I.E.
P “SANTA ANA”
Tesis sobre lo Trastornos de la Conducta
Alimentaria en adolescentes
Realizada por:
Adriana Mayté Vilela Rojas
Susana Antonella Rengifo Carranza
Chiclayo, 2022
DEDICATORIA
Para comenzar, queremos dar gracias a nuestros padres por esforzarse en darnos
una buena educación, también por su apoyo, amor, comprensión y consejos.
Gracias a nuestro querido profesor Pablo, por siempre tenernos paciencia,
ayudarnos siempre animándonos siempre a superarnos.
Por últimos queremos agradecer a nuestras amigas, por estar con nosotras en
todo.
ÍNDICE
1 Resumen ………………………………………………………………………………… 1
2 Introducción…………………………………………………………. 2
1. Capítulo 1: Adolescencia
i. Definición de la adolescencia……………………… 4
ii. Cambios psicológicos…………………………………. 6
iii. Adolescencia y familia………………………………... 7
2. Capítulo 2: Trastornos de la Conducta Alimentaria
i. Definición…………………………………. 10
ii. Conceptualización actual …………………………………………. 11
iii. Anorexia Nerviosa………………………………………………………. 13
iv. Bulimia Nerviosa………………………………………………………… 16
v. Trastorno por Atracón………………………………………………… 18
3. Capítulo 3: Trastornos de la conducta Alimentaria: variables
relacionadas
i. Edad………………………………………………………………………. 20
ii. Sexo………………………………………………………………………... 20
iii. Ambiente Familiar…………………………………………………… 22
iv. Influencia de las Redes……………………………………………. 24
v. Depresión y Ansiedad……………………………………………… 27
vi. Otros Factores relacionados……………………………………… 31
4. REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS……………………………………………… 35
RESUMEN
Los trastornos de la conducta alimentaria (TCA) son uno de los problemas de
Salud Pública más graves de nuestros días, tanto por su necesidad de
tratamiento especializado, como por su tendencia a la cronicidad y la gravedad.
Los TCA se han relacionado con sentimientos de disforia, depresión y
sintomatología ansiosa, junto con una autovaloración/autoestima baja, lo que a su
vez repercute en las relaciones interpersonales y puede dificultar el afrontamiento
de acontecimientos vitales estresantes (AVE).
El origen preciso no ha podido ser dilucidado, proponiéndose diferentes teorías al
respecto. La gran dificultad es que no existen tratamientos farmacológicos o
nutricionales de eficacia demostrada, por lo que éstos se dan mediante grupos
interdisciplinarios, basándose en psicoterapia, estrategias de apoyo durante el
proceso psicoterapéutico y un programa psico-educativo, proceso que lleva meses
o años.
El trabajo presente aborda la relación entre las conductas alimentarias y sus
variables sociodemográficas (sexo, edad y ambiente familiar).
INTRODUCCIÓN
La adolescencia representa un período decisivo en el desarrollo del ser humano,
por lo que resulta importante y necesario el abordaje de los cambios y situaciones
que impactan su adaptación individual, interpersonal y social.
Los trastornos de la conducta alimentaria (TCA) se han convertido en un tipo de
patología cuya detección, evaluación, tratamiento y resolución genera grandes
dificultades a los diversos profesionales encargados de este tipo de enfermedades.
El sufrimiento generado por este tipo de cuadros no solo afecta al adolescente
diagnosticado, por ello, tanto desde el punto de vista evaluativo como a la hora de
plantear los diversos tipos de tratamiento, el medico ha de estar atento a la
situación familiar y al contexto sociocultural en el que están sumidos los distintos
agentes involucrados.
Dada la situación expuesta, no es de extrañar que numerosos autores hayan
intentado aportar luz sobre las diversas variables que puedan afectar en las
distintas fases de los trastornos de la conducta alimentaria: prevención y
evaluación; tratamiento; evolución y pronóstico.
Todos los subtipos de TCA se caracterizan por una conducta alterada frente a la
ingesta alimentaria o la aparición de conductas para controlar el peso. Con
frecuencia los síntomas de TCA varían a lo largo del tiempo y muchas personas,
que inicialmente, presentan cuadros más restrictivos, pueden acabar
desarrollando atracones o a la inversa. Los Trastornos de la Conducta Alimentaria
(TCA) están asociados a múltiples complicaciones médicas y psicológicas y afectan
al funcionamiento psicosocial de la persona.
En concreto, los objetivos son:
I. Analizar y conocer su relación con la Depresión y el Ambiente Familiar.
II. Estudiar los acontecimientos vitales estresantes.
III. Conocer la diferencia que existen en cada subtipo.
PRIMER CAPÍTULO
1.1Definición de la Adolescencia.
El término adolescencia hace alusión al “período de crecimiento y desarrollo
humano que transcurre entre la pubertad y la edad juvenil. Su aparición está
señalada por la pubertad, pero la aparición de este fenómeno biológico es
únicamente el comienzo de un proceso continuo y más general, tanto sobre el
plano somático como el psíquico, y que se prosigue por varios años hasta la
formación completa del adulto” (Merani, 1979).
Según la Organización Mundial de la Salud, la adolescencia es el periodo
comprendido entre 10 y 19 años, es una etapa compleja de la vida, marca la
transición de la infancia al estado adulto, con ella se producen cambios físicos,
psicológicos, biológicos, intelectuales y sociales. Se clasifica en primera
adolescencia, precoz o temprana de 10 a 14 años y la segunda o tardía que
comprende entre 15 y 19 años de edad.
En 1992, Sebald precisa que el significado del término de adolescencia es
complicado, las definiciones de este período evolutivo son múltiples y responden a
distintos enfoques disciplinarios. Existen distintas definiciones de esta fase
evolutiva del ser humano: sociológica, psicológica, fisiológica, legislativa,
económica, tradicional, cognitiva, cronológica, etc.
Es realmente un período vulnerable para la aparición de conductas de riesgo, las
cuales pueden encontrarse por sí solas o concurrir y traer consecuencias para la
salud, económicas y sociales. Se requiere de programas que garanticen
información y servicios, además de, potenciar los factores protectores para reducir
las mencionadas conductas.
Con el fin de entender la conducta de los adolescentes y ejercer influencia en ella,
es importante comprender el entorno en que viven y cómo afecta dicho entorno el
desarrollo, la conducta y las relaciones sociales. Estos entornos, entre ellos: la
familia, los grupos de pares, la escuela, el trabajo y las actividades de ocio, están al
mismo tiempo en un estado de cambio constante. Todo ello implica que las
intervenciones deben tener en cuenta estas dimensiones y además incluir de forma
obligada a los propios adolescentes, sin olvidar el rol que pueden tener los
profesionales de la salud.
1.2 Cambios Psicológicos.
Los cambios psicológicos que se producen en la adolescencia constituyen el
correlato de los cambios que experimenta físicamente, conduciéndolo a
establecer una nueva percepción de su propia persona y del mundo. Esto se
debe a que simultáneamente se integran aspectos emocionales, la sexualidad,
cambios en el pensamiento y procesamiento de información, exposición a
riesgos, etc.
En este camino hacia la madurez psicológica o emocional el adolescente suele
enfrentar este paso como un reto que en ocasiones resulta ser más brusco que
el cambio físico, pues deberá adaptarse y entender las nuevas formas de
relación y comportamiento que se plantean de manera particular, conectando
su historia personal con el futuro.
Gran parte de los cambios psicológicos en los adolescentes radican en que el
pensamiento abstracto concreto se convierte en pensamiento con proyección
de futuro (Piaget, 1969). Esta característica es un reflejo de la madurez propia
de la adolescencia.
Aunque no todo es confusión en el adolescente, por ejemplo, Macías (2000)
dice que la autoafirmación y la fortaleza del “yo” empiezan a solidificarse, se
asienta la autoestima, la imaginación sufre el empuje del pensamiento y las
fantasías se vuelven cada vez más elaboradas. Estas últimas se alimentan de los
símbolos de la comunidad, aunque el joven en ocasiones actúe fuera de la
lógica.
