Fernando VII: Reinado y Masonería
Fernando VII: Reinado y Masonería
la Independecia
Fernando VII
Fernando VII de España, llamado el Deseado o el rey Felón (San Lorenzo de El
Escorial, 14 de octubre de 1784-Madrid, 29 de septiembre de 1833), fue rey de
España entre marzo y mayo de 1808 y, tras la expulsión del «rey intruso» José I
Bonaparte, nuevamente desde diciembre de 1813 hasta su muerte, exceptuando un
breve intervalo en 1823, en que fue destituido por el Consejo de Regencia.
Hijo y sucesor de Carlos IV y de María Luisa de Parma, depuestos por obra de sus
partidarios en el Motín de Aranjuez, pocos monarcas disfrutaron de tanta confianza
y popularidad iniciales por parte del pueblo español. Obligado a abdicar en Bayona,
pasó toda la Guerra de Independencia preso en Valençay, siendo reconocido como
el legítimo rey de España por las diversas Juntas, el Consejo de Regencia y las
Cortes de Cádiz.
Tras la derrota de los ejércitos napoleónicos y la expulsión de José Bonaparte,
Napoleón le devolvió el trono de España con el Tratado de Valençay. Sin embargo,
el Deseado pronto se reveló como un soberano absolutista y, en particular, como
uno de los que menos satisfizo los deseos de sus súbditos, que lo consideraban una
persona sin escrúpulos, vengativa y traicionera. Rodeado de una camarilla de
aduladores, su política se orientó, en buena medida, hacia su propia supervivencia.
Entre 1814 y 1820 restauró el absolutismo, derogando la Constitución de Cádiz y
persiguiendo a los liberales. Tras seis años de guerra, el país y la Hacienda estaban
devastados, y los sucesivos gobiernos fernandinos no lograron restablecer la
situación.
En 1820 un pronunciamiento militar dio inicio al llamado trienio liberal, durante el
cual se restablecieron la Constitución y los decretos de Cádiz, produciéndose una
nueva desamortización. A medida que los liberales moderados eran desplazados
por los exaltados, el rey, que aparentaba acatar el régimen constitucional,
conspiraba para restablecer el absolutismo, lo que se logró tras la intervención de
los Cien Mil Hijos de San Luis en 1823.
La última fase de su reinado, la llamada Década Ominosa, se caracterizó por una
feroz represión de los exaltados, acompañada de una política absolutista moderada
o incluso liberaldoctrinaria que provocó un profundo descontento en los círculos
absolutistas, que formaron partido en torno al infante Carlos María Isidro. A ello se
unió el problema sucesorio, sentando las bases de la Primera Guerra Carlista, que
estallaría con la muerte de Fernando y el ascenso al trono de su hija Isabel II, no
reconocida como heredera por el infante Carlos.
La ocupación francesa de la metrópoli en 1808 desencadenó en Nueva España una
crisis política que desembocó en el movimiento armado. En ese año, el rey Carlos
IV y Fernando VII abdicaron sucesivamente en favor de Napoleón Bonaparte, que
dejó la corona de España a su hermano José Bonaparte. Como respuesta, el
ayuntamiento de México —con apoyo del virrey José de Iturrigaray— reclamó la
soberanía en ausencia del rey legítimo; la reacción condujo a un golpe de Estado
contra el virrey y llevó a la cárcel a los cabecillas del movimiento.
Constitución de Cádiz
Elecciones ciudadanas, libertad de prensa y federalismo fueron procesos
desencadenados por la Carta Magna española de 1812 en nuestro territorio. Esos
tres elementos fueron determinantes para alcanzar el anhelo independentista y
después serían retomados por las primeras actas constitucionales mexicanas.
Por generaciones, los mexicanos hemos aprendido a reconocer y valorar los actos
de las personas que, con sacrificio de sus bienes y aun de su vida, se levantaron en
armas en 1810. La justicia que hacemos a los insurgentes debería alcanzar también
a los hombres y mujeres que por otros medios colaboraron en la construcción de
México, ya que como creadores de instituciones y promotores de la participación
ciudadana, su actividad estuvo vinculada de diferentes maneras con la Constitución
elaborada en Cádiz por un grupo de diputados de España e Hispanoamérica, la cual
fue la primera Carta Magna vigente en el territorio que actualmente ocupa nuestro
país.
A doscientos años de su promulgación, quiero mostrar algunas de las herencias de
La Pepa, sobrenombre que se dio a la Constitución por haber sido promulgada el 19
de marzo de 1812. En los siguientes apartados describiré tres procesos
desencadenados en Nueva España por ese documento. Conviene decir de una vez
que algunos de ellos fueron echados a andar de manera intencional por los
constituyentes de Cádiz, como la libertad de prensa y las elecciones, mientras que
otros fueron resultados imprevistos, como el federalismo.
Las primeras elecciones ciudadanas
En septiembre de 1812 se conoció la Constitución de Cádiz en Nueva España y de
inmediato las autoridades se dispusieron a acatarla, aunque no siempre con
entusiasmo. Había muchas novedades en ese documento, algunas tan importantes
como la desaparición de la figura del virrey; pero sin duda la más trascendente era
el reconocimiento de que la soberanía radicaba no en el monarca sino en la nación,
compuesta por los ciudadanos de todos los dominios españoles. Por tal motivo,
eran los habitantes quienes debían elegir a las autoridades principales: las mismas
Cortes –como se llamó al congreso legislativo–, las diputaciones provinciales –
órganos colegiados que administraban las provincias– y los ayuntamientos que se
establecieron en las poblaciones con más de mil habitantes.
No es seguro el número de ayuntamientos que se establecieron en Nueva España
gracias a la Constitución, pero fue superior a mil. Desde Yucatán hasta Sonora, los
habitantes de esas poblaciones se prepararon para salir a votar por sus autoridades
políticas por primera vez. Todos los varones mayores de edad con un “modo
honesto de vida” y vecinos de una parroquia tenían derecho a votar, con excepción
de los descendientes de africanos –a quienes los diputados españoles se negaron a
otorgar la ciudadanía–, frailes, presos y sirvientes domésticos.
