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Deconstrucción y Traducción: Perspectivas

Este documento describe la perspectiva deconstruccionista y su aplicación a los estudios de traducción. Explica que la deconstrucción cuestiona conceptos como la verdad y el significado único, argumentando que el lenguaje es complejo e inestable. También señala que la deconstrucción ha inspirado campos como la filosofía, la literatura y la sociología. Finalmente, indica que la deconstrucción ha servido para cuestionar oposiciones binarias en la teoría de la traducción como original/traducción.

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Deconstrucción y Traducción: Perspectivas

Este documento describe la perspectiva deconstruccionista y su aplicación a los estudios de traducción. Explica que la deconstrucción cuestiona conceptos como la verdad y el significado único, argumentando que el lenguaje es complejo e inestable. También señala que la deconstrucción ha inspirado campos como la filosofía, la literatura y la sociología. Finalmente, indica que la deconstrucción ha servido para cuestionar oposiciones binarias en la teoría de la traducción como original/traducción.

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LA PERSPECTIVA DECONSTRUCCIONISTA

1. La traducción desde la perspectiva de la deconstrucción.


La teoría desconstruccionsista suele considerarse una de las más representativas de la
corriente posestructuralista, la cual identifica planteamientos surgidos en Francia y en el
continente europeo desde finales de los sesenta que reaccionan contra las premisas y
objetivos del método estructuralista. La denominación “postestructuralismo” se hizo popular
especialmente a partir de la interpretación y desarrollo de estas teorías de raíz francesa por
parte de la crítica norteamericana. Hoy en día encontramos frecuentes aplicaciones de
presupuestos postestructuralistas en los Estudios de Traducción. El postestructuralismo está
asociado con serie de filósofos y teóricos críticos franceses de los años 60 y 70. El término hace
referencia a un movimiento intelectual anterior: el estructuralismo, el cual propone que se
puede entender la cultura humana por medio de una estructura, modelada en
el lenguaje (lingüística estructural). El postestructuralismo es una continuación y a la vez una
crítica del estructuralismo. De hecho, cabe pensar en una transición del estructuralismo al
postestructuralismo. El postestructuralismo engloba planteamientos intelectuales como la
filosofía, la lingüística, los estudios literarios, las artes, las ciencias sociales o la pedagogía y
supone una crítica a las aproximaciones tradicionales, generalmente basadas en oposiciones
binarias, a la comprensión del lenguaje, la sociedad, la cultura, el pensamiento y el
conocimiento. Este acercamiento vinculado a la obra de autores como Roland Barthes, Julia
Kristeva, Michel Foucault y, principalmente, al filósofo considerado el líder de la teoria de la
deconstrucción, Jacques Derrida, el cual adopta como punto de partida la inestabilidad del
significado y muestra una desconfianza extrema acerca de conceptos tradicionalmente
entendidos como universales incuestionables (como la Verdad o el Conocimiento),
interesándose por revelar los mecanismos y relaciones de poder que fijan y naturalizan
determinados puntos de vista e interpretaciones.

La deconstrucción es un enfoque critico propio del postsestructuralismo, utilizado para


comprender la relación entre texto y significado. Fue originado por el filósofo Jacques Derrida,
quien definió el término de diversas formas a lo largo de su carrera. En su forma más simple,
puede considerarse como una crítica del platonismo y la idea de formas verdaderas, o
esencias, que tienen prioridad sobre las apariencias. La deconstrucción, en cambio, pone el
énfasis en la apariencia, o sugiere, al menos, que la esencia se encuentra en la apariencia. La
deconstrucción percibe que el lenguaje, especialmente los conceptos ideales como “verdad” y
“justícia”, es irreductiblemente complejo, inestable o imposible de determinar. Muchos
debates de la filosofía continental en torno a la ontología o metafísica,
la gnoseología o epistemología, la ética o moral, la estética, la hermenéutica y la filosofía del
lenguaje se refieren a las observaciones de Derrida. Desde la década de 1980, estas
observaciones han inspirado numerosas ramas de las humanidades y ciencias sociales, como
son el derecho, la antropología, la historiografía, la lingüística,el psicoanálisis, los estudios
LGBT y el feminismo.

A pesar del gran impacto que las teorías deconstruccionistas han tenido durante los últimos
treinta años en campos tan diversos como la ciencia, la filosofía, la literatura, la sociología, etc.,
esta aproximación no ha encontrado un eco en los Estudios de Traducción hasta hace escaso
tiempo. A simple vista, ello puede parecer lógico si tenemos en cuenta que desde la
deconstrucción se niega la propia posibilidad del hecho traductor, pero lo cierto es que sus
innovadoras ideas suponen un revulsivo fundamental a postulados que hasta comienzos de los
años 90 parecían bien cimentados, por lo que, aunque sólo sea por ello, sus nociones resultan
trascendentales. Con todo, cabe señalar una importante relación entre la deconstrucción y la
traducción, 1 y ello por dos motivos: porque la traducción constituye un problema filosófico de
primera magnitud para la traducción y porque los Estudios de Traducción han sabido
incorporar los postulados teóricos de la deconstrucción.

