de mujeres encornudados, de hijas seducidas.
Por algunos es-
píritus apasionados, dé biles y timoratos que se suicidan en unió n
del ser amado por no atreverse a romper con las preocupacio-
nes, por carecer de fuerza moral para luchar contra los obstá -
culos que los oprimen, contra las costumbres y el idiotismo de
parientes imbé ciles, son innumerables los que se burlan de ta-
les supersticiones... en secreto. Eso só lo ha servido para con-
vertirnos en trapaceros e hipó critas; nada má s. ¿Por qué enca-
pricharse en reglamentar lo que ha escapado a tantos siglos de
opresió n? Reconozcamos, pues, de una buena vez por todas,
que los sentimientos del hombre escapan a toda reglamenta-
ció n y que se precisa la libertad má s completa para que pueda
expandirse normal y completamente. Sed menos puritanos, y
nosotros seremos má s francos, má s morales.
Queriendo el hombre propietario transmitir a sus descen-
dientes el fruto de sus rapiñ as y habiendo sido la mujer hasta
hoy juzgada como inferior, y má s como una propiedad que
como un asociado, es evidente que el hombre ha sugestionado
a su familia para asegurar la supremacía sobre la mujer; y para
poder, a su muerte, transmitir sus bienes a sus descendientes;
así, ha sido necesario declarar la familia indisoluble. Basada
sobre el interé s, y no sobre el amor, es evidente que necesitaba
una fuerza y una sanció n para impedir que se disgregara bajo
los choques ocasionados por el antagonismo de intereses. Lue-
go, los anarquistas, acusados de pretender la destrucció n de la
familia, quieren justamente destruir ese antagonismo, basando
(a la familia) sobre el amor para hacerla má s durable. Ellos no
han erigido jamá s en principio que el hombre y la mujer a quie-
nes plazca finalizar sus días juntos no podrá n hacerlo bajo el
pretexto de que habrían hecho una unió n libre. Ellos no han
dicho jamá s que el padre y la madre no puedan educar a sus
hijos, porque piden que se respete la voluntad de estos ú ltimos,
que no sean considerados como una cosa, como una propie-
dad por sus ascendientes. En verdad, ellos quieren abolir la
familia jurídica; ellos quieren que el hombre y la mujer sean
libres para entregarse o rechazarse cuando les plazca. Ellos re-
futan toda ley estú pida e uniforme que reglamente los trans-
portes de sentimientos tan complejos y tan variados como los
que preceden al amor.
16 / LA QUESTIONE SOCIALE
Si los sentimientos del ser humano está n inclinados hacia la
inconstancia; si su amor no puede fijarse sobre el mismo obje-
to, como pretenden aquellos que quieren reglamentar las rela-
ciones sexuales, ¡qué nos importa! ¿Qué podemos nosotros
hacerle? Puesto que, hasta el presente, la opresió n no ha podi-
do impedir nada, pues só lo nos ha dado nuevos vicios, deje-
mos libre la naturaleza humana, dejé mosla evolucionar hacia
donde la conducen sus tendencias, sus aspiraciones. Ella es, en
la actualidad, bastante inteligente para saber reconocer lo que
le es ú til o perjudicial; para reconocer, con su experiencia, en
qué sentido debe evolucionar.
Cuando el hombre y la mujer se amen verdaderamente, ese
amor tendrá por resultado inducirlos, recíprocamente, a tratar
de merecer las caricias del ser que han elegido. Suponiendo que
el compañ ero o la compañ era que se ama puede volar del nido
el día en que no encontrara má s la satisfacció n que apetecía,
cada individuo hará cuanto le sea dable para atraé rselo com-
pletamente. Como en esa especie de pá jaros en que, en la esta-
ció n del amor, el macho se reviste de un plumaje nuevo y bri-
llante para seducir la hembra cuyas simpatías quiere captarse,
los humanos cultivará n las cualidades morales que deben ha-
cer agradables su cariñ o y su compañ ía. Basadas sobre esos
sentimientos, las uniones será n mucho má s indisolubles que lo
que podrían hacerlas las leyes má s feroces, la opresió n má s
violenta.
Nosotros no hemos hecho la crítica del matrimonio actual,
que equivale a la prostitució n má s vergonzosa. Matrimonios
de negocios, en que los sentimientos efectivos no desempeñ an
ningú n rol; matrimonios de conveniencias de rango –en las fa-
milias burguesas, sobre todo– convenidos por los padres, sin
consultar a aquellos que se unen; matrimonios desproporcio-
nados, en los que se ve a ancianos paralíticos, gracias a su di-
nero, unir su vieja estantigua, amenazando con la ruina a la
frescura belleza de la juventud; viejas picaronas comprando, a
fuerza de dinero, la complacencia de jó venes ambiciosos, que
pagan con su piel y un poco de su vergü enza la sed de enrique-
cerse. Esta crítica ha sido hecha y rehecha. A nosotros nos bas-
ta demostrar que la unió n social no ha revestido siempre las
mismas formalidades, que ú nicamente desprendié ndose de toda
EL AMOR LIBRE / 17
traba puede propender a conquistar su mayor grado de digni-
dad. ¡A que bueno, pues, buscar otra cosa!
