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Constitucionalismo moderno y luchas sociales

Este documento describe el surgimiento del Estado moderno y el capitalismo en Europa occidental entre los siglos XIII y XV, y cómo esto llevó a la formación de monarquías absolutas. También explora algunas resistencias tempranas a este modelo, como las repúblicas en ciudades-estado italianas que limitaron el poder de las oligarquías. Se analizan las ideas de Savonarola en Florencia y de Maquiavelo, quien criticó la constitución de Florencia y defendió las repúblicas sobre las monarquías.

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Constitucionalismo moderno y luchas sociales

Este documento describe el surgimiento del Estado moderno y el capitalismo en Europa occidental entre los siglos XIII y XV, y cómo esto llevó a la formación de monarquías absolutas. También explora algunas resistencias tempranas a este modelo, como las repúblicas en ciudades-estado italianas que limitaron el poder de las oligarquías. Se analizan las ideas de Savonarola en Florencia y de Maquiavelo, quien criticó la constitución de Florencia y defendió las repúblicas sobre las monarquías.

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Un largo Termidor_Pensamiento juridico 4 24/02/12 12:59 Página 49

Capítulo 2

El constitucionalismo
de los modernos:
entre revolución democrática
y repliegue elitista
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El constitucionalismo
de los modernos:
entre revolución democrática
y repliegue elitista

l Estado moderno y el capitalismo se forjaron en Europa occiden-

E tal entre los siglos XIII y XV tras un complejo proceso que com-
portó la expropiación forzosa de poderes feudales y tardo-feudales.
Su forma política más general fue la monarquía absoluta, llamada así por-
que ningún poder podía resistir la voluntad del rey, y supuso una concen-
tración burocrática, militar y económica tan exitosa que acabó monopo-
lizando la capacidad para exigir legítimamente obediencia en un territo-
rio dado.
Dicho proceso fue todo menos lineal. El Estado moderno y el capita-
lismo no fueron el producto de un desarrollo evolutivo que sacara a la luz
fuerzas que estaban madurando en el vientre del antiguo orden. Como
recuerda una vez más Silvia Federici, el capitalismo puede verse, ante
todo, como la respuesta de los señores feudales, los mercaderes patricios,
los obispos y los papas a un conflicto secular que había llegado a hacer
temblar su poder y que destruyó las posibilidades que habían emergido de
la lucha antifeudal.25 Solo cuando los movimientos populares urbanos y
rurales fueron reprimidos y expropiados pudo el Estado moderno conso-
lidarse como un cuerpo profesionalizado, separado de la sociedad civil y
con un poder público tendencialmente monopólico. Mientras tanto,
generó diversas resistencias que, aunque no fueran explícitamente demo-
cráticas, al menos trataron, como en otros momentos históricos, de fre-
nar la Constitución despótico-oligárquica que se estaba gestando.

25 Ibíd., p. 34.

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2.1. La Constitución del Estado moderno


y las luchas contra el absolutismo

Si bien la Constitución de los Estados modernos supuso la concentración


de poder en cabeza del monarca y la reducción de los ciudadanos a lo que
Jean Bodin (1530-1596) llamaría “súbditos libres”, hasta bien entrado el
siglo XVIII hubo pequeñas ciudades-Estados que procuraron resistir la
expansión del despotismo de las grandes monarquías. Esto fue lo que ocu-
rrió en el norte de Italia, donde, por encima de los Estados pontificios, se
organizó una serie de ciudades-Estado independientes con regímenes
republicanos como Pisa, Florencia, Siena, Bolonia, Venecia o Florencia.
Generalmente, estas ciudades-Estado estaban dominadas por alguna
familia poderosa, fundada por algún condottiero o jefe militar de las mes-
nadas mercenarias. Ello no impidió los enfrentamientos entre clases socia-
les: los magnati —propietarios de bienes rurales y terrenos en la ciudad—
contra la plebe; el popolo grasso, próspero, integrado por comerciantes
importadores y exportadores, contra el popolo minuto, bajo, compuesto de
artesanos y tenderos.
En este contexto, precisamente, tuvieron lugar algunas experiencias
republicanas dirigidas a limitar el papel de las oligarquías y a restaurar el
papel de las clases medias y populares en la Constitución material. En
Florencia, por ejemplo, la invasión francesa de 1494 expulsó a la pode-
rosa familia de los Medici y colocó la ciudad bajo el predicamento del
fraile dominico Giacomo Savonarola (1452-1498). Confesor de los
Medici, Savonarola predicó un republicanismo austero, moralmente
severo, y se opuso al lujo, la usura, y la depravación de los poderosos y
de la Iglesia.26 Atacó abiertamente a la monarquía y la oligarquía como
formas de gobierno para Florencia y, con el fin de asegurar que “la auto-
ridad de distribuir los cargos y los honores resida en el pueblo entero”,
mandó constituir una Asamblea, la llamada Sala de los Quinientos, para
el Gran Consejo del Pueblo. El perfeccionamiento del Consejo Grande,
según Savonarola, habría de dar paso a una Constitución ya “más celes-
tial que terrenal”. Pero este paso al “reino de la libertad”, a la “ciudad

26 Sobre G. Savonarola, puede verse la ilustrativa introducción de F. Fernández Buey al Tratado sobre
la República de Florencia y otros escritos. Ed. F. Fernández Buey. Madrid, La Catarata, 2000.

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celestial”, conllevaba también mejoras en lo material, sobre todo para los


más vulnerables. Este programa incluía, en efecto, la alimentación de un
gran número de pobres, el alivio de la vida de los miserables y desdicha-
dos, la defensa de las viudas y doncellas y la protección de los indefensos.
Ello no impidió, sin embargo, que Savonarola, abandonado por parte de
su base social, acabara quemado en la plaza pública en 1498.
Menos vinculado al ejercicio real del poder político, también Nicolás
Maquiavelo (1469-1527) procuró recuperar algunos principios de la
Constitución republicana romana para criticar la Constitución de
Florencia. Típico exponente de la Florencia renacentista, Maquiavelo
pertenecía a la rama bastarda de una familia grassa. Por eso mismo, su
situación no era demasiado desahogada. A la caída de Savonarola, fue
votado para ocupar el cargo de canciller de la comuna. Entre 1494 y 1512
viajó a varias cortes en Francia, Alemania e Italia en misiones diplomáti-
cas. Privado de su cargo y de su libertad tras la restauración de una repú-
blica oligárquica purgada ya de los “excesos” democráticos, fue un deci-
dido defensor de la superioridad de las constituciones republicanas sobre
principados y monarquías.
Todavía hoy, Maquiavelo es conocido, y a menudo difamado, por las
reflexiones políticas vertidas en Il Principe (El Príncipe) escrito en 1513.
Este texto ocupa, en realidad, un papel menor en su obra. Fue escrito con
la esperanza de obtener de los Medici un trabajo que le permitiera salir de
la pobreza y debe ponerse en relación con otras obras importantes en las
que Maquiavelo exhibió de manera inequívoca sus convicciones republi-
canas. Sea como fuere, ya en Il Principe, Maquiavelo constataba, con
notable sentido del realismo, que la orientación que adoptara la
Constitución material no dependía de un modelo ideal más o menos
justo, sino de las cambiantes relaciones de poder que se impusieran en la
ciudad. Su apuesta no era la Constitución mixta, preocupada por encon-
trar un punto medio que asegurara la estabilidad y el equilibrio en las rela-
ciones sociales. Por el contrario, Maquiavelo consideraba que el éxito de
la organización política, y por tanto, de la Constitución, dependía, más
que de un diseño institucional estático, de la dinámica que adoptara el
conflicto entre los principales actores sociales, comenzando por los gran-
des, los gentiluomini, y el pueblo.

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Según Maquiavelo, existía una gran diferencia de talante entre los


grandes y el pueblo. Los primeros quieren mandar; la preocupación fun-
damental del pueblo, en cambio, es no ser mandados ni oprimidos. De
estos dos impulsos nacen los diferentes regímenes capaces de gobernar la
ciudad. En el Principado civil, el príncipe debe ser amigo del pueblo, y el
apoyo popular es también quien sostiene el gobierno de la República.
Estas reflexiones, de hecho, son las que inspiran otro de los tratados polí-
ticos de Maquiavelo, más importante que El Príncipe, aunque menos
conocido: los Discorsi sopra la prima deca di Tito Livio (Discursos sobre la
primera década de Tito Livio), escritos entre 1512 y 1517.
Allí, y a partir de las lecciones extraídas de las repúblicas antiguas,
Maquiavelo rechaza la noción de la Constitución mixta y apuesta por una
concepción dinámica de Constitución, en la que el conflicto aparece
como motor de la libertad. “Creo que los que condenan los tumultos
entre los nobles y la plebe —escribió en los Discorsi— atacan lo que fue
la causa principal de la libertad de Roma, se fijan más en los ruidos y en
los gritos que nacían de estos tumultos que en los buenos efectos que pro-
dujeron. En toda República hay dos espíritus contrapuestos: el de los
grandes y el del pueblo, y todas las leyes que se hacen en pro de la liber-
tad nacen de la desunión entre ambos, como se puede ver fácilmente por
lo ocurrido en Roma […] los buenos ejemplos nacen de la buena educa-
ción, la buena educación de las buenas leyes, y las buenas leyes de esas
diferencias internas que muchos, desconsideradamente, condenan”.27
Lo importante en la teoría constitucional de Maquiavelo no es, pues,
el equilibrio sino la fundación permanente. El reposo, en realidad, no es
menos natural o violento que el movimiento. No hay conservación que
no exija, al mismo tiempo, acquistare, conquistar horizontes nuevos. De
ahí que para evitar el predominio de las facciones y de los gentiluomini no
baste con reformas institucionales. Hace falta también el desorden que
surge de las luchas por la libertad.
Este análisis de la realidad explica que, para Maquiavelo, solo el pue-
blo puede construir una República potente. Aunque pueda ser crédulo e
incluso contribuir a la fortuna de los ambiciosos, el pueblo no constituye

27 Discursos Sobre la Primera Década de Tito Livio. Trad. Ana Martínez Alarcón. Madrid, Alianza,
1987, p. 39.

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una amenaza para la República, precisamente porque no aspira a domi-


nar, sino a no ser dominado. Por el contrario, es la garantía de su pervi-
vencia, sobre todo si se trata de un popolo armato. Para Maquiavelo, solo
la clase dominante puede fallar, pues sus miembros ocupan una posición
que los predispone a utilizar a la colectividad al servicio de sus ambicio-
nes particulares. “Si observáis el modo de proceder de los hombres —afir-
ma un plebeyo rebelde al que Maquiavelo cita con simpatía en sus Istorie
Fiorentine (Historias florentinas)— veréis que todos aquellos que han
alcanzado grandes riquezas y gran poder, los han alcanzado o mediante el
engaño o mediante la fuerza; y luego, para encubrir lo ilícito de esa adqui-
sición, tratan de justificar con el falso nombre de ganancias lo que han
robado con engaños y con violencias […] de aquí nace que los hombres
se coman los unos a los otros y que el más débil se lleve siempre la peor
parte”.28
Esta valoración de la Constitución dinámica y del conflicto es lo que
separa a Maquiavelo de otros autores republicanos conservadores, como
Francesco Guicciardini (1483-1540). Guicciardini admite la mayor pro-
pensión de los elementos populares a defender la libertad. Sin embargo,
al ser “inestable y siempre deseoso de cosas nuevas”, el pueblo es la nega-
ción de cualquier orden constitucional duradero. Para Guicciardini, la
realidad florentina no solo es escasa en recursos físicos, sino también en
temperamentos virtuosos. De lo que se trata, por consiguiente, es de ase-
gurar una gestión parsimoniosa de la Constitución, sin despilfarrar la vir-
tud en discordias y divisiones. “Alabar la desunión —dice en relación con
las tesis de Maquiavelo— es como alabar la enfermedad por las virtudes
de la cura”. Si para uno la libertad es una conquista permanente, para el
otro es el resultado de un equilibrio que se debe conservar.
Aunque partiendo de presupuestos diferentes, la preocupación por la
deriva despótica y oligárquica de la Constitución material también estu-
vo presente en algunos importantes representantes del humanismo cris-
tiano. Este fue el caso de Tomás Moro (1480-1535), jurista y diputado
en el Parlamento inglés y crítico agudo de Enrique VII y del régimen
monárquico. En la elaboración de su crítica, Moro no se valió, como

28 Florencia insurgente. Trad. F. Fernández Murga, con Epílogo de Gene A. Brucker. Palencia,
Capitán Swing, 2008, p. 176.

