RODRIGO Yo no le serviría. YAGO Pierde cuidado. Le sirvo para servirme de él.
Ni todos
podemos ser amos, ni a todos los amos podemos fielmente servir. Ahí tienes al criado humilde
y reverente, prendado de su propio servilismo, que, como el burro de la casa, sólo vive para el
pienso; y de viejo, lo licencian. ¡Que lo cuelguen por honrado! Otros, revestidos de aparente
sumisión, por dentro sólo cuidan de sí mismos y, dando muestras de servicio a sus señores,
medran a su costa; hecha su jugada, se sirven a sí mismos. En éstos sí que hay alma y yo me
cuento entre ellos. Pues, tan verdad como que tú eres Rodrigo, si yo fuera el moro, no habría
ningún Yago. Sirviéndole a él, me sirvo a mí mismo. Dios sabe que no actúo por afecto ni
obediencia sino que aparento por mi propio interés. Pues el día en que mis actos manifiesten
la índole y verdad de mi ánimo en exterior correspondencia, ya verás qué pronto llevo el
corazón en la mano para que piquen los bobos. Yo no soy el que soy.
BRABANCIO ¡Mi hija! ¡Ay, mi hija!
SENADORES ¿Ha muerto?
BRABANCIO Para mí, sí. La han seducido, raptado y corrompido con hechizos y pócimas de
charlatán, pues sin brujería la naturaleza, que no es torpe, ciega, ni insensata, no podría
torcerse de modo tan absurdo.
OTELO Muy graves, poderosas y honorables Señorías, mis nobles y estimados superiores: es
verdad que me he llevado a la hija de este anciano, y verdad que ya es mi esposa. Tal es la
envergadura de mi ofensa; más no alcanza. Soy tosco de palabra y no me adorna la elocuencia
de la paz, pues, desde mi vigor de siete años hasta hace nueve lunas, estos brazos prestaron
sus mayores servicios en campaña, y lo poco que sé del ancho mundo concierne a gestas de
armas y combates; así que mal podría engalanar mi causa si yo la defendiese
OTELO Su padre me quería, y me invitaba, curioso por saber la historia de mi vida año por año;
las batallas, asedios y accidentes que he pasado. Yo se la conté, desde mi infancia hasta el
momento en que quiso conocerla. Le hablé de grandes infortunios, de lances peligrosos en
mares y en campaña; de cómo en la brecha amenazante logré salvarme de milagro; de cómo
me apresó el orgulloso enemigo y me vendió como esclavo; de mi rescate y el curso de mi vida
de viajero: entonces pude hablarle de anchas grutas y áridos desiertos, riscos, peñas y
montañas cuyas cimas tocan cielo; de los caníbales que se comen entre sí, los antropófagos, y
seres con la cara por debajo de los hombros Desdémona ponía toda su atención, pero la
reclamaban los quehaceres de la casa; ella los cumplía presurosa y, con ávidos oídos, volvía
para sorber mis palabras. Yo lo advertí, busqué ocasión propicia y hallé el modo de sacarle un
ruego muy sentido: que yo le refiriese por extenso mi vida azarosa, que no había podido oír
entera y de continuo. Accedí, y a veces le arranqué más de una lágrima hablándole de alguna
desventura que sufrió mi juventud. Contada ya la historia, me pagó con un mundo de suspiros:
juró que era admirable y portentosa, y que era muy conmovedora; que ojalá no la hubiera
oído, mas que ojalá Dios la hubiera hecho un hombre como yo. Me dio las gracias y me dijo
que si algún amigo mío la quería, le enseñase a contar mi historia, que con eso podía
enamorarla. A esta sugerencia respondí que, si ella me quería por mis peligros, yo a ella la
quería por su lástima. Esta ha sido mi sola brujeria. Aquí llega la dama; que ella lo atestigüe.
