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Las Aventuras de Don Bosco - Hugo Wast

Este documento presenta una reseña biográfica de Juan Bosco, también conocido como Don Bosco, un sacerdote y educador italiano del siglo XIX que fundó la Congregación Salesiana. Don Bosco nació en 1815 en Italia y dedicó su vida a la educación de niños y jóvenes pobres. Fundó varias organizaciones educativas y de caridad que se expandieron por Europa y América Latina. Fue canonizado en 1934 debido a su prestigio como sacerdote y educador.
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Las Aventuras de Don Bosco - Hugo Wast

Este documento presenta una reseña biográfica de Juan Bosco, también conocido como Don Bosco, un sacerdote y educador italiano del siglo XIX que fundó la Congregación Salesiana. Don Bosco nació en 1815 en Italia y dedicó su vida a la educación de niños y jóvenes pobres. Fundó varias organizaciones educativas y de caridad que se expandieron por Europa y América Latina. Fue canonizado en 1934 debido a su prestigio como sacerdote y educador.
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Las aventuras de Don Bosco [Link].

com Hugo Wast

1 Preparado por Patricio Barros


Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

Reseña

Juan Bosco, llamado en italiano Giovanni Melchiorre Bosco y más


conocido como Don Bosco (I Becchi, 16 de agosto de 1815-Turín,
31 de enero de 1888), fue un sacerdote, educador y escritor
italiano del siglo XIX. Fundó la Congregación Salesiana, la
Asociación de María Auxiliadora (ADMA), la Asociación de
Salesianos Cooperadores, el Boletín Salesiano, el Oratorio
Salesiano y el Instituto de las Hijas de María Auxiliadora.
Promovió la Asociación de Exalumnos Salesianos, el desarrollo de
un moderno sistema pedagógico conocido como Sistema
preventivo para la formación de los niños y jóvenes y promovió la
construcción de obras educativas al servicio de la juventud más
necesitada, especialmente en Europa y América Latina. Fue uno
de los sacerdotes más cercanos al pontificado de Pío IX y al
mismo tiempo logró mantener la unidad de la Iglesia durante los
duros años de la consolidación del Estado italiano y los
enfrentamientos entre este y el papa que ocasionó la pérdida de
los llamados Estados Pontificios y el nacimiento de la Italia
Unificada. Fue autor de numerosas obras, todas dirigidas a la
educación juvenil y a la defensa de la fe católica, lo que lo destaca
como uno de los principales promotores de la imprenta.
Su prestigio como sacerdote y como educador de los jóvenes
necesitados o en riesgo, le valió el respeto de las autoridades
civiles y religiosas de su tiempo y de su país, así como una
notable fama en el extranjero. Sus obras fueron requeridas
directamente por jefes de estado y autoridades eclesiásticas de
países como Ecuador, El Salvador, España, Francia, Inglaterra,

2 Preparado por Patricio Barros


Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

Polonia, Palestina, Panamá, Argentina, Brasil, Uruguay, Chile,


Colombia y Venezuela entre muchas otras. Fue un visionario de
su tiempo al punto de predecir acontecimientos que se darían a lo
largo del siglo XX en lo referente a sus salesianos, a la Iglesia
católica y al mundo en general. El 1 de abril de 1934, solo 46
años después de su muerte en 1888, Juan Bosco fue canonizado
por el papa Pío XI. Juan Pablo II le confirió el título de «Padre,
Maestro y Amigo de los Jóvenes». Poblaciones, provincias,
parques, calles, teatros, museos, universidades y sobre todo
colegios llevan su nombre. La Familia Salesiana es uno de los
grupos católicos más numerosos del mundo y existen obras de
Don Bosco en 130 naciones.

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

Índice
Parte I: Bajo el reinado de Carlos Alberto

§ 1. 1815

§ 2. Un saltimbanqui apóstol

§ 3. Quince liras anuales de salario

§ 4. La sociedad de la alegría

§ 5. La vocación

§ 6. Seminarista en Chieri

§ 7. Las manos consagradas

§ 8. Los carbonarios

§ 9. El primer «biricchino»

§ 10. ¿A caso loco?

§ 11. El conclave

§ 12. Vísperas de guerra

§ 13. El papa, el rey, las sociedades secretas

§ 14. Cómo trabaja entretanto

§ 15. El «gris»

§ 16. La muerte de un rey

Parte II: Los años de Pío IX

§ 17. Profetiza: ¡luto en la corte!

§ 18. Enredado en deudas

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

§ 19. Pío IX en la tormenta

§ 20. ¡26 de enero de 1854!

§ 21. Sospechas del gobierno contra Don Bosco

§ 22. Como leía en las almas

§ 23. Como enseñaba

§ 24. La última comunión de Cavour

§ 25. Sistema jesuítico

§ 26. Una iglesia con cuarenta céntimos

§ 27. Caída de Roma

§ 28. El Concilio Vaticano

§ 29. Serias dificultades con su arzobispo

§ 30. Cualquiera que os haga morir

§ 31. Don Bosco entre el papa y el rey

§ 32. El padre Vespignani

§ 33. La conquista de la Patagonia

§ 34. Muerte del rey y del papa

§ 35. El espíritu salesiano

§ 36. Muerte de Don Bosco

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

Parte I
Bajo el reinado de Carlos Alberto I

§ 1.
1815

Cierta noche de invierno de 1815 sonaron tres o cuatro golpes


vacilantes en la puerta de Francisco Bosco, labrador del caserío
de los Becchi, a una legua del antiguo Villorrio de Castelnuovo
d'Asti y a no más de cinco de la populosa y rica ciudad de Turín.
Estaban, por sentarse a la mesa para hacer los honores a la sopa,
que en ese instante retiraba del fuego Margarita Occhiena, la
mujer de Bosco.
¡Mala hora para visitas que se anuncian tímidamente, como
suelen los mendigos!
Y especialmente mala cuando los tiempos son tristes y de la
menestra preparada con economía y para seis personas deben
comer siete.
A la mesa de Bosco se sentaban, además de él y Margarita, su
madre, anciana inválida, los dos mozos que tenía a sueldo para
labrar su tierra, y Antonio, de trece años de edad, hijo de su
primer matrimonio.
Nunca Margarita, al preparar la cena de los seis, contaba el
séptimo comensal, su primer hijito, José, de dos años entonces; y
no lo contaba porque, si bien ocupaba un puesto a la mesa, su
pequeño plato se llenaba disminuyendo la porción de los otros.
¿No dice el refrán que donde comen seis comen siete?
En cuánto a su segundo hijo, Juanito, a ése no le interesaba la

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

menestra; había nacido el 16 de agosto de ese año; andaba, pues,


en los cuatro meses, y a la hora en que su madre retiraba del
fuego el ollón, estaba durmiendo tranquilamente en su cuna.
Se repitieron los golpes a la puerta, no ya con timidez, sino con
alguna impaciencia, y el último fue casi imperioso.
— ¿Quién será? — preguntó con miedo y en voz baja la abuela
desde su rincón, donde pasaba largas horas al amor del fuego.
— ¡Me imagino quién es! — respondió Bosco, sin inquietud—.
Algún mendigo de mal genio.
Abandonó su quehacer y acudió a abrirle.
— ¡No! — dijo Margarita en voz baja, echando una ojeada a las
siluetas que aparecieron en el umbral—. ¡Son desertores de los
ejércitos de Napoleón!
En efecto, a la insegura luz del candil vieron entrar dos soldados
sacudiéndose la nieve que salpicaba sus oscuros capotes.
— ¡Buenas noches, los franceses! — dijo Bosco, haciendo a mal
tiempo buena cara—. ¡Bienvenidos y a buena hora, puesto que mi
mujer va a servir la menestra!
— ¡Gracias!— respondió el más viejo de los dos—. Se conoce que
ésta es casa de cristianos... Pero yo no soy francés, soy
piamontés. Mi camarada sí, y no habla nuestro idioma.
Era un hombre vigoroso, curtido en la guerra y demacrado. Apoyó
su fusil en la pared y se sentó frente a la abuela.
El otro era muy joven, casi un muchacho, y parecía rendido de
cansancio.
Miró con avidez la olla que Margarita puso en el centro de la
mesa, y con gratitud a los habitantes de aquella casa
hospitalaria, a cuya puerta hablan llamado con tan poca ilusión.

7 Preparado por Patricio Barros


Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

Casa de cristianos era realmente la de Francisco Bosco, y en ella


muchas veces encontraron refugio y auxilio los desertores o los
rezagados de los ejércitos que peleaban en favor o en contra de
Napoleón, cuya espada había revuelto la Europa, y especialmente
la pobre Italia, durante veinte años.
Al desventurado que llegaba hasta el umbral no se le preguntaba
ni el nombre, ni la condición, ni siquiera la bandera por la cual
combatía. Bastaba que fuese necesitado, para que, por derecho
de Dios, compartiera la que allí podrían brindarle: un pedazo de
pan, un plato de sopa, tal vez un jarro de vino y, si era invierno,
un lugar junto al fuego.
Y en más de una ocasión alojaron y escondieron a un desertor
para que no cayera en manos de los soldados que lo perseguían y
que no tardaban en llegar buscándolo para fusilarlo sin piedad.
Francisco Bosco había aprendido de su madre que, a las veces, el
mismo Jesús se disfrazaba con los andrajos de un soldado y va a
golpear a la puerta de los que se llaman cristianos, para probar
su corazón.
Los hijos de Francisco Bosco también aprendieron aquella lección
de la abuela y de su madre Margarita Occhiena, de tal modo que
los pobres eran siempre recibidos en la casita de los Becchi como
si su miseria fuese el disfraz de Dios en persona.
Margarita apartó una pequeña cantidad de la menestra para su
suegra, para su hijito José y para sí misma, y ofreció lo demás a
los hombres, disculpándose así:
— ¡No es mucho, realmente! Ni es grande mi habilidad para
guisarlo; pero demos gracias a Dios, porque a estas horas hay en
el Piamonte quienes no tienen ni esto poco siquiera.

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

El veterano asestó un codazo al compañero, que no había


entendido; se pusieron de pie todos, y Francisco Bosco rezó en
voz alta el Padrenuestro.
Volvieron a sentarse. Los soldados empezaron a comer con avidez
lupina, y los demás los siguieron de cerca, con el apetito de gente
que trabaja el día entero y no mata del todo el hambre, y menos
cuando se presentan de improviso semejantes convidados.
No podía extrañar a los habitantes de los Becchi; hallar un
soldado piamontés vistiendo el uniforme del Emperador.
Cuando Napoleón invadió el Piamonte en 1708, siendo un joven
general de veintisiete años, a las órdenes del Gobierno
revolucionario de Paris, sus soldados eran franceses.
Pero cuando hubo vencido el rey de Cerdeña, y arrebatado a los
austríacos la Lombardía, constituyó en Milán la que llamó Legión
Lombarda, tropa compuesta por italianos de toda la península,
que confraternizaron para pelear con él y contra los alemanes.
Y años después, cuando abandonó el antifaz republicano y sobre
la diadema imperial se encasquetó la corona de hierro de los
reyes lombardos, reforzó sus ejércitos haciendo levas en todas las
regiones conquistadas, y millares y millares de italianos tuvieron
que batirse, no ya por su patria, sino por él, en todos los campos
de batalla, desde España hasta Suecia y hasta Rusia.
En esos veinte años de desolaciones, el Piamonte fue el camino
obligado de los ejércitos, y los habitantes de los Becchi vieron
pasar, en filas interminables o uno a uno, tropas regulares o
desertores, soldados triunfantes o fugitivos y prisioneros.
¡Ay! Entre estos prisioneros tuvieron la amargura de ver pasar
dos reyes, los más augustos reyes que existan en el mundo.

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

El uno fue Pío VI, Papa y Rey de Roma, a quien en 1799 los
esbirros de la República Francesa arrancaron a su reino y, sin
compasión por sus ochenta años y sus achaques, lo llevaron a
través de las nieves y de las montañas hasta su prisión, en
Valence, una pequeña ciudad del Delfinado, donde murió a los
pocos meses.
El otro fue su sucesor, Pío VII, en 1809, cuando ya Napoleón no
era un simple general republicano, sino el más poderoso
emperador de la tierra.
Al mismo Papa, que lo coronó, con execrable ingratitud le
arrebató los Estados para dárselos poco después a su hijo, aquel
pobre rey de Roma, que nunca reinó, y lo confinó en Savona
primeramente, en el golfo de Génova, asignándole 5 paolis por día
(2,75 francos), como a un prisionero vulgar, y después, para
tenerlo más al alcance de la mano, lo llevó a Paris y lo encerró en
Fontainebleau.
De aquellos sucesos grandes y terribles, cuyos episodios se
desenvolvían casi a la vista de los Boscos, solían tener más
detalles por los soldados a quienes socorrían.
Pero se guardaban bien de interrogarlos si ellos no mostraban
deseos de hablar. Porque no era extraño que fuesen enemigos de
su país y de su religión y quisieran ocultarlo para no herir los
sentimientos de aquella cristiana familia.
Acontecía, sin embargo, que una vez saciada el hambre, y con
mayor confianza que la que mostraron al entrar, se pusieran a
referir sus campañas.
¡Con qué avidez los escuchaban entonces para saber el estado del
mundo, que parecía un juguete en manos de Napoleón!

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

Así conocían la marcha de los ejércitos y el resultado de las


batallas y la suerte de las naciones y dónde estaba el Emperador
y dónde Víctor Manuel I, el verdadero rey de Piamonte y de
Cerdeña, y dónde el Papa, el solo rey de Roma para ellos.
Esa noche de invierno del año 15, terminada la cena, Francisco
Bosco sirvió un jarro de vino a cada uno de sus huéspedes.
El joven soldado que no hablaba piamontés bebió su parte y,
apoyando la espalda contra la pared, se quedó dormido.
El veterano empezó a beber parsimoniosamente, como quien no
quiere agotar de golpe una ventura, y, habiendo encendido la
pipa, se sintió con ganas de contar sus campañas, porque era la
sola moneda con que podía pagar a los que tan bondadosamente
los habían socorrido.
Pero, como buen narrador, que quiere exacerbar la curiosidad de
su auditorio, no entró de improviso en el relato.
Comenzó así:
— Esta pipa mía es vieja; parece de antes del diluvio. Hace años
que está en mi poder, y ha visto muchas cosas y mucho mundo.
Y, sin embargo, no me ha acompañado más que la tercera parte
de mis campañas.
Cogió el candil para encenderla de nuevo, sin que los oyentes se
atrevieran a romper el silencio con ninguna palabra. Afuera, la
nieve seguía cayendo sobre un mundo dormido; adentro, sólo se
oía el zumbido del fuego, y cuando éste se calmaba, la suave
respiración de Juancito en la cuna.
El veterano prosiguió:
— Un soldado austriaco de la guardia del Emperador me dio esta
pipa en Viena, el año 9. Él era un prisionero y yo su centinela. Yo

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

también, con muchos otros italianos, formaba en la guardia del


Emperador. Pero, entendámonos bien: yo, de la de Napoleón, el
vencedor, que en esos días dormía como dueño de casa en el
palacio de Sechonbrunn, que es, como quien dice, el Versalles de
Viena; y él, de la de Francisco II, el vencido. Todo esto ocurra
después de la batalla de Wagram.
Dio algunas chupadas, y siguió diciendo:
— Tal vez ustedes no sepan que mes y medio antes de esa batalla
Napoleón fue derrotado por el archiduque Carlos, hermano de
Francisco II, en Essling, sobre el Danubio, y quedó encerrado,
como un ratón en la trampa, con todo su ejército, en la isla de
Lobau. Desde allí expidió mensajeros a todos sus aliados y a sus
mariscales. ¿Saben ustedes que los primeros en acudir fuimos los
italianos? Formábamos un cuerpo elegido, y acabábamos de
ganar varias batallas, mandadas por el príncipe Eugenio de
Beauharnais, virrey de Italia, hijo del primer matrimonio de la
emperatriz Josefina,
la mujer que Napoleón estaba ya pensando repudiar para casarse
con María Luisa, hija de su enemigo el emperador Francisco II de
Austria...
— Esa mala acción — le observó Bosco— no le trajo la bendición
de Dios...
El soldado asintió con un ademán.
— Yo era de la guardia del virrey. La noche antes de Wagram, las
dos guardias, la del Emperador y la del príncipe Eugenio,
formamos un solo cuerpo alrededor de la tienda de campaña
donde durmió Napoleón, con el sueño más tranquilo del mundo,
como si al día siguiente no se fuera a jugar su destino... Lo jugó y

12 Preparado por Patricio Barros


Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

lo ganó, pero a la noche había cuarenta mil muertos en el campo


de batalla. A los pocos días acampábamos en Schonbrunn, y
Napoleón dormía en la cama de Francisco II.
— Ese nombre de Schönbrunn no me es desconocido — dijo
Bosco—. Lo oí aquel año, cuando nuestro Santo Padre Pío VII
pasó prisionero por el mismo camino que usted ha recorrido esta
tarde... ¿Qué hizo Napoleón contra el Papa desde ese castillo?
El veterano guardó silencio. A pesar de que Napoleón era el
opresor de su dulce Italia, había servido tantos años en sus
ejércitos, que acabó por sentirse atado a su fortuna; y así como lo
enorgullecían sus victorias, ganadas con las bayonetas de
muchos italianos, lo abochornaban sus grandes caídas.
Pero al cabo sacudió sus escrúpulos y respondió:
— En efecto, Napoleón lanzó desde ese castillo aquel decreto por
el cual arrebató sus Estados al rey de Roma, nuestro Santo Padre
el Papa, y lo mandó llevar prisionero... ¿Saben ustedes a cuál de
sus mariscales le confió el cumplimiento de esa orden?... A
Joaquín Murat...
— ¿El que después fue rey de Nápoles?
— Sí... Escúcheme: ya voy a contarle su destino... Pero ése es el
final de mi historia, y conviene saber antes el comienzo. ¿Cómo es
que yo, piamontés, servía al emperador de los franceses? Bueno,
esto ya nadie lo ignora. Todos saben que, después de la invasión,
Napoleón nos enroló en sus ejércitos y formó regimientos
escogidos con soldados italianos. Cuando proyectó invadir
Inglaterra, fuimos con nuestro general Pino al campo de
Boulogne. Después estuvimos en Austerlitz, donde me hirieron.
Seis meses de hospital. Yo creí que Napoleón tendría bastante de

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

mí y de los otros italianos. Y, en verdad, cuando estalló la guerra


de España, el año 8, nos dejó tranquilamente en nuestros
cuarteles. ¡Se ha olvidado de nosotros!, decíamos, y nos
alegrábamos, porque era amarga cosa batirse por un soberano
extranjero contra un pueblo que defiende su tierra y su religión...
Napoleón no nos había olvidado. Habla dicho: "La conquista de
España me costará 12.000 hombres nada más; si hubiera de
costarme 80.000, como la de Italia, no la emprendería. Pero un
país donde hay muchos frailes es fácil de subyugar". Y por eso
mandó regimientos de conscriptos, que murieron como moscas.
Entonces pensó en sus veteranos. Y allí fuimos los italianos con
el general Pino, a pelear sin odio y con admiración contra la
nación entera. ¡Todos allí eran soldados: los paisanos, los frailes,
hasta las mujeres!
Antes del fin de esa guerra, pasamos a Prusia; llegamos hasta las
orillas del Báltico, a pelear contra los suecos, y allí el general Pino
conquistó la ciudad de Stralsund; pero uno de los mariscales de
Napoleón, Bernardotte, hijo de un herrero, ganó más, pues ganó
el título de rey de Suecia. ¡Cosa extraña! Frente a los muros de
Stralsund vi un cuerpo de tropas españolas peleando bravamente
por la gloria del Emperador. Ya les he dicho que Napoleón sacaba
soldados de todos los países que invadía. Pero los españoles no
duraron en sus ejércitos. En esos días desertaron diez mil y se
embarcaron en los buques ingleses que bloqueaban el Báltico, y
volvieron a defender su patria.
Napoleón perdió en España 600.000 hombree; entre ellos más de
40.000 italianos, y, lo que es peor, sus ejércitos perdieron la fama
de invencibles.

14 Preparado por Patricio Barros


Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

El Emperador ya no contaba sus muertes. La mitad de Europa le


daba nuevos soldados. Reunió quinientos mil e invadió Rusia. Allí
fueron los regimientes lombardos piamonteses al mando del
príncipe Eugenio, y los napolitanos con Joaquín Murat, su nuevo
rey.
Mi ángel de la guarda tiene, seguramente, mucho valimiento con
Dios, pues yo estoy aquí sano y bueno contándoles mis
campañas, siendo así que más de cuatrocientos mil compatriotas
míos quedaron sepultados en las nieves de Rusia o en los campos
de Borodino y de Smolensk, o se ahogaron en las aguas heladas
del Beresina.
— ¿Cuántos italianos entre ellos? — preguntó Francisco Bosco.
— ¡Dios lo sabe! Yo sólo sé que de loe esplendidos regimientos
que la víspera de la partida revistó el Príncipe Eugenio en la plaza
de Milán, y eran treinta mil veteranos, apenas si volvieron mil de
Rusia.
— ¡Gracias a Dios que todo eso ha pasado! — exclamó desde su
rincón la madre de Bosco.
El veterano sonrió escépticamente, pues no creía en la paz;
ningún soldado cree en la paz. Se le había apagado la pipa, y
cogió el candil para encenderla otra vez.
— ¡Ese fue el comienzo del fin! — dijo Bosco.
Y su mujer agregó:
— Dios se cansó de tantos pecados y tomó la palabra..., ¿no es
así?
— ¡Así es, señora Margarita! ¿Me ha dicho que le llama
Margarita? ¡Pues así es! Cuando Napoleón arrebató sus Estados
al Santo Padre, y nombró rey de Roma al hijo que tuvo de su

15 Preparado por Patricio Barros


Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

segunda mujer, María Luisa, la archiduquesa austriaca, viviendo


Josefina, los piamonteses, que somos católicos por encima de
todo, presentimos su desgracia y la de los que lo ayudaban en los
sacrilegios, Era tan grande su poder, que parecía imposible su
caída. Pero Dios con un dedo puede más que todos los reyes
juntos con todos sus cañones, y no tardó en vengar a su Vicario
en la tierra. El año 14 los alemanes, y los prusianos y los rusos
entraban en Paris, y el que había repartido tantos reinos entre
sus hermanos y sus mariscales, no tuvo para sí más que unas
rocas desiertas, perdidas en los mares, donde lo han sepultado
vivo los ingleses...
— Y el Santo Padre ha recobrado su libertad y sus reinos... —
añadió Bosco.
— Sí — respondió el veterano—. ¡El Emperador mismo lo devolvió
a sus Estados, cuando empezó a comprender que la mano del
Señor era más potente que la suya! ¿Y sabéis el destino de Murat,
a quien él encargó la ejecución del decreto de Schönbrunn?
A la pobre casita de los Becchi llegaban tardíamente las más
grandes noticias, y aquel suceso era demasiado reciente para que
lo supieran ya; como que apenas databa del mes anterior,
— Nada sabemos — respondió Bosco.
— Pues bien, sabed que Joaquín Murat ha sido fusilado en Pizzio,
por orden del verdadero rey de Nápoles, Fernando de Borbón.
Aquella noticia fue acogida con piedad, como una sentencia do
Dios, y Margarita Occhiena, que tenía entrañas de madre, pensó
en la suerte del niño hijo de María Luisa, sobre cuya débil cabeza
la mano de su padre había puesto la pesada diadema de los reyes
de Roma,

16 Preparado por Patricio Barros


Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

Se atrevió a preguntar por él, y el veterano le explicó que


Napoleón II tenía tres años y se había refugiado con su madre en
los dominios de su abuelo, el emperador de Austria.
— Su historia no está escrita todavía, y nadie pudría enunciar lo
que le reserva el destino: ¿será rey algún día, o morirá olvidado
como el hijo de Luis XVI?
Margarita Occhiena se había puesto a mecer a Juancito que
lloraba. El veterana se aproximó a la cuna. A la luz de la candela,
su cabeza y sus grandes bigotes proyectaban una sombra extraña
en la pared.
Juancito no tuvo miedo y se puso a sonreír, lo cual llenó de
vanidad el corazón del soldado.
— Ya ven ustedes cómo yo entiendo a los niños. ¡Arriba, Juancito!
Lo levantó de la cuna, y el hijo de Bosco dejó de mirar la sombra
de la pared para fijarse en la cara desconocida de aquel hombre
que lo tomaba en sus brazos. Y tampoco se amedrentó. Su
sonrisa, por el contrario, fue más graciosa, y en sus ojos negros
se secaron las lágrimas y brilló la inocente alegría.
— ¡Quien pudiera saber el destino de un niño! — exclamó el
veterano.
— ¡Secretos del Señor!— dijo Margarita Occhiena enternecida.
— ¡Indudablemente! Ni la historia del hijo de Napoleón, ni la
historia de su hijo están escritas. Pero si a mí me preguntaran, yo
diría que la de este niño, señora Margarita, va a ser más larga y
más gloriosa que la del otro.
— Mis hijos no tendrán historia — dijo Bosco.
— Con que sirvan a Dios en vida y mueran santamente— agregó
Margarita—, yo seré dichosa.

17 Preparado por Patricio Barros


Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

— ¡Allá veremos! Anoche soñé que un niño, nacido el año que ha


visto hundirse al más grande de los guerreros, será grande
también y dará a nuestra pobre Italia una gloria más benéfica y
duradera que la de Napoleón... ¿Por qué los sueños no han de ser
vistos de Dios alguna vez? ¿Por qué ese niño que yo he soñado,
no ha de ser éste? ¡Vamos!, estoy perdiendo tiempo; es hora de
que ustedes duerman y que ya parta... Allons, mon camarade!
Voila la régiment qui passe!
El joven soldado se incorporó como si en verdad hubiera creído
ver pasar su regimiento y hallarse en retardo.
Los invitaron a quedarse; podían darles alojamiento en el pajar,
donde montones de heno limpio y fragante les servirían de cama.
El veterano agradeció. Preferían marchar de noche y esconderse
de día en las granjas o en los bosques. El, es cierto, no corría
gran peligro si caía en poder de los soldados, porque su tierra
estaba en paz y sus papeles más o menos en regia. Pero su joven
compañero, que no conocía la lengua ni los caminos, no tendría
la vida segura hasta haber pasado la frontera, porque...
El veterano se mordió la lengua y no quiso explicar por qué su
compañero podría ser fusilado si caía en poder de las tropas del
rey de Cerdeña. Y sus huéspedes respetaron aquella prudencia.
La puerta se cerró luego detrás de los dos soldados, que
desaparecieron en la lóbrega noche.
Un rato después, en la casa de Bosco dormían todos
apaciblemente. Sólo Margarita Occhiena velaba rezando el
Rosario y pensando en los niños a quienes el veterano había
comparado: su Juanito y el hijo de Napoleón.
— ¡Su historia no está escrita! — había dicho.

18 Preparado por Patricio Barros


Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

Y, en efecto, pocos años después el desventurado príncipe moría


en donde había vivido, enfermizo y olvidado, en aquel palacio de
Schonbrunn, desde donde su padre arrebató al Papa el reino de
Roma para dárselo a él.
Por el mismo tiempo, Juanito Bosco, pastoreaba una vaca en un
prado de los Becchi.

19 Preparado por Patricio Barros


Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

§ 2.
Un saltimbanqui apóstol

Desaparecido de la escena el gran soldado, el mundo, que ignora


ya el sabor de la paz, cae en un largo estupor. Apenas podemos
formarnos una idea de la miseria de Europa: comarcas fértiles
arrasadas por el paso de los ejércitos; poblaciones mermadas por
las levas, el hambre y las pestes; comercio esquilmado por los
tributos; fábricas cerradas; escuelas vacías; museos despojados
de la flor de sus obras maestras; templos saqueados y
enmudecidos, pues con el sagrado bronce de sus campanas se
han fundido cañones.
Las Universidades desiertas, pero los clubs llenos; entre los
escombros de las ciudades vivaquean las sociedades secretas,
amontonando las astillas de la religión y de las creencias, para
encender una revolución, que esta vez será universal.
El año 16 la sequía y las heladas destruyeron los sembrados en el
Flamante. Los víveres llegaron a precios fabulosos. Un padre de
familia, jornalero, no alcanzaba a pagar con el salarlo de un mes
la polenta de una semana. Los obreros sin trabajo en las
ciudades se volcaban en los campos, mientras los jornaleros de la
campaña acudían hambrientos y desesperados a las ciudades. Al
borde de los caminos se encontraban cadáveres con la boca llena
de pasto.
El año siguiente, para la humilde casita de los Beca, donde
hemos entrado, fue todavía peor, porque murió repentinamente
Francisco Bosco, el jefe y sostén de la familia.
Su viuda, Margarita Occhiena, es como aquellas mujeres de la

20 Preparado por Patricio Barros


Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

Biblia de cuyas manos brotan los milagros.


Pone en Dios su confianza y afronta los malos tiempos con
industriosa economía. Tiene a su cargo su suegra, casi inválida;
sus hijos: Juan, de dos años, y José, de tres, y a su hijastro,
Antonio, de doce. Además, aquellos mozos jornaleros a quienes
no despide por no condenarlos a la mendicidad.
Podría vender el campo heredado; pero no, ni un terrón. Prefiere
trabajarlo. Su suegra, en la casa, limpiando, remendando,
cocinando. Ella, con los mozos y sus hijos, aun los más
pequeños, para quienes descubre siempre trabajo, en la tierra,
con la azada, con la hoz, con la guadaña. A la noche, después que
se han ido sus visitas, vela hasta muy tarde, aunque se levante al
alba.
Castelnuovo está a dos leguas, y en los días de mercado, por malo
que sea el tiempo, ella es de las primeras en llegar. Lleva en sus
canastos y en su carrito, tirado por un jumento, granos, patatas,
pan y vino. A veces, gallinas, huevos y legumbres. Lo que produce
su pequeña granja. Cuando sabe que en Chieri se están pagando
mejores precios, va a Chieri, que dista el doble.
En su ausencia, sus hijos conducen sus dos vacas al pastoreo, y
las cuidan horas de horas, para que no invadan los sembrados
ajenos.
Como en vida de su marido, su puerta no se cierra nunca a los
pobres.
¡Y cuántos pobres hay en el Piamonte!
Un día es una vecina cuyo marido está sin trabajo. Pide en
préstamo medio frasco de aceite para guisar la polenta. Otro día,
un labrador que ha perdido la cosecha de maíz y que ya le debe

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un pan de centeno. ¿Puede prestarme otro? Jura devolverle los


dos antes de acabar la semana.
Otra vez un desertor que pretende pasar la frontera se refugia en
casa de los Boscos, sintiendo cerca a los carabineros. Luego no
más, los carabineros, a quienes Margarita ofrece un vaso de vino,
mientras el perseguido escucha temblando, oculto detrás de unos
haces de leña.
Parece que Dios multiplicase los panes del arcón de Margarita,
pues siendo tan pobre y socorriendo a tantos, aún le queda para
nutrir a su familia.
No sabía leer. En aquellos tiempos era muy raro hallar en las
aldeas una mujer que supiese leer; mas conocía a fondo la
Historia Sagrada.
En las aldeas, durante el invierno, los vecinos se reúnen después
de cenar, en alguna casa. Ahorran combustibles y luz, pues con
una sola chimenea encendida y un par de candiles pasan la
velada.
La casa de Margarita Occhiena, o Margarita Bosco, atrae a
muchos. Quién lleva una medida de aceite para la luz; quién una
brazada de ramas secas; quién un frasco de vino, de aquel vino
rojo y alegre que dan las viñas de Asti. Alrededor del fuego, cada
cual con su labor — las mujeres, algún tejido; los hombres, unos
zuecos o el mango de un hacha que están labrando—, se cuentan
las noticias del pueblo.
¿Quién se casa? ¿Quién está enfermo? ¿Ha habido algún bautizo?
¿Qué se dice del Rey? ¿Guerras, revoluciones, nuevos impuestos?
A cierta hora, uno de los vecinos se levanta, entreabre la puerta y
mira al cielo, fosco y ceniciento en las noches de nieve, cuajado

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de estrellas profundas en las raras noches claras y frías.


— Son las diez. Vamos a rezar el Rosario.
Rezan el Rosarlo delante de una estampa de María Auxiliadora
que Juanito Bosco ha traído en su primer viaje a Chieri y ha
clavado en la pared, junto al candil.
Luego los visitantes se arrebujan en sus mantos, zamarras y
capotes, porque el invierno piamontés es glacial, dan las buenas
noches y se van. Y la puerta de Margarita Bosco se cierra hasta el
alba, a menos que su viñedo tenga racimos maduros y haya
noticias de que andan ladrones.
Entonces, pasa la noche fuera, con sus muchachos y el perro, un
gran perro de San Bernardo. Afortunadamente, eso ocurre de
tarde en tarde, y es en el buen tiempo.
En este ambiente se va formando el corazón de Juan, a quien
llaman el Boschetto, porque es el menor de la familia. Su
imaginación poética se ensancha en los paisajes de la aldea: las
colinas, cubiertas de viñedos; las praderas, sembradas de trigo o
de maíz; los bosques rumorosos, donde, al ir por leña con su
hermano Antonio, encuentra nidos y pichones, y donde, en el
invierno, el tío Miguel arma trampas a los lobos.
Pero lo que más excita su fantasía son los caminos que cruzan la
aldea y van a Castelnuovo y a Chieri, y más allá a Turín, donde
está el Rey, y todavía más allá, a Roma, donde está el Santo
Padre.
¡Qué vasto es el mundo para la Imaginación de un niño de ocho
años!
Aunque el sueño algunas veces lo vence, le gusta quedarse en la
tertulia y oír las noticias de los hombres que vienen de lejos. No

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

faltan quienes hayan hecho la guerra, primero, en favor del Rey


de Cerdeña, contra Bonaparte; después, en favor del mismo
Bonaparte, coronado ya emperador y dueño casi de Europa
entera. ¡Qué prodigiosas aventuras las que relatan! Durante el
mal tiempo, cuando la vaca se guarda en el establo, los niños
deben levantarse al alba, aunque tengan sueño.
Hay mercado en Castelnuovo dos veces por semana. Su carrito no
es pesado, y aun cargado de productos, como su mercancía no es
mucha, un borriquito basta para llevarlo a buen andar.
Pero la mucha nieve o las lluvias suelen poner difícil el camino.
Entonces Margarita se echa al hombro lo más pesado de la carga,
un saco de maíz o de patatas, o la canasta con panes de centeno,
y los dos chicos, José y Juan, ayudan al burro.
— Demos gracias a Dios — dice Margarita Bosco cuando han
vendido su mercancía.
La vuelta es fácil, y el animalejo trota alegremente en las varas del
carrito aligerado.
El Boschetto goza en las viajes a la villa, porque al mercado de
Castelnuovo acuden juglares y saltimbanquis que trabajan al aire
libre.
Los paisanos les forman círculos, boquiabiertos, maravillados de
sus trampas y pruebas. De repente suspenden la representación
y pasan un platillo, y no hay más remedio que abrir la bolsa y
echar algunos sueldos, si quieren que la prueba continúe.
Pronto el saltimbanqui advierte cuál es el que nunca paga su
escote, y, sin ningún cumplimiento, lo denuncia por tacaño, lo
pone en ridículo y lo obliga a alejarse.
Juan es muy hábil para tender redes a los pájaros y hace jaulas

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

tramperas en el bosque, mientras cuida su vaca en el prado


comunal. Los pájaros se venden por millares en el mercado,
porque la gente rica de la ciudad no puede comer su polenta sin
pajaritos.
El Boschetto es un genio comercial. No sabe leer, no ha hecho la
primera comunión, pero nadie le gana a justipreciar su
mercancía, y nunca deja de venderla.
Da una parte de su ganancia a la madre y guarda el resto para ir
con su hermanito a los juglares.
Como son pequeños, aunque lleguen de los últimos logran
ponerse en primera fila.
Los ojos ardientes de aquel muchachito de cabellos negros y
ensortijados chispean de curiosidad. ¡Con qué avidez espía los
más mínimos detalles de la prueba! El prestidigitador acaba por
desconfiarle.
— Parece que quisieras aprender mi oficio; ¡guárdate de ello!
El Boschetto se ruboriza y disimula su turbación silbando una
cancioncita.
Porque era verdad: él quería aprender el oficio de saltimbanqui.
¿Para qué? Una idea fija, una precoz vocación lo perseguía.
Ya había recibido el primer mensaje del cielo.
"Cerca de los nueve años — cuenta él mismo en sus Memorias—
tuve un sueño que me impresionó profundamente, y para toda la
vida".
Le pareció encontrarse en un tumulto de muchachos que se
divertían jugando y blasfemando. Indignado el oír sus blasfemias,
se arroja contra ellos, generosamente, sin contar el número, y
empezó a repartir puñetazos para hacerlos callar.

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

— ¡Así no! — le dice una voz—. No con golpes, sino con dulzura y
caridad, los atraerás y te los harás amigos, y les enseñarás.
¿Quién le habla? Es un señor majestuoso, de mirada dulcísima.
Al verlo se siente avergonzado del desarreglo de su traje y de sus
puños sangrientos.
— ¿Qué puedo enseñarles yo, que no sé leer, ni siquiera hablo
italiano, ni he hecho la primera comunión? ¿Y quién es usted,
que me habla así? Mi madre me ha mandado que no me junte con
quienes no conozco.
— Yo te daré la maestra que te enseñará para enseñar a los otros.
Yo soy el Hijo de la que tu madre te ha enseñado a saludar tres
veces al día.
Una mujer hermosísima, de vestiduras resplandecientes, apareció
y, llamándolo por su nombre, le mostró aquella multitud de
muchachos, transformados en osos, en perros, en lobos salvajes.
— Allí, entre ellos, debes trabajar. Con paciencia y humildad los
cambiarás.
Repentinamente los animales ariscos se transformaron en
corderitos, que se vinieron balando.
¿Qué significaba aquel sueño?
Al despertarse, Juan siente los puños y el rostro doloridos de los
golpes, y luego, en la mesa, ante la familia, cuenta el sueño.
José cree en los sueños, y lo interpreta así:
— Quiere decir que vas a ser pastor.
La abuela no erre en los sueños, y menea la cabeza. La madre,
pensativa, dice:
— ¡Quién sabe si no será sacerdote!
Antonio que tiene ya veinte años y está siempre mal dispuesto

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

para su hermanito menor, le explica rudamente:


— Eso quiere decir que vas a ser capitán de bandoleros.
Juan comprende que debe guardar en su alma aquellas
comunicaciones misteriosas, y queda absorto.
Lo que más le ha impresionado son las palabras: "No con golpes,
sino con dulzura y caridad te los harás amigos. Siente
confirmarse en él una vocación que siempre ha tenido: la de
atraer a los muchachos para hacerlos buenos.
Si él supiera, como un saltimbanqui o un juglar, bailar en la
cuerda, y caminar con las manos, y cortarle la cabeza a un pollo y
resucitarlo, y comer fuego, y tragar un sable... ¡Oh, entonces sí
que lo seguirían los muchachos de la aldea, y aun de los pueblos
vecinos!
¡Si siquiera supiese leer!
En los Becchi no había ni escuela, ni maestro. Si algún labriego
quería que su hijo aprendiese algo, le era forzoso ponerlo en
pensión en Chieri o en Castelnuovo de Asti.
La madre de Juan ha pensado en esto y hasta ha hablado alguna
vez, pero Antonio se ha opuesto ferozmente. Mandar a Juan a la
escuela significa gastar en una pensión lo menos quince liras por
mes, aparte de que no ayudará en los trabajos de la casa. ¿Para
qué quiere aprender a leer? ¡Qué sepa arar y manejar la azada,
pues es hijo de labradores!
La imaginación poética de Juan presiente que más allá de las
tierras labradas, más allá de los montes, más allá de las cosas
que saben los labriegos, existen mundos maravillosos.
El quisiera aprender, para enseñar.
Mira con avidez a los raros escolares con quienes se encuentra en

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

los caminos. Van a la escuela del pueblo. Los sigue y da vueltas


alrededor de la casa, donde oye sus voces cantando el silabario o
repitiendo las lecciones, y a veces los destemplados gritos del
maestro, seguidos de un silencio sepulcral.
Los maestros de aquellos tiempos tenían una fiera divisa: la letra
con sangre entra.
Si alguno de ellos tropezó en las calles de Castelnuovo o de Chieri
con aquel muchachito pálido, de ojos inteligentes, ¡qué lejos
estuvo de imaginarse que en su corazón ignorante germinaba la
idea de una revolución en los métodos de la enseñanza!
No sabía leer, pero ya sabía cómo se debe enseñar: ¡no con
golpes, sino con dulzura yo caridad!
En su sueño aprendió Juan Bosco el sistema que ha hecho
famosos los colegios salesianos, y que bastaría para la gloria de
un hombre. Sesenta y cinco años después, el niño, hecho viejo,
repite con tenacidad su fórmula.
A don Santiago Costamagna, inspector salesiano en Buenos
Aires, le escribe una carta que es un testamento pedagógico.
"El sistema preventivo sea nuestra característica. Nunca castigos
materiales, nunca palabras humillantes ni reproches en
presencia de otros. Resuene en nuestras clases la palabra dulce,
caritativa, paciente. Nunca una mordacidad. Nunca la más ligera
bofetada".
Ahora no nos sorprenden estas fórmulas como extravagantes o
revolucionarias; pero ¿a quién se debe? ¿Quién las ha infiltrado
en la moderna pedagogía?
Viendo la ansiedad del muchacho, un vecino de los Becchi que
poseía algunas letras y guardaba en su casa un viejo silabario, se

28 Preparado por Patricio Barros


Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

ofrece a enseñarle.
Es invierno; los trabajos del campo han cesado. Antonio deja de
oponerse, con tal que en la primavera Juan vuelva a coger la
azada o a conducir la vaca al pastoreo.
El Boschetto merece que le ayuden. Tiene una memoria
prodigiosa, a tal punto, que es capaz de repetir palabra por
palabra el sermón que ha oído al cura ese domingo. Es despierto,
imaginarlo, nervioso.
En pocas semanas aprende a leer, y antes de la primavera sabe
todo lo que de letras sabe su rústico maestro. Vuelve a llevar la
vaca al prado. En el zurrón de pastor, junto con su pan, mete un
librito viejo y manoseado, que ha comprado en una librería de
Chieri. Es un catecismo.
En cuanto la vaca hundía el hocico en la hierba, Juan buscaba la
sombra de un nogal o de un castaño, o simplemente de algunas
zarzas, y extraía el libreto del zurrón.
Los otros pastores, seguros de que Juan vigilarla su vaca y la de
ellos, se iban por nidos al bosque.
Buscar nidos había sido siempre una especialidad del Boschetto.
¿Por qué ahora nunca los acompaña? Los muchachos entraron a
cavilar sobre ese misterio, y dedujeron que, desde que Juan sabía
leer, despreciaba su compañía. Menos mal que se queda cuando
ellos van al monte, porque, en su ausencia, cuida las vacas de
todos. Pero cuando juegan en el prado, a veces lo necesitan, y su
desprecio les ofende.
¡Tienen que obligarle a juntárseles!
Un día lo interpelan, pero el Boschetto no entiende sus razones y
continúa agachado sobre su catecismo. Llenos de furia se le

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

echan encima y lo muelen a puñetazos. Cuando se han cansado


de pegarle y de insultarle sin que él se defienda, el Boschetto
recoge las hojas dispersas de su catecismo y les dice
humildemente:
— Pegadme cuanto queráis. No tengo tiempo de jugar. ¡Quiero
estudiar para ser sacerdote!
Tal declaración tos conmueve y los ilumina. Los encolerizados
muchachos comprenden la superioridad del Boschetto, y se
avergüenzan de su propia villanía.
Desde ese día, Juan se aprovechó del ascendiente que ganó sobre
ellos. A la sombra de aquel mismo árbol los juntó más de una vea
para enseñarles lo que estaba aprendiendo.
Luego, en volviendo a la aldea, como pasaran por la puerta de su
casa, los hacía entrar para que rezaran un avemaría delante de
su estampa de María Auxiliadora. El Boschetto poseía no
solamente el genio de los negocios y era capaz como ninguno de
vender sus jaulas y sus pájaros en el mercado de Castelnuovo.
Poseía el genio de la organización y del mando. Era una época
turbulenta, propicia para que del pueblo se levantaran caudillos.
Juan Bosco pudo ser mucho más de lo que le anunció Antonio,
su hermano — un capitán de bandoleros— ; pudo ser un tribuno
o un general, y también un banquero o un hombre de Estado.
¡Pero él quería ser sacerdote, para enseñar a los niños! Italia
estaba en efervescencia. No era lo que es hoy, una sola nación,
sino un conjunto de Estados autónomos. Cuatro reinos.
Los Estados Pontificios, con su rey el Papa, se extendían del Mar
Tirreno al Adriático; su capital era Roma.
El reino de Cerdeña, que comprendía el Piamonte, Saboya, Niza y

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

la isla de Cerdeña; su capital era Turín.


