“Bendición”
I. RIQUEZAS DE LA BENDICIÓN
Con frecuencia evoca la bendición únicamente las formas más superficiales de la
religión, fórmulas repetidas de memoria, prácticas vacías de sentido, a las que uno se
aferra tanto más cuanta menos fe tiene. Por otra parte, incluso la viva tradición cristiana
sólo ha retenido de los empleos bíblicos apenas los menos ricos de sentido, incluyendo
los más importantes en las categorías de la gracia y de la acción de gracias. De ahí
resulta una verdadera indiferencia para con las palabras de bendición y hasta para con
la realidad que pueden designar.
Sin embargo, el último gesto visible de Cristo en la tierra, el que deja a su Iglesia y
que ha fijado el arte cristiano de Bizancio y de las catedrales, es su bendición Lc 24,50s.
Detallar las riquezas de la bendición bíblica es en realidad destacar las maravillas de la
generosidad divina y la calidad religiosa de la admiración que tal generosidad suscita en
la criatura.
La bendición es un don que afecta a la vida y a su misterio, y es un don expresado
por la palabra y por su misterio. La bendición es tanto palabra como don, tanto dicción
como bien (gr. eulogía, lat. benedictio), porque el bien que aporta no es un objeto
preciso, un don definido, porque no es de la esfera del tener, sino de la del ser, porque
no depende de la acción del hombre, sino de la creación de Dios. Bendecir es decir el
don creador y vivificante, sea antes de que se produzca, en forma de oración, sea
posteriormente, en forma de acción de gracias. Pero al paso que la oración de bendición
afirma anticipadamente la generosidad divina, la acción de gracias la ha visto ya
revelarse.
II. EL VOCABULARIO DE LA BENDICIÓN
En hebreo, como también en español, a pesar de la debilitación que ha sufrido entre
nosotros la palabra, una sola raíz (brk, emparentada quizá con la rodilla y con
la adoración, quizá también con la fuerza vital de los órganos sexuales) sirve para
designar todas las formas de la bendición, a todos los niveles. Siendo la bendición a la
vez cosa dada, don de alguna cosa y formulación de este don, hay tres palabras que la
expresan: el sustantivo beraka, el verbo barek y el adjetivo baruk.
1. Bendición (beraka).
Aun en su sentido más profano y más material, el de regalo, la palabra comporta un
matiz muy sensible de encuentro humano. Los presentes ofrecidos por Abigaíl a
David 1Sa 25,14-27, por David a las gentes de Judá 1Sa 30,26-31, por Naamán curado a
Elíseo 2Re 5,15, por Jacob a Esaú Gen 33,11, están todos destinados a sellar una unión o
una reconciliación. Pero los empleos más frecuentes con mucho, de la palabra, se hallan
en contexto religioso: aun para designar las cosas más materiales, si se escoge la
palabra bendición, es para hacerlos remontar a Dios y a su
generosidad Prov 10,6.22 Eclo 33,17, o también a la estima de las gentes de
bien Prov 11,11 28,20 Eclo 2,8. La bendición evoca la imagen de una sana prosperidad, pero
también de la generosidad para con los desgraciados Eclo 7,32 Prov 11,26 y siempre de la
benevolencia de Dios.
Esta abundancia y este bienestar es a los que los hebreos llaman la paz, y con
frecuencia se asocian las dos palabras, pero, si bien las dos evocan la misma plenitud
de riqueza, la riqueza esencial de la bendición es la de la vida y de la fecundidad; la
bendición florece Eclo 11,22 como un Edén Eclo 40,17. Su símbolo privilegiado es
el agua Gen 49,25 Eclo 39,22; el agua misma es una bendición esencial,
indispensable Ez 34,26 Mal 3,10; por su origen celestial evoca, al mismo tiempo que la vida
que alimenta, la generosidad y la gratuidad de Dios, su poder vivificador. El oráculo de
Jacob sobre José reúne todas estas imágenes, la vida fecunda, el agua, el cielo:
«Bendiciones de cielo arriba, bendiciones del abismo abajo, bendiciones del seno y de
la matriz» Gen 49,25. Esta sensibilidad a la generosidad de Dios en los dones de la
naturaleza prepara a Israel para acoger las generosidades de su gracia.