Así también se coincide en que el adolescente tiene dos grandes desafíos que
encarar; el primero es la autonomía e independencia de sus padres, y el
segundo formar su identidad, en algunos casos para alcanzar estos dos
procesos el adolescente se sirve del conflicto y la rebeldía. No obstante, se sabe
que, en distintas naciones, la gran mayoría de adolescentes se lleva bien con
sus padres y tienen una actitud positiva hacia su familia. En este sentido es
importante mencionar que el proceso de interdependencia que existe entre el
joven y su familia y especialmente con sus padres no es del todo negativo, pues
de esta manera se hacen compromisos recíprocos y se da el apego emocional
entre ellos (Craig, 2001).
El adolescente puede comenzar a operar con las formas de pensamiento adulto,
puede comenzar a pensar ya no solo sobre objetos sensibles de los que ha
tenido experiencia, sino también sobre objetos posibles y constructos
abstractos. La crisis de identidad del adolescente, será entendida como una
forma diferente de sentir y vivenciar la propia realidad individual en
comparación con la realidad vivida durante la infancia. Fernández (1992; en
Craig) señala que así el adolescente empieza a cuestionarse su propia
individualidad y tomar conciencia del mundo exterior.
La adolescencia es un periodo sano de la vida desde el punto de vista orgánico,
pero también el más problemático y de más alto riesgo psicosocial.
Actualmente, se han producido grandes cambios socioculturales: jóvenes
consumidores de moda y tecnología, la cultura del ocio ha sustituido al
esfuerzo personal, más facilidad para acceder a sustancias nocivas,
descoordinación entre la escuela y el mundo del trabajo, desestabilización de la
familia, inmigración, etc., todo ello conlleva importantes repercusiones para el
desarrollo y la salud integral del adolescente. Los profesionales sanitarios
tienen un papel prioritario para acompañar y orientar al joven y a su familia
para que este se convierta en un adulto responsable y competente.
Al final de esta etapa el adolescente comienza a tener muestras de calma y sus
desconcertantes emociones dan lugar a sentimientos más tenues y elaborados.
1.3 Adolescencia y Familia.
La familia sigue considerándose como “el núcleo de la sociedad” (Dulanto,
2000). A través de ella se transmiten valores, se da sostén emocional y afectivo,
promociona el desarrollo adecuado de sus miembros, los prepara y entrena
para la convivencia, enseñando la tolerancia a la frustración, el reconocimiento
y disfrute de procesos en general (Guelar y Crispo, 2000).
las alianzas entre los miembros de una familia son naturales y sanas; pero es
importante que los padres hagan un frente común y establezcan una clara línea
divisoria con sus hijos. También deben colaborar para criarlos y corregirlos, ya
que un vínculo que excluye a alguno de los progenitores resulta perjudicial,
pues el que es excluido pierde influencia como agente socializador y figura de
autoridad. Además, se resalta que las alianzas familiares desempeñan un rol
decisivo en el proceso de comunicación.
Se menciona que esta fase del ciclo vital es un período crítico en la historia del
adolescente y del resto de la familia (Castro, 2001). Ya que las interacciones en
ella son parte de las fuerzas que facilitan y a la vez limitan el proceso, es decir,
cuando se da comprensión y afecto durante este período, la transición es
menos abrupta, pero cuando se responde con violencia y autoritarismo a las
demandas del hijo o hija, la crisis puede empeorar (Macías, 2000). Así podemos
entender la importancia que adquiere la atmósfera y actitud que prevalezca
entre los miembros de la familia, para favorecer o entorpecer el
desenvolvimiento y la conclusión de esta etapa.
La forma que se adopte el proceso también se relaciona con el tipo de familia al
que se pertenece, pues sin duda en la actualidad, podemos encontrar diferentes
y nuevas formas de agrupación familiar.
Los padres deberán desprenderse del hijo, para enfrentar al adolescente quien
en algunos casos se opone. De ahí que la flexibilidad o rigidez con que se
resuelvan las dificultades, obstruirán o facilitarán el proceso. Cuando los
sentimientos de angustia y temor por el crecimiento de un hijo son difíciles de
superar, pueden dar lugar a situaciones conflictivas. Lo mejor para los padres
es aceptar las desigualdades, perseverando en la necesidad de comunicación.
En la medida en que el joven se adapte a las interacciones que se dan en su
núcleo familiar, podrá tener un desenvolvimiento más o menos exitoso en las
relaciones sociales, permitiéndole entender el sentido de dichas relaciones y
las opciones que tiene para su afrontamiento. De lo contrario, “si la familia, la
comunidad o el joven tratan o logran posponer o evadir, el compromiso para
que se asuma la adolescencia, conseguirán alterar no solo la secuencia y las
finalidades propuestas por la etapa de desarrollo, sino también darán
oportunidad de abrir la puerta de la enfermedad psicosocial de la adolescencia”
(Dulanto, 2000).
SEGUNDO CAPÍTULO
2.1 Definición de los TCA (Trastornos de la Conducta Alimenticia).
La manifestación de los trastornos de la conducta alimentaria ha ido variando en
sus características y definiciones a través del tiempo. Serrato (2000) menciona que
la primera descripción clínica de lo que hoy se denomina anorexia nerviosa se
atribuye al médico inglés Thomas Morton, en el siglo XVII, (1689), aunque en
aquella época se consideraba ésta como una enfermedad neurológica. Morton
habló en sus escritos de una enfermedad debilitante y cuyos principales síntomas;
eran la falta de apetito y la pérdida de peso. La definición con el término “anorexia
nerviosa” la hizo Sir William W. Gull en 1870, al hablar de una alteración de origen
psicológico que afectaba a mujeres observadas y tratadas en instituciones médicas
y que presentaban determinadas características clínicas que eran, emaciación o
adelgazamiento morboso, amenorrea o suspensión del flujo menstrual,
estreñimiento, bradicardia o ritmo cardiaco más lento que el normal, hipotermia o
descenso de la temperatura corporal, edema o hinchazón blanda en las piernas y
cianosis periférica o coloración azul y a veces negruzca de la piel.
Llegado el siglo XX, la anorexia se consideró una enfermedad endocrina (relativa a
las secreciones internas del cuerpo), denominada enfermedad de Simmond que
refería a un estado de senilidad precoz que se observa debido a la atrofia del lóbulo
anterior de la hipófisis. En ese tiempo se les trataba a las pacientes con extractos
tiroideos. Hasta los años treinta es cuando comienzan a destacar las explicaciones
psicológicas y se establece la distancia entre la enfermedad de Simmond y la
anorexia. Se dice que el estudio de las causas de estos trastornos desde la
psicología se puede observar a partir del trabajo desarrollado por Bruch, quien
sostiene que la anorexia nerviosa debe ser comprendida en términos del
desarrollo de la personalidad y el contexto familiar, antes que el desarrollo
psicosexual. En cuanto a la descripción hecha de la bulimia a través del tiempo
podemos encontrar, que se menciona en la bibliografía francesa del siglo XVIII,
para describir un patrón de comida excesivo. En medicina es descrita como
síntoma de otra patología y a finales del siglo XIX, como un episodio que presentan
algunos cuadros clínicos de anoréxicas. La bulimia se describió como un apetito
excesivo, extraordinario, relacionado con un trastorno gástrico.
Con estos antecedentes es comprensible que el estudio independiente y particular
de estos trastornos sea reciente y se tome en cuenta que existen condicionantes de
carácter individual, familiar, social y cultural, asociados al momento socio-histórico
que marco la industrialización y el consumismo.
En los últimos 25 años, la anorexia nerviosa, la bulimia nerviosa, el trastorno por
atracones y sus variantes han dado la cara como importantes enfermedades en
cuyo desarrollo intervienen múltiples factores que incluyen trastornos
emocionales de la personalidad, alteraciones del entorno familiar, una posible
sensibilidad genética o biológica y un ambiente sociocultural en el que coexisten la
sobreabundancia de comida y la obsesión por la delgadez. Así estos trastornos
pueden adoptar formas clínicas enmascaradas que retrasan o equivocan su
detección y diagnóstico, observándose hasta en el 50% de los casos.
Actualmente se llama trastornos alimentarios a los “síndromes mentales con
delimitación y caracterización propias” (Wilson & Walsh, 1991). Dichos trastornos
comparten básicamente un deseo de adelgazar, producto de una fobia a la
obesidad e incluso al sobrepeso, asociándose a un trastorno de la imagen corporal
en el que se implican tanto una insatisfacción como una distorsión de la imagen
corporal” (Álvarez, Román, Manríquez y Mancilla, 1996).