El reino de las Dos Sicilias, con Nápoles por capital.
El reino Lombardo Véneto, constituido por la Lombardía, con
Milán, su capital, y el territorio de la antigua república de
Venecia. Su rey era el emperador de Austria, que se hacía coronar
en Milán y gobernaba desde Viena por intermedio de un virrey.
Había además dos ducados: el de Parma y el de Módena, y un
gran ducado: el de Toscana. Todos son príncipes independientes.
Si la multitud de fronteras y aduanas desorganizaba el comercio,
en cambio favorecía a los conspiradores. Siempre tenían próxima
una frontera de un país, a menudo rival, donde podían escapar a
la Policía y seguir conspirando.
Aquella Italia, subdividida y revuelta, era el terreno ideal para las
sociedades secretas. Y, en efecto, la masonería con sus logias, y el
carbonarismo can sus ventas, cundían en todo el país,
Inclusive en los Estados Pontificios.
Sus propósitos aparentes eran políticos: realizar la unidad de
Italia y emancipar del yugo austriaco Venecia y la Lombardía.
Muchos católicos, bastantes sacerdotes, se dejaron seducir por
aquella idea patriótica y se afiliaron a las ventas y a las logias.
Pero nunca más cierta la palabra de Donoso Cortés: en el fondo
de toda cuestión política hay una cuestión religiosa.
En las capas inferiores de los masones y de los carbonarios podía
creerse que los planes de la revolución se limitaban a expulsar a
los austríacos y a hacer de la península una Confederación bajo
la presidencia del Papa.
Los que en realidad dirigían el movimiento del complicado
mecanismo de las logias y de las ventas, jefes desconocidos de la

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

turbamulta de sus afiliados, tenían un propósito más vasto y


universal: establecer la República, como el medio más eficaz para
destruir la Iglesia Romana El Pontificado es la roca secular en
que se han estrellado siempre todas las sectas. Lo mismo las que
llevan en su entraba una pasión teológica, desde los arrianos
hasta los jansenistas, como las que se proponen demoler un
trono o cambiar una dinastía.
Por eso el odio, más profundo cuanto más secreto, de todos los
sectarios contra la Iglesia Romana. El protestantismo no les
inspira tanta repulsión. "Conviene mantenerlo provisionalmente
— decía uno de ellos—, como un puente para salir del
catolicismo."
Por eso el avance de las sociedades secretas va acompañado
siempre de una progresiva descristianización del pueblo.
Un día en el verano del año 23, Miguel Bosco, volviendo de Turín,
encuentra en el camino a su sobrino Juan. El tío Miguel es rico;
ha ganado una regular fortuna tratando en ganado. Sólo de tarde
en tarde visita a su hermana, que es pobre.
— Juan, dile a tu madre que el Santo Padre ha muerto.
El Boschetto recibe la noticia pálido, con mucha pena. Su madre
le ha enseñado a amar al Papa; y aquel que ha muerto es el santo
viejecito que ha vivido años cautivo de Napoleón. El conoce, a
grandes rasgos, su historia.
— Dile también que se corre en Turín que el cardenal Severoli va
a ser elegido Papa...
El Boschetto nunca ha oído hablar del cardenal Severoli, ni su
madre tampoco. Esa noche, después de la cena, la reunión de los
amigos se hace a la puerta de la casa. Hace calor y es agradable

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

respirar la brisa de los montes, que, al arrastrarse por aquellas


dulces colinas, recoge el perfume de las viñas en cierne.
Todos aprenden el nombre del cardenal Severoli, y rezan luego
por el alma de Pío VII.
Un mes después saben que, en el Cónclave, el cardenal delegado
de Austria se ha opuesto a la elección de Severoli, y ha resultado
Papa el cardenal Della Genga, con el nombre de León XII.
El veto que ejercía España, Francia y Austria ha desaparecido ya,
por fortuna. Era, no tanto un privilegio como un abuso de los
príncipes católicos, consentido por la prudencia romana, para no
indisponer al futuro Papa con una nación poderosa.
Esa noche en la casa de Margarita Bosco se habla del nuevo Papa
con devoción: Severoli o Della Genga son nombres sin sentido
para aquellas gentes piadosas. Lo esencial es que la barca de
Pedro tiene ya su timonel. ¡Viva León XII!
¿Qué mares siniestros va a cruzar la barca del pescador? ¡No
importa! Cristo va en ella, dormido como en el mar de Tiberiades,
pero presente y pronto a despertarse si lo invocan.
Estamos en 1825 Las sociedades secretas no han perdido tiempo.
El ateísmo ha bajado, como una filtración, desde las capas
superiores de la sociedad (los filósofos, los poetas, los políticos) a
las masas obreras.
El puñal de los carbonarlos y de los masones no sólo amenaza a
los príncipes y a sus ministros, sino a sus propios hermanos.
¡Ay de aquel que conoce los secretos de las ventas o de las logias,
si no se presta a guardarlos y a cumplir sus más crueles
instrucciones! Esa es la razón de muchos crímenes que
desconciertan a la policía por misteriosos e inexplicables.

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

Sin embargo, alguna vez los criminales caen en manos de la


policía, como les ocurrió a Targhini y Montanari, dos carbonarios.
Habían asesinado a un compañero por el delito de no asistir más
a las reuniones de la venta. Enjuiciados y convictos de su crimen,
que no era el primero, fueron condenados a muerte.
Era el 23 de noviembre de 1825. Un sacerdote los acompañó
hasta el patíbulo, alzado en la plaza del Pueblo, en Roma.
A pesar de los progresos del ateísmo, rarísima vez los condenados
rechazaban los auxilios de la religión. Ante la certidumbre de la
muerte, sus creencias revivían y la gracia triunfaba.
Targhini y Montanari sienten sobre sí los ojos de sus compañeros
de las ventas y de las logias, de los que hay centenares en el
inmenso público que presencia la ejecución. Y se obstinan en
morir como ateos.
El primero en subir al cadalso es Targhini. En el pavoroso silencio
de la plaza se escucha su lúgubre profesión de impiedad:
— ¡Pueblo: muero inocente, masón, carbonario e impenitente!
Su cabeza cae. Montanari lo sigue. Es menos enfático y más
brutal. Coge la sangrienta cabeza de Targhini, la besa y dice al
sacerdote, que todavía lo exhorta:
— Es una cabeza de cebolla que han cortado; nada más.
Aquellos dos vulgares asesinos, por el solo hecho de haber sabido
morir impenitentes, son considerados mártires del ateísmo. Las
sociedades secretas se regocijan y esperan que todos sus
miembros sabrán morir así; mientras, el horror de aquella muerte
sin esperanza corre por las venas del pueblo cristiano.
El Boschetto piensa que si Targhini y Montanari hubieran tenido
una madre como la de él, o un compañero que les enseñara a

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

rezar, no se habrían perdido. Oye siempre las palabras del sueño:


"Con dulzura y caridad te los harás amigos".
Ahora, que sabe letra por letra el catecismo y muchos episodios
de la Historia Sagrada, puede comenzar su apostolado.
También sabe otras cosas, que ha aprendido con larga paciencia
y a costa de muchos golpes y bastantes sueldos echados en el
platillo de los saltimbanquis.
Ha acabado de conocer sus secretos. En su casa hay un sitio
escondido donde crecen dos jóvenes perales. Ata una cuerda que
va de uno al otro, y trepa con un balancín y camina sobre ella.
También sabe echar las cartas y hacer juegos de prestidigitación.
Su tenacidad, su robustez, su natural ingenio, su memoria
prodigiosa, vencen todas las dificultades, y aquel año se
encuentra capaz de dar representaciones al aire libre, en un
prado cualquiera de los Becchi.
Lleva su cuerda, un pedazo de alfombra, su mazo de naipes, un
cubilete, una caja de doble fondo, que él mismo se ha fabricado:
los utensilios de un charlatán de feria. Lleva también una gallina,
un conejo, un pichón, o los pide prestados a un vecino.
Su voz potente y fina llega a todos los rincones de la aldea.
— ¡Vengan, vengan, mis amigos! Vengan los que quieran conocer
los secretos de la ciencia moderna. El agua transformada en vino,
en una botella tapada. Una cebolla convertida en un conejo vivo,
en el fondo de un sombrero. La edad de las viejas, declarada por
los naipes. Los dados mágicos, que nunca pierden. Todo lo
enseñaré sin cobrar un sueldo a nadie, y por el solo placer de
divertirlos honestamente...
Como es domingo y hay muchos desocupados tomando el sol en

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

los bancos de piedra, frente a cada casa, se le forma pronto un


corro.
— ¡Es el hijo de Margarita! ¿Qué puede saber? Ni si quiera ha
hecho la primera comunión.
— Pero dice que no cobra nada. Vamos allá; cualquier cosa que
nos muestre, por ese precio saldrá barata. Ya en primera fila
están los camaradas de Juan y alguna que otra vieja, segura de
que los naipes manejados por el Boschetto no son capaces de
delatar su edad. Los hombres, recelosos de ser engañados, se
aproximan lentamente.
— ¡Vengan, mis amigos! Verán cómo se baila una danza en la
cuerda floja. Y verán un hombre que camina con las manos y
bebe un vaso de agua que lleva con los pies.
— ¡Vamos pronto, Boschetto! ¿Aguardas acaso que lleguen los de
Murialdo, o los de Capriglio, o los de Castelnuovo? — le gruñe un
viejo, fastidiado de sus preparativos.
— No, ciertamente — responde Juan con desparpajo—. Yo no
quiero trabajar sino para los habitantes de mi pueblo. Aunque tal
vez fuera mejor irme a Murialdo o a Castelnuovo, porque dice el
Señor en el Evangelio que nadie es profeta en su tierra... Y, a
propósito: ¿han ido ustedes a misa esta mañana?
Efectivamente, era raro en los tiempos del Boschetto hallar en
una aldea del Piamonte quien faltase a la misa del domingo, por
malo que fuese el día, con nieve o con lluvias.
Pero, ¿habían entendido la plática del sacerdote? ¡Allí los quería
ver el Boschetto!
— ¡Ya sé que todos han ido a misa! ¡No faltaría más! ¿Somos
acaso turcos? Pero ¿quién es capaz de repetir lo que ha dicho el

36 Preparado por Patricio Barros


Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

señor cura en el Evangelio? ¡Ninguno! ¡Ya me lo imaginaba!


Bueno, pues yo soy capaz de repetirlo todo, sin cambiar una sola
palabra. Óiganme, y al que note que cambio una sola palabra, le
daré un juego de bochas nuevas, que yo mismo he fabricado.
Con pasmosa memoria, Juan repetía la plática del cura. Los
paisanos lo escuchaban abriendo la boca. ¿Cómo era posible que
aquel rapaz de diez años recordase tan maravillosamente lo que
ellos apenas habían entendido?
Para hostigar la atención de su auditorio, de cuando en cuando
introduce alguna alusión de su cosecha, que hace reír.
Alguno del corro se aparta con señales de aburrimiento. El
Boschetto lo interpela:
— ¿Se va, señor Bartolo? ¿No quiere oír hasta el fin la palabra de
Dios? ¡No sabe lo que pierde! Además, no verá el agua
transformada en vino, lo que es muy útil para el que tiene
botellas y no tiene viñas; ni sabrá, por los naipes, la edad de
mamá Catalina...
— ¡Vamos, Boschetto! ¡No te metas conmigo! — protesta la viejita
aludida por Juan—. Acaba el sermón y muéstranos tus
habilidades.
Terminada su plática, se santiguaba devotamente y comenzaba
sus experimentos.
¡No! ¡No son más diestros que él los charlatanes de las ferias, que
dicen venir de Roma y de Turín y haber dado representaciones
ante el Papa y el Rey!
¡Es el hijo de Margarita, el pastor de los Becchi! ¿Dónde ha
aprendido estas artes? ¿Quién ha sido su maestro?
Poco falta para que alguien lo crea en pacto con el diablo.

37 Preparado por Patricio Barros


Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

De pronto, en lo mejor de una prueba se detiene.


— Luego voy a mostrarles el final. Ahora recemos el Rosario.
Protestas, rezongos de los más ariscos, partida de algunos. Nada
le impresiona.
— El que quiera ver el final del experimento, este pollo sin cabeza,
resucitado y cantando mejor que antes, tenga paciencia de un
cuarto de hora y rece con nosotros. El que no quiera, que se
vaya...
Podía irse alguno de los grandes a jugar a la morra y a tomar un
trago en la taberna; pero ninguno de sus camaradas los
pastorcitos se movía. Había adquirido sobre ellos gran
ascendiente, y consentían en rezar el Rosario.
Luego venía el premio. El pollo, que permanecía decapitado sobre
la alfombra, era metido en una canasta, y de repente se ponía a
cantar y saltar afuera, más vivo que nunca.
El corro, maravillado, aplaudía al Boschetto.
Su hermano Antonio ha presenciado a escondidas aquella
extravagante parodia de los juglares. Está sorprendido, a su
pesar; pero lo enfurece el prestigio que Juan va ganando en el
pueblo.
— ¡Imbécil! Se han reído de ti. Parecías un verdadero charlatán.
— ¡Bah! ¿Qué importa? — replica Juan, a quien no conmueven ni
los elogios, ni las censuras, porque tiene el corazón más arriba
que todas las cosas del mundo—. Los he divertido honestamente;
no han blasfemado, han escuchado un sermón y han rezado el
Rosario.

38 Preparado por Patricio Barros


Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

§ 3.
Quince liras anuales de salario

Primavera del año 26. Juan se entrega por completo a los


trabajos del campo. En marzo de ese año ha hecho la primera
comunión. Pero Antonio, aunque lo vea en los rastrojos con la
azada, o con el hacha en el monte, sigue persiguiéndolo. ¡Nunca
será un verdadero labrador!
En un pueblo cercano, Buttigliera, habían comenzado a dar una
misión. Las circunstancias y la fama de los predicadores atraían
gente de toda la comarca.
Regresaban al atardecer con las últimas luces del crepúsculo. El
camino era largo y polvoroso, pero grato el andar entre amigos, en
esa hora perfumada por las flores de la nueva estación. En la
falda de las colinas, en el fondo de los valles, en dondequiera que
hay una casa, brilla la amorosa estrella de un hogar. A veces,
también es la fragua del herrero.
Juan no había dejado de ir un solo día. Para aplacar a su
hermano, comenzaba las tareas antes del alba y las proseguía en
la noche. Así, la mitad de la tarde era de él, y acudía a Buttigliera
con su madre.
Esa vea volvía solo, sin mezclarse en los grupos, rumiando lo que
había oído.
Algo apartado también, caminaba un viejo sacerdote, Don
Calosso, capellán de Murialdo. Todos lo conocían y lo respetaban,
pero ninguno se atrevía a acercársele.
El clero de Piamonte y de toda Italia en aquella época era
excesivamente reservado y celoso de su dignidad. Sus ministros

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se creían obligados a guardar la distancia con los paisanos.


Ganaban el respeto de sus feligreses, pero no su amor, y menos
su confianza.
El Boschetto, expansivo y tierno, sufría con aquella frialdad.
"Si yo fuera sacerdote, saludaría a todos, hablaría a todos, me
haría querer de todos. Y así les podría enseñar y guiar".
Pues bien; he aquí que aquel sacerdote, respetable, por sus canas
y por su dignidad, que marchaba a pie de Buttigliera a Murialdo,
se detiene en mitad del camino, lo llama y le interroga
cariñosamente.
— Todos los días te veo volver de la misión.
— Sí, señor; todos los días voy; me gusta oír al predicador.
Don Calosso guiña el ojo, sonriente, pero escéptico.
— ¿No sería mejor que tu madre te hiciera una plática? ¡Qué
habrás podido comprender del sermón!
— Mi madre me hace buenas pláticas, pero también me lleva a los
sermones, y me parece que los entiendo.
El viejo sacerdote acaricia los cabellos ensortijados del rapaz. Le
hace gracia su desparpajo.
— Si me dices solamente cuatro palabras del sermón de hoy, te
daré... ¡cuatro sueldos!
Ahora es Juan el que sonríe, y piensa: "Si Don Calosso me quiere
pagar un sueldo por cada palabra que le diga, le voy a arruinar".
Hoy ha habido dos sermones. ¿De cuál de los dos quiere que le
hable?
— Del que te haya gustado más — responde Don Calosso,
metiendo la mano en la faltriquera y haciendo sonar la
calderilla—. Con que me digas cuatro palabras, te daré cuatro

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sueldos... ¿Te acuerdas de lo que se trató en la primera plática?


De la necesidad de no demorar la conversión a Dios.
Se habían puesto a andar de nuevo; pero al oír la respuesta de
Boschetto. Don Calosso se queda plantado. Sus sueldos corren
peligro ¡No importa!
— ¿Y sabes lo que se dijo sobre este punto? Te daré cuatro
sueldos...
Don Calosso no necesita concluir, porque ya Juan le ha dicho
más de cuatro palabras. Repite el sermón como si lo estuviera
leyendo.
La gente se detiene maravillada. Pero los de los Becchi, que
conocen la portentosa facultad del Boschetto, pasan de largo. ¿No
conocían ustedes al Boschetto? ¡Ya tienen para rato!
— El que demora su conversión a Dios corre tres peligros: que le
falte tiempo; que le falte voluntad; que le falte gracia...
Allí, sobre el camino blanco, a la orilla de un trigal dormido en la
azulada paz del crepúsculo, al tiempo que se encienden las
mudas estrellas, están media hora y acaban por quedar solos. La
voz dulce y timbrada del Boschetto surge sin tropiezo, como una
cinta de seda.
— ¡Señor, Señor! — exclama para sí Don Calosso, echando mano
al bolsillo en busca de una pieza de plata—. Este muchacho es un
portento.
Y en alta voz:
— ¿Cómo te llamas? ¿Quiénes son tus padres? ¿Dónde has
estudiado?
— Me llamo Juan. Mi padre murió cuando yo era muy niño. Sé
leer y escribir un poco.

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— ¿Has estudiado el Donato? ¿Y la Gramática?


— No sé qué es eso. Yo no he estudiado nada. ¡No puedo!
— ¿Por qué?
— Mi hermano Antonio no quiere. Dice que un labrador no
necesita aprender en los libros.
— ¿Y tú para qué querrías aprender?
— Para ser sacerdote y enseñar a mis compañeros y a los niños
que se vuelven malos porque nadie cuida de ellos.
— ¿Sabes ayudar a misa?
— No mucho...
— No importa; ven mañana a Murialdo. Me ayudarás la misa, y
arreglaré tu asunto.
Antes del alba ya está Juan camino de Murialdo.
¡Qué bien saben los penetrantes perfumes de una limpia mañana,
a tiempo que el sol asesta sus primeras lanzas de oro sobre las
colinas de los Becchi!
La iglesia de Murialdo está desierta a esa hora, y a nadie
escandalizan los errores del audaz monaguillo, que no sabe
ayudar a misa.
Luego, en la casa parroquial, ante una mesa cargada de libracos,
Don Calosso coge la pluma.
— ¿Eres capaz de dictarme la segunda plática de ayer?
No la sé en italiano, la sé en piamontés.
El Boschetto cree que, cuando se trata de escribir, hay que
hacerlo en italiano.
— Díctala como la oíste, en tu dialecto.
Después de una hora de escribir, bajo el dictado de aquel
pastorcito, el capellán de Murialdo se agarra la cabeza.

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

— ¡Prodigioso, prodigioso!... Yo me encargaré de hacerte estudiar.


Ven mañana a verme con tu madre.
Pero apenas sabe Antonio que Juan irá a Murialdo a aprender
italiano y latín, monta en cólera. ¡De ninguna manera! Cuando
los trabajos son más urgentes, no puede consentir que Juan, que
ya pierde la mitad de la tarde oyendo sermones, pierda el resto
del día aprendiendo cosas inútiles... ¡Italiano, latín! ¡Bah! ¿Para
qué sirve eso?
Margarita Bosco no se animó a hacerle frente, y Juan no volvió a
Murialdo. Hasta que un día, en el otoño, se encontró el Boschetto
con el viejo capellán.
— ¿Entonces tu madre no quiere que estudies?
— No es ella; es Antonio el que se opone.
— ¡Que quiera o no quiera tu hermano Antonio, yo te enseñaré!
Desde mañana irás a casa con los libros y cuadernos que tengas.
¡Vamos a ver quién puede más!
El viejo sacerdote está dispuesto a jugar su autoridad en aquella
lucha. Margarita consiente en desafiar las iras de Antonio, y
Juan, desde el día siguiente, va al pueblo vecino, distante media
hora. Aprende italiano y latín. Luego, en su casa, trabaja hasta
fines del invierno, cuando renacen las tareas del campo. Un día,
Antonio se apodera de libros y cuadernos.
— ¡Quiero que esto concluya de una vez! ¿Qué necesidad hay de
tanto latín y de tanta Gramática en la casa de unos labradores?
¡Yo me he criado fuerte y no conozco eso!
Juan escucha con indignación los despropósitos de Antonio, y no
puede contener su genio vivaz.
— ¡Hablas mal y no te das cuenta! Por muy ignorante que seas,

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

nunca serás más fuerte que nuestro burro...


No ha comprendido Juan su picante observación y ya va con los
pies en el pescuezo, huyendo del enfurecido Antonio, que quiere
cobrarle aquella burla terrible. Gracias a sus buenas piernas se
escapó de una brava paliza.
Su madre misma no podía librarlo de la incesante persecución, y
un día resolvió alejarlo de casa. Le dio un envoltorio con alguna
ropa y sus libros, lo acompañó un trecho por los caminos,
cubiertos de nieve en aquella sazón, y sin derramar una lágrima,
para no afligir ni enternecerse, lo bendijo y lo dejó partir.
— ¡Adiós, Juan! ¡Que la Madona te acompañe! ¿Adónde iba Juan,
en la cruda mañana, lloroso y tiritando?
A cualquier parte, a donde quisieran tomarle de sirviente, sin
sueldo y por la comida nada más.
En la ruta de Chieri halló una casa de parientes o amigos, y allí
se ofreció. Pero en invierno falta el trabajo y sobran los
trabajadores. Siguió más adelante, horas y horas. Llegaba la
noche, y recomenzaba la nevada. Había comido solamente una
tajada de pan seco. Tenía hambre y frío y estaba muerto de
cansancio. De buena gana se habría refugiado al abrigo de uno de
los matorrales que bordean la carretera, para dormir hasta el día
siguiente. Pero su madre le ha dicho:
— La mucha nieve en la montaña ha echado los lobos de sus
guaridas. Algunos han bajado hasta los valles. Si la noche te
sorprende, no duermas en el camino. Amanecerías helado o te
descuartizarían los lobos. Llega a casa de los Moglia y te darán
refugio en el granero, y al alba partirás.
Pero ¿dónde está la casa de los Moglia, en aquel laberinto de

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senderos y de colinas y de aldeas silenciosas, que la nieve


confunde y la noche va cubriendo?
El Boschetto, amedrentado, invoca a María Auxiliadora, cuya
estampa lleva en el zurrón, y con el último pálido fulgor de aquel
triste día descubre la granja y se aproxima.
— ¿Adónde vas, muchacho, a estas horas?— le dice un viejo que
aparece a la entrada.
— Voy en busca de un patrón que quiera emplearme sin salario.
— ¡Mal tiempo para buscar un patrón! ¡Sigue adelante y que Dios
te ayude!
Cierra el viejo la puerta, y el muchacho queda fuera, abandonado
a su suerte. Por fortuna, otro hombre lo ve, y desconfiando, tal
vez de que sea un ladronzuelo que espía la ocasión de penetrar en
el gallinero, le ha interrogado.
— ¿A quién buscas, niño?
— A Luis Moglia.
— Soy yo. ¿Qué quieres?
— Mi madre es Margarita Bosco; no puede tenerme en casa
porque mi hermano mayor me pega. Me ha mandado venir aquí;
deme cualquier trabajo.
— ¡Pobre niño! Yo no tengo trabajo que darte. Hasta después de
la Anunciación no habrá nada que hacer. Vuélvete a casa.
— Yo no pido salario. Con que me deje dormir en el granero y me
dé la comida, trabajaré cuanto quiera.
— Te he dicho que no. En mi casa no necesito criado. Ni debes de
ser capaz de nada. No puedo tenerte.
El Boschetto se sienta en el umbral de piedra y se echa a llorar.
-Usted dice que no sé hacer nada. Ensaye mi trabajo, y quedará

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

contento de mí. No me mande a casa, porque la madre no me


recibiría.
Al oír aquella suplicante voz infantil, sale Dorotea Moglia y dice a
su marido:
— Probemos de tener a este niño algunos días. Y Teresa Moglia,
muchacha de quince años, hermana del dueño de la granja,
añade:
— Yo soy grande ya para cuidar las vacas en el prado. Puedo
hacer otra cosa, y él hará mi oficio.
Luis se dejó convencer, y esa noche el Boschetto durmió en el
granero de los Moglia.
Ocho días después, el amo se decía: "Las mujeres tienen mejor
instinto que nosotros. Este muchacho es el mejor sirviente que he
tenido. Le voy a pagar un buen salario: quince liras anuales".
Era lo más que entonces ganaba el que cuida de las vacas y hace
recados en una alquería.
Allí estuvo dos años. En los días de fiesta, o cuando el mal tiempo
impedía el trabajo, reunía en el granero a los chicos de la
vecindad, les enseñaba el catecismo y los divertía con sus suertes
de payaso.
Cuando salía, llevaba sus pobres libros rotos y desencuadernados
para leer, como en los Becchi.
Un día Ana, la hija de Moglia, le dice:
— ¿Por qué vas siempre al campo con un libro? Eso no lo hacen
los otros pastores.
— Porque yo quiero estudiar para ser sacerdote.
La muchacha se pone a reír.
— ¿Tú, Boschetto, que llevas las vacas al pasto, y das de comer a

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

los cerdos, y cavas la tierra, vas a decir misa y a confesar?


Juan la mira seriamente y le responde con tono profético:
— Sí; y tú, que te burlas siempre de mí, sabe que un día vendrás
a confesarte conmigo.
Muchos años después, aquella palabra, que hizo enmudecer a la
joven, se cumplió exactamente. El Boschetto era ya Don Bosco, y
ella acudía a la iglesia de San Francisco de Sales, en Valdocco, y
se confesaba con él.
El tío Miguel, que era el más rico de los hermanos de su madre,
cuando iba al mercado de Chieri encontraba al sobrino cuidando
el ganado de Moglia.
— ¿Estás contento ahora, Juan?
— ¿Cómo puedo estarlo, tío Miguel? ¡Yo quisiera estudiar, y
pasan los años!
— Yo tampoco estoy contento de Verte servir en casa ajena. Deja
esas vacas, despídete de tus amos y vuelve a casa. Di a la madre
que, en volviendo yo de Chieri, iré a hablar con ella y
arreglaremos tu asunto.
El muchacho, transportado de gozo, le cree y hace como él le
indica: se despide de sus amos y regresa A los Becchi esa misma
tarde.
Esa noche sí que durmió Juan, a la orilla del camino, bajo la
llovizna de septiembre y sin preocuparse de los lobos.
¡Ah! Mamá Margarita no criaba a sus hijos entre algodones. Vio
venir a Juan, que había abandonado el servicio de los Moglia, y
no la satisfizo la razón que él la dio.
— Si tu tío quiere correr con tus estudios, que venga antes A
hablar conmigo. Y tú vuelve a los Moglia...

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

Con esto, le cerró la puerta.


Era ya de noche, y Juan, rendido por el trabajo del día y por la
larga jornada, no tuvo alientos para volverse. Además, los Moglia
no lo recibirían.
Avergonzado de haber obedecido a quien no tenía autoridad sobre
él, y sólo porque le mandó algo que le gustaba, quedó un rato
delante de su puerta.
No se animó ni a llamar ni a alejarse, y resolvió esperar la venida
del tío Miguel oculto en un foso contiguo a una cerca, miserable
refugio para noche tan cruda.
En la madrugada lo despertaron los cascabeles de los carritos que
iban al mercado. Permaneció escondido, temeroso de que Antonio
lo descubriese.
Por fin, apareció el tío Miguel y habló con la madre.
Pero el buen hombre había prometido más de lo que pudo
cumplir. No se halló escuela para Juan, sea que no hubiese
vacante, sea que el tío no quisiera soltar las liras que costaba la
pensión.
Entonces Don Calosso, el viejo capellán de Murialdo, recibió en
su casa a Juan y prosiguió sus lecciones.
— No te preocupes del porvenir. Vivirás conmigo, y cuando yo
muera, te dejaré en situación de proveer a tus estudios.
También aquella ilusión se desvaneció. Ese mismo año Don
Calosso murió repentinamente sin hacer testamento, y su
discípulo quedó otra vez en la calle.
Cuenta Don Bosco en sus Memorias, que tuvo por entonces otro
sueño, en que fue gravemente amonestado porque había puesto
su confianza en los hombres y no en su Padre Celestial.

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

§ 4.
La sociedad de la alegría

Una de esas brumosas mañanas de invierno, se presenta a la


escuela comunal de Castelnuovo un extraño alumno.
Los caminos están fangosos por la persistente llovizna, Lo han
visto llegar por el rumbo de los Becchi, los zapatos en la mano,
para no embarrarlos, y un zurrón de pastor a la espalda. Lo cual
indica que es pobre, que se trae consigo el almuerzo, un pedazo
de queso y otro de pan, y que no piensa volver a mediodía.
Pero si es tan pobre y tan rústico, ¿por qué pretende estudiar?
Sobre todo, ¿por qué va a la escuela por primera vez a una edad
en que todos han pasado ya varios cursos?
Los escolares, reunidos, son instintivamente crueles, y acogen al
nuevo alumno con risas maliciosas, que agravan su timidez.
Una cosa es contar cuentos y hacer pruebas en el prado de los
Becchi; otra, afrontar las burlas de toda una clase en una escuela
donde se va por primera vez.
Ni siquiera el maestro le hace buena cara. Y helo aquí como un
delincuente en presencia de la policía.
— ¿Cómo te llamas?
— Juan Bosco.
— ¿Qué edad tienes?
— Dieciséis años.
— ¿A qué escuela has ido antes?
— A ninguna.
El maestro, que es sacerdote y enseña latín, mira con desdén al
nuevo discípulo. Se llama Don Virano, buen hombre en el fondo,

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

pero de cáscara amarga.


— ¿Qué hacías antes de venir aquí?
— Cuidaba las vacas en mi aldea, y he estado al servicio de los
Moglia de Moncucco.
En la escuela hay, justamente, un profesor pariente de aquellos
Moglia; pero Don Virano no sabe quiénes son los de Moncucco, y
se encoge de hombros.
— ¿Y ahora se te ocurre aprender latín?
Lo dice con tal desabrimiento, que Juan no osa responder. Los
otros escolares permanecen quietos en sus escaños, conteniendo
la respiración para no perder una palabra de aquel diálogo, que
hace sudar sangre al nuevo alumno.
El maestro, que no siempre logra mantener tan juiciosa su clase,
comprende que tiene público propicio y prosigue su
interrogatorio.
— ¡Conque cuidabas las vacas y ahora quieres aprender latín! ¿Y
para qué quieres aprender latín?
Juan tiene lágrimas en los ojos. Le repugna descubrir el
misterioso tesoro de su vocación delante de todo el mundo; pero
le interrogan, le hacen un gran silencio; debe responder.
— ¡Quiero ser sacerdote!— exclama con la garganta apretada por
un sollozo.
Los muchachos estallan en una carcajada cruel. El maestro,
pesaroso de haber provocado esas risas, palmea en la mejilla a su
nuevo alumno y le señala un puesto en las últimas filas, adonde
Juan va a sentarse avergonzado y lloroso.
Algunos días después, Don Virano dice al Boschetto:
— Antes que el latín, debes aprender el italiano...

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

Es una manera de sacar de su clase a aquel rústico pastor de los


Becchi. Lo pasan a una clase inferior. Nuevas escenas. Nuevos
interrogatorios. Sus condiscípulos se sienten estimulados a
burlarse de él. ¡Vaya una edad para empezar la gramática!
Además es muy pobre. Llega siempre fatigado por una carrera de
cinco kilómetros. Como el zurrón de pastor causa risa en los otros
muchachos, lo deja en casa de una familia, que le permite a
mediodía ir a comer su trozo de pan en el portal, más o menos al
abrigo de la lluvia y del frío.
Algunas tardes, cuando llueve fuerte, no vuelve a casa y duerme
allí mismo, acurrucado en el hueco de la escalera.
Esa fue la existencia de Juan a principios del año 31, cuando
ingresó en la escuela comunal de Castelnuovo.
Su madre había hecho frente al despótico Antonio, amenazándolo
con dividir judicialmente los bienes heredados del padre, para
costear los estudios de Juan.
A Antonio no le convenía la división del prado, y consintió en que
su hermano fuese a la escuela.
Por falta de dinero, Margarita pagaba al maestro con maíz, con
porotos o vino. También con uno o dos de aquellos rústicos panes
de centeno que ella, amasaba, duros al diente, pero sabrosos en
la sopa.
Lo peor de todo era aquel largo camino a hacer dos veces por día.
Le robaba tiempo y lo cansaba terriblemente.
Acabó por proponer a aquella familia, en cuyo portal dejaba el
zurrón, que le diera alojamiento; le pagaría también con pan,
granos o vino. Consintieron, y Juan quedó a vivir en Castelnuovo.
Mas era tan poco lo que podía ganar, que en aquella casa no le

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daban más que el rincón para dormir, y sólo de tarde en tarde,


por compasión, algún plato de sopa caliente.
Cada semana su madre le lleva un saco de pan, que debe ser su
desayuno, su almuerzo y su comida, y durarle siete días.
Ahora sí que estudia; pero su maestro no lo toma en cuenta y
jamás le pregunta las lecciones.
Cierto día da como deber una relación en italiano del episodio de
Eleazar, que prefirió morir antes que comer las viandas
prohibidas.
Juan, que lo ha oído contar a su madre, lo escribe con
entusiasmo.
— Perbacco! — dice el maestro—. ¿Lo has hecho tú solo?
— Sí, señor.
— ¡No puede ser!
— Sí, señor; yo solo...
El maestro menea la cabeza y hace leer la composición a Don
Moglia, quien declara Inapelablemente que Juan la ha copiado.
¡Nadie cree en el Boschetto!
Algún tiempo después, Juan logra que Don Virano lo admita en
su clase de latín. Pero Dios ha dispuesto que Juan no dé un paso
sin tropezar dolorosamente Cambian de profesor. En vez de Don
Virano, viene Don Moglia, que tiene antipatía al pastorcito de los
Becchi.
En su clase hay alumnos de varios grados; Juan está en el
inferior. Un día Don Moglia dicta una versión latina a los del
grado superior, y Juan se pone a hacerla, y, en terminándola, va
a presentarla a Don Moglia para que la juzgue.
— ¿No te he dicho que un pastor de los Becchi no sirve para el

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

latín? — le respondió ásperamente el maestro, sin cogerle


siquiera el papel.
— Sí, si: pero hágame el favor, señor maestro, de leer mi
composición.
Los otros alumnos, cuya amistad ha acabado por ganar el
Boschetto, se ponen de su parte.
— ¡Sí, sí! ¡Léala, señor maestro!
Don Moglia la lee y se echa a reír despectivamente.
— ¿No tengo razón? ¡Nunca ninguno de los Becchi aprenderá
latín! Bosco ha copiado la composición; es imposible que sea de
él.
Uno de los alumnos siente la injusticia del reproche y se atreve a
objetar:
— Si Bosco ha copiado su composición, es fácil descubrir de
quién la ha copiado. ¡Haga examinar las de todos nosotros!
— ¡Qué me vas a enseñar a mí! — replica Don Moglia,
obstinado—. Te digo que no puede ser de él, porque un pastor de
los Becchi no está hecho para el latín...
¡Cierto! Había sido pastor, y ese año fue sastre, y herrero, y
cantor de iglesias.
Todo oficio era bueno para él. No sólo aprendía lo que un día u
otro podría servirle, sino que, de paso, ganaba algunos sueldos
para costearse libros.
¡Qué pasión la suya por los libros, que preparaban los caminos de
su vocación!
En una librería de viejo ha visto las obras ascéticas de San
Alfonso de Ligorio, y sueña con poseerlas. Pero son varios tomos y
cuestan veinte liras. ¿Cuándo será dueño de veinte liras?

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Ayuda en la fragua a un maestro herrero, que está forjando una


reja. En esto oye al otro aprendiz que el domingo, en el vecino
pueblo de Montaña, se celebrarán grandes fiestas y habrá una
cucaña con premios.
El herrero escupe en las brasas con desdén.
— ¡Ya me imagino los premios que pondrán esos de Montada! Un
pañuelo, un salchichón, tal vez un frasco de mal chianti. ¡Y vaya
uno a romperse la cabeza!
El aprendiz, que es de Montaña, responde:
— Sí, señor; va haber un pañuelo de seda, un gran sal chichón y,
además... ¡veinte liras!
Esa noche Juan sueña que ha trepado a la cucaña, que ha
ganado las veinte liras, y que las obras ascéticas de San Alfonso
están en su poder.
¿Sabéis lo que es la cucaña? Un largo mástil plantado en medio
de una plaza. Tiene en la punta varios premios, que gana el que
lo trepa y los coja.
La dificultad es que han pulido a garlopa aquel mástil, que no
ofrece puntos de apoyo y, además, lo han jabonado.
No se concebía entonces una fiesta popular sin el juego de la
cucaña.
Juan piensa en las obras de San Alfonso. ¿Por qué no? ¿Acaso el
latín le ha hecho perder su habilidad de saltimbanqui?
Acude a Montaña el domingo, después de misa. Efectivamente, en
la plaza hay una cucaña con una banderita en la punta, que debe
ser el pañuelo. Hay otros premios que no se advierten desde
abajo, pero si un grueso salchichón y un bolsillo.
— ¿Qué hay en ese bolsillo?— pregunta tímidamente.

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

— ¡Veinte liras! Si te animas a disputarlas, corre a inscribirte,


porque ya va a comenzar la prueba.
Juan se inscribe entre los que, por turno, van a intentarlo, y
espera el momento.
Uno a uno van trepando los que intentan la hazaña. Mas no bien
se les llenan las manos y las rodillas de jabón, ¡brum!, al suelo.
Ninguno pasa de la mitad, y el público se ríe y aplaude.
— ¡Vamos, Bosco! ¡A ti ahora!
Juan se abraza al palo. Si lo viera Don Moglia, diría: "¡Para eso sí
puede valer uno de los Becchi; pero no para aprender latín!"
Todos habían comenzado atropelladamente. Juan, al contrario,
avanzaba despacito, cruzando las piernas a cada paso y
descansando en los talones y limpiándose las manos de aquel
unto traidor. Es vigoroso y astuto. Pasa la mitad, de donde han
caído todos. Más arriba hay más jabón, porque nadie lo ha
tocado; pero también el mástil es más fino y sus manos de pastor
o de herrero, lo abarcan más fácilmente.
La multitud lo contempla. Nadie respira. ¿Será posible que un
extraño al pueblo gane la cucaña? Así es. Juan llega a la punta
del palo, coge el bolsillo y el salchichón. Desdeña el pañuelo y los
otros premios, para que pueda seguir el juego, y baja, aplaudido,
sin mucho entusiasmo, por las gentes de Montaña.
El salchichón le servirá para retribuir al maestro herrero, que le
enseña el oficio, y con las veinte liras comprará las obras
ascéticas de San Alfonso.
En las vacaciones del año 31, Juan dice a su madre que en la
escuela de Castelnuovo no puede aprender mucho. En dos años
ha pasado todos los cursos. ¿Por qué no mandarlo al liceo de

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

Chieri, donde hay también un seminario?


Siempre la misma razón. ¿Con qué pagar el colegio, y el ajuar del
colegial, y el hospedaje? Juan es ya un mozo, pero conserva el
ingenio fecundo y amable del Boschetto.
Se echa al hombro dos sacos vacíos y se va a llamar a la puerta
de los vecinos pudientes.
— ¿Quién quiere dar un puñado de porotos, o un pan, o un
queso, para hacer un sacerdote?
— ¿Dónde está el sacerdote?
— Yo soy el que quiere serlo, pero no tengo con qué pagar la
pensión en Chieri, ni los libros, ni la ropa. Una buena mujer oye
aquel diálogo de Juan con los vecinos, y en pleno mercado de
Castelnuovo se pone a lamentar que no haya quien costee los
estudios de un joven de su aldea, que ya predica mejor que
muchos viejos Párrocos,
Algunos señores del pueblo consienten en prestarle ayuda. Los
vecinos de los Becchi se cotizan también: quién da trigo, quien
harina de maíz, quién un saco de papas. Y uno, que por su
pobreza no puede ofrecer más, se brinda a llevar gratis a la madre
y al hijo su baúl y sus provisiones hasta Chieri, en su carrito.
Para un lugareño, Chieri es toda una ciudad. No cuenta más que
nueve mil habitantes; pero posee muchas hilanderías, un
seminario, un colegio, algunos conventos y muchas iglesias y
hermosos palacios.
Aquel mocetón, pobremente vestido, con zapatos de aldeano y
gruesas manos de herrero, no tiene traza de estudiante.
El profesor lo recibe con una ducha fría delante de toda la clase.
— ¡Este que llega, o es un gran talento, o es un gran burro!...

56 Preparado por Patricio Barros


Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

¿Qué me dices tú?


Juan ya no era el tímido pastor a quien desconcertaban aquellas
acogidas. Su corazón tenía la inexpugnable fortaleza de los
humildes. Respondió sencillamente:
— Soy algo entre esas dos cosas que dice usted, señor profesor:
un muchacho que tiene buena voluntad y deseos de aprender.
El profesor, seducido por tanta simplicidad, replica:
— Pues si es así, estás en buenas manos; yo te ayudaré.
No tardó el nuevo alumno en distinguirse y hacer dos o tres
grados en un solo curso. Era vivo de carácter, propenso a la
cólera más que a la paciencia, pero sencillo y afectuoso, y
fácilmente se ganaba amigos.
Una mañana olvidó de llevar a clase el texto de Cornelio Nepote,
que iban a explicar, y para que el profesor no lo advirtiera, abrió
en su pupitre la gramática de Donato.
El profesor lee la vida de Agesilao y la comenta, y de pronto, dice
a Juan que repita la lectura. Juan se pone de pie, y con el otro
libro en la mano, finge que va leyendo, ¡Qué había de leer! Repite
palabra por palabra lo que acaba de oír. Los alumnos advierten la
superchería, y con su entusiasmo lo descubren. El profesor pide
el libro a Juan y, al ver que es otro, queda espantado de aquel
fenómeno.
— ¡Una memoria semejante es una verdadera fortuna! ¡Bosco,
procura servirte bien de ella!
En esas vacaciones su memoria le ganó unas lecciones de
literatura y un nuevo oficio: el de caballerizo, del cual se sirvió
para aprender a montar como un artista ecuestre.
El cura párroco de Castelnuovo, Don Dassano, lo había hallado

57 Preparado por Patricio Barros


Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

en los campos cuidando unas vacas y leyendo un libro en latín.


Valía la pena ayudar a aquel mozo.
— ¿Quieres ir mañana a la parroquia? Veremos cómo anda tu
latín.
Al día siguiente Juan fue a Castelnuovo, a casa del cura, que
estaba ocupado en ese momento y se limitó a prestarle un librote,
señalándole un capitulo.
— Apréndelo de memoria, y vuelve dentro de ocho días. Juan se
sienta en la plaza, a la sombra de la Iglesia, en un sitio silencioso,
y se lee el capítulo Indicado, y otro, y otro. ¡Ya está! Vuelve a la
parroquia.
— ¿Qué quieres ahora?
— Ya lo he aprendido.
— ¡No puede ser!
— Y también el capítulo siguiente, y otro más todavía. Sin variar
una coma, recita lo que acaba de leer. Don Dassano cierra el
libro, se echa los anteojos sobre la frente y propone:
— Si te acomoda, puedes venir todos los das. Cuidarás de mi
caballo y yo te daré lecciones de latín.
— ¡Y yo de literatura italiana!— exclama el vice párroco, que ha
presenciado la hazaña.
Juan empieza a ir diariamente a Castelnuovo. Entre una lección
de latín y otra de literatura, limpia la caballeriza y prepara la
ración del caballo en que el párroco visita a sus feligreses de la
campaña.
Muchos días Don Dassano se queda en el presbiterio, y no
queriendo privar de ejercicio a su caballo, manda a Juan que lo
pasee de la rienda por los caminos.

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¿De la rienda nada más? ¡Vaya! Juan recuerda haber visto en los
circos saltar sobre un caballo lanzado a la carrera, y ponerse de
pie sobre el lomo, y seguir con tanta seguridad como si fuera
montado.
Al cabo de unos das, y a costa de algunos golpes, él puede hacer
lo mismo.
Aunque estas proezas estaban en el temperamento san- guineo y
vivaz del muchacho, no las realizaba por simple afán de diversión.
Estaba seguro de que, en una forma u otra, utilizaría todo lo que
iba aprendiendo, por extraño que fuese.
Por de pronto, el ser más diestro y más fuerte que sus camaradas
le da ascendiente sobre ellos. Ya hay un grupo que le sigue
dócilmente, En los días de fiesta, en Chieri, esos muchachos no
saben divertirse sin Juan.
— ¿Qué haremos hoy, Bosco?
— He pensado en una cosa: vamos a fundar una sociedad.
— ¿Qué es eso?
— Y he pensado el nombre que le vamos a poner. Se llama
Sociedad de la Alegría, porque nos reuniremos para estar siempre
alegres. Una sociedad es esto: una reunión de muchachos que
trabajan y estudian durante le semana, y el domingo se
divierten... ¿Quién quiere ser de mi sociedad?
Más valiera preguntar quién no quiere ser. Como él he sacado
una libreta para apuntar sus nombres, todos se disputan el ser
de los primeros.
— ¡Un momento!... Ustedes quieren ser de la Sociedad de la
Alegría, pero yo tengo que imponer condiciones.
— ¡Di cuáles!

