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La Ciudad Sin Nombre-H. P. Lovecraft

Este documento es un resumen de 3 párrafos de la historia corta "La ciudad sin nombre" de H.P. Lovecraft. Narra la exploración de un arqueólogo de una antigua ciudad en el desierto de Arabia. Encuentra templos excavados en roca con altares y símbolos extraños. Al anochecer, un viento misterioso sopla desde un gran templo, del cual el arqueólogo explora su interior descubriendo pinturas antiguas en las paredes.

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La Ciudad Sin Nombre-H. P. Lovecraft

Este documento es un resumen de 3 párrafos de la historia corta "La ciudad sin nombre" de H.P. Lovecraft. Narra la exploración de un arqueólogo de una antigua ciudad en el desierto de Arabia. Encuentra templos excavados en roca con altares y símbolos extraños. Al anochecer, un viento misterioso sopla desde un gran templo, del cual el arqueólogo explora su interior descubriendo pinturas antiguas en las paredes.

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LA CIUDAD SIN NOMBRE

H. P. LOVECRAFT

PUBLICADO: 1921
FUENTE: [Link]
TRADUCCIÓN: ELEJANDRÍA
Cuando me acerqué a la ciudad sin nombre supe que estaba maldita. Via-
jaba por un valle árido y terrible bajo la luna, y a lo lejos la vi sobresalir
misteriosamente por encima de las arenas como partes de un cadáver pue-
den sobresalir de una tumba mal hecha. El miedo hablaba desde las piedras
desgastadas por la edad de este viejo superviviente del diluvio, este bisa-
buelo de la pirámide más antigua; y un aura sin vista me repelió y me obli-
gó a retirarme de antiguos y siniestros secretos que ningún hombre debería
ver, y que ningún otro hombre se había atrevido a ver...
Remota en el desierto de Arabia yace la ciudad sin nombre, desmoronán-
dose e inarticulada, sus bajos muros casi ocultos por las arenas de inconta-
bles edades. Así debió de ser antes de que se colocaran las primeras piedras
de Menfis y cuando aún no se habían cocido los ladrillos de Babilonia. No
existe ninguna leyenda tan antigua como para darle un nombre o recordar
que alguna vez estuvo viva, pero se cuenta en susurros alrededor de las ho-
gueras y las abuelas murmuran sobre ella en las tiendas de los jeques, de
modo que todas las tribus la rehúyen sin saber muy bien por qué. Abdul Al-
hazred, el poeta loco, soñó con este lugar la noche antes de cantar su inex-
plicable copla:
No está muerto lo que puede yacer eternamente,
Y con extraños eones incluso la muerte puede morir.
Debería haber sabido que los árabes tenían buenas razones para rehuir la
ciudad sin nombre, la ciudad de la que se habla en extrañas historias pero
que ningún hombre vivo ha visto. Sólo yo la he visto, y por eso ningún otro
rostro muestra líneas de miedo tan horribles como el mío; por eso ningún
otro hombre tiembla tan horriblemente cuando el viento nocturno sacude las
ventanas. Cuando me topé con ella en la espantosa quietud de un sueño in-
terminable, me miró, helada por los rayos de una luna fría en medio del ca-
lor del desierto. Y cuando le devolví la mirada, olvidé mi triunfo por haber-
la encontrado y me detuve con mi camello a esperar el amanecer.
Durante horas esperé, hasta que el este se volvió gris y las estrellas se
apagaron, y el gris se convirtió en luz rosada bordeada de oro. Oí un gemi-
do y vi una tormenta de arena agitándose entre las piedras antiguas, aunque
el cielo estaba despejado y las vastas extensiones del desierto inmóviles.
Entonces, de repente, por encima del borde del desierto, apareció el borde
ardiente del sol, visto a través de la pequeña tormenta de arena que se aleja-
ba, y en mi estado febril imaginé que desde alguna remota profundidad lle-
gaba un estruendo de metal musical para aclamar al disco ardiente como
Memnón lo aclama desde las orillas del Nilo. Mis oídos zumbaban y mi
imaginación bullía mientras conducía mi camello lentamente por la arena
hacia aquel lugar sin voz; aquel lugar que sólo yo entre los hombres vivos
había visto.
