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El Escocés Errante Trilogia Completa - S. West

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Contenido

El escocés errante
Información
El secuestro
Capítulo uno. La aldea.
Capítulo dos. El secuestro de Maisi
Capítulo tres. El siervo del diablo
Capítulo cuatro. El lago secreto
Capítulo cinco. El ataque
Capítulo seis. El ritual del diablo.
Capítulo siete. Fuego bajo la montaña.
Capítulo ocho. La esperanza es lo que mueve el mundo
La hija del laird
Prefacio. La huida.
Capítulo uno. El vagabundo.
Capítulo dos. Regreso a Aguas Dulces.
Capítulo tres. Los fugitivos
Capítulo cuatro. Vender el alma.
Capítulo cinco. La pesadilla no ha terminado.
Capítulo seis. Sangre maldita.
Capítulo siete. El resurgir de Gwynn.
Capítulo ocho. Derwyddon, el druida.
Capítulo nueve. Buscando soluciones.
Epílogo. La carta.
La dama de las flores
Prefacio. El fin de la paz.
Capítulo uno. La vida plácida.
Capítulo dos. La boda MacKenzie.
Capítulo tres. La verdad siempre duele.
Capítulo cuatro. La venganza une tanto como la amistad.
Capítulo cinco. Un reencuentro agridulce.
Capítulo seis. El corazón de un padre.
Capítulo siete. La pasión no se olvida.
Capítulo ocho. Un viaje accidentado.
Capítulo nueve. Corazones angustiados.
Capítulo diez. Regreso al hogar.
Capítulo once. ¿La verdad nos hace libres?
Capítulo doce. Del amor al odio solo hay un paso.
Capítulo trece. Un acto de venganza.
Capítulo catorce. Miedo en el corazón.
Capítulo quince. La felicidad es de los valientes.
Capítulo dieciséis. El ritual.
Epílogo. El futuro.
Otras novelas DirtyBooks
Notas
El escocés errante
Trilogía completa
©Sophie West

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Edición especial trilogía completa

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difusión. Bajo las sanciones establecidas por las leyes quedan
rigurosamente prohibidas, sin la autorización por escrito de los titulares
del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por medio o
procedimiento mecánico o electrónico, actual o futuro —incluyendo las
fotocopias y la difusión a través de internet— y la distribución de
ejemplares de esta edición y futuras mediante alquiler o préstamo público.
El secuestro

Trilogía El escocés errante 1

Sophie West

DirtyBooks
Capítulo uno. La aldea.

—¿Estás seguro de esto, Kenneth?


—Por supuesto.
—A Seelie no le gustaría, caràith.
—Seelie está muerta.

Kenneth despertó con un sobresalto y miró alrededor. Siempre que


soñaba con su pasado, abría los ojos desconcertado sin recordar
momentáneamente dónde estaba. Habían pasado cinco años desde aquella
conversación pero aún dolía como el primer día.
Estaba al aire libre, como había pasado la mayor parte de aquel lustro,
durmiendo en el duro suelo o en desvencijados camastros de mugrientas
tabernas, huyendo de sí mismo, de su pasado, de sus recuerdos. De Seelie.
Recordaba con precisión su dulce sonrisa, su mirada clara, el tono
cremoso de su piel, la firmeza de sus pechos, el calor de su boca al
besarlo, el brillo del sol al reflejarse en su rojiza melena, como si fuera
fuego, y cómo las hebras se deslizaban entre sus dedos cuando la
acariciaba... Se habían conocido siendo unos niños, y cuando la infancia
desapareció y se convirtieron en adultos, los dulces e inocentes juegos se
convirtieron en mucho más.
Seelie había sido su primer amor. Su único amor. Y desde entonces
vagaba por el mundo, perdido, metiéndose en todos los problemas que
salían a su paso, buscando de forma inconsciente una muerte que le había
sido negada. Muchas veces había meditado sobre la idea de quitarse la
vida intencionadamente, pero sus fuertes convicciones religiosas,
heredadas de un padre fervoroso y de su tutor, un fraile que había ido a
parar al castillo de Aguas Dulces, se lo impedían. Quería reencontrarse
con su amor en el más allá, no verse abocado a una eternidad en el
infierno.
Se levantó, sacudió la manta con la que se envolvía en las noches frías,
y dio una patada al fuego consumido y convertido en cenizas. Pensó en
encender otro para poder prepararse un buen desayuno, pero desistió: le
bastaría mordisquear un poco de carne seca mientras cabalgaba sobre
Tormenta, su caballo. La aldea que era su destino no podía estar a más de
tres o cuatro horas a caballo, así que esperaba llegar allí antes de la hora
de comer, y deleitarse con algún apestoso y grasiento puchero en alguna
taberna.
Silbó, y Tormenta, lo único que le quedaba de aquella época de
felicidad y dicha, unido a su espada, acudió a él con un ligero trote. Le
pasó la mano por el lomo y lo palmeó, en agradecimiento a su lealtad. Lo
ensilló, guardó sus cosas, y montó.
No disfrutó del paisaje. Las Tierras Altas, donde él había crecido, eran
muy diferentes a las Tierras Bajas donde ahora se movía, pero así y todo,
el paisaje solía ser monótono y aburrido. O por lo menos así le parecía a él
desde que Seelie había muerto. Cuando vivía, podía verlo todo a través de
su mirada, una mirada llena de alegría y que sabía encontrar belleza hasta
en el lugar más deprimente. Pero desde su muerte, todo le parecía lúgubre,
gris, falto de vida.
A veces se preguntaba por qué su propia muerte se hacía tanto de rogar.

***

Llegó a Recodo Salvaje antes que el sol marcara el medio día. Era un
nombre extraño para una aldea, aunque supuso que las montañas que la
circundaban tenían mucho que ver con él. No era un lugar sucio o
maloliente, algo que le supuso una sorpresa. Solo tenía tres calles, un
almacén, una taberna, y poco más. Encontró con facilidad la casa del
alcalde, pues era la única de dos plantas que combinaba la madera con la
piedra, y tenía cierto deje aristocrático. Era muy común en las gentes de
las Tierras Bajas, tan cercanas a la influencia Inglesa, que se dejasen
arrastrar por sus modas y costumbres. Él no lo criticaba, pero le resultaba
gracioso ver a aquellos hombres vestidos con pantalones en lugar de los
cómodos kilt. ¿Cómo podían saber a qué clan pertenecían, si no llevaban
sus colores?
Bajó de Tormenta y le dio una suave palmada en la cabeza. El caballo
relinchó en contestación, y se sacudió con alegría.
—Tranquilo, amigo. Pronto podrás descansar en un cálido establo.
Llamó a la puerta ante la atenta mirada de los curiosos que estaban
merodeando por la calle. Algunos aldeanos se asomaron temerosos a las
ventanas. En toda la aldea flotaba un cierto aire de recelo, y si las historias
que había oído eran ciertas, no le extrañaba lo más mínimo.
Un criado altivo abrió la puerta y lo miró de arriba abajo con desprecio
mientras levantaba una ceja, antes de preguntarle que qué se le ofrecía.
Kenneth sonrió torvamente antes de contestar con su voz profunda. El
criado asintió y le hizo entrar. Lo precedió hasta una sala bastante adusta
donde le invitó a sentarse y le anunció que iba a avisar a su amo.
Kenneth no se sentó. Prefirió esperar de pie admirando las armas que
había expuestas en las paredes, junto con algunos retratos de, supuso, los
nobles antepasados de aquel alcalde.
—Bienvenido, guerrero. Me ha dicho Nuill que habéis venido a ofrecer
vuestros servicios.
—Así es, señor —contestó Kenneth—. Las noticias viajan rápido por
estas tierras, y en varias de las aldeas he oído los problemas por los que
Recodo Salvaje está atravesando. Soy Kenneth Allaban.
—Dudo mucho que un solo guerrero pueda hacer nada contra la horda
de crueles saqueadores que nos está devastando —gruño con amargura
mientras miraba al hosco guerrero que tenía delante, y que llevaba un
apellido tan curioso. No es que llamarse a sí mismo «vagabundo» fuera
algo extraño, pero sí lo era que lo hiciese un mercenario. Estos no solían
viajar solos, sino en grupo, y ofrecían sus servicios a los laird, no a
humildes aldeanos en problemas.
—Os asombraríais de lo que soy capaz de hacer —se vanaglorió
Kenneth. No fanfarroneaba, por supuesto, ya que la falsa modestia que
predicaba su tutor no era algo de su gusto. Si era bueno en su trabajo, ¿por
qué no presumir de ello?
El alcalde le midió con la mirada, recorriéndolo con los ojos de arriba
abajo, y debió decidir que quizá valía la pena arriesgarse, porque le ofreció
su mano para estrecharla.
—Calem MacNamara. Bienvenido a Recodo Salvaje.
Se sentaron y hablaron de negocios. Calem le contó que desde hacía
varios meses, había un grupo de rufianes que se dedicaba a atacar la aldea
de vez en cuando, haciendo rápidas entradas para llevarse los pocos
objetos de valor que tenían. Al principio había sido más una incomodidad
que otra cosa, pues eran pocos, mal organizados, y entraban y salían de la
aldea con tanta rapidez que a duras penas le daba tiempo a llevarse cuatro
tonterías que eran fácilmente reemplazables. Pero las cosas habían
cambiado en los últimos dos meses. Alguien nuevo había llegado que se
había hecho con el mando de la panda de rufianes, y ahora, los ataques
eran sistemáticos, organizados y siempre en busca del mismo botín:
mujeres. Y Recodo Salvaje no era la única aldea que se veía aterrorizada
por ellos. Las aldeas vecinas de Tomillo Ventoso y Sauce Alegre también
los sufrían, eso sin contar a todas las granjas que había en los alrededores.
Por supuesto, habían enviado mensajeros al Laird para solicitar
protección, pero aún esperaban respuesta, y teniendo en cuenta los vientos
de guerra que estaban asolando el país, era muy improbable que enviara a
sus guerreros para proteger a tres aldeas pobres como ratas y sin ninguna
ventaja estratégica.
Kenneth asentía ante las explicaciones de Calem mientras bebía la
cerveza que el criado había traído, y su mente ya empezaba a tramar miles
de planes para acabar con ellos. El primer paso, sería encontrar su
escondrijo. Una banda de malhechores como aquella no podía estar
diseminada, sino escondida en algún lugar de las montañas.
Salió de allí con una idea bastante clara de lo que tenía que hacer para
acabar con ellos, y en la puerta de la casa del alcalde, antes de coger por la
brida su caballo, maldijo en dirección a la puerta y escupió con furia.
—¡Así os pudráis, maldito avaro! —gritó. El criado lo miró con
desprecio y cerró dando un portazo, cerrando las puertas en sus narices.
Kenneth sonrió interiormente, pero se alejó de allí mascullando
maldiciones y hablando pestes de todos los cometerrones de las Tierras
Bajas, mirando a los que se cruzaban con él con furiosa determinación,
llevándose la mano a la espada más de una vez, amedrentando a los
aldeanos.
Y así debía ser, porque así había quedado con Calem. Todos en la aldea
debían pensar que había ido allí ofreciendo sus servicios y que había sido
rechazado; así, nadie se extrañaría si acababa sirviendo entre las filas de
los bastardos que secuestraban mujeres. Al fin y al cabo, era un
mercenario que ofrecía su espada a cambio de una buena recompensa, y si
por el camino podía vengarse de una ofensa como el ser echado con cajas
destempladas de la casa del alcalde...
Ahora, solo tenía que sentarse y esperar a que los bandidos
aparecieran.
Entró en el establo y le dio una moneda al chaval que estaba allí, para
que cuidara con diligencia a Tormenta, pero también lo intimidó con la
mirada mientras le decía que más le valía hacerlo si no quería que le diera
una paliza.
Se despidió de Tormenta con una leve palmada en los cuartos traseros
y entró en la taberna.

***

El Ángel del cielo era una taberna como cualquier otra. Estaba
construida de madera, tenía el suelo lleno de paja, y olía a cerveza rancia y
a grasa quemada. Pidió una habitación y un buen plato de cerdo asado, y se
sentó en la mesa con una buena jarra de cerveza a esperar la comida.
La tabernera era una muchacha joven y alegre, y se movía con rapidez
entre las mesas. No era normal que a aquella hora estuviera llena pues era
tiempo de cosecha, y cuatro de los parroquianos que allí había no tenían
mucha apariencia de agricultores. Sus rostros ceñudos, la mirada torva y
las espadas al cinto, gritaban a los cuatro vientos «soldados de fortuna». O,
en su defecto, salteadores de caminos. ¿Cuál de las dos cosas serían?
Miró a la muchacha con suma atención. Tenía el pelo dorado recogido
en una coleta alta, y los ojos claros, azules como el cielo limpio. Era
generosa de pecho y caderas, que cimbreaba con coquetería por toda la
sala, pero con una cintura estrecha que cualquier hombre se volvería loco
por ceñir. Su boca de labios jugosos hizo que Kenneth la imaginara
recibiendo su miembro, chupándolo y lamiéndolo. Un tirón en su
entrepierna le hizo ver que no era momento de imaginarse según qué
cosas, sobre todo porque estaba a punto de meterse en una pelea...
En aquel momento pasaba por al lado de aquellos personajes
amenazadores sin ser consciente del peligro al que se sometía. O quizá sí
lo era. No era extraño que en las tabernas, las mozas acrecentaran su
sueldo con los extras que suponía abrirse de piernas para los clientes, y
muchas tenían cuartos en la parte trasera en la que desaparecían unos
minutos para «hacer feliz» a un hombre a cambio de unas cuantas
monedas. Pero aquella muchacha no tenía apariencia de ser una puta, sino
más bien una inconsciente que no estaba acostumbrada a lidiar con según
qué personajes. Aquella era una aldea pequeña, y aunque los hombres eran
hombres en todos lados, dudaba que allí una mujer pudiese llegar a sacarse
un jugoso sobresueldo vendiendo sus encantos.
Cuando la muchacha pasó al lado de uno de aquellos individuos, uno
de nariz afilada y una cicatriz que le llegaba desde la frente al mentón,
atravesando toda la mejilla derecha, alargó la mano y la cogió por la
cintura, obligándola a sentarse en su regazo de un tirón. La chica gritó y se
revolvió, lo que invitó a sus acompañantes, tres hombres con el mismo
aspecto de bandidos, a reírse a mandíbula batiente.
—Vamos, pequeña —exclamó riendo el maldito cabrón mientras le
metía la mano por debajo de la falda—, estoy bastante necesitado y una
puta como tú le iría muy bien a mi polla erecta.
Sus compañeros se rieron más al ver la turbación de la muchacha, que
seguía gritando y revolviéndose sobre el regazo del hombre, sin darse
cuenta que lo único que conseguía con aquello era excitar aún más a su
captor.
—¡No soy una puta! —exclamó, e intentó levantarse.
El hombre la agarró con más fuerza, riéndose. Le agarró el corpiño del
vestido y lo desgarró, dejando al descubierto sus blancos y hermosos
pechos. Ella volvió a gritar e intentó cubrirse con las manos, pero el
malnacido se las inmovilizó en la espalda y se llevó un pezón a la boca.
—¡Por favor! —intervino el tabernero, un hombre gordo con cara
atemorizada, que se retorcía las manos con inquietud—. No es una puta,
caballeros —les dijo acercándose—. Es mi hija —sollozó.
Uno de los maleantes se levantó y le dio un golpe en el rostro que lo
lanzó hacia atrás, tropezando con sus propios pies y cayendo al suelo con
tan mala fortuna que se golpeó la cabeza con una mesa y quedó en el
suelo, inconsciente.
—¡No molestes, hideputa! —gritó, y volvió su atención hacia la
muchacha, a la que ya habían puesto sobre la mesa. Uno le había
inmovilizado las manos por sobre su cabeza, y otro estaba tirando del
vestido para desnudarla. El resto de la clientela desapareció rápidamente
de allí, sabiendo que si intentaban detenerlos iban a pagar las
consecuencias. Solo eran simples granjeros, y no sabían nada de peleas.
Kenneth miraba todo aquello con una ceja levantada. Si intervenía, su
representación delante de la casa del alcalde iba a resultar inútil, pero el
poco honor que le quedaba le empujaba a defender a la muchacha, que se
debatía dando patadas y gritando mientras habían empezado a manosearla.
Tenía a uno de los babosos aferrado a sus pechos, que manoseaba y
chupaba mientras se reía, y el otro le había bajado tanto el vestido que el
vello púbico estaba a la vista de todos.
—Menuda follada vas a tener, muchacha —le dijo este último
mientras de un tirón conseguía quitarle por fin el vestido y dejarla
completamente desnuda—. Cuatro pollas bien hermosas todas para ti,
preciosa. —El cuarto hombre, el que había golpeado al tabernero, la cogió
por una pierna mientras el otro cogía la otra y empezaba a bajarse los
pantalones.
Cuando la muchacha vio aquella polla enhiesta, gritó con más fuerza,
pidiendo auxilio mientras lloraba a mares.
Kenneth no lo soportó más. Salió del rincón en sombras en el que se
había refugiado y, antes que aquel maldito la penetrara, los interrumpió.
—La dama ha dicho que no. ¿No la habéis oído?
Su voz profunda restalló en la taberna. Los cuatro hombres, que no se
habían percatado de su presencia, se giraron para mirarlo.
—Escuchad, idiota, si sabéis lo que os conviene, os quedareis en
vuestro rincón y os conformareis con mirar. —Se echó a reír, bravucón—.
Quién sabe, quizá seamos generosos y cuando hayamos acabado os
permitamos fornicar con ella también. Os gustaría, ¿eh?
Kenneth no contestó. Echó mano de su claymore, que llevaba a la
espalda, y la desenvainó.
—No quisiera mataros, pero si no la dejáis en paz y os largáis de aquí
inmediatamente, no vais a dejarme otra opción.
El que llevaba la voz cantante miró a la muchacha, que había dejado de
debatirse cuando Kenneth los interrumpió. Hizo un gesto con la cabeza a
sus compañeros, que inmediatamente la dejaron para rodear a Kenneth. El
hombre de la cicatriz en el rostro tiró de ella y la cogió por el pelo. Ella
intentó desasirse, pero él era más fuerte y consiguió ponerla de pie y
escudarse detrás, cogiéndola por la cintura y apretándola contra él.
—No te preocupes, preciosa —le dijo, y después le lamió todo el
cuello mientras metía la otra mano entre sus piernas. Ella intentó huir de
ese contacto echando el culo hacia atrás, pero lo único que consiguió fue
clavarse la polla de su atacante entre las dos nalgas, algo que hizo sisear
de placer al malnacido—. Mis amigos acabarán con él en un santiamén y
seguiremos donde lo hemos dejado. No seas tan impaciente —se burló.
Kenneth no le quitaba la vista de encima. Sabía que aquel era el más
peligroso de los cuatro, pero al mismo tiempo seguía el movimiento de sus
compinches. Cuando uno lo atacó para distraerlo, hizo el amago de
defenderse pero, en último momento, se giró y atacó con la espada al de la
derecha. La claymore siseó en el aire hasta clavarse en la carne y cortar
músculo y tendones. El hombre cayó al suelo con un grito agónico.
Inmediatamente volvió a girar, esta vez a la izquierda. El segundo
hombre, creyéndole distraído, intentaba clavarle su arma en la espalda.
Estúpido. Su propio movimiento lo ensartó.
Solo quedaban dos.
—Aún estáis a tiempo de largaros —les dijo—. Dejad a la chica y
marcharos.
El hombre frente a él miró de reojo al de la cicatriz, que sonrió con
amabilidad fingida mientras empujaba a la chicha hacia adelante, hacia los
brazos de Kenneth.
—¿La quieres? —le preguntó—. Toda para ti.
Salieron de allí a la carrera, tropezándose el uno con el otro, pero el
fino oído de Kenneth oyó lo último que masculló el de la cicatriz:
—Me las pagarás, hideputa. Blake se encargará de ti.
Pero en aquel momento tenía otros problemas. La muchacha estaba
desnuda entre sus brazos, temblando y llorando, y él tenía una erección de
mil demonios. Su búsqueda del olvido lo había llevado por los más
oscuros caminos del placer, y aunque su conciencia le chillaba al oído que
aquello no estaba bien, ver a aquella hermosa muchacha desnuda y
sometida, le había encendido la sangre en el peor sentido posible.
—Shhhhh, tranquila, chiquilla —le susurró al oído mientras pasaba su
mano libre por la espalda. Ella se abrazaba a su cintura con fuerza, y era
imposible que no notara su erección—. ¿Cómo os llamáis, muchacha? —
Intentó hablar con la voz calmada y suave, pero le salió un ronco
murmullo abrasador y erótico que acarició aquella piel.
La muchacha se estremeció y levantó el rostro. Lo tenía surcado por
las lágrimas, que habían dejado un rastro de humedad por su piel.
—Maisi, señor —le dijo entre hipidos. Había dejado de sollozar, pero
aún había lágrimas derramándose de sus ojos.
—Venid, pequeña —le dijo empujándola con suavidad hacia la parte
trasera de la taberna, donde estaban las escaleras que subían al piso
superior, y a las habitaciones alquiladas.
Por Dios que tenía intención de dejarla allí y bajar a ver qué había
pasado con el tabernero, pero cuando estuvo dentro de la habitación, con
Maisi aferrada aún a su cintura, no pudo evitarlo.
—No todos los hombres somos tan malos, ¿sabéis? —le susurró al
oído—. ¿Sois virgen, preciosa mía?
Kenneth no entendió por qué le hizo aquella pregunta. Cuando el
demonio se apoderaba de él, nunca sabía por qué hacía lo que hacía. Solo
comprendió que cuando ella lo miró con aquellos ojitos de ciervo
asustado, tuvo la necesidad de enseñarle que el sexo era algo muy bueno si
lo practicabas con el hombre adecuado. Con él.
—Sí, señor —contestó Maisi con voz aterciopelada.
—Eso es algo a lo que le pondremos remedio inmediatamente —
afirmó en un murmullo contra sus labios, y para no ver el miedo en los
ojos de la muchacha, procedió a besarla.
La obligó a abrir la boca mordisqueándole los labios. Ella intentó
luchar al principio, pero él la sedujo con su húmeda lengua, con las
caricias, con la ternura, hasta que ella suspiró en su boca y se abandonó.
Entonces profundizó el beso, e invadió su boca explorando con avidez
cada recoveco mientras dejaba caer al suelo la espada que aún sostenía en
la mano, y utilizaba sus dedos para explorar la piel expuesta. Ya no
luchaba contra él, y ahogó un rugido de triunfo.
—Así me gusta, pequeña Maisi —susurró y volvió a besarla.
Era suave, hermosa, valiente. Sus pezones se irguieron rígidos cuando
posó la boca en ellos y los chupó, y soltó un gemido de apreciación cuando
ella se aferró a sus ropas.
La empujó suavemente hasta llegar al camastro, y la hizo acostarse con
delicadeza para no asustarla.
—Tranquila, preciosa —le susurró mientras esparcía un reguero de
besos por los pechos, el vientre, y seguía bajando mientras se arrodillaba a
los pies de la cama.
Maisi se había quedado con las piernas colgando, y Kenneth la cogió
por las rodillas y tiró de ella hasta que el trasero se quedó al borde de la
cama. Intentó incorporarse, pero él se lo impidió poniéndole la mano en el
estómago. Le pasó las piernas por encima de sus hombros y la besó en el
pubis.
Ella respingó, sorprendida, y Kenneth soltó una risita divertida.
—Mi linda Maisi —la aduló—. No te asustes de mí. Te juro por mi
honor que va a gustarte. Tú solo déjate llevar.
Ella se relajó con el sonido de su voz, y se abandonó a lo que quisiera
hacerle.
Kenneth bajó el rostro hasta su entrepierna y la besó otra vez. Con los
dedos, separó los labios vaginales y se maravilló ante la carne virgen que
se mostraba ante él. Acercó la boca y con la lengua, los recorrió. Un
estremecimiento de gusto asaltó a la muchacha, que lo exteriorizó con un
leve temblor unido a un gemido. Sin dudarlo, Kenneth volvió a lamerlos,
jugando con la hendidura que había empezado humedecerse con la
excitación de Maisi. Lamió con deleite aquella delicia mientras ella se
estremecía y gemía. Jugó con el clítoris, y lo rozó con los dientes, y
después le introdujo un dedo muy despacito, moviéndolo en su interior,
para después añadir otro. Con cada roce ella se excitaba más y más,
suspiraba y emitía pequeños ruiditos graciosos, entre grititos y quejidos, y
se revolvía inquieta sobre la cama. Sus piernas, colgando en la espalda de
Kenneth, no podían estarse quietas y lo rozaba con los pies, frotándole la
espalda con los talones, intentando impulsarse para levantar su pelvis,
exigiendo de esa manera más placer, más besos, más de todo.
Con cada toque, cada beso, cada roce o penetración con los dedos,
Maisi llegaba cada vez más alto, hasta que la sorprendió un estallido que
le enroscó los dedos de los pies y la obligó a morderse el puño para no
gritar. Su orgasmo fue arrollador, y la dejó laxa y relajada sobre el
camastro, respirando agitadamente, mirando al techo con una sonrisa
colgada del rostro.
El dolor y el miedo habían desaparecido, y durante aquel instante
olvidó completamente el mal trago por el que acababa de pasar.
—Has sido una buena chica, Maisi. Y más traviesa de lo que se
esperaría de una virgen —la lisonjeó—. Seguro que más de una vez te has
dado placer a ti misma, ¿verdad, muchacha revoltosa?
—N... no, nunca he hecho algo así.
—Aaaah, qué pena —se lamentó él—. Quizá debería enseñarte a
hacerlo —sugirió con una sonrisa.
Maisi no opuso ninguna resistencia cuando Kenneth le cogió la mano y
se la llevó a su propio coño. La enseñó a acariciarse, a penetrarse con los
dedos, a darse placer. La instruyó en el muy celestial arte de estimularse
los pechos y el clítoris mientras le susurraba palabras tiernas en el oído,
deleitándose al observarla, excitándose con aquella visión.
—Eres una mujer excepcional.
El halago no cayó en saco roto, y ella lo miró con adoración y le
sonrió. Kenneth no soportó aquella mirada aunque era precisamente lo que
buscaba, y para evitar mirarla procedió a invadir su boca de nuevo
mientras se levantaba el kilt y se posicionaba en sus piernas. La siguió
estimulando con su polla, rozándola con ella mientras la besaba, hasta que
Maisi volvió a tener un orgasmo arrollador que la llevó a clavarle las uñas
en la espalda por encima de la camisa.
Kenneth aprovechó para penetrarla y romper aquella pequeña barrera
que la apartaba para siempre de la belleza virginal para convertirla en una
mujer de pleno derecho. Ella apenas dejó ir un quejido que pronto se
convirtió en un gemido de placer al notarse llena por aquella inmensa
polla, y con el movimiento de caderas de Kenneth, el roce de su miembro
dentro del coño, la estimulación del clítoris con su mano, volvió a correrse
con fuerza.
Kenneth sintió las pulsaciones de aquel coño virginal rodeándolo,
apresándolo, y sintió cómo su miembro se endurecía más y más. Empezó
con un movimiento febril, un vaivén de caderas imparable, entrando y
saliendo frenéticamente, cada vez con más dureza, mientras ella se
aferraba y se mordía el puño para no gritar.
Kenneth se derramó en su interior sin parar de moverse, resoplando
con fuerza, apretando la mandíbula para no rugir de alegría, mientras
notaba su semilla llenarla por completo.
Cuando el orgasmo terminó, se dejó caer sobre ella con cuidado de no
aplastarla, y le dio un beso en la frente.
Aquel era el peor momento de todos, cuando las miraba al rostro y veía
que ninguna de ellas era Seelie; se sentía culpable, un traidor, un mal
hombre, porque Seelie estaba muerta y él utilizaba a otras mujeres para
rememorarla y olvidarla.
Se apartó de ella con cuidado. Maisi no tenía la culpa que él fuera un
cabrón, y no tenía por qué hacerle daño. Ella se hizo un ovillo sobre la
cama, y le echó la manta por encima.
—Duerme un poco, preciosa —le dijo con ternura, cogió la claymore
del suelo y abandonó la habitación dejándola sola.
Bajó las escaleras y vio que el tabernero se estaba despertando. Lo
había olvidado por completo. Le aseguró que su hija estaba a salvo, que
dormía en una de las habitaciones de arriba, y le ordenó que fuera a buscar
al alcalde para informarle de lo que había pasado.
No sabía si su primer plan podría seguir adelante. Si aquellos hombres
formaban parte de la banda de malhechores que entraba en la aldea para
secuestrar muchachas, probablemente sería una locura seguir adelante,
pero ¡qué demonios! nadie podía vivir eternamente, y la idea de morir era
lo único que lo mantenía a él de pie.
Capítulo dos. El secuestro de Maisi.

—Kenny, ¿te gusta mi vestido?


Seelie acababa de cumplir catorce años y se estaba convirtiendo en
toda una mujer. Su madre le había confeccionado un vestido de brocado
precioso, con un escote cuadrado que resaltaba sus turgentes pechos recién
desarrollados y unas mangas acampanadas que le ocultaban las manos. La
falda caía en suaves pliegues alrededor de sus piernas, unas piernas
preciosas que él había podido ver hasta hacía poco. Pero Seelie ya era una
mujer, había tenido su primer período, y pronto le buscarían un marido
para casarla. Era una mujer joven, sana y fuerte, la sobrina del laird
MacDolan, con una dote muy apetecible. Cualquier hombre estaría
orgulloso de casarse con ella, y aquello revolvía las entrañas de Kenneth.
Él tenía diecisiete años, estaba enamorado de Seelie pero estaba
prohibida para él: era su prima, casi una hermana, pues se habían criado
juntos bajo el mismo techo. Kenneth era el hijo del laird MacDolan, y las
profundas convicciones religiosas de su padre jamás le permitirían
consentir un enlace de esas características, a no ser que le hiciera algo
irreparable. Pero Kenneth consideraba que era demasiado joven para
follarla como hacía con las putas del pueblo, y era una dama, por lo que
tenía que tratarla con respeto y cortesía, aunque en su fuero más interno y
malvado deseara meterla en su cama, despojarla de aquella ropa y
convertirla en una mujer hecha y derecha.
—Estás preciosa, prima —se limitó a decir, mostrándole su sonrisa
más provocadora, y le acarició suavemente la mejilla con el dorso de la
mano—. Todos los hombres del laird están locos por ti, ¿lo sabías?
Ella sonrió y un gracioso rubor le cubrió las mejillas.
—No seas tonto, Kenny —le recriminó dándole un empujón, pero no
pudo evitar que una ligera risa se le escapara mientras lo reprendía.
—Es cierto, prima. Eres la mujer más hermosa de todo Aguas Dulces.
Se acercó peligrosamente a ella. Sentía el irrefrenable deseo de
besarla, un ósculo breve y delicioso, solo sentir el contacto de aquellos
labios sobre los suyos...
—¡Kenneth!
El grito de su padre resonó en la sala, y él respingó, apartándose de
Seelie precipitadamente.
—¿Sí, padre?
El MacDolan lo miraba con el ceño fruncido y sacudió la cabeza con
pesar.
—Tengo que hablar contigo. Deja a Seelie tranquila, que seguro que
tiene muchas cosas que atender. Muchacha —añadió dirigiéndose a ella
con gesto severo—, no quiero a nadie ocioso bajo mi techo. Ve a cumplir
con tus obligaciones.
—Sí, tío —contestó ella y haciendo una venia se alejó de allí
corriendo, no sin antes dirigirle a Kenny una traviesa sonrisa.

La luna brillaba redonda y resplandeciente en lo alto del cielo. La


suave brisa recorría las calles de Recodo Salvaje, alborotando las hojas de
los árboles. Kenneth estaba sentado en la puerta de la taberna, en un banco
de madera, pensativo. Maisi seguía durmiendo en la habitación que había
alquilado, y el posadero le había dado otra para que él pudiera descansar.
Se había deshecho en agradecimientos por haber salvado a su hija, y le
había asegurado que podía quedarse allí el tiempo que quisiera sin tener
que pagar ni una moneda: comer, beber, dormir... todo corría a cuenta de la
taberna.
Pero cuando Kenneth se había metido en la cama e intentado dormir,
había soñado de nuevo con Seelie y se había despertado angustiado y con
la urgente necesidad de respirar aire fresco. Así que había bajado sin hacer
ruido, y se había sentado allí, esperando que los temblores del dolor por la
pérdida desaparecieran.
El silencio lo envolvía, y le parecía oír la risa de la mujer que amaba
flotando en la brisa.
Tenía que moverse, caminar.
Se levantó con pesadez y caminó por la calle desierta. Llevaba su
claymore a la espalda, como siempre: nunca se separaba de ella. El rumor
de sus pasos, el roce de la vaina contra la camisa, y el viento besando los
árboles, eran los únicos ruidos que lo rodeaban.
Se preguntó por enésima vez por qué hacía aquello: buscar consuelo en
cualquier mujer, con la esperanza de encontrar alguna que borrara de su
mente el recuerdo y el dolor por la pérdida de Seelie. Habían pasado cinco
años, ya era hora que la olvidara y siguiera con su vida, pero no podía.
Dios sabía que lo había intentado, lo hacía cada vez que follaba
desesperadamente con una mujer, pero por muy bellas, tiernas,
exuberantes o predispuestas que fueran, ninguna de ellas era su amor
perdido. No tenían el brillo de sus ojos, ni el fuego de su pelo, ni la alegría
de su risa. Ninguna de ellas podían leerle el alma solo echando un vistazo
a sus ojos, o al rictus de sus labios, o a la casi imperceptible caída de
hombros que siempre se manifestaba cuando estaba abatido por alguna
causa.
Caminó hasta la linde de la aldea y se paró. Poco a poco estaba
volviendo a recuperar la calma. Cuando tenía estos sueños, siempre se
despertaba tembloroso y a punto de la desesperación, y le costaba un buen
rato recuperarse. Miró sus manos y ya no temblaban. ¡Vaya mierda de
guerrero era! Vencido por un estúpido recuerdo.
Se dio la vuelta y desanduvo el camino que había recorrido hasta
regresar a la taberna.
Y entonces lo oyó.
Un grito de mujer.
La imprecación de un hombre.
El repicar de los cascos de un caballo.
Salió corriendo en dirección al ruido, desenvainando la espada, pero no
llegó a tiempo. Lo único que pudo hacer fue ver impotente como el caballo
galopaba en dirección al bosque llevando a una mujer indefensa cruzada
sobre la grupa. El jinete era alto y fuerte, muy corpulento, y vestía de
negro de cabeza a los pies. Llevaba la cabeza cubierta por una capucha que
le ocultaba el rostro.
Cuando llegó a la linde del bosque, fuera ya de su alcance, detuvo al
caballo y lo hizo corcovear, burlándose de Kenneth. La mujer volvió a
gritar y entonces la reconoció: Maisi.
No podía ser.
Silbó con fuerza, llamando a Tormenta. Este relinchó en respuesta, y
Kenneth se maldijo por no recordar que estaba en el establo, cerrado, sin
posibilidad de salir. Corrió hacia allí, abrió las puertas sin consideración
oyendo aún las carcajadas provocadoras que había lanzado el secuestrador,
y saltó sobre Tormenta sin siquiera ponerle la silla antes.
Salió al galope sin miramientos. Por el rabillo del ojo vio como el
posadero salía corriendo de la taberna, con una mano en la cabeza y
sangrando, llamando a gritos por ayuda. No le hizo caso ni se detuvo. En
mente tenía una sola cosa: recuperar a la muchacha antes que fuera
demasiado tarde.

***

Maisi estaba profundamente dormida cuando la despertó un leve roce a


los pies de su cama. Solía dormir como un tronco, pero su trabajo en la
taberna de su padre la había acostumbrado a estar siempre en estado de
alerta para poder evitar con presteza a los hombres con manos largas.
Aunque no siempre era lo suficientemente rápida. Como aquella noche.
Cuando había estado sobre la mesa, a merced de aquellos canallas,
había pensado que ya no había nada que pudiera hacer por evitar ser
violada. Demasiados rufianes en los últimos tiempos, para un pueblo tan
pequeño como Recodo Salvaje.
Se revolvió inquieta en la cama ante otro roce involuntario, y sonrió
pensando que sería el escocés que la había poseído hacía un rato, que
volvía a por más. No le importaría dárselo. Había sido tan tonta de
rechazar anteriormente los avances de sus admiradores, y habían estado a
punto de robarle por la fuerza lo que con tanto empeño había
salvaguardado: su virginidad.
Quería que fuese un regalo para el que sería su marido, quien fuera que
fuese, pero el verse sobre aquella mesa la había hecho cambiar de opinión.
—¿Sois vos, Kenneth? —preguntó a la oscuridad. Las cortinas estaban
corridas y no entraba ni un ápice de luz—. Si queréis yacer conmigo de
nuevo, no tengo ningún inconveniente —invitó mientras estiraba los
brazos por encima de la cabeza, lánguida.
Alguien se sentó en la cama, a su lado, y unas manos firmes y ásperas
la manosearon.
—¡Eh! —exclamó, empezando a asustarse—. ¡No sois Kenneth!
Intentó gritar pero una de las manos le tapó la boca mientras la otra la
cogía por la cintura y la alzaba de la cama. Pataleó y aunque iba descalza,
tuvo la fortuna de acertar en los testículos del hombre, que soltó un jadeo.
Y aprovechó para gritar con todas sus fuerzas.
—¡Maldita sea! —La voz era oscura y penetrante, y a Maisi la recorrió
un escalofrío de pies a cabeza—. ¡Cierra la boca, muchacha!
Volvió a patalear con la esperanza que la soltara y poder salir
corriendo, mientras gritaba a pleno pulmón. El hombre la golpeó y la
aturdió lo suficiente como para poder cargarla sobre sus hombros y salir
con ella por la ventana. De un salto alcanzó el cobertizo que había debajo,
y de ahí al suelo. La colocó sobre el caballo y ella, que empezaba a
recuperar el sentido, volvió a gritar y le dio una patada en el estómago.
—¡Auch! ¡Maldita seas, mujer!
La palmada en su trasero la humilló más que la dañó, pero cuando él
montó en el caballo le ató las manos a la espalda con una cuerda. Después
salió al galope de la aldea.
Detrás de ella oyó voces, y le pareció que era Kenneth. Cuando
llegaron a la linde del bosque y el jinete que la había secuestrado detuvo el
caballo en un alarde de provocación, pudo verle: corría hacia ella con la
espada en la mano, pero no llegaría a tiempo.
Lo perdió de vista cuando se internaron en la espesura.
Dentro del tupido bosque era imposible que fueran al galope, pero el
caballo mantenía un paso bastante rápido. Aquel hombre conocía aquel
lugar con precisión, pues supo por dónde ir, qué caminos utilizar y cuales
evitar. Iban en silencio, y estaba muy asustada. Tenía la mano del hombre
sobre su espalda desnuda, aprisionándola contra el caballo para evitar que
cayera.
—¿Quién sois? —se atrevió a preguntar al final—. ¿Qué queréis de
mí?
—Silencio, muchacha —la riñó dándole otra palmada en el trasero, y
ella se mordió el labio con fuerza para no volver a chillar. Estaba desnuda,
atada y secuestrada, y no sabía qué podía hacer para huir. Tirarse del
caballo era una estupidez. Además que podía hacerse daño en la caída, no
iría demasiado lejos por mucho que pudiera correr descalza por aquella
parte tan frondosa del bosque. Además, correr, ¿en qué dirección? Habían
dado muchas vueltas, el cielo no era visible y no sabría hacia dónde huir. Y
aquel hombre la alcanzaría en seguida. Luchar, era imposible con las
manos atadas, ni aunque no lo estuviera. Era un hombre grande y con un
solo manotazo podía desmadejarla.
No le quedaba más remedio que esperar y rezar. Esperar a tener una
oportunidad, y rezar para que esta se produjera.
—¿Os envían los cerdos que intentaron violarme hace unas horas? —
insistió en contra de toda prudencia. Tenía que saber.
La mano de su captor se tensó sobre la espalda de la muchacha.
—No —contestó con rotundidad—. Y no debéis preocuparos más por
ellos. Los que sobrevivieron y pudieron escapar de la espada del escocés,
pagaron con la vida su estupidez.
—¿Los matasteis? —La sorpresa era evidente en la voz de Maisi.
—Por supuesto. Tenían órdenes de secuestraros y de manteneros
intacta. Vuestra virginidad es muy preciada por mí.
Maisi se estremeció. ¿Qué ocurriría si le decía que ya no era virgen?
¿La dejaría marchar? Aunque lo más probable era que no la creyera, y si lo
hacía, se enfureciera y la agrediera. Mejor hacerle creer que seguía siendo
doncella.
—¿Y por qué es preciada? —se atrevió a preguntar. El ritmo del
caballo había descendido paulatinamente y ahora iban al paso, lo que hacía
que su postura no fuera tan incómoda ni dolorosa.
Él deslizó la mano suavemente por el bajo de su espalda, y por las
nalgas, hasta meter la mano entre sus piernas, presionando allí.
—Porque vuestra virginidad es lo que quiere mi Amo, preciosa. Y yo
proporciono a mi Amo todo lo que pide.
Maisi empezó a temblar de miedo. ¿Quién sería aquel Amo? Todo le
parecía muy irreal y fantasmagórico. Cosas de brujería, seguro. Tuvo
ganas de llorar, pero se esforzó por evitarlo a toda costa.

***

Cuando llegó al bosque, Kenneth siguió las huellas del caballo, pero
cuanto más se internaba, más difícil se hacía poder vislumbrar alguna
cosa. La canopia era muy tupida y no dejaba que los rayos lunares la
atravesaran. Necesitaba ayuda.
Maldijo de mil maneras diferentes mientras giraba grupas y regresaba
por donde había venido, pero al llegar al exterior vio un puñado de
antorchas que se movían deprisa en su dirección. La gente del pueblo iba
hacia allí dispuestos a buscar a la muchacha.
—¿Qué necesitáis, Allaban? —le preguntó el alcalde, que era el
primero en llegar. Kenneth bajó del caballo y cogió una de las antorchas.
—No es necesario que todo el mundo venga. Demasiados pies borrarán
sus huellas. Me apaño con una antorcha y un par de hombres para que me
acompañen.
—Por favor, señor —suplicó el tabernero. Tenía el rostro desencajado
y le temblaban la voz y las manos—. Encontrad a mi hija. ¡Es lo único que
me queda!
Kenneth le puso una mano en el hombro y apretó para intentar
reconfortarlo.
—Haré todo lo que pueda, os lo prometo.
El hombre asintió con la cabeza, aliviado porque un hombre como
aquel era de los que mantenían su palabra.
—¡Duncan, Brandon! —gritó el alcalde, y dos muchachos jóvenes se
adelantaron con antorchas en la mano—. Acompañadle y haced todo lo
que os ordene sin rechistar, ¿entendido?
—Sí, jefe.
—Venid conmigo —les ordenó Kenneth—. El resto puede volver a sus
casas.
—Lo haremos, señor —contestó el alcalde—, y rezaremos por vos y
por Maisi.
Kenneth asintió, aunque no creía que las oraciones fueran de mucha
ayuda. No lo fueron para él cuando las necesitó.
—¿Duncan? —El aludido asintió—. Llevad mi caballo de la brida.
Manteneos detrás de mí, ambos. No quiero que pisoteéis el rastro.
Y se internaron en la espesura.

***

Maisi no sabía cuánto tiempo había pasado desde que la secuestraron,


pero se le había hecho eterno. Habían dado vueltas y más vueltas por el
bosque, probablemente para despistar a sus probables perseguidores y
ahora se adentraban en un desfiladero que se internaba entre las montañas.
Era un estrecho camino entre dos paredes altísimas que se iba estrechando
más y más hasta que finalmente tuvieron que desmontar para poder seguir.
—Caminad delante, preciosa —le ordenó el desconocido—. Y no
intentéis salir corriendo: no tenéis a dónde ir.
Maisi miró hacia arriba, pero seguía sin poder ver el cielo. Aunque las
paredes del desfiladero estaban sin vegetación excepto por alguna que otra
raíz que se escapaba, en la cima el bosque seguía, majestuoso.
Caminó con dificultad, pisando guijarros y ramitas secas que arañaban
sus pies, bajo la atenta mirada del desconocido. No le había visto aún el
rostro porque lo llevaba cubierto por una capucha que convertía su cara en
meras sombras, pero el resto era aterrador. Era alto, tanto como el escocés
con el que había yacido hacía... ¿siglos? Igual de fuerte y musculoso, con
largas piernas.
—Detente.
Maisi obedeció, aunque no pudo adivinar por qué tenían que pararse
allí. No había nada, más que pared a un lado y otro, y el camino estrecho
que seguí hacia adelante. Pero entonces su secuestrador la cogió por el
brazo y la hizo dar un paso a la derecha, y otro, y otro... hasta que pensó
que iba a pegarla contra la pared. Pero allí no había pared. Había un paso
en forma de S que no se veía desde el camino, a no ser que supieras que
estaba allí.
—¡Robert! —gritó el desconocido. Un hombre bajo, enclenque y casi
calvo, con cuatro pelos que le caían desordenados sobre las orejas,
apareció renqueando—. Llevaos el caballo y borra todo rastro. Rápido.
Creo que hay una patrulla siguiéndome.
—Sí, señor —exclamó con una sonrisa, y Maisi se estremeció ante
aquella boca negra y desdentada que emitía un tufo horrible.
—Seguid caminando —le ordenó.
—Está muy oscuro. No veo nada —se quejó. El hombre se echó a reír,
y lo siguiente que Maisi supo fue que la había cogido por la cintura y se la
había echado al hombro como un saco de harina.
Maisi no podía ver nada, y se preguntaba cómo aquel hombre podía
moverse por allí con tanta seguridad, sin tropezar ni una sola vez.
Finalmente llegaron a una amplia sala que sí estaba iluminada. Era una
cueva, y había multitud de antorchas colgadas de las paredes. Maisi
intentó levantar la cabeza para ver algo, pero un movimiento brusco de su
secuestrador, que la bajó de golpe al suelo, hicieron que se mareara
levemente.
—Aquí os la traigo, bruja —anunció el secuestrador a alguien que
Maisi no había visto—. Espero que esta vez sea la buena, porque ya no
quedan muchas vírgenes por los contornos.
Maisi miró a su alrededor y vio una sombra en un lado, apartada de la
luz. La sombra se movió y cuando pudo vislumbrar algo, se estremeció de
terror.
—El Amo también lo espera, Blake.
La mujer que había hablado era tan vieja como el tiempo, y tan
arrugada como una servilleta usada un millón de veces. Tenía el pelo ralo,
blanco y tan despeinado que parecía que las ratas habían anidado en él. Las
cuencas de sus ojos estaban vacíos, igual que su boca, que no contenía ni
un triste diente. Las manos, ajadas y con los dedos doblados, parecían las
raíces torcidas de un roble, con largas uñas negras como la noche y
afiladas como cuchillas. Vestía una ropa negra, indefinible por su forma,
que parecían un montón de faldas mal cortadas puestas unas encima de las
otras.
Caminó hasta Maisi como si pudiera verla. Ella intentó huir, pero las
manos de Blake la mantuvieron quieta en su sitio. La bruja le tocó los
pechos y asintió. Después le tocó el vientre y maldijo con violencia.
—¡Ya no es virgen! ¿La habéis tocado, maldita sabandija? ¿Por eso
habéis tardado tanto? —lo acusó mirándolo fijamente con aquellas
cuencas vacías. Maisi sintió temblar las manos de Blake.
—¡Por supuesto que no! Jamás se me ocurriría poner las manos sobre
aquello que pertenece al Amo, ¡y vos lo sabéis!
—¡Pues ya no nos sirve para nada!
Blake, que aún tenía bien agarrada a su presa, la hizo girar hasta
encararlo.
—Ha sido el escocés, ¿verdad? —Apretó con fuerza las manos
haciéndole daño a Maisi en los brazos mientras la acercaba más y más a
él, sacudiéndola con violencia—. ¡¿Verdad?!
Maisi cerró la boca con terquedad. No iba a decir una palabra.
—¿Y qué más da quién haya sido? —terció la bruja—. Lleváosla.
Fornicad con ella si os apetece, Blake. —Hizo un gesto de impaciencia con
la mano, conminándolos a marchar—. Al Amo ya no le es de ninguna
utilidad.
Se giró y caminó con presteza hasta el rincón oscuro donde había
estado cuando llegaron allí, y pareció desaparecer fundiéndose con la
oscuridad.
—Le haremos caso a la bruja, entonces —dijo Blake mientras la
sacaba de allí a rastras.
—¿Qué vais a hacerme? —chilló.
—Lo que llevo queriendo hacer toda la noche: follarte.
Salieron por un hueco distinto al que habían entrado, y atravesaron otra
sala parecida a la anterior, pero en esta había un altar en medio, fabricado
de piedra tallada. Maisi no pudo fijarse mucho en él, pero pudo percibir un
halo tangible de maldad que emanaba de él. Había dibujos en las paredes
de la cueva, extraños y turbadores, que parecían tener muchos años de
antigüedad.
Después se metieron por un corredor oscuro y zigzagueante, hasta que
llegaron a un pequeño cubículo que tenía un catre y alfombras por el suelo.
Blake tiró de ella y la empujó, que cayó sobre la cama desvencijada.
Maisi se giró, intentando huir, y la mano abierta de su secuestrador se topó
con su rostro, haciéndola caer hacia atrás de la bofetada.
—Quieta, perra —le dijo con furia—. Si te ha gustado follar con el
escocés, te gustará ser follada por mí, te lo aseguro.
Maisi miró despavorida cómo se iba apartando la capucha hasta que
pudo verle el rostro. Había esperando encontrar un horror allí debajo, y sin
embargo, excepto por los ojos, que no demostraban emoción alguna y
daban pavor, podría decirse que aquel hombre era hermoso.
Pero de Lucifer decían que había sido el más hermoso de todos los
ángeles.
Blake llevaba el pelo, oscuro como la noche, atado en una coleta. Tenía
los pómulos altos y marcados, el rostro estrecho, la frente amplia, y el
mentón fuerte y afilado. La piel morena por el sol estaba salpicada de
pequeñas cicatrices que, en lugar de afearlo, lo convertían en alguien
interesante. Los labios eran carnosos, y la nariz, afilada. Pero sus ojos...
sus ojos eran tan azules que parecían casi blancos, como la nieve en la que
se refleja el cielo un día despejado. Era como si allí no hubiera alma, ni
sentimientos, ni... nada en absoluto.
—No os preocupéis, chiquilla —le dijo mientras dejaba caer al suelo el
jubón y seguía quitándose ropa muy despacio—. Cuando haya acabado con
vos, no querréis salir nunca de aquí.
Y empezó a reírse al ver el rostro demudado de su prisionera, lleno de
terror, con una risa profunda y fantasmagórica que se le metió por el
tuétano y la hizo temblar de cabeza a los pies.

***

La bruja los observó partir, con Blake llevándose a rastras a la aldeana.


No estaba contenta. El equinoccio estaba muy cercano y todavía no habían
encontrado a la que sería el recipiente perfecto del amo. Pero los huesos
no mentían y cada vez que los consultaba, decían lo mismo: la Elegida
estaba allí, en alguna de las aldeas de la región, y su misión era
encontrarla.
Capítulo tres. El siervo del diablo.

Blake no dejó de observar a la muchacha mientras seguía


desnudándose. El terror que le demudaba el rostro era un buen acicate para
su alma. Igual que el brillo apreciativo que percibió en sus ojos cuando se
quitó la capucha y vio su rostro. No hacía mucho que había aprendido que
sus facciones eran agradables para las mujeres, a pesar de las veces que su
Amo le había dicho lo contrario.
—No os preocupéis, pequeña mía —le dijo con un tono nada
conmiserativo. En realidad, era como si se estuviera burlando de ella—.
No seré amable, pero lo disfrutaréis.
Maisi intentó apartarse de él cuando, totalmente desnudo, se sentó a su
lado en la cama, pero las manos atadas con fuerza le impidieron moverse.
Además, el camastro estaba encajado contra la pared, y no había ningún
lugar hacia el que huir.
—No os acerquéis a mí.
La exigencia, pronunciada con voz temblorosa, hizo que Blake soltara
una carcajada. Alargó una mano y rozó el pelo de la muchacha, que intentó
apartar la cabeza sin conseguirlo.
—Pobrecita —se burló.
Blake cogió un tarro que había encima de la mesita al lado de la cama.
Era de barro, y estaba tapado por una tela atada a su alrededor. Lo destapó
y metió el dedo dentro para sacar un poco de algo amarillento, como una
melaza. Dejó el frasco en su lugar, y cogió el rostro de Maisi con
determinación, poniéndole el dedo untado dentro de la boca,
embadurnando su lengua. Ella intentó resistirse, pero no pudo hacer nada
por impedirlo. Cuando Blake sacó el dedo, la obligó con las manos a cerrar
la boca haciendo imposible que escupiera aquella cosa viscosa, y no tuvo
más remedio que tragar.
Blake se rio mientras ella luchaba. Se estaba divirtiendo de lo lindo
con aquella linda muchacha. Hacía tiempo que no había podido gozar con
una mujer, y esta iba a ser todo un regalo. A fin de cuentas, que resultara
no ser virgen iba a redundar en su beneficio. ¡Qué importaba que al día
siguiente tuviera que salir a por otra para su Amo! Esta estaría aquí,
esperándolo, hasta que se cansara de ella.
—¿Como os sentís? —preguntó con fingida inocencia mientras veía
cómo el potingue que le acababa de dar iba haciendo efecto en ella. Era el
mismo que daba a las vírgenes que entregaba a su Amo y, aunque sabía
que no debía usarlo en nadie más, no había podido resistir la tentación. Iba
a tomar a Maisi en contra de su voluntad, pero ella iba a desearlo a pesar
de ello—. Lo que os he dado os ayudará a sentiros bien, y a aceptar todo lo
que os voy a hacer. Disfrutaréis enormemente, muchacha.
Maisi estaba aterrorizada. Sentía cómo su cuerpo iba excitándose más
y más. Los pezones se le habían puesto enhiestos, la respiración se iba
haciendo más y más pesada, el estómago le revoloteaba por la anticipación
y su útero... su útero pulsaba de deseo. Estaba mojada, sus jugos estaban
empapando su coño, y tenía la necesidad de ser follada por cualquiera.
Incluso por su secuestrador. Sobre todo por su secuestrador, un hombre
que le daba un terror infinito y que, al mismo tiempo, estaba empezando a
desear desesperadamente.
Blake se rio quedamente cuando empezó a ver todos los síntomas de la
excitación sexual de la muchacha, que había comenzado a moverse y
respirar agitadamente, sin siquiera ser consciente de que lo hacía.
Le puso una mano en el pecho y ella dejó ir un largo suspiro, cerrando
los ojos y levantando el pecho para ofrecerse con desvergüenza.
—Así me gusta, muchacha. Compórtate como una puta, que es lo que
vas a ser a partir de ahora.
Le apretó el pezón y ella gimió de placer. Deslizó la otra mano por su
cuerpo hasta meterlo entre sus piernas.
—Estáis mojada, muchacha —susurró—. Deliciosamente húmeda y
preparada para mi verga.
Le metió un dedo dentro y lo movió. Los gemidos de Maisi eran cada
vez más fuertes e insistentes, y sus caderas se impulsaban hacia arriba
buscando más.
—Parece que necesitáis algo, chica. ¿Qué será? —se burló Blake—.
Decídmelo —ordenó con voz perentoria.
Maisi gimió, incapaz de decir una palabra. El fuego le recorría las
venas, y el aire parecía negarse a entrar en sus pulmones en suficiente
cantidad.
—Venga, muchacha, no tenemos toda la noche —la conminó con
severidad.
—Vuestra verga —gimió ella con grandes esfuerzos—. La necesito en
mi interior. Por favor.
Blake lanzó una carcajada al verla así, suplicante y temblorosa. Hacía
apenas unos minutos estaba terriblemente asustada por lo que iba a
ocurrirle, y ahora le rogaba que la follara.
—Pues fornicaremos, preciosa, si ese es vuestro deseo —se rio, y se
movió en la cama para ponerse de rodillas entre sus piernas. Se las
levantó, acomodándolas sobre sus amplios y musculosos hombros,
haciendo que así se le levantara también el trasero. Encajó la pelvis contra
el coño de la muchacha, le abrió los labios vaginales con una mano, y con
la otra acompañó su enorme verga hacia el interior de aquel suculento
sexo, penetrándola con dureza.
Empujó con fuerza entrando y saliendo una y otra vez. Maisi sollozaba
de placer, sintiendo como el orgasmo se iba construyendo a fuego en su
interior, revolucionando su cuerpo, sensibilizando su piel. La humedad del
interior de la cueva se adhería a ella, haciéndola sudar, y las gotitas
resbalaban entre sus pechos.
Blake se inclinó hacia adelante y apoyó las manos en la cama, a ambos
lados de su rostro. Con ese movimiento la obligó a levantar más su trasero,
y la verga del hombre conseguía entrar más profundo en su interior,
ensanchándola, clavándola, empalándola. Las manos, debajo de su espalda,
luchaban de forma incoherente por soltar las sogas que aún la tenían
amarrada. Los pechos rebotaban y los sentía densos, pesados, y le dolían.
—Os está gustando, muchacha — masculló Blake entre empujón y
empujón. Su voz salía a trompicones, entre gemido y gruñido—. Vuestro
coño es tan estrecho... se ajusta como un guante a mi verga, sedoso,
húmedo, resbaladizo. —Soltó una carcajada—. Por Satanás, está hecho
para el pecado, y a fe mía que os haré pecar una y otra vez. Eva a vuestro
lado será una pobre aprendiz...
Maisi oía la voz de Blake entre brumas, perdida en todas las
sensaciones que su cuerpo le estaba proporcionando. Kanneth la había
desvirgado y le había proporcionado placer a pesar del pequeño dolor, pero
Blake... Su secuestrador, el hombre al que debería temer como si fuese el
mismo diablo, la estaba haciendo tocar el cielo con sus propias manos.
Casi le parecía escuchar el canto de un coro celestial.
Cuando estalló el orgasmo, no pudo evitar gritar. Chilló y chilló,
exigiendo más, más duro, más fuerte, más profundo, mientras los
estertores sacudían su cuerpo, y Blake le dio todo lo que le reclamaba,
acompañándole en su liberación, llenándola con los chorros de su esperma
que le llenaron el útero y se escaparon, resbalando entre las piernas.
Agotado, salió de ella y se dejó caer a su lado. Tuvo el impulso de
abrazarla pero le negó aquella pequeña muestra de ternura que una mujer
podría malinterpretar. En lugar de eso, la empujó hacia la pared,
haciéndose sitio, se puso de lado y cerró los ojos.
—Espero que no seáis tan estúpida como para pensar que podríais
escapar —le dijo antes de cerrar los ojos y dormirse.
Maisi se quedó de lado mirando la pared mientras unos enormes
lagrimones se escapaban furtivos de sus ojos. Finalmente también se
durmió.

***

—¡Seelie! ¡No te internes en el bosque! —gritó Kenneth al ver


desaparecer a su prima entre la espesura—. Maldita muchacha —masculló
con mal humor corriendo detrás de ella.
La risa de Seelie reverberaba entre los troncos. El bosque rodeaba el
lago que daba nombre a su hogar, Aguas Dulces, y aunque era un lugar
tranquilo en que imperaba el orden y la ley, siempre había el riesgo que
una muchacha sola por ahí se topara con algún malhechor.
—¡Seelie! —volvió a llamarla. ¡Maldita pequeña hada1! Sus padres
habían escogido bien su nombre porque la definía perfectamente: era
menuda, inquieta, y siempre andaba revoloteando. También tenía un
corazón de oro que la hacía ayudar a todo el que lo necesitara.
—¡Encuéntrame!
La voz de ella le llegó de la derecha, en dirección al lago. Apresuró el
paso, preocupado. Aquella zona podía resultar peligrosa si caía en el agua,
pues era profunda y con matorrales en los que podía enzarzarse.
—¿Qué estás haciendo? —le preguntó cuando por fin la alcanzó.
Ella se estaba quitando el vestido mientras no paraba de reír.
—Quiero darme un baño —anunció dejando caer la prenda al suelo.
—¡No seas loca! —la riñó—. No eres una niña para poder andar
bañándote en el lago. Además, esta zona es peligrosa para nadar.
—Tienes razón, Kenny, no soy una niña —le dijo con coquetería
acercándose a él con sólo la camisola puesta. Kenneth no podía apartar la
vista de sus bien torneadas piernas, que asomaban por debajo de la prenda;
ni de sus pechos, que a duras penas podían ser contenidos.
—¡Vístete! —le dijo con acritud, cerrando los ojos y apartándose de
ella caminando hacia atrás.
Tropezó, y cayó al suelo cuan largo era. Seelie se rio y aprovechó la
ventaja para, de un salto, sentarse sobre su estómago.
—Siempre huyes de mí —le dijo haciendo un puchero—. Kenny, abre
los ojos y mírame.
—No puedo —masculló él mientras notaba cómo su verga crecía a
pasos agigantados. Y la muy ladina no paraba de frotarse contra ella.
—Sí, puedes —lo retó con voz firme—. ¿O eres un cobarde?
Decirle aquello a un muchacho de dieciocho años era provocar un
desastre.
—¡No soy un cobarde! —exclamó abriendo los ojos, y se encontró con
una Seelie de quince años que se había quitado toda la ropa y estaba
desnuda sobre él—. ¡¿Qué haces?!
Seelie lo vio tan horrorizado que se sintió totalmente avergonzada. Se
ruborizó de pies a cabeza y, hecha una furia, se levantó cogiendo la
camisola que había tirado a un lado y se la puso con brusquedad, girándose
para darle la espalda.
—¡Eres idiota! —lo insultó—. ¿Crees que no sé lo que estoy haciendo?
Quiero que me hagas el amor como tu padre se lo hace a Vika.
—¡Somos primos! ¿Y cómo sabes tú qué hace el MacDolan con Vika?
—¡Porque los he visto!
Seelie se giró al gritar y Kanneth pudo ver las lágrimas que asomaban
en sus ojos. Maldijo con violencia ante aquella visión, y ella se encogió
pensando que era por su desvergüenza.
—Lo siento —susurró, abrazándose a sí misma—. Pensé que yo te
gustaba.
Kenneth sintió que el alma se le caía a los pies y se acercó
apresuradamente a ella para abrazarla, envolviéndola entre sus fuertes
brazos, acunándola en su pecho.
—Más que eso, pequeña —le susurró al oído—. Pero somos primos, y
el McDolan nunca aprobaría que estemos juntos.
Seelie levantó la cabeza y lo miró desde la profundidad de sus ojos
azules como el cielo. Kenneth se perdió en la miríada de preciosas pecas
que salpicaban su rostro, y sintió el deseo de besarlas una a una, durante el
resto de la eternidad.
—Pero si me haces tuya, él no podrá oponerse, Kenny. ¿O temes
desafiar a tu padre?
—Seelie... —intentó regañarla.
—Va a casarme —le anunció con la voz rota—. Lo oí hablar ayer. Va a
entregarme al hijo pequeño del MacDougal para fortalecer la alianza entre
nuestros clanes. Se dieron la mano, Kenny —sollozó.

Kenneth abrió los ojos y miró hacia arriba. Estaba amaneciendo.


Se pasó la mano por el pecho, por encima del corazón. Allí tenía el
recordatorio de lo ocurrido el día de la muerte de Seelie en forma de
cicatriz. Él también había estado a punto de morir, y había deseado dejar
este mundo. Pero Dios, o el diablo, tenían otros planes para él, porque
sobrevivió.
Cualquiera pensaría que el dolor que sintió durante el tiempo que
estuvo convaleciente, fue insufrible. Pero el peor dolor no es aquel que
atenaza el cuerpo hasta impedirte respirar. El peor dolor es el que se siente
cuando el alma se rompe a trozos y piensas que nunca más volverá a estar
entera.
Así se sintió Kenneth cuando le dijeron que Seelie estaba muerta.
Así seguía sintiéndose cinco años después.
—Señor, ¿qué vamos a hacer?
La pregunta del muchacho, Brandon, lo sacó de sus ensoñaciones. Se
frotó el rostro y se levantó. Habían estado toda la noche dando tumbos por
el bosque siguiendo el rastro, hasta que varias horas después decidió que
era mejor descansar un rato.
—Seguiremos. El rastro tiene que llevarnos a algún sitio.
Lo hicieron hasta media mañana, en que se dio cuenta, con frustración,
que el rastro terminaba en un lugar imposible, en medio de un claro.
Rastrearon por los alrededores, esperando volver a encontrarlo, pero no
fue así. Tuvo que darse por vencido y ordenar el regreso a la aldea sin
haber conseguido rescatar a la joven Maisi.
—¿Qué pensáis hacer? —le preguntó Calem, el alcalde, cuando recibió
las malas noticias en su casa.
—Hacer una batida por el bosque sería inútil. Es demasiado extenso y
no encontraríamos nada —contestó antes de llevarse a la boca la jarra de
cerveza y dar un buen trago—. No nos queda más remedio que esperar.
—¿Esperar qué?
—A que ataquen de nuevo. Me habéis dicho que el de la otra noche no
fue normal, que por regla general son varios los asaltantes. Será fácil para
mí cazar a alguno de ellos con vida y obligarle a decirme dónde se
esconden. Es la única opción que tenemos.
El alcalde cabeceó comprendiendo que tenía razón. Aquella decisión
no iba a ser del agrado del tabernero, pero no le iba a quedar más remedio
que aceptarla.
—Lean no querrá que os quedéis en su casa.
—¿Lean?
—El tabernero. No habéis conseguido traer a su hija, así que dudo que
os quiera allí. — Calem se levantó y llamó a su criado—. Tenemos un
invitado, Nuill. Preparad una cámara, y un baño. ¡Ah! Y avisad a mi
esposa.
—Sí, señor.
Cuando el criado salió, Calem se giró hacia Kenneth.
—Espero haber hecho bien contratándoos.
—Acabaré con ellos, señor. Tenéis mi palabra.

***

Kenneth esperaba que la esposa de Calem fuese una matrona entrada


en años como su marido, pero se encontró con una muchacha joven y
alegre que no paró de darle conversación durante toda la cena.
Kenneth se había bañado y cambiado de ropa, viendo con desconfianza
cómo el criado se apoderaba de los trapos sucios y se los llevaba para que
alguna criada los lavara. Se había adecentado en deferencia a sus
anfitriones, recordando sus tiempos de hijo del McDolan, recogiendo su
cabellera con una tira de cuero y poniéndose el kilt2, el tartán3 y el
sporran4 limpios. Pero no esperaba que la joven esposa de su anfitrión se
prendara de él y que no cesara de echarle miraditas provocadoras cada vez
que su marido se distraía.
Cuando se metió en la cama, durante un segundo pensó en atrancar la
puerta con algún mueble pesado, pues tenía la certeza que aquella mujer
iría en su busca en cuanto su esposo se quedara dormido, y no quería
faltarle al respeto al alcalde en ninguna forma. Pero pudo más su ansia de
olvido y el deseo de yacer entre los tibios muslos de una mujer
apasionada, así que se limitó a sentarse a los pies de la cama y a mirar la
puerta, esperando que ella apareciera.
No tardó demasiado.
—¿Sabíais que vendría? —le preguntó mientras entraba en el
dormitorio contoneando las caderas. Llevaba una vela en la mano, que
dejó sobre una mesita auxiliar que había al lado de la puerta.
—Lo he leído en vuestros ojos, Elsie.
La muchacha hizo revolotear las pestañas cuando oyó su nombre en
aquellos labios tan deseables.
—Entonces me alegro que mi esposo se haya propasado hoy con el
alcohol, lo que ha hecho que cayera dormido en un instante...
—Venid aquí —ordenó invitándola con la mano extendida.
Ella la cogió y se acercó hasta quedar de pie entre las piernas de
Kenneth. Solo llevaba un camisón que él le quitó con presteza, dejándolo
caer al suelo.
—Sois hermosa —susurró, y el aliento le rozó los pezones, haciendo
que se erizaran.
—Eso dice todo el mundo —contestó ella con picardía.
—¿Cómo os gusta que os hagan el amor? —preguntó con un susurro
seductor, alzando la mirada.
—Me gustan los hombres de verdad, Kenneth —lo provocó mientras
desabrochaba el broche que mantenía el tartán en su sitio y empezaba a
denudarlo—. ¿Cómo os gustan a vos las mujeres en la cama?
—Tumbadas —contestó sin dudarlo—, con las piernas abiertas y
deseando que las follen.
—Sois un hombre duro. —Recorrió el fuerte pecho con las manos,
deleitándose con todos aquellos músculos.
—Dejaos de cháchara y venid aquí. —La cogió por la cintura y la
atrajo hacia sí, haciendo que se sentara a horcajadas sobre él—. Levantad
mi kilt y conducid mi verga hasta vuestro coño, preciosa.
—¿Así, sin caricias ni besos? —Elsie hizo un mohín, juguetona,
rodeándole el cuello con los brazos—. ¿Cómo esperáis que me moje si..?
Calló cuando la mano de Kenneth se apoderó de su coño y empezó a
acariciarla con rudeza.
—Ya estáis mojada, princesa. No necesitáis más ayuda. Haced lo que
os digo, o marchaos por donde habéis venido.
Los pezones se le erizaron ante la dura voz de él. Era una mujer
acostumbrada a salirse siempre con la suya, la esposa joven de un hombre
viejo que seguramente hacía todo lo que ella le pedía sin discutir,
llenándola de regalos y caprichos. Pero lo que ella necesitaba era,
precisamente, todo lo contrario: un hombre que la llevase con mano dura,
exigiéndole lo que quería sin contemplaciones.
—No tenéis compasión.
—No es compasión lo que habéis venido buscando, sino una buena
follada.
Elsie sonrió y apartó las manos de su cuello. Descendió con lentitud
por el duro pecho masculino, salpicado de vello, hasta llegar a la cintura.
Empezó a tirar del kilt, subiéndolo, hasta que la verga de Kenneth quedó a
la vista. Era gruesa, rojiza, y anidaba en una mata de pelo oscuro. La cogió
con la mano mientras se relamía, y la llevó hasta su coño, introduciéndola
poco a poco.
—¿Esto era lo que queríais, Kenneth? —le preguntó, burlona.
—No. —La cogió con fuerza por las rodillas y tiró de ella, obligándola
a empalarse con brusquedad. Ella gimió, y se abrazó a él—. Ahora
moveos. Yo estoy cansado y no sé si me apetece hacer el esfuerzo.
—Cómo deseéis —contestó ella, y empezó a impulsarse, arriba y
abajo, mientras esparcía provocadores besos por su mentón buscando la
boca, deseando el beso.
—No voy a besaros, Elsie. —Kenneth apartó el rostro y ella gimió,
frustrada.
—Pero quiero probar vuestra boca —protestó.
—Y yo he dicho que no. Lo que me apetece, es chupar vuestros
pezones. Llevadlos hasta mi boca.
Ella obedeció, y Kenneth la cogió por la cintura mientras se deleitaba
en aquellos dos pequeños guijarros endurecidos, chupándolos,
lamiéndolos, rozándolos con sus dientes mientras Elsie gemía y se
empalaba una y otra vez en su verga.
—Qué grande sois —exclamaba—. Vais a romperme —se quejó.
Kenneth se rio con un pezón llenándole la boca. Lo soltó y la miró.
—Lo dudo mucho, pequeña Elsie —le dijo—. Sois muy zorra, y estoy
seguro que no soy el primer hombre que os folla a espaldas de vuestro
marido. ¿O me equivoco?
—No me llaméis zorra —protestó frunciendo el ceño, pero no dejó de
balancearse sobre la verga de Kenneth—. Solo soy una joven mujer que
tiene un marido que no la satisface en la cama.
—¿Y por qué os casasteis con él?
Seguro que por el dinero, pensó.
—Mis padres... me vendieron... El alcalde se prendó de mí y vieron la
oportunidad de salir de la pobreza...
Era muy habitual que algo así sucediera, pensó Kenneth, y se decidió a
dar y tomar todo el placer que pudiera.
La cogió por la cintura y la levantó, dejándola sobre la cama y
obligándola a ponerse a cuatro patas. Se posicionó detrás de ella y le pasó
la mano por el coño. Estaba empapada, y gemía con cada caricia.
—¿Os han follado alguna vez como a una perra, Elsie?
—No.
—Pues esta será vuestra primera vez.
La penetró con violencia, aferrándose a sus caderas para mantenerla
quieta en la postura, y empezó a empujar con violencia. El ruido de la
carne al chocar se mezclaba con los gemidos de ella y los gruñidos de él,
que iban en aumento conforme el orgasmo iba invadiendo sus cuerpos. La
sangre bombeada cada vez con más rapidez por el corazón, corría por las
venas, salvaje, buscando la liberación, hasta que ambos estallaron en un
grito ensordecedor mientras él se derramaba en el interior de Elsie, y ella
sentía el calor recorriendo su útero, llenándolo, buscando
desesperadamente crear vida, mientras gritaba exigiendo más y más a
pleno pulmón.
Cayeron sobre la cama, exhaustos, respirando agitadamente. Ella buscó
el abrazo de él, pero Kenneth la rechazó, apartándola.
—Buscad el consuelo de vuestro marido, Elsie. Id a que él os abrace.
Ella lo miró, furiosa, y se levantó de la cama. Cogió el camisón del
suelo y se lo puso, enfadada.
—Podría decirle a mi esposo que me habéis violado.
Kenneth se burló de ella.
—¿De veras? Habéis venido aquí voluntariamente, y vuestros gritos
pidiendo auxilio han despertado a todo el mundo, princesa, ¿verdad? ¡Ah,
no! Lo que decíais era «más, dadme más, Kenneth, más fuerte». Creo que
hasta los vecinos os habrán oído. Volved a la cama con vuestro esposo,
muchacha, y dadme las gracias por haberos follado aun cuando no tenía
ganas. —Se puso una mano sobre el pecho, mordaz—. Siempre atiendo a
los ruegos de una dama.
Elsie abandonó el dormitorio y Kenneth se relajó, seguro que ella no
cumpliría su amenaza. Nunca lo hacían. Es más, apostaría a que a la noche
siguiente volvería allí a por más.
Quizá no era justo haberla tratado así, y sabía que lo había hecho por la
culpabilidad que sentía por haberse entregado una vez más a una sesión de
sexo sin sentimiento, solo buscando llenar durante unos instantes el
inmenso vacío que había en su corazón. Elsie no tenía la culpa de sus
propias frustraciones, ni del desespero. Pero no podía evitarlo. La rabia
que sentía hacia sí mismo al terminar, y el odio que sentía hacia las
mujeres por no ser Seelie, eran irracionales e injustificables, pero no había
nada que pudiera hacer para eludirlos.
Desde el mismo día en que Seelie murió, estaba condenado.
Capítulo cuatro. El lago secreto.

Maisi había pasado todo el día sola. Tenía hambre, porque nadie le
había llevado algo que comer, y había tenido que hacer sus necesidades en
un cubo que le habían traído.
Enrojeció al pensar en lo que había pasado.
Después que se durmiera llorando, se despertó al cabo de un rato.
Blake la había puesto boca abajo y estaba follándola por detrás sin siquiera
haberse molestado en despertarla. La estaba penetrando con dureza,
echado encima de ella, aplastándola, sin ninguna consideración ni pensar
en que ella aún tenía las manos atadas a la espalda y que las sogas estaban
sesgándole la piel.
—Estáis despierta —gruñó al poco que ella hubiera abierto los ojos,
sin dejar de embestirla—. Me gusta cuando vuestro cuerpo se tensa,
pequeña —le dijo soltando una risita—. Vuestro coño se estrecha aún más
y se aferra a mi polla como si fuera un grillete.
Maisi no contestó. Sentía que su cuerpo se estaba excitando con cada
embestida y empezó a jadear, notando la enorme verga de Blake entrando
y saliendo de su sexo.
—Os gusta, no lo neguéis —le susurró en el oído. Maisi sintió su
cálido aliento rozándole la oreja. Cuando él le mordisqueó el lóbulo, gimió
—. Qué puta sois, milady —se burló, tratándola como si fuese una dama
—. Vuestro coño se está empapando como una catarata.
Maisi se ruborizó de pies a cabeza. Era cierto. Con cada embestida,
cada palabra obscena que Blake le dirigía, su coño se mojaba más y más.
El silencio los envolvía y lo único que se oía eran sus respiraciones
agitadas, y el chapoteo de la polla al entrar en el coño, resbalando en sus
jugos.
El orgasmo la asaltó casi inesperadamente cuando Blake metió una
mano debajo de ella y le aprisionó un pezón, pellizcándola. Arrasó su
cuerpo, atravesándola y haciéndola gritar mientras su trasero se levantaba,
buscando ser penetrada más profundamente y con más violencia.
Blake la siguió casi enseguida, pero en lugar de derramarse dentro de
ella como la vez anterior, salió, se arrodilló y empezó a masturbarse con la
mano mientras el esperma salía a chorro, salpicando toda la espalda de
Maisi.
Cuando terminó, se levantó. Maisi no se atrevió a moverse. Sintió
ruidos metálicos y notó una presión en uno de sus tobillos. Después, él le
desató las manos.
Estaba avergonzada por haberse excitado así. ¡La había violado! Pero
se consoló pensando que aún estaba bajo los efectos de la melaza que él le
había dado. Hasta que Blake dijo:
—Tres folladas, pequeña, y ya eres toda una puta. No pienses que lo
que has sentido es por el efecto de la pócima: hace rato que desapareció.
Maisi lo oyó recoger su ropa y marcharse. Cuando se quedó sola se
incorporó. Blake le había puesto un grillete en el tobillo izquierdo, atado a
una cadena que a su vez estaba fijada en una argolla en la pared.
No había ninguna oportunidad de escapar.
¡Maldito fuera!
Se había ido dejándola sola, con la espalda pegajosa y llena de su
esperma, y sin nada con lo que poder limpiarse.
Cogió la manta que había en el camastro, se envolvió en ella y se
tumbó en la cama, decidida a dormirse.
Se despertó varias horas después. Oyó ruidos en las cuevas y
corredores adyacentes, y voces de hombres. Se tensó por el miedo a que
alguno de ellos fuera hasta allí y la violara como había hecho Blake.
Intentó no moverse ni hacer ningún ruido para no llamar su atención. Por
suerte estaba en una estancia apartada que parecía no estar en un camino
habitual de paso para aquellos bandidos.
La antorcha que iluminaba su dormitorio se consumió y todo se sumió
en la oscuridad. Maisi temblaba de hambre, frío y sed. Pasaron varias
horas hasta que el mismo hombre que había estado de guardia en la
entrada cuando habían llegado, entró con una antorcha nueva, que colocó
en lugar de la vieja, y el cubo para que hiciera sus necesidades.
—A Blake no le gustaría que lo hicierais en el suelo, como los perros,
niña —le dijo riéndose de ella, y Maisi se encogió envolviéndose aún más
en la manta.
Cuando volvió a quedarse sola, corrió hasta el cubo, arrastrando la
cadena, y pudo aliviarse. Después se sentó en la cama otra vez, y esperó. Y
esperó. Y esperó.
No sabía cuánto tiempo había pasado, pero le parecieron días, hasta
que Blake regresó. Llegó con un plato de comida caliente que olía como el
paraíso.
—Veo que tenéis hambre —dijo pasando ante ella y dejando el plato
sobre la mesa que había al lado de la cama.
Ella alargó la mano para poder cogerlo, pero él la golpeó.
—Nada de comer, todavía. Estáis que dais pena. Sucia, con el pelo
hecho un nido de cuervos, y apestáis —la recriminó.
Aquello enfureció a Maisi.
—¡Y cómo queréis que esté! ¡Me secuestrasteis, me arrastrasteis por
todo el bosque, me tirasteis aquí, me habéis follado como os ha dado la
gana! ¡Y ni siquiera habéis sido capaz de proporcionarme un cubo de agua
y un peine para adecentarme!
Blake se la quedó mirando con la diversión bailando en sus ojos.
Suspiró dramáticamente y le hizo una venia muy exagerada, haciendo que
su mano revoloteara en al aire y agachándose hasta casi tocar el suelo con
la frente.
—Tenéis razón, milady —se burló de nuevo—. Soy un completo
desconsiderado. Pero eso tiene fácil arreglo. —Desenganchó la cadena de
la argolla que la ataba a la pared, y tiró de ella—. Vamos, no tenemos toda
la noche.
Maisi lo siguió mientras él iba tirando de la cadena. Tropezaba de vez
en cuando y Blake resoplaba de impaciencia, furioso con su torpeza.
—¡Ya me gustaría veros caminando por aquí descalzo! —refunfuñó
ella, y Blake soltó una risita que la enfureció más.
El suelo estaba lleno de piedras que se clavaban en los pies, y algunas
partes, en lugar de ser de tierra, la superficie era de roca mal tallada, llena
de cantos y esquirlas, que la cortaban.
Le pareció oír el ruido del agua corriendo, y cada vez sonaba más
cerca. Llegaron a una caverna iluminada con muchas antorchas, y había
varios hombres allí, ocupados en diferentes cosas. Maisi se tapó con las
manos como pudo, muriéndose de vergüenza, sabiendo que estaba siendo
el centro de todas las miradas y los comentarios obscenos que soltaron por
sus apestosas bocas.
—¡Eh, jefe! —dijo uno riéndose—. Nosotros también queremos un
coñito que poder follar.
Todos estallaron en carcajadas al ver cómo ella corría hasta ponerse al
lado de Blake, que no había bajado su ritmo.
—¡Pronto, muchachos! —contestó él, uniéndose a las risas—. De
momento, me la llevo a la cascada porque huele que apesta.
El coro de carcajadas la persiguieron durante un rato, aun después de
haber abandonado aquella caverna.
Pasaron por un pasillo que se fue estrechando cada vez más, similar a
aquel por el que habían entrado, pero con mucha humedad. Había charcos
en el suelo, y el ruido del agua era cada vez más y más fuerte. Acabó
estrechándose tanto que Blake, mucho más corpulento que ella, tuvo que
caminar de lado para poder pasar. Al final salieron a otra cueva más
pequeña que daba a la parte posterior de una cascada. Caminaron por una
cornisa hasta salir de detrás de la cortina de agua a un pequeño valle entre
las montañas, lleno de vegetación. El sol todavía estaba en lo alto y sus
rayos se filtraban a través del follaje.
Bajaron con cuidado por un camino muy empinado. Maisi se resbaló
más de una vez, cayéndose de culo, provocando las risas de Blake. Maisi
lo odiaba, y le hubiera gustado poder tener algo para golpearlo. En uno de
los tropezones quedó a su alcance una rama que se había roto, la cogió
aprovechando que Blake seguía de espaldas a ella, y lo atacó. Descargó el
golpe con toda la furia de su pequeño cuerpo, dejando ir con él el odio, el
miedo, el dolor, todos los sentimientos que se habían acumulado en su
corazón durante aquellos dos días.
Blake recibió el golpe en la cabeza, y lo aturdió. Cayó de rodillas
llevándose las manos a la cabeza, soltando momentáneamente la cadena
que llevaba sujeta, dejando una sarta de imprecaciones que hubieran
ruborizado al asesino más implacable.
Maisi aprovechó para coger la cadena y salir corriendo. Sus pies
volaban por el camino; no le hizo caso al dolor que sentía, impulsada por
la necesidad de huir a toda costa. Oyó detrás de ella el ruido de las pesadas
botas de Blake, que se había levantado con rapidez, golpeando el suelo.
El suelo estaba húmedo, lleno de piedras y raíces. Maisi tropezó y se
cayó al suelo, golpeándose con el pecho contra un tronco caído. El aire
huyó de sus pulmones a consecuencia del porrazo y jadeó, buscando aire.
No tuvo tiempo de volver a levantarse. Blake estaba sobre ella con los ojos
enrojecidos por la furia. La agarró por el cuello y la levantó con una sola
mano, empujándola contra el tronco del árbol. La mantuvo allí varios
segundos, con los pies sin tocar el suelo, mientras él jadeaba intentando
controlarse, y ella luchaba por apartar las manos que la estaban ahogando.
Ni siquiera podía suplicar mientras era consciente que la vida se le iba
escapando poco a poco.
Finalmente las fuerzas la abandonaron. Las manos cayeron laxas, sin
fuerza, y no pudo hacer otra cosa que mirar a Blake a los ojos. Fue
entonces que él se dio cuenta que la estaba matando y la soltó, dejando que
cayera al suelo, y se apartó varios pasos de ella.
—Maldita mujer —masculló mirando cómo Maisi, en el suelo,
luchaba por volver a llenar de aire sus pulmones. Se acercó a ella y la
cogió del pelo, tirando de él—. No vuelvas a hacer algo así, maldita puta.
O en lugar de follarte yo, permitiré que mis hombres metan sus pollas en
ti, ¡¿entendido?!
Maisi dejó ir un «sí» entrecortado y susurrante que Blake ni siquiera
hubiera oído si no hubiese tenido el rostro tan cerca del suyo.
La levantó tirando del pelo hasta que ella volvió a estar en pie. Cogió
la cadena y tiró de ella, prosiguiendo la marcha. Maisi estaba mareada y
casi no podía ni andar, pero él no tuvo compasión y cada vez que ella se
rezagaba, tiraba de la cadena que estaba atada a su pie, poniéndola en
riesgo de caerse de nuevo.
—La próxima vez que necesites lavarte —le dijo con la voz fría y
cortante—, lo harás en un barreño en la caverna principal, a la vista de
todos. Así no se te pasará por la cabeza intentar escapar, maldita estúpida.
Maisi estaba aterrorizada. Se había arriesgado por nada y había estado
a punto de morir. ¿De verdad creía que alguien como ella, pequeña y débil,
podría tumbar a un hombre alto y fuerte como Blake, usando tan solo la
rama de un árbol? Incluso un guerrero como Kenneth tendría dificultades
en lograr derribarlo. Y ahora Blake estaba furioso con ella y no podía ni
imaginarse cómo se lo haría pagar. Porque estaba segura que su intento de
fuga le traería graves y desagradables consecuencias.
Llegaron a la orilla del estanque que se había formado a los pies de la
cascada, y lo bordearon hasta llegar a la caída del agua. En el borde había
una roca con una argolla, y Blake fijó allí la cadena. Después rebuscó entre
el follaje y sacó una cesta con varias cosas dentro.
—Toma —le dijo—. Este es el lugar al que traemos a las vírgenes para
que se laven antes de ser entregadas al Amo. En ese cesto tienes todo lo
que puedes necesitar.
Su voz sonó fría como el hielo, cortante. No había burla, ni nada. Era
como si le hablara alguien sin alma. Maisi se estremeció. Casi prefería al
tipo que la violaba mientras farfullaba obscenidades. Por lo menos, con él
tenía la sensación que disponía de una oportunidad.
Necesitaba que ese hombre regresara.
—¿Quién es ese Amo? —se atrevió a preguntar mientras sacaba las
cosas de dentro del cesto. Había un paño para frotarse, jabón, y un aceite
para después del baño que dejaría su piel suave y perfumada. También
había un lienzo grande para secarse después.
Blake se sentó en la roca y se entretuvo a mirarla. No contestó
inmediatamente. Parecía estar estudiándola, como si se preguntara por qué
hacía esa pregunta.
—Nadie que deba importaros —contestó finalmente—. Ya no sois
virgen, así que no tendréis tratos con él. Afortunadamente para vos.
Maisi cogió el paño y el jabón, y entró con cuidado dentro del agua.
Estaba fría, muy fría, pero era una mujer de las Tierras Bajas y no se
amilanaba con poco. Empezó a frotarse por todo el cuerpo con energía
para quitarse la suciedad, el olor, y los restos del sexo de la noche
anterior.
—¿Y para qué necesita a las vírgenes? —insistió al cabo de un rato.
No sabía por qué hacía tantas preguntas, solo que había algo en su interior
que le decía que era importante que lo hiciera hablar.
—No lo sé, y no es de mi incumbencia. Yo solo hago lo que me ordena.
Maisi paró de frotar y lo miró fijamente.
—Habláis de él como si fuera vuestro dueño...
—No lo llamo Amo por capricho —respondió con una sonrisa torcida
en la que Maisi vio un trazo de pesar.
—Entonces sois su siervo.
—No. Es mucho más que eso, pequeña Maisi. Miradme a los ojos —le
ordenó, y ella obedeció.
Sus miradas quedaron prendidas la una de la otra. Fue como si los ojos
de Blake la absorbieran, llevándola por un túnel de escalofríos plagados de
horrores. Vio muerte, destrucción y dolor; mucho dolor. Allí ardía un
fuego eterno que provenía del principio de los tiempos y lo estaba
consumiendo. El Infierno desatado en su interior extinguía su alma que
gritaba por la atrocidad que lo obligaban a vivir.
—¡Basta!
Blake gritó y saltó al agua. La cogió por los hombros y la sacudió hasta
que ella volvió en sí. Estaba llorando. Las lágrimas manaban de sus ojos
como dos torrentes.
—Lo siento —musitó Maisi perdida todavía en el dolor que había
sentido. Se abrazó a él, desconsolada, no sabiendo cómo ayudarlo. ¡Tanto
sufrimiento!
—Es un demonio, pequeña Maisi. Se apoderó de mí cuando solo era un
chiquillo aterrorizado que huía de un padrastro que lo molía a golpes —
susurró Blake. No sabía por qué le estaba contando esto. Nunca se lo había
dicho a nadie, y las únicas personas que conocían su secreto eran la bruja,
el Amo y él mismo—. Llegué a la grieta por la que entramos y me escondí
allí. Lo oí llamarme. Me atrajo su voz y el miedo que le tenía a mi
padrastro hizo que aceptara su trato. «Tu alma a cambio del poder de la
venganza», me dijo. «Nunca más nadie podrá hacerte daño». Le creí y
acepté sin saber bien qué estaba haciendo. Desde ese instante, le
pertenezco.
—¡No es justo! —exclamó Maisi alzando la mirada y encontrándose
en los ojos de él un atisbo de humanidad—. Solo erais un niño. ¡Ha de
haber una manera de romper el pacto!
Blake sonrió con tristeza. Alzó una mano y le acarició el pómulo antes
de estrecharla entre sus brazos.
—No hay ninguna manera, pequeña. Le pertenezco, igual que vos
ahora.
—¡No! —gritó, y lo empujó para alejarse de él—. ¡Yo no le
pertenezco! Ni le perteneceré nunca.
—Os equivocáis. Sois mía y, por lo tanto, le pertenecéis.
—¡No! —volvió a gritar, negando lo evidente, reforzando la negación
con el movimiento de su cabeza, pero Blake se acercó a ella, la aferró con
fuerza y se apoderó de su boca en un beso salvaje y posesivo.
Maisi le rodeó el cuello con los brazos y le devolvió el beso con la
misma pasión, dejando que la devorara y la estrechara contra él. Buscó con
desesperación la cinturilla de sus calzas. Tiró del lazo y se las bajó hasta
que su verga quedó a la vista. Blake la cogió por las nalgas y la levantó a
pulso, instándola a rodearle la cintura con sus piernas. Después, cogió su
polla con una mano y la penetró sin dejar de besarla salvajemente.
Maisi jadeaba y gemía al sentirlo dentro, abriéndose paso con fuerza,
mientras la impulsaba arriba y abajo con sus poderosos brazos. Su verga se
deslizaba entre los jugos de su excitación, y el roce la llevaba más allá de
la realidad. Era estar en el cielo y en el infierno al mismo tiempo. Era tan
grande, larga y gruesa, que sentía cómo golpeaba en el borde de su útero
mientras su lengua seguía explorando el interior de su boca.
Sus labios se separaron y Blake la miró mientras seguía follándola con
dureza, sosteniéndola entre sus musculosos brazos, entrando y saliendo de
su cuerpo sin misericordia. Maisi sollozaba de placer y suplicaba una y
otra vez, gimiendo, por alcanzar la liberación.
—Sois mía, ¿os dais cuenta? —le espetó él mientras seguía follándola
—. Mía para siempre. No vais a ir a ningún lado, muchacha. Esta será
vuestra vida a partir de ahora. Conmigo. ¡Mía!
El orgasmo la alcanzó con el último grito de él mientras seguía
follándola sin parar. La atravesó como un huracán llevándose parte de su
alma y de su corazón sin que pudiera hacer nada, hasta quedar laxa en sus
brazos, sin fuerza, mientras él seguía y seguía sin parar.
Blake se giró y caminó con ella en brazos hasta la roca. Tiró de la
cadena para apartarla y la depositó allí encima. Levantó sus piernas y se
las pasó por encima del hombro. Era su postura favorita porque así podía
penetrarla con dureza mientras veía y acariciaba sus bamboleantes y llenos
pechos.
Bombeó y bombeó al mismo tiempo que pellizcó sus pezones. Ella
empezó a responder otra vez. No iba a dejar que se comportara como una
muñeca sin vida. La quería despierta y excitada, con su orgasmo
construyéndose de nuevo. Quería oír sus gemidos, sus sollozos, sus
súplicas desesperadas. Quería que le agarrara los brazos y le clavara las
uñas mientras le exigía más y más. Y lo consiguió, porque Maisi volvió a
abrir los ojos y participó de nuevo en aquel acto feroz sin importarle la
roca que se clavaba en su espalda con cada empujón de él, hasta que el
orgasmo la alcanzó de nuevo y gritó una y otra vez mientras Blake se
derramaba en su interior y le susurraba obscenidades.
Él se dejó caer sobre ella, exhausto, y Maisi lo rodeó con los brazos,
acunándolo como si fuera aquel chiquillo que había sido engañado por el
demonio que vivía en el interior de la montaña, mientras esparcía tiernos
besos por su rostro.
—Esta noche vamos a hacer otra incursión —le dijo él cuando
recuperó las fuerzas y se incorporó. Maisi sintió como si se hubiera
llevado parte de su alma al apartarse—. Se quedarán dos hombres
vigilando las cuevas, pero no debéis temer nada. Saben que sois mía y no
se atreverán a tocaros.
Blake se preocupaba por ella. No entendía por qué, pero lo hacía.
«¿Será acaso —pensó Maisi— que he conseguido abrir una brecha en su
coraza?».