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— La primera, que yo no admito socios aficionados a malas


conversaciones. El que diga blasfemias, o juramentos, o palabras
indecentes, no puede ser de mi sociedad.
— ¡Aceptado!
— ¡Tampoco salero socios ladrones! El otro día, un camarada me
invitó a robar dinero a doña Lucía, la buen señora que me
hospeda, para comprar caramelos... ¡Eso es ser ladrón! ¡Yo no
quiero ladrones!
— ¡Aceptado!
— Ni quiero socios que en el colegio sean díscolos y desaplicados.
— ¡Claro está! — dijeron todos, impacientes por terminar aquel
preámbulo.
— Pero eso no basta. Aunque sean buenos estudiantes, si no son
buenos cristianos, no me convienen para compañeros y no los
necesito en mi sociedad... ¿Aceptáis estas condiciones?
¡Ya lo creo que aceptan! Juan apunta los nombres de doce o
quince camaradas, guarda su libreta y, como primer acto social,
les propone visitar a una Señora que los va a ayudar mucho a
estar siempre alegres.
— ¡Seguidme!
Toma el camino de San Antonio, iglesia de los jesuitas en Chieri,
y lleva a sus muchachos ante el altar de la Virgen y les hace rezar
tres avemarías.
En saliendo, les dice:
— Esta es la Señora que nos va ayudar. Ahora..., ¡vamos a Turín!
Se acercan a un vendedor de castañas asadas que tiene su
hornillo en la plaza misma, y se pone a repartir copiosos puñados
entre sus compañeros. Luego saca una moneda de plata, sus

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

ahorros de Dios sabe cuánto tiempo, y paga con gesto de


millonario.
— ¡A Turín!
La capital del Piamonte dista quince kilómetros de Chieri, y es la
corte de un nuevo rey, Carlos Alberto, coronado en aquella
estación.
Tienen que andar tres leguas, pero ¡qué alegre es el camino
cuando se tiene esa edad y se marcha cantando, con las manos
en los bolsillos..., en los bolsillos repletos de castañas calientes!

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

§ 5.
La vocación

Al año siguiente, doña Lucía, la mujer que lo hospeda en Chieri,


se va de la ciudad, y Juan tiene que buscarse otro sitio en donde
vivir, sin que le cueste mucho.
Se le ocurre que un pariente, que acaba de instalar un café con
billar y confitería, podrá cederle un rincón para dormir. Se llama
José Planta y es un buen hombre. Dispensa al Boschetto la mejor
acogida. Pero la casa es pequeña — el café ocupa la mayor
parte— y no puede ofrecer a su joven pariente más que un hueco
arriba del horno, donde se cuecen pasteles y caramelos.
— ¡Hombre! ¡No está mal para las noches frías!— piensa el
estudiante, y se decide a meter su baúl y su cama en aquel
agujero.
Bueno; pues José Planta no le cobrará nada por el dormitorio que
le ha cedido, ni por el pan y la sopa que le dará dos veces al día;
pero él tiene que ayudarle en el café. Lo encarga del billar. Debe
apuntar los tantos que hagan los jugadores y cobrarles conforme
al tiempo que pasen jugando.
Los jugadores no tardan en advertir la cara avinagrada del
muchacho cuando sueltan una blasfemia o se descarrilan en una
mala conversación. Algunos se contienen, pero otros ponen la
queja al patrón: con ese testigo no pueden jugar a gusto.
Juan pasa a la trastienda, donde se fabrican los dulces y las
masas. Tanto mejor: aprenderá el oficio de confitero. Al poco
tiempo, no sólo sabe confeccionar toda suerte de tortas y
pasteles, sino que ha inventado algunas recetas.

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El patrón está encantado y le propone que abandone sus estudios


y se haga confitero, y le ofrece un jornal. Juan no acepta. Planta
ofrece jornal doble. Juan vuelve negarse.
— ¡Ya sé lo que tú quieres! — exclama Planta, regocijado de su
propia malicia—. Esta vez no te negarás. Te ofrezco asociarte en
mi negocio. Ahora te daré el tercio de las ganancias, y dentro de
dos años, la mitad... ¿Qué tal? ¿Te acomoda?
Y, temiendo de la terquedad del mozo una tercera negativa, le
pide que lo piense y le responda al otro día. Juan, sonriendo, se
va ese día a clase. Se imagina la cara que pondría su madre si le
dijese que va a dejar los estudios para ser confitero.
La Sociedad de la Alegría había progresado. Ya eran más de
veinte socios, que le aguardaban todos los domingos en la Puerta
Turinesa o en la plazuela de San Antonio, según lo disponía él la
víspera.
Aconteció, sin embargo, que empezó a relajarse la disciplina,
porque llegó a Chieri un saltimbanqui a dar representaciones,
precisamente en la plaza, frente a la iglesia, a la hora en que los
socios asistían al catecismo.
El primer día, cuando sonó la trompa del charlatán, unos cuantos
socios abandonaron la devoción y se fueron a ver las pruebas. El
segundo día, la desbandada fue general, y Juan se fue con ellos.
A mal tiempo, buena cara. A ver cómo salía del paso y recobraba
el prestigio ante sus indisciplinados camaradas.
Denso público hay alrededor del charlatán. Juan lo observa sin
decir palabra. Pronto advierte sus defectos. Cualquiera de sus
pruebas él las puede hacer, y mejor, pues en esos últimos
tiempos, para entretener a sus compañeros, se ha ejercitado

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

mucho en esas artes.


"Si en los prados de Murialdo — dice él mismo, con toda sencillez,
en sus Memorias— era un pequeño discípulo, ese año había
llegado a ser un regular maestro".
El saltimbanqui, mirando a Juan, de quien alguien le ha hablado,
grita que todos los alumnos del colegio de Chieri, juntos, no son
capaces de hacer una sola de sus pruebas.
Es un verdadero desafío, que irrita a los muchachos de la
Sociedad de la Alegría. El prestigio de su jefe está en peligro. Hay
que recoger el guante.
— Me comprometo — anuncia el charlatán— a cruzar Chieri de
punta a punta, por su calle más larga, en dos minutos y medio.
Y pasea su mirada insolente sobre el grupo de los colegiales,
abochornados y furiosos.
Hasta que se oye la voz tranquila de Juan:
— Yo lo cruzo en dos minutos...
Sensación de alivio y de admiración. Siempre es fastidioso que un
extraño se jacte de vencer a toda la ciudad. El charlatán se echa a
reír.
— Apuesto veinte Iiras, si quieres correr junto conmigo.
— No las tengo — responde Juan.
— ¡Nosotros las tenemos! ¡Nosotros te las damos! — contestan los
socios de la Alegría.
En ese instante, reuniendo su dinero, alcanzan la suma.
Nombran un juez de la carrera. Juan se santigua antes de partir.
Su enemigo lo aventaja durante el primer minuto; pero luego
Juan lo iguala, lo pasa y, mucho antes de llegar a la meta, le
quita toda ilusión de ganar. El saltimbanqui se vuelve furioso:

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

— ¡Cómo se conoce que has corrido detrás de las vacas de tu


país!
— Pero nunca delante de un burro, hasta hoy — le contesta uno
de la ciudad, entusiasmado por la proeza de Juan.
¡Vamos a ver! Apuesto el doble a que no saltas el canal del agua.
Me gustará verte nadar como un gato. ¡Cuarenta liras!
Vuelven a cotizarse los espectadores, y las cuarenta Iiras del uno
y las cuarenta Iiras del otro van a manos del juez, y todo el
concurso se dirige a un sitio donde pasa un canal de riego que
tiene al borde un pretil de piedra. El charlatán se coloca en
posición, balancea el cuerpo y salta, y va a caer al pie mismo de
aquel parapeto. Ir más allá, ni siquiera un centímetro, es
imposible.
Juan considera el negocio, y desde lo íntimo de su corazón Invoca
a la Virgen. Si él quiere ganar, no es por amor propio, ni por
codicia, sino por conservar su autoridad entre sus muchachos.
Se coloca en posición y se lanza, pero no se detiene junto al pretil,
sino que apoya las manos en él, da un salto mortal y cae de pie al
otro lado.
Una salva de aplausos lo premian. Las ochenta liras son suyas.
El charlatán no se da por vencido, y apuesta de nuevo sobre otra
hazaña, y vuelve a ganar Juan; y, por última vez, queriendo
desquitarse de un solo golpe, apuesta cien liras a quién llega más
alto por las ramas de un árbol que allí crece.
De buena gana Juan renunciaría a aquel juego, aunque debiera
devolver el dinero. Se acuerda que en su niñez, por sacar un nido,
cayó de arriba de un árbol y por poco se mató. Pero, como ocurre
siempre, su público empieza a compadecerse del charlatán, que

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

ha perdido ya cien liras, y no dejará echarse atrás a su campeón.


Lo justo es que le ofrezca esa última ocasión de desquitarse.
— ¿Vamos por las cien liras? — interroga el otro, seguro esta vez
de su victoria, al ver la incertidumbre de Juan.
— ¡Vamos! — responde éste, sin mayor entusiasmo.
Su rival se abraza al tronco del árbol, que es un olmo joven,
delgado y flexible, y trepa con la agilidad de un mono, y sube tan
alto, que desde abajo le gritan: "¡Basta, basta! ¡Se va a romper la
rama y te vas a matar!"
— ¡Esta vez sí que pierde Bosco! — dicen a media voz sus propios
partidarios.
Juan se quita la chaqueta, se vuelve a santiguar y, sin decir
palabra, empieza a trepar. Todos guardan silencio, porque la
prueba es decisiva y peligrosa. Llega al punto donde se ha
detenido su rival; allí las ramas crujen amenazadoras. Se ve que
vacila un instante; pero, agarrándose firmemente con sus recios
puños de campesino, se pone cabeza abajo y empieza a levantar
las piernas. Es un juego fácil en la barra fija; pero a quince o
veinte metros de altura, sin más apoyo que dos endebles ramas
de un árbol que se bambolea, la cosa tiene su mérito. ¡Ya está!
Sus pies sobrepasan un metro el punto adonde llegó su rival.
¡Con qué delirio lo aplauden! ¡Ha salvado el honor de Chieri y ha
ganado una pequeña fortuna!
El santimbanqui está lívido y mira desesperadamente a su
vencedor.
— Hagamos un trato — le propone éste—. Yo te devuelvo tus
liras, pero tú nos pagas un almuerzo a todos los socios de la
Alegría en la Fonda de la Mula.

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

— ¿Cuántos son los socios?


— Veintidós; conmigo, veintitrés...
— ¿De veras? ¿Me propones eso? ¡Vamos allá!
A dos liras por cabeza, en los tiempos del rey Carlos Alberto, en la
Fonda de la Mula, en Chieri, se almorzaba opíparamente. Y así lo
hicieron, con gran regocijo.
Inútil agregar que nunca más el saltimbanqui volvió a hacer
sonar su trompeta frente a San Antonio a la hora del catecismo
de los jesuitas, donde se reunían aquellos alegres muchachos con
su invencible capitán.
Aquellas satisfacciones no llenaban el corazón de Juan. Tenía
presente el sueño misterioso en que vio millares de muchachos a
quienes debía enseñar y conducir. Los socios de la Alegría eran
pocos. ¿Dónde estaban los demás?
Aprovechaba todos sus momentos de libertad para recorrer las
calles de Chieri. En lugares apartados solía encontrar grupos de
chicos de la calle, vagabundos sin parientes y sin hogar.
¿No eran esos los lobos, los zorros, los animales ariscos del
sueño, a los que debía convertir en corderitos mansos?
¡Allí ponía de manifiesto su ingenio y sus artes de prestidigitador!
Se sentaba en un banco, o en un montón de ladrillos, se ponía a
jugar solo, y a hacer pruebas con los dados, con la baraja, con
una pelota. No tardaba en verse rodeado por un corro de
admiradores.
Les ofrecía enseñarles aquellas pruebas, los entretenía hasta
ganar su confianza y, fingiéndose cansado guardaba sus enseres
y se ponía a contarles un episodio de la Historia Sagrada, con tal
vivacidad y colorido, que los retenía embobados.

67 Preparado por Patricio Barros


Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

— ¿Es posible que nunca hayáis oído esto?


Los chicos respondían que no.
— Pero ¿no habéis ido nunca a la iglesia de San Antonio? Allí hay
un hermosísimo cuadro en que está pintado esto. ¿No lo habéis
visto? ¡Qué lástima! ¿Queréis que yo os lo muestre? ¡Vamos allá!
Los conducía él mismo, y después de mostrarles la preciosa
pintura, les hacía rezar un avemaría delante de la Santísima
Virgen, la madre de los chicos de la calle, huérfanos o
abandonados.
Los pobres chicos sentían fundirse en su corazón la costra de
impiedad y llegar hasta ellos un rayo de ternura, y acababan
rogando a Juan que otro día los fuese a buscar.
Al anochecer volvía el Boschetto al café de Planta. Allí lo esperaba
Jonás, su mejor amigo, un joven de su edad, judío de religión,
que le enseñaba a cantar y a tocar el piano.
En esa época, los israelitas eran malquistos en los pueblos
cristianos, y estaban obligados a vivir en barrios especiales, el
famoso gheto. ¿Cómo se había hecho Juan aquella relación?
Alquilando libros un sueldo por día y por tomo a Elías, un librero
judío, que a veces le permitía leerlos en su tienda sin cobrarle
nada. Jonás era hijo suyo.
Juan tenía disposiciones excepcionales para la música, y
aprendió bastante con el joven israelita, y le pagó muy bien sus
lecciones convirtiéndolo al catolicismo. Y fue Jonás, hasta muy
viejo, un grande amigo del que más tarde fue Don Bosco.
Próximo a terminar el año escolar, volvió José Planta a proponerle
entrar en el negocio de su confitería, y como Juan le respondiese
negativamente, se empeñó en que había de explicarle por qué

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

razón no aceptaba tan ventajosa oferta.


El Boschetto le respondió con sencillez:
— Es que yo quiero ser sacerdote.
El otro lo mira con respeto y compasión mezclados, y lo deja en
paz, juzgando que los estudios lo están volviendo loco.
Porque para seguir la carrera eclesiástica hasta el fin, se
necesitan nueve o diez mil liras. ¿De dónde las va a sacar el
mísero Boschetto?
Así es. ¿De dónde las va a sacar? ¿Acaso aquella pobreza crónica
y las dificultades con que tropieza a cada paso no son indicios de
que Dios no quiere que sea sacerdote?
Su pensión en el colegio es de 21 liras por mes, y entonces ha
podido pagarla porque tres señores de Castelnuovo se han
comprometido a darle siete liras cada uno, hasta el fin del año
escolar.
Juan ve con tristeza aproximarse las vacaciones. ¿No podrá volver
nunca más al colegio? En aquella angustia, un fraile franciscano,
amigo suyo, del convento de la Paz, de Chieri, le propone ingresar
en su comunidad, y le promete que el superior lo eximirá de la
suma que debe aportar todo novicio.
Juan se llena de gozo. La Providencia parece mostrarle su
verdadero camino.
En sus Memorias describe lo que pensaba en aquella época: '"Si
me hago clérigo secular, mi vocación corre gran peligro de
naufragio. Renunciaré al mundo; iré a un claustro; me entregaré
al estudio y a la meditación, y combatiré mis pasiones,
especialmente la soberbia, que en mi corazón ha echado
profundas raíces".

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

Resuelto a hacerse franciscano, fue a pedir ciertos documentos al


párroco de Castelnuovo, Don Dassano, y le explicó su propósito.
No bien salió Juan de la casa parroquial, Don Dassano corrió a
comunicar a Margarita Bosco los planes de su hilo.
En el país hacen falta buenos sacerdotes seculares para los
muchos curatos que existían. El Boschetto prometía ser de los
mejores; pero si se entraba de fraile, no podría ejercer su
ministerio donde el párroco deseaba.
Don Dassano no conocía bien a Margarita Bosco y se lo
argumentó de tal manera que produjo en el ánimo de aquella
mujer apostólica un efecto contraproducente.
— Trate de disuadir a su hijo de tal propósito. Usted envejece. Un
día no podrá valerse. Si Juan entra en un convento, ¿quién la
sostendrá?
Margarita no contestó nada. Esperó que Don Dassano se alejase;
se echó el manto a la espalda y se fue a Chieri, con las manos
vacías para llegar más pronto.
— ¡Juan, hijo mío; acabo de saber esto, esto y esto!
Juan agachó la cabeza.
— Es verdad, pero no creía necesario avisarle, porque todavía hay
muchos trámites que hacer... ¿Qué dice usted? ¿Me da permiso?
— Y bien, hijo; lo que yo tengo que decirte es que debes examinar
primero cuál sea tu verdadera vocación, y luego seguirla sin mirar
para atrás, a nada ni a nadie. ¡Antes, la salvación de tu alma!
Don Dassano quiere que yo te niegue el permiso para ser fraile,
porque el día de mañana puedo necesitar de ti. Y yo te digo: en
estas cosas yo no entro. Yo de ti no quiero nada ni espero nada.
He nacido en la pobreza; he vivido en la pobreza; quiero morir en

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

la pobreza. Y ahora te digo solemnemente que si te hicieras


sacerdote y, por desventura, llegaras a ser rico, yo no iría nunca
más a verte. ¡Recuérdalo bien!
El tono, la actitud, las palabras de la madre se le quedaron
grabados a fuego para toda su vida. "Si, por desventura, llegaras
a ser rico..."
Durante cincuenta años, por las manos de Don Bosco han
pasado más millones que por las de muchos banqueros. Aquella
montaña de oro con que edificó templos, y escuelas, y talleres, y
hospicios en todas partes del mundo, no contaminó su corazón.
¡Qué pobre de espíritu aquel gran tesorero de la Providencia! Las
palabras sublimes de su madre no habían caído en tierra estéril.
Puesto que su madre no se oponía, Juan se confirmó en su
propósito de hacerse fraile. Por los días de la Pascua del año 34,
fue a Turín y solicitó su Ingreso en la Orden franciscana.
Se le sometió a un examen riguroso. En el libro de los
Conventuales Reformados se registra su aceptación en estos
términos: "Anno 1834, receptus fuit in conventu S. Miriae
Angelorum Ord. Reform. S. Francisci juvenis Joannes Bosco a
Castronovo, natus die 17 augusti baptizatus et confirmatus. Habet
requisita et vota omnia. Die 18 aprilis".
El convento al cual iba a pertenecer era el que él amaba, por la
frecuencia con que lo había visitado y su amistad con algunos
conventuales: el de la Paz, de Chieri. Todo estaba dispuesto,
cuando soñó una cosa extraña.
"Me pareció ver — cuenta él mismo en sus Memorias— multitud
de aquellos religiosos, con los hábitos revueltos, corriendo unos
en sentido contrario a los otros. Uno de ellos se me acercó y me

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

dijo: "Tú vienes aquí a buscar la paz, y aquí no la encontrarás.


¡Mira cómo están tus hermanos! Otro sitio, otra mies te prepara
Dios. Quise preguntar algo a aquel religioso, pero me desperté".
Profundamente impresionado, consultó a su confesor, el cual,
oyendo hablar de sueños y de frailes, no quiso comprometerse, y
le contestó secamente:
— En este negocio no me meto. Cada cual siga sus inclinaciones
y no los consejos ajenos.
Andaba el joven sumergido en esta dolorosa perplejidad, cuando
un amigo da Castelnuovo, un simple herrero, en cuya fragua
había trabajado más de una vez, le hizo una indicación.
— No decidas nada sin consultar con Don Cafasso.
Este era un sacerdote afamado por su virtud y su discreción, que
vivía en Chieri y a quien Juan conocía. La verdad es que no se le
había ocurrido consultarlo.
Fue en su busca, le explicó su asunto y le pidió su opinión. Y Don
Cafasso le respondió:
— No decidáis nada ahora; proseguid los estudios, entrad en el
arruinarlo y allí esperad la indicación del cielo, que no os va a
faltar.
El hecho es que Juan no tenía materiales para seguir ese consejo.
En las vacaciones habitaba la casa de su madre que vivía ahora
en Sussambrino, con su hermano José, que se había casado.
Se ocupaba en toda suerte de trabajos; era zapatero, o labrador, o
herrero, o carpintero, y leía en sus ratos libres y enseñaba la
doctrina a los chicos de la aldea.
Por entonces cayeron en sus manos unos libritos de la Obra de la
Propagación de la Fe, fundada en Francia, y que empezaba a

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

extender su acción en Italia.


En ellos se refería la prodigiosa labor de los misioneros, que
llevaban el Evangelio a países remotos y salvajes y sufrían el
martirio por su fe.
El corazón generoso de Juan se inflamó. Allí estaba la clave de su
sueño. Los lobos, y los osos, y los otros animales eran los crueles
mandarines del Tonkin, y los emperadores de la China, y los
antropófagos del Africa. A ésos tenía que convertir en corderos,
obedeciendo a la voz de su misteriosa aparición.
¡No, no estaba allí el secreto de su vocación!
Terminadas las vacaciones de ese año, hallamos a Juan instalado
otra vez en Chieri, siguiendo el curso de Retórica 18341835.
Le costean la pensión el nuevo cura vicario de Castelnuovo, Don
Cinzano, y otros protectores, que fundan grandes esperanzas en
el pobre Boschetto.
Por ocho liras al mes tenía alojamiento y comida en casa de un tal
Tomás Camino, sastre, que vive en la plaza de San Bernardino,
cerca de la iglesia de San Antonio adonde el joven oía misa casi
todas las mañanas antes de ir a clase.
Buen hombre el tal Camino. Primero le enseñó a pegar botones
con pescuezo y a hacer remiendos más o menos invisibles, y
cuando le tuvo confianza, le prestó las tijeras y le permitió cortar
chaquetas y pantalones para sus parroquianos, que no eran muy
exigentes.
Buen hombre, pero de ideas harto simples. Poco a poco se le
entró en la mollera que Juan era brujo y tenía pacto con el diablo,
y lo acusó a la autoridad eclesiástica. En aquellos tiempos esa
acusación era más peligrosa que hoy. Aunque no llegara a

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

quemarse vivos a los, hechiceros como en otras épocas, los


convictos de artes diabólicas sufrían graves sanciones, por ser
considerados explotadores maliciosos del pueblo ignorante o
crédulo.
La verdad es que Juan, para divertir al dueño de casa y a sus
amigos, echaba mano a sus artes de juglar, con tal perfección,
que sus hazañas parecían exceder a las fuerzas del hombre.
Camino metía la mano al bolsillo y hallaba su dinero convertido
en rodajas de cartón. Se enloquecía buscando sus anteojos, y los
encontraba, después de la cena, en el fondo de la sopera de
macarrones. Bebía, y el agua se le convertía en vino. Llenaba de
vino el frasco, y, al verter, lo hallaba transformado en agua.
Se reía a veces, pero a veces se indignaba, y acabó formando un
pésimo juicio del Boschetto, porque sus explicaciones no eran
suficientes.
Un día Camino celebra su santo, invitando a comer a algunos
amigos. Les anuncia con mucha prosopopeya, como especialísimo
plato, un pollo en gelatina que él mismo había preparado. Los
comensales aguardan el manjar con el agua en la boca.
Conociendo la buena pieza que es su huésped, y por temor a sus
bromas, el sastre vigila a Juan y no lo deja arrimarse a la fuente
del pollo, cubierta cuidadosamente.
Y en el momento oportuno, la trae él mismo, la coloca en el centro
de la mesa y la descubre con toda ceremonia. Y he aquí que, en
vez de un pollo en gelatina, salta un gallo vivo, que, al ver las
luces, se pone a cantar.
No; eso no tiene explicación en este mundo. Son cosas del diablo:
lo que se llama la magia negra.

74 Preparado por Patricio Barros


Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

Al día siguiente Cumino coge el sombrero y se va calladito a


consultar con un tal Don Bertinetti, sacerdote vecino suyo. Don
Bertinetti coincide con él; eso es magia negra, y él mismo lo
denuncia a la autoridad eclesiástica.
Correspondía el asunto al arcipreste de la catedral, el canónigo
Buzzio, que no se andaba con paños tibios en negocios de
brujería.
Manda llamar al presunto hechicero. Juan llega, sospechando de
qué se trata, muy serio por fuera, pero bailándole la risa por
dentro e ingeniándose para salir airoso del enredo.
El canónigo está rezando el breviario: hay que esperar que
termine. Luego entra un pobre, a quien Don Buzzio socorre
caritativamente. En seguida es el turno de Juan.
El canónigo lo lleva a su gabinete, creyendo tratar con un
redomado bribón; empieza su interrogatorio dando rodeos. Le
pregunta por sus creencias y su catecismo, y Juan le da
contestaciones perfectas.
Le averigua en que se ocupa, qué gentes trata, a qué sitios
concurre, y no deja de sorprenderse del estilo, sin sombras de
malicia, del presunto mago.
El canónigo comprende que el mozo es más ladino que él, y le
increpa;
— Está muy bien lo que tú me dices, pero no es lo que otros me
han dicho de ti. Sé que penetras los pensamientos ajenos, que
adivinas el dinero que uno tiene en el bolsillo, que haces ver
negro lo blanco y lo blanco negro, que conoces el porvenir... Todo
esto es imposible si no te sirves de la magia; aquí anda la mano
de Satanás... Dime pues, ¿quién te enseñó esa ciencia? Dímelo

75 Preparado por Patricio Barros


Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

todo confidencialmente, y te prometo no servirme de tu


declaración sino para hacerte bien.
El acusado con la mayor tranquilidad, le responde:
— Señor arcipreste, concédame cinco minutos para contestarle.
— ¡Concedido! — dice el canónigo, frunciendo el ceño y temeroso
de alguna trapisonda.
Pero tenga la bondad de decirme la hora exacta.
El canónigo mete la mano en el bolsillo; no encuentra su reloj.
Juan sonríe imperceptiblemente.
— Si no tiene reloj, no importa. Présteme una moneda de cinco
sueldos; allí veremos la hora.
Maquinalmente el canónigo vuelve a meter la mano con cierta
inquietud. Busca de un lado, busca de otro. ¡Ni bolsa, ni reloj!
Creyéndose objeto de una diabólica burla, monta en cólera.
— ¡Bribón! ¡Servidor del demonio! Ya me has robado la bolsa y el
reloj. Yo no puedo callar esto; mi obligación es denunciarte, y no
sé cómo me contengo y no te doy aquí mismo una paliza.
¿Pensará alguien que el Boschetto se turbó? Es no conocer el
maravilloso dominio que tenía sobre sus nervios. Su actitud era
tan serena, que el canónigo se sintió abochornado de su
exabrupto, y, dominándose, dijo:
— Hablemos amistosamente; explícame estos misterios. Yo tenía
en la faltriquera reloj y bolsa con dinero. ¿Cómo han
desaparecido? ¿Dónde están?
— Señor arcipreste — respondió respetuosamente Juan—, no hay
aquí ningún misterio: todo es inteligencia rápida, preparación del
terreno y ligereza de mano.
— ¿Qué inteligencia puede haber en esta desaparición de mi reloj

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y de mi dinero?
— Se lo explicaré en pocas palabras. Cuando yo entré, vuestra
reverencia acababa de dar limosna a un pobre y había puesto la
bolsa sobre el reclinatorio, y vi que mientras rezaba el breviario
tenía el reloj sobre esta mesita. Vuestra reverencia pasó un
instante a la otra pieza, y yo lo aproveché para esconder los dos
objetos. Cuando volvió, no viéndolos, pensó que los tenía, como
de costumbre, en el bolsillo, Sin embargo..., están aquí.
Levantó Juan una pantalla y aparecieron la bolsa y el reloj.
Se echó a reír el arcipreste y pidió a Juan otras muestras de su
habilidad, las cuales se las dio el joven muy gustoso.
— ¡Bravo! — exclamó Don Buzzio, despidiéndolo—. A los que te
acusen de artes diabólicas, les contestaremos que ignorantia est
magistra admirationis.
Don Bosco, en sus Memorias, se acusa de aquellas travesuras con
estilo encantador de franqueza y sencillez.
"Viéndome pasar los días con tanta disipación, alguno podrá
pensar que yo descuidase el estudio. No niego que habría podido
estudiar más; pero puedo asegurar que la atención en clase me
bastaba para aprender cuanto necesitaba. Tanto más, que en
aquel tiempo yo no establecía diferencia entre leer y estudiar, y
con toda facilidad podía repetir la materia de un libro con sólo
haberlo leído u oído leer. Además, mi madre me había habituado
a dormir muy poco, y podía pasarme dos tercios de la noche, a la
luz de una vela, sobre los libros, y tener el día entero a mi
disposición para hacer escuela privada o repeticiones a otros, a lo
cual me prestaba por caridad o amistad, si bien algunas veces me
pagaban... De los tomitos de la Biblioteca Popular leía uno por

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

día, y muchas veces me ocurrió que llegaba la hora de levantarme


y yo todavía estaba en la Década de Tito Livio, cuya lectura había
comenzado la noche antes. Esto arruinó mi salud de tal modo que
durante años anduve próximo a la tumba. Por eso aconsejo a los
jóvenes que hagan lo que se puede y nada más. La noche es para
descansar. Exceptuando caso de necesidad, nadie debe, después
de cenar, aplicarse a estudios científicos."

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

§ 6.
Seminarista en Chieri

De los muchos amigos que se hizo Juan entre los pastores de los
Becchi y de Murialdo, los obreritos de Castelnuovo, los
estudiantes de Chieri, hubo uno que entró profunda y
tiernamente en su corazón.
Por él conoció la incomparable dulzura de la verdadera amistad y
probó por él uno de los más acerbos dolores de su vida, tanto,
que al perder a ese amigo estuvo a punto de morir, y se prometió
no dejar atar nunca más su pobre corazón con lazos tan fuertes.
Y así lo cumplió.
Era a principios del año escolar, cuando no se conoce aún a todos
los nuevos alumnos. El ya habitaba en casa del simple CUmino y
había ido de visita a una pensión, donde alguien le dijo que iban
a tener un santo por camarada en el colegio,
"Tomé el anuncio como una broma — cuenta él mismo—, y no
hice caso".
A los pocos días advirtió la presencia de un nuevo condiscípulo,
como de quince años. Parecía tímido, pero la timidez es una
forma disimulada del orgullo, y aquél no era orgulloso: más bien,
dulce y triste. Tampoco triste, porque la tristeza no se casa con la
santidad. Era, en suma, un muchacho juicioso que, en medio del
tumulto de los demás, se destacaba por la reserva y la gracia de
sus modales.
Juan, turbulento y aficionado a los juegos que requieren ingenio y
fuerza, no se le acercó por entonces, ni siquiera recordó el
anuncio que le habían hecho.

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

Pero un día vio que uno de sus camaradas pretendía que el nuevo
jugase con él.
— Yo no sé jugar, no tengo práctica; haría una mala figura.
Existen en todos los colegios tipos de colegiales groseros y
despóticos que, por ser más forzudos o más diestros, o
simplemente más audaces, pretenden dominar a los otros,
especialmente a los más débiles. ¡Ay de los indefensos que no se
pliegan a su voluntad! Los burlan, los persiguen, los maltratan,
provocan sobre ellos el desprecio de sus satélites y amigotes, que
admiran todo lo que es prepotencia y vigor.
El que había invitado al nuevo era uno de esos jóvenes déspotas,
que no por ser groseros dejan de ser, las más de las veces,
cobardes. Por la humildad de la negativa, adivinó la debilidad del
joven estudiante, y lo cogió autoritariamente del brazo.
— ¡Ven conmigo! ¡Si no vienes, te llevaré a puntapiés y a
puñetazos!
— Pégame si quieres, pero yo no sé jugar.
— ¡Para que aprendas!
¡Plaf, plaf! Dos sonoras bofetadas en el rostro del nuevo. Juan
corre, hirviendo de cólera. Cree que el ultrajado se animará a
responder con otras bofetadas, y se apresta a ayudarlo.
Pero sólo escucha esta heroica respuesta:
— Si ahora estás satisfecho, déjame; yo no te guardo rencor.
El déspota, injusto y grosero, se siente humillado por aquella
inverosímil mansedumbre. De buena gana se vengaría con
nuevas bofetadas: pero los puños de Juan son famosos en el
colegio, y sus ojos lanzan llamas de indignación. Más prudente es
dejar la venganza para otra vez. Ese día conoció el Boschetto a

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

Luis Comollo.
A Juan, exuberante de fuerza y de impulso, le hacía bien la
mesura y la prudencia de Luis; y para éste era por todas las
razones valiosa la protección de Juan.
Había otro muchacho, un tal Antonio Candelo, bondadoso y
tímido al estilo de Comollo. Un día los más perversos se proponen
aporrearlos.
El bravo pastor de los Becchi oye la gritería y llega a tiempo,
— ¡Cuidado con tocármelos ninguno! ¡San mis amigos! ¡Ay del
que los maltrate!
¡Bah! Él es uno solo, y los otros son más de veinte. Su
generosidad les parece una insoportable arrogancia. ¡Plaf, plaf!
Llueven los trompis sobre los dos protegidos del Boschetto.
Pero éste, que no cuenta los enemigos, salta sobre ellos, y para
aumentar la eficacia de sus golpes, coge a uno por las patas, lo
revolea como un molinete y en medio minuto despeja el redondel,
No sea crea que Luis Comollo admira la hazaña. Le agradece su
protección y le hace a la vez un reproche:
— Tu fuerza, querido Juan, me asusta. Créeme, Dios no te la ha
dado para dominar a los compañeros. Su voluntad es que nos
amemos, nos perdonemos y devolvamos bien por mal.
Bajo aquella dulzura se esconde, pues, una insospechada
energía. Juan, el fuerte, queda cautivado. Es mayor que su amigo
casi cuatro años y sabe mucho más que él; y, sin embargo, a su
lado se siente como un discípulo que tiene mucho que aprender.
Un día, recorriendo juntos las calles de Chieri, pasan por delante
de una iglesia. Y Juan inadvertidamente, no la saluda quitándose
el sombrero.

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

— Tú, mi Juan, vas tan atento cuando tratas con los hombres,
que no te fijas que pasas delante de la casa de Dios.
Otra vez, oyéndole recitar sin reflexión una frase de la Sagrada
Escritura, le dice:
— La palabra del Señor no debe servirnos para cosas ligeras.
Aquel año terminó Juan la Retórica; llegaba el momento de entrar
en el Seminario.
¡Qué pobreza la suya! No tenía para comprar su ropa. Todo lo
proveyeron los vecinos de Castelnuovo. Uno, la sotana; otro, el
manteo; quién, el sombrero; quién, un par de zapatos.
El 25 de octubre de 1835, en la iglesia parroquial de Castelnuovo,
viste por primera vez el hábito clerical.
"Desde ese día — refiere en sus Memorias— tuve que
preocuparme de mí mismo. Tenía que reformar la vida que hasta
entonces había llevado. Sin ser un criminal, había sido disipado,
vanidoso, amigo de paseos, juegos, saltos, pruebas y cosas
parecidas, que me alegraban momentáneamente pero que no me
saciaban el corazón".
Ese día escribe en una libretita, que guardará preciosamente, lo
que va a ser la norma de su vida:
"1.— En el porvenir no tomaré parte en los espectáculos públicos,
en las ferias o mercados; ni asistiré a bailes ni a teatros, y, en lo
posible, tampoco iré a las comidas que suelen darse en tales
ocasiones.
"2. — Nunca más haré pruebas de prestidigitador, de
saltimbanqui, ni juegos de manos; ni tocaré el violín, ni saldré a
cazar. Reputo estas cosas contrarias a la gravedad del espíritu
eclesiástico.

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

"3.— Amaré y practicaré el retiro, la templanza en comer y beber,


y no tomaré más horas de reposo que las absolutamente
necesarias para la salud.
"4. — Puesto que en el pasado he servido al mundo con lecturas
profanas, en el porvenir procurare servir a Dios entregándome a
lecturas religiosas.
"[Link]é con todas mis fuerzas toda cosa, toda lectura,
pensamiento, palabra y obra contrarios a la virtud de la castidad.
Y, a la inversa, practicaré todas aquellas cosas, aun las más
pequeñas, que puedan contribuir a conservar esta virtud.
"6— Además de las prácticas ordinarias de piedad, no omitiré
nunca el hacer cada día un poco de lectura espiritual.
"7.— Cada día referiré algún ejemplo o máxima útil a las almas.
Haré esto con mis compañeros, mis parientes y relaciones, y, a
falta de ellos, lo haré con mi madre".
En el fervor del nuevo estado, en la generosa plenitud de su
corazón de veinte años, Juan exagera algunos puntos de su plan
de vida. Consultado poco después el piadoso Don Cafasso, joven
sacerdote que va a ser durante muchos años su consejero, le
muestra la inutilidad de ciertos sacrificios. ¿Por qué renunciar a
esas habilidades de ingenio, con que puede honestamente recrear
a sus compañeros en horas propicias? Ciertos paseos al aire libre,
o la concurrencia a las fiestas sociales, no son tampoco malos en
sí mismos, y pueden servir para mantener la cordialidad entre los
vecinos de un pueblo y la amistad del sacerdote...
A Juan le parece que lo mejor es ceñirse, una vez por todas, a
aquellos siete puntos. Debajo de la sotana del seminarista está
aquel pastorcillo de los Becchi, tenaz hasta lo temerario. Una vez,

83 Preparado por Patricio Barros


Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

un nido, en un árbol muy alto, casi le cuesta la vida. Otra vez por
alejar del pueblo a un charlatán, la arriesga generosamente. Su
voluntad fue siempre un resorte del más templado acero. Algo
había detrás de esa tenacidad que rayaba en lo heroico.
Observémoslo bien: todas sus acciones están marcadas por un
propósito. Lo mueve una insaciable ambición. Quiere ganar a
todos, quiere atraer a todos, quiere que todas lo rodeen y lo sigan
y aprendan lo que él va a enseñarles.
No da un paso en la vida que no sea el de un conquistador. Pero
sus conquistas son para su Rey. ¡Oh Señor, mi Dios y mi Rey!
¡Dame muchas almas como piedras en bruto, y yo te las devolveré
esculpidas a tu imagen y semejanza! Lo demás no me importa.
Dios concede gracias distintas a cada hombre: a uno le da la paz;
a otro, la ambición.
Aquel a quien le dio la paz no se queje cual si hubiera recibido
poco, porque es un gustosísimo bien, presentimiento de la gloria.
Y tampoco se queje aquel a quien dio la divina inquietud de
conquistarle mundos; no se juzgue indigno de ese don; oriéntelo
para que hinche las velas que han de cruzar los mares; inflámelo
y levántelo, como la llama de un volcán, para que alumbre
muchos pueblos.
El oído del uno percibe el encanto de las palabras de la Imitación:
"Trata de hacer antes la voluntad de otro que la tuya; escoge
siempre tener menos que más; busca siempre el lugar más bajo, y
estar sujeto a todos."
El oído del otro comprende mejor las misteriosas palabras de
Cristo: "No penséis que he venido a traer la paz sobre la tierra; he
venido a traer, no la paz, sino la espada."

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

El uno será místico o filósofo, o trabajará en su jardín interior, y


se llamará Kempis, o Tomás de Aquino, o Juan de la Cruz.
El otro será apóstol o fundador, y se llamará Pablo de Tarso, o
Domingo de Guzmán, o Ignacio de Loyola. ¿Cuál de estos tipos de
santidad es más sublime? ¿Cuál es para aquel tiempo, cuál para
este otro?
La vara grosera con que los hombres medimos nuestras
mercaderías no sirve para medir las cosas celestiales. Nunca
sabremos, si no es por revelación, qué ha hecho más bien al
mundo, si el pequeño libro de los Ejercicios de San Ignacio o la
inmensa Suma Teológica de Santo Tomás; si la comunión
espiritual de una enferma, cuya santidad jamás conoceremos, o el
martirio de un Papa.
"No te pongas a disputar — dice Kempis— de los merecimientos
de los santos, cuál sea más santo o mayor en mi reino."
“Guárdate, hijo, de tratar curiosamente de las cosas que exceden
tu saber, mas trabaja lo que puedas para ser siquiera el menor en
mi reino."
El pastorcito de los Becchi ha soñado una vez hallarse en medio
de unos muchachos que blasfemaban, y se ha arrojado contra
ellos para hacerlos callar a puñetazos. Ha oído las palabras de
Jesús, camino del Monte de los Olivos: "Que el que no tenga
espada, venda su manto y compre una", y él ha respondido
impetuosamente, como los servidores del Maestro: "Señor, aquí
tenéis dos"1.
Pero el maestro lo ha mirado con dulzura. Su reproche parece
una contradicción: "Deja tu espada en su vaina, porque

1 Lucas 22, 36-38.

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

quienquiera que use la espada perecerá por la espada" 2.


¿Qué hacer, Señor, si no comprendo lo que me mandáis? Y en
aquel primer sueño misterioso oyó la respuesta: "A su tiempo lo
comprenderás. Yo te daré la maestra que te enseñará lo que has
de hacer."
Entretanto, Juan se apresta para el grande apostolado con que
sueña: recoger a los niños del pueblo y enseñarles.
Mas, en pleno entusiasmo, había advertido el peligro de la acción
exterior cuando no corre pareja con el cultivo de la interior
santidad,
"Mejor es esconderse y curar de sí — le ha dicho Kempis—, que,
con descuido propio, hacer milagros."
Y en otros cien pasajes ha confirmado esta doctrina: "Después de
haber discurrido por todas las cosas, ¿qué ganaste si de ti te
olvidaste?"
El cultivo del hombre interior debe ser la primera preocupación
del que se siente llamado a una misión, a tener influencia en el
mundo.
Mientras más altos son los mástiles y más amplias las velas, el
casco debe calar más hondo. Mientras más intensa y visible es la
acción exterior de un sacerdote, más profunda y ferviente debe
ser su vida interior.
¡Ay de los buques sin quilla y con demasiadas velas!
Como una gimnasia para robustecer al hombre interior,
contrapeso del hombre exterior, se fija en su programa aquella
obligación: "Además de las prácticas ordinarias de piedad, no
omitiré nunca el hacer cada día un poco de lectura espiritual."

2 Mateo 26, 52.

86 Preparado por Patricio Barros


Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

Su perspicacia le hace adivinar el escollo de muchas vocaciones


sacerdotales. Las prácticas ordinarias de piedad no bastan para
mantener el fervor. Al cabo de un tiempo, se realizan
maquinalmente, y el espíritu se duerme en la costumbre y acaba
por enfriarse en el propio engaño.
¡Ya está, pues, en el seminario!
El destino de Juan es sobresalir en todo lo que emprende. Pone
tal atención y perseverancia en sus ocupaciones, que, por
extrañas que sean, las realiza con perfección.
Por ejemplo, en ese primer año de seminarista, Juan se destaca
no sólo como un buen estudiante, sino como un estupendo
jugador a las cartas.
Don Cafasso le había aconsejado no esquivarse cuando los otros
seminaristas lo invitaran a echar una partida de naipes. Toda
honesta diversión mantiene la cordialidad entre los hombres.
— ¡Ah! ¿Sí?— se dijo Juan—. ¡Peor para ellos!
Y no se rehuyó más, y jugaba con tal fortuna o, digamos, con tal
habilidad, que acababa con los bolsillos repletos de sueldos, que
después devolvía a sus afligidos adversarios.
Mayor era el otro inconveniente de su manera de jugar, pues se
absorbía de tal manera en sus combinaciones, que después no
podía ni estudiar ni rezar.
"Tenía — confiesa graciosamente— la imaginación llena de reyes
de copas y sotas de espadas. Por lo cual, a mediados de 1836,
resolví no jugar nunca más a las cartas"
Por aquel tiempo volvió a soñar cosas misteriosas, cuya
interpretación le costaba muchas cavilaciones. Porque había
empezado a creer que sus sueños eran mensajes del Señor.

87 Preparado por Patricio Barros


Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

Hemos visto ya que desde muchacho lamentaba la poca afición de


los sacerdotes a tratar con el pueblo, especialmente con los niños
y las gentes humildes.
Por una dignidad mal entendida, la mayoría de los curas de
campaña se limitaban al cumplimiento estricto de sus funciones
y vivían encastillados en sus sacristías. Costumbres de la época.
Lo mismo observó en el seminario.
"Al rector o a los otros superiores — cuenta en sus Memorias —
no los visitábamos sino una vez al entrar de las vacaciones y otra
al salir. Nadie iba a hablar con ellos sino cuando se trataba de
recibir una reprimenda.
"¡Cuántas veces hubiera querido pedirles un consejo o la
aclaración de una duda, y no pude!
"Y sucedía que al pasar un superior por el sitio de los
seminaristas, todos escapaban para un lado y otro, como de una
bestia negra.
"Eso encendía mi deseo de ser pronto sacerdote, para
entretenerme con los jovencitos, asistirlos, conocerlos bien,
vigilarlos, ponerlos en la imposibilidad de mal proceder".
Pues bien; el sueño que tuvo fue así:
Se vio sacerdote ya, con estola y sobrepelliz, cosiendo en una
sastrería. Pero observó que el paño que le habían dado no era
nuevo: eran retazos viejos, que debía remendar.
Por entonces no comprendió lo que eso significaba, pero más
tarde se le ocurrió la interpretación.
Su misión no era de rodearse de muchachos buenos, sino de
atraer a los desviados para corregirlos y contribuir al
mejoramiento de la sociedad.