Los trastornos de la conducta alimentaria se dividen en 2 categorías generalmente:
anorexia y bulimia nerviosas, estas enfermedades se “desarrollan en la
adolescencia y 90 a 95% de los casos son mujeres” (Unikel, Villatoro, Medina-
Mora, Fleiz, Alcántar y Hernández, 2000).
En el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales DSM-IV-TR se
define que los trastornos alimentarios “se caracterizan por alteraciones graves de
la conducta alimentaria”. Se incluyen 2 trastornos específicos: la anorexia nerviosa
caracterizada por “el rechazo a mantener el peso corporal en los valores mínimos
normales” y la bulimia nerviosa que se “caracteriza por episodios recurrentes de
voracidad seguidos por conductas compensatorias inapropiadas como el vómito
provocado, el abuso de fármacos laxantes y diuréticos u otros medicamentos, el
ayuno o el ejercicio excesivo. Aunque la Obesidad simple está incluida en la
Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE) como una enfermedad médica,
en el DSM no aparece, ya que no se ha establecido su asociación consistente con
síndromes psicológicos o conductuales.
2.2 Conceptualización actual
Fairburn y Walsh (2002) proponen la siguiente definición sobre los TCA ''una
alteración persistente del comportamiento o de la conducta alimentaria destinada
al control de peso, lo que significativamente deteriora la salud física o el
funcionamiento psicosocial de la persona". Sin embargo, no se ha logrado un
consenso para definir a los TCA, aunque Fairburn y Harrison (2003) establecen
tres características principales y necesarias de estos trastornos:
1) Una alteración persistente de los hábitos de alimentación o del comportamiento
de control del peso.
2) Alteraciones conductuales asociadas al trastorno (por ejemplo, una
sobrevaluación de la forma o el peso), cuyo resultado es un deterioro clínicamente
significativo de la salud física o el funcionamiento psicosocial.
3) El trastorno no debe ser secundario a ningún trastorno médico general o a
cualquier otra condición psicopatológica.
Con respecto a la anorexia nerviosa, Bruch (1973) ya señalaba que lo esencial es:
− la alteración de la imagen corporal, procedentes del propio cuerpo y el
sentimiento paralizante de ineficacia personal.
− la alteración de la percepción de los estímulos.
Por su parte, Russell (1979), tal y como se ha señalado, acuñó el término de
bulimia nerviosa, describiendo esta como "una complicación de la AN
caracterizada por":
− Una poderosa urgencia por comer.
− la evitación de los efectos del atracón en el peso a través de vómitos, purgas o
ambos y el miedo mórbido a engordar.
Mientras que Stunkard (1958) define el trastorno por atracón como una ingesta en
un breve periodo de tiempo de una gran cantidad de comida tras la que se genera
una sensación de auto denigración fuerte. A día de hoy es un hecho contrastado el
que los pacientes con TCA tienden a “migrar” entre las distintas categorías
diagnósticas, fenómeno conocido como la transición diagnóstica o
entrecruzamiento diagnóstico (Fairburn y Harrison, 2003). De modo que la mitad
de los pacientes con AN terminan por desarrollar una BN, un tercio de los
pacientes con BN provienen de una historia previa de AN y otro tercio ha
presentado historia de sobrepeso u obesidad. Además, es bastante común que los
pacientes con AN alternen entre sintomatología restrictiva y purgativa en
diferentes momentos del trastorno y en torno a un 50 % de los pacientes con AN
desarrollan posteriormente BN (Bulik, Sullivan, Fear y Pickering, 1997). Este
fenómeno genera continuos cruces o cambios de diagnóstico y generó dudas sobre
el curso, la recaída, los subtipos o los propios criterios de los TCA (Eddy et al.,
2008).
2.3 Anorexia Nerviosa.
El diccionario de la Real Academia de la Lengua define anorexia como “la pérdida
anormal del apetito”, diferenciándolo de la anorexia nerviosa, es decir, del
“síndrome de rechazo de la alimentación por un estado mental de miedo a
engordar, que puede tener graves consecuencias patológicas”. Por un lado, para el
DSM-IV-TR (APA, 2000), las características diagnósticas fundamentales en la
anorexia nerviosa son: el rechazo a mantener un peso corporal mínimo normal, el
miedo intenso a ganar peso, la alteración significativa de la percepción de la forma
o tamaño del cuerpo y, en mujeres, la amenorrea. Por otro lado, en el DSM-5 (APA,
2013) se explica que las tres características diagnósticas de la anorexia nerviosa
son: la restricción de la ingesta energética persistente, el miedo intenso a ganar
peso o a engordar (o un comportamiento persistente que interfiere con el aumento
de peso) y la alteración de la forma de percibir el peso y la constitución propios.
A los pacientes con anorexia restrictiva se les atribuye un mayor perfeccionismo,
rigidez, hiperresponsabilidad y sentimientos de ineficacia, mientras que en los
pacientes con anorexia con atracones/purgas es más habitual encontrar historia
familiar de obesidad, sobrepeso pre, mayor impulsividad, reacciones distímicas
frecuentes, mayor labilidad emocional y mayor frecuencia de conductas adictivas
(DaCosta y Halmi, 1992; Garfinkel, Moldogsky y Garner 1980;). Atendiendo al CIE
(Clasificación Internacional de Enfermedades) (OMS, 1992), se puede decir que la
anorexia nerviosa es un "trastorno caracterizado por la presencia de una pérdida
deliberada de peso, inducida o mantenida por el mismo enfermo" (CIE-10, 1992, p.
219). El diagnóstico de la anorexia nerviosa ha de realizarse de un modo estricto, para
lo cual se tienen en cuenta los siguientes criterios diagnóstico:
CRITERIOS DIAGNÓSTICO DE ANOREXIA NERVIOSA. CIE-10 (OMS, 1992).
− Pérdida significativa de peso (Índice de Masa Corporal de menos de 17,5). Los enfermos
prepúberes pueden no experimentar la ganancia de peso propia del periodo de crecimiento.
− La pérdida de peso está originada por el propio enfermo, a través de: 1) evitación de
consumo de “alimentos que engordan” y por uno o más de uno de los síntomas siguientes: 2)
vómitos autoprovocados, 3) purgas intestinales autoprovocadas, 4) ejercicio excesivo y 5)
consumo de fármacos anorexígenos o diuréticos. − Distorsión de la imagen corporal que
consiste en una psicopatología específica caracterizada por la persistencia, con el carácter de
idea sobrevalorada intrusa, de pavor ante la gordura o la flacidez de las formas corporales, de
modo que el enfermo se impone a sí mismo el permanecer por debajo de un límite máximo de
peso corporal.
− Trastorno endocrino-gonadal generalizado que afecta al eje hipotálamo-hipofisario-gonadal
manifestándose en la mujer como amenorrea y en el varón como una pérdida del interés y de
la potencia sexuales (una excepción aparece la constituye la persistencia de sangrado vaginal
en mujeres anoréxicas que siguen una terapia hormonal de sustitución, por lo general con
píldoras contraceptivas). También pueden presentarse concentraciones altas de hormona del
crecimiento y de cortisol, alteraciones del metabolismo periférico de la hormona tiroidea y
anomalías en la secreción de la insulina.
− Si el inicio es anterior a la pubertad, se retrasa la secuencia de las manifestaciones de la
pubertad, o incluso esta se detiene (cesa el crecimiento; en las mujeres no se desarrollan las
mamas y hay amenorrea primaria; en los varones persisten los genitales infantiles). Si se produce
una recuperación, la pubertad suele completarse, pero la menarquía es tardía.
Además, la CIE-10 propone el diagnóstico de anorexia nerviosa atípica para cuando
no se cumplen todos los criterios presentados previamente. A continuación, se
muestran los criterios para anorexia nerviosa atípica.
CRITERIOS DIAGNÓSTICOS DE ANOREXIA NERVIOSA ATÍPICA. CIE-10 (OMS,
1992).