***

Tal y como Kenneth había previsto, Elsie no lo acusó de nada. Al día


siguiente le demostró su furia con miradas amedrentadoras a escondidas
de su cornudo esposo, que le hacían mucha gracia. Era una mujer fogosa y
con mucho carácter, y estaba seguro que aquella misma noche volvería a
presentarse en su alcoba buscando más sexo. Y él se lo daría porque no
podía decir que no.
Nunca había sido un hombre especialmente obsesionado con el sexo
opuesto. En su juventud tuvo amantes, por supuesto, sobre todo en la
época en que su corazón latía por Seelie sin ninguna esperanza, pero no le
valía cualquier muchacha y muchas veces, a pesar de las miradas de las
mozas, declinaba sus invitaciones y prefería la soledad de su dormitorio.
Pero después de la muerte de su amada, todo cambió.
Las mujeres... no, el sexo se convirtió en una obsesión. Al principio
alternaba las borracheras con las folladas, mezclándolas la mayor parte de
las veces. Le daban igual si eran mozas decentes o putas a las que tenía
que pagar: mientras se abrieran de piernas y lo acogieran, a él no le
importaba. Incluso dejó de importarle si estaban casadas, prometidas o
eran solteras. Su padre, el McDolan, tuvo que terciar en más de una
disputa con maridos cabreados por haberse follado a sus mujeres, hasta
que al final, seis meses después de la muerte de su prometida, le dio un
ultimátum: o volvía a comportarse tal y como su posición le obligaba, o lo
desterraría de las tierras del clan. Kenneth no se lo pensó ni un minuto:
hizo su petate, cogió su claymore, y se largó a lomos de su caballo
Tormenta.
Se convirtió en un mercenario que peleó para cualquier clan que lo
contratara, sin importarle las razones ni quién tuviera la razón en las
rencillas desatadas. Las disputas entre clanes eran tan normales como el
frío, o el agua de la lluvia, y se llevaban por delante las vidas de muchas
personas inocentes como su querida Seelie. Después se cansó de esas
peleas estúpidas, y empezó a buscar comunidades menos favorecidas,
como las aldeas de Recodo Salvaje, Tomillo Ventoso o Sauce Alegre,
lugares que sufrían el azote de los bandidos y cuyos lairds tenían cosas
más importantes que hacer que preocuparse por la suerte de unos
poblachos que a duras penas rendían beneficios.
Y entre pelea y pelea, en las que buscaba la muerte con desesperación,
se metía en la cama con tantas mujeres como podía porque esos momentos
que les dedicaba, eran los únicos en que Seelie se iba de su mente y podía
olvidarla. El resto del tiempo estaba allí presente, rompiendo cada pedazo
de su alma en trozos más y más pequeños.
Esperaba que su amor no pudiera ver en qué se había convertido, y si
acaso lo veía desde el cielo, rezaba para que, cuando volvieran a
encontrarse, lo perdonara. Aunque había veces en que dudaba que él
pudiera ir allí al morir.
—Estáis muy pensativo.
La voz de Elsie lo sacó de su abstracción. El sol había llegado a su
ocaso sin que Kenneth se diera cuenta, sumido en sus recuerdos mientras
estaba sentado en el pequeño jardín que había en la parte posterior de la
casona.
Miró a la muchacha y le guiñó un ojo mientras sonreía, provocándola.
—Estaba pensando en vos.
Elsie ni siquiera se sonrojó cuando se acercó a él contoneándose,
siendo consciente de la atracción que ejercía sobre Kenneth. Se sentó a su
lado y se sacudió el pelo, coqueta.
—Esta noche os volveré a visitar, Kenneth.
Lo dijo como si fuera a hacerle un inmenso favor y le volvió a guiñar
el ojo.
—Probadlo. Puede que os esté esperando, o puede que haya salido a
pasear bajo la luna.
Se levantó y la dejó allí sola con un mohín de fastidio en los labios.

***

Cuando Blake y Maisi regresaron al interior de la cueva, él la llevaba


en brazos y envuelta en el lienzo que le había servido para secarla. Ella le
rodeaba el cuello y descansaba la cabeza en torso, con su aliento muy
cerca del hueco del hombro.
La dejó sobre la cama con mucho cuidado, fijó la cadena a la pared, y
se marchó sin decir nada.
Caminó por los túneles hasta la caverna que hacía las veces de
almacén. Allí tenían guardadas muchas cosas, entre las cuales había varios
vestidos que habían rapiñado en alguna de sus incursiones. Ni siquiera
sabía por qué sus hombres lo hacían. Cogió el que le pareció el más bonito
y, más o menos, de la talla de Maisi, y se lo llevó.
—Póntelo —le dijo. Y se marchó de nuevo.
Tenía una aldea que asaltar y unas mujeres que secuestrar.

***

La bruja lo observó desde la oscuridad de su escondite. Acababa de


darse cuenta que había cometido un error al entregarle aquella muchacha a
Blake. El esclavo de su Amo estaba empezando a tener sentimientos por
ella, y eso era inaceptable. Sobre todo porque pudo ver, en el corazón de la
mujer, que serían correspondidos si le daba la oportunidad.
Tenía que intervenir, y con rapidez. La aldeana debía saber cómo era el
verdadero espíritu de Blake, cruel y retorcido, para que sintiera horror y lo
despreciara. No podía permitir que la recién llegada le diera un hálito de
esperanza.
Capítulo cinco. El ataque.

Maisi estaba tumbada en la cama mirando con fijeza la vela que Blake
le había dejado sobre la mesita antes de darle un beso y decirle que
volvería en unas horas. Estaba preocupada. Los sentimientos
contradictorios la estaban consumiendo. Por un lado temía lo que los
criminales pudieran hacer en su aldea, pero por otro, temía lo que Kenneth
le pudiese hacer a Blake.
Era un sinsentido. Aquel hombre la había secuestrado, paseado
desnuda por todo el bosque, con la intención de entregarla a una especie de
demonio que vivía bajo las montañas. Cuando eso no fue posible porque
ya no era virgen, la drogó con una extraña pócima que la hizo excitarse
como nunca antes, y atada y todo, se entregó voluntariamente a su captor.
Pero después, aquella misma noche, ya sin los efectos del brebaje, volvió a
follarla y ella alcanzó el éxtasis. Y en la cascada, dentro del agua, lo
mismo. ¿Qué le pasaba? Incluso sentía piedad por él, y ganas de abrazarlo
y acunarlo para consolarlo por todo lo que había sufrido.
Cuando le ordenó que lo mirara a los ojos, en el estanque de la
cascada, fue como si él la empujara hacia el pozo de sus recuerdos. No
había visto hechos, pero sí sentimientos y emociones, y fue horrible. No
podía imaginar cómo Blake había conseguido sobrevivir a tanta locura
manteniendo la cordura.
Sin darse cuenta, se quedó dormida.

***

La aldea estaba silenciosa. Todo el mundo se había retirado a sus casas


a dormir, dejando las calles vacías y solitarias. Kenneth paseó bajo la luna,
atento a cualquier ruido que pareciera fuera de lo normal. Se oía el viento
entre los árboles, y el sonido de algunos animales nocturnos que habían
salido a buscar su sustento diario. Todo parecía en calma.
Parecía.
Estaba girando para volver a casa del alcalde para meterse en la cama,
cuando oyó el piafar de un caballo. Todos sus músculos se tensaron,
desenvainó su espada y se escondió.
Estaba solo. Había intentado convencer al alcalde de la conveniencia
de tener algún tipo de patrulla permanente que vigilara, haciendo turnos
rotatorios entre los hombres de la aldea, pero el muy cabezota se había
negado. Para eso ya le pagaba a él, le había dicho. Ni siquiera había
permitido que los dos muchachos que lo habían acompañado en el rastreo,
Duncan y Brandon, permanecieran con él.
Los caballos pasaron muy cerca, y Kenneth aguantó la respiración para
que no lo descubrieran. El primer jinete era el mismo que se había llevado
a Maisi. Lo reconoció por el manto y la capucha con la que se cubría el
rostro. Había siete más. Los caballos llevaban las pezuñas cubiertas con
trapos para evitar hacer ruido, y si no hubiese sido por el inoportuno
piafar, lo habrían cogido desprevenido.
El jinete que estaba al mando dio indicaciones al resto con las manos,
señalando una y otra casa, y el grupo se separó.
Kenneth sabía que no podría evitar que se salieran con la suya, pero
intentaría aguarles la fiesta lo más que pudiera. Corrió en silencio por
detrás de la tapia en la que se había escondido, para rodearla hacia el
bandido que se dirigía a la casa más cercana. Lo pilló desprevenido antes
que entrara, y lo golpeó en la cabeza con la empuñadura de la claymore.
Sonrió malévolo. Ya tenía a quién interrogar después.
Lo ató deprisa y lo arrastró hasta dejarlo fuera de la vista.
En ese momento, empezaron los gritos.
Kenneth esperaba que los aldeanos salieran para socorrer a sus
vecinos, pero ninguna luz se encendió, excepto en aquellas casas que
habían sido invadidas.
—Cobardes —masculló, y por un momento pensó que acaso merecían
lo que les pasaba.
Corrió hacia la siguiente casa, y detuvo a otro de los malhechores que
ya salía arrastrando por los pelos a una muchacha que gritaba y se debatía,
intentando soltarse. Balanceó su espada y le dio un tajo en la espalda. El
hombre gritó de dolor y cayó al suelo, retorciéndose. Kenneth se giró,
dispuesto a seguir, cuando vio que el jinete al mando iba hacia él montado
a caballo y con la espada en alto.
Kenneth plantó los pies en el suelo con firmeza, separando las piernas,
y cogió la espada con ambas manos, preparándose para el ataque. El
bandido cayó sobre él, arrollándolo con el caballo. Kenneth fintó en el
último momento, girando sobre sí mismo, lanzando un tajo y alcanzando
al caballo en el vientre, que tropezó y cayó hacia adelante, despidiendo al
jinete por encima de su cabeza.
—¡¡Blake!! —gritó uno de los bandidos, y pareció ir a correr hacia el
caído para ayudarlo, pero el aludido se levantó de un salto y lo impidió
con un gesto brusco de la mano para, inmediatamente, tirarse sobre
Kenneth, al que pilló desprevenido.
Rodaron por el suelo. Kenneth perdió su espada y empezaron a lloverle
golpes en la cara y en el pecho. Los devolvió, y de un empujón
sobrehumano consiguió zafarse de su contrincante.
Los puñetazos iban y venían entre los dos combatientes, mientras el
resto salía de las casas con sus presas, montaban a caballo y se alejaban de
allí al galope.
Blake se creyó perdido durante un momento cuando Kenneth le lanzó
un puñetazo que le dio en la oreja, haciendo que su cabeza retumbara y que
cayera aturdido al suelo, pero vio un caballo sin jinete, se levantó aturdido
aún y corrió hacia allí dando tumbos, perseguido por Kenneth.
El escocés vio que iba a escapar, así que sacó el puñal que llevaba
escondido en la bota, y lo lanzó justo cuando Blake montaba en el caballo,
alcanzándolo en un hombro.
Así y todo, el herido consiguió aferrarse a las riendas y salir de allí al
galope.
Había conseguido salvar a una muchacha y herir al que parecía el
cabecilla, pero cuatro muchachas habían sido secuestradas.
Cuando el pueblo quedó en silencio, Kenneth regresó sobre sus pasos
para recoger la claymore que se le había caído y, después de enfundarla,
volvió al lugar donde había escondido al malhechor que había conseguido
dejar inconsciente.
Lo agarró por la ropa con una mano, y lo llevó arrastrando como si
fuera un pelele por toda la calle hasta la casa del alcalde.
Aquel hideputa hablaría hasta por los codos, y le contaría con todo
detalle cómo podía llegar al campamento de sus compinches, y qué hacían
con las muchachas que habían secuestrado.

***

—Estás loco.
—¿Por qué? ¿Por querer lo mismo que el jefe?
Ambos malhechores estaban escondidos vigilando el túnel de acceso a
las cavernas donde se escondían, tal y como Blake les había ordenado,
esperando el regreso de la patrulla que había ido hasta la aldea en busca de
vírgenes. Llevaban horas allí, el tiempo suficiente para que la mente
ociosa de Grub se deleitara en mil crueldades.
—Yo solo digo que no deberías provocarlo. Ese hombre me da
escalofríos.
—Es un hombre —replicó el otro—, tú lo has dicho. ¿Por qué le tenéis
tanto miedo?
—Grub, tú hace poco que has llegado. No lo conoces y no sabes qué es
capaz de hacer.
El aludido sonrió con maldad, mostrando una dentadura negra.
—Él tampoco me conoce a mí. Te digo que voy a follarme ese coñito
que tiene guardado para él, y después lo mataré.
—Grub, no lo hagas, o serás tú el que muera. Y no será agradable.
Mató a Dwayne y a...
—Esos dos —lo interrumpió con exasperación—, se dejaron matar
como corderos. Ni siquiera opusieron resistencia.
—Porque sabían que lo único que conseguirían sería morir lenta y
dolorosamente.
—Tonterías. Blake solo es un hombre. Un puñal afilado en su corazón
hará un trabajo rápido con él.
—¿Solo un hombre? —murmuró el otro, nada convencido, mientras
veía a Grub entrar en el túnel dispuesto a conseguir lo que deseaba—. No
estoy tan seguro de eso...

***
Blake alcanzó a sus hombres antes que llegaran el desfiladero. Le dolía
el hombro pero estaba acostumbrado al sufrimiento y una herida así no iba
a impedirle llegar a su destino.
Sus hombres estaban todos excepto dos.
—¿Lud y Zark? —preguntó, y los hombres se miraron unos a otros,
dubitativos.
—No lo consiguieron, jefe —contestó uno finalmente.
—¿Alguno los ha visto caer?
—Vi caer herido a Zark, de un tajo. De Lud, no sabemos nada.
Blake empezó a repartir órdenes. Dos irían con él hacia la cueva para
entregar a las muchachas a la bruja. El resto, llevaría a los caballos hasta
el refugio y se dispersarían por el bosque para borrar sus huellas y
mantener el ojo avizor por si aparecía alguna patrulla de aldeanos
buscándolos.
Mucho se temía que Lud no estaba muerto, sino en manos del
gigantesco escocés que se había enfrentado a él, y estaba convencido que
conseguiría hacerlo hablar.
No le preocupaba que encontraran su escondite. Los aldeanos eran
unos cobardes que no osarían ir hasta allí, y el guerrero escocés no sería un
problema una vez se internara en las cuevas que eran los dominios de su
Amo. Hasta podría llegar a ser que se hiciera con su alma. Todo dependía
de qué necesitase aquel hombre, y si el Amo podía proporcionárselo.

***

Grub llegó a la pequeña caverna que servía de dormitorio a Maisi.


Estaba decidido. Hacía meses que no tenía una buena diversión que
incluyera sexo, a pesar de todas las mujeres que habían pasado por aquella
red de túneles y cavernas que horadan el interior de las montañas. Le
entregaban las pequeñas putas a la bruja, y él tenía que conformarse con su
propia mano para desahogarse. ¡Estaba harto! Ahora había allí una mujer
que no era intocable, y que tenía unas buenas tetas. Había tenido la suerte
de verlas cuando el hijo de puta de Blake la paseó por la caverna en la que
estaba con los otros. Todos la habían visto, y se habían relamido. ¿Tan
seguro estaba de sí mismo el jefe que pensaba que podía refregarles por la
cara de forma impune a aquel bombón?
Si Blake podía meter su polla dentro de ese coño, él también.
Entró e iluminó el lugar con la antorcha. Sobre la desvencijada mesita
había una vela que se había consumido. Se relamió de gusto cuando vio
que la muchacha estaba dormida, y bien amarrada con una cadena a la
pared. No podría escapar.
Sujetó la antorcha a la pared, en el soporte que había, y se frotó la
entrepierna. Tenía la polla henchida y deseosa.
Se acercó a la cama y tiró de la manta con la que ella se había cubierto.
Maldijo porque esperaba encontrársela desnuda, pero alguien le había
proporcionado un vestido que cubría su desnudez. No importaba. También
sería divertido arrancárselo mientras forcejeaba.
La agarró por el cuello con una mano, apretando lo suficiente para
inmovilizarla pero no para matarla, y se rio cuando Maisi se despertó
aterrada, abriendo los ojos desmesuradamente, y lo agarró con ambas
manos intentando soltarse.
—Va a ser divertido, putita —le susurró al oído mientras con la mano
libre empezaba a manosearla por encima de la ropa—. Tienes unas tetas
estupendas —dijo mientras le apretaba una tan fuerte, que le hizo daño.
—Por favor... no... —suplicó Maisi con los ojos anegados de lágrimas.
En los últimos tres días su vida se había convertido en una pesadilla de la
que no sabía cómo despertar. El apestoso aliento de aquel hombre le
inundaba las fosas nasales, y aquella mano que la toqueteaba, mugrienta,
asquerosa... Quiso gritar pero la presión en su garganta se lo impidió.
—Suplícame, nenita —se burló de ella—. Me excitan las súplicas...
Le arrancó el corpiño del vestido y sus pechos quedaron desprotegidos.
Ella volvió a suplicar, sollozante, y Grub se rio de nuevo mientras bajaba
la cabeza y empezaba a chuparle un pezón, apretándole el pecho con la
mano. Maisi le tiró del pelo, intentando deshacerse de él, y lo único que
consiguió fue que Grub alzara la cabeza con los ojos inflamados de furia y
le diera un puñetazo que la aturdió.
—Así me gusta, quietecita y tomando todo lo que te dé —gruñó
mientras aprovechaba que ella no se defendía para tirar de su vestido hasta
quitárselo.
No llevaba nada debajo.
—Vamos a ver que tal le sienta a mi polla tu lindo coñito, zorra —
refunfuñó.
Se acostó encima de ella, abriéndola de piernas. Maisi sintió su peso e
intentó luchar, pero el golpe había sido muy fuerte y la había dejado medio
inconsciente. Notó el movimiento de su atacante, que se estaba bajando los
calzones y liberaba su verga. Sintió la punta rozándole la entrada a su
vagina e hizo un esfuerzo para reaccionar, luchar, gritar, algo...
Lo empujó por los hombros con todas sus fuerzas, y gritó, gritó y gritó
cuando notó que empezaba a penetrarla.
—¡¡¡BLAAAAKEEEEEEE!!!

***

Blake iba de camino hacia la caverna donde lo estaba esperando la


bruja. Iba precediendo la marcha, y detrás, sus hombres llevaban a unas
asustadas y sollozantes muchachas. La bruja tenía que cerciorarse que eran
vírgenes antes de entregarlas al amo.
Oyó el grito de Maisi cuando casi habían llegado a su destino, y no
tuvo que pensar ni un instante en qué debía hacer: su prioridad fue clara.
Salió corriendo en dirección a su dormitorio, desesperado, sintiendo cómo
el corazón le latía tan deprisa que amenazaba con salírsele del pecho.
Llegó desbocado, furioso, aterrorizado. Vio al nuevo, Grub, encima de
Maisi, y los ojos se le llenaron de sangre. Lo agarró por el pescuezo y tiró
de él hacia atrás. Maisi seguía gritando su nombre, «¡Blake! ¡Blake!»,
como si fuera una letanía que fuese a salvarla.
Lanzó a Grub contra la pared, y éste rebotó, cayendo al suelo. Le pateó
el estómago y los huevos con las botas, ensañándose con él, mientras el
otro gemía y sollozaba suplicando piedad. Después se arrodilló y le cogió
la cabeza, empezando a golpearla contra el suelo hasta que la convirtió en
una masa sanguinolenta, mientras rugía de pura rabia.
Grub había dejado de suplicar. En realidad, había dejado de emitir
cualquier sonido. Blake se levantó, respirando agitadamente. Sus hombros
y pecho subían y bajaban con rapidez, al mismo ritmo que sus pulmones
necesitaban aire. Estaba de espaldas a Maisi, y temió girarse por lo que
podría ver en sus ojos. Miedo, pavor, terror ante la brutalidad exhibida por
él.
Que así fuera, pensó. Si le tenía miedo, debería aprender a vivir con
ello porque no tenía ninguna intención de renunciar a ella y dejarla ir.
Se giró y la miró.
Maisi se había cubierto con los restos del vestido destrozado. Se había
sentado, acurrucándose contra la pared con las rodillas dobladas. Las
lágrimas corrían libres por sus mejillas; hipaba entrecortadamente
mientras lo miraba. Blake dio un paso hacia ella, y Maisi se levantó,
tirando el vestido, y corrió hacia él hasta aferrarse a su cintura, buscando
consuelo y protección.
La sorpresa se reflejó en el rostro de Blake. Había esperado cualquier
cosa menos aquello. Había matado a un hombre, ensañándose, y a pesar de
eso, ella se había lanzado a sus brazos sin importarle las manchas de
sangre, ni la violencia de la que había sido testigo.
Poco a poco alzó las manos hasta acariciarle la espalda. Tenía la piel
tan suave, y sus curvas se amoldaban a la perfección contra su duro
cuerpo. Era hermosa, valiente, sincera... una luz en la oscuridad.
Uno de sus hombres apareció, resoplando, y se quedó en la puerta
mirando del cadáver hacia Blake.
—Llévate esto —le ordenó—. Y dile a la bruja que estoy con ella en
unos minutos.
—Sí, jefe.
Se llevó a Grub arrastrándolo por las piernas mientras Blake seguía
acariciando la espalda desnuda de Maisi.
—Ssssh, cielo —le susurró al oído—. Ya terminó todo.
Rodeó su cintura con fuerza, como si temiera que él se fuera a marchar.
Blake dejó ir una risita suave.
—No os preocupéis, pequeña. Nadie más osará haceros daño.
Los susurros y las caricias la fueron calmando poco a poco. Levantó la
mirada hacia su rostro, anhelante, y Blake no pudo resistirlo.
La besó larga y profundamente mientras deslizaba las manos por su
espalda hasta llegar a las nalgas. Las apretó, empujándola hacia su
incipiente erección. Maisi le devolvía el beso gimiendo como si le fuera la
vida en ello. Le rodeó el cuello con los brazos, enterró las manos en su
pelo, acercándolo más a ella como si quisiera que se fundieran en uno.
Blake rompió el beso un instante.
—Sois mía —afirmó respirando con dificultad—. No voy a dejar que
nadie más os toque.
La levantó y ella le rodeó la cintura con las piernas. Caminó con ella,
besándola con dureza, hasta apoyarla contra la pared.
—Quiero follaros ahora mismo. Liberad mi verga, Maisi.
Ella lo obedeció con rapidez, e intentando abarcar la gruesa longitud
con la mano, lo guió hasta su coño.
Blake se introdujo en ella de golpe, con furia. Rugía con cada estocada,
cada penetración, cada invasión. Ella le devolvía gemido por bramido,
beso por beso, pasión por pasión. La folló con violencia, dejando ir así
todo el miedo que había sentido al pensar que podía perderla. No le
importó el dolor que sentía en el hombro, ni que su espalda desnuda se
estaba arañando contra la pared. No le importó que Maisi no estuviera
preparada, que su invasión le fuese dolorosa, que ella sollozara de nuevo
con el rostro escondido contra su hombro.
No le importó nada excepto su propia liberación, sentirse vivo, sentirla
a ella apretando su miembro con su vagina, exprimiéndolo, saciándolo.
Todo desapareció excepto Maisi, sus gemidos, sus gritos, sus rugidos, y el
tintineo de la cadena con la que la mantenía prisionera, golpeándose contra
el suelo.
Eyaculó con violencia, llenándola con su semen, sin dejar de
martillear. Cuando por fin los estertores de la liberación se fueron
apagando, se dio cuenta de lo que había hecho. La soltó, y Maisi resbaló
por la pared hasta quedar sentada en el suelo. Se apartó de ella caminando
hacia atrás sin dejar de mirarla. Ella tenía la cabeza caída hacia adelante y
el pelo le tapaba el rostro, y los brazos, laxos, a los lados del cuerpo.
Respiraba con dureza, como si le costara.
Blake se abrochó la cinturilla de los calzones, recuperada la serenidad
a la fuerza. Esto es lo que era, y más le valía a ella entenderlo si quería
sobrevivir.
—Tapaos —le ordenó con voz dura y fría. Estaba seguro que ella ya no
lo miraría nunca más con la ternura que le había visto en el estanque, ni
que esperaría encontrar un refugio entre sus traidores brazos—. Alguien os
traerá agua para que os lavéis.
Se fue de allí, dejándola sola, aturdida, desconcertada, sin saber qué
había pasado, ni por qué.
Capítulo seis. El ritual del diablo.

A Kenneth no le fue difícil hacer hablar al prisionero. Por suerte o por


desgracia, tenía una amplia experiencia en estos menesteres adquirida
durante los últimos cinco años. Cuando regresó a la casa del alcalde,
estaba sucio, cansado, dolorido, y asqueado. El prisionero le había contado
cosas que le habían erizado el vello, cosas que eran terroríficas hasta para
un guerrero curtido como él.
La locura podía manifestarse de diversas maneras, y por lo visto, ese
tal Blake, el jefe de los bandidos que atacaba las aldeas, estaba más loco
que una cabra. Las cosas que le había explicado el cautivo, solo podían
salir de una mente realmente enferma. ¿Demonios? ¿Brujas? Él no creía
en tales cosas.
Pero ahora sabía dónde se escondían, y acabaría con él.
—¿Os gustaría tomar un baño caliente, Kenneth?
La pregunta de Elsie lo tomó por sorpresa. No la había oído llegar;
estaba demasiado cansado y necesitaba desesperadamente dormir un buen
rato. Ella estaba en camisón, apoyada en el marco de la puerta, mirándolo
con ojos apreciativos, desnudándolo con los ojos.
—Por supuesto, pero dudo que a vuestros criados les apetezca
preparármelo a estas horas.
Faltaban pocas horas para el amanecer, y después de todo el alboroto
que había habido en el pueblo con el ataque, estarían durmiendo.
—No necesito a los criados. —Entró en el dormitorio, contoneándose
—. Soy perfectamente capaz de lavaros con mis propias manos.
Estaba intentando seducirlo, y aunque Kenneth creía estar demasiado
cansado, cuando ella deslizó las manos por su pecho hasta llegar a la
cinturilla del kilt, su verga respondió a la provocación con rapidez.
—Será un placer —susurró dejándose llevar de la mano hasta la
cocina, donde había un barreño lleno de agua caliente, lo suficientemente
grande para que cupiera su enorme cuerpo.
Elsie se acercó a él, le puso las manos sobre el pecho y lo acarició. Se
miraron a los ojos. Después ella le quitó la camisa pasándola por encima
de su cabeza, y volvió a acariciarlo. Una cicatriz al borde de su corazón, le
llamó la atención. Lo besó ahí, y sintió cómo Kenneth se ponía tenso.
—¿Qué os pasó? —le preguntó mientras extendía un reguero de besos
por su pecho.
—Nada importante —contestó él. Tiró de su camisón hasta quitárselo
y dejarla desnuda—. Vaya, mira esto —exclamó, bromeando, mientras
abarcaba sus pechos con ambas manos—. Son perfectos —susurró.
—Como vos, Kenneth —replicó ella con un susurro, dándole un leve
empujón—, pero ahora meteos en el agua.
Kenneth dejó caer el kilt al suelo y la obedeció. Elsie cogió el paño y
el jabón que había preparado y se puso detrás de él para frotarle la espalda.
Lo hizo con ternura; tenía varios moratones en el cuerpo, allí donde había
recibido los golpes, y pasó el paño con cuidado. Kenneth se relajó sentado
dentro del barreño, dejándola cuidarle. Hacía tiempo que una mujer no
cuidaba así de él, desde que Seelie... Se la quitó de la cabeza obligándose a
pensar solo en las caricias que estaba prodigándole Elsie.
Cuando terminó con la espalda, siguió por su pecho. Lentas y
lánguidas pasadas del paño enjabonado sobre su piel hacían que su
excitación creciera. Elsie fue bajando paulatinamente, acercándose cada
vez más a su verga.
—No seáis tímida, Elsie —la provocó él. Tenía su cabeza muy cerca de
la boca y le susurró al oído—. Tratadla con amor, y se os será devuelto con
creces, cariño.
Ella se rio, simulando modestia, y dejó que su mano vagara
provocadora alrededor de la pelvis pero sin tocarlo allí donde más ansiaba.
Kenneth le cogió la mano y durante un instante se miraron a los ojos. Pudo
ver la rendición de ella en un leve brillo de lujuria en los ojos. Le guió la
mano sin dejar de mirarla, y ella accedió gustosa a acariciarle el miembro
con el paño, limpiándolo con delicadeza, mientras Kenneth empezaba a
gemir.
—Tengo que lavaros las piernas también —murmuró ella.
—Después.
La cogió por la cintura y en un alarde de fuerza, la levantó en vilo y la
metió dentro del agua. Ella dejó ir un pequeño gritito de sorpresa, y
después se rio descaradamente cuando Kenneth la puso a horcajadas sobre
él, dejando la entrada a su vagina muy cerca de su polla.
—¿Estáis dispuesta, pequeña Elsie?
Antes que pudiera contestar, la empaló. Penetró su cuerpo con la polla
de un solo empujón, haciendo que ella se agarrara a sus hombros y le
clavara las uñas.
—Cimbrearos, muchacha. Hacedme feliz.
Elsie no se hizo de rogar. Su cuerpo empezó a ondular mientras se
impulsaba arriba y abajo. La polla de Kenneth, grande, larga y gruesa, la
penetraba hasta el fondo, llenándola completamente.
—Sois tan magnífico —murmuró—. Nunca un hombre me ha llenado
tanto...
—Me alegro por vos, princesa.
Se inclinó hacia adelante y se apoderó de un pezón con la boca. Los
jadeos de Elsie se intensificaron con cada chupada, raspada, lamida.
Después pasó al otro, atendiéndolo en la misma medida. Kenneth llevaba
barba de dos días, y esta raspaba la piel de Elsie, haciendo que se erizara
también. Era tan masculino y arrebatador, tan hombre. Se aferraba a sus
poderosos hombros sintiendo bajo las palmas de las manos la dureza y la
fuerza de sus músculos tensos.
Kenneth metió la mano entre ambos, y la deslizó hasta llegar al coño
de Elsie. Empezó a frotarlo, jugando con los labios vaginales, provocando
al clítoris, oyendo cómo los gemidos de ella aumentaban más y más.
Deslizó la otra hasta las nalgas y jugó con el rugoso ano. Elsie empezó a
sollozar cuando le introdujo un dedo por allí y lo movió. La sensación de
tenerlo en ambos agujeros a la vez magnificó su placer, lanzándola a un
abismo de gozo que la catapultó hasta un orgasmo arrollador
—Así, muchacha, así —susurró él—. Dejaos llevar sin pudor ni miedo,
yo os sostengo.
El orgasmo se alargó y alargó mientras el dedo de Kenneth seguía
entrando y saliendo de su ano. Cuando introdujo otro, Elsie dejó caer la
cabeza hacia adelante, posándola en el hombro de él, refugiándose allí.
Levantó el culo para facilitarle la penetración, y cuando entró un tercer
dedo, sollozó al notar que el orgasmo que aún no había terminado, volvía a
construirse entre temblores.
—Daos la vuelta, Elsie —le pidió él—. Quiero correrme dentro de este
agujerito tan tentador que tenéis entre las nalgas.
Elsie levantó la cabeza y lo miró, algo atemorizada.
—Pero...
Kenneth la calló con un beso demoledor. Se apoderó de su boca hasta
quitarle el sentido y convertirla en una masa balbuceante y obediente que
solo podía estremecerse de placer.
—Hacedlo —ordenó cuando rompió el beso.
La mirada de Elsie estaba ya perdida, como si el guerrero escocés la
hubiera hipnotizado, apoderándose de su alma y su voluntad. Nada más
importaba que lo que él quería.
Se giró, salpicando de agua el suelo de la cocina, y se apoyó en el
borde del barreño ofreciéndole lo que él quería.
—Así me gusta, princesa. No os preocupéis, lo vais a disfrutar.
Kenneth se incorporó y se puso de rodillas detrás de ella. Abrió las
nalgas de Elsie, separándolas con las manos, y colocó la cabeza del pene
en la entrada del agujero.
—Quizá os duela un poco —la advirtió, pero no le dio tiempo a
responder que empezaba ya a penetrarla.
Elsie sintió como si la quemaran y ahogó un grito mordiéndose el
puño. Kenneth la sujetaba con las manos puestas en su cintura,
impidiéndole moverse. Ella intentó apartarse para detener aquel dolor,
pero él la azotó con la mano abierta en las nalgas.
—Quieta, princesa. Os juro que acabará gustándoos.
Elsie sollozaba mientras Kenneth la iba penetrando poco a poco. El
recto no estaba acostumbrado a aquel tipo de invasión y cedía poco a poco.
—Esto es el cielo, princesa, el cielo...
Se inclinó hacia adelante, rodeándola con los brazos, y empezó a
torturarle los pezones, apretándolos con los dedos, lanzándole espasmos de
dolor por todo el cuerpo.
—¿Os gusta?
—¡No! —El grito salió ahogado porque aún tenía el puño en la boca.
—Relajaos, princesa. Os gustará.
Y tuvo razón. Poco a poco el dolor fue convirtiéndose en punzadas de
placer que inundaron su coño, haciendo que pulsara con desesperación.
Los ramalazos fluían por su cuerpo, la verga de Kenneth hacía que se
sintiera llena, plena, seducida, y pronto los quejidos se convirtieron en
jadeos espasmódicos, reflejo fiel del placer que recorría su organismo,
desde la coronilla a la punta de los dedos de sus pies.
—Más —gimoteó, y Kenneth soltó una risita satisfecha antes de
deslizar una mano por el abdomen de Elsie hasta llegar a su coño, y
empezar a acariciarla allí—. ¡Más!
Las caricias y la penetración se hicieron más agresivas, salvajes,
fuertes, poderosas. Elsie sollozaba desesperada, sintiendo cómo su cuerpo
se elevaba cada vez más y más en las cimas del placer, buscando con
desesperación un orgasmo que no parecía llegar nunca. Necesitaba
liberarse, necesitaba el estallido que la alzaría hasta las cotas máximas que
nunca hubiese alcanzado.
Giró la cabeza y lo miró. Los ojos de Kenneth la estaban mirando de
una manera en que nunca lo había hecho nadie. Era casi como... si la
amara. Pero no podía ser. En un momento de lucidez absurda, envuelta en
el placer y la lujuria, se preguntó en quién estaría pensando él para tener
esa mirada en los ojos.
Kenneth se derramó en su interior, gruñendo en su oído, y al notar el
flujo caliente y sedoso de su semen en el interior de su recto, Elsie estalló
en una serie de espasmos liberadores que duraron una eternidad y la
llevaron hasta un lugar de extrema placidez cuando terminaron.
Se dejó caer, retorciéndose para dejar sitio para Kenneth a sus
espaldas. Ambos se quedaron quietos, abrazados. Los brazos de él
envolvían la cintura de ella, apretándola contra su cuerpo. La mitad del
agua del enorme barreño se había derramado fuera, encharcando el suelo
de la cocina.
—¿Quién es ella?
La inesperada pregunta de Elsie lo cogió desprevenido. El cuerpo de
Kenneth se tensó como el de un felino antes de saltar sobre su presa. Se
levantó sin decir nada, salió del barreño y se envolvió en el lino para
secarse.
—Nadie —respondió con un gruñido.
Elsie también salió del agua y empezó a secarse con movimientos
monótonos.
—No me mintáis, Kenneth. No era a mí con quién habéis fornicado —
replicó Elsie con amargura.
—No es de vuestra incumbencia, y dudo mucho que una mujer como
vos podáis entenderlo.
—¿Una mujer como yo? —Aquella calificación la había herido—.
¿Qué queréis decir con eso? No, no contestéis, ya sé a qué os referís. —
Estaba molesta, ofendida, dolida—. Una mujer que se ha casado con un
hombre viejo, por su dinero. Probablemente penséis que he tenido
multitud de amantes, que no tengo corazón y que soy egoísta y
manipuladora. Eso es lo que creen todos en la aldea.
—¿Y no es así?
La media sonrisa de Kenneth la sacó de quicio, pero, ¿qué se esperaba?
¿Que un hombre como aquel pudiese ver la desesperación que embargaba
su vida?
—Da igual. —El tono triste de Elsie alarmó a Kenneth, y cuando ella
intentó irse, envuelta en el lienzo con que se había secado, la cogió por la
muñeca y tiró de ella para abrazarla. No tenía por qué ser un completo hijo
de puta, después de todo.
Ella luchó, pero él era mucho más fuerte y no cejó en su empeño hasta
que Elsie cedió y se relajó con su abrazo.
—Perdonadme, no ha sido mi intención heriros. La única excusa que
tengo es que vuestra pregunta me ha... alterado.
—No importa. Debería estar acostumbrada a ser juzgada de manera
equivocada, Kenneth. No es culpa vuestra pensar igual que el resto de la
aldea.
—En eso erráis. Precisamente por ser un extraño, no debería juzgaros
de ninguna manera. No sé nada de vos, y he sido un irresponsable al pensar
que...
—Sois mi segundo amante. —La afirmación, pronunciada con voz
temblorosa, lo sorprendió—. Esa es la verdad. Y ojalá... ojalá el primero
no hubiera existido nunca —susurró al borde de las lágrimas.
—¿Por qué? —preguntó con precaución—. ¿Qué os hizo?
—Engañarme. Hacerme creer que yo era el mundo entero para él, que
me amaba con toda su alma; alimentó mis sueños, mis esperanzas. Iba a
abandonarlo todo por él, sin importarme nada más que estar a su lado, y
todo resultó una mentira. Lo único que quería eran mis joyas. En cuanto
las tuvo en su poder, desapareció de mi vida.
—Lo siento mucho, Elsie. Nadie merece que lo traten así.
—¿Y a vos? ¿Qué os pasó?
Elsie había levantado el rostro para mirarlo. Seguía prisionera de su
abrazo, y no quería escapar de allí. Ya no.
—Murió, Elsie, y me dejó con el corazón hecho añicos y sin manera de
volver a recomponerlo.
—Lo siento mucho, Kenneth.
—Yo también.
Se quedaron un rato allí, abrazados el uno al otro, pensando en cómo
podría haber sido su vida si el destino no los hubiese golpeado con tan
mala suerte.

***

Cuando Blake fue a ver a la bruja, esta lo estaba esperando muy


enfadada. Cuando entró en la caverna, los ojos lechosos de la vieja lo
taladraron y lo apuntó con un dedo huesudo que temblaba de rabia.
—¡Tú! ¡Maldito desagradecido! ¿Dónde estabas? —La pregunta era
retórica porque conocía la respuesta a la perfección: fornicando con la
mujer—. Has dejado que los salvajes de tus hombres trajeran hasta a mí a
las muchachas, sin vigilarlos. ¡Traerlas es tu obligación!
Blake se encogía ante lo gritos que profería la bruja. El miedo que
había anidado en él cuando solo era un crío, aún estaba ahí, latente aunque
no se manifestara. Lo sabía disimular muy bien, manteniendo la cabeza
erguida, la sonrisa torcida y la mirada impasible. Pero en el fondo, le
seguía temiendo.
—Fuisteis vos, ¿no? Vos incitasteis a Grub para que...
—¡¡¡Silencio!!! —La bruja se acercó tan rápidamente a él, que pareció
que flotaba en el aire—. ¿Has olvidado a quién sirves? —siseó.
Blake apartó la mirada hacia un lado. Por supuesto que no lo había
olvidado. Nunca podría hacerlo.
—La muchacha estará presente en el próximo ritual —anunció la bruja
con voz serena, mirándolo fijamente con sus ojos sin vida, esperando un
estallido por su parte.
—¡No!
Blake se horrorizó. Maisi no debía ver algo así. Era una buena
muchacha, no iba a permitir que la mirada inocente con la que veía el
mundo le fuera arrebatada de aquella manera.
—Por supuesto que sí. Es una orden del Amo. —La bruja lo miró
largamente con una sonrisa malévola colgando de sus marchitos labios—.
¿O piensas desobedecerlo? Sabes qué pasará si lo haces, ¿verdad?
—Por favor. —Sabía que suplicar no iba a servir de nada, pero tenía
que intentarlo. Maisi se había apoderado de una manera brutal de su
inexistente corazón. Había hecho que volviera a latir, de forma
desacompasada y balbuceante, pero latir al fin y al cabo. Tenía que hacer
cualquier cosa por intentar protegerla, incluso humillarse—. Os lo ruego,
no la obliguéis.
—No sirve de nada suplicar, Blake. Asistirá. El ritual será esta misma
noche.

***

Kenneth consiguió reunir un grupo de hombres de la aldea para que lo


acompañaran hasta el escondite de los secuestradores. Padres y hermanos
de las jóvenes que habían sido secuestradas durante aquellos últimos
meses, y que estaban dispuestos a cualquier cosa con tal de recuperarlas, o
de vengar sus muertes.
Llegaron al desfiladero al atardecer. Algunos quisieron pararse allí y
esperar el amanecer para seguir, pero algo en el interior de Kenneth le
decía que si no actuaban aquella misma noche, sería demasiado tarde, así
que los obligó a seguir.
Dejaron los caballos fuera, al cuidado de dos de los muchachos. El
malhechor que había hecho prisionero le había advertido que el
desfiladero se iba estrechando más y más a medida que se internaban en
él, y que los caballos acabarían siendo una molestia. Sabía que podía
haberle mentido, pero con los años había desarrollado un especial sentido
que le advertía cuando esto sucedía, y se fiaba de su instinto.
Un par de horas después, encontró la entrada a los túneles.

***

Blake le había llevado otro vestido hacía un rato y le había ordenado


que se vistiera. Ni siquiera la había mirado, a pesar que ella se lo suplicó.
Intentó tocarlo, y la empujó, haciendo que cayera al suelo, sentada sobre
sus posaderas. Tiró el vestido sobre el camastro y se fue, dejándola más
sola que nunca.
Al cabo de un rato, un par de hombres fueron a por ella. Intentó
resistirse, pero uno de ellos le dio un puñetazo en la barriga que la dejó sin
aire en los pulmones, y la acarreó sobre el hombro como si fuera un saco
de harina. La llevaron por los túneles hasta la caverna que solo había visto
el mismo día en que llegó, aquella en que había una especie de altar de
piedra, y dibujos extraños pintados en las paredes.
La encadenaron a la pared, muy cerca del altar. Ataron la cadena que
llevaba sujeta al pie, pero también le pusieron un cepo en las muñecas y
las fijaron a la roca de la caverna. Después se fueron, dejándola sola.
Estaba muerta de miedo, sin saber qué iba a pasar. ¿Iban a sacrificarla?
¿Qué pensaban hacer con ella? El corazón le martilleaba a mil por hora, le
sudaban las manos y la cabeza parecía que estaba a punto de explotar.
La bruja apareció de entre las sombras y se acercó a ella. Se deslizó
sobre el suelo, como si flotara; en su rostro había una determinación
perversa.
—¿Estás preparada, querida? —le preguntó con una voz melosa que se
contradecía con su mirada.
—Pa... ¿para qué?
—Para ver a Blake en su máximo esplendor, por supuesto —contestó
como si la respuesta fuese evidente—. Pronto lo verás. El Amo se
apoderará de su cuerpo y... —soltó una risa seca—. Pero es mejor que no te
cuente nada. Así te horrorizarás más, querida.
En ese momento empezaron a entrar. Los hombres llevaban sujetas a
las mujeres con cadenas que les rodeaban el cuello, como el collar de un
perro. Iban desnudas, y sus ojos vidriosos y desenfocados, a Maisi le
recordaron la primera noche que pasó allí, cuando Blake la obligó a
tomarse la extraña melaza que la excitó.
Las fueron encadenando a la pared, de la misma manera que a Maisi,
con los pequeños cepos que inmovilizaban sus manos, creando semicírculo
alrededor del altar, y después se fueron.
Ninguna de ellas lloraba. Solo gemían, de la manera en que lo hace una
mujer a la que su hombre no ha satisfecho aún.
La bruja se acercó al altar y se hizo un pequeño corte en la palma de la
mano. La sangre goteó. El altar empezó a resplandecer, a volverse
incandescente. Emitía diminutos destellos que chisporroteaban y
humeaban, llenando el aire con el olor a azufre.
La voz de la bruja, susurrando palabras extrañas, fue llenando de
sonidos la caverna. Poco a poco, la cadencia y el tono fueron subiendo.
Alzó las manos con las palmas hacia arriba, y una lengua de fuego se alzó
del altar, revoloteó y se lanzó por los túneles en busca de algo.
«¡Blake!».
No sabía cómo, pero Maisi estaba segura de que estaba buscándolo a
él.
Implacable, el fuego crepitó y reverberó por toda la red de túneles y
cavernas, hasta que alcanzó su objetivo.

***

Blake estaba esperando su turno de entrar en escena. Había ido al


cubículo que le servía de dormitorio, y estaba sentado sobre la cama que
había compartido con Maisi durante aquellos poquísimos días. Ella lo
había cambiado todo. Antes no era feliz con su destino, pero sí estaba
resignado. Pero su llegada había revuelto su alma hasta el punto de ver un
puntito de luz al final del oscuro túnel.
Falsa esperanza.
Sabía que la ternura que Maisi creía sentir por él desaparecería en
cuanto su verdadera naturaleza saliera a la luz. También estaba seguro que
la bruja la vería como alguien peligroso, una mujer que podía hacer
trastabillar los cimientos sobre los que estaban construidos la obediencia
ciega de Blake, y que haría lo imposible por destruirla. Pero sus creencias
la obligaban a acabar antes con su cordura. La bruja temía a los fantasmas,
y Maisi sería un fantasma poderoso debido a su bondad innata y a su
inocencia. Por eso la obligaba a asistir al ritual. Se vería cara a cara con el
mal que habitaba bajo la montaña... y con él mismo.
El cántico de la bruja reverberó por los túneles y llegó hasta Blake.
Este supo que el momento había llegado.
Se levantó y se miró las manos, sabiendo lo que estas harían en pocos
minutos.
Lo odiaba.
Se odiaba.
Pero no podía hacer nada por impedirlo.

***

Kenneth se internó en el túnel seguido por los aldeanos. Estaba oscuro


como la garganta de un lobo, pero advertidos por el prisionero, habían
llevado antorchas suficientes.
—Silencio a partir de ahora —les advirtió en un murmullo.
Caminaron intentando no hacer ningún ruido. La red de túneles parecía
un laberinto que se iba cerrando sobre ellos poco a poco. Podía sentir el
nerviosismo de los hombres que lo acompañaban, y se maldijo por su
cobardía. Eran labriegos, sí, pero la valentía no tenía nada que ver aquello.
La valentía nacía de la fuerza del alma, y aquellas almas eran débiles.
El prisionero le había dado indicaciones sobre qué túneles seguir, pero
Kenneth las confirmaba estudiando el rastro del suelo. Había algunos en
las que era evidente el trasiego de gente por las huellas de pies dejadas
sobre la tierra, y otros permanecían inmaculados, como si nunca hubieron
sido pisados por ser vivo alguno.
Siguió sus instintos, y el rastro lo llevó hasta una cueva que se fue
ensanchando poco a poco, iluminada por antorchas, y con evidencia de ser
utilizada como campamento. Pero no había rastro de hombres ni
muchachas.
Avanzaron con precaución, y el caos estalló a su alrededor.

***

Blake sintió cómo el Amo se apoderaba de él. Siempre era igual: su


conciencia iba desapareciendo hasta que todo a su alrededor se convertía
en una neblina difusa, y entraba en un estado parecido al sueño, como si
todo no fuera más que una pesadilla. Se veía moverse, caminar, hablar,
pero no era consciente de nada de todo aquello. Como si fuese otra persona
y él solo estuviera mirando.
Atravesó los túneles y entró en la cámara. El altar estaba poseído por
la lengua de fuego a la que se le adivinaban unos ojos malvados que lo
observaban todo. La sensación cuando entraba allí siempre era la misma:
aquellos ojos lo miraban, pero al mismo tiempo, él miraba a través de
ellos, y así podía verse a sí mismo como si estuviera sentado sobre el altar,
pero también veía el altar con el fuego crepitando como si fuera un ser
vivo.
La letanía de la bruja seguía imparable, y él se movió tal y como se
esperaba. Las muchachas encadenadas se retorcían de lujuria, presas del
efecto de la pócima que les habían dado. Lo llamaban con el ondular de
sus cuerpos y el aroma de sus flujos. Suplicaban porque les consiguiera la
liberación.
Se acercó a la primera. Era una muchacha rolliza, generosa en formas,
con grandes pechos y anchas caderas. Se arqueaba, ofreciéndose, con la
mirada perdida.
Blake la cogió del pelo, echándole la cabeza hacia atrás, y le lamió la
mejilla, ella respondió con un gemido y un estremecimiento.
—Por favor, por favor... folladme, me duele... —sollozó.
Blake pasó la mano desde la cadera hasta uno de sus pechos, y apretó.
Ella respondió con un gemido de placer.
—¿Servirás al Amo? —le preguntó con voz cavernosa.
—¡Sí! ¡Sí! —respondió ella.
Blake le cogió una pierna y la enroscó en su cintura. Ella se apretó
contra él, apremiándolo a que se diera prisa. Se aflojó las cintas de las
calzas y liberó su polla. La cogió con una mano y la acercó a la vagina de
la muchacha, que seguía sollozando y suplicándole que la follara. Jugó
unos instantes, acariciándole los labios vaginales con el glande,
deleitándose con aquella sensación.
La penetró de golpe. La muchacha gritó y se convulsionó mientras
Blake empujaba dentro de ella, follándola con violencia, usándola sin
ningún tipo de compasión.

***

El corazón de Maisi se rompió en mil pedazos. Aquello no podía estar


pasando. Blake estaba violando a una de las muchachas que habían traído
secuestradas. Ella la conocía, se llamaba Abby y era una chica con un
corazón de oro. Se había prometido hacía pocas semanas con un hombre al
que amaba. Pero ahí estaba ahora, retorciéndose de placer mientras Blake
la follaba contra la pared de roca.
No podía ser Blake. Se negaba a creer que el hombre que le había
confiado sus secretos, fuera capaz de algo tan cruel como aquello: violar a
una muchacha, obligándola a desearlo con una pócima del diablo, y
follarla delante de ella, disfrutándolo.
Cuando Blake giró el rostro y la miró, con una sonrisa malévola en los
labios, se le heló la sangre en las venas. Sus ojos ya no eran de aquel azul
tan claro que parecían hielo: ahora eran rojo fuego, como las llamas que
crepitaban encima del altar, y el color se arremolinaba como si estuviera
vivo en ellos.
—Blake, por favor... Dios mío, ayúdale... —suplicó, aunque sabía que
allí no había Dios para escucharla, y rompió a llorar de pena por el alma
de aquel hombre, poseído por un demonio que se había apoderado de él
cuando era un niño, y lo utilizaba a su antojo.
Capítulo siete. Fuego bajo la montaña.

Estaban escondidos en las sombras, y habían saltado sobre ellos por


sorpresa. La lucha se desencadenó alrededor de Kenneth, que sacó su
espada y empezó a defenderse y atacar a los malhechores que allí había,
protegiendo los túneles. Había unos diez o doce, no los suficientes para
tener la seguridad de vencer. ¿Habría más escondidos?
Mató a uno de un tajo, cortándole la cabeza, que salió rodando por el
suelo. Paró las estocadas de dos, golpeando a uno con la empuñadura, y
clavando la espada en el otro, atravesándolo. Se giró, y miró a su
alrededor. Los hombres que le habían acompañado no estaban teniendo
mucha suerte, pero eran más numerosos, y aunque algunos habían salido
despavoridos al primer alarido de ataque, los que quedaban eran más que
suficientes.
Puso su atención en el enemigo que estaba más cerca, y lo atravesó con
la espada. Otro le atacó por la espalda, pero lo paró con el puñal que
esgrimía en la mano izquierda, y devolvió el golpe, matándolo.
No podía quedarse allí. Los lugareños tendrían que apañárselas sin su
ayuda, porque su misión era encontrar a Maisi.
Cogió por el cuello al bandido que había golpeado con la empuñadura,
y lo sacudió.
—¿Dónde están? —rugió, y el hombre pareció empequeñecerse. Alzó
un brazo, y señaló hacia uno de los túneles más alejados de la caverna—.
Guíame, y si quieres vivir, más vale que no me traiciones.
Lo llevó a empellones atravesando la caverna, golpeando a un par de
enemigos de paso, y penetró en el túnel. El cabrón que llevaba delante, a
punta de espada, caminaba trastabillando. Estaba oscuro, pero no lo
suficiente como para no ver nada, pues el reflejo de las antorchas de la
caverna llegaba hasta allí.
Giraron una vez, y al final del nuevo túnel vio una luz que se agitaba,
furiosa, y oyó una voz cascada y envejecida que canturreaba algo parecido
a unos salmos.
—¿Qué es eso que se oye? —preguntó, aplastando a su prisionero
contra la pared, poniéndole el puñal en el cuello.
—La... la bruja —contestó el aludido, pálido como la muerte—. Están
en pleno ritual. El Señor de la montaña ha despertado. No... no podemos ir
allí o nos matará.
—Sandeces —escupió Kenneth, y lo atravesó con la espada, dejando
allí el cadáver de aquel mal nacido.
Caminó con cautela intentando no hacer ruido. Al llegar a la luz, se
asomó y lo que vio, lo dejó helado y clavado en el suelo...

***

Blake no soportaba ver cómo Maisi lloraba por él. No lo merecía. Su


alma estaba ya tan podrida, que no valía la pena que nadie derramara
lágrimas por su causa.
No había redención posible, pero podía intentar salvar a Maisi...
Había poseído a todas las muchachas, llenándolas con su semilla,
mientras la bruja canturreaba su letanía para conseguir que alguna de ellas
se quedara preñada, y que así, la esencia del Amo pudiera penetrar en ella
y nacer en el mundo hecho carne. Sería terrible si aquel ser conseguía
escapar del encierro bajo la montaña, y crecer como un hombre cualquiera.
El poder que esgrimiría lo haría invencible, y sometería al pueblo escocés
a una tiranía inenarrable.
Sería el Infierno en la tierra.
Y no podía permitirlo.
Por eso, lo había traicionado posicionando a sus hombres en la
caverna, donde sabía que, cuando se presentara el escocés, tendría mayores
posibilidades de vencer y sobrevivir.
Quizá, con un poco de suerte, conseguiría rescatar a Maisi.

***

«¿Qué es lo que quieres?».


La extraña voz sonó en su cabeza, fuerte y decidida. Una punzada de
dolor atravesó a Kenneth, que lo obligó a cerrar los ojos. La maldad lo
envolvió, oscureciendo sus pensamientos.
«¿Kenny? ¿Amor? ¡Ayúdame!».
Seelie. ¿Dónde estaba? Kenneth miró a su alrededor, desesperado por
encontrarla.
Las paredes del túnel en el que estaba escondido fueron
desapareciendo poco a poco, difuminándose como la niebla al mediodía,
transformándose en un paisaje colorido y cálido, además de terriblemente
conocido.
«¡¡Por favor!! ¡¡Kenny!! ¡¡Ayúdame!! Me duele mucho...»
La súplica de Seelie no cayó en saco roto. Kenneth se revolvió sobre sí
mismo, buscándola con avidez con los ojos, girando sobre sí mismo,
empuñando las armas con fortaleza; pero no la veía por ningún lado.
«Estoy aquí, Kenny. ¡Ven, por favor!»
Kenneth caminó hacia la voz de su amada. Estaba seguro que venía de
aquella dirección, no había error posible. Trastabilló una vez, tropezando
con alguna piedra que no había visto. Un dolor terrible le atravesó el
costado, y el calor le abrasó el rostro.
—¡¡¡SEELIE!!! —gritó, desesperado.
«Yo te la puedo devolver».
Otra vez aquella voz profunda y desconocida. ¿Devolver? ¡No! Seelie
estaba muerta. ¿Cómo podía devolvérsela?
«Tengo poder sobre la vida y la muerte, Kenneth Allaban —le dijo—.
Puedo traerla de vuelta. Y a cambio solo quiero una cosa: tu alma».
¿Era demasiado, ofrecer su alma al diablo a cambio de la vida de
Seelie?
«Te quiero, Kenny. ¡¡Sálvame!!».
Kenneth sacudió la cabeza. Aquello no podía ser. ¿Qué poder sobre la
tierra podría tener tanto poder?
—¡¡¡KENNETH!!!
La voz que se introdujo en su mente era de una mujer, pero no era
Seelie. ¿Quién era? Volvió a trastabillar, aturdido. Sentía cómo algo cálido
y pegajoso resbalaba por su costado, mientras otro ramalazo de dolor le
atravesaba las costillas.
Cayó al suelo de rodillas, sin fuerzas.
—Seelie... —susurró.
***

La bruja había atacado a Kenneth en cuanto lo vio. Algo le pasó al


guerrero, pues no era capaz de defenderse de los ataques de la vieja. Le
había apuñalado en un costado, y le había clavado el puñal en la espalda,
entre las costillas. Si no hacía nada, estaría perdido.
La lengua de fuego estaba alborotada sobre el altar. Crepitaba, crecía,
disminuía, y temblaba. Era como si estuviera haciendo un gran esfuerzo.
Maisi miró a Blake. Había terminado de violar a la última muchacha,
María, y ahora caminaba hacia ella. No podía verlo bien porque tenía los
ojos empañados por las lágrimas, que corrían libres y salvajes por sus
mejillas.
Su rostro estaba contraído por el dolor, y sus pasos, firmes y seguros
hasta aquel momento, se habían vuelto pesados y vacilantes.
—Blake, por favor... —sollozó—. Vos no sois así, por favor. Luchad
contra el demonio que os posee, os lo suplico. —Un espasmo de
desesperación se apoderó de ella y durante unos segundos, no fue incapaz
de hacer nada excepto hipar—. Te quiero —susurró entre sollozos—. Te
quiero... ¡Te quiero! ¡TE AMO!
Blake se quedó quieto delante de ella, mirándola con incertidumbre.
Sus ojos brillaron y pasaban con rapidez del rojo fuego al azul hielo,
varias veces, mientras el rostro se tensaba y contraía por el dolor.
—No... puedo... —susurró, mirándola con los ojos claros como un
cielo de primavera, pero duró un segundo, pues rápidamente se volvieron
rojo infierno de nuevo.
—¡NO! ¡BLAKE! ¡LUCHAD!
—No puede luchar, insensata —graznó la bruja, separándose de un
Kenneth que yacía de rodillas, desangrándose—. El Amo lo posee
completamente desde que era un niño. Es su esclavo. No tiene la fuerza ni
la voluntad necesaria para liberarse.
Las lágrimas de Maisi corrieron, furiosas. Miró a la bruja, y devolvió
la mirada a Blake, que se había quedado parado delante de ella,
observándola con interrogación.
—Por favor... —musitó, creyendo que no había salvación alguna—.
Por favor...
***

Las súplicas de Maisi calaron en su conciencia, y su voz se abrió paso


por la neblina de su mente hasta llegar a su espíritu. «Te amo», había
gritado, y aquel grito rompió las cadenas que lo mantenían como un
esclavo. No entendía cómo podía ser posible que aquella muchacha lo
amara, pero lo había dicho, y él la creía.
No podía permitir que muriera, porque ese iba a ser su destino. El Amo
estaba hambriento, e iba a tragarse su alma si él no lo evitaba.
Luchó, como nunca había luchado. El rayo de esperanza que
representaba Maisi le dio la fuerza necesaria para romper la primera
cadena, suficiente para liberar su voluntad y hacer lo que debía.
Se giró con decisión y, sacando el puñal del cinto, atravesó a la bruja
en el corazón, matándola en el acto.
El fuego rugió sobre el altar, y las llamas se extendieron, buscándole,
pero ahora no podía encontrarle. La bruja ciega era los ojos del Amo, y sin
ella, no podía ver nada.
Agotado por la lucha interior, sintiendo que las fuerzas le fallaban,
liberó a Maisi de sus cadenas sin pensarlo un instante.
—Ayudad al escocés —le dijo cuando ella se echó en sus brazos y
empezó a besarle el mentón, las mejillas, el cuello. Quería devolvérselos,
pero no había tiempo—. El Amo lo tendrá preso con una de sus mentiras.
—Blake...
—Ssssht, princesa —le susurró, calmándola—. Haced lo que os digo.
Maisi asintió con la cabeza y corrió al lado de Kenneth, mientras Blake
liberaba a las otras muchachas, que miraban aterrorizadas lo que ocurría
ante sus ojos.

***

La voz de Seelie seguía llamándolo, suplicándole su ayuda. Pero ella


estaba muerta, muerta y enterrada, y solo Dios tenía el poder para
devolvérsela. Sus firmes convicciones, y la seguridad que su amada no
querría para él una eternidad en el infierno a cambio de su vida, hicieron
que luchara contra aquella pesadilla.
Pero entonces una figura femenina se arrodillo a su lado, y lo cogió del
brazo, sacudiéndolo, y llamándolo por su nombre. Pensó que era Seelie,
con su roja cabellera flotando y enmarcando su rostro salpicado de pecas,
pero la visión se aclaró, y vio que el pelo no era rojo, sino dorado como el
sol, y que la piel era blanca y limpia. Maisi.
—Kenneth, por favor —le suplicaba con los ojos anegados en lágrimas
mientras los gritos de terror de las mujeres llenaban un espacio que antes
había estado silencioso excepto por los cánticos de la bruja.
Volvió a ver con claridad, y vio la bruja en el suelo, muerta, con el
corazón atravesado por un puñal. Y vio al cabecilla de los bandidos allí, de
pie, ante él.
Rugió.
—¡NO! —gritó Maisi poniéndose delante de él antes que pudiera
levantarse y arrojarse sobre aquel malnacido—. Él os ha salvado, Kenneth
—le dijo y, ante la mirada de incredulidad que se reflejó en su rostro,
añadió—: mató a la bruja y os liberó.
Aquello era una locura, pero el llamado Blake permanecía allí de pie,
en una pose nada amenazadora.
Se levantó, y el dolor le cruzó el torso, doblándolo y obligándolo a
poner una rodilla en el suelo de nuevo.
—Estáis herido —le dijo su enemigo—, pero no es grave. La vieja
bruja no tenía mucha fuerza. Lo que más os ha debilitado, ha sido la mente
del Amo.
Un Amo que en aquel momento, rugió de rabia lanzando lenguas de
fuego por toda la caverna.
—¡Debéis sacar a las mujeres de aquí! —gritó Blake, girándose para
enfrentarse al demonio—. ¡Deprisa!
—¡Allaban! —gritó uno de los hombres que había llegado hasta allí
con él. Acababa de aparecer por el túnel, y en la mano llevaba una robusta
hacha de doble hoja.
—¡Dadme eso! —gritó Blake, y el hombre se puso a la defensiva,
preparado para golpear.
—¡No! —gritó Kenneth—. ¡Dadle el hacha y ayudadme a sacar a las
mujeres!
El hombre obedeció sin dudarlo, y lanzó el hacha por el aire hasta las
manos de Blake.
—¡Seguid por ese túnel! —les indicó mientras se posicionaba delante
de las lenguas de fuego que, cegadas, intentaban atraparlos a todos—. No
os desviéis y ni dobléis en ningún cruce —siguió, gritando—, hasta una
cámara como esta. La salida es el cuarto túnel a la derecha. ¡Vamos!
¡Deprisa!
El hombre empezó a empujar a las temerosas mujeres hacia donde
Blake les había indicado. Kenneth lo saludó con la cabeza, impresionado
por la valentía de aquel hombre. Maisi se negó a irse, aferrándose a la
espalda de Blake, sollozante.
—No, no me voy sin vos.
—Debéis iros, amor mío. Dejad que haga este último acto, que quizá
consiga salvar mi alma de la condena eterna.
—¡NO! ¡NO! —gritó, pero Blake, en un último acto de compasión, la
golpeó para dejarla inconsciente. La abrazó contra su cuerpo, cerrando los
ojos, inhalando su aroma por última vez, y después miró a Kenneth,
suplicante—. Salvadla, por favor.
Kenneth asintió con la cabeza, cogió a Maisi, y salió de allí, dejando a
Blake solo para enfrentarse al diablo.

***

Cuando todos salieron de allí, Blake centró su atención en el altar. No


sabía si lo que iba a hacer sería eficaz o no, pero no se le ocurría ninguna
otra cosa.
El poder del Amo seguía buscándolo en la oscuridad en que ahora
estaba sumido, lanzando lenguas de fuego por toda la caverna. Algunas le
rozaron, quemándolo, pero se mordió los labios para no soltar ni un solo
quejido. El Amo se alimentaba del dolor de sus víctimas, ofreciéndoles
una salvación que era una farsa pero que servía a sus propósitos. Así lo
engañó a él cuando era un niño indefenso y asustado, y lo había atado con
cadenas que no podían verse pero que pesaban sobre su alma.
Consiguió esquivarlas sin que consiguiera tocarlo, y cuando llegó ante
el altar, levantó el hacha por encima de su cabeza, y descargó el primer
golpe, astillando la piedra y provocando un rugido de las llamas, que se
intensificaron, creciendo ante sus ojos hasta convertirse en un monstruo
aterrador.
Desenganchó el hacha, y volvió a golpear con todas sus fuerzas. Lo
hizo una vez tras otra, dejándose en ello toda la energía y la voluntad que
le quedaba, gritando con desesperación, sintiendo cómo las llamas lo
rodeaban y se apoderaban de él. Su ardiente caricia quemaba su piel, pero
no cejó en su empeño: siguió golpeando el altar, astillándolo con cada
hachazo, viendo la piedra resquebrajarse y saltar astillas que lo atacaban
como si tuvieran vida propia y quisieran defenderse.
Finalmente, con un rugido atronador, lanzó el último golpe que rompió
el altar. Las llamas rugieron, se ensancharon, temblaron en el aire y, en un
último acto agónico de desesperación, estallaron, inundando toda la
caverna con el fuego del infierno.

***

Blake había tenido razón, sus heridas eran mucho menos graves de lo
que había parecido en un principio. A medida que se iba alejando de la
influencia del demonio bajo la montaña, recorriendo los túneles en
dirección al exterior, el dolor iba disminuyendo. Y la sangre que manaba,
también. ¿Había sido brujería? Kenneth tenía unas firmes convicciones
religiosas, pero siempre había sido bastante escéptico en cuanto a la
eficacia de los hechizos y esas cosas, pero ahora, después de lo que sus
propios ojos habían visto, ya no sabía qué pensar.
Llevaba a Maisi colgada del hombro, aún inconsciente.
—¡Apresuraos! —gritó al resto, y todos caminaron más deprisa para
salir cuanto antes de allí—. ¿Dónde están los demás? —preguntó al cabo
de un rato, refiriéndose a los hombres que habían entrado con él y que se
habían quedado luchando contra los maleantes en la caverna anterior.
—Algunos, muertos —sentenció el de la hacha—. El resto, heridos, así
que los envié fuera. Pensé que no nos serían de ninguna utilidad, no hacían
más que lloriquear.
—Hicisteis bien.
El que había tirado el hacha a Blake, abría la marcha. Kenneth la
cerraba, y en medio, las mujeres, que caminaban todo lo deprisa que les
permitían sus pies descalzos. Estaban desnudas, y Kenneth se preguntaba
cómo harían para cubrirlas. Tendrían que conformarse con las mantas que
llevaban en los caballos.
—Blake...
El susurro de Maisi le avisó que estaba despertando, y se removía
sobre su hombro, haciendo que le fuera más difícil moverse.
—Estaros quieta, muchacha —le ordenó—. Ya casi hemos llegado
afuera.
Oía el ruido de los golpes del hacha contra el altar, y el rugido de las
llamas. Casi habían alcanzado el exterior, cuando una explosión sacudió
las entrañas de la montaña, haciendo que todos corrieran para salir de allí
mientras el suelo temblaba, las paredes y el techo se resquebrajaban, y
empezaban a caer cascotes sobre ellos.
Corrieron como alma que lleva el diablo. Los gritos de las mujeres
rebotaban contra las paredes, imponiéndose sobre todo lo demás. Una nube
de polvo los envolvió, y salieron tosiendo y escupiendo tierra, felices por
estar vivos.
Ya en el desfiladero, Kenneth se giró para mirar lo que había sido la
entrada a los túneles. Una montaña de piedras y tierra la había tapado.
Nadie podría ya entrar o salir de allí, nunca más.

***

Los hombres del pueblo que habían sobrevivido a la lucha en la


caverna, los estaban esperando un poco más allá, donde el desfiladero
empezaba a ensancharse un poco. Maisi hacía un rato que había empezado
a recuperar la conciencia, pero aún estaba aturdida, sin saber muy bien qué
había pasado. Preguntaba por Blake, y Kenneth le decía que todo estaba
bien, que no se preocupara. Sabía que el llamado Blake no podría estar
vivo, pero la insistencia de la muchacha, y la forma en que se había
comportado cuando intentaba sacarla de allí, le habían dejado claro que
entre estos dos había pasado algo importante durante los pasados días.
—¡Bajadme!
Maisi se había despertado completamente. «Demasiado pronto», pensó
Kenneth, pues intuía qué pasaría ahora.
La bajó con cuidado, y ella se tambaleó un poco, mareada, y se apoyó
con la espalda en la pared del desfiladero. Se llevó una mano a la cabeza y
la pasó por el golpe que Blake le había dado.
—¿Dónde está Blake? —preguntó en un murmullo, temerosa que sus
sospechas fueran ciertas. Si estuviera allí, no sería Kenneth quién la
hubiese estado cargando.
—Maisi...
—No —lo interrumpió, mirándolo con fiereza—. Quiero la verdad,
Kenneth. No ha salido, ¿verdad?
Kenneth negó con la cabeza, afligido. Cuando las lágrimas empezaron
a manar, la cogió de los hombros y la apretó contra su pecho, ofreciéndole
un consuelo que sabía que no serviría de nada.
—Lo siento, chiquilla. Hubo una explosión y la entrada ha quedado
tapiada; es imposible que nadie más salga de allí.
Maisi se agarró a su camisa, arrugándola con los puños, mientras el
dolor la atravesaba. ¡No era justo! Blake había tenido una vida infame que
ni siquiera podía llegarse a imaginar, y ahora, cuando podría haber
conseguido un poco de felicidad, a su lado... se sacrificaba por ellos. ¿Y si
había sobrevivido a la explosión? Estaría enterrado en vida. ¡Qué muerte
más horrible!
Las lágrimas arreciaron, y los sollozos se hicieron desgarradores.
Kenneth no sabía qué hacer excepto abrazarla, porque no había consuelo
posible. Quizá con el tiempo, el dolor se mitigaría, pero decirle aquello en
aquel momento sería cruel. Sobre todo porque, si lo amaba de verdad,
sería una gran mentira. Su dolor por la pérdida de Seelie no había
menguado en absoluto.
—Tenemos que seguir, muchacha.
—Lo sé. —Inspiró profundamente varias veces, intentando controlar el
llanto. De repente, se separó de él y alzó el rostro para mirarlo. Sus ojos
estaban brillantes por la esperanza—. Esperad. Un momento. Si ha
sobrevivido a la explosión, quizá tenga una oportunidad. Esta no era la
única salida de la red de túneles. Hay otra... —Su rostro se ensombreció—.
Pero no sé dónde está.
—¿Qué queréis decir?
Maisi le habló sobre la salida que llevaba al pequeño lago donde se
había bañado, y donde había hecho el amor con Blake, omitiendo la última
parte. Parloteó apresuradamente, sobre el río, la cascada, y el pequeño
valle cerrado, y Kenneth tuvo que obligarla a hablar más despacio porque
era imposible entender qué quería decirle.
—¡Puede que haya salido por allí!, ¿no creéis? —exclamó al final,
esperanzada, agarrándolo por la pechera y dando saltitos.
Kenneth lo dudaba, pero sabía que ella no se daría por vencida y que
intentar hacerla desistir, sería inútil.
—Buscaremos ese valle, Maisi, pero primero debemos salir de aquí.
Capítulo ocho. La esperanza es lo que mueve el
mundo.

Al día siguiente por la mañana, después de descansar durante el resto


de la noche, y de despedir al resto de la partida, que volvía al pueblo con
las mujeres rescatadas, Kenneth y Maisi se pusieron a buscar el valle
escondido del pequeño lago.
Al principio, Kenneth se había negado a llevar a Maisi consigo, pero la
testaruda muchacha, después de insistir con cada negativa, acabó
amenazándolo con que lo seguiría a escondidas, y sola, si no la llevaba con
él.
Tardaron un día entero en localizarla.
Se habían dirigido durante medio día hacia el oeste, buscando el río, y
cuando lo encontraron, siguieron su curso hasta encontrar la catarata. El
valle quedaba a bastantes metros por debajo de donde estaban, y no había
ningún camino practicable para llegar hasta abajo, y mucho menos con los
caballos. Tuvieron que dejarlos arriba, y arriesgarse a descender por la
empinada cuesta de la montaña, agarrándose a las raíces que asomaban de
la tierra, a los arbustos, y a los troncos de los árboles que crecían allí,
desafiando la gravedad.
A mitad de camino, Kenneth le gritó:
—Ahí no parece haber nadie, Maisi.
—Puede estar en el túnel que hay tras la cascada —replicó ella, y
siguió bajando sin hacerle caso.
Kenneth suspiró y la siguió, seguro que todo sería en vano, pero no
atreviéndose a insistir.
Llegaron abajo después de tropezar, resbalar y arañarse multitud de
ocasiones. Más de una vez, habían estado a punto de acabar rodando por la
pendiente, pero la suerte los acompañó y pudieron evitarlo.
Maisi corrió hasta la orilla y miró a su alrededor, angustiada, buscando
el camino por el que había bajado desde la catarata con Blake.
—¡Está al otro lado! —gritó, e intentó meterse dentro del agua para
cruzar la laguna a nado, pero la férrea mano de Kenneth se lo impidió.
—Nada de eso, muchacha. Rodearemos el lago.
—¡Pero tardaremos mucho! ¡Y Blake puede estar malherido... o algo
peor!
—Y si os metéis en el agua con ese vestido, cuando se empape no
tardareis en hundiros por el peso.
—¡Pues me lo quito! —gritó, y no tardó en sacárselo y tirarse al agua
totalmente desnuda, ante la atónita mirada de Kenneth.
—Mujeres... —barbotó. Miró a su alrededor y cogió una rama larga,
bastante robusta. Ató el vestido de Maisi allí, afianzó la espada a su
espalda para no perderla, y la siguió, atravesando el lago nadando, y
manteniendo la rama con el vestido fuera del agua durante todo el
trayecto.
Cuando volvió a hacer pie, Maisi había salido corriendo por el sendero
que llevaba hasta la catarata. Gritó para que se detuviera, pero no lo
consiguió. Corrió detrás de ella y, a medio camino, la alcanzó.
—¡Maldita sea, mujer! Vestiros, o vais a resfriaros.
Lo que no dijo fue que, verla así, corriendo desnuda, había despertado
su lujuria, y que no tenía a nadie más que él mismo para aliviarse.
—¡Oh! Lo habéis traído —se sorprendió ella al ver el vestido en las
manos de Kenneth, completamente seco—. Sois un cielo de hombre.
Muchas gracias.
Un cielo de hombre. Kenneth jamás se había sentido tan insultado.
Prefería mil veces que lo llamaran salvaje folla ovejas, pero jamás lo
admitiría. Al final, decidió tomarlo por un cumplido y, mientras Maisi se
vestía con rapidez, la adelantó, murmurando un «de nada» un tanto
gruñón.
Cuando llegó al final del sendero, se quedó mirando hacia la catarata
con los ojos entrecerrados. No veía por dónde debía seguir, ya que el
camino terminaba abruptamente.
—¡Es por aquí! —gritó Meisi, saltando hacia la catarata sin pensárselo
y haciendo que el corazón de Kenneth se detuviera durante más tiempo del
conveniente.
—¡Muchacha! ¡Vais a hacer que me dé un ataque!
Oyó la risa de ella, amortiguada por el sonido del agua caer. Suspiró,
resignado, y saltó detrás de ella.
Había un sendero detrás del agua, angosto y resbaladizo, y lo siguió
con precaución. Llegó a la entrada de un túnel, grande, iluminada por la
luz del sol. Se introdujo allí, sacando la espada por si acaso. No podía
saber qué se encontrarían, y maldijo por la necedad que suponía dejar a la
chica ir por delante de él.
—¡¡Kenneth!! —oyó el grito aterrorizado y apresuró el paso—. ¡¡Está
aquí!!
Cuando llegó a su lado, la vio arrodillada en el suelo, al lado del
cuerpo de un hombre. Este tenía parte de la ropa quemada, con una herida
en el lado izquierdo del torso que ocupaba también cuello, hombro y
antebrazo. Tenía muy mala pinta, y dudaba que, en el caso que aún
estuviera vivo, pudieran hacer nada por él.
—Hay que sacarlo de aquí, Maisi.
Ella asintió con los ojos llenos de lágrimas. Ver así a Blake, era un
horror. Se había arriesgado para sacarla de allí, enfrentándose a un
demonio terrorífico que lo había poseído desde que era un niño, superando
cualquier miedo que pudiera sentir. Y estaba segura que lo tenía, ¿quién
no, en su lugar?
Cuando Kenneth lo cogió en brazos y empezó a salir de allí con él,
Maisi se limpió las lágrimas con rabia y fue detrás de él. Estaba vivo, lo
sabía porque había visto su aliento salir por entre los labios, e iba a hacer
todo lo que estuviera en su mano por ayudarle y salvarle. Le amaba. Era
una locura, era consciente de ello, pero lo amaba y no podía hacer nada por
detenerlo.

***

—Tenemos que lavarle las heridas —dijo en cuanto llegaron junto al


lago—, o se infectarán.
—Además, está ardiendo de fiebre —añadió Kenneth mientras lo
dejaba en el suelo.
—Quitadle la ropa, y meteos en el agua con él. —Maisi se había
puesto al mando de la situación. Ahora que tenía a Blake con ella, no iba a
dejar que muriera.
—¿Estáis segura? —preguntó, indeciso.
—Sí. Mi madre sabía de estas cosas y me enseñó muchas antes de
morir. —Rebuscó entre un espeso matojo de hierbas, y sacó el cesto con el
jabón, la toalla y el lienzo. Puso el jabón y el paño para frotar en las manos
de Kenneth—. Vos lavadlo, limpiando bien las heridas, y yo le prepararé
un lecho con el lienzo.
Mientras Kenneth desnudaba a Blake y se metía en el agua con él,
Maisi empezó a juntar hojas de los abundantes árboles. Las unió todas,
haciendo un montón en el mismo sendero, y puso el lienzo encima. Blake
tendría una cama limpia y seca.
Kenneth lo lavó con esmero, poniendo mucho cuidado en no hacerle
daño en las zonas quemadas, pero Blake seguía inconsciente y no dejó ir
siquiera un quejido. A Maisi le dolía verlo así, inmóvil, como si estuviera
muerto. Su cuerpo inerte estaba totalmente a merced de su buena o mala
voluntad, algo que a Blake no le gustaría: indefenso como un bebé.
Cuando Kenneth salió del agua llevándolo en brazos, Maisi corrió a
secarlo, sin tocar el área quemada. Por suerte el fuego no había llegado a
consumir tejido, pero serían unas heridas dolorosas cuando despertara, si
es que llegaba a despertar... pero no quería pensar en esa posibilidad.
—Tiene un corte profundo en la cabeza —dijo Kenneth—, que no
hemos visto antes. Supongo que alguna roca lo golpeó. Tuvo suerte de
poder salir de ese infierno.
—Sí, suerte y fuerza de voluntad —contestó Maisi en un susurro
mientras seguía secándolo con suavidad—. Supongo que no entendéis por
qué yo...
—No soy nadie para juzgar, Maisi —contestó con firmeza, mirándola
directamente a los ojos, y en ellos vio que él decía la verdad: no la
juzgaba.
—Gracias. Pero supongo que es mi deber daros una explicación de por
qué...
—El amor es el amor, lo sé muy bien —la cortó, moviéndose. Llevó a
Blake hasta la cama que Maisi había preparado, y lo dejó con suavidad—.
Cuando nos atenaza el corazón, es imposible luchar; es una guerra perdida.
Y da igual que la razón nos grite hasta desgañitarse, advirtiéndonos que
aquello que sentimos no está bien, que no es la persona adecuada. El
corazón no sabe de lógica ni de razones.
Maisi lo había seguido y estaba de pie a su lado, mirando a ambos
hombres: Blake tumbado en el lecho, Kenneth arrodillado a su lado,
mirándolo. Eran muy diferentes, y sin embargo, parecían tener algo en
común: un terrible sufrimiento los consumía.
—Vos sí lo sabéis —susurró, poniéndole una mano en el hombro. Él se
levantó y se apartó de ella.
—Sí. —Calló un segundo, mirando hacia el cielo. Después suspiró y,
sin girarse, cambió radicalmente de tema. No quería seguir hablando de
eso—. Necesitaremos mantas, sobre todo él. —Miró hacia la pendiente al
otro lado del lago y se rascó la cabeza—. Subir a por las que tenemos en
los caballos me llevará demasiado tiempo, y se hará de noche antes que
regrese. Probaré en el interior del túnel. Había muchos hombres allá
viviendo, y con un poco de suerte encontraré mantas y provisiones.
—Muy bien. Yo me quedaré aquí, con Blake.
Kenneth rebuscó algo dentro de su sporran, y sacó un frasquito de
barro que le alcanzó a Maisi.
—Usad esto en sus quemaduras. Ayudará a que se curen con más
rapidez.
—Gracias.
Maisi lo cogió y sonrió con tristeza, viendo como Kenneth se alejaba
de ella en dirección a la catarata. Cuando desapareció tras la cortina de
agua, se arrodilló al lado de Blake y destapó el tarro. Le cubrió las
quemaduras con cuidado, y después miró el corte que tenía en la cabeza.
Era profundo, como había dicho Kenneth, pero no sangraba desde hacía
tiempo y había empezado a cicatrizar.
—Debería daros un par de puntos —dijo en voz alta, como si él
pudiera escucharla—, pero no tengo nada con lo que hacerlo. —Blake tuvo
un leve estremecimiento, y Maisi pensó que quizá tenía frío. Se tumbó a
su lado, y tiró del lienzo para cubrirle hasta la cintura porque la tela no
daba para más. Le pasó la mano, estrechándolo contra ella, intentando
transmitirle el calor de su propio cuerpo—. Sé que ahora mismo pensaréis
que no tenéis ninguna razón para vivir, pero eso no es cierto, Blake. Os
amo, y os necesito, y si no lucháis para recuperaros... —Ahogó un sollozo
—. Sé que me amáis. Si no fuera así, no os habríais preocupado por mí, y
no os habríais enfrentado a... esa cosa. No es justo que os rindáis ahora,
Blake. Morirse es tomar el camino fácil; vivir es más doloroso, pero tenéis
una oportunidad de saber lo que es la felicidad, conmigo. No sé cómo lo
haremos, pero encontraremos la manera, os lo prometo. Solo vivid, por mí,
por vos, por el niño que fuisteis y que no tuvo una oportunidad para
conocer lo que era la felicidad. Por favor.
Poco a poco, a medida que hablaba, sus ojos se fueron cerrando y
acabó profundamente dormida abrazada al hombre que amaba.
Así los encontró Kenneth cuando volvió al cabo de media hora. Habían
tenido suerte, y la gran caverna donde los habían emboscado dos días
antes, no se había derrumbado completamente y había podido encontrar
algunas mantas, pero nada de comida. Los tapó con cuidado de no
despertar a la muchacha, y después se puso a preparar un fuego. Sacó el
pedernal del sporran, y lo golpeó varias veces con su puñal hasta que las
chispas prendieron. Por lo menos no pasarían frío.
La segunda parte, era conseguir comida. Para aquella noche sería
imposible, pero podía preparar un par de trampas para conejos y, con
suerte, por la mañana tendrían algo que echarse a la boca.

***

Kenneth entró en su dormitorio. Venía de la taberna, algo borracho, y


se tambaleó. Se quedó un segundo parado, apoyado en la puerta abierta,
boqueando. Los criados habían encendido el fuego de la chimenea, y la
habitación estaba caldeada e iluminada tenuemente por el resplandor de
las llamas.
Una figura se movió entre las sombras, y Kenneth entrecerró los ojos,
intentando fijar la mirada para descubrir quién era.
—Kenny...
Seelie. Había susurrado su nombre con voz temblorosa. Las turbias
brumas que entumecían su cerebro, se disiparon con rapidez.
—¿Qué hacéis aquí? —le preguntó cerrando la puerta, sabiendo que
era peligroso que la descubrieran allí.
El sollozo de la muchacha lo hizo correr a su encuentro y envolverla
en un abrazo, al que ella se abandonó, enterrando el rostro en su pecho y
dejando ir el miedo que la atenazaba.
—No quiero casarme con ese hombre, Kenny... —susurró con voz
suplicante, como si él pudiera hacer algo para impedirlo. Su padre, el
MacDolan, no iba a cambiar de opinión al respecto.
—Lo sé, cariño, lo sé. —Su voz denotaba todo el dolor que sentía en
aquel momento. Tenerla entre los brazos y no poder hacer nada por
confortarla, mantenerla a salvo. Se sentía impotente, un inútil. ¿Qué clase
de hombre era, si no podía proteger a la mujer que amaba? —. Pero tienes
que aceptarlo.
—¡No! —gritó, apartándose de él, yendo hacia el fuego—. Es un mal
hombre. Sus dos esposas anteriores murieron en accidentes. ¿Y si las
mató? ¿Y si me mata a mí?
—No digáis tonterías —contestó, displicente, quitándole importancia
al asunto.
—¡¿Tonterías?! —Que Kenneth dijera aquello, la hirió profundamente.
Se giró al gritar, y su rostro quedó a la luz de la hoguera—. ¿¡Esto
también son «tonterías»?! —le preguntó, señalándose el rostro.
Lo tenía amoratado por un lado, de un fuerte golpe. La rabia rugió por
las venas de Kenneth.
—¿Os hizo esto? —le preguntó, acercándose a ella y levantándole el
rostro para poder verlo mejor.
—Sí —susurró, apartando la cara de su contacto—. Vino a mi
dormitorio hace un rato. «Estamos prometidos», me dijo, «así que ya
tengo derecho sobre vos. ¿Por qué esperar a la noche de bodas?». Cuando
le dije que no, me golpeó, y yo salí corriendo.
—¡Maldito! —rugió, y caminó derecho hacia la puerta, pero Seelie se
lo impidió, aferrándose a él con fuerza por la espalda, rodeándolo con sus
brazos, sollozando casi histéricamente.
—No me dejéis, por favor, no me dejéis sola —le suplicó—. Me está
buscando, pero nunca se atreverá a venir aquí. Si vais a por él, sabrá
dónde estoy escondida, acudirá a vuestro padre, y yo estaré perdida... Por
favor...
Kenneth se giró y la abrazó con fuerza, besándola en el pelo.
No sabía qué hacer, y su incapacidad para protegerla, lo estaba
carcomiendo. Era un cobarde por no tener el valor de enfrentarse a su
padre, y Seelie iba a pagar las consecuencias.
—Nos vamos de aquí —dijo, resuelto—. Voy a secuestrar a la novia, y
después ya enfrentaremos lo que venga, juntos.
Seelie alzó el rostro y lo miró con los ojos brillantes. Seguían cayendo
lágrimas, pero la alegría estaba sustituyendo a la tristeza que había
estado allí antes. Sonrió, y Kenneth no pudo evitar lo que ocurrió a
continuación.
La besó como si el mundo estuviera a punto de llegar a su final, con
una desesperación rayana en la locura, explorando su boca con
impaciencia, apretándola contra sí con sus fuertes brazos, luchando
contra sí mismo para no arrancarle la ropa y hacerle el amor allí mismo.
Ahora que había roto todas las cadenas con las que se había encarcelado,
las del honor y la fidelidad a su familia y su clan, ya no había vuelta atrás.
—Vámonos —susurró contra sus labios.
—Sí, vámonos...

Kenneth se despertó sobresaltado, otra vez. Maisi seguía dormida, y


Blake, inconsciente. No tenía mucha fe en que el hombre lograra sortear a
la muerte, pero tampoco quería quitarle la esperanza a la muchacha. A
veces, esta era lo único que quedaba.
Se movió sin hacer ruido y se internó en el bosque. Tenía que mirar si
las trampas que había puesto la noche anterior, habían dado frutos.

***

El sol ya estaba en el cielo cuando Blake se despertó. Lo primero de lo


que fue consciente, incluso antes del terrible dolor que lo asaeteaba, fue
del cuerpo caliente que tenía a su lado, y del inconfundible aroma que la
envolvía. «Maisi».
La desazón se apoderó de él, al pensar, en su atribulada mente, que aún
estaban dentro de la caverna, a merced de la maldad; pero al abrir los ojos
y verse bajo una cúpula verdosa, recuperó los recuerdos. Maisi había
conseguido escapar, ayudada por el escocés. Entonces, ¿por qué estaba
allí?
El dolor lo hizo gruñir. Tenía el lado derecho del cuerpo ardiendo,
como si estuviera sobre una fogata como un cerdo, asándose. Intentó
moverse, pero el dolor fue mayor aún y no pudo contener un quejido
gutural que despertó a Maisi.
—Blake... —susurró, incrédula, mientras se incorporaba hasta poder
verlo bien—. Habéis despertado.
La voz se le estranguló por la emoción. Quiso abalanzarse sobre él,
abrazarlo, llenarlo de besos, pero se contuvo porque no quería causarle
más dolor.
—Qué... qué hacéis aquí —preguntó él, y Maisi le contó cómo lo
habían estado buscando con la esperanza que hubiera podido escapar al
derrumbe de la caverna—. No deberíais haberlo hecho —le recriminó,
asustado y enfadado a partes iguales. Ella no debería estar allí. Debería
haber vuelto con su padre, a su vida, y olvidarlo.
—No podía no hacerlo —contestó ella, simplemente.
—Tengo sed.
Blake no podía seguir hablando. Tenía la boca y la garganta seca,
además de no saber qué decir a aquella afirmación tan tajante. «No podía
no hacerlo».
Maisi se levantó con presteza y corrió hasta el estanque. Llenó un
cuenco con agua, y se lo llevó. Lo ayudó a incorporarse un poco, lo justo
para poder beber, y Blake soportó el dolor con estoicismo, pero no pudo
evitar que la cara se le arrugara con una mueca.
—Veo que habéis despertado.
La voz de Kenneth retumbó en el aire. Maisi ayudó a Blake a volver a
acostarse, y este volvió a gruñir.
—Más me hubiera valido no hacerlo —refunfuñó.
—No digáis eso —exclamó Maisi, dolida—. No quiero que muráis —
susurró.
Blake giró la cabeza para mirarla.
—Deberíais iros y dejarme aquí. Vuestro padre estará preocupado.
—Mi padre sabe que estoy bien, le mandé recado con los que volvieron
al pueblo. Y vos me necesitáis.
—Yo no necesito a nadie. Nunca lo he necesitado, y menos que nadie, a
vos —dijo con voz dura.
Maisi lo miró con los ojos llenos de dolor. Ahogó un sollozo en la
garganta y se levantó.
—Me voy a caminar un rato —dijo, y se alejó de allí. No quería seguir
oyéndolo decir sandeces.
—Sois un estúpido —dijo Kenneth al cabo de un rato, cuando la
muchacha ya estaba fuera de su vista. Se había arrodillado al lado del
fuego y estaba desollando los dos conejos que había conseguido atrapar.
—¿Por querer ahorrarle el sufrimiento? Aun en el caso que al final yo
consiga sobrevivir, no tenemos ningún futuro juntos. No tengo nada que
ofrecerle.
—Os tenéis a vos, y eso es suficiente para ella.
—Pero no lo es para mí. Ella merece un hombre que la pueda cuidar,
mimar; un hombre sin demonios en su alma, y un pasado que llevará como
un lastre el resto de su vida. —La risa seca de Kenneth hizo que Blake
arrugara el entrecejo e hiciera el esfuerzo de girarse para mirarlo—. ¿Os
reís?
—No hay hombres como los que decís, no en esta tierra. Todos
tenemos nuestros demonios, Blake, solo tenemos que acostumbrarnos a
vivir con ellos.
—No hablaríais así si tuvierais en vuestras manos la sangre de tantos
inocentes.
Kenneth pensó en Seelie. Su sangre estaba en sus manos, pues su
muerte había sido provocada por su propia estupidez. Había creído que
podría protegerla, pero ni siquiera fue capaz de protegerse a sí mismo.
—Os ama, Blake, y vos a ella. No cometáis el error de pensar que eso
no es importante, o que no merecéis su amor. Habéis hecho cosas terribles,
y vuestra conciencia os perseguirá siempre por eso, pero no significa que
no tengáis derecho a amar y ser amado. Castigándoos a vos, la castigáis a
ella también. ¿Merece Maisi sufrir por vuestra causa? Dios os está dando
una oportunidad, y seríais un necio si la desaprovecharais.
—Ella me olvidará. Encontrará a otro hombre mil veces mejor que yo,
que podrá hacerla feliz.
—Erráis de lleno. Jamás se olvida al amor perdido. Podemos
sobrevivir día a día, incluso aparentar ser feliz, pero en el interior siempre
queda el vacío que dejó la persona que ya no está. Si os marcháis y la
abandonáis, seréis un cobarde, y condenaréis a Maisi a un dolor que no
merece. Si no queréis hacerlo por vos, hacedlo por ella. Considerad el
hacer feliz a Maisi, como una penitencia, si así os place. Pero hacedla
feliz. Y sed feliz junto a ella.
—No tengo cómo hacerla feliz, ¿no lo comprendéis? Qué puedo hacer,
¿ir a Recodo Salvaje con ella? ¿Creéis que su padre me recibirá con los
brazos abiertos? Tendría suerte si no me ahorcaran...
—No tenéis por qué volver.
Ahora le tocó a Blake reírse con sarcasmo.
—Por supuesto. Arrastro a Maisi a una vida errante, como esposa de
un mercenario, de batalla en batalla. ¿Cuánto tiempo creéis que tardaría en
odiarme? No soy nada, ni nadie, y lo único que sé hacer es luchar. El único
futuro que tengo es morir en un campo de batalla, luchando por unas
míseras monedas, más pronto que tarde, dejando a Maisi sola y
desamparada. No, no es el futuro que quiero para ella.
—Hay otra solución —confesó Kenneth. Había terminado de limpiar
los dos conejos y los había ensartado para empezar a asarlos sobre el fuego
—. Si os atrevéis a aceptarla.
—¿Cuál?
—Conozco gente en las Tierras Altas, personas que pueden ofreceros
un hogar a cambio de vuestro servicio.
—No me aceptarán...
—Lo harán si yo se lo pido.
—Estáis muy seguro.
—Sí, lo estoy. Avisadme cuando decidáis qué vais a hacer, pero tened
presente algo: si apartáis a Maisi de vuestro lado, ambos lo lamentaréis
toda la vida.

