados —anunció un altavoz oculto en la habitación.
¿Quién demonios llegaba ahora? ¿Joe podría haber viajado tan rápido?
Carlos se volvió hacia Gabrielle, cuyo rostro había perdido ese color arena de la
playa. Si no les daba algo pronto, iba a tener que enfrentarse a Joe. O lo que es peor, a
Tee.
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Capítulo 10
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respeto e indignación—. Teníamos una ventana de autorización de cuarenta y ocho
horas para controlar el tráfico de la red que entraba y salía del ordenador
comprometido de una planta de tratamiento de basura en Rusia. En el momento en
que ella respondió a mi mensaje que afirmaba que la criatura estaba en peligro, ya la
tuvimos.
—Debí haber imaginado que era una trampa —murmuró ella.
Gotthard levantó la cabeza para mirar a Hunter; se marcaban profundas
arrugas de concentración en el puente de su nariz.
—¿Había alguna prueba en ese servidor ruso, algo que pudiera indicarnos para
quién trabaja?
Aunque no estaba muy interesado por la parte informática del asunto, Carlos
disfrutaba cada vez que algún experto fastidiaba a Hunter. Si bien dudaba de que esa
fuera la intención de Gotthard.
—No trabajo para nadie —intervino Gabrielle. Nadie se dignó ni a pestañear
ante su comentario. Carlos pudo haber sufrido un momento de debilidad por ella la
pasada noche, pero ahora sabía que convenía ser cauteloso respecto a todo lo que
dijera. Podía haberle dicho antes que su apellido verdadero era Saxe.
—Digamos que fui meticuloso. —Hunter ladeó la cabeza lentamente hacia
Gotthard y frunció los labios con el suficiente vigor como para hacer saber a todo el
mundo que sentía la obligación de contestar—. El punto de origen fue una dirección
IP privada que pertenecía a I. M. Agoste. —Pronunció el nombre enfatizando la
acentuación de la «e» final. Brilló una sonrisa de triunfo en sus labios demasiado
perfectos.
—¿Cómo? —Rae arrugó los ojos mientras pensaba y golpeó su pluma contra el
cuaderno en el que estaba escribiendo—. ¿«I'm A. Ghost»? ¿Soy un fantasma? —Se
detuvo, pensativa, luego asintió—. Sin duda lo es. Como tú sabes, ella jamás usaría
su nombre verdadero.
—La reina de los enigmas te ha pillado, Hunter. —El toque de humor levantó
una de las cejas y una de las comisuras de la severa boca de Gotthard.
Carlos sofocó la risa. A fin de cuentas, era cierto: Gotthard se había estado
burlando de Hunter. El pomposo agente dejó de sonreír y sus labios se convirtieron
en una línea recta. Fastidiar a Hunter el Infalible era el pasatiempo favorito de todo el
equipo.
—Ahora Gabrielle nos contará cómo conoció a Mandy y cómo se enteró de todo
lo relacionado con el secuestro. —Sin querer ponerse duro todavía, Carlos adoptó un
tono persuasivo—. Esto será mucho más fácil si cooperas.
La chispa de rabia que la había enfurecido ya no estaba. Lo que quedaba era
una estatua elegante, que respiraba tan suavemente que la tela apretada contra sus
pechos apenas se movía.
Él sabía sin ninguna duda que no llevaba sujetador. Mejor no mirar allí.
Suspiró con cansancio. Cualquier persona capaz de piratear un cortafuegos
debía de ser lo suficientemente inteligente para darse cuenta de la oportunidad que
tenía. No la había amenazado… todavía.
—Gabrielle…
—De una tarjeta postal.
Carlos la miró sin creérselo.
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—Envié una copia escaneada de esa tarjeta a la oficina central esta mañana. —
Miró rápidamente a Gotthard, luego a Hunter—. ¿Han enviado alguna
descodificación?
La mirada de sorpresa y poco a poco de decepción que le dirigió Gabrielle no
tenía por qué haberle dolido, pero le dolió de todos modos. ¿Acaso ella creía que solo
por lo que había sucedido la noche anterior iba a dejar de registrar todas sus
pertenencias?
—Recibí un mensaje de texto que decía que la tarjeta es indescifrable —comentó
Hunter—. Si no puede ofrecernos algo más, creo que deberíamos llamar a Seguridad
y librarnos de ella.
Gabrielle reaccionó.
—Puedo explicar el mensaje de la tarjeta.
—Explícalo entonces —ordenó Carlos.
—Está codificado —dijo Gabrielle, mirándolos a todos. Ni uno solo de los
rostros en torno a la mesa expresaba confianza.
Gotthard se frotó el ojo con un dedo y siguió leyendo.
—Estoy conectado con el departamento de descodificaciones ahora mismo.
Ninguna noticia del Monstruo. —Miró a Gabrielle y dijo simplemente—: Nuestro
superordenador.
Carlos se dirigió hacia el otro lado de Korbin y abrió un pequeño armario. Sacó
la tarjeta y un montón de copias que había hecho para la reunión. Las repartió entre
los agentes de BAD.
Gabrielle se estremeció al darse cuenta de un serio inconveniente que no había
contemplado. El sello de correos indicaba que la tarjeta fue enviada hacía un par de
semanas.
Los ojos de Carlos se llenaron de sospecha.
—¿Quién envió esta tarjeta?
Las evasivas no servían para nada. Gabrielle aceptó que tenía que ofrecerle algo
para tener alguna esperanza de que el grupo no la castigara.
—Una chica que conocí hace mucho tiempo en el colegio. Desapareció antes de
que me licenciara. Esa tarjeta fue la primera noticia que tuve de ella en once años.
Rítmicamente y sin hacer ruido, Carlos golpeó un dedo sobre la mesa.
¿Sonaba extraño? Bienvenido al mundo de ella durante las últimas cuarenta y
ocho horas.
—No tengo ganas de hacer veinte preguntas y recibir una sola respuesta —le
advirtió Carlos en un susurro, con un tono distante y siniestro. Nada que ver con la
vibración seductora que había esa mañana en su áspera voz de hombre que acaba de
despertar.
Se inclinó hacia ella en su asiento, acercándose tanto que ella llegó a oler que
acababa de ducharse y lo odió por despistarla en sus pensamientos.
—Si sigues mintiendo, no te va a gustar cómo terminará todo esto.
La amenaza murmurada tendría que haberle enviado un calambre de miedo
por la columna vertebral, y en cierta medida fue así, pero el día anterior ya había
sobrevivido lo inimaginable. El hecho de que estuviera sentada allí y viva le dio
fuerzas y resolución para seguir luchando y salvarse de nuevo.
Además, mostrar sus emociones sería interpretado como una debilidad que
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estos agentes explotarían de mil maneras.
—No estoy mintiendo —dijo a Carlos con un tono calculado para indicar que
no cabía ninguna discusión al respecto.
—¿De verdad? ¿Qué es lo que pasó entonces? —Carlos emitió un suspiro.
Levantó la mano, con la palma hacia arriba, y se volvió hacia ella—. ¿Recibiste una
tarjeta de una amiga que no veías desde hacía muchísimo tiempo y que pensaba que
tú eras la única persona en el mundo que podía evitar el secuestro de la hija de un
diplomático estadounidense?
Sonaba ridículo, de eso no cabía duda, pero él quería saber la verdad.
