12 «Más pequeña que cualquier semilla»
(Mc 4,31)
Una de las características de nuestra humana condición, y para la que poseemos una
particular destreza, es la de hacer complicado lo sencillo. Todo el misterio de Dios cabía
para Jesús en una pequeña palabra aramea, «Abba»; pero nosotros necesitamos para
explicarla kilómetros de estanterías llenas de tratados teológicos, catedrales góticas, música
polifónica y concilios ecuménicos. Y son frutos hermosos de nuestra fe y de nuestra cultura;
pero, sobre todo, es que no sabemos hacer otra cosa. Carecemos de esa sencillez milagrosa
con la que Dios viste a las flores del campo con una belleza infinitamente mayor que todo el
esplendor de la corte de Salomón.
Con María nos ocurre algo parecido. Dios pronunció su nombre en nuestra historia, y los
evangelistas lo dejaron resonar casi intacto. La sobriedad de sus datos es como la caja
sonora que ha permitido que María siga vibrando limpiamente a través de los siglos.
Quizá la mejor alabanza que podemos aplicarle sea decir de ella que fue la tierra buena
que, en la parábola de Jesús, da el ciento por uno, o la semilla mínima que luego se
convierte en árbol frondoso.
Isabel la llamó «bendita» y «dichosa» (Lc 1,42.45); «llena de gracia», había dicho el
ángel en la anunciación, y el participio perfecto que emplea el evangelista expresa con
tranquila plenitud la belleza absoluta de una obra que ha podido ser llevada hasta el final.
Pero la devoción de los creyentes no podía contentarse con eso y, a lo largo de los
tiempos, mariólogos y poetas, pintores y escultores, orfebres, músicos y plateros han
derrochado para ella lo mejor de su imaginación creadora y de la habilidad de sus manos.
La Iglesia la ha coronado con dogmas y encíclicas y ha puesto a sus pies consagraciones,
oraciones y celebraciones litúrgicas.
Muchos cristianos de hoy, desde una sensibilidad diferente, se sienten con frecuencia
lejos de esa magnificencia que nos la ha arrebatado, en un carro de fuego, hacia una región
etérea y distante, poblada de mayúsculas, de superlativos y de cabezas de angelitos
incorpóreos, como esos que rondan las peanas de las estatuas.
María tierra nuestra, convertida en Celestial Princesa. María disfrazada de gran señora
en tantas imágenes que nos hacen olvidar que ella sería hoy de las que van a lavar la ropa de
una de esas señoras . El calificativo «mariano» tomado en vano en tiendas de souvenirs, en
agencias de viajes y en rivalidades de cofradías. Los santuarios marianos teniendo que
proteger con puertas blindadas y alarmas los tesoros de la que tuvo que acogerse, en la
presentación de su niño en el templo, a la excepción que preveía la ley en favor de los
pobres y ofreció dos tórtolas, en vez de un cordero.
María educando a Jesús en Nazaret desde abajo y enseñándole a hacer la experiencia de
la libertad y de la gracia
1. «Ella va a lavar muy humildemente la ropa que goza la mujer hermosa del terrateniente...», canta C.
Mejía Godoy, acertando más con el «aire» del evangelio.
precisamente en la sujeción a las leyes lentas y trabajosas del crecimiento humano (cf. Le
2,51-52), y nosotros empeñados en exaltarla con grandes títulos con mayúscula, y tan
desmemoriados, en cambio, para recordarla en sus minúsculas: vecina de un pueblo de
fama dudosa (cf. Jn 1,46), sierva del Señor y sirvienta de su prima embarazada (cf. Le
1,39), humillada por las sospechas sobre el origen de su maternidad (cf. Mt 1,19),
desconcertada por la conducta y las respuestas inesperadas de Jesús (cf. Le 2,50), despojada
de todo privilegio de posesión sobre él (cf. Le 8,21), vencida junto a su hijo, fracasado y
ajusticiado fuera de la ciudad (cf. Jn 19,25)...
Y, sin embargo, son precisamente esas minúsculas las que la convirtieron en Madre de
Cristo y Madre de la Iglesia, Virgen Fiel, Trono de la Sabiduría, Causa de nuestra Alegría,
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Reina de los Mártires, de los Profetas y de los Apóstoles.
