100% encontró este documento útil (1 voto)
1K vistas14 páginas

Oficio de Lecturas San Juan Pablo II

Este documento presenta la liturgia de las horas para conmemorar a San Juan Pablo II. Contiene invocaciones iniciales, salmos, lecturas y oraciones. La primera lectura es un pasaje de los Hechos de los Apóstoles donde Pablo exhorta a los pastores de Éfeso a cuidar el rebaño. La segunda lectura es un extracto del discurso de Juan Pablo II al comienzo de su pontificado donde les dice a los fieles "¡No tengáis miedo! ¡Abrid las puertas a Cristo!". El documento celebra a Juan Pablo
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
100% encontró este documento útil (1 voto)
1K vistas14 páginas

Oficio de Lecturas San Juan Pablo II

Este documento presenta la liturgia de las horas para conmemorar a San Juan Pablo II. Contiene invocaciones iniciales, salmos, lecturas y oraciones. La primera lectura es un pasaje de los Hechos de los Apóstoles donde Pablo exhorta a los pastores de Éfeso a cuidar el rebaño. La segunda lectura es un extracto del discurso de Juan Pablo II al comienzo de su pontificado donde les dice a los fieles "¡No tengáis miedo! ¡Abrid las puertas a Cristo!". El documento celebra a Juan Pablo
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

Liturgia de las Horas.

Oficio de
Lecturas
SAN JUAN PABLO II, MEMORIA

Del Común de los pastores


Para un santo Papa

1
INVOCACIONES INICIALES (De pie)

Todos se signan una Cruz en los labios al pronunciar lo siguiente:


V. Señor abre mis labios
R. Y mi boca proclamará tu alabanza. Gloria al
Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en
el principio, ahora y siempre, por los siglos de los
siglos. Amén. Aleluya.

INVITATORIO

Ant. Venid, adoremos a Cristo, pastor supremo.


Aleluya. (La repiten todos)

Salmo 23. Entrada solemne de Dios en su templo.


Las puertas del cielo se abren ante Cristo,
que como hombre sube al cielo (San Irineo)

Del Señor es la tierra y cuanto la llena,


el orbe, y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos.
Todos: Venid, adoremos a Cristo, pastor supremo.
Aleluya.

-¿Quién puede subir al monte del Señor?


¿Quién puede estar en el recinto sacro?
Todos: el pastor supremo. Aleluya.

-El hombre de manos inocentes,


y puro corazón,
que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso.
2
Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
Todos: Venid, adoremos a Cristo, pastor supremo.
Aleluya.

-Éste es el grupo que busca al Señor,


que viene a tu presencia, Dios de Jacob.
Todos: pastor supremo. Aleluya.

¡Portones!, alzad los dinteles,


que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
Todos: Venid, adoremos a Cristo, pastor supremo.
Aleluya.

-¿Quién es ese Rey de la gloria?


-El Señor, héroe valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.
Todos: el pastor supremo. Aleluya.

¡Portones!, alzad los dinteles,


que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria.
Ant. Venid, adoremos a Cristo, pastor supremo.
Aleluya.

-¿Quién es ese Rey de la gloria?


-El Señor, Dios de los ejércitos.
Él es el Rey de la gloria.
Todos: pastor supremo. Aleluya.

3
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Todos: Venid, adoremos a Cristo, pastor supremo.
Aleluya.

V/: Venid, adoremos a Cristo,


R/: pastor supremo. Aleluya.

HIMNO:

¡Abrid, las puertas a Cristo,


no tengáis miedo!
Abrid de par en par
Vuestro corazón a Dios.

Testigo de esperanza
para quien espera la salvación,
peregrino por amor
en los caminos del mundo.

Verdadero padre para los jóvenes


a quienes envista al mundo,
centinelas de la mañana,
signo vivo de esperanza.

Testigo de la fe
que anunciaste con la vida,
firme y fuerte en la prueba
confirmaste a tus hermanos.