BRABANCIO ¡Queda con Dios! He terminado. -Y ahora, con la venia, a los asuntos de Estado:
mejor adoptar hijos que engendrarlos.- Ven aquí, moro: de todo corazón te doy lo que, si no
tuvieras ya, de todo corazón te negaría. En cuanto a ti, mi alma, me alegra no tener más hijos,
pues tu fuga me enseñaría a ser tirano y sujetarlos con cadenas. –
DUX Dejad que hable por vos y emita un juicio que, cual peldaño, permita a estos amantes
ascender en vuestra estima: No habiendo remedio, las penas acaban al vernos ya libres de
todas las ansias. Llorar la desdicha que no tiene cura agrava sin falta la mala fortuna. Si quiso el
destino que algo perdieses, quedar resignado el golpe devuelve. Si al robo sonríes, robas al
ladrón: te robas si lloras un vano dolor. BRABANCIO Dejad que los turcos sin Chipre nos dejen:
mientras sonriamos, ya nada se pierde. Acoge ese juicio quien sólo se lleva el grato consejo
que se le dispensa; mas lleva ese juicio y también el dolor quien ha de añadirle la resignación.
Pues estas sentencias, al ser tantas veces dulces como amargas, son ambivalentes. Sólo son
palabras, y nunca se oyó que por el oído sane el corazón. Os lo ruego, tratemos los asuntos de
Estado.
DESDÉMONA Que quiero a Otelo y con él quiero vivir mi osadía y riesgos de fortuna al mundo
lo proclaman. Me rendí a la condición de mi señor. He visto el rostro de Otelo en su alma, y a
sus honores y virtudes marciales consagré mi ser y mi suerte. Queridos señores, si me quedo
en la holganza de la paz y él se va a la guerra, seré privada de los ritos amorosos y en su
ausencia habré de soportar un intervalo de tristeza. Dejadme ir con él.
RODRIGO ¿Y qué puedo hacer? Me avergüenza enamorarme como un tonto, mas no tengo la
virtud de remediarlo. YAGO ¿Virtud? ¡Una higa! Ser de tal o cual manera depende de nosotros.
Nuestro cuerpo es un jardín y nuestra voluntad, la jardinera. Ya sea plantando ortigas o
sembrando lechugas, plantando hisopo y arrancando tomillo, llenándolo de una especie de
hierba o de muchas distintas, dejándolo yermo por desidia o cultivándolo con celo, el poder y
autoridad para cambiarlo está en la voluntad. Si en la balanza de la vida la razón no equilibrase
nuestra sensualidad, el ardor y la bajeza de nuestros instintos nos lle- varían a extremos
aberrantes. Mas la razón enfría impulsos violentos, apetitos carnales, pasiones sin freno. Por
eso, lo que tú llamas amor, a mí no me parece más que un brote o un vástago.
RODRIGO ¿Apoyarás mis deseos si confío en el resultado? YAGO Cuenta conmigo. Tú junta
dinero. Te lo he dicho y te lo diré una y mil veces: odio al moro. Lo llevo muy dentro, y a ti
razones no te faltan. Unámonos en la venganza. Si le pones los cuernos, tú te das el gusto y a
mí me das la fies- ta. El vientre del tiempo guarda muchos sucesos que pronto verán la luz. ¡En
marcha! Anda, búscate dinero. Mañana seguimos hablando. Adiós
YAGO (…) Odio al moro, y dicen que en la cama me ha robado el sitio. No sé si es verdad, mas
para mí una sospecha de este orden vale por un hecho. El me aprecia: mejor resultará el plan
que le preparo. Casio es gallardo. A ver... Quitarle el puesto y coronar mi voluntad con doble
trampa. A ver cómo... A ver... Después de un tiempo, susurrando a Otelo que Casio se toma
confianzas con su esposa: presencia no le falta, ni modales; se presta a la sospecha, invita al
adulterio. El moro es de carácter noble y franco; cree que es honrado todo aquel que lo parece
y buenamente dejará que le lleven del hocico como a un burro. Ya está, lo concebí. La noche y
el infierno asistirán al parto de mi engendro.
