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Archivos Del Movimiento Obrero y La Izquierda Numero 21

El documento presenta la revista científica "Archivos de Historia del Movimiento Obrero y la Izquierda", editada por el Centro de Estudios Históricos de los Trabajadores y las Izquierdas. La revista publica artículos sobre historia social, política, cultural e intelectual relacionados con la clase trabajadora, el movimiento obrero y las izquierdas desde una perspectiva interdisciplinaria. Está dirigida a investigadores, docentes y estudiantes de historia y otras ciencias sociales.

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Archivos Del Movimiento Obrero y La Izquierda Numero 21

El documento presenta la revista científica "Archivos de Historia del Movimiento Obrero y la Izquierda", editada por el Centro de Estudios Históricos de los Trabajadores y las Izquierdas. La revista publica artículos sobre historia social, política, cultural e intelectual relacionados con la clase trabajadora, el movimiento obrero y las izquierdas desde una perspectiva interdisciplinaria. Está dirigida a investigadores, docentes y estudiantes de historia y otras ciencias sociales.

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ARCHIVOS

de historia del movimiento obrero y la izquierda


Buenos Aires - Año XI - nº 21
septiembre de 2022 - febrero de 2023

Archivos de Historia del Movimiento Obrero y la Izquierda es una pu-


blicación científica de historia social, política, cultural e intelectual, que
tiene como objetivo impulsar la investigación, la revisión y la actualiza-
ción del conocimiento sobre la clase trabajadora, el movimiento obrero
y las izquierdas, tanto a nivel nacional como internacional, propiciando
el análisis comparativo. Es editada por el Centro de Estudios Históricos
de los Trabajadores y las Izquierdas (CEHTI), con sede en Buenos Aires.

La cobertura temática de la revista Archivos está centrada en el


examen histórico e historiográfico, pero a la vez es amplia e interdisci-
plinaria: procura abarcar la trayectoria de la clase trabajadora, el movi-
miento obrero y el mundo de las izquierdas desde los distintos aportes
de las ciencias sociales y la producción académica, los cuales incluyen,
además de la historia, la sociología, la ciencia política, la antropología,
la filosofía, los estudios de género y la crítica literaria, entre otros.

La revista Archivos está dirigida a un público conformado por inves-


tigadores, docentes, profesionales, graduados y estudiantes de Historia,
así como de otras disciplinas sociales.
Archivos de Historia del Movimiento Obrero y la Izquierda se encuentra
indizada en el Núcleo Básico de Revistas Científicas Argentinas, en
SCOPUS, ERIH PLUS (European Reference Index for the Humanities
and Social Sciences), en el catálogo 2.0 de Latindex, en CLASE (Citas
Latinoamericanas en Ciencias Sociales y Humanidades, dependiente de
la UNAM), en el DOAJ (Directory of Open Access Journals) y en la REDIB
(Red Iberoamericana de Innovación y Conocimiento Científico). También
es parte de las siguientes bases de datos, indexaciones y directorios:
EuroPub, Journal TOCs, MALENA (CAICYT), BASE (Bielefeld Academic
Search Engine), CIRC (Clasificación Integrada de Revistas Científicas,
de España), MIAR (Matriz de Información para el Análisis de Revistas,
Universitat de Barcelona), BIBLAT (Bibliografía Latinoamericana en re-
vistas de investigación científica y social, UNAM), BINPAR (Bibliografía
Nacional de Publicaciones Periódicas Registradas), REDLATT (Red Lati-
noamericana del Trabajo y Trabajadores), Latinoamericana (Asociación
de revistas académicas de humanidades y ciencias sociales) y LatinREV
(Red Latinoamericana de Revistas Académicas en Ciencias Sociales y
Humanidades de FLACSO Argentina).

Los trabajos publicados están bajo la licencia Creative Commons


4.0 International (Atribución - NoComercial - CompartirIgual) a
menos que se indique lo contrario.

Entidad editora: Centro de Estudios Históricos


de los Trabajadores y las Izquierdas (CEHTI)
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(C1036AAM) CABA - Argentina
Sitios web: www.archivosrevista.com.ar
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ISSN 2313-9749 • ISSN en línea 2683-9601


Impreso en Imprenta Dorrego, Av. Dorrego 1102 - CABA
Diseño de tapa: Fernando Lendoiro
Director y Editor Responsable
Hernán Camarero
(Universidad de Buenos Aires –
Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, Argentina)

Secretarios de Redacción
Diego Ceruso Martín Mangiantini
(Universidad de Buenos Aires – (Instituto Superior del Profesorado Joaquín
Consejo Nacional de Investigaciones Víctor González – Universidad de Buenos
Científicas y Técnicas, Argentina) Aires – Consejo Nacional de Investigaciones
Científicas y Técnicas, Argentina)

Comité Editor

Cristian Aquino Mercedes López Cantera


(Universidad de Buenos Aires, Argentina) (Universidad de Buenos Aires – Consejo
Nacional de Investigaciones Científicas y
Sabrina Asquini Técnicas, Argentina)
(Universidad de Buenos Aires – Consejo
Nacional de Investigaciones Científicas y Martín Mangiantini
Técnicas, Argentina) (Instituto Superior del Profesorado Joaquín
Víctor González – Universidad de Buenos
Alejandro Belkin Aires – Consejo Nacional de Investigaciones
(Universidad de Buenos Aires – Consejo Científicas y Técnicas, Argentina)
Nacional de Investigaciones Científicas y
Técnicas, Argentina) Leandro Molinaro
(Universidad de Buenos Aires, Argentina
Hernán Camarero – Consejo Nacional de Investigaciones
(Universidad de Buenos Aires – Consejo Científicas y Técnicas, Argentina)
Nacional de Investigaciones Científicas y
Técnicas, Argentina) Ezequiel Murmis
(Universidad de Buenos Aires – Consejo
Laura Caruso Nacional de Investigaciones Científicas y
(Universidad Nacional de San Martín – Técnicas, Argentina)
Consejo Nacional de Investigaciones
Científicas y Técnicas, Argentina) Antonio Oliva
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(Universidad de Buenos Aires – Consejo Lucas Poy
Nacional de Investigaciones Científicas y (Vrije Universiteit Amsterdam - Instituto
Técnicas, Argentina) Internacional de Historia Social,
Países Bajos)
Diego Ceruso
(Universidad de Buenos Aires – Consejo Alicia Rojo
Nacional de Investigaciones Científicas y (Universidad de Buenos Aires, Argentina)
Técnicas, Argentina)
Gabriela Scodeller
Hernán Díaz (Universidad Nacional de Cuyo – Consejo
(Universidad de Buenos Aires, Argentina) Nacional de Investigaciones Científicas y
Técnicas, Argentina)
Javier Díaz
(Universidad de Buenos Aires – Consejo Paula Varela
Nacional de Investigaciones Científicas y (Universidad de Buenos Aires – Consejo
Técnicas, Argentina) Nacional de Investigaciones Científicas y
Técnicas, Argentina)
Consejo Asesor

Marcel van der Linden Daniel James


(Instituto Internacional de Historia Social, (Universidad de Indiana, Estados Unidos)
Países Bajos)

Ricardo Melgar Bao (1946-2020) Bernhard H. Bayerlein


(Instituto Nacional de Antropología e (Ruhr-University Bochum – The International
Historia, México) Newsletter of Communist Studies, Alemania)

Rossana Barragán Sergio Grez Toso


(Instituto Internacional de Historia Social, (Universidad de Chile, Chile)
Países Bajos)

Victoria Basualdo Gabriela Águila


(Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales – (Universidad Nacional de Rosario – Consejo
Consejo Nacional de Investigaciones Científicas Nacional de Investigaciones Científicas y
y Técnicas, Argentina) Técnicas, Argentina)

Reiner Tosstorff Claudio H.M. Batalha


(Johannes Gutenberg, Universität Mainz, (Centro de História Social da Cultura,
Alemania) Universidad Estatal de Campinas, Brasil)

Victor Jeifets Julio Pinto Vallejos


(Universidad Estatal de San Petersburgo, Rusia) (Universidad de Santiago de Chile, Chile)

Cristina Viano Carlos Herrera


(Universidad Nacional de Rosario, Argentina) (Université de Cergy-Pontoise, Francia)

Silvia Simonassi Immanuel Ness


(Universidad Nacional de Rosario, Argentina) (City University of New York, Estados Unidos)

Nicolás Iñigo Carrera Omar Acha


(Universidad de Buenos Aires – Consejo (Universidad de Buenos Aires – Consejo Nacional
Nacional de Investigaciones Científicas de Investigaciones Científicas y Técnicas,
y Técnicas, Argentina) Argentina)

Gilles Candar Rolando Álvarez Vallejos


(Société d’Études Jaurésiennes, Francia) (Universidad de Santiago de Chile, Chile)

Massimo Modonesi Alejandro Schneider


(Universidad Nacional Autónoma de México, (Universidad de Buenos Aires – Universidad
México) Nacional de La Plata, Argentina)

Sebastian Budgen David Mayer


(Historical Materialism, Reino Unido) (Instituto Internacional de Historia Social,
Países Bajos)
Rodolfo Porrini
(Universidad de la República, Uruguay)
ARCHIVOS
ISSN 2313-9749
ISSN en línea 2683-9601
Año XI, nº 21, pp. 5-6
de historia del movimiento obrero y la izquierda septiembre de 2022-febrero de 2023

Índice

Presentación
por Hernán Camarero . ...........................................................................7

Dossier:
“Izquierdas y cuestión agraria en la Argentina del siglo XX”

Presentación del dossier


por Osvaldo Graciano y Pablo Volkind .................................................. 11

Entre el esfuerzo y los debates internos. La influencia del


Partido Comunista entre los obreros rurales y los chacareros
pampeanos durante la década de 1920
por Pablo Volkind ................................................................................. 15

La acción agraria del Partido Comunista de la Argentina


durante el gobierno de Arturo Frondizi (1958-1962)
por Adrián Ascolani . ............................................................................ 37

Las evaluaciones del capitalismo agrario argentino de la


izquierda universitaria, 1960-1976
por Osvaldo Graciano . ......................................................................... 59

Tramas:
“El trabajo precapitalista y sus formas”

La cuestión del trabajo en el mundo clásico


por Marcelo Perelman Fajardo .............................................................. 85

Reflexiones en torno del trabajo en la Edad Media


por Corina Luchía . ............................................................................. 101

[5]
Artículos

El anarquismo y la cuestión indígena. De la represión del


Centenario a Napalpí
por Ayelén Burgstaller . ...................................................................... 119

Angélica Mendoza (1897-1960): paradojas de las luchas por la


emancipación femenina en la Argentina de los años 20 y 30
por Marina Becerra ............................................................................ 141

La trayectoria de Gregorio “Goyo” Flores: su politización,


experiencias sindicales y relaciones sociales (1959-1969)
por José Barraza ............................................................................... 163

Crítica de libros

Santiago M. Roggerone, Tras las huellas del marxismo occidental,


por Agustín Lucas Prestifilippo . .......................................................... 185

Hernán Confino, La contraofensiva: el final de Montoneros,


por Carlos Ignacio Custer ................................................................... 189

Ángela Vergara, Fighting unemployment in twentieth-century Chile,


por Carlos Alberto Álvarez .................................................................. 192
ARCHIVOS
ISSN 2313-9749
ISSN en línea 2683-9601
Año XI, nº 21, pp. 7-8
de historia del movimiento obrero y la izquierda septiembre de 2022-febrero de 2023

Presentación

La investigación referida al mundo de los/as trabajadores/as, espe-


cialmente sobre el movimiento obrero, tuvo en la Argentina un sesgo
tendiente a privilegiar el escenario urbano, en particular en sus desplie-
gues en las ramas de la industria, el transporte, los servicios, el comercio
y la administración estatal. Cuando se describieron las desventuras
de la explotación laboral y los déficits habitacionales, o las dinámicas
huelguísticas, los ciclos de conflicto y la manifestación pública, o las
formas de representación y organización de los/as asalariados/as en
el plano sindical, social, político y cultural, o las expresiones de lucha
de las mujeres trabajadoras, fue muy frecuente hacerlo en el universo
de grandes o medianas ciudades y, en menor medida, de algunos cen-
tros poblados de pequeña dimensión. Este enfoque citadino se replicó
en las exploraciones sobre las izquierdas. Gran parte de los relatos o
análisis históricos o sociológicos sobre el anarquismo, el socialismo, el
sindicalismo, el comunismo, el trotskismo, el feminismo o las izquierdas
revolucionarias setentistas, por señalar algunos ejemplos, transcurrieron
con el telón de fondo de las urbes. Asimismo, fueron los debates acerca
de las vicisitudes de la industrialización, las problemáticas del desarrollo
urbano o las improntas del aparato estatal, los que parecieron merecer
una atención privilegiada en los estudios sobre el recorrido programático,
teórico y político de las izquierdas vernáculas. Sin embargo, una porción
importante de la historia de la clase trabajadora en el país, como no
podía ser de otro modo debido a su propia configuración, transcurrió
dentro del amplísimo, heterogéneo y complejo mundo rural, en donde se
desplegaron una multiplicidad de actores sociales, combinando formas
de explotación libres y no libres, entremezclando diversos modos de

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[7]
8 ARCHIVOS, año XI, nº 21, septiembre de 2022-febrero de 2023: 7-8

salario, renta, ganancia y propiedad de la tierra, desplegando diferentes


repertorios de protesta y modos de organización proletaria y campesina.
Las izquierdas fueron parte de estas experiencias. Y, más aún, siempre
concibieron la cuestión agraria como un asunto de primer orden dentro
de sus elaboraciones teóricas y políticas.
En las últimas décadas, afortunadamente, todos estos tópicos
fueron concitando un creciente interés, extendiendo el conocimiento,
sofisticando las indagaciones y habilitando nuevos ejes de discusión.
Con el dossier del presente número, organizado por los doctores Os-
valdo Graciano y Pablo Volkind, Archivos de historia del movimiento
obrero y la izquierda intenta saldar algunas de sus propias deudas en
el tratamiento del tema, brindando interesantes abordajes, globales
y, al mismo tiempo, más puntuales, que podrían contribuir a pensar
novedosas pistas de análisis acerca del vínculo entre las izquierdas (en
sus fases social, política e intelectual) y la cuestión agraria durante una
parte del pasado siglo.
Asimismo, continuando en la senda de abrir nuevas materias de
examen en nuestra revista, ofrecemos en la sección “Tramas” una revi-
sión acerca de las formas adquiridas por el trabajo, las estrategias de
subordinación de la mano de obra, las relaciones laborales y las clases
productoras en los períodos precapitalistas (antiguo y feudal), escrita
por los investigadores Marcelo Perelman Fajardo y Corina Luchía. Com-
pletamos esta entrega con artículos referidos a diversas trayectorias de
corrientes y figuras de las izquierdas argentinas.
Este número 21 de Archivos, que inicia así su onceavo año de existen-
cia, aparece en el contexto de un nuevo momento de consolidación del
proyecto integral que la impulsa, el Centro de Estudios Históricos de los
Trabajadores y las Izquierdas (CEHTI), con nuevos libros editados en su
“Colección Archivos”, una creciente cantidad de actividades (conferen-
cias, charlas debate y presentaciones de libros, tanto en Buenos Aires
como en Rosario), el notable progreso de su Biblioteca, Hemeroteca y
Archivo de periódicos y revistas (con masivos ingresos de materiales, ya
completamente catalogados y a disposición para la consulta pública), los
avances en el proceso de digitalización de fuentes primarias y la intensa
labor con sus redes de difusión. La inauguración, en julio de este año,
de la nueva y hermosa sede del CEHTI, ubicada en pleno centro porteño,
de mucha mayor amplitud y comodidad que la anterior, es expresión
de este trabajo de construcción intelectual, cultural y política, al que
todo nuestro amplio colectivo sigue comprometido apasionadamente
por extender, proyectando nuevos objetivos.
Hernán Camarero
Director
Dossier:
Izquierdas y cuestión agraria
en la Argentina del siglo XX
ARCHIVOS
ISSN 2313-9749
ISSN en línea 2683-9601
Año XI, nº 21, pp. 11-13
de historia del movimiento obrero y la izquierda septiembre de 2022-febrero de 2023

Presentación del dossier

Los estudios históricos sobre las izquierdas argentinas en las últimas


tres décadas posibilitaron la conformación de un espacio de investigación
sobre las estrategias de acción agraria de sus diversas configuraciones
políticas y agrupamientos gremiales. Su expresión fue la difusión de
contribuciones historiográficas que problematizaron las relaciones de las
izquierdas y la cuestión agraria nacional. Numerosas indagaciones con
diferentes objetivos y disímiles alcances temporales reconstruyeron las
evaluaciones del agro argentino de los partidos Socialista y Comunista,
del movimiento anarquista, de las corrientes desgajadas de ese tronco
común por sus divisiones a lo largo del siglo XX, de las que propusieron
las expresiones de la nueva izquierda en las décadas del 60 y 70 y del
sindicalismo rural. Para todas las izquierdas, evaluar la economía agraria
y su estructura de clases resultaba inescindible en sus diagnósticos de
la realidad rural y en la definición de sus estrategias de acción política
y gremial en el campo.
El acto teórico por definir la naturaleza del capitalismo argentino se
encontraba presente en los fundadores del socialismo local, Germán Avé
Lallemant y Juan B. Justo, quienes expusieron, entre fines del siglo XIX
y comienzos del XX, las primeras evaluaciones de la problemática rural.
A la vez ellas fundamentaron el primer programa del campo del Partido
Socialista. Sus análisis propusieron la tesis originaria de la arquitec-
tura política de la dominación en Argentina: la existencia de una clase
ganadera terrateniente vinculada al capital imperialista, primero inglés
y luego estadounidense. Su bastión fue la propiedad latifundista, centro

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[ 11 ]
12 ARCHIVOS, año XI, nº 21, septiembre de 2022-febrero de 2023: 11-13

económico del poder social y político de los terratenientes argentinos. Los


escritos de Lallemant y Justo se encuentran en el origen de la tradición
marxista y no marxista del pensamiento sobre el desenvolvimiento del
capitalismo en Argentina, así como en el de las estrategias partidarias y
sindicales rurales. La prolífera producción de las izquierdas implicó un
esfuerzo colectivo de largo aliento, que orientó las acciones partidarias
y sindicales entre los diversos sujetos agrarios e influyó en los debates
políticos e intelectuales nacionales hasta la primera mitad de la década
de 1970. Luego de la restauración democrática de 1983 fue evidente su
agostamiento como temática de discusión en las izquierdas. Este cambio
se explica por la violencia desatada por la última dictadura cívico-militar
sobre sus militantes, dirigentes, intelectuales y organizaciones así como
también por sus dificultades para analizar con precisión las transfor-
maciones en la estructura agraria y los cambios tecnológico-productivos
que se operaron en las últimas décadas. Sobre lo que no caben dudas,
es que la tesis decimonónica de una nación dominada por una oligar-
quía terrateniente conformó parte extendida de la cultura política de
las izquierdas a lo largo del siglo XX y todavía resuena en la sociedad
argentina del presente. A lo largo de su historia, esa cultura produjo una
vasta biblioteca sobre la temática rural para orientar su acción política
y gremial frente a los terratenientes, los agricultores y los trabajadores
del campo, así como para elaborar sus planes de transformación del
capitalismo y la construcción del socialismo en el país. Este resulta uno
de los aportes centrales de la historiografía que las tomó como objeto
de estudio en estos años.
Los artículos del dossier son parte de esta historiografía y representan
investigaciones que reconstruyen diversas dimensiones de la experien-
cia de las izquierdas frente al problema agrario. Pablo Volkind analiza
la política que desplegó el Partido Comunista en el ámbito pampeano
y el grado de influencia que alcanzó entre obreros rurales y chacare-
ros durante su primera década de existencia. Estudia así los debates
partidarios sobre la cuestión agraria, las orientaciones que emanaron
desde su conducción, sus formulaciones teóricas y la práctica política
de sus militantes que, en diversas oportunidades, tensionó las directivas
generales. En esta dialéctica, el partido logró mayor precisión a la hora
de definir su programa agrario hacia inicios de los años 30. En tanto
Adrián Ascolani indaga sobre las acciones del Partido Comunista hacia
el agro durante el gobierno de Arturo Frondizi. Demuestra cómo esta
fuerza impulsó iniciativas con el objeto de conformar un movimiento de
masas rurales a partir de la confluencia entre sindicatos de obreros y
productores agropecuarios, con el fin de alcanzar una reforma agraria
profunda y un conjunto de derechos para ellos. Si bien lograron efecti-
vizar acciones concretas, no llegaron a superar los obstáculos sociales,
O. Graciano y P. Volkind - Presentación del dossier 13

ideológicos y políticos que les permitieran construir ese frente único,


particularmente por las reticencias de los titulares de las explotaciones
agropecuarias. Por último, Osvaldo Graciano reconstruye en su artículo
los estudios universitarios sobre la problemática económica del campo,
desarrollados por jóvenes profesionales marxistas, quienes realizaron
su inicial carrera académica especializándose en la economía agraria.
El análisis de la producción científica de Alberto J. Pla, Ernesto Laclau
y Guillermo Flichman le posibilita comprender sus evaluaciones sobre
el agro en las décadas de 1960 y 1970, así como su protagonismo en la
conformación de ámbitos de estudios marxistas del capitalismo en las
universidades nacionales y en institutos privados.
Estos artículos publicados ahora en Archivos de historia del movimien-
to obrero y la izquierda, fueron discutidos en la mesa “Las izquierdas y el
capitalismo agrario latinoamericano, siglos XIX al XXI”, que coordinamos
en las III Jornadas Internacionales de Historia de los/as trabajadores/
as y las izquierdas, organizadas por el CEHTI en la Universidad Nacional
de Rosario, en junio de 2021. El fructífero debate desarrollado allí fue
posibilitado por la labor del Centro que garantizó su funcionamiento,
a quien queremos agradecer. Las contribuciones de estos artículos a la
reconstrucción de las izquierdas y la cuestión agraria argentina emergen
del diálogo sostenido en dichas jornadas, a las que aspiramos convertir,
en próximas reuniones, en el ámbito de su continua problematización
historiográfica.

Osvaldo Graciano y Pablo Volkind


ARCHIVOS
ISSN 2313-9749
ISSN en línea 2683-9601
Año XI, nº 21, pp. 15-35
de historia del movimiento obrero y la izquierda septiembre de 2022-febrero de 2023

Entre el esfuerzo y los debates internos. La


influencia del Partido Comunista entre los
obreros rurales y los chacareros pampeanos
durante la década de 1920
Pablo Volkind
Universidad de Buenos Aires - Facultad de Filosofía y Letras - Facultad de Ciencias Económicas -
Centro Interdisciplinario de Estudios Agrarios - Argentina
Mail: [email protected]
ORCID: 0000-0003-0891-1151

Título: Between effort and internal debates. The influence of the Communist
Party among rural workers and pampean farmers during the 1920s.

Resumen: En el artículo se analizan los alcances y los límites de la política


que desplegó el Partido Comunista en el ámbito rural pampeano y el grado de
influencia que lograron desplegar entre obreros rurales y chacareros durante
su primera década de existencia. Se indaga sobre el contenido y derrotero de los
debates sobre la cuestión agraria que se desplegaron en el seno del partido, las
orientaciones que emanaron desde la conducción, las formulaciones teóricas a
las que adscribieron en este período y la práctica política concreta que llevaron
adelante los militantes de diversas localidades. A su vez, se repone el impacto
de las cambiantes condiciones nacionales e internacionales y la incidencia de
las orientaciones de la Internacional Comunista en las definiciones políticas
locales. Durante los años 20 el PC logró difundir sus posiciones, impulsar la
agremiación de jornaleros y agricultores y sembrar las semillas que germinarían
en la década siguiente cuando cobraron un papel protagónico.

DOI: https://doi.org/10.46688/ahmoi.n21.370

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[ 15 ]
16 ARCHIVOS, año XI, nº 21, septiembre de 2022-febrero de 2023: 15-35

Palabras clave: Partido Comunista – obreros rurales – chacareros – Argentina

Summary: This article analyzes the scope and limits of the Communist Party’s
policy in the rural areas of the Pampean countryside and the degree of influence
it achieved among rural workers and farmers during its first decade of exist-
ence. This investigation will cover the content and course of the debates on the
agrarian question that took place within the party, the orientations that ema-
nated from the leadership, the theoretical formulations to which they adhered
in this period and the concrete political practice carried out by the militants in
different localities. At the same time, the impact of the changing national and
international conditions and the incidence of the orientations of the Commu-
nist International in the local political definitions are also reviewed. During the
1920s the CP managed to disseminate its positions, to promote the aggregation
of day laborers and farmers and to sow the seeds that would germinate in the
following decade when they took a leading role.
Key words: Communist Party – Rural workers – Farmers – Argentina

Recepción: 30 de mayo de 2022. Aceptación: 24 de junio de 2022.

***

Introducción1

En nuestro país, aún no siendo industrial, tenemos un


grave y complicado problema que resolver, cual es el problema
agrario, que se nos presenta cada vez más confuso. La mayoría
de los que se ocupan de este importante problema a resolver,
lo tratan bajo un punto de vista estrecho, como un simple
problema que atañe exclusivamente a los colonos y como un
mal pasajero. La prensa burguesa, fiel representante de los
latifundistas y especuladores, al producirse algún conflicto de
los braceros del campo, levantan la imagen del agricultor –lo
mismo que el sacerdote levante la imagen de la “Virgen Purísi-
ma” para embaucar a sus creyentes – invocando sus intereses
y sus miserias, con el propósito de crear conflictos y mantener
discordias entre ambas fuerzas de trabajo, para aprovecharse
de esa desavenencia y explotar a unos y otros a sus anchas.2

Las palabras de José Boglich, dirigente de la Federación Agraria Ar-


gentina (FAA) y afiliado al novel Partido Socialista Internacional (PSI),
sintetizaban las preocupaciones de un sector de la izquierda que enten-

1. Agradezco a la/os editora/es de la revista por los agudos comentarios y sugerencias


que realizaron a una versión preliminar del trabajo.
2. La Tierra, 30 de enero de 1920, pp. 2-3.
P. Volkind - El Partido Comunista entre obreros rurales y chacareros 17

día imprescindible organizar a los obreros rurales y a los agricultores


pampeanos para transformar la realidad en un país como la Argentina.
Si bien no era una tarea sencilla, dado que ambas clases estaban re-
corridas por múltiples contradicciones, este referente consideraba que
sus condiciones objetivas de existencia los enfrentaban con los sectores
dominantes del país y, por lo tanto, se debía desplegar una política que
jerarquizara sus puntos de contacto antes que sus diferencias. Esta
posición no era compartida por los cuadros dirigentes del PSI, luego
Partido Comunista (PC). A lo largo de sus primeros años de existencia,
la conducción no priorizó el estudio de los problemas rurales concretos,
el despliegue de fuerza orgánica y la elaboración de una línea específica.
Para un partido que se proponía organizar al movimiento obrero con
una estrategia revolucionaria, resultaba lógico concentrar su atención
en los ámbitos urbanos, espacios que reunían el porcentaje mayoritario
de la población nacional. Además, tenían una estructura interna aco-
tada, una inserción limitada en el mundo del trabajo, debían resolver
el problema del financiamiento y avanzar en definiciones políticas pro-
fundas (Camarero, 2007). A lo largo de la década de 1920, el PC estuvo
surcado por debates en torno a la cuestión agraria, la caracterización
de los “campesinos” y el tratamiento que se debía desplegar hacia ellos.
Fueron los afiliados de las localidades rurales quienes desarrollaron una
militancia concreta que permitió agrupar a obreros y chacareros, sumar
nuevos adherentes y expandir la organización. Recién para 1928, en
su VIII Congreso, se aprobaron tesis que evidenciaron una definición
más precisa sobre estas problemáticas. Dichas definiciones orientaron
el trabajo político en el agro e incidieron en el crecimiento partidario
durante la década de 1930.
La influencia del PC en el ámbito rural durante su primera década
de existencia prácticamente no ha merecido atención. Los escasos tra-
bajos que indagan sobre el derrotero del sindicalismo rural pampeano
durante la etapa agroexportadora giran en torno al papel de anarquis-
tas, socialistas o sindicalistas revolucionarios y sólo mencionan cola-
teralmente a los comunistas (Sartelli, 2022; Ansaldi, 1993). La omisión
se fundamentaría por la limitada incidencia que tuvo el PC entre los
obreros agrícolas. La investigación de Adrián Ascolani constituye una
excepción dado que, en base a informes partidarios y correspondencia
con la Internacional Comunista, reconstruye aspectos relevantes de
esta problemática. Concluye que la “estrategia frentista” para agrupar
y organizar a los jornaleros y los agricultores pobres tuvo “escaso éxito”
y que, en sus primeros años, los comunistas se mostraron “escépticos
sobre las posibilidades de organización sindical de los obreros rurales”
(Ascolani, 2009, pp. 196-197). Otros escritos giran en torno a los deba-
tes internos sobre la cuestión agraria (Graciano, 2008; Vargas, 1999)
18 ARCHIVOS, año XI, nº 21, septiembre de 2022-febrero de 2023: 15-35

o historizaron las iniciativas agrarias del PC desde la perspectiva del


partido (García, 1987). También se publicaron trabajos focalizados en
experiencias provinciales (Mastrángelo, 2011) y en períodos posteriores
(Menotti, 2021; Korzeniewicz, 1993).3
A partir de esa constatación, en este artículo indagamos sobre los
alcances y los límites de la política que desplegó el PC en el ámbito rural
pampeano y el grado de influencia que lograron desplegar entre obreros
rurales y chacareros durante su primera década de existencia. ¿Fue
su incidencia en el sindicalismo rural tan marginal?, ¿eran escépticos
sobre las posibilidades de agremiar a los jornaleros y los agricultores?,
¿impulsaron iniciativas poco eficaces? Para avanzar en las respuestas
a estos interrogantes resulta imprescindible integrar en el análisis las
discusiones sobre la cuestión agraria que se desplegaron en el seno
del partido, las orientaciones que emanaban desde la conducción,
las formulaciones teóricas a las que adscribieron en este período y
la práctica política concreta que llevaron adelante los militantes de
diversas localidades. A su vez, es necesario reponer el impacto de las
cambiantes condiciones nacionales e internacionales y la incidencia
de las orientaciones de la Internacional Comunista en las definiciones
políticas locales. La problemática resulta relevante dado que durante
los años 20 el PC logró difundir sus posiciones, impulsar la agremiación
de jornaleros y agricultores y sembrar las semillas que germinarían en
la década siguiente cuando cobraron un papel protagónico.

Obreros rurales, chacareros y “cuestión agraria” en los inicios del PC

El Partido Socialista Internacional (PSI) se constituyó en 1918 a partir


del distanciamiento de un grupo de militantes que provenían del Partido
Socialista, al que criticaban por reformista. Este proceso remontaba sus
orígenes a intensos debates que habían girado en torno a la defensa del
marxismo, la cuestión sindical, la postura que se debía adoptar frente
a la Guerra Mundial y, por último, el posicionamiento con respecto a la
Revolución Rusa en un momento caracterizado por el auge de luchas a
escala mundial y nacional (Camarero, 2007).
Una vez materializada la ruptura y constituido el PSI, la principal
tarea consistió en dotarlo de una estructura orgánica y extender terri-
torialmente su influencia. De las filas del socialismo provendrían varios
de los integrantes del joven agrupamiento que pasó a disputarle a las
huestes de Juan B. Justo la adhesión de seguidores y simpatizantes
de izquierda en el país. Tal fue el caso de José Boglich, originario de

3. La tesis doctoral de Paulo Menotti, en etapa final de revisión, constituye un aporte


muy importante al conocimiento sobre esta problemática.
P. Volkind - El Partido Comunista entre obreros rurales y chacareros 19

la localidad santafesina de Alcorta –epicentro de la histórica lucha


chacarera que se produjo en 1912: el “Grito de Alcorta”– y reconocido
dirigente de la FAA, o de Antonio Buira, líder de la Liga Agraria del
Territorio Nacional de La Pampa, que se sumó en 1921 junto a otros
militantes pampeanos.4
En un período surcado por el ciclo de protestas urbanas y rurales,
que se extendió entre fines de 1917 e inicios de 1922, la prensa parti-
daria informaba sobre la realización de mítines y reuniones en diversos
pueblos y saludaba el arribo de afiliados de varias localidades de las
provincias de Santa Fe, Buenos Aires, Córdoba, San Luis y Mendoza.5
La conformación de centros del PSI constituía el termómetro más claro
del crecimiento.
En estos primeros años, caracterizados por la debilidad orgánica, la
urgencia por definir una línea política precisa y la necesidad de fortale-
cer la estructura partidaria, el esfuerzo fundamental de los comunistas
estuvo orientado a estrechar sus vínculos con el movimiento obrero
urbano. Una vez establecida esta prioridad, la posibilidad de incre-
mentar su influencia entre los jornaleros agrícolas y los chacareros se
encontró más limitada por la falta de cuadros partidarios que pudiesen
destinarse a tal tarea, por las posibilidades que existían de agremiar a
obreros que realizaban tareas transitorias y estacionales, por un cierto
desconocimiento en torno a las condiciones concretas de existencia de
la población rural y por la coexistencia de distintas posiciones dentro del
partido sobre el tratamiento que debían dispensarle a los agricultores
pampeanos que, en su mayoría, no se asemejaban a los campesinos
rusos que a duras penas garantizaban su subsistencia. Algunos consi-
deraban que había que organizar a los pequeños y medianos chacareros
arrendatarios, estimular su confluencia con los obreros, enfrentar a
los grandes terratenientes y reclamar una legislación que contemplara
mayores beneficios con el objeto de facilitar el acceso a la propiedad de
la tierra.6 El Programa aprobado en el Primer Congreso partidario se
orientaba en este sentido.7 Por el contrario, otros referentes entendían
que existía una tendencia inexorable hacia la concentración de la pro-
piedad territorial, descartaban la posibilidad de alentar la consolidación
de pequeñas unidades productivas, consideraban “utópica” la postura
“campesinista” y bregaban por la socialización de la tierra y las máqui-

4. La Internacional, 16 de febrero de 1918, p. 8. La Liga Agraria, conformada por


pequeños y medianos agricultores, había protagonizado una masiva y resonante
protesta en La Pampa a inicios de 1919 (Martocci, 2018, p. 158).
5. La Internacional, 1 de mayo de 1918, p. 16; La Internacional, 8 de abril de 1918, p. 2.
6. La Internacional, 25 de junio de 1918, p. 7.
7. La Internacional, 15 de julio de 1918, p. 7.
20 ARCHIVOS, año XI, nº 21, septiembre de 2022-febrero de 2023: 15-35

nas que se materializaría en la conformación de grandes explotaciones


colectivas.8 A partir de una crítica mordaz a la pequeña propiedad, estos
sectores consideraban que la política hacia los pequeños y medianos
agricultores debía limitarse a convencerlos de las bondades futuras que
tendrían por luchar junto al proletariado y apoyar sus reclamos.9 Así, el
problema quedaba planteado: o se tendía a organizar a los chacareros
y se retomaban sus problemáticas o se secundarizaba dicho trabajo
político porque ese sector tendería a proletarizarse.
A pesar de carecer de una orientación precisa que alumbrara el
recorrido, militantes de diversas provincias pampeanas encararon las
primeras iniciativas para organizar a los asalariados rurales y a los
pequeños y medianos agricultores.10
En Santa Fe lograron extender su influencia en diversas localidades
del centro y sur, epicentros de la expansión agrícola. Allí conformaron
núcleos partidarios donde tuvieron activa participación dirigentes sindi-
cales y obreros rurales. Particularmente en Casilda, Cañada de Gómez
y zonas aledañas, con la colaboración de los ferroviarios comunistas,
pudieron agremiar a los jornaleros e iniciar reclamos por mejoras la-
borales.11 En estos conflictos, al igual que en la política impulsada por
Boglich desde la conducción de la FAA, se abogaba por la confluencia
entre obreros rurales y chacareros, tal como quedó evidenciado en la
firma del acuerdo de ayuda mutua y cooperación que se estableció en-
tre la FAA y la Federación Obrera Regional Argentina del IX Congreso
en junio de 1920.12 Aunque en teoría el PSI impulsaba la unidad entre
obreros y campesinos a imagen y semejanza de lo sucedido en la Revo-
lución Rusa, la línea que predominó en la conducción no acompañó este
tipo de iniciativas.13 Consideraban a los “colonos o chacareros” como

8. La Internacional, 20 de septiembre de 1918, p. 5. Retomaban, así, la tesis de La-


llemant sobre el problema agrario, de fines del siglo XIX.
9. La Internacional, 8 de noviembre de 1919, p. 3; La Internacional, 24 de julio de
1920, p. 3. Osvaldo Graciano refiere a esta problemática (Graciano, 2008, p. 390).
10. La Internacional, 7 de agosto de 1920, p. 2.
11. Los ferroviarios tenían asiduo contacto con los jornaleros que se desplazaban y
pernoctaban en los vagones así como con los carreros que transportaban los granos
desde las chacras hasta las estaciones de ferrocarril (Lozza, 1985, pp. 191-199).
12. La Internacional, 18 de diciembre de 1920, pp. 3 y 4. Sobre la posición de Boglich
y sus debates en el seno de la FAA y del PC: La Tierra, 20 de febrero de 1920, p. 3;
La Tierra, 5 de marzo de 1920, p. 6; La Internacional, 28 de agosto de 1920, p. 3; La
Internacional, 28 de noviembre de 1920, p. 3. La FORA IX era la central sindical con
mayor influencia de la época y estaba dirigida por la corriente sindicalista. Sobre el
acuerdo de ayuda mutua, consultar Volkind (2009).
13. La Internacional, 11 de diciembre de 1920, p. 4; La Internacional, 19 de febrero
de 1921, p. 4. Paradójicamente, tanto en el Esbozo de historia del Partido Comunista
P. Volkind - El Partido Comunista entre obreros rurales y chacareros 21

sectores antagónicos a los trabajadores e impulsaban la creación de


nuevas instancias organizativas que no tuviesen un “carácter pequeño
burgués” como la FAA.
En Córdoba, aprovechando el terreno abonado por los conflictos ru-
rales que se desplegaron en esos años, los comunistas organizaron giras
y actos de propaganda.14 En ese clima de agitación algunos dirigentes
anarquistas, que habían impulsado la agremiación de los jornaleros
rurales en distintos distritos del sur provincial, se sumaron al PC. Des-
de allí, continuaron con sus tares de agitación y sindicalización de los
obreros agrícolas (Mastrángelo, 2011, p. 59).15 Incluso llegaron a dirigir
la Unión Obrera Provincial que tuvo un papel relevante en la dirección
de las protestas que se extendieron hasta 1921. También en el Territorio
Nacional de La Pampa participaron del conflicto protagonizado por los
estibadores en Jacinto Arauz.16
En Buenos Aires, los comunistas lograron consolidar núcleos de
afiliados en algunos distritos del norte de la provincia. Particular in-
fluencia alcanzaron en la localidad de Lincoln, donde pudieron organizar
un centro partidario y lograron el temprano reconocimiento de otras
corrientes sindicales.17 También se destacó la incidencia del PC en el
distrito de Rojas, donde a inicios de 1921 unos 30 militantes crearon
el centro partidario. Desde allí, alentaron las luchas del Sindicato de
Estibadores, participaron de un conflicto escasamente visibilizado: el de
peones ganaderos que protestaban frente a la reducción de sus salarios
e impulsaron la conformación de una Federación Obrera Local, liderada
por el comunista Alberto De Nigris.18
Así, entre debates, iniciativas y experiencias, los comunistas transita-

así como José María García en sus relatos sobre este episodio señalan la importancia
que tuvo el papel del Partido Comunista en este acuerdo y lo destacan como un hecho
relevante que daba cuenta de la línea política que impulsaba la organización en las
zonas rurales (Comisión del Comité Central del PC, 1948, p. 38; García, 1987, p.83).
En cuanto al recorrido de José Boglich, es posible que este episodio haya incidido
en su progresivo alejamiento del Partido Comunista. En el IV Congreso partidario
celebrado en enero de 1920 no asistió como delegado de Santa Fe.
14. La Internacional, 7 de agosto de 1920, p. 2.
15. La Internacional, 22 de mayo de 1920, p. 2; La Internacional, 22 de agosto de
1920, p. 2; La Internacional, 18 de diciembre de 1920, p. 1.
16. La Internacional, 2-3 de enero de 1922, p. 3.
17. La Internacional, 30 de octubre de 1920, p. 4; La Organización Obrera, 22 de
junio de 1918, p. 1.
18. La Internacional, 11 de febrero de 1922, p. 4; La Internacional, 17 de febrero de
1922, p. 3; La Internacional, 22 de febrero de 1922, p. 3; La Internacional, 19 de
marzo de 1921, p. 3; La Internacional, 2 de julio de 1921, p. 4; La Internacional, 1 de
marzo de 1922, p. 4; La Internacional, 7 de marzo de 1922, p. 3; La Internacional, 8
22 ARCHIVOS, año XI, nº 21, septiembre de 2022-febrero de 2023: 15-35

ron sus primeros años de existencia. Al calor del crecimiento en el ámbito


rural, se fueron delineando diversas posturas en torno a la “cuestión
agraria”. En el III Congreso del PSI, que se realizó en abril de 1920, se
ratificó la orientación que predominaba hasta entonces: propagandizar
las ideas comunistas entre los trabajadores del campo e impulsar la
constitución de organizaciones que agruparan a los pequeños producto-
res empobrecidos. Ese mismo año, el partido realizó su Primer Congreso
Extraordinario donde se aprobaron las 21 condiciones que requería la
Internacional Comunista (IC) para poder integrar esa organización.19
La quinta exigencia estipulada por la IC refería a la elaboración de un
programa de acción específico para el ámbito agrario. La dirección local
buscó avanzar en la tarea de definir dicha orientación inaugurando
una dinámica donde las orientaciones emanadas por la Internacional
tallarían en las definiciones del recientemente bautizado PC.

Sembrar en terreno árido: la construcción partidaria ante el retroceso de la


conflictividad

A inicios de 1922 se evidenció un marcado retroceso de las protestas


y la actividad sindical debido, entre otros factores, al incremento de la
represión estatal y paraestatal, una intensa disputa en el seno de las
corrientes gremiales en torno a la política interna y a los alineamientos
internacionales, la lenta incorporación de maquinaria agrícola que re-
emplazaba mano de obra y la recuperación de los flujos de inmigrantes
que incidieron en la oferta de fuerza de trabajo rural. La recuperación
de los precios agrícolas, las modificaciones en la carta orgánica del
Banco Hipotecario –que facilitaba el acceso a la compra de una parcela
de tierra–, la aprobación de la Ley de Arrendamientos y las conquistas
laborales que consiguieron un porcentaje de los obreros rurales de la
región pampeana, como fruto de la lucha en los años previos, fueron
otros de los elementos que incidieron en la situación. Por último, también
es preciso contemplar el clima político que se generó en torno a la elec-
ción del sucesor de Yrigoyen. Se cerraba así una etapa del movimiento
obrero y de los asalariados rurales en particular, caracterizado por un
ciclo de protestas que se extendió en el tiempo y en el espacio y que
dejó huellas profundas en diversas localidades de la región pampeana.
Frente a este nuevo escenario, los comunistas se toparon con un
clima menos favorable para la construcción partidaria en los ámbitos
rurales. Las orientaciones emanadas desde la IC enfatizaban sobre la

de marzo de 1922, p. 3; La Internacional, 15 de mayo de 1922, p. 4; La Internacional,


21 de mayo de 1922, p. 4.
19. La Internacional, 11 de diciembre de 1920, p. 3.
P. Volkind - El Partido Comunista entre obreros rurales y chacareros 23

centralidad del problema agrario en los países latinoamericanos y la


imperiosa necesidad de organizar a los obreros agrícolas y a los “cam-
pesinos pobres” a quienes el PC debía ganar con un “programa práctico”
y no con “fórmulas y teorías abstractas”.20 Los contrapuntos en el seno
del partido se agudizaron. Algunos dirigentes nacionales responsabili-
zaron a los militantes del “interior” por la despareja influencia, aunque
en su balance no contemplaron el efecto de las dispares orientaciones
que coexistían en el seno de la organización.21 Otros referentes, por el
contrario, jerarquizaron el trabajo realizado por los núcleos provincia-
les y la incidencia que habían logrado en diversos distritos cordobeses,
santafesinos, bonaerenses y mendocinos.22
Una de las propuestas que evidenció la relevancia de estas iniciati-
vas locales así como la existencia de diversas posiciones internas fue
la conformación de la Sociedad de Agricultores Unidos en el distrito
de Rojas. En abierta competencia con la filial de la FAA, que reunía
a chacareros que en diverso grado y medida demandaban jornaleros
para las cosechas, se propusieron agrupar a los pequeños productores
rurales que no contrataban asalariados.23 Esta política estaba en línea
con la orientación que predominaba en la dirección del PC: una enérgica
crítica hacia la FAA, a la que consideraban representante de los inte-
reses de la pequeña y mediana burguesía agraria, y en particular a su
presidente, Esteban Piacenza, que era un agricultor acomodado dueño
de su parcela.24 Coherente con esta concepción, desde las páginas de
La Internacional, criticaron las expectativas que habían depositado los
chacareros y las diversas fuerzas políticas reformistas en la sanción
de la primera Ley de Arrendamiento en 1921, a pesar de que diversos
agrupamientos de productores, orientados por los comunistas, exigían
y reclamaban por el cumplimiento de la nueva legislación.25

20. La Internacional, 25 de junio de 1921, p. 1.


21. La Internacional, 5 de enero de 1922, p. 4; La Internacional, 22 de enero de 1922,
p. 3.
22. La Internacional, 2 de marzo de 1922, p. 2; La Internacional, 5 de marzo de 1922,
p. 3; La Internacional, 8 de marzo de 1922, p. 3; La Internacional, 8 de julio de 1922,
p. 3; La Internacional, 8-9 de enero de 1923, p. 3; La Internacional, 12 de enero de
1923, p. 4; La Internacional, 17 de marzo de 1923, p. 2.
23. La Internacional, 18 de marzo de 1923, p. 3; La Internacional, 23 de junio de 1922,
p. 4; La Internacional, 24 de junio de 1922, p. 4; La Internacional, 8 de julio de 1922,
p. 1; La Internacional, 9 de julio de 1922, p. 2.
24. La Internacional, 18 de diciembre de 1920; La Internacional, 28 de enero de 1922,
p. 3; La Internacional, 30-31 de enero de 1922, pp. 1-2; La Internacional, 13 de enero
de 1923, p. 3; La Internacional, 19-20 de febrero de 1923, p. 3; La Internacional, 18
de marzo de 1923, p. 4; La Internacional, 23-24 de julio de 1923, p. 3.
25. Inclusive, llegaron a enviar una carta al presidente de la Nación exigiendo el cum-
24 ARCHIVOS, año XI, nº 21, septiembre de 2022-febrero de 2023: 15-35

Las discusiones dentro de la organización se desplegaron a lo largo


de todo el año y hacía fines de 1922 cristalizaron en una extensa serie
de notas tituladas “La cuestión agraria en Argentina”. A través de estas,
Pedro Romo pretendía precisar las características de la explotación agro-
pecuaria nacional y la estructura social agraria, con el objetivo de definir
quiénes eran los “amigos” y quienes los “enemigos” de la revolución.
En dichos artículos, Romo reafirmaba que la agricultura revestía los
caracteres de una explotación industrial que tendía a la concentración
de la propiedad y la producción con la consecuente desaparición de los
pequeños productores.26 Por lo tanto, no resultaba una tarea priorita-
ria organizar a los “campesinos pampeanos” dado que el desarrollo de
las fuerzas productivas tendería a su proletarización y los obligaría a
luchar por la revolución.27 La mayoría de los cuadros de conducción
criticaban como reformista la propuesta de impulsar la subdivisión de
la tierra y su entrega en propiedad como forma de “ganar” a los pro-
ductores. Consideraban que esa consigna resultaba “esencialmente
contrarrevolucionaria” porque tras la entrega de parcelas, los campe-
sinos se “alejarían” de la alianza con el proletariado, este se debilitaría
y se perpetuaría la dominación burguesa.28 Con una perspectiva muy
diferente, los militantes de diversas provincias y localidades enviaban
al periódico breves referencias sobre las condiciones de vida y trabajo
de agricultores y obreros y denunciaban las arbitrariedades de los te-
rratenientes que imponían contratos de arrendamientos “leoninos” y
amenazaban con desalojos.29
En este contexto partidario, las orientaciones de la Internacional
Comunista tensionaron las posiciones de un sector relevante de la
dirección. Estos contrapuntos también se ventilaron a través del perió-
dico donde se publicaron diversos artículos que enfatizaban el carácter
reaccionario del latifundio como una de las principales características
del régimen agrario de la Argentina. Alejados de las definiciones de
Romo, se afirmaba que era una necesidad “trabajar en los centros
campesinos abarcando cuidadosamente a los medio-campesinos que,
siendo pequeño burgueses por su mentalidad, son explotados por su

plimiento de la Ley de Arrendamiento recientemente sancionada. La Internacional,


13-14 de febrero de 1922, p. 2; La Internacional, 27-28 de marzo de 1922, p. 2; La
Internacional, 7 de abril de 1922, p. 3; La Internacional, 12 de noviembre de 1922, p.
3; La Internacional, 27-28 de marzo de 1922, p. 1.
26. La Internacional, 1 de diciembre de 1922, p. 2.
27. La Internacional, 6-7 de noviembre de 1922; La Internacional, 11 de noviembre
de 1922, p. 3; La Internacional, 6 de diciembre de 1922, p. 3.
28. La Internacional, 7 de marzo de 1923, p. 2.
29. La Internacional, 17 de marzo de 1923, p. 2.
P. Volkind - El Partido Comunista entre obreros rurales y chacareros 25

situación económica”. Esta definición jerarquizaba la relevancia de


militar entre los colonos arrendatarios oprimidos por los terratenientes
y condenados a una vida mísera aunque estos ansiaran convertirse en
pequeño-burgueses. Por eso, el partido debía “infiltrarse” en las capas
campesinas y orientarlos hacia la unidad con el proletariado rural.30
El problema era que en estas latitudes prácticamente no existía ese
clásico campesinado de autosubsistencia cuyo grupo familiar apenas
sobrevivía a partir del cultivo de una o dos hectáreas. Por el contrario,
predominaban heterogéneos estratos de agricultores; los chacareros,
que realizaban trabajo directo sobre la tierra, poseían diversos grados
de capitalización, producían bienes de exportación y contrataban asa-
lariados fundamentalmente para la cosecha.31 Estos sujetos, a su vez,
sufrían las imposiciones de los grandes propietarios, las empresas de
transporte y las exportadoras de granos. Afinar su caracterización y
definir con qué política se los abordaría se transformó en uno de los
principales debates con relación a la “cuestión agrícola” en la región
pampeana. En ese contexto, se constituyeron nuevos agrupamientos
de colonos, donde tuvieron un papel protagónico destacados militantes
comunistas como Columbich.32
Incrementar la influencia entre los obreros agrícolas también era
una preocupación de otro sector de la dirección del PC. Organizar a un
contingente de 200.000 jornaleros y jornaleras constituía un desafío
relevante. Los militantes que vivían en las pequeñas ciudades y pueblos
rurales concentraron esfuerzos y energías en sindicalizar a estos brace-
ros, carreros y estibadores que arribaban desde distintas latitudes en los
meses de noviembre y diciembre. La tarea no resultaba sencilla, había
que superar una serie de obstáculos propios de la producción agraria que
se derivaban de la estacionalidad de las labores, la escasa concentración
por unidad productiva, la movilidad espacial a lo largo de una misma
cosecha y las disímiles tradiciones, trayectorias y culturas que portaban
esos jornaleros. A su vez, resultaba muy complejo sostener una huelga
durante varias semanas dado que la recolección de los granos debía
realizarse en un período relativamente breve para que el cultivo no se
deteriore. Así de breve también solía ser la vida de los sindicatos que se
conformaban para unificar los reclamos. Desde la conducción nacional,
fue José Penelón quien, en los primeros meses de 1923, inició una gira
de propaganda que incluyó una conferencia en Firmat y otra en Casilda,
“bajo los auspicios del Sindicato de Oficios Varios” que agrupaba a los

30. La Internacional, 29 de marzo de 1923, p. 1.


31. Sobre este debate consutar Azcuy Ameghino (2021).
32. La Internacional, 31 de marzo de 1923, p. 2.
26 ARCHIVOS, año XI, nº 21, septiembre de 2022-febrero de 2023: 15-35

asalariados rurales.33 Estas iniciativas estuvieron acompañadas por la


radicación de militantes formados en diversas localidades provinciales,
así como por el accionar de trabajadores ferroviarios que tenían asiduo
contacto con los obreros de diversos distritos.
Esta política de difusión y organización estaba en sintonía con los
lineamientos fundamentales del documento “Bases para un Proyecto
de programa de reivindicaciones inmediatas”, que presentó la mayo-
ría del Comité Central del PC el 22 de julio de 1923, encabezada por
Penelón. En esta propuesta, que sería derrotada en el V Congreso por
144 votos a 86, se reconocía que la cuestión agraria exigía un estudio
que el partido no estaba aún en condiciones de hacer y que hasta el
momento habían logrado una escasa influencia en el ámbito rural. En
el Proyecto se afirmaba la necesidad de neutralizar al campesinado
como clase, aunque se proponía incidir sobre las capas más oprimidas
de agricultores (Vargas, 1999, p. 179).
Estos balances y contrapuntos internos sobre la “cuestión agraria”,
se prolongaron a lo largo de 1924 y estuvieron asociados con los debates
en torno al Programa de reivindicaciones inmediatas y el papel de la
violencia en la lucha revolucionaria. Aquí se sintetizaba el conflicto entre
posiciones que se acusaban de reformistas.34 La lucha de líneas recorrió
al conjunto de la organización y se evidenció con claridad en el VI Con-
greso realizado en 1924 donde el sector que bregaba por la aprobación
de un Programa de Reivindicaciones Mínimas (encabezado por Penelón,
Ghioldi, Codovilla), perdió la votación. El otro sector, caracterizado
por ellos como izquierdista, logro imponer su mayoría.35 Frente a esta
situación, Codovilla viajó a Moscú y consiguió que el Comité Ejecutivo
de la Internacional remitiera una carta al PC argentino que respaldaba
sus argumentos. Así se cerró un período de reacomodamientos internos
que inauguró un nuevo momento.