No importaba si se era indígena, mestizo o blanco, culto o analfabeta, rico o pobre,
todos los que cumplieran los requisitos señalados por la Constitución podrían
votar. En muchos poblados donde la mayoría era afrodescendiente se permitió
votar a sus habitantes, aunque la ley lo prohibiera; en otros no faltó el sirviente que
reclamara que vivía de modo honesto y era un vecino honrado. Esto se pudo hacer
porque la Constitución dio plena libertad a las juntas electorales, compuestas por
vecinos respetables y representantes de autoridades –como el cura–, para la
organización de las votaciones.
Ahora bien, los ciudadanos no elegían directamente a sus autoridades, sino que lo
hacían mediante un sistema complicado: elegían a “electores”, quienes a su vez
nombraban a los miembros de los ayuntamientos. En un proceso separado, los
ciudadanos debían nombrar a “electores de parroquia”, los que a su vez elegirían a
los “electores de partido”, quienes en una reunión designarían a los representantes
de las diputaciones provinciales y a los diputados para las Cortes.
El difícil camino de la libertad de prensa
Desde que las Cortes se reunieron en Cádiz en 1810, una de sus prioridades fue la
de permitir la libertad de prensa, salvo en materias de índole religiosa. El 10 de
noviembre de ese año los constituyentes elaboraron un decreto que permitía la
libre expresión de opiniones políticas a través de publicaciones. También se dieron
a la tarea de suprimir al Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición. El virrey de
Nueva España, Francisco Javier Venegas, prefirió no darse por enterado, pues
temía que la libertad de expresión favoreciera a aquellas personas que querían la
independencia.
En 1810 y 1811 aparecieron impresos que favorecían la unión con España y
condenaban la rebelión iniciada por Miguel Hidalgo. Publicistas (término usado en
aquella época para designar a los que publicaban) como Agustín Fernández de San
Salvador y Mariano Beristáin criticaron ferozmente a los insurgentes y polemizaron
con los muy pocos impresos que salían de las prensas rebeldes, como El
Despertador Americano de Guadalajara. El Diario de México, temeroso de la
censura, prefería no meterse en asuntos políticos. En 1812, con la promulgación de
la Constitución, fue imposible seguir ignorando la libertad de prensa.
El artículo 371 de La Pepa señalaba: “Todos los españoles tienen libertad de
escribir, imprimir y publicar sus ideas políticas sin necesidad de licencia, revisión o
aprobación alguna anterior a la publicación, bajo las restricciones y
responsabilidad que establezcan las leyes”. De inmediato el abogado oaxaqueño
Carlos María de Bustamante decidió editar un folleto titulado El Juguetillo.
Empezaba su cuadernillo con la frase “Conque podemos hablar...”, y a
continuación, de un modo algo tímido, se atrevía a exponer sus principales ideas
políticas. No faltó quien se opusiera al pensamiento de Bustamante, de modo que
aparecieron divertidas publicaciones como El Juguetón, con lo que se dio pie a las
primeras polémicas políticas impresas de nuestra historia.
Al lado de Bustamante, José Joaquín Fernández de Lizardi se dio a la tarea de
publicar un periódico de contenido político: El Pensador Mexicano, en el que no
solo expresaba sus ideas sino que se atrevía a aleccionar al virrey acerca de cómo
debía actuar. Tanto en El Pensador como en El Juguetillo, Lizardi y Bustamante se
comprometieron con la formación de valores cívicos e impulsaron a sus
compatriotas a participar en los procesos electorales que se avecinaban, aunque no
se atrevieron a inducir el voto a favor o en contra de personajes específicos. De
cualquier manera, fueron papeles muy influyentes, a tal grado que el virrey
Venegas, temeroso tras las elecciones de noviembre de 1812, decidió suprimir la
libertad de prensa y perseguir a los principales publicistas. Fernández de Lizardi
terminó procesado, mientras que Bustamante consiguió escapar de la ciudad de
México para unirse a las tropas insurgentes, primero a las de Francisco Osorno en
los llanos de Apan y luego a las de Morelos, quien iba en campaña para ocupar
Oaxaca. De inmediato Bustamante emprendió la tarea de publicar periódicos en el
bando insurgente –como el Correo Americano del Sur– y promovió entre los
independentistas el establecimiento de un Congreso constituyente y una
Constitución liberal que, a semejanza de la de Cádiz, garantizara la participación
electoral y la libertad de prensa.
En 1820, tras la debacle insurgente y el restablecimiento de la Constitución,
Bustamante volvió a publicar sus juguetillos. El primero se llamó Motivos de mi
afecto a la Constitución, en el que señalaba todas las bondades de La Pepa pero
censuraba a las autoridades virreinales que mezclaban “la libertad con la
esclavitud”. Por su parte, Fernández de Lizardi entró en polémica con los que
defendían a la extinguida Inquisición. El nuevo virrey, Juan Ruiz de Apodaca,
toleró estas publicaciones, pero cuando las prensas empezaron a publicar las ideas
del Plan de Iguala decidió suprimir la libertad de expresión, como había hecho su
antecesor.
Sin embargo, en 1821 la situación de Nueva España era muy diferente. Las
imprentas de Puebla, Veracruz, Mérida, Oaxaca y Guadalajara, entre otras,
siguieron publicando opiniones políticas. La polémica Memoria político-instructiva
de Servando Teresa de Mier, en la que proponía una independencia republicana,
fue reimpresa, lo mismo que numerosas obras liberales provenientes de España y
de otras partes de Hispanoamérica y el mundo. Nunca antes salieron a la luz tantas
publicaciones políticas. Con la independencia, pese a los intentos de censura, este
número siguió creciendo. Entre 1823 y 1824 cientos de impresos y decenas de
periódicos discutían las posibilidades que se abrían en el futuro de México. El
camino sería todavía largo y tortuoso, pero muy pronto quedó claro que sin la
libertad de prensa sería imposible construir las instituciones democráticas que
necesitaba el país.
El federalismo
La Constitución de Cádiz diseñó un Estado profundamente centralizado.
