El Jugador Análisis
Los primeros capítulos de El jugador son muy importantes para entender la trama. Es aquí donde
se presenta a los personajes con sus características particulares, que nos permitirán comprender
la manera en que se relacionan e interactúan, y donde se introducen los temas principales de la
novela.
El protagonista y narrador en primera persona es Alexéi Ivánovich, un hombre educado que
pertenece al sector noble de la sociedad rusa, pero que no tiene dinero y se siente degradado por
ser parte del servicio doméstico del general. Él se siente inferior porque cree que así lo ven los
otros, y por eso se describe a sí mismo como si fuera un ser insignificante. Debemos tener en
cuenta, sin embargo, que Alexéi se presenta como un narrador poco confiable, que se deja llevar
por sus pasiones y que en todo momento intenta provocar a quienes lo rodean. Otro factor para
considerar es que Alexéi va narrando lo que sucede con poca distancia de los acontecimientos,
porque muchas veces aclara que han pasado pocas horas o días de lo que está por contar, lo que
nos permite inferir que su relato se ve atravesado por sensaciones recientes. En este sentido, no
debemos tomar todas sus reflexiones como verdades absolutas. Por ejemplo, cada vez que
aparece el adjetivo “insignificante” en estos tres capítulos –para describir las impresiones que De
Grieux, el abad de París y Polina tienen sobre Alexéi–, en ningún caso es una palabra dicha por
los personajes, sino que se trata de la interpretación que hace Alexéi de sus gestos y expresiones.
Así, es importante tener en cuenta cómo las miradas ajenas impactan en el modo en que el
protagonista se percibe a sí mismo y decide actuar según su manera de comprender las actitudes
de los demás.
El hecho de que Alexéi se sienta inferior frente a los otros lo hace actuar de forma indecorosa, lo
que se pone en evidencia en el primer capítulo, cuando asiste a un almuerzo sin ser invitado y
decide hacer un escándalo. En su lógica, Alexéi siente que la única manera de recuperar su
dignidad y ejercer su libertad es rebajándose aún más, como si su moral se rigiera bajo otros
parámetros. La historia del Monsignor explica bien esto, porque a través de este relato Alexéi
cuenta cómo se hizo respetar desestimando la jerarquía impuesta por el abad, que lo creía una
visita de poca importancia por su condición de ruso. Esta anécdota anticipa lo que sucederá con el
barón Wurmenheim, a quien Alexéi ofenderá por un capricho de Polina, pero que luego querrá
aprovechar como una forma de romper las formalidades impuestas por el orden social y generar
caos. Aquí también vemos cómo entra en juego el tema de Rusia vs. Occidente, en el modo en
que Alexéi realiza una crítica mordaz al sistema de valores de los europeos, con quienes siempre
busca pelearse. En rigor, Alexéi cuenta esta historia solo por el motivo de hacer irritar a quien se
presenta como su antagonista: el marqués De Grieux. El francés es su némesis porque es un
hombre adinerado y pedante que busca rebajarlo, pero también porque Alexéi cree que Polina
desea casarse con él.
Polina también es, de algún modo, su antagonista, por el tipo de relación de amor y odio que tiene
con Alexéi. Ella es su interés amoroso, pero también la persona con quien se siente más
humillado. Desde una perspectiva actual, podríamos decir que el vínculo entre ellos está
atravesado por la violencia de género: Alexéi se cree en el derecho de ser irrespetuoso con ella y
de decirle cosas apasionadas y groseras porque se considera su “esclavo”. Además, nos confiesa
que ha tenido el deseo de estrangularla y que sería capaz de matar y de matarse si ella se lo
pidiera. Y si bien Polina no queda fuera de esta dinámica porque, según Alexéi, ella se aprovecha
de esto para pedirle favores y se divierte viéndolo sufrir, lo cierto es que es Alexéi quien busca
todo el tiempo este tipo de interacción con su amada.