Este término debe ser utilizado para los casos en los que faltan una o más de las
características principales de la AN (F50.0), como amenorrea o pérdida
significativa de peso, pero que por lo demás presentan un cuadro clínico
bastante característico. Este tipo de enfermos es más frecuente en psiquiatría de
interconsulta y enlace y en atención primaria. También pueden incluirse aquí
enfermos que tengan todos los síntomas importantes de la AN, pero en grado
leve.
2.4 Bulimia Nerviosa.
El diccionario de la Real Academia de la Lengua define bulimia como “las ganas
insaciables de comer”, mientras que la bulimia nerviosa la define como “el
síndrome de deseo compulsivo de comer, con provocación de vómitos y
consecuencias patológicas".
Para el DSM-IV-TR (APA, 2000), las principales características diagnósticas de la
bulimia nerviosa son dos: los atracones y el empleo de métodos compensatorios
inadecuados para evitar el aumento de peso. Por un lado, los atracones aparecen
caracterizados por el consumo de una cantidad de comida superior a la
conveniente en un periodo de tiempo limitado y, por otro, por la falta de control
que el individuo manifiesta durante la ingesta de comida.
Sin embargo, el DSM (APA, 2013) establece que son tres las principales
características diagnósticas: los episodios recurrentes de atracones; los
comportamientos compensatorios inapropiados y recurrentes para evitar el
aumento de peso y la autoevaluación que se ve influida indebidamente por el peso.
Los atracones se definen como "la ingesta de cantidades superiores a las habituales
en un periodo concreto de tiempo" (APA, 2013); los métodos compensatorios
empleados por individuos que padecen bulimia nerviosa se conocen como
comportamientos de purga o purgas, dentro de esta denominación se encuentran
métodos como el vómito, para el que se pueden emplear diferentes medios, desde
el uso de los dedos hasta la utilización inadecuada de laxantes y/o diuréticos; el
ayuno o el ejercicio desmesurado.
A) Tabla de Criterios diagnósticos de bulimia nerviosa.
CRITERIOS DIAGNÓSTICO DE BULIMIA NERVIOSA. DSM (APA, 2000).
a) Presencia de atracones recurrentes. Un atracón se caracteriza por: 1. Ingesta
de alimento en un corto espacio de tiempo (p. ej., en un período de 2 horas) en
cantidad superior a la que la mayoría de las personas ingerirían en un período
de tiempo similar y en las mismas circunstancias. 2. Sensación de pérdida de
control sobre la ingesta del alimento (p. ej., sensación de no poder parar de
comer o no poder controlar el tipo o la cantidad de comida que se está
ingiriendo).
b) Conductas compensatorias inapropiadas, de manera repetida, con el fin de no
ganar peso, como vómito autoinducido, abuso de laxantes, uso de diuréticos,
enemas u otros fármacos, ayuno y ejercicio excesivo.
c) Los atracones y las conductas compensatorias inapropiadas tienen lugar,
como promedio, al menos 2 veces a la semana durante un período de 3 meses.
d) La autoevaluación está exageradamente influida por el peso y la silueta
corporal.
e) La alteración no aparece exclusivamente en el transcurso de la AN. Especificar
tipo:
– Tipo purgativo: durante el episodio de BN, el individuo se provoca
regularmente el vómito o usa laxantes, diuréticos o enemas en exceso.
– Tipo no purgativo: durante el episodio de BN, el individuo emplea otras
conductas compensatorias inapropiadas, como el ayuno o el ejercicio intenso,
pero no recurre regularmente a provocarse el vómito, ni abusa de los laxantes, ni
usa diuréticos o enemas en exceso.
De acuerdo con el CIE-10 (OMS, 1992), la bulimia nerviosa se refiere a la repetición
de episodios caracterizados por la ingesta excesiva de alimentos, a la que se añade
una preocupación desmesurada por el control del peso corporal. Del mismo modo
que ocurre con la anorexia nerviosa, el diagnóstico de la bulimia nerviosa tiene que
basarse en las siguientes pautas diagnósticas que quedan reflejadas en la siguiente
Tabla.
CRITERIOS DIAGNÓSTICOS DE BULIMIA NERVIOSA. CIE (OMS, 1992)
a) Preocupación continua por la comida, con deseos irresistibles de comer, de
modo que el enfermo termina por sucumbir a ellos, presentándose episodios de
polifagia durante los cuales consume grandes cantidades de comida en períodos
cortos de tiempo.
b) El enfermo intenta contrarrestar el aumento de peso así producido mediante
uno o más de uno de los siguientes métodos: vómitos autoprovocados, abuso de
laxantes, períodos de ayuno, consumo de fármacos tales como supresores del
apetito, extractos tiroideos o diuréticos. Cuando la bulimia se presenta en un
enfermo diabético, éste puede abandonar su tratamiento con insulina.
c) La psicopatología consiste en un miedo morboso a engordar, y el enfermo se
fija de forma estricta un dintel de peso muy inferior al que tenía antes de la
enfermedad, o al de su peso óptimo o sano. Con frecuencia, pero no siempre,
existen antecedentes previos de AN con un intervalo entre ambos trastornos de
varios meses o años. Este episodio precoz puede manifestarse de una forma
florida o por el contrario adoptar una forma menor o larvada, con una moderada
pérdida de peso o una fase transitoria de amenorrea
2.5 Trastorno por Atracón.
El trastorno de apetito desenfrenado es un trastorno grave de la alimentación en el
que sueles consumir cantidades extraordinariamente grandes de alimentos y te
sientes incapaz de parar de comer.
Casi todos comemos de más en algunas ocasiones, por ejemplo, cuando nos
servimos una segunda o una tercera porción de una comida durante las fiestas. Sin
embargo, para algunas personas, comer de manera excesiva con la sensación de
que se pierde el control y que esto se vuelva algo habitual pasa a ser un trastorno
de apetito desenfrenado.
Cuando tienes el trastorno de apetito desenfrenado, puedes sentirte avergonzado
por comer en exceso y prometer que vas a dejar de hacerlo. No obstante, sientes
una compulsión tan fuerte que no puedes resistir la necesidad y continúas
comiendo en exceso. Si padeces el trastorno de apetito desenfrenado, el
tratamiento puede ser de ayuda.
CRITERIOS DIAGNÓSTICO
A. Episodios recurrentes de atracones. Un episodio de atracón se caracteriza por
las dos condiciones
siguientes:
1. Ingesta, en un corto periodo de tiempo (p. ej., en 2 h), de una cantidad de
comida definitivamente
superior a la que la mayoría de la gente podría consumir en el mismo tiempo y
bajo circunstancias similares
2. Sensación de pérdida del control sobre la ingesta durante el episodio (p. ej.,
sensación de que uno no puede parar de comer o controlar qué o cuánto está
comiendo)
B. Los episodios de atracón se asocian a tres (o más) de los siguientes síntomas:
1. Ingestión mucho más rápida de lo normal
2. Comer hasta sentirse desagradablemente lleno
3. Ingesta de grandes cantidades de comida a pesar de no tener hambre
4. Comer a solas para esconder su voracidad
5. Sentirse a disgusto con uno mismo, depresión o gran culpabilidad después del
Atracón
C. Profundo malestar al recordar los atracones
D. Los atracones tienen lugar como media, al menos dos días a la semana
durante 6 meses Nota: el método para determinar la frecuencia difiere del
empleado en el diagnóstico de la bulimia nerviosa:
futuros trabajos de investigación aclaran si el método para establecer un umbral
de frecuencia debe basarse en la cuantificación de los días en que hay atracones
o en la cuantificación de su número.
E. El atracón no se asocia a estrategias compensatorias inadecuadas (p. ej.,
purgas, ayuno y ejercicio físico excesivo) y no aparece exclusivamente en el
transcurso de una anorexia o bulimia nerviosa.
Spitzer y colaboradores (1993) ya señalaban algunas características de los
pacientes con trastorno por atracón, como son: mayor deterioro en el trabajo y en
el funcionamiento social, exceso de preocupación por el cuerpo/figura y el peso,
psicopatología general, una importante cantidad de tiempo de la vida adulta
haciendo dieta, antecedentes de depresión, abuso de alcohol/drogas, tratamiento
por problemas emocionales, historia de obesidad severa, inicio precoz del
sobrepeso e inicio temprano de dietas.