Orientaciones más precisas y avances en el campo agrario

En los inicios de 1925 comenzó a evidenciarse cierta recuperación de


la organización sindical y la conflictividad rural en Santa Fe, Córdoba
y el Territorio de La Pampa. Anarquistas, comunistas y sindicalistas
emprendieron una persistente actividad para revertir el empeoramiento
de las condiciones de vida y trabajo de obreros y agricultores.
En abril de ese año el Comité Ejecutivo de la IC envió una carta
abierta al PC en donde criticaba, entre otros aspectos, la inexistencia de

33. La Internacional, 18 de marzo de 1923, p. 3.


34. La Internacional, 22 de noviembre de 1924, p. 3.
35. Sobre estas disputas internas consultar Camarero (2007, pp. XXVI-XXVII).
P. Volkind - El Partido Comunista entre obreros rurales y chacareros 27

un verdadero programa de acción para incrementar la influencia en el


agro. Reclamaba mayor atención al problema agrario, a las condiciones
laborales de los obreros agrícolas, al peso del latifundio y a la organi-
zación de los campesinos. Los dirigentes de la Internacional entendían
que el principal problema radicaba en el predominio del arrendamiento
y enfatizaban la importancia de dirigir a la masa campesina y al pro-
letariado rural si pretendían avanzar hacia la revolución. Ello requería
comprender su situación particular de existencia, elaborar un plan
de trabajo y liderar sus conflictos.36 Este giro formaba parte de una
transformación más ambiciosa que implicaba la estrategia de “proleta-
rización” y organización celular que tenía como objetivo “bolchevizar al
partido, es decir, ponerlo bajo los cánones políticos y organizativos de
la Comintern” (Camarero, 2007, p. 3).
Luego de la misiva de la Internacional se intensificó el debate interno
en torno al tratamiento de los asalariados rurales y los agricultores de
diversas regiones del país.37 En el trabajo desplegado por los organis-
mos partidarios se evidenciaba que sus iniciativas integraban de modo
particular las orientaciones de la conducción nacional y sus propias
concepciones forjadas a la luz de la experiencia concreta. En Alcorta, el
centro dirigido por Columbich alcanzó un significativo reconocimiento y,
en medio de un conflicto por el desalojo de arrendatarios, se acercó a la
seccional de la FAA. Este dirigente consideraba que era posible disputar
la dirección de dicha entidad e imprimir otra orientación a sus reclamos.
Así lo hizo en su localidad y logró imponer una posición más combativa
que reivindicaba el acceso a la propiedad de la tierra (Menotti, 2021).
También en Córdoba se evidenció una creciente influencia de los
comunistas. Los dirigentes locales desplegaron una táctica electoral
basada en la conformación de un Block de obreros y campesinos que les
permitió difundir sus concepciones y acumular fuerzas (Ascolani, 2009,
pp. 196-197).38 El primer resultado fue la elección del dirigente Miguel
Burga como diputado provincial en 1924. Al año siguiente, de cara a
los comicios en varios distritos y pueblos rurales, repitieron la fórmula
y lograron conquistar concejales en algunas localidades (Mastrángelo,
2011). Esta política cristalizaría, tres años más adelante, en el triunfo
de José Olmedo (peón rural) a la intendencia de Cañada Verde.
Al calor de estas experiencias y de cara al VII Congreso del PC de
1925, las discusiones sobre las formas de aproximación a la revolución
y el carácter del país se agudizaron. El sector liderado por Angélica

36. La Internacional, 4 de abril de 1925, p. 2.


37. La Internacional, 30 de mayo de 1925, p. 2; La Internacional, 4 de julio de 1925,
p. 2; La Internacional, 15 de noviembre de 1925, pp. 1 y 2.
38. La Internacional, 22 de noviembre de 1925, p. 1.
28 ARCHIVOS, año XI, nº 21, septiembre de 2022-febrero de 2023: 15-35

Mendoza, Miguel Contreras y Cayetano Oriolo, denominado por sus opo-


nentes como “izquierdista”, criticó la línea dominante por no contemplar
la penetración imperialista ni la influencia de la Bolsa de Granos y el
Mercado a término como parte de las problemáticas rurales. También
se distanciaron de la caracterización sobre la cuestión agraria y recla-
maron por la falta de iniciativas para avanzar en la distribución de la
propiedad y la organización de los obreros agrícolas.39 La respuesta no
se hizo esperar, Codovilla arremetió contra este sector a través de una
serie de notas en La Internacional.40 El sector que encabezaba, junto a
Ghioldi y Penelón, logró imponerse sobre el “ala izquierda” y pasaron a
controlar la conducción real bendecidos por las resoluciones de la IC.
Luego, para evitar futuros cimbronazos, “procedieron a la expulsión de
los derrotados” (Camarero y Ceruso, 2020, p. 38). Sin embargo, dos años
después el partido nuevamente se conmovió ante un conflicto interno
encabezado por un sector organizado en torno a Penelón. Las tensiones
derivaron en el alejamiento, en algunos casos temporario, de referentes
y dirigentes muy reconocidos en los espacios rurales.41 Entre ellos, Flo-
rindo Moretti, quien había tenido un papel relevante en la construcción
del comunismo en Santa Fe (Lozza, 1985).
A pesar de las disputas internas y del impacto de las expulsiones en
algunas zonas del sur de Santa Fe y Córdoba, durante la segunda mitad
de la década de 1920 el partido extendió su influencia entre obreros y
chacareros de diversas localidades bonaerenses, cordobesas, pampea-
nas y santafesinas (Ascolani, 2009, p. 197; Camarero, 2007, p. XXVIII).
Esta aparente relación inversa entre fuerza orgánica e incidencia entre
los trabajadores rurales podría explicarse, entre otros factores, por el
esfuerzo de sus afiliados, por el ingreso a las filas comunistas de mili-
tantes provenientes del anarquismo que poseían una vasta experiencia
en el terreno agrario y por orientaciones y caracterizaciones políticas un
poco más precisas que allanaron el camino.42 En este proceso, retoman-
do una práctica desplegada con anterioridad por ácratas y socialistas,
también lograron difundir sus ideas a través de la creación de escuelas
informales, bibliotecas y lugares de reunión en los pueblos rurales
(Mastrángelo, 2011, p. 59).

39. “Informe Oriolo-Mendoza. «La disputa por la legitimidad después de la Carta


Abierta»”. Le agradezco a Mercedes López Cantera el haberme facilitado este docu-
mento tan valioso.
40. La Internacional, 1 de octubre de 1925, p. 2; La Internacional, 27 de octubre de
1925, p. 2.
41. Sobre las rupturas en el seno del PC consultar Ceruso (2014) y Piemonte (2015).
42. Como el caso de Marcos Kaner relatada en Lozza (1995, pp. 199, 200 y 242).
Adrián Ascolani también refiere este fenómeno (Ascolani, 2009).
P. Volkind - El Partido Comunista entre obreros rurales y chacareros 29

Hacia fines de 1926, ante los primeros indicios de estancamiento


económico mundial y el descenso de las cotizaciones del trigo, algunos
dirigentes pudieron percibir que se avecinaba una crisis agraria pro-
funda. Antonio Columbich, en una lúcida intervención, vaticinó que
el período de cierta prosperidad –entre 1918 y 1925– había finalizado.
Ahora, se debía elaborar un programa de reivindicaciones para dirigir
la lucha de los agricultores arrendatarios pobres e impulsar la confor-
mación de blocks de obreros y campesinos con espíritu clasista.43 Sin
embargo, a pesar de la experiencia relativamente exitosa que había
cosechado esta política en la provincia de Córdoba, la táctica se replicó
en muy pocos distritos. En esta decisión puede haber incidido el hecho
de que los referentes de la “línea” cordobesa habían manifestado fuertes
contrapuntos con las posiciones de la dirección y fueron separados de
la organización, tal como sucedió con Miguel Contreras.44 Desde la con-
ducción del PC se alentó la formación de Ligas campesinas que debían
articular y representar, en un único organismo, los reclamos de dos
clases recorridas por diversas contradicciones: obreros y chacareros.45
Retomando las tesis del PC de Uruguay, afirmaban que esta organización
conjunta resultaba conveniente

para evitar que las capas semiproletarias (pequeños propie-


tarios, arrendatarios, etc.), obligados por sus necesidades,
utilicen su propia organización no sólo para la lucha contra
la burguesía, sino también para oponerla a las reivindicacio-
nes del asalariado agrícola. La organización y la lucha deberá
tender, pues, a demostrar que el interés común de todas las
capas del campesinado consiste en la lucha conjunta contra
la burguesía, representada por los grandes terratenientes,
los bancos, las empresas de transporte, los especuladores, el
Estado burgués, etc.46

En esta propuesta se evidenciaba la incidencia de las reiteradas misi-


vas de la IC en torno a la política agraria. Pedro Romo y otros dirigentes,
retomaron aspectos que habían sido jerarquizados por los recientemente
expulsados y comenzaron a integrar la “cuestión agraria” con el problema

43. La Internacional, 1 de junio de 1926, p. 1; La Internacional, 2 de junio de 1926,


p. 1; La Internacional, 18 de agosto de 1926, p. 3.
44. Miguel contreras ya había manifestado dichas diferencias en el “Informe del de-
legado del Partido Comunista, Miguel Contreras, al Vº Congreso de la IC, junio-julio
1924” (Campione, López Cantera y Maier, 2007, pp. 159-162).
45. La Correspondencia Sudamericana, nº 29, 1927, p. 15.
46. La Internacional, 18 de febrero de 1928, p. 2.
30 ARCHIVOS, año XI, nº 21, septiembre de 2022-febrero de 2023: 15-35

de la dependencia y el imperialismo, lo que implicaba definir las tácticas


de aproximación a la revolución y el papel que tendría el campesinado
en dicho proceso. Dichos agricultores ya no fueron caracterizados como
un instrumento del capital sino como potenciales y valiosos aliados si se
los abordaba correctamente.47 A su vez, la propuesta se fundaba en la
caracterización de los terratenientes como fracción de la burguesía, y de
los asalariados rurales como una capa del campesinado. Secundarizaba
el hecho de que los obreros garantizaban su reproducción a partir de
la venta de su fuerza de trabajo y los agricultores, a través de la apro-
piación de un porcentaje de los frutos cosechados en una parcela de
tierra. Esta diferencia, a su vez, incidía en los pliegos de reivindicaciones
y en las particularidades de los organismos gremiales de cada clase.48
En los inicios de 1928, frente a los cambios operados en los procesos
de trabajo agrícola y la caída de los precios en el mercado mundial, se
multiplicaron los conflictos protagonizados por los obreros agrícolas en
el sur santafesino (Sartelli, 2022; Ascolani, 2009). Un sector minoritario
de la dirección partidaria se hizo eco de estos movimientos. En diversas
localidades buscaron unificar el pliego de reivindicaciones de los peo-
nes contratados para la cosecha y la trilla.49 En ese proceso, lograron
extender la influencia comunista y reflejarlo en el plano organizativo.
Tal fue el caso de Columbich que, junto a José Vicent, conformaron el
sindicato de Oficios Varios de Alcorta y otros gremios en distintos pue-
blos cordobeses (Menotti, 2021). También se evidenció un incremento
de las protestas de los pequeños y medianos chacareros que reclamaban
contra el aumento de los arrendamientos y de las tarifas ferroviarias así
como en el número de centros comunistas que se constituyeron en las
zonas vinculadas a la producción agropecuaria.50
En este nuevo contexto, se reavivaron los contrapuntos en torno a la
caracterización de los agricultores y a la táctica que debía desplegar el
partido: disputar la conducción de la FAA o avanzar en la conformación
de Ligas y Blocks.51 El porcentaje mayoritario de la dirección consideraba

47. La Correspondencia Sudamericana, nº 1, 1926, p. 23.


48. Estas definiciones retomaban la caracterización del Partido Socialista en relación
a los terratenientes y se distanciaba del análisis de Lenin sobre la estructura social
agraria: “Primer esbozo de las tesis sobre el problema agrario”, tesis para el II congreso
de la Internacional Comunista, publicado en el nº 12 de la revista La Internacional
Comunista, el 20 de julio de 1920.
49. La Internacional, 27 de octubre de 1928, p. 3. Lamentablemente desconocemos
el resultado de dichos conflictos.
50. La Tierra, 10 de abril de 1928, p. 4; La Tierra, 18 de abril de 1928, p. 8; La Tierra,
29 de mayo de 1928, p. 1.
51. La Internacional, 4 de marzo de 1928, p. 2; La Internacional, 11 de marzo de 1928,
P. Volkind - El Partido Comunista entre obreros rurales y chacareros 31

que la FAA representaba a la pequeña burguesía agraria y a un sector


del empresariado rural, por eso impulsaron formas organizativas alter-
nativas que agruparan a los pequeños agricultores. En cambio, otros
dirigentes ligados a los espacios rurales entendían que dicha federación
nucleaba a un universo heterogéneo de productores y que se debía dar
la batalla dentro de la principal entidad chacarera del país.
Estos debates internos cobraron mayor intensidad de cara al VIII
Congreso a realizarse en 1928. Tras una década de existencia, un sector
de la conducción partidaria, muy alineado con las orientaciones de la IC,
entendía que resultaba imperioso precisar un programa de acción más
claro sobre la “cuestión agraria y campesina”. En una reunión realizada
en Moscú, Codovilla presentó un escrito que ubicaba al latifundio como
el problema fundamental de la Argentina, reconocía que el porcentaje
mayoritario de los agricultores pampeanos eran arrendatarios y se au-
tocriticaba por no incluir en el programa del PC ninguna referencia al
tema de la tierra. Consideraba que la propuesta de Romo de conformar
Ligas Agrarias no facilitaba la adhesión de los agricultores a la causa
revolucionaria y que, si bien la resolución del problema agrario no sería
posible sin la revolución, de lo que se trataba, decía, era de agitar en
el campo la consigna de la tierra para quien la trabaja. No avizoraba
un proceso inevitable de concentración y argumentaba que no había
que temer la creación de la pequeña propiedad como táctica política.
En el mismo documento, Codovilla ponderaba positivamente el papel
de las cooperativas agrarias que se agrupaban en la FAA y señalaba
los conflictos que tenían con el capital extranjero que monopolizaba la
exportación de granos. Por esa razón, el partido debía trabajar dentro
de dichas cooperativas para organizar la resistencia contra los trust y
los terratenientes. También reconocía que existía un retraso significativo
en la inserción entre los obreros agrícolas y los “campesinos”. A su vez,
planteaba organizar a los asalariados rurales en forma separada a los
agricultores ya que se oponía a integrar en la misma entidad a clases
sociales con intereses diferentes (Vargas, 1999, pp. 404-405). Estas
posiciones fueron respaldadas por el Presidium del Comité Ejecutivo
de la IC en un contexto caracterizado por las polémicas en torno a los
resultados poco alentadores de la táctica desplegada hacia el Kuomin-
tang y al balance de la experiencia del PC chino.52
Las Tesis aprobadas en el VIII Congreso evidenciaron el predominio
de la línea que impulsaba Codovilla. Se incorporó el problema de la tierra

p. 4; La Internacional, 18 de marzo de 1928, p. 4; La Internacional, 31 de marzo de


1928, p. 2; La Internacional, 7 de abril de 1928, p. 2.
52. La Internacional, 26 de mayo de 1928, p. 3; La Internacional, 20 de octubre de
1928, p. 3; La Internacional, 3 de noviembre de 1928, p. 2.
32 ARCHIVOS, año XI, nº 21, septiembre de 2022-febrero de 2023: 15-35

y la lucha por la entrega de pequeñas parcelas, se precisó la necesidad


de organizar a obreros y chachareros en agrupamientos diferentes y se
definió que la tarea consistía en lograr la confluencia de asalariados
rurales y chacareros contra terratenientes, empresas de transporte, el
comercio usurero y los monopolios imperialistas.53 Esta reorientación
política fue apuntalada por la Internacional Comunista. Así, las Tesis
implicaron un cambio significativo en cuanto a las definiciones partida-
rias, aunque no cerró el debate en torno a la “cuestión agraria”.
De forma casi inmediata, la nueva orientación se materializó en la
localidad santafesina de Arteaga. Allí el PC tenía una extendida influencia
e impulsó un pliego de condiciones para el corte y trilla de la cosecha
1928-1929 que contemplaba los reclamos de los chacareros y de los
obreros, en un intento por acercar posiciones y avanzar en una política
común.54 La posibilidad de efectivizar estos acuerdos resultó sinuosa
dado que en algunos distritos los agricultores aceptaron las exigencias de
los asalariados mientras que, en otros, las resistieron. Simultáneamente,
los comunistas iniciaron campañas de propaganda y organización de los
jornaleros que resultaron en la creación de dos federaciones comarcales.
Éstas abarcaron un espacio que se extendió por Santa Fe y Córdoba y
lograron agrupar, según las estimaciones partidarias, a unos 30.000
trabajadores.55 Así, en un contexto caracterizado por la reactivación
de la lucha agraria, se podía reconocer un giro en la política partidaria
cuyos resultados se evidenciarían durante la década de 1930.

Balance de una década agitada

Durante su primera década de existencia, la inserción del Partido


Comunista en los espacios rurales resultó despareja. Los alcances que
se evidenciaron en este período se explican, fundamentalmente, por
los esfuerzos, conocimientos y prácticas que desplegaron los afiliados
de diversas localidades que, en algunos casos, lograron una influencia
significativa entre obreros rurales y agricultores. Dirigentes de la talla
de Boglich, Contreras, Columbich, De Nigris o Buira jugaron un papel
destacado en el crecimiento orgánico evidenciado en Santa Fe, Córdoba,
el norte bonaerense o La Pampa. Allí conformaron Sindicatos de Oficios
Varios, Blocks de obreros y campesinos, Ligas Agrarias y disputaron

53. “Por la organización sindical de los trabajadores agrícolas”. La Internacional, 10


de noviembre de 1928, p. 2.
54. La Internacional, 1 de diciembre de 1928, p. 6; La Correspondencia Sudamericana,
2ª época, nº 12, 13 y 14, pp. 26-27; La Correspondencia Sudamericana, 2ª época,
nº 15, p. 23.
55. La Correspondencia Sudamericana, 1929, 2ª época, nº 8, p. 9.
P. Volkind - El Partido Comunista entre obreros rurales y chacareros 33

la dirección de algunas filiales de la FAA. En ese derrotero, sembraron


semillas que el partido cosechó durante mucho tiempo.
Algunas de las dificultades para agremiar a los jornaleros se explican
por la propia dinámica laboral y afectaban a todas las corrientes políti-
co-sindicales: la transitoriedad de las labores, las migraciones internas
y la heterogeneidad cultural. Para todas las fuerzas de izquierda en
general y para los comunistas en particular, amalgamar estas condicio-
nes resultaba un desafío dado que no disponían de un nutrido núcleo
de militantes y su incidencia dentro del mundo laboral urbano todavía
era acotado. Además, en una proporción significativa, sus afiliados
eran agricultores que provenían del Partido Socialista y sus prácticas
cotidianas podían distanciarlos y enfrentarlos con los asalariados más
allá del grado de conciencia que hubiesen alcanzado. Así, la dinámica
propia de la producción agrícola y las dificultades para definir una
orientación política precisa desde la conducción nacional limitaron la
posibilidad de extender y consolidar la presencia del nuevo partido en
los espacios rurales. Estas dificultades se incrementaron a partir de
1922, en un contexto caracterizado por la represión y el retroceso de
la conflictividad social.
Tampoco resultó una tarea sencilla organizar al heterogéneo abanico
de chacareros donde convivían diversos estratos con distintos anhelos.
Los debates en torno a la “cuestión campesina” suscitaron marcadas
diferencias internas que se reflejaron en el terreno práctico. Para al-
gunos debía predominar una táctica “frentista”, que estimulara las
alianzas entre obreros y agricultores pobres como motor fundamental
de la revolución en nuestro país. Esta línea tuvo escasos resultados.
Para otros, por el contrario, el partido tenía que priorizar la organización
de los trabajadores asalariados rurales mientras que los agricultores
debían renunciar a sus reclamos y sumarse a la lucha del proletariado
dado que tenderían a desaparecer como producto del proceso de con-
centración y centralización del capital y la tierra. El predominio de estas
posiciones, durante los primeros años, no habría facilitado el trabajo
entre los chacareros, para quienes la entrega de parcelas en propiedad
encabezaba la lista de reclamos. Si bien existían acuerdos en torno a la
necesidad de crecer orgánicamente entre los peones rurales, tampoco
desarrollaron un trabajo sistemático sobre esta fracción de clase. Tam-
poco replicaron la exitosa experiencia cordobesa basada en conformación
de blocks obrero-campesinos, táctica que permitió incrementar el peso
político del comunismo en esa provincia. En definitiva, a la dirección
del PC, envuelta en discusiones internas e impregnada de definiciones y
caracterizaciones heredades del PS, le costó “poner los pies en el campo”.
En la segunda mitad de la década del 20, el balance sobre el creci-
miento partidario en diversas localidades rurales así como las orien-
34 ARCHIVOS, año XI, nº 21, septiembre de 2022-febrero de 2023: 15-35

taciones que emanaban desde la IC avivaron la discusión dentro de la


dirección del PC. En ese contexto, caracterizado por mayores niveles de
conflictividad social y por el crecimiento orgánico de los comunistas, se
impuso una perspectiva que ubicaba como problema fundamental la
propiedad latifundista de la tierra, se precisó la caracterización sobre
la FAA y se acordó la necesidad de organizar a obreros y campesinos en
instancias diferentes que favorecieran posteriores confluencias.
Estas posiciones se plasmaron en las resoluciones del VIII Congreso
realizado en 1928. Así el PC arribaba a una nueva caracterización de
la cuestión agraria que incidiría en un mayor despliegue e influencia
política durante la década de 1930.

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tina y la Federación Obrera Regional Argentina (IX Congreso): alcances
y límites en el marco de la conflictividad agraria de la época. Revista
Interdisciplinaria de Estudios Agrarios, 31.
Inauguración de la nueva sede del CEHTI
y la revista Archivos

El viernes 22 de julio de 2022


se realizó la inauguración de
la nueva y hermosa sede del
CEHTI y de nuestra revista,
en un espacio mucho más
amplio y cómodo que el
anterior. La ocasión sirvió para
hacer un brindis y reunirnos,
en un clima de gran alegría
compartida, con más de
un centenar de nuestros/
as amigos/as, compañeros/
as, colegas, colaboradores/as
de Archivos, referentes de las
más diversas procedencias del
mundo académico, intelectual,
social, cultural y político
de las izquierdas, de los/
as trabajadores/as, de los
feminismos, de las disidencias
sexuales, del movimiento de
derechos humanos.
Ubicada en Bartolomé Mitre
777, 1° “A”, en pleno centro de
Buenos Aires, nuestra oficina
ya está siendo empleada para
realizar numerosas actividades,
conferencias, presentaciones
de libros, cursos y talleres, y
para albergar la Biblioteca,
Hemeroteca y Archivo de
fuentes del CEHTI, que ya
reúne más de 7.000 volúmenes
y se halla a plena disposición
para la consulta pública.
ARCHIVOS
ISSN 2313-9749
ISSN en línea 2683-9601
Año XI, nº 21, pp. 37-57
de historia del movimiento obrero y la izquierda septiembre de 2022-febrero de 2023

La acción agraria del Partido Comunista de


la Argentina durante el gobierno de Arturo
Frondizi (1958-1962)
Adrián Ascolani
Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas - Universidad Nacional de Rosario - Argentina
[email protected]
ORCID: 0000-0002-2999-8391

Título: The agrarian action of the Argentine Communist Party during the gov-
ernment of Arturo Frondizi (1958-1962)

Resumen: A mediados del siglo XX, el Partido Comunista de la Argentina fue la


fuerza política que procuró generar un movimiento de masas rurales, liderando
las organizaciones sindicales y de productores agropecuarios, que actuara en un
“frente democrático, antioligárquico y antiimperialista” con otros actores sociales
para lograr una reforma agraria profunda y otros derechos específicos. En este
artículo se reconstruye ese accionar en el período 1958-1962, vinculándolo con
las políticas agrarias del gobierno de Arturo Frondizi, perjudiciales para estos
sectores, empleando fuentes diversas generadas por los actores mencionados.
Palabras clave: Partido Comunista – reforma agraria – sindicatos rurales –
agricultores

Abstract: In the middle of the 20th century, the Communist Party of Argentina
was the political force that sought to generate a rural mass movement, leading
the trade union and agricultural producers’ organizations, which would act in a
“democratic, anti-oligarchic and anti-imperialist front” with other social actors
to achieve a profound agrarian reform and other specific rights. This article

DOI: https://doi.org/10.46688/ahmoi.n21.372
Obra bajo licencia Creative Commons 4.0 International
(Atribución - NoComercial - CompartirIgual)

[ 37 ]
38 ARCHIVOS, año XI, nº 21, septiembre de 2022-febrero de 2023: 37-57

reconstructs that action in the period 1958-1962, linking it with the agrarian
policies of the government of Arturo Frondizi, harmful to these sectors, using
various sources generated by the mentioned actors.
Keywords: Communist Party – agrarian reform – rural unions – farmers

Recepción: 2 de julio de 2022. Aceptación: 15 de agosto de 2022.

***

Introducción

Durante el período 1958-1962, el Partido Comunista de la Argentina


(PC) desplegó diversas acciones en determinadas zonas agropecuarias
que permiten percibir la articulación entre la conducción nacional y los
cuadros medios de las provincias, en un clima de creciente movilización
social. Ese lapso corresponde al gobierno de la Unión Cívica Radical
Intransigente (UCRI), cuyo presidente, Arturo Frondizi, pocos meses
después de llegar al poder aplicó un plan de estabilización económica
y restringió libertades políticas y civiles, incumpliendo sus promesas
electorales.
En este artículo indagaremos la forma en que la cuestión agraria se
materializó en discursos específicos y prácticas concretas del PC, tema
que siempre tuvo un espacio en el periódico oficial del partido, Nuestra
Palabra. Surgen entonces interrogantes sobre diversas problemáticas,
entre ellas: la forma en la cual el antiimperialismo podía sostenerse
en el mundo agropecuario; las características de la acción militante
de vanguardia dentro de las organizaciones gremiales y sindicales de
productores rurales; el modo en que se manifestaba la alianza obre-
ro-campesina y su relación con la estrategia frentista “unitaria”; y las
posibilidades de trascender la ortodoxia de las estrategias dispuestas
por la dirección central a partir de las decisiones tácticas específicas o
cotidianas adecuadas en este sector productivo, que tenía problemas
estructurales y a la vez estaba supeditado a los cambios coyunturales
de la política y legislación agraria. De tal modo, se analizarán las es-
trategias y tácticas partidarias y gremiales, así como sus apreciaciones
con respecto a los actores y las organizaciones con los cuales tenían
relación directa, tomando como área de estudio la Región Pampeana.
Existe una gran vacancia de investigaciones sobre las actividades
agrarias del PC, con excepción de algunos trabajos sobre períodos pos-
teriores (Lisandrello, 2019), y no hay estudios sobre la problemática
específica de este artículo, como ya ha sido señalado por otros autores
(Petra, García y Martirén, 2021, p. 23). La producción historiográfica
sobre el Partido Comunista es amplia y permite tener una base consis-
A. Ascolani - La acción agraria del Partido Comunista 39

tente con respecto al pensamiento y la acción de la cúpula dirigente.


Algunos estudios recientes han tratado el grado de adopción de las
directrices internacionales del estalinismo instrumentadas a través del
Comintern, indicando la progresiva transformación de su estrategia
en varias etapas: frente único (1921-1928), clasista (1928-1935) y de
Frente Popular con variantes posteriores (Camarero, 2012, p. 70). Esta
periodización ha tenido sus particularidades en el caso de la acción rural,
dado que ya desde 1927 fueron creados “blocks obrero-campesinos” en
la provincia de Córdoba, seguida por la aprobación de la creación de
ligas campesinas en el VIII Congreso del Partido Comunista en 1928 y,
luego, por la estrategia de alianza entre el proletariado rural y “campesi-
nos pobres y medios” contra la burguesía y los grandes propietarios con
la expectativa de tomar posesión de la tierra por la vía revolucionaria,
en 1933 (Ascolani, 2009, pp. 199-201). La política de Frente Popular
del PC ha sido motivo de reflexión acerca de la pérdida de anclaje en
las organizaciones sindicales donde había logrado protagonismo en su
conducción al optar por una acción de conciliación de clases (Camarero,
2012, pp. 72 y 75).
La estrategia frentista se mantuvo en el tiempo aunque con variantes
coyunturales, derivadas de la situación internacional, a saber: a) línea
neutralista, prescindente de ingresar en la confrontación “imperialista”
de Segunda Guerra Mundial; b) alianza antifascista una vez producida la
invasión alemana a la Unión Soviética, observándose que el PC propuso
la expropiación sin indemnización de los latifundios de propietarios vin-
culados al nazismo o al fascismo –y cuatro años después lo planteó para
los latifundios en general– y mantuvo la hipótesis del papel revolucio-
nario que debía asumir la burguesía nacional (Piro Mittelman, 2019, p.
155); c) Frente de Liberación Nacional y Social, desde 1946, interpelando
a los sectores obreros y populares a superar la demagogia del gobierno
“corporativo-fascista” y buscando operar directamente dentro de la
Confederación General del Trabajo (Camarero, 2014, p. 33); d) Frente
Democrático Nacional, antibelicista, antioligárquico y antiimperialista,
en el contexto de la Guerra Fría, repudiando el avance de la injerencia
económica de Estados Unidos en América Latina.
Dado que esta última línea del PC es la que corresponde al período de
estudio de este artículo, se expondrán sintéticamente algunos avances
e hipótesis de los historiadores que analizaron su dirección política e
intelectual. Coincidiendo con la interpretación de estudios ya clásicos
relacionados con el surgimiento de la nueva izquierda (Tortti, 1999),
algunas investigaciones enfatizan la incapacidad de la dirigencia para
generar una vía nacional en la coyuntura de “desestalinización” luego
de fallecido Stalin, dado que el Comité Central mantuvo en Argentina
las directrices teóricas y programáticas seguidas desde 1928 –bajo la
40 ARCHIVOS, año XI, nº 21, septiembre de 2022-febrero de 2023: 37-57

orientación del Comintern y luego del Bureau de Información Comunista


hasta 1956–, aun cuando el Partido Comunista de la Unión Soviética
incentivara esa autonomía. De tal modo, el PC mantuvo la estrategia
del frente democrático, ponderando la acción política y parlamentaria
para crear un orden democrático estable, como etapa necesaria en el
camino hacia el socialismo y sostuvo la necesidad de una coexistencia
pacífica entre los bloques socialista y capitalista (Piemonte, 2013, pp.
223, 226 y 240).
En esta misma línea interpretativa, otros autores han realizado una
exégesis crítica de las ideas de los principales líderes del PC, observando
una continuidad en la intención de captar a los sectores trabajadores
durante el gobierno de la Revolución Libertadora (1955-1958) pero en el
marco de un amplio Frente Democrático Nacional, que fuera el sustento
de un “gobierno de amplia coalición democrática”, capaz de superar el
atraso y la dependencia argentina, creando las condiciones por vías
pacíficas y parlamentarias para la “revolución democrático-burguesa,
agraria y antimperialista”. Perciben en esta estrategia policlasista una
debilidad operativa para realizar la alianza con la pequeña burguesía
y el proletariado que continuaba fiel al peronismo, así como un debi-
litamiento del papel de la clase obrera, aunque se le asignara el papel
de unificadora y orientadora del proceso (Camarero, 2014, pp. 36-38).
Con el triunfo electoral de la UCRI en 1958, el PC consideró que las
posibilidades de concretar tal frente eran mayores, dando un apoyo
inicial al gobierno constitucional que no era meramente táctico sino
que resultaba de aquella definición programática (Rupar, 2018). Man-
tuvo esta línea incluso luego de entrar en confrontación con el gobierno
cuando éste inició sus políticas reaccionarias ese mismo año, alentado
por el crecimiento de la estructura partidaria y del número de afiliados,
así como por la expectativa de una acción unitaria con las organiza-
ciones sindicales peronistas combativas (Tortti, 1999, pp. 224-225).
Esto significó un acercamiento temporal de su organización sindical, el
Movimiento de Unidad y Coordinación Sindical (MUCS), a las 62 Orga-
nizaciones peronistas y a sindicatos independientes, constituyendo el
Movimiento Obrero Unificado (MOU), cuya breve existencia transcurrió
desde agosto de 1959 a abril de 1960 (James, 1990; Murmis, 2021;
Simonassi y Vogelmann, 2017).
La cautela y moderación del PC frente a la posiciones de izquierda
emergentes que bregaban por una acción revolucionaria inmediata,
manifiestas sobre todo una vez ocurrida la Revolución Cubana, ha sido
señalada por diversos autores, atribuyéndolo a un anquilosamiento de
la conducción político-partidaria, que apoyó el proceso revolucionario
de ese país, pero sin replicarlo en la Argentina, continuando con su
táctica electoralista (Tortti, 1999; Cernadas, 2005; Campione, 2022).
A. Ascolani - La acción agraria del Partido Comunista 41

En verdad, la bibliografía disponible sobre el PC en el período 1958-


1962 ha mencionado de modo fugaz los llamamientos a una alianza
obrero-campesina, a la revolución agraria, y la existencia de terratenien-
tes o latifundistas y en absoluto se ha referido a productores y obreros
rurales. La misma ausencia se advierte en la abundante historiografía
agraria, cuyos avances relacionados con este objeto de estudio son
indirectos, en la medida en que aportan elementos sobre la propiedad,
la tenencia y la renta de la tierra y sobre los factores coyunturales, po-
líticos y corporativos que interactuaron en este período. Investigaciones
recientes se han ocupado de los cambios legislativos, las políticas de
reforma agraria y las respuestas de los actores agropecuarios, en diálogo
con los estudios sobre el desarrollo económico y la modernización social
(Lázzaro, 2012, 2013; Magallán, 2015), y sobre las características de las
organizaciones gremiales, cooperativas y sindicales agrarias, en particu-
lar la Federación Agraria Argentina (FAA) y la Federación Argentina de
Sindicatos Agrarios (FASA), que se tratarán en este artículo (Ascolani,
2020). En conjunto, permiten ver las interrelaciones en las cuales se
situaron los pronunciamientos e intervenciones del PC con respecto a
las problemática agraria.
Para la elaboración de este trabajo se han consultado en forma
sistemática el periódico oficial del PC, Nuestra Palabra, y el Boletín XII
Congreso, preparatorio del XII Congreso Nacional del Partido Comunista,
y en forma puntual la revista Tierra Nuestra, documentos internos del
PC y el periódico La Tierra, órgano oficial de la FAA.

Orientaciones de la Comisión Agraria Nacional

El Comité Nacional del PC tenía una comisión específica para los


temas agrarios, la Comisión Agraria Nacional, cuyas ideas básicas
quedaron plasmadas en los documentos que debían ser aprobados en
el XII Congreso: el Proyecto de Tesis, el Programa y los Estatutos. En
lo concerniente a la problemática agropecuaria, el Proyecto de Tesis
sostenía que la crisis de la economía nacional y las principales trabas
para el desarrollo eran el latifundio y la dependencia con respecto a
las potencias imperialistas, resultante de los intereses antinacionales
de la oligarquía, del gran capital y de los monopolios.1 A estas se su-
maba el obstáculo crónico que representaban los campesinos ricos en
la conducción de las organizaciones agrarias, por su debilidad para
sostener luchas contra aquellos y para imponer una verdadera reforma

1. “Sobre el reclutamiento”, Boletín XII Congreso, preparatorio del XII Congreso Nacio-
nal del Partido Comunista, nº 5, 6 de julio de 1959, p. 3; “Ir al fondo del problema”,
Boletín XII Congreso, nº 14, 24 de agosto de 1959, p. 1.
42 ARCHIVOS, año XI, nº 21, septiembre de 2022-febrero de 2023: 37-57

agraria. De tal modo, debían ser los “campesinos trabajadores” quienes


asumieran el liderazgo de estas entidades y de las acciones colectivas,
conduciendo a la masa campesina a una alianza con la clase obrera,
con la burguesía nacional y con “todas las fuerzas democráticas y pa-
trióticas de la Nación”.2
En el proyecto de Estatutos se establecía que la meta final era el
triunfo del socialismo y la construcción de la sociedad comunista, pero
en la etapa de desarrollo que se encontraba la Argentina, primero había
que un consolidar un gobierno de coalición democrática que luchara por
la “revolución agraria” y antimperialista.3 El XII Congreso del PC pudo
finalmente realizarse en forma semiclandestina en 1963, observándose
en sus actas que estos lineamientos fundamentales elaborados en 1956
continuaron vigentes (Lisandrello, 2019). El PC, en este período, apoyó
su discurso en la noción de una reforma agraria “profunda”, pero evitó
hacer propuestas concretas en su órgano de prensa principal, Nuestra
Palabra, sobre colectivización de la propiedad en la Argentina. Para los
sectores campesinos, la línea de acción propuesta comprendía: cese de
los desalojos, estabilidad, aumento de los precios básicos de sus pro-
ductos, rebaja de los precios de los implementos agrícolas, disminución
de los impuestos y realización de una amplia reforma agraria bajo la
consigna de “la tierra para quien la trabaja”.4
En el Programa que trataría el XII Congreso, quedó planteada con
precisión la reforma agraria que se realizaría que, por un lado, mantenía
presupuestos ya planteados por otros actores agraristas previamente,
pero, por otro, incorporaba metas con sentido colectivista o estatista.
Dichos lineamientos más clásicos implicaban: a) la posibilidad de que
quienes recibieran las tierras pudieran explotarlas en forma individual;
b) los propietarios podrían conservar la parte de sus tierras que se les
asignara mientras aseguraran buenas condiciones de trabajo y de vida a
su personal; c) apoyo estatal mediante crédito, reducción de impuestos,
anulación de deudas previas, obras de infraestructura y de fomento
social, asesoramiento en chacras, huertas y cabañas experimentales
para los “campesinos trabajadores”; d) apoyo estatal a las cooperativa
agrícolas. Los postulados de corte socializante eran los siguientes: a)
expropiación sin indemnización de las tierras, maquinarias y ganado de
los latifundios y de las sociedades anónimas y entrega “en propiedad”

2. García, José M., “Sobre el proyecto de Tesis y el problema campesino”, Boletín XII
Congreso, nº 11, 3 de agosto de 1959, p. 3; Proyecto de Tesis (p. 17), trascripto en
“Extraer la debida enseñanza”, Boletín XII Congreso, nº 19, 5 de octubre de 1959, p. 1.
3. “El Partido Comunista”, Boletín XII Congreso, nº 14, 24 de agosto de 1959, p. 2.
4. Proyecto de Tesis (p. 25), trascripto en Boletín XII Congreso, nº 11, 3 de agosto de
1959, p. 3.
A. Ascolani - La acción agraria del Partido Comunista 43

a los agricultores, hijos de agricultores y obreros que las trabajaran; b)


prohibición de las “formas feudales” de tenencia como eran el arren-
damiento, la mediería y la aparcería; c) entrega de tierras públicas a
quienes las estuvieran ocupando y devolución de las usurpadas a las
comunidades indígenas; d) explotación fiscal directa o cooperativa por
razones de productividad y establecimiento de estaciones de tractores
y maquinaria agrícola para uso colectivo; e) posibilidad de que los
propietarios expropiados solicitaran un lote de tierra como los demás
campesinos.
Un miembro fundamental de la Comisión Agraria Nacional, José
María García, sostenía que el PC había sido el primer partido en el
país en propiciar una reforma agraria estructural, para eliminar el
latifundio y su régimen semifeudal de explotación de la tierra. Para
concretarla, el PC debía convertirse en una fuerza política poderosa
en el campo y un verdadero movimiento de masas, fortaleciendo sus
organizaciones, formando a la juventud y apoyando la organización de
las mujeres campesinas. Esto implicaba actuar dentro de dos organi-
zaciones principales de los trabajadores y productores agropecuarios:
la FASA y la FAA. Consideraba que era necesario respetar la “línea” del
Partido, porque era la garantía de disciplina y capacidad para que los
afiliados fueran elegidos por los campesinos y obreros para cargos di-
rectivos y representaciones en las comisiones paritarias; esto debía ser
complementado con la participación en los comisiones y movimientos
zonales y regionales que apoyaban la expropiación de latifundios y la
realización de obras públicas o se opusieran a los desalojos; también
con la creación de comités zonales rurales que desarrollaran “acciones
combativas” como concentraciones y marchas en sus áreas y en las
grandes ciudades.5 Todo esto indica que la acción agraria debía encua-
drarse en la creación progresiva de condiciones para el cambio social,
dispuesta por el Comité Central.
La estructura política del PC en las provincias también poseía comi-
siones agrarias, como era el caso de Buenos Aires, Santa Fe y Córdoba.
La primera en expedirse con un programa de realización inmediata para
el agro fue la de Córdoba, en 1959, tomando los preceptos principales de
la reforma agraria antes mencionados, combinándolos con las peticiones
coyunturales hechas por las organizaciones agraristas o cooperativas
relativas, a saber: crédito para levantar la cosecha fina –de cereales y
lino–, reglamentación de la Ley Nº 14.451 de arrendamientos y aparce-
rías rurales, rebaja del 50% en los arriendos, precios compensatorios
para la producción, comercialización a cargo del Estado y de las coo-

5. García, José M., “Sobre el proyecto de Tesis y el problema campesino”, Boletín XII
Congreso, nº 11, 3 de agosto de 1959, p. 3.
44 ARCHIVOS, año XI, nº 21, septiembre de 2022-febrero de 2023: 37-57

perativas y facilidades para la mecanización rural. El factor frentista


puede apreciarse en la petición de fuentes de trabajo permanentes para
los obreros rurales, medidas contra la carestía, finalización del estado
de sitio, libertad de los presos políticos y gremiales, solidaridad en la
lucha contra el “imperialismo yanqui” y política internacional de paz.
De estas reivindicaciones, el Comité Central del PC había privilegiado,
en su documento del 1º de Mayo, las medidas favorables a los produc-
tores mientras que, paradójicamente, no había alusiones a los obreros
rurales.6
Las directrices del PC eran seguidas por organizaciones de base con
funciones y actores diversos: el Movimiento de Unidad entre Agriculto-
res y Obreros Rurales por la Reforma Agraria; algunas seccionales de
la FAA y sindicatos de la FASA; la Federación Juvenil Comunista; la
Unión Mujeres Argentinas y el Movimiento de los Partidarios de la Paz.
El primero tenía su sede en la ciudad de Rosario, con conexiones en
diferentes provincias, y editaba el periódico Tierra Nuestra, dirigido por
José María García, siendo secundado por un grupo diverso de activis-
tas –redactores del periódico, dirigentes políticos y abogados residentes
en nueve ciudades que asesoraban a los afiliados, entre ellos Mario
Pellegrini, Francisco Dulcich y Floreal Bertachini–. El periódico Tierra
Nuestra difundió noticias regionales y también escritos sobre las refor-
mas agrarias elaborados por dirigentes que observaron las experiencias
de países comunistas como la Unión Soviética, China Popular, Polonia,
Rumania y Hungría.
La preparación del XII Congreso del PC en 1959, con miles de folletos
distribuidos, y las “campañas financieras” realizadas cada año fueron
móviles para activar las afiliaciones, la difusión ideológica, la reorganiza-
ción de células, la creación de algunos comités locales, las asambleas, la
consolidación del “hábito de la vida orgánica” de los nuevos camaradas
y la elaboración de informes sobre las actividades en las provincias, de
los cuales se esperaban propuestas de adaptaciones a las situaciones
zonales. Cuatro años después, al realizarse el congreso, el secretario
general del PC Gerónimo Arnedo Álvarez presentó un informe en el
cual se reconocían insuficiencias en estas tareas organizativas, aunque
reconocía la labor de algunos comités agrarios (Lisandrello, 2019, pp.
44-45). Esta visión pesimista contradecía los datos que el mismo diri-
gente informó acerca de que el PC tenía influencia en 100 seccionales
de la FAA y contaba con militantes en 250 comisiones directivas de

6. “Mensaje del Partido Comunista de Córdoba a los Agricultores”, Nuestra Palabra


(NP), órgano oficial del Partido Comunista de la Argentina, 12 de mayo de 1959, p.
6; Comité Central del Partido Comunista, “Por un Primero de Mayo de unidad y lu-
cha”, Buenos Aires, 1º de Mayo de 1959, trascripto en NP, 28 de abril de 1959, p. 4.
A. Ascolani - La acción agraria del Partido Comunista 45

sindicatos rurales, ya que en ambos casos significaba presencia en la


cuarta parte del total.
Con la perspectiva de un frente democrático, el PC procuró vincular
a los productores agropecuarios con sus organizaciones sindicales: el
MUCS y el MOU. Este último, en la “Declaración de Propósitos” de 13
puntos, en 1959, incluyó reivindicaciones sindicales, levantamiento
del estado de sitio y derogación de las leyes represivas, defensa de
la industria nacional y “entrega de las tierras a quienes las trabajan,
mediante una profunda reforma de la actual estructura latifundista”.7
Poco después elaboró un memorial que fue remitido en marzo de 1960
al presidente de la Nación, en el cual defendía la necesidad de un im-
puesto extraordinario e inmediato a los grandes terratenientes, grandes
capitalistas y monopolios extranjeros.

Reacciones ante la política agraria

Después del triunfo electoral de la UCRI, el PC tuvo la expectativa


de que el presidente Arturo Frondizi mantuviera sus promesas electo-
rales8 de apoyo a una reforma agraria inmediata y profunda, concre-
tando la “Declaración de Avellaneda” del Movimiento de Intransigencia
y Renovación –antecedente de la UCRI–, en 1945 (Lázzaro, 2012). La
sanción de la Ley Nº 14.451 –segunda ley de Transformación Agraria–9
fue percibida como un primer paso, porque permitía la expropiación
de campos pertenecientes a sociedades anónimas o “con cuatro o más
unidades económicas íntegramente arrendadas o cedidas en aparcería
a cuatro o más arrendatarios o aparceros, cuando estos ofrecieran la
compra”, considerando el valor no venal de la tierra. Además establecía
prórrogas de contratos de arrendamientos y aparcerías, limitaba los
desalojos y los aumentos en los precios de los arriendos, y anunciaba
créditos del Banco de la Nación para compra de campos, pagaderos en
25 años (Makler, 2002, p. 44). La promulgación de la ley fue postergada
y el secretario de Agricultura y Ganadería, Bernardino Horne se opuso
a las expropiaciones de latifundios. La Comisión Agraria Nacional del
PC se expidió en 1959 con una declaración que denunciaba la sobre-
valuación de la tierra y su concentración en beneficio de la oligarquía
latifundista y de algunos “consorcios imperialistas” como International
Packers, King’s Ranch, Coney, Wall Street Company.

7. “Gran Triunfo de la Unidad Obrera: el acuerdo de acción conjunta del MUCS, las
«62» y gremios independientes”, NP, 25 de agosto de 1959, p. 1.
8. “Reforma agraria y política”, NP, 2 de enero de 1962.
9. Congreso de la Nación, Ley Nº 14.451, prórroga de los contratos de arrendamientos
y aparcerías rurales, sancionada el 31 de julio de 1958.
46 ARCHIVOS, año XI, nº 21, septiembre de 2022-febrero de 2023: 37-57

Habiendo renunciado Horne, en su lugar fue designado el econo-


mista Ernesto Malaccorto, defensor de las ideas de libre empresa, libre
contratación de tierras y de trabajadores rurales, y de tecnificación del
agro como clave para salir de la crisis.10 Este funcionario fue el autor de
la reglamentación de la Ley Nº 14.451, del 29 de diciembre de ese año,
que permitía aumentos de precios de arrendamientos y porcentajes de
mediería, facilitaba los desalojos, ponía obstáculos burocráticos a la
expropiación de tierras y tomaba como referencia el precio venal de la
misma. Tanto el PC como la FAA consideraron que esta normativa era
una trampa contraria al espíritu de la ley.
La coyuntura económica se presentaba desfavorable para produc-
tores rurales y obreros porque los sucesivos ministros de Economía,
Emilio Donato del Carril y Álvaro Alzogaray, buscaron controlar el déficit
fiscal, frenar la inflación y sobrellevar el endeudamiento con la banca
extranjera con planes económicos severos: el Plan de Racionalización y
Austeridad y el Plan de Estabilización y Desarrollo (Lázzaro, 2012, pp.
149-150). En el plano social, a la represión a las huelgas de obreros
petroleros y de ferroviarios en 1958 siguió la declaración del estado de
sitio, la detención masiva de sindicalistas, la aplicación secreta del Plan
Conintes contra actividades “terroristas” (Murmis, 2021). La acción del
MUCS y de las 62 Organizaciones –sindicales peronistas– en la toma
del Frigorífico “Lisandro de La Torre”, en enero de 1959, fue motivo de
la intervención a los principales sindicatos dirigidos por peronistas y
comunistas. La imputación hecha por el gobierno nacional al PC por
actividad subversiva clandestina con el objetivo de disolverlo fue refor-
zada con la prohibición de reuniones, clausura de locales y secuestro
de publicaciones. En una situación de confusa semiclandestinidad, en
1960 el Comité Central del PC continuó reclamando la reforma agraria
de fondo y otras medidas urgentes.11
En abril de 1961 el ministerio de Economía pasó a estar a cargo de
Roberto Alemann, mientras que la Secretaría de Agricultura y Ganadería
había sido confiada a César Urién, quien coincidió con su predecesor
en que las “excesivas demandas del sector laboral” rural eran la causa
del problema agrario. Confrontando con esta postura, el PC enfatizó
que los problemas más acuciantes para los agricultores eran la falta
de precios sostén competitivos, la reducción del área sembrada, las
retenciones fiscales, la amenaza de dumping norteamericano a través
de los “Alimentos de la Paz”, la paralización de los proyectos legislativos

10. García, José M., “Opinión sobre reforma agraria de un coimero de cancha de
taba”, NP, 23 de agosto de 1961, p. 6.
11. Comité Central del Partido Comunista, “Llamamiento del Comité Central del
Partido Comunista”, trascripto en NP, 23 de febrero de 1960, p. 6.
A. Ascolani - La acción agraria del Partido Comunista 47

sobre reforma agraria y la inoperancia del Consejo Agrario Nacional


–organismo encargado de la colonización rural–.
Tres provincias legislaron sobre reforma agraria en este período,
pero fue Buenos Aires la que tuvo mayor repercusión porque era la que
poseía mayor cantidad de latifundios altamente productivos. De los di-
versos proyectos presentados en la legislatura se aprobó el elevado por
el gobernador Oscar Alende, representante de la UCRI pero distanciado
en este tema con respecto al Poder Ejecutivo Nacional, que consistía en
una ley de reforma agraria integral que incluía expropiaciones a valo-
res no especulativos, subdivisión en unidades económicas familiares,
tecnificación, racionalización de la producción y la comercialización,
crédito, fomento de la agroindustria, educación y cultura (Lázzaro,
2013, pp. 163 y 165).
En septiembre de 1958, la Comisión Agraria provincial del Partido
Comunista, encabezada por Severo Cerro había entregado un proyecto de
ley de reforma agraria al Ministerio de Asuntos Agrarios de la provincia
y a los legisladores, por el cual las tierras a expropiar no se pagarían o
bien se lo haría con bonos amortizables a los 25 años, como se había
hecho en Cuba, Bolivia y Guatemala.12 Sancionada la ley propuesta por
Alende, el 12 de febrero de 1960, fue calificada por el PC como una farsa
con fines electoralistas, para subdividir 500.000 ha, que representaban
el 10% de la superficie prevista en el proyecto de ley original y el 1,66%
de la tierra de la provincia. Además, las primeras expropiaciones fueron
pagadas a un valor de 10.000 a 12.000 pesos la ha, beneficiando a los
terratenientes y endeudando a los agricultores. En consecuencia, el pe-
riódico Nuestra Palabra denunció que la oligarquía había triunfado en su
campaña contra “el proyecto mínimamente progresista” del gobernador
Alende, de modo que el PC reforzó su presión para que se reglamentara
la Ley Nº 14.451, incitando a una gran concentración de productores
en Buenos Aires con el apoyo de la clase obrera y “agitando la bandera
de los 13 puntos del MOU”.13

Inserción del PC en la Federación Argentina de Sindicatos Agrarios

La Federación Argentina de Sindicatos Agrarios (FASA), central única


de los trabajadores rurales (Ascolani, 2020), estuvo envuelta en este
período en una división facciosa entre un sector “democrático” vinculado
a la intervención impuesta en 1955, otro peronista y un tercero comu-
nista. El PC actuaba dentro de la FASA con una agrupación llamada
Movimiento Nacional Pro Unificación y Fortalecimento de FASA, adhe-

12. Tierra Nuestra, Rosario, nº 47, septiembre de 1959.


13. “La ley agraria de Alende, un escamoteo”, NP, 23 de febrero de 1960, p. 7.
48 ARCHIVOS, año XI, nº 21, septiembre de 2022-febrero de 2023: 37-57

rida al MUCS, que participó con una lista propia de “filiación unitaria”
en las elecciones de miembros de la comisión central en 1959, con un
programa que incluía: aumento de salario, mejora de las condiciones
de vida y de trabajo, legislación laboral, coordinación de acciones con
otros sectores del trabajo y la producción, y amplia reforma agraria.14
Las listas opositoras no pudieron evitar que el oficialismo, apoyado por
el Ministerio del Trabajo, controlara las elecciones en el Congreso Or-
dinario de 1959, continuando en el cargo de secretario general Alfredo
Díez, aunque apoyado en un consejo federal con integrantes peronistas
que más tarde buscarían una renovación.
Con una conducción debilitada por las tensiones internas, la FASA
realizó escasas medidas de fuerza en los cuatro años analizados. Declaró
un paro de 48 horas en julio de 1959 a causa de los bajos salarios, y
en diciembre lo hicieron sus sindicatos del sudeste de la provincia de
Córdoba, en protesta porque la Comisión Nacional de Trabajo Rural
–entidad que fijaba los salarios y condiciones de trabajo en negociación
colectiva– no aprobó el acuerdo convenido en la Comisión Paritaria
Regional de Villa María, obedeciendo las directivas de la Secretaría de
Agricultura y Ganadería. El periódico Nuestra Palabra contrapuso da-
tos aportados por la Comisión Agraria Nacional que indicaban que el
gasto en salarios representaba apenas el 5% del total de los gastos en
una explotación agrícola de 300 ha, y que mientras el costo de la vida
había aumentado desde la cosecha 1958-1959 un 110%, los obreros
cosecheros del maíz pedían un aumento del 30%.15 El deterioro salarial
tenía una causa estructural en la rápida reducción de la mano de obra
por la mecanización de la recolección del maíz y del girasol, llegando
al bajo nivel de los salarios de los peones permanentes, que oscilaban
entre los 1.800 y 2.450 pesos, según las regiones.16
En el Congreso de la Delegación Regional Nº 3 de la FASA, situada
en Pergamino, realizado el 20 de noviembre de 1960, hubo críticas a la
conducción nacional y se resolvió declarar el estado de alerta, convocar
un nuevo congreso para tomar medidas frente al congelamiento de los
salarios y conformar una delegación para que informase a los bloques
parlamentarios sobre el problema salarial de la cosecha fina.
Otra delegación se entrevistaría con los sectores no oficialistas del
movimiento sindical –62, 32, MUCS y MOU– para solicitarles que par-
ticiparan en un plenario nacional. Sin respuesta ante los reclamos al
gobierno, fue decretado un paro de obreros rurales y estibadores los
días 8 y 9 de diciembre en Córdoba y en Santa Fe, resuelto por sus

14. “El proletariado rural lucha por su salario”, NP, 11 de agosto de 1959, p. 4.
15. “Qué gana un obrero rural”, NP, 14 de junio de 1960, p. 3.
16. “Para las huelgas en el agro ¡Plan Conintes!”, NP, 2 de agosto de 1960, p. 2.
A. Ascolani - La acción agraria del Partido Comunista 49

congresos regionales y, aunque la FASA podía contar con el respaldo del


MUCS, no concretó nuevas medidas de fuerza, a pesar de manifestar
su desacuerdo con el gobierno.
En 1961 la FASA tenía 1.200.000 afiliados pero carecía de verdadera
capacidad de presión; estaba concentrada en la gestión de reivindica-
ciones materiales y previsionales, y seguía sin resolver sus problemas
internos de personalismos y disputas facciosas. El Movimiento pro
Unidad y Fortalecimiento de la FASA, se concentró en conciliar una
posición de unidad para vencer al grupo hegemónico en el Congreso
Nacional Ordinario y luego en el Congreso Nacional Extraordinario, rea-
lizados el 18 de febrero y el 15 de julio, respectivamente, pero en ambos
se evadió tratar los temas que consideraba relevantes, entre ellos: la
dificultad para sindicalizar a los asalariados rurales; el retraso salarial;
la desocupación y la carestía; la reforma agraria, la democratización de
la FASA, la creación de comisiones coordinadoras que movilizaran a las
bases y la adopción de los puntos programáticos del MUCS; el apoyo a la
normalización de la Confederación General del Trabajo y la solidaridad
con la Revolución Cubana.17
En un nuevo Congreso Extraordinario, reunido en marzo de 1962,
triunfó la corriente peronista, con una conducción renovada liderada
por Sebastián Montoya, de extracción peronista y anclaje en las pro-
vincias. Un triunfo transitorio para los comunistas fue la victoria, en la
Delegación Regional Rosario de la FASA, de la lista unitaria encabezada
por Juan Bonavera, en una coyuntura de reactivación de conflictos la-
borales.18 Otro avance del PC fue la constitución de una delegación del
MUCS en la provincia de Córdoba, con la presencia de representantes
de algunos sindicatos de la FASA.