Mr. Astley también está enamorado de Polina, pero de una forma completamente opuesta a
Alexéi. Él es presentado como un hombre tímido, honesto y rico; en algún punto, es el doble
inverso del protagonista. Como se verá más adelante, Mr. Astley será el único que se preocupará
genuinamente por Alexéi e intentará guiarlo moralmente, aunque aquel desoiga sus consejos.
Finalmente, aparece el tema más importante de la novela: el juego. En un sentido, El jugador es
simplemente eso: el triste retrato de un hombre que se obsesiona con la ruleta hasta convertirse
en un adicto. Pero también el juego de azar se presenta como la oportunidad de cambiar el
destino de una persona, y es así como Alexéi, y también Polina, acuden al juego como su única
posibilidad de salvación. Alexéi no cree que la ruleta sea algo “vil y sucio” por sentir un rechazo
por el lucro y la ganancia. Lo que a él le molesta es la actitud del gentleman que juega para
entretenerse, como si no le importara perder. El general, un “hombre correcto”, se comporta de
este modo, pero Alexéi sabe que, como buen ruso, también busca en el juego la posibilidad de
pagar sus deudas y salvarse.
El capítulo 4 continúa con el tema del juego, la suerte y el destino. Es evidente que para Alexéi no
sirve de nada tratar de apostar siguiendo algún método de cálculo, porque la suerte no se rige
bajo ninguna lógica racional. Sin embargo, él es llevado a jugar hasta perderlo todo por una
sensación extraña, la sensación de que el juego le permitirá torcer su destino, cambiar su
situación de profesor pobre no respetado. Es una sensación tan fuerte para él que se convierte en
una convicción, por más ridículo que parezca a los ojos de los otros.
Esta forma de relacionarse con el juego, según la perspectiva del protagonista, se vincula con el
modo de ser de los rusos, quienes confían más en el golpe de suerte que en obtener riqueza
trabajando duro y ahorrando. Esta idea se refuerza en el hecho de que Polina también sienta,
como Alexéi, que la ruleta es su única opción, y por eso ambos, que son rusos, están convencidos
de que tienen que ganar, aunque la suerte les demuestre lo contrario. En este punto, el tema del
juego se cruza con la oposición entre Rusia y Occidente, porque Alexéi se atreve a decir, frente al
general y los franceses, que preferiría enriquecerse en la ruleta a someterse a “la forma alemana
de acumular [dinero] por medio del trabajo honrado” (p.34). Según su perspectiva, los parámetros
de moralidad del mundo occidental someten a las personas a un estilo de vida de puro esfuerzo y
sacrificio con el solo objetivo de acumular capitales y de seguir las órdenes del padre de familia
para que la recompensa la obtengan las generaciones venideras. Por eso, él prefiere ser “un
libertino a la rusa” (p.36), y ser él quien disfruta y hace uso del dinero ganado.
El capítulo 5 se concentra de nuevo en el tema de la relación de amor y odio entre Alexéi y Polina.
La “teoría del esclavo”, como la llama Polina, supone que Alexéi considera un hecho que él se
encuentra sometido a su amada, y que esa posición de inferioridad le da permiso a preguntarle y
decirle cosas que, estando en otra condición, no se atrevería a decir. La ironía consiste en que
Alexéi cree que, por ser esclavo de Polina, ella no puede ofenderse de lo que él le diga porque él
no importa, lo que le da cierto derecho a decirle cosas como que sería capaz de matarla. También
admite que, cuando habla con Polina, “[pierde] toda forma” (p.44), es decir, se olvida de seguir los
modales de la decencia y el decoro pretendidos por el orden social.
Su vínculo tiene para Alexéi algo de masoquismo, porque él, al dirigirse a Polina de ese modo,
logra que ella se irrite y lo mire con enfado, lo que a Alexéi le da placer. Incluso Alexéi llega a
pensar que ella lo mira enojada a propósito porque sabe que a él le gusta, pero cuando le
transmite a Polina estos pensamientos, ella le responde: “¡Qué porquería!” (p.45). Debemos
sospechar, en este sentido, hasta qué punto Polina acepta de modo consensuado está dinámica
violenta que Alexéi le propone.