Artículo sin firma de autor publicado en La Questione Sociale
N° 2, Buenos Aires, entre 1895-98.
18 / LA QUESTIONE SOCIALE
2. EL MATRIMONIO ES INMORAL
Rene Chaughi
Dos seres, un hombre y una mujer, se aman. ¿Acaso pensa-
mos que será n lo suficiente discretos para no pregonar de casa
en casa el día y la hora en que...? Pensamos mal. Esta gente no
parará hasta que hayan participado a todo el mundo sus pro-
pó sitos: parientes, amigos, proveedores y vecinos recibirá n la
confidencia. Hasta entonces no creerá n permitida la “cosa”. Y
no hablo de los matrimonios de interé s, en los que la inmorali-
dad es flagrante desde un principio; me ocupo del amor, y veo
que, lejos de purificarlo y darle una sanció n que no ha menes-
ter, el matrimonio lo rebaja y lo envilece.
El futuro esposo se dirige al padre y a la madre y les pide
permiso para acostarse con su hija. Esto es ya de un gusto du-
doso. ¿Qué responden los padres? Deseosos de asimilar su hija
a esas damas tan necias, ridículas y distinguidas como ricas,
quieren conocer el contenido de su portamonedas, su situació n
en el mundo, su porvenir; en una palabra, saber si es un tonto
serio. No hay otra expresió n mejor para calificar a este tratante.
Veamos a nuestro joven aceptado. No pensemos que la se-
rie de inmoralidades está cerrada: no hace má s que comenzar.
Desde luego, cada uno va en busca de su notario, y tienen prin-
cipio, entre las dos partes, largas y agrias discusiones de co-
merciante en las que cada uno quiere recibir mucho má s de lo
que da; dicho de otro modo: en las que cada uno trata de hacer
su negocio. La poca inclinació n que los dos jó venes pueden
sentir el uno por el otro, los padres parecen empeñ arse en
desvanecerla, emporcá ndola y ahogá ndola bajo só rdidas pre-
ocupaciones de lucro. Despué s vienen las amonestaciones en
las que se hace saber, a son de trompetas, que en tal fecha el
señ or “X” fornicará , por primera vez, con la señ orita “Y”.
Pensando en estas cosas, uno se pregunta có mo es posible
que una muchacha reputada y pú dica pueda soportar todo esto
EL AMOR LIBRE / 19
sin morirse de vergü enza. Pero es, sobre todo, el día de la boda,
con sus ceremonias y costumbres absurdas, lo que encuentro
profundamente inmoral y, digá moslo en una palabra, obsceno.
Aparece la prometida arreglada –como los antiguos adorna-
ban a las víctimas antes de inmolarlas sobre el altar– con vesti-
mentas ridículas; esa ropa blanca y esas flores de azahar for-
man un símbolo completamente fuera de lugar: fijan la aten-
ció n sobre el acto que se va a realizar y se hacen insistentes de
una manera vergonzosa.
¿Hablaré de los invitados? ¿De su modo de vestir tan pre-
tenciosamente abobado, sus arreos tan risibles como enfá ti-
cos, sus maneras pomposas y tontas, sus juegos de una feal-
dad extraordinaria? ¿Enumeraré todas estas gentes estiradas,
empomadas, acicaladas, enfileradas, apretadas, rizadas, em-
butidas en sus vestimentas, los pies magullados en estrechas
botinas, las manos comprimidas por los guantes, el cogote
molido por el cuello postizo; todo este mundo preocupado de
no ensuciarse, ansioso de engullir, “hambrones”, como les
dice el poeta, venidos con la esperanza de procurarse una de
esas comidas que forman é poca en la existencia de un hom-
bre gorró n?
¿Có mo pueden dos jó venes resolverse, sin repugnancia, a
comenzar su dicha ante una decoració n tan abominablemente
grotesca, a realizar su amor entre estas má scaras y en medio de
tan asquerosas caricaturas?
En la calle se corre para verlos: totalmente son có micos; las
comadres asoman a las puertas, los chiquillos gritan y corren.
Cada uno procura ver a la desposada: los hombres con ojos de
codicia, las mujeres con miradas denigrantes; y, por todo, se
oyen soeces alusiones a la noche nupcial, frases de doble senti-
do que dejan entender –¡oh, tan discretamente!– que el esposo
no pasará mal rato. Y ella, pobre muchacha, el dulce cordero,
causa y fin de tan estú pidas bromas, cuyas tres cuartas partes
llegan a sus oídos, sin duda alguna, ¿se esconde en un rincó n
del carruaje, tras la obesidad propicia de sus padres? ¡Oh, no!
Ella, entronizada descaradamente en su carruaje, se asoma a la
ventanilla sonriente para atraer la atenció n de la multitud. Y lo
que la vuelve radiante de alegría, mucho má s que el amor del
prometido y la legítima satisfacció n fisioló gica, es considerarse
20 / RENE CHAUGHI