Unidad 3.
La lengua como medio: la comunicación lingüística
1. Más allá del código lingüístico: la comunicación
Cuando en nuestros intercambios comunicativos hacemos uso de la lengua, más allá del
significado explícito, existe un significado implícito que los hablantes manejamos con
facilidad. El significado oculto, siguiendo a Yule (1996), está presente en cuatro
dimensiones integradas en la comunicación:
1. Las intenciones que muestran los hablantes al decir algo
2. La capacidad de los otros hablantes para reconocer esas intenciones
3. La relación que tienen los interlocutores
4. La información contextual compartida por los hablantes
Es la pragmática la disciplina que se dedica al estudio contextualizado del significado
lingüístico o, de otra manera, a la relación entre lo que se dice explícitamente y aquello
que no se dice, pero se da entender (implícitamente) en un contexto determinado.
1.1. Un esquema de la comunicación poco humano
Los contenidos relacionados con la comunicación se abordan tomando como base el
denominado esquema clásico de la comunicación: el emisor, que, tras codificar el
mensaje, lo envía a través de un canal, en una determinada situación comunicativa, a un
receptor, que se encarga de descodificar el mensaje recibido. Por otra parte, tanto en el
origen de la emisión como en el destino han de distinguirse dos componentes:
conceptual (responsable de la codificación y la descodificación) y físico (emisión y
percepción de la señal).
Este esquema resulta erróneo, ya que se basa en un modelo de comunicación
automática, que poco tiene que ver con la comunicación humana.
El mensaje no es una entidad de significado cerrado y delimitado que se traslada del
cerebro de un hablante al de otro. Por una parte, el emisor traduce a estructuras
lingüísticas los pensamientos que quiere comunicar. El receptor trata de reconstruir
esos pensamientos del emisor a partir de las estructuras lingüísticas percibidas. El
código lingüístico permite codificar y descodificar esas estructuras lingüísticas, pero
eso no es suficiente, puesto que la comunicación requiere de información contextual.
Existe una flagrante inadecuación en el modelo clásico de la comunicación: su falta de
humanidad. Los interlocutores son participantes activos de los intercambios
comunicativos, que pretenden ante todo comunicarse: manifestar sus intenciones e
interpretar las de otros. Así, el escenario de la comunicación deja de entenderse como
un proceso objetivo y pasa a considerarse una actividad mental (cognitiva) que surge de
las intenciones de los sujetos, protagonistas.
Esta subjetividad comunicativa explica que los “objetos” de la comunicación sean
interpretables por los sujetos y, en consecuencia, los contenidos vertidos en los
mensajes lingüísticos sean sometidos a la interpretación.
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El proceso comunicativo sería: un movimiento que se origina en el hablante (hablante
uno). Este hablante tiene un pensamiento (pensamiento 1) que traduce de forma
lingüística, transmitida como señal a través de sus movimientos articulatorios (señal). A
su vez, otro hablante 2 (en el papel de intérprete) recibe el estímulo sensorial (señal)
como forma lingüística y, a partir de ahí, conforma un pensamiento (pensamiento 2). El
éxito de la comunicación reside en la proximidad similitud entre el pensamiento 2 del
receptor y el pensamiento 1 del emisor.
La modificación del esquema clásico de la comunicación lleva consigo la asunción de
una serie de principios:
1. La comunicación humana es intencional
2. No se establece necesariamente a partir de señales pertenecientes a un código
lingüístico
3. El receptor no solo descodifica, también interpreta
4. La interpretación juega un papel determinante en la comunicación
1.2. Un modelo de la comunicación humana
La comunicación humana es un proceso basado en la intención: el hablante dice (y
hace) pone de manifiesto una intención y lo dicho (la señal) es un estímulo que
desencadena la interpretación de esa intención por parte del receptor. Ese juego de
propuesta intencional y de reconocimiento de intenciones es la base sobre la que se
asienta la comunicación.