88 Preparado por Patricio Barros


Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

Y vinieron las vacaciones, y él partió para la casa de su madre, en


Sussambrino, no lejos de su amada aldea natal. Sus paisanos, los
parroquianos de la escuela de Castelnuovo, sus viejos conocidos,
abrían la boca al mirarlo. Y cuando pasaba, quedaban haciendo
comentarios detrás de él.
— ¡Miren al Boschetto, el hijo de Margarita!
— Sí, pues; el que vendía jaulas y plantas medicinales y hongos,
que recogía cuando llevaba las vacas al pasto.
— ¡Peor que eso! El que bailaba en la cuerda como un
saltimbanqui, y le cortaba la cabeza a un gallo y lo resucitaba, y
adivinaba la edad a las viejas.
— ¡Quién había de creer que el Boschetto aprendiera latín!
Juan gozaba provocando aquellas sorpresas.
Un día se fue de visita a los Moglia, donde había servido por
quince liras anuales. Ciertamente, ahora no era más rico, pero
vestía sotana...
Al ver aproximarse a aquel sacerdote que andaba a pie y que no
es como los otros, pues cruza la tierra labrada para acortar
camino, los labriegos que están amontonando las gavillas se
preguntan: ¿Quién será? Y cuando reconocen a su antiguo
criado, su estupor no tiene límites.
— ¿Habéis visto cómo acabaré siendo sacerdote?
— Todavía no has cantado misa — le responde el tío Luis Moglia,
que nunca fue muy amigo suyo, porque cuando llegó a pedirle
trabajo le dio con la puerta en las narices—. Todavía está por
verse si te llamaremos Don Bosco o Don Bocc...
En el dialecto del país, bocc significa hombre simplote, de pocos
alcances.

89 Preparado por Patricio Barros


Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

El caso es que el bocc, el simplote de los Becchi, durante tres


meses de esas vacaciones fue llamado por los jesuitas de Turín a
enseñar griego a un curso de su colegio, que habían trasladado
momentáneamente a su residencia veraniega de Montaldo, para
huir del cólera que azotaba la capital del Piamonte.
Juan sabía apenas la gramática y hacía, a fuerza de diccionario,
algunas traducciones. Pero desempeñó muy bien su cometido, y
mientras enseñaba a los que sabían menos, aprendía de un gran
helenista, el padre Bini, que allí vivía. Este le tomó cariño, y
cuando se separaron siguió dándole clases por correspondencia.
Cada semana Juan le enviaba una versión, y el padre se la
devolvía con observaciones. Así, durante cuatro años, al cabo de
los cuales leía y escribía el griego casi tan bien como el latín.
Al comenzar el segundo curso, tiene la alegría de encontrar, en el
primer año de seminario, a su dulce amigo Luis Comollo. ¡Nunca
más se apartarán sus caminos! Al menos, así lo cree Juan, que
rebosa de entusiasmo.
Es siempre tan pobre como cuando por primera vez llegó a Chieri.
En las horas libres acude a la portería, donde lo aguardan varios
alumnos de gimnasio. Le traen sus cuadernos, sus problemas de
Geometría y de álgebra, sus versiones latinas, sus composiciones
literarias. Los corrige, les explica, y recibe gustoso y
humildemente lo que le quieran pagar, cuando pueden.
Con esas pequeñas ganancias costea sus libros y ropa y hasta
hace caridades a otros tan pobres como él, pero menos
industriosos.
De estos detalles expresivos está llena su vida. Con hundir las
manos en el tesoro de sus Memorias, las sacamos llenas.

90 Preparado por Patricio Barros


Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

Esas Memorias las escribió Don Bosco por mandato expreso del
Papa Pio IX. Allí refiere episodios que piensa van a humillarlo o a
apocarlo en el juicio de los lectores. «Estos, en cambio, se sienten
penetrados de cariño y de admiración ante el simpático realismo
de las confesiones.
Allí nos cuenta que la soberbia había echado profundas raíces en
su corazón. Era su pecado dominante. Quienes lo conocieron o
han leído su Vida sonríen ante esa acusación. También San Luis
Gonzaga se recriminaba con amargura los dos pecados de su
niñez: haber hurtado un poquito de pólvora para disparar un
cañoncito, y haber aprendido algunas palabras groseras con los
soldados de su padre.
Sin embargo, en la acusación de Don Bosco hay una parte de
verdad. Su naturaleza ardiente, su ingenio vivo, su temperamento
dominador, lo inclinaban a la soberbia y a la cólera.
Semejante al que fue su modelo, y con cuyo nombre bautizó su
Congregación: San Francisco de Sales.
¿Hay quien no sepa la celestial dulzura de este santo? No
obstante, cuando le preguntaron cuál era el vicio de su
temperamento, confesó que la cólera, y que el sofocarla le había
costado años de esfuerzos y muchas derrotas.
La cólera es la espuma exterior de ese torrente que hierve dentro
de nosotros: la soberbia. Hay quienes logran comprimirla y
disimularla, y quienes la dejan derramarse en el exterior.
Lo que importa es cegar la vertiente donde nacen el torrente y su
espuma.
Juan Bosco tenía ese defecto, mas lo reconoció desde temprano y
se aplicó a corregirlo con la tenacidad que él ponía en todas sus

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

empresas.
Cuando, en las vacaciones, vuelve a su país, los mismos que
antes lo despreciaron lo agasajan e Invitan a comer. El Boschetto,
el hijo de Margarita, es ya una pequeña gloria de la comarca.
"Un gran peligro para los seminaristas — nos advierte en sus
Memorias— suelen ser las vacaciones, que en aquel tiempo
duraban cuatro meses y medio, desde la fiesta de San Juan
Bautista hasta la de Todos los Santos. Yo empleaba el tiempo
leyendo y escribiendo, y también trataba de matarlo torneando
bochas. Cosía trajes, hacia zapatos, trabajaba de herrero,
carpintero y encuadernador de libros. Todavía hay en mi casa de
Murialdo un escritorio, una mesa y algunas sillas, obras maestras
de aquellas vacaciones. Trabajaba en el campo, segaba la hierba,
trillaba el trigo, vendimiaba las viñas y preparaba el vino.
Enseñaba también a mis muchachos, pero esto solamente me era
posible en los días de fiesta".
Una tarde está cepillando unas maderas en el patio de su casa.
Se ha quitado la sotana, porque hace mucho calor. De repente ve
aparecer uno de sus viejos tíos, que viene a invitarlo a almorzar
con él, en una fiesta que dará al día siguiente.
A Juan le agradan poco semejantes invitaciones. Algunas veces
no hallaba manera de esquivarse sin resentir a las personas que
con tan buena intención lo buscan. Pero le cuesta ir a esas
reuniones, en que se come, se bebe y se baila. ¡Qué papel hace
allí un clérigo con su sotana y su aire compungido! Acepta sin
gusto, y va al otro día. Todas las miradas convergen sobre el joven
seminarista de cabellos ensortijados, que empieza a comer
silencioso y, en el fondo, inquieto.

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

Al principio las cosas no van mal. Pero cuando aquellos paisanos,


ignorantes y rústicos, han saciado el hambre, cuando el vino se
les sube a la cabeza, se sueltan pullas groseras y de doble
sentido, y algunas evidentemente torpes.
Juan se pone colorado; luego se pone pálido. Hay que hacerlos
callar. Pero nadie le escucha; unos ríen, otros discuten. Lo mejor
es mandarse mudar. Busca su sombrero.
— ¿Qué haces, Juan? ¿Te piensa ir? exclama el tío acudiendo a
atajarlo.
— ¡Un clérigo no puede escuchar ciertas cosas!
— ¡Hombre de Dios! Me ofendes y los ofendes a ellos si te vas en
mitad de la comida... ¿Acaso no conoces las costumbres del país?
— Pues no lo tomen a ofensa, porque no es mi intención; pero yo
me voy, y ellos estarán más contentos de no verme...
El tío imagina una transición, Los hará callar a todos para que el
sobrino se quede hasta el final. Pero los comensales, soliviantados
por el ardiente vino piamontés, encuentran insufrible que aquel
mozalbete pretenda imponer condiciones para quedarse. Replican
ásperamente. Insultos, amenazas, gritos de las mujeres
asustadizas, blasfemias de los hombres ebrios. ¡Zas!, un
botellazo.
Cuchillos en el aire, platos y copas. Bofetadas a granel. Una
verdadera bacanal.
Y a todo esto, Juan, arremangada la sotana, corría por el camino
de su aldea, repitiéndose:
— ¡Estas cosas no son para clérigos!
Algún tiempo después Juan no tuvo más remedio que aceptar la
invitación de otro tío, el tío Mateo, para la fiesta de San

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

Bartolomé, que celebraban en el pueblecito de Croveglia. La


función era en la iglesia, y Juan consintió en ayudar a los
músicos con su violín.
Vino luego el almuerzo en casa de su tío, y fue más por
acompañar al señor cura que por propia afición.
¡Al menos esta vez, por respeto al párroco, no se emborracharán!
No, no se emborracharon; mas al final de la comida se les ocurrió
pedir a Juan que tocara el violín: tan grata les había resultado la
misa de esa mañana. Juan se excusó alegando, como era cierto,
que había mandado a su casa el instrumento.
Pobre excusa. Le presentan otro violín, y hasta el cura insiste en
el pedido. No hay manera de escaparse. Empieza a tocar a
disgusto; pero, luego no más, con brío, arrebatado por su propia
inspiración.
¡Qué satisfacción produce en sus buenos oyentes! Pecado habría
sido negarse, con descortesía, a complacerlos.
Pero ¿qué es ese tableteo que se oye a sus espaldas? No se anima
a darse vuelta, porque su tío y el párroco están delante y lo
escuchan embelesados.
El ruido aumenta y acaba por hacérsele sospechoso. Vuelve,
pues, la cara disimuladamente. ¡Santo Dios! Hace un buen rato
que, al son de su violín, se ha armado un baile y unas cuantas
parejas danzan con entusiasmo.
Un secreto furor lo domina. No pudiendo desahogarse con los
otros, se enoja consigo mismo.
Devuelve el instrumento, da las gracias cortésmente, y, en
llegando a su casa, saca el violín, que buenas liras le ha costado y
que podría vender, y — no es dueño de su indignación— con las

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

manos, con los dientes, con los pies, lo hace trizas y echa al fuego
los pedazos.
Nunca más volvió a tocar el violín, ni siquiera en las Iglesias.
En su norma de vida había renunciado a cazar, pero Don Cafasso
no aprobó tanta severidad, y un día Juan cedió a la afición: le
prestaron una escopeta, y se largó, muy de mañana, por los
campos.
¡Una liebre! Antes que le apunte, se ha puesto fuera de tiro. ¡Ah,
no! Lo que es al Boschetto no se le escapa, así no más, una liebre.
Se quita la sotana y echa a correr. La divisa, la alcanza, pero se le
pierde entre unas viñas. Juan corre como un galgo; vuelve a
divisar la liebre en un prado más allá, del viñedo.
El animal, despavorido, cruza el prado. Más allá es un rastrojo;
han cortado el heno, y no hay refugio. La liebre, sin aliento,
apenas corre ya, y Juan se le va acercando y por fin la tiene a su
alcance y la despanzurra de un tiro.
Al ver a su ansiada presa palpitante y desangrándose, no siente
alegría, sino angustia y bochorno. Al estampido acuden algunos
mozos, que lo conocen, y lo sorprenden sin sotana, con las manos
teñidas en sangre y el fusil al hombro.
Más parece un bandolero que un seminarista. Ellos, sin duda,
han visto a otros clérigos cazar por aquellos campos, y no se
sorprenden. Pero Juan se excusa y vuelve a su casa arrepentido y
acongojado. Nunca más tocó un arma de fuego.
Estaba lejos de todo lo que es sensiblería, pero le afectaba el dolor
de las criaturas, aunque no fueran seres racionales.
Otro día, en las vacaciones siguientes, estaba Juan echando unas
medias suelas a unos zapatos viejos, cuando vio acercarse por el

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

camino de Chieri a su querido amigo Luis Comollo.


No había festín, no había entretenimiento comparable a
semejante visita.
Traía el joven un rollo de papeles con un sermón sobre la
Asunción de la Santísima Virgen, escrito por encargo de su tío el
sacerdote. Comollo sospechaba que si Don Cinzano hallaba bien
sus borradores, no se pondría en más trabajo, y el día de la
Asunción, que no estaba lejos, se los endilgaría a sus
parroquianos desde el púlpito de su iglesia.
Por eso venía Luis a pedir ayuda a Juan, para pulir bien el
sermón y que resultara digno de su ilustre pariente. Por fortuna,
esa vez no había nadie en esta casa; todos habían ido a la feria
del pueblo, y los dos jóvenes estudiantes pudieron entregarse
libremente a su labor literaria.
Pasan varias horas. De pronto, Juan se detiene, y mostrando la
mesa vacía y desamparada, aquella mesa que él mismo ha
fabricado, y que su madre, cuando hay visitas, tiende con un
mantel rojo y un garrafón de vino rojo, exclama:
— ¿Sabes, Luis, que debemos de tener hambre?
Luis, de temperamento menos robusto, no había pensado en eso;
pero al oír mentar el asunto, se le contagia el hambre de su
camarada.
— ¡Es verdad! Son al menos las dos de la tarde. Yo he salido de
Chieri sin desayunar, por no perder tiempo.
— ¿Qué te parece que hagamos, Luis?
— ¡Hombre! No sé; no soy dueño de la casa.
Preparémonos nosotros mismos la comida.
— ¡Muy bien! Yo me encargo de encender el fuego; tú, de lo

96 Preparado por Patricio Barros


Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

demás.
Luis amontona astillas sobre las brasas moribundas del hogar;
sopla que te sopla. Surge una llamita.
— ¡Ya está!
— Lo malo es que yo no encuentro más que pan y unas
legumbres. Si nos ponemos a cocerlas, llegará la noche antes de
que estén listas... Y el pan es poco.
En el vecino patiezuelo canta un gallo.
— ¡Una idea! ¡Vamos a asar a ese que canta!
Corren los dos amigos y atrapan el indiscreto cantor, que es un
gallito joven, de buenas carnes.
— Ahora hay que matarlo... — sugiere Luis— ; porque sería una
herejía asarlo vivo... Tú, que eres más diestro.
— ¿Yo?— exclama Juan—. En mi vida he matado un pollo.
— Sin embargo, hay que hacerlo; que la suerte decida. ¿Tienes
una moneda? ¿Cara o cruz?
— ¡No, no! Seamos cómplices; tú lo mantendrás sobre este
madero, y yo le cortaré la cabeza.
¡Zas! De un hachazo, Juan decapita al pollo, y ambos, aterrados
de su crimen, se apartan cual si fueran a huir.
— ¡Es una tontería! — exclama Luis, recogiendo la víctima caída
en un charco de sangre—. El Señor ha dispuesto que nos
sirvamos de los animales para nuestro bien. ¿Por qué estos
aspavientos?
— ¡Tienes razón!
Despluman el pollo, arreglan el fuego y lo asan y se lo comen con
algunas rebanadas de pan. Lo hallan exquisito.
Hacia el final de esas vacaciones, Juan y Luis hicieron un pacto

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

terrible.
Durante toda su vida recordará Juan con espanto aquel
imprudente convenio.
Fue un día muy hermoso de ese otoño. Iban los dos por el camino
del pueblo de Cinzano. Cruzaban una colina, desde cuyo
observatorio se divisan los montes, los prados, las aldeas lejanas,
los viñedos próximos, como si el hermoso valle fuera un manto
zurcido con retazos de distinto color.
La estación había sido mala, por la sequía, y los cultivos,
especialmente las viñas, darían muy poco fruto.
— ¡Pobres campesinos! — exclama Juan—. ¡Tanto trabajo
perdido!
Comollo paseó sus miradas por los marchitos viñedos y
respondió:
— Las culpas de los hombres son las que atraen estas
calamidades.
— ¡Así es! Espero que el año próximo Dios se apiadará de la
miseria de sus hijos, y estas viñas tendrán más uvas y los lagares
darán más vino.
Y Comollo, con una melancólica sonrisa:
— Me alegro por ellos; pero yo el año que viene beberé mejor vino
que el que produce este valle.
— ¿Qué quieres decir?
El padre de Comollo, dice Don Bosco en sus Memorias, se les
había aproximado, y su hijo cortó allí la conversación. Pero más
tarde, hallándose los dos jóvenes solos, Juan, que permanecía
intranquilo, intrigado, reanudó el discurso.
— Luis, me has hablado de tu muerte próxima, ¿es ése el vino

98 Preparado por Patricio Barros


Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

que vas a beber?


— ¡Sí!
— Ni tú ni yo — repuso Juan— sabemos los secretos de Dios;
pero es seguro que algún día nos separaremos. Tú te irás antes, o
me iré yo... ¿Quieres que hagamos un pacto?
— Bueno — respondió seria y simplemente Comollo, adivinando
lo que su amigo iba a proponerle.
— Te propongo, Luis, que nos prometamos solemnemente que el
primero de los dos que muera volverá, con el permiso de Dios, a
avisar al otro cuál ha sido su destino.
La voz de Juan era misteriosa y triste. Comollo sonreía. Esa vez
se habían invertido los papeles, pues de los dos, el más alegre, de
costumbre, solía ser Juan.
Se apretaron las mano, sellaron su original convenio, y se
apartaron.
Cada vez que se veían, cambiaban una señal.
— ¿Te acuerdas, Luis?
— ¡Sí!
— Vamos a cumplirlo, ¿no es verdad? ¡Tú o yo! — Descuida. Seré
yo el que volverá.
— ¡Tú o yo! ¡El que se vaya primero!
"Yo no comprendía — escribe Don Bosco— la importancia de
semejante promesa; y confieso que hubo mucha ligereza de
nuestra parte, y no aconsejaría a nadie hacer lo mismo... Las
últimas palabras de Comollo y su postrer mirada me aseguraron
que cumpliría el pacto".
Porque efectivamente, en la primavera próxima, el 2 de abril de
1839, murió el seminarista Luis Comollo, a la edad de veintidós

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

años menos cinco días.


Una lúgubre consternación invadió el seminario. Todos lo
amaban, y muchos conocían el pacto con Bosco. Este, años
después, escribió la vida de Comollo, y en ella refiere cómo se
cumplió aquel tremendo trato.
"Era la noche del 3 al 4 de abril, que siguió al día de su
sepultura. Estábamos ya acostados las alumnos del curso de
Teología, en el dormitorio que da sobre el patio del Mediodía. Yo
no dormía: pensaba en nuestro pacto y aguardaba lo que iba a
ocurrir, presa de una gran inquietud.
"Cuando, al sonar las doce de la noche, se oye un rumor sordo,
que avanza desde el fondo del corredor, haciéndose más y más
recio. Es como el de un carro tirado por muchos caballos, o como
el de un tren. También puede compararse con el disparo de la
artillería.
"No sabría explicar aquel fragor, que hacía enmudecer de
espanto, y que dejaba detrás de sí vibrantes las paredes, bóveda,
el pavimento, como si todo fuese construido de chapas sonoras de
hierro y golpeado por un brazo potentísimo.
"Los seminaristas se despiertan y permanecen mudos. Yo estaba
petrificado de horror... Se abre violentamente la puerta del
dormitorio; sólo se ve un fulgor pálido, que parece regulado por
aquel rumor. Luego, un repentino silencio, la luz brilla más, y
oigo la voz de Comollo, que por tres veces me dice: "¡Bosco, Bosco,
Bosco! ¡Me he salvado! Los compañeros saltaron de la cama y
huyeron desatinadamente, agrupándose, unos, en un rincón del
dormitorio; otros, alrededor del prefecto, que era Don Juan
Fiorito, de Rivoli. Todos oyeron aquel ruido, y muchos la voz, sin

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

entenderla. Yo permanecía sentado en mi cama.


"He sufrido mucho, y en este instante fue tal mi pavor, que
hubiera preferido morir. No me acuerdo de haber tenido nunca
miedo sino esa vez. Me resultó una grave enfermedad, que me
llevó al borde de la tumba y me dejó tan mal de salud, que sólo
años después logré restablecerme.
"Dios omnipotente y misericordioso no escucha esa pactos; pero
alguna vez permite que se cumplan, como en este caso. No
aconsejo nunca el imitarme. Al poner contacto las cosas
naturales con las sobrenaturales, la pobre humanidad sufre
profundamente, y no es necesario para nuestra eterna salvación.
Tenemos sobradas pruebas de la existencia del alma, y no
necesitamos otras. Nos baste lo que nos ha revelado Nuestro
Señor Jesucristo."

101 Preparado por Patricio Barros


Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

§ 7.
Las manos consagradas

Hace un mes que Juan está enfermo, tan grave, que los médicos
lo han desahuciado y han hecho avisar a su madre. Esta llega,
sin sospechar la extrema situación del hijo, llevándole como
regalo un pan de centeno, de los que ella amasa, y una botella de
vino generoso, del que sirven a los postres en la mesa del tío
Miguel los días de fiesta.
— ¡Oh mi Juan, en qué estado te encuentro!— exclama
sollozando.
Por su gusto se quedaría allí a cuidarlo o se lo llevaría consigo,
pero no es posible ni lo uno ni lo otro.
Cuando se va, llorando porque teme no hallarlo vivo al siguiente
día, recoge el pan y el vino.
— ¡Por favor, madre! — dice él— ¡Déjeme ese pan y ese vino, que
van a curarme!
Ella vacila, no atreviéndose a complacerlo, porque es un pan muy
pesado el que se amasa en su aldea, y un vino demasiado fuerte
el de Miguel.
— Cuando estés sano te traeré un pan fresco, tan bueno como
éste, y una botella de vino igual. Yo comeré y beberé contigo.
El, que hacía varias semanas ni comía bocado ni apenas bebía
más que un sorbo de agua, siente un violento deseo de comer de
aquel pan y de beber el vino que le ha llevado su madre.
Y con tanto empeño le suplica, que ella no es capaz de negarse, y
le deja todo y se va sollozando.
Juan, viéndose solo en la siniestra enfermería del seminario, se

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

echa de la cama y corre a cortarse una tajada del pan y a llenarse


el vaso de vino. Vuelve a acostarse y come y bebe, encontrando
aquello tan rico, que se corta una nueva tajada y se llena otra vez
el vaso.
Se comió todo aquel pesado pan casero y apuró la mitad de la
botella, y se quedó sumergido en un sueño letárgico durante ese
día y la noche entera y el día siguiente.
Los médicos declararon que no despertaría más. Sin embargo se
despertó sin fiebre y entró en rápida convalecencia, y pudo en los
meses que siguieron hacer a grandes pasos las últimas etapas del
sacerdocio.
En marzo de año 40 recibió la tonsura y las órdenes menores, y
en septiembre fue promovido al subdiaconado, y en marzo del año
41 fue diácono.
— ¡Qué joven eres! — le dijo un día un viejo sacerdote de Turín,
que gozaba fama de santo—. ¡Qué joven y qué inexperto!
Y, como para justificar sus palabras, se puso a examinar la
sotana de Bosco y a dar tironcitos, cual si pretendiera
desgarrársela.
Era Don Cottolengo, el fundador de lo que empezó llamándose la
Casa Chica de la divina Providencia, para asilar enfermos y
desvalidos, y acabó siendo una inmensa institución, portentosa
como un permanente milagro, y bendita por todos los habitantes
del Piamonte, desde el rey hasta el último mendigo.
— ¿Halla, acaso, demasiado rica mi sotana?— se atrevió a
preguntar el joven diácono.
— ¡Qué inexperto eres! — repuso Don Cottolengo con aire
profético—. Yo soy viejo y puedo hablarte así. El paño de tu

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

sotana es muy delgado. Por ahora, puede pasar; pero cuando


seas sacerdote, acuérdate de cambiarlo...
— ¿Tendré más frío que ahora? — preguntó ingenuamente Bosco,
y Don Cottolengo meneó dulcemente la cabeza.
— Cuando seas sacerdote te rodearán millares de niños: uno te
tirará de la derecha: otro, de la izquierda, y tu pobre sotana se
hará trizas muy pronto. Acuérdate de hacerla de una tela muy
fuerte.
Juan recordó el sueño de su niñez, y vio de nuevo aquellos
muchachos a quienes debía enseñar. ¡Que dulzura hallar en las
misteriosas palabras de aquel santo viejo una confirmación de
cosas tan lejanas!
Los tiempos habían llegado a su gloriosa madurez.
El 5 de julio de 1841 el pastorcito de los Becchi era ordenado
sacerdote por el arzobispo de Turín, y al día siguiente celebraba
su primera misa en la iglesia de San Francisco de Asís, de la
misma ciudad.
Tocaba, pues, con sus manos consagradas la cima de sus
ardientes ensueños de niño.
Ese día escribe en un cuadernito, que conservará toda su vida,
las normas a que se va a ajustar:
"El sacerdote no va solo al cielo ni al infierno. Al cielo va con las
almas que ha salvado por su ejemplo. Al infierno, con las que se
han condenado con su escándalo. Por eso, me empeñaré en
observar las siguientes resoluciones:
"1. — No salir de paseo sino por grave necesidad, como visitar
enfermos, etc.
"2.— Ocupar rigurosamente bien el tiempo.

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

"3. Padecer, trabajar, humillarse en todo y siempre, cuando se


trate de salvar almas.
"4.— La caridad y la dulzura de San Francisco de Sales me
servirá de guía en todo.
"5.— Me manifestaré siempre satisfecho de los alimentos que me
ofrezcan, no siendo cosa nociva a la salud.
"8. — Beberé vino aguado, y sólo como remedio, es decir, cuando
y en la cantidad que lo requiera la salud.
"7.— El trabajo es un arma poderosa contra los enemigos del
alma, por lo cual no daré al cuerpo más de cinco horas de sueño
cada noche. Entre día, especialmente después de almorzar, no
tomaré ningún descanso, excepto en caso de enfermedad.
"8. — Cada día emplearé algún tiempo en la meditación y en la
lectura espiritual. Durante el día haré alguna visita, por lo menos
una breve oración, al Santísimo Sacramento. Haré, por lo menos
un cuarto de hora de preparación para la santa misa y otro de
acción de gracias.
"9.— No conversaré nunca con mujeres, fuera del caso de
confesión o de alguna otra necesidad espiritual."
En su aparente sencillez, este programa encerraba lo que la
Iglesia denomina la virtud heroica, y debía cumplirse además de
las obligaciones del sacerdote, el breviario, la misa y los otros
deberes del santo ministerio: confesión, predicación, enseñanza,
apostolado.
Hacía cuatro o cinco días que era sacerdote, y aún no había dicho
misa en Castelnuovo, donde sus paisanos lo reclamaban con
justificada vehemencia.
Les dedicó el jueves de Corpus Christi. Su llegada al país fue un

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

triunfo.
Los que habían conocido al pastorcillo de los Becchi, al
saltimbanqui del mercado, al sirviente de los Moglia, al cuidador
del caballo de Dom Dassano, apenas podían creer que fuese el
mismo que celebraba la santa misa, bajo la casulla de oro, en el
altar mayor.
Cuando esa misma tarde llegó a su aldea, al sitio donde tuvo su
primer sueño profético, no pudo contener las lágrimas.
Su madre y él, solos, entraron en la casita de los Becchi, donde
había transcurrido la infancia pobre y maravillosa de Don Bosco.
Anochecía ya. Margarita encendió el candil y, sentándose frente
por frente del hijo sacerdote y poniendo sus manos sobre las
rodillas de él, lo miró cara a cara y le habló así:
— ¡Ya eres sacerdote! Dices misa; estás más cerca de Nuestro
Señor Jesucristo. Pero acuérdate, Juan, de mis palabras:
comenzar a decir misa significa comenzar a padecer. No lo
advertirás en seguida; pero un día comprenderás que tu madre
no te ha engañado. Estoy segura de que todos los días rezarás por
mí, esté viva o muerta, y eso me basta. De ti no quiero más. Tú,
en adelante, piensa en la salud de las almas.
Hilos de un llanto muy tierno se deslizaban por las mejillas del
pastorcito de los Becchi. Se sentía niño, desamparado,
infinitamente pobre y necesitado del corazón de aquella mujer
analfabeta, pero fuerte y grande como una Mónica, como una
Blanca de Castilla, como Ana, la madre de Samuel, madres de
profetas, de reyes y de santos.
Lloró el hijo sobre el pecho de la madre, y ella, enternecida, no
halló más palabras que decirle sino: "¡Juan, mi Juan! ¡Vas a

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

comenzar a sufrir!"
Preparó luego la cena y, antes de irse a dormir, rezaron el
Rosario.
La noche era calurosa, perfumada por los viñedos y los maizales
en flor, y vibrante de estrellas.
Un campesino retrasado, que salía de la ciudad, pasaba por la
solitaria carretera arreando una yunta de burros y cantando a
grito pelado:
Guai al mondo se ci sente forestieri senza niente!
— Ese ha hecho un buen negocio en Chieri— pensó Margarita
Bosco—. Pero hace mal en pregonar por los caminos, a estas
horas, que va con los bolsillos llenos de dinero.
Juan no oyó la canción. Ya dormía con el sueño omnipotente de
la juventud, en su cama estrecha y dura, cama de soldado y de
misionero, a que desde la infancia lo acostumbró su madre.
Ahora, tenía que decidir lo que iba hacer. Le habían propuesto
tres empleos: profesor de una familia de ricos genoveses, con mil
liras al año; capellán en Murillo; vicecura de Castelnuovo.
Consultó a su madre, que, con media palabra desechó la primera
propuesta.
¡Mi hijo en un palacio! ¡No sería más mi hijo si se aficionara al
dinero y al lujo!
Sobre las otras dos propuestas opinó Don Cafasso:
— No acepte ninguna. Vengase a Turín, al Colegio o Convictorio
Eclesiástico. Usted necesita estudiar moral y predicación.
Existía en Turín una institución de altos estudios eclesiásticos,
donde los jóvenes sacerdotes podían perfeccionar sus
conocimientos en las ciencias sagradas y empezar la práctica de

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

su ministerio, bajo una sólida dirección.


Don Bosco — ya debemos llamarlo así, pues era sacerdote— se
instaló, pues, en Turín, la rica y populosa capital del Piamonte,
en cuyo seno fermentaba el germen de la revolución.
Al penetrar en sus muros, le sobrecogió una misteriosa ansiedad.
Adivinó que iba a ser el teatro de su apostolado. No era tierra de
infieles la corte del romántico rey Carlos Alberto; pero ¡cuánta
mies por segar en su recinto; cuántos niños abandonados, que se
corrompían en sus plazas y acababan miserablemente en sus
cárceles!
En uno de los sermones que se han conservado de Don Bosco,
describe la llegada ante las puertas de Roma de un joven
estudiante, que fue después San Felipe Neri, fundador de la
Congregación del Oratorio.
Don Bosco ha puesto en ese trozo la emoción y el realismo de una
visión directa.
"— ¿Quién eres tú y qué es lo que miras con tanta ansiedad?
"— Soy un pobre forastero; contemplo esta gran ciudad, y un
pensamiento me agita; pero temo que sea locura o temeridad.
"— ¿Cuál es tu pensamiento?
"— Consagrarme al bien de tantas pobres almas, de tantos niños
que, por falta de instrucción religiosa, van por el camino de la
perdición.
"— ¿Posees ciencia para eso?
"— He estudiado un poco; pero estoy muy lejos de la sabiduría.
"— ¿Tienes medios materiales?
"— Nada; no tengo ni un pedazo de pan, aparte del que me da mi
amo cada día por caridad.

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

"— ¿Tienes iglesia? ¿Tienes casa?


"— No tengo más que un cuartujo estrecho que me prestan. He
tendido una cuerda de una pared a otra pared, y allí cuelgo mi
traje.
"— ¿Cómo pues, quieres, sin nombre, sin ciencia, sin fortuna,
emprender tan gigantesca tarea?... ¿Cómo te llamas?
"— Felipe Neri..."
Con esta sensación de su insignificancia, pensando si sus
proyectos son locura o temeridad, llega Don Bosco a Turín aquel
año de 1841.
En las horas libres de sus difíciles estudios, visita las cárceles y
los hospitales.
Entonces advierte que hay más miserias en la corte de los reyes
que en las remotas aldeas de sus montañas.

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

§ 8.
Los carbonarios

¿Qué privilegio tiene Italia, cuya historia hace latir todos los
corazones, como si fuera la de la patria de cada uno?
¿Y qué novela hay comparable a aquel drama confuso del
risorgimento, torrente de aventuras que se suceden del 1830 al
1870, en que personajes de toda grandeza alternan con forajidos
de la peor especie?
El viento de la revolución atiza los incendios preparados por las
sociedades secretas en las capitales de aquella colección de
pequeños reinos y principados.
Las grandes potencias de Europa acuden, intervienen, intrigan
con sus soldados o sus diplomáticos; las unas, para contener el
fuego que a todas amenaza; las otras, para agrandar la hoguera.
El mundo asiste a fenómenos extraños y contradictorios. La
demagogia y la traición se hallan hasta en el corazón de los reyes.
El ateísmo y la apostasía, hasta en el cáliz de los sacerdotes.
Entre Roma, capital de los Estados Pontificios y del universo
católico, y Turín, capital del reino de Cerdeña y foco de las
conspiraciones, la lanzadera de los carbonarios teje la cuerda con
que va a ahorcar al último Papa por la mano del último rey.
Y entre Roma y Turín va a pasar la vida entera Don Bosco, el
hombre suscitado por Dios para reconstruir su templo en el
corazón de la niñez abandonada, y para demostrar que la
ardiente adhesión al Papa no es incompatible con la más decidida
italianidad.
En Turín va a conocer y a tratar a los más implacables enemigos

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

del Pontificado. Ellos, so color de patriotismo y de democracia,


intentarán enrolarlo en sus filas, como han enrolado a otros
sacerdotes; y no lo conseguirán, porque Don Bosco une la
candidez de la paloma a la prudencia de la serpiente.
'Lo perseguirán, pero no lo derrotarán, y acabarán por respetarlo
con su inexpugnable doctrina, y él, unas veces con su simplicidad
de apóstol, otras con su habilidad de diplomático, conjurará
muchas injusticias y servirá de mensajero privado del Papa ante
el rey excomulgado.
Ahora, para nuestros oídos, son cosas arcaicas la masonería con
sus logias y los carbonarlos con sus ventas.
La ruda escoba del socialismo, menos romántico y más conforme
a las realidades, barrió de la historia contemporánea el nombre y
la cosa. Y si algo sobrevivía, en los años de la Gran Guerra todo
se ha sumergido en la saturnal del comunismo.
Esos son los modernos instrumentos para combatir a los reyes y
a los Papas.
Mas no se recorre la historia de aquel tiempo en Italia sin
descubrir a cada vuelta del camino la acción de las sociedades
secretas, la ley injusta, el panfleto corruptor, el crimen misterioso
por el veneno y el puñal.
La masonería había acabado por ser una sociedad de
aristócratas, damas y caballeros, más preocupados de sus
placeres que de la política o de la religión.
Y aparecieron los carbonarios, más misteriosos y más eficaces, y,
en pocos años, sus ventas cubrieron Italia y se extendieron al
extranjero.
Los masones, para no ser del todo suplantados, aprovecharon el

111 Preparado por Patricio Barros


Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

movimiento que aquéllos imprimían a los pueblos y participaron


de su política.
El programa de las sociedades secretas era éste:
1. ° Obtener que los reyes y príncipes que entonces gobernaban
dieran a sus pueblos una Constitución.
2. ° Hacer de Italia una sola nación, independiente. Había, en
verdad, un tercer punto, pero lo guardaban misteriosamente. Era
el secreto de la Venta Suprema, la mayor autoridad de los
carbonarios.
En un país católico, habría sido condenarse a la impotencia
declarar de entrada que el tercer punto del programa era destruir
el Pontificado, para descristianizar al mundo.
Convenía primero atraer a las masas, con la promesa de quitar su
poder a los reyes absolutos para entregárselo al pueblo soberano.
Esto halagaba inmensamente a los pueblos, cansados de las
guerras napoleónicas. Un rey atado por una Constitución, sería
un rehén para conservar la paz.
Y si, por ventura, se lograba raer de la faz de la tierra la raza
ambiciosa de los reyes, y se establecía una República en cada
nación, ¡oh, entonces la paz sería eterna, y segura la felicidad de
los pueblos!
No es extraño que estas ideas cayeran como un sabroso maná en
aquellas sociedades.
Nadie ponía en duda la buena fe de los apóstoles de la
democracia.
Ahora los pueblos son más escépticos. Ya casi no hay reyes, y los
pocos que quedan están bien atados por infinidad de
Constituciones.

112 Preparado por Patricio Barros


Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

Casi todos los Reinos se han convertido en Repúblicas, donde


gobierna el pueblo soberano; pero ninguno de ellos ha celebrado
nupcias durables ni con la paz ni con la felicidad.
Y los filósofos, desencantados de la libertad, comienzan a dudar
si la más perfecta forma de gobierno no será la dictadura.
La dictadura, que es una especie de Monarquía absoluta, con
reyes, no por derecho divino, como los Luises y los Carlos, sino
por gracia de las ametralladoras y de los automóviles blindados.
Es también fácil comprender que el segundo punto del programa
de las sociedades secretas, realizar la unidad de Italia, encontrase
eco en millares de corazones italianos La unidad significaría la
grandeza de Italia, que sacudiría la tutela de cortes extrañas y
reconquistaría las provincias lombardo-vénetas que Austria
poseía.
Recordemos nuevamente la palabra de Donoso Cortés: "En el
fondo de toda gran cuestión política hay una cuestión religiosa."
En el fondo de esa idea, la unidad de Italia, dormía la cuestión del
poder temporal del Papa. Para realizar la unidad había que
despojar al Papa y enriquecer con sus Estados al rey del
Piamonte, y Roma pasaría a ser la capital del nuevo reino.
En los comienzos de esta larga y ruda polémica, las sociedades
secretas no descubrieron sus baterías. Les convenía enrolar en
sus filas a muchos católicos, sacerdotes, prelados, cardenales, a
fin de tener influencia en los cónclaves futuros.
Ya que no era posible convertir al Papa en un carbonario, había
que hacer de un carbonario un Papa.
Era, pues, indispensable guardar secreto al verdadero plan y
presentar la unidad de Italia como una Confederación de reinos y

113 Preparado por Patricio Barros


Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

principados, presididos por el Pontífice Romano.


La policía del cardenal Bernetti, secretario de Estado de León XII,
logró apoderarse de muchos documentos de las sociedades
secretas. La pequeña parte publicada de este precioso archivo
arroja una siniestra luz sobre aquellos hombres que, durante
años, manejaron como fantoches a reyes y ministros.
Las cartas que se cruzan los miembros de la Suprema Venta van
siempre firmadas por un seudónimo: Nubius, Piccolo Tigre,
Braceo...
La Suprema Venta es el espíritu que imparte el movimiento a las
logias y a las pequeñas ventas que cubren Europa.
Su composición no es bien conocida ni siquiera por los afiliados,
que obedecen sus órdenes. En el ministerio está la clave de su
formidable autoridad.
La Suprema Venta desprecia a los masones, pero se sirve de sus
logias como de un noviciado para aprobar y madurar la vocación
de los futuros carbonarios.
Si el candidato es ambicioso, o cobarde, o indiscreto, no va más
allá de las logias; y nunca sospecha que durante años los ojos de
un jefe han estado fijos en él.
Componen la Suprema Venta hombres de distintas
nacionalidades, de profesiones las más diversas, diseminados en
varios países y unidos por una copiosa correspondencia, y
especialmente por un odio inextinguible a la Iglesia Romana.
Remontémonos veinte años y empecemos a leer algunos trozos de
esa interesante correspondencia.
En 18 de enero de 1822, el que firma Piccolo Tigre envia sus
instrucciones a sus altos cofrades de Italia. Saboreemos este

114 Preparado por Patricio Barros


Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

sarcasmo:
"El hombre ha nacido rebelde. Atizad ese deseo de rebelión hasta
el incendio, pero contened el incendio... Dejad caer ciertas
palabras que provoquen el deseo de afiliarse a una logia. Esta
vanidad del ciudadano o del burgués de enrolarse en la
masonería es tan vulgar y universal, que yo no acabo de admirar
la estupidez humana... Ser miembro de una logia, sentirse
apartado de su mujer y de sus hijos, llamado a guardar un
secreto que nunca le confiarían, es para ciertas naturalezas una
voluptuosidad y una ambición. Las logias no pueden procrear
glotones, pero no engendrarán ciudadanos. Se come demasiado
bien en compañía de los M., Q., y M., R., H., de todos los
Orientes.
"No importa: las logias son un depósito, un centro por el cual hay
que pasar antes de llegar a nosotros."
Más adelante, en la misma carta:
"La Suprema Venta desea que, con uno u otro pretexto, se
introduzcan en las logias masónicas el mayor número posible de
príncipes y de ricos. Los príncipes de casas reinantes, pero que
no tienen esperanzas de ser reyes por la gracia de Dios, quieren
serlo por la gracia de la revolución. El duque de Orleáns es
masón, el príncipe de Carignano también lo fue... Adulad a estos
ambiciosos de popularidad; atraedlos a la masonería. La Suprema
Venta después verá qué puede hacer de ellos para la causa del
progreso.
Hacedlos masones: de la logia pasarán al carbonarismo. Y tal vez
un día vendrá en que la Suprema Venta se digne afiliárselos.
"Un burgués es bueno, pero un príncipe es mejor. Sin embargo,

115 Preparado por Patricio Barros


Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

cuidad que no ocurra lo que con el infame Carignano, el cordero


se ha vuelto zorro."
Piccolo Tigre luego advierte por qué razón la cuestión política les
interesa poco a él y a sus altos hermanos de la Suprema Venta,
porque hace olvidar el verdadero propósito que los mueve.
"En mi último viaje a Francia, he visto con satisfacción profunda
que nuestros jóvenes iniciados propendían con extremo ardor a la
difusión del carbonarismo. Pero encuentro que se precipitan
demasiado. Según mi idea, transforman demasiado pronto su
odio religioso en odios políticos La conspiración contra la Sede
Romana no se debe confundir con otros proyectos.
"Esto nos expondría a ver germinar en el seno de las sociedades
secretas ardientes ambiciones; estas ambiciones, una vez dueñas
del Poder pueden abandonarnos. Tenemos que destacar el
mundo, y un ambicioso que satisface su ambición se guardará
bien de secundarnos... En Paris no quieren comprender esto; pero
en Londres he visto hombres que penetran mejor nuestros
planes. Se me han hecho ofrecimientos considerables: pronto
vamos a tener una imprenta en Malta. Podremos con impunidad,
y bajo pabellón británico, cubrir a Italia de libros y folletos..."
¿Quién era el príncipe de Carignano, que había sido masón y
carbonario, y que en la fecha de la carta de Piccolo Tigre, enero de
1822, ya no lo era?
El infame Carignano como lo llamaban los carbonarios, era
Carlos Alberto de Saboya, hijo de Carlos de Carignano, que en
1798 cuando fue invadido el Piamonte por los ejércitos de la
Revolución francesa se entregó a cuerpo perdido a los
revolucionarios.

116 Preparado por Patricio Barros


Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

El general Joubert, jefe de las tropas victoriosas, obligó a abdicar


al entonces rey del Piamonte, Carlos Manuel IV, que se refugió en
la isla de Cerdeña, donde su primer acto fue revocar su
abdicación.
Joubert se encogió de hombros. La mayoría de los partidarios del
rey se le habían adherido; y entre ellos y de los primeros en
pasarse al general republicano vencedor, fue el príncipe Carlos de
Carignano, padre de Carlos Alberto.
Es duro a veces contar la historia con verdad, sin afeites. Así
queremos contarla aquí.
Joubert, halagado íntimamente por la adhesión del príncipe, le
propuso un buen negocio: le dejaría su palacio y sus tierras, con
tal que renunciara a los derechos que alguna vez podían
corresponderle a la corona de aquel reino transformado en
provincia francesa Carignano, que estaba cuatro o cinco
escalones abajo del trono, renunció alegremente a sus quiméricos
derechos, conservó sus bienes y se hizo un ardiente republicano.
Por esos días nació Carlos Alberto. La revolución, no obstante, no
creyó en la sinceridad republicana de Carignano, y violó el
convenio de Joubert; confiscó los bienes del príncipe y lo internó
en París, donde murió a poco andar mediado el 1800.
Diez años después, Napoleón, considerando los servicios que
Carignano prestó a los franceses cuando se realizó la anexión del
Piamonte a Francia, concedió a su hijo el título de conde y una
renta de 100.000 libras anuales, con la obligación de poseer en
París un palacio que no costara menos de dos años de rentas.
La viuda de Carignano, afiliada a la masonería, muy de moda
entonces, se volvió a casar, y confió la educación de su hijo a un

117 Preparado por Patricio Barros


Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

protestante de Ginebra.
Entretanto, el rey destronado, Carlos Manuel IV, abdica en su
refugio de la isla de Cerdeña y entraba en la Orden de los
Jesuitas. Le sucedía su hermano Víctor Manuel I, que, no
teniendo hijos varones, consideraba como heredero de aquella
pequeña corona a su último hermano, el duque de Genevois, que
más tarde había de ser efectivamente rey, con el nombre de
Carlos Félix.
Después de éste, que tampoco tenía herederos directos, el trono
correspondía a Carlos Alberto, conde ahora de Carignano, por
merced de Napoleón.
He aquí cómo aquellos quiméricos derechos a que su padre
renunciara en manos de Joubert, adquirieran inesperadamente
consistencia y realidad. La abdicación de unos, la muerte de
otros, iban poniendo un trono al alcance de aquel joven que en
Ginebra se instruía en máximas protestantes.
Carlos Alberto oyó entonces el anuncio de las brujas de Macbeth:
"¡Tú reinarás!" Pero ¿qué significa ser rey de Cerdeña, si en las
posesiones de este rey no se incluían la Saboya, Niza y el
Piamonte, con su hermosa Turín? Antes esas bellas regiones
pertenecían al reino de Cerdeña. Ahora sobre ellas mandaba
Napoleón.
¡No importa! Carlos Alberto había oído el anuncio de las brujas, y
empezó a conspirar. La masonería lo recibió con los brazos
abiertos, y se dispuso a allanarle el camino del trono, a cambio de
terminantes promesas.
Sobrevino la caída de Napoleón y luego la restauración de los
reyes despojados por él.