***

Pasaron varios días. Por fortuna, Blake fue recuperándose poco a poco
de sus quemaduras. Le quedarían unas feas cicatrices en el cuello, pecho y
parte superior del brazo, pero a Maisi no le importaba. Lo que le
importaba de verdad, era que se negaba a mirarla o a hablar con ella.
Cuando acudía a ayudarlo para que se incorporara para comer o beber
agua, la apartaba con brusquedad.
Sabía porqué lo hacía. Quería que lo abandonara, que renunciara a él y
volviera a la aldea, con su padre. Estaba convencido que no podría hacerla
feliz, y ella no sabía cómo demostrarle que estaba equivocado. No era
estúpida, sabía que estar juntos iba a ser una vida dura para ella, pero
estaba dispuesta a correr el riesgo porque lo amaba. ¿Por qué se negaba a
entenderlo?
—No sabe hasta qué punto le dolerá dejarte marchar —le dijo un día
Kenneth—, y cuánto te hará sufrir a ti.
Eso la hizo pensar que quizá...
Kenneth había salido a revisar las trampas y a buscar leña, y sabía que
tardaría un buen rato en regresar. Blake estaba sentado, apoyado en el
tronco de un árbol. Seguía débil y dolorido, y no podía moverse demasiado
aún. Sabía que estar tan indefenso lo fastidiaba mucho, y depender de ellos
para sobrevivir, más. Por eso se mostraba huraño, maleducado, incluso
insoportable, en un vano intento por obligarlos a marchar y dejarlo solo.
Jamás haría algo así. Temía que pudiese cometer una tontería, como
quitarse la vida. En sus ojos lo veía con claridad, que no quería seguir
viviendo, y lo único que impedía que actuara en consecuencia, era su
presencia allí.
Tenía que hacerlo reaccionar de alguna manera.
—Voy a darme un baño —anunció con voz monótona acercándose al
lago. Hacía días que había dejado de mostrarse llorosa, sabiendo que no lo
conmovía. O si lo hacía, él lo disimulaba muy bien con palabras crueles
dirigidas a ella.
Él no contestó. Se limitó a mirarla con sus ojos azules como el hielo,
sin mostrar sentimiento alguno. «Muy bien —pensó—. Ya veremos si
sigue tan impasible dentro de unos minutos».
Se quitó la ropa delante de él, quedándose completamente desnuda.
Sentía sus ojos en ella como ascuas que le hacían arder la piel, y casi podía
sentir su respiración agitada revoloteando en su nuca, como si lo tuviera
pegado a la espalda. Pero él seguía apoyado en el árbol, y no se había
movido.
Se metió en el lago poco a poco, contoneando las caderas, salpicándose
el cuerpo con agua con ayuda de las manos. Estaba fría, pero no era
desagradable. Se metió del todo y empezó a nadar, deleitándose en la
caricia que recorría todo su cuerpo, moviéndose como una kelpie entre las
ondulaciones, girándose hacia el sol, flotando lánguida con los pechos
fuera del agua. Sabía que Blake la estaba mirando, así que puso en marcha
su plan.
Se sumergió, nadando hacia el fondo con decisión, y después giró
hacia la derecha, donde había un grupo de árboles cuyas raíces se
sumergían en el agua alejadas de la tierra. Sacó la cabeza fuera del agua,
protegida de los ojos de Blake detrás de las raíces, y rezó porqué su
estratagema diera resultado. Lo observó, viéndolo removerse con
preocupación al ver que no aparecía de nuevo. Se levantó con dificultad,
emitiendo gruñidos y gemidos por el dolor que le suponía aquel esfuerzo,
y caminó hacia la orilla, llamándola a gritos y con insistencia. Le dolía
hacerlo sufrir así, pero quería que se diera cuenta de la agonía que
representaría para ambos si él no cambiaba de opinión.
Blake dio dos pasos más, entrando en el agua. Llevaba unas calzas que
Kenneth había rescatado de la caverna, y sus botas que, aunque algo
magulladas, habían sobrevivido. Tenía el torso descubierto porque no
soportaba que nada lo rozara allí, pues aún tenía las quemaduras muy
tiernas.
Volvió a llamarla, a voz en grito, y decidido entró en el agua, dispuesto
a hacer lo que fuera por rescatarla.
—¡Estoy aquí! —gritó ella, saliendo de su escondite. No quería que
entrara más en el agua y pusiera en peligro su recuperación.
—¡Estáis loca! —gritó él, enfurecido, y se dio media vuelta para
volver a su árbol.
Ella nadó hasta la orilla, satisfecha. Si él hubiera estado en mejor
estado, lo hubiese dejado sufrir un poco más, hasta que se sumergiese en
su busca varias veces.
Salió del agua y caminó hasta él, decidida.
—¿Os habéis preocupado por mí? —le preguntó con sarcasmo.
—No —fue su contestación, seca y contundente.
—No os creo —replicó ella—. Os habéis angustiado al no verme,
pensando que me había pasado algo. Eso es lo que yo sentiré el resto de mi
vida, si me obligáis a apartarme de vos. Nunca descansaré, ni dormiré en
paz, ni seré feliz. Lloraré de desesperación hasta que mis ojos se sequen, y
me convertiré en una mujer amargada y llena de odio. Por vuestra culpa.
—No digáis eso...
Blake había apartado el rostro, mirando hacia otro lado para no verla,
pero ella estaba allí delante de él y no podía evitarlo.
—No queréis escucharlo porque sabéis que es cierto. Y a vos os pasará
lo mismo. O peor aún. Buscaréis la muerte desesperadamente hasta que la
consigáis. Y yo deberé vivir sabiendo que podría haberos hecho feliz, pero
que no fui capaz de convenceros de ello. Me sentiré culpable. Seré
culpable.
—Basta.
—No. No pienso callarme. —Se arrodilló ante él y alzó la mano hasta
acariciarle el rostro. Él intentó apartarlo, pero el tronco se lo impidió. Si
hubiese estado bien, se hubiera levantado con agilidad, pero el esfuerzo
hecho anteriormente para ir hasta la orilla del lago, lo habían dejado
dolorido y débil de nuevo—. Es la verdad.
—Maisi, yo...
—Me amáis. Lo sé. Y yo os amo. ¿Por qué no podéis darnos una
oportunidad? Tener esperanza.
—Porque ya no sé lo que es, Maisi. Me la arrebataron siendo un niño,
y no pude volver a encontrarla.
—Miradme. —Blake lo hizo, fijó los ojos azul hielo en los suyos y se
perdió en ellos—. Me tenéis aquí. Yo soy vuestra esperanza. Permitid que
os alcance de nuevo.
Blake tragó saliva y la nuez le bailó en la garganta. El rostro de Maisi
cada vez estaba más cerca del suyo, se acercaba peligrosamente,
provocándolo, seduciéndolo, inundándolo de una terrible ansia por
poseerla que el dolor no iba a impedir.
—Maisi... —susurró su nombre, vencido, cogiendo su rostro,
abalanzándose sobre él, fundiéndose en un beso interminable, deseado,
desesperado.
Sus lenguas pelearon para hacerse con el control. Maisi se agarró a su
pelo y fue poniéndose a horcajadas sobre él, deshaciéndole el lazo de los
calzones, liberando su verga enhiesta, gruesa, dura, suave como la seda. La
acarició, deleitándose en la tersura de su piel, haciéndola llorar de alegría,
rodeándola con sus dedos y dirigiéndola hacia donde debía estar, en su
hogar, en su interior, llenándola y haciéndola sentir la mujer más feliz del
mundo.
Fue una follada rápida y brutal para ambos, una follada en la que no se
pronunció palabra alguna, en la que todo se dijo con gruñidos, gemidos y
gritos de placer. Hablaron los cuerpos con sus explosivos orgasmos que los
dejaron agotados, exhaustos, incapaces de moverse, ella encima de él, él
apoyado contra el árbol. Ni siquiera había sentido dolor.
Cuando Kenneth regresó, los encontró dormidos, en la misma posición.
Cogió una de las mantas y la echó con cuidado sobre los hombros de
Maisi, y se fue a la orilla a pescar con la caña que se había hecho,
sonriendo triunfal al ver que, por fin, Blake había cedido a los deseos de la
muchacha.

***

La boda fue cuatro días después, en la pequeña capilla dedicada a san


Andrés, con la presencia de Kenneth y Lean, el padre de Maisi. Este había
aceptado la unión a regañadientes, sabiendo que si le daba la espalda a su
hija, esta se casaría igual, aunque con el corazón roto.
—¿Estáis seguro de esto? —pregunto Blake cuando Kenneth le entregó
la carta para el MacDolan de Aguas Dulces.
—Completamente. Entregadle esta carta al laird, y él os acogerá. Os
dará un buen puesto entre sus hombres, y un lugar donde ambos podréis
crear un hogar.
—No lo entiendo —murmuró, mirando el papel, confuso—. ¿Por qué
lo hacéis?
Kenneth se encogió de hombros. Se negaba a contarle su historia, a
darle el verdadero motivo: Seelie.
—Porque soy un buen tipo —frivolizó con una sonrisa, y se alejó de
allí, caminando hacia su caballo con paso pausado. Montó en Tormenta y
les dijo adiós sacudiendo la mano.
Quizá algún día volverían a encontrarse. Cuando su corazón hubiese
sanado lo suficiente como para enfrentar de nuevo el que había sido su
hogar.
La hija del laird

Trilogía El escocés errante 2

Sophie West

DirtyBooks
Prefacio. La huida.

Dos sombras se deslizaban entre las callejuelas estrechas de Aguas


Dulces. Iban agazapados, huyendo de las luces que emanaban de las
antorchas de las pocas personas que todavía se movían por las calles,
guardias en su mayoría, que hacían las rondas para mantener la
tranquilidad en el pueblo que había crecido a lo largo de los años,
rodeando las murallas del castillo.
La luna llena les era suficiente para poder ver dónde ponían los pies, y
no tropezar con algo. Se movían como fantasmas recién salidos de sus
tumbas, en completo silencio, atentos a cualquier movimiento que pudiera
producirse a su alrededor.
Solo tendrían una oportunidad de conseguir su objetivo, y sabían que
fallar no era una opción si querían mantener la vida, pues si eran
apresados, con toda seguridad el laird MacDolan los colgaría sin dudarlo
ni un instante.
Gawin maldijo su mala suerte una vez más al recordar cómo había
llegado a esta situación. Era un MacKenzie, el hijo pequeño del laird de su
clan; provenía de un linaje antiguo que se remontaba a la era de los
druidas, cuando ni siquiera los romanos habían pisado sus tierras, y no
pensaba consentir una afrenta a su dignidad como la que estaba sufriendo.
Su orgullo y amor propio habían sido seriamente heridos, y esta era la
única manera que conocía de restablecerlos, a pesar del riesgo para su
vida.
Contra su pecho, debajo del jubón, guardaba la carta que Rosslyn le
había escrito anunciándole su inminente viaje a Aguas Dulces, junto a su
padre, para conocer brevemente a su prometido antes de los esponsales. En
ella le decía adiós pues, aunque su corazón siempre le pertenecería a él,
debía hacer honor a la palabra de matrimonio dada por su padre a Lean
MacDolan, el laird de Aguas Dulces.
Pero Gawin no podía permitirlo. Rosslyn y él se amaban desde que
eran niños. Siempre habían soñado que formarían una familia juntos, y así
hubiera sido si Evanna, la hermana mayor de Rosslyn, no hubiera muerto
seis meses atrás de una enfermedad fulminante que se la había llevado en
apenas una semana. Evanna era la prometida de Lean, y no Rosslyn; pero a
la muerte de la primera, el padre de su amada había negociado en secreto
un nuevo compromiso con el MacDolan. Ambos ansiaban la unión de los
dos clanes, pues esta alianza los convertiría en los más fuertes de todas la
Highlands, y el Douglas se aseguraba un sucesor digno cuando él muriera,
pues Dios no lo había bendecido con ningún hijo varón que heredara sus
tierras.
Pero él sabía que también podría ser un digno sucesor como laird de
los Douglas cuando se casara con Rosslyn. Su padre, el MacKenzie, se
había ocupado que tanto él como su hermano mayor estuviesen igualmente
preparados para gobernar, pues nadie sabía qué podía deparar el futuro.
—Sigo sin tener clara esta locura, Gawin —susurró Craig contra su
espalda mientras seguían deslizándose por las sombras, cada vez más
cerca del torreón donde sabía, estaban los aposentos de su amada.
—Nadie te ha obligado a venir —contestó, conteniendo su
impaciencia, pues su amigo había estado rezongando la misma letanía
desde el momento en que abandonaron su hogar para venir aquí.
—Que haya venido por mi propia voluntad, no quiere decir que me
guste tu idea.
—¿Entonces por qué has venido?
—Porque alguien tiene que vigilarte las espaldas, maldita sea. No
podía permitir que vinieras solo, y estaba claro que no había nada que
pudiera hacerte cambiar de idea.
—Solo la muerte podrá obligarme a renunciar a Rosslyn —sentenció
con voz dura, queriendo terminar así la absurda discusión.
Craig apretó los dientes, consciente de que discutir con Gawin solo
llevaría a que sus susurros fueran oídos por alguno de los guerreros que
hacían guardia en las murallas, dando la alarma de su presencia.
Por fin llegaron a los muros del torreón, y Craig miró hacia arriba,
rascándose la cabeza. Su ensortijado pelo rojizo, rizado y enmarañado, a
duras penas percibió la intrusión de su mano.
—¿Estás seguro que puedes escalarlo? —le preguntó, dudando de la
habilidad de su amigo. Era cierto que Gawin era muy ágil, y desde
pequeño había desarrollado la peligrosa habilidad de escalar los muros
como si fuese una lagartija; pero la torre se alzaba ominosa ante ellos, y la
única luz que iluminaba sus paredes era el tenue resplandor de la luna, que
podría ocultarse tras las nubes en cualquier momento, dejándolo a ciegas y
colgado como un fiambre.
—Llevo dos días observando estos muros. Puedo hacerlo con los ojos
cerrados.
—Está bien. Acepto que puedes subir hasta los aposentos de Rosslyn.
Pero, ¿y si ella se niega a venir contigo? ¿Cómo lo harás? Porque no será
fácil bajar con ella a cuestas, si se resiste.
Gawin llevaba una gruesa y larga cuerda enrollada alrededor de su
torso, con un resistente garfio de hierro atado en uno de sus extremos. El
plan era subir hasta la ventana de Rosslyn, afianzar el gancho en el
alféizar, tirar la cuerda llena de nudos hasta abajo, y utilizarla para que
ambos pudieran bajar por allí hasta el suelo. El plan era sencillo y viable,
siempre que Rosslyn colaborara. Su amada no era una muchacha
remilgada y miedosa.
—No se negará —afirmó, terco, negándose a pensar siquiera en la
posibilidad de que ella lo rechazara después de haber ido hasta allí para
rescatarla de un matrimonio que no quería ni deseaba.
—Te envió una carta.
—Estoy seguro de que fue su padre quién la obligó a escribirla. Nada
de lo que me decía tenía sentido.
—Pues yo creo que sí lo tenía. Para las mujeres, el honor es tan
importante como para nosotros, y ella no querrá faltar a la palabra dada
por su padre.
—Vete al infierno —le espetó mientras miraba hacia arriba del muro
—. La bajaré a la fuerza si es necesario.
—Os mataréis los dos.
Gawin no contestó. Giró el rostro para mirar a su amigo con fijeza, y
un brillo acerado y mortal refulgió en lo más profundo de sus ojos,
haciendo que Craig se estremeciera. Esos ojos no parecían humanos, sino
sacados de los cuentos que su madre le narraba delante del fuego del
hogar, durante las frías noches de invierno; historias aterradoras de
hombres que se convertían en lobos, de brujos y hechiceros, de demonios
que habían escapado del infierno y caminaban bajo la luz del sol.
Gawin empezó a subir por el muro aferrándose a las piedras salientes
mientras Craig permanecía abajo persignándose una y otra vez, alzando
una plegaria a Dios para que su mejor amigo no acabara estrellado contra
el suelo por culpa de su mal entendido orgullo.
Capítulo uno. El vagabundo.

Habían pasado seis meses desde su despedida de Blake y Maisi. Seis


meses en que había estado vagando sin rumbo fijo, de taberna en taberna,
y de cama en cama. Seis meses en que se sentía feliz por ellos, por haber
conseguido tener la oportunidad de construir un futuro juntos, pero en que
había sentido, más que nunca, la ausencia de Seelie.
Se echó hacia atrás y apoyó la espalda en la pared de la taberna. Estaba
sentado en un rincón cerca del fuego, como siempre, con la espalda
protegida y las puertas a la vista. Fijó los ojos en la tabernera que lo había
servido hacía un rato, coqueteando con él. Deambulaba entre las mesas,
riendo y provocando a los comensales, instándolos a beber y comer más.
Todo estaba tranquilo, un perfecto anochecer de finales de verano.
Pronto llegaría el otoño, y con él, el frío, la lluvia y después, la nieve.
Echaba de menos su casa, su hogar. Los últimos días le estaba
rondando la idea de volver a Aguas Dulces, por lo menos una temporada.
Descansar, tornar a ver a los suyos, abrazar a su padre y sus hermanos...
sería una prueba de fuego, regresar a los lugares en los que había sido feliz
con Seelie, y mantenerse cuerdo.
Pero no sabía si estaba preparado.
La moza de la taberna se acercó a él, contoneando las caderas. Adornó
su rostro con una sonrisa y se sentó a su lado. Descarada, le puso una mano
en la pierna y se arrimó, susurrándole al oído:
—Tengo algo para vos, entre mis piernas. ¿queréis verlo?
¿Lo quería? Por supuesto.
—¿Y a dónde tengo que ir, para que me lo mostréis, muchacha?
—Solo tenéis que seguirme...
Se levantó y él la siguió. En la parte de atrás de la taberna había una
habitación con un camastro, pero Kenneth no tenía ganas de camas. La
cogió por el pelo y la arrimó a él, agresivo.
—Venid aquí, muchacha. Dejadme ver qué tenéis...
Ella se deshizo con rapidez del vestido, dejándolo caer al suelo,
mostrándose sin pudor ni vergüenza.
—¿Qué os parece? —le preguntó, sonriendo provocadora mientras
recorría su propio cuerpo con las manos hasta llegar a los pechos,
ofreciéndoselos con generosidad.
—Os lo diré en cuanto los pruebe —contestó él abalanzándose sobre
ellos.

Siempre era así. Durante el rato que duraba el coito, Kenneth era capaz
de olvidar a Seelie y todo el dolor que embargaba su corazón. Pero en
cuanto el orgasmo lo sacudía, volvía a sentirse vacío, abandonado,
miserable. Mil veces se había preguntado si no sería mejor mantenerse
casto, sustituir el sexo por la cerveza y el whiskie, y permanecer en un
estado de embriaguez constante hasta que la muerte lo sorprendiera. Pero
siempre acababa cediendo a la necesidad de sentirse vivo de nuevo, y eso
solo lo conseguía cuando estaba entre las piernas de una mujer.
Salió de la habitación dejando a la muchacha sobre la cama,
plácidamente dormida y saciada después del intenso encuentro que habían
mantenido. Dejó unas monedas sobre la mesa desvencijada que había al
lado del camastro, y volvió a la taberna.
Se sentó en una mesa desocupada, y empezó a beber una jarra de
cerveza tras otra. Su sed parecía infinita, pero no había nada que pudiera
lavar su conciencia manchada, ni todo el alcohol del mundo podría lograr
un milagro así.
La muchacha regresó unos minutos más tarde, sensualmente
despeinada, y con los labios hinchados de los furiosos besos que le había
dado. En el hombro que su vestido dejaba al descubierto, se veía la señal
de un mordisco que él le había dado. Se sintió un mal hombre, indigno, y
se consoló hundiendo la cara en otra jarra de cerveza, bebiendo como si la
vida le fuera en ello.
—¡Eh, tú! Follador de ovejas. Esa mesa que ocupas es nuestra.
Un estallido de carcajadas inundó el local. Kenneth tenía la mente
turbia por culpa del alcohol, y se aferraba a su jarra manteniendo la vista
fija en el líquido ambarino que todavía había dentro.
—¿Es que no me has oído? Salvaje bueno para nada, lárgate de aquí y
vuelve a tus montañas.
Alguien golpeó su mesa y la jarra tembló. La cerveza se arremolinó en
su interior y salpicó el rostro de Kenneth. Alzó los ojos y miró con
escepticismo al hombre que, plantado delante de él, con los brazos en
jarras, seguía la burla sobre su gente.
—Disculpadme, ¿que habéis dicho?
—Que todos los hombres de las Tierras Altas son unos salvajes,
folladores de ovejas, buenos para nada, que cuando no están con la polla
fuera, se divierten matándose entre ellos.
El coro de carcajadas los rodeó a ambos. Los parroquianos de la
taberna parecían muy divertidos con sus palabras. Kenneth pensó que eran
bastante estúpidos al provocarlo así. ¿Es que no se habían dado cuenta de
la enorme espada que llevaba atada a su espalda? ¿No habían visto sus
músculos, desarrollados durante los años que hacía que iba de batalla en
batalla? ¿Es que no habían percibido el filo de peligro que siempre
irradiaban sus ojos?
Parecía que no.
—Admito que sois muy valiente diciéndolo ante mí. ¿Vais a
disculparos por vuestras palabras?
—¿Por que tendría que hacer eso? —preguntó, bravucón,
envalentonado al sentirse arropado por el resto de bebedores del lugar.
—Porque puedo haceros pagar vuestras palabras con sangre.
—¿Vos? —El hombre miró a su alrededor mientras seguía burlándose
—. ¿Y cuántos más?
Cuando volvió la mirada hacia Kenneth, se encontró con el puño de
este yendo directo hacia su nariz. Con el impacto, empezó a chorrear
sangre. Trastabilló hacia atrás, balanceando los brazos irracionalmente
para intentar mantener el equilibrio, pero finalmente cayó sobre una de las
mesas con gran estrépito, tirando al suelo jarras, platos, bebidas y
comidas.
Y estalló la pelea.
Empezaron a volar objetos, mezclados con puños, rugidos,
maldiciones, obscenidades, jarras de cerveza, sillas... Lo que empezó
siendo una pelea de uno contra uno, se convirtió en una batalla campal en
el mismo momento en que el oponente de Kenneth quiso devolverle el
golpe pero falló, aterrizando sobre otro parroquiano que lo obsequió con
una imprecación mientras se lo sacudía de encima, lanzándolo hacia el
otro lado. Al empujarlo, golpeó al hombre que tenía al lado, que maldijo y
se revolvió.
Media hora mas tarde, con el local destrozado y el tabernero
sollozando y clamando al cielo, Kenneth salió del establecimiento con
solo algunas magulladuras pero el ánimo mucho más calmado. Una buena
pelea siempre le servía para relajarse. No era lo mismo que follar, por
supuesto, porque el estado de después no era, ni micho menos, tan
satisfactorio; pero el cuerpo maltratado y dolorido le impedía pensar
demasiado, y el dolor agudo de los maltrechos músculos lo ayudaba a
enmudecer el dolor sordo que siempre lo acompañaba.
Era como cuando siendo un chiquillo, corría llorando hacia su padre
porque se había hecho daño, por regla general por culpa de alguno de
hermanos. Su padre, todo corazón, le daba una bofetada que le hacia
resonar la cabeza, dejando su mejilla pulsante, y el dolor que le había
llevado hasta allí, pasaba a ser insignificante en comparación con el
causado por el revés, unido a la humillación de ser reprendido con
brusquedad por el hombre que más admiraba en el mundo.
Estaba borracho y dolorido, y caminó tambaleante en dirección a la
posada donde se hospedaba. Tenia una ceja partida que sangraba
escandalosamente, y el ojo se le estaba hinchando; en cambio, su ánimo se
había calmado y pensaba dormir hasta el amanecer de un tirón.
Sí, señor; una buena pelea sí que ayudaba.

El amanecer lo sorprendió durmiendo a pierna suelta sobre su


camastro. La luz del sol incidió sobre su rostro y lo hizo parpadear,
confuso. Uno de sus ojos palpitaba como si se lo hubiesen hinchado de un
puñetazo… Un momento, se lo habían hinchado de un puñetazo en una
salvaje pelea en la taberna donde había estado bebiendo esperando acabar
inconsciente. En cambio, había salido de allí caminando sobre sus propios
pies, y había terminado durmiendo como un lirón, completamente
agotado.
Gruñó cuando intentó moverse y todos sus músculos protestaron en
contra de tan absurdo movimiento, pero no podía quedarse allí. Llevaba
varios días en aquel pueblo de mala muerte, y los aldeanos empezaban a
ponerse nerviosos por su culpa. La prueba la había tenido la noche
anterior.
Se sentó con dificultad y se miró las manos. Estaban sucias, y supo que
el resto de su cuerpo no presentaría mejor aspecto. Hora de darse un buen
baño.
El posadero lo miró con ojos extrañados cuando le solicitó tan insólito
servicio. La limpieza no era algo muy normal por aquellos lugares; ni
siquiera lo había sido en Aguas Dulces, y sus hermanos se reían de él por
tener esa peculiaridad: no soportaba estar sucio. Aunque debía admitir
que, con los años, se había vuelto más distendido en este asunto. Pero
hasta ahora, cuando todo le daba igual, tenía sus límites en aquel aspecto,
unos límites que procuraba no cruzar para no convertirse en un salvaje.
Desayunó mientras le preparaban una tina en el patio trasero,
llenándola con agua caliente. Comió con ganas, intentando aplacar el
gruñido de su estómago que se revolvía ante tan abrupta invasión,
obligándose a tragar porque, en cuanto se pusiera en marcha, no sabía
cuánto tiempo pasaría antes de poder volver a comer caliente. Mientras
viajaba de un pueblo a otro, no le gustaba perder el tiempo en cazar un
escuálido conejo que después tenía que desollar. Prefería alimentarse a
base de carne seca, queso y pan duro, mientras regaba su garganta con
agua. Nada de alcohol mientras viajaba. Uno nunca sabía qué podía
encontrarse por el camino, y aquellos lares estaban plagados de bandidos
que asaltaban a los viajeros despreocupados.
Cuando terminó de desayunar, salió al patio trasero, protegido por una
alta valla de juncos entrelazados. Dejó la espada apoyada contra la pared,
siempre al alcance de su mano, y se quitó el jubón, el kilt, la camisa y el
plaid de lana. Dejó el puñal sobre el montón de ropa cuidadosamente
doblada y se metió en la tina llena de agua caliente.
Para caber, tuvo que encoger sus piernas hasta que las rodillas le
rozaron la espesa barba que lucía. Se la rascó despreocupadamente, y
pensó que quizá sería mejor afeitársela. Se frotó el cuerpo enérgicamente,
arrancando la suciedad acumulada, y después, con un pequeño cubo, tiró
agua sobre su cabeza y frotó el cabello hasta sentirse limpio. Se puso de
pie para poder aclararse, y al poner los pies fuera de la tina, unas manos
cálidas lo envolvieron con un lienzo para secarse.
—Buenos días, señor —le dijo una voz tan suave como la seda.
Kenneth se giró y posó los ojos sobre la hija del posadero. Era
hermosa, a su manera salvaje. El pelo rojo brillaba bajo la luz del sol, y
sus ojos verdes con motitas doradas, lo miraban con deseo.
—Buenos días, preciosa.
La muchacha había estado intentando seducirlo desde el primer día en
que llegó al pueblo. Kenneth se había resistido porque sabía que la
muchacha no era como las mozas que servían en la taberna por la noche,
pero parecía que era infatigable en su afán por llevarlo a la cama.
—Me pregunto cómo será vuestro rostro debajo de todo este pelo —
murmuró mientras le acariciaba la barba—. Puedo afeitaros. Tengo el
pulso firme, y estoy acostumbrada a hacerlo. Afeito a mi padre a menudo,
desde que cumplí los diez años.
Kenneth se enrolló el lienzo en la cintura y la miró con un brillo de
picardía en los ojos.
—¿Y qué me pediréis a cambio, muchacha?
El dedo de la chica se deslizó por su pecho desnudo y sus pestañas
revolotearon con interés, hasta que llegó al borde del lienzo.
—Quizá… saber qué se esconde aquí debajo, también.
—Sois muy joven, muchacha. —No tendría más de quince años, pensó.
Demasiado joven para comportarse así.
—No tanto. En unos días cumpliré los dieciséis, y mi padre me
entregará a mi prometido. Es un hombre viejo y achacoso que huele a
rancio, y me repugna.
—¿Y por qué vuestro padre quiere casaros con él?
—Porque es rico, y no tiene parientes que hereden sus tierras. Si yo le
doy un hijo, cuando muera, todo será para él. Sino, la corona se quedará
sus propiedades. Pero es tan viejo, que dudo mucho que sea capaz de
cumplir con su deber de esposo.
Kenneth alzó una ceja, intuyendo qué era lo que ella buscaba en
realidad.
—Y queréis que yo os preñe —afirmó con mucha amargura en la voz.
Kenneth había soñado con tener hijos. Preciosos hijos con su preciada
Seelie. Pero cuando ella murió, ese deseo desapareció al mismo tiempo.
No sabía si en estos casi seis años que había pasado por los caminos había
engendrado algún bastardo. Podría ser, no es que se hubiera preocupado
demasiado de dónde derramaba su semilla. Al antiguo Kenneth, algo así lo
hubiera alarmado mucho; pero al actual…
—Así es, señor. Mi prometido solo me ve como a una yegua de cría,
alguien que puede proporcionarle un heredero. Cuanto antes me sepa
embarazada, antes abandonará mi cama. —La muchacha hizo una mueca
de asco—. Me dan escalofríos solo de pensar en la noche de bodas —
musitó, ahogando un temblor al abrazarse a sí misma.
Kenneth le acarició el pómulo con el dorso de la mano, muy
suavemente. Dejó que la mano vagara hasta el mentón, y le alzó el rostro
para poder ver sus hermosos ojos verdes. Si solo hubieran sido azules,
como los de su amada Seelie…
—¿Y no preferirías buscar a algún mozo más cercano a tu edad? —le
susurró.
—No —musitó la muchacha, acercándose a él y poniendo las palmas
de sus manos sobre el hermoso pecho de Kenneth—. Os prefiero a vos…
—De acuerdo, muchacha, que no se diga que Kenneth Alaban no acude
a socorrer a una hermosa mujer que está en apuros. Espérame en mi
alcoba, chiquilla. Estaré contigo en unos minutos.
Cuando la chica se fue, Kenneth se entretuvo vistiéndose con
parsimonia. Iba a darle tiempo para que se lo pensara detenidamente.
Quizá cuando estuviera arriba, en su cuarto, la ansiedad se acumularía y
decidiría abandonar su idea de ser desflorada por un desconocido; o quizá
la espera la pondría no solo nerviosa, sino también deseosa y exultante de
sensualidad.
Casi dieciséis años, le había dicho. Era una verdadera pena que la vida
dura que llevaban los obligara a vivir tan deprisa para exprimir al máximo
todo lo que pudiesen antes de envejecer. Quince años eran pocos para
poder madurar; era apenas una chiquilla, pero casarse a esa edad era lo
normal allí, en estas tierras tan duras que te arrebataban la vida cuando
menos te lo esperabas.
Se afeitó sin contemplaciones. Se había dejado crecer la barba porque
estaba cansado. Sentía que su vida era una carga demasiado pesada, y cada
día que pasaba, tenía menos ganas de cuidarse a sí mismo. Por eso bebía
muchas veces hasta caer redondo, y se enzarzaba en peleas absurdas que lo
único que le proporcionaban era el placer momentáneo del olvido.
No le gustaba su vida desde la muerte de su amada Seelie. Verla morir
ante sus ojos había sido como sentir en su cuerpo el efecto de la cizaña que
empuña la muerte, y así se sentía desde entonces, muerto en vida,
deseando que esta se lo llevara pronto, o esperando que la locura acabara
por nublarle el juicio. Sería un bálsamo poder olvidar.
Subió los escalones despacio. La melena se balanceaba a su espalda,
lanzando reflejos carmesí cuando el sol la alumbraba a través de las
ventanas. Entró en su cuarto, esperando que la chiquilla hubiese cambiado
de idea, deseando que todavía estuviera allí. Sabía que hacer el amor con
ella no iba a arrancar de su corazón el dolor que sentía, agudo y punzante,
desde aquél trágico día; pero no podía negarse a sí mismo el leve descanso
que le proporcionaba enterrarse profundamente entre los muslos de una
muchacha, porque durante los minutos en que se concentraba en darles
placer, se olvidaba de todo lo demás.
La chica lo estaba esperando, de pie en medio de la habitación. Ni
siquiera sabía cómo se llamaba, pero eso no le impidió arrodillarse delante
de ella, subir bruscamente el vestido hacia arriba, y empujarla hacia atrás
contra la puerta, inmovilizándola allí sin decir una palabra.
La chica emitió un leve gemido cuando Kenneth rozó ligeramente el
pubis con sus dientes, deteniéndose para mordisquearla suavemente,
esparciendo ligeros besos sobre su piel.
—Voy a saborear cada pulgada tuya, muchacha —ronroneó, y empezó
a cumplir la promesa a golpes largos y aterciopelados de su lengua, que se
movía dulce y perezosa por las partes internas de sus muslos, y dejando
ardientes besos sobre la piel.
Después, su mano avanzó para separarle las piernas, y su cabeza se
sumergió entre ellas. Cuando le dio un golpecito con la lengua en el ya
hinchado clítoris, ella se agarró de su melena suave y sedosa, y se
estremeció, apoyándose contra la puerta mientras un estremecimiento la
invadía y sus rodillas se debilitaban.
Le separó los húmedos pliegues para beber de allí. Estaba empapada de
deseo, y su aroma le invadió las fosas nasales. Volvió a pasar la lengua, y
mordisqueó el hinchado brote provocando que las rodillas de ella se
doblaran de placer mientras dejaba ir un «oh» de asombro. La cogió
rápidamente por la cintura para evitar que cayera al suelo, dejando ir una
risita de masculina satisfacción.
—¿Nunca habías sentido algo así, preciosa? —preguntó en un susurro
cálido contra su oreja.
—No, nunca —contestó ella entre estremecimientos.
Kenneth se levantó y la cogió en brazos. La puso de pie al lado del
camastro, maldiciendo que fuera demasiado pequeño para que pudiera
darle la comodidad que quería para ella. Era su primera vez, y toda mujer
merecía una cama grande y blanda, con sábanas suaves y limpias, en un
momento tan trascendental como aquel.
Le quitó la ropa despacio, aprovechando cada movimiento para dejar
sobre su piel caricias que le hormiguearon y ardieron, mientras la instaba a
hacer lo mismo con él. Sus pequeñas e indecisas manos fueron apartando
las prendas que lo cubrían, mientras su mirada vacilante parecía
preguntarle si lo estaba haciendo bien.
—Eres muy hermosa, chica —le dijo, espolvoreando besos por sus
bellos y turgentes pechos.
Se dejó caer sobre el jergón, arrastrándola con él, colocándola sobre su
musculoso cuerpo para evitarle la incomodidad de un camastro duro y
maloliente. Quería ir despacio, llenarla de besos primero, provocarla hasta
que su deseo fuese tan grande que no le importase nada más, pero ella
parecía que no podía esperar. Se contoneó contra él hasta que se aseguró de
que su dura erección estaba donde la quería, friccionándose contra el lugar
donde su necesidad estaba acumulándose.
—Tranquila, pequeña —le susurró antes de sujetar suavemente su
rostro con ambas manos y besarla con intensidad, violando su boca con la
lengua, haciendo una excelentísima imitación del acto sexual.
La muchacha empezó a frotarse contra él de forma impúdica, perdido
completamente cualquier indicio de timidez que pudiese haber tenido.
Kenneth dejó que su mano vagara hacia el coño, deslizándose lentamente
por el costado, atormentándola con sus callosas manos. Una vez allí, se
dedicó a acariciar el clítoris, juguetear con él, provocándola hasta que
parecía estar a punto de llegar al orgasmo para dejarla al borde, sin
permitirle estallar. Ella gimoteó, gimió, sollozó y suplicó sin que él se
permitiera darle tregua. La chica era virgen, y la polla de Kenneth era muy
gruesa y larga. No iba a ser fácil para ella si no la preparaba
adecuadamente antes. Debía empujarla una y otra vez, hasta que su
desesperación fuese tan grande que su intrusión no representara un
problema, sino el alivio más deseado.
—Oh, por favor, por favor, os necesito dentro de mí —suplicó por
enésima vez. Él emitió un sonido ahogado, como una risa gruñida, ronca y
muy erótica.
—Tranquila, chica —ronroneó, tomándola por las caderas y
dirigiéndola hacia donde ansiaba estar tan desesperadamente—. Vas a
tenerlo todo, cariño. Abre bien las piernas, cielo, y relájate. Esto no va a
ser fácil.
Un pequeño temblor la estremeció al oír sus palabras. Era evidente que
ella lo sabía, pero no le importaba.
Kenneth metió la mano entre sus piernas de nuevo, y un dedo resbaló
en el ardiente interior de la chica, presionando dentro, buscando la barrera
de su virginidad. Después fueron dos dedos, y ella solo estaba débilmente
consciente cuando rompió la membrana, y la atravesó un dolor fugaz que
fue eclipsado rápidamente por el placer. Sus caderas se movieron buscando
más, desvalidas y ansiosas. Entonces, la mano con sus dedos desapareció,
y en su lugar, la gruesa cabeza de la polla de Kenneth rozó contra sus
suaves y húmedos pliegues, empujando lentamente hacia adentro.
Ella lloriqueó, intentando ajustarse a la invasión, pero él era
demasiado grande y ella estaba demasiado nerviosa.
—Tranquila, chica, relájate.
Lo intentó, respirando agitadamente, dejando su cuerpo estremecido
encima del de él, concentrándose en las caricias que sus manos esparcían
sobre la piel, y en los besos ardientes que acaloraban su rostro.
—Has de dejarme entrar, cielo —susurró, intentando amortiguar el
gruñido que estaba pugnando por salir de su garganta.
—Lo intento —sollozó ella—. Quiero esto, lo quiero. Por favor.
Con una maldición amortiguada, la cogió por el pelo y tiró de él hacia
atrás, y se apoderó de su boca con sus duros labios, tomándola
profundamente, como si con aquel beso la estuviera reclamando. Su
lengua aterciopelada exploró, entró, se retiró. Cuando la tuvo lo bastante
aturdida por el duro y exigente beso, la empaló sin contemplaciones. Ella
dejó ir como un pequeño maullido, como si fuera un gatito, que se
convirtió en un gemido de puro placer cuando él se impulsó
profundamente en su interior, llenándola por completo.
Se quedó quieto durante un largo instante, solo besándola, dándole
tiempo a que su cuerpo se adaptara a su tamaño y grosor. La presión de su
estrecho canal alrededor de su polla se sentía como el mismo cielo.
—Ya estás dentro de mí —susurró ella, asombrada por el placer que
sentía solo por saberlo.
Entonces, él empezó con un erótico movimiento circular de caderas,
una fricción lenta y profunda. Empujando y retrocediendo un poco,
aproximándose cada vez más al apretado brote de su clítoris con un masaje
exquisito.
El estrecho canal se contrajo, cerrándose todavía más alrededor de su
enardecida polla, y cuando ella estalló en un orgasmo abrasador, él la
siguió sin dudarlo un momento, llenándola con su semilla caliente.
Capítulo dos. Regreso a Aguas Dulces.

El sol había cruzado el mediodía cuando, por fin, Kenneth se estaba


preparando para partir. Había pasado toda la mañana con la muchacha,
asegurándose de derramarse en su interior varias veces para que las
probabilidades de que se quedara preñada, fueran altas.
Un hijo de su propia sangre.
Su sueño de tener una gran familia había muerto junto a Seelie. Era la
única mujer con la que quería casarse, y ya no estaba en el reino de los
vivos; por eso, se había olvidado de todos los sueños que la implicaban y
se había centrado en guerrear, pelear, meterse en problemas, con la
esperanza de reunirse con ella pronto.
Pero aquí seguía, vivo, a pesar de que por dentro se sintiera muerto y
vacío. Respiraba, su corazón palpitaba, tenía hambre, sed, sueño… pero
solo satisfacía sus necesidades por puro instinto, porque abandonarse era
lo mismo que suicidarse y no quería ni pensar en no poder encontrarse con
su amor cuando muriera. No era un santo, eso lo sabía muy bien, pero
jamás había cometido un acto tan absolutamente execrable como para que
Dios lanzara su alma al infierno sin posibilidad de redención.
Y quería volver a ver a Seelie, aunque fuese en el otro mundo.
Necesitaba volver a sentirla entre sus brazos, apoderarse de su boca con
desesperación, y llorar de felicidad al contemplar su amado rostro.
Estaba en el establo de la posada, preparando a Tormenta para partir,
cuando oyó los cascos de un caballo entrar casi al galope en el recinto, y
una voz conocida pero largo tiempo no oída, gritó:
—¡Kenneth! ¡Kenneth!
—¿Alistair?
Salió del establo para ver cómo su amigo de la infancia descabalgaba
de un salto y se dirigía hacia él con decisión. Se fundieron en un abrazo y
se palmearon las espaldas con fuerza, felices ambos de reencontrarse.
—¿Qué haces por aquí? —preguntó Kenneth con una enorme sonrisa
en los labios cuando por fin pudo soltarse del abrazo de oso de su amigo.
Alistair era unos centímetros más alto que él, ancho y peludo. Era
como un enorme oso de pelo rojizo y ojos ambarinos, con aspecto fiero y
mortífero, pero mirada amable.
—Llevo semanas siguiendo tu rastro —dijo, la tristeza filtrándose en
sus palabras—, y no para traerte buenas noticias. Lo siento, hermano, pero
tu padre ha muerto y Lean te reclama en Aguas Dulces.
La noticia lo golpeó como un puñetazo en el estómago; le quitó el
aliento, le vació los pulmones y tuvo que hacer un gran esfuerzo para no
dejarse caer al suelo cuando a sus rodillas se le fueron todas las fuerzas.
—¿Cómo..? —preguntó mirando aquellos ojos ambarinos, esperando
que de repente Alistair soltara una carcajada para burlarse de él y le dijera
que todo había sido una mala broma pesada. Pero no. Era verdad.
—Lo atacaron las fiebres, y se lo llevaron en una semana. Lo siento,
hermano.
No, no podía ser. Su padre era como la roca sólida sobre la que se
asentaba Aguas Dulces, inmutable y permanente; no era posible que unas
simples fiebres se lo hubieran llevado.
Su relación no había sido muy buena durante los últimos años, pero
cuando se despidió de él para abandonar Aguas Dulces jamás pensó que no
volvería a verle. Su padre estaría allí cuando decidiera regresar, y le daría
la bienvenida que se merecía su hijo pequeño, una gran fiesta en la que
comerían hasta reventar, beberían hasta perder el conocimiento, y
bailarían hasta caer agotados.
Pero ahora estaba muerto, y nada de eso iba a suceder.
Parecía que la muerte se empeñaba en quitarle todo lo que anhelaba su
corazón.
—Gracias —dijo, todavía aturdido por la noticia—. Volvamos, pues, a
Aguas Dulces.

Hicieron juntos el viaje de regreso. Cabalgaron durante dos semanas


taciturnas solo rotas por algunos ocasionales recuerdos de su infancia y
juventud, que Alistair se empeñaba en narrar por las noches, cuando
estaban sentados ante el fuego y preparándose para dormir. Quizá quería
que Kenneth hiciese memoria de los buenos momentos para que el dolor
que lo hizo huir de su hogar, no volviese a acumularse en el corazón
cuando se adentraran en los paisajes cada vez más familiares de las
highlands.
Fue cuando se internaron por fin en las tierras McDolan que el ánimo
sombrío de Kenneth se intensificó. Había decidido dejar de usar su
apellido en un arrebato cuando las abandonó cinco años atrás, enfadado
con su clan, con su padre y con el mundo entero. Lleno de rabia y odio
hacia sí mismo, también, por no haber sido capaz de proteger a su Seelie.
Y cuando pasaron cerca del paraje donde se encontraba la cascada de
fuego, Kenneth no pudo evitar que los recuerdos se filtraran en su mente, y
volvió a revivir el mágico momento que guardaba en su corazón como un
tesoro inapreciable.

***

—¿A dónde me llevas? —le preguntó Seelie sin soltarle la mano. Con
la otra se levantaba las faldas para no tropezar en el suelo angosto y
pedregoso.
—Ya lo verás —contestó él con una sonrisa enigmática en el rostro.
Estaban subiendo por una pendiente pronunciada llena de rocas
sueltas y árboles canijos. Seelie aferraba su mano con fuerza, con miedo a
resbalar y caerse, pero Kenneth era como una de las grandes rocas que
colgaban desafiando la naturaleza, sólido y estable. Él no dejaría que se
deslizara pendiente abajo.
Frente a ellos, la montaña se alzaba impávida y majestuosa,
desafiándolos a descubrir sus secretos.
—Acabaremos cayéndonos —protestó ella, algo asustada, al mirar
hacia abajo y ver la distancia recorrida. Si resbalaba, nada pararía su
caída.
—No lo permitiré. Confía en mí.
Seelie sonrió ante la seguridad que el hombre del que se había
enamorado, exudaba por cada poro de su piel. A veces, pensaba que
Kenneth creía de sí mismo que era todopoderoso, como si fuese la
reencarnación de algún dios pagano de los que habían vagado por
aquellas tierras antes de la llegada del Dios cristiano.
—Siempre confío en ti, Kenny —aseguró mirando la ancha espalda, los
brazos musculosos y las piernas poderosas que asomaban por debajo del
kilt.
Más arriba, los débiles árboles se convirtieron en un bosque
majestuoso aferrados a la tierra por gruesas raíces. Allí les fue más fácil
avanzar, pues podían ayudarse agarrándose de las ramas y las raíces.
Llegaron a una pared vertical, desnuda de vegetación, cuyo final se perdía
entre la canopia del frondoso bosque que los rodeaba.
—Espero de corazón que no pretendas que nos encaramemos por ahí.
—No te preocupes, no tenemos que hacerlo. Ven.
Kenneth la guió siguiendo la pared aterradoramente lisa, hasta
encontrar un estrecho desfiladero que la partía en dos. Se internaron por
allí, Seelie confiada detrás de Kenneth, sabiendo que la excursión valdría
la pena. Él le había dicho que iba a mostrarle algo maravilloso, y ella le
creía.
El desfiladero se abrió abruptamente a una explanada, un verde campo
lleno de flores rojas, amarillas, lilas, azules… todo el abanico del arco
iris estaba presente, como una alfombra tejida con múltiples hilos de
color.
—¡Esto es precioso! —exclamó Seelie desasiéndose de su mano y
agachándose para oler las magníficas flores. Todo el lugar olía dulce,
como a tarta recién hecha.
—Pues esto no es nada. Solo tenemos que caminar un poco más, y lo
verás. ¡Vamos, hay que llegar antes del atardecer, o nos lo perderemos!
Corrieron cogidos de la mano, riéndose, henchidos de felicidad.
Sabían que los estarían buscando, y que el McDolan estaría furioso por su
huída, pero ninguno de los dos se arrepentía de nada. Aquella misma
madrugada Kenneth había «robado la novia» en un ataque de locura, sin
importarle las consecuencias. Había pasado toda la noche despierto,
furioso con su padre porque había comprometido a su Seelie con otro
hombre. Habían discutido, Kenneth había exigido la ruptura del
compromiso después de confesarle que la amaba, pero el McDolan no
había dado su brazo a torcer.
«Seelie es poco para ti», le había dicho, para pasar a enumerar la
responsabilidad que tenía sobre sus hombros como hijo del laird, que era
afianzar alianzas con otro clan mediante los lazos del matrimonio,
exactamente igual que iba a hacer Seelie.
Responsabilidad versus felicidad. Esa era la dicotomía que se le había
presentado en su camino, y tenía que tomar una decisión. ¿Sería capaz de
vivir, sabiendo que Seelie pertenecía a otro hombre?
La respuesta le llegó clara y contundente: No. Imaginarse un futuro
sin tener a Seelie a su lado, fue como caer en un oscuro pozo de
desesperación de donde la luz había huido presa del terror. No había
futuro sin ella.
Por eso, antes de la llegada del alba, y después de hablar con su
hermano Lean, había preparado un ligero petate, lo justo para pasar una
noche al aire libre, y había acudido al dormitorio de su amada con la
mente totalmente impregnada de una idea loca: llevársela de allí.
No iba a ser el primero ni el último en conseguir forzar una boda
indeseada gracias a secuestrar a una mujer. Era una tradición arraigada
en su pueblo, y su padre no podría oponerse al enlace una vez hubiesen
pasado un día y una noche enteros a solas.
—¿Oyes el ruido del agua? —preguntó Kenneth cuando se estaban
acercando a la cascada de fuego que todavía no estaba a la vista.
—Sí. Es… estruendosa.
Giraron un recodo y allí la vieron, cayendo majestuosa desde lo más
alto de la pared vertical que habían seguido.
—La cascada existe solo en verano —le explicó Kenneth—. Se forma
gracias al deshielo de la nieve de la cumbre, y cae durante los meses más
calurosos, llenando poco a poco una parte del valle. Con la llegada del
otoño, el frío en la cumbre hace que el agua empiece a helarse, y deja de
caer.
—Es maravilloso.
Seelie estaba embobada viendo la magnífica catarata. Estaban a
principios de verano, y el colorido valle rodeaba el profundo lago que se
había formado en la tierra cóncava, horadada a través de los años por la
fuerza del agua que la golpeaba sin compasión cada verano.
—Pues todavía no lo has visto todo.
Kenneth deshizo su petate, que había llevado colgado de la espalda
durante todo el viaje, y extendió una manta en el suelo para que Seelie
pudiera sentarse. Él se acomodó a su lado y le pasó el brazo por la
cintura, acercándola más a él hasta conseguir que su cabeza le
descansara sobre el hombro.
—Obsérvala bien, porque en unos momentos, se obrará el milagro.
Seelie no apartó la mirada de la catarata, absorta en la maravillosa
vista. El sol, poco a poco, descendió del cielo, y cuando se acercó al
horizonte detrás de la montaña, pareció que el agua estallara y se
prendiera fuego. Pasó de ser clara y cristalina, a teñirse de rojos,
amarillos y naranjas. Era como si las entrañas de la montaña se hubiesen
incendiado y expulsase fuego, salpicando todo a su paso.
—¡Oh! —exclamó Seelie, extasiada—. ¿Cómo es posible? ¿Se ha
convertido en fuego?
—No. Si te acercas y la tocas, sigue estando tan fría como siempre. Es
el sol, que la tiñe con su color. ¿No es magnífico?
—No tengo palabras —susurró ella, admirando el espectáculo que la
naturaleza les estaba ofreciendo.
Kenneth la miraba a ella, deleitándose en el delicado perfil de su
rostro, en las pecas traviesas que salpicaban su piel, en el pelo que
refulgía igual que el agua bajo el sol del atardecer. La amaba, y la
deseaba, y aquella noche iba a ser suya.
Lamentaba no poder ofrecerle un sitio cómodo y agradable para la
ocasión; hubiera preferido poder hacerla suya bajo el techo de su hogar,
después de haber formalizado su unión ante un sacerdote, en presencia de
su familia y de la gente que los quería; pero estaba intentando
compensarlo al traerla a este lugar romántico y lleno de magia que muy
pocos conocían, y menos aún se aventuraban a visitar.
—Seelie… —susurró contra su oído, dejando traslucir el deseo que lo
embargaba con la trémula voz que salió de su garganta.
—¿Sí, Kenny?
—Te amo.

***

—¿Kenneth?
La voz de Alistair lo sacó de su ensimismamiento y volvió a la dura
realidad en la que Seelie ya no estaba con él.
Nada salió como había planeado. Sí, después de aquella noche, su
padre aceptó su unión a regañadientes; pero el prometido de Seelie, no. Se
sintió humillado y ultrajado, y su orgullo lo llevó a atacar Aguas Dulces.
La batalla que se libró dentro del castillo, tuvo un alto costo para ambas
partes; pero el que pagó el precio más alto, fue Kenneth. Perdió su alma,
su corazón, su vida, pues eso fue lo que se llevó Seelie al morir aquel día.
—Sigamos, Alistair. Quiero llegar cuanto antes a Aguas Dulces.
Espoleó a su caballo sin esperar respuesta de su amigo, y avanzó al
galope con los ojos fijos en el camino porque no quería que sus retinas se
impregnaran de los recuerdos dolorosos que un día habían sido felices,
cuando Seelie estaba viva.

El corazón de Kenneth se contrajo al tener ante sus ojos de nuevo la


silueta recortada contra el crepúsculo del castillo de Aguas Dulces. Frenó
a Tormenta para que cesara su galope y se detuvo durante unos segundos
para admirar la magnífica construcción que su abuelo había iniciado, y
continuado su padre. Era sólida, con altas murallas rodeándola, adarves
protegidos y almenas preparadas para la defensa diseminadas a su
alrededor.
No había otro castillo igual en todas las Highlands.
El castillo se alzaba en un promontorio, al borde de un acantilado, y en
las noches silenciosas, cuando el mar estaba bravo, podía oírse el retumbar
de las olas al estrellarse contra la sólida roca que la sustentaba.
Kenneth se acercó lentamente a la profunda barbacana que daba paso
al interior, reticente y ansioso al mismo tiempo. En todos los años
transcurridos, no había sido consciente de cuánto había echado de menos
su hogar, hasta ahora, que volvía a tenerlo al alcance de la mirada.
Alistair iba detrás de él, respetando su silencio, obligando a su caballo
a mantener el mismo paso que Tormenta.
—No ha cambiado nada —susurró Kenneth.
—No ha pasado tanto tiempo. Vamos, tu hermano está ansioso por
abrazarte de nuevo.
—Así que ahora Lean es el nuevo MacDolan —susurró con una sonrisa
torcida. Su pobre hermano, sometido a la presión de ser responsable desde
tierna edad, cuando el resto de sus hermanos podían mostrarse todo lo
irresponsables y belicosos que quisieran.
—Sí, y será un buen laird. Tu padre le enseñó bien.
Kenneth asintió y espoleó a Tormenta sin decir nada más, poniendo
rumbo hacia la barbacana. Fueron saludados con alegría por los hombres
que hacían guardia allí, y se sorprendió al cruzar el rastrillo y llegar al
patio de armas, y ver tanta actividad y algarabía, como si una patrulla
acabase de regresar.
Se dirigió hacia el oeste del castillo, donde estaban emplazadas las
caballerizas, y al pasar por delante del portón de la torre del homenaje, vio
salir a su hermano Lean detrás de otro hombre, de la edad de su difunto
padre. El hombre parecía furioso, y estaban discutiendo.
—¡Esto es inconcebible, MacDolan! —gritó el desconocido—. ¡Habéis
permitido que mi hija fuera secuestrada ante vuestras propias narices! ¿Es
que vuestros guardias estaban durmiendo? ¿O es que vuestra reticencia a
este matrimonio os ha nublado el sentido común?
—Comprendo que estéis ofuscado, Douglas, pero medid bien vuestras
palabras —contestó Lean, haciendo verdaderos esfuerzos para no estallar
en cólera ante la velada acusación—. No voy a permitir que me insultéis u
ofendáis en mi propia casa.
—¿Insultar? ¿Ofender? ¡Yo soy el insultado y el ofendido! ¡Dos días
hace que mi hija ha desaparecido, y vuestras patrullas no han sido capaces
de encontrar ni un solo rastro de ella!
—La encontraremos, Douglas, os doy mi palabra.
El Douglas abrió la boca, como si fuese a replicar con un exabrupto,
pero se lo pensó mejor y la cerró con un chasquido, girándose con furia
para caminar dando grandes zancadas hasta las caballerizas.
Lean lo siguió con la mirada, y fue entonces cuando vio a su hermano
allí, todavía montado en Tormenta. Su rostro y su cuerpo, que habían
estado tensos a causa de la discusión, se relajaron ostensiblemente, y le
dirigió una sincera sonrisa al tiempo que caminaba a paso ligero hacia él,
para abrirle los brazos y recibirlo con un cálido abrazo.
Kenneth bajó de Tormenta dando un salto, y fue hacia esos brazos para
hundirse en ellos. Tanto lo había echado de menos que tuvo que hacer un
esfuerzo sobrehumano para no echarse a sollozar como si fuese un niño.
Sus ojos se humedecieron, y cuando se apartó levemente para poder mirar
el rostro de su hermano, vio que los de él estaban igual.
Los lazos que los habían unido siempre habían sido fuertes. Fue Lean
el que lo animó a secuestrar a Seelie, y también fue el que los encubrió
durante el tiempo suficiente para que pudiesen llegar a su destino sin ser
detenidos. Cuando las patrullas enviadas por su padre se dispersaron
buscándolos, se ocupó de que ninguna se acercara ni remotamente al
desfiladero que conducía a la cascada de fuego.
—Me alegro mucho de tenerte de nuevo en casa, hermano —le dijo
con la voz ronca por la emoción.
—Y yo me alegro de estar de vuelta.
—Has tardado demasiado. Padre… —sacudió la cabeza,
apesadumbrado—. Vamos adentro, tenemos mucho de lo que hablar.
Hizo un gesto, ordenando así que se ocuparan de Tormenta, y condujo a
Kenneth hacia el interior, dejando que su brazo reposara sobre los
hombros de su hermano como si temiera que, al cesar el contacto físico
entre ambos, este desapareciera como si de un espectro se tratara.
Dentro, todo seguía igual: la gran sala con las siete chimeneas enorme
que caldeaban el ambiente, las paredes cubiertas con grandes tapices, el
sillón de su padre delante del hogar principal… Subieron las escaleras
hasta los aposentos privados de Lean, y allí, sentados ante el fuego, con
una buena cerveza en la mano, pudieron hablar.
—¿Cómo pasó? —preguntó Kenneth en un susurro, con la mirada fija
en las llamas que bailaban ante sus ojos—. ¿Cómo es posible que unas
fiebres se lo llevaran? Padre era como una roca.
—No desde que te fuiste —contestó su hermano—. Después que te
marchaste, padre decayó. Ver la desesperación en tus ojos fue un duro
golpe para él. Envejeció, Kenny.
Kenny. Hacía tanto tiempo que nadie lo llamaba así.
—No podía hacer otra cosa, Lean. Después de la muerte de Seelie, no
podía quedarme entre estos muros. Estaba tan atormentado y afligido por
todo…
—Lo sé. No te culpo de lo ocurrido a padre, y tú tampoco debes
hacerlo. Él lo provocó todo prometiéndola a otro cuando todos sabíamos lo
enamorados que estabais.
—Pero yo nunca dije nada… no hasta el final. Cuando todo ya estaba
hecho.
—No, ninguno de los dos dijo nada, pero no hacía falta. Se lo advertí a
padre. Le dije que no debía prometerla a…
—No digas su nombre —siseó Kenneth, apretando los puños.
—Está bien, no lo pronunciaré, pero todos sabíamos que vosotros dos
os amabais. Era evidente en la manera en que os mirabais. Cuando estabais
en la misma habitación, no podíais quitaros los ojos de encima. No debió
hacerlo.
Lean sacudió la cabeza con exasperación. Si su padre le hubiera hecho
caso, si no se hubiese empeñado en una alianza que era una locura…
—¿Sufrió mucho?
Lean se encogió de hombros, sin saber qué responder. ¿Le decía la
verdad? ¿Que su padre estuvo en cama siete semanas antes de morir? ¿Que
empezó primero con dolores muy fuertes que la curandera solo podía
aliviar dándole el jugo de la flor del sueño? ¿Que se debilitó y adelgazó
hasta parecer una sombra de sí mismo? ¿Que las fiebres que se lo llevaron
no fueron más que el colofón de un sin fin de enfermedades que lo
aquejaron?
—No.
La mentira le supo amarga en la boca, pero era lo mínimo que podía
hacer para disminuir la culpabilidad que Kenneth estaría sintiendo. Lo
conocía demasiado bien para saber que era así.
Kenneth emitió un profundo suspiro, y se pasó las manos por el rostro.
—Y ahora eres el McDolan.
Lean sonrió débilmente.
—Sí. Ahora toda la responsabilidad recae sobre mis hombros.
—Envié a una pareja para que los acogieras, Blake y Maisi. ¿Han
llegado? Él es un buen guerrero, con un brazo fuerte y muy hábil con la
espada.
—Sí, llegaron hace unos días. A ella la envié a la señora Stroud, y
Blake está ahora en una de las patrullas que han salido.
La señora Stroud era el ama del castillo, la que ejercía de castellana
hasta que Lean se casara. Se encargó de la responsabilidad al morir la
madre de Kenneth, y después de tantos años seguía dirigiéndolo todo con
mano firme.
—¿Y por qué las patrullas? Oí una parte de la conversación que
tuviste, pero no he terminado de comprender del todo qué ha pasado.
Ahora le tocó el turno a Lean de suspirar y pasarse las manos por la
cara, en un gesto que evidenció su cansancio.
—Mi prometida, Rosslyn Douglas. Llegó hace unos días junto a su
padre, el hombre con el que me has visto discutir.
—No sabía que estabas prometido.
—Padre se encargó poco después de tu marcha, pero no fue con
Rosslyn, sino con su hermana mayor, Evanna. Pero esta murió, y padre
insistió en llegar a otro acuerdo. Estaba ya en las últimas, y no quise
contrariarlo. Al fin y al cabo, tengo que casarme aunque la idea no me
atraiga en demasía.
—Has de traer herederos para el clan.
—Exacto. Contigo desaparecido, y con Rogue abandonando Aguas
Dulces para unirse a los Templarios, no me queda más remedio.
—Así que nuestro hermanito al final lo hizo. —Kenneth mostró una
sonrisa cariñosa al nombrar a su segundo hermano.
—Sí. Otro disgusto para padre, pero entiendo a Rogue. Siempre estuvo
dividido entre su vocación de servir a Dios, y su pasión por las armas y la
guerra. Al unirse a los templarios consiguió lo que tanto ansiaba.
—Y, ¿qué ha pasado con tu prometida?
—Que esta noche la secuestraron de sus aposentos. Aunque, entre
nosotros, dudo mucho que se la llevasen a la fuerza. Más bien creo que la
doncella tenía otro pretendiente que era más de su agrado que yo.
—¿En serio? —se burló amigablemente Kenneth—. ¿Más de su agrado
que el magnífico y apuesto Lean McDolan?
De los tres hermanos, Lean era el más agraciado físicamente. Tenía un
rostro angelical, con su pelo rubio adornado con trenzas, sus increíbles
ojos azul tormenta, y sus facciones suaves, casi femeninas. No hubiese
parecido un guerrero curtido y temible si no fuese por su corpulento torso,
los gruesos brazos y los poderosos muslos, que desvirtuaban el mensaje
que daba su rostro. Era el que más éxito de los tres había tenido con las
mujeres… y no es que a Lean le hubiesen interesado mucho, ni siquiera
cuando eran jóvenes y empezaron a despertar al deseo.
Cuando los tres hermanos salían de gresca en busca de mujeres, Lean
acababa desapareciendo la mayor parte de las veces antes de terminar en la
cama con alguna moza bien dispuesta. Cuando sus hermanos se burlaban
de él, siempre aducía que era su responsabilidad no sembrar de hijos
bastardos el lugar, y ellos se reían todavía más por la moralidad con la que
su hermano se comportaba. Cualquier hombre de su posición que se
preciara, traía multitud de bastardos al mundo. Incluso Rogue, con su
vocación religiosa, hacía gala de una virilidad más que demostrada.
—Eso es lo que creo. En sus aposentos no había señales de lucha, y
encontramos el camisón doblado sobre la cama, por lo que hemos
deducido que su secuestrador le permitió vestirse con calma. ¿Por qué no
gritó pidiendo auxilio, o huyó si tuvo la oportunidad? No se resistió,
Kenny, y yo no quiero una esposa que acabe odiándome porque la
obligaron a casarse conmigo.
—Entonces, ¿por qué la buscas?
—¿No has visto a su padre? Está hecho un basilisco, y la muchacha
estaba bajo mi techo y mi protección. No puedo mirar hacia otro lado,
como hice cuando tú te llevaste a Seelie.
Oír el nombre de su amada en labios de su hermano, hizo que el
corazón de Kenneth se contrajera en una punzada de dolor. ¿Alguna vez
conseguiría olvidarla? «Nunca», le dijo su conciencia.
—Mañana me uniré a una de las patrullas.
—No tienes porqué hacerlo —dijo Lean—. Acabas de regresar a casa.
—Y no me iré de nuevo —contestó Kenneth, sorprendiéndose a sí
mismo. Y de repente lo vio claro, deambular sin rumbo por el mundo no lo
había ayudado en nada; quizá ya era hora de establecerse de nuevo en su
hogar. Su hermano lo necesitaba aquí, a su lado.
—No quiero obligarte a hacer algo que no quieres, hermano.
—Lo sé. Y quiero quedarme, Lean. Estoy muy cansado de buscar… ni
sé qué es lo que he estado buscando durante todo este tiempo. ¿Paz?
¿Perdón? ¿Olvido? No lo sé, y ya no me importa. Necesito sentir que
vuelvo a pertenecer a un lugar.
—Este siempre será tu hogar, y siempre has pertenecido a Aguas
Dulces, Kenneth. Incluso cuando tú no lo sabías.
Capítulo tres. Los fugitivos.

Rosslyn estaba sentada en el suelo sobre el plaid de los MacKenzie


mientras miraba el perfil de Gawin, recortado por la luz de las llamas que
aleteaban en la fogata que acababa de encender. Habían estado cabalgando
todo el día sin prácticamente ningún descanso hasta que llegaron a la
cueva en la que ahora estaban escondidos. Craig se había quedado atrás
desde el principio, encargado de borrar su rastro y de dejar pistas falsas
para despistar a las diferentes patrullas que sabían que saldrían en su
busca.
—¿Estás seguro de que no nos encontrarán si nos quedamos aquí? —
preguntó con voz queda, sin atreverse a mirarlo. No quería que pensara
que era una cobarde, pero tenía tanto miedo por ambos.
—No hay nada seguro en la vida —contestó él mientras sacaba de sus
alforjas un pedazo de pan y otro de queso, y se los daba—. Pero estoy
convencido de que, por lo menos, les será difícil.
—Estoy preocupada.
—Lo sé.
—No debiste venir a buscarme. —Alzó el rostro y fijó los ojos en la
intensa mirada que él le estaba dirigiendo.
—No podía hacer otra cosa.
—¡Oh, Gawin! —exclamó Rosslyn con la congoja en la garganta,
aferrándose a la comida que le había dado, apartando la mirada de esos
ojos tan penetrantes que la observaban—. Si nos atrapan, no quiero ni
pensar…
—No lo hagas —le dijo él con ternura, rozándole la mejilla con el
dorso de la mano—. No nos cogerán, ya lo verás. Ahora, come, por favor.
Gawin la observó masticar un rato, después suspiró y caminó hacia la
entrada de la cueva. Craig y él habían estado varios días preparando la
huida de Aguas Dulces, previendo cualquier contingencia, planeando hasta
el último detalle.
Comprobó el estado del entramado de ramas y hojas que habían tejido
simulando un gran arbusto, y que ahora descansaba apoyado en la entrada
de la cueva, cubriéndola totalmente, para que cualquiera que mirara hacia
allí, no viese más que una planta entre tantas como había en aquellos
parajes, en lugar de la entrada.
—¿Cuánto tiempo deberemos permanecer aquí? —preguntó Rosslyn.
—Una semana, por lo menos, hasta que el McDolan se dé por vencido
y deje de buscarnos.
—Una semana, aquí escondidos, en esta cueva…
—No te preocupes, lo tengo todo preparado. He acumulado provisiones
y mantas. Tenemos suficiente leña para mantener la hoguera encendida
siempre, y en el techo hay varios agujeros naturales que harán las veces de
chimenea para que el humo no se acumule aquí dentro. Tampoco nos
faltará el agua.
—No veo nada de eso aquí.
—Porque está más adentro de la montaña. Esto no es solo una cueva,
Rosslyn. Hay una serie de grutas que mañana, cuando hayamos
descansado, te mostraré. Es en una de ellas donde he metido al caballo
para que, si hace ruido, no lo oigan desde el exterior.
—¿Y por qué no me las enseñas ahora?
—Estoy muy cansado, cariño. Y tú, también. Es mejor que durmamos.
—Pero…
—Confía en mí, por favor.
Rosslyn asintió con la cabeza y siguió comiendo. Gawin volvió a su
lado y se sentó delante del fuego, alargando las manos para calentarse. A
pesar del verano, las noches eran frías en las Highlands.
—¿Tú no comes?
—Sí. Ahora lo haré.
No tenía mucha hambre. El nudo en el estómago permanecía allí desde
que escaló la torre, y no desaparecía, como un mal presagio, pero se obligó
a dar un mordisco al queso y tragar. Necesitaba reponer fuerzas tanto como
Rosslyn, porque aún tenía algo que hacer antes de poder echarse a dormir.
—Envuélvete bien en el plaid —le dijo cuando ella terminó de cenar y
se disponía a dormir.
—¿Me abrazas, por favor?
—Por supuesto.
Se echó a su lado, sobre la fría tierra; la rodeó con los brazos y la
atrajo hacia su cuerpo para proporcionarle todo el calor que su amada
necesitaba. Rosslyn era toda curvas suaves encajadas contra sus duros
músculos. El aroma a mujer penetró en sus fosas nasales, y las delicadas y
pequeñas manos le provocaron varios estremecimientos cuando las apoyó
contra su pecho.
¡Cuánto la amaba! ¡Y cuánto la deseaba! Solo tocarla castamente,
como lo estaba haciendo ahora, era una tortura para él. Deseaba besarla,
acariciarla, descubrir todos los secretos de su cuerpo, y hacerla suya; pero
no iba a hacerlo aquella noche. Ambos estaban cansados, y probablemente,
Rosslyn estaba dolorida por todas partes por culpa del ritmo vertiginoso
que le impuso a su montura. Su caballo, Relámpago, los había llevado a
ambos durante todo el viaje; Rosslyn había ido sentada a horcajadas
delante de Gawin, y el constante roce de su cuerpo lo había excitado hasta
el punto que el dolor que sentía era casi insoportable.
—No deberías haber venido a buscarme —susurró ella poco antes de
quedarse dormida—. Iba a hablar con el McDolan, ¿sabes? Es un hombre
razonable, y habría roto nuestro compromiso si yo se lo hubiera pedido.
Gawin sabía por qué decía aquello. Rosslyn temía lo que pudiera
pasarle a él si los encontraban; temía por su vida más que por la propia,
pero Gawin prefería morir a vivir sin ella, así que, para él, no había riesgo
alguno.
Además, no se fiaba del McDolan. Todo el mundo sabía que era un
guerrero formidable, muy fiero y orgulloso. ¿Dejar marchar a su
prometida porque estaba enamorada de otro? No solo dudaba mucho que
lo aceptase, sino que el orgullo herido podía ser muy mal consejero y
Rosslyn podría acabar pagando su confesión durante el resto de su vida.
No, había hecho lo correcto yendo hasta Aguas Dulces y sacándola de
aquella trampa mortal que era ese matrimonio concertado. Llegarían a las
tierras de los MacKenzie sin problemas, y una vez allí, se casarían y nadie
podría hacer nada por evitarlo. Tendrían la protección de su clan. Sobre
todo ahora que él había aceptado qué era.
Gawin esperó un buen rato hasta que Rosslyn estuvo profundamente
dormida. Se levantó con cuidado para no despertarla, y volvió a la entrada
de la cueva. Dibujó unos símbolos a ambos lados, y susurró las palabras de
poder que los protegerían. Un leve destello invisible a ojos humanos
recorrió el entramado de ramas y hojas que protegían la entrada, y un leve
zumbido pulsó durante unos segundos en los oídos de Gawin. Ahora, nadie
repararía en ello. Si alguien intentaba mirar hacia allí, sus ojos serían
incapaces de ver, y sus oídos no captarían ningún ruido que proviniera del
interior de la cueva.
Rosslyn no sabía lo que él era ahora, lo que la desesperación lo había
llevado a hacer, y nunca lo sabría. Ocultaría el poder que había aceptado y
contra el que había luchado toda su vida, con tal de poder llevarse a su
mujer de allí. Porque Rosslyn era su mujer, lo había sido desde que la vio
por primera vez cuando él contaba solo trece años, y ella, siete. Habían
pasado once años desde entonces, y nunca, jamás, dudó de lo que sintió en
ese momento cuando vio aquella niña de pelo negro ensortijado, y ojos del
color de la tierra húmeda por el rocío.
Cuando la niña se convirtió en una mujer de pechos y caderas
generosas, sintió que había sido liberado de una prisión en la que había
estado cautivo durante mucho tiempo, preso de sus propios sentimientos y
pasiones reprimidas. Empezaron a verse a escondidas, escapando de sus
respectivos hogares durante horas para poder pasarlas juntos, caminando
por el bosque, pescando en los riachuelos, o bailando bajo la luz de la luna
acompañados solo por el rumor del viento entre los árboles. La vio crecer
y convertirse en una mujer hermosa que le quitaba el aliento.
Cuando Rosslyn cumplió los quince años, Gawin quiso ir a hablar con
el Douglas para pedirle su mano, pero ella se lo impidió. Su hermana
mayor todavía no estaba casada; su prometido, el hijo del McDolan, no
parecía tener intenciones de reclamarla pronto, y no quería entristecerla
dejándola sola. Evanna era una muchacha tímida y solitaria, que siempre
estaba muy triste, y Rosslyn era su único apoyo. Gawin lo aceptó, pero con
un límite: si al llegar ella a los dieciocho, Evanna seguía soltera, él no
esperaría más.
Pero con los dieciocho llegó la muerte de Evanna y el nuevo
compromiso que ataba a Rosslyn a otro hombre, y Gawin decidió que no
iba a consentirlo.
Se acercó a ella de nuevo y se acuclilló a su lado. Dormía segura y
tranquila, como si tuviera toda la confianza en él para mantenerla a salvo.
Ese era un regalo inestimable que no pensaba echar en saco roto.
Lamentaba obligarla a dormir sobre el duro suelo cuando más adentro
de las cavernas tenía preparado un mullido colchón de hojas, pero esta
noche era primordial que él se mantuviera allí para vigilar que el hechizo
que había lanzado en la entrada, funcionaba. Todavía no era muy docto en
estos menesteres, y pasaría toda la noche pendiente del zumbido que solo
él podía oír y que le indicaba que todo iba bien. Si se adentraban en las
cavernas, dejaría de percibirlo.
Podría haber acompañado a Rosslyn y dejarla allí sola mientras él
volvía al exterior, pero dudaba que ella lo aceptase; además, se negaba a
perderla de vista un instante. Necesitaba verla para saber que estaba bien.
Rosslyn suspiró y se removió, envuelta en el plaid. Dormía de lado,
con el rostro vuelto hacia el fuego. Su rostro era angelical, con esa nariz
pequeña que le daba un aire travieso, y los labios carnosos ligeramente
entreabiertos. Esos labios pecaminosos que tantas veces había imaginado
engullendo su dura polla, dándole placer, lamiendo su miembro con la
lengua juguetona.
Gimió, desesperado. Estar echado a su lado, sintiendo todo el contorno
del dulce cuerpo pegado al suyo propio, había sido una tortura que lo había
excitado como si fuese un lobo en celo. Sus firmes nalgas le habían rozado
la polla cada vez que ella se había removido, inquieta, hasta que consiguió
caer en un sueño profundo. Y ahora, por culpa de su imaginación
traicionera, que había plantado imágenes lujuriosas en su mente, todavía
estaba más duro y dolorido.
Se levantó y se apartó de ella, temeroso de despertarla. Buscó una vela
en las alforjas y la encendió en el fuego; con ella en la mano, se internó en
las cavernas dándose la excusa de ir a comprobar que el caballo estaba
bien, pero tenía muy claro qué iba a hacer.

Rosslyn se despertó porque sintió frío en la espalda. Se removió,


medio adormecida aún, buscando el contacto de Gawin, y cuando fue
consciente de que no estaba allí con ella, abrió los ojos.
—¿Gawin? —susurró, llamándolo. Giró la cabeza para buscarlo, pero
fuera del alcance de la luz de la hoguera, todo era oscuro como la boca de
un lobo—. ¿Gawin? —insistió.
Al ver que no contestaba, Rosslyn se irguió. Todavía estaba aturdida
por el sueño. Se frotó los ojos y paró atención con los oídos. Había un
ruido que venía del interior, parecía como un gemido profundo pero
amortiguado. Se levantó y caminó con reticencia hacia el lugar del que
provenía. Dudó cuando salió del alcance del fulgor de la leña que ardía,
pero respiró profundamente, irguió los hombros con decisión, y dio varios
pasos vacilantes en aquella dirección. Se introdujo en lo que parecía un
túnel, con la mano apoyada en la pared para guiarse, y al final pudo ver el
leve resplandor de una vela. Suspiró, aliviada. Seguro que era Gawin que
había ido a ver cómo estaba el caballo. Pero, ¿esos gemidos? ¿Qué
significaban?
Siguió caminando en silencio, llena de curiosidad. Su cuerpo era
inocente, pero su mente no. Había oído antes ese tipo de gemidos, y supo
qué estaba haciendo él. Un hormigueo de interés y curiosidad la
atravesaron, haciendo que todo el vello del cuerpo se le erizara de
anticipación.
Procurando no hacer ruido para no alertarlo, se asomó por la boca de la
caverna y lo vio. Estaba apoyado contra la pared, con el rostro levantado,
las piernas abiertas, y los ojos cerrados mientras se acariciaba el miembro
con su enérgica mano. Rosslyn se ruborizó de pies a cabeza, y sus manos
picaron por el deseo de ser ella quién lo estuviera acariciando.
Era una hermosa estampa. Se había quitado el jubón y el kilt, y tenía la
camisa abierta, mostrando impúdico su cuerpo perfecto. Tenía los
músculos tensos, y ondulaban con cada movimiento que él hacía. Gotitas
de sudor le resbalaban por la frente, el cuello y el pecho, creando un
camino que Rosslyn quiso lamer. Sacó la punta de la lengua en un acto
reflejo de su deseo, y se lamió los labios, ávida de probarlo.
—¿Necesitas ayuda con eso? —preguntó en un susurro. Sabía que no
debía acercarse en silencio a un hombre como él, un guerrero, pues su
primer impulso sería golpear a aquello que lo había sobresaltado. Por eso
mantuvo la distancia, relamiéndose los labios, mirándolo descarada,
cuando él abrió los ojos y todo su cuerpo se tensó, preparado para
defenderse. Se relajó cuando vio que ella era, pero inmediatamente el
rubor le cubrió las mejillas y se agachó con un gesto brusco para coger la
ropa que había tirado al suelo y cubrirse con ella.
—¿Qué haces aquí? —preguntó con más brusquedad de la que había
querido.
—Me desperté, y no estabas.
Rosslyn dio los cinco pasos que todavía lo mantenían alejada de él
hasta que sus cuerpos se rozaron.
—Rosslyn, no… —gimió Gawin cuando la mano de ella le aferró la
suya y tiró de la ropa que estaba cubriendo sus caderas y su miembro viril.
—Ssssht. Hace tiempo que quiero hacer esto. Déjame darte placer.
—Eres una dama, no deberías… —protestó débilmente.
—Pero también soy mujer, con deseos y necesidades.
Rosslyn tiró de la ropa y se arrodilló delante de Gawin. Su polla estaba
erecta, era gruesa y estaba plagada de venitas que recorrían todo el tronco.
La estaba llamando, hipnotizándola como la serpiente hipnotiza al ratón
antes de comérselo. Se pasó la lengua por los labios, anticipándose a su
deseo, la cogió por la base con su pequeña mano, y entonces le dio la
primera lamida.
Todo el cuerpo de Gawin tembló, y se estremeció de pura lujuria
dejando ir un gemido gutural. Rosslyn sonrió cuando vio que él había
vuelto a cerrar los ojos, rindiéndose a ella. Se sintió poderosa, como si
fuera un gran guerrero invicto en la batalla, porque este hombre tan
magnífico, que siempre se había mantenido controlado estando con ella, y
que nunca le había hecho un requerimiento indecente excepto unos cuantos
besos robados, se ponía en sus pequeñas manos sin dudarlo, temblando de
lujuria, de placer, de deseo..
—Eres muy grande… —susurró y volvió a lamerlo de abajo arriba.
Gawin soltó una risita que se cortó cuando ella se apoderó del glande con
los labios, y empezó a obrar magia con la boca. Lo acarició con la lengua
mientras deslizaba una mano por el tronco y con la otra le acariciaba los
testículos.
—Oh, Dios, bendita tortura… —gimió Gawin, con las manos
aplanadas contra la pared, temeroso de tocarla por si aquello era un
maldito sueño y se despertaba.
Sin titubear, Rosslyn engulló la polla en su boca. Gawin no pudo
resistirlo más y agarró un mechón de pelo sedoso con el puño, guiándola
para que lo succionase completamente, marcando el ritmo mientras gemía
sin parar.
—No hay vuelta atrás, cariño, ya no —musitó perdido en el placer de
aquella boca lujuriosa que estaba volviéndolo loco—. No te detengas.
Rosslyn movió la boca y la mano, de arriba abajo, dándole golpecitos
con la lengua, intentando tragarlo todo aun sabiendo que era imposible.
Era demasiado grueso, demasiado largo, demasiado… todo. Pero no quería
rendirse.
—Voy a correrme, cariño. ¿Lo tragarás todo?
Gawin abrió los ojos y la miró. ¡Qué hermosa era! ¡Qué espectáculo
tan erótico! Tenerla allí de rodillas, con la polla entrando y saliendo de su
dulce boca, ayudándose con sus manos diminutas, y los ojos vidriosos por
el placer que estaba sintiendo al dárselo a él.
Rosslyn asintió como pudo, dándole su consentimiento con la mirada,
succionando más fuerte. Gawin luchó por mantener los ojos abiertos, para
poder seguir admirando aquel espectáculo tan maravilloso, viendo su
miembro deslizándose dentro de la lujuriosa boca. Empezó a bombear las
caderas al mismo ritmo que el movimiento de la cabeza de ella. El clímax
se enroscó, acercándose a pasos agigantados, un infierno atronador que
rugía como una tormenta de fuego. Cuando llegó la liberación, salvaje,
indómita, brutal, se mordió el interior de la mejilla para no gritar.
Ella no se detuvo. En lugar de apartarse, chupó con más fuerza,
tragándose cada gota de semen que salía de él, admirándose al ver cómo le
había hecho perder el control hasta que su cuerpo se convulsionaba contra
la pared.
Cuando ya no pudo aguantar más, Gawin la apartó suavemente y se
dejó caer deslizando su espalda por la pared hasta que su trasero dio contra
la tierra. Respiraba con agitación, su pecho alzándose convulsivamente
una vez y otra, intentando llenar los pulmones de aire.
Rosslyn seguía de rodillas, situada entre las piernas abiertas de él, y lo
miraba con timidez. Sus mejilla arreboladas, los ojos brillantes, los labios
entreabiertos con gotitas de semen todavía resbalándose entre ellos.
Deslizó los dedos por la mejilla de ella, los ensortijó con el pelo que le
caía en cascada sobre los hombros, y la atrajo hacia su cuerpo para poder
besarla a conciencia. Se degustó a sí mismo; la boca de Rosslyn tenía un
sabor salado y especiado, intenso.
—Dónde… dónde aprendiste a hacer algo así —preguntó finalmente
con mucha suavidad, temiendo que la respuesta no fuese de su agrado,
pero teniéndola que hacer de todos modos.
—Soy curiosa —bromeó ella, fundiéndose entre sus brazos, apoyando
la cabeza sobre el musculoso pecho—, y las criadas en mi casa nunca han
sido muy discretas.
—¿Ellas te enseñaron? —exclamó, sorprendido.
—¡Dios, no! —contestó, riéndose—. Si hubiese preguntado habrían
ido corriendo a mi padre a contárselo todo, muy escandalizadas, y él me
habría dado una azotaina de las que impiden sentarse durante una semana.
Las espiaba sin que ellas lo supieran. No quería defraudarte cuando llegara
el momento, así que cuando sospechaba que alguna iba a encontrarse con
su amante, la seguía y la espiaba a escondidas. Quería saberlo todo, para
poder complacerte.
—Mi cielo, tú me complaces solo con mirarme. Pero ahora, en cuanto
recobre el resuello, será el momento de complacerte a ti.
—¿Vas… vas a…? —parecía algo asustada, pero también excitada con
la idea. Sus ojos lanzaron un destello interesado mientras alzaba la vista
para mirarlo, y la traviesa lengua salió de su refugio para relamerse los
labios.
—No, cariño, no voy a quitarte la doncellez aquí, sobre el duro suelo.
Pero no es necesario que tengas mi polla profundamente enterrada en tu
cuerpo para sentir placer.
—¡Oh! —exclamó, sorprendida—. Pero yo creía que las mujeres no
sentíamos placer con estas cosas… Por lo menos, las criadas no parecían
precisamente contentas cuando alguno de los hombres les exigía… eso.
—Cielo, me da miedo preguntar qué tipo de hombres tiene tu padre
bajo su techo.
—Pues… soldados, guerreros, como tú.
—¿Como yo? No, cariño, absolutamente no son como yo. Y voy a
proceder a demostrártelo.
Le alzó el rostro con un dedo y su boca descendió hasta apoderarse de
la de ella, mordisqueando y succionando el labio inferior. Los labios se
deslizaron por la línea de la mandíbula, bajando hasta el cuello, y allí se
encontró con el primer obstáculo: su ropa.
Volvió a besarla, esta vez profundamente, dejando que las lenguas se
buscaran, volviéndola loca con sus juegos, mientras sus manos trabajaban
afanosamente deshaciendo los lazos del vestido, sacándole los brazos de
las mangas, tirando hacia abajo hasta tenerla desnuda de la cintura hacia
arriba.
—Llevo años muriéndome por saber de qué color son tus pezones. Por
chuparlo, besarlos, provocarlos con mi lengua —le dijo acariciándoselos
con el aliento.
Cerró la boca entorno a uno. Rosslyn se arqueó, quejándose del dulce
placer que le recorría la piel. Gawin lo apresó suavemente con los dientes,
y tiró con cuidado de no provocarle dolor. Arremolinó la lengua en el duro
pico antes de capturarlo y mordisquearlo con suavidad.
Las manos de Rosslyn volaron para aferrarse al pelo de él, sujetándolo
con firmeza mientras le adoraba los pezones. Gawin se dio un festín con
las puntas sensibles, lamiendo, chupando, mordiendo.
—Pero necesito más de ti —susurró contra ellas mientras la empujaba
cuidadosamente y la tumbaba en el suelo. Tiró del vestido por las caderas
hasta que logró quitárselo y dejarla completamente desnuda—. El
espectáculo más maravilloso que mis ojos han podido contemplar…
Construyó un camino de besos hasta llegar a su ombligo. La única vela
que les alumbraba lanzaba destellos sobre la rosada piel. Pasó la lengua
alrededor del ombligo, dejando un rastro húmedo a medida que iba
descendiendo.
—¿Qué… qué vas a hacer? —farfulló Rosslyn perdida en el placer que
estaba sintiendo, ruborizándose con cada caricia, cuando él le separó las
piernas y fijó su mirada en la mata de pelo que cubría su coño.
—Darme un festín contigo. Hace tanto tiempo que deseo saborearte,
llenarme la lengua con tu esencia…
—Pero… pero… ¡oh!
Gawin utilizó los dedos para separar con suavidad los dulces pliegues,
y se inclinó para lamerle el clítoris.
El cuerpo de Rosslyn se sacudió y suspiró de placer absoluto. Los
dedos de él trabajaron en su abertura mientras mordía y lamía el
tembloroso brote. Cerró los ojos, entregándose por completo al cúmulo de
sensaciones que la asaltaban y que la estaban llevando hacia algo
desconocido pero que adivinaba absolutamente maravilloso.
El primer dedo la penetró con facilidad. Estaba húmeda, mojada con la
esencia que su coño expulsaba en reacción a sus caricias. Rosslyn emitió
un gritito al sentir la extraña invasión y su cuerpo se tensó ante la insólita
reacción. Le gustaba, quería más, sentía que aquello era poco…
Gawin le introdujo un segundo dedo. Imitaba el movimiento de la
cópula, teniendo mucho cuidado de no rebasar el límite que le imponía la
delicada membrana que denotaba su virginidad. Solo quería
proporcionarle placer, no dolor.
Con la mano que tenía libre, le acarició el pecho, apretando el pezón
con los dedos. Rosslyn gritó y se llevó una mano a la boca, mordiéndose el
puño para sofocar los gritos que se le acumulaban en la garganta. Su
cuerpo ardía como si el fuego se hubiera apoderado de él; una extraña y
apabullante sensación se iba arremolinando en el bajo vientre, creciendo
con cada caricia, cada penetración de los dedos, cada vez que la lengua
atacaba el clítoris.
—Déjate ir… acéptalo, mi amor. No luches contra lo que sientes.
Las palabras de Gawin penetraron en su desconcertado cerebro,
obedeciendo sin dudarlo. Dejó que todas las sensaciones se apoderaran de
ella, que la invadieran y la sobrepasaran, y estalló en un orgasmo
devastador que llevó a su cuerpo a convulsionarse, sacudiéndose sobre el
frío y duro suelo, mientras gritaba hasta quedarse enronquecida.
Laxa y completamente agotada, Gawin volvió a ponerle el vestido y la
alzó, cogiéndola en brazos para llevarla de nuevo al lado de la fogata, en la
caverna contigua. Se tumbó a su lado, la apretó contra su cuerpo, y la
contempló mientras dormía, manteniéndose vigilante durante el resto de la
noche.
Capítulo cuatro. Vender el alma.

Cuando Rosslyn abrió los ojos, el amanecer se filtraba a través de las


rendijas del entramado de hojas y ramas que protegían la entrada de la
cueva. El fuego seguía chisporroteando, como si alguien se hubiera estado
preocupando de que no se apagara durante toda la noche.
«Gawin».
Seguro que había sido él, porque una hoguera no duraba tantas horas si
no era alimentada regularmente. Ella había estado durmiendo, y él había
permanecido despierto, cuidándola.
Giró el rostro, buscándolo. Gawin estaba de pie, de espaldas a ella, con
la mirada fija en el entramado de hojas y ramas. Tenía una mano alzada
por delante de sí, el brazo totalmente extendido hacia adelante, y parecía
estar murmurando algo.
Había algo diferente en él, algo que no estaba la última vez que se
vieron. Rosslyn no sabía qué era, pero le daba escalofríos. Tuvo el impulso
de santiguarse para protegerse, pero se contuvo de hacerlo. Este hombre
era Gawin, y era incapaz de hacer algo que la dañase, ni de obra ni de
palabra. Quizá la oscuridad que intuía solo se debía al dolor que le había
causado con su marcha; bien sabía Dios que ella misma había estado
teniendo pensamientos nefastos, y que había increpado al Altísimo más de
una vez por su amargo destino. Tener el amor al alcance de la mano y
perderlo abruptamente, podría oscurecer cualquier alma, por muy limpia y
pura que fuese.
—¿Gawin?
Él se giró al oír su voz, y le dedicó la sonrisa más maravillosa que
podía imaginar, una sonrisa que le levantó el ánimo y le ensanchó el
corazón.
—Buenos días, mi amor.
—Buenos días, mi galante protector. No has dormido, ¿verdad?
—No podía. No hasta convencerme de que estábamos a salvo.
Rosslyn se incorporó y, sentada aún en el frío suelo, levantó los brazos
por encima de la cabeza, desperezándose como un gato. Los ojos de Gawin
se oscurecieron por el deseo. La imagen de su amada era tan sensual e
inocentemente provocadora, que su miembro viril saltó de alegría.
—Necesito lavarme un poco. ¿Crees que podría ser posible? —
preguntó Rosslyn con un mohín de disgusto al sentirse tan sucia y
desarrapada.
—Este es mi palacio. Cualquier cosa que desees, es tuya, mi dulce
cautiva.
Rosslyn se rio, recordando las historias con las que él la entretenía
muchas veces, tumbados sobre la hierba, mirando el cielo azul. A Gawin le
gustaba contar historias sobre tierras y reinos extraños llenos de magia, y
ella disfrutaba escuchándolas.
—Entonces, deseo poder darme un baño con agua caliente, mi príncipe
encantado —bromeó Rosslyn, sabiendo que allí era imposible pero no
pudiendo evitar seguirle el juego.
Gawin se acercó a ella y se arrodilló a su lado. Le acarició el mentón
con la punta de los dedos, y posó los labios sobre los suyos, dándole un
beso que, de tan leve, fue totalmente insatisfactorio; pero antes que ella
pudiera reclamar más pasión y profundidad, él ya se había puesto de pie
otra vez.
—Dadme unos minutos, mi bella hada, y obraré mi magia para cumplir
vuestro deseo.
Gawin la dejó sola, con la boca abierta por la sorpresa, y se internó en
las cavernas.
«Cuanta más magia utilices, más se apoderará de tu voluntad». Esta
fue la advertencia que le lanzó Ludllynn, la bruja que la ayudó a reclamar
el poder que le pertenecía por herencia. «No la utilices para hacer algo que
un simple hombre podría hacer con sus manos». Por eso no la había usado
para sacar a Rosslyn de Aguas Dulces, y se había arriesgado a bajar por la
cuerda anudada con ella, guiándola durante el descenso.
Pero ahora, la mujer que amaba necesitaba darse un baño. No lo había
dicho, pero seguro que además de sucia y dolorida, estaba aterida de frío.
Las cavernas eran húmedas y heladas, y la hoguera no había conseguido
caldearlas en absoluto. Se necesitaría mucho más que un pequeño fuego
para lograr algo así.
Caminó por el túnel y cruzó tres pequeñas cavernas hasta llegar a
aquella que había escogido para convertirla en su hogar provisional. Era
espaciosa y más seca que el resto. Las paredes no rezumaban agua como
en la mayoría de las demás, y la tierra que cubría el suelo estaba seca.
Tenía la forma de un ocho un tanto distorsionado; a vista de águila, la
parte inferior del número era bastante más grande que la parte superior, y
esta última parecería achatada e inclinada hacia un lado, como si al
escribano que la dibujó lo hubiese sobresaltado algo mientras trazaba la
línea, y se le hubiese ido la mano. Al estar torcida, esa parte de la caverna
quedaba aislada y separada del resto, lo bastante para dar un atisbo de
intimidad, y Gawin pensó que sería el lugar ideal para hacer realidad el
deseo de Rosslyn.
Cruzó el arco de entrada, tapado con una gruesa manta a modo de
cortina, para que mantuviera el calor en el interior. La caverna principal
estaba preparada para pasar allí escondidos bastantes días, sin renunciar a
la comodidad. A un lado había acumulada la suficiente leña para mantener
viva la fogata que Gawin acababa de encender, y que era lo bastante
grande para iluminar todo el recinto. Al otro, Gavin y Craig habían
preparado una cama rudimentaria, llenando con hojas frescas varios sacos
de arpillera que después habían cubierto con una sábana. A los pies de
esta, un baúl lleno de ropa de mujer esperaba la llegada de Rosslyn.
Habían tapado las paredes y el suelo con mantas y alfombras, para
mantener el calor allí dentro. En el techo, había varias chimeneas naturales
que evitaban que el humo se acumulase dentro, y Gawin las había
asegurado gracias a la magia.
Era un lugar aceptablemente acogedor en el que podrían esperar el
tiempo que fuese necesario, hasta que el MacDolan y el Douglas
desistiesen de su búsqueda. Cuando creyesen que habían logrado huir y
que estaban fuera de su alcance, saldrían de allí y se dirigirían hacia las
tierras de su familia. «O quizá deberíamos irnos a Inglaterra, —pensó
mientras encendía otra fogata, esta más pequeña, en el reducido cubículo
que quedaba apartado del resto de la caverna—. O viajar más hacia el sur,
hasta España. Allí podríamos vivir en paz y, con mis nuevos poderes, no
tendría ninguna dificultad en convertirme en alguien rico e importante que
le pudiese dar a Rosslyn todo lo que desee y necesite».
«Cuanta más magia utilices, más se apoderará de tu voluntad». La voz
de Ludllynn acudió para sacarlo de sus ensoñaciones.
Quizá utilizar la magia para prosperar no era tan buena idea, aunque la
semilla ya estaba plantada y no le iba a ser fácil olvidarse de ello.
Pero mientras tanto, iba a necesitarla para cumplir el deseo de Rosslyn
de darse un buen baño caliente.
Se concentró en sí mismo, en aquel lugar al que debía acudir cada vez
que necesitaba saber. Era extraño cómo conseguía comprender cosas que
nunca había leído o estudiado; solo tenía que concentrarse, y los
conocimientos requeridos acudían a él con facilidad, como si estos
tuviesen vida y estuvieran impacientes por ser utilizados. Y así fue cómo
supo lo que debía hacer.
Llamó a la tierra con su cántico silencioso, y a la roca que en ella se
escondía. La tierra se abrió con un ligero estremecimiento; se comprimió
y condensó, abriendo un agujero en el suelo que fue ensanchándose poco a
poco. La voz de Gawin seguía murmurando palabras extrañas mientras sus
manos bailaban y dibujaban extraños símbolos en el aire. La tierra le
respondía y lo embargó una eufórica sensación de poder que le colmó las
venas con fuego. Parecía que iba a arder, una pira humana que se
consumiría irremediablemente, pero nadie que lo mirara vería algo
extraño. Su cuerpo permanecía inalterable, pero él sentía el ardor correr
por debajo de la piel.
La tierra se fundió y compactó, hasta que se fue transformando en dura
roca. Entonces su cántico cambió, y empezó a llamar al agua. Había
mucha corriendo libremente en canales subterráneos construidos con la
fuerza de la naturaleza. Uno escuchó su llamado y desvió su curso; se
abrió paso a través de la montaña, y rompió la pared de piedra para manar
suavemente y llenar la hoquedad. Hubiera parecido algo natural, un
producto de la naturaleza, si la piscina no hubiese sido tan perfecta, y la
piedra que la recubría, tan lisa y pulida. Podría haberla hecho irregular,
con picos y cantos, pero eso hubiese sido un peligro innecesario para la
suave y delicada piel de Rosslyn.
Cuando la pequeña piscina estuvo llena a rebosar de agua, Gawin
ordenó al agua que dejara de manar y volvió a cambiar su cántico. El agua
empezó a subir su temperatura, hasta que una ligera nube de vapor se
formó en el interior de la cavidad.
El baño estaba preparado.
Fue a buscar a Rosslyn y la encontró sentada ante la fogata,
masticando un trozo de queso que había sacado de las alforjas.
—Tenía hambre —le dijo medio avergonzada cuando giró el rostro
para mirarlo.
—Culpa mía por no ofrecerte un desayuno como Dios manda. Lo
siento.
—No importa. Me gusta el queso.
Ambos rieron, y él le ofreció la mano para ayudarla a levantarse.
Cuando sus dedos se tocaron, un chisporroteo le sacudió todo el cuerpo,
una sensación cálida lo envolvió como si de una manta se tratara.
—Vamos.
Rosslyn lo siguió sin decir una palabra. Caminó detrás de él, que ahora
iba alumbrando el camino con una antorcha. Cuanto más se internaban en
la montaña, más frío hacía, hasta que llegaron a una caverna que la dejó
con la boca abierta.
—Esto es… es maravilloso —exclamó mirando a su alrededor. Gawin
había conseguido convertir una inhóspita cueva en un lugar acogedor, con
las paredes cubiertas con alfombras y mantas, una cama, y una fogata que
calentaba el ambiente.
—Me alegra que te guste. Pero no es todo. Sígueme.
La guió hasta la pequeña piscina de agua humeante, y se deleitó con la
alegría que iluminó el rostro de Rosslyn cuando lo vio.
—Oh. Esto… esto es… Pero, ¿cómo..?
Gawin se rio con los balbuceos incoherentes de su mujer, motivados
por la sorpresa. Sabía que ella se preguntaba cómo lo había logrado, pero
no pensaba contárselo. Si alguna vez descubría en qué se había convertido
él…
—Te dije que cumpliría tus deseos, y eso he hecho —se limitó a decir,
henchido de orgullo al ser testigo de su reacción—. También tenemos…
esto… —Se rascó la cabeza, no sabiendo cómo decirlo. ¡Se sentía tan
ridículo teniendo vergüenza! Pero, ¿cómo hablas con una dama, sobre las
necesidades propias del cuerpo, como orinar y defecar?— Quiero decir
que he adecuado una de las otras cavernas más pequeñas para que puedas
hacer tus necesidades básicas en la intimidad.
—Has pensado en todo.
—Por supuesto. No sé cuánto tiempo tendremos que estar aquí, y no
iba a permitir que carecieras de cualquier comodidad que pudiera
proporcionarte.
—Pues lo has conseguido, porque podría quedarme a vivir aquí para
siempre. —Se giró hacia él y lo miró a los ojos—. Siempre y cuando, tú te
quedaras conmigo.
—Siempre estaré contigo. —Se miraron a los ojos, y el recuerdo de lo
vivido la noche anterior irrumpió en su mente con fuerza, alterando su
respiración, provocándole una dolorosa erección. Tragó saliva, y esta
deshizo poco a poco el nudo que se le había formado en la garganta—. En
el baúl que hay a los pies de la cama, tienes ropa para cambiarte —susurró
con voz ronca, sin quitar los ojos de los labios de Rosslyn.
—Gracias.
Ella se acercó un paso hacia él, y él retrocedió apresuradamente hasta
volver a estar en la parte de la caverna más grande. Rosslyn, extrañada, lo
siguió. Sabía que la deseaba, que se moría por hacerle el amor, al igual que
ella. ¿Por qué retrocedía?
—¿Qué ocurre? —preguntó, preocupada.
—Tengo que salir.
—¿Vas a dejarme sola?
—No te preocupes. Aquí estás a salvo, y yo volveré en un rato. Date un
buen baño, relájate, y antes de que te des cuenta, estaré de vuelta.
—Pero, ¿a dónde vas?
Gawin no contestó, y la manta que cubría el arco de entrada, cayó
detrás de él cuando abandonó el lugar.
Rosslyn suspiró, y se envolvió con sus propios brazos, intentando
consolarse. Había visto algo en la mirada de Gawin, una sombra negra que
cruzó sus ojos y transformó su rostro durante un instante. Fue algo
atemorizante que se desvaneció tan rápido que hasta llegó a pensar que se
lo había imaginado. Hasta que él se retiró y se marchó apresuradamente.
¿Qué había pasado realmente allí?