En términos generales, cabe señalar que la relación entre la Filosofía y la traducción ha sido
asimétrica, con más traductores y teóricos de la traducción interesados en la Filosofía que
filósofos interesados en la traducción. 2 Sin embargo, esta relación comenzó a cambiar en las
últimas décadas del siglo XX, en buena medida gracias al desarrollo de los presupuestos
deconstruccionistas. Cabe diferencias, por una parte, la filosofía de la traducción y la
traducción de la filosofía.

La teoría deconstruccionista no es fácil de aprehender. De hecho, su cabeza visible, Jacques


Derrida, niega la posibilidad de toda interpretación definitiva y repudia su propio papel como
originador de esta tendencia. Al negar la existencia de la Verdad, el Centro o el Origen se
intenta atacar una falacia, se nos quiere negar la complacencia que muchas veces perseguimos
cuando intentamos convencernos de que el mundo en que vivimos es medianamente sencillo y
fácil de comprender. Perdemos esta seguridad, pero ganamos en posibilidades, en cuanto que
empezamos a vislumbrar la multiplicidad de significados, la volatilidad de los mismos y su
carácter esquivo. Por otra parte, es importante tener presente que Derrida no asignó un
carácter esencial al propio concepto de “deconstrucción”. Este término lo usó por primera vez
en la obra De la Grammatologie (1967) como una traducción o adaptación del término de
Heidegger, “Destruktion”, el cual se refería al proceso consistente en explorar las categorías
impuestas sobre una palabra, al mismo tiempo que la historia que subyace en ellas. Derrida
optó por un término que no estaba connotado negativamente como algo violento y prefirió
llamar la atención sobre la descomposición de las estructuras, con el fin de demostrar la
imposibilidad de la totalidad y estabilidad.

Para efectuar una crítica de la estructura no puede haber un posicionamiento desde fuera,
puesto que siempre somos parte de la estructura que nos proponemos criticar. Según Derrida,
la transformación de las estructuras sólo puede ser efectiva cuando se hace desde su propio
interior. Siempre hemos sido parte de la interacción entre los signos. Cada signo se refiere a
otro signo y no a un significado trascendental, tal y como presupone la filosofía esencialista.
Según afirma: "il n'y a pas de hors-texte" (en De la Grammatologie). Sólo nos podemos referir a
una huella, que nunca puede llegar a alcanzar el significado original; de tal manera que un
texto no constituye una unidad cerrada con un significado recuperable sino una producción
abierta de huellas. A partir de aquí, se deduce que también resulta problemático el concepto
de texto original como algo opuesto a la traducción entendida como secundaria o derivada,
por lo que no cabe establecer entre ellos una relación jerárquica.

Para Derrida, cuestionar el pensamiento implica ir más allá de los límites impuestos por la
filosofía tradicional para alcanzar una práctica filosófica preocupada de cuestiones
relacionadas con la responsabilidad, el compromiso y la ética. En sus propios textos, la práctica
de traspasar bordes queda reflejada en un modo de escritura híbrida que evita el asociar como
compartimentos estancos a la literatura y la filosofía o presentar líneas de argumento
inequívocas. Por otra parte, queda también cuestionado el concepto de lengua como una
unidad cerrada con límites bien definidos, pues Derrida usa con frecuencias palabras y
expresiones que no pertenecen claramente a una lengua en particular.

1
Veáse “Deconstruction” de D. Dizdar en HTSO.
2
Véase “Philosophy” de R. Arrojo en HTSO.
Aunque el propio Derrida ha escrito con cierta frecuencia sobre la traducción, el suyo no puede
calificarse propiamente de corpus teórico sobre la traducción. Con todo, sus propuestas han
encontrado un amplio eco y han introducido un aire nuevo en los Estudios de Traducción, que
ha servido para cuestionar la tendencia del ser humano a concebir las cosas, las ideas, los
fenómenos en términos binarios (bueno/malo, cultura/naturaleza, hombre/mujer), según la
cual, el segundo término del binomio suele considerarse una forma negativa, peligrosa,
defectuosa del primero. En términos traductológicos, eran muchas las oposiciones de este tipo
que parecían requerir algún tipo de deconstrucción: traducción fiel/traducción libre,
teoría/práctica, traducibilidad/intraducibilidad, etc. 3 Esta jerarquización en la oposición se
hacía particularmente patente cuando hablábamos de la propia distinción entre
original/traducción.