Sin embargo, ella decide ponerlo a prueba pidiéndole que ofenda a la baronesa y al barón
Wurmenheim. Al principio, Alexéi duda porque no sabe si Polina se lo pide en serio o si se trata de
una broma. En el tema de las formas y el orden social está la pregunta de hasta qué punto las
bromas, las “chiquilinadas” (p.65) –como las llama Polina en su carta–, pueden convertirse en algo
más serio y producir un escándalo. Alexéi realiza la broma siguiendo las órdenes de Polina, pero
también lo hace como un acto de libertad, porque, así como él acepta libremente ser esclavo de
Polina, también busca la humillación voluntaria como medio de escapar a ese orden social que lo
somete a una condición de inferioridad.
Los capítulos 6 y 7 tratan sobre el enfrentamiento con el barón y sus inmediatas consecuencias.
Es evidente que Alexéi quiere demostrar a través de este conflicto que es capaz de generar caos,
e incluso cuando dice estar ofendido, su narración nos hace sospechar que solo pretende estarlo
para perturbar su entorno. Resulta irónico para el orden de la nobleza en el que se mueve Alexéi
que un simple profesor espere que un barón, alguien superior en la jerarquía social, le pida
disculpas, cuando además fue él quien inició con su atrevimiento la ofensa. Sin embargo, vemos
que Alexéi trata de imponer su propia lógica para evitar que se lo trate como a un sirviente que no
puede hacerse cargo de sus actos. Así le dice al general: “Tengo veinticinco años, soy aspirante a
la universidad, soy noble, soy un completo extraño para usted. Solo el infinito respeto que tengo
por su dignidad me impide exigirle ahora una satisfacción y más explicaciones por haberse
arrogado el derecho de responder por mí” (p.55).
El enfrentamiento con el barón también puede pensarse dentro del tema Rusia vs. Occidente.
Cuando De Grieux va a hablar con Alexéi, este se da cuenta de que el francés pretende ser
amable con él solo por mandato, porque está buscando que abandone su intención de continuar
con el escándalo. Alexéi, por el contrario, busca escaparle a la cortesía, quiere ser directo,
expresar su opinión, lo que en el mundo regido por los valores de occidente también significa un
escándalo. En este punto, los franceses y el barón prusiano, e incluso el general –como un
emigrado ruso que quiere adaptarse a sus pares europeos– representan esas apariencias del
mundo occidental que Alexéi cuestiona, ese “formalismo de oficina que se ha establecido como
forma de amabilidad de salón, desenvoltura y alegría” (p.60). De esta manera, el episodio también
se relaciona con el tema de la crítica a la moralidad como moralina, es decir, como moralidad
superficial o falsa.
La conversación entre Alexéi y Mr. Astley del capítulo 8 revela algunos datos importantes para la
trama sobre el pasado de Mademoiselle Blanche de Comignes. Mr. Astley tiene las mismas
sospechas de Alexéi sobre el origen noble de aquella mujer francesa a la que conoció con otro
nombre y de quien presume que no es pariente de De Grieux ni de quien aparenta ser su madre.
Aquí se aborda el tema de las formas y el orden social, porque al parecer a Blanche le importa
mucho relacionarse con gente que le permita adquirir un título –quiere casarse para ser generala–
y poseer riquezas. Del mismo modo se comportan el marqués y el general, que quieren evitar un
escándalo con el barón para seguir manteniendo la farsa de estabilidad social. Sin embargo, cabe
remarcar una diferencia entre los franceses y el general: los primeros se interesan solo por el alto
rango y la propiedad, mientras que el general quiere conservar las formas –según lo que cree
Alexéi– porque está perdidamente enamorado de Mademoiselle Blanche.