Es sobre el polvo de esas minúsculas sobre el que sopló el aliento de Dios; es con ese
barro con el que sus manos modelaron la vasija más bella; es la arcilla de aquella vida tan
dócil, tan en la sombra, la que el Padre transfiguró para que le guardase su mejor tesoro.
Es de esta pequeña semilla de la que quiso que naciera un árbol al que acudieran a
refugiarse los pájaros. Por eso hoy podemos llamarla con alegría:
María del Evangelio
Un Evangelio que nacía entre sus manos cuando mezclaba la levadura con la masa para
hacerla fermentar, o cuando, al repasar un manto, explicaba por qué no le ponía un
remiendo de tela nueva. Un Evangelio que nacía cada noche en el candil que ella encendía y
colocaba bien alto para que alumbrase la casa entera. O cada vez que abría el viejo arcón,
que olía a espliego y a limpio, para buscar en él algo antiguo o algo nuevo. Y Jesús
aprendía, casi sin darse cuenta, a qué se parece el Reino.
Un Evangelio que empezó a correr como una chispa por los cañaverales del lago de
Galilea y encontró en ella los oídos más atentos, las manos más resueltas a la tarea, el
corazón más acogedor para guardarlo.
Santa María del Evangelio, que nos sabe ya escépticos ante tantas teorías, ideologías y
programas, y sedientos de un agua que se nos ha escapado por tantas cisternas agrietadas,
sabe también que es ahora el momento de llevarnos al manantial silencioso donde nace el
agua fresca del Evangelio.
Acudir a ella con nuestro personaje y aceptar que borre de nuestra frente los ingenuos
saberes y erudiciones («esto pertenece a la fuente Q», «si tenemos en cuenta la triple
tradición...») con que a veces nos defendemos del Evangelio; recuperar junto a ella la
capacidad de asombro, la actitud vulnerable, la sorpresa deslumbrada con que miran los
niños.
Y recobrar también el talante evangelizador junto a ella, que caminaba deprisa por los
montes de Judea con la buena noticia dentro, para llevar compañía y servicio, para llenar de
alegría y de brincos de gozo a los dos primeros evangelizados del Nuevo Testamento.
María, que no entendía de desencantos ni de crepúsculos, porque todo en ella estaba recién
amanecido, como acabado de salir de las manos del Creador, puede ayudarnos a sacudir el
polvo cansado de nuestras sandalias, la fatiga de nuestra agenda y de nuestro reloj.
Ella, que tuvo la vida entera atravesada por el «pathos» del Reino, puede curar nuestras
apatías, nuestros cálculos y prudencias, e impulsarnos de nuevo a emprender el camino con
la audacia apresurada de los de Emaús, que necesitaban contar a todos cómo habían
reconocido a Jesús en el partir el pan.
Madre que nos da el Pan
Nuestra Señora de Belén, la hemos llamado muchas veces; y Belén nos evoca dulzura,
fragilidad, niñez, quizá el nacimiento que poníamos en nuestra casa, con su río de papel de
plata y el rey Herodes en su castillo.
Pero Belén es también otra cosa: «betléhem», «casa del pan», el primer lugar donde
María empezó a darse cuenta de que el pan que sostenían sus manos no era sólo suyo, sino
de muchos; de aquellos, sobre todo, que llegaron los primeros a tomar posesión y hacer
suyo el pan «que el Señor les había dado a conocer» (Le 1,15). Y es que empezaba a
cumplirse la escritura: «La Sabiduría anuncia en lo alto de las colinas: Si alguno es simple,
que venga... Venid y comed mi pan, bebed el vino que he mezclado» (Prov 9,1-5).
Por eso, cuando Jesús enseñaba a orar a sus discípulos, llamando «Abba» a Dios y
«nuestro» el pan de cada día, María aprendía también a decirlo. Y aprendía a vivirlo cada
vez que oía: «Mi madre y mis hermanos son los que escuchan el mensaje de Dios y lo
ponen por obra» (Le 8,21), porque se daba cuenta entonces de que no podía llamar «mío» a
ningún pan, ni siquiera al que había salido de sus entrañas. Por eso permaneció de pie
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cuando llegó la hora del pan roto y repartido, comido por todos como anticipo del banquete
del Reino.
Y siguió diciendo «nuestro» cuando se reunía con la primera comunidad para la
«koinonía» y la fracción del pan, y su presencia era el testimonio más vivo y más fiel de lo
que Él había dicho que hiciéramos al recordarle.