Consideraba que la soberanía nacional era indivisible y que todo el poder debía
quedar en las Cortes y en el rey. Sin embargo, por iniciativa del diputado de
Coahuila, Miguel Ramos Arizpe, los constituyentes reconocieron que, dado el
enorme tamaño de los dominios españoles, se requería contar con instituciones de
gobierno local. Debido a ello quedó previsto que en cada provincia se debía
establecer una diputación integrada por representantes electos. Cada diputación
estaría presidida por un jefe político designado por el gobierno superior. Para
evitar malos entendidos se suponía que las diputaciones no podían hacer leyes ni
tomar decisiones políticas; únicamente se encargarían del “gobierno económico”,
es decir, de la administración de las provincias, y servirían como intermediarios
entre los ayuntamientos y el gobierno español. Por supuesto, a los ayuntamientos
también se les prohibió tener actividades políticas y se les redujo a ser
administradores, pero como se trataba de instituciones electas, muy pronto
reclamaron representar, siquiera en parte, la soberanía del pueblo.
En 1812 el antiguo virreinato quedó dividido en cinco grandes provincias en las
cuales debían establecerse diputaciones. La primera se reunió en 1813 en Mérida
(incluía toda la península de Yucatán y Tabasco), poco después se establecieron las
de Guadalajara (formada por Nueva Galicia y Zacatecas), Durango (Provincias
Internas de Occidente) y Monterrey (Provincias Internas de Oriente). La de
México, que incluía las intendencias de Guanajuato, Nueva España, Michoacán,
Oaxaca, Puebla, San Luis Potosí y Veracruz más Querétaro y Tlaxcala, fue retrasada
por Félix María Calleja, quien insistía en seguir ostentándose como virrey.
Finalmente se reunió en 1814, poco antes de que la Constitución fuera abolida.
La historia de las diputaciones provinciales continuó en 1820. Ese año se autorizó
la creación de la de Michoacán, que incluía a Guanajuato. Poco después Puebla
exigió una propia, aunque no la consiguió hasta que México se hizo independiente.
En 1823, cuando Agustín de Iturbide fue derrocado, había diputaciones en
Chihuahua, Coahuila, Durango, Guadalajara, Guanajuato, México, Michoacán,
Nuevo León, Nuevo México, Nuevo Santander, Oaxaca, Puebla, Querétaro, San
Luis, Sonora y Sinaloa, Tabasco, Texas, Tlaxcala, Veracruz, Yucatán y Zacatecas.
Estas diputaciones se asumieron como las representantes de la soberanía de sus
provincias y algunas de ellas dieron paso a Congresos constituyentes, como sucedió
en Guadalajara, donde la provincia de Nueva Galicia se convirtió en el estado de
Jalisco y estuvo encabezada por diputados provinciales. Algo semejante ocurriría
en Oaxaca, Zacatecas y, finalmente, en todo el país. Por ello, cuando se estableció la
Constitución de 1824, se dio reconocimiento a la soberanía de los estados, con lo
que México surgió con una forma federal.
Los constituyentes de Cádiz no tenían previsto fomentar el federalismo, pero con
las diputaciones provinciales se condujo a esa forma de gobierno, al menos en
México. Las elecciones populares, aunque eran indirectas, dieron pie a la
movilización de los votantes, sin importar que fueran indígenas, mestizos o
blancos; poco después, los descendientes de africanos también exigirían esos
derechos y, ya bajo el orden independiente, se les reconoció la igualdad política. Tal
vez había personas que intentaban manipular las elecciones, pero no siempre lo
conseguían; en cualquier caso, no sucedía de manera muy diferente a lo que pasaba
en otros países. En todo este proceso la libertad de prensa fue muy importante.
La historia posterior mostró intentos para censurar la expresión de las opiniones
políticas, muchos se opusieron a que la gente participara libremente en las
elecciones y los derechos de los estados sufrieron reveses (en ocasiones jurídicos,
otras veces de facto), pero las elecciones, la libertad de prensa y el federalismo han
sido parte sustancial de nuestra historia como nación independiente y son sólo
algunos de los legados del constitucionalismo surgido en 1812.
Templo de la Propesa
En la esquina de Madero e Isabel la Católica en el centro histórico de la capital
mexicana se encuentra el templo de La Profesa o San Felipe Neri. Muchos de los
feligreses que acuden a ella o paseantes que la ven por fuera, se sorprenderían al
saber que en ella tuvo lugar una serie de reuniones conocidas como Conspiración
de la Profesa. Dentro se fraguó la Consumación de la Independencia de México.
Historiadoras entrevistadas por EL UNIVERSAL coinciden en la importancia que
esta conspiración tuvo para la historia de este país. La doctora Patricia Galena,
directora del Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de
México, dice que la intención de los conspiradores era hacer de México la nueva
Metrópoli, rompiendo definitivamente con España.
“Lo que pretendían era que se lograra la Independencia para que Fernando VII
viniera como gobernante absoluto, sin Constitución, aquí a la nueva España. En esa
reunión se les ocurrió que antes de que viniera el rey a gobernar había que pacificar
al país y terminar con los pocos focos insurgentes que quedaban y es cuando le
encargan a Agustín de Iturbide que acabara con Vicente Guerrero, quien ya estaba
consciente de que para consumar la independencia tenía que buscar aliados”. La
doctora asegura que sí existen documentos que prueban la celebración de estas
reuniones.
En 1820 el sacerdote del templo, Matías Monteagudo, organizó una serie de juntas
para lograr la Consumación de la Independencia de la Nueva España, a raíz del
descontento de la oligarquía eclesiástica con la Constitución de Cádiz. Ésta, creada
en 1812, rechazada en un principio pero jurada después por el rey Fernando VII,
era de corte liberal y atentaba contra los derechos de la Iglesia. Por ello, el clero
decidió lograr la independencia de España y establecer en México una monarquía
absoluta.
A esta juntas, dice Lucas Alamán en su Historia de Méjico “asistían varios
individuos de los más respetables de la ciudad, los cuales veían con horror las ideas
que se habían manifestado en las cortes en materias religiosas, desde su reunión en
Cádiz [de corte liberal, efectuada en 1812] y querían a toda costa oponerse a su
reunión y ejecución en el país (…) En aquellas reuniones, desde que se recibieron
las noticias de los sucesos de España, se trató de impedir la publicación de la
constitución (…) para la ejecución de estas ideas, necesitaban de un jefe militar de
crédito y que mereciese su confianza, y creyeron encontrarlo en Agustín de
Iturbide”.