Gawin salió de las cuevas dando trompicones. Apartó el matorral


artificial que taponaba la entrada y salió al exterior. Necesitaba aire, sentir
el viento sobre el rostro; ver el cielo, el sol; alejarse rápidamente de
Rosslyn.
Dios, ¿qué había hecho?
Lo había sentido, en su interior, como una fuerza inconmensurable que
iba apoderándose de él poco a poco. ¿Cómo había sido tan loco de pensar
que podría controlarlo? ¿Cómo se había dejado engañar por su propia
altanería?
Ludllynn lo había advertido antes del ritual, y él se había negado a
escuchar. Su único pensamiento había sido que tenía que recuperar a
Rosslyn, y que sería bienvenido cualquier precio que tuviera que pagar.
Orgulloso, pensó que aquel al que se había entregado a cambio del poder
suficiente para mantener a salvo a Rosslyn, no podría apoderarse de él.
Pero ya no estaba tan seguro.
Durante un instante, mientras miraba a la mujer que amaba más que a
su vida, al sentir crecer el deseo que ella despertaba, lo había notado: una
oscuridad creciente, una oleada de crueldad, imágenes de dolor y
sufrimiento; Rosslyn, dirigiéndole una mirada cargada de temor, mientras
intentaba alejarse de él, completamente aterrorizada. Y una risa resonando
en su cerebro, cargada de brutalidad y maldad, que salía de su propia
garganta.
Solo había sido una visión, pero había conseguido que se cuestionara
su propio raciocinio.
Por eso había salido huyendo, apartándose de Rosslyn. Había tenido
miedo de sí mismo y de lo que podría llegar a hacerle a pesar de que se
repetía a sí mismo una y otra vez, que nunca, jamás, le haría daño.
Porque ya no estaba tan seguro.

***

Algunos días antes…

«Mi amado Gawin:


Te escribo esta carta a toda prisa, para que Tom pueda llevártela antes
de mi marcha. Mi padre ha hecho lo que nunca me hubiese llegado a
imaginar. Me ha ofrecido a Lean MacDolan en lugar de mi difunta
hermana Evanna, renegociando el contrato matrimonial, y este ha aceptado
su exigencia de que la ceremonia se llevase a cabo inmediatamente. Padre
acaba de comunicármelo ahora mismo, obligándome a prepararme para
partir al amanecer rumbo a Aguas Dulces, donde espera verme casada
antes de tres semanas. Las primeras amonestaciones ya se han hecho
públicas.
Lo siento mucho, mi amor. Me veo obligada a cumplir con mi deber de
hija, obedeciendo a mi padre, aunque mi alma y mi corazón están llorando
de tristeza y dolor. Te amo, y el solo pensamiento de este matrimonio
obligado, me parte en dos y me desgarra por dentro. Pero no puedo hacer
otra cosa más que obedecer.
Padre sabe que el único hombre al que amo eres tú, se lo he gritado
entre sollozos cuando me ha anunciado el compromiso, y por eso me
obliga a viajar con él inmediatamente. No quiere darme una oportunidad
de huir contigo, pues sabe que lo haría sin dudarlo un instante; pero
cuando tú recibas esta carta, yo ya estaré camino de Aguas Dulces.
Lo siento, lo siento mucho. Sé que esto para ti será como una traición.
Soy cobarde, y no me atrevo a escaparme sola para poder reunirme
contigo. Además, me vigilan, ni siquiera conseguiría salir del castillo sin
que me descubrieran, y temo demasiado la ira de mi padre si le
desobedezco.
Olvídame, cura tus heridas, y sé feliz. Debes ser feliz para que mi
tormento sea más leve, aunque imaginarte en brazos de otra mujer me
desgarra el alma. Por mi parte, jamás conseguiré arrancarte de mi corazón.
Tuya en cuerpo y alma,
Rosslyn Douglas».

Con la carta en la mano, roto de dolor y lleno de ira, Gawin salió


montado a caballo, galopando como alma que lleva al diablo.
No podía ser. Su Rosslyn no podía casarse con otro hombre. Ella era
suya, lo había sido desde siempre. Su vida giraba en torno a ese
convencimiento desde los trece años, cuando había visto por primera vez a
la niñita con los ojos del color de la tierra húmeda por el rocío. Todas las
decisiones que había tomado desde ese momento, habían sido pensando en
ella y en un futuro juntos, porque estaba escrito en las estrellas.
Y ahora, ¿debía permitir este giro del destino? ¿Debía aceptarlo sin
luchar? ¿Resignarse a vivir sin ella?
Cabalgó como un loco sin pensar en su propia seguridad ni en la de
Relámpago, su caballo. Lo forzó a seguir un ritmo endiablado con la
esperanza de caerse y romperse el cuello. Morir sería mil veces mejor que
seguir viviendo sin tenerla a ella a su lado. Rosslyn era su vida, y sin ella,
¿qué le quedaba?
Había peleado con uñas y dientes contra todos; había hecho enfurecer a
su padre cuando se negó a entregar su vida a la Iglesia, tal y como le
correspondía por ser el hijo menor. Lo había defraudado enormemente con
esa decisión, y había estado mucho tiempo soportando el desdén y el
desprecio de su padre, y el llanto de su madre. Todo por ella.
¿Iba a resignarse?
Cabalgando a ciegas, con los ojos anegados en lágrimas, no se dio
cuenta que se había internado en el bosque prohibido hasta que fue
demasiado tarde. En la parte más frondosa, decían, vivía una bruja. Él la
conocía. Había acudido allí de forma regular, a escondidas de su familia,
buscando las respuestas a unas preguntas que ni siquiera sabía que tenía.
Gawin había sabido siempre que era diferente. Había algo en él que no
era como en los demás: tenía sueños, visiones, y oía voces nítidas
hablándole cuando no había nadie más allí. Nunca podía recordar qué veía
ni qué oía, pero siempre quedaba la misteriosa sensación de haber vivido
algo diferente. A veces, estando en esa etapa del sueño en la que no estás
dormido, pero tampoco despierto, había vislumbrado brevemente a una
figura de pie a los pies de la cama. Era un hombre alto, musculoso, que
vestía una túnica azul, y tenía unos ojos llameantes que lo miraban
fijamente. Sus orejas eran alargadas, y peludas, como de ciervo, y también
lucía una enorme cornamenta soportada desde su frente.
Pero cuando abría totalmente los ojos, asustado por aquella presencia,
la figura desaparecía como si nunca hubiese estado allí, dejando tras de sí
el olor del musgo.
Y después estaba esa pulsación que sentía en el cuello y las muñecas,
como la vibración que queda remanente después de haber golpeado una
campana: el sonido ya no está, pero el zumbido persiste constante en el
aire. Un zumbido que, a veces, se apoderaba de sus oídos, desenfocaba su
visión, y le mostraba cosas que no estaban allí.
Por eso acudió a la bruja del bosque la primera vez, sin saber que allí
encontraría unas respuestas que no quería escuchar. Respuestas que
Ludllynn le proporcionó.
—¿Qué te ocurre, muchacho tonto?
La voz de la bruja lo sacó del trance en el que se encontraba. Ni
siquiera se había dado cuenta del rumbo que había tomado al salir del
castillo, pero allí estaba ahora, delante de la mugrienta cabaña en la que
vivía Ludllyn, la bruja del bosque prohibido, a la que todo el mundo
evitaba, pero a la que todo el mundo acudía cuando necesitaba sus
extraños servicios.
—Se ha ido, Ludllyn. Su padre va a casarla con otro hombre.
Su voz sonó como el lamento de un perro apaleado, y no como la de un
hombre.
—¿Y qué vas a hacer? ¿Quedarte aquí llorando como un niño? ¿O vas
a ir a buscarla?
La voz burlona de la bruja, sentada delante de la desvencijada puerta
de su cabaña, lo enfureció. Ludllynn estaba fumando una de sus mezclas
de hierbas, lanzando al aire volutas de humo apestoso, una costumbre que
había adquirido durante sus viajes a países lejanos de oriente. Su pelo gris
y enredado, le caía en mechones sucios sobre la cara, ocultando su rostro
arrugado.
—¿Y qué puedo hacer? —exclamó, iracundo, y bajó del caballo de un
salto para acercarse a ella dando grandes zancadas. Quería intimidarla,
pero la vieja bruja ni parpadeó.
—Ve a por ella.
—Hace dos días que se fue. Tom, el muchacho que me ha traído su
carta, no ha podido escaparse de sus obligaciones hasta hace unas horas.
Salieron hace dos días, de madrugada, y su padre la acompaña con un
pelotón de hombres como escolta. ¿Cómo pretendes que me la lleve?
—Tú sabes cómo puedes hacerlo. Por eso has venido hasta mí.
Sí, lo sabía. Aunque su mente no había tomado la decisión
conscientemente, en su desesperación había acudido hasta el bosque
prohibido porque sabía qué tenía que hacer: aquello a lo que se había
negado desde que Ludllyn le había contado por qué él era diferente.
—Sabes que no puedo hacerlo. ¡Te lo he dicho mil veces! Es una
abominación, y va en contra de todo en lo que creo. ¡Perdería mi alma! ¡Y
estaría condenado al fuego eterno!
—Pamplinas, y tú lo sabes. ¿Condena eterna? ¿Peor condena que vivir
tu vida sin Rosslyn a tu lado?
—Estamos hablando de mi alma, de…
—¡Tu alma le pertenece, muchacho! Desde que fuiste engendrado en el
vientre de tu madre, tú le perteneciste. No puedes luchar contra tu destino,
igual que no puedes arrancarte el corazón y seguir viviendo. Acéptalo de
una vez.
—Ha de haber otra manera…
—Estoy harta de oírte decir sandeces —exclamó Ludllyn levantándose
pesadamente—. Si no quieres aceptar tu poder, y el destino que está
escrito en las estrellas, obedece a tu padre y vete al monasterio.
Conviértete en un monje, vive una vida estéril plagada de insatisfacción,
dirigiendo plegarias a un Dios absurdo que nunca escucha a sus devotos
servidores. Pierde tu vida.
Escupió en el suelo y se giró para entrar en su choza, dejándolo allí
plantado sin saber qué hacer, con las riendas de Relámpago enrolladas en
una mano, y la otra cerrada en un puño desesperado.
—¡Espera! Si lo acepto, si le entrego mi alma, ¿conseguiré el poder
suficiente para rescatar a Rosslyn? ¿Podré tenerla a mi lado durante el
resto de mi vida?
—Niño, si le entregas tu alma, podrás conseguir todo lo que te
propongas. Tendrás en tus manos el poder de un dios, no habrá nada que
pueda pararte. Pero hay un precio a pagar a cambio de tanto poder. Cuanta
más magia utilices, más se apoderará de tu voluntad; no la utilices para
hacer algo que un simple hombre podría hacer con sus manos.
***
Se había sometido al poder de Gwynn, el dios oscuro, el cazador
salvaje, pensando que podría controlarlo, que su voluntad sería más fuerte,
y que jamás conseguiría doblegarlo. Pero lo notaba en su interior, y su voz
insidiosa había empezado a susurrarle al oído. Se había debilitado al
convocar su poder sobre los elementos para conseguirle a Rosslyn un baño
caliente, y Gwynn había dejado de ser una sombra oscura agazapada en su
interior, a ser una voz constante que le susurraba maldades y se reía con
crueldad al ver su turbación.
Había sido un iluso, pero, ¿qué otra cosa podría haber hecho? La sola
idea de vivir su vida sin tener a Rosslyn a su lado, era una tortura. Rosslyn
era suya tanto como él era de ella, se pertenecían y complementaban. Si no
la tenía a su lado, su vida no tendría sentido y se convertiría en una cáscara
vacía sin ningún propósito. Por eso había accedido, y por eso no podía
arrepentirse ahora de la decisión que había tomado.
No volvería a usar la magia, a no ser que sus vidas dependiesen de ello.
Si no le daba más poder a Gwynn, quizá conseguiría acallar su voz y
dejaría de oír sus susurros perniciosos. Gawin era terco como una mula y
estaba convencido que lo lograría si se lo proponía.
Caminó sin rumbo por el bosque, durante horas, intentando
tranquilizarse. La voz de Gwynn había sido muy fuerte dentro de las
cavernas. Sus palabras le habían martilleado el cerebro, enviándole
imágenes retorcidas de él tomando a Rosslyn contra el duro suelo,
arrebatándole su virginidad sin ninguna contemplación, complaciéndose
en su terror y sus gritos de dolor. Y se había horrorizado al ver que su
cuerpo reaccionaba con una imponente erección ante aquella visión tan
aterradora. Se había excitado al imaginársela suplicando piedad, luchando
contra él, vertiendo lágrimas de dolor. ¿En qué clase de hombre lo estaba
convirtiendo Gwynn? ¿Qué tipo de mente perversa era capaz de excitarse
con el sufrimiento de una mujer?
No, no era él. Quizá su cuerpo había reaccionado así, pero no había
sido él el que se había deleitado con entusiasmo con aquellas imágenes.
Había sido Gwynn y su alma pérfida la que había saltado de alegría y
fervor, en un frenesí de pasión insatisfecha.
Pero el torbellino de emociones había sido intensa, y por eso había
tenido que alejarse de ella con rapidez, porque durante un simple instante
estuvo a punto de ceder al impulso que el dios le enviaba, y la habría
tomado allí mismo sin ninguna consideración hacia ella.
Y no podía permitirlo.
Rosslyn era pura e inocente, tanto en cuerpo como en alma. El amor
que sentía por Gawin la había protegido de abandonarse a las bajas
pasiones como hacían otras muchachas jóvenes a su edad. Solo lo deseaba
a él, y él se había ocupado de que permaneciese sin mácula, permitiéndose
solo robarle algunos castos besos… hasta la noche anterior.
Pensar en lo que habían hecho envió una nueva oleada de excitación
que atravesó como una ola furiosa su ya ardoroso cuerpo. Volvió a sentir
los labios de miel rodeándole la polla, sus pequeñas manos acariciándole
toda la longitud, sus gemidos bajos, el sabor de su esencia cuando le dio
placer con la boca, el terciopelo de sus pechos bajo las ásperas manos de
guerrero…
Su voluntad estuvo a punto de flaquear y no fue consciente de que
volvía hasta que se encontró de nuevo ante la entrada de la cueva,
disimulada por las hojas y las ramas que la protegían. Se frenó en seco,
sorprendiéndose de encontrarse allí, estallando en su interior una batalla
entre el deseo de entrar y someterla a sus deseos, y el honor que lo
impulsaba a alejarse de allí.
Nunca sabría cuál de los dos hubiese ganado, porque fue entonces
cuando oyó los gritos de Rosslyn.
Capítulo cinco. La pesadilla no ha terminado.

Los ojos azules de Seelie siempre habían logrado hipnotizarlo. Eran


del color del cielo durante el verano, cálidos y luminosos, y brillaban con
la alegría que sentía por la vida. Era una muchacha de corazón noble que
se entristecía con el dolor ajeno, y hacía todo lo que estuviera en sus
manos para aliviar el sufrimiento de los demás. Era joven, pero su
voluntad de hierro la convertiría en una magnífica castellana cuando
tuviese bajo su mando la dirección de alguna fortaleza, y Kenneth estaba
seguro que conseguiría la lealtad incondicional de sus sirvientes, que la
amarían y respetarían a partes iguales.
Sí, un hombre estaría muy satisfecho de tenerla por esposa, aunque no
la amase. Más lo estaría él con todo el amor que sentía por ella.
—¿En qué piensas? —le preguntó ella.
Seelie seguía tendida sobre la hierba. El canto de la catarata los
arrullaba, y volvía a tener su color de siempre. El sol se había escondido
detrás de las altas cumbres que los rodeaban y el cielo del atardecer los
alumbraba con su tenue resplandor.
—En lo afortunado que soy.
Su risa cantarina inundó el aire, y las entrañas de Kenneth se
contrajeron de deseo. La amaba, y la deseaba con una desesperación que
estaba a punto de volverlo loco.
—Y en que voy a hacerte el amor. Ahora mismo.
La contundencia de sus palabras enviaron un estremecimiento que
atravesó el cuerpo de Seelie, anticipándose al placer.
—Sí. Por favor.
Extendió sus brazos y le rodeó el musculoso cuello, atrayéndolo hacia
ella. Le ofreció la jugosa boca, entreabriendo los delicados labios para
recibir su apasionado beso.
Kenneth se despertó de repente, con una erección de órdago. Tenía la
respiración tan agitada que parecía el fuelle de un herrero. Se levantó de la
cama y miró por la ventana del castillo. Todavía era de noche, no había
amanecido todavía, pero sabía que aunque volviera a acostarse, no
conseguiría dormir.
Se envolvió con el plaid y salió de su dormitorio sin calzarse siquiera.
Bajó los rugosos escalones sintiendo la dura y fría piedra en las plantas de
los pies, y salió al exterior.
El patio de armas estaba silencioso. En los adarves, podía ver las
sombras de los soldados que patrullaban vigilantes. Aguas Dulces aún no
se había despertado.
En cada rincón de aquel lugar, todavía podía ver y oír a Seelie. Habían
crecido allí, se habían hecho amigos, y habían acabado enamorándose.
Durante mucho tiempo la había rehuido, negándose a sí mismo sus
sentimientos, ahogado con el peso de las responsabilidades que tenía como
hijo del laird. Pero cuando ella le dijo que iban a prometerla a otro
hombre, todo cambió. Los días que siguieron a esa noticia, marcaron un
antes y un después para él, que lo olvidó todo excepto el amor que sentía
por ella
En la pared al lado de la herrería, le había robado su primer beso.
Había sido inocente, apenas un roce de labios sobre labios, que lo había
dejado confuso e insatisfecho. Junto al pozo, le había susurrado su primer
«te quiero», y ella se había alejado riéndose, contagiando su alegría al
mundo. En la despensa, escondidos del resto del mundo, había osado
acariciarle un pecho por primera vez; por encima de la ropa, y solo durante
unos segundos, porque fueron interrumpidos por una de las sirvientas y
tuvieron que esconderse detrás de los sacos de harina para no ser
descubiertos. En el huerto trasero, donde la cocinera cultivaba las plantas
aromáticas que echaba en sus guisos y asados, le recitó por primera y
última vez los versos que le había dedicado. Nunca había sentido tanta
vergüenza como ese día, cuando al poner voz a las palabras escritas, se dio
cuenta de cuán horrorosos eran. Pero Seelie fue benévola con él, y
agradeció sus esfuerzos con un beso, permitiéndole por primera vez
penetrar con la lengua su inviolada boca.
Habían sido días muy intensos que terminaron con su huída y, después,
la muerte.
Había demasiados recuerdos entre aquellos muros, y aunque su
intención al volver a Aguas Dulces había sido la de quedarse para prestarle
su ayuda a su hermano Lean, ahora no estaba tan seguro de conseguir vivir
en paz allí.
Pero tampoco lo había logrado cuando estuvo fuera, recorriendo las
Highlands y las Lowlands, llegando incluso a atravesar la frontera e
internarse en suelo inglés, peleando por cualquier causa que considerase lo
bastante buena.
Dudaba que hubiera un lugar en la Tierra donde él pudiera vivir en paz,
sin el atormentado recuerdo de todo lo que podría haber sido, y nunca
llegó a ser.
Kenneth cruzó el patio de armas y atravesó la puerta que llevaba al
patio interior donde estaban el pozo y el enorme lavadero de piedra donde
las mujeres del castillo se reunían para lavar la ropa. El agua estaba
helada, pero no le importó; estaba acostumbrado a asearse en ríos y pozos,
tanto en verano como en invierno.
Se quitó el plaid, cogió uno de los baldes para llenarlo, y se tiró el agua
por encima. Ahogó un estremecimiento mientras cogía el jabón y se
frotaba el cuerpo con fuerza, con la esperanza que el agua fría se llevara la
calentura que le había provocado soñar con Seelie otra vez.
—Puedo ayudaros si queréis, mi señor.
La voz, dulce y musical, logró sorprenderlo. Se giró bruscamente y se
encontró con una muchacha joven, vestida solo con un fino camisón, que
lo miraba con ojos ansiosos, apreciando todo lo que había a la vista.
Cuando estos llegaron hasta su entrepierna, allí donde su hombría estaba
acunada por un nido de rizos, se relamió los labios, golosa, imaginándose
qué podría hacer con aquel rígido miembro.
—¿Qué haces aquí tan temprano? —le preguntó sin mostrar signo
alguno de vergüenza por su desnudez—. Y en camisón…
—No podía dormir, mi señor. No quería molestar al resto de sirvientas
con mi inquietud, así que pensé en salir a dar un paseo.
—¿Y qué es, lo que te causa inquietud?
La chica se acercó, coqueteando mientras enrollaba un mechón de su
propio pelo en uno de sus dedos.
—Un hombre. ¿Qué, sino, nos mantiene siempre en vela?
—¿Un marido? ¿Prometido?
—No, nada de eso. Y ese es el problema. Ha habido muchas promesas
por su parte, pero ninguna cumplidas. En cuanto obtiene lo que quiere de
mí, tiene prisa por alejarse de nuevo. Dice que me ama, pero todo son
palabras.
—Y una muchacha como tú, no puede vivir solo de promesas.
—Ajá. De un hombre como él, necesito más. Pero de un hombre como
vos… me conformaría con poder teneros para mí solo un rato. Seguro que
no sois un muchacho inexperto, y sabéis muy bien qué hacer con esto.
Alargó la mano y la cerró con cuidado alrededor de la polla de
Kenneth, tan enhiesta y excitada que provocó un hondo jadeo en su
garganta. Ella sonrió y se acercó más a él, hasta estar pecho contra pecho.
—Vais a coger frío, mi señor.
Le acarició el abdomen con la mano libre, alzando el rostro hasta posar
los ojos en los labios de Kenneth. Deslizó la mano hacia arriba, por los
duros músculos del pecho, hasta los enormes hombros.
—En estos momentos, el fuego arde en mi interior, niña. ¿Cómo te
llamas?
—Friggal, mi señor.
—Muy bien, Friggal, hermoso nombre para una hermosa muchacha.
¿Qué esperas de mí?
—Que me llenéis, mi señor.
—Tus deseos son órdenes para mí…
La cogió por la cintura y la levantó, girando con ella, hasta sentarla
suavemente en el borde del lavadero. Kenneth era mucho más alto que
ella, y al sentarla allí, sus sexos quedaron a la misma altura. Le abrió las
piernas y enrolló el camisón en la cintura, dejando al descubierto el coño
de Friggal. Estaba oscuro, solo iluminados por la luz de la luna y las
estrellas.
Friggal jadeó cuando él tiró del camisón y la dejó completamente
desnuda, e intentó protestar.
—Mi señor, los guardias del adarve, pueden vernos…
Pero se olvidó completamente cuando él se apoderó de su boca en un
beso exigente que le nubló la razón, y de sus pechos con sus callosas
manos. Los amasó y pellizcó los pezones con los dedos, mientras se
posicionaba entre las piernas de Friggal, dispuesto a penetrarla con
rapidez.
Lo necesitaba. Necesitaba perderse en el abrasador olvido momentáneo
que le proporcionaba el sexo, cuando las sensaciones lo ahogaban todo,
cuando no había nada más que el placer que estaba sintiendo.
Ella gimió, abandonada a las caricias, y ahogó una honda exclamación
cuando una de las manos de Kenneth le acariciaron el coño, comprobando
que estaba empapada y preparada para recibirlo. No lo pensó más. La
sujetó rodeándole la cintura con un brazo, y con la otra mano dirigió su
excitado miembro hasta la entrada, penetrándola de un solo golpe.
—Rodéame con las piernas —le ordenó mientras empezaba el vaivén
del baile de la cópula. Sus caderas se balanceaban hacia adelante y hacia
atrás, golpeando su carne prieta y joven, y cuando ella lo obedeció, pudo
llegar más profundo.
La cogió del pelo y tiró de él, haciendo que Friggal se arqueara para
poder llegar a las preciosas tetas con la boca. Eran grandes, generosas,
suaves y sensibles. Ella se agarró frenéticamente en sus bíceps y se
mordió los labios para no gritar de placer, mientras Kenneth chupaba,
lamía y envestía sin compasión, haciéndola entrar en un maravilloso
estado de enajenación que no se detuvo hasta que estalló en un fantástico
orgasmo que compartieron a la vez.
Laxo y maleable como la arcilla, así quedó el cuerpo de Friggal cuando
el orgasmo terminó.
—Ha sido…
—Todavía no hemos terminado, muchacha —le susurró Kenneth.
Movió sus caderas, y ella se dio cuenta de que la polla todavía estaba
rígida en su interior.
—Pero…
—¿Lo has hecho alguna vez como los perros, chica?
Ella se ruborizó, aunque él ni siquiera se dio cuenta por culpa de la
oscuridad. No esperó contestación; simplemente la bajó del lavadero, la
giró, y la puso a cuatro patas sobre el suelo.
—Mi señor, no…
—Silencio, Friggal, si no quieres que nos oigan es mejor que
permanezcas callada.
Sabía que estaba siendo un cabrón, que estaba aprovechándose de ella
al tratarla así, pero no podía evitarlo. El sexo con cualquier mujer que no
fuese Seelie, podía convertirlo en un hombre despiadado, como en aquel
momento. La necesidad de acallar los recuerdos era tan inmensa, que no
importaba nada más, ni podía tener consideración con nadie. Era egoísta
por su parte, lo sabía, y cruel, pero una vez que había empezado, no podía
parar.
De rodillas en el suelo, enrolló el pelo de Friggal en su mano y tiró,
para obligarla a alzar el rostro y el torso. Ella a duras penas llegaba al
suelo con las manos. La penetró con rudeza. Una punzada de
remordimiento lo asaltó, pero este huyó con rapidez cuando oyó los
lloriqueos de ella. No era dolor o miedo lo que sentía, sino desesperación
por lo excitada que estaba.
Sonrió. A la muchacha le gustaba rudo y salvaje, por lo visto, a pesar
de su reticencia inicial.
Se inclinó un poco hacia adelante, lo suficiente para poder acariciarle
los pechos con la mano libre, sin dejar de bombear en su interior. El ruido
de la carne al chocar rebotaba contra las paredes, creando un eco extraño y
excitante.
—¿Te gusta, Friggal?
—Sí, oh, sí, mi señor. Más, por favor. Más.
Sí, le gustaba. Lo notaba en la manera en que la carne alrededor de su
polla pulsaba, contrayéndose; en sus jadeos, desesperados; en el sudor que
resbalaba por su piel desnuda. Oh, sí, le gustaba mucho.
La alzó y la apretó contra su pecho, girándole el rostro para poder
besarla. Se perdió en el baile de sus lenguas sin dejar de empujar. Su mano
bajó y le torturó el clítoris, lo que le valió un grito estrangulado de ella,
que él ahogó con su propia boca.
Estaba a punto, otra vez, y el orgasmo los sorprendió haciendo que
miles de estrellas estallaran ante sus asombrados ojos.
—Dios… mío —susurró ella, completamente relajada contra el cuerpo
de él—. Nunca había sentido algo así.
—Pues deja al tonto que solo te promete cosas que no cumple,
muchacha, y búscate a un hombre que te haga sentir lo mismo que yo. Te
lo mereces.
Dijo las palabras con cariño, intentando compensarla de alguna manera
por la brusquedad con la que la había tratado. No importaba que a ella le
hubiera gustado, porque si no hubiera sido así, a él no le hubiese afectado
y hubiera seguido hasta el final.
Así era el hombre en el que se había convertido durante los años
transcurridos lejos de Aguas Dulces.
«Quizás has vuelto con la esperanza de encontrar al hombre que solías
ser», pensó.
Quizá. Quién podía saberlo.
—Debería haber imaginado que eras tú.
La voz ronca y profunda de Alistair irrumpió en el pequeño remanso
de paz que habían construido, rompiendo el momento. Friggal gritó y
buscó frenéticamente el camisón para taparse, y se fue corriendo de allí,
mostrando sus nalgas blancas y desnudas. Alistair se rio por la turbación
de la muchacha, siguiendo su huida con la mirada, y cuando ella
desapareció por la puerta que llevaba a las cocinas, se giró para mirarlo a
él.
—Unas buenas nalgas. ¿Cómo se llama?
—Friggal.
—Quizá la buscaré esta noche. ¿Crees que estará receptiva a mis
encantos?
Kenneth se encogió de hombros mientras se levantaba y cogía su plaid
para envolverse con él.
—Probablemente. Solo busca un hombre que sepa satisfacerla.
—Pues quizá yo sea ese hombre. ¿Le gusta rudo?
—Yo diría que sí. Aunque puede que lo que la haya satisfecho haya
sido mi enorme polla.
—Yo soy más grande que tú, así que la mía seguro que lo es más. —
Alistair sonrió, provocador—. Ya le preguntaré cuál le ha gustado más,
cuando acabe con ella.
—Seguro que lo harás.
—Entonces, ¿ya has superado lo de Seelie? —le preguntó, pero se
arrepintió de inmediato al ver cómo se demudaba la expresión de su
amigo, para volverse sombría.
—Nunca.

Una hora después, ya había amanecido. Agua Dulces vibraba con la


actividad diaria cuando Kenneth volvió a bajar de su dormitorio para
desayunar. El salón principal bullía con las charlas de los hombres que
estaban sentados a las mesas, llenando la barriga y preparándose para la
larga jornada que les esperaba. Lean alzó una mano cuando lo vio
aparecer, y lo instó a sentarse en el lugar que le correspondía como su
hermano, a su lado, en la mesa principal. Al Douglas no se le veía por
ninguna parte.
—¿Sigues empeñado en salir de patrulla esta mañana? —le preguntó
su hermano en cuanto se sentó.
—Por supuesto.
—¿Y no quieres ir a ver la tumba de padre primero?
El corazón de Kenneth se apretó como si alguien lo estuviera
agarrando con un puño. Sabía que tenía que hacerlo, en algún momento,
pero todavía no se sentía preparado. Era como si, mientras no viese la
tumba, su padre aún siguiese con vida.
Era difícil aceptar que nunca más volvería a ver al hombre al que había
admirado durante tanto tiempo, y del que se separó con palabras amargas
cuando abandonó Aguas Dulces.
«¿Mi hijo se ha convertido en un cobarde? ¿Abandonas tus
obligaciones solo porque tienes el corazón roto? ¿Qué clase de hombre he
criado?».
La amargura en las palabras de su padre lo habían perseguido durante
mucho tiempo, pero siempre había creído que algún día volvería y se lo
encontraría recibiéndolo con los brazos abiertos.
Pero ya no sería así, y esa certeza lo atormentaba.
—Eso puede esperar, Lean. Es más urgente que encontremos a tu
prometida.
—No estoy seguro de querer encontrarla —musitó—, pero padre había
dispuesto mi matrimonio con su hermana porque sería una buena alianza
para ambos clanes. Y a la muerte de Evanna…
—Creíste que debías aceptar casarte con Rosslyn.
—Sí. Pero cuando la conocí… —Sacudió la cabeza, negando—. Me di
cuenta de cuán infeliz era ella con este enlace. No quiero tener una esposa
desdichada, Kenneth. Sé que en mi posición, conseguir un matrimonio por
amor es casi imposible; pero tampoco quiero obligar a una mujer a
aceptarme como esposo en contra de su voluntad.
—¿Matrimonio por amor, Lean? —preguntó Kenneth, sorprendido por
la declaración de su hermano, un hombre que siempre había sido
pragmático y nada emocional—. ¿Te has convertido en un romántico?
—Digamos que, ver lo que tú tuviste con Seelie, me hizo abrir los ojos.
Los días que estuvisteis juntos, te transformaste, como si te hubieses
convertido en otro hombre. Tu felicidad era tan palpable que hizo que te
envidiara y empezara a pensar en si podría ser posible que yo también
consiguiese algo así.
La mención de su amada y de los pocos días que pasaron juntos como
marido y mujer, asestó una puñalada al ya de por sí ánimo taciturno de
Kenneth. Volvió a oír los susurros del pasado, llenos de risas y felicidad.
Las bromas, los besos y las caricias. Las veces que habían hecho el amor
en sus aposentos. Y, después, la batalla y la terrible pérdida.
—Mírame ahora, Lean. No me envidies por lo que tuve.
—Tuviste más que la mayoría de los hombres.
Más tarde, montado ya en Tormenta y a punto de atravesar el portón,
las palabras de su hermano todavía resonaban en su cabeza como un eco
insidioso. La verdad que había en ellas, lo había hecho recapacitar y ver su
pérdida desde otra perspectiva, una que no se había presentado ante él
nunca antes. Se había revolcado en su propia miseria, en la injusticia que
representaba haber perdido al amor de su vida cuando estaban empezando
a iniciar una vida en común. Había llorado por todos los momentos que les
habían sido arrebatados y que nunca llegarían; y por todos los hijos que ya
jamás serían engendrados. Pero jamás había celebrado la suerte que había
tenido, pues aunque solo fuese durante unos pocos días, había conseguido
tener entre sus brazos a la mujer que era su vida.
No, en lugar de alegrarse por la suerte que había tenido, se había
encerrado en sí mismo y maldecido la mala fortuna que siguió.
Salieron tres patrullas aquella mañana. Durante los dos días anteriores
ya habían buscado a Rosslyn en todos los pueblos y aldeas cercanas, y en
los caminos principales. Habían rastreado por los bosques próximos a
Aguas Dulces, y en las cabañas de los pastores. Nadie la había visto, y no
tenían noticias de alguien desconocido merodeando por allí. Era como si
se la hubiera tragado la tierra.
De las tres patrullas, dos iban a seguir la costa para visitar, uno a uno,
los asentamientos de pescadores que había diseminados. Era difícil que se
la hubieran llevado por aquella zona con la intención de embarcar en
alguna nave, ya que era una costa abrupta y difícil, llena de bajíos y rocas
escarpadas solo sorteables por las pequeñas barcas de pesca, de poco
calado y fácil maniobrabilidad, que se usaban allí.
Kenneth iba en la tercera junto a Alistair, la que se dirigía hacia los
picos del norte, para relevar a los hombres que llevaban allí dos días y que
ya debían estar camino de regreso. Había escogido ir en esta patrulla
cuando Lean le dijo que con ellos encontraría a Blake. Tenía ganas de
saludar a aquel hombre y comprobar cómo estaba.
Blake había pasado la casi totalidad de su vida bajo el influjo de un
demonio que lo forzaba a cometer actos crueles y malvados, apoderándose
de su voluntad mediante la magia negra; pero en el momento decisivo,
cuando Maisi, la mujer que amaba, estuvo en grave peligro por culpa de
ese ser, Blake tomó la decisión correcta, consiguiendo deshacerse del
maligno embrujo que lo mantenía cautivo, para poder salvarla.
Y casi le cuesta la vida.
Kenneth recordó las horas de angustia que pasó junto a Maisi,
buscándolo después de la explosión que hundió la caverna; la
desesperación de ella le recordó la suya propia, y aunque la esperanza de
encontrar a Blake con vida era casi nula, no la abandonó ni intentó
convencerla de que debía rendirse.
Por fin, su fe tuvo la recompensa adecuada, pues lo encontraron, al
borde de la muerte pero con el suficiente hálito de vida como para tener la
esperanza de que pudiera sobrevivir.
Encontraron a la patrulla a mitad de camino, cuando ya iban de regreso
hacia Aguas Dulces. Sus rostros, taciturnos y malhumorados, advertían
claramente que no habían tenido éxito en su empresa.
—Señor, —exclamó el que era el jefe de la patrulla—, es un placer
volver a verlo.
—Gracias, Iain —contestó Kenneth. Todos los hombres de Lean se
complacían de volver a verlo en Aguas Dulces, y eso provocaba una
extraña reacción en él, de satisfacción y orgullo—. ¿Alguna novedad?
—Ninguna, señor, lamentablemente.
Kenneth asintió con la cabeza. No esperaba otra noticia. Rosslyn
parecía haber sido tragada por la tierra, junto a su secuestrador. Si es que
había sido realmente secuestrada, algo que Kenneth dudaba cada vez más.
Alzó la mirada, y sus ojos se encontraron con los de Blake. Sonrió al
verlo tan cambiado. En su mirada había un brillo de felicidad que no había
estado allí antes, y su rostro parecía… limpio, como si nunca hubiera
estado tocado por el sufrimiento. Los meses que habían transcurrido desde
su separación, se habían encargado de suavizar las tensas facciones y de
borrar casi en su totalidad las profundas oscuridades que habitaban en él
cuando se conocieron.
—Me alegro de volver a veros, Blake —le dijo encaminando el caballo
hacia su amigo, y ofreciéndole la mano en respetuoso saludo. El resto de
hombres habían desmontado, tomándose la parada como un leve respiro
para descansar, apartándose de ellos y dejándoles intimidad para hablar.
—Y yo me alegro de que hayáis decidido regresar a vuestro hogar,
Kenneth. Lamento mucho la pérdida de vuestro padre.
—Gracias.
—¿Habéis visto a Maisi? Seguro que también estará encantada con
vuestro regreso.
—No. No me pareció apropiado ir a verla no estando vos presente.
Además, tampoco he tenido tiempo. Llegué apenas anoche.
Blake asintió con la cabeza, enfocando los ojos en la crin de su
montura.
—Sé que fuisteis vos, el hombre al que le entregó su virginidad. —
Kenneth sintió un puño en el estómago, pero no se arrepentía de la noche
pasada junto a Maisi—. No os lo reprocho, —aclaró—, al contrario: si no
lo hubieseis hecho, ella y yo no habríamos tenido la oportunidad de estar
juntos.
Maisi había sido secuestrada por Blake, siguiendo las órdenes del
demonio al que servía. Creían que ella todavía era virgen, y que podría ser
usada en un extraño ritual que le daría al ser maligno un poder
inconmensurable. Cuando fue evidente que Maisi ya no lo era, la bruja que
también servía al demonio, se la había entregado a Blake para que
dispusiera de ella como mejor le pareciese. Kenneth no sabía qué había
pasado entre ellos durante los días que Maisi había sido su prisionera, pero
había desembocado en un amor ciego y fiel que había llevado a la
destrucción del monstruo que vivía bajo la montaña.
—Bien está lo que bien acaba, Blake. Maisi os ama con locura.
—Lo sé, y no sabéis hasta qué punto estoy agradecido por ello. Sé que
no merezco la felicidad que siento junto a ella, pero soy un hombre egoísta
y me niego a renunciar a ello.
—Maisi no os dejaría hacerlo aunque quisieseis —sonrió Kenneth. Y
era verdad. Era una mujer fuerte y de armas tomar. Jamás permitiría que
su hombre se apartara de su lado por un estúpido sentido de penitencia.
—Lo sé. Es una mujer magnífica, y cada día doy gracias por tenerla a
mi lado.
Se quedaron callados durante un instante, sin saber qué decir. Blake
alzó la mirada hacia los altos picos que se recortaban a su espalda, a no
muchas leguas de distancia. Al fin, suspiró, y volvió a mirarlo a los ojos.
—Hay algo que debo deciros, aunque no os gustará. Ayer por la noche,
me tocó la primera guardia en el campamento. Estaba haciendo mi ronda
alrededor cuando… creí volver a sentir su poder.
El susurro de Blake le puso los pelos de punta. Sabía a quién se refería,
pero tenía que asegurarse.
—¿A quién os referís?
—A él, por supuesto. Al demonio. Fue durante un instante, y la
sensación desapareció casi inmediatamente. Pero era él, estoy seguro.
—Pero lo matasteis.
—Lo dudo. No creo que sea mortal, como vos o yo. Es un demonio, y
no se mata a un demonio tan fácilmente. Acabamos con el altar a través
del que se manifestaba, pero nada más. ¿Y si ha conseguido una manera de
volver?
Blake no dijo en voz alta lo que verdaderamente lo preocupaba desde
anoche: «¿Y si nos ha seguido, a Maisi y a mí? ¿Y si quiere venganza por
lo que le hicimos?».
—Entonces, lo enviaremos de vuelta al infierno del que nunca debió
salir —sentenció Kenneth—. Vendréis conmigo ahora mismo. Me
llevaréis al punto en el que sentisteis su poder, y lo buscaremos.
Era lo que Blake temía que Kenneth dijera. No quería volver, no quería
buscarlo; solo quería regresar a Aguas Dulces y perderse en el dulce
cuerpo de su esposa. Pero tenía un deber hacia con aquellas personas que
lo habían acogido, y tenía la responsabilidad de mantenerlos a salvo. Si el
demonio había regresado y viajado hasta allí por su culpa, era su
obligación acabar con él definitivamente.
Pero, ¿cómo?
Capítulo seis. Sangre maldita.

—¡Alistair! —La voz de Kenneth retumbó entre las piedras que los
rodeaban—. Sigue tú al mando de la patrulla. Ya conoces las órdenes.
—¿Y tú?
—Hay otro asunto urgente que nos reclama a Blake y a mí. Nos
encontraremos en Aguas Dulces cuando regreses.
—Sí, señor.
Las patrullas volvieron a montar y se separaron. La que estaba de
regreso puso rumbo a Aguas Dulces, y la que encabezaba Alistair, se
encaminó hacia el norte, para pasar los dos siguientes días rastreando la
zona en la que todavía no habían buscado a Rosslyn.
Cuando se quedaron solos, Blake miró a Kenneth.
—¿Estáis seguro de esto?
—Totalmente.
—Bien. —Blake se persignó y rezó una oración en voz baja mientras
hacía girar a su caballo.
—¿Ahora sois un fiel siervo de Dios? —preguntó Kenneth con
incredulidad.
—He descubierto los beneficios de ser creyente: la paz de espíritu y la
fe en que todo será como Él quiera.
—¿También creéis que nos protegerá?
—Esa es mi esperanza.
Kenneth lo comprendía bien. Era su fe la que lo había mantenido vivo
durante los años que habían transcurrido después de la muerte de Seelie, y
el convencimiento de que el suicidio le imposibilitaría volver a reunirse
con ella. Dios había sido claro con sus palabras, y pasar una eternidad
condenado al infierno, separado de la mujer que amaba, era algo que no
entraba en sus planes.
Por eso se limitaba a aguardar pacientemente a que la muerte le
llegara, poniéndose en peligro constantemente, con la esperanza de que
esta llegaría antes si salía en su busca.
Cabalgaron en silencio durante un rato. Kenneth complacía sus ojos
empapándose de la belleza de las tierras que le vieron crecer y convertirse
en un hombre, y Blake iba sumido en sus propios pensamientos.
—¿Creéis que, si realmente lo sentí, podría tener algo que ver con la
desaparición de la prometida de vuestro hermano?
La pregunta no era baladí, pero Kenneth no supo qué contestar a ella.
Era posible, pero, ¿probable?
—Lo descubriremos cuando demos con él.
—Espero que no, porque entonces nos encontraríamos con un serio
problema.
Abandonaron el camino que cruzaba el valle y se internaron en el
bosque que subía por el terreno agreste. Por suerte, la tierra era compacta
y los cascos de los caballos no resbalaban, aunque hubo algunos tramos en
que tuvieron que bajar de las monturas y llevarlas de la brida hasta que el
terreno volvió a ser más estable.
—Lean me dijo ayer que hacía pocos días que habíais llegado a Aguas
Dulces.
Había una pregunta implícita que Kenneth no quiso poner en voz alta.
Tenía curiosidad por saber qué habían hecho Blake y Maisi durante aquel
tiempo, pero tampoco quería invadir la privacidad del hombre que había
acabado siendo un aliado y parecía estar convirtiéndose en algo parecido a
un amigo.
—Me pasé la casi totalidad de mi vida viviendo en una cueva, bajo la
influencia de un demonio. Necesitaba ver un poco de mundo, y tenía
algunas cosas en qué pensar; y no quise venir hasta estar completamente
seguro de que mi presencia no sería perjudicial para vuestra familia. —
Suspiró, y alzó la mirada hacia el techo de hojas que oscurecían el día—.
Aunque no parece que lo haya hecho muy bien.
—No os atormentéis. No sabemos si lo que notasteis era realmente él;
y si resulta que lo es, no sabemos si su presencia aquí se debe a vos, o a
otra cosa.
—¿Y cuantas probabilidades habrá de que se deba a «otra cosa»,
decidme?
—No es eso lo que nos debe preocupar, Blake, sino cómo acabar con él
definitivamente.
—¿Acabar con él? Es un demonio, un ser que no es de este mundo, y
aunque su poder está bastante limitado de momento, nosotros no tenemos
manera de «acabar con él».
—Acudiremos a pedir ayuda a la Iglesia si es necesario.
Blake dejó ir un bufido de desaprobación, y Kenneth lo miró con
sorpresa.
—¿Creéis que es una mala idea?
—Disculpadme por no confiar en las habilidades del clero. Que yo
tenga fe en Dios y vaya a misa cada domingo, no significa que tenga la
misma fe en sus siervos. La mayoría de curas y frailes son pobres hombres
de miras estrechas obcecados por sus dogmas, sin ninguna posibilidad ante
un demonio real.
—Entonces, ¿a quién creéis que debemos pedir ayuda?
—Druidas.
—¿Paganos?
—Por supuesto. Ellos conocen la magia auténtica, y es posible que
sepan cómo pararlo.
—Dudo que quede alguno.
Blake mostró una sonrisa enigmática y lo miró con los ojos brillantes.
No dijo nada y espoleó a su montura para adelantarse, dejando a Kenneth
con la extraña sensación de que su amigo sabía mucho más de lo que le
había confesado.
Hacía rato que el mediodía había pasado, cuando Blake se quedó
inmóvil de repente. Frenó su caballo tirando frenéticamente de las riendas,
intentando dominar el nerviosismo que se había apoderado del animal.
—No me equivoqué —susurró cuando Kenneth se puso a su lado—.
Está por aquí.
—¿Estáis seguro?
Blake cerró los ojos y aspiró lentamente, dejando que su cuerpo se
relajara. Ahí estaba, la opresiva sensación de la oscuridad, el mareo que se
adueñaba de sus entrañas, y las ganas de vomitar; como si lo hubiesen
metido dentro de una enorme y compacta bola, y lo hubiesen echado a
rodar colina abajo.
—Completamente. Debemos irnos antes de que nos descubra. No sería
bueno que se diese cuenta de nuestra presencia.
—Tenéis razón. No podemos acometerlo sin tener un plan. Pero,
¿cómo ha llegado hasta aquí? ¿Y por qué?
Hablaban en susurros, con el temor impregnando cada una de sus
palabras. Ya se habían enfrentado antes al terrible poder que ostentaba este
ser, y casi les había costado la vida o la cordura.
La rabia creció dentro de Kenneth. Esa cosa estaba dentro de las tierras
MacDolan, y era un peligro para su familia y para las gentes que
dependían de ella. Las ganas de enfrentarse a eso y luchar para liberar al
mundo de esa abominación, y las de huir con el convencimiento de que no
tenía ninguna oportunidad de ganar aquella batalla, se enfrentaron en su
mente, amenazando con volverlo loco y provocándole un segundo de
vacilación.
—Kenneth, vamos —lo instó Blake.
—Sí. —Se sacudió la cabeza para despejarse, volviendo a la realidad
—. Tenemos que buscar ayuda. —Aunque no sabía a quién podrían
recurrir.
Entonces fue cuando oyeron una voz femenina filtrándose a través del
bosque.
—¿Gawin? ¿Dónde estás?

***

Hacía horas que Gawin había abandonado su refugio, dejándola sola.


Rosslyn había tenido tiempo de bañarse, vestirse, secarse y peinarse el
pelo delante de la fogata; con una antorcha improvisada se había decidido
a recorrer las otras cavernas, encontrando aquella que les servía de
despensa. Había de todo, y para muchos más días de los que tenían
previstos permanecer allí. Tenían harina, avena, leche, huevos, carne y
pescado seco, hortalizas, manzanas y cerveza. Los sacos, las cestas y las
vasijas de barro de diferente tamaño, estaban sobre una tarima de madera,
a medio metro del suelo para mantenerlos a salvo. Estaba todo bien
cerrado y sellado. También había una olla, y Rosslyn sonrió pensando en
sorprender a Gawin con un buen guiso para cuando este regresara.
No entendía por qué se había ido de aquella manera, apartándose de
ella y dejándola sola. Era como si de repente hubiese tenido miedo de
algo. Pero, ¿de qué?
Cogió la olla y dentro puso todos los ingredientes que iba a necesitar
para hacer el guiso. Cocinar no era algo que una dama como ella hiciese
regularmente, pero su madre siempre le había dicho que una buena esposa
tenía que serlo en la riqueza y en los malos tiempos, y que además de
convertirse en una buena castellana, debía ser una cocinera aceptable
porque nunca se sabía qué podía pasar en el futuro. ¿Y si en algún
momento de su vida, se encontraba que no tenía un sirviente a mano? ¿Iba
a morirse de hambre por no saber cocinar, o por no ser capaz de desollar
un conejo o desplumar una perdiz?
Volvió a la caverna principal. Gawin había tenido la buena idea de
preparar un asador para ponerlo encima de la fogata, y le iba a ir muy bien
para colgar la olla sobre el fuego, pero entonces de dio cuenta que
necesitaba agua. Allí solo tenía la que había utilizado para bañarse. ¿De
dónde la habría sacado? Quizá había cerca algún manantial, enterrado bajo
la montaña.
Dejó la olla en el suelo y suspiró. Debía buscar el manantial porque sin
agua no podría cocinar y, desde luego, no pensaba utilizar el agua sucia de
la bañera. Le dio asco solo de pensarlo.
Exploró el resto de las cavernas, y no encontró ni rastro del manantial.
Habían pasado por lo menos un par de horas, y Gawin no había regresado
cuando, abatida, se dejó caer sobre la cama y se quedó dormida.
Despertó al cabo de varias horas sin saber cuánto tiempo había
transcurrido. Llamó a Gawin, temerosa, pero no recibió respuesta alguna.
Se levantó y se frotó los ojos, discutiendo consigo misma. La ausencia del
hombre que amaba la preocupaba. ¿Y si le había pasado algo? Podía haber
tenido un accidente y encontrarse en grave peligro en aquel mismo
momento, mientras ella permanecía sentada sobre la cama. Aquella
posibilidad la angustió sobremanera, y la hizo salir hacia la cueva exterior
para poder mirar entre el enrejado vegetal que protegía la entrada. Observó
y escuchó pacientemente, sintiendo cómo la zozobra crecía a pasos
agigantados.
«Debería salir a buscarlo —pensó, llena de incertidumbre—, pero sé
que no es prudente. Aunque, ¿y si le ha sucedido algo, y ahora está
inconsciente y desprotegido?».
Paseó de un lado a otro de la entrada de la caverna, asomándose con
cada ruido que oía en el exterior, esperando que fuese él que regresaba, y
llevándose una gran decepción cuando no era así.
No podía saber qué hora era, ni cuánto tiempo había estado fuera;
desde el interior la luz del sol apenas era visible , y desde luego, era
imposible calcular la hora que era.
—Al diablo con todo —musitó, empujando el entramado de ramas y
hojas que protegía la entrada—. No puedo quedarme aquí esperando
eternamente. Voy a salir a buscarlo.
Abrió un pequeño resquicio por el que se coló, peleando con las ramas
cuando su vestido se enganchó en ellas. Deambuló alrededor de la entrada,
sin atreverse a alejarse demasiado al principio, llamando a Gawin con
susurros, con miedo a que alguien más pudiese oírla.
Pero él no dio señales de vida.
Se alejó un poco más, teniendo cuidado de no perder de vista la entrada
de la cueva, temerosa a extraviarse. Miró alrededor buscando pistas, o
señales, de su paso. No tenía ni idea de leer las huellas, pero a pesar de la
frustración no podía rendirse.
La incertidumbre la atacó con saña. ¿Se habría ido dejándola
abandonada? ¿Habría hecho algo malo que lo hubiese enfurecido y hecho
cambiar de opinión? ¿Por qué la había dejado sola durante tanto tiempo?
Las dudas sobre el motivo de su larga ausencia se unieron al miedo de
que le hubiera pasado algo horrible. En su mente se conjuraban imágenes
de él herido y agonizando, con otras en las que lo veía alejándose de ella,
abandonándola allí.
Pero no, Gawin no le haría algo así. Él la amaba, no podía dudar de sus
sentimientos. Se había arriesgado mucho yendo a buscarla a Aguas Dulces.
Gritó su nombre de nuevo, llamándolo desesperada. Alzó más la voz,
girando sobre sí misma, observando y escuchando por si lo oía responder.
Se fue alejando de su refugio sin importarle ya nada más que encontrarlo
cuando, de repente, se encontró frente a frente con dos jinetes que la
miraron sorprendidos y los ojos muy abiertos.
Lanzó un grito de terror, y echó a correr, huyendo de ellos. La
alcanzaron sin tardanza, y uno se inclinó desde el caballo para agarrarla
por la cintura e izarla hasta ponerla sobre la montura, delante de él.
—¡Es Rosslyn! —exclamó el jinete—. ¡La prometida de tu hermano!
Un grito salvaje rugió en respuesta, y Rosslyn vio con terror cómo
Gawin, a pie y desarmado, iba a su encuentro lleno de furia.
—¡Gawin! —gritó con toda la fuerza de sus pulmones—. ¡No! ¡Huye!
Pero Gawin no escuchó y se abalanzó sobre el otro jinete, que lo
recibió dándole un fuerte golpe en la cabeza con la empuñadura de su
espada.
—¡No le hagáis daño, animal! —gritó cuando lo vio desmontar con la
espada en la mano, pareciendo dispuesto a rematarlo en el suelo como a un
criminal—. ¡Dejadlo en paz!
Rosslyn se revolvió contra Blake, que la tenía atrapada entre sus
fuertes brazos, e intentaba contenerla sin hacerle daño.
—Quieta, muchacha, nadie va a hacerle daño —intentó calmarla, pero
Rosslyn estaba fuera de sí, gritando y pataleando hasta que decidió que era
mejor liberarla momentáneamente.
En cuanto los brazos de Blake dejaron de atraparla, Rosslyn saltó del
caballo sin importarle el peligro, y se abalanzó sobre Gawin, intentando
protegerlo con su propio cuerpo, sin dejara de sollozar.
—¡No ha hecho nada malo! ¡No le hagáis daño, por piedad! —suplicó
deshecha en lágrimas.
—No voy a hacerle daño, chica —dijo Kenneth con voz cansada—.
Tranquilízate.
—Kenneth —susurró Blake, desmontando del caballo y acercándose
para hablarle sin que ella los escuchara—. Está en él.
—¿En..?
—Sí. Dentro de él, como si lo hubiese poseído. Hay que atarlo y
amordazarlo rápidamente, antes que despierte.
—Cógela. Yo me encargo de él.
—Para ti la parte fácil, ¿eh? —gruñó Blake al ver que tendría que
enfrentarse de nuevo a la pequeña fierecilla. La cogió por los hombros y la
levantó a la fuerza. Ella volvió a luchar hasta que le aseguró, con voz
firme, que nadie iba a resultar herido.
—¿No le haréis daño? —preguntó, mirándolo con los ojos de un
cervatillo asustado.
—Os lo prometo. Pero debemos atarlo y amordazarlo.
—¡No! ¿Por qué debéis hacer eso? —preguntó, indignada—. ¿Vais a
llevarlo a Aguas Dulces atado como si fuese un animal salvaje?
—No vamos a llevaros a Aguas Dulces —aseguró Kenneth mientras lo
maniataba.
—A una hora de aquí, más o menos, hay una cabaña abandonada —
dijo Blake—. Pasé por allí ayer, con la patrulla.
—Sí, la recuerdo. La utilizan los pastores cuando suben a la montaña
con el ganado, en verano. Será un buen lugar para hablar, y decidir qué
hacer con él.
—¿Qué hacer? ¿A qué os referís con eso? —La voz de Rosslyn sonaba
absolutamente aterrada.
—No vamos a matar a nadie, si es lo que teméis —contestó Blake con
acritud mientras la cogía por la cintura y la subía a su caballo de nuevo.
Kenneth cogió al todavía inconsciente Gawin y lo puso encima de
Tormenta, como si fuese un fardo, antes de montar él también.
—¡Esperad! ¡En la cueva, está nuestro caballo! —gritó Rosslyn antes
de que emprendieran la marcha.
—Yo no pienso arriesgarme a entrar ahí —replicó Blake—. Estará
plagado de trampas mágicas.
—¿Trampas mágicas? Estáis equivocado. ¡Buen Dios! ¡Estáis locos!
—Muchacha —la amenazó Blake, un poco cansado de tanta cháchara
—, con todo mi respeto, pero si no cerráis el pico os amordazaré como a
vuestro amante.
La afirmación hizo que cerrara la boca de golpe y no pronunciara
ninguna palabra más.

Una hora después, llegaron sin incidentes a la cabaña. Ante la


amenaza, Rosslyn se había mantenido en silencio. Sus labios se movían
constantemente en una muda plegaria mientras luchaba contra las lágrimas
de rabia e impotencia que se agolpaban en sus ojos. No quería darles el
gusto de verla llorar. Se había hecho el firme propósito de mantenerse en
calma con la esperanza de encontrar la oportunidad de ayudar a Gawin a
deshacerse de las ataduras y huir de aquellos desalmados. Pero la
incertidumbre por el futuro que se abría ante ella, la alteraba y tenía que
hacer verdaderos esfuerzos por no ponerse a gritar.
Blake fue amable al ayudarla a desmontar, pero Kenneth no lo fue
tanto con Gawin, que seguía inconsciente. Se lo cargó sobre el hombro y lo
dejó caer sin miramientos sobre el suelo lleno de suciedad de la cabaña,
levantando una nube polvo a su alrededor que la hizo estornudar.
Intentó acercarse a su amado para comprobar que estaba bien, pero
Blake se lo impidió agarrándola con fuerza del hombro y obligándola a
sentarse en una desvencijada silla que había al lado del hogar.
—En el cobertizo habrá leña. Voy a por ella.
Blake asintió con la cabeza mientras seguía mirando con el ceño
fruncido a su prisionero. ¿Cómo era posible que el demonio estuviera en
su interior? Él mismo había convivido durante años con esa criatura, y
nunca lo había poseído de esta manera. Su inmenso poder lo obligaba a
hacer cosas que, de otra manera, probablemente no habría hecho, pero
jamás se había apoderado completamente de él. Pero ahora lo sentía allí,
agazapado, esperando la oportunidad para acabar con ellos. Sin embargo,
no notaba influencia alguna en la muchacha, y por el modo en que se
preocupaba y sufría por su secuestrador, era evidente que allí había mucho
más que un simple rapto.
—Nos vais a contar la historia completa, muchacha —le dijo. Kenneth
entró en aquel momento, cargado con leña seca, y se arrodilló delante del
hogar para encenderlo—. Sin omitir ningún detalle.
—No hay mucho que contar —contestó Rosslyn sin apartar los ojos de
su amado—. Gawin y yo nos conocemos desde niños, nos amamos, y no
soportamos estar separados. Íbamos a casarnos. Aunque no había acuerdo
formal, todo el mundo lo sabía. Pero mi hermana Evanna murió, y mi
padre decidió que yo ocuparía su lugar para cumplir con el compromiso
acordado con el MacDolan. Gawin vino a buscarme para impedir que me
casara con un desconocido, y huí con él de buen grado.
—Así que Evanna, la prometida de mi hermano, era vuestra hermana.
—¿Sois el hermano del MacDolan? —preguntó con sorpresa,
apartando momentáneamente sus ojos de Gawin para mirarlo a él.
—Sí. Regresé ayer a Aguas Dulces después de una larga ausencia.
—Lamento mucho la pérdida de vuestro padre —le dijo con tristeza.
—Y yo, la de vuestra hermana.
—Gracias.
—¿Y cuando se convirtió vuestro enamorado, en un nigromante?
—¿¡Qué!? —exclamaron al unísono tanto Kenneth como Rosslyn.
Blake se acercó hasta el inconsciente Gawin y se arrodilló a su lado. Su
prisionero estaba amordazado, con las manos atadas a la espalda y los pies
bien sujetos; y así y todo, sus manos temblaron con temor cuando tiró para
arrancarle la ropa hasta descubrir su pecho. Allí estaba, sobre su corazón,
la marca del nigromante, una espiral rota en mil pedazos.
—No… —susurró Rosslyn, agarrándose con fuerza a la silla para
impedirse correr al lado de su amor.
—Nuestro demonio está en él, Kenneth —sentenció Blake ya sin
ninguna duda, levantándose y dirigiendo a su amigo una mirada onerosa
—. Ha vendido su alma para conseguir el poder de la magia negra.
—¡Eso no es cierto! —gritó Rosslyn con fuerza, las lágrimas que había
estado conteniendo con tanto esfuerzo, ya corriendo libremente por las
mejillas.
—¿De verdad lo creéis, muchacha? ¿Nunca le habéis visto hacer algo
imposible?
—No. Nunca. Gawin es un hombre honorable, sin maldad. Y lo que
dicen de su familia, son ¡abominaciones! Mentiras que la gente
supersticiosa se inventa por odio o rencor.
—¿Mentiras? ¿Y qué mentiras cuentan exactamente, muchacha? —
intervino Kenneth, arrodillándose ante Rosslyn, intentando que la suavidad
de sus palabras la tranquilizaran.
—Que su estirpe está manchada por Gwynn, el dios oscuro —susurró
ella—. Cuenta la leyenda que uno de sus antepasados hizo un pacto con él.
Su pueblo se estaba muriendo de hambre porque durante varios años
seguidos, las cosechas se habían malogrado, y sus belicosos vecinos
estaban apropiándose de unas tierras que no podía defender. Acudió a
Gwynn como último recurso, pues los demás dioses no habían atendido
sus ruegos ni aceptado sus ofrendas. Este aceptó proteger a su clan, a
cambio de una sola cosa: que cada cien años, uno de sus descendientes se
ofrecería a él para que pudiese ocupar su cuerpo y traspasar el velo que
separa ambos mundos.
—He oído las historias —murmuró Kenneth—. Es un MacKenzie.
—¡Pero todo son mentiras! ¡No existen esos dioses! Solo hay Uno,
Todopoderoso y Omnipresente, que se manifestó en la tierra a través de su
hijo Jesucristo.
Blake se apoyó con una mano en la pared. De repente, parecía como si
las fuerzas le estuvieran abandonando y sintió que las piernas le
flaqueaban.
—Un dios antiguo, y no un demonio. Durante todo este tiempo, fue
Gwynn… Pero no lo comprendo. Si en esta generación disponía de un
cuerpo para ocupar, ¿por qué me hizo cometer todas esas barbaridades? —
Miró a Kenneth con un brillo opaco en los ojos, como si la fiebre se
hubiera apoderado de él—. Las muchachas secuestradas, las violaciones,
su obsesión con tener un hijo al que poder poseer… y las muertes. Dios
mío, las muertes.
Rosslyn lo miró sin saber de qué hablaba. Kenneth se acercó a él y le
palmeó la espalda, intentando reconfortarlo.
—No sois responsable de todo eso, Blake. Erais un niño cuando os
encontró y os moldeó para que obedecierais ciegamente sus órdenes.
—Pero crecí, y seguí sirviéndole. —Inspiró abruptamente, irguiéndose
con decisión—. Quedaos aquí, vigilándolo. Yo tengo que ir a buscar a
alguien que puede ayudarnos a encontrar las respuestas.
—¿Cuánto tardaréis?
—Un día. Dos a lo sumo. Os dejaré mis provisiones. Si las unís a las
vuestras y las racionáis, serán suficientes hasta que yo regrese. Y Kenneth,
no os fiéis de él. No le quitéis la mordaza, ni siquiera para darle de comer
o beber. Su voz puede hechizaros. Ya conocéis su poder.
—Id tranquilo y no os preocupéis.
Blake asintió con la cabeza, miró a Rosslyn con pena, y le dirigió una
mirada de desprecio a Gawin. Después, abandonó la cabaña y se puso en
marcha sin más dilación.
Capítulo siete. El resurgir de Gwynn.

Un día y medio transcurrió lentamente. Gawin seguía inconsciente, sin


hacer ningún movimiento, pero su respiración parecía regular. Rosslyn
deseaba ardientemente poder acercarse a él, acunarlo y cuidarlo, pero la
atenta vigilancia de Kenneth se lo impedía.
Ninguno de los dos logró pegar ojo por la noche, y cuando el día
amaneció, gris y lluvioso, se limitaron a esperar en silencio el regreso de
Blake. Kenneth se sumió durante horas en sus propios recuerdos de todo lo
acontecido cuando conoció a Blake y Maisi: el rapto de esta, la
desesperación que se apoderó de él cuando vio cómo se la llevaban sin que
pudiera hacer nada por evitarlo; los días que pasaron rastreando el bosque,
hasta que encontraron las cavernas donde los criminales se escondían; el
enfrentamiento que tuvo con el ser que se manifestaba a través del altar en
llamas, y cómo este casi acabó con él haciéndole creer que podría
recuperar a Seelie. Blake lo impidió, afortunadamente, y su cambio se
debió al amor hacia Maisi que nació en su corazón. Se enfrentó al ser
maligno que durante años lo había utilizado, y casi le había costado la
vida. Solo la terquedad de Maisi, y su obsesión por buscar al hombre que
la había raptado y que había conseguido enamorarla, después que las
cavernas se hubieran derrumbado, consiguieron que fuese encontrado y
salvado.
Habían salido con vida de aquel combate, de puro milagro, y eso que el
ser maligno solo se había manifestado a través de una bruja débil y ciega,
y de un altar llameante. ¿Qué podría pasar ahora que ocupaba un cuerpo
humano? ¿Qué clase de poder podría manifestar? ¿Serían capaces de
conseguir vencerlo, e impedir lo que fuese que planeaba? Eran incógnitas
que le quitaban el sueño.
Pensó en obligar a Blake a volver a Aguas Dulces junto a Maisi en
cuanto regresara, para mantenerlo a salvo. El amor que compartían los
hacía merecedores de una oportunidad de vivir en paz. Pero, ¿cómo
podrían mantenerse a salvo, si el poder de Gwynn se desataba sobre la faz
de la tierra?
Había oído las historias que se contaban sobre los terribles MacKenzie,
y todo cuadraba con la leyenda. Guerreros implacables que desataban el
terror, cuya sed de sangre había sido legendaria. ¿Todos los grandes
guerreros de ese linaje, habían estado poseídos por el dios arcaico? Los
rumores sobre sus atrocidades se habían dispersado por toda Escocia,
unidos a las historias sobre la brujería que utilizaban sus mujeres.
Kenneth nunca había creído en estas leyendas, hasta ahora.
¿Qué posibilidades tenían ellos de acabar con él? No era muy
optimista al respecto, y solo esperaba que la ayuda que había ido a buscar
Blake, fuese lo bastante eficaz para, al menos, detenerlo.
Y si todo fallaba, les quedaba un último recurso: matar a Gawin
MacKenzie.
Mirando a las llamas, perdido en sus elucubraciones, no fue consciente
del amodorramiento que se estaba apoderando de él y se quedó dormido.
En sus sueños, volvió al día más feliz de su vida, una jornada que marcaría
su futuro devastándolo para siempre.

***

—¿Me amas?
—Con locura —le contestó mientras deshacía los nudos de las cintas
que sostenían el vestido de Seelie—. ¿Acaso lo dudas? He desafiado a mi
padre solo por ti.
—No lo dudo, Kenneth. Eso jamás. Solo necesito oírtelo decir.
Él dejó ir una sonrisa traviesa mientras seguía desabrochándole el
vestido, dejando poco a poco la cremosa y perfecta piel a la vista. «Te
amo» le dijo mientas le dejaba un hombro al descubierto y posaba sus
labios allí para acariciarla con un beso. «Te amo», repitió mientras se
deleitaba el alma con la vista de sus magníficos pechos, coronados con
unos pezones tan rosados y tentadores que casi se atraganta. «Te amo»,
susurró cuando Seelie empezó a agitarse, presa de la pasión. «Te amo»,
volvió a decir, como una letanía que lo mantenía cuerdo cuando ella
empezó a desnudarlo y a acariciar su piel con las pequeñas manos.
Se lo dijo una y otra vez, alternando las palabras con sus actos, las
caricias y los besos.
La besó profundamente, apoderándose de su boca, conteniendo el
salvajismo que estaba naciendo en él porque no quería asustarla.
Desnudos, al lado de la fogata, en un marco incomparable de belleza y
paz, Kenneth se entregó en cuerpo, corazón y alma a la mujer que había
amado siempre, eufórico de deseo y alegría. Le hizo el amor a su boca,
introduciendo la lengua, tragándose los gemidos que ella liberaba,
estremeciéndose con el contacto de su piel.
Pronto el valle se llenó con los sonidos de sus cuerpos haciendo el
amor, mezclándose con el supiro del viento al rozar las montañas que los
rodeaban, y el arrullo del agua cayendo en el lago. Sus cuerpos,
acariciados por los últimos rayos de sol del día, se unieron en uno solo,
sentenciando así su destino.

***

En cuanto Kenneth se quedó dormido delante del fuego, Rosslyn vio la


oportunidad que estaba buscando. Giró su rostro hacia Gawin, que seguía
en el suelo, maniatado y amordazado, y lo vio mirarla con los ojos
clavados en ella. Uno ojos que le hubiesen parecido fríos y duros si se
hubiera detenido a pensar en ello.
Ahogó una exclamación de alegría al verlo despierto, llevándose las
manos a la boca, y se levantó intentando no hacer ruido para no despertar a
su captor. Se arrodilló al lado de Gawin, y le quitó la mordaza que le
impedía hablar.
—Busca algo para cortar las ligaduras —le dijo él en un susurro,
sintiendo la garganta seca y la voz más ronca de lo normal.
—No hay nada, y si intento coger su puñal o su espada, se despertará.
Kenneth no se había apartado de sus armas ni un solo instante durante
todas las horas que llevaban allí. Tenía la espada firmemente agarrada
entre sus manos, y el puñal atado a su pantorrilla.
—Entonces intenta deshacer los nudos, por favor. Tengo los brazos y
las piernas entumecidos.
Rosslyn asintió con la cabeza y se arrodilló detrás de él para empezar
su batalla particular contra las cuerdas que lo tenían sujeto. Los nudos
estaban apretados y por más que lo intentó, fue incapaz de aflojarlos
siquiera. Se rompió las uñas en el intento, e incluso lo probó tumbándose a
su lado para poder acceder con la boca y pelear contra las sujeciones con
los dientes. La desesperación le aceleró el corazón, jadeó de impotencia, y
las lágrimas se agolparon en sus ojos.
—Lo siento —gimió de pura rabia—, no puedo. Están demasiado
apretados.
—No te preocupes, cariño. —Gawin intentó ser amable para no
asustarla, pero la impaciencia fue evidente en la dureza de su voz—.
Apártate, y cierra los ojos.
—¿Cerrar los ojos? ¿Por qué?
—No me discutas —la regañó, girando la cabeza para mirarla. Rosslyn
se estremeció, porque no reconoció al hombre que amaba ni en el tono de
su voz, ni en el brillo frío de sus ojos.
Pero no quiso pensar en ello. Había estado inconsciente más de un día
a causa del golpe que le había propinado Kenneth en la cabeza, y
seguramente debía estar padeciendo un gran dolor. Sacudió de su cabeza
las palabras que les había oído pronunciar, en las que lo acusaban de ser un
nigromante, y olvidó a propósito todo lo demás. Eran supercherías de
personas ignorantes y supersticiosas. Los antiguos dioses no existían, y
desde luego, no podían apoderarse del cuerpo y la voluntad de nadie.
—Está bien —concedió, y se apartó de él hasta que la espalda chocó
con la pared de la choza, y cerró los ojos ahogando un estremecimiento
agorero que le gritaba que estaba cometiendo un error.
Aquel hombre era Gawin, su Gawin, el hombre más maravilloso,
atento, galante y honorable del mundo.

En cuanto Rosslyn se apartó de él y cerró los ojos, una sonrisa cruel


estropeo las bellas facciones de Gawin. ¿O deberíamos llamarle Gwynn?
Pues era el dios, y no el guerrero, el que se asomaba a aquellos ojos
crueles.
Después de batallar con la inconsciencia, había conseguido relegar a su
anfitrión a lo más profundo de la mente, manteniéndolo allí, todavía
dormido. Había hecho un gran esfuerzo para salir a la superficie y
apoderarse de su voluntad. Después, fingiendo que todavía estaba
desvanecido, dejó que el poco poder que le quedaba fluyera hacia el alto
highlander.
Lo había reconocido, por supuesto. Era el hombre que había iniciado la
debacle que Blake había terminado al romper el altar a través del cuál se
manifestaba. Era el mismo hombre que le había causado tantos problemas
en el pasado, y a causa del cual, un plan largamente esperado, se había ido
al infierno.
La rabia se apoderó de él, pero la controló porque lo que quería, era
que se quedara dormido.
Cuando la cabeza le cayó hacia el pecho, y su respiración se volvió
regular y pausada, se decidió por fin a abrir los ojos. Rosslyn, la inocente
doncella, actuó con rapidez y silencio en cuanto lo vio despierto, y peleó
para poder liberarlo. Se sentía exhausto a causa del poder que había tenido
que malgastar en dominar a Gawin primero, y en provocar el sueño de
Kenneth después, así que la dejó pelear con sus ataduras pensando que, si
ella lo conseguía, podría ahorrar el poco poder que le quedaba hasta que
hubiera descansado.
Se había olvidado de lo agotador que era hacerse con el control de un
cuerpo humano, pero recordaba perfectamente la explosión de júbilo que
vendría después cuando pudiese liberar por fin toda la maldad de su alma.
Desataría el caos y la muerte por toda Escocia. Primero se apoderaría del
gobierno del clan MacKenzie, tal y como había hecha otras veces antes,
sin importarle los obstáculos que pudiese encontrar en su camino.
Acabaría con el actual laird y sus herederos, y convertiría a Gawin en el
nuevo líder. Empezaría una guerra sin cuartel contra los clanes vecinos;
acogería bajo su ala a todos los mercenarios que acudirían con las
promesas de oro, tierras y mujeres; su fama de guerrero cruel y
sanguinario se extendería, y acabaría enfrentándose a Uilliam el Bruto por
la corona de Escocia.
Muchos muertos habría, pero más se les unirían cuando, ya con la
corona sobre su cabeza, se enfrentara a Juan Plantagenet y se apoderara
también de la corona de Inglaterra.
Sí, un futuro de divertimentos sin fin se abría ante sus ojos. Pero antes
debía acabar con este escocés y esconderse durante un tiempo para poder
recuperar el poder que había agotado al cruzar el velo que separaba su
mundo de este lleno de mortales.
Las veces anteriores había sido mucho más fácil. Todos los MacKenzie
que había poseído, se habían entregado a él de buena gana a cambio de las
promesas de poder y gloria que siempre les hacía. No luchaban contra su
presencia, y se deleitaban en la batalla, la sangre y la muerte, tanto o más
que él mismo. Pero este era diferente. Las promesas que Ludllynn había
hecho en su nombre, tentándolo para que aceptara el pacto, no lo habían
seducido; hasta que vio que perdía a lo único que le importaba de veras.
Entonces había acudido a él y, aunque a regañadientes, lo había aceptado.
Pero había luchado con indudable pasión para evitar que lo controlara, y
Gwynn, debilitado por el esfuerzo que había hecho para cruzar el velo y
penetrar en el cuerpo mortal, se había visto arrinconado y restringido,
pudiendo utilizar solo los susurros para minar su voluntad.
Maldita Ludllynn y sus traidores consejos. Ella le había advertido a
Gawin de lo que ocurriría si se complacía en usar la magia
constantemente, y él, siendo un hombre prudente como era, le había hecho
caso. Si la maldita bruja con ataques de conciencia se hubiese mantenido
en silencio, a estas alturas Gwynn ya se habría apoderado completamente
de su anfitrión y estaría recuperándose rápidamente y en un sitio seguro,
de la debilidad que todavía lo aquejaba, en lugar de estar aquí, en mitad de
ninguna parte, y siendo perseguido por una jauría de highlanders
cabreados que creían que había raptado a la prometida de su laird.
Tendría que deshacerse de Rosslyn y del guerrero, pero antes podía
utilizarlos para su propio beneficio y recuperar parte de su fuerza perdida.
En cuanto se deshiciera de las ataduras.
¡Cuánto odiaba sentirse así! Débil y vulnerable, poco más que un
simple humano, y tan terriblemente mutilado con su poder reducido a una
ínfima parte de lo que verdaderamente poseía.
Cerró los ojos e invocó el poder; simplemente un chispazo que recorrió
su cuerpo mortal y consiguió fulminar las cuerdas, haciendo que se
desintegraran, dejándolo por fin libre.
Tenía los brazos y las piernas entumecidas, a consecuencia de las horas
que llevaba quieto y atado en la misma posición. Le dolieron todos los
músculos cuando intentó moverse, y tuvo que esforzarse en reprimir un
gemido de sufrimiento. El sueño que había inducido en el guerrero se
sustentaba muy precariamente, y cualquier ruido podría sacarlo de su
letargo.
Poco a poco, consiguió incorporarse hasta quedar sentado. Todavía no
se atrevía a intentar ponerse en pie, y tuvo que tragarse su orgullo y pedir
ayuda a la mujer. Esta acudió a él sin pensárselo dos veces y le ofreció los
hombros para que se apoyara en ellos. Sus piernas a duras penas lo
sostenían, y tuvo que apoyarse en la pared a su espalda para no volver a
caer al suelo.
Ella estaba apretada contra él, con sus pechos hundidos contra su
costado y el rostro levantado, mirándolo con adoración. Qué débiles eran
los humanos, y más todavía cuando se creían enamorados. Capaces de
cometer cualquier atrocidad en su nombre.
—Golpéalo —le susurró al oído, apresando su cuello con el brazo
mientras deslizaba la boca por su oreja. Ella tembló—. Hazlo, o no
podremos escapar.
—No puedo…
—Se despertará en cualquier momento, y no podré protegerte. Estoy
débil, y todavía aturdido por el golpe en la cabeza. Hazle a él lo que me
hizo a mí.
—Gawin… —intentó protestar.
—¿Acaso no me amas? —le recriminó él—. ¿Acaso no ves todo el
riesgo que estoy corriendo solo para que podamos permanecer juntos?
—Yo no sé si…
—Me colgarán, Rosslyn. En cuanto me lleven a Aguas Dulces, el
MacDolan ordenará colgarme. Y no quiero ni pensar en lo que te hará a ti.
Lo has humillado públicamente. ¿Crees que estará contento de volver a
verte?
—No, te equivocas. Él no es así.
—¿Dudas de mis palabras? Golpéalo, mi amor. Hazlo para salvarte.
Para salvarnos.
—No me pidas eso, por favor —suplicó con los ojos llenos de
lágrimas.
—¿Sabes qué les hacen a las mujeres nobles que se convierten en
meretrices? ¿A las mujeres que, como tú, humillan a un laird? Te
arrastrará hasta el gran salón, y allí te despojará por la fuerza de la ropa.
Te dejará desnuda ante la mirada de todos. Te azotará hasta que tu hermosa
piel se llene de heridas y la sangre empape el suelo. Te cortará este
hermoso pelo que refulge bajo el sol. Y después, te entregará a sus
hombres para que disfruten de tu cuerpo. Así te castigará, hermosa
Rosslyn. ¿Crees que tu padre hará algo por defenderte?
—No, no es cierto. ¿Por qué me dices estas cosas? ¿Por qué me
provocas miedo con tus palabras? Vayámonos, cojamos los caballos y
huyamos. Cuando despierte, ya estaremos lo bastante lejos y…
—No. Golpéalo. Si me amas de verdad, golpéalo en la cabeza. O me
iré y te dejaré aquí para que enfrentes tu destino completamente sola. No
quiero a mi lado a una mujer cobarde que no es capaz de luchar por el
hombre que dice amar.
Rosslyn no quería hacerlo. Le parecía horrible golpear a un hombre
cuando estaba dormido y no podía defenderse. Kenneth había sido
honorable con ella, y la había tratado con respeto a pesar de las
circunstancias. ¿Por qué Gawin le pedía algo así? ¿Por qué insistía tanto
en obligarla a hacer algo tan execrable? Y sin embargo, sus palabras
habían calado hondo en su mente, provocándole imágenes de pesadilla que
no podía pasar por alto.
Debía hacerlo, obedecer al hombre que amaba, aunque sus palabras le
provocaran un miedo atroz.
Gwynn miró a través de los ojos mortales de Gawin, y observó cómo la
infeliz cogía el atizador de la chimenea con manos temblorosas,
estremeciéndose con el ruido del metal al rozar el soporte, mirando
aterrada al dormido Kenneth mientras levantaba el arma improvisada y la
descargaba sobre su desprotegida cabeza. Casi le dieron ganas de reír de
felicidad cuando sintió penetrar en su interior el torrente de emociones que
la embargaban, llenándolo y consumiéndolo como un fuego, colmándolo
del alimento tan largamente añorado. Absorbió el terror de la muchacha
igual que un hombre sediento se abalanza en el río para calmar su sed, sin
mesura ni prudencia, sintiendo recuperar las fuerzas y el poder.
Cuando la chica dejó caer el atizador ensangrentado sobre el suelo,
extendió los brazos hacia ella requiriéndola para un abrazo. Ella corrió
hacia él para refugiarse allí y enterrar en rostro en su duro pecho para
sollozar desesperada.
—Has hecho bien, pequeña mía —la alabó, acariciándole la espalda y
deshaciendo los lazos de su vestido—. Pero hay algo más que debes hacer
por mí, mi amor.
—¿El qué? —preguntó alzando su rostro repleto de inocencia y lleno
de lágrimas hacia él.
—Resistirte a mí.
La voz de Gawin fue cruel, igual que la sonrisa que le ocupó el rostro
cuando le desgarró el vestido para dejar al descubierto los blancos pechos.
Ella le obedeció, resistiéndose por puro instinto a un hombre que no
reconocía. Forcejeó, y la carcajada de Gwynn salió por la boca de Gawin,
lanzándola sobre la mesa mientras le restringía los brazos a la espalda con
sus propios ropajes. La giró, y le apretó un pecho con la mano, con fuerza,
hasta que ella gritó de dolor.
Oh, sí, bendito dolor que se desprendía de ella y le llenaba las venas de
una fuerza inimaginable.
—¿Por qué haces esto? —le gritó entre sollozos mientras él la
empujaba para tirarla sobre la mesa, y romper el resto de la ropa hasta que
todo su cuerpo quedó a la vista.
—Porque puedo. Porque quiero. Porque me satisface —contestó él con
una mueca aterradora—. Porque tu dolor es mi poder, y con él me estoy
llenando las venas, niña estúpida.
Le separó las piernas con violencia y se posicionó allí, frotándose con
vehemencia contra el coño expuesto de su víctima. Era delicioso, y
virginal; un bocado selecto para su alma hambrienta. Se inclinó hacia
adelante y le chupó con fuerza un pezón, hasta que ella volvió a gritar de
dolor. Lo agarró con la mano y apretó hasta que dejó las huellas de sus
dedos en la carne pálida.
—Tienes una tetas muy hermosas, pequeña zorra —le dijo, riéndose de
su espanto y su mueca de dolor—. Si me satisfaces lo suficiente, puede
que te perdone la vida y te convierta en mi puta, hasta que me aburras.
Los sollozos de Rosslyn eran incontrolables. Mantenía los ojos
cerrados y rezaba para que todo acabara pronto. Tanto dolor, y todo
provocado por el hombre que amaba. ¿Cuándo había cambiado tanto?
¿Sería cierto lo que habían dicho de él?
—Gawin, por favor —suplicó—, no lo hagas. Así no, amor mío.
—Tú amor ya no está aquí, pequeña idiota. Me vendió su alma y su
cuerpo a cambio del poder que yo le proporcioné, para poder recuperarte.
La mordió en el otro pecho, con saña, porque quería volver a oír sus
gritos. ¡Cuánto placer! ¡Y cuánto poder estaba reuniendo! Llenarle la
cabeza de imágenes horribles hasta que se decidió a golpear a un hombre
indefenso, había sido una gran diversión. Corromper a los inocentes era
algo que se le daba muy bien, y lo llenaba de satisfacción.
—Prepárate, pequeña —le susurró en el oído mientras se liberaba del
kilt y lo dejaba caer al suelo—, porque ahora viene lo mejor.
Se cogió el miembro viril con la mano y lo frotó con aspereza contra la
entrada de su sexo. Ella forcejeó, pataleó y gritó, suplicándole que parara.
Llamó a Gawin, desesperada, hasta quedarse ronca, invocándolo como si
un simple mortal pudiera detenerlo.
Y entonces, lo sintió. Como una fuerza imparable que surgía de la
profundidad de su ennegrecida alma, Gawin emergió de su letargo para
luchar contra él. Su voluntad, determinada a proteger a la mujer que
amaba, no pudo ignorar los gritos de angustia que le llegaron hasta el
oscuro rincón al que había sido relegado. No podía permitirlo, debía
detenerlo, sin importarle el coste a pagar.
Y Gawin se asomó a sus ojos, y vio con horror lo que estaba a punto de
hacer. Obligó a su cuerpo a separarse de Rosslyn, tropezando con el cuerpo
de Kenneth que estaba en el suelo, y cayendo sobre él en su precipitación.
—Huye —le susurró mientras veía sus fuerzas desaparecer ante la
implacable contraofensiva del dios—. Por favor, huye. ¡Ahora! —gritó,
desesperado, y el alivio lo recorrió cuando vio que ella se levantaba y salía
corriendo por la puerta—. No voy a permitir que le hagas daño —le dijo a
Gwynn, el dios malvado que ocupaba su cuerpo, y sintió cómo se reía de
él.
«¿De veras crees que puedes impedírmelo? —se mofó, hablándole a su
propia mente—. Me has hecho un gran favor, estúpido mortal. Déjala que
corra para que yo pueda cazarla. ¿Acaso no sabes quién soy? Enviaré a mis
jaurías tras ella. Será una cacería reconfortante después de tanto tiempo de
inactividad. Y cuando la atrape, la poseeré con tanta fuerza y violencia que
deseará haber muerto. Y tú, humano, serás un espectador en primera fila,
porque te obligaré a verlo a través de estos ojos».
—¡No te lo permitiré!
Gawin se levantó dando tumbos, agotado por la lucha de voluntades
que estaba manteniendo con el dios para impedir que su cuerpo lo
obedeciera.
«¿De veras crees que lo conseguirás?».
—Haré lo que sea necesario —susurró, cayendo de rodillas. Con las
manos temblando, viendo cómo se le estaba escapando el control, alargó el
brazo hasta la pierna donde Kenneth mantenía sujeto el puñal. Su mano a
duras penas pudo sostenerlo cuando lo agarró, y alzarlo fue un verdadero
tormento.
Se cayó de nuevo, de lado, pero no permitió que el arma se escapara de
su mano. Apretó el puño sujetándola con firmeza, y alzó una oración
pidiendo perdón por todos sus errores y sus pecados.
Sus últimas palabras fueron para Rosslyn, su amor, la mujer a la que
había defraudado, y fueron para pedir su perdón.
Entonces, se clavó el puñal en el vientre y la sangre empezó a manar
para formar un charco a su alrededor.
Lo último que escuchó antes de que la negrura se apoderara de él,
fueron los gritos de Gwynn cuando fue obligado a abandonar de nuevo este
mundo.
Capítulo ocho. Derwyddon, el druida.