María, memoria de Jesús entre nosotros, puede enseñarnos hoy a cambiar nuestro
«proyecto: tener» por el «proyecto: compartir»; puede inclinar decididamente nuestro
corazón hacia los verdaderos dueños del pan: los que no saben, no tienen, no pueden.
Santa María, espejo de justicia, a quien podemos pedir que no nos deje acostumbrarnos
ni conformarnos con «el orden este» en que algunos hemos puesto una alambrada y el cartel
de «propiedad privada» alrededor del pan que es de todos. Que ella nos enseñe a sentir más
«nuestro» que «mío» el tiempo, la cultura, el techo, la alegría, y soportar después que otros
consideren todo eso como suyo.
María de las preguntas atrevidas («¿Cómo sucederá esto?»; «¿por qué te has portado así
con nosotros?»...) no se extrañará de que sus hijos pregunten: ¿Por qué los pobres tienen
que disfrazarse de ricos si quieren tener acceso a nosotros? ¿Por qué la Iglesia en su
conjunto se limita a ser defensora de los pobres, pero no es Iglesia de los pobres? ¿Cuándo
serán ellos en nuestra Iglesia verdaderamente ciudadanos y no objeto de beneficencia?
Porque es ella, Nuestra Señora de la Luz, la que nos enciende en la conciencia el piloto
rojo de la alarma cuando nos molesta más la agresiva amargura de las madres de Mayo que
el dolor por los desaparecidos; cuando empezamos a considerar excesiva tanta insistencia en
los problemas de Centroamérica o cuando nos encontramos calificando habitual-mente de
vagos y maleantes a los mendigos de nuestras calles.
Es ella, Santa María del Magnificat, la que no nos consiente una lectura espiritualista de
las bienaventuranzas y la que nos hace seguir creyendo, contra todas las evidencias, que el
brazo poderoso del Señor va a derribar del trono a los soberbios y va a colmar de bienes a
los hambrientos.
Arca que guarda nuestra herencia
En los primeros días de diciembre aparece un gran cartel en las vallas publicitarias: «7 de
Diciembre, 10 noche: GRAN VIGILIA DE LA INMACULADA. Sólo hombres y jóvenes».
Suele ir acompañado de una imagen de la Inmaculada de Murillo convenientemente
«aggiornada» con una bola del mundo en la mano. Llevo viéndolo desde mi infancia con
cierto malestar, pero desde hace tiempo mi malestar va acompañado de perplejidad y algo
de curiosidad: ¿Qué tendrá esa vigilia para que no podamos ir las mujeres? ¿Qué pasaría si
nos presentáramos algunas? ¿Nos invitarían a salir? ¿Desluciríamos el acto? ¿Impediría
nuestra presencia que el predicador se explanase en ejemplos poco adecuados a nuestro
natural sensible y delicado? Me pregunto cuánto influirá en los varones asistentes el que se
anuncie como sólo para ellos y, en ese caso, con qué asociaciones subliminares empalma
ese tipo de convocatoria...
La reflexión llevaría muy lejos, y lo grave no es lo que tiene de anécdota, sino la
mentalidad que revela y que yo llamaría de «la herencia mal repartida».
Todo lo que nos ha dejado el paso de María por la historia es como aquel arca de la que
hay que ir sacando lo antiguo y lo nuevo (cf. Mt 13,52). Ahí tiene que acudir la Iglesia a
buscar lo más puro del evangelio, porque fue María la que mejor supo escucharlo y
guardarlo en el corazón (cf. Le 2,51). Ella, que estuvo más tiempo que nadie cerca de Jesús,
asistió, en silencio contemplativo, al cuajar de su personalidad y a los primeros pasos de
aquella vida extrañamente libre: orar a las horas en que otros duermen; andar entre la gente
más perdida; caminar de día sin preocuparse de dónde reclinar la cabeza de noche;
descubrir, como un milagro, el rincón vulnerable de las vidas más endurecidas.
María, Arca de la Alianza y arca casera de pino también, que guarda para nosotros la
sabiduría más secreta del evangelio: cómo echar raíces muy abajo para ser un árbol bien
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plantado, de los que dan buen fruto (cf. Mt 12,33); cómo asentar los cimientos de la casa
sobre roca y no sobre arena, para que aguante los vendavales (cf. Mt 7,25); cómo perder el
miedo a desaparecer y a gastarse, porque ésas son las leyes de la sal y de la luz (cf. Mt 5,13-
16).