Un frente imposible con la Federación Agraria Argentina

El PC y la FAA tuvieron un período de coexistencia sin conflictos


durante 1958 y 1959, aunque con fricciones internas por la presencia
comunista en las seccionales y las manifestaciones anticomunistas de
sus autoridades y de federados católicos que se esforzaron en diferen-
ciar la reforma agraria integral de la reforma colectivista comunista.19
Ambas entidades coincidían en que la gestión de Bernardino Horne
en la Secretaría de Agricultura y Ganadería de la Nación no había sido

17. “El congreso de la F.A.S.A”, NP, 18 de julio de 1961, p. 6.


18. “Triunfo de la lista unitaria en la FASA filial Rosario”, NP, 14 de febrero de 1961,
p. 4.
19. “La declaración de los agrarios federados católicos ha tenido repercusión nacio-
nal”, La Tierra (LT), órganos oficial de la FAA, Rosario, 1 de diciembre de 1959, p. 3.
50 ARCHIVOS, año XI, nº 21, septiembre de 2022-febrero de 2023: 37-57

favorable para la solución de los problemas de la producción, de los


contratos de arrendamientos y de la comercialización, y que su suce-
sor, Ernesto Malaccorto era reaccionario en asuntos agrarios. También
concordaban en el reclamo que la FAA le hizo al Congreso de la Nación
para que reglamentara la Ley Nº 14.451 y en la presión ejercida por
la FAA al declararse en estado de alerta y advertir sobre una posible
resistencia gremial. En la gran concentración agraria del 27 de agosto
de 1959 realizada en La Plata el presidente de la FAA, Julio Oroño, se
pronunció en forma crítica sobre el rumbo de la política agraria ante
2.000 productores y el periódico Nuestra Palabra lo reprodujo en pri-
mera plana.
En los últimos días de septiembre de ese año sesionó el 47º Congre-
so Ordinario Anual de la FAA en Rosario, “en un clima de ascendente
combatividad campesina y de naciente unidad con la clase obrera y
demás fuerzas populares”, según la perspectiva del PC, por la adhesión
de las delegaciones regionales de la CGT de Rosario, Villa María y Mar
del Plata –en las cuales este partido tenía influencia–, y de algunos
sindicatos de la FASA. En las deliberaciones, varios delegados propu-
sieron medidas tendientes a la reforma agraria promovida por el PC en
sus documentos programáticos y enfatizaron la necesidad de constituir
comisiones de campo movilizadas en coordinación con las seccionales
de la FAA, las cooperativas y los sindicatos rurales, para realizar actos
y concentraciones locales y en las grandes ciudades e incluso realizar
medidas de fuerza. Las resoluciones del congreso incluían la solicitud de
la renuncia de Malaccorto, el pedido a las Cámaras Paritarias regionales
de resolución de las peticiones de expropiación de tierras pendientes, la
continuidad del estado de alerta y la reglamentación de la Ley Nº 14.451
en un plazo de 20 días, luego de los cuales se exigirían las expropia-
ciones en una gran concentración de protesta en la Capital Federal.20
Al haber transcurrido ese plazo sin reglamentarse la ley, el PC re-
clamó la inacción del Consejo Directivo Central de la FAA e incitó a la
movilización de las bases para exigir su cumplimiento. El corresponsal
de Nuestra Palabra expresó su desconfianza con respecto a ese cuerpo,
integrado por un “núcleo de campesinos ricos” para reclamar la reforma
agraria, e incitó a los productores agropecuarios a protestar por su si-
tuación crítica. En verdad, la FAA estaba plenamente comprometida en
las gestiones de reclamo de compra de tierras, ya que a fines de diciem-
bre los arrendatarios de 86 colonias se presentaron ante las Cámaras
Paritarias para solicitar expropiaciones, organizando concentraciones

20. “Enérgica es la resolución del Congreso sobre reforma agraria, LT, 29 de septiembre
de 1959, p. 2; “El agro aplicará las resoluciones del congreso de la F.A.A. para hacer
reglamentar la ley 14.451”, NP, 24 de noviembre de 1959, p. 4.
A. Ascolani - La acción agraria del Partido Comunista 51

y asambleas con apoyo de la Federación Argentina de Cooperativas


Agrarias, en las que se repudió la campaña de oposición que realizaron
la Sociedad Rural Argentina y la Comisión Coordinadora de Entidades
Agropecuarias.21 Otras asambleas comarcales mostraban una notoria
movilización en las diferentes provincias productoras de cereales.
Una vez reglamentada la Ley Nº 14.451, el PC insistió en que la FAA
debía oponerse y concretar la alianza obrero-campesina, contando con
la solidaridad del MUCS.22 Durante los preparativos del 48º Congreso
Ordinario Anual de la FAA, los federados comunistas reclamaron por el
incumplimiento de las resoluciones del congreso anterior y difundieron
la idea de que debía democratizarse la dirección de esta entidad, eli-
giendo un grupo de 40 o 60 campesinos que garantizaran la aplicación
de las resoluciones del congreso anterior, en acción unitaria con las
organizaciones sindicales y otras fuerzas democráticas formando un
“frente antioligárquico y antiimperialista”.23
Reaccionando contra estos cuestionamientos, en las vísperas del
48º Congreso Ordinario Anual, el Consejo Directivo Central de la FAA
expulsó a varios asociados, algunos de los cuales eran delegados elegidos
por las filiales, fundando su decisión en la resolución del 39º Congreso
Ordinario Anual de 1951, ratificada en el 46º Congreso de 1958, por la
cual se facultaba a ese cuerpo para separar de la organización a quie-
nes efectuaran “actividades “extremistas”.24 Los delegados afines al PC
denunciaron que el congreso había sido controlado por la conducción
de la entidad, de modo que conformaron el núcleo de “Agricultores
federados por la democratización de la FAA y la unidad de todas las
organizaciones campesinas” e hicieron una declaración pública sobre
lo sucedido. Con posterioridad, en forma sistemática la prensa comu-
nista culpó al Consejo Directivo Central de la FAA y a sus asesores de
ser responsables, con su moderación, del avance de la política oficial
materializada en la reglamentación de la Ley Nº 14.451 y en el control
de las Cámaras Paritarias, además de debilitar la organización gremial
con la expulsión de socios, la disolución de filiales y centros juveniles.25
La Comisión Directiva de la Seccional Venado Tuerto –ciudad ca-
becera del Departamento General López– impugnó la expulsión de los

21. “En 86 colonias agrarias aplican las resoluciones del 47 Congreso de la FAA”, NP,
29 de diciembre de 1959, p. 4.
22. “Con la unidad obrero-campesina, triunfará la reforma agraria”, NP, 19 de julio
de 1960, p. 4.
23. “Hacia el 48 Congreso de la FAA”, NP, 12 de julio de 1960, p. 4.
24. “Vivas expresiones de adhesión a la sociedad fueron expresadas en la última jor-
nada cumplida por el Congreso Anual de la F.A.A.”, LT, 21 de octubre de 1958, p. 1.
25. “El 48º Congreso de la FAA”, NP, 18 de octubre de 1960, p. 3.
52 ARCHIVOS, año XI, nº 21, septiembre de 2022-febrero de 2023: 37-57

delegados y pidió su reincorporación, pero, en respuesta, fue intervenida


la seccional y expulsados los directivos comunistas. Estos rechazaron
la sanción y constituyeron el Movimiento de Agricultores de Venado
Tuerto, convocando a los federados del país a unirse en la lucha por las
reivindicaciones para el agro que componían el repertorio del PC, agre-
gando el rechazo de la reglamentación de la Ley Nº 14.451; el comercio
sin trabas con todos los países; la rebaja del 50% en maquinarias e
impuestos a los agricultores, el aumento de impuestos a los latifundios
y una amplia democratización de la FAA.26 Esta agrupación contó con
el apoyo de algunas seccionales del sur de Santa Fe y del norte y extre-
mo sur de Buenos Aires, de sindicatos rurales afines, del MUCS y del
periódico Tierra Nuestra.
Dado que se habían generalizado las protestas por la crisis del sec-
tor en las asambleas de las entidades gremiales y cooperativas, la FAA
adoptó una posición más crítica con respecto a la política agraria, realzó
el discurso a favor de la reforma agraria y organizó varias asambleas
comarcales y concentraciones regionales, pero no aceptó las ideas de
formar comités de lucha para detener los desalojos, de presionar por la
reforma agraria profunda, ni de realizar una acción unitaria con otros
sectores. En su afán por evitar toda asociación con el comunismo, al
aproximarse el 49º Congreso Ordinario Anual, realizado en 1961, fue-
ron previamente impugnadas las credenciales de 25 delegados que el
Consejo Directivo Central consideró “extremistas”.27 El anticomunismo
en la FAA continuó y se hizo visible en frecuentes notas publicadas en
su periódico oficial, en las que se presentaba a esta entidad como una
valla contra el marxismo, al impulsar una reforma agraria respetuosa
de la propiedad privada. En enero de 1961 se calculaba en más de 50
los dirigentes locales expulsados.

El frente democrático para la reforma agraria

La estrategia de conformar un frente ampliado del PC se manifestó


a lo largo del período, convocando a diversos sectores democráticos a
actuar en forma “unitaria”. La alianza que propiciaba debía tener en
el ámbito agropecuario un móvil común: la reforma agraria. Pero este
objetivo no fue excluyente porque las restricciones a las libertades ci-
viles, políticas y sindicales, al igual que los problemas del desarrollo
económico, fueron expuestas en numerosas asambleas y concentracio-
nes, donde se procuró la acción conjunta con organizaciones gremiales
y entidades políticas y sociales.

26. “Movimiento de Agricultores de Venado Tuerto”, NP, 21 de febrero de 1961, p. 5.


27. “Más discriminación en la FAA”, NP, 3 de octubre de 1961, p. 6.
A. Ascolani - La acción agraria del Partido Comunista 53

En 1958 y 1959 se realizaron asambleas para tratar el tema de la


reforma agraria y los problemas de los productores rurales en tres ciu-
dades donde el comunismo tenía peso: Venado Tuerto, Colón –provincia
de Buenos Aires– y Villa María. En las dos primeras hubo funcionarios
de organismos oficiales, legisladores y autoridades municipales, siendo
organizadas por el Movimiento Agrario Regional Colonización Hijos de
Agricultores y por la Comisión Pro Reforma Agraria del Departamento
General López, respectivamente. Los representantes del PC en ambos
casos fueron personalidades de peso: Severo Cerro, miembro del Comité
Provincial de Buenos Aires, y Florindo Moretti, secretario del Comité
Provincial de Santa Fe.28 La asamblea de Villa María, en cambio, fue
organizada por la Delegación Regional de la CGT para apoyar las resolu-
ciones del MOU, de la FAA, de la FASA y de las delegaciones regionales
de la CGT, logrando una concurrencia variada, incluso de representantes
del Colegio de Abogados y de la Federación Universitaria de Córdoba.
En Venado Tuerto, la Asamblea por la reforma agraria y la defensa
de la producción, desarrollada el 12 de septiembre de 1961, organizada
por la Delegación Rosario de la FASA, la CGT regional Venado Tuerto y
la Comisión Pro Reforma Agraria del Departamento General López –to-
das afines al comunismo– convocó a agricultores y obreros de distintos
gremios y los oradores fueron José María García, Carlos Bullrich, Blas
Agostini, Natalio Sviser y dirigentes de otras localidades, quienes se
centraron en los temas agrarios y también se expidieron contra el pro-
yecto de “Ley de defensa de la democracia” impulsado por el gobierno
por su carácter represivo.29
Ese año entró en escena el Movimiento de Partidarios de la Reforma
Agraria, cuya organización estaba compuesta por una Junta Nacional,
comisiones provinciales –Córdoba y Buenos Aires–, mesas regionales
–Bahía Blanca y zonas confluentes, y Mar del Plata– y delegaciones
locales. Convocó dos asambleas importantes, una de carácter regional
en Bahía Blanca y otra de alcance provincial reunida en Río Tercero.
Concurrieron organizaciones agrarias, obreras y populares del sur bo-
naerense a la primera, mientras que la segunda tuvo asistentes repre-
sentativos de diferentes sectores y actividades. Esta última se pronunció
mediante un memorial elevado al Congreso de la Nación solicitando la
reforma agraria profunda, precios compensatorios de la producción,
rebaja de arrendamientos, crédito y subsidios por la sequía, vivienda
y obras públicas, educación y salud para los campesinos, cese del le-

28. Tierra Nuestra, nº 33, septiembre de 1958.


29. “Gran asamblea en Venado Tuerto”, NP, 26 de septiembre de 1961, p. 6.
54 ARCHIVOS, año XI, nº 21, septiembre de 2022-febrero de 2023: 37-57

vantamiento de las vías ferroviarias y repudio a la proyectada Ley de


defensa de la democracia.30
En febrero de 1962 se realizó en Bahía Blanca la Asamblea Provincial
del Movimiento de Partidarios de la Reforma Agraria, con asistencia de
199 delegados que representaban a 300 organizaciones sindicales, de
agricultores, cooperativas y presencia de dos diputados. Los problemas
agrarios denunciados por esta organización poco antes de que el pre-
sidente Frondizi fuera forzado a renunciar, en marzo de 1962, eran los
ya mencionados y otros más generales de la economía como la pérdida
de mercados externos y dumping norteamericano generado con el pro-
grama “Alimentos para la Paz”, el endeudamiento externo, la retracción
del mercado interno y de la renta per cápita.31

Reflexiones finales

La política agraria y laboral del gobierno llevó al PC a asumir una


posición opositora y al mismo tiempo le provocó tensiones dentro de la
FAA y de la FASA, por la moderación y anticomunismo de la conducción
de la primera y por el oficialismo de la segunda. Los diagnósticos de los
problemas del agro efectuados por la Comisión Nacional Agraria, las
agrupaciones regionales y los dirigentes locales reflejaban coherencia y
en gran medida fueron coincidentes con los realizados por la conducción
de la FAA, aunque diferían en cuanto a la intensidad de la reforma agraria
y los métodos para alcanzarla. Esta organización había consolidado un
programa reformista en las cuatro décadas anteriores, naturalizándose
el concepto de propiedad privada entre sus asociados; no obstante, la
coyuntura de deterioro de la rentabilidad del agro favoreció la recep-
ción de los discursos críticos del PC. El rechazo al latifundio y a los
monopolios de comercialización estaba presente en las dos entidades,
aunque la confrontación con la oligarquía y las potencias imperialistas
eran propias del discurso del PC, lo mismo que el propósito de expro-
piación sin indemnización, la supresión del sistema de arrendamiento
aparcería por ser formas feudales, la explotación fiscal de la tierra y el
uso colectivo de maquinarias, porque eran un camino transicional hacia
la colectivización futura.
Este partido procuró una alianza obrero-campesina en un frente
unitario que la conducción y las bases de la FAA no aceptaron, porque
existía una conflictividad laboral latente. El PC concebía a los “cam-
pesinos ricos” como un obstáculo para la revolución agraria, pero en
esta coyuntura se interpeló a los campesinos medios como trabajadores

30. “Río Tercero: gran jornada por la reforma agraria”, NP, 3 de octubre de 1961, p. 6.
31. “Reforma agraria para salir de la crisis”, NP, 13 de febrero de 1962, p. 7.
A. Ascolani - La acción agraria del Partido Comunista 55

para sumarlos a la alianza democrática, concibiéndolos como parte de


la pequeña burguesía nacional. Este intento de alianza no fue exitoso
porque el MOU y el MUCS tuvieron relativa incidencia en la FASA y
ninguna en la FAA. De tal modo, en la experiencia rural no se advierte
el carácter pequeño burgués y mayor anclaje en los sectores medios que
otros autores han indicado para el mundo urbano.
Los dirigentes comunistas se concibieron como una vanguardia
lúcida de los trabajadores rurales y agricultores, coordinada y sin
faccionalismos en áreas centrales en la zona núcleo. Tanto en la FAA
como en la FASA incentivaron las “acciones combativas” promoviendo
comités zonales, asambleas locales y concentraciones regionales, que
contribuyeron a movilizar a los productores agropecuarios ante las po-
líticas del gobierno. Su presencia en las organizaciones gremiales ya no
era oculta, aunque la clandestinidad del partido facilitó la expulsión de
sus principales activistas en la FAA y, luego de la caída de Frondizi, la
intervención de la delegación regional Rosario de la FASA.
El policlasismo en esta experiencia rural es evidente, aunque liderado
por una conducción profesionalizada, capacitada y disciplinada para
ello en instancias formativas, asesorada por abogados y en contacto
con políticos, intelectuales y universitarios como se observa en las
actividades de las agrupaciones pro reforma agraria de Rosario y del
Departamento General López, así como del Movimiento de Partidarios
de la Reforma Agraria. La conexión entre la experiencia vital de estos
dirigentes rurales y la capacidad interpretativa de la realidad, adquirida
con la formación política e intelectual de izquierdas, evitó que cayeran
en un discurso pesimista y peyorativo con respecto a las masas rura-
les. En este sentido, se observa que, si bien se mantuvo una retórica
que no era nueva sobre los actores y problemas “campesinos”, hubo
un enriquecimiento de ese canon discursivo a partir de la experticia
que adquirieron con respecto a los diversos problemas estructurales y
coyunturales acerca de la tenencia de la tierra, la producción y la co-
mercialización. Esto puede pensarse como una práctica endógena, al
igual que algunas acciones resultantes de las contingencias de la acción,
como fue la creación del Movimiento de Agricultores de Venado Tuerto,
disidente de la FAA y con expectativas de gestar un frente de produc-
tores agropecuarios por otras vías. En suma, la experiencia de frente
unitario en el agro tuvo acciones concretas aunque no lograra vencer
los diversos obstáculos y sus promotores mantuvieron la convicción de
que era necesaria la lucha colectiva para defender derechos y adquirir
otros, así como la movilización de masas para lograr la reforma agraria
primero y la revolución agraria más tarde.
56 ARCHIVOS, año XI, nº 21, septiembre de 2022-febrero de 2023: 37-57

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3 Natalia Casola El PC argentino y la dictadura militar


Militancia, estrategia política y represión estatal

4 Diego Ceruso La izquierda en la fábrica


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5 Laura Caruso Embarcados


Los trabajadores marítimos y la vida a bordo: sindicato, empresas y Estado
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6 Carlos M. Herrera ¿Adiós al proletariado?


El Partido Socialista bajo el peronismo (1945-1955)

7 Martín Mangiantini Itinerarios militantes


Del PRT al Partido Socialista de los Trabajadores (1965-1976)

8 Agustín Nieto Entre anarquistas y peronistas


Historias obreras a ras del suelo

9 Alejandro Belkin Sindicalismo revolucionario y movimiento obrero


De la gestación en el Partido Socialista a la conquista de la FORA (1900-1915)

10 Hernán M. Díaz (coord.) Espionaje y revolución en el Río de la Plata


Los archivos secretos de una red diplomática de persecución al maximalismo (1918-1919)

11 Marcel van der Linden Trabajadores y trabajadoras del mundo


Ensayos para una historia global del trabajo

12 Rodolfo Elbert Uniendo lo que el capital divide


Clase obrera, fragmentación y solidaridad (Buenos Aires, 2003-2011)

13 María Pía Martín Los católicos y la cuestión obrera


Entre Rosario y Buenos Aires (1892-1919)

14 Ana Elisa Arriaga Hacia un 2001 sindical


Las contiendas contra la privatización de los servicios públicos en Córdoba

15 Laura Badaloni Ferroviarios del Central Argentino


La conformación de un colectivo de trabajadores (1902-1933)

16 Nerina Visacovsky (ed.) Cultura judeo-progresista en las Américas


17 Walter L. Koppmann La madera de la clase obrera argentina
Izquierdas, etnicidad y género en una industria de Buenos Aires (1889-1930)
ARCHIVOS
ISSN 2313-9749
ISSN en línea 2683-9601
Año XI, nº 21, pp. 59-80
de historia del movimiento obrero y la izquierda septiembre de 2022-febrero de 2023

Las evaluaciones del capitalismo agrario


argentino de la izquierda universitaria,
1960-1976
Osvaldo Graciano
Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas - Universidad Nacional de Quilmes - Centro de
Estudios de Historia, cultura y memoria - La Plata, Argentina
[email protected]
ORCID: 0000-0002-9382-162X

Resumen: Entre las décadas de 1960 y 1970 los estudios universitarios sobre
la problemática económica del campo argentino adquirieron un particular dina-
mismo, promovidos en parte por profesores y científicos vinculados a distintas
corrientes de las izquierdas. Este artículo reconstruye la producción intelectual
de Alberto J. Pla, Ernesto Laclau y Guillermo Flichman, jóvenes universitarios
marxistas que desarrollaron su inicial carrera académica especializándose en
los problemas de la economía agraria. El análisis historiográfico de su produc-
ción científica posibilita comprender las evaluaciones producidas sobre el agro
argentino en las décadas de 1960 y1970, así como su protagonismo en la con-
formación de ámbitos de estudios marxistas del capitalismo en las universidades
públicas nacionales y en institutos académicos privados.
Palabras claves: universitarios – marxismo – capitalismo – cuestión agraria

Abstract: Between the 1960s and 1970s, university studies on the economic
problems of the Argentine countryside acquired a particular dynamism, promoted
in part by professors and scientists linked to different currents of the left. This
article reconstructs the intelectual production of Alberto J. Pla, Ernesto Laclau
and Guillermo Flichman, young marxist university graduates who developed their

DOI: https://doi.org/10.46688/ahmoi.n21.371

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60 ARCHIVOS, año XI, nº 21, septiembre de 2022-febrero de 2023: 59-80

initial academic career specializing in the problems of agrarian economics. The


historiographical analysis of his scientific production makes it posible to under-
stand his evaluations produced on argentine agrarian capitalism in the 1960s
and 1970s, as well as its leading role in the formation of fields of marxist studies
of capitalism in national public universities and private academic institutes.
Keywords: University graduates, marxism, capitalism, agrarian question.

Recepción: 28 de julio de 2022. Aceptación: 19 de agosto de 2022.

***

Introducción1

Entre las décadas de 1960 y 1970 la economía agraria argentina


adquirió una atención sistemática de estudio en las ciencias sociales,
promovida por diversos proyectos de investigación. Historiadores, so-
ciólogos, economistas y antropólogos le otorgaron un lugar significativo
a la estructura agraria en su trabajo científico desarrollado en las uni-
versidades y en centros de investigación privados. En esa producción
se destacó un núcleo de jóvenes universitarios marxistas, para quienes
la problemática económica rural funcionó en sus investigaciones, como
tópico de interpretación de las características del capitalismo argentino,
de los problemas que le generaba a su funcionamiento productivo y al
sistema político. Estos estudios tuvieron como tesis la persistencia de
una clase terrateniente latifundista que ejercía consecuencias negativas
sobre la economía y la política nacional.
En esa etapa, el espacio académico universitario desarrolló nume-
rosas investigaciones en las que su horizonte de análisis lo constituyó
las perspectivas políticas que para el continente abrió la construcción
del socialismo en América Latina, a partir de la experiencia de revo-
lución en Cuba, en contraposición con las propuestas desarrollistas.
Los estudios sobre el capitalismo argentino se ampliaron en esos años,
tomando varias claves teórico-historiográficas para la investigación de
su emergencia y desenvolvimiento, así como de los problemas econó-
micos que enfrentaba. Entre esas claves predominaron las de modo de
producción, dependencia e imperialismo, cuestión agraria, latifundis-
mo y renta del suelo. Fueron los años 60 y 70 los que posibilitaron el
desarrollo de investigaciones de largo plazo, en las que la problemática
del agro cobró centralidad explicativa del proceso capitalista nacional.
Ya varios autores demostraron el impacto que en los años 60 tuvo
en la intelectualidad latinoamericana la experiencia política cubana

1.Agradezco los precisos y enriquecedores comentarios realizados por los evaluadores


anónimos a una versión preliminar de este artículo.
O. Graciano - Capitalismo agrario e izquierda universitaria 61

(Terán, 1991, pp. 119-172; Sigal, 2002, pp. 149-172; Neiburg y Plot-
kin, 2004, pp. 231-263). Junto a otros estudiosos, también indicaron
el proceso de renovación e internacionalización de las ciencias sociales
en las universidades en ese período, asociado a la creación de las ca-
rreras de Sociología, Economía y Antropología, la renovación de planes
de estudios y de perfiles profesionales en las de Historia y el impulso a
la investigación de temas económicos en todas ellas (Halperín Donghi,
1986, pp. 487-520; Devoto, 1993; Míguez, 1993). La creación del Centro
de Estudios de Historia Social en la Facultad de Filosofía y Letras de
la Universidad de Buenos Aires (UBA), la transformación del Instituto
de Investigaciones Históricas en la Facultad de Filosofía y Letras de la
Universidad Nacional del Litoral (UNL), la fundación de ámbitos de in-
vestigación como el Instituto de Desarrollo Económico y Social (IDES),
el Centro de Estudios Urbanos (CEUR) y el Instituto Torcuato Di Tella
(ITDT), entre otros, fueron expresión de esa renovación. En algunos de
esos espacios fue importante la implantación de la historia social y econó-
mica, que tomó como modelo la historiografía de los Annales, impulsada
por jóvenes profesores como Tulio Halperín Donghi y Nicolás Sánchez
Albornoz, entre otros, liderados por José Luis Romero (Devoto y Pagano,
2009, pp. 330-337 y 374-402). Estos ámbitos académicos nuclearon
a profesionales de las ciencias sociales y promovieron el desarrollo de
investigaciones sobre la sociedad argentina, en los que se destacaron
las dedicadas a su economía y, en particular, a su estructura agraria.
El pensamiento sobre la problemática agraria tuvo diversos aborda-
jes, algunos generales y de largo plazo temporal, como los de Barsky,
Posada y Barsky (1992) y Hora (2018); otros de delimitación circuns-
cripta a las evaluaciones elaboradas sobre el agro por las izquierdas en
la primera mitad del siglo XX (Graciano, 2006, 2008 y 2012) y en las
décadas del 60 y 70 (Lissandrello, 2021). Pero carecemos de estudios que
reconstruyan la experiencia científica de los profesionales de izquierdas
en los espacios académicos, en el que sus investigaciones resultaron
parte de un movimiento colectivo constitutivo en ellos de estudios mar-
xistas sobre la economía. Aunque no fueron las únicas, las tempranas
carreras profesionales de Alberto J. Pla, Ernesto Laclau y Guillermo
Flichman ofrecen la posibilidad de analizar el trabajo científico y la obra
de quienes hicieron del marxismo su corpus analítico de la economía
agraria y formularon diagnósticos de caracterización de la misma que,
como partícipes de ese movimiento intelectual, fueron protagonistas
de su conformación. Su producción científica guardaba relaciones con
la coyuntura latinoamericana, influida por la Revolución cubana y el
desarrollismo, de cuestionamiento de la gran propiedad terrateniente en
el subcontinente y de denuncia de su atraso agrario. En este artículo se
analizan sus obras y se reconstruyen las condiciones de politicidad de
62 ARCHIVOS, año XI, nº 21, septiembre de 2022-febrero de 2023: 59-80

sus prácticas académicas, de su trabajo científico y de su producción


de conocimiento en las universidades de Buenos Aires, del Litoral y en
el CEUR-ITDT. Este tipo de abordaje permite reconstruir las evalua-
ciones de la estructura agraria producidas por estos profesionales con
inserción en ámbitos académicos en el período estudiado, movilizados
por el imperativo científico de analizar y comprender el capitalismo na-
cional para su transformación, la que fundamentaron en el imaginario
político revolucionario de la nueva izquierda. Si bien en estos años, la
producción intelectual de las izquierdas partidarias sobre la economía
agraria fue numerosa, aquí se focaliza en la de estos tres cientistas
sociales que participaron del proceso de transformación metodológica
e internacionalización temática de esas disciplinas en las universida-
des, quienes a la vez sostuvieron una militancia política e hicieron del
marxismo su arsenal teórico de trabajo intelectual.

Alberto J. Pla, la historiografía latinoamericana y la problemática agraria

El joven Alberto J. Pla (1926-2008), graduado como profesor en


Historia en la Universidad Nacional de La Plata en 1955, ilustra la
preocupación de trabajo científico llevada a término por investigadores
de izquierda sobre el capitalismo argentino, en el sistema universitario
de los años 60 y primeros 70. Fue este historiador y profesor itinerante
entre las universidades del Litoral y de Buenos Aires quien expuso en su
libro de 1969, América Latina siglo XX: economía, sociedad y revolución,
una sistemática investigación académica marxista sobre la economía y la
sociedad latinoamericana (Ceruso y Camarero, 2015, pp. 163-179). Su
objetivo fue analizar su estructura social y las tendencias del cambio en
perspectiva comparada, condicionadas por el ciclo de revolución iniciado
por Cuba en 1959. La estructura de propiedad, con su concentración
de la tierra en la mayoría de los países latinoamericanos dominó su
análisis, que apelaba a una fundamentación sofisticada en términos
de documentación (informes de la OEA, de la CEPAL y la OIT, de la
UNESCO), por su enfoque cuantitativo y su referencia a una bibliografía
extranjera actualizada, de la que se destacaba la que problematizaba la
opción revolucionaria socialista para el continente.2
En su libro Pla expuso la tesis de la dominación del latifundio en
América Latina:

El carácter del latifundio sigue siendo la gran traba para

2. Un ejemplo de este tipo de obras era la referencia a la compilación de James Petras


y Maurice Zeitlin América Latina ¿reforma o revolución?, publicada en 1970 en Buenos
Aires por Tiempo Contemporáneo.
O. Graciano - Capitalismo agrario e izquierda universitaria 63

todo tipo de progreso, a pesar de las mentadas reformas agra-


rias. Es evidente que en los países más industrializados incide
menos pero, considerado en su conjunto, el latifundio domina
el 70 % de la tierra en América Latina que está en manos del 6%
de los propietarios, como lo señalan las cifras de las Naciones
Unidas y lo patentiza la CEPAL. (Pla, 1969, p. 80)

Utilizaba en la construcción de sus argumentos sobre los países lati-


noamericanos las categorías en boga en el debate sobre la economía de
los años 1950-1960: desarrollo, dependencia, términos del intercambio.
Pero su análisis se definió por el materialismo histórico, aplicando el
enfoque del desarrollo desigual combinado de León Trotsky para estudiar
sus estructuras económicas y sociales. Criticaba la extensa bibliografía
cepalina y desarrollista de celebración de las inversiones industriales,
ya que, a su criterio, en ningún caso la industrialización de los países
del subcontinente modificó sus estructuras agrarias y de clases, ter-
minó con sus oligarquías de terratenientes o rompió sus condiciones
de dependencia del mercado internacional y del capital imperialista.
Su libro evaluaba los ensayos de reforma agraria de México y Bolivia,
con sus fracasos y limitaciones. Asimismo, diferenciaba a la Argentina,
señalando que experimentó un proceso capitalista específico cuyo factor
distintivo era la importancia alcanzada por la industrialización sustitu-
tiva desde los años 30, pero que, aun así, “no consiguió liberar al país
de su dependencia del mercado mundial, dominado por los monopolios
imperialistas, y de allí surge el mantenimiento de la importancia relativa
de la oligarquía ligada a los mismos” (Pla, 1969, p. 226).
El historiador confirmaba la importancia social y política de la
oligarquía estanciera sobre la tierra, utilizando datos estadísticos ya
antiguos (y no los únicos disponibles en esos años) como los provistos
por los censos nacionales de 1914 y 1947. Este análisis cuantitativo le
permitió construir una caracterización de la dinámica social y política
de la Argentina, caracterizada en su evaluación por la ya señalada
incapacidad de la burguesía industrialista y nacionalista y el retorno
de la oligarquía agrícolo-ganadera al control del Estado en 1955. Así
evaluó que ese proceso político expresaba a sectores de la burguesía en
conflicto: los terratenientes ganaderos y sectores del capital empresario
agroexportador, frente a la burguesía industrial. Esos intereses contra-
puestos impedían en la Argentina la consolidación de una “auténtica
burguesía nacional” que terminara con la dominación imperialista. Cuba
y su revolución socialista, con su reforma agraria, era el espejo histórico
para la transformación de las atrasadas sociedades latinoamericanas,
entre ellas la argentina, frente al fracaso de los ensayos reformistas
nacionalistas de sus burguesías.
64 ARCHIVOS, año XI, nº 21, septiembre de 2022-febrero de 2023: 59-80

La cuestión de la propiedad latifundista fue una preocupación de


sus investigaciones en estos años 60 y resultaba clave en su evaluación
de la economía agraria del subcontinente, identificando en aquella el
mayor condicionante que se imponía al desenvolvimiento rural, así como
a la industrialización de todos sus países. Esa interpretación general
se sostuvo en un trabajo previo comparativo sobre la tierra en América
Latina, desarrollado por Pla probablemente más en su Instituto de In-
vestigaciones Históricas (dirigido en ese momento por Nicolás Sánchez
Albornoz) que en el Centro de Estudios de Historia Social porteño. En
el Anuario del Instituto de Investigaciones Históricas, número 7 de 1964,
se publicó bajo el título “La propiedad rural en América Latina”, donde
efectuó la crítica a partir de los enfoques historiográficos circulacionis-
tas sobre la formación del capitalismo en América de Henri Pirenne y
Jan Bazant, afirmándose en los conceptos de modo de producción y
relaciones de trabajo de Marx. Pla fundaba también su análisis, para
caracterizar la complejidad del sistema económico-social americano, en
su desenvolvimiento combinado. Este análisis teórico le permitió cuestio-
nar tanto las interpretaciones de los historiadores antes mencionados y
la de los americanistas que sostenían la condición capitalista temprana
de América, así como enfocarse en la propiedad del suelo que, en su
investigación de perspectiva continental, consideraba dominada por su
concentración. Los planes de colonización del siglo XIX y las reformas
agrarias del XX fracasaron en modificar esa estructura tradicional de
la propiedad. Esa realidad rural implicaba, según su análisis, diversas
formas de tenencia de la tierra para su acceso a la producción, con las
que afirmaba la tesis de la condición precapitalista de gran parte del
agro latinoamericano, así como en algunas regiones su carácter feudal.
Aparecía así, en su planteo, la renta agraria del suelo como enfoque de
evaluación de esas condiciones del latifundismo terrateniente del sub-
continente. Sólo Cuba, con su reforma agraria inscripta en un proceso
revolucionario, ofrecía la posibilidad de terminar con esa estructura
concentrada de la propiedad: “Este sería el caso”, afirmaba, “de una
reforma agraria que busca eliminar la estructura tradicional, pero sin
mantenerse dentro del marco del sistema capitalista” (Pla, 1964a, p. 57).
La línea de investigación en historia económica latinoamericana de Pla
se sostuvo en su especialización como profesor de Historia de América
Contemporánea y del curso Iniciación metodológica a la Historia Econó-
mica Moderna en la Escuela de Historia de Rosario y, como se señaló,
más en su labor en su Instituto, que la que desarrollaba en el Centro
de Estudios de Historia Social dirigido por José Luis Romero (Hourcade,
1993). Mostraba por su construcción marxista una diferenciación teó-
rica y temática profunda con respecto a la que llevaba adelante en ese
último centro Halperín Donghi, en el que operaba, por la acción de este
O. Graciano - Capitalismo agrario e izquierda universitaria 65

último, la predominancia annalista en la nueva práctica historiográfica


(Devoto, 1993; Míguez, 1993). Si bien Pla se formaba en ese paradigma
y promovió un enfoque analítico del proceso histórico total y de tiempo
largo para América Latina (Pla, 1964b, pp. 63-78), su posición marxista
tenía otras implicancias, como la elaboración de un conocimiento histo-
riográfico que vinculaba estructura agraria y capitalismo, direccionando
ese saber a la comprensión de la transformación revolucionaria socialista
del país y el subcontinente. Si ya antes había abandonado una posible
carrera profesional en la UNLP con Enrique Barba, el joven rosarino se
alejaba historiográficamente también de uno de sus mentores, Romero,
quien había sido importante en el impulso de la nueva historia social y
económica. Si bien Romero había promovido su carrera académica y le
reconoció una autoridad intelectual como intérprete de Marx, Pla carecía
de influencia en la orientación de las investigaciones del Centro y de
la cátedra de Historia Social General, aunque allí era profesor adjunto
(Areces y Suárez, 2004). Era efectivamente su par divergente Halperín
Donghi quien detentaba, en su condición de vicedirector del Centro y
profesor asociado de la cátedra, ese tipo de influencia historiográfica y
a quien Romero la había confiado de modo institucional.
La carrera de Pla ejemplificó así uno de los caminos de transforma-
ción de la historiografía universitaria en esos años, que se ensayaban
en las casas de altos estudios de Santa Fé y de Buenos Aires. Tampoco
se encontraba solo en esa labor, pues los estudios sobre la estructura
agraria regional eran desarrollados por recién graduadas como Nidia
Areces, quien además se desempeñaba como ayudante de su cátedra
rosarina. Asimismo, el artículo “El régimen de la tierra en Argentina. Aná-
lisis estadístico de sus tendencias recientes”, de Roberto Cortés Conde,
publicado también en el Anuario del Instituto de Investigaciones Históri-
cas número 7, ya citado, llevaba a término estudios sobre la temática y,
si bien desde un enfoque desarrollista, verificaba en datos censales la
concentración del suelo rural y la existencia de un sector terratenien-
te dominante en el campo, en 1960. Sin lenguaje marxista, su autor
consideraba que la propiedad latifundista explicaba el estancamiento
productivo del agro pampeano (Cortés Conde, 1964, pp. 69-86). Empero,
la resolución de esas tendencias historiográficas alternativas al interior
del paradigma renovador se resolvió desde afuera por el golpe militar
del general Juan C. Onganía, que llevó a la intervención universitaria,
al cierre del Centro de Estudios de Historia Social y al éxodo de parte
de sus contendientes, entre ellos Halperín Donghi y Cortés Conde. Pla
continuaría su docencia en la UBA y en la UNL, aún bajo hostigamiento
académico (Hourcade, 1993).
Pla había desarrollado ya desde los años peronistas y más aún duran-
te su carrera universitaria, una activa participación en organizaciones
66 ARCHIVOS, año XI, nº 21, septiembre de 2022-febrero de 2023: 59-80

de izquierda: primero con su militancia juvenil en el Partido Socialista,


luego trotskista en el Grupo Obrero Marxista (GOM) de Nahuel Moreno
y desde fines de los años 1940 y hasta avanzados los 70 en el Grupo
Cuarta internacional (GCI) de José Posadas, convertido en Partido Obrero
Revolucionario (Trotskista) –POR (T) y posteriormente PO (T)–, en el que
llegó a integrar su dirección (Tarcus, 2007; Camarero y Ceruso, 2015,
p. 164) Fue en esta organización en donde su formación marxista se
diseñó con precisión, orientada por sus lecturas de Trotsky para evaluar
la historia político-económica de América Latina. Su libro La burguesía
en América Latina, editado en 1971 por el Centro Editor de América
Latina, sintetizó sus evaluaciones de la estructura agraria e industrial
latinoamericana y su tesis del fracaso de las burguesías industriales
nacionales para cumplir su tarea histórica, la revolución democrática y
antiimperialista para liquidar las realidades latifundista e imperialista
del subcontinente. Su obra fue un ensayo de historia destinado a un
lector movilizado y politizado por las protestas de masas y la actividad
de la nueva izquierda e implicó su intervención en la disputa teórica
con Gunder Frank y Theotonio Dos Santos y sus evaluaciones del des-
envolvimiento capitalista del subcontinente. Allí glosó extensamente
la interpretación de José Posadas del “Estado revolucionario”, que
planteaba la existencia de un camino político directo por el socialismo.
El mismo se expresaba con la emergencia de un nuevo nacionalismo
latinoamericano revolucionario y antiimperialista y una coyuntura
también revolucionaria del subcontinente, bajo el impacto del Estado
obrero cubano y de un proceso mundial que avanzaba en esa misma
dirección. En este último trabajo que cerraba una etapa de sus investi-
gaciones individuales de historia económica y política latinoamericana,
Pla invitaba a sus lectores a definirse por la opción política del presente:
la formación de estados revolucionarios para construir el socialismo en
América Latina (Pla, 1971, p. 121).

Ernesto Laclau y las claves explicativas del capitalismo dependiente

Ernesto Laclau (1935-2014), diplomado de la carrera de Historia de


la UBA, desarrollaría también investigaciones que tomaron como cen-
tro de atención la estructura del capitalismo agrario argentino. En sus
trabajos en el ITDT desplegó, entre los años 1968 y 1975, un análisis
que remitía a las obras de Marx y Lenin, combinado con las nuevas
herramientas de la historia económica académica de los marxistas in-
gleses. Caracterizó a la Argentina como un país capitalista dependiente,
integrado al mercado mundial por el imperialismo británico, concepto
que retomaba la reflexión sociológica e histórica latinoamericana de Dos
Santos, Helio Jaguaribe y Aníbal Pinto, entre otros. Laclau destacaba en
O. Graciano - Capitalismo agrario e izquierda universitaria 67

sus indagaciones la especificidad de la incorporación del país al mercado


mundial a partir de la alianza imperialista de la clase terrateniente con
el capital inglés. A partir de un preciso análisis marxista que tomaba
posición frente al debate sobre los modos de producción históricos de
América Latina, buscó producir una caracterización de la “naturaleza
de las economías latinoamericanas”. Detallaba los estudios de André
Gunder Frank que definían como capitalista a los sistemas económicos
del subcontinente desde la conquista europea. Para Laclau se trataba de
un análisis erróneo ya que colocaba su fundamento en la “circulación
de mercancías” para su definición de la condición capitalista latinoa-
mericana, antes que en “la esfera de la producción”, la posición teórica
que pensaba correcta. De este modo pretendía corregir la que consi-
deraba equívoca interpretación de Gunder Frank de Marx. Asimismo,
tampoco era correcta, a su criterio, la caracterización de la economía
latinoamericana como feudal, errónea también conceptualmente, por
colocar igualmente su fundamento en una “perspectiva circulacionista”.
(Laclau, 1969, pp. 278-281).
El autor introducía su definición marxista apoyándose además en
los estudios históricos de Witold Kula sobre la economía polaca, de
Maurice Dobb y Rodney Hilton con respecto a la transición del feuda-
lismo al capitalismo y de Eric Hobsbawm sobre la economía británica,
que le posibilitaban proponer un análisis marxista alternativo para la
economía latinoamericana. Para Laclau el capitalismo histórico (en su
versión clásica), desarrolló su tasa de ganancias con la acumulación
de plusvalía de su mercado interno y de las provenientes de las áreas
coloniales del mundo. El imperialismo económico en su lógica de acumu-
lación, típico del capitalismo en su período clásico, integró así diversos
modos de producción, tanto de sus zonas dominantes capitalistas como
de las zonas dominadas “no capitalistas”. Agregaba que en las áreas
dominadas podían coexistir modos de producción diversos y que era
necesario, en el análisis histórico, establecer los coexistentes, determinar
las modificaciones del papel de la tasa de ganancias como factor clave y,
por último, delimitar la “independencia relativa del sistema” con relación
al sistema económico nacional o mundial. Esta conceptualización la
aplicó a la historia económica argentina, señalando que su integración
al mercado mundial como país productor primario, constituyó en su
región pampeana una economía capitalista liderada por una oligarquía
que monopolizaba la tierra. Pero rechazaba la caracterización de feudal
o no capitalista de esa economía, la que no resistía el análisis histórico.
La difusión de las relaciones salariales y la constitución de un mercado
de trabajo asalariado en las pampas, en el que tuvo papel fundamental
la inmigración masiva europea, la conquista militar del territorio con
su consecuencia de eliminación de población no integrada al sistema
68 ARCHIVOS, año XI, nº 21, septiembre de 2022-febrero de 2023: 59-80

económico y la difusión de la producción agrícolo-ganadera, permitían


definir al agro como capitalista. (Laclau, 1969, p. 293).
Pero ese carácter capitalista del agro no garantizaba la condición
de clase capitalista (aunque tampoco feudal) de los estancieros-gana-
deros, que definía como oligarquía terrateniente, ya que sus ingresos
se sustentaban más en la renta del suelo que en la ganancia: “Nuestra
hipótesis es que el monopolio de la tierra y la elevadísima renta dife-
rencial procedente de la extrema fertilidad de la llanura pampeana se
unieron para consolidar la estructura a la vez capitalista y dependiente
de la economía argentina” (Laclau, 1969, p. 293). A partir de la primacía
de la renta agraria como central en la expansión económica moderna
del país, caracterizaba su economía como expresión de un capitalismo
dependiente:

Porque al transformarse la renta diferencial en el motor


de todo el proceso –y esta es nuestra segunda hipótesis– la
expansión rentística pasó a ocupar en nuestra economía el
lugar que en un capitalismo no dependiente corresponde a la
acumulación del capital. (Laclau, 1969, p. 294)

El joven historiador destacaba la “magnitud” de la renta diferencial


obtenida por la Argentina como país agroexportador entre 1860 y 1930
y que su ingreso per cápita se ubicaba entre los más altos del mundo
para el período. Esa condición central de la renta agraria explicaba el
desenvolvimiento económico y social argentino, pero allí residía también
su debilidad y vulnerabilidad estructural como productor agropecuario
frente al capitalismo industrial. Un país capitalista dependiente cuyo
crecimiento pendía de la demanda de aquél. Para Laclau, además, al
monopolio de la tierra correspondía la concentración del ingreso por
parte de esa oligarquía terrateniente, que explicaba por ese mismo
monopolio y cuya consecuencia fue producir alto consumo suntuario
y baja inversión productiva. Sin embargo, reconocía su impacto en la
inversión en infraestructura, en la estratificación social y en la urbaniza-
ción europeizante de las ciudades del litoral. Pero ello no ocultaba, en su
evaluación, la condición de economía dependiente, no sólo de su sector
rural sino también del industrial, cuyas posibilidades de crecimiento
estaban ligadas al mercado interno creado y cuya expansión provenía de
la renta agraria. Laclau definía a la Argentina como un país capitalista
dependiente por el lugar predominante que ocupaba la renta del suelo,
que definió como categoría capitalista marginal. El carácter rentístico
de esta lógica económica se impuso y lo explicaba por el volumen de la
renta diferencial a escala internacional obtenida.
Si el monopolio de la tierra y la renta diferencial fueron las claves
O. Graciano - Capitalismo agrario e izquierda universitaria 69

del crecimiento ocurrido, ello explicaba esa condición de oligarquía y no


de burguesía de los estancieros terratenientes pampeanos. El progreso
argentino “exitoso” en su visibilidad de superficie, medido en ingreso per
cápita, poblamiento, industrialización, estructura social, urbanización
y empleo, ocultaba su naturaleza dependiente, la que expresaba his-
tóricamente sus problemas luego de 1930, cuando la renta diferencial
internacional perdió su relevancia con el fin del dominio mundial del
capitalismo británico, la que produjo la crisis del modelo agroexporta-
dor argentino. Si Laclau tomó en préstamo en su análisis la teoría de
la renta diferencial a escala internacional formulada por Jorge Enea
Spilimbergo en su militancia en el espacio del Partido Socialista de la
Izquierda Nacional para explicar el capitalismo argentino y fundar su
estrategia política como sostiene Acha (2013, pp. 57-78), esos sectores
eran deudores del debate sobre la cuestión agraria del pensamiento de
dirigentes como Juan B. Justo, quien ya había identificado a la renta
del suelo como clave explicativa del capitalismo argentino y del poder
social y político terrateniente, así como de su alianza con el imperialismo
inglés. El paso de Laclau por el Partido Socialista y el Socialista Argentino
de Palacios primero, el Socialista de Vanguardia luego y, finalmente, su
militancia en el Partido Socialista de la Izquierda Nacional de Jorge Abe-
lardo Ramos y Spilimbergo, fueron los que le posibilitaron su formación
teórica así como sus elecciones temáticas historiográficas en esos años,
pero sin dudas complejizadas y enriquecidas con la biblioteca académica
marxista anglosajona y la del dependentismo. (Ceruso y Camarero, 2015,
pp. 163-179; Acha, 2009, pp. 203-243 y 2013, pp. 59-61).
Laclau profundizó su análisis sobre el capitalismo con la publicación
en 1971 de Feudalismo y capitalismo en América Latina, en el que se
enfocó en evaluar otra vez las definiciones del desenvolvimiento histó-
rico del subcontinente de Gunder Frank. El problema de fondo no era
menor: analizar y definir correctamente desde la izquierda la naturaleza
económica y social de sus países implicaba acertar en las estrategias
políticas a proponer. Se trataba de esclarecer conceptualmente los tér-
minos del debate entre los defensores de su condición feudal y los de
su carácter capitalista. El historiador zanjaba la cuestión, al proponer
como correcto el estudio científico de las formaciones sociales de los
países latinoamericanos a partir de sus modos de producción. Pero no
avanzaba en la cuestión política de fondo que movilizaba esos debates
políticos y académicos, ya que cerraba su artículo con una referencia
teórica de Marx como preceptiva científica de investigación a implemen-
tar (Laclau, 1989 [1973], p. 43).
Los estudios de Laclau propusieron una explicación histórica mar-
xista de los problemas del capitalismo argentino utilizando además las
investigaciones que Halperín Donghi, Ezequiel Gallo y Roberto Cortés
70 ARCHIVOS, año XI, nº 21, septiembre de 2022-febrero de 2023: 59-80

Conde, entre otros, desarrollaron en esos años 60. Su formación en


el Centro de Estudios de Historia Social de Romero fue así clave en
la elaboración de sus trabajos. Las herramientas conceptuales y las
contribuciones empíricas provenían en parte de la nueva historia eco-
nómica y, en este sentido, su artículo de la Revista Latinoamericana de
Sociología de 1969 integró el primer volumen de estudios sobre histo-
ria económica del país, compilado por Marcos Giménez Zapiola en El
régimen oligárquico. Materiales para el estudio de la realidad argentina
(hasta 1930), publicado en 1975 por Amorrortu, como parte de una
iniciativa de colección de esa editorial luego frustrada. Pero más aún
que los de sus colegas del Centro de Estudios de Historia Social, sus
trabajos proyectaban claves al presente setentista, las que evaluaban
estructuralmente el estancamiento productivo pampeano, la naturaleza
social de sus sectores terratenientes y sus acciones económicas, sobre
la cuestión de la gran propiedad y la concentración de la tierra y, en
una escala continental, sobre una realidad económica latinoamericana
tramada por los fracasos de los planes desarrollistas y reformistas. Sus
aportes complejizaban, en el Centro de Romero y en el ITDT donde des-
plegaba centralmente su labor intelectual, la discusión científica sobre
los problemas de las sociedades argentina y latinoamericana, cruzada
por evaluaciones económicas, historiográficas y sociológicas cepalinas
o influidas por la tesis de la dependencia.
Y sin dudas como partícipe del proceso de renovación historiográfica,
Laclau contribuyó circunstancialmente (y aún sin acordar en lo teórico y
político con ellos) a ese espacio de investigadores marxistas reunido en
torno al grupo Pasado y Presente, para reconstruir el proceso histórico
capitalista latinoamericano bajo la influencia de los caminos alternati-
vos de la revolución socialista. El volumen 40 de Cuadernos de Pasado
y Presente editado por Siglo XXI en 1973, congregó a los historiadores
Juan Carlos Garavaglia, Carlos Sempat Assadourian, Ciro F. Santana
Cardoso, al economista Horacio Ciafardini y al mismo Laclau, quienes
aportaron sus estudios marxistas a la problemática de su título. (Devoto
y Pagano, 2009, pp. 333-335; Schlez, 2020, pp. 27-140). La propuesta
de Laclau de una renta diferencial internacional como clave explicativa
del desenvolvimiento capitalista del país sería un apoyo científico para
economistas como Guillermo Flichman, quien buscó analizar la lógica
productiva dominante en la región pampeana a partir de la categoría
de renta del suelo.