Blake tardó medio día en encontrar la cabaña. Había creído


firmemente que su viaje no se alargaría, pero se dio cuenta de su error al
encontrársela vacía.
Maldito anciano.
Había tardado cinco meses en encontrarlo, siguiendo las
murmuraciones, arrastrando a Maisi por todas las Highlands. Ella lo había
entendido, y se había negado a abandonarlo ni siquiera por unas semanas
cuando le propuso dejarla con su padre el tiempo que durara su búsqueda.
Su dulce Maisi, que con su bondad y su amor fue capaz de mostrarle
un mundo y una vida que creía inalcanzable para él.
Fue una sorpresa encontrar al anciano Derwyddon viviendo dentro de
las tierras de los MacDolan, a escasas dos horas de Aguas Dulces, el lugar
que iba a convertirse en su hogar. En aquel momento no quiso pensar en
las implicaciones que traían su presencia allí; simplemente se regocijó en
ello porque tuvo la esperanza de poder tener larga charlas con él sobre
todo lo que le había ocurrido en su vida.
La parte racional de Blake sabía que no podía culparse por las
maldades que había cometido en nombre del ser llameante que vivía bajo
la montaña, ya que había sido un pobre niño abandonado y famélico
cuando este lo atrajo hacia sí para convertirlo en el brazo ejecutor de sus
planes. La bruja ciega que también servía al ser maligno lo había utilizado
durante muchos años de lazarillo durante sus viajes por Escocia, siempre
en nombre de aquel demonio, tejiendo tapices de maldad allí por donde
pisaba; hasta que cinco años atrás, fueron requeridos para volver a las
cuevas y establecerse allí indefinidamente para buscar a la virgen que
debía llevar en su seno al hijo del diablo.
Fue entonces, ya siendo un hombre, que había formado una banda de
malechores para aterrorizar los pueblos colindantes, secuestrando a las
muchachas jóvenes, violándolas en un ritual de muerte al que él no tenía
posibilidad de negarse, pues su voluntad siempre era sojuzgada y sometida
al poder de aquel ser.
Cuando por fin logró escapar, después de destruir el altar a través del
cual el demonio, al que nunca había logrado poner nombre, se
manifestaba, las preguntas se le amontonaron en su ánimo, y tuvo que
buscar las respuestas porque era la única manera de conseguir lograr un
poco de normalidad en la vida que quería compartir junto a Maisi.
Fue Derwyddon quien se las ofreció. Pasaron muchas horas paseando
por el bosque sagrado, uno de los pocos que todavía quedaban, él soltando
atropelladamente todas las preguntas que lo atormentaban, y Derwyddon
ofreciéndole respuestas que, a veces, calmaban su alma, y otras, lo
afligían.
Pero fue gracias a estas conversaciones que logró conciliar un pasado
tormentoso con el futuro lleno de dicha que se le ofrecía, aligerando
considerablemente los remordimientos que lo consumían y que hacían
que, la mayor parte de los días, se creyese indigno del amor y de la vida
con la que Maisi le obsequiaba.
Hacia aquel bosque se dirigió al encontrar la choza vacía, esperando
hallar al druida paseando entre los robles, como muchas veces hacía. Dejó
el caballo atado a un arbusto y se internó entre los robles centenarios. La
paz que había allí siempre calmaba su ánimo. Una vez le había confesado
a Derwyddon que, paseando por el bosque sagrado, sentía un alivio
semejante a cuando se daba un baño con agua caliente y jabón, después de
uno de esos días duros en que acababa sucio y sudoroso. El anciano se rio
de su ocurrencia y le contó que, igual que el agua y el jabón se llevaban la
suciedad de su cuerpo, la magia del bosque le lavaba la suciedad de su
alma.
—Buenas tardes, muchacho.
La voz de Derwyddon lo cogió por sorpresa, y miró hacia arriba,
encontrándose al anciano afablemente sentado sobre una rama, como si
fuese un pájaro en su nido.
—¡Anciano! ¿Qué hacéis ahí arriba? Vais a romperos la crisma.
La risa cordial de Derwyddon siempre lo calmaba, y acabó riéndose
con él a pesar de las circunstancias que lo habían llevado hasta allí.
—Los árboles son mis amigos, chico; y los robles, son mis hermanos.
Nunca un druida ha recibido daño que proviniese de uno de ellos. Y no
creo que yo vaya a ser la excepción.
Con movimientos pausados y muy calculados, Derwyddon bajó del
árbol con una agilidad nada acorde con los años que aparentaba. Era un
hombre de rostro arrugado, con una larga barba blanca que le llegaba hasta
la cintura. El pelo, también canoso y largo, lo llevaba recogido en la nuca
con una cinta de cuero. Tenía unos ojos que brillaban con inteligencia y
sagacidad, y fue con ellos que le miró intensamente antes de dejar ir un
sonoro suspiro y palmearle la espalda con una mano nudosa y llena de
manchas.
—Así que ha vuelto, ¿eh? —Blake no contestó con palabras; se limitó
a asentir con la cabeza con evidente pesadumbre—. Pues entonces
tendremos que ponernos en camino inmediatamente. Pero antes he de
pasar por mi choza para recoger algunas cosas.
Se dirigieron hacia allí, y durante la caminata Blake le narró lo
acontecido. Derwyddon escuchaba atentamente, y de vez en cuando hacía
un gesto de asentimiento, como si en aquella historia pudiese oír mucho
más de lo que se decía.
—Cuántos errores causados por la arrogancia —murmuró al traspasar
la puerta de la cabaña—. Hace dos siglos creímos haber roto el linaje
maldito, cuando el último MacKenzie poseído por Gwynn murió sin
descendencia. Ni siquiera pensamos que la maldición podría heredarse por
la línea femenina de la familia.
—Habláis como si hubierais estado allí.
—Oh, no, no, muchacho, claro que no. Soy viejo, pero no tanto.
La risilla que dejó ir Derwyddon no convencieron del todo a Blake.
Aquel anciano sabía demasiadas cosas como para poder aprenderlas en una
sola vida, y Blake había vivido demasiadas cosas como para obviar que en
el mundo había mucho más de lo que se veía a simple vista. De todas
formas, decidió no contradecir al anciano con sus sospechas y aceptó sus
palabras sin cuestionarlas.
Derwyddon se paseó por la choza, rebuscando en un pequeño armario
primero, y en un baúl después, hasta sentirse satisfecho. Puso varias cosas
en un saquito que ató a su cintura, alrededor de la túnica que se mantenía
blanca e impoluta a pesar de sus correrías por el bosque.
—Ya lo tengo todo. Solo me falta llamar a mi montura.
—¿Tenéis caballo? —se extrañó Blake. Durante todas las horas
pasadas junto al anciano, nunca había visto que el desvencijado establo
que se alzaba al lado de la choza, sirviera de refugio a ningún animal.
—Por supuesto, muchacho. Pero nunca lo tengo encerrado.
Salieron al exterior y Derwyddon dejó ir un largo y agudo silbido, que
se expandió por el aire hasta resonar como un eco. No pasaron muchos
minutos hasta que un majestuoso corcel, de un blanco tan inmaculado
como la túnica que vestía el druida, apareciera ante ellos.
—Mi fiel Leòmham —exclamó Derwyddon con cariño, palmeando la
cerviz del caballo—. Tenemos que cumplir con nuestro deber, viejo amigo.
El animal pareció entender las palabras que le habían dirigido, y
sacudió la testuz como si diese su conformidad. Derwyddon, haciendo gala
de una agilidad que no parecía nada acorde con los años que tenía, montó
de un salto sobre la grupa del animal y cogió sus crines, listo para ponerse
en marcha.
—¿No le ponéis arreos? —preguntó Blake, sorprendido.
—No los necesita, muchacho. Tú guíanos y nosotros simplemente te
seguiremos.
Blake asintió, aceptando aquello como otra singular peculiaridad del
anciano, y volvió grupas para desandar el camino que lo había llevado
hasta allí.

***

Rosslyn corría a través del bosque. Todavía llevaba las manos atadas a
la espalda con su propio vestido, y se enredaba los pies con la falda rota
que aleteaba por detrás, haciéndola tropezar constantemente. Su cuerpo
desnudo recibía los golpes de las ramas bajas de árboles y arbustos, y
varios arañazos sangrantes manchaban su piel.
Pero no sentía nada.
El terror se había apoderado de ella cuando vio cómo Gawin aparecía
en los ojos malvados que la habían estado mirando hasta aquel momento,
y los gritos despavoridos de él, instándola a marcharse.
Pero lo que más la aterrorizó, fue la feroz determinación que vio en
ellos: Gawin detendría a Gwynn a cualquier precio.
Con los ojos ciegos por las lágrimas, y con el convencimiento de lo
que él se proponía hacer, fue dando tumbos sin parar, intentando alejarse
de aquella cabaña. No quería hacerlo, hubiese preferido mil veces
permanecer al lado de Gawin hasta el final, pero en un momento de
lucidez fue consciente de que él no la quería allí, porque probablemente no
sería capaz de llevar a cabo lo que tenía en mente si ella era testigo.
Salió huyendo con el alma rota por el dolor, sabiendo que nunca más
podría volver a verlo. Su vida se deshacía como la nieve durante la
primavera, y pronto no quedaría nada de ella. Sus sueños y esperanzas de
una vida juntos, que habían renacido cuando él apareció por la ventana del
torreón de Aguas Dulces para ir a rescatarla de un matrimonio que no
deseaba, se desvanecieron como si nunca hubieran existido.
¿Cómo podría seguir adelante sin él?
Finalmente, se dejó caer de rodillas y apoyó el hombro contra el tronco
de un árbol. Ya no tenía fuerzas para seguir corriendo. Sus pies descalzos
estaban llenos de llagas sanguinolentas, los arañazos por su cuerpo
descubierto estaban tiñendo de rojo su piel, y las lágrimas, que se
deslizaban furiosas por sus mejillas, llenaban sus ojos volviéndolos
inservibles.
—No voy a seguir corriendo —murmuró en voz alta para poder oír su
propia voz rota y angustiada—. Aquí esperaré mi destino, sea cual sea.
Estaba convencida que Gawin había intentado hacer lo único que su
honor le permitía, y era acabar con su propia vida para frenar al dios
pagano que había invocado en su desesperación. Y si Gawin estaba
muerto, ¿cómo podría ella seguir con su propia vida?
Si hubiese sido más valiente, nada de aquello habría ocurrido. Cuando
su padre le anunció su compromiso con el MacDolan, debió haber huido
de su casa para buscar a Gawin. Si no hubiese sido una cobarde, se habría
atrevido a desafiar a su padre en lugar de plegarse a sus deseos, ocultando
su miedo tras una máscara de obediencia y honor. El honor y el deber tras
los que se excusó para no tener que arriesgarse.
Al anunciarle el compromiso, su padre le soltó el mismo discurso que
había dirigido a su hermana años atrás, hablando del cumplimiento de su
deber como una Douglas, hija y heredera del laird. Al no tener hijos
varones que lo sucedieran, la responsabilidad de mantener a salvo al clan
lo heredaría el marido de su hija primogénita, que en aquel momento era
Evanna. Una unión con el hijo y heredero del MacDolan era una buena
alianza, pues aseguraba que su clan quedaría bajo la protección de un
hombre al que se sabía íntegro y honesto, que acogería sus obligaciones de
buen grado y mantendría la prosperidad para que la heredara la siguiente
generación. Y al morir Evanna, fue Rosslyn la que heredó aquella
obligación, y con ella el matrimonio con Lean MacDolan.
Pero no debió haber escuchado a su padre. Gawin hubiese sido un buen
custodio del clan hasta que su primer hijo varón naciera y se hiciera un
hombre para poder reclamar el título de laird. Debería haber hablado de
ello con su padre, intentado hacerle comprender que un pacto con los
MacKenzie en ese aspecto, le aseguraría la misma protección y seguridad
que el que había firmado con los MacDolan.
Pero fue cobarde, y simplemente se limitó a asentir y a aceptar su
destino como si fuese irrevocable.
—Tu cobardía te ha llevado hasta el peor final, —se dijo a sí misma
como si estuviese hablando con otra persona—. Y ahora está todo perdido.
Ya no había esperanza para ella y para el clan de los Douglas. Aunque
sobreviviera, cosa de la que no estaba segura, no podría ni quería volver a
su antigua vida. El MacDolan no la aceptaría como esposa, deshonrada
como estaba ahora, y en su clan estallarían las luchas internas por la
sucesión a la jefatura. Su gente pasaría penurias, las cosechas se perderían,
moriría gente, y muchos buenos guerreros perderían la vida. Todo porque
ella había sido una cobarde.
—¿Muchacha? ¿Qué ha ocurrido? —La voz penetró las brumas de su
consciencia. Sintió unas manos que la desataban, y el calor de un manto le
rodeó el cuerpo—. ¿Rosslyn?
Abrió los ojos. Hacía rato que los había cerrado y ni siquiera se había
dado cuenta. Enfocó la mirada y vio ante ella al guerrero que se llamaba
Blake, que la miraba con una honda preocupación. Estalló en sollozos de
nuevo, y entre hipos, intentó contar lo que había pasado. Eran palabras
incoherentes, de las que Blake solo pudo deducir parte de la historia.
—Quédate aquí con ella —ordenó una voz que no supo de quién
provenía. Su mirada estaba acaparada por Blake, que estaba arrodillado
delante de ella, y sus anchas espaldas le ocultaban a quien había hablado.
Blake giró la cabeza, con los ojos entrecerrados. Parecía dispuesto a
discutir con Derwyddon, pero al mirarlo vio algo en él que lo obligó a
apartar la mirada y asentir con la cabeza.
—Muy bien, anciano. La cabaña no está lejos. Si necesitáis mi ayuda,
gritad mi nombre y estaré allí en un minuto.
Derwyddon agradeció la confianza del guerrero con un ligero
movimiento de cabeza, y con una suave presión de sus rodillas dirigió al
caballo hacia la choza. Se detuvo en cuanto la tuvo al alcance de la vista,
bajó de su montura y le habló al oído. El animal balanceó la testuz y se
alejó de allí a paso ligero, sin que los cascos emitieran sonido alguno al
golpear contra el suelo.
Se acercó a la cabaña con precaución, olfateando el aire como si fuese
un lobo, escuchando el sonido del viento hablarle al soplar entre los
árboles, y el canto de la tierra que pisaba con los pies.
Todo hablaba de muerte, y el olor a sangre que provenía del interior del
chamizo ratificaba aquella intensa sensación de fatalidad.
Cuando sus pasos lo acercaron a la arcaica construcción, el hedor de la
maldad le inundó las fosas nasales y arrugó la nariz en un acto reflejo.
Pero Gwynn ya no estaba allí. Se sentía el eco de su presencia, sí, pero
era tenue y estaba desapareciendo, igual que el mal olor de su maldad,
disuelto por el viento que había empezado a azotar los árboles.
Derwyddon cruzó la puerta que había quedado abierta tras la huida de
Rosslyn y se quedó quieto bajo el umbral.
Kenneth estaba de rodillas al lado de Gawin. La sangre le goteaba por
la frente y una de sus manos estaba presionando la herida que tenía en la
cabeza. Sus ojos estaban fijos en el cuerpo caído.
—No he sido yo, si es lo que pensáis —le dijo con voz cansada al
anciano que acababa de aparecer en la puerta—. Se lo ha hecho él mismo.
—Blake está afuera, con la muchacha, si queréis ir con ellos.
—¿Quién sois? —Kenneth alzó los ojos y lo miró directamente por
primera vez.
—Mi nombre es Derwyddon.
—Sois un druida.
—Algo así —admitió el anciano, acercándose al cuerpo de Gawin—.
Idos.
Kenneth asintió con la cabeza y se levantó con dificultad. Trastabilló
dos pasos hasta recuperar el equilibrio. La cabeza le dolía horrores, pero
era más su orgullo por haber sido derribado por una muchacha enclenque,
lo que había resultado herido.
Derwyddon pareció leerle la mente.
—Gwynn es muy poderoso, incluso cuando no lo es. Caísteis en un
trance provocado por él, así que no teníais ninguna oportunidad de
defenderos, ni siquiera de una mujer.
—¿Cómo sabéis..?
—Sé muchas cosas, guerrero. Id con vuestro amigo.
Kenneth abandonó la choza y Derwyddon se quedó a solas con el
caído. Se arrodilló a su lado y le pasó la mano por el pecho descubierto,
justo allí donde estaba el tatuaje de la espiral rota.
—Ah, muchacho, qué desperdicio de vida —murmuró con tristeza—.
Si solo hubieras aguantado unos minutos más…
«No podemos permitir que muera, Twain —resonó una voz femenina
en su cabeza—. Vamos a necesitarlo».
—Yo no soy capaz de resucitar a los muertos, Morgaine.
«Pero sí puedes curar sus heridas. Déjame el resto a mí».
Derwyddon asintió con la cabeza, sabiendo qué debía hacer. El alma de
Gawin ahora estaba en manos de Morgaine, y si él conseguía reparar el
cuerpo, ella la devolvería a su lugar.
Sacó el puñal de la herida con una sonrisa afligida. Si su joven amigo
Blake supiera quién era él en realidad…
El rostro macilento de Gawin parecía estar en paz, como si hubiese
conseguido acabar con todos sus demonios antes de morir. Con las manos
manchadas de sangre, le cerró los ojos vidriosos que ya no podían ver, y
después las puso sobre la enorme herida que había abierta en su vientre.
Inmediatamente, un halo luminoso rodeó a Derwyddon, pura energía que
se concentró en las manos abiertas sobre la herida. El cuerpo de Gawin la
absorbió con ansia, y su carne herida empezó a cicatrizar.
De repente, empezó a temblar y a sacudirse, como si fuese objeto de
algún extraño ataque. Derwyddon sonrió, sabiendo qué significaba aquella
reacción: Morgaine estaba cumpliendo su parte.
La boca de Gawin se abrió en un grito mudo que nunca llegó a surgir
de su garganta, su cuerpo se relajó, y abrió los ojos, parpadeando confuso.
—No digáis nada, joven Gawin MacKenzie —le dijo Derwyddon
poniendo una mano sobre su pecho. Cerró los ojos, murmuró unas palabras
en un extraño idioma, y Gawin sintió una horrible quemazón allí donde
estaba la mano del anciano—. Ahora estáis libre de él.
Gawin parpadeó sin comprender bien qué quería decir. Derwyddon alzó
la mano y vio que el tatuaje de la espiral rota ya no estaba allí. Había sido
sustituido por el lauburu, un símbolo de protección que mantendría a
Gwynn a distancia, impidiéndole volver a ocupar aquel cuerpo.
—¿Quién sois? —preguntó con voz ajada.
—Eso no importa —contestó Derwyddon levantándose. Tenía la túnica
manchada con la sangre que se había encharcado en el suelo. Hizo un gesto
con la mano, y las ropas volvieron a estar de un blanco brillante e
inmaculado—. Lo importante, es que pronto serás llamado y deberás
acudir para cumplir con tu destino.
—¿Qué..?
—Silencio, muchacho —susurró Derwyddon con cariño y pena—.
Ahora, duerme.
Los ojos de Gawin se cerraron y su respiración se tranquilizó cuando el
reparador sueño acudió a él.
—Espero que estemos haciendo lo correcto, Morgaine.
«Por supuesto que sí —resonó la voz femenina—. Nuestra era ha
terminado, Twain. No podemos permitir que Gwynn siga interfiriendo en
el mundo de los hombres».
—¿A cualquier coste?
«El coste de no hacerlo, será infinitamente peor».
Sí, Derwyddon también sabía eso. El coste en vidas humanas si Gwynn
seguía inmiscuyéndose, sería aterrador. El ser humano ya era lo bastante
violento, cruel y dañino por sí mismo sin necesidad de tener a Gwynn
suelto por el mundo. Y sin él allí, la humanidad tendría la oportunidad de
crecer y desarrollar los dones que también tenía, como la bondad y la
generosidad.
Pero para poder derrotarlo, tenían que encontrar el Cáliz.
Derwyddon salió de la cabaña y caminó hasta donde estaban los
demás. Rowwlyn todavía seguía sentada en el suelo, con la mirada
perdida. En su rostro estaba marcado el vestigio de las lágrimas que
habían caído como un torrente por las mejillas. Kenneth estaba con la
espalda apoyada contra un árbol, los hombros caídos en señal de
abatimiento. Blake lo miraba a él, esperando sus noticias.
—Está vivo —anunció en cuanto estuvo lo bastante cerca para que le
oyeran sin tener que gritar—. Cansado y débil, porque ha perdido mucha
sangre, pero vivo y libre de Gwynn.
Al oír las palabras, Rosslyn soltó un grito de alegría e incredulidad. Se
levantó de un salto sin importarle los pies heridos, agarró el manto que
cubría su semidesnudez, y salió corriendo y cojeando hacia la choza. Blake
y Kenneth intentaron seguirla, pero Derwyddon se lo impidió.
—Dejadlos unos minutos a solas. Él duerme, pero ella necesitará estar
a solas con él.
—De acuerdo, pero esperaremos más cerca.
Fueron hacia la cabaña, siguiendo los pasos de Kenneth. No dijeron
nada durante un buen rato, limitándose a escuchar los sollozos ahogados
que salían de dentro.
—¿Cómo lo ha habéis hecho? —preguntó finalmente el escocés—.
Estaba muerto cuando recuperé la consciencia.
—Cerridwen ha sido benevolente —se limitó a contestar el anciano.
Cerridwen era una de las diosas paganas a las que antiguamente se
había rendido culto en aquellas tierras. La llamaban la Diosa Oscura, y era
la guardiana del caldero mágico a través del cual las almas obtenían un
nuevo renacimiento.
—¿Existen, entonces, los antiguos dioses? —preguntó Kenneth,
totalmente confundido. Su educación había sido cristiana, y le habían
inculcado que los antiguos dioses paganos eran falsos.
—¿Realmente importa? —contestó Derwydden con una risita divertida
ante su turbación.
—Supongo que no.
Algunos minutos después, Rosslyn salió. Todavía se cubría con el
manto que Blake le había puesto sobre los hombros, y se limpió las
lágrimas con él, pasándose el brazo por la cara.
—Está durmiendo —dijo con un suspiro—, pero está en el suelo. Os
agradecería si lo pusierais sobre el jergón para que estuviera más cómodo.
Y también necesitamos ropa. En las cuevas en las que estábamos
refugiados, Gawin llevó un baúl lleno de ropa.
—No podemos arriesgarnos a entrar ahí, ya os lo dije. Podría haber
trampas…
—Yo iré —se ofreció Derwydden—. Os traeré ropa, y aprovecharé
para deshacer lo hechizos que pueda encontrar. No queremos que alguien
entre por casualidad y resulte dañado.
—¿Necesitáis que os acompañe? —se ofreció Blake.
—No. Quedaos aquí con ellos, y pensad en qué deberíais hacer ahora.
En Aguas Dulces todavía la están buscando, ¿no es cierto?
Kenneth ni siquiera había pensado en ello. Lean tenía varias patrullas
esparcidas por sus tierras buscando a la muchacha y a su raptor. Y el padre
de Rosslyn, a pesar de ser un hombre desagradable y ofensivo, debía estar
preocupado por su hija.
—No quiero volver. No me obliguéis, por favor —suplicó ella
mirándolos con un profundo miedo en los ojos.
—No debéis temer nada de mi hermano, muchacha. Nunca ha sido un
tirano cruel.
—Pero mi padre exigirá la muerte de Gawin…
—No se atreverá, no os preocupéis. Gawin es un MacKenzie, y vuestro
padre no querrá iniciar una guerra con un clan como el suyo; además, mi
hermano no se lo permitirá.
Rosslyn asintió con la cabeza, sabiendo que no podría ganar esta
discusión. Una vez más, su futuro estaba en manos de otras personas, y
ella no tenía ningún derecho a opinar.
Capítulo nueve. Buscando soluciones.

Derwyddon regresó al cabo de tres horas, trayendo consigo a


Relámpago, el caballo que se había quedado abandonado en las cuevas. En
ese tiempo, habían trasladado a Gawin al único jergón que había en la
choza, cuidando de que estuviera cómodo mientras seguía durmiendo y
recuperándose de la debilidad que le había producido la pérdida de sangre.
Blake había salido a cazar, y había vuelto con tres liebres que ahora se
estaban cocinando sobre el fuego del hogar. Rosslyn había curado a
Kenneth la herida que ella misma le había infligido en la cabeza; al
principio estaba cohibida y avergonzada, hasta que vio que él no le
guardaba rencor por ello; después habían seguido su conversación, él
intentando tranquilizarla de que todo saldría bien, y ella escuchando
bastante incrédula las historias sobre Lean que hablaban de un hombre
justo y honorable.
—Vuestro hombre os procuró un lugar cómodo para esconderse,
muchacha —dijo el anciano cuando entró en la cabaña—. A mí mismo no
me importaría quedarme allí a vivir, si no estuviera tan lejos del bosque
sagrado.
—Gawin siempre ha procurado mi felicidad, desde la primera vez que
nos vimos.
—Vestíos, y después nos contaréis cosas sobre él.
Los tres hombres salieron de la cabaña para darle intimidad mientras
se ponía la ropa que Derwyddon le había traído. Se vistió rápidamente y
aprovechó que estaba fuera de su vista para acercarse a Gawin. Le pasó la
mano por el pelo mientras lo observaba dormir, y una lágrima se deslizó
por su mejilla.
—¿Qué haremos ahora, mi amor? —se preguntó en un susurro. Acercó
los labios a los suyos y le depositó un beso lleno de ternura.
Había pasado tanto miedo cuando aquella cosa se apoderó de él. Pero
no le guardaba ningún rencor, porque Gawin había luchado por mantenerla
a salvo y ganado la batalla, sacrificando su propia vida para lograrlo.
—¿Rosslyn? —musitó él entre sueños, angustiado.
—Tranquilo, mi amor, todo está bien. Duerme y descansa.
—No me dejes.
—No pienso moverme de tu lado.
La mano de Gawin se movió sobre la cama, buscando
desesperadamente su contacto. Rosslyn la cogió con las suyas y se sentó
en el suelo, apoyando la cabeza sobre ellas.
Los hombres entraron poco después, golpeando ligeramente la puerta
antes de hacerlo, y preguntando si ya estaba visible. Mientras ellos se
sentaba ante el fuego y empezaban a discutir sobre la mejor manera de
proceder, ella se quedó dormida.
—Debemos regresar a Aguas Dulces, eso es incuestionable —dijo
Kenneth mientras le daba la vuelta a las liebres para que no se quemaran.
—¿Gawin, también? —preguntó Blake.
—Sobretodo, Gawin. Si quiere tener la oportunidad de contraer
matrimonio con Rosslyn llevando la bendición de su padre, debe hacerlo.
—Se armará un buen revuelo.
—Pero las aguas acabarán volviendo a su cauce. Conozco a mi
hermano. No permitirá que estalle un conflicto entre los tres clanes que
podría traer graves consecuencias para toda la región.
—¿Y el MacDolan no se sentirá ofendido por todo este asunto?
—Lean no quería este matrimonio, igual que no quería el que se había
acordado con la hermana. Verá la oportunidad de librarse de él sin
consecuencias para nuestro clan, así que aprovechará la oportunidad.
Además, es un buen negociador, por lo que encontrará la manera de
convencer al Douglas para que apoye esta alianza. Pero el primer paso es
regresar a Aguas Dulces. Nada puede hacer, ni a favor ni en contra, si no
tiene conocimiento de lo que ha pasado realmente.
—Estoy de acuerdo —afirmó Derwyddon—. Es la mejor manera de
arreglar este desaguisado. Pero no podéis contar nada de lo que ha
ocurrido realmente, así que debéis invertaros una mentira lo bastante
convincente para explicar por qué os separasteis de vuestro grupo, cómo
los encontrasteis, y por qué él está tan débil.
—Eso ya lo sé —contestó Kenneth, sarcástico—. No me apetece que
mi hermano crea que me he vuelto completamente loco.
«Y no sería extraño que lo pensara», se dijo. Tantos años viviendo
sumido en el dolor por la pérdida de Seelie, podrían haber hecho que
cualquiera perdiera la cordura.
—Lean sabe que conozco estas tierras mejor que nadie —siguió—, y
que sé de lugares donde es fácil esconderse durante días. Seguí mi
intuición, y los encontramos.
—¿Y por qué no llevasteis a toda la patrulla? —preguntó Blake.
—Porque tenían sus órdenes dadas por él, y no quería interferir. Por
eso os llevé solo a vos.
—Suena veraz —concedió Derwyddon, asintiendo con la cabeza—.
¿Cómo justificaréis el estado del muchacho? Su herida ya está cicatrizada,
y no podréis usarla como excusa.
—Por esta zona abundan las bayas venenosas. No es de extrañar que
alguien que no sea de la región, las tome por buenas y las coma. Sus
efectos no son mortales, pero sí desagradables.
—¿Aduciréis que su estado se debe a una diarrea? —exclamó Blake
estallando en carcajadas, pero las reprimió con rapidez para no despertar a
la muchacha.
—Una pequeña venganza para hacerle pagar todo los dolores de cabeza
que nos ha causado —contestó Kenneth con una sonrisa sesgada.
—No creo que le haga ninguna gracia.
—Aceptará esta pequeña humillación si a cambio obtiene lo que desea.
—Estoy de acuerdo —dijo Gawin desde el jergón, con voz débil—.
Pero, ¿por qué estáis haciendo esto? Enhebrando una sarta de mentiras
solo para protegerme.
—No os protegemos a vos, sino a ella —contestó Kenneth
bruscamente, sin sorprenderse por verlo despierto—. Si por mí fuera, os
colgaría del árbol más cercano por lo que habéis hecho; pero Rosslyn
sufriría por ello.
Gawin se mantuvo en silencio durante unos segundos. Cerró los ojos, y
después los abrió para fijarlos en el techo.
—Lo último que recuerdo —musitó—, es que os cogí el puñal que
lleváis en la pierna y me abrí el vientre con él. ¿Por qué no estoy muerto?
—Eso preguntádselo a Derwyddon.
—Ya habrá tiempo de dar respuestas —se zafó el aludido. No tenía
ninguna intención de hacerlo—. Es mejor que sigáis urdiendo esta
fantástica historia para contársela a vuestro hermano.
Al día siguiente, cuando amaneció, Kenneth fue el primero en abrir los
ojos y ver que el anciano se había ido en silencio durante la noche.

***

—¿Tenéis claras todas las respuestas? —preguntó Kenneth por


enésima vez al acercarse a las murallas de Aguas Dulces.
—Sí —contestaron todos al unísono.
—Bien.
Después de constatar la desaparición de Derwyddon, Kenneth había
despertado a los demás. Era hora de volver a Aguas Dulces y a enfrentarse
con lo que fuese que los esperara. Tranquilizó a la pareja asegurándoles
que todo iba a ir bien, aun cuando él mismo no estaba totalmente
convencido de ello; pero no tenían más remedio que seguir con el plan. Si
les permitía huir, podría llevar a consecuencias catastróficas que Gawin,
en su desesperación, no había evaluado correctamente y que a Lean le
interesaba mucho evitar. Si se producía un enfrentamiento entre los clanes
de los MacKenzie y los Douglas por esta cuestión en concreto, su hermano
se vería atrapado en medio y obligado a tomar partido por los Douglas, ya
que Rosslyn era su prometida. Los MacKenzie siempre habían sido un clan
poderoso, incluso en sus horas más bajas, y era mil veces preferible llegar
a una solución por la vía del diálogo. Kenneth estaba convencido que su
hermano conseguiría llegar a una solución que fuese aceptable para todas
las partes, evitándole a él un matrimonio no deseado, y que desembocaría
en el enlace entre Gawin y Rosslyn.
Tenía que creerlo, y haría todo lo que estuviese en su mano para
convencer a Lean de que aquella era la mejor solución, aunque su orgullo
pudiese salir mal parado.
Gawin ahora estaba libre de Gwynn, y no creía que volviese a aceptar
el poder que el dios pagano le pudiera ofrecer; pero no quería correr
ningún riesgo. La solución más fácil par todos hubiese sido que Gawin
siguiese muerto, pero si el extraño anciano llamado Derwyddon lo había
vuelto a la vida, habría sido por una muy buena razón, aunque esta
escapara de su entendimiento.
Tanto Blake como él mismo, estaban convencidos de que Derwyddon
era mucho más que un simple druida, y aunque no llegaban a comprender
el qué, tenían la extraña premonición que aquello no había terminado allí;
lo habían comentado entre susurros aquella misma mañana, mientras
preparaban los caballos para partir.
—Rosslyn, vos iréis a vuestras habitaciones sin decir una palabra.
Gawin, Blake y yo nos reuniremos con mi hermano. Hemos de hablar con
él a solas sin que vuestro padre esté presente.
—Lo entretendré —musitó, aunque no estaba segura de cómo iba a
hacerlo. Su relación con él nunca había sido demasiado estrecha. Para él,
tanto ella como su hermana no habían sido más que meras monedas de
cambio para conseguir alianzas.
—Pero no le contéis nada de lo ocurrido. Eso, dejádnoslo a nosotros.
—¿Y qué hago cuando empiece a hacerme preguntas?
—Limitaos a llorar. Haced un drama, aferraos a él, suplicadle que no
os deje sola. Haced lo que sea para que se quede con vos en vuestras
habitaciones hasta que alguien requiera su presencia ante Lean.
Rosslyn asintió con la cabeza, y se aferró con fuerza a las crines de su
caballo.
—Todo irá bien —le susurró Gawin en el oído. Iban montados los dos
en Relámpago, igual que cuando habían estado huyendo de Aguas Dulces.
Gawin se había recuperado bastante bien gracias a la comida y las
horas de sueño. Todavía parecía macilento y tenía los ojos hundidos, pero
sus fuerzas habían vuelto casi por completo. Se mostraba taciturno y
silencioso, pero era normal habida cuenta de la experiencia que había
vivido.
Solo esperaba que el tiempo curara las heridas del alma, y que le
devolviera el ánimo alegre que la había enamorado.
Cruzaron las puertas de Aguas Dulces en silencio, y dejaron los
caballos a los mozos para que se los llevaran. Rosslyn subió directamente
a sus aposentos, cortó el llanto en el que estalló su doncella cuando la vio,
y la envió a buscar a su padre para avisarlo de que había regresado.
Gawin, Blake y Kenneth, fueron directos hacia las habitaciones de
Lean y allí esperaron a que el mayordomo lo informara de su presencia.

***
—¡¿Os dais cuenta de lo que habéis hecho?! —estalló el Douglas en
cuanto cruzó la puerta y entró en los aposentos de su hija—. ¡Estáis
perdida! ¡Deshonrada! ¡Ultrajada! El MacDolan romperá el compromiso y
nadie querrá casarse con vos. ¡Me habéis humillado! Sois una zorra
descarriada, una Jezabel. ¡Vuestras acciones han traído la deshonra y la
humillación a nuestro clan! Os encerraré en un convento para que las
hermanas den buena cuenta de vuestra alma pecadora.
Rosslyn, totalmente aterrorizada pero sabiendo qué se esperaba de ella,
corrió y se echó a los pies de su padre, aferrándose con desesperación a sus
piernas, deshecha en llanto. No dijo nada; sabía que no debía hacerlo, y no
solo porque Kenneth se lo había pedido. Cualquier palabra que
pronunciara ahora, solo haría que el ánimo del Douglas se incendiase más
y acabaría yéndose de allí para no verla.
El Douglas intentó zafarse de ella, empujándola con las piernas, pero
las manos de Rosslyn se habían convertido en garras y no lo soltaban. La
agarró por el pelo y ella gritó de dolor, pero no soltó su presa.
—¿Por qué? ¿Por qué habéis hecho algo así? —le preguntó al cabo de
un rato de estar soltando improperios, mientras la rabia iba abandonándolo
y se instalaba en su pecho un hondo dolor por el futuro de su hija y de su
clan—. Yo solo quería lo mejor para vos y para el clan. Lean MacDolan
habría sido un buen esposo, y un buen guardián para nuestro clan hasta que
uno de vuestros futuros hijos se hiciera un hombre y pudiera asumir el
puesto que yo dejaré vacante cuando muera. ¿Sabéis qué ocurrirá ahora,
cuando yo falte, sin alguien fuerte que consiga mantenerlos unidos? El
clan se dividirá, y habrá disputas para conseguir ocupar mi lugar.
Rosslyn tenía ganas de decirle que Gawin MacKenzie también sería un
buen guardián, que era un hombre honorable y justo, y que él todavía
viviría los años suficientes como para guiarlo y enseñarle a ser mejor líder
para su gente. Pero se mantuvo callada, tal y como había prometido,
porque tenía que evitar a toda costa las preguntas que seguirían a aquella
afirmación.
Una hora más tarde, Rosslyn dormía completamente agotada sobre la
cama, bajo la atenta vigilancia de un padre desolado ante el negro futuro
que vislumbraba para su hija.
Pero no resultó ser negro, al final.
Lean envió un mensajero a las tierras de los MacKenzie reclamando la
presencia de alguien con la autoridad suficiente para negociar las cláusulas
del contrato matrimonial entre Gawin y Rosslyn. Las conversaciones se
sucedieron; primero, con el Douglas, que vio en aquella oportunidad la
manera de evitarle a su hija la humillación de ser deshonrada
públicamente. Lean aceptó como compensación casi simbólica por la
ruptura del contrato matrimonial, la entrega de un rebaño de cien ovejas
que producían lana de la mejor calidad, muy demandada en la corte por su
suavidad; después, ofició de mediador entre ambas partes de una manera
efectiva, y al cabo de tres semanas, se llegó a un acuerdo que satisfizo a
todos los implicados.

***

—Has perdido la oportunidad de tener una buena esposa con una dote
considerable.
—Más bien me he quitado de encima una responsabilidad que no
quería.
Kenneth y Lean estaban a un lado del gran salón, con las espaldas
apoyadas en la pared de piedra y una buena jarra de cerveza en la mano,
observando la fiesta que estaba en pleno apogeo.
Después de la firma del contrato de boda entre los Douglas y los
MacKenzie, Lean decidió que era el momento de celebrarlo por todo lo
alto, para que no hubiese ninguna duda de su apoyo a aquella boda. Ser el
prometido burlado no era plato de buen gusto, pero no era algo que le
importara demasiado.
—No tienes intención de casarte, ¿verdad? —preguntó Kenneth en un
susurro.
—Tengo que hacerlo, Kenny —susurró Lean con desesperación—.
Antes de la muerte de Seelie, pensaba que vosotros llenaríais de niños este
castillo. Y también tenía la esperanza que Rogue acabara encontrando a
una mujer y abandonara su obsesión por unirse a los Templarios. Pero
ninguno de los dos lo han hecho. Ahora, quedo solo yo para continuar con
nuestro linaje.
—Pero no quieres.
—No, no quiero.
—¿Por qué?
¿Por qué? Lean casi se echó a reír. ¿Cómo le contabas a tu hermano
que las mujeres no te atraían? ¿Cómo le decías que, en realidad, llevabas
años enamorado de otro hombre que, además, era su mejor amigo? Pensar
en Alistair hizo que le temblara la mano en la que sostenía la jarra de
cerveza, y apretó con fuerza el puño antes de llevársela a la boca y dar un
buen trago.
Al pensar el Alistair no pudo evitar que sus ojos volaran hacia donde
estaba él, bailando con una mujer, con su sonrisa deslumbrante dirigida a
la chica que coqueteaba descaradamente con él.
—No es algo que quiera discutir contigo —contestó hoscamente en un
arrebato de rabia contra sí mismo, y se apartó de su hermano antes de que
este insistiera. No era feliz ni estaba orgulloso de ser un maldito sodomita,
pero no podía cambiar sus sentimientos.
Nadie lo sabía. Desde muy joven se había dado cuenta de que era algo
que debía mantener escondido, y se había esforzado por cambiar yendo
constantemente de putas, hasta que se dio cuenta de que era inútil. Amaba
a Alistair desde siempre, desde que tenía uso de razón, y no podía
quitárselo de la cabeza.
Kenneth vio a su hermano marcharse de su lado y sacudió la cabeza,
pesaroso. No comprendía qué le pasaba, pero se había dado cuenta de
cómo miraba a Alistair cuando creía que nadie era testigo. Parecía que
ambos tenían una maldición pendiendo sobre sus cabezas, que impedía que
pudiesen conseguir la felicidad.
Suspiró, y volvió a dirigir su mirada hacia el gran salón, donde todo el
mundo estaba bailando, bebiendo y riendo. Algunas parejas ya habían
desaparecido, buscando lugares íntimos en los que poder abandonarse a la
pasión.
Vio a Blake y a Maisi saliendo de allí. Iban besándose a cada paso que
daban, y una punzada de envidia le atravesó el corazón. Él nunca podría
tener aquello, y si sus sospechas eran ciertas, Lean tampoco.
Buscó a Friggal entre los presentes, la muchacha con la que había
hecho el amor al lado del pozo, la misma noche de su llegada. Necesitaba
sentir unas suaves formas femeninas contra su cuerpo, y la vio caminando
entre los invitados a la fiesta, llenando jarras y mirando con timidez hacia
él. Le dirigió una sonrisa, que ella contestó con otra igual, y le hizo un
gesto con la cabeza que ella interpretó correctamente.
Dejó la jarra en manos de otra sirvienta y fue hacia Kenneth.
—¿Me requerís para algo, mi señor?
—¿Sabes dónde están mis aposentos, muchacha?
—Sí, mi señor.
—Y, ¿tienes ganas de divertirte conmigo un rato?
—Siempre, mi señor.
—Entonces, sígueme.

***

—El hermano del MacDolan —susurró Maisi por enésima vez


mientras cruzaba la puerta de su casita.
—Para mí también fue una sorpresa —contestó Blake.
—Por eso estaba tan seguro de que nos aceptarían aquí.
—Sí. Tuvimos suerte de que se cruzara en nuestro camino.
Blake se encaminó hacia la chimenea y le encendió. Era una casita
pequeña, pero con todas las comodidades necesarias. Lean MacDolan se la
había ofrecido en cuanto le dijeron que iban de parte de Kenneth Alaban,
al igual que un puesto entre sus hombres, y a Maisi un lugar en las cocinas
del castillo. No era mucho, pero sí era más de lo que jamás había soñado:
un hogar al lado de la mujer que amaba, y gente a su alrededor que lo
habían llegado a apreciar como guerrero y compañero de armas.
La casita era de dos plantas, y Maisi siempre la mantenía limpia y
acogedora. Abajo había un amplio salón con el fuego encendido y arriba,
dos dormitorios.
—Nunca me has preguntado nada sobre lo que pasó entre él y yo —
musitó Maisi. Desde que había visto a Kenneth tres semanas atrás, cuando
lo vio regresar a Aguas Dulces al lado de Blake y de los dos fugados, una
ligera desazón la mantenía en constante angustia.
—Porque no hay nada que preguntar —contestó él girándose hacia ella
para mirarla—. No puedo negar que una parte de mí maldice porque le
entregaste a él tu virginidad. Me hubiera gustado poder ser yo quién
recibiese tal regalo. Pero en las circunstancias en las que estábamos, si
hubieras llegado virgen a mis manos, jamás habría podido tenerte. —
Maisi asintió con la cabeza y se acercó a él para ponerle las manos sobre
el pecho. Blake las hizo desaparecer bajo las suyas, más grandes y fuertes
—. Estoy agradecido, Maisi —confesó al final.
Ella lo entendió. Deslizó las manos por el musculoso pecho hasta
llegar a la nuca de Blake, y las perdió entre su abundante pelo. Levantó el
rostro hacia él, y le ofreció la boca entreabierta para que la besara. Él no se
hizo de rogar, y tomó lo que le ofrecía, deleitándose en el sabor de la
persona que lo había salvado de sí mismo, ofreciéndole un futuro lleno de
maravillas y esperanza.
Deslizó las manos por su cintura y la apretó contra sí, fundiéndose con
ella, profundizando el beso abrasador que le quemaba hasta el alma.
—Te necesito, mi amor —susurró contra su oído cuando sus bocas por
fin se separaron.
Ella no contestó; le dirigió una sonrisa provocadora y se deshizo de su
abrazo para subir las escaleras corriendo y riendo, con él detrás. La
alcanzó al llegar ante la puerta de su dormitorio, la abrazó con fuerza y la
empujó suavemente hacia adentro, cerrando con el pie y apoyándola contra
la pared.
—Me tienes loco, muchacha —susurró.
Le besó las mejillas y bajó con desesperación hacia su cuello. Tiró de
las cintas del vestido hasta conseguir descubrir los maravillosos pechos.
Los ahuecó con las manos, mirándolos con admiración, notándolos más
pesados y grandes, mientras acariciaba los rugosos pezones con los
pulgares. Maisi gimió y se arqueó, ofreciéndose a él descaradamente. Con
sus pequeñas manos tiró de la ropa, tan desesperada como él para tocar su
piel y sentirla contra su cuerpo.
—Te deseo —susurró con voz queda, admirando el hermoso y
musculoso cuerpo de su esposo. Nunca se cansaría de contemplarlo,
siempre maravillándose de su perfección masculina como la primera vez.
Blake consiguió quitarle toda la ropa y dejarla magníficamente
desnuda. La cogió por las nalgas para pegarla más a él, y frotó la enhiesta
virilidad contra ella, soltando un largo gemido lastimero que la hizo reír.
—No te rías de mí y mi desesperación —se quejó él, sonriendo.
—Me río porque soy feliz, Blake —contestó ella perdida en las
caricias que él le estaba prodigando.
—Ahora lo serás más —afirmó mientras su mano se perdía entre las
piernas de Maisi y empezaba a acariciarle el clítoris inflamado. Le tocó el
turno a él de reír cuando ella dejó ir un gemido igual de largo y suplicante
—. Rodéame con las piernas, mi cielo. Quiero estar dentro de ti cuando te
corras.
—Sí, oh, sí.
Hizo lo que le pedía, colgando las piernas de la estrecha cintura de su
amante, gritando de placer cuando él la penetró de una sola embestida,
hasta el fondo, ensartándola con su dura y ansiosa polla. Gritaron y
gimieron al ritmo de las acometidas salvajes que a ella tanto le gustaban.
Hoy no había habido juegos previos, no había provocado en ella el anhelo
desesperado que crecía cuando la ataba o la torturaba con sus caricias sin
permitirle nunca llegar al final. Hoy, la impaciencia lo había dominado
completamente, perdiendo por el camino el férreo control que siempre le
gustaba mantener, y se había convertido en un amante salvaje e
impredecible que amenazaba con matarla de amor.
—Córrete para mí, Maisi —le exigió mientras volvía a acariciarle el
clítoris, y ella no pudo resistirse a la orden dada con rudeza y gritó
mientras clavaba las uñas en sus hombros, y el cielo estallaba detrás de sus
ojos cerrados.
Blake le siguió inmediatamente, perdido con las pulsaciones que
rodeaban su polla, lanzándolo a un abismo de placer que lo hizo volar
como si fuese un halcón peregrino.
Sin soltar el cuerpo laxo de su mujer, caminó llevándola en brazos sin
salir de su interior, con las piernas de ella todavía rodeándole la cintura.
La posó sobre la cama con cuidado, y se estiró a su lado, abrazándola y
cubriendo sus cuerpos con las mantas.
Ella murmuró algo incomprensible. Blake le besó la frente y después
le hizo reposar la cabeza sobre su hombro.
—Duerme, mi amor. Descansa.
—Pero tenía que decirte algo —murmuró ella ya casi perdida entre
sueños.
—Mañana.
—Vale. Mañana te diré que vas a ser padre.
Maisi se durmió inmediatamente, y Blake pasó toda la noche con los
ojos abiertos como platos por la asombrosa noticia y una sonrisa boba
curvándole los labios.

***

Varios días después de la fiesta, Gawin y Rosslyn partieron hacia las


tierras de los Douglas, donde contraerían matrimonio, y Aguas Dulces
volvió a su actividad normal, lejos del bullicio que había alterado la
placidez que, por regla general, había en aquel lugar.
A Lean MacDolan le gustaba aquella paz. Pensó en ello mientras se
dirigía a las dependencias que había ocupado su padre en vida. Todavía no
se había atrevido a trasladarse allí, a pesar del tiempo que había
transcurrido desde su fallecimiento, pero ya era hora de que se ocupara de
los objetos personales que le habían pertenecido. Ya había revisado todos
los papeles, informes y tratados que había encontrado en el estudio sin
llevarse ninguna sorpresa, pues su padre lo había mantenido al tanto de
todo estando aun con vida. Pero las dependencias privadas eran otra
cuestión.
Entró en la recámara previa al dormitorio, la pequeña salita que
utilizaba para recibir a sus hijos, su esposa y a los amigos más íntimos y
soldados de confianza. El lugar al que se retiraba cuando quería
permanecer solo, para pensar o simplemente descansar. El lugar en el que,
tanto él como sus hermanos, habían crecido admirando a un padre que,
aunque nunca se había mostrado demasiado cariñoso, siempre había tenido
la misma facilidad para dedicarles una palabra amable que una regañina.
El anterior MacDolan había sido un hombre algo distante y frío, pero
jamás cruel con sus hijos o esposa, ni con sus vasallos. Era admirado y
respetado por todos, y fue llorado cuando falleció.
—Te echo de menos, padre —susurró a la habitación vacía—. Kenneth
ha vuelto por fin a casa, y parece que no tiene intención de volver a huir.
Caminó por la habitación y cruzó la puerta del dormitorio. Todavía olía
a enfermedad y pociones. El agrio olor hizo que arrugara la nariz, y abrió
las ventanas para que entrara el aire. Debería haber sido ventilada, pero no
permitió que nadie volviera desde que se llevaron a su padre para
enterrarlo. Antes quería revisarlo todo personalmente, por eso cerró la
puerta con llave y se la guardó inmediatamente después que lo sacaran de
allí.
Caminó hacia el baúl que había a los pies de la cama, y lo abrió. Su
padre le había dado la pequeña llave antes de morir, junto a unas palabras
que no había llegado a comprender del todo.
—Dile a Kenny que lo siento.
Aquellas fueron sus últimas palabras antes de que la muerte se lo
llevara.
¿Por qué le pedía perdón a su hermano? ¿Por su error al prometer a
Seelie con otro hombre? ¿Por haberlo obligado a secuestrarla, causando un
enfrentamiento que acabó con muchas vidas, y provocando una enemistad
entre dos clanes que habían sido aliados hasta aquel momento? ¿Por la
muerte de Seelie?
Tenía tantas preguntas sobre aquel asunto que le hubiese gustado poder
manifestar en voz alta, pero su padre nunca se lo permitió. Cada vez que lo
intentaba, lo atajaba con brusquedad y salía de su presencia como si
hubiese conjurado al mismo diablo. Y ahora, ya no podría obtener las
respuestas.
La pena de Kenneth por la pérdida de su padre ya era lo bastante
dolorosa como para aumentarla con aquellas palabras, así que se las había
callado pensando que era lo mejor. ¿O quizá le servirían de consuelo?
Rebuscó en el baúl, sacando todo lo que había dentro; todo eran
recuerdos, pequeños objetos sin ningún valor real pero que lo llevaban a
momentos de su pasado familiar: el pequeño caballo tallado en madera
que su padre le había hecho con sus propias manos; cintas del pelo que
habían pertenecido a su madre; las espadas de madera que tanto él como
sus hermanos habían utilizado para aprender a luchar; algunas joyas, ropa,
pañuelos bordados; un retrato de su madre en miniatura…
Al fondo de todo, un rollo de pergamino llamó su atención. Estaba
protegido envuelto en cuero y tela, y cuando lo desenrolló, se encontró con
la rústica caligrafía de su padre.
Empezó a leer, y su rostro demudó hasta un pálido enfermizo.
Epílogo. La carta.

Querido hijo mío:

Espero que esta carta nunca llegue a tus manos. La escribo porque mi
alma necesita descargarse de la multitud de pecados que se hacinan en
ella, y que la están corrompiendo como si fueran gusanos dándose un
festín en un cesto lleno de manzanas.
Entono el mea culpa a diario, y rezo a Dios para que, en su bendita
misericordia, pueda llegar a perdonarme alguna vez. No pido por la
absolución de mi alma, que sé que no merezco; ni por tu perdón, porque sé
que, si alguna vez te enteras de mis pecados, no podrás concedérmelo.
Jamás debí aceptar entregar a nuestra pequeña Seelie al hijo del
MacDougal. Sabía que la amabas antes de que vinieras a verme para
discutir conmigo, cuando el contrato fue firmado; pero mi estupidez y mi
arrogancia me hicieron creer que era algo pasajero. Sois primos, y
crecisteis juntos. Pensé que confundías un cariño fraternal con algo más,
y que casándola con otro hombre te obligaría a olvidarla.
La insistencia de Vika y del padre Stuart, me convencieron de que era
lo mejor para ambos.
Pero ahora sé la verdad.
¡Malditos sean ambos y sus bocas traicioneras! ¡Qué Dios me
perdone!
A Vika, mi amada Vika, la que ha sido mi amante desde que tu madre
murió, la he matado con mis propias manos. Su sangre todavía está ahí, y
por mucho que me las froto, no se va. Permanece inalterable como un
recordatorio de todos los pecados en los que he participado, aunque no
fuese consciente de ellos.
El padre Stuart también ha muerto, y doy gracias a Dios por haberme
evitado el tener que matarlo yo mismo. Se ha caído del torreón mientras
discutíamos. Me he abalanzado sobre él y, al intentar huir de mis golpes,
se ha tropezado y caído al mar.
Eran personas malvadas, con almas negras; el peor de los dos, el
padre Stuart, que ha utilizado su hábito para encontrar un lugar en mi
mesa y en mi casa, ganarse mi confianza, y poder así vigilar a nuestra
Seelie e influenciarme con su opinión.
Te preguntarás el porqué.
Pero debería contarlo todo desde el principio.
Cuando los MacDougal entraron en nuestras tierras y empezaron a
saquear nuestras aldeas, llegaron mensajeros para advertirnos de lo que
estaba pasando en las fronteras. Entonces aún no sabíamos que eran ellos,
y pensamos que eran simples incursiones de alguna banda de forajidos,
¿recuerdas? Cometí el error de enviar a la mitad de nuestros hombres a
los lugares que habían sido atacados, para rastrearlos y apresarlos, pero
todo era un plan para debilitarnos.
¿Recuerdas qué pasó después? Llegó el MacDougal, furioso, a pedir
explicaciones por el compromiso roto. Lo acogimos en nuestra casa y
nuestra mesa, junto a los pocos hombres que trajo consigo, sin saber que
había muchos más esperando a que las puertas de la barbacana se
abrieran de noche. Cuando los MacDougal nos traicionaron y atacaron a
los hombres que vigilaban el portón para abrirlo, empezó una batalla que
costó muchas vidas.
Afortunadamente para nosotros, tu hermano Lean no confió en sus
motivos, y cuando atravesaron las murallas, los estábamos esperando.
Lo que no supimos entonces, es que tenían la intención de aprovechar
la confusión para llevarse a nuestra Seelie.
Sorprendí a Vika cuando la convenció para que saliese con ella del
lugar en el que estaban escondidas todas las mujeres, por su propia
protección. La llevó por la parte de atrás, donde la estaban esperando con
la seguridad de poder llevársela durante el caos provocado por la batalla
que estaba desarrollándose en el interior de nuestra fortaleza. Seelie
intentó resistirse cuando sospechó de sus motivos, pero Vika había tenido
la precaución de darle de beber un poco del caldo de la flor del sueño, no
lo bastante para dejarla inconsciente, pero sí lo suficiente como para que
su cuerpo se relajara y no tuviera fuerzas para luchar.
Fue pura suerte que diese con ellas, y en un ataque de rabia al verse
descubierta, Vika me atacó, pensando que me cogería desprevenido.
Estuvo a punto de conseguirlo, y me hirió en el brazo, pero poco hombre
hubiera sido si en mitad de una batalla, con todos los sentidos alerta, me
dejase vencer por una mujer con un puñal.
Me las llevé a las dos adentro y le saqué la verdad a golpes. No estoy
orgulloso de ello, ya que nunca hasta entonces había golpeado a una
mujer, pero la urgencia del momento me obligó a actuar así.
Tenían un plan, Kenneth, desde el principio.
Stuart no sirve a Dios, como pensaba. Tanto él, como Vika y los
MacDougal sirven a un diablo, un dios pagano que quiere a Seelie.
Por lo visto, el plan era entregar a Seelie a los MacDougal con la
excusa del matrimonio; pero en realidad, estos iban a entregarla a ese
engendro diabólico para que se apareara con ella.
Después de su confesión, dejé a Seelie encerrada en mis aposentos y
me llevé a Vika. Estaba tan lleno de odio, en aquel momento, pero no lo
bastante como para desahogarme delante de nuestra pequeña. Sin testigos,
maté a Vika.
Después busqué a Stuart. No podía esperar y correr el riesgo de volver
al campo de batalla dejándolo libre. Tenía que proteger a Seelie a toda
costa, Kenneth. Tú la amas, pero, a mi modo, yo también. Es la hija de mi
hermano, lo único que me queda de él, y no iba a permitir que se la
llevaran.
Lo encontré en la torre, discutimos, y el resto ya te lo he contado.
Es todo demasiado confuso para mi alma vieja y cansada. Ya no sé en
qué creer. Quiero pensar que todo es una locura provocada por una mente
calenturienta y enfermiza, pero, ¿cómo consiguió involucrar a todo un
clan en algo así?
Siempre han corrido rumores sobre los MacDougal, igual que de los
MacKenzie; yo pensaba que eran habladurías, historias de terror que se
cuentan a los niños para meterlos en vereda. Pero ahora… Ahora ya no lo
sé. ¿Cómo iba a imaginar que un clan como el MacDougal, tuviese un
pacto ancestral con ese demonio? ¿Cómo podía saber que le servían desde
antes de la llegada de San Columba a nuestras amadas tierras?
No sé si ese Dios pagano existe, pero el miedo a que pueda ser cierto
me ha obligado a tomar una decisión.
Tú crees que Seelie está muerta. Agonizando, tuviste una visión de ella
corriendo hacia ti, y de cómo caía muerta a tu lado. Así que mentí, te hice
creer que lo que habías imaginado era cierto, a ti y a todos en Aguas
Dulces, pero no es verdad.
Seelie está viva. Yo mismo la entregué a las monjas de la abadía de
Nuestra Señora del Milagro, junto a una buena cantidad de dinero, para
que la alejaran de Aguas Dulces y se la llevaran de Escocia. La Madre
Abadesa entendió mi preocupación con toda la historia que le conté, la
misma que te expongo en esta carta, y se comprometió a mantenerla a
salvo en tierra sagrada.
No sé cuál es su paradero ahora, y tampoco quiero saberlo.
Solo espero que, allí donde esté, sea capaz de perdonarme alguna vez,
aunque sé que no lo merezco.
Te quiero, hijo mío.

Calem MacDolan.
La dama de las flores

Trilogía El escocés errante 3

Sophie West

DirtyBooks
Prefacio. El fin de la paz.

En algún lugar de Francia.

La novicia estaba en el jardín. La primavera había llegado y lo había


llenado de color y alegría. Estaba de rodillas y tenía las manos desnudas
en la tierra, trabajando, mientras su pequeño hijo correteaba a su alrededor.
Ella intentaba concentrarse en su trabajo, pero la fascinación que sentía
por su propio hijo la hacía distraerse a menudo. ¡Se parecía tanto a su
padre! No solo en su hermoso rostro, en el mentón decidido o en la nariz
aquilina. Había gestos en él, imperceptibles, como la leve caída de
hombros cuando estaba preocupado por algo, que también había visto en
su padre.
Sacudió la cabeza para quitarse los malos recuerdos de ella, y volvió
su atención a lo que estaba haciendo. Las plantas requerían de sus
atenciones, era su responsabilidad, y no podía defraudar a las monjas que
tan amablemente la habían acogido cuando llegó cinco años atrás,
embarazada y muerta de miedo.
Pero no pudo evitar volver sus pensamientos hacia su difunto marido,
y a todos los hechos que la habían llevado hasta allí.
Se recordaba enamorada de él desde que tenía uso de razón, cuando ni
siquiera sabía qué era lo que sentía. Solo sabía que cuando su primo estaba
al alcance de su mirada, su corazón se aceleraba y no podía apartar los
ojos de él. Su cuerpo se estremeció con el recuerdo del día que acudió a su
alcoba y se la llevó de allí. La habían prometido con otro, pero él no podía
soportarlo y forzó a su padre a que accediera a su matrimonio
secuestrándola y pasando con ella todo un día y toda la noche.
Le entregó su virginidad sobre un mullido lecho de hierba, teniendo el
cielo como techo, al lado de las cataratas de fuego.
Todavía podía sentir las fuertes manos, llenas de callos por las horas
que pasaba empuñando una espada, recorriéndole el cuerpo, sacándole
gemidos de placer con sus caricias.
—Madre, ¿puedo cortar una rosa para ti?
Miró al pequeño Kenneth y una sonrisa nació en su boca. Solo tenía
cuatro años, pero era evidente que iba a convertirse en un hombre grande y
fuerte, como su padre.
—No, cariño. Esas rosas son para la Virgen.
—Pero quiero regalarte algo —se enfurruñó.
—Tú eres mi mayor y más preciado regalo, hijo mío.
El mejor regalo que Kenneth MacDolan le había hecho nunca.
Volvió a entristecerse al recordar a su esposo muerto, y maldijo al
destino que se lo arrebató sin permitirle siquiera despedirse de él. ¡Lo
seguía echando tanto de menos! A duras penas recordaba las horas
terribles de la batalla que se sucedió en Aguas Dulces, cuando los
MacDougal lograron cruzar la puerta de la barbacana con engaños y
traición, y se abalanzaron sobre un castillo que a aquellas horas debería
estar durmiendo. Recordaba a Vika, y el agua con sabor extraño que la
obligó a beber. Todo lo demás… estaba envuelto en una especie de niebla
hasta que se despertó en una de las celdas de la abadía de Nuestra Señora
del Milagro, con el MacDolan sentado en una silla al lado de su cama.
—¡Tío! ¿Qué ha ocurrido? ¿Dónde estamos? ¿Dónde está mi esposo?
El MacDolan se echó a llorar, con el corazón acongojado por el dolor y
la rabia, y le confesó que su amado esposo Kenneth estaba muerto, que
había caído en la lucha contra los MacDougal, y que antes de morir le
había hecho prometer que la mantendría a salvo y lejos de ellos.
—Y eso es lo que estoy haciendo, muchacha. Por eso estás aquí.
El dolor la había roto por dentro. Durante semanas pensó que su vida
ya no tenía sentido y se movía entre las paredes del claustro como un
fantasma penitente. La Madre Superiora la observaba con los ojos llenos
de compasión, y la piedad por su dolor la llevó a enviarla lejos de Escocia
en cuanto supo que estaba esperando un bebé.
Fue ese bebé, el pequeño Ken que ahora correteaba entre las flores,
persiguiendo a los insectos y riéndose con inocencia, el que le dio las
fuerzas para seguir adelante con su vida.
Si Kenneth estuviera vivo, ¡estaría tan feliz con su hijo! ¡Y tan
orgulloso de verlo crecer fuerte y sano! Podía imaginárselo enseñándole a
sostener una espada, a pelear con los puños, mientras ella se enfadaba
porque lo consideraría demasiado pequeño. Lo podía ver corriendo por el
prado, con su hijo sobre los hombros, ambos riéndose de felicidad.
Kenneth amaría a su hijo incondicionalmente, y le enseñaría a ser un
hombre honesto, y un guerrero fiero y leal. Igual que era él.
Suspiró, y una lágrima se deslizó por la mejilla. Se la limpió
enseguida, y dejó un rastro de tierra sobre la piel. Respiró hondo para
tranquilizarse. Odiaba estar siempre triste, pero no podía evitarlo. Ni
siquiera los recuerdos podían consolarla, sino que le traían más dolor. Lo
único que conseguía aliviarlo, era observar a su hijo crecer a salvo, aunque
fuese lejos de su tierra y de su familia, y sin un padre que lo protegiera y
lo mantuviese a salvo.
—Seelie, querida, la Madre Superiora quiere hablar con vos. Os espera
en su gabinete.
Seelie se sobresaltó. No la había oído llegar, sumida en sus recuerdos.
Se levantó rápidamente y se sacudió las manos manchadas de tierra en el
regazo.
—¿Ocurre algo, sor Brígida? —le preguntó, preocupada. La monja la
miró con compasión y le dirigió una sonrisa con la intención de
reconfortarla.
—Ha llegado un mensajero de Aguas Dulces para vos, querida. Debéis
ir inmediatamente.
—¿De Aguas Dulces? ¿Ha ocurrido algo?
—No lo sé a ciencia cierta. Es mejor que vayáis sin entreteneros. Yo
me quedo vigilando al pequeño Ken. Id.
—Sí, hermana. Ahora mismo. Gracias.
Seelie ni siquiera se preocupó por las manchas de tierra en su hábito.
Miró a su hijo una última vez, con el corazón angustiado por la
incertidumbre, y corrió hasta el gabinete de sor Joanna.
Llamó con los nudillos en la puerta y esperó hasta que la voz suave de
la monja le indicó que pasara. Entró, cerró a sus espaldas e hizo una ligera
genuflexión, manteniendo la mirada baja con modestia. Estaba nerviosa
pero intentó controlarse, manteniendo las manos sucias bajo el hábito.
—Sor Brígida me ha dicho que queríais hablar conmigo, señora.
—Así es. A este caballero lo envía alguien de tu tierra, el laird
MacDolan. —Seelie alzó los ojos y se dio cuenta que en la habitación
había alguien más. Era un hombre anciano, con el pelo blanco y mirada
franca. Delgado, su ropa era cara, aunque estaba algo sucia, probablemente
por el viaje.
—Señor —lo saludó y lo miró con atención. No lo conocía, lo que hizo
que desconfiara de él. El MacDolan no hubiera enviado a alguien
desconocido a buscarla a ella y a su hijo. Habría enviado a alguien en
quién ella pudiera confiar, alguien a quién hubiese visto a menudo en
Aguas Dulces, alguno de sus hombres o alguno de sus hijos. Quizá no a
Lean, pero sí a Rogue, el hermano menor.
El hombre sonrió hacia ella y la saludó con un gesto.
—Es un enorme placer para mí conoceros por fin, mi señora. Sois tan
bella como me habían dicho. Mi nombre es Derwyddon, y he venido para
llevaros a casa.
Seelie, nerviosa, se retorció las manos debajo del hábito. Miró hacia
sor Joanna, pero esta parecía tranquila y la miraba con una beatífica
sonrisa en el rostro.
—¿Cómo puedo saber que decís la verdad? —le espetó a Derwyddon,
alzando la barbilla con insolencia.
—Tenéis derecho a sentir desconfianza, mi señora. Por eso, el
MacDolan me ha dado esto para vos. —Sacó algo de su bolsillo y adelantó
la mano para mostrárselo. Seelie se acercó, hipnotizada por el objeto que
veía en su mano, y lo cogió temblando. Era un medallón de oro, con un
dibujo intrincado y varias runas gravadas en él—. ¿Lo recordáis?.
—Sí —contestó con la garganta cerrada por culpa de la congoja sin
apartar la mirada del medallón. Había pertenecido a su madre y después, a
ella. Siempre lo había llevado puesto, desde que era un bebé, y nunca se lo
había quitado hasta que se lo regaló a Kenneth el día que salió a la batalla
por primera vez. Lo hizo para que lo protegiera y consiguiera volver junto
a ella.
—Es un talismán de protección, mi señora. Mi señor el laird
MacDolan desea que lo llevéis puesto.
Seelie asintió en silencio y apoyó el medallón contra su pecho. Por
supuesto que se lo pondría. Había creído que se había perdido para
siempre durante la batalla en Aguas Dulces, el día que Kenneth murió y
todo cambió para ella.
—¿Y por qué quiere que regrese? —preguntó con voz trémula.
—Lo siento, pero yo no conozco sus motivos. Solo me encomendó que
os llevara de regreso a Aguas Dulces.
—Pero yo no quiero volver, no si lo que me espera es otro matrimonio
concertado. —Se estremeció con el recuerdo de lo que había pasado la
última vez que su tutor la había prometido sin consultarle, y todo el dolor
que trajo a su vida. Esta vez no habría nadie que la salvara—. Soy feliz
aquí. Y no quiero separarme de mi hijo.
—¿Vuestro hijo? —Derwyddon parecía sorprendido con la noticia y
miró hacia sor Joanna con las cejas fruncidas.
—Sí. Mi hijo y de Kenneth.
—Yo… no sabía nada de eso. Pero mis órdenes son llevaros a Aguas
Dulces, y eso es lo que haré.
—¡Pero yo no quiero ir, Madre! —protestó Seelie, mirando
desesperada hacia sor Joanna, confiando en que la Madre Superiora estaría
de su parte.
—Lo siento, hija, pero tu familia te reclama y yo no puedo hacer nada
para evitar tu marcha. El pequeño Ken y tú partiréis al amanecer.

Derwyddon salió de la abadía y se reunió con el grupo de hombres con


los que viajaba. Eran soldados de confianza, servidores de Twain, que
habían ofrecido sus vidas al dios. Montó a caballo y miró hacia el
convento una vez más antes de alejarse.
Cuántas mentiras había tenido que tejer. Cuántas verdades a medias, y
cuántas otras ocultadas por el bien del mundo. Cuántas personas
manipuladas a lo largo de su existencia para conseguir sus objetivos.
En aquellos momentos, no se sintió mejor persona que aquel que era su
enemigo. «Lo haces por la paz, por la humanidad», se dijo, pero no era
suficiente consuelo.
Un hijo. El Cáliz había engendrado y dado a luz al hijo de Kenneth.
Esto no variaba sus planes, pero los haría más complicados de llevar a
cabo.
¡Cuántos sacrificios lo esperaban!
Al amanecer del día siguiente, la comitiva se puso en marcha. Tenían
que atravesar media Francia antes de poder embarcar. Derwyddon
conducía el carro en el que Seelie y su hijo viajaban, y sus hombres, bien
pertrechados con armas, los escoltaron durante todo el camino.
Acababa de ponerse en marcha al destino para acabar con el poder de
Gwynn, el Cazador Salvaje, sobre la tierra.
Capítulo uno. La vida plácida.

El amanecer sorprendió a Lean MacDolan en el adarve, mirando más


allá por encima de la muralla, hacia el mar siempre enfurecido. Hacía frío
a aquella hora, pero la capa de lana y piel que llevaba sobre los hombros lo
protegía de la baja temperatura.
Llevaba días sin casi poder dormir. Solo conseguía cerrar los ojos
después de horas de dar vueltas en la cama; y, a veces, ni siquiera eso.
Como aquella noche.
No podía dejar de pensar en su hermano Kenneth, y en la carta que su
padre le había dirigido. Todavía no había tenido el valor de enseñársela, y
se sentía un cobarde por ello. Una broma del destino que no temiese
enfrentarse a alguien espada en mano, pero casi lo aterrorizara contarle a
su hermano la verdad.
Porque sabía que lo lastimaría de una manera que era incapaz de
imaginar.
¿Por qué su padre había hecho algo así? ¿Por qué los había separado de
aquella manera? Mintiéndole a su propio hijo, arrancándole el corazón en
el proceso. Ahora, después de tantos años, comprendía la amargura que
poseyó al anterior MacDolan, una pesadumbre que estuvo presente desde
entonces hasta el fin de sus días.
«¿Cómo demonios voy a enfrentarme a Kenneth y contarle qué hizo
nuestro padre?».
Oyó que alguien se acercaba a él, y el viento le trajo el aroma a leña
quemada. Alistair. La sola presencia de su amigo hizo que sus
preocupaciones fueran más llevaderas, por lo menos durante un rato.
Giró la cabeza para mirarle. Se acercaba a él con el paso decidido que
lo caracterizaba. Alistair siempre caminaba con mucha determinación,
como si tuviese una importante misión que cumplir y estuviese preparado
para apartar de su camino a cualquiera que osara interponerse.
Alistair era grande y ancho como un oso, e igual de peludo. Tenía vello
por todas partes, rojizo como el pelo que le caía alborotado desde la
cabeza hasta más allá de los hombros, igual que la espesa barba que cubría
su rostro. Tenía unos brazos gruesos, con músculos abultados, y aunque
parecía moverse con pesadez a causa de su enorme tamaño, cuando
luchaba era sorprendentemente rápido y ágil.
Se preguntó, no por primera vez, cómo sería en la cama.
Era una mierda estar enamorado de tu mejor amigo.
Alistair le sonrió mientras se acercaba, y Lean sintió que su estómago
se encogía y una mezcla de enorme pena, rabia y lujuria se apoderó de él.
Deseaba poder hundir las manos en aquel pelo salvaje, atraer su boca hasta
la propia y besarlo hasta que le suplicara que lo tomara como amante.
Quería perderse en la calidez de su piel. Desaparecer entre sus poderosos
brazos. Enredar las piernas con las suyas. Follarlo hasta que gritara su
nombre.
Sacudió la cabeza y le devolvió la sonrisa.
—Pareces preocupado y cansado estos últimos días —le dijo cuando
estuvo a su lado.
—Demasiadas responsabilidades sobre mis hombros —contestó,
apartando la mirada de él antes de que pudiera ver el fuego que su sola
presencia había encendido en sus entrañas.
—Sí, supongo, pero es bueno que tu hermano haya vuelto, podrá
ayudarte en eso.
—Será un alivio tener ayuda, pero quiero darle tiempo. Si le asusto con
responsabilidades, igual sale huyendo de nuevo.
Alistair asintió con la cabeza, dándole la razón. Kenneth había estado
cinco años alejado de su hogar. El dolor de la pérdida lo había llevado a
huir de su casa, abandonando a su padre y a su hermano. A su clan. Había
regresado cuando el propio Alistair le había llevado la noticia de la muerte
de su padre, y solo Dios sabía por qué había decidido quedarse.
—Es una pena que al final se haya cancelado tu boda. Rosslyn Douglas
habría sido una buena esposa.
Una esposa que le hubiera dado hijos, y que habría aligerado la carga
que llevaba sobre los hombros, pensó Alistair. Aunque en el fondo, estaba
contento de que la boda no se hubiera llevado a cabo. Pensar en Lean atado
por el sacramento del matrimonio con una mujer, era algo que lo
molestaba, aunque no sabía a ciencia cierta por qué
—Yo no lo siento. Odio la idea de tener que casarme.
—¿Por qué? Tú nunca has sido de los que van de cama en cama, como
yo —se rio Alistair.
Era cierto que buscaba compañía femenina siempre que podía.
Afortunadamente para él, las mujeres lo consideraban apuesto y nunca le
faltaba con quién compartir juegos en la intimidad. Aunque al único al que
quería allí era a su laird, era consciente de que nunca lo conseguiría. Por
eso se consolaba como podía, luchando contra la amargura que, a veces,
intentaba consumirlo.
Lean ocultó cuánto odiaba imaginarlo en brazos de una mujer, y se
preguntó si alguna vez llegaría a sobreponerse a este sentimiento
antinatural que se había apoderado de él hacía ya tantos años.
Se encogió de hombros ante la pregunta y no contestó. ¿Qué podía
decirle? ¿Que al único que deseaba en su cama era a él? Alistair se
horrorizaría.
—Es una de tus responsabilidades —insistió su amigo.
—La que más odio —afirmó con decisión, pero después pensó en el
problema que le había traído hasta allí—. Bueno, en realidad es la segunda
en esa lista. De la primera ni siquiera quiero hablar.
—Esa primera es la que te tiene despierto a estas horas de la noche,
¿no? Sabes… sabes que puedes contarme cualquier cosa y que no saldrá de
mi boca.
Lo enterneció el titubeo en su voz, el tono ronco con que lo dijo, casi
como si compartieran intimidad. Se preguntó si le hablaría así después de
hacer el amor. Pero nunca lo sabría, ¿no?
—Lo sé, pero ni siquiera a ti puedo contártelo.
El castillo empezó a llenarse de ruidos. El amanecer devolvía la vida
entre los gruesos muros, y con ella regresaban las obligaciones. Lean se
giró, dando la espalda al mar, para dirigir la mirada hacia el interior de la
muralla. Había varios hombres haciendo cola en el pozo para poder sacar
agua para lavarse. Bromeaban con las criadas, y ellas se reían. Esa gente,
su gente, eran su máxima responsabilidad, y el peso de todas sus vidas
recaía sobre sus hombros.
***

Kenneth se despertó con la mente nublada todavía. La noche anterior


había bebido demasiado. Recordó estar en la despensa, sentado en el suelo
al lado de las barricas de cerveza, bebiendo solo y taciturno, cuando
Friggal había aparecido.
Maldita sea.
Habían follado allí mismo. Le había levantado las faldas sin decir una
palabra, la había sentado de espaldas sobre su regazo, y había metido la
polla en su coño sin ningún tipo de preámbulo. No es que ella se quejara.
A la muy zorra le gustaba fuerte y duro, y gritó como una posesa con cada
una de sus embestidas, exigiéndole más, hasta que se corrió.
Lo que no comprendía era qué hacía allí, en su cama. Recordaba
perfectamente haberla despachado después de la tercera ronda en la
despensa. Le había azotado el culo en reprimenda por haberse quejado por
no meterla nunca en su cama. Le había dicho que tenía dignidad, y que
merecía ser follada en una cama en lugar de hacerlo siempre en lugares
incómodos, oscuros y ocultos.
—La próxima vez, te follaré a plena luz y delante de testigos. ¿Te
gustaría eso? —le había preguntado con intención de mortificarla. Y acto
seguido, le quitó la ropa para dejarla completamente desnuda, la tumbó
sobre las rodillas, y le puso las nalgas bien rojas mientras ella se retorcía
de placer sobre su regazo.
Por supuesto, remató el castigo aplastándola contra la pared con su
cuerpo, obligándola a que el frío de la piedra pusiera duros sus pezones,
mientras la follaba por detrás.
Cuando terminó, había recogido su ropa para lanzársela a la cara, y le
había dicho muy claro que se fuera a dormir a su cama mientras él
emprendía el camino hacia la suya.
No quería a ninguna otra mujer en la cama que había compartido con
Seelie. No quería a Friggal allí. Sabía que él no le importaba nada, y que
no lo buscaría con tanto desespero si no fuera el hermano del laird. Friggal
solo quería salir de la cocina, dejar de ser una más de tantas criadas, y
convertirse en su amante era un camino como otro cualquiera para lograr
hacer realidad sus ambiciones.
Tiró de la ropa de cama para descubrir su muy desnudo cuerpo, y le dio
una fuerte palmada en el culo para despertarla. Ella lo hizo dejando ir un
gemido de necesidad.
—Mi señor —musitó, medio dormida—. ¿Me necesitáis de nuevo?
Se giró y parpadeó, bien dispuesta a darle placer, pero Kenneth solo
sintió una profunda amargura y una feroz ira enroscándose en el estómago.
—Lo que quiero es que te largues de aquí. ¿Por qué estás en mi cama?
Te dije que te fueras a la tuya a dormir.
—Mmmmmm —ronroneó con lascivia, desperezándose como un gato,
curvando la espalda para mostrar sus pechos sin ningún pudor,
acariciándoselos provocativa—. No podía permanecer lejos de vos, mi
señor, por si acaso me necesitabais.
—Donde seguro te necesitan, es en la cocina. Así que mueve tu culo
holgazán y vete para allá.
—Estáis muy gruñón por la mañana, mi señor —protestó ella,
levantándose enfurruñada de la cama, y cogiendo su vestido para
ponérselo.
Kenneth se levantó, enfadado por su descaro. La cogió por el pelo y la
obligó a pegarse a su cuerpo.
—No vas a conseguir de mí lo que buscas —siseó—. Y si vuelvo a
encontrarte durmiendo en mi cama, te azotaré. ¿Ha quedado claro?
Ella le pasó las manos por el pecho desnudo y sonrió, pensando que
quizá aquello era otro juego más.
—¿Me azotaréis como anoche, mi señor? —preguntó con los ojos
llenos de deseo.
—No —le contestó con dureza—. Te ataré en el patio de armas, y te
azotaré en la espalda con una vara hasta arrancarte la piel a tiras. Te
aseguro que no encontrarás placer en ello.
Friggal palideció, sabiendo que su señor no hablaba en vano. Así era
como castigaban a algunos criminales, con escarnio público, para dejarlos
marcados y que todo el mundo supiera que no eran gente de fiar.
—Pero, mi señor… Yo no he hecho nada malo.
—Te has metido en mi cama. En ella no cabe ninguna mujer,
¿entiendes? Y mucho menos, tú. No eres mi amante, y ni esperes llegar a
ser mi mujer. Solo eres una criada a la que me follo de vez en cuando, y
espero que, a partir de ahora, te quede muy claro cuál es tu posición en
Aguas Dulces.
—Sí, mi señor —contestó ella con lágrimas en los ojos, y no
precisamente por el daño que le estaba haciendo al tener su pelo
fuertemente agarrado en el puño.
—Bien. Ahora, lárgate.
Kenneth se maldijo cuando la vio marcharse apresurada de su
dormitorio, con la ropa a medio poner. Le remordió la conciencia por
haberla tratado mal, pero se abstuvo de seguirla para pedirle perdón. Era
mejor que ella tuviera claro que no iba a conseguir nada más de él, y que
se quitara de la cabeza la idea de volver a meterse en su cama a
hurtadillas. En aquella cama había pasado las mejores noches de su vida
junto a Seelie, y no quería que ninguna otra mujer pudiera corromper
aquellos recuerdos con su presencia.
Miró hacia allí, enfurecido. Las sábanas estaban arrugadas, y
seguramente olerían a Friggal. Pediría a alguna criada que se las cambiara
por otras limpias.

Media hora más tarde estaba en el pozo, lavándose para quitarse el olor
a sexo y a la criada, pensando en buscar a Alistair para entrenarse con él
un rato, cuando lo vio en el adarve, hablando con Lean.
Desde que había regresado a Aguas Dulces, se había dado cuenta de
que algo extraño ocurría entre ellos. A simple vista todo parecía como
siempre; pero había algo oculto que Kenneth no acababa de comprender.
Había sorprendido más de una vez a su hermano mirando hacia Alistair de
una manera… poco apropiada. No era la forma en que un hombre miraba a
otro hombre, con un destello de lujuria en la profundidad de sus ojos. La
sodomía era un pecado que iba contra natura, el padre Stuart había hecho
mucho hincapié en ello a lo largo de sus vidas. ¿Quizá porque era
consciente de las inclinaciones de Lean?
Sacudió la cabeza para deshacerse del agua y se secó con un paño.
Lean era un buen hombre, y un laird ejemplar. Se preocupaba por su
gente y mantenía al clan unido y próspero. Y era un fiero guerrero en el
campo de batalla. ¿Acaso sentir lujuria por Alistair lo hacía menos
hombre?, se preguntó. No, decidió. El corazón y el deseo no atienden a
razones. Él lo sabía bien, o jamás se habría interpuesto en el deseo de su
padre de casar a Seelie con un MacDougal y conseguir así una fuerte
alianza con otro clan. Pero su amor y su deseo por ella tomaron el control
de sus actos, y por su culpa ella estaba muerta, y él vivía en una sinrazón
que lo acompañaría hasta el día de su muerte.
No, él no era nadie para juzgar a su hermano, y lo sabía perfectamente.
Subió hasta el adarve para reunirse con ellos. Lean fijó los ojos en él
mientras se acercaba. En la profundidad de su mirada había un atisbo de
tristeza que lo conmocionó. No quería que su hermano sufriera, él sabía
muy bien qué era pasar por algo así y odiaba que Lean estuviera en una
situación semejante.
—¿Qué hacéis aquí? ¿Contemplando el paisaje? —bromeó cuando
llegó a su altura.
—Y buen paisaje que se ve por aquí —se rio Alistair mirando hacia
donde las criadas bromeaban con algunos guardias.
—Olvídate de las mujeres o acabará cayéndosete la polla —se burló
Kenneth—. Iba a entrenarme un rato. ¿Os apuntáis?
—Mira quién fue a hablar, don aquí te pillo, aquí te mato. Vamos —le
palmeó la espalda en un gesto amistoso—, antes de que Friggal aparezca
por aquí y corras detrás de ella como un corderito.
—Lo de Friggal se ha acabado. ¿Vienes, Lean?
—No. Más tarde, quizá.
—Deberías entrenar un rato, o acabarás por olvidar por dónde se coge
una espada.
—Ya me lo recordarás tú si hace falta, hermano.
—Como quieras.
Lean los observó marchar hacia el campo de entrenamiento. No pudo
apartar los ojos de Alistair mientras al anhelo imposible que lo consumía,
se retorcía en sus entrañas.
«Olvídate de él», se dijo, y una risa amargada le surgió de la garganta.

***

Blake era feliz como nunca había soñado lograr serlo. Tenía una
esposa, Maisi, estaban esperando su primer hijo, y habían empezado a
construir un futuro juntos. No quería saber nada de problemas, ni de
destinos, ni de sueños proféticos. Por eso odiaba que Derwyddon se le
hubiera aparecido aquella noche, en sueños, para darle un mensaje. ¿Es
que no podía haber escogido a otro? ¿Es que no podría dejarlo en paz?
Pero el druida había sido un amigo cuando más lo necesitaba, y los había
ayudado no hacía mucho a salvar a Gawin MacKenzie del maldito
demonio que lo había tenido esclavizado a él mismo durante tantos años.
Así que supuso que se lo debía. Aunque maldita la gracia que le hacía.
Se acercó al campo de entrenamiento. Alistair estaba luchando contra
Kenneth. Ambos hombres eran muy buenos guerreros, aunque él no tenía
nada que envidiarles. Las espadas entrechocaban haciendo saltar chispas,
y los gritos rompían las gargantas. Sudaban, a pesar del fresco matinal, y
se habían quitado la parte superior de sus atuendos. Ambos lucían amplios
pechos musculosos, gruesos bíceps, y el rostro contraído por el esfuerzo de
la lucha.
Blake miró a su alrededor y vio a más de una muchacha mirando a
escondidas. Se rio. Era evidente por qué ninguno de aquellos dos perfectos
ejemplares de masculinidad pasaba ni una sola noche sin compañía, a no
ser que así lo decidieran. Las mujeres de Aguas Dulces bebían los vientos
por ellos, y daba igual si estaban casadas o solteras.
—¡Basta por hoy! —gritó Kenneth, doblándose sobre sí mismo,
agotado. Llevaban más de una hora entrenando, y la espada pesaba ya
como un demonio.
Alistair se rio.
—¡Te estás haciendo viejo!
—Vete al infierno.
—Yo podría seguir un rato más. ¿Te animas, Blake?
—No, gracias, tengo que hablar con Kenneth.
—¿Algún voluntario? —preguntó Alistair a los mirones, pero estos
disimularon mirando hacia otros lados, como si la cosa no fuera con ellos
—. Sois todos unas señoritas.
Escupió al suelo, riéndose.
—¿De qué tienes que hablar conmigo? —le preguntó Kenneth a Blake
mientras se secaba el sudor con un paño.
—Aquí no. Hay demasiada gente. Vayamos a dar una vuelta.
—Muy bien.
Kenneth cogió la camisa que había tirado al suelo, la sacudió para
limpiarla un poco, y se la puso, envolviéndose después en el tartán.
Caminaron en silencio hasta salir del castillo, deambulando por las calles
del pueblo.
—Esta noche he soñado con Derwyddon.
—Lo siento por ti. Debió ser una pesadilla —bromeó Kenneth.
—Era más que un sueño. Creo que era una visión o algo así, porque me
dio un mensaje para ti.
—¿Para mí? ¿Qué quiere de mí ese viejo?
Kenneth estaba agradecido con el druida por lo que había hecho por
ellos, pero no se fiaba ni un pelo. No le gustaba. Vivía a la sombra de otros
tiempos, cuando los dioses antiguos habían tenido poder, y él era cristiano
hasta la médula. No le gustaba verse involucrado en cosas de magia, ya
había tenido más que suficiente con sus dos encuentros con el mismo
demonio.
—Quiere que vayamos a Inbhir Ùige.
—¿A ese pueblo de come pescados? —Kenneth arrugó los labios con
asco—. ¿Para qué?
—No lo sé muy bien, pero tiene que ver con una mujer a la que llama
la dama de las flores.
—¿La dama de las flores?
—Sí. Por lo visto, Gwynn está interesado en ella y quiere que la
protejamos.
—Vaya, que plan tan magnífico. —Su voz sonó amargamente
sarcástica hasta a sus oídos—. No hemos tenido bastante de ese bastardo,
que quiere que volvamos a enfrentarnos a él.
—Puede que seamos los únicos capaces de hacerlo, Kenneth. Por
suerte o por desgracia, ya nos hemos enfrentado a él antes dos veces y
hemos sobrevivido.
—Precisamente. No tengo ninguna intención de tentar a la suerte una
tercera vez, Blake. Que Derwyddon se meta sus problemas donde le
quepan, que yo pienso mantenerme bien alejado de ellos.
Blake lo cogió por el brazo para obligarlo a detenerse y a mirarlo a los
ojos.
—Se lo debemos, Kenneth. Por lo que hizo con Gawin.
—Yo no le debo nada. —Sacudió el brazo para liberarse—. Que vaya
Gawin a proteger a esa dama del infierno.
—Es a ti a quién quiere allí.
—Pues mucho me temo que no va a obtener lo que quiere. Soy
cristiano, Blake, aunque a ti esa palabra te suene extraña; y no voy a correr
de un lado a otro de Escocia solo porque un druida que debería estar
muerto y un dios antiguo que se niega a desaparecer, se empeñen en
joderme la vida.
—¿Se te ha ocurrido pensar por un momento que, quizá, es tu dios
cristiano el que hizo que te toparas conmigo y con Gwynn la primera vez?
¿Que puede que lo que espera de nosotros es que ayudemos a Derwyddon
en su misión?
—No, no lo he pensado ni por un momento. Dios escoge a sus
guerreros entre los hombres rectos y puros de corazón. —Torció los labios
en un gesto de repugnancia—. ¿Tú me ves como alguien recto y puro de
corazón?
—Kenneth…
—No. No voy a seguir hablando de este tema. Tú haz lo que quieras,
pero yo no pienso abandonar Aguas Dulces.
Capítulo dos. La boda MacKenzie.

El barco se deslizaba sobre el mar impulsado por el viento favorable


que hinchaba las velas. Seelie estaba en cubierta. Había salido un rato del
camarote que le habían asignado junto a su hijo. Llevaba puesto un vestido
sencillo, de lana verde, y se cubría con una capa para protegerse del frío
húmedo del mar.
Miraba por la borda con añoranza. Se dirigía de nuevo a su hogar, el
que había abandonado precipitadamente hacía cinco años, y todavía no
entendía por qué. El laird MacDolan no le había dado explicaciones, solo
que Kenneth estaba muerto y que debía enviarla lejos para protegerla.
¿Protegerla de qué? En aquel momento, no había pensado en ello, rota por
la pena y el miedo.
Los MacDougal habían intentado aprovechar la batalla en Aguas
Dulces para secuestrarla con la connivencia de Vikka, la amante de su tío.
Todavía no podía creer que Vikka, la misma que había sido siempre con
ella tan amable y cariñosa, fuese en realidad una arpía.
Y ahora el viejo laird la enviaba a buscar. ¿Para qué? Era feliz en el
convento. Allí había aprendido a convivir con el dolor de la pérdida, y
había encontrado las fuerzas para educar a su hijo. ¿Quizá se trataba de
eso? Probablemente había llegado hasta él la noticia de que tenía un nieto
y lo quería a su lado. Debía ser eso, aunque Derwyddon había parecido
sorprendido cuando le habló de él. ¿Sería lógico enviar a alguien a
buscarla a ella y a su hijo, sin hablarle del pequeño?
Miró hacia el horizonte. Ansiaba ver tierra, volver a observar los
rompientes y los acantilados de su hogar. Iban a bordear toda la costa
inglesa y parte de la escocesa hasta llegar a Inbhir Ùige, en la
desembocadura del río Wick. Allí, se adentrarían por tierra hasta llegar a
Aguas Dulces. Cuando le preguntó a Derwyddon que por qué no hacían
todo el camino por mar ya que el castillo MacDolan estaba junto a la
costa, este le había contado que allí las aguas eran muy peligrosas y
estaban llenas de escollos contra los que el barco podría chocar y hundirse;
que era mucho mejor desembarcar en Inbhir Ùige y hacer el resto del
camino a caballo.
Tuvo que resignarse. Ahora que estaba en marcha, ansiaba volver a
encontrarse con los parajes tan familiares en los que había crecido y donde
se había convertido en una mujer. Sabía que al principio dolería, pues los
recuerdos de Kenneth estarían mucho más presentes allí, en el lugar donde
su amor había germinado y crecido; pero no le importaba. Estaba
empezando a darse cuenta de que en el convento había estado aletargada,
igual que un oso en invierno. Las rutinas la habían ayudado a salir
adelante, pero no había conseguido que su corazón sanara. El dolor todavía
estaba allí, agazapado, esperando por despertar.
Se frotó la frente con rabia. Estaba pensando estupideces. Habían
pasado cinco años, había aprendido a vivir sin tener a Kenneth a su lado, y
no podía permitir que volver a Aguas Dulces la enviara de nuevo a la
oscura cueva de la desesperación. Ken necesitaba que ella siguiera siendo
fuerte, y más ahora, en que se vería obligada a pelear contra el MacDolan
por él. El viejo querría hacerse cargo de la educación del pequeño y nunca
había sido un buen padre. Era un hombre demasiado duro y frío, incapaz
de mostrar cualquier asomo de sentimiento. Era un verdadero milagro que
ninguno de sus hijos se pareciera a él en ese aspecto.
Al pensar en su hijo, se dio cuenta de que debía hablar con él. Ken no
sabía a dónde iban, ni qué iba a encontrarse. Era pequeño, pero debía saber
que en Aguas Dulces estaba su familia y que iban a encontrarse con ella.
Sonrió y alzó el rostro hacia el sol para que este la calentara, e imaginó
su vida allí. Con un poco de suerte, su hijo sería feliz al lado de sus tíos.
Esperaba que ellos pudieran compensar la frialdad emocional del abuelo.
A Lean siempre le habían gustado los niños, y recordaba muy bien que a
Rogue, el pequeño de los tres hermanos, disfrutaba jugando con los más
pequeños del pueblo; incluso se había ganado más de una riña con su padre
porque decía que un hombre no debía perder el tiempo con los críos.
Y si no, ella se encargaría. Mantendría a raya el hosco carácter del
viejo. Ken era un niño feliz y tenía toda la intención de conseguir que
siguiera siéndolo.