Y nos guarda también el arca su propia manera de vivir las bienaventuranzas, porque
ella fue proclamada dichosa por haber creído (cf. Le 1,45), y fue también feliz porque vivió
ese talante de naturalidad en el servicio, de espera en el último lugar, de fuerza mansa en el
sufrimiento, que tienen los pobres y los de corazón muy limpio (cf. Mt 5,1-12).
Pero, aunque eso que es lo suyo nos pertenece también a todos nosotros, a sus hijos e
hijas, para que lo vivamos cada cual según nuestra condición de hombres o de mujeres,
existe una tendencia muy arraigada en la Iglesia a repartir esa herencia, adjudicando a las
mujeres una serie de virtudes de María de las que parecen quedar desheredados los varones.
Así, la actitud de fe, la apertura a Dios, el sentido religioso, la generosidad en derramar la
vida, el don de sí, simbolizados por María, se convierten, en virtud de ese reparto, en
patrimonio casi exclusivo de la mujer.
Y, sin embargo, las virtudes, como impulsos del Espíritu que nos dinamizan en el
seguimiento de Jesús, no son masculinas ni femeninas, no puede repartirse entre los dos
sexos ni adjudicarse parcialmente a uno de ellos, ni siquiera con pretensiones de privilegio .
Pero, de hecho, se reparten, y el resultado es empobrecedor para todos, especialmente para
los hombres: a su tierra no se dirige nunca el agua de algunas acequias, y se les van
quedando secas la ternura, la vulnerabilidad, la entrega gratuita, la acogida silenciosa,
porque se ha hecho tradición (¿«venerable» también?) que todo eso vaya a regar tierras
femeninas.
2. «Se puede representar, si se quiere, la receptividad humana a la gracia y al amor soberano con imágenes
tomadas de la mujer. Sin embargo, ¿acaso no es evidente que el hombre es, a este respecto, tan 'femenino' como
la mujer? ¿Es ésta realmente más que el hombre, cuando, por su naturaleza, puede decir 'sí' a la Palabra de Dios
o cuando, más que el hombre, puede 'representar' una actitud de fe? Una afirmación en este sentido es falsa o, al
menos, poco matizada. Bien se puede comparar esta actitud de fe, de abierta disponibilidad y sin condiciones de
un cristiano con algo que se cree descubrir siempre más claramente, o quizá tan sólo en una situación histórica
y social determinada, en la mujer. Sin embargo, no se puede pasar más allá de aquí. También podrían
encontrarse características que sean 'típicamente representadas" por el hombre en cuanto tal». K. RAHNER,
«Carta a un consultor de la Comisión Pontificia de estudio sobre la Mujer en la Iglesia y en la Sociedad» (29-
XII-1975): Boletín Pro Mundi Vita 108 (1987/1), p. 23.
Leo en un cartel del Ministerio de Cultura en el que una niña juega a dirigir una
orquesta: «No pongas límites a su educación. Es una mujer del siglo XXI». Tiene algo del
mandato del Dios del Génesis, del Dios en favor de la vida y del crecimiento y en contra de
todas las estrecheces y limitaciones que nos imponemos unos a otros. No, no hay que
ponérselos a ninguna mujer, ni tampoco a ningún hombre. También son para ellos la
receptividad, la abnegación callada, el derroche sin cálculos, el amor fiel. Porque María es
esclava del Señor, y las mujeres también debemos serlo, lo mismo que es siervo el propio
Jesús (Hech 3,13.26; 4,27.30), lo mismo que tienen que serlo los hombres si quieren abrirse
a la esencia del Evangelio.
Ya es tiempo de descorrer los cerrojos oxidados que nos encierran a unos y a otras en
estereotipos envejecidos y falsos. Ya es tiempo de levantar hasta arriba las compuertas y
dejar que corra el caudal de agua por todas las acequias y que inunde todas las tierras.
Porque lo que nos urge hoy es tendernos la mano unos a otros, prestarnos la ayuda fraterna
para vivir desde nuestra condición de mujeres y de hombres todo eso que es la herencia de
nuestra Madre.
María viene al encuentro de la Iglesia para invitarla a entrar en su danza. No es la Iglesia
la que debe marcar el ritmo ni elegirle el séquito: es ella, la Madre de la Iglesia, la única que
puede hacerlo, porque sólo a los muy sencillos les comunica el Señor sus secretos (cf. Mt
11,25), y fue a ella, a la más pequeña de entre sus hijos, a quien decidió Él revelar lo mejor
de su música.