Entré y salí entre los cimientos sin forma de casas y lugares por los que
deambulé, sin encontrar ni una sola talla o inscripción que me hablara de
aquellos hombres, si es que eran hombres, que construyeron esta ciudad y la
habitaron hace tanto tiempo. La antigüedad del lugar era malsana, y ansiaba
encontrar algún signo o dispositivo que probase que la ciudad había sido
realmente construida por el hombre. Había ciertas proporciones y dimensio-
nes en las ruinas que no me gustaban. Llevaba conmigo muchas herramien-
tas y excavé mucho entre los muros de los edificios destruidos, pero los pro-
gresos fueron lentos y no se descubrió nada significativo. Cuando volvió la
noche y la luna, sentí un viento helado que me infundió nuevo temor, de
modo que no me atreví a permanecer en la ciudad. Y cuando salí fuera de
las antiguas murallas para dormir, una pequeña y suspirante tormenta de
arena se acumuló detrás de mí, soplando sobre las piedras grises, aunque la
luna estaba brillante y la mayor parte del desierto inmóvil.
Me desperté justo al amanecer de un desfile de sueños horribles, con los
oídos zumbándome como por un tañido metálico. Vi que el sol se asomaba
rojizo a través de las últimas ráfagas de una pequeña tormenta de arena que
se cernía sobre la ciudad sin nombre y marcaba la quietud del resto del pai-
saje. Una vez más me aventuré dentro de aquellas ruinas inquietantes que se
hinchaban bajo la arena como un ogro bajo un cobertor, y de nuevo cavé en
vano en busca de reliquias de la raza olvidada. A mediodía descansé, y por
la tarde pasé mucho tiempo rastreando las murallas y las antiguas calles, y
los contornos de los edificios casi desaparecidos. Me di cuenta de que la
ciudad había sido realmente poderosa y me pregunté de dónde procedía su
grandeza. Me imaginé todos los esplendores de una época tan lejana que
Caldea no podía recordarla, y pensé en Sarnath la Condenada, que se alzaba
en la tierra de Mnar cuando la humanidad era joven, y en Ib, que fue tallada
en piedra gris antes de que existiera la humanidad.
De pronto llegué a un lugar donde la roca del lecho se elevaba a través de
la arena y formaba un acantilado bajo; y aquí vi con alegría lo que parecía
prometer nuevas huellas del pueblo antediluviano. Escarbadas rudamente en
la cara del acantilado estaban las fachadas inconfundibles de varias casas o
templos de roca, pequeños y achaparrados, cuyos interiores podían conser-
var muchos secretos de épocas demasiado remotas para calcularlos, aunque
las tormentas de arena habían borrado hacía tiempo cualquier escultura que
pudiera haber en el exterior.
Muy bajas y llenas de arena eran todas las oscuras aberturas cercanas a
mí, pero me abrí paso con mi pala y me arrastré a través de ellas, llevando
una antorcha para revelar los misterios que pudieran contener. Cuando estu-
ve dentro vi que la caverna era realmente un templo, y contemplé signos
evidentes de la raza que había vivido y rendido culto antes de que el desier-
to fuera desierto. No faltaban altares primitivos, pilares y nichos, todos cu-
riosamente bajos; y aunque no vi esculturas ni frescos, había muchas pie-
dras singulares claramente modeladas en símbolos por medios artificiales.
La profundidad de la cámara cincelada era muy extraña, pues apenas podía
arrodillarme; pero el área era tan grande que mi antorcha sólo mostraba una
parte a la vez. Me estremecí extrañamente en algunos de los rincones más
alejados, pues ciertos altares y piedras me sugirieron ritos olvidados de na-
turaleza terrible, repugnante e inexplicable, y me hicieron preguntarme qué
clase de hombres podrían haber construido y frecuentado un templo seme-
jante. Cuando hube visto todo lo que el lugar contenía, me arrastré fuera de
nuevo, ávido de encontrar lo que los templos pudieran depararme.