Con el fin de comprender en sus justos términos la importancia de las teorías


deconstruccionistas para la traducción literaria es preciso tener en cuenta que, a lo largo de la
historia, la teoría de la traducción ha oscilado entre dos extremos: los teóricos que defienden
una traducción literal u orientada hacia el TO y los que optan por una traducción más libre u
orientada hacia el receptor. A diferencia de los racionalistas de la época de la Ilustración,
tenemos a románticos como Chateaubriand o Schleiermacher, obsesionados con que se
reprodujeran las particularidades e idiosincrasias del TO. Para Schleiermacher, por ejemplo,
era necesario reproducir la posible extrañeza de la LO y del TO mediante la LM, oponiéndose
así a los intentos de lograr equivalentes conceptuales al modo racionalista, es decir,
rechazando la posibilidad de hacer el texto más accesible, más aceptable en el nuevo contexto
cultural. En sentido contrario, tenemos a autores latinos como Plinio o Cicerón, traductores
renacentistas como d’Ablancourt o pensadores de época neoclásica como Dryden. En el
Neoclasicismo, precisamente, se mantenía la idea de que el texto literario consistía en una
estructura de significados y que las particularidades que estaban presentes en el TO en el plano
del significante podían ser salvadas sin deterioro de una idónea transmisión del mensaje, el
cual supuestamente debería ser el mismo en cualquier lengua.

En el siglo XX, la tradición romántica que defendía una aproximación literalista fue resucitada
de la mano de pensadores como Walter Benjamin, Paul de Man y Jacques Derrida. A pesar de
que mantenían opiniones muy diferentes sobre política, sociedad y literatura, todos ellos
coincidían en que un texto literario o filosófico escrito en una determinada lengua no tiene un
equivalente conceptual en otra y, lo que es más: que lo que verdaderamente importa en la
traducción no es tanto el nivel conceptual de lo significado sino el de los significantes, el cual
no puede encontrar equivalente interlingüísticamente. En su ensayo Benjamin presenta dos
ideas importantísimas: (a) que la literatura o el arte no se producen para el lector o el
espectador, ya que el objetivo es alcanzar propósitos diferentes; (b) que el papel del traductor
no es reproducir el contenido conceptual del texto. El cometido del traductor, prácticamente
inalcanzable, será el de presentar en la LM esta forma incomunicable del TO, insistiendo en
aquello de él que es imposible de comunicar, su modo de expresión.

Al igual que los románticos y que Benjamin, los deconstruccionistas rechazan la idea
racionalista de que existe una correspondencia de uno a uno entre significante y significado,
que los sinónimos pueden concebirse como equivalentes y que existan a nivel interlingüístico
equivalentes para las palabras. Derrida, por ejemplo, enfatiza que en un determinado texto la

3
Para ejemplificar esta tendencia podemos recordar las palabras de Nida y Taber, en su conocido The
Theory and Practice of Translation: “el traductor se encuentra constantemente ante una serie de
distinciones polares que le obligan a elegir el contenido frente a la forma, el sentido frente al estilo, la
equivalencia frente a la identidad, la equivalencia exacta frente a la equivalencia sin más y la naturalidad
frente a la correspondencia formal” (p. 32).
repetición de una palabra no puede concebirse como una mera reproducción de la misma
palabra, pues cada vez que se repite este signo (re)aparece en un contexto diferente, y cada
contexto altera su contenido. Derrida denomina a este proceso “iterabilidad” (itérabilité). Hay
que decir que la traducción supone también una forma de repetición, puesto que cada palabra
o frase traducida se mueve desde un contexto lingüístico y cultural determinado a uno que es
nuevo. En este nuevo contexto los significantes del original son reemplazados por nuevos
significantes, que adquieren nuevas connotaciones, nuevos contenidos y nuevos valores
culturales. Si consideramos que esta variación en el significante es consustancial a cualquier
proceso traductor, veremos que la traducción es al mismo tiempo necesaria e imposible.

La deconstrucción viene a cuestionar los límites del lenguaje, la escritura y la lectura. A pesar
de que la deconstrucción no ofrece una teoría traductológica propia, se vale de la traducción
para formular una serie de preguntas sobre la naturaleza del lenguaje y para explicar de la
forma más precisa posible una noción fundamental, aunque absolutamente esquiva, como es
la noción de différance. Este pensamiento filosófico tiene una importancia determinante en los
modernos Estudios de Traducción, no sólo porque representa una perspectiva novedosa en el
seno de la disciplina, sino -sobre todo- porque amplía el marco conceptual generalmente
utilizado para definir el propio campo de estudio. No cabe duda de que la deconstrucción ha
traído consigo una transformación importantísima del discurso tradicional en torno a la
traducción. Con el cuestionamiento de este discurso, que tanto había limitado el desarrollo
teórico, presenciamos la llegada de nuevos aires interdisciplinarios, a la vez que
aproximaciones innovadoras y sugestivas, aunque no siempre fáciles de aprehender.

