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Ejercicios Repaso 1a Ev

La Ética a Nicómaco de Aristóteles analiza las virtudes éticas y dianoéticas. Las virtudes éticas se forjan a través de la repetición de buenas decisiones y acciones, generando hábitos de comportamiento. Consisten en encontrar un término medio entre dos extremos en relación a las emociones y la voluntad. Las virtudes dianoéticas se refieren a las capacidades intelectuales.
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Ejercicios Repaso 1a Ev

La Ética a Nicómaco de Aristóteles analiza las virtudes éticas y dianoéticas. Las virtudes éticas se forjan a través de la repetición de buenas decisiones y acciones, generando hábitos de comportamiento. Consisten en encontrar un término medio entre dos extremos en relación a las emociones y la voluntad. Las virtudes dianoéticas se refieren a las capacidades intelectuales.
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¿De qué trata la Ética a Nicómaco?

Aristóteles expone sus reflexiones éticas en la Ética a Nicómaco, fundamentalmente. Sus otras
dos obras sobre el tema son la Ética a Eudemo, que recoge elementos de la reflexión
aristotélica de su período de juventud y, por lo tanto, anteriores a la teoría de la sustancia, por
lo que contienen algunos vestigios de platonismo; y la Gran Moral, en la que se resumen las
ideas fundamentales de la Ética a Nicómaco, por lo que lo que coincide con el Aristóteles de la
madurez.

La ética de Platón, al igual que la socrática, identificaba el bien con el conocimiento,


caracterizándose por un marcado intelectualismo. Por naturaleza el hombre tiende a buscar el
bien, por lo que bastaría conocerlo para obrar correctamente; el problema es que el hombre
desconoce el bien, y toma por bueno lo que le parece bueno y no lo que realmente es bueno.
De ahí que Platón en la República, en la explicación del mito de la caverna, insista en que la
Idea del Bien debe necesariamente conocerla quien quiera proceder sabiamente tanto en su
vida privada como en su vida pública, una Idea de Bien que es única y la misma para todos los
hombres. Para Aristóteles, sin embargo, en consonancia con su rechazo de la subsistencia de
las formas, no es posible afirmar la existencia del "bien en sí", de un único tipo de bien: del
mismo modo que el ser se dice de muchas maneras, habrá también muchos tipos de bienes.

La Ética a Nicómaco comienza afirmando que toda acción humana se realiza en vistas a un fin,
y el fin de la acción es el bien que se busca. El fin, por lo tanto, se identifica con el bien. Pero
muchas de esas acciones emprendidas por el hombre son un "instrumento" para conseguir, a
su vez, otro fin, otro bien. Por ejemplo, nos alimentamos adecuadamente para gozar de salud,
por lo que la correcta alimentación, que es un fin, es también un instrumento para conseguir
otro fin: la salud. ¿Hay algún fin último? Es decir, ¿Hay algún bien que se persiga por sí mismo,
y no como instrumento para alcanzar otra bien? Aristóteles nos dice que la felicidad es el bien
último al que aspiran todos los hombres por naturaleza. La naturaleza nos impele a buscar la
felicidad, una felicidad que Aristóteles identifica con la buena vida, con una vida buena. Pero
no todos los hombres tienen la misma concepción de lo que es una vida buena, de la felicidad:
para unos la felicidad consiste en el placer, para otros en las riquezas, para otros en los
honores, etc. ¿Es posible encontrar algún hilo conductor que permita decidir en qué consiste la
felicidad, más allá de los prejuicios de cada cual?

No se trata de buscar una definición de felicidad al modo en que Platón busca la Idea de Bien,
toda vez que el intelectualismo platónico ha sido ya rechazado. La ética no es, ni puede ser,
una ciencia, que dependa del conocimiento de la definición universal del Bien, sino una
reflexión práctica encaminada a la acción, por lo que ha de ser en la actividad humana en
donde encontremos los elementos que nos permitan responder a esta pregunta. Cada
sustancia tiene una función propia que viene determinada por su naturaleza; actuar en contra
de esa función equivale a actuar en contra de la propia naturaleza; una cama ha de servir para
dormir, por ejemplo, y un cuchillo para cortar: si no cumplen su función diremos que son una
"mala" cama o un "mal" cuchillo. Si la cumplen, diremos que tienen la "virtud" (areté) que le es
propia: permitir el descanso o cortar, respectivamente; y por lo tanto diremos que son una
"buena" cama y un "buen" cuchillo. La virtud, pues, se identifica con cierta capacidad o
excelencia propia de una sustancia, o de una actividad (de una profesión, por ejemplo).