OTELO ¡Mi bella guerrera! DESDÉMONA ¡Mi querido Otelo! OTELO Mi asombro es tan grande
como mi alegría al verte aquí ya. Bien de mi alma, si a la tempestad sigue esta bonanza, ¡que
soplen los vientos y despierten la muerte, y la nave agitada escale montañas de mar como el
alto Olimpo y baje tan hondo como el infierno desde el cielo! Si ahora muriese, sería muy feliz,
pues temo que mi gozo sea tan perfecto que no pueda alcanzar dicha semejante en lo por
venir. DESDÉMONA Quiera el cielo que aumente nuestro amor y nuestro gozo con el paso de
los días
IAGO Fíjate con qué ímpetu Desd{emona se prendó del moro, sólo porque se gloriaba y
le contaba patrañas. ¿Va a estar siempre enamorada de su cháchara? No lo crea tu alma
sensata. Su vista se alimenta. ¿Qué gusto va a darle mirar al diablo? Cuando el trato carnal
embota el deseo, para volver a inflamarlo y renovar apetitos saciados hace falta una estampa
gentil, concierto de edades, modales, belleza, de todo lo cual el moro anda escaso. Así que, por
falta de tan esenciales condiciones, su exquisita finura se verá engañada, empezará a sentir
náuseas, odiará y detestará al moro. Sus propias reacciones la guiarán y llevarán a elegir a
otro. Pues bien, sentado todo esto, que es proposicion natural y razonable, ¿quién sino Casio
es el más inmediato en la escala de esta suerte, un granuja con labia, cuya conciencia no es
más que una máscara de cor- tesía y respeto para satisfacer sus más ocultos instintos carnales?
Nadie, nadie. Un granuja retorcido y astuto, buscador de ocasiones, capaz de acuñar y forjar
coyunturas, aunque luego no se presente ninguna. Un granuja diabólico. Además, es apuesto,
joven, y reúne todas las condiciones que busca el deseo y la inexperiencia. Un granuja irritante,
y la moza ya le ha echado el ojo.
CASIO Sí, voy a pedirle el puesto y él me dirá que soy un borracho. Si tuviera tantas bocas
como la hidra, tal respuesta las cerraría todas. ¡Ser primero racional, muy pronto un imbécil y
en seguida una bestia! ¡Qué portento! Todo vaso de más es una maldición y dentro va el
diablo. YAGO Vamos, vamos. Sabiéndolo beber, el vino es un espíritu benigno; no lo execréis.
Bueno, teniente, creo que creéis en mi afecto. CASIO Lo he visto muy claro, borracho y todo.
YAGO Vos o cualquier otro puede emborracharse alguna vez. Voy a deciros lo que debéis
hacer. El general es ahora la mujer del general. Lo digo en el sentido de que él se ha entregado
y consagrado a la contemplación, observación y admiración de sus prendas y virtudes. Acudid
a ella con franqueza, suplicadie que os ayude a recobrar vuestro puesto. Es tan generosa,
buena, sensible y celestial que en su bondad tiene por defecto no hacer más de lo que le
piden. Rogadle que junte el ligamento que os unía con su esposo, y apuesto mi peculio contra
cualquier cosa a que esa amistad, ahora rota, llegará a ser más fuerte que nunca.
YAGO ¿Y quién va a decir que hago de malo, cuando mi consejo es sincero y honrado, muy
puesto en razón y modo seguro de ganarse al moro? Pues es lo más fácil mover la
complacencia de Desdémona por una causa honrada: es más generosa que los elementos de la
naturaleza y, en cuanto a ganarse al moro, él renunciaría a su bautismo y a los signos de la
redención por un amor que le tiene encadenado, pues ella puede hacer y deshacer lo que le
plazca, al punto que el deseo al moro le domine sus pobres facultades. ¿Cómo voy a ser
malvado si, en vía paralela, indico a Casio la línea recta de su bien? ¡Teología del diablo!
