el violencia descarnada; allí donde la diversidad es todo, el
respeto es nada. La atracción con la que reconoce a sus
semejantes es potencia bruta, fuerza motriz servida de
sofismas. En ella se exalta una policromía de valores donde
todos los modos de ser y de pensar están admitidos pero no
permitidos. Ante este fanatismo simbólico lo real no
alcanza mayor oficio que expulsar lo reprimido por medio
de la intimidación para así desinhibirse de ese exceso
traumático que supone aceptar sin reconocer.
Un sujeto ausente será el destino ineludible que se extrae de
una lectura atenta del manuscrito. La sátira que el profesor
Eduardo de la Vega le dedica a una escuela vacía de
contenido se iguala a ese arrebatamiento con el que la
educación se despoja de la virtud que acompaña al saber
para adentrarse en el deleite de hacer del perjuicio una
rutina. Ya decía Cicerón en Los oficios “el sumo rigor del
derecho viene a ser suma injusticia” haciéndonos
comprender que no hay mayor negación que la que se toma
del todo en serio a la realidad. Pues esta siempre se auto-
exige un exceso nunca simbolizable que le permite transitar
los estados de lo posible y lo necesario sin caer preso de las
garras suculentas del sueño dogmático. Sin embargo, ese
sujeto ausente ha decantado su destino a una ilusión
metafísica pues es solo allí donde está facultado para tolerar
esa fuerza negativa con la que lo real se constituye. La
tolerancia sin respeto es como el café sin cafeína al permitir
estar presente sin asumir una presencia.
Es justamente aquí, en esa indigestión de realidad donde el
sujeto posmoderno luce su traje ambivalente. Por un lado
llega a reconocer al otro (alteridad), pero lo hace solo