—Me haces preguntas y luego te niegas a creer lo que te cuento. Si no te gustan
mis respuestas, deja de preguntar.
Frunció el ceño; largas pestañas descendieron sobre sus ojos, convertidos en
negras rayas. Carlos se levantó de la silla y dio unos pasos hacia la pared,
acariciándose la nuca con aire pensativo. Dejó caer la mano. La ira se desprendía de
su cuerpo como espesas ráfagas capaces de atascar el sistema de ventilación.
El silencio hizo que a Gabrielle le diera un vuelco el corazón.
—¿Por qué no te pusiste en contacto con el FBI o la CIA? —preguntó Hunter.
Ella se volvió sobre el asiento, mirando detrás de Rae a ese hombre arrogante al
que no había visto antes. Su suéter de cuello alto color borgoña creaba una hermosa
base para un busto perfecto que muchas mujeres debían de adorar. Estaba sentado de
perfil, con el codo apoyado sobre la mesa, con la cabeza reposando sobre la palma de
la mano. Su pelo dorado colgaba en una elegante melena, y tenía la longitud exacta
para ser atrevida y a la vez civilizada.
Ella conocía de sobra a ese tipo de hombres y no la impresionaban.
—Habría puesto a Mandy en un peligro aún mayor —contestó Gabrielle,
mientras se echaba atrás en la silla para poder dirigirse a la habitación entera—. El
FBI y la CIA habrían pensado que era mentira y me habrían encerrado hasta decidir
si yo estaba mentalmente inestable, y eso podría haberle costado la vida a Mandy.
Esas agencias suelen actuar con más rapidez si creen que consiguieron la información
de una fuente fiable. Creo que es justo reconocer que Espejismo tiene fama de ser una
fuente fiable.
Era evidente que aquello había sido atrevido, pero ella tenía el derecho de
hablar así.
—¿Quién envió la tarjeta? —preguntó Korbin.
Una buena pregunta, pero Gabriella no tenía ninguna intención de contestarla.
—Ya lo dije, una chica de mi colegio.
—¿Y qué dijiste ayer? —le preguntó Carlos—. No seas testaruda. Queremos el
nombre completo de esta chica.
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Capítulo 11
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explicar Hunter—. El Monstruo no descifró nada.
—Yo puedo… —Gabrielle intentó decir que ella podía demostrar que el texto
no era ninguna tontería, pero la interrumpieron.
—¿Y qué pasa si tu gente está equivocada? —preguntó Carlos a Hunter—. ¿Qué
pasa si el texto está codificado? No podemos dejar pasar la oportunidad de una
prueba que nos conduzca a los Fratelli.
Gabrielle trató de ignorar el hecho de que se le acelerara el corazón ante la
posibilidad de que Carlos por fin estuviera apoyando su posición. Ante el hecho de
que de verdad pudiera creer en ella. Mientras estallaba el debate, comenzó a darse
cuenta de que tenía algo con lo que negociar: la descodificación de la tarjeta.
Si lograba convencerlos de que la tarjeta estaba codificada, tendrían que creer
que ella no era una criminal. Eso era lógico.
Adicionalmente, ella ahora tenía una razón para creer —o tal vez podía tratarse
de una corazonada o sensación interna— que esa gente no formaba parte de los
Fratelli. La lógica sugería que ellos podrían haber fingido conocer a los Fratelli o a
cualquier otro grupo que estuvieran protegiendo en lugar de discutir sobre la
credibilidad de la tarjeta, que podía ser efectivamente una pista.
Y tampoco le había pasado desapercibida la importancia que parecía tener para
ellos localizar a los Fratelli. Encontrar a ese grupo podía significar encontrar y salvar
a Linette.
Los instintos de Gabrielle la habían hecho sobrevivir hasta el momento. Tenía
que confiar en ellos ahora más que nunca.
—Si no te da miedo la verdad, déjame demostrarte cuál es el código —dijo
Gabrielle, desafiante, a Hunter.
La discusión paró de golpe como si alguien hubiera apretado el botón de pausa.
Cuando Hunter alzó los ojos hacia los de ella no hizo ningún esfuerzo por ocultar su
mirada de desprecio. Sintió un temblor hasta en los dedos de los pies, pero ella había
crecido entre los de su clase, personas ricas y arrogantes, así que no se dejaría
intimidar.
—Vamos, descodifícalo —dijo Hunter sin una nota de preocupación en la voz
—. Y si no puedes hacerlo, no nos sirves para nada.
Ella no merecía su actitud ni ser tratada de esa manera. No después de todo lo
que había hecho para ayudar a Mandy y haber tenido que enfrentarse a todo lo que
se tuvo que enfrentar el día anterior por culpa de ellos, que la habían engañado para
hacer que se expusiera.
—Yo os ayudé, y vosotros me estáis tratando como a una enemiga.
Gotthard dejó por un momento de teclear en su ordenador.
—Hasta que nos des una razón para pensar algo distinto, lo eres.
Necesitaba un aliado en aquella habitación y Carlos era su mejor esperanza.
—Puedo mostraros cómo funciona el código.
La mirada de él atrapó la de ella y pasó de ser tensa e impaciente a tener una
franqueza y transparencia que la sorprendió. Carlos se apoyó contra la pared.
—De acuerdo, empieza por explicarnos a qué dirección fue enviada la postal.
Gabrielle se lamió los labios resecos y comenzó.
—La postal le fue enviada a mi padre, Louis Saxe IV, que vive en Versalles y es
el presidente de la Asamblea Nacional de Francia.
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Gotthard intervino:
—Es correcto. Tiene una posición de mucho poder en el gobierno y es muy
respetado.
Gabrielle esperaba que eso fuera suficiente para evitar que fueran más lejos en
su investigación.
—¿Qué sabe él de todo esto? —preguntó Rae.
—Nada. —Gabrielle necesitaba que la creyeran en ese punto—. Nadie de la
familia Saxe sabe nada acerca de Espejismo ni de lo que hago.
—Así que la señorita Sex… Te queda bien. —Korbin, guapo y moreno, sonrió
ante su propia broma de jugar con la pronunciación francesa de «Saxe». Al igual que
Carlos, era de descendencia latina y similar en tamaño, pero la estructura facial de
Korbin la hizo pensar que era una mezcla de mexicano e inglés, mientras que Carlos
tenía rasgos más afilados, más sudamericanos.
Korbin la examinó de tal modo con la mirada que ella sintió la necesidad de
moverse.
—Basta ya —le espetó Carlos.
Cuando Korbin le sonrió con una expresión de sorna, Carlos le devolvió una
mirada de odio realmente letal.
¿De qué iba aquello?
—Además, todavía no has llegado en tu lista a la «R» —le dijo Rae a Korbin con
una lengua tan afilada que podría cortar.
Gabrielle trató de sostenerse en medio de todos aquellos comentarios mordaces
y miradas afiladas.
—Tan pronto como lo haga te lo haré saber —dijo Korbin, dirigiendo ahora
todo su encanto directamente a Rae. Esbozó una sonrisa de seductor que hubiera
hecho detener el paso a muchas mujeres.
—¿Qué son las «erres»? —preguntó Gabrielle.
—Volvamos a la postal. —Carlos ignoró su pregunta y le dirigió a Gabrielle una
mirada de bastadetonterías—. ¿Por qué tardaste tanto en enviar el primer mensaje?