El padre Luis Martín Cano, párroco de La Profesa, comenta que lo más lógico es
que las reuniones se hubieran llevado en la casa de ejercicios espirituales para
varones que se encontraba a un lado del templo, misma que fue derrumbada para
la apertura de la calle de Cinco de Mayo. Quienes acudían a estos ejercicios, dice el
sacerdote, permanecían una semana encerrados en la casa. Esta situación pudo
haber sido tomada como pretexto para las juntas secretas. Pero, sostiene, no hay
nada que lo documente.
La doctora Cristina Gómez, profesora de la Facultad de Filosofía y Letras de la
UNAM, afirma que las juntas fueron el antecedente directo del Plan de Iguala, con
el que México consiguió su Independencia. El motivo que tenían estas reuniones y
la participación de los miembros de la Iglesia, sobre todo del obispo de Puebla, es
que ellos querían evadir las reformas secularizantes que las Cortes de Madrid
estaban tomando en contra del clero. Por ejemplo, se había decidido que el diezmo
ya no fuera el diez por ciento de la producción, sino el cinco; bajar o limitar el
número de novicias en los conventos, suprimir todos los conventos de las órdenes
militares y lo más importante: se había acordado suprimir los ingresos vía
capellanía, donaciones.
“Esta fue la razón por la cual el alto clero decidió impulsar la ruptura con la
metrópoli, en los diez años anteriores, desde el inicio de la lucha, el alto clero
siempre combatió a los insurgentes. Pero en esta ocasión decide que ya ha llegado a
un límite la reforma liberal de las cortes españolas y por eso va a impulsar la
Consumación de la Independencia. En estas reuniones se redactó el plan de Iguala.
Invitaron a otros individuos que no solamente eran de la Iglesia, sino que eran los
representas más importantes de las oligarquías criollas. Si se observa el artículo
catorce de este plan, pues dice justamente que el plan de Iguala va a conservar la
riqueza, los fueros y los derechos de la Iglesia”.
Ambas historiadoras comentan que fue María Ignacia Rodríguez de Velasco, la
Güera Rodríguez, quien convenció al general michoacano de que fuera a las
reuniones del templo de San Felipe. La Güera fue tomada como modelo de Manuel
Tolsá para la imagen de la Purísima Concepción que se venera en el templo. El
arquitecto español también diseñó las naves de estilo neoclásico.
Galeana comenta que Iturbide se dio cuenta que era imposible acabar con
Guerrero, como era la orden, porque nadie conocía la Sierra como el guerrillero.
Así, “Iturbide no cumplió con el plan de la Profesa porque él era el que había
logrado la Consumación de la Independencia, con la negociación con Guerrero. No
cumplió con los conspiradores que le habían dado la encomienda, ni con los
insurgentes. Esto también hizo que su imperio fuera efímero”.
En tanto que la profesora Cristina Gómez señala que no hay algún documento que
avale que en ese templo se llevaran a cabo reuniones en contra del régimen
establecido. Pudieron haber sido ahí o en otro lado”. Pero eso, dice, “no importa. Lo
que importa es que fueron esos eclesiásticos los que las hicieron. La Consumación
de la Independencia nace con un reforzamiento de los intereses y los derechos de la
Iglesia”.
Hoy una parte de la fachada de esta iglesia, obra del arquitecto Pedro de Arrieta,
sirve de decoración para la sucursal de una cadena estadounidense de cafeterías. El
estilo arquitectónico de ésta contrasta, con el rojo tezontle del templo. Una cruz
que quizá en los jueves santos de la colonia fue adornada por los devotos, ahora es
flanqueada por las características sombrillas verdes en una terraza.
Esta noche se conmemora el inicio de la lucha de Miguel Hidalgo en 1810. Una
lucha que terminó diez años después con la entrada del Ejército Trigarante a la
Ciudad de México. La Conspiración de la Profesa fue el último eslabón que unió
ambos acontecimientos. Esta noche es también la ocasión ideal para recordar los
nombres de aquellos personajes que la hicieron posible y que el tiempo ha ido
borrando de la memoria de muchos mexicanos.
Plan de Iguala
Mediante un exitoso pronunciamiento militar producido el 1 de enero de 1820 en
Sevilla, el coronel Rafael del Riego da origen al Trienio Liberal. Fue un periodo de
tres años durante los cuales se restablece la Constitución de 1812 y Fernando VII
continúa como rey. Sin embargo, es obligado a jurar la Constitución, y se restaura
toda la legislación previa a la restauración absolutista de 1814.
Antecedentes al Plan de Iguala
En este contexto se produce la conspiración de la Profesa, encabezada por Agustín
de Iturbide. Se trató de una serie de reuniones secretas de los simpatizantes e
impulsores del absolutismo monárquico de Fernando VII que esperaban conseguir
“una reforma pacífica”, y no un cambio sustancial del modelo orgánico virreinal.
Hasta 1821, el movimiento mantuvo un carácter conservador, en tanto buscaba
emancipar a Nueva España del modelo liberal reimplantado con la Constitución de
1812, pretextando el carácter ilegítimo de tal régimen, al derivarse de la coacción de
los liberales al monarca español. La animosidad contra el nuevo régimen
constitucional del clero, la mayoría de los peninsulares y el propio ejército realista
desempeñará un papel decisivo en el proceso de independencia de la colonia.
Por su parte, el restablecido régimen constitucional español intentó desde un
principio negociar con los independentistas americanos. En el caso de Nueva
España, el movimiento independentista no había sido exterminado en su totalidad,
ya que sobrevivía un pequeño grupo dirigido por Vicente Guerrero en las montañas
del suroeste del país.
Para acabar con el conflicto se combina una política conciliatoria con la presión
militar: las Cortes españolas, en agosto de 1820, ponen en libertad a los
insurgentes presos, siendo el preámbulo de una nueva ofensiva que pretendía
acabar con el último reducto rebelde. El 9 de noviembre de ese año, Agustín de
Iturbide era ascendido al rango de brigadier, pasando a comandar la División del
Sur y conminado a negociar con Vicente Guerrero o reducirlo por la fuerza si era
preciso. Agustín de Iturbide era un destacado oficial criollo, que había combatido
desde los primeros momentos contra la rebelión de México como teniente y había
ejercido una dura represión en los años de 1812 y 1813 en el Bajío.