Se acercaba la noche, pero las cosas tangibles que había visto hacían que
la curiosidad fuera más fuerte que el miedo, de modo que no huí de las lar-
gas sombras de la luna que me habían intimidado la primera vez que vi la
ciudad sin nombre. En el crepúsculo despejé otra abertura y con una nueva
antorcha me arrastré hasta ella, encontrando más piedras y símbolos vagos,
aunque nada más definido que lo que contenía el otro templo. La sala era
igual de baja, pero mucho menos ancha, y terminaba en un pasadizo muy
estrecho atestado de santuarios oscuros y crípticos. Estaba curioseando so-
bre estos santuarios cuando el ruido del viento y de mi camello fuera rom-
pió la quietud y me hizo salir para ver qué podía haber asustado a la bestia.
La luna brillaba vívidamente sobre las primitivas ruinas, iluminando una
densa nube de arena que parecía soplada por un viento fuerte pero decre-
ciente desde algún punto del acantilado que tenía delante. Sabía que era ese
viento gélido y arenoso el que había molestado al camello y estaba a punto
de llevarlo a un lugar mejor resguardado cuando, por casualidad, levanté la
vista y vi que no había viento en lo alto del acantilado. Esto me asombró y
me hizo temer de nuevo, pero enseguida recordé los repentinos vientos lo-
cales que había visto y oído antes al amanecer y al atardecer, y juzgué que
era algo normal. Decidí que procedía de alguna fisura rocosa que conducía a
una cueva, y observé la turbulenta arena para rastrearla hasta su fuente;
pronto percibí que procedía del negro orificio de un templo a gran distancia
al sur de mí, casi fuera de mi vista. Contra la nube de arena que me asfixia-
ba, me dirigí hacia el templo, que, a medida que me acercaba, parecía más
grande que el resto y mostraba una puerta mucho menos obstruida por la
arena apelmazada. Habría entrado si la terrible fuerza del viento helado no
hubiera estado a punto de apagar mi antorcha. Salía enloquecido por la os-
cura puerta, suspirando misteriosamente al remover la arena y esparcirse
entre las extrañas ruinas. Pronto se hizo más tenue y la arena se aquietó más
y más, hasta que por fin todo volvió a la calma; pero una presencia parecía
acechar entre las piedras espectrales de la ciudad, y cuando miré a la luna
parecía temblar como si se reflejara en aguas inquietas. Estaba más asustado
de lo que podía explicar, pero no lo suficiente como para saciar mi sed de
asombro; así que en cuanto el viento desapareció, crucé a la cámara oscura
de donde había venido.
Este templo, como había imaginado desde el exterior, era más grande que
cualquiera de los que había visitado antes, y presumiblemente era una ca-
verna natural, ya que recibía vientos de alguna región más allá. Aquí podía
mantenerme en pie, pero vi que las piedras y los altares eran tan bajos como
los de los otros templos. En las paredes y el techo contemplé por primera
vez algunos rastros del arte pictórico de la antigua raza, curiosas vetas riza-
das de pintura que casi se habían desvanecido o desmoronado; y en dos de
los altares vi con creciente excitación un laberinto de tallas curvilíneas bien
elaboradas. Mientras sostenía mi antorcha en alto, me pareció que la forma
del techo era demasiado regular para ser natural, y me pregunté en qué ha-
brían trabajado primero los talladores de piedra prehistóricos. Su habilidad
como ingenieros debía de ser enorme.
Entonces un resplandor más brillante de la fantástica llama mostró la for-
ma que yo había estado buscando, la abertura a aquellos abismos más remo-
tos de donde había soplado el viento repentino; y me desmayé al ver que era
una puerta pequeña y claramente artificial cincelada en la roca maciza. In-
troduje mi antorcha en el interior, contemplando un túnel negro con el techo
arqueándose bajo sobre un áspero tramo de escalones muy pequeños, nume-
rosos y en pronunciado descenso. Siempre veré esos escalones en mis sue-
ños, porque llegué a saber lo que significaban. En aquel momento apenas
sabía si llamarlos escalones o simples puntos de apoyo en un descenso pre-
cipitado. Mi mente se arremolinaba con locos pensamientos, y las palabras
y advertencias de los profetas árabes parecían flotar a través del desierto
desde la tierra que los hombres conocen hasta la ciudad sin nombre que los
hombres no se atreven a conocer. Sin embargo, vacilé sólo un instante antes
de atravesar el portal y comenzar a descender cautelosamente por el empi-
nado pasadizo, con los pies por delante, como si estuviera subido a una
escalera.