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Nube de nuestro éxodo
Muchas de nuestras celebraciones finalizan con un canto a la Virgen. Sigue siendo frecuente
comenzar o acabar las reuniones de tema religioso con una avemaria, y es raro el
documento eclesial que no la menciona, al menos al terminar.
De los doce meses del año, mayo le está tradicionalmente dedicado, aunque también la
recordamos especialmente en adviento. Antes de dormir, muchos cristianos permanecen
fieles en rezar las tres avemarias; ponemos su imagen en nuestro dormitorio y la llevamos
colgada al cuello en medallas o escapularios; peregrinamos a sus santuarios, visitamos sus
ermitas, nos llamamos con los nombres de sus advocaciones...
Son nuestras maneras filiales de hacerle sitio en nuestra vida, costumbres que se
enraizan entrañablemente en nuestras tradiciones familiares y eclesiales. Pero ¿no se nos
anquilosan a veces? ¿No corren el peligro de convertirse en una rutina, en una fórmula de
cortesía («Que no hemos nombrado a la Virgen, vamos a acabar con un avemaria»; «Venga,
para terminar cantamos la Salve»), en una «mención honorífica» que se ha ido quedando
vacía de significado?
En el Concilio hubo dos tendencias: una maximalista, que quería glorificarla
consagrándole un decreto íntegro aparte; otra consideraba a María dentro del misterio de la
Iglesia en la Lumen Gentium; y se optó por ésta, que la pone en el lugar que le corresponde.
Su sitio está, pues, junto a nosotros, como estuvo junto a su hijo mientras vivió en nuestra
tierra, desde Belén hasta el Calvario.
Es a ese Jesús, presente en medio de nuestra vida, a quien ella nos remite
constantemente. No es sólo «después de este destierro» cuando ella desea mostrárnoslo, ni
sólo en la hora de nuestra muerte, sino ahora, como nos recuerda el avemaria. Se diría que
es el rosario la devoción que ha captado mejor su espíritu: es a Jesús mismo a quien se nos
invita a contemplar a través de los misterios de su vida, su muerte y su gloria; mientras, las
avemarias van pasando como un susurro por nuestros labios, tan borradas como ella.
Nosotros le dedicamos tiempos y lugares especiales, pero su presencia se nos escapa de
mayos, advientos, camarines y basílicas y se despoja de coronas, cetros y mantos bordados
que la estorbarían para venirse a caminar junto a nosotros.
Porque ése es su lugar, y sus tiempos son nuestras mañanas, mediodías y noches. Viene a
nuestro lado, discreta como la columna de nube del Éxodo, frescura cuando el calor arrecia,
resplandor cuando se echan encima las sombras (cf. Ex 13,21-22).
No nos hagamos «baales» que la desfiguren; no tratemos de apresarla entre rejas de
solemnidades y novilunios. Porque lo suyo es precedernos y acompañarnos mientras
caminamos hasta la Tierra y peregrinar junto a nosotros, madre nuestra, sí, y también hermana y
amiga y compañera, nube de la buena compañía...
Dadora de la Palabra
La vida humana es un juego entre la palabra y el silencio: «Hay tiempo de hablar y tiempo de
callar», nos recuerda el Eclesiastés (3,7).
La palabra tiene infinitos matices: comunica, grita, pregunta, se queja, susurra, canta...
Poseer la ciencia de la mesura y de la audacia para lograr que exprese y transparente en cada
momento el fondo de nuestra verdad, es un don precioso.
También hay una sabiduría del silencio, y es la intuición del corazón la que acierta con los
momentos de escucha, de atención, de receptividad callada, de vencida mansedumbre. Hay
ocasiones en que sólo es comunicativa la calidad de nuestro silencio; en otras, es ese silencio el
que construye un muro de quietud que protege del olvido o de la trivialidad nuestras
experiencias más hondas.
Optar en cada momento por la palabra o por el silencio forma parte de la gracia de nuestra
libertad. Acertar siempre en la elección, sólo María supo hacerlo; pero es que ella era pura
libertad; y eso desde que comenzó a germinar en nuestra tierra la semillita mínima de su
existencia, afirma la Iglesia con orgullo.