A través de este diálogo también observamos cómo Mr. Astley se comporta con Alexéi. Si bien le
manifiesta que lo estima mucho, señala en varias ocasiones que Alexéi no tiene el derecho de
presumir y preguntar ciertas cosas sobre los demás. De esta forma, Mr. Astley ubica a Alexéi en
su posición social, exigiéndole que siga la moralidad del entorno en el que viven. Como Alexéi
respeta mucho a Mr. Astley deja pasar sus observaciones, aunque muestra enfado por tener que
seguir lo que para él es una moral falsa y superficial.
La sorpresiva aparición de la abuela en Ruletenburgo, además de frustrar los planes de la familia,
hace poner en crisis dicha moral, y las formas con las que se mantiene el orden social de la
nobleza. En algún punto, la abuela y Alexéi comparten el mismo placer por poner en jaque las
expectativas del general, De Grieux y Blanche, si bien la abuela por su estatus tiene la autoridad
que no tiene Alexéi para comportarse como quiere. Otra forma en la que Antonida Vasílevna tiene
una actitud disruptiva con las jerarquías sociales es a partir de su relación con las personas de los
estratos inferiores. La abuela es la única que se interesa y se dirige hacia quienes forman parte
del servicio doméstico, como Fedosia, Potápich y Marfa, y solicita que esta última, su mucama, la
acompañe a la ruleta, aunque el general le dice que no es necesario, a lo que la abuela la
responde: “¡Qué tonterías! ¡Dejarla porque es una sirvienta! Si también es una persona de carne y
hueso” (p.93).
La abuela y Alexéi Ivánovich también comparten la adicción al juego. Vale la pena remarcar que
en el capítulo 10, cuando Alexéi relata el frenesí del juego de la abuela, se refiere a sí mismo por
primera vez como jugador, describiendo las sensaciones que le produce la ruleta: “Yo mismo era
jugador; lo sentí en ese mismo momento. Me temblaban las manos y las piernas, me latían las
sienes” (p.102). La abuela juega como Alexéi describe el juego de los rusos: sin mesura ni cálculo,
pero con la convicción de que ganará. Pero, así como la abuela, Alexéi y Polina esperan todo de
la ruleta, confiando en tener siempre de su lado la suerte, la realidad del juego es que, tarde o
temprano, llegará la derrota. Por eso la actitud de la abuela, que insiste con apostar al cero –un
número con pocas probabilidades de salir–, anticipa el desenlace de su juego, que terminará en la
pérdida de casi toda su fortuna. El general y el marqués presienten este terrible final para sus
planes de heredar el patrimonio de la abuela y le piden a Alexéi que evite que siga jugando. Pero
Alexéi no puede controlar el juego de la abuela, que se deja llevar por el caos y el descontrol de la
ruleta, del mismo modo que Alexéi terminará sucumbiendo a su ludopatía.
En esta sección termina el episodio de la abuela, que le pone un fin a las esperanzas de herencia
del general y a las especulaciones de De Grieux y Mademoiselle Blanche, quienes se alejarán de
la familia. Podemos considerar la llegada y la salida de la abuela como el momento clímax de la
novela, porque Alexéi siente constantemente que algo importante y trágico va a suceder: “La
catástrofe estaba por estallar” (p.128), dice cuando la abuela anuncia que se irá, aunque después
su adicción al juego la hace quedarse hasta perder todo el dinero del que dispone.
Esta desgracia puede ser interpretada a través del tema Rusia vs. Occidente, como lo hace
Potápich: “¡Ay, esto de ir al extranjero! […] Yo le dije que no iba a salir nada bueno. ¡Ojalá
volvamos rápido a nuestro Moscú! ¿Por qué, por qué no habríamos de estar en casa, en Moscú?