Sólo en los terribles fantasmas de las drogas o del delirio puede un hom-
bre tener un descenso como el mío. El estrecho pasadizo descendía infinita-
mente como un horrible pozo encantado, y la antorcha que sostenía sobre
mi cabeza no podía iluminar las profundidades desconocidas hacia las que
me arrastraba. Perdí la noción de las horas y olvidé consultar mi reloj, aun-
que me asusté al pensar en la distancia que debía de estar recorriendo. Ha-
bía cambios de dirección y de inclinación, y una vez llegué a un pasadizo
largo, bajo y llano donde tuve que deslizarme primero con los pies por el
suelo rocoso, sosteniendo la linterna a un brazo de distancia de mi cabeza.
El lugar no era lo bastante alto para arrodillarse. Después había más escalo-
nes empinados y seguía bajando interminablemente cuando mi linterna se
apagó. Creo que no me di cuenta en ese momento, porque cuando me di
cuenta todavía la sostenía por encima de mí como si estuviera encendida.
Mi instinto por lo extraño y lo desconocido, que me había convertido en un
trotamundos de la tierra y en un merodeador de lugares lejanos, antiguos y
prohibidos, me desequilibraba por completo.
En la oscuridad pasaron por mi mente fragmentos de mi preciado tesoro
de sabiduría daemónica; frases de Alhazred el árabe loco, párrafos de las
pesadillas apócrifas de Damascio y líneas infames de la delirante Image du
Monde de Gauthier de Metz. Repetí extraños extractos y murmuré sobre
Afrasiab y los demonios que flotaban con él por el Oxus; más tarde cantu-
rreé una y otra vez una frase de uno de los cuentos de Lord Dunsany: "La
irreverberable negrura del abismo". Una vez, cuando el descenso se hizo
asombrosamente empinado, recité algo cantado de Thomas Moore hasta
que temí recitar más:
Un depósito de oscuridad, negro
Como los calderos de las brujas, cuando se llenan
Con drogas lunares destiladas en el eclipse
Inclinándome para ver si podía pasar un pie
A través de ese abismo, vi, debajo,
Tan lejos como la visión podía explorar,
Los lados del muelle tan lisos como el cristal,
Como si estuvieran barnizados...
Con esa oscura brea que el Asiento de la Muerte
arroja sobre su viscosa orilla.
El tiempo había dejado de existir cuando mis pies volvieron a tocar un
suelo llano y me encontré en un lugar ligeramente más alto que las habita-
ciones de los dos templos más pequeños, ahora tan incalculablemente por
encima de mi cabeza. No podía ponerme de pie, pero sí arrodillarme, y en la
oscuridad me arrastré de un lado a otro al azar. Pronto supe que me hallaba
en un estrecho pasadizo cuyas paredes estaban revestidas de cajas de made-
ra con frentes de cristal. Como en aquel lugar paleozoico y abismal me pa-
recía ver cosas como madera pulida y cristal, me estremecí ante las posibles
implicaciones. Al parecer, las vitrinas estaban dispuestas a lo largo de cada
lado del pasadizo, a intervalos regulares, y eran oblongas y horizontales,
horriblemente parecidas a ataúdes por su forma y tamaño. Cuando intenté
mover dos o tres para examinarlas más detenidamente, descubrí que estaban
firmemente sujetas.
Vi que el pasadizo era largo, así que avancé rápidamente, arrastrándome,
lo que me habría parecido horrible si cualquier ojo me hubiera observado en
la negrura; de vez en cuando cruzaba de un lado a otro para palpar lo que
me rodeaba y asegurarme de que las paredes y las hileras de cajas seguían
extendidas. El hombre está tan acostumbrado a pensar visualmente que casi
olvidé la oscuridad e imaginé el interminable pasillo de madera y cristal en
su monotonía de tachones bajos como si lo viera. Y entonces, en un mo-
mento de emoción indescriptible, lo vi.
