Empirismo y Filosofía de Hume
Empirismo y Filosofía de Hume
EL EMPIRISMO INGLÉS
La teoría empirista de que nos ocupamos ahora surge como una teoría opuesta al racionalismo en
cuanto al origen del conocimiento. Según el Empirismo no existen ideas innatas al entendimiento. Con
anterioridad a la experiencia, nuestro entendimiento es como una página en blanco en que nada hay
escrito, todo nuestro conocimiento procede de la experiencia.
Efectivamente, el empirismo es la reacción al racionalismo y, ambos son, por tanto, sistemas filosóficos
opuestos. Sin embargo, el punto de partida es, no obstante, el mismo:
la consideración del conocimiento como el problema filosófico fundamental.
los empiristas aceptan también de Descartes que el sujeto construye el conocimiento: nuestro
entendimiento únicamente conoce de manera directa las percepciones o ideas del sujeto y no
las cosas.
Sin embargo, ya no siguen a Descartes, como hemos dicho, al responder a la cuestión de cuál es
origen de las ideas. Mientras el racionalismo sostiene que este origen es innato, los empiristas
defienden que toda idea procede de la experiencia.
Hume es el filósofo que llevará el empirismo a sus últimas consecuencias. Su objetivo es contribuir al
avance del conocimiento construyendo, como también se había propuesto Descartes, una única ciencia.
En su caso, se trata de una ciencia del hombre, una ciencia de la naturaleza humana de la que partan
todas las demás.
El Empirismo se desarrolla en las islas Británicas, mientras que en el Continente Europeo se extiende el
Racionalismo; ambas van a ser las corrientes de pensamiento más importantes de este periodo. Más
adelante, Kant realizará una síntesis de ambas.
David Hume nació el 26 de abril de 1711 en la ciudad escocesa de Edimburgo, en el seno de una familia
de la pequeña burguesía. A los tres años pierde a su padre y la familia se traslada a Ninewells donde
comenzó sus estudios. En el 21 vuelve a su ciudad natal y parece que fue en el “College” de Edimburgo
donde toma contacto con las teorías de Newton lo que le hace concebir la idea de aplicar el método
experimental al estudio de la naturaleza humana.
Hace una primera visita a Francia y vuelve en el 37 para intentar buscar en Londres un editor para su
“Tratado sobre la naturaleza humana”. En el 39 aparecen los primeros volúmenes de su tratado, con
una gran decepción por parte de Hume por la fría acogida que obtuvo. Hizo un “Resumen” (“Abstract”)
del tratado para dar publicidad a las ideas nuevas que su obra contenía. En el 41 publica los “Ensayos
de moral y política” que le dieron más publicidad que su primer libro. En el 44 se le niega por primera
vez la cátedra de Moral y Filosofía de la Universidad de Glasgow por “escéptico y ateo”. Acepta un
trabajo como secretario del marqués de Annandale y, más tarde, del general ST. Clair. Revisa su tratado,
que aparece de nuevo bajo el título de “Ensayos filosóficos sobre el Entendimiento Humano” (en el 51
publica de nuevo esta revisión con el título de “Investigación sobre el Entendimiento Humano”). En el 52
aparece “Investigación sobre los principios de la Moral”. Se le niega otra vez una cátedra de Lógica de
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la Universidad de Edimburgo. Consigue, sin embargo, un puesto de bibliotecario en la Facultad de
Derecho de Glasgow y hubo una gran polémica por su nombramiento; este mismo año (53) publica sus
“Discursos políticos”. A partir de este momento parece que sus intereses se encaminan hacia la historia
para publicar varios volúmenes de la “Historia de Inglaterra”. Lleva a cabo tareas diplomáticas en
París donde entra en contacto con los máximos representantes de la Ilustración, especialmente con
Rousseau con quien llegó a tener una gran amistad, aunque duro poco debido a las rarezas del francés
(ginecrino). Vuelve definitivamente a Edimburgo en donde se relaciona con Adam Smith y muere el 25 de
agosto del 76. “Diálogos de la religión natural” aparece póstumamente en el 79, así como algún otro
escrito sobre el suicidio y la inmortalidad.
La filosofía del siglo XVIII va a cambiar con respecto a Descartes para quien el único método posible era
la deducción y su objetivo la explicación última del mundo. El empirismo va a renunciar al proyecto y al
método: la nueva concepción del saber está marcada por los grandes descubrimientos de la física
newtoniana, la deducción es sustituida por el análisis empírico. Del mismo modo que Newton había
descubierto en la naturaleza las leyes del movimiento de los cuerpos, Hume tratará de descubrir las
leyes psicológicas que explican la asociación de las ideas en la mente y fundamentar en ellas el
conocimiento humano. Este proyecto desembocará en el análisis concreto del problema del
conocimiento desde un punto de vista crítico, es decir, la fijación de los límites reales del entendimiento
y de sus posibilidades de conocer.