118 Preparado por Patricio Barros


Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

Víctor Manuel I abandonó su isla e instaló su capital en Turín.


Ahora sí que valía la pena ser rey de Cerdeña, mucho más
cuando la masonería y los carbonarlos prometían a Carignano
ayudarle a conquistar la Lombardía y Venecia y a lanzarse desde
allí sobre los demás reinos y principados, inclusive los del Papa.
Ahora las brujas cambiaban de tono, para hablarle así: "¡Tú
reinarás, y serás el primer rey de la Italia unida y libre de
austriacos!"
La restauración se había realizado en casi todas partes en sentido
católico. Razón de más para que las sociedades secretas
trabajasen febrilmente por desposeer a los reyes actuales en
beneficio de otros príncipes atados a ellas por juramentos y por
amenazas.
Hemos visto en la carta de Piccolo Tigre que no consideraban
difíciles atraer esta especie de afiliados en un tiempo en que eran
innumerables los pretendientes, por ser muchas las dinastías y
muy confusos los derechos. No les bastaba a las sociedades
secretas la ayuda de príncipes destronados.
Necesitaban especialmente afiliar sacerdotes, prelados,
cardenales, para llegar a poseer un Papa.
Aquel famoso jefe de la Suprema Venta que firma sus cartas con
el seudónimo de Nubius se encarga del gobierno de la alta
sociedad y escribe desde Roma a su cofrade Volpe, en 3 de abril
de 1834:
"Debemos llegar al triunfo de la idea revolucionaria por medio de
un Papa... Hay una parte del clero que muerde el anzuelo de
nuestras doctrinas con una avidez maravillosa: es el sacerdote
que no tendrá jamás otro empleo que decir su misa ni otro

119 Preparado por Patricio Barros


Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

pasatiempo que esperar en un café el toque del Avemaria, a las


dos de la tarde, para irse a dormir la siesta. Este sacerdote, que
es el más grande ocioso que existe en la Ciudad Eterna, me
parece creado para servirnos de instrumento. Es pobre, ardiente,
despreocupado, ambicioso; se sabe desheredado de los bienes de
este mundo; vive murmurando contra la injusta repartición de los
puestos y de los honores en la Iglesia... Tenemos también un tipo
de sacerdotes corsos y genoveses que llegan a Roma con la tiara
en la valija. Desde que Napoleón ha nacido en su isla, no hay uno
solo de estos corsos que no se crea un Bonaparte eclesiástico."
Logran, a efecto, enrolar muchos de esos sacerdotes; hallan
manera de acomodar su conciencia con sus deberes de
carbonarios.
Pio VII vela sobre su redil, descubre la intriga; y en su bula del 13
de abril de 1821 lanza una memorable excomunión sobre la
secta.
"Entre otras sectas — dice el Vicario de Cristo—, es necesario
indicar aquí una Sociedad recientemente formada, que se ha
propagado en toda Italia y en otras naciones, y que, si bien
dividida en varias ramas con distintas denominaciones, según las
circunstancias, es realmente una sola, tanto por la comunidad de
opiniones y de propósitos como por su constitución.
Generalmente se la denomina con el nombre de Sociedad de
Carbonarios. Estos afectan un singular respeto y un celo
maravilloso por la religión católica y por la doctrina y la persona
del Salvador, Nuestro Señor Jesucristo, a quien han tenido
algunas veces la criminal audacia de llamar su Gran Maestre y
Jefe de la Sociedad."

120 Preparado por Patricio Barros


Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

Los carbonarios acogieron la bula pontificia con hábil hipocresía y


afectaron creer que el Papa, engañado, había cedido a la
influencia de los austríacos. Así podían seguir conspirando con
aparente respeto a la Iglesia y procurando más que nunca la
adhesión de los sacerdotes.
La habilidad con que presentaron como los únicos móviles de las
sociedades secretas el amor a Italia y el odio a la dominación
extranjera, atrajo a muchos. La ambición y el orgullo, que no
mueren nunca, ni siquiera en el corazón de los sacerdotes,
facilitaron el engaño. Y muchos de ellos, y entre ellos algún
prelado, como monseñor Cocle, arzobispo de Patrasso, confesor
del rey de las dos Sicilias, Fernando II, se hicieron carbonarios.
Para ellos, el Papa había sido inducido en error por los
austriacos. En el ministerio de las logias y de las ventas
trabajaran más eficazmente por el reino de Dios y la libertad de
Italia.
Mentita est uniquitas sibi! La culpa se engaña a sí misma.
¡Dios y la libertad! Esta era la fórmula de otro sacerdote, quien,
desde Francia, les daba la razón. Defensor elocuente del
catolicismo, respaldado por una legión de polemistas fervorosos,
pasaba por un padre de la Iglesia.
Al grito de "¡Dios y la Libertad!", Lamennais se había lanzado a
una ardiente cruzada. Algunas de sus expresiones parecieron
rebasar los límites de la pura doctrina. Fue a Roma a defender
sus ideas. El Papa y el Sacro Colegio le dispensaron una acogida
entusiasta, y llegó decirse que volvería consagrado con la púrpura
cardenalicia.
¿Era, pues, el apóstol de los tiempos nuevos, el cardenal que

121 Preparado por Patricio Barros


Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

ansiaban los carbonarios?


¡Oh, no! León XII, con inspiración más divina que humana,
descubrió el error en la doctrina y la diabólica soberbia en el
fondo de aquel alma.
Con voz serena y triste hace esta terrible confidencia a su
secretario de Estado, el cardenal Bernetti:
"El abate de Lamennais nos ha producido una impresión de
espanto. En la frente de ese sacerdote hay a sello de heresiarca.
Sus amigos de Francia y de Italia querrían para él un capelo de
cardenal. Este hombre está demasiado poseído de orgullo para no
hacer arrepentirse a la Santa Sede de una bondad que sería
injusticia no considerando más que sus obras actuales..."
En la misma carta en que el cardenal Bernetti apunta las
palabras del Papa, agrega sus propias impresiones. "Para darme
cuenta exacta de lo que el Santo Padre se ha dignado
manifestarme, he querido ver de nuevo al abate de Lamennais y le
he invitado a almorzar con su compañero de viaje. Con
vergüenza, o mejor, con satisfacción de ml caridad, confieso que
no he descubierto nada de infernal en este hombrecito enfermizo,
cuya conversación hace tan poco honor a su genio... Es evidente
que el abate de Lamennais, después de habernos defendido
victoriosamente en sus obras y en los periódicos, se complacería
en hacernos pagar su defensa imponiéndonos sus doctrinas y
haciéndonos endosar sus exageraciones."
Lamennais vuelve a Paris, y la sombría adivinación de León XII no
tarda en cumplirse.
En la Chenaie, su pequeña posesión de Bretaña, erige una
especie de Port Royal, rodeado de discípulos a quienes transmite

122 Preparado por Patricio Barros


Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

el fuego que lo devora: ¡Dios y la Libertad!


Funda un periódico, El Porvenir, y una agencia eclesiástica para
la defensa de la libertad religiosa.
El Papa, en ese tiempo Gregorio XVIII, desaprueba aquella
defensa incendiaria del catolicismo y ordena la supresión de El
Porvenir; Lamennais va a Roma a justificarse, y regresa con el
corazón irremediablemente ulcerado, porque el Papa no se ha
plegado a sus doctrinas.
Y aquel a quien sus discípulos descubrían un segundo Bosssuet,
fue un nuevo Tertuliano, y se hundió en la más trágica apostasía.
El que pudo aplicarse, en la embriaguez de su genio, las palabras
de Isaías: "El Señor ha hecho de mí como una flecha escogida en
su aljaba", vivió largos años combatiendo enconadamente a la
Iglesia de Cristo, y murió ordenando que sobre su tumba no se
pusiera ninguna cruz.
En los comienzos de 1821 las logias preparan en el Piamonte la
revolución contra el rey Víctor Manuel I. Su sobrino, Carlos
Alberto de Carignano, desempeña a medias su papel de
conspirador, sin abandonar del todo a su rey, que lo consideraba,
más que su sobrino, su hijo.
El de Carignano se inicia en la triste serie de vacilaciones que han
de conducirlo de las logias al trono, del trono al campo de batalla
y a la abdicación y al destierro, y le harán dar por los mordaces
pasquines italianos el sobrenombre de "Re Tentenna", Rey
Vacilante.
La revolución estalla, exigiendo que el rey otorgue al país una
Constitución a la manera de la que han arrancado los españoles a
Fernando VII.

123 Preparado por Patricio Barros


Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

La revolución de Turín hubiera sido fácilmente dominada, pero


Víctor Manuel no quiere que se derrame una gota de sangre, y
encarga a su sobrino que vaya a parlamentar con los
revolucionarlos.
Sea que Carlos Alberto desempeñara mal su cometido, sea que
las cosas no pudieran marchar de otro modo, el resultado fue la
abdicación de Víctor Manuel I.
No teniendo éste sino hijas mujeres, que no podían subir al trono,
pues en el reino de Cerdeña imperaba la ley sálica, el rey abdica
en favor de su hermano Carlos Félix, duque de Genevois, ausente
de Turín, y nombra regente del reino a Carlos Alberto.
Llega la hora de empezar a cumplir sus promesas. Los
revolucionarios exigen que se otorgue al reino la Constitución
española, y Carlos Alberto se allana y concede.
Pero nadie, ni los que la exigen ni el que va a promulgarla,
conocen cómo es la Constitución española. A duras penas
consiguen un ejemplar de ella, que posee el señor Garrau, el más
sabio jurisconsulto de Turín. Van, pues, a proclamarla a libro
cerrado, sin saber lo que contiene, cuando Garrau les advierte
que la Constitución española no reconoce la ley sálica, y, por
consiguiente, las mujeres pueden subir al trono; de donde se
deduce que si el señor de Cerdeña la adopta, ipso facto recaerá la
corona en Beatriz, la hija mayor de Víctor Manuel I, casada con el
duque de Módena.
Momentos de perplejidad. A Carlos Alberto no le conviene que la
corona pase a la princesa Beatriz, sino a Carlos Félix, que no
tiene hijos, y de quién él será el heredero.
Se resuelve, pues, proclamar la Constitución española

124 Preparado por Patricio Barros


Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

amputándole el artículo conforme al cual las mujeres pueden


reinar.
Pero Garrau observa un segundo inconveniente: la Constitución
española, en su artículo primero, declara que "la religión católica,
apostólica, romana es la religión del Estado".
¿Cómo un príncipe inspirado por las ventas y las logias va a
incurrir en el despropósito de dar a su pueblo una Constitución
reaccionaria? ¡Abajo también ese artículo!
Hechas esas dos correcciones, el regente promulga la
Constitución española, que empieza a regir en los Estados de
Cerdeña.
Todo se hace precipitadamente para poner al nuevo rey, Carlos
Félix, en presencia de los hechos consumados. Mas Carignano no
está tranquilo. Acosado por el remordimiento, teme la cólera de
Carlos Félix, que odia a las sociedades secretas y va a descubrir
el verdadero fondo de la intriga.
Para engatusarlo, le envía un mensajero fidelísimo que le relate
en forma conveniente los sucesos, y lo invita a venir a Turín.
Carlos Félix no traga el anzuelo, y, furioso del papel doble que ha
desempeñado su sobrino, como carbonario y como regente, se
niega a reconocer la abdicación de su hermano y la constitución,
y, como primera medida, destierra a Carlos Alberto, confinándolo
en Novata, en los límites del Piamonte, casi en las garras de la
policía austriaca, que ha de vigilar mejor que la suya misma al
ambicioso y débil príncipe.
Y como Manuel insiste en su abdicación, comienza el reinado de
Carlos Félix, que con su primer decreto ha desbaratado la intriga
de las logias. En su sobrino no tiene confianza, aunque el joven

125 Preparado por Patricio Barros


Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

príncipe se lo declara en cartas arrepentidas y románticas.


Carlos Alberto no se resigna a perder sus derechos, y escribe al
rey de Francia y al zar de Rusia y a otros príncipes y al mismo
Papa, a fin de que intercedan por él. Y da muestras de
remordimiento y abandona toda relación con las sociedades
secretas, a tal punto, que éstas lo consideran un traidor, y los
carbonarios lo condenan a muerte.
Toda su vida ha vivido, según dice él mismo, entre el veneno y el
puñal. Tal vez exagere, pero no hay duda que sus antiguos
amigos le despreciaron y odiaron viendo la trasformación de su
conducta para hacerse perdonar de Carlos Félix.
Pero éste no le creía, y escribía así a Víctor Manuel: "Aunque haga
las penitencias de un anacoreta, aunque se discipline hasta
verter sangre, no se debe mirar su conversión como sincera."
Y añadía, con duro sarcasmo: "Pienso que los grandes bigotes del
príncipe de Carignano son más propios de un carbonario que de
un convertido. Sólo Dios ve los corazones. Él puede haber
operado el milagro de su conversión, pero todavía no ha hecho el
de convencerme de ella a mí..."
Algún tiempo después se brindó a Carignano una oportunidad de
probar su sinceridad: la guerra de Francia en España. Luis XVIII
ha resuelto enviar 100.000 soldados contra los revolucionarios
españoles, que han hecho jurar a Fernando VII aquella
Constitución proclamada en Turín por Carlos Alberto.
Si ahora el mismo Carlos Alberto sienta plaza de soldado en las
tropas francesas que van a combatir a los revolucionarios, el rey
Carlos Félix depondrá sus recelos contra él.
Cario Félix demora en concederle el permiso. El príncipe le

126 Preparado por Patricio Barros


Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

escribe carta tras carta. Se le muestra impaciente de correr la


aventura "para que la infame Constitución sea destruida en el
lugar mismo donde ha nacido".
Por fin, consiente el rey, pero nombra a un general de confianza
para que constantemente acompañe al príncipe e impida toda
comunicación de éste, directa o indirecta, con los revolucionarlos
españoles...
Carlos Alberto asiste a diversos combates, se porta bravamente
en la toma de Trocadero y regresa con la gloria de un héroe.
Para los carbonarios, ese heroísmo de su antiguo afiliado es un
crimen. Las cartas anónimas con amenazas de muerte llueven
sobre él.
Berchet, uno de los poetas que antes lo hablan ensalzado,
escribe contra él, y su canto se difunde en toda Italia: "¡Oh
Carignano, tu sitio estaba señalado entre los héroes! Pero has
preferido un camino infame. ¡Traidor! Has entregado a los reyes
tu patria y los compañeros que tuvieron fe en ti."
Todavía Carlos Félix no lo cree. Supone que todo lo sacrifica al
afán de ser rey algún día, y que entonces volverá a entregarse a
los carbonarios.
Carlos Alberto se halla dispuesto a garantizar lo contrario de
todas maneras y acepta firmar un documento por el cual se
compromete, cuando ascienda al trono, a conservar intactas las
bases fundamentales y la forma orgánica de la Monarquía.
En los últimos días de enero de 1829 firmó Carlo Alberto aquel
extraño compromiso, redactado por Mettenich, como que la mano
del Gobierno austriaco anduvo do aquel negocio de dinastía.
La reconciliación, por fin, se hizo, mas nunca fue cordial la

127 Preparado por Patricio Barros


Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

amistad entre el receloso tío y el sobrino arrepentido.


En 1831 murió el rey Carlos Félix y subió al trono el príncipe de
Carignano.
En Francia, desde el año anterior, reinaba Luis Felipe, hijo de la
revolución y de las logias, quien, cumpliendo sus pactos, fomenta
la revolución en Italia, especialmente en la Romaña, que
pertenece a los Estados Pontificios.
Dos sobrinos del emperador Napoleón I, hijos de Hortensia, la ex
reina de Holanda, afiliados al carbonarismo, figuran entre los
cabecillas revolucionarios. Se llaman Carlos Luis y Luis Napoleón.
Carlos Luis, el mayor, escribe al Papa Gregorio XVI una carta en
el estilo del gran Napoleón, conminándolo a renunciar al poder
temporal y amenazándolo con tomar Roma. Pero ni el Papa le
responde ni él tiene tiempo de cumplir su plan, pues una
prosaica enfermedad lo aleja del campo de batalla. El 11 de marzo
del año 31, en una fonda de Forli muere de sarampión
complicado con bronconeumonía.
El otro hermano, Luis Napoleón, sale con vida de la aventura
carbonaria, pero con escasa gloria.
Austria ha enviado tropas en apoyo del Papa, y los
revolucionarios se retiran hacia Spoletto.
Es arzobispo de Spoletto, un hombre de treinta y seis años,
monseñor Juan Mastai-Ferretti. En cierto momento, los
revolucionarios, que se entretenían en saquear la ciudad, son
copados por los austriacos. Van a caer prisioneros y serán
fusilados. Los salva el arzobispo, que les recoge las armas y les da
medios de pasar la frontera.
Entre los socorridos está el hijo segundo de la reina Hortensia.

128 Preparado por Patricio Barros


Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

Por primera vez en la Historia se encuentran frente a frente Luis


Napoleón Bonaparte, que ha de llamarse después Napoleón III,
emperador de los franceses, y monseñor Mastai-Ferretti, que será
Pio IX.
Como los revolucionarios estuviesen prontos a recomenzar,
contando con el apoyo del rey de Francia, Metternich, ministro
omnipotente del emperador de Austria, amenaza con la guerra a
Luis Felipe si pretende erigirse en presidente de la propaganda
revolucionaria.
Merced a esa enérgica intervención, se suceden diez años de
relativa paz.
Era ya rey de Cerdeña Carlos Alberto, que hacía olvidar sus
primeras debilidades fomentando la prosperidad del Piamonte con
una administración enérgica y progresista.
Así llegamos al año de 1891, cuando Dom Bosco se instala en
Turín y empieza a trabajar en su obra gigantesca: la enseñanza
de la juventud obrera, especialmente; la vuelta a las prácticas
católicas de aquel pueblo envenenado por las sectas.

129 Preparado por Patricio Barros


Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

§ 9.
El primer «biricchino»

Pasado el aturdimiento y la admiración de los primeros días, ¿qué


descubren sus ojos en los rincones de la populosa capital del
reino?
Miseria material y moral; miseria disimulada por el esplendor de
la corte, la actividad de las industrias, el renombre de las
escuelas.
Bandas de muchachos, de todas las aldeas del Piamonte y aun de
la Lombardía, venidos a buscar trabajo, recorren fábricas y
talleres y acaban decepcionados, perdiendo en la ociosidad sus
buenas costumbres de campesinos.
Siempre que Don Bosco sale de paseo, instintivamente va hacia
los sitios donde se reúnen grupos de muchachos sin trabajo.
Quisiera entrar en su amistad, pero ya no puede, como lo hacía
en Chierl, atraerlos con pruebas de prestidigitador. La dignidad
del sacerdote dificulta empresa.
Ellos mismos desconfían de él. Tantos son los clérigos altaneros
que no gustan de trabar relación con muchachos de su laya...
Por excepción se encuentran un Don Cottolengo, un Don Cafasso,
que atraen con su dulzura a los hijos del pueblo.
¡Con qué lastimera sonrisa piensa Don Bosco en las palabras de
Don Cottolengo, que un dio halló muy flojo el paño de su sotana!
¿Dónde están los niños que han de tirarle de un lado y de otro
hasta desgarrársela? Señor, ¿dónde están los niños que tú
quieres que yo eduque? ¿Dónde están los perros y lobos y zorros
de mi sueño?

130 Preparado por Patricio Barros


Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

A fuerza de pasar por aquellos sitios donde ellos se reunían,


algunos chicuelos acabaron por acercársele, y aun lo
acompañaban. Una medallita, una castaña tostada, alguna
imagen, era cuanto podía ofrecerles. Pero más que eso valían sus
palabras y sonrisas. ¡Oh la sonrisa de Don Bosco! Toda su alma
estaba en sus ojos y en sus labios; su alma, que arroja los
demonios con el resplandor de su alegría.
Yo tengo para mí, y lo diré de paso, que, aunque uno haya leído
las cien historias que se han escrito de Don Bosco, si no ha
encontrado en ellas su sonrisa, no conoce la vida de Don Bosco; y
si, leyéndola, no ha aprendido a ser amable y alegre como él con
todo el mundo y en todo tiempo, no es verdadero discípulo suyo.
Ya los muchachos lo esperan a las horas que suele pasar; ya lo
siguen por calles y plazas hasta la puerta de la Casa Chica, o de
las cárceles, o de los hospitales, que visita a menudo, o hasta el
Convictorio eclesiástico de San Francisco de Asís, donde vive.
Un día de los últimos de ese otoño, en una mañana crudísima,
que parece de pleno invierno, está Don Bosco vistiéndose en la
sacristía para celebrar la misa. Es el 8 de diciembre, fiesta de la
Santísima Virgen. ¡Oh, si Ella le inspirara lo que debe hacer!
Es muy temprano. El sacristán acaba de abrir la puerta. Un
muchacho medio muerto de frío se cuela detrás de él, atraído por
el calorcito que reina en la iglesia y tal vez con la esperanza de
alguna limosna.
Como no conoce el terreno, de pronto se halla en la sacristía
delante de aquel sacerdote revestido, que reza, de pie, con los ojos
cerrados.
El sacristán, un tal José Comotto, irascible y rezongón según

131 Preparado por Patricio Barros


Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

suelen ser los sacristanes, se da a todos los diablos, porque va a


tener él que ayudar la misa a Don Bosco, pues no ha venido
ninguno de los muchachos que suelen hacerlo.
Vuelve a la sacristía y ve al recién llegado, inmóvil, a cuatro pasos
de Don Bosco.
— ¡Bueno, aquí está éste! — Exclama satisfecho, entregándole el
misal—. Tú vas a ayudar esta misa.
El muchacho retrocede sin tocar el hermoso libro.
— ¡No sé qué es eso!
— ¿Cómo que no sabes? ¡Es el misal! Es preciso que ayudes esta
misa.
— No sé, nunca lo he hecho.
— Y, si no sabes, ¿a qué vienes aquí?
— ¡Tenía frío!— murmura desventuradamente el chico.
— ¿Conque tienes frío?— exclama, enfurecido, Comotto—. ¡Yo te
voy a hacer entrar en calor!
Coge un plumero y descarga sobre él una tempestad de palos y
puñetazos. El muchacho huye, sin atinar con la salida. Recibe
más golpes, se larga a llorar y, por En, da con la puerta.
Don Bosco, abstraído en su oración preparatoria, sólo advierte lo
que acaba de pasar cuando el chico va huyendo por la plaza.
El sacristán aparece bufando, satisfecho de su energía.
— ¿Qué ha hecho, Comotto?— le pregunta severamente el
sacerdote—. ¿Por qué ha castigado a ese niño?
— Porque se ha metido en la sacristía y no sabe ayudar a misa.
— Ese no es motivo para pegarle.
El sacristán mira a Don Bosco de arriba abajo.
— ¿Y a usted qué le importa? — le replica desdeñosamente.

132 Preparado por Patricio Barros


Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

— Sí, me importa mucho, ese chico es amigo mío; llámelo al


instante...
— ¡No faltaría más!
— Si no lo llama, diré al rector cómo trata usted a los niños...
¡Vaya!
El sacristán refunfuña una imprecación en piamontés: "¡Toder,
toder!", pero sale a buscar al fugitivo; lo encuentra en la calle, lo
tranquiliza y logra traerlo a presencia de Don Bosco.
Este lo acaricia y le había amorosamente:
— ¿Has oído misa ya?
— ¡NO!
— Bueno, ven conmigo; la oirás, y después tengo que decirte algo
que te gustará mucho.
Aturdido y asustado aún, el muchacho consiente en llevar el
misal y acompañar a Don Bosco hasta el altar, por no quedarse
mano a mano con aquel sacristán cascarrabias. Pero allí termina
su ayuda.
Después de la misa, Don Bosco lo conduce a un cuartito sin otros
muebles que un armario y un banco de madera. Oigamos lo que
hablan.
— Tienes cara de ser buen chico... ¿No es cierto?
No hay respuesta. Pero una primera sonrisa alumbra la cara
paliducha y tímida del muchacho.
— ¿Cómo te llamas?
Bartolomé Garelli.
— ¿De dónde eres?
— De Asti.
— ¿Cuál es tu oficio?

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

— Albañil.
— ¿Cómo se llama tu padre?
— No tengo padre; ha muerto.
— ¿Y tu madre?
— También ha muerto.
— ¡Oh mi pobrecito amigo! ¿Estás solo en el mundo?... ¿Cuántos
años tienes?
— Quince, dieciséis; no sé de cierto.
— ¿Sabes leer y escribir?
— No sé nada de eso.
— ¿Has hecho la primera comunión?
— No.
— ¿Te has confesado alguna vez?
— Sí, cuando era chico.
— ¿No vas al catecismo?
— No; nunca.
— ¿No te gastarla Ir?
— ¡No!
El gesto es rotundo, pero Don Bosco adivina que en aquella
negativa hay más timidez que mala voluntad. Palmea en el
hombro al muchacho y le pregunta dulcemente:
— ¿Por qué?
— Porque yo soy grande y no sé nada, y mis compañeros chicos
sabrían más que yo.
— Veamos, Garelli; si yo te enseñara a ti solo, ¿vendrías a verme?
— Vendría con mucho gusto.
— ¿Vendrías aquí mismo? Ya sabes cómo se entra por la
sacristía.

134 Preparado por Patricio Barros


Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

El muchacho guarda silencio.


— ¿Qué dices? ¿No quieres venir?
— Sí; pero si no está allí ese hombre para apalearme.
— ¡Mi pobre Garelli! Yo voy a arreglar eso. Nadie te molestará;
vendrás solo, o, si quieres, con otros compañeros, y yo te esperaré
aquí mismo. ¿Cuándo quieres comenzar a aprender el catecismo?
Cuando usted me diga.
— ¿Esta tarde?
— Sí.
— ¿Y no es mejor ahora mismo?
— Bueno, con mucho gusto.
Ya que la Santísima Virgen, en el dio de su fiesta, le mandaba
aquel primer discípulo, Don Bosco no iba a dejarlo escapar.
Se arrodilla, y con la emoción del que va a comenzar una solemne
etapa en su vida, reza un avemaria. Aquel avemaría fue como el
grano de mostaza de la parábola. Otras, por millones de millones,
han brotado de esa imperceptible semillita, que no cayó en tierra
estéril.
— ¿No haces como yo, Garelli? ¿No te santiguas en el nombre del
Padre y del Hijo...?
— No sé hacerlo...
— Bueno, vamos a comenzar por allí. Se hace de esta manera:
dame tu mano derecha; pon así los dedos. En el nombre del
Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo...
Al domingo siguiente, Bartolomé Garelli se presenta en la
sacristía con otros seis muchachos de su laya, aprendices de
albañil, pero con más hábito de correr las calles que de manejar
la llana.

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

Don Bosco los recibe, los entretiene contándoles historietas


edificantes, poniendo en juego su ingenio alegre y fecundo, y
empieza a enseñarles la doctrina cristiana y termina haciéndoles
cantar una cancioncita que él mismo ha compuesto.
Ese es el origen de las famosas reuniones de muchachos, que él
llamó Oratorios festivos.
De semana en semana fue aumentando el número de los que
concurrían a la piecita donde Don Bosco enseñaba con palabras
fáciles de retener y con preciosas historias.
Para aquellos pobres chicos de la calle era una novedad y un
embeleso ver que alguien se interesaba por su bien. Terminada la
lección, el sacristán, seducido por algún regalillo de Don Bosco, y,
más que todo, ganado por sus buenos modales, los dejaba
divertirse en la plazoleta contigua a San Francisco de Asís.
Entre semana, Don Bosco recorría las fábricas y los sitios donde
se construían casas, y buscaba empleos para sus protegidos.
Pasando por una de aquellas construcciones, oye a uno de los
albañiles cantar una canción muy bonita y muy popular. No
entiende la letra, pero saca su lápiz y su cuaderno, raya un
pentagrama y apunta las notas para retenerlas.
Vive en Turín un gran poeta italiano, famoso en el mundo entero
por su libro Mis prisiones. Don Bosco le conoce y lo ha tratado,
pues a menudo Silvio Pellico va a confesarse con Don Guala, el
fundador y director del Convictorio Eclesiástico.
Obedeciendo a una repentina inspiración, va en busca del autor
de Mis prisiones, que vive en el palacio de la marquesa de Barolo,
y le pide que componga una poesía en honor del Ángel de la
Guarda, capaz de adaptarse a aquella música,

136 Preparado por Patricio Barros


Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

Silvio Pellico compone entonces los deliciosos versos Angelito de


mi Dios, que una o dos semanas después corren ya en boca de los
muchachos de Don Bosco, y que todavía ahora se cantan en los
colegios salesianos, y se cantarán por siglos de siglos.
No imaginaba, ciertamente, el compositor de la canción que
cantaban los albañiles el destino de su música. "En poco
tiempo— dicen las Memorias— me encontré rodeado de jovencitos
obedientes y laboriosos, y cuya conducta, en los días de trabajo
como en los de fiesta, yo podía garantizar."
No pensemos que esos jovencitos eran la crema de la ciudad.
Todo lo contrario. Don Bosco echaba su red en las aguas
revueltas y fangosas de los suburbios, en los barrios populares,
en las calles y plazas y rincones baldíos; y pescaba de todo, y se
alegraba más de pescar lo malo que lo bueno.
"Al uno— cuenta él mismo— lo conducía a casa de sus padres, de
donde había huido; al otro, que era ocioso y vagabundo, lo
colocaba con un patrón, dedicado al trabajo; algunos, recién
salidos de la cárcel, se tornaban modelos de los camaradas;
aquéllos, ignorantísimos de las cosas de la fe, se instruían en la
religión."
En el edificio del Convictorio hay un buen patio, que el rector
cede a Don Bosco para que sus muchachos jueguen más al
abrigo que en la descampada plazoleta de San Francisco.
Pero el alboroto que ellos arman perturba el sosiego de aquella
casa de altos estudios y de oración. Las quejas se multiplican, y
algunos sacerdotes, que no comprenden el bien que hace el
Oratorio festivo, empiezan a poner piedras en el camino de Don
Bosco.

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

Don Bosco tendrá en este mundo la herencia que han tenido


todos los santos y que tuvo el Divino Maestro: la contradicción, la
persecución: y, con su paciencia, probará su doctrina, conforme a
las palabras del Espíritu Santo. (Proverbios, 19, 11).
Los seis primeros camaradas de Bartolomé Garelli se hablan
multiplicado por diez y por veinte; y si hubiese tenido un amplio
local donde acogerlos, serían cien veces más. Y apenas hacía dos
años que existía el Oratorio. En 1843, Don Bosco, en las
vacaciones, comienza a ir al santuario de San Ignacio, en el
pueblo de Lanzo, a dar los ejercicios espirituales a los laicos.
Desde entonces hasta 1875, no dejó de ir ningún año, y durante
muchos hizo el viaje a pie, saliendo de Turín a las tres de la
mañana para llegar a Lanzo e las diez. Su salud estaba lejos de
ser buena, pero su voluntad y su abnegación le infundían un
vigor portentoso.
En esas vacaciones volvió a su aldea natal, y visitó en
Castelnuovo a su antiguo protector, Don Cinzano. Estaba el viejo
párroco zambullido en la lectura de un libro que hacia entonces
un ruido formidable en toda Italia y aun en Europa entera: la
obra del abate Gioberti: El primado civil y moral de los italianos.
Ahora nos costaría trabajo leer y gustar ese estilo y participar del
entusiasmo que despertó el libro entre toda clase de gentes, y en
especial en el clero.
Gioberti se presenta como el apóstol de la unidad italiana,
realizada en la forma de una Liga de sus diversos Estados, bajo la
presidencia del Papa. Los elogios al catolicismo y el carácter
sacerdotal del autor eran apropiados para hacer pasar como
doctrinas de la Iglesia Romana las teorías políticas de las

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

sociedades secretas y de Mazzini.


Por ese tiempo, Gioberti, desterrado del Piamonte, vivía en Bélgica
y colaboraba en el periódico de Mazzini Giovanne Italia.
Don Bosco toma el libro que tanto embelesa a Don Cinzano, lo
hojea y hace una mueca desdeñosa, que solivianta al buen viejo.
— ¿Qué tienes que decir de esta obra, espléndidamente escrita y
llena de doctrina católica?
— Mi querido señor vicario, desconfiemos de esa doctrina, que no
puede ser tan católica como parece.
— ¿Y por qué?
— Porque el abate Gioberti no lleva una vida de sacerdote
católico, y no puede tener un color la vida y otro color la doctrina.
Vive en Bruselas, en comunicación con Mazzini y otros
conspiradores. Enseña filosofía en un colegio protestante; no
celebra misa desde hace años; no reza el breviario y no viste de
sacerdote, sino de civil... Todo eso bastaría para hacerme
sospechoso el libro.
Volvió a hojearlo y leyó en alta voz algunos pasajes,
comentándolos.
— Como todos los reformadores del catolicismo, Gioberti no se
contenta con purgarlo; quisiera transformarlo...
Don Cinzano, que es tozudo, menea la cabeza y contesta en su
dulce piamontés, sonriendo:
— Don Bosc! Don Bosc!, tit ses un sant baloss!
Tres años después, la Iglesia ponía en el Indice todas las obras
del abate Gioberti. La inocente mirada de Don Bosco había
penetrado su malicia.
En Turín, aparte de sus estudios y del Oratorio festivo, que va

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

creciendo como una planta vigorosa, confiesa, predica, administra


los sacramentos en los hospitales, en los asilos, en las cárceles.
Confesar es su vocación. No lo rinde Jamás la fatiga. Suele
estarse horas y horas, con los pies fríos, en un rincón glacial;
escuchando a los penitentes, que se renuevan a su alrededor.
Mientras más gordos son los pecados de que se acusan, más
alegría siente, viendo en forma tan palpable la operación de la
misericordia divina.
Cuando se le acerca un nuevo cliente, su mirada sagacísima
descubre, antes que el otro abra la boca, qué especie de pecados
son los que lo atormentan y lo llevan a sus pies. Adivina sus
vacilaciones y su vergüenza, y lo alienta con palabras así:
— Vea, mi amigo; hoy tengo tiempo sólo para confesar cosas
graves; de modo que si usted no me trae sino bagatelas, le ruego
que dejemos para más tarde esta confesión. El penitente
comienza a sentirse más animado, pero todavía vacila. Don Bosco
añade:
— Si tiene cosas graves, échelas sobre mí, y estaré contento, y el
Señor estará más contento aún...
— ¡Oh, no dude que yo le voy a satisfacer! — exclama con voz
sorda y conmovida el penitente.
— ¡Gracias a Dios! ¿Cuántos años hace que no se confiesa?...
¡Hábleme como a un amigo que tiene el poder de perdonarlo en
nombre de Dios! ¡Háblame como al mismo Dios, que sabe todo lo
que usted me va a decir!
No era posible que, por inmensas que fuesen las culpas de aquel
que se arrodillaba a los pies de Don Bosco, se negara a
declararlas a quien le hablaba así.

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

Don Bosco había confesado en las cárceles, y conocía la mortal


vanidad que los criminales sacan de sus delitos. Los mayores
delincuentes eran los más reputados. Gozaban con la siniestra
fama de sus crímenes, hablaban de ellos sin reparo y hasta
despreciaban a los sólo culpables de pequeños delitos. "¡Qué me
vas a decir a mí, que he estado en galeras doce años!" "¡Y a mí,
que fui condenado a muerte y el rey me conmutó la pena!"
Esa franqueza brutal, ese orgullo del crimen, las más de las veces
no era otra cosa que necesidad de confesar, de descargar la
conciencia en el pecho de un amigo. Don Bosco lo comprendía, y
encauzaba hacia el bien el instinto de confidencias de aquellos
desventurados. ’
Y fuera de las cárceles procedía igual, porque hay muchos
crímenes que la justicia humana ignora o no castiga, pero que
aplastan como un torno el corazón del culpable.
¡Qué alivio para éste saber que hay un confesor a quien puede
confiarle su horrible secreto, y que no se va a escandalizar, sino
que se va a alegrar, va a ser amigo, y lo va a perdonar en nombre
de Dios! ¡Y nadie en el mundo, nunca, jamás sabrá nada de aquel
misterioso diálogo que hayan tenido entre los dos!
Los hospitales y las cárceles en aquellos tiempos no eran como
hoy. En la cárcel no había celdas, sino grandes salas donde
permanecían hacinados centenares de presos. Don Bosco, para
confesar, buscaba el rincón más tranquilo por lo retirado, y era a
veces el más sucio, junto al lugar infecto que servía a todos de
retrete.
No había silla, y debía sentarse en un madero, en un atado de
paja podrida, que ya ni para eso servía. El penitente se

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

arrodillaba a sus pies, apoyaba la frente en la propia cabeza de


Don Bosco y desgranaba en su oído santo las cosas nefandas que
mordían su conciencia. En esa postura, agachado, ya a derecha,
ya a izquierda, y en ese lugar pestífero, pasaba tantas horas, que
alguna vez lo sorprendió la noche.
No era posible salir de la cárcel, porque al toque de oración
cerraban las puertas y el alcaide se llevaba las llaves. Nadie salía
hasta el día siguiente.
Los carceleros, que amaban a Don Bosco, y que eran también sus
clientes, corrían despavoridos en busca del superior. No era fácil
hallarlo a esa hora, ni iba a dispensarles buena acogida. Lo
probable es que los mandara a paseo y condenara al imprudente
sacerdote a dormir en el presidio por haber violado el reglamento.
Don Bosco sonreía y aguardaba, y cuando, por fin, le abrían la
puerta, eran las once o las doce de la noche. Mala hora para
llegar al Convictorio Eclesiástico.
El superior, teólogo Guala, lo amonestaba severamente:
— ¿Cómo es eso? ¿No conoce el reglamento de la casa?
— ¡Oh señor! ¡Si viera el quehacer que había en la Piccola Casa, y
en el hospital, y finalmente, en la cárcel!
Será así, pero eso no es motivo para llegar a estas horas. Si hay
mucho que hacer, déjelo para otro día, y, ante todo, cumpla con
el reglamento.
Sin resentirse, Don Bosco agachaba la cabeza, pedía perdón y
subía a su aposento.
¡Lo que ha tenido que sufrir, no de los malvados, sino de los
buenos, sólo Dios lo sabe!
Pero si el grano de trigo no es triturado por la rueda del molino,

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

no se transforma en la harina de que se hace el pan.

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

§ 10.
¿A caso loco?

Se acerca el plazo en que debe abandonar el Convictorio.


¿Qué hará? ¿Adónde irá?
Vuelve a asaltarlo la idea de hacerse misionero o religioso. Ahora
piensa en los capuchinos. Tiene algunos amigos en dos conventos
de esa Orden, que ha visitado.
¡Qué delicia vivir en una celda, con muchos libros, estudiando la
Historia Sagrada, la Historia de la Iglesia, la Teología, y
escribiendo, sin tener que preocuparse de las cosas materiales!
Pero le atrae más, tal vez, la idea de penetrar en tierras de
salvajes a predicar el Evangelio y a sufrir el martirio. La
Congregación de los Oblatos de la Virgen María tiene sus
preferencias, porque en esos años se habla mucho de sus
conquistas espirituales en los países paganos del Extremo
Oriente. Y, ya que ama tanto a los niños, ¿cómo no ha pensado
antes en los millares y millares de criaturas que mueren sin
bautismo en aquellas misteriosas regiones?
¡Ya está! ¡Será oblato de la Virgen María!
Con aquel ímpetu generoso de todas sus resoluciones, destina
todos sus minutos libres a estudiar lenguas, español, inglés,
francés, instrumentos preciosos para un misionero. Ha
consultado a su confesor, Don Cafasso, quien sacude la cabeza
irónicamente:
— ¿No pensaba también ser sastre? ¿Cómo va la sastrería?
Den Cafasso alude a aquel sueño que Don Bosco le ha narrado,
en el cual se veía zurciendo retazos de diversas telas y cortando

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

ropas.
Un día, ansioso de concluir con sus dudas, prepara su maleta y
se presenta a Don Cafasso.
— Vengo a decirle adiós.
— ¿Adónde va?
— A hacerme oblato de la Virgen María.
— ¡Ah Don Bosco, Don Bosco!... ¿Y la sastrería?... Vaya, deje su
maleta y venga a hablar conmigo...
— ¡YO estoy resucito a ser misionero!
— No, usted no puede ser misionero. No puede andar una milla
en un carruaje cerrado, sin marearse y estar a la muerte, ¡y
piensa cruzar el Océano!... ¡No, no! Dios no quiere que usted sea
misionero... Déjeme pensar a mí...
Don Cafasso ha adivinado sobrenaturalmente la misión de Don
Bosco.
No solo en el centro de Asia y del África y en las regiones
inexploradas de América hay infieles a quienes evangelizar.
También en Turín y en Roma, y en todas las grandes ciudades.
Esos son los pedazos de telas diversas que debe zurcir. Esa es la
sastrería que no puede abandonar.
Con su acostumbrada humildad, Don Bosco renuncia al proyecto.
Don Cafasso ha encontrado para él un empleito, que le permitirá
dedicarse a sus biricchini, sus muchachos, sin abandonar su
querida Turín.
La marquesa de Barolo va a darle 50 liras mensuales, como
director espiritual: del Ospedaletto, un hospital de niños que ella
ha fundado.
Magnífica y a la vez curiosa figura la de aquella marquesa de

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

Barolo. Es una gran dama francesa, Julieta Colbert, viuda de uno


de los hombres más ricos de Turín. No tiene hijos, y gasta sin
contar su gran fortuna en obras de caridad y en fundar
instituciones piadosas, colegios, hospitales, asilos, y en hacer
venir del extranjero hermanas de Congregaciones nuevas en el
Piamonte, para que los atiendan.
Durante el cólera de 1835 se la ha visto a ella personalmente
cuidar a los apestados.
A su muerte se han conocido sus penitencias. Lleva cilicio. No es
bastante: también quiere fundar Órdenes religiosas, y no se
contenta con una; funda dos: las Hermanas de Santa Ana, para
cuidar de las niñas pobres, y las Hermanas de Santa Magdalena,
para la reeducación de las descarriadas. Remueve cielo y tierra, y
en seis meses consigue del Papa Gregorio XVI la aprobación de
sus Constituciones.
Además tiene un salón, uno de los más aristocráticos salones de
la corte de Carlos Alberto.
Poetas, filósofos, escritores, políticos, hombres de mundo, se
disputan el aparecer en aquel salón. Es un título difícil de
alcanzar, y más aún de conservar, porque la marquesa de Barolo
es rígida y autoritaria. Bien lo sabe su secretario, Silvio Pellico.
El dulce autor de Mis prisiones ha dejado las malas compañías.
Ya no es carbonario. Es un ruiseñor que ha anidado en el alero de
un príncipe.
Suele pasar horas en el salón privado de la marquesa,
despachando su correspondencia, copiosa como la de un primer
ministro. Ella, en el hueco de la ventana, cose o teje para sus
pobres. Nadie chista mientras ella no habla. Su ovillo rueda por el

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

suelo, y se oye su voz misteriosa.