Los componentes que intervienen en la comunicación se adscriben a dos niveles:
1. El nivel material o físico. En este se registran componentes directamente
observables. Reconocemos tres entidades físicas: el emisor, el destinatario y la
señal. El emisor es la entidad humana que produce una señal con una intención
comunicativa. El papel de este no es estable, su comportamiento es voluntario y
el reflejo de su actividad estará condicionado por la idea que tenga del contexto.
El destinatario es la entidad humana con la que el emisor quiere comunicarse.
Conviene distinguir el destinatario (a quien el emisor quiere dirigir el mensaje) y
el receptor (a quien le llega el mensaje). La actividad del destinatario consistirá
en recuperar e interpretar las intenciones comunicativas del emisor. La señal es
un componente físico, generado por el emisor, dotado de significado y
perceptible por el destinatario. Puede ser elaborada a partir de un código
lingüístico o no, y su contenido semiótico (su significado) se completa con la
información contextual.
2. El nivel cognitivo. En este se registran componentes no directamente
observables. Reconocemos las representaciones y los procesos. Las
representaciones internas son imágenes mentales que el individuo tiene de todo
lo que le rodea. Éstas, representaciones internas, personales, se caracterizan por
su dinamismo y variabilidad. Cuando el emisor quiere comunicarse, traduce su
pensamiento (representación interna) a palabras (representación externa) de
manera que esa señal (traducida) pueda ser, a su vez, interpretada por el
destinatario. Dos cuestiones importantes sobre las representaciones: por una
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parte, aunque las representaciones internas sean individuales, hay un
conocimiento común entre los hablantes integrados en un mismo entorno
sociocultural; por otra parte, los hablantes interiorizan el contexto a través de
varios tipos de representaciones internas (del objeto comunicativo, de la relación
entre hablantes, de la naturaleza del intercambio comunicativo en que participan
y del medio comunicativo empleado). Los procesos son las operaciones
cognitivas que despliegan los hablantes a la hora de elaborar representaciones
internas. Se distinguen dos tipos de procesos: codificación y descodificación, y
la ostensión y la inferencia (la producción de intenciones desencadena la
generación de indicios por parte del emisor [ostensión] y de manera
complementaria, la capacidad para la interpretación de los indicios por parte del
destinatario [inferencia]).
La comunicación surge de la intención comunicativa del emisor, que se concreta
en un pensamiento (representación interna). Este pensamiento lo traduce una señal
(teniendo en cuenta una serie de representaciones internas, provenientes del contexto),
accesible al destinatario, que puede conformarse a partir de un código lingüístico. Por
su parte, el destinatario recibe ese estímulo comunicativo (la señal) y lo somete a un
doble proceso cognitivo (descodificación inferencia). El receptor, a la hora de laborar
una inferencia, además de la información del código, toma en consideración una serie
de representaciones internas, derivadas del contexto. El resultado de este doble
proceso es una representación interna semejante a la que quiso comunicar el emisor,
semejanza en la que se fundamenta el proceso comunicativo.
2. La actividad de los interlocutores
El establecimiento de una situación comunicativa se basa en el anclaje de la
interlocución y en la forma de actuar de los participantes en un entorno comunicativo
determinado.
2.1. El anclaje de la situación comunicativa
El emisor (o enunciador) y el destinatario (o intérprete) son papeles que determinan la
naturaleza del intercambio comunicativo, ya que de este depende cómo los participantes
interiorizan cognitivamente los factores contextuales que envuelven la situación
comunicativa. Estos papeles no son estables, sino que alternan continuamente las
conversaciones cotidianas; incluso pueden coincidir en una misma persona como, por
ejemplo, un interlocutor interpreta su propio discurso.
En las comunicaciones de base lingüística el anclaje de la fuente y el destino de la
enunciación se marca a través de la deixis personal, que apunta al emisor (1º pers.), al
destinatario (2º pers.) y a aquello de lo que se habla (3º pers.).