¿Qué la habría hecho pensar que sus ojos eran de un marrón cálido? Todo
rastro del hombre agradable se había evaporado. La oscura mirada que Carlos le
dirigió bullía con la fuerza de una tormenta en alta mar.
Las cosas iban bien hasta entonces. ¿Qué era lo que tanto lo había irritado?
—Recibí la tarjeta hace dos días, o tal vez tres… no tengo ni idea de qué hora es
en este momento. —Gabrielle se apartó un mechón de pelo de la cara—. La única
forma que mi amiga tenía para hacérmela llegar era enviarla a la casa de mi padre en
Versalles. Él tiene una dirección mía en Londres y desde allí toda mi correspondencia
es enviada a la oficina de correos de Peachtree City. Por eso tardó tanto en llegarme.
Mi amiga fue cuidadosa, dirigiendo la postal solo a Gabrielle sin añadir ningún
apellido. Si la postal hubiera sido interceptada, la mayoría de la gente hubiera
supuesto que Gabrielle era alguna empleada de mi padre. Mi amiga no incluyó
ninguna dirección de remite, así que no tengo ninguna idea de dónde encontrarla.
Gotthard preguntó:
—¿Por qué no nos dijiste que Anguis trataba de secuestrar a Mandy cuando nos
enviaste tu primer mensaje? Si lo hubiéramos sabido entonces probablemente los
habríamos alcanzado antes de que llegaran a Francia.
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—No sabía que Anguis estaba detrás del secuestro cuando envié el primer
mensaje —respondió Gabrielle con cautela. No podía descubrir sus contactos de
Sudamérica con esa gente, por mucho que la amenazaran. Los venezolanos inocentes
que solo trataban de ayudarla en su combate contra los crímenes de Anguis correrían
peligro si lo hacía.
—No has respondido a su pregunta —presionó Carlos.
—Porque todo lo que supe a través de la tarjeta era que Mandy sería
secuestrada en Sudamérica. —Gabrielle escogió las palabras con cuidado—. No
descubrí que Anguis estaba detrás del secuestro hasta después de hacer algunas
investigaciones con fuentes de Sudamérica. Y, por favor, no me pregunten sus
nombres porque no los sé, contactamos por ordenador a través de un sistema muy
elaborado. —Eso estaba muy cerca de la verdad.
Carlos dio unos golpecitos con los dedos en la parte superior de su brazo.
Permaneció inexpresivo, como si se planteara cómo sonsacarle más información.
Gabrielle se pasó las manos por el pelo y sin querer se soltó el peinado. La pinza
de plástico que llevaba se le cayó al suelo. Largos mechones cubrieron sus hombros
cuando se agachó para recogerla y guardarla en el bolsillo de los pantalones.
—No estoy entrenada como vosotros —murmuró Gabrielle, tratando de
explicarse la insistencia de ese grupo—. Si queréis que admita que estoy intimidada
por vosotros, bien, lo admito. No sé quiénes sois ni lo que queréis, pero es evidente
que habéis ayudado a Mandy, así que voy a arriesgarme y pensar que estáis
trabajando con el lado correcto de la ley. A cambio, desearía que tuvierais la misma
cortesía conmigo. Si os demuestro que el texto de la postal está codificado, me
creeréis. Estoy tratando de ser honesta con vosotros, y no soy una amenaza para
Estados Unidos.
Mantuvo la mirada sobre la mesa, evitando mirar esos ojos que la observaban
como depredadores preparados para matar.
Carlos dejó que la postal de Linette se deslizara sobre la superficie de la mesa.
Era una pequeña victoria. Gabrielle no estaba preparada para cantar aleluya,
pero era un principio. Los músculos de su pecho se relajaron con alivio.
Gabrielle explicó:
—Mi amiga y yo escribimos primero el código en latín antiguo. Luego
revertimos la secuencia de alineación, eliminando la primera letra de la primera
palabra, la segunda letra de la segunda palabra, y así hasta llegar a las cinco palabras,
cuando ya había un número adecuado de letras. Al llegar a la mitad cambiamos el
código al italiano. Los números correspondían a días de la semana y los colores…
—¿Estás hablando en serio? —Gotthard la miró fijamente, entre incrédulo y
admirado.
Gabrielle rogaba que no fuera falta de confianza, o en ese caso no conseguiría
salir de aquel lugar.
—Sí, hablo en serio. Leeré el código e interpretaré cada palabra para que podáis
seguir la traducción.
A Hunter se le escapó un ruido que fue un cruce entre un resoplido de burla y
una risita que parecía decir «esto va a tener gracia».
Un arrebato de confianza impulsó a Gabrielle a seguir adelante. Miró a Rae y se
dirigió a Hunter. Pero primero sonrió.
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—Si no puedes pillarlo, coge notas.
Hunter le respondió con una sonrisa llena de confianza y le habló con la voz de
un caballero.
—Si fallas al demostrar que es un código fiable, serás encerrada en una celda
tan profunda de nuestro centro de contención que jamás volverás a ver la luz del día.
Gabrielle perdió sus agallas al oír aquello.
Llevaba mucho tiempo sin usar aquel complicado código. Carlos y su equipo —
tenía que tratarse de su equipo— habrían utilizado sin duda tecnología sofisticada.
Nadie capaz de descifrar el código aceptaría su versión si ella cometía algún error en
los complicados pasos que ella y Linette habían creado con el único propósito de
volverlo imposible de descifrar.
Se inclinó en su asiento, estudió las palabras y luego comenzó, leyendo
lentamente, deteniéndose para responder a las preguntas de Gotthard, Rae y Korbin.
Alcanzó un ritmo al llegar a la segunda línea, sintiéndose cómoda.
Al menos estaba bien hasta que sorprendió a Carlos mirándola fijamente con
una mirada evaluadora. Gabrielle entonces se perdió.
Todos levantaron la vista ante su tropiezo verbal.
—Perdón —dijo ella—. Empezaré otra vez por la última frase. —Apretó los
dientes ante la oleada de calor que sintió correr a través de ella, y luego no se detuvo
hasta llegar al final.
—¿Valoración? —preguntó Carlos en la habitación.
—Es un código —respondió Rae.
—Yo estoy vendido. —El pillo de Korbin guiñó el ojo a Gabrielle.
—Un jodido código —murmuró Gotthard, dejando aflorar la admiración en sus
palabras.
Todos se volvieron hacia Hunter, quien arqueó una bonita ceja masculina y
dijo:
—Debo rectificar. Estoy impresionado.
Gabrielle soltó la respiración contenida, dispuesta a relajarse hasta que Carlos le
preguntó:
—¿Qué quiere decir tu amiga con eso de «estoy atada por los Fratelli»?
—No lo sé —se apresuró a responder ella.
Gotthard dejó de teclear y de pronto se puso rígido, igual que los demás.
—«Fratelli» es el término italiano para referirse a «hermandad», pero no es un
código, por el amor de Dios —añadió Gabrielle.
—¿Estás segura de que no sabes nada más? —Un mechón negro acarició la
frente de Carlos, que estaba tensa con arrugas de desconfianza.
Él seguía creyendo que no decía la verdad.
—En serio, eso es todo. —Gabrielle estaba sorprendida por la seriedad de esos
rostros. ¿Qué sería exactamente eso de los Fratelli?