Guillermo Flichman y la cuestión agraria pampeana

Economista graduado en la UBA, Flichman (1940-2020) militó como


estudiante en la Federación Juvenil Comunista y desde 1963 integró
O. Graciano - Capitalismo agrario e izquierda universitaria 71

Vanguardia Revolucionaria, escisión del Partido Comunista de grupos


juveniles mayoritariamente universitarios, liderado por Juan Carlos
Portantiero. En esos espacios de militancia accedió a una formación
marxista (que la carrera de económicas no le posibilitaba), desde la
que definió como objeto de investigación la problemática agraria. En
los años 60 y primeros 70 realizó investigaciones sobre el agro desde el
enfoque marxista de la renta de la tierra. Su libro de 1977 La renta del
suelo y el desarrollo agrario argentino sintetizó su labor investigativa de
poco más de una década, llevada adelante a partir de esa preocupación
política marxista y viabilizada en gran medida en el ámbito científico
que le permitió el CEUR-ITDT para desarrollarla.
Flichman compendió en este libro una larga investigación teórica
y empírico-estadística del agro, que fue parte configurativa del debate
académico sobre la cuestión agraria en los tempranos 70. Publicado por
Siglo XXI de México, un año después de la caída del gobierno peronista,
La renta del suelo expuso un estudio de la gravitación de la renta del
suelo capitalista en el desenvolvimiento de la agricultura argentina y de
la pampeana en particular. Para este economista, la teoría de la renta
del suelo de Marx posibilitaba encontrar explicación al estancamiento
productivo pampeano de las décadas de 1930-1960, ya que develaría la
lógica empresarial de un actor directivo del agro, su sector de grandes
propietarios. Para Flichman el agro pampeano era central en términos
económicos, pero también políticos, porque encerraba las claves histó-
ricas del desenvolvimiento del capitalismo nacional. Señalaba además
la centralidad que tuvo en la dirección de ese proceso capitalista la que
denominaba clase terrateniente, en la inserción del país en el mercado
mundial, que, según su autor, “se apropió de una gigantesca porción
de renta diferencial a escala internacional” (Flichman, 1977, p. 15).
En su análisis, la clase terrateniente se había fortalecido desde
fines del siglo XIX por el desarrollo capitalista del país, y la propiedad
territorial latifundista fue la unidad productiva que aseguró su domi-
nación social. Y aunque reconocía que para la década del 60 había
perdido su antigua relevancia económica y política, la propiedad de la
tierra continuaba siendo clave de la explicación de ese estancamiento
productivo. La economía argentina continuaba dependiendo del agro
y de sus saldos excedentes de exportación al mercado mundial para
garantizar su desarrollo. Pero la propiedad de la tierra en manos de
terratenientes que la utilizaban para maximizar sus ingresos sin una
explotación intensiva era la lógica empresarial que posibilitaba visibili-
zar el análisis de la renta del suelo. Así afirmaba: “Aún hoy, y pese a la
creciente integración burguesa-terrateniente, la propiedad de la tierra
aparece como una traba para el desarrollo de las fuerzas productivas”
(Flichman, 1977, p. 15).
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Flichman colocaba su análisis del agro pampeano bajo el enfoque de


la renta del suelo capitalista obtenida por los estancieros como ganancia
extraordinaria. En años previos había ya expuesto en la revista Desarrollo
Económico (en sus números 39-40 de 1971 y 54 de 1974) evaluaciones
determinando la renta obtenida por esa clase terrateniente. Su libro
dedicaba extensos capítulos al análisis teórico e histórico de Marx de
la renta del suelo y su evolución como concepto y como categoría de
ingreso, recurriendo a los clásicos marxistas, a Karl Kautsky y Mao
Tsé-Tung y a una bibliografía económica integrada por Ernest Mandel
y Samir Amin, entre otros. Recurrió además a las investigaciones so-
bre la historia económica argentina de Ricardo M. Ortiz, Aldo Ferrer y
Carlos Díaz Alejandro, a las específicas sobre el agro de Gastón Gori,
Juan L. Tenenbaum, Horacio Giberti, James Scobie, Peter Smith, Carl
Taylor, Darrell Fienup, Russell Brannon y Frank Fender, así como a
las producidas por sociólogos marxistas como Miguel Murmis y Nicolás
Iñigo Carrera desde el Centro de Investigaciones en Ciencias Sociales
(CICSO). Esta bibliografía fundamentaba su análisis de la historia eco-
nómica pampeana del período clásico (1880-1930) y del que caracterizó
como de estancamiento (1930-1970). Por último, sustentó su trabajo en
una sistemática investigación censal del país entre 1914 y 1969, que
tomó como variables la producción agropecuaria, la ocupación rural,
el uso agrícola del suelo, la ganadería, la mecanización y la tenencia de
la tierra medida por la extensión de las explotaciones y por el régimen
legal, destacándose su elaboración estadística de la región pampeana.3
Flichman no dejaba de lado la dimensión política que implicaban las
distintas evaluaciones académicas de la economía agropecuaria y del
sector empresario de grandes propietarios rurales en la definición de
políticas públicas hacia el sector, como las expuestas por Ferrer en La
economía argentina (1963) y Giberti en El desarrollo agrario argentino
(1964). Ubicaba estos análisis dentro de las posiciones del reformismo
capitalista, con sus consecuentes fracasos en sus propuestas por lograr
una transformación del agro pampeano por medio de inversiones en
tecnología y de impuestos, que posibilitaran superar su estancamiento
productivo, consecuencia de la lógica rentista de la clase terrateniente
(Flichman, 1977, pp. 150-151). Asimismo enfocó una crítica de desau-
torización teórica a los análisis del agro de dirigentes de izquierda como
Eugenio Gastiazoro e Ismael Viñas, quienes habían editado diversas
obras sobre el mismo.4 En tanto, asumió un debate constructivo con el

3. La magnitud de su trabajo de cuantificación se revelaba en el apéndice estadís-


tico, conformado por 65 cuadros que expusieron la evolución de las variables antes
identificadas (Flichman, 1977, pp. 171-241).
4. Las que tomaba de referencia de esa crítica eran, de Gastiazoro, Argentina hoy.
O. Graciano - Capitalismo agrario e izquierda universitaria 73

economista marxista Oscar Braun en la revista Desarrollo Económico,


quien le cuestionaba su análisis de la renta de la tierra para evaluar las
decisiones de inversión del sector terrateniente y comprender su lógica
rentista en el campo. Si fuera correcta, como pretendía Flichman (y
que Braun negaba), explicaría satisfactoriamente la baja productividad
pampeana y su actitud empresaria por obtener más tierra y aumentar
sus ganancias por la renta especulativa. Flichman, que había elaborado
un sofisticado modelo económico para explicar las características de la
inversión en las grandes explotaciones agropecuarias administradas
por sus propietarios, refutó su crítica (Flichman, 1971, pp. 375-393).
La complejidad que adquirió su estudio se verificaba así por la
elaboración conceptual y las formulaciones matemático-estadísticas
que propuso para verificar la importancia de la renta del suelo como
categoría de análisis de lo que denominó “el desarrollo agrario argenti-
no” en el largo plazo, y por su diálogo con las investigaciones técnicas
provenientes de organismos internacionales y locales como el INTA. Pero
fue la literatura sociológica e historiografía dependentista, de autores
como Ruy Mauro Marini, Samir Amin y Laclau, la que le posibilitó otor-
garle un enfoque conceptual y una situación histórica particular para
fundamentar su tesis de la vigencia e importancia de la renta del suelo
como categoría de ingreso de los grandes propietarios rurales. Fue el
enfoque de esta bibliografía en la que fundamentó su caracterización
de la condición dependiente y de atraso del capitalismo nacional, muy
diferente en su desenvolvimiento con relación al modelo clásico anglo-
sajón. Para Flichman, la renta de la tierra desempeñó y desempeñaba
aún un “papel primordial” en el tipo de desarrollo del capitalismo en el
campo. Su consecuencia era el estancamiento productivo pampeano.
El monopolio de la tierra por su clase terrateniente y la fertilidad de su
suelo que implicó gran competitividad mundial por la alta productivi-
dad y los bajos costos de producción, hizo así de la renta del suelo una
categoría fundamental en el desenvolvimiento económico del país y en
la construcción del poder social terrateniente: “Podemos decir que la
renta del suelo en la Argentina ha desempeñado un papel fundamental
en su desarrollo económico. Esto derivó en un extraordinario poderío
de la clase terrateniente” (Flichman, 1977, pp. 76-77). La integración de
la Argentina como productor primario al orden capitalista imperialista
produjo fenómenos económicos y políticos distintos: mientras en Europa
debilitó a sus clases terratenientes, en el país la fortaleció. En el viejo
continente la renta del suelo desaparecía como categoría de ingreso y
en Argentina se “entronizaba” (Flichman, 1977, p. 78).

Capitalismo dependiente y estructura de clases (Polemos, 1972) y de Viñas, Tierra y


clase obrera (Achával Solo, 1973) (Lissandrello, 2021).
74 ARCHIVOS, año XI, nº 21, septiembre de 2022-febrero de 2023: 59-80

Flichman enfatizaba el peso decisivo de la clase terrateniente en el


control del suelo pampeano, la centralidad que en su lógica empresarial
tenía la renta del suelo como ingreso y las trabas que provocaba al desen-
volvimiento capitalista del país, aunque reconocía, siguiendo a Murmis,
que la concentración de la propiedad rural no era tan elevada en el país
como en Latinoamérica, aunque sí a su criterio era “relevante la enorme
extensión de las explotaciones en los estratos superiores” (Flichman,
1986 [1977], p. 109). Así, las mayores de 5.000 hectáreas representaban
un 18,59 % de las explotaciones agropecuarias en 1969. Para Flichman
todos los gobiernos nacionales posteriores a 1955 tomaron medidas de
fomento del sector agropecuario, pero los magros resultados productivos
consolidaron la extensa opinión del estancamiento entre agrónomos
y economistas, debido a las técnicas extensivas de explotación de los
productores. Los ensayos de impuestos a la renta del suelo del gobierno
de Onganía y luego del de Perón, como del bonaerense Oscar Alende,
con sus mayores y menores contenidos antiterrateniente y de reforma
agraria, fracasaron según este economista por la falta de apoyo político
a su implementación. Aunque a su criterio también lo hicieron por las
erróneas evaluaciones del agro de sus referentes intelectuales, Ferrer
y Giberti. En efecto, su pesimismo por las opciones de política agraria
reformista se profundizó con la experiencia del último gobierno peronista
de 1973 y sus propuestas de cambio agrario de la mano de la gestión en
el Ministerio de Economía de José B. Gelbard y del mismo Giberti en la
Secretaría de Agricultura y Ganadería. Flichman señalaba que en 1975
el país no tenía “una Ley Agraria, no rige el impuesto a la renta potencial
sancionado por el Parlamento en 1973 y el impuesto a las tierras aptas
libres de mejoras tiene tasas completamente inofensivas” (Flichman,
1977, p. 170). Evaluaba como un fracaso los ensayos reformistas en
garantizar viabilidad al desarrollo productivo agrario pampeano, debido
a la resistencia de los grandes propietarios y sus corporaciones, a la
rentabilidad de la gran explotación extensiva que validaba, a su criterio,
la importancia de la renta capitalista del suelo, afirmando su poder
político y económico. Ese fracaso burgués no dejaba otra posibilidad
para liquidar la gran propiedad y las trabas al desarrollo agrario que un
proceso revolucionario: “Cada día parece más probable que la liquidación
de la renta agraria en la Argentina podrá sobrevenir recién cuando sean
liquidadas las relaciones capitalistas de producción. Pero aún no puede
afirmarse esto con absoluta certeza” (Flichman, 1977, p. 78).
El camino pasaba así por la opción revolucionaria. Pero el agota-
miento del gobierno de Isabel Perón, la violencia política y, finalmente,
el golpe de Estado de marzo de 1976 que terminó con la democracia
peronista instaurando una dictadura cívico-militar apoyada por la Socie-
dad Rural Argentina y las grandes corporaciones económicas puso fin a
O. Graciano - Capitalismo agrario e izquierda universitaria 75

cualquier expectativa de cambio revolucionario y truncó los proyectos de


investigación sobre el capitalismo agrario de todos estos universitarios.

Marxismo académico y capitalismo en Argentina

Con la renovación de las ciencias sociales de los 60 y 70 emergió y se


consolidó un núcleo de producción de conocimiento científico marxista
sobre el capitalismo agrario, lo que no había sucedido en el sistema
universitario en la primera mitad del siglo XX. El gran peso que en la
labor intelectual de estos profesionales tuvo su integración en las redes
internacionales del saber de las ciencias sociales, con su clivaje de pen-
samiento dependentista y marxista latinoamericano, fue determinante
para que esa institucionalización académica se produjera e influyera en
sus prácticas intelectuales. Sus investigaciones generaron evaluaciones
marxistas que concentraron su atención sobre la economía y estructura
agraria del país, pero además en perspectiva latinoamericana, en un
proceso de trabajo científico que adquirió modalidades colectivas con
la incorporación de otros jóvenes profesionales de izquierda. Así por
ejemplo el CICSO (fundado en 1966) orientó a comienzos de los 70, y
por influencia de Murmis, su mayor esfuerzo a la investigación marxista
de la estructura rural del país y de sus clases sociales. Entre quienes lo
llevaron adelante se encontraban Ian Rutledge, Alfredo Pucciarelli, Nydia
Margenat, Eduardo Saguier y Nicolás Iñigo Carrera. Pero no fueron los
únicos en desplegar una formación marxista asociada a los estudios
rurales sobre el presente y el pasado nacional, como lo expresaron los
inicios profesionales de Silvia Sigal, Enrique Tandeter, Juan Carlos
Garavaglia y Eduardo Archetti, entre otros. En este sentido, la edición
realizada por Archetti del libro de Alexander Chayanov, La organización
de la unidad económica campesina (Nueva Visión, 1974), se relacionó
con las necesidades teóricas de éste y de los universitarios de izquierda
para abordar el desenvolvimiento del capitalismo agrario.
Flichman, Pla y Laclau expusieron con precisión la problemática
teórica y política que implicaba estudiar el agro: la misma era su rele-
vancia para comprender las condiciones pasadas y presentes del des-
envolvimiento capitalista del país. Su trabajo en los ámbitos científicos
universitarios y privados comprendió la discusión teórica del marxis-
mo, la incorporación del pensamiento académico anglosajón y europeo
continental y sus debates sobre el capitalismo, y el de los marxistas
de la dependencia latinoamericana, que asociaron con la investigación
empírica y la implementación de instrumentos de cuantificación de los
procesos económicos.
Sus experiencias políticas influyeron en su labor científica, en la
elección de sus especializaciones en historia económica, en el desarrollo
76 ARCHIVOS, año XI, nº 21, septiembre de 2022-febrero de 2023: 59-80

de sus temas de investigación, les ofrecieron corpus teóricos y biblio-


gráficos, así como orientaron sus interrogantes historiográficos y sus
respuestas. Existió una vinculación entre sus prácticas políticas y sus
producciones científicas, y esas prácticas dieron orientación contextual
a su labor de investigación, constituyendo un marxismo académico con
capacidad de generar una agenda temática y una producción de cono-
cimiento del capitalismo para su transformación revolucionaria. Pero
la politicidad de estas obras careció de interés para quienes analizaron
sus evaluaciones del agro, que se limitaron a indicarla (Malgesini, 1990)
o se concentraron en impugnarla (Míguez, 1986, 1990). Asimismo, la
politización universitaria de los 60 y 70 (Dip, 2017) contribuyó a una
legitimación de la utilidad social y por lo tanto política de sus investi-
gaciones, en donde sus prácticas científicas eran inescindibles de esa
pretensión intelectual de intervención pública. Ello se expresó en las
vinculaciones intelectuales que establecieron en el país y con profe-
sionales de universidades de Chile, México y Uruguay, con la Escuela
Latinoamericana de Ciencia Política de la FLACSO con sede en Santiago
de Chile, en el lanzamiento de revistas y editoriales como Tiempo Con-
temporáneo, Signos, Siglo XXI y Pasado y Presente, que mostraban la
preocupación por discutir teórica e historiográficamente desde el mar-
xismo, la naturaleza de América latina y de Argentina.
En este sentido, en las investigaciones de Pla, Laclau y Flichman se
destacaron su condición de saber científico influido y en diálogo con
la coyuntura latinoamericana abierta por la revolución cubana, con
los planes de reforma agraria impulsados por los cientistas sociales de
la Alianza para el Progreso y de la CEPAL, así como luego por la pro-
puesta de reforma agraria del gobierno de Salvador Allende. Fue una
producción intelectual que tenía marcas específicas de esa coyuntura
histórica continental, que dialogaba con las corrientes del socialismo, el
comunismo y de la nueva izquierda, que promovieron también en esos
años sus propios estudios del agro, con su cuestionamiento de la gran
propiedad, la denuncia de los grupos terratenientes y de la realidad
minifundista campesina.5 Esa literatura de saber agrario elaborada
en las izquierdas, aún cuestionadas por las sofisticadas propuestas
historiográficas y teórico-metodológicas que sostuvieron las investiga-
ciones de Pla, Laclau y Flichman, fueron sus contendientes y éstos las
reconocieron en su interlocución analítica del agro.
Las contribuciones de estos tres profesionales influyeron en el ám-

5. Fue en las agrupaciones de izquierda sesentistas y setentistas (en particular en las


estalinistas, maoístas y guevaristas) donde la problemática agraria adquirió impor-
tancia en sus estrategias políticas y produjo una significativa serie de investigaciones.
Véase Lisandrello (2021).
O. Graciano - Capitalismo agrario e izquierda universitaria 77

bito historiográfico e intelectual setentista y en particular en el debate


científico sobre el capitalismo. Su relevancia actual en esos espacios
es diversa. Mientras la obra temprana de Laclau resulta escasamente
citada, la de Flichman fue referencia de análisis de la bibliografía del
agro de las décadas de 1980-1990 (Míguez, 1986; Sábato, 1987 y 1993;
Barsky, Posada y Barsky, 1992). En tanto la producción de Pla expresó
una vertiente de renovación historiográfica marxista-trotskista (Acha,
2009, p. 297). Fue quien desplegó una línea divergente del núcleo re-
novador de la UBA liderado por Romero y Halperín Donghi. Desde el
CEAL la profundizó con su dirección de las colecciones en fascículos
de la Historia de América en el siglo XX y la Historia del movimiento
obrero, encargadas a sus colegas historiadores para su difusión entre
el público politizado y que esa editorial también direccionaba hacia el
imaginario cultural y político de la izquierda. Sin embargo, este papel
de Pla en la construcción de una historiografía renovada no le fue reco-
nocido por Halperín Donghi, quien legitimó, en su balance de 1986, a la
corriente que lo tenía como protagonista e inspirador, junto a Romero,
limitándose a reconocer que entre sus integrantes había un grupo que
expresaba “un marxismo asimilado en etapas previas de la formación
política, antes que científica” y que con su “difuso marxismo” contribu-
yó a la investigación del “surgimiento del orden capitalista” (Halperín
Donghi, 1986, p. 497). Ese era, pero también mucho más, el aporte
de Pla, quien desplegó una labor historiográfica que incluyó estudios
en obras colectivas sobre la “década infame” y los gobiernos radicales
posteriores a 1955, una biografía de Trotsky y la difusión de escritos del
mismo (1971) y la reflexión sobre la ciencia histórica (1972), publicados
por editoriales independientes (Carlos Pérez, Nueva Visión), así como la
dirección de las colecciones de CEAL antes citadas. Ocupó sin dudas
un lugar relevante en la construcción de una historiografía marxista
universitaria, una línea divergente pero generada en el seno mismo de
la renovación académica, con contribuciones científicas sobre el pasado
argentino y latinoamericano. Fue, además, el más auténtico braudeliano
de esa renovación, al defender una historia total y de las estructuras de
América Latina en el largo plazo (Pla, 1964b, pp. 63-78).
1969 fue el año que testimonió en obras esas divergencias de trabajo
historiográfico, con la publicación de América Latina siglo XX: economía,
sociedad y revolución, de Alberto Pla, y de Historia contemporánea de
América Latina, de Halperín Donghi. Esas divergencias se expresaron
luego en otros artefactos historiográficos, como la obra colectiva Historia
argentina de Paidós, dirigida por el segundo. Pero no se trataba de es-
cuelas antagónicas, ya que tanto en las iniciativas editoriales colectivas
de Pla como en las de Halperín Donghi, participaron historiadores de la
renovación sesentista. Aunque la obra latinoamericanista temprana de
78 ARCHIVOS, año XI, nº 21, septiembre de 2022-febrero de 2023: 59-80

Pla no resulta una referencia bibliográfica hoy, su papel en la construc-


ción de una historiografía marxista sobre el subcontinente fue impor-
tante. Más aún lo fue su contribución a la historia de los trabajadores.
(Ceruso y Camarero, 2015, pp. 163-179).
La situación universitaria de 1975 y fundamentalmente desde marzo
de 1976 puso fin a estas experiencias de trabajo intelectual de los pro-
fesionales de izquierda en la universidad. Sólo algunos de los centros
como el ITDT y el CEDES pudieron brindar cierto refugio momentáneo
para la labor científica de algunos de estos investigadores. Pla y Flichman
partieron al exilio, Laclau ya lo había hecho en 1966. Bajo la dictadura
militar, esos proyectos científicos marxistas de investigación del capita-
lismo y las expectativas teórico-políticas por su transformación radical
que los movilizaba se clausuraron.

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Tramas:
El trabajo precapitalista y sus formas
ARCHIVOS
ISSN 2313-9749
ISSN en línea 2683-9601
Año XI, nº 21, p. 83
de historia del movimiento obrero y la izquierda septiembre de 2022-febrero de 2023

Presentación
Las dos contribuciones que presentamos abordan las características
del trabajo y de las clases productoras en dos contextos precapitalistas.
El mundo antiguo y el feudal son revisitados a través del análisis de las
concepciones acerca de la actividad productiva y de las diversas relacio-
nes de subordinación social en las que se inscriben los diferentes actores.
En este recorrido iremos de la significación social del trabajo asala-
riado en el mundo homérico y la débil frontera que separa al jornalero
del esclavo en la obra de Aristóteles, a la relativa autonomía productiva
del campesinado tributario medieval; de las sublevaciones espartanas y
las grandes rebeliones de esclavos en Roma a los levantamientos antise-
ñoriales de Europa bajomedieval. Esclavos, campesinos independientes,
trabajadores asalariados y artesanos son los protagonistas de estas
páginas; “humillados y ofendidos” del pasado que experimentaron las
múltiples formas de explotación, pero que también resistieron y lucha-
ron. ¿Qué tienen en común y en qué se diferencian? En lo que sigue pre-
tendemos aportar algunos elementos para responder este interrogante.

***

Estos breves ensayos han sido escritos con la intención de estimular


el intercambio con los y las especialistas en el mundo del trabajo y el
movimiento obrero, procurando que la parcelación del campo de cono-
cimiento deje de ser un obstáculo para el diálogo y el enriquecimiento
recíproco. Vaya nuestro agradecimiento a los y las colegas del comité
editor de Archivos por impulsar la construcción de puentes entre quienes
compartimos preocupaciones similares.

[ 83 ]
ARCHIVOS
ISSN 2313-9749
ISSN en línea 2683-9601
Año XI, nº 21, pp. 85-99
de historia del movimiento obrero y la izquierda septiembre de 2022-febrero de 2023

La cuestión del trabajo en el mundo clásico


Marcelo Perelman Fajardo
Universidad de Buenos Aires – Universidad Nacional de General Sarmiento - Argentina
[email protected]
ORCID: 0000-0002-0310-1259

Title: The question of labor in the classical world

Resumen: Se aborda en el presente trabajo una introducción a la cuestión del


trabajo y de las relaciones laborales en el mundo clásico. En su primera parte,
se hace foco en la concepción del trabajo que tenían los antiguos y en la consi-
deración que les merecían los trabajadores, desde los artesanos hasta los cam-
pesinos. Incluye también una breve caracterización de las principales relaciones
laborales en la antigüedad, desde la esclavitud hasta el trabajo asalariado. En la
segunda parte, se bosquejan ciertas particularidades de las relaciones laborales
en la historia de Esparta, de Atenas y de Roma.
Palabras clave: trabajo – trabajadores – esclavitud – mundo antiguo

Abstract: An introduction to the issue of work and labor relations in the classical
world is addressed in this paper. In its first part, it focuses on the conception
of work that the ancients had and on the consideration that workers deserved,
from artisans to peasants. It also includes a brief characterization of the main
labor relations in ancient times, from slavery to wage labor. In the second part,
certain peculiarities of labor relations in the history of Sparta, Athens and Rome
are outlined.
Keywords: labor – workers – slavery – ancient world

Recepción: 6 de mayo de 2022. Aceptación: 2 de junio de 2022.

***

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Introducción

Cuando Virgilio, en el canto VI de La Eneida, relató el descenso a los


infiernos de Eneas, personificó a los grandes males de la humanidad
que acechaban al héroe en el vestíbulo del bajo mundo. De forma bien
reveladora, mezclado entre el Dolor, la Muerte, la Vejez, el Miedo y la
Pobreza, se hallaba el Trabajo. No siempre había sido así. En otras de
sus obras, Las Geórgicas, el poeta reproducía el mito de la Edad de Oro,
una época en la que no se precisaba cultivar la tierra ni dividir los cam-
pos en propiedades. La propia naturaleza brindaba en abundancia y sin
esfuerzo todos sus productos, sin pedir nada a cambio. Pero cuando todo
esto se perdió irremediablemente, los hombres se vieron obligados por
la necesidad a tener que trabajar y a desarrollar los oficios: así surgió la
agricultura, la caza, la navegación y el trabajo del hierro y de la madera.
Y entonces Virgilio escribió su famoso adagio (1.145-146): labor omnia
vicit improbus (“el ímprobo trabajo todo lo vence”).
Nos proponemos dos objetivos en el presente trabajo. Por un lado,
analizaremos las actitudes y consideraciones de los antiguos sobre el
trabajo y los trabajadores. Como queda claro del texto virgiliano citado
anteriormente, no se trataba ciertamente de una visión benigna. Para
nuestra sensibilidad moderna, puede resultar un tanto chocante que
el trabajo fuera considerado una desgracia infernal. Desde la reforma
protestante en el siglo XVI, no se ha cesado de exaltar las virtudes del
trabajo y de condenar la vagancia. Tal perspectiva ha sabido tener la
aprobación no solo de la burguesía, sino también de amplios sectores
de la clase trabajadora. Basta recordar la presencia de la frase virgiliana
labor omnia vincit en los escudos de varias organizaciones sindicales,
como el de la histórica American Federation of Labor. En verdad, Virgilio
no hacía más que constatar la penosa realidad del hombre, condenado
por la necesidad a tener que trabajar. Su frase, no obstante, pasaría
convenientemente a la historia sin el improbus.
En segundo lugar, procuraremos entender cómo resolvieron los
antiguos el problema del trabajo. La “solución” puede parecer sencilla:
si el trabajo era una inevitable y desagradable necesidad, lo mejor era
intentar arrojarle ese fardo a otros. En eso consistió, básicamente, la
conquista y la esclavización de otros pueblos y comunidades, fenóme-
no recurrente en la historia de Grecia y de Roma. Cuenta Heródoto
(Historia, 1.66.2-4) que los espartanos, apremiados por el crecimiento
demográfico, decidieron hacerse de tierras y de esclavos para asegurar la
prosperidad de su comunidad. Ambicionando la fértil y próspera región
de Arcadia, se dirigieron allí, aprovisionados de grilletes, con la inten-
ción de esclavizar a sus habitantes. Sorpresivamente, fueron vencidos
y tuvieron que trabajar la tierra encadenados con esos mismos grilletes
M. Perelman Fajardo - El trabajo en el mundo clásico 87

que habían llevado. Este singular episodio –que la posteridad conocería


como “La Batalla de los Grilletes”– nos demuestra la concepción del
trabajo y de la economía que tenían los antiguos: eran los sometidos o
subordinados quienes debían llevar la carga del esfuerzo y permitir así
a los dominadores llevar a cabo una “buena vida”.
Hay que hacer aquí una salvedad. Las comunidades de ciudadanos
que formaban las “ciudades estado” –cuyos ejemplos más sobresalientes
fueron Esparta, Atenas y Roma, los casos que abordaremos aquí– par-
tían de un supuesto igualitario: el estado le garantizaba a cada uno de
sus miembros su reproducción, que en los tiempos originarios consistía
básicamente en una parcela de tierra cultivable. Hasta los labradores
más humildes, si eran ciudadanos libres, estaban protegidos contra la
explotación por parte de sus superiores en función de este principio.
Este aspecto fundamental de la historia antigua fue resaltado prime-
ramente por Karl Marx en sus escritos inéditos sobre las sociedades
precapitalistas (2004) y retomado y profundizado luego por quien haya
sido tal vez el historiador de la antigüedad más importante del siglo XX,
Moses Finley (1982, 1986).1 Con vistas a mantener este principio, que
garantizaba cierta igualdad puertas adentro, las comunidades antiguas
se lanzaron a la conquista de tierras y de mano de obra en el exterior.
En lo que sigue analizaremos las consecuencias de esta peculiar es-
tructura de las sociedades antiguas hasta su progresiva disolución, en
las postrimerías del imperio romano.

Primera parte: Características generales del trabajo


y de los trabajadores en la Antigüedad

El desprecio por el trabajo manual

Los filósofos de la antigüedad dedicaron mucho tiempo a reflexionar


acerca de cuáles debían ser las virtudes que debía tener todo buen
ciudadano. Si hay algo que sacaron en claro de toda esta indagación,
era que el ciudadano ideal no podía ser, ni por aproximación, un obrero
manual (Mossé, 1980). Aristóteles (Política, 8.2.10-15) desdeñaba cual-
quier tipo de trabajo, arte o disciplina que pudiera inutilizar el cuerpo y
la inteligencia de los hombres. Por eso, en su ideal de ciudad, la cantidad
de trabajadores manuales no debía pasar del mínimo necesario para
mantener a la clase gobernante. A su ágora (plaza pública), afirmaba
el filósofo, no debían acceder ni trabajadores manuales ni campesinos
(7.12.4). Para otro pensador griego, Jenofonte, la práctica de los oficios

1. Otros penetrantes análisis basados en las premisas de Marx en Padgug (1982) y


Anderson (2007).
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no dejaba tiempo libre para dedicarse a los amigos y a los asuntos de


la ciudad (Económico, 4.3). El tiempo libre, el ocio, era posiblemente el
bien más preciado por los antiguos, y solo era posible si otros cargaban
con la penosa obligación de trabajar. Es por ello que Plutarco alababa
a Licurgo (24.2), el mítico legislador de Esparta, por haberles brindado
a sus conciudadanos el tiempo libre necesario para dedicarse al ser-
vicio militar, mientras descargaban los trabajos manuales sobre una
población de siervos. Dentro de este desprecio general por las labores
manuales, no se salvaban ni siquiera los artistas: Plutarco (Pericles, 2)
señalaba que del hecho de que una obra produjera placer no se seguía
que su artífice mereciera elogio o atención alguna.
Sin embargo, los antiguos realizaban una distinción crucial: despre-
ciaban los oficios artesanales pero muchos de ellos alababan en alto
grado el trabajo agrícola. Ya el poeta Hesíodo (Trabajos y días, 311), en
el siglo VII a.C., ensalzaba la dura tarea del labrador al sostener que no
era el trabajo, sino la inactividad, lo deshonroso. Jenofonte (Económico,
4.2-3), por su parte, afirmaba que los oficios manuales dañaban los
cuerpos al estar los trabajadores mucho tiempo sentados a la sombra y
a veces cerca del fuego, lo que a sus ojos suponía un rasgo de afemina-
miento. En cambio, la agricultura estimulaba el valor y proporcionaba
los mejores ciudadanos, pues ante el ataque de enemigos los campesinos
defenderían su tierra, mientras que los obreros no combatirían, perma-
neciendo alejados del esfuerzo y de los peligros (6.6-10). Una cuestión
diferenciadora era también el carácter público de la agricultura, frente
al típico secretismo de los oficios. En este sentido, la agricultura no era
considerada un oficio, ya que no requería de un saber especializado ni
de un aprendizaje especial, sino simplemente de dedicación y esfuerzo
(Vernant, 1973). Así, nuevamente Jenofonte sostenía que los artesanos
ocultan los aspectos más importantes de su arte, algo que no sucedía
con los labradores, quienes muestran abiertamente de lo que son o no
capaces (15.11-12).
Obviamente que detrás de estas alabanzas al trabajo agrícola había
grandes cuotas de hipocresía. Muchos de estos autores de manuales
sobre asuntos agrícolas, como así también sus lectores, no eran preci-
samente quienes sudaban detrás del arado. Tal vez haya sido Salustio
más sincero que muchos de sus contemporáneos cuando, en un breve
raconto de su vida, señalaba que luego de retirarse de la política, no
pensó en pasarse la vida cultivando campos o cazando, tareas propias
de esclavos (Conjuración de Catilina. 4.1-2). También es cierto que no
todas las labores agrícolas tenían el mismo estatus: de los famosos doce
trabajos de Hércules, el quinto –limpiar de estiércol los establos de Au-
gías– no fue precisamente el más representado en la iconografía antigua.
M. Perelman Fajardo - El trabajo en el mundo clásico 89

Esclavos y asalariados

Era de esperar que semejante desprecio por las tareas manuales no


tuviera como correlato un estatus elevado del trabajador. Como es sa-
bido, la esclavitud ocupó el rol preponderante, aunque no el único, en
las relaciones laborales del mundo antiguo. Aristóteles (Política, 1.4.2)
definía al esclavo como una “posesión animada”; siglos más tarde el ro-
mano Varrón (De las cosas del campo, 1.17.1) lo hacía en términos de un
“instrumento parlante”. Para los antiguos, el esclavo era simplemente un
requisito indispensable de la vida civilizada. Hasta tal punto dependía la
sociedad antigua de sus esclavos que una de las anécdotas que citaba el
historiador Nicolás de Damasco (Fragmente der griechischen Historiker,
57) sobre la crueldad de Periandro, un célebre tirano de Corinto en el
siglo VI a.C., era que había prohibido a sus ciudadanos la compra de
esclavos y los tenía ocupados constantemente con trabajos públicos.
El esclavo era considerado un ser eminentemente inferior, cuya con-
traparte necesaria era el amo. Eumeo, el mayoral de Odiseo, afirmaba
que los esclavos perdían la mitad de su fuerza desde el momento en que
eran esclavizados (Odisea, 17.320-323). Aristóteles (Política, 1.5.10), por
su parte, afirmaba que la naturaleza había hecho diferentes los cuerpos
de los libres y los de los esclavos: los de estos eran fuertes para el tra-
bajo, mientras que los de los otros eran útiles para la vida política. De
esta forma se complementaban, pues sin la dedicación de los primeros
a las “ciencias serviles”, difícilmente pudieran los segundos dedicarse
a la vida política. Incluso los ciudadanos más pobres aspiraban a tener
esclavos, como demostraba un inválido ateniense que vivía de la ayu-
da estatal y se quejaba de no poder comprar uno (Lisias, En favor de
un inválido, 6). Poseer pocos esclavos –o ninguno– era ya un signo de
pobreza absoluta, como demostraba el poeta Catulo (Poemas, 23.1) al
burlarse de un tal Furio por no tener ningún sirviente.
La esclavitud estaba tan arraigada entre los griegos que cualquier
noción de un mundo sin esclavos era retrotraída hacia tiempos inme-
moriales. Según los griegos, en aquel entonces eran las mujeres las que
realizaban tareas propias de esclavos: atendían los quehaceres de la casa
y se encargaban de moler el grano (Ateneo de Náucratis, El banquete de
los eruditos, 6.263.b). A veces, era una fantasía absurda la que asumía
aquel mundo libre de esclavos, uno en el cual los alimentos adquirían
vida propia y se cocinaban a sí mismos, como se puede ver en una obra,
perdida en su mayor parte, del comediógrafo Crates (6.267f).
No era la forma esclavista el único método de explotación del trabajo
en la antigüedad; la forma asalariada era conocida también y estaba
bastante extendida. Ya en Homero encontramos referencias a jornale-
ros (Ilíada, 18.551). Pero no hay que pensar que tuviera mucha mejor
90 ARCHIVOS, año XI, nº 21, septiembre de 2022-febrero de 2023: 85-99

consideración que el esclavo, sino que incluso podía llegar a ser peor.
Visitado por Odiseo, su antiguo compañero de armas, Aquiles le contaba
que preferíría trabajar en el mundo de los vivos como un thes, el término
griego para “obrero” o “jornalero”, que reinar sobre todos los muertos
(Odisea, 11.4868-491). Lo notable del pasaje es que el ser más abyecto
que podía imaginarse Aquiles no era un esclavo, sino un trabajador
asalariado. En el mundo homérico, el thes era un paria que carecía
de vínculos de parentesco con algún oikos, la casa solariega que era el
centro de la vida social y económica de la Grecia arcaica. El esclavo, en
cambio, si bien ocupaba el rango más bajo, al menos era considerado
parte de la familia (Finley, 1978).
De todas formas, el trabajador asalariado compartía tantas cosas en
común con el esclavo, que lo normal debía ser que los antiguos apenas
los diferenciaran (De Ste Croix, 1988). Como ambos debían dedicar su
tiempo al trabajo, estaban echados a perder, según el implacable razo-
namiento de Aristóteles (Política, 8.2.10-15). Además, trabajaban para
otros, lo que de por sí constituía otra mancha vergonzosa (8.2.15-20).
De la misma opinión era Cicerón (Sobre los deberes, 1.150) e incluso
los filósofos estoicos, que si bien se oponían a la noción aristotélica de
la esclavitud por naturaleza, definían al esclavo como una especie de
“asalariado perpetuo”, según una definición del filósofo Crisipo (citado
en Séneca, De los Beneficios, 3.22).

Segunda parte: El desarrollo histórico de las relaciones laborales


en el mundo antiguo

Esparta

Los espartanos son bien conocidos entre nosotros por su exigente


vida militar y por su proverbial valentía. Probablemente los trescientos
espartanos que lucharon hasta la muerte contra los persas en la ba-
talla de las Termópilas (480 a.C.) sean el elemento más presente en el
imaginario colectivo, en gran parte gracias al cine. Pero esta imagen es
desgraciadamente incompleta. No solo murieron espartanos allí. Cuan-
do los persas hicieron el reconocimiento de los cuerpos, dice Heródoto
(8.25), pensaron que eran todos guerreros espartanos, sin darse cuenta
de que allí también perecieron muchos hilotas.
Estos desafortunados hilotas que debían portar las armaduras y los
bagajes de los espartanos no alcanzaron la fama posterior que sí logra-
ron sus amos, pero ello no implica que fueran menos importantes. Más
bien, eran la base material del estado espartano, ya que del fruto de su
trabajo se mantenía la clase guerrera –y parasitaria– de los espartiatas
(término utilizado para hacer referencia a la clase dominante de Es-
M. Perelman Fajardo - El trabajo en el mundo clásico 91

parta). Eran una propiedad inalienable del estado, podían formar una
familia y debían trabajar las tierras a las que estaban ligados a cambio
de entregar una parte de la cosecha (Oliva, 1983). Tal era el desprecio
y la explotación que sufrían que el poeta elegíaco Tirteo (siglo VIII a.C.)
los equiparaba directamente con asnos (5D).
Según el historiador Teopompo (Ateneo, 6.272a), su origen se remon-
taba a las poblaciones locales de Laconia –luego también de Mesenia–,
en la península del Peloponeso, que fueron sometidas, a partir del siglo
X a.C., por los invasores dorios, antepasados de la clase de los espar-
tiatas. Si bien nosotros los distinguimos, los hilotas eran confundidos a
menudo con simples esclavos por el terrible trato que recibían, con una
crueldad que repugnaba incluso a otros griegos (posiblemente porque
los hilotas eran considerados griegos, no bárbaros a los que era lícito
esclavizar). Dado que numéricamente eran muchos más que los espar-
tiatas –que nunca pasaron de más de 10.000– había que mantenerlos
sometidos bajo el terror. Los jóvenes espartiatas, por ejemplo, debían
realizar, como parte de su educación, la pavorosa prueba de la krypteía,
que consistía básicamente en asesinar a cualquier desafortunado hilota
con el que se cruzaran, según cuenta Plutarco (Licurgo, 28.3-6). A esto
habría que agregar también la declaración anual de guerra contra los
hilotas que los éforos, los principales magistrados de Esparta, realizaban
cuando asumían sus funciones (28.7); una palmaria muestra de que
el militarismo espartano estaba dirigido antes al enemigo interior –la
clase productora– que al enemigo exterior (Finley, 1984). Incluso los
espartiatas no dudaban en dejar de lado su afamada valentía para co-
meter los actos más viles y cobardes que el mundo antiguo hubiera de
conocer, como fue en su momento seleccionar a los hilotas más valientes
y destacados –y por ende más peligrosos– haciéndoles creer que serían
liberados, para luego hacerlos desaparecer de la faz de la tierra, según
Tucídides (Historia de la guerra del Peloponeso, 4.80.3-4).
A pesar de este clima de terror, de todas las formaciones sociales de
la antigüedad es probable que fuera en Esparta donde el conflicto social
era más patente. Antes que a sus enemigos extranjeros, los espartiatas
temían a los hilotas, ya que estos aprovechaban cualquier ocasión para
un levantamiento, lo que determinaba que a veces las campañas en
el exterior del ejército espartiata se interrumpieran. Una de las suble-
vaciones más famosas fue la ocurrida en el año 464, cuando un gran
terremoto destruyó la ciudad de Esparta. En esa oportunidad, según
el relato de Tucídides (1.100.2), los hilotas, junto con los periecos,2 se

2. A diferencia de los hilotas, los periecos eran libres y podían tener propiedades,
pero no tenían derechos políticos. Se dedicaban a las actividades vedadas para los
espartiatas, como el comercio y la industria.
92 ARCHIVOS, año XI, nº 21, septiembre de 2022-febrero de 2023: 85-99

sublevaron y se refugiaron en el monte Itome, un lugar estratégico en el


centro de Mesenia. Resisitirían allí por espacio de diez años. Otra revuelta
importante fue la de Cinadón, a principios del siglo IV. Tal odio sentían
los conspiradores por los espartiatas en aquella ocasión que muchos de
ellos declararon que gustosamente se los comerían crudos (Jenofonte,
Helénicas, 3.3.6-7). Interrogados los denunciantes de dónde sacarían
los rebeldes las armas, señalaron que entre el pueblo había muchos pu-
ñales y espadas, e incluso hachas y hoces, herramientas propias de los
labradores, que podían utilizarse tranquilamente como armas de guerra.
El testimonio es elocuente acerca del peligro que suponía para la clase
dominante espartiata unas comunidades de campesinos y artesanos
que poseían algún tipo de forma de organización social independiente.

Atenas

Si el régimen político y social espartano se basaba en el sojuzgamiento


de comunidades campesinas, los atenienses apelaron principalmente a
dos mecanismos para el mantenimiento de su comunidad de ciudadanos:
por un lado, a la explotación sistemática a gran escala de esclavos-mer-
cancía en todas las ramas de la economía (Hunt, 2018); por el otro, al
levantamiento de un estado imperial que rapiñó sin piedad a las demás
ciudades griegas (Finley, 2008). Fueron estas dos formas de opresión
las que hicieron posible los avances más radicales de la democracia
ateniense; pero como ocurre con el ardor guerrero de los espartanos,
esto es lo que más suele recordar el mundo moderno, sin parar mientes
en la siniestra estructura social subyacente.
En este sentido, uno de los malentendidos más lamentables en la
historia de las relaciones laborales en la antigüedad ha sido la tradicio-
nal subestimación del trabajo doméstico, calificado generalmente como
“improductivo”. En los últimos tiempos, el auge de los estudios sobre
la mujer y el mundo del trabajo vino felizmente a corregir tal error. La
realidad es que ya los propios antiguos no se engañaban al respecto y
le otorgaban a las tareas domésticas un rol esencial. Una de ellas, por
ejemplo, era la confección de ropa, generalmente realizada por mujeres
esclavas, cuya instrucción en tales menesteres debía estar dirigida por
la mujer de la casa, según las instrucciones de Jenofonte (Económico,
7.41). Otra tarea esencial era la preparación de las comidas, un aspecto
en absoluto menor. Durante la guerra del Peloponeso (Tucídides, 2.78.3),
por ejemplo, cuando las tropas espartanas asediaron la ciudad de Pla-
tea, dentro de ella había apostados cuatrocientos soldados y ciento diez
mujeres, encargadas de preparar la comida.
En lo que hace a la industria, la presencia de esclavos está más que
atestiguada, algo que sabemos sobre todo en el caso de los más famosos
M. Perelman Fajardo - El trabajo en el mundo clásico 93

oradores: el padre de Isócrates hizo una considerable fortuna gracias a


que poseía un taller de flautas trabajado por esclavos (Pseudo Plutarco,
Isócrates, 1); el padre de Demóstenes poseía más de treinta esclavos
en un taller de espadas y otros veinte en uno de sillones (Contra Áfobo,
9); y Lisias y su hermano Polemarco poseían ciento veinte esclavos he-
redados del taller de escudos de su padre (Contra Eratóstenes, 19). En
la agricultura, por su parte, la posesión de esclavos estaba bastante
extendida entre los propietarios medianamente opulentos. El manual de
Jenofonte daba por sentado que la mano de obra de la finca era esclava
y, posiblemente, bastante numerosa, ya que debía ser dirigida como si
fuera un ejército (Económico, 5.16). Otros pasajes del manual nos hablan
también de la posibilidad de encadenar a los esclavos (3.4) –una técnica
que los romanos luego perfeccionarían– y de la existencia de dormitorios
específicos para esclavos separados según sexo (9.5). Además, un dis-
curso anónimo, generalmente atribuido a Demóstenes, menciona una
violenta toma de garantías durante un proceso judicial en el cual los
deudores se apoderaron de cincuenta ovejas y de dos pastores esclavos
(Contra Evergo y Mnesibulo, 52). Por su parte, una perdida comedia de
Menandro, El labrador, hacía alusión a un rico granjero que vivía junto
a sus esclavos (1.5.57).
Si insistimos sobre estas evidencias es porque en los últimos tiem-
pos se extendió mucho la idea de que Atenas habría sido básicamente
una “sociedad campesina”, relativamente igualitaria, en la cual la ex-
plotación de esclavos habría sido marginal (Meiksins Wood, 2000). La
realidad es que las fuentes disponibles no avalan tal suposición: estas
casi ni mencionen la existencia de campesinos pobres en el Ática; más
bien, los autores antiguos han tendido a identificar a los agricultores
con los sectores más ricos de la sociedad, en contraposición a los
pobres, de origen urbano. Es el caso de Aristófanes (La asamblea de
mujeres, 198), cuando menciona que los pobres quieren expandir la
flota, mientras que los ricos y los georgoi, “labradores”, no estaban por
la labor. Asimismo, no parece ser que el trigo (el producto fundamental
del campesinado de subsistencia) fuera el principal cultivo en el Ática,
sino aquellos más rentables comercialmente, como los olivares o la vid.
Un labrador de Aristófanes (La asamblea de mujeres, 817) se jactaba de
haberse ganado unas cuantas monedas de bronce gracias a la venta de
sus uvas, hecho lo cual se dirigía luego a comprar harina, un producto
mayormente importado. Además, teniendo en cuenta los altos niveles
de población del Ática, no habría habido espacio suficiente en esta re-
gión para albergar a un campesinado de subsistencia. La mayoría de
los pobres no vivía en el campo, sino en la ciudad, y la gran mayoría
de los labradores debía contar con mano de obra esclava, en mayor o
menor medida (Hunt, 2018).
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Cabe señalar también que de la utilización de mano de obra esclava


para las labores agrícolas en Grecia ya tenemos el testimonio del siglo
VII a.C. de Hesíodo. Este autor lo trata como un hecho común y co-
rriente para su época, al recomendar que los esclavos se encargaran del
cultivo del cereal (Trabajos y días, 598). Es precisamente en la figura
de Hesíodo donde podemos apreciar las particularidades del “campesi-
no” griego. En primer lugar, no se trataba de un productor “primitivo”
que viviera en una aldea comunitaria regida por lazos de parentesco
y de reciprocidad. Más bien al revés, el relato de Hesíodo da muestras
ya de una sociedad atravesada por fuertes contradicciones sociales,
donde según él reinaba la envidia generalizada entre los vecinos (21-
26). La apropiación privada y la enajenación de la tierra se encontra-
ban desarrollados hasta tal punto que llegaban a desgarrar los lazos
parentales: Hesíodo se quejaba de que su propio hermano, Perses, le
disputara judicialmente la herencia de su padre. No sorprende en este
sentido que advirtiera sobre el peligro de depender de la solidaridad de
otros: era mejor fabricarse todo lo necesario en casa y no depender de
nadie (407-410). Ni siquiera es seguro que hubiera una “aldea”: si bien
se menciona la aldea de Ascra como escenario del poema, no parece
ser predominante el patrón de residencia nuclear, sino más bien uno
relativamente aislado, acorde a las prácticas de intensificación agrícola
que practicaba Hesíodo y que se vuelven a ver en época clásica: cultivo
de trigo con bueyes y asnos, cultivo de la vid y explotación de ganado
(además de que la prospección arqueológica en Grecia ha encontrado
mayormente granjas aisladas, no aldeas).
La presencia de esclavos también se verifica en las obras públicas
atenienses. En las inscripciones del Erecteón figura que aproxima-
damente un tercio de la mano de obra utilizada en su construcción
era esclava, principalmente la de menor calificación, como albañiles y
carpinteros (Inscriptiones Graecae, 1.2,374 col.2,5ss). También había,
ciertamente, ciudadanos y metecos (extranjeros) que trabajaban codo a
codo con los esclavos, tanto en las obras públicas como en los talleres.
Pero donde el trabajo esclavo era utilizado en forma exclusiva y a escala
monumental –se supone que habría habido allí treinta mil esclavos– era
en la explotación minera del Laurión, base fundamental de la economía
ateniense. Sabemos a ciencia cierta de la existencia de talleres mineros
de treinta esclavos (Demóstenes, Excepción contra Panténeto, 37.4) y
de que algunos de los más afamados políticos atenienses, como Nicias,
llegaron a tener hasta mil esclavos trabajando en las minas (Jenofon-
te, Los ingresos públicos, 4.14). Tan importantes eran estas minas que
un proyecto de Jenofonte proponía que el estado ateniense comprara
esclavos públicos –hasta llegar a la cifra de tres por cada ciudadano
M. Perelman Fajardo - El trabajo en el mundo clásico 95

ateniense– que extrayeran la plata y mantuvieran así a la población


urbana (Los ingresos públicos, 4.17; 30-31).
La plata era la principal exportación ateniense y con ella Atenas
construyó la flota más grande y poderosa del mundo griego. Aquí se
encuentra el otro puntal de la economía ateniense: el imperio. Con el
pretexto de juntar fondos para el mantenimiento de una fuerza naval que
repeliera una nueva invasión persa, Atenas impuso una pesada tribu-
tación sobre una gran cantidad de ciudades griegas, principalmente de
las islas del Egeo y del Asia menor. El tesoro de esta alianza militar se
encontraba en la isla de Delos, hasta que en el año 454 los atenienses
decidieron trasladarlo a su ciudad, en lo que ya era una muestra desca-
rada de que los fondos eran usados para su propio beneficio. El propio
Pericles podía afirmar sin tapujos que la fuerza de Atenas dependía de
este pillaje sobre sus aliados (Tucídides, 2.13.2). El mayor beneficiario
de la política imperialista era la plebe urbana, ya que su sustento es-
taba en los empleos que daba la flota, como señalaba amargamente un
opositor al régimen democrático (Pseudo Jenofonte, La república de los
atenienses, 1.2). Además de la flota, estaban todos los cargos públicos
retribuidos, algo así como veinte mil según los cálculos de Aristóteles
(Constitución de los atenienses, 24.3), donde se incluían desde jueces,
arqueros, tropas de caballería, guardianes funcionarios, magistrados y
hoplitas, hasta los huérfanos.
Naturalmente que cualquier ciudad que quisiera salirse de esta
“alianza” se enfrentaba lisa y llanamente a la aniquilación: Eyón, Esciro,
Naxos o Melos son solo algunas de las ciudades destruidas y esclavi-
zadas por el poderío ateniense. No sólo nadie podía salirse sino que el
imperio debía expandirse cada vez más para poder mantener a toda esta
población parasitaria. Así fue, por ejemplo, como se decidió la desastrosa
expedición ateniense a Sicilia durante la Guerra del Peloponeso, impul-
sada por una plebe urbana ávida de rentas, según Tucídides (6.24.3).
No puede sorprender a nadie entonces que cuando estalló esta guerra,
Esparta captara la simpatía de la mayoría de las ciudades griegas y
pudiera presentarse como libertadora de Grecia, pues la mayoría de las
ciudades o quería sacarse de encima a los atenienses o temía caer bajo
sus garras (Tucídides, 2.8.5).
A diferencia de los hilotas, los esclavos-mercancía no formaban
comunidades y eran vendidos y comprados individualmente. Dada la
ausencia de grandes revueltas, es probable que el desarraigo sufrido les
impidiera alguna forma de resistencia colectiva. Esta llegaba solo a la
huida, aunque esta no fue para nada un fenómeno menor. Durante la
Guerra del Peloponeso, los esclavos atenienses aprovechaban cualquier
signo de debilidad para pasarse al bando enemigo. El general Nicias,
al mando del cuerpo expedicionario ateniense en Sicilia, se quejaba
96 ARCHIVOS, año XI, nº 21, septiembre de 2022-febrero de 2023: 85-99

amargamente por carta de que a medida que se acumulaban los reveses,


los esclavos se pasaban al enemigo (Tucídides, 7.13.3). Posiblemente el
golpe más duro que los esclavos le propiciaron a sus amos haya sido
la gran huida de las minas del Laurión, en torno a los veinte mil según
Tucídides (7.27.5). Se trató de un golpe crucial a la economía ateniense,
absolutamente dependiente como era de la extracción de plata.