El Plan de Iguala
Tras una serie de derrotas en diciembre de 1820, el Imperio Español se convence
de la necesidad de negociar con Vicente Guerrero. Por ello entabla una abundante
correspondencia con numerosos notables criollos y peninsulares a fin de conseguir
su adhesión a su plan: altos mandos del ejército, dignidades eclesiásticas y
autoridades civiles se suman a la conspiración de la Profesa. El Plan de Iguala es el
documento político final por el que se declaraba a la Nueva España como país
soberano e independiente. Fechado el 24 de febrero, el documento se plasma en la
adhesión de las tropas a su mando y del propio Vicente Guerrero. Asimismo,
Agustín de Iturbide se presenta como el pacificador de Nueva España, y es
financiado por la incautación de 500.000 pesos pertenecientes a particulares de
Acapulco.
El proyecto de Agustín de Iturbide para conceder la independencia a México se
estructuraba en torno a tres grandes principios, dirigidos a contentar a las élites
criollas y peninsulares, al clero y al ejército: el gobierno de México se establecía
bajo la forma monárquica y la Constitución de 1812, manteniéndose la religión
católica y conservándose los fueros del clero y el ejército con el objetivo de lograr el
apoyo de estos grupos. Por otro lado, concedía el derecho de representación a las
castas. El plan especificaba la convocatoria de una Junta Provisional que se
reuniría en México y elaboraría una convocatoria de Cortes. Además de ello,
Iturbide organizó un ejército llamado “de las Tres Garantías” (independencia,
religión y unión) que avanzó por el territorio cosechando la adhesión de las
autoridades y los vecinos a su causa.
Consecuencias del Plan de Iguala
La mayor parte de la jerarquía eclesiástica y de la oficialidad criolla del ejército, así
como de un significativo número de mandos peninsulares, se suman al Plan de
Iguala durante la primavera de 1821. Algunos comandantes se mantienen leales a
España, logrando mantener el control de sus respectivos territorios, y otros se ven
obligados a huir ante la defección de sus propias tropas.
La inacción de las autoridades reales realistas favoreció el avance del movimiento,
siendo las tropas de Iturbide recibidas con júbilo por la población de las ciudades
que iban atravesando. La incapacidad de Juan José Ruiz de Apodaca, último virrey
de Nueva España, provocó su destitución por parte de las tropas peninsulares
acantonadas en la ciudad de México el 5 de julio.
Su autoridad fue sustituida por el mariscal de campo Francisco Novella, quien
recluta 5000 milicianos que se suman a los 8000 soldados de la guarnición de la
ciudad. Entretanto, el ejército de Agustín de Iturbide (compuesto por 30.000
hombres) toma la ciudad de Puebla, plasmándose en esos momentos el apoyo
mayoritario de los sectores que, hasta ese entonces, habían sostenido la causa
realista.
Agustin de Iturbide
Este lunes 27 de septiembre se conmemora la consumación de la Independencia de
México, y Agustín de Iturbide sigue siendo un personaje polémico en esta parte de
la historia del país ya que ha sido considerado por muchos como “traidor”.
La Independencia es uno de los episodios más importantes en la historia de
México, sin embargo, los datos aún generan dudas entre quienes no se han
detenido a precisar la importancia de aquellos que participaron desde su inicio y
hasta que concluyó poco más de diez años después.
Agustín Cosme Damián de Iturbide y Arámburu nació en lo que hoy es Michoacán,
antes llamado Valladolid, en 1783 como hijo de una familia privilegiada. Más tarde
se enlistó en el Ejército Realista en donde se forjó una carrera al destacar por sus
dotes de combate.
En 1813 el virrey Félix María Calleja nombra a Iturbide como coronel y lo envían al
mando del regimiento en Celaya, Guanajuato, principal escenario de la lucha por la
independencia. Lucha contra José María Morelos e Hidalgo hasta que ellos fueron
capturados y ejecutados.
Historiadores han señalado que Agustín de Iturbide sabía de la conspiración para
la independencia de México, sin embargo, no coincidía con la manera en que el
ejército insurgente realizaba saqueos y “mataba a quienes no estaban de acuerdo
con ellos”.
Agustín de Iturbide, clave en la Independencia de México
“El Dragón de Hierro” como era llamado Iturbide, tuvo que responder en 1816 a
diversos cargos entre los que estaban saqueo a propiedad privada y malversación
de fondos por lo que le fue retirado su puesto.
Absuelto, en 1820 fue enviado a luchar contra Vicente Guerrero y al no tener éxito
propuso una alianza al líder de los insurgentes para lograr la independencia, por lo
que en febrero de 1821 se reunieron para formar las bases del Plan de Iguala.
El 27 de septiembre, que coincide con el cumpleaños de Iturbide, de ese mismo año
el Ejército Tigarante entró a la Ciudad de México, un momento que marcó la
consumación de la independencia. Sin embargo, fue al día siguiente cuando se
firmó el Acta de Independencia de México.
El 18 de mayo de 1822 Agustín de Iturbide fue proclamado emperador de México
con el nombre de Agustín I.
Vicente Guerrero
Vicente Guerrero y su participación en la Independencia.
En 1812 tomó parte en la conquista de Oaxaca, y de nuevo por su demostración
continua de valor fue ascendido a teniente coronel. Comisionado por Morelos para
que reforzara la zona costera del sur, Vicente Guerrero conquistó Puerto
Escondido, Santa Cruz de Huatulco y participó en la toma de Acapulco.
Cuando Iturbide se coronó emperador de México, Guerrero tomó las armas para
derrocarlo. Después apoyó incondicionalmente al presidente Guadalupe Victoria y
se afilio a la logia masónica yorkina.
En 1829, Vicente Guerrero fue nombrado presidente constitucional pero, destituido
a los pocos meses, se enemistó con Anastasio Bustamante, a quien al parecer
mandó nar. Tras sufrir una traición, Guerrero fue fusilado en Cuilapan.
En 1814, Guerrero y su ejército escoltaron a los miembros del Congreso a
Tlacotepec para darles seguridad, y después fue enviado a la mixteca como apoyo a
las fuerzas insurgentes de Juan N. Rosáins y Ramón Sesma. Sus tácticas consistían
en ataques sorpresivos y rápidos, lo cual le dio gran fama por su efectividad.