Del mismo modo el hombre ha de tener una función propia: si actúa conforme a esa función
será un "buen" hombre; en caso contrario será un "mal" hombre. La felicidad consistirá por lo
tanto en actuar en conformidad con la función propia del hombre. Y en la medida en que esa
función se realice, podrá el hombre alcanzar la felicidad. Si sus actos le conducen a realizar esa
función, serán virtuosos; en el caso contrario serán vicios que le alejarán de su propia
naturaleza, de lo que en ella hay de característico o excelente y, con ello, de la felicidad.

Si queremos resolver el problema de la felicidad, el problema de la moralidad, hemos de


volvernos hacia la naturaleza del hombre, y no hacia la definición de un hipotético "bien en sí".
Ahora bien, el hombre es una sustancia compuesta de alma y cuerpo, por lo que junto a las
tendencias apetitivas propias de su naturaleza animal encontraremos tendencias intelectivas
propias de su naturaleza racional. Habrá, pues, dos formas propias de comportamiento y, por
lo tanto, dos tipos de virtudes: las virtudes éticas (propias de la parte apetitiva y volitiva de la
naturaleza humana) y las virtudes dianoéticas (propias de la diánoia, del pensamiento, de las
funciones intelectivas del alma).

Siendo, pues, de dos especies la virtud: intelectual y moral, la intelectual debe sobre todo al
magisterio su nacimiento y desarrollo, y por eso ha menester de experiencia y de tiempo, en
tanto que la virtud moral (ética ) es fruto de la costumbre (éthos), de la cual ha tomado su
nombre por una ligera inflexión del vocablo (éthos). (Aristóteles, Ética a Nicómaco", libro 2,1)

La Ética aristotélica: virtudes éticas y virtudes dianoéticas

Las virtudes éticas

A lo largo de nuestra vida nos vamos forjando una forma de ser, un carácter (éthos), a través
de nuestras acciones, en relación con la parte apetitiva y volitiva de nuestra naturaleza. Para
determinar cuáles son las virtudes propias de ella, Aristóteles procederá al análisis de la acción
humana, determinando que hay tres aspectos fundamentales que intervienen en ella: la
volición, la deliberación y la decisión. Es decir, queremos algo, deliberamos sobre la mejor
manera de conseguirlo y tomamos una decisión acerca de la acción de debemos emprender
para alcanzar el fin propuesto. Dado que Aristóteles entiende que la voluntad está
naturalmente orientada hacia el bien, la deliberación no versa sobre lo que queremos, sobre la
volición, sino solamente sobre los medios para conseguirlo; la naturaleza de cada sustancia
tiende hacia determinados fines que le son propios, por lo que también en el hombre los fines
o bienes a los que puede aspirar están ya determinados por la propia naturaleza humana.
Sobre la primera fase de la acción humana, por lo tanto, sobre la volición, poco hay que decir.
No así sobre la segunda, la deliberación sobre los medios para conseguir lo que por naturaleza
deseamos, y sobre la tercera, la decisión acerca de la conducta que hemos de adoptar para
conseguirlo. Estas dos fases establecen una clara subordinación al pensamiento de la
determinación de nuestra conducta, y exigen el recurso a la experiencia para poder determinar
lo acertado o no de nuestras decisiones. La deliberación sobre los medios supone una reflexión
sobre las distintas opciones que se me presentan para conseguir un fin; una vez elegida una de
las opciones, y ejecutada, sabré si me ha permitido conseguir el fin propuesto o me ha alejado
de él. Si la decisión ha sido correcta, la repetiré en futuras ocasiones, llegando a
"automatizarse", es decir, a convertirse en una forma habitual de conducta en similares
ocasiones.

Es la repetición de las buenas decisiones, por lo tanto, lo que genera en el hombre el hábito de
comportarse adecuadamente; y en éste hábito consiste la virtud para Aristóteles. (No me
porto bien porque soy bueno, sino que soy bueno porque me porto bien). Por el contrario, si la
decisión adoptada no es correcta, y persisto en ella, generaré un hábito contrario al anterior
basado en la repetición de malas decisiones, es decir, un vicio. Virtudes y vicios hacen
referencia por lo tanto a la forma habitual de comportamiento, por lo que Aristóteles define la
virtud ética como un hábito, el hábito de decidir bien y conforme a una regla, la de la elección
del término medio óptimo entre dos extremos.