Estos papeles no son entidades definidas ni homogéneas. En el origen de enunciación
no hay una única voz, sino que en el discurso se reconoce un conjunto de voces
(polifonía): sujeto empírico (poeta), locutor (quien recita), además es frecuente que en
nuestros enunciados incorporemos otras voces (enunciadores o ecos) de otros sujetos
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que no siempre son fácilmente identificables (citas encubiertas). Asimismo, en nuestra
intervención podemos reproducir discurso de otros hablantes (citas abiertas) en estilo
directo, indirecto o mixto.
Por su parte, también podemos hablar de distintos niveles de recepción: el destinatario
que es la persona con la que quiere comunicarse el emisor (individual o grupal, ficticio
o real, concreto o abstracto). Y el receptor que es la persona a la que le llega el mensaje.
La tipología de receptores es variada: destinatario indirecto, al que no se dirige el
emisor, pero al que el emisor quiere tener en cuenta, como sucede cuando el profesor
responde a las preguntas de un estudiante: el destinatario es ese estudiante, pero el
destinatario indirecto es el resto de estudiantes; receptor adicional, el que accede a la
comunicación sin que lo sepa el emisor; y el receptor encubierto, el propio de los
mítines electorales.
Verschueren utiliza el concepto presencias para referirse a todas las personas que
acceden de un modo u otro al evento comunicativo. En este sentido, no cabe duda de
que el número de participantes (o de presencias) es también un factor que condiciona el
tipo de intercambio comunicativo.
2.2. Relación entre los interlocutores y toma de decisiones
A la hora de establecer una comunicación de base lingüística, los interlocutores, además
de interiorizar una serie de información contextual que orientan su discurso, disponen
de unos recursos convencionales (establecidos en el código lingüístico) y la capacidad
para expresar indicios (significado, no convencional) a partir de elementos lingüísticos.
La actividad de los hablantes, en el ámbito de una comunicación basada en el uso de
una lengua, se pone de manifiesto por la necesidad de hacer elecciones lingüísticas. La
posibilidad de elegir unas formas lingüísticas en lugar de otras está relacionada con la
naturaleza del sistema: flexible, variable y adaptable a las intenciones comunicativas.
En gran medida, las elecciones lingüísticas están determinadas por cómo se establece la
relación (o distancia) social entre los interlocutores. La distancia social puede
determinarse según: la jerarquía y la familiaridad. La jerarquía puede manifestarse de
acuerdo con las características inherentes de los individuos (edad, sexo) o rasgos
sociales (que dependen de la función que se empeñe en un espacio social). La
combinación de estos dos ejes permite establecer un continuo en la relación social que
va desde la máxima distancia hasta la máxima proximidad.
Con respecto a esta distancia social y a la elección de formas lingüísticas Han de tenerse
en cuenta dos cuestiones. En primer lugar, es la colectividad de hablantes dentro de un
determinado marco sociocultural la que fija el valor de cada uno de estos ejes de la
distancia social adquirida. Por otro lado, el hablante puede hacer elecciones lingüísticas
ajustadas a las expectativas de la distancia social o aprovechar esa situación para usar
formas inesperadas, generando nuevos significados contextuales.
2.3. Los objetivos comunicativos
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A pesar de utilizar las mismas palabras, el objetivo que persigue el emisor puede ser
diferente. Puede ser una afirmación, una pregunta o una orden, por ejemplo. Para saber
cuál es la verdadera intención, el emisor actúa de una forma u otra.
En el marco de una situación comunicativa determinada, un enunciado es un acto de
habla por medio del cual el emisor hace (y se comunica intencionalmente) y el
destinatario interpreta la acción y, si así lo consideras, actúa conforme a lo hecho por el
emisor. En todo acto de habla pueden reconocerse tres dimensiones:
La dimensión locutiva refiere a la emisión de una cadena de sonidos, la
estructura de las oraciones y la referencia del significado oracional.
La dimensión ilocutiva muestra la fuerza comunicativa del enunciado: la suma
del contenido oraciones (dimensión locutiva) y la intención comunicativa.