Pero a nosotros suele darnos miedo la libertad, y corremos muchas veces el riesgo de
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privilegiar el silencio de María y de justificar con él las situaciones de enmudecimiento que
padecemos o que provocamos. Nos asustan las palabras que crean conflicto, que cuestionan
situaciones que parecen intocables o que preguntan el porqué de esas posturas ajenas al
Evangelio de las que tan fácilmente nos hacemos cómplices. Nos callamos refugiándonos
en una sumisión que no hemos aprendido de ella, sino de nuestra propia cobardía, o
callamos a los otros, erigiéndonos en maestros, padres o directores (cf. Mt 23,8-10) y
apoderándonos en exclusiva de una palabra que es de todos.
María supo guardar la Palabra (Le 2,51) y aceptar silenciosamente situaciones que no
comprendía (Le 2,50). Supo retirarse sin decir nada, abriéndose a la novedad de que Jesús
considerase «madre y hermanos» a todos los que escuchasen su palabra (Me 8,21), y supo
permanecer silenciosa junto a la cruz, porque allí la palabra definitiva era la del amor fiel
llevado hasta el fin (Jn 19,25). Pero supo también discernir cuándo era tiempo de preguntar
(«¿Cómo se hará esto?»: Le 1,34; «¿Por qué te has portado así con nosotros?»: Le 2,48) y
cuándo era tiempo de intervenir y persuadir («No tienen vino... Haced lo que él os diga»: Jn
2,4.5).
Dios se había arriesgado a entregarle su Palabra, hecha debilidad humana (Jn 1,14), y a
entregarle también la palabra, porque iba a ser en las palabras sencillas de aquella mujer
con acento galileo donde iba a aprender su hijo a nombrar las cosas elementales de la vida.
Aquella mañana de la creación, cuando toda la realidad fue desfilando mansamente ante el
primer hombre para ser nombrada, había sido sólo una imagen, un presentimiento de lo que
iba a ocurrir en Nazaret. Porque iba a ser allí donde el agua, el dolor, la tierra, los árboles, el
pan y la ternura habrían de encontrar su verdadero nombre y su sentido y habrían de llenarse
de gracia y de novedad.
María fue tejiendo pacientemente en Nazaret el lenguaje humano del Verbo, con la
misma naturalidad con que cualquier mujer enseña a hablar a su hijo y se convierte entonces
realmente en madre. Porque es la palabra la que aporta el correctivo de libertad que
necesitan los arquetipos maternos, y es ese paso del nivel del instinto y de la naturaleza al
de la libertad el que invita a dar Jesús. Cuando oye decir: «¡Dichoso el vientre que te llevó y
los pechos que te criaron!», Jesús corrige: «Dichosos más bien los que escuchan la Palabra
de Dios y la guardan» (Le 11,27-28). La grandeza de María no le viene de la sublimación de
su función materna, sino de su relación con la Palabra.
Y es que, hasta cuando la acción de Dios fecunda la tierra, lo hace en la prolongación de
un diálogo de persona a persona:
«Y sucederá aquel día que yo responderé
—oráculo de Yahvé—, responderé a los cielos,
y ellos responderán a la tierra;
la tierra responderá al trigo, al mosto y al aceite virgen,
y ellos responderán a Yizreel» (Os 2,23-24).
Quizá estemos a punto de dejar que suceda ese día, el día en que aprendamos a responder a
Dios entregándonos la palabra unos a otros, el día en que nadie la considerará una
propiedad privada, sino que la dejará circular libremente entre todos, como circula el pan en
la reunión de los hermanos.
Y sucederá aquel día que en la Iglesia se escucharán con alegría las voces nuevas de los
que llevaban tantos siglos de silencio: la voz de los pobres y de los pequeños, la voz de los
que saben menos, la voz de las mujeres, la voz de los laicos...
Y será sólo entonces cuando se podrá reconocer en nosotros a los hijos de aquella que
tuvo como misión entregar al mundo la Palabra.
Mujer de la buena vecindad
«Todo tiene su tiempo, y cuanto se hace bajo el sol tiene su hora» (Ecl 3,1), dice la tolerante
sabiduría del Eclesiastés.
Ha habido tiempos de esforzados caballeros, de generosos bienhechores, de
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comprometidos militantes. Hoy somos muy críticos de las hazañas de conquista, recelamos
de la beneficencia y conocemos a demasiados militantes refugiados en el individualismo y
hasta en la gastronomía. Decimos que las utopías están heridas de muerte, y los
compromisos pasados de moda; y con eso justificamos nuestra pasividad.