—¿Y qué tiene que ver Anguis con todo esto? —preguntó Korbin.
—¿A qué te refieres? —Gabrielle quería una pregunta más específica antes de
darles más información. Miró a Carlos, que parecía retraído en su interior.
Era un maestro del control.
Más que ver sintió las miradas expectantes focalizadas en Carlos, que puso las
palmas de las manos sobre la mesa, a pocos centímetros de las de ella.
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Esos labios perfectamente formados se separaron para decir:
—No te hagas la tímida. En este momento no tienes aliados en la habitación.
Las personas de nuestro equipo simplemente arriesgaron sus vidas por ti sin saber ni
siquiera quién eras o si se estaban metiendo en una trampa. Si pretendes salir de aquí
tendrás que ser más comunicativa.
Se echó hacia atrás, como asustada por aquel tono letal.
Nadie le había hablado nunca de esa manera, amenazándola abiertamente,
desde que aquel miserable exmarido suyo había jugado con ella como una idiota.
Había pasado demasiadas noches sola, frustrada por no tener vida ni familia por
culpa del hacha que su exmarido y Durand Anguis inclinaban sobre su cabeza. Toda
esa frustración se transformó en un gran nudo de rabia.
Dio un golpe con la mano sobre la mesa y luego cerró el puño.
—He sido de lo más comunicativa. He arriesgado mi vida para ayudar a
mantener a raya a los criminales. ¿Qué es lo que sé sobre Anguis? Hay un puñado de
bastardos asesinos conducidos por el dinero y por el poder. ¿Por qué vuestra
organización no hace nada con ellos?
Carlos se apartó de la mesa. Un músculo de su cuello latía. La miró fijamente
por un largo momento, luego su pecho se expandió con una lenta respiración. Ese
fuerte control ocultaba lo que por dentro estaba pensando.
Cuando habló su voz sonó tranquila pero exigente.
—Dame el nombre de la persona que te envió la postal.
Ella retrasó la respuesta tanto como pudo.
—Mi amiga es Linette Tassone, fuimos juntas a l'École d'Ascension en
Carcassone, Francia. Compartíamos habitación y teníamos intereses comunes en los
estudios. Al igual que yo, ella tenía habilidad con los ordenadores. —Gabrielle
advirtió que Gotthard estaba tecleando. ¿Tomaba nota de su declaración?—. Cuando
me gradué recibí una licenciatura en Ciencias de la Informática en el Reino Unido y
fue entonces cuando decidí buscar a Linette. Fue en ese momento cuando descubrí
que… había muerto, pero siempre me cuestioné la historia de su desaparición, y
ahora veo que mis dudas eran justificadas.
—¿Qué historia? —preguntó Carlos.
—El padre de Linette dijo que ella había huido y que formaba parte de una
banda de degenerados. Dijo que sus estúpidas acciones habían acabado por matarla,
pero no explicó nada más. Yo tenía dieciocho años y estaba conmocionada cuando
viajé para ver a su familia. Era demasiado joven para presionar a su padre a fin de
obtener más detalles.
—¿Por qué no le creías? —preguntó Rae.
Gabrielle agitó las manos con exasperación.
—Para empezar, Linette nunca habría desafiado a su padre, porque él la tenía
aterrorizada y era una chica muy obediente. En segundo lugar, era tan tímida que
cuando nos conocimos transcurrieron tres meses en los que nos veíamos diariamente
antes de que llegáramos a hablar, y yo fui la que hablé primero. En tercer lugar,
Linette no tenía nada de estúpida. Era brillante. Y en cuarto lugar, jamás habría
desaparecido sin decirme ni una palabra.
—Entonces ¿qué crees que ocurrió? —Carlos la observaba como si estuviera
juzgando cada palabra, tratando de obtener un veredicto.
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—No lo sé —reconoció Gabrielle en voz baja—. Nunca creí lo que dijo su padre,
hasta que finalmente acepté que Linette había desaparecido para siempre, después
de buscarla durante años. Pero ahora creo que le ocurrió algo en contra de su
voluntad, creo que fue secuestrada o coaccionada para ir a alguna parte. Lo que no
puedo entender es la historia de esa tumba en la parcela de la familia. Si Linette no
está muerta, entonces ¿quién está enterrada allí?
Dirigió a Carlos esta última pregunta, y él no expresó ninguna reacción, así que
Gabrielle continuó.
—Había planeado seguir investigando ese asunto hasta que… —Respiró
profundamente; la tensión de los últimos días y el hecho de tener ahora gente
husmeando en su vida privada la hundían emocionalmente—. Hasta que me casé
con Roberto. Después del divorcio fui atacada, y decidí trabajar desde casa. —
Ocultándose como una criminal después de que él la aterrorizara, por primera vez
con sus puños. Se había preparado para divorciarse y luego meterlo en prisión hasta
que explicara la campaña de difamación que había emprendido contra ella y su
familia, destruyendo a su padre, que en aquel momento se hallaba en campaña para
una nueva posición. Roberto la había filmado en secreto las pocas veces que se
acostaron juntos y había manipulado el vídeo para conseguir imágenes tan
degradantes que ella sentía náuseas solo de recordarlas.
La carrera de su padre sería destruida y sus hermanastras vivirían bajo una
nube de vergüenza por ser asociadas con ella. Así que había tenido que aceptar las
condiciones de Roberto, que se describía como la víctima de un matrimonio sin amor
y que le daba a ella la responsabilidad del divorcio.
Si con darse por vencida hubiera sido suficiente… Ella sospechaba que la
enorme póliza de seguros de la que él era beneficiario debía de ser la motivación de
los ataques, pero si iba tras él, él se volvería contra su familia.
De este modo él se contentaba con esperar a que ella muriera o se limitaba a
hacer atentados que parecieran accidentes y no pudieran ser vinculados con él.
—Intercepté un comentario extraño en el panel de mensajes de una página web
y me di cuenta de que tenía que tratarse de algún tipo de código —continuó ella,
explicando por qué el miedo que tenía a Roberto la había hecho esconderse—. Me
sorprendí cuando pude descifrar el código. Estuve observando los correos durante
un par de semanas, tratando de decidir si se trataba de alguien que estaba jugando o
si planeaba seriamente atacar un vuelo de Heathrow a Gales…
—¿El vuelo del primer ministro que fue desviado en 1999? —Gotthard dejó de
teclear.
Ella asintió lentamente con la cabeza.
—El MI5 interceptó mensajes de los terroristas que les dieron la pista. —Las
palabras de Gotthard murieron cuando ella negó con la cabeza.
—Imaginé que nadie me creería si me limitaba a llamar por teléfono para
decirlo, y no quería convertirme en un blanco para los terroristas. Así que establecí
una cadena para enviar correos electrónicos con suficientes indicadores como para
alertar al MI5. Si tengo que hacerlo, puedo citar el texto de cada correo. Y comencé a
usar un alias para protegerme después de todo eso.
Hizo una pausa, esperando alguna palabra de comprensión. No hubo ni una.
—Desde entonces comencé a buscar información a través de Internet, que es un
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lugar fácil para que los criminales mantengan contactos y hagan sus planes. Cuando
hice descubrimientos que afectaban a la seguridad del país tuve que encontrar una
manera de hacer llegar esa valiosa información a grupos de espionaje. —Dirigió a
Carlos una mirada irritada—. Supuse que estos tendrían más respeto por un
informante.