El jardín, unas flores que aquí no hay, aire fresco, los manzanos duros, aire libre… no: ¡había que
ir al extranjero! ¡Ay, ay, ay…!” (pp.129-130). Desde la perspectiva de este hombre, que representa
a los estratos bajos de la sociedad rusa, a diferencia de los nobles rusos que eligen vivir fuera de
su país, el extranjero solo significa problemas. Es interesante que, al pensar en su Moscú,
Potápich evoca imágenes naturales, como si para él el extranjero –Europa u Occidente– fuese un
mundo artificial que ha perdido arraigo con la naturaleza. Él ha presenciado con sus propios ojos
cómo la abuela se pierde a sí misma en la ruleta, y asocia el mal del juego con estar en el
extranjero, mientras Rusia significa para él una conexión con la belleza natural. La abuela, por su
parte, asocia a Rusia con algo más espiritual y caritativo, por eso decide que compensará por lo
que ha despilfarrado reconstruyendo una iglesia en Moscú.
El capítulo 13 se inicia con una reflexión introspectiva de Alexéi, que nos recuerda lo poco
confiable que es como narrador. Él admite que ha escrito sus notas sobre lo sucedido bajo la
influencia de un “remolino reciente que [lo] apresó entonces en su torbellino [arrojándolo] luego
quién sabe dónde” (p.131). Esta sensación de confusión y de extravío hace que, para Alexéi, el
tiempo transcurra rápido, como si estuviera en un sueño, y lo haga dudar de su cordura. Todo esto
sugiere que deberíamos tomar sus impresiones más como vivencias subjetivas que como
realidades objetivas.
Nuestro narrador cree que Polina le oculta la verdad sobre su relación con De Grieux y con Mr.
Astley y se siente atormentado por la duda. Él cree además que Polina, con su actitud fría y
distante, muestra el desprecio que siente por él y por su amor. Por eso se sorprende cuando la
encuentra en su habitación, situación por demás comprometedora, puesto que resulta indecoroso
para la sociedad de aquella época que una dama visite a un hombre en su habitación a la noche.
La carta de De Grieux no revela nada nuevo para Alexéi; podemos suponer, en ese sentido, que
él ya sabe lo mismo que el resto sobre las deudas de la familia y sobre los arreglos de los
franceses. Pero sí se sorprende al enterarse de que Polina desprecia a De Grieux porque este se
ha manejado en todo momento por intereses lucrativos. Es por eso que ella preferiría tener la
oportunidad de rechazar su supuesta caballerosidad y el dinero que este le perdona al general en
su beneficio. En este punto, Polina también cuestiona la moralina del francés, que se cree
excusado de haber actuado de forma mezquina y especulativa perdonando una parte de la deuda,
lo cual la deja a Polina en una situación de inferioridad, ya que ella, orgullosa, no quiere recibir ni
pedir el perdón de nadie.
Alexéi, entusiasmado ante la idea de que Polina en verdad lo ame, empieza a pensar de qué
manera podría obtener dinero para ella, y se le ocurre acudir a la ruleta, sin notar que su amada
no quiso recibir el dinero de De Grieux ni acudir a Mr. Astley por ayuda monetaria, por lo que
posiblemente también rechace lo que él le ofrezca en ganancias del juego. En ese momento, ese
“pensamiento loco” que se le cruza por la cabeza, el de jugar para salvar a Polina y salvarse a sí
mismo, se convierte en una obsesión de la que no podrá escapar, obsesión a la que ya había
sucumbido la abuela, a quien la ruleta, como se describe en el capítulo 12, se le había metido bien
adentro de la cabeza, hasta arruinarla por completo.
En el momento en que Alexéi ingresa al casino, el motivo de que se encuentre allí se difumina –
“No recuerdo si pensé aunque sea una sola vez en Polina durante todo ese tiempo” (p.152)– y su
adicción al juego empieza a dominarlo. Alexéi juega a la rusa: sin cálculo, sin pensar, sin control,
apostándolo todo a riesgo de quedarse sin nada. Solo una vez se pone a pensar en lo que
significaría para él perder: “¡En esa apuesta estaba toda mi vida!” (p.150). Es así como el juego se
presenta como única vía de salvación y, al mismo tiempo, como una necesidad de someterse al
“capricho del azar” (p.153). La confianza irracional en que ganará sin lugar a dudas lo hace seguir
jugando arriesgadamente y, contra todo pronóstico, la suerte se queda de su lado y logra hacerse
de una importante fortuna. Más adelante, sin embargo, sucederá con Alexéi lo que todos
esperaban que sucediera, y lo que efectivamente sucedió, con el juego de la abuela.