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Maquiavelo, de una Constitución alternativa ya presente, al menos en


parte, en la dinámica histórica de su tiempo. Apostó por un ejercicio
racional contrafáctico que le permitiera esbozar una Constitución ideal
opuesta a la Constitución material existente. Este ejercicio se plasmó en
su obra Utopía, publicada en 1516. Lo que Moro postulaba en dicha obra
era precisamente un ou-topos, un no lugar desde el cual poder criticar la
realidad de su tiempo. Entre otras cosas, la Utopía de Moro es una
denuncia en toda regla del militarismo y del burocratismo de la monar-
quía, arremete contra la nobleza (“zánganos ociosos que se alimentan del
sudor y del trabajo de los demás”) y describe la acuciante “cuestión social”
generada por la concentración de propiedad territorial. Los enclosures, la
violenta privatización de fincas y campos, dejan sin tierra y trabajo a “esa
masa de hombres a quienes la miseria ha hecho ladrones, vagabundos o
criados”. La razón de fondo de todo ello es clara: “allí donde exista la pro-
piedad privada, allí donde las cosas se midan por dinero —señala Rafael
Hythloday, el interlocutor de Moro en Utopía— no se podrá nunca orga-
nizar la justicia y la prosperidad sociales”.29 Precisamente como alternati-
va a ese estado de cosas, Moro propugna una ciudad igualitaria, una
Constitución ideal basada en el reparto del trabajo socialmente necesario,
en la propiedad común de la producción agrícola y artesanal y en la
reducción del papel del Estado al de simple administración de las cosas y
director de la economía.
Hasta entonces, las lecturas constitucionales dominantes solo se habían
preocupado por determinar el papel de aquellos a los que se consideraba
parte de la vida civil, desde los grandes propietarios hasta los pobres libres.
Fuera quedaban, en cambio, quienes se consideraban circunscritos al
mundo incivil, como las mujeres, los esclavos o el campesinado. En ese
contexto, al igual que las revueltas rurales contaron con la cobertura de
un nuevo derecho natural que incluía el derecho de acceso a la tierra del
campesinado y la crítica a la acumulación privada de recursos comunes,
así, la conquista de América y la expansión del capitalismo allende los
mares obligó a algunos teólogos a teorizar por primera vez el “estatuto
jurídico” de los pueblos indios y de los esclavos africanos. En este ámbi-
to destacaron el fraile dominico Bartolomé de Las Casas (1474-1566),

29 Utopía. Madrid, M.E. Editores, 1996, Libro I, p. 62.

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quien denunció enérgicamente la destrucción de las Indias y Fray Tomás


de Mercado (1530-1537), quien hizo lo mismo con los horrores de la
esclavitud negra. A diferencia de su antagonista, Ginés de Sepúlveda, Las
Casas consideraba que el poder jurídico de los indios americanos sobre
sus tierras, ríos o minas era de igual entidad que los vastos comunales
todavía existentes en Castilla. Y a pesar de que estas exigencias fueron
reprimidas y derrotadas a resultas de la expansión del capitalismo y del
Estado moderno, sentaron las bases de un derecho natural igualitario que
alimentaría diferentes revueltas democráticas de los siglos posteriores.
Durante los siglos XVII y XVIII, las relaciones capitalistas continua-
ron desarrollándose en algunos países de Europa occidental. En
Inglaterra, Holanda y Francia alcanzaron gran éxito la industria lanera, de
algodón y de seda. El desarrollo de la producción industrial se vio acom-
pañado por el acrecentamiento del comercio, que los bancos financiaron
ampliamente. La ascendente burguesía industrial y comercial, en unos
países antes y en otros después, comenzó a sentirse incómoda con la
monarquía absoluta. Ello le llevó a asumir como propios algunos elemen-
tos del derecho natural revolucionario surgido de los movimientos popu-
lares y a oponerlos a los poderes políticos y religiosos tradicionales. La rei-
vindicación de estos derechos fue conformando la base del constituciona-
lismo moderno. Dicho constitucionalismo partía de la constatación del
Estado como un dato firme de la realidad histórico-política. Más que de
discutir el carácter tendencialmente monopólico del poder público
moderno, de lo que se trataba era de combatir la forma en que ese poder
era ejercido por parte de príncipes y monarcas absolutistas.
Algunos juristas y filósofos holandeses como Baruch Spinoza (1632-
1677) contribuyeron a abrir paso a estas ideas. Spinoza, judío de origen
sefardí, había recurrido a pulir lentes para sobrevivir en un contexto de
marcada intolerancia religiosa. Influido por esas circunstancias, se convir-
tió en uno de los primeros teóricos modernos en plantear la existencia de
derechos naturales inalienables que limitan el poder del príncipe, comen-
zando por la libertad de expresión y la libertad de conciencia. Desde el
punto de vista político, sus tesis acerca del papel de la multitud —la mul-
titudo— en la actualización del derecho natural, anticiparon los rasgos
más democráticos del pensamiento de Jean Jacques Rousseau, aunque el
capítulo de su Tractatus Politicus dedicado al tema quedara sin finalizar.

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Incluso desde el punto de vista económico, Spinoza insinuó algunos prin-


cipios igualitarios al sostener que la propiedad inmediata de la tierra debía
corresponder a quien la trabajara, aunque el soberano fuera el dueño
mediato.30
Este clima de época desembocaría en las primeras revoluciones moder-
nas y, con ello, en una recuperación del constitucionalismo democrático.
Es precisamente en las luchas inglesas contra el absolutismo, en el siglo
XVII, cuando la palabra democracia, largamente proscrita del lenguaje
político, torna a hacer su aparición, no solo como gobierno de los de
abajo, sino como exigencia de ampliación igualitaria de los incluidos en
el demos.

2.2. La Constitución inglesa: del fragor republicano


a la monarquía parlamentarizada

Con frecuencia, el constitucionalismo inglés aparece caracterizado como


un constitucionalismo evolutivo, cuyo objetivo no fue crear un régimen
ex novo sino más bien recrear y revelar una serie de libertades ya conquis-
tadas en el pasado. Con arreglo a esta lectura, el constitucionalismo inglés
sería un constitucionalismo historicista y evolutivo, alejado de innovacio-
nes racionales y abstractas y fundado, más bien, en la actualización de
antiguas tradiciones. La Inglaterra del siglo XIII ya sería, en cierto modo,
una Monarquía constitucional, puesto que los poderes del Rey estarían
limitados, y la Magna Charta de 1215, redactada en pleno feudalismo,
conduciría rectamente, mediante una lenta y progresiva sedimentación, al
Bill of Rights de 1689, en pleno desarrollo del capitalismo agrario y
comercial.
Esta imagen, más extendida de lo esperable, oculta las discontinuida-
des existentes al interior de un modelo en el que no faltan momentos de
ruptura que condicionan de manera decisiva las fases posteriores de “esta-
bilidad”. Uno de los más relevantes, precisamente, es la propia revolución
republicana, antiabsolutista, que estalló hacia 1642 como consecuencia

30 Véase Spinoza, B. Tratado político. Trad. Atilano Domínguez. Madrid, Alianza Editorial, 1986,
pp. 92-93.

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del enfrentamiento entre la Corona y el Parlamento. Entre 1603 y 1649,


Jacobo I y sobre todo Carlos I empeñaron todos sus esfuerzos a favor de
una salida absolutista que prescindiera de los formalismos de los Tudor.
Esta ofensiva regia incluyó constantes disoluciones del Parlamento, con
largos intervalos sin convocarlos. Pronto, la monarquía quedó aislada y
enfrentada a una amplia conjunción antiabsolutista que comprendía a la
gentry comerciante, a la city de los burgueses, a los artesanos y campesinos
e incluso a una parte de la pequeña y mediana nobleza.
Algunos juristas conservadores ligados a los poderes feudales, como
Edward Coke (1552-1634) también se unieron a los sectores parlamen-
tarios. Coke consolidó su fama, entre otras razones, gracias a su participa-
ción en el caso Bonham, de 1610. Allí, había opuesto el “common law”
tradicional a las tentaciones absolutistas del rey, colocando de ese modo
las bases para un posible control de constitucionalidad de las actuaciones
regias. Del lado de la Corona, se situaron autores como Robert Filmer
(1588-1653) quien en su Patriarcha or the Natural Power of Kings
(Patriarca o el poder natural de los reyes) defendió el origen divino y el
carácter supremo de la monarquía, lo cual lo convertiría, en palabras de
John Locke, en el “gran valedor del poder absoluto”.
El avance del absolutismo, en todo caso, se correspondió con un
incremento de la oposición al mismo. Buena parte de las reivindicacio-
nes parlamentarias en materias como la aprobación de tributos o el pro-
cesamiento de sus miembros se plasmaron en 1628 en la Petition of Rights
(Petición de Derechos). El texto había sido redactado en parte por Coke
y presentado como una suerte de restauración de las libertades tradicio-
nales plasmadas en la Carta Magna. Carlos I no vio con buenos ojos la
medida y cuando las guerras con Escocia lo forzaron a solicitar al
Parlamento créditos extraordinarios, la confrontación se agudizó. Todo
ello dio paso a una guerra civil que no solo condujo a la implantación de
la República —la Commonwealth— y a la ejecución del rey, sino que dio
expresión a concepciones igualitarias y democráticas de la Constitución
política y económica.
Al estallar la guerra civil, las insurrecciones de campesinos y pobres de
las ciudades se multiplicaron. Aunque muchos de ellos desconfiaban
tanto del rey como del Parlamento, se incorporaron como voluntarios en