No sabría decir en qué momento mi fantasía se fundió con la visión real,
pero se produjo un resplandor gradual y, de repente, supe que veía los te-
nues contornos de un pasillo y las vitrinas, revelados por una fosforescencia
subterránea desconocida. Durante un rato todo fue exactamente como lo ha-
bía imaginado, ya que el resplandor era muy débil; pero a medida que avan-
zaba dando tumbos mecánicamente hacia la luz más fuerte, me di cuenta de
que mi fantasía había sido muy débil. Esta sala no era una reliquia de crude-
za como los templos de la ciudad, sino un monumento del arte más magnífi-
co y exótico. Diseños y cuadros ricos, vivos y atrevidamente fantásticos for-
maban un esquema continuo de pinturas murales cuyas líneas y colores eran
indescriptibles. Las vitrinas eran de una extraña madera dorada, con frentes
de cristal exquisito, y contenían las formas momificadas de criaturas que
superaban en grotesco los sueños más caóticos del hombre.
Es imposible dar una idea de estas monstruosidades. Eran del tipo de los
reptiles, con líneas corporales que sugerían a veces el cocodrilo, a veces la
foca, pero más a menudo nada de lo que el naturalista o el paleontólogo hu-
bieran oído jamás. Su tamaño se aproximaba al de un hombre pequeño, y
sus patas delanteras tenían pies delicados y evidentes, curiosamente pareci-
dos a manos y dedos humanos. Pero lo más extraño de todo eran sus cabe-
zas, que presentaban un contorno que violaba todos los principios biológi-
cos conocidos. A nada pueden compararse bien tales cosas; en un instante
pensé en comparaciones tan variadas como el gato, la rana toro, el mítico
sátiro y el ser humano. Ni el mismísimo Jove había tenido una frente tan
colosal y protuberante; sin embargo, los cuernos, la nariz y la mandíbula de
caimán situaban las cosas fuera de todas las categorías establecidas. Me de-
batí durante un tiempo sobre la realidad de las momias, sospechando a me-
dias que eran ídolos artificiales; pero pronto decidí que se trataba de alguna
especie paleógena que había vivido cuando la ciudad sin nombre estaba
viva. Para coronar su grotesco aspecto, la mayoría de ellas estaban magnífi-
camente ataviadas con las telas más costosas y profusamente cargadas de
adornos de oro, joyas y metales brillantes desconocidos.
La importancia de estas criaturas reptantes debía de ser enorme, pues
ocupaban el primer lugar entre los diseños salvajes de las paredes y el techo
pintados al fresco. Con inigualable habilidad, el artista las había dibujado en
un mundo propio, en el que tenían ciudades y jardines diseñados a su medi-
da; y no pude evitar pensar que la historia que representaban era alegórica,
y que tal vez mostraba el progreso de la raza que las adoraba. Estas criatu-
ras, me dije, eran para los hombres de la ciudad sin nombre lo que la loba
era para Roma, o algún tótem para una tribu de indios.
Con esta perspectiva, pude trazar a grandes rasgos una maravillosa epo-
peya de la ciudad sin nombre; la historia de una poderosa metrópoli costera
que dominó el mundo antes de que África surgiera de las olas, y de sus lu-
chas cuando el mar se retiró y el desierto se deslizó en el fértil valle que la
albergaba. Vi sus guerras y triunfos, sus problemas y derrotas, y después su
terrible lucha contra el desierto, cuando miles de sus habitantes -representa-
dos aquí en alegoría por los grotescos reptiles- se vieron obligados a abrirse
paso a través de las rocas de una manera maravillosa hacia otro mundo del
que les habían hablado sus profetas. Todo era vívidamente extraño y realis-
ta, y su conexión con el impresionante descenso que yo había hecho era in-
confundible. Incluso reconocí los pasadizos.