En esta última parte, conocemos con más profundidad no solo la personalidad de Alexéi, que
sucumbe finalmente a su adicción al juego, sino también la de Polina, la del general, la de Blanche
e incluso la del inmutable Mr. Astley. Es interesante notar que, en el tema Rusia vs. Occidente, los
personajes encarnan tipos nacionales.
Los rusos –Alexéi, Polina y el general– son más apasionados que racionales y desprecian el
dinero: Alexéi gana para derrochar y se obsesiona con la ruleta, el general se vuelve loco por
Blanche y gasta más de lo que debería por las deudas que tiene, Polina rechaza el dinero de
Alexéi y se enferma por las manipulaciones de sus intereses amorosos. El motivo de la
enfermedad, como algo que afecta al general, a Polina y al propio Alexéi –quien, cuando está con
Polina en su habitación dice sentirse afiebrado y, con anterioridad, se excusó de su
comportamiento con el barón diciendo que no se hallaba bien–, se vuelve una dominante para los
personajes rusos, que se encuentran en estado de crisis permanente.
Los franceses, en cambio, se presentan como personajes frívolos y calculadores que seducen y
convencen con su apariencia. Blanche atrae a Alexéi con sus encantos y consigue que este se
vaya con ella a París, donde aquel sufre el encuentro con “obtusos comerciantes enriquecidos” y
con “lamentables escritorzuelos y periodistas insignificantes que se aparecían en fracs a la moda”,
en un ambiente que describe como “el medio más burgués, más mercantil, en el que se medía y
contaba cada [moneda]” (p.170). El descubrimiento de que el verdadero nombre de Blanche no es
Comignes, sino du-Placet, también refuerza esta idea de que los franceses engañan para obtener
lo que quieren, de lo que está convencido Alexéi, como lo demuestra su charla con Mr. Astley, en
la que asegura que los franceses, con su apariencia elegante, embaucan fácilmente a las
confiadas señoritas rusas.
No obstante, los personajes de la novela también tienen características particulares que los hacen
destacar más como individuos singulares que como tipos nacionales. El general habla siempre
con frases inacabadas, se muestra frágil y perdidamente enamorado; Blanche revela un costado
más humano y empático cuando decide ser más amable con Alexéi; Polina, que parece orgullosa
y distante, en un momento es presa de un ataque de nervios que revela su costado más errático y
apasionado. Polina, en particular, parece víctima de las especulaciones de De Grieux y de Alexéi,
y decide –aunque no podríamos asegurar que lo hace de forma consciente, porque parece no
estar en sus cabales– arruinarse a sí misma al pasar la noche con Alexéi, manchando así su
reputación.
Por su porte extremadamente correcto, Mr. Astley parece ser el único personaje desinteresado de
la novela, que solo se preocupa por el bienestar de los demás. Encarna al tipo
del gentleman inglés que, aunque para Alexéi sea torpe o inelegante (p.189), sabe preservar las
formas que mantienen el orden social. En sus charlas con Alexéi, Mr. Astley se planta firme en su
decisión de no darle permiso a su amigo de preguntar y hacer suposiciones que deshonran a
Polina y a su familia. Alexéi parece aceptar los límites que le impone Mr. Astley, tal vez porque
respeta su irreprochable moral, que se diferencia de la moralina de De Grieux o del modo en que
quieren conservar las apariencias el general y Blanche. Sin embargo, el final nos revela a un Mr.
Astley un poco más apasionado, que habla “con la voz temblorosa y los ojos brillantes” (p.190)
cuando le revela a Alexéi que Polina lo amaba; un Mr. Astley que quizás anhela tener el amor de
Polina.