Roma

Hasta cierto punto, la historia romana confirma los mismos linea-


mientos que antes observábamos en Esparta y en Atenas: la preservación
de la comunidad y de sus integrantes llevaba de suyo la conquista y el
sometimiento de otras comunidades. No obstante, la historia de Roma
y de su expansión imperial presentaría un punto de inflexión, pues este
principio rector terminaría degenerándose. El campesino, que hallaba
una cierta protección en su ciudadanía y en su servicio militar, se encon-
trará finalmente privado de ambos escudos, lo que permitió a las clases
privilegiadas la explotación de su mano de obra interna (Finley, 1982).
Las desgracias de los campesinos romanos fueron a la par con la
expansión imperial. Si las primeras campañas militares romanas en la
península itálica respetaban todavía el calendario agrícola, en el sentido
de que se realizaban durante los períodos del año en que no se trabajaba
en la granja, las posteriores campañas de ultramar que fueron some-
tiendo todas las regiones del Mediterráneo quebraron directamente esta
relación. Ausentes por largas temporadas de sus campos, los campesinos
terminaban perdiendo sus propiedades. En múltiples ocasiones, algunos
líderes aristocráticos se percataban de esto y procuraban ganarse el
favor del pueblo mediante la denuncia de la miseria del campesinado,
como hizo Tiberio Graco (Plutarco, Tiberio y Cayo Graco, 9.4-5).
Sin embargo, la cada vez más crítica situación del campesino le
importaba un pimiento a la mayoría de la clase terrateniente romana,
que vio incluso como una interesante oportunidad el despoblamiento
de los campos itálicos para extender aún más sus propiedades. El poeta
satírico Juvenal definió bien las ambiciones de la aristocracia cuando,
al referirse a la humilde propiedad de un campesino como el que supo
describir Virgilio en Las Geórgicas, señalaba que esa extensión de tierra
no alcanzaba ni para un jardín (14.172). A veces el campesino, que antes
era propietario de su tierra, pasaba a ser un simple arrendatario –en
esencia, un trabajador dependiente–, obligado a enviarle algunos cabri-
tos de regalo al nuevo dueño, como se quejaba el campesino Meris en
la novena bucólica de Virgilio. Posiblemente en la mayoría de los casos
era directamente expulsado y reemplazado por esclavos, en un proceso
cuyas causas últimas supo ver con bastante agudeza el historiador
M. Perelman Fajardo - El trabajo en el mundo clásico 97

Apiano (Historia romana, 1.7): los ricos confiaban más en los esclavos,
que no podían ser movilizados militarmente, para conformar el personal
de sus haciendas, lo que traía como consecuencia el desempleo forzo-
so de muchos hombres libres (Scheidel, 2012). Situaciones como esta
fueron las que impulsaron en su momento a Julio César a imponer a
quienes criaran ganados en Italia que tuvieran entre sus pastores no
menos de una tercera parte de jóvenes libres (Suetonio, Vidas de los
doce Césares, 1.42.1).
En el “arte” de la inversión y explotación de esclavos, fueron sin
duda los romanos quienes nos legaron las indicaciones más detalla-
das. Autores como Catón, Varrón, Columela o Paladio fueron leídos y
estudiados en la Antigüedad, en la Edad Media e incluso hasta el siglo
XIX, principalmente por los plantadores esclavistas del Nuevo Mundo,
quienes supieron sacar de allí provechosos consejos. El primero de estos
se ocupó con especial fruición de brindar unos cálculos que permitie-
ran un uso eficaz de la mano de obra esclava. Así, Catón recomendaba
regular las comidas según el esfuerzo laboral: 4 libras de trigo durante
el invierno, aumentar a 5 libras cuando cavaran la viña y luego de esto
bajar nuevamente a 4. Como acompañamiento podían usarse aceitunas
pasadas que ya no sirvieran para elaborar aceite, y cuando estas se
acabasen, residuos de pescado y vinagre (55-57). De más está decir que
no se trataba de platos muy apetitosos ni nutritivos. La tacañería de Ca-
tón, ya célebre entre los propios romanos, llegaba a extremos absurdos,
como su consejo de confeccionar la ropa de los esclavos con remiendos
(13.5), o directamente siniestros, como cuando aconsejaba deshacerse
de los esclavos viejos o enfermos (3.7). Se preocupaba también, según
Plutarco (Catón, 21.4), de que los esclavos estuvieran siempre enemis-
tados entre ellos, no fuera a ser que se pusieran de acuerdo y tramaran
alguna maldad contra su amo.
No todos eran tan crueles. Columela, por caso, era más sutil: apelaba
a la manipulación psicológica. Los trataba amistosamente y consultaba
con ellos sobre nuevos trabajos y emprendimientos. De esta manera,
en un descubrimiento que no tiene nada que envidiar al nuevo mana-
gement, los esclavos trabajarían más motivados y hasta supondrían,
tal vez, que por su propia iniciativa (La labranza, 1.8.15). Otro notable
gesto de “humanidad” de Columela era su decisión de eximir del trabajo
a aquellas esclavas que tuvieran tres hijos, y de brindar la libertad a
aquellas que tuvieran más (1.8.19), una práctica que al mismo tiempo
que le granjeaba fama de generoso le brindaba gratuitamente nuevos
esclavos (y los más valiosos –denominados vernae– ya que al nacer en
cautiverio no habían conocido “el sabor” de la libertad). Pero además de
estas innovaciones, de las que parecía estar bastante orgulloso, Columela
no se olvidaba naturalmente de aconsejar pasar revista a menudo a los
98 ARCHIVOS, año XI, nº 21, septiembre de 2022-febrero de 2023: 85-99

esclavos del ergástulo –una especie de prisión, habitual en las grandes


haciendas itálicas– para comprobar si han sido correctamente encade-
nados (1.8.16). Estos ergástulos estaban tan extendidos por Italia que
dos emperadores, Augusto y Tiberio, los hicieron inspeccionar, pues se
sabía que incluso muchos ciudadanos libres eran secuestrados en los
caminos, vendidos como esclavos y arrojados luego a estas siniestras
cárceles (Suetonio, Vidas de los doce Césares, 2.32; 3. 8).
En relación a las formas de resistencia, Roma sí se enfrentó a grandes
rebeliones de esclavos –alguna de ellas, como la de Espartaco, cons-
tituyeron una seria amenaza para el estado– pero fueron fenómenos
aislados que no parecen haber concitado demasiado la solidaridad del
resto de la población (Bradley, 1998). Un caso paradigmático es el de
las revueltas antiserviles en Sicilia, a finales del siglo II a.C. El gran
desarrollo del latifundio esclavista en esta isla la volvió un terreno fértil
para este tipo de explosiones. En ocasión de la segunda guerra servil,
entre los años 104 y 100, los ejércitos de esclavos asediaron varias ciu-
dades sicilianas. En una de ellas, en Morgantina, hicieron un llamado
explícito a los esclavos urbanos para que se sumaran a la lucha contra
sus amos y consiguieran la libertad, pero como los amos de la ciudad
les ofrecieron lo mismo si los defendían de los atacantes, estos esclavos
prefirieron luchar del lado de sus propietarios (Diodoro de Sicilia, 36.4.8).
Dado que ni siquiera había mucha solidaridad entre los propios escla-
vos, no cabía esperar tampoco demasiada confraternidad entre estos y
los pobres libres: los jornaleros y los campesinos desposeídos de Sicilia
aprovecharon el contexto de guerra para saquear las propiedades de
los ricos, matando a cualquiera que se les cruzara por el camino, fuera
libre o esclavo (36.4.11).
Si bien el ciudadano romano nunca había adquirido las mismas ven-
tajas que la democracia le otorgó a su contraparte ateniense, la ciudada-
nía era un importante reaseguro contra las formas de explotación más
severas. No obstante, este escudo protector se fue deshilachando con
el correr de los siglos, un proceso que se agudizó sobre todo a partir del
final de la república. Ya a principios del siglo II d.C. el cuerpo ciudadano
estaba partido entre ciudadanos de primera (honestiores) y ciudadanos
de segunda (humiliores), lo que abría las puertas a la explotación de la
mano de obra interna. Los humiliores podían ser sometidos a castigos
que habían sido tradicionalmente considerados propios de esclavos,
como la tortura. En este punto, el principio de una comunidad que
para reproducirse debía someter a otras y arrojar sobre ellas la carga
del trabajo llegaba a su fin. Asomaba un nuevo principio basado en la
división de la propia comunidad en clases sociales, en la cual las dife-
rencias socioeconómicas tendían a coincidir con las categorías jurídicas
(Teja, 1977). La desintegración del imperio romano de occidente en el
M. Perelman Fajardo - El trabajo en el mundo clásico 99

siglo V y el posterior fracaso de los reinos romano-germánicos que lo


reemplazaron acentuarían aún más este proceso. En un contexto en el
cual la esfera pública se había desintegrado y la soberanía se encontraba
fragmentada, desaparecía incluso la noción de “hombre libre”, reem-
plazada por una compleja estructura de relaciones sociales en la que
la gran masa de la población trabajadora y campesina se encontraba
subordinada a unos señores locales. Nacía así la sociedad feudal y junto
con ella, nuevas relaciones laborales.

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ARCHIVOS
ISSN 2313-9749
ISSN en línea 2683-9601
Año XI, nº 21, pp. 101-115
de historia del movimiento obrero y la izquierda septiembre de 2022-febrero de 2023

Reflexiones en torno del trabajo


en la Edad Media
Corina Luchía
Instituto de Historia de España - Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de
Buenos Aires - Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas - Argentina
[email protected]
ORCID: 0000-0002-0147-4844

Title: Reflections on labor in the Middle Ages

Resumen: Este trabajo propone una reflexión general sobre las diferentes es-
trategias de subordinación de la mano de obra, los modos de organización de
los dominados y la conflictividad social en el feudalismo occidental. Asimismo,
se analizarán las transformaciones históricas que se producen a lo largo de
la Edad Media y que se traducen en las diversas valoraciones del trabajo y de
los trabajadores, así como en la emergencia de nuevos actores y relaciones de
producción.
Palabras clave: trabajo – trabajadores – relaciones de producción – feudalismo

Abstract: This paper proposes a general reflection on the different strategies of


subordination of labor, the modes of organization of the producing classes and
social conflict in western feudalism. It will also analyze the historical transfor-
mations that took place throughout the Middle Ages and that resulted in the
different valuations of labor and workers, as well as in the emergence of new
actors and relations of production.
Keywords: labor – workers – relations of production – feudalism

Recepción: 30 de abril de 2022. Aceptación: 14 de junio de 2022.

***
DOI: https://doi.org/10.46688/ahmoi.n21.374

Obra bajo licencia Creative Commons 4.0 International


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102 ARCHIVOS, año XI, nº 21, septiembre de 2022-febrero de 2023: 101-115

Así como los sistemas precapitalistas en general ofrecen un escena-


rio rico de comparación para comprender la singularidad de diversos
aspectos del actual régimen social, el feudalismo en particular permite
conocer su origen. Como afirma Marx en sus agregados a la tercera
edición de El Capital, “la estructura económica de la sociedad capita-
lista surgió de la estructura de la sociedad feudal”, cuya disolución “ha
liberado los elementos de aquella” (2004, p. 893). La prehistoria de la
clase obrera moderna es en cierto modo la historia de las comunidades
campesinas feudales y de sus productores, sobre los que concentrare-
mos la atención en esta contribución. Para ello, partimos de una serie
de interrogantes. ¿Qué valor se le asigna al trabajo en el sistema de
representaciones feudal? ¿Quiénes, dónde y cómo trabajan? ¿Cuáles
son sus formas de organización? Y, por último, ¿qué transformaciones
experimenta el mundo del trabajo en el contexto transicional? En las
páginas que siguen pretendemos ensayar algunas respuestas.

¿El cielo o el pan?

La iglesia, como gran laboratorio ideológico del feudalismo, tuvo una


posición ambivalente respecto de la labor productiva que se expresa en
sus distintas valoraciones a lo largo de la alta Edad Media (s. V-X), la
fase de expansión (s. XI-XIII) y el proceso de crisis y descomposición del
sistema (s. XIV-XVI). “No solo de pan vivirá el hombre”; la temprana ética
medieval recupera aquellos pasajes del Deuteronomio que ponderan la
vida contemplativa por encima de la terrenal. Si en los primeros tiempos,
los autores cristianos vinculan la actividad laboral con el castigo divino
impuesto por el pecado original, las transformaciones de la dinámica
social y de la propia institución eclesiástica de los siglos XI al XIII im-
pulsan la rehabilitación del trabajo como vía para alcanzar la redención.
Dentro de la concepción difundida por el clero francés de una sociedad
dividida en tres órdenes que cumplen funciones agradables a dios –“en
este mundo unos oran, otros combaten y otros trabajan […] todos a su
turno ayudando a todos” (Duby, 1980, p. 12)–,1 los labradores adquie-
ren una dignidad que actúa como justificación del trabajo productivo
(Guriévich, 1990) y con ella, de la propia explotación señorial.
En este modelo, la clase dominante es relevada del esfuerzo laboral,
de manera que el ocio se convierte en un rasgo fundamental del ethos
nobiliario. Para que el clero y la aristocracia guerrera puedan dedicarse
a la oración y a la “heroica haraganería” (Marx y Engels, 2006, p. 377),

1. Se trata de un modelo ideal difundido entre los círculos intelectuales más elevados
que no permea la vida de las comunidades, ni tiene consecuencias prácticas sobre
la dinámica socioproductiva.
C. Luchía - El trabajo en la Edad Media 103

otros deben proveer su sustento. En este sentido, la subordinación del


trabajo no solo es producto de una concepción teológica basada en la
culpa originaria; también es “una medida social destinada a imponer
una considerable distancia entre el señor y el proceso de trabajo” (Mor-
sel, 2008, p. 225). La débil cohesión entre los opuestos, que se expresa
en la separación material de las clases sociales,2 será ratificada por un
régimen jurídico fundado en el privilegio.
“Al contrario de la moral burguesa de la acumulación, un noble se
distingue por su capacidad para gastar y distribuir” (Baschet, 2009, p.
123), pero aquello que se consume con ostentación es producido por
“esa desgraciada categoría social” que “no posee nada que no haya ob-
tenido con su duro trabajo”.3 De este modo, quienes contribuyen con
sus manos aprecian su función frente a las clases ociosas. La valoración
medieval del hacer productivo contempla tanto su contenido económico,
como su dimensión moral. Desde la perspectiva eclesiástica, el trabajo
se afirma como cumplimiento de la voluntad divina para alcanzar el
cielo; desde la perspectiva profana de las relaciones de producción es
el medio para alcanzar el pan.

Trabajo campesino: coacción y autonomía

El trabajo campesino se realiza en el marco de la jurisdicción seño-


rial, es decir en el territorio social en el cual un señor ejerce el mando
sobre la población. En este sentido, los señores no son “meros rentistas
del suelo” y su poder “no se reduce a un mero derecho de propiedad”,
en la medida en que “incluye siempre a los hombres, cuya actividad
productiva organizan en parte” (Morsel, 2008, p. 242). Es entonces un
poder de naturaleza política el que permite que los dominados entreguen
el tributo en especie, en prestaciones de trabajo, o en su conmutación
en dinero.4 En todos los casos, la coacción y el dominio personal que
cada señor ejerce sobre los productores lejos de ser elementos supe-
restructurales relegados del análisis del modo de producción, tal como
sostiene la perspectiva estructuralista (Haldon, 1998), constituyen
determinaciones sustanciales de la relación de explotación. La fuerza

2. Como señala Georg Lukács, “toda sociedad precapitalista presenta económicamente


una unidad mucho menos coherente que la capitalista […] en ella la independencia
de las partes es mucho mayor, su interdependencia económica menor y más unila-
teral” (1985, p. 136).
3. Patrología latina (1944-1967), ed. de J.P. Migne, tomo 141, pp. 781-782, Garnier.
4. “Era en el señorío en donde el excedente de producción o trabajo procedente de
las explotaciones campesinas se transfería, en dinero o en especie, de quien carecía
de poder a quien lo ejercía” (Hilton, 1984, pp. 50-51).
104 ARCHIVOS, año XI, nº 21, septiembre de 2022-febrero de 2023: 101-115

militar y el poder judicial son los atributos de los que se valen los do-
minantes, dada la ausencia de mecanismos estrictamente económicos
que transmitan el plustrabajo a las aristocracias. El resultado de esta
modalidad específica de organización precapitalista es esa “amalgama
jurídica de explotación económica con autoridad política” que describe
Perry Anderson (1996, p. 147).
Los campesinos disponen de la tierra dentro de unidades domésticas
que son a su vez unidades de producción y de consumo, en las que la
generación de excedente y el trabajo reproductivo aparecen indiferen-
ciados.5 Las parcelas individuales explotadas por el conjunto familiar
proveen de sustento a los hogares y de los productos necesarios para
satisfacer las rentas que exige la clase señorial. Junto con ellas, los
espacios comunales son un complemento estratégico de estas econo-
mías, aportando recursos indispensables como los pastos, la madera y
la leña. En la medida en que se encuentran en posesión de los medios
de producción, los tributarios tienen el control inmediato del proceso
productivo, sobre el que la aristocracia no interviene directamente.6
Nuevamente, la comparación con las relaciones de explotación capi-
talistas contribuye a elucidar la singularidad de la forma feudal. Si los
agricultores “controlan el uso de los medios de producción, a diferencia
de lo que ocurre en el sistema actual, donde los instrumentos de produc-
ción se encuentran en un espacio distinto a la residencia del empleado
y pertenecen al empleador” (Morsel, 2008, pp. 225-226), la externalidad
de los señores es manifiesta. Puesto que la clase dominante no ordena ni
supervisa cotidianamente la actividad de los campesinos, solo mediante
la aplicación de diferentes modalidades de coerción extraeconómica es
posible arrancarles el excedente.
Sin embargo, el poder señorial es un condicionante omnipresente
que interfiere cada vez más en la vida campesina. En el contexto de la
expansión feudal, instalaciones fundamentales para el desarrollo de
las faenas agrarias, como hornos, molinos y forjas se convertirán en
un monopolio del dominus, gravando su uso con nuevas imposiciones.
Si bien los aldeanos deciden qué producir y de qué modo, al final del
ciclo los espera el recaudador señorial al que deben entregar parte del
resultado de su esfuerzo.

5. La publicación de la obra de Silvia Federici (2015) sobre los cambios en las posi-
ciones de género en el contexto de la acumulación originaria de capital ha estimulado
la reflexión sobre el papel del trabajo reproductivo en el modo de producción feudal
y la incidencia de las mujeres en el proceso de asalarización de la mano de obra.
6. En el feudalismo, “son los productores (normalmente familias campesinas, a ve-
ces pequeños artesanos) quienes controlan el proceso de trabajo, y el excedente es
extraído de forma completamente abierta, independiente de cuánto está justificado
por ideologías locales”, (Wickham, 2018, p. 99).
C. Luchía - El trabajo en la Edad Media 105

La obligación tributaria a la vez que reduce la plena disposición de


los recursos por parte de los productores también disciplina su tra-
bajo, en la medida en que deben organizar su labor contemplando las
exigencias de los dominantes. En palabras de Baschet, “al ejercerse
anterior y posteriormente, la dominación señorial enmarca con fuerza
la actividad productiva que, no obstante, es realizada libremente por los
dependientes, en el marco de la comunidad aldeana” (2009, p. 148). La
especificidad de este régimen social en el que el campesinado goza de
una relativa autonomía respecto del proceso de trabajo así como de sus
estrategias de reproducción,7 siempre que pague las distintas rentas,
tendrá efectos significativos sobre las formas de cohesión y la acción
política de los dominados.

El papel de la comunidad

La organización comunitaria feudal adquiere un papel histórico


fundamental en un doble sentido. Por un lado, sirve como marco –y en
cierto modo como instrumento– de la relación de explotación, dado que
los señores se apoyan en ella para imponer las exacciones tributarias;
por otro, actúa como plataforma de las luchas campesinas. Las prácti-
cas comunes que sostienen esta forma de agregación social dan lugar
a sólidas instituciones que durante siglos expresarán la conciencia de
los intereses propios (Hilton, 1984). De este modo, la centralidad que
adquieren las comunidades en el occidente europeo incide en la confi-
guración identitaria.
Si la condición de trabajadores no parece ser la inmediata autoper-
cepción de los dominados, la pertenencia a la tierra en la que viven y
producen y, con ello, al colectivo de pares con los que interactúan de
manera cotidiana forja una identidad que es al mismo tiempo social y
política (Martín Viso, 2020). En este sentido, la comunidad rural dota a
sus miembros de cohesión frente a los extraños, sean éstos los vecinos
de otros núcleos aldeanos o la propia aristocracia feudal. Sin embar-
go, este aspecto pone de manifiesto uno de los límites que encuentra
la unidad de los tributarios frente a la clase explotadora. El marco
local, en el que se construyen y desde el que se conciben los vínculos
sociales constriñe la acción campesina; de allí que, durante siglos, la
fragmentación y la individualización sean las formas predominantes de
los conflictos de clase. No obstante, con las agudas transformaciones

7. Autonomía material que se expresa también en el plano del trabajo reproductivo y


en el menor control que los poderes feudales ejercen sobre los cuerpos de las mujeres
campesinas, en contraste con la férrea vigilancia que se impone sobre las privilegiadas.
Un trabajo pionero sobre estas cuestiones: Seccombe, 1992.
106 ARCHIVOS, año XI, nº 21, septiembre de 2022-febrero de 2023: 101-115

de finales de la Edad Media que abrirán el proceso de transición, la


comunidad será la caldera de una insubordinación generalizada que
trascenderá esos pequeños mundos rurales. Antes de detenernos en
esta cuestión es necesario precisar la incidencia de estas entidades en
el trabajo campesino.
La organización de las actividades productivas genera las condicio-
nes para el surgimiento y la fortaleza posterior del tejido comunitario.
El aprovechamiento de pastos y las prácticas de recolección que, como
señalamos, complementan los ingresos de los hogares, exigen acuer-
dos para armonizar los usos y evitar desequilibrios. Mientras que en
las parcelas individuales el proceso de trabajo está en manos de cada
productor, en los ámbitos colectivos la gestión comunitaria es indispen-
sable. El reparto de las cuotas de recursos que pueden extraerse de los
montes y bosques, la asignación de turnos y del número de animales
que cada vecino puede llevar a pastar al campo comunal son algunas de
las tareas prioritarias de las instituciones locales. Si bien la explotación
de estos términos no está exenta de rivalidades, la existencia de estas
regulaciones potencia la cooperación entre los productores y consolida
el protagonismo de las comunidades.
Como anticipamos, la aristocracia se apoya en las entidades cam-
pesinas para la extracción del tributo; de allí que sean ellas las res-
ponsables de confeccionar los padrones fiscales, repartir las rentas y
asegurar su recaudación. Para cumplir esta función, la comunidad –y
sus sectores dirigentes– debe garantizar que cada uno de sus miembros
pague las cantidades asignadas de acuerdo con su nivel patrimonial.
Quien evada sus obligaciones descargará ese peso sobre las espaldas
de sus vecinos. Como resultado de este sistema, las comunidades se
convierten también en un arma del poder feudal que genera divisiones
y provoca enfrentamientos internos. De este modo, la colaboración y la
competencia son dos tendencias contradictorias que atraviesan la vida
del campesinado sujeto a la dominación feudal.
Si hasta aquí el mundo de los trabajadores es predominantemente
rural, la expansión del feudalismo de los siglos XI al XIII dinamiza un
espacio en el que se desarrolla un tipo de trabajo cualitativamente dife-
rente. Los burgos medievales serán escenario de una especial actividad
productiva que engendra un nuevo sujeto.

Trabajo artesano: el orgullo en el objeto

En el contexto del resurgimiento urbano de la plena Edad Media,


las ciudades son la sede de un pujante desarrollo artesanal destinado
a satisfacer la demanda de la clase de poder. En contraste con la pro-
ducción en serie de manufacturas, los artesanos medievales elaboran
C. Luchía - El trabajo en la Edad Media 107

piezas únicas de carácter semiartístico a pedido del consumidor aris-


tocrático, cuya función semiótica es exhibir la superioridad social de la
clase señorial (Astarita, 1992).
El trabajo artesanal se enmarca en estructuras gremiales que or-
ganizan la labor de los distintos oficios. Al igual que las comunidades
rurales, los gremios forman parte de un fenómeno extendido de en-
cuadramiento asociativo en el que se gestan las solidaridades de los
diferentes grupos (Monsalvo Antón, 2002). Cada corporación es enca-
bezada por un maestro, encargado de dirigir a los oficiales calificados
y a los jóvenes aprendices que atraviesan la etapa formativa. Toda la
actividad productiva está orientada a garantizar la reproducción simple
del artesano, de manera que tanto la acumulación como la competencia
son ajenas a la lógica gremial.8 De este modo, el uso de materiales más
baratos para disminuir costos, la realización de trabajo nocturno o el
incremento del número de trabajadores para aumentar la producción
están explícitamente prohibidos en los estatutos que rigen cada oficio
(Menjot, 2010). La calidad de las materias primas y los procedimien-
tos técnicos empleados son controlados por las estructuras gremiales
que sostienen su posición dentro del entramado de poder urbano en el
prestigio adquirido a través de sus obras.9
Así como las mercancías permiten la ostentación de los compradores
privilegiados, también expresan el orgullo de sus creadores. Mientras el
obrero en la sociedad capitalista “pone su vida en el objeto; pero aquella
ya no le pertenece a él, sino al objeto” y, de este modo, “se le enfrenta
como algo hostil y ajeno”, el artesano medieval se reconoce en el objeto,
en tanto en él se manifiesta su personalidad y su potencia creadora. Lejos
de la “desrealización del trabajador” que supone que “el trabajo exista
fuera de él, como algo independiente, ajeno a él” (Marx, 2006: 107), en
la labor artesanal surge una conciencia de la dignidad del trabajo que
eleva moralmente a sus realizadores.
No obstante, la cohesión interna de los gremios también se verá afec-
tada por contradicciones. Si al comienzo, la subordinación es aceptada
como parte del largo camino que lleva a la formación de los artesanos,
también será fuente de conflictos por las condiciones laborales y, en

8. “Al trabajar, el maestro no se preocupaba en absoluto del lucro sino de asegurarse


una existencia digna” (Guriévich, 1990, p. 294).
9. Paulino Iradiel afirma que “la reglamentación interna del trabajo realizada por las
asociaciones de oficios, las diversas formas solidarias y asistenciales, las medidas
restrictivas en la fijación de la capacidad de producción y en la disponibilidad de la
oferta, el control de los aprovisionamientos y de los precios y calidades entre sus
miembros fueron todos ellos elementos esenciales en la expansión de la economía
manufacturera en unas condiciones de débil desarrollo de las fuerzas productivas”
(1984, p. 61).
108 ARCHIVOS, año XI, nº 21, septiembre de 2022-febrero de 2023: 101-115

algunos casos, por la búsqueda de su emancipación –“el sueño del ta-


ller propio”– que los enfrentará a sus superiores. El joven aprendiz de
ayer pretende ser el consagrado maestro de mañana. Esta lucha social
se diferencia tanto de la que se produce entre señores y campesinos,
como de la que desde finales del siglo XIV enfrentará a los asalariados
con sus empleadores.

Desposesión campesina y mano de obra rural

Pese a la existencia de notables aportes en torno del proceso transi-


cional que se abre a finales de la Edad Media, algunos problemas per-
manecen abiertos. ¿De qué modo los tributarios que poseen su parcela
individual y disfrutan de los aprovechamientos comunales se convierten
en los asalariados modernos? El proceso histórico de separación del
productor de sus medios de producción que constituye el contenido de
la llamada acumulación originaria presenta diferentes modalidades.
En este sentido, la expropiación absoluta como requisito para la apa-
rición de las relaciones capitalistas en el ámbito agrario fue puesta en
discusión por quienes advirtieron la importancia de los fenómenos de
semidesposesión, que informan el carácter híbrido de esta etapa.10 En
este sentido, si la libertad y la desposesión total de la mano de obra
son las condiciones del capitalismo maduro, no lo son de los procesos
de acumulación que lo preceden.
Junto con el papel corrosivo del tributo que ha debilitado “a la gallina
que ponía los huevos de oro para el castillo” (Dobb, 1984, p. 65), la pri-
vatización parcial de la propiedad colectiva impacta negativamente sobre
las economías campesinas. Desde mediados del siglo XIV, la ofensiva
que los sectores privilegiados lanzan sobre los términos comunales es
un fenómeno masivo de alcance europeo. La generalización de las usur-
paciones que anulan los aprovechamientos comunitarios –antecedente
de la política decimonónica que convierte “un derecho consuetudinario
de los pobres en monopolio de los ricos” (Marx, 2007, p. 39)–, responde
a la lógica extensiva de la expansión feudal y, en menor medida, a la
actividad del segmento rico de las comunidades vinculado a la produc-
ción mercantil simple. El destino y la modalidad de la explotación de
los espacios apropiados se diferencian de acuerdo con la condición de
los agentes privatizadores, pero las consecuencias de estas actuaciones
sobre el conjunto de los productores son similares. Señores, oligarquías

10. Lenin advierte: “En nuestras obras se comprende a menudo con excesiva rigidez la
tesis teórica de que el capitalismo requiere un obrero libre, sin tierra. Eso es del todo
justo como tendencia fundamental, pero en la agricultura el capitalismo penetra con
especial lentitud y a través de formas extraordinarias diversas” (1957, pp. 176-177).
C. Luchía - El trabajo en la Edad Media 109

urbanas y campesinos enriquecidos avanzan sobre los derechos aldeanos


limitando el acceso a los recursos. Sin embargo, la tenaz resistencia de
las comunidades impide la plena privatización; la permanencia de espa-
cios comunales hasta bien entrada la etapa moderna es prueba de ello.
Extenuados por la presión del tributo y debilitados por la pérdida
de derechos consuetudinarios, los más pobres se ven obligados a tra-
bajar para otros a cambio de un salario que permita complementar su
subsistencia. Serán jornaleros agrícolas más o menos estacionales o
artesanos domésticos que trabajarán “a pedido” de mercaderes-empre-
sarios en el marco de la industria rural a domicilio. En todos los casos,
el salario que perciben tiene una particularidad: no cubre la totalidad
de las necesidades de su reproducción. Dado que el campesino dispone
todavía de algo de tierra individual y del usufructo de los comunales, es
posible que el precio del trabajo sea inferior al coste de las mercancías
necesarias para que pueda vivir en condiciones de trabajar; es decir,
puede estar por debajo del precio de los medios de vida indispensables
que definen el salario en el capitalismo. Esta situación extraordinaria
que favorece los embrionarios procesos de acumulación de capital explica
“la ambivalencia constitucional” de este tipo de trabajadores (Astarita,
1998, p. 40). Comienzan a ser asalariados, sin dejar de ser campesinos.11
¿Quiénes demandan esta mano de obra parcialmente desposeída?
Junto con la habitual contratación de obreros agrícolas para tareas
estacionales en los dominios señoriales, a finales de la Edad Media
emerge un grupo dinámico de agentes acumuladores que intervienen en
la producción agraria y en las artesanías rurales. En el centro de este
fenómeno se ubica el proceso de diferenciación social que atraviesan las
comunidades, en el que una minoría rica y con poder se desprende de
sus pares; de allí que la mirada desde las organizaciones comunitarias
sea clave para comprender los cambios que se producen en el mundo
del trabajo y de la producción.
Si, como demuestra el estudio de los primeros siglos capitalistas, la
expropiación del campesinado no se traduce mecánicamente en su plena
proletarización, en las fases transicionales la venta de la fuerza de trabajo
tampoco implica la constitución de un proletariado rural permanente
(Clemente Quijada, 2020). Por el contrario, las dificultades que afectan
tanto la reproducción inmediata como las cadenas intergeneracionales
dan lugar a estrategias híbridas. En el marco de familias nucleares con
una fuerte tendencia a la endogamia, la herencia, la constitución de

11. “Los trabajadores asalariados agrícolas se componían en parte de campesinos que


valorizaban su tiempo libre trabajando en las fincas de los grandes terratenientes, en
parte de una clase independiente –poco numerosa tanto en términos absolutos como
relativos– de asalariados propiamente dichos” (Marx, 2004, p. 896).
110 ARCHIVOS, año XI, nº 21, septiembre de 2022-febrero de 2023: 101-115

nuevos hogares y el endeudamiento crónico tienden a fragmentar las


tenencias campesinas hasta un punto en el que resultan inviables como
unidades de producción. La búsqueda de recursos para instalarse en el
futuro impulsa a los labradores jóvenes a contratarse como jornaleros
en los años previos a alcanzar la edad matrimonial. En este caso, el
trabajo asalariado no constituye una posición estructural, sino un me-
dio coyuntural para que los hijos puedan convertirse en lo que son sus
padres. Las urgencias cotidianas y las necesidades de las nuevas gene-
raciones son elementos clave de la emergencia de relaciones laborales
caracterizadas por la fuerte inestabilidad de la oferta de mano de obra.

“Obligados a servir”: coacción y trabajo asalariado

La oposición entre el carácter “personal” del dominio feudal y el ca-


rácter “económico” de la subordinación del trabajo “libre” en el capita-
lismo, si bien responde a los rasgos generales de ambas formas sociales,
no permite reconocer la historicidad de las respectivas relaciones de
dominación. Si la impronta de la “racionalidad moderna” impide una
adecuada comprensión del significado que asume la contratación de
trabajadores en las sociedades premodernas (Banaji, 1997, p. 86), el
análisis de la multiplicidad de formas de sujeción de la mano de obra y
de sus variados modos de retribución permitirá identificar las estrategias
flexibles que adopta la explotación en el feudalismo tardío (Colombo,
2020). Para ello es necesario considerar que la servidumbre y el trabajo
asalariado pueden coexistir dentro de la institución señorial, puesto que
el dominio personal sobre los productores es compatible con su remu-
neración en dinero. En condiciones de un mercado de trabajo irregular
e imperfecto, la convergencia de elementos coactivos y contractuales
resulta un medio adecuado para “el sometimiento global de la clase de
los productores” (Colombo, 2020). La considerable sofisticación que
exhiben los propietarios precapitalistas en el uso de la mano de obra
y en la estructuración de la oferta de trabajo (Banaji, 1997) revela un
escenario de relaciones yuxtapuestas.
La prehistoria de los “trabajadores libres en el doble sentido que ni
están incluidos directamente entre los medios de producción –como sí lo
están los esclavos, siervos de la gleba, etcétera–, ni tampoco les pertene-
cen a ellos” (Marx, 2004, pp. 892-893) es la de esos campesinos que de
manera oscilante participan de las relaciones salariales, en condiciones
aun no capitalistas. En todos los casos, el vínculo que los une con los
empleadores dista de ser estrictamente libre y puramente económico.
Como sostiene Feller, el “trabajador y su dueño están ligados, el uno
al otro, por deberes recíprocos a pesar de la importancia que toma el
dinero en su relación” (2015, p. 291).
C. Luchía - El trabajo en la Edad Media 111

La endémica competencia entre los propietarios por contar con


brazos suficientes para sus actividades productivas los lleva a ofrecer
distintos estímulos extra monetarios –como el otorgamiento de cuotas
de aprovechamiento de los mismos pastos que han sido usurpados a
las comunidades–, así como a imponer coacciones sobre la movilidad de
los cuerpos. En este sentido, la generalización de una legislación laboral
represiva revela los obstáculos que encuentran las aristocracias y los
nuevos agentes acumuladores en este período. A mediados del siglo
XIV, dos regiones con desarrollos desiguales como Inglaterra y Castilla
sancionan una serie de leyes tendientes a disciplinar una mano de
obra renuente a ofrecer sus servicios. En 1349, el parlamento inglés,
compuesto de terratenientes que cada vez más se volcaban a la con-
tratación de trabajadores asalariados en desmedro de las prestaciones
serviles (Hilton, 1984), establece que todos los hombres y mujeres del
reino, de cualquier condición, que sean hábiles y menores de sesenta
años, “estarán obligados a servir a quien haya considerado oportuno
buscarlos”; a la vez que persigue con especial severidad a los “mendigos
sanos” que se nieguen a trabajar. La cárcel será el destino para quienes
“en lugar de ganarse la vida mediante el trabajo, prefieran mendigar en
la ociosidad”.12 La misma orientación exhibe el ordenamiento castellano
de 1351 que castiga el “vagabundeo” e impone a toda la población activa
la obligación de salir a las plazas “con sus herramientas y sus viandas”
para ser “alquilados” como labradores.13
Los poderes feudales bajomedievales también intentan limitar el
nivel de los salarios que, producto de la escasez de trabajadores, tiende
a elevarse en perjuicio de las clases propietarias. Esta cuestión generó
diversas reacciones entre los empleadores: mientras los señores impulsa-
ron las medidas restrictivas, la posición de los campesinos acomodados
no fue tan favorable. Quienes carecían del poder coactivo solo podían
apelar al ofrecimiento de mejores y más altas remuneraciones para
atraer jornaleros. De igual modo, muchas de las familias campesinas
cuyos miembros más jóvenes se ocupaban como obreros agrícolas ob-
tenían beneficios con la suba de salarios, pese a que también tuvieran
que pagarlos.14

12. Statute of Labourers (1351), disponible en: avalon.law.yale.edu/medieval/statlab.


asp.
13. Cortes de León y Castilla (1863), t. II, p. 76, Real Academia de la Historia.
14. “Muchos de los campesinos o artesanos industriales eran patronos al tiempo
que cabezas de familia, aportando algunos de los miembros de la misma salarios
por el trabajo realizado fuera del ámbito familiar. Los ingresos familiares del patrono
campesino o artesano se veían, así pues, incrementados, a la vez que disminuidos,
a causa de las subidas salariales” (Hilton, 1984, p. 203).
112 ARCHIVOS, año XI, nº 21, septiembre de 2022-febrero de 2023: 101-115

La prisión, el destierro, los castigos físicos y las prestaciones forzadas


forman parte de las sanciones para quienes violen las normativas, con-
ducta para nada infrecuente en un contexto en el que existían medios
alternativos de subsistencia. En este marco, el disciplinamiento de una
mano de obra –estructuralmente inestable y funcionalmente oscilante–
es el objetivo que persiguen las reglamentaciones laborales dictadas por
las monarquías feudales (Colombo, 2020; Poos, 1983). A diferencia de
las leyes de pobres de finales del siglo XVI y comienzos del XVII, este
tipo de coacciones tenían el efecto ambivalente de servir en lo inmediato
a las necesidades de la clase señorial y, en el largo plazo, de favorecer
la lógica de la acumulación protocapitalista. Si una centuria atrás el
poder prescribía que “ningún omne ande sin señor”, con la apertura
de los procesos transicionales, ese señor puede tener nuevas caras. En
definitiva, el surgimiento de una clase parcialmente desposeída que debe
ser compelida al trabajo no es ajeno a la propia dinámica del feudalismo.
Como toda forma social clasista, en la reproducción contradictoria de
este régimen social se generan las condiciones de su negación. Pero este
proceso demandará siglos, en los cuales el conflicto de clases ocupará
cada vez más un papel protagónico.

¡Luchar, vencer…!

Como advierte Marc Bloch, la revuelta agraria es inherente al sistema


feudal como la huelga lo es al capitalismo (1978). Las resistencias coti-
dianas que expresan esa cultura tradicional rebelde (Thompson, 1984)
frente a las distintas formas de opresión se combinan con los grandes
levantamientos que, con desigual alcance y proyección, ponen en jaque
el orden social. Flandes en 1323, Francia en 1358, Florencia en 1378,
Inglaterra en 1381; diversas coyunturas y múltiples motivaciones in-
mediatas producen la activación de campesinos dependientes y libres,
jornaleros y artesanos.15 Si la composición es heterogénea, los objetivos
también lo son, dando lugar a un panorama poliédrico del conflicto
social en el que se expresan diversos antagonismos (Monsalvo Antón,
2016). Sin embargo, esta masa abigarrada de rebeldes hace más que
aquello que enuncian como propósito de su lucha. En el levantamiento
inglés de 1381 hegemonizado por el campesinado rico, el célebre sermón

15. En Flandes, campesinos ricos y artesanos de las ciudades convergen contra la


opresión fiscal y el dominio oligárquico. La Jacquerie francesa es el paradigma de
movimiento armado campesino de carácter antinobiliario, del que participan tam-
bién los sectores descontentos de la baja nobleza. El motín florentino de los Ciompi
expresa la activación de los trabajadores no calificados de las industrias textiles que,
inflamados por las cada vez más insalubres condiciones laborales y la falta de derecho
de agremiación, se levantan contra las oligarquías urbanas.
C. Luchía - El trabajo en la Edad Media 113

atribuido a uno de sus líderes, el sacerdote rural John Ball, actualiza


un tópico arraigado. “Cuando Adán cavaba y Eva hilaba, ¿dónde estaba
el caballero?” se lanza como un desafío contra los opresores. Pero esta
idea no es solo una invectiva. La tradición bíblica es recuperada para
elevar la consideración de los trabajadores, poniendo al descubierto el
carácter parasitario de quienes se apropian de su esfuerzo.
Si bien la mayoría de las rebeliones son aplastadas militarmente por
los ejércitos regios y las huestes nobiliarias, los efectos de la derrota no
son unívocos. Las grandes insurrecciones se desarrollan en un contexto
de conflictos cotidianos entre las clases que dan cuenta de las contra-
dicciones que atraviesa el sistema. Como señala Monsalvo Antón, “es
compatible un fracaso coyuntural con un éxito estructural” (2016, p.
294). Cuando los campesinos rechazan la creciente presión tributaria
y cuando defienden sus propiedades comunales, están atacando un
atributo sustantivo del régimen de explotación feudal –el tributo– y difi-
cultando su reproducción –la expansión sobre el espacio–. “No lo saben,
pero lo hacen”, y eso que hacen se corresponde con aquello que son.
El ejercicio tan frecuente en la historiografía medieval que consiste
en evaluar la conflictividad feudal desde la perspectiva de la lucha de
clases en el capitalismo vacía a los sujetos de su historia. Las revueltas
medievales no son ni “estallidos irracionales” como propala la histo-
riografía reaccionaria, ni movimientos “conservadores” como afirman
quienes ven en la historia un proceso lineal. Por el contrario, cada vez
más estudios reconocen el papel activo de los dominados feudales, su
capacidad de organización y especialmente su comprensión de la rea-
lidad sociopolítica en la que intervienen.
Sin duda, los rebeldes ingleses de 1381 o los aldeanos castellanos
que defendían sus derechos colectivos no eran los jacobinos de 1793,
ni los bolcheviques de 1917. Sus luchas, producto de una estructura-
ción y dinámica diferentes de aquellas en las que se gestan las grandes
revoluciones modernas, responden a las transformaciones históricas,
a la vez que gravitan sobre ellas. Desde esta perspectiva, es pertinente
recordar con Hilton “que el concepto de hombre libre, es decir, del hom-
bre que no está sometido ni debe respeto a un señor, es uno de los más
importantes, aunque intangibles, legados de los campesinos medievales
a la posteridad” (1984, p. 312). Libres para ser explotados, pero también
libres para luchar y vencer esa nueva explotación.

Breve reflexión final

Desde la década de 1990 el abandono de las preguntas que habían


propiciado los grandes debates historiográficos ha orientado, en general,
las investigaciones hacia el análisis fragmentario de la realidad de las
114 ARCHIVOS, año XI, nº 21, septiembre de 2022-febrero de 2023: 101-115

sociedades medievales. Numerosos estudios de caso sobre cuestiones


particulares adoptan un registro descriptivo que no logra proponer
nuevas explicaciones.
Con excepción de los trabajos que revisan críticamente la dicoto-
mía entre subordinación económica-contractual y dependencia per-
sonal-coactiva, el problema que abordamos en estas páginas no ha
producido aportes novedosos. Si las relaciones de explotación, la lucha
de clases y la transición del feudalismo al capitalismo concentraron el
interés de gran parte de la especialidad durante el siglo XX, en la ac-
tualidad las preocupaciones parecen ser más modestas. Este cambio de
escenario no es ajeno a los contextos políticos que condicionan la labor
de los y las medievalistas. Indagar el pasado es también una forma de
pensar el presente.
La historia une tanto como separa al campesino medieval, jurídica-
mente dependiente, sujeto a las obligaciones tributarias pero en posesión
de sus medios de producción y al trabajador asalariado, materialmente
desposeído pero tan legalmente libre que cuando el capital prescinde
de él tiene la libertad de “hacerse enterrar, morirse de hambre” (Marx,
2006, p. 123). El análisis de las formas que adquiere la subordinación
de la mano de obra en el feudalismo y de los procesos que llevan al
surgimiento del trabajo asalariado en la baja Edad Media permite correr
el velo de “las leyes naturales eternas que rigen al modo de producción
capitalista” (Marx, 2004, p. 950) y restituir a la clase trabajadora su
propia historia.

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ARTÍCULOS
ARCHIVOS
ISSN 2313-9749
ISSN en línea 2683-9601
Año XI, nº 21, pp. 119-140
de historia del movimiento obrero y la izquierda septiembre de 2022-febrero de 2023

El anarquismo y la cuestión indígena.


De la represión del Centenario a Napalpí
Ayelén Burgstaller
Universidad de Buenos Aires
Centro de Estudios Históricos de los Trabajadores y las Izquierdas - Argentina
Mail: [email protected]
ORCID: 0000-0003-2563-5806

Título: Anarchism and the indigenous issue. From the Centenario repression
to Napalpí

Resumen: A partir del análisis de los periódicos La Protesta y La Antorcha exami-


naremos cómo fue abordada la cuestión indígena por el movimiento anarquista
en la región del Norte Grande Argentino (NGA). El artículo comienza en 1911,
luego de la represión del Centenario de la Revolución de Mayo y cuando el coronel
Enrique Rostagno llevó adelante la segunda campaña militar al Gran Chaco, con
el objetivo de incluir como fuerza de trabajo a las comunidades originarias en
los obrajes madereros, yerbales e ingenios de azúcar. El punto de llegada recae
en 1924, momento en el cual el Estado desplegó una represión en la reducción
Napalpí, lo que marcó el final de una dinámica de desplazamiento forzado que
habían fomentado los ingenios y obrajes desde finales del siglo XIX.
Palabras clave: anarquismo – pueblos originarios – cuestión indígena – espacio
productivo chaqueño

Abstract: Based on the study of La Protesta and La Antorcha newspapers we


analyse how anarchist movement studied the indigene issue of former the Norte
Grande region of Argentina. This article begins in 1911, after the Centenary of

DOI: https://doi.org/10.46688/ahmoi.n21.367

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120 ARCHIVOS, año XI, nº 21, septiembre de 2022-febrero de 2023: 119-140

Mayo Revolution repression, when Colonel Enrique Rostagno carried out a second
military campaign to Gran Chaco. He’s objective was to use native comunities
as a labour force in wood manufacturing, mate plantations and sugar factories.
Our article finish at 1924, when the Napalpí reduction was repressed by the
state and ended the forced removal promoted by the sugar factories and wood
manufacturing since nineteen century.
Key words: anarchism – native people – indigene issue – production area of Chaco

Recepción: 5 de mayo de 2022. Aceptación: 2 de julio de 2022.

***

Introducción

El primero de mayo de 1910 la Federación Obrera Regional Argentina


(FORA) reunió 70.000 trabajadores en la plaza Colón, ciudad de Buenos
Aires, en donde decidieron programar una huelga general por tiempo
indeterminado para el 18 de mayo. Con el propósito de evitar que pro-
dujeran manifestaciones callejeras encabezadas por las corrientes de
izquierda durante los festejos del Centenario de la Revolución de Mayo,
el presidente Roque Sáenz Peña sancionó el estado de sitio y utilizó la
Ley de Residencia para expulsar del país a los principales dirigentes
extranjeros anarquistas y detener a los líderes nativos. Al mismo tiempo,
jóvenes universitarios y miembros de organizaciones de la elite, bajo
consignas patrióticas, quemaron locales obreros y destruyeron las im-
prentas de La Protesta, La Batalla y La Vanguardia (Iñigo Carrera, 2013).
Para los festejos del Centenario la burguesía argentina estaba culmi-
nando su proceso de constitución como clase dominante. Ello incluyó
la delimitación de su territorio mediante el uso de la fuerza material,
expresado en las guerras civiles de la segunda mitad del siglo XIX, la
guerra del Paraguay, las campañas sobre territorios indígenas, formación
del ejército nacional moderno, organización de la Policía de la Capital
con su Sección de “Orden Social” y la creación del Departamento Nacio-
nal del Trabajo en 1907, entre otros elementos (Iñigo Carrera, 2013, p.
76). Sin embargo, aún existía un margen en el Gran Chaco1 donde las
comunidades originarias no habían sufrido en su totalidad el avance
estatal. Y es por ello que en septiembre de 1911 comenzó una nueva
fase de expansión de la frontera productiva con la campaña militar de
Rostagno. Su objetivo fue ocupar la frontera con el Paraguay y Bolivia

1. El territorio del ex Gran Chaco abarcó una porción del Paraguay, Bolivia, suroeste
de Brasil y, en Argentina, las provincias actuales de Chaco, Formosa y Santiago del
Estero; incluyendo también parcialmente las provincias de Salta, Jujuy, Tucumán,
La Rioja, Catamarca, San Juan, San Luis, Córdoba, Santa Fe y Corrientes.
A. Burgstaller - El anarquismo y la cuestión indígena 121

y, a la vez, someter a los indígenas al régimen de misiones y a servir


como fuerza de trabajo en los obrajes madereros, yerbales e ingenios
de azúcar.2
La campaña militar y el proceso ideológico de negar la alteridad in-
dígena pueden entenderse en clave de prácticas sociales genocidas que
se cristalizaron en una ideología hegemónica de blanqueamiento social
(Lenton, 2010; Nagy y Papazian, 2010). El resultado fue el estableci-
miento de una identidad nacional por la cual la población blanca era
portadora de los valores morales positivos, civilizados y liberales mien-
tras que los indígenas eran vistos como salvajes, incultos e inmorales,
ajenos a los valores del trabajo y la propiedad. De esta forma, se generó
cierto consenso respecto de la opresión y el desmembramiento de las
comunidades originarias (Teruel, 1991; Tamagno, 2009).
La expansión del capitalismo en Argentina desestructuró y trans-
formó la organización y práctica socioeconómica de las comunidades
de la región. Estas poblaciones se vieron cada vez más impedidas de
complementar, por sus propios medios, el ciclo de reproducción social.
Las actividades de autosubsistencia en el monte quedaron supeditadas
a la dinámica del capitalismo, lo que contribuyó a la conformación de
un proletariado indígena, sometido a formas particulares de explotación.
La incorporación del indígena al cuerpo de la nación a través del trabajo
fue clave en el proceso de sometimiento de las comunidades originarias
(Mases, 2002; Quijada, 1999). A su vez, la introducción de las nuevas
especies de animales, durante las sucesivas campañas militares, dio
como resultado un sobrepastoreo que se tradujo en una competencia por
el alimento con los animales del monte, produciendo como consecuencia
una disminución de la caza, vital para las comunidades (Buliubasich
y Rodríguez, 2002).
La campaña de Rostagno y el proceso de estructuración y desestruc-
turación espacial, productiva, social e identitaria conllevaron el interés
de múltiples actores de la sociedad. Entre ellos, las izquierdas en gene-
ral y el anarquismo en particular. En este trabajo nos interesa indagar
sobre el accionar y militancia del movimiento anarquista en el Norte
Grande Argentino (NGA),3 con la intención de explorar las posiciones del

2. En 1884 el presidente Julio A. Roca envió al Congreso Nacional el proyecto de ley


para autorizar la “Conquista del Desierto del Norte”. La estrategia del gobierno fue
presentar esta segunda conquista como esencialmente diferente, y a los indígenas del
Chaco como fundamentalmente mansos y, a diferencia de los “salvajes” patagónicos,
dispuestos a la conquista pacífica. En la expedición del general Victorica, el Estado
se había asegurado el sometimiento de los pueblos originarios en el Chaco oriental,
pero el Chaco centro-occidental no fue sometido hasta 1911.
3. El Norte Grande Argentino abarca las provincias actuales de Santiago del Estero, Chaco,
Salta, Tucumán, Catamarca, Jujuy, Formosa, Misiones y Corrientes.
122 ARCHIVOS, año XI, nº 21, septiembre de 2022-febrero de 2023: 119-140

anarquismo sobre la cuestión indígena y la relación entre la identidad


étnica y la de clase. Algunos de los interrogantes que orientan nuestra
investigación son: ¿qué miradas tuvo el movimiento anarquista con
respecto al trabajador indígena? ¿Qué lugar le dedicaron en su prensa
a las problemáticas de aquellos trabajadores? ¿Qué visión construye-
ron de los pueblos originarios? ¿Hubo diferencias entre las corrientes
y periódicos anarquistas en relación a la mirada de los trabajadores
indígenas? Para responder estas preguntas caracterizaremos diversos
establecimientos de trabajo donde se concentraron mayoritariamente
trabajadores provenientes de las comunidades originarias. Al tiempo
que se pondrá en evidencia la intervención de la prensa anarquista en
los conflictos laborares y la organización obrera en el NGA. Para ello,
utilizaremos publicaciones que respondieron a diversas corrientes dentro
del movimiento ácrata. Principalmente abordaremos los periódicos La
Protesta (LP), asociado a la tendencia organizadoras del anarquismo,4
y La Antorcha (LA), publicación surgida de los conflictos al interior del
movimiento anarquista durante los años 20 y del cual la tendencia
antorchista tomaba su nombre.
De las producciones dentro del campo del anarquismo contamos,
por un lado, con Abad de Santillán (1930) como parte de la historio-
grafía militante, quien escribió sobre los orígenes del anarquismo y la
experiencia de la FORA. Por otro, con Oved (1978) y Zaragoza (1996)
publicaron los primeros trabajos “profesionales” sobre el origen del
anarquismo y su vínculo con el mundo de los trabajadores. La reno-
vación historiográfica de los 80 (Falcón, 1984; Bilsky, 1985) introdujo
una perspectiva de análisis más global sobre el origen del movimiento
obrero y las izquierdas en Argentina. Autores como Barrancos (1990),
Suriano (2001) y Albornoz (2014a) ponen el centro en aspectos sociales
y culturales del movimiento libertario, jerarquizando la dimensión cul-
tural de la praxis política, centrándose en el estudio de su actividad en
los núcleos urbanos, principalmente Buenos Aires y Rosario, y pontifi-
cando su declive no más allá de la primera década del siglo XX. Ambos
elementos coadyuvaron para que la experiencia ácrata en el interior de
Argentina, luego de 1910, en gran medida, haya quedado inexplorada.
Asimismo el análisis de los emprendimientos editoriales y la publicación
de revistas y las giras de propaganda anarquistas (Anapios, 2008; Díaz,
2014) nos presentan una heterogénea trama discursiva. Sin embargo,

4. Para 1890 las disputas ideológicas al interior del movimiento ácrata entre los anarquistas
organizadores y antiorganizadores se expresan en la proliferación de variadas publicaciones.
La línea antiorganizadora apoyó la formación de “grupos de afinidades” para evitar formar
autoridades, cuyo medio principal de difusión fue El Perseguido y contrariamente, la tendencia
organizadora abogó por las organizaciones sindicales y la asociación obrera, su principal
órgano de difusión fue La Protesta.
A. Burgstaller - El anarquismo y la cuestión indígena 123

el trabajo de estos autores no aborda la relación del anarquismo con los


conflictos surgidos al respecto de las “campañas del desierto” vinculados
a las condiciones del proletariado indígena. En cuanto el anarquismo
y la cuestión indígena, producciones como la de Rivera Cusicansqui
y Lehm (1988) y Margarucci (2009) nos introducen en el análisis del
anarquismo en Bolivia durante la primera mitad del siglo XX y su vin-
culo con las comunidades originarias. A nivel local, contamos con las
investigaciones como la de Falcón (1984) que reconoce la importancia
de las comunidades indígenas en la historia obrera local. Iñigo Carrera
(1984) aborda la integración de mano de obra indígena al mundo del
trabajo, brindando algunos primeros marcos para abordar las relacio-
nes entre la dimensión étnica y de clase. A la vez que De Lucia (1997) y
Guzmán (2019) indagan en la relación entre el socialismo, las izquierdas
y el movimiento indígena entre fines del siglo XIX y comienzos del XX.
Tras la huelgas del Centenario, el anarquismo conservó cierto influjo
en el plano político, entre los trabajadores y, en simultáneo, interpeló
el proceso por el cual las comunidades originarias se incorporaron a
las relaciones capitalistas de producción. Con nuestra investigación
pretendemos comenzar a desandar cierta vacancia historiográfica que
resulta del aún poco estudiando vínculo entre el proceso de luchas y
enfrentamientos de los pueblos originarios y el desarrollo de las corrien-
tes políticas que intervenían en ese momento.