La dimensión perlocutiva alude al efecto que la fuerza ilocutiva provoca en el
destinatario. Ese efecto perlocutivo no siempre requiere una actividad
comunicativa por parte del destinatario
Ha de tenerse en cuenta que la noción de fuerza ilocutiva aglutina varios componentes:
el objetivo comunicativo, la dirección de ajuste entre lo lingüístico y la realidad,
requisitos exigidos al emisor, intensidad de lo ilocutivo, condiciones previas,
condiciones de satisfacción… [ver ejemplos en la pág. 83-84]
La aplicación de estos tres componentes (objetivo comunicativo, dirección de ajuste y
condiciones de satisfacción) le permitió a Searle (1995) clasificar los actos ilocutivos en
cinco tipos: asertivos (afirmaciones, descripciones, clasificaciones), directivos
(órdenes, peticiones, juegos), compromisivos (promesas, juramentos, contratos),
expresivos (felicitaciones, bienvenidas) y declarativos (expresiones como: Le declaro
culpable). [ver cuadro pág. 84].
A primera vista, podría establecerse una relación biunívoca entre estructura sintáctica y
acto de habla (oración declarativa > acto de aserción; oración interrogativa > acto de
pregunta…). Hablamos de acto directo cuando hay una correspondencia entre intención
comunicativa y estructura sintáctica. Sin embargo, es frecuente la existencia de los actos
indirectos, donde se reconocen dos contenidos ilocutivos: el acto ilocutivo primario (el
mandato) y el acto ilocutivo secundario (la pregunta). Un ejemplo de esto es: ¿Quieres
escribir, María? La respuesta a esta pregunta puede ser doble. Si María dice que no
puede ser que no vaya a cumplir el mandato o que en este momento no pueda escribir.
La consideración de la intención comunicativa del emisor en el contexto de la tipología
textual puede ser de interés como elemento aglutinador de tipos de textos. Un primer
grupo de textos está basado en provocar representaciones internas en el receptor. En este
grupo podemos incluir los textos informativos y los persuasivos, que se fundamentan en
la modificación de las representaciones del receptor. El segundo grupo de textos se
caracteriza por la demanda de una acción por parte del destinatario. Dentro de este
grupo está los textos directivos (leyes, instrucciones).
3. Contexto: situación comunicativa y medio
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Es frecuente considerar que el contexto es una entidad externa a los hablantes, pero no
es así. Es el hablante quien selecciona, incorpora y activa los ingredientes contextuales
que estima más relevantes en una situación comunicativa.
El contexto comunicativo es un contenido mental, difuso y flexible que el hablante
interioriza. Una vez seleccionada e incorporada la información contextual decisiva en
un acto comunicativo concreto, el hablante toma decisiones y adapta sus expresiones al
contexto tal y como lo interpreta.
3.1. El entramado contextual
Para dar cuenta de la complejidad del contexto, partimos de la distinción de espacios
contextuales:
1. El espacio del anclaje comunicativo se configura, por un lado, a partir del
carácter de la fuente y del destinatario de la enunciación, y, por otro, a partir del
espacio físico de la comunicación, asociado a las marcas deícticas espaciales y
temporales. Así, el espacio (físico) del anclaje comunicativo se construye de la
misma actividad del decir (proceso de enunciación), caracterizada por el yo-
aquí-ahora.
La gramática del español permite el establecimiento de tres espacios deícticos en
función de la proximidad al yo/aquí del hablante: este, ese y aquel. Esta, además
de a un espacio físico, puede apuntar al espacio compartido en la comunidad o a
la proximidad o lejanía psicológica de una idea con respecto al yo de la
enunciación.
La deixis temporal funciona de modo semejante a la espacial. Es el eje de la
comunicación (yo-aquí-ahora) el que sirve de referencia temporal de la
comunicación. Buena parte de las marcas deícticas temporales se reflejan en los
tiempos verbales. Una de las propiedades de la deixis, espacio temporal y su
carácter indeterminado y ocasional.