Carlos levantó una ceja como advirtiéndole que no fuera insolente.
Ella se encogió de hombros.
—No quería que la información aterrizara en las manos equivocadas. Si
vosotros creéis que yo soy Espejismo, entonces deberíais saber cuánto he ayudado en
Oriente Medio.
Miradas cautelosas circularon por la habitación.
—¿Por qué crees que Linette no incluyó una dirección de remite? —preguntó
Gotthard a Gabrielle.
—Probablemente le preocupe que yo intente encontrarla y que acabe en el
mismo lugar donde ella está o que me meta en algún tipo de problema yendo tras
ella. —Era una opción que precisamente Gabrielle había estado contemplando, pero
aquella gente no necesitaba esa información—. Yo creo que ella está prisionera en
alguna parte y que ese lugar tiene algo que ver con los Fratelli a los que hace
referencia. —Ella no quería que esa gente pensara que Linette era una criminal.
Carlos dejó de dar golpecitos con los dedos.
—¿Y qué nos dices de tus fuentes en Sudamérica? ¿Cómo las encontraste?
—En un chat sobre una operación clandestina en Sudamérica que forma parte
de un grupo de vigilancia organizado, por falta de una mejor descripción. Quieren
liberar a sus países de los reyes de la droga, lo cual no es una meta realista, pero al
menos están haciendo algo. Logré crear un camino de comunicación con alguien de
allí de manera que su seguridad no quedara comprometida si yo llegaba a ser
descubierta.
Gabrielle compartiría todo lo que pudiera, pero ni una palabra acerca de que
Anguis era responsable de la muerte de su madre. Había guardado el secreto a salvo
durante los primeros años por respeto a la petición de su padre. Pero ahora debía
mantener el secreto para proteger su propia vida.
¿Quién sabe dónde podría llegar la información de esa habitación después de la
reunión? Si Durand Anguis descubría toda la historia y no la encontraba a ella, iría
detrás de su familia.
Ella se frotó los ojos cansados, pensando.
—No sé qué deciros para convenceros, pero estoy arriesgando el pellejo para
ayudar a las agencias de espionaje, y ahora a vosotros, por más que no sepa ni
siquiera quiénes sois. Nunca había oído hablar de Mandy antes de recibir esa postal.
—Llegan invitados —anunció de nuevo la voz mecánica.
Todos los ojos se volvieron hacia la pantalla, donde se vio un Lamborghini
plateado entrando por la verja.
—¿Quién es ese? —preguntó Gabrielle, mordisqueándose las uñas.
—El jefe. —Rae golpeó con su bolígrafo sobre la mesa—. Dijiste que Linette
desapareció cuando estabais en el colegio. ¿Qué dijo la gente sobre esa desaparición?
—En realidad, nada. No era tan extraño. —Gabrielle dejó de juguetear con sus
uñas, se pasó una mano por el pelo y explicó—: Un día Linette no estaba en clase.
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Cuando fui a nuestra habitación a buscarla todas sus cosas habían desaparecido. Yo
hice preguntas, pero nadie me dijo nada, ni siquiera me dieron la dirección de su
familia para que pudiera escribirle. La escuela era muy estricta. No toleraban ser
cuestionados.
—Espera —dijo Carlos, mirando a lo lejos como para concentrarse—. ¿Has
dicho que no ocurrió nada cuando Linette desapareció y que eso no era extraño?
¿Quieres decir que no era extraño que Linette se ausentara, o que otras personas
desaparecieran?
Se oyeron pasos acercándose por las escaleras.
—Otras personas —respondió Gabrielle, con los ojos fijos en el hueco de las
escaleras—. Constantemente había estudiantes que abandonaban la escuela sin
avisar.
Cuando otro pedazo de hombre enorme, vestido con chaqueta de motorista,
entró en la habitación, todo el mundo le prestó atención. Debía de estar al final de los
treinta y llevaba los tejanos de una forma que cualquier mujer apreciaría. Era tan
imponente como el resto de su grupo, con su pelo oscuro atado en una coleta y unos
ojos azules tan intensos que ella se sintió como si él pudiera descubrir sus secretos
con solo mirarla.
Carlos se sentó al lado de Gotthard.
—Gabrielle, soy Joe —dijo el recién llegado educadamente, antes de dirigirse a
los demás—. Menudo salto que disteis. Buen trabajo. Gotthard me ha mantenido
informado de la conversación de esta mañana y ha hecho un perfil bastante preciso
de Gabrielle, comprobando la veracidad de su historia.
Ella lanzó una mirada a Gotthard, que tenía un codo sobre la mesa e inclinó la
cabeza y la apoyó sobre su mano carnosa. Hizo un gesto a Joe.
—Todo lo que ha dicho está comprobado.
Gabrielle frunció el ceño.
—Teniendo en cuenta cuál es mi situación, ¿de verdad crees que puedo salirme
de esta con mentiras?
La afilada mirada de Joe se tensó. Su voz era un susurro suave.
—Espero cualquier cosa en cualquier momento, exactamente igual que todos
los demás en esta habitación. Subestimar a un adversario sería un error estúpido para
los que están en nuestra línea de trabajo, y te puedo asegurar que yo no contrato a
gente estúpida.
—Excusezmoi —susurró ella a modo de disculpa.
Joe asintió con la cabeza y continuó:
—Gotthard ha obtenido algunas interesantes referencias cruzadas. A diferencia
de la mayoría de las escuelas de elite de Francia, la de Gabrielle parte de una
iniciativa privada y fue fundada a través de inversiones y donaciones particulares.
Muchos de los graduados allí han tenido carreras distinguidas. La escuela está en un
castillo que ha pertenecido a una familia local durante muchas generaciones. Pero
parece tener un alto porcentaje de fracaso escolar. Dejaré que él lo explique mejor.
Gotthard pasó el pulgar por el ordenador.
—Yo no le di de entrada mucha importancia al dato del fracaso escolar, ya que
la mayoría de estudiantes deben de ser niños privilegiados y malcriados
acostumbrados a no acabar las cosas.
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Gabrielle se puso erguida ante el insulto. Había trabajado duro toda su vida
para demostrar que no era ninguna niña consentida.
—Esperaba que los que abandonaron los estudios aparecieran en artículos de
noticias sobre trabajo o en anuncios de bodas —continuó Gotthard—. Pero de los seis
que desaparecieron el año que Gabrielle cursó la escuela solo tuve noticias de dos,
ambos varones. Las cuatro mujeres figuran como fallecidas.
A Gabrielle le dio un vuelco el corazón. Eso confirmaba que algo raro le había
ocurrido a Linette.
—Pero ¿su padre se atrevería a decir que está muerta si no lo está?
Carlos respondió:
—O bien él piensa que está enterrada en esa tumba o no puede arriesgarse a
decir la verdad. ¿Había en Linette algo especial o diferente que debamos saber?
Sí, pero cuanto menos supieran sobre ella mayores serían las posibilidades de
salir de aquello.
—No.
—Entonces ¿qué crees que le pasó a Linette? —preguntó Rae.