***
Las bodas en el clan MacKenzie siempre habían sido alegres y
coloridas. La cerveza corría libremente de mesa en mesa, y se servían los
mejores manjares. La gente reía, bailaba y se divertía sin restricciones.
La de Gawin y Rosslyn no fue menos, y ni siquiera el permanente ceño
fruncido del padre de la novia pudo aguarla. El laird Douglas todavía
estaba molesto porque el matrimonio de su hija con el MacDolan se había
ido a pique, y con él la oportunidad de formar una alianza muy ventajosa
para su clan, pero ya no había nada que pudiera hacer para remediarlo. Así
que se pasó toda la fiesta bebiendo para ahogar las penas, hasta que su
dura cabeza fue a parar contra la mesa, y se quedó allí, roncando la
borrachera sin que nadie se preocupara de él.
No era el único hombre presente que había bebido más de la cuenta.
Cuando llegó el momento, las damas acompañaron a Rosslyn para
prepararla para su marido, y un rato después los amigos del novio lo
llevaron en volandas hasta ella, entre risotadas y bromas obscenas. Gawin
tuvo que echarlos a todos del dormitorio con cajas destempladas para
poder estar a solas con su amada.
—¿Eres feliz? —le preguntó, intentando hacer oídos sordos al alboroto
que todavía había al otro lado de la puerta.
—Por supuesto. Soy tu esposa por fin.
Lo dijo con una sonrisa jactanciosa, burlándose de él, que se perdió
cuando los labios de Gawin se apoderaron de los suyos. La besó a
conciencia, dejando que el amor que sentía por ella fuese palpable en
aquel beso.
—No puedo creer que me hayas perdonado —suspiró, apoyando la
frente sobre la de ella.
Gawin había permitido que Gwynn lo poseyera en un desesperado
intento por impedir el matrimonio al que el padre de Rosslyn la estaba
forzando con Lean MacDolan, y había hecho algunas atrocidades
impulsado por el demonio.
—Cometiste un error —contestó ella, ahuecándole el rostro con ambas
manos—. Por supuesto que te perdono.
Lo decía de corazón. Aunque había pasado mucho miedo, nunca había
estado en su ánimo ser rencorosa, y especialmente con el hombre que
amaba.
—No sé si te merezco.
—¿Por qué no dejas de hablar y usas la boca para otras cosas más
divertidas?
—Mmmm… ¿y a qué cosas te refieres?
—No sé, usa la imaginación.
Gawin silenció sus palabras con un beso. Sus manos volaron sobre la
ropa, quitándosela como por arte de magia, haciendo que las prendas
fluyeran como una cascada hasta los pies de la muchacha. Le dedicó
aquella mueca pícara y burlona que tanto la provocaba y hacía que el
deseo oscureciera sus ojos. La cogió en brazos y la llevó hasta la cama,
donde la posó suavemente. Los sentidos de Rosslyn se arremolinaron en
una espiral de deseo fuera de control cuando él, todavía vestido, se dejó
caer sobre ella, aplastándola con su musculoso cuerpo.
—¿Era esto lo que querías que hiciera con mi boca?
Suavemente, Gawin se apoderó de un pezón con los labios para
chuparlo y ella jadeó. Sintió un calor húmedo entre las piernas y ríos de
lava se abrieron paso desde sus pechos hasta su sexo, incendiándolo todo a
su paso.
—Sí, ¡oh, sí!
Lo mordisqueó, haciendo que los gemidos de ella se intensificaran. Era
adorable cuando se dejaba llevar por el deseo, y conseguía enloquecerlo
como ninguna otra había logrado. Su mirada y su sonrisa, provocadoras
pero inocentes al mismo tiempo, conseguían que la llama de la pasión
surgiera espontáneamente, sin necesidad de artificios por su parte.
Se apoderó del otro pezón mientras Rosslyn le enterraba las manos en
el pelo. Le encantaban sus pechos, tan llenos y suaves. Podría pasarse la
eternidad acariciándolos y chupándolos, consiguiendo llenar la habitación
con sus gemidos.
—Mi esposa, tan hermosa…
Le recorrió la piel con los labios, dejando un húmedo rastro de besos.
Deslizó la mano entre sus piernas, enterrando los dedos en el vello púbico,
acariciando los labios vaginales y jugando con el botón que se escondía
entre sus pliegues. Le gustaba torturarla así, verla retorcerse de placer,
aceptando lo que le hacía con una naturalidad que lo dejaba anonadado.
—No te has desnudado —protestó ella.
—Ni voy a hacerlo por ahora, mujer.
—Pero yo quiero acariciarte…
—Y yo no quiero que me distraigas con tus caricias.
—Pero…
La silenció con un beso, invadiendo su boca con la lengua, sin dejar de
acariciarla entre las piernas hasta que un orgasmo salvaje la sacudió por
entero.
Mientras Rosslyn yacía relajada, Gawin se incorporó para quitarse la
ropa a toda prisa. Tenía la polla hinchada y enhiesta y Rosslyn la observó,
sonriendo coqueta.
—¿A todos los hombres se le pone tan grande como a ti?
Gawin frunció el ceño y le dirigió una mirada penetrante.
—No creo que sea el momento de hablar de otros hombres, cariño.
—Es solo curiosidad; como solo he visto la tuya…
—Y será mucho mejor para ti y para el hombre en cuestión, que todo
siga así.
Gawin se echó encima de la cama, a su lado. La mano de Rosslyn voló
hacia el miembro y lo acarició con suavidad, haciendo que él dejara ir un
suspiro tembloroso.
—Soy curiosa por naturaleza.
—Pues céntrala en otras cosas, no en el tamaño de las pollas del resto
de hombres, o tendré que matarlos a todos.
—Qué violento…
Volvieron a besarse y rodaron por la cama, enredando las sábanas y
tirando las mantas al suelo, hasta que Rosslyn consiguió quedarse encima
de él. Se sentó a horcajadas sobre su pelvis y se frotó contra el duro
miembro mientras se apoyaba con las manos en el pecho de Gawin.
—Quiero hacerlo así —susurró con los ojos entornados.
—Soy todo tuyo, cariño.
Gawin dejó caer los brazos en cruz y miró a Rosslyn mientras esta se
incorporaba levemente para poder coger el más que preparado miembro
para guiarlo poco a poco hacia su interior. Tensó la mandíbula al sentir el
roce de la ardorosa piel alrededor y se aferró a las sábanas para no ceder
ante el impulso de cogerla por la cintura, rodar una vez más, y penetrarla
con dureza.
Rosslyn iba despacio, torturándolo, dejando que su mirada ardiente se
fundiera con su piel como una caricia, deleitándose en la tensión que
sentía en todo su cuerpo. Era un hombre hermoso, aguerrido y valiente, y
lo amaba con locura.
—Estás dispuesta a quedarte viuda tu noche de bodas —farfulló, y
Rosslyn se echó a reír, dejándose caer hacia adelante hasta que sus rostros
casi se rozaron, poniendo una mano a cada lado de la cabeza.
—¿Quieres que pare? —lo provocó.
—¡Dios, no! —se quejó él acompañándola en la risa—. Ahí sí me
matarías.
—Pues entonces, deja de quejarte y disfruta.
—Te estás volviendo muy mandona.
—Y tú un quejica.
—No me provoques.
—¿O qué?
Gawin sonrió muy ladino. Sin que ella lo esperara, le puso una mano
en la nuca y la otra en la espalda, aprisionándola contra su cuerpo.
Apalancó los pies encima de las sábanas revueltas y empujó hacia arriba
hasta que la penetró completamente.
—O esto —susurró antes de volverla loca con otro beso mientras
seguía empujando hacia arriba, hacia el calor de su ardoroso sexo, hasta
que ambos estallaron en un orgasmo que los dejó agotados.
Se durmieron abrazados, exhaustos y felices, convencidos de que el
futuro que les esperaba iba a ser perfecto.

Las olas rompían contra el acantilado formando un estruendo de


espuma blanca. En la bahía que formaba la desembocadura del río, había
un barco anclado. Una chalupa estaba siendo arriada y Gawin casi podía
sentir los gritos de los marineros.
«¿Cómo he llegado hasta aquí?», se preguntó. Apenas hacía un instante
que se había dormido en brazos de Rosslyn, después de hacer el amor con
ella.
—Solo es un sueño —le dijo una voz conocida. Se giró y allí estaba
Derwyddon, con su túnica blanca.
—¿Un sueño?
—Sí. —Asintió con la cabeza primero, aunque inmediatamente
empezó a negar—. Bueno, no exactamente. Tú estás dormido, eso es
cierto.
—¿Estás en mi sueño?
Derwyddon rio entre dientes y caminó hacia el borde del acantilado.
Con su mano de dedos largos señaló hacia el barco.
—Estás viendo el futuro. Pronto llegaré en ese barco, acompañado de
la dama de las flores. Tenéis que venir a buscarnos, Blake, Kenneth y tú.
—¿Quién es esa dama? ¿Y a dónde hemos de ir?
—Inbhir Ùige. En la desembocadura del Wick.
—Pero, ¿por qué? ¿Qué ocurre? ¿Tiene algo que ver con Gwynn?
El viejo druida se limitó a sonreír mientras todo alrededor de Gawin
empezaba a difuminarse envuelto en una niebla que había aparecido de
repente.

Gawin abrió los ojos. No estaba en ningún acantilado, y no había olas


rompiendo contra las rocas. Ni siquiera estaba cerca del mar. Estaba en su
dormitorio, en su cama, con Rosslyn abrazada a su costado.
Se frotó el rostro con la mano libre para ahuyentar los restos de sueño
que todavía nublaban su mente. Se removió sin poder evitarlo, inquieto, y
despertó a Rosslyn sin querer.
—¿No puedes dormir? —le preguntó con voz soñolienta y los ojos
todavía turbios por el sopor.
—He tenido un sueño muy raro.
—¿Qué clase de sueño? ¿Una pesadilla?
—No. —Giró el rostro para mirarla y le acarició la mejilla con las
yemas de los dedos—. No te preocupes y sigue durmiendo.
—No, ahora me tienes intrigada. Dime. Cuéntame qué has soñado.
Gawin sonrió y se puso de lado en la cama para quedar cara a cara con
ella. Le dio un ligero beso en los labios.
—He soñado con el viejo druida. Me decía que debía ir a Inbhir Ùige,
en la desembocadura del Wick, a buscarlo a él y a una dama.
—¿Una dama? —Rosslyn frunció el ceño, un tanto espoleada por los
celos—. ¿Qué dama?
—La dama de las flores, me ha dicho. Y tenemos que ir los tres. —
Gawin sonrió y le frotó con suavidad el ceño arrugado—. Blake, Kenneth y
yo. Así lo dijo el druida.
—Debe ser importante —meditó—. Deberíais obedecer.
—Cariño, acabamos de casarnos, ¿y ya quieres que me marche lejos?
—bromeó, poniéndose encima de ella y aplastándola con su masculino
cuerpo—. ¿Tan mal amante soy, que quieres echarme de tu lado?
—Mmmm, eso todavía no lo he decidido.
—Entonces debería esmerarme más en mis obligaciones maritales.
—¿Obligaciones? ¿Eso soy para ti, Gawin MacKenzie? Quizá debería
haberme casado con Lean MacDolan…
—Voy a quitarte esa idea de la cabeza.
—¿Ah, sí? ¿Y cómo harás eso?
—Dándote mucho amor…
Capítulo tres. La verdad siempre duele.

La noche no era silenciosa. Cualquiera que hubiese pasado una sola a


la intemperie, lo sabía muy bien. Había ruidos por todas partes,
provocados por el viento o por los animales nocturnos que salían a cazar
cuando el sol atravesaba el horizonte.
Kenneth estaba sentado en el suelo delante de una fogata, viendo arder
las ramas. Las chispas flotaban impulsadas por el aire caliente, y acababan
perdiéndose en la oscuridad.
Aquella misma noche había tenido un enfrentamiento desagradable
con Friggal. Cuando había salido del gran salón después de cenar, se la
había encontrado esperándolo en la puerta de su dormitorio, lista para
seducirlo. Se había negado a caer en sus redes y había acabado
amenazándola con echarla de Aguas Dulces si no cejaba en su empeño. El
camino que la muchacha se había empeñado en recorrer no era posible.
Nadie podría sustituir a Seelie en su corazón, y mucho menos una mujer
como ella. Ni siquiera había contemplado la idea de convertirla en su
amante oficial. Friggal estaba bien para pasar un rato, y le gustaba que
fuese receptiva a sus gustos a la hora de follar; pero de ahí a formalizar su
relación había demasiado trecho. ¿Y si se quedaba embarazada? Odiaría
tener un hijo con ella.
No, se dijo. Friggal quería más de lo que él estaba dispuesto a ofrecer,
así que era mucho mejor apartarla de su lado para siempre.
Después de que ella se marchara hecha una furia, Kenneth sintió que se
ahogaba entre las paredes del castillo. Tuvo la necesidad de escapar,
aunque fuese una sola noche, y dormir teniendo el cielo estrellado como
techo. Así que cogió sus cosas, ensilló a Tormenta, su caballo, y salió sin
decir nada a nadie. Volvería a la mañana siguiente con las energías
renovadas.
Se preparó las mantas cerca del fuego, se tapó con ellas, y se durmió
casi inmediatamente.
Kenneth abrió los ojos lentamente. Sobre su cabeza, el viento henchía
las velas y hacía chirriar las jarcias. Parpadeó, confuso, y se tambaleó al
intentar ponerse en pie a causa del cabeceo del barco sobre las olas. Se
agarró a uno de los barriles llenos de agua atados al mástil y se inclinó
sobre sí mismo, sintiendo que sus tripas se revolvían y subían con
insistencia por su garganta.
Odiaba el mar, y odiaba los barcos. No soportaba estar en ellos. El
balanceo le provocaba nauseas y siempre acababa vomitando por la borda.
¿Qué coño hacía en uno?
Miró a su alrededor. Sobre cubierta no había nadie más que él. Parecía
un barco fantasma.
—Tienes que venir a buscarla.
Se giró, sorprendido por la voz a su espalda. Derwyddon estaba
sentado sobre uno de los barriles con las piernas cruzadas, donde hacía un
instante no había nadie.
—Debería haber imaginado que esto era cosa tuya —gruñó con la boca
torcida.
El druida dejó ir una risita taimada y se encogió de hombros. El viento
le alborotaba el pelo, que parecía más blanco de lo normal, como la nieve
virgen que caía en invierno en las cumbres más altas.
—La dama de las flores te necesita —añadió, sin hacer caso de sus
palabras recriminatorias.
—No pienso ir a ninguna parte.
—No tienes ningún sentido de la gratitud, ¿verdad? Me lo debes —
replicó, concentrando sus ojos acerados en él.
—Yo no te debo nada, druida.
—Entonces, hazlo porque se lo debes al universo. Te espero en Inbhir
Ùige. Aunque eso tú ya lo sabes.
—Te esfuerzas en vano. No voy a ir. No quiero volver a verme
mezclado en tus problemas. Voy a quedarme en…
—Oh, por favor, deja de lloriquear. —Derwyddon hizo un gesto con la
mano, un movimiento grácil y armonioso, y las tripas de Kenneth se
revolvieron más.
El escocés tuvo que abalanzarse sobre la borda para no ensuciar sus
propias botas mientras echaba todas las tripas por la boca. Cuando
terminó, tenía a Derwyddon al lado, con la boca pegada a su oído.
—El destino es el que es, y luchar contra él solo te traerá sufrimiento y
dolor, Kenneth. Piensa en ello.

***

Lean no dormía demasiado últimamente. El mal hábito se había ido


haciendo un hueco en él desde el día en que supo que tenía que casarse con
Rosslyn Douglas, y haberse librado de ese destino no había hecho que
volviera a dormir con normalidad.
Tenía demasiadas preocupaciones.
No dejaba de pensar en sus sentimientos por Alistair, aunque en los
últimos días lo que ocupaba especialmente su mente era la maldita carta.
La maldita carta y lo que sus palabras desvelaban.
Debería haberle contado de inmediato a Kenneth que Seelie estaba
viva, pero su boca había permanecido sellada por culpa del miedo que
tenía a que su hermano volviera a marcharse y a dejarlo solo. Había sido
egoísta y había permitido que sus propios deseos se antepusieran al deber
que tenía como laird y como hermano mayor. Sabía que Kenneth sufría
cada segundo de su existencia, que el recuerdo de Seelie y su ausencia lo
torturaban sin descanso, pero se había negado a suministrarle el remedio
aun cuando lo tenía en sus manos porque no quería quedarse solo otra vez.
Qué patético y vergonzoso.
Se levantó de la cama, furioso consigo mismo. Por la mañana buscaría
a Kenneth y le contaría la verdad. Le mostraría la carta y aceptaría de buen
grado la marcha de su hermano, aunque eso volviera a romperle el
corazón. No había justicia ni honor en retenerlo con mentiras y engaños,
haciéndolo sufrir sin necesidad.
Necesitaba aire fresco, así que bajó descalzo las escaleras que llevaban
al gran salón. Las enormes chimeneas todavía ardían, proporcionando luz
y calor. Los hombres de su guardia que habían decidido quedarse allí a
pasar la noche, se habían amontonado alrededor de la lumbre,
envolviéndose en las mantas para ahuyentar el frío.
¿Estaría Alistair entre ellos? Probablemente, no. El gigantón habría
encontrado una cama en la que dormir acompañado, apretado contra el
suave y mullido cuerpo de una mujer.
El fantasma de los celos se arremolinó en su estómago, y lo obligó a
apretar los puños y la mandíbula mientras salía al exterior. Tenía ganas de
aullar.
El frío le golpeó el rostro y calmó la furia creciente en su interior,
sustituyéndola por vergüenza y un extraño sentido de culpa. No tenía
derecho a sentir celos, ni a amar a Alistair.
Caminó por el exterior un rato y acabó pasándose por las caballerizas.
Era extraño que allí encontrara la paz que le era negada en el resto del
castillo. Palmeó en el cuello a su yegua, que salió a saludarlo sacando la
cabeza por encima de la valla que la mantenía encerrada en su cubículo. El
de al lado, en el que debería estar el caballo de Kenneth, estaba vacío, y la
ausencia de Tormenta le produjo una súbita sensación de pánico. ¿Por qué
no estaba allí? ¿Se habría marchado Kenneth sin decir nada? ¿Lo habría
abandonado de nuevo? La presencia de su hermano en Aguas Dulces le
había proporcionado una serenidad que hacía tiempo que no sentía, porque
poder compartir con él las obligaciones y los problemas hacían que fuesen
más llevaderos. Si volvía a dejarlo solo…
«No puedo permitirlo», se dijo, y en un arranque poco usual en él,
preparó su yegua y salió del castillo sin decir nada a nadie; solo los
guardias que custodiaban la entrada lo vieron marchar con sorpresa en sus
rostros adormecidos.
Era una noche clara y la luna llena iluminaba el camino. Las huellas
frescas eran fácilmente rastreables y Lean no tardó en ver la luz de la
fogata del pequeño campamento improvisado. Se acercó un poco, lo
suficiente para poder verlo durmiendo en el suelo, envuelto en una manta.
Las llamas lanzaban destellos rojizos en su pelo y tenía el rostro
contraído, como si estuviese sumido en una pesadilla.
Respiró tranquilo. Si Kenneth no se había alejado del castillo era
porque no tenía intención de abandonarlo.
Descabalgó y ató la yegua al lado de Tormenta. Solos los dos, con la
naturaleza que los envolvía como único testigo, Lean encontró las fuerzas
para hablar con su hermano.
—Kenneth —lo llamó sin acercarse demasiado a él. Tenía muy
presente que era un guerrero formidable, mucho mejor que él mismo, y no
quería correr el riesgo de acabar degollado por el impulso defensivo que
mostraría al ser despertado de improviso.
Kenneth sonrió y aflojó la mano en la que sostenía el puñal. Había oído
acercarse el caballo y tenía todo el cuerpo preparado para saltar sobre el
extraño que se acercaba cuando oyó la voz de su hermano llamándolo.
—Acércate al fuego —le dijo mientras se incorporaba hasta quedarse
sentado con las piernas cruzadas—. ¿Qué haces aquí?
—Te estaba buscando.
—¿Ocurre algo?
—No. Bueno, sí. ¡Maldita sea! —masculló dejándose caer a su lado—.
Tengo algo que decirte y no sé cómo hacerlo porque no te va a hacer ni
puta gracia.
—Ha de ser grave si te hace maldecir y soltar palabrotas —se burló
Kenneth.
—Va a hacer que odies a padre.
—Un motivo más ya no importa.
Lean miró fijamente a su hermano y llenó de aire los pulmones antes
de soltar de golpe las palabras que iban a enfurecer a su hermano.
—Seelie está viva.
—¿Cómo? ¿Has venido hasta aquí para decirme esa estupidez? ¿Qué
coño te pasa? ¿Te hace gracia verme sufrir?
Kenneth habló con los dientes tan apretados que casi le chirriaron. No
podía creer que su hermano intentase jugar con él utilizando a su amada.
¿A qué venía eso? La furia empezó a apoderarse de él.
—¿Qué? ¡Por Dios, claro que no! Padre dejó una carta en que hablaba
de ello.
Lean intentaba parecer calmado, y eso enfureció todavía más a
Kenneth. Una carta. De su padre. El mismo padre que intentó por todos los
medios separarlo de la mujer que amaba. ¿Podría ser que…? No, ni
siquiera su padre podría haber llegado a ser tan ruin como para condenarlo
a este sufrimiento con una maldita mentira.
—Lean, no sé a qué viene esta mierda que me estás echando por
encima, pero no me hace puta gracia.
—Estoy intentando explicarte que hay una carta, maldita sea. ¿Quieres
escucharme por una maldita vez en tu vida? Padre se llevó a Seelie porque
estaba en peligro. Tiene algo que ver con un maldito demonio, aunque no
sé si padre deliraba por culpa de la batalla.
Kenneth se levantó como impulsado por un resorte. Se volvió hacia su
hermano y lo dirigió una mirada que hubiese hecho temblar a cualquier
otro.
—Basta. No quiero oír más.
—¡Pues tienes que oírlo! ¡Porque está viva! ¿Entiendes? ¡Seelie está
viva!
—¡Basta! ¡Eso no puede ser! ¿Me oyes? Llevo cinco años llorando por
ella. ¡No puede estar viva! ¿Sabes cuántas veces me he metido en batalla
dispuesto a morir, con la esperanza de volver a encontrarme con ella en el
más allá? ¡No puede estar viva! ¡Padre no me hubiera hecho algo así!
—¡Pues lo hizo! —gritó levantándose para encararse con su hermano y
hacerle entrar en razón—. Seelie está por ahí en alguna parte, viva.
¿Entiendes lo que eso significa?
No lo vio venir. El puño de Kenneth voló directo hacia su rostro y le
golpeó en el mentón, haciendo que su cabeza resonara como un tambor
roto. Lean no se quedó quieto y se lo devolvió. Acabaron en el suelo,
dándose puñetazos como cuando eran críos, peleándose por todo y por
nada, usando la violencia como el único modo que conocían de lidiar con
la frustración, el dolor, el miedo, la ira y el fracaso. Lean acabó con un ojo
hinchado y el mentón amoratado, y Kenneth escupiendo sangre con el
labio partido y un corte muy feo en la mejilla.
Agotados ambos, se quedaron boca arriba sobre la hierba, mirando al
cielo mientras resoplaban intentando recuperar las fuerzas.
—Quiero ver esa carta —dijo Kenneth al fin.
—En cuanto volvamos.
—Bien. En cuanto recupere el resuello.
De repente, Kenneth se echó a reír a carcajadas.

***

Alistair estaba preparando una partida de búsqueda. La preocupación


por Lean estaba reconcomiéndole las entrañas. Los guardias de la puerta le
habían dicho que había partido cuando todavía era noche cerrada,
completamente solo. Solo, sin escolta ni nada. ¡Maldito fuera! ¿Es que no
se daba cuenta de que el laird de Aguas Dulces no podía ir por ahí solo?
¿Qué tenía enemigos a los que les encantaría acabar con él? Sobre todo
ahora que los MacPherson habían empezado a hacer de las suyas en la
frontera del norte. ¿Qué ocurriría si una partida de esos rufianes se lo
encontraban?
Todavía no había amanecido cuando ya tenía a todos los hombres
listos para salir a buscarlo. Que Kenneth también estuviese fuera no era
ningún consuelo. Podían haberse encontrado, o no. Podían estar juntos, o
no.
En su cabeza tenía mil imágenes distintas, todas con Lean herido,
desangrándose, o muerto. Y sentía que el alma se le escapaba por el dolor
que sentiría por su pérdida. No solo era su laird. No solo era su amigo.
¡Maldito fuese! Se le había metido bajo la piel como una mala enfermedad
y ninguna mujer era capaz de lograr quitárselo de la cabeza.
Lo amaba como un hombre no debería amar a otro, con una
desesperación rayana en la locura.
Se subió el rastrillo y estaba a punto de dar la orden de partida, cuando
dos jinetes aparecieron. Alistair respiró, aliviado. Lean estaba allí, sano y
salvo. O quizá no tanto, pensó cuando lo vio acercarse y desmontar a su
lado.
—¿Qué está ocurriendo? —le preguntó, e hizo una mueca por el dolor.
Tenía el rostro lleno de golpes, y su hermano no tenía mejor aspecto.
—Que a veces te comportas como un maldito niño —masculló,
enfadado—. ¿Os habéis peleado contra una horda de salvajes, o qué?
—Diferencias fraternales, nada importante —bromeó Kenneth
entregando las riendas de Tormenta a un mozo.
—Supongo que te parecerá muy divertido. ¿Os podéis imaginar lo
preocupado que yo estaba? Eres el laird —señaló a Lean con el dedo—, y
es mi trabajo mantenerte a salvo. ¿Cómo demonios puedo hacerlo si
desapareces sin dejar rastro ni decir nada a nadie? Que no se te ocurra
volver a salir solo.
—Soy perfectamente capaz de defenderme solo —gruñó Lean.
Kenneth los miraba a ambos sin decir nada. Nunca había visto a
Alistair tan enfadado con su hermano. Apretaba los dientes y las venas del
cuello le sobresalían por la tensión que soportaban.
—Nadie está juzgando tu capacidad —siseó a punto de perder la
paciencia—, sino tu sentido común. Eres nuestro laird. Eres importante
para nosotros. ¿Qué coño haríamos si te perdiéramos? ¿Eh? Maldito seas
por conseguir enfurecerme de esta manera.
Alistair se dio media vuelta y se alejó de allí a grandes zancadas. Lean
se quedó mirándolo, totalmente confundido. La mirada de su amigo le
había dicho mucho más que sus palabras. Se preocupaba de verdad por él,
no solo porque fuese su laird, o su responsabilidad. Había… algo más.
¿Podría ser posible? ¿Podría ser posible que estuviese enfadado porque
había tenido miedo de perderlo? La sola idea, descabellada de por sí, hizo
que tuviera una erección. Ver la pasión con la que le había gritado, sin
importarle que estuviesen delante de otros hombres, dejar entrever así sus
sentimientos…
«No pienses estupideces. Sois amigos, y te aprecia como tal. Lloraría
en tu funeral, pero se iría a consolar entre las piernas de una mujer a la
menor oportunidad».
Sí, ese era Alistair, un mujeriego impenitente. Mejor sería que dejase
de ver cosas que no eran.
—¿Siempre es así? —le preguntó Kenneth poniéndole a Lean una
mano sobre el hombro.
—Se toma su responsabilidad muy en serio.
—Eso veo, sí. ¿Vamos? Quiero leer esa carta de una vez.

La leyó en silencio, sentado ante el fuego de la chimenea que


chisporroteaba lanzando luciérnagas ardientes al aire. Lean se mantenía un
poco apartado intentando darle, por lo menos, sensación de intimidad
mientras lo hacía.
Estaban en su dormitorio. Había guardado allí la carta, dentro del
arcón pequeño donde atesoraba otras cosas que eran importantes para él,
pequeños recuerdos de su infancia y juventud, como la cinta del pelo que
le robó a su madre antes de morir, o el caballo de madera que le talló
Alistair cuando ambos eran pequeños.
Observaba a su hermano, el cambio de expresiones en su rostro, desde
la incredulidad hasta la furia, pasando por toda una gama muy elocuente.
Cuando terminó de leerla, estiró el brazo para devolvérsela sin levantarse.
Lean la cogió, la volvió a doblar, y la guardó de nuevo.
Ninguno de los dos dijo nada durante un rato, hasta que por fin
Kenneth se decidió a hablar.
—Ahora todo empieza a tener maldito sentido —murmuró.
—¿Sentido? Yo no le veo mucho.
—Porque no lo sabes todo. Hay un par de historias que debería
contarte. Una tiene que ver con Blake, y la otra, ocurrió ante tus narices, y
está relacionada con Gawin MacKenzie. Y ese demonio del que habla
padre.
—¿Un demonio?
—Sí, aunque no sé si es eso exactamente. Derwyddon el druida dice
que es un antiguo dios.
—Dioses antiguos, demonios… Todo eso parece una locura —
murmuró sentándose al lado de Kenneth.
—Sí, una locura en la que me he visto inmiscuido dos veces.
—Pues empieza a hablar porque yo ya no sé qué pensar.
Kenneth habló. Le contó lo ocurrido en la aldea Recodo Salvaje, las
cuevas bajo las montañas, el demonio que allí habitaba y lo que le obligó a
hacer a Blake. Lean navegaba entre la incredulidad de lo que oía y la
certeza de que su hermano nunca le mentiría. Escuchó en silencio sin
interrumpirle a pesar de que mil preguntas se formaban en su cabeza.
Cuando terminó con esa historia, empezó con la de Gawin y Rosslyn.
—Casi no puedo creer todo lo que me has contado. Si fuese otro quien
lo hiciera, le diría que estaba intentando tomarme el pelo.
—Te aseguro que no hay mentira en mis palabras —contestó sin
ofenderse, porque si no lo hubiera vivido en sus propias carnes, tampoco
lo creería.
—Lo sé, lo sé. Pero todo es tan…
—Como un cuento de miedo para asustar a los niños y las mujeres.
—Algo así, sí. Supongo que saldrás en busca de Seelie.
—Por supuesto, pero antes tengo algo que hacer. No puedo traerla de
vuelta mientras ese Gwynn sea un peligro para ella.
—¿Y qué se supone que puedes hacer tú?
—Para empezar, hacer caso del sueño que he tenido esta noche.
—¿Qué sueño?
La conversación fue interrumpida por unos golpes en la puerta. Era un
criado, anunciando que Gawin MacKenzie acababa de llegar y pedía hablar
con Kenneth.
—Supongo que él también habrá recibido el mensaje de Derwyddon —
dijo Kenneth mostrando una sonrisa cansada.
—Pues será mejor hablar con él y que me contéis de qué se trata. Si
todo este asunto puede acabar afectando Aguas Dulces y a mi gente,
debería estar al tanto de todo.
—Sí, tienes razón. Pero Blake debe estar presente también.
—Enviaré a alguien a buscarlo.
Capítulo cuatro. La venganza une tanto como la
amistad.

Blake estaba tumbado en la cama, completamente desnudo, con los


brazos debajo de la cabeza, observando a su esposa Maisi mientras esta se
vestía. Todavía no podía creerse que estuviera esperando un hijo. ¡Su hijo!
Un milagro teniendo en cuenta que hasta hacía unos meses, él era un pobre
desgraciado en manos de un dios malvado que lo obligaba a…
—Ven aquí —le dijo con voz firme a su mujer. Cuando los malos
recuerdos lo asaltaban, solo había una manera de ponerles freno.
—¿Qué? Blake, tengo que ir a trabajar. ¿Crees que el MacDolan va a
seguir permitiéndonos quedar aquí si no cumplimos con nuestras
obligaciones?
—Ven aquí, mujer —le repitió alargando un brazo y ofreciéndole su
mano. Quería permanecer serio, pero no pudo evitar dejar ir una sonrisa—.
Tu primera obligación, ¿no es satisfacer a tu marido?
Se pasó la otra mano por el pecho, deslizándola con lentitud hacia el
estómago hasta llegar a su polla, que ya estaba enhiesta y deseosa de
trabajar.
—Creo que tengo a mi marido bien satisfecho, gracias. —Maisi
observaba cada uno de sus movimientos, encandilada. Blake era hermoso,
y completamente suyo. Se pasó la lengua por los labios, relamiéndose de
anticipación—. El dolor que siento en ciertas partes es testigo de ello.
Blake se levantó de un salto y la aferró por la cintura, por detrás. Ella
se debatió intentando soltarse. Era un juego entre ellos, y no pudo evitar
soltar alguna carcajada mientras Blake la besaba en el cuello.
—Vas a hacer que la señora Clarke se enfade conmigo —susurró,
estremecida.
—La señora Clarke come en la palma de mi mano —respondió
bajándole el corpiño del vestido para dejar los pechos al descubierto y
acariciárselos—. Te acompañaré y le guiñaré un ojo. Eso hará que se
olvide de todo.
—Las tienes a todas enamoradas —gimió, sintiendo las garras de los
celos.
—Y todas te envidian porque saben que para mí, solo tú existes, mi
amor. Necesito follarte…
—Oh, Blake…
—Necesito meter mi polla en tu delicioso coño, sentir el calor de tu
vagina rodeándola. Tu apretado y delicioso coño, que me tiene
completamente loco. Voy a follarte fuerte y duro, por detrás. Y si te
resistes, mujer, unas nalgadas te pondrán en tu lugar.
A Maisi la excitaba que Blake usara este vocabulario. Las palabras
sucias hacían que su cuerpo temblara de deseo, y la amenaza de azotarla
hizo que su útero pulsara.
—Voy a luchar.
—Entonces te ataré.
—No te atreverás…
Todo era teatro. A Maisi le gustaba que la atara, y a Blake le gustaba
atarla. El descubrimiento de la perversión de su esposa fue una inesperada
sorpresa para ella. La primera vez que estuvo en sus manos, acababa de
raptarla. Ni siquiera se conocían. Él era un bandido, un salteador, escoria
humana que no creía tener derecho a amar o ser amado. Se arrepentía tanto
de haberla tratado tan mal en aquellos días. Le había hecho cosas que
ninguna mujer debería perdonar jamás. Pero Maisi no solo le perdonó,
sino que le demostró que la redención era posible. Salvó su vida, y en el
mismo proceso, también salvó su alma.
—Eres una mujer desobediente y obcecada —la riñó, tirando del resto
de su vestido hasta que lo tuvo en el suelo, alrededor de los pies—. Voy a
tener que enseñarte a obedecer.
—Sí, por favor…
El cuerpo de Maisi temblaba. Blake le apretó los pechos, más llenos a
causa del embarazo. Bajó las manos despacio, hasta abarcar la redondeada
barriga en la que su hijo crecía a salvo. Maisi alzó los brazos para rodearle
el cuello. Sintió su polla dura entre las nalgas y se movió para provocarlo
todavía más.
—De rodillas sobre la cama, mujer —le susurró al oído—. Así me
gusta, que obedezcas. Inclínate hacia adelante, y abre bien las piernas.
Quiero ver bien lo que es mío antes de follarte.
Maisi estaba a cuatro patas sobre la cama. Bajó la cabeza hasta
apoyarla sobre las sábanas, y abrió las piernas todo lo que pudo. Blake se
arrodilló en el suelo, y su boca quedó a la altura del coño de su mujer. Era
hermoso, con el vello dorado protegiéndolo.
—Ábrelo para mí, Maisi. Ofrécemelo.
Maisi deslizó las manos entre las piernas y con los dedos, separó los
labios vaginales. Estaba empapada por el deseo. Le costaba respirar y el
corazón le retumbaba en el pecho.
—Tan hermoso… y mío. ¿A quién perteneces, mujer?
—A ti. Solo a ti.
Blake sonrió e inclinó la cabeza hacia adelante hasta besar aquel
magnífico regalo. Le lamió el coño de arriba abajo, agarrándola de las
nalgas, penetrándola con la lengua, jugando con su clítoris, torturándola
sin compasión.
—Por favor, por favor —gemía ella, pero él, implacable, se retiró
antes de que llegara al orgasmo.
—Eres una puta muy viciosa —la riñó.
—Sí, sí, por favor, deja que me corra.
Blake le dio un golpe en el culo y su nalga picó por el dolor, un dolor
que viajó raudo e hizo que sus flujos vaginales fueran más abundantes.
—Nada de eso, descarada. Antes tienes que ganártelo. ¿Qué has hecho
por mí?
—Lo que quieras, haré lo que quieras… te lo suplico…
Blake seguía maravillado por la rapidez con la que Maisi se excitaba
con él. En los meses que llevaban juntos, había aprendido a tañer cada una
de sus cuerdas para llevarla al borde. Para ella, el mejor excitante eran las
palabras. Nada de dulces y acarameladas. Las quería sucias y duras, igual
que el sexo.
—Me gusta verte de rodillas, ofreciéndote a mí. Pero mi polla necesita
que la mimen. ¿Serás capaz de hacerlo, Maisi?
—Sí, sí, ¿con mi boca?
—No. Quiero follarte las tetas, mi amor. Quiero que tus magníficas y
turgentes tetas rodeen mi polla y la acaricies con ellas.
Blake se levantó y se quedó esperando a los pies de la cama. Maisi,
temblorosa por el deseo, se giró y se sentó delante de él. Cogió los pechos
con ambas manos y dejó que la verga de Blake se deslizara entre ellas.
—Dios, qué bueno —gimió él.
Los pechos subían y bajaban con la polla aprisionada entre ellos.
Ahora era el turno de Blake de temblar, apretando la mandíbula con
fuerza para contenerse. No duraría mucho más. Le dolían los testículos y
su miembro palpitaba dolorosamente. Estaba hinchado, tan a punto para
estallar.
La tumbó sobre la cama de un empujón y le cogió las piernas para
alzárselas y apoyarlas en sus hombros. Se cogió la polla con la mano y la
guió hasta la entrada del delicioso coño de su esposa. La penetró con
brutalidad, como a ella le gustaba. Estaba caliente y húmeda, más que
preparada para él. Empujó con fuerza hasta introducirse totalmente en
ella.
Maisi gemía con cada empuje. Se agarró a las sábanas y gritó,
exigiendo más, más fuerte, más duro, más rápido. Las caderas de Blake se
estrellaban contra su pelvis con furia, follándola con desesperación, sin
miramientos, como a ella le gustaba.
Maisi arqueó la espalda y empezó a acariciarse los pechos. Se torturó
los pezones sin parar de gemir. Su cabeza iba de derecha a izquierda y
vuelta a empezar, perdida completamente en el placer que estaba
sintiendo. Una palmada en una de sus tetas, fuerte y dura, la detuvo.
—No te toques —le gruñó Blake—. No tienes permiso para hacerlo.
—Por favor, por favor —gimoteó. El golpe había enviado directo hacia
su útero una pulsación insoportable—. Necesito correrme ya.
—Aguanta un poco más. Sabes que así será mucho más bueno.
—¡Oh, Dios! ¡Oh, Dios!
Lo sentía en su interior, estirándola. Blake hizo un movimiento con
ella y le tocó en un punto sensible allí, la parte mágica, que hizo que
gritara sollozando de desesperación.
—¡No puedo más! ¡No puedo más!
—¡Córrete! ¡Ahora! —rugió Blake. Maisi se dejó ir, liberando de
golpe todo el placer acumulado. Estalló en su cuerpo como una tormenta
de verano, arrasando con todo, arrancándole la piel, la vida y el alma.
Gritó y sollozó, y tiró de las sábanas, curvó la espalda, balanceó la cabeza
de un lado a otro, mientras Blake seguía empalándola cruelmente con su
verga, follándola con dureza, como si quisiera atravesarla con ella,
haciendo que el orgasmo se prolongara mucho más, obligándola a correrse
una y otra vez hasta que se quedó sin fuerzas, totalmente relajada y débil.
—Esto ha sido… —musitó.
Blake se apartó de ella y bajó sus piernas hasta que tocaron el suelo.
—Todavía no hemos terminado. Date la vuelta.
Maisi abrió los ojos. Estaba agotada, y se sorprendió al ver que la polla
de Blake seguía dura.
—Oh.
Él no se había corrido. Miró su rostro, y estaba contraído por el dolor.
Se dio la vuelta y se puso como estaba al principio, a cuatro patas,
ofreciéndole su trasero. Blake cogió las nalgas y clavó los dedos en ellas.
Estaba al borde, no duraría mucho más.
La penetró despacio, con cuidado, conteniendo el deseo. Se enterró
hasta la empuñadura y permaneció así quieto durante unos segundos,
respirando agitadamente, con todo el cuerpo temblando. Quería arrancarle
otro orgasmo a su mujer.
Le rodeó la cintura con un brazo y la agarró del pelo con la otra,
tirando hacia atrás. Maisi gritó, pero no de dolor, sino de sorpresa. No
podía evitar excitarse cada vez que Blake la trataba con rudeza, que su
cuerpo temblara de anticipación, que se mojara su sexo, lubricándose
todavía más.
—Te gusta así, ¿verdad? —le susurró en el oído—. Eres una perra, por
eso te gusta tanto que te folle por detrás, como un animal, ¿verdad?
—Sí, sí —lloriqueó, sorprendida de sí misma. ¿Cómo podía estar
excitada otra vez? ¿Qué tenía este hombre que era capaz de llevarla al
agotamiento, y al segundo siguiente, volver a tenerla a punto de estallar?
—¿Te gusta sentir mi polla llenándote?
—¡¡Sí!!
—¿Quieres que me corra dentro de ti? ¿Que te llene con mi semilla?
—¡¡Sí!! Por favor, Blake, te lo suplico…
El gemido fue casi inaudible. Era una muñeca en sus manos, sin
fuerzas para nada, ni siquiera pasa sostenerse. Si no fuese por los fuertes y
rudos brazos de Blake, que la sostenían, se hubiera derrumbado allí
mismo. Pero en su interior estaba enroscándose otro orgasmo que iba a
lanzarla mucho más allá que el último. La dejaría sin mente, totalmente
vacía de sí misma.
Blake gritó al correrse, y ella lo acompañó, rasgando su garganta con
el chillido de placer y dolor que sintió cuando él le pellizcó un pezón, que
desembocó en un frenesí de gozo que la llevó al borde de la locura.
Unos minutos más tarde, cuando ambos yacían tumbados en la cama,
con el pecho de Blake pegado a su espalda, Maisi pudo volver a abrir los
ojos.
—La señora Clarke me va a odiar.
Blake estalló en carcajadas.
Una hora más tarde, cuando Maisi ya se había ido a trabajar en las
cocinas del castillo y Blake se preparaba para integrarse en su guardia,
alguien llamó a la puerta.
El MacDolan lo convocaba a su presencia.

***

Kenneth y Lean recibieron a Gawin palmeándole la espalda, contentos


de volver a verlo. Era curiosa la manera en que la amistad entre los
hombres podía fraguarse en circunstancias tan extrañas. Cualquier otro, el
lugar de Lean, estaría resentido contra aquel hombre que le había robado
la novia ante sus propias narices; pero, en realidad, el MacDolan estaba
agradecido de que hubiera sido así.
—Estaba convencido de que no te veríamos en una buena temporada.
—Y esa era mi intención, pero parece que Derwyddon no tiene muchas
ganas de dejarme disfrutar de mi mujer.
—¿Derwyddon? —preguntó Kenneth—. Supongo que también te ha
enviado con un mensaje. Deja que adivine: hay que ir a Inbhir Ùige a por
la dama de las flores.
—¿También te ha visitado en sueños? Parece que nos tiene inquina, a
los hombres felizmente casados.
Blake hizo la pregunta mientras cruzaba la puerta. Se saludaron con
efusividad y bromearon durante unos instantes sobre las ventajas de ser
hombres casados, bajo la mirada indulgente de Kenneth y Lean, que los
dejaron fanfarronear sobre lo satisfechas que estaban sus respectivas
mujeres sin intentar meter baza en la conversación.
Kenneth seguía teniendo muy presente el desconcertante
descubrimiento que acababa de hacer: Seelie estaba viva. O, por lo menos,
cabía esa posibilidad. Aunque cuanto más rato pasaba, más le costaba
digerirlo. Lo había invadido una oleada de emociones contradictorias que
lo sacudían furiosamente como una tormenta. Por un lado, estaba eufórico
ante la posibilidad; pero, por otro, también estaba aterrado. A lo largo de
estos cinco años podían haber pasado muchas cosas.
—Bueno, ¿cuándo partimos hacia Inbhir Ùige? —preguntó Blake.
—¿Partimos? Nada de eso. Voy a ir yo solo —sentenció Kenneth, y su
tono de voz no admitía réplica.
—De eso, nada. Nos quiere a los tres allí —terció Gawin sin hacer
caso.
Kenneth intentó hacerles ver que no era necesario que ellos también
fuesen. Tenían esposa, los dos, y además, Blake iba a ser padre en unos
meses. ¿Cómo iba a permitir que arriesgaran sus vidas? El único que
realmente tenía interés en acabar con Gwynn era él, para poder traer de
vuelta a Seelie a casa sin que fuese peligroso para ella, en el caso de que
realmente estuviese viva, algo que no sabía si creer.
Pero ninguno de los dos se dejó convencer. Ambos tenían cuentas
pendientes con el Cazador Salvaje, y ninguno de los razonamientos de
Kenneth iba a impedir que buscasen la venganza a la que creían que tenían
derecho. Fue como darse de cabezazos contra la pared, así que al final
partieron los tres al día siguiente, en dirección a la aldea de Inbhir Ùige,
en la desembocadura del río Wick.
Capítulo cinco. Un reencuentro agridulce.

Inbhir Ùige era una aldea costera cuyos habitantes se dedicaban


básicamente a la pesca. Era un conjunto de casas bajas y pequeñas que
hablaban de la pobreza de sus gentes. En la playa estaban las barcas,
volcadas boca bajo; algunas estaban siendo reparadas por hombres de
manos gruesas y callosas.
Seelie desembarcó aquella misma tarde en una chalupa junto a su hijo,
al que sostenía sobre el regazo, Derwyddon, y dos marineros que se
encargaban de los remos. Cuando se acercaron a la orilla, los dos hombres
saltaron al agua para poder empujar la barca hasta la arena pedregosa para
que ella no tuviera que mojarse los pies.
Volvía a estar en casa.
—¿Veremos pronto al abuelo y a mis tíos? —preguntó el pequeño Ken,
retorciéndose en sus brazos para que lo dejara en el suelo.
—Pronto, cariño. ¿Tienes ganas de conocerlos?
—Sí, supongo —contestó, encogiéndose de hombros.
El muchacho había acogido la noticia de que tenía más familia,
además de su madre, con estoicismo y un poco de incredulidad. Su única
pregunta fue: ¿y mi papá? A Seelie se le encogió el corazón al tener que
explicarle de nuevo que su papá estaba muerto, que no iban a encontrarse
con él. Ken era demasiado pequeño para tener un concepto claro de lo que
era la muerte, y no terminó de comprender por qué sí iba a tener abuelo y
tíos, pero no un padre como el resto de niños.
Seelie lo dejó en el suelo y le cogió de la mano, aunque él miraba con
avidez a un grupo de chicos de su edad que jugaban en la arena. Miró a su
madre sin decir nada, pidiéndole en silencio permiso para unirse a ellos,
pero ella ni siquiera se dio cuenta y lo obligó a ir con ella en pos de
Derwyddon, que se había adelantado para guiar a los marineros que
llevaban su equipaje hasta la mugrienta posada que había en el pueblo.
Volvía a estar en Escocia, y un extraño sentimiento se apoderó de ella.
Durante aquellos cinco años se había negado a sentir nostalgia, sobre todo
porque estaba segura de que jamás iba a tener la oportunidad de regresar.
Se había resignado a pasar su vida encerrada en un convento, tal y como
había dispuesto el MacDolan, y ni siquiera se le había ocurrido que si se
enteraba de que tenía un nieto, lo reclamase.
«¿Y cómo se ha enterado?», se preguntó por enésima vez. O quizá no
lo sabía. Derwyddon no le había dicho nada al respecto, por lo que las
dudas volvieron a asolarla. Quizá había decidido que iba a casarla con
otro, y eso le retorcía el alma. No iba a aceptar, por mucho que intentara
imponérselo. Se negaría en rotundo y volvería al convento.
«¿Y si utiliza a Ken para obligarme a obedecer?».
El MacDolan no era conocido precisamente por tener un corazón
blando, sino todo lo contrario. Si tenía que amenazarla con apartarla de
Ken para obligarla a aceptar un nuevo matrimonio, estaba segura de que lo
haría sin remordimientos. Quizá debería haber dejado a su hijo en el
convento para mantenerlo a salvo, pero la sola idea de separarse de él casi
la había hecho enfermar.
Siguió a Derwyddon hacia el interior de la posada y subió las escaleras
tras él hasta la pequeña habitación que le habían designado. Había dos
jergones contra la pared y los marineros habían dejado los baúles con su
equipaje al otro lado.
Volver a poner los pies en Aguas Dulces iba a ser una tortura. Todos
los recuerdos junto a Kenneth la acecharían sin misericordia, y sería muy
duro vivir allí. Pero, por otro lado, quizá la ayudaría poder compartirlos
con su hijo, llevarlo por los mismos sitios en que estuvo con el hombre
que amaba, y hablarle de todas las cosas que habían vivido juntos. Así,
Ken saciaría la curiosidad por su padre que pronto despertaría, y ella
podría exorcizar los recuerdos dolorosos y aprender a convivir con ellos.
Se preguntó cómo estarían Lean y Rogue. Probablemente, a esas
alturas ya estarían casados y habrían formado una familia. Ken tendría
primos con los que jugar y dejaría de ser un niño aislado, encerrado en un
convento en el que solo había mujeres. Sonrió con la esperanza de
encontrar a unas amigas en sus cuñadas.
«Tengo que confiar en que todo irá bien», se dijo, aferrándose a esa
esperanza.
***
La comida de la posada no estaba mal, pensó Derwyddon mientras
cenaba junto a Seelie y a su hijo. Su hijo. La existencia del pequeño había
supuesto una verdadera sorpresa. ¿Estaría al tanto Morgaine? Podía ser
que no. Estos últimos cinco años, Seelie había estado demasiado lejos de
su madre para que esta pudiera vigilarla, así que era muy probable que
tampoco lo supiera.
Sintió un ramalazo de remordimiento por lo que estaba haciendo,
llevarla de vuelta a un lugar en el que era probable que encontrase la
muerte; pero no había otra alternativa. Seelie era el Cáliz, y era una parte
fundamental en el plan que habían trazado para conseguir encerrar
definitivamente a Gwynn, un dios salvaje, sangriento y vengativo que ya
no tenía cabida en aquella nueva era. La suya, la era de la magia, los
druidas y los dioses antiguos, estaba terminando y debían desaparecer
ahora que el nuevo dios, el dios de los cristianos, se había impuesto con
contundencia.
Pero no se sentía cómodo utilizándola a ella. El Cáliz debería ser
alguien fuerte con el corazón de un guerrero, no una dulce joven que ya
había sufrido demasiado. Pero saber que era ella había hecho que las
acciones de Gwynn cobraran sentido: por eso la quería a ella para
engendrar a su hijo. Un bebé engendrado por el Cazador Salvaje y el Cáliz
sería prácticamente invencible e invulnerable. Por suerte, el destino o los
dioses habían intervenido a tiempo, y Seelie había perdido la pureza en
manos de ese escocés gruñón hijo del MacDolan anterior.
«Nunca es un error confiar en los sentimientos de los seres humanos».
—Nos hospedaremos aquí unos días. Recuerda no quitarte nunca el
medallón, mujer. Sobre todo, ahora.
Seelie asintió sin entender muy bien de qué estaba hablando. Ella no
sabía nada de Gwynn, del peligro que corría estando en Escocia, y de que
lo único que la protegía en aquel momento era ese medallón que impedía
que el Cazador Salvaje supiera que estaba allí. Si se lo quitaba, aunque
fuese un breve momento, sabría que estaba viva y a su alcance, e iría a por
ella.
No importaba que ya no fuese virgen y que ya no pudiese utilizarla
para engendrar a su hijo. Gwynn era más que consciente de su importancia
y de que si conseguía acabar con ella, se aseguraría unos cuantos siglos
más de libertad.
«Cuida bien de mi hija, Twain —oyó la voz de Morgaine en su cabeza
—. No hagas que me arrepienta de haberte escogido a ti».
«La protejo con mi vida, Cerridwen. Hasta que sus guardianes
lleguen».

***
Aquella noche, Seelie soñó con Kenneth. Revivió la última noche que
pasaron juntos, haciendo el amor. Volvió a sentir la sensación de las
manos de su marido sobre la piel, las caricias íntimas, los besos ardientes,
las palabras que le susurraba mientras la penetraba, y el éxtasis final. Fue
tan vívido que de su garganta surgieron gemidos de necesidad mientras su
cuerpo, inquieto, sentía el vacío que nunca jamás volvería a ser llenado.
La despertó su hijo con su vocecita asustada mientras le sacudía el
hombro con sus pequeñas manos.
—Mamá, ¿qué te pasa?
—Nada, cariño. Solo tenía una pesadilla. Vuelve a dormirte.
Una pesadilla. Casi podría decirse que había sido eso. Seelie arrastraba
la culpabilidad por la muerte de Kenneth. Si hubiera aceptado el
matrimonio concertado por su tío, Aguas Dulces no habría sido atacado y
Kenneth seguiría vivo. Pero la lujuria le había nublado el sentido común y
había cedido, entregándose en cuerpo y alma a él.
En el convento había aprendido que los deseos de la carne eran
siempre impuros y traían la desdicha. Una vida de virtud era el camino que
debía seguir una mujer, pero ella se había arrojado a los brazos de
Kenneth, lo había perseguido con obcecación desde que era una niña,
obsesionada con él.
Hasta que lo había conseguido y habían tenido que pagar las
consecuencias.
«Nunca más —se dijo mientras arropaba a su hijo—. Nunca más voy a
dejarme llevar por la lujuria».

***
El día amaneció gris y nublado. Kenneth, con el ánimo atormentado,
cabalgaba en silencio mientras Blake y Gawin no dejaban de parlotear
como dos alcahuetas.
No había pasado una buena noche. Había soñado con Seelie, y la
última noche que habían pasado juntos. Todavía no podía creer que
hubiese la posibilidad de que estuviese viva, pero eso no impedía que
estuviese furioso con su padre, por haberla apartado de su lado y hacerle
creer que había muerto; con su hermano, por haber mantenido el secreto
durante tantos días, sin atreverse a contárselo.
Y con Seelie. Sobre todo con ella. ¿Por qué había permitido que la
apartaran de él sin luchar? Se sentía engañado por todos y muy furioso,
con una rabia sorda creciéndole en el corazón, echando raíces como la
mala hierba.
Llegaron a Inbhir Ùige poco después del amanecer. Las barcas de
pesca acababan de zarpar, y todavía se podía ver a alguna sobre el agua,
con los pescadores desplegando la pequeña vela para que impulsara la
barca hacia el interior del mar, donde había más abundancia de peces.
—Todo apesta a pescado —musitó Gawin entre dientes, arrugando la
nariz.
—Es un pueblo de pescadores. ¿Qué esperabas? ¿Que oliera a
perfume? —se rio Blake, burlándose de la cara de asco de su amigo.
—Ahí está Derwyddon —murmuró Kenneth, señalando con el mentón.
El druida estaba sentado sobre un viejo tocón a un lado del camino.
Los observaba acercarse con los labios curvados en una sonrisa. Los
saludó con la mano y se incorporó cuando llegaron a su altura.
—Ya estamos aquí, maldito druida —rezongó Kenneth al desmontar
—. ¿Dónde está esa dama que tenemos que escoltar?
—Está aquí, pero antes debería decirte algo sobre ella. —Derwyddon
respiró profundamente y miró hacia la posada, que estaba a poca distancia.
¿Cómo se lo tomaría el escocés cuando supiera quién era la dama?—. La
conoces, Kenneth.
—La conozco. Muy bien. —Kenneth estaba impaciente—. Ahora
terminemos con esto porque tengo cosas que hacer.
—Supongo que te refieres a que tienes que ir a buscar a tu esposa, a la
que creías muerta pero que no lo está.
El druida había captado toda su atención con una sola frase. Había
enarcado las cejas y le había dirigido una mirada prepotente bastante
molesta que provocó que Kenneth cerrara los puños.
—¿Y tú qué sabes sobre Seelie?
—Lo sé todo, muchacho. En realidad, te llevarás una sorpresa, porque
la dama de las flores a la que debéis escoltar, es ella.
Aquella fue la gota que colmó el vaso de la paciencia del escocés. Se
echó encima del anciano y si Blake y Gawin no hubieran sido rápidos en
detenerlo, le habría asestado un buen puñetazo.
—¡¿Es una maldita broma, anciano?! —bramó lleno de furia. ¿Cómo
se atrevía el maldito viejo a tomarle el pelo de esa manera? No podía ser
que Seelie estuviera allí, tan cerca. ¿Y cómo sabía Derwyddon de su
existencia? ¿O dónde se había estado escondiendo durante todos estos
años? ¿Cómo había dado con ella?—. No juegues conmigo o le perderé el
respeto a tus canas —lo amenazó, cerrando los puños, decidido a
deshacerse del agarre de sus amigos.
—No es una broma, Kenneth. Seelie está viva, pero todavía está en
peligro.
—¿Y dónde está? No la veo por ninguna parte.
—Está en una de las habitaciones de la posada.
—Quiero verla.
—Sí, pero antes hay algunas cosas que deberías saber.
—Lo que tengas que explicarme puede esperar. Quiero verla. Ahora.
—Ella no sabe que tú sigues vivo. Le hicieron creer que habías muerto,
y yo no le he dicho la verdad. Además, no ha venido sola.
—¿Cómo que no ha venido sola? ¿Quién hay con ella? ¿Un hombre?
¿Se ha unido a otro?
—Bueno, no puedes reprochárselo, amigo —le dijo Blake palmeándole
el hombro—. Tu has tenido tu buena lista de amantes durante todos estos
años, ¿no? Te gusta más el sexo que a un crío un dulce.
—¡No es lo mismo! ¡Yo soy un hombre! Ella… ella… no tenía
derecho a borrarme de su corazón tan rápido.
—Dejad de decir sandeces. —La voz áspera del druida los hizo callar
—. No es un hombre. Durante todo este tiempo ha estado escondida en un
convento. El único contacto que ha tenido ha sido con las monjas y con su
confesor. Y con tu hijo.
—¿Con mi qué?
—Con tu hijo. Estaba embarazada cuando se la llevaron. Eres padre,
Kenneth.
Era padre. Tenía un hijo. ¡Un hijo! Creyó que las rodillas iban a
fallarle y se apoyó en Blake, poniendo una mano en su hombro. El viejo
MacDolan no solo lo había apartado de la mujer que amaba, también se
había llevado a su hijo no nato. ¡Maldito fuera! ¡Ojalá se estuviera
pudriendo en el infierno!
—Llévame con ellos —siseó, harto de todo.
—Vaya, qué feliz reunión familiar. ¿Verdad, esposo mío? —dijo una
fría voz de mujer a sus espaldas.

***

Seelie se levantó y se vistió con cuidado de no despertar a su hijo. Era


muy temprano y quería aprovechar para salir a que le diera un poco de aire
fresco antes de tener que concentrar toda su atención en el pequeño. En el
convento las cosas eran más fáciles para ella porque eran muchas mujeres,
todas dispuestas a atenderlo y mimarlo. Ahora, viéndose sola y sintiéndose
desamparada en muchos aspectos, en cuanto Ken se despertaba no tenía
tiempo para otra cosa.
En el barco, las interminables horas en que tuvieron que permanecer
encerrados fueron tediosas para ambos, y puso todo su empeño en
mantenerlo entretenido. En los ratos que les permitían subir a cubierta
para que les diera el aire y el sol, toda su atención estaba centrada en él,
temerosa de que pudiese ocurrirle un accidente.
Estaba segura de que en cuanto se despertara, querría salir a jugar con
los otros niños del pueblo y, aunque sabía que no podría mantenerlo por
siempre encerrado en una burbuja, a salvo del mundo, tal y como había
estado en el convento, se le hacía difícil perderlo de vista ni un solo
instante.
Pero necesitaba meditar sobre su futuro, y sabía que el pequeño no
despertaría hasta al cabo de un par de horas. Así que bajó las escaleras de
la hostería y salió.
El día estaba gris y nublado, amenazando lluvia, y hacía frío, pero las
gentes del pueblo ya estaban ocupadas en sus quehaceres cotidianos sin
importarles el tiempo amenazante. Incluso las barcas de pesca se habían
hecho a la mar, y Seelie rezó para que nada malo les sucediera. Poco
podrían hacer los pescadores en aquellas pequeñas barcas si el mar se
enfurecía y estallaba una tormenta.
Rodeó la posada y vio a Derwyddon. Estaba de pie hablando con tres
hombres, tres guerreros con espadas, muy altos y de anchos hombros.
¿Serían los que esperaban? Uno de ellos le resultó muy familiar aunque no
podía verle el rostro porque estaba de espaldas, ni oírle porque todavía
estaba demasiado lejos.
Pero cuando gritó «¡¿Es una maldita broma, anciano?!» sus pies se
quedaron pegados al suelo y las rodillas empezaron a temblarle. ¿Era
Kenneth? ¿Su Kenneth? ¿El hombre que durante estos últimos cinco años
había creído muerto? No, no podía ser. Su tío le había dicho que estaba
muerto, ¿por qué iba a mentirle? Quizá era Rogue, el hermano pequeño,
que siempre se había parecido a él.
Pero no. Era Kenneth. Lo confirmó cuando por fin pudo acercarse lo
suficiente para oírlo hablar sobre las muchas mujeres con las que había
yacido durante estos años.
Aquello fue un tortazo de realidad. Durante estos años, mientras ella
había estado llorando su ausencia encerrada en un convento, él la había
olvidado completamente yendo de cama en cama, entregándose a otras
mujeres. ¿Este era el gran amor que decía sentir por ella?
—Vaya, qué feliz reunión familiar. ¿Verdad, esposo mío? —dijo con
la voz tan fría como congelado tenía el corazón.
Kenneth se giró completamente sorprendido. Era ella, y estaba allí.
Seelie, su Seelie, estaba viva. La alegría lo inundó y fue hacia ella para
poder abrazarla. No estaría seguro de que era real y no una aparición hasta
que la tuviera en los brazos. Pero Seelie, dolida por lo que acababa de
escuchar, salió huyendo en dirección a la posada, olvidando toda dignidad,
con la intención de correr escaleras arriba para encerrarse en su
habitación.
Kenneth, balbuceando incoherencias, totalmente confuso por su
reacción, sin comprender por qué huía de él, fue tras ella para intentar
detenerla. La cogió por la muñeca para impedir que siguiera huyendo.
—Ni se te ocurra acercarte a mí —le dijo tirando del brazo para
soltarse, dando varios pasos hacia atrás—. No vas a tocarme con esas
manos que han tocado a tantas otras mujeres.
—Me dijeron que estabas muerta, Seelie —se justificó con voz
lastimera—. Necesito abrazarte para convencerme de que eres real. ¡Te he
echado tanto de menos! Ni un solo segundo he dejado de pensar en ti.
—Claro, mientras te divertías con otras. Debió ser muy duro para ti. —
El sarcasmo era tan evidente que para Kenneth fue como una bofetada en
pleno rostro—. No quiero que te acerques a mí. No vas a tocarme nunca
más.
—Seelie, por favor —suplicó, llevándose la mano al corazón—.
Ninguna de ellas significó nada para mí. Solo intentaba olvidarte porque
he sido incapaz…
—¿Yendo de cama en cama? ¿Así es como honraste el amor que nos
unía?
—Estás siendo terca y obstinada, mujer.
—Siempre lo he sido, ¿recuerdas? Ah, no, que te olvidaste muy
fácilmente. Maldito seas.
Seelie estaba alterada y en aquellas circunstancias, era imposible
intentar razonar con ella. Estaban empezando a llamar la atención, y
algunos de los aldeanos escuchaban disimuladamente su discusión. Por eso
decidió darlo por zanjado hasta que pudieran sentarse y hablar
tranquilamente, sin testigos molestos.
—Quiero ver a mi hijo.
—Está durmiendo. Cuando despierte ya lo verás, pero antes yo hablaré
con él porque cree que su padre está muerto. Mientras esperas, entretente
con algo. Seguro que hay muchas mozas ligeras de cascos en este pueblo
que te harán feliz por una moneda. Búscate a una.
Seelie alzó la barbilla y se dirigió hacia la posada intentando mostrar
dignidad, pero su corazón estaba roto en pedazos.
En el convento, al principio de su llegada, muchas veces soñó con que
él estaba vivo y que volvían a reencontrarse. Imaginó mil circunstancias
diferentes en las que se producía, pero nunca, jamás, una en la que el
corazón se le quedaba helado por culpa de la decepción y los celos.
Kenneth la dejó marchar, abatido y descorazonado. Tenía razón, por
supuesto. Si hubiese sido al revés, si Seelie se hubiera abandonado en los
brazos de otros hombres con la excusa de intentar olvidar la desesperación
que la consumía, él se hubiera sentido exactamente igual de traicionado.
Pero aunque no podía cambiarse el pasado, sí podía tomar las riendas
del futuro y, con la determinación propia de un guerrero, decidió hacer
todo lo posible por conseguir su perdón.
Capítulo seis. El corazón de un padre.

Derwyddon observó a Kenneth alejarse. Se avecinaba una batalla de


voluntades que iba a ser, cuanto menos, divertida, aunque esperaba que no
interfiriera demasiado en sus planes.
Sus planes. Miró a los otros dos hombres. Era hora de que les contara
qué estaba pasando realmente porque iba a necesitar su ayuda.
—Tenéis cara de estar muertos de hambre. Vayamos adentro.
—Vaya sorpresa se ha llevado —dijo Blake, preocupado por su amigo
—. ¿Por qué no dijiste claramente que la dama de las flores era su esposa?
—Para darle un poco de intriga al asunto. Y para ponerlo a prueba.
—¿A prueba? ¿Por qué?
—Será mejor que vayamos a un lugar más discreto para hablar.
Además, yo todavía no he desayunado.
Derwyddon se dirigió hacia la posada. Blake y Gawin se miraron entre
ellos antes de decidir seguirlo. Blake deseaba ir con su amigo, pero
comprendió que lo más probable era que en aquel momento Kenneth
prefiriera estar solo.
Se sentaron en una de las mesas de la taberna y les sirvieron un
desayuno abundante y delicioso sobre el que se abalanzaron como si
hiciera décadas que no comían.
—Creo que se me ha caído el estómago a los pies —bromeó Gawin
con la boca llena.
—Tú no pierdes nunca el apetito, ¿no?
—¿Y por qué iba a perderlo? —preguntó, verdaderamente sorprendido.
—Por nada. Da igual. ¿Nos vas a contar ahora de qué va todo? —
preguntó, dirigiéndose a Derwyddon.
—Por supuesto. Gwynn es un peligro para la humanidad. La era de los
druidas y de los dioses antiguos ya ha terminado, debemos retroceder y
dejar que el dios cristiano ocupe nuestro lugar. Nosotros ya cumplimos con
nuestra parte en el gran esquema. La evolución de la humanidad ha de
seguir adelante, pero ya no tenemos cabida en ella. Gwynn se niega a
aceptarlo y está obsesionado con recuperar el poder que ha ido perdiendo.
En su locura, cree haber encontrado la solución. Si el Dios cristiano
consiguió tanto poder encarnándose en un hombre, ¿por qué él no?
Durante los últimos cien años ha estado buscando a la hembra perfecta con
la que engendrar a su enviado. —Miró a Blake porque había tenido mucho
que ver en su plan. El guerrero se estremeció al recordar esa parte de su
vida que estaba deseoso por olvidar—. La hembra perfecta es el Cáliz, la
dadora de vida, una mujer con un impecable linaje druídrico en cuya
sangre corre la magia más pura. —Derwyddon hizo una pausa para mirar a
sus compañeros, acentuando el suspense—. Esa mujer es Seelie.
—¿La esposa de Kenneth? ¡Válgame Dios! —susurró Blake. Gawin
empalideció.
—Sí, la misma. Cuando ella desapareció después del ataque a Aguas
Dulces, estuvo buscándola por toda Escocia. No sé si no supo que había
abandonado estas tierras, o si buscaba otra sustituta, pero ahora eso da
igual. Seelie ya no sirve para sus planes.
—Porque no es virgen.
—Exacto. Para Gwynn era primordial que el Cáliz se mantuviera puro
hasta el momento en que él la poseyera, porque de otra manera no sería
capaz de soportar la gestación de su vástago.
—No lo entiendo —murmuró Gawin.
—Tiene que ver con el poder y la magia. Es largo de explicar y no
tenemos tiempo para ello. Lo importante es que, aunque Seelie ya no sirva
para sus intereses, es un peligro para él. Hay un ritual que lo encerrará a
perpetuidad en un lugar desde el que no podrá acceder nunca más a este
mundo, y el Cáliz es el único ser que puede llevarlo a cabo. Mi plan es
llevar a Seelie hasta el Santuario de Gwynn para que ejecute el ritual.
—Kenneth nunca lo permitirá. ¿Ahora que ha conseguido recuperar a
la mujer que ama? —Blake negó con vehemencia—. Se opondrá de plano
a este plan.
—Lo sé. Por eso no podemos decírselo.
—Derwyddon, ¿queréis que le mintamos a nuestro amigo?
—No nos queda más remedio. Mientras Gwynn siga suelto, aunque su
poder está disminuyendo, es un peligro para todos. Su influencia todavía
es muy fuerte en estas tierras, y que su plan principal se haya ido al garete,
no significa que no tenga otros modos de conseguir aumentar su poder y
expandirse. ¿Que creéis que ocurrirá si lo logra? El resto de dioses están
desapareciendo, y el equilibrio que lo sujetaba ya no existe. Pronto no
habrá poder en esta tierra que pueda ponerle freno. Los sacerdotes del dios
cristiano no tienen armas con las que luchar contra él. Nadie estará a
salvo. Vuestras familias estarán en constante peligro. ¿Qué crees que
pasará contigo, tu esposa y tu hijo, si Gwynn vence esta guerra, Blake? ¿Y
tú, Gawin? ¿Creéis que estarán a salvo?
Ninguno de los dos contestó. Por supuesto que sabían que Gwynn iría a
por ellos para vengarse. Habían luchado contra él y lo habían vencido, y
eso era algo que el Cazador Salvaje no olvidaría.
—Pero Kenneth es nuestro amigo. Le debemos mucho.
—Lo sé. Sé que no será fácil para vosotros, pero no nos queda más
remedio que mentirle. Kenneth querrá proteger a Seelie a cualquier precio,
algo lógico y comprensible. Cualquiera de nosotros haría lo mismo. Pero
no podemos permitirlo, no cuando el resto de la humanidad va a sufrir las
consecuencias. Os necesito, a los dos. ¿Vais a ayudarme?
Blake y Gawin se miraron durante unos segundos y acabaron
asintiendo. No les gustaba el plan, y odiaban tener que mentir al hombre al
que le debían la vida y su felicidad; pero sus familias estaban en peligro, y
eso pesaba más en la balanza que la amistad o la lealtad.
—Sí, lo haremos.
—Sí.
—Bien. —Derwyddon asintió, aliviado—. Recordad que él no puede
saber nada. Regresaremos a Aguas Dulces y permaneceremos allí. Cuando
llegue el momento de ir hasta el santuario, os avisaré.
—Lo dejamos todo en vuestras manos, druida, pero… —Blake dudó,
mirando hacia la puerta por la que acababa de aparecer Kenneth—. Esto no
me gusta nada. Nada de nada.

***

Después de su encuentro con Kenneth, Seelie se escondió en su


habitación y se sentó en la cama, el único lugar en el que podía hacerlo.
Intentó llorar en silencio para no despertar a su hijo. El viaje en barco
hasta allí había sido muy largo y agotador, y quería que durmiese un poco
más. Pero el chico tenía el sueño ligero y los sollozos ahogados de su
madre acabaron despertándolo. Se incorporó en la cama y se frotó los ojos
antes de mirarla.
—¿Estás triste, mamá? —le preguntó poniéndose de rodillas a su lado
para tocarle el rostro con sus manitas.
—No, cariño. ¿Por qué dices eso? —Seelie intentó sonreír, pero solo
consiguió una mueca.
—Estás llorando.
—No, cielo, es que me ha entrado algo en los ojos y me escuecen.
—Ah. —El niño aceptó la explicación sin ningún problema. En su
inocente cabeza no cabía la idea de que su madre le mintiera—. Tengo
hambre. ¿Hay algo para comer?
—Claro que sí, pero antes tengo que contarte algo muy importante.
Seelie miró aquella carita tan querida. Se parecía mucho a su padre.
Tenía el mismo color de ojos, la barbilla orgullosa y una sonrisa
deslumbrante. De ella había heredado la impulsividad.
Tragó saliva con nerviosismo, intentando encontrar la mejor manera de
contarle que su padre, en contra de lo que había creído siempre, no estaba
muerto. Ken, demasiado paciente para un niño tan pequeño, algo que había
aprendido en el convento, esperó en silencio a que su madre continuara
hablando.
—¿Recuerdas que siempre, cuando me preguntas por tu papá, te digo
que está en el cielo? —Ken asintió con la cabeza—. Bueno, mamá estaba
equivocada. Tu papá no está en el cielo.
—¿Está en el infierno? —En su rostro había un atisbo de miedo y
Seelie se sintió molesta con las monjas que siempre le andaban contando
historias del infierno para obligarlo a obedecer.
—No, cariño. Tu papá está vivo y nos ha encontrado. ¿Quieres
conocerle?
—¿Papá está aquí? ¿No está muerto? —Ken permanecía serio. Parecía
mucho más mayor de lo que era. Aunque nunca había acabado de
comprender lo que significaba estar muerto, sí sabía que implicaba estar
ausente para siempre.
—Sí, cielo, está aquí. Todos pensábamos que había muerto, pero
estábamos confundidos. ¿No es maravilloso?
Seelie intentaba parecer feliz y contenta, y lo consiguió en parte.
Seguía enfadada con él, pero después de tantos años de estar llorando su
muerte, volver a encontrarlo hacía que su corazón revoloteara.
—¿Dónde está? ¡Quiero verle! ¿Se ha escondido para que le
encuentre?
—No, cariño, está abajo, esperando a que te despiertes para poder
conocerte.
Ken se levantó de un salto y corrió hacia la puerta. Sus pies descalzos
no hacían ruido al pisar la madera del suelo, y el camisón que llevaba se le
pegaba a sus cortas piernas.
—¡Ken! ¡No puedes salir así, tienes que vestirte!
Seelie intentó atraparlo antes de que cruzara la puerta, pero el muy
travieso la esquivó y se escurrió escaleras abajo antes de que lo
consiguiera. Su corazón bombeaba de contento, pero también estaba
asustado. Quería conocer al hombre que era su padre cuanto antes, para
saber qué podía esperar de él.
Con su madre pisándole los talones, llegó a la taberna. Corrió hasta el
centro, ante la mirada atónita y divertida de todos los presentes, y allí se
quedó quieto, mirando a su alrededor. Todas las caras eran desconocidas.
Por un instante, creyó que podría reconocer a su padre nada más verlo,
pero no había sido así. Un sollozo le nació en el pecho y arrugó el rostro
en un puchero. ¿Cuál de todos esos hombres sería su padre?
—¡Papá! ¿Quién es mi papá?

***

Kenneth estaba sentado en la taberna, desayunando. Derwyddon se


había ido cuando él llegó, y Blake y Gawin lo miraban en silencio, con su
atención centrada también en la comida.
Tenía la impresión de que le ocultaban algo, pero en ese momento no
tenía ganas de pensar en ello. Seguía enfadado con Seelie, por su reacción
tan fría y por su negativa a presentarle a su hijo. Estaba ansioso por
conocerlo. ¿Cómo sería el crío? ¿Se parecería a él, o a ella? ¿Sería
inteligente? ¿Un chico fuerte? Ansiaba poder abrazarlo. ¿Sabría montar a
caballo? Lo dudaba, pero él le enseñaría. Y también a usar una espada y el
arco, y saldrían a cazar. ¿O quizá era demasiado pequeño? Tenía que
admitir que no sabía nada de niños, y que lo asustaba un poco. ¿Le gustaría
él a su hijo? Sabía que tenía un cuerpo muy grande y que eso hacía que, a
veces, los más pequeños le tuvieran miedo.
Un alboroto procedente de las escaleras lo hizo mirar hacia allí. Un
niño pequeño entró corriendo y se quedó quieto en mitad de la sala,
mirando a todos. Iba descalzo y solo llevaba un camisón puesto. ¿Sería su
hijo? El corazón empezó a martillearle en el pecho cuando vio a Seelie
bajar corriendo las escaleras tras él y quedarse quieta al pie, mirándolo.
Kenneth le preguntó con la mirada y ella asintió. Sí, era su hijo.
—¡Papá! ¿Quién es mi papá? —gritó el chico, y Kenneth se levantó de
inmediato para responder.
—Soy yo, muchacho. Soy tu papá.
El niño se le quedó mirando, indeciso, sin saber qué hacer. Sus ojos
estaban llenos de lágrimas. Cuando Kenneth puso una rodilla en el suelo y
abrió los brazos, el chico no se lo pensó ni un instante: corrió hacia él
sollozando para ser recibido con un fuerte abrazo de oso.
Acogió a su hijo entre sus brazos, apretándolo contra el pecho, sin
poder creérselo. No solo había recuperado a su amada Seelie, sino que,
además de esposo, ahora también era padre. Un hijo. ¡Un hijo! No podía
creer que fuese verdad, pero tenía una prueba irrefutable sollozando contra
el pecho.
Fue incapaz de decir nada. Estaba embargado por la emoción y tenía
un nudo en la garganta que le impedía hablar. Si abría la boca, acabaría
llorando igual que el chiquillo. ¡Maldito muchacho que hacía que se
sintiera vulnerable!
Se levantó con él en brazos, acunándolo mientras el chico no dejaba de
llorar, y caminó hacia donde Seelie estaba esperándolo. Se había llevado
una mano a la boca en un vano intento de mantener la compostura, pero las
lágrimas también rodaban por sus mejillas. Le ofreció la mano sin soltar a
su hijo, y ella aceptó. Los tres desaparecieron escaleras arriba, dejando en
la taberna a un buen número de hombres hechos y derechos tragando
saliva para contener la emoción que los había golpeado.
—Joder —exclamó Blake frotándose los ojos con la manga—. No
puedo ni imaginarme qué debe estar sintiendo Kenneth ahora mismo.
—¿Te estás convirtiendo en una llorona? —lo acicateó Gawin,
sorbiendo sus propias lágrimas.
—Igual que tú.
—Qué vergüenza de guerreros que somos.
—¡Oh, cállate y termina el desayuno! Yo voy a ver si consigo un carro
para el viaje.

***

—¿De verdad eres mi papá?


Estaban en la habitación de la posada. Kenneth se había sentado sobre
uno de los catres, con su hijo en el regazo, y Seelie en el otro. Estaban
frente a frente. Ella lo miraba, todavía dolida por lo que había descubierto,
pero enternecida por la emoción con la que Kenneth observaba a su hijo.
—Sí, lo soy.
—Ah.
El niño alzó las manitas para tocarle la cara lleno de curiosidad, y él lo
dejó hacer, cerrando los ojos, deleitándose en esa caricia tan inocente.
—¿Eres un guerrero?
—Y muy bueno.
—¿Me enseñarás a luchar?
—Cuando seas mayor, claro que sí.
Kenneth tragó saliva con dificultad. Las emociones bullían en su
interior y no sabía qué hacer con ellas. Tenía ganas de abrazarlo con
fuerza, de gritar de alegría, de dar saltos de felicidad. Tenía un hijo. ¡Un
hijo! El mundo había girado sobre sí mismo, poniéndolo todo patas arriba.
Y, por primera vez en su vida, estaba realmente aterrado. ¿Sería capaz de
convertirse en un buen padre para este niño? ¿Sería capaz de educarlo, de
ser un ejemplo a seguir para él? Ante él se descubrió la gran
responsabilidad que acababa de caer encima de sus espaldas, pero apartó a
un lado todo temor y se juró que iba a poner todo su empeño para
convertirse en un padre del que su hijo pudiera estar orgulloso.
—Yo no sabía que tenía un papá.
—Y yo no sabía que tenía un hijo.
El niño bajó la mirada con timidez.
—¿Me vas a querer? —preguntó con indecisión.
—Ya te quiero con toda mi alma, Kenneth.
La sonrisa que Ken le dirigió a su padre fue un regalo celestial que lo
hizo henchirse de orgullo.
—Nadie me llama así —le dijo, riéndose.
—¿Ah, no? ¿Y cómo te llaman? —preguntó, secundando su risa alegre.
—Ken. Mamá solo me llama Kenneth cuando va a reñirme.
—¿De verdad? —Kenneth alzó la mirada y se encontró con los
profundos ojos azules de su esposa, que estaba haciendo un considerable
esfuerzo por mantenerse tranquila y no estallar de la emoción por la
ternura que le provocaba aquella escena—. ¿Y te riñe muy a menudo?
—No. Yo soy bueno. Está tan triste siempre que intento no hacerla
enfadar nunca.
Seelie apartó la mirada y tragó saliva. Nerviosa por la intensa mirada
que su marido le dirigía, se levantó y empezó a revolver en el baúl,
buscando ropa limpia para vestir a su hijo.
—Yo también estaba muy triste siempre, porque pensaba que ella
había muerto. —Seelie soltó un bufido de incredulidad, y Kenneth pensó
que era mejor dejar ese tema para más adelante, cuando su hijo no
estuviera presente—. Pero ahora estamos juntos de nuevo y no vamos a
separarnos nunca más. ¿Tú crees que así mamá dejará de estar triste?
—Yo creo que sí. ¿Vamos a vivir juntos?
—Sí. En un gran castillo lleno de gente.
—¿Habrá otros niños con los que pueda jugar?
—¡Hay un montón de niños! Ya verás como harás muchos amigos.
—Ken, —los interrumpió Seelie. La declaración de Kenneth la había
puesto muy nerviosa, y necesitaba que se fuese de la habitación antes de
que su corazón se ablandara y lo perdonara cuando todavía no se había
ganado ese perdón—. Es hora de lavarse la cara y vestirse, ¿o quieres
pasar todo el día solo con el camisón?
—Será mejor que hagas caso a tu madre.
—Sí, papá.
Papá, una palabra que pensó que jamás se le aplicaría a él. Sonrió con
ternura y le revolvió el pelo a su hijo antes de ayudarlo a bajar de su
regazo.
—Os espero abajo, para dar un paseo por la aldea.
—No —cortó Seelie, mirándolo muy seria—. Ken tiene que desayunar,
y probablemente Derwyddon querrá seguir viaje inmediatamente. No hay
tiempo para paseos. Tengo que empacarlo todo.
—Mamá, por favor…
El rostro desolado de Ken la hicieron suspirar. Se sentía como si
estuviera entre la espada y la pared. Comprendía la necesidad del pequeño
de estar con su padre, pero ella todavía no estaba preparada para empezar a
actuar como una familia.
—Y, ¿te parecería bien que me lo llevase a él un rato? Así podrás
empacarlo todo sin que te estorbe.
—¡Mi hijo no es un estorbo! —protestó, furiosa de repente.
—No he querido decir eso —se justificó Kenneth—. ¡Claro que no lo
es! Me refiero a que no tendrás que estar pendiente de él.
—No es ninguna molestia estar pendiente de él.
La mirada furibunda que Seelie le dirigió lo hizo respirar
profundamente. No había sabido expresarse y, ahora, cualquier cosa que
dijese para arreglarlo, lo empeoraría. Así que decidió hacer una retirada
estratégica.
—Está bien, ya habrá tiempo. Voy a hablar con Derwyddon a ver qué
tiene decidido hacer.
—¡Pero mamá, yo quería ir con papá! —protestó el pequeño, haciendo
pucheros. Los ojos de Seelie fueron de la carita desolada de su hijo, al
rostro entristecido del hombre que todavía amaba más que a su propia
vida, y se dio por vencida.
—Está bien —aceptó—. Pero no vuelvas a decir que mi hijo es una
molestia para mí. No te atrevas—, añadió, mirando a Kenneth con el rostro
adusto.
—Nunca más. Vamos, hijo. Vístete deprisa. Te espero abajo.
Capítulo siete. La pasión no se olvida.

Seelie ensanchó las aletas de la nariz para aspirar profundamente el


aroma de las Tierras Altas, del que había estado apartada durante tanto
tiempo. Iba en el pescante de la carreta que Blake había conseguido en el
pueblo, al lado de Derwyddon. El druida manejaba las riendas con
maestría, casi sin esfuerzo, y los dos caballos percherones que tiraban de
ella lo obedecían con presteza.
En la parte de atrás de la carreta iban los dos baúles que le pertenecían,
y habían dejado espacio suficiente para que ella y el pequeño Ken
pudiesen dormir allí por la noche. Kenneth había comprado a precio de oro
uno de los colchones rellenos de paja de la hostería para que ellos pudieran
dormir con comodidad, un gesto que ella agradeció en silencio.
Todavía estaba enfadada, por supuesto, aunque comprendía que su
enojo era injusto. No podía culpar a Kenneth por haberse acostado con
otras mujeres; pero dolía, le dolía mucho saber que había encontrado
consuelo, aunque fuese efímero, entre los muslos de otras, mientras ella
penaba en soledad, lejos de todos los que conocía, y rodeada de extraños.
¿Por qué el viejo laird les había hecho algo así? No podía concebirlo por
más que lo intentaba. Ni siquiera la noticia de su muerte, que Kenneth le
había dado aquella misma mañana cuando le preguntó por él, podía hacer
que en su corazón hubiese un poco de indulgencia. Su primer pensamiento,
muy poco cristiano, había sido: ojalá se pudra en el infierno.
Las risas de su pequeño le llamaron la atención, y hacia él dirigió su
mirada. Iba montado en Tormenta. Su padre lo sostenía delante de él, y el
chico iba feliz entre los brazos de su padre, protegido y a salvo, agarrado a
las crines del caballo. Kenneth parecía henchido de felicidad, hablando y
riendo con su hijo, que no paraba de hacerle preguntas.
Había cambiado mucho, durante estos cinco años que habían pasado
lejos el uno del otro. Ya no era aquel muchacho con mirada inocente que la
rondaba a escondidas, atormentado por amar a su prima en contra de los
deseos de su padre. El rostro se le había curtido y los ojos mostraban una
fría determinación que, a veces, le daba miedo. Era un hombre que se
había endurecido en los campos de batalla, en soledad, sin esperanza, y
que se había acostumbrado a obtener lo que quería, aunque tuviese que
utilizar la fuerza para conseguirlo.
¿Qué le exigiría a ella, ahora que volvían a estar juntos? Ante los ojos
de Dios seguían siendo marido y mujer, y ella le debía obediencia y
respeto. ¿La obligaría a cumplir con su deber conyugal? Una parte de ella
lo deseaba; la otra, lo temía. Kenneth ya no era aquel muchacho dulce que
la había amado con devoción y ternura; ahora era un hombre, un guerrero
agresivo y brutal, que la miraba con una pasión irrefrenable. Durante el
viaje, era posible que la presencia de su hijo y de los otros hombres le
impidieran tomarla, pero estaba segura de que en cuanto llegaran a Aguas
Dulces, no podría escapar de él. Le exigiría que se metiera en su cama, y
ella no sabía si tendría las fuerzas necesarias para negarse.
Porque también lo deseaba, aunque estuviese enfadada y lo temiese.
Ansiaba pasar sus manos por el pecho musculoso, deleitarse en el tacto de
su piel, sentirlo de nuevo en su interior, sus gruñidos de placer, los besos
sobre la piel, el estremecedor contacto de sus manos callosas…
No pudo evitar sonrojarse y apartó la mirada. Oyó a Derwyddon,
sentado a su lado, dejar ir una risa divertida.
—Es un hombre guapo, tu marido, ¿eh?
Seelie tensó la mandíbula y miró hacia otro lado para evitar contestar.
Sí, Kenneth había sido un muchacho guapo que se había convertido en un
hombre muy apuesto. Pero la sola intensidad de su mirada, la asustaba.

Kenneth sentía los ojos de Seelie mirándolo. Su mirada era como un


leve cosquilleo en la nuca, que se deslizaba por la espalda. Hacía rato que
lo notaba, pero su hijo había acaparado toda su atención con su charla y
sus preguntas sobre Aguas Dulces, hasta que se había quedado dormido
entre sus brazos.
Avanzaban lentamente debido al carro en el que iban Seelie,
Derwyddon y el equipaje. Afortunadamente, se había levantado un día
espléndido y el sol irradiaba vida desde el cielo, haciendo que las hojas de
los árboles fuesen más verdes, y el colorido de las flores, más vibrante.
Kenneth refrenó a Tormenta hasta que quedó a la misma altura que el
carro. Todavía estaba haciéndose a la idea de que ella estaba viva, y de que
tenía un hijo. Era como si Dios hubiese escuchado sus plegarias y hubiera
decidido obrar el milagro que se la había devuelto. Pero, a pesar de su fe
en Dios, Kenneth no creía en los milagros, lo que hacía que un pequeño
resquicio de su mente recelase de su buena fortuna.
—Dámelo, yo lo llevaré.
Seelie alargó los brazos esperando que Kenneth le pasase el cuerpecito
dormido de su hijo.
—No es necesario —replicó él, afianzando su abrazo sobre el pequeño.
—Se te cansará el brazo.
—No me importa.
Le parecía mentira tener un hijo, y temía que si dejaba de sentir el
calor de su cuerpo contra el propio, el sueño se desvanecería y volvería a
encontrarse solo, sin ellos.
Seelie asintió y volvió a acomodarse en el asiento, con las manos sobre
el regazo.
Estaba hermosa. El tiempo la había convertido en una mujer muy
bella, con pechos plenos y caderas redondeadas. La noche anterior había
soñado que estaban de regreso en Aguas Dulces, y habían hecho el amor
salvajemente. Se había entregado a él sin dudar, y había satisfecho cada
uno de sus deseos. Se había despertado agitado y nervioso, y solo el hecho
de saber que no estaba sola en su habitación, que su hijo estaba allí con
ella, le había impedido que se levantara y fuese a exigirle que cumpliera
como su esposa.
—Esta noche hablaremos —le dijo por fin.
Mientras Blake y Gawin se ocupaban del campamento y de Ken, la
llevaría al bosque y conseguiría que lo perdonase.
—No hay nada que decir.
Seelie sabía que estaba siendo obstinada. No podía rehuir eternamente
el momento de enfrentarse a él, y de perdonarlo. Pero todavía no estaba
preparada. Debía dejar que pasara algún tiempo antes de hacerlo, el
suficiente para que su corazón aceptara que no debía culparlo por lo que
había hecho. Kenneth pensaba que ella había muerto, esa era la verdad, y
no tenía derecho a juzgar sus actos. Pero le dolía demasiado.
—Yo creo que sí, y lo haremos.
Seelie resopló y apartó la mirada de él, levantando la barbilla en un
gesto orgulloso. Kenneth se sintió juzgado injustamente y despreciado, y
en sus entrañas se removió algo parecido a la ira. Era como si no fuese la
misma. ¿Tanto había cambiado durante este tiempo? Probablemente. Él
también lo había hecho. Ninguno de los dos eran los mismos, y tendrían
que volver a conocerse y aprender a quererse de nuevo.
Tenía que pedirle perdón. Eso era lo que le dictaba la conciencia y el
recuerdo de lo culpable que se sentía siempre después de haber follado con
una mujer que no era Seelie. Sus propias justificaciones, todas aquellas
que se decía a sí mismo cuando le remordía la conciencia, ahora eran
huecas y falsas. Y sentía una extraña urgencia por oírla decir que lo
perdonaba, porque la presencia de Derwyddon allí no presagiaba nada
bueno. Su mayor miedo era que quisiera involucrarla en algo relacionado
con el demonio que él ya había combatido en dos ocasiones, el maldito
Gwynn. Si lo que había escrito su padre en la carta era cierto, el Cazador
Salvaje la quería a ella, y no sería extraño que al condenado druida se le
hubiese ocurrido la magnífica idea de usarla de cebo para acabar con él.
Pero enfrentarse a ese ser era peligroso, él lo sabía muy bien, y no iba
a permitir que Seelie se viese envuelta en ese asunto. Iba a frustrar los
planes del druida, fuesen los que fuesen, estaba muy determinado a ello.
***

Ken era una fuente constante de preguntas. Su corta vida había


transcurrido entre las paredes del convento en el que había crecido, sin ver
a penas el mundo que había más allá. Solo permaneció en silencio el rato
en que su madre, después de comer, lo obligó a acostarse para hacer la
siesta en el colchón que su padre había preparado en la parte trasera del
carro.
Al atardecer, cuando la comitiva se detuvo para preparar el
campamento en el que iban a pasar la noche, siguió con su incansable lista
de preguntas, pero esta vez, el lugar de martirizar a su padre, los objetivos
fueron Blake y Gawin.
Seelie lo observaba sentada en la parte trasera del carro, sin intervenir,
aliviada de que su hijo, que se había criado con el único contacto
masculino del convento, el sacerdote que las visitaba regularmente, no se
sintiera incómodo o vergonzoso al hablar con estos guerreros fornidos.
Por eso no se dio cuenta de que Kenneth estaba junto a ella hasta que
fue demasiado tarde, cuando ya le había cogido la mano con fuerza y la
llevaba casi a rastras hasta el bosquecillo cercano, en el que estarían
completamente solos.
—Kenneeth, basta.
—Nada de eso. Tenemos que hablar.
—No hay nada que tú puedas decir, que yo quiera escuchar.
—Me da igual que no quieras. Lo harás.
Seelie tuvo que alzarse las faldas para no tropezar con ellas. Podría
gritar, pero dudaba que alguno de los dos hombres que quedaban en el
campamento hiciesen algo por ayudarla, y Derwyddon había desaparecido
hacía un rato y no había regresado todavía. Además, no quería asustar a su
hijo haciendo una escena.
—Te estás comportando como un bárbaro.
—Soy de las Tierras Altas, ¿lo has olvidado? Somos bárbaros.
—No puedes hacer esto.
—¿El qué? ¿Obligar a mi esposa a escucharme?
—Arrastrarme de esta manera por el bosque, como… como… como si
yo fuese un fardo.
Kenneth se paró y la miró con dureza.
—¿Acaso habrías venido voluntariamente si te lo hubiera pedido con
educación?
—¡No! No habría venido porque no quiero oír nada de lo que tú tengas
que decirme.
—Ajá. Por eso es por lo que te he arrastrado hasta aquí.
—Claro, y ha de hacerse tu santa voluntad porque yo no tengo derecho
a negarme.
—Seelie, solo quiero pedirte perdón.
—¿Perdón? ¿Por qué, exactamente? ¿Por haber estado todos estos años
refocilándote en camas ajenas? ¿Por no haber tenido ni un solo momento
de luto por mí? ¿Por no haberme llorado?
—Todavía te estoy llorando, mujer. Cada momento que he pasado
pensando que estabas muerta, ha sido una agonía para mí. He buscado la
muerte en mil batallas solo para poder reunirme contigo en el Paraíso.
Durante estos años mi vida ha estado constantemente rodeada de tristeza y
dolor. Sí, me he acostado con un montón de mujeres en un vano y
desesperado afán de volver a encontrar esa parte de mí que había muerto
contigo, y nunca, jamás, la encontré. Te llevaste mi alegría, mis ganas de
vivir, mi esperanza. Te llevaste todo lo bueno que había en mí, y solo
quedó el amargo sabor de la derrota y la soledad. ¿Quieres castigarme por
ello? De acuerdo, me lo merezco. Mis devaneos fueron la peor manera que
encontré de llorar tu pérdida, pero estaba aturdido, dolorido y enfadado
porque te habías atrevido a morirte y me habías dejado atrás.
Había tanto dolor en sus palabras que Seelie no pudo evitar sentirlo en
su propio corazón. ¿Cómo podía seguir manteniéndose distante con él, si
podía apropiarse de sus palabras? La agonía de la pérdida, la derrota y la
soledad, no le eran desconocidas; ni el deseo de morir, tampoco. Ella
misma había pasado por ello, y solo había encontrado consuelo en Dios, en
las plegarias y en su hijo. ¿Cómo podía seguir culpándolo por buscar
desesperadamente un consuelo que nunca había llegado?
Alzó la mano y le acarició el rostro. La oscuridad los había rodeado y,
sorprendida, miró la mano en la que quedaba el resto de una lágrima.
Kenneth estaba llorando, torturado por el dolor y el arrepentimiento.
—Me he convertido en un mal hombre, mi amor. Es por eso que te
pido perdón. Por no haber sido capaz de comportarme con honor cuando tú
me faltaste. Debí haber hecho lo mismo que tú, refugiarme en un
monasterio y dedicarme a la contemplación y el estudio de las Escrituras.
Rezar, en lugar de aferrarme a mi espada y dedicarme a matar en un
desesperado intento de morir.
—Pobres de los monjes que te hubieran acogido. —Seelie lloraba y
reía al mismo tiempo, intentando imaginarse a este guerrero, fuerte como
un roble, vestido con los hábitos de un monje, dedicado a una vida de
contemplación—. Hubieras acabado volviéndolos locos.
Intentó seguir furiosa con él, pero le fue imposible. ¿Cómo podía?
Habían sufrido demasiado, ambos, y no estaba en su mano seguir
castigándolo.
Se alzó de puntillas y posó en sus labios un suave beso.
—Te perdono —susurró llena de emoción—. Te perdono.
El beso, aunque delicado, espoleó el deseo de Kenneth. Sus manos
deambularon hasta posarse sobre las mullidas nalgas y la apretó contra su
cuerpo, alzándola en vilo para poder apoderarse de su boca con total
impunidad. Seelie le rodeó el cuello con los brazos, abandonándose a la
caricia de sus labios, unos labios implacables, exigentes, y tan, tan
añorados.
Sin darse cuenta, se encontró con la espalda contra el suelo, aplastada
por el fornido cuerpo de Kenneth, que no había dejado de besarla ni un
momento. Las manos de él se deslizaron por los costados del vestido para
levantarle las faldas y poder acariciar su piel. Las deslizó hacia arriba
hasta llegar a las caderas mientras ella temblaba bajo su cuerpo.
—Seelie… —susurró con voz temblorosa—. Te deseo…
Le besó la comisura de los labios, la mejilla, y bajó por el cuello hasta
que se topó con el infernal vestido recatado que llevaba. Frustrado,
empezó a tirar de los cordones de la espalda para aflojarle el corpiño.
Ella intentó protestar. Aquello le parecía una indecencia, estar medio
desnuda tan cerca del resto de hombres. ¿Y si los buscaban y los
descubrían? Pero aunque lo intentó, no pudo evitar que él acabara dejando
al descubierto sus pechos, tan plenos, tan hermosos, tan deseables.
—Oh, Dios… —susurró, embelesado.
Los pezones estaban duros exigiendo su atención. Seelie respiraba con
agitación, aferrada a los hombros de Kenneth, mirándolo con los ojos
entrecerrados por la pasión. Cuando pasó la lengua muy lentamente por
encima del rígido pezón, el cuerpo de Seelie tembló sin control. El fuego
prendió en sus entrañas, una llama incombustible que se expandió por todo
su cuerpo.
—Oh, Dios, Kenneth…
No dejó el pezón, torturándolo con la lengua y los labios, perdido en el
placer que sentía y proporcionaba. Deslizó la mano por el muslo,
escondida bajo la falda, hasta el triángulo de vello púbico. Seelie se
estremeció e intentó cerrar las piernas, muerta de vergüenza. Kenneth,
implacable, no se lo permitió y acariciándola y susurrándole al oído,
consiguió que se relajara y abriera las piernas, permitiéndole acariciarla en
el lugar prohibido.
Abrió los labios vaginales con los dedos y jugó con el clítoris,
haciendo que se hinchara. Deslizó los dedos hasta penetrarla con uno.
Estaba mojada y preparada para él.
—No… aquí no, por favor —le pidió, intentando empujarlo, pero él
era grande y fuerte, y le fue imposible moverlo ni un centímetro. El resto
de hombres estaban muy cerca y, aunque había intentado olvidarlo, no
podía. Y su hijo podía aparecer en cualquier momento.
—Ssssht —le chistó con cariño—, sí, aquí sí. Te necesito ahora, mi
amor.
—Nos oirán —protestó ella con la voz entrecortada.
—No, no nos oirán si no gritamos.
—Kenneth, por favor…
La calló con un beso mientras se alzaba el kilt. Se posicionó entre sus
piernas abiertas y la penetró con cuidado. Estaba tan mojada, tan estrecha,
que todo su cuerpo se sacudió por el placer. Volvía a estar vivo y
completo, enterrado hasta la empuñadura en el cielo que era el coño de su
mujer.
Empezó a moverse, entrando y saliendo. Ambos jadeaban con fuerza,
exhalando el aliento a trompicones, esforzándose por no gritar. Kenneth
intentaba contenerse yendo despacio para no hacerle daño porque hacía
mucho tiempo que aquel coñito no era visitado.
—Dime si te hago daño —le susurró al oído.
—No, no me lo haces —contestó ella.
Se arqueó cuando la polla de Kenneth golpeó hasta el fondo y tocó
aquel punto mágico que hizo que su cuerpo se sacudiera. Gimió de placer
y se llevó el puño a la boca para tapar el sonido que salía por ella.
—Mi amor… mi mujer… tan bella… tan estrecha… —susurraba él al
oído sin dejar de empujar las caderas contra ella, su polla entrando y
saliendo en una cadencia rítmica que marcaba el baile de su deseo—. Voy
a follarte mil veces cada día. Voy a follarte hasta que no puedas caminar.
Eres mía, mía, mía… y no voy a dejar que nada ni nadie vuelva a apartarte
de mí.
Seelie se estremecía y se rebelaba ante cada palabra. La lujuria era un
acto pecaminoso, pero se sentía tan bien sentirlo en su interior de nuevo,
empujando con vehemencia. Era como si una parte de su cuerpo hubiese
estado vacía e inútil hasta que volvieron a encontrarse.
Pero aquello no estaba bien. ¡No eran animales! Su confesor siempre le
decía que el acto sexual entre un hombre y una mujer estaba destinado a la
reproducción, que usarlo para el propio placer era pecado. Ella echaba de
menos hacer el amor con su esposo, y las penitencias por confesarlo
habían sido rápidas y duras hasta que consiguió reprimir el deseo.
Y ahora, volvía a caer en él.
—Kenneth, no, esto no está bien… —susurró sin fuerzas.
Estaba dividida. Su cuerpo lo deseaba y respondía a cada caricia, a
cada beso, a cada empuje de su pelvis, a cada roce de su polla en su
interior. Pero su mente no quería aceptarlo y se rebelaba ante la respuesta
salvaje de su piel y su corazón.
—Basta, por favor… —suplicó.
Kenneth volvió a besarla. No quería oírla. En su mente turbia sus
súplicas se perdían. No las creía. Su cuerpo respondía. Su coño estaba
empapado por el deseo y pulsaba con los primeros estertores del orgasmo.
¿Y le pedía que parase? No pensaba hacerlo.
—Córrete —le gruñó con voz dura al oído mientras su mano volvía a
torturar el clítoris, sin dejar de taladrarla con la polla—. Córrete, mujer.
Seelie no pudo evitarlo. Su cuerpo respondió a la orden gruñida y
estalló en mil fragmentos, sacudiéndose con espasmos mientras mordía el
puño para evitar gritar. La liberación fue brutal, como un puñetazo en el
estómago, y la dejó sin aliento, rota y desmadejada, totalmente vulnerable.
—Así me gusta —jadeó él con la mandíbula apretada, conteniéndose
—, que mi esposa responda a mis caricias, como debe ser. Ahora vamos a
por el segundo.
—No, Kenneth. Quiero que termines.
—Ni hablar. He estado hambriento de ti demasiado tiempo como para
permitir que esto termine tan pronto.
Con los dientes apretados, salió de su interior. La polla estaba
hinchada y le dolía, pero soportó la tortura. Quería sentir el dolor,
atesorarlo como lo que era. Hacía tantos años que no se sentía completo
que ahora no iba a dejarse ir hasta haberse saciado de ella completamente.
Le levantó las faldas del todo, dejando descubierto el triángulo de
vello. Seelie protestó levemente, intentando volver a cubrirse, pero él no
se lo permitió. Se arrodilló entre las piernas, le puso las manos en las
nalgas para levantarla un poco y así poder enterrar el rostro entre ellas.
Lamió el coño, sorbiendo los jugos que chorreaba y la penetró con la
lengua, jugando con ella, deleitándose con sus gemidos. Chupó el clítoris,
haciendo que ella se estremeciera y arqueara la espalda.
Así la quería, entregada y atormentada por el placer, sin capacidad
para pensar en nada más que en lo que sentía. Quería alejar de ella
cualquier otro pensamiento que no fuese el gozo que la hacía estremecer.
Alzó el rostro y observó los ojos vidriosos de Seelie, perdidos en la
nada, todo pensamiento racional anulado completamente.
—Eres mía, Seelie, y no voy a permitir que nos niegues el placer que
nos merecemos —susurró, aunque no supo si ella lo había oído, ni le
importó.
Volvió a penetrarla y empujó con fuerza. Necesitaba liberar su parte
salvaje. Necesitaba enterrarse profundamente para soltar su semilla,
llenarla con ella, marcarla como si fuese un animal salvaje. Quería que, al
regresar al campamento, todos supieran lo que habían hecho al ver su pelo
despeinado, su ropa arrugada, sus mejillas arreboladas. Quería que oliese a
él.
Empujó con dureza una y otra vez. El único ruido en el bosque era el
de sus cuerpos chocando con fiereza, y sus gruñidos de placer insatisfecho.
Le pellizcó un pezón para obligarla a abrir los ojos. Necesitaba que lo
mirara, que sus ojos se fijaran en él.
—¡Mírame! —le ordenó, y sus ojos azules lo enfocaron con sorpresa
—. Di que eres mía. ¡Dilo!
—Soy tuya —aceptó ella, sintiendo que un nuevo orgasmo arrollador
la hacía saltar por los aires.
Ambos se corrieron sin control, los cuerpos sacudidos por el ansiado
placer negado durante tantos años. La semilla de Kenneth la inundó,
calentando su interior frío y muerto durante tanto tiempo. Jadeantes y
sudorosos, Kenneth se dejó caer sobre ella, aplastándola de nuevo con su
rudo cuerpo, y Seelie lo abrazó para apretarlo todavía más.
Capítulo ocho. Un viaje accidentado.