Hacia una reconfiguración en la estrategia anarquista

La represión en vísperas del Centenario limitó las acciones de las


organizaciones proletarias. LP continúo saliendo de modo irregular hasta
julio de 1910, cuando fue clausurada definitivamente. Sin embargo,
durante 1911 se editaron ejemplares de manera esporádica. El 12 de
septiembre de ese mismo año, el anarquismo protestista caviló el mo-
mento bisagra por el cual transitaba y de lo necesario que era cambiar
de táctica. Sin dejar de pensar la insurrección como medio para solu-
cionar favorablemente la crisis social de la Argentina, colocaban el eje
en la acción propagandística, como herramienta central para difundir
sus ideales en el nuevo contexto. Al tiempo que hicieron explícita la
necesidad de operar en Salta, Tucumán, Misiones y el Chaco.5
En su voluntad de replanteo estratégico, LP anunció la confección
de la agrupación La Confederación Anarquista para unir “los grupos de
propaganda revolucionaria residentes en la capital federal y a los que
existen diseminados en ciudades del interior”.6 Además de la adopción

5. La Protesta, 12 de septiembre de 1911.


6. La Protesta, 3 de noviembre de 1912.
124 ARCHIVOS, año XI, nº 21, septiembre de 2022-febrero de 2023: 119-140

de ciertas normas generales de propaganda que unificasen la acción,


algunos de sus objetivos fueron difundir las ideas a través de la edición
de diversos folletos y material escrito para repartir gratuitamente. En
consecuencia, los anarquistas de LP desarrollaron una sección llamada
en algunos casos “Crónicas del Norte” y en otros “Crónicas de las afue-
ras”, destinada a exponer los conflictos en el interior del país.
Un tema principal en el periódico fue el militarismo. La redacción de
LP difundió una carta de los conscriptos del regimiento 7º de caballería
del Chaco. Allí exponen la manera arbitraria e inhumana del trato que
reciben los conscriptos en la división.7 Poniendo en cuestión y eviden-
ciando que la llamada “pacificación” del Chaco era una manera de en-
mascarar la matanza que venían desplegando las fuerzas militares del
coronel Rostagno. A la vez que refuerza el componente antimilitarista
del movimiento anarquista, aspecto esencial de la propaganda ácrata
que alimentaba el ideal de un mundo sin fronteras.
Al momento de abordar el proceso militar que se estaba llevando
adelante en el Gran Chaco, la LP recurrió a la crítica del concepto de
“civilización” que el Estado se esforzó por difundir en los discursos y
prensa oficial. Según su definición, el sometimiento de los pueblos
originarios y la integración al mundo del trabajo, entendido como una
herramienta de disciplinamiento, era parte del avance de la civilización
frente a la barbarie indígena e inseparable del progreso tecnológico y
científico. Sin embargo, el anarquismo se ocupó en denunciar las guerras
y matanzas que implicaban la contracara de estos avances. En ocasiones
emparentando la campaña militar a la conquista de América: “La ban-
dera del odio fue la que alzaron los españoles en la tierra conquistada,
el blanco triunfó y no la civlización como se dice”.8 El tono irónico del
texto permite ver en los conquistadores y la civilización agentes opuestos,
invirtiendo la relación entre civilización y barbarie. Por un lado, postu-
laban la agencia de los indígenas al momento de defender la tierra en la
conquista de América.9 Mientras que, por otro, los caracterizaban como
temerosos y apáticos con otras luchas obreras debido al analfabetismo,
poniendo en evidencia que la educación e instrucción era el sendero por
el cual el movimiento anarquista tendría que interpelar a los indígenas.10
Asimismo, en la revista Ideas y Figuras, de tendencia organizadora
y editada por Alberto Ghiraldo, encontramos un artículo de Constan-
cio Vigil, fundador de Mundo Argentino, dedicado exclusivamente a la
cuestión indígena, denunciando las condiciones de esclavitud a la que

7. La Protesta, 3 de noviembre de 1912.


8. La Protesta, 15 de diciembre de 1912.
9. La Protesta, 9 de marzo de 1913.
10. La Protesta, 25 de octubre de 1921.
A. Burgstaller - El anarquismo y la cuestión indígena 125

eran sometidas las comunidades: “El blanco se adueña de todo, y para


concederle al indio la merced de la vida, le exige que se convierta en un
animal doméstico”.11 Describe a los grupos indígenas del Norte como
“mansos y buenos, susceptibles en alto grado á los beneficios de la
civilización”.12 A la vez que denuncia las condiciones brutales a las que
era sometido el indígena, expone una mirada paternalista que propone
la integración de las comunidades “dóciles” a la sociedad “blanca” por
medio del trabajo. En este punto encontramos varios niveles de ambiva-
lencia en el discurso anarquista en relación a la cuestión indígena. Las
publicaciones presentadas, por un lado, denunciaban el rol que cumplió
la Iglesia y el Estado en este proceso “civilizatorio”. Pero, por otro lado,
reproducían discursos y prácticas que posicionaban al indígena dentro
de una otredad que era posible “civilizar” a través de la educación y el
trabajo. A la vez, la nota nos menciona una característica principal de
este período, donde las formas de trabajo libres convivieron con formas
de trabajo no libre. En el proceso de acumulación capitalista originaria en
Argentina se entrelazaron relaciones de producción diversas, de carácter
precapitalista. El carácter periférico del capitalismo latinoamericano
distó de conformar una mano de obra asalariada propiciando una gran
diversidad de relaciones de trabajo (Cardoso y Pérez Brignoli, 1979). A
la vez que una parte de la población activa continuó ocupada en activi-
dades de subsistencia, fuera de la economía de mercado (Cueva, 1977).
Las formas de disciplinamiento basadas en semiesclavitud difuminaron
los límites entre el trabajo libre y no libre (Van der Linden, 2019).
La propaganda ácrata denunció sistemáticamente la explotación del
indígena en el NGA a través de la participación y difusión en diversos
conflictos que se gestaron en los establecimientos de trabajo que alber-
garon en su mayoría a trabajadores indígenas. El carácter distintivo
que destaca la prensa anarquista es que tanto ingenios como quebra-
chales, obrajes y yerbales participan de un análogo régimen aplicado
al obrero y lo caracterizaron como el antiguo “feudo medieval […] Un
régimen cerrado, autoritario en extremo y con un espionaje tan fatal
como insoportable”.13 Si bien la prensa priorizó los conflictos ocurridos
en Buenos Aires y Rosario, LP, desde 1911, no dejó de lado la situación
social y política del Norte, reflexionando y problematizando la interven-
ción militar y las condiciones de explotación específicas a las que eran
sometidas las comunidades originarias.
A continuación veremos cómo intervino la prensa en el conflicto de
tierras en la Quebrada de Humahuaca, en las huelgas de los ingenios

11. Ideas y figuras, 25 de julio de 1911.


12. Ideas y figuras, 25 de julio de 1911.
13. La Protesta, 2 de junio de 1923.
126 ARCHIVOS, año XI, nº 21, septiembre de 2022-febrero de 2023: 119-140

azucareros: Los Ralos en Tucumán y Ledesma en Jujuy, y por último


en el conflicto desatado en la reducción Napalpí.

El conflicto de tierras en Jujuy

Luego de la represión del Centenario el anarquismo transitó por un


período de conflictividad interna que desembocaría en el desdoblamiento
de la FORA y la posterior proliferación de prensa de diversas tendencias.
En octubre de 1912 la FORA restableció su Consejo Federal y el sindica-
lismo revolucionario afianzó su presencia en el movimiento obrero, por lo
que impulsaron un nuevo Congreso de Unidad (III). LP priorizó exponer
las opiniones a favor y en contra de la unidad gremial. Los anarquistas
gilimonianos, como Atilio Biondi y Pedro López, se mostraron reacios a
la unificación porque requería el abandono de los ideales libertarios, al
contrario de los anarquistas fusionistas como Augusto Pellegrini, Flo-
rencio Giribaldi y B.V. Mansilla. Finalmente, el 1° de Abril de 1915 se
inauguró el IX Congreso de la FORA y un día después, decidían eliminar
de sus estatutos el comunismo anárquico.
Los que aún abogaban por los estatutos de la FORA V Congreso
como Rodolfo González Pacheco, Teodoro Antillí y Apolinario Barrera
se hicieron del control de LP y a los ácratas fusionistas se les prohibió
publicar. Por este motivo Alberto Ghiraldo, quien adscribió a los anar-
quistas organizadores, abrió las puertas de su revista cultural Ideas y
Figuras para que puedan expresar sus opiniones (Belkin, 2018: 224).
Esta revista encarnaba una propuesta más abocada a la producción
cultural que buscaba incidir en el debate público y político a través de
una mirada literaria y artística.
Uno de los resultados de aquellas tensiones fue la creación en 1921
del semanario La Antorcha (LA), que para 1924 mantuvo un período
de tirada diaria. Esta publicación fue dirigida por González Pacheco
y Antillí que, a diferencia de LP, adscribían a la tendencia antiorgani-
zadora, defendiendo la organización libre y voluntaria de individuos o
agrupaciones. Pero la rencilla no pasaba solamente por la vieja discusión
entre organizadores y antiorganizadores. LA cuestionó la propiedad de
la imprenta, la centralización en el movimiento libertario y el dominio
del grupo editor de LP sobre las demás publicaciones, su falta de apoyo
a nuevos proyectos y su decisión unilateral de a qué huelgas debía o
no apoyar la FORA (Anapios, 2008: 2).
Durante los primeros años, los posicionamientos en torno a la Re-
volución Rusa ocuparon un lugar central tanto en las páginas de LP
como en las de LA, esta última condenó tempranamente a la dirección
bolchevique. El triunfo de la revolución socialista llevó a la conforma-
ción y posterior expulsión de la FORA de la corriente llamada, por sus
A. Burgstaller - El anarquismo y la cuestión indígena 127

adversarios, anarco-bolchevique. Luego, esta tendencia se integró a la


Unión Sindical Argentina (USA), originada en la fusión de la FORA con
varios sindicatos autónomos. Su órgano de difusión, Bandera Proletaria,
fue dirigido por el entonces secretario general de la USA, Manuel Sera-
fín Fandiño con el seudónimo de Alejandro Silvetti (Doeswijk, 2013). A
comienzos de 1923, junto a otros grupos anarcosindicalistas y sindica-
listas revolucionarios impulsaron la Alianza Libertaria Argentina (ALA),
con el objetivo de construir una estructura al margen de la ortodoxia
forista. Su órgano de difusión principal fue el periódico El Libertario.
Decenario Anarquista, y al año de su fundación el núcleo principal
aliancista inició su viraje ideológico al anarco-sindicalismo. Entre sus
principales integrantes se encontraban Enrique García Thomas, Juan
Lazarte y Sebastián Ferrer (Ceruso, 2020).
LA fue un importante medio para informar sobre las distintas si-
tuaciones de explotación o actividades realizadas en los parajes más
apartados de Argentina.14 Además, continuó con la práctica de recorrer
diferentes ciudades y pueblos para difundir el ideal ácrata. Las giras de
propaganda constituyeron una extendida práctica, donde los conferen-
cistas recorrían diversas regiones propagando sus ideas y estableciendo
lazos con otros revolucionarios locales (Díaz, 2014). En consecuencia,
LA contribuyó ampliamente al debate entre los anarquistas, y a partir
de su circulación en el Norte argentino ejerció cierta influencia en Salta.
En sus páginas se registraron distintos anuncios sobre publicaciones
que circularon en el Norte. En 1920 se creó en Salta, la Agrupación
Anarquista Comunista Despertar, de tendencia anarco-bolchevique. Y
fue el semanario Despertar su órgano de difusión.
A pesar de que la prensa ácrata estuvo mayormente abocada a los
debates internos, no descuidaron su estrategia de difusión hacia las
provincias del interior de Argentina. En la mayoría de sus ejemplares
siguieron cultivando secciones como “Las huelgas del interior” en el caso
de LP o “Nuestras giras por el Norte” reflejadas en las páginas de LA. En
este contexto, LP, con un nuevo equipo editor, expone que el Consejo
de la FORA indica apoyar a los consejos de la Local Tucumana, Local
Salteña y Local Jujeña, con el objetivo de encauzar la organización, ac-
tividad y solidaridad de los trabajadores del Norte, debido a que “existe
un localismo en absoluta contradicción con el espíritu de solidaridad
que informa el pacto de la FORA, y cuyo desarrollo engendra la desmo-
ralización y la desconfianza hacia nuestros bellos ideales y la bondad

14. Desde 1900 las llamadas “giras de propaganda” fueron una notable innovación
dentro del arsenal de prácticas culturales libertarias, siendo Pietro Gori uno de sus
principales impulsores (Albornoz, 2014b, p. 36).
128 ARCHIVOS, año XI, nº 21, septiembre de 2022-febrero de 2023: 119-140

de nuestro sistema de organización de oficio y federalista”.15 En este


punto, LP cuestiona directamente a dos agrupaciones apoyadas por LA,
tales como Brazo y Cerebro y Armonía, que intervenían en los conflictos
obreros de una manera autónoma a la FORA V.
En 1923 el anarquismo protestista interviene en un conflicto de tie-
rras en Jujuy, difundiendo en sus páginas las crónicas que eran envia-
das desde la Federación Local Jujeña. Los arrendatarios de la hacienda
El Aguilar, en su mayoría indígenas, de la Quebrada de Humahuaca,
realizaron una protesta debido al intento de embargo de sus bienes por
el incumplimiento en el pago de sus arriendos. La prensa hizo énfasis
en que aquellos hechos tenían su origen en un hondo descontento de
los indígenas, debido a la expropiación de sus tierras por parte de las
empresas azucareras y los constantes abusos policiales. LP llegó a darle
un carácter de revolución agraria.16 Allí, proponen mirar a los pueblos
originarios como sujetos con agencia propia, nombrándolos, en esta
oportunidad, como revolucionarios. Asimismo, este conflicto les da la
oportunidad de tratar la problemática de la propiedad de la tierra y,
para ello, retoman el concepto de civilización, evidenciando su uso como
un mero pretexto utilizado por parte de la burguesía criolla en el lado
opuesto para arremeter contra las comunidades robándoles sus tierras.
Por un lado, LP explicita la intención de develar la farsa obrerista17
del gobierno local, poniendo al descubierto el gran número de sucesos
sangrientos que ocurrieron en la protesta. Estos episodios, al igual
que la huelga en Los Ralos, se vincularon con el accionar político del
radicalismo. En este caso Miguel Tanco, ministro de Gobierno y de Ha-
cienda de Jujuy, presentó un proyecto de expropiación de latifundios
en 1922. Tanco representó el “ala popular” del radicalismo jujeño, y viajó
con frecuencia a la Quebrada de Humahuaca y a la Puna, donde obtu-
vo especial arraigo entre los “pobladores nativos”, haciendo promesas,
como concesiones de parcelas, que nunca se llevaron a cabo (Fleitas y
Kindgard, 2006: 192). Por otro lado, la prensa burguesa intentó desle-
gitimar la lucha del movimiento obrero mismo, encasillando a los y las
obreras que participaban, como meros instrumentos de los “agitadores
extranjeros”.18 LP hizo hincapié en que los protagonistas de las luchas
eran indígenas, y que “allí no se puede alegar el pretexto de la propaganda
subversiva, ni siquiera de la intromisión de elementos extranjeros”,19

15. La Protesta, 2 de junio de 1923.


16. La Protesta, 13 de marzo de 1923.
17. La Protesta, 6 de junio de 1923.
18. La Nación, 16 de enero de 1919.
19. La Protesta, 3 de marzo de 1923.
A. Burgstaller - El anarquismo y la cuestión indígena 129

mostrándose interesados en las acciones de lucha llevadas a cabo por


las comunidades originarias en Jujuy. A continuación veremos cómo era
el trabajo en los ingenios de azúcar y de qué manera se hizo presente
la corriente ácrata.

Los ingenios azucareros

Los ingenios de azúcar se convirtieron en el destino de miles de in-


dígenas. LA relata los mecanismos coercitivos utilizados por los dueños
de aquellos establecimientos para asegurarse la cantidad suficiente de
indígenas que trabajara en la zafra como cosecheros y cortadores de
caña. Con el objetivo de convencer a los caciques, enviaban a “capata-
ces”, “mayordomos”, “contratistas” o “sacadores de indios” al interior
del Chaco y a través de la entrega de mercaderías, regalos y todo tipo
de objetos se aseguraban la mano de obra para la siguiente cosecha.
La entrega de productos infrecuentes en las comunidades fueron gene-
rando con el tiempo nuevas formas de necesidad, creando una mayor
dependencia al trabajo asalariado y, por ende, una estrategia más de
atracción hacia el ingenio.
El alto grado de movilidad espacial caracterizó el trabajo en los inge-
nios. Las migraciones comprendían entre la mitad y tres cuartas partes
de la población y la distancia del primer trayecto, desde la comunidad
al ferrocarril, se efectuaba a pie durante dos o tres meses ya que tenía
una distancia de aproximada de 500 km (Vidal, 1914, p. 8). Estas mi-
graciones también fueron relatadas por la prensa ácrata, “no es raro ver
a individuos libidinosos, sobornar con unos centavos o con unos tarros
de alcohol al cacique para descargar su lujuria o su enfermedad venérea
en el cuerpo de alguna chinita”.20 La cita, por un lado, explicita cómo
la mano de obra indígena tomó rasgos específicos: familias y comuni-
dades enteras, alejándose de sus lugares de pertenencia de dos a tres
meses, soportando largas caminatas y despidiéndose de familiares que
quedaban en el camino, para emplearse en los ingenios. Por otro lado,
refleja las acciones violentas que tenían que transitar en las migraciones,
como es el caso de la prostitución a la que eran sometidas las mujeres
de las comunidades en esos traslados, por los varones dentro y fuera de
su comunidad. Así, LA referencia la forma específica de subordinación
de la mujer, evidenciando uno de los temas que trató el anarquismo en
sus páginas: la doble opresión de la mujer, no solo como trabajadora
en los ingenios sino como mujer, trabajadora e indígena.
Para 1923 los trabajadores de los ingenios fueron protagonistas de
diversas protestas: uno de los objetivos principales fue la exigencia de la

20.La Antorcha, 4 de junio de 1926.


130 ARCHIVOS, año XI, nº 21, septiembre de 2022-febrero de 2023: 119-140

puesta en práctica de la legislación que abogaba por la jornada laboral


de 8 horas y salario mínimo, promesa del gobernador Octaviano Vera
de Tucumán, de extracción radical. Particularmente las huelgas en
los ingenios Los Ralos y Ledesma fueron altamente registradas en las
páginas de la prensa anarquista. En Los Ralos, los trabajadores solici-
taron el envío de una delegación de la Federación Obrera Local (FOL)
tucumana. LP realzó la constitución de un Sindicato de resistencia y la
desestimación de elementos políticos, el rechazo del arbitraje y la acción
directa como elementos fundamentales para avanzar hacia el triunfo.
Asimismo, LA también difundió ampliamente la huelga en Los Ralos
y la participación activa de la FOL tucumana, pero además destacó
la participación de la agrupación Brazo y Cerebro, en disputa con la
FORA V. Sin embargo, ambos periódicos hicieron hincapié en la “política
obrerista” del gobernador Vera, a sabiendas que su intervención en el
conflicto se debía únicamente a la disputa que atravesaba el goberna-
dor con los industriales, y no a un interés por mejorar las condiciones
laborales de los trabajadores. A raíz de la extensión de la huelga, el
gobernador Vera, para evitar que los industriales llevaran a cabo su
anunciado lock-out, cambió de táctica recomendando a los obreros la
vuelta al trabajo con la promesa de que serían más tarde satisfechas sus
reivindicaciones. Sin embargo, los trabajadores se negaron a deponer su
actitud hasta tanto no fueran aceptadas sus exigencias. La prolongación
de la huelga mostró el cambio de posición del gobernador que se evi-
denció al momento de ordenar una brutal represión contra los obreros
movilizados con un saldo de más de 60 obreros detenidos. Finalmente,
el gobernador anunció que los industriales “habían aceptado la jornada
de ocho horas y aplicar el salario mínimo de $4,20 con los beneficios
de casa, médico y botica; $4,50 sin esos beneficios”.21 En ejemplares
sucesivos, LP expuso cómo la FOL tucumana puso en funcionamiento
una campaña de agitación, poniendo al descubierto las maniobras del
gobierno y los métodos represivos que empleó el Estado para llevar a
cabo sus planes políticos.
Transcurridos dos meses de la huelga de Los Ralos, volvieron a estar
en el centro de la escena los ingenios azucareros. En esta oportunidad
la prensa ácrata se comprometió con la huelga del ingenio Ledesma, que
abarca una gran parte del territorio de Jujuy y una porción de Salta. El
ingenio contó con más de 2.000 obreros y desde 1918 fue organizado por
un sindicato Organización de Oficios Varios. El trabajo en el desmonte
quedó “relegado a la indiada por ser ésta más dócil, en razón de su estado
de barbarie y de ignorancia”,22 volviendo a resaltar la importancia del

21. La Protesta, 7 de junio de 1923.


22. La Protesta, 17 de julio de 1923.
A. Burgstaller - El anarquismo y la cuestión indígena 131

elemento étnico del trabajo en los ingenios. Asimismo hacen mención a


las fugas de los trabajadores, como forma de resistencia ante esta brutal
explotación e introducen una crítica a la Ligas protectoras del indio y la
Asociación Nacional de Aborígenes, exponiendo que solo encontraban
soluciones represivas a las manifestaciones de los pueblos originarios.
LP focalizó en la participación de la FOL salteña, que había enviado a
dos delegados que coadyuvaban con los trabajadores en la tarea de
“extender la propaganda a las parias del terrible feudo, coordinaron su
pensamiento y su acción y, en la medida de sus fuerzas y capacidad
iniciaron la propaganda gremial e ideológica”.23 Finalmente, en el mes
de julio, mientras se desarrollaba una asamblea de los huelguistas,
las fuerzas de la policía al servicio del ingenio desplegaron una fuerte
represión a los trabajadores, con un saldo de 50 víctimas entre muertos
y heridos. Tanto LP como LA desarrollaron intensas campañas por la
libertad a los presos de Ledesma, a través de la realización de informes
y pesquisas de testigos.
Las formas de disciplinamiento sobre las comunidades originarias,
no se agotaban en la cooptación y migraciones al ingenio. En los inge-
nios las condiciones de vida y trabajo se tornaban más dura. Al llegar
a los ingenios azucareros, los indígenas se asentaban en “lotes”, donde
construían sus propias chozas, hechas de paja, ramas y hojas de caña.
El espacio estaba segmentado jerárquicamente en base a criterios ét-
nicos. Esta jerarquía situaba a los indígenas del Chaco en lo más bajo
de la escala en términos de salario y condiciones laborales. Se lo posi-
cionaba en un escalafón inferior a los trabajadores criollos, guaraníes,
kollas y bolivianos (Gordillo, 2006: 29). A cada grupo se le asignaban
tareas diferentes y se le pagaban distintos salarios de acuerdo a lo que
se consideraban habilidades y formas de productividad culturalmente
específicas. Dando cuenta de cómo la jerarquización étnica a la que
eran sometidos los indígenas marcó una experiencia de explotación
particularmente severa.
La explotación a estas poblaciones se extendía al sistema de pago en
vales y el rol de las proveedurías. En Ideas y Figuras, ya desde 1911,
se afirmaba que “el libre comercio o el trabajo independiente no se
puede realizar en estas regiones. Las compañías pagan con bonos a los
trabajadores y esos bonos son recibidos y canjeados por mercancías
en las tiendas o los almeces de la misma compañía”.24 Los vales, bonos
o fichas que recibían solo tenían poder adquisitivo en los negocios y
proveedurías del ingenio y debido a este sistema muchos trabajadores
adquirían una gran deuda con el ingenio. Esta situación era de suma

23. La Protesta, 18 de julio de 1923.


24. Ideas y figuras, 1 de mayo de 1911.
132 ARCHIVOS, año XI, nº 21, septiembre de 2022-febrero de 2023: 119-140

conveniencia para el dueño del establecimiento, ya que el trabajador no


podía abandonar las plantaciones hasta que no cubriera sus deudas o
alguno de sus hijos se hiciera cargo del compromiso del padre.25
Otro elemento en común de los establecimientos era la alarmante
presencia de enfermedades infecto-contagiosas y altas tasas de morta-
lidad infantil. El periódico Despertar relató cómo el médico oficial del
ingenio San Martín de Tabacal dejó abandonado a un obrero lastimado
en un pie por una máquina de ese establecimiento y “se le dejó gan-
grenársele […] Sabemos de buena fe que el facultativo dejó al enfermo
abandonado sin causa justificada”.26 Esta cita da cuenta de que cada
ingenio contaba con un médico disponible, pero, a diferencia de otros
grupos de trabajadores como los permanentes, los indígenas provenien-
tes del Chaco no recibían atención médica. Realzando, una vez más,
que la jerarquización étnica que se extendía a todo ámbito del ingenio.
En el período final de la zafra se liquidaban las deudas de cada
trabajador en las proveedurías o almacenes de la empresa y luego se
calculaban los jornales. El salario “se mide por la categoría social que
en la tribu ocupa el individuo. Por el solo hecho de serlo, el gran ca-
cique gana más que el cacique: éste más que el soldado y el soldado
más que la china o mujer” (Níklison, 1917: 10). Entonces, adultos,
niños y mujeres recibían la paga en orden decreciente según rol, sexo
y edad. En relación a este tema, LA hacía hincapié en que, a pesar de
que mujeres y varones en muchas oportunidades realizaban la misma
tarea, el ingenio La Esperanza pagaba “cincuenta centavos a las indias
y ochenta a los indios se les asigna por 15 horas de ruda y extenuado
labor”.27 Además, los trabajadores indígenas recibían la mitad de su
salario en efectivo que lo usaban para comprar víveres en las proveedu-
rías. Esa porción del salario terminó siendo un anticipo indispensable
para la subsistencia de las comunidades. La administración retenía la
otra mitad hasta el final de la cosecha, cuando pagaba todo lo debido
en especie, lo que se llamó el “arreglo grande”. En este sentido, Ideas y
Figuras nos alerta sobre los múltiples trucos empleados por los ingenios
para convertir en centavos los salarios de los trabajadores de la zafra.
El más recurrente fue el pago en vales o en moneda sin curso legal, que
obligaban al trabajador a comprar mercaderías a precios arbitrarios.28
Pero además, se les descontaban las prendas dadas en el momento de
reclutamiento, el consumo de caña de azúcar y en muchas ocasiones

25. En Salta se prolongó hasta la década del 20 la legislación del trabajo compulsivo a
través del conchabo y los edictos de policía destinados a reprimir el vagabundeo rural.
26. Despertar, 4 de julio de 1921.
27. La Antorcha, 9 de julio de 1926.
28. Ideas y figuras, 1 de mayo de 1911.
A. Burgstaller - El anarquismo y la cuestión indígena 133

terminaban convirtiendo el pago de mercaderías en chucherías como


pañuelos o caballos sin utilidad.
La prensa anarquista, además de denunciar las duras condiciones la-
borales, altas tasas de enfermedad y mortalidad, señalan la permanente
vigilancia policial y persecución política que atravesaron los trabajadores
de los ingenios. Despertar lo denuncia en el Ingenio San Martín29 y LA lo
hace extensivo a todos los ingenios: es que las compañías explotadoras
de los ingenios, con el fin de asegurar la impunidad de sus crímenes y
la sumisión de sus esclavos, tienen establecido un espectacular servicio
de alcahuetes entre los trabajadores más ignorantes, catequizados a tal
fin con la engañosa promesa del aumento de salario, comodidad en la
vivienda o un puesto de capataz,30 develando las estrategias mediante las
cuales consiguen espías y soplones. Aquí, la crítica a la acción policial,
la vigilancia permanente y la persecución política, temática que se va
a repetir en la prensa, al momento de difundir los trágicos sucesos en
la reducción de Napalpí.

La rebelión de Napalpí

El maltrato que ejercían los patrones en los obrajes e ingenios, la


continua avanzada en la expropiación de tierras y aguadas, sumado al
deterioro del ambiente chaqueño y la degradación del hábitat, fueron
factores que erosionaron la economía de subsistencia de las comunida-
des originarias, lo cual propició que el “paro estacional” se volviera cada
vez más problemático, ya que se reducían las posibilidades de subsistir
sin el salario. Los dueños de los obrajes e ingenios debían mantener a
las comunidades originarias en la zona para asegurar su concurrencia al
trabajo y, a la vez, el Estado tenía que resolver la forma de contratación
y el traslado de indios del Chaco que se tornaban cada vez más violentos
y despiadados. Frente a esta situación, el gobierno nacional optó por
la organización de los indígenas en “reducciones”, donde permanece-
rían el período del año inactivo de los ingenios y obrajes, obteniendo
el sustento de lo que ganaban por su trabajo en esta reducción y de lo
que obtenían de la pequeña parcela que le era entregada en usufructo.
La primera reducción fue Napalpí creada en 1911 en el Chaco, a pocos
días de finalizada la campaña de Rostagno. El decreto de su creación
expuso que a partir de las sucesivas campañas al Norte se “ha puesto
de relieve las aptitudes del indio del Chaco y Formosa, para el traba-
jo en los ingenios de azúcar, los obrajes de madera y las cosechas de

29. Despertar, 1 de mayo de 1921.


30. La Antorcha, 5 de febrero de 1926.
134 ARCHIVOS, año XI, nº 21, septiembre de 2022-febrero de 2023: 119-140

algodón”.31 Por lo tanto, el paso previo y necesario para que las comu-
nidades puedan formar parte de las reducciones era su sometimiento.
El objetivo fundamental de Napalpí fue tener a disposición a la pobla-
ción originaria como fuerza de trabajo semiesclava para satisfacer las
necesidades de ingenios, algodonales y obrajes de la región. Sumado a
que los grupos sociales recluidos se definieron por una característica
específica, la étnica, y a los que se les atribuyó una cualidad de peligro-
sidad que justificó la estrategia de concentración (Musante, Papazian
y Pérez, 2013). Deslegitimar esa “peligrosidad” que se les atribuía a las
comunidades fue el eje principal de LP los meses previos a la masacre
de Napalpí, poniendo al descubierto las operaciones mediáticas de la
prensa burguesa que constantemente difundía noticias con “presuntas
sublevaciones de indios chaqueños”. En enero de 1924 una comisión
policial supuestamente asesinada por los indígenas del Chaco había
sido hallada en óptimas condiciones. LP destaca el trato que los indí-
genas le habían dado a la comisión, definiéndolos como “un ejemplo
de civilización”,32 contraponiéndolos, una vez más, al accionar estatal.
En el mismo sentido, bajo un fuerte contenido antimilitarista, LP se
ocupó de develar las intenciones de la prensa burguesa en cuanto a su
insistencia con respecto a los malones indígenas. Aseveraron que con
la excusa de “pacificar” el interior del Chaco, la gendarmería desple-
gó sistemáticas matanzas en los parajes El Pintado, El Bermejo y La
Chingué, con el objetivo de desalojar a los indios de esas zonas para
ocupar sus tierras.33 Las alarmas mediáticas que circularon en la prensa
burguesa ante frecuentes asaltos, robos y homicidios perpetados por
los indios, eran postuladas por los anarquistas como “infames recursos
de que se valían los pobladores para arrojar cada vez más lejos a los
desdichados indios y posesionarse de las pequeñas parecelas de tierra
en que levantan sus chozas”.34
Dentro de la reducción, las condiciones laborales y habitacionales
eran paupérrimas. La tensión alcanzó su cenit en 1924 cuando la ad-
ministración de la reducción de Napalpí junto con el gobernador del
Territorio Nacional del Chaco, Fernando Centeno, tomó dos medidas
para aumentar la explotación de la mano de obra indígena. Primero,
les prohibió la salida de la provincia a fin de asegurarse braceros para
la cosecha. Además les cobró un gravamen a la venta de sus productos
(Glasman, 2021). Debido a esta situación, sumado a la persecución

31. Decreto 3626 del Ministerio de Agricultura con fecha 27 de octubre de 1911
durante la presidencia de Roque Sáenz Peña.
32. La Protesta, 8 de enero de 1924.
33. La Protesta, 10 de enero de 1924.
34. La Protesta, 29 de enero de 1924.
A. Burgstaller - El anarquismo y la cuestión indígena 135

constante de los indígenas por la policía local, estalló una sublevación


de tobas y mocovíes en julio de 1924. LP difundió el conflicto de Napalpí
centrando su atención en las operaciones llevadas adelante por Centeno
que “solicitaba del gobierno nacional, el envío de fuerzas de línea para
sofocar la sublevación”.35 En este punto, LP aseguró que la alarma de
protesta tenía que ver con el propio interés de Centeno de tener un
regimiento a su disposición, para poder avanzar sobre el territorio de
los indígenas.36 Además de la difusión de supuestos motines, la prensa
burguesa caracterizaba a los indigenas de Napalpí como carentes de
hábitos para el trabajo y hostiles a “los ciudadanos pacíficos” que vi-
ven bajo su amenaza37 para justificar, por un lado, la incorporación de
fuerzas represivas38 y, por otro, fomentar la organización armada de los
colonos contra los indígenas, mostrando claros elementos del accionar
de la Liga Patriótica en el Chaco.
A posteriori de la profusa represión, LP expuso el desarrollo de la
campaña periodística de Centeno para perseguir a los indígenas que
no habían podido capturar durante la sublevación. En diferentes pu-
blicaciones, el protestismo apela a desactivar el discurso hegemónico
que manifiesta que la sublevación de los indígenas tenía que ver con un
enfrentamiento entre tobas y mocovíes.39 Tras los discursos que comien-
zan a hablar de sujetos revoltosos y posibles malones el 19 de julio son
asesinados centenares de tobas y mocovíes por parte de la gendarmería
nacional que reprime por tierra con regimiento y por aire con un avión.
Finalmente, es menester dar cuenta de que los anarquistas realizaron
una contundente crítica hacia los socialistas que propusieron reivindicar
a los indígenas de Napalpí con una investigación judicial, aseverando
que “los investigadores se cuidarán muy bien de no descubrir lo que
no conviene a los asesinos”,40 y marcando su descontento con la acción
netamente parlamentaria de la corriente socialista.
La masacre en Napalpí, donde fueron asesinados alrededor de 500

35. La Protesta, 19 de julio de 1924.


36. Jasinski se ocupa de reconstruir las características sociales de los trabajadores
y aborda el proceso de sindicalización de los trabajadores rurales y peones de La
Forestal, compañía británica que se valió de gran cantidad de trabajadores indígenas
y utilizó la metodología de represión privada, en coordinación con las autoridades de
la provincia de Santa Fe, para disciplinar a los trabajadores a través de la creación
de un cuerpo de Gendarmería Volante, financiada por los dueños de la empresa
(Jasinski, 2013, p. 183).
37. La Protesta, 22 de julio de 1924.
38. La Protesta, 10 de julio de 1924.
39. La Protesta, 23 de julio de 1924.
40. La Protesta, 24 de julio de 1924.
136 ARCHIVOS, año XI, nº 21, septiembre de 2022-febrero de 2023: 119-140

indígenas, marcó el final de una dinámica de desplazamiento forzado


que habían fomentado los ingenios azucareros y obrajes desde finales
del siglo XIX.

Conclusiones

A lo largo del trabajo abordamos diversos conflictos ocurridos en el


NGA desde el prisma de las prensas anarquistas. Partimos destacan-
do la relevancia que le adjudicaron a las campañas de difusión en el
Norte, luego de la represión del Centenario. A través del análisis de las
secciones dedicadas a los conflictos fue posible notar que las prensas
anarquistas no dejaron de lado la problemática que atravesó el proleta-
riado indígena, sino que estuvo presente la denuncia de la explotación
de las comunidades originarias, luego de la campaña militar al Gran
Chaco. En este sentido, se puso en evidencia que tanto desde LP como
LA, llevaron a cabo una intensa y extensa campaña de organización y
reorganización de los trabajadores en las provincias del Norte. Desde sus
páginas propusieron acciones solidarias y reflexiones contra la crueldad
de la explotación en los ingenios y obrajes. Sin embargo, la interven-
ción en los conflictos estuvo atravesada por las diferencias que tenían
entre ambos grupos, viéndose reflejado en las relaciones que tejían con
diferentes agrupaciones locales. LP realzó la necesidad de organizarse
en las federaciones locales, que seguían los principios de la FORA V, y
LA abordó los conflictos en coordinación con agrupaciones autónomas
como Brazo y Cerebro y la Agrupación Anarquista Comunista Despertar.
La transformación de los indígenas en trabajadores marcó una expe-
riencia de explotación particular que, al mismo tiempo que los vinculaba
a la clase obrera en general, los diferenciaba. Las diversas tendencias
reflejaron muchas coincidencias a la hora de postular al indígena como
trabajador sometido a un tipo de explotación particular debido a su
etnia. Por un lado, al momento de describir los hechos de represión,
expresaron que el Estado y los dueños de los establecimientos sometían
a las comunidades a diversos métodos de coerción por el hecho de ser
indígenas y no dejaron de nombrar a los pueblos originarios como un
bastión de la resistencia contra los opresores, recuperando su capacidad
de agencia. Pero, en paralelo, observamos una mirada paternalista y
externa de la situación, dado que la incorporación del indígena al trabajo
muchas veces era visto como una herramienta “civilizatoria”. Por otro
lado, ambas publicaciones plantearon una crítica profunda a la acción
política llevada a cabo por el radicalismo: leyes que no se cumplían y
carencia de instituciones oficiales que regularan los abusos cometidos
en el proceso de reclutamiento de mano de obra, son características
comunes a los conflictos analizados. En esta misma línea, denunciaron
A. Burgstaller - El anarquismo y la cuestión indígena 137

el rol que cumplió la prensa burguesa, pues tanto en sus páginas como
en los discursos oficiales se corporizaba la idea de que los “indios están
preparando un malón” cuando se realizaron represiones a demandas
colectivas de los pueblos originarios. Los periódicos anarquistas no
dudaron en denunciar esa operación mediática como parte nodal de la
estrategia estatal en la “pacificación del Chaco”.
Además, pusieron de manifiesto cómo la diferencia sexual atrave-
saba todo el proceso de proletarización de las comunidades, desde las
migraciones hasta el trabajo en los establecimientos. Señalaron la opre-
sión de las mujeres en los diversos espacios y roles sociales, tanto en
su vínculo con los varones que pertenecían a las comunidades como el
sometimiento al que eran sometidas las indígenas en las migraciones y
en los establecimientos de trabajo, situaciones expresadas en violencia
sexual y desigualdad salarial.
Se hizo explicito cómo los obrajes e ingenios oficiaron de organiza-
dores del mercado de trabajo regional en todo el noroeste argentino con
formas de reclutamiento y control de la clase trabajadora diferenciada
por etnia. El proceso incompleto de proletarización de las comunidades
originarias y la manera en que se efectivizó la concurrencia al trabajo
agricola determinó la existencia de un reclutamiento de trabajo ca-
racterizado por la violencia. El desplazamiento de la fuerza de trabajo
hacia los establecimientos productivos no era producto del libre juego
de oferta y demanda de trabajo sino de la puesta en funcionamiento de
mecanismos compulsivos. Que además, al ser de carácter estacional,
se desentendían de la subsistencia de las comunidades en el período
que no correspondía al productivo.
Debido al trabajo con diversas publicaciones pudimos conocer los
mecanismos de los que se valían los grandes propietarios para garantizar
las cosechas y la permanencia de los trabajadores. Las distintas formas
e instituciones que minimizaban el salario, como el vale, la proveeduría,
la práctica de endeudamiento y el pago al final de la temporada como
métodos de captación y retención, entrecruzaría condiciones laborales
de “hombres jurídicamente libre” con condiciones “serviles”. Las reduc-
ciones civiles estatales indígenas junto a los ingenios, obrajes y misiones
religiosas fueron centrales en la creación de sujetos que sólo tengan
para ofrecer su fuerza de trabajo y sean compelidos a incorporarse al
modo de producción capitalista como sujetos asalariados. En el caso
de los sujetos indígenas, en un doble proceso de subordinación étnica
y clasista que se asienta en la conquista militar y en el disciplinamiento
en condiciones de trabajo semiesclavas. La privatización de la tierra
y los sujetos se desarrolló por medio de la violencia y la sangre, pero
también de prácticas de trabajo forzado y control regimentador de los
grupos sociales indígenas.
138 ARCHIVOS, año XI, nº 21, septiembre de 2022-febrero de 2023: 119-140

Por lo recorrido, vimos que las diferentes tendencias anarquistas


reflexionaron sobre el devenir de los pueblos originarios, haciendo hin-
capié en diferentes aristas, pero siempre asociándolos a la historia de
los explotados articulando las identidades étnicas, nacionales y de clase.
Hacia adelante, resta ahondar en el análisis de las publicaciones
locales que nos permitirán constatar la existencia de organizaciones
anarquistas activas e influyentes en el NGA, con el objetivo de aportar
a la vacancia historiográfica existente en los estudios sobre las pu-
blicaciones anarquistas en el Norte y poder ampliar los estudios del
movimiento obrero de la región.

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Año XI, nº 21, pp. 141-161
de historia del movimiento obrero y la izquierda septiembre de 2022-febrero de 2023

Angélica Mendoza (1897-1960): paradojas


de las luchas por la emancipación femenina
en la Argentina de los años 20 y 30
Marina Becerra
Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas -
Universidad Nacional de Tres de Febrero - Argentina
[email protected]
ORCID: 0000-0003-1408-4703

Título: Angélica Mendoza (1897-1960): paradoxes of the struggles for female


emancipation in Argentina in the 20’s and 30’s

Resumen: Durante las décadas de 1920 y 1930, la maestra comunista Angélica


Mendoza formula determinadas ideas sobre emancipación femenina vinculadas
con libertad sexual, maternidad consciente y voluntaria, placer sexual femenino
y críticas a las múltiples formas de opresión doméstica, que plantean rupturas
con aspectos nodales de las relaciones de género instituidas. ¿Cuáles son las
redes y debates en los que se inscribe para formularlas? Analizo su obra den-
tro del campo político cultural de las izquierdas en Argentina, en relación con
otras voces, como la de Herminia Brumana, afín al anarquismo, ya que algunos
planteos de Mendoza resuenan cercanos al ideario ácrata.
Palabras clave: emancipación femenina – comunismo – anarquismo

Abstract: During the 1920s and 1930s, the communist teacher Angélica Mendoza
formulates certain ideas about female emancipation linked to sexual freedom,
conscious and voluntary motherhood, female sexual pleasure, and criticism
of the multiple forms of domestic oppression, which pose ruptures with nodal

DOI: https://doi.org/10.46688/ahmoi.n21.368

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aspects of established gender relations. What are the networks and debates
in which she joins to formulate them? I analyze his work within the cultural
political field of the left in Argentina, in relation to other voices, such as that of
Herminia Brumana, related to anarchism, since some of Mendoza’s proposals
resonate close to the anarchist ideology.
Keywords: female emancipation – communism – anarchism

Recepción: 21 de junio de 2022. Aceptación: 28 de julio de 2022.

***

Introducción

En este artículo analizo los posicionamientos de la maestra, escritora


y militante comunista Angélica Mendoza (1897-1960)1 en materia de
emancipación femenina en las décadas del 20 y 30, en lo relativo a lo
que entonces se denominaba libertad sexual; amor libre, matrimonio
burgués y lo que se consideraba la contracara del mismo, la prostitu-
ción; la interrupción voluntaria del embarazo; el mandato de “castidad”
u “honra” para las mujeres; la maternidad conciente y voluntaria; y
el placer sexual femenino, entre otros temas. Sus posicionamientos
desafían abiertamente las rígidas normas de género instituidas, al
compás de los ecos de la Revolución Rusa, y son consonantes con otros
planteos, previos a la revolución bolchevique, provenientes del ideario
ácrata desde fines del siglo XIX, aunque con matices y diferencias. Asi-
mismo, establece importantes similitudes con sus coetáneas feministas
y socialistas –como el reclamo por derechos políticos y civiles para las
mujeres–, pero también significativas distancias, ya que las últimas, a
diferencia de Mendoza, abrazaban las ideas maternalistas hegemóni-
cas (Nari, 2004). En este sentido, la pregunta que guía el trabajo es:
¿en qué medida sus planteos responden a la tónica de sus sucesivas
actividades gremiales y políticas, tales como su comprometida actua-
ción gremial en la huelga docente de Mendoza en 1919,2 en el Partido

1. Angélica Mendoza nació en la ciudad de Mendoza, Argentina, el 22 de noviembre


de 1897. Según consta en su legajo de profesora de la Universidad Nacional de Cuyo,
su fecha de nacimiento sería el 22 de noviembre de 1903. Sin embargo, recientemente
hemos podido encontrar su partida de nacimiento en el Registro Civil de Mendoza,
donde consta que nació el 22 de noviembre de 1897. Esta fecha modifica entonces
la de 1903, establecida en un artículo anterior (Becerra, 2020), dado que esa era la
única fecha fundada en las fuentes disponibles hasta ese momento.
2. Angélica Mendoza impulsó la creación del gremio docente “Maestros Unidos”, del
cual fue su secretaria general (Ver Mendoza, “De los «Maestros Unidos» de Mendoza
a la F.U.A.”, en Boletín FUA nº 1, 1920, Buenos Aires, p. 22), e integró la Comisión
M. Becerra - Angélica Mendoza 143

Comunista hasta 1925, en el Partido Comunista Obrero desde 1926 a


1929,3 y luego, desde mediados de la década del 30, en tanto secreta-
ria de la Comisión Interamericana de Mujeres (CIM) dependiente de la
Unión Panamericana? ¿Y en qué medida se trata de una reelaboración
singular, aunque macerada en dichos préstamos e influencias? Para
abordar esta pregunta es preciso indagar qué diálogos, polémicas y
redes habilitaron esta porosidad entre las diversas corrientes políticas
mencionadas, que se expresa, como veremos, en sus posicionamientos
sobre la temática abordada.
Si bien existen investigaciones sobre la compleja dialéctica estable-
cida desde 1935 entre la organización de las mujeres dentro del Partido
Comunista (Valobra, 2015 y 2017; Norando, 2013 y 2017)4 y las deman-
das e intereses organizativos de las propias militantes comunistas, son
escasos los trabajos sobre las demandas específicas vinculadas al placer
sexual femenino, la interrupción voluntaria de los embarazos, la crítica
a la maternidad obligatoria, al matrimonio burgués, al imperativo de
castidad femenina y la doble moral sexual, por parte de agrupaciones
femeninas comunistas o de mujeres del Partido Comunista, para el
período comprendido entre los inicios del partido (1920) y 1935.5 Por

Directiva junto a la maestra Florencia Fossatti. Ver Crespi (1997), Richard-Jorba


(2013) y Latorre Carabelli (2019).
3. Ver Corbière (1984, p. 46) y Ceruso (2014, p. 5). Sobre la deriva posterior de algu-
nos de sus militantes y la Oposición de Izquierda en Argentina entre 1929 y 1933,
ver Camarero (2020). Respecto de su filiación partidaria posterior a 1929, se puede
afirmar que, por lo menos hasta 1936, siguió luchando desde el campo comunista,
ya que así se presenta a sí misma en su libro Cárcel de mujeres (1933). Asimismo,
los “Antecedentes políticos y morales” de su Prontuario catalogado por la Policía de
Rosario –elaborados por la División Investigaciones de la Policía de Buenos Aires,
Sección Especial (10 de junio de 1936)– señalan: “Es una de las mujeres que más se
destaca por la labor que desarrolla dentro de las filas del Partido Comunista, siendo
oradora del mismo y descollando por la peligrosidad de la agitación y propaganda
que ejerce” (Prontuario de Angélica Mendoza de Montero, nº 1590, Policía de Rosario,
14 de junio de 1936). Sin embargo, es preciso aclarar que dicho prontuario también
señala, erróneamente, que en 1928 A. Mendoza fue “candidato a Presidente de la
República por el mismo Partido” [comunista]. Es decir, el Prontuario policial incluye
(y diluye) en el “Partido Comunista” a otros espacios comunistas, como el Partido
Comunista Obrero.
4. En el VII Congreso de la Internacional Comunista realizado en 1935 se promovió
el cambio de estrategia, impulsando la constitución de frentes populares antifas-
cistas, y el PCA la adoptó en su III Conferencia Nacional de octubre del mismo año
(Camarero, 2007).
5. He sugerido algunas ideas iniciales sobre estos temas en las obras de las comu-
nistas María Rosa Oliver (Becerra, 2015) y Angélica Mendoza (Becerra, 2020). Ver
también Diz (2015) y Angilletta (2016) para un análisis desde la crítica literaria sobre
144 ARCHIVOS, año XI, nº 21, septiembre de 2022-febrero de 2023: 141-161

otra parte, se ha señalado que en la cultura política comunista no se ha


desarrollado una reflexión autónoma sobre la emancipación femenina
(Valobra y Yusta, 2017), ya que era concebida como la consecuencia in-
evitable de la revolución social. En este sentido, los planteos de Angélica
Mendoza en su etapa como militante del Partido Comunista (1920-1925)
en materia de libertad sexual podrían ser producto de una elaboración
autónoma en relación a la línea oficial del partido.
A diferencia de lo que ocurre con las comunistas, sí existen tra-
bajos sobre estas problemáticas en el campo de los estudios sobre el
movimiento anarquista (Barrancos, 1990; Bellucci, 1990; Fernández
Cordero, 2017 y en prensa; Ledesma Prieto, 2017). Fernández Cordero
(2017) ha señalado que las ideas de amor libre,6 el placer sexual como
instancia independiente de la reproducción y el matrimonio, el control
de la natalidad en determinadas circunstancias, la crítica a la doble
moral existente y la emancipación femenina, eran temas que ya estaban
presentes en la prensa anarquista local desde fines del siglo XIX. Las
investigaciones de Ledesma Prieto (2017) sobre el médico y sexólogo
anarquista Juan Lazarte señalan la centralidad otorgada en sus escritos
de los años 30 al placer sexual independientemente de la reproducción y
del matrimonio, aún cuando fundamentaba estas ideas en el eugenismo
propio de la época, y en un contexto represivo y conservador en relación
a los discursos y prácticas favorables a la liberación sexual y al control
de la natalidad. Sin embargo, tanto Fernández Cordero (2017) como
Ledesma (2017) aclaran que aun en los avanzados planteos impulsados
por los anarquistas más radicalizados existían límites claros, propios de
su tiempo: el placer sexual se circunscribía a las relaciones sexuales, y,
además, siempre en el marco de la pareja heterosexual.
Angélica Mendoza coincidía con estas ideas sobre el amor libre y el
placer sexual femenino, y es pertinente situarla en un registro ideológico
amplio, que la ubica en un diálogo activo con sus pares anarquistas. Al
respecto, veremos sus ideas radicalizadas sobre la historia de “la esclavi-
tud femenina” (Mendoza, 2012 [1933]), con sus expresiones específicas:
la maternidad obligatoria y la condena social frente a la interrupción
voluntaria de los embarazos, la “hipocresía” (ídem, p. 121) que regía las
relaciones entre los sexos, el “derecho patriarcal” (ídem, p. 133), la “mora-

la novela Quiero trabajo (1933) de la escritora comunista María Luisa Carnelli, donde
esta aborda algunos de estos tópicos.
6. La idea de amor libre no era exclusiva del ideario anarquista, y estaba en debate
continuo, incluso en el campo anarquista. Básicamente, se trataba de uniones “libres”
sin fundamento religioso ni jurídico, fundadas sólo en el afecto y consentimiento
mutuo. Asimismo, era una oposición explícita al “matrimonio burgués” (Fernández
Cordero, 2017).
M. Becerra - Angélica Mendoza 145

lista literatura burguesa” (ídem, p. 78), que presentaba una idealización


del amor y que condenaba a las mujeres a la “tragedia” de mantener la
virginidad hasta el matrimonio –y su contracara, la prostitución–, y la
institución misma del matrimonio burgués. Sin embargo, a diferencia del
planteo de los médicos anarquistas radicalizados, veremos que Mendoza
no circunscribía el placer sexual femenino a las relaciones sexuales,
ni tampoco a la heterosexualidad. Mi hipótesis es que se trata de una
reelaboración singular fundada en su experiencia femenina (Scott,
2001 [1992]),7 específicamente como maestra y militante en los diversos
círculos y redes en los que participó y, a su vez, potenció –gremiales y
políticos, partidarios y extrapartidarios, nacionales e internacionales–.
Las fuentes bajo análisis son los escritos (publicados e inéditos)
de Angélica Mendoza, así como prensa partidaria y prensa periódica,
y archivos personales de otras escritoras, como Herminia Brumana
(1897-1954) y María Rosa Oliver (1898-1977).

Ecos rojos

Desde la sanción del código civil de Velez Sarsfield vigente desde


1871, en la Argentina las mujeres estuvieron privadas de los derechos
civiles que, en cambio, sí disponían los varones.8 Pero así como las
leyes legitimaban la subordinación femenina, la política también era
el espacio para luchar por la transformación de esas condiciones de
subordinación. De modo que en los inicios del siglo XX, exceptuando al
anarquismo, todos los movimientos y/o partidos políticos que luchaban
por la emancipación de las mujeres optaron por la política parlamen-
taria (Nari, 2004).
En un contexto en el que los derechos civiles y políticos eran ejercidos
solo por los varones y negados a las mujeres, por la sola razón del sexo
–lo que Angélica Mendoza denominaba “derecho patriarcal”– Mendoza
se presentó tres veces como candidata en distintas elecciones durante
la década del 20. Como militante activa del partido comunista desde

7. Agradezco a Laura Fernández Cordero por los fructíferos diálogos y la atención


sobre este concepto.
8. Recién en 1926 se modificó parcialmente dicho código, con la Ley de ampliación
de la capacidad civil de la mujer. Esta ley suprimió las incapacidades de derecho
para las mujeres solteras, divorciadas o viudas. He trabajado los debates ocurridos
en el Senado sobre uno de los antecedentes de la ley de 1926, el proyecto de “Eman-
cipación civil de la mujer” propuesto en 1918 por el senador socialista Enrique Del
Valle Iberlucea, en Becerra (2009). Para un análisis sobre las “incapacidades” legales
establecidas para las mujeres, ver Giordano (2012).
146 ARCHIVOS, año XI, nº 21, septiembre de 2022-febrero de 2023: 141-161

1920 fue candidata a diputada en la provincia de Mendoza9 por dicho


partido en 1921. En 1925 fue expulsada del Partido Comunista junto
a otros militantes, algunos de los cuales habían integrado el grupo que
se había formado en torno a la revista universitaria Insurrexit entre
1920 y 1921. Poco después, fundaron el Partido Comunista Obrero10
del cual Angélica Mendoza fue un motor central. Desde entonces, im-
pulsó y dirigió el periódico del PCO, La Chispa, y en 1926 se presentó
como candidata a concejal en la Capital Federal.11 Poco tiempo después,
y 19 años antes de que las mujeres obtuvieran derechos políticos en
la Argentina, en un acto performativo, se presentó como candidata a
presidente de la nación por dicho partido en las elecciones de 1928. El
periódico New York Times publicaba esta experiencia señalando que se
trataba de la primera mujer en la historia del país en postularse para
presidente de la nación.12
En este marco de relaciones patriarcales entre los sexos, las mu-
jeres militantes de diversos movimientos o partidos políticos críticos
del orden social (comunismo, socialismo, anarquismo, feminismo),
debieron enfrentar obstáculos específicos en tanto mujeres. Estos obs-
táculos –materiales y simbólicos– a su vez, las aproximaron entre sí y
les permitieron establecer y/o ampliar redes sociales tanto a nivel local
como internacional, aún cuando pertenecieran a partidos políticos o
movimientos diferentes. Estas aproximaciones son explícitas en el libro
testimonial de Angélica Mendoza Cárcel de mujeres, publicado por la
editorial Claridad. En ese libro se define a sí misma como “maestra y
comunista” (Mendoza, 2012 [1933], p. 49) y realiza un puntilloso testi-
monio de su experiencia femenina en el Asilo San Miguel que funcionaba
como cárcel de mujeres bajo la congregación religiosa del Buen Pastor.
Allí estuvo detenida entre noviembre de 1931 y febrero de 1932, en
razón de su militancia comunista. En sus diálogos explicita el mutuo
reconocimiento entre ella –comunista– y las otras detenidas políticas
–anarquistas– actualizando así una solidaridad previa, y que, a su vez,
funciona como línea de demarcación jerarquizante en relación con las
otras compañeras recluidas allí a causa de sus actividades ligadas a la
prostitución.