Si bien los deconstruccionistas no presentan una teoría traductológica en sentido estricto, sus
ideas encuentran una amplia aplicación en el estudio del hecho traductor. Jacques Derrida, por
ejemplo, sugiere que la deconstrucción y la traducción están inextricablemente vinculadas y
llega a sugerir que es en el proceso traductor donde en mayor grado se hace visible (dentro de
lo posible) la presencia de la différance, esquiva por naturaleza (de la misma manera que W.
Benjamin había manifestado que era a través de la traducción donde se podía revelar el
“lenguaje puro”). Buena parte de los textos de Derrida, independientemente de cuál sea el
aspecto teórico tratado, abundan en consideraciones sobre la posibilidad o imposibilidad de la
traducción. De hecho, según afirma, todo lo filosófico tiene que ver de manera importante con
la noción de traducción. En sus propias palabras, “el origen de la filosofía es la traducción o la
tesis de la traducibilidad”. En sus escritos es frecuente encontrarnos con interpelaciones al
lector (o al traductor) para que éste se detenga a reconsiderar todas sus propuestas de
traducción, para que medite sobre algún término en particular, para que cuestione alguna
identidad que quizás dé por supuesta, etc. Con frecuencia, cada vez que Derrida nombra algo,
añade una nota a pie de página o en el margen, o incluye un prefacio que ayude a activar
significados suplementarios que podrían haber pasado desapercibidos, y que quizás no hayan
sido activados durante la lectura. El objeto de estudio deja de ser la identidad para pasar a
centrarse en la diferencia, de la presencia pasamos al suplemento, del texto al prefacio. Todo
ello hace que la traducción adquiera un papel fundamental, central en lugar de secundario,
pues es en la traducción donde Derrida crea tensión, causa incertidumbre, ofrece alternativas,
hace el lenguaje inaprehensible. Para este filósofo, el proceso de traducción se convierte en un
campo de estudio a partir del cual no sólo subvierte la metafísica tradicional en torno al hecho
traductor sino también buena parte de los presupuestos filosóficos que se han mantenido sin
cuestionamiento a lo largo de la historia.

En contraste con las teorías predecesoras, Derrida parte de la idea de que no existe una
estructura profunda, una substancia o núcleo que podamos representar, y mucho menos algo
sobre lo cual podamos sustentar una teoría. Muy al contrario, Derrida basa su aparato
deconstrucionista, sus presupuestos sobre la no identidad, en la falta de presencia, en la
imposibilidad de representación. Según Derrida, lo que existen son diferentes cadenas de
significación (incluyendo, en una relación simbiótica, el original y sus traducciones) que se
suplementan mutuamente y en un proceso sin fin van adquiriendo una nueva identidad,
aunque sin llegar a constituirse en una esencia o unidad. Se trata de un flujo continuo que se
nos escapa en el propio intento de definición, en la propia invocación para actualizar su
presencia. Si tradicionalmente la teoría de la traducción había presupuesto la presencia de
algún tipo de significado determinable y su transferencia a otro sistema de significación, los
deconstruccionistas cuestionan esta definición de la traducción y se valen de la práctica
traductora para demostrar la inestabilidad de todo este aparato teórico. Según ellos, en la
traducción lo que presenciamos no es el modo en que el lenguaje se refiere a las cosas, sino
cómo el lenguaje se refiere a sí mismo, lo que hace que la cadena de significación sea
infinitamente regresiva: el texto traducido se convierte en la traducción de otra traducción
anterior, es decir, las palabras traducidas representan a otras palabras que representan a otras
palabras que representan a otras palabras. Los deconstruccionistas muestran una gran
indiferencia hacia los autores y hacia los significados explícitos y en su lugar prestan atención a
aquello que parece perderse entre el significado y el significante. Si les interesa la traducción es
porque en ella pueden apreciar cómo vuelven una y otra vez los significados reprimidos. Los
propios escritos deconstruccionistas parecen hacer alusión a la práctica traductora (con todas
sus notas, prefacios, explicaciones, juegos de palabras, etc.).

El pensamiento de la deconstruccuión pone en cuestionamiento la idea de conceptualizar el


significado como algo que pueda existir fuera o antes que el lenguaje y que pueda ser
transferido invariable interlingüísticamente. Si bien no ofrece una teoría de la traducción, sí
que ha reformulado de forma radical el modo en que se pueden analizar las operaciones
lingüísticas que implica el proceso de traducción, alterando nuestra comprensión de las
condiciones culturales, institucionales y políticas en que se desarrolla.