Cuando el Maligno induce al pecado más negro, primero nos tienta con divino semblante,
como ahora yo. Mientras este honrado bobo implora a Desdémona que remedie su suerte y
ella intercede por él, yo al moro le vierto en el oído este veneno: que aboga por Casio porque
le desea; y, cuanto más se afane por su bien, tanto más minará la fe del moro. Yo haré que su
virtud se vuelva vicio y con su propia bondad haré la red que atrape a todos.
CASIO Sí, señora, mas tal vez la prudencia dure demasiado, o viva de alimento tan ligero, o
crezca tanto por las propias circunstancias que, en mi ausencia y ocupado ya mi puesto, el
general olvide mi amistad y mis servicios. DESDÉMONA No temáis. Ante Emilia, aquí presente,
os garantizo vuestro puesto. Estad seguro de que si hago una promesa de amistad, la cumplo a
la letra. A mi señor no dejaré hasta que se amanse, le hablaré hasta exasperarle. Su cama será
escuela, su mesa, confesonario. En todo lo que haga mezclaré la súplica de Casio. Conque
alegraos, Casio. Vuestra valedora morirá antes que abandonar vuestra causa.
YAGO Cuando hacíais la corte a la señora, ¿conocía Miguel Casio vuestro amor? OTELO Sí,
desde el principio. ¿Por qué lo dices? YAGO Por satisfacer mi curiosidad, por nada más. OTELO
¿Y por qué esa curiosidad? YAGO No sabía que la conociese. OTELO Pues sí, y fue muchas
veces nuestro mediador. YAGO ¿De veras? OTELO ¿De veras? Sí, de veras. ¿Qué ves en ello?
¿Acaso él no es honrado? YAGO ¿Honrado, señor? OTELO ¿Honrado? Sí, honrado. YAGO Señor,
que yo sepa... OTELO ¿Qué quieres decir? YAGO ¿Decir, señor? OTELO ¡Decir, señor! ¡Por Dios,
eres mi eco! Como si en tu mente hubiera un monstruo tan horrendo que no debe revelarse.
Tú ocultas algo. Cuando Casio dejó a mi esposa, dijiste que no te gustaba. ¿A qué te referías? Y
al decirte que tenía mi confianza mientras yo la cortejé, exclamas «¿De veras?», frunciendo y
apretando el ceño, como si hubieras encerrado en tu cerebro alguna idea horrible. Si me
aprecias de verdad, dime lo que piensas.
YAGO Señor, cuidado con los celos. Son un monstruo de ojos verdes que se burla del pan que
le alimenta. Feliz el cornudo que, sabiéndose engañado, no quiere a su ofensora mas, ¡qué
horas de angustia le aguardan al que duda y adora, idolatra y recela! OTELO ¡Qué tortura!
YAGO El pobre contento es rico y bien rico; quien nada en riquezas y teme perderlas es más
pobre que el invierno. ¡Dios bendito, a todos los míos guarda de los celos! OTELO ¿Por qué,
por qué dices eso? ¿Tú crees que viviría una vida de celos, cediendo cada vez a la sospecha con
las fases de la luna?. No. Estar en la duda es tomar la decisión. Que me vuelva macho cabrío si
mi espíritu se entrega a conjeturas tan extrañas y abultadas como tus alegaciones. Para darme
celos no basta con decir que mi esposa es bella, sociable, sabe comer y conversar, canta, tañe
y baila: estas prendas le añaden virtud. Y mi propia indignidad no me causa la menor duda o
recelo de su fidelidad, pues tenía ojos y me eligió. No, Yago; quiero ver antes de dudar. Si
dudo, pruebas; y con pruebas no hay más que una solución: ¡Adiós al amor o a los celos! YAGO
Me alegro, pues ahora ya puedo mostraros mi afecto y lealtad con más franqueza. Así que,
como es mi deber, os diré algo. Pruebas aún no tengo. Vigilad a vuestra esposa; observadia
con Casio. Los ojos así: ni celosos, ni crédulos. Que no engañen a vuestro noble y generoso
corazón en su propia bondad; conque, atento. Conozco muy bien el carácter de mi tierra las
mujeres de Venecia enseñan a Dios los vicios que ocultarían a sus maridos. Su conciencia no las
lleva a reprimirse, sino a encubrirlos.