4
Enseñaste a cada hombre
la belleza de la vida
indicando a la familia
como signo del amor.

Portador de la paz
y heraldo de justicia,
te hiciste entre las gentes
nuncio de misericordia.

El el dolor revelaste
el poder de la Cruz.
Guía siempre a tus hermanos
en el camino del amor.

En la Madre del Señor


nos indicaste una guía,
en su intercesión
el poder de la gracia.

Padre de misericordia,
Hijo nuestro Redentor,
Santo Espíritu de Amor,
a ti, Trinidad, la gloria. Amén.

SALMODIA (Sentados)

Ant 1. Quien quiera ser el primero que sea el


último de todos y el servidor de todos. Aleluya.

Salmo 20 (2-8.14) – ACCION DE GRACIAS POR LA


VICTORIA DE UN REY

5
Señor, el rey se alegra por tu fuerza,
¡y cuánto goza con tu victoria!
Le has concedido el deseo de su corazón,
no le has negado lo que pedían sus labios.

Te adelantaste a bendecirlo con el éxito,


y has puesto en su cabeza una corona de oro fino.
Te pidió vida, y se la has concedido,
años que se prolongan sin término.

Tu victoria ha engrandecido su fama,


lo has vestido de honor y majestad.
Le concedes bendiciones incesantes,
lo colmas de gozo en tu presencia;
porque el rey confía en el Señor,
y con la gracia del Altísimo no fracasará.

Levántate, Señor, con tu fuerza,


y al son de instrumentos cantaremos tu poder.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.


Como era en el principio, ahora y siempre, por
los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Quien quiera ser el primero que sea el


último de todos y el servidor de todos. Aleluya.

Ant 2. Cuando aparezca el supremo Pastor,


recibiréis la corona de gloria que no se marchita.
Aleluya.

Salmo 91 (I) – ALABANZA DEL DIOS CREADOR


6
Es bueno dar gracias al Señor
y tañer para tu nombre, oh Altísimo,
proclamar por la mañana tu misericordia
y de noche tu fidelidad,
con arpas de diez cuerdas y laúdes,
sobre arpegios de cítaras.

Tus acciones, Señor, son mi alegría,


y mi júbilo, las obras de tus manos.
¡Qué magníficas son tus obras, Señor,
qué profundos tus designios!
El ignorante no los entiende
ni el necio se da cuenta.

Aunque germinen como hierba los malvados


y florezcan los malhechores,
serán destruidos para siempre.
Tú, en cambio, Señor,
eres excelso por los siglos.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.


Como era en el principio, ahora y siempre, por
los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Cuando aparezca el supremo Pastor,


recibiréis la corona de gloria que no se marchita.
Aleluya.

Ant 3. Siervo bueno y fiel, pasa al banquete de tu


Señor. Aleluya.

Salmo 91 (II)– LA SUERTE DE LOS IMPÍOS Y LA


7
DICHA DE LOS RECTOS

Porque tus enemigos, Señor, perecerán,


los malhechores serán dispersados;
pero a mí me das la fuerza de un búfalo
y me unges con aceite nuevo.
Mis ojos despreciarán a mis enemigos,
mis oídos escucharán su derrota.

El justo crecerá como una palmera,


se alzará como un cedro del Líbano:
plantado en la casa del Señor,
crecerá en los atrios de nuestro Dios;

en la vejez seguirá dando fruto


y estará lozano y frondoso,
para proclamar que el Señor es justo,
que en mi Roca no existe la maldad.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.


Como era en el principio, ahora y siempre, por
los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Siervo bueno y fiel, pasa al banquete de tu


Señor. Aleluya.