No se trata de descender desde unos primeros principios a los hechos concretos, sino que se parte de
lo dado, de lo inmediato, de los fenómenos y, los principios generales (si es que los hay) vendrán
después.
Se rata de descubrir las relaciones existentes entre los fenómenos más que intentar unificarlos en torno
a unas “sustancias” determinadas, como hizo Descartes.
Lo más característico, sin duda, es que la filosofía empirista pierde todo interés especulativo y metafísico
para pasar a ocuparse de la ciencia. Las ideas de Newton se aplican a campos muy diversos, incluidos
los de las ciencias sociales.
Ya no se buscan las propiedades esenciales de la naturaleza, sólo los datos que aportan la observación
y la experimentación serán válidos. Resulta ya imposible recurrir a Dios como garante de una identidad
entre pensamiento y mundo exterior (Descartes).
El principio de que no hay nada en el entendimiento que no haya pasado por los sentidos se convierte
en el axioma básico del empirismo (y de la Ilustración). Hume será el filosofó del escepticismo moderno,
el que despertará a Kant de su “sueño dogmático”, con el que se cumple la toma de conciencia de los
irremediables límites de la razón humana.
Los sistemas filosóficos de los autores empiristas (Berkeley, Locke y Hume) difieren entre sí, pero todos
tienen unas características comunes:
• La experiencia es el origen y el límite de nuestro conocimiento, y la razón nada puede hacer sin
contar con la información de los sentidos. Esto significa aceptar que sobre muchas cuestiones solo hay
un conocimiento probable, e incluso plantear la imposibilidad de conocer en materias como la
metafísica.
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• Negación de las ideas innatas. En la mente no existen ideas previas a la experiencia. El
entendimiento es como una hoja en blanco, una tábula rasa. Todo conocimiento se adquiere, por tanto,
a partir de los datos que nos llegan de los sentidos.
• El modelo son las ciencias experimentales. Frente al modelo deductivo que sigue el racionalismo, el
empirismo adoptará el modelo inductivo. Los empiristas aceptarán la deducción únicamente en el
terreno de la lógica y las matemáticas, mientras que considerarán la inducción como el método
adecuado para el conocimiento de la naturaleza. Galileo y Newton ya habían mostrado el camino de la
observación y la experimentación. Su modelo de ciencia es la física (frente a los racionalistas que
utilizaban el modelo matemático)
• El concepto de razón crítica sustituye a la razón dogmática del racionalismo. Mientras que los
racionalistas consideraban que el poder de la razón era ilimitado, los empiristas plantean una razón
crítica, que examine sus propios límites. No se niega el papel fundamental de la razón en el proceso de
conocimiento, pero se trata de una razón que depende de la experiencia y está limitada por ella.
Si ya no tenemos ese fundamento sólido del que deducir todo el conocimiento, ni un Dios que garantiza
la veracidad de éstos ¿cuál es el límite de nuestro conocimiento?
En el estudio propuesto por Hume es fundamental la investigación sobre “el origen de nuestras ideas” y
“los tipos posibles de conocimiento”. Los resultados pueden resumirse en lo siguiente:
1.- En relación a los elementos del conocimiento, todo lo que la mente contiene son percepciones;
dicho de otra manera, la percepción es cualquier contenido de la mente. Hay dos clases de
percepciones:
Impresiones: son aquellas percepciones que penetran con más fuerza y vivacidad en la
conciencia. Son los datos inmediatos de los sentidos, las pasiones y las emociones. A las
primeras las llama impresiones de la sensación, y a las dos últimas, impresiones de la
reflexión.
Ideas son copias, imágenes atenuadas de las impresiones, más débiles y difuminadas.
Hay dos clases de ideas: de la “memoria” (reproducciones de las impresiones tal cual se han
dado y con el mismo orden) y las de la “imaginación” (ideas complejas formadas por
asociaciones de ideas simples).
Las ideas tienden a asociarse en la mente y es la imaginación la facultad que produce y combina
libremente nuestras ideas.
Esa relación entre ideas se realiza según unos principios asociativos generales, a partir de los
cuales una idea presente en la mente introduce de modo natural otra idea. Los tres principios
asociativos de la naturaleza humana son la semejanza, la contigüidad en el tiempo y en el espacio
y la relación causa-efecto. Nuestra vida está llena de estas asociaciones naturales de ideas.