Más allá de estos rasgos particulares y de las características que comparten por nacionalidad,
todos los personajes de la novela –con excepción, quizás, de Mr. Astley– se ven atravesados por
la obsesión. Cada uno tiene su obsesión particular: Alexéi y la abuela, por el juego; De Grieux y
Blanche, por hacerse ricos; el general y Polina, por salvar sus deudas; Alexéi y el general, por el
amor de Polina y de Blanche, respectivamente. La obsesión es un tema que se expresa con más
fuerza en la adicción al juego de Alexéi, que pasa de jugar para que Polina lo vea con otros ojos, a
que la ruleta se convierta en una obsesión en sí misma. Si bien Alexéi es el jugador al que hace
referencia el título de la novela, todos los personajes actúan, de algún modo, como jugadores, que
apuestan y especulan sobre el objeto de su obsesión.
“¿Acaso soy en efecto un jugador, acaso, en efecto…amaba a Polina de una forma tan rara?”
(p.164). En el capítulo 15, Alexéi vuelve a pensarse a sí mismo como jugador y lo contrasta con su
amor a Polina. El descubrimiento de que ella lo ama tal vez sorprenda al lector que confía en
Alexéi como narrador, pero él se presenta como un hombre que duda de sus propios
pensamientos y sentimientos, lo que nos sugiere que quizás su vínculo de ama y esclavo no era
tal. Él confiesa que, mientras apuesta, su amor por Polina pasa a un segundo plano, y aunque en
el final asegura que irá a buscarla a Suiza, su obsesión por seguir jugando nos hace sospechar
que Alexéi seguirá atrapado por el círculo vicioso de la ruleta, apostando hasta perder no solo el
dinero, sino todo lo que importa en la vida. Esto le dice Mr. Astley, que actúa como la voz de su
conciencia: "Usted se ha anquilosado –observó–, no solo ha renunciado a la vida, a sus intereses
sociales y a los propios, al deber del ciudadano y del hombre, a sus amigos (y, sin embargo, los
tenía), no sólo ha renunciado a todo objetivo excepto la ganancia, ha renunciado incluso a sus
propios recuerdos" (p.186).
No obstante, tal vez el objetivo de Alexéi Ivánovich no sea la ganancia, porque él reconoce que es
un “derrochador” (p.183), dado que la plata que obtiene, la gasta. Alexéi sostiene que quiere ganar
para que aquellos que lo subestiman y lo minimizan, “todos esos Heintze [quien lo contrató de
lacayo], todos los ober-kellneres, todas las magníficas damas de Baden, todos ellos hablaran de
[él], contaran [su] historia, se asombraran de [él], [lo] elogiaran y se inclinaran ante [su] nueva
ganancia”. Además, se imagina que podría encontrarse con Polina y que ella podría ver que él
“estaba por encima de todos los absurdos golpes del destino…” (p.182). Podemos contrastar este
anhelo de Alexéi con las críticas al orden social que realiza a lo largo de toda la novela. Ya desde
el inicio vemos una tensión en el personaje, entre su desprecio de las formas que preservan las
jerarquías sociales y su deseo de ser admirado y respetado. En rigor, lo que a él lo frustra no es
tanto el orden social, sino su baja posición en ese orden, lo que devela la hipocresía interna de
este personaje psicológicamente complejo.
Alexéi juega porque cree que así saldrá de su condición inferior en el orden social obteniendo
admiración, pero la ruleta no logra torcer su destino, sino destruirlo. Esta es su tragedia como
jugador: la de apostar por una convicción que le hace perder todo. En una situación paralela,
Blanche y Mr. Astley le dan dinero a Alexéi pero ambos le dicen que no le darán más porque, con
seguridad, lo perderá. El tiempo transcurrido entre esos dos momentos, ese año y ocho meses en
los que Alexéi vive jugando a la ruleta, solo confirma la convicción de estos dos personajes. De
esta manera, El jugador no solo otorga una mirada penetrante sobre la situación de la nobleza
rusa en decadencia y de la frivolidad de la burguesía y el capitalismo europeo de mediados del
siglo XIX, también ofrece un retrato crudo de la ludopatía como enfermedad que anquilosa al
individuo.