Lean caminaba por los pasillos de Aguas Dulces arrastrando los pies,
agotado de un duro día. Atender a los lugareños que dependían de él y que
buscaban justicia, y hacer de intermediario en las constantes disputas que
surgían entre los suyos, era agotador. Eran hombres orgullosos y fieros y
no era fácil complacerles con sus sentencias, aunque siempre intentaba ser
lo más justo posible.
Estar toda la mañana con un Alistair vigilante a su lado, había hecho
que fuese más duro de lo normal. Durante años había podido vivir
disimulando lo que sentía en su corazón, y no comprendía por qué ahora se
le hacía tan difícil.
Ansiando un poco de soledad, pasó la tarde cabalgando. Sabía que
debería haber ido acompañado, pero en aquellos momentos no podía
tolerar la compañía de nadie. Necesitaba pensar, y tener a su lado a los
guerreros que Alistair se empeñaba en que siempre lo acompañaran
cuando salía fuera de las murallas, era inaceptable.
Cuando regresó, se encerró en su gabinete y no dejó que nadie lo
molestara.
Sentía que el corazón se le estaba pudriendo en el pecho, incapaz de
manifestar el amor ilícito que sentía por su amigo. Se miraba en el reflejo
del agua y veía a un monstruo que tenía unos sentimientos anti natura que
no eran normales.
Llegó a la puerta de su dormitorio maldiciendo a Dios por obligarlo a
sufrir así. A veces, llegaba a preguntarse si aquello era cosa del diablo. La
lujuria era un pecado, pero no era simple lujuria lo que sentía por Alistair.
Por supuesto que soñaba con noches interminables de placer carnal con él,
pero eso no era todo. Había una parte llena de ternura en sus sueños, una
parte en la que permanecían con las piernas enredadas mientras sentía el
corazón de Alistair golpear bajo el oído mientras permanecía con la
cabeza apoyada sobre su pecho, envueltos en un abrazo.
Aquello era más que deseo. Era amor, ni más ni menos, y tenía la
sensación de estar siendo engañado y burlado por el destino, con el alma
torturada por este sentimiento que era incapaz de controlar ni hacer
desaparecer.
Por supuesto, no podía terminar la noche en paz.
Alistair estaba esperándolo ante la puerta de su dormitorio, con el
hombro apoyado en la pared y con los brazos cruzados sobre el pecho.
Cuando lo vio llegar le dirigió una mirada furiosa y parecía muy dispuesto
a reñirlo como si fuese un niño travieso inconsciente de los peligros a los
que se exponía.
—Has vuelto a salir a cabalgar tú solo, sin importarte mi opinión.
—No es un buen momento, Alistair. Hablaremos mañana.
Lean no quería discutir, no cuando se encontraba tan agotado que ni
siquiera era capaz de reprimir el galope de su corazón por la cercanía del
hombre que amaba.
—¿Por qué lo haces? ¿Disfrutas haciéndome sufrir? ¿O desafiarme es
alguna manera de reafirmar tu poder como laird? ¿No entiendes que tienes
enemigos? Podrías encontrarte en medio de una emboscada y morirías por
culpa de tu obcecación. ¿Por qué eres tan irresponsable?
—No soy un maldito niño que necesite estar siempre protegido,
Alistair; ni una mujer incapaz de defenderme. —Lean estaba furioso por la
palabras de su amigo, y por el torbellino de emociones que parecían a
punto de estallar en su pecho—. Soy un hombre, un guerrero capaz de
cuidar de mí mismo. No necesito una maldita niñera, ni escolta armada,
para salir a dar un paseo a caballo por mis propias tierras.
Alistair se acercó a él con los ojos encendidos y el rostro crispado por
la furia. Tenía ganas de golpearlo hasta hacerlo entrar en razón, y apretó
los puños con fuerza.
—Es tu responsabilidad hacer lo necesario para mantenerte a salvo,
maldito seas. ¡Eres el laird! No puedes permitirte el lujo de ser un
imprudente; demasiada gente depende de ti para que te arriesgues de esta
manera. Prométeme que no volverás a hacer algo así. ¡Prométemelo,
maldita sea!
—No tengo que prometerte nada —siseó Lean.
Intentó apartarlo de un empujón para sortearlo y meterse en su
dormitorio. No quería seguir discutiendo porque su proximidad estaba
poniéndolo mucho más nervioso que de costumbre. Su olor a sudor y a
cuero; el calor que desprendían sus ojos y su cuerpo; el pelo, recogido en
un moño mal hecho que deseaba deshacer. Todo en Alistair era una
maldita tentación. Pero este lo agarró por el brazo para impedírselo, y se
quedaron quietos, muy juntos, con sus cuerpos casi pegados, y las miradas
fijas en la boca del otro.
Lean tragó saliva y, de repente, el fuego estalló. Porque no pudo
reprimir las ganas de besarlo, lo hizo. Le cogió la cabeza con rudeza y se
apoderó de esos labios que tanto lo habían mortificado durante sus sueños.
Invadió la boca con la lengua, empujándolo contra la pared,
arrinconándolo allí, obligándolo a aceptar la bendita intrusión.
Alistair no se resistió al principio. Su cuerpo se rindió ante aquella
furia contenida en forma de beso, y correspondió con la misma fiereza,
rodeando con sus brazos la cintura de Lean, sometiéndose voluntariamente
a las caricias que le enardecían el alma.
Durante un instante, fueron felices. Durante un momento, se sintieron
libres y exultantes. Sus mentes se regocijaron y sus cuerpos gritaron
reclamando más besos, más caricias, más calor.
Hasta que Alistair lo apartó de un empujón para marcharse, asustado
de sí mismo, del beso y de sus propios sentimientos tan fuertes y
poderosos.
Lean, destrozado, lo observó marchar en silencio, con el pulso
acelerado y jadeando todavía, maldiciéndose por no haber sido capaz de
contenerse.
***

El día había amanecido nublado. El cielo encapotado parecía amenazar


lluvia. El viento frío del norte se deslizaba por las montañas, formando
algunos pequeños remolinos.
Seelie estaba sentada en el carro, al lado de Derwyddon. Se había
envuelto en una manta para protegerse del frío y tenía al pequeño Ken en
brazos. El niño no estaba conforme porque quería ir con su padre, como el
día anterior, pero estaban en una zona peligrosa, en la que abundaban los
bandidos y los renegados, y los hombres debían estar preparados para
defenderse si era necesario. Llevar a un niño en brazos entorpecería mucho
a Kenneth si tenía que luchar.
—¿No os envió el MacDolan, verdad? —le preguntó a Derwyddon, que
estaba atento conduciendo el carro.
—No.
—¿Entonces? ¿Por qué vinisteis en mi busca?
—Le debo mucho a vuestro esposo. Todos le debemos mucho. ¿No os
habló anoche de sus últimas aventuras?
Seelie enrojeció. La noche anterior no habían hablado mucho cuando
se apartaron de los demás. Se habían besado, acariciado y hecho el amor,
sintiéndose extrañamente incómoda y deseosa al mismo tiempo. Durante
los últimos cinco años se había obligado a olvidar lo que sentía cuando
estaba en los brazos de Kenneth, refugiándose en la fe y en la oración.
Ahora era como si estuviese traicionando todo lo que había aprendido
estando con las monjas, y las largas conversaciones que habían mantenido
con ella sobre la importancia del celibato, y la lucha contra los deseos
impuros. Porque no podía negarse que deseaba a Kenneth, pero sentir
placer estando en sus brazos ahora la hacía sentir impura.
—No.
—Quizá deberíais preguntarle a él. Y que os hable de los cambios que
han habido en Aguas Dulces. No me corresponde a mí daros las noticias.
—¿Os referís a la muerte del anciano MacDolan, y que ahora mi primo
Lean es el laird?
—Entonces, sí hablasteis.
—No. Kenneth me lo contó antes de salir de Inbhir Ùige.
Un grito violento cortó la conversación. Siete hombres se abalanzaron
sobre ellos, espada en mano, lanzando un estentóreo grito de guerra que
erizó el vello de Seelie. Se abrazó a su hijo con fuerza mientras
Derwyddon intentaba contener a los asustados caballos. Kenneth, Blake y
Gawin sacaron sus armas, prestos a defenderse. Se cruzaron las espadas
ante la aterrorizada mirada de la mujer. Los asaltantes eran más, y Seelie
temió que aquella escaramuza fuese a costarles muy caro. Cerró los ojos y
empezó a rezar, aferrada a su hijo, mientras a su alrededor, los gritos, los
relinchos de los caballos, y el entrechocar de las espadas, conformaban
una melodía tétrica que penetró en su mente y la trasladó a un lugar lejano
en el tiempo.
Aguas Dulces. El ataque. La sangre y la muerte rodeándola por todos
lados. El dolor de la pérdida.
Seelie empezó a balancearse adelante y atrás, abrazada a su hijo,
mientras no dejaba de rezar. Encomendó su seguridad y la de los demás al
Altísimo. Rezó con fervor mientras a su alrededor seguía la escaramuza.
Oyó a Kenneth maldecir con fuerza, pero no se atrevió a abrir los ojos para
ver qué pasaba. Tenía mucho miedo de perderlo ahora cuando acababa de
descubrir que seguía vivo.
—Por favor, por favor, Señor, no me lo arrebatéis de nuevo —suplicó
con las lágrimas rodando por sus mejillas.
El pequeño Ken, tan asustado como su madre pero al mismo tiempo
fascinado por lo que estaba viendo, mantenía los ojos bien abiertos para no
perderse ni un detalle. Su padre y sus amigos se movían con soltura sobre
los caballos, manejando las espadas contra los atacantes, acabando uno a
uno con ellos.
Un terrible rugido de dolor surcó el aire y Blake cayó del caballo,
quedando peligrosamente bajo las patas del mismo, que corcoveó al verse
libre del dominio del jinete, alejándose al fin al galope del campo de
batalla, deteniéndose unos metros más allá.
Kenneth y Gawin, al ver caer a su amigo, recrudecieron sus esfuerzos
hasta que acabaron con el último de los atacantes. Llenos de sangre y
sudor, desmontaron para atender al herido que se mantenía en el suelo,
muy quieto.
—¡Maldita sea! —rugió Kenneth al arrodillarse a su lado y ver la
herida. Tenía un tajo muy feo en el estómago en el que casi podían verse
las tripas—. Maldita sea… —susurró, consciente de la gravedad.
Blake consiguió abrir los ojos con mucho esfuerzo y miró a su amigo.
En su mirada supo la verdad, que estaba condenado. Maldijo al maldito
destino, que le impediría conocer a su hijo, y que lo obligaba a dejar sola a
su amada.
—Maisi… —susurró, aferrándose a la mano de Kenneth—. Júrame
que cuidarás de ella y de mi hijo…
—Vas a ponerte bien, maldita sea. No voy a permitir que te mueras
ahora.
Blake sonrió y un hilillo de sangre se deslizó por la comisura de sus
labios.
—No hay nada que puedas hacer…
—No te rindas, amigo mío…
—Rezad por mi alma… No… no quiero ir al infierno, Kenneth… rezad
por mí…
Derwyddon, todavía sobre el pescante del carro, asistía incrédulo a lo
que ocurría ante sus ojos. Blake no podía morir. Lo necesitaban para
acabar con Gwynn. ¿Podía el destino estar en contra de su misión? No, se
negaba a creer tal cosa.
Se maldijo con dureza, porque en su forma original sería capaz de
curar al hombre sin ningún esfuerzo; pero así, después de tanto tiempo de
mantener esta forma humana, sus poderes habían decaído
considerablemente. ¿Qué podía hacer?
Miró a Seelie, sentada a su lado, que seguía aferrada a su hijo mientras
las lágrimas brotaban de sus ojos ya abiertos. ¡Claro! ¿Cómo no se le
había ocurrido al momento?
—Tú puedes curarlo —le dijo con convicción.
—¿Qué? —Los ojos asombrados de la muchacha se apartaron del
espectáculo doloroso para fijarse en ellos.
—¿Por qué crees que Gwynn está tan interesado en ti? ¿Por tu cara
bonita? Eres de una antigua estirpe de druidas, y la magia vive en ti. Úsala
para curarlo.
—¿Magia? Pero, ¿de qué estáis hablando? ¡Yo no tengo magia!
Derwyddon soltó las riendas para poder cogerla por los hombros y
obligarla a girar el cuerpo hasta quedar enfrentada a él cara a cara.
—Tú eres magia pura. Ve hasta él y cúralo.
—¡No! ¡No puedo hacer tal cosa! La magia es perversa, ¡es pecado! —
Lo miraba horrorizada por lo que le estaba exigiendo.
—Déjate de monsergas, muchacha. En la magia no hay ni bien ni mal.
Úsala para hacer el bien, y habrá bondad en ella. Tú puedes salvar a ese
hombre, devolvérselo a su esposa y a su hijo no nato. ¿Es que acaso no hay
ni una pizca de compasión en ti?
—Yo no… yo no sé cómo hacerlo —sollozó, desesperada.
—Solo tienes que usar tu voluntad, igual que la utilizas para hacer que
tu hijo te obedezca. Ve a su lado, pon las manos sobre la herida, y desea
que se cierre. Puedes lograrlo.
Seelie, dubitativa, con los ojos muy abiertos por el terror, apartó a su
hijo de su lado, dejándolo sentado al lado del druida, y bajó del pescante.
Miró otra vez a Derwyddon, indecisa, pero un gesto de él la conminó a
hacer lo que le había dicho.
Caminó hasta Blake, que temblaba violentamente en brazos de
Kenneth, y se arrodilló al otro lado. Miró a su esposo, más asustada de lo
que nunca había estado. ¡Aquello era una locura! Una locura que la ponía
en una situación terrible.
Miró a Derwyddon de nuevo.
—Puedes hacerlo, Seelie. Usa la magia.
Kenneth parpadeó. Miró al druida y después a su mujer, confuso.
¿Magia? Intentó abrir la boca para prohibírselo, pero el cuerpo tembloroso
de Blake se lo impidió. No podía permitir que su amigo muriera, aunque
eso significara que su esposa se adentrase en un camino peligroso.
—Inténtalo —le susurró, procurando infundirle ánimos con sus
palabras—. Solo inténtalo.
Seelie asintió. Aspiró profundamente y posó las manos sobre la herida,
sin llegar a tocarla. Buscó en su interior la voluntad necesaria y se dispuso
a utilizarla.

Kenneth dejó la cabeza de Blake en el suelo, con mucho cuidado, y se


apartó para poder dejar trabajar a Seelie sin molestarla. La miró,
comprendiendo por primera vez por qué el diabólico Gwynn la quería.
¿Quién sería su madre? Shawe MacDolan, su padre, nunca había
hablado de ella. Un buen día había regresado a Aguas Dulces después de
años de ausencia, llevando en los brazos a un bebé. Nunca contó qué había
hecho durante ese tiempo, ni quién era la madre de la criatura.
De lo que estaba seguro, era de que la sangre de druida que corría por
sus venas no venía de la familia MacDolan.
Seelie estaba concentrada, y la herida de Blake ya estaba casi cerrada
milagrosamente, cuando un temblor de tierra hizo que sus pies bailaran
sobre el inestable suelo. Los caballos, asustados, con los ollares dilatados
por el terror, cogieron a Derwyddon por sorpresa y tiraron del carro con
brusquedad. El druida, en un movimiento inconsciente, soltó al pequeño
Ken para poder agarrar las riendas y controlarlos, con tan mala suerte que
la sacudida del carro hizo que el niño cayera hacia adelante.
Seelie gritó. Kenneth se lanzó al suelo, entre las patas de los animales
nerviosos, donde había caído su hijo, y se hizo un ovillo a su alrededor
para protegerlo con su propio cuerpo.
—No te muevas —le susurró mientras los caballos pateaban a su
alrededor. El instinto les decía que corrieran para huir, pero las firmes
manos de Derwyddon, aferradas a las riendas, terminaron controlándolos y
consiguiendo que acabaran tranquilizándose.
Cuando por fin consiguieron salir de debajo, Kenneth cojeaba un poco
y el pequeño Ken corrió hacia su madre, que lo recibió con un fuerte
abrazo y el corazón en la boca, para enseñarle las raspaduras que tenía en
las rodillas, mostrándolas orgulloso.
Seelie le llenó el rostro de besos y volvió a abrazarlo, dirigiéndole a
Kenneth una mirada de agradecimiento. Era evidente que, aunque apenas
hacía dos días que había entrado en su vida, amaba tanto a su hijo que
había sido capaz de poner en riesgo su propia vida para salvarlo.
***
Gwynn, furioso, permanecía encerrado en el submundo desde su última
derrota, lamiéndose las heridas y regocijándose pensando en la venganza.
Una leve vibración en el aire, una pequeña oleada de poder sacudiendo la
superficie, llamó su atención y lo obligó a dejar de lado durante unos
segundos las lamentaciones y la autocompasión, para fijarse en lo que
ocurría un poco más allá.
Siguió el rastro a través de la tierra, columpiándose en las raíces,
bañándose en los ríos de magia que corren por el subsuelo, siguiendo el
palpitar de ese nuevo poder que nunca antes había olfateado. Era fresco,
limpio, puro y muy, muy grande. Era el Cáliz que le fue arrebatado cuando
ya era suyo, la hembra que había estado persiguiendo desde su nacimiento,
que localizó en el castillo de los MacDolan, y que se le escapó de las
manos cuando ya casi era suya. Era la Elegida que podría traer al mundo a
su hijo, el cuerpo en el que podría reencarnarse…
La localizó aunque a ella no podía verla. Sintió el palpitar de su
corazón y respiró su aroma a inocencia y pureza, deleitándose en ese
olor… Pero ya no era pura.
El descubrimiento hizo que la furia lo sacudiera desde su intangible
cabeza hasta sus inexistentes pies, propagándose a través del submundo
hasta la superficie. Su odio provocó un temblor que estremeció la tierra.
Al resto podía verlos, a todos. El que había sido su esclavo yacía
herido en brazos del guerrero que lo había liberado de su control. El
cuerpo que poseyó estaba a su lado, con el rostro demudado por la
preocupación. Derwyddon, el maldito, los estaba ayudando. La hembra, el
Cáliz, aunque no podía verla porque estaba rodeada de algún poder de
protección, sabía que estaba aprendiendo a usar su poder, curando al
yaciente Blake; lo sentía en sus entrañas, en la magia que reptaba por la
superficie de la tierra, congregándose alrededor del herido para sanarlo.
Y el niño.
¡Oh, el niño! Fuerte, sano, inocente. Por sus venas corría la sangre de
los antiguos, y en su corazón subyace un poder inimaginable, que se
despertará cuando alcance la madurez.
Gwynn sonrió. Ya no necesitaba a la hembra. Solo quería a su hijo. Y
estaba decidido a poseerlo.
Capítulo nueve. Corazones angustiados.

La recuperación de Blake fue milagrosa. La magia de Seelie consiguió


reconstruir y unir todos los tejidos dañados; ni siquiera le había quedado
una cicatriz como recordatorio.
—¿Sentiste el aroma a flores? —le preguntó Gawin, que cabalgaba a
su lado..
—Sí.
—Yo ya lo había olido antes. En la cabaña, cuando Derwyddon me
revivió.
—¿Qué insinúas? —Los ojos de Blake, de un azul tan claro que casi
parecía blanco, se quedaron fijos en él, esperando una respuesta.
—Nada —suspiró al final Gawin—. No lo sé, maldita sea. Solo que…
Quizá la magia huela así siempre. Nada más.
—La magia buena. La mala ya te digo yo que no es así.
El atardecer les alcanzó cuando pasaban cerca de una granja. Había una
casita de adobe y techo de paja, con un granero de dos pisos anexo, y la
tentación de dormir bajo cubierto fue irresistible. El cielo amenazaba
lluvia y no sería extraño que las nubes descargaran en cualquier momento.
Kenneth se acercó al granjero que estaba cortando leña, que lo miró
con desconfianza, y lo saludó alzando la mano.
Hablaron unos minutos mientras el resto del grupo esperaba, apartado,
hasta que Kenneth les hizo señas para que se acercaran.
—La casa es pequeña y no pueden acogernos, pero podemos dormir en
el granero.
—Y están invitados a nuestra mesa, señores. Es humilde, pero
abundante, y el guiso de mi esposa sabe a gloria.
—Sois muy amable —dijo Seelie mientras Kenneth la ayudaba a bajar
del carro.
—Ojalá pudiera hacer más, señora, pero la casa es pequeña y a duras
penas cabemos mi familia y yo.
—No os preocupéis. El granero estará bien.
Acomodaron a los animales en la parte baja, junto a la mula y los dos
bueyes del granjero. Estarían estrechos, pero si llovía, mucho mejor que
estar a cielo abierto.
Blake y Gawin les quitaron los arreos y empezaron a cepillarlos.
Kenneth subió a la parte superior para preparar un colchón para su familia
con la paja fresca, y Derwyddon cubrió el carro con una lona para que los
baúles de Seelie no se mojaran si, como temían, acababa lloviendo. Ella y
el pequeño Ken habían entrado en la casita con la intención de ayudar a la
esposa del granjero.
—Esto será mejor que dormir al raso, pero echo de menos mi cama —
gruñó Blake frotando con el cepillo el pelambre de su caballo—. Estoy
harto de dormir en el puñetero suelo.
Gawin se burló de él soltando una risita entre los dientes.
—¿Te has vuelto un blando?
—He llegado a apreciar la comodidad de una buena cama.
—Te has vuelto un blando.
—Llámalo como quieras. —Blake se encogió de hombros—. Durante
toda mi vida no he tenido nada. Crecí en una cueva, como un salvaje,
durmiendo en el suelo. Dormir en una cama mullida junto a mi mujer, con
un buen fuego calentándome los pies, es un símbolo de la suerte que he
acabado teniendo.

Cenaron con el matrimonio de granjeros, apretados en la mesa,


mientras los tres hijos jugaban en el suelo con el pequeño Ken.
El hombre había estado en lo cierto al decir que el guisado de su
esposa era glorioso, y disfrutaron de la carne tierna y de las verduras.
—¿Sentisteis el temblor de tierra esta mañana? —les preguntó Liam,
el granjero.
—Sí —contestó Seelie—. Espantó a los caballos. Nos dio un susto
terrible.
—Me pregunto qué pudo provocarlo. Vos parecéis un hombre leído —
dijo dirigiéndose a Derwyddon—. ¿Tenéis alguna idea?
Todos miraron al druida, pero este se limitó a encogerse de hombros.
—La Naturaleza tiene sus razones para hacer lo que hace, pero yo las
desconozco.
—Fue como si el mismísimo infierno se revolviera —murmuró
Katrina, la esposa del granjero.
—El infierno no se revuelve —apostilló Derwyddon—. Eso solo lo
hacen sus habitantes.
Katrina se persignó con horror, y Seelie la imitó.
—¿Querríais rezar conmigo un rato, después de cenar? —le preguntó a
la granjera. Durante el largo viaje desde Francia, había intentado que
Derwyddon la acompañara en sus rezos, pero este se había limitado a
mirarla como si le hubiese pedido un milagro.
—Os lo agradecería mucho. Aquí mi marido es un cabeza hueca que no
tiene respeto por Dios y nunca reza conmigo. ¿Qué clase de ejemplo para
nuestros hijos cree que es ese?
La recriminación fue recibida por el aludido con un leve encogimiento
de hombros y una sonrisa inocente.
—Pues hoy rezaremos todos juntos, y si a los hombres les molesta, que
salgan a contemplar las estrellas mientras tanto.
—Creo que nos están echando —rio Blake, levantándose de la mesa.
—A mí me parece bien. Estoy muerto de sueño y rezar solo haría que
me cayera redondo al suelo —contestó Gawin—. Me voy a dormir.
—Yo creo que pasearé un poco —anunció Derwyddon.
—Y yo os esperaré fuera —le dijo Kenneth a Seeelie, refiriéndose a
ella y al pequeño—. Señora Katrina, muchas gracias por la cena. Ha estado
deliciosa.
—Es todo un caballero —musitó la aludida refiriéndose a él, cuando
los hombres ya habían abandonado la cabaña—. Habéis tenido suerte.
—Sí, supongo que sí —contestó Seelie, pero sin estar totalmente
segura.
Antes sí lo estaba. Cuando se casaron, Kenneth era un amante tierno y
considerado que la trataba con suavidad. Pero ahora… La noche pasada
había visto en él indicios de un salvajismo que no estaba allí antes, y que
le había dado mucho miedo; sobre todo porque había despertado en ella
algo semejante.
—Niños, es hora de decir nuestras oraciones y acostarnos.
Los niños protestaron, por supuesto. No tenían muchas oportunidades
de jugar con otros niños, y tener a uno allí era toda una novedad. Pero su
madre fue implacable.
—¿Puede quedarse Ken a dormir con nosotros, mamá?
—Lo siento, cielo, pero no —contestó Seelie con una sonrisa, sin darle
a Katrina la oportunidad de hablar—. Estoy acostumbrada a dormir con él
a mi lado y sería incapaz de hacerlo si no está.
—Pero mamá… —protestó el aludido.
—Hace horas que deberías estar durmiendo, jovencito —lo recriminó
con cariño—, así que no protestes. Rezaremos con ellos y te irás derechito
a dormir.
Katrina acomodó a sus hijos en la cama que compartían y se sentó al
lado de Seelie, que sostenía a su hijo sobre el regazo. Rezaron durante un
rato, hasta que los pequeños se hubieron dormido, incluido Ken.
—Habéis sido muy amable al rezar conmigo, señora —le dijo Katrina,
sonriéndole con agradecimiento—. A veces, es muy duro intentar
encarrilarlos por el buen camino—añadió, refiriéndose a los niños—.
Estamos tan lejos de todo y de todos… Y su padre es un buen hombre,
pero no es un buen ejemplo como cristiano.
—Supongo que ningún hombre lo es, excepto los sacerdotes. Están
todos más preocupados por las cosas materiales que por las inmateriales.
Seelie salió de la cabaña con su hijo en brazos. Afuera, tal y como
había dicho, estaba Kenneth esperándola, hablando amigablemente con el
granjero.
—Ha sido un placer hablar con vos, señor. Buenas noches, señora.
Cuando el granjero desapareció en el interior de la cabaña y se
quedaron solos, Kenneth intentó coger al niño de brazos de ella.
—Yo lo llevaré.
—¿Acaso crees que no soy capaz de hacerlo yo? —exclamó, a la
defensiva.
—Sé que puedes, pero también es mi hijo, y quiero hacerlo. Dámelo.
Por favor.
Seelie suspiró. Estaba siendo injusta con él, y lo sabía; pero tenía
miedo. Hasta ahora, ella había sido todo para su hijo. Con la aparición de
Kenneth, tenía que acostumbrarse a compartir el cariño del pequeño, y eso
hacía que se sintiera un poco celosa.
—Está bien.
El pequeño protestó medio dormido, pero se arrebujó en brazos de su
padre y empezó a chuparse el dedo con fuerza.
—Es un bebé aún —musitó Kenneth.
—Que él no te oiga decir eso, o lo ofenderás —replicó Seelie con una
sonrisa, caminando junto a él hacia el granero—. Es tan orgulloso como su
padre.
En el granero ya estaban todos dormidos sobre la paja. Kenneth dejó a
su hijo y lo tapó con las mantas.
—¿Quieres dar un paseo conmigo antes de dormir? —le preguntó a
Seelie con un susurro.
Ella asintió con la cabeza. Lo cierto era que no quería porque se temía
a sí misma y lo que pudiese dejarle hacer si estaban solos; pero era su
esposo a los ojos de Dios y de los hombres, y luchar contra él era una
guerra perdida de antemano, que solo les llevaría a la infelicidad. Debía
esforzarse por convertirse en la esposa que Kenneth necesitaba, era su
obligación, y se lo debía a su hijo.
—No estés mucho rato con el culo al aire, o te vas a resfriar.
La voz de Blake sonó medio adormecida, pero no pudo dejar de
tomarle el pelo a Kenneth y recibir por contestación un gruñido
amenazador que le provocó la risa.
—Ten un poco más de respeto, que hay una dama delante.
—Lo siento, mi señora, pero no puedo resistirme a la tentación de
tomarle el pelo a vuestro esposo.
—A mí lo que me preocupa es que tanto cuchicheo acabe despertando
a mi hijo —contestó la aludida. Sabiendo que el rubor se había adueñado
de su rostro, dio gracias por la penumbra en la que estaban.
—El chico duerme como un lirón, y si se despierta, yo me ocuparé de
él. No temáis. Podéis ir a pasear tranquilamente con vuestro esposo.
La inflexión que le dio a la palabra «pasear» lo hizo soltar una risilla
de nuevo, porque era evidente que Kenneth quería resarcirse de todas las
noches en las que no había podido estar junto a su esposa, y que en lo
último que pensaba era en «pasear».

Las estrellas titilaban en el cielo como luciérnagas. El viento se había


llevado las nubes y había dejado una noche que parecía mágica. La calma
los rodeaba y la luna llena iluminaba la tierra con su tenue resplandor.
Kenneth le ofreció su brazo a Seelie y esta lo aceptó, cogiéndose a él
con algo de reticencia.
Seguía amando a Kenneth, no podía negarlo; igual que no podía
ignorar cómo su cuerpo respondía a él siempre que estaban cerca. La
pasión no se había extinguido a pesar de los años en que habían estado
separados, y eso era mortificante para ella. ¡Había luchado tanto contra el
fuego que la recorría siempre que pensaba en él! Cuando estaba a solas en
la celda del convento y los recuerdos la asaltaban, y se imaginaba de
nuevo en sus brazos ardiendo de lujuria. Había creído vencerlos, a base de
rezos y penitencias.
Pero ahí estaba de nuevo, abrasada por el deseo solo por caminar a su
lado bajo las estrellas. Tenía la piel erizada por el calor que emanaba el
cuerpo de Kenneth. Los pechos le dolían, pesados y anhelantes. El útero le
pulsaba, vacío, ansiando sentirse lleno de nuevo.
—Nunca jamás va a haber otra mujer en mi lecho. Te lo juro por mi
honor.
La aseveración de Kenneth la pilló desprevenida y removió la maraña
de celos que todavía permanecía, latente, en su estómago.
—¿Por qué dices eso ahora?
—Porque quiero que vuelvas a confiar en mí, aunque sé que será
difícil. Seelie, no tengo excusa por lo que hice. Ni siquiera la
desesperación que sentía al creerte muerta es suficiente, ahora lo sé.
—No tienes que sentirte culpable. Nadie le debe fidelidad a un muerto.
—Quizá, pero sí se la debía al amor que siempre he sentido por ti. Lo
ensucié con mis actos, y jamás podré perdonarme por ello.
—Kenneth. —Seelie dejó de caminar y se puso frente a él para poder
mirarle a los ojos—. Ambos fuimos víctimas de las mentiras de tu padre,
dichas quizá con la mejor de las intenciones, pero mentiras al fin y al
cabo. He pensado mucho en ello durante estos días, y aunque no puedo
evitar sentir unos celos terribles por todas esas mujeres, tampoco puedo
culparte. El dolor puede llevarnos por caminos muy extraños. A partir de
ahora debemos mirar hacia adelante y reconstruir nuestras vidas, juntos de
nuevo. Te prometo que voy a esforzarme por hacerte feliz.
—Seelie… —La ternura y el amor fueron evidentes en su nombre
susurrado, y en la tenue caricia que le prodigó a su mejilla con el dorso de
la mano—. Te hago la misma promesa. Por mi honor, por el poco que me
quede, te prometo que voy a hacer todo lo posible por hacerte feliz. Y
nunca, jamás, voy a volver a mancillar el amor que siento por ti.
Seelie lo miró con los ojos brillantes. Aquellas palabras habían llegado
directo hasta su corazón. Era verdad que le costaría volver a confiar en
Kenneth de la misma manera en que lo había hecho antes, pero iba a poner
todo su empeño. Era un hombre de honor, no le cabía ninguna duda, y
siempre cumplía sus promesas.
—Yo también te sigo amando, Kenny. He intentado engañarme a mí
misma porque tu recuerdo era demasiado doloroso, pero ni un solo
segundo he dejado de echarte de menos, de anhelar estar a tu lado, y de
maldecir al destino por haberte llevado de mi lado. Ni siquiera la
existencia de nuestro hijo pudo llenar el vacío y la soledad que me
consumía.
—Mi amor… —susurró contra sus labios antes de apoderarse de ellos
con pasión.
Invadió su boca con suavidad, casi con reverencia, a pesar de que el
ardor de la lujuria quería obligarlo a avasallarla. Intentó resistirse al
impulso salvaje que se había apoderado de su cuerpo, pero cuando las
manos de Seelie, inquietas y voraces, le recorrieron el torso con ansiedad,
tirando de la ropa para despojarlo de ella, el hambre que sentía por su
mujer le estalló en la cabeza, haciéndole perder cualquier temor que
pudiese albergar.
Necesitaba saborearla hasta hartarse de ella, que su sabor le explotara
en la boca y que sus gritos de placer le reventaran los tímpanos. Quería
que ella se sintiera igual de perdida que él, arrebatarle todo control y
comedimiento. Quería volver a tener entre sus brazos a la gata salvaje que
le arañaba la espalda o le mordía en el hombro; a la mujer que gritaba sin
pudor cada vez que llegaba a un orgasmo.
Quería recuperar a su Seelie, que olvidara los años en el convento y la
rígida disciplina que había regido su vida desde que se habían separado.
La empujó suavemente sin dejar de besarla hasta que la sentó en un
solitario tocón que había en el centro del prado. Apartó el rostro para
poder mirarla mientras le levantaba las faldas y le abría las piernas con las
manos, acariciando los muslos desnudos.
Seelie tenía la mirada clavada en él. Respiraba con agitación, como si
los pulmones no fuesen capaces de llenarse lo suficiente de aire. Una gota
de sudor solitaria le resbalaba por la sien y Kenneth la limpió pasando la
lengua muy despacio por encima de la piel.
—Voy a follarte hasta que grites —le dijo con la voz ronca mientras
empezaba a acariciarla entre las piernas.
—¡No! Nos oirán. Ya sabes que no quiero que nos oigan.
—Me da igual. Antes no te importaba que nos oyeran. Tú misma me
buscabas para hacer el amor en los lugares más insospechados, y me
provocabas hasta que te hacía gritar de placer.
—He cambiado…
Seelie terminó la frase con un gemido. Kenneth seguía acariciándola,
inflamando de pasión el pequeño botón que se escondía entre sus pliegues.
Sentía el coño empapado y el útero le pulsaba con la necesidad.
—Y volverás a hacerlo. Haré que te olvides de todo recato, y de las
imposiciones morales que te han inculcado en el convento. Conseguiré que
vuelvas a ser la misma fiera salvaje que no se avergonzaba de dejarme
marcas con sus uñas y sus dientes.
—No, no —suplicó sollozando por el placer que sentía—. No está
bien, una mujer decente no siente esto que… esto que…
—Una mujer decente lo siente cuando es su marido el que la toca. No
puedes imaginarte las ganas que tengo de llegar a Aguas Dulces para poder
tenerte completamente desnuda, tendida sobre la cama, a mi merced. Las
cosas que te haré… Me enciendo solo de pensar en ellas. Gritarás hasta
quedarte sin voz y me suplicarás que siga, que no me pare. Todo el castillo
te oirá, y sabrá que eres mía.
Las palabras de Kenneth le produjeron un escalofrío de terror y de
lujuria. Deseaba volver a ser aquella mujer que disfrutaba entregándose a
sus juegos sin ningún temor. Quería volver a reír y gritar mientras hacían
el amor en cualquier sitio, con la excitación añadida del miedo a ser
descubiertos en pleno acto. Como cuando una de las cocineras casi los
descubre en la despensa, o uno de los mozos mientras retozaban en el
henar. Ansiaba volver a ser libre, sin el condicionamiento que le habían
impuesto en el convento a base de castigos y penitencias, y que ahora la
hacía sentirse culpable.
Kenneth la penetró por sorpresa, de una estocada, y no pudo evitar
gritar al sentirse tan llena de vida. Se aferró a sus hombros desnudos y le
clavó las uñas mientras le rodeaba las caderas con las piernas para darle
mejor acceso. Aquello era indecente y pecaminoso. Estaban haciendo el
amor como animales, en mitad del campo, a la vista de cualquiera que se
asomara a la ventana de la casa, o de la puerta del establo. Seguro que la
habían oído. Pero la vergüenza que la invadió no pudo impedir que
estallara en un orgasmo avasallador que hizo que todo su cuerpo temblara
de dicha mientras sentía la semilla caliente de su esposo derramarse en su
interior.
***
Lean nunca se había sentido tan nervioso. Alistair lo había estado
rehuyendo durante todo el día. Cada vez que intentaba acercarse a él, salía
huyendo poniendo alguna excusa tonta. Pero lo que más le dolía, era que
no se atrevía a mirarlo a los ojos. Huía de su mirada tanto como de su
presencia, y no podía permitir que esto siguiera así. Alistair no solo era su
mejor amigo, también era su mano derecha, el hombre en el que más
confiaba en el mundo. Incluso más que en su propio hermano. Debía
recuperar su amistad y su confianza como fuese, aunque tuviera que
mentir y poner todas las excusas del mundo para justificar el beso
apasionado que le había dado.
De camino a sus habitaciones privadas, paró al primer criado con el
que se cruzó y lo envió a buscarlo, con el mensaje de que su laird lo
convocaba. Alistair no podría ignorar una llamada como esa, por mucho
que quisiese.
Lo esperó de pie, al lado de la chimenea, con uno de los brazos
apoyados en la repisa y mirando el fuego que crepitaba en su interior,
consumiendo la madera mientras esparcía un agradable calor en la fría
habitación.
—Me habéis mandado llamar.
La voz ronca de Alistair hizo que se estremeciera, a pesar del tono
formal con el que se dirigía a él. Se giró para mirarlo sintiéndose muy
triste. Él había provocado ese distanciamiento.
—Sí. Entra y cierra, por favor.
Alistair dudó antes de obedecer, y eso le rompió el corazón. ¿Acaso
temía que volviese a tirársele encima para besarlo? Ganas no le faltaban,
eso era cierto, pero nunca jamás volvería a hacerlo. A pesar de que él le
había devuelto el beso con las mismas ganas. A pesar de la pasión que
había visto claramente en él.
—Quiero pedirte perdón —le dijo en un susurro, sin mirarle a los ojos,
avergonzado—. Lo que hice anoche no tiene excusa. Estaba borracho y me
sacaste de quicio con tu perorata. Solo quise hacer que te callaras y me
dejaras en paz, y no se me ocurrió otra forma. Tú siempre dices que la
mejor manera de hacer callar a una mujer es besarla —añadió, intentando
bromear para quitarle importancia al asunto—, y quise probar a ver si
contigo también funcionaba.
Alistair no sonrió. Se limitó a escucharlo en silencio sin decir una
palabra, manteniéndose cerca de la puerta, como si estar allí con él, a
solas, lo hiciera sentirse incómodo.
Y se sentía incómodo, pero no por los motivos que Lean creía.
El beso de anoche había abierto un enorme agujero en su pecho y había
dejado su corazón al descubierto y totalmente vulnerable. Durante un
instante fue verdaderamente feliz y deseó que no terminara nunca. Jamás
había sentido que todas sus emociones bulleran así, como si las hubieran
puesto en el interior de un puchero y sobre el fuego, para que hirvieran a
fuego lento.
Pero lo que más lo asustó fue lo cerca que había estado de confesar sus
sentimientos.
Aunque quizá era el momento de poner nombre a lo que estaba
pasando entre ellos para poder darlo por terminado antes de que los llevara
a complicaciones no deseadas.
—Voy a irme de Aguas Dulces una temporada —anunció con voz
queda—. Los MacPherson han empezado otra vez con las pequeñas
incursiones al norte, y han saqueado algunas granjas. Iré con algunos
hombres para ponerles en vereda.
—No es necesario que vayas tú. Tienes muchos hombres capaces de
dirigir una batida de este tipo.
—Lo sé, pero necesito ir yo. —Suspiró y se llevó las manos el rostro
para apartarse el pelo hacia atrás. A Lean, aquel gesto le pareció lo más
sexy que había visto nunca—. Necesitamos estar separados una
temporada, y tú lo sabes. Lo de anoche…
—Fue una tontería, te lo he dicho, y te he pedido perdón por ello.
—No. El problema es que no fue una tontería. Ni estabas borracho, ni
intentabas que cerrara el pico. Me besaste porque lo deseabas, y yo
correspondí porque lo deseaba también. Hace demasiado tiempo que deseo
cosas que no están bien. Necesito alejarme de ti, Lean. Debo arrancarte de
mi corazón. Por eso me voy. Solo espero que cuando regrese, podamos
retomar nuestra amistad en el mismo punto en que la dejamos. Es todo lo
que deseo.
Salió de la habitación y Lean no hizo nada para impedírselo. Se quedó
mirando la puerta cerrada mientras el mundo se desmoronaba a su
alrededor.
Capítulo diez. Regreso al hogar.

El amanecer los sorprendió profundamente dormidos. El ambiente


caldeado del establo, gracias a los animales que habitaban bajo ellos, les
ayudó a dormir profundamente durante toda la noche. Solo un inquieto
Ken se despertó a media noche para gatear casi a ciegas hasta acurrucarse
entre los cuerpos de Kenneth y Seelie, obligándoles a separarse unos
centímetros, lo suficiente como para poder caber bajo la manta que
compartían.
Kenneth no despertó hasta que el pie de su hijo acabó encajado en su
boca. Abrió los ojos, confundido durante un segundo, y acabó ahogando
una carcajada que le provocó un ataque de tos.
—Despertarás al pequeño —murmuró Seelie, todavía con los ojos
cerrados.
—Ha amanecido ya —contestó él después de quitarse el piececito de la
boca con cuidado—. ¿Cómo puede dormir con la cabeza bajo la manta? —
preguntó, observando el bulto que era su hijo. De él solo era visible una
pierna, de la rodilla hacia abajo. El resto estaba oculto bajo la manta con la
que los tres se mantenían calientes.
—No tengo ni idea —contestó ella—, pero siempre acaba durmiendo
al revés.
Era algo hermoso despertar así, pudiendo admirar el brillo de felicidad
que Seelie tenía en los ojos, con su hijo durmiendo entre ellos. Kenneth
sintió un ramalazo de ternura que le humedeció los ojos.
—Será mejor que levante a estos y empecemos a prepararlo todo para
seguir viaje —dijo apartando la mirada, sintiéndose vulnerable.
—Y yo debería despertar a este diablillo e ir con Katrina a ayudarla a
preparar los desayunos.

Más tarde, con el estómago lleno y los animales preparados para partir,
Kenneth se acercó a los granjeros mientras observaba a Seelie y a
Derwyddon, que se habían apartado del grupo y estaban cuchicheando al
lado del cercado donde estaban encerradas un grupo de ovejas que balaban
insistentes. Vio que su esposa asentía y extendía las manos hacia los
animales y permanecía así un par de minutos.
Kenneth le dio a Katrina una bolsa de monedas en agradecimiento por
su hospitalidad. Tuvo que insistir para que la aceptaran, porque ambos se
negaron en un principio aunque era evidente que la necesitaban.
—¿Qué hacíais tú y el druida al lado del cercado esta mañana? —le
preguntó cuando, hacia el mediodía, hicieron un alto para comer.
—Bendecir a las ovejas, para que estén protegidas del mal, las
enfermedades no las toquen y sean prolíficas y traigan prosperidad a la
familia.
A Kenneth no le gustó. Sabía que Derwyddon se traía entre manos algo
que no le había dicho, y estaba convencido de que pondría en peligro la
vida de su esposa.
Verla curar a Blake con sus manos fue un alivio al principio. Era su
amigo, lo apreciaba profundamente, y se alegró de que sobreviviera, por
Maisi y por el hijo todavía no nacido.
Pero cuando pudo reflexionar sobre ello, cambió de opinión. Los
poderes de los que había hecho gala Seelie eran peligrosos, y la gente era
ignorante y altamente supersticiosa. Si alguien la veía haciendo magia
alguna vez…
—Deberías mantenerte alejada de él. Es un intrigante.
—Es el único que puede enseñarme a usar estos poderes.
—¿Y para qué quieres usarlos? Hasta ahora, ni siquiera sabías que los
tenías.
—Pero ahora lo sé. No puedo seguir con mi vida como si siguiera
ignorándolo.
—¿Por qué? No van a traernos más que problemas.
—Eso es asunto mío.
—No, no es solo asunto tuyo. ¿Es que no piensas en nuestro hijo? ¿En
mí?
—No he hecho otra maldita cosa en estos últimos cinco años —replicó
con los labios apretados, destilando ira por los ojos.
—Pues deberías seguir haciéndolo, y olvidarte de esta locura.
—No voy a discutir contigo, Kenneth. Durante cinco años, me he visto
obligada a tomar mis propias decisiones. Que tú hayas reaparecido en mi
vida, no significa que vaya a renunciar a ello. Más vale que te vayas
acostumbrando.
Se levantó, furiosa, y se apartó de él, dejando a Kennenth con un
regusto amargo en la boca.
Debería hablar con Derwyddon sobre ello, obligarlo a confesarle la
verdad, el motivo real que lo había impulsado a traer a Seelie de vuelta.
Pero temía sus respuestas. No había olvidado para qué la ambicionaba el
maldito Gwynn. La quería para procrear con ella. En su momento no había
entendido por qué, pero al ver sus poderes, comprendió. Seelie era capaz
de usar la magia ancestral de la que su pueblo había renegado al abrazar la
doctrina de San Columba, a Jesús y el Cristianismo. La magia había
acudido a ella con facilidad, y la había utilizado con una naturalidad
pasmosa, como si lo hubiese hecho durante toda su vida, sin haber recibido
ninguna clase de adiestramiento previo.
¿Quién y qué era Seelie, en realidad? El saberlo, ¿cambiaría sus
sentimientos hacia ella? No, decidió. Siempre había amado a su esposa,
desde el mismo momento en que había llegado a Aguas Dulces en brazos
del tío Shawe, cuando era un bebé.
Pero tenía que saber para poder protegerla.

Aquella misma noche, cuando todo el campamento ya estaba


durmiendo, Kenneth se levantó despacio para evitar despertar a su esposa
y a su hijo, que dormían plácidamente a su lado.
Le tocaba a Derwyddon la primera guardia, y era un buen momento
para poder hablar con él sin interferencias, y sin que oídos indiscretos
pudiesen escuchar la conversación.
Lo encontró un poco alejado de la fogata. Estaba sentado en el suelo,
con la espalda apoyada contra un árbol, entreteniéndose con un trozo de
madera y un cuchillo, intentando tallar algo.
—¿No podeis dormir? —le preguntó al verlo acercarse.
—En efecto. Hay una cosa que me quita el sueño desde que os encontré
acompañando a Seelie. —No se sentó a su lado. Se quedó de pie, un poco
apartado, mirando hacia el bulto que eran su esposa y su hijo—. ¿Qué
queréis de ella? Y no me digáis que nada, porque no voy a creérmelo.
—Solo quiero protegerla. Eso es todo.
—Mentís. —Giró el rostro para fijar la mirada en el druida, dejando
que fuera consciente de la rabia que sentía—. Si hubiese sido así, la
habríais dejado en el convento en el que estaba a salvo, bien lejos de
Escocia. Algo tramáis, y planeáis involucrarla a ella. Sea lo que sea, no
voy a consentirlo.
—¿Acaso os ha molestado que la trajera hasta vos? Podríais haberos
vuelto loco buscándola, y os he ahorrado el trabajo. ¿Y me lo pagáis con
desconfianza?
Parecía burlarse de él. Kenneth apretó los puños para intentar
contenerse. Su furia era muy inflamable en todo lo que se relacionaba con
Seelie, pero no podía permitir dejarla libre.
—Soy cristiano, Derwyddon. Y aunque me he visto enredado en dos
ocasiones en vuestra lucha contra Gwynn, no confío en los druidas ni en la
magia. Manteneos apartado de ella. Es más, agradecería enormemente si
tuvierais la decencia de desaparecer de nuestras vidas. Ahora mismo.
—No puedo hacer eso, y lo sabéis. Seelie es una pieza muy importante
en la partida que se está jugando.
—Seelie no es ninguna pieza. Es un ser humano. Y vuestra partida es
una guerra que ya ha costado vidas. Mantenedla al margen.
—Pero no soy yo quién la ha involucrado, hijo.
—No soy vuestro hijo.
—Fue Gwynn quién la involucró —siguió el druida, ignorando su
protesta—. ¿Creéis que ha renunciado a ella? En cuanto se percate de que
está a su alcance, vendrá a buscarla.
—Entonces, quizá debería llevármela bien lejos de aquí, a dónde él no
pueda llegar —amenazó, y por Dios que estaba decidido a coger a su
esposa y a su hijo y huir de Escocia como alma que lleva el diablo.
—Podríais hacerlo, sí. Si Seelie se aviniese a ello. Pero mucho me
temo que no consentiría. —Derwyddon seguía tranquilo. Hablaba
pausadamente y sin mirarlo, con los ojos fijos en la madera que tenía entre
las manos, deslizando el cuchillo por ella, intentando darle forma, como si
aquella conversación fuese mundana y trivial—. Ha echado de menos su
hogar, y es allí a donde quiere regresar. ¿Creéis que podríais convencerla
de desandar todo el camino hecho, para regresar al convento? Lo dudo
mucho. Es más, pensaría que vuestra obcecación al respecto solo está
motivada por vuestra inmoralidad. Que queréis quitarla de en medio para
seguir con vuestra vida de disipación y desenfreno. Yo no me arriesgaría.
Es evidente que os ha perdonado los errores cometidos y que os ha
aceptado de nuevo en su cama. Pero si tan solo le sugerís la idea de que
debe volver al convento…
—Yo no he hablado de devolverla al convento, ni de dejarla sola,
Derwyddon. Estáis tergiversando mis palabras en vuestro provecho.
—Y así mismo le susurraré si sacáis a colación esta idea de nuevo. La
pondré en vuestra contra, Kenneth. Me dolería en el alma hacerlo, porque
es evidente que os amáis el uno al otro. Pero lo haré sin dudarlo si me
provocáis. Seelie debe cumplir con su función en esta guerra, igual que
vos, o Blake, o Gawin. O yo. La derrota de Gwynn depende de ello, y no
voy a permitir que pongáis en riesgo el resultado por la estúpida necesidad
de ponerla a salvo. Porque ella jamás estará a salvo hasta que Gwynn sea
derrotado. ¿Habéis olvidado cómo consiguió poseer a Gawin? ¿Qué le
impediría hacerlo con otra persona y enviarla en su busca? Quedan
muchos MacKenzie en Escocia, y todos son vulnerables al poder del Dios
Oscuro. No insistáis, Kenneth —añadió, levantándose y arrojando al suelo
el trozo de madera que había sostenido en sus manos durante todo el rato
—. Si en esta guerra tengo que prescindir de alguien, será de vos. Nunca
de ella.
Derwyddon se alejó, dejando a Kenneth con la rabia pulsándole por
todo el cuerpo, consciente de que había perdido aquella batalla.
Maldito druida. Y malditos todos los dioses antiguos que los habían
llevado a aquella situación.
***
Llegaron a Aguas Dulces aquel mismo día, a media mañana, cuando el
castillo hervía de actividad.
Lean salió a recibirlos en cuanto uno de los sirvientes le avisó. La
sorpresa de volver a ver a Seelie fue mayúscula, y le dio la bienvenida con
un abrazo fraternal que la dejó con la ropa más arrugada si cabe, y los ojos
llenos de lágrimas por la emoción. Hasta aquel momento no había sido
consciente de cuánto había echado realmente de menos su hogar y a su
familia.
—Y este muchachito, ¿quién es? —preguntó, agachándose para estar a
la altura de Ken, mirándolo con curiosidad. El pequeño estaba detrás de las
faldas de su madre, con un tinte de desconfianza en los ojos.
—Mi hijo —contestó Kenneth con orgullo.
—¿Tu…? —Lean alzó los ojos para mirar a su hermano, que asintió
con la cabeza—. Vaya, esto sí es una sorpresa. Bienvenido a casa. Soy tu
tío Lean. Encantado de conocerte.
Le ofreció la mano, como si fuese su igual, pero el pequeño se
escondió más todavía, aferrándose a las faldas de su madre con los puños.
—Vaya, eres tímido. —Sonrió con afabilidad, pensando en algo que
pudiese sacar al niño de su mutismo—. ¿Te gustan los caballos? —Ken
asintió con la cabeza, y en sus ojos apareció un brillo de anhelo—.
Entonces, habrá que buscarte uno para que aprendas a montar. ¿Te
gustaría?
—¡Sí! —exclamó el niño, perdida ya toda vergüenza—. ¿Podemos ir
ahora?
—Nada de eso, jovencito. El caballo va a tener que esperar. Tienes que
darte un baño y descansar un rato, que todos estamos agotados por el viaje
—intervino Seelie.
—Mamaaaa… —protestó, enfurruñado.
—No te preocupes, los caballos no van a ir a ninguna parte. Tendremos
mucho tiempo para escoger uno adecuado para ti.
—¿Lo prometes?
—Palabra de laird.
Lean sonrió de nuevo, llevándose una mano al pecho para enfatizar su
promesa, y el niño quedó convencido.
Cuando se levantó para saludar a su hermano, Kenneth lo observó
detenidamente. Parecía cansado, con ojeras bajo los ojos y una mirada
triste que antes no estaba ahí, y se preocupó por él; quiso preguntarle qué
le pasaba, pero tuvo que posponer la conversación porque había demasiada
gente rodeándolos.
«Más tarde», se dijo.
Caminó junto a Seelie hacia el interior del castillo, hasta su
dormitorio, mientras los criados subían los baúles del equipaje. Ella miró
a su alrededor al entrar. Todo seguía igual, como si no hubiera pasado el
tiempo. La ventana alta, por la que entraba el sol al amanecer; los tapices
cubriendo las paredes para ahuyentar el frío; la cama alta cubierta de
mantas de lana y gruesas pieles; y la chimenea a los pies, encendida,
esparciendo un agradable calorcillo.
—¿Vamos a dormir aquí, mamá? —preguntó el pequeño Ken, cogido
de su mano.
—Sí —dijo ella.
—No —contestó Kenneth—. Tú tendrás tu propia habitación.
—Es demasiado pequeño —protestó mirando a su marido—. Y no está
acostumbrado a dormir solo.
—Es lo bastante mayor. En el convento dormiríais juntos por
necesidad, pero aquí no hace falta. Ordenaré que le preparen alguna de las
habitaciones cercanas para él.
—Me niego a separarme de él, Kenneth.
—Seelie, sé razonable.
—No pienso serlo. Para él, Aguas Dulces es un lugar extraño, lleno de
gente extraña. No voy a permitir que lo separes de mí.
—¿Sepa…? —Kenneth suspiró, resignado, sin terminar la palabra. No
quería al niño allí porque no tenía intención de dejar dormir mucho a
Seelie aquella noche; pero iba a tener que aguantarse. Estaba claro que ella
no iba a dar su brazo a torcer—. Está bien, se quedará unos días, hasta que
se acostumbre a su nuevo hogar. Pero solo unos días.
Llamaron a la puerta y Kenneth abrió. Eran los sirvientes con la bañera
y los cubos de agua caliente. Se apartó para dejarlos entrar y salió por la
puerta en cuanto quedó despejada.
¡Maldita sea! Compartir el dormitorio con su hijo no entraba en sus
planes, pero estaba claro que no le quedaba más remedio que hacerlo.
Seelie lo desconcertaba. Desde que habían vuelto a encontrarse, tenía
la sensación de que siempre estaba a la defensiva, como si, de alguna
manera, lo viese como un enemigo y no como el amigo y el cómplice que
había sido antes. A veces, estaba tierna y cariñosa; pero otras, se enfadaba
en cuanto él abría la boca.
Debía armarse de paciencia y darle tiempo para que volviera a
acostumbrarse a estar a su lado.
Salió al exterior y se encontró con su hermano, observando el
entrenamiento de sus hombres. Se acercó a él y le palmeó la espalda.
—¿Te animas a dar unos cuantos espadazos? —le preguntó.
—Ahora mismo, no. Tengo demasiadas cosas en la cabeza y no quiero
que me la cortes sin querer.
—¿Y Alistair? No está dirigiendo el entrenamiento.
Lean suspiró y apartó el rostro, pero no antes de que Kenneth viese
cómo cruzaba una nube de malestar y tristeza por él.
—Ha tenido que irse. Problemas en el norte.
—¿Otra vez los MacPherson?
—Sí.
Kenneth asintió en silencio. Estaba preocupado por su hermano, pero
no sabía cómo iniciar la conversación para darle pie a que se desahogara.
Lean estaba sufriendo, eso era evidente, y se temía que Alistair era una
parte importante del dolor que sentía. ¿Habría pasado algo entre ellos? ¿O
era solo que lo echaba de menos?
—Y tú, ¿cómo estás? Feliz de tener a Seelie de nuevo a tu lado,
supongo.
—Muy feliz. Me he pasado cinco años llorándola, creyendo que estaba
muerta y que nunca jamás volvería a tenerla entre mis brazos, pero
estamos juntos otra vez. Ha sido como vivir un milagro. Y descubrir que
soy padre… creo que un mazazo en la cabeza no me hubiese aturdido
tanto.
—Tienes la cabeza demasiado dura para eso —bromeó Lean, haciendo
sonreír a su hermano.
—Sí, supongo que sí. —Estuvo callado durante unos instantes—.
Cuando Seelie murió, comprendí algo: el amor es un regalo demasiado
raro como para desperdiciarlo. Cuando se encuentra, hay que aferrarse a él
con fuerza y disfrutarlo durante cada segundo de cada día, porque en
cualquier momento nos lo pueden arrebatar. Perder a Seelie me dejó vacío
y sin un propósito para vivir. Durante todos estos años, deseé morir, y
todavía no sé por qué el destino me mantuvo vivo con todas las veces que
me lancé a la batalla sin ningún tipo de precaución.
—Tuviste suerte.
—Mucha. El amor es un regalo de Dios, Lean. Y los regalos de Dios no
pueden despreciarse.
—Te repites, Kenneth, y pareces haberte vuelto un sentimental —
bromeó.
—Me duele verte tan triste —musitó, apartando la mirada—. En
realidad, lo que he querido decir con toda esta parrafada, es que sé lo que
sientes por Alistair, y no te juzgo ni te condeno por ello. Yo sé lo que es
vivir sin poder tener a mi lado a la persona que amo, y no quiero que tú
tengas que vivirlo también.
—No sé de qué me hablas —susurró Lean, con la mandíbula tensa.
Kenneth le miró y negó con la cabeza.
—Sí lo sabes. He visto cómo le miras, y también cómo te mira y se
comporta él cuando tú estás cerca. —Le puso una mano en el hombro, y
apretó—. Lean, no sé qué ha pasado entre vosotros, pero arréglalo.
—Lo dices como si fuese algo fácil. Estoy enamorado de otro hombre.
¿Qué crees que pensarán ellos —señaló a los guerreros que se estaban
entrenando—, si llegan a descubrirlo? No me querrán como laird y
renegarán de mí.
—Tus hombres saben que eres un gran guerrero, y un buen líder. Eso
es lo único que les importa.
—¿Realmente te has vuelto un iluso; o alguno de los golpes en la
cabeza que has recibido, te ha dañado el cerebro? Si llega a saberse lo que
siento por Alistair, me considerarán un desviado. La Iglesia se me echará
encima y pueden llegar a excomulgarme. Ellos jamás aceptarán a un laird
considerado un hereje, eso si me dejan con vida.
—Pues mantenedlo en secreto. Podéis hacerlo. Lo que sea con tal de no
verte sufrir así. Conozco a Alistair, sé que…
—¿El qué? ¿Qué sabes? —siseó con furia, manteniendo los puños
apretados—. Lo besé, Kenneth. Lo besé a traición cuando no se lo
esperaba, y lo que hizo fue huir al día siguiente, con la excusa de los
MacPherson. No sé qué te habrás imaginado que hay entre nosotros dos,
pero la realidad es que no hay nada. Lo amo, sí, pero es un amor tan estéril
como una roca, y solo quiero arrancarlo de mi corazón.
Lean se marchó con brusquedad, dando largas zancadas, conteniéndose
para no echar a correr como si fuese una maldita mujer. ¿Regalo? Para él,
el amor solo había sido una maldición que lo torturaba y le desangraba el
corazón poco a poco.
Capítulo once. ¿La verdad nos hace libres?

El día amaneció tranquilo y soleado. Kenneth estaba despierto hacía


rato, pero se había quedado en la cama, relajado, observando a su esposa y
a su hijo, que dormía entre ambos.
La noche anterior no había podido hacerle el amor a Seelie, pero no le
había importado. La satisfacción de tenerla allí, de sentir el calor de su
cuerpo, había sido suficiente. Había dormido como hacía años que no lo
conseguía, sin pesadillas.
Seelie abrió los ojos y le dirigió una sonrisa. Se desperezó con cuidado
de no despertar al pequeño Ken, y se puso de lado para poder mirar a su
marido, con las manos bajo las mejillas.
—Es maravilloso estar de vuelta —dijo en un susurro.
—Sí, yo sentí lo mismo hace unas semanas.
Le pasó las yemas de los dedos por la mejilla, acariciándola con
ternura.
—¿Hace unas semanas?
—Sí. Me marché, Seelie. Después de tu funeral, me marché. No podía
seguir viviendo entre estas paredes. Todo me recordaba a ti. Te veía en
cada esquina. Incluso llegué a oír tu risa. Creí que me volvería loco si me
quedaba, así que me fui.
—No lo sabía.
—No, por supuesto. No hemos hablado mucho durante estos días,
¿verdad? Ninguno de los dos sabemos qué ha hecho el otro durante estos
años.
—Excepto que tú has estado con un montón de mujeres.
—No lo habría hecho si hubiese tenido la más remota esperanza de que
estuvieras viva. Te habría buscado, Seelie. Habría removido cielo y tierra
hasta encontrarte, sin importarme los peligros. ¿Me crees?
—Sí, te creo.
—Cuéntame, ¿como eran tus días en el convento?
—Muy aburridos y tristes. Todos eran iguales: rezar a todas horas y
trabajar mucho. Lo único que me proporcionaba un poco de alegría era la
presencia de Ken, aunque me recordaba constantemente lo que me faltaba:
tú. Creí que tu padre lo había hecho para mantenerme a salvo, pero
ahora… ¿por qué nos separó, Kenneth? ¡No lo comprendo! ¿Tanto le
disgustó que nos amáramos que tuvo que aprovechar la ocasión para
apartarme de ti?
—No. Hay… hay muchas cosas que no te he contado todavía. Algunas
las supe hace poco. Padre lo hizo porque creyó que así nos mantendría a
salvo a los dos. Tomó una decisión sin prever las consecuencias que
acarrearía. No lo culpes, yo ya no lo hago.
—A salvo, ¿de qué? ¿Tiene que ver con los MacDougal?
—En parte, sí.
—Kenny, no me tengas en ascuas, te lo suplico. Quiero comprender
para poder perdonarlo.
Kenneth se sintió reconfortado al oírla pronunciar de nuevo el
diminutivo cariñoso que siempre había usado con él. Desde que se habían
reencontrado, lo había llamado por su nombre completo, Kenneth, y en sus
labios sonaba frío, exasperante, y falto de cariño.
—Es una historia muy larga, y ni siquiera yo lo sé todo. Quizá… quizá
lo mejor sería que leyeras la carta que me dejó y que Lean encontró no
hace mucho.
—¿Una carta?
—Sí. En cuanto nos levantemos, lo buscaremos para que puedas
leerla.
—Mami, ¿es hora de levantarse?
La voz del pequeño interrumpió la conversación, y Kenneth se vio
obligado a callar. Todavía había más cosas que quería decirle, hablarle
sobre Derwyddon, Gwynn, y los dos encontronazos que había tenido con el
Cazador Salvaje, pero no fue hasta la noche, después de cenar, que tuvo la
oportunidad.
Se reunieron en el gabinete de Lean para leer la carta que su padre
había escrito antes de morir. Las manos de Seelie temblaban mientras sus
ojos corrían sobre el papel, absorbiendo cada palabra. Intentaba
mantenerse calmada, pero la confusión y el enfado eran evidentes en su
rostro.
—Yo… No recuerdo casi nada de todo esto —musitó, alzando los ojos
para mirarlos—. Me acuerdo del ataque, del miedo que tenía, por mí y por
ti. Por todas las personas a las que quería. Vika me abrazaba y no podía
parar de llorar. Me sentí una cobarde porque aunque quería mantenerme
serena, no podía. Vika se hizo cargo de mí, y de las demás mujeres. Sé que
me dio algo de beber… y ahí mi mente se nubla.
—El caldo de la flor del sueño, eso es lo que te dio según mi padre.
La voz de Lean sonó apagada. Seelie asintió y siguió leyendo.
—¿Querían entregarme a un demonio? ¿Qué demonio?
Kenneth miró a su hermano con indecisión. Podía ser que Seelie los
tomara por locos cuando le contaran toda la historia, pero no había otra
opción. Su vida corría peligro, y debía saber por qué.
Habló largo y tendido, sobre Gwynn, Blake, Maisi, Gawin, Rosslyn y
Derwyddon. No se calló nada, ni siquiera las partes más escabrosas. Seelie
escuchaba en silencio, sin atreverse a interrumpirlo, a pesar de que en sus
ojos había muchas preguntas. Cuando terminó, se miró las manos, que
mantenía crispadas sobre el regazo, y respiró profundamente.
—¿Crees que… me busca por mi magia?
—Posiblemente. Sí, creo que sí.
—Esto es una completa locura. —Se persignó, haciendo la señal de la
cruz con las manos nerviosas.
—Desgraciadamente, es muy real. Seelie… —Kenneth se sentó a su
lado y le cogió las manos entre las suyas—. Deberíamos irnos de aquí,
ahora que todavía estamos a tiempo. Alejarnos todo lo que podamos de su
influencia. El mundo es muy grande, y el poder de Gwynn ya no lo es. Si
nos vamos lo bastante lejos, no podrá alcanzarnos.
—¿Y dejarlo libre? ¿A su antojo? ¿En las tierras que más amo?
—¿Y qué podemos hacer nosotros?
—No soy una cobarde, Kenny. No pienso tomar una decisión hasta
hablar con el druida.
—Te enredará —gruñó Kenneth, malhumorado—. Es su especialidad.
Te dará mil razones para quedarte a luchar contra él, sin importarle que
tengas que poner en riesgo tu vida. Piensa en nuestro hijo, en su seguridad.
Si nos quedamos, él puede salir herido.
—Eso es un golpe bajo —contestó, enfadada—. Intentar manipularme
de esta manera es rastrero y vil, y no te ayudará a conseguir lo que quieres.
Tengo que hablar con Derwyddon.
Se levantó, decidida a marcharse en busca del druida, pero Kenneth se
lo impidió cogiéndola del brazo.
—Él quiere que te quedes a luchar. Incluso me amenazó con
manipularte para ponerte en mi contra si intentaba convencerte de irnos.
¿Qué te dice eso de él?
—Me dice exactamente lo mismo que de ti: que ambos pensáis que soy
idiota y que no puedo pensar por mí misma. Suéltame. Tengo que hablar
con él.
Kenneth se rindió. En los ojos de Seelie vio una férrea determinación y
decidió que no era un buen momento para seguir insistiendo. Durante los
años que habían pasado separados, ella había cambiado. Antes, cuando
eran jóvenes, su esposa confiaba en él ciegamente y nunca discutía sus
decisiones. Pero había tenido que aprender a decidir por sí misma y no iba
a renunciar a ello tan fácilmente.
—Está bien, pero hazlo por la mañana. Seguramente, a estas horas ya
estará durmiendo.
—Si crees que por esperar cambiaré de opinión…
—No, no lo creo. Te has convertido en una mujer testaruda.
—Me he convertido en una mujer independiente capaz de tomar sus
propias decisiones. No me quedó más remedio, Kenneth. No me quedó
más remedio.

***

Derwyddon bajó al patio de armas por la mañana, bien temprano.


Hacía un día espléndido y podría considerarse un pecado no aprovechar el
magnífico sol. Se sentó en el suelo, al lado del portón de entrada del
edificio principal del castillo, apoyando la espalda en la pared. Con el
rostro alzado y los ojos cerrados, podía parecer que el druida dormitaba
bajo los rayos del sol.
Pero no era así.
«¿Te has dado cuenta? —le preguntó en silencio a una fantasmal
Morgaine—. Hay un gran número de corrientes telúricas que confluyen en
este patio».
La figura traslúcida que solo él podía ver, incluso con los ojos
cerrados, se agachó a su lado y lo miró con ternura.
«Por supuesto que sí. Este castillo se levantó sobre un altar que me
dedicó el pueblo antiguo, hace ya muchas centurias. Cuando yo todavía
tenía fuerzas para cruzar el velo».
Derwyddon abrió los ojos y giró el rostro para mirarla directamente.
Lucía más pálida que nunca, con la hermosa melena negra cayéndole en
cascada. Los ojos de hielo azulado parecían tristes, y los labios de rubí
permanecían tensos y apagados.
—Pareces muy cansada —le susurró.
«Lo estoy, Twain. Deseo que esto acabe pronto para poder descansar
por fin. ¿Tú no?».
Derwyddon dejó de mirarla, girando el rostro de nuevo hacia el sol y
cerró los ojos otra vez.
«Sí, yo también».
«Mi pobre Twain, mi guerrero celestial. Llevas demasiada
responsabilidad sobre tus hombros. Ojalá yo pudiera…».
—No importa, mi reina —musitó con cansancio—. Cada uno de
nosotros debe cumplir con la tarea que el Destino le ha encomendado. Y la
mía es mucho más liviana que la tuya. No debió ser fácil entregar a tu hija
a su padre humano.
«No quiero hablar de ello».
La tristeza era evidente en el tono de voz y en el suspiro que acompañó
aquella petición. Morgaine se levantó y dio unos pasos hacia el centro del
patio. Su imagen era cada día más tenue, y bajo los rayos de sol hasta a
Derwyddon le costaba vislumbrar la figura de la que había sido Cerridwen,
la Diosa Oscura, la que poseía el Caldero de la Resurrección.
—Tengo que hablar con vos.
La voz de Seelie lo sacó del trance en el que se encontraba. Parpadeó,
confuso, y cuando miró hacia donde había estado Morgaine, vio que esta
había desaparecido.
Qué duro debía ser para ella no poder estar cerca de su propia hija.
—Lo sé, pero no aquí, donde hay tantas orejas prestas a escuchar
conversaciones ajenas. Demos un paseo por el campo.
Cruzaron las murallas y el pueblo que había crecido a su alrededor.
Ambos se mantuvieron en silencio, roto solo para devolver los saludos de
los lugareños que se cruzaban con ellos. Los miraban con manifiesta
curiosidad: a él, porque era un extraño; a ella, porque se había corrido la
voz de su falsa muerte y de su regreso, y los más supersticiosos corrían a
santiguarse cuando la perdían de vista.
Por fin en las afueras, cuando los sonidos del pueblo llegaban
amortiguados hasta ellos, Seelie se decidió a hablar.
—Tengo muchas preguntas y no sé por cuál empezar.
—Entonces, escucha primero una historia, querida Seelie, que puede
que las conteste casi todas sin necesidad de que las formules.
—No soy una niña para que me contéis historias, druida.
—No, pero la historia va sobre ti y sobre tu madre.
—¿Mi madre? —Se detuvo, inquieta y nerviosa—. ¿Qué sabéis sobre
mi madre? Mi padre siempre se negó a hablarme de ella, y dejé de
preguntar, aunque…
—Aunque nunca has dejado de pensar en ella y de preguntarte quién
era, y por qué nunca estuvo a tu lado. —Seelie asintió, con los ojos
anegados en lágrimas que pugnaban por salir—. Entonces, sentémonos
aquí y escucha su historia, mi niña.
»Dicen que Shawe MacDolan era un guerrero apuesto, de risa fácil y
corazón bondadoso. —Una ligera brisa sacudió las ramas de los árboles
que los rodeaban y les acarició el rostro—. También era un gran cazador.
Un día, se separó de una partida de caza mientras seguía a una presa, y se
internó en la cueva en la que creía que esta se había escondido. Era
angosta y profunda, con tantos túneles entrecruzándose que la convertían
en un laberinto mortal. Cuando Shawe se dio cuenta de eso, ya era
demasiado tarde y fue incapaz de encontrar la salida. Cuando la antorcha
que había improvisado antes de entrar se apagó y lo dejó sumido en la más
absoluta oscuridad, creyó que iba a morir. Se lamentó, no porque temiera a
la muerte, sino porque le parecía indigno que un guerrero como él, que
había sobrevivido a mil batallas, muriera de aquella manera.
Seelie escuchaba en silencio, sin perder de vista el rostro de
Derwyddon. La sorprendió que lo describiera como alguien risueño,
porque sus recuerdos de él eran de alguien triste y poco dado a la risa.
»Lo que Shawe no sabía, era que aquella cueva era la entrada al reino
de Cerridwen, y que había sido atraído hasta allí porque la Diosa Oscura
hacía tiempo que lo estaba observando y se había prendado de él.
—¿Cerridwen? ¿Ella es mi madre? —La voz de Seelie salió como un
susurro entrecortado, temerosa de que aquello fuese verdad.
—Sí, querida, así es.
—Pero…
El druida chistó con suavidad para hacerla callar.
—Escucha hasta el final, querida. —Derwyddon le acunó las manos
entre las suyas, palmeándoselas con cariño, y respiró profundamente antes
de continuar—. Cuando tu madre se apareció ante tu padre, él quedó
prendado de su belleza y la siguió hasta su reino. Puedes imaginarte lo que
ocurrió. Los dioses son tan proclives a la pasión como los seres humanos,
y se entregaron a ella sin timidez durante mucho tiempo. Tu madre
descubrió en Shawe a un hombre apasionado y tierno, leal hasta la médula,
capaz de amar sin condiciones. Tu padre descubrió en ella a la mujer que
se escondía bajo la poderosa diosa. Se enamoraron, no pudieron hacer nada
por evitarlo y, sin pensar en las consecuencias, te engendraron a ti.
—¿Consecuencias? ¿Qué consecuencias?
Derwyddon suspiró. Le dolía el corazón recordar la historia que
Morgaine le había contado hacía ya unos años, con los ojos llenos de dolor
y desesperación por la decisión que había tenido que tomar.
—Tu nacimiento alteró el equilibrio, mi niña. El destino de los
antiguos dioses estaba echado hacía tiempo. Tenían que desaparecer para
ser sustituidos por el dios de los cristianos, algo a lo que todos se habían
resignado. Todos, excepto uno, que buscaba desesperadamente la manera
de sobrevivir a los tiempos que se avecinaban. Gwynn, el Cazador Salvaje,
vio su oportunidad en ti en cuanto oyó tu primer llanto. Una niña, hija de
Morgaine y un mortal, un ser que pertenecía a ambos mundos, el Cáliz en
el que se reproduciría el poder mágico de su madre.
»Hacía tiempo que el Cazador sabía que su única oportunidad de
sobrevivir era volver a nacer, pero no podía engendrarse a sí mismo en
cualquier mujer. Necesitaba a alguien con un gran poder mágico para
utilizarlo de catalizador y poder transmitir, a través de ella, sus propios
poderes al ser engendrado. No le servía cualquier madre. Y en la tierra ya
no quedaban seres tan poderosos capaces de soportar algo así sin acabar
cediendo a la locura.
—Y decidió que yo sería la elegida —susurró Seelie, llena de espanto.
—Sí. Intentó secuestrarte de la morada de Morgaine cuando todavía
eras un bebé. Afortunadamente, no lo consiguió, pero tu madre se vio
obligada a tomar la decisión más dolorosa de toda tu existencia: separarse
de ti y de Shawe, el hombre al que amaba. Para protegeros, nubló los
recuerdos de tu padre de todo el tiempo que habían pasado juntos, años en
el mundo de los mortales, y os trajo de vuelta a las puertas de Aguas
Dulces, envolviéndoos en un hechizo que os hacía invisibles a los ojos de
Gwynn.
—Por eso mi padre nunca me habló de ella, porque no la recordaba —
murmuró para sí—. Aunque… recuerdo que siempre estaba triste. A veces,
lo sorprendía con la mirada perdida, y cuando le preguntaba que qué le
pasaba, él se esforzaba por sonreírme y me decía que creía haber olvidado
algo muy importante, pero que no sabía qué.
Se enjuagó las lágrimas que habían empezado a rodar por las mejillas
y suspiró. Su padre había perdido al amor de su vida, y se había sentido
vacío y triste sin ser consciente del motivo. Ni siquiera había tenido el
consuelo de poder expresar la rabia por su pérdida, ni de aceptar el dolor
como a un compañero de viaje inesperado, o de la esperanza de que el
tiempo pudiese llegar a mitigar su sufrimiento. Hasta su muerte, vivió en
un estado de desconcierto constante, sintiéndose triste y abandonado sin
saber por qué.
—Tus padres se sacrificaron para que tú estuvieras a salvo, Seelie.
—Pero no lo consiguieron del todo, ¿verdad?
—No. Gwynn todavía tiene ojos en este mundo. Durante siglos, los
MacKenzie y los MacDougal lo veneraron como a su dios protector,
dirigiendo a él sus plegarias y ofreciéndole los sacrificios que les exigía.
Con la llegada del cristianismo a nuestras tierras, los primeros
abandonaron sus creencias y, con cada generación, sus historias sobre
Gwynn se convirtieron en cuentos para niños. Pero los MacDougal
siguieron fieles a sus creencias, con la esperanza de que su resurgimiento
les proporcionara la oportunidad de recuperar el poder que habían perdido.
—Por eso atacaron Aguas Dulces cuando su intento de un matrimonio
concertado no salió bien.
—Actuaron por pura desesperación, igual que tu tío cuando supo la
verdad. En un intento de protegerte, te envió lejos de tu hogar.
—¿Todavía puede hacerlo? ¿Puede utilizarme para engendrar a su…
hijo?
—No. Igual que el hijo del dios cristiano, su hijo debía nacer de una
doncella virgen y pura. Cuando te entregaste a Kenneth, cerraste esa
puerta.
—Entonces, ¿por qué todavía sigue buscándome?
—Porque igual que podías darle la oportunidad del renacimiento, tú
eres el arma que puede acabar con su vida para siempre. Te teme, Seelie,
está aterrorizado porque tú eres la única que puede matarlo.
—¿Matarlo? ¿Yo? Esto es una locura. Todo esto es una completa
locura. —Negó con la cabeza, llena de desesperación, y apartó sus manos
de las del druida—. ¿De verdad pensáis que voy a creer todo lo que me
contéis? Soy una mortal, no la hija de una antigua diosa. Mi sangre es roja
como la de cualquier otra mujer; soy mortal, débil y vulnerable. Y estos
poderes que me habéis obligado a descubrir… son una aberración. ¡Soy
cristiana, por el amor de Dios!
Se levantó, dispuesta a irse. No quería seguir escuchando. La sola idea
de tener que enfrentarse a un demonio, la aterrorizaba. Quizá Kenneth
tenía razón y la mejor decisión que podían tomar era la de marcharse de
allí para siempre. Pero, si huían, ¿encontrarían algún lugar en el que
pudiesen vivir en paz, como una familia, sin el temor de que Gwynn los
encontrase?
—¡No hay ningún lugar en la tierra en el que puedas sentirte a salvo,
Seelie! —gritó el druida, como si hubiera conseguido leerle los
pensamientos.
Seelie echó a correr, de regreso al castillo, porque no quería seguir
escuchándolo.
Capítulo doce. Del amor al odio solo hay un paso.

La rabia y el odio de Friggal era como el caldero de la cocinera: hervía


a fuego lento consumiendo todo lo que tenía dentro. Había estado
convencida de que conseguiría hacer que el hermano del laird besara el
suelo que ella pisaba. Era lo bastante buena en la cama, y la belleza con la
que había sido bendecida hacía que todos los hombres se arrastraran a sus
pies.
Excepto los dos que más le interesaba seducir.
Lean se había mostrado frío siempre que había intentado acercarse, y
la había rechazado respetuosamente. Estaba convencida de que a aquel
hombre le pasaba algo que no era natural porque nadie, hasta aquel
momento, había rehusado follar con ella. ¡Al contrario! Todos los ojos
masculinos se fijaban en ella en cuanto entraba en una habitación, sin
importar su edad o condición. Solteros, casados, viudos, jóvenes o viejos;
todos soñaban con tenerla desnuda debajo de sus cuerpos sudorosos y
follarla hasta quedar saciados.
Pero ella se había hecho respetar, porque tenía muy claro qué quería de
la vida. Era una simple criada, una sierva sin valor excepto el que su señor
quisiera darle; y no iba a permitir que eso siguiera siendo siempre así.
Tenía sueños, y el suficiente tesón e inteligencia como para cumplirlos.
Quería poder, y riqueza; criados que la sirviesen y la adulasen. Y un
marido que pudiese proporcionárselo.
Cuando llegó Kenneth pensó que su suerte había cambiado. Sabía que
los hombres no se mueven por sentimientos igual que las mujeres. Son
animales y la lujuria los ciega completamente, y el hermano del laird no
era diferente. No le costó nada seducirlo la primera noche, cuando se hizo
la encontradiza con él en el pozo. Supo desatar sus instintos más primarios
y la tomó como un salvaje. Aquella y las veces siguientes, permitió que le
hiciera lo que quisiese, con la intención de estrechar las redes a su
alrededor hasta conseguir atraparlo.
Pero no había funcionado. La noche en que se metió en su cama y él la
echó a patadas de allí, supo ver que jamás conseguiría su objetivo.
Y ahora, con el inesperado regreso a la vida de su mujer, podía dar
todo por perdido.
¡Maldita fuese!
Sin ella presente, quizá habría conseguido volver a enredarlo en su tela
de araña. Los hombres necesitan el sexo como el agua un sediento, y todas
las mujeres en Aguas Dulces eran conscientes de que aquel hombre era
suyo, y de que si alguna se acercaba a él, podía amanecer con un puñal
clavado en el pecho.
Cuando necesitara desahogarse de nuevo, al no encontrar a ninguna
muchacha dispuesta, hubiese terminado volviendo a ella.
Pero con la esposa rondando por el castillo, iba a ser más difícil.
«O no», se dijo mientras una sonrisa taimada le cruzaba el rostro, al
verla cruzar el pueblo a solas. Solo tenía que hacer que Seelie despreciara
a su esposo para que no le permitiera satisfacer sus necesidades con ella.
Kenneth tenía buen corazón, y jamás obligaría a su esposa a yacer con él
en contra de su voluntad. Entonces, buscaría a una mujer dispuesta y
entregada que pudiera dejarlo saciado. Y, ¿quién mejor que ella, Friggal,
para ocupar ese puesto? Con el tiempo, y si sabía jugar bien sus cartas,
podía hacer que la odiada esposa acabara siendo expulsada de Aguas
Dulces. ¿No decían los rumores que, durante los cinco años en que la
habían creído muerta, había estado escondida en un convento? No sería la
primera esposa, ni la última, a la que su marido, hastiado de ella, enviase
con las monjas para olvidarse de su existencia.
—No tenéis la mirada de una mujer afortunada, mi señora, y es
extraño, siendo la esposa de mi señor Kenneth. Es más, diría que parecéis
turbada. ¿Hay algo que os preocupe?
Seelie miró hacia la mujer que la había abordado tan descaradamente.
Lucía una sonrisa que se le antojó falsa y, aunque su rostro parecía el de un
ángel, la fría mirada le provocó escalofríos.
—¿Quién eres?
—Friggal, mi señora. Trabajo en el castillo. Seguro que me habéis
visto sirviendo las mesas. Aunque, durante un tiempo, fui algo más. Por
eso os ofrezco mi ayuda. Vuestro esposo debe ser ahora muy diferente a
cómo lo recordabais, sobre todo en cuestiones íntimas.
Seelie enrojeció, no pudo evitarlo. ¿Acaso esa mujer estaba insinuando
que había sido amante de Kenneth?
—No comprendo a qué te refieres.
—Oh, mi señora… —Friggal intentó parecer turbada e indecisa, y
parpadeó mientras hacía un mohín para parecer más convincente—. Yo…
no era mi intención molestaros, y quiero que sepáis que entre vuestro
esposo y yo ya no hay nada. Desde vuestro regreso, no ha vuelto a
reclamar mi presencia en su cama, algo que en parte, agradezco. Las cosas
que a él le gustan… —Negó con la cabeza y se tapó la boca con la mano,
como si quisiera ahogar un sollozo—. Solo soy una sirvienta y no podía
negarme, ¿comprendéis? Estoy sola, sin familia ni protección… Yo, lo
siento, mi señora, disculpadme, jamás debería haberme acercado a vos.
Solo espero que no os obligue a hacerle las mismas cosas que me exigía a
mí. Lo siento, lo siento…
Friggal se marchó de allí deprisa, simulando sollozar, dejando a Seelie
totalmente turbada y furiosa.