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las filas del New Model Army dirigido por Oliver Cromwell (1599-1658).
Dentro de los estratos medios, más que de los trabajadores en general,
empezó a surgir una ideología popular revolucionaria, mezcla de antiguos
y nuevos elementos. Como bien mostró Christopher Hill, el período de
la revolución se convirtió así en una época de intensa movilidad y fermen-
to intelectual.31
La vertiente más secular de esta concepción era la vinculada a los
Levellers —los niveladores— y los Diggers —los cavadores—, dos movi-
mientos clave en la reintroducción de la palabra democracia en el léxico
político moderno. Aunque sus programas eran diferentes, en los llamados
Debates de Putney, de 1647, los soldados rasos ligados a los niveladores
abogaron por los derechos de las clases populares frente a los oficiales del
New Model Army, defensores de los derechos de los grandes comerciantes
y de los propietarios de hacienda. Al comienzo, algunos Levellers exigie-
ron la igualdad de la propiedad. Su principal portavoz, John Liburne
(1614-1657), rechazó las ideas colectivistas, pero defendió la abolición de
los diezmos y del encarcelamiento por deudas, reclamando además la
reforma de las leyes y el fin del cercamiento de terrenos comunales y bal-
díos. En 1647, Liburne redactó un pliego de reclamos, el Agreement of the
People (Acuerdo Popular) en el que se demandaba la extensión del dere-
cho de voto, aunque excluyendo a los sirvientes, a los mendigos y a quie-
nes trabajasen por un jornal. A estas demandas se sumaban otras con un
claro componente social: la oposición a la prisión por deudas, el reclamo
del derecho al trabajo y la exigencia de asistencia de pobres y desvalidos.
Durante los Debates de Putney, otro de los líderes niveladores, el
coronel Thomas Rainborough sintetizó esta aspiración de libertad social
y política sosteniendo que “el más pobre de Inglaterra tiene que vivir una
vida como el más rico y por tanto […] todo hombre que haya de vivir
bajo un gobierno debería primero, por su propio consentimiento, poner-
se bajo ese gobierno”. Henry Ireton, general del ejército parlamentario y
yerno de Cromwell, rechazó esta argumentación, por entender, no sin
buenas razones, que expresaba una concepción del derecho natural que
conducía a la universalización del voto y a la eliminación del derecho de
propiedad privada.

31 Hill, Christopher. La revolución inglesa de 1640. Trad. Eulàlia Bosch. Barcelona, Anagrama,
1977, pp. 11 ss. y 73 ss.

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Liburne, por lo pronto, pensaba que el Agreement of the People, del que
se llegaron a redactar dos nuevas versiones en 1648 y 1649, podría ser
sometido a referéndum y convertirse en la primera Constitución escrita
de Inglaterra. La idea que subyacía a este empeño era que dicha Carta
había de constituir para la República lo que los Covenants eran para la
Iglesia. Por eso debía hacerse por escrito: porque la Constitución demo-
crática, que da forma al contrato fundamental, es una ley superior a las
que se fundan en ella. El Parlamento consideró sediciosa esta propuesta
niveladora.
Junto a los Levellers, el levantamiento republicano también vio nacer
al grupo de los Diggers, así conocidos por haberse iniciado cavando y sem-
brando legumbres en tierras comunales de Surrey. Los Diggers se conside-
raban a sí mismos los auténticos igualadores, puesto que cuestionaban
frontalmente el derecho de propiedad privada, desbordando con ello las
propuestas más moderadas de los Levellers constitucionales. En un folleto
anónimo de 1649, titulado Tyranipocrit Discovered, los Diggers reprocha-
ban al gobierno de la Commonwealth no haber instituido la igualdad de
bienes y de tierras. El principal portavoz del movimiento era Gerard
Winstanley (1609-1676), quien no solo brindaba soluciones para los
males agrarios, sino que preveía una futura República cooperativa en la
que toda la propiedad fuera común. Winstanley redactó en 1649 un folle-
to titulado The New Law of Rightousness (Un Nuevo Derecho Justo) en el
que sostenía: “nadie debe tener más tierra de la que puede cultivar solo o
de la que trabaje en armonía con otros comiendo el pan común […] sin
abonar ni recibir remuneración […] Que cada uno se deleite con los fru-
tos de sus manos y coma su propio pan conseguido con el sudor de su
frente”. En otro texto suyo, The Law of Freedom in a Platform (La ley de
la libertad), de 1652, defendió igualmente la propiedad común de los
medios de subsistencia, especialmente la tierra, así como el derecho a la
educación de los sectores populares.32 Junto a los Levellers y los Diggers exis-
tían otros grupos igualitaristas de tendencias aún más radicales y de fuerte
inspiración religiosa, como los Ranters —cuya traducción aproximada sería

32 Véase Winstanley, Gerrard. La ley de la libertad en una plataforma o La verdadera magistratura res-
taurada. Trad. Enrique Bocardo Crespo. Madrid, Tecnos, 2005. Las intenciones de la obra son
claras ya desde el primer asunto tratado en el capítulo I: “La verdadera Libertad de la Comunidad
se halla en el libre Disfrute de la Tierra”, pp. 37 ss.

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los delirantes o los extravagantes—, los Seekers —los buscadores— o los


cuáqueros. Su batalla, como ha sostenido George Rudé, no era entre la
propiedad, sostenida por la ley, y la no propiedad. Más bien, se trataba
de una disputa por una definición alternativa, inclusiva, del derecho a la
propiedad.33
A pesar de estas propuestas, hacia 1649 Cromwell y sus generales, liga-
dos a la aristocracia puritana, recuperaron el control del ejército. Como
consecuencia de ello, los líderes igualadores fueron derrotados y su pro-
puesta de democratización entró en una vía muerta. En 1653, un victo-
rioso Cromwell disolvió el Parlamento y promulgó el Instrument of
Government. Este documento era una escueta Constitución escrita cuyo
objetivo consistía en delimitar las facultades del Lord Protector —el pro-
pio Cromwell— del Consejo de Estado y del Parlamento. La nueva
Constitución recogía también algunas de las reivindicaciones contenidas
en el Agreement of the People. Pero sus énfasis de fondo reflejaban el triun-
fo del republicanismo aristocrático tanto sobre la monarquía absoluta
como sobre el republicanismo más democrático e igualitario.
Los enfrentamientos desatados por el levantamiento republicano ten-
drían un fuerte impacto en el pensamiento político y jurídico de la época,
incluido el que se generaría años más tarde en torno a la llamada revolu-
ción gloriosa de 1689. Uno de los principales teorizadores de la guerra
civil fue Thomas Hobbes (1588-1679), quien defendió la necesidad de
un Estado fuerte —el Leviatán— y de una Constitución capaz de some-
ter todas las relaciones sociales —incluidas las de propiedad— a su sobe-
ranía, con el objeto de garantizar la paz y la seguridad. A diferencia de
Hobbes, James Harrington (1611-1677) consideró que la Constitución
mixta podía ser una forma de evitar la corrupción de la República y, sobre
todo, su degradación monárquica u oligárquica.
Harrington pertenecía a la aristocracia inglesa y había llegado a mediar
para salvar la vida de Carlos I. Esto le costó ser enviado a prisión con el
ascenso de Cromwell, aunque logró ganarse su favor al dedicarle The
Commonwealth of Oceana, de 1656. Oceana era un texto que se encontra-
ba en sintonía con el realismo humanista del Maquiavelo de los Discorsi.

33 Rude, G. Revuelta popular y consciencia de clase. Trad. Jordi Beltrán. Barcelona, Crítica, 1981, pp.
111 y 112.

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El constitucionalismo de los modernos

A diferencia de Maquiavelo, Harrington era partidario de la Constitución


mixta, pero no tanto como un mecanismo de estabilización del poder
sino como una herramienta para conjurar la amenaza de una restauración
oligárquica o absolutista. Convencido de las dificultades que entrañaba
otorgar al pueblo participación directa en el gobierno, defendió la necesi-
dad de que los distintos grupos sociales pudieran circular por diferentes
órganos de poder, para lo cual se mostró partidario de un sistema de man-
datos cortos y revocables.
Asimismo, concibió una estructura constitucional integrada por dos
cuerpos legislativos y apuntalada por la existencia de justicia agraria. Con
ello, hacía explícita su preocupación republicana por encontrar en la
Constitución mixta un instrumento que evitara el conflicto entre aristo-
cracia y democracia. La limitación de la propiedad privada —de la tierra,
ante todo, pero también “del dinero y otros objetos parecidos”— era en
realidad un requisito necesario para asegurar la supervivencia de la repú-
blica. La igualdad en la distribución de la tierra, opinaba Harrington, difi-
cultaba el surgimiento de una soberanía conquistadora y preservaba a la
república de la corrupción.
Obviamente, este estado de igualdad no era perpetuo o inmutable, y
debía ser constantemente reequilibrado. Este sería precisamente uno de
los temas que Harrington retomaría en sus comentarios al opúsculo del
clérigo absolutista Peter Heylin, The Stumbling Block of Disobedience and
Rebellion (La desobediencia y la rebelión como trampas). En él defendía
la resistencia a la opresión como una alternativa legítima en caso de que
los derechos de participación y la justicia agraria resultaran censurados o
conculcados. Al igual que Maquiavelo, Harrington consideraba que la
continuidad de la república solo estaba garantizada si los propietarios
libres portaban armas. La existencia de un popolo armato e virtuoso prego-
nada por Maquiavelo se convertía así en piedra de toque de la superviven-
cia de una Constitución republicana aristocrática pero con fuertes com-
ponentes democráticos.
La muerte de Cromwell trajo consigo un vacío de poder. Con el obje-
to de evitar nuevos levantamientos democráticos, los propietarios de toda
clase invitaron a Carlos II a que restaurase la monarquía tradicional. La
restauración supuso el fin de la movilización de las clases populares. Una
ley parlamentaria de 1662, el llamado Act of Settlement, selló el cambio.