2. Bendecir.
El verbo comporta una muy extensa gama de empleos, desde el saludo trivial dirigido
al desconocido en el camino 2Re 4,29 o las fórmulas habituales de
cortesía Gen 47,7.10 1Sa 13,10 hasta los dones más altos del favor divino. El que bendice
es las más de las veces Dios, y su bendición hace siempre brotar la
vida Sal 65.11 Gen 24,35 Job 1,10. Así sólo los seres vivos son susceptibles de recibirla; los
objetos inanimados son consagrados al servicio de Dios y santificados por su presencia,
pero no bendecidos.
Después de Dios, la fuente de la vida es el padre, y a él le incumbe bendecir. Su
bendición es eficaz más que ninguna otra, como es temerosa su maldición Eclo 3,8, y así
Jeremías debía hallarse en extrema postración para que osara maldecir al que vino a
anunciar a su padre que le había nacido un hijo Jer 20,15 Job 3,3.
Por una paradoja singular sucede con frecuencia que el débil bendice al
poderoso Job 29,13 Sal 72,13-16 Eclo 4,5, que el hombre osa bendecir a Dios. Es que, si bien
el pobre no tiene nada que dar al rico ni el hombre nada que dar a Dios, sin embargo,
la bendición establece entre los seres una corriente vital y recíproca, que hace que el
más pequeño vea desbordar sobre él la generosidad del poderoso. No es absurdo
bendecir al Dios que está «por encima de todas las bendiciones» Neh 9,5; es
sencillamente confesar su generosidad y darle gracias, que es el primer deber de la
criatura Rom 1,21.
3. Bendito.
El participio baruk es la más fuerte de todas las palabras de bendición. Constituye el
centro de la fórmula típica de bendición israelita: «¡Bendito sea N...!» Esta fórmula, que
no es simple afirmación ni mero voto, y es todavía más entusiasta que
la bienaventuranza, brota como un grito ante una persona, en la que Dios acaba de
revelar su poder y su generosidad, y a la que ha escogido «entre nosotros»: Yael, «entre
las mujeres de la tienda» Jue 5.24; Israel, «entre las naciones» Dt 33,24; María. «entre las
mujeres» Lc 1,42 Jdt 13,18. Admiración a la vista de lo que Dios puede hacer por
su elegido. El ser bendito es en el mundo como una revelación de Dios, le pertenece
por un título especial, es «bendito de Yahveh», como ciertos seres son «santos de
Yahveh». Pero, al paso que la santidad que consagra a Dios separa del mundo profano,
la bendición convierte al ser al que Dios designa, en punto de unión y fuente de
irradiación. Ambos, el santo y el bendito, pertenecen a Dios; pero el santo revela más
bien su inaccesible grandeza; el bendito, en cambio, su inagotable generosidad.
Tan frecuente y tan espontánea como el grito: «¡Bendito N...!», la fórmula paralela:
«¡Bendito Dios!» brota igualmente del sobrecogimiento experimentado ante un gesto en
que Dios acaba de revelar su poder. Subraya no tanto la amplitud del gesto cuanto su
maravillosa oportunidad, su carácter de signo. Una vez más, la bendición es una
reacción del hombre ante la revelación de Dios (Gen 14,20, Melquisedec; Gen 24,27,
Eliezer; Ex 18,10, Jetró; Rut 4,14, Booz a Rut).
Finalmente, más de una vez los dos gritos: «¡Bendito N...!» y «¡Bendito Dios!» van
unidos y se corresponden: «¡Bendito Abraham del Dios Altísimo, creador del cielo y de
la tierra! ... y bendito el Dios Altísimo, que ha puesto a tus enemigos en tus
manos!» Gen 14,19s 1Sa 25,32s Jdt 13,17s. En este ritmo completo aparece la verdadera
naturaleza de ala bendición. Es una explosión entusiasta ante un elegido de Dios, pero
que no se detiene en el elegido, sino que se remonta hasta Dios, que se ha revelado en
este signo. Es el barúk por excelencia, el bendito; posee con plenitud toda bendición.