— ¡Silvio! ¡Alcánzame el ovillo!
Y el autor de Francesa Rimini corre, en cuatro patas, bajo la
mesa, donde se ha escondido el ovillo.
Con una ojeada, en la primera entrevista, la marquesa de Barolo
mide la estatura de su nuevo protegido, aquel joven sacerdote que
le presenta el teólogo Borel. ¿Qué hay debajo de aquella sotana
pobre, detrás de aquella frente, que los negros cabellos hacen
parecer más pálida? ¿No es un poco tímido? ¿No le han dicho que
quería ser franciscano y también misionero? Eso significará que
su voluntad es ondulante. ¡Mejor! La noble dama tiene bastante
voluntad ella sola como para que todos sus colaboradores puedan
privarse de tenerla.
Satisfecha de esa primera impresión, lo conversa amablemente y
se complace en allanarle toda dificultad. ¿Don Bosco no quiere
abandonar a sus biricchini? ¡Bueno! Que los reúna en su pieza,
que va a ser vecina de la del teólogo Borel.
— ¡Y también en la mía! — dice éste.
Los dos amigos desde ese instante, van a trabajar con alma y vida
en los Oratorios festivos, la ingeniosa idea de Don Bosco para
atraer a los muchachos vagabundos de Turín.
El domingo, a la hora acostumbrada, van llegando al nuevo local
los biricchini de todos los rumbos de la ciudad. Se juntan más de
doscientos, y sus gritos, sus saltos, sus travesuras alarman al
vecindario.
¿Quién es ese sacerdote extravagante que se rodea de tales
pilletes? ¿No sabe, acaso, la marquesa de Barolo el barullo que
arman en la casa, metiéndose por todos los rincones,

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

encendiendo fuego, derramando agua, rompiendo vasijas? ¡Ah, no


tardará en saberlo!
Se calman luego cuando, Don Bosco en su pieza y el teólogo Borel
en la suya, explican el Evangelio, y luego confiesan a los que
quieren hacerlo, y después, en alegre procesión, se van por las
calles cantando, hasta una iglesia, donde oyen misa.
Faltaban varios meses para que se concluyera el edificio del
Ospedaletto, que Don Bosco iba a dirigir. Y la marquesa quiso
darle otra prueba de su benevolencia, consintiendo que
transformasen en capilla dos de sus grandes piezas, y ayudándole
con noventa liras para el ornamento.
Don Bosco tenía de antemano la autorización del arzobispo, pues
nunca llevó adelante proyecto alguno sin el permiso de la
autoridad eclesiástica.
El 8 de diciembre de 1844 inauguró, pues, la primera iglesia de
las muchas que había de fundar. La dedicó a San Francisco de
Sales, modelo perfecto de paciencia y dulzura, las dos cualidades
por excelencia de todo maestro de niños,
¿Saben mis lectores cuántas iglesias de Don Bosco existen ahora
en el mundo, cuántos colegios, asilos, talleres? ¿Cuántos
sacerdotes y cuántas monjas de sus Congregaciones? ¿Cuántos
millares de alumnos, cuántos artesanos y artistas, salidos de sus
escuelas? ¿Cuántos centenares de millones de libros, revistas,
folletos, impresos en sus talleres?
Asombra el cómputo de esta sobrehumana labor, realizada en
pocos años por un pastorcito analfabeto. Y asombra todavía más,
considerando los obstáculos que lo acorralaban.
¿Cuál de esos héroes de la Historia Universal, que en los libros de

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

texto se proponen a los escolares como modelos de energía y


perseverancia, ha vencido más dificultades que Juan Bosco para
aprender a leer, para seguir su vocación, para juntar sus
primeros muchachos y dar sus primeras lecciones, gratuitas
porque todo, en su larga vida, su hizo gratis para los pobres?
¿Cuál de esos gigantes de la Historia Universal ha realizado una
obra más universal, más progresiva y más útil para la
humanidad?
Es una pequeña cuestión histórica, que vale la pena apuntar, sin
detenernos.
¡Dificultades en apariencia invencibles, a veces ridículas!
El Oratorio festivo, en aquellas piezas del Ospedaletto, no duró
gran cosa.
Creo ya haberlo dicto: los biricchini de Don Bosco no constituían
la flor y nata de la juventud de Turín. Por el contrario, algunos
eran muchachos recién salidos de la prisión; los más,
vagabundos, sin trabajo, sin morada fija, y todos, de escasa o
ninguna educación.
Ensordecían con sus gritos y sus cantos la casa entera y la calleja
contigua. Escandalizaban a las buenas religiosas del Refugio;
alborotaban a sus cuatrocientas muchachas, recogidas de la calle
también; perturbaban la paz de todo el barrio.
Las quejas de las Hermanas y de los vecinos llegaron a la
marquesa de Barolo. Se aproximaba también la época en que iba
a inaugurarse el hospital, cuyos enfermos necesitaban silencio y
tranquilidad.
Por desgracia, la marquesa de Barolo amaba las flores. No
tardaron en llevarle malas noticias de un rosal plantado a la

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

entrada del Ospedaletto. Los biricchini de aquel extravagante


sacerdote lo habían talado.
Fue la gota que hace desbordar el vaso. Don Bosco recibió una
agria reprimenda de la caritativa pero enérgica dama, y una orden
terminante de no reunir más allí sus muchachos.
Le sobraba razón; Don Bosco mismo se la daba. En verdad, sus
amados biricchini merecían volver a la cárcel. Y no se afligió
mucho; ya sabía a dónde llevarlos, y no muy lejos de allí: al
cementerio de San Pedro in Vincoli, donde existía una capilla y un
camposanto, rodeado de anchos corredores.
El no necesitaba más; sus biricchini, tampoco. Una capilla para
las funciones, un corredor para estar a cubierto en los días de
lluvia y un sitio baldío para jugar a las bochas.
Don Tesio, el capellán del cementerio, que se aburría de mirar por
la ventanilla de su aposento, arriba del tejado, sólo tumbas y
lápidas, se alegró de la visita de Don Bosco.
— ¡Oh, sí! ¡Traiga, traiga a sus biricchini! Usted me asegura que
son buenos muchachos..., que no harán destrozos... ni
profanaciones... ¡Tráigalos en buena hora!
Al domingo siguiente, precioso domingo de primavera, más de
trescientos muchachos, de todos pelajes, llenaron la capilla, los
corredores, el camposanto.
Don Bosco y el teólogo Borel, bajo los pórticos, enseñan lectura. Y
como no tienen libros, se aprovechan de las grandes letras de
aquellas lápidas, de mármol o de bronce, muchas de ellas con
emblemas nobiliarios y temas en latín o francés, que era por esos
tiempos el idioma cortesano.
Y, entretanto, los biricchini juegan a las bochas.

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

¡Ay! Una bocha lanzada con demasiado vigor va a meterse en un


cuartujo, al lado de la capilla, donde el ama de llaves del capellán
tiene unas gallinas cluecas.
Las gallinas cacarean despavoridas, y aparece la irascible fámula
vomitando injurias contra los perturbadores de su eterno reposo,
y como Don Bosco Intenta aplacarla, lo cubre de improperios:
— ¡Guárdese bien de poner los pies en el cementerio el domingo
próximo! ¡Porque, si no es el capellán, seré yo la que lo eche de
aquí!
Los carpinteros, los zapateros, los cazadores, hasta los
automovilistas tienen un santo protector. Don Bosco podría ser el
protector de los desalojados, a juzgar por las veces que él y sus
discípulos fueron echados a la calle.
Así, los vemos desfilar por las calles de aquel suburbio, en
número de doscientos o más, llevando los enseres de su Oratorio
festivo, los ornamentos sagrados, los bancos, las bochas, los
juegos, el brasero en que se calentaban, pero que ya no les
servirá, porque el verano resplandece sobre Turín.
El Municipio les permite reunirse en el sitio llamado Molassi,
donde hay un molino, que mueve las aguas del Dora, riacho
tormentoso y amarillo, que poco más allá se arroja en el seno del
Po.
Allí hay una corralada a patio, con pavimento de piedra, y una
capilla y un corredor, en donde representan sainetes compuestos
por Don Bosco mismo.
A las pocas semanas, los vecinos, especialmente los molineros,
empiezan a intrigar contra Don Bosco y sus biricchini. El
Municipio manda a ver qué son esas reuniones de muchachos.

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

Ha crecido tanto su número, que llenan la corralada y la calle, y


desbordan en la plazoleta de Los Molinos, donde evolucionan con
sospechosa disciplina.
Pensemos que en 1845 se preparaba la pólvora que iba a
quemarse un poco después en las barricadas del 48. Eran las
vísperas de la gran revolución, que costó la corona a Luis Felipe
de Francia y a Carlos Alberto del Piamonte.
Sólo un pórtico de tres arcos separa la plazoleta de la enorme
plaza Manuel Filiberto, llamada también plaza del Palacio, por no
estar lejos del Palacio Real.
Es más bien un mercado inmenso, atendido por centenares de
mujeres, que adoptan aires de matronas, aunque su comercio
quepa en un tenducho o se realice al aire libre.
Allí se venden todas las cosas imaginables: comestibles,
herramientas, juguetes, paños, baratijas, animales vivos y
muertos; mientras en las calles adyacentes, como quien dice a la
sombra del gran mercado, se agrupan innumerables traficantes
de trastos viejos, desde la grasienta levita hasta el libro de texto
roñoso, desde el gabán indescriptible hasta el clarinete sin llaves
o el garrafón desorejado.
Aquellas damas de Porta Palazzo tienen orgullo de clase. Es
tradición de siglos que nadie las llame por su nombre solo, ni las
tutee familiarmente. Exigen tratamiento de señora y de usted, y
cuando alguien lo olvida, se lo recuerdan con esta frase
desdeñosa: "¡Señor, nunca he pastoreado mis cabras en vuestra
compañía!"
A esa susceptibilidad de ciudadanas libres, unen la generosidad
proverbial, que bien ha probado la Piccola Casa del beato

152 Preparado por Patricio Barros


Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

Cottolengo, instalada a pocos pasos de allí.


Ya sabemos que la Piccola Casa es un grandioso hospital, sin
rentas ni beneficios de ninguna índole, sostenido, ya va para un
siglo, por limosnas anónimas, como las de esas mujeres.
Entre gente así, el alegre y cumplido Don Bosco tenía que
granjearse amistades. Su pequeño ejército crecía, y los
municipales acabaron por dar oídos a los molineros, y le
espetaron un papel y clavaron otro en la puerta de los molinos
prohibiendo las reuniones de los biricchini.
Inmediatamente, con sus ornamentos, sus bochas, sus bancos,
seguido de su dócil batallón, se traslada a tres piezas que ha
alquilado a un sacerdote, de nombre Moretta, en una casa de
inquilinato, próxima al Refugio de la marquesa de Barolo y al
Ospedaletto, cuya dirección espiritual conserva.
En aquellas piezas abrió la primera escuela nocturna para hijos
del pueblo que haya habido en Turín. Los inquilinos de las otras
piezas se sublevaron. ¿No le bastaba perturbar sus domingos con
el infernal ruido de lo biricchini? ¿Era necesario sacrificarles las
noches de todos los días? Pero ¿a qué horas descansaba aquel
singular sacerdote?
Se reunieron para exigir al propietario que lo expulsara so pena
de irse ellos.
El propietario con buenas maneras, despidió a Don Bosco y sus
biricchini.
No podían reunirse en una capilla; no podían reunirse bajo un
pórtico; no podían reunirse en una pieza; los expulsaban de un
cementerio y del patio de un molino... Don Bosco resolvió que se
reunirían en un prado, sin más techo que el cielo.

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

Había uno cerca de la casa que abandona; corre y lo alquila; era


el prado de los hermanos Filippo, rodeado por una cerca. Y allí,
bajo el cielo límpido, nublado o lluvioso, se reunieron los
biricchini, y el prado sirvió para jugar a las bochas y para hacer
carreras y dar saltos, y confesarse, y predicar, y enseñar a leer y a
cantar.
Decididamente, si Don Bosco no era un revolucionarlo, que
preparaba sistemáticamente sus tropas, era un loco. Algunos
curas empezaron a murmurar que aquel sistema de educación al
aire libre era extravagante y herético, y alejaba a los muchachos
de sus parroquias.
El arzobispo debía prohibírselo.
— Mis biricchini no tienen parroquia — contestó Don Bosco—,
porque no tienen domicilio estable ni familia. La mayoría no son
de Turín; son saboyanos, suizos, bieleses, lombardos. Hablan
dialectos distintos. Son ignorantes, y muchos de ellos, adultos, de
quince, dieciocho, veinte años... Si los párrocos quieren atraerlos
en buena hora; tengan un patio con juegos y música, enséñenles
catecismo, y lectura, y cuentas... Denles también desayuno y un
poco de merienda a la tarde. Y búsquenles trabajo en las
construcciones y en las fábricas, porque todos quieren ganarse la
vida.
Los curas no oían de esa oreja.
El marqués de Cavour, padre del célebre Camilo Cavour, era
vicario de la ciudad. Mandó llamar a Don Bosco al Palacio
Municipal y le habló sin remilgos:
— Sus reuniones, mi amigo, son peligrosas, y no puedo tolerarlas.
— ¿Cómo pueden ser peligrosas, señor vicario? No tienen otro fin

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

que mejorar la suerte de los hijos del pueblo, educarlos y


disminuir el número de vagos y delincuentes.
— Yo no le he llamado para disputar con usted — repuso Cavour
con aspereza—, sino para ordenarle que suspenda esas
reuniones, que no he autorizado.
— Mis reuniones no tienen carácter político, señor vicario...
— ¡Basta! ¿Sabe usted en presencia de quién se encuentra?
¡Reconozca mi autoridad!
— La reconozco y la respeto; y si no le he pedido permiso para
mis reuniones, es porque sólo se trata de enseñar el catecismo,
con la aprobación del arzobispo.
— ¡Ah!, ¿sí? Bueno, yo hablaré con el arzobispo, y veremos lo que
resulta.
Don Bosco hizo un gran saludo y se fue, satisfecho, pues sabía
que el arzobispo no pondría piedras en su camino.
Sobre la mesita halló una carta de los hermanos Filippo,
propietarios del prado, que, con diversas razones, le intimaban el
desalojo.
Era para desanimar a un ángel.
La salud de Don Bosco no era buena. Llevaba de frente, a más del
trabajo de sus biricchini, la dirección espiritual del Ospedaletto;
confesaba allí y en el Refugio y en las cárceles, y predicaba y
escribía libros de texto: una Historia Sagrada, una Historia de la
Iglesia, que ahora todavía se reimprimen. Se difundió la idea de
que el excesivo trabajo lo había enloquecido.
Hasta sus más fieles amigos, como Don Cafasso o el teólogo
Borel, sintieron vacilar la confianza que habían puesto en él, y le
aconsejaron que abandonase el Oratorio festivo, para atender las

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

otras cosas. Los más graves sacerdotes lo visitaban compadecidos


de su locura y trataban de salvarlo.
— ¡No se obstine! Usted no puede realizar imposibles. Se ve que la
Divina Providencia no aprueba su obra, puesto que le opone
tantos obstáculos.
— ¡No, no, no! respondía Don Bosco tenazmente, con
extraordinario fulgor en los ojos negros—. Ustedes se equivocan.
La Divina Providencia me ha mandado mis biricchini. Y, si vienen
más, ¡mejor! No rechazaré uno solo, y continuaremos
reuniéndonos...
— Pero ¿dónde, si de todas partes lo han desalojado?
— Hay una iglesia, y un patio, y una casa de donde no nos
desalojarán, porque será mía...
— ¿Dónde está?
— No puedo decir dónde está; pero sí que existe; la he visto en
sueños...
Los amigos cambiaban miradas tristes y se decían en voz baja:
— ¡Está loco! Tal vez podamos salvarlo sometiéndolo a una cura.
Bosco era perspicaz y había comprendido lo que pensaban de él,
y hasta se complacía en confirmar sus sospechas.
— ¿Ustedes no creen que existe esa casa? Bueno; si no existe, la
construiré con la ayuda de María Santísima. Mis biricchini
tendrán vastos edificios, con aulas para las clases y grandes
dormitorios y talleres, donde podrán aprender cualquier oficio.
Patios espaciosos y corredores para los juegos, y magnificas
iglesias, y clérigos y sacerdotes que les enseñarán y cultivarán en
ellos las vocaciones eclesiásticas...
— ¡La, la, la! Entonces, ¿usted quiere formar una nueva

156 Preparado por Patricio Barros


Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

Congregación religiosa?
— Y si se me antojara hacerlo, ¿qué dirían ustedes?
— Nos alegraríamos de su buen resultado...
— ¡Pues la formaré!
— ¿Y con qué hábito va a vestir a los nuevos frailes?
— ¿Ustedes me lo preguntan? Bien, sépanlo: mis clérigos irán
vestidos de albañiles, en mangas de camisa...
La marquesa de Barolo había pasado seis meses en Roma
librando batalla para obtener la aprobación de sus dos institutos
de monjas de clausura. Nadie creía que en tan poco tiempo la
obtuviese. Pero su actividad pasmosa, su tremenda tenacidad,
vencieron todos los obstáculos. Cuantos esperaban verla volver
mohína y desengañada, la vieron llegar triunfante, briosa y más
autoritaria que nunca.
Don Bosco fue a felicitarla, y como entrasen a hablar de los
biricchini, entre bromas y veras le dijo así:
— Deme unos cuantos millones y verá, señora marquesa, cuántos
biricchini voy a reunir. Seré como una gallina y cubriré al mundo
con mis alas.
¡Qué manera de hablarle a ella, fundadora de Órdenes religiosas,
nueva Teresa de Jesús! Era forzoso creer lo que murmuraban:
Don Bosco estaba loco.
Al día siguiente, ella misma, penetrada de compasión, pero
resuelta a cortar por lo sano, trepó la humilde escalera de su
capellán y se le apareció en la pieza del Refugio.
— Mire buen abate — le dijo con cariño y firmeza—, usted no
puede ocuparse de tantas cosas a la vez. Su salud está resentida.
Debe limitarse a su obligación, que es atender mi Ospedaletto,

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

nada más.
— ¿Y mis biricchini, señora marquesa?
Déjese de biricchini; deje de ir a las cárceles: deje también la
Piccola Casa; deje de predicar en las iglesias. Por ahí andan
diciendo que su salud mental...
Don Bosco se echó a reír.
— ¿Ya sabe usted lo que dicen, mi buen señor? Bueno, pues yo
no puedo permitir que usted se vuelva loco de trabajo, y vengo a
proponerle...
— ¿Qué, señora marquesa?
— Que abandone una de las dos cosas: o mi Ospedaletto, o sus
biricchini. Piénsalo, y mañana me contestará.
Era un ultimátum, que Don Bosco recibió con la más plácida
sonrisa.
— No hay necesidad de aguardar hasta mañana, señora
marquesa. ¡Ya está pensado! Usted, con su dinero, encontrará
para el Ospedaletto cuantos sacerdotes necesite. Mis muchachos,
si yo me retiro, quedarán abandonados. Elijo, pues, mis biricchini.
A su vez le tocaba sonreír a la marquesa de Barolo. Y le arrojó
esta punta:
— ¿Y con qué va a vivir, si cesa la pensión que yo le paso?
— Dios me ha ayudado hasta ahora, y me ayudará siempre.
— Pero su salud está arruinada. Su cabeza, débil. Va a meterse
en deudas, y después vendrá a mí para que yo se las pague. Y yo
le aseguro que entonces no le daré ni un céntimo. Escúcheme
como a una madre. Yo le continuaré pagando el estipendio, y
hasta se lo aumentaré. Pero aléjese de Turín. Váyase a descansar,
uno, tres, cinco años. Cuando se restablezca su salud, vuelva y

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

será bien recibido por mí.


— Le agradezco, señora marquesa, pero yo no me he hecho
sacerdote para cuidar de mi salud.
— ¡Piénselo bien!...
— Ya está pensado. Mi misión es consagrarme a la juventud.
La marquesa montó en cólera:
— Entonces, ¿prefiere esos forajidos a mis institutos? Si es así,
queda despedido. Hoy le nombraré reemplazante.
— Está bien, señora marquesa. Pero una despedida tan brusca
hará suponer motivos nada honrosos para usted y para mí.
— Tiene razón: le doy tres meses de plazo para dejar el
Ospedaletto...
Y la gran señora se fue, haciendo sonar la puerta. Don Bosco, en
sus Memorias, dice lo siguiente:
"El rumor de que Don Bosco estaba loco iba afirmándose cada
día.
"Mis amigos se mostraban condolidos; otros reían: pero todos se
mantenían alejados de mí. El arzobispo dejaba hacer. Don
Cafasso aconsejaba esperar; el teólogo Borel callaba. Así, todos
mis colaboradores me dejaron solo en medio de,
aproximadamente, cuatrocientos muchachos.
"En esta ocasión, algunas personas respetables quisieron cuidar
de mi salud.
"— Este Don Bosco — decía una de ellas— tiene ideas fijas, que lo
conducirán irremediablemente a la locura. Quizá atendiéndolo a
tiempo lo salvaremos, Conduzcámoslo al manicomio, y allí, con el
debido respeto, se hará cuanto sugiera la prudencia.
"Dos se encargaron de ir a buscarme en una carroza y de

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

llevarme al manicomio.
"Los dos mensajeros me saludaron cortésmente, y después de
pedir noticias del Oratorio, del futuro edificio y de la Iglesia,
lanzaron un suspiro y exclamaron: "¡Es verdad!" Y me invitaron a
dar un paseo.
"— Un poco de aire le hará bien. Salgamos; tenemos allí una
carroza. Iremos juntos y conversaremos largamente.
"Yo me di cuenta de la jugada que querían hacerme, y sin mostrar
desconfianza, les acompañé, pero insistí en que subieran ellos
primeramente a la carroza; y luego, en vez de subir yo también,
cerré la portezuela y ordené al cochero:
"— ¡Pronto! ¡Llévate estos dos eclesiásticos al manicomio! ¡Los
están aguardando!"

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

§ 11.
El conclave

Bajo el cielo de Italia, los días del otoño son tibios, transparentes,
impregnados del agridulce perfume de las viñas maduras.
En el Piamonte, el verano del año 40 había sido en extremo seco;
pero lluvias tardías renovaron la frescura de los campos y
aplacaron el polvo de los caminos. El otoño se presentaba escaso
de frutos, pero éstos eran de mejor calidad y se vendían a buenos
precios.
Mamá Margarita, la madre de Don Bosco, había cumplido
cincuenta y ocho años; se conservaba sana y fuerte, y esperaba
morir, cuando el Señor lo dispusiera, en su amada casita de los
Becchi, tan llena de recuerdos, en medio de su viña y del maizal
cultivado por ella misma. Cuando un día su hijo la habló así:
— Madre mía, he alquilado una casa en las afueras de Turín. No
es una casa entera, sino una larga pieza que me sirve de capilla,
una camarita que me sirve de escritorio, dormitorio y escuela, y
otra que hará de cocina, despensa, comedor y también
dormitorio... ¿Quiere venir conmigo a acompañarme?
La proposición tomó tan de sorpresa a mamá Margarita, que no
acertó a decir ni que si ni que no. Dijo sólo, dulcemente y con
tristeza:
— ¿Dejar esto? ¿Irme allí? ¿Para siempre?
Esto era todo el mundo para ella; la casa en que habían nacido
sus hijos, sus colinas, sus prados, la vecindad, parientes y
amigos, el mercado de Castelnuovo, la Iglesia que amaba. ¡Oh,
nunca se acostumbraría a rezar en otra! Don Bosco se hizo el que

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

no advertía la emoción de su madre.


— Ya no tengo mi pieza en el Refugio. Ahora debo habitar la casa
que he alquilado. Pero hay mala vecindad. Casi todos los
inquilinos de las otras piezas son gente de mal vivir. Y al frente
hay otra casa, de cierta señora llamada Bellezza, donde existe
una taberna infame. ¿Puedo vivir solo allí, madre mía?
Mamá Margarita no dijo más que esto:
— No, no puedes vivir solo... Tu madre te acompañará.
Los preparativos la demoran dos o tres días. Un vecino que va
para Turín con su carro se ofrece a llevar a ambos por poco
dinero. Prefieren mandar con él la harina de maíz, el poco de
vino, el pan y los otros víveres que guarda en su despensa mamá
Margarita. Ellos dos irán a pie; son tan pobres, que, después de
pagar el transporte de aquellas cosas, no les queda un sueldo en
el bolsillo Sin embargo, Don Bosco ha hecho un contrato de
alquiler obligándose a pagar al dueño de aquellas piezas, el señor
Pinardi, 320 liras al año. Y no está satisfecho: piensa alquilar
todas las que vayan desocupándose, hasta quedarse con la casa
entera; más todavía: tomará la de la señora Bellezza, para librarse
de vecinos escandalosos.
Para un hombre que va a hacer treinta kilómetros a pie, con su
madre, por no tener con qué pagar un asiento en el carro de un
vecino, semejantes proyectos son locura. Todavía hay estrellas en
el cielo cuando mamá Margarita y su hijo cierran tras sí la puerta
de la casa de los Becchi. Mamá Margarita no se hace ilusiones:
nunca más volverá...
¿Qué importa? El apego a las cosas es una especie de idolatría.
Su corazón está libre de esas ataduras. Al menos, tal es su

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

voluntad.
— ¡Vamos! — dice, pero esconde la cara para que su hijo no vea
que, a pesar de todo, llora. Él se hace que no ve el llanto de su
madre, que todo lo sacrifica para servir a sus biricchini.
Ella ha puesto un poco de ropa blanca y algunas provisiones en
un canasto, que lleva en el brazo derecho, o en el izquierdo
cuando se cansa. Él ha hecho un atado con sus manuscritos, su
breviario, grueso como un misal, su misal grande y pesado como
un libro de coro, y se lo echa gallardamente al hombro.
— ¿Podrás andar con tanto peso, Juan?
— Y también con su canasta, si quiere dármela. Marchan
animados por el fresco vivificante de la madrugada. Cuando sale
el sol, los Becchi quedan a sus espaldas. No se vuelven siquiera a
mirar aquellos amados horizontes. El volverá a verlos muchas
veces; pero ella no, y bien lo sabe.
Antes del mediodía están en Chieri, fatigados, hambrientos. A la
sombra de unos castaños, mamá Margarita saca del canasto las
provisiones, y almuerzan frugalmente; descansan un rato y se
ponen otra vez en camino, porque apenas han hecho la mitad de
la jornada.
De vez en cuando saludan a un conocido, y cambian algunas
palabras alegres. El amor aligera todo lo pesado, dice Kempis. Si
no fuese por el amor que los anima, nunca tendrían fuerzas para
llegar a Turín. No hay cosa más dulce que el amor, vuelve a decir
Kempis, ni más fuerte, ni más cierta, ni más ancha, ni más
alegre,
ni más cumplida ni mejor en el cielo ni en la tierra... El que ama,
vuela, corre, se alegra, es libre; fatigado, no se cansa; angustiado,

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

no se angustia; espantado, no se espanta.


¡Qué invencible fuerza da a esos dos pobres caminantes el amor a
Dios y al prójimo!
Al atardecer divisan el inmenso caserío de Turín. En algunas
ventanas ya hay luces prendidas, señal de la noche que llega.
La casa Pinardi, de donde nunca más los desalojarán, pues Don
Bosco ha hecho un contrato largo y acabará por comprarla,
queda en las afueras de la ciudad.
La casualidad les depara un encuentro que es de buen augurio.
Un tal Vola, sacerdote amigo de Don Bosco, lo reconoce y se
extraña de verlo con aquella viejecita, cubiertos de polvo los dos y
visiblemente rendidos de cansancio.
— ¿De dónde vienes así?
— De los Becchi... Esta es mi madre...
— ¿Y habéis venido a pie?
— Cuando falta esto...
Don Bosco, sonriendo, restriega el dedo pulgar con el índice,
gesto que significa dinero en todas partes del mundo.
— ¿Y os espera alguien en vuestra casa?
— No nadie.
— ¿Y qué vais a cenar?
— Todavía tengo aquí algunas provisiones — dice mamá
Margarita.
— ¿Y después?
— Deus providebit...
— ¡Oh!— exclama el sacerdote, buscando en sus bolsillos, sin
hallar ni un mísero cobre—. Mira, te quiero ayudar, pero no tengo
dinero. Toma mi reloj; algo te darán por él, y eso te vendrá bien

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

para agasajar a tus biricchini.


Al día siguiente, Don Bosco vendía por algunas liras aquel reloj.
Mamá Margarita vendía su cadenita de oro y su anillo de novia, y
con su ajuar, que había guardado celosamente, como guardan los
campesinos esos queridos recuerdos, hacía manteles, corporales,
purificadores para la humilde capilla establecida en la casa
Pinardi, y camisas para sus muchachos.
Poco después se decidió a vender el último pedazo de viña de que
podía disponer...
¡Ya está hecho el sacrificio total! Ahora sí que su corazón es como
un navío que ha cortado amarras y se engolfa en alta mar.
Los nuevos hijos de Margarita Occhiena pasan de 400. ¡Qué
fatiga el vigilarlos, el cuidar sus ropas, aderezarles la merienda,
mantener la casa en orden!
Y siguen aumentando. Don Bosco no cierra su puerta nunca a
ningún muchacho que quiere incorporarse al Oratorio. Por otra
parte..., ¡allí no hay puertas! Un simple seto vivo o cerco de ramas
lo separa de la calle. No impone tampoco ninguna obligación
religiosa. El que quiera confesar y comulgar, en buena hora
venga; pero nadie lo haga forzado.
Hay allí un muchachito que espía la diversión de los otros por
arriba de la cerca. Se le conocen en los ojos las ganas que tiene
de jugar con ellos. Don Bosco se le acerca:
— ¿No quieres entrar?
— ¡No!
— ¿Cómo te llamas?
— Paulino.
— ¿Has desayunado? ¿Quieres desayunar con nosotros?

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

— No, señor.
— ¿Por qué? ¿No tienes hambre?
— Porque no me he confesado ni comulgado.
— No hace falta haberse confesado ni comulgado para desayunar
aquí.
— ¿Y qué hace falta?
— ¡Tener buen apetito! ¡Vamos, entra!
Por arriba de la cerca, Don Bosco le toma la mano.
— ¿Eres capaz de saltar? ¡Salta! ¡Ya está!
Para atraerlos y divertirlos inventa juegos, músicas, regalos,
meriendas, paseos. Todo eso, aun hecho con la milagrosa
economía de mamá Margarita, cuesta mucho. Pero ya la obra del
Oratorio festivo es conocida, y tiene protectores en Turín.,
Un día, el marqués de Cavour, que sigue recibiendo denuncias
contra los posibles propósitos revolucionarios de aquel cura
extravagante, lo vuelve a llamar y lo somete a un duro
interrogatorio.
— En fin de cuentas, ¿de dónde saca usted recursos para
mantener a esos vagabundos?
— A decirle verdad, señor marqués, yo mismo no sé de dónde. Es
cosa de la Divina Providencia. Todos los días hace algún milagro
para mis biricchini. Por ejemplo, si en este instante la Divina
Providencia le inspirase al señor marqués la idea de hacerme una
limosna, le aseguro que me vendría muy bien, y se lo agradecería
mucho...
El marqués de Cavour se echa a reír, mete la mano en el bobillo y
le da 200 liras.
— ¡Hombre de Dios! ¡Y dicen que es loco! ¡Y dicen que es

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

revolucionario!
La marquesa de Barolo, resentida con quien ha osado resistirle,
no quiere figurar entre sus protectores, pero, bajo cuerda, envía
limosnas al Oratorio, y no son de las más exiguas.
El mismo rey Carlos Alberto, el día de Año Nuevo, manda 300
liras en un sobre, en que ha escrito: "Para los biricchini de Don
Bosco."
El 14 de junio de 1846 había muerto el Papa Gregorio XVI, en la
austeridad, vestido con su hábito de benedictino camaldulense y
sobre una estera de juncos.
Durante quince años había luchado contra las sociedades
secretas, carbonarios y masones, que hacían en los Estados
Pontificios una infatigable propaganda revolucionaria, a base de
complots y de crímenes.
También debía resistir la intromisión de algunas potencias
europeas que, por librar sus propios territorios de la revolución,
que avanzaba a pasos de gigante sobre Europa, consideraban
diplomático entregarle los de la Iglesia.
El gobierno de Gregorio XVI fue intransigente y severo. Los
escritores anticatólicos lo han descrito con aversión, por la
energía que puso en defender sus derechos, que eran los del
Pontificado. En verdad, fue tardío en las reformas; defectuoso en
la administración; aislado del pueblo.
Pero su vida fue intachable, y su justicia nunca fue cruel, como la
de otros soberanos de su siglo, que tuvieron que defenderse de los
mismos peligros y poner coto a los asesinatos con que la
revolución apoyaba sus doctrinas.
Todo esto lo había hecho impopular, y su muerte no fue llorada.

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

Su pueblo sólo se preocupaba ahora de quién sería el sucesor.


Dos partidos se formaron: absolutistas, o gregorianos, partidarios
de la política de Gregorio XVI, y los reformistas, o liberales, que
querían desarmar la revolución abriendo las puertas a las
reformas.
Estas dos tendencias se reflejaban en el Cónclave: había un
grupo de cardenales absolutistas, cuyo candidato era el enérgico
Lambruschini, secretario de Estado del Papa difunto.
Había otro grupo que deseaba elegir un. Papa tolerante y
conciliador, pero no tenía candidato determinado. Entretanto, el
pueblo de Roma anhelaba el advenimiento del cardenal Gizzi, de
bondadoso corazón, de gran saber, hábil diplomático y buen
administrador. Se le suponía inclinado a las reformas, y los
liberales estaban por él.
Una leyenda falsa, como tantas otras inventadas a propósito de
Pío IX, nos describe el cardenal Mastai-Ferretti encerrándose, en
el Cónclave con los libros de Balbo, Gioberti, D’Azeglio; es decir,
los escritores neogüelfos, que luchaban por la unidad de Italia y
la guerra contra Austria.
Otra leyenda asegura que el Papa Gregorio XVI, en su lecho,
llamó a sus más fieles cardenales y les entregó un sobre con
orden de no abrirlo hasta después de su muerte. Allí les indicaba
tres cardenales a quienes no debían elegir: uno de esos tres era
Mastai-Ferretti.
Se ha dicho también que, al conocerse en Viena la muerte de
Gregorio XVI, el cardenal Gaysruk, arzobispo de Milán, y, como
tal, súbdito del Emperador, se dirigió a Roma para asistir al
Cónclave llevando instrucciones de Metternich de oponer un veto

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

o exclusiva a Mastai-Ferretti.
Un accidente del viaje impidió a Gaysruk llegar a tiempo.
La verdad es que los 52 cardenales a quienes el 14 de junio los
albañiles encerraron en el Quirinal murándoles las puertas, iban
a deliberar ante la ansiedad, no sólo del mundo católico, sino
también de sus enemigos.
Para resultar elegido un candidato, necesita los dos tercios de los
votos del Cónclave, 34 en este caso.
Cada cardenal escribe y firma un voto en una boleta, que se dobla
en forma que no se pueda leer sino el nombre del elegido y no el
del votante, y la deposita en un cáliz.
Tres escrutadores, designados por sorteo, las extraen y
proclaman en alta voz el nombre votado.
Ocurrió que Mastai-Ferretti resultó uno de los escrutadores, y,
como tal tuvo que leer en el primer escrutinio quince veces el
nombre del cardenal Lambruschini y trece el propio.
El Sacro Colegio notó con sorpresa el escaso partido de
Lambruschini y la fuerza ignorada de su rival, el antiguo
arzobispo de Spoletto, actualmente obispo de Imola, apenas
conocido en Roma.
Ese mismo día, a la tarde, se realizó la segunda votación:
Lambruschini, 13 votos; Mastai, 17.
Tercera votación, en la mañana del 16 de junio: Lambruschini, 11
votos; Mastai, 27.
Cada vez que resulta fallida una votación, se queman las boletas,
y el humo que sale por una pequeña chimenea del Quirinal
anuncia al pueblo, agolpado en la plaza de Monte Cavallo, que
aún no se ha realizado la elección.

169 Preparado por Patricio Barros


Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

Tres veces, pues, ha visto el pueblo ascender en el claro cielo de


Roma la tradicional fumatta. Pero en la tarde del 16 de junio se
corre la noticia de que el cardenal Gizzi ha sido electo.
Los que la difundieron daban el siguiente fundamento: La
servidumbre pontificia debe preparar, antes que termine el
Cónclave, tres vestidos papales: uno grande, otro mediano, otro
pequeño, para que el elegido pueda vestirse inmediatamente.
Por la premura de los preparativos de aquel Cónclave, el sastre no
había tenido tiempo de entregar más que dos trajes: el grande y el
mediano, cuando el maestro de ceremonias, que deseaba estar
preparado para todo, le exige urgentemente el tercer traje.
El cardenal Gizzi es pequeño de estatura. El sastre no puede
callar la noticia y la echa a correr, y aquel exuberante público
romano se entrega a las más frenéticas alegrías. ¡Su favorito,
electo!
La servidumbre de su palacio, loca de alegría, amontona sus
hábitos cardenalicios, que no le serán útiles ya, y hace con ellos
un auto de fe, entre los aplausos del pueblo. Y se apresuran a
enviar la gran noticia al pueblo natal de Gizzi, Ceccano, donde se
realizan estupendos festejos.
La verdad era otra. En la tarde del 16 se efectúa la cuarta
votación. Mastai-Ferratti ha pasado orando todo el tiempo, desde
la tercera votación hasta ésa, que será la definitiva.
Está pálido, casi diríamos consternado. El solemne drama se
acerca al desenlace. Siente su pequeñez, su debilidad ante la
majestad suprema de la tiara. Sin querer, y sin atribuir
importancia de profecía a cierta leyenda que anuncia la suerte de
los Papas futuros, recuerda que el lema correspondiente al

170 Preparado por Patricio Barros


Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

sucesor de Gregorio XVI es Crux de Cruce. La tiara se convertirá


en una corona de espinas.
Como tercer escrutador, empieza a leer los votos, y lee en alta voz
su nombre una, dos, tres veces. La mano tiembla, la voz se
ahoga. Lo lee diecisiete veces, y no puede seguir. Le presentan
otra boleta, suya también, y alcanza a leerla, pero no más.
Suplica que sea otro el que realice el escrutinio, sin recordar que
la elección será nula si por cualquier causa se interrumpe la
operación.
— ¡Descansad! — le gritan los cardenales.
Algunos se le acercan, le ofrecen un vaso de agua. Se repone de
esa irresistible conmoción y prosigue hasta el fin. Treinta y seis
votos...
— ¡Oh señores! ¡Qué es lo que habéis hecho!— exclama, y cae
desvanecido.
A la mañana siguiente, el castillo de Sant Angelo anuncia con 101
cañonazos el advenimiento de un nuevo Pontífice. Una multitud
inmensa acude a la Plaza de Monte Cavallo a recibir su primera
bendición. Los albañiles han empezado a romper el muro que
cierra la entrada. Ha sido uno de los Cónclaves más rápidos de la
Historia. En tres días la cal no ha tenido tiempo de secarse. Ya
hay, una abertura suficiente a dar paso a un hombre.
Aparece el maestro de ceremonias, aparta con el pie los
escombros y hace lugar el primer cardenal diácono, Riario Sforza,
quien, con la cruz pontificia llega, a la balaustrada para anunciar
el nombre del nuevo Papa.
¡Qué impresionante silencio el de aquella gran plaza, repleta del
más turbulento público del mundo!

171 Preparado por Patricio Barros


Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

— Annuntio vobis gaudium magnum! Papam habemus!... ¡Os


anuncio una gran alegría: tenemos Papa: el eminentísimo y
reverendísimo señor Juan Mastai-Ferretti, que asume el nombre
de Pío IX!
Las trompetas de la Guardia Noble y los tambores de las tropas
alineadas frente al Quirinal responden a aquel anuncio, y todas
las campanas de Roma se echan a vuelo.
Pero el pueblo queda consternado. ¿No era, pues, Gizzi? Multitud
de correos parten para todos los pueblos de Italia. Al que le toca
llevar la verdadera noticia a Ceccano por poca le cuesta la vida,
pues los compatriotas de Gizzl creen que intenta burlarse de
ellos.
Sin embargo, la reacción viene pronto y es favorable al nuevo
Papa, que parece dispuesto a las reformas. Ante todo, se reclama
la amnistía, o sea, la libertad de multitud de presos que, por
delitos políticos o comunes, yacían en las cárceles pontificias.
Pío IX se encuentra como obligado a hacer lo que su bondadoso
corazón le habría dictado, sin ninguna inspiración de afuera. Sus
consejeros temen que ese acto pueda interpretarse como un signo
de debilidad. Pasan los días sin resolverse nada, porque es
menester estudiar a quiénes debe comprender la amnistía y a
quiénes (procesados por delitos comunes) debe excluir.
En el verano tórrido, el pueblo se caldea más fácilmente que en el
invierno. Empiezan a murmurar. Hasta que al anochecer del 17
de julio se fijan en las calles de Roma y se envían a todas las
ciudades pontificias grandes carteles. Ya no hay luz para leerlos:
pero un curioso trae una antorcha y descubre que es el decreto
de amnistía. Las gentes que a esa hora toman el fresco en los

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pórticos y en los balcones, repiten sus gritos, y el anuncio cunde


por Roma entera, y se forman grupos delante de cada cartel, y se
lee el decreto a la luz de farolas y teas. Pio IX perdona las penas y
levanta el destierro, sin exigir de los condenados políticos más
que la promesa de no abusar de su clemencia.
Cien mil personas acuden a la plaza de Monte Cavallo a dar vivas
al Papa, que aparece en el balcón de la loggia y bendice a su
pueblo delirante.
Se refiere cómo ha sido dado el decreto. Pío IX era favorable, pero
ha llevado el asunto a la Congregación de Cardenales. Todos han
callado, haciéndole creer que estaban de acuerdo Pero en la
votación secreta, por bolillas blancas o negras, todas las bolillas
aparecen negras, menos una blanca, que se atribuye al cardenal
Gizzi.
Presentan al Papa el resultado negativo de la votación, y él sonríe,
se quita el solideo blanco y cubre las bolillas:
— ¡Ahora son todas blancas!
Redacta el decreto, corrige las pruebas él mismo y lo hace
publicar.
Días después nombra secretario de Estado al cardenal Gizzi, con
lo cual desencadena nuevas tempestades de popularidad.
Decimos bien tempestades; la alegría romana era tumultuosa y
delirante, y a los ojos de un observador tranquilo resultaba
excesiva y desproporcionada.
En el fondo de aquellas manifestaciones de un pueblo que se
dejaba caldear fácilmente, estaba la acción de las sociedades
secretas. Mazzini había creído descubrir en Pio IX un hombre
bondadoso y débil, y, por lo tanto, fácil de arrastrar, de concesión

173 Preparado por Patricio Barros


Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

en concesión, hasta irremediables renuncias. E impartió la orden


a la Joven Italia, la tenebrosa secta fundada por él, de embriagar
de popularidad al Papa.
Cada salida de Pío IX a la calle era objeto de manifestaciones
desmesuradas.
La amnistía había abierto las puertas de Roma a una multitud de
conspiradores, que trabajaban libremente al grito de "¡Viva Pío
IX!"
Este grito había salvado las fronteras y extendidose por Italia, y lo
repetían los diarios de toda Europa, y hasta hallaba eco en los
Parlamentos extranjeros.
En Turín el entusiasmo no era menos que en Roma, y los
católicos acompañaban aquel grito de todo corazón.
Solamente los biricchini de Don Bosco no gritaban "¡Viva Pío IX!"
¿Por qué? ¿Acaso Don Bosco no amaba al Papa?
¡Ah, Don Bosco no era fácil de engañar! Tenía un instinto rápido y
seguro. Sospechó de aquellos elogios a Pío IX en la pluma o en los
labios de escritores y de políticos acostumbrados a insultar a la
Iglesia Romana. Y a través de las innumerables leyendas que el
mundo católico devoraba con fruición, porque ponderaban la
mansedumbre y el patriotismo de Pío IX, adivinó la Intención de
seducirle y de transformarle en el Papa carbonario que, desde los
tiempos de Nubius, anhelaban las logias para destruir a la Iglesia.
Se equivocaron, porque desde los primeros actos, dictados por la
clemencia, el Pontífice demostró una firmeza a prueba de todas
las seducciones, y empezó a subir su largo calvario.
Ya sabía Don Bosco que se equivocarían, porque el heredero de
Pedro tiene la promesa de Cristo; pero, entretanto, desbarató la

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

intriga.
Sus biricchini un día gritaban "¡Viva Pío IX!", y él los hizo callar.
— No gritéis: "¡Viva Pío IX!" Gritad más bien "¡Viva el Papa!"
La sorpresa se pinta en la cara de los muchachos. Uno de ellos se
atreve a preguntar:
¿Por qué quiere que gritemos "¡Viva el Papa!" solamente? ¿Pío IX
no es acaso el Papa?
— Tenéis razón; pero vosotros no veis más allá del sentido natural
de las palabras. Hay, sin embargo, personas que pretenden
separar al Soberano de Roma del Pontífice; al hombre, de su
divina investidura. Alaban la persona, pero, no entienden alabar
la dignidad de que está revestida. Nosotros, para estar seguros,
gritemos: "¡Viva el Papa!" Y así, desde entonces, hicieron los
biricchini.

175 Preparado por Patricio Barros


Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

§ 12.
Vísperas de guerra

Hacia el año 47, el odio a los austríacos era en Italia un ardiente


sentimiento nacional. Millones de italianos vivían bajo el dominio
de Austria, gobernados desde Viena. Y ese sentimiento se
condensaba en un programa que para la gran masa popular sólo
comprendía este artículo: "Independencia de Italia", lo que
significaba expulsión de los austríacos de la península.
Las clases dirigentes, políticas, escritores, estudiantes, buena
parte del clero, tenían un programa más completo. La
independencia no se podía realizar sin la unidad, o sea, sin la
fusión de todos aquellos minúsculos principados en un solo
Estado con un solo rey.
Este programa, pues, contenía dos artículos:
1. ° Independencia.
2. ° Unidad de Italia.
Había un tercer programa, el de las sociedades secretas que
pululaban con diversos nombres: Masonería, Carbonarlos, Hijos
de Marte, Defensores de la Patria, Güelfos, Adelfos, Joven Italia,
etcétera.
Para los altos jefes de las sociedades secretas, la Independencia y
la Unidad eran la bandera con la cual reclutaban adeptos, y un
sistema de lograr el tercer propósito, que era su verdadero ideal:
la destrucción de la Iglesia Romana.
Dos caminos para conquistar la independencia: o la guerra de los
pueblos, como se llamaba a la revolución, o la guerra de los reyes,
mediante una alianza de todos los soberanos de Italia para

176 Preparado por Patricio Barros


Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

combatir juntos a los austriacos.