TERCER CAPÍTULO
3.1 Variantes relacionadas: Edad.
Aunque las edades de inicio de los TCA se sitúan en la adolescencia o juventud
y, de forma más específica, en el caso de la AN la edad de inicio más frecuente
oscila entre los 13 y los 18 años, lo que se ha encontrado, gracias a los estudios
que se realizan en centros ambulatorios de tratamiento de adultos, es que la
edad media se sitúa alrededor de los 30 años. Realizaron un estudio donde se
analizan los resultados obtenidos en un centro ambulatorio de TCA en Toronto
y encuentra que la edad media de los pacientes que asisten es de 28-49 años,
edad homologable a la obtenida en los estudios de VarelaCasal, Maldonado y
Ferre (2011), que señalan una edad media de 29 años.
Con respecto a la BN, la investigación epidemiológica señala que es más
frecuente en mujeres adolescentes y adultas jóvenes, estando la edad media de
aparición alrededor de los 20 años de edad y siendo la proporción mujeres-
varones. No obstante, es importante destacar que debido a que este trastorno
no cursa con un deterioro somático tan severo y llamativo como la AN, gran
parte de estas pacientes pasan desapercibidas durante mucho más tiempo,
tanto a los ojos del especialista como para la propia familia del paciente e
incluso el paciente presentará serias dificultades para reconocer sus
dificultades.
3.2 Variantes relacionadas: Sexo.
Numerosas investigaciones encuentran que la frecuencia de los TCA es mucho
mayor en las mujeres que en los varones (Higuera y Conde, 2008; Mancilla-
Díaz et al., 2007), así, la relación entre mujeres y varones viene a ser de 9-10-
11, ya que casi todos los estudios epidemiológicos constatan que el 90-95 % de
los sujetos afectos de algún tipo de TCA son mujeres.
3.3 Variantes Relacionadas: Ambiente familiar.
Este factor es de los más estudiados dentro de estos trastornos. Antes de nada,
cabe destacar que, una familia con un miembro con TCA tiene un pronóstico
negativo, caracterizándose por una menor expresividad, adaptabilidad o
poca/ninguna respuesta afectiva, frente a aquella familia donde no se da este
problema. Se ha demostrado que las personas con TCA se desarrollan en
ambientes familiares desfavorecidos, por un lado, los pacientes con AN se
caracterizan por un ambiente rígido y con problemas de comunicación
mientras que los diagnosticados de BN presentan familias con baja cohesión y
adaptabilidad. Sin embargo, no se han encontrado datos acerca de las
características que presenta el ambiente familiar cuando un miembro tiene
trastorno por atracón (Prieto, Herrero-Martín, Montes-Martínez, & Jáuregui-
Lobera, 2019). Dentro de este factor de riesgo podemos hablar de las
experiencias estresantes, es decir, aquellos momentos traumáticos que se han
sufrido dentro del ámbito familiar. Un estudio llevado a cabo descubrió que las
mujeres con patologías alimentarias presentaban altos niveles de estrés
acumulado así cómo vivencias estresantes antes del inicio del trastorno.
Acontecimientos como el divorcio de los padres o el fallecimiento de algún
familiar llevan al paciente a acumular estrés, llegando a un nivel muy elevado,
lo que ocasiona, en mayor medida, Trastorno por Atracón. Dentro de estas
experiencias juegan un papel importante los abusos sexuales en la infancia, los
cuales correlacionan muy positivamente con un TCA (especialmente BN) ya
que ocasionan problemas con la autoimagen o la autoestima, lo que presenta
una mayor vulnerabilidad a estos trastornos (Prieto, Herrero-Martín, Montes-
Martínez, & Jáuregui-Lobera, 2019).
Hay múltiples maneras de interpretar si la influencia familiar incide en los
trastornos alimenticios en los adolescentes, sin embargo, esto está sujeto al
tipo de entorno familiar, en donde se haya criado el adolescente. Si hay
estudios donde las conductas de los padres y hábitos alimenticios inciden en
los trastornos de conducta alimentaria, en muchos casos familias en donde el
padre y la madre son obesos, se observa ese mismo patrón en los hijos. Sin
embargo, hay investigaciones que relacionan la anorexia y la bulimia a la falta
de atención a los hijos, específicamente en el sexo femenino, esto se observa en
el estudio realizado por Hallasi, donde encuentra que hay una asociación
significativa entre la relación familiar y la bulimia, conducta detonada por alta
conflictividad, deficiente expresividad y baja cohesión en el entorno familiar.
(Roldán y Cabrera), dentro de las conclusiones realizadas en su estudio,
indican que hay familias con miembros de TCA que pudieron generar esta
condición, por hacer ciertos errores educativos, conflictividad en sus
relaciones, confusión dentro de su rol en la familia, entre otros. Dentro de la
anorexia nerviosa, también se identifica al entorno familiar como uno de los
causales, más que todo a la purgativa, esto debido a bajos niveles de cohesión,
adaptabilidad y expresión en el entorno familiar. Entonces se emplea el
termino de psicopatología familiar, aunque todavía está en discusión si está
determinada biológica o socialmente. (Surichaqui Suarez), dentro de las
conclusiones de su estudio, argumenta que los adolescentes, perciben la
destrucción familiar, en forma de tensión, ansiedad, frustración e
insatisfacción consigo mismo y esto puede desencadenar en un futuro un
trastorno alimenticio. (Prieto, Herrero-Martín, Montes-Martínez y Jáuregui-
Lobera), hacen una conclusión interesante en su estudio, donde argumentan
que el entorno familiar es un factor de riesgo para la aparición de trastornos
alimenticios, debido a los hábitos, convivencia, creencias, entre otros. Sin
embargo, no existe una familia tipo, es decir, un patrón único en donde se
tenga que desarrollar esta patología, no siempre se tiene que dar en familias
disfuncionales, experiencias traumáticas, sino que también se pueden dar por
factores externos
3.4 Variantes relacionadas: Influencia de las redes.
Desde que Internet y los Trastornos de la Conducta Alimentaria (TCA) se
conocieron, allá por comienzos de los años 90, se ha venido alertando de la
influencia nociva de las llamadas webs pro-ana o pro-mía (abreviaturas de
pro-Anorexia y pro-Bulimia). En el comienzo de este idilio, las webs eran una
especie de mensaje en una botella que alguien enviaba al inmenso mar de
internet, es decir, eran más bien estáticas. En ellas se exponían trucos y
recomendaciones para perder peso de forma extrema, generando el lenguaje y
las señas de identidad propias que sembraron la semilla de lo que sería una
comunidad mundial de TCAs en interacción con el salto a los blogs y los foros.
Citando el ya clásico informe realizado por la Agencia de Calidad de Internet
(IQUA) y la Asociación contra la Anorexia y la Bulimia (ACAB), entre los años
2006 y 2010 las webs con contenidos que hacen apología de los TCA habían
crecido un 470%.
Si acercamos la lupa a los datos de Instagram, nos encontramos que el 51% de
sus millones de usuarios accede a diario y un 35% más de una vez al día.
Además, el 68% de sus usuarios son mujeres y para el 32% de la población
adolescente es su red social más importante. Por tanto, Instagram es una red
en la que confluyen dos aspectos demográficos que se consideran factores de
riesgo para el desarrollo de un TCA: ser mujer y ser adolescente.
A finales de los 90 George Gerbner propuso la llamada Teoría del Cultivo. En
ella plantea cómo la exposición a los medios de comunicación influye a la hora
de construir nuestro concepto de la realidad. Aunque esta teoría se formuló
respecto a la influencia en particular de la televisión, sus postulados se
mantienen vigentes como aproximación al fenómeno de las redes
sociales. Estamos sobreexpuestos a un ideal estético delgado que con las
nuevas tecnologías se ha hecho omnipresente, y esta sobreexposición es la que
contribuye a internalizar este mensaje como una realidad. Diversas
investigaciones ya han demostrado que la exposición al ideal estético delgado
es directamente proporcional a la evaluación negativa del propio
cuerpo (Grabe, et al. 2008; Harrison et al. 2006). Por tanto, no sorprende el
dato de que estadísticamente sea más frecuente encontrar mujeres con un
grado moderado de insatisfacción corporal que aquellas que se sientan
satisfechas con su cuerpo (Stice & Shaw, 1994). Incluso se observa que un
escandaloso 81% de niñas de 10 años muestran un miedo intenso a
engordar (Mellin, et al., 1991). Es precisamente la presencia de insatisfacción
corporal un factor de riesgo específico y uno de los aspectos nucleares de los
TCA.