Mientras me arrastraba por el corredor hacia la luz más clara, vi las últi-
mas etapas de la epopeya pintada: la partida de la raza que había habitado la
ciudad sin nombre y el valle circundante durante diez millones de años; la
raza cuyas almas se resistían a abandonar las escenas que sus cuerpos ha-
bían conocido durante tanto tiempo, donde se habían asentado como nóma-
das en la juventud de la tierra, tallando en la roca virgen aquellos santuarios
primigenios a los que nunca habían dejado de rendir culto. Ahora que la luz
era mejor, estudié las imágenes más de cerca y, recordando que los extraños
reptiles debían representar a los hombres desconocidos, reflexioné sobre las
costumbres de la ciudad sin nombre. Muchas cosas eran peculiares e inex-
plicables. La civilización, que incluía un alfabeto escrito, se había elevado
aparentemente a un orden superior al de aquellas civilizaciones inconmen-
surablemente posteriores de Egipto y Caldea; sin embargo, había curiosas
omisiones. Por ejemplo, no pude encontrar imágenes que representaran
muertes o costumbres funerarias, salvo las relacionadas con guerras, violen-
cia y plagas; y me sorprendió la reticencia mostrada ante la muerte natural.
Era como si se hubiera fomentado un ideal de inmortalidad como una alegre
ilusión.
Todavía más cerca del final del pasaje se pintaban escenas de la mayor
pintoresquismo y extravagancia: vistas contrastadas de la ciudad sin nombre
en su deserción y creciente ruina, y del extraño nuevo reino del paraíso al
que la raza se había abierto camino a través de la piedra. En estas vistas, la
ciudad y el valle desértico se mostraban siempre a la luz de la luna, con
nimbos dorados que se cernían sobre los muros caídos y que revelaban a
medias la espléndida perfección de tiempos pasados, mostrada de forma es-
pectral y evasiva por el artista. Las escenas paradisíacas eran casi demasia-
do extravagantes para ser creídas, retratando un mundo oculto de día eterno
lleno de ciudades gloriosas y colinas y valles etéreos. Al final me pareció
ver signos de un anticlímax artístico. Las pinturas eran menos hábiles y mu-
cho más extrañas que las escenas anteriores, incluso las más salvajes. Pare-
cían registrar una lenta decadencia del antiguo pueblo, unida a una creciente
ferocidad hacia el mundo exterior, del que había sido expulsado por el de-
sierto. Las formas del pueblo -siempre representadas por los reptiles sagra-
dos- parecían estar consumiéndose gradualmente, aunque su espíritu, tal
como se mostraba flotando sobre las ruinas a la luz de la luna, aumentaba en
proporción. Sacerdotes demacrados, mostrados como reptiles con túnicas
ornamentadas, maldecían el aire superior y a todos los que lo respiraban; y
una terrible escena final mostraba a un hombre de aspecto primitivo, tal vez
un pionero de la antigua Irem, la Ciudad de los Pilares, despedazado por
miembros de la raza más antigua. Recuerdo cómo los árabes temen a la ciu-
dad sin nombre, y me alegré de que más allá de este lugar las paredes grises
y el techo estuvieran desnudos.
Mientras contemplaba el desfile de la historia mural me había acercado
mucho al final de la sala de techo bajo, y fui consciente de una puerta por la
que entraba toda la fosforescencia iluminadora. Arrastrándome hasta ella,
exclamé en voz alta con trascendente asombro lo que había más allá; pues
en lugar de otras cámaras más luminosas sólo había un vacío ilimitado de
resplandor uniforme, como el que uno podría imaginarse al contemplar des-
de la cima del monte Everest un mar de niebla iluminada por el sol. Detrás
de mí había un pasadizo tan estrecho que no podía mantenerme erguido en
él; ante mí había una infinidad de resplandores subterráneos.
Bajando desde el pasadizo hacia el abismo había una empinada escalinata
-pequeños y numerosos escalones como los de los pasadizos negros que ha-
bía atravesado-, pero a los pocos metros los vapores incandescentes lo ocul-
taban todo. Abierta contra la pared izquierda del pasadizo había una enorme
puerta de latón, increíblemente gruesa y decorada con fantásticos bajorrelie-
ves, que si se cerraba podía cerrar todo el mundo interior de luz de las bóve-
das y pasadizos de roca. Miré el escalón y, por una vez, no me atreví a in-
tentarlo. Toqué la puerta de latón abierta y no pude moverla. Entonces me
desplomé tendido sobre el suelo de piedra, con la mente encendida de pro-
digiosas reflexiones que ni siquiera un agotamiento parecido al de la muerte
pudo desterrar.