Mazzini indicaba el primero, la guerra de los pueblos, o sea, la
insurrección de toda la península, desde Sicilia hasta Venecia.
Creía en las fuerzas democráticas, y anhelaba que la unidad se
realizara bajo el signo de la República. Sólo así esperaba
conseguir la destrucción del Pontificado.
Más que las ideas, mueven los sentimientos, que fácilmente se
encarnan en una de esas fórmulas sonoras y vagas donde cada
cual puede hacer caber sus propias aspiraciones.
Al pueblo italiano creyente, Mazzini le arroja este programa: "Dios
y el pueblo."
Está de más advertir que el Dios de Mazzini no es el de los
católicos. Es un "Dios encarnado en la Humanidad", invención
panteísta, manera de adorarse a sí mismo, puesto que uno forma
parte de la Humanidad.
Mazzini aparecía como un nuevo Mahoma, sin huríes y sin
paraíso. En sus ojos negros y ardientes, en su rostro pálido, en su
vestimenta casi sacerdotal, se adivina al hombre de una idea fija:
la revolución. ¿La revolución contra quién? Contra todos los
Gobiernos de Europa. Hay que reconstruir el mundo político y
social bajo un plan nuevo.
Ha comenzado por Italia, fundando una secta, la Joven Italia;
pero ha seguido y ha fundado la Joven Alemania, la Joven
Polonia...
No es un anarquista. No es un colectivista. Ha censurado el
colectivismo francés, "sueño bárbaro y absurda, contrario al
progreso". Ha llamado a Proudhon "Mefistófeles de la democracia,
diez veces renegado de su propia doctrina." Ha denigrado a los

177 Preparado por Patricio Barros


Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

revolucionarios franceses, que "mataban por miedo de que los


matasen".
Pero él se les parece en la violencia de la propaganda y los
aventaja en la falta de escrúpulos. Todos los medios que facilitan
la realización de su fin son buenos. El veneno, el puñal, la
traición, la alianza con el extranjero, fueron cartas que jugó a
sangre fría, o, para emplear sus palabras, "como conciencia
calmada y tranquila".
Echemos una ojeada a los estados de la Joven Italia redactados
con su estilo ampuloso y fanático.
"Art. 30. Cualquier miembro que desobedeciera a las órdenes de
la Sociedad o revelara sus secretos, será sin compasión
apuñalado. La misma pena a los traidores.
"Art. 31. El tribunal secreto pronunciará la sentencia y designará
uno o dos miembros para su inmediata ejecución.
"Art. 32. El miembro que rehúse ejecutar una sentencia será
considerado perjuro, y, como tal, muerto al instante.
"Art. 33. Si la víctima condenada a muerte lograra evadirse, será
perseguida sin reposo en cualquier lugar, y con mano invisible
será degollada, aunque se refugiase en el seno de su madre o en
tabernáculo de Cristo.
"Art. 34. Todo tribunal secreto será competente para juzgar a los
miembros culpables y pronunciar sentencia de muerte..."
Que éstas no eran vanas amenazas, lo probaron muchas víctimas
del estilete entre los propios sectarios.
Si el sistema de Mazzini — la conspiración y la insurrección
permanentes no logró arrebatar al extranjero ni una pulgada de
tierra italiana, no puede negarse que preparó el ambiente, y el

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

grito de "¡Mueran los austriacos!" resonó, no solamente en


Lombardía y en Venecia, sino hasta en el fondo de Sicilia.
Contra la idea de Mazzini, que quiere la guerra de los pueblos,
está el partido de los moderados, que son monárquicos, pero
constitucionales, y aspiran a realizar la guerra de los reyes. A la
cabeza de éstos, que se llamaron los neogüelfos, hallaron en 1846
al sacerdote Gioberti, al conde Balbo, a los marqueses Máximo y
Roberto d'Azeglio.
Ellos querían la Confederación de todos los Gobiernos italianos,
con el Papa a la cabeza, para realizar una cruzada contra los
austriacos, y después...
El después era lo que preocupaba a los invitados a formar la Liga,
porque no parecía claro el plan de lo que vendría después de
realizada la independencia lombardo véneta.
En Italia había en un momento, además del reino de Cerdeña y
de los Estados Pontificios, el reino de Nápoles, el gran ducado de
Toscana y los ducados de Parma y de Módena.
No dejaban de advertir estos pequeños soberanos que el
emperador de Austria era su aliado natural más que su enemigo.
Más peligroso les parecía el rey de Cerdeña, Carlos Alberto, que,
una vez engrandecido por la conquista de las posesiones
austriacas, se sentiría con fuerzas para realizar la unidad italiana
en su provecho, devorando a los otros pequeños príncipes y hasta
despojando al Papa.
La unidad de Italia suponía la desaparición de los soberanos más
débiles, y la capital no en Turín, sino en Roma.
El marqués de Pellavicino-Tribulzio, patriota lombardo de antigua
estirpe, prisionero de los austríacos durante diecinueve años en

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

Spielberg, teme más al rey de Cerdeña que al emperador de


Austria. "Considero que el piamontismo — escribe— es nuestro
peor enemigo."
Unos y otros, los moderados de Gioberti y los exaltados de
Mazzini, comprenden que en Italia el sentimiento religioso es un
arma política, y hay que utilizarla.
Para atraer al Papa a su campo, no dejan de ensayar ninguna
seducción.
Todos los camellos de Arabia no serían capaces de transportar en
un año el incienso quemado por los neogüelfos y las sociedades
secretas a los pies de Pío IX. Mazzini llega hasta a escribirle así:
"Santo Padre: Estudio vuestros pasos con tan grande esperanza y
os escribo con tanto amor, que siento el alma toda sacudida.
"Tened ánimo y confianza en nosotros. Fundaremos para Vos un
Gobierno único en toda Europa. Sabremos convertir en un hecho
potente el instinto que hierve de un extremo al otro de Italia. Sólo
nosotros podremos hacerlo, porque sólo nosotros tenemos unidad
de miras y creemos en la palabra de nuestro príncipe. Os he
escrito porque os creo digno de ser el iniciador de esta gran
empresa. Si estuviera a vuestro lado, rogaría a Dios para que me
diese el poder de convenceros con gestos, con acentos, con
lágrimas." (Carta del 8 de septiembre de 1848)
Después del Papa, escribe a su asociado Lamberti: "He mandado
la carta al Papa. La he escrito como si te escribiera a ti. Sin
embargo, sería bastante para turbarle la cabeza, si tuviese
cabeza." (Scritti editti ed ineditti di G. M. Ediciones Nacionales, t.
XXXII, p. 327.)
También Garibaldi, en octubre de 1847, hallándose en

180 Preparado por Patricio Barros


Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

Montevideo, escribía al nuncio, Bedini, ofreciendo al Pontífice su


espada.
En Roma, al amparo de la libertad de imprenta concedida por Pío
IX, se publican más de cincuenta periódicos, la mayoría de ellos
detestables, según afirma Carlos Alberto, que prohíbe su entrada
en el Piamonte.
De un extremo al otro de Italia, todos los pueblos exigen la
abolición de los Gobiernos absolutos.
Mazzini envía sus instrucciones a los miembros de la Joven Italia:
"Conviene conciliarse la influencia del clero... El clero no es
enemigo de las instituciones liberales... Si en cada capital podéis
suscitar un Savonarola, daremos pasos de gigante..."
Y en otro escrito: "La potencia clerical está personificada en los
jesuítas... Lo odioso de este nombre es un arma para los
socialistas... ¡Acordaos!"
En las calles de Turín, entre las llamaradas y el humo de las teas,
se realizan manifestaciones contra los austriacos. Se dice que Pío
IX ha enviado a Carlos Alberto una espada que tiene grabada una
leyenda: "In hoc gladio vinces": Con esta espada vencerás.
A los gritos de "¡Viva Pío IX!" se agregan los de "¡Mueran los
jesuitas!"
Muchos clérigos se pliegan a las manifestaciones y hasta firman
las solicitudes que se elevan al rey pidiéndole reformas de las
leyes.
Un día llevan a Don Bosco una de esas solicitudes, haciéndole
notar que la han firmado seis canónigos de la metropolitana, diez
curas párrocos de la ciudad y más de cien sacerdotes.
— No veo la firma de mi arzobispo — observa Don Bosco.

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

— No la ha firmado todavía...
— Bueno; cuando él firme, yo firmaré...
Ya el Oratorio festivo era una gran fuerza, aun desde el punto de
vista político. Casi un millar de muchachos disciplinados, y
muchos capaces de manejar un fusil, daban, no sólo que pensar
a la policía, sino también a los secretarios. ¿De qué parte se
pondría Don Bosco, llegada la ocasión?
— Mañana, en la plaza del Castillo, frente al Palacio Real, habrá
una gran manifestación — le dice Brofferio, uno de los jefes de la
izquierda, como ahora se dice.
— ¿Sí, eh?
— Su puesto y el de sus biricchini está señalado...
— Aunque yo no vaya — responde Don Bosco—, ese lugar no
quedará vacío; otros se alegrarán de ocupar mi puesto. Tengo
tanto que hacer, que no puedo salir.
— Pero ¿cree usted que está mal dar testimonio público de
patriotismo? — le replica Brofferio con sarcasmo.
— Yo no creo nada. Soy un simple sacerdote... Mi oficio es
predicar, confesar, enseñar el catecismo. Fuera de mi capilla, no
tengo autoridad sobre mis muchachos. Al día siguiente, en vez de
llevar sus biricchini a embriagarse con gritos de guerra, los
conducía en procesión por los alrededores de la casa Pinardi.
Había comprado por veintisiete liras una estatuita de la
Consolata, la Virgen de que el Piamonte es devoto, y los
muchachos la sacaban solemnemente en hombros, teniendo
cuidado, al desfilar, de no pisar las lechugas que mamá Margarita
había plantado en su pobre huerto.
Menos obedientes que los biricchini se mostraron los seminaristas

182 Preparado por Patricio Barros


Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

de Turín.
Hacia fines del año arreciaron los rumores de guerra contra los
austríacos. Carlos Alberto volvía de Génova, y se le preparaba
una formidable manifestación. La mayor parte del clero dispuso
adherirse. El arzobispo, que gustaba de las situaciones claras,
prohibió la concurrencia de los seminaristas, pero mandó que las
puertas del seminario permanecieran abiertas. Esa noche, más de
ochenta seminaristas se unieron a la multitud. Y el día de
Navidad, mientras monseñor Fransoni pontificaba, vio el pecho de
casi todos sus jóvenes clérigos adornados con la escarapela
tricolor, símbolo de la Italia unida, pero también de la guerra al
Papa.
La revolución había confundido con tal arte las ideas que, so
color de patriotismo, penetraba hasta en el fondo de los claustros.
Y así llegó el año 48.

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

§ 13.
El papa, el rey, las sociedades secretas

En el caso de la guerra, ¿debían esperar los italianos la ayuda de


los franceses?
Esa cuestión preocupaba a los políticos. Muchos no se hacían
ilusiones: sin la ayuda extranjera, Italia nunca derrotaría al gran
imperio austríaco.
Pero ¿cómo se cobrarían sus aliados los sacrificios que hicieran?
Callos Alberto pensaba que Francia, de buena gana, lo ayudaría a
expulsar a los austríacos de Milán y de Venecia, pero no
consentiría en la unidad de Italia, bajo su cetro, sin retener Niza y
Saboya, que serían como la punta de la espada francesa en el
corazón del Piamonte.
Entonces fue cuando, en una reunión de sus ministros, que
discutían los peligros de la alianza y las posibilidades de la
guerra, dijo secamente:
— Italia fara da se! (¡Italia procederá por su cuenta!)
Estas arrogantes palabras se pronunciaron en un momento de
fiebre nacional, e Italia entera hizo de ellas su divisa. Halagaban
el orgullo e interpretaban un sentimiento unánime: no valía la
pena librarse de los austriacos, si habían de caer bajo el
protectorado de los franceses.
Carlos Alberto sabe que las sociedades secretas han minado el
suelo de toda la península. Ellas quieren la unidad de Italia.
Cuando él se lance a la guerra, ellas despertarán a todos los
pueblos. Estallarán revoluciones en Nápoles, y en Florencia, y en
Milán, y también en Roma. Los otros príncipes serán destronados

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

y huirán; y todos los italianos se alistarán bajo las banderas del


rey de Cerdeña, y su ejército será como un vasto crisol donde se
realizará la unidad de Italia frente al enemigo.
"Yo aguardo mi estrella", ha dicho siempre, mucho antes de ser
rey de Italia. ¿No lo engaña la ambición? ¿Cuenta bien al contar
con la ayuda de Mazzini? ¿Acaso las sociedades secretas han
renunciado ya a vengar la traición del príncipe de Carignano?
"¡Oh Carignano! ¡Pagarás el precio de tu traición!"
Pero esa es una vieja historia, que todos tienen interés en olvidar,
comenzando por Mazzini.
¡Sí! Las sociedades secretas estarán a su lado, pero le exigen de
inmediato un anticipo: 1.° La Constitución. 2.° La expulsión de
los jesuitas.
Algunos historiadores de Carlos Alberto hablan de su devoción,
hasta de su misticismo. En realidad, sólo puede afirmarse que era
católico, por tradición de familia, como lo fue su hijo, Víctor
Manuel II, lo cual no le impidió despojar al Papa y sentar sus
reales en el Quirinal.
Pero, más nervioso que Víctor Manuel, Carlos Alberto tenía
arranques de penitente. Su devoción era una exaltación
enfermiza, que lo precipitaba de rodillas, avergonzado y casi
arrepentido de sus prevaricaciones. Cada vez que la ambición lo
ponía en conflictos insolubles en la conciencia, sus palaciegos
asistían a escenas de desesperación, en que ellos, por ignorancia,
veían señales de un acendrado misticismo. No La desesperación
necia de aquella voluntad débil no halló nunca energía para
ponerse de parte de la conciencia.
A pesar de su valentía, que probó en los campos de batalla, era

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

pusilánime e inseguro, y de allí el sobrenombre de Re Tentenna


(Rey Vacilante).
En 1821, como regente del reino, después de la abdicación de
Víctor Manuel I, lo hemos visto vacilar entre sus promesas a los
carbonarios y su honor de soberano.
Transa el conflicto concediendo aquella Constitución que días
después el nuevo rey Carlos Félix arroja al canasto.
Lo vemos el 1824, para no ser desheredado, firma un documento
por el cual se obliga a no modificar las leyes de la Monarquía
absoluta.
Ahora, los que le exigen que otorgue una Constitución no saben
que le exigen la violación de aquel compromiso. ¿Pero quién
conoce la existencia de ese papel? Y sobre todo, ¿quién puede
acusarle de no haberlo cumplido? Es un terrible secreto de
Estado entre muy pocos.
Han pasado veinticuatro años. Metternich, que lo redactó, será
pronto su enemigo; Carlos Félix, que se lo obligó a firmar, ha
muerto. ¿Qué debe hacer? ¿Qué puede hacer? El pueblo, azuzado
por los clubs, hierve en la plaza del Castillo, dándole vivas y
reclamando la Constitución y la guerra.
Y él, irresoluto, se pasea, exangüe como un fantasma, por los
fríos salones de su palacio. Los cortesanos, espantados, asisten
de lejos a aquella escena de Shakespeare.
Ahora que no existen los soberanos absolutos sino en el centro de
África y en alguna que otra dictadura, nos cuesta comprender el
conflicto de Carlos Alberto.
¿Le exigen una Constitución? ¿Por qué vacila en concederla?
¿Acaso el ser rey constitucional no es una fortuna tan grande que

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

muchos príncipes perderían la vida detrás de ella?


Ahora sí, pero entonces no. Porque no hay sacrificio mayor para
un rey absoluto que descender a rey constitucional. Prefiere
perder la mitad de su reino con tal de gobernar a su guisa la otra
mitad.
Una Constitución significa la existencia de un Parlamento,
representante de la soberanía popular. El rey renuncia a ser el
verdadero soberano, despojo al que los reyes no se acomodan sino
cuando ven relumbrar la guillotina.
Y, como si fuera poco, le exigen también la expulsión de los
jesuitas.
Gioberti ha publicado su obra El jesuíta moderno, que ha tenido
un éxito desmesurado, a pesar de sus seis macizos volúmenes.
Sobre la cabeza de los hijos de San Ignacio de Loyola se
acumulan todos los pecados. Se les acusa de ser espías de los
austríacos...
Carlos Alberto ya sabe lo que en el fondo significa eso. Cada vez
que en Europa se prepara una gran batalla contra el Pontificado,
los primeros cañonazos se disparan sobre los jesuitas, los
granaderos del Papa, como los llamaba un filósofo revolucionario,
D'Alembert.
Las vacilaciones de Carlos Alberto, atribuidas a unas maniobras
de los jesuitas, exasperaban a los piamonteses. La revolución se
siente en el aire. De un momento a otro, la señal puede darla
Turín o Génova. Los cortesanos viven con el ¡Jesús! en la boca.
El 8 de febrero del 48 el rey se rinde y firma el proyecto de
Estatuto elaborado por sus ministros. En lo fundamental,
dispone: 1.° Disminución de los poderes del rey. 2.° Elección de

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

un Senado y de una Cámara de Diputados. 3.° Libertad de


imprenta. 4.° Libertad individual garantizada. 5.° Creación de la
Guardia Nacional.
El Municipio resuelve celebrar aquel triunfo de manera
estrepitosa, con festejos en que intervengan el rey, el arzobispo,
los clubs y todas las instituciones del Piamonte. Pero el arzobispo
declara que no concurrirá.
Roberto d'Azeglio comprende que monseñor Fransoni no quiere
endosar los inevitables vivas y mueras que se arrojarán a las
nubes durante la manifestación, y sale irritado de la entrevista y
se va personalmente a invitar a Don Bosco, sabiendo su adhesión
al arzobispo.
— Señor marqués — le responde Don Bosco—, este Oratorio no
forma un ente moral. Es una pobre familia, que vive de la
caridad. Se burlarían de nosotros si nos vieran en semejantes
fiestas.
— ¡Al contrario, mi querido Don Bosco! Verán que no es usted
enemigo de las ideas modernas. No pierda esta ocasión de
demostrarlo.
— Le agradezco su buena voluntad, señor marqués. Que no soy
enemigo de las ideas modernas lo demuestro recogiendo a estos
pobres muchachos, instruyéndolos y enseñándoles a trabajar,
para que sean útiles a la familia y a la sociedad.
— Se equivoca, Don Bosco. Si persiste en estas ideas, todos los
que le ayudan lo abandonarán.
— ¡Gracias por sus consejos, señor Marqués! Invíteme V. S. a
donde un sacerdote pueda ejercitar caridad, y yo iré con mucho
gusto y me sacrificaré por V. S. Pero estoy resuelto a permanecer

188 Preparado por Patricio Barros


Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

extraño a la política: ni en pro, ni en contra...


Mientras hablaban los dos, llegó la hora de rezar el Rosario. La
capilla se llenó de muchachos, y aun hicieron larga cola a su
entrada.
— ¿Qué es lo que rezan? — preguntó D’Azeglio, oyendo la potente
voz que se elevaba al altar.
— El Rosario, señor marqués.
No pudo éste reprimir un gesto desdeñoso.
— ¿No ve, Don Bosco? Usted pretende estar con las ideas
modernas porque les enseña a leer a sus muchachos...
— Y a trabajar... y a rezar...
— Sí, pues, ¿y qué provecho pueden sacar, qué sentido tiene el
enfilar una detrás de otra cincuenta avemarias, con el
pensamiento a mil leguas de aquí?
Don Bosco replicó, dulce, pero inflexiblemente:
— Señor marqués: sobre esta práctica está fundada mi
instrucción. Prefiero renunciar a cualquier otra cosa que parezca
más importante. Y aun si fuera preciso, renunciaría a su preciosa
amistad antes que al rosario de mis biricchini.
Roberto d’Azeglio desde ese día no volvió a hablar con Dom Bosco.
El rey asistió a aquellas fiestas como a sus propios funerales.
¿Acaso no había visto pasar el pelotón de los antiguos
desterrados piamonteses, con una bandera especial en que se
leían estas fechas: 1821, 1831, 1833? Atroz insulto contra él, que
no tenía ánimo de castigar.
Ese día llega el correo de Francia con la noticia de la revolución
del 24 de febrero y la abdicación de Luis Felipe. El rey surgido de
las barricadas del año 30, caía ante las barricadas del 48.

189 Preparado por Patricio Barros


Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

La República había sido proclamada en Francia.


Si esta noticia hubiese llegado veinte días antes, Carlos Alberto
no habría concedido la Constitución, que no era más que una
etapa en la obra de la revolución.
Gioberti, Balbo, D’Azeglio quedaron consternados. Habían
allanado los caminos para la revolución, pero temblaban ante
ella, porque la revolución era la República, y la República era
Mazzini, el terrible invitado de la última hora.
Carlos Alberto ya no piensa en desafiar a Austria. Ahora necesita
apoyar su trono en una Monarquía fuerte, y el 15 de mayo hace
escribir a Metternich, para que las comunique al emperador,
estas amistosas palabras: "El Rey desea que Su Majestad el
Emperador de Austria reciba la seguridad de que la observancia
de los tratados formará siempre la base de su política..."
Y espera "afirmar los vínculos de amistad que han unido hasta el
presente los dos Estados"...
Si en aquellos tiempos hubiera existido el telégrafo entre Viena y
Turín, Carlos Alberto no habría enviado esa nota a Metternich.
Era como escribir a un muerto.
Dos días antes, el 13, una racha revolucionaria había tumbado al
omnipotente ministro, árbitro de Europa casi cuarenta años.
Y tres días después, el 19, la insurrección contra los austríacos
estalla en Milán. Principio de la ansiada guerra de independencia.
Los milaneses envían su emisario a Turín, el conde Martini, a
solicitar la ayuda de Carlos Alberto. Las palabras que emplean en
su nota son prudentes; se guardan de prometerle la corona de la
Lombardía, y Carlos Alberto responde con desabrimiento al
emisario:

190 Preparado por Patricio Barros


Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

— ¿Queréis que vaya a Milán a proclamar la República?


Pero los que en Turín acaban de arrancarle el Estatuto no miran
así las cosas. ¿En qué piensa el rey? ¿Va a permanecer impasible,
mientras Radetzky barre a cañonazos las calles de Milán?
El rey, a su vez se pregunta:
— ¿Cómo puedo declarar la guerra a quien hace cuatro días he
escrito una carta llena de amistad?
¡No Importa! Ya no es más rey absoluto. La prensa tiene ahora
libertad, y no tarda en incendiar la atmósfera. Camilo Cavour,
que hace sus primeras armas políticas, escribe en su periódico:
"La hora suprema de la dinastía ha sonado. Hay circunstancias
en que la audacia es prudencia y la tenacidad resulta más
juiciosa que la reflexión..."
Carlos Alberto lee entre líneas: la guerra o la abdicación.
Es la medianoche del 23 de marzo. El pueblo, nervioso y exigente,
se vuelca en la plaza del Castillo. Ahora tiene la conciencia de su
soberanía, puesto que ya Carlos Alberto no es un rey absoluto.
¿Qué hace el rey? Todos miran al balcón de Pilato. Extraño
nombre el que han dado a aquel balcón del palacio, donde suele
presentarse la familia real en las grandes ocasiones.
Se abren las ventanas, y el rey, a la luz de las antorchas, aparece
pálido como un muerto, apoyándose en la balaustrada, con las
manos ardorosas de fiebre. A su lado están sus dos hijos, y detrás
el emisario de Milán, que ha venido a reclamar la ayuda del
Piamonte.
Carlos Alberto despliega una banda tricolor, símbolo de la Italia
unida, y la agita sobre su cabeza, y el pueblo comprende y se
entrega a un loco entusiasmo. Es la guerra nacional.

191 Preparado por Patricio Barros


Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

Al día siguiente el rey lanza una proclama en que se lee esta


alusión a Pío IX, que pareciera dictada por Mazzini: "Pueblos de la
Lombardía y de Venecia: nuestras armas os prestarán la ayuda
que el hermano debe al hermano, el amigo al amigo... Nosotros
secundaremos confiados en Dios, que ha dado Pío IX a Italia y ha
puesto a Italia en condiciones de no necesitar de nadie..."
Es la repetición de su fórmula: Italia fara da se y una notificación
a las otras potencias de que no quiere intervenciones extranjeras.
Y en otro lugar: "Descienda sobre vosotros el espíritu angelical de
Pío IX, y la Italia se hará,"
¿Cómo acogerá Roma esta conminación a lanzarse a la guerra?
En Roma la revolución ha hecho más camino que en ninguna
parte, favorecida por el espíritu bondadoso del Pontífice.
También él ha consentido en otorgar una Constitución, que crea
dos Cámaras: los senadores, elegidos por el Papa, y los diputados,
por el pueblo. Pero los diputados, representantes de los clubs,
serán los verdaderos dueños del poder.
Frente a su iglesia del Jesús las turbas reclaman la "muerte de
los frailes", y les cantan el Miserere y el De profundis.
Pío IX los visita para confortarlos, pero él ya no es un soberano,
sino un cautivo, y los jesuitas abandonan la ciudad. Casi al
mismo tiempo los expulsan de todas partes de Italia, inclusive de
Turín, donde Don Bosco los provee de trajes civiles para que
huyan sin ser reconocidos.
Llegan noticias de que el mariscal Radetzky retrocede ante Carlos
Alberto, que avanza con cuarenta y dos mil soldados. ¡Victoria,
victoria! ¡Que el Papa se ponga al frente de la nueva cruzada!
Un monje barnabita, llamado Gavazzi, quiere ser otro Pedro el

192 Preparado por Patricio Barros


Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

Ermitaño, y habla desde el Coliseo, invocando la sangre de los


mártires y blandiendo un crucifijo tricolor: ¡Romanos, a las
armas! El austriaco, cien veces más feroz que el musulmán, está
a nuestras puertas. Nuevos cruzados, armemos nuestros pechos
con el signo de la Cruz... ¡Dios lo quiere!... Sí, juremos no volver a
Roma sin haber degollado hasta el último de esos bárbaros."
Los planes de Mazzini parecen a punto de realizarse: la Iglesia va
a remolque de la revolución. Porque no solamente se cuentan
energúmenos como el Padre Gavazzi, sino también sacerdotes de
fama y de virtud, como el padre Ventura o el célebre Rosmini.
El Papa moviliza su ejército para defender su neutralidad, y lo
envía a la orilla del Po, con orden terminante de no vadearlo,
porque la otra margen es tierra austríaca.
Millares de voluntarios engrosan la Guardia Nacional Pontificia,
mandada por el general Durando. Este llega a la frontera,
desobedece al Papa y cruza el río, lanzando una proclama.
"¡Soldados! El Santo Pontífice ha bendecido vuestras espadas,
que, unidas a las de Carlos Alberto, deben exterminar a los
enemigos de Dios y de Italia... Esta guerra no solo es nacional,
sino altamente cristiana... Sea nuestro grito de guerra: ¡Dios lo
quiere!"
Es una conspiración de todos para forzar la mano de Pío IX y
para que ante el mundo católico la guerra al Austria aparezca
como una guerra santa.
El Papa no lo consiente. Por su diario oficial, La Gazetta de Roma,
desautoriza la proclama del general Durando, y días después, el
29 de abril de 1848, en una extensa alocución, expresa de este
modo su voluntad:

193 Preparado por Patricio Barros


Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

"Pretendiendo algunos que también Nosotros emprendamos la


guerra contra los austríacos, creemos nuestro deber manifestaros
clara y terminantemente que eso está muy lejos de Nosotros,
puesto que hacemos en la tierra, aunque indignos, las veces de
Aquel que es Autor de la paz y Príncipe de la caridad, y, fieles a
las obligaciones de nuestro apostolado, abrazamos a todos los
pueblos y naciones con igual sentimiento de fraterno amor. Si, a
pesar de esto, algunos de nuestros súbditos se dejan atraer del
ejemplo de los otros italianos, ¿de qué manera podríamos
evitarlo?"
Las sociedades secretas abandonan toda ficción y empiezan
contra Pío IX la memorable batalla, que durará veintidós años y
que es una de las tragedias más emocionantes de la Historia.
En estas condiciones se realizó en los Estados Pontificios la
elección de diputados, de la que resultó un Parlamento hostil al
Papa.
En una de esas casas aisladas, con jardines, que los italianos
llaman villas, situada fuera de la Puerta del Pueblo, se reunieron
los que ahora ya no disimulaban su odio.
Eran más de cien, y la policía no los molestaba, porque el
ministro de Policía, José Galleti, estaba entre ellos. También
estaban otros dos personajes políticos. Terencio Mamiani y Pedro
Sterbini, y ciertamente no faltaba el famoso tribuno que, por su
elocuencia abundante y ruda, tenía el apodo de Ciceruacchio
(Ciceroncito).
Propuso Ciceruacchio, en la reunión, asesinar a todos los frailes:
pero Mamiani contuvo los imprudentes entusiasmos, leyendo el
programa político que debían presentar al Gobierno de Roma:

194 Preparado por Patricio Barros


Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

1.° Exclusión de los sacerdotes de todos los cargos públicos. —


2." Declaración de guerra al Austria.— 3.° Remuneración a todos
los voluntarios de la guerra contra los bárbaros.
Aprobado el programa, con los puñales en alto juraron todos
fidelidad a Sterbini, Galletti y Mamiani.
Impuesto el Ministerio de aquellas exigencias de los clubs,
presentó su renuncia, y el Papa, con un rasgo de bravura, llamó a
Mamiani, que era el más moderado de los conspiradores, y le dijo:
— Puesto que usted parece contar con la mayoría de la cámara,
forme usted Gobierno.
Mamiani aceptó, y los conjurados creyeron ganada la partida y
resuelta la guerra.
Los comienzos de ésta habían sido favorables al Piamonte. Carlos
Alberto logró varias victorias sucesivas (Goito, Pastrengo,
Peschiera).
Una vasta insurrección de húngaros y de eslavos, a raíz de la
caída de Metternich, tenía en jaque al emperador, impidiéndole
concentrar sus fuerzas en Italia.
Para salvar su imperio, propuso la paz, abandonando la
Lombardía y conservando Venecia. Pero los ministros de Carlos
Alberto, creyendo en la fidelidad de la fortuna, rechazaron la
propuesta, contra los sentimientos del rey. El ejército piamontés
había demostrado un valor heroico, ganando batallas a pesar de
que carecía de organización, de víveres y hasta de armas. La
ignorancia de sus generales, que habían entrado en campaña sin
poseer un solo mapa de la región donde combatían, había sido
compensada por la bravura de los soldados.
Entonces aconteció un suceso fatal para Mamiani. El general

195 Preparado por Patricio Barros


Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

Durando, aquel que, contra las órdenes de Pío IX, vadeara el Po al


frente del ejército pontificio, se había rendido, en Vicenza, al
mariscal Radetzky.
Al recibir en Roma la noticia, y al conocer las circunstancias de la
jornada, la Cámara acusó a Durando de traición, y el pueblo se
indignó contra Mamianl, que intentó defenderlo.
El Ministerio perdió su popularidad en pocas semanas. Tampoco
gozaba de la confianza del Pontífice, que soportaba a disgusto la
duplicidad de su ministro. Vino en esto la noticia de la batalla de
Custozza, en que 55.000 austriacos habían vencido a 22.000
piamonteses.
La retirada señaló el comienzo de la definitiva derrota de Carlos
Alberto. Pío IX aprovechó la ocasión para deshacerse del
Ministerio Mamiani, que pretendía llevarlo a la guerra.
Tras un breve Ministerio de transición, el Papa llamó a un
antiguo carbonario, que por sus ideas liberales podía satisfacer a
los diputados y al pueblo.
Era el conde Pellegrino Rossi, par de Francia, embajador de Luis
Felipe, hombre de ciencia y de energía. Rossi aceptó formar el
Ministerio.
Tenía dos caminos a seguir: servir, como Mamiani la política de
las sociedades secretas, o servir franca y enérgicamente al Papa.
Eligió este camino.
¡No lo eligió impunemente! Conocía los entretelones de las logias y
sabía que estaba condenado a muerte desde el momento en que,
abandonando la causa de la revolución, se ponía al servicio del
orden.
Para no tener un conspirador en su Ministerio, suprimió el cargo

196 Preparado por Patricio Barros


Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

de ministro de Policía, agregando sus funciones al del Interior, y


Galleti salió; pero muchos afiliados a la Joven Italia quedaron en
otros empleos y como oficiales en el cuerpo de Carabineros y
Dragones pontificios.
Era a mediados de septiembre. Las sesiones de las Cámaras no se
reanudarían hasta el 15 de noviembre. Rossi tenía por delante
dos meses para encauzar la Administración.
En todos los Parlamentos, en las épocas de lucha., además del
partido del Gobierno y del de la oposición, existe el partido del
miedo, que inclinándose ora al uno, ora al otro, hace la mayoría.
Lo forman diputados que, porque carecen de programa, y a
menudo de ideas, se consideran independientes y votan según
sopla el viento de la calle o de las alturas.
Un jefe que surge de pronto, dando la sensación de fuerza y de
victoria, puede ganarse el partido del miedo, ávido siempre de un
amo que le inspire confianza. Gracias a tal partido, los diputados
de la Joven Italia dominaban la Cámara. A la aparición de Rossi,
advirtieron el inminente riesgo de perder su mayoría, porque el
partido del miedo apoyaría a Rossi.
Sturbinetti era el presidente de la Cámara, y anunció aquel
peligro en las reuniones de la sociedad. Y todos pensaron que
había una sola siniestra manera de conjurarlo. Bastaría reabrir el
proceso de los carbonarios contra su antiguo afiliado y ejecutar la
sentencia de muerte que había quedado en suspenso. La Joven
Italia se encargaría, y para que sirviera de escarmiento y
amedrentara al Papa, el asesinato debía realizarse el 15 de
noviembre, en la Cámara misma, cuando el primer ministro
acudiera a inaugurar sus sesiones.

197 Preparado por Patricio Barros


Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

Después de la rendición de Vicenza, Roma se vio inundada de


aquellos legionarios romanos que partieron con el general
Durando y volvieron como desertores. La guerra no había
terminado, pero ellos preferían pasearse por la ciudad ociosos y
arrogantes con la pannutela, especie de túnica militar que usaban
de uniforme.
La gloria que no habían podido ganar batiéndose contra los
austríacos, esperaban hallarla batiéndose en las calles y en las
plazas de Roma contra los guardias del Papa. Eran, pues,
elementos propicios para las revoluciones.
Sterbini y Galletti, ambos ex ministros, sedujeron a aquellos
soldados sin empleo y asignaron a cierto Grandont, oficial
obscuro y ambicioso, y a la compañía que él mandaba, el papel
principal en la tragedia.
Un espía de Rossi, que asistía a los conciliábulos de la Joven
Italia en el granero de Ciceruacchio, llevó al ministro los detalles
de la conjuración. El Gobierno prohibió vestir la pannutela, que
iba a ser el distintivo de los conjurados. Pero no suprimió en
ninguna forma las reuniones del Caffé delle Belle Arti, o del
Circolo Popolare y de la plaza de España, donde los tribunos
incitaban públicamente a la revolución; ni estableció censura
sobre los diarios, algunos de los cuales anunciaban grandes
acontecimientos para el 15 de noviembre.
El ministro hacía gala de una bravura rayana en la temeridad. A
veces la temeridad ha resultado salvadora; pero a veces también
ha perdido a los que se han inspirado en el ejemplo de Pedro el
Grande presentándose solo en medio de los strelitz conjuros para
matarle.

198 Preparado por Patricio Barros


Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

A las seis de la mañana del 15, Rossi recibe de la duquesa de


Rignano una esquela: "No vaya al Palacio de la Cancillería, porque
será asesinado."
En el pequeño teatro de la Capranica se han reunido quince
afiliados de la Joven Italia para sortear al que dará el estiletazo, y
a otros cinco más que lo suplirían si su golpe falla. La suerte
designa primero a Sante Constantini.
A las nueve, un anciano general polaco va a rogar al ministro que
no salga. Rossi desdeña el anuncio.
A mediodía, mientras almuerza con su mujer y sus hijos, un
desconocido le pide audiencia para comunicarle un asunto de
gran importancia. Rossi le hace contestar que va a salir a la
Cámara y no puede recibirlo; que vaya al día siguiente a su
despacho.
— Mañana será tarde — contesta el desconocido.
La condesa y sus hijos, alarmados por aquellas repetidas
advertencias, intentan impedir al ministro que acuda a la fatal
Asamblea. Rossi no se deja convencer y se va al Quirinal, a pedir
la bendición del Papa, antes de ir al Palacio de la Cancillería,
donde pronunciará el gran discurso que sus partidarios aguardan
y sus enemigos temen.
El Papa también ha recibido reiterados anuncios del complot.
— ¡Evitad un gran crimen a los otros, y a mí un gran dolor!
— Son demasiado cobardes — respóndele Rossi—, y no osarán...
— ¡Dios lo quiera! Entretanto, os bendigo con toda mi alma.
Sabiendo que el golpe se proyecta dar en la escalinata del Palacio
de la Cancillería, la policía manda ocuparla con soldados; pero el
presidente de la Cámara, Sturbinetti declara que eso es violar los

199 Preparado por Patricio Barros


Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

fueros del Parlamento, y que le corresponde a él, presidente de la


Cámara, la vigilancia del Palacio.
Frío y desdeñoso con los adversarios, Rossi no quiso aparecer
temeroso, y consintió en que Sturbinetti, afiliado a la Joven Italia,
se encargara de su custodia. Así fue como la vigilancia de la
Cancillería quedó confiada a sesenta guardias cívicos, en su
mayoría conspiradores.
Y cuando a las diez de la mañana aparecieron los legionarios de
Grandone, entre los cuales estaban los seis sorteados para el
crimen, esos guardianes infieles les permitieron situarse en la
escalinata, a pesar de que vestían la pannutela prohibida, que
había de servirles para dificultar la identificación.
El palacio de la Cancillería es un hermoso edificio que el Brabante
construyó a fines del siglo XV para el cardenal Riario. La iglesia
de San Lorenzo in Damaso forma una de sus alas. Allí tiene su
despacho el cardenal Bernetti, canciller de Pío IX, y sesiona la
Cámara de Diputados.
El duque de Riagnaro, que es uno de los ministros, observa la
palidez de Rossi cuando va a subir a la carroza. Está pálido, sí;
pero firme y resuelto.
— Yo defiendo la causa del Papa, que es la de Dios. Debo ir y
quiero ir.
Ha dado la una. Sturbinetti ocupa su sillón presidencial; los
diputados, sus bancos. Uno de los últimos en llegar es Sterbini,
vestido de negro. ¡El sí que sabe lo que va a ocurrir! Sus
partidarios lo aplauden.
Se sienten gritos en la calle: "Eccolo! Eccolo!" ¡Helo aquí! ¡Muera
Rossi!

200 Preparado por Patricio Barros


Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

Pero no es Rossi, sino el embajador de España, que posee una


carroza igual.
Diez minutos después, por la calle de Baulari, aparece la del
ministro. Viene acompañado de Righetti, subsecretario de
Finanzas. "¡Si no teme venir conmigo, suba!", le ha dicho. ¡Qué
pálido está Rossi!
Los caballos avanzan con lentitud; el público ocupa la calzada: un
público hostil revolucionarlo, que lo increpa sordamente.
— ¡Les sería fácil matarme aquí de un pistoletazo! ¿Quién hallaría
después al asesino?— dice Rossi a su compañero.
Pero el arma de la Joven Italia no es la pistola, sino el estilete.
— ¡Cómo! ¿Están esos hombres vestidos de pannutelo? ¿Quién les
ha permitido colocarse allí?
Righetti no sabe qué decir. El corazón le late horriblemente. Ha
visto ondular aquella masa humana, y oye sus voces enemigas:
"Eccolo, Eccolo!"
El antiguo carbonario sonríe con desprecio.
— ¡Mi causa es la de Dios! ¡Hoy enterraremos la revolución!— Y
blande como un arma los apuntes de su gran discurso.
El carruaje se detiene casi al pie de la escalinata. El palafrenero
salta del pescante, abre la portezuela, y desciende Rossi.
Los legionarios le abren paso, pero en seguida se cierran detrás
de él, separándolo de Righetti, y uno de ellos, con un bastón, le
golpea ligeramente en el hombro, por la espalda.
— ¿Qué hay?— exclama Rossi, indignado de aquel ultraje,
volviendo la cabeza.
Con este movimiento descubre el cuello y presenta la arteria
carótida al golpe de Sante. Este desenvaina el estilete y se lo

201 Preparado por Patricio Barros


Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

entierra con suprema habilidad.


— ¡Asesino!..
Un borbotón de sangre corta la última palabra de aquel hombre,
cuya elocuencia temieron sus enemigos. En el atrio se desplomó.
Un confesor, llamado a prisa de San Lorenzo in Damaso, lo
alcanzó con vida aún y pudo absolverlo.
El grito de Rossi se ha oído en el recinto donde los diputados
aguardan.
— ¡Señores! ¡El ministro Rossi acaba de ser asesinado!
— ¿Cómo?— pregunta uno de sus partidarios—. ¿Por quién?
Y otro, mirando a aquel hombre que viste de luto y que no se ha
movido de su banco, lo señala.
— ¡Preguntad Sterbini!
En el acto, el partido del miedo se siente revolucionario y se
agrupa alrededor del hombre de luto para mostrarle su adhesión,
y uno de ellos exclama:
— ¿Por qué tanto ruido? ¿Por ventura Rossi era el rey de Roma?
Después de este frío ultraje al muerto, a quien nadie osa
defender, el presidente de la Cámara, Sturbinettl, agita la
campanilla y pronuncia esta frase, que se ha hecho célebre:
— Señores diputados, pasemos al orden del día.
El asesinato de Rossi quedaba así como un incidente callejero
indigno de distraer la atención de un Parlamento.
— ¡Esto es infame! — exclama el duque D’Harcourt, embajador de
Francia, dirigiéndose a los otros embajadores que asisten a la
sesión—. ¡Salgamos, señores, para no ser encubridores de este
crimen!
En la calle, los soldados de Pío IX fraternizan con los legionarios

202 Preparado por Patricio Barros


Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

de Grandoni. Este y Sante Constantini, autor de aquella


admirable puñalada, son los héroes del día.
Más glorioso que Galletti y que Sterbini y que Mazzini mismo, de
quien el pueblo no conoce sino los discursos o los artículos.
En cambio, de Grandoni y de Constantini conoce ahora los
hechos. El estilete es adorado. Lo exhiben, lo pasean por las
calles, lo llevan frente a la casa de Rossi y lo levantan en una
pica, envuelto el puño en una cinta tricolor, para que puedan
verlo la viuda y los hijos, aterrados y todavía ignorantes de la
tragedia.
Como en el curso de esta historia no hemos de volver a hallarnos
con Constantini y Grandoni, digamos de qué manera terminó su
triunfo. El proceso por el asesinato de Rossi fue largo y difícil, y
sólo pudo concluirse años después.
Las pruebas que inculpaban a los grandes bonetes
desaparecieron en la vorágine de la revolución. Pero los ejecutores
materiales de aquella sentencia de la Joven Italia pagaron con la
vida su adhesión a los principios mazzinianos: Grandoni se libró
del verdugo ahorcándose en la prisión, y Constantini fue
ejecutado el 17 de marzo de l854.
Caído Rossi, el verdadero rey de Roma fue Sterbini. Redactó un
programa urgente: guerra al Austria, reforma de la Constitución,
nuevos ministros.
El Papa, abandonado de sus cortesanos, cerró las puertas, del
Quirinal, guardadas por setenta suizos y algunos gendarmes,
únicas tropas que permanecieron fieles, y convocó a los
embajadores de las potencias para que fuesen testigos de los
sucesos, y se negó a tratar con Sterbini.