—Imaginé todo tipo de cosas a lo largo de estos años, incluso que su padre la
había enviado a un convento desde donde era incapaz de contactar conmigo. —
Gabrielle tomó aire. Su mirada buscó la de Carlos sin vacilar—. Pero no puedo
concebir que él forme parte de un grupo que le pueda estar haciendo daño, así que él
debe de pensar que está muerta.
—O tal vez ella hizo algo que para él es tan terrible como si hubiese muerto —
sugirió Rae.
—No, Linette no. —Gabrielle ni siquiera intentó ocultar su exasperación—. Esos
Fratelli deben de saber algo.
El silencio se hizo de repente en la habitación; ni una respiración, ni un sonido
de llaves, ni un crujido de papel.
Carlos era capaz de ver el pánico creciente en los ojos de Gabrielle, a pesar de lo
fuerte que se estaba mostrando, pero poco podía hacer teniendo en cuenta que no
volvería a verla después de esa reunión.
Cuando Joe tenía un plan, todos debían aceptarlo. Carlos normalmente se
alejaba sin mirar atrás, no perdía el sueño por ningún prisionero. Pero había oído lo
suficiente como para estar convencido de que Gabrielle había llegado allí por razones
honestas y no tenía ni idea de en qué lío se había metido y hasta qué punto su
libertad podía convertirse en nada más que en un recuerdo después de aquel día.
Había discutido con Joe en favor de Gabrielle para mantenerla protegida bajo
custodia en la casa de seguridad de BAD hasta que todo hubiera terminado, pero ella
le había demostrado a Joe que era demasiado valiosa para hacer esa concesión.
Y él dudaba de que a ella le quedara algo con lo que negociar.
—¿Gabrielle? —Carlos esperó hasta que su mirada se encontró con la de él y
rogó con todas sus fuerzas que ella entendiera su indirecta. Le advirtió—: Si hay
alguna información que todavía no has compartido, no se la ocultes a Joe.
Sus ojos de un violeta azulado se iluminaron por un instante antes de adoptar
una máscara de resignación en su rostro. Él no tenía ni idea de si le había entendido o
no, pero haría lo más que pudiera por ayudarla.
—¿Quiénes son esos Fratelli? —preguntó Gabrielle cuidadosamente.
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—Si sabes un poco lo sabes todo —dijo Rae suavemente, pero sus palabras
sonaron claras en medio del silencio total.
Carlos miró de frente a Joe.
—Tal vez haya que explicarle que no se irá a ninguna parte hasta que lleguemos
al fondo de todo esto, y cuanto mejor lo entienda más podrá compartir.
Joe pareció pensar durante un minuto, y luego asintió con la cabeza.
—Los Fratelli son un grupo fantasma que está detrás de las muertes víricas que
se produjeron el año pasado en India y Estados Unidos, y también en un par de
ataques anteriores.
Gabrielle frunció el ceño.
—Creí que los medios habían dicho que lo de India era una anomalía y que una
compañía farmacéutica estaba detrás del ataque que hubo en Estados Unidos.
—No has entrado tan a fondo como crees en las unidades principales de
espionaje —señaló Hunter—. El público piensa lo mismo que tú, y eso es lo que
necesitamos que piense mientras buscamos a este grupo, o de lo contrario la psicosis
crearía el caos y probablemente iría a favor de los planes de los Fratelli.
—¿Qué es lo que quieren? —preguntó Gabrielle.
—Esa es la pregunta del millón de dólares —dijo Joe—. La única razón de que
esté dispuesto a hablar de esto contigo es que esa postal es la primera prueba
significativa que tenemos en relación con ese grupo. Así que la cuestión más
importante es qué van a hacer a continuación y de qué manera entraba Mandy en
esos planes.
—Mandy también estaba inscrita en l'Ecole d'Ascension —intervino Gotthard.
—¿En serio? —susurró Gabrielle cuyo cuerpo temblaba de inquietud.
—Eso no es todo —añadió Joe—. Otra chica desapareció junto a Mandy, inscrita
desde hacía una semana.
Gotthard alzó la vista hacia Gabrielle, al mismo tiempo que todos los demás.
—No sé nada acerca de otra chica —respondió Gabrielle antes de que nadie se
lo preguntara.
—Ponnos al día sobre la segunda chica —le dijo Carlos a Gotthard.
—Amelia Fuentes. Su familia es la tercera de los mayores productores de café
en Colombia. Los informes de la escuela indican que ella iba camino de su casa y
llevaba a Mandy con ella, pero nadie ha informado de su desaparición. La esperan de
vuelta dentro de tres días.
Joe intervino:
—Tengo operadores en el lugar que rastrearon el número de teléfono al que la
escuela llamaba a los Fuentes y llamaron preguntando si Amelia podía ponerse al
teléfono. El ama de llaves dijo que Amelia había cambiado de planes y había
decidido pasar las vacaciones en Alemania por unos días.
—Tenemos que averiguar lo que sabe sobre Mandy —señaló Rae—. De hecho,
esa escuela parece ser un denominador común.
—Exactamente. —Joe comprobó su reloj, y luego se dirigió a Carlos—. Por eso
necesito a tu equipo esta noche.
—¿Qué vas a hacer con ella? —dijo Carlos señalando a Gabrielle, que observaba
en silencio.
—Los de seguridad vienen de camino para recogerla y llevarla a un lugar
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retenida —dijo Joe.
—No. —Gabrielle se puso de pie.
Joe la miró de frente, con las piernas separadas y los brazos cruzados.
Carlos la presionó.
—¿Hay algo más que debas decirnos?
—Sí. —El esfuerzo de Gabrielle por urdir un plan se advertía tan claramente
que era patético, pero sus ojos brillaron repentinamente—. Necesitaréis ayuda para
entrar en el campus de la escuela.
—En realidad, no —respondió Gotthard—. Puedo acceder a los planos.
—Pero… —Se llevó una mano a la cabeza, pasándose los dedos por el pelo—.
No podéis entrar tranquilamente en la propiedad.
—Creía que te imaginabas que teníamos agentes secretos —le dijo Rae
secamente.
Gabrielle lanzó una mirada irritada a Rae.
—Eso lo entiendo, pero dudo que podáis examinar esa propiedad antes de la
supuesta fecha de regreso de Amelia. La seguridad de la institución es superior a la
de una reunión de la ONU.
—Llegan invitados —anunció de nuevo el altavoz.
Gabrielle volvió unos ojos salvajes hacia la pantalla y vio que una furgoneta
negra se aproximaba por el camino. Luego se enfrentó a Joe con determinación en la
voz.
—Para acceder al sistema de seguridad de la escuela se necesita ser más experto
que para descifrar el código de la postal de Linette.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó Hunter.
—Porque yo creé el software de su división de seguridad —soltó de golpe
Gabrielle.
—Entonces danos a nosotros el control administrativo. —Gotthard levantó un
hombro de manera negligente.
—Necesitaréis más que eso, como por ejemplo una buena razón para estar en la
propiedad. —Buscó la mirada de Carlos; la petición de apoyo que había en sus ojos
era tan fuerte que él necesitó emplear todo su aplomo para mantenerse firme.
La puerta del piso superior se abrió y se aproximaron unos fuertes pasos.
—No podéis entrar simplemente caminando en la propiedad —dijo Gabrielle
en una ráfaga de palabras asustadas—. Los estudiantes que entran allí son escogidos.