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Se blindó el derecho a la acumulación privada tendencialmente ilimitada,


se desmovilizó al ejército popular, se desplegó un fuerte control sobre los
estratos pobres, y se persiguió a los disidentes.
Las tensiones llegaron a tal punto que, para evitar una nueva rebelión
y el retorno a la república, se impulsó la Revolución gloriosa de 1688, un
acontecimiento que depuso “pacíficamente” al régimen de Jacobo II y
evitó el levantamiento popular. En este contexto, precisamente, destacaría
la figura del médico y filósofo John Locke (1632-1704). A pesar de ser pre-
sentado a menudo como un moderado, Locke perteneció al ala radical de
los Wighs, la más crítica con los excesos monárquicos y aristocráticos per-
petrados durante la restauración posterior a la primera revolución. Sus pre-
ocupaciones como filósofo político —recogidas sobre todo en su Second
Treatise of Civil Government (Segundo Tratado sobre el Gobierno Civil)
hacia 1690— pueden considerarse emparentadas con las de otros pensa-
dores republicanos posteriores, comenzando por el propio Rousseau.
Para Locke, el gobierno civil podía explicarse como un acto de con-
fianza (trust) de los representados hacia los representantes. Los hombres,
que en el estado de naturaleza gozan de igualdad y libertad y no están
sometidos a nadie, pactan la existencia del gobierno a cambio de que este
respete su libertad, su vida y su propiedad. Locke es un defensor, en efec-
to, del derecho de propiedad, comenzando por el derecho a la apropia-
ción individual de la tierra. Sin embargo, señala tres límites que el dere-
cho natural impone a su ejercicio: que se trate de propiedad derivada del
propio trabajo; que comporte la utilización con provecho de los frutos
obtenidos; y que exista tierra suficiente y buena para los demás. Al igual
que ocurrió con otros pensadores europeos de su tiempo, la teorización
de estos límites no impidieron a Locke justificar el despojo de tierras
padecido por los pueblos indígenas americanos como consecuencia de las
aventuras coloniales inglesas. No obstante, su republicanismo lo convir-
tió en un peligroso adversario a ojos de la nobleza parasitaria y de los
defensores de una Constitución mixta basada en el predominio de las vie-
jas oligarquías terratenientes.
Por lo que respecta a la organización institucional, Locke defendió la
existencia de dos funciones, la legislativa y la ejecutiva, que debían actuar,
una de manera intermitente, como poder de creación de normas, y la otra
de manera permanente, como poder de aplicación de las mismas. En

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principio, el Legislativo tenía primacía sobre el Ejecutivo, lo que venía a


expresar la centralidad que el Parlamento pasaba a ocupar en la vida polí-
tica inglesa. Sin embargo, Locke insistía en que el Ejecutivo gozaba del
poder de prerrogativa, “un permiso que el pueblo da a sus gobernantes
para que estos tomen ciertas decisiones por sí mismos allí donde la ley no
ha prescrito nada; y algunas veces, adoptando medidas que vayan direc-
tamente contra la letra de la ley; pero siempre para el bien público y con
aquiescencia del pueblo”. La defensa del bien público, en definitiva,
podía exigir un recurso a poderes de excepción que Locke se cuidaba en
no condenar a priori. Sin embargo, si el Ejecutivo pecaba por exceso o si
las élites parlamentarias actuaban contra las libertades del pueblo, este dis-
ponía de una salida: el Appeal to Heaven. Este clamor al cielo era la fór-
mula utilizada por Locke para expresar el papel de garantía última que el
derecho a la resistencia suponía en el nuevo orden constitucional. El pue-
blo era el juez último de la Constitución porque era el mandante y los
otros poderes sus mandatarios. El derecho de resistencia se activaba justa-
mente si los representantes traicionaban la relación fiduciaria, de confian-
za, que los representados habían depositado en ellos.34
Este sería el contexto, precisamente, en el que se produciría la
“Revolución gloriosa”. Los dos principales partidos del momento, el
Whig y el Tory, hicieron causa común contra Jacobo II y elevaron al trono
a Guillermo de Orange en 1689. Previamente, le obligaron a firmar el Bill
of Rights —que ampliaba los derechos procesales reconocidos en la Magna
Carta y la Petition of Rights— y el Act of Recognition, que recordaba que
su pretensión al trono no estaba fundada ni en el derecho hereditario ni
en el derecho divino, como había sostenido Filmer en el Patriarcha, sino
en la voluntad del Parlamento.
A partir de entonces, el modelo dominante de explicación de la nueva
Constitución inglesa pasó a ser el de la Constitución mixta, caracterizada

34 “El pueblo —dice Locke— tiene […] el derecho de reservarse la última decisión —derecho que
corresponde a todo el género humano— cuando no hay sobre la tierra apelación posible; es decir,
el derecho de juzgar si hay o no hay causa justa para dirigir su apelación a los cielos […] Y nadie
piense que esto da fundamentos para que haya desórdenes; pues este principio no se pone en fun-
cionamiento hasta que los abusos padecidos por el pueblo son tan grandes que la mayoría repara
en ellos, se cansa de ellos y tienen necesidad de enmendarlos”. Véase Segundo Tratado sobre el
Gobierno Civil. Trad. C. Mellizo. Madrid, Alianza, 1994, Capítulo XIV, par. 168, pp. 170-171.

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por la primacía del Parlamento sobre la Corona, la separación de poderes


y el reconocimiento a los propietarios de ciertos derechos civiles y políti-
cos. El nuevo marco político estaba lejos ya del espíritu democrático de
los pactos populares y de las propuestas de Constitución escrita impulsa-
das por los Levellers, los Diggers o el propio Cromwell. Sin embargo, la
primera revolución dejaría un recuerdo tan vívido en las nuevas clases
dirigentes que, para impedir su reedición, aprobaron leyes mitigadoras de
las pronunciadas desigualdades que el desarrollo del capitalismo comen-
zaba a generar.35 Con todo, el régimen de propiedad había cambiado de
manera sustancial. De lo que se trataba, ahora, era de que el Estado garan-
tizase el derecho de propiedad privada erga omnes, unificando su régimen
jurídico y extinguiendo el sistema medieval pluralista de derechos reales,
incluidas las tierras comunales. El feroz avance de los enclosures, de los cer-
camientos y privatizaciones de bienes comunes a lo largo del siglo XVIII,
sería el mejor ejemplo de ello.

2.3. La Constitución norteamericana


y el temor a la “tiranía de las mayorías”

El segundo gran movimiento constitucional moderno, después del inglés,


es el que se abre con el proceso de independencia de las colonias nortea-
mericanas y desemboca en la aprobación de la Constitución de Filadelfia,
de 1787. Según Bernard Baylin, la experiencia revolucionaria norteame-
ricana giró en buena medida en torno al alcance de la palabra
“Constitución” tal como se había definido en Inglaterra. Originariamente
su objetivo no fue tanto derribar o alterar el orden social existente, sino

35 Incluso Montesquieu (1689-1755) que en su lectura de la Constitución inglesa había adaptado


la versión lockeana de la división de poderes y destacado las ventajas de una Constitución mixta
que diera cabida a “poderes intermedios”, defendió la necesidad de asegurar la subsistencia de los
estratos sociales más castigados por el nuevo escenario económico. “Un Estado bien organizado
—afirmaba al final del Libro XXIII de su De l’Esprit des Lois, de 1748— saca esta subsistencia del
fondo de las mismas industrias, dando a unos el trabajo de que son capaces y enseñando a otros
a trabajar, lo cual ya es un trabajo”. Y apostillaba: “Las limosnas que se dan a un hombre desnu-
do en las calles no satisfacen las obligaciones del Estado, el cual debe a todos los ciudadanos una
subsistencia segura, el alimento, un vestido decoroso y un género de vida que no sea contrario a
la salud”. Véase El Espíritu de las Leyes. Trad. cast. de Pedro de Vega y Mercedes Blázquez.
Madrid, Tecnos, 1981, p. 360.

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preservar las libertades políticas amenazadas por la aparente corrupción


de la “Constitución antigua”.36 Estas libertades políticas existieron en
cierto grado en la propia organización de las colonias. La relativa homo-
geneidad social de los colonos libres, en su mayoría pequeños y media-
nos propietarios y la ausencia de grupos aristocráticos y estamentales de
tipo feudal llevaría a observadores como el moderado Alexis de
Tocqueville a sostener que “los Estados Unidos nacieron libres”. Esta
apreciación era una exageración, ya que ocultaba la marginación a la que
eran condenados los siervos, los esclavos y la población indígena. No obs-
tante, reflejaba el grado más o menos elevado de autoorganización al
interior de las colonias. Había cartas constitucionales como las de
Massachusetts, Virginia, Connecticut o Rhode Island que estaban some-
tidas a las disposiciones de la Corona. Pero que convivieron con escena-
rios de una relativa dispersión de la propiedad agraria, y experiencias de
participación en las que los pequeños propietarios rústicos elegían y revo-
caban a sus representantes y debatían en Asambleas populares (las Town
meetings) los grandes asuntos públicos. En estos textos podía incluso
encontrarse alguna mención explícita a la necesidad de políticas de ayuda
a sectores desaventajados. Así, por ejemplo, el artículo 79 del Body of
Liberties de Massachusetts, redactado en 1641 por el reverendo
Nathalien Ward, establecía que “si un hombre, al morir, no deja a su
mujer una pensión suficiente para su estado, aquélla será ayudada tras
presentar reclamación ante la Corte General”.
Esta tradición de autoorganización, con todos sus límites, creó una
mentalidad común entre los colonos, que incluía un cierto hábito por las
formas representativas y una arraigada creencia en los derechos persona-
les y colectivos. Así, cuando el Parlamento inglés impuso fuertes graváme-
nes al tráfico de los productos coloniales y aprobó la Stamp Act de 1765,
extendiendo los “timbres” británicos al azúcar, el té y otros productos, los
colonos entendieron que se trataba de una injerencia abusiva que hubie-
ra requerido el consenso de sus asambleas.
Tras el I Congreso Continental de delegados de las Colonias reunido
en Filadelfia en 1774, los colonos reclamaron pleno poder legislativo, sin
veto real absoluto, así como el derecho a pactar libremente los tributos.

36 Baylin, Bernard. The Ideological Origins of the American Revolution. Chicago, Harvard University
Press, 1967, pp. 19 y 67-76.

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Inglaterra, por su parte, se empeñó en seguir considerando a las colonias


como un simple mercado en el que colocar sus excedentes, bloqueando su
desarrollo industrial, expropiándolas de materias primas, gravándolas con
fuertes impuestos y negándoles representación parlamentaria. Para la
mayoría de los colonos, la conexión de Inglaterra con las colonias se esta-
blecía por intermedio del rey y no por intermedio de un Parlamento que,
además, no los representaba. Lo que ocurría en América, en realidad, era
parte de un movimiento dirigido a destruir la Constitución mixta ingle-
sa, una usurpación despótica de autoridad, que no dejaba más que una
alternativa: la independencia.37
La idea de que la ceguera del gobierno británico había convertido la
revolución y la independencia en cuestiones de “sentido común” fue
defendida con vehemencia por el agitador inglés, Thomas Paine (1737-
1809). Hijo de un modesto corsetero cuáquero de Thetford, Paine había
trabajado en el servicio de aduanas y había llegado a América de la mano
de Benjamin Franklin. Muy pronto se convirtió en un incisivo impugna-
dor de la Constitución mixta inglesa y, frente a las defensas tradicionalis-
tas de la ruptura con la monarquía, postuló la necesidad de un nuevo
constitucionalismo democrático, fundado sobre bases racionales e iguali-
tarias. Las ideas de Paine hallaron eco parcial en el II Congreso reunido
en Filadelfia hacia 1775. Allí se encargó a Thomas Jefferson (1743-1826)
la redacción de una Declaración de la Independencia. Jefferson era un
hacendado de Virginia, partidario de una república agraria formada por
pequeños propietarios. No era un demócrata en sentido estricto, pero
apostaba por un régimen que asegurara el autogobierno local e impidiera
la concentración de poder. El texto que entregó al Congreso en 1776
recogía el espíritu igualitario del momento. No se apelaba en él al com-
mon law o a las cartas coloniales, sino a las leyes naturales que conside-
raban “evidentes e inviolables” la necesidad de consentimiento de los
gobernados para cualquier gobierno representativo, el respeto de los
derechos individuales y, en la línea anticipada por Harrington y Locke,

37 Ibíd., pp. 94-95, 104-117 y 198-229. Uno de los defensores más encendidos de la independen-
cia de las colonias fue el conservador anglo-irlandés Edmund Burke (1729-1797). Tras haber cri-
ticado la política de la monarquía en esta materia, llegó a afirmar: “No quiero desear suerte a
aquéllos cuya victoria nos separaría de una vasta y amplia parte de nuestro Imperio. Pero menos
aún quiero desear suerte a la injusticia, la opresión y el absurdo”.