En 1815, con la aprehensión y fusilamiento de Morelos, Guerrero se replegó a la
sierra del Sur. Los jefes insurgentes Rosains y Sesma aceptaron el indulto del
gobierno. El virrey Apodaca intentó coacdonar a Guerrero, valiéndose de su padre,
para que también lo aceptara él, pero se negó.
En 1818 Guerrero, reconocido como general en jefe del ejército del Sur, mantenía
contacto con Pedro Ascencio, en la zona de Iguata y Taxco.
En 1811 tuvo contacto con Hermenegildo Galeana, quien lo convenció para que se
uniera al movimiento independentista, pues había sido enviado por José Maria
Morelos para tomar Taxco Morelos reconoció los méritos de Guerrero y le otorgó el
grado de capitán, ordenándole instruirse en el manejo de las armas, fabricación de
pólvora, estrategias de guerra, etc.
A finales de 1820 el coronel Agustin Iturbide fue designado por el virrey para que
pusiera fin la insurgencia, pero Iturbide se pasó del lado insurgente y redactó el
llamado Plan de Iguala (1821), integrado por una proclama de independencia y un
plan para el establecimiento de un gobierno mexicano.
Abrazo de Acatempan
El Abrazo de Acatempan es un hecho histórico ocurrido en México el 10 de febrero
de 1821 en el marco de la guerra de Independencia de México el que se unieron los
dos contendientes más importantes en ese momento, Agustín de Iturbide,
comandante del ejército virreinal de la Nueva España, y Vicente Guerrero, jefe
insurgente del ejército del Sur. Con este abrazo y esta unión formaron el Ejército
Trigarante con el que llegarían hasta el final de la guerra en 1822.
Este encuentro se celebró tras varios intentos del virrey Apodaca de indultar a
Guerrero, pero este se negó en cada uno de esos intentos. La situación de los
ejércitos alargaría aún más la guerra y el país estaba ya bastante cansado de la
misma. Finalmente, Iturbide redactó el Plan de Iguala, que envió a Guerrero y éste
aceptó reunirse para comentarlo aprobándolo con el simbólico gesto del abrazo de
Acatempan. La guerra estaba más cerca de terminar.
El abrazo de Acatempan fue un suceso ocurrido el 10 de febrero de 1821 en el
marco de la Independencia de México. Este significó un acto de reconciliación y
logró la unión entre las fuerzas virreinales y el ejército insurgente que procuraba la
independencia.
Participaron en este suceso Agustín de Iturbide, comandante en jefe del ejército del
virreinato de Nueva España y Vicente Guerrero, jefe de los ejércitos que luchaban
por la independencia de México.
Se le da este nombre ya que este encuentro sucedió en la ciudad de Acatempan,
localizado hoy en día en el municipio de Teloloapan, norte de México.
Este abrazo simbolizó el impulso del Plan de Iguala y la fundación del ejército
trigarante, ejército que estaba compuesto por ambos bandos (realistas e
independentistas) que ahora luchaban en conjunto por la independencia de
México.
Causas y consecuencias del Abrazo de Acatempan
Causas
Las principales causas del Abrazo de Acatempan fueron las siguientes:
La revolución liberal que en 1820 encabezó el general español Rafael de Riego
contra la restauración del absolutismo de Fernando VII.
El temor de los realistas novohispanos a depender de un gobierno metropolitano
liberal que afectara los privilegios de la Iglesia, el ejército y otros factores de poder
locales.
El cansancio de la sociedad novohispana, que tras diez años de luchas que
ensangrentaron y empobrecieron el Virreinato, aspiraba a que el conflicto llegara a
su fin.
El oportunismo de Agustín de Iturbide, que vio en el cambio político español la
posibilidad de quedar al frente de un gobierno mexicano independiente.
Consecuencias
Las principales consecuencias del Abrazo de Acatempan fueron las que se detallan
a continuación:
La proclamación del Plan de Iguala por parte de Iturbide, quien propuso proclamar
la Independencia de México, mantener el catolicismo como religión oficial y
garantizar la unión de todos los mexicanos. Este plan fue avalado por Vicente
Guerrero, Guadalupe Victoria y otros jefes insurgentes.
La creación del Ejército Trigarante, que recorrió el país para hacer valer lo
propuesto en el Plan de Iguala y exigir a los que aun combatían que depusieran las
armas. Este ejército entró triunfalmente en Ciudad de México el 27 de septiembre
de 1821.
La firma de los Tratados de Córdoba, mediante los cuales el sucesor del virrey
Apodaca al frente del gobierno de Nueva España, Juan O’Donojú, reconoció a
México como una nación soberana e independiente, a condición de que fuera
gobernado por un miembro de la familia real española.
La redacción del Acta de Independencia de México, el 28 de septiembre de 1821.
Juan Odonoju
Su participación en la independencia de La Nueva España fue vital. Aunque su
nombre es frecuentemente olvidado por la historia. Juan José Rafael Teodomiro de
O´Donojú y O´Ryan, nació en Sevilla el 30 de julio de 1762. En su adolescencia,
Juan se inclinó por la carrera militar e ingresó al ejército español a los veinte años,
alcanzando el grado de Teniente General. En la Guerra de Independencia de
España contra Francia fue capturado, logró escapar en el año 1811 y llegó a Cádiz.
En Cádiz, las Cortes lo nombraron Ministro de Guerra por sus méritos y por ser un
hombre comprometido con las ideas liberales Al retornar al poder Fernando VII,
O´Donojú fue nuevamente a prisión y luego liberado. En 1820 los liberales acceden
al gobierno y obligan a Fernando VII a jurar la Constitución de 1812. En marzo de
ese mismo año, el gobierno liberal sustituyó los antiguos Virreinatos por provincias
equivalentes a las que se formaron en la Península y gobernadas por los llamados
Jefes Políticos Superiores.
El gobierno sustituyó al Virrey de Nueva España, Juan Ruíz de Apodaca, y Juan
O´Donojú, fue nombrado primer Jefe Político Superior y Capitán General de Nueva
España y no Virrey de la Nueva España. Juan O´Donojú llegó al puerto de Veracruz
el 3 agosto de 1821. Al llegar vio que la situación política era insostenible, y además
supo de la sublevación de Agustín de Iturbide en favor de la independencia
mexicana.