203 Preparado por Patricio Barros


Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

El pueblo se indigna de que el Papa no quiera tratar con sus


emisarios, y pretende invadir el Quirinal, incendiando su puerta.
Por entre la reja un suizo dispara su fusil. ¡Traición! ¡El Papa
fusila a su pueblo! ¡A las armas! ¡Viva la República!
— ¡Hemos comenzado; hay que acabar! — ha dicho Sterbini
arengando al pueblo.
Asaltan el Quirinal; las balas penetran hasta el aposento donde
se halla el Papa con algunos embajadores, entre ellos el de
Francia, duque D’Harcourt; el de España, Martínez de la Rosa; el
del Brasil, Figuereldo. Una bala mata a monseñor Palma,
secretario de Letras latinas.
Sterbini, el príncipe Canino y otros jefes del movimiento,
instalados en el Café de las Bellas Artes como en el cuartel
general, resuelven bombardear el palacio. El príncipe Canino
hace llevar dos cañones y los coloca en batería frente a las
puertas principales, y va a ordenar el fuego.
El Papa, horrorizado de aquella sangre, anuncio de mucha más,
recibe a los emisarios y acepta el Ministerio que le imponen:
Galletti, ministro del Interior; Mamiani, de Relaciones exteriores;
Sterbani, de Hacienda. Las primeras espadas de Mazzini son los
ministros de Pío IX. Y, fieles a su táctica de enrolar al clero en las
filas de la revolución, ofrecen la presidencia del Ministerio al
célebre sacerdote Rosmini, quien se niega a prestarse al papel
que le asignan. En cambio, otro sacerdote, monseñor Muzzarelli,
se deja seducir y consiente en ella, lo que le vale una amarga
censura de Pío IX.
— Señores — dice el Papa a los embajadores, despidiéndolos —,
que el mundo sepa lo que acabáis de ver. He prohibido que en los

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

decretos de este Ministerio se empleen las fórmulas comunes; no


quiero que se abuse de mi nombre, pues yo no tengo parte en el
Gobierno; más que un rey, soy un prisionero...
Esto ocurrió el 16 de noviembre. Pío IX era realmente un
prisionero que, como Luis XVI, aguardaba su hora custodiado por
los asesinos de Rossi.
Una dama francesa, la condesa de Spaur, esposa del ministro de
Baviera, tramó su liberación, en connivencia con su esposo y el
duque D’Harcourt.
En la noche del 24, la carroza del embajador de Francia llegó
precedida de antorchas, como se acostumbraba en los días de
recepción. Los centinelas dejaron pasar al duque, y él mismo
ayudó a Pío IX a despojarse de su traje blanco y a vestirse con
una sotana negra.
Los centinelas que guardaban las habitaciones del Papa no
prestaron atención a aquel simple clérigo, de anteojos negros, que
salió de allí. Oían la voz recia del embajador de Francia y no se
imaginaban que su interlocutor era el Pontífice.
Por los sombríos corredores del Cónclave, Pio IX llegó a la Puerta
Suiza, que nadie vigilaba, y abandono el Quirinal. El conde Spaur
lo esperaba en un carruaje. Salieron, por la puerta de las Cuatro
Fuentes, sin que los centinelas sospecharan de ellos. En el valle
de Ariccia encontraron a la condesa de Spaur, que los aguardaba
en su gran berlina, con su hijo y dos servidores bien armados. Allí
estuvieron a punto de ser detenidos por una patrulla de
carabineros que seguían el carruaje de Spaur. Los salvó la sangre
fría de la condesa, que recibió a Pío IX con esta angustiosa
exclamación:

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

— ¡Oh señor doctor! ¡Cuánto ha tardado!


Los carabineros no alcanzaron a ver las facciones de aquel
médico a quien la dama reprochaba el retardo; pero,
compadecidos de su angustia, le ayudaron a subir a la berlina,
que partió al galope de sus cuatro caballos por el camino de
Nápoles.
Cuando cruzaron la frontera y se hallaron en los dominios de
Fernando II, lágrimas de emoción bañaron el rostro de Pío IX, que
entonó el Te Deum.
A las nueve y media de la mañana, después de cambiar caballas
en una posta, llegaron a Gaeta, dirigiéndose al palacio episcopal.
Por azar, el obispo estaba ausente, y sus servidores no quisieron
recibir a aquellos huéspedes, a quienes no conocían, por lo cual
Pío IX tuvo que refugiarse en un albergue modestísimo, que
llamaban II Giarneto.
Muchos años después, en su alocución del 26 de diciembre de
1876 a la nobleza romana, Pío IX explicó de esta forma su
resolución:
"La revolución nació tímida en apariencia, obsequiosa y
aduladora. Con su hipocresía engañó a muchas personas
honradas, sorprendiendo su buena fe, y se mezcló a ellos al pie de
los altares; pero mientras los unos se alimentaban con el pan de
vida, los otros comían su propia condenación. Pidieron y
obtuvieron todo lo que era posible acordarles. A cada concesión
estallaban en aplausos; luego mostraban nuevas pretensiones,
hasta exigir un Papa batallador y agresivo. Pero el Papa, que no
quería ni podía ser batallador, tuvo que alejarse de Roma, antes
que permitir la ejecución de las horribles amenazas de que fue

206 Preparado por Patricio Barros


Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

objeto."
Si el rey de Nápoles no consentía en tener de huésped al Pontífice,
dos naciones se disputaban ese honor: España y Francia, que
habían mandado naves para transportarlo a su territorio.
De Roma se enseñoreaba la anarquía.
Se votaba la desposesión del Papa y se establecía la República
romana; y se invitaba a venir al que consideraban el Mesías de la
revolución.
José Mazzini apareció en Roma el 5 de marzo de 1849, con
pasaporte suizo, bajo el nombre de Francisco Lavillat.
"¡Romanos! Habéis sido grandes... Yo os consagro romanamente
italianos... Después de la Roma de los Emperadores, después de
la Roma de los Papas, viene la Roma del Pueblo."
La República necesita dinero para la guerra contra Austria. Fue
tal el efecto de su elocuencia, que muchas damas se despojaban
de sus joyas y las echaban a los pies del tribuno.
El 29 de marzo lo nombraron triunviro, pero en realidad fue un
dictador, pues sus otros dos colegas fueron sombras a su lado. El
8 de abril era la Pascua. Mazzini quiso que se dijese la misa en el
altar pontifical de San Pedro, donde sólo el Pontífice puede
celebrar. Los canónigos intentaron oponerse, pero fue en vano.
Un sacerdote apóstata, Spola, celebró aquella misa, asistido por
el famoso padre Ventura, que tiempos después retractó sus
errores, y por el no menos famoso Padre Gavazzi.
Junto al altar estaba Mazzini, cruzado el pecho por la banda
tricolor.
Con esta parodia entiende persuadir a los romanos que pueden
prescindir del Papa. Bastan el pueblo y Dios.

207 Preparado por Patricio Barros


Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

208 Preparado por Patricio Barros


Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

§ 14.
Cómo trabaja entretanto

Estos tiempos que hemos pintado, en que la religión parece haber


tocado el fondo del abismo, son los que Don Bosco, sonriente,
elige para fundar una nueva Congregación,
El hombre negro, el jesuita, cuyo nombre ha llegado a ser una
injuria, es perseguido en todos los países como el representante
genuino del Papado. ¡Buena hora para inventar otros hombres
igualmente negros e igualmente adictos al Papa!
¿Acaso Don Bosco vivía en tierras lejanas y tranquilas, adonde no
llegaban noticias de la revolución? No, por cierto. Vivía en Turín,
el cuartel general donde un joven rey, Víctor Manuel II, preparaba
su puesto para una nueva cruzada, no contra los musulmanes,
sino contra la Iglesia de Roma.
Y Don Bosco era súbdito de ese rey, y fue amigo y hasta comensal
de Cavour, su ministro, el verdadero propulsor del movimiento
que arrancaría al Pontífice, tal vez por un siglo, el cetro de Roma.
¿Por un siglo no más? ¿Por ventura los católicos piensan que los
Papas volverán algún día a ser reyes de Roma?
Nadie sabe los secretos de Dios. Setenta años vivieron los Papas
en Aviñón, la segunda cautividad de Babilonia, según la
llamaron, porque fueron cautivos de los reyes de Francia.
Después del Tratado de Letrán, entre el sucesor de Pío IX y el de
Víctor Manuel II no puede hablarse de cautividad; pero ¿puede
llamarse al Papa rey de Roma, cuya corona ostenta en la tiara?
Los historiadores de los reyes cuentan por años; los de los
pueblos, por siglos; los de la Iglesia, por milenarios: los de Dios,

209 Preparado por Patricio Barros


Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

por épocas geológicas.


Los amigos que recibieron las primeras confidencias de Don
Bosco eran sabios y santos: Don Cafasso, Don Borel; mas
juzgaron desatinados sus proyectos, y prueba tan patente de
locura, que, por su bien y con el alma partida de dolor,
resolvieron encerrarlo en un manicomio3.
¿Dónde había visto esas escuelas, esos talleres, esas iglesias, esos
millares sacerdotes que trabajarían conforme a su regla, esos
millones de obreros que aprenderían de él un oficio, de todo lo
cual hablaba como de una realidad? ¡En sueños!
En la Historia Sagrada, en el libro de Esther, Mardoqueo el judío
sueña como el pastor de los Becchi, "De pronto se oyeron voces y
un gran ruido y truenos, y la tierra tembló... Dos dragones
avanzaron, prontos a combatir... Y se hizo un día de tinieblas y de
obscuridad; y reinó el espanto, la angustia y la tribulación sobre
la tierra. El pueblo entero de los justos estaba en la confusión y
se preparaba a perecer. Clamaron a Dios, y a sus clamores brotó
una fuentecita, que se transformó en un gran río y en una masa
de agua. La luz y el sol brillaron, y los que yacían en la
humillación fueron elevados" (Est 11,5-11).
Como esta fuentecita surgía la obra de Don Bosco.
Soñador, ciertamente, porque durmiendo le comunicaba Dios
aquellas cosas que parecían locuras. Pero con un instinto realista
infalible. Digo instinto, no atreviéndome a dar un nombre
sobrenatural a aquella ciencia no aprendida, en que se funden
equilibradamente la discreción, la diplomacia, el don de gentes.

3Este manicomio existe aún a dos pasos de la enorme casa madre de los salesianos de
Turín.

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

Simple como una paloma, astuto como una serpiente, vivía


codeándose con los enemigos de la Iglesia, parando sus golpes,
recibiendo sus beneficios, haciéndoles frente cuando era
necesario, pero sin dejarse arrebatar por un falso celo.
Conservaba el juicio claro en medio de la confusión apocalíptica
de aquellos tiempos, que habían turbado a muchos de más
ciencia que él.
En los campos argentinos existen paisanos rastreadores o
rumbeadores que encuentran el rastro o el rumbo hasta en los
días de cerrazón, hasta en las noches lóbregas, y son capaces de
hallar un derrotero, a cien leguas de distancia, con los ojos
vendados.
Así es Don Bosco. Posee ese sexto sentido de las palomas
mensajeras, de las aves migratorias: la orientación. Se dirige por
senderos que parecen extraviados. Se rodea do biricchini. (En
Italiano, biricchini significa tunante, pillete. Don Bosco ha
ennoblecido la palabra y la especie).
No se le ocurre buscar sus discípulos en los palacios, en las altas
clases sociales, entre los que mañana serán los dirigentes de la
nación. Toma exactamente el camino opuesto. Recorre las calles,
reúne a los chicos abandonados, busca a los obreros, de
preferencia a los ociosos y sin trabajo, que han aprendido a
conocer el mundo en las prisiones y en cuyos oídos zumban ya
los himnos comunistas.
¡Esos son sus elegidos! A los otros los deja venir, pero a éstos los
llama, los persigue, no descansa hasta encontrarlos.
¿Y qué les ofrece y qué les enseña? ¿Los derechos del pueblo?
¡No! Les enseña a trabajar y a rezar. Y les ofrece un plato de

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

menestra hecho por mamá Margarita, y a la noche un pedazo de


pan, y los domingos un poco de fruta, si la tienen, función
religiosa y juegos al aire libre.
¡Vaya una época para atraer al pueblo con un plato de menestra y
una procesión!
Cuando el Piamonte hacia su primer ensayo constitucional, y se
inauguraban clubs en todos los rincones de Turín, y el pueblo se
embriagaba con los discursos de los futuros parlamentarios y con
las soflamas de Mazzini, que les enseñaban sus derechos, y los
frailes se prendían escarapelas tricolores, y los seminaristas
desertaban de los claustros para acudir a los comités, a Don
Bosco se le ocurría abrir también un club en la capilla Pinardi, y
no para enseñar al pueblo sus derechos, sino sus deberes.
¡Peregrina ocurrencia! Y, sin embargo, los hijos del pueblo
acudían en tanto número, que causaban envidia a los políticos y
recelos a la autoridad.
¡Ah! No iban por el plato de menestra. Había otros que ofrecían
más. La seducción de Don Bosco estaba en su sonrisa, y en una
palabra que encierra toda su pedagogía.
Hace bastantes años, el rector del colegio de jesuitas de
Campolide, en Portugal, refería a Don Ricaldone, actual prefecto
general de la Congregación salesiana, cómo conoció a Don Bosco.
"Me habían puesto al frente de un gran colegio, y estaba lleno de
temores, a causa de mi inexperiencia. Se me ocurrió entonces
consultar a Don Bosco, y me fui de Roma a verle en Turín. Quería
que me explicara el secreto de aquella misteriosa atracción que
ejercía con los niños: cuál era su sistema pedagógico.
"Para no hacerle perder tiempo, y para retener mejor sus

212 Preparado por Patricio Barros


Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

respuestas, escribí un minucioso memorándum con las


cuestiones que me preocupaban. Me lo aprendí de memoria y fui
a exponérselo. Don Bosco me oyó cortésmente. Me dejó hablar
cuanto quise. No me interrumpió una sola vez, y yo advertí, por la
atención que me prestaba, que iba a dar una respuesta franca a
mi largo cuestionario. Yo terminé así: "¿Cómo hace V. R. para
atraer a los niños?" Y él entonces me respondió, pero no me dijo
muchas palabras, no me dijo ni tres, ni siquiera dos; me dijo una
sola palabra:
"— ¡Amándolos!
"Y se puso a hablar de otras cosas, con toda naturalidad, como si
ya no tuviese nada que decir."
En la trama confusa de las doctrinas revolucionarias, socialistas
o demócratas, Don Bosco ha descubierto el hilo de oro de una
gran verdad, que todas ellas contienen y que es el motivo de la
seducción de esas doctrinas sobre el pueblo. Esa verdad
trascendental es la igualdad.
No es una idea revolucionaria ni moderna. Es un viejo dogma
cristiano, contenido en la segunda palabra de la oración que
Jesús enseñó a sus discípulos: "Padre nuestro..." Todos los
hombres, hijos de un mismo padre; por lo tanto, iguales todos,
específicamente.
Si el egoísmo de los que oprimen a sus semejantes por la riqueza
o la fuerza ha obscurecido esta verdad y ha impuesto durante
siglos desigualdades que parecían nacer con el hombre, peor para
ellos, porque los oprimidos han acabado por reconocer la
injusticia de los privilegiados y han convertido en una bandera de
odio lo que era un dogma de amor.

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

Se ha hecho famosa la ceguedad de aquel romano que definió así


el cristianismo naciente; una discusión entre judíos a propósito
de religión.
Así muchos en los tiempos de Don Bosco, no advirtieron más que
el aspecto político, hostil a los reyes, de las doctrinas
revolucionarias, y no la avidez de justicia que preparaba los
corazones a recibirlas.
El no creyó que fuese una discusión constitucional. Comprendió
que la Humanidad penetraba en una región nueva y que el
catolicismo no tenía interés en desviar su rumbo.
El catolicismo no es solidario de ningún régimen político. Ha
prosperado y ha sufrido persecuciones bajo los reyes absolutos, y
le ocurrirá lo mismo bajo los constitucionales y bajo las
Repúblicas.
Por esencia es democrático; sus príncipes son hombres de toda
condición. Aun para ser Papa, el nacimiento no confiere ningún
privilegio. Con razón Voltaire lo llamaba la religión de la canalla, y
por canalla significaba el pueblo.
Pero la democracia, o sea, el gobierno del pueblo, cuando no está
regulada por la justicia y la caridad, degenera en una salvaje
lucha de clases, una aristocracia al revés.
Un pueblo que no tiene ninguna noción de sus deberes porque
sus oradores no le hablan más que de sus derechos; que no
conoce más límites que los que él se prescribe en sus leyes,
mudables como los hombres que las hacen, está en el camino de
la anarquía.
Y cuando cae en la anarquía, que es el desorden, el pueblo,
desesperado, acaba por entregarse a un dictador. La dictadura

214 Preparado por Patricio Barros


Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

impone orden a la fuerza. Da momentáneamente la sensación de


la libertad, porque no hay tiranía más abominable que la de la
muchedumbre anarquizada.
Pero la dictadura es la negación de la libertad y de la justicia. Por
lo tanto, anticristiana.
Don Bosco ha tenido la intuición de la democracia en un
momento en que a muchos parecía una herejía.
El obrero, el proletario, como dicen los socialistas, es la gran
masa de la población, la mayoría, y en un régimen democrático es
el gobierno.
Preparemos al obrero para el gran papel que va a desempeñar en
las sociedades modernas como elector y muchas veces como
elegido. Enseñémosle sus derechos y sus deberes. Hagámosle
hábil en su oficio; démosle la instrucción que antes era exclusivo
patrimonio de los ricos y de los nobles; hagámosle buen católico,
y lo haremos buen demócrata; sabrá elegir y sabrá gobernar, y
habremos hecho el bien de la patria y de la Humanidad.
Este es el pensamiento de Don Bosco. A realizarlo aplica sus
cualidades de organizador, su inventiva, su tenacidad, su ciencia
y, sobre todo, su gran corazón. ¡Amémoslo y vendrá con nosotros,
aunque no le ofrezcamos lo que le ofrece la revolución!
Parece fácil simular amor al pueblo en estos tiempos en que los
políticos se arrebatan de la boca las palabras con que han de
adularlo. Decimos mal, hablando de estos tiempos; pues los
politices actuales no han sobrepujado a los caudillos de comités
de la antigua Grecia.
Aristófanes, en su comedia Los Caballeros, personifica al pueblo
en un viejo chocho, Demos, cuyos favores se disputan dos

215 Preparado por Patricio Barros


Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

políticos, Zurrador y Salchichero. Y dice Salchichero: "Demos,


prueba este cojín que he cosido con mis manos. ¿Acaso no están
tus nalgas cansadas del duro banco de los remeros de Salamina?"
Y Zurrador le interrumpe: "Voy a depilaste las canas para
rejuvenecerte, Demos." Y Salchichero agrega: "Para que te limpies
las lagañas te he traído este rabito de liebre." Y añade Zurrador:
"Al sonarte las narices, Demos, enjúgale los dedos en mi
cabellera." Salchichero: "¡Nunca en la de él! ¡En la mía!" Zurrador:
"¡No, en la mía!"
Las peroratas de Mazzini, en el fondo no eran más que las
disputas de Salchichero y Zurrador, transformadas en monólogo
y escritas en clave de sol.
En sus aventuras de colegial, Don Bosco ha aprendido diversos
oficios. Sastre, zapatero, músico; sabe de todo un poco, y sería
capaz de enseñar si tuviera dónde instalar sus talleres y con qué
proveer de herramientas y materiales a sus alumnos.
La instrucción del obrero es su idea fija. Pero no la concibe como
una Infusión de teorías inútiles en un cerebro mal preparado.
Eso, las más de las veces no mejora la aptitud del obrero para
ganarse la vida, y produce a menudo un desplazado, es decir, un
descontento con la profesión que las realidades de la vida le
obligan a adoptar, pero que una fantasía excitada encuentra
humillante. No; Don Bosco quiere perfeccionar las aptitudes del
obrero dentro de su vocación, sin atiborrarlo de conocimientos
inútiles. Y quiere levantar de tal manera el nivel moral y
profesional de sus alumnos, que el solo hecho de haber aprendido
en su escuela les sirva de recomendación para hallar trabajo, si
es que no pueden establecerse por cuenta propia.

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

¡Un sueño! ¿Cómo realizarlo, cuando las necesidades del Oratorio


festivo crecen y no aumentan las limosnas, que son sus recursos?
A los ojos del mundo, un santo debe ser un hombre desdeñoso
del dinero, hasta sentir náuseas delante de un escudo. El mayor
pecado de las Congregaciones religiosas, expulsadas en muchos
países, fue el haber acumulado ingentes riquezas.
Los que encuentran justo y laudable que un viejo verde y
millonario deje su fortuna a la querida, se indignarían si les
dijésemos ahora que ha hecho testamento en favor de Don Bosco.
¡Tranquilícense! En aquellos tiempos nadie pensaba testar en
favor de Don Bosco. ¡Y qué falta le hacía! Era pobre como Lázaro,
pero estaba lejos de maldecir el dinero Al contrario, lo respetaba
como el signo del trabajo de un hombre; y cuando sabía que en
tal casa le darían un puñado de escudos, volaba allá y llenaba de
bendiciones la mano generosa que se los ofrecía.
Es el santo en cuya vida se refieren más anécdotas en que el
dinero desempeña algún papel. Y algunas de ellas son deliciosas.
Un día, cuando ya era un hombre célebre, tenido por santo, una
dama riquísima se arrodilla delante de él y le suplica que le
conceda un autógrafo para guardarlo como una reliquia.
Don Bosco sonríe, toma la pluma y escribe: "Recibí de la señora
Tal la suma de dos mil liras para la, merienda de mis biricchini"
La dama lee, comprende, suelta la plata y besa la reliquia que
acaba de obtener.
Don Bosco es el santo de una época materialista, en que nada se
hace sin dinero. Su realismo robusto le hacía ver en cada pieza de
oro los kilos de pan, los pares de zapatos, los metros de paño que
podría adquirir para sus biricchini. Y cuando le faltaba esa

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

moneda, suplicaba al Señor de rodillas que se la mandase; y si


Dios le hubiera enviado un ángel con una bolsa de escudos o con
un cheque, lo habría recibido sin ninguna confusión, y, hasta por
la costumbre que tenía de hacerlo, cogiendo la pluma para
firmarle un recibo.
Cierta noche de abril del año 47, en que lo habían llamado para
confesar a un enfermo, volvía a su casa pensando que mamá
Margarita lo aguardaría ansiosa por su tardanza.
Avanzaba a prisa, gracias a que conocía bien su camino, pues no
había más luz en el cielo ni en la tierra que la que se escapaba
por la puerta mal cerrada de alguna taberna.
Mala hora y peores tiempos para encontrarse con algunos
afiliados de la Joven Italia, inclinados a ver jesuitas en toda
sotana negra.
Al doblar una esquina de Vía Dora Grossa, que hoy se llama calle
Garibaldi, observa un grupo de mozalbetes mal entrazados a la
entrada de un negocio de vinos.
¡Pésimo encuentro! De buena gana desviaría su ruta; pero ellos lo
han visto y hasta lo han saludado con unas blasfemias. Si
retrocede, será peor. A mal tiempo, buena cara.
Avanza con paso firme y se les pone delante.
— ¡Buenas noches, mis queridos amigos! Me pareció que me
llamabais... ¿Qué tal? ¿Cómo andan los negocios?
Ellos, paralizados por la sorpresa, no le responden. Lo miran no
más; no le hallan traza de jesuita. Es seguramente un abate, un
teólogo, ¡vaya uno a saber lo que es, no siendo muy entendidos en
cuestión de vestimentas frailunas!
Los negocios andan mal, señor abate — responde brutalmente el

218 Preparado por Patricio Barros


Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

más audaz.
— ¿Por qué?... ¿La guerra, acaso?
— ¡Qué guerra, corpo di Bacco! ¡La sed, que es peor que la guerra!
Tenemos sed y no tenemos biguya (dinero).
— ¡Páguenos una pinta, señor abate!
— Con mucho gusto. Y como son ustedes tantos, les pagaré dos...
¿Qué les parece?
— ¡Bravo! ¡Suelte la mosca!
Uno de ellos le coge del brazo, para hacerle entregar el dinero.
Todos lo rodean...
— ¡Pero yo también quiero beber con ustedes! ¿No me convidan?
¿Tengo aire de mal compañero?
— ¡Oh, cómo se imagina, señor teólogo, que no le vamos a
convidar!
— Entonces, entremos...
— ¡Aquí no! El vino de aquí tiene mucha agua. Vamos a la calle
de las Tres Gallinas. Allí hay una taberna de confianza.
— ¡Vamos allá! — dice Don Bosco, muy contento, porque la calle
de las Tres Gallinas, contigua a la plaza Manuel Filiberto, está
camino de su casa.
Son casi veinte los mozalbetes. Don Bosco se pone a la cabeza de
ellos y echa a andar gallardamente, por medio de la calzada. Uno
de sus extraños camaradas lo coge del brazo derecho, otro del
izquierdo, y entonan una canción popular. Al pueblo italiano le
gusta cantar a grito pelado en plena calle aprovechando el
silencio de la noche A veces se descubren así voces bellísimas.
Bien; pues la de Don Bosco no es la peor del grupo. Llegan a Via
delle tre Galline, penetran en la taberna de confianza y se

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

acomodan delante de sus mesas, y Don Bosco pide un par de


panzudas botellas de freisa, un vino generoso que le recuerda las
colinas de los Becchi.
Le sirven, y brinda con ellos; pero no bebe.
— ¿Cómo? ¿Usted no bebe con nosotros? ¿Nos desaira?
— No, mis amigos; pero no puedo beber. Están dando las doce de
la noche en la torre de la Consolata...
— Y eso ¿qué quiere decir?
— Que yo no podría celebrar la santa misa mañana, mejor dicho,
hoy... No estaría en ayunas, y ustedes saben...
— ¡Es verdad! — dice uno que recuerda un poco de su
catecismo—. Haga como le plazca, señor abate. Usted sí que es
buen teólogo... ¡Si todos fueran como usted!
¡Un primer vaso al coleto! Las lenguas chasquean; aquel freisa es
bueno de veras. Dan Bosco les llena otra vez los vasos, y les
explica quién es él y en que trabaja; y les dice que su casa no está
lejos de allí. Ellos le escuchan con respeto.
— ¡Usted sí que es un buen teólogo! — repite uno de ellos.
— Me gusta haberles dado este placer y que seamos amigos.
Ahora les toca a ustedes hacer alguna cosa por mí.
— ¡Diga, señor Don Bosco! No una, sino tres... ¿Qué quiere que
hagamos?
A lo mejor se figuran que aquel buen teólogo les va a proponer un
golpe de mano, y ya se están repartiendo mentalmente las
ganancias.
— Lo que les voy a pedir, si quieren darme el placer, es que no
blasfemen el nombre de Dios y de Jesucristo, como lo hacen a
cada instante...

220 Preparado por Patricio Barros


Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

— Tiene razón — responde el que más ha blasfemado—. Es una


mala costumbre, créanos señor Don Bosco. La lengua va sola, sin
que uno piense en lo que dice.
— Así lo creo; por eso les pido que abandonen esa mala
costumbre, si de veras quieren ser mis amigos...
— ¡Sí, señor! ¡Sí, señor!
Todos prometen y juran, y para afianzar más la promesa, no
dejan de echar algún taco redondo. Corpo di Bacco!
— ¡Mala costumbre! ¡Hay que corregirse! Y ahora, como es tarde y
yo me levanto temprano, y ustedes tendrán que hacer lo mismo,
vamos cada cual a nuestra casa. Y el domingo los espero a todos
en casa Pinardi.
Se levanta, pero ellos no se mueven.
— ¿Todavía no tienen ganas de irse a dormir?
— ¿Adónde? — exclama uno con sarcasmo—. Los albañiles
todavía no me han concluido el palacio...
— ¡Tampoco a mí! — agrega otro.
— ¿No tenéis dónde ir a dormir?
— ¡Yo sí! — replica uno que no quiere aparecer tan miserable.
— Y yo también, aunque la casa no es mía, sino de un pariente.
— Yo no soy exigente y conozco un albergue que, por cuatro
sueldos, me da cama.
Don Bosco recapacita. ¡Pobres mozos! ¿Qué moralidad puede
conservarse en aquellas condiciones?
— ¡Les propongo una cosa!
— Diga, señor abate.
— Que los que tengan casa vayan a su casa, y que los que no la
tengan se vengan conmigo... ¿Aceptado?

221 Preparado por Patricio Barros


Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

— ¡Aceptado!
Se levantan alegres; doce o trece dan las buenas noches y se
apartan. Los demás siguen a Don Bosco, que los conduce
alrededor de la plaza Manuel Filiberto, y luego por la estrecha y
larga calle Cottolengo.
En el trayecto se le agregan algunos otros vagos, de los que
duermen en los portales de las Iglesias o de los palacios.
Mamá Margarita aguarda a su hijo llena de angustia, y sale hasta
el umbral del caserón Pinardi al sentir las pisadas.
— Aquí le traigo estos huéspedes, madre mía.
— ¿Quiénes son, hijo mío?
— Unos buenos amigos...
— ¡Bien venidos, pues! ¡Adelante!
Diez o doce penetran en la cocina. La buena mujer, que no los
había contado, se alarma.
— ¿Dónde los vas a hacer dormir?
Don Bosco sonríe, y tranquiliza a su madre y a los ganapanes,
que empiezan a mostrarse desencantados de la casa de tan buen
teólogo.
— Como ustedes ven, yo no soy rico; pero con buena voluntad
vamos a acomodarnos todos. Arriba hay un granero y alguna
paja, Hoy no hace frío; además les prestare unas cobijas.
Justamente en esos días le han hecho la caridad de enviarle unas
mantas para abrigar a sus biricchini. Está loco de alegría. En la
aparición de estos huéspedes ve la mano de la Providencia. Serán
el comienzo de otra faz de su obra: el hospedaje para jóvenes
obreros. Les buscará trabajo, les enseñará, los guardara siempre
consigo...

222 Preparado por Patricio Barros


Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

— ¡Dios mío, qué mala traza tienen estos amigos de Juan! —


murmura su madre viéndolos salir y trepar uno a uno por la
escalera de mano al granero.
Don Bosco mismo ayuda a extender la paja, les entrega las
cobijas de que dispone, les hace rezar un padrenuestro y un
avemaria, les recomienda silencio y orden; y les da las buenas
noches.
Baja frotándose las manos, Mamá Margarita refunfuña un poco:
— ¿De dónde has sacado esas relaciones, hijo mío?
Él no se atreve a contarle que ha andado con ellos en la taberna,
pagándoles el vino para mejor cautivarlos, y se va a dormir,
rendido de fatiga, pero satisfecho.
Llegado el día, sale al patio a decir una buena palabra a sus
amigos, a quienes esperaba encontrar lavándose en la fuente.
¡Ninguno! No se oye el más mínimo rumor.
— ¡Es verdad que se acostaron tarde! ¡Deben de estar durmiendo
todavía!
Su madre aviva el fuego y se dispone a calentar la pitanza que les
ofrecerá como desayuno. Y él, un poquito inquieto, se trepa al
granero. ¡Nadie! Los pajarracos han levantado el vuelo, llevándose
las cobijas.
— ¡Bendito sea Dios, que me las dio y me las quitó! — exclama
riéndose de buen talante.
A su madre la aventura le causa menos gracia. La gente vieja es
menos tentada de la risa.
Algún tiempo después, en una lluviosa y fría noche de mayo,
acababan de cenar madre e hijo, cuando sintieron llamar a su
puerta. Un muchachito, como de quince años, mojado de pies a

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Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

cabeza, les pedía limosna.


"Mi madre — cuenta Don Bosco en sus Memorias— lo recibió en
la cocina, lo acercó al fuego, y mientras se secaban sus ropas, le
dio menestra y pan.
"Al mismo tiempo, yo le pregunté si iba a la escuela y tenía
familia y cuál era su oficio. Me respondió: — Soy huérfano: he
venido a buscar trabajo. Tenía tres francos, pero los he gastado y
no tengo ya nada... Pido, por caridad, me dejen pasar la noche en
algún rincón de esta casa.
"Diciendo esto, se puso a llorar, y también mi madre. Yo estaba
conmovido."
Pero la aventura de los amigos de la taberna, y otras análogas,
habían hecho a Don Bosco más cauto con las relaciones
nocturnas.
Si supiese que no eres un ladrón, te admitiría en mi casa; pero
otros a quienes he albergado me han llevado una parte de mis
cobijas... ¿No me llevarás tú las que me quedan?
El muchacho sin ofenderse, responde:
— No, señor; esté tranquilo; soy pobre, pero nunca he robado
nada.
Mamá Margarita pone la mano sobre la cabeza del chico y le
alumbra de lleno la cara. Hijo y madre son así. Cuando el uno se
entrega, el otro resiste; si el uno disiente le toca el turno al otro
de dejarse llevar por la divina imprudencia de los corazones
generosos. Así compensan, alternativamente, sus cualidades,
que, en el fondo, son las mismas, como surgidas de la misma
fuente.
— Si te parece — dice la madre al hijo en voz baja—, por esta

224 Preparado por Patricio Barros


Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

noche, yo le arreglaré una cama.


— ¿Dónde?
— Aquí, en la cocina.
— Le llevará las cacerolas...
— Yo vigilaré.
Haga como guste, madre.
Mamá Margarita y el muchacho juntan unos ladrillos, los
disponen en el suelo, improvisan un colchón, y está hecha la
cama.
Antes de cerrar la puerta, la buena mujer le hace rezar sus
oraciones y le echa un discursito para que no le robe las
cacerolas.
Al día siguiente, madre e hijo aparecen, cada cual por su lado,
ansiosos de ver el resultado del experimento. El chico duerme
todavía, ni un clavo falta. ¡Loado sea Dios!
"Este fue el primer joven de nuestro, albergue... — dice Don
Bosco—. A éste se agregó después otro, y luego otros; mas, por
falta de sitio, ese año tuvimos que limitarnos a siete."
Junto con el albergue nocturno, comenzó otra institución
salesiana, invención de mama Margarita, y fue lo que llaman el
sermoncito, unas palabras que ella misma dirigía a los
muchachos al darles las buenas noches.
Cuando la buena mujer, por defender las cacerolas e inspirar
saludables pensamientos a su primer albergado, le echó ese
discursito, no se imaginó que había tenido una idea genial. Don
Bosco la incorporó a sus reglas, y desde entonces, en todas las
casas salesianas, en todos los tiempos, no se van a dormir ni los
sacerdotes, ni los estudiantes, ni los artesanos, sin recibir las

225 Preparado por Patricio Barros


Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

buenas noches, breves y simples, tales como las inventó mamá


Margarita.
Alguna vez, en ella reaparece la campesina prudente, que piensa
en la vejez y economiza.
— Oye, Juan; si todos los días me traes un muchacho que
mantener, nunca guardarás nada para ti... ¿Qué vas a hacer
cuando seas viejo?
— Siempre me quedara una cama en el hospital Cottolengo —
responde el hijo.
"La historia del Oratorio — ha dicho Don Bosco mismo— se divide
en tres épocas: la fabulosa, la heroica y la histórica."
La fabulosa corre desde el comienzo hasta el año 55. Su relato
parece un tejido de fábulas; tan extraordinarias son las
dificultades que le oponen, un día, los sectarios; otro día, los
católicos, y todos los días, la pobreza.
Don Bosco debe pensar no sólo en divertir y dar merienda y
enseñar a los biricchini del Oratorio festivo, y dar clases a los
alumnos de la escuela nocturna, sino en alimentar, vestir, buscar
donde aprendan un oficio a los siete alumnos internos que ha
recibido y que no tienen bajo el manto del cielo más padre que él.
Duermen en el granero, sobre colchones de paja. Al alba los
despierta mamá Margarita. Se lavan en una fuente que hay en el
patio y que se conserva ahora tal como era entonces; oyen misa,
que celebra Don Bosco, y parten a su trabajo. Son aprendices,
que trabajan gratuitamente en casa de un buen patrón, hasta
aprender el oficio.
Si Don Bosco tuviera recursos, ya habría instalado talleres
propios para que sus biricchini se hicieran carpinteros, tipógrafos,

226 Preparado por Patricio Barros


Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

sastres... ¡Algún día será! ¡Lo ha visto en sueños!


La noche antes Don Bosco ha repartido a los muchachos
veinticinco céntimos por cabeza. Con eso, al pasar frente a una
panadería, se compran una tajada de pan y unas rodajas de
salame, que van comiendo hasta que cada cual llega a casa de su
patrón.
A mediodía vuelven a Valdoco — donde está casa Pinardi— para
almorzar. Quien hoy ve lo que es Valdoco, un barrio populoso de
la ciudad, apenas concibe lo que era entonces, lugar despoblado y
peligroso. Los chicos deben correr para llegar a tiempo, cuando
mamá Margarita o Don Bosco mismo llenan de menestra las
escudillas.
Cada uno tiene su escudilla de barro y su cuchara. La menestra
consiste en arroz con patatas, o en harina de maíz con castañas,
o fideos con porotos. Huele bien y humea que es un gusto.
Afuera cae la nieve y hace un frío de lobos. Los chicos se
acurrucan en los rincones, sobre una piedra, sobre un madero,
sobre un taburete, y devoran su menestra caliente.
— ¡Hoy está más rica que nunca! ¿Quien la ha hecho? Don Bosco
sonríe con vanidad de cocinero. Se ha ceñido un delantal para no
ensuciar la sotana.
— ¿Te gusta? ¡Come, haz honor al cocinero! Te daré además, un
buen pedazo de carne... cuando lo tenga. Deja estar; no bien
encuentre una vaca sin dueño, la vamos a comer juntos.
Llena de nuevo las escudillas. Los muchachos piensan que tienen
que lavarlas ellos mismos, y que afuera, en el caño de la fuente,
cuelga un chorro de hielo... ¡Brrrr!... Entonces inventan un juego
como postre. El que pierda, lava las escudillas de todos.

227 Preparado por Patricio Barros


Las aventuras de Don Bosco [Link] Hugo Wast

A la noche, la escena es más pintoresca. Parece un cuadro


flamenco. La cocina tibia sirve de comedor y de escuela para los
alumnos de música.
Don Bosco, no sólo corta pantalones, y hace zapatos; y fabrica
mesas y taburetes, sino que enseña canto y violín. Y mientras sus
alumnos rascan la tripa, él con el cucharón lleva la batuta.
A la luz de velón, mamá Margarita cose y remienda las ropas de
aquellos hijos con que Dios bendice su fecunda vejez.
Para llevar adelante aquella empresa, no sólo necesita dinero,
sino colaboradores. Había que enseñar, predicar, confesar, salir a
pedir limosna, volver a casa, cocinar, contratar con proveedores,
escribir cartas y libros. Las fuerzas de un solo hombre no
bastaban.
Desde el comienzo había encontrado providenciales cooperadores,
sacerdotes y seglares; pero los tiempos eran terribles.
Jamás quiso Don Bosco mezclarse en la política, pero la política
se metió a menudo con él.
— Vino el tiempo de la prueba, el 48 — contaba años después a
sus discípulos—. Hasta algunos sacerdotes que me ayudaban
querían conducir mis jóvenes a las plazas a gritar: "¡Viva Italia!"
Lo más difícil no era hacer frente a los que eso pretendían, sino
impedir que sus biricchini se dejasen arrebatar por el torrente
democrático.
"Un día — refieren las Memorias—, a eso de las dos de la tarde,
estaba yo en el recreo con mis jovencitos. Uno de ellos leía el
periódico La Armonía (católico), cuando unos sacerdotes, que
solían venirme a ayudar en las funciones sagradas, se
presentaron con medallas, escarapelas y bandera tricolor, y con

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un diario verdaderamente inmoral: La Opinión. Uno de ellos,


respetable por el celo y la doctrina, se adelanta, y, viendo que a
mi lado alguien tenía en las manos La Armonía, exclama: — ¡Qué
Ignominia! ¡Es tiempo de acabar con éstos!...
"Y, en diciéndolo, le arrebató el periódico, lo hizo mil pedazos y lo
pisoteó. Templado con ello su fervor político, me dice poniéndome
ante los ojos La Opinión: — ¡Este que es un buen diario, que
deben leer todos los honestos ciudadanos!"
Don Bosco trata de apaciguar al enardecido patriota. Suena la
campana llamándolos a la iglesia. Uno de lar sacerdotes recién
llegados iba a hacer el sermón. Don Bosco se le pone cerca del
púlpito, alarmado de su escarapela y temeroso de lo que va a
decir. Debía hablar de moralidad a los biricchini, y no les habló
más que de libertad, emancipación, unidad.
Don Bosco se refugia en la sacristía y se pone a pensar lo que va
a decir él mismo, para disipar el efecto de aquel discurso de
comité. Pero no le dan tiempo. Termina el orador invitando a los
muchachos a salir a la calle en manifestación. Y todos le siguen,
cantando himnos nacionales y haciendo llamear la bandera de la
unidad italiana.
Un sueño providencial conforta aquella alma angustiada por el
abandono y la ingratitud.
He aquí el relato:
"Una persona me llevó por un camino todo cubierto de rosas, no
sólo abajo, sino también arriba y a los lados, a la manera de una
bóveda. Nunca he visto rosas semejantes. Y me dijo:
"— ¡Anda!
"Yo, por no pisotear tanta hermosura, me quité los zapatos y

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avancé un paso o dos. ¡Ay! Tuve que detenerme. Había pisado


una espina, que me causó grandísimo dolor, y vi muchas otras
escondidas.
"— Aquí hay que ponerse los zapatos — dije; y el que me guiaba
respondió:
"— Ciertamente, debes ponerte los zapatos.
"Así lo hice. Me seguía una multitud de sacerdotes y otras
personas. Eché a andar. A pesar de mis precauciones, a cada
paso me punzaba alguna de aquellas durísimas espigas. Llegué,
no obstante, al final de mi camino y miré atrás. De tantos
compañeros, no quedaba ninguno.
"Se lamenta de su soledad, y de pronto ve llegar otros que lo
buscan.
"— ¡Aquí estamos! ¡Queremos ayudarle!
"— ¿Has comprendido? — le preguntaba aquel que lo guiaba.
"— No, por cierto.
"— Este camino es tu misión de educar a la juventud. Debes
seguirla con zapatos, o sea, con prudencia. Las rosas son el
símbolo de la caridad ardiente que debe distinguiros a ti y a tus
colaboradores; las espinas, los obstáculos y padecimientos que
sufrirás. Pero no te desanimes: con la caridad, con la
mortificación, lo vencerás todo, y tendrás, al fin, rosas sin
espinas."
Los biricchini volvieron, pero no los turbulentos pastores que con
sus himnos y banderas los habían alejado del Oratorio.
Como en el aire se respiraba la pólvora, formaron los biricchini un
batallón de 200, y, armados con fusiles inútiles que el gobierno
les prestó, hacían ejercicios militares, mandados por José Brosio,

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bersagliere veterano de la guerra.


El pequeño ejército, un día vuelto de maniobras, invade y
destruye la huerta de mamá Margarita. ¿Qué importa? Don
Busco se alegra, porque ha logrado satisfacer sin peligro el
espíritu bélico de sus jóvenes.
Esto despierta envidias. Algunos clérigos que han fundado otro
oratorio, imitando a Don Bosco, y obtenido de la Municipalidad la
iglesia de los Molinos Dora, quieren ganar al bersagliere para que
organice con ellos un batallón.
El mismo Brosio lo refiere así, con la mayor ingenuidad: "En el
1850 a 1851 se habían conjurado para reducir el Oratorio a nada
(así decían ellos), y entre los jefes de la conjuración estaban
algunos señores sacerdotes que frecuentaban el Oratorio."
¡No hay peor cuña que la del mismo palo!
Regalos, almuerzos, invitaciones a paseos. Un día le dan 30 liras.
Brosio las acepta, pero se acuerda luego de los treinta dineros de
Judas, y para no ahorcarse de remordimiento, las da a un pobre
y va a referir a Don Bosco la aventura.
"Un gran consuelo — refiere él mismo— tuve en aquellos
momentos y un apoyo en el teólogo Borel. Este maravilloso
sacerdote, aunque agobiado de gravísimas ocupaciones, se
ingeniaba para prestarme su ayuda, aun robando horas al
sueño."
La obra, a pesar de todos sus enemigos, prosperaba rápidamente.
El 1.° de abril del 49 alquiló toda la casa de Pinardi. Los otros
inquilinos, gente de mal vivir, intentaron con amenazas y
escándalos prorrogar sus propios contratos de alquiler, y Pinardi,
por librarse de ellos, ofreció en venta la casa. Pedía 80.000

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francos; pero Don Bosco tenía genio de financista, y se dejó


rondar. Entretanto, hacía tasar el caserón y sabía que no valía la
tercera parte.
Pinardi se le presenta de nuevo.
— Si quiere seguir siendo el solo habitante de la casa,
cómpremela.
— Si quiere que se la compre, pídame lo que vale.
— Le he pedido ya lo que vale.
— No, ése no es el precio.
— Hágame una oferta.
— No puedo ofrecerle el verdadero precio, porque no quiero
ofenderlo.
— No me ofenderé; ofrézcame lo que quiera.
— ¿Me la venderá por su valor justo?
— Palabra de honor que se la venderé.
— Deme la mano y después le haré mi oferta.
— Aquí está mi mano... ¿Cuánto me da?
La he hecho tasar por un amigo mío y suyo. En el estado actual,
su valor es de 26 a 28.000 francos...; yo le ofrezco 30.000.
— ¿Regalará también un alfiler de 500 francos a mi mujer?
— Haré el regalo.
— ¿Me pagará al contado?
— Pagaré al contado.
— ¿Cuándo firmaremos el contrato?
— Cuándo quiera.
— ¿Dentro de quince días?
— Sí.
— 100.000 francos de multa al que se desdiga.

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— ¡100.000 francos de multa!


En cinco minutos quedó cerrado el trato. Pinardi se va, y Don
Bosco no se atreve a penetrar en la casa, que ya cuenta como
propia. Su madre, tal vez, ha oído el diálogo, y él teme los
reproches de la campesina prudente y económica. ¿De dónde vas
a sacar 30.000 francos? ¿No tenemos, ya bastantes deudas con el
panadero y los demás proveedores?
Maquinalmente echa mano al portamonedas, lo examina y se
pone a reír.
— Tan pobre no estoy; aquí tengo ocho sueldos; mi madre tendrá
un poco más, tal vez dos francos. ¡Dios proveerá, pues por El
trabajo!
Da media vuelta y va a entrarse, cuando aparece su madre
sofocada, con una gallina en la mano. Los muchachos le han
abierto el gallinero y han tenido que correr por los prados vecinos
juntándolas.
— ¡Escúchame, Juan!
— Diga, madre mía..., ¿qué le pasa?
— ¡No es posible que yo siga aquí; prefiero volverme a los Becchi!
— ¿Por qué, madre?
— ¿No ves la que pasa? Tus biricchini cada día me hacen una
peor. Ayer, con mi hermana Mariana, que ha venido a ay