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El constitucionalismo de los modernos

el derecho a “destruir y a abolir” cualquier gobierno que los violara. La


Declaración aseguraba garantizar la vida, la libertad y la búsqueda de la
felicidad (the pursuit of happiness). No mencionaba directamente el dere-
cho de propiedad privada, no por rectificar la tríada de Locke, en quien
en buena medida se inspiraba, sino porque consideraba que la propiedad
no era un derecho natural sino que derivaba de la propia sociedad civil. A
instancias de Paine, Jefferson intentó incluir en la Declaración la aboli-
ción de la esclavitud, pero no tuvo éxito. Más tarde, como gobernador de
Virginia, mandaría aprobar una ley que prohibía en aquel estado la
importación de esclavos, algo que no le impedía a él mismo tenerlos, aun-
que con un trato humano, en su finca modelo de Monticello.
Como la mayoría de documentos que amplían el alcance del demos y
de sus derechos, la Declaración no estuvo exenta de contradicciones.
Excluyó, por lo pronto, a los pueblos indios y a la población afroameri-
cana. Los primeros vieron en esa exclusión un incumplimiento más den-
tro de una larga serie.38 Los segundos, la utilizaron para exigir en años pos-
teriores tanto la abolición de la esclavitud como el derecho de voto, ape-
lando, como habían hecho los colonos, al principio de No Taxation wit-
hout Representation (sin representación, no hay impuestos).39

38 Unos años antes de la Independencia, y mediante un sutil sistema de engaño, Nueva York tomó
800 000 acres de territorio mohawk, dando así por concluido el período de amistad entre la ciu-
dad y los mohawks. En representación de estos últimos, su jefe Hendrick pronunció unas amar-
gas palabras ante el gobernador George Clinton y el concejo provincial de Nueva York en 1753:
“Hermano, cuando vinimos aquí para relatar nuestras quejas sobre las tierras, esperábamos que se
nos atendiera, y te dijimos que era probable que el Gran Acuerdo de nuestros antepasados se rom-
piera. Y Hermano, ahora nos dices que se nos reagrupará en Albany, pero los conocemos dema-
siado bien, no nos fiaremos, porque ellos (los comerciantes de Albany) no son personas sino dia-
blos. Y cuando lleguemos a casa enviaremos un Cinturón de Wampum a nuestros Hermanos de
las otras cinco Naciones para informarles que el Gran Acuerdo entre nosotros está roto. Así que,
Hermano, no esperes oír más noticias de mí, y Hermano, tampoco nosotros queremos saber nada
de ti”. Citado por Zinn, Howard. La otra historia de los Estados Unidos. Trad. Antoni Strubel.
Lizarra, Las Otras Voces, 1997, p. 79.
39 Benjamin Benneker, un negro autodidacta en matemáticas y astronomía, escribió a Thomas
Jefferson: “Supongo que es una verdad demasiado clara como para que se requiera aquí ninguna
prueba de ello que somos una raza de seres que durante mucho tiempo hemos trabajado en un
ambiente de abusos y censuras por parte del mundo […] Espero que no despreciéis ninguna opor-
tunidad para erradicar esa tendencia a las ideas y opiniones falsas y absurdas que tan extensamen-
te prevalece entre nosotros; y que vuestros sentimientos sean similares a los míos, en el sentido de
que un solo Dios universal nos ha dado vida a todos […] y nos ha obsequiado con las mismas
sensaciones y facultades”. Véase Howard Zinn, op. cit., pp. 81 y 92.

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En realidad, la lógica igualitaria que alentaba la Declaración le permi-


tiría inspirar luchas de grupos sociales que ni siquiera habían estado en la
mente de sus redactores. Este fue tal vez el caso de los pequeños granje-
ros que quedaron endeudados y empobrecidos tras la guerra contra el
Imperio británico. Invocando los principios recogidos en la Declaración,
muchos de ellos se movilizaron para exigir a las legislaturas estatales que
se tuviera en cuenta su situación y se condonaran sus deudas. Con fre-
cuencia, sus demandas encontraron eco en las legislaturas, que aguijonea-
das por las crisis habían desarrollado un fuerte activismo económico.
Según Forrest McDonald, las movilizaciones populares consiguieron que
las legislaturas alteraran de manera sensible las relaciones de propiedad
vigentes, limitando los derechos de los grandes acreedores.40 Una de las
revueltas más célebres fue la llamada Rebelión de Shay, un levantamiento
armado de millares de deudores encabezados por el veterano de guerra
Daniel Shay en Massachusetts, en 1786, contra el cobro de impuestos y
de intereses. A pesar de que el levantamiento fue rápidamente aplastado,
dejó una honda impresión en las nuevas clases dirigentes que se habían
formado en la última década.
Algunos dirigentes como Jefferson lo defendieron con una argumen-
tación republicana de resonancias maquiavélicas. “Un poco de rebelión
aquí y allá —escribió el padre de la Declaración de la Independencia en
una carta dirigida a James Madison en 1787— es cosa buena y necesaria
en el mundo político tanto como las tormentas en el físico. De hecho, las
rebeliones yuguladas suelen establecer incursiones en los derechos del
pueblo que las produjo. Una observación de esta verdad debería hacer que
los gobernantes republicanos honestos fuesen indulgentes en su castigo de
las rebeliones, a fin de no desalentarlas en demasía. Son una medicina
necesaria para la buena salud del gobierno”.41 Para la mayoría de las élites
norteamericanas el significado de estas revueltas fue otro: lo que el pue-
blo, en su anárquica reacción, estaba pervirtiendo, era su propia libertad.
John Adams (1735-1826) llegó a sostener que estaba viviendo bajo un
“despotismo democrático”. La emisión de moneda y la limitación de los

40 McDonald, Forrest. Novus Ordo Seculorum: The Intellectual Origins of the Constitution. Kansas,
Laurence University Press, 1985, pp. 135 ss.
41 Véase Jefferson, Thomas. Autobiografía y otros escritos. Trad. A. Escohotado y M. Saenz de
Heredia. Madrid, Tecnos, 1987, p. 436.

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derechos de propiedad por parte de las legislaturas fueron considerados


excesos de la democracia que ponían en peligro los fundamentos del
gobierno republicano.
En una obra no siempre recordada, el historiador Charles Beard seña-
la que Washington fue tentado para encabezar una dictadura reacciona-
ria que cancelara las libertades y restaurara el orden.42 Sin embargo, esta
alternativa fue rechazada en beneficio de un marco constitucional que
garantizara las condiciones institucionales para evitar la “tiranía de las
mayorías” y proteger los derechos de propiedad. Este marco constitucio-
nal, en realidad, suponía desplazar el principio democrático por la idea
de representación, considerada un mecanismo más adecuado para gober-
nar repúblicas de gran tamaño y para conjurar, además, los excesos
mayoritarios.
Como bien entrevió Beard, el movimiento que dio origen a la
Convención de Filadelfia de 1787 fue, a diferencia del que originó la
Declaración de la Independencia, claramente conservador. Su propósito
era asegurar un gobierno fuerte que neutralizara las amenazas internas al
orden económico, frenando las tendencias democráticas o democratizan-
tes. Beard estudió el trasfondo económico y las ideas políticas de los cin-
cuenta y cinco hombres que sesionaron a puertas cerradas en Filadelfia
para redactar la Constitución. Descubrió que la mayoría de ellos eran
abogados de profesión; ricos en cuanto a tierras, esclavos, fábricas y
comercio marítimo. La mitad había prestado dinero a cambio de intere-
ses y cinco tenían bonos del gobierno, según los archivos del
Departamento de Tesorería.43
Esta composición interna favoreció notablemente los intereses de los
federalistas más conservadores, como Alexander Hamilton (1757-1804),
en detrimento de los antifederalistas más democráticos, como Jefferson,
que fue alejado de los debates y enviado como embajador a París. La
nueva Constitución, en efecto, representó un compromiso entre diversos
grupos propietarios: federalistas, partidarios de una mayor centralización,
y confederalistas; estados grandes y estados pequeños, del Norte y del Sur.

42 Así, en Beard, Charles. The Republic, p. 21.


43 Ver Beard, Charles. An Economic Interpretation of the Constitution of the United States. Nueva
York, Free Press, 1986, pp. 64 ss.

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Sin embargo, como han apuntado autores como Gordon Wood, el con-
flicto principal era entre aristocracia y democracia.44 El modelo político
que se diseñó, basado en un sistema de frenos y contrapesos (check and
balances) que favorecía al Ejecutivo, al Senado y al poder judicial, tenía
como objetivo, principalmente, conjurar los “excesos” de la multitud que
amenazaban el orden económico, un punto en el que federalistas y anti-
federalistas conservadores estaban de acuerdo. Así, aunque se rechazó la
sugerencia de Hamilton de un Ejecutivo vitalicio, se consagró una presi-
dencia fuerte, con derecho de veto temporal suspensivo y elegida por
compromisarios. Esta alternativa cerraba el paso a las propuestas de algu-
nos republicanos democráticos, partidarios, en este punto, de un sistema
unicameral y de un Ejecutivo colegiado, con una presidencia simbólica de
elección parlamentaria, para un solo mandato —de 7 años— y con pocos
poderes. Desde el punto de vista electoral, no se consagraban explícita-
mente requisitos económicos para votar y ser votado. La decisión se enco-
mendaba a los estados, que los impusieron de manera extensiva. Tan fun-
damental como la centralidad otorgada al Ejecutivo y al Senado y los con-
troles impuestos al Congreso era el protagonismo atribuido al poder judi-
cial y a la Corte Suprema. Esta última, por la función y selección de sus
miembros, estaba destinada, de hecho, a operar como una pieza central
de conservación del orden establecido. Entre sus atribuciones no figuraba
de manera explícita la de declarar la inconstitucionalidad de las leyes.
Pero esta no tardaría en imponerse, pocos años más tarde, de la mano de
un reputado republicano conservador, el Chief of Justice, John Marshall.
La necesidad de conjurar los peligros de la mayoría sería invocada por
James Madison (1751-1836), en The Federalist (El Federalista), una serie
de 85 artículos escritos junto a Alexander Hamilton y John Jay para pro-
mover la ratificación de la Constitución. En su escrito más importante
—el n.° 10— Madison hizo referencia a las experiencias de moviliza-
ción radical y las criticó de manera indirecta emparentándolas con los
excesos de la tradición democrática griega. En su opinión, los ensayos de
democracia “pura” habían dado lugar a “espectáculos de turbulencia y

44 Wood, Gordon S. The Creation of the American Republic. 1777-1787. 2ª ed. Chapell Hill,
University of North Carolina Press, 1998, pp. 483 ss. y 512 ss.