El entendimiento piensa ideas y en este sentido depende tanto de los sentidos (que proporcionan las
impresiones), como de la imaginación que establece las conexiones entre ideas y construye las ideas
complejas que le sirven al entendimiento para conocer la realidad.
Todas las ideas provienen de impresiones, y Hume considera que éste es precisamente el primer
principio de la naturaleza humana: “Todas nuestras ideas simples o complejas proceden de sus
impresiones correspondientes”.
Cuando tenemos la sospecha, dice Hume, sobre alguno de los términos filosóficos, bastará con que
preguntemos ¿de qué impresión deriva esta supuesta idea?. Y si es imposible asignarle ninguna, esto
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servirá para confirmar nuestra sospecha de que carece de significado. Este es un principio
importantísimo para Hume que sirve de fundamento a toda su crítica.
Son conocimiento de relaciones de ideas todos aquellos que se refieren a contenidos puramente
ideales, sin referirse a lo que existe o puede existir. De este tipo son todas las proposiciones de
las matemáticas y la Lógica. La verdad o falsedad de sus juicios depende de los principios que
formula el entendimiento independientemente de la experiencia y de la observación. Las
proposiciones sobre estas relaciones ente ideas son necesarias, absolutamente ciertas pero no
dicen nada acerca de lo que hay. En lo que a este conocimiento se refiere, Hume estaría de
acuerdo con los racionalista. Usando el lenguaje actual, diríamos que la lógica y la matemática
son ciencias formales, carentes de contenido empírico.
El límite de nuestros conocimientos son, pues, las impresiones. Por tanto, todos los libros que
contengan enunciados que no sean “razonamiento demostrativo” (como el de la lógica o la matemática)
o “razonamiento probable” (como el de la experiencia) deben “arrojarse a las llamas”, entre otros los de
Teología y Metafísica porque no contienen más que falsas proposiciones.
Hume observa que esta relación se concibe normalmente como una conexión necesaria (es decir, que
no puede no darse) entre la causa y el efecto. Sin embargo Hume se lo cuestiona.
Si aplicamos el criterio antes expuesto: una idea verdadera es aquella que corresponde a una
impresión; ¿tenemos impresión que corresponda a esta idea de conexión necesaria entre dos
fenómenos?. No, contesta Hume y nos lo argumenta de la siguiente manera:
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Hume pregunta entonces, de qué impresión o impresiones proviene esta “necesidad”. Se podría
contestar: “De la experiencia, del hecho de que siempre hemos visto que ocurre así”, de la costumbre o
hábito de haberlos visto siempre juntos.
Pero, para Hume, del hecho de que siempre (es decir, en todas las ocasiones en que lo hemos visto)
haya sido así, no se puede deducir que deba ser así en el futuro.
Ese paso del “ser” al “deber ser” es ilícito, porque no hay ninguna razón en la causa para que tenga que
tener un efecto determinado, siendo posibles otros efectos.
Como conclusión, se puede decir que el hecho de haber observado que esta relación se da
constantemente produce en nosotros un sentimiento de necesidad que resulta reforzado cada vez que
se observa un nuevo caso. La constancia del pasado genera en nosotros “la creencia” de que el futuro
será igual. Pero el hábito o costumbre no pertenece a la razón.
Como resultado de este planteamiento, en sentido estricto, nuestro conocimiento de los hechos queda
limitado a nuestras impresiones actuales (es decir, lo que ahora vemos, oímos...) y a nuestros recuerdos
(ideas) actuales de impresiones pasadas (es decir, lo que recordamos haber visto, oído...), pero no
puede haber conocimiento de hechos futuros, ya que no poseemos impresión alguna de lo que
sucederá en el futuro
Así pues, respecto de las cuestiones de hecho, de lo que existe en la naturaleza, no puede haber
conocimiento sino sólo creencia. Las ciencias naturales son sólo creencias probables que nos informan
de cómo son los hechos, pero no pueden pretender conocer leyes universales y necesarias. Hume, al
no conceder validez a la idea de conexión necesaria, niega, también, la posibilidad de predecir el futuro.
El mismo “principio de causalidad” (todo lo que comienza a existir tiene una causa), que todos los
filósofos han dado por absolutamente cierto, no tiene ninguna justificación: no es un principio lógico, ya
que su contrario es perfectamente inteligible, ni puede provenir de la experiencia, ya que, como
acabamos de decir, ésta sólo nos informa de cómo son y de cómo han sido los hechos, pero no de
cómo han de ser en el futuro.