Mientras permanecía inmóvil con los ojos cerrados, libre para reflexionar,
muchas cosas que había observado a la ligera en los frescos volvieron a mí
con un significado nuevo y terrible: escenas que representaban la ciudad sin
nombre en su apogeo, la vegetación del valle que la rodeaba y las tierras le-
janas con las que comerciaban sus mercaderes. La alegoría de las criaturas
reptantes me desconcertó por su prominencia universal, y me extrañó que se
siguiera tan de cerca en una historia ilustrada de tanta importancia. En los
frescos, la ciudad sin nombre había sido representada en proporciones ade-
cuadas a los reptiles. Me pregunté cuáles habrían sido sus verdaderas pro-
porciones y magnificencia, y reflexioné un momento sobre ciertas rarezas
que había observado en las ruinas. Pensé con curiosidad en la poca altura de
los templos primitivos y del corredor subterráneo, que sin duda fueron la-
brados así por deferencia a las deidades reptiles que allí se honraban; aun-
que forzosamente reducía a los adoradores a arrastrarse. Tal vez los propios
ritos implicaban arrastrarse imitando a las criaturas. Ninguna teoría religio-
sa, sin embargo, podría explicar fácilmente por qué el nivel de los pasadizos
en aquel impresionante descenso debía ser tan bajo como el de los templos,
o más bajo, puesto que uno ni siquiera podía arrodillarse en él. Al pensar en
las criaturas reptantes, cuyas horribles formas momificadas estaban tan cer-
ca de mí, sentí una nueva punzada de miedo. Las asociaciones mentales son
curiosas, y me acobardaba la idea de que, salvo el pobre hombre primitivo
despedazado en el último cuadro, la mía era la única forma humana entre
las muchas reliquias y símbolos de la vida primordial.
Pero como siempre en mi extraña y errante existencia, el asombro pronto
ahuyentó al miedo; porque el luminoso abismo y lo que podría contener
presentaban un problema digno del mayor explorador. No podía dudar de
que un extraño mundo de misterio se hallaba más allá de aquel tramo de es-
calones peculiarmente pequeños, y esperaba encontrar allí los recuerdos hu-
manos que el corredor pintado no me había proporcionado. Los frescos ha-
bían representado ciudades y valles increíbles en este reino inferior, y mi
imaginación se detuvo en las ricas y colosales ruinas que me esperaban.
Mis temores se referían más al pasado que al futuro. Ni siquiera el horror
físico de mi posición en aquel estrecho corredor de reptiles muertos y fres-
cos antediluvianos, a kilómetros por debajo del mundo que conocía y frente
a otro mundo de luz y niebla espeluznantes, podía igualar el pavor letal que
sentía ante la antigüedad abismal de la escena y su alma. Desde las piedras
primigenias y los templos excavados en la roca de la ciudad sin nombre pa-
recía asomarse una antigüedad tan vasta que resultaba difícil medirla, mien-
tras que los últimos de los asombrosos mapas de los frescos mostraban
océanos y continentes olvidados por el hombre, con sólo algunos contornos
vagamente familiares. Nadie podría decir lo que había sucedido en las eras
geológicas transcurridas desde que cesaron las pinturas y la raza que odiaba
a la muerte sucumbió resentida a la decadencia. La vida había bullido una
vez en estas cavernas y en el luminoso reino del más allá; ahora estaba solo
con reliquias vívidas, y temblaba al pensar en las incontables edades a tra-
vés de las cuales estas reliquias habían mantenido una silenciosa vigilia
desierta.