Cuando uno siente una gran insatisfacción con su imagen corporal es posible
que realice determinadas conductas para obtener el cuerpo que desea, aunque
éste sea difícilmente alcanzable y las estrategias para ello pongan en peligro su
salud. Pasando de las clásicas “carreras de kilos” a los hashtags específicos
sobre la búsqueda de la delgadez, el #thinspiration o #thispo es el paraguas
bajo el que la enfermedad se da a conocer a través de Instagram. No sólo eso,
sino que la presión ha ido más allá de la simple bajada de peso, focalizándose
en partes concretas del cuerpo. De este modo, conceptos como thigh
gap, collarbones o el A4challenge tuvieron su momento álgido en las redes y
aún siguen circulando por internet, animando a jóvenes de todo el mundo a
participar en el “desafío”.
El fitspiration por su parte se presenta como la hermana saludable e inocua
del thinspiration, fomentando y motivando a la gente a ejercitarse y
alimentarse de forma “saludable” y, sobre todo, a mostrarlo. Sin embargo, no
es oro todo lo que reluce. Boepple y Thompson, de la Universidad de South
Florida en Tampa, realizaron en el año 2016 un análisis del contenido tanto
de thinspiration como de fitspiration. Al hacerlo encontraron que casi el 90%
de los sitios de thispiration y el 80% de los de inspiración fit contenían
mensajes de culpabilidad respecto al peso, estigmatización del peso o la grasa
corporal, cosificación del cuerpo y mensajes relacionados con restricción
alimentaria. Parece que quizá no sean tan diferentes después de todo
y el fitspiration sea un refugio más (y más seguro) en el que la enfermedad
puede esconderse. De hecho, ya podemos encontrar incluso como la Ortorexia
ha sido bautizada y transformada en “princesa” bajo el nombre de Alisa (i.e.
Alimentación Sana).
Es cierto que internet hace las cosas más visibles, y con la sobreexposición a
determinados contenidos y actitudes podemos acabar normalizando cosas que
no lo son. La visibilización de las comunidades pro-TCA en internet no significa
necesariamente que tengamos más personas que antes realizando
determinados comportamientos nocivos. Aun así, tampoco deberíamos pensar
que son pocas. Las redes sociales suponen una ventana a un mundo enorme en
el que hay personas que están en su misma situación y con las que poder
expresar cómo se sienten sin sentirse juzgados o estigmatizados. Estas
personas necesitan de esa conexión y si sienten que no pueden obtenerla ni de
la sociedad ni de los profesionales, debería hacernos reflexionar a todos sobre
desde qué posición nos relacionamos y pretendemos entender a estas
personas. Es difícil entenderse hablando lenguajes diferentes y quizá tenemos
que ser los profesionales los que hemos de aprender el lenguaje de la
enfermedad para entenderla mejor y ser creativos a la hora de fomentar el
cambio, en lugar de pretender imponer nuestra “lógica” de salud. A la vista
está que tenemos que seguir evolucionando.
3.5 Variantes relacionadas: Depresión y ansiedad
✓ Ansiedad.
Desde 1950 se ha estudiado y encontrado una relación entre la ansiedad y
los TCA (Keys et al., 1950). Las investigaciones sobre esta relación, en
particular los estudios llevados a cabo en los últimos 20 años, han
confirmado que los individuos con trastornos de la conducta alimentaria
presentan un riesgo significativo de padecer un trastorno de ansiedad
generalizada, fobias específicas, fobia social, trastorno obsesivo
compulsivo y trastorno de estrés postraumático (Pallister y Waller, 2008;
ReyesRodríguez et al., 2011). Aproximadamente el 65 % de pacientes con
trastornos de la conducta alimentaria cumple con los criterios para al
menos un trastorno de ansiedad, que tiende a persistir, más allá de la
remisión del trastorno alimentario (Adambegan et al., 2012).
Los modelos cognitivos-conductuales utilizados en la explicación de las
alteraciones alimentarias enfatizan el papel de ciertas cogniciones,
emociones y conductas. La ansiedad es una de las emociones más
mencionadas entre los teóricos cognitivo-conductuales a la hora de
generar modelos explicativos sobre las alteraciones de la conducta
alimentaria (Lock, Reisel y Steiner, 2001). Desde estos modelos se han
llevado a cabo tres líneas de investigación: la primera es la comorbilidad
entre los trastornos de la conducta alimentaria y los trastornos de
ansiedad (Godart, Flament,; Hudson et al., 2007); la segunda, la relación
entre la ansiedad y otras variables importantes en las patologías
alimentarias (factores de riesgo), como la insatisfacción con la imagen
corporal o el perfeccionismo (Furman y Thompson, 2002; Corstorphine et
al., 2007); y la tercera sería averiguar si el tratamiento específico de la
ansiedad mejora el pronóstico de los TCA (Goodwin y Fitzibbon, 2002).
Solano y Cano (2012) señalan que las personas con TCA muestran
puntuaciones de ansiedad más elevadas que una muestra sin patología
alimentaria, resultados que son similares a los obtenidos por otros
estudios como el de Lock et al. (2001). Asimismo, se ha encontrado un
estudio que valora la existencia de síntomas alimentarios dentro de los
trastornos ansiosos encontrando que, en una muestra de 257 pacientes
con trastornos de ansiedad, el 12 % cumplían criterios para TCA.
La aparición de los trastornos de ansiedad suele darse antes que la
aparición del TCA, considerándose la aparición precoz de estos trastornos
un factor predisponente para el desarrollo de un TCA (Bulik, 1997). Por su
parte, los estudios señalan que es probable que la aparición de la ansiedad
en los TCA se manifieste fundamentalmente ante las relaciones sociales,
donde las personas interpretan que su cuerpo está siendo evaluado
(Corstorphine et al., 2007). La relación entre el pronóstico de la
enfermedad y la comorbilidad con trastornos ansiosos muestra datos
inciertos, mientras que algunos estudios sugieren una peor evolución del
trastorno, otros, sin embargo, rechazan esta idea (Swinbourne et al.,
2007).
La mejora en la adhesión y en los resultados de las intervenciones de los
trastornos de la conducta alimentaria sigue siendo un tema que no está
zanjado y que se mantiene en estudio, ya que se ha visto que los pacientes
con trastornos de ansiedad comórbidos necesitan una intervención
mejorada, al presentar menos recursos de afrontamiento.
✓ Depresión
Tanto las guías diagnósticas (DSM-IV, DSM-V), como diversos autores
(Godart et al., 2003; Godart et al., 2004; Hinrichsen, Waller y Van
Gerko, 2004; Kaye et al., 2004) señalan la importante evidencia sobre
la coexistencia del trastorno depresivo en los pacientes con trastornos
de la conducta alimentaria y la significativa relación que parece jugar
en sus dificultades interpersonales (American Psychiatric Association,
2000; Godart et al., 2003; Godart et al., 2004; Hinrichsene et al., 2004;
Kaye et al., 2004).
En uno de los primeros estudios en el que Strober y Katz (1987)
analizan la relación entre los trastornos de la conducta alimentaria y la
depresión, señalaban que entre el 25 % y 80 % de los pacientes con
este tipo de patología presentaba alta prevalencia de depresión en la
Escala de Hamilton (Hamilton, 1967). Mientras que, en otro estudio
realizado por Herzog (1984), se indicaba que el 40,7 % de los
pacientes con anorexia nerviosa y el 23,6 % de aquellos con bulimia
nerviosa tuvieron puntuaciones en dicho instrumento que se situaban
en rangos depresivos entre moderados y severos. La frecuencia de
sintomatología compatible con depresión en la anorexia nerviosa varía
del 20 % al 100 %; en pacientes con bulimia nerviosa fluctúa entre 11
% hasta 100 % y la de un trastorno depresivo mayor entre 30 % y 60
% (Fornari et al., 1992). Por su parte, Rosenvinge y Mouland (1990)
observaron la asociación entre peor pronóstico en la anorexia nerviosa
cuando el paciente presentaba un trastorno depresivo en el
seguimiento. En los trastornos de la conducta alimentaria, la depresión
suele manifestarse asociada a la anorexia, el insomnio, la tristeza, el
aislamiento, el llanto, la anhedonia, los problemas de autoconcepto, así
como a la autocrítica que se extiende desde la autoestima hasta la
imagen corporal, acompañada de culpa, vergüenza y desesperanza, tal
y como ha quedado reflejado en diversos estudios (Behar, Arriagada y
Casanova, 2005; Behar, 2006; Geist, Davis y Heinmaa, 1998; Piran,
Kennedy, Garfinkel y Owens, 1985; Rosenvinge et al., 1990; Silberg y
Bulik, 2005).