V. Oirás de mi boca una palabra. Aleluya.


R. Y les advertirás de mi nombre. Aleluya.

PRIMERA LECTURA

8
De los Hechos de los Apóstoles (20, 17-36)

EXHORTACIÓN DE PABLO A LOS PASTORES DE LA


IGLESIA DE ÉFESO

En aquellos días, desde Mileto, mandó Pablo


llamar a los presbíteros de la Iglesia de Éfeso.
Cuando se presentaron les dijo:
«Vosotros sabéis que todo el tiempo que he estado
aquí, desde el día que por primera vez puse pie en
Asia, he servido al Señor con toda humildad, en
las penas y pruebas que me han procurado las
maquinaciones de los judíos. Sabéis que no he
ahorrado medio alguno, que he predicado y
enseñado en público y en privado, insistiendo a
judíos y griegos a que se convirtieran y crean en
nuestro Señor Jesús.
Y ahora me dirijo a Jerusalén, forzado por el
Espíritu. No sé lo que me espera allí, sólo sé que
el Espíritu Santo, de ciudad en ciudad, me asegura
que me aguardan cárceles y luchas. Pero a mí no
me importa la vida; lo que me importa es
completar mi carrera, y cumplir el encargo que me
dio el Señor Jesús: ser testigo del Evangelio, que
es la gracia de Dios.
He pasado por aquí predicando el reino, y ahora sé
que ninguno de vosotros me volverá a ver. Por eso
declaro hoy que no soy responsable de la suerte de
nadie: nunca me he reservado nada, os he
anunciado enteramente el plan de Dios.

9
Tened cuidado de vosotros y del rebaño que el
Espíritu Santo os ha encargado guardar, como
pastores de la Iglesia de Dios, que él adquirió con
la sangre de su Hijo. Ya sé que, cuando os deje, se
meterán entre vosotros lobos feroces que no
tendrán piedad del rebaño. Incluso algunos de
vosotros deformarán la doctrina y arrastrarán a los
discípulos. Por eso, estad alerta: acordaos que
durante tres años, de día y de noche, no he cesado
de aconsejar con lágrimas en los ojos a cada uno
en particular. Ahora os dejo en manos de Dios y
de su palabra que es gracia, y tiene poder para
construiros y daros parte en la herencia de los
santos.
A nadie le he pedido dinero, oro ni ropa. Bien
sabéis que estas manos han ganado lo necesario
para mí y mis compañeros. Siempre os he
enseñado que es nuestro deber trabajar para
socorrer a los necesitados, acordándonos de las
palabras del Señor Jesús: "Más dichoso es el que
da que el que recibe."»
Cuando terminó de hablar, se pusieron todos de
rodillas, y Pablo rezó.

RESPONSORIO Hch 20, 28; 1Co4, 2


De pie:

R. Tened cuidado del rebaño que el Espíritu


Santo os ha encargado guardar, * como pastores
de la Iglesia de Dios, que él adquirió con la
sangre de su Hijo, Aleluya. (Se repite).
10
V. En un administrador lo que se busca es que
sea fiel.
R. Como pastores de la Iglesia de Dios, que él
adquirió con la sangre de su Hijo. Aleluya.
Sentados:

SEGUNDA LECTURA

De la Homilía de san Juan Pablo II, papa, en el


inicio de su pontificado. (22 de octubre 1978: AAS 70
[1978] 945-947)

¡NO TENGAIS MIEDO! ¡ABRID LAS PUERTAS A


CRISTO!