–Un momento, no somos iguales. Nosotras somos obreras


y comunistas, y éstas, prostitutas y burguesas (…)

9. La presentación de candidatos comunistas “terciarios” fue criticada por la prensa


anarquista de Mendoza. Ver Pensamiento Nuevo, 15 de agosto de 1921, Mendoza.
10. La Chispa, 30 de enero de 1926.
11. La Chispa, 20 de noviembre de 1926.
12. New York Times, 13 de marzo de 1928.
M. Becerra - Angélica Mendoza 147

–Yo pienso como anarquista que la prostituta es una her-


mana nuestra. Odia la policía.
–Si luchara con nosotros, lo sería. Pero desde ese instante,
dejaría de ser prostituta, sería obrera en una fábrica, empleada
o sirvienta. (Mendoza, 2012 [1933], p. 95)

Hasta fines de la década del 30 las filiaciones partidarias entre las


mujeres militantes de partidos políticos o movimientos críticos del orden
social (socialistas, comunistas, anarquistas y feministas fundamental-
mente) eran porosas: vemos filtraciones, préstamos y planteos que se
resisten a los encasillamientos estrictos. Es decir que la militancia en
las filas socialistas, comunistas o anarquistas, no implicaba necesaria-
mente la exclusión de ciertas formulaciones ideológicas de sus vecinos de
ruta, aún cuando diferían de la cosmovisión del partido de pertenencia.
Tal es lo que evidencian las formulaciones de Mendoza sobre distintos
aspectos de la emancipación femenina en estas dos décadas. Pero ¿qué
particular horizonte ideológico habilitó estos préstamos, diálogos y re-
apropiaciones flexibles sobre estas problemáticas?
Específicamente, en los inicios de los años 20 es probable que esta
porosidad se vinculara con los destellos de la Revolución Rusa, que aunó
bajo un mismo paraguas anarcobolchevique (Doeswijk, 2013) sensibi-
lidades provenientes de diversos continentes teóricos y políticos. Tal es
el caso, como veremos, de las afinidades entre el pedagogo anarquista
Julio Barcos (1883-1960), la maestra y escritora cercana al anarquismo
Herminia Brumana y Angélica Mendoza, militante del Partido Comunista
hasta 1925. Podemos situar esta sensibilidad anarcobolchevique como
una estructura de sentimiento13 embelesada con la Revolución Rusa,
crítica del feminismo por considerarlo un movimiento burgués14 y, en
el caso específico de los anarquistas, antiparlamentaria. Cabe señalar
que en la Rusia revolucionaria de 1918 se promulgó un nuevo “Código

13. Se trata de “una experiencia social que todavía se halla en proceso, que a menu-
do no es reconocida verdaderamente como social, sino como privada, idiosincrásica
e incluso aislante, pero que en el análisis […] tiene sus características emergentes,
conectoras y dominantes, y, ciertamente, sus jerarquías específicas. Estas son a
menudo mejor reconocidas en un estadio posterior, cuando han sido (como ocurre a
menudo) formalizadas, clasificadas y en muchos casos convertidas en instituciones
y formaciones” (Williams, 2000, p. 155).
14. Las anarquistas denominaban “burguesas” a las feministas, ya que éstas, al recla-
mar derechos, aceptaban el orden parlamentario burgués. Las comunistas coincidían
en esta caracterización sobre las feministas, ya que las primeras consideraban que la
emancipación femenina sería una consecuencia inevitable de la revolución social, tal
como había sucedido luego de la Revolución Rusa. Esta distancia de las comunistas
hacia las feministas cambiaría luego de 1935, como consecuencia del impulso de los
Frentes Populares (Valobra, 2015 y 2017).
148 ARCHIVOS, año XI, nº 21, septiembre de 2022-febrero de 2023: 141-161

integral del matrimonio, la familia y la tutela”, tendiente a la igualdad


entre los sexos y a la paulatina “extinción” de la familia (Goldman, 2010:
27), promoviendo las uniones libres. Se estableció el divorcio –que no
requería el acuerdo de ambos conyuges–, la patria potestad compartida,
y se abolió la diferencia legal entre hijos legítimos e ilegítimos, entre otras
medidas emancipatorias. Poco después, en 1920 también se legalizó el
aborto. El nuevo Código ruso fue publicado en 1922 en la Argentina por la
popular editorial TOR bajo el título “Código Bolchevique del matrimonio”
con un prólogo celebratorio (Fernández Cordero, en prensa).15 Y antes,
en 1920, la feminista socialista Alicia Moreau publicaba “La familia y la
ley en la Rusia de los soviets”, en La Hora, donde destacaba los avan-
ces del nuevo Código ruso en materia de derechos y libertades para las
mujeres. En este sentido, Bustelo y Parot Varela (2020) han señalado
que en el contexto de radicalización política posterior a la Revolución
Rusa y la Reforma Universitaria de 1918, se produjeron determinados
cuestionamientos contrafeministas que reclamaban mayor radicalidad,
como los planteados, entre otras, por Herminia Brumana y Mica Feld-
man, que convivieron con argumentos cientificistas provenientes de
feministas como Alicia Moreau, impregnados de un voluntarismo que
buscaba acelerar la emancipación femenina –y humana– a partir de la
convergencia entre obreros, estudiantes y mujeres.

“Sosteniendo el mundo en sus manos”

Estas vecindades flexibles se vuelven incluso más porosas a partir


de mediados de la década del 30, propiciadas por el contexto interna-
cional –replicado a nivel local– de los frentes antifascistas que habilitó
nuevas alianzas, como las producidas entre comunistas, socialistas y
feministas. En efecto, ha sido señalado que a partir de 1935 la política
de Frentes Populares impulsada por la Internacional Comunista movilizó
a las mujeres a luchar contra el fascismo que se estaba consolidando
en Europa. Se produjeron entonces nuevas colaboraciones entre diver-
sos grupos de mujeres y de diferentes clases sociales, y las comunistas
incorporaron las demandas de las feministas sobre los derechos civiles
y políticos para las mujeres (Valobra, 2015). Esta alianza conjunta
para combatir al fascismo habilitó entonces el cauce feminista para las
sensibilidades que previamente ya eran afines a las problemáticas de la

15. Si bien existen numerosas investigaciones sobre la influencia de la Revolución


Rusa en los posicionamientos políticos latinoamericanos (Doeswijk, 2013; Pittaluga,
2015; Camarero, 2017), los trabajos sobre sus impactos en los debates locales en
materia de libertad sexual son escasos: ver Pittaluga (2015); Fernández Cordero (2017
y en prensa), y Bustelo y Parot Varela (2020).
M. Becerra - Angélica Mendoza 149

subordinación femenina. Antes de los Frentes Populares, las comunistas


se habían opuesto a las formulaciones feministas, ya que habían sido
interpretadas por las comunistas como propiamente “burguesas”, a
partir de las ideas de líderes comunistas como Clara Zetkin que habían
planteado la escisión entre la lucha de clases impulsada por las proleta-
rias (comunistas) y la lucha por derechos impulsada por las feministas
(burguesas) (Valobra, 2015). La escritora comunista María Rosa Oliver
da cuenta de la heterogeneidad ideológica de los Frentes Populares, a
partir del caso particular del colectivo de lucha por los derechos civiles y
políticos de las mujeres, la Unión Argentina de Mujeres (UAM) (Queirolo,
2004; Cosse, 2008; McGee Deutsch, 2017; Valobra, 2015), formada en
1936 por sugerencia del Socorro Rojo, y vigente hasta 1942:

A pedido del S. Rojo se está organizando la “Unión Argentina


de Mujeres”, que tiene como fin el despertar de la conciencia
en la mujer […] Por supuesto que la Unión es una entidad
autóctona, sin ninguna tendencia política ni religiosa. El S.
R. se limitó a sugerir la idea […] Por unanimidad elegimos
presidenta a Victoria, en una sesión de veinte mujeres donde
habían (sic) rentistas, obreras, escritoras y maestras. Es curioso
como en un grupo pequeño se evidencian las características
de las tendencias políticas; también en nuestro, por ahora
pequeño “front populaire”, las radicales hablan vagamente de
democracia, de evolución espiritual, de fuerza popular, etc.,
las socialistas respetan la ley o tratan de cambiarla, las comu-
nistas, las más jóvenes y numerosas, sin hablar de revolución
tienen ya en su mente, bien ordenado, el gran cambio que es
necesario hacer. Son las únicas que parecen estar sosteniendo
el mundo en sus manos.16

Y años más tarde, en el segundo tomo de su autobiografía, Oliver


explicita la filiación liberal de muchas de aquellas que participaron en
la UAM:

Integraron el grupo inicial mujeres que ni entonces ni des-


pués fueron marxistas. Entre ellas, la primera con título de
médica en nuestro país, y veterana en la lucha por los derechos
femeninos: Elvira Rawson de Dellepiane. (Oliver, 1969, p. 349)

Aunque existían vínculos afectivos e intereses políticos comunes entre


el grupo de Victoria Ocampo, María Rosa Oliver, el escritor norteameri-

16. Carta de María Rosa Oliver a Waldo Frank, 31 de mayo de 1936, Archivo Waldo
Frank, Universidad de Pensilvania, ms. coll. 823, box 21, folder 1173.
150 ARCHIVOS, año XI, nº 21, septiembre de 2022-febrero de 2023: 141-161

cano Waldo Frank (1889-1967) y otras integrantes de la UAM, y Angélica


Mendoza estaba vinculada con ellos, aún no se ha podido corroborar
su participación explícita en la UAM. Aún así, es verosímil suponer su
presencia, por el intercambio epistolar entre Oliver y Mendoza, donde
Mendoza menciona afectuosamente a “Ana Rosa” (Schliepper de Mar-
tínez Guerero), y también le pregunta a Oliver cómo estaba “Victoria”
(Ocampo),17 tres comprometidas promotoras de la UAM en 1936.
Durante aquellos años Mendoza publicaba además en la revista
Sur, que Ocampo había fundado en 1931, alentada por Waldo Frank,
gran amigo, a su vez, de Oliver. Asimismo, Mendoza se comprometió
con otras actividades político-culturales desde el cargo de Secretaria
de la Comisión Interamericana de Mujeres (CIM) –creada en la VI Con-
ferencia Internacional Americana de La Habana, en 1928– junto a la
filántropa radical Ana Rosa Schliepper de Martínez Guerrero, quien se
desempeñaba como presidenta. Y, por lo menos hasta 1942 –viviendo
ya en Nueva York, y trabajando en la Oficina Coordinadora de Asuntos
Interamericanos18 junto al coordinador, Nelson Rockefeller– siguió pu-
blicando artículos donde denunciaba la falta de derechos políticos de
las mujeres en Argentina, así como también su situación en relación a
los derechos civiles, y la subordinación de hecho al esposo (Mendoza,
1942, p. 14). En este sentido, el pasaje de Angélica Mendoza desde
el “antifeminismo” de la década del 20 e inicios de los 30, al trabajo
como secretaria de la Comisión Internacional de Mujeres entre 1938 y
1940, pone de relieve el impacto de esta particular coyuntura histórica
de solidaridad antifascista, en las trayectorias de las propias mujeres.
Así lo explicita en su “Autobiografía intelectual”, escrita en 1954 con el
objetivo de volver a Mendoza y dar clases en la Universidad Nacional de
Cuyo –donde evita mencionar a los movimientos feministas de los años
30 y a los Frentes Populares–:

Estaba interesada en el tema de la situación de la mujer en


mi país y en el continente americano, porque estaba convenci-

17. Carta manuscrita de Angélica Mendoza a María Rosa Oliver, 6 de marzo de 1940.
Buenos Aires. Disponible en Princeton University Library, Department of Rare Books
and Special Collections, box 4, folder 66.
18. La Oficina Coordinadora de Asuntos Interamericanos fue creada en agosto de
1940, bajo el gobierno de Franklin Delano Roosevelt, en el marco de las políticas de
“buena vecindad” implementadas por Estados Unidos para consolidar un arco pa-
namericano de países aliados en la lucha contra el fascismo. En el mismo momento
en que Angélica Mendoza trabajaba en Nueva York en la citada Oficina, María Rosa
Oliver hacía lo propio en Washington. Para un análisis de María Rosa Oliver como
“mediadora cultural”, trabajando para las políticas de la “buena vecindad”, ver Fer-
nández Bravo (2008).
M. Becerra - Angélica Mendoza 151

da que uno de los males de nuestra sociedad latinoamericana


era el de la condición subordinada de la mujer y su peso de
desigualdad social. La Unión Panamericana había iniciado
entonces una campaña continental por el mejoramiento del
estado social, político y legal de la mujer. Una oficina de la
Comisión Internacional de Mujeres fue abierta en Buenos Ai-
res y fui nombrada Secretaria Internacional. (Mendoza, 1996
[1954], p. 39)

En efecto, tal como ha sido señalado, los Frentes Populares contribu-


yeron al trabajo conjunto entre diferentes grupos de mujeres provenien-
tes de partidos, corrientes, ideologías y clases sociales diversos, como la
heterogénea mixtura producida en la UAM desde 1936, que permeó la
agenda de las comunistas con las disputas por derechos civiles y políti-
cos para las mujeres que venían sosteniendo las feministas y, a su vez,
contribuyó a difundir estos reclamos por los derechos femeninos en una
base social más amplia de la mano de las comunistas (Valobra, 2015).

“Mujeres de ilustración y de espíritu”

Si bien la historiografía sobre el movimiento anarquista de las prime-


ras tres décadas del siglo XX coincide en señalar su adhesión a las ideas
de amor libre y control de la natalidad –siguiendo la corriente eugenista
(Barrancos, 1990)– en cambio, hay algunas especificaciones respecto de
sus planteos sobre el placer sexual para las mujeres (Barrancos, 1990;
Bellucci, 1990; Fernández Cordero, 2017; Ledesma Prieto, 2017). Dora
Barrancos ha señalado el vanguardismo del movimiento anarquista en
las primeras décadas del siglo XX al cuestionar, en forma pionera en la
Argentina, las desigualdades y opresiones sufridas por las mujeres en
la esfera privada, especialmente a partir de los años 20. Plantea que los
anarquistas seguían la corriente eugenista, abogando por un estricto
control de la natalidad, con el fin de evitar el aumento de la miseria en
los sectores obreros, que se potenciaría con una descendencia numerosa.
En este sentido, señala “es necesario reconocer la aurora de la liber-
tación en la proclama del «derecho al cuerpo» que irguió el eugenismo”
(Barrancos, 1990, p. 259). Sin embargo, no hablaban de placer sexual
femenino. Por el contrario, Barrancos señala que la censura anarquista
se fundaba en argumentos cientificistas –según los criterios de validación
propios de la época–, biologicistas, y también, siguiendo los criterios
de verdad de las primeras tres décadas del siglo XX, guiados por una
“moral productivista” (Barrancos, 1990, p. 263).
En esta línea, el libro Libertad sexual de las mujeres, publicado en
1921 por el anarquista santafesino Julio Barcos, heterodoxo pedagogo
152 ARCHIVOS, año XI, nº 21, septiembre de 2022-febrero de 2023: 141-161

libertario, luego funcionario del gobierno radical, amigo de socialistas


–también heterodoxos– como Enrique Del Valle Iberlucea (1877-1921),
y, como éste (Becerra, 2009), defensor de la Revolución Rusa y gran
aliado de la causa de las mujeres, fue criticado implícitamente en 1923
en las páginas de Nuestra Tribuna, el periódico de las mujeres anarquis-
tas (1922-1925). Lo que no podían aceptar era “el franco erotismo con
que Barcos describía el deseo femenino” (Fernández Cordero, 2017, p.
209). Y en 1921, en la revista Cuasimodo –editada por Julio Barcos y
Nemesio Canales– el mismo Barcos destacaba la actividad política de las
maestras mendocinas Angélica Mendoza y Fossatti durante la huelga
docente de 1919:19

Entre las víctimas de esta mazorcada patriotera, figuran dos


maestros que son honra de su sexo y honra de la intelectuali-
dad argentina al mismo tiempo. Nos referimos a las señoritas
Fossatti y Angélica Mendoza. En cualquier país culto del pla-
neta estas dos singulares mujeres de ilustración y de espíritu,
verdaderas profesoras de energía y de idealismo, serían joyas
reverenciadas y estimadas por la comunidad.20

En Cuasimodo también publicaba la maestra Herminia Brumana


–junto a la pluma de su futuro compañero, el socialista Juan Antonio
Solari, y el médico anarquista Juan Lazarte, entre otros–. En su libro
Libertad sexual de las mujeres, Barcos cita explícitamente a Brumana
con el objetivo de criticar a las feministas, reproduciendo el siguiente
fragmento de una entrevista que Miguel Font le había realizado a la
escritora en 1919 y publicada pocos meses antes del libro de Barcos:

Voy contra el feminismo-agrupación. Contra los centros


feministas. Se me ocurre que yendo a ellos, la mujer –si bien
deja de ser muñeca de la casa o del marido– resulta muñeca
de esos centros con leyes y reglamentos […] Si, como se me ha
indicado, hay leyes –divorcios, sufragios, etc.– que beneficiarían
a algún ciento de mujeres desgraciadas, que vengan en hora
buena. Pero eso será un detalle, un remedio aplicado para días.
¿Y luego? Yo voy más lejos y más directamente. Empiezo por

19. Aunque el filósofo mendocino Arturo Roig ha caracterizado la huelga de 1919


como “la explosión feminista más importante del país” (Roig, 1964, cuaderno 30, p.
284, subrayado en el original), interesa señalar que las maestras que realizaron la
huelga no se autodenominaron feministas. En ese sentido, esta lucha podría ser con-
siderada una expresión del movimiento de mujeres de Mendoza, y, en esa dirección,
quizás, podría considerarse como un posible antecedente del movimiento feminista.
20. J. Barcos, Cuasimodo nro. 16, abril de 1921, p. 17.
M. Becerra - Angélica Mendoza 153

hacer la mujer individual. Los centros feministas la rotulan. Y


empiezo donde otros no alcanzan a llegar: pregonando el amor
libre. (Font, 1921, p. 186)

Barcos celebra allí la disconformidad de “esta valiente escritora”


frente al “feminismo híbrido” (Barcos, 1935 [1921], p. 103). A su vez,
la idea del amor libre también aparece en los escritos de juventud de
Mendoza (1922 y 1923). Sin embargo, ella potencia esta idea con otras
formulaciones que aún no encontramos en los planteos más avanzados
de entonces –anarquistas, feministas, comunistas, socialistas, librepen-
sadoras–. Plantea la idea de placer sexual femenino independiente de
la reproducción y del matrimonio –Barcos también llega hasta aquí en
su libro Libertad sexual…– pero Mendoza añade un plus: la posibilidad
de goce femenino en soledad:

Ella misma a solas en su pieza, se desnudaba plácida y re-


corría con su mano todas sus curvas, acariciándose los senos
y los flancos; empezaba en ella ese proceso maravilloso del
despertar de la mujer. (Mendoza, 1923, p. 11)

Mendoza invierte los roles tradicionales asignados a los sexos, y


ahora es la mujer quien desea activamente. El erotismo femenino es
desbordante y reclama para las mujeres un lugar de enunciación gozoso
y sensual. Sin embargo, esta mujer despierta a sus propios sentidos,
deseante y fuerte, no puede sobrevivir, y es reemplazada, en cambio, por
la convencional mujer deseada (Molloy, 2006). En efecto, en la novela
erótica La venganza del sexo. Novela realista del amor en la naturaleza,
que Mendoza publicó en “Los Realistas. Novelas de amor y de combate”
–dirigida por Leónidas Barletta y Nicolás Olivari–, el deseo sexual feme-
nino es tan potente y a la vez irrealizable que lleva a la protagonista a su
aniquilación absoluta, pasando directamente de la locura a la muerte.
A su vez, por esos años Barcos publicaba su cuento “La ciencia del
diablo” en el número 69 de la revista Novela de la Juventud, dirigida
por Gregorio Chaves. Poco tiempo antes, en el número 22, Brumana
había publicado “Las mujeres cobardes” (7 de abril de 1921), que luego
aparecería en su libro Cabezas de mujeres (1923). Este cuento es muy
celebrado por Barcos en el número 15 de Cuasimodo.21 Poco tiempo des-
pués, en el número 95 de la misma revista, Novela de la Juventud, An-
gélica Mendoza publicó su escrito “El dilema” (6 de septiembre de 1922),
donde cuestionaba la dramática encrucijada en la que se encontraban
las mujeres solteras que caían en la “desgracia” de estar embarazadas.

21. Cuasimodo, abril de 1921, p. 13.


154 ARCHIVOS, año XI, nº 21, septiembre de 2022-febrero de 2023: 141-161

El dilema era la sanción moral por la “deshonra” de haber contrariado


el imperativo de castidad hasta el matrimonio, o bien, la interrupción
voluntaria del embarazo –delito “femenino” condenado por el código penal
argentino hasta el año 2020, casi 100 años después de “El dilema”–:

Tu hijo no debe, no puede vivir. No por él, sino por ti […]


Si la cobardía de la mujer es grande, la del hombre es mayor.
Para ti, el hijo sería tu anulación, y tú tienes que vivir. (Men-
doza, 1922, p. 19)22

En efecto, la deshonra social de tener un hijo sola era más grave aún
que la opción de “eliminar al hijo”. Si bien el aborto estaba condenado
socialmente, había ciertos atenuantes, como la pobreza extrema (Nari,
2004). O se optaba por “suprimir al muñeco” (Mendoza, 1922, p. 21)
o por el casamiento. En este punto, lo más lejos que llega Mendoza,
al igual que los anarquistas más radicalizados de la época, es pensar
“el libre ejercicio de la maternidad”, es decir, que las madres solteras
no fueran condenadas al escarnio por parte de la sociedad. Entonces
denuncia el concepto de la honra femenina como la gran “tragedia”
femenina (Mendoza, 2012 [1933], p. 136).
Cabe señalar que para el período comprendido en las tres primeras
décadas del siglo XX no hemos encontrado propuestas de control de la
natalidad independientemente del criterio eugenista. Es decir, la limi-
tación de los nacimientos –idea contraria al maternalismo hegemónico–
sólo era sostenible en función de mejorar la especie humana. Pero dentro
del amplio espectro eugenista, tal como ha sido indagado (Miranda y
Vallejo, 2012) encontramos una diversidad de argumentaciones. Algunas
de estas habilitan cierta lectura vinculada con la emancipación huma-
na y una incipiente idea sobre una relativa autonomía del cuerpo por
parte de las mujeres. Esa es la línea que a partir de los años 30 desa-
rrollaron los médicos libertarios Lazarte y Fernández (Ledesma Prieto,
2017). En esta dirección, se ha señalado que si bien los argumentos
antimaternalistas de los médicos anarquistas se fundamentaban en la
visión eugenésica, también enfatizaron el placer sexual de las mujeres,
independientemente de la reproducción, promoviendo así ideas eman-
cipatorias (Ledesma Prieto, 2017). Y es también la misma línea que
encontramos en “El Dilema” (1922) de Angélica Mendoza.
A su vez, para los anarquistas, al igual que para el resto de la socie-
dad, el tópico menos discutido era la maternidad. A quienes se realiza-

22. Pocos años más tarde, otra escritora comunista, María Luisa Carnelli, planteaba
el mismo tema en un tono similar en su novela ¡Quiero trabajo! (1933), definiéndose,
igual que en la novela de Mendoza, por la interrupción del embarazo no deseado.
Ver Diz (2015).
M. Becerra - Angélica Mendoza 155

ban abortos los calificaban como “infanticidas de profesión” (Fernández


Cordero, 2017, p. 185), aunque esto se suavizaba en casos de mujeres
muy pobres que no podían alimentar a sus hijos. Esta posibilidad apa-
rece narrada en la corrosiva novela inédita La conquista del hombre, de
Herminia Brumana,23 escrita en 1920, donde expresa su acuerdo con la
interrupción de embarazos no deseados en casos de pobreza. Pero para
Brumana el límite de estas rupturas de los cánones establecidos para
las relaciones entre los sexos, tal como se ha señalado también en los
planteos radicalizados de los médicos anarquistas Lazarte y Fernández
en los años 30, estaba planteado en el hecho de que el placer sexual
sólo era posible en el marco de relaciones heterosexuales.

Anarquistas, comunistas, feministas

Otro punto de encuentro entre el comunismo de Mendoza y el ideario


anarquista son las relaciones críticas con el movimiento feminista. Este
movimiento en los años 20 ya estaba desarrollado tanto a nivel interna-
cional como local (Nari, 2000; Barrancos, 2007). Tanto Mendoza desde
las filas comunistas como los anarquistas en diversas publicaciones
denunciaban la opresión de las mujeres, en sus relaciones afectivas
(amor, erotismo y sexualidad), en sus relaciones domésticas y en la
esfera pública. En efecto, se ha señalado que la contribución original
del anarquismo fue precisamente haber promovido el tratamiento
público de la esfera privada (Barrancos, 1990, p. 314) También se ha
subrayado la resistencia de los anarquistas frente a aquellas mujeres
que luchaban por conquistar derechos civiles y políticos, consideradas
como “feministas burguesas y reformistas” (Barrancos, 1990, p. 276).
Para los anarquistas (mujeres y varones) esas luchas por los derechos
políticos y civiles eran un retroceso, una distracción de la verdadera lu-
cha hacia la transformación social. Y dentro del movimiento anarquista,
además, esta resistencia al feminismo, caracterizado como “burgués y
reformista”, se acentuaba particularmente entre las mujeres. Barrancos
caracterizó como “ofensiva contrafeminista libertaria” (1990, p. 276) a
esta resistencia, por parte de los anarquistas, frente a las luchas de
las feministas por la conquista de derechos civiles y políticos. Las mu-
jeres anarquistas que en la década del 20 publicaban Nuestra Tribuna
“renegaban del carácter burgués y político del feminismo imperante”
(Fernández Cordero, 2017: 76), argumentando que la transformación
social impulsada por el anarquismo excedía la particularidad de reclamos
femeninos. Aún así, se ha señalado que la pionera denuncia anarquista
de la opresión padecida por las mujeres en el espacio doméstico y en sus

23. Agradezco la generosidad de su nieta, Ada Solari, quien me facilitó el original.


156 ARCHIVOS, año XI, nº 21, septiembre de 2022-febrero de 2023: 141-161

relaciones afectivas prefiguró algunos temas de los debates feministas


de la “revolución sexual” de la década del 60 (Fernández Cordero, 2017;
Ledesma Prietto, 2017).
Años después, y en coincidencia con estos argumentos, pero desde
las filas comunistas, Angélica Mendoza sostiene:

Solamente en la sociedad que haya destruido la propiedad


privada y la sujeción de la mujer al hombre, hallará la prostituta
su redención, como la hallarán las vírgenes a la fuerza y las
condenadas al ludibrio por el libre ejercicio de su maternidad.
(Mendoza, 2012 [1933], p. 136)

Mendoza sigue la explicación marxista propuesta por Engels, a quien


cita explícitamente y plantea entonces que la dominación masculina es
una “secuela” (ídem, p. 133) de la propiedad privada. En su lectura, la
emancipación de la mujer será entonces consecuencia de la revolución
social. Por lo tanto, solo el fin de la propiedad privada destruirá las bases
materiales del derecho patriarcal, de la “injusticia social y la esclavitud
de todas las mujeres” (ídem, p. 135). Por la misma razón, sostiene que
la liberación de la mujer –tanto de la virgen como de la prostituta– “no
está pues en una obra feminista ni en un derroche sentimental” (ídem,
p. 136).

A modo de síntesis

Los planteos de Angélica Mendoza sobre la emancipación de las muje-


res se pueden vincular con dos dimensiones de su experiencia femenina.
En primer término, con su militancia político partidaria, desde donde
reclama derechos políticos para las mujeres, empezando por su propia
presentación como candidata en tres elecciones diferentes durante la
década del 20. Y en segundo término, su experiencia en tanto maestra,
particularmente vinculada a actividades gremiales, promoviendo acti-
vamente la huelga de maestras de Mendoza de 1919 y la creación del
sindicato docente de la provincia, “Maestros Unidos”. En el transcurso
de estas experiencias, pudo participar de determinados debates relati-
vos a la esfera de los afectos, el erotismo y la sexualidad, especialmente
vinculada a círculos anarcobolcheviques que le permitieron reformular
aspectos nodales de las relaciones de género existentes. Sus planteos
sobre el placer sexual femenino y el amor libre, sus críticas respecto
del mandato de maternidad obligatoria, así como del deber de castidad
para las mujeres –al cual define como “tragedia”–, la libertad sexual
permitida a los varones, la existencia misma de la prostitución –con-
tracara del mandato de castidad para las mujeres solteras–, la posibili-
M. Becerra - Angélica Mendoza 157

dad de interrupción voluntaria del embarazo en determinados casos y


especialmente el registro de la dimensión doméstica y de las relaciones
afectivas como espacios de opresión para las mujeres, coinciden con el
ideario anarquista, que difundía estas ideas en la prensa desde fines
del siglo XIX. Pero en relación a la idea de placer sexual femenino que,
como Brumana, plantea en novelas de inicios de los años 20 –aunque
la novela de Brumana permaneció inédita– vemos que va más allá de
lo sostenido por sus congéneres anarquistas, comunistas, socialistas,
librepensadoras y/o feministas, coincidiendo, en cambio, con los plan-
teos más radicalizados del ideario ácrata de una década después, tales
como los planteos de los médicos libertarios Juan Lazarte y Manuel
Martín Fernández a partir de la década del 30.
Asimismo, coincidiendo con la combustión anarcobolchevique de
principios de los años 20, Angélica Mendoza, activa militante del Partido
Comunista hasta 1925 y del Partido Comunista Obrero entre 1926 y
1929, critica al “feminismo burgués”, pues asume que la opresión de las
mujeres está subordinada a la opresión de clase, siguiendo la línea de
Engels, planteada tempranamente por líderes comunistas como Clara
Zetkin. Sin embargo, desde los años 20 y también en los años 30, y con
argumentos similares a los que sostenían los anarquistas más radica-
lizados, denuncia la opresión de las mujeres en el espacio doméstico y
en sus relaciones afectivas.
Así, paradojas de la historia, criticando el carácter burgués de las fe-
ministas, y en sintonía con las voces más heterodoxas del ideario ácrata,
como la de Herminia Brumana y con la sensibilidad anarcobolchevique
de aliados de la causa femenina como Julio Barcos y Juan Lazarte, la
“maestra y comunista” Angélica Mendoza, junto a otras compañeras de
lucha, promovió y participó en debates sobre aspectos nodales en materia
de emancipación femenina, anticipando algunos de los temas que aún
estaban lejos de la agenda feminista, como el placer sexual femenino.
Incluso, lo más paradójico es, quizás, que los temas vinculados a la
libertad sexual están planteados en sus escritos de la década del 20 e
inicios de los años 30, antes de su acercamiento al grupo de la Unión
Argentina de Mujeres (1936), junto a la “compañera de ruta” María Rosa
Oliver. A partir de ese momento, y al compás del acercamiento entre las
comunistas y las feministas producido a partir del impulso comunista
de los Frentes Populares (desde 1935), comenzaría su viraje hacia la
lucha por los derechos de las mujeres en tanto secretaria de la CIM, y
hacia un cierto feminismo implícito, aún sin nombrarlo.
Si bien sus planteos sobre emancipación femenina ligados al control
de la natalidad en determinadas circunstancias, el amor libre, el placer
sexual femenino –en compañía y en soledad– las críticas a la doble moral
y al matrimonio burgués, a la maternidad obligatoria así como al impe-
158 ARCHIVOS, año XI, nº 21, septiembre de 2022-febrero de 2023: 141-161

rativo de castidad femenina, son producto de –y a la vez potencian– una


estructura de sentimiento (Williams, 2000) particular en su productiva
fusión con ecos provenientes del anarcobolchevismo, también será ne-
cesario señalar las tensiones que estos debates produjeron en el seno
del propio Partido Comunista, y luego, del Partido Comunista Obrero,
donde Mendoza militó activamente en los años 20.
Asimismo, será preciso avanzar en otra huella, apenas planteada
aquí, vinculada a la recepción, reelaboración y apropiación local de es-
tas problemáticas vinculadas a la libertad sexual presentes en la Rusia
postrevolucionaria de inicios de la década de 1920 (Goldman, 2010),
para observar de qué modos y a través de qué circuitos permearon y
tensionaron el horizonte de lo pensable en materia de emancipación
femenina en nuestro país.

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de historia del movimiento obrero y la izquierda septiembre de 2022-febrero de 2023

La trayectoria de Gregorio “Goyo” Flores:


su politización, experiencias sindicales y
relaciones sociales (1959-1969)
José Barraza
Centro de Investigaciones y Estudios sobre Cultura y Sociedad - Consejo Nacional de Investigaciones
Científicas y Técnicas - Córdoba, Argentina
[email protected]
ORCID: 0000-0002-0374-7391

Título: The trajectory of Gregorio “Goyo” Flores: his politicization, union expe-
riences and social relationships (1959-1969)

Resumen: En el presente artículo abordaremos la trayectoria de Gregorio Flores


previa a su intervención como dirigente en el Sitrac (Sindicato de Trabajadores
de Concord, FIAT) y su adhesión al clasismo, en la década comprendida entre
1959 y 1969. Pondremos énfasis en aquellos aspectos y relaciones sociales que
aportaron a su formación política y sindical y contribuyeron a su pasaje de un
obrero católico, nacionalista y alejado de los ámbitos gremiales a un activista
obrero y simpatizante de las organizaciones de izquierda.
Palabras clave: clase obrera – clasismo – politización – experiencia sindical

Abstract: In this article we will address the trajectory of Gregorio Flores prior
to his intervention as a leader in Sitrac (Sindicato de Trabajadores de Concord,
FIAT) and his adherence to classism, during the decade from 1959 to 1969. We
will emphasize those aspects and social ties that contributed to his political

DOI: https://doi.org/10.46688/ahmoi.n21.369

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164 ARCHIVOS, año XI, nº 21, septiembre de 2022-febrero de 2023: 163-183

and trade union formation, as well as his transition from a catholic, nationalist
worker far removed from union circles to a worker activist and sympathizer of
left-wing organizations.
Keywords: working class – classism – politicization – trade union experiences

Recepción: 6 de febrero de 2022. Aceptación: 4 de agosto de 2022.

***

El presente artículo se propone analizar un aspecto de la trayecto-


ria del dirigente sindical y político de izquierda, Gregorio “Goyo” Flores
(1934-2011). Flores nació en Posta de Cejas, al nordeste de la provincia
de Córdoba, el 24 de abril de 1934. Entre 1970 y 1971, fue dirigente del
Sindicato de Trabajadores de Concord (Sitrac) y participó de importantes
sucesos como el Viborazo. A fines de 1972, ingresó al Partido Revolucio-
nario de los Trabajadores-Ejército Revolucionario del Pueblo (PRT-ERP),
donde mantuvo una importante responsabilidad. Posteriormente, militó
en el Partido Obrero, donde fue candidato presidencial en las elecciones
de 1983. Desde 1971, se dedicó a escribir y publicar sus memorias a
través de diferentes textos (Flores, 1971, 1994, 2004, 2006). Falleció el
11 de noviembre de 2011 a la edad de 77 años.
A partir de esto, surgen una serie de preguntas transversales en
nuestra investigación: ¿De qué forma y cuáles fueron los elementos
que operaron en el proceso de transformación de un obrero católico,
nacionalista y sin participación gremial, en un activista sindical y de
izquierda? ¿Cuáles fueron las experiencias que aportaron a su forma-
ción gremial, política e intelectual? ¿Qué vínculos políticos, sindicales y
sociales logró constituir dentro y fuera de la fábrica para este propósito?
La radicalización obrera y el clasismo en Argentina, y particularmente
en la provincia de Córdoba, es un fenómeno que ha sido abordado desde
diversas perspectivas (Gordillo, 1996; James, 2006; Schneider, 2006;
Mignon, 2014; Brennan, 2015; Harari, 2015; Ortiz, 2019; Laufer 2020a,
2020b). Nuestro trabajo se orientará hacia la reconstrucción del proceso
de politización y combatividad de la clase trabajadora argentina desde
la óptica de la trayectoria de Flores. Pondremos énfasis en el análisis
de su actividad previa a su intervención como dirigente en el Sitrac y su
adhesión a las ideas socialistas y al clasismo (1959-1969). En principio,
nos proponemos formular una perspectiva que otorgue una mayor vi-
sibilidad a ciertos aspectos de la vida de Flores, como sus experiencias
sindicales y sus vínculos sociales y políticos, en una etapa de su vida
que no ha sido estudiada en profundidad. Cuando hablamos de una
“trayectoria” nos referimos a una categoría conceptual cuyo resultado
deriva de la interacción entre las personas; el modo en que reflexionan,
comprenden e identifican su entorno; y las conclusiones que extraen
J. Barraza - La trayectoria de Gregorio Flores 165

de su participación o abstención en los conflictos sociales (Thompson,


2012, p. 29; Todd, 2018, pp. 508-509). Pozzi profundiza esta idea, al
considerar la politización como un proceso que se traduce en “experien-
cias” que son “prismas a través de los cuales un ser humano considera
el mundo que lo rodea” para luego tomar decisiones (Pozzi, 2020, p.47).
Entre nuestros principales insumos para elaborar este artículo,
señalamos en primera instancia las memorias elaboradas por el propio
Flores. Luego, es importante destacar la documentación escrita pro-
veniente, principalmente, de los materiales del sindicato, y la prensa,
tanto comercial como de las organizaciones partidarias. Por último, un
aporte significativo fueron las entrevistas que realizamos a los familiares,
compañeros de fábrica y partido como un complemento de las fuentes
primarias y el testimonio de Flores. Consideramos que los testimonios
orales cumplen un importante rol a la hora de profundizar sobres aque-
llos intereses y propósitos que motivaron a los protagonistas a llevar a
cabo sus acciones (Portelli, 2016, pp. 30-31).
La adhesión a las ideas socialistas y el clasismo por parte de Flores no
fue un proceso espontáneo y meramente circunscripto al ámbito fabril.
Fue el resultado de la combinación entre su trabajo en Concord, los
conflictos laborales de los que formó parte, y los vínculos que estableció
dentro y fuera de su lugar de trabajo con otros obreros y militantes de
diversas corrientes políticas, particularmente con aquellas provenientes
de la izquierda. Su formación política e intelectual se construyó como
parte de un proceso dinámico reflejado en las tensiones y conflictos,
tanto con los sujetos con quienes compartió el espacio social como con
el contexto histórico en el que le tocó desenvolverse. Su itinerario fue
la expresión singular del proceso de radicalización y politización de la
clase trabajadora durante la década del 60.

Sus primeros años en Fiat

Flores llegó a la ciudad de Córdoba en el año 1958. Allí, comenzaba


a consolidarse un centro industrial que absorbía al contingente migra-
torio proveniente, principalmente, del interior rural de la provincia. La
búsqueda de mejores condiciones de vida lo condujo tanto a él como
otros jóvenes trabajadores a integrarse al mercado laboral. Al residir en
el barrio Villa Rivera Indarte, ubicado dentro del cordón verde y periférico
de la capital, la situación de Flores contrastó con la de otros obreros
que se instalaron en las barriadas más cercanas a los centros fabriles
como San Vicente, Nicolás Avellaneda, Santa Isabel, Ferreyra, etc. Es
decir, no sufrió un total desarraigo de su vida silvestre en el monte
cordobés al momento de ser “introducido al sistema de operaciones de
la producción masiva” (Brennan, 2015, p. 109).
166 ARCHIVOS, año XI, nº 21, septiembre de 2022-febrero de 2023: 163-183

Con 25 años, y luego de un breve paso por un taller metalúrgico,


Flores ingresó a trabajar en Fiat Concord el 21 de junio de 1959.1 Luego
de IKA-Renault, Fiat se caracterizó por ser el segundo polo de mayor
atracción de mano de obra, alcanzando el número de cinco mil obreros
entre los años 1961 a 1965.2 Desde su primer día en la fábrica hasta
aquel en que lo llevaron detenido en la puerta de la planta (19 de marzo
de 1971), Flores se desempeñó en el área de inspección y recepción de
materiales. Su trabajo consistía en el trazado de piezas para controlar
la calidad, lo cual requería un alto nivel de precisión y concentración.
Afirmaba que el trabajo de su sección era “muy complejo”, pero no de-
jaba de ser un “paraíso terrenal” para cualquier operario, sobre todo si
se lo comparaba con secciones como forja o montaje, donde las tareas
eran más arduas y la remuneración era menor (Pozzi, 1994, p. 4; Flores,
2006, p. 19; Harari, 2015, pp. 235-236). Por la particularidad de las
tareas que desempeñaba, a la patronal se le complicaba encuadrar los
tiempos de producción en su sección, y esto les daba un cierto grado de
autonomía y condiciones de trabajo favorables. De acuerdo a su propio
testimonio, al momento de ingresar a la fábrica Flores percibía un sa-
lario de $27.70 por hora y un total aproximado de $ 4.800 mensuales,
sin contar las horas extras. Para él se trataba de “un sueldazo” (Flores,
2006, p. 17). A mediados del año 1959, el salario real de un trabajador
bajo la categoría de “oficial casado” era de aproximadamente $ 3100.3
La fábrica se caracterizaba por dividirse en una serie de departa-
mentos donde los operarios no contaban con las ventajas que Flores
sí tenía en su área de trabajo. En la sección de forja se trabajaba con
altas temperaturas y se manipulaban metales pesados como el mer-
curio, por lo que era frecuente que los obreros sufrieran problemas
respiratorios, sordera e impotencia sexual. Se conocía a esta sección
como el “cementerio de obreros” (Flores, 1994, p. 64). La situación era
similar en el departamento de tratamientos térmicos. Allí, se realizaba
el calentamiento de los metales y las aleaciones. Los trabajadores so-
portaban temperaturas muy elevadas durante su jornada laboral. Otro

1. La empresa italiana arribó al país en 1954 adquiriendo la fábrica de tractores co-


rrespondiente a las Industrias Mecánicas del Estado (IME). Con el correr del tiempo,
Fiat diversificó sus actividades en la provincia de Córdoba a partir de tres estable-
cimientos fabriles. De allí surgieron la planta de Grandes Motores Diesel (GMD), la
de material ferroviario (Materfer) y, por último, la planta de tractores y automóviles
(Concord). Además de estas tres fábricas, Fiat abrió una planta en Caseros, provincia
de Buenos Aires, y en Sauce Viejo, provincia de Santa Fe.
2. Memoria y Balance general de Fiat Concord, año 1961, p. 11; “Informe preliminar
sobre el conflicto FIAT”, Revista Pasado y Presente nº 9, Buenos Aires, abril-septiembre
de 1965, pp. 64, Archivo Cedinci.
3. La Voz del Interior, Córdoba, 20 de agosto de 1959, p. 9.
J. Barraza - La trayectoria de Gregorio Flores 167

elemento que generaba fatiga y estrés, como fruto del intensivo esquema
de explotación del trabajo, era el acople de máquinas en secciones como
montaje, utillaje, etc. El propio Flores comentó que, en el transcurso de
una jornada laboral, un operario podría llegar a trabajar en “dos o tres
máquinas” de manera simultánea (citado de Harari, 2015, pp. 244-245).
En cuanto a lo gremial, durante sus primeros años en la planta,
Fiat permitía el funcionamiento de organizaciones mutualistas y coo-
perativas, especialmente orientadas a la ayuda de los trabajadores para
cuestiones puntuales tales como sepelios, fiestas de cumpleaños, ayudas
económicas, etc. Era parte de sus prácticas paternalistas, para difundir
entre su personal los valores como “comunidad” y “familia” basados en
la armonía entre los intereses patronales y los de los obreros. Mientras,
aplicaba un intenso esquema de explotación del trabajo basado en una
disciplina rígida sobre el colectivo obrero.
En 1961, Flores, junto a sus compañeros de sección, conformó la
“Cooperativa Obrera 21 de junio”,4 siendo electo presidente de la misma.
El nombre de la cooperativa aludía a la fecha en que Flores ingresó a
la fábrica, lo cual nos da un indicio de la importancia que tuvo para
él este acontecimiento. Básicamente, las primeras actividades de la
cooperativa estaban destinadas a la recaudación de dinero para casa-
mientos, servicios funerarios o algún evento festivo. Su acción tenía un
carácter fuertemente mutualista, al margen de las estructuras sindica-
les. Además, su buena relación con los capataces y jefes de sección, al
igual que con sus compañeros de trabajo, le ofrecía a Flores un campo
de acción que le permitía desplazarse durante su jornada laboral por
el interior del establecimiento y organizar este tipo de actividades. Uno
de sus compañeros recordó que en sus comienzos Flores “estaba muy
encompinchado” con sus superiores, que le otorgaba “ciertas ventajas
que otros operarios no tenían”.5
Sin embargo, esta práctica contrastaba con la de otros operarios que,
en el año 1956, participaron en la conformación de una cooperativa
orientada principalmente por delegados votados por sección, que eran
los encargados de discutir las condiciones de trabajo con los represen-
tantes de la empresa.6 De todos modos, este tipo de organización fue de
carácter transicional, dado que a partir de la presidencia de Frondizi y
la aplicación de la Ley de Asociaciones Profesionales, retornó la activi-
dad sindical. En el año 1958, los operarios de las plantas de Fiat en su
mayoría se afiliaron a la Unión Obrera Metalúrgica (UOM).
El año en que Flores ingresó a la fábrica (1959) fue importante en

4. Entrevista a Gregorio “Goyo” Flores.


5. Entrevistas a Carlos Masera y a Domingo Bizzi.
6. Entrevista a Francisco Páez.
168 ARCHIVOS, año XI, nº 21, septiembre de 2022-febrero de 2023: 163-183

cuanto a la radicalización y la agitación del movimiento obrero a nivel


nacional e internacional. Hechos trascendentales, como la revolución
cubana y los levantamientos anticoloniales en África y Asia, estuvieron
acompañados de la idea de una polarización del mundo a partir de dos
modelos socioeconómicos: el capitalismo y el socialismo. En Argentina,
luego de la ocupación del frigorífico Lisandro De la Torre en el mes de
enero de 1959, se desarrollaron importantes conflictos en varios sectores
gremiales (James, 2006, p. 159). Durante la primera semana de julio,
la UOM lanzó una huelga a nivel nacional exigiendo aumento de sala-
rios. Apenas quince días después de haber ingresado a Concord, Flores
estuvo alrededor de dos meses sin trabajar por la jornada nacional de
lucha decretada por el gremio metalúrgico. En sus memorias, manifestó
que no concurrió a su trabajo debido a que la producción de la fábrica
había quedado paralizada (Flores, 1994, p. 2). En ninguno de sus es-
critos brindó detalles sobre la participación y composición del activismo
durante el conflicto, y solamente se detuvo a realizar un breve balance
de lo ocurrido.7 Esto nos permite afirmar que al haber ingresado recien-
temente y desconocer el funcionamiento gremial, prefirió quedarse en
su hogar y esperar la orden de la empresa para retornar al trabajo. Su
ignorancia sobre la política sindical debemos combinarla con una serie
de factores. Por un lado, las condiciones salariales con la posibilidad
de incrementar sus ingresos a través de las horas extras. Por el otro,
una relativa afinidad hacia las actividades mutualistas, que contaban
con el visto bueno de la directiva de la empresa, en detrimento de los
delegados que ejecutaban medidas de fuerza para conquistar mejoras
laborales (Flores, 2006, p. 28).
La primera acción gremial por parte de Flores no estuvo vinculada
a la vida sindical y, mucho menos, a un conflicto de dicha índole. Su
rechazo a la lucha de clases y cierta afinidad hacia las autoridades en
Fiat, se asocia con su perfil al ingresar a la planta: un trabajador cató-
lico, nacionalista y anticomunista (Pozzi, 1994, p. 7; Sartelli y Camera,
2001, p. 1). De acuerdo a entrevistas y sus propios escritos, esta línea de
pensamiento en parte se forjó por la influencia de su padres creyentes,
la vida en el campo y el cursado en el colegio católico León XIII entre los
años 1944 a 1949 (Pozzi, 1994, p. 7; Flores, 2006, p. 41).8

7. A través de los diarios locales, pudimos indagar que el ausentismo por parte de
los obreros de Concord fue del 90%. Véase La Voz del Interior, 28 de agosto de 1959,
pp. 10-11.
8. El colegio León XIII es un instituto perteneciente a la orden mercedaria y se en-
cuentra ubicado en el barrio Villa Rivera Indarte en la ciudad de Córdoba. A través
de las congregaciones, se recorrían las regiones más pobres de la provincia y se
reclutaban a los niños para que puedan cursar la carrera de seminarista. En cuanto
al corte ideológico, el León XIII publicaba la Revista Mercedaria y El Faro. En dichas
J. Barraza - La trayectoria de Gregorio Flores 169

Punto de inflexión: primeras experiencias sindicales

¿En qué momento un obrero alejado de las estructuras gremiales,


ligado a las actividades solidarias y cooperativas, y cercano a sus su-
periores, se convirtió en un activista radicalizado y un portavoz de los
intereses del conjunto de los trabajadores de su fábrica?
Al respecto nos limitaremos a citar tres episodios que impactaron en
su novel trayectoria. El primero transcurrió a comienzos del año 1962,
cuando la empresa despidió al operario Carlos Nardini, acusándolo de
hurtar una herramienta.9 Tiempo después, Flores comprendió que la
razón del despido no fue el robo de una herramienta, sino que se vin-
culaba con que la patronal debía paralizar la planta por dos motivos
centrales: “el abundante stock de tractores en la playa”, y que “la em-
presa no contaba con suficiente stock de materia prima y necesitaba
una excusa para parar la producción” como consecuencia de la crisis
que vivía la industria automotriz en 1962 (Flores, 1971, p. 2). A partir
de este hecho, Flores comenzó a preguntarse si la empresa podía poner
en juego la condición humana y moral de un trabajador, con el único
objetivo de paralizar la planta para maximizar sus ganancias.
De esta forma, el compañerismo, la honestidad y la solidaridad
que adquirió a lo largo de su vida familiar, escolar y laboral, llevaron a
Flores a una conclusión: debía apoyar la lucha por la reincorporación
del operario despedido. La huelga culminó con una derrota en la que,
además de Nardini, fueron cesanteados doscientos trabajadores, se des-
contaron jornales, y la empresa impuso el premio a la producción, que
equivalía a un sexto del jornal de un obrero. En su caso, Flores habría
evitado su despido debido a su buen legajo y comportamiento, además
de no estar catalogado como “activista” por su jefe de sección (Flores,
1971, p. 2; 1994, pp. 15-16). Sin embargo, el conflicto le otorgó una
serie de enseñanzas. En primer lugar, comprendió que Fiat consideraba
a los operarios como simples números, y no como personas que tenían
familias, preocupaciones, etc. En segundo término, identificó el rol
negativo que jugó un sector de la dirección del conflicto, perteneciente
a la UOM, cuyos delegados defendieron los intereses de la empresa
(Flores, 1994, p. 16).
El descontento hacia la directiva sindical, por parte de un importan-
te sector de la base obrera, fue utilizado por Fiat para incrementar su
presión para introducir los sindicatos por empresa. Además del Sitrac,

publicaciones, consideraban al comunismo “el principal enemigo de la humanidad y


del hogar” por difundir “una propaganda verdaderamente diabólica”. Véase Revista
Mercedaria nº 351, 15 de agosto de 1945, p. 178.
9. Los Principios, Córdoba,2 de marzo de 1962, p. 9.
170 ARCHIVOS, año XI, nº 21, septiembre de 2022-febrero de 2023: 163-183

surgieron el sindicato de trabajadores de Materfer (Sitram) y el sindi-


cato de trabajadores de GMD (SitraGMD) que a partir de los primeros
años de la década del 60, comenzaron a firmar convenios salariales y a
impulsar elecciones de delegados en cada una de las fábricas. En este
contexto, el segundo episodio relevante en la trayectoria de Flores ocu-
rrió a mediados del año 1963, cuando la comisión directiva del Sitrac
convocó a una asamblea para informar sobre las elecciones del cuerpo
de delegados que iban a desarrollarse en el transcurso del año. Según
su recuerdo, Flores se levantó, pidió la palabra y declaró:

“Compañeros acá nosotros no tenemos ningún respaldo


gremial, porque si estos dos [señalando a Agüero y Vargas] que
son de la comisión interna son los que carnereaban la huelga
el año pasado ¿qué respaldo podemos tener?”, y la gente me
aplaudía y todo eso, pero yo no dije nada más que eso. Al otro
día me fueron a apretar a la sección. Fue la Comisión Interna a
apretarme y me dice “si vos tenés tantas pelotas para salir ahí a
denunciar, nosotros queremos que vos salgas delegado de acá,
y te vamos a sacar delegado”. (Sartelli y Camera, 2001, p. 2)

Así, de modo espontáneo e imprevisto, Flores tuvo su primera inter-


vención asamblearia. Además, recibió la felicitación de sus compañeros
de trabajo quienes lo propusieron como delegado, a lo cual él se negó,
alegando que no tenía los conocimientos suficientes para llevar cabo
dicha responsabilidad.
El tercer episodio, transcurrió a comienzos de 1965, cuando se rea-
lizaron las elecciones para la comisión directiva y cuerpo de delegados
en el Sitrac. Allí ganó una lista compuesta por militantes provenientes
del Movimiento Obrero Radical (MOR), el Partido Comunista (PC), y los
socialcristianos agrupados en la Asociación Sindical Argentina (ASA).10
Para Flores, esta nueva directiva había generado una expectativa en los
trabajadores. De hecho, fue uno de los colaboradores para concretar su
constitución y salió electo delegado junto con Carlos Germán, quien en
aquel entonces era miembro del PC (Flores, 1971, p. 3).
Teniendo en cuenta estos tres episodios, podemos detectar un cambio

10. La Asociación Sindical Argentina estaba enrolada en la Central Latinoamericana


de Sindicalistas Cristianos (CLACS) y en la Confederación Internacional de Sindicalis-
tas Cristianos (CISC). En el primer número de su periódico, Acción Sindical, sostenía
la idea de un gremialismo que defendiese la “dignidad de la persona humana” y del
más “humilde de los trabajadores”. En Acción Sindical nº 1, abril de 1963, p. 3. Los
sindicatos y agrupaciones socialcristianas destinaban una gran parte de los recursos
al financiamiento de cursos y seminarios de formación sindical (Oberlin, 2009, p. 9;
Scodeller, 2011, p. 317).
J. Barraza - La trayectoria de Gregorio Flores 171

sustancial en la trayectoria de Flores, caracterizado por una activa par-


ticipación en los conflictos, las asambleas y su elección como delegado.
Sin embargo, en aquel entonces consideraba que la actividad sindical
no debía mezclarse con la política. Por ejemplo, relató una anécdota en
donde miembros del Partido Obrero (Trotskista)11 [en adelante, PO (T)]
se le acercaron y le plantearon que había que establecer una alianza
entre los obreros vietnamitas y los de Concord, frente al imperialismo
norteamericano.12 Flores les respondió: “Pero loco, escuchame una cosa,
no nos ponemos de acuerdo nosotros acá, vamos a hacer alianza con
los del Viet-Cong, ni sé quiénes mierda son” (Sartelli y Camera, 2001,
p. 5). Luego, comentó que él fue uno de los operarios que durante una
asamblea de fábrica abucheó a Germán por proponer como moción el
repudio a la invasión de las tropas norteamericanas en Santo Domingo
(Flores, 2006, pp. 68-69).
En resumen, si bien Flores participó de las luchas sociales y sindi-
cales al interior de la planta, aún mantenía una actitud prescindente
con respecto al panorama político general. Esta actitud se explicaba, en
parte, por su rechazo hacia el comunismo y las ideas de la izquierda.