Los pacientes con trastornos de la conducta alimentaria poseen mayor
incidencia de trastornos afectivos que la población general (Herzog et
al., 1992), con una mayor prevalencia de depresión mayor, tanto en la
anorexia nerviosa como en la bulimia nerviosa. La frecuente asociación
entre ambos cuadros está bien documentada (Cantwell, Sturzenberger
y Burroughs, 1977; Swift, Andrews y Barklage, 1986). Herzog,
Nussbaum y Marmor (1996) señalan que la incidencia de una
alteración afectiva entre los pacientes con anorexia nerviosa oscila
entre un 52 % y un 98%, siendo la depresión mayor el trastorno más
común; y en los pacientes con Bulimia nerviosa estas cifras fluctúan
entre el 52 % y el 83 % y para depresión mayor entre un 38 % y un 63
%. Del mismo modo, se ha identificado un elevado rango de trastornos
depresivos en familiares de pacientes con anorexia nerviosa y bulimia
nerviosa, comparados con poblaciones control (Lilenfeld et al., 1998;
Strober et al., 1990), lo que podría hacer pensar en la existencia de una
relación genética entre los mismos. Vandereyken, en 1987, ya señaló
que la anorexia nerviosa y bulimia nerviosa podrían ser unas variantes
del trastorno afectivo y enfatizó que a mayor sintomatología de ambas
enfermedades, mayor era la patología depresiva (Kaye et al., 1986). A
pesar de no existir un modelo claro sobre la relación que mantienen
ambos tipos de patologías, se encuentra que aproximadamente la
mitad de las personas con anorexia nerviosa afectadas de trastorno
depresivo mayor, lo experimentan poco antes de iniciarse la anorexia
nerviosa (Cervera y Quintanilla, 1995; Toro y Vilardell, 1987). En el
reciente meta-análisis realizado por Francis Puccio, Matthew
FullerTyszkiewicz, Deborah Ong e Isabel Krug, (2016) se encuentra
que 30 estudios indican que la patología alimentaria predice de modo
significativo la depresión y, a su vez, la depresión predice, del mismo
modo, la patología alimentaria. Así pues, se demostraría la relación
bidireccional entre los TCA y la depresión. Sus resultados mostraron
que la alimentación patológica es un factor de riesgo para la depresión
y que esta es un factor de riesgo para la alimentación patológica. De
modo que podría decirse que la alimentación patológica y la depresión
son factores de riesgo concurrentes uno para el otro. Del mismo modo,
encuentran que la patología depresiva es significativamente mayor en
los pacientes con diagnóstico de TCA general y, a su vez, mostraron
más síntomas bulímicos y de atracones. Por su parte, el efecto de la
depresión sobre la patología alimentaria fue más fuerte para los
individuos con un trastorno alimentario. En contraste con esos
hallazgos, Stice (2002) encontró que el efecto de las dificultades del
estado de ánimo en la patología alimentaria fue significativamente
mayor para los estudios que evaluaron síntomas bulímicos y atracones,
en relación con trastornos de la alimentación en general. De este modo,
puede concluirse que los individuos con un trastorno alimentario
presentan alto riesgo de experimentar un trastorno depresivo mayor
comórbido (Hudson, Hiripi, Pope y Kessler, 2007). Siendo, dicha
comorbilidad especialmente prominente para aquellos que sufren de
Bulimia nerviosa, con las estimaciones que muestra la tasa de
comorbilidad en un rango de 31 a 50 % (Swanson et al, 2011).
La investigación actual parece indicar que la existencia de influencias
biológicas y socioculturales (Culbert, Racine y Klump, 2015), así como,
los factores psicológicos tales como impulsividad (Saddichha y
Schuetz, 2014; Waxman, 2009) y la insatisfacción corporal (Allen,
Byrne y McLean, 2012), se encuentran implicadas en la etiología, tanto
de alimentación como de la depresión.
3.6 Otros Factores relacionados: impulsividad y agresividad.
A nivel general, y tal y como se ha señalado, las psicopatologías que de forma más
común acompañan a los TCA, comprenden los trastornos de ansiedad y la
depresión, así como trastornos relacionados con el descontrol de impulsos, como
la agresión y la impulsividad (Blinder, Cumella y Sanathara, 2006; Treasure,
Claudina y Zucker, 2010). Casper y colaboradores (1980), así como Garner y
Garfinkel (1980), relacionaron la conducta impulsiva con la anorexia nerviosa del
tipo bulímico, diferenciándola del tipo restrictivo, la cual no presenta
características de impulsividad. Por su parte, los comportamientos bulímicos
pueden considerarse como similares a otras conductas impulsivas (McElroy et al.,
1992; McElroy, Pope, Keck y Hudson, 1995).
Una de las primeras propuestas para la incorporación de la psicopatología
comórbida en la clasificación de los TCA hizo hincapié en la distinción entre
"multiimpulsivo" y "uni-impulsivo" en las formas de la bulimia nerviosa (Lacey y
Evans, 1986). En una serie de artículos, Lacey, junto con otros autores (Lacey,
1993; Lacey et al., 1986; Lacey y Moureli, 1986; Lacey y Read, 1993), argumentó
que los individuos que presentan múltiples formas de psicopatología impulsiva
comprenden un subgrupo psiquiátrico distinto, caracterizado por un mecanismo
subyacente común y que tendrían una pobre respuesta al tratamiento. Las tasas de
prevalencia de multi-impulsividad varían de un 6 %, en una muestra comunitaria
de pacientes con bulimia nerviosa (Welch et al., 1997), a un 40 %, en una muestra
clínica (Lacey, 1993). La coexistencia de trastornos de la conducta alimentaria y
multi-impulsividad es clínicamente relevante, ya que estos pacientes tienden a
hacer peor la terapia de los que solo tienen un trastorno alimentario (Fichter,
Quadflieg y Rief, 1994), y la bulimia multi-impulsiva requiere un tratamiento más
intensivo (Lacey et al., 1993).
Por ejemplo, Fairburn, Cooper y Shafran (2003) han incluido comportamientos
impulsivos como un objetivo de tratamiento en su nueva formulación de los
trastornos de la conducta alimentaria. Asimismo, el trauma ha sido asociado con
conductas impulsivas, como en el campo de las conductas autolesivas, donde la
literatura científica menciona las historias infantiles de maltrato físico o el abuso
sexual como un potencial factor causal (Bach-yRita, 1974; Favazza, 1989; Graff y
Mallin, 1967; Pattison y Khan, 1983; Stone, 1987); así como con conductas
bulímicas (Fallon y Wonderlich, 1997; Steiger y Zanko, 1990; Waller, 1991), y
entre el trauma y el abuso de alcohol entre personas con TCA (Fullerton,
Wonderlich y Gosnell, 1995). Corstorphine y colaboradores (2007) realizan un
estudio en el que concluyen que cualquier tipo de historia de trauma infantil
referido, se asocia con un mayor número de conductas impulsivas y con la
presencia de multiimpulsividad. El abuso sexual en la infancia se asoció con
autolesiones. Diversas investigaciones en relación con la agresividad apuntan que,
en comparación con controles sanos, pacientes con AN y BN presentan niveles más
altos de conductas agresivas encubiertas y de agresión abierta (Blinder et al.,
2006). Además, la mayoría de los estudios encuentran que la agresión e
impulsividad se expresa en mayor medida en pacientes con BN (Truglia et al.,
2006) y que está altamente correlacionada con la dificultad para expresar ira que
junto con la falta de control de impulsos, puede dar lugar a diferentes formas de
comportamientos impulsivos abuso de alcohol y abuso de sustancias, y también ha
sido asociado con el tras autodestructivos (Selvini-Pallazoli, 1996; Tibon y
Rotschild, 2009). En pacientes con AN se ha encontrado un dominio de la agresión
encubierta, alto nivel de evitación del daño, fuerte necesidad de aprobación y
alabanza, así como un bajo nivel de asunción de riesgos (Vigil-Colet, Morales-Vives
y Tous, 2008). Sin embargo, en estudios recientes ha habido sugerencias de que, en
lo que se refiere tanto a la sintomatología TCA como a los trastornos psíquicos
concomitantes, los pacientes con subtipos de AN y BN atracón purga pueden, de
hecho, ser mucho más similares que los pacientes dentro de la categoría
diagnóstica de AN o BN, teniendo esto importantes implicaciones clínicas tanto en
el diagnóstico como en el tratamiento (Wonderlich et al., 2007; Claes, Robinson,
Muehlenkamp y Vandereycken, 2010). Además, en pacientes con AN y BN la
presencia e intensidad de comportamientos impulsivos parece reflejar una
disfunción en la gestión y la expresión de la ira, un fenómeno que podría agravar
sustancialmente la evolución del cuadro (Miotto et al., 2008).