La conexión causal no es un hecho ni una relación entre ideas, sino una relación entre hechos. Con esta
primera observación Hume determina el terreno en el que hay que investigar la naturaleza de la
causalidad: "las causas y los efectos no pueden descubrirse mediante la razón sino por la experiencia".
Es evidente que cuando observamos una causa por primera vez, no podemos predecir "a priori", es
decir, basándonos simplemente en los principios de la razón, sus efectos, sino que estos tienen que ser
experimentados. La causalidad es un hábito de la naturaleza humana originado en la fuerza de la
costumbre; estamos sencillamente acostumbrados a que dos hechos se repitan juntos.
Por tanto, la causalidad, una de las categorías más importantes para el conocimiento de la realidad
queda reducida, tras el análisis humano, a una especie de conjetura, a un mecanismo psicológico que
se apoya en una tendencia de la imaginación. La seguridad de que en el futuro las cosas seguirán
ocurriendo de la misma manera no pasa de ser una creencia, pero en modo alguno un conocimiento.
Las relaciones causales no ocurren entre las cosas sino en el interior del sujeto que observa la
naturaleza. De este tipo de análisis se derivan consecuencias escépticas, aunque Hume no sea tan
radical como para negar cualquier valor a la relación causa-efecto (en la vida cotidiana y en las ciencias
empíricas tendría un valor porque los hechos que conecta este principio causal quedan dentro de la
experiencia), el ataque de Hume se centra en la relación causal en la teología y en la metafísica puesto
que las cosas que relaciona están más allá de la experiencia humana.
A la pregunta metafísica ¿quién existe? Descartes contesta: las substancias -mi propio ser como
substancia pensante; descubro entre mis ideas la idea de Dios como substancia infinita, cuya esencia
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envuelve la existencia; y merced a esta idea de Dios como garantía, afirmo la existencialidad de los
objetos como substancias extensas.
La idea de substancia, lo mismo la material que la espiritual, no es aceptada por Hume puesto que no
tiene una impresión en la que apoyarse.
Para Hume, cuando nos referimos a la sustancia, no sabemos a qué nos referimos, porque ¿de qué
impresión o impresiones puede provenir esta idea?
1.- ¿De qué impresión proviene la idea de una sustancia material o mundo externo?. Yo tengo
impresión de un color, un sabor, un sonido… pero nadie diría que la sustancia es un color, un sonido,
un sabor..., sino aquello que tiene color, sabor, etc., pero de este “aquello” no tenemos impresión. La
realidad exterior es una realidad distinta de nuestras impresiones y exterior a ellas.
La sustancia material no está originada por la impresión de verde, ni la de brazo alargado..., es decir
por ninguna de las impresiones que actualmente recibo. No es tampoco la suma de ellas.
Entonces, la realidad exterior, esa realidad distinta de nuestras impresiones y exterior a ellas ¿existe?.
Para Locke existe pues es un "no sé qué", que sirve de soporte a todas esas impresiones, pero que no
es ninguna de ellas, es la causa de nuestras impresiones (la existencia se demuestra aplicando la
inferencia causal.
Pero, Hume no admitirá estos argumentos, y además añade: lo mismo ocurre con la idea de
existencia. Cuando decimos que algo existe, nosotros podemos encontrar la impresión correspondiente
al "algo" del cual decimos que existe; pero ¿dónde está la impresión de la existencia?. No es la suma de
todas las impresiones, ni una impresión en particular. Es otra idea hecha por nosotros.
Pero, entonces, ¿de dónde vienen nuestras impresiones? Hume dice, no lo sé, pretender contestar esta
pregunta es pretender ir más allá de nuestras impresiones. Lo único que tenemos es la creencia de que
el mundo exterior existe. Yo creo que existe, pero lo creo porque estoy acostumbrado a creerlo así, por
hábito.
2.- En cuanto al yo (res cogitans o sustancia pensante) La existencia de un yo, de una sustancia
cognoscente distinta de sus actos, había sido considerada indubitable no sólo por Descartes, sino
también por Locke y Bekeley. Sin embargo, la crítica de Hume alcanza también al "yo".
Para Hume, Descartes, al decir que el yo es una intuición que yo tengo de mí mismo, comete un error
psicológico garrafal. Yo tengo intuición de verde, de azul; tengo intuición del miedo que siento, de la
vivencia del esfuerzo que estoy haciendo para hablar. Pero ¿dónde está la impresión del yo?. Me miro a
mí mismo por dentro y encuentro una serie de vivencias, pero ninguna de ellas es el yo; muchas
vivencias que se suceden repetidamente unas a otras, pero ninguna de ellas es el yo.
