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Recuerdos de un Pueblo en la Siesta

El documento contiene una serie de recuerdos y anécdotas de la infancia y adolescencia del autor en su pueblo natal, incluyendo detalles sobre la familia, las costumbres, las actividades y el ambiente social de la época.

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Allá en mi pueblo cuando era casi adolescente, a la hora de la siesta que también era la hora de las

pajas, me costaba mucho elegir entre Katja Alemann y Camila Perissé.

Yo quedé así por culpa del calesitero de mi pueblo, allá en el litoral, que en vez de extender las manos
pa' agarrar la sortija (no había), teníamos que andar esquivando sus sopapos y cachetazos que hacían
doler fiero.

Cuando era pibe, en mi pueblo, a alguien que estaba muy cogible se le decía "estás pa' el crimen".
Claro, era plena dictadura.

Recordaba que cuando era gurisito, allá en mi pueblo en el litoral, no me gustaba chuparle la teta a
madre rodeado de gente, a pesar que las ramas de los sauces llorones actuaban de falsas cortinas,
me daba vergüenza.

Allá en mi pueblo, de niño, mi abuela me decía cuando iba a dividir algo que siempre una de las partes
tenía que ser más grande o más chica, dependiendo el caso, para aprender a sacarse la culpa de que
el ser humano es injusto.

Chateando con Leandro Monachesi me acordé que tenía un vecino de mi edad, recontra retardado,
muy lelo. A una cuadra de mi casa había una ferretería inmensa, Andrea Cavaignac o Martín Levín se
deben acordar el nombre. Me conocían todos los empleados porque siempre fuí un chongo que se
para en las vidrieras de las ferreterías. Resulta que las siestas allá en mi pueblo eran, aparte de la
solapa, esa bruja de mierda que nunca me asustó, un embole, entonces, con la complicidad de los
empleados mandaba al retardado todos, pero todos los días, a comprar cosas imposibles, como
dientes para serrucho o filamentos para foco, entre otras cosas.

Allá en mi pueblo, cuando era niño, había básicamente dos tipos de familia, bien diferentes entre sí: las
que comían pescado y las que no.

Esto me contaron en mi pueblo cuando era niño y me lo acabo de acordar:


Si se muere una linda, el sepulturero la deja cerca, con poca tierra.

A los 3 años me entró una piedrita en el zapato caminando por las calles de mi pueblo, y fue ahí
cuando todo comenzó a salir mal. Muy mal

La primer vez que leí un libro ajeno fue en 1979, tenía 9 años era de mi tío abuelo Edmundo, que vivía
en Capital Federal. Adentro, entre las hojas, había una esquela en papel duro pero casi transparente
que decía: "Por esas noches de pasión y verga siempre me acordaré de vos, por más que escapes a la
casa de tu hermana, a Gualeguaychú, para olvidarme. Abel"
Era niño, pero supe de inmediato que era un puto, que era el amor y que era el olvido.

Hablo de mi refundación en un piringundín en Gualeguychú adolescente, el olor a esas putas. Que


delicia. Descaderadas caminaban por el pueblo. Guleguaychú era de paso de muchos camioneros y
estaban hasta las manos de laburo. Nuestras pijitas tímidas eran juguetes para ellas.

En Gualeguaychú, cuando yo era gurí, teníamos la fantasía sexual de tener sexo en un ascensor, pero
más que todo para andar en ascensor.

Hay un gesto chiquito, gentil, que es cruzar en puntas de pie y atravesar con respeto profundo y silente
la vereda recién baldeada por las mujeres de pueblo

En el pueblo donde me crié teníamos MUY CLARO que si te hacías tatuajes ibas al infierno.

Por fin llegó el coronavirus, estaba con la misma ansiedad que de niño me generaba esperar en mi
pueblo un circo.?
Facebook por lo poco y mucho que he observado en mis caminatas por los muros de los lamentos se
transformó en un solos y solas, enfermos de los nervios como decían en mi pueblo y, quienes se
animan a hacerse una paja y quienes no,
para dormirse en la catrera de esta pocilga muy amargados

 En mi pueblo, cuando era pendejo, sacarse una foto a sí mismo era de infradotado.

Me gustan mucho las mariquitas de pueblo.

Vengo de una época y de un pueblo en donde nos divertíamos fotografiando a nuestros amigos
cuando dormían con la boca abierta.

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