Sus primeras reflexiones

Flores participó de la huelga de Fiat Concord por la renovación del


convenio colectivo, en junio de 1965. Además de negarse a abonar el
incremento salarial exigido por el sindicato, la empresa decidió ce-
santear a un importante número de operarios. A su vez, la situación
fue aprovechada por la directiva de la UOM que, en acuerdo con Fiat,
envió a un grupo de matones para provocar a los dirigentes gremiales
y entorpecer las negociaciones (Flores, 1971, pp. 3-4). No obstante, las
acciones de los agentes del vandorismo contaban con el apoyo de un
sector de operarios de Concord, que sostenían que la UOM debía man-
tener la representación sindical en la fábrica. Entre aquellos obreros se
encontraba Francisco Páez, un trabajador del área de mantenimiento.13

11. El Partido Obrero (Trotskista) fue una corriente de izquierda que adhirió al pro-
grama de la IV Internacional. Su principal dirigente fue Homero Rómulo Cristalli,
también conocido por su seudónimo, J. Posadas.
12. A mediados del año 1965, el PO (T) llamaba a los obreros de Fiat a constituir un
“Gran Frente Único Antiimperialista” compuesto por diversas tendencias políticas,
entre ellas los peronistas y comunistas. En Voz Proletaria nº 400, 28 de julio de
1965, p. 8.
13. Páez ingresó a Fiat Concord en el año 1956, proveniente de la IAME. En Concord,
además de organizarse en las cooperativas, participó en una agrupación peronista en
la UOM hasta el golpe de estado en el año 1966. Entre 1970 y 1971, fue parte de la
dirección del Sitrac como vocal y luego como delegado. Véanse “Planilla de liquidación
172 ARCHIVOS, año XI, nº 21, septiembre de 2022-febrero de 2023: 163-183

El conflicto se agudizó con el intento de los obreros de ocupar la


fábrica, lo que derivó en la represión por parte de policía.14 La huelga
duró aproximadamente dos meses y culminó con el despido de la mitad
del cuerpo de delegados y de la comisión directiva del Sitrac.15 Ante
esta situación de acefalia, se convocó a elecciones sindicales. De esta
forma, se formalizó el acuerdo entre la UOM y Fiat, que se expresó en
la conformación de una lista afín a los intereses de ambos sectores. En
diciembre de 1965, la lista Azul, encabezada por Jorge Lozano, conquistó
la directiva del sindicato.16 Al igual que el conflicto en 1962, Flores evitó
el despido dado que contaba con un buen legajo laboral.
Influido por la resolución del conflicto, en el año 1967 se negó a reva-
lidar su mandato como delegado de sección y decidió cumplir su jornada
laboral, sin realizar horas extras (Flores, 2006, p. 22). Es importante
señalar que su negativa a formar parte del cuerpo de delegados coin-
cide con el período de reflujo en el movimiento obrero argentino luego
del golpe militar del 28 de junio de 1966 y la asunción de Juan Carlos
Onganía como presidente de facto. Las principales medidas de parte
del gobierno militar estuvieron dirigidas a eliminar aquellas conquistas
laborales que no habían podido ser derogadas durante el período de la
revolución libertadora (Schneider, 2006, pp. 268-276).
Con más tiempo libre, Flores comenzó el bachillerato para concluir
sus estudios secundarios. En consecuencia, dejó de participar en las
estructuras gremiales hasta el año 1970 (Flores, 2006, p. 29). De hecho,
en sus escritos y entrevistas, no mencionó si concurrió a votar en los
comicios sindicales de fines de 1965. De acuerdo a sus memorias, Flores
comprendió que Fiat había forzado el conflicto, “esperó el momento de
la discusión del convenio, y preparó un vasto plan para descabezar el
movimiento, que aún no estaba maduro, pese a la combatividad y uni-
dad de los obreros” (Flores, 1971, p. 4). En cuanto a los sindicatos por
fábrica, en un primer momento creyó que esta medida era auspiciosa
porque pensaba que podían conformar una organización autónoma,
bajo los criterios de la solidaridad y la cooperación en la defensa de los

de Francisco Páez”, noviembre de 1971, Archivo Sitrac, Subarchivo nº 8, Ficha nº 9,


y entrevista a Francisco Páez.
14. La Voz del Interior, 27 de julio de 1965, p. 11.
15. “Informe preliminar sobre el conflicto FIAT”, Revista Pasado y Presente nº 9,
Buenos Aires, abril-septiembre de 1965, pp. 60-61, Archivo Cedinci.
16. La Voz del Interior, 26 de diciembre de 1965, p. 16. Lozano era un obrero prove-
niente del área de auxiliar de forja que participó de la huelga de 1965. En “Historias
de una trinchera”, Boletín mecanografiado de la agrupación Comisiones Obreras
(orientada por Vanguardia Comunista), agosto de 1970. Archivo Sitrac, Subarchivo
nº 19, Ficha nº 32, p. 11.
J. Barraza - La trayectoria de Gregorio Flores 173

trabajadores. Además, coincidía con algunos de sus compañeros en el


papel negativo que había tenido la comisión interna bajo la dirección
de la UOM, que en el pasado dejó pasar una serie de atropellos contra
los trabajadores. Pero, sobre todo, entendió que el triunfo de Lozano,
luego del despido de la mitad del cuerpo de delegados y la directiva del
Sitrac, consumaba el acuerdo entre Fiat y Vandor (Flores, 1971, p. 8).
Cuando finalizó la huelga, Flores comenzó con nuevo brío a estudiar,
indagar y formarse. En una librería del centro de la Ciudad de Córdoba,
adquirió una serie de libros que, según su propio testimonio, marcaron
su vida. El primero de ellos, fue la obra de José Ingenieros, El Hombre
Mediocre. Fundamentalmente este libro le hizo valorar la importancia
de tener un “ideal” que motorice su vida frente a la monótona actividad
en la fábrica (Flores, 2006, p. 22). Estas lecturas le ayudaron a unir
los cabos sueltos entres sus inquietudes y la experiencia vivida en los
últimos conflictos en Concord. De acuerdo a Lecciones de Batalla:

Después, en el 65, con la huelga, yo encontré lo que esta-


ba buscando: “acá hay que luchar por los ideales, acá esta”.
Identifiqué la huelga con lo que había leído, con la lucha por
un ideal. Que los hombres que tienen un ideal no se van a
vender, la idea de que no todo hombre tiene precio, que hay
gente que puede luchar por sus ideales. (Flores, 2006, p. 23)

Para Flores, la situación en la fábrica luego de la derrota de la huelga


de 1965 era de “tranquilidad”, reflejada en la frustración entre los traba-
jadores por el desenlace del conflicto (Flores, 1971, p. 8). En su primera
reconstrucción de los hechos, mencionó las elecciones sindicales de
1965 y 1968 como antecedentes previos a la recuperación del Sitrac, el
23 de marzo de 1970 (Flores, 1971, pp. 8-10). En las elecciones del 20
de diciembre de 1965, se presentó la lista Blanca, integrada principal-
mente por miembros de ASA, que habían integrado la comisión directiva
antecesora. En los comicios obtuvo 46 votos, frente a los 364 votos de la
lista Azul, encabezada por Lozano.17 Tiempo después, Flores interpretó
que la lista triunfante había ganado las elecciones porque desplegó una
campaña asociando a la lista opositora con el PC, para generar temor
entre los operarios (Flores, 1994, p. 29). En los comicios de febrero de
1968 surgió la lista Celeste, compuesta por activistas, algunos de ellos
agrupados en el PC. La lista fue proscripta y una parte de sus miembros
fueron despedidos (Vianoli, 1972, p. 7; Laufer, 2020b, p. 193).
Además, desde el año 1967, en el cuerpo de delegados existía una
minoría opositora a la conducción del gremio. Entre ellos, se encontraba

17. La Voz del Interior, 26 de diciembre de 1965, p. 16.


174 ARCHIVOS, año XI, nº 21, septiembre de 2022-febrero de 2023: 163-183

Domingo Bizzi.18 Por último, en Lecciones de batalla solamente comentó


su participación en la formación de una agrupación, “La Peñaloza”, junto
a otros compañeros de sección (Flores, 2006, p. 105).19 A diferencia de
la cooperativa 21 de junio, esta agrupación denunciaba la política de la
empresa y la situación que vivían los trabajadores. Pero al igual que ella,
tampoco tenía como objeto la intervención en los espacios gremiales,
tales como el sindicato y el cuerpo de delegados.
¿Por qué Flores consideró intrascendente la mención y profundización
de estos episodios que podrían constituir un antecedente de la recupera-
ción del sindicato en 1970?20 Es importante remarcar que, en momentos
de la redacción de su primer balance escrito en diciembre del año 1971,
los sindicatos de Fiat habían sido disueltos por un decreto del gobierno
militar de Agustín Lanusse, y sus miembros, entre ellos el propio Flo-
res, fueron despedidos y encarcelados. En cierta forma, su cronología
de los hechos se mantuvo igual en sus obras posteriores, las cuales
tienen un denominador común: la ausencia de una profundización en
aquellos episodios y la omisión de otros que protagonizó, prevaleciendo
una visión negativa sobre el lustro previo a la recuperación del Sitrac.
Incluso historiadores como James Brennan coinciden en esta apreciación
al destacar que el fracaso de aquel conflicto “desalentó la participación
sindical y minó la militancia obrera” (Brennan, 2015, p. 122).
La reconstrucción de las reflexiones y acciones de Flores luego del
conflicto en Fiat de 1965 muestran que no existió una grieta entre la
fallida huelga y la recuperación del Sitrac en el año 1970. En su caso, si
bien no participó formalmente en el sindicato en esta etapa, se mantuvo
interesado de los problemas que sufrían los trabajadores de la planta.
Tanto las listas opositoras como la actividad clandestina a través del
funcionamiento de agrupaciones y células partidarias (por ejemplo, La
Peñaloza) reflejarían el proceso de reagrupamiento del activismo fabril
en los primeros dos años del gobierno militar de Onganía (James 2006,
p. 294; Schneider, 2006, p. 285). A pesar de tener, en un principio, un
carácter aquiescente, disperso y molecular, fue adquiriendo un mayor

18. Bizzi ingreso a Fiat Concord luego de la derrota de la huelga de 1965. Ocupó un
cargo en la comisión directiva del Sitrac entre 1970 a 1971 como secretario adjunto.
En “Planilla de liquidación de Domingo Bizzi”, noviembre de 1971. Archivo Sitrac,
Subarchivo nº 8, Ficha nº 9.
19. Entrevista a Gregorio “Goyo” Flores.
20. En primer lugar, los miembros del Movimiento de Recuperación Sindical o la
Lista Celeste además de denunciar su proscripción, plantearon la elección de una
comisión provisoria a través de una asamblea general para convocar, nuevamente,
a elecciones en un lapso de tiempo. Se trataría de un antecedente a la comisión
provisoria votada en la asamblea del 23 de marzo de 1970.Véase La Voz del Interior,
15 de febrero de 1968, p. 13.
J. Barraza - La trayectoria de Gregorio Flores 175

impulso en 1968 con las luchas obreras a nivel nacional y provincial,


como las huelgas de los petroleros de Ensenada y los operarios de Per-
driel e IKA-Renault y otros conflictos previos al Cordobazo en el mes
de mayo de 1969. Esta situación nacional fue parte de una coyuntura
internacional con importantes sucesos como la resistencia del Viet-Cong,
la primavera de Praga y el Mayo Francés entre otros.

Relaciones sociales y políticas

En Fiat Concord existían actividades sociales que permitieron a los


obreros entablar vínculos más allá del ámbito laboral. Como mencio-
namos anteriormente, Flores integró la cooperativa “21 de junio” prin-
cipalmente con trabajadores de su sección. La actividad mutualista,
combinada con su buen desempeño laboral, le hizo ganar cierta auto-
ridad entre sus compañeros de trabajo y frente a sus superiores. Esta
autoridad, junto a sus primeras intervenciones en asambleas y medidas
de fuerza, fueron factores que explican su elección como delegado en el
año 1965. A través de la cooperativa, conoció a Alcides Mortigliengo, un
operario de la sección de utillaje, testigo de Jehová e integrante de una
mutual destinada a recaudar fondos para la construcción de viviendas
para los operarios de Fiat.21 Al igual que Flores, se había ganado un
respeto entre sus compañeros por su capacidad y honestidad.22
De manera simultánea a sus primeras intervenciones gremiales, en-
tre 1962 y 1963 Flores comenzó a adquirir las publicaciones del grupo
nacionalista católico de derecha Tacuara:23

Yo era nacionalista, yo siempre me reivindiqué como un


nacionalista. Yo decía “yo soy nacionalista”, cuando yo escu-
chaba los grupos Tacuara, ¡qué mierda! Yo decía estos locos
más o menos, yo no sabían ni qué pensaban, nada era por el
nombre ¿no? Y bueno como en el campo uno es el gaucho… los
gauchos… Martín Fierro, todo el patriotismo… todo eso tiene
mucha vigencia ahí en el medio del gauchaje, entonces claro yo

21. Mortigliengo ocupó el cargo de secretario de actas del Sitrac entre 1970 y 1971.
En “Boleta electoral con lista para comisión directiva”, boleta electoral de la lista
Celeste y Blanca, 7 de julio de 1970. Archivo Sitrac, Subarchivo nº 2, Ficha nº 1.
22. “Recuerdos de Clavero”, en Archivo de Sitrac, Sindicato de Trabajadores Concord,
Subarchivo 12, Ficha nº 1, 15 de julio de 1984, p. 4. Entrevista a Carlos Masera.
23. El Grupo Tacuara fue una organización nacionalista conformada por jóvenes
estudiantes inspirados en la falange española. Reivindicaban a Juan Manuel de Ro-
sas, Angel “Chacho” Peñaloza, Facundo Quiroga, entre otros caudillos, y su bandera
estaba compuesta por la Cruz de Malta en una clara alusión al catolicismo (Gillespie,
1987, p. 75; Bardini, 2002).
176 ARCHIVOS, año XI, nº 21, septiembre de 2022-febrero de 2023: 163-183

era nacionalista, entonces bué después empecé a evolucionar.


(Pozzi, 1994, p. 7)

El motivo de su simpatía hacia Tacuara podría entenderse por la


defensa de figuras históricas tales como Ángel Peñaloza, Juan Manuel
de Rosas y Facundo Quiroga, quienes representarían los valores reli-
giosos, ideales patrióticos y las costumbres que formaron parte de su
entorno familiar, rural y luego escolar. Además, los materiales de Ta-
cuara promovían una tradición clasista a partir de la reivindicación de
las montoneras y el folclore gauchesco referenciado en el Martin Fierro
de José Hernández y sintetizado en la consigna “civilización o barbarie”
(Bardini, 2002, p.33).24 A su vez, un vecino suyo en barrio Villa Rivera
Indarte, Mario Cerruti, con quien había entablado amistad, fue quien
le acercó una serie de obras del escritor nacionalista católico Manuel
Gálvez (Flores, 2006, p. 22). No obstante, este aspecto de su vida no
deja de ser interesante, porque refleja la conformación de la concien-
cia de un obrero como un proceso complejo donde se entremezclan la
experiencia de explotación y los conflictos en el trabajo, con la lectura
de material relacionado con una corriente ideológica de derecha, que
denunciaba la tiranía de un “pequeño núcleo” sobre el “pueblo traba-
jador”.25 Asimismo, es importante señalar que Tacuara, entre los años
1962 y 1963, experimentó una serie de rupturas por izquierda. Una de
las más significativas fue el surgimiento del “Movimiento Nacionalista
Revolucionario Tacuara” encabezado por el dirigente juvenil Joe Baxter
(Bardini, 2002, p. 89).
Otro aspecto importante de sus relaciones sociales fue el referido a
su intercambio con los obreros provenientes de la fábrica IKA-Renault,
ubicada en el barrio de Santa Isabel, y la primera en la producción de
automóviles en la industria automotriz en Córdoba, llegando a albergar,
aproximadamente, a diez mil operarios (Gordillo, 1996, pp. 47-48). A
partir del año 1963, Fiat comenzó a incorporar a obreros provenientes
de IKA-Renault. Este contingente de trabajadores había vivido una am-
plia experiencia de luchas gremiales y estaba constituido por obreros de
diversas tendencias políticas: peronistas, socialcristianas, comunistas
y trotskistas. Entre aquellos operarios, Flores conoció a Carlos Masera,
quien se desempeñaba en la sección de mantenimiento.26 Además de

24. Ofensiva nº 11 (Extraordinario), noviembre de 1962, pp. 10-11; “25 de mayo 1810-
1963”, panfleto del Grupo Nacionalista Tacuara, mayo de 1963. Archivo Topo Blindado.
25. “Por Dios y la patria”, panfleto del Movimiento Nacionalista Tacuara, año 1963.
Archivo Topo Blindado.
26. Masera ingresó a Fiat Concord aproximadamente en el año 1964. Fue miembro de
la comisión provisoria y secretario general del Sitrac entre 1970 y 1971. En “Planilla
J. Barraza - La trayectoria de Gregorio Flores 177

la relación con este grupo de operarios, Flores discutía con su cuñado,


que trabajaba en IKA, lo cual podría constituir un claro ejemplo de las
relaciones que se establecieron entre los trabajadores de ambas fábricas
y que excedía los límites de los establecimientos.27
Luego de la huelga de 1965, se abrió un nuevo escenario en la tra-
yectoria de Flores. Por su simpatía religiosa, entabló una relación con
los miembros de la corriente socialcristiana. De hecho, comenzó a asistir
a los cursos de economía y sindicalismo. Los cursos eran destinados
a aquellos trabajadores que realizaban sus primeros pasos en la vida
sindical. También versaban sobre aspectos como la concepción cristiana
del trabajo, la economía y la sociedad. Este espacio le permitió a Flores
plasmar todas las inquietudes que venía incorporando en sus diversas
lecturas y que podemos resumir en la siguiente anécdota:

Había en Córdoba un cura que se llamaba Berkovich, que


aparecía como un tipo muy progresista y daba muchas charlas
para obreros […] Fui a varias charlas y en una de ellas le pre-
gunté: “Padre, en todas esas reformas, esos cambios –porque él
explicaba que el capitalismo y el socialismo habían fracasado y
defendía una sociedad intermedia, que llamaba “comunitaria”,
ni capitalista ni marxista–, ¿qué piensa usted con las riquezas
que tiene la Iglesia en la estructura capitalista?”. El tipo se
quedó frío y me dijo: “Bueno habría que ver si eso es cierto,
hay que ver también que en la Iglesia hay una evolución, está
la encíclica Populorum progressio de Pablo VI y todas esas
reformas”. Me decepcionó por completo. (Flores, 2006, p. 23)

Su decepción podría radicar en que el principio de la encíclica de la


Populorum progressio, elaborada por el papa Pablo VI y publicada el 26
de marzo de 1967, criticaba el enriquecimiento desmedido y más allá
de lo necesario, pero sin cuestionar la acumulación y el lucro privado
(Pablo VI, 2005, pp. 15-16).
Desde sus primeras intervenciones en asambleas y piquetes, los
militantes obreros del PC estaban interesados en conformar un vínculo
político con Flores. Desde 1959 hasta 1970, el PC tuvo una importante
presencia sindical en Concord y en el sindicato metalúrgico. El contacto
con Flores fue gracias a Germán, delegado y compañero de sección. Su
amistad con Germán comenzó previamente al ingreso de Flores a la
fábrica, más precisamente cuando estudiaban dibujo técnico en la Es-

de liquidación de Carlos Masera”, noviembre de 1971. Archivo Sitrac, Subarchivo


nº 8, Ficha nº 9.
27. Entrevista a María Flores, hermana de Gregorio Flores.
178 ARCHIVOS, año XI, nº 21, septiembre de 2022-febrero de 2023: 163-183

cuela General Roca en la ciudad de Córdoba. De hecho, en aquel espacio


comenzaron las primeras discusiones hacia el comunismo.28 Además
de contar con delegados y participar en la comisión directiva del Sitrac
en 1965, el PC editó un boletín sindical, La Mulita, donde difundía los
problemas de los obreros en la fábrica. En un principio, la imagen que
Flores tenía del comunismo era de un profundo rechazo y lo considera-
ba una “cuestión diabólica”.29 Pero a través de las conversaciones con
los miembros del PC fue modificando su postura. Incluso, en un curso
de ASA llegó a manifestar por qué no se establecía una alianza táctica
con los comunistas, lo que fue rechazado rotundamente por los social-
cristianos. Este episodio, sumado a otros, motivó su alejamiento de la
corriente socialcristiana (Flores, 2006, p. 23).
Flores, también, entabló un vínculo con los miembros del PO (T), a
través de Alfio Taverna,30 delegado en la sección de tratamientos térmicos
y responsable de una célula de la organización en Concord.31 Entre otros
temas, debatieron sobre la huelga de 1965.32 A partir de algunas coinci-
dencias, Flores comenzó a modificar gradualmente su percepción sobre
las organizaciones de izquierda. Pasó de verlos como personas “de otro
planeta” a considerarlos individuos “buenos y corajudos” (Flores, 2006,
p. 27). Por último, sus vínculos con el PC y el PO (T) lo acercaron a la
bibliografía marxista. El acercamiento a las organizaciones de izquierda
se desenvolvía mientras Flores seguía manteniendo su independencia de
cualquier organización política y sindical (Sartelli y Camera, 2001: 8).
Sin embargo, es importante dejar en claro que la influencia de la
literatura marxista no significó que Flores abandonara sus posturas
nacionalistas. Se trató de un complejo proceso donde fue relativizando
ciertas ideas, a medida que intercambiaba opiniones y participaba de
otros espacios dentro y fuera de la planta. Esto se puede apreciar en la
agrupación “La Peñaloza” donde, por un lado, se combinaba la simpatía
hacia el caudillo provincial que se opuso el centralismo de Buenos Aires

28. En entrevista a Gregorio “Goyo” Flores.


29. Entrevista a Carlos “Vasco” Orzacoa.
30. Taverna ingresó a Fiat Concord en el año 1963. Fue parte de la recuperación del
sindicato, ocupando un cargo como vocal entre 1970 y 1971. En “Planilla de liquida-
ción de Alfio Taverna”, noviembre de 1971. Archivo Sitrac, Subarchivo nº 8, Ficha nº 9.
31.En la década del sesenta el PO (T) tenía un importante trabajo en el SMATA y la
UOM donde conformaron fracciones que actuaban como agrupaciones sindicales.
De esta forma, surgieron Fracción Trotskista Mecánica y Fracción Trotskista Meta-
lúrgica, respectivamente (Almeyra, 2013, p. 187). Además de Taverna, en Concord
se encontraban Miguel Paz y Manuel Pérez como miembros orgánicos del partido, y
Páez como simpatizante (Menéndez, 2009, p. 28).
32.Entrevista a Alfio Taverna.
J. Barraza - La trayectoria de Gregorio Flores 179

y el rechazo a la dirigencia gremial en el ámbito nacional, reflejada en


la figura de Vandor (Sartelli y Camera, 2001, p. 9). Concretamente, lo
que aparenta ser una ruptura en su pensamiento podría tratarse de
una continuidad subyacente a partir de nociones como “clase obrera”,
“liberación”, “reivindicación” e “ideal” presentes en las memorias de
Flores (Flores, 2006, pp. 20-24).
Además, sus ideas sobre el socialismo tuvieron una nueva proyec-
ción, cuando Flores estableció vínculos con miembros de Vanguardia
Comunista (VC) y el Partido Comunista Revolucionario (PCR), en la me-
dida que se distanciaba del PO (T) y el PC. En el caso del PO (T), Flores
comentó que se fue alejando de aquella organización por los escritos
de su principal dirigente, J. Posadas, en los que sostenía la existencia
de vida extraterrestre estructurada en sociedades basadas en el modo
de producción comunista (Posadas, 1968). De modo despectivo, se re-
firió a estos trabajos y a los militantes trotskistas como el “hazmerreír
de la gente” (Sartelli y Camera, 2001, p. 5). Esta crítica coincide con
el retroceso más general que sufrió la organización en el marco de su
llamado a constituir un partido obrero basado en los sindicatos. Dicho
llamado incluía a sectores provenientes del peronismo y del PC, que,
si fuese necesario, debían jugar un rol de dirección a lo largo de este
proceso.33 Esta táctica suponía que aquellas corrientes provenientes
de los movimientos nacionalistas, como el peronismo, y de los estados
burocráticos, como el PC, “cumplirían una función progresiva dentro
de la tendencia objetiva hacia el socialismo” (Mignon, 2020, p. 803).
En una entrevista del año 1994, Flores afirmó que sus vínculos
con militantes de VC y el PCR databan del año 1968. Sin embargo, las
investigaciones sobre la relación entre los activistas de Sitrac y las orga-
nizaciones de izquierda, particularmente VC y PCR, ubican su actividad
a mediados del año 1970, luego de la recuperación del Sitrac (Ortiz,
2018, p. 215; Laufer, 2020a, pp. 753 y 760). Ricardo Piglia, que militó
en VC a finales de la década del sesenta, comentó en una entrevista:

Andrés Rivera se dirigió a la provincia de Córdoba porque


los militantes de VC tenían contacto con obreros de Concord,
especialmente dos tipos que son capos de ahí, uno que se llama
Masera y otro que se llama Flores, y otro que no me acuerdo,
pero eran tipos ligados al maoísmo a la nueva izquierda (…) eran
tipos que en aquel momento eran los dirigentes del Sitrac-Si-
tram con el que tenían una relación muy fluida, porque había
un cambio en la estructura del sindicato. (Tarcus, 2019, p. 52)

33.Voz Proletaria, nº 632, 6 de setiembre de 1970, p. 3.


180 ARCHIVOS, año XI, nº 21, septiembre de 2022-febrero de 2023: 163-183

Con respecto al PCR, Flores sostuvo que tuvo reuniones con un


importante dirigente, en donde dialogaron sobre sus diferencias con el
PC, el comunismo y el régimen socialista (Pozzi, 1994, p. 8). Además,
debatieron acerca de la participación política de los trabajadores en la
vida de los sindicatos y el carácter de la Unión Soviética, como referencia
para el conjunto del movimiento obrero. En ese sentido, recuerda que
le planteaban: “A Rusia nosotros le criticábamos muchas cosas, pero
un obrero ruso no tiene problemas de vivienda, no tiene problemas de
salud, no tiene problemas de educación, esas necesidades básicas de
la gente están satisfechas” (Flores, 2006, p. 31).
Tiempo después, Flores deslizó que el motivo de su distanciamiento
de los militantes del PC estaría vinculado a algunos hechos históricos
como el apoyo a la “Unión Democrática” en 1946 y a la “candidatura
de Arturo Frondizi en 1958” (Pozzi, 1994, p. 9). Posiblemente, a partir
del intercambio teórico con miembros del PCR, Flores pudo haber pro-
fundizado sus diferencias políticas con el PC. Desde los años 40 esta
organización enfatizó la necesidad de una alianza con sectores de la
burguesía nacional en pos de alcanzar el socialismo a través de una vía
pacífica. Para el PCR, las raíces históricas de esta táctica de alianzas,
cuyo corolario fue “la desviación oportunista del partido” y la expulsión
de los militantes disidentes que constituyeron el CNRR, tuvo una mani-
festación, por ejemplo, en la integración del PC a la Unión Democrática
en las elecciones nacionales de febrero de 1946.34
Más allá de no contar con una fecha precisa sobre su distanciamiento
del PO (T) y el PC, por un lado, y el inicio de sus vínculos con VC y el
PCR, por el otro, el testimonio de Flores manifiesta su necesidad de inda-
gar y aprender sobre ciertas categorías teóricas y políticas relacionadas
con las ideas socialistas, como resultado de sus lecturas e intercambio
de ideas. En otras palabras, sin las relaciones sociales que estableció
a lo largo de su itinerario, no podríamos obtener indicios sobre sus
movimientos y discusiones, que fueron contribuyendo a establecer sus
definiciones políticas. El desarrollo del clasismo no se puede comprender
en su totalidad si no se tienen en cuenta los vínculos entre un sector
de los operarios de Concord y las organizaciones de izquierda. Al igual
que una fracción de trabajadores en los 60, Flores sintió la necesidad de
defender sus intereses de clase, recuperar sus organizaciones sindicales
y profundizar su acercamiento hacia las organizaciones de izquierda en
virtud de conquistar el socialismo.

34. “Informe del Comité Nacional”, documento elaborado por la dirección nacional del
Partido Comunista-CNRR, noviembre de 1968, p. 13. En Archivo Sitrac, Ficha nº 1.
J. Barraza - La trayectoria de Gregorio Flores 181

Conclusión

El análisis en torno a la trayectoria de Gregorio Flores nos permite


una aproximación al estudio de un sector de la clase obrera argentina
que intentó tender un puente entre su actividad gremial y la esfera
política, particularmente con aquellas organizaciones partidarias que
bregaron por el socialismo. Su itinerario formó parte de un proceso
histórico más general de radicalización sindical y política de la clase
obrera durante los años 60.
Como pudimos demostrar a lo largo de este artículo, la formación
sindical y política de Flores durante la década del 60 fue el resultado de
tres factores que actuaron de manera dinámica y simultánea. En primer
lugar, la experiencia en el ámbito fabril marcado por las relaciones de
producción capitalista y las luchas llevadas a cabo por los operarios de
Fiat frente a las políticas de la empresa y la docilidad de la dirigencia
gremial. En segundo término, los lazos sociales que estableció dentro
y fuera de la fábrica, que le hicieron comprender y tomar conciencia
sobre la situación de explotación que vivían los obreros. En tercer lu-
gar, este momento de su vida se integra a una coyuntura histórica más
general, cuyos eventos nacionales e internacionales, como la revolución
cubana y la crisis del peronismo, nos permiten reconstruir el tránsito
de sectores con ideas derechistas a tomar posturas más radicalizadas.
Fue de este modo, un proceso lento y contradictorio, en el cual Flores
fue matizando su resistencia a las ideas comunistas para, paulatina-
mente, comenzar a adherir a los postulados provenientes de algunas
organizaciones de izquierda.
Queremos destacar en este marco de contradicciones que las reflexio-
nes y las lecturas, como resultado de la combinación de su experiencia
y vínculos personales, contribuyeron a que Flores concluyese que era
necesario dar un paso cualitativo para transformar la realidad. Creemos
que estos factores deben ser ponderados a la hora de abordar estas
experiencias sociales durante la próxima etapa de su trayectoria: su
participación en la recuperación del Sitrac y su adhesión al clasismo.

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Entrevistas utilizadas

Francisco Páez, vocal del Sitrac, Buenos Aires, año 1993. Realizada por
Diego Salerno.
Gregorio “Goyo” Flores, exmiembro del Sitrac, 20 de mayo de 2008. Reali-
zada por Damiana Mecca.
Domingo Bizzi, exsecretario adjunto del Sitrac, ciudad de Córdoba, 26 de
marzo de 2018. Realizada por el autor.
Carlos Masera, ex secretario general del Sitrac, ciudad de Córdoba, 30 de
noviembre de 2018. Realizada por el autor.
María Flores, hermana de Gregorio Flores, ciudad de Córdoba, 4 de diciem-
bre de 2018. Realizada por el autor.
Carlos “Vasco” Orzacoa, militante del Partido Revolucionario de los Traba-
jadores y amigo de Gregorio Flores, ciudad de Córdoba, 19 de diciembre
de 2018. Realizada por el autor.
Alfio Taverna, ex delegado y vocal del Sitrac y exmiembro del POT, Ojo de
Agua, 17 de mayo de 2020. Realizada por el autor.
ARCHIVOS
ISSN 2313-9749
ISSN en línea 2683-9601
Año XI, nº 21, pp. 185-194
de historia del movimiento obrero y la izquierda septiembre de 2022-febrero de 2023

Crítica de libros

Santiago M. Roggerone, Tras las huellas del marxismo


occidental, Buenos Aires, Ediciones IPS, 2022, 140 pgs.

El nuevo libro de Santiago M. Roggerone arroja una serie de desafíos que


sacuden la adormecida estabilidad de la escena intelectual contemporánea.
En tiempos de resquebrajaduras irreversibles de los grandes emblemas en
los que históricamente se han estructurado las democracias capitalistas
–eso que algunos insisten en llamar no sin cierta cuota de cinismo “Occi-
dente”–, en una época signada por la paradójica experiencia temporal de
una posteridad vuelta presente perpetuo, la publicación de un ensayo de
la densidad teórica de Tras las huellas del marxismo occidental ofrece a la
desorientación generalizada una batería de hipótesis audaces no sólo para
interpretar nuestra época sino también para transformarla.
El modo en que este libro lo hace no es ajeno a la cosa que lo aqueja. En
efecto, Tras las huellas… adopta una estrategia coral en la que, proponién-
dose acompañar el itinerario histórico de un término específico, acuñado
originalmente por Karl Korsch en 1930, recuperado luego por Merleau-Ponty
en los años 50, y popularizado más tarde por el historiador Perry Ander-
son en 1976, termina haciendo mucho más que la mera efeméride de una
anécdótica, para desplegar una multiplicidad de frentes de análisis que
interceptan al lector, obligándolo al trabajo de indagación acerca de sus
implícitos supuestos.
El texto se estructura en la articulación de sortijas de disímiles tamaños,
separados por subtítulos unilexicales al interior de los cuales se presentan
dificultades especificas, cuya irreductibilidad sin embargo no conduce al
aislamiento, sino que están constantemente volcadas hacia al punto de
contacto recíproco. Éste punto oficia como intervalo de intersección en el
que los desajustes temporales, las geografías alejadas, y las escalas hete-
rogéneas de las cuestiones logran encontrarse en cortocircuitos luminosos
y confluencias sorprendentes. La voz de Santiago Roggerone se posa en ese
[ 185 ]
186 ARCHIVOS, año XI, nº 21, septiembre de 2022-febrero de 2023: 185-194

delicado punto de equilibrio en el que se encajonan simultáneamente los


análisis materialistas de la coyuntura geopolítica, el diagnóstico económi-
co-político acerca de las mutaciones del patrón de acumulación, la historia
cultural de las trayectorias intelectuales, el retrato de la vida y la obra de un
historiador inglés trotskista, y la propia escritura autobiográfica de alguien
que piensa y habla desde la universidad pública argentina con la destacable
vocación de diálogo con las distintas maneras de habitar el legado de Marx.
Esa situacionalidad encarnada en la que la voz de Roggerone va colmán-
dose no desconoce a su vez las transformaciones recientes que ha sufrido
la histórica relación colonial de dominación entre el centro y la periferia
capitalista, en la que “una despiadada globalización neoliberal” ha producido
una “centralización de las periferias y otra simultánea periferización de los
centros que eventualmente se impondrían en todos los continentes y países”,
unificándolo todo en “un solo único (Tercer) mundo”. Mutaciones que han
condicionado el mismo derecho a la existencia del concepto asumido como
motivo fundamental de las reflexiones del ensayo. Efectivamente, ideado
originalmente para pensar los puntos de encuentro entre perspectivas de
autores ostensiblemente heterogéneas, el término “marxismo occidental” ha
servido para agrupar textualidades cuya afinidad habría residido en asumir
una perspectiva marxista alternativa a la programática teórica representada
por la estatalidad soviética. Por eso, desde un comienzo Roggerone discutirá
la actualidad de un término cuyo principal sentido polémico habría quedado
bloqueado tras el colapso del socialismo real y la “imposición del Primer
Mundo por sobre el Segundo”.
Una de las mayores virtudes de Tras las huellas… consiste precisa-
mente en la insistencia en una operación de radical cuestionamiento en
el que los objetos elegidos como motivo de indagación histórico-intelectual
no representan la oportunidad de dar lugar a la libre expresión de apegos
sentimentales en los que no media reflexión crítica alguna, sino que la ope-
ración del homenaje queda internamente desplazado de toda connotación
celebratoria, para mostrarse como práctica política de una lealtad y fideli-
dad eminentemente crítica y revolucionaria. Esto puede observarse en la
corrosiva interpretación que propone el autor de la obra de Perry Anderson.
Esa extraña manera de ejercer el acto de la veneración la explica Ro-
ggerone apelando freudianamente al estado de ánimo que le sigue a un
trabajo de duelo imposible, ante las sucesivas derrotas sufridas por los
movimientos sociales y las fuerzas políticas de izquierda de un lado y de otro
del Atlántico a causa de la violenta ofensiva del capital desde la década del
70. Sin embargo, esta afirmación melancólica no representa aquí la excusa
para dar rienda suelta al derrotismo de la razón o a la cómoda conformidad
con lo existente sino, por el contrario, aparece como la exigencia ética de
un nuevo lanzamiento en lo público, un impulso revitalizado para actuar
en el presente, que Roggerone expresa en la prolífica producción libresca
de un joven que en apenas unos pocos años ha publicado tres libros de
su autoría y co-editado dos compilaciones de ensayos de autores jóvenes
Crítica de libros 187

contemporáneos. Para Roggerone el pensamiento es –sólo puede ser– praxis


de intervención transformadora de lo que meramente es.
La inscripción “inmanente y situada” en “una modernidad periférica como
la latinoamericana” le permite extraer todas las ventajas epistemológicas
que implica hablar desde una perspectiva desplazada, corrida del centro,
para asumir un plus de reflexividad. Ese exceso aquí no es otro que el que
solicita toda perspectiva crítica, y que consiste en “problematizar la produc-
ción, difusión, circulación, consumo, dislocación, recepción y apropiación
internacional de las ideas, los bienes simbólicos y los artefactos culturales,
como así también sus condiciones de posibilidad, fundamentos, premisas
o supuestos en última instancia contingentes”.
Hacer de la necesidad una virtud no habilita idealización alguna: la
subalternidad no otorga al ensayista ningún privilegio, sino en todo caso
coraje en la confrontación con aquella cuestión que acompaña todos los
momentos de este libro, y que azota como una premisa que se arrastra como
una realidad irreprimible para las distintas cavilaciones expuestas. Se trata
de la cuestión de la cuestión; esto es, del vínculo problemático entre teoría y
praxis. Esa “dualidad irreductible” (Althusser) se expresa aquí en esa condi-
ción dramática de soledad de aquel que, como el Maquiavelo de Althusser,
“debe convertirse en un Príncipe popular, sin ser él mismo pueblo”. Aquí
el pensamiento radical de la distancia, la demarcación frontal del lugar y
los agentes de la enunciación y la práctica, no cede lugar a la parálisis ni
al teoreticismo, sino al reconocimiento de los límites del pensamiento para
resolver un problema eminentemente práctico, cuya solución sólo puede
provenir de la materialidad de la praxis en donde se dirimirá la “Verdad”
del “saber”. En el fresco que pinta Roggerone del derrotero oscilante de
Anderson, en los desajustes históricos de una noción como la de marxismo
occidental, “se hace lugar”, nuevamente con Althusser, “a la historia y a la
práctica política en la teoría misma”.
Pero este reconocimiento del vacío en la teoría no exime de la aspiración
a conjurar la distancia entre conocimiento y acción. En Roggerone esto se
observa en la superficie misma de su escritura. Un estilo enrevesado en el que
se estructuran frases cada vez más extensas, interceptadas por subordinadas
que prolongan exageradamente las proposiciones, vuelven a esta pequeña
pieza una fiel exposición del modo en que el método sintáctico y el estilo de
presentación no son exteriores al argumento ni al contenido semántico de lo
dicho. En este sentido, Roggerone hace suya la recomendación de Adorno,
para quien en la escritura filosófica: “Todos los conceptos han de exponerse
de tal modo que se presten apoyo mutuo, que cada uno se articule según las
configuraciones con otros”. Como consecuencia, la lectura se ve determinada
en más de una ocasión a retroceder en su recorrido, procurando reconectar
los elementos de las frases, que en la sucesión interrumpida por instancias
intermedias, ha caído en el riesgo de perderse, prorrogando el sentido más
allá de su alcance. A su vez, y esquivando las convenciones estandarizadas
del academicismo positivista, Tras las huellas… nos propone un punto de
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vista en primera persona del singular para la exposición de sus argumen-


tos. No debemos olvidar en ningún momento que quien habla aquí es un
yo situado, que busca un estilo singular de escritura y que no renuncia por
lo tanto a la construcción de una voz propia. Hacerlo mediante el trabajo
de ensamblaje sintáctico, en la renuncia a toda concesión oportunista con
los ideales de la clara et distincta perceptio es lo que acerca a Roggerone al
panteón de quienes siguen apostando por fortalecer la rica tradición de la
ensayística argentina.

Agustín Lucas Prestifilippo


Universidad de Buenos Aires, Argentina
ORCID: 0000-0002-4199-2478
[email protected]
DOI 10.46688/ahmoi.n21.375

***
Crítica de libros 189

Hernán Confino, La Contraofensiva: el final de Montoneros,


Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2021, 363 pgs.

A pesar de la abundante bibliografía dedicada a diversos aspectos de la


trayectoria de las organizaciones armadas revolucionarias, la Contraofensiva
Estratégica, puesta en marcha por Montoneros, no había sido estudiada
en profundidad. Precisamente, esto es lo que realiza Hernán Confino en su
reciente libro, fruto de una tesis doctoral defendida en 2018, en la Univer-
sidad Nacional de San Martín. La Contraofensiva: el final de Montoneros se
adentra, entonces, en un terreno que ha sido retratado, en forma casi ex-
clusiva, por memorias militantes y obras periodísticas, incluyendo trabajos
académicos que lo hicieron tangencialmente, en donde primaron las lecturas
condenatorias y retrospectivas que la tildaron, indistintamente, de “locura”,
“suicidio”, “aventura mesiánica” o “deriva militarista”. La apuesta del inves-
tigador se centra, en cambio, en reconstruir la densa trama histórica que
la explica y le otorga sentido. Para cumplir con su tarea, se nutre de una
variada triangulación de fuentes: documentos partidarios (tanto boletines
internos como prensa, especialmente Evita Montonera y Vencer), testimonios
de exmilitantes (editados, disponibles en archivos orales y recogidos por el
propio autor) e informes de inteligencia (militar y policial).
El modo de aproximarse a su objeto de estudio orienta al autor en tres
direcciones. En primer lugar, prescinde de esquemas de análisis prestable-
cidos y convertidos en clásicos a la hora de explicar el curso seguido por
las organizaciones armadas, como la noción de “militarización”, entendida
como un proceso que implicó la subsunción de la lógica política por la bélica,
retroalimentándose, para el caso de Montoneros, por figuras que remiten al
“desvío” (alejamiento del proyecto originario), el “espejo” (mímesis con las
Fuerzas Armadas) o el “quiebre” (ruptura entre la conducción y la “base”
militante). En su lugar, Confino entiende a la Contraofensiva como una
estrategia posible, en sintonía con el ideario montonero e inscripta en el
devenir local y regional, restituyendo al fenómeno que busca comprender su
contingencia histórica. En segundo lugar, el autor examina la que considera
la última etapa de Montoneros, que se inicia con la partida al extranjero de
su Conducción Nacional (CN) a fines de 1976, en estrecha vinculación con
un contexto marcado por la trasnacionalización del grueso de la militancia
sobreviviente. Es decir, las decisiones políticas son explicadas en función
de una trama de sentido en donde operan en interrelación tanto el ideario
montonero como la situación de “exilio orgánico”, al calor de las lecturas
hilvanadas sobre un acontecer nacional e internacional cambiante. Como
advierte el autor, entre cultura política y realidad histórica o, mejor dicho,
sus concreciones prácticas, no existe una relación directa. Finalmente, a lo
largo de la obra se hace presente una preocupación constante por rastrear
las heterogeneidades que afloraron en el seno de la organización frente a las
diversas vivencias enfrentadas en el extranjero y durante la Contraofensiva,
sin recurrir al fácil recurso del “quiebre”, ya que las porosidades y los con-
190 ARCHIVOS, año XI, nº 21, septiembre de 2022-febrero de 2023: 185-194

flictos sobrevinientes son interpretados en base al imaginario compartido,


aunque habilitase visiones y comportamientos disonantes.
La estructura del libro dispone de siete capítulos, en donde Confino logra
encadenar diversas temáticas que le permiten ofrecer un panorama integral
de la Contraofensiva. En el primero se describen las peculiaridades de los
“exilios montoneros”, haciendo alusión a las experiencias disímiles que
surcaron ese tránsito, tensionadas entre la política de denuncia respecto
de las violaciones de los derechos humanos por parte de la dictadura del
Proceso de Reorganización Nacional y la conservación de ciertas estructuras
clandestinas en miras a un regreso armado a la Argentina. Los dos capítu-
los siguientes tratan los preparativos de la Contraofensiva que, si bien fue
promovida en virtud de necesidades organizacionales, concepciones prexis-
tentes y diagnósticos sobre la coyuntura nacional, incentivó adhesiones de
índole emotiva, por parte de algunos de sus participantes, que fueron más
influyentes, incluso, que las argumentaciones específicamente políticas. Por
su parte, el reclutamiento y el entrenamiento combinaron una instrucción
tanto militar como política tendiente a homogeneizar un heterogéneo elenco
de aspirantes, entre los que se contaban cuadros orgánicos, activistas caren-
tes de experiencia militar y exiliados sin vínculo previo con la organización.
Los capítulos 4 y 5 analizan el desarrollo de la primera oleada de la
Contraofensiva. Para ello, el autor reconstruye la composición y las lógicas
de funcionamiento de los diversos grupos que dieron forma a las Tropas
Especiales de Agitación (TEA) y las Tropas Especiales de Infantería (TEI),
encargadas de efectuar interferencias radiales para difundir proclamas de
la organización y atentados contra funcionarios del equipo económico del
Proceso, respectivamente. Asimismo, abordan la primera escisión de Mon-
toneros en el exilio, el Peronismo Montonero Auténtico (PMA), surgida al
inicio de la Contraofensiva. El capítulo sexto da cuenta del balance positivo
efectuado por la CN que condujo, a principios de 1980, a emprender una
nueva oleada propiciando una segunda escisión organizativa, Montoneros 17
de Octubre, que planteó críticas de larga data sobre el autoritarismo de las
decisiones tomadas por la dirigencia, en consonancia con lo esgrimido por
el PMA, al tiempo que deploraba los enormes costos humanos sufridos. La
nueva campaña, tema del capítulo final, redundó en la desaparición íntegra
del primer grupo de las TEI, suceso que llevó al abandono de las acciones
armadas por parte de Montoneros ante la implacable eficacia represiva y que,
a partir de ese momento, continuó exclusivamente por carriles prácticamente
inorgánicos y con objetivos mucho más modestos que las anteriores TEA.
Más allá de la minuciosidad desplegada a lo largo del trabajo, algunas
cuestiones relevantes quedan, en parte, soslayadas. Una cuestión, no menor,
es la pervivencia de las concepciones originarias en la CN. Si bien Confino
acierta en demostrar que el abandono de la lucha armada no obedeció a una
transformación ideológica por parte de los dirigentes montoneros, rehúye
en brindar una explicación tentativa que ahonde en dicha intransigencia,
toda vez que parte creciente de la militancia optaba por nuevos rumbos.
Crítica de libros 191

Esa ausencia se entiende en función de presentar a la Contraofensiva como


un final organizativo que no fue tal, ya que Montoneros, muy reducido nu-
méricamente, continuó languideciendo a lo largo de la década del 80. Otro
aspecto significativo que podría haberse indagado con mayor profundidad
remite a los “hijos de la Contraofensiva”, no solo los que permanecieron exi-
liados en la “guardería montonera” en Cuba mientras sus padres regresaban
clandestinamente al país, sino también los que integraron la Contraofensiva,
como ilustran los casos de los menores Verónica Cabilla y Jorge Benítez,
desaparecidos durante la segunda oleada.
Estos señalamientos no menoscaban el hecho de que La Contraofensiva:
el final de Montoneros constituye, sin lugar a dudas, un aporte sustancial
a la comprensión de las organizaciones armadas revolucionarias, objeto
que ha constituido uno de los polos más prolíficos de la historia reciente,
campo que, hace algunos años ya, parece volcarse, de manera creciente,
hacia temáticas más próximas en el tiempo. La obra de Confino puede in-
terpretarse, entonces, como parte de una renovación analítica en proceso
que tiende a re-visitar la militancia armada setentista desde una óptica que
contempla tanto las diferencias temporales evidenciadas en sus itinerarios
como la relación mediata entre los imaginarios y las materializaciones
prácticas, así como también explorando las heterogeneidades presentes en
torno a diversos clivajes, como los geográficos, jerárquicos y de género, algo
ausente en el grueso de la bibliografía especializada. Haciendo foco en un
tópico tan controversial como la Contraofensiva, el autor logra con pericia
penetrar en las diversas aristas del fenómeno que condujo a Montoneros a
un ocaso irremediable.

Carlos Ignacio Custer


Instituto de Historia Argentina y Americana “Dr. Emilio Ravignani” - Universidad de Buenos Aires -
Centro de Estudios Históricos de los Trabajadores y las Izquierdas. Buenos Aires, Argentina
ORCID: 0000-0003-4291-4268
DOI 10.46688/ahmoi.n21.376

***
192 ARCHIVOS, año XI, nº 21, septiembre de 2022-febrero de 2023: 185-194

Ángela Vergara, Fighting unemployment in


twentieth-century Chile, Pittsburgh, University of
Pittsburgh Press, 2021, 245 pgs.

Ángela Vergara es una reconocida historiadora chilena que ha abordado


estudios sobre el mundo del trabajo y la desocupación durante el siglo XX
en Chile desde diversas perspectivas, fundamentalmente la transnacional.
Posee trabajos en torno a los obreros del cobre en Chile, las Company Towns
y el impacto de la Gran Depresión en la región. Se desempeña como docente
en California, Estados Unidos, por ello este libro está redactado en inglés
y es publicado por la Universidad de Pittsburgh, constituyendo un impor-
tante aporte que viene a subsanar una vacancia historiografía en el campo.
El libro tiene por objetivo analizar el desempleo y la inseguridad laboral
en Chile como problemática social entre 1910 y la década de 1970, repa-
rando en las percepciones e interpretaciones que tanto obreros, el Estado y
sus burócratas y legisladores fueron construyendo, así como las respuestas
frente a ello que fueron coadyuvando a una versión particular de Estado de
bienestar en Chile. El libro se inscribe dentro del campo de los estudios del
trabajo, puesto que desde dicha perspectiva es que el desempleo adquiere
su dimensión más relevante, ya que pone de manifiesto los límites de la
democracia, los derechos sociales y la ciudadanía en Chile en su pedregoso
camino hacia un limitado Estado de bienestar en el siglo XX. Así, el trabajo
de Vergara dialoga y se inscribe con una amplia historiografía en torno a
dicha problemática.
La autora parte de un diagnóstico, y es que los derechos laborales se
han expandido significativamente en Chile durante el siglo XX hasta que el
golpe militar liderado por Pinochet y la matriz neoliberal que lo acompañaba
pusieron fin al ciclo. A su vez, afirma que el código laboral chileno de 1924
ha sido considerado uno de los más progresistas del continente por enton-
ces; sin embargo, fue fundamentalmente urbano, discriminaba el empleo
rural, no garantizaba derechos a la jubilación y no atendía al problema del
desempleo. Es por ello que la autora postula que la marginal atención dada
al problema del desempleo y la inseguridad laboral por décadas explican
los serios límites que la protección social tuvo en Chile y las características
que adoptó el Estado de bienestar allí.
Este estudio se inscribe en una perspectiva analítica transnacional, a
partir de la cual la autora pone en diálogo y tensión la experiencia chilena
con respecto a la de sus países vecinos, pero también con Europa. Ello
le permite formular la hipótesis de que la preocupación por el desempleo
ingresó a Chile por medio de los debates internacionales que ya venían te-
niendo lugar desde inicios del siglo XX y que, una vez creada la Organización
Internacional del Trabajo (OIT) en 1919, pasaría a ser agenda inmediata de
dicho organismo. Por otro lado, la autora sostiene que el gobierno chileno
fue proclive a suscribir todos los acuerdos y estándares internacionales en
materia laboral, pero que los actores sociales locales no fueron receptores
Crítica de libros 193

pasivos de dichos consensos, resistiendo o reformulando muchos de ellos,


al tiempo que factores estructurales de la economía chilena dificultaban su
aplicación y observancia.
El análisis desde la perspectiva social le permite adentrarse y observar
cómo fue percibida y vivida la desocupación por los diferentes actores so-
ciales, tanto desde una mirada obrera que entendía que la misma estaba
pasando de estacional a estructural y ponía en riesgo la subsistencia de
mediano y largo plazo; como la patronal y de las élites, tendientes a es-
tigmatizar a los obreros desde estereotipos en torno a la vagancia o a su
excesivo activismo. Desde el plano institucional, la autora reconstruye los
vínculos entre las recomendaciones internacionales de organismos como la
OIT y la pobre capacidad de aplicación al interior del estado chileno, al calor
de los permanentes reclamos obreros por expandir la creación de trabajo
industrial genuino.
La fuerte dependencia de la economía chilena en torno a una serie de
productos exportables como el salitre puso en evidencia los regulares ciclos
de desocupación que causaban los vaivenes internacionales entre 1880 y
1930. Esta matriz productiva se vería fuertemente impactada por tres ci-
clos de crisis: 1914, 1921-1922 y 1929-1933. En tanto el gobierno ensayó
soluciones orientadas a sobrellevar la coyuntura adversa, los obreros bre-
garon por respuestas atentas a programas de seguridad social y seguros de
desempleo que no sólo sortearan las crisis, sino que brindaran estabilidad
laboral más allá de las coyunturas. Así, razones estructurales de la matriz
productiva chilena, sumada a percepciones internas e internacionales sobre
el desempleo, se van articulando en este libro para problematizar el mercado
laboral y las relaciones de fuerza entre obreros, patrones y Estado en torno
al problema del desempleo y la inestabilidad laboral.
El libro se compone de tres partes con siete capítulos y un epílogo, los
cuales se organizan de forma cronológica. Los dos primeros capítulos que
integran el primer apartado problematizan el surgimiento del desempleo
como preocupación pública, tanto en Chile como a nivel internacional,
ocupando las dos primeras décadas del siglo XX. Este recorrido presenta los
debates en torno a una definición del desempleo entre las experiencias de la
Conferencia Internacional del Desempleo en 1910 y el nacimiento de la OIT
en 1919. En el segundo capítulo se adentra en las primeras experiencias de
acción estatal en torno a las crisis del salitre entre 1914 y 1921 en las cuales
más del 50% de los obreros de dicha industria quedaron desempleados.
El segundo apartado, compuesto por los siguientes tres capítulos, se
adentra en la coyuntura de la Gran Depresión, analizando las políticas
de bienestar ensayadas por el gobierno a pesar de la inestabilidad política
reinante, el default económico del país y las luchas obreras por mejorar
su situación. Durante esta etapa, la autora rescata las experiencias de los
comedores populares, políticas de protección del consumidor a partir de
regulaciones de salarios mínimos, así como el rol de los agentes estatales
que desempeñaron sus tareas en el terreno.
194 ARCHIVOS, año XI, nº 21, septiembre de 2022-febrero de 2023: 185-194

Finalmente, el tercer apartado desarrolla en dos capítulos y un epílogo


la experiencia de los años 1940 a 1960, fuertemente marcados por la expe-
riencia del Frente Popular liderado por Pedro Aguirre Cerda hasta su muerte
en 1941 y la posterior coyuntura de posguerra e incipiente industrialización
de Chile. El epílogo trasvasa los años 60 para presentar las dos siguientes
décadas signadas por la experiencia neoliberal, la represión pinochetista y
el desmantelamiento del endeble estado de bienestar que se había tratado
de construir en más de 50 años de luchas y políticas públicas.
Con un manejo amplio de fuentes, que van desde documentos oficiales
nacionales e internacionales hasta prensa obrera y partidaria, la autora
logra enhebrar la compleja trama que permite restituir las luchas obreras
a ras del suelo, así como las acciones estatales y patronales, en relación
con el contexto internacional. A su vez, al trasvasar los límites de la tem-
poralidad propuesta en el libro hacia atrás y hacia adelante, logra incorpo-
rar el problema de la inseguridad laboral y el desempleo en el más amplio
ciclo de formación de la clase obrera chilena en el cambio de siglo hasta
el cierre abrupto y violento que supuso el proceso dictatorial que terminó
con el gobierno de la Unidad Popular y sus políticas de consolidación de
un Estado de bienestar. La disponibilidad de fuentes pone en evidencia y
permite comprender la desproporción que por momentos algunos períodos
tienen con respecto a otros, pero sin afectar el análisis como conjunto. Sin
lugar a dudas, desde un abordaje original y bien articulado, el presente libro
constituye un valioso aporte de relevancia historiográfica que resulta ilumi-
nador para pensar no solo la realidad chilena, sino también la de la región.

Carlos Alberto Álvarez


Universidad Nacional de Rosario
ORCID: 0000-0002-6589-8128
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Apellido, N. (año de edición). Título del texto. Editorial. Ténganse en cuenta los si-
guientes ejemplos:

Libros (con autor individual):


Falcón, R. (1984). Los orígenes del movimiento obrero, 1857-1899. Centro Editor
de América Latina.
Marx, K. (1987). Trabajo asalariado y capital (1849). Cartago.
Libros (con varios autores):
Batalha, C. H. M., Teixeira da Silva, F., y Fortes, A. (comps.) (2004). Culturas de
classe: identidade e diversidade na formaçao do operariado. Editora da Unicamp.

Capítulo de libro:
Anderson, P. (1984). La historia de los partidos comunistas. En R. Samuel (ed.).
Historia popular y teoría socialista (pp. 150-165). Crítica.

Articulo de Revista:
Aricó, J. (1973). Espontaneidad y dirección conciente en el pensamiento de
Gramsci. Pasado y Presente, 1, 87-101.

Libro en versión electrónica:


De Jesús Domínguez, J. (1887). La autonomía administrativa en Puerto Rico.
http://memory.loc.gov/

Tesis:
Kalmanowiecki, L. (1997). Military Power and Policing in Argentina 1900-1955.
Tesis Doctoral, New School for Social Research.

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