Bendecirlo no es creer añadir nada en absoluto a su riqueza, sino dejarse llevar por el
ímpetu de esta revelación y convidar al mundo a alabarla. La bendición es
siempre confesión pública de la potencia divina y acción de gracias por su generosidad.
III. HISTORIA DE LA BENDICIÓN
Toda la historia de Israel es la historia de la bendición prometida a Abraham Gen 12,3 y
dada al mundo en Jesús, «fruto bendito» del «seno bendito» de María Lc 1,42. Sin
embargo, en los escritos del AT, la atención dirigida a la bendición comporta no pocos
matices, y la bendición adquiere acentos muy diversos.
1. Hasta Abraham.
El hombre y la mujer, bendecidos en su origen por el Creador Gen 1,28, suscitan con
su pecado la maldición de Dios. Con todo, si son malditos la serpiente 3,14 y el suelo 3,17,
no así el hombre ni la mujer. La vida seguirá creciendo 3,16-19 de su trabajo y de su
sufrimiento, a menudo a costa de una agonía. Después del diluvio, una nueva bendición
da a la humanidad poder y fecundidad 9,1. Sin embargo. el pecado no cesa de dividir y
de destruir a la humanidad; la bendición de Dios sobre Sem tiene como contrapartida la
maldición de Canaán 9,26.
2. La bendición de los patriarcas.
Por el contrario, la bendición de Abraham es de otro tipo. Desde luego, en un mundo
que sigue dividido tendrá Abraham enemigos, y Dios le mostrará su fidelidad
maldiciendo a quienquiera (en singular) que le maldiga, pero el caso ha de ser una
excepción, y el designio de Dios es bendecir a «todas las naciones de la tierra» Gen 12,3.
Todos los relatos del Génesis son la historia de esta bendición. Las bendiciones
pronunciadas por los padres, de tenor más arcaico, los presentan invocando sobre sus
hijos, en general en el momento de desaparecer, los poderes de la fecundidad y de
la vida, «el rocío del cielo y la grosura de la tierra» Gen 27,28, raudales de leche y «la
sangre de los racimos» 49,11s, la fuerza para desbaratar a sus adversarios 27,29 49,8s,
una tierra donde establecerse 27,28 27,39 49,9 y perpetuar su nombre 48,16 49,8. y su vigor.
En estos fragmentos rítmicos y en estos relatos se percibe el sueño de las tribus
nómadas en busca de un territorio, ávidos de defender su independencia, aunque ya
conscientes de formar una comunidad en torno a algunos jefes y clanes
privilegiados Gen 49. Es, en una palabra, el sueño de la bendición, tal como la desean
espontáneamente los hombres, y que están prontos a conquistar por todos los medios,
sin excluir la violencia y la astucia 27,18s. A estos estribillos y a estos relatos populares
superpone el Génesis, no para desautorizarlos, sino para situarlos en su propio lugar en
la acción de Dios, las promesas y las bendiciones pronunciadas por Dios mismo. Se
habla también de un nombre poderoso Gen 12,2, de una descendencia innumerable 15,5,
de una tierra donde instarse 13,14-17, pero aquí toma Dios en su mano el porvenir de los
suyos; cambia su nombre 17,5.15, los hace pasar por la tentación 22,1 y la fe 15,6, y ya
entonces les impone un mandamiento 12,1 17,10. Trata, sin duda, de colmar el deseo del
hombre, pero a condición de que sea en la fe.
3. Bendición y alianza.
Este nexo entre la bendición y el mandamiento es el principio mismo de la alianza:
la ley es el medio para hacer vivir a un pueblo «santo de Dios» y por consiguiente
«bendito de Dios». Esto es lo que expresan los ritos de alianza. En la mentalidad
religiosa del tiempo es el «culto» el medio privilegiado de granjearse la bendición divina,
de renovar, al contacto con los lugares, con los tiempos, con los ritos sagrados, la
potencia vital del hombre y de su mundo, tan corta y tan frágil. En la religión de Yahveh
el culto no es auténtico sino en la alianza y en la fidelidad a la ley. Las bendiciones del
Código de la alianza Ex 23,25, filas amenazas de la asamblea de Siquem bajo
Josué Jos 24,19, las grandes bendiciones del Deuteronomio Dt 28,1-4, todas ellas suponen
una carta de alianza, proclaman las voluntades divinas, luego la adhesión del pueblo y,
finalmente, el gesto cultual que sella el acuerdo y le da valor sagrado.