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El constitucionalismo de los modernos

odio”, que culminaban invariablemente en decisiones “incompatibles con


la seguridad personal o los derechos de propiedad”. Madison objetaba de
ese modo a las constituciones locales que, en su propio país, no habían
sabido limitar el poder, constituciones que aparentemente habían dado
vía libre a las legislaturas permitiéndoles la emisión de moneda y la afec-
tación, con ello, de la propiedad de los acreedores. Ciertamente,
Madison, enemigo de la democracia pero partidario de una república
representativa con Constitución mixta, era consciente de que una pluto-
cracia podía ser tan o más peligrosa para la estabilidad social que las
mayorías desposeídas. Sin embargo, sus argumentos fueron utilizados por
federalistas conservadores, como Hamilton, quien encarnaba más clara-
mente los intereses de los grandes comerciantes, abogados y propietarios
del norte.
Cuando Hamilton impulsó la creación del Banco de los Estados
Unidos como fuente de empréstitos a corto plazo para el gobierno y como
un medio para ampliar el capital, Thomas Jefferson reaccionó calificando
su programa de “aristocrático”. El propio Madison le retiró su apoyo,
acusándolo de querer instaurar una nueva aristocracia, no natural, basada
en la virtud, sino artificial: la de los especuladores y financistas ligados al
gobierno nacional y no a los gobiernos estatales.45 Cuando los republica-
nos antiplutocráticos cercanos a Jefferson quisieron reaccionar, ya era
tarde. Desandando el camino abierto en 1776, la Constitución de
Filadelfia se había convertido en un eficaz antídoto elitista contra las ten-
dencias democráticas de la época. Solo la expansión del sufragio y la lle-
gada al poder del demócrata Andrew Jackson, en 1829, y sobre todo, la
redistribución de la propiedad operada con la guerra abolicionista de
1860, morigerarían parcialmente los efectos paralizantes que dicho antí-
doto ejercía sobre el conjunto del sistema político.46

45 Sobre la “conversión” de Madison, véase Sunstein, C. The Second Bill of Rights. Nueva York, Basic
Books, 2004, pp. 110-112.
46 “Jefferson —comenta el historiador Arthur Rosenberg— murió como pacífico anciano y venera-
do padre de la patria, pero […] difícilmente se podía equivocar en los últimos años de su vida
acerca del fracaso de su obra. Jefferson vivió lo bastante para ver, por ejemplo, las dimensiones
que había adquirido […] la cuestión de los esclavos y cómo ponía en peligro la existencia de la
Unión”. Citado en Democracia y Socialismo, p. 26.

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2.4. La Revolución francesa: poder constituyente y democracia plebeya

A diferencia de lo que había ocurrido en Inglaterra, el régimen político en


Francia había evolucionado de una monarquía débil a una férrea monar-
quía absoluta. Cuando esta última tuvo que afrontar la crisis económica
y financiera, el alza de precios y la expansión del hambre, su legitimidad
comenzó a resquebrajarse, tanto entre los sectores burgueses que aspira-
ban a desplazar a la nobleza y el clero, como entre los sectores populares
urbanos y rurales. Este escenario propició una ruptura revolucionaria con
el Antiguo Régimen y un cambio radical de Constitución. En muy poco
tiempo, esta pasaría de las formas despóticas del absolutismo a un régi-
men mixto de monarquía constitucional, para acabar en un breve pero
intenso período de Constitución democrática.
El movimiento antiabsolutista entroncaba bien con la tradición del
derecho natural revolucionario, que arrancaba en la Escuela de
Salamanca, con teólogos como Francisco de Vitoria, Francisco Suárez o
Juan de Mariana, pasaba por los Levellers y los Diggers ingleses y llegaba
hasta autores como Jean Jacques Rousseu (1712-1778).47 De origen fran-
cés, Rousseau había nacido en Ginebra, por entonces una ciudad libre
regida por un sistema aproximadamente republicano. Tras una juventud
turbulenta y vagabunda, escribió en medio de tareas accidentales: apren-
diz de relojero, grabador, físico, secretario. Murió en un último refugio
campestre, en Ermenoville, sin recursos y distanciado de quienes, como
Voltaire o el filósofo escocés David Hume, habían sido alguna vez sus
amigos.
Las reflexiones de Rousseau partían de un indiscutible optimismo
antropológico. Los hombres nacían libres e iguales, pero la sociedad los
pervertía. Había una razón elemental: el avance de la propiedad privada
capitalista y su larga secuela de cercamientos, expropiaciones, y proletari-
zación de la población campesina. “Al primero que, tras haber cercado un
terreno, se le ocurrió decir: esto es mío, y encontró gentes lo bastante sim-
ples para creerlo, ése fue el verdadero fundador de la sociedad civil”, escri-
bió Rousseau en su Discours sur l'origine et les fondements de l'inégalité

47 Véase al respecto, Gauthier, Florence. Triomphe et mort du droit naturel en Révolution, 1789-
1795-1802. Paris, PUF, 1992.

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parmi les hommes (Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desi-


gualdad entre los hombres), publicado en 1775.48 Una vez constituida la
sociedad política, la clave residía en que la representación no usurpara la
voluntad popular.
En una línea más cercana a Locke que a Suárez, el pueblo, titular de
la soberanía inalienable e indivisible, investía al gobernante, no mediante
un contrato de sujeción, sino mediante un mandato, revocable por esen-
cia. “Los diputados del pueblo —sostenía Rousseau en Du Contrat Social
(El contrato social) de 1762— no son, ni pueden ser, pues, representan-
tes: son únicamente comisarios, y no pueden resolver nada definitivamen-
te. Toda ley que el pueblo en persona no ratifica, es nula. El pueblo inglés
piensa que es libre, y se engaña: solo lo es durante la elección de los miem-
bros del Parlamento. Tan pronto como éstos son elegidos, vuelve a ser
esclavo, no es nada”.49
Ciertamente, ni la crítica de la propiedad privada ni las objeciones a la
representación arrojaron a Rousseau a un igualitarismo cerril o al utopis-
mo de la democracia total. Como bien mostró en su Project de
Constitution pour la Corse y en sus Considerations sur le gouvernement de
Pologne, cuya influencia sobre la Constitución polaca de 1791 fue noto-
ria, la representación era, en sociedades complejas o territorialmente vas-
tas, un mal necesario.50 Pero podía mantenerse a raya mediante mecanis-
mos que contaban con una larga tradición en el republicanismo democrá-
tico, como la institución de mandatos breves y revocables. De la misma
manera, la crítica de la propiedad no entrañaba la desaparición de toda
desigualdad, sino simplemente la moderación republicana: “¿Queréis dar
al estado consistencia?” —anotó en el Libro Segundo del Capítulo XI del
Contrato Social— “Aproximad los extremos tanto como sea posible: no
permitáis ni gentes opulentas ni mendigos”. Y justificaba con este fin la

48 Y más adelante: “¡Cuántos crímenes, guerras, asesinatos, cuántas miserias y horrores no habría evi-
tado al género humano aquel que, arrancando estacas o allanando el cerco, hubiese gritado a sus
semejantes: ‘Guardaos de escuchar a este impostor, estáis perdidos si olvidáis que los frutos son
de todos y la tierra no es de nadie’”. Véase Discursos sobre el origen de la desigualdad entre los hom-
bres y otros escritos. Trad. A. Pintor Ramos. Madrid, Tecnos, 1987, pp. 161-162.
49 Véase Rousseau, Jean Jacques. El contrato social o Principios del derecho político. Trad. M. J.
Villaverde. Madrid, Tecnos, 1998, p. 94.
50 Véase Rousseau, J. J. Proyecto de Constitución para Córcega. Consideraciones sobre el Gobierno de
Polonia. Trad. A. Hermosa Andujar. Madrid, Tecnos, 1988.

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intervención pública, ya que “es precisamente porque la fuerza de las


cosas tiende a destruir la igualdad, por lo que la fuerza de la legislación
debe siempre tender a mantenerla”.51
No fue exactamente ese el clima dominante en la Asamblea
Constituyente que abolió el régimen feudal y elaboró la Declaración de
Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789. La mayoría de sus inte-
grantes, en efecto, habían sido reclutados entre la burguesía ascendente, y
buena parte de lo allí recogido reflejaba sus intereses egoístas. Sin embar-
go, el impulso popular había impreso en ella una nítida huella rousseau-
niana, igualitaria, que acabaría por desencadenar una ampliación vertigi-
nosa del demos y por arrasar con la propia monarquía.
Algunos destacados aristócratas disidentes, como Emmanuel Sieyès
(1748-1836), intentaron denodadamente frenar ese proceso. Sieyès fue
uno de los teóricos más destacados del “Tercer Estado”, una categoría que
en la época comprendía a la burguesía ascendente y a la gran masa de sec-
tores populares urbanos y rurales que apoyaban la revolución. Realizó dos
aportaciones fundamentales a la teoría constitucional: sus reflexiones
sobre la idea de representación y la distinción entre poder constituyente
y poderes constituidos.
A diferencia de Rousseau, Sieyès comenzaba su Essai sur les Privilèges
(Ensayos sobre los Privilegios) de 1788 sosteniendo que la desigualad per-
tenecía a la naturaleza de las cosas y que, en consecuencia, no podía ser
eliminada. Solo la desigualdad originada en los privilegios, es decir, la que
impedía la ampliación de la propiedad privada y de la libre circulación de
mercancías, debía ser abolida, aunque preservando la vida de los privile-
giados. La desaparición de la nobleza resolvería la única contradicción
social relevante y permitiría al Tiers État, fundado en el trabajo y en el
ejercicio de la función pública, asumir un papel constituyente.52
Con arreglo a las tesis de Sieyès, el Tercer Estado era el único capaz de
encarnar a la nación, pero exigía ser representado. El poder constituyen-
te, omnipotente e ilimitado, solo podía actuar de manera excepcional,
cuando la salud de la patria así lo exigiera, para luego ceder a la lógica

51 El contrato social, p. 51.


52 Véase “Ensayo sobre los privilegios” y “Qué es el Tercer Estado”. Pantoja Morán, David, ed.
Escritos políticos de Sieyès. México, Fondo de Cultura Económica, 1993, pp. 115 ss. y 129 y ss.