2. El espacio mental hace referencia al tipo de interacción que se establece entre la
predisposición mental del emisor y la del destinatario. El espacio mental está
construido por elementos cognitivos y elementos emotivos. Para explicar que la
interacción se logra a partir de estados mentales de individuos distintos, hemos
de considerar que el conocimiento compartido que hace posible que, sin mayor
grado de explícito, emisor y destinatario sepan, por ejemplo, a qué se refieren
ahora y aquí en el anunciado. Se alude, por tanto, a un entorno cognitivo mutuo,
más o menos extenso, que los interlocutores manejan como protagonistas de una
situación comunicativa.
3. En el espacio social compartido los interlocutores reconocen modos y pautas de
comportamiento comunicativo y, en consecuencia, son capaces de actuar
conforme a estas convenciones.
Una de las manifestaciones más claras de este espacio social son las normas de
conducta verbal y no verbal (cortesía). Por un lado, el hablante ofrece una
imagen de sí mismo que presenta dos modalidades: imagen positiva o de
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integración social e imagen negativa o de libertad individual. La interlocución
puede amenazar la imagen del emisor o destinatario: a) una promesa afecta a la
imagen negativa del emisor; b) la autocrítica daña la imagen positiva del emisor;
c) el mandato afecta a la imagen negativa del destinatario; d) la crítica al
destinatario amenaza su imagen positiva. Para salvaguardar los daños de la
imagen, se desarrolla una cortesía positiva o favorecedora o una cortesía
negativa o de mitigación.
3.2. Contextualización y materialidad lingüística
La participación del hablante en intercambios comunicativos y su capacidad para
manejar el conocimiento estructurado, conformado a partir de esos intercambios, le
permiten interpretar la información contextual relevante generada. El desarrollo de esta
destreza se basa en el conocimiento práctico de las conductas comunicativas propias del
grupo social en que el hablante está integrado.
Atendiendo al grado de fijación discursiva, podemos hablar de situaciones más o
menos institucionales. El grado de institucionalización es un parámetro común a todas
las culturas, aunque la manera de cumplir esa imposición institucional no lo sea. Puede
establecerse un continuum que va desde las situaciones informales o privadas hasta
situaciones públicas ritualizadas, de extrema formalidad. Podemos establecer una
interrelación entre el nivel de formalidad de las situaciones comunicativas (privadas >
públicas > institucionalizadas > ritualizadas) y el registro lingüístico empleado (íntimo
> informal > casual > elevado > solemne). Esta correlación entre situación y registro es
uno de los factores que más presión ejerce sobre la elección lingüística: la mayor
formalidad rebaja la expresividad del hablante. Las diferencias de registro responden al
grado de control del hablante sobre la forma lingüística. Esta atención del hablante hacia
su propia construcción lingüística se manifiesta en dos momentos: la planificación o
preparación del discurso y el control durante el proceso de enunciación discursiva. Por
tanto, la doble caracterización de los discursos se pone de manifestó en el entramado
lingüístico empleado en cada uno de los registros lingüísticos.
Deteniéndonos en la canalización lingüística, la diferencia entre oralidad y escritura
supera la mera diferencia en la naturaleza de la señal (acústica o visual), responde
también a las diferencias entre una modalidad lingüística hablada y una modalidad
lingüística escrita. La escritura es el medio más idóneo para la planificación y para el
borrado tras el proceso de la revisión textual.
Las propiedades inherentes a cada uno de estos canales básicos de expresión lingüística
permiten el aprovechamiento semiótico de otros ingredientes. En la oralidad el emisor
puede recurrir a marcas paralingüísticas o no lingüísticas; en la escritura a
procedimientos gráficos y visuales no lingüísticos. El desarrollo de las tecnologías red
es otra dimensión medial que permite contextualizar los intercambios comunicativos.
A modo de resumen podemos decir que, el contexto no es algo exterior al
acontecimiento comunicativo, ni absolutamente inamovible; es una realidad compleja y
determinante, que se va generando por el propio uso del lenguaje y que soportan
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muchos aspectos una considerable flexibilidad. La manifestación del contexto (la
contextualización) depende del modo como los interlocutores, incorporen esos
ingredientes contextuales, de la faceta contextual que los locutores activen O de lo que
surja en el escenario comunicativo. Los hablantes no solo disponen de la habilidad para
crear indicios comunicativos a partir de expresiones lingüísticas convencionales y de la
capacidad para interpretar el sentido que estos contextos generados confieren a los
intercambios comunicativos.