4. Los profetas y la bendición.
Los profetas, apenas si conocen el lenguaje de la bendición. Aunque son los hombres
de la palabra y de su eficacia Is 55,10s, aunque se conocen como llamados y elegidos de
Dios, signos de su obra Is 8,18, su acción en ellos es demasiado interior, demasiado
pesada, muy poco visible e irradiante para provocar en ellos y en torno a ellos el grito
de la bendición. Y su mensaje, que consiste en recordar las condiciones de la alianza y
en denunciar sus violaciones, los induce muy poco a bendecir. Entre los esquemas
literarios que utilizan, el de la maldición les es familiar; el de la bendición, prácticamente
desconocido.
Por esto es tanto más notable el ver a veces surgir, en el seno mismo de una maldición
de tipo clásico, una imagen o una afirmación que proclama que la promesa de bendición
se mantiene intacta, que de la desolación surgirá la vida, como «una semilla
santa» Is 6,13. Así la promesa de la piedra angular de Sión irrumpe en el centro de la
maldición contra los gobernadores insensatos que juzgan invulnerable a la
ciudad Is 28,14-19; y así en Ezequiel la gran profecía de la efusión del espíritu, toda ella
llena de las imágenes de la bendición, el agua, la tierra, las mieses, pone remate, con
una lógica divina, a la condenación de Israel Ez 36,16-38.
5. Los cantos de bendición.
La bendición es uno de los temas mayores de la oración de Israel; es la respuesta a
toda la obra de Dios, que es revelación. Es muy afín a la acción de gracias o a
la confesión y está construida según el mismo esquema, pero está más próxima que
ellas al acontecimiento en que Dios acaba de revelarse y conserva en general un acento
más sencillo: «¡Bendito sea Yahveh, que hizo para mí maravillas!» Sal 31,22, «que no nos
entregó a sus dientes» Sal 124,6, «que perdona todos tus pecados» Sal 103,2. Incluso el
himno de los tres jóvenes en el horno, que convoca al universo para cantar la gloria del
Señor, tiene presente el gesto que Dios acaba de realizar: «Pues nos ha salvado de los
infiernos» Dan 3,88.
IV. BENDITOS EN CRISTO
¿Cómo podría negarnos nada el Padre, que entregó por nosotros a su propio
Hijo? Rom 8,32. En él nos ha dado todo, no nos falta ningún don de la gracia 1Cor 1,7 y
nosotros somos, «con Abraham el creyente» Gal 3,9 3,14, «bendecidos con toda suerte
de bendiciones espirituales» Ef 1,3. En él damos gracias al Padre por sus
dones Rom 1,8 Ef 5,20 Col 3,17.
Los dos movimientos de la bendición, la gracia que desciende y la acción de gracias
que se eleva son recapitulados en Jesucristo. No hay nada más allá de esta bendición,
y la multitud de los elegidos reunidos delante del trono y delante del cordero para cantar
su triunfo final, proclama a Dios: «¡Bendición, gloria, sabiduría, acción de gracias... por
los siglos de los siglos!» Ap 7,12.
Si así el NT no es sino la bendición perfecta recibida de Dios y devuelta a él, esto no
quiere decir, ni mucho menos, que esté constantemente lleno de las palabras de
bendición. Éstas son relativamente raras y están empleadas en contextos precisos, lo
cual acaba de precisar exactamente el sentido de la bendición bíblica.
1. ¡Bendito el que viene!