De pronto me sobrevino otra ráfaga de ese miedo agudo que se había
apoderado de mí intermitentemente desde que vi por primera vez el terrible
valle y la ciudad sin nombre bajo la fría luna, y a pesar de mi agotamiento
me encontré poniéndome frenéticamente en posición sentada y mirando ha-
cia atrás a lo largo del corredor negro hacia los túneles que se elevaban ha-
cia el mundo exterior. Mis sensaciones eran como las que me habían hecho
rehuir la ciudad sin nombre por la noche, y eran tan inexplicables como
conmovedoras. En otro momento, sin embargo, recibí una conmoción aún
mayor en forma de un sonido definido, el primero que había roto el silencio
absoluto de aquellas profundidades sepulcrales. Era un gemido grave y pro-
fundo, como el de una multitud lejana de espíritus condenados, y provenía
de la dirección en que yo miraba. Su volumen creció rápidamente, hasta que
pronto reverberó por todo el pasadizo bajo, y al mismo tiempo fui conscien-
te de una creciente corriente de aire antiguo, que también fluía desde los tú-
neles y la ciudad de arriba. El contacto con este aire pareció devolverme el
equilibrio, pues recordé al instante las repentinas ráfagas que se habían le-
vantado en torno a la boca del abismo cada atardecer y cada amanecer, una
de las cuales me había revelado, en efecto, los túneles ocultos. Miré mi reloj
y vi que el amanecer estaba cerca, así que me preparé para resistir el venda-
val que bajaba hacia su hogar en la caverna como lo había hecho al atarde-
cer. Mi temor volvió a disminuir, pues un fenómeno natural tiende a disipar
las cavilaciones sobre lo desconocido.
El viento nocturno, chillón y quejumbroso, se precipitaba cada vez con
más locura en el golfo de la tierra interior. Me dejé caer de nuevo y me aga-
rré en vano al suelo por miedo a ser arrastrado por la puerta abierta hacia el
abismo fosforescente. No esperaba semejante furia, y al darme cuenta de
que mi cuerpo se deslizaba hacia el abismo, me asaltaron mil nuevos terro-
res de aprensión e imaginación. La malignidad de la explosión despertó fan-
tasías increíbles; una vez más me comparé estremecedoramente con la úni-
ca imagen humana en aquel espantoso corredor, el hombre que fue despeda-
zado por la raza sin nombre, porque en las garras diabólicas de las corrien-
tes arremolinadas parecía habitar una rabia vengativa tanto más fuerte cuan-
to que era en gran parte impotente. Creo que grité frenéticamente cerca del
último -casi enloquecí- de los aullantes espectros de viento. Intenté arras-
trarme contra el torrente invisible y asesino, pero ni siquiera pude sostener-
me mientras me empujaban lenta e inexorablemente hacia el mundo desco-
nocido. Finalmente, la razón debió de quebrarse por completo, pues caí bal-
buceando una y otra vez aquella inexplicable copla del loco árabe Alhazred,
que soñaba con la ciudad sin nombre:
No está muerto lo que puede yacer eternamente,
Y con extraños eones incluso la muerte puede morir.
Sólo los sombríos dioses del desierto saben lo que realmente ocurrió, qué
indescriptibles luchas y forcejeos en la oscuridad soporté o qué Abaddon
me guió de vuelta a la vida, donde siempre debo recordar y temblar en el
viento nocturno hasta que el olvido -o algo peor- me reclame. Monstruoso,
antinatural, colosal, era aquello -demasiado más allá de todas las ideas del
hombre para ser creído excepto en las silenciosas y malditas pequeñas horas
de la mañana cuando uno no puede dormir.
He dicho que la furia de la ráfaga era infernal, cacodaemoniaca, y que sus
voces eran horribles, con la crueldad contenida de eternidades desoladas.
De pronto, esas voces, aún caóticas ante mí, parecieron a mi cerebro palpi-
tante tomar forma articulada detrás de mí; y allá abajo, en la tumba de innu-
merables antigüedades muertas hace eones, a leguas por debajo del mundo
de los hombres iluminado por el alba, oí las espantosas maldiciones y gruñi-
dos de demonios de lenguas extrañas. Al volverme, vi perfilado contra el
éter luminoso del abismo lo que no podía verse contra el crepúsculo del co-
rredor: una horda de pesadilla de demonios que se precipitaban; demonios
distorsionados por el odio, grotescamente ataviados, medio transparentes,
de una raza que nadie podría confundir: los reptiles rastreros de la ciudad
sin nombre.
Y cuando el viento se desvaneció, me sumergí en la oscuridad macabra
de las entrañas de la tierra, pues detrás de la última de las criaturas la gran
puerta de bronce se cerró con un ensordecedor tañido de música metálica
cuyas reverberaciones se extendieron por el mundo lejano para aclamar al
sol naciente como Memnón lo aclama desde las orillas del Nilo.

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