¿No será más bien que lo que se ha apagado son los oropeles, los brillos y las purpurinas
con que a veces se recubría todo aquello? ¿No será que nos resulta más ingrata la tarea de
seguir cultivando la esperanza en esta etapa oscura y se nos queda pequeño — «ad maiora
natus sum»— lo sencillo, lo borrosamente cotidiano?
María de Nazaret, que pasó toda su vida sin ser otra cosa, a los ojos de casi todos, más
que una buena vecina de un pueblo perdido, puede descubrirnos la grandeza oculta del vivir
diario, las actitudes de la buena vecindad. Empezamos por lo más fácil: los niños que se
acogen, aunque molestan, mientras la madre hace la compra; el volumen del estéreo, que se
baja por si duermen los de al lado; la atención a la recién operada, que quizá no puede
arreglarse sola...; pero terminamos por comprender que es precisamente en las relaciones
modestas de todos los días donde podemos hacer verdad nada menos que «el fruto del
Espíritu» que describía Pablo a los cristianos de Galacia (Gal 5,22):
— la tolerancia o magnanimidad, que relativiza y disculpa las mezquindades
inevitables de la convivencia;
— la esplendidez («jrestoi» se llamaba en Atenas a los ciudadanos que contribuían con
su fortuna a sostener los gastos de la armada), que no calcula ni lleva contabilidad
de los favores que uno hizo ni de las faenas que le hicieron;
— la bondad, que nos empuja a «ser, en el buen sentido de la palabra, buenos», que
decía Machado, o a sentir que el inasequible «sed perfectos como vuestro Padre»
parece que baja de escalón cuando lo leemos traducido por «sed buenos del todo
como vuestro Padre»;
— y luego, el hermano pequeño de la alegría, el bendito humor, que acude como un
perro de San Bernardo a reanimarnos cuando nos cae encima un alud de noticias
sobre procesos, instrucciones, declaraciones y beatificaciones, y nos vemos
amenazados de quedar congelados por la acritud o el estupor.
Y creo que también es fruto del Espíritu el aceptar ser un poco menos listos y menos
valiosos de lo que nos gustaría; llegar a ser de esos que se quedan con el trabajo poco lucido
que nadie quiere hacer, que arriman el hombro y no dejan la firma, que no abruman con su
ocupadísima agenda de personas importantes, que se abren a la posibilidad de que la mota
en el ojo ajeno sea bastante pequeña en comparación con la viga del propio.
Y tener el sentido común de no empeñarnos en hacerlo y decirlo todo con mayúsculas y
acompañado de acordes solemnes de órgano, sino con la melodía simple de una flauta de
caña. O de una armónica, que cabe en cualquier bolsillo.
Tierra del Magníficat
Hablaba antes de esa tendencia (¿inconsciente?) a rodear a María de un determinado
séquito de virtudes: la pureza, la humildad, la mansedumbre, la piedad, la dulzura, la
obediencia... Es una compañía cuidadosamente seleccionada, quizá porque se considera que
son virtudes libres de toda sospecha y se reservan para ella, con la misma lógica con que la
normativa litúrgica decide que sólo los metales nobles pueden estar en contacto con el
cuerpo de Cristo. Quizá por eso en las letanías lauretanas, junto a las invocaciones «Sánela
Virgo virginum», «Mater purissima», «Mater castissima»,
«Mater inviolata», «Regina Virginum»..., hay una sola en la que se la llama «Speculum
iustitiae». Y es que con otras componentes del séquito, sin saber bien por qué, se tiene un
poco más de prevención y suelen requerir puntualizaciones: justicia, sí, pero que no
provoque amargura; solidaridad también, pero que no sea excluyente; libertad, por supuesto,
pero sin caer en el libertinaje; fraternidad, no faltaba más, pero sin olvidar que la Iglesia es
jerárquica. Debe de ser por eso por lo que hay más dificultades para considerar santos a los
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que mueren luchando por la justicia que a los (las, más bien...) que llegan hasta la muerte
por defender su castidad. Las marías goretti llegarán siempre más pronto a los altares que
los Óscares romero.