Kenneth estaba disfrutando mucho de la mañana. Con su hijo sobre los


hombros, ambos contemplaban el entrenamiento de los guerreros del clan.
El pequeño Kenneth estaba fascinado por todo lo que veía desde que había
llegado a Aguas Dulces y se había adaptado rápidamente a su nuevo hogar.
Correteaba sin descanso por todos lados y ya había descubierto los
mejores escondrijos en los que refugiarse. Y se entusiasmaba por las
armas, algo que su madre aceptaba con resignación.
—Padre, cuando sea mayor, ¿podré ser un guerrero como tú y el tío
Lean?
—Por supuesto. Lo llevas en la sangre —contestó, orgulloso de su hijo.
—¡Quiero que me enseñes!
Kenneth lanzó una risotada provocada por la vehemencia del pequeño.
—Antes tienes que crecer un poco, hijo mío.
—¿Crecer? ¿Cuánto de alto, padre? ¿Como tú?
—Seguro que, con el tiempo, llegarás a ser tan algo como yo; pero
podrás empezar a practicar con la espada mucho antes.
—¿Y cuándo será eso, padre?
Kenneth no contestó. Seelie venía caminando hacia él. Estaba preciosa,
con su pelo fulgurando bajo los rayos del sol, aunque el ceño fruncido y
los labios apretados le avisaron de que venía enfadada.
«Derwyddon», pensó. Seguro que la conversación con el druida la
había puesto de mal humor. ¡Maldita sea! Debería haber impuesto su
criterio en lugar de dejarla ir sola. Si él hubiese estado presente, como
pretendía, habría evitado que el maldito viejo le llenara la cabeza de
historias absurdas.
—He tenido una charla muy educativa con tu amiga Friggal —le dijo
en cuanto llegó a su altura.
Se negó a mirarlo de frente, así que se quedó a su lado, quieta, con la
mirada fija en los guerreros que estaban entrenando.
Kenneth sintió una punzada en el corazón. Se arrepentía más que nunca
de haber acudido a Friggal en su momento.
—No sé qué es lo que te ha dicho, pero no deberías escucharla.
—¿Ah, no? ¿Quizá es porque tienes miedo de lo que pueda haberme
contado?
—Seelie… —Kenneth señaló hacia su hijo, que seguía estando sobre
sus hombros, gritando y aplaudiendo excitado, completamente ajeno a la
conversación de sus padres.
Seelie lo miró y se tragó la furia que bullía en su interior. Su hijo era
inocente y no tenía porqué ser testigo de las discusiones con su padre.
—Ken, cariño, ¿por qué no vas a los establos a ver si está el tío Lean?
—le dijo, intentando mantener un tono de voz calmado.
—No quiero. Quiero ver como pelean con las espadas.
—Cielo, podrás verlo mañana.
—¡No!
Kenneth bajó a su hijo al suelo y se agachó para quedarse a su altura,
sujetándolo por los brazos.
—Haz caso a tu madre. Un guerrero cumple los deseos de su dama,
siempre.
—¿De verdad?
—Por supuesto.
—Está bien, padre.
—Y ahora, pídele perdón a tu madre por hablarle de esa manera.
—Lo siento, mamá.
Kenneth se levantó sin dejar de observar a su hijo, que se iba corriendo
en busca de su tío. Cuando salió de su vista, se giró para encararse con
Seelie.
—No vamos a discutir aquí, delante de todo el mundo —le dijo, áspero
—. Vamos.
La cogió por el brazo para llevársela de allí. Seelie no luchó, a pesar de
que no le gustaron los modos que estaba utilizando con ella. No quería dar
un espectáculo delante de todo el mundo, sobre todo porque odiaba la idea
de que Friggal se enterara de que su maniobra había tenido éxito.
Porque estaba convencida de que la supuesta inocencia de la muchacha
era fingida, y que el único motivo que la había llevado a acercársele hacía
un rato, para susurrarle aquellas odiosas palabras, era provocar el
distanciamiento con su esposo.
Pero, a pesar de ello, no podía dejar de arder de celos y rabia. Kenneth
había retozado con aquella mujer en su cama, la cama que ahora
compartían, y esa era una imagen que no podía quitarse de la cabeza.
Y eso fue lo que vio cuando entró en el dormitorio y miró la cama en
la que había estado durmiendo con él. La vio a ella allí, entregándose a su
marido, dejando que él le hiciera…
Se giró, llena de rabia y con los ojos relampagueantes.
—¿Con cuántas criadas te acostaste en nuestra cama? —le preguntó en
un siseo, destilando odio.
—Con ninguna. Nunca.
—Friggal tiene otra opinión muy distinta.
—Friggal está resabiada porque se metió en ella sin permiso y yo la
eché a patadas de aquí.
—¿En serio? ¿Y eso fue antes o después de haber quedado satisfecho?
¿También vas a negarme que te acostabas con ella?
—Sí, follé con ella, en mucho sitios. Pero nunca, jamás, la traje a esta
cama. Nunca la llevé a los lugares en los que ambos nos citamos. Jamás
ensucié los recuerdos que tenía de esos lugares.
—¿Y he de sentirme satisfecha con esa revelación? ¿Con su presencia
en el castillo? ¿Cómo puedo estar segura de que jamás volverás con ella?
—Porque tienes mi palabra.
—En estos momentos, tu palabra no vale nada para mí. No, mientras
Friggal siga bajo mi mismo techo. La mantienes cerca por si acaso yo no
soy capaz de satisfacerte, ¿no es verdad? No te gusta nada la mujer en la
que me he convertido, ¿crees que no lo sé? No quieres tener a una
mojigata en tu cama, por eso me provocas para que grite y me sueltas
palabras obscenas cuando estamos solos. Y me tocas donde no quiero a
pesar de que te suplico que no lo hagas. ¿Disfrutas haciendo que me sienta
sucia?
—Tienes celos. Estás terriblemente celosa. Eso es lo que te pasa. ¿Que
te sientes sucia? ¿Y cuándo te pasa eso? ¿Antes o después de correrte con
tanta fuerza que quedas casi inconsciente?
—¡No estoy celosa! Estoy furiosa porque ya no sé si creerte. Es
posible que todo lo que me has dicho sean mentiras para justificar tu
comportamiento. Tu lascivia te controla y te impulsa a buscar cualquier
mujer con la que satisfacer tus bajos instintos.
—Tú eres la única que hace que mi lujuria se descontrole. ¡La única!
¿Quieres que te lo demuestre?
—Vete al infierno.
—En el infierno he estado durante cinco años. Ahora mismo, me voy a
ir a la cama, contigo, y te voy a demostrar hasta qué punto soy un maldito
pecador.
Durante toda la discusión se había mantenido apartado de ella, pero ya
había escuchado demasiadas tonterías. Se acercó a ella y la cogió de un
brazo, con fuerza.
—No hace falta que me lo demuestres. —Intentó desasirse del cepo en
el que se había convertido la mano de su marido, pero no lo consiguió. Lo
miró a los ojos y, por primera vez en toda su vida, le tuvo miedo, pero
aunque una voz en su interior le decía que se había pasado de la raya, la
razón había salido huyendo y solo le quedaba pelear por la poca dignidad
que le quedaba—. Sé muy bien lo que eres, y no vas a volver a tocarme
nunca más. Eres un bruto y no me gusta lo que me haces.
—Eres una mentirosa. ¿La mentira no es un pecado, también? —
ironizó, mientras el corazón en el pecho se le partía y una rabia que jamás
había sentido, se apoderaba de él—. Porque bien que has disfrutado todas
y cada una de las veces que te he follado.
—No uses esa palabra conmigo.
Intentó abofetearlo, pero Kenneth, acostumbrado a una vida ruda en la
que tenía que estar atento a cualquier movimiento a su alrededor, detuvo el
golpe antes de que ni siquiera llegara a rozarle la mejilla. Apresó la
delicada muñeca de su esposa y, con delicadeza pero firmemente, le llevó
el brazo hacia su espalda hasta que tuvo a ambos allí aprisionados con una
sola mano.
Sus cuerpos quedaron pegados, solo separados por la ropa que llevaban
puesta. Los pechos de Seelie estaban aplastados contra su duro torso de
guerrero, y ella pudo notar la creciente erección que se escondía bajo el
kilt de su marido.
—Voy a usar esa palabra todas las veces que quiera, igual que voy a
follarte siempre que quiera. Eres mi mujer, y me deseas tanto como yo a
ti, y ahora mismo vamos a hacernos muy felices el uno al otro.
—¡No me toques!
—Eres mía, mujer. ¿No lo has entendido aún? Eres mía igual que yo
soy tuyo, y nunca, jamás, voy a permitir que nadie se interponga entre
nosotros.
Empezó a tirar de las cintas que cerraban el corpiño del vestido
mientras ella se retorcía entre sus brazos, intentando detenerlo. Había
lágrimas en sus ojos, pero no eran de miedo, sino de pura rabia porque él
no se doblegaba a sus deseos. El Kenneth del que ella se había enamorado
jamás se hubiera atrevido a tratarla así. Era un muchacho inocente lleno de
amor y devoción que la cuidaba con mimo y se preocupaba por ella.
Este hombre era un salvaje que le arrancaba sin miramientos el vestido
hasta dejarla desnuda; que la aplastaba con su cuerpo sobre la cama sin
importarle que se retorciera intentando escapar; que la llenaba de besos y
lamía cada centímetro de su piel, pasando la lengua por las zonas más
sensibles mientras se reía al oírla gemir; que le torturaba los pezones con
pellizcos que la hacían gritar de placer y que provocaban un torrente de
humedad entre sus piernas.
—Tienes razón en una cosa —le dijo mientras la obligaba a abrir las
piernas para poder acariciarle el coño—. No me gusta esta Seelie, y quiero
que vuelva la mujer de la que me enamoré, porque sé que todavía está ahí
dentro. La tienes prisionera, aplastada con todas las estúpidas ideas que las
monjas te han metido en la cabeza.
—No —gimió ella al sentir un estremecimiento sacudirle todo el
cuerpo. Kenneth había invadido su intimidad con un dedo y lo movía
haciéndola vibrar sin que ella pudiera evitarlo. Tenía las manos sobre la
cabeza, inmovilizadas por la gran mano de Kenneth, y su cuerpo la medio
aplastaba, impidiéndole que pudiera huir del placer que le estaba
provocando.
—Sí —siseó con furia—. La veo en tus pezones erizados,
señalándome. En tu piel erizada. En tus gemidos. En la manera en la que
intentas retorcer las caderas, exigiéndome más. Porque quieres más,
aunque tu boca se niegue a decirlo. Quieres, deseas, anhelas, todo lo que
estoy dispuesto a hacerte. Pero te lo niegas. ¿De veras quieres una vida
vacía, fría, alejada de la pasión que te calienta el alma?
—¡Sí!
—¡No te creo! ¡Maldita seas! Te mueres por tener mi polla en tu coño,
lo deseas con la misma intensidad que yo. ¿Voy a tener que obligarte a
confesarlo?
—¡Déjame, por favor!
—Ni lo sueñes.
Kenneth se quitó el plaid y lo enredó en las muñecas de su mujer,
atándolo firmemente en el cabecero. No iba a permitirle que escapara, ni
aquello terminaría hasta que ella confesara en voz alta que la pasión y la
lujuria corría con fuerza por sus venas. Su negación le carcomía las
entrañas, y no iba a tolerárselo.
—¡Suéltame!
—¡Jamás!
Con las manos bien atadas, seguro de que no iba a poder escapar, se
dio un respiro. Se puso de rodillas sobre la cama y admiró la belleza de su
esposa: los pechos turgentes, que subían y bajaban al compás de su
respiración alterada; el cuello suave y delicado como el de un cisne; el
pelo rojo, esparcido y enmarañado sobre las blancas almohadas; la fina
cintura y el vientre un poco abultado, probablemente a consecuencia del
embarazo del pequeño Ken, coronado por el bonito ombligo; las caderas
sensuales, y el vello rizado entre las piernas que había cerrado en cuanto él
había dejado de aplastarla.
—No me mires así —musitó, girando el rostro.
—¿Así, cómo? ¿Con reverencia? ¿Con amor? ¿Con deseo?
—Con lujuria malsana.
—La lujuria no es malsana si se siente por la propia esposa y es mutua.
—¡La lujuria es lujuria! ¡Es pecado!
Kenneth se rio mientras se quitaba la ropa que todavía llevaba encima.
Completamente desnudo, se acostó al lado de su esposa y deslizó los dedos
sobre su piel. Empezó por la frente, bajando por las mejillas y el cuello,
vagando hacia los pechos, entreteniéndose allí torturando primero un
pezón y después el otro, siguiendo su camino hacia el ombligo, y
terminando en la maraña de rizos rojizos que coronaban su monte de
Venus.
—Si tan mal te sientes después, —ironizó—, buscas al confesor y
asunto arreglado. Estoy seguro de lo que él te dirá. Que es tu obligación
satisfacer a tu esposo en todos los sentidos, y a mí me satisface
enormemente volverte loca de deseo hasta que este disfraz de gazmoñería
con el que te proteges, desaparece.
La obligó a abrir las piernas por la fuerza, aunque ella se resistió todo
lo que pudo. De rodillas entre ellas, dedicó un segundo a mirar el
magnífico coño de su esposa. Estaba mojado por los flujos de la excitación
y se relamió los labios con exageración para provocarla.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó con un hilo de voz.
—Comerte entera, mi amor. Hasta que te corras en mi boca.
—¡No! Eso no está bien…
—Ya lo creo que sí…
La sonrisa pícara cruzó su rostro mientras descendía. El primer
lametón le provocó a Seelie tal escalofrío que curvó la espalda sin querer.
Kenneth chupó, lamió, y torturó aquella zona, y con cada gemido y grito
de su esposa, se sentía más y más satisfecho. Sabía a cielo, a hogar, a
pasión desenfrenada. Le pellizcó los pezones sin dejar de saborearla,
atormentando el clítoris con la lengua, penetrándola con ella.
Seelie sollozaba y gritaba, y en su interior dos fuerzas luchaban con
ahínco. Una quería que parara; la otra, exigirle que siguiera. Quería
culminar y se sentía sucia por desearlo.
De repente, Kenneth paró. Detuvo su saqueo y se incorporó para
mirarla. Estaba sudorosa, con los ojos brillantes, todo el cuerpo
ruborizado, y respiraba con dificultad. Necesitaba correrse, lo sabía con
tanta certeza como que sus testículos le dolían horrores.
—¿Quieres que siga?
—¡No! —gritó ella, pero curvó la espalda y meció las caderas,
buscando su contacto.
—Mentirosa.
—¡Yo no miento!
—Eres una pecadora, Seelie MacDolan. Admítelo.
Un simple pellizco en su clítoris la envió a un orgasmo avasallador que
recorrió su cuerpo, enviándola a un viaje del que no supo si iba a regresar.
Vio estrellas tras los ojos, y tuvo la sensación de que la piel le estallaría en
mil pedazos. Quedaría echa añicos y no podría recomponerse jamás.
—¿Ves como eres una mentirosa? —El susurro de Kenneth en su oído
la sobresaltó—. Deseas esto tanto como yo. Tu cuerpo no miente, pero tu
boca, sí.
—Yo… no soy solo un cuerpo —farfulló, agotada, odiándose a sí
misma porque él tenía razón.
—No, no eres solo un cuerpo. Pero tu alma también anhela mis
caricias, el calor de mi cuerpo, y lo que te hago sentir.
—No…
—Puedes seguir negándolo durante el resto de tu vida, pero eso no hará
que sea verdad. ¿Por qué no te rindes, y lo aceptas?
—Nunca.
—Está bien, como quieras. Pero eso no impedirá que yo siga
haciéndote disfrutar en la cama siempre que me apetezca. Espero que te
hayas hecho ya a la idea, porque jamás voy a cansarme de hacerte el amor.
—Te odio.
—No, me quieres, mi amor. Ese es tu castigo.
Se puso encima de ella de nuevo y la penetró lentamente. La polla
acarició el interior del coño tan deseado y anhelado, acompañado del
vaivén de sus caderas. Seelie intentó apartar la mirada pero él se lo
impidió cogiéndole el rostro con una mano, clavando los ojos en ella
mientras empujaba una y otra vez.
—Voy a traerte de vuelta —le prometió, mientras se corría y su semen
la inundaba, a la mujer de la que se había enamorado, la impetuosa Seelie
que permanecía escondida en el interior de la mujer que se estaba follando
—. Aunque me odies por ello.
Capítulo trece. Un acto de venganza.

Friggal estaba feliz. Habían pasado varios días desde su acercamiento


a Seelie, y era evidente que la tensión y la desconfianza habían anidado en
el matrimonio. Kenneth se veía siempre tenso, con el ceño fruncido y la
mandíbula apretada, como en un enfado permanente. Ella lucía pálida y
ojerosa, y aunque durante las comidas seguían sentándose uno al lado del
otro en la mesa principal, en ningún momento hablaban entre ellos ni se
dirigían una sola mirada.
La semilla que ella había lanzado en los oídos de la mujer, había
germinado con fuerza, y eso le daba esperanza de conseguir su objetivo.
«El niño siempre será algo que los mantenga unidos».
No supo de dónde había provenido aquel pensamiento. Miró alrededor
de la cabaña en la que vivía porque, durante un ínfimo instante, le pareció
que alguien lo había dicho en voz alta, pero allí no había nadie.
«Tráeme al pequeño. Si él desaparece, tendrás muchas más
posibilidades».
Se levantó de un salto, asustada. La voz resonaba en su cabeza pero era
como si alguien le estuviera hablando.
—¿Quién eres? —preguntó, temerosa, mirando hacia todos lados otra
vez—. Déjate ver.
«Alguien que puede darte lo que deseas, si tú me entregas al niño».
Gwynn se rio en silencio. Había sido una suerte para él encontrar a esta
muchacha. cuando ya estaba a punto de darse por vencido. Llevaba días
rondando alrededor de Aguas Dulces, buscando la manera de llegar al
pequeño; pero el castillo estaba protegido y le había sido imposible entrar.
Un antiguo altar dedicado a Cerridwen permanecía enterrado en el centro
del patio de armas, y su poder todavía era considerable, cerrándole el paso.
¿Sería posible que la hermosa Morgaine anduviera por allí todavía,
alimentándolo con la poca energía que le quedaba? Podía ser. Por eso, en
su momento tuvo que utilizar a los MacDougal para llegar hasta Seelie, un
plan que se fue al traste por culpa del escocés y del maldito amor que
sentían el uno por el otro.
Y por eso, ahora utilizaría a esta pobre desgraciada para llegar hasta el
niño.
La negrura de su alma y su ambición eran el caldo de cultivo que
necesitaba para atraerla. Y el hecho de que por sus venas corriera sangre
MacDougal, aunque solo fuese una ínfima parte, le estaba facilitando
mucho el trabajo.
La miró con intensidad, intentando ver más allá, hacia su pasado. Sí…
allí estaba. Una bisabuela había corrompido la sangre del clan MacDolan
al engendrar un hijo con un MacDougal, un hombre que, fiel a su estirpe,
había salido huyendo, dejándola sola y abandonada.
«No les debes nada a los MacDolan. Para ellos, solo eres un
instrumento sin sentimientos ni valor. Kenneth te usó para satisfacer sus
propias necesidades y después te trató como si fueras basura. ¿No vas a
devolverle el favor? Entrégame al niño. Haz que él sufra tanto como tú, y
acércate para consolarlo. Volverás a ser su amante, y si me sirves bien, yo
conseguiré que te convierta en su esposa. ¿Aceptas el trato?».
Friggal sintió una corriente cálida recorrerle el cuerpo. Fue como una
leve caricia que le insufló voluntad y determinación. No sabía quién era el
que le estaba hablando; ni siquiera estaba convencida de que no fuese
producto de su imaginación. Pero, ¿qué perdía con intentarlo? De
momento, aceptaría el trato y, en su infinita estupidez, pensó que podría
echarse atrás en cualquier momento sin que hubieran consecuencias.
—Acepto.
«Bien. Esto es lo que vas a hacer por mí…».

***
—Hola. Tú eres el pequeño Ken, ¿verdad?
El niño miró a la mujer que se había arrodillado a su lado. Lo había
sorprendido escondido detrás de las caballerizas, observando el interior.
No debería estar allí porque le habían prohibido acercarse si no iba
acompañado por un adulto porque, decían, los caballos eran peligrosos y él
demasiado pequeño, pero no podía resistir la tentación. Le gustaban
demasiado aquellos animales.
Por eso estuvo tentado de mentir y decir que no. Si su madre se
enteraba, lo reñiría. Pero su buen corazón habló antes de que pudiera ni
siquiera pensarlo.
—Sí.
—Yo soy Friggal, y soy muy buena amiga de tu padre. ¿Qué haces
aquí, escondido?
—Mirando los caballos.
—¿A escondidas?
—Es que mi madre no quiere que me acerque a ellos si no voy con
padre o con tío Lean. Tiene miedo de que me pase algo. ¿Le contarás que
me has visto?
—Por supuesto que no, cielo. Es más, sé de un lugar, cerca de aquí, en
el que hay muchos caballos corriendo libres. ¿Te gustaría verlos?
—¡Sí! —exclamó, entusiasmado, con los ojos brillando por la emoción
—. ¿Me llevas?
—Por supuesto. Pero tendremos que mentir a los guardias de las
puertas para que te dejen salir.
—Yo no sé mentir.
—No te preocupes. Yo lo haré por ti. Tú solo no digas nada. ¿De
acuerdo?
—¡De acuerdo!

***
Hacía un día magnífico y Maisi pensó que era un desperdicio pasarlo
encerrada en casa. Blake había salido de patrulla y ella había terminado de
limpiar la casita en el pueblo que el laird les había cedido cuando llegaron
allí. Ya no trabajaba en la cocina del castillo porque su marido le había
pedido que lo dejase al saber que estaba embarazada, y eso le dejaba
mucho tiempo para aburrirse.
«Daré un paseo e iré a ver cómo les van las cosas», pensó mientras
miraba hacia el cielo azul.
Atravesó el pueblo a buen paso y cuando se acercaba al portón de la
muralla, vio a Friggal saliendo por él, llevando a un niño de la mano. Le
resultó extraño. Sabía que la muchacha no tenía familia y se preguntó
quién era aquel niño, porque no lo reconoció.
No quiso pensar más en ello. Friggal no le caía bien. Todos en el
castillo la habían oído alardear más de una vez de la relación tan especial
que tenía con el hermano del laird, y de cómo acabaría convirtiéndose en
su esposa. En las cocinas, caminaba con aires de señora y habían tenido
que ponerla en su sitio más de una vez, reprendiéndola severamente.
Suspiró, porque echaba de menos trabajar allí. La cocina era el lugar
más caliente del castillo y, excepto por algún caso aislado como el de
Friggal, todos se comportaban con camaradería. Eran buena gente y, a su
llegada hacía unos meses, la habían acogido sin ningún tipo de reservas o
suspicacias, haciendo que se encontrara como si estuviera en su propio
hogar.
Aquella palabra la hizo pensar en su padre. ¿Cómo estaría? Marchar
tan lejos del lugar en el que nació y creció, le había roto el corazón, pero
no se arrepentía. Era muy feliz al lado de Blake. Quizá sus inicios no
fueron nada tradicionales, y muchas personas no comprenderían cómo
había podido enamorarse de él, pero a ella no le importaba porque había
sido la única que había sabido ver más allá hasta descubrir al verdadero
hombre detrás del bandido. Su marido era un hombre atento y cariñoso,
cuyo corazón lleno de bondad había logrado sobrevivir a pesar de la
manera en la que fue criado, por una bruja malvada, totalmente aislado del
resto del mundo, y obligado a hacer cosas terribles que todavía lo
atormentaban. Nunca hablaba de ello, pero ella sabía que era así cada vez
que tenía que despertarlo porque estaba sumido en una pesadilla.
Pasó un buen rato en la cocina del castillo. Intentó ayudar pero la
cocinera la empujó suavemente hasta una silla y la obligó a sentarse allí
mientras la reprendía.
—No quiero que tu marido venga a pedirme cuentas después,
muchacha —le dijo, bromeando.
La verdad era que nadie allí conocía el pasado de Blake, por lo que
nadie tenía motivos para temerle más allá de por ser un gran guerrero.
A la hora de comer, mientras los sirvientes correteaban en dirección al
gran salón con las bandejas llenas de comida, la cocinera le puso un plato
de guiso delante.
—Come. Ese niño ha de nacer fuerte y sano para que pueda convertirse
en otro guerrero para el clan MacDolan.
Ella se tocó el vientre, que ya empezaba a estar hinchado, y obedeció.
Estaba masticando el segundo bocado cuando una de las criadas, pálida y
temblorosa, trajo una amarga noticia: el sobrino del laird había
desaparecido y nadie sabía nada de él, ni lo había visto, desde la mañana
muy temprano.
Maisi pensó en Friggal y el niño con el que había salido del castillo.
¿Sería él?
Capítulo catorce. Miedo en el corazón.

En el gran salón había estallado el caos. Nadie había visto a Ken desde
la mañana, bien temprano. Al principio, Seelie se negó a preocuparse
porque, últimamente, el pequeño tenía tendencia a escapar de su niñera y
esconderse en los lugares más insospechados; pero era la hora de su
comida y, aunque lo buscaron por todos los escondrijos que ya conocía, no
encontró ni rastro de él.
A regañadientes, fue en busca de Kenneth. Quizá el pequeño estaba con
su padre. O con su tío. Pero ninguno de los dos sabía nada.
Cuando Maisi llegó al gran salón, Lean estaba ladrando órdenes a
diestro y siniestro, organizando una búsqueda por todo el recinto del
castillo. Kenneth estaba arrodillado delante de Seelie, que estaba sentada
ante la chimenea, con el rostro entre las manos, llorando. Gawin y
Derwyddon se mantenían a un lado. Hablaban entre ellos y el primero
parecía molesto.
Guerreros y criadas entraban y salían a la carrera, trayendo noticias y
llevando nuevas órdenes. Era como si hubiera estallado una guerra.
Maisi cruzó la estancia, esquivándolos como pudo, protegiendo su
barriga de los choques involuntarios, hasta que llegó hasta donde estaba su
amigo.
—Lo encontraremos, ya lo verás. Estará escondido donde menos lo
esperemos.
Kenneth intentaba consolar a su esposa, que se mostraba esquiva ante
su contacto.
—Kenneth… creo que Friggal se lo ha llevado —murmuró Maisi
detrás de él. El guerrero giró el rostro para mirarla con intensidad.
—¿Qué quieres decir?
—La vi hace unas horas llevando de la mano a un niño que no
reconocí. Acababan de abandonar la fortificación, pero no cruzaron el
pueblo. Iban directos hacia el sur.
—¡Maldita furcia! La mataré con mis propias manos —siseó con furia
contenida mientras apretaba los puños.
Se levantó y caminó con decisión hacia donde su hermano seguía
dando órdenes. El laird había adelgazado durante las últimas semanas y, a
pesar de la energía que seguía transmitiendo, parecía cansado, casi
enfermo. Pero Kenneth, sumido en sus propias preocupaciones, no había
reparado todavía en ello.
—Se lo ha llevado Friggal —anunció su hermano cuando llegó hasta él
—. Haz venir a los que custodiaban la puerta de la muralla esta mañana.

Los dos hombres estaban durmiendo tranquilamente cuando fueron


despertados a gritos. Habían pasado toda la noche de guardia, pero cuando
oyeron que el laird reclamaba su presencia, se levantaron de un salto y
acudieron rápidamente, preguntándose qué diablos habían hecho.
—¿Es cierto que una de las criadas abandonó el castillo esta mañana,
temprano, en compañía de un niño?
—Sí, mi señor. Friggal nos aseguró que se llevaba a vuestro sobrino a
dar un paseo, que tenía permiso para hacerlo.
—¡¿Y a ninguno de los dos se os ocurrió aseguraros de que decía la
verdad?! —tronó la voz de Kenneth, abalanzándose sobre ellos.
—¡Lo pensamos, mi señor! —exclamó el pobre guerrero, alzando los
brazos para protegerse, convencido de que Kenneth iba a asestarle un
puñetazo que nunca llegó.
—¡¿Y por qué no lo hicisteis?!
—Ella… —el otro hombre dudó, y miró a su compañero en busca de
ayuda. Al no encontrarla, siguió—: Ella nos dijo que vos y vuestra esposa
estabais ocupados y que el niño os estaba estorbando. Imaginamos que…
bueno… ya me entendéis.
Seelie enrojeció al comprender a qué se refería. Habían imaginado que
Kenneth y ella estaban ocupados haciendo el amor, y que Friggal quitaba
de en medio al niño para que no los estorbara.
—Había dado órdenes explícitas al respecto. Mi sobrino y la esposa de
mi hermano no podían abandonar Aguas Dulces si no iban debidamente
escoltados por mí, Kenneth o Derwyddon, ¿no es verdad?
—Sí, mi señor, pero…
—Diez latigazos para cada uno. La próxima vez os molestaréis en
cumplir las órdenes recibidas.
—¡Pero, mi señor..!
Lean no se molestó en seguir escuchando las súplicas de los guardias.
En diez minutos tenía organizada una partida para salir en busca de la
criada, y por Dios que, en cuanto la encontrara, le haría pagar caro su
atrevimiento.
Antes de partir, Seelie se acercó a Kenneth y le susurró con cólera:
—No te molestes en volver si no es con nuestro hijo sano y salvo.
La partida salió al galope, siguiendo la dirección que Maisi les había
indicado. Hacía muchas horas que la criada se había ido con Ken, pero una
mujer y un niño, caminando solos, no podían haber llegado demasiado
lejos.

***

Derwyddon estaba furioso consigo mismo. Había intentado utilizar


la magia para seguir el rastro del pequeño Ken, pero había fracasado
estrepitosamente. Se forzaba a considerar el secuestro como un mero
inconveniente para sus planes, pero la verdad era que le había cogido
cariño al niño y que odiaría que le pasara algo.
Además de ser un considerable revés, porque si Seelie perdía a su hijo,
dudaba de que pudiera estar en condiciones físicas y emocionales cuando
llegara el momento de enfrentarse a Gwynn… si es que ese hecho llegaba
a producirse alguna vez. Sin la baza del niño para chantajear
emocionalmente tanto a ella como a Kenneth, dudaba de que alguna vez se
decidieran a aceptar sus planes.
Derwyddon odiaba profundamente que sus poderes se viesen tan
menguados. Antiguamente, cuando podía cabalgar por el mundo de los
humanos en su forma original, esto no ocurría. Tanto su esencia como sus
poderes se mantenían intactos, y no se veía tan limitado a la hora de usar
la magia.
Pero, quizá, si unía fuerzas con alguien del otro lado del velo…
—¡Morgaine! —gritó, y su voz reverberó tropezando con las paredes
de su habitación.
La diosa oscura no tardó en hacerse presente. Parecía cansada y su
figura translúcida parpadeaba intermitente, como si ya casi no tuviera
fuerzas para aparecer.
—¿Qué ocurre, Twain?
—Han secuestrado al pequeño Ken y no soy capaz de encontrarlo.
¿Puedes ayudarme?
Cerridwen le ofreció la mano a su más viejo amigo y utilizó el vínculo
de la sangre con su nieto para saber dónde se encontraba. Fue un viaje
costoso que hizo que su rostro palideciera todavía más, como si la energía
que la sustentaba estuviera agotándose.
—Hay oscuridad a su alrededor —musito con los ojos cerrados—. ¿Lo
ves?
—Sí —contestó el druida, viendo a través de los ojos de ella—. Y
procede de la muchacha. Debemos saber qué planea.
—¡Gwynn quiere al niño! —gritó ella con horror—. ¡Lo está llevando
al sur, al antiguo bosque maldito en el que los MacDougal hicieron los
sacrificios hace cinco años, antes de atacar Aguas Dulces!
Morgaine miró a Derwyddon presa de un gran temor. Ese niño llevaba
su misma sangre, sangre poderosa e inocente que derramada sobre un altar
maldecido, le otorgaría a Gwynn el poder suficiente para atravesar el velo
y hacerse fuerte en el mundo de los humanos.
—Hay que impedírselo.
Cerró los ojos, dispuesto a todo. Con su envoltura carnal, jamás había
intentado lo que iba a hacer y no sabía si lo conseguiría. Concentró todas
sus fuerzas en buscar a Gawin y reforzar el débil vínculo que se había
establecido entre ellos cuando, semanas atrás, lo había traído de vuelta de
la muerte.

***

Habían perdido el rastro en el maldito riachuelo. Hacía una hora que


habían llegado allí y Kenneth se estaba impacientando al no recibir
todavía noticias de los exploradores que habían enviado en ambas
direcciones, buscando encontrar las huellas.
Si por lo menos tuviesen alguna idea de hacia dónde se dirigían…
¿Qué diablos se le había pasado por la cabeza a Friggal para hacer algo
así? ¿Venganza por haberla despreciado?
«Otra carga más para mi maldita conciencia».
Como si no tuviera ya suficiente con los remordimientos que lo
consumían y que lo habían llevado a abandonar su propio lecho porque no
soportaba el odio con que su esposa lo miraba cada vez que se le acercaba.
«¿De verdad creíste que forzándola, conseguirías lo que querías?».
No solo se había comportado como un estúpido: olvidó su honor y le
hizo daño a la persona que más amaba, aquella a la que debería proteger.
«No tengo perdón».
Ese fue el motivo que lo llevó a no volver a su cama ni a su
dormitorio, más que para procurarse ropa limpia cuando la necesitaba; y lo
hacía cuando sabía que ella no estaba allí.
La rabia y la frustración que lo habían impulsado aquel día, cuando
ordenó que, a partir de aquella misma noche, Ken dormiría solo en su
propia habitación, habían desaparecido. Miraba hacia atrás y no se
reconocía en aquel hombre.
«Pero era yo. Me he convertido en un monstruo sin sentimientos».
Un ligero alboroto lo sacó de su ensimismamiento. El agua del
riachuelo le había empapado las botas y sentía los pies fríos y
entumecidos. Miró hacia donde estaba Gawin, y vio que se había caído al
suelo, persa de terribles estertores.
—¡¿Qué diablos?!
Lean ya estaba con él, intentando contenerlo, y Kenneth se agachó para
ayudarlo. El cuerpo de su amigo se sacudía sin control y le habían puesto
un trozo de cuero en la boca para impedir que acabara mordiéndose la
lengua. Tenía los ojos muy abiertos, como si mirara hacia algún lugar
horrible que nadie más podía ver, y durante un terrible instante, parecieron
volverse completamente blancos.
Todo terminó de repente, tal y como había empezado. Gawin, sin saber
muy bien qué había pasado a su alrededor, miró a Kenneth y dijo:
—Sé hacia dónde se dirige.

***

Friggal estaba cansada de caminar, escuchando los interminables


lloriqueos del niño que llevaba a rastras a través de los campos. El crío no
paraba de gritar entre sollozos que tenía hambre y sed, exigiéndole que lo
llevara con su mamá.
Al principio había procurado ser buena con él, calmándolo con cariño
y contándole mentiras; pero el pequeño diablo era más listo de lo que
parecía y se había dado cuenta de que trataba de engañarlo.
Había intentado escaparse dándole patadas en las piernas, y casi lo
había conseguido. Al ver que sus esfuerzos eran en vano, empezó a gritar
pidiendo ayuda. Si algún campesino lo oía, Friggal se vería en serios
problemas. O peor, podía atraer a hombres poco recomendables. Aunque
aquella zona estaba bastante libre de bandoleros y maleantes gracias a las
constantes patrullas de los MacDolan, no estaban completamente limpias,
y siempre se corría el riesgo de llamar la atención si se hacía demasiado
ruido. Para evitarlo, se vio obligada a improvisar una mordaza con sus
enaguas, y había utilizado el resto para atarle las manos y poder tirar de él
como si fuese la correa de un perro.
No podía permitir que el pequeño diablo se escapara.
—Pronto llegaremos y el amo me librará de ti —murmuró mientras
pegaba un tirón que lo hizo caer de rodillas.
Ni siquiera se había dado cuenta, pero desde que había aceptado el
trato, Gwynn había ido invadiendo su mente hasta corrompérsela
completamente, convirtiéndola en una esclava sin voluntad, y su única
obsesión era cumplir con su misión entregando al niño.
El lugar indicado estaba cada vez más cerca. Lo sentía en la sangre,
que bullía en sus venas; y en el eco ensordecedor que abarrotaba su
cabeza. La voz de su amo le llegaba cada vez más alta y clara, más fuerte y
poderosa, y la conminaba a seguir a pesar del agotamiento, de las llagas en
los pies, y del frío que había invadido su cuerpo después de caerse en el
riachuelo, cuando el pequeño intentó escapar. Tiritaba de frío y tenía
fiebre, pero no era consciente de nada más que de la pulsión que la
obligaba a seguir caminando en dirección al bosque que ya estaba ante sus
ojos, arrastrando a un niño que ya no tenía fuerzas para caminar y que se
levantaba y caía cada dos por tres.
El sentimiento de realización que la invadió cuando cruzó la linde del
bosque maldito, fue excepcional. Nunca había sentido algo así, tan grande
y hermoso, y sollozó de dicha al sentir la caricia que su amo le dirigió,
enviándole una ráfaga de brisa fresca que le acarició el rostro y le calmó
un poco la fiebre. Su voz resonó en su cabeza, empujándola a seguir
todavía un poco más.
Ciega a todo lo que la rodeaba, no fue consciente de la presencia de los
hombres hasta que cayeron sobre ella y le arrancaron al niño de las manos.

***

A Kenneth le parecía un milagro volver a tener a su hijo entre los


brazos. El aviso de Derwyddon les llegó con el tiempo suficiente para dar
un rodeo a todo galope, adelantar a Friggal sin que esta se diese cuenta, y
preparar una emboscada en la linde del bosque.
El pequeño lloraba aferrado a su cuello y Kenneth lo abrazaba,
susurrándole palabras de consuelo.
Gawin y Lean se habían encargado de maniatar a Friggal. Cuando
cayeron sobre ella, tuvieron que contenerlo para que no la matara. Deseaba
con todas sus fuerzas rodearle el cuello con las manos y apretar mientras
veía cómo la luz se iba a apagando de sus ojos al mismo tiempo que
luchaba por respirar.
Durante unos instantes, el dolor y la angustia que había sufrido se
convirtieron en el odio más profundo que jamás había sentido. Si no
hubiese sido por la intervención de su hermano y su amigo, habría
cometido un acto imperdonable.
Él no mataba mujeres. Nunca lo había hecho en el pasado, y no iba a
empezar ahora. Friggal tendría un juicio.
—¡¡No!! ¡El amo lo necesita! —El grito de Friggal resonó en el
bosque, para empezar a murmurar después—: Su sangre. La sangre de la
diosa sobre el altar. Lo quiere, lo quiere. ¡¡No podéis hacerle esto!! Él me
prometió algo a cambio de llevárselo. ¿Qué me prometió? No sé, no sé,
pero era importante. ¿Un hombre? La sangre de Cerridwen es muy fuerte,
muy fuerte.
Soltó una carcajada mezclada con sollozos. De rodillas en el suelo, las
manos atadas a la espalda, el pelo revuelto y la ropa sucia, lo miraba todo
con ojos desorbitados.
—Parece que se ha vuelto loca —susurró Lean.
—Yo diría que hay algo más —contestó Gawin—. Siento en ella una
esencia que no me es desconocida.
—¿Gwynn?
Gawin asintió con la cabeza y miró hacia donde estaba Kenneth con su
hijo en brazos.
—Será mejor que no se lo digamos todavía. Esperemos a que
Derwyddon esté presente. Quizá pueda hacer algo por ella.
—Buen consejo. —Lean palmeó el hombro de Gawin—. Pero
deberíamos amordazarla. Los hombres se están poniendo nerviosos.
—Yo me encargo de ella.
—¿Estás seguro?
—Sí, no te preocupes.

***

Alistair estaba empapado en sangre. Que no fuese la suya no tenía


ninguna importancia, porque se sentía herido en lo más profundo de su ser.
Desde su huida de Aguas Dulces, porque eso es lo que había sido, se
había instalado en su alma un vacío frío y descorazonador que lo
acompañaba a todas partes. Él, que había sido el hombre de la sonrisa
perpetua, que hasta en sus peores días era capaz de bromear y reír, se había
convertido en un ser malhumorado y hosco que se enfadaba por cualquier
nadería.
Miró a su alrededor. Habían ganado, pero la batalla había sido brutal.
Los MacPherson les habían tendido una emboscada y Alistair, sumido en
su propia tormenta, no había estado atento a los detalles precisos para
deducir que todo era una trampa. Habían caído sobre ellos y lo único que
había hecho posible la victoria, había sido el intenso entrenamiento al que
sometía a sus hombres diariamente.
Pero el precio era terrible. Cuerpos caídos por doquier. La tierra
manchada de rojo, empapada con la sangre de los caídos. Gritos de dolor
pidiendo ayuda. Los estertores de los moribundos. Los relinchos aterrados
de los caballos.
Les había fallado a sus hombres y a sí mismo.
«Y todo porque soy un cobarde».
Sí, un cobarde que había huido de Aguas Dulces porque no era capaz
de aceptar lo que su corazón sentía. El beso de Lean le había abierto la
puerta a un mundo nuevo que lo aterraba, enfrentándolo de una vez por
todas a sus propios sentimientos y necesidades. Ningún beso en el pasado
le había hecho sentir tanto en tan poco tiempo. Ninguna boca femenina
había conseguido que deseara aullar a la luna. Ninguna mujer había
logrado que en su corazón anidara el perverso deseo de la posesión. Porque
Lean era suyo, igual que él lo era de su laird.
«Lo amas, pedazo de alcornoque», se dijo.
Lo amaba de una manera que nunca había creído posible. Se pasaba el
día deseando verlo, besarlo, acariciarlo. Una sonrisa suya hacía que la
alegría anidara en su pecho hasta amenazar con estallar. Una mirada
conseguía que su corazón se acelerara. Cerrar los ojos e imaginarse a Lean
entre sus piernas, con su polla en la boca, casi le provocaba un infarto.
Soñar con follarlo, o ser follado por él, una locura.
Hacía tiempo que se preguntaba qué sentiría al hacer el amor con otro
hombre. No, otro hombre, no. Con Lean. Solo Lean. Siempre Lean. ¿Se le
erizaría la piel si sus manos lo acariciaban? ¿Se perdería en sus besos?
¿Jadearía de placer con el contacto de sus gruesas y callosas manos? ¿Se
correría con fuerza, como nunca antes, cuando alcanzara el orgasmo?
«Por supuesto que sí. Solo de pensar en ello, se te pone dura como una
piedra».
¿Y Lean? ¿Perdonaría su cobardía? ¿Se sentiría igual de perdido y solo
con esta separación que su propio miedo les había impuesto? ¿Lo aceptaría
de nuevo entre sus brazos después de haberle roto el corazón de una
manera tan cruel?
—Hay siete muertos, de momento. Ewan y Angus están jodidos. Puede
que no pasen de esta noche.
Siete de sus hombres, muertos. Siete familias que ya no volverían a ver
a su padre, hermano, o marido. Siete madres que llorarían la pérdida de su
hijo. Siete vidas desperdiciadas por culpa de la estupidez humana.
«Este mundo ya es demasiado duro y cruel como para andar peleando
en contra de nuestro propio corazón».
Le dio las gracias al guerrero palmeándolo en el hombro. Era hora de
enterrar a los muertos, volver a casa, y aceptar con valor lo que su corazón
deseaba.
«Esta vez voy a ser yo quién te acorrale a ti, Lean MacDolan. Y te
besaré sin piedad hasta que pierdas el sentido».
Capítulo quince. La felicidad es de los valientes.

Seelie estuvo todo el día en el adarve, esperando su regreso. Le era


imposible esperar dentro pacientemente. Quería verlos llegar desde lejos,
aunque eso no disminuyó su ansiedad ni su tormento. Si perdía a su hijo,
moriría.
«Todo es culpa de Kenneth».
Había jugado con los sentimientos de Friggal y el despecho la había
llevado a desear vengarse. Quizá no era justo culparlo solo a él, pero
envuelta en su nube de angustia no era capaz de razonar, y se decía que si
su marido hubiese sabido mantener la polla bien guardada, no habrían
llegado a esta situación.
Pasó el día entero y se hizo de noche. Seelie se vio obligada a entrar en
el castillo cuando la noche se cerró sobre ella y empezó a caer una débil
llovizna. Era inútil mantenerse firme en el adarve porque era imposible
ver nada más allá de la muralla.
A regañadientes, hizo caso de Maisi, que se había mantenido a su lado
a pesar del cansancio del embarazo. Juntas y abrazadas, se refugiaron en el
calor de la chimenea del gran salón.
—Lo traerán de vuelta, mi señora, ya veréis. Confiad en vuestro
esposo.
—¿Tú también te has acostado con él? —le preguntó con rabia,
movida por los celos y la desesperación, pero inmediatamente se
arrepintió—. Lo siento, yo…
—No se preocupe, no importa.
Maisi se ruborizó intensamente al recordar las circunstancias en las
que ella y Kenneth se conocieron. Sí, se habían acostado, y después había
sido secuestrada por Blake, entrando así en la peor pesadilla de su vida
que, afortunadamente, terminó bien. Por suerte, Seelie no interpretó el
sonrojo como una admisión de culpa.
—Estás muy segura de que lo conseguirá.
Maisi se pasó la lengua por los labios y asintió.
—Le debo la vida y la cordura, mi señora. Y mi esposo, también. Por
eso confío en que encontrará a vuestro hijo y lo traerá a casa sano y salvo.
Pensó en contarle parte de su historia, para distraerla, pero allí en
Aguas Dulces nadie sabía de su pasado, y prefería que eso siguiese así.
¿Qué pasaría con ellos si llegaban a enterarse de que Blake había sido
esclavo (porque no había otra palabra para definirlo) de Gwynn, y se
hacían públicas las atrocidades que todavía pesaban sobre la conciencia de
su esposo?
Los gritos de los guardias y el tumulto en el patio de armas, terminó
con la conversación. Ambas salieron corriendo al patio para ver llegar a
los jinetes bajo la lluvia. Kenneth llevaba al pequeño entre los brazos, y la
maldita criada iba a caballo con Gawin, atada y amordazada.
Seelie corrió sin esperar a que desmontaran. Se metió entre los
caballos hasta llegar al de su esposo y le arrebató a su hijo de los brazos.
Lo abrazó entre lágrimas de felicidad y alivio por verlo vivo y de vuelta.
Le llenó el rostro de besos mientras su pequeño protestaba por tanta
efusividad.
—¿Estás bien, cariño? ¿Te ha hecho daño?
—Solo está cansado y tiene algunos arañazos, nada más —contestó
Kenneth sin bajar del caballo. Se moría por hacerlo y unirse a ese abrazo,
pero reprimió sus deseos. Ella no quería que la tocara de ninguna de las
maneras.
—Vamos a darte un baño, cariño. Después, cenarás y te irás a la cama.
—¿Puedo dormir contigo, mamá?
—Por supuesto que sí —contestó, desafiando a Kenneth con la mirada.
Él no replicó. No tenía nada que decir.

***

Lean, Kenneth y Gawin se asearon en el pozo antes de reunirse con


Derwyddon en las dependencias privadas del primero. Tenían que decidir
qué hacer con Friggal y querían el consejo del druida, por lo que este había
ido a verla al calabozo donde la habían encerrado.
—Definitivamente, Gwynn tiene todo que ver con su locura —
sentenció este al volver de allí—. Lo que no comprendo es que le haya
sido tan fácil, teniendo en cuenta que su poder está muy mermado. ¿Puede
que tenga algún vínculo familiar contigo? —preguntó a Gawin, pero este
negó con la cabeza.
—¿Tiene eso alguna importancia real?
—No, pero saberlo me ayudaría. Si es más poderoso de lo que creo,
puede traernos problemas.
—¿Más? —bromeó Lean con sarcasmo.
—Sí, cuando llevemos a cabo lo que he estado planeando.
—Os escuchamos.
Derwyddon asintió con la cabeza y miró a Kenneth. Sabía que al
escocés no iba a gustarle y que se opondría con todas sus fuerzas.
—He descubierto que en el patio de armas hay un punto en el que
confluyen muchas líneas de energía mágica. Eso se debe a que,
antiguamente, en este mismo lugar se alzaba un altar a Cerridwen. Eso
hace que el poder palpite en cada grano de tierra, y es el lugar perfecto
para atrapar a Gwynn. Mi plan es usar el vínculo que Friggal tiene con el
Cazador para obligarlo a venir hasta aquí… y que Seelie pueda atraparlo.
—No —interrumpió Kenneth, tajante—. No vais a poner a mi esposa
en peligro. No os lo voy a permitir.
—Esa decisión no te corresponde a ti.
—¡Ya lo creo que sí! Es mi esposa, y hará lo que yo diga.
—Escúchame, Kenneth. Tu familia jamás podrá vivir en paz mientras
él siga libre. Provocó una guerra para conseguir a Seelie, y ahora ha puesto
los ojos en tu hijo. ¿Acaso crees que se rendirá solo por haber frustrado
sus planes ahora?
—Sé cómo proteger a mi hijo —gruñó.
—Solo hay dos maneras de que puedas protegerlo: una es mantenerlo
encerrado durante toda su vida; la otra es acabar con Gwynn de una vez
por todas. Y solo una de ellas te garantizará la paz.
—No me hace ninguna gracia poner en riesgo a Seelie, Kenneth —
terció Lean—. Sabes que la quiero como a una hermana, pero…
—No voy a arriesgarme a perderla. Hace muy poco que ha descubierto
lo que es capaz de hacer, y dudo de que pueda enfrentarse a alguien que
lleva siglos dominando la magia. ¿Es que estáis todos locos? Es como
obligar a un niño a pelear por su vida, con espadas afiladas, contra un
templario.
—No lo entiendes. No será Seelie la que se enfrente a él. Ella es el
Cáliz.
—¡Maldita sea! —gritó con furia— ¡Dejad de hablar con enigmas y de
contar las cosas a medias! Y hablad claro de una maldita vez.
—¿Cómo pretendes que haga eso si habéis olvidado todo? ¿Vuestro
maldito cristianismo os ha hecho olvidar todas las historias de vuestros
antepasados?
—El Cáliz es el origen y el centro de la vida —susurró Gawin con los
ojos cerrados, como si intentara evocar un recuerdo lejano—. Es el renacer
perpetuo y contiene la esencia de lo imperecedero.
—Menos mal que a alguien le queda algo de la sabiduría de sus
ancestros —murmuró el druida con sarcasmo.
—Seelie será la fuente a través de la que se canalizará el poder, ¿no es
eso?
—Exacto, muchacho. Y yo usaré ese poder. Para eso estoy aquí.
—Entonces, con más razón para oponerme. Gwynn conoce el peligro
que Seelie representa para él, vos mismo lo dijísteis. En cuanto se vea
acorralado, irá a por ella para intentar matarla.
—Para eso estaréis presentes Gawin, Blake y tú. Los tres estáis
vinculados a Gwynn tanto como Seelie. Sois sus guardianes y protectores.
—No vais a ponerla en peligro. Fin de la discusión.
—Sí vais a hacerlo, Derwyddon. —La voz de Seelie interrumpió la
discusión. Todos se giraron para mirarla. Acababa de abrir la puerta y
ninguno de ellos se había percatado de su presencia—. Soy yo quién
decide si pongo en peligro mi vida o no, Kenneth. Tú perdiste el derecho a
darme órdenes.
—Seelie. No. No hagas esto solo porque estás enfadada conmigo.
—¿De veras piensas que todo gira en torno a ti? Hago esto porque es lo
mejor que puedo hacer para proteger a mi hijo. Derwyddon tiene razón al
decir que, mientras ese dios demonio esté suelto por ahí, él estará en
peligro.
—También es mi hijo.
—Entonces, si a mí me pasa algo, asegúrate de cuidar bien de él y de
protegerlo, porque no vas a hacerme cambiar de opinión.

***
Después de la reunión, Kenneth estuvo un rato dando vueltas por el
castillo, indeciso. Había muchas cosas que quería decirle a Seelie, pero
estaba seguro de que ella no querría escucharlo. Pero el miedo a perderla a
causa del plan de Derwyddon, le dio el valor suficiente como para
arriesgarse.
Subió hasta el dormitorio y abrió la puerta en silencio, sin llamar. Ken
estaba durmiendo. Su pequeño cuerpecillo se perdía en la enorme cama.
Seelie lo observaba, sentada en el borde, y le acariciaba la mano de vez en
cuando.
—Seelie…
—¿Qué quieres?
Ni siquiera giró el rostro para mirarlo.
—Hablar.
—Si pretendes hacerme cambiar de opinión, ahórrate el esfuerzo
porque no vas a conseguirlo.
—Lo sé. Solo quiero pedirte perdón y decirte que lo siento.
—¿Lo sientes? ¿Qué es lo que sientes, Kenneth?
Su actitud distante y la frialdad de sus palabras produjeron en él el
mismo efecto que un puñetazo directo al estómago, pero se recompuso lo
mejor que pudo. Había ido allí con una misión y no iba a echarse atrás
como un cobarde.
—Todo, mi amor. Pero lo que más lamento es haberte hecho daño. Mi
terquedad a la hora de no querer aceptar que ambos hemos cambiado, me
ha llevado a convertirme en un monstruo. Quería que los años en que
hemos estado separados, desaparecieran. Que volviéramos a ser los que
éramos antes, cuando lo único que nos importaba era estar el uno con el
otro. Recuperar la pasión y la magia, que volvieras a reír con
despreocupación. Mi propia frustración me llevó a cometer un acto
imperdonable contra ti. Siento ser como soy, impulsivo e irracional. Pero
de lo que más me arrepiento, es de haber destruido el amor que todavía
sentías por mí. Sé que no podrás perdonarme. Yo no puedo perdonarme a
mí mismo. ¿Cómo podría? Ver el miedo y la rabia en tus ojos, cuando me
acerco, ha hecho que me viera tal y como soy: un ser despreciable. Solo…
solo quiero que sepas que nunca más voy a forzarte. Jamás volveré a
tocarte. Por la mañana, ordenaré que preparen un dormitorio para ti; si
quieres trasladar a Ken allí, contigo, no me opondré. Y mantendré mi
promesa de fidelidad. No habrá ninguna otra mujer en mi vida, y no
porque espere que, con mi arrepentimiento y mi conducta, tú puedas llegar
a perdonarme. Lo hago porque es lo que debo, porque mi honor me lo
exige, porque es la única manera que tengo de… castigarme y purgar el
daño que he causado. Y si mi presencia en Aguas Dulces te incomoda o te
molesta, cuando todo esto termine, me marcharé de nuevo. Desapareceré,
para siempre.
Kenneth se marchó sin esperar una respuesta. No había nada que ella
pudiera decir, o que quisiera decirle en aquel momento, porque a pesar de
todo el daño que le había hecho, seguía amándolo. Se equivocaba al pensar
que con su acto infame había conseguido destruir el amor que sentía por
él. Era tan tonta que se había dado cuenta de que estaba movido por la
frustración y la desesperación. Ambos habían cambiado mucho, y
necesitarían tiempo para aceptarse tal y como eran ahora.
«Es imposible volver a ser la que era, por mucho que lo intente».
O quizá no. Los años de separación metida en el convento la habían
convertido en una mujer que mantenía cualquier pasión encerrada en lo
más profundo de su ser; pero allí seguía, agazapada, esperando la
oportunidad para salir a la superficie, y cada vez que Kenneth la había
tocado, había peleado con uñas y dientes por emerger.
Y no era solo la pasión carnal lo que había perdido por el camino.
Cuando se miraba en el reflejo del agua, no se reconocía a sí misma.
Kenneth tenía razón, ya no reía, ni disfrutaba de la vida. Se había
convertido en una mujer amargada incapaz de dejarse llevar, controlando
cualquier impulso que pudiese traerle un poco de felicidad.
Odiaba a Kenneth por haberla obligado a mirarse, y se despreciaba a sí
misma por lo que había descubierto.

***

Alistair llegó a Aguas Dulces cuando ya era de noche cerrada. Después


de la batalla, había fustigado a sus hombres durante dos días para volver a
toda prisa, y ninguno de ellos protestó porque también tenían ganas de
regresar y poder abrazar a sus seres queridos.
Sabía que al día siguiente le iba a tocar cumplir con la peor parte de
ser la mano derecha del laird y la que menos le gustaba: informar a las
familias de los hombres que habían caído.
Pero hasta ese momento, prefería no pensar en ello. En cuanto
descabalgó y dejó el caballo en manos del mozo que cuidaría de él, se
dirigió al pozo para asearse un poco. Se había lavado la sangre por el
camino, en el primer riachuelo que cruzaron; pero todavía tenía mugre y
olía a sudor rancio. Pasó por su habitación para ponerse ropa limpia y,
después, se dirigió con decisión hacia las dependencias de Lean.
Necesitaba verlo y no podía esperar a la mañana.
Inspiró con ahínco ante la puerta. Alzó un puño para llamar y se lo
quedó mirando durante unos segundos, preguntándose que qué narices
estaba a punto de hacer. Pero recordó lo efímera que era la vida en este
mundo que les había tocado vivir y que no podía desperdiciar la
oportunidad de ser feliz que tenía al alcance de la mano.
Aporreo la puerta con decisión y oyó la voz de Lean mascullando en
voz baja algo que sonaba a imprecación.
Estaba nervioso como nunca antes. Enderezó la espalda, apretó los
puños y respiró profundamente.
Lean abrió la puerta y Alistair sintió el puñetazo de la lujuria. Tenía el
pelo revuelto, los ojos entrecerrados a causa del sueño, y las sábanas le
habían dejado una marca en la mejilla. Se estaba cubriendo al entrepierna
con el plaid, agarrándolo con una mano, y este caía al suelo como en una
cascada de fuego dejando bien visibles las musculosas piernas y las
apetecibles caderas. Tuvo deseos de arrancarle de la mano aquella tela con
la que se estaba protegiendo, pero se obligó a subir los ojos, deslizándolos
sobre la definida musculatura de vientre y pecho, hasta llegar de nuevo a
los ojos.
Lean, consciente del repaso que su amigo le acababa de echar, tragó
saliva antes de preguntar en un susurro:
—Alistair… ¿Cuándo has regresado?
—Hace un momento.
—Y, ¿qué haces aquí?
—He venido a terminar lo que dejamos a medias.
No dejó que Lean reaccionara. Dio un paso hacia adelante para cruzar
la puerta, tiró del plaid con una mano para deshacerse de él, y cerró la
puerta con la otra.
Lean no se quejó cuando la boca de Alistair descendió a por la suya, ni
cuando las manos rugosas y llenas de callos de su amigo lo aferraron por
las caderas para pegarlo a su cuerpo. Tampoco se preguntó qué lo había
llevado a cambiar de opinión.
Lo único realmente importante era que estaba allí, que lo tenía entre
los brazos y que estaba besándolo con una pasión inusitada, como si la
vida le fuese en ello.
Alistair lo guió hasta la cama sin abandonar su boca. Por el camino, las
manos de Lean arrancaron de su cuerpo todo rastro de ropa. Cayó sobre la
cama de improviso y aprovechó los segundos de separación para quitarse
las botas y arrojarlas lejos. Se tumbó a su lado y deslizó los dedos sobre la
piel del hombre que amaba.
—¿Estás seguro de esto? —le preguntó Lean con la mirada febril.
—Completamente.
Volvió a besarlo. Sus lenguas jugaron, traviesas, chocando una con la
otra. Sus pollas se rozaron y dejaron ir al mismo tiempo un jadeo
tembloroso. La boca de Lean se deslizó sobre la piel, dejando un rastro de
besos, mientras las manos de Alistair le cogían la cabeza, guiándolo. Se
entretuvo en los pezones, mordiéndolos con pasión, haciendo que afloraran
sobre la piel, y después bajó por el estómago siguiendo el rastro de vello
que descendía desde el ombligo hasta la enhiesta polla que se alzaba,
orgullosa, entre las piernas.
—Cómemela. —Alistair susurró la orden con voz quebrada, y Lean no
dudó en obedecerle. Se relamió los labios y sonrió con picardía. Tenía al
guerrero donde quería, e iba a aprovecharse de ello.
Chupó el glande como si fuese un caramelo, rodeándolo con los labios
y acariciándolo con la lengua. Alistair, tumbado boca arriba, curvó la
espalda por culpa del estallido de placer. Gimió cuando Lean lamió el
tronco y le chupó los testículos, uno primero, después el otro.
Se sintió desvalido en manos de Lean, pero al mismo tiempo, una
fuerza inusitada, que provenía de la certeza de estar haciendo lo correcto,
le llenó el corazón. Todas las dudas que aún conservaba, desaparecieron
por la magia que Lean estaba obrando en su cuerpo. La piel erizada le
hablaba de amor. El latido de su corazón le daba fuerzas. Las manos que le
aferraban las caderas y lo mantenían sujeto mientras se introducía la polla
en la boca, le contaban una historia de confianza y respeto.
Jamás, en manos de una mujer, se había sentido tan vulnerable y fuerte
al mismo tiempo. La devoción que Lean le demostraba enraizó profundo
en su alma, atándolo a él irremediablemente.
—Basta —gimió—. No quiero correrme en tu boca.
Lean se apartó de él, incorporándose hasta quedar de rodillas entre las
piernas de Alistair. Le dedicó una sonrisa satisfecha, de medio lado, al ver
el manojo de nervios en que había logrado convertir a su amigo. Posó los
ojos sobre el pecho que subía y bajaba desacompasado al mismo ritmo que
los jadeos. Deslizó una mano entre el vello y se inclinó hacia adelante,
apoyándose en una mano. Con los rostros casi pegados, le preguntó:
—¿Qué quieres que te haga ahora?
—Quiero hacértelo yo a ti.
Lo tumbó boca abajo en la cama, y lo aplastó con el peso de su cuerpo
al ponerse encima de él. Acercó los labios al oído de Lean para poder
susurrarle.
—Me has vuelto loco. —Frotó la polla entre las nalgas y Lean gimió al
mismo ritmo que las caricias—. Eres un laird sin consideración—. Le
mordió el hombro con fuerza, y después calmó el leve dolor pasando la
lengua sobre la marca que le había dejado—. Cada vez que sales sin
escolta, me dan ganas de tumbarte sobre mis rodillas y azotarte el trasero.
Lean gimió, largo y profundo, sin comprender por qué la imagen de
Alistair azotándolo, en lugar de enfurecerlo, hacía que su polla se hinchara
todavía más.
—Hazlo.
Su boca habló sin que él fuese consciente, provocando que Alistair
inspirara con rudeza, sorprendido por la súplica que leyó en su voz.
—Oh, Dios, sí. Hazlo y fóllame de una maldita vez.
Las palabras de Lean exacerbaron su imaginación y la lujuria que ya
sentía. Le obligó a abrir las piernas forzándolas con las suyas y se
incorporó, quedándose de rodillas. Las nalgas de Lean estaban prietas y
Alistair se pasó la lengua por los labios.
El laird estiró el brazo y rebuscó algo debajo de la almohada, un frasco
de barro que le ofreció a su amigo.
—Usa este ungüento en mi ano para lubricarme.
Alistair lo cogió y lo miró con sorpresa. Lo abrió y lo olió. El
agradable aroma a hierbas inundó su nariz.
—Eres un chico travieso, Lean. ¿Por qué tienes esto tan a mano?
¿Acaso lo has usado con regularidad?
—¿Qué? ¡No! No, yo… solo soñaba con este momento, y quería estar
preparado por si llegaba a producirse.
—No me mientas.
Alistair estaba jugando. Sabía que, en estas cosas, Lean era inexperto
como él; pero imaginarlo en brazos de otro, siendo penetrado por otro
hombre, hizo que los celos afloraran sin pudor. Los controló, porque, en
todo caso, no tenía derecho a recriminarle nada. Si, en los días que habían
estado separados, Lean se había consolado con algún otro, era solo culpa
suya y de su precipitada huida.
—No te miento. Nunca, ningún hombre, me ha… follado.
Alistair le acarició las nalgas con una mano y se inclinó para morderla.
Lean ahogó un grito al sentir la punzada de los dientes en su carne, y su
polla se hinchó todavía más. Dejó ir una risa amarga. No había duda de
que era todo un pervertido y de que iría al infierno de cabeza, pero no le
importaba. Estaba disfrutando como nunca antes lo había hecho.
—Eso me gusta. Podemos decir que ambos somos vírgenes en ese
aspecto. Ponte a cuatro patas, laird. Es la hora del castigo por haber
escapado sin escolta.
Lean obedeció sin dudar. La primera palmada restalló en el silencio
sepulcral y envió un relámpago de lujuria que atravesó todo su cuerpo
hasta concentrarse en la polla, que se sacudió y dejó ir unas gotas de
líquido preseminal, manchando las sábanas impolutas. La segunda lo hizo
gemir y agarrarse con fuerza a la almohada. Con la tercera tuvo que ahogar
un grito que hubiera alarmado a medio castillo.
—Tienes un culo perfecto —susurró Alistair, acariciándoselo con
devoción contenida, y Lean no entendió por qué sus palabras fueron como
un bálsamo que le calmó el picor.
Alistair se llenó los dedos con el ungüento y penetró a su laird con
ellos. Lean gemía con cada movimiento. Su cuerpo, presa de un pequeño
temblor incontrolable, se rindió y tuvo que apoyar la cabeza sobre la cama
mientras dejaba ir varios gemidos encadenados. Cuando estuvo lo bastante
dilatado, Alistair se embadurnó su propia polla antes de penetrarlo con
ella. Se agarró a las preciosas nalgas que le ofrecían tan divino placer y lo
embistió, llenándolo con su miembro.
Un latigazo de felicidad le removió las entrañas, atenazándole el alma
y el corazón. Se inclinó hacia adelante un poco, lo preciso para alcanzar la
polla de su amante, y empezó a masturbarlo con vehemencia al mismo
ritmo que lo penetraba. Sus gemidos se entrelazaron. El olor a sexo y
sudor inundó la habitación, y el calor de sus cuerpos ahuyentaron el frío.
Ambos se corrieron con fuerza, ahogando los gritos que les rompían en
la garganta.
«Si alguna vez el hombre alcanza a volar —pensó Allistair de manera
absurda—, será parecido a lo que siento ahora mismo».
Cayeron rendidos, con piernas y brazos entrelazados, jadeando
sudorosos y el corazón tan acelerado que parecía que les iba a estallar.
—Te amo, Lean.
Las palabras, susurradas a su oído, lo obligaron a abrir los ojos para
mirar al hombre que las había pronunciado, y se maravilló de tenerlo a su
lado como tantas veces había soñado.
—Eres mi vida, Alistair —contestó, acurrucándose contra él,
sintiéndose completo y satisfecho por primera vez en su vida.
Capítulo dieciséis. El ritual.

Todo estaba preparado.


La oscuridad había caído como un manto sobre Aguas Dulces. Era una
noche clara y serena de principios de verano. La luna llena brillaba en el
cielo como un carro plateado, y las estrellas titilaban, completamente
inconscientes de lo que estaba a punto de ocurrir en ese puntito azul
llamado Tierra.
Derwyddon marcó a los actores del próximo drama poniendo los dedos
índice y corazón en las frentes de cada uno de ellos, mientras pronunciaba
unas palabras extrañas en un idioma desconocido para todos menos para
él: Kenneth, Seelie, Gawin, Blake, Friggal, Lean, y Alistair.
Blake le había contado a Maisi lo que iban a hacer y, aunque ella, al
principio, fue reticente a dejarlo participar en tamaña locura, acabó
aceptando su decisión.
Gawin le escribió una carta a Rosslyn, por si acaso no sobrevivía, y la
dejó en manos de Lean para que se encargara de hacérsela llegar si lo peor
ocurría.
Kenneth y Seelie no habían hablado desde la noche en que él le había
pedido perdón. Habían pasado días evitándose el uno al otro: el primero,
porque no quería imponerle su presencia; la segunda, porque no sabía
cómo perdonarlo.
Una vez todos estuvieron marcados y protegidos, Derwyddon entonó
un ensalmo que se expandió poco a poco por todo el castillo, sumiendo en
el sueño a todos sus habitantes. Criados, siervos, guardias, guerreros;
todos cayeron en un profundo sopor allí donde se encontraban. No podía
haber testigos de lo que iban a hacer, o podrían acabar siendo perseguidos
por la Iglesia por las prácticas de brujería.
Lean y Alistair se despidieron de los demás y se dirigieron en silencio
hacia el dormitorio donde el pequeño Ken estaba durmiendo. Si el plan
salía mal y no eran capaces de detener a Gwynn, ellos dos se encargarían
de mantenerlo a salvo y lejos de las garras del Cazador hasta que se
convirtiese en un hombre.
El resto del grupo atravesó las puertas del castillo y se dirigieron hacia
el patio de armas, al punto en que las energías mágicas confluían.
Kenneth miró a Seelie. Parecía fatigada, pero su mandíbula
determinada, alzada con orgullo, casi hacía olvidar las ojeras oscuras que
rodeaban sus preciosos ojos. Quiso abrazarla, consolarla, asegurarle que
todo iría bien. Pero se mantuvo distante, aunque eso destrozó su alma en
mil fragmentos.
«No voy a permitir que te pase nada», le prometió en silencio.
Derwyddon llevaba un báculo en la mano, y con él dibujó en el suelo
un círculo, llenándolo de extraños dibujos arcanos. Colocó allí a Friggal.
La muchacha parecía completamente ausente. Tenía la mirada desvaída y
no dejaba de balbucear incoherencias, pero la suave voz del druida la
mantenía calmada.
Kenneth, Gawin y Blake se colocaron en sus respectivas posiciones. Si
trazabas una línea entre ellos, formaba un triángulo perfecto. Los tres
desenvainaron las espadas cuando el viejo se lo ordenó, y fue de uno en
uno, consagrando las armas con magia.
—Recordad que ni Friggal ni Gwynn deben cruzar el círculo de
protección. Hay que mantenerlos dentro a cualquier precio. El Cazador es
un mentiroso y un manipulador experimentado. Os susurrará e intentará
convenceros de que lo dejéis salir prometiéndoos cualquier cosa, y sonará
tan convincente que, probablemente, llegaréis a considerar aceptar su
oferta. Pero vosotros ya habéis experimentado el dolor en sus manos y
habéis estado a su merced; solo recordad que nunca antes ha cumplido lo
prometido, que todo son mentiras.
—Lo tenemos muy presente, druida —masculló Blake, recordando el
infierno de infancia que había pasado en manos de la bruja.
—Desde luego —gruñó Gawin. Él había estado a punto de matar a la
mujer que amaba estando poseído por el demonio. Nunca más iba a caer en
sus tretas. Antes prefería morir.
—De acuerdo. Empecemos.
Derwyddon se puso al lado de Seelie, entre Gawin y Kenneth, fuera del
triángulo imaginario que formaban los tres guerreros.
—¿Estás preparada? —le preguntó, poniéndole una mano
tranquilizadora en el hombro.
—Sí —susurró ella.
«No lo estoy», pensó cuando el druida empezó a entonar el cántico que
atraería a Gwynn hasta el círculo en el que estaba Friggal.
Tenía más que miedo. Estaba aterrorizada. Cuando tomó la decisión de
ayudar al druida en su plan, estaba convencida de que era la única manera
de tener una oportunidad de vivir en paz y sin miedo. Todavía estaba
segura de ello. De lo que dudaba era de su propia capacidad de cumplir
con su parte.
Derwyddon le había explicado que, gracias a su herencia mágica, era
capaz de concentrar y transformar la energía que provenía de las líneas
telúricas sin que estas la afectaran, igual que un crisol soporta las altas
temperaturas en las que debe fundirse el metal para poder ser maleable. Lo
único que tenía que hacer, era dejar que estas energías penetrasen en su
cuerpo a través de sus pies descalzos, que se concentrasen en su estómago,
y permitir que fluyeran hacia Derwyddon. Él las usaría para acabar con
Gwynn.
En la teoría, parecía fácil. En la práctica, había resultado ser más
difícil de lo imaginado, por eso habían estado varios días entrenando
incansablemente hasta que él creyó que ya estaba preparada.
«Puedes hacerlo», se dijo, y respiró hondo dejando que su cuerpo se
relajara hasta que empezó a sentir el cosquilleo en las plantas de los pies.

***

Gwynn estaba furioso. Su estratagema con la criada no había salido


como esperaba. La habían capturado antes de que pudiera llegar hasta el
altar y sacrificar al niño en su nombre, lo que le habría dado el poder
necesario para atravesar la cúpula de protección que proporcionaba el
maldito altar de Cerridwen, enterrado bajo metros de tierra en el patio de
armas de Aguas Dulces, y llegar por fin hasta la maldita bruja que tenía el
poder de destruirlo y acabar con ella.
Pero no había sido posible.
Envuelto en un aura de cólera y el corazón lleno de resentimiento hacia
los malditos humanos que habían osado interponerse en su camino, se
movió entre las fisuras de la tierra reseca, deslizándose como un río de
lava buscando el punto adecuado para estallar.
Tenía que llegar hasta el niño y hacerlo suyo. La impaciencia y la
desesperación lo empujaron hasta la barrera mágica y chocó contra ella,
intentando resquebrajarla. Lo único que consiguió fue que sus llamas
furibundas se congelaran y un grito de agonía resonó al otro lado del velo.
Entonces, mientras se retorcía de dolor, lo sintió. Un camino se abrió
ante él, una pequeña grieta a través de la cual consiguió captar la mente de
su esclava, Friggal.
Lo estaba llamando.
¿Cómo había conseguido burlar la vigilancia de sus captores? ¿De
donde había sacado el conocimiento para abrir la brecha que le permitiría
entrar?
Ni siquiera se planteó estas preguntas. En otro tiempo, cuando todavía
conservaba su raciocinio, podría considerársele un ser inteligente y sagaz.
Pero con su poder menguado y su mente trastornada, las preguntas pasaron
a ser irrelevantes al lado de su codiciosa determinación.
Podía entrar en Aguas Dulces.
Podía llegar hasta la bruja, y matarla.

***

Kenneth observaba a su mujer de reojo. Estaba en una posición


vulnerable, al lado de Derwyddon, con una mano sobre el hombro del
druida a través de la cual fluía la magia que el viejo utilizaba.
No le gustaba verla allí. Debería estar dentro del castillo, a salvo de
todo. Hacía años, se había jurado amarla y protegerla; pero aquí estaba,
permitiéndole ponerse en peligro solo porque un viejo loco se había
propuesto acabar con un antiguo dios pagano. ¿Y qué importaba si Gwynn
seguía libre? Era como un viejo decrépito que a duras penas podía
caminar. Su poder era cada vez menor, y acabaría extinguiéndose por sí
mismo, sin necesidad de que ellos hiciesen algo.
La cantinela del druida llenaba el aire y alrededor de Friggal
empezaron a saltar algunas chispas, que chasqueaban con rabia hacia los
pies de la muchacha, que parecía absorta, con los ojos en blanco y la
mandíbula relajada, como si estuviera dormida.
Maldito viejo embaucador. La rabia contra Derwyddon creció en su
alma. Ese viejo loco los estaba poniendo en peligro a todos. Seelie no
debería estar allí, resplandeciendo en la noche como si fuese una estrella.
Era su mujer, y le debía obediencia. ¿Acaso se había convertido en un
inútil que no era capaz ni de controlar a su esposa? Era una mujer
respondona y de corazón frío, dura como una roca, que ni siquiera se había
conmovido cuando le suplicó su perdón por haber tomado por la fuerza lo
que era su derecho. ¡Su derecho! ¿Acaso la esposa no estaba obligada a
satisfacer al marido de buena gana y con una sonrisa en los labios?
«Ella te desprecia por ser blando —le susurró una voz en el oído—.
¿Cómo puede soportarte si eres un llorica incapaz de imponer tus
decisiones? ¡Menudo guerrero! Te doblegas a ella como la mantequilla al
fuego. Eres penoso. Pero esto puede cambiar si la alejas de la malsana
influencia que ejerce el druida sobre ella. Mátalo. Acaba con su vida y
llévate a tu mujer de aquí para follártela hasta que no pueda caminar.
Aunque grite y se resista. Aunque llore y suplique. Enséñale cuál es su
sitio: en tu cama y con las piernas abiertas, y para lo único que debería
usar su boca, es para meter tu polla en ella».
—¡¡¡Noooooo!!!
El grito de Kenneth rompió el aire. Apoyó la punta de la espada en el
suelo para evitar caer de rodillas, el cuerpo doblegado por la debilidad.
Miró hacia el círculo y vio a Friggal rodeada por un halo de llamas
ardientes, con unos ojos rojos inflamados de odio flotando sobre la frente.
—No conseguirás doblegarme con tus palabras, maldito demonio. No
lo permitiré.
Gwynn dejó ir una risita siniestra que le puso los pelos de punta y dejó
ir una oleada de odio que golpeó a todos en pleno pecho, dejándolos sin
aire por un momento.
—Ilusos. —La voz pareció surgir de lo más profundo de una caverna, y
su eco reverberó en el aire—. Soy Gronw Pebyr, el dios oscuro que trae las
penalidades a este mundo. ¿Llew no os ha hablado de mí? —preguntó con
voz melosa señalando a Derwyddon con un dedo de fuego—. ¿Os ha
contado por qué quiere verme muerto? ¿A qué se debe su odio hacia mí?
Seguro que no.
—¡No nos importan tus mentiras! —gritó Gawin, alzando la espada en
su dirección, preparado para atacar si era necesario.
—Pero deberían importaros mis palabras. Su odio hacia mí viene de
siglos atrás, de cuando su querida esposa me entregó su corazón.
Derwyddon, has escogido un nombre muy singular al convertirte en carne
y huesos y sangre —se burló—. ¿Sabéis que en la antigua tradición,
derwyddon significa «el que tiene el corazón roto»? Patético incluso para
ti, Llew. ¿Todavía no has superado que tu mujercita, la que fue creada para
amarte solo a ti, me prefiriese a mí en su cama? ¿Que conspirase conmigo
para matarte?
Gwynn soltó una carcajada que les puso los pelos de punta. Había
mucha maldad en ella, y un aire frío como la escarcha les atravesó la piel a
todos.
—Está utilizándoos para vengarse de mí. Pone en peligro vuestras
vidas sin ninguna necesidad. Marchad. Idos a vuestras casas ahora, a
copular con vuestras mujeres, y prometo olvidarme de esta afrenta. Os
dejaré en paz, a vosotros y vuestros hijos, si cejáis en vuestro empeño de
luchar contra mí.
—Me engañaste y utilizaste desde que era un niño —murmuró Blake
—. Me obligaste a hacer cosas terribles que yo no quería.
—¿Estás seguro de eso, muchacho? —le preguntó Gwynn en tono
paternalista, girando su mirada de fuego hacia él—, porque yo no sentí
ninguna resistencia en ti. Disfrutaste cada momento que te proporcioné. Te
sentías poderoso acatando mis órdenes, sintiendo el terror que infundías en
la gente. Y las mujeres… ah, era un placer verlas correrse mientras te las
follabas. ¿Recuerdas la sensación de supremacía que te embargaba cuando
te suplicaban más? ¿Cuando te rogaban que siguieras? No les importaban
las cadenas con las que estaban sujetas, ni el dolor que sentían cuando las
penetrabas. Eras su amo y señor, y todas habrían hecho cualquier cosa por
ti en aquel momento.
—¡¡Basta!!
El peso de la culpabilidad que Blake llevaba en los hombros por todo
lo que había hecho en el pasado, por el dolor que había causado a tantas
personas, le doblegó el cuerpo y lo hizo caer de rodillas, sollozando.
—No es verdad —murmuró, intentando convencerse de ello—. Fui tu
marioneta. Lo que yo sentía, era lo que tú me obligabas a sentir. Lo que tú
mismo sentías. No hubo placer en nada de lo que hice.
—Miéntete a ti mismo si es lo que quieres. A mí me decepcionaste.
Estabas destinado a convertirte en mi mano derecha. El mundo entero se
hubiera arrodillado a tus pies si hubieras seguido a mi lado en lugar de
traicionarme. ¿Y en qué te has convertido? En un don nadie, un simple
guardia de un patán, un guerrero prescindible que encontrará la muerte
más pronto que tarde y al que nadie recordará. Eres patético —escupió con
desprecio y una lengua de fuego saltó a los pies de Blake, prendiendo en el
suelo—. Todos sois patéticos, del primero al último. Y tú, Gawin
MacKenzie, eres el peor. Te ofrecí el mundo y lo despreciaste por una
mujer. ¡Una mujer! Preferiste morir a permitir que yo me divirtiera un
rato. Por eso serás el primero en morir.
Las llamas que rodeaban a Friggal aumentaron de tamaño y un brazo
de fuego con dedos incandescentes, se proyectaron hacia Gawin. Lo
cogieron por el cuello, alzándolo del suelo sin ningún tipo de esfuerzo. El
guerrero soltó la espada e intentó aferrar los dedos ardientes para
deshacerse de ellos. La mano ardía y quemaba su piel, levantando
ampollas y llenando el aire con el olor de carne quemada.
Blake lanzó un aullido y se abalanzó sobre aquel enorme apéndice que
tenía prisionero a su amigo. Blandió la espada hacia arriba, dejándola caer
con todas sus fuerzas. El filo cortó el aire y el fuego, y Gwynn lanzó una
aullido de dolor. La mano desapareció. Gawin cayó al suelo de rodillas,
luchando por volver a respirar, peleando contra el dolor.
—¡Eres un maldito! —gritó Blake—. ¡Acabaré contigo!
Se arrojó contra Gwynn sosteniendo la enorme espada con ambas
manos, apuntando hacia la flamígera garganta. No sabía si cortarle el
cuello serviría para algo, pero estaba ciego por la ira y el odio acumulado
durante tantos años, y la necesidad de venganza era mucho mayor que su
sentido común.
Una violenta ráfaga de aire caliente lo lanzó contra la pared, a varios
metros de allí. El golpe fue feroz y Blake oyó el ruido que hicieron varias
de sus costillas al romperse. Con un gemido, se sobrepuso al dolor y se
levantó, presto a volver a atacar.
Pero Gwynn no le dio ocasión.
Giró sus ojos hacia la más desvalida de sus víctimas y centró la mirada
en una inexpresiva Seelie, concentrada en reunir toda la energía mágica
posible para facilitarle el trabajo a Derwyddon, que seguía con sus
cánticos, ajeno a todo lo demás.
—Tú, la que podría haber sido mi reina, morirás.
Una lengua de fuego salió disparada hacia Seelie. Blake gritó. Gawin
gritó. Kenneth se abalanzó sobre Gwynn mientras gritaba:
—¡Ahora, maldito druida!
Entró en el círculo en el que estaba encerrado el Cazador. Le asestó
varios golpes con su espada consagrada, cortando la lengua de fuego y
desviando su atención de la mujer que amaba. Peleó con dureza,
aguantando las llamas y el dolor, esquivando las manos flamígeras que
querían abrasarlo. Utilizó todos los conocimientos que había adquirido a
lo largo de los años en que había estado jugándose la vida en guerras y
batallas inútiles, y consiguió que el maldito dios oscuro desviara la
atención de su presa, poniendo a salvo a Seelie y distrayéndolo el tiempo
suficiente para que el druida consiguiera terminar su ensalmo.
Gwynn gritó lleno de rabia y frustración cuando notó las paredes de
roca que empezaban a crecer a su alrededor. La prisión mágica estaba
cercándolo, naciendo del mismo centro de la tierra, utilizando las piedras
consagradas del altar de Cerridwen que estaban a sus pies. Las runas
sagradas brillaron en el aire y un terrible hedor ácido llenó el aire.
Los ojos flameantes de cólera se centraron en Kenneth, que había caído
al suelo al perder el equilibrio a causa del temblor del suelo bajo sus pies.
Una llamarada tomó la forma de una espada y se solidificó en un último
estertor, volando dirigida con certera puntería hacia el corazón de
Kenneth, atravesando la carne y el hueso hasta clavarlo en la tierra seca
del patio de armas, mientras un charco de sangre se expandía a su
alrededor y la vida lo abandonaba en un suspiro.

***

Gwynn gritó de rabia e impotencia. Las lenguas de fuego golpeaban la


roca intentando liberarse del encierro, pero con cada violento contacto
perdía más y más fuerza. El rojo de las llamas empalideció y su furia
menguó mientras la prisión se cerraba a su alrededor. Las runas sellaron la
trampa y el grito quedó atrapado junto a él, colisionando contra las pétreas
paredes, congelándose al mismo tiempo que las llamas se convertían en
polvo y caían al suelo como una fina lluvia de finales de primavera.

***

El menhir había surgido del suelo, formándose capa a capa alrededor


de la figura de Gwynn. Al principio era translúcido y las manos humanas
no podían tocarlo, como si lo que sus ojos veían fuese una imagen del otro
lado del velo.
Los ojos de Friggal volvieron a la normalidad. Parpadeó, sorprendida
de verse allí, bajo el cielo nocturno en el patio de armas. No dijo nada.
Solo ahogó un grito y echó a correr, desapareciendo en la negrura
totalmente aterrada.
Nadie se dio cuenta de que se había marchado de Aguas Dulces hasta
horas después, cuando fueron a buscarla y no la encontraron por ningún
lado. Había cogido sus pocas pertenencias y abandonado el que había sido
su hogar durante toda su vida. Quizá por la vergüenza, o quizá por el
miedo al castigo por lo que había hecho inducida por Gwynn.

***

Seelie abrió los ojos y suspiró. Estaba agotada. El esfuerzo había sido
descomunal y se sentía como si hubiese estado caminando una semana
entera, sin parar ni un minuto para descansar. Pensó en dejarse caer al
suelo allí mismo y dormir sobre el frío suelo pero, cuando bajó la vista
para considerar seriamente aquella opción, lo vio.
Kenneth.
Estaba en el suelo. Donde antes había estado su corazón, ahora había
un enorme agujero. Un charco de sangre rodeaba su cuerpo.
Quedó paralizada por el torrente de emociones que la embargaron.
Quería correr hacia él, arrodillarse a su lado, acunar su cabeza, y llorar.
Gritar hasta desgañitarse.
Pero solo se pudo quedar allí, quieta, oyendo el repicar de su propio
corazón dentro del pecho.
Dolía. Dolía mucho más de lo que podía recordar. Dolía tanto que
parecía que la piel se le rasgaba desde dentro. Como si un animal
enfurecido hubiera anidado en sus entrañas y estuviera arañando para
poder salir.
Olvidó el rencor, el enfado, y sus equivocaciones; las noches en vela
odiándolo por lo que le había hecho. Solo quedó el tremendo amor que
había sentido por ella, y su sacrificio para mantenerla a salvo.
—No… —susurró, mientras un puño invisible le atoraba la garganta.
Negó con la cabeza, con furia, como si quisiera arrancársela, como si
negándolo con violencia pudiese cambiarlo. Las lágrimas asomaron
deslizándose por las mejillas como un torrente.
Y el grito que se había quedado atascado, salió por fin.
Fue un grito largo y angustioso, nacido del dolor y la desesperación.
Como un animal herido, se lanzó al suelo, a su lado, sin que le importara
mancharse de sangre.
El «no» se convirtió en una letanía repetida mil veces mientras
recorría con las manos el cuerpo del hombre que había amado más que a
su vida.
—Nononononononono…
Gawin y Blake se mantuvieron quietos, mirándola, asolados.
Derwyddon intentó apartarla del cadáver, pero ella se resistió con uñas y
dientes. Quería permanecer allí eternamente, no volver a separarse de él
nunca jamás.
—Está muerto, cielo —le susurró el druida, pero ella se negó a
escuchar sus palabras.
—¡¡¡Madre!!! —gritó, desesperada, entre sollozos—. ¡¡Tú puedes
volverlo a la vida!!
Su grito no era una súplica; era una exigencia en toda regla.
—¡¡Hazlo, maldita seas!!
—Seelie…
Derwyddon le puso una mano en el hombro, en un vano intento por
consolarla. Se la quitó de encima en un arrebato agresivo y lo fulminó con
la mirada.
—No te atrevas —siseó con toda la rabia que sentía—. Malditos seáis,
tú, las antiguas tradiciones y la magia. Maldito el día en que apareciste en
nuestras vidas. Malditos tú, mi madre y el maldito demonio, así se pudra
en el infierno.
—Hija mía…
La voz de Morgaine fue como un soplo de aire, como la leve brisa que
mece las ramas de los árboles.
—Devuélvele la vida, madre —gimió Seelie, acariciándole la cara a
Kenneth—. Devuélvemelo. No puedo vivir sin él.
—Casi no me quedan fuerzas…
—¡Me da igual! —replicó con toda la furia que tenía enquistada en el
corazón—. Utiliza la mía. ¿No soy el Cáliz? ¿La dadora de vida y no sé
cuántas cosas más? ¡Pues úsame! Que mi maldito poder sirva para algo
bueno.
Morgaine miró a Derwyddon. Sentía el dolor de su hija como propio y
no podía quedarse de brazos cruzados si en su mano estaba poder aliviarlo.
—Está bien. Lo haremos.

***

Kenneth no sentía nada. A su alrededor todo era negrura, pero no tenía


miedo. Ni dolor. Ni rabia. Ni pena.
Pero tampoco había alegría, ni felicidad.
Estaba flotando en el agua, pero no gélida como la del mar cuyas olas
rompían cerca de Aguas Dulces, sino cálida y acogedora. Era como si
hubiera vuelto al vientre materno, donde estaba a salvo de todo y no debía
preocuparse por nada.
Estaba en paz, eso sí. Pero una paz ausente, la que llega a causa de la
ignorancia, o quizá, de la inocencia.
Estaba a gusto allí, pero había una sensación de zozobra en su corazón,
como si hubiera olvidado algo muy importante y, aunque fuese incapaz de
recordarlo, estuviese presente en sus pensamientos.
¿Qué era?
Se esforzó, pero fue inútil.
Hasta que una luz se abrió ante sus ojos y una voz le llegó hasta el
corazón.
—Kenneth, mi amor, vuelve a mí…

La vuelta fue brutal. El pecho le ardía como mil demonios y tenía los
pulmones paralizados. No podía respirar, y se ahogaba.
Abrió la boca, esforzándose, y manoteó para agarrarse a algo.
Un golpe en el pecho pareció abrirle la garganta por fin, y una
bocanada de aire frío penetró en ella, deslizándose por la laringe y la
tráquea hasta llenar, por fin, los pulmones.
Estaba vivo. No sabía cómo, o por qué, pero estaba vivo.
Abrió los ojos. Ante él estaba el rostro que más amaba. Seelie
sollozaba con la frente pegada a la suya. Instintivamente y sin mediar
palabra, la rodeó con los brazos y la pegó a su pecho. Ella se dejó abrazar.
No intentó apartarse, ni lo miró con desprecio.
Al contrario.
Se aferró a él como si temiera que desapareciera, como si así pudiese
evitar volver a perderlo. Le llenó el rostro de besos y caricias hasta que
Gawin, intentando romper con aquel momento que les había desolado,
dejó ir una de sus pullas.
—Deberíais buscar un pajar, o algo.
Seelie se rio. Por primera vez, no se sintió avergonzada de mostrar
públicamente el amor que sentía por Kenneth. Lo amaba, sí, con todo su
corazón. y precisamente por eso, era capaz de perdonarle sus faltas.
—Te amo, Seelie, mi vida, mi amor.
—Lo sé, lo sé. Cuando te he visto… pensé que te había perdido de
nuevo y no fui capaz de soportar la idea.
—¿Pero cómo…?
—Mi madre. Cerridwen. O Morgain, como también se la conoce. Entre
las dos conseguimos volverte a la vida.
—Igual que hizo con Gawin.
—Eh, ¿dónde está el druida? —preguntó Blake de repente.
Seelie miró a su alrededor. Kenneth se incorporó hasta quedarse
sentado en el suelo, e hizo lo mismo.
No había ni rastro de Derwyddon.
—Supongo que su misión ha terminado y ha regresado a donde quiera
que fuese su hogar —sospechó ella.
—Pues espero que sea feliz allí donde esté, y que jamás sienta la
tentación de volver por aquí a causar más problemas —rezongó Kenneth.
Se levantaron del suelo sin separarse. Kenneth le rodeó la cintura con
un brazo para pegarla más a su cuerpo mientras caminaban hacia el
edificio. Blake y Gawin los siguieron en silencio. Lean los estaría
esperando muy preocupado y tenía prisa por informarle de que todo había
ido bien, echarlo de su dormitorio y hacerle el amor a su mujer.
Antes de cruzar el umbral, Seelie miró hacia atrás. Las runas que
brillaban en el menhir habían desaparecido. ¿Cómo explicarían la súbita
presencia de aquel pedrusco enorme en mitad del patio de armas?
Ya se les ocurriría algo.
Una luz brillante llamó su atención. Al lado de la roca, dos figuras la
miraban con complacencia.
En el rostro de Cerridwen podía ver todo el amor que sentía por ella, su
hija. Quizá había tenido que abandonarla siendo un bebé, pero siempre
había estado a su lado, protegiéndola. Ahora lo sabía.
Derwyddon ya no era un anciano druida de pelo plateado. Mostraba por
fin su verdadera apariencia, la de un guerrero dorado como el sol y fiero
como una tempestad. El Dios Que Regresa, el guerrero de la luz, el que
rescata a la doncella de las flores y trae la primavera.
Sí, había cumplido su cometido. Había traído de regreso la primavera a
su corazón, y nunca se lo agradecería lo suficiente.
Epílogo. El futuro.

En la actualidad.

El llanto del recién nacido resonaba por todas las estancias del castillo
de Aguas Dulces. En el cielo nocturno, la luna resplandecía en todo su
esplendor y las estrellas titilaban, celebrando el nuevo nacimiento.
En la quietud solitaria de lo que antaño había sido el patio de armas, al
lado del gigantesco menhir que seguía manteniendo en su prisión al
Cazador Salvaje, dos figuras etéreas flotaban sobre el suelo, medio
transparentes, emitiendo una luz iridiscente que, a pesar de ser intensa, no
podía ser percibida por ojos humanos.
Una de ellas era una mujer. Tenía largos cabellos negros que le
llegaban hasta los pies, y su piel era tan blanca que parecía que el sol
nunca la había tocado. En sus ojos violetas había un rastro de tristeza, pero
sonrió cuando miró a su acompañante.
—Acaba de nacer un nuevo MacDolan. Su llanto es fuerte. ¿Lo puedes
oír, Twain?
—Por supuesto, Morgaine —contestó el hombre.
Twain ya no tenía aspecto de viejo druida. Hacía siglos que había
abandonado su disfraz de Derwyddon y había adoptado la forma que le
correspondía. Era un guerrero alto y fuerte, de anchos hombros y manos
poderosas. Tenía el pelo dorado atado con trenzas que caían alrededor de
su cabeza. Sus ojos azules irradiaban un poder que ningún humano era
capaz de asimilar y ponía de rodillas hasta a los guerreros más intrépidos.
Iba vestido de cuero y en el cinto llevaba una espada que, decían, solo
había habido un hombre que había sido capaz de empuñarla, además de él.
—Otro guardián para Gwynn —sonrió Morgaine.
Twain suspiró y se movió alrededor del menhir que todavía tenía muy
visibles las runas que había incrustado en ellas.
—A veces, me pregunto si todo lo que hicimos ha servido para algo.
No es que la humanidad haya conseguido vivir en paz.
—¡Por supuesto que sirvió! —lo riñó Morgaine, girándose hacia él
para fulminarlo con la mirada—. La humanidad es un recipiente que
contiene las dos semillas, la del bien y la del mal. Es decisión de cada uno
de ellos cuál quieren hacer germinar. Sin interferencias de ningún tipo, es
solo cuestión de su libre albedrío y solo ellos son responsables de sus
actos. Si no hubiéramos detenido a Gwynn, habría acabado forzando al
mal a todos y cada uno de ellos. Hasta al alma más pura. Y la humanidad
no habría avanzado como lo ha hecho. Seguiría en una perpetua edad
oscura, sin comprender el mundo que la rodea.
—Supongo que tienes razón.
—¿Pero?
—¿Por qué sabes que hay un pero?
—Te conozco, Twain. Siempre hay un pero para ti.
Twain sonrió y asintió con la cabeza. Ella lo conocía demasiado bien.
—Me preocupa el resurgimiento de los cultos ancestrales. Comprendo
que una pequeña parte de la humanidad se sienta incómoda con estos
tiempos y busquen una manera de volver a sus orígenes. Supongo que es
intrínseco en ellos cuando se sienten perdidos. Pero temo que alguien, en
su ignorancia, sea capaz de invocar y liberar al Cazador Salvaje.
—No te preocupes. Si eso llegara a ocurrir, tenemos a muchos
campeones capaces para luchar contra él. Y acaba de nacer uno más —
añadió, escuchando con una sonrisa el llanto del recién nacido.
—Eres la más sabia de todos nosotros, Cerridwen.
El sol mostró los primeros rayos que anunciaban el amanecer. Twain
cogió la mano de Morgaine y la miró con una sonrisa en el rostro.
—Es hora de que volvamos a Avalon —le dijo.
Ella asintió con el corazón lleno de tristeza.
—Sí. Volvamos a casa.
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Notas

1. Seelie, en gaélico, significa «hada buena».


2. Falda escocesa.
3. Larga tira de tela, confeccionada con los colores del clan al que
pertenecen, que los escoceses usan alrededor del cuerpo, sujetando el resto
sobre el hombro con un broche.
4. Complemento tradicional del traje típico de las Tierras Altas de
Escocia. Es una especie de monedero o pequeño bolso que se coloca como
una riñonera moderna, en la parte delantera de la cintura, y que tiene la
misma función que los bolsillos: guardar cosas.

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