La virtud es, por tanto, un hábito selectivo, consistente en una posición intermedia para
nosotros, determinada por la razón y tal como la determinaría el hombre prudente. Posición
intermedia entre dos vicios, el uno por exceso y el otro por defecto. Y así, unos vicios pecan
por defecto y otros por exceso de lo debido en las pasiones y en las acciones, mientras que la
virtud encuentra y elige el término medio. Por lo cual, según su sustancia y la definición que
expresa su esencia, la virtud es medio, pero desde el punto de vista de la perfección y del bien,
es extremo. (Aristóteles, Ética a Nicómaco, libro 2, 6)

Este término medio, nos dice Aristóteles, no consiste en la media aritmética entre dos
cantidades, de modo que si consideramos poco 2 y mucho 10 el término medio sería 6. ("Si
para alguien es mucho comer por valor de diez minas, y poco por valor de 2, no por esto el
maestro de gimnasia prescribirá una comida de seis minas, pues también esto podría ser
mucho o poco para quien hubiera de tomarla: poco para Milón, y mucho para quien empiece
los ejercicios gimnásticos. Y lo mismo en la carrera y en la lucha. Así, todo conocedor rehuye el
exceso y el defecto, buscando y prefiriendo el término medio, pero el término medio no de la
cosa, sino para nosotros"). No hay una forma de comportamiento universal en la que pueda
decirse que consiste la virtud. Es a través de la experiencia, de nuestra experiencia, como
podemos ir forjando ese hábito, mediante la persistencia en la adopción de decisiones
correctas, en que consiste la virtud. Nuestras características personales, las condiciones en las
que se desarrolla nuestra existencia, las diferencias individuales, son elementos a considerar
en la toma de una decisión, en la elección de nuestra conducta. Lo que para uno puede ser
excesivo, para otro puede convertirse en el justo término medio; la virtud mantendrá su
nombre en ambos casos, aunque actuando de dos formas distintas. No hay una forma
universal de comportamiento y sin embargo tampoco se afirma la relatividad de la virtud.

Las virtudes dianoéticas

Si para determinar las virtudes éticas partía Aristóteles del análisis de la acción humana, para
determinar las virtudes dianoéticas partirá del análisis de las funciones de la parte racional o
cognitiva del alma, de la diánoia. Ya nos hemos referido estas funciones al hablar del tema del
conocimiento: la función productiva, la función práctica y la función contemplativa o teórica. A
cada una de ellas le corresponderá una virtud propia que vendrá representada por la
realización del saber correspondiente.

El conocimiento o dominio de un arte significa la realización de la función productiva. A la


función práctica, la actividad del pensamiento que reflexiona sobre la vida ética y política del
hombre tratando de dirigirla, le corresponde la virtud de la prudencia (phrónesis) o
racionalidad práctica. Mediante ella estamos en condiciones de elegir las reglas correctas de
comportamiento por las que regular nuestra conducta. No es el resultado, pues, de la
adquisición de una ciencia, sino más bien el fruto de la experiencia. La prudencia es una virtud
fundamental de la vida ética del hombre, sin la cual difícilmente podremos adquirir las virtudes
éticas. Aplicada a las distintas facetas de la vida, privada y pública, del hombre tenemos
distintos tipos de prudencia (individual, familiar, política).

Por lo que respecta a las funciones contemplativas o teóricas, propias delconocimiento


científico, (Matemáticas, Física, Metafísica,) la virtud que les corresponde es la sabiduría
(sophía). La sabiduría representa el grado más elevado de virtud, ya que tiene por objeto la
determinación de lo verdadero y lo falso, del bien y del mal. El hábito de captar la verdad a
través de la demostración, la sabiduría, representa el nivel más elevado de virtud al que puede
aspirar el hombre, y Aristóteles la identifica con la verdadera felicidad.

En efecto, el saber teórico no "sirve" para nada ulterior, no es un medio para ningún otro fin,
sino que es un fin en sí mismo que tiene su placer propio; sin embargo, como hemos visto al
analizar las virtudes éticas, el hombre debe atender a todas las facetas de su naturaleza, por lo
que necesariamente ha de gozar de un determinado grado de bienestar material si quiere
estar en condiciones de poder acceder a la sabiduría. Será un deber del Estado, por lo tanto,
garantizar que la mayoría de los ciudadanos libres estén en condiciones de acceder a los
bienes intelectuales. Pero este es un tema que enlaza ya con la Política y con el sentido social
de la vida del hombre.

1. ¿De que trata la Etica a Nicómaco?


2. ¿Qué son las virtudes éticas y las dianoéticas? Principales diferencias.
3. Explica en qué consisten la sabiduría y la prudencia.
4. Relación entre antropología (tipos de alma) y ética en Aristóteles.
5. Última etapa del pensamiento político de Platón. Obras más representativas.
Diferencias entre ser y deber ser.
6. El problema de Dios en Santo Tomás: estructura general de las vías, creación del
mundo, el problema del mal y la libertad, diferencia entre esencia y existencia, la
naturaleza de Dios.

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