Hume afirma que sólo se puede reconocer el yo a través de sus distintas y sucesivas ideas e
impresiones, no al margen de éstas.
El yo es un mero haz o colección de impresiones, vivencias, sentimientos...que se suceden unas a
otras. Nuestra supuesta identidad se hace posible gracias a la memoria que funciona como un hilo o
cadena que sujeta entre sí las distintas vivencias o percepciones que van surgiendo en la conciencia.
No debemos atribuir una identidad a lo que es sólo una sucesión de percepciones diferentes en
perpetuo flujo y movimiento.
"Si alguna impresión originara la idea de "yo", la impresión habría de permanecer invariable a través del
curso total de nuestra vida, ya que se supone que el yo existe de ese modo. Sin embargo, no hay
impresiones constantes e invariables. Dolor y placer, tristeza y alegría, pasiones y sensaciones suceden
unas a otras y nunca existen todas al mismo tiempo. (Tratado acerca de la naturaleza humana, I, 4, 6)".
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3.- Por lo que respecta a Dios (sustancia infinita) afirma que su existencia no puede demostrarse en
modo alguno ni a priori (argumento ontológico de Anselmo de Canterbury) ni a posteriori (como hizo
Tomás de Aquino). Porque si toda idea tiene que derivarse de una impresión, la idea de una divinidad
no proviene de impresión alguna.
A la conclusión a la que llega Hume es que "la metafísica es imposible". A la pregunta metafísica ¿quién
existe? contestaba Descartes: existo yo, la extensión y Dios. Hume contesta: no existo yo, ni la
extensión, ni Dios; lo único que hay son vivencias. Mis vivencias caprichosamente unidas, sintetizadas
por mí, las llamo "yo". Del mismo modo, mis vivencias aluden a realidades fuera de mí. Pero yo no
encuentro en ninguna parte sustancias, sino sólo vivencias. Por consiguiente, lo único que puedo tener
es creencia en el mundo exterior. Yo creo que el mundo exterior existe; pero lo creo porque estoy
acostumbrado a creerlo así por hábito, por la asociación de ideas.
Como hemos visto, sólo hay una cosa de la que podamos estar seguros: de la existencia de nuestras
impresiones. La existencia de un mundo externo, de la mente y de Dios no es objeto de conocimiento,
sino de creencia y, por tanto, todos los argumentos de los filósofos y de los teólogos no tienen ningún
valor (“tírense entonces a las llamas, pues no puede contener más que sofistería e ilusión”).
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LA ÉTICA DE HUME: El emotivismo moral
Hume analiza la ética y la política, tratando de liberarlas de todo planteamiento metafísico.
Fiel al espíritu empirista, se propone "introducir el método experimental (basado en la observación y en
la intuición) en el campo de los temas morales". Hume parte de un hecho de experiencia
inmediatamente observable: los hombres califican de "buenas" o "malas" ciertas acciones propias o de
los otros hombres. ¿En qué se basan estos juicios morales?
Nos dirá que el bien y el mal morales no podemos encontrarlos en los actos. Pues el bien y el mal no
son características objetivas de éstos (de los actos), susceptibles de ser descubiertos mediante un
riguroso análisis de los mismos, sino que se encuentra en nuestros sentimientos; se impone, pues,
mirar hacia éstos, hacía nuestro interior.
La filosofía tradicional había respondido a la pregunta sobre el origen de la moral recurriendo a la razón,
a la que se había supuesto capaz de determinar qué conductas están de acuerdo con el orden natural
ya que conoce el bien.
Hume diferenció la función que desempeñan las facultades cognoscitivas y las emotivas en la moral.
Las cognoscitivas aportan datos, nos presentan los elementos y las circunstancias que se hallan
presentes en un determinado hecho. Pero son las emotivas las que nos descubren el auténtico valor
moral. Por supuesto, mientras no conozcamos todas las circunstancias y elementos que se
encuentran presentes y coadyuvan a que tenga lugar determinado acto, no podremos establecer un
adecuado juicio moral; pero, no obstante, conocimiento y juicio moral son dos cosas diferentes.
Así, Hume nos recuerda que el análisis racional solo puede referirse a las relaciones entre ideas -y las
matemáticas no nos mueven a obrar en ningún sentido- o a cuestiones de hecho- y la moral no se
reduce a hechos (no podemos señalar como un hecho el vicio o la virtud)-, de manera que los juicios
morales no pueden tener su fundamento en la razón.
