ESCUELA SECUNDARIA ESTATAL No.
101
CLAVE: 02EES0202J ZONA: XXIX
Situación de Aprendizaje 4
Aprendizaje esperado: Escribe cuentos de un subgénero de su preferencia.
Nombre del alumno:
Grado:2°
Grupo: C
Turno: Vespertino
Fecha:20 de noviembre
Muchas personas suponen que crear cuentos y novelas es una actividad
exclusiva de escritores profesionales con una inteligencia e imaginación
prodigiosas. En realidad, casi cualquier persona que tenga una historia en
mente puede escribir un cuento (de terror, policiaco, de aventura, de
romance, de ciencia ficción, de viajes, etcétera) y compartirlo con otros
para que lo conozcan
a) ¿Qué tipo de cuentos son de tu agrado?
Terror, ciencia-ficción y fantasía.
b) ¿Qué es lo que más te atrae de un cuento?
La trama y personajes.
c) Menciona algunos títulos de los que has leído.
Drácula de bram stoker, El Hobbit, yo robot y 1922 de stephen king.
d) ¿Alguna vez has escrito un cuento? ¿Se te dificulto, por qué?
no
e) ¿Qué elementos debe contener un cuento?
os personajes o protagonistas. El primer elemento de un cuento consiste en las
figuras que lo protagonizan, El narrador., La acción., El ambiente., La atmósfera., El
tema., El tiempo y moraleja
f) ¿De qué subgénero te gustaría escribir un cuento?
g) ¿Crees que a ti o a alguno de tus compañeros les podría suceder algo
parecido? ¿Por qué?
Si por que es un genero muy explorado y facil
¿Qué vamos a hacer?
Vas a escribir, de manera individual. Contarás una historia a partir de un
conflicto y elaborarás una trama mediante la cual podrás relacionar
acontecimientos a partir de causas y sus consecuencias. Asimismo, crearás tanto
personajes como escenarios donde ocurrirán los hechos.
Pero antes, deberás recordar algunos elementos importantes que poseen los
cuentos. Lo primero es su estructura, es decir, las partes en las que se organiza
el cuento.
- Enseguida se presentan tres fragmentos del cuento de “ El Ramo azul”. Anota,
si el fragmento pertenece al planteamiento, nudo o desenlace del cuento, según
sea el caso.
PLANTEAMIENTO Caminé largo rato, despacio. Me sentía libre,
seguro entre los labios que en ese momento me
pronunciaban con tanta felicidad. La noche era
un jardín de ojos. Al cruzar la calle, sentí que
alguien se desprendía de una puerta. Me volví,
pero no acerté a distinguir nada. Apreté el paso.
Unos instantes percibí unos huaraches sobre las
piedras calientes. No quise volverme, aunque
sentía que la sombra se acercaba cada vez más.
Intenté correr.
DESENLACE Abrí los ojos. La llamita me quemaba las
pestañas. Me soltó de improviso.
— Pues no son azules, señor. Dispense.
Y despareció. Me acodé junto al muro, con la
cabeza entre las manos. Luego me incorporé. A
tropezones, cayendo y levantándome, corrí
durante una hora por el pueblo desierto.
Cuando llegué a la plaza, vi al dueño del mesón,
sentado aún frente a la puerta. Entré sin decir
palabra. Al día siguiente huí de aquel pueblo.
NUDO Desperté, cubierto de sudor. Del piso de
ladrillos rojos, recién regados, subía un vapor
caliente. Una mariposa de alas grisáceas
revoloteaba encandilada alrededor del foco
amarillento. Salté de la hamaca y descalzo
atravesé el cuarto, cuidando no pisar algún
alacrán salido de su escondrijo a tomar el
fresco. Me acerqué al ventanillo y aspiré el aire
del campo. Se oía la respiración de la noche,
enorme, femenina. Regresé al centro de la
habitación, vacié el agua de la jarra en la
palangana de peltre y humedecí la toalla
Uno de los elementos más importantes de los cuentos son sus personajes, pues
son ellos quienes llevan a cabo las acciones que van desarrollando la historia.
Los personajes de un cuento se clasifican según su función en el cuento y según
su caracterización.
- Enseguida se presenta un fragmento del cuento “El avión de la bella durmiente
'', idéntica a los personajes y contesta lo que se te pide.
El Avión de la Bella Durmiente
Gabriel García Márquez
Era bella, elástica, con una piel tierna del color del pan y los ojos de
almendras verdes, y tenía el cabello liso y negro y largo hasta la espalda, y una
aura de antigüedad que lo mismo podía ser de Indonesia que de los Andes.
Estaba vestida con un gusto sutil: chaqueta de lince, blusa de seda natural con
flores muy tenues, pantalones de lino crudo, y unos zapatos lineales del color
de las bugambilias. "Esta es la mujer más bella que he visto en mi vida", pensé,
cuando la vi pasar con sus sigilosos trancos de leona, mientras yo hacía la cola
para abordar el avión de Nueva York en el aeropuerto Charles de Gaulle de
París. Fue una aparición sobrenatural que existió sólo un instante y
desapareció en la muchedumbre del vestíbulo. Eran las nueve de la mañana.
Estaba nevando desde la noche anterior, y el tránsito era más denso que de
costumbre en las calles de la ciudad, y más lento aún en la autopista, y había
camiones de carga alineados a la orilla, y automóviles humeantes en la nieve.
