HOMILIA PARA LA MISAS DE GRADOS
Queridos jóvenes (niños, adolescentes, bachilleres). Hoy celebramos esta Misa
de despedida. Es el momento de decir adiós a los años pasados en el Colegio
(Escuela, Liceo, Universidad), quizás con el corazón arrugado, lleno de
recuerdos y de experiencias que han ido forjando lo que ustedes son hoy día.
Estoy seguro también, que salen con corazones fortalecidos y vigorosos,
dispuestos a enfrentar los nuevos retos que les esperan, los que ya tienen en
sus manos.
Hoy, hay mucho que agradecer. San Pablo, en una de sus cartas, nos hace una
síntesis muy precisa por lo que tenemos que estar agradecidos, nos dice: “Doy
gracias a Cristo Jesús, nuestro Señor, que me hizo capaz, se fió de mí y me
confió este ministerio”.
El cristiano debe ser siempre agradecido, porque es consciente de que ha
recibido mucho en su vida; a tal punto, que no se puede comparar con los
esfuerzos que uno pone. Han recibido la vida, una familia, unos compañeros,
un colegio (Escuela, Liceo, Universidad), un país, muchas cosas más… Todo
ello es un regalo que no tiene precio, que no se compra. Desde nuestra fe,
sabemos que es fruto de la generosidad de nuestro Dios. Dios trabaja, actúa y
está presente en nuestras vidas. Pero también, es importante ser protagonistas
en nuestra historia personal. Jesús, a través de la parábola del Sembrador,
compara a los hombres con cuatro clases de terreno: 1º El que oye la palabra
del reino y no la comprende; 2º El que recibe el mensaje con alegría; pero no
tiene raíces, es inconstante: cuando surge la dificultad, falla; 3º El que escucha
la palabra, pero el agobio de esta vida, y la seducción de la riqueza la ahogan y
se queda estéril; y 4º El que escucha el mensaje y lo entiende; ése sí da fruto y
produce en un caso ciento, en otro sesenta, en otro treinta. Así pues, la Palabra
de Dios, dará frutos, según la respuesta de cada uno de nosotros.
Por eso Jesús nos advierte: la cosecha es maravillosa... pero la siembra es
difícil. No recogeremos frutos sin trabajo, sin esfuerzo, sin la ayuda de Dios. Los
labradores de Palestina lo sabían bien por experiencia. El Reino de Dios es
semejante a esto. Es una invitación a la esperanza y al optimismo: ¡un solo
grano de trigo puede producir cien granos! Es una invitación al trabajo y a la
oración y esto depende de nosotros.
Dios les ha hecho capaces para desarrollar las cualidades y competencias que
a lo largo de estos años han ido cultivando en el Colegio (Escuela, Liceo,
Universidad) y en la vida. Principios y Valores que les permiten orientarse en
libertad para tomar las decisiones sobre los caminos a seguir en el futuro que
van construyendo en su vida.
Sobre todo, Dios les ha hecho capaces de amar. Y es en la familia y en el
Colegio (Escuela, Liceo, Universidad), donde esa capacidad de amar se ha
fortalecido para desplegarse de modo efectivo. Se ama no tanto cuando se dan
cosas materiales, sino cuando uno mismo es capaz de darse. Pues bien, Dios
los ha amado hasta el extremo, entregándose a sí mismo. Así es nuestro Dios.
No solamente da regalos sino que se da a sí mismo. El que ama se fía del
amado. Dios se fía de ti, y lo hace sin límites. Por eso, puedes caminar y
emprender rutas desconocidas, sin miedos que te paralicen, pues alguien se fía
de ti. Es una confianza sin condiciones pues no depende de tu comportamiento.
Dios siempre apuesta a favor de ti. Quiere que seas la tierra buena que
comprende su Palabra y que produce frutos abundantes.
En los años vividos en el Colegio (Escuela, Liceo, Universidad), se han ido
preparando para producir los frutos que Dios espera, sobre todo el del servicio
a los demás. Cualquiera sea la carrera que hayan elegido y la universidad
(Escuela, Liceo) donde vayan, llevan consigo este compromiso. Si van a ser la
diferencia, que lo sean precisamente en el servicio, un servicio que brota de su
fe en el Dios bueno y fiel, que quiere un mundo donde reine la justicia y la
fraternidad.
Graduandos, Venezuela los necesita para construir ese futuro donde todos los
venezolanos nos podamos sentar en una misma mesa con respeto, donde nos
podamos reconocer como hermanos y mirarnos a los ojos con confianza, donde
no haya exclusiones económicas ni sociales, donde haya trabajo digno que le
permita a todas las familias una vida digna, donde haya una seguridad social
que atienda especialmente a los débiles (ancianos, niños, presos,…). Nadie
está excluido de este compromiso, el cristiano, ustedes, en la medida que
sirven a los demás, entonces están amando, y ésta es la máxima manifestación
de un corazón agradecido. Dios me los bendiga y acompañe siempre. AMEN.