En cierto modo, el proceso de selección de hablantes doble: seleccionar, contesto y
toma las decisiones lingüísticas más oportunos (en función del contexto generado).
Además, esa capacidad de selección del hablante se sustenta la idea de que tanto el
contexto como el código lingüístico es un componente flexible. Está doble operación de
selección que cometen los hablantes a la hora de configurar el contexto y de tomar
decisiones lingüísticas ajustadas al diseño del espacio contextual. Se manifiesta de dos
modos: por un lado, y señales que responden a la forma del contexto; por otro, hay
huellas lingüísticas (y no lingüísticos) que responde con esa configuración del contexto.
4. Significado y comunicación lingüística
En este apartado vamos a tratar la superposición del significado de código (semántico) y
el significado contextual (pragmático); el desarrollo de contenidos pragmáticos
derivados de la intención del emisor (ironía, humor y metáfora); y la aplicación
didáctica de contenidos pragmáticos.
4.1. Significado de código y significado contextual
Nuestras producciones lingüísticas aportan un contenido semántico basado en la
asociación convencional entre una señal lingüística y su representación conceptual. El
conocimiento de este significado se basa en el uso de un mismo código lingüístico por
parte del emisor y del receptor.
Las producciones lingüísticas con las que habitualmente nos comunicamos se
caracterizan por ser demasiado inconcretas, muy esquemáticas. Son meros esquemas de
significado (infradeterminadas semánticamente) que no impiden la comprensión porque
el interlocutor se encarga de rellenar el significado con información no lingüística.
Cuando los hablantes completamos el significado semántico esquemático, proveniente
del código con datos extralingüísticos, ponemos en práctica procesos inferenciales de
naturaleza pragmática. Se llaman procesos pragmáticos primarios (explicaturas) a
aquellos procesos que permiten completar el contenido con ayuda de la información
contextual. En primer lugar, se necesita completar este significado semántico con
información deíctica (relacionada con las personas que participan en el intercambio).
Además, el proceso de explicativa permite deshacer la ambigüedad. Además, los
procesos pragmáticos primarios no concluyen con las explicaturas que afectan el
significado de la construcción, han de añadirse también contenidos relacionados con la
fuerza elocutiva.
A estas operaciones (semánticas y pragmáticas de primer nivel) se superponen los
contenidos implícitos, llamados procesos semánticos secundarios, de contenido
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implícito (implicaturas). Estos significados no se infieren del contenido lingüístico de
la construcción ni del necesario complemento contextual, sino que provienen de lo que
el hablante pretende comunicar. Estas inferencias pragmáticas (implícitas) son de
segundo orden, más complejas, orientadas a reconocer las intenciones comunicativas del
emisor.
Los elementos lingüísticos también contribuyen, dependiendo de su manera de
significar, a los procesos pragmáticos. Así, hay términos que ofrecen un significado
conceptual, como son las palabras de vocabulario, y otros términos que intervienen en la
combinación de palabras en la secuencia gramatical (como las macaras de concordancia
o el uso funcional de la preposición a. El resto de elementos participan en el significado
procedimental de los procesos primarios de las explicaturas (como los determinantes o
los morfemas verbales, que apuntan a la referencia, a la temporalidad…). Por último,
hay otras palabras que orientan al destinatario en la interpretación de los contenidos
implícitos, como los conectores.
Desde el punto de vista de la interpretación, el receptor se distingue por dos
propiedades: está habilitado para seleccionar la información (gramatical y pragmática)
más relevante y está capacitado para dar rápidamente con la interpretación apropiada. A
este tipo de inferencias, y tú llevas, rápidas y automáticas, desarrolladas a partir de
información esquemática, se denominan inferencias abductivas, que son el tipo de
inferencias que los hablantes aplicamos continuamente en nuestras comunicaciones
habituales.