Nada, ni siquiera una mayor cantidad de dinero, puede cambiar la regla por la cual
cada estudiante tiene que esperar al menos seis meses para que le permitan entrar
una vez ha sido aceptado. Los instructores pasan un periodo de evaluación de doce
meses. La mayor parte de la plantilla lleva allí más de veinte años, y los nuevos
empleados deben superar ese mismo periodo de doce meses. Tienen su propia gente
de mantenimiento. Las visitas deben entrar con invitación y nadie va a hacer visitas,
ni siquiera la familia, sin avisar al menos con dos semanas de antelación.
Se oyeron pisadas de botas bajando las escaleras, y cada una de ellas sonó tan
amenazante como un toque de difuntos.
—Entonces ¿no hay ninguna manera de entrar sin ser descubierto? —preguntó
Carlos.
Dos hombres vestidos con trajes de trabajo negros similares a los de los equipos
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de SWAT irrumpieron en la habitación. La única marca de identificación en sus ropas
era la palabra «SEGURIDAD» escrita con letras llamativas en la parte delantera de sus
chaquetas.
Gabrielle dio un paso atrás.
Carlos odiaba verla aterrorizada, retrocediendo como un animal que espera ser
atacado. Ella sabía que iban a encerrarla en algún lugar sin contacto con el mundo
exterior. Había sonado como si incluso con la información que ella pudiera
proporcionarles hubiera tan solo una remota posibilidad de entrar en la escuela.
Ella se plantó sobre el suelo.
—Hay una única manera.
Él sintió ganas de abrazarla por atreverse a tratar de negociar, hasta que añadió:
—Tengo que ir con vosotros.
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Capítulo 12
Carlos descruzó los brazos.
—No.
No podía ayudar a esa mujer loca si estaba decidida a continuar metiéndose
cada vez más profundamente en ese lío. Joe sería capaz de usar cualquier recurso,
incluso a Gabrielle, para aproximarse a los Fratelli.
En cuanto a Tee… sería mejor no entrar a considerar las formas ilimitadas en
que usaba un recurso cuando caía en su campo. Todo el equipo estaba comprometido
en la tarea de derrotar a los Fratelli, y Carlos los lideraría gustosamente, pero no
estaba dispuesto a poner a esa mujer en medio de una misión.
—Entonces, como dicen aquí en Estados Unidos… estáis jodidos —dijo
Gabrielle con contundencia.
—¿Quieres que otra joven resulte herida? —la presionó Carlos.
—No, pero indudablemente como mínimo con mi plan estaríais entretenidos. —
Gabrielle se frotó los ojos con manos elegantes, una acción femenina y suave que
Carlos interpretó como una señal de vulnerabilidad—. Pero al menos deberías
considerar…
—¿Qué? —preguntó Hunter.
Gabrielle colocó la mandíbula de una forma que indicaba que estaba cansada de
que Hunter la interrumpiera.
—Escuchemos tu plan —le dijo Joe, poniendo fin al debate.
—Merci. —Gabrielle miró a Carlos con ojos inseguros. Se relamió los labios de
una manera muy delicada, como aprendida en clases de buenos modales. Ondas de
cabello castaño le caían en mechones despeinados, sin dirección y rozándole los
hombros.
Sus rasgos eran demasiado delicados como para que pudiera ser una criatura
peligrosa.
Parecía demasiado cansada para resultar amenazante.
A él lo inundó la urgencia de llevarla a una habitación donde pudiera echarse y
descansar. La observó pasar del miedo a la indignación y después al miedo otra vez.
Definitivamente no estaba entrenada para aquello.
¿Qué iba a hacer con ella?
De pronto, una confianza que él no le había visto antes asomó a su rostro.
—Los sistemas de contabilidad de la escuela necesitan una mejora urgente —
comenzó Gabrielle—. Los libros están abiertos a revisiones de cuentas externas
durante un tiempo cada año a principios de noviembre para el informe fiscal de
todos los inversores.
—Espera un momento —la interrumpió Hunter—. Creí que habías dicho que
no podía entrar nadie de fuera de la escuela. Pero ¿dejan entrar a los auditores?
Gabrielle suspiró y le dirigió una mirada penetrante y cansada.
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Carlos no podía esperar para ver el desarrollo de aquel plan. Advirtió que
cuanto más cansada y hambrienta estaba Gabrielle, más la ponían a prueba.
—Sois muy observadores a la hora de recordar mis palabras exactas —le dijo
Gabrielle a Hunter con una voz refinada que hubiese llamado al orden a la Guardia
Real—. Sin embargo, si me dejarais terminar un pensamiento os explicaría por qué
incluso si pudierais llegar a entrar como auditores eso sería completamente inútil.
—Continúa entonces. —Rae torció la boca en un medio intento de contener la
risa.
Gabrielle retomó la explicación donde la había dejado.
—Una firma de contabilidad exterior tiene que pasar la misma prueba de
investigación, de hecho una más difícil todavía, porque debe ser escogida con un
mínimo de seis meses de antelación. Si vuestra falsa auditoría fuera escogida, lo cual
sería un verdadero milagro, no tendríais acceso hasta como mínimo al cabo de un
mes. Y si pasáis la prueba, vuestro equipo estaría bajo constante escrutinio, y
confinado al departamento de contabilidad. Sin duda eso es una forma de tener las
manos atadas para cualquiera que pretenda investigar de forma encubierta otras
áreas, lo cual significa que toda la misión resultaría una pérdida de tiempo total.
Espero haber satisfecho vuestro estéril interrogatorio.
Hunter le respondió poniendo los ojos en blanco y haciendo un gesto
despectivo con la mano.
—Continúa.
—La auditoría tiene lugar entre el 12 y el 15 de noviembre, pero el Consejo de
Directivos requiere una auditoría previa la última semana antes de que a los
auditores externos les sea otorgado el acceso.
—¿Este fin de semana? —preguntó Gotthard.
Gabrielle asintió.
—Entonces ¿cuál es tu idea? —Hasta el momento Joe no mostraba ninguna
señal de inclinarse hacia un lado o a otro.
Ella se puso las manos en la cintura con descaro a pesar de estar hablando con
el jefe.
—Sus sistemas informáticos tienen la urgente necesidad de ser modernizados.
Ellos están evitando afrontar el problema en la medida que eso significa permitir a
alguien el acceso a sus archivos.
—¿Y eso en qué sentido nos ayuda? —Korbin sonaba poco convencido.
Gabrielle explicó:
—El año pasado estuve discutiendo con la escuela acerca de un programa que
permite a una persona sincronizar todos los archivos electrónicos en un día o dos. Si
se introdujera cuidadosamente un virus en el sistema, sus ordenadores se cerrarían y
reaccionarían como si el sistema entero se hubiera venido abajo, cuando en realidad
sería tan solo un fallo de administración.
Korbin golpeteó con los dedos sobre la superficie de la mesa, con los oscuros
ojos muy concentrados.
—Si son tan estrictos como tú dices, quién sabe cuántas semanas tardaríamos en
encontrar la forma de entrar al sistema sin ser detectados para provocar ese fallo.
—De hecho, puedo decirte exactamente cuánto tardaríamos —respondió
Gabrielle sin vacilar.
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Carlos advirtió la nota de confianza en su voz. Aquel era su territorio, pero ella
todavía tenía que convencer a Gotthard y a Hunter de que podía producirse una
brecha en el sistema de la escuela. Incluso él era consciente de la complejidad de lo
que ella estaba sugiriendo.