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El constitucionalismo de los modernos

limitada de los poderes constituidos, institucionales. Y estos poderes


constituidos, a su vez, debían funcionar a partir de una lógica que reco-
nociera la ciudadanía activa no a todos, sino a los mejores. Esta necesidad
de representación del Tercer Estado y de la soberanía nacional, así como
la distinción entre un poder constituyente ilimitado, pero excepcional, y
unos poderes constituidos representativos, pero censitarios, conducían a
priorizar el papel de la burguesía en detrimento de los sectores populares.
Esto quedaría de manifiesto en la Constitución girondina de 1791, en
la que el propio Sieyès tendría una influencia decisiva. Allí, se dejaba claro
que la nación ejercía sus poderes mediante representantes, y que estos
debían elegirse mediante sufragio censitario y excluyente. Para posiciones
protoliberales como la de Sieyès, el sufragio no constituía en realidad un
derecho, sino una función pública para la cual había que demostrar cua-
lidades. Todos los franceses son ciudadanos, pero hay ciudadanos activos,
con plenos derechos políticos —un 15 por ciento de la población france-
sa— y ciudadanos pasivos, con menor capacidad e interés en la cosa
pública. Este entramado institucional elitista se hallaba bien complemen-
tado por disposiciones como la Ley Chapellier, que en nombre de la uni-
dad nacional prohibía el derecho de huelga y de asociación por razón de
clase. Y resultaba altamente funcional a un orden económico que preten-
día basarse en el carácter sagrado del derecho de propiedad y de la liber-
tad de industria.
La supremacía formal otorgada a la Asamblea Nacional y a sus repre-
sentantes no consiguió, sin embargo, anular el impulso igualitario abier-
to en 1789. El derecho a la resistencia era considerado legítimo. El poder
constituyente permanecía vivo, en estado latente, y podía activarse en
caso de que los poderes constituidos violaran de manera grave los límites
constitucionalmente establecidos.
La amenaza de los ejércitos extranjeros y el intento de fuga de Luis
XVI conformaron un escenario de excepción que devolvió al poder cons-
tituyente su papel revolucionario. La Convención, elegida por primera
vez por sufragio universal masculino y bajo el influjo de los jacobinos,
abolió la monarquía y proclamó la I República, en agosto de 1792. La
nueva fase revolucionaria alumbró formas de intervención pública de
amplio porvenir, como el periodismo político o los ‘clubes’, antecedentes
directos de los modernos partidos políticos. En ese contexto, brillarían

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con luz propia dirigentes republicanos como Maximilien Robespierre


(1758-1794), su amigo y discípulo Louis de Saint-Just (1767-1794) o
Jean-Paul Marat (1743-1793).
Convencido seguidor de Rousseau, a quien había visitado en
Eremenoville con solo diecinueve años, Robespierre era un abogado pro-
vinciano, originario de Arras. Su elocuencia le permitió ejercer una verda-
dera dictadura de la opinión, que nunca buscó institucionalizar mediante
cargos formales. Solo fue un miembro más de la Convención y del Comité
de Salud Pública, donde sus partidarios ni siquiera eran mayoría.
La aportación principal de Robespierre al proceso revolucionario fue
quizá la recuperación de la noción clásica de democracia, identificada
ahora con el gobierno de las clases populares y plebeyas. Tempranamente,
en su discurso de 1790 ante la Sociedad de los Amigos de la Constitución,
fue el primero en acuñar la divisa trinitaria: “Libertad, Igualdad,
Fraternidad”, con un sentido inequívoco: impugnar la división censitaria
entre ciudadanos activos y pasivos, que reservaba la noción de ciudadanía
solo a los ricos. “La democracia —diría más tarde— es un régimen en el
cual el pueblo soberano, guiado por leyes que son su obra, realiza por sí
mismo cuanto puede, y por medio de delegados cuanto no puede realizar
por el mismo […] En los regímenes aristocráticos, en cambio, la palabra
patria solo significa algo para los patricios que usurpan el poder. Solo bajo
un régimen democrático la nación es realmente la patria de todos los indi-
viduos que la componen”. Esta defensa de la Constitución democrática
frente a formas despóticas o elitistas de organización política era compar-
tida por otros revolucionarios, como Marat, quien ya en 1789 había pre-
sentado a la Asamblea un Tableau des vices de la Constitution d’Anglaterre
(Cuadro de vicios de la Constitución inglesa) poniendo en evidencia los
límites del gobierno mixto.
Hombre de acción, Robespierre no descuidó los aspectos teóricos y se
valió de sus escritos y discursos para posicionarse sobre los asuntos públi-
cos más candentes. Abogó como ninguno por el fin del colonialismo y de
la esclavitud; defendió la libertad de culto, arguyendo que “quien impide
decir una misa es más fanático que quien la dice”, y que la idea de Dios
podía ser republicana y democrática. En materia penal, fue un propaga-
dor incansable de los principios garantistas teorizados por Cesare

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El constitucionalismo de los modernos

Beccaria, un crítico severo de la crueldad punitiva del Antiguo Régimen


y se opuso de forma decidida a la pena de muerte.53 Solo cuando la gue-
rra externa y la oposición interna a la revolución se agudizaron ordenó su
aplicación. Pero lo hizo únicamente cuando la juzgó indispensable, y la
evidencia indica que contribuyó a la absolución de muchos de los acusa-
dos y que la mayor parte de las víctimas del llamado Gran Terror —unas
1366, en dos meses— no le son imputables.54
La Constitución de 1793, cuya redacción se encargó al abogado
Hérault de Séchelles, llevaba su impronta y la de Saint-Just, y fue hostil a
la concepción elitista y censitaria que inspiraba el texto girondino de dos
años atrás. Estableció el sufragio universal masculino y dispuso que las
leyes quedaran sometidas a sanción popular, en singular combinación de
mecanismos representativos y semidirectos. Se previó la iniciativa legisla-
tiva popular y se estableció que la reforma constitucional podía ser ejerci-
da por las “generaciones vivas” mediante la elección de una Asamblea
específica. Se restringió el papel de los jueces y se amplió la Declaración
de Derechos de 1791, incluyendo una serie de derechos sociales que
según Robespierre constituían el núcleo del “derecho a la existencia”.55

53 También en estos puntos Robespierre compartía los puntos de vista de Marat o de Saint-Just. El
primero había publicado en Neuchâtel, ya en 1780, un Plan de Législation Criminelle (Plan de
Legislación Criminal) inspirado también en los principios de Beccaria. Saint-Just, por su parte,
fue autor de un curioso código en el que se mezclaban disposiciones civiles, penales y de derecho
público. En él, proclamaba las uniones matrimoniales libres y el divorcio, procuraba institucio-
nalizar la amistad, creando un registro obligatorio de amigos, fuente de derechos y deberes civi-
les, y llegaba a castigar con el exilio a quien golpeara a un niño.
54 Robespierre, M. Por la Felicidad y por la Libertad. Eds. Yannick Bosc, Florence Gauthier y Sophie
Wahnic. Barcelona, Viejo Topo, 2005, p. 10. Esto fue claramente entrevisto por el pacífico pero
realista Immanuel Kant (1724-1804), quien, a pesar del Terror, simpatizó abiertamente con los
revolucionarios franceses. “La revolución —llegó a decir en Der Streit der Fakultäten (Conflicto de
las Facultades), publicado en 1798— puede acumular miserias y atrocidades en tal medida que nin-
gún hombre sensato nunca se decidiese a repetir un experimento tan costoso […] y sin embargo,
esa revolución —a mi modo de ver— encuentra en el ánimo de todos los espectadores (que no
están comprometidos en el juego) una simpatía rayana en el entusiasmo”. Véase Kant, I. El
Conflicto de las Facultades. Trad. Roberto Rodríguez Aramayo. Madrid, Alianza, 2003, VIII, 84.
55 “De todos los derechos —dijo Robespierre en su discurso de 2 de diciembre de 1792 ante la
Convención— el primero es el de existir. Por tanto, la primera ley social es aquella que garantiza
a todos los miembros de la sociedad los medios para existir; todas las demás están subordinadas a
esta”. Véase Por la Felicidad y por la Libertad, p. 157; también Soboul, A. La revolución francesa.
Trad. Pilar Martínez. Barcelona, Orbis, 1981, p. 81.

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La Constitución, ciertamente, tenía fallos. El más importante de ellos,


quizás, era no haber considerado, precisamente, algunas de las propuestas
formuladas por Robespierre en su proyecto de Declaración de los
Derechos del Hombre y del Ciudadano presentado a la Convención el 24
de abril de 1793. Allí, criticaba de manera explícita que la Asamblea
hubiera consagrado el derecho de propiedad de manera casi ilimitada.
“Habéis multiplicado los artículos para asegurar al ejercicio de la propie-
dad la mayor libertad, pero no habéis pronunciado una sola palabra para
establecer su carácter legítimo. De ese modo, vuestra declaración parece
hecha, no para los hombres, sino para los ricos, para los acaparadores, los
agiotistas y para los tiranos”. Para corregir esos “vicios”, Robespierre pro-
ponía que los derechos de propiedad se vieran “limitados por la obliga-
ción respecto de la propiedad de otros”, que su ejercicio no pudiera “per-
judicar ni la seguridad, ni la libertad, ni la existencia, ni la propiedad” del
resto, y que “toda posesión, todo tráfico que violen estos principios” fue-
ran declarados “ilícitos e inmorales”.56
Este punto de vista, coherentemente acompañado de otras demandas
como la progresividad fiscal, encerraba una actualización en toda regla del
programa republicano democrático dirigido, no a eliminar la propiedad,
sino a generalizarla entre todos los ciudadanos. Este era, precisamente, el
núcleo de lo que Rousseau, en oposición a la “economía popular tiráni-
ca”, había llamado la “economía política popular”. Un régimen capaz de
garantizar a todos las condiciones materiales para el ejercicio igualitario
de la libertad.57
La Constitución de 1793 representó uno de los puntos más altos del
momento democrático de la Revolución francesa. Por primera vez, la
soberanía recayó en el pueblo, antes que en la nación (arts. 2 y 7). Más
allá de las garantías institucionales que pudieran establecerse en defensa
de los derechos, se dejaba claro que lo fundamental era la garantía social,
esto es, “la acción de todos en defensa de los derechos de todos” (art. 23).
Esta garantía social venía complementada por el reconocimiento del dere-
cho a resistir la opresión, de claras resonancias lockeanas, que incluía, por
primera vez, el derecho a organizar la insurrección en su contra (art. 35).

56 Véase Robespierre, M. Por la Felicidad y por la Libertad, p. 200.


57 Véase Rudé, G. La revolución francesa. Trad. Aníbal Leal. Buenos Aires, Bruguera, 1989, p. 124.

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El constitucionalismo de los modernos

Contra las lecturas que pretenden reducir la Revolución a un movi-


miento simplemente burgués o liberal, hay que decir que la dinámica
democratizadora generada entre 1789 y 1793 resultaría impensable sin la
presión e implicación de los sectores populares, es decir, sin lo que más
adelante se conocería como el “Cuarto Estado”.58 Por primera vez, artesa-
nos, tenderos, operarios, pobres urbanos, peones y campesinos, lograban
tener una voz en los asuntos públicos que hasta entonces les había sido
negada. Esto fue especialmente visible en el caso de las mujeres. Ya en
1789, las mujeres del Tercer Estado presentaron al rey su propio Cahiers
de Doléances (cuaderno de quejas), exigiendo el derecho al voto y a la ins-
trucción. En 1791, tras la elaboración de la Constitución moderada de ese
año, la dramaturga y panfletista girondina Olympe de Gouges redactó
una Déclaration des Droits de la femme et de la citoyenne (Declaración de
Derechos de la Mujer y de la Ciudadana), en la que realizaba una defen-
sa ilustrada de la igualdad entre mujeres y hombres.59 Este impulso igua-
litario ganaría radicalidad con la caída de la Monarquía, dentro y fuera de
Francia. En Inglaterra, la escritora republicana Mary Wollstonecraft
(1759-1797), ardiente defensora de los hechos de 1789, dedicó su
Vindication of the Rights of Women a mostrar los perjuicios que la priva-
ción de la educación y de la propiedad había producido en las mujeres y
criticó de manera mordaz el sexismo subyacente a obras como el Émile de
Rousseau. En 1793, un grupo de mujeres parisinas creó el Club de
Republicanas Revolucionarias, presidido por la actriz Claire Lacombe.
Sus integrantes, pertenecientes a los estratos populares, fueron activas en
la lucha contra los acaparadores y a favor de la imposición de precios
máximos a bienes básicos, como la harina. Para defender la revolución,

58 Véase al respecto, el esclarecedor artículo de Florence Gauthier, «Critique du concept de “révo-


lution bourgeoise” appliqué aux Révolutions des droits de l'homme et du citoyen du XVIIIe siè-
cle». Internet. [Link]
homme-citoyen. Acceso: 20 mayo 2011.
59 El manifiesto de Olympe de Gouges representaba, desde el punto de vista girondino, la sistema-
tización teórica de los derechos de las mujeres, junto al Essai sur l’admission des femmes au droit de
cité (Ensayo sobre la admisión de las mujeres a los derechos ciudadanos), escrito por Condorcet
en 1790. Véase al respecto, Alonso, Isabel y Mila Belinchón. Introducción. 1789-1793. La voz de
las mujeres en la Revolución francesa. Cuadernos de quejas y otros textos. LaSal; Des Femmes
Antionette Fouque, Institut Valencià de la Dona. Trad. Antònia Pallach i Estela. València, 1989,
p. XXV.