2. Lenguaje y traducción.

En la deconstrucción, la traducción se convierte en un problema filosófico esencial que Derrida


liga al desarrollo de la filosofía occidental. El pensamiento occidental tradicional confía en la
traducibilidad, en la posibilidad de transferir el contenido semántico a otra forma significante.
Como quiera que la tesis de la traducibilidad es clave para la supervivencia de la filosofía, el
fracaso de la traducción implica el propio fracaso de la filosofía. La imposibilidad de transferir
el significado (ni siquiera en la misma lengua) quedaría demostrada por la imposibilidad de
distinguir entre significante y significado. En su lectura del concepto del signo defendida por
Ferdinand de Saussure, Derrida deconstruye la idea de un significado independiente de la
lengua. Al mismo tiempo demuestra que se da esta oposición y que, de hecho, resulta
indispensable, sobre todo para la noción de traducción. Derrida menciona que la idea de un
significado trascendental está íntimamente relacionada con la asunción de una traducibilidad
pura, transparente e inequívoca, pero este tipo de traducción sólo es posible en apariencia,
pues la diferencia entre significante y significado nunca es pura. La referencia a un origen es
imposible, pues cada vez que pretendemos referirnos a un significado en realidad nos estamos
refiriendo a un significante, dado que no podemos escapar del lenguaje. Desde este punto de
vista, no pueden transportarse significados de una lengua a otra (ni tampoco en la misma
lengua) manteniendo intacto el significante. Si, por una parte, Derrida deconstruye el concepto
metafísico de traducción basado en la posibilidad de correspondencia unívoca, por otra, usa la
traducción como un movimiento que establece la diferencia. En su interpretación del mito de
Babel, el surgimiento de la multiplicidad de lenguas representa la resistencia a la violencia
colonial y al imperialismo lingüístico.
Los comentarios a la obra de Derrida en ocasiones han sido excesivamente simplistas al
magnificar su reacción frente al estructuralismo. No deja de ser cierto que Derrida ha puesto
de manifiesto algunas de las limitaciones del estructuralismo, pero más que rechazar sus
premisas principales, lo que ha hecho es expandirlas, llevarlas más allá (como sugiere el propio
término “postestructuralismo”), demostrar y hacer palpables las muchas complejidades que el
estructuralismo quería poner de manifiesto. Como todos recordaremos, Saussure argumentó
que los signos están compuestos de dos planos, el “significante” y el “significado”. La relación
entre ambos es arbitraria. Derrida sostiene que nuestro intento de aprehender el significado
sólo nos lleva a nuevos significantes. En esta red que se forma cuando los significados se van
convirtiendo en significantes, no existe un punto final, ya que no existe un significado
trascendental que pueda ser considerado como la verdad última dentro de la relación
significativa. Dado que el lenguaje permeabiliza nuestra explicación del mundo que nos rodea,
no nos resulta posible realizar observaciones fuera del propio lenguaje. Ello, por supuesto, no
quiere decir que debamos rendirnos ante la concienciación de nuestras limitaciones, pero sí
que parece conveniente ser conscientes de ellas.

Saussure mantenía que la conceptualización del significado se basaba en la diferencia. Derrida


lleva más allá esta propuesta y sugiere que los significados se crean no mediante la diferencia,
sino mediante la différance. Éste es uno de los típicos neologismos asociados con Derrida. No
se trata tanto de un concepto como de una evocación, una insinuación de que los significados
de los signos se basan en diferencias y en relaciones con otros signos, que los significados son
esquivos y nunca se manifiestan de forma completa. El significado de un signo depende de lo
que no es, por lo que los significados sólo se manifiestan de forma parcial.

La percepción deconstruccionista del signo enfatiza su naturaleza mutable, cambiante. Como


quiera que los signos se van repitiendo, estas repeticiones dejan su huella en el propio signo, y
todas estas huellas afectan a su significado, lo que hace que éste nunca pueda ser singular o
completo. El lenguaje se convierte así en un generador incesante de significados.

Todo esto tiene una gran trascendencia en la esfera de la traducción. Tradicionalmente, se ha


considerado que el traductor ha de preservar un mensaje estable y singular (es decir, el
significado supuestamente se ha de mantener inalterado). Nida, por ejemplo, describía el
ejercicio traductor acudiendo a una metáfora: la traducción es algo parecido a hacer una
maleta. No importa en qué maleta metas el contenido, con tal de que llegue a su destino.
Desde la perspectiva de Derrida, la afirmación de Nida de que “para conservar el contenido del
mensaje hay que cambiar la forma” es insostenible, pues tanto significante como significado
están interrelacionados y no se puede cambiar uno de los dos planos sin afectar al otro.
Obviamente, esta visión del lenguaje obliga a llevar a cabo trascendentales replanteamientos
en el ámbito de la traducción.