—Quieren el programa que configuré especialmente para ellos —añadió—. La
única forma de obtener la entrada rápida a la escuela sería introducir un gusano en
su sistema de contabilidad, puesto que todo en una auditoría gira en torno al dinero.
Tan pronto como eso ocurra creo que ellos contactarán conmigo, ya que yo tengo un
pasado con la escuela y una autorización previa.
—Podemos introducir un gusano en sus sistemas —confirmó Gotthard—, si
podemos acceder a ellos.
—Eso parece muy improbable —murmuró Hunter.
Carlos no creía que aquella fuera una opción viable si Hunter y Gotthard
dudaban de poder entrar en los ordenadores de la escuela. Y no había forma de que
lograran infiltrar a alguien si lo que ella había descrito acerca del veto a los extraños
era cierto.
—No tiene nada de improbable. Se puede hacer. —Gabrielle asintió, luego se
volvió hacia Joe—. Pero solo si aceptáis un trato conmigo.
—¿Qué trato? —preguntó Joe.
—Yo os ayudaré a acceder a los archivos de la escuela si vosotros me aseguráis
que no me entregaréis a la Interpol ni a la policía secreta de ningún otro, país y
además intentáis encontrar a Linette.
Carlos apretó los dientes. Ella no tenía ni idea de lo que estaba haciendo. Si
hubiera podido amordazarla para evitar que se metiera en un lío cada vez mayor lo
habría hecho. ¿Realmente creía que Joe la dejaría salir de allí a condición de que ella
consiguiera acceder a los ordenadores de la escuela?
Joe le preguntó:
—¿Cómo sabemos que realmente serás capaz de hacerlo?
—Creo que tengo una cosa para ti —intervino Gotthard—. Tú ibas a clases con
Linette, ¿verdad?
—Sí. —Ella sonaba cansada e impaciente.
Gotthard alzó la vista hacia Joe.
—Linette era brillante. Su perfil indica que tenía un coeficiente intelectual de
superdotada. Era un genio. —Gotthard miró a los ojos a Gabrielle—. ¿Cuál es tu
coeficiente intelectual?
—Es dos puntos más alto.
Cuando ella alzó esos bellos ojos desafiantes hacia Carlos, él solo vio a una
mujer.
No a una informante. No una amenaza a su mundo.
Tan solo una mujer que podía sangrar y morir.
Él no la pondría en peligro.
Joe habló.
—Estoy convencido de que tu plan tiene su mérito, pero solo si mi gente puede
entrar.
Eso estaba mejor, pero Carlos dudaba de que Gabrielle cediera con tanta
facilidad, y efectivamente no cedió.
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contraatacó ella.
—Es difícil rebatir eso —dijo finalmente Joe.
—Pero no os ayudaré a menos que hagáis un trato conmigo. —Las cejas
castañas de Gabrielle bajaron acentuando una mirada testaruda. Siguió adelante
antes de que Carlos pudiera impedirlo—. Haré cualquier cosa que sea necesaria para
ayudaros si me prometéis buscar a Linette y liberarme en cuanto esté dentro y
comprobéis que no soy una criminal.
Joe ni tan siquiera vaciló.
—Trato hecho.
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Capítulo 13
Carlos estaba de pie en la cocina dando la espalda a las onduladas montañas
que había detrás de la cabaña y apoyado contra el fregadero. Había agotado sus
argumentos para evitar que Gabrielle siguiera adelante. Su única preocupación
debería ser la misión, pero ella no tenía a nadie más que la protegiera.
—Ella sola se ha metido en esto. —Joe caminaba de arriba abajo al otro lado de
la isla de la cocina y justificaba su decisión—. Solo estamos haciendo lo mejor para
BAD: capitalizamos nuestras fuentes y recursos allí donde podemos encontrarlos.
—Baby Face se consideraba a sí mismo un criminal de guante blanco que no se
ensuciaba las manos, y nunca antes había trabajado con Durand. Eso me lleva a
preguntarme por qué iba detrás de Gabrielle por su cuenta y cómo la encontró.
—Son buenas preguntas, pero Baby Face está muerto, así que no puede
ayudarnos, y no podemos dejar pasar esta oportunidad. —Joe hizo una pausa y se
balanceó sobre los talones, con los brazos cruzados y pensando.
Carlos se acabó el café y puso la taza en el fregadero. Había dado órdenes al
equipo, dispersando a Rae y a Korbin en una dirección para que se prepararan para
salir y pidiendo a Hunter que volviera al laboratorio de informática para empezar a
procesar la información sobre la escuela.
Joe miró por encima del hombro al oír el sonido de pisadas y voces subiendo
por las escaleras del sótano.
Gotthard apareció con Gabrielle justo detrás de él, diciendo algo acerca de
recuperación secundaria. Cuando los dos entraron en la habitación, ella guardó
silencio.
—Hemos entrado en los programas de la escuela. —Gotthard pocas veces
sonreía de una manera tan expresiva ante sus éxitos.
—Necesito mi ordenador para revisar los mensajes de la escuela. —La
excitación de Gabrielle se reflejaba en sus ojos, y parecía menos cansada después de
haber comido un sándwich.
—¿Por qué no puedes usar el nuestro? —Joe la había hecho quedarse con
Gotthard para que él vigilara sus movimientos.
—Mi sistema de correo es complicado y todas mis claves de seguridad están
cargadas en mi ordenador. —Sus mejillas se sonrojaron de vergüenza, y luego curvó
los labios. Fue entonces cuando miró a Carlos y aparecieron en su rostro dos
hoyuelos y una bella sonrisa.
Sus ojos reflejaban una profunda soledad cuando bajaba la guardia. Era notable
en muchos sentidos, pero aquellos hoyuelos y aquella sonrisa la volvían
sencillamente adorable.
Carlos dejó escapar un suspiro largo y abatido.
Ella no era adorable, maldita sea. ¿Cuándo se iba a meter en la cabeza que era
una amenaza potencial para la seguridad de América y para la gente que a él le
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importaba?
Esa mujer tenía una conexión con Anguis que todavía no había explicado de
forma satisfactoria. Tal como le habían dicho hacía un rato, Gabrielle era una
enemiga hasta que se demostrara lo contrario. Alguien que podía representar un
peligro para los demás.
Exacto. Y él era el Conejo de Pascua.
Joe le hizo un gesto con la cabeza a Gotthard.
—Déjale usar el ordenador.
Cuando ella se dio la vuelta para bajar las escaleras detrás de Gotthard, Carlos
la llamó:
—¿Gabrielle?
Ella se volvió hacia él con ojos asustados, como si algo hubiera cambiado.
—¿Qué?
—Saldremos tan pronto como recibas una invitación de la escuela.
Su reacción de alivio conmovió a Carlos. Ella se movió como si fuera a dar un
paso hacia él, y luego se contuvo, logrando que él se preguntara qué sería lo que
tenía en mente. Ella le sonrió.
—Gotthard tiene una manera particularmente brusca de joder los ordenadores,
así que deben de estar buscándome ahora.
Salió apresuradamente de la habitación antes de que Carlos alzara las cejas por
su último comentario. ¿Acaso su profesora experta en las normas del decoro no le
había enseñado que no debía usar esas palabras?
Joe re