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una de ellas, Pauline Léon, exigió el derecho a hacerse con picas, pisto-
las, sables, e incluso fusiles para las mujeres que tuvieran fuerza para dis-
pararlos.60
Al final, la Constitución tuvo corta vida y el programa que podría haber
alumbrado quedó truncado. La propuesta de Saint-Just con arreglo a la
cual “le gouvernement provisoire de la France est revolutionnaire jusqu’á la
paix” comportó su suspensión de facto. La amenaza proveniente de los ene-
migos externos e internos de la república hizo cada vez más difícil las prác-
ticas de democracia directa y favoreció la concentración de poder en el
Comité de Salud Pública, el cual, desprovisto de los controles necesarios,
acabó convertido en intérprete de la voluntad general. Al final, los sectores
más conservadores de la Convención, aprovechando el desencanto y la des-
movilización de los sans-culottes, consiguieron imponer un golpe de Estado
y ejecutar a Robespierre y Saint Just en julio de 1794 (el mes de Termidor
del año III, de acuerdo con el calendario revolucionario).61
La caída de Robespierre marcó la interrupción abrupta de un movi-
miento democrático que había durado algunos años y la progresiva con-
formación de una auténtica contrarrevolución burguesa. La nueva
Convención, ahora en mano de los “termidorianos” vencedores —el viz-
conde de Barras, Pierre Joseph Cambon, Jean-Lambert Tallien— reorga-
nizó rápidamente el orden político restaurando la primacía de la gens biens
y del sistema censitario. Esta preponderancia social y política de la bur-
guesía fue defendida con elocuencia por el convencional François-
Antoine de Boissy d’Anglas (1756-1826) en su discurso preliminar de 23
de abril al proyecto de Constitución de 1795. “De lo que se trata —dijo
Boissy d’Anglas— es de garantizar por fin la propiedad del rico y la exis-
tencia del pobre; la propiedad del hombre industrioso y la libertad y la
seguridad de todos […] Debemos ser gobernados por los mejores: los

60 Que la revolución generara una fuerte dinámica favorable a la expansión del demos no quiere decir
que no se manifestaran resistencias contra ella, incluso en el seno de la revolución. Después de
todo, Olympe de Gouges acabó en la guillotina e incluso los propios Clubes Revolucionarios de
Mujeres fueron cerrados… y acusados de contrarrevolucionarios.
61 Sobre el excesivo celo exhibido por los jacobinos respecto de algunas organizaciones populares y
sobre su política represiva contra el ala más radical de los sans-culottes, como elementos clave de
la caída de Robespierre, han insistido, entre otros, Guérin, Daniel. Bourgeois et Bras Nus 1793-
1795. París, Gallimard, 1973, pp. 279 ss. y el ‘príncipe anarquista’ Piotr Kropotkin. Historia de
la Revolución Francesa. Barcelona, Vergara, 2005, pp. 467 ss.

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El constitucionalismo de los modernos

mejores son los más instruidos, los más interesados en el mantenimiento


de las leyes. Ahora bien, con muy pocas excepciones, no encontraréis
hombres de ese tipo más que entre aquellos que, teniendo una propiedad,
están apegados al país en que se encuentran, a las leyes que la protegen, a
la tranquilidad que la conserva […] El hombre sin propiedades, por el
contrario, necesita un constante esfuerzo de virtud para interesarse por un
orden que no le conserva nada y para oponerse a los movimientos que le
ofrecen alguna esperanza”. Por eso, concluía, “un país gobernado por los
propietarios está dentro del orden social; un país en el que gobiernan los
no propietarios está en estado salvaje”.62
El sistema institucional previsto en la Constitución de 1795 respondía
muy bien al nuevo estado de cosas. El Ejecutivo se hacía recaer en un
directorio de cinco miembros elegido por un poder legislativo que, para
“moderar” la representación nacional, se fraccionaba por primera vez en
dos cámaras: un Consejo de 500 representantes y un Consejo de Ancianos
(art. 44). Con el mismo propósito, Sieyès —el ‘rompeolas de la revolu-
ción’, en palabras de Robespierre— propuso la creación de un jurie cons-
titutionnaire, que no era otra cosa que un “cuerpo de representantes con
la misión especial de juzgar la Constitución”. La propia Declaración de
Derechos que precedía a la Constitución de 1795 suponía un claro retro-
ceso con relación a la de 1789. El artículo 1 de la Declaración de 1789
—“Los hombres nacen y siguen siendo libres e iguales en sus derechos”
fue suprimido. “Si decís que todos los hombres son iguales en sus dere-
chos —había declarado Jean-Denis Lanjuinais— incitáis a la rebelión
contra la Constitución a aquéllos a quienes habéis rechazado o suspendido
el ejercicio de los derechos de ciudadanía en pro de la seguridad de todos”.
El derecho al sufragio, en efecto, se restringía. De los derechos socia-
les reconocidos por la Constitución de 1793 no quedaba rastro, y menos
aún del derecho a la insurrección. En cambio, el derecho de propiedad,
del que la Declaración de 1789 no había dado ninguna definición, se
equiparaba con la más amplia libertad económica como “el derecho de
disfrutar y disponer de los bienes propios, de los ingresos propios, del
fruto del propio trabajo y de la industria propia”.

62 Citado por Soboul, A. La revolución francesa, pp. 114 y 115. Sobre este punto, véase, con mayor
detalle, Mathiez, A. La réaction thermidorienne, presentación de Yannick Bosc y Florence
Gauthier. París, La fabrique Éditions, 2010, pp. 40 ss.

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Los primeros en advertir el retroceso fueron algunos críticos radicales


del jacobinismo. El incombustible Thomas Paine, que había abandonado
los Estados Unidos para sumarse a los hechos de París, había saludado
con entusiasmo la revolución en sus Rights of Man (Derechos del
Hombre). En aquella obra, escrita en 1791 para contrarrestar el opúscu-
lo contrarrevolucionario del irlandés Edmund Burke, Reflections on the
Revolution in France (Reflexiones sobre la Revolución en Francia), Paine
había defendido la necesidad de completar el cuadro de derechos recono-
cidos en la Declaración de 1789 con una serie de derechos y programas
sociales que concretaran su programa igualitario. Su oposición, sin
embargo, a la ejecución de Luis XVI, lo enfrentó con el nuevo gobierno
jacobino, que lo condenó a prisión y estuvo a punto de enviarlo al cadal-
so.63 Al salir de su encierro, tras la caída de Robespierre, Paine fue read-
mitido a la Convención y fue uno de los tres únicos diputados que vota-
ron contra la Constitución de 1795 en razón de la eliminación del sufra-
gio universal. Años más tarde, y ante un panorama de fortalecimiento de
la gran propiedad, publicó Agrarian Justice (Justicia Agraria), un panfleto
en el que propugnaba la necesidad de otorgar un ingreso incondicional a
los mayores de veintiún años como reconocimiento de la parte alícuota
que correspondía a cada ciudadano en la propiedad común de la tierra.
Algo similar ocurrió con François Nöel Babeuf (1760-1797), conocido
como Graco, en honor al tribuno republicano romano. Opositor al régi-
men jacobino, se unió a los robespierristas tras Termidor y se batió por la
rehabilitación de la Constitución de 1793. Finalmente, su Conjuration des

63 Ya en los inicios de la república, Paine se opuso a una propuesta de Danton de instaurar un sis-
tema de elección de jueces abierto a todos los ciudadanos sin ninguna exigencia de conocimien-
tos jurídicos o preparación técnica. Detrás de esa oposición latía un rechazo a la “razón de esta-
do revolucionaria” que todo lo permitía. “Una avidez por castigar —llegó a escribir— es siempre
peligrosa para la libertad. Ello conduce a los hombres a violentar, malinterpretar y abusar inclu-
so de la mejor de las leyes. Aquel que asegura su propia libertad, debe proteger incluso a su ene-
migo de la opresión, porque, si viola ese deber, establece un precedente que a él mismo llegará”
(Véase “Disertación sobre los primeros principios del gobierno”. El sentido común y otros escritos.
Eds. R. Soriano y E. Bocardo. Madrid, Tecnos, 1990, p. 96). Y más tarde, en 1793, al propio
Danton: “He perdido la esperanza de ver cumplido el gran proyecto de la libertad europea. La
causa de mi desesperación no reside en la coalición de potencias extranjeras, ni en las intrigas de
los aristócratas y sacerdotes, sino más bien en el descuido con que se han llevado los asuntos de
la Revolución” (citado por Scandellari, S. Il pensiero politico di Thomas Paine. Turín, Giappichelli,
1989, pp. 89 y 90).

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Un largo Termidor_Pensamiento juridico 4 24/02/12 12:59 Página 85

El constitucionalismo de los modernos

Égaux (Conspiración de los Iguales) fue desbaratada y él mismo conde-


nado a muerte.64
En realidad, el programa censitario y económicamente excluyente
propuesto por el nuevo grupo gobernante solo podía ponerse en marcha
mediante la represión de quienes quedaban excluidos de él. Los termido-
rianos no tardaron, de hecho, en extender el “Terror blanco” a París y a
las provincias, donde hubo detenciones y ejecuciones masivas de sans
culottes y de campesinos. Desde este punto de vista, Termidor no era una
salida del Terror, sino su continuación con otros protagonistas, con otros
vencedores y otros vencidos, un cambio de proyecto político impuesto,
sin embargo, con los mismos medios de excepción que la república había
concebido para protegerse de sus enemigos.

64 Filippo Buonarroti, en su Histoire de la Conspiration pour l'Égalité dite de Babeuf, de 1828, publi-
caría la propuesta de declaración de derechos de Robespierre y comentaría: “Este notable docu-
mento arroja mucha luz sobre el verdadero fin que se proponían los hombres tan furiosamente
proscritos tras la muerte de aquel célebre legislador [esto es, de Robespierre]. Nos causará admi-
ración la definición del derecho de propiedad, que está excluido de la relación de los derechos
principales […] los límites puestos al derecho mismo de propiedad, el establecimiento de
impuestos progresivos, etcétera”. Citado por Canfora, L. La democracia. Historia de una ideo-
logía, p. 206.

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