Los evangelios ofrecen un solo ejemplo de bendición dirigida a Jesús. Es el grito de
la multitud a su entrada en Jerusalén en vísperas de la pasión: «¡Bendito el que
viene!» Mt 21,9 p. Sin embargo, nadie respondió jamás como Jesús al retrato del ser
bendito, en el que Dios revela con signos esplendentes su poder y su bondad Act 10,38.
Su llegada al mundo suscita en Isabel Lc 1,42, en Zacarías 1,68, en Simeón 2,28, en María
misma (sin la palabra, 1,46s) una oleada de bendiciones. De ellas es él evidentemente el
centro: Isabel proclama: «¡Bendito el fruto de tu vientre!» 1,42; más tarde, una madre
proclama todavía «bienaventuradas las entrañas que te llevaron» 11,27. Él mismo, fuera
del ejemplo único del domingo de Ramos, no es bendecido nunca directamente. Esta
ausencia no debe de ser pura casualidad. Refleja quizá la distancia que se establecía
entre Jesús y los hombres: bendecir a alguien es en cierta manera unirse a él. Quizá
también marca el carácter inacabado de la revelación de Cristo en tanto no esté
consumada su obra, y la oscuridad que subsiste sobre su persona hasta su muerte y su
resurrección.
2. El cáliz de bendición.
Antes de multiplicar los panes Mt 14,19 p, antes de distribuir el pan convertido en su
cuerpo Mt 26,26 p, antes de partir el pan en Emaús Lc 24,30. Jesús pronuncia una
bendición, y nosotros también «bendecimos el cáliz de bendición» 1Cor 10,16. ¿Designa
la bendición en estos textos un gesto especial, o una fórmula particular, distinta de las
palabras eucarísticas propiamente dichas, o es sólo el título dado a las palabras que
siguen? Esto no tiene importancia aquí. El hecho es que los relatos eucarísticos asocian
estrechamente las bendiciones y la acción de gracias y que en esta asociación la
bendición representa el aspecto ritual y visible, el gesto y la fórmula, mientras que la
acción de gracias expresa el contenido de los gestos y de las palabras. Este rito es,
entre todos los que pudo el Señor realizar en su vida, el único que se nos ha conservado,
pues es el rito de la nueva alianza Lc 22,20. La bendición halla en él su total realización;
es un don expresado en una palabra inmediatamente eficaz; es el don perfecto del
Padre a sus hijos, toda su gracia, y el don perfecto del Hijo que ofrece su vida al Padre,
toda nuestra acción de gracias unida a la suya: es un don de fecundidad, un misterio de
vida y de comunión.
3. La bendición del Espíritu Santo.
Si el don de la Eucaristía contiene toda la bendición de Dios en Cristo, si su último
gesto es la bendición que deja a su Iglesia Lc 24,51 y la bendición que suscita en ella 24,53,
sin embargo, en ningún lugar del NT se dice que Jesucristo es la bendición del Padre.
En efecto, la bendición es siempre el don, la vida recibida y asimilada. Ahora bien, el
don por excelencia es el Espíritu Santo. No ya que Jesucristo nos sea menos dado que
el Espíritu Santo, pero el Espíritu nos es dado para ser en nosotros el don recibido de
Dios. El vocabulario del NT es expresivo. Es cierto que Cristo es de nosotros, pero sobre
todo es cierto que nosotros somos de Cristo 1Cor 3,23 2Cor 10,7. Del Espíritu, por el
contrario, se dice más de una vez que nos es dado Mc 13 11 Jn 3,34 Act 5,32 Rom 5,5, que lo
recibiremos Jn 7,39 Act 1,8 Rom 8,15 y que lo poseemos Rom 8,9 Ap 3,1, hasta tal punto que se
habla espontáneamente del «don del Espíritu» Act 2,38 10,45 11,17. La bendición de Dios,
en el sentido pleno de la palabra, es su Espíritu Santo. Ahora bien, este don divino, que
es Dios mismo, lleva en sí todos los rasgos de la bendición. Los grandes temas de la
bendición, el agua que regenera, el nacimiento y la renovación, la vida y la fecundidad,
la plenitud y la paz, el gozo y la comunión de los corazones, son igualmente frutos del
Espíritu.
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