3. Différance y traducción.

Derrida acuña el neologismo différance en un artículo anónimo publicado en Los márgenes de


la filosofía (1982). Con este término no se refiere a lo que está presente (el lenguaje) sino a lo
ausente, cuestionándose así cualquier tipo de aproximación ontológica que pretende llegar a
una definición basada en la presencia o en la esencia. El término différance deriva de differre
(es decir, “diferir”, que según el DRAE significa, “dilatar, retardar o suspender la ejecución de
una cosa” y “distinguirse una cosa de otra, o ser diferente y de distintas o contrarias
cualidades”). Vemos que Derrida altera una letra en el término différence, remitiendo así al
lector original e invadiendo su subconsciente con una palabra que no existe, obligándole a
reconocer lo que no está expresamente formulado. Hay que decir además que este término
también evoca el participio de presente différant, hoy inexistente en francés. Derrida, por
tanto, ubica un término inventado entre un sustantivo y un verbo que no existen, violando así
las leyes de la escritura con este error inapreciable al oído. Derrida inaugura así un discurso de
desorden gráfico y teórico que viene a subvertir la conformidad retórica. Esta técnica cuestiona
las nociones tradicionales de referencia e impide que el referente sea subsumido dentro del
discurso que lo origina; evita que sea inmediatamente asimilado y, por tanto, silenciado.

Derrida propone un tipo de pensamiento que abarque los dos sentidos antes aludidos del
término “diferir” y que constituya un juego indeterminado sin un fin (entendamos también
aquí los dos sentidos), sin un referente o una función específica. De lo que se trata es de
formular un pensamiento que se aloje en los márgenes del pensamiento metafísico categórico
y que venga a seguir especulativamente los desvíos del lenguaje en lugar del camino trillado.
En términos de traducción, sugiere que dejemos de observar el mensaje original o su
codificación para pasar a estudiar las múltiples formas que adquiere y las interconexiones que
establece antes de llegar a constituir un referente. Se trata de formular un constructo teórico
que prime la protección de las diferencias y que dé fuerza renovada al lenguaje con
resonancias etimológicas que hayan podido ser perdidas. Esta aproximación se enfrenta al tipo
de discurso que hace referencia específica a los objetos y que cercena el significado al limitar
las posibilidades alternativas. La idea de Derrida es la de intentar revelar el rastro de lo no
presente, tarea imposible, por otra parte, en cuanto que se va borrando en su propio acto de
desvelamiento

4. La intertextualidad y la muerte del autor.

Del mismo modo que los signos, los textos también adquieren su significado mediante sus
relaciones con otros textos, y del mismo modo que los signos, su significado no puede
reducirse a una sola entidad. La cuestión de la intertextualidad (defendida en primer lugar por
Julia Kristeva) supone entonces algo mucho más profundo e importante que una mera cuestión
de similitudes o referencias; pasa a ser una verdadera cualidad o esencia textual. A la vez, la
cuestión de la intertextualidad viene a subvertir el orden cronológico establecido, puesto que
cada obra literaria crea a sus precursores. La pluralidad de significados y el carácter
constantemente mutable de los textos conlleva el destronamiento del autor como creador (la
“muerte del autor”, tal y como la defendía Roland Barthes), puesto que todos los textos se
crean de nuevo con cada una de las lecturas a las que son sometidos.

La muerte del autor tiene consecuencias importantes para el traductor. Si desestimamos la


preponderancia suprema del autor en la creación del significado, la traducción ya no puede
seguir siendo considerada como la transmisión de ese significado a nivel interlingüístico. Ahora
se subvierte de manera radical la relación jerárquica entre TO y TM.

Durante el Renacimiento se utilizaron numerosas metáforas para referirse a la traducción. Así,


era frecuente sugerir que el cometido del traductor había de ser el de seguir las huellas
dejadas por el escritor, el cual se ocupaba de marcar la dirección y el ritmo de los pasos.
Fueron muchos los teóricos que asumieron sin cuestionamiento tal presupuesto, hasta tal
punto de que se convirtió en una convicción fuertemente arraigada en nuestra cultura y
concepción de la literatura, haciendo de la traducción algo claramente secundario, derivativo y
tributario. La oposición jerárquica entre original y traducción se justificaba alegando que el
original era el primero en existir y, por lo tanto, mucho más valioso.