Ese mismo día realizó una proclama en la que se declaró liberal, y explicó la
novedad que suponía el restablecimiento de la Constitución y cómo el nuevo
régimen estaba dispuesto a atender las demandas de las provincias. O´Donojú
envió a Iturbide una carta donde pedía reunirse con él. Iturbide eligió la ciudad de
Córdoba, la reunión fue el 24 de agosto de 1821 y firmaron el Tratado de Córdoba,
en el que se otorgó la independencia al Imperio Mexicano. Agustín de Iturbide
firmó el tratado como Jefe del ejército Trigarante y Juan O´Donojú como Jefe
Supremo de la Provincia de Nueva España.
La independencia de México fue entonces una realidad. O´Donojú falleció pocos
días después en Ciudad de México, el 8 de octubre de 1821, al parecer de pleuresía,
sin conocer el resultado pleno de su intervención en el nacimiento de una nueva
nación. Acerca de su muerte inesperada, hubo rumores de que pudo ser
envenenado, nunca se pudo comprobar el señalamiento. Juan O´Donojú fue
sepultado con honores en la Catedral de Ciudad de México. Un hombre al que
México le debe en gran parte su independencia.
Tratados de Córdoba
¿Qué son los Tratados de Córdoba?
Los Tratados de Córdoba fueron los primeros manuscritos legales por medio del
cual se pronunció públicamente la independencia de México. Constaba de 17
preceptos, los cuales fueron aprobados por parte de Agustín de Iturbide, quien
formaba parte del ejército de las tres garantías por parte de México. Sin embargo,
el gobierno europeo de España denegó la legalidad del documento, por lo que no
reconocieron la independencia de México.
En muchos casos, este tratado se ha asemejado a una carta magna, pues en éste se
especificaba a quien correspondía cada división que constituiría el poder del
imperio mexicano, siendo éste el argumento central del documento. Sin embargo,
temas relevantes como los límites territoriales, o un plan económico para impulsar
la producción luego de más de una década de guerra, no se establecieron.
¿Cuándo y dónde se creó el Tratado de Córdoba?
Este tratado se firmó el 24 de agosto de 1821. La población que se escogió para
llevar a cabo este acuerdo liberador fue la ciudad de Córdoba en Veracruz.
Localizada entre la montaña y el mar, Córdoba se conoce en la actualidad como uno
de los municipios mexicanos que protagonizó uno de los momentos más
importantes en la historia de la lucha de ese país por la libertad.
¿Qué era el Ejército Trigarante?
Se trataba de un grupo militar encabezado por Vicente Guerrero y Agustín de
Iturbide. Su objetivo principal era garantizar que el Plan de Iguala se cumpliera a
cabalidad. La devoción que tenía este grupo de militantes era sorprendente, pues
estaban dispuestos a dar su vida por el orden, fraternidad y la unión que se había
logrado alcanzar en la comunidad mexicana.
Las tres garantías a las que daba honor su nombre eran la unión entre España y
México, la independencia y la religión. El hecho que se protegieran estos intereses
resolvía conflictos en la nación, pues calmaba la ansiedad entre los miembros de la
Iglesia Católica, quienes sentían la amenaza latente de ver su vida privilegiada
venirse abajo, y de aquellos españoles que no querían abandonar territorio
americano.
Bandera de las Tres Garantías.
La bandera que identificó a este movimiento militar estaba conformada por tres
barras diagonales de color blanco, verde y rojo, colores que representaban junto
con las tres estrellas la voluntad y la garantía de llevar a cabo el cometido planteado
por este ejército. Extraído de Wikipedia.
Causas de los Tratados de Córdoba
Entre las diversas razones que llevaron a la creación del Tratado de Córdoba, vale
la pena resaltar las siguientes:
La invasión por parte de Napoleón Bonaparte en España, lo cual conllevó que el
control que ejercía el reinado de España en sus colonias americanas, como la de
México, se debilitara.
En septiembre del año 1810 se comenzó el proceso incansable de la Independencia
de México por medio del ataque conocido como Grito de Dolores, liderado por
Miguel Hidalgo y Costilla, quien ejercía funciones como sacerdote de la Iglesia
católica. Dicho personaje tuvo una influencia importante en el despertar de la
nación. Aunque era español, el ser testigo de las injusticias que sufrían los nativos
mexicanos, lo llevó a planear, junto con militares simpatizantes, la rebelión antes
mencionada.
El período durante el cual los españoles gobernaron sobre tierras mexicanas,
estuvo gravemente marcado por maltratos hacia los mexicanos, pues se les trataba
con parcialidad, siendo humillados debido a su origen, y derechos tan básicos como
el de tener una tierra para desarrollarla, eran negados.
La persecución, y en muchos casos, ejecución, de los líderes que apoyaban la
independencia de México.
Al comenzar la década de 1820, el estilo de gobierno de España habría cambiado, y
sus tendencias apuntaban hacía el liberalismo. Por ello, se platearon nuevas
medidas, cuyos objetivos eran calmar a los que ansiaban la libertad. Sin embargo,
dichas promesas no representaron ninguna clase de beneficios para los ciudadanos
del país, por lo cual siguió la lucha entre ambas naciones.
Con la estancia de españoles en tierras mexicanas, nacieron personas que
resultaron entre la mezcla de ambos orígenes. Muchas de estas gozaban de una
situación favorecida entre la sociedad influyente de ese entonces. Como resultado,
muchos se unieron a los movimientos de independencia para no perder su estatus.
Contenido del Tratado de Córdoba
Los 17 artículos que conformaban el Tratado de Córdoba se pueden resumir de la
siguiente manera:
El reconocimiento de la nación como un estado soberano que ahora adoptaría el
nombre de “Imperio Mexicano”.
El tipo de gobierno que sería instituido sería de tipo monárquico. Es decir, que se
pretendía tener reyes que se sucederían de forma hereditaria. Obteniendo estos
títulos personajes de la realeza española.
Se nombró a O’Donojú comisionado para que entregara ante las autoridades reales
de España el documento, siendo el mediador entre las dos naciones y el encargado
de hacer valer los derechos que se exigían en el documento.
La formación de un organismo llamado Junta Provisional Gubernativa. Esta se
elegiría por un orden impuesto en el que el origen, la riqueza y las virtudes serían
los determinantes para formar parte de tal grupo. Debido a su influencia en la
sociedad mexicana del momento, se le garantizaba a O’Donojú ser parte de esta
junta.