OTELO Yago es un hombre de gran honradez, y su experiencia le permite discernir los móviles
humanos. Corno ella resulte un halcón indomable, aunque la haya atado con las fibras de mi
corazón, la suelto al hilo del viento y la dejo a la suerte. Quizá por ser negro y faltarme las
prendas gentiles del galanteador, o haber descendido por el valle de los años (aunque poco
importa) me quedo sin ella y burlado, y mi consuelo ha de ser detestarla. ¡Maldicíón de
matrimonio ¡Llamar nuestras a tan gratas criaturas y no a sus apetencias! Prefiero ser sapo y
vivir de los miasmas de un calabozo que dejar un rincón de mi ser más querido para uso de
otros. Mas es la cruz del grande, pues el humilde es más privilegiado. Como la muerte, es
destino inevitable: la suerte del cornudo ya está echada desde el momento en que nace…
OTELO ¡Por Dios! Creo que mi esposa es honesta y no lo creo; creo que tú eres leal y no lo
creo. Quiero una prueba. Su nombre era tan claro como el rostro de Diana, y ahora está más
sucio y más negro que mi faz. No voy a soportarlo cuando hay sogas, cuchillos, veneno, fuego o
aguas que ahogan. ¡Querría estar seguro!
OTELO Dame una prueba real de que me engaña. YAGO No me gusta la encomienda, mas,
habiéndome adentrado en este pleito, movido del afecto y la necia lealtad, no me detendré.
Descansaba yo con Casio y me vino tal dolor de muelas que no podía dormir. Los hay tan
ligeros de lengua que durmiendo musitan sus asuntos. Casio es uno de éstos. Le oí decir en
sueños: «Querida Desdémona, seamos prudentes, ocultemos nuestro amor». Y entonces me
agarra y me tuerce la mano, gritando «¡Divina criatura!», y me besa con ganas, como
arrancando de cuajo los besos que crecieran en mis labios; y me echa la pierna sobre el muslo,
suspira, me besa y grita «¡Maldita la suerte que te dio al moro!»
EMILIA ¿Conque no es celoso? DESDÉMONA Jamás le vi así. Seguro que es la magia del
pañuelo, Me apena mucho haberlo perdido. EMILIA Un año o dos no revelan a un hombre.
Todos son estómagos y nosotras, comida. Nos comen con hambre y, una vez llenos, nos
eructan.
Le habrá enturbiado su espíritu limpio algún asunto de Estado, quizá de Venecia, o alguna
conjura malograda, recién descubierta aquí, en Chipre. En esos casos, cuando les preocupan
cosas de importancia, los hombres discuten por una minucia. Ocurre así. Cuando el dedo nos
duele, parece que transmite dolor a los miembros sanos. No; no pensemos que los hombres
son dioses, ni de ellos esperemos miramientos como el día de la boda. ¡Regáñame, Emilia! Soy
una torpe guerrera y con el alma acusaba de rigor a mi marido; mas veo que he inducido a
falso testimonio y que le he acusado injustamente. EMILIA Dios quiera que sean asuntos de
Estado, como creéis, y no algún antojo o celos caprichosos que os afecten. DESDÉMONA ¡Cielo
santo! Jamás le di motivo. EMILIA Sí, mas eso al celoso no le sirve. El celoso no lo es por un
motivo: lo es porque lo es. Son los celos un monstruo engendrado y nacido de sí mismo.
DESDÉMONA Dios guarde de ese monstruo el alma de Otelo.