4.2. Lenguaje no literal: metáfora, ironía, humor
Tradicionalmente, el lenguaje no literal es el que se aleja del significado literal. Las
distintas propuestas teóricas en marcadas en el ámbito de la pragmática, presta atención
a estos fenómenos, superando la perspectiva lingüística (que pone lenguaje figurado al
lenguaje figurado), para marcar son alisios en un contexto comunicativo en que cobran
relevancia factores como la selección del contexto por parte de los interlocutores, las
intenciones de los hablantes (ostensión) y la recuperación de las intenciones (procesos
inferencia).
Los usos literales y los no literales no son dos clases opuestas, sino polos del continuum
de significado posibles que el receptor puede inferir en una situación comunicativa.
La producción e interpretación de las metáforas es un ejemplo del problema de la
interpretación en el contexto dinámico propio de la comunicación. Es este sentido, una
metáfora ya integrada en el vocabulario del idioma exige escaso esfuerzo de
interpretación, a diferencia de una metáfora personal. En ocasiones es la metáfora, la
mejor forma de traducir los pensamientos, expresiones lingüísticas, que a su vez se
someten a la interpretación del receptor. El concepto de habla relajada o imprecisa,
permite extraer los máximos efectos cognitivos con el mínimo esfuerzo de
procesamiento.
Los manifiestos irónicos ponen en manifiesto un uso peculiar del lenguaje: con la
comunicación de comunicar algo, se dice lo contrario. Un enunciado de interpretación
irónica debe cumplir tres requisitos:
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1. El enunciado es un eco de otro enunciado empleado en otra situación
comunicativa
2. Ha de identificarse la fuente del enunciado inicial
3. El receptor ha de interpretar la distancia entre el enunciado inicial y el de destino
Por último, el humor supone un mayor esfuerzo cognitivo y un efecto cognitivo más
enriquecedor. Con el fin de ofrecer un marco explicativo más amplio para dar cuenta de
lo humorístico, Ruiz Gurillo recurre a la llamada teoría general del humor verbal basada
en guiones y propone seis recursos que permiten determinar si un texto es humorístico o
no:
1. Se establece una oposición entre un guion serio y otro humorístico
2. El mecanismo lógico es el que permite resolver la incongruencia de modo que
sea divertida
3. La situación
4. La meta es el blanco del humor
5. Estrategias narrativas propias del género humorístico: chiste, monólogo
cómico…
6. Lenguaje humorístico
Desde un punto de vista verbal, el humor se reconoce a partir de marcas (acotaciones
del modo humorístico) e indicadores (recursos como la polisemia, la paronimia, la
fraseología…).
4.3. El significado contextualizado en el aula: un apunte
Es frecuente plantear el estudio de la gramática y de la comunicación lingüística como
un enfrentamiento entre perspectivas de análisis diferentes, en lugar de asumir que se
trata de aproximaciones absolutamente necesarias.
Es saludable que el docente se plantee cuáles son los límites entre un ámbito y otro; es
didácticamente aconsejable que en el aula se integren las dos dimensiones (la gramatical
y la comunicativa). Significado contextual es el que depende directamente del contexto,
es interpretativo y no estable. Este significado cumple dos funciones: a) completar el
significado de código, que suele ser bastante esquemático, sobre todo cuando el entorno
comunicativo que comparten los interlocutores es muy amplio, y b) analizar la
interpretación de las intenciones comunicativas que surgen exclusivamente en un
contexto específico. En el primer caso, hablamos de contenidos que se puede enriquecer
o explicitar; en el segundo caso, nos referimos al contenido implícito, no dicho, pero sí
comunicado.
Esta manera de proceder responde a la voluntad de llevar a cabo análisis lingüísticos
contextualizados, que pueden ir desde la materia lingüística hasta el contexto o
viceversa.
El trabajo lingüístico contextualizado permite identificar el sentido de las elecciones
lingüísticas adoptadas, reconocer qué factores del contexto intervienen en el uso de una
forma lingüística en vez de otras, sugerir otras opciones lingüísticas y justificar su
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empleo. Esto puede servir para el desarrollo de la competencia comunicativa de los
estudiantes.
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