Con la irrupción del concepto de intertextualidad y el énfasis puesto en la pluralidad de


significados posibles se desestima esta primacía. De hecho, se cuestiona si es el autor o el
lector quién realmente crea el texto. Desde este punto de vista, los roles del lector, escritor y
traductor son claramente intercambiables: el lector escribe el texto, el escritor se convierte en
lector de su propia escritura, el traductor pasa a ser tanto lector como escritor, y tanto el lector
como el escritor traducen el texto para sí mismos. Es importante destacar que el traductor
tendrá tanta potestad sobre la traducción como tenía el autor sobre el texto original. La
traducción, como cualquier otro tipo de texto ha de verse libre de constricciones que restrinjan
su significado.

5. Una definición de la traducción.

Tradicionalmente, las traducciones han sido consideradas como imitaciones que se esfuerzan
en vano por copiar el original. Se supone que el objetivo último del traductor ha de ser el de
lograr una equivalencia respecto al original. Son numerosos los teóricos que asumen que, por
su propia naturaleza, una traducción no puede llegar al nivel del original. Se niega la posibilidad
de añadir algo, crear algo más, puesto que ello entra en rivalidad con una serie de jerarquías
que es preciso mantener. Ahora bien, si negamos la autoridad del autor, si sugerimos que los
significados no son fijos ni los textos inmutables, veremos que no podemos seguir concibiendo
la traducción como una fiel reproducción del original.

La traducción lleva implícita, es innegable, la idea de repetición, pero si los signos dejan de ser
similares al repetirse, tampoco las traducciones pueden convertirse en réplicas idénticas.
Recordemos que en cada repetición toma parte la différance. La traducción no es el mismo
texto que el original, pero tampoco es un texto diferente. La traducción deconstruye la
oposición entre igualdad y diferencia.

Se ha señalado, quizás con excesiva ligereza, que según Derrida la traducción es un cometido
imposible. Esto, sin embargo, es sólo una verdad a medias. Lo que realmente sugiere Derrida
es que el concepto tradicional de traducción como transmisión de significados es altamente
problemática. Según Derrida es conveniente sustituir el término “traducción” por
“transformación”. Desde esta perspectiva, la inclusión del concepto de “suplemento” resulta
útil para definir la traducción. Un suplemento no se limita a ser una adicción extra, sino que
además indica las imperfecciones o insuficiencias del original, en cuanto que lo hacen necesitar
tal suplemento. La traducción subvierte el elemento de deuda implícito tradicionalmente en la
dialéctica tradicional entre TO y TM. Generalmente se consideraba que el único elemento
deudor era la traducción, en cuanto que debía toda su existencia al original, pero, según
Derrida, si el original requiere el ejercicio de la traducción es él el que se convierte en deudor.
Se establece así un mutuo contrato entre original y traducción.

6. Sobre la (in)traducibilidad.

Dado que Derrida critica el concepto lingüístico de significado, y que prefiere hablar de la
operación implícita en la différance, entendiendo a ésta como una regresión constante y una
dispersión del significado dentro de nuevos textos y redes textuales, no es de extrañar que en
sus escritos dedique gran atención a la cuestión de la intraducibilidad; más en particular, a
aspectos relacionados con los juegos de palabras y la polisemia, que es precisamente donde la
economía lingüística lleva a explotar un determinado giro difícilmente repetible en otra lengua.
Dentro de los propios textos de Derrida abundan los juegos de palabras y en algunos casos
hasta llega a retar al traductor a que vierta aquellos que él le ofrece. Del mismo modo que los
juegos de palabras han sido considerados como un fenómeno especial que se resiste a
cualquier tipo de sistematización, también los textos multilingües parecen incompatibles con
nuestro modo tradicional de considerar la homogeneidad de las distintas lenguas y culturas.
No es de extrañar, por tanto, que Derrida dedique atención a textos de este tipo o a cuestiones
que suelen entenderse como periféricas o asistemáticas dentro de los sistemas lingüisticos
(como, por ejemplo, los nombres propios). Tenemos también un caso interesante de
intraducibilidad cuando vemos que algunos autores intentan reafirmar en el texto la presencia
de la lengua. Así, por ejemplo: en el capítulo final del Discours de la méthode Descartes nos
comenta (en francés) que ha escrito el libro en francés y no en latín, lo que pone en un
verdadero problema traductológico al traductor al latín, ya que no puede decir en latín que ese
texto no está escrito en latín (el traductor opta por la omisión de la frase). En todos estos casos
vemos que la intraducibilidad es a la vez un reto y algo inevitable, ya que desde la perspectiva
de Derrida lo que precisamente demanda ser traducido es aquello que no es fácil de transferir
(o imposible de transferir).