Así rechaza todo intento de basar la ética en la razón y considera que la moral se basa en un conjunto
de juicios extraídos de la experiencia con los que intentamos influir en nuestra conducta y en la de los
demás.
Todos tenemos la misma naturaleza humana y, por tanto, si compartimos el mismo impulso natural,
también compartiremos los mismos sentimientos.
La obligación moral, según Hume, se funda en una obligación natural: cuidar a los hijos, por ejemplo es
deber porque es una inclinación natural.
“Además de la tendencia a unirse con el bien y evitar el mal, Hume considera instintos originales: el
hambre, la voluptuosidad y otros apetitos corporales, el amor a la vida, la gratitud -especialmente la que
se dirige hacia los padres-, el cariño a los hijos, la benevolencia y el deseo de felicidad para los amigos,
el resentimiento y el deseo de castigo para los enemigos. Igualmente el sentimiento de fraternidad, es
un principio de la naturaleza humana irreductible a ulteriores causas” (l. 298-302).
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El carácter tranquilo con que suelen presentarse estas tendencias conduce al error de considerarlas
determinaciones de la razón, conclusiones del entendimiento, en lugar de deseos y pasiones, o
simplemente instintos.
Como consecuencia de todo ello el sentido moral es en sí mismo universal y común a toda la
humanidad. En estos asuntos la opinión general es infalible, pues es imposible equivocarse respecto al
placer o dolor que cada uno siente. La opinión general de la humanidad tiene alguna autoridad en todos
los casos; pero en moral es perfectamente infalible, y no lo es menos porque los hombres no puedan
explicar claramente los principios en que se funda.
Además, ese sentimiento desinteresado también se refleja en la tendencia a la comprensión del otro es
lo que Hume denomina simpatía -y hoy conocemos como empatía-, es decir, la capacidad de dejar de
lado nuestro propio interés para situarnos en la perspectiva y el interés de otra persona. Esta empatía es
lo que fundamenta y hace posible la vida moral. El hombre es -afirma Hume en el Tratado- “la criatura
que más ardiente deseo de sociabilidad tiene en el universo (...). No podemos concebir deseo alguno
que no tenga referencia a la sociedad. La soledad completa es posiblemente el peor castigo que
podamos sufrir”.
a) La costumbre y el hábito nos permiten corregir la variabilidad de las pasiones por motivos a
veces insignificantes. La costumbre y la práctica descubren el justo valor de cada cosa y
contribuyen a una más fácil orientación de las pasiones.
b) La simpatía nos lleva a juzgar a los demás desde puntos de vista objetivos y generales.
b) Las convenciones sociales son transmitidas por educación o establecidas por la ley, y son unos
elementos estabilizados y moduladores de las pasiones.
Los humanos somos naturalmente egoístas o, al menos, nuestra generosidad es limitada; rara vez
nuestra generosidad y desinterés se extendería más allá del círculo familiar y de amistades, dice Hume.
Sin embargo, la simpatía, la fraternidad y la sociabilidad permiten corregir en cierto grado este egoísmo
derivado de la estructura original de nuestro espíritu.
Subjetivista. Lo "bueno" y lo "malo" no son propiedades que se dan en los objetos (como es lo
rojo, lo sólido, etc.) sino que se reducen a una emoción, sentimiento o pasión (Hume utiliza el
término inglés "feeling") que se da en las personas. El sentimiento, de "agrado" en el caso de
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una acción buena o virtud, de "desagrado" en el caso de una acción mala o de un vicio, es lo
que fundamenta los juicios morales. Así, por subjetivista se entiende el hecho de que la "bondad"
o la "maldad" no está en los objetos sino en los sujetos. "Tómese cualquier acción reconocida
como viciosa: por ejemplo, el asesinato premeditado. Examínesela desde todos los ángulos y
véase si es posible encontrar ese hecho o existencia real que se denomina vicio. De cualquier
forma que se la considere sólo se advierten ciertas pasiones, móviles, voliciones y
pensamientos. No hay ningún otro hecho en la situación. El vicio se nos escapa por completo en
la medida en que nos limitamos a considerar el objeto. No se lo puede encontrar hasta que se
dirige la reflexión al propio interior y se encuentra un sentimiento de desaprobación que surge en
uno mismo con respecto a la acción. Aquí hay una realidad, pero se trata de un objeto del
sentimiento y no de la razón. Se encuentra en uno mismo y no en el objeto".