En lo que respecta a la evaluación de las dimensiones de agresión, los resultados
indican una menor puntuación de los pacientes con TCA en agresividad física y
agresión verbal, y también puntuaciones significativamente mayores en hostilidad,
desconfianza y culpa en comparación con controles sanos (Zalar, Weber y Sernec,
2011). Estos resultados concuerdan con la idea de que la supresión de la ira y la
internalización es una característica importante en pacientes con AN y BN
(Eizaguirre, 2003; Truglia et al., 2006). En un estudio de Bojan Zalar, Urška Weber
y Karin Sernec (2011) se concluyó que la anorexia nerviosa tipo purgativo y
bulimia nerviosa presentan varias similitudes importantes con respecto a la
agresión y la impulsividad. Ambos grupos de pacientes presentan acentuados
rasgos de agresión. Sin embargo, también presentan ciertas diferencias, reflejando
una mayor agresión abierta que encubierta en los pacientes con bulimia nerviosa,
siendo esta más alta en pacientes con anorexia nerviosa.
3.7 Otros Factores relacionados: calidad de vida.
Con respecto a la calidad de vida, son diversos los estudios que han encontrado
una calidad de vida en los pacientes con TCA significativamente menor que en los
controles (De Zwaan et al., 2002; De Zwaan et al., 2002; Doll, Petersen y
StewartBrown, 2005; Kolotkin et al., 2004; Mond et al., 2005; Pérez y Warren,
2012; Ricca et al., 2009; Rieger et al., 2005). Cuando los estudios evaluaron la
calidad de vida relacionada con la salud de los diferentes TCA, no hubo diferencias
significativas entre AN y BN pero parecía ser más evidente la disminución de la
calidad de vida física en pacientes con TA (Doll et al., 2005; Mond et al., 2005;
Padierna et al., 2000). En el estudio de Mond y colaboradores (2005) sobre salud
física de los pacientes con TCA, medida por el SF-12, se obtuvieron resultados más
pobres en los pacientes con TA que en los que padecían AN o BN.
En el estudio realizado por Grenon y colaboradores (2010) a través del articulo
EQ-5D-3L que valora la salud autopercibida, encuentran que la puntuación media
en calidad de vida del grupo de mujeres con trastorno por atracón fue
significativamente inferior a la de una muestra de mujeres con una media de edad
similar. Los resultados anteriores fueron consistentes con los de Padierna y
colaboradores (2000), quienes informaron de un mayor deterioro de la salud física
a través de la utilización del Cuestionario SF-36, instrumento de Calidad de Vida
Relacionada con la salud, en pacientes con TAC; sin embargo, las diferencias en
comparación con AN y BN no fueron estadísticamente significativas.
El TAC es un problema frecuente en la población obesa (Kessler et al., 2013).
Mientras que la obesidad, y especialmente la obesidad mórbida, se ha relacionado
con un deterioro significativo de la calidad de vida relacionada con la salud en
pacientes con TA (Pérez et al., 2012; Ricca et al., 2009; Masheb y Grilo, 2009).
Además, la obesidad está asociada con diversas patologías físicas como diabetes,
hipertensión, hipercolesterolemia, insuficiencia cardíaca, etc. Keilen, Treasure,
Schmidt y Treasure (Keilen et al., 1994) utilizan, en 1994, un instrumento de
medición genérico, el Perfil de Salud de Nottingham, utilizado también en la
investigación de Spitzer et al. (Spitzer et al., 1995), alcanzando conclusiones
similares.
3.8 Otros Factores relacionados: autoestima.
En 1965 Rosenberg señalaba que la autoestima se encuentra estrechamente
relacionada con el autoconcepto y que puede definirse como „la actitud positiva o
negativa hacia un objeto particular‟, es decir, el sí mismo (Rosenberg, 1965), lo
que supone un componente valorativo del autoconcepto. En cuanto a la
autoestima, son varios los estudios que han encontrado que la baja autoestima está
asociada al desarrollo de los TCA (Beato, Rodríguez, Belmonte y Martínez, 2004;
Ghaderi y Scott, 2001; Kim y Lennon, 2007). La autoestima se ha propuesto, en
repetidas ocasiones, como un determinante importante de estos trastornos
(Button, 1990). De hecho, la baja autoestima ha sido generalmente considerada
como un factor de vulnerabilidad en los TCA (Button, Sonuga-Barke, Davies y
Trompson, 1996; Fairburn, Cooper, Doll y Welch, 1999), llegándose incluso a
sugerirse que sería un requisito previo necesario para el desarrollo de los TCA
(Silvestone, 1992). La literatura señala que los sujetos con anorexia nerviosa y
bulimia nerviosa presentan niveles más bajos de autoestima que la población sana,
sin evidenciar diferencias entre ambos tipos de pacientes (Ghaderi et al., 1999;
Tiller et al., 1997). Además, estos niveles más bajos de autoestima ya están
presentes en las personas con alta tendencia a desarrollar un trastorno alimentario
(Koo-Loeb, Costello, Light y Girdler, 2000). Por una parte, otros autores, como
Toro (1996) y Rosen y Ramírez (1998), destacan que la baja autoestima es uno de
los principales síntomas presentes en las personas diagnosticadas con trastornos
de la alimentación y que serán expresados con inseguridad, falta de aprobación y
de respeto hacia sí mismos. Por otra parte, algunos autores señalan que la baja
autoestima podría ser una consecuencia de los TCA, actuando tanto como factor de
predisposición, como de mantenimiento de estos trastornos en mujeres
adolescentes (Gual et al., 2002). Estudios previos de casos y controles que evalúan
los factores de riesgo para la BN (Fairburn et al., 1997) y el trastorno por atracón
(Fairburn et al., 1998) han encontrado resultados similares en cuanto a la auto-
evaluación negativa para ambos trastornos y perfeccionismo solamente para la BN,
pero no para los atracones.
REFERENCIAS
BIBLIOGRÁFICAS
Abbate-Daga, G., Amianto, F., Delsedime, N., De-Bacco, C. y Fassino, S. (2013).
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(2). abril.2021.376-386
sexo
34%
66%
Masculio femenino
“CONCLUSION DE LAS PREGUNTAS DEL TCA”
1. ¿PARA QUÉ NOS SIRVIÓ LA ENCUESTA?
Esta encuesta nos sirvió para saber cuantas
personas fueron encuestadas, saber cuáles fueron
hombres, mujeres, cuantos están de acuerdo,
desacuerdo, etc.
2. ¿PARA QUÉ ES?
Nuestro propósito principal fue informar a las
personas y darles una fuente confiable para poder
recibir ayuda si es que están pasando por un
trastorno como este y/o saber más del tema.
3. ¿CUAL ES LA IMPORTANCIA DE LA
ENCUESTA?
La importancia de esta encuesta es saber la
opinión de cada una de las personas que fueron
encuestadas
EVIDENCIAS