En el vestíbulo del aeropuerto, en cambio, la vida seguía en primavera. Yo
estaba en la fila de registro detrás de una anciana holandesa que demoró casi
una hora discutiendo el peso de sus once maletas. Empezaba a aburrirme
cuando vi la aparición instantánea que me dejó sin aliento, así que no supe
cómo terminó el altercado, hasta que la empleada me bajó de las nubes con un
reproche por mi distracción. A modo de disculpa le pregunté si creía en los
amores a primera vista. "Claro que sí", me dijo. "Los imposibles son los otros".
Siguió con la vista fija en la pantalla, de la computadora, y me preguntó qué
asiento prefería: fumar o no fumar.
-Me da lo mismo -le dije con toda intención-, siempre que no sea al lado de las
once maletas. Ella lo agradeció con una sonrisa comercial sin apartar la vista
de la pantalla fosforescente. -Escoja un número -me dijo-: tres, cuatro o siete. -
Cuatro
Su sonrisa tuvo un destello triunfal. -En quince años que llevo aquí -dijo-, es el
primero que no escoge el siete. Marcó en la tarjeta de embarque el número del
asiento y me la entregó con el resto de mis papeles, mirándome por primera vez
con unos ojos color de uva que me sirvieron de consuelo mientras volvía a ver
la bella. Sólo entonces me advirtió que el aeropuerto acababa de cerrarse y
todos los vuelos estaban diferidos. -¿Hasta cuándo? -Hasta que Dios quiera -
dijo con su sonrisa. La radio anunció esta mañana que será la nevada más
grande del año. Se equivocó: fue la más grande del siglo. Pero en la sala de
espera de la primera clase la primavera era tan real que había rosas vivas en
los floreros y hasta la música enlatada parecía tan sublime y sedante como lo
pretendían sus creadores. De pronto se me ocurrió que aquel era un refugio
adecuado para la bella, y la busqué en los otros salones, estremecido por mi
propia audacia. Pero la mayoría eran hombres de la vida real que leían
periódicos en inglés mientras sus mujeres pensaban en otros, contemplando los
aviones muertos en la nieve a través de las vidrieras panorámicas,
contemplando las fábricas glaciales, los vastos sementeras de Roissy
devastados por los leones. Después del mediodía no había un espacio
disponible, y el calor se había vuelto tan insoportable que escapé para
respirar. Afuera encontré un espectáculo sobrecogedor. Gentes de toda ley
habían desbordado las salas de espera, y estaban acampadas en los corredores
sofocantes, y aun en las escaleras, tendidas por los suelos con sus animales y
sus niños, y sus enseres de viaje. Pues también la comunicación con la ciudad
estaba interrumpida, y el palacio de plástico, transparente parecía una
inmensa cápsula espacial varada en la tormenta. No pude evitar la idea de que
también la bella debía estar en algún lugar en medio de aquellas hordas
mansas, y esa fantasía me infundió nuevos ánimos para esperar. A la hora del
almuerzo habíamos asumido nuestra conciencia de náufragos. Las colas se
hicieron interminables frente a los siete restaurantes, las cafeterías, los bares
atestados, y en menos de tres horas tuvieron que cerrarlos porque no había
nada qué comer ni beber. Los niños, que por un momento parecían ser todos
los del mundo, se pusieron a llorar al mismo tiempo, y empezó a levantarse de
la muchedumbre un olor de rebaño. Era el tiempo de los instintos. Lo único que
alcancé a comer en medio de la rebatiña fueron los dos últimos vasos de helado
de crema en una tienda infantil. Me los tomé poco a poco en el mostrador,
mientras los camareros ponían las sillas sobre las mesas a medida que se
desocupaban, y viéndome a mí mismo en el espejo del fondo, con el último
vasito de cartón y la última cucharita de cartón, y pensando en la bella.
El vuelo de Nueva York, previsto para las once de la mañana, salió a las ocho
de la noche. Cuando por fin logré embarcar, los pasajeros de la primera clase
estaban ya en su sitio, y una azafata me condujo al mío. Me quedé sin aliento.
En la poltrona vecina, junto a la ventanilla, la bella estaba tomando posesión
de su espacio con el dominio de los viajeros expertos. "Si alguna vez escribiera
esto, nadie me lo creería", pensé. Y apenas si intenté en mi media lengua un
saludo indeciso que ella no percibió. Se instaló como para vivir muchos años,
poniendo cada cosa en su sitio y en su orden, hasta que el lugar quedó tan bien
dispuesto como la casa ideal donde todo estaba al alcance de la mano.
Mientras lo hacía, el sobrecargo nos llevó la champaña de bienvenida. Cogí
una copa para ofrecérsela a ella, pero me arrepentí a tiempo. Pues sólo quiso
un vaso de agua, y le pidió al sobrecargo, primero en un francés inaccesible y
luego en un inglés apenas más fácil, que no la despertara por ningún motivo
durante el vuelo. Su voz grave y tibia arrastraba una tristeza oriental.
Personajes Descripción
El hombre es aquel que está varado en el
aeropuerto de París que mientras
espera su vuelo a Nueva York ver a
la "mujer más bella".
es aquella que el hombre denomina
La bella como la "mujer más bella".