Para finalizar, Hume considera que los filósofos que pretenden construir una ética racional caen en la
falacia naturalista, que consiste en derivar del “ser de la realidad” el “deber ser moral”, es decir, derivar
de que las cosas sean de una determinada manera en la naturaleza, que deban ser así, en un sentido
moral (derivar de los hechos un deber moral).
“La descripción de un hecho (...) no funda obligación moral alguna. En términos globales, puede decirse
que el hecho de que las cosas sean tal como la ciencia las describe no permite inferir que deban ser así,
ni que debamos respetar ese estado de cosas”.
Aunque es Hume quien lo señala por primera vez, será la ética contemporánea (Moore y Popper) la que
desarrollará este concepto de falacia naturalista, uno de los grandes temas de la historia de la ética.
RELIGIÓN Y POLÍTICA
El análisis que Hume hace de la religión será decisivo para el pensamiento religioso de la Ilustración en
toda Europa. A partir de su refutación de las pruebas de la existencia de Dios, Hume concluye que no es
posible una justificación racional de la religión y, por tanto, no puede aceptar el deísmo, que considera la
existencia de un dios racional.
Sin embargo, se muestra interesado en el fenómeno religioso y cree que sus orígenes pueden
encontrarse en la naturaleza humana. El análisis psicológico y sociológico que Hume lleva a cabo le
lleva a afirmar que las ideas religiosas nacen de las esperanzas y los temores del ser humano, de la
incertidumbre, que le hace en un principio atribuir los bienes y lo que le amenaza a distintas causas por
encima de él mismo.
Escribió muchas páginas sobre religión, las dos obras más importantes sobre el tema fueron publicadas
por su sobrino después de su muerte: “Historia de la religión natural” y “Diálogos sobre la religión
natural”.
En la primera, rastrea el origen de la religión en la historia de la Humanidad (sería un libro empírico,
histórico, antropológico) y llega a la conclusión de que no hay ningún sentimiento específicamente
religioso sino que es fruto de otras pasiones (“feeling”) como, por ejemplo, el miedo y la esperanza (las
creencias religiosas no son “más que sueños de hombres enfermos”). Así como pensará que a menos
ignorancia, menos males religiosos, también asegura que el monoteísmo no es mejor que el politeísmo
(en esto es muy original).
En la segunda obra de lo que trata es de mostrar si hay algún fundamento racional de la religión
(explicación lógica y racional de la religión) y su respuesta es la más radical que uno puede encontrar
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entre los ilustrados puesto que considera que todas las pruebas o razones son inválidas. Más aún, su
escepticismo le hará ser incluso crítico de la Ilustración puesto que casi todos los ilustrados (Voltaire, por
ejemplo) pensarán que conviene tener una noción de Dios en cuanto garantizador del orden del mundo
y de la sociedad. Este segundo libro, escrito en uno de los estilos filosóficos más bellos se inspiró en la
forma en el libro de Cicerón, “De deorum natura”, pero el fondo es epicúreo.
Marco Histórico
Las ideas de la Ilustración se van imponiendo. Los avances de la tolerancia y del pensamiento político
van minando instituciones, hasta ese momento muy poderosas, como la monarquía de derecho divino o
la autoridad de las iglesias.
Es importante señalar que Gran Bretaña presenta una serie de características que la separan del
Continente. El sistema parlamentario se logra con mucha antelación y se convierte en un modelo a
seguir por los países más avanzados en el siglo XVIII.
El ascenso de la burguesía continúa firme, cada vez tiene más poder, se enriquece con las nuevas
industrias y va limitando, cada vez más, la influencia de La nobleza. A, diferencia del Continente hubo un
cierto pacto entre ambas clases que permitió el auge del parlamentarismo y que no existiera una lucha
de clases abierta como en Francia.
La burguesía impulsa las libertades políticas, sociales y económicas que ponen en marcha la revolución
industrial y que van a significar un periodo de prosperidad.
Tras la Independencia Norteamericana y la Revolución Francesa tendrá lugar el periodo de las llamadas
revoluciones burguesas que transformarán, por completo, el mapa europeo.
Marco Socio-cultural
La ciencia tiene un fuerte desarrollo. Como paradigma de científico señalemos a Newton. La ciencia no
presenta un perfil teórico sino práctico, influye en la producción y tienen aplicaciones industriales, pronto
se descubren la maquina de hilar, la tejedora o la maquina de vapor.
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En el Continente lo más significativo es la elaboración y aparición de la Enciclopedia. Es, también,
relevante la creación de Academias y el nacimiento de periódicos y revistas que van a revolucionar la
comunicación.