La junta de gobierno tendría un presidente, el cual sería electo por medio de
comicios electorales. Estaba permitido que tanto las personas que formaban parte
de la junta, como los que no, participaran a fin de determinar a su líder.
Se expondría a nivel público los planes y cambios que llevaría a cabo la junta
provisional de gobierno.
El nombramiento de tres personas que estarían a cargo del poder ejecutivo.
Aunque el poder estaría dividido en dos partes, uno en las Cortes y otro en la
Regencia, sería esta última la encargada de las decisiones de peso, siendo la
monarquía parte de un protocolo, más que de un gobierno.
Al entrar en vigencia el tratado de Córdoba, se esperaba que quienes fueran
extranjeros, que tuvieran cargos dentro del ejército o del gobierno anterior se
sometieran a nuevos estatutos que éste establecía.
Firma del Tratado de Córdoba
Seis meses antes de la firma de este documento, se había realizado una
proclamación de independencia del pueblo mexicano por medio de lo que se
conocía como el Plan de Iguala. En éste se exponían muchos de los preceptos que
se repiten en el Tratado de Córdoba. Ejemplo de ello era la proclamación como Rey
a Fernando VII.
No obstante, con la visita de Juan O’Donojú a Nueva España, se pauta una reunión
con Agustín de Iturbide. La intención de la misiva era dar validez a la
independencia de México, y puesto que O’Donojú había sido enviado por los
españoles, se quería usar su influencia para ratificar la independencia de México.
De hecho, es éste personaje quien le entrega al Capitán General de Nueva España,
Francisco Novella, la autoridad que el Tratado le otorgaba a O’Donojú.
Aunque el Tratado de Córdoba contaba con la aprobación y el apoyo de dos partes
esenciales, a saber, un miembro del Ejército Trigarante y un miembro del mando
de la Provincia conocida como Nueva España, era necesario que también contara
con la autorización de las entidades reales de España.
En México el tratado comenzó a cumplirse al día siguiente de su firma, es decir, el
25 de agosto del año 1821. Sin embargo, cuando llegó a manos de los reyes de
España, fue rechazado, por lo que su valía se perdió y la independencia del México
de la corona del país europeo, aún no era una realidad.
Muerte de Juan O’Donojú
A pocos días de recibir el nombramiento superior como jefe político, Juan
O’Donojú es encontrado muerto. Aunque no hay una razón concreta que explique
su repentino deceso, las causas de esta no fueron naturales. Por esta razón,
históricamente hablando, se ha afirmado que murió envenenado. Acto seguido, en
el mes de mayo del año siguiente, Agustín de Iturbide es declarado emperador de
México.
Consecuencias del Tratado de Córdoba
La insistencia por parte de los que apoyaban al partido trigarante de que Agustín de
Iturbide llegará a convertirse en Emperador.
Debido a la pluralidad de opiniones, las personas con tendencia política y que
tenían influencia en la sociedad, crearon partidos políticos.
Entre los partidos que se formaron apareció uno que apoyaba a la familia real de
España de los Borbones. Estos llegaron a conocerse como borbonistas.
Cuando Iturbide es depuesto del cargo, quienes componían su equipo de gobierno
aceptan la dirección del borbonista Nicolás Bravo.
Los partidos de gobierno conocidos como centralistas y federalistas, por su lado,
tenían ideales fundamentados en presentaciones piloto que llenaban de
expectativas al país desde el punto de vista social, económico y político con nuevas
soluciones que impulsarían estos aspectos.
Ejército Tigarante
El Ejército Trigarante, o ejército de las tres garantías, fue un cuerpo militar
formado en 1821 en el Virreinato de Nueva España.
Se lo llama así porque defendía tres garantías: la Independencia de México, la
unión de realistas e insurgentes y la vigencia irrestricta de la religión católica.
Este cuerpo militar estaba integrado por:
Un ejército realista: comandado por Agustín de Iturbide, y organizado por el virrey
de Nueva España, Juan Ruiz de Apodaca.
Tropas insurgentes: al mando de Vicente Guerrero, que desde 1810 luchaban para
emancipar a México del Imperio español.
El Ejército Trigarante se formó el 24 de febrero de 1821, luego del Abrazo de
Acatempan entre Iturbide y Guerrero, y la proclamación del Plan de Iguala, que
proponía terminar con la guerra entre realistas e insurgentes. Su entrada triunfal
en la ciudad de México significó el fin de la lucha armada y la consagración de la
Independencia de México.
Antecedentes
Luego del fusilamiento de José María Morelos, el 22 de septiembre de 1815, los
insurgentes mexicanos se dispersaron por distintas zonas del Virreinato de Nueva
España.
En septiembre de 1816 el virrey Apodaca decidió indultar a todos los que
depusieran las armas. La mayoría de los líderes insurgentes aceptaron el perdón
virreinal. Solo se negaron a capitular Vicente Guerrero, Guadalupe Victoria, Pedro
Moreno, Leona Vicario y Andrés Quintana Roo. Gracias a esta política de
apaciguamiento, Nueva España vivió una etapa de tranquilidad hasta fines de 1819.
El 1 de enero de 1820, el coronel Rafael de Riego, quien formaba parte de una
expedición que partía desde Cádiz hacia América, se levantó en armas y exigió que
el rey Fernando VII jurara la Constitución de Cádiz, que había estado vigente entre
1812 y 1814.
Cuando esta noticia llegó a Nueva España, el virrey Apodaca proclamó su adhesión
a la Constitución española de 1812. Esta decisión tomó por sorpresa al clero, los
terratenientes y los altos mandos militares, quienes temieron perder sus privilegios
y comenzaron a pensar en la conveniencia de emancipar a México de una España
liberal.
Cuando Guerrero se enteró de lo sucedido, intentó convencer al comandante
realista que lo combatía, el coronel José Gabriel de Armijo, de que se uniera al
movimiento insurgente, pero éste se negó. En noviembre, el virrey Apodaca decidió
reemplazar a Armijo por Iturbide y le dio órdenes de que encontrara al ejército
insurgente y lo destruyera.
Durante la búsqueda de los insurgentes, Iturbide intercambió cartas con Guerrero
pidiéndole que depusiera las armas; pero éste se negó aduciendo que Iturbide
debía adherir a la causa de la independencia.