7. El original como deudor de la traducción.

“Des Tours de Babel” es el ensayo más poderoso de Derrida sobre la traducción. En él comenta
a la vez que expande el trabajo de W. Benjamin, “La tarea del traductor” (1923) y lo hace
atendiendo precisamente a aquello que Benjamin se ocupa de poner de manifiesto: que la
traducción no es sino una forma de perpetuar la vida del original (recordemos que Benjamin
había presentado su ensayo como introducción a la versión alemana de Tableaux Parisiens, de
Baudelaire), pues sus comentarios se basan en la traducción francesa del texto de Benjamin.
Derrida, de hecho, llega incluso a cuestionarse la supuesta supremacía del texto extranjero.
Así, afirma que tal texto no es en absoluto un original, sino que es en sí mismo una traducción,
una interpretación o, incluso, una paráfrasis de una idea. No sería algo cerrado o finito, sino el
comienzo de una vida que será eterna mientras el texto sea traducido. Al desechar la
dicotomía entre original y traducción, carece de sentido asignar a esta última una condición
secundaria.

En opinión de los postestructuralistas, lo que hace original a un texto escrito en otra lengua es
el hecho de que es digno de ser traducido, pero ello entraña una cierta paradoja, pues le hace
depender de su traducción para lograr su canonización. Todo esto indica que el texto original
(TO) no es algo autosuficiente, completo e independiente. Los postestructuralistas propugnan
que lo que tradicionalmente se entendía por original es en realidad una traducción, en cuanto
que deriva y depende de la percepción del autor y supone la elaboración de un significado, un
concepto. El hecho traductor se convierte en una actividad que permite a un determinado
texto perpetuar su vida en otro contexto, y el texto traducido adquiere el status de original en
virtud de su existencia en ese nuevo contexto.

La teorización en torno a la traducción se ha distinguido tradicionalmente por basar sus


postulados en la noción de equivalencia. Ello supone establecer importantes diferencias entre
los textos originales y sus traducciones. Los deconstruccionistas introducen una nueva
perspectiva, absolutamente innovadora y transgresora, y comienzan a formular preguntas que
ponen en entredicho todos los presupuestos anteriores:

• ¿Por qué no partimos de la idea de que es el texto original el que depende de su


traducción?
• ¿Por qué no asumimos que, sin la traducción, el texto original deja de existir, que la
propia supervivencia del original no depende de ninguna cualidad particular suya, sino
de las cualidades que Presenta la traducción?
• ¿Por qué no suponemos que es la traducción y no el original lo que determina el
significado de un texto?
• ¿Qué ocurre si en lugar de entender que el original carece de una identidad fija que
pueda ser determinada estética o científicamente pasamos a sugerir que esta
identidad va cambiando cada vez que el texto es traducido?
• ¿Qué es lo que existe antes del original?
8. Aportaciones de la deconstrucción a los ET:

La aproximación deconstruccionista permite a los ET cuestionar sus propias tradiciones y


repensar los centros y periferias. La teoría de la traducción y el propio concepto de traducción
están imbricados con la filosofía de la presencia. Durante siglos, la teoría de la traducción
estuvo dominada por el concepto de equivalencia, basada en la postura esencialista que
postula una transferencia neutral del significado entre las diferentes lenguas y culturas. Los
modelos y teorías universalistas han sido los dominantes en el pensamiento tradicional en
torno a la traducción. En oposición a estas aproximaciones, la deconstrucción enfatiza la
heterogeneidad y diferencia más que la homogeneidad e identidad. Las aproximaciones
esencialistas supusieron la opresión y encorsetamiento de los traductores, que supuestamente
deberían pasar desapercibidos y llevar a cabo una actividad de transferencia mecánica. Desde
esta aproximación, el traductor eludía realmente una responsabilidad, pues se suponía que
debía implementar un principio de no interferencia. La deconstrucción de los modelos y teorías
universalistas, por el contrario, pone el acento en el traductor y enfatiza su responsabilidad, a
la vez que pone en relación a la traducción con una serie de factores históricos, culturales e
institucionales.

La deconstrucción trata aspectos esenciales en los ET y cuestiona sus conceptos básicos (texto,
contexto, comunicación, original, además de la propia noción de traducción). Derrida
cuestionó la posibilidad de definir la traducción propiamente dicha en “Des Tours de Babel”,
que incluye una relectura del ensayo de Benjamin “La tarea del traductor”. Allí cuestiona la
idea de una lengua unificada y, por lo tanto, la posibilidad de la traducción entre lenguas. Al
poner de manifiesto la multiplicidad lingüística (también dentro de una misma lengua) y la
impureza de los límites, los análisis de Derrida tienen implicaciones trascendentales para los
ET.

Sus contribuciones tienen también un impacto en la práctica de la traducción y en la formación


de traductores. Evita proporcionar pautas de comportamiento y recomienda que el traductor
adquiera una voz intervencionista. En su opinión, las decisiones traductoras no se pueden
tomar siguiendo simplemente reglas preestablecidas, puesto que no cabe la posibilidad de
decidir a priori qué casos serán justos y cuáles no.

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