Desde el punto de vista cultural se desarrolla el Neoclasicismo y el Rococó, al que sigue un periodo de
sentimentalismo que hace presagiar la aparición del Romanticismo.
TEXTO I
Y qué caso más fuerte puede hallarse de la sorprendente ignorancia y debilidad del entendimiento que
el presente. Pues sí existe alguna relación entre los fetos que nos importe conocer a la perfección es,
indudablemente, la de causa y efecto. Sobre ella se fundamentan todos nuestros razonamientos
relativos 2, las cuestiones de hecho o de existencia. Sólo por ella tenemos alguna seguridad relativa a
los objetos que no se encuentran en el testimonio presente de nuestra memoria y sentidos. La única
utilidad inmediata de todas las ciencias es la de enseñarnos a controlar y regular los: eventos futuros
mediante sus causas. Por lo tanto, a cada momento, nuestros pensamientos e investigaciones se
emplean en esta relación. Y sin embargo, las ideas que sobre esto formamos son tan imperfectas que
es imposible dar ninguna definición justa de la causa, salvo la que se extrae de algo extraño y ajeno a
ella. Objetos similares siempre están unidos a lo similar. De esto tenernos experiencia. De acuerdo a
esta experiencia, por tanto, podemos definir que una causa puede ser un objeto, seguido de otro, y
donde todos los objetos similares al primero son seguidos por objetos similares al segundo. O en otras
palabras, donde, si el primer objeto no se diera, el segundo nunca habría existido. La aparición de una
causa siempre confiere a la mente, mediante una transición de la costumbre, la idea del efecto. De esto
también tenemos experiencia Podernos, por tanto, y de acuerdo a esta experiencia, formar otra
definición de causa, y llamarla, un objeto seguido de otro, y cuya apariencia siempre conduce al
pensamiento del otro.
TEXTO II
Recapitulando, así pues, los razonamientos de esta sección: Toda idea está copiada de alguna
impresión o sentimiento que la precede, y allí donde no podamos hallar ninguna impresión, podemos
tener la certeza de que no existirá ninguna idea. En todos los casos particulares de la operación de
cuerpos o mentes, no existe nada que produzca ninguna impresión, por lo que consecuentemente no
puede sugerir ninguna idea de poder o conexión necesaria. Sin embargo, cuando aparecen muchos
casos uniformes y el mismo objeto es siempre seguido por el mismo evento, entonces empezarnos a
tener la noción de causa y conexión. Entonces sentirnos una nueva emoción o impresión, a saber, una
conexión, por costumbre, en el pensamiento o la imaginación, entre un objeto y su habitual seguimiento;
y esta emoción es el original de aquella idea que estamos buscando, Pues como esta idea surge de una
serie de casos similares, y no de ningún caso único, debe surgir de esa circunstancia en la que la serie
de casos difieren de todo caso individual. Pero esta conexión de la costumbre o transición de la
imaginación es la única circunstancia en que difieren. En todo particular restante son similares. El primer
caso que vimos del movimiento comunicado por el choque entre dos bolas de billar (para volver a este
claro ejemplo) es exactamente similar a cualquier caso que pueda, ahora, ocurrir ante nosotros; salvo
tan solo que, no pudiéramos, en un principio, inferir un evento del otro; lo que si podemos nacer ahora,
después de un devenir tan largo de experiencia uniforme.
Hume, filósofo empirista del siglo XVIII, con este breve fragmento pretende reflexionar
sobre la importancia y el uso de la relación causa-efecto. No es de extrañar que
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afronte este tema ya que el problema del conocimiento y su límite es algo recurrente
en todos los pensadores modernos.
Estas ideas, en el desarrollo del razonamiento, las utiliza para hacer su crítica a la
interpretación y uso que de esta relación han hecho los metafísicos y los científicos.
Nos dice en el texto que “la única utilidad de las ciencias es la de regular los eventos
futuros mediante sus causas”, para ello, los científicos, defienden que el principio de
causalidad es un principio racional, por tanto, que entre la causa y el efecto hay una
relación necesaria.
Sin embargo, Hume señala que “las ideas que sobre esto formamos son tan
imperfectas que es imposible dar ninguna definición justa de la causa”. Tan sólo, “de
acuerdo a la experiencia, podemos definir una causa como un objeto, seguido de
otro…mediante una transición de la costumbre”.
Concluye este fragmento propuesto, afirmando que “de acuerdo a esta experiencia,
llamamos causa, un objeto seguido de otro, y cuya apariencia siempre conduce al
pensamiento de otro”.
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