¡Pedro vino a Roma! ¿Qué fue lo que le guió y


condujo a esta Urbe, corazón del Imperio Romano,
sino la obediencia a la inspiración recibida del
Señor? Es posible que este pescador de Galilea no
hubiera querido venir hasta aquí; que hubiera
preferido quedarse allá, a orillas del Lago de
Genesaret, con su barca, con sus redes. Pero
guiado por el Señor, obediente a su inspiración,
llegó hasta aquí.
Según una antigua tradición durante la
persecución de Nerón, Pedro quería abandonar
Roma. Pero el Señor intervino, le salió al
encuentro. Pedro se dirigió a El preguntándole:
«Quo vadis, Domine?: ¿Dónde vas, Señor?». Y el
Señor le respondió enseguida: «Voy a Roma para
ser crucificado por segunda vez». Pedro volvió a
Roma y permaneció aquí hasta su crucifixión.
11
Nuestro tiempo nos invita, nos impulsa y nos
obliga a mirar al Señor y a sumergirnos en una
meditación humilde y devota sobre el misterio de
la suprema potestad del mismo Cristo.
El que nació de María Virgen, el Hijo del
carpintero – como se le consideraba –, el Hijo del
Dios vivo, como confesó Pedro, vino para hacer
de todos nosotros «un reino de sacerdotes».
El Concilio Vaticano II nos ha recordado el
misterio de esta potestad y el hecho de que la
misión de Cristo –Sacerdote, Profeta-Maestro,
Rey– continúa en la Iglesia. Todos, todo el Pueblo
de Dios participa de esta triple misión. Y quizás en
el pasado se colocaba sobre la cabeza del Papa la
tiara, esa triple corona, para expresar, por medio
de tal símbolo, el designio del Señor sobre su
Iglesia, es decir, que todo el orden jerárquico de la
Iglesia de Cristo, toda su "sagrada potestad"
ejercitada en ella no es otra cosa que el servicio,
servicio que tiene un objetivo único: que todo el
Pueblo de Dios participe en esta triple misión de
Cristo y permanezca siempre bajo la potestad del
Señor, la cual tiene su origen no en los poderes de
este mundo, sino en el Padre celestial y en el
misterio de la cruz y de la resurrección.
La potestad absoluta y también dulce y suave del
Señor responde a lo más profundo del hombre, a
sus más elevadas aspiraciones de la inteligencia,
de la voluntad y del corazón. Esta potestad no
habla con un lenguaje de fuerza, sino que se
expresa en la caridad y en la verdad.

12
El nuevo Sucesor de Pedro en la Sede de Roma
eleva hoy una oración fervorosa, humilde y
confiada: ¡Oh Cristo! ¡Haz que yo me convierta en
servidor, y lo sea, de tu única potestad! ¡Servidor
de tu dulce potestad! ¡Servidor de tu potestad que
no conoce ocaso! ¡Haz que yo sea un siervo! Más
aún, siervo de tus siervos.
¡Hermanos y hermanas! ¡No tengáis miedo de
acoger a Cristo y de aceptar su potestad!
¡Ayudad al Papa y a todos los que quieren servir a
Cristo y, con la potestad de Cristo, servir al
hombre y a la humanidad entera!
¡No temáis! ¡Abrid, más todavía, abrid de par en
par las puertas a Cristo! Abrid a su potestad
salvadora los confines de los Estados, los sistemas
económicos y los políticos, los extensos campos
de la cultura. de la civilización y del desarrollo.
¡No tengáis miedo! Cristo conoce «lo que hay
dentro del hombre». ¡Sólo El lo conoce!
Con frecuencia el hombre actual no sabe lo que
lleva dentro, en lo profundo de su ánimo, de su
corazón. Muchas veces se siente inseguro sobre el
sentido de su vida en este mundo. Se siente
invadido por la duda que se transforma en
desesperación. Permitid, pues, – os lo ruego, os lo
imploro con humildad y con confianza – permitid
que Cristo hable al hombre. ¡Sólo El tiene palabras
de vida, sí, de vida eterna!

RESPONSORIO
13
De pie:

R/. No tengáis miedo: el Redentor del hombre ha


revelado el poder de la cruz y ha dado la vida por
nosotros. * Abrid de par en par las puertas a
Cristo. (Se repite)
V/. Somos llamados en la Iglesia a participar de
su potestad.
R/. Abrid de par en par las puertas a Cristo.

ORACIÓN (De pie).

Oh Dios, rico en misericordia, que has querido que


san Juan Pablo II, papa, guiara toda tu Iglesia, te
pedimos que, instruidos por sus enseñanzas, nos
concedas abrir confiadamente nuestros corazones
a la gracia salvadora de Cristo, único redentor del
hombre, que vive y reina por los siglos de los
siglos. Amén.

CONCLUSIÓN

V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.

14

También podría gustarte