Decimos siempre con toda naturalidad: «Ave María purísima»; pero, si la piedad
mariana hubiera alternado esta invocación con la de «Ave María justísima», con todo lo que
significa, quizá se nos hubiera transmitido a través de los siglos una visión más verdadera
de María. Porque ella es piadosísima, sí, y clemente y misericordiosa y madre purísima del
Verbo encarnado; pero, precisamente por eso, portadora también en sus entrañas del fuego
que él había venido a traer a la tierra (cf. Lc 12,49) y que las muchas aguas no consiguen
apagar (Cant 8,6). A fuerza de coincidir con los profetas y con el sentir del hijo, María fue
engendrando también una canción clara como el cristal y como la luz, capaz de despertar al
mundo aletargado. El evangelio de Lucas pone letra a esa canción, y brota el Magnificat. A
través de la sensibilidad de María, la canción de Dios sobre su mundo irrumpe en la sordera
culpable de la historia.
La llevaba también dentro aquel que se había hecho uno de tantos y que iba a vivir como
un hombre cualquiera, pero de los que tienen condición de esclavos (cf. Flp 2,7) y que
poseen ya en primicia la tierra, el reino y el futuro. Un futuro en el que los pequeños y los
hambrientos, sentados ya en el trono y saciados, harán sitio en su mesa y partirán el pan con
los que han sido despedidos vacíos, porque habrán aprendido las costumbres magnánimas
de Dios.
Tenemos la tentación permanente de sofocar el Magníficat, porque es como un fuego
que amenaza nuestra tranquila frialdad. «Magníficat (versión oficial)», leo en la portada de
un disco; y me suena a esos intentos tan clericales (tan de casi todos nosotros) de controlar,
ordenar y codificar la vida.
Con el Magníficat no podemos, como no podría nadie eliminar un color del arco iris ni
dirigir el vuelo de las aves cuando emigran al sur. Como está fuera de nuestro alcance
señalar en la playa hasta dónde puede llegar la marea o determinar qué día pueden reventar
las yernas de las higueras. Como lo está el pretender enseñarle a Dios las notas de su
música.
Porque Dios es un paciente tañedor de flauta, acostumbrado a tocar en solitario. «Os
tocamos la flauta y no danzasteis» (Mt 11,16), se quejaría Jesús. Pero, un día, la invitación
de la flauta llegó hasta «una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una joven desposada con
un hombre llamado José, de la familia de David. El nombre de la joven era María» (Le
1,27). Tenía el oído despierto de los discípulos, y los pies ligeros, acostumbrados a las
montañas de su tierra; y cuando oyó la melodía de Dios, se llenó de su ritmo y se puso a
danzar, para asombro de los ángeles, de los patriarcas y de los profetas.
Señora del buen ánimo
Ese que necesitamos todos, porque los tiempos son malos. O quizá no lo son, como
tampoco es malo el invierno para la siembra, ni la poda para los árboles.
Sea como sea, es nuestro tiempo; y es en él y no en otro en el que tenemos que esperar al
Señor que viene. Hoy quizá necesitaríamos escuchar la alerta de Isaías en otra clave:
«Que los valles de añoranza del pasado se levanten y los montes y colinas del
pesimismo se rebajen. Que en el desierto del cansancio se abra una senda y que los
desfiladeros sin horizonte desemboquen en el mar...»
Pero eso no podemos hacerlo solos, porque el ánimo y el aliento son cosa del Espíritu. Oí
una vez a alguien que el Espíritu es como el entrenador de un equipo que alienta a sus
jugadores desde las gradas del campo. A lo largo de muchas generaciones, los cristianos
hemos intuido que María es también «cómplice» del Espíritu en esa tarea de «parácle-sis»,
de animación y defensa de su gente, y que nadie está más apasionadamente implicado en el
éxito de nuestro juego.
Saber que jugamos en su presencia, contar con su apoyo y su fortaleza silenciosa, como
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debió de contar Jesús cuando tenía que enfrentarse con el cerco de resistencia y rechazo de
muchos. Acudir a ella y recordarle —«Memorare, o piísima Virgo María»— que lo suyo es
seguir siendo matriz cálida donde se forma la Iglesia, tierra fértil que abriga y cuida sin
prisa el florecer de la pequeña semilla llamada a convertirse en un gran árbol.
Y que ella, María, paciencia de Dios para nosotros, primera cristiana en vivir eso que
Pablo llama la «hypomone», el aguante activo, nos contagie su capacidad de soportar la
dureza de la vida sin perder la ternura.
